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La búsqueda de Malfurion en Azeroth

El prólogo presenta a Thura, una joven orca, que observa una batalla donde un guerrero orco llamado Broxigar lucha valientemente contra demonios de la Legión Ardiente. Un elfo de la noche llamado Malfurion traiciona a Broxigar usando magia para matarlo. Thura grita el nombre de Broxigar mientras él muere. Luego, los ojos de Malfurion se vuelven negros y producen insectos que infectan y marchitan el mundo de Thura.
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La búsqueda de Malfurion en Azeroth

El prólogo presenta a Thura, una joven orca, que observa una batalla donde un guerrero orco llamado Broxigar lucha valientemente contra demonios de la Legión Ardiente. Un elfo de la noche llamado Malfurion traiciona a Broxigar usando magia para matarlo. Thura grita el nombre de Broxigar mientras él muere. Luego, los ojos de Malfurion se vuelven negros y producen insectos que infectan y marchitan el mundo de Thura.
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Tempestira

P á g i n a |1
Tempestira
Algo sucede en las tierras de Azeroth. Muchos de los adormecidos habitantes del
mundo sufren terribles pesadillas de las que no pueden escapar. Los pocos que despiertan
no encuentran ningún consuelo: visiones espantosas los asaltan mientras brumas que
ocultan formas dantescas se extienden por el mundo de la vigilia.

A medida que más seres caen víctimas de esta enfermedad, los druidas de Azeroth
luchan por sanar el enfermo Árbol del Mundo de Teldrassil. Uno de los druidas que acuden
es Broll Bearmantle, de corazón recio, que sospecha que algo oscuro se oculta tras el
debilitamiento de Teldrassil. El druida pronto recibe una llamada de auxilio de la suma
sacerdotisa Tyrande Whisperwind, que acaba de descubrir que Malfurion Stormrage, su
compañero que permanece en coma, se muere. Aunque la forma de sueño de Malfurion
lleva mucho tiempo perdida dentro del Sueño Esmeralda, últimamente su estado ha
empeorado. Aunque parezca extraño, el declive de la salud de Malfurion parece coincidir
con la enfermedad de Teldrassil y la siniestra fuerza que aterroriza a los durmientes de
Azeroth…

Junto con el extraordinario humano Lucan Foxblood y la valiente orco Thura,


Tyrande y Broll parten en busca de la forma de sueño perdida de Malfurion. En el camino
descubren que la Pesadilla Esmeralda, una aflicción tenebrosa que ha echado raíces dentro
del Sueño, es la responsable del mal de Malfurion, Teldrassil y los habitantes durmientes
de Azeroth. La Pesadilla es tan poderosa que incluso algunos de los majestuosos dragones
verdes guardianes del Sueño han caído presa de ella y se han vuelto locos. A medida que la
influencia de la Pesadilla crece sin control, a Tyrande y a sus compañeros solo les queda
una opción: viajar a las regiones corruptas del Sueño y encontrar a Malfurion ellos
mismos.

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Richard A. Knaak

Tempestira

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Agradecimientos
¡Un agradecimiento especial a todos los que han tenido que ver con este proyecto y con
mis otras incursiones en Azeroth! A la gente de Blizzard, sin ningún orden concreto… Rob,
Gina, Evelyn, Micky, Tommy, Jason, Glenn, Samwise… ¡y a todos los que me haya dejado!

A Gallery Books… ¡a mi esforzado editor Jaime, a Anthony, Marco y más!

¡Y, con el mayor reconocimiento, a Chris Metzen, que ha estado ahí desde el principio!

¡Otra vez, gracias a todos!

Para los más de doce millones que le han dado vida a Azeroth.

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“Entiendo que debo encontrar la verdad allá donde me lleve… incluso aunque acabe por
costarme mi propia vida…”

Malfurion Stormrage, El pozo de la Eternidad

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Tempestira

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PRÓLOGO
BÚSQUEDA DE SANGRE
T hura estaba en pie al borde del gran abismo cortado a pico. La joven orca

apretó instintivamente su recia mano sobre el hacha mientras buscaba en vano un lugar por
donde cruzar. De miembros y torso gruesos y musculados, la orca era una diestra
luchadora, a pesar de haber llegado apenas a la edad adulta. Pero ahora sus anchos y toscos
rasgos expresaban algo más infantil, más temeroso, mientras corría arriba y abajo sin tener
éxito en su búsqueda. Frunció su amplia boca llena de colmillos. Thura sacudió la cabeza y
farfulló una protesta silenciosa, Su fosca melena castaña, que normalmente llevaba
recogida en una coleta pero que ahora llevaba suelta, caía sobre el lado izquierdo de su
cara.

Al otro lado estaba teniendo lugar una imponente batalla, que tenía en el centro un
solitario y fornido macho de su raza; alguien a quien conocía básicamente de recuerdos
infantiles e historias contadas por el gran gobernante orco Thrall. Delante de ella estaba un
guerrero canoso de rostro severo y brazos poderosos. Igual que ella, llevaba la falda y el
arnés de cuero de un luchador. Su cuerpo estaba cubierto de antiguas cicatrices de otras
batallas, otras guerras.

Incluso rodeado, el macho gritaba su desprecio hacia sus monstruosos enemigos.

Y ciertamente eran monstruosos, pues eran demonios de la Legión Ardiente…


criaturas malignas mucho más altas que el valeroso guerrero solitario. Llevaban armadura
y ardían de la cabeza a los pies con un virulento fuego amarillo verdoso cuya intensidad
rivalizaba con la feroz determinación que se veía en los ojos marrones del orco. Con
espadas malignas y otras armas infames, cortaban el aire una y otra vez buscando atravesar

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Tempestira

su guardia. Pero siempre los mantenía alejados con su hacha, un arma asombrosa que
resultaba aún más fantástica por el hecho de estar “tallada en madera”.

No… tallada, no. Thura recordaba que un chamán la había inspeccionado y había
declarado que una gran magia habla “dado forma” al hacha de doble filo, una magia que se
rumoreaba que pertenecía al semidiós Cenarius. Cenarius había sido guardián de la
naturaleza, protector de los bosques.

Pero, fuese cual fuese el origen del hacha, claramente tenía su propia magia, pues
cortaba fuertes espadas y gruesas armaduras con la misma facilidad que atravesaba el aire.
Grandes destellos de siniestro fuego amarillo verdoso surgían de las heridas mortales
provocadas mientras caían uno tras otro ante la firme mano del orco.

Un aura esmeralda profunda, casi nebulosa, que no tenía nada que ver con las
llamas de la Legión Ardiente lo cubría todo, incluso al solitario campeón. El aura tenía un
ligero tinte azulado que se sumaba a la sensación de irrealidad del momento. Pero Thura le
prestó poca atención al aura. Su ansiedad crecía al tiempo que seguía sin encontrar un
paso.

Entonces una deslumbrante figura se materializó justo detrás y a la izquierda del


orco. Era un ser fascinante cuya raza alta y de piel violeta le resultaba conocida a Thura.
Un elfo de la noche. Pero éste no era un representante corriente de ese pueblo, pues de su
cabeza surgían un par de poderosas y elaboradas astas. Más aún, llevaba una ropa
llamativa que lo revelaba no sólo como druida, uno de los reverenciados guardianes de la
naturaleza, sino obviamente como un druida de gran prestigio, quizás incluso un
Archidruida.

El elfo de la noche tenía un rostro ancho y maduro que le daba más personalidad.
También tenía una frondosa barba verde. Sus brillantes ojos dorados, casi tan llamativos
como sus astas, se veían incluso desde la distancia.

La llegada del elfo de la noche le cortó el aliento a Thura. Desarmado, se inclinó


hacia el orco para susurrarle algo, y su mera presencia pareció reconfortar al campeón
guerrero. Habiendo vencido ya a muchos demonios en solitario, el orco maduro parecía
confiar en que el elfo de la noche sin duda podría aguantar contra la multitud sedienta de
sangre que seguía acercándose.

Detrás del orco, en las manos del elfo de la noche apareció de repente una larga
vara de madera. Alzó la vara y, al hacerlo, el extremo más cercano adquirió
repentinamente filo. Delante de él, el orco mató a otro impetuoso demonio más, cortándole
la larga y estrecha cabeza, con sus cuernos retorcidos y todo.
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Tempestira

El elfo de la noche tocó con la punta de la vara la parte de atrás del cuello del orco.

Thura vio la traición demasiado tarde. Gritó en vano, pues sus palabras quedaron
ahogadas por la distancia y el ruido de las armas chocando.

En la parte de atrás del cuello del orco creció un pequeño brote. Parecía una hierba,
como las que Thura podría haber pisado mil veces al día. Pero esa hierba brotó
rápidamente, creciendo y creciendo en un solo latido.

El otro orco finalmente lo notó. Echó la mano atrás, pero varias hojas color verde
oscuro se aferraron a su muñeca. La hierba siguió extendiéndose, cubriendo el cuerpo del
indefenso guerrero. Al hacerlo, de las hojas empezaron a brotar terribles espinas, todas
apuntando hacia dentro. Pincharon al orco y, allá donde lo hacían, hacían salir la sangre.

El orco tembló. Se le abrió la boca y cayó sobre una rodilla. Los tentáculos de
hierba cubrieron su cuerpo hasta que lo ataron por completo. De las monstruosas heridas
continuaba manando sangre mientras el elfo de la noche observaba divertido.

Thura gritó el nombre del orco, incluso aunque ya era demasiado tarde para
salvarlo:

—¡Broxigar!

De repente, los demonios se convirtieron en niebla. Sólo quedaban el elfo de la


noche, su víctima y Thura. El elfo de la noche dio otro paso hacia atrás, y su mirada
burlona se volvió hacia ella.

Los ojos dorados se volvieron completamente negros. Se convirtieron en profundos


pozos que tiraban fríamente del alma de la orca.

Entonces, de esos oscuros pozos surgieron monstruosos bichos carroñeros.


Escarabajos, ciempiés, cucarachas y otros salían de los ojos del elfo de la noche en
terribles corrientes que caían al cielo. Las criaturas se dispersaron por todas direcciones y
árboles, y otra flora se materializaba a su paso. Pero las frondosas plantas apenas habían
aparecido cuando los insectos las cubrían. Arbustos, matas, incluso los árboles más altos
estaban envueltos en bichos.

Y, en ese momento, se marchitaban. Todo se marchitaba, El mundo de Thura se


convirtió en una visión retorcida y horrible.

El elfo de la noche rio. De su boca saltan más repugnantes insectos…

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Tempestira

Desapareció.

Thura volvió a gritar el nombre de Broxigar. Con esfuerzo, el moribundo guerrero


consiguió mirar hacia ella. Una mano se liberó de la hierba que lo maniataba y estiró el
brazo, empuñando el hacha mágica.

Su boca susurró un nombre…

Thura se despertó sobresaltada.

Se quedó tumbada un rato, aun tiritando a pesar de que en el bosque por el que
estaba viajando había una temperatura agradable. El sueño se repetía en su cabeza, tal
como ocurría cuando la orca no lo estaba reviviendo en sueños.

Con cierto esfuerzo, Thura acabó por levantarse. La pequeña fogata que había
hecho hacía tiempo que se había apagado, y ahora solo quedaban unos débiles hilillos de
humo. Soltando por un instante su arma, Thura echó tierra para sofocar lo que quedaba del
fuego y luego busco su bolsa. Agarrando el pequeño saco de cuero, recogió el hacha y se
puso en camino.

Siempre era así. Andaba hasta que se agotaba, cenaba y luego dormía hasta que el
sueño la despertaba y la dejaba en tal estado que sabía que era mejor seguir adelante. En
cierto macabro sentido, eso le parecía bien a la orca. Últimamente era arriesgado dormir, y
además cada paso la acercaba más a su meta, la acercaba más a vengar a los suyos.

Y más aún Se había dado cuenta de que la movía otra misión: evitar una catástrofe
que no sólo acabaría con su propio pueblo… sino con todo lo demás.

El orco, Broxigar, era el hermano de su padre, aunque los padres de éstos eran
distintos. Ella sabía de su legendaria defensa junto a sus camaradas contra la Legión
Ardiente, una defensa que bahía terminado con Broxigar, o Brox, como único
superviviente. Incluso de niña, Thura podía notar la culpa que él habla sentido por seguir
vivo mientras sus amigos habían muerto.

Y entonces Thrall, el gran líder orco, había enviudo al veterano guerrero a una
misteriosa misión con otro compañero. Ninguno de los dos regresó nunca, pero entonces
corrió el rumor de que un viejo chamán había devuelto la maravillosa hacha de madera de
su sueño y se la había entregado a Thrall. Aquel chamán también había contado que Brox
se había convertido en un héroe que había ayudado a salvar no sólo a los orcos, sino
también a todos los demás. Hubo quienes dijeron que al chamán le brotaron alas y se
perdió volando en la noche, transformándose en un ave gigante o un dragón.

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Tempestira

Thura no sabía si eso último era cierto, sólo que, cuando alcanzó la edad guerrera y
demostró su destreza, el propio Thrall le entregó la legendaria hacha. Era, después de todo,
la única pariente de Brox que quedaba, excepto por su único tío, Saurfang el Viejo, que
había perdido recientemente a su hijo en batalla. El hacha podría haber ido a cualquiera de
ellos, pero el chamán de mayor confianza de Thrall había visto en un sueño que debía
pasar a Thura. El por qué, nadie lo sabía, pero Thrall había seguido el consejo.

Thura se sintió honrada de llevar esa arma; una ironía, como sabía bien. Hacía
años, bajo la influencia de la maldición de sangre del señor demoníaco Mannoroth,
algunos orcos bajo el mando del legendario Grom Hellscream habían invadido los bosques
de Vallefresno y habían matado a Cenarius cuando les presentó resistencia. Aquello había
ocurrido antes de que Thrall le hubiese devuelto a su pueblo el respeto por la naturaleza.
La muerte habla sido lamentable… pero Thura no había tomado parte en aquello, así que,
con el sentido práctico de los orcos, asumió que el espíritu de Cenarius también lo habría
entendido.

En el momento en que Thura le puso las manos encima, sintió que era como debía
ser. Pero el hacha también trata algo más. Al principio no, ni siquiera durante los primeros
entrenamientos después de que se la dieran. No, su secreto no se había revelado hasta
después, y al principio ella lo había ignorado. Un sueño era sólo un sueño…

O no.

A Thura no le hizo falta el chamán para acabar dándose cuenta de la verdad. El


espíritu de su fallecido pariente había estado intentando llegar a ella para pedir venganza.
El sueño era una insinuación de la verdad, de eso estaba segura. Le había enseñado cómo
había muerto Brox en realidad… traicionado por alguien a quien creía un amigo.

El elfo de la noche.

Y, aunque no podía decir cómo lo sabía, Thura también entendía que el elfo de la
noche seguía vivo y que podía encontrarlo. Lo único que tenía que hacer era prestar
atención al sueño. Cada vez que el sueño la despertaba, sentía la dirección que tenía que
tomar.

La dirección en que encontraría al traicionero asesino del valeroso Brox.

Brox había dicho su nombre, que resonaba en su cabeza desde la primera vez que
tuvo el sueño a pesar de que nunca se lo había oído decir al orco en voz alta.

Malfurion Stormrage… Malfurion Stormrage…

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Thura levantó su hacha… el hacha que había sido de Brox. La orca le había hecho
un juramento a su tío muerto. Encontraría a Malfurion Stormrage sin importar lo lejos que
tuviese que viajar y sin importar a quién le obligara a enfrentarse su búsqueda de sangre.

Encontraría a Malfurion Stormrage… y entonces el hacha no sólo haría una justicia


que se había demorado mucho tiempo, sino que quizás Thura podría salvar a Azeroth antes
de que fuese demasiado tarde…

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CAPÍTULO UNO
TELDRASSIL
U na sensación premonitoria que la elegante sacerdotisa elfa no había sentido

desde la caída de Zin-Azshari la sacudió hasta la médula.

Tyrande Whisperwind intentó concentrarse en sus meditaciones. Darnassus, la


nueva capital de los elfos de la noche, había sido construida para honrar la supervivencia
de la raza, como era lo apropiado, y no para honrar a una reina loca. Aunque era mucho
más pequeña que su predecesora, Darnassus era a su propia manera no menos espectacular,
en parte debido a su localización en las ramas occidentales más altas de Teldrassil… el
Árbol del Mundo. Tan gigantesco y poderosa era que los elfos de la noche habían podido
construir sobre él edificios tan imponentes como el Templo de la Luna, hecho de piedra
traída del continente y alzado debido a la increíble altura del tronco mediante la magia.
Ciertamente, más asombroso incluso que el hecho de que la capital se encontrase instalada
entre las ramas de Teldrassil era que se trataba del mayor de los varios asentamientos que
existían entre el follaje.

Y mucho de todo aquello se les podía atribuir a los druidas, que habían hecho
crecer el árbol.

Tyrande intentó no permitir que ni siquiera el más nimio de los pensamientos sobre
los druidas interfiriese con su necesidad de paz. Respetaba su trabajo, pues la naturaleza
había sido y siempre sería parte integral de la existencia de los elfos de la noche, pero
pensar en ellos, aunque fuese de pasada siempre le traía pensamientos y preocupaciones
acerca de su amigo de la infancia, de su amante Malfurion Stormrage.

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Tempestira

La pálida luz de la diosa luna brillaba a través de la vidriera redonda e iluminaba la


vasta cámara central, transformándose temporalmente de plateada a púrpura claro. Pero se
volvía plateada al cubrir el brillante estanque que rodeaba a la estatua de Haidene, la
primera suma sacerdotisa que de niña había oído la sagrada voz de Elune. Como era su
costumbre, Tyrande se sentó con las piernas cruzadas al borde del estanque, sobre los
gigantescos escalones de piedra, ante los brazos levantados de Haidene, buscando
desesperadamente, tanto de su predecesora como de su diosa, la bendición del consuelo,
guía… y ayuda para sacudirse su creciente sensación de ansiedad. Aunque las sacerdotisas
y las novicias acudían a menudo a la cámara en busca de meditación y paz, en ese
momento Tyrande se encontraba sola.

Con los ojos cerrados, buscó infructuosamente eliminar de su mente cualquier


pensamiento sobre Malfurion. Su tumultuosa relación se remontaba al comienzo de la
Guerra de los Ancestros, cuando ella, Malfurion y su hermano gemelo Illidan perdieron la
inocencia de la juventud y se convirtieron en luchadores experimentados. Aún recordaba
vívidamente las traiciones de Illidan y su propio encarcelamiento en el palacio de Azshara.
Y, aunque el relato del traslado de su cuerpo inconsciente fue algo que supo después, de
vez en cuando Tyrande revivía lo que se imaginaba que pudo haber ocurrido después de
que lo capturasen los sirvientes del repugnante consejero dé la reina, Xavius, que acabó
siendo transformado por el amo de la Legión en un monstruoso sátiro. También había
quedado grabado en su memoria el momento en que casi perdió a su querido Malfurion al
final, justo cuando había conseguido expulsar a la mayoría de los demonios de su mundo.
Le dolía el corazón recordarlo invocando sus últimas fuerzas para salvarla a ella.

Pero, por encima de todo, lo más insistente era el recuerdo de las esperanzas y
sueños que habían compartido tras el conflicto. Habían hablado de empezar una auténtica
vida juntos, de que Azeroth ya no les exigiría grandes sacrificios.

Pero, para la completa decepción de Tyrande, el trabajo de Malfurion volvió a


alejarlo. Comenzó a adiestrar a otros druidas, pues el propio Azeroth necesitaba curarse, y
ellos se encontraban entre sus más ardientes cuidadores. Y, cuando Malfurion decidió dejar
atrás a Tyrande durante años para recorrer el Sueño Esmeralda, ella se preguntó si alguna
vez él la había amado de verdad. Mientras, Tyrande se había visto empujada al puesto de
suma sacerdotisa de Elune contra sus deseos y, más tarde, debido a las circunstancias y la
necesidad, al de gobernante de su pueblo. Sólo en este último papel había podido llevar a
cabo grandes cambios en la sociedad de los elfos de la noche, tales como la disolución del
tradicional y a menudo fallido sistema de mando militar basado en el linaje y la creación
de los centinelas, cuyos oficiales lo eran por sus méritos. Convertirse en líder no era un

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Tempestira

destino que ella hubiese escogido, pero tampoco lo dejaría, de tanto que deseaba ayudar a
proteger a la raza de los elfos de la noche.

Madre Luna, dame calma, rezó silenciosamente la suma sacerdotisa. Aunque había
vivido miles de años, la elfa de la noche parecía haber envejecido físicamente poco desde
aquel lejano día en que le confiaron el manto del gobierno. Aún le caía sobre los hombros
la exuberante melena de pelo azul medianoche y las mechas plateadas que conservaba
desde la juventud. Su cara era la de una joven doncella y, aunque habían empezado a
dibujarse algunas delgadas líneas en las esquinas de sus ojos plateados, eran más el
resultado de los últimos seis o siete años de auténtico envejecimiento que la marca de los
diez duros milenios que había vivido.

Pero intentar gobernar sabiamente durante más de cien siglos le había pasado
factura interiormente, motivo por el cual la suma sacerdotisa buscaba alguna que otra vez
un descanso mediante la meditación. Tyrande sólo quería una hora de vez en cuando, lo
que sin duda no era una petición exagerada a Elune. Aquí, bañada en la siempre presente
luz de la Madre Luna, solía encontrar fácilmente la concentración. Sin embargo, esta vez la
sensación de paz parecía esquivarla. Tyrande entendía los motivos, pero se negaba a ceder.
Se concentró más profundamente…

Tyrande dejó salir un grito ahogado. La pálida luz de la luna brilló, volviéndose
cegadora… y, por primera vez, dolorosa.

Su entorno se transformó. Ya no estaba sentada en el refugio del templo, La elfa de


la noche se encontraba en un lugar oscuro cuyos muros de tierra lo identificaron
inmediatamente como un túmulo. Los detalles de la cámara subterránea pasaban ante ella
como si fuesen las páginas de un libro. Tyrande vio las bolsas de hierbas, plumas, dientes y
otros objetos pertenecientes a la fauna de Azeroth. También había marcas, algunas de las
cuales le resultaban conocidas mientras que otras le eran incomprensibles.

Un escalofrío le recorrió la columna. Sabía dónde estaba, pero aún pretendía en


vano negarlo.

Entonces apareció otra sacerdotisa de Elune. Tyrande la conocía por su nombre y


por su rostro delgado y terso. Merende. Aunque era mucho más joven que la suma
sacerdotisa, era una respetada acolita de la Madre Luna.

Una segunda sacerdotisa, a quien también conocía, seguía a Merende. A ésa la


siguió una tercera. Todas tenían expresión sombría y mantenían la cabeza gacha. Llevaban
sencillas túnicas plateadas con capucha. Llevaban los sencillos ropajes por respeto al lugar
en el que estaban, pues esas sacerdotisas no se encontraban en su entorno, sino en un
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Tempestira

dominio bajo el cuidado de los druidas. Ciertamente, éste era el túmulo, el hogar, por así
decir, de uno de ellos.

Y, mientras Tyrande pensaba en esto, su visión cambió, aunque no por elección


propia. Siguió las miradas de las atribuladas sacerdotisas. Había un cuerpo tumbado sobre
una alfombra de hierba tejida, y una débil luz argéntea, la luz de Elune, cubría el inmóvil
cuerpo. Se le aceleró el pulso ante esta visión solemne, aunque debería estar acostumbrada
desde hacía tiempo.

Incluso en reposo, el orgulloso rostro mostraba las marcas del tiempo y un trabajo
incluso mayor que el de ella. Las sacerdotisas habían colocado su larga melena verde sobre
su pecho, donde parcela fundirse con su frondosa y larga barba. Tenía unas espesas cejas
angulosas que le hacían aparecer serio y contemplativo.

Llevaba ropa más elaborada que la de la mayoría de los druidas, no porque lo


hubiese decidido así, sino porque lo pedía su alta posición. Una poderosa armadura de la
que sobresalían espinas protegía sus hombros, mientras que unas guardias a juego hacían
lo propio con los antebrazos y las espinillas. Aunque hecha de madera respetuosamente
conseguida de árboles muertos, la armadura encantada era más duradera y resistente que el
metal. La túnica sin mangas llegaba hasta sus pies calzados con sandalias y llevaba a los
lados de las piernas el color y el dibujo de hojas. Cerca del borde, una capa de azul
marcada por lo que parecían ser lunas en cuarto creciente quizás honraba en cierta medida
a Elune.

Malfurion Stormrage miraba fijamente al cielo con ausentes ojos dorados.

Tyrande tragó saliva al verle a él, a su amante. Se le debilitaban las piernas


mientras lo observaba. ¿Cómo un ser tan brillante y rebosante de espíritu podía quedar
totalmente sin vida y desesperadamente perdido? Sonrió débilmente al mirar a Malfurion,
que parecía tan regio, tan distinguido. Por noble que pareciera el elfo de la noche, un
aspecto de él llamaba poderosamente la atención. Surgiendo de su frente, hacia delante,
aparecían dos orgullosas astas. De más de cincuenta centímetros de largo, no eran un
defecto de nacimiento, sino el don y la marca de Cenarius. Pocos de entre los druidas
llevaban la bendición del cuadrúpedo semidiós de patas hendidas, y de ellos el primero y
principal era aquel que allí yacía.

A Tyrande no le había pillado por sorpresa cuando vio por primera vez que las
astas empezaban a crecerle. Sólo las había considerado como el reconocimiento a la
grandeza que siempre había sabido que existía en Malfurion.

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Tempestira

—Malfurion… —le susurró al cuerpo, aunque nadie, especialmente él, podía


oírla—. Oh, mi Malfurion… ¿por qué has tenido que abandonarme otra vez?

Observó mientras sus seguidoras se arrodillaban ante el cuerpo inmóvil y


colocaban las manos sobre su cabeza y su pecho. Tyrande sabía lo que estaban haciendo,
dado que ella misma había dado la orden.

Sólo gracias a las bendiciones de la Madre Luna Malfurion Stormrage seguía vivo.
Sus fieles mantenían con vida y saludable el cuerpo del Archidruida, esperando contra
viento y marea que llegase el día en que Malfurion volviese en sí. Esperando contra viento
y marea que su forma astral regresara de allá donde se había perdido en el Sueño
Esmeralda…

La suma sacerdotisa deseaba desesperadamente marcharse. ¿A qué propósito servía


que Elune le mostrase esta escena? Lo único que hacía era generar más ansiedad, más
terribles recordatorios. No podía soportar verlo así, perdido para ella… quizá para siempre.

Las cuidadoras de Malfurion dieron un paso atrás. Parecían sombrías. Llevaban así
día tras día y conocían bien su deber.

La piel del Archidruida se oscureció de repente.

Las tres sacerdotisas no reaccionaron ante esta transformación, casi como si no


pudiesen verla. Tyrande, a su vez, saltó al lado de Malfurion sin prestar atención al hecho
de que su cuerpo había atravesado el de sus seguidoras como si fuesen niebla. Lo único
que importaba era la espantosa transformación de su amado.

Mientras observaba, indefensa e incapaz siquiera de tocarlo, el cuerpo del


Archidruida continuaba su macabro cambio. Al tiempo que se oscurecía, su piel también se
resecaba, como la corteza de un árbol. Sus piernas y brazos se volvieron nudosos. Hojas
dentadas negras le brotaron por todo el pelo y la barba, cubriéndolos rápidamente. Al
mismo tiempo, las hojas comenzaron a moverse lentamente atrás y adelante como si sobre
ellas soplase un viento de más allá de este lugar subterráneo.

Los ojos dorados palidecieron y volvieron al color plata de la infancia y luego, de


un modo aún más horrible, se le hundieron, convirtiéndose en negros abismos.

El aleteo rítmico de las hojas desvió la atención de la suma sacerdotisa de aquellos


espantosos ojos, aunque al principio no podía saber por qué. En el aleteo había un
movimiento familiar. Y entonces un débil sonido empezó a acompañar al movimiento; un
ritmo regular, palpitante, que crecía en intensidad al llegar a sus oídos.

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Un latido.

Miró a su alrededor, enloquecida… parecía que las otras sacerdotisas no lo oían. Se


volvió aún más sonoro y fuerte. El sonido se tornó ensordecedor, las hojas aleteaban al
ritmo y, entonces…

El latido comenzó a ralentizarse. Al principio apenas perceptible, pero se volvía


más lento, como si el viento hubiese dejado de soplar.

Y como si un corazón estuviera empezando a detenerse gradualmente…

Aterrada, Tyrande alargo su mano hacia Malfurion…

El túmulo desapareció; la oscuridad y un completo silencio acompañaron a la suma


sacerdotisa. Descubrió que tenía los ojos cerrados.

Con un grito ahogado abrió los ojos y acomodó la vista al brillo de Elune. Se
encontró de nuevo sentada en el templo. La estatua de Haidene se alzaba elegante sobre
ella. Todo era como lo recordaba, y Tyrande supo que lo que había experimentado había
tenido lugar quizás en el espacio de un breve aliento.

Pero su propia situación no le preocupaba en absoluto. Sólo importaba la visión. En


miles de años sólo había recibido de su señora un puñado escaso de tales dones, y todos
ellos habían sido mensajes de gran importancia, Pero éste… éste era el más inquietante de
todos.

A pesar de tos esfuerzos y vigilancia de sus cuidadores, estaba claro que Malfurion
se moría.

***

Las amplias y poderosas alas del cuervo de tormenta batían con fuerza mientras el
ave se acercaba a la isla. De color marrón madera con salpicaduras plateadas en los bordes
de las plumas, era grande, incluso para un ejemplar de su especie. Una mecha plateada
inclinada coronaba su cabeza, y dos copetes iguales de plumas del mismo color colgaban
de ambos lados de su cráneo, dándole un aspecto mayor, casi sabio. Unos profundos ojos
plateados se asomaban por debajo del ceño, observándolo todo.

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Aunque una densa niebla amortajaba el cielo nocturno, el cuervo de tormenta se


alzaba por el aire con una rapidez que sugería que conocía el entorno. Acierta distancia en
el mar centelleó un relámpago, y el pájaro se aprovechó de la momentánea iluminación
para buscar la isla.

De repente, el solitario viajero se vio obligado a resistir una ráfaga de viento


curiosamente fila que parecía decidida a echarlo atrás, como si lo avisara de que solo un
necio seguiría adelante. Pero eso fue justo lo que hizo el cuervo de tormenta, luchando
contra la helada borrasca. Notaba que estaba muy cerca de su meta.

Y, de hecho, como si se abriesen unas cortinas, la niebla finalmente cedió. Por fin
apareció la isla, empequeñecida bajo aquello por lo que se le conocía y cuyo nombre
llevaba. Desde la distancia, aquellos que tuvieran delante por primera vez la esplendorosa
visión habrían creído que estaban viendo una enorme montaña con lados marcadamente
perpendiculares. Pero, si pudieran observarlo a la luz del día y con un clima más benigno
que aquél que sobrevolaba el cuervo de tormenta, descubrirían que aquello no era una
montaña, ni siquiera, quizás, un gran edificio construido por alguien, sino que era algo
mucho más asombroso.

Era un árbol.

Ocupaba casi toda la isla, que no era pequeña. En las propias raíces del árbol estaba
el puerto, llamado Ru'theran por los elfos de la noche que lo habitaban. Estaba claro que la
isla existía simplemente para albergar al leviatán cuyo nombre llevaba y por el que todos la
conocían.

Era el hogar de Teldrassil… el segundo Árbol del Mundo.

Diez mil años antes habían plantado sobre el Monte Hyjal el primer Árbol del
Mundo, Nordrassil, tras la destrucción de la fuente original de poder de los elfos de la
noche, el Pozo de Eternidad. Montado sobre el segundo Pozo creado por la traición de
Illidan, Nordrassil había servido a dos propósitos. No sólo evitaba que otros abusaran de la
magia del nuevo Pozo, sino que también impedía que la segunda fuente de poder creciese
demasiado con el tiempo. Bendecido por tres de los grandes Dragones Aspectos,
Alexstrasza la Protectora, Nozdormu el Atemporal e Ysera la Soñadora, el vasto árbol no
sólo protegía Azeroth, sino que estaba conectado a la inmortalidad y al poder de los elfos
de la noche.

Pero, hacia menos de una década, el venerable Nordrassil había sufrido terribles
daños durante la titánica batalla contra los mismos demonios, la Legión Ardiente, cuya
invasión inicial había causado que lo plantasen. Su estado debilitado había privado a los
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Tempestira

elfos de la noche de su muy pregonado poder y, peor aún, de su propia inmortalidad. Y,


Manque las raíces de Nordrassil estaban volviendo a crecer lentamente, la inmortalidad no
había vuelto aún.

Y así, los druidas, cuyas aprensiones había calmado su nuevo líder Fandral, habían
plantado a Teldrassil, su sucesor.

El cuervo de tormenta se ladeó mientras el árbol continuaba mostrándose ante su


vista. Si bien Teldrassil no era tan majestuoso como lo había sido su antepasado n su
máximo esplendor, nadie podía negar que el nuevo Árbol del Mundo era una maravilla, un
extraordinario ejemplo del cultivó de la naturaleza mediante la misma magia de Azeroth
tal como la manejaban los druidas. La anchura del tronco de Teldrassil superaba en tamaño
a algunos países. Pero, por increíble pareciera, era poca cosa computada con su gigantesca
corona verde, que parecía extenderse hasta el infinito.

Algo llamo por un instante la atención del pájaro, que giró levemente la cabeza
para observarlo. Entre las enormes ramas, el cuervo de tormenta vio movimiento entre lo
que parecían ser no una sola estructura de piedra, sino varias. De hecho, alzándose sobre
las ramas, se veía la parte de arriba de varios edificios.

Mientras volaba, otros asentamientos más pequeños pasaron ante su vista. De tan
grandes y accidentadas que eran las gigantescas ramas, incluso se veía un lago brillar con
luz trémula entre las hojas. Y, más adelante, sobresalía la cima de una montaña.

El cuervo de tormenta se acervó a las ramas más altas. Allí vio otra maravilla sobre
la más alta de las grandes ramas. Desde aquel prodigio llegaba luz no sólo de las antorchas,
sino de lo que parecían ser fragmentos de luz de luna viva.

La magnífica ciudad de Darnassus, capital de la raza que habitaba en el árbol, le


atraía. Incluso desde la distancia estaba claro que Darnassus rivalizaba con lugares
legendarios como la Ciudad de Ventormenta de los humanos o la Orgrimmar de los orcos.

El Árbol del Mundo recogía suficiente rocío como para crear y alimentar muchos
ríos, corrientes y lagos entre sus ramas, uno de los cuales era tan grande que parte de
Darnassus había sido construida sobre él. Los elfos de la noche habían usado el agua para
conservar el esplendor de los jardines del templo y el impresionante canal que cruzaba la
ciudad. Más al norte, al otro lado del canal, los druidas habían construido su propio
santuario, el Enclave Cenarion, envuelto en el bosque.

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Pero el pájaro se desvió, no sólo de Darnassus, sino del resto de las increíbles
ciudades anidarlas sobre la copa del árbol. Por tentadora que resultase, el destino del
cuervo de tormenta estaba mucho más abajo.

El enorme pájaro bajó hasta unos doce metros del suelo y luego, con habilidad
innata, arqueó las alas para frenar su descenso. Extendió sus garras al prepararse para
aterrizar.

Justo antes de que el cuervo de tormenta tocase el suelo, aumentó de tamaño,


creciendo en apenas un segundo hasta alcanzar una altura mayor que la de cualquier
humano. Sus patas y garras cambiaron de forma; aquéllas volviéndose más gruesas y
largas, y éstas convirtiéndose en pies calzados con sandalias. Al mismo tiempo, ambas alas
se alargaron, y de ellas surgieron dedos. Las plumas desaparecieron, reemplazadas por
espeso pelo de color verde boscoso recogido por detrás y que caía por delante en forma de
espesa barba que llegaba hasta lo que ahora era un pecho envuelto en una capa.

El pico había desaparecido, convirtiéndose en una nariz prominente y una amplia


boca torcida en lo que era un ceño perpetuamente fruncido. Las plumas negras habían
dejado paso a carne de color violeta oscuro que marcaban al metamorfo como miembro de
la raza que vivía en esa tierra y sobre ella.

Broll Bearmantle, siendo elfo de la noche, se parecía mucho a la mayoría de los


otros druidas. Sí, era más musculoso y tenía más aspecto de guerrero que los demás. Su
atribulada existencia, nada pacífica, le había dado rasgos más llenos, más castigados, pero
el resto de los druidas todavía lo consideraban uno de ellos.

Miró a su alrededor. No vio a ningún otro druida, aunque los sentía cerca. Le
pareció bien. Quería un momento de soledad antes de unirse a los demás.

En su cabeza se amontonaban muchos pensamientos, la mayoría concernientes a su


shan’do, su maestro. Cada vez que Broll regresaba a Teldrassil, el corpulento elfo de la
noche pensaba en su shan’do, sabiendo que sin él no sería quien era, incluso aunque Broll
se consideraba a sí mismo un druida lamentable. De hecho… ninguno de aquellos reunidos
para aquel repentino cónclave, ni siquiera Fandral, estarían aquí de no ser por el legendario
Malfurion Stormrage.

Malfurion no sólo había sido su líder, sino que había sido el primer druida mortal
de Azeroth y había sido adiestrado por el semidiós Cenarius personalmente. La deidad del
bosque había visto en el joven elfo de la noche una cualidad única, un nexo único con
mundo y lo había alimentado. Y, antes de que Malfurion hubiese terminado su
adiestramiento místico, se vio arrojado a su primera batalla titánica contra los demonios y
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los miembros traidores de su propia raza… incluyendo a la mismísima reina de los elfos de
la noche, Azshara, y su desleal consejero Xavius. Muchos creían que, de no haber sido por
los esfuerzos de Malfurion, el propio Azeroth habría dejado de existir.

Los relatos de sus extraordinarias hazañas se extendían en el tiempo. Malfurion se


había sacrificado durante muchos siglos de su vida por el bien del mundo y de su pueblo
una y otra vez. Cuando otros cayeron, él continuó con sus batallas y las hizo suyas. A pesar
de ser un maestro en los misterios de la naturaleza, Malfurion también se había convertido
en un campeón guerrero.

Pero recientemente, ahora que una paz duradera parecía posible, Malfurion había
reorganizado a los druidas y había intentado devolverlos a su camino original, a su
vocación primera. El pasado quedaba atrás, el futuro era un fascinante enigma que explorar
reposadamente. Ciertamente, Malfurion había dicho que estaban mejor ahora, sin su
inmortalidad, pues eso los obligaba a convertirse en parte de la vibrante vida de Azeroth en
lugar de ser un elemento formal e inalterable que simplemente observaba el paso del
tiempo…

—Malfurion… —murmuró. Exceptuando a otras dos personas en su vida, nadie


había afectado a Broll como su shan’do. Le debía mucho a Malfurion… y aun así, al igual
que los demás, se sentía incapaz de hacer nada por salvar al Archidruida de su temible
destino.

Broll parpadeó, regresando al presente. Había notado que alguien más aparecía tras
él. Incluso antes de darse la vuelta, el elfo de la noche supo quién era. Ya sólo el olor
marcaba a ese druida en particular.

—Recibe la bendición del bosque, Broll Bearmantle —rugió el recién llegado—.


Te sentí cerca. Esperaba verte.

Broll asintió. Aunque no había esperado ver al recién llegado, se alegraba.

—Archidruida Hamuul Runetotem… has tardado poco desde la Cima del Trueno.

Mientras que Broll se parecía a los otros druidas, su nuevo compañero no se


asemejaba en nada. El torso del recién llegado recordaba en cierto sentido al de un elfo de
la noche o un humano, aunque era aún más ancho de hombros que el fornido Broll. Al
contrario que otros druidas, llevaba los ropajes sueltos y de color terroso de su tribu. Dos
tirantes largos de color rojo unían la armadura de piel de sus hombros a su falda de cuero
rojiza. Unas pulseras de color rojo, dorado y azul adornaban cada antebrazo hasta la
muñeca.
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Pero lo que marcaba como distinto a Hamuul, no sólo de Broll sino de los demás
elfos de la noche, es que era un tauren. Unas pezuñas hendidas soportaban su enorme
cuerpo, y su cabeza era semejante a la de un toro, algo característico de la raza tauren,
aunque ninguno se lo podría decir a la cara sin arriesgarse a perder algún miembro. Tenía
un gran hocico en el que llevaba un anillo ceremonial y unos largos cuernos que se
curvaban hacia los lados y hacia delante.

Hamuul medía casi dos metros y medio, incluso con la característica joroba de su
raza. Su fino pelaje marrón grisáceo últimamente tendía más al gris que cuando Broll lo
había conocido. Hamuul llevaba dos gruesas trenzas, también encanecidas, que colgaban
sobre su pecho. La vocación druida le había llegado tarde y, en gran medida, naturalmente,
animada por Malfurion Stormrage. El tauren había sido el primero de su raza en unirse a
las filas de los druidas en casi veinte generaciones y, aunque ahora había más, ninguno era
tan hábil como él.

—El viaje ha sido extrañamente tranquilo —declaró el tauren.

Entrecerró los ojos de color verde claro bajo su poblado ceño como si quisiera
añadir algo, pero decidió no hacerlo. El elfo de la noche asintió, y sus pensamientos
volvieron brevemente a cómo lo recibirían los demás. Se había esperado tanto de Broll
desde su nacimiento… y todo debido a un rasgo singular que compartía con Malfurion, un
rasgo singular que para Broll era un recordatorio siempre presente de sus carencias.

Las astas que sobresalían de sus sienes tenían casi cincuenta centímetros y, aunque
no eran tan impresionantes como las que adornaban al famoso Archidruida, ciertamente
eran dignas de verse. Desde la infancia habían marcado a Broll y eran consideradas una
señal de distinciones futuras. Incluso de niño le habían dicho que un día, algún día, sería
legendario.

Pero, mientras los demás habían visto en las astas un don de los dioses, Broll
rápidamente había acabado por considerarlas una maldición. Y, a sus ojos, su vida hasta el
momento le había demostrado que tenía razón de sobra.

Después de todo, ¿de qué le habían servido cuando había necesitado ayuda en el
momento más importante de su vida? Cuando Broll se había enfrentado a un ataque de
demonios y no-muertos dirigidos por el vil señor de los pozos Azgalor, parecía que al fin
todas las predicciones se harían realidad. Llevando el ídolo de Remulos, sus poderes
druídicos habían aumentado. El enemigo se vio obligado a replegarse mientras los
camaradas de Broll habían aprovechado su sacrificio para retirarse hacia el ejército
principal.

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Pero, una vez más, demostró no estar a la altura de la tarea. El agotamiento lo


asaltó. La malévola espada de Azgalor, Maldad, manejada expertamente, acabó venciendo
a las debilitadas defensas de los elfos de la noche. Broll dejó caer el ídolo cuando el filo de
Maldad lo alcanzó.

El poder de la espada del demonio corrompió al instante las energías de la figura, y


de ella brotó una fuerza mágica distorsionada que envolvió al último defensor que quedaba
junto a Broll.

Había habido muchas veces, especialmente desde entonces, en que el elfo de la


noche se había planteado cortarse las astas y cauterizar las protuberancias para evitar que
creciesen de nuevo en el futuro… pero nunca había acabado por dar el paso final.

Broll se dio cuenta de que Hamuul había estado observándolo silenciosa y


pacientemente.

—Ella estará siempre contigo. Los espíritus de nuestros seres queridos siempre
velan por nosotros —dijo el tauren.

—No estaba pensando en Anessa —murmuró, mintiendo, el elfo de la noche.

Las orejas de Hamuul se doblaron.

—Mis más humildes disculpas por recordártela.

Broll minimizó las disculpas del tauren.

—No has hecho nada malo —masculló—. Vamos a movemos. Los demás ya se
estarán reuniendo en el portal como es costumbre…

Hamuul frunció el ceño.

—Pero no vamos a subir a Darnassus ni al Enclave Cenarion. Fandral quiere que la


reunión tenga lugar aquí abajo… ¡De hecho, al lado contrario de donde ahora nos
encontramos! ¿No lo sabías?

—No… —Broll no cuestionaba la decisión del Archidruida. Después de todo,


como líder de los druidas, Fandral Staghelm lo hacía con la mejor intención. Si creía que
era mejor reunirse ahí abajo que en Darnassus, pues muy bien. Sin duda habría un buen
motivo para…

Y entonces se dio cuenta. Quizás Fandral había encontrado un modo de salvar a su


shan'do.
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—Vámonos —le dijo a Hamuul, repentinamente impaciente por llegar. Alentado


por la profunda y férrea esperanza que lo consumía cada vez que regresaba a Teldrassil,
Broll estaba seguro de que Fandral tenía alguna respuesta a la grave situación de
Malfurion.

Y, si no… el elfo de la noche temblaba al pensar qué otro curso de acción, si es que
había alguno, les quedaría a los druidas…

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CAPÍTULO DOS
CÓNCLAVE
H acía días que Lucan Foxblood no dormía. Tanto por elección como por

necesidad. Incluso intentaba mantener al mínimo sus momentos de descanso, pues cada
pausa en su interminable huida significaba correr el riesgo de dormirse. Sin embargo,
siempre llegaba el momento en que el cartógrafo de pelo rojizo no podía seguir adelante,
en el que las piernas le cedían y caía al suelo, a menudo ya inconsciente y soñando.

