La búsqueda de Malfurion en Azeroth
La búsqueda de Malfurion en Azeroth
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Tempestira
Algo sucede en las tierras de Azeroth. Muchos de los adormecidos habitantes del
mundo sufren terribles pesadillas de las que no pueden escapar. Los pocos que despiertan
no encuentran ningún consuelo: visiones espantosas los asaltan mientras brumas que
ocultan formas dantescas se extienden por el mundo de la vigilia.
A medida que más seres caen víctimas de esta enfermedad, los druidas de Azeroth
luchan por sanar el enfermo Árbol del Mundo de Teldrassil. Uno de los druidas que acuden
es Broll Bearmantle, de corazón recio, que sospecha que algo oscuro se oculta tras el
debilitamiento de Teldrassil. El druida pronto recibe una llamada de auxilio de la suma
sacerdotisa Tyrande Whisperwind, que acaba de descubrir que Malfurion Stormrage, su
compañero que permanece en coma, se muere. Aunque la forma de sueño de Malfurion
lleva mucho tiempo perdida dentro del Sueño Esmeralda, últimamente su estado ha
empeorado. Aunque parezca extraño, el declive de la salud de Malfurion parece coincidir
con la enfermedad de Teldrassil y la siniestra fuerza que aterroriza a los durmientes de
Azeroth…
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Richard A. Knaak
Tempestira
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Agradecimientos
¡Un agradecimiento especial a todos los que han tenido que ver con este proyecto y con
mis otras incursiones en Azeroth! A la gente de Blizzard, sin ningún orden concreto… Rob,
Gina, Evelyn, Micky, Tommy, Jason, Glenn, Samwise… ¡y a todos los que me haya dejado!
¡Y, con el mayor reconocimiento, a Chris Metzen, que ha estado ahí desde el principio!
Para los más de doce millones que le han dado vida a Azeroth.
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“Entiendo que debo encontrar la verdad allá donde me lleve… incluso aunque acabe por
costarme mi propia vida…”
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Tempestira
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PRÓLOGO
BÚSQUEDA DE SANGRE
T hura estaba en pie al borde del gran abismo cortado a pico. La joven orca
apretó instintivamente su recia mano sobre el hacha mientras buscaba en vano un lugar por
donde cruzar. De miembros y torso gruesos y musculados, la orca era una diestra
luchadora, a pesar de haber llegado apenas a la edad adulta. Pero ahora sus anchos y toscos
rasgos expresaban algo más infantil, más temeroso, mientras corría arriba y abajo sin tener
éxito en su búsqueda. Frunció su amplia boca llena de colmillos. Thura sacudió la cabeza y
farfulló una protesta silenciosa, Su fosca melena castaña, que normalmente llevaba
recogida en una coleta pero que ahora llevaba suelta, caía sobre el lado izquierdo de su
cara.
Al otro lado estaba teniendo lugar una imponente batalla, que tenía en el centro un
solitario y fornido macho de su raza; alguien a quien conocía básicamente de recuerdos
infantiles e historias contadas por el gran gobernante orco Thrall. Delante de ella estaba un
guerrero canoso de rostro severo y brazos poderosos. Igual que ella, llevaba la falda y el
arnés de cuero de un luchador. Su cuerpo estaba cubierto de antiguas cicatrices de otras
batallas, otras guerras.
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Tempestira
su guardia. Pero siempre los mantenía alejados con su hacha, un arma asombrosa que
resultaba aún más fantástica por el hecho de estar “tallada en madera”.
No… tallada, no. Thura recordaba que un chamán la había inspeccionado y había
declarado que una gran magia habla “dado forma” al hacha de doble filo, una magia que se
rumoreaba que pertenecía al semidiós Cenarius. Cenarius había sido guardián de la
naturaleza, protector de los bosques.
Pero, fuese cual fuese el origen del hacha, claramente tenía su propia magia, pues
cortaba fuertes espadas y gruesas armaduras con la misma facilidad que atravesaba el aire.
Grandes destellos de siniestro fuego amarillo verdoso surgían de las heridas mortales
provocadas mientras caían uno tras otro ante la firme mano del orco.
Un aura esmeralda profunda, casi nebulosa, que no tenía nada que ver con las
llamas de la Legión Ardiente lo cubría todo, incluso al solitario campeón. El aura tenía un
ligero tinte azulado que se sumaba a la sensación de irrealidad del momento. Pero Thura le
prestó poca atención al aura. Su ansiedad crecía al tiempo que seguía sin encontrar un
paso.
El elfo de la noche tenía un rostro ancho y maduro que le daba más personalidad.
También tenía una frondosa barba verde. Sus brillantes ojos dorados, casi tan llamativos
como sus astas, se veían incluso desde la distancia.
Detrás del orco, en las manos del elfo de la noche apareció de repente una larga
vara de madera. Alzó la vara y, al hacerlo, el extremo más cercano adquirió
repentinamente filo. Delante de él, el orco mató a otro impetuoso demonio más, cortándole
la larga y estrecha cabeza, con sus cuernos retorcidos y todo.
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El elfo de la noche tocó con la punta de la vara la parte de atrás del cuello del orco.
Thura vio la traición demasiado tarde. Gritó en vano, pues sus palabras quedaron
ahogadas por la distancia y el ruido de las armas chocando.
En la parte de atrás del cuello del orco creció un pequeño brote. Parecía una hierba,
como las que Thura podría haber pisado mil veces al día. Pero esa hierba brotó
rápidamente, creciendo y creciendo en un solo latido.
El otro orco finalmente lo notó. Echó la mano atrás, pero varias hojas color verde
oscuro se aferraron a su muñeca. La hierba siguió extendiéndose, cubriendo el cuerpo del
indefenso guerrero. Al hacerlo, de las hojas empezaron a brotar terribles espinas, todas
apuntando hacia dentro. Pincharon al orco y, allá donde lo hacían, hacían salir la sangre.
El orco tembló. Se le abrió la boca y cayó sobre una rodilla. Los tentáculos de
hierba cubrieron su cuerpo hasta que lo ataron por completo. De las monstruosas heridas
continuaba manando sangre mientras el elfo de la noche observaba divertido.
Thura gritó el nombre del orco, incluso aunque ya era demasiado tarde para
salvarlo:
—¡Broxigar!
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Desapareció.
Se quedó tumbada un rato, aun tiritando a pesar de que en el bosque por el que
estaba viajando había una temperatura agradable. El sueño se repetía en su cabeza, tal
como ocurría cuando la orca no lo estaba reviviendo en sueños.