Y sufriendo pesadillas… las mismas pesadillas que habían acosado a tantos otros
en lugares por los que había viajado como Villadorada, los Páramos de Poniente y su
propia ciudad de Ventormenta…

Lucan tenía el aspecto de alguien que podría haber sido soldado en otro tiempo y,
ciertamente, lo llegó a ser brevemente, aunque nunca llegó a luchar en ningún conflicto.
Pero ahora, con poco más de tres décadas de edad, parecía como si estuviese en medio de
una guerra. La túnica y los pantalones que una vez fueron de color marrón oscuro se
habían vuelto del color del barro, y el delicado bordado de las hombreras y los costados de
los pantalones había empezado a deshilacharse. Sus botas de cuero estaban manchadas y
cuarteadas.

El cartógrafo no estaba en mucho mejor estado que sus ropas. Aunque aún quedaba
evidencia de sus rasgos patricios, la palidez de su piel y el tiempo que hacía que no se
afeitaba le hacían parecer casi como una de las criaturas en lento estado de descomposición
de la plaga de los no-muertos. Sólo sus ojos, casi tan verdes como los de un gato,
mostraban algún brillo.

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Había perdido casi todas las herramientas de su profesión durante su febril éxodo, e
incluso la mochila en la que había guardado sus magras reservas y una manta para dormir.
Lucan no recordaba el nombre del último asentamiento en el que había encontrado
alojamiento. Apenas podía recordar su vida antes de que los sueños y pesadillas lo
poseyeran a veces ni siquiera estaba seguro de si esos recuerdos eran reales… o
recordatorios de las propias pesadillas.

La región por la que viajaba estaba densamente arbolada, pero, para el caso que le
hacía, tanto le hubiese dado que le rodeasen montañas de diamantes. Lucan Foxblood sólo
quería seguir moviéndose.

Parpadeo por primera vez en varios minutos.

El paisaje a su alrededor se tornó abruptamente verde esmeralda con tonos azul


pálido, y el aire brumoso parecía envolverse alrededor de la tambaleante figura como una
gruesa manta. Muchos de los puntos de referencias se desvanecieron, haciendo que el
entorno del cartógrafo pareciese un dibujo incompleto. Pero, a pesar de este llamativo
cambio, Lucan siguió adelante sin mostrar interés.

Volvió a parpadear. A su alrededor, la tierra recuperó su color normal… pero los


detalles habían cambiado. Ya no era la región por la que había estado viajando. Cierto, aún
había árboles, pero en la distancia ahora se alzaba un asentamiento que no había estado ahí
antes. Además, ahora le llegaba a la nariz el olor del mar, aunque pasó tan desapercibido
como la adusta sombra que cubría todo el paisaje.

Lucan pasó por un hito que tenía un grabado que le hubiese resultado ilegible si se
hubiese dado cuenta de que estaba allí. Pero el escrito le habría resultado perfectamente
legible a un elfo de la noche que, al leerlo, hubiese sabido con toda certeza dónde estaba a
punto de llegar.

Auberdine…

***

Un viento más frío y violento encaró a Broll y al tauren mientras ponían rumbo
hacia donde Hamuul había dicho que tendría lugar el cónclave. Ambos druidas agacharon
las cabezas, empujando contra el viento como si fuese un enemigo. Hamuul no dijo nada,

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pero el tauren dejó salir un gruñido que pareció reflejar la creciente inquietud del elfo de la
noche.

Se escuchó un gran crujido de hojas. Broll levantó la mirada con curiosidad.

El druida se quedó pasmado. Los ojos se le abrieron como platos por el terror.

Teldrassil había cambiado. Sí, las grandes ramas superiores estaban llenas de hojas,
pero muchas se habían secado y arrugado repentinamente mientras que otras ahora eran de
color negro y rizadas. Todas, incluso las que aún seguían verdes, estaban cubiertas de
agudas espinas.

Broll oyó la voz de Hamuul, pero era como si el tauren estuviese a kilómetros de
distancia. Las hojas seguían retorciéndose y ennegreciéndose, y ahora los frutos del gran
gigante también estaban cambiando. Entre las nudosas ramas habían brotado bayas
redondas de una palidez mortal del tamaño de su cabeza e incluso mayores, y emitían un
hedor de descomposición. Ningún druida, ningún elfo de la noche, se habría atrevido a
alimentarse de tales frutos, incluso aunque morir de hambre fuese la única alternativa. La
espantosa metamorfosis no dejó nada incólume. La corteza de Teldrassil se había agrietado
en muchos puntos, y a través de las grietas se podían ver venas palpitantes de savia
negruzca. La savia brotó primero como un goteo y luego fluidamente. Bichos diminutos
salieron del Árbol del Mundo, ciempiés y otras criaturas saliendo y entrando del tronco en
un número que indicaba una corrupción interior aún mayor.

—No… —murmuró Broll—. No…

Una sombra surgió desde Teldrassil, extendiéndose rápidamente más allá de los
dos druidas. Aunque el elfo de la noche no se volvió para observar su crecimiento, supo
inmediatamente que ya se había extendido más allá del alcance de Teldrassil hasta el
continente, infectando las tierras con la enfermedad del gigante.

Entonces estalló un ruido parecido al de una lluvia torrencial. Apartando la mirada


del tronco enfermo, Broll volvió a mirar hacia la copa.

Lo que había tomado por lluvia demostró ser en realidad un crujido de hojas aún
más violento. Las ramas se movían atrás y adelante con una fuerza tal que parecían querer
liberarse de las siniestras hojas.

Y lo estaban consiguiendo. Miles de macabras hojas empezaron a caer.


Ciertamente llovía, aunque las gotas no eran de agua.

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Las hojas que caían también se habían transformado. Se volvieron pequeñas


criaturas negras y esmeralda vagamente semejantes a elfos de la noche, pero con patas de
animal y espaldas encogidas como los tauren. Sólo eran siluetas espantosas, sin rasgos
distintivos en sus estrechas cabezas, excepto unos cuernos retorcidos. Emitían inquietantes
siseos y caían en interminables columnas hacia los dos druidas…

—Broll Bearmantle, ¿estás bien?

Sorprendido, el elfo de la noche trastabilló hacia atrás. Pero, cuando recuperó la


compostura y abrió los ojos, vio que el Árbol del Mundo había recobrado su estado
normal. Las ramas estaban quietas, y las hojas de un verde lozano seguían en el árbol.

Hamuul se inclinó sobre él con expresión preocupada. Broll asintió con retraso y,
cuando se oyó un cuerno, se sintió agradecido por no tener que entender o explicar lo que
acababa de ocurrir.

—Tenemos que seguir adelante —urgió Broll—. El cónclave está a punto de


empezar.

El tauren parpadeó y siguió al elfo de la noche. Unos momentos después, los dos
alcanzaron el lugar donde Fandral había decidido convocar la reunión.

Había más druidas de los que Broll había visto en cualquier otro cónclave reciente,
y aún venían más desde la dirección opuesta. Dos en particular le llamaron inmediatamente
la atención. Una adusta joven estaba hablando con otro que, aunque parecía confiado y
ciertamente irradiaba mucho poder, apretaba constantemente los puños como si estuviera
ansioso por algo. Tanto Elerethe Renferal como Naralex se estaban lamentando, aunque
los motivos de cada uno eran distintos. Elerethe se había dedicado a salvar la flora y la
fauna del Valle de Alterac durante la última guerra entre la Alianza y la Horda, pero había
sido incapaz de evitar la carnicería provocada no sólo por los dos ejércitos en conflicto,
sino por un chamán orco. Después de la guerra había jurado restaurar el valle. Varios años
después, aún seguía intentándolo.

Naralex había sido víctima de unas ambiciones mayores al buscar devolverle la


vida a un lugar en el que hacía tiempo que no la había. Acompañado por un pequeño grupo
de compañeros con la misma idea, había entrado en los Baldíos y, con astutos hechizos, se
las había arreglado para hacer aparecer agua desde las profundidades del reseco paisaje y
crear un puñado de pequeños oasis. Pero entonces algo malévolo se había hecho con el
control no sólo de su trabajo, sino del desprevenido Naralex y de muchos de sus
compañeros. Los atrapados se habían vuelto corruptos… versiones distorsionadas y
malignas de ellos mismos sin más deseo que extender la oscuridad. El propio Naralex
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Tempestira

había caído en la locura, luego recuperó la cordura para de nuevo caer en la locura y así
sucesivamente, recuperándose sólo mediante la inesperada ayuda de una partida de
aventureros.

Desafortunadamente, aunque su mente estaba más o menos recuperada, Naralex no


podía recordar nada de lo que le había poseído a él y a los demás. En cuanto a los Baldíos,
aunque por el momento estaban tranquilos, Fandral había ordenado que ni él ni ningún otro
druida volvieran allí. El Archidruida veía absurdo arriesgar vidas y energía en un lugar que
el Gran Cataclismo al final de la Guerra de los Ancestros había convertido en un desierto.
Tal como lo veía Fandral, incluso las tierras áridas tenían su lugar en Azeroth.

Sus miradas y las de varios más se fijaron en los recién llegados… y a Broll le
recordaron aún más su vergüenza. Cuanto más sintonizaba un druida con la naturaleza y su
vocación, más posibilidades había de que sus ojos tomasen el brillo dorado de la vida de
Azeroth. Así estaban marcados los grandes druidas.

Pero los ojos de Broll Bearmantle seguían siendo plateados con un ligero brillo
azulado que hasta ahora aparentemente había significado muy, muy poco.

Sacudiéndose la frustración, Broll se dirigió hacia la pareja, pero entonces sonó un


segundo cuerno. Los druidas reunidos se giraron al unísono hacia la dirección del sonido.
Un solo druida con una pulsera verde en su antebrazo bajó un cuerno de cabra y luego se
volvió hacia Teldrassil.

La rugosa corteza en la que se concentraba aquel que acababa de tocar el cuerno se


onduló. Broll tembló recordando su extraña visión. Entonces la corteza se rajó, abriendo un
hueco lo suficientemente grande como para que entrase un elfo de la noche… o, como en
este caso, para que saliese.

Los druidas inclinaron la cabeza en señal de respeto cuando Fandral Staghelm


caminó entre ellos con el porte de alguien que controla cuanto le rodea. Sus ojos brillaban
con un fulgor dorado mientras saludaba con la cabeza a muchos de los allí reunidos.
Fandral iba vestido con más sencillez que la mayoría de los druidas elfos. De su torso sólo
estaban cubiertos los hombros con una armadura de madera modelada con cabezas de
animales, incluyendo los deslumbrantes ojos. Sus manos estaban cubiertas por mitones
protectores tejidos que llegaban hasta el codo, donde acababan los remates de madera.

Fandral caminaba descalzo por elección propia para mostrar su unión con la
naturaleza. La única señal de extravagancia por su parte se encontraba en su cintura: un
adornado cinturón que tenía un cierre color rubí y un anillo decorativo segmentado que
colgaba debajo. A lo largo de cada lado llevaba una larga serie d fragmentos de corteza.
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—El bosque es la sangrevida del mundo —entonó Fandral.

—El bosque es la sangrevida del mundo —repitieron Broll y los otros druidas.

—Teldrassil es la sangrevida del mundo…

Broll y los demás repitieron su oración.

—Me alegro de que tantos hayan respondido a la llamada tan rápidamente —dijo
después el Archidruida—. Debo confirmarles lo peor. Teldrassil está enfermo…

La noticia hizo que los druidas se mirasen los unos a los otros con cierta ansiedad.
En realidad, lo que Fandral les había dicho no era una gran sorpresa, pero resultaba
pasmoso que el Archidruida lo dijese sin ambages. Aunque casi todos los druidas habían
tomado parte en su creación, plantar Teldrassil había sido sugerencia de Fandral, y él por
encima de todos se encargaba de su cuidado.

Fandral Staghelm había sido el primero en sugerir el segundo Árbol del Mundo,
pero Malfurion siempre había bloqueado que la sugerencia pasara a más. Pero, a pesar de
la oposición de Malfurion, la lealtad de Fandral permaneció intacta. Tras el descubrimiento
del terrible destino del gran Archidruida, Fandral dio un paso adelante y, con pocas
protestas de los demás, asumió el puesto de líder.

Su primera misión, proclamó solemnemente, era salvar a su amado shan'do.

Bajo su guía, los druidas del Círculo Cenarion habían determinado que el cuerpo
Lich debería permanecer en su túmulo, localizado en el reverenciado Claro de la Luna.
Allí, rodeado por las energías naturales del mundo y los cuidados mágicos de las hermanas
de Elune, el cuerpo, considerado perfectamente sano en cualquier otro aspecto por las
hermanas, no pasaría hambre ni sufriría por la falta de agua. Con esta decisión llegó la
esperanza de que, con lo poderoso que era, quizá Malfurion aún pudiera recuperarse.

Pero Fandral no había confiado sólo en la esperanza. El Círculo había hecho


intentos no sólo por restaurar el cuerpo, sino también para atraer al espíritu de Malfurion
de regreso. Todos los intentos fallaron. Incluso habían recurrido a la Señora del Sueño
Esmeralda, la gran dragona verde Ysera, pero hasta aquello había sido inútil. La Señora del
Sueño, como también la llamaban los druidas, no había conseguido tampoco contactar con
él.

Hasta hacía poco todo esto se les había ocultado a los elfos de la noche e incluso a
la mayoría de la Hermandad y de los druidas. Sin embargo, las crecientes preguntas habían
acabado por forzar a un reacio Fandral a alertar a los demás druidas, aunque no al resto de
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su raza, de la gravedad de la situación, lo que era el motivo principal de que hubiesen


respondido tantos a esta repentina convocatoria. Broll creía que todos los druidas habían
adivinado, como había hecho él, que la reunión tendría que ver con el rescate de
Malfurion.

Pero Teldrassil era un motivo al menos tan importante, si no aún más, para los elfos
de la noche como raza. El propósito original para plantar el nuevo Árbol del Mundo era
recuperar su inmortalidad y aumentar sus poderes. Pero Fandral había señalado que el
árbol mágico podría ser también su única oportunidad para encontrar el cuerpo astral de su
fundador e iniciar su rescate.

Pero si Teldrassil está tan enfermo… Broll frunció el ceño y vio su aprensión
reflejada en los rostros de Hamuul y los demás.

Fandral caminó entre ellos. Su aguda mirada se posó brevemente sobre Broll.
Aunque obviamente no era la intención del Archidruida, la mirada volvió a recordarle a
Broll su terrible fracaso. Pero, por otra parte, ese recuerdo no estaba nunca lejos de su
mente.

El Archidruida sonrió, como un padre a sus hijos.

—Pero no desesperemos, amigos míos —dijo—. No los he llamado sólo para


hablarles de desastres…

—¿Hay alguna esperanza? —exclamó otro de los druidas.

—¡Hay más que esperanza! —proclamó Fandral—. ¡Los he llamado a este lugar,
aquí, junto a las raíces de Teldrassil, para que podamos ayudar a sanar al Árbol del
Mundo! —sonrió animadamente—. Y, cuando Teldrassil vuelva a estar sano, podremos
volver a concentrarnos en nuestra búsqueda de Malfurion Stormrage…

—Pero ¿cómo podemos ayudar a Teldrassil? —preguntó alguien más.

—Con esto —el Archidruida extendió la mano. En ella se encontraba un objeto que
todos reconocieron… y que hizo que de los labios de Broll saliera un grito ahogado de
consternación y sorpresa.

Fandral sostenía el Ídolo de Remulos.

El nombre quizás pudiera confundir, pues el ídolo no se parecía en nada a aquel


cuyo nombre llevaba. Remulos, el inmortal hijo de Cenarius, que en sí mismo ya componía
una llamativa figura, había tallado la efigie con la forma de un dragón verde erguido sobre

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dos patas. El tren inferior del cuerpo de Remulos era el de un orgulloso corzo, pero allí
donde la paletilla de las patas anteriores debería alcanzar el cuello, se alzaba un poderoso
pecho humanoide. Sus pezuñas estaban hendidas y eran fuertes. Como su padre, Remulos
era medio animal del bosque, mientras que la parte superior recordaba sobre todo a un
druida de los elfos de la noche. Pero ahí terminaban los parecidos. Sus manos acababan en
garras de madera y hojas, y su pelo y barba estaba compuesto de hojas, matas y musgo.

Remulos también era el guardián del Claro de la Luna. Broll se había preguntado si
el druida inmortal aparecería aquí, aunque hacía tiempo que Remulos no había aparecido
por los cónclaves. Se rumoreaba que había llevado a cabo su propia búsqueda de
Malfurion…

Pero Fandral no había enseñado el ídolo por sus méritos artísticos. Era un poderoso
objeto mágico capaz de ayudar a los hechizos de los druidas… si no provocaba más daños
antes.

De hecho, Broll no pudo contenerse. Se atrevió a decir:

—Archidruida, con el mayor de los respetos… ¿eso debería formar parte de


nuestros esfuerzos?

Fandral se giró y miró severamente a Broll.

—Tu preocupación es comprensible, buen Broll. La pérdida de Anessa no fue


culpa tuya. Hiciste lo que pudiste para salvar muchas vidas y derrotar a los demonios.

Broll luchó por no horrorizarse al oír las palabras de Fandral, incluso aunque éstas
habían sido dichas con la intención de tranquilizarlo. Un rostro humano apareció en los
recuerdos de Broll, el de un hombre decidido de pelo oscuro cuya mirada hablaba de más
pérdidas de las que había sufrido el elfo de la noche que se había hecho su amigo. Varían
Wrynn había permanecido al lado de Broll cuando el druida había ido a recuperar la
maldita figura de las manos de un fúrbolg enloquecido. Ambos habían forjado una
profunda amistad anteriormente, siendo esclavos y gladiadores. Varian lo había hecho,
incluso aunque no tenía ninguna noción de su propio pasado, ningún recuerdo de que a
todo un reino le faltaba el hombre que había sido su monarca…

Fandral volvió a apartarse de Broll. Sostuvo la figurilla y luego señaló al Árbol del
Mundo.

—¡En su momento lo alimentamos para que de semilla creciese hasta convertirse


en el leviatán que es ahora! El esfuerzo nos costó caro, pero las recompensas han sido

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Tempestira

múltiples… un nuevo hogar, comida y agua en abundancia, y protección ante nuestros


enemigos…

Los druidas asintieron. Broll se dio cuenta de que Fandral no había mencionado la
inmortalidad que su pueblo seguía sin recuperar, pero dado que Teldrassil aún no la había
devuelto, pensó que quizá fuera un asunto delicado para el Archidruida.

El Archidruida empujó el ídolo hacia uno de los otros druidas reunidos. El elfo de
la noche dio instintivamente un paso atrás.

—¡Pero, al darnos tanto, el propio Teldrassil ha quedado abierto a la enfermedad!


¡Ahora nos necesita otra vez! A cambio… ¡sin duda nos mostrará el camino para encontrar
a nuestro shan'do!

El entusiasmo de Fandral era contagioso. Los otros murmuraron su aprobación.

—El Sueño está siendo devorado rápidamente por la Pesadilla… —continuó


solemnemente, verbalizando el temido conocimiento que todos compartían—. Dado que
no hemos sabido nada recientemente de su Señora, he prohibido la entrada a nadie más
después de los últimos insensatos intentos… —Fandral miró a su audiencia, como si los
desafiase a que alguno le desobedeciese—. Pues sin duda Malfurion no quiere que se
pierdan más vidas por su causa…

Se llevó la mano al pecho y dibujó la silueta de un círculo en el que añadió dos


rayas verticales curvadas. Las rayas representaban las astas de Cenarius. El símbolo
completo representaba el Círculo Cenarion.

Los druidas unieron sus manos, preparándose para comenzar su trabajo. Broll
despejó su mente de preocupaciones y mezquinos pensamientos mortales, y empezó a
entrar en trance meditativo. A su lado, Hamuul hizo lo mismo.

Volviéndose hacia Teldrassil, Fandral tocó el gran tronco con su mano libre. Sus
dedos recorrieron la rugosa corteza.

Algo se movió dentro del Árbol del Mundo, algo que todo druida podía sentir como
si fuese algo propio. Incluso en su estado de meditación, Broll sintió una tremenda
presencia uniéndose al cónclave… la esencia de Teldrassil tocando a todos los que habían
ayudado a hacerlo crecer.

El Árbol del Mundo era más que el hogar de los elfos de la noche. Estaba unido a
la salud de Azeroth. Enfermo, afectaba no sólo a su entorno inmediato, sino a las tierras

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Tempestira

más allá de la isla. Ni siquiera el aire ni los mares enfurecidos eran inmunes. Como poco,
un Teldrassil enfermo no podría mantener el equilibrio entre la naturaleza y la corrupción.

El suelo tembló, pero ni Broll ni ninguno de los otros sintieron miedo alguno, ni
siquiera cuando lo que parecían ser tentáculos surgieron de debajo de ellos.

Pero no eran tentáculos. Eran las mismas raíces de Teldrassil. Una raíz se movió
hacia cada uno de los druidas, arrastrándose hacia ellos como si estuviesen a punto de
atacarlos. Pero ninguno se movió. Sabían que Teldrassil no pretendía hacerles daño, sino
que les pedía ayuda…

Una gigantesca raíz ya se había enroscado en Fandral. De la raíz brotaron


diminutas extensiones. Éstas, a su vez, se enroscaron alrededor del Archidruida como
viñas hasta que estuvo medio cubierto por ellas.

Era una variación, formidable, por supuesto, de una de las maneras en que los
druidas entraban en comunión con la flora de Azeroth. Lo que no se podía ver era que las
raíces impregnaban sus mismos cuerpos, casi fundiendo en uno a los elfos de la noche y la
planta. Fandral sostuvo el ídolo de Remulos. Ahora brillaba con una débil luz verde; no
sólo el color del dragón al que representaba, sino el del auténtico animal conectado con la
figura. Ni siquiera Remulos sabía con cuál de los dragones verdes estaba conectada su
creación, pues esa elección la había hecho Ysera en secreto. Fuese cual fuese el dragón
elegido, había sido sin duda uno muy poderoso.

Broll sintió cierta inquietud cuando la magia de la figura los tocó a él y a la raíz de
Teldrassil, pero su confianza en el Archidruida venció a sus recuerdos de lo malvado del
objeto. La magia se filtraba en la mente y el alma del druida…

Se convirtió en Teldrassil, y Teldrassil se convirtió en él.

Broll no podía contener la euforia que lo llenaba. Se sintió como si todo Azeroth se
abriese a él, de tan profunda y lejanamente que se habían extendido las raíces del Árbol del
Mundo. Vio más allá de la isla, más allá de las aguas que la rodeaban…

Pero, antes de que su consciencia pudiese extenderse más allá, Broll sintió un tirón.
Una ligera debilidad lo alcanzó. Pero los pensamientos de Fandral llenaban su mente,
garantizándole a él y al resto que su plan era seguro.

El poder de los druidas fluía hacia Teldrassil, alimentándolo. Dándole fuerzas. Con
tanta voluntad y deseo tras su ofrenda, Broll estaba seguro de que, fuese lo que fuese lo

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que afectaba al Gran Árbol, sería derrotado y que entonces, como el Archidruida había
indicado, podría ayudarlos a rescatar a Malfurion…

En cuanto pensó en su shan’do, Broll sintió algo discordante en su conciencia. Una


sombra se extendió por sus pensamientos, y sintió la misma intranquilidad que le había
asaltado cuando se había imaginado a Teldrassil monstruosamente corrompido. Broll
intentó ignorar esa intranquilidad, pero ésta crecía…

Broll Bearmantle…

Oír su nombre hizo pedazos hasta el último rastro de calma del druida. ¿Conocía
esa voz? ¿Era…?

El enlace entre Teldrassil y él se rompió. Broll dejó escapar un grito ahogado y


cayó sobre una rodilla. Sentía vagamente a los otros a su alrededor, incluido Hamuul. ¿Era
Hamuul quién le había llamado, como había hecho antes? No, casi no parecía real; el
sonido se había desvanecido de sus pensamientos sin dejar rastro. Era difícil concentrarse;
era como cuando en un sueño su mente se deslizaba hacia la inconsciencia…

Hamuul le puso la mano en el hombro. Broll miró hacia arriba. Un puñado de


druidas lo habían rodeado, básicamente amigos suyos.

—Estoy bien —les dijo sin aliento—. Perdonadme por romper el hechizo…

—Tú no has tenido nada que ver con eso —comentó con perplejidad Naralex,
agachándose junto a Broll—. Hamuul llamó la atención sobre ti, y los que estábamos más
cerca acudimos rápidamente, pero tú no interrumpiste nuestros esfuerzos…

Naralex y Hamuul ayudaron al druida a ponerse en pie. Broll estaba ruborizado por
la vergüenza.

—Si no han sido mis carencias, ¿entonces qué ha sido?

Pero, mientras hablaba, notó por toda la tierra que le rodeaba que los druidas ya no
estaban solos. Una presencia se acercaba rápidamente.

Broll miró hacia Fandral, que estaba en pie, dándole la espalda a Teldrassil,
mirando hacia el camino de su izquierda. Ahora le resultaba evidente que el Archidruida
había detenido el hechizo porque se acercaban forasteros.

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Un grupo se dirigía hacia el cónclave con seguridad. Quienes venían por detrás se
abrieron para proteger a su líder. Aunque eran elfos de la noche, no se los podría tomar
nunca por druidas.

Eran todas hembras y obviamente de una orden religiosa. Llevaban fundas vacías
en los costados y carcajes en la espalda. Broll pensó que debían de haber dejado sus armas
atrás por respeto a los druidas. Por sus cuerpos delgados y su gracilidad se podía ver que
estas hembras no sólo eran expertas en el uso de varias armas, sino también en el combate
cuerpo a cuerpo.

En esta partida eran once, aunque el número de miembros de su orden era mucho
mayor. Llevaban túnicas plateadas brillantes que les llegaban a los tobillos. El cuerpo del
vestido estaba adornado hacia la mitad por elegantes gotas de plata encapsuladas en unas
esferas azules. También llevaban cinturones arqueados de eslabones con cierres
decorativos. Las túnicas eran muy sueltas, lo que permitía libertad de movimientos a las
que tenían conocimiento de artes marciales. Incluso sin las espadas o los arcos, las once
suponían una fuerza bélica preparada.

Su líder rápida, casi impacientemente, observó a los druidas. Extendió las manos…
y por todo el cielo cubierto brilló repentinamente la mayor de las dos lunas de Azeroth
iluminando la zona.

—Nuestra presencia no causa problemas, ¿verdad? —preguntó educadamente


Tyrande Whisperwind—. Después de todo, no es aquí donde se suele reunir el Círculo…

—La Hermandad de Elune es siempre bienvenida —respondió Fandral—. Aunque


seguramente un cónclave de druidas no tiene mucha importancia para la Suma sacerdotisa
de la diosa luna y gobernante de todos los elfos de la noche…

—No sería importante, incluso aunque su localización sea desacostumbrada —


replicó mientras su expresión se endurecía de un modo que hizo que Fandral frunciese el
ceño y los demás druidas se inquietasen—, si Elune no me hubiese revelado la terrible
verdad.

Hubo murmullos entre los druidas. Fandral hizo gesto de que guardasen silencio.
Frunciendo el ceño, preguntó:

—¿Qué “terrible verdad”, Suma sacerdotisa?

Tyrande tragó saliva, la única señal de que la noticia le afectaba personalmente.

—Malfurion se muere…
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—¡Imposible! Hemos conservado su túmulo seguro, y tus propias sacerdotisas


cuidan a diario de su cuerpo. No hay motivo para tan horrible circunstancia…

—Sin embargo, existe —respondió—. Su situación ha cambiado. Malfurion se


muere, y debemos actuar con toda la rapidez posible.

Antes de que Fandral pudiese responder, Broll se sorprendió a sí mismo diciendo:

—¿Y qué haremos, suma sacerdotisa?

La voz de Tyrande sonó cortante como el acero.

—Primero, debemos viajar hasta el Claro de la Luna.

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CAPÍTULO TRES
EL ÁRBOL
S entía cómo su cuerpo seguía retorciéndose lenta, espantosamente. Hacía tiempo

que los brazos se le habían contorsionado alrededor de la cabeza y los dedos se le habían
separado y estirado en varias direcciones. De sus piernas no quedaba más que un grueso
tronco porque los dos apéndices se habían fundido en uno y parecía que había sido hacía
toda una vida.

¿Cuánto tiempo había estado allí, rígido y sin moverse? ¿Cuánto tiempo había
pasado desde que había caído prisionero del Señor de la Pesadilla? ¿Qué estaba ocurriendo
en el plano mortal?

¿Qué le había pasado a Tyrande?

Como había hecho muchas veces ya, Malfurion Stormrage luchó contra la agonía.
Habría gritado debido al terrible esfuerzo que le suponía… si todavía tuviese boca. Su
monstruoso captor sólo había dejado intactos sus ojos, pues el diablo deseaba que viese su
propia transformación para que comprendiese lo desesperado de su destino.

Malfurion el elfo de la noche había desaparecido. En su lugar había un árbol


macabro y esquelético, un fresno. En lo que habían sido los brazos y dedos, y que ahora
eran ramas, ya crecían unas hojas con agudas espinas. El tronco se torcía en ángulos
extraños allí donde antes el torso se encontraba con las caderas. Los pies se le habían
abierto formando lo que ahora eran retorcidas raíces.

Intentando alejar su mente de esta tortura, Malfurion se imaginó el rostro de


Tyrande recordando el momento en que los dos se habían manifestado silenciosamente su
amor, cuando ella lo prefirió por delante de su ambicioso hermano Illidan. En secreto, él
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Tempestira

creía que ella prefería a su gemelo pues, aunque era temerario, Illidan había avanzado
mucho en su aprendizaje de la brujería. Más aún, sus esfuerzos en la lucha contra la Legión
Ardiente le habían hecho aparecer como un salvador… al menos en los corazones de
muchos elfos de la noche y a veces también en el del propio Malfurion. Pero Tyrande, por
entonces aprendiz de Elune, aparentemente había visto algo mejor en el entonces bisoño
druida, algo especial. El todavía no sabía qué había sido.

El mismo Malfurion recuperó algo de fuerza gracias a su visión, pero los


pensamientos sobre Tyrande también venían acompañados por un tremendo sentido de
culpa. Había sido decisión de él que ella se quedase sola para proteger Azeroth durante
muchos siglos mientras él y los druidas recorrían el Sueño Esmeralda. No importaba que la
decisión la hubiese tomado por el bien de su mundo y hubiese demostrado ser la correcta.
Así y todo, la había abandonado.

El Archidruida de repente quiso chillar. Los pensamientos y emociones eran los


suyos propios, pero ¿estaban influidos por su captor? No sería la primera vez. La insidiosa
presencia se había infiltrado ya muchas veces en su mente, causando estragos entre los
recuerdos y pensamientos del elfo de la noche. Esta, en contraste con la espantosa
transformación, era la parte más sutil de su tortura.

No había habido dolor. Después de todo, se encontraba en el Sueño Esmeralda y


había entrado con su cuerpo astral, no el físico. El dolor habría sido imposible bajo esas
circunstancias.

Como para llevarle la contraria, su cuerpo se retorció aún más. Y, de nuevo, no


pudo liberar su agonía gritando.

¿Malfurion?

La voz atravesó su dolor. Se aferró a su existencia como si fuese un salvavidas. Era


distante… apenas un susurro… pero sonaba como… sonaba mucho como…

¿Malfurion? Soy… Tyrande… estás…

¡Tyrande! Si su llamada hubiese sido audible, estaba seguro de que podría haberse
escuchado desde kilómetros de distancia. ¡Tyrande!

¿Malfurion? La voz tomó fuerza. Malfurion sintió crecer sus esperanzas. La


conocía desde hacía más de diez mil años y durante más de diez mil años la había amado.
Ella debería haberle odiado por todas las ausencias que él se había tomado siguiendo su

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vocación, pero al final siempre había estado allí. Ahora… ahora, una vez más, Tyrande
había demostrado que nada se interpondría entre ellos.

¿Malfurion? Su llamada era más enérgica, más inminente. Casi como si estuviese
cerca…

Una forma sombría tomó cuerpo delante de él. Todo el dolor había abandonado
ahora su cuerpo astral. El Archidruida se sintió como si fuese a llorar al ver acercarse la
silueta de Tyrande.

El resplandor que la rodeaba la diferenciaba de él o de cualquier otro druida


viajero, pues era de un sutil, aunque poderoso color plateado que indicaba el poder de
Elune. Malfurion habría sonreído de tener boca. Cómo había llegado hasta ahí, no tenía ni
idea… pero allí estaba.

Tyrande habló, pero las palabras tardaron un momento en llegar a su mente.


¿Malfurion? ¿Eres… eres tú?

Empezó a responder, pero la siguiente reacción de Tyrande lo dejó aturdido. Ella se


echó hacia atrás claramente asqueada.

Qué… ¡repugnante! oyó el Archidruida.

Tyrande se retiró aún más. Sacudió la cabeza.

Tyrande… Tyrande… pero sus llamadas quedaron sin atender, como si ella ya no
pudiese oírle. La suma sacerdotisa alzó una mano como si quisiera mantenerlo apartado.

No…. dijo finalmente. Esperaba algo mejor de ti…

El Archidruida estaba confuso. Sin embargo, antes de que pudiese intentar decir
algo, una segunda forma se materializó al lado de ella.

Te lo advertí, mi amor, dijo la segunda figura, más grande. Te advertí de que él no


era lo que tú esperabas…

Malfurion se quedó sin habla. Conocía esa voz. Temía esa voz. Le recordaba a otro
fracaso más, quizá el mayor de todos.

Vio a Illidan, pero no el Illidan gemelo de Malfurion, sino la monstruosidad en la


que se había convertido.

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Illidan Stormrage era un demonio. Sobre su cabeza había unos enormes cuernos
retorcidos como los de un gigantesco carnero y grandes alas membranosas que le brotaban
desde los omoplatos. El aspecto de Illidan era una distorsión de su antiguo yo, con la
mandíbula más pronunciada y la boca llena de dientes afilados. Los pómulos eran más
altos. Una melena de desordenado pelo azul medianoche le cubría la cara.

Una tela cubría lo que habían sido los ojos mortales de Illidan. Ojos que el Titán
Oscuro Sargeras había quemado durante la Guerra de los Ancestros, la marca de la lealtad
de Illidan hacia el Señor de la Legión Ardiente. En su lugar, un abrasador fulgor verde que
distinguía al fuego demoníaco permitía al hermano de Malfurion no sólo ver el mundo que
lo rodeaba, sino todas las energías místicas inherentes a él.

Illidan, murmuró Tyrande con afecto. Con la mirada fija en Malfurion y con no
menos asco añadió Illidan, pero mírale…

El demonio avanzó hacia delante con sus pesadas pezuñas. Era mucho mayor de lo
que había sido cuando era elfo de la noche. Su pecho era ancho, ciertamente más ancho de
lo normal. El torso de Illidan estaba desnudo, excepto por unos arcanos tatuajes que
también brillaban con la luz verde del poder. Su única vestimenta eran unos pantalones
rajados, recuerdo de su pasado mortal.

Cálmate, mi amor, respondió Illidan, y sus labios se movieron asincrónicamente.


Para horror de Malfurion, su gemelo colocó un musculoso brazo sobre el hombro de
Tyrande, cubriéndolo con unas manos que se estrechaban formando retorcidas garras.

Y, para mayor horror del Archidruida, Tyrande encontró consuelo en el abrazo de


Illidan.

¡No puedo soportar verle! ¡No es lo que creí que era!

Illidan sonrió a su transformado hermano desde detrás de Tyrande.

¡Tú no tienes la culpa, Tyrande! La culpa es de él… él te abandonó… me


abandonó a mí… les exigió a todos que siguieran sus dictados, incluso aunque eso
supusiera una tragedia para ellos… sólo se está llevando lo que se merece…

¡Mentira! Insistió Malfurion, pero ninguno le prestó atención. En lugar de eso,


Tyrande le dio la espalda a Malfurion, devolviéndole fervorosamente el abrazo a Illidan.

¡Tantos siglos malgastados en él! dijo amargamente la Suma sacerdotisa. Siempre


le pareció bien hacerme esperar… sus propios deseos siempre eran más importantes que
yo…
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El demonio la miró y le alzó la barbilla con una de sus garras. Yo nunca te haría
eso, amor mío… haría que tú y yo fuésemos uno…

Tyrande se enfrentó a su terrible mirada. Sonrió. ¡Entonces, hazlo!

Amor mío… puso sus dos garras sobre los hombros de ella.

De sus ojos brotó una llama que envolvió a Tyrande. Malfurion gritó, pero no
sirvió de nada. La Suma sacerdotisa estaba rodeada de fuego.

Y entonces… Tyrande cambió.

De la frente le surgieron cuernos, cuernos que se elevaban y se curvaban. De su


espalda germinaron dos pequeños bultos que rápidamente se hincharon y crecieron. Unas
alas membranosas se extendieron. Las uñas de sus delgadas manos crecieron y se
ennegrecieron mientras Illidan las sujetaba.

¡No! intentó gritar de nuevo Malfurion. ¡No!

Tyrande volvió la mirada al Archidruida… pero ahora sus ojos eran unos orbes de
abrasador color verde. Frunció el ceño ante el indefenso Malfurion.

Tú me has hecho esto… dijo ella. Tú…

El Archidruida dejó escapar una silenciosa plegaria… y se despertó. Seguía en su


cuerpo astral, seguía atrapado y dolorosamente retorcido. Pero había descubierto que el
desgarrador dolor que acababa de sufrir no era real… al menos, todavía no.

Pero Malfurion no sintió ningún consuelo en ello. No era la primera vez que sufría
una pesadilla tal, y cada vez le resultaba más difícil distinguir cuándo dormía y cuándo
estaba despierto. Su torturador jugaba malévolamente con él, un juego que el Archidruida
sabía que iba perdiendo lentamente.

E incluso aunque sólo hubiese sido una pesadilla, lo dejó más agotado, más
susceptible.

Tyrande… pensó Malfurion. Lo siento tanto…

Quizás ya ni siquiera piensa en ti, dijo una nueva voz dentro de su cabeza. Después
de tanto tiempo, después de que la abandonases tan a menudo, después de que le dejases a
ella el destino de tanta gente mientras tú te escondías del mundo y de tu responsabilidad…

Malfurion intentó sacudir la cabeza, pero ya no tenía cabeza que sacudir.

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La voz volvió, muy parecida a una venenosa víbora que se arrastrara por el alma de
Malfurion. Igual que abandonaste a otros tan importantes para ti; los abandonaste a la
traición, al encarcelamiento, a la condenación…

Illidan. Malfurion había intentado salvar a su gemelo, pero al final la ambición de


Illidan lo había convertido en aquello mismo contra lo que había luchado. Un demonio. Si
Malfurion hubiese actuado de otro modo desde el principio, quizá buscando ayudar a su
hermano en lugar de encarcelarlo… podría haber salvado a Illidan.

¡No! consiguió pensar el capturado Archidruida. ¡Intenté ayudarle! Fui a su cárcel


una y otra vez con la esperanza de apartarlo de su fatal camino…

Pero fallaste… siempre fallas… te fallaste a ti mismo y por eso le fallarás a tu


Azeroth…

En el Sueño Esmeralda… la Pesadilla… lo que había sido Malfurion Stormrage se


retorció una vez más. Ya no relucía con la brillante luz verde que toman los cuerpos
astrales cuando entran en ese reino mágico. En vez de eso, un tono más oscuro y sombrío
de verde lo envolvía ahora.

Una oscuridad aún mayor rodeaba al Archidruida preso, la única evidencia visible
de lo que se hacía llamar el Señor de la Pesadilla. De esa penumbra infecta surgían
docenas de tentáculos que entraban en Malfurion no sólo alimentando la alteración de su
cuerpo, sino buscando penetrar más allá en la mente del elfo de la noche mientras éste se
transformaba lenta pero inexorablemente en un árbol.

Un árbol que sufría un inconcebible y agónico dolor…

***

El túmulo de Malfurion estaba como Tyrande Whisperwind lo había visto en su


visión y en visitas anteriores. Había pocas cosas que hablasen de la persona que había tras
la leyenda. Consistía en una serie de pasajes subterráneos que nunca habían visto la luz del
sol, pero los elfos de la noche eran criaturas de la oscuridad y, además, tenían poderes
místicos. En lugar de lámparas de aceite, la fría y suave luz de la luna mantenía iluminada
la cámara principal por la interpelación de las devotas oradoras de la Hermandad.

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El Archidruida yacía como si durmiese, lo que, en cierto sentido, estaba haciendo.


Sólo sus ojos abiertos daban la primera señal de que había más de lo que parecía.

La sacerdotisa de turno se había apartado. Uno a uno llegaron todos al cuerpo


inmóvil, los druidas se arrodillaron como señal de respeto hacia su fundador mientras que
las recién llegadas Hermanas de Elune simplemente se inclinaron. A Broll la escena le
recordó más a un funeral o al menos a una familia reunida alrededor del lecho de muerte
de un ser querido, pero se guardó para sí esos sentimientos, especialmente teniendo tan
cerca a la amada de Malfurion.

Cuando le tocó el turno a la Suma sacerdotisa, se inclinó tanto que al principio


parecía que iba a besar a Malfurion. Sin embargo, en el último momento, Tyrande se echó
atrás y le acarició brevemente la frente.

—Fría… —murmuró—. Más de lo que debería estarlo…

—Hemos sido constantes con las oraciones —respondió inmediatamente Merende


con un rastro de sorpresa en su tono—. No debería haber cambiado nada…

Cuando replicó, no había ira en la voz de Tyrande.

—Lo sé… pero está más frío… la visión de Elune es cierta —se quedó mirando
fijamente—. Y sus ojos están perdiendo el dorado… como si estuviese perdiendo su
vínculo con Azeroth…

Se echó atrás, dejando sitio al Archidruida. Fandral pasó aún más tiempo con
Malfurion del que había pasado la Suma sacerdotisa. Murmuró para sí y pasó ambas
manos sobre el cuerpo. Broll le vio lanzar una pizca de polvos sobre el pecho y se preguntó
por las intenciones de Fandral. Las sacerdotisas y los druidas habían llevado a cabo
docenas de hechizos para ayudar a Malfurion no sólo en la conservación de su cuerpo, sino
en su posible regreso.

Quitándose una solitaria lágrima, el Archidruida dio un paso atrás. Broll rezó a los
espíritus del bosque para que lo que fuese que estaba intentando hacer Fandral funcionase.
Necesitaban a Malfurion más que nunca, especialmente si la enfermedad de Teldrassil
demostraba ser algo que estaba fuera del alcance de sus poderes curativos.

—Mis hermanas intensificarán sus esfuerzos —dijo Tyrande tras una breve
conversación con Merende y la pareja de sacerdotisas que atendían a Malfurion—. Sin
duda, Elune las ayudará a mantener el cuerpo vivo… al menos un tiempo… pero esto hay
que resolverlo pronto.

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—Aquí no podemos hacer nada más —observó Fandral con una respetuosa mirada
al cuerpo de Malfurion Stormrage—. Regresemos fuera…

Mientras los druidas y las sacerdotisas obedecían, Broll se dio cuenta de que
Tyrande había regresado para tocarle la mejilla a Malfurion. Luego su expresión se
endureció y caminó detrás de Fandral como si estuviese a punto de marchar a la guerra.

La penumbra de la cámara de Malfurion dejó paso a la exuberante belleza de la


tierra, una accidentada región forestal puntuada por incontables montes bajo los que se
encontraban los santuarios de otros druidas. Entre los túmulos, había arcos de piedra y
madera cubiertos de vegetación viva y exuberante que le daban un aspecto exótico al Claro
de la Luna.

Pero era más que el aspecto físico lo que hacía al Claro de la Luna ser lo que era.
Como druida, Broll en particular podía notar la paz inherente a este lugar. No era nada
extraño que hubiese sido escogido como lugar sagrado para aquellos que compartían su
oficio.

—Qué lugar tan apacible —comentó la Suma sacerdotisa.

—El espíritu de Cenarius es gran parte de ello —replicó Fandral, aparentemente


complacido por el halago de Tyrande—, y también está presente en su guardián, su hijo…

—Ojalá yo fuese mi padre —se oyó una voz que trajo con ella una sensación
primaveral—. Ojalá lo fuese…

Los druidas no habían oído aproximarse a la figura, puesto que sus pasos no
provocaban sonido alguno. Inmediatamente se arrodillaron en señal de respeto, e incluso
las sacerdotisas saludaron la aparición de Remulos con una inclinación formal. Sin
embargo, no parecía demasiado complacido con los saludos.

—¡Levántense! —conminó a los druidas mientras el aire que lo rodeaba se llenaba


del olor de las flores, y la hierba crecía más frondosa bajo sus pezuñas—. No necesito que
me honre ninguno de ustedes —añadió agriamente sacudiendo su melena de hojas—. ¡Soy
un fracaso abyecto!

Fandral extendió la mano en protesta.

—¿Tú, oh grande? ¡Sin duda tales palabras no podrían utilizarse para describir al
Señor del Claro de la Luna!

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El rostro, semejante al de un elfo de la noche, miró hacia los reunidos, mientras las
ventanas de su nariz se dilataban como le ocurriría a un corzo furioso. Se concentró
brevemente en Broll, que inmediatamente bajó la mirada y luego se volvió hacia Fandral.

—Son palabras adecuadas, Fandral, puesto que mis esfuerzos por buscar ayuda
para Malfurion no han servido de nada. Sigue dormido… y ahora ha empeorado, supongo.
¿Por qué otro motivo iba a venir al Claro de la Luna un grupo como éste?

—Se está… muriendo —admitió Tyrande.

El rostro de Remulos reflejó conmoción. Sus cuatro veloces patas dieron un paso
atrás sin hacer ruido, y unas coloridas flores silvestres brotaron de sus huellas.

—Muriéndose… —la conmoción se desvaneció dejando paso a algo más


sombrío—. Tiene sentido… ¡porque la Pesadilla está creciendo más deprisa que nunca, y
su locura farfulladora es ahora más audible por la mayor parte del Sueño Esmeralda! Peor
aún, también se mueve más deprisa, atrapando desprevenidamente a más defensores del
Sueño… y corrompiéndolos en cuerpo y en espíritu…

Oír a Remulos hablar también de este modo añadía más credibilidad a los temores
que sentían Broll, Tyrande y los demás. Broll apretó los puños deseando por un momento
volver a la simplicidad de sus años como gladiador.

A pesar de lo breve que fue su movimiento, eso u otra señal notoria de emoción
hizo que Remulos volviese a mirarle. Pero las palabras de Remulos fueron para Fandral, no
para Broll.

—¿Sigues teniendo el ídolo, Archidruida?

—Sí, oh grande.

Remulos miró a Fandral.

—No lo utilices. Escóndelo. Que su poder no toque a Azeroth… al menos por


ahora…

Varios de los druidas, Broll incluido, miraron a su líder. Fandral no mencionó su


reciente decisión, limitándose a asentirle a Remulos y responder:

—Está a salvo en mi morada. Y así permanecerá.

—Ten en cuenta lo que he dicho. Por ahora no puedo dar más motivos… pues yo
tampoco estoy seguro…
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—Te lo juro —dijo Fandral.

La deidad asintió y se retiró aún más. Al hacerlo, su cuerpo se fundió de algún


modo con su entorno, el cercano y el lejano.

—Esta noticia, aunque temible, me mueve a hacer otra cosa. Suma sacerdotisa,
tienes mis simpatías…

La respuesta de Tyrande fue cerrar brevemente los párpados. Pero para entonces
Remulos ya se había convertido en su entorno, desvaneciéndose como si se tratara de una
ilusión creada por las hojas y la flora del claro místico.

Pero su voz permaneció:

—Una última advertencia, amigos míos… ha habido rumores… de que han


aparecido durmientes en distintos reinos, durmientes de todas las razas… se dice que son
aquellos que no pueden despertarse a pesar de todos los intentos de sus seres queridos…
presten atención a las historias que oigan, tal como yo haré… pueden ser importantes…

Y entonces desapareció.

—Durmientes… que no pueden despertar… —murmuró Tyrande—. ¿Qué puede


querer decir?

—Puede que no quiera decir nada —señaló Fandral—. Como ha dicho Remulos,
sólo son rumores. Es probable que no sean más que eso.

Hamuul gruñó.

—He oído… de un orco de cuya palabra me fío… que hay una aldea en la que
cinco fuertes guerreros no pueden despertarse.

El Archidruida no parecía nada convencido.

—La palabra de un orco…

El tauren se encogió de hombros.

—No tenía motivos para mentir.

—Malfurion está atrapado en el Sueño Esmeralda —indicó pensativamente


Tyrande—. ¿No suena esto como si tuviese algo que ver con aquello?

Inclinándose, Fandral sacudió la cabeza.


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Tempestira

—Suma sacerdotisa, cometes un error razonable. Aunque lo llamamos Sueño


Esmeralda… o Pesadilla, lo que ahora es… la proyección druídica y el sueño mortal
corriente son dos cosas totalmente distintas.

—Sí… supongo que tienes razón —una sombra amarga regresó a su rostro—.
Nunca debería haber ido solo. No, después de haber advertido a otros de tu oficio que
tuviesen cuidado de los cambios en el Sueño Esmeralda.

Broll observó que Tyrande cerraba los ojos por un momento y su furia se
transformaba en tristeza.

—Sabía que ya habían encontrado a druidas en el estado en el que él se encuentra


ahora —continuó Tyrande—, pobres desgraciados que no tenían fuerza ni voluntad para
mantener sus cuerpos vivos después de que sus cuerpos astrales hubiesen estado ausentes
demasiado tiempo…

Que la Suma sacerdotisa supiese tanto sobre el oficio de los druidas no le


sorprendió a nadie. Había estado presente desde el principio, desde que su shan'do había
empezado su adiestramiento. Siendo su amante, sin duda habría compartido sus
experiencias con ella.

—Hizo lo que debía hacer, Tyrande Whisperwind, tal como nosotros haremos lo
que debemos hacer —respondió el Archidruida. Fandral parecía más tranquilo—. Y el
Árbol del Mundo Teldrassil sigue siendo nuestra mejor esperanza para salvarlo.

La Suma sacerdotisa no parecía confiar tanto en las palabras del Archidruida,


aunque asintió. Miró a Broll, a quien conocía mejor que a la mayoría de los demás druidas.
Él le ofreció lo que esperaba que fuese una expresión de seguridad.

Fandral comenzó a decirle algo más a la Suma sacerdotisa, pero un ruido llamó la
atención de Broll, alejándolo de la conversación.

Al antiguo esclavo se le erizó el pelo de la nuca cuando reconoció el ruido. Su


mirada voló hacia los árboles y el resto de la vegetación, donde las hojas se movían como
si las sacudiese un aire violento.

Como había ocurrido antes con Teldrassil, las hojas de los árboles y los arbustos de
todo el Claro de la Luna salieron volando, dejando mortalmente desnudos los tallos y las
ramas. Las hojas se alzaron al cielo… y luego cayeron con mortal puntería hacia los
reunidos. Según caían, volvieron a cambiar de forma para convertirse en las crecientes

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Tempestira

siluetas de criaturas con rastros de pezuñas hendidas y extremidades más de animal que de
elfo de la noche.

Pero entonces tuvo lugar un cambio con respecto a la visión anterior. Entre los
elfos de la noche y los monstruosos atacantes se formó una figura que fulgía con la luz del
Sueño Esmeralda. Broll pensó instintivamente en Malfurion, pero su cuerpo era más
pequeño y no estaba en absoluto formado como el de uno de los suyos. Más bien se parecía
cada vez más a…

—Broll! —una voz áspera susurró en su oído—. ¡Broll Bearmantle!

El elfo de la noche se sacudió. Los demonios volvieron a tornarse hojas, y las


hojas, repitiendo la visión que había tenido de Teldrassil, volvieron a sus lugares entre la
vegetación.

Broll miró al preocupado Hamuul. Se dio cuenta de que el tauren y él estaban


solos. Los demás ya estaban distantes, alejándose de la zona.

—Broll Bearmantle, algo te aflige —Hamuul dio unos pasos para colocarse delante
de su amigo—. Los demás no se han dado cuenta, pues cuando te vi envararte me coloqué
de tal modo que pareciese que estábamos hablando. Incluso entonces, la falsa conversación
que mantenía contigo parecía no afectarte. Estabas… estabas como está nuestro shan'do.

Sintiendo cómo se le debilitaban las piernas, Broll tomó a Hamuul del brazo para
apoyarse. Cuando respondió, fue con una voz ronca que lo asustó.

—No…. no estaba como Malfurion. He tenido… he tenido una visión…

—¿Una visión? ¿Cómo puede ser?

El elfo de la noche pensó.

—No. Una visión no. Era como si… como si Azeroth… u otra cosa… intentase
advertirme…

Dándose cuenta de que ahora tenía que confiar en alguien, Broll rápida y
calladamente le contó al tauren lo que había experimentado. Las ventanas de la nariz de
Hamuul se dilataban a menudo según escuchaba el relato. Como era habitual entre los de
su raza cuando se encontraban inquietos o excitados, el tauren resopló más de una vez.

—Deberíamos contarles esto a los demás —sugirió Hamuul cuando Broll hubo
terminado.

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Broll sacudió la cabeza.

—Fandral no verá nada más que ansiedad… o quizá locura. Para él, Teldrassil es la
clave… y probablemente tenga razón.

—Pero tus visiones… que, como dices, ya son dos… deben de tener algún
significado, Broll Bearmantle.

—No estoy tan seguro… si hay algo de verdad en lo que he visto… fuese lo que
fuese… ¿por qué soy el único que lo ve?

El tauren reflexionó sobre esto por un momento y luego replicó:

—Quizá tú eras el más indicado…

—¿El más indicado para qué?

—Aunque he tenido el honor de llegar a ser Archidruida, Azeroth todavía contiene


muchos misterios cuyas respuestas no conozco. La respuesta a tus visiones es algo que
sospecho que descubrirás tú solo cuando Azeroth lo desee…

El elfo de la noche frunció el ceño y luego asintió. Sin nada más que añadir a la
secreta conversación, se apresuraron para alcanzar a los demás. Sin embargo, mientras
caminaban, Broll miró furtivamente al tauren mientras lo cubría un gran sentimiento de
culpabilidad.

Había omitido una cosa de sus visiones… o de la última, para ser precisos. Justo
antes de que Hamuul lo despertase del siniestro panorama, Broll había reconocido por fin
la figura que aparecía casi como un guardián contra el mal que caía sobre él…

Era el Ídolo de Remulos.

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CAPÍTULO CUATRO
LAS SOMBRAS SE MUEVEN
—E sos perros sarnosos deben de estar en los pozos más hondos—gruñó el

alguacil Dughan a sus hombres mirando por las rendijas de su casco hacia una profunda
galería de la Cantera de Jaspe. Una nube de polvo se le atragantó, y se volvió para escupir
en el suelo—. Creo que es prudente hacer una parada momentánea.

Los sonidos metálicos de las armaduras resonaron por todas las paredes de la
galería mientras los quince hombres del alguacil relajaban sus posturas de alerta. Pero
Zaldimar Wefhellt, un mago mediocre de Villadorada que había acompañado al grupo en
su búsqueda, mantuvo su posición con la mirada fija en el oscuro túnel.

—Te he dicho que descanses —dijo bruscamente Dughan.

El canoso y barbudo mago caminó hacia los demás. Aunque en Villadorada se le


respetaba, Zaldimar no se habría hecho famoso en una de las capitales. Aun así y aunque el
grupo de Dughan había reunido era lo bastante fuerte como para derrotar solos a esos
bastardos, estaba seguro de que los hechizos del mago ayudarían a llevar a cabo una
ejecución rápida y despiadada.

Localizada en las estribaciones norte del Bosque Elwynn, la cantera de Jaspe había
sido uno de los puntos clave de donde se extraía el metal que se necesitaba para construir
armas y armaduras. Pero con tantas presiones sobre Ventormenta, el número de fuerzas
militares que protegían las minas del bosque había quedado reducido a nada, y la Cantera
de Jaspe y las demás estaban horriblemente infestadas.

Sin enemigos, los kobolds, humanoides de morros largos y peludos que


normalmente eran más molestos que peligrosos, habían regresado a la zona. No eran
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Tempestira

luchadores hábiles, ni tampoco particularmente inteligentes, pero se reproducían como


conejos y existían en gran número… aunque no por mucho tiempo si el alguacil Dughan se
salía con la suya. Había hecho grandes progresos las últimas semanas, entre la Cantera de
Jaspe y la mina Abisal que se encontraba más al suroeste, había pedido la cuenta de los
kobolds que ya había matado, tan constante que se había vuelto la cacería.

Dughan se quitó el casco. Tenía la cara ancha, el pelo corto, un bigote espeso con
perilla y había luchado bastante cuando era joven. Elegido Alguacil tras la misteriosa
muerte de su predecesor, Dughan, durante los últimos años, había traído el orden y la paz a
Villadorada, eliminando no sólo a los kobolds, sino a los lobos, los osos, los bandidos, a
los múrlocs, que parecían peces, y a otros.

Pero ahora los kobolds habían regresado.

—Esas alimañas van a luchar con dientes, clavos, martillos y hachas cuando les
ataquemos —dijo Dughan—, pero también estarán metidos en sitios estrechos… y ahí es
donde entras tú, Zaldimar…

El mago, con su túnica púrpura y azul inmaculada a pesar del polvo que cubría a
los demás, asintió gravemente.

—Una serie de hechizos arcanos sería el curso de acción más efec…

Dughan lo cortó con un gesto.

—Ahórrame las explicaciones. Mata, hiere y asusta a todos los que puedas antes de
que tengamos que entrar. ¿Puedes hacerlo?

Zaldimar asintió. Dughan se volvió a poner el casco y luego le indicó al grupo que
siguiera adelante. Cortó varias telarañas gruesas que estorbaban parte de su camino, restos
de las enormes arañas de mina que solían alimentarse de cualquier cosa que fuese lo
bastante estúpida para entrar y, sobre todo, de kobolds. De hecho, al cortar una tela, un
viejo cráneo de kobold cayó al suelo. El traqueteo resonó por toda la mina.

Dughan maldijo. Puede que los kobolds sospechasen de la presencia de los


hombres, pero ahora lo habían confirmado.

Varios hombres tosieron por el polvo, que parecía más espeso de lo normal. Y no
tardaron en descubrir por qué. Una de las galerías laterales, un pasillo que habría llevado a
una salida secundaria para los mineros se había venido abajo. La mirada del alguacil se
topó con varias toneladas de rocas, tierra y vigas de madera destrozadas.

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Tempestira

—Un accidente —dijo Zaldimar—. Les advertí de que estaban acumulando


demasiada tensión en esa zona la última vez que vinimos a limpiar estos de Kobolds.

—No importa —señaló Dughan—. Lo que importa ahora es que hace que nuestra
tarea sea más sencilla.

Zaldimar asintió. Los kobolds tenían un número limitado de direcciones por las que
moverse. Ahora las únicas salidas estaban cortadas.

La confrontación estaba cerca…

Toparon con un cuerpo, pero no el que esperaban. Era una araña de mina del
tamaño de un perro grande. Con su veneno y otras armas, era más que capaz de atrapar a
un kobold… y posiblemente a un humano. Ésta había sido hecha pedazos. A la débil luz el
alguacil pudo ver varias huellas.

—Parece que los kobolds se están haciendo más listos. Atacan en grupo a las
arañas para matarlas.

—Eso da que pensar —comentó Zaldimar.

Asintiendo ásperamente, Dughan apretó la mano con la que sostenía la maza con
pinchos. Con su mano libre el alguacil se limpió instintivamente el tabardo. La feroz
cabeza de león dorada y azul de su pecho brilló llamativamente una vez más. Volvió a dar
la orden de seguir adelante…

A lo lejos, en la oscuridad, una voz áspera susurró y otra, airada, respondió.

Una pequeña llama, como la de una vela, se materializó algo más allá… y luego la
apagaron repentinamente.

—Zaldimar… —susurró Dughan.

El mago se colocó en vanguardia. Levantó las manos e hizo gestos. Una luz
púrpura relampagueó acompañada por un sonido vibrante. El rayo arcano recorrió el túnel
hacia abajo, donde había estado la pequeña llama.

Un momento más tarde explotó… y volvió a explotar… y una vez más. La mina
tembló. Sobre los soldados cayeron pequeños fragmentos de roca y polvo, y el alguacil
maldijo negligencia del mago.

La galería quedó brevemente iluminada por un aura púrpura tan brillante que
Dughan tuvo que taparse los ojos. Del otro extremo llegó un coro de gruñidos.
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El alguacil parpadeo mientras su mirada se ajustaba a la luz.

—¡Por el Rey! —gritó Dughan.

La galería estaba repleta de kobolds, había más demonios de cara de rata de lo que
se indicaba en los informes, muchísimos más. De repente los adiestrados soldados de
Dughan parecían muy poca cosa.

Los kobolds en vanguardia de la manada soltaron unos gritos bestiales y blandieron


sus armas. Movían las colas adelante y atrás, indicando su creciente agitación. Ninguno de
ellos parecía herido por el ataque de Zaldimar.

—Prepárense para una retirada ordenada —los conminó Dughan. Los soldados
estaban poco preparados para eso. En lugar de limpiar la mina, él y sus hombres estaban
ahora en peligro de que los matasen.

Delante de él, Zaldimar permanecía en silencio mirando a las criaturas mientras los
efectos luminosos de su rayo arcano comenzaban a disiparse.

—¡Haz algo, mago! ¡Dispara otro!

El hechicero se volvió. La expresión de Zaldimar era de total asombro.

—D-debo descansar un minuto… estos hechizos me agotan…

Aunque no era mago, el alguacil sabía que Zaldimar necesitaba recobrar todas las
fuerzas… y deprisa. Agarró a Zaldimar por el brazo y lo apartó del resto de la partida.

—¡Debes intentarlo, Zaldimar! ¡Es muy probable… que nuestras vidas dependan
de ello!

Antes de que el mago pudiese responder, los kobolds se lanzaron hacia delante. Lo
que había parecido algo cómico y una amenaza sólo para los niños pequeños (los kobolds
no medían más de un metro veinte como mucho) era ahora una aterradora y peligrosa
amenaza para todos.

—¡Atrás! ¡Atrás! ¡Ustedes tres! ¡Mantengan las espadas delante, junto a mi maza!

Dughan empujo a Zaldimar detrás de él. Aunque el mago resultase ahora inútil, el
alguacil no iba a dejarlo para que lo matasen.

El primero de los Kobolds llegó hasta los defensores. Dughan golpeó a uno y luego
se enfrentó a otro mucho más grande.

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—¡Tú no quitar vela! —rugió.

La vela en cuestión estaba sobre una pequeña palmatoria. Los Kobolds veían bien
en la oscuridad, pero en la mina todavía necesitaban iluminación en las zonas más
profundas.

—¡No… quiero… tu… maldita vela! —le gritó Dughan.

Golpeaba una y otra vez. Aparecía una cara de rata tras otra sólo para ser derribado
por la experta mano del alguacil. A su alrededor sus hombres demostraban su habilidad
aplastando, cortando y apuñalando a los kobolds sin piedad.

Las tomas habían cambiado. Las numerosas docenas de enemigos kobold se


convirtieron en montones de cadáveres. Una sonrisa cruzó el rostro de Dughan.

Al final, los soldados de Villadorada se encontraron hundidos hasta las rodillas en


sangre y cadáveres. El hedor de los kobolds muertos demostró ser cien veces peor que
cuando estaban vivos, pero los hombres estaban dispuestos a sufrirlo, tan completa había
sido su victoria. Incluso hasta la última de las velas de los kobolds se había apagado.

El alguacil Dughan contó a sus hombres. Estaban todos presentes. Algunos tenían
heridas leves, sobre todo arañazos, pero seguían presentes y sanos.

No… había uno que no estaba presente.

—¿Dónde está el mago?

Los otros sacudieron la cabeza. Dughan buscó entre los cuerpos allí donde había
visto a Zaldimar por última vez. No había rastro había rastro de la presencia ni de la del
hechicero.

Dughan supuso que el indefenso Zaldimar probablemente habría huido antes de la


batalla. Sin duda volverían a encontrar al cobarde en Villadorada.

—Vámonos de aquí —decidió el oficial—. Asegúrense de que las otras galerías


estén despejadas.

Dudaba en que fuesen a encontrar más de un par de kobolds después de la pelea,


pero incluso aquellos tenían que ser erradicados.

De repente, la Cantera de Jaspe tembló como en sus profundidades hubiese tenido


lugar una explosión.

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Tempestira

Las vigas que había delante de la partida crujieron alarmantemente.

Dughan señaló hacia delante con su espada.

—¡Muévanse!

Pero, según se adelantaba el grupo una de las vigas más distantes se partió. Las dos
mitades quedaron colgando.

—¡Cuidado! —rugió el oficial.

El techo de la mina se vino abajo en el punto más débil. Peor aún provocó una
reacción en cadena. Otras vigas se partieron.

Masas de tierra y piedras cayeron al suelo.

Los hombres se echaron hacia atrás, pero entonces el techo se desplomó. El polvo y
la oscuridad cegaron a Dughan y a sus hombres, que se empujaban unos a otros buscando
escapar.

Entonces el alguacil oyó un grito que le heló la sangre.

Topó con una zona despejada justo cuando el derrumbamiento remitía. Tosiendo, el
alguacil Dughan intentó forzar la vista y pudo ver las formas de al menos tres hombres.

Cuando se hizo el silencio suficiente como para que le oyesen, gritó:

—¡Recuento!

Once voces respondieron, algunas de ellas doloridas. Once, no quince.

La devastación hacía que fuese inútil comprobar si los otros cuatro seguían vivos.
Dughan tenía que llevar a lugar seguro al resto de sus hombres. Sólo había una elección,
volver a donde habían luchado contra los kobolds. A veces los kobolds excavaban
madrigueras secretas en las minas; salidas. Al menos había esperanza.

—¡Síganme!

El sendero resultó ser más oscuro y largo de lo que recordaba. Sólo el fuerte hedor
le indicaba a Dughan que se estaba acercando al área. Pero, al llevar al grupo rápidamente
por el pasillo, chocó con un muro de roca.

—¿Qué es esto?

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El muro indicaba que debían de haber pasado de largo el sitio donde se habían
encontrado con los kobolds… pero ¿dónde estaban los cuerpos?

Dughan buscó a tientas en sus bolsillos algo con lo que iluminar la zona, pero no
encontró nada.

Repentinamente un fulgor púrpura apareció a su lado. El alguacil se giró con la


masa preparada.

Zaldimar lo miró desde detrás de la luz. Dughan no pudo ver más que su cara. El
mago tenía una expresión demacrada e intensa.

—¿Te ayuda esto? —dijo ásperamente.

—¿Dónde demonios te habías metido? ¿Has visto alguna salida?

¡La zona por la que hemos entrado es impenetrable!

Zaldimar asintió.

—Lo sé. Yo me he asegurado de ello.

—¿Que tú… qué?

El brillo creció. A Dughan se le abrieron los ojos como platos.

El ropaje del mago. Ahora llevaba una armadura negra con cráneos en las rodillas y
el pecho. Llevaba una capucha alta tras la cabeza. Los ojos le brillaban con un monstruoso
fulgor de color púrpura oscuro.

—En cuanto a una salida, un hechizo sencillo me permitirá salir de aquí.

El alguacil Dughan puso la afilada punta de su maza bajo la barbilla de Zaldimar.

—¡Pues entonces nos llevarás contigo!

Algo se movió al borde de la luz. Golpeó el ama del alguacil. Al luchar por retener
la maza, vio un hocico que le resultó conocido.

—Kobold…. —pero la palabra murió en sus labios cuando Zaldimar aumentó la


insidiosa luz.

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No era solo un kobold… sino un kobold muerto. El vientre de la criatura estaba


abierto, y los órganos putrefactos medio colgaban de la herirá. El kobold agarró su arma y
se quedó mirando al oficial con ojos ciegos.

Y, según iba iluminando más, el alguacil Dughan vio que había muchos, muchos
más… todos los que él y sus hombres habían matado y, aparentemente muchos más.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

—Ahora me sirven a mí… igual que yo sirvo a nuestro auténtico amo… —dijo
ásperamente Zaldimar con una expresión sonriente que daba a su cara el aspecto de un
cráneo—. Y como harás tú, buen alguacil…

Los kobolds se adelantaron. El alguacil Dughan y sus hombres estrecharon las


filas.

—No les dolerá mucho tiempo…

Totalmente silenciosos, los kobolds avanzaron. Dughan le machaco el cuello a uno,


lo que no tuvo ningún efecto. Desesperado golpeó más fuerte y le arrancó la cabeza.

Pero el cuerpo siguió atacando.

—Debo dejarlos por un tiempo —murmuró Zaldimar—. Ahora tengo que


prepararme para Villadorada… una labor a la que tú y tus soldados ayudarán una vez
hayan sido… convertidos.

—Maldito seas…

Pero el alguacil Dughan calló cuando el nigromántico desapareció… y, con él, la


luz.

El aire se volvió espeso, desagradable. El fétido olor a kobold muerto estaba por
todas partes. Sin la iluminación mágica no podía ver a quienes se le acercaban.

Un hombre chilló. Un momento después el monstruoso sonido de algo húmedo


siendo hecho pedazos resonó por la galería.

—¿Alguacil? —rogó el hombre que estaba junto a él.

—¡Sigan luchando!

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Pero entonces Dughan casi cayó de lado cuando algo arrastró al soldado. El
desventurado soldado volvió a llamarlo… y luego lanzó un grito escalofriante mientras el
familiar sonido de las armas clavándose en la carne resonó por las paredes.

El choque de armas se volvió más débil… y más débil…

El alguacil Dughan sabía que era su última carga. Sintió a los no-muertos kobolds
lanzarse sobre él. Por primera vez les brillaron los ojos con un aura de un blanco mortal
que le provoco escalofríos.

Y entre ellos vio la luz en los ojos de figuras más altas… figuras desgarradas y
golpeadas, por lo que podía ver.

Sus propios hombres, ahora parte de la impía masa.

Se lanzaron hacia delante. El alguacil Dughan movió alocadamente su arma. La


maza golpeaba carne una y otra vez, pero los kobolds y los mutilados soldados empujaban
sin cesar. Ahora estaban por todas partes, aferrándolo con sus garras, mordiéndolo o
golpeándolo con sus armas. Gritó mientras lo no-muertos lo sepultaban…

El alguacil Dughan yacía en su cama, aunque ya había salido el pueblo de


Villadorada. Se movió intranquilo. Tenía el ceño fruncido, y el sudor le bañaba el cuerpo.
Movió ligeramente los labios, como si quisiera hablar o gritar, y tenía las manos tan
apretadas que los nudillos estaban blancos.

De repente Dughan se incorporó y chilló. Pero el alguacil no despertó, sino que


volvió a caer sobre la cama, donde de nuevo se movió y sudó como si estuviese luchando
contra algo en sueños.

Su chillido había sido agudo, lo bastante como para que se oyese en gran parte del
pueblo. Pero nadie, ni familia ni sirvientes, acudieron para saber qué le ocurría al alguacil.
No podían. En toda Villadorada no había nadie que pudiese… pues todos estaban en sus
camas. Todos estaban durmiendo.

Y todos estaban sufriendo pesadillas.

***

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Aunque era Suma sacerdotisa de la diosa luna, a Tyrande el amanecer siempre le


pareció una visión hermosa, si acaso algo molesta para un ser nocturno como ella. Cuando
era joven, muy joven, no le había parecido tan doloroso. De hecho, ella, Malfurion e
Illidan a menudo cabalgaban durante el día, cuando la mayoría de los demás dormían,
explorando el mundo de la luz. Malfurion incluso había comenzado sus lecciones con
Cenarius durante el día.

Quizá me esté volviendo vieja al fin, pensó. Entre los elfos de la noche, Tyrande era
una de las que más había vivido. Había sobrevivido a muchos amigos y a todos sus seres
queridos, excepto a dos.

La distancia para llegar al Claro de la Luna significaba que la Suma sacerdotisa, su


guardia personal, el Archidruida Fandral y los demás druidas que lo acompañaban tenían
que dormir allí durante un día antes de regresar a Darnassus. Aunque muchos de los
druidas se encontraban cómodos usando los túmulos, las cámaras subterráneas le
recordaban demasiado a Tyrande otros lugares su pasado que deseaba olvidar, como las
mazmorras del palacio de Azshara.

Como reina, Azshara había decidido sacrificar a su pueblo por pura vanidad y
obsesión, y le había abierto voluntariamente las puertas a la Legión Ardiente. Su principal
consejero Xavius la había aguijoneado, y los dos contribuyeron en gran medida a las
incontables muertes causadas por los demonios. Tyrande deseó no volver a pensar nunca
más en Azshara, pero quedaban muchos recordatorios que la obligaban a evocarla.

Y, saliendo de los túmulos, ella, sus seguidoras y unos cuantos druidas usaron
tiendas creadas con lianas y hojas criadas por sus anfitriones.

En su tienda, montada a una respetuosa distancia de donde Fandral y sus


compañeros druidas descansaban, la gobernante de los elfos de la noche practicaba sus
habilidades en la lucha. La tienda tenía tres por tres metros y estaba tejida con tiras de
hojas tomadas del propio Teldrassil. Expertos tejedores habían creado en la tienda diseños
específicos para las Hermanas de Elune, especialmente el símbolo de la luna, que se
repetía una y otra vez. Bendecida por la Madre Luna, la tienda también emitía un ligero
brillo plateado.

Dentro había poca decoración, a Tyrande le importaban sólo las cosas básicas. Una
pequeña mesa de madera y un taburete suponían el único mobiliario y habían sido
provistos por los druidas. Había dejado su guja de luna junto a las mantas que le servían de
cama, que también estaban tejidas con hojas de Teldrassil. La antigua arma de tres filos era
una de las favoritas de su raza, y especialmente de los Centinelas de élite. Consciente de

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las muchas amenazas que se cernían sobre mundo, Tyrande practicaba a menudo con la
guja.

Ahora, sin embargo, sólo quería practicar su habilidad en el combate cuerpo a


cuerpo, en gran parte por la necesidad de estirar los músculos. Tratar con Fandral le había
provocado suficiente tensión, pero tener que viajar con él para ver el cuerpo de Malfurion
le había hecho mucho más daño de lo que se hubiese imaginado.

Fandral… aunque los respetaba a él y a su puesto, sus planes no la contentaban. Por


el momento había cedido, pero la larga espera que el trabajo de él sugería iba cada vez más
en contra la tendencia natural de ella de actuar rápida y decididamente, actuar como una
guerrera…

Enfrentándose a sus propios deseos. Tyrande se dedicó con más ánimo al


entrenamiento. La Suma sacerdotisa arqueó los brazos y lanzó una patada. Había llegado
lejos desde sus tiempos de novicia; en cierto sentido, más lejos que Malfurion, quién
durante los últimos diez milenios, había abandonado Azeroth demasiado a menudo por la
aparente perfección del Sueño Esmeralda. Había habido veces durante sus desapariciones
en que había llegado a estar enfadada con él por abandonarla… pero su amor siempre
había vencido esas emociones más oscuras.

Tyrande giró y golpeó con la mano izquierda con los dedos formando una curva
capaz de aplastar una tráquea. Se elevó sobre los dedos del pie derecho y lanzó hacia arriba
la mano derecha… y de repente notó algo detrás de ella.

La Suma sacerdotisa se giró ferozmente sobre los dedos de los pies y lanzó una
patada a su atacante. Nadie debería haber entrado sin avisar. ¿Dónde estaban sus
centinelas? Aun así, Tyrande ataco solo para incapacitar, no para matar. A cualquier
intruso lo necesitaría vivo para que respondiese a preguntas.

Sin embargo, en lugar de golpear algo sólido, Tyrande observó cómo su pie
atravesaba una opaca figura negra y esmeralda. El sombrío asesino se disolvió en mil
fragmentos de niebla y luego recupero la forma.

Pero la elfa de la noche ya se había movido para coger la guja de luna. Al hacerlo
vio a dos pesadillescas más. Sus formas borrosas hacían que fuese imposible identificar
cualquier rasgo, pero a Tyrande le pareció que eran medio animales. Por algún motivo, eso
despertó un miedo irracional en ella.

En ese breve lapso, las otras dos sombras demoníacas se lanzaron. Tyrande blandió
la guja justo a tiempo, y los curvados filos los atravesaron a ambos.
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Tempestira

Pero la guja hizo que las mitades inferior y superior se separasen


momentáneamente. Recuperándose inmediatamente, los demonios se lanzaron a cortarla
con unas largas zarpas que les brotaron repentinamente de las manos.

—¡Unngh!

Tyrande se retiró como mejor pudo, intentando recuperarse del ataque. No había
cortes ensangrentados donde las zarpas habían cortado, pero la elfa de la noche se sentía
como si tuviese aún clavados unos cuchillos de hielo. Una parte de ella quería soltar el
arma y lanzarse al suelo.

Pero hacerlo significaría sin duda la muerte. La Suma sacerdotisa blandió


furiosamente la guja, más para obligar a sus atacantes a continuar recuperando sus formas
que porque confiase en herirlos.

Un segundo grito, más terrible, salió de su boca cuando sintió unos puñales helados
clavarse en su espalda. Distraída por los demás, no había notado a otro atacante detrás de
ella.

La guja se le escapó de la temblorosa mano. Tyrande se preguntó por qué, con sus
dos gritos, nadie había aparecido para investigar. Quizá los demonios habían hecho que
desde fuera todo pareciese silencioso dentro. Los asesinos la matarían, y nadie lo sabría
hasta que alguien entrase en la tienda por otro motivo.

No… eso no va a pasar… insistía para sí Tyrande. Soy sacerdotisa de la Madre


Luna… ¡a luz de Elune es parte de mí…

Y, como si esta idea la recorriese, fundió el hielo en su interior y acabó con el


miedo que buscaba dominar su voluntad.

—Soy la Suma sacerdotisa de la Madre Luna… —declaró a sus sombríos


adversarios—. Sientan su luz…

El plateado brillo llenó su tienda. Las figuras negras y esmeralda se encogieron


ante su gloria.

A pesar de esta prometedora reacción, la elfa de la noche no se relajó. Se abrió a


Elune. El suave consuelo de la Madre Luna la envolvía. Elune protegería a su hija.

La luz plateada se intensificó mil veces más. Con un siseo, los monstruosos
asesinos se disolvieron como si en realidad no estuviesen hechos de nada más que de
sombras.

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Tempestira

De repente, todo se volvió negro como la boca del lobo. Tyrande dejó escapar un
grito ahogado. La luz de Elune había desaparecido, y de algún modo ella se encontraba
sentada en el suelo en postura de meditación. La Suma sacerdotisa miró hacia la guja, que
seguía sobre las mantas, donde había estado antes de que entrasen los intrusos. ¿O no lo
hecho? El dolor helado de su espalda regreso, o quizás era un escalofrió que le recorría la
columna. Tragó. Tenía la boca seca y el corazón desbocado.

Mientras Tyrande se levantaba, una guardiana entró de repente la tienda.


Enmascarando sus emociones, Tyrande se enfrentó a la confusa mirada de la centinela. Por
la expresión de la otra sacerdotisa se dio cuenta de que no sabía nada del intento de
asesinato de su señora.

—Perdóname —murmuró la guardiana—. Oí un grito ahogado y temí que hubiese


pasado algo…

—Simplemente me he pasado con el entrenamiento y me he quedado sin aliento.

La otra elfa de la noche frunció el ceño y luego asintió. Se inclinó mientras al


mismo tiempo comenzaba a retirarse.

Algo se le ocurrió a Tyrande. Esta extraña y siniestra visión había decidido el


asunto para ella, pero, si pensaba hacer algo independientemente de las intenciones del
Archidruida Fandral, entonces Tyrande necesitaba asegurarse de una cosa.

—Espera.

—¿Señora?

—Tengo una misión para ti… concerniente a uno de los druidas…

***

Habiendo sido esclavo, Broll Bearmantle encontraba los túmulos demasiado


pequeños, por eso lo hacía como hacían otros, al raso, en un lugar escogido del Claro de la
Luna. Hamuul dormía a poca distancia, a su derecha. Existía relación entre ellos, como si
ambos fueran únicos en un sentido u otro entre todos los de su oficio.

Ciertamente, aparte de Varían Wrynn y la joven Valeera Sanguinar, una elfa de


sangre pícara, ni más ni menos, Hamuul era, quizás el amigo más íntimo del elfo de la
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Tempestira

noche. Era una extraña y, para muchos, inquietante, colección de personajes, pero a Broll
ya no le importaba lo que pensaran los demás.

Varias reflexiones turbadoras asaltaban al elfo de la noche mientras estaba


tumbado. Demasiadas como para permitirle dormir. Mientras el tauren roncaba a su lado,
Broll pensó durante un tiempo en Valeera, que se había convertido casi en una hija para él.
Como elfa de sangre la joven era adicta a la absorción de energía mágica arcana, un
camino al que su raza se había abocado tras la destrucción de la fuente de poder de los
elfos nobles, la Fuente del Sol. Broll casi se las había arreglado para ayudarla a vencerla…
pero entonces las circunstancias habían obligado a Valeera a volver a las costumbres de su
raza. Se habían separado, al menos por un tiempo, poco antes de la convocatoria al
cónclave. Esperaba que estuviese mejor, pero se temía que su adicción hubiese vuelto a
empeorar.

Gruñendo, Broll intentó calmar su mente. En ese momento no podía hacer nada por
Valeera, a menos que tuviese ayuda… y eso le devolvió a su shan'do. Por primera vez se le
ocurrió algo o, más bien, intentó que se le ocurriese. La parte principal de la idea
permanecía fuera del alcance de su agotada mente. El druida intentaba una y otra vez
concentrarse lo suficiente, pero la verdad parecía escapársele cada vez más lejos. Casi…

Oyó un ruido entre los árboles que había detrás de él, un rastro como de un grito
ahogado.

Padre…

El elfo de la noche se envaró. ¿La había oído… a ella?

Broll se incorporó silenciosamente.

Padre…

Ahí estaba otra vez. Conocía esa voz mejor de lo que conocía la suya propia. Broll
tembló. No podía ser ella.

Miró a Hamuul, cuyos ronquidos seguían siendo regulares. El agudo oído del
tauren no había captado nada. Para Broll, eso confirmaba que sólo había imaginado que
oía…

Padre… te necesito…

¡Anessa! suspiró Broll. ¡Sí que la había oído!

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Tempestira

El druida reaccionó instintivamente, levantándose y mirando hacia los árboles


buscando a su hija. No la llamó, temeroso no sólo de alertar a los demás, sino de que su
amada hija se fuese corriendo.

Pero… una parte de su mente le recordaba… Anessa está muerta… y yo soy el


responsable…

A pesar de ser consciente de ello, Broll sintió cómo se le aceleraba el corazón. Dio
un paso inseguro hacia la dirección de la que creía que había salido la llamada.

Padre… ayúdame…

Las lágrimas llenaban los ojos del habitualmente imperturbable druida. Recordaba
su papel en la muerte de ella. La vieja agonía volvió a azuzarlo. Regresaron los recuerdos
de la batalla.

Sí, Anessa estaba muerta.

¡Pero ella me llama! insistía la parte más básica de él. ¡Esta vez puedo salvarla!

Una sombra se movía entre los árboles delante de él, a lo lejos. Broll se dirigió
hacia la forma. De repente, el mundo del druida formó ondas. Los árboles se retorcían
como si estuviesen hechos de humo. La indistinta figura era cada vez más distante. El cielo
se volvió el suelo, y el suelo el cielo. Broll se sintió como si sus huesos se hubiesen
licuado.

Intentó llamar a su hija.

Algo se movió hacia él viniendo desde el bosque. Al acercarse crecía hasta


alcanzar proporciones espantosas. Incluso entonces, el druida no fue capaz de distinguir
rasgos concretos. Casi parecía…

Broll intentó gritar… y se despertó.

Comenzó a recuperar la concentración. Lentamente, el elfo de la noche se dio


cuenta de que había varias cosas que no encajaban con lo que recordaba de lo que le
rodeaba. No se encontraba al borde del bosque, sino que estaba tumbado en el suelo como
si siguiera durmiendo. Entrecerrando los ojos, Broll miró hacia arriba. Por la posición del
sol, debían de haber pasado varias horas.

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Tempestira

El canto de los pájaros y el susurro del viento le llegaron a los oídos, pero faltaba
otro sonido. Miró sobre su hombro derecho y vio a Hamuul devolviéndole una mirada
solemne. El Archidruida estaba apoyado sobre una rodilla sobre su tembloroso amigo.

—Estas despierto, sí —dijo el tauren interpretando la pregunta que se le ocurría a


Broll—. ¿Ocurre algo? Pareces…

El elfo de la noche no le dejó terminar…

—Era un sueño. O más bien una pesadilla…

—Un sueño… cómo dices…

Hamuul se quedó en silencio un momento y luego añadió:

—Me he despertado antes que tú, porque siendo de día y no siendo yo un elfo de la
noche, apenas he dormido una pequeña siesta. Te oí decir algo. Murmuraste un nombre
—continuó el tauren con ciertas dudas—. Un nombre que te resulta cercano.

—Anessa…

Fragmentos de la pesadilla regresaron. Broll tembló. Ya había soñado otras veces


con su hija, pero nunca de esta manera. El tauren inclinó brevemente la cabeza de nuevo a
la mención de la hija fallecida de Broll.

—Anessa, sí —levantó la mirada hacia el elfo de la noche—. ¿Pero estás bien


ahora, Broll Bearmantle?

—Ya estoy bien. Gracias.

—Eso no ha sido natural, Broll Bearmantle… tan poco natural como tus visiones
anteriores… aunque distintas en todos los demás sentidos, creo.

—Sólo ha sido una pesadilla, Hamuul —y el tono de Broll le indicó al otro druida
que no le discutiese—. Ni eso ni lo otro significa algo.

El tauren parpadeó y acabó por encogerse de hombros.

—No te insistiré, amigo mío, pues sólo agravaría tu dolor… pero ambos sabemos
que no es así…

Antes de que se pudiese decir algo más, llegó del bosque un débil crujido de hojas.
Broll se tensó inmediatamente, y Hamuul abrió los ojos.

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Tempestira

De detrás de los árboles apareció una figura. Sin embargo, no era una sombra de
Anessa que hubiese regresado al plano mortal. Era una de las sacerdotisas que habían
acompañado a Tyrande hasta el Claro de la Luna.

—Mi señora desea hablar contigo, druida —le murmuró a Broll la delgada figura.
Su mirada pasó al tauren—. Querría que acudieses solo… con el debido respeto,
Archidruida…

La sacerdotisa no se quedó esperando respuesta de ninguno de los dos,


desapareciendo en el bosque de los túmulos. Como druida, Broll podría haberla seguido
fácilmente, pero su precavida postura y su breve y en cierto sentido misterioso mensaje
habían dejado claro que una reacción así hubiese sido imprudente. Tenía que acudir solo,
como si la decisión la hubiese tomado él.

—¿Irás? —le preguntó Hamuul.

—Sí —respondió inmediatamente el elfo de la noche—. Iré.

—No se lo contaré a nadie

La promesa del tauren significaba mucho para Broll. Asintiendo agradecido, el elfo
de la noche siguió el rastro de la sacerdotisa. Ya estaba pensando en los posibles motivos
por los que la Suma sacerdotisa de Elune y gobernante de los elfos de la noche buscaba un
encuentro secreto con él. Tyrande Whisperwind tenía algo en mente que deseaba que
supieran pocos… incluso el Archidruida Fandral Cordelada.

Y por, inquietante que fuese, Broll tenía la terrible sensación de que sabía lo que
ella quería.

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CAPÍTULO CINCO
LA TRAICIÓN DEL DRUIDA
—H a venido —le murmuro la guardiana a Tyrande desde la entrada de la

tienda.

—Dile que entre y vigila por si se acerca alguien —le ordenó la Suma sacerdotisa.

Asintiendo, la guardiana se retiró. Un momento después, entró respetuosamente


Broll Bearmantle. El druida hizo una profunda reverencia como la que haría un súbdito
ante su gobernante. En voz baja dijo:

—Suma sacerdotisa, me has llamado…

—No seas tan formal conmigo aquí. Broll. Nos conocemos desde hace tiempo.

El druida asintió, pero no dijo nada.

—Por favor —empezó a decir la Suma sacerdotisa señalando una alfombrilla de


hierba con intrincados dibujos de luna—, siéntate.

Broll sacudió la cabeza.

—Prefiero estar de pie, gracias… sin ánimo de faltarte al respeto.

Ella asintió.

—Muy bien. En cualquier caso, esto será breve… y desde este momento te digo
que tienes todo el derecho a rechazar mi petición.

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Tempestira

Broll alzó sus espesas cejas. Tyrande podría, si de verdad quisiera, complicarle la
vida ordenándole que hiciera lo que se antojara.

Pero ella no solía hacer así las cosas.

—Broll… tú eres el único presente aquí al que podría pedir esto. Malfurion
confiaba mucho en ti y por eso pongo mi fe en tus manos. Después de todo, llevas la marca
de la grandeza, y tus actos durante la Tercera Guerra han demostrado tu capacidad —miro
sus astas.

—Me halaga mi Señora… —el druida bajó la mirada—. Y exagera. El tiempo que
he pasado lejos de mi puesto difícilmente me habrá mantenido en su alta estima… —su
mirada se giró hacia la guja, que ahora estaba sobre la mesa.

Tyrande lo observaba atentamente. La había colocado cerca del campo de visión,


considerando la posibilidad de que la primitiva arma le recordara a Broll su pasado como
gladiador. Contaba con él para esta tarea, confiando en que sus recientes aventuras en el
exterior hubieran azuzado su lealtad personal por Malfurion lo suficiente como para que
fuese más allá del curso de acción decidido por el Círculo Cenarion.

—No exagero. Antes de desaparecer, Malfurion lo dejó muy claro. Entendía el


dolor y la ira que sufrías y sabía que tenías que solucionarlo tú solo —entrecerró los
ojos—. Permíteme ser directa, Broll. El cuerpo astral de Malfurion debe regresar a su
cuerpo. La visión de Elune era clara; ¡se muere, y se muere rápidamente! ¡No sobrevivirá
al plan de Fandral! De eso estoy segura. Sé que tiene buena intención, pero está claro que
Fandral es inflexible, ni siquiera yo puedo hacerle cambiar de idea. Tú y yo debemos
rescatar a Malfurion de la prisión que lo retiene.

Él dudó.

—¿Estás totalmente segura? ¿Tu visión no puede ser equivocada?

—Era la Madre Luna —dijo con total confianza—. Elune no engañaba a sus fieles.

Para su alivio el druida asintió por fin. La decisión de Broll le demostró que había
escogido correctamente.

—Te conozco a ti. Conozco a Elune —como la mayoría de los elfos de la noche,
Broll había crecido adorando a la Madre Luna. La llamada a seguir el camino de los
druidas había llegado después, pero de ningún modo había borrado el respeto que sentía
por la deidad—. Y, aunque la decisión de Fandral es sensata, han ocurrido cosas que me
llevan a pensar más como tú. Si tienes un plan, mi señora, me inclino por él, debe hacerse
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Tempestira

algo y, con el debido respeto al Archidruida Fandral, me Teldrassil será más una
distracción que un camino. ¿Qué tiene en mente?