Con cierto esfuerzo, Thura acabó por levantarse. La pequeña fogata que había
hecho hacía tiempo que se había apagado, y ahora solo quedaban unos débiles hilillos de
humo. Soltando por un instante su arma, Thura echó tierra para sofocar lo que quedaba del
fuego y luego busco su bolsa. Agarrando el pequeño saco de cuero, recogió el hacha y se
puso en camino.
Siempre era así. Andaba hasta que se agotaba, cenaba y luego dormía hasta que el
sueño la despertaba y la dejaba en tal estado que sabía que era mejor seguir adelante. En
cierto macabro sentido, eso le parecía bien a la orca. Últimamente era arriesgado dormir, y
además cada paso la acercaba más a su meta, la acercaba más a vengar a los suyos.
Y más aún Se había dado cuenta de que la movía otra misión: evitar una catástrofe
que no sólo acabaría con su propio pueblo… sino con todo lo demás.
El orco, Broxigar, era el hermano de su padre, aunque los padres de éstos eran
distintos. Ella sabía de su legendaria defensa junto a sus camaradas contra la Legión
Ardiente, una defensa que bahía terminado con Broxigar, o Brox, como único
superviviente. Incluso de niña, Thura podía notar la culpa que él habla sentido por seguir
vivo mientras sus amigos habían muerto.
Y entonces Thrall, el gran líder orco, había enviudo al veterano guerrero a una
misteriosa misión con otro compañero. Ninguno de los dos regresó nunca, pero entonces
corrió el rumor de que un viejo chamán había devuelto la maravillosa hacha de madera de
su sueño y se la había entregado a Thrall. Aquel chamán también había contado que Brox
se había convertido en un héroe que había ayudado a salvar no sólo a los orcos, sino
también a todos los demás. Hubo quienes dijeron que al chamán le brotaron alas y se
perdió volando en la noche, transformándose en un ave gigante o un dragón.
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Thura no sabía si eso último era cierto, sólo que, cuando alcanzó la edad guerrera y
demostró su destreza, el propio Thrall le entregó la legendaria hacha. Era, después de todo,
la única pariente de Brox que quedaba, excepto por su único tío, Saurfang el Viejo, que
había perdido recientemente a su hijo en batalla. El hacha podría haber ido a cualquiera de
ellos, pero el chamán de mayor confianza de Thrall había visto en un sueño que debía
pasar a Thura. El por qué, nadie lo sabía, pero Thrall había seguido el consejo.
Thura se sintió honrada de llevar esa arma; una ironía, como sabía bien. Hacía
años, bajo la influencia de la maldición de sangre del señor demoníaco Mannoroth,
algunos orcos bajo el mando del legendario Grom Hellscream habían invadido los bosques
de Vallefresno y habían matado a Cenarius cuando les presentó resistencia. Aquello había
ocurrido antes de que Thrall le hubiese devuelto a su pueblo el respeto por la naturaleza.
La muerte habla sido lamentable… pero Thura no había tomado parte en aquello, así que,
con el sentido práctico de los orcos, asumió que el espíritu de Cenarius también lo habría
entendido.
En el momento en que Thura le puso las manos encima, sintió que era como debía
ser. Pero el hacha también trata algo más. Al principio no, ni siquiera durante los primeros
entrenamientos después de que se la dieran. No, su secreto no se había revelado hasta
después, y al principio ella lo había ignorado. Un sueño era sólo un sueño…
O no.
El elfo de la noche.
Y, aunque no podía decir cómo lo sabía, Thura también entendía que el elfo de la
noche seguía vivo y que podía encontrarlo. Lo único que tenía que hacer era prestar
atención al sueño. Cada vez que el sueño la despertaba, sentía la dirección que tenía que
tomar.
Brox había dicho su nombre, que resonaba en su cabeza desde la primera vez que
tuvo el sueño a pesar de que nunca se lo había oído decir al orco en voz alta.
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Thura levantó su hacha… el hacha que había sido de Brox. La orca le había hecho
un juramento a su tío muerto. Encontraría a Malfurion Stormrage sin importar lo lejos que
tuviese que viajar y sin importar a quién le obligara a enfrentarse su búsqueda de sangre.
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CAPÍTULO UNO
TELDRASSIL
U na sensación premonitoria que la elegante sacerdotisa elfa no había sentido
Y mucho de todo aquello se les podía atribuir a los druidas, que habían hecho
crecer el árbol.
Tyrande intentó no permitir que ni siquiera el más nimio de los pensamientos sobre
los druidas interfiriese con su necesidad de paz. Respetaba su trabajo, pues la naturaleza
había sido y siempre sería parte integral de la existencia de los elfos de la noche, pero
pensar en ellos, aunque fuese de pasada siempre le traía pensamientos y preocupaciones
acerca de su amigo de la infancia, de su amante Malfurion Stormrage.
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Pero, por encima de todo, lo más insistente era el recuerdo de las esperanzas y
sueños que habían compartido tras el conflicto. Habían hablado de empezar una auténtica
vida juntos, de que Azeroth ya no les exigiría grandes sacrificios.
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destino que ella hubiese escogido, pero tampoco lo dejaría, de tanto que deseaba ayudar a
proteger a la raza de los elfos de la noche.
Madre Luna, dame calma, rezó silenciosamente la suma sacerdotisa. Aunque había
vivido miles de años, la elfa de la noche parecía haber envejecido físicamente poco desde
aquel lejano día en que le confiaron el manto del gobierno. Aún le caía sobre los hombros
la exuberante melena de pelo azul medianoche y las mechas plateadas que conservaba
desde la juventud. Su cara era la de una joven doncella y, aunque habían empezado a
dibujarse algunas delgadas líneas en las esquinas de sus ojos plateados, eran más el
resultado de los últimos seis o siete años de auténtico envejecimiento que la marca de los
diez duros milenios que había vivido.
Pero intentar gobernar sabiamente durante más de cien siglos le había pasado
factura interiormente, motivo por el cual la suma sacerdotisa buscaba alguna que otra vez
un descanso mediante la meditación. Tyrande sólo quería una hora de vez en cuando, lo
que sin duda no era una petición exagerada a Elune. Aquí, bañada en la siempre presente
luz de la Madre Luna, solía encontrar fácilmente la concentración. Sin embargo, esta vez la
sensación de paz parecía esquivarla. Tyrande entendía los motivos, pero se negaba a ceder.
Se concentró más profundamente…
Tyrande dejó salir un grito ahogado. La pálida luz de la luna brilló, volviéndose
cegadora… y, por primera vez, dolorosa.
dominio bajo el cuidado de los druidas. Ciertamente, éste era el túmulo, el hogar, por así
decir, de uno de ellos.
Incluso en reposo, el orgulloso rostro mostraba las marcas del tiempo y un trabajo
incluso mayor que el de ella. Las sacerdotisas habían colocado su larga melena verde sobre
su pecho, donde parcela fundirse con su frondosa y larga barba. Tenía unas espesas cejas
angulosas que le hacían aparecer serio y contemplativo.
A Tyrande no le había pillado por sorpresa cuando vio por primera vez que las
astas empezaban a crecerle. Sólo las había considerado como el reconocimiento a la
grandeza que siempre había sabido que existía en Malfurion.
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Sólo gracias a las bendiciones de la Madre Luna Malfurion Stormrage seguía vivo.
Sus fieles mantenían con vida y saludable el cuerpo del Archidruida, esperando contra
viento y marea que llegase el día en que Malfurion volviese en sí. Esperando contra viento
y marea que su forma astral regresara de allá donde se había perdido en el Sueño
Esmeralda…
Las cuidadoras de Malfurion dieron un paso atrás. Parecían sombrías. Llevaban así
día tras día y conocían bien su deber.
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Un latido.
Con un grito ahogado abrió los ojos y acomodó la vista al brillo de Elune. Se
encontró de nuevo sentada en el templo. La estatua de Haidene se alzaba elegante sobre
ella. Todo era como lo recordaba, y Tyrande supo que lo que había experimentado había
tenido lugar quizás en el espacio de un breve aliento.
A pesar de tos esfuerzos y vigilancia de sus cuidadores, estaba claro que Malfurion
se moría.
***
Las amplias y poderosas alas del cuervo de tormenta batían con fuerza mientras el
ave se acercaba a la isla. De color marrón madera con salpicaduras plateadas en los bordes
de las plumas, era grande, incluso para un ejemplar de su especie. Una mecha plateada
inclinada coronaba su cabeza, y dos copetes iguales de plumas del mismo color colgaban
de ambos lados de su cráneo, dándole un aspecto mayor, casi sabio. Unos profundos ojos
plateados se asomaban por debajo del ceño, observándolo todo.
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Y, de hecho, como si se abriesen unas cortinas, la niebla finalmente cedió. Por fin
apareció la isla, empequeñecida bajo aquello por lo que se le conocía y cuyo nombre
llevaba. Desde la distancia, aquellos que tuvieran delante por primera vez la esplendorosa
visión habrían creído que estaban viendo una enorme montaña con lados marcadamente
perpendiculares. Pero, si pudieran observarlo a la luz del día y con un clima más benigno
que aquél que sobrevolaba el cuervo de tormenta, descubrirían que aquello no era una
montaña, ni siquiera, quizás, un gran edificio construido por alguien, sino que era algo
mucho más asombroso.
Era un árbol.
Ocupaba casi toda la isla, que no era pequeña. En las propias raíces del árbol estaba
el puerto, llamado Ru'theran por los elfos de la noche que lo habitaban. Estaba claro que la
isla existía simplemente para albergar al leviatán cuyo nombre llevaba y por el que todos la
conocían.
Diez mil años antes habían plantado sobre el Monte Hyjal el primer Árbol del
Mundo, Nordrassil, tras la destrucción de la fuente original de poder de los elfos de la
noche, el Pozo de Eternidad. Montado sobre el segundo Pozo creado por la traición de
Illidan, Nordrassil había servido a dos propósitos. No sólo evitaba que otros abusaran de la
magia del nuevo Pozo, sino que también impedía que la segunda fuente de poder creciese
demasiado con el tiempo. Bendecido por tres de los grandes Dragones Aspectos,
Alexstrasza la Protectora, Nozdormu el Atemporal e Ysera la Soñadora, el vasto árbol no
sólo protegía Azeroth, sino que estaba conectado a la inmortalidad y al poder de los elfos
de la noche.
Pero, hacia menos de una década, el venerable Nordrassil había sufrido terribles
daños durante la titánica batalla contra los mismos demonios, la Legión Ardiente, cuya
invasión inicial había causado que lo plantasen. Su estado debilitado había privado a los
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Y así, los druidas, cuyas aprensiones había calmado su nuevo líder Fandral, habían
plantado a Teldrassil, su sucesor.
Algo llamo por un instante la atención del pájaro, que giró levemente la cabeza
para observarlo. Entre las enormes ramas, el cuervo de tormenta vio movimiento entre lo
que parecían ser no una sola estructura de piedra, sino varias. De hecho, alzándose sobre
las ramas, se veía la parte de arriba de varios edificios.
Mientras volaba, otros asentamientos más pequeños pasaron ante su vista. De tan
grandes y accidentadas que eran las gigantescas ramas, incluso se veía un lago brillar con
luz trémula entre las hojas. Y, más adelante, sobresalía la cima de una montaña.
El cuervo de tormenta se acervó a las ramas más altas. Allí vio otra maravilla sobre
la más alta de las grandes ramas. Desde aquel prodigio llegaba luz no sólo de las antorchas,
sino de lo que parecían ser fragmentos de luz de luna viva.
El Árbol del Mundo recogía suficiente rocío como para crear y alimentar muchos
ríos, corrientes y lagos entre sus ramas, uno de los cuales era tan grande que parte de
Darnassus había sido construida sobre él. Los elfos de la noche habían usado el agua para
conservar el esplendor de los jardines del templo y el impresionante canal que cruzaba la
ciudad. Más al norte, al otro lado del canal, los druidas habían construido su propio
santuario, el Enclave Cenarion, envuelto en el bosque.
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Pero el pájaro se desvió, no sólo de Darnassus, sino del resto de las increíbles
ciudades anidarlas sobre la copa del árbol. Por tentadora que resultase, el destino del
cuervo de tormenta estaba mucho más abajo.
El enorme pájaro bajó hasta unos doce metros del suelo y luego, con habilidad
innata, arqueó las alas para frenar su descenso. Extendió sus garras al prepararse para
aterrizar.
Miró a su alrededor. No vio a ningún otro druida, aunque los sentía cerca. Le
pareció bien. Quería un momento de soledad antes de unirse a los demás.
Malfurion no sólo había sido su líder, sino que había sido el primer druida mortal
de Azeroth y había sido adiestrado por el semidiós Cenarius personalmente. La deidad del
bosque había visto en el joven elfo de la noche una cualidad única, un nexo único con
mundo y lo había alimentado. Y, antes de que Malfurion hubiese terminado su
adiestramiento místico, se vio arrojado a su primera batalla titánica contra los demonios y
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los miembros traidores de su propia raza… incluyendo a la mismísima reina de los elfos de
la noche, Azshara, y su desleal consejero Xavius. Muchos creían que, de no haber sido por
los esfuerzos de Malfurion, el propio Azeroth habría dejado de existir.