Su decisión de estar de acuerdo con la Suma sacerdotisa era abrupta, pero no le


faltaba razonamiento. Sí, al principio Broll se había mostrado satisfecho, incluso
esperanzado, con el plan de Fandral; pero oír el ruego de Tyrande había llevado al primer
plano la incertidumbre que se daba cuenta de que había estado alimentando desde la última
y más terrible de sus visiones. Algo espantoso estaba ocurriendo… algo que sin duda era la
Pesadilla. Que esas visiones se le presentasen de repente y que la última tuviese que ver
con su fallecida hija había añadido importancia a las preocupaciones de la Suma
sacerdotisa. Algo horrible era inminente, y lo más probable es que fuese la muerte de
Malfurion.

No… sanar a Teldrassil sin duda tomaría demasiado tiempo, pensó el druida. Pero
Fandral no lo entendería…

Seguía sin haber respuesta a su pregunta, así que la repitió.

Ella apartó la mirada. Mucho de lo que pretendía Tyrande estaba basado en lo que
había averiguado sobre los druidas a través de Malfurion. Era muy posible que la Suma
sacerdotisa hubiese hecho suposiciones falsas y, si era así, su plan había fallado incluso
antes de empezar.

—Quiero que vayas a Talloumbrío…

El druida se envaró al oír el nombre. La intención de la sacerdotisa le quedó clara


en el acto.

—Talloumbrío —murmuró el corpulento druida—. Entiendo lo que quieres. Es lo


que más sentido tiene… especialmente si el tiempo es tan valioso como creo…

Sus esperanzas aumentaron.

—¿Crees que podría funcionar?

—Mi señora… puede que sea la única oportunidad que nos queda… pero no será
fácil… a menos que…

Ella esperó, pero como Broll parecía seguir reflexionando, tuvo que preguntar al
fin:

—¿A menos que qué?

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Tempestira

Sacudiendo la cabeza, el druida murmuro.

—Mejor será que no lo sepas —con expresión más decidida, Broll añadió—. Pero
iré.

—Aún queda la pregunta sobre el cónclave y los planes de Fandral —continuó la


Suma sacerdotisa—. Tendrás que esperar a que todo se decida… pero me temo que no
tenemos tiempo que perder.

—Sólo necesito solucionar una cosa, Suma sacerdotisa, y, si el Archidruida Fandral


no me atrapa, me iré inmediatamente después —frunció el ceño—. Pero requiere que antes
regrese con el resto al Enclave Cenarion…

De nuevo Tyrande se quedó esperando más explicaciones y de nuevo Broll no le


dio ninguna. Acabó por asentir, confiando en que, fuese cual fuese el secreto que le
ocultaba, fuese por su propio bien.

Y el de Malfurion.

—Te lo agradezco —murmuró Tyrande. Su expresión se tensó—. Pero hay una


cosa más. No irás solo. Mandaré a Shandris contigo… supongo que Auberdine te resulta
familiar.

—He estado allí. No es un lugar que propicie el trabajo de los druidas… y, como
mis hermanos, prefiero otra manera de viajar. ¿Es allí donde nos encontraremos?

—Sí, y luego los dos podrán seguir hacia Vallefresno.

La expresión de él no ocultó el desagrado por incluir a una acompañante en su


viaje.

—Con el debido respeto a la general y su considerable talento, preferiría ir solo.

Ella se mantuvo firme.

—No viajarás solo. Si debo ordenarte…

Broll gruñó.

—No hace falta si de verdad crees que es lo mejor para Malfurion, entonces…
confiaré en ti Suma sacerdotisa.

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A Tyrande le mejoró el humor. Estiró repentinamente el brazo para tocarle el


hombro. Al hacerlo un leve fulgor de luz de luna se extendió y envolvió brevemente a
Broll antes de desvanecerse dentro de él.

—Tienes la bendición de la Madre Luna… y también mi gratitud.

El elfo de la noche se inclinó.

—Ambas me honran profundamente, mi señora.

—Para ti soy Tyrande.

El druida se inclinó y comenzó a retirarse de su presencia.

—No… para Malfurion lo eres… para mí… eres mi Suma sacerdotisa, la


encarnación de las esperanzas de nuestro pueblo…

Se deslizó fuera de la tienda. Tyrande apretó los labios, preguntándose si había


hecho lo correcto.

Luego volvió la mirada a la guja… y su determinación se fortaleció.

***

Al regresar, Broll no le dijo nada a Hamuul, y el corpulento tauren no le preguntó.


Ese día el elfo de la noche no durmió mucho y, cuando los druidas se prepararon para
marcharse del Claro de la Luna; sólo se dirigió a la Suma sacerdotisa con una respetuosa
inclinación no más íntima que la que le habían dirigido sus hermanos.

Las Hermanas de Elune tenían su propio modo de viajar, a lomos de fuertes


hipogrifos, para regresar a Darnassus. Tras intercambiar unas pocas palabras con
Tyrande Whisperwind, Fandral Staghelm llevó a los druidas hasta un claro.

—He decidido que la situación requiere que retomemos inmediatamente nuestros


esfuerzos por sanar al Árbol del Mundo —anunció el Archidruida mientras se preparaban
para irse—. Retomaremos el trabajo esta misma noche…

—¿Esta misma noche? —preguntó un druida—. ¿Tras un viaje tan largo?

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Tempestira

—Naturalmente, primero tendrá lugar un periodo de meditación, y yo me


replantearé cómo usar mejor nuestro poder, dado que después de todo no contaremos con
el ídolo de Remulos —Fandral hizo un gesto para evitar discusiones—. ¡Está decidido!
Ahora, por el bien de Malfurion, partamos rápidamente…

Fandral levantó los brazos.

Unánimemente, los druidas se agacharon. Se inclinaron hacia delante, y de su piel


violeta brotaron plumas. Sus narices y bocas se distendieron, convirtiéndose en picos.

La pequeña bandada de cuervos de tormenta salió volando, casi invisible en el cielo


nocturno.

Fandral, un ave más grande con líneas plateadas en cada ala, impuso a los druidas
un ritmo rápido, deseoso de llega a Teldrassil. La visión era poco común, dado que sólo los
druidas más hábiles y poderosos podían aprender los misterios del vuelo. Ciertamente, con
la excepción de Broll, los demás eran Archidruidas reputados. Era otra pista de poder que
Broll tenía, aunque le faltaba la concentración para ocupar su verdadero lugar entre sus
hermanos. Que estuviese allí era cosa de Fandral, y eso hacía que Broll se sintiese aún más
culpable por lo que tenía intención de hacer.

Broll volaba más retrasado de lo habitual en la bandada. Hamuul volaba a cierta


distancia más adelante. El tauren era la otra preocupación que inquietaba a Broll aparte de
Fandral, pero Hamuul estaba concentrado en conservar su lugar. El tauren era poderoso,
pero también era bastante mayor para su raza y, por tanto, tenía que esforzarse más que la
mayoría de los elfos de la noche.

Tras largas horas, el Árbol del Mundo apareció delante de ellos. Fandral se inclinó,
y la bandada descendió… y Broll, sigilosamente, se quedó atrás, dirigiéndose hacia arriba.
Batiendo sus alas tan fuerte como podía, el transformado elfo de la noche se alzó cada vez
más alto. El gran tronco de Teldrassil se erguía como una imposible bañera ante él, pero el
druida persistió.

Y entonces… la enorme corona apareció ante él. Broll el ave penetró entre sus
amplias ramas.

Parte de lo que parecía ser follaje se movió. Aunque sólo lo avistó un segundo, los
largos y afilados colmillos, el gigantesco cuerpo semejante a la madera y el manto de hojas
le bastaron al druida para reconocerlo como uno de los antiguos y primitivos seres que
protegían al Árbol del Mundo y el reino de los elfos de la noche, sino que también les

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Tempestira

enseñaba a los guerreros de Darnassus el rostro más oscuro de la naturaleza y cómo usarla
en combate.

El ser no pareció percatarse de la presencia de Broll, que era lo que prefería el


druida. Aunque no era un peligro físico para él, se temía que el ser alertase
involuntariamente a Fandral de su presencia. Aunque el Archidruida acabaría por enterarse
del motivo, Broll deseaba que fuese más adelante. Para entonces, él ya se habría ido.

Y si las cosas no salían como quería Broll, muy probablemente estaría muerto.

El druida ajustó su camino para evitar a otros centinelas más avezados ocultos entre
las ramas. Los centinelas la fuerza armada de Darnassus, protegían la corona de Teldrassil.
Los dirigía la ferviente Shandris Feathermoon, que era totalmente devota de su reina.

Había pocos más capaces o experimentados que Shandris, a quien Tyrande había
rescatado en el campo de batalla durante el primer conflicto contra la Legión Ardiente
hacía tanto tiempo. Shandris era huérfana, una de tantas. Bajo la tutela de la Suma
sacerdotisa, había llegado a convertirse en una de las guerreras más habilidosas de su raza.

Era perfectamente lógico que Shandris hubiese sido la sirviente es cogida por
Tyrande para esta misión crucial. La Suma sacerdotisa no le confiaría a nadie más una
misión tan desesperada. Ciertamente, Broll se sentía honrado de encontrarse entre sus
sirvientes elegidos.

Notando que estaba cerca de su destino, Broll apartó cualquier otro pensamiento.
Apenas un aleteo después, el cuervo de tormenta atravesó el follaje… hacia la zona de la
capital conocida como el Enclave de Cenarion.

Como ocurría con gran parte de Darnassus, era imposible ver que este lugar
sagrado era parte de una ciudad construida sobre el propio árbol. Árboles altos, robles y
fresnos particularmente, rodeaban el Enclave. Cada árbol tenía runas místicas grabadas en
la corteza. Dentro del claro circular creado, un puñado de estructuras únicas moldeadas de
los mismos árboles y piedras cuidadosamente esculpidas daban forma al lugar habitual
donde se celebraban los cónclaves. La mayor de las estructuras le servía de nueva
residencia a Fandral Staghelm.

El cuervo de tormenta no se dirigió directamente al sagrario del Archidruida, sino


que se posó sobre una rama que le permitía ver toda la zona. Aunque el Enclave de
Cenarion irradiaba una sensación de calma, y ciertamente era un lugar de descanso, no le
faltaban sus guardianes, especialmente los que había colocado el propio Fandral.

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Broll aleteó hasta otra rama lo bastante oculta para evitar que lo viesen desde
dentro del Enclave, pero lo suficientemente cerca del sagrario del Archidruida. Su
incursión tenía que ser rápida pero cauta.

Todo parecía en calma, pero, mientras Broll estudiaba el edificio verde y carmesí,
notó las finas cuerdas de liana que lo cruzaban. Inclinando la cabeza, vio los diminutos
brotes en las lianas. Eran una sutil indicación de qué clase de plana decoraba el edificio…
y la única pista de la astucia de Fandral. A la mayoría de los otros druidas les habría
costado identificarla.

Girando la cabeza, el cuervo de tormenta arrancó una pluma de su cuerpo.


Ignorando la ligera punzada de dolor, Broll emprendió el vuelo sobrevolando las lianas.
Dejó caer la pluma.

La pluma cayó flotando sobre un brote que se abrió inmediatamente. De este fluyó
una sustancia pegajosa que encapsuló la pluma, lo que hizo que cayese al suelo como una
piedra. La sustancia se había endurecido rápidamente.

Había cientos, quizá miles de esos brotes. En tal número podrían cubrir a Broll en
una prisión semejante, dejándolo atrapado hasta el regreso de Fandral.

Broll inspeccionó las lianas. Unas pocas abejas pasaron cerca de los brotes sin
peligro.

El cuervo de tormenta dejó escapar un breve pero triunfante sonido y luego


descendió hasta el suelo. Se aseguró de hacerlo lejos del sagrario del Archidruida.

Una vez en el suelo, Broll recuperó su forma auténtica. No perdió el tiempo y


murmuró para sí. Pero el druida no pronunciaba palabras, sino sonidos de un tono agudo y
zumbador.

Un momento después, Broll oyó más zumbidos. Siguió emitiendo sus propios
sonidos y observó a las abejas reuniéndose delante de él. Volaron a su alrededor más con
curiosidad que otra cosa.

El druida cambio el ritmo de su tono, y el enjambre reaccionó inmediatamente. Las


abejas volaron en masa hacia el edificio cubierto de lianas.

Broll se volvió a transformó en un cuervo de tormenta y siguió a las abejas, cuyo


número seguía creciendo hasta ese momento. Todas habían acudido como respuesta a su
llamada, que él había entonado como una invitación. Las abejas se congregaban allí donde
indicaba ahora el elfo de la noche; una zona cubierta de lianas que rodeaba una ventana.
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Tempestira

A Broll le habría resultado imposible atravesar la ventana, incluso aunque hubiese


volado a toda velocidad que le permitiesen las alas.

Sin embargo, ahora las abejas se amontonaban sobre los brotes buscando en vano
los capullos que les habían comunicado que se encontraban allí. Broll lamentó el
subterfugio, pero no tenía otra elección.

En el momento en que todos los brotes parecían ocupados, el druida se lanzó hacia
la ventana. Entonces vio moverse a algunos de los brotes. Sin embargo, la presencia de las
abejas impidió que le lanzasen su sustancia pegajosa.

Su tamaño apenas le permitió pasar, pero acabó pasando. Broll se posó sobre el
suelo y luego volvió a su forma normal. Sabía dónde guardaba Fandral lo que buscaba y
sabía que el Archidruida no consideraría a nadie lo bastante audaz como para cometer el
delito que ahora planeaba Broll.

Sin prestar atención al resto de lo que le rodeaba, Broll se dirigió directamente a un


baúl tejido de bambú. Aunque por fuera parecía blando, cuando se tejía de esa manera el
bambú era resistente como el metal. Un elfo de la noche corriente habría sido incapaz de
cortarlo o de abrir la tapa, pero Broll estaba familiarizado con los métodos de Fandral
porque ambos habían aprendido a manos de Malfurion. Ciertamente, Broll había aprendido
algunas cosas que creía que incluso Fandral ignoraba.

Uniendo las manos, el druida probó el tejido del baúl. Notó los hechizos de cierre
que había usado Fandral y el modo en que el Archidruida le había dado forma al bambú.

Las tiras que sellaban la tapa se desataron. Broll dudó y luego abrió el baúl.

El ídolo de Remulos estaba allí. La figurita del dragón parecía impaciente por su
llegada.

La batalla estalló de nuevo en su cabeza. Vio de nuevo a los demonios de la Legión


Ardiente y a su comandante, el señor del foso Azgalor. Broll volvió a ver indefenso cómo
el ídolo se escapaba de sus manos, y la espada del demonio lo cortaba.

Y de nuevo vio aquel ejército desatado y corrupto rodear la única persona que
quedaba a su lado. A su hija. La muerte de Anessa no había sido rápida. Se había quemado
horriblemente, y su carne se había agostado ante su mirada…

Broll apretó los dientes al forzar al dolor a desaparecer. No Se atrevía a permitir


que sus emociones lo controlasen. Tenía la estatuilla, eso era lo que importaba ahora… eso
y el destino de Malfurion.
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Tempestira

Existía la posibilidad de que Fandral hubiese desobedecido a Remulos y hubiese


vuelto a usar la estatuilla. Pero Fandral había hecho caso al guardián del Claro de la Luna y
había permitido así que Broll consiguiese su propósito. El elfo la noche tomó
cuidadosamente la figura, admirando no por primera vez su irreal majestuosidad. Por un
momento se maravilló de que una obra tan exquisita hubiese sido también la fuente de un
mal tan grande. Por supuesto, el ídolo había sido “limpiado” desde aquello, quizás eso
marcaba la diferencia.

El elfo de la noche pensó en la advertencia de Remulos, pero no veía otra elección,


considerando el plan que había ideado. Broll necesitaba el ídolo. Tendría que tener un
cuidado especial.

Acabando con sus dudas, el druida volvió a sellar rápidamente el baúl.

Y ahora he añadido el robo a la lista de mis logros, pensó amargamente Broll.


Cómo se reirían Varian y Valeera…

Ocultó la estatuilla dentro de su capa. Igual que el resto de sus ropas y efectos
personales, pasaría a ese lugar mágico al que iban cuando se transformaba.

Pero cuando el druida volvió a recuperar el aspecto de un cuervo de tormenta, oyó


un fuerte golpe. Girando la cabeza, Broll encontró el ídolo junto a sus patas.

Dejando salir un graznido de frustración, Broll aleteó y cogió la estatuilla con las
garras. Cuando por fin sostuvo el ídolo, se vio obligado a ir con mayor velocidad. Puede
que los demás no le prestasen mucha atención a un cuervo de tormenta volando, pero un
cuervo de tormenta llevando una estatuilla sin duda provocaría peguntas que preferiría
evitar.

Aleteando, Broll se dirigió hacia la ventana. Al hacerlo, su mirada recayó sobre una
figura colocada sobre una rama que hacía las veces de mesa o balda. La estatuilla tenía
runas grabadas, pero lo que le llamó la atención al druida por un momento fue a quién
representaba el ídolo. La figura era un elfo de la noche joven que se parecía mucho a
Fandral. Sin embargo, no era Fandral.

Valstann… Broll inclinó la cabeza, saludando al elfo de la noche que representaba


la figura. Igual que Broll, Fandral había perdido a su único descendiente, en este caso un
hijo. Aunque las circunstancias habían sido muy distintas, dado que el Archidruida no
había sido responsable de la muerte de Valstann, ambas pérdidas siempre habían sido un
motivo de unión para ambos elfos de la noche.

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Tempestira

Una unión que el acto de Broll cortaría para siempre.

Podía notar que las abejas empezaban a perder el interés. Con gran esfuerzo, Broll
se dirigió hacia la ventana. Fuera, el druida sentía a las primeras abejas marchándose.
Aleteó con más fuerza y plegó sus alas al atravesar la ventana.

Las abejas se apartaron a su paso. Demasiadas. Eso significaba que algunos de los
brotes estaban ahora libres.

Algo le golpeó en el ala cerca de la punta. Broll se vio empujado hacia un lado. Esa
acción involuntaria fue lo único que evitó que su cabeza acabase encapsulada en la
pegajosa sustancia.

Volvió a sentir un golpe en la pata derecha antes de ponerse al fin fuera del alcance
de los brotes. Ni siquiera entonces se frenó. Había hecho lo impensable, y su única
esperanza era que su loco plan marcase la diferencia.

Malfurion estaba perdido en el Sueño Esmeralda. No había contacto con el Gran


Aspecto de Ysera ni con ninguno de los otros dragones verdes que vigilaban el plano
mágico. La sugerencia de Tyrande de acudir a Vallefresno era lo que más sentido tenía,
pero, para tener una auténtica posibilidad de éxito, necesitaría una ayuda mayor que la le
podían prestar un druida solitario de dudoso talento y unas cuantas sacerdotisas de la diosa
Luna.

Y, mediante el ídolo de Remulos, Broll esperaba poder contactar con esa ayuda…
si el intento no lo mataba antes.

***

Thura se abrió camino a través de la espesa vegetación sin que su mente práctica de
orca viese motivo alguno para no poder usar el hacha mágica para una tarea tan mundana.
Después de todo ¿para qué servía un arma si una no podía llegar hasta su enemigo?

Sentía que se acercaba a su meta. Puede que el viaje durase días aún o que acabase
al día siguiente, pero la clave para encontrar al traicionero elfo de la noche estaba ya cerca.

El bosque dejó paso al fin a un campo más abierto y al comienzo de una cordillera
de colinas altas. La orca vio varias cuevas de distintos tamaños entre ellas. Thura agarró de

P á g i n a | 80
Tempestira

nuevo el hacha como un arma. Las cuevas podrían suponer peligros, especialmente en
forma de animales hambrientos o trolls.

Al entrar en la zona de colinas, Thura notó que un extraño silencio cubría la región.
¿Dónde estaban los pájaros? Unos pocos insectos anunciaban su presencia, pero no había
ningún animal grande que graznase o que volase. Eso sugería que la caza no sería buena
por allí… y que quizás ella se convertiría en la presa.

Sin embargo, apenas adentrada unos minutos en el nuevo terreno, el descanso


acabó por exigirle toda su atención a Thura. No tenía más elección que arriesgarse a
dormir. Miró las oscuras bocas de las cuevas que la rodeaban, escogiendo al fin una que
parecía demasiado pequeña como para albergar a un gran depredador, pero lo bastante
grande como para acomodarse a sus necesidades.

La cueva se extendía sólo unos pocos metros antes de acabar en una pared curvada.
Tras asegurarse de que no había aberturas ocultas que pudiesen albergar alguna amenaza,
la guerrera se colocó en un rincón que le proporcionaba visión de la cueva y de su entrada.

Le quedaba poco alimento y lo dividió valiosamente. Tres pedazos de carne seca de


cabra, unos tubérculos que se estaban pudriendo lentamente y media cantimplora de agua.
Thura se comió uno de los pedazos de carne y un tubérculo, y luego se permitió dos
pequeños tragos de agua salobre. Ignoró las protestas de su estómago, que llevaba días sin
ser saciado. La carne y el agua dulce eran muy escasas desde que había entrado en esa
región. En alguna parte encontraría lo suficiente como seguir adelante hasta que hubiese
cumplido su juramento de sangre. Sólo entonces, si sobrevivía a eso, se preocuparía de sus
necesidades mundanas…

Un siseo reverberó por toda la cueva.

A la orca le llevó un momento darse cuenta de que el sonido había llegado desde
fuera. Luchando contra su agotamiento, Thura se levantó y se dirigió hacia la boca.
Agarraba con fuerza el hacha. El siseo no venía de una serpiente o un lagarto normales
sino de algo mucho, mucho mayor.

La falta de pájaros y animales en la zona ahora tenía mucho más sentido.

Thura esperó, pero no volvió a oír el sonido. Por fin dio un paso adelante,
preparada para enfrentarse a cualquier enemigo.

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Tempestira

De repente empezó a soplar un fuerte viento, tan fuerte que casi empujó a la
corpulenta orca dentro de la cueva. La zona oscurecida se volvió aún más oscura, como si
algo quisiera bloquear las estrellas y la luna.

Y, por un breve momento, algo lo consiguió. Una gran sombra atravesó el lugar
donde se encontraba Thura. Pasó más allá de ella, penetrando aún más en la zona.

La orca salió aún más de la cueva, intentando ver mejor. En la distancia, el enorme
cuerpo bajaba más allá del horizonte.

Tras esperar a ver si volvía a salir volando, Thura regresó a la cueva. Se sentó, pero
mantuvo el hacha aferrada. Un débil brillo se veía ahora en sus ojos.

Esto era una señal. La última vez que había dormido, había habido diferencias en el
repetitivo sueño. Al final había aparecido una señal de algo, una forma vaga, apenas
avistada, que sólo había podido identificar después.

Una forma muy parecida a la que acababa de ver Thura.

Había aparecido un dragón.

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CAPÍTULO SEIS
DRAGONES Y ENGAÑO
M alfurion sintió la sombra cerca de él y supo lo que significaba. Estaba cerca

una nueva tortura.

Las líneas de color esmeralda oscuro se extendieron más aún sobre él, y al
principio parecían formar dedos irregulares y huesudos que después se convirtieron en la
silueta de un gran árbol macabro que empequeñecía el árbol en que se había convertido el
druida. Pero por limitado que fuese su campo de visión, el elfo de la noche sabía que haba
una sombra… no había otro árbol.

¿Puedes saborear sus sueños? se burló el Señor de la Pesadilla. ¿Puedes saborear


sus miedos? Ni siquiera tus seres más queridos son inmunes a ello.

Malfurion no contestó sabía que su captor aún podía sentir sus emociones. En ese
aspecto el Archidruida buscaba constantemente concentrarse en su interior. Cuanto más
calmado pudiese estar, más esperanza habría para los demás.

Y era mejor que el Señor de la Pesadilla no supiese de sus auténticos esfuerzos. Su


captor creía que los hechizos que rodeaban al elfo de la noche evitaban que Malfurion
alcanzase a su amada Tyrande o a nadie más y, básicamente, era cierto. Pero el
Archidruida no había estudiado por más de diez mil años para estar completamente
derrotado. No podía y no se atrevía a llegar hasta Tyrande o a unos otros; pero había
métodos de comunicación, aunque requerían delicadeza y complicados planes. Si el Señor
de la Pesadilla sospechase, aunque sea sólo una vez…

Entonces Malfurion estaba completamente perdido y, con él, quizá todo lo demás.

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Tempestira

La sombra creció y se retorció, casi como si se deslizase para ver mejor a su presa.
El propio Malfurion de repente se retorció y el doloroso árbol en que el que se había
convertido tomó un nuevo aspecto más vil. De las hojas de sus ramas brotaron flores
negras. Cada flor que germinaba era una aguja clavada en los ojos del elfo de la noche.
Había cientos que pronto cubrieron la mayor parte del torso.

En cada capullo apareció de repente un huevo esmeralda. Malfurion quiso gritar,


pero, por supuesto, no podía.

De uno de los huevos surgió una cosa con tentáculos y alas. Y, al moverse,
rezumaba puro terror.

Un segundo demonio se liberó, seguido por un tercero y luego más. Se arrastraron


sobre Malfurion, arañando y mordiendo a su paso.

Por fin las espantosas criaturas dejaron al Archidruida. Se movieron por el pequeño
espacio que él podía ver, como si esperasen órdenes.

La sombra se acercó como acariciándolos. Forjados por tus propios miedos,


azuzados por mi deseo… son una preciosidad, ¿no?

Como respondiendo a una señal silenciosa, el enjambre se dispersó en diferentes


direcciones. Se desvanecieron rápidamente en la espesa y fría niebla verde que lo rodeaba
todo, excepto las cercanías de Malfurion.

Cada vez hay más y más durmientes, amigo mío, más y más susceptibles a estas
mascotas y aquellos que las ven… Sus pesadillas me alimentan a través de ti y de los
demás…

Malfurion hizo cuanto pudo por no admitir esa verdad, que sus propios poderes
estaban ayudando a extender la Pesadilla más allá del Sueño Esmeralda, pero sí que se
preocupó. Una preocupación que afortunadamente su captor pudo notar.

Sí, amigo mío, has traicionado a tu pueblo, a tu mundo y a tu amada… tú sabes la


verdad…

El cuerpo del Archidruida se retorció más. Otro silencioso grito el resonó en la


mente del elfo de la noche, pero no bastó para acallar el dolor. A pesar de sus estudios, a
pesar de sus conocimientos, Malfurion no podía resistirse completamente a la tortura.

Enfurécete, Malfurion Stormrage… enfurécete… pero sabes que no hay refugio…


Lo sé… Yo estaré allí esperándote… No hay lugar donde puedas esconderte.

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Tempestira

La sombra del monstruoso árbol se apartó de la vista de Malfurion, pero el


Archidruida podía sentir su presencia cerca. Incluso cuando unas retorcidas ramas nuevas
brotaron de lo que había sido sus brazos. Malfurion siguió siendo consciente de que el
Señor de la Pesadilla sólo había empezado a utilizarlo. El elfo de la noche era clave en el
plan de la criatura, pues Malfurion era un nexo poderoso entre ese reino y Azeroth.

Pero no era la única clave. Malfurion lo sabía demasiado bien. El mal de la


Pesadilla había atraído a otros más poderosos, a su manera, que él… y, aunque el elfo de la
noche había sido condenado a un destino particularmente espantoso, aquellos otros lo
habían servido de un modo más miserable. Ahora eran seguidores voluntarios de la
oscuridad y ayudaban a extenderla, deseosos de ver cómo engullía el plano mortal.

El Señor de la Pesadilla tenía dragones que seguían sus órdenes. Dragones


verdes…

***

Hay algo innombrable que busca dominar el mundo, pensó la figura encapuchada
mientras ojeaba una serie de esferas flotantes que tenía delante. Sentado en una silla
excavada de una estalagmita, la delgada, alta y casi élfica figura estudiaba la imagen que
se veía dentro de cada esfera. A su voluntad reflejaban imágenes de todos los lugares de
Azeroth.

Llevaba la túnica violeta del Kirin Tor, aunque su actual curso de acción era
decisión propia. Ciertamente, muchas de sus actividades les resultaban desconocidas,
incluso su líder, que había sido pupilo suyo y que entendía la verdad sobre él. La figura,
que a menudo observaba a las razas más jóvenes, tenía que concentrarse ahora en los
vuelos, pues tras muchos siglos de consistencia, las grandes criaturas aladas se encontraban
en estado de cambio. Ésa era una preocupación que a muchos les habría resultado
importante, pero especialmente a Krasus.

Después de todo, él era uno de ellos.

Era de aspecto desgarbado, de rasgos aquilinos y tenía tres largas cicatrices


irregulares que le bajaban por la mejilla derecha. El pelo era casi todo plateado con
mechones negros y carmesíes. Pero las canas no indicaban su verdadera edad. Para saber
más sobre eso había que mirar sus refulgentes ojos negros, ojos que no eran de una criatura

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Tempestira

mortal. Los ojos y las cicatrices eran las únicas muestras de su verdadera identidad, la del
gran dragón Korialstrasz.

También era el jefe consorte de la reina del vuelo rojo y el Aspecto de Vida, la
gloriosa Alexstrasza y, como tal era su principal agente cuando se trataba de proteger
Azeroth.

Y ése era su papel ahora, pues había surgido un problema que afectaba a sus dos
grandes preocupaciones: Azeroth y su raza. Un mal se estaba extendiendo no sólo por el
mundo mortal, sino que también había alcanzado en gran medida al Sueño Esmeralda.
Había intentado ponerse en contacto con Ysera, pero no había podido encontrarla. Y no
pudo localizar a ninguno de los dragones verdes, excepto a uno… y Krasus no querría
tener nada que ver con ése en concreto.

No tenía que preguntarse quién era el auténtico responsable. Para los demás, la
pregunta no tenía una respuesta definitiva, pero Krasus lo sabía. Conocía con toda su alma
la maldad que llevaba detrás.

—Te conozco, Destructor —susurró mientras veía otra esfera—. Tu nombre es


Deathwing…

Sólo podía ser el dragón negro, el Aspecto enloquecido que una vez se llamó
Neltharion el Guardián de la Tierra. Krasus se levantó. Tendría que actuar
inmediatamente…

Una risa familiar resonó por su sagrario de la montaña, un lugar oculto situado no
muy lejos de donde había estado la fantástica Dalaran, ciudad de los magos. Sin embargo,
ahora un enorme cráter marcaba lo que incluso Krasus se había visto obligado a admitir
que era uno de los hechizos más asombrosos, aunque potencialmente catastrófico, que se
habían formulado. La ausencia de Dalaran significaba que había pocos motivos para ir a
ese desolado lugar… a menos que buscasen al propio dragón mago.

Krasus se puso en pie. Instintivamente, movió la mano para despejar las imágenes
de las esferas y luego vió con temor que todos tenían una visión. Era un ojo, el ojo ardiente
del Destructor…

—Deathwing…

Al decir el nombre del dragón negro, las esferas explotaron. Los restos volaron en
todas direcciones por la cámara, golpeando las paredes de piedra, los salientes calizos y,

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Tempestira

sobre todo, a Krasus. El hechizo que formuló para escudarlo demostró ser inútil y la fuerza
de los cristales mandó volando a Krasus contra la silla de piedra.

Aunque tenía aspecto mortal, su cuerpo era más resistente que el de cualquier elfo
o humano. La piedra se agrietó, y tanto Krasus como la silla cayeron rodando. Sin
embargo, Krasus le prestó poca atención al choque porque el dolor provocado por los
muchos cristales que tenía clavados era mucho peor.

Aun así, se esforzó por ponerse en pie y preparar un contraataque. Aunque no era
tan poderoso como un Aspecto, Krasus se encontraba entre los más versátiles y astutos de
su clase. Además, Deathwing se había atrevido a atacarlo en su sagrario, donde había
varios elementos que le servirían al consorte de Alexstrasza.

Pero, en el momento en que reunió las energías que necesitaba para su hechizo, los
cristales brillaron. Una sacudida recorrió su cuerpo.

Los fragmentos que habían golpeado en otras partes por todo el sagrario se
desclavaron. Viéndolo, un dolorido Krasus se agachó. Su cuerpo comenzó a hincharse, y
sus brazos y piernas se retorcieron, volviéndose más reptilescos. De su espalda brotaron
los vestigios de dos alas membranosas que comenzaron inmediatamente a crecer.

Las risotadas de Deathwing llenaron el sagrario. De nuevo los cristales comenzaron


a brillar. Krasus, a medio transformarse en Korialstrasz, el dragón rojo, titubeó.

Los otros cristales lo alcanzaron. Sin embargo, en lugar de enclavarse en Krasus


como antes, comenzaron a pegarse en su cuerpo. Krasus intentó quemarlos, incluso
sacudírselos, pero no sirvió de nada.

Entonces los cristales empezaron a empujar contra su carne. El dragón mago no


podía moverse. Para su horror descubrió que los cristales lo estaban comprimiendo. Lo
aplastaron haciéndolo cada vez más pequeño, como si no tuviese huesos ni sustancia.

Y, cuando los cristales lo encapsularon por completo, Krasus se vio atrapado no en


una esfera, sino en un disco dorado.

Se le abrieron los ojos.

—No…

Una cara monstruosa lo miraba desde fuera. El rostro marcado y quemado de


Deathwing.

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Tempestira

—Korialstrasz…

En respuesta, el dragón mago atacó su prisión con todo su poder mágico. Pero en
lugar de debilitar el disco, sus esfuerzos sólo provocaron que brillase con más fuerza.

—Sí —se burló Deathwing—. Alimenta a mi creación… es justo… Tú destruiste la


anterior…

Krasus movió la cabeza.

—Esto no es posible…

—Oh, sí —replicó el gigante negro, mostrando cada vez más dientes en su


sonrisa—. Alimentarás eternamente a mi creación… serás el corazón de mi nueva Alma
Demoníaca…

El temible disco despidió destellos. Krasus se encogió de dolor…

Y entonces, por un breve momento, se vio a sí mismo, o más bien a su verdadero


ser, Korialstrasz, dormido en el sagrario de la montaña. Abrumado por el dolor, la visión
desapareció en un instante, pero Krasus tuvo una revelación. Se había preguntado cómo
podía haber esperado tan poco este enfrentamiento. Más concretamente, dudaba de que
Deathwing pudiese recrear el espantoso objeto de ese modo.

Krasus supo la verdad.

Estaba soñando.

Su auténtico yo era el dragón que dormía. Estaba atrapado en Pesadilla como nunca
había experimentado.

Sabiéndolo, Krasus luchó contra lo que estaba ocurriendo. Su prisión no era real.
Deathwing no era real, todo era una ilusión.

Pero no ocurrió nada.

Deathwing rio, su cara contorsionada por la superficie del disco.

—¡Conquistaré a tu reina y la haré mi pareja! ¡Mis hijos gobernarán los cielos y


Azeroth arderá hasta las cenizas erradicando esas alimañas de cortas vidas que tanto
aprecias!

¡Esto es sólo un sueño, una pesadilla!, insistía Krasus. ¡Una pesadilla!

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Tempestira

Pero, aunque lo sabía, aunque empezaba a entender el motivo, Krasus no se


despertaba…

***

Los hipogrifos esperaban intranquilos cerca de la orilla. A las bestias aladas el


terreno les resultaba desconocido. Estaban acostumbrados a volar a Auberdine, pero la
gravedad de la situación había hecho que las sacerdotisas tuviesen que aterrizar cerca del
Claro de la Luna.

Uno de los machos, un plumacalma de rico plumaje azul y verde turquesa, se


levantó sobre sus equinos cuartos traseros. Bautizados por las tierras altas de las que
provenían, los plumacalma eran excelentes voladores. Una sacerdotisa que se encontraba
cerca del hipogrifo murmuró rápidamente sonidos tranquilizadores. El macho recuperó la
postura, y las garras de sus patas delanteras, como las de un ave, se posaron en el suelo.
Inclinó los mechones de plumas de la cabeza, semejantes a los de una enorme ave rapaz,
para que lo acariciara.

Las Hermanas de Elune estaban solas, los druidas se habían adelantado usando su
milagroso talento metamorfo. Tyrande no había insistido en que esperasen, ya que sabía
que Fandral estaba deseando marcharse. Eso le convenía.

Estudió el Claro de la Luna por un momento y les dijo a sus siempre fieles
guardianas:

—Querría caminar sola un momento. Por favor, espérenme aquí.

Obviamente la sugerencia no les hizo gracia, pero obedecieron. Tyrande les dio la
espalda y regresó hacia la zona arbolada de la que había salido hacía poco. Se metió entre
los árboles, saboreando la luz de la luna y la calma del bosque.

A pesar de la serenidad de su entorno, la Suma sacerdotisa seguía añorando la paz


del templo. Nunca se había sentido cómoda en el papel de gobernante de su pueblo,
especialmente cuando se trataba de tomar decisiones que podían poner en peligro la vida
de los demás. Para ella toda vida era preciosa. Sin embargo, recordaba cómo la anterior
gobernante de los elfos de la noche había permitido por voluntad propia que su pueblo
muriese para su propia gloria. Para Azshara, el pueblo sólo existía para vivir o morir a su
capricho.
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Tempestira

—Pero yo no soy Azshara… Nunca seré Azshara… —gruñó la Suma sacerdotisa


para sí no por primera vez.

—Nunca podrías ser ella, señora… eres una gobernante mucho más digna.

Tyrande se volvió con el ceño fruncido

—¿Más digna? Sus más devotos seguidores probablemente le dedicaron alabanzas


similares, Shandris.

La recién llegada llevaba una armadura hasta el cuello incluyendo una placa
pectoral que marcaba sus formas, hombreras y guardas de metal acolchado y piel en las
piernas que iban desde las caderas hasta las botas a juego. Casi toda la armadura era de un
tono verdoso, aunque ribeteado de un color violeta semejante al color de la piel de la
mayoría de los elfos de la noche.

—Al menos tú te ganas las alabanzas.

Shandris Feathermoon se quitó los guanteletes. Se acercó desarmada hasta la Suma


sacerdotisa, como era costumbre en Darnassus… una costumbre que la propia general de
los elfos de la noche hacía cumplir vigorosamente. Sus rasgos eran incluso más afilados
que los de la mayoría de los de su raza y en sus ojos, siempre entrecerrados, se veía una
determinación casi fanática. Tyrande sabía que esa determinación fanática se debía a ella,
que en muchos sentidos Shandris Feathermoon creía que sólo existía para servir a la Suma
sacerdotisa.

Tyrande se acordó de la huérfana a quien había salvado durante uno de los terribles
avances de la Legión Ardiente durante aquella espantosa guerra hacía unos diez mil años.
Aquellos temerosos e inocentes ojos eran ahora muy distintos. Shandris se había
convertido en la hija que Tyrande nunca tuvo… y no se parecía a la que hubiese esperado.

Shandris estiró el cuello, que estaba protegido por un collarín de piel y metal. Bajo
los ojos, los irregulares tatuajes que marcaban un antiguo rito de pasaje parecían ahora
burlarse de Tyrande, pues incidían en el temible aspecto de la joven elfa. La Suma
sacerdotisa nunca había querido convertir a la joven huérfana en una máquina de guerra,
pero lo había hecho.

—No discutiremos el tema, Shandris —dijo amargamente la Suma sacerdotisa


refiriéndose a la alta opinión que tenía sobre ella.

—Bien porque tengo razón —aunque respetaba en todos los sentidos a su


salvadora, Shandris era la única persona que le hablaba sin rodeos a Tyrande.
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Tempestira

Cambiando de tema, la general preguntó:

—He venido a solas y en secreto a este lugar, como me ordenaste antes de salir de
la isla. Ahora quizá puedas contarme por qué. Por nuestra proximidad al Claro de la Luna,
supongo que tiene algo que ver con los druidas.

La elfa de la noche más joven caminaba adelante y atrás mientras hablaba. En


muchos sentidos sus movimientos recordaban a los de un sable de la noche, uno de los
grandes gatos que las Centinelas usaban como medio de transporte de tierra y como arma
pesada.

—Sí, tiene que ver con los druidas… y con Malfurion en particular.

Shandris asintió con una expresión indistinguible.

—Debemos encontrar un modo de traerlo de vuelta con nosotros, Shandris. Por


muchos motivos. Sea lo que sea lo que está pasando en el Sueño Esmeralda, no sólo
involucra a los druidas, sino que creo que está alcanzando a Teldrassil… y quizás también
a otras partes de Azeroth…

Los ojos de la general se convinieron en diminutas hendiduras.

—Ha habido informes imprecisos… al principio pocos y vacilantes… que venían


de las tierras de humanos y enanos. Mencionan en parte algo sobre unos que no pueden
despertar. Algo parecido a la situación de Malfurion, ahora que lo pienso…

Tyrande miró la luna buscando consuelo. Luego, poniendo una mano el hombro de
la general, murmuró:

—Elune me ha indicado que Malfurion se muere. Espero que ya lo sepas.

La general le miró a los ojos.

—Lo sé. Lo siento. Lo siento mucho.

Tyrande sonrió tristemente.

—Gracias. Pero Elune también me ha dicho que esto va más alto mis inquietudes
personales y que debo hacer todo lo que sea necesario por el bien de Azeroth… y por eso
te he llamado.

Shandris Feathermoon cayó inmediatamente sobre una rodilla.

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Tempestira

—¡Ordéname lo que necesites, señora! Haré lo que tú me digas, iré donde tú digas.
Mi vida es tuya… ¡siempre!

La vieja culpa regresó.

—Tengo que pedirte un favor grandísimo. Un favor, no una orden…

—¡Pídemelo!

—Conoces a Broll Bearmantle.

—Ése es más guerrero que druida, señora —ofreció Shandris a modo de respuesta.

—Broll se dirige a Vallefresno con la esperanza de rescatar a Malfurion. ¿Lo


entiendes ahora?

En su deseo por ser la mejor general posible, Shandris había creado una red de
recopilación de información que alcanzaba más allá de Darnassus y las tierras de los elfos
de la noche. Así, Vallefresno parte de esas tierras, caía fácilmente en su zona de influencia.
La expresión de Shandris se envaró, pero también tenía un tinte de aprobación.

—Es osado. Peligroso. Y yo diría que a estas alturas es la única esperanza.

—No tengo la intención de que vaya solo.

—¡Sospechaba que tenías algo en mente, así que me he preparado con antelación
para un viaje largo! —los ojos de la soldado brillaban con ilusión. Shandris se puso en pie
con el puño sobre el pecho—. ¡Puedo salir inmediatamente de aquí! ¡Soy consciente del
peligro y de lo necesaria que es esta misión! No se le puede confiar a cualquiera…

—Exacto —Tyrande se envaró, decidida a hablar ahora como gobernante—. Y por


eso seré yo la que viaje con él.

Sus palabras cayeron como un rayo. Shandris se trastabilló hacia atrás. Miró a la
Suma sacerdotisa con la boca abierta.

—¿Tú? ¡Pero Darnassus te necesita! Soy yo la que debe ir…

—Elune me ha mostrado que, como su Suma sacerdotisa soy la que mejor


preparada está. Esta tarea requerirá todas las enseñanzas de la Hermandad y, como su
dirigente, no puedo pedirle a nadie esto. Además, nadie conoce a Malfurion como yo…
nadie está tan conectado a él como yo. Si se puede encontrar su cuerpo astral, soy yo la que
debe ser capaz de hacerlo —su mirada era dura—. Y, aunque salvar a Malfurion es mi

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Tempestira

mayor deseo personal, puede que él también sea la única esperanza de Azeroth. Como
Suma sacerdotisa, debo ser la que acompañe a Broll…

Shandris asintió al fin. Pero, aunque estaba de acuerdo, la general todavía tenía
preguntas.

—¿Qué piensa Fandral sobre esto?

—Yo no respondo ante Fandral.

—A veces parece no entenderlo.

Hubo un breve momento de humor en la mirada de Shandris. Era una de los pocos
que sabía que el druida y su señora no siempre estaban de acuerdo en cuanto al modo de
gobernar de Tyrande, especialmente, cuando sus decisiones afectaban a los druidas y su
esfera de influencia. Luego, poniéndose seria de nuevo, continuó:

—¿Y Darnassus?

—A Darnassus debes protegerla tú, Shandris, como has hecho cuando he tenido
que irme por otros asuntos de estado.

—Esto no es lo mismo… —pero una vez más la guerrera se arrodilló—. Pero


protegeré la ciudad y nuestro reino como siempre hasta tu regreso.

Su énfasis en la última palabra era casi una exigencia para que Tyrande se
asegurase de volver. La gobernante de los elfos de la noche estiró el brazo y tocó la mejilla
de Shandris.

—Hija mía…

Al oír esas palabras, la endurecida guerrera saltó hacia delante y envolvió con sus
brazos a la Suma sacerdotisa. Shandris enterró la cara en el cuello de Tyrande.

—Madre… —susurró con una voz que sonaba exactamente como la de la asustada
huérfana de hacía años.

Luego, igual de rápidamente, Shandris se apartó. Aparte del rastro de una lágrima
que le corría por la mejilla derecha, volvía a parecer la experimentada general de las
Centinelas. Saludó a Tyrande.

—Tengo la montura justo para ti —dijo Shandris—. Como he dicho está preparada
para un largo viaje. Y no la hay mejor. No está lejos, sígueme.

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Tempestira

Shandris se giró bruscamente y se internó más profundamente en el bosque.