Pero recientemente, ahora que una paz duradera parecía posible, Malfurion había
reorganizado a los druidas y había intentado devolverlos a su camino original, a su
vocación primera. El pasado quedaba atrás, el futuro era un fascinante enigma que explorar
reposadamente. Ciertamente, Malfurion había dicho que estaban mejor ahora, sin su
inmortalidad, pues eso los obligaba a convertirse en parte de la vibrante vida de Azeroth en
lugar de ser un elemento formal e inalterable que simplemente observaba el paso del
tiempo…
Broll parpadeó, regresando al presente. Había notado que alguien más aparecía tras
él. Incluso antes de darse la vuelta, el elfo de la noche supo quién era. Ya sólo el olor
marcaba a ese druida en particular.
—Archidruida Hamuul Runetotem… has tardado poco desde la Cima del Trueno.
Pero lo que marcaba como distinto a Hamuul, no sólo de Broll sino de los demás
elfos de la noche, es que era un tauren. Unas pezuñas hendidas soportaban su enorme
cuerpo, y su cabeza era semejante a la de un toro, algo característico de la raza tauren,
aunque ninguno se lo podría decir a la cara sin arriesgarse a perder algún miembro. Tenía
un gran hocico en el que llevaba un anillo ceremonial y unos largos cuernos que se
curvaban hacia los lados y hacia delante.
Hamuul medía casi dos metros y medio, incluso con la característica joroba de su
raza. Su fino pelaje marrón grisáceo últimamente tendía más al gris que cuando Broll lo
había conocido. Hamuul llevaba dos gruesas trenzas, también encanecidas, que colgaban
sobre su pecho. La vocación druida le había llegado tarde y, en gran medida, naturalmente,
animada por Malfurion Stormrage. El tauren había sido el primero de su raza en unirse a
las filas de los druidas en casi veinte generaciones y, aunque ahora había más, ninguno era
tan hábil como él.
Entrecerró los ojos de color verde claro bajo su poblado ceño como si quisiera
añadir algo, pero decidió no hacerlo. El elfo de la noche asintió, y sus pensamientos
volvieron brevemente a cómo lo recibirían los demás. Se había esperado tanto de Broll
desde su nacimiento… y todo debido a un rasgo singular que compartía con Malfurion, un
rasgo singular que para Broll era un recordatorio siempre presente de sus carencias.
Las astas que sobresalían de sus sienes tenían casi cincuenta centímetros y, aunque
no eran tan impresionantes como las que adornaban al famoso Archidruida, ciertamente
eran dignas de verse. Desde la infancia habían marcado a Broll y eran consideradas una
señal de distinciones futuras. Incluso de niño le habían dicho que un día, algún día, sería
legendario.
Pero, mientras los demás habían visto en las astas un don de los dioses, Broll
rápidamente había acabado por considerarlas una maldición. Y, a sus ojos, su vida hasta el
momento le había demostrado que tenía razón de sobra.
Después de todo, ¿de qué le habían servido cuando había necesitado ayuda en el
momento más importante de su vida? Cuando Broll se había enfrentado a un ataque de
demonios y no-muertos dirigidos por el vil señor de los pozos Azgalor, parecía que al fin
todas las predicciones se harían realidad. Llevando el ídolo de Remulos, sus poderes
druídicos habían aumentado. El enemigo se vio obligado a replegarse mientras los
camaradas de Broll habían aprovechado su sacrificio para retirarse hacia el ejército
principal.
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—Ella estará siempre contigo. Los espíritus de nuestros seres queridos siempre
velan por nosotros —dijo el tauren.
—No has hecho nada malo —masculló—. Vamos a movemos. Los demás ya se
estarán reuniendo en el portal como es costumbre…
Y, si no… el elfo de la noche temblaba al pensar qué otro curso de acción, si es que
había alguno, les quedaría a los druidas…
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CAPÍTULO DOS
CÓNCLAVE
H acía días que Lucan Foxblood no dormía. Tanto por elección como por
necesidad. Incluso intentaba mantener al mínimo sus momentos de descanso, pues cada
pausa en su interminable huida significaba correr el riesgo de dormirse. Sin embargo,
siempre llegaba el momento en que el cartógrafo de pelo rojizo no podía seguir adelante,
en el que las piernas le cedían y caía al suelo, a menudo ya inconsciente y soñando.
Y sufriendo pesadillas… las mismas pesadillas que habían acosado a tantos otros
en lugares por los que había viajado como Villadorada, los Páramos de Poniente y su
propia ciudad de Ventormenta…
Lucan tenía el aspecto de alguien que podría haber sido soldado en otro tiempo y,
ciertamente, lo llegó a ser brevemente, aunque nunca llegó a luchar en ningún conflicto.
Pero ahora, con poco más de tres décadas de edad, parecía como si estuviese en medio de
una guerra. La túnica y los pantalones que una vez fueron de color marrón oscuro se
habían vuelto del color del barro, y el delicado bordado de las hombreras y los costados de
los pantalones había empezado a deshilacharse. Sus botas de cuero estaban manchadas y
cuarteadas.
El cartógrafo no estaba en mucho mejor estado que sus ropas. Aunque aún quedaba
evidencia de sus rasgos patricios, la palidez de su piel y el tiempo que hacía que no se
afeitaba le hacían parecer casi como una de las criaturas en lento estado de descomposición
de la plaga de los no-muertos. Sólo sus ojos, casi tan verdes como los de un gato,
mostraban algún brillo.
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Había perdido casi todas las herramientas de su profesión durante su febril éxodo, e
incluso la mochila en la que había guardado sus magras reservas y una manta para dormir.
Lucan no recordaba el nombre del último asentamiento en el que había encontrado
alojamiento. Apenas podía recordar su vida antes de que los sueños y pesadillas lo
poseyeran a veces ni siquiera estaba seguro de si esos recuerdos eran reales… o
recordatorios de las propias pesadillas.
La región por la que viajaba estaba densamente arbolada, pero, para el caso que le
hacía, tanto le hubiese dado que le rodeasen montañas de diamantes. Lucan Foxblood sólo
quería seguir moviéndose.
Lucan pasó por un hito que tenía un grabado que le hubiese resultado ilegible si se
hubiese dado cuenta de que estaba allí. Pero el escrito le habría resultado perfectamente
legible a un elfo de la noche que, al leerlo, hubiese sabido con toda certeza dónde estaba a
punto de llegar.
Auberdine…
***
Un viento más frío y violento encaró a Broll y al tauren mientras ponían rumbo
hacia donde Hamuul había dicho que tendría lugar el cónclave. Ambos druidas agacharon
las cabezas, empujando contra el viento como si fuese un enemigo. Hamuul no dijo nada,
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pero el tauren dejó salir un gruñido que pareció reflejar la creciente inquietud del elfo de la
noche.
El druida se quedó pasmado. Los ojos se le abrieron como platos por el terror.
Teldrassil había cambiado. Sí, las grandes ramas superiores estaban llenas de hojas,
pero muchas se habían secado y arrugado repentinamente mientras que otras ahora eran de
color negro y rizadas. Todas, incluso las que aún seguían verdes, estaban cubiertas de
agudas espinas.
Broll oyó la voz de Hamuul, pero era como si el tauren estuviese a kilómetros de
distancia. Las hojas seguían retorciéndose y ennegreciéndose, y ahora los frutos del gran
gigante también estaban cambiando. Entre las nudosas ramas habían brotado bayas
redondas de una palidez mortal del tamaño de su cabeza e incluso mayores, y emitían un
hedor de descomposición. Ningún druida, ningún elfo de la noche, se habría atrevido a
alimentarse de tales frutos, incluso aunque morir de hambre fuese la única alternativa. La
espantosa metamorfosis no dejó nada incólume. La corteza de Teldrassil se había agrietado
en muchos puntos, y a través de las grietas se podían ver venas palpitantes de savia
negruzca. La savia brotó primero como un goteo y luego fluidamente. Bichos diminutos
salieron del Árbol del Mundo, ciempiés y otras criaturas saliendo y entrando del tronco en
un número que indicaba una corrupción interior aún mayor.
Una sombra surgió desde Teldrassil, extendiéndose rápidamente más allá de los
dos druidas. Aunque el elfo de la noche no se volvió para observar su crecimiento, supo
inmediatamente que ya se había extendido más allá del alcance de Teldrassil hasta el
continente, infectando las tierras con la enfermedad del gigante.
Lo que había tomado por lluvia demostró ser en realidad un crujido de hojas aún
más violento. Las ramas se movían atrás y adelante con una fuerza tal que parecían querer
liberarse de las siniestras hojas.
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Hamuul se inclinó sobre él con expresión preocupada. Broll asintió con retraso y,
cuando se oyó un cuerno, se sintió agradecido por no tener que entender o explicar lo que
acababa de ocurrir.
El tauren parpadeó y siguió al elfo de la noche. Unos momentos después, los dos
alcanzaron el lugar donde Fandral había decidido convocar la reunión.
Había más druidas de los que Broll había visto en cualquier otro cónclave reciente,
y aún venían más desde la dirección opuesta. Dos en particular le llamaron inmediatamente
la atención. Una adusta joven estaba hablando con otro que, aunque parecía confiado y
ciertamente irradiaba mucho poder, apretaba constantemente los puños como si estuviera
ansioso por algo. Tanto Elerethe Renferal como Naralex se estaban lamentando, aunque
los motivos de cada uno eran distintos. Elerethe se había dedicado a salvar la flora y la
fauna del Valle de Alterac durante la última guerra entre la Alianza y la Horda, pero había
sido incapaz de evitar la carnicería provocada no sólo por los dos ejércitos en conflicto,
sino por un chamán orco. Después de la guerra había jurado restaurar el valle. Varios años
después, aún seguía intentándolo.
había caído en la locura, luego recuperó la cordura para de nuevo caer en la locura y así
sucesivamente, recuperándose sólo mediante la inesperada ayuda de una partida de
aventureros.
Sus miradas y las de varios más se fijaron en los recién llegados… y a Broll le
recordaron aún más su vergüenza. Cuanto más sintonizaba un druida con la naturaleza y su
vocación, más posibilidades había de que sus ojos tomasen el brillo dorado de la vida de
Azeroth. Así estaban marcados los grandes druidas.
Pero los ojos de Broll Bearmantle seguían siendo plateados con un ligero brillo
azulado que hasta ahora aparentemente había significado muy, muy poco.
Fandral caminaba descalzo por elección propia para mostrar su unión con la
naturaleza. La única señal de extravagancia por su parte se encontraba en su cintura: un
adornado cinturón que tenía un cierre color rubí y un anillo decorativo segmentado que
colgaba debajo. A lo largo de cada lado llevaba una larga serie d fragmentos de corteza.
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—El bosque es la sangrevida del mundo —repitieron Broll y los otros druidas.
—Me alegro de que tantos hayan respondido a la llamada tan rápidamente —dijo
después el Archidruida—. Debo confirmarles lo peor. Teldrassil está enfermo…
La noticia hizo que los druidas se mirasen los unos a los otros con cierta ansiedad.
En realidad, lo que Fandral les había dicho no era una gran sorpresa, pero resultaba
pasmoso que el Archidruida lo dijese sin ambages. Aunque casi todos los druidas habían
tomado parte en su creación, plantar Teldrassil había sido sugerencia de Fandral, y él por
encima de todos se encargaba de su cuidado.
Fandral Staghelm había sido el primero en sugerir el segundo Árbol del Mundo,
pero Malfurion siempre había bloqueado que la sugerencia pasara a más. Pero, a pesar de
la oposición de Malfurion, la lealtad de Fandral permaneció intacta. Tras el descubrimiento
del terrible destino del gran Archidruida, Fandral dio un paso adelante y, con pocas
protestas de los demás, asumió el puesto de líder.
Bajo su guía, los druidas del Círculo Cenarion habían determinado que el cuerpo
Lich debería permanecer en su túmulo, localizado en el reverenciado Claro de la Luna.
Allí, rodeado por las energías naturales del mundo y los cuidados mágicos de las hermanas
de Elune, el cuerpo, considerado perfectamente sano en cualquier otro aspecto por las
hermanas, no pasaría hambre ni sufriría por la falta de agua. Con esta decisión llegó la
esperanza de que, con lo poderoso que era, quizá Malfurion aún pudiera recuperarse.
Hasta hacía poco todo esto se les había ocultado a los elfos de la noche e incluso a
la mayoría de la Hermandad y de los druidas. Sin embargo, las crecientes preguntas habían
acabado por forzar a un reacio Fandral a alertar a los demás druidas, aunque no al resto de
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Tempestira
Pero Teldrassil era un motivo al menos tan importante, si no aún más, para los elfos
de la noche como raza. El propósito original para plantar el nuevo Árbol del Mundo era
recuperar su inmortalidad y aumentar sus poderes. Pero Fandral había señalado que el
árbol mágico podría ser también su única oportunidad para encontrar el cuerpo astral de su
fundador e iniciar su rescate.
Pero si Teldrassil está tan enfermo… Broll frunció el ceño y vio su aprensión
reflejada en los rostros de Hamuul y los demás.
Fandral caminó entre ellos. Su aguda mirada se posó brevemente sobre Broll.
Aunque obviamente no era la intención del Archidruida, la mirada volvió a recordarle a
Broll su terrible fracaso. Pero, por otra parte, ese recuerdo no estaba nunca lejos de su
mente.