Ninguna de las dos habló, pero ambas estaban enfrascadas en sus pensamientos.

Después de casi cinco minutos, Tyrande oyó el arrastrar de patas de una gran
criatura. Como Shandris no mostró preocupación alguna, la Suma sacerdotisa hizo lo
propio.

Un momento después estaban delante de un gran hipogrifo macho atado a un


gigantesco roble. Su plumaje era más llamativo que el de los animales que llevaban las
demás, sus plumas eran más oscuras y espectaculares, con líneas carmesí que cruzaban las
alas de ébano y ligeras marcas turquesa en los bordes superiores. Unas plumas carmesíes
también delineaban la cabeza de color azulado. El hipogrifo llevaba un casco protector y
algo de armadura. Aunque todos los hipogrifos eran poderosos, éste era de una especie
particularmente buena en la guerra.

—Él y yo hemos volado juntos en batalla a menudo. Puedes confiar en él como


confías en mí —dijo tranquilamente la general—. Se llama Jai'alator.

—Noble Espada de Elune —tradujo Tyrande—. Un nombre orgulloso.

El hipogrifo agachó su gran cabeza. Las criaturas aladas no eran simples animales.
Tenían inteligencia y eran consideradas aliadas, no sirvientes. Permitían que las montasen.

—Me siento hornada de volar contigo —le dijo Tyrande al hipogrifo.

Shandris tomó las riendas y se las dio a su señora.

—Responde a "Jai". Si vuelas justo por encima de los árboles, las demás no te
verán marcharte. Me uniré a la partida en unos minutos, y luego las retrasaré un poco más.

Asintiendo, la Suma sacerdotisa tomó las riendas.

—Gracias, Shandris.

Tyrande recordó algo más.

—Shandris… estate alerta.

La general entrecerró los ojos.

—¿A qué?

¿Cómo explicarle aquellas criaturas contra las que había luchado?

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Tempestira

—De aquello que la luz de Elune debe hacer desaparecer.

Shandris frunció el ceño ante la explicación, pero no dijo nada. Saludó una vez
más, se giró y se encaminó hacia las otras sacerdotisas.

La Suma sacerdotisa se quitó una lágrima de los ojos y luego volvió sus
pensamientos hacia el viaje inminente… y el menor de sus problemas no iba a ser
precisamente convencer a Broll Bearmantle de que la llevase a Vallefresno.

Al Gran Árbol.

Y al portal por el que se entraba al Sueño Esmeralda.

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CAPÍTULO SIETE
AUBERDINE
B roll aterrizó justo más allá de Auberdine, ya impaciente por alearse de sus

inmediaciones. Aunque oficialmente era parte del reino de los elfos de la noche, la región
en general llamada Costa Oscura debido a la extraña niebla que tendía a cubrirlo todo, era
evitada por casi toda su raza. Había habido intentos de colonizar esa tierra, algunos de
ellos por parte de otras razas, pero todos habían fracasado. Había minas desperdigadas por
los campos, yahora muchas de ellas albergaban amenazas para los viajeros dispuestos u
obligados a pasar por la zona.

Auberdine era la única fortaleza, si podía llamarse así. Era un lugar sombrío no
sólo para los estándares de los elfos de la noche, sino incluso para los humanos o enanos.
La zona parecía estar perpetuamente cubierta por nubes de tormenta y un viento helado
que atravesaba el alma. Auberdine existía más por necesidad que por otra cosa, pues
Darnassus necesitaba un lugar cercano en el continente donde tuviesen lugar sus tratos con
el mundo exterior.

Los que habitaban la ciudad eran generalmente menospreciados por los habitantes
de la capital, un defecto que incluso Broll había sufrido a veces. La población de
Auberdine consistía en marginados e inadaptados. Cierto, había una guarnición de
Centinelas e incluso algunos druidas, pero permanecían tan apartados de la gente de la
ciudad como les era posible.

Broll recuperó su verdadera forma y maldijo mientras sacudía el pie. En su forma


de cuervo de tormenta sus brazos se convertían en sus alas y sus pies en garras.
Desgraciadamente, algunos de los brotes le habían alcanzado, dejando al druida con el
ídolo pegado a ese pie.

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Tempestira

Broll extrajo unas hierbas de la bolsa que llevaba a la cintura y las espolvoreó sobre
la sustancia. Como la nieve tocada por el sol, la sustancia se ablandó y luego se fundió. El
Ídolo de Remulos se cayó ignominiosamente al suelo.

Tras recuperarlo Broll miró hacia adelante, el camino estaba oscuro y aunque eso
no molestaba mucho al elfo de la noche, se preguntó por qué no había ninguna luz en el
horizonte a pesar incluso de la niebla. De hecho, no recordaba haber visto ninguna luz
mientras descendía. Auberdine debería haber estado lo suficientemente iluminada como
para poder verla desde donde se encontraba, aunque sólo fuese por las otras razas que
frecuentaban el asentamiento.

Con un gruñido, el druida siguió adelante. Podría haber aterrizado más cerca de la
ciudad, pero no quería llamar la atención sobre su presencia más allá de lo necesario.

Tras ocultar el ídolo en un lugar recóndito de su capa, Broll comenzó a caminar.


Esperaba que Fandral no se diese cuenta de su robo durante un tiempo. No había motivo
para que el Archidruida quisiera la figurita… pero Broll nunca confiaba en su suerte.

Al alcanzar la cima de la colina, el druida se volvió más cauto. Seguía sin ver luces
en Auberdine y, estando tan cerca la niebla, no debería haber sido impedimento alguno.

Un cierto temor creció dentro de él. Broll se replanteó su decisión anterior de no


volar directamente hasta la ciudad. Volvió a sacar el ídolo y lo colocó bajo su pie.

Pero al levantar los brazos, se dio cuenta de que no estaba solo. El aleteo
inmediatamente le inspiró imágenes de Fandral persiguiendo al druida errante, pero lo vio
Broll en el cielo no era un cuervo de tormenta, sino la borrosa imagen de un hipogrifo.

Y el animal tenía un jinete, aunque no podía distinguirla, no dudó ni por un


momento de que se trataba de Shandris Feathermoon.

La figura volaba bajo, justo por encima de los árboles. Y desapareció de su vista
antes de que pudiese hacerle una señal. Broll dudaba de que Shandris fuese a aterrizar
directamente Auberdine; igual que él, encontraría un lugar más allá de la ciudad. Ambos
estaban siendo extremadamente cuidadosos, pero era un rasgo que a Broll le había sido
muy útil en el pasado y sin duda también a la general… y tenía más sentido ante la extraña
falta de luz.

Broll terminó rápidamente su transformación y luego agarrando la figurilla, alzó el


vuelo. Como la jinete del hipogrifo voló justo por encima de los árboles. El druida siguió

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Tempestira

su rastro lo mejor que pudo, pero Shandris no aparecía por ninguna parte, eso posiblemente
significaba que ya había aterrizado.

Auberdine no estaba muy lejos. Los edificios bajos de madera se alzaban ahora
como tumbas amortajadas. Como poco, los puentes y senderos debían haber estado
iluminados, pero lo único que Broll podía distinguir eran las siluetas en forma de arco de
lo que debían de haber sido un par de edificios.

¿Qué ha pasado en Auberdine? Ninguno de los druidas del cónclave había


mencionado que pasara nada raro y, sin duda, al menos algunos habían atravesado la
región. Si había ocurrido algo, había sido durante los dos últimos días.

El druida descendió. Volviendo a su verdadero cuerpo, ocultó el ídolo y se dirigió


hacia las afueras de la ciudad. Un silencio mortal me lo único que recibió a Broll. Hasta los
bosques carecían de los gritos de las criaturas nocturnas, incluso los insectos.

Broll tocó un roble esperando averiguar alguna cosa, pero descubrió algo
inquietante. El árbol estaba dormido y ni siquiera el roce del druida pudo despertarlo. Se
dirigió a un segundo árbol, un fresno y encontró del mismo modo.

Más inquieto, Broll decidió entrar a la ciudad envuelta por la niebla. Curiosamente,
la niebla se espeso cuando entró. Incluso la aguda vista del druida sólo podía penetrar el
velo unos pocos metros.

El druida olfateó el aire. Para su alivio, no había rastro de carne descompuesta. Se


había temido que algún desastre, una peste o un ataque, hubiese eliminado a los habitantes,
pero por el momento ése no parecía ser el caso. La humedad en el aire de Auberdine, debía
en gran parte al mar cercano, debería haber bastado para causar la rápida descomposición
de cualquier cuerpo muerto. Varios cientos de cuerpos provocarían un hedor considerable.

La arquitectura de Auberdine tenía las típicas curvas de la cultura De los elfos de la


noche, y en general eso habría supuesto algún consuelo para Broll, pero en la niebla los
edificios con arcos comenzaron a parecer macabras estructuras hechas no de madera, sino
de hueso. Broll incluso fue tan lejos como para tocar uno y asegurarse de que no había
tenido lugar una temida metamorfosis. La madera seguía siendo madera…

Algo se movió más adelante. El ruido fue breve y repetido, pero Broll lo había
oído. Unos reflejos formados por su oficio y perfeccionados por sus años de luchador
permitieron al corpulento elfo de la noche saltar inmediatamente y ocultarse tras un
edificio. No creía que el otro le hubiese oído, lo que le daba ventaja al druida.

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Tempestira

Un breve gruñido surgió de la niebla. No era un ruido hecho por un elfo de la


noche ni ninguna raza similar. El sonido tenía origen animal. Algo muy grande acechaba
las calles de piedra y tierra de Auberdine.

Metiendo la mano en una bolsa, Broll extrajo un polvo que le picaba ligeramente
en los dedos. Ignorando la irritación, se asomó inclinándose.

Una forma gigantesca se acercó a donde estaba. Fuese el animal que fuese, lo había
olido.

Broll le lanzó los polvos directamente.

La bestia dejó escapar un furioso graznido y saltó hacia delante. Broll se agachó
confiando en que la criatura no aterrizaría sobre él. Sin embargo, no sólo no cayó sobre el
elfo de la noche, sino que la bestia m siquiera cayó en el camino que tenía detrás.

En lugar de eso continuó hacia arriba, saltando por encima de uno de los edificios
cercanos. Una vez allí se posó y empezó a estornudar y gruñir.

Al mismo tiempo una luz plateada despejó la niebla que rodeaba a Broll. Éste se
giró a la su derecha.

La luz emanada de arriba, y bañada en su gloria se veía claramente a una


sacerdotisa de Elune. Broll empezó a decirle que apagase la luz, y entonces vió quién se le
acercaba.

—Mi señora… ¡Tyrande! ¿Qué haces aquí?

—Reunirme contigo, aunque no como había planeado en principio.

Sus ojos se movieron de un oscuro rincón a otro, como si esperase que se uniesen a
ellos otros acompañantes menos deseados.

El druida abrió la boca.

—¡Me dijiste que era Shandris la que se reuniría contigo! Esperaba que viniese
ella…

—También Shandris. Pero ésta tenía que ser mi misión… y cuanto más veo de esta
ciudad más entiendo que mi decisión ha sido la correcta. Si te hubiese dicho entonces que
vendría yo, podrías haberte negado y no podía permitirlo. Mis disculpas por el engaño.

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Tempestira

—¡Suma sacerdotisa, no deberías estar aquí! Algo terrible está teniendo lugar en
Auberdine…

Asintió con gravedad.

—Ven conmigo y verás lo terrible que es.

Sobre ellos, el animal, el hipogrifo, como Broll había sospechado incluso antes de
atacarlo, dejó escapar un graznido grave y enfadado.

Tyrande le susurró algo a su montura. El hipogrifo descendió a desgana,


aterrizando cerca de su jinete. Le echó una mirada torva al druida.

—¿Qué le has hecho a Jai? —preguntó la sacerdotisa en voz baja pasando una
mano por el pico de la criatura.

—Unas hierbas que provocan picores…

La Suma sacerdotisa sonrió brevemente.

—Has tenido suerte. Me atrevería a decir que si lo hubieses intentado en otra parte
Jai no habría volado por encima de ti sino a través de ti. Pero él sabía que yo quería un
prisionero si era posible. Vivo.

Tyrande continuaba pasando la mano por la cara del animal y Broll comentó:

—Los efectos de las hierbas se pasarán en unos momentos.

—No tenemos tiempo para eso.

Un débil brillo cayó desde el cielo sobre los ojos del hipogrifo. Jai sacudió la
cabeza y luego pareció mucho más contento. Asintiendo satisfecha, la Suma sacerdotisa
volvió a mirar al druida. Su expresión permanecía seria.

—Ven conmigo. Tengo que enseñarte algo.

Con el hipogrifo siguiéndola, Tyrande llevó a Broll hasta la casa más cercana.
Sorprendió al druida entrando en el domicilio sin dudarlo, señal de que las cosas estaban
aún peor de lo que había imaginado. Temía lo que podrían encontrar dentro.

El interior tenía algunas de las características del hogar de un elfo de la noche, pero
las plantas parecían enfermas, débiles. La niebla que cubría Auberdine había penetrado
dentro de la casa, lo que añadía una nota a la sensación de desastre inminente.

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Tempestira

Jai, demasiado grande para entrar por la puerta, miraba inquieto. Broll observó a
Tyrande asomarse a los dormitorios. Apartándose, le indicó a Broll que mirase también.

Con mucha cautela, el druida lo hizo. Los ojos se le abrieron como platos.

Dos elfos de la noche, un hombre y una mujer, yacían sobre alfombras tejidas. El
brazo de ella estaba sobre el pecho de él. Estaban completamente inmóviles, lo que le
indicó a Broll lo peor.

—Es igual en todas las otras casas donde he mirado —dijo solemnemente su
compañera.

El druida quería acercarse a la pareja, pero se contuvo por respeto.

—¿Sabes cómo han muerto?

—No están muertos.

Él la miró. Cuando Tyrande no añadió nada más, el druida se arrodillo ante la


pareja. Se le abrieron los ojos.

Ambos respiraban de manera silenciosa pero regularmente.

—¿Están… dormidos?

—Sí… y no he podido despertar a los otros que vi antes.

A pesar de lo que ella había dicho, Broll no pudo resistirse a mover ligeramente al
elfo. Cuando no lo despertó con eso, hizo lo mismo con la elfa. Como último intento, Broll
los cogió a cada uno por el brazo y los sacudió. Apartándose el druida gruñó:

—¡Debemos encontrar el origen de este hechizo! ¡Debe de haber un mago loco


suelto!

—Haría falta uno ciertamente muy poderoso para hacer todo esto —dijo la Suma
sacerdotisa. Señaló la puerta—. Ven conmigo. Quiero enseñarte otra cosa.

Salieron de la casa y, con Jai siguiéndolos Tyrande guió a Broll por un puente que
conectaba con las zonas más comerciales de Auberdine. La niebla ocultaba gran parte de
los detalles de la ciudad, pero Broll vio un cartel escrito en darnassiano y en lengua común
que decía “Taberna Último Refugio”.

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Tempestira

Broll sabía que la taberna, sobre todo, debería haber estado iluminada y animada.
Junto a la posada local, la taberna era uno de los pocos lugares públicos de reunión en la
ciudad.

Jai se colocó fuera de la entrada, mirando entre la niebla en busca de cualquier


enemigo en potencia. La Suma sacerdotisa entró sin te palabra, y su silencio volvió a
advertir a Broll de lo que se avecinaba La taberna no era como la casa, que estaba en orden
a pesar de la extraña escena que se encontraron dentro. Había sillas desperdigadas por todo
el suelo de madera y algunas de las mesas estaban volcadas. La barra del fondo estaba
manchada no sólo por años de clientes ebrios, sino por varias botellas y barriles
destrozados.

Y por toda la taberna se encontraban los cuerpos de los elfos de la noche, un


puñado de gnomos y humanos y un enano.

—Aterricé no lejos de esta zona y me inquieté al no ver vida o luces —explicó la


Suma sacerdotisa—. Éste era el lugar público más cercano, y entré.

—¿Están también… dormidos?

Tyrande se inclinó junto a un humano. Estaba caído sobre una mesa y parecía que
se había desplomado allí de puro agotamiento. Tenía desarreglados el pelo y la barba, pero
su ropa, a pesar de tener algo de suciedad, era claramente la de una persona pudiente.
Cerca de él yacía un elfo de la noche, alguien de la ciudad. Aunque el elfo estaba de
costado sobre el suelo, sus manos seguían señalando al humano. Como el humano, el elfo
de la noche parecía extrañamente desmañado. Eran los que tenían peor apariencia, pero
todos los que dormían en la taberna tenían el aspecto de haber peleado.

—Aquí hubo una pelea —decidió Broll.

Tyrande se puso en pie.

—Una pelea muy educada, si es que fue así. Los únicos cardenales que he visto los
provocaron las caídas. Creo que estos dos se vinieron abajo —hizo un gesto señalando al
enano y a algunos de los otros parroquianos—. ¿Ves cómo están colocados los demás?

Tras estudiarlos un momento, Broll frunció el ceño.

—Parece que están descansando. ¡Todos!

—Ahora están dormidos, incluso esta desesperada pareja. Mira a tu alrededor.


Parece que la taberna estaba preparada para la defensa.

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Tempestira

—Debería haberme dado cuenta —y sí, el druida ahora veía que las mesas y las
sillas creaban una especie de barrera que miraba a la entrada y las ventanas—. ¿Pero para
defenderse de qué?

Tyrande no tenía respuesta.

Broll entrecerró los ojos. De hecho, se había visto obligado a hacerlo más a
menudo estos últimos minutos a pesar de que tras la puesta de sol su vista debía haber sido
más aguda.

—La niebla se espesa… y es más oscura.

Fuera, Jai dejó escapar un graznido de aviso.

Tyrande y Broll se apresuraron hacia la puerta. Fuera, el hipogrifo se movía con


ansiedad. Sin embargo, no había rastro de nada cercano, y la niebla limitaba cada vez más
la distancia a la que se podía ver.

Se oyó un gemido que venía desde dentro, y Broll pasó junto a la Suma sacerdotisa
para investigar de cuál de los cuerpos tumbados en la parte de atrás de la taberna había
procedido. Luego se oyó otro gemido que venía de otra dirección. Broll lo identificó como
proveniente del elfo de la noche que estaba junto al humano. Se agachó junto a él.

Tyrande llegó hasta él.

—¿Qué ocurre? ¿Está despierto?

—No… —Broll le giró la cabeza ligeramente al dormido elfo—. Creo que está
soñando…

Un tercer gemido acompañó a los otros dos. De repente, a su alrededor, las figuras
dormidas aullaron. A Broll se le erizó el pelo de la nuca al identificar lo que todas las
voces tenían en común: el miedo.

—Sueños no —se corrigió, levantándose y mirando hacia la entrada—. Están


teniendo pesadillas. Todos.

Jai volvió a lanzar un sonido de advertencia. Volviendo hacia el hipogrifo, la pareja


no vio nada… pero oyó mucho.

Por toda Auberdine se oían gemidos.

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Tempestira

—Esto está relacionado con Malfurion —dijo Tyrande con total confianza.

—Pero ¿cómo?

Jai dio un paso adelante, ladeando la cabeza para escuchar.

Una turbia figura pasó brevemente por delante y desapareció de su vista. Era más
bajo que un elfo de la noche, más de la altura de un humano. El hipogrifo empezó a
perseguirlo, pero Tyrande llamó quedamente por su nombre. El animal se detuvo.

La Suma sacerdotisa volvió a tomar la delantera. Broll se colocó rápidamente a su


lado, preparado para usar sus artes en su auxilio. Jai mantenía el ritmo detrás de ellos.

—¡Ahí! —siseó la elfa, señalando hacia la derecha.

Broll apenas había tenido tiempo de ver la figura antes de que volviese a
desaparecer entre la niebla.

—Parece que está tropezando. Puede que sea un superviviente.

—La niebla parece espesarse más alrededor de nuestra presa —Tyrande unió las
manos—. Quizá la Madre Luna pueda remediarlo.

Desde el cielo encapotado que estaba directamente sobre la Suma sacerdotisa, un


fulgor plateado descendió en la dirección de la misteriosa figura. Atravesó la niebla
mostrándolo todo a su paso. Broll arqueó las cejas al ver cómo la luz se movía como si
estuviese viva en su intento de encontrar al extraño.

Y allí estaba: un humano. Su ropa hablaba de tiempos mejores, pero obviamente


había sufrido un largo declive en su situación. Los miró con una mirada vacía que parecía
provocada por la falta de sueño. El humano tenía un aspecto más zarrapastroso de
cualquiera que habían visto en la taberna. Pero, de algún modo seguía moviéndose.

—¡Por Nordrassil! —exclamó Broll.

El humano no sólo seguía moviéndose, sino que, ante los ojos de ambos elfos de la
noche, acababa de desaparecer.

—Un mago —gruñó Tyrande—Entonces él es la causa, no la víctima…

—No lo sé, mi señora.

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Tempestira

Broll no podía explicarse más, pero había habido algo en el modo en que el hombre
había desaparecido que le había parecido… familiar.

El druida se concentró en lo que había visto. El humano los había mirado, luego
había empezado a dar un paso…

—Atravesó algo… se metió en algo —murmuró Broll para sí mismo.

Y cuando había ocurrido, el druida había sentido… ¿qué?

—Si se ha desvanecido, ha entrado o ha atravesado algún portal… ¿qué importa?


—discutió Tyrande, y su aspecto era aún más adusto. Rápidamente se volvió hacia el
hipogrifo y de un lateral de la silla sacó su guja—. Puede que sea la clave para
Malfurion…

Antes de que Broll pudiese detenerla, la Suma sacerdotisa se lanzó hacia el punto
en el que había estado el humano. Broll no podía negar que quizás el extraño fuese el
culpable como había dicho Tyrande, pero hasta él sabía que se necesitaba más cautela,
especialmente si su presa era un auténtico hechicero.

Al llegar al punto donde había estado el humano, Tyrande sostuvo la guja,


preparada para atacar mientras murmuraba una oración. La luz de Elune la rodeaba y se
extendía varios metros en todas las direcciones.

Pero del humano no había ni rastro.

Broll se unió a ella.

—Gran señora, yo…

Ella le hizo un gesto.

—No soy la Reina Azshara. Por favor, no me llames con títulos como "Gran" y
demás…

Más gemidos… el miedo que se oía en ellos era palpable… atravesó la espesa
niebla tan claramente como había hecho la luz de Elune.

—¡Debemos despertarlos de algún modo! —gruñó Broll—. Debe de haber algún


modo de…

Jai soltó un graznido de aviso. Sospechando que el humano había reaparecido,


ambos elfos de la noche se giraron hacia el sonido…

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Tempestira

Y allí, oscurecidos por la misteriosa niebla, varias figuras se tambaleaban hacia


ellos mientras la niebla transportaba un espeluznante gemido colectivo.

Broll experimentó una ansiedad creciente. De repente sintió la necesidad de huir o


esconderse. Quería encogerse, formar una bola y rezar para que las sombrías figuras no le
hiciesen daño. Un sudor nervioso cubrió al druida.

¿Qué me está pasando? Consiguió preguntarse. Broll no era dado al miedo, pero la
necesidad de rendirse era fuerte. Miró a Tyrande y vio que la mano en la que sostenía la
guja le temblaba y no debido al peso del arma. La boca de la sacerdotisa estaba tirante.
Hasta Jai mostraba señales de nerviosismo, y la respiración del poderoso hipogrifo se
agitaba más y más.

Tyrande miró hacia la izquierda.

—¡También están allí!

—Y a nuestra derecha —añadió Broll—. Y si miramos detrás de nosotros, estoy


seguro de que también estarán ahí.

—¡No caeré de rodillas llorando como una niña asustada! —declaró Tyrande
bruscamente a las figuras que medio podía ver. Las manos le temblaban más a pesar de sus
palabras, lo que sirvió para alimentar la ansiedad creciente de Broll.

Por encima de la Suma sacerdotisa, emanaba una luz plateada que envolvía a
ambos elfos de la noche y al hipogrifo. Se extendía hacia las sombras, iluminando la
primera figura tambaleante.

Y a la luz de la luna vieron algo que estaba podrido y descompuesto. Miraba con
ojos vacíos y ciegos, y el rostro estaba desencajado por el dolor incluso en la muerte. Era
un rostro que Broll de repente identificó como idéntico al del elfo de la noche que yacía
sobre el suelo de la taberna.

Pero si la cara era la del durmiente, el cuerpo no. Más bien era la sombría silueta de
algo que Broll había esperado no volver a ver. El elfo de la noche tenía el cuerpo de un
demonio de la Legión Ardiente.

Mientras la masa se acercaba, se mostró un segundo ser que llevaba la atormentada


cara del humano, pero su cuerpo también era la de un demonio.

—Han… —murmuró Broll para sí—. Han vuelto…

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Tempestira

—No… ¡no pueden ser ellos! —murmuró Tyrande—. Sátiros no… por favor…
sátiros no…

Los dos elfos de la noche se quedaron helados. Querían defenderse, pero las
monstruosas figuras que se acercaban los habían dejado a ambos tan abrumados que sus
cuerpos estaban paralizados.

En ese momento una nueva apareció justo delante del druida y sus acompañantes,
el andrajoso humano que habían estado persiguiendo. Se tambaleó, dirigiéndose hacia ellos
con la mirada perdida.

Broll parpadeó intentando ajustar su vista, pero parecía que la niebla se había
espesado… ¿o es que había desenfocado la vista? Las diabólicas formas con las caras de
los desafortunados habitantes de Auberdine eran de nuevo solamente formas borrosas. De
repente, el druida tuvo la sensación de estar cerca del suelo… y al palpar con las manos
descubrió que estaba de rodillas. Entonces se dio cuenta de que había estado soñando, que
los demonios sólo habían existido en su subconsciente.

—¡Por la Madre Luna! —le oyó gruñir a Tyrande, pero sólo en un débil eco—.
¿Qué…?

El humano de mirada vacía que había aparecido de la nada habló por fin entre la
oscuridad antinatural.

—No vuelvan a dormirse… No duerman… —susurró.

Broll notó un brazo alrededor de su hombro, y él y Tyrande, arrodillados uno junto


al otro, se vieron sostenidos débilmente por el desaliñado humano que se había agachado
junto a ellos.

El mundo se desvaneció. No desapareció. Se desvaneció, como si fuese más


recuerdo que sustancia.

Y, además, se volvió de un color verde intenso.

Auberdine no estaba. Sólo era un paisaje apenas visto. Broll intento concentrar sus
pensamientos el tiempo suficiente para comprender donde estaban, pero entonces el paisaje
cambió como si estuviesen corriendo junto a él a un ritmo imposible para cualquier
criatura mortal.

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Tempestira

Igual de repentinamente, su nuevo entorno perdió su tono verdoso. A su alrededor


surgieron formas muy distintivas. De nuevo era de noche y, aunque había niebla, no era ni
mucho menos tan espesa como en Auberdine.

Broll descubrió que se estaba moviendo. Esa revelación le hizo reaccionar e intentó
controlar su movimiento cuando aparentemente no debería haberlo hecho. El druida cayó
hacia adelante.

El suelo era duro, pero afortunadamente estaba cubierto por cierta vegetación. Broll
se las arregló para caer sobre una rodilla. Junto a él, Tyrande había tenido mejor fortuna y
había seguido dando varios pasos hasta poder controlar sus movimientos.

Fue la Suma sacerdotisa la que se las arregló para hablar primero. Sobre unas
piernas obviamente inestables, pero capaces de sostenerla, observó su entorno.

—¿Dónde… dónde estamos? ¡Esto no es Auberdine!

No era Auberdine y, a primera vista, no era ningún lugar que le resultase conocido
al druida. Sacudió la cabeza, intentando concentrarse mejor. Algunas cosas que acababan
de pasar empezaban a tener sentido… aunque no el que deseaba.

—No es Auberdine… —graznó la causa de su confusión. El harapiento humano


chocó con Broll. Miró al druida y a la Suma sacerdotisa con expresión suplicante—. Me
han despertado lo suficiente para eso… Me las he apañado para andar…

Levantándose, Broll sostuvo al hombre por el brazo. Aunque el extraño no le


recordaba físicamente nada a Varían Wrynn, su angustia despertó los recuerdos del elfo
sobre su amigo. Sufriese lo que sufriese este humano, era al menos tan terrible como la
larga pérdida de memoria de Varían.

—¿Qué has hecho? —preguntó Broll—. ¿De verdad nos has llevado a través de…?

El extraño se apoyó sobre él, mirando febrilmente a Broll.

—¡Estoy tan cansado! ¡No puedo permanecer despierto! Por favor, no me dejes
dormir… —dejó escapar un ruido gutural y luego se desplomó sobre el elfo de la noche.

Tomado por sorpresa, Broll tuvo que sujetarlo rápidamente. Posó gentilmente al
humano sobre el suelo.

—¡Tenemos que despertarlo! —declaró Tyrande—¡Ya has oído lo que ha dicho!


¡Ya has visto Auberdine!

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Tempestira

Broll miró atentamente a su nuevo acompañante.

—Ahora no podríamos despertarlo ni reuniendo todos nuestros poderes. Está


profundamente dormido.

—¡Es nuestra única pista para encontrar a Malfurion! —la Suma sacerdotisa se
agachó como si fuese a sacudir al humano y luego dudó. Su expresión se calmó
repentinamente—. Perdóname…

—No hay nada que perdonar —Broll miró al hombre—. Lleva unas ropas que
indica que alguna vez estuvo en la corte, pero aparte de eso, no puedo identificar nada.

—A mí me parece muy poco probable que sea un mago.

El druida asintió.

—En eso estoy de acuerdo… y ningún mago podría haber hecho lo que ha hecho él
—el antiguo gladiador resopló. Ni tampoco ningún humano, enano o, ya que estamos,
tampoco muchos elfos de la noche… a menos que esté equivocado sobre lo que nos ha
ocurrido.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué otra cosa ha podido ser si no magia? ¡Vieja magia, pero sin duda magia!
Nos llevó a todos… —Tyrande se detuvo—. A Jai no…

Broll ya había pensado en el hipogrifo.

—Duerme, mi señora. Jai es ahora parte de Auberdine.

La Suma sacerdotisa se entristeció.

—Pobre criatura… tantas pobres criaturas…

Recuperando las fuerzas, preguntó:

—¿Y qué ocurre con éste? Si no ha sido un hechizo, ¿cómo nos ha traído desde
Auberdine hasta aquí?

—Sólo hay un camino —el tono de Broll no podía ocultar su propia incredulidad
acerca de lo que estaba diciendo—. Creo… creo que quizá, por un instante… nos hizo
atravesar el Sueño Esmeralda.

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CAPÍTULO OCHO
LUCAN
A lgo distinto se movió cerca del amortajado lugar donde se encontraba

Malfurion, algo que era a la vez familiar… y desconocido.

El Archidruida se preguntaba qué nueva tortura tenía en mente ahora el Señor de la


Pesadilla. La agonía de su constante transformación aún lo asaltaba, pero Malfurion se las
había arreglado para mantener esa parte de su mente escudada. Sabía que su captor era
consciente de eso y quería romper ese escudo. Por eso creía que lo que ocurría ahora era su
nuevo esfuerzo por acabar con su resistencia.

Malfurion no estaba seguro de su propia capacidad para aguantar mucho más.


Hacer lo que había hecho y seguir sufriendo esa tortura le había pasado una factura muy,
muy alta. El Señor de la Pesadilla sabía bien cómo atormentarlo, golpeando justo con
quien el Archidruida amaba más o con aquello que más temía.

La forma era enorme, aunque no tanto como la sombra de un árbol gigantesco que
era lo único que Malfurion conocía de su enemigo.

La nueva forma se movía con una confianza y ligereza que molestaba al elfo de la
noche. Deseó que la espesa e inquietante niebla que rodeaba su diminuta prisión se
dispersara sólo por un momento para poder ver mejor y entender qué nuevo mal iba a
aparecer.

Estoy aquí… dijo una voz en su cabeza. Sin embargo, no era el Señor de la
Pesadilla, sino la nueva forma. Tampoco le hablaba a Malfurion, éste sencillamente la
había oído cuando hablaba con otro.

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Tempestira

Y ese otro apareció. La sombra del árbol se inclinó sobre el cuerpo retorcido de
Malfurion, y las ramas del Señor de la Pesadilla se estiraban como tentáculos hacia el
recién llegado.

Hubo silencio. Malfurion se dio cuenta de que su captor le hablaba a la forma,


pero, al contrario que ésta, el Señor de la Pesadilla mantenía sus deseos ocultos a su
prisionero. El elfo de la noche se preguntó por qué era eso necesario.

La nueva sombra dejó escapar una risa burlona. Sí… así se hará… qué broma va a
ser.

De haber podido, el Archidruida habría fruncido el ceño. Esto no era una nueva
tortura para él… al menos no directamente. Más bien, su torturador tenía algunas tareas
para aquella otra sombra.

Entenderlo le inyectó determinación a Malfurion. Dejó que su dolor concentrase


sus poderes. Seguía en el Sueño Esmeralda… o Pesadilla ahora… y, aunque hasta el
momento sus esfuerzos por atravesar la niebla y ver cómo el mal que lo barría había
cambiado aquel reino habían fracasado, quizás… quizás Malfurion podía arreglárselas para
algo más concreto.

El velo no se iba a apartar. La forma seguía siendo sólo una forma. Pero el
Archidruida se concentró usando los mismos métodos que utilizaba para mirar dentro de sí
durante la meditación que precedía al abandono del cuerpo por parte de la forma astral.
Notar todo lo que provenía de esa inquietante visita se convirtió en la única misión de
Malfurion. Lo había intentado con el Señor de la Pesadilla y había fracasado, pero, s. no
esperaban que lo volviese a intentar con el recién llegado…

¡Eres un bichejo demasiado curioso!

La mente de Malfurion se vio golpeada por una fuerza mental tan grande que lo
aturdió momentáneamente. Eso tuvo el curioso efecto de aminorar su dolor, aunque sólo
por un segundo.

Me voy… le dijo la sombra al silencioso torturador del elfo de la noche. El


Archidruida se las arregló para volver a concentrarse lo suficiente como para ver como la
forma se desvanecía entre la densa niebla.

La sombra del árbol que conformaba la presencia del Señor de la Pesadilla se


retorció para flotar sobre Malfurion. Aún te queda demasiado espíritu, pero no por mucho
tiempo… cuánto esfuerzo ¿verdad? ¿Cómo va tu corazón mortal amigo mío?

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Tempestira

El elfo de la noche lo entendió inmediatamente. Sintió cómo aumentaba la


debilidad que tenía origen no en su forma astral, sino en su verdadero cuerpo. Su intento de
averiguar algo más le había costado valiosas energías.

Las ramas de sombra pasaron sobre sus ojos casi como si quisieran arrancárselos.
Pero Malfurion era consciente de que sus ojos eran probablemente la parte que más a salvo
estaba de su cuerpo astral. El mal que lo retenía quería que viese, incluso aunque no
hubiese nada que ver… o quizá porque no había nada.

¿Quieres ver? Pero si sólo tenías que pedirlo, amigo mío… es lo menos que puedo
hacer por alguien que cede tanto ante nuestros deseos…

Las ramas se estiraron hacia delante, separándose en dos grupos que a su vez
actuaban como manos monstruosas que apartaban la niebla… revelando por primera vez
en qué se había convertido el reino esmeralda.

De haber podido, Malfurion habría gritado, aunque no de dolor.

Las ramas se apartaron. La niebla se volvió a cerrar una vez más en tomo al
atrapado Archidruida.

La voz burlona llenó su cabeza. La alegría que denotaba era como puñales que
constantemente zaherían la mente del elfo de la noche. Y estamos en deuda contigo por
tanto de esto, Malfurion Stormrage… por tanto…

El árbol de sombra se desvaneció. La voz se detuvo. Por el momento, Malfurion se


quedó solo, ponderando el horror que había visto. Era tan sólo la última tortura planeada
para aquella parte de él que aún no se había rendido.

Pero lo que su captor no sabía era que el elfo de la noche también había descubierto
algo que deseaba saber. De hecho, dos cosas significativas. Una era la identidad del Señor
de la Pesadilla. La respuesta debería haber sido obvia, pero el sufrimiento constante de
Malfurion había hecho necesaria la repentina furia de la criatura para que se mostrase.

Ciertamente un dragón verde servía al mal… pero no cualquier dragón verde. Rezó
para que Ysera lo supiera, no fuese a ser tomada por sorpresa. Si la Señora del Sueño
Esmeralda era capturada, entonces sí que todo estaría perdido.

Y lo segundo, que había llegado con la revelación de lo que de verdad rodeaba a


Malfurion, sirvió para confirmar una decisión que el Archidruida había tomado hace
tiempo.

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Tempestira

Si había una posibilidad de que salvase a Ysera y al Sueño Esmeralda, entonces


Malfurion tenía que morir.

***

A pesar de lo que habían visto, a pesar de lo que aquello podría suponer para ellos,
Tyrande y Broll sabían que también tenían que dormir. La terrible lucha en Auberdine los
había agotado más de lo que habían creído.

No tenían ni idea de dónde estaban con respecto a Auberdine o Vallefresno, pero el


druida le había dicho a ella que creía que estaban cerca de su meta. Desgraciadamente, ella
ahora no tenía a Jai, lo que significaba que no podrían volar. Por poderoso que fuese el
cuerpo de cuervo de tormenta de Broll, no podía llevarla a ella y a su enigmático
acompañante.

Tyrande siguió estudiando al humano dormido. Parecía inofensivo y no sintió


ninguna abrumadora presencia mágica a su alrededor, aunque debería haber notado algo no
sólo como Suma sacerdotisa de Elune, sino como alguien que se había pasado siglos
estudiando distintos casos de magia. Tenía algo que hablaba de alguna clase de magia, algo
muy sutil, como una parte inherente de su ser más básico y no algo aumentado mediante el
estudio de las artes místicas.

Miró al cielo, que pasaba de gris a negro. Había pasado un día, un valioso un día
mientras esperaban que el humano despertase. Aunque murmuraba entre sueños, no
actuaba como los habitantes de la ciudad. Puede que sus pesadillas fuesen vividas, pero no
habían cobrado vida.

Al volver a recordar Auberdine, la Suma sacerdotisa se estremeció. Ella y Broll


habían estado cerca de convertirse en víctimas como el pobre Jai. Tyrande revivió las
pesadillas que había sufrido, unos infernales sátiros sonrientes que habían aparecido para
llevarla ante su amo y dio gracias por que el humano hubiese aparecido cuando lo hizo.
Broll le había hablado de sus propios monstruos, espantosos demonios de la Legión
Ardiente. Para ambos elfos, las criaturas eran espantosos remedos de los habitantes
dormidos de Auberdine.

No por primera vez, Tyrande quería despertar a su nuevo acompañante. Malfurion


caía cada vez más en el olvido o algo peor con cada día que pasaba. Sin embargo, ella y el

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Tempestira

druida habían acordado que era inútil volver a intentar algo tan fútil. El humano había
permanecido inconsciente a pesar de sus primeros y enérgicos intentos. Parecía que no se
despertaría hasta que él lo decidiese así.

¡Pero volveré a perderlo! insistió Tyrande, endureciendo su expresión. No lo


perderé, ni siquiera aunque haya sido culpa suya acabar en este…

Una sensación de vergüenza la apabulló. Malfurion había partido en busca de una


posible amenaza. Lo había hecho por el bien no sólo de los druidas, sino de todo
Azeroth… igual que tantas otras veces antes…

Tyrande sacudió la cabeza intentando eliminar su remordimiento. Dio las gracias


cuando oyó moverse a Broll.

Éste se dio cuenta del cambio de su expresión, fijando por primera vez su atención
en el humano.

—Veo que sigue durmiendo.

—Tengo mis dudas de que vaya a despertar.

—También yo. No actúa como los otros, pero dormir el día entero y la mitad de la
noche anterior…

La Suma sacerdotisa jugó con su guja. Se a alegró de haberla sacado de la montura


de Jai. De no haberlo hecho, el arma se habría quedado en Auberdine. Que Tyrande llevase
en su interior los dones de la Madre Luna no la hacía invencible. La guja era un arma
sólida y necesaria.

—¿Lo dejamos aquí? No querría hacerlo, considerando cómo nos ha ayudado.

—Pienso lo mismo. Pero tenemos que llegar a Vallefresno y, aunque podría


llevarlo durante un tiempo, nos retrasaría aún más.

Ella acabó por decir lo que había estado pensando casi todo el tiempo que había
estado despierta.

—Deberías ir solo. Es lo que habías planeado cuando te sugerí lo de Vallefresno.

Broll pareció horrorizarse.

—¡No te abandonaré aquí! ¡Especialmente después de lo de Auberdine! Iremos a


Vallefresno juntos —señaló con un grueso pulgar al humano—, y esperemos con este…

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Tempestira

—¿Entonces qué hacemos?

El druida parecía sentirse culpable.

—Algo que había planeado hacer más allá de Auberdine de todos modos —de su
capa extrajo lo que había tomado de la vivienda de Fangal—. Es hora de que intente que
mi robo sirva de algo, si es posible.

Ella no podía creerse lo que estaba viendo.

—¿Es… es el ídolo de Remulos?

—Sí.

—Había oído que lo habías dejado al cuidado del Archidruida Fan…

—Y ahora lo he tomado prestado.

Su expresión le pedía a la elfa que no insistiese en el tema. Cuando Tyrande


asintió, Broll pareció aliviado y añadió:

—Puede que sea nuestra mejor esperanza si conseguimos usar bien el portal.

—Remulos dijo que estaba conectado con un dragón verde de un gran poder. El
Aspecto Ysera no le quiso decir quién cuando añadió su influencia en su fabricación.
Remulos sospecha quién es, igual que yo, desde que traté el tema brevemente cuando quise
limpiar la corrupción el ídolo. Aunque no sabía el nombre, sentí su gran poder. Debe de ser
uno de sus consortes.

Lo que para la Suma sacerdotisa significaba un dragón con un conocimiento y


poder que muy pocos tenían. Tyrande entendió el razonamiento de Broll.

—¿Crees que puedas entrar en contacto con él a través de la figurilla?

—Merece la pena haber mancillado mi honor por esa esperanza, sí.

A ella no le gustó como había sonado eso.

—¿Qué hará Fandral cuando descubra que te lo has llevado de su casa?

Broll se encogió de hombros.

—No tengo ni idea, pero, si sobrevivo a esto, lo sabré.

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Tempestira

Tyrande estudió la figurita rezando para que el druida le mereciera la pena el precio
que iba a pagar… y también a los demás.

—¿Qué esperas hacer… y cómo puedo ayudarte?

—No puedes ayudarme en nada. Esto tengo que hacer yo.

Broll colocó la figurita en el suelo delante de él y se sentó con las piernas cruzadas.
Los ojos del dragón miraban directamente a los ojos del druida.

—Estoy intentando algo distinto. No quiero usar el propio ídolo —de repente se
cortó—. De hecho, nunca pensé que volvería a ver este maldito objeto…

La Suma sacerdotisa no dijo nada, consciente del dolor que le había causado a
Broll su anterior encuentro con la figurilla. Conocía la angustia que había sufrido cuando,
debilitado, no pudo salvar a su hija de las retorcidas fuerzas del ídolo. Él hablaba más para
sí mismo que para ella.

Colocando las palmas de las manos frente al ídolo, Broll comenzó a murmurar. El
ídolo seguía conectado con el dragón, allá donde estuviese. El druida esperaba entrar en
ese enlace y tocar la mente del dragón. Tyrande sabía exactamente por qué. El dragón
verde podría darle una pista de qué era lo que estaba ocurriendo, pero, aún más importante,
era posible que pudiese ayudarlo a pasar hacia el Sueño Esmeralda. Antes, el ídolo podía
hacerlo. Broll lo había utilizado de ese modo cuando luchó contra su propia furia al
manifestarse su cuerpo de oso. Pero eso había sido antes de que la Pesadilla hiciese que
hasta los lugares intactos fuesen difíciles de alcanzar. Sin duda tener a uno de los
guardianes de ese reino de su lado aumentaría las posibilidades no sólo de supervivencia,
sino de éxito.

Un débil fulgor de luz esmeralda bañó al ídolo, y una marchita corriente de


energías surgió de la figurita.

La magia que unía al ídolo con el misterioso dragón.

De repente, Broll llamó la atención de la Suma sacerdotisa. A su alrededor se


alzaba ahora un débil fulgor de un verde más oscuro. Curiosamente, no emanaba de él,
sino del suelo cubierto de hierba en el que se sentaba. Como druida, Broll recibía gran
parte de su poder de la flora y la fauna de Azeroth, y por primera vez Tyrande lo estaba
viendo. También había poder dentro de él, ella era muy consciente de eso a través de
Malfurion, pero ése era un aspecto del oficio de su amado que no había tenido muy en
cuenta. En cierto sentido, era semejante a si conexión con la Madre Luna.

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Tempestira

Quizás Malfurion y yo no somos tan distintos ni siquiera en eso, pensó la Suma


sacerdotisa. Y quizá por eso nos hemos alejado tanto…

Era un recordatorio de lo que ella debería haber sabido bien, pues había
experimentado las enseñanzas de Cenarius y había luchado junto a su amado y otros
druidas. Azeroth formaba gran parte de un druida, los afectaba constantemente. Malfurion,
tan compenetrado, sin duda lo sentía todo mucho, mucho más que Broll.

No puede apartarse de su vocación como yo no puedo apartarme de la mía… pero


estas vocaciones se entrecruzan igual que nuestras vidas… sí sobrevivimos a esto…
descubriremos cómo hacer que ambas se crucen… y a estar al fin juntos… Si
sobrevivimos…

El verde oscuro empezó a crecer hasta la corriente mágica que surgía a través del
plano de Azeroth, hasta allá donde ahora se encontrase el dragón. Pero apenas había
empezado a hacerlo cuando pareció fallar. Había resistencia.