—¡Hay más que esperanza! —proclamó Fandral—. ¡Los he llamado a este lugar,
aquí, junto a las raíces de Teldrassil, para que podamos ayudar a sanar al Árbol del
Mundo! —sonrió animadamente—. Y, cuando Teldrassil vuelva a estar sano, podremos
volver a concentrarnos en nuestra búsqueda de Malfurion Stormrage…
—Con esto —el Archidruida extendió la mano. En ella se encontraba un objeto que
todos reconocieron… y que hizo que de los labios de Broll saliera un grito ahogado de
consternación y sorpresa.
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Tempestira
dos patas. El tren inferior del cuerpo de Remulos era el de un orgulloso corzo, pero allí
donde la paletilla de las patas anteriores debería alcanzar el cuello, se alzaba un poderoso
pecho humanoide. Sus pezuñas estaban hendidas y eran fuertes. Como su padre, Remulos
era medio animal del bosque, mientras que la parte superior recordaba sobre todo a un
druida de los elfos de la noche. Pero ahí terminaban los parecidos. Sus manos acababan en
garras de madera y hojas, y su pelo y barba estaba compuesto de hojas, matas y musgo.
Remulos también era el guardián del Claro de la Luna. Broll se había preguntado si
el druida inmortal aparecería aquí, aunque hacía tiempo que Remulos no había aparecido
por los cónclaves. Se rumoreaba que había llevado a cabo su propia búsqueda de
Malfurion…
Pero Fandral no había enseñado el ídolo por sus méritos artísticos. Era un poderoso
objeto mágico capaz de ayudar a los hechizos de los druidas… si no provocaba más daños
antes.
Broll luchó por no horrorizarse al oír las palabras de Fandral, incluso aunque éstas
habían sido dichas con la intención de tranquilizarlo. Un rostro humano apareció en los
recuerdos de Broll, el de un hombre decidido de pelo oscuro cuya mirada hablaba de más
pérdidas de las que había sufrido el elfo de la noche que se había hecho su amigo. Varían
Wrynn había permanecido al lado de Broll cuando el druida había ido a recuperar la
maldita figura de las manos de un fúrbolg enloquecido. Ambos habían forjado una
profunda amistad anteriormente, siendo esclavos y gladiadores. Varian lo había hecho,
incluso aunque no tenía ninguna noción de su propio pasado, ningún recuerdo de que a
todo un reino le faltaba el hombre que había sido su monarca…
Fandral volvió a apartarse de Broll. Sostuvo la figurilla y luego señaló al Árbol del
Mundo.
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Los druidas asintieron. Broll se dio cuenta de que Fandral no había mencionado la
inmortalidad que su pueblo seguía sin recuperar, pero dado que Teldrassil aún no la había
devuelto, pensó que quizá fuera un asunto delicado para el Archidruida.
El Archidruida empujó el ídolo hacia uno de los otros druidas reunidos. El elfo de
la noche dio instintivamente un paso atrás.
Los druidas unieron sus manos, preparándose para comenzar su trabajo. Broll
despejó su mente de preocupaciones y mezquinos pensamientos mortales, y empezó a
entrar en trance meditativo. A su lado, Hamuul hizo lo mismo.
Volviéndose hacia Teldrassil, Fandral tocó el gran tronco con su mano libre. Sus
dedos recorrieron la rugosa corteza.
Algo se movió dentro del Árbol del Mundo, algo que todo druida podía sentir como
si fuese algo propio. Incluso en su estado de meditación, Broll sintió una tremenda
presencia uniéndose al cónclave… la esencia de Teldrassil tocando a todos los que habían
ayudado a hacerlo crecer.
El Árbol del Mundo era más que el hogar de los elfos de la noche. Estaba unido a
la salud de Azeroth. Enfermo, afectaba no sólo a su entorno inmediato, sino a las tierras
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más allá de la isla. Ni siquiera el aire ni los mares enfurecidos eran inmunes. Como poco,
un Teldrassil enfermo no podría mantener el equilibrio entre la naturaleza y la corrupción.
El suelo tembló, pero ni Broll ni ninguno de los otros sintieron miedo alguno, ni
siquiera cuando lo que parecían ser tentáculos surgieron de debajo de ellos.
Pero no eran tentáculos. Eran las mismas raíces de Teldrassil. Una raíz se movió
hacia cada uno de los druidas, arrastrándose hacia ellos como si estuviesen a punto de
atacarlos. Pero ninguno se movió. Sabían que Teldrassil no pretendía hacerles daño, sino
que les pedía ayuda…
Era una variación, formidable, por supuesto, de una de las maneras en que los
druidas entraban en comunión con la flora de Azeroth. Lo que no se podía ver era que las
raíces impregnaban sus mismos cuerpos, casi fundiendo en uno a los elfos de la noche y la
planta. Fandral sostuvo el ídolo de Remulos. Ahora brillaba con una débil luz verde; no
sólo el color del dragón al que representaba, sino el del auténtico animal conectado con la
figura. Ni siquiera Remulos sabía con cuál de los dragones verdes estaba conectada su
creación, pues esa elección la había hecho Ysera en secreto. Fuese cual fuese el dragón
elegido, había sido sin duda uno muy poderoso.
Broll sintió cierta inquietud cuando la magia de la figura los tocó a él y a la raíz de
Teldrassil, pero su confianza en el Archidruida venció a sus recuerdos de lo malvado del
objeto. La magia se filtraba en la mente y el alma del druida…
Broll no podía contener la euforia que lo llenaba. Se sintió como si todo Azeroth se
abriese a él, de tan profunda y lejanamente que se habían extendido las raíces del Árbol del
Mundo. Vio más allá de la isla, más allá de las aguas que la rodeaban…
Pero, antes de que su consciencia pudiese extenderse más allá, Broll sintió un tirón.
Una ligera debilidad lo alcanzó. Pero los pensamientos de Fandral llenaban su mente,
garantizándole a él y al resto que su plan era seguro.
El poder de los druidas fluía hacia Teldrassil, alimentándolo. Dándole fuerzas. Con
tanta voluntad y deseo tras su ofrenda, Broll estaba seguro de que, fuese lo que fuese lo
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que afectaba al Gran Árbol, sería derrotado y que entonces, como el Archidruida había
indicado, podría ayudarlos a rescatar a Malfurion…
Broll Bearmantle…
Oír su nombre hizo pedazos hasta el último rastro de calma del druida. ¿Conocía
esa voz? ¿Era…?
—Estoy bien —les dijo sin aliento—. Perdonadme por romper el hechizo…
—Tú no has tenido nada que ver con eso —comentó con perplejidad Naralex,
agachándose junto a Broll—. Hamuul llamó la atención sobre ti, y los que estábamos más
cerca acudimos rápidamente, pero tú no interrumpiste nuestros esfuerzos…
Naralex y Hamuul ayudaron al druida a ponerse en pie. Broll estaba ruborizado por
la vergüenza.
Pero, mientras hablaba, notó por toda la tierra que le rodeaba que los druidas ya no
estaban solos. Una presencia se acercaba rápidamente.
Broll miró hacia Fandral, que estaba en pie, dándole la espalda a Teldrassil,
mirando hacia el camino de su izquierda. Ahora le resultaba evidente que el Archidruida
había detenido el hechizo porque se acercaban forasteros.
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Un grupo se dirigía hacia el cónclave con seguridad. Quienes venían por detrás se
abrieron para proteger a su líder. Aunque eran elfos de la noche, no se los podría tomar
nunca por druidas.
Eran todas hembras y obviamente de una orden religiosa. Llevaban fundas vacías
en los costados y carcajes en la espalda. Broll pensó que debían de haber dejado sus armas
atrás por respeto a los druidas. Por sus cuerpos delgados y su gracilidad se podía ver que
estas hembras no sólo eran expertas en el uso de varias armas, sino también en el combate
cuerpo a cuerpo.
En esta partida eran once, aunque el número de miembros de su orden era mucho
mayor. Llevaban túnicas plateadas brillantes que les llegaban a los tobillos. El cuerpo del
vestido estaba adornado hacia la mitad por elegantes gotas de plata encapsuladas en unas
esferas azules. También llevaban cinturones arqueados de eslabones con cierres
decorativos. Las túnicas eran muy sueltas, lo que permitía libertad de movimientos a las
que tenían conocimiento de artes marciales. Incluso sin las espadas o los arcos, las once
suponían una fuerza bélica preparada.
Su líder rápida, casi impacientemente, observó a los druidas. Extendió las manos…
y por todo el cielo cubierto brilló repentinamente la mayor de las dos lunas de Azeroth
iluminando la zona.
Hubo murmullos entre los druidas. Fandral hizo gesto de que guardasen silencio.
Frunciendo el ceño, preguntó:
—Malfurion se muere…
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CAPÍTULO TRES
EL ÁRBOL
S entía cómo su cuerpo seguía retorciéndose lenta, espantosamente. Hacía tiempo
que los brazos se le habían contorsionado alrededor de la cabeza y los dedos se le habían
separado y estirado en varias direcciones. De sus piernas no quedaba más que un grueso
tronco porque los dos apéndices se habían fundido en uno y parecía que había sido hacía
toda una vida.
¿Cuánto tiempo había estado allí, rígido y sin moverse? ¿Cuánto tiempo había
pasado desde que había caído prisionero del Señor de la Pesadilla? ¿Qué estaba ocurriendo
en el plano mortal?
Como había hecho muchas veces ya, Malfurion Stormrage luchó contra la agonía.
Habría gritado debido al terrible esfuerzo que le suponía… si todavía tuviese boca. Su
monstruoso captor sólo había dejado intactos sus ojos, pues el diablo deseaba que viese su
propia transformación para que comprendiese lo desesperado de su destino.
creía que ella prefería a su gemelo pues, aunque era temerario, Illidan había avanzado
mucho en su aprendizaje de la brujería. Más aún, sus esfuerzos en la lucha contra la Legión
Ardiente le habían hecho aparecer como un salvador… al menos en los corazones de
muchos elfos de la noche y a veces también en el del propio Malfurion. Pero Tyrande, por
entonces aprendiz de Elune, aparentemente había visto algo mejor en el entonces bisoño
druida, algo especial. El todavía no sabía qué había sido.
¿Malfurion?
¡Tyrande! Si su llamada hubiese sido audible, estaba seguro de que podría haberse
escuchado desde kilómetros de distancia. ¡Tyrande!
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vocación, pero al final siempre había estado allí. Ahora… ahora, una vez más, Tyrande
había demostrado que nada se interpondría entre ellos.
¿Malfurion? Su llamada era más enérgica, más inminente. Casi como si estuviese
cerca…
Una forma sombría tomó cuerpo delante de él. Todo el dolor había abandonado
ahora su cuerpo astral. El Archidruida se sintió como si fuese a llorar al ver acercarse la
silueta de Tyrande.
Tyrande… Tyrande… pero sus llamadas quedaron sin atender, como si ella ya no
pudiese oírle. La suma sacerdotisa alzó una mano como si quisiera mantenerlo apartado.
El Archidruida estaba confuso. Sin embargo, antes de que pudiese intentar decir
algo, una segunda forma se materializó al lado de ella.
Malfurion se quedó sin habla. Conocía esa voz. Temía esa voz. Le recordaba a otro
fracaso más, quizá el mayor de todos.
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Illidan Stormrage era un demonio. Sobre su cabeza había unos enormes cuernos
retorcidos como los de un gigantesco carnero y grandes alas membranosas que le brotaban
desde los omoplatos. El aspecto de Illidan era una distorsión de su antiguo yo, con la
mandíbula más pronunciada y la boca llena de dientes afilados. Los pómulos eran más
altos. Una melena de desordenado pelo azul medianoche le cubría la cara.
Una tela cubría lo que habían sido los ojos mortales de Illidan. Ojos que el Titán
Oscuro Sargeras había quemado durante la Guerra de los Ancestros, la marca de la lealtad
de Illidan hacia el Señor de la Legión Ardiente. En su lugar, un abrasador fulgor verde que
distinguía al fuego demoníaco permitía al hermano de Malfurion no sólo ver el mundo que
lo rodeaba, sino todas las energías místicas inherentes a él.
Illidan, murmuró Tyrande con afecto. Con la mirada fija en Malfurion y con no
menos asco añadió Illidan, pero mírale…
El demonio avanzó hacia delante con sus pesadas pezuñas. Era mucho mayor de lo
que había sido cuando era elfo de la noche. Su pecho era ancho, ciertamente más ancho de
lo normal. El torso de Illidan estaba desnudo, excepto por unos arcanos tatuajes que
también brillaban con la luz verde del poder. Su única vestimenta eran unos pantalones
rajados, recuerdo de su pasado mortal.
El demonio la miró y le alzó la barbilla con una de sus garras. Yo nunca te haría
eso, amor mío… haría que tú y yo fuésemos uno…
Amor mío… puso sus dos garras sobre los hombros de ella.
De sus ojos brotó una llama que envolvió a Tyrande. Malfurion gritó, pero no
sirvió de nada. La Suma sacerdotisa estaba rodeada de fuego.
Tyrande volvió la mirada al Archidruida… pero ahora sus ojos eran unos orbes de
abrasador color verde. Frunció el ceño ante el indefenso Malfurion.