Broll murmuró algo.

La resistencia se debilitó.

—¡No! ¡No debes!

El humano estaba entre ellos, con la mirada tan enloquecida como antes. Estaba
medio de rodillas, intentando alcanzar desesperadamente el ídolo.

Mientras se acercaba a la figurilla, Tyrande vio a su alrededor un paisaje que era y


no era allí donde se encontraba el trio. Parte parecía simplemente.

La otra parte…

La Suma sacerdotisa lanzó una patada. Sin embargo, su objetivo su objetivo no fue
el humano, sino el ídolo de Remulos.

La figurita del dragón salió por los aires. Rebotó contra una elevación y luego cayó
sobre una piedra pequeña.

Broll, con su hechizo destrozado, miró a la pareja con una mezcla de frustración y
confusión.

—Por el Árbol del Mundo, ¿qué estás haciendo? —le preguntó a Tyrande. El
druida se puso en pie y agarró al humano por el cuello—. ¿Qué maldad tramas? ¿Qué le
has hecho a ella?
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Tempestira

La boca del hombre se movió, pero de ella no salió ningún sonido. Las imágenes
que Tyrande había visto a su alrededor desaparecieron y aunque se esforzó por grabarlas
en su memoria, se desvanecieron en el olvido… igual que los sueños, tanto alegres como
oscuros, suelen hacer.

Pero se acordaba de una cosa. Saltando al lado de Broll, lo contuvo para que no
asustase más al harapiento humano.

—¡Suéltalo! ¡Quería ayudarnos!

—¿Ayudarnos? ¡Te engañó para que rompieses el hechizo justo cuando empezaba
a funcionar! —pero respetando claramente su opinión, Broll aflojó su presa.

—No funcionaba, no funcionaba —balbucía el hombre, su vista fija más allá de


ellos—. Sólo funcionaba para ellos, atrayéndolos…

—¿Quién? —preguntó Tyrande, colocando una mano en su hombro para calmarlo.

Por fin concentró la mirada. Posó su vista en ella.

—Yo… no lo sé… ellas… las pesadillas… —el hombre miró al suelo—. He


dormido… no puedo dormir… no dormir…

—¿Quién eres? —preguntó Broll con un tono mucho más amable—. ¿Cuál es tu
nombre?

—¿Nombre? —por un momento su concentración se desvaneció. Pestañeando, su


acompañante pareció recuperar un poco la compostura—. Lucan… Lucan Foxblood…
—cierto resto de orgullo le hizo estirarse—. ¡Tercer ayudante cartógrafo de Su Majestad
del Rey Varian! En misión cartográfica a… a… —su expresión se volvió la de un niño
perdido—. Eso ya no lo recuerdo…

—No te preocupes por eso —le urgió calmadamente Tyrande—. Dinos, ¿cómo
sabías que corríamos peligro?

—Yo… sólo lo sabía. Tiene… tiene que ver con ese lugar en mis sueños… Los
sentí entonces… sentí algo cerca…

Broll recupero la figurita.

—Podría ser aquel a quien intentábamos llegar.

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Tempestira

Aunque aquello tenía sentido, Tyrande todavía se acordaba de como se había


sentido tras ver lo que había visto detrás de Lucan Sangre dé Zorro.

—No… tiene razón Broll. Había algo siniestro acercándose a nosotros, por eso hice
lo que tenía que hacer. En esto, confió en sus palabras.

Lucan la miró como si acabara de salvarlo del verdugo.

—¡Gracias, gloriosa dama! ¡Gracias!

—Cálmate, Lucan. Estás entre amigos… y no me des las gracias.

Puede que tu reacción instintiva nos haya salvado.

—¿De verdad lo crees? —preguntó el druida, mirando todavía la estatuilla—.


Quizás… quizás… —dejó la figurita—. En ese caso, queda una cosa por hacer.

Broll miró a Lucan:

—¿Sabes dónde estamos?

—No… no… sólo sigo adelante… sólo sigo adelante…

—Lo que pensaba —Broll dio un paso atrás. A Tyrande le dijo:

—No te lo había dicho antes, pero, mientras dormías, he hecho un breve vuelo. No
he reconocido dónde estamos, pero pensé que, si lo volvía a intentar, podríamos tener una
idea mejor de qué hacer ahora.

A Tyrande no le molestó la revelación, consciente de que Broll no los habría puesto


en peligro ni a ella ni a Lucan. Asintió ante su nuevo plan.

—¿Y el ídolo?

Broll se encogió de hombros.

—¿Qué pasa con él? Si no usamos la maldita figura, no será peligrosa. Puede
quedarse aquí hasta que vuelva.

Estirando los brazos se transformó en cuervo de tormenta. Lucan soltó un grito


ahogado y se tambaleó en dirección a Tyrande, que sentía cierta culpa. Ella y Broll estaban
mucho más acostumbrados a la magia que la mayoría de los humanos.

—No es nada —le dijo a Lucan—. Nada de lo que preocuparse.

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Tempestira

—Mi… mi primo siguió la vocación… o sea la hechicería —murmuró Lucan, casi


sonando complacido al recordarlo. Luego volvió a fruncir el ceño—. Ahora está muerto.

Como tantos otros, pensó la Suma sacerdotisa recordando las vidas perdidas en la
última batalla. Y ahora… ¿qué viene a provocar el caos en Azeroth esta vez?

Broll salió volando, interrumpiendo sus pensamientos. Ella y Lucan miraron con
admiración al enorme pájaro alzarse en el cielo. Tyrande envidiaba este poder en concreto
del oficio de Malfurion. Poder volar así…

Pero apenas había alcanzado el cuervo de tormenta una altura respetable cuando
bajó inmediatamente de regreso hacia sus compañeros. Lucan simplemente miró, quizá sin
entender, pero Tyrande sabía que Broll no habría regresado tan pronto si no fuese por algo
importante.

Agarró el ídolo antes de que Broll llegase hasta ellos, segura por algún motivo de
que tendrían que irse. El rostro del druida cuando retomó su forma era la confirmación de
que su idea estaba, al menos, muy cerca de la verdad.

—¿Has descubierto dónde estamos? —preguntó inocentemente Lucan.

—¿Qué has visto? —terció Tyrande—. ¿Estamos cerca del territorio de la Horda?

—La Horda es el menor de nuestros problemas —gruño Broll—. Tenemos que


ponernos a cubierto y deprisa…

Agarró a Lucan por el brazo y empezó a tira de él hacia una de las zonas más
accidentadas. Tyrande se puso a la altura del druida con el ídolo bajo el brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Más de esas criaturas de pesadilla, como en Auberdine?

Broll resopló.

—No… posiblemente una pesadilla aún mayor —señaló con un dedo hacia arriba y
al este—. Tenemos un dragón ahí… y es negro.

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Tempestira

***

Thura observó a los desconocidos desde una colina al oeste de donde éstos se
encontraban. Dos elfos de la noche y un humano.

Dos varones y una hembra. Inmediatamente descontó al humano, porque a pesar de


estar en la flor de la vida, no parecía un guerrero. Los dos elfos, por otra parte, parecían ser
oponentes más dignos. El varón era probablemente un druida. Thura respetaba el poder de
aquellos que estaban conectados a la naturaleza.

La hembra intrigó más a la orca, porque siempre había deseado comparar su


habilidad con aquellas de su género de otras razas. La elfa de la noche se movía con
impresionante gracilidad, y la guja que llevaba requería fuerza y mucho entrenamiento.
Thura confiaba, por supuesto, en su hacha, pero se preguntaba cómo sería la pelea de no
ser así.

Pero la realidad de su situación anuló rápidamente su curiosidad. Lo que importaba


era que esos tres estuviesen allí donde ella estaba. Tenían que ver de algún modo con su
búsqueda, y el motivo más obvio era la presencia de los dos elfos de la noche. Su presa era
un elfo. Éstos probablemente eran camaradas de guerra. La hembra bien podía ser su
compañera.

La ancha boca de la orca se abrió en una amplia sonrisa entristecida. Estoy aquí por
ellos, decidió. Me llevarán a él… me llevarán hasta el tal Malfurion… ese traidor de
camaradas y destructor de vidas…

Había visto al druida usar la magia, convertirse en un ave que podía volar alto.
Todavía más que la hembra, tendría que morir deprisa cuando llegase el momento de
combatir contra ellos. Podía ser poderoso, aunque obviamente no tanto como el druida
asesino de sus sueños. Aun así, supondría un buen entrenamiento para el duelo con su
auténtico enemigo.

Entonces Thura vio por qué el druida había volado tan poco tiempo, la gran forma
oscura que se alzaba en el cielo era el que antes sólo había visto como sombra. Ahora
volaba hacia la zona donde había estado el trio y, aunque caminaban deprisa, hasta el
humano, sin duda estaban condenados. La orca maldijo, dándose cuenta de que la mejor
pista que tenía sobre el paradero de su presa iba a ser comida.

Luego ocurrió algo asombroso.

P á g i n a | 121
Tempestira

Las presas del dragón simplemente se convirtieron en nada. Iban corriendo y de


repente habían desaparecido. Sólo una momentánea luz verdosa le dio una indicación de lo
que había pasado. Supuso que uno de los elfos de la noche había lanzado un hechizo que
llevó lejos de ahí al trio.

Pero lo que la sorprendió más aún ocurrió al volver a mirar al dragón. El


gigantesco leviatán se giró inmediatamente y aleteando con fuerza, se marchó. No había
habido duda alguna, el dragón se había marchado a toda prisa.

Y lo que le pareció aún más curioso a Thura fue que, aunque la oscuridad no le
permitía ver perfectamente al titán… habría jurado que el dragón había huido
repentinamente asustado.

P á g i n a | 122
CAPÍTULO NUEVE
PERSIGUIENDO A UN DRAGÓN
L os druidas estaban agotados. Habían dado de sí mismos tanto como podría

haber dado cualquier ser vivo y, aunque Fandral les dijo que sus esfuerzos no estaban
siendo en vano, a muchos seguía resultándoles difícil creerlo. Teldrassil no parecía haber
cambiado… y, ciertamente, para Hamuul Runetotem el Árbol del Mundo tenía algo que
ahora le inquietaba más.

Peor aún, su preocupación aumentaba por la repentina curiosidad de Fandral por la


ausencia de Broll. Con tantos druidas reunidos y tanta urgencia, la desaparición había
pasado desapercibida hasta después del hechizo. Pero ahora el Archidruida principal
parecía estar dándole una importancia especial.

Hamuul había prometido buscar a Broll, pero sólo lo había hecho para tranquilizar
a Fandral. Desgraciadamente, no había mucho que Hamuul pudiese hacer al respecto de
una promesa que sabía, con mucha sensación de culpa, que no tenía grandes esperanzas de
cumplir.

Había intentado alejarse del cónclave, pero sabía que también acabarían por darse
cuenta de su ausencia. Con la esperanza de evitar más preguntas, se mantuvo cerca del
grupo, moviéndose aquí y allá como si siguiese buscando.

Hamuul se acercó a Naralex. Aunque tan agotado como el resto, el elfo de la noche
estaba en pie, observando una semilla que tenía en mano. Cuando el tauren se acercó,
Naralex pasó la otra mano sobre la semilla al mismo tiempo que murmuraba como si
hablase con un bebé.

P á g i n a | 123
Tempestira

La semilla se abrió. Un diminuto zarcillo brotó de él. Cuando alcanzó más de diez
centímetros, Naralex movió la mano libre hacia la izquierda. El brote se arqueó en esa
dirección.

El elfo de la noche hizo un movimiento en curva hacia la derecha. Conservando el


arco hacia la izquierda la nueva planta empezó a crecer ahora en la dirección contraria.

—Así es como debemos ser —le dijo Naralex solemnemente a Hamuul—.


Cultivadores de vida. Jardineros del paraíso.

—Si Azeroth fuese perfecto, sí —se mostró de acuerdo el tauren—. Pero no lo es.

—No… no lo es.

Inclinándose. Naralex colocó la semilla en el suelo. Dibujó un círculo alrededor de


ella.

El suelo que abarcaba el círculo se revolvió. La semilla se hundió hasta que sólo
quedó en la superficie el brote.

Naralex limpió la zona que rodeaba la planta y volvió su atención hacia Hamuul.

—¿Y has encontrado a nuestro hermano Broll?

El tauren se esforzó porque no le aleteasen las aletas nasales.

—Aún sigo buscándolo.

El elfo de la noche entrecerró los ojos.

—Ambos sabemos que no volvió con nosotros, hermano Hamuul.

Hamuul ni lo confirmó ni lo desmintió.

—Le prometí al Archidruida Fandral Staghelm que buscaría a Broll. Debo


continuar.

En lo que bajo algunas constancias hubiese sido un acto peligroso, Naralex levantó
un brazo para detener al tauren.

—El Archidruida Fandral ya está con otras cosas. Ni siquiera está aquí en este
momento, hermano Hamuul.

—¿Que no está aquí? —de nuevo, el tauren intentó ocultar su cautela.

P á g i n a | 124
Tempestira

—Mientras estabas… en otra parte… sugirió que hiciéramos lo que pudiéramos


para despejar nuestra mente para que, cuando vuelva, podamos comenzar otro hechizo para
Teldrassil.

—¿Y dónde ha ido mientras tanto?

Naralex miró hacia arriba… y más arriba.

—Al Enclave, naturalmente. Dijo que estaría buscando orientación en el


aislamiento de su sagrario.

Hamuul resoplo antes de poder evitarlo. Tenía sus sospechas sobre donde había
volado Broll Bearmantle, aunque cuáles eran las intenciones del elfo de la noche era
cuestión de conjeturas. El tauren podía imaginarse algo concreto, pero Broll no habría sido
tan audaz… ¿verdad?

Naralex bajo el brazo.

—Pensé que te gustaría saberlo. ¿Crees que quizás nuestro hermano Broll haya
podido tener una idea parecida…? Me refiero a buscar orientación en el Enclave.

Completamente recuperado, Hamuul replico:

—Yo también lo pensé. Me alegro de que estemos de acuerdo.

Dejando a Naralex, Hamuul pensó. Naralex había estado intentado advertirle, por si
hubiese algún motivo por el que Broll estuviese en el Enclave. El elfo de la noche
probablemente se preguntaba por qué Broll no había vuelto para el cónclave y llegó a lo
que creía que era la respuesta más plausible.

Y eso significaba que probablemente Fandral habría hecho lo propio.

Frunciendo el ceño, el tauren se echó hacia atrás para mirar en la dirección de


Darnassus. Esperaba tener razón en una cosa, en que Broll Bearmantle no estuviese en el
Enclave. En realidad, el único motivo por el que habría ido allí sería para buscar algo en el
sagrario del Archidruida Fandral. Hamuul se temía que mese el ídolo de Remulos. El
tauren no sabía qué otra cosa se le podría haber ocurrido a Broll que le resultase útil.
Después de todo, estaba unido al Sueño Esmeralda, donde había desaparecido el cuerpo
astral del Archidruida Malfurion Stormrage.

Y también estaba unido al único método que alguien tan impetuoso como Broll
podría usar para encontrar a su perdido shan'do.

P á g i n a | 125
Tempestira

Él no… Broll no se arriesgaría a…

Hamuul pestañeó. Sí, Broll lo haría.

Una sombra paso por encima de él. Al girarse vió un enorme cuervo de tormenta
que descendía. Sólo podía ser Fandral de regreso. Esta vez el Archidruida había encogido
la rapidez de su cuerpo de ave antes que la entrada más ingeniosa que había utilizado al
principio de la invocación.

Cuando el cuervo de tormenta se posó, se transformó. Sus alas se convirtieron en


brazos, las patas crecieron. Las garras se convirtieron en pies. Las plumas salieron volando
o se convirtieron en pelo y ropa. El pico se retiró, convirtiéndose en una boca y una
nariz…

Fandral, una vez recuperada su forma se estiró. De entre todos los druidas reunidos,
sus ojos se fijaron en el lejano Hamuul. Una seria decepción llenaba la mirada del elfo de
la noche. Era todo lo que Hamuul necesitaba ver para entender que Fandral sabía todo lo
que Broll había hecho.

El tauren rezó para que su amigo supiera lo que estaba haciendo.

***

Habían vuelto a moverse. Broll lo sabía incluso aunque de nuevo había sido
incapaz de concentrarse el tiempo suficiente en el lugar por el que habían atravesado.
Estaba seguro de que había sido el Sueño Esmeralda… pero entonces, ¿por qué sus
recuerdos de aquellos momentos eran tan borrosos como la niebla que cubría Auberdine?

Y, más importante aún, ¿cómo un humano (¡Un humano!) era capaz de cruzar
físicamente el reino místico sin apenas darse cuenta?

Sin embargo, no había tiempo para pedirle respuestas a Lucan Foxblood. Los tres
seguían moviéndose, pues el repentino acto de Lucan no los había alejado del dragón…
sino que más bien casi los había colocado por debajo de él.

—¡Al suelo! —susurró Tyrande.

P á g i n a | 126
Tempestira

La sombra los sobrevoló como si le estuviera echando una carrera al viento. La


corriente creada por el dragón casi consiguió que la sugerencia de la Suma sacerdotisa se
hiciese realidad. El trio quedó sacudido y cayó de rodillas.

Pero… el dragón no se volvió. No giro y se lanzó sobre ellos. En lugar de eso, se


adentró hacia las montañas más allá de donde se encontraban ellos… y no volvió a
aparecer.

Broll fue el primero en decir en voz alta lo que los otros sin duda estaban pensando.

—A esa velocidad, debería haber ascendido o haberse estrellado…

—¿Qué hace aquí un dragón negro? —preguntó Tyrande, Sea donde sea este
lugar…

—No era negro.

Los elfos de la noche miraron a Lucan. Aun con los ojos como platos, repetía para
sí:

—No… no era negro… era verde…

—Un humano que no distingue los colores —gruñó Broll.

—Si no los distinguiese, no vería verde en lugar de negro —señaló la Suma


sacerdotisa.

Con un tono tranquilizador, le dijo a Lucan:

—Dinos por qué dices que el dragón era verde.

Él se encogió de hombros.

—Estaba lo suficientemente cerca para verlo.

El druida sacudió la cabeza.

—Bueno, ésa es una respuesta. No la correcta, dado que nosotros estábamos igual
de cerca, y era negro.

Tyrande estudió al humano. Finalmente, dijo:

—Pero es una respuesta que siento que tiene cierta verdad potencial Broll… al
menos como Lucan la entiende —miró en su guja—. Creo que deberíamos investigar a

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Tempestira

este dragón que podría ser negro o podría ser verde. Podría haber una razón para que
acabásemos tan cerca de él.

—¿Y si resulta ser un dragón negro?

Ella miró en la dirección hacia la que habían visto volar a la bestia. Tyrande
preparó la guja para lanzarla.

—Entonces, lo matamos.

Lucan miró a Broll como esperando que le dijese que la Suma sacerdotisa no
hablaba en serio. Pero, en lugar de eso, el druida sujeto cartógrafo por el brazo y se lo
llevó, diciendo:

—Estás mejor con nosotros que solo…

Lucan no parecía tan convencido.

Retomaron su camino sobre las montañas, moviéndose tan deprisa como les
permitía la presencia de Lucan. No era lento, pero tampoco estaba en perfecto estado de
salud ni era un elfo de la noche. Pero mantenía el ritmo mejor de lo que Broll había
esperado, considerando por todo lo que había pasado el humano.

Se detuvieron sólo una vez, cuando Broll sintió un picor en el cuello. Miró detrás
de él.

—¿Qué pasa? —preguntó Tyrande con voz queda.

—Me parecía que alguien nos estaba siguiendo… pero me equivocaba.

Poco después, la Suma sacerdotisa se detuvo. Lucan aprovechó el momento para


recuperar el aliento mientras los elfos de la noche hablaban.

—Si el dragón ha aterrizado… ha debido de ser muy cerca de aquí —dijo Tyrande.

—Cierto. Hemos visto unas cuantas cuevas, pero ninguna lo bastante grande para
una criatura de ese tamaño… y éste es mayor que muchos, sea cual sea su color.

—Pero no lo vimos en el aire, y el paisaje, aunque sea montañoso, también


obligaría al dragón a salir en abierto si intentase andar.

Broll pensó.

—Quizás haya algo de razón en lo que dijo Lucan. Si el dragón es…


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Tempestira

Tyrande le miró fijamente.

—¿Dónde está Lucan?

El druida se giró. El humano ya no estaba donde lo había dejado.

Por un momento los elfos de la noche se miraron el uno al otro como si estuviesen
pensando lo mismo… que Lucan había vuelto a desaparecer en lo que Broll sospechaba
que era parte del Sueño Esmeralda. Luego, un ruido de piedras le contó a la pareja una
verdad más sencilla. Lucan simplemente se había apartado.

O más bien… estaba trepando por la ladera de una colina a un ritmo impresionante,
considerando su agotamiento.

—¡Lucan! —llamó el druida tan prudentemente como pudo—. ¡Lucan!

Pero el cartógrafo le ignoró. Broll se dirigió a seguirlo con Tyrande sólo un paso
por detrás. Tan cerca de una posible guarida de dragón, no podían permitirse quedar al
descubierto.

Lucan se lanzó hacia la cima. Broll se las arregló para agarrarlo por el tobillo justo
antes de que el humano hubiese empezado a bajar por el otro lado. El druida se puso a su
altura.

—¿Te has vuelto loco…? —Broll pensó por un momento que ya tenía su respuesta,
porque Lucan le miraba fijamente, como si lo que le quedaba de su sentido común le
hubiese vuelto a abandonar.

—Está ahí abajo —murmuró finalmente Lucan. Señalo hacia una de varias cuevas
que se veían abajo—. La que tiene la entrada puntiaguda. Ahí es donde está el dragón.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Por toda respuesta, Lucan sólo pudo encogerse de hombros.

Tyrande llegó hasta ellos.

—¿Le he oído bien? ¿El dragón está ahí abajo?

—De eso está seguro, aunque de nada más —un ruido llamo la atención de Broll.
Miró hacia el camino por el que habían llegado—. Hay algo o alguien detrás de nosotros…

—¡No importa! ¡Lucan se va!

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Broll se giró para ver que, ahora que el druida ya no lo sujetaba y ambos elfos de la
noche estaban distraídos, el hombre estaba bajando por el otro lado de la colina.
Consciente de que dejaban a algún perseguidor detrás, Broll saltó a por Lucan de todos
modos. Se las arregló para alcanzar al cartógrafo casi en la base de la colina. Girando a
Lucan para que le mirase, Broll vio la misma mirada casi ausente.

—¿Quieres morir? —le preguntó al humano.

—No… —Lucan pareció darse cuenta al fin de dónde estaba. Se quedó aún más
pálido—. Es que… es que fui donde tenía que ir.

Rindiéndose a la imposibilidad de entender a su acompañante, Broll empezó a tirar


de Lucan hacia Tyrande, que estaba justo detrás de ellos.

Un siseo reptilesco, débil y lastimero, salió de la cueva.

Los tres se quedaron helados. La Suma sacerdotisa dio un paso hacia la cueva.

—¡Debe de haber otra entrada! —murmuró—. Eso es demasiado pequeño para un


dragón.

Broll hizo un gesto ante lo le estaba ocurriendo.

—Entonces… ¡es una buena entrada para nosotros!

Tyrande asintió. Lucan tragó saliva y no dijo nada.

Preocupado por el humano que ciertamente no era un luchador experimentado


como Varian Wrynn, Broll dijo.

—Hay unas rocas grandes allá. Puedes ocultarte entre ellas. Si no volvemos en más
o menos una hora sigue por el camino que estábamos llevando. Creo saber vagamente
dónde estamos, y es más cerca de Vallefresno de lo que pensaba.

Para sorpresa de ambos elfos, Lucan se envaró y replicó:

—No. Iré con ustedes. Me han ayudado… y yo los he traído aquí.

No había tiempo para discutir. Broll asintió, Tyrande sacó un puñal de su cinturón
y se lo dio a Lucan. Éste lo tomó, aunque claramente entendía lo inútil que era contra un
dragón. Aun así, el arma le daba cierto consuelo… y era probable que el humano supiera
también podría usarlo en sí mismo si era necesario.

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Tempestira

Broll intentó ir el primero, pero Tyrande ya se había adelantado Parecía casi


deseosa de enfrentarse al dragón, como si eso le devolviese de alguna manera a Malfurion.

¿O llevarla a ella con él si mueren ambos? se preguntó el druida repentinamente


preocupado.

Tyrande sostenía la guja preparada para arrojarla al entrar en la boca de la cueva.


Estaba oscura, pero, aunque eso podría inquietar a Lucan, no le preocupaba a ninguno de
los elfos de la noche. Pero la Suma sacerdotisa emitía un débil fulgor, quizá para el
humano o quizá para atraer la atención del dragón.

—Quédate cerca —le recordó Broll al cartógrafo. No dudaba de que ésa fuese la
intención de Lucan, pero, con el hábito que tenía el humano de desaparecer, era buena idea
recordárselo.

La cueva giraba de un lado a otro y se estrechaba según iban avanzando. Ahora era
apenas lo bastante grande para que dos caminasen juntos. Que un dragón acechase en
alguna parte cerca de allí significaba que tenía que haber otra entrada. Eso era algo a
recordar si ésta quedaba bloqueada.

Por supuesto, esa otra entrada también le permitiría al dragón perseguirlos.

La temperatura de la cueva bajó. Los dragones negros tienden a preferir moradas


más cálidas, lo que añadía verosimilitud a la sugerencia de Lucan de que Broll se había
equivocado. Pero el druida y la Suma sacerdotisa habían visto a una criatura de ébano. Si
no era un dragón negro, ¿por qué se disfrazaría así un dragón de otro color?

Broll recordó de repente algo que sus problemas presentes habían hecho que
olvidase. Una vez en el pasado, se había enfrentado a la terrible hija del dragón negro
Deathwing. Onyxia era un monstruo, ahora lo que recordaba Broll era que había sido capaz
de adoptar otras formas… incluso algunas más pequeñas.

Tocó a Tyrande en el hombro. La Suma sacerdotisa se giró en silencio.

—Cuidado —susurró Broll—. Puede que estos túneles sean lo bastante grandes
para el dragón después de todo.

Ella entrecerró los ojos. Tyrande Whisperwind también conocía esa capacidad de
los dragones, aún más que Broll, que no conocía sus lazos con el dragón rojo Korialstrasz.

—Sí —murmuró—. Debemos tener mucho cuidado —Oyeron un ruido, un ligero


movimiento, procedente de un lugar más profundo. Los tres se envararon inmediatamente.

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Broll mantuvo a Lucan detrás de Tyrande y de él. La Suma sacerdotisa siguió adelante
antes de que Broll pudiese retenerla.

Unos pocos metros más adelante llegaron a una cámara más amplia llena de huecos
lo bastante grandes como para parecer pasillos. La cámara era quizá diez veces más alta
que el druida, y las rugosas paredes mostraban caminos, algunos de ellos precarios, que
podían servir para llegar a muchos de los posibles pasillos.

Pero lo más importante era que, entre las estalagmitas que salpicaban el suelo de la
cámara, Broll vio huellas. Se arrodilló para investigarlas.

—Parecen de uno de los nuestros —le comentó el druida a Tyrande—o son quizá
de un humano. Y están una encima de otra. Sean de quien sean, son de alguien que ha
caminado por aquí a menudo.

—Noto una corriente —dijo ella. Bajó la guja—. Hay al menos otra entrada cerca.

—¿La buscamos?

—¿Hacia dónde se dirigen la mayoría de las Piadas?

Broll las estudió más de cerca y señaló hacia su derecha.

—Hacia allá…

Cuando Broll se levantó, Lucan pestañeó y comenzó a hablarle a Tyrande. Al


notarlo, la Suma sacerdotisa colocó su mano libre en la muñeca del humano y le apretó
suavemente.

—La dirección de la corriente encaja con lo que dices —señalo la Suma sacerdotisa
soltando la muñeca de Lucan—. Podemos seguirlas o…

Tyrande se calló, su mirada repentinamente concentrada.

La luz de Elune bañó la cámara.

Y en su luz apareció una figura invisible para ellos hasta entonces, pero a quien
Lucan obviamente había notado con su peculiar talento. Tyrande se había dado cuenta de
lo que estaba a punto de decir y lo acalló para sorprender al espectador.

Llevaba una túnica larga con capucha que recordaba una combinación de la ropa de
un mago y la de algunos sacerdotes humanos. La figura era unos pocos centímetros más
alta que Broll, que no era precisamente bajo con sus más de 2 metros, pero era más ligero

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Tempestira

de forma. Sus manos eran parecidas a las de los elfos de la noche, pero, aunque su rostro
también tenía ciertas similitudes a los suyos, era de un color mucho más pálido que no se
parecía en nada a ninguna raza de elfo que ninguno conociera.

Hasta ahí es lo que les permitió ver, pues la figura encapuchada inmediatamente
dirigió la mano hacia la amenaza más obvia, la Suma sacerdotisa.

Fue un error que Broll aprovechó con gusto.

El druida se lanzó hacia el misterioso mago, pero no como un elfo de la noche.


Broll había desaparecido, reemplazado por una figura enorme y peluda de más del doble
de su envergadura. La boca y la nariz del druida se alargaron creciendo al mismo tiempo
para crear unas salvajes fauces. Unas garras enormes agarraron al hechicero, Broll era
ahora un feroz oso.

Su enemigo se tambaleó hacia atrás bajo el peso y el impulso. Por un momento la


figura encapuchada parecía que se iba a retirar. De repente, un aura verde rodeó al
adversario de Broll. El druida salió volando hacia un lado y acabó chocando con dos duras
estalagmitas, destrozando una de ellas. El oso se desplomó, momentáneamente aturdido.

Tyrande mantuvo la guja preparada, pero no atacó. La Suma sacerdotisa se


enfrentó a la mirada del hechicero.

Y solo entonces, al ver aquellos ojos, la Suma sacerdotisa pensó que debería
reconocer a quién se estaba enfrentando. Su aspecto había cambiado, pero Tyrande estaba
segura, de otro modo su identidad le hubiese resultado conocida inmediatamente. Intentó
recordar su nombre…

Entonces para sorpresa de los tres, dejó escapar un grito de angustia. Colocó un
brazo por encima de su cara… y comenzó a transformarse.

—¡Espera! —gritó Tyrande—. ¡Espera! ¡A menos que seas uno de los dragones del
Vuelo Negro, buscamos tu ayuda, no luchar contra ti!

La transformación, que apenas había comenzado como para que su verdadera


forma pudiese ser perceptible en lo más mínimo, se detuvo. Dejando caer el brazo, el
hechicero la miró con lo que parecía ser compasión.

—¡Más te valdría estar enfrentándote a uno del linaje de Deathwing, pequeña elfa
de la noche! ¡Uno de ellos sería menos monstruoso para ti que tener que enfrentarte a mí!

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—¿Eres un monstruo? —rugió Broll volviendo a su forma auténtica. Miró a su


alrededor buscando lo que en su cuerpo de oso no podía llevar con él.

Se encontraba a los pies de su enemigo, que ahora lo recogió del suelo de la


cámara.

—¡Ah! ¡Este maldito objeto! ¡Sentí su Presencia! ¡Ojalá ella nunca me hubiese
pedido que le diese mi poder!

El druida se alzó.

—¡Entonces tú eres el dragón verde ligado al ídolo de Remulos!

—¡Ligado es la palabra adecuada!

La figurita voló en dirección a Broll. Cuando el elfo de la noche la tomó con una
mano, el dragón siseó:

—Atado a ella con toda mi esencia… aunque hay que reconocer que ni siquiera mi
Ysera podría haber previsto las cosas terribles que ocurrirían por ello. Cuando lo hizo, nos
permitía acudir inmediatamente en ayuda de Remulos o de aquellos que él considerase
dignos de portarla. —miró al druida—. Y, hablando de portarla… ¡te conozco por la firma
de tu magia, si no por tu nombre! Usaste la figura hace tiempo con resultados terribles…

Broll hizo un gesto.

—Sí, terribles y entonces, cuando lo creí perdido resultó que se había contaminado.

La forma encapuchada soltó una risotada áspera.

—Esa contaminación no era nada comparada con el auténtico peligro, druida…


tienes suerte de que yo sea una ruina en lugar de la maldad que podría haber alcanzado a tu
corazón hace poco…

El druida se preparó para volver a atacar, aunque era lo bastante inteligente como
para contenerse por el momento. Había más cosas que averiguar… y quizá la oportunidad
de evitar un derramamiento de sangre.

—¿Qué quieres decir con eso?

Su adversario le miró incrédulo.

—¿Estás ciego ante la Pesadilla? ¿No la has notado?

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—¡Sí, la he notado, como la mayoría de los míos! Puede que no seamos dragones,
pero también hemos luchado por el Sueño Esmeralda…

—¡Tonterías! —el delgado "elfo" creció de tamaño al gritar, y sus palabras


acabaron en un rugido—. ¡No sabes nada! ¡No entiendes nada! ¡Yo, yo que estaba a su
lado, no lo entendía! La traicioné, traicioné al Sueño y ayudé al Señor de la Pesadilla a
empezar su invasión no solo de ese reino… ¡sino también de este plano mortal!

Ahora Broll al menos entendía a qué se enfrentaban. Mientras el dragón se hacía


menos "elfo" en forma y más fiel a su naturaleza, el druida se movió hacia Tyrande. Iban a
necesitar todo su poder para tener la esperanza de escapar de este dragón.

—Ahora te conozco —dijo tranquilamente al leviatán en proceso de


transformación—. ¡Eres uno de los corrompidos! Eres uno de aquellos que la Pesadilla
volvió contra Ysera…

Unas grandes alas membranosas se extendieron por toda la cámara. Cuernos largos
y afilados brotaron de su cabeza. La cintura del dragón llenaba más de dos tercios del
espacio. Los verdes eran más delgados que la mayoría, más etéreos, pero éste era un
gigante que tenía que arquear su largo cuello para poder estar en pie. Los ojos… Broll se
dio cuenta de que había estado mirándolos en todo momento cuando, en general los ojos de
un dragón verde estaban cerrados, pues las bestias vivían a todas horas en parte en el
Sueño. Los miraba con una fiereza que superaba incluso a la de Lucan en sus peores
momentos.

—“Uno de los corrompidos”… qué manera más simplista de expresarlo, pequeño


elfo de la noche… ¡apenas entiendes lo que eso significa! Apenas entiendes lo que es tener
tu mente, tu corazón, tu alma… “alma” como la entendemos los dragones… ¡arrancada de
ti, devorada por la oscuridad y vuelta a colocar en tu vacía cascara aullante!

De nuevo surgió la áspera risa, sacudiendo tanto la cueva que algunas de las
estalactitas se soltaron. El trío pudo evitar aquellas que cayeron más cerca, y el dragón no
se distrajo en absoluto por las toneladas de piedra caliza y rocas que chocaron con su piel
escamosa.

—"Uno de los corrompidos" —repitió el leviatán en tono de burla—. ¡Ojalá


hubiese sido simplemente "uno"!

El gran reptil inclinó la cabeza hasta colocarla a unos pocos metros de los elfos y el
humano. Broll y Tyrande mantuvieron su posición, e incluso Lucan blandió su diminuto
puñal.
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—¡Yo era más que eso, pequeñas criaturas! Era uno de los que ella más se fiaba,
uno de los más queridos… ¡y por eso mi traición fue mucho peor y mucho más terrible en
sus consecuencias! ¿Han visto a los durmientes? ¿Han visto sus sombras? Todo eso
empezó con mi ayuda…

Tyrande se atrevió a hablar, y su voz era tranquila y consoladora.

—Ahora te reconozco, aunque lleves otra forma desconocida. Pero obviamente, ya


estás libre de la corrupción… obviamente, la venciste…

—Mediante otros… y lo que no sabía entonces era que me volvería a llamar… a


cada momento ¡me llama! quiere de mí más que de los demás, pues soy… fui… al ella más
favorecía… su consorte…

—¿"Consorte"? —Broll apretó los dientes—. Eres…

El dragón rugió silenciándolo. Los ojos los fríos ojos esmeralda, se fijaron en el
druida y en Tyrande.

—Sí… soy Eranikus, primer consorte de Ysera… —sus fauces se abrieron de par
en par—. Y, sabiéndolo, sabiendo que existo aquí… deberán morir todos…

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CAPÍTULO DIEZ
UNO A UNO
V entormenta era la más fuerte de las fortalezas humanas que quedaban, un

reino que había sobrevivido a la destrucción de gran parte del continente e incluso se había
reconstruido tras la primera Guerra. Varian Wrynn ahora gobernaba Ventormenta, o más
bien la volvía a gobernar, puesto que había sido rey, había desaparecido durante un tiempo
y había vuelto recientemente. Desde el Castillo de Ventormenta, en la capital que también
llevaba el nombre del reino, el feroz líder de pelo castaño buscaba mantener tanto sus
tierras como la Alianza intactas. Varian era un hombre decidido, más aún desde la muerte
hacía casi trece años de su amada esposa Tiffin durante unos tumultos. Su único solaz era
su hijo Anduin, que era sólo un bebé en los brazos de su madre en el momento de su
trágica muerte y que había sufrido como rey durante la larga ausencia de Varian.

Y, con tanta tragedia y luchas a sus espaldas, no era sorprendente que el Rey
Varian tuviese problemas con sus sueños. Últimamente prefería dormir sólo usando
pociones aturdidoras que alejaban esos sueños, pero sólo como último recurso. Hasta que
el agotamiento lo exigía. Era más probable que a Varian se le viese caminando por las
almenas.

Varian era un hombre alto de mediana edad, con una belleza tosca y el pelo castaño
que se negaba a que lo amansaran y que era para su gente epítome de un campeón. Pero
ahora llegaba una amenaza que Varian no sabía cómo enfrentar.

Su pueblo no se despertaba.

Más aún, cada día el número de durmientes crecía. Había empezado con uno o dos,
luego cinco, diez más. Con cada durmiente que aparecía, el pueblo se desconcertaba más.

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Algunos lo creían una enfermedad, pero los estudiosos con quienes conferenció el rey
estaban seguros de que era mucho más. Alguna fuerza estaba atacando Ventormenta, en
concreto mediante una curiosa dolencia… y Varian sabía exactamente quién era.

La Horda.

No tenía pruebas, pero a Varian le parecía que tenía sentido. Había demasiados
elementos en la Horda en quienes no se podía confiar para que respetasen la paz. Orcos
aparte, y ellos se encontraban entre aquellos de los que sospechaba Varian, el rey no podía
ver motivo alguno para creer en el honor de los elfos de sangre, elfos nobles que habían
recurrido a absorber magia demoníaca tras la pérdida de su alabada fuente de poder, la
Fuente del Sol, y se habían vuelto adictos a las nefandas energías. Tampoco tenía ninguna
fe en los no-muertos Renegados, que decían estar libres del mando del Rey Lich. De toda
la Horda, los tauren eran los únicos que no provocaban inmediatamente en el gobernante
de Ventormenta ganas de desenvainar su arma, pero el hecho de que se hubiesen alineado
con los orcos los había vuelto también poco dignos de confianza.

Varian decidió escribir una misiva dirigida a Lady Jaina Proudmoore, archimaga y
gobernante de la Isla Theramore en el Sureste del continente de Kalimdor, que a su vez se
encontraba al oeste, al otro lado del Mare Magnum. Llevaba días pensándolo, pero iba
posponiéndolo una y otra vez. Pero ahora el rey sospechaba que debería haberlo hecho
desde el momento en que se le había ocurrido.

Una centinela del muro, con casco y armadura y el orgulloso león de Ventormenta
en su coraza, le saludó diligentemente. Era la primera centinela con la que Varian se había
tropezado en un tiempo. Incluso el contingente del castillo se había reducido a un número
normal.

—¿Todo despejado? —preguntó.

—¡Sí, mi Lord! —dudó la centinela, añadiendo—. Todo despejado excepto por esa
maldita niebla que va creciendo más allá…

Varían se asomó por encima de las almenas. Sí que era más espesa que la noche
anterior… y que la anterior a ésa. Los centinelas lo habían notado por primera vez hacia
una semana… justo antes de la primera mañana en que habían encontrado a los primeros
durmientes.

Se acordaba en la última vez en que Ventormenta se había visto envuelta en una


niebla así. Había sido para encubrir el avance de la Plaga de los no-muertos. Los
necrófagos la habían utilizado para acercarse a la capital. Pero, aunque existía ese
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parecido, había algo más etéreo e incluso más siniestro. Esta niebla parecía estar viva… y
afectaba a la mente además de al cuerpo. Ciertamente, parecía tanto un mal sueño como
realidad.

El rey parpadeó. Por un momento hubiese jurado que había visto algo moviéndose
en la niebla. Varian se inclinó hacia delante, pero no pudo distinguir nada. Y no era un
hombre que tendiese a imaginarse cosas.

—Mantente alerta —advirtió a la centinela—. Díselo a los demás.

—Sí, Majestad.

Al irse, Varian no pudo evitar un bostezo. Pronto iba a tener que descansar, pero no
hasta que se tomase la poción que le habían preparado los alquimistas. Entonces al menos
no habría sueños…

Varian frunció el ceño. La poción parecía ayudarle a dormir. ¿También le ayudaba


a protegerlo de aquello que alcanzaba a los que no podían despertar? No se lo había
planteado. El rey sabía que ni mucho menos estaba versado en alquimia, pero parecía más
descansado que los demás. ¿Había una conexión entre las pesadillas que todos los
durmientes parecían sufrir y el hecho de que él no tuviese sueño alguno?

La idea parecía tener sentido para Varian, y aceleró el pasa. Aún debería ser
posible reunir a los alquimistas y a otros que pudiesen entenderlo mejor y presentarles su
argumento. Si le creían, quizá sería posible dejar que otros probasen las pociones y evitar
más víctimas…

Casise chocó con un guardia al que le faltaba el aliento y que surgió de entre las
almenas. Varian, asumiendo que el hombre llegaba tarde a su puesto, pero sin tiempo para
regañarlo, rodeó al soldado.

—¡Mi Lord! ¡Me han enviado a buscarle! —dijo el hombre—. ¡Malas noticias, mi
Lord!

Varían pensó instintivamente en el movimiento que creía haber visto en la niebla.

—Ahí fuera…

El casco ocultaba la mayoría de los rasgos del soldado, pero su tono revelaba su
gran confusión.

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—¡No, mi Lord! ¡Le… le hemos encontrado sobre una silla en la gran sala! ¡No…
no estaba fuera!

Un miedo intenso aferró a. rey. Agarrando al soldado por los hombros, Varian
rugió:

—¿Quién? ¿Quién?

—El… ¡el príncipe! El Príncipe Anduin…

Varian notó cómo la sangre huía de su rostro.

—Anduin… mi hijo… ¿está muerto?

Prácticamente lanzó al hombre a un lado mientras bajaba las escaleras hacia el


castillo. Todo era un borrón para Varian. ¡Hacía nada que había recuperado la memoria y a
su hijo! ¿Qué cruel asesino se había llevado a Anduin?

Corriendo hacia la gran sala, esa amplia cámara de altos techos donde antaño la
tarea más importante había sido confirmar la lista de invitados a los bailes que allí tenían
lugar, Varian se topó con un ansioso grupo de guardias, sirvientes y otros trabajadores.

—¡Apártense! —gritó el rey—. ¡Abran el paso!

La gente se separó. Varian vio a su hijo. El joven era una mezcla perfecta de su
padre y su madre, con un pelo algo más claro que el de Varian y un rostro más suave no
solo debido a la herencia de Tiffin, sino a que estaba menos azotado por las inclemencias
de la vida. Aun así, para no tener todavía trece años. Anduin parecía mucho mayor.

En aquel momento también parecía, al menos a ojos de Varian, desangrado.

Anduin tenía medio cuerpo sobre la silla. El capitán de la Guardia, un encallecido


veterano con una barba castaña recortada, parecía querer colocar al príncipe en una postura
más cómoda, pero con miedo de tocar al heredero real.

Varian sólo vio a su hijo y, con nada más en su mente, pasó por delante del capitán
y se acercó a Anduin.

Vio como el pecho del joven subía y bajaba. La esperanza del rey creció… hasta
que oyó a Anduin dejar escapar un gemido.

Su hijo se había unido a las filas de los durmientes.

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—No… —susurró el señor de Ventormenta. Sacudió a Anduin, pero el chico no se


despertaba—. No…

Levantándose al fin, vanan gruño.

—Llévenlo a la cama. Con delicadeza. Iré pronto.

Dos de los guardias cumplieron sus órdenes. El rey añadió para el Capitán.

—¡Llama a los alquimistas! quiero verlos inmediatamente…

Se oyó un cuerno. A la vez, los presentes miraron hacia arriba. Varian supo por la
señal desde dónde venía: las almenas de donde acababa de venir.

—¡Cuiden de Anduin! —les recordó a los guardias—. ¡Y llama a los alquimistas,


capitán!

Sin molestarse en esperar respuesta, el rey volvió corriendo hacia donde había
estado paseando. En las almenas un puñado de soldados miraban fijamente en dirección a
la niebla. Cuando uno miró hacia atrás y vio al rey, avisó inmediatamente al resto. Los
centinelas se colocaron en postura firme.

—¡Dejen eso! —Varian pasó cerca de ellos para mirar más allá del límite de
Ciudad de Ventormenta—. ¿Qué están…?

Se quedó helado. Ahora sí que había figuras muy claras moviéndose dentro de la
niebla. Cientos de ellas… no… tenía que haber miles…

—Traigan a todos los soldados disponibles a… —de nuevo Varian se detuvo, pero
esta vez por otro motivo. Aunque la niebla y aquellos que estaban dentro estaban todavía
lejos, por algún motivo el rey estaba seguro de reconocerlos a todos. En cierto sentido eso
no era tan asombroso, pues eran las mismas dos personas una y otra vez.

Eran Anduin… y su madre.

Pero esa no era la amada Tiffin de los recuerdos de Varian. Cada una de las dobles
se tambaleaba en dirección a la ciudad sobre unas piernas que eran medio de hueso y de
carne verduzca putrefacta. La antaño hermosa cara de Tiffin estaba destrozada por los
gusanos y otros insectos carroñeros. Las arañas se movían por los mechones de pelo, y el
vestido con el que había sido enterrada, estaba manchado y desgarrado. La monstruosa
escena se repetía una y otra vez.

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En cuanto a Anduin, aunque estaba entero permanecía cerca de su madre,


permitiendo que una mano esquelética se aferrase a su cuello en un gesto más posesivo que
amoroso. Para Varian era como si la horrorosa aparición le estuviese diciendo que su ahora
era de ella.

—No… —Varian quería que eso fuese una pesadilla. Quería descubrir que se
encontraba entre los durmientes. Había pocas cosas que lo conmoviesen, pero ésta era una
escena tenebrosa que hubiese imaginado. Tenía que ser una pesadilla… tenía que serlo.

Pero Varian se dio cuenta de que, al contrario que su hijo estaba viviendo algo real,
incluso aunque a su manera también fuese una pesadilla. El rey había estado tomando las
pociones antes de que apareciese el primero de los durmientes; estaba seguro de que eso lo
había protegido de algún modo, consiguiendo que no tuviese sueños. Desgraciadamente,
Varian no había conectado una cosa con otra a tiempo para evitar que su hijo cayese
víctima de ello.

Y ahora, lo que fuese que acechaba tras los durmientes, tras sus inquietos sueños,
se infiltraba en la capital mostrándole sus peores miedos.

Eso le dio cierta fuerza a Varian. Se volvió al guardia más cercano, la mujer con la
que había hablado antes, y le preguntó:

—¿Ves algo en la niebla?

Su voz temblorosa le bastó para decirle lo terrible que la visión era para ella.

—Veo… a mi padre… muerto en batalla… a Tomas… un camarada de armas…


Veo…

El Rey Varian miró a los demás guardias.

—¡No ven nada más que su imaginación! ¡Nada más que sus miedos! ¡Ellos
conocen sus miedos y se alimentan de ellos! Son pesadillas, lo que significa que no son lo
que creen…

Los soldados obviamente se animaron por la fuerza de su voz. Varian ocultó su


propia ansiedad pensando en Anduin y Tiffin. Si incluso consciente de que eran visiones
falsas le afectaban, ¿cómo les iría a lo demás?

Desde más allá de la muralla de la capital y cerca del borde de la niebla se oyó otro
cuerno. Una de las patrullas de guardia nocturna.

P á g i n a | 142
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Por el momento Varian se había olvidado de ellos. Esa noche eran una media
docena…

—¡Llámenlos! —ordenó al corneta más cercano—. ¡Toca ya! ¡Los quiero a todos
dentro!

El soldado tocó la orden. Varian esperó.

Una patrulla hacia el oeste respondió. Otra más al sur también. Del noroeste llegó
otra respuesta.

La cuarta llegó de los que estaban cerca de la niebla Varian lanzó un suspiro de
alivio al oír la corneta…

Y entonces el sonido se cortó demasiado pronto.

—¡Otra vez!

El corneta tocó. El rey y los soldados esperaron.

Silencio.

Varian miró a las figuras que se movían en la niebla. De nuevo, fue como si las
estuviese viendo desde mucho más cerca. Sabía que no era por azar, sino que era obra de
lo que se acercaba a su ciudad. Quería dejarle ver lo que estaba pasando, ver y temer…

Y lo que el monarca de Ventormenta vio le hizo temblar, pues respondía más


preguntas. Los muchos Anduins y Tiffins ya no estaban solos. A sus filas se habían unido
figuras tambaleantes con armaduras que llevaban el orgulloso león en el pecho. Pero
Varian también podía ver los cuerpos tirados de los mismos hombres en el suelo, incluso
con sus monturas caídas a su lado. Muchos de los pálidos soldados llevaban monturas con
ojos sin pupilas y cuerpos retorcidos.

—¡Es la Plaga que vuelve por nosotros! —gritó alguien.

Sin mirar a quien lo había dicho, el rey ordenó:

—¡Silencio! ¡Es un truco de magia, nada más!

Entonces la niebla… y su ejército se detuvieron delante de la muralla. Los Anduins


y Tiffins miraron hacia arriba con su mirada sin alma fija en Varian. Detrás de ellos, las
otras figuras también miraron hacia las almenas.

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Tempestira

Sin previo aviso, los Anduins y Tiffins miraron por encima de sus hombros a la
impía muchedumbre. Varian no pudo evitar seguir sus miradas.

Al principio sólo vio a los soldados mesclados con ellos. Luego otras figuras se
volvieron más claras. Aunque sus formas no se distinguían del todo… eran como
oníricas… sus rostros eran terribles parecidas de gente normal.

Y entonces… entre ellos vio a alguien más conocido. A una mujer de hermoso
rostro con largo pelo rubio. Si no hubiese estado vestida como una maga, Varian la habría
ignorado como una sombra más.

Era Lady Jaina Proudmoore.

Su expresión era tan temible como la del resto, atrapada entre el horror y la muerte.
Varian dio un paso atrás, comprendiendo que la situación era aún más terrible de lo que
había imaginado. Como para confirmarlo a la derecha de Jaina se formó otra figura a partir
de la misma niebla. La cara le resultaba desconocida al rey, pero eso no importaba. Vio
otra y otra tomando forma.

—¿Por qué no atacan? —preguntó la centinela con la que había hablado al


principio—. ¿Por qué?

No respondió, aunque sabía el motivo. Estaban atacando. Poco a poco. El desgaste


en el que había estado pensando antes tenía un segundo propósito. El enemigo no sólo
estaba reduciendo el número de defensores, los añadía al suyo. Con cada nuevo durmiente,
especialmente aquellos como Anduin, atrapados inesperadamente por el agotamiento, su
número crecía.

El Rey Varian comprendió que todo lo que tenían que hacer por el momento era
esperar… y la victoria sería suya.

***

Tyrande rezó… y Elune respondió a su sirviente.

Como si una luna llena y plateada hubiese llenado repentinamente la cámara, la luz
de la diosa se amplificó mil veces, bañándolo todo con su gloria. Pero a la Suma

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Tempestira

sacerdotisa, Broll y Lucan la luz los consolaba. No les hacía daño a los ojos, sino que los
calmaba.

No era así para Eranikus. El leviatán verde se echó atrás, y su delgado pero
gigantesco cuerpo chocó con la pared y el techo que tenía detrás. La cámara tembló, y
grandes pedazos de roca se rompieron en las paredes de la cueva. Sin embargo, la luz de la
Madre Luna evitó que ninguno alcanzase al trío.

El dragón dejó escapar un siseo furioso, pero, en lugar de volver a atacar, Eranikus
se echó más atrás. Al hacerlo, comenzó a encogerse y transformarse.

—¡Considérense afortunados! —rugió—Más afortunados de lo que yo nunca


seré…

El dragón ya había regresado a su forma de falso elfo. Sólo aquí y allá quedaban
rastros de lo que era en realidad.

Broll ya había entrado en acción, pero esta vez su ataque no fue físico. En lugar de
eso, lanzó un hechizo.

Eranikus dejó escapar un suspiro gigantesco. El falso elfo pestañeó. Miró a la Suma
sacerdotisa.

—Un poderoso intento —le halagó—, y casi con éxito… pero nunca se me puede
calmar totalmente, incluso por la tranquilizadora y cariñosa luz de Elune… mi corazón está
demasiado torturado…

Pero la figura encapuchada ni renovó su ataque ni huyó. En lugar de eso, cayó


contra la pared y cerró los ojos. Un escalofrío recorrió a Eranikus.

—He fracasado tanto. La he fallado a ella y a todo lo demás…

Tyrande le pidió a Elune que disminuyese su luz, dejándola a un nivel que aún
sirviese para que Lucan lo viese todo.

Eranikus se dejó caer y acabó sentado en una parte de la pared que sobresalía como
una silla.

—Oh, Grande —murmuró Tyrande—, si estuviste corrompido, obviamente ya no


es así. Cualesquiera que sean los fracasos que crees haber cometido, ahora tienes la
posibilidad de corregirlos.

A cambio de su sugerencia, Tyrande recibió otra risa amarga.


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Tempestira

—¡Que ingenuidad! ¿Cuánto has vivido, elfa de la noche? ¿Mil, cinco mil años?

Ella se alzó orgullosa.

—¡Luché contra la Legión Ardiente la primera vez que apareció en Azeroth! ¡Me
enfrenté a Azshara! ¡Estaba allí cuando destruyeron el Pozo de la Eternidad!

—Más de diez mil años, entonces —respondió Eranikus y su tono no sonaba


impresionado—. En tiempo y experiencia, no es más que una mota comparada con las de
mi raza y desde luego con la de alguien de mi edad. Pero aun así tienes una ligera medida
de mi miseria, ¿puedes pensar en tus más terribles fracasos?

—Soy muy consciente de ellos, sí…

—Entonces multiplícalos por una magnitud tan grande como la altura del Árbol del
Mundo y posiblemente apenas podrás entenderlo… —frunció el ceño Eranikus, pero su
humor se dirigía hacia sí mismo—. He hecho cosas terribles… ¡y lo peor de todo es que
podría volver a hacerlas!

Broll y Tyrande se miraron el uno al otro. La Suma sacerdotisa dijo al fin:

—Pero estás libre de la corrupción… Yo estuve allí… ¡De hecho fue la luz de
Elune, a través de mí misma y de varias sacerdotisas la que finalmente te limpio! ¡Te
hubiese reconocido de inmediato de no ser porque habías cambiado de forma!

—Eso creí yo también… ¡pero cuando la Pesadilla creció descubrí la verdad! La


sombra siempre estará conmigo mientras exista… y por mi culpa existe en el reino de mi
señora… —gruñó—. ¡Y por eso no adopto la forma de elfo de la noche que conoces y por
eso me disfrazo como dragón negro cuando me veo obligado a volar en busca de sustento!
¡No quería que nadie supiera que era yo! ¡No quería que nadie me buscase!

—Pero Ysera y el Sueño Esmeralda… —empezó a decir la Suma sacerdotisa.

—¡Llámalo como sería! ¡Llámalo como será! ¡Llámalo la Pesadilla Esmeralda!


¡Nuestra Pesadilla!

Mientras gritaba, Eranikus se puso en pie. Su forma cambió, volviéndose otra vez
parte elfo, parte dragón. También tenía un aspecto más etéreo, como si fuese parte onírico.

Entonces la figura encapuchada se solidificó. Eranikus se quedó mirando al espacio


con expresión horrorizada.

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Tempestira

—No… casi… no debería haber hecho eso… la línea entre los dos reinos se
desvanece… pero no debería ser tan malo aún…

Detrás de Tyrande, Lucan se movió hacia las sombras. Broll se dio cuenta, y
Eranikus se dio cuenta de que Broll miraba.

—Humanooo…

El dragón verde, aún en una extraña mezcla de sus dos yo, se acercó hacia Lucan.
La cara élfica tenía un morro y dientes demasiado afilados para la forma mortal. Unas
pequeñas alas se movieron agitadas y lo que deberían haber sido manos eran garras
salvajes de largas uñas.

—Viene del humanooo…

La suma sacerdotisa adoptó una postura defensiva delante del cartógrafo.

—Con el debido respeto, él está bajo la protección de Elune.

Eranikus movió una mano.

Los dos elfos de la noche se vieron arrojados en direcciones opuestas dejando a


Lucan delante del dragón verde.

Envarándose, el hombre dio un paso adelante.

—¡Mátame y acaba con esto si quieres! He sufrido demasiado como para


preocuparme por que me devore un monstruo.

—Prefiero algo más sencillo —respondió con acritud Eranikus.

Su rostro volvió a ser algo más élfico mientras estudiaba al desharrapado mortal.

—Sólo quiero verte más profundamente…

Tyrande se puso en pie, preparando su guja para lanzarla. Sin embargo, Broll, que
también se había levantado, le hizo un gesto de que se contuviese. Podía notar que el
dragón no quería hacerle daño… al menos por el momento.

Y, si eso cambiaba, Broll ya tenía un ataque en mente.

Eranikus se agachó en dirección a Lucan, que no era un humano muy bajo. El


cartógrafo miró valientemente al dragón a medio transformar, que acercó un dedo con
garra hacia su pecho.
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Tempestira

—Los humanos siempre son los soñadores más fascinantes —murmuró Eranikus,
sonando más tranquilo—. Que diversidad de imaginación, de deseo. Sus sueños pueden
crear belleza y horror en el mismo momento.

—No me gusta soñar —dijo el hombre.

Esto le provocó una inesperada risa al dragón.

—Ni tampoco a mí últimamente, tampoco a mí.

La garra se quedó a milímetros de Lucan… y de repente, ambas figuras emitieron


un fulgor esmeralda.

Eranikus sacudió la cabeza.

—¡Esto no puede ser posible! ¡Es humano! ¡No hay druidas humanos!

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Tyrande al dragón.

—El otro reino lo toca, es parte de él, puede abrirse a él —replicó maravillándose
Eranikus. Retiró el dedo—. ¡Te conozco, aunque no de nombre! Te he visto, aunque
apenas habías salido del cascarón entonces…

Lucan Foxblood tragó saliva, pero por lo demás se mantuvo impávido.

—Sólo soy un cartógrafo.

—Un creador de mapas, estudiante de paisajes lo más cerca que tu mente humana
podría llegar a comprender, recordar y aceptar una parte de ustedes que ustedes no habían
hecho… —Eranikus siseó—. Ni tampoco ella.

—¿Ella? —repitió el humano.

—¡La que te dio a luz, pequeño! ¡Tu madre, llevada al Sueño muy vilmente por
una abyecta criatura que sedujo a una joven cuyo hombre la había abandonado justo
cuando estaba a punto de dar a luz! Me tropecé con esa cosa mientras esperaba a la cría
para reclamarla para cualquiera que fuese el oscuro propósito que tenía en mente. La
criatura huyó al verme, dejando a una madre muriéndose por sus grandes esfuerzos, y a un
niño solo y débil…

Lucan miró a Broll y a Tyrande como esperando que aquello tuviese más sentido
para ellos. No era así.

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Tempestira

—No eras un sueño, así que no debías estar allí. Mi Reina te entregó a alguien que
conocía mejor a los humanos, aunque era uno de los nuestros, un dragón rojo llamado
Korialstrasz…

—¡Conozco ese nombre! —exclamo la Suma sacerdotisa.

—¡Deberías! Es el consorte jefe de la Reina de la Vida, Alexstrasza —Eranikus


frunció el ceño con ira—, y un compañero más competente y digno de confianza de lo que
yo fui para mi amada…

Tyrande empezó a comprender algunas cosas.

—¿Lo sacaste del Sueño Esmeralda?

—¡Tras usar un hechizo para curar su debilidad! A petición de mi reina, aunque me


pareció una petición extraña, le di una diminuta parte de mí para que viviese…

—Lo que explicaría por qué vio cómo eras de verdad cuando nosotros vimos como
el dragón negro que querías que otros creyeran que cazaba por aquí.

Eranikus siseó.

—El hambre me obligó a salir cada vez más lejos. Parecía el mejor disfraz… para
todos, excepto para él —miró a Lucan dubitativo—. Nunca pensé que hubiera creado un
vínculo entre nosotros con ese acto tan temprano…

—¿Y por eso entra y sale del Sueño casi sin darse cuenta? —preguntó Broll.

Para sorpresa de los dos elfos de la noche, su pregunta pareció llenar al poderoso
dragón con un temor renovado.

—¿Lo hace? ¿Sí? —Eranikus le mostró los dientes a Lucan, haciendo que el
hombre y los elfos de la noche se preparasen para lo peor—. ¿Entra en la Pesadilla?

—Eso creemos —replicó Broll con su hechizo preparado—. Y sale limpio, aunque
no sin verse afectado.

—No debería ser… pero nació allí, y la llamada es de allí… pero Azeroth también
lo llama… —Eranikus dio un paso atrás sin perder de vista a Lucan—. ¿Y cuánto tiempo
llevas sufriendo eso, pequeño mortal?

—Me llamo Lucan Foxblood.

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Tempestira

Habiendo descubierto que podía enfrentarse a un dragón, el cartógrafo también


había descubierto que no le gustaba que lo llamasen "pequeño mortal".

—El derecho de corrección es tuyo en ese caso —respondió Eranikus en un tono


que decía que el humano no tenía razón en mucho más.

Por razonablemente que un dragón hablase con una criatura que no era de su clase,
la mayoría lo seguía haciendo con la sensación innata de que su raza era la primera y
principal de los hijos de Azeroth.

—¡Dime! ¿Cuándo lo sufriste por primera vez? ¿Lo recuerdas?

—Siempre he soñado con una tierra idílica, libre de la interferencia del tiempo y la
gente —declaró Lucan, casi nostálgico. Pero su expresión se oscureció después—. Pero las
primeras pesadillas… los primeros malos sueños… —se detuvo para pensar y luego se lo
contó.

Eranikus frunció el ceño.

—Hace apenas unos años. Un parpadeo para los dragones, pero mucho tiempo para
los mortales, lo sé…

—Demasiado tiempo —replicó el cartógrafo.

—¡Y demasiada coincidencia! —gruñó Broll haciendo que el resto lo mirase. Miró
sombríamente a Tyrande—. Por lo que he entendido, las pesadillas de Lucan comenzaron
justo antes de que tú encontrases el cuerpo de Malfurion…

***

A pesar de su tamaño, los orcos pueden ser extremadamente sigilosos. Thura era
una de esos orcos sigilosos. Había conseguido seguir al trío sin ser vista e incluso lo
bastante como para oír sus voces. No todas las palabras tenían sentido y algunas habían
resultado ininteligibles, pero una palabra en particular la inquietó.

El nombre del malvado. El vil elfo de la noche. Malfurion.

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Tempestira

Thura no oyó la palabra que había seguido al nombre o se habría preguntado si su


presa estaba ya muerta. Por lo tanto, sólo sabía… o creía… una cosa. Pronto se enfrentaría
al asesino de Brox y a quien asolaba Azeroth…

La orca se echó atrás, aún asombrada. El dragón no estaba allí ahora, sino un mago,
o eso parecía. Tampoco había oído lo suficiente como para saber la verdad. Thura no tenía
a los magos en gran estima, eran cobardes que luchaban en la retaguardia de la batalla
usando métodos que ningún guerrero honorable aceptaría. Que considerase de otro modo a
los chamanes e incluso a los druidas era simplemente un prejuicio basado en las decisiones
de su pueblo. A sus ojos sólo significaba un obstáculo más al que tendría que enfrentarse
para vengar a su pariente.

La orca se arrastró por el paisaje en busca de un lugar desde el que ver la colina
entera. No importaba por donde salieran, los vería. Entonces, como siempre había hecho,
Thura seguía el rastro que le proporcionarían, fuese mediante sueños o rastreando a los
compañeros de Malfurion.

Un ruido desde arriba hizo que se tirase al suelo junto a una estribación cercana. Al
mirar hacia arriba, Thura gruñó. Ahora podía ver a todos sus enemigos. El último había
aparecido, aunque la orca todavía no sabía cómo se había ido antes sin que ella lo viese.

La forma de un dragón sobrevoló la zona. Thura lo observó flotar por encima de las
colinas donde había creído que anidaba. En el cielo nocturno, el dragón era una gran
silueta negra. Era difícil de distinguir al dragón de la oscuridad. Era una suerte que Thura
hubiese visto a la bestia en mejores condiciones o, si no, en ese momento hubiese dudado
de sus ojos. El dragón parecía mucho, mucho más grande que antes, enorme en
comparación. De hecho, era tan grande que no era posible que fuese el mismo que había
visto antes. Ése era en verdad un gigante entre gigantes.

Thura agarró el hacha, lista para usarla si era necesario, pero el dragón dejó de
flotar y se volvió a poner en movimiento. Batiendo con fuerza sus alas, se alejó.

Y, si Thura hubiese conocido mejor el terreno, se habría dado cuenta de que el


dragón se dirigía hacia Vallefresno.

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CAPÍTULO ONCE
HACIA TALLOUMBRÍO
P oca luz se filtraba desde fuera. La mayoría de la luz que se veía en la cueva aún

se debía a Tyrande. Aun así, la débil luz del exterior parecía poner todavía más nervioso al
dragón.

—Esto no es natural —murmuró—. El cielo debería brillar más.

Eranikus cerró los ojos un momento. Su expresión se endureció, los volvió a abrir y
les dijo:

—¡No deberían haberse quedado! He visto el exterior. Hay menos nubes


bloqueando el sol que una niebla que a estas alturas tendría que haberse disipado. No es
natural… siento… siento la Pesadilla más cerca que nunca…

El dragón verde rara vez llamaba al reino por el nombre por el que se conocía
desde tiempo inmemorial. Para él allí sólo existía el horror en que se había convertido.

No hizo mención tampoco al destino de su señora Ysera, lo que a Broll no le dio


buena espina. Pero, a pesar de estar tan obviamente preocupado por su reina y compañera,
Eranikus se negó a acompañarlos a Vallefresno… un tema que se había convertido en una
discusión que había durado toda la noche.

Eranikus permaneció en su forma de falso elfo, como si ser él mismo durante un


breve periodo de tiempo fuese arriesgarse a volver a corromperse. El dragón les había
dicho que se fueran más de una vez, Pero ni el druida ni la Suma sacerdotisa se habían
movido, ni siquiera cuando los había amenazado. A ambos les resultaba obvio que, siendo
la situación tan grave en el reino del sueño, iban a necesitar la ayuda de alguien que lo

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conociese mejor aún que Broll. Afortunadamente, había quedado muy claro que por sus
propias razones Eranikus no tenía ninguna intención de hacerles daño.

—He sido muy paciente —gruño el dragón dándoles la espalda—. Márchense antes
de que los eche de este lugar.

—Podrías haberlo hecho más de una vez —señaló Broll—y no lo has hecho.

—¡No confundas mi dolor por debilidad! —replicó Eranikus, volviéndose hacia el


elfo de la noche—. ¡Ni mi lamento! He hecho grandes maldades y lo sé, pero mi paciencia
tiene límite…

***

Lucan oía todo esto con una sensación de fatalidad inminente. Lo que se discutía le
superaba, pero sí entendía que la cosa estaba empeorando y que, a pesar de que deseara
que no fuese así, de algún modo estaba vinculado a ellos.

Un deseo de tener al menos un poco de silencio había ido creciendo gradualmente


en él. El cartógrafo finalmente cedió. Con los elfos de la noche todavía discutiendo con el
dragón, Lucan decidió separarse de ellos. No muy lejos. Sólo lo suficiente como para tener
un poco de paz.

Eranikus bloqueaba el camino por el que habían entrado, así que Lucan se
encaminó en dirección opuesta. Escogió un pasillo al azar, ya que le importaba sólo que
fuese lo bastante largo como para escapar a las voces. Cada vez deseaba más alejarse.

Aunque no era ni mucho menos tan sigiloso como el druida o la Suma sacerdotisa,
el humano salió de la cámara sin que se dieran cuenta. Respirando ya con mayor facilidad,
Lucan tastabilló por el desigual y estrecho pasillo.

Las voces le seguían. Insatisfecho, Lucan siguió adelante. La discusión se en meros


sonidos, pero seguía sin ser suficiente.

Lucan había dejado de la zona iluminada, pero un débil rayo de luz delante de él le
permitía al menos cierta visibilidad. Instintivamente se dirigió hacia él.

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Tempestira

Al fin encontró una salida al exterior. Afuera apenas había más luz que allí donde
estaba y unos tentáculos de niebla entraban por el pasillo, pero, a pesar de su cautela,
Lucan sintió la necesidad de continuar.

No había nada de malo en dar un solo paso fuera. Si le parecía mínimamente


peligroso, lo único que tenía que hacer era volver a entrar.

Convencido por esa lógica, el humano salió del pasillo. Vio un desdibujado paisaje
que al principio le hizo pensar en el prístino paisaje esmeralda con el que siempre había
soñado y en el que aparentemente había entrado y ahora temía.

Aun así, salir después de una noche en la cueva le resultó de cierto alivio a Lucan.
Sólo me quedaré aquí un momento, prometió. Quizás… quizás para entonces ellos ya
sabrán qué hacer.

Lo único de lo que estaba seguro era de que no tenía ningún deseo de ir a


Vallefresno. Ya se había dado cuenta de que en cierto sentido aquel lugar estaba
relacionado con el reino del sueño. Lucan no les había dicho a los elfos de la noche que,
cuanto más cerca estaba de cosas que estaban vinculadas con lo que el dragón llamaba con
razón la Pesadilla, más crecía la sensación de estar constantemente deslizándose entre
Azeroth y aquello. Todo lo que estaba relacionado con el reír del sueño lo llamaba.

Por eso, entendió al fin Lucan, era por lo que había acabado ahí. Se había visto
atraído hacia el dragón desde el principio, pues Eranikus no era sólo parte de su increíble y
terrible pasado, un pasado que Lucan todavía estaba intentando comprender, sino que el
dragón había sido, al menos en el pasado, parte integral de la Pesadilla. Lo que fuese que
hubiese espoleado esta parte de Lucan parecía decidido a colocado en el camino hacia el
otro reino… algo que él quería evitar desesperadamente.

El cartógrafo caminó hacia delante y hacia atrás. Durante toda la noche, mientras
los otros discutían por llegar a algún acuerdo, había estado intentando entender por qué se
le tenía que forzar a hacerlo. Era un huérfano criado por buenas gentes de Ventormenta y
había esperado que su vida empezase y acabase como le ocurría a la mayoría. La magia y
los monstruos no eran para él. Su sed viajera se concentraba solo en cómo podría mejorar
los mapas que su señor firmaría con su propio nombre. Lucan no tenía más deseos por
encima de esos.

No era un cobarde, ni mucho menos, pero tampoco era un aventurero soñador.

Este último pensamiento le provocó una mueca. ¡Son mis sueños los que me dan
problemas!
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Tempestira

Un ruido de piedras le hizo mirar a su alrededor. Sólo entonces Lucan se dio cuenta
de que se había alejado más de lo que pretendía. El pasillo era ahora una forma dibujada a
cierta distancia detrás de él.

Girándose se dirigió a toda prisa haca allá.

Una fornida figura lo agarró desde atrás. Olió un cuerpo menos limpio que el suyo.
Lucan vió las manos que sujetaban el mango del hacha que le arrebataba el aire de los
pulmones, lo que también evitaba que pudiese pedir ayuda, y notó sobre todo que eran
grandes y verdes.

—Orco… —dijo entrecortadamente, apenas un susurro. Lucan lo volvió a atentar,


pero esta vez no tenía aire. Comenzó a marearse, y la vista se le nubló.

También se le volvió… verde.

Cuando eso ocurrió, la presión de su pecho desapareció. Sin embargo, una fuerza
poderosa lo empujó al suelo. Lucan cayó de cara y notó el suelo mucho más blando y
agradable de lo que sabía que tenía que haber sido

—Sí… —rugió una voz que, aunque profunda, era de una hembra—. Estoy cerca…
el lugar de las sombras esmeralda…

—¿Es-esmeralda? —consiguió decir Lucan.

Miró hacia arriba y, para su horror, vio que la voz había dicho la verdad. Estaba en
el otro reino… pero esta vez no sólo lo había atravesado.

Antes de que el cartógrafo pudiese ver algo más, se vio arrastrado hasta ponerse en
pie, y luego le dieron la vuelta.

Sí que era un orco y era una hembra, aunque con una cara que Lucan esperaba por
el bien de ella que fuese atractiva para los de su raza. La boca era ancha y la nariz corta y
aplastada. Los ojos tan odiosamente fijos en él eran los únicos rasgos que podría llamar
atractivos. De hecho, habrían resultado hermosos en una humana.

El filo de un hacha se colocó bajo su barbilla. La orca gruñó:

—¡Llévame hasta él!

—¿Hasta… hasta quién?

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Tempestira

—¡Aquel que no tiene honor! ¡El vil asesino! ¡El mal que lo amenaza todo! ¡El elfo
de la noche que se hace llamar Malfurion Stormrage!

Lucan intentó levantar la barbilla, pero el hacha la siguió. Con los dientes apretados
respondió:

—¡No sé… no sé dónde encontrarlo!

Esto no le sentó bien a su captora. Lucan se preguntaba por qué no volvía a


Azeroth como siempre había hecho otras veces. Se concentró… pero no ocurrió nada,
excepto que la orca le apretó el hacha contra el cuello con más fuerza.

—¡Lo sabes! ¡La visión me lo dijo anoche! Te vi allí cuando él mató al gran y leal
Brox…

—No… no tengo ni idea de qué… —se detuvo cuando una dolorosa sensación bajo
su barbilla le informó de que el filo del hacha había provocado sangre.

—¡Era distinto otra vez! ¡Siempre me dice qué hacer! ¡Estoy cerca, humano!
Vengaré a mi pariente… ¡y tú me ayudarás o compartirás el destino del elfo de la noche!

Lucan sabía que hablaba en serio. Murmuró cautelosamente:

—Sí… te llevaré allí.

El hacha bajó. La orca se inclinó hacia él; su aliento, casi tan fuerte como el olor de
su cuerpo. Miró más allá de él con su mente en otra parte.

—Mi venganza está escrita… ¡Soñé que saldrías y por dónde, y ha ocurrido!
Malfurion morirá…

Lo volvió a girar de nuevo para que la guiase. Sólo entonces vio Lucan por primera
vez el lugar a través del que, en otras ocasiones, sólo había pasado medio muerto o a toda
velocidad.

El paisaje que tenían más cerca era idílico, un lugar inmaculado de belleza natural.
Una hierba larga y suelta se extendía por campos moteados por colinas y frondosos
árboles. Había señales de vida animal, sobre todo pájaros, en la distancia. Pensó que
ciertamente era algo como salido de un sueño.

Entonces el cartógrafo se dio cuenta de que no había pájaros cerca de ellos. Todos
estaban lejos. Al no ver nada en la dirección en que estaba, miró por encima de su hombro.

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Tempestira

Lucan se quedó boquiabierto. Aunque la visión estaba a gran distancia de donde se


encontraban, afectó de tal modo al humano que instantáneamente intentó regresar al plano
mortal para huir de lo que veía… pero no sirvió de nada.

Como si ella no viese lo que cualquier criatura viva podía ver… y lo que ninguna
criatura viva quería enfrentar… la orca usó el mango del hacha para empujar a Lucan
bruscamente hacia delante… hacia la Pesadilla.

***

Eranikus se estremeció.

—¡El portal estaba abierto! —miró a su alrededor—¿Dónde está el humano?

Toda discusión quedó olvidada mientras el trío empezó a buscar a Lucan. Broll
captó su rastro el primero.

—¡Ha ido por aquí!

Tyrande siguió al druida, pero Eranikus se giró en dirección contraria. Ninguno de


los elfos de la noche tenía tiempo para preocuparse del dragón, que parecía decidido a no
ayudarlos.

Broll salió a cielo abierto momentos después. La niebla era más espesa y le
recordaba demasiado a Auberdine.

—¿Le ves? —preguntó la Suma sacerdotisa.

—No, pero con esta niebla puede que sólo esté a unos metros de aquí.

Tyrande colocó una palma delante de ella y comenzó a rezar para sí. La niebla
empezó a disiparse, como si la empujase una mano invisible.

Pero en la zona que se mostraba no había rastro del cartógrafo. El druida volvió a
estudiar el terreno, encontrando rápidamente las huellas apenas visibles de Lucan.

—Se fue por aquí, pero parece que caminaba de un sitio a otro. El… —Broll se
detuvo, luego presionó su cara contra el duro suelo mientras captaba otros detalles—. Hay
otras huellas… y por su forma yo diría que de un orco.

P á g i n a | 157
Tempestira

—¿Un orco? ¿Aquí?

Un ruidoso batir de alas hizo que los dos elfos de la noche mirasen hacia arriba y
detrás. Por encima, la inmensa forma del dragón verde aparecía en toda su majestuosidad.
Era enorme en comparación con la mayoría de los dragones que había visto, aparte de los
Grandes Aspectos. Pero Eranikus también era más delgado, más largo que muchos. Se
quedó flotando con sus enormes alas membranosas extendidas a cada lado. De su coronilla
surgían hacia atrás dos largos cuernos. Sus estrechas mandíbulas se abrieron mostrando
unos inquietantes dientes afilados tan largos como un brazo de Broll. Bajo la barbilla, un
menudo mechón de pelo le daba al consorte de Ysera un aspecto más intelectual.

Lo más increíble era que Eranikus titilaba ligeramente, como si no estuviese


totalmente en sintonía con el plano mortal. Añadía cierta cualidad etérea al leviatán y
demostraba los lazos que todavía tenía con el Sueño Esmeralda a pesar de sus problemas
anteriores.

Eranikus observó la zona.

—¡No hay rastro del pequeño humano en ninguna parte, aunque sinceramente soy
casi ciego cuando uso mis ojos como una criatura mortal! —siseó por fin el dragón.

Lo que no dijo fue que, dadas las circunstancias, no se atrevía a mirar el mundo con
la Visión del Sueño. Eso suponía arriesgarse a contactar con el Sueño Esmeralda… y con
la Pesadilla.

—¡Y el portal se ha vuelto a cerrar!

—Se lo han llevado —explicó Broll—, un orco, por lo visto.

El gigante mostró sus afilados dientes.

—Ha debido de intentar escapar usando su talento único.

—Si lo ha hecho… se ha llevado al orco con él —señaló Tyrande.

Aun flotando, Eranikus inclinó la cabeza a un lado.

—He olido a orco aquí, pero era un olor débil, lo que quizás significa uno solo, y
ningún orco sería lo bastante necio como para buscarme… —volvió a sisear—. ¡Al
contrario que los elfos de la noche!

A Broll no le gustó cómo había sonado lo primero.

P á g i n a | 158
Tempestira

—¿Por qué orco se quedaría aquí por días? ¿Qué podrían querer de este lugar?

—Podría ser coincidencia —sugirió la Suma sacerdotisa—, pero más bien creo que
alguien quería al orco aquí. La presencia del orco, junto con la de Lucan y su pasada
relación con Eranikus hacen que sea demasiado difícil creer que nada de esto se deba al
azar…

Un siniestro rugido escapó del dragón verde. Miró fijamente a los elfos de la
noche.

—¡Estaré con ustedes el tiempo suficiente como para llevarlos a Vallefresno y


asegurarme de que tengan el camino despejado! ¡Nada más!

Aunque ambos estaban agradecidos, Broll tenía que preguntar:

—¿Pero por qué cambias de idea? ¿Por qué acercarte tanto cuando lo temes de esa
manera?

Eranikus se quedó mirando al aire como si estuviese pensando, al fin dijo:

—Porque no me gusta la idea de que quizás algo ha estado maquinando todo este
tiempo… ¡sólo para que este orco pueda llegar hasta la Pesadilla!

El druida se mostraba incrédulo.

—¿Pero con qué motivo?

El gran dragón parecía preocupado, tanto que la inquietud de los elfos de la noche
aumentó grandemente.

—Bien podríamos preguntarlo, pequeño druida… bien podríamos preguntarlo.

Descendió al suelo y, con una inclinación de cabeza, les indicó que subiesen sobre
su cuello. Tyrande ya había montado en dragones, así que obedeció sin dudarlo. Broll
frunció el ceño, pero la siguió inmediatamente. Su forma de pájaro no podría seguirle el
ritmo a un dragón.

En cuanto estuvieron preparados, Eranikus se elevó. Trazó un círculo y luego se


dirigió hacia donde el druida había supuesto que se encontraba Vallefresno.

—¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar? —gritó Tyrande—. ¿Cuánto tiempo


tardaremos hasta Vallefresno?

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Tempestira

—¡No mucho, pero quizás demasiado! —le gritó a su vez el dragón—. ¡Apriétense
contra mi cuello y sujétense bien!

Surcaron el cielo a una velocidad que casi les quitó la respiración a los elfos de la
noche. Las ráfagas de viento podrían haber sido más difíciles de resistir, pero Eranikus
arqueó el cuello para ofrecerles cierta protección.

Broll se atrevió a inclinarse a su derecha lo suficiente como para ver algo del suelo.
Lo que vió le dejó más preocupado. Había niebla por todas partes. No era una extensión
continua y espesa, pero había separaciones. Ciertamente, el dibujo le recordaba a algo.

Como druida, por fin se le ocurrió, ramas… los tentáculos de niebla parecen ramas
de un árbol maléfico.

El parecido se veía acentuado por zonas que recordaban a hojas con bordes
aserrados. Eso le recordó las visiones había tenido antes y se preguntó por su relación con
todo eso.

Volaron y volaron. Las colinas se convirtieron en bosques. El aire se enfrió algo.


Los árboles pasaron a ser un frondoso bosque verde que Broll conocía de viajes anteriores.

—Lo veo… —les informó Eranikus—. Talloumbrío se encuentra justo delante…

"Justo delante" para el dragón seguía significando para sus pasajeros que no lo
verían hasta pasados unos minutos. Entonces…

—¡Lo veo! —gritó Tyrande.

Broll le tocó en la espalda en señal de reconocimiento. Él también podía ver al fin


el Gran Árbol.

Quedaba empequeñecido por sus más poderosos parientes, pero aún se alzaba sobre
la región como un monarca por derecho propio. Desde la distancia el árbol parecía estar
bien, incluso aunque su base estuviese cubierta de niebla. Sus vastas ramas se extendían
más de un kilómetro y entre ellas se podía encontrar a una multitud de criaturas,
incluyendo a muchas de aquellas que servían a los guardianes. Era uno entre un puñado de
árboles como él mismo. Los otros se encontraban en el asombroso bosque Canto de
Cristal, un lugar místico en el helado Rasganorte donde, además de los fascinantes árboles
normales crecían formaciones de cristal, en las Tierras del Interior al este de Pico Nidal, el
hogar de los enanos Martillo salvaje que montaban grifos en el tenebroso y peligroso
Bosque del Ocaso, y en la profundidad de la fría y húmeda jungla de Feralas.

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Tempestira

Había portales en todos esos lugares, pero para los druidas y para Broll en
particular Vallefresno era el más seguro. Hasta ahora.

Sin embargo, al acercarse, el dragón dijo:

—La zona está vacía. No veo a nadie, ni elfos de la noche ni nadie…

—Eso no puede ser —replicó Broll—. ¡Los druidas fueron convocados en otra
parte, pero debería haber otros aquí!

—Ya veremos.

Eranikus trazo un círculo y luego descendió.

Cuando el dragón se posó, los elfos de la noche vieron por primera vez la enorme
base del árbol… y el portal que representaba su mejor esperanza.

Columnas onduladas cubiertas de lianas con amplios capiteles marcaban su lugar


de destino. Entre ellas se encontraba un camino compuesta por piedras que llevaba al
árbol.

El portal era redondo. Las raíces vivas del árbol le daban forma a su exterior Se
enroscaban una de ellas alrededor de otra formando un arco. En el arco había un segundo
borde de color violeta que irradiaba energía.

Pero era el centro lo que llamaba más la atención. Dentro del portal, un torbellino
de energía esmeralda cambiaba constantemente. A veces destacaban líneas que parecían
relámpagos verdes en miniatura.

La clave a sus esperanzas de llegar hasta Malfurion, el motivo para buscar este
lugar era el portal. El camino físico al Sueño Esmeralda y a la Pesadilla, el único camino
que podía ser todavía de fiar estaba ante ellos. Y eso presentaba otra preocupación.

—Es como decías —se dirigió Tyrande al dragón—. No hay nadie, aunque debería
haber muchos guardianes.

—¿Podrían estar en el este? —sugirió Broll—. La Horda ha estado muy arrogante


en su intención de trabajar en aquella parte del bosque. Era algo que a Malfurion le
preocupaba ya hace años.

—Podría ser —concedió el dragón—, pero aquellos que sirven aquí sirven sobre
todo a mi reina… no se irían sin su consen…

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Tempestira

Eranikus dejó escapar un temible rugido de dolor cuando una enorme roca cayó
contra su espalda. Desprevenido y cansado por haber transportado a los elfos de la noche,
no había levantado sus defensas contra un ataque tan primitivo como enérgico.

Mientras el dragón trataba de recuperarse, un segundo proyectil le cayó encima.


Eranikus trastabilló hacia el portal, derribando varias columnas.

Los elfos de la noche se giraron para enfrentarse al enemigo; Broll transformado en


un feroz oso y Tyrande esgrimiendo la guja.

Del bosque surgió una gigantesca figura que parecía surgida de los mismos árboles.
Su cuerpo estaba cubierto por una gruesa corteza y tenía una gran barba de hojas. Dos
colmillos surgían de su boca, y tenía los ojos llenos de una furia dorada concentrada no en
los elfos de la noche, sino en el dragón.

—Corrupto —gruñó, y su voz era como el raspado de madera contra madera—. No


pasarás…

—¡Un anciano de la guerra! —gritó la Suma sacerdotisa.

Tan rápidamente como se había transformado Broll recuperó su auténtica forma.


Corrió hacia la enorme figura, sin miedo a las tremendas zarpas que parecían enormes y
afiladas astillas capaces de hacer pedazos a un simple druida.

—¡Gnarl! —gritó con todas sus fuerzas Broll—. ¡Gnarl, anciano de la guerra,
protector de Vallefresno y de la Canción del Bosque! ¡Me conoces! ¡Me conoces!

El anciano dudó. La poderosa criatura llevaba sólo unos fragmentos de armadura


que parecían más ornamentales que protectoras. Rostros temibles y patrones místicos los
decoraban. En verdad, el anciano necesitaba poca protección. No había muchas cosas que
pudiesen herir a un anciano de la guerra. Se encontraban entre las primeras criaturas de
Azeroth, los primeros guardianes de su vida.

Gnarl inclinó la cabeza a un lado mientras estudiaba al druida. Se veía un cierto


parecido a un sabueso en la aserrada cara, pero los ojos hablaban de una inteligencia
mucho mayor. Ciertamente, los ancianos de la guerra enseñaban a los elfos de la noche
guerreros muchas de sus habilidades.

—¡Te conozco, sí, elfo de la noche! Eres el errante y amigo llamado Broll
Bearmantle… —Gnarl inclinó brevemente la cabeza—. Mis condolencias por la muerte de
tu joven hija…

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Tempestira

El comentario hizo que Broll apretase los puños, aunque se los ocultó al anciano.
Con vidas que hacían que las de los elfos de la noche pareciesen cortas, los ancianos a
menudo veían los años como segundos. Para Gnarl la muerte de Anessa había sido un
incidente que acababa de ocurrir y que recordaba bien. Gnarl no pretendía recordárselo a
Broll… aunque el druida no lo iba a olvidar nunca.

Pero Gnarl volvió su atención a Eranikus, que finalmente se había recuperado. El


dragón extendió sus alas y siseó al anciano, pero, aunque Gnarl era más pequeño, el
guardián no pareció temer enfrentarse directamente a Eranikus.

—¡Corrupto! Se te advirtió…

—Sólo he venido para traer a estos dos a ayudar a mi Reina y a su amigo…


¡también amigo tuyo! ¡Malfurion Stormrage!

—Stormrage… —Gnarl parecía inseguro—. Hemos sentido mucho su ausencia…


también su presencia…

Sus ojos miraron fijamente a Eranikus.

—Como hemos sentido tu presencia acercarse… y la corrupción que traes


contigo…

El dragón empezó a encogerse. Por su reacción estaba claro que lo que había dicho
el anciano había tocado una fibra sensible.

—¡Está libre de su corrupción! —le corrigió Broll, defendiendo a Eranikus—. ¡Es


de nuevo un aliado y amigo! ¡Deberías saberlo!

—¡No! —Gnarl levantó una poderosa mano—. ¡Lo vi regresar a su maldad! Él…
—la enorme figura parpadeó—. No… eso fue una pesadilla… una de muchas últimamente.
No parece corrompido… pero…

Aprovechando las dudas del gigante, Broll le hizo una pregunta que había estado
inquietándolo.

—Gnarl… ¿dónde están los otros guardianes?

La expresión del habitante del bosque se volvió más adusta.

—Algunos en el este, otros en el norte, otros en el sur. Los demás… aquellos que
se quedaron conmigo… los otros duermen y no se despiertan… —sacudió la cabeza—.
Los he puesto a salvo… pero me he cansado mucho… puede que pronto me una a ellos.
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Tempestira

—¿Qué ha pasado?

Gnarl les contó que los guardianes, incluyendo ancianos, elfos de la noche, dracos
verdes, dríadas y especialmente aquellos del vuelo verde, llevaban mucho tiempo sin
órdenes de Ysera. Se habían preocupado. Esa preocupación había aumentado cuando una
dríada llamada Shael'dryn había llegado a ellos tras huir de su poza de luna. Las pozas,
conectadas a la magia de la naturaleza y a la luz de Elune, eran lugares de sanación tanto
para la tierra que la rodeaba como para aquellos que bebían de sus aguas. Magi y otros
hechiceros podían incluso renovar el maná, un don de la Madre Luna a los otros defensores
de Azeroth. Shael'dryn era la que vigilaba la poza que se encontraba más al norte.

—La conozco —dijo Broll con una débil sonrisa irónica—. Es una bromista, una
enamorada de los juegos de palabras…

Gnarl sacudió su irregular cabeza.

—No había nada de humor en ella cuando vino. Nos avisó de atacantes en la
oscuridad que buscaban las pozas. La driade sólo los llamaba sombras, aunque dijo que le
recordaban a otra cosa.

Nadie oyó a Tyrande tomar aire. Ésta preguntó:

—¿Dónde está? Sería buena idea hablar con ella.

—Eso es imposible —respondió el anciano—. Lleva dos días dormida.

Siguió contándoles cómo, tras oír las palabras de la dríada, los ancianos y otros
guardianes se habían separado para dirigirse a las pozas de la luna y otros lugares
estratégicos. Habían dejado a Gnarl y a los demás a cargo de proteger el portal.

—Éramos más de una docena… todos fuertes, especialmente los dragones y los
dracos… y en ese momento no sabíamos nada de los durmientes que no despertaban. Eso
sólo ocurrió después de que nos separásemos y nos despidiésemos…

—Jugaron con nosotros como con figuras de ajedrez —señaló Eranikus, a quien no
le faltaba cierta satisfacción ante los errores de los demás—. ¡Hmpfff!

Aunque a Gnarl obviamente no le hizo gracia el comentario del dragón, no se


defendió. En lugar de eso, el anciano señalo al portal.

—No me interpondré en su camino… ve, si crees que servirá de algo.

—¡No soy lo bastante tonto como para entrar ahí! ¡Eso es para estos dos!
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Tempestira

Ahora Gnarl sí mostró su desprecio, aunque Eranikus lo ignoró. Olvidando al


dragón, el guardián del bosque le dijo a Broll.

—Hermano del bosque, iría contigo… pero debe haber alguien aquí además de
él…

—Lo comprendo. Iré solo…

—Iremos juntos —interrumpió cortante Tyrande.

Como siempre, era inútil discutir con la Suma sacerdotisa. Broll se encogió de
hombros.

—Entonces vamos allá.

Eranikus se hizo a un lado. Los elfos de la noche se dirigieron hacia las brillantes
energías.

Tyrande exhalo.

—Parece tan… hermoso.

—Una vez lo fue.

—¿Cómo entramos?

—Simplemente pasa —replicó el druida—, y estate preparada para cualquier cosa.

—Siempre lo estoy.

—Que les vaya bien —dijo Gnarl, levantando una pesada mano—. Aún hay cerca
una sensación de corrupción.

—La Pesadilla cubre gran parte del Sueño —señaló impacientemente Eranikus.
Ahora que aquellos dos estaban a punto de entrar se mostraba más ansioso—. Siento su
malevolencia más que nunca. ¡Una vez hayas pasado, me iré!

Broll, que iba primero, miró por última vez al dragón.

—Pero te agradecemos tu ayuda.

—¡No me agradezcas que te haya traído a un posible desastre, pequeño elfo de la


noche!

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Tempestira

Tyrande, mirando el portal, los interrumpió.

—Broll, hay algo…

El portal llameó. Las energías esmeralda se oscurecieron, luego se hincharon,


extendiéndose para abarcar a la pareja.

Cuando los elfos de la noche intentaron entender lo que estaba ocurriendo, una risa
burlona resonó en sus oídos y una terrible cabeza que parecía tanto niebla como realidad se
lanzó hacia ellos. Como las energías del portal, la criatura era de un espantoso color verde.

—Los estábamos esperando… —dijo el dragón.

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CAPÍTULO DOCE
SIRVIENTES DE LA PESADILLA
E l dragón verde no era tan grande como Eranikus, pero sí era de gran tamaño y

estaba decidido a acabar con los elfos de la noche. Broll lanzó el hechizo de calma que
había funcionado al menos en parte con el consorte de Ysera con la esperanza de frenar a
la bestia que los atacaba.

Pero sus esfuerzos sólo se vieron recompensados con más risotadas malévolas. El
dragón habría caído sobre ellos de no ser por Tyrande, que empujó al druida a un lado y
lanzó su guja.

Brillando con la majestuosidad de Elene, el arma de tres filos giró certera hacia su
objetivo. La punta hizo un corte en el hocico del dragón, justo sobre la zona de color rojo
que casi parecía una barba y, aunque el monstruo parecía semiinsustancial, un relámpago
de oscura energía esmeralda salió del corte. El dragón cornudo arqueó el cuello, más
furioso que herido. Desplegó completamente las alas, mostrando una membrana roja que
contrastaba llamativamente con su color verde. Los demoníacos ojos de Lethon estaban
abiertos por la furia, y estaba claro que, al contrario que Eranikus u otros pertenecientes al
vuelo verde, que generalmente mantenían los ojos cerrados y lo observaban todo a través
de un estado semidormido, el corrupto gigante veía muy bien.

—Hay que enseñarles cuál es su sitio… —siseo la bestia cuando la guja regresó a
Tyrande.

—¡Aléjate del portal! —ordenó Broll—¡Retírate de él!

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Tempestira

La pareja se echó hacia atrás, intentando regresar a Vallefresno, pero las energías
del portal se extendieron para seguirlos. No importaba cuánto empujaban no podían
alcanzar el plano mortal.

Entonces una poderosa figura intentó alcanzarlo. Gnarl, medio sumergido en las
energías del portal, agarró a Tyrande con una enorme mano y a Broll con la otra mientras
el siniestro dragón se lanzaba hacia delante.

—No pueden escapar… ¡la Pesadilla los rodea y está en su interior!

Al decir eso, del mismo aire que rodeaba a los elfos de la noche se formaron
criaturas de sombra que hicieron que Tyrande dejase escapar un grito ahogado. Aunque
sólo eran siluetas, tenían el aspecto de sátiros, sus musculadas patas eran semejantes a las
de las cabras, acabando en unas pesadas pezuñas hendidas, y en sus cabezas había afilados
cuernos que caían hacia detrás. Había rastros de otros rasgos de los sátiros, como las largas
colas y las barbas, mientras que los torsos y las cabezas recordaban a los de los elfos de la
noche. La silueta de sus salvajes garras estaba bastante definida. El hecho de que fuesen
sombras añadía una nueva dimensión al horror de aquellos que se habían enfrentado a los
auténticos demonios en el pasado.

Su número creció rápidamente, amenazando con aplastar al tío. Gnarl empujó a los
elfos de la noche detrás de él y luego se enfrentó a las sombras de los sátiros. Éstos
saltaron contra el anciano con feroz despreocupación. Arañaron, arrancaron y mordieron
con sus colmillos y garras de ébano. Atravesaron la dura corteza. Una savia de color
marrón oscuro goteaba por los cortes del anciano, pero Gnarl no parecía impresionado por
las heridas que había recibido.

El anciano agarró a una de las sombras y apretó. La silueta se hizo mil pedazos.
Gnarl cogió a otra e hizo lo mismo.

Pero los pedazos de la primera se volvieron a unir en diferentes lugares. De la


sombra que había destruido nació media docena más. Lo mismo ocurrió con los
fragmentos de la segunda.

Pero el anciano les había conseguido tiempo a sus dos compañeros para planear sus
propios contraataques. La Suma sacerdotisa lanzó su guja. El arma se convirtió en una
muerte voladora cortando sombra tras sombra. La luz de la luna que rodeaba los filos
quemaba luego las siluetas cortadas.

En cuanto a Broll, se transformó, tomando de nuevo forma de oso

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Tempestira

El enorme oso oscuro cayó sobre las sombras de los sátiros Las garras destrozaron
y atravesaron a las siluetas mientras brillaban con llamas de color púrpura. Las sombras
caían a docenas mientas Broll dejaba que su instinto animal se hiciese cargo de la
situación.

La insidiosa risa del dragón ahogó todos los demás sonidos.

—¡Tus llamitas no me harán daño!

El leviatán abrió la boca y exhaló. Una gran nube de oscuridad total emergió de
ella.

Envolvió al druida. Broll no podía ni ver ni sentir nada. Gruñendo, cortó y mordió,
pero no encontró nada sólido.

—¡Padre! ¡Padre!

El gigantesco oso enseñó los dientes, desconfiado y ansioso. Broll reconoció la voz
de su hija.

—¡No, padre, no!

Sabía que no era real, que era una pesadilla provocada por el dragón… pero el grito
parecía tan real.

Por un momento Broll vio a una elfa de la noche. Eso reforzó su melancolía por
Anessa. El druida recuperó su forma normal…

Las sombras lo presionaban… pero de ellas también apareció la figura que había
visto. Lo agarró con fuerza y tiró de él.

—¡Broll! ¡Despierta!

Pestañeó, sin saber cuándo había cerrado los ojos.

—¿A-Anessa?

—¡No! ¡Tyrande!

—Tyrande…

El druida recuperó el sentido. Estaba junto a la Suma sacerdotisa, que tenía un


brazo alrededor de su cintura mientras en la otra mano esgrimía la enorme guja reluciente.
La luz de Elune aún estaba en arma, dándole poder contra las sombras de los sátiros.
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Tempestira

—¡Aquí viene otra vez! —le advirtió.

Broll no tenía que preguntar quién, pues el monstruoso dragón ya se encontraba


sobre ellos. De Gnarl no había ni rastro, y el druida también se preguntaba qué le había
pasado a Eranikus. ¿Los había traído hasta aquí para que este otro dragón acabase con
ellos? No… ¡eso no tiene sentido! ¡Si fuese así, también él estaría aquí asegurándose de
nuestras muertes!

Pero lo que importaba más en ese momento era sobrevivir. El dragón se lanzó hacia
abajo con la boca abierta. Broll se temió otra niebla de oscuras pesadillas.

Entonces, con un rugido gutural, Gnarl volvió a la escena. Del cuerpo del anciano
colgaban pedazos de su corteza, y savia caía por todas partes, pero Gnarl no mostró
debilidad alguna mientras agarraba al monstruoso reptil.

—¡No serán tuyos, Lethon! —gruño.

—Todos serán nuestros… —se burló el dragón corrupto—. Azeroth y el Sueño han
estado inexorablemente unidos desde la creación del mundo… y por lo tanto están unidos
al Sueño y todo lo que es… No pueden esconderse de lo que está en su interior…

Lethon… Broll conocía ese nombre.

—¡Fue asesinado! —le dijo el druida a Tyrande mientras luchaban por escapar de
las energías del malévolo portal—. ¡Lethon debería estar muerto!

—¿Entonces cómo existe aquí?

El druida lo entendió de repente. Explicaba por qué las energías habían seguido a la
pareja.

—¡Sólo su cuerpo astral sigue vivo! ¡Es un dragón verde, uno de los más
conectados al Sueño! ¡Lo que lo haya corrompido debe de ser capaz de mantener esa parte
suya "viva", pero sólo mientras esté lejos del plano mortal!

—¿Y qué ocurre si no lo hace?

—Deberíamos intentar averiguarlo —murmuró Broll—. ¡Maldito sea Eranikus! Si


lo sabía… sí por esto nos dejó para que nos enfrentásemos solos a la Pesadilla…

No había tiempo para decir más, pues las formas de color verde oscuro volvían a
centrarse sobre ellos y, peor aún, Gnarl ya estaba perdiendo terreno ante Lethon. Aunque
el guardián era gigantesco y encarnaba el poder y la resistencia del enorme árbol al que se
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Tempestira

asemejaba, Lethon también era poderoso. El dragón tiró al anciano herido y alzó una zarpa
que acababa en unas enormes garras.

Los elfos de la noche no podían ayudarlo. De hecho, no sólo el anciano los había
lanzado hacia atrás, sino que ahora estaban separados el uno del otro por las demoníacas
siluetas.

—¡Lejos de mí! —rugió Tyrande intentando recuperar terreno. Esgrimiendo la guja


y con la luz de Elene, se abrió paso entre las filas infernales. Las sombras de los sátiros que
tenía delante se fundieron como rocío tocado por el sol de la mañana.

Broll recuperó su forma de oso usando el fuego púrpura mágico para fortalecer sus
poderosos golpes. Pero las pesadillas parecían no tener fin.

Lethon, mientras tanto, había vuelto su atención hacia Gnarl. El anciano se las
había arreglado para levantarse sobre una rodilla, pero seguía sin poder defenderse de su
gigantesco adversario.

—¡Ya te tengo! —gritó Lethon con una salvaje sonrisa que mostraba muchos,
muchos dientes.

—He vivido mucho… no le temo a la muerte…

Esto hizo que el dragón riese aún más duramente.

—Muerto no nos sirves de nada…

Con una poderosa garra, lanzó a Gnarl hacia la niebla.

El anciano se las arregló para detenerse al mismo borde. Obviamente aturdido, se


levantó desafiante para continuar su batalla.

De la niebla surgió una mano oscura. Era pequeña, pero agarró la pierna de Gnarl
con una ferocidad que hizo que el anciano mirase hacia abajo. En ese momento, una
segunda mano idéntica a la primera le agarró de un brazo.

Otras manos surgieron de la niebla. Estaban juntas, como si fuesen parte de un


mismo dueño. Gnarl gruñó e intentó quitárselas de encima, Pero ya eran demasiadas las
que lo sujetaban.

Broll le rugió una advertencia a Tyrande. Los dos elfos de la noche intentaron
abrirse camino hacia su rescatador.

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Tempestira

A pesar de sus titánicos esfuerzos, el anciano no podía liberarse ni de una sola


mano. Cada vez lo agarraban más. Lo sujetaban como un animal hambriento se aferraría a
su comida. Lentamente empezaron a arrastrar a Gnarl hacia la niebla.

Lethon se interpuso entre el gigante y el druida. Giro ante Broll y las risas del
dragón le provocaron un escalofrío involuntario al gran oso. Broll le rugió al dragón
mientras intentaba encontrar un modo de sobrepasarlo. Más atrás, Tyrande luchaba con las
sombras que habían redoblado el ataque contra su posición.

—Malgastas el aliento… Nadie puede escapar… Nadie puede huir… Nos


perteneces…

Gnarl estaba medio sumido en la niebla. Todavía más y más manos le agarraban los
brazos, luchaban contra sus piernas y se aferraban a su torso. Otras tiraban de la cabeza del
valiente guardián e incluso buscaban ahogar su voz.

Pero Gnarl consiguió lanzar un grito.

—¡Huyan a través del portal! ¡Huyan a través del…!

Las manos, parecidas a las de elfos de la noche, humanos, orcos, tauren y otras
criaturas de Azeroth, ahora cubrían prácticamente al anciano. Había tantas que el propio
Gnarl apenas podía moverse. Arrastraron un pie hacia la niebla. A eso se le unió un
hombro, luego el brazo entero. La cabeza de Gnarl desapareció en la impenetrable niebla.

El anciano tembló. Luego pareció quedar sin fuerzas.

Las manos arrastraron el resto de su cuerpo dentro de la niebla.

Tyrande había estado buscando un camino al otro lado de Lethon, pero no se abrió
de repente hasta que no desapareció Gnarl. Tan desesperada estaba por alcanzar a su aliado
que la Suma sacerdotisa dio unos pasos hacia delante antes de darse cuenta de que no sólo
era demasiado tarde para Gnarl, sino que Lethon había dejado que se pusiera ella sola en
un compromiso para hacer de ella su siguiente víctima.

Aparecieron las primeras manos, tan hambrientas como antes.

Obligada a salvarse del destino de Gnarl, la Suma sacerdotisa desvió su atención de


Lethon para combatir con las manos, con la luz de Elune y con su guja.

Un aullido titánico sacudió a los tres combatientes. Una forma brillante apareció
entre ellos. Eranikus.

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Tempestira

Los ojos cerrados del dragón esmeralda estaban fijos en Lethon. El corrompido
leviatán rugió de repente. Se giró y gritó:

—Los arboles… ¡se me acercan!

Al decir esto, Broll y los otros vieron lo que parecían ser unos inofensivos arboles
reunirse alrededor del dragón corrompido. Para el druida parecían ser inocuos,
sanadores… pero para Lethon era como si su mero roce fuese venenoso.

Pero entonces Lethon sacudió la cabeza. Los árboles de niebla desaparecieron.

Lethon miró a Eranikus con expresión asesina.

—¡Estoy más allá de esos nimios ataques del sueño! Ciertamente, tú sueñas
demasiado, querido Eranikus… Sueñas demasiado y entiendes muy poco de en qué me he
convertido mediante el poder creciente de la Pesadilla…

Las zonas quemadas se curaron. Lethon se inclinó hacia delante y, aunque no era
tan grande como Eranikus, era temible.

—Pero volverás a entenderlo cuando vuelvas a ser uno de nosotros…

Lethon abrió los ojos de par en par… y cambiaron, revelando que lo que habían
visto antes había sido una ilusión. Ahora llegaba la temible realidad.

Eran pozos, pozos tan oscuros que parecían querer tragarse a aquellos a los que
miraban. En ellos había la misma hambre y el mismo horror que los que habían exhibido
las manos. Pero en el dragón se habían convertido en una maldad distinta, una maldad
personal.

—¡Ahora sólo soy corrupción, Eranikus! Me ha consumido, y saboreo esa


consunción…

—Entonces… entonces no hay motivo para que sigas viviendo…

El compañero de Ysera miró enfurecido a Lethon.

Broll se dio cuenta de que el dragón corrompido no se había atemorizado ni había


luchado. En lugar de eso, Lethon aguardaba… expectante.

—¡Eranikus! —gritó el druida—. ¡Cuidado! ¡Hay otro!

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Tempestira

Lethon giró la cabeza, y sus ojos vacíos quisieron atravesar el alma de Broll. El
druida dejó escapar un grito ahogado, pero luchó contra la terrible sensación.

La niebla que rodeaba a Eranikus se fundió en una espantosa forma que era la
Pesadilla encarnada. Era uno de los de la raza de Eranikus, pero apenas. La gran
majestuosidad de un dragón verde había sido remplazada por algo tan enfermizo que su
carne estaba podrida. Era hembra, pero ahora apenas reconocible. Las membranas violetas
de las alas estaban hechas jirones, y un hedor a putrefacción envolvió a los elfos de la
noche.

Tyrande tembló, reviviendo la primera guerra contra la Legión Ardiente, cuando la


tierra quedó cubierta de muertos inocentes. Broll dejó escapar un gemido de dolor al ver a
Anessa morir de nuevo junto a tantos otros en la batalla, mucho más reciente, contra los
demonios en Monte Hyjal.

El nuevo terror tenía unos siniestros ojos negros cuyo centro era de un escalofriante
blanco hueso. Se acercó a un sorprendido Eranikus, hundiendo unas garras esqueléticas en
sus patas delanteras.

—¿Te has olvidado de la querida Emeriss? —pregunto el macabro dragón con una
voz que literalmente provocaba escalofríos—. Estamos deseando tenerte otra vez con
nosotros, Eranikus…

—¡No! ¡No permitiré que la Pesadilla me vuelva a arrastrar! —dijo, volviendo la


mirada hacia ella.

Ésta escupió. Una pútrida sustancia verduzca cubrió los ojos de Eranikus.

Eranikus rugió e intentó quitarse la repugnante baba, pero ella lo sujetaba con
fuerza. Peor aún, Lethon se había unido a su ataque.

—Te hemos echado tanto de menos… —susurró Emeriss—. No te resistas a


nuestro abrazo… Acepta lo inevitable…

—¡No! ¡Nunca! ¡No puedo! ¡No lo haré!

Pero, a pesar de sus protestas, Eranikus no podía evitar que la pareja empezase a
arrastrarlo hacia la niebla. Allí, las manos volvieron a aparecer, agarrando el aire y
esperando con anticipación al leviatán.

Ni Broll ni Tyrande podían hacer nada, apenas podían defenderse contra las
sombras de los sátiros que habían reemprendido su ataque.

P á g i n a | 174
Tempestira

Un fuego carmesí desde detrás del consorte de Ysera bañó a Emeriss y a Lethon.
Sorprendidos y enfurecidos, lo soltaron y se retiraron hacia la niebla. Inmediatamente,
Eranikus se dirigió hacia el portal, olvidando por completo a sus dos compañeros en su
ansiedad.

Pero otra ayuda llegó hasta ellos. Dos grandes manos hechas de suave energía roja
barrieron las sombras y luego levantaron con dulzura al druida y a la Suma sacerdotisa
como si fuesen juguetes. Las manos se retiraron, poniéndolos a salvo más allá del portal.

Las fuerzas de color esmeralda oscuro volvieron inmediatamente después a su


estado normal.

Eranikus yacía resoplando a un lado. Su mirada estaba apartada de donde se


encontraban los elfos de la noche y su salvador. Su salvador… otro dragón. Un dragón
rojo.

Un dragón rojo muy, muy grande, que empequeñecía incluso a Eranikus.

Dos enormes cuernos surgían de una orgullosa cabeza reptilesca. Casi todo el
cuerpo del gigante era de un carmesí esplendoroso, pero el pecho tenía una gran mancha
plateada, al igual que las garras. Unos pequeños parches membranosos se extendían a cada
lado de la cabeza.

Pero lo que diferenciaba al dragón de todos los demás, aparte de su inmenso


tamaño, eran los ojos. No eran los ojos brillantes del vuelo de Eranikus, sino una ardiente
luz dorada que, a pesar de la situación previa de los elfos de la noche, les trajo calma y
esperanza.

Cuando el dragón habló, su voz era imperiosa pero tranquilizadora.

—Han huido. No me esperaban. Es triste decir que yo tampoco los esperaba a ellos
o, si no, habría estado lista para ayudarlos desde el principio.

—Eres… un Aspecto… —declaró solemnemente Tyrande—. Eres…

La gigantesca dragona inclinó la cabeza.

—Soy… Alexstrasza. Y yo te conozco, Tyrande Whisperwind, tanto de aquella


lejana lucha ahora llamada la Guerra de los Ancianos como de la posterior bendición de
Nordrassil.

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Tempestira

—Alexstrasza… —la Suma sacerdotisa se agitó al pensar en otro nombre


relacionado con el Aspecto, el de un segundo valioso aliado—. ¡Krasus! ¿Está también
aquí? ¿Sigue vivo? Él tendría respuestas para nosotros…

La dragona sacudió la cabeza. Su mirada parecía preocupada.

—Hay muchos durmientes, Tyrande Whisperwind… y él está entre ellos.

La elfa de la noche frunció el ceño.

—Lo lamento por ti.

El Aspecto inclinó la cabeza, asombrada.

—¿Lo lamentas por mí?

Alexstrasza miró a Broll, que ocultaba su curiosidad lo mejor que podía. Como la
mayoría de los druidas, había oído hablar de los dos magos Krasus y Rhonin, muy activos
en aquellos tiempos, de los que se decía que habían tenido su papel en la maduración de
Malfurion como druida hacía diez mil años. Cómo podía ser eso posible, su shan'do nunca
se lo había dejado claro.

—¿Y él también lo lamenta?

—Él no lo sabe. Yo lo sé por Malfurion.

—Y es lo justo, considerando tu papel en tantas cosas, Tyrande Whisperwind.

A Broll le dijo:

—Y es justo que tú también lo sepas. Mi consorte Korialstrasz y el mago Krasus


son el mismo.

—¿El mismo? —explicaba muchas cosas, pero Broll sabía que él nunca habría
hecho la conexión por sí mismo.

El gran dragón se alzó sobre sus patas traseras y plegó las alas. Al hacerlo,
comenzó a encogerse. Las alas se empequeñecieron, convirtiéndose rápidamente en brotes
y desapareciendo luego. Las patas delanteras de Alexstrasza se convirtieron en brazos y las
piernas se arquearon hacia fuera, pareciéndose más a las de un elfo de la noche.

Ahora que era apenas el doble de grande que Broll y sólo una fracción de su
tamaño anterior, el Aspecto continuó su maravillosa transformación. Las fauces se

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Tempestira

retiraron hacia su cara, convirtiéndose en una nariz y una boca. Los cuernos encogieron, y
le brotó una espesa mata de pelo. En otro parpadeo el cambio estaba casi terminado, y una
figura que era y no era alguna clase de elfo estaba en pie ante el druida y su acompañante.

Espesos mechones de pelo llameante y, de hecho, pequeñas llamas surgían


constantemente de la melena, caían sobre sus delgados hombros. Alexstrasza iba ataviada
como una doncella guerrera, con largas botas protectoras que le llegaban hasta los muslos
y un peto que acentuaba las curvas de su cuerpo femenino. Las manos estaban protegidas
por ornados guanteletes que llegaban casi hasta los codos, y una capa carmesí que parecía
un ala membranosa se agitaba tras ella. Lo que habían sido cuernos eran, ante la
asombrada mirada de Broll, o bien un intrincado casco bien colocado sobre su cabeza… o
unos pequeños cuernos.

El carmesí, el violeta y toques de negro azulado, todo bordeado por una tira dorada,
eran los colores de sus ropas, y su piel era de un ligero rojo castaño. Su cara era más
redonda que la de Tyrande o cualquier otro elfo de la noche, casi como si estuviese
mezclada con rasgos humanos. Su nariz era más pequeña y su boca estaba perfectamente
curvada. Su pelo acababa en punta sobre la frente y enmarcaba ambos lados de la cara.

Sólo los ojos del Aspecto no habían cambiado, excepto para ajustarse a su nuevo
tamaño. Broll y Tyrande se arrodillaron instintivamente y agacharon la cabeza como
saludo. Aunque servían a otros, todos honraban a la Vinculadora de Vida.

—Levántense —ordenó—. No busco súbditos, sino aliados…

Alzándose, Tyrande declaró solemnemente:

—¡Si Elune lo concede, te ofrezco el poder que tengo tanto en mi guja como en mis
oraciones! ¡Estuve con los tuyos contra los demonios hace diez mil años y si, como creo,
nuestras preocupaciones coinciden, lo volveré a hacer!

—Así es —la gloriosa figura miró a Broll—. ¿Y tú, druida? ¿Qué dices tú?

—Ya te debemos nuestras vidas, señora, y eres la hermana de la Soñadora. No se


me ocurre otro motivo para que estés aquí aparte de los nuestros, y no se puede discutir a
quién prestaré mi apoyo…

Ella asintió agradecida.

—Mi Korialstrasz, mi adorado compañero, yace en un sueño inquieto del que no


puede despertar, aunque noto que lo intenta. No es ni mucho menos el único, hijos míos,
como ya saben. No sólo están afectos otros de los de mi clase, aunque menos, dado que los
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Tempestira

dragones no necesitan dormir tanto como la mayoría de las razas, pero este sueño terrible
ha alcanzado a todas las razas. Peor aún, encuentra un interés particular en aquellos
prominentes y poderosos: magos, reyes, generales, filósofos y otros.

—¡Shandris! —exclamó Tyrande.

—Si ella es una de los tuyos, hija mía, entonces tiene más posibilidades. Los elfos
de la noche no lo han sufrido en el mismo grado que otras muchas razas. Lo encuentro
curioso. Creo que tenemos otro aliado, aunque me sorprende si es quien creo que es…

Antes de que pudiese decir más, oyeron un gemido. Broll miró furioso a Eranikus,
que yacía donde había caído tras escapar de sus corruptos congéneres.

—¡Espero que un mejor aliado que ése! Huir por su vida después de dejar que otros
entregasen primero a un lugar que él sabe que…

El dragón verde levantó la cabeza. Sus rasgos reptilescos estaban retorcidos a una
mirada patética.

—¡Ni siquiera ahora lo entiendes, pequeño druida! ¿No los has visto? ¿No
comprendes en lo que se han convertido Lethon y Emeriss? ¿No has querido huir tú
también?

—No sin mis amigos.

Con otro gemido, el dragón se volvió.

—No lo entiendes…

Alexstrasza se volvió hacia la gigantesca bestia. Aunque su expresión no denotaba


ira, su tono no era de perdón.

—Tampoco yo, Eranikus… y eso en sí mismo dice mucho de tus actos —cuando el
dragón verde empezó a protestar, el Aspecto le cortó—. Y sí, sé lo que es ser esclava de la
oscura voluntad de otros, una esclava responsable de actos abominables.

Eranikus la miró y finalmente asintió.

—Lo sabes.

—Y también sé más sobre lo está pasando que tú —se puso delante de sus
inmensas mandíbulas y, aunque en su forma actual era mucho más pequeña que él,
destacaba—. Sé que Ysera conocía tu redención y supervivencia… y era consciente de que

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Tempestira

en el último momento decidiste no volver a su lado por temor a que la Pesadilla pudiera
hacer que un día volvieses a traicionarla.

La poderosa mirada de Eranikus no era nada para ella. Broll, observando al


principio se había preguntado por qué no había cerrado los parpados y la había mirado
como lo hacían los de su raza. Sólo ahora se le ocurrió al druida que volver a hacerlo
significaba para Eranikus abrirse a la Pesadilla, lo último que deseaba.

—Ella… ¿lo sabía? —Preguntó al fin el gigante a Alexstrasza—. ¿Sabía que


mientras volaba hacia ella en el Sueno noté a la Pesadilla llamándome a pesar de haber
sido limpiado de mi corrupción, llamándome con tal fuerza que entendí que mi renovada
confianza no era más que una falsa esperanza?

—Lo supo inmediatamente. Pero te ama tanto que aceptó tu decisión con la
esperanza de que aun así acabarías volviendo a ella.

—Y ahora… y ahora es demasiado tarde… también se la han llevado…

Los asombrosos ojos del Aspecto se entrecerraron.

Eranikus la miró con esperanzada desesperanza.

—¿Está a salvo?

—No precisamente —Alexstrasza extendió una mano para incluir a los dos elfos de
la noche—. Conozco más sobre la Pesadilla de lo que ustedes tres han averiguado hasta
ahora. Es un peligro contra el que Ysera lleva un tiempo luchando…

Ysera, según la dragona roja les informó, había notado que sus sueños eran
oscuros, incluso a pesar del control absoluto que ejercía sobre ellos. Al principio le había
echado la culpa a sus propias preocupaciones, pero descubrió la verdad demasiado tarde.
Las pesadillas que ella experimentaba afectaban a Azeroth, tomaban vida y alcanzaban las
mentes de los mortales.

Fue entonces cuando Ysera cometió un terrible error. La Señora del Sueño
Esmeralda había mirado en las mentes dormidas, buscando la fuente de lo que se había
infiltrado incluso en su propio subconsciente. Lo hizo sin saber que eso era justo lo que la
fuente de la amenaza deseaba de ella.

—Lethon llegó a ella mientras su mente estaba ocupada en su búsqueda —les contó
Alexstrasza—. Lo acompañaban sombras, los sátiros contra los que estos elfos de la noche

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acaban de luchar. Cayeron sobre su forma astral mientras él tomaba lo que más deseaba…
el Ojo.

Eranikus se puso en pie. Su mirada se volvió algo que ni Broll ni Tyrande pudieron
resistir.

—¿Se han llevado el Ojo de Ysera? ¡Eso temía! ¿Cómo puedes decir que mi amada
reina no es prisionera?

—El Ojo está donde Ysera y su vuelo se congregan más a menudo en el Sueño
—informó quedamente Broll a Tyrande—. Se dice que es un lugar idílico. Malfurion lo ha
visto y sé que también Fandral, pero pocos más, incluso entre los druidas. Me han dicho
que es un valle entre grandes montañas. La tierra es fértil y está cubierta de hierba y flores,
pero el nombre le viene de la magnífica cúpula dorada en su centro, donde la propia Ysera
vive… vivía…

El gran dragón resopló.

—¡Una pálida, aunque aceptable descripción, pequeño druida! ¡No hay un lugar
más perfecto en toda la creación! —gimió de repente—. ¡El Ojo robado! ¿Dónde,
entonces, está mi reina si no está capturada?

Ahora Alexstrasza movió tristemente la cabeza ante la continuada furia del dragón
verde.

—No. Ysera evitó ser capturada. Está luchando. Ella, los consortes que le quedan y
un puñado más que luchan no sólo para salvarse ellos, sino para encontrar la verdad en el
oscuro corazón de la Pesadilla. ¡NO tiene ninguna intención de permitir que ni su dominio
ni Azeroth caigan ante esta monstruosidad!

—¡Está loca! ¡Si cae presa, todo habrá terminado! ¡La Pesadilla es tan poderosa
que creía que ya la habían capturado, pero, si busca su verdad y su poder, hará de ella algo
peor que lo que ha hecho con Lethon o Emeriss, y a través de ella alterará ambos planos y
los convertirá en un horror mucho peor que cualquier cosa que hayamos experimentado!

—Ella hace lo que debe hacer —replicó tranquilamente Alexstrasza—. Y yo busco


ayudarla como puedo. Sumo mi fuerza a la suya desde lejos, observo todos los avances de
la Pesadilla en este mundo, busco a aquellos que pueden ayudar… y observo a los
corrompidos, a los que no despiertan.

El dragón verde miró hacia abajo. Con tono de autodesprecio, murmuró.

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—Tú haces todo eso por ella mientras ella se arriesga, y yo… ¡me meto en una
cueva, escondiéndome del fin del mundo! ¡Ocultándome de la defensa de mi amor y mi
reina! ¡Conozco a tu Korialstrasz desde hace tiempo igual que te conozco a ti, Vinculadora
de Vida! No soy digno de estar en tu presencia ni en la de mi Ysera…

Alexstrasza casi habló, pero Eranikus sacudió la cabeza.

—¡Pero si hay esperanza de volver a ser digno de ella, sólo me queda un camino!

El gran dragón verde giró para encarar el portal. Sus energías latían suave,
inocentemente.

Eranikus se dirigió hacia allá.

—Ya no siento la Pesadilla cerca. La maldita corrupción ha vuelto a cambiar. Por


el momento es seguro entrar… pero más allá… —miró a los elfos de la noche—. Su papel
termina aquí.

—No, iremos contigo —replicó Tyrande—. No creo que nuestra reunión fuese
debida al azar. Alguien busca reunir a aquellos que mejor pueden servir a Azeroth y a su
supervivencia. Nada ocurre sin un motivo…

—¡Por supuesto que sí! —respondió bruscamente el consorte de Ysera, cambiando


su expresión a la de esperanzada desesperanza—. ¡Debe de ser mi reina! ¡Incluso con
tantas preocupaciones, trabaja y planea para nuestra salvación! Debería haberlo visto…

—Ysera no. No mi hermana —interpuso sabiamente Alexstrasza. Miró a Tyrande y


a Broll—. Creo que otro busca guiarlos… y creo que es el propio Malfurion Stormrage.

***

Está pasando, se atrevió a confiar Malfurion, intentando hacer cuanto podía por
ocultarle esos pensamientos a su captor. Puede que ellos sospechen… pero está bien
mientras él no…

Las temibles sombras de repente se estiraron sobre el árbol de dolor en que se había
convertido el elfo de la noche. La insidiosa presencia del Señor de la Pesadilla rodeaba a
Malfurion y llenaba su mente y su alma.

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¿Has llegado a amar la agonía? ¿Forma ya tanta parte de ti que no Puedes


distinguirla de ti mismo?

Malfurion no contestó. Era absurdo contestar. Hacerlo sólo le servía a su captor.

¿Sigues buscando consejo en tus propios pensamientos, Malfurion Stormrage? Los


esqueléticos tentáculos del árbol de sombra rodearon al Archidruida. ¿Hablamos de esos
pensamientos… esos sueños… esas esperanzas?

Muy a su pesar, el elfo de la noche no pudo evitar crisparse por la última frase.
¿Ése ser despreciable lo sabía?

Compartamos algunas consideraciones… compartamos algunas ambiciones…

El Archidruida enterró sus pensamientos lo más profundamente que pudo. Su plan


estaba a punto de dar frutos. Había una posibilidad…

El Señor de la Pesadilla se rio en su cabeza. Y, sobre todo, Malfurion Stormrage,


hablemos de insensatos sueños de fuga…

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CAPÍTULO TRECE
EN EL MARGEN DE LA
PESADILLA
L os druidas estaban agotados. Se habían vaciado tanto que muy probablemente

vanos de ellos no iban a ser de ninguna ayuda para lanzar más hechizos en días. Sus
esfuerzos combinados habían alimentado a Teldrassil, pero sin un éxito visible… al menos,
hasta donde podía ver Hamuul.

En cuanto al tauren, se había convertido en un paria para casi todos los demás,
aunque oficialmente no había habido censura alguna ni condena por parte del Archidruida
Fandral al respecto de lo que había hecho Broll. Fandral ni siquiera había informado a
Hamuul de lo que había hecho el druida desaparecido. Simplemente había mirado con
desaprobación al tauren, y lo había hecho el tiempo suficiente como para que los demás
entendiesen que Hamuul había perdido su favor.

Naralex y algunos otros desafiaban el desprecio, pero Hamuul hacia cuanto podía
para apartarse de ellos no fuesen a sufrir ellos también. El tauren estaba dispuesto a
aguantar su parte de responsabilidad al permitir que Broll pasara desapercibido el tiempo
suficiente. Confiaba en su amigo. Pero Fandral tenía derecho a estar furioso.

El Archidruida principal había insistido en que quedaran junto a la base de


Teldrassil, lejos de Darnassus. Hasta ahora, sólo él había regresado a la ciudad. Cada vez
que volvía, Fandral apremiaba a los druidas con algo nuevo. Les aseguraba que estaban
haciendo progresos, que el Árbol del Mundo estaba sanando.

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Hamuul tenía que asumir que no era un Archidruida suficientemente adepto como
para sentir lo que sentía Fandral.

El tauren se sentó con las piernas cruzadas, algo distante de los demás. Los druidas
estaban meditando, intentando recuperar sus fuerzas para el siguiente hechizo de Fandral.
Hamuul no se había sentido tan agotado en toda su vida, ni siquiera durante la caza de una
semana que había formado parte de su rito de pasaje de niño a adulto. Aquello había
requerido que ayunase durante toda la semana.

Me estoy haciendo viejo… fue su primer pensamiento. Pero ninguno de los elfos de
la noche parecía mucho más fuerte que él. Hasta ahora parecía que los planes del
Archidruida principal habían hecho poco más que llevar a casi todos los druidas al borde
del agotamiento.

Pensando de nuevo en Fandral, Hamuul lo buscó. Sin embargo, no estaba por


ninguna parte. El tauren sólo podía suponer que Fandral quizá hubiese vuelto al Enclave de
Cenarion para consultar algún texto antiguo. Hamuul esperaba que eso les diese resultados
más tangibles que los que habían conseguido hasta el momento.

Viendo que le resultaba imposible meditar, el tauren se levantó. Y, como ninguno


de los otros le prestaba ninguna atención, se acercó al Árbol del Mundo.

Incluso aunque Hamuul no había estado a favor de un segundo árbol gigante, no


sólo apreciaba su majestuosidad, sino también el efecto de Teldrassil en el mundo. Siendo
un tauren, Hamuul creía en el equilibrio entre la naturaleza y las vidas de las distintas razas
de Azeroth. Por eso había buscado a Malfurion Stormrage y le había pedido que le
instruyese en las artes druídicas. Y, aunque Hamuul sólo llevaba unos pocos años siendo
druida, creía que había demostrado su valía. De no ser así, no habría llegado a convertirse
en uno de los pocos Archidruidas y el único de su raza.

El tauren deseaba que hubiese algo más que pudiese hacer por Broll, además de lo
que ya había hecho. Seguía sintiendo que la decisión de Broll era la correcta, a pesar de
cómo había contrariado a los buenos propósitos de Fandral. De pie ante Teldrassil miró
hacia las nubes donde se encontraba Darnassus. Si el portal hubiese estado cerca, Hamuul
podría haberse sentido tentado de atravesarlo. Tal como eran las cosas, su única elección
era volar…

Con un gruñido, se inclinó apoyándose en Teldrassil con una mano. Necesitaba


hacer más. Si Broll…

Alguien estaba susurrando.


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Hamuul se apartó del árbol y buscó a quien hablaba. Sin embargo, el susurro cesó
inmediatamente.

Frunciendo sus espesas cejas, el Archidruida se volvió a acercar al tronco.

El susurro volvió a empezar. Hamuul miró fijamente a Teldrassil… luego miró a


sus pies. Allí, una parte de su pie derecho tocaba una de las raíces del Árbol del Mundo.

Puso la mano en el tronco.

El susurro llenó su cabeza. Hamuul no podía entenderlo. No era ninguna de las


lenguas que hablaban las razas inteligentes de Azeroth. Más bien le recordaba a otra cosa,
algo que el tauren debería conocer bien…

—Shakuun, guía mi lanza… —murmuró, soltando un juramento tauren. Shakuun


había sido el padre de su padre, y los tauren nombraban a sus venerados ancestros, que los
protegían. El juramento no era para ser tomado literalmente, Hamuul le estaba pidiendo a
su abuelo que le ayudase a entender lo que había descubierto.

El Archidruida estaba escuchando la voz de Teldrassil.

Todos los druidas conocían el lenguaje de los árboles, aunque algunos lo entendían
mejor que otros. Ésta no era la primera vez que Hamuul había tocado y escuchado al Árbol
del Mundo, pero sí la primera que había oído aquellos susurros. La voz del Árbol del
Mundo se oía habitualmente más en el frufrú de sus ramas y hojas y a través del curso de
la savia que fluía como sangre por todo el vasto tronco. Se podía oír como un susurro, pero
un susurro que se entendía.

Pero Hamuul no entendía lo que estaba oyendo ahora. Los susurros carecían del
ritmo adecuado, de forma. Mientras el Archidruida seguía escuchando, continuaban y
continuaban como si…

—¿Qué estás haciendo, Hamuul Runetotem? —dijo repentinamente la voz de


Fandral.

Ahogando su sorpresa, el tauren se volvió hacia el Archidruida.

No había notado aproximarse al elfo de la noche lo que hablaba del estado mental
de Hamuul. Como tauren, se enorgullecía en creer que los de su raza eran los únicos que
podían sorprender a alguien como Fandral.

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Hamuul decidió ser sincero. Esto era algo que Fandral debía saber. ¿Pero cómo
explicarlo mejor?

—Me temo… Archidruida Fandral, ¿podrías escuchar a Teldrassil por un


momento? ¡Me temo que las cosas están peor de lo que creíamos! Cuando toqué el tronco
hace nada…

El elfo de la noche no esperó a que terminase. Fandral colocó la palma de la mano


sobre Teldrassil. Cerró los ojos y se concentró.

Unos segundos después, el Archidruida principal miró al tauren.

—No noto nada distinto a antes. Teldrassil no está bien aún, pero hay mejoría.

—¿Mejoría? —Hamuul no pudo evitar soltar un grito ahogado—. Archidruida, he


sentido…

Fandral, con expresión comprensiva, interpuso:

—Estás agotado, Hamuul, y yo he sido injusto contigo. Le guardas lealtad a un


amigo que debe responder por su imprudencia, me temo. Pero ha sido indigno de mí
mostrar tal decepción hacia ti cuando la culpa es de él.

Fandral alzó una mano.

—Escúchame, buen Hamuul. He regresado con ciertos conocimientos interesantes.


Será un intento nuevo y más poderoso para curar a Teldrassil de lo que todavía le aqueja.
Tú, con tu espíritu fuerte, serías de grandísima ayuda en ese esfuerzo, pero tienes que
recuperar más tuerza. Si temes que haya algo más serio con el Árbol del Mundo, entonces
esto es sin duda una buena noticia para ti.

Inclinando la cabeza, el tauren contestó:

—Como tú digas, Archidruida Fandral.

—¡Excelente! Ahora ven conmigo. Te contaré más sobre nuestro próximo


encantamiento. Será agotador. Puede que haga falta más de un día de meditación para
recuperarse de él…

Fandral empezó a caminar. Hamuul no pudo hacer más que seguirlo. Pero, mientras
escuchaba al elfo de la noche comenzar su explicación, miró atrás a la zona que había
tocado. Había oído los incoherentes susurros y sabía que era la voz del Árbol del Mundo.
De no haber investigado también el Archidruida principal, el tauren habría estado aún más
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ansioso de lo que estaba. Pero seguía lo suficientemente preocupado como para


preguntarse… y preocuparse.

Para Hamuul Runetotem, el susurro sólo podía significar una cosa.

Teldrassil se estaba volviendo loco.

***

No entraron en el portal inmediatamente, aunque ésa había sido su intención.


Eranikus y Alexstrasza avanzaron cautelosamente y sondearon con sus poderes dentro del
portal para ver si todavía quedaba alguna trampa tendida por los corrompidos Lethon y
Emeriss. Sólo cuando estuvieron satisfechos de que no era así, los dragones estuvieron de
acuerdo en que era seguro que Eranikus y los elfos de la noche pasaran.

—Ya era hora, caray —murmuró Broll.

Tyrande asintió, reflejando la misma opinión. Ambos estaban deseando encontrar a


Malfurion. Algo en particular que los inquietaba a ambos era el desaparecido Lucan
Foxblood y el misterioso orco. El orco era probablemente un intruso accidental, pero aun
así…

—Todavía no comprenden la amenaza que supone la Pesadilla —dijo el dragón


verde con cierta amargura—. No estén tan deseosos de entrar sin haber hecho todos los
preparativos.

—El tiempo es esencial.

Alexstrasza agachó la cabeza mostrando estar de acuerdo.

—Así es, Broll Bearmantle, pero, si tengo razón y Malfurion Stormrage ha estado
de algún modo ayudando a guiarlos, querrá que todo esté bien pensado antes —la dragona
sonrió sombríamente—. Y eso es lo que hemos hecho ahora.

—Estoy preparado —declaró Eranikus.

—¿Estás seguro? —preguntó el Aspecto.

La amargura se hizo más evidente.

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—Lo estoy. Se lo debo a mi Ysera.

La Vinculadora de Vida inclinó la cabeza. Un cálido y reconfortante