Pero Malfurion no sintió ningún consuelo en ello. No era la primera vez que sufría
una pesadilla tal, y cada vez le resultaba más difícil distinguir cuándo dormía y cuándo
estaba despierto. Su torturador jugaba malévolamente con él, un juego que el Archidruida
sabía que iba perdiendo lentamente.
E incluso aunque sólo hubiese sido una pesadilla, lo dejó más agotado, más
susceptible.
Quizás ya ni siquiera piensa en ti, dijo una nueva voz dentro de su cabeza. Después
de tanto tiempo, después de que la abandonases tan a menudo, después de que le dejases a
ella el destino de tanta gente mientras tú te escondías del mundo y de tu responsabilidad…
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La voz volvió, muy parecida a una venenosa víbora que se arrastrara por el alma de
Malfurion. Igual que abandonaste a otros tan importantes para ti; los abandonaste a la
traición, al encarcelamiento, a la condenación…
Una oscuridad aún mayor rodeaba al Archidruida preso, la única evidencia visible
de lo que se hacía llamar el Señor de la Pesadilla. De esa penumbra infecta surgían
docenas de tentáculos que entraban en Malfurion no sólo alimentando la alteración de su
cuerpo, sino buscando penetrar más allá en la mente del elfo de la noche mientras éste se
transformaba lenta pero inexorablemente en un árbol.
***
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—Lo sé… pero está más frío… la visión de Elune es cierta —se quedó mirando
fijamente—. Y sus ojos están perdiendo el dorado… como si estuviese perdiendo su
vínculo con Azeroth…
Se echó atrás, dejando sitio al Archidruida. Fandral pasó aún más tiempo con
Malfurion del que había pasado la Suma sacerdotisa. Murmuró para sí y pasó ambas
manos sobre el cuerpo. Broll le vio lanzar una pizca de polvos sobre el pecho y se preguntó
por las intenciones de Fandral. Las sacerdotisas y los druidas habían llevado a cabo
docenas de hechizos para ayudar a Malfurion no sólo en la conservación de su cuerpo, sino
en su posible regreso.
Quitándose una solitaria lágrima, el Archidruida dio un paso atrás. Broll rezó a los
espíritus del bosque para que lo que fuese que estaba intentando hacer Fandral funcionase.
Necesitaban a Malfurion más que nunca, especialmente si la enfermedad de Teldrassil
demostraba ser algo que estaba fuera del alcance de sus poderes curativos.
—Mis hermanas intensificarán sus esfuerzos —dijo Tyrande tras una breve
conversación con Merende y la pareja de sacerdotisas que atendían a Malfurion—. Sin
duda, Elune las ayudará a mantener el cuerpo vivo… al menos un tiempo… pero esto hay
que resolverlo pronto.
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—Aquí no podemos hacer nada más —observó Fandral con una respetuosa mirada
al cuerpo de Malfurion Stormrage—. Regresemos fuera…
Mientras los druidas y las sacerdotisas obedecían, Broll se dio cuenta de que
Tyrande había regresado para tocarle la mejilla a Malfurion. Luego su expresión se
endureció y caminó detrás de Fandral como si estuviese a punto de marchar a la guerra.
Pero era más que el aspecto físico lo que hacía al Claro de la Luna ser lo que era.
Como druida, Broll en particular podía notar la paz inherente a este lugar. No era nada
extraño que hubiese sido escogido como lugar sagrado para aquellos que compartían su
oficio.
—Ojalá yo fuese mi padre —se oyó una voz que trajo con ella una sensación
primaveral—. Ojalá lo fuese…
Los druidas no habían oído aproximarse a la figura, puesto que sus pasos no
provocaban sonido alguno. Inmediatamente se arrodillaron en señal de respeto, e incluso
las sacerdotisas saludaron la aparición de Remulos con una inclinación formal. Sin
embargo, no parecía demasiado complacido con los saludos.
—¿Tú, oh grande? ¡Sin duda tales palabras no podrían utilizarse para describir al
Señor del Claro de la Luna!
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El rostro, semejante al de un elfo de la noche, miró hacia los reunidos, mientras las
ventanas de su nariz se dilataban como le ocurriría a un corzo furioso. Se concentró
brevemente en Broll, que inmediatamente bajó la mirada y luego se volvió hacia Fandral.
—Son palabras adecuadas, Fandral, puesto que mis esfuerzos por buscar ayuda
para Malfurion no han servido de nada. Sigue dormido… y ahora ha empeorado, supongo.
¿Por qué otro motivo iba a venir al Claro de la Luna un grupo como éste?
El rostro de Remulos reflejó conmoción. Sus cuatro veloces patas dieron un paso
atrás sin hacer ruido, y unas coloridas flores silvestres brotaron de sus huellas.
Oír a Remulos hablar también de este modo añadía más credibilidad a los temores
que sentían Broll, Tyrande y los demás. Broll apretó los puños deseando por un momento
volver a la simplicidad de sus años como gladiador.
A pesar de lo breve que fue su movimiento, eso u otra señal notoria de emoción
hizo que Remulos volviese a mirarle. Pero las palabras de Remulos fueron para Fandral, no
para Broll.
—Sí, oh grande.
—Ten en cuenta lo que he dicho. Por ahora no puedo dar más motivos… pues yo
tampoco estoy seguro…
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—Esta noticia, aunque temible, me mueve a hacer otra cosa. Suma sacerdotisa,
tienes mis simpatías…
La respuesta de Tyrande fue cerrar brevemente los párpados. Pero para entonces
Remulos ya se había convertido en su entorno, desvaneciéndose como si se tratara de una
ilusión creada por las hojas y la flora del claro místico.
Y entonces desapareció.
—Puede que no quiera decir nada —señaló Fandral—. Como ha dicho Remulos,
sólo son rumores. Es probable que no sean más que eso.
Hamuul gruñó.
—He oído… de un orco de cuya palabra me fío… que hay una aldea en la que
cinco fuertes guerreros no pueden despertarse.
—Sí… supongo que tienes razón —una sombra amarga regresó a su rostro—.
Nunca debería haber ido solo. No, después de haber advertido a otros de tu oficio que
tuviesen cuidado de los cambios en el Sueño Esmeralda.
Broll observó que Tyrande cerraba los ojos por un momento y su furia se
transformaba en tristeza.
—Hizo lo que debía hacer, Tyrande Whisperwind, tal como nosotros haremos lo
que debemos hacer —respondió el Archidruida. Fandral parecía más tranquilo—. Y el
Árbol del Mundo Teldrassil sigue siendo nuestra mejor esperanza para salvarlo.
Fandral comenzó a decirle algo más a la Suma sacerdotisa, pero un ruido llamó la
atención de Broll, alejándolo de la conversación.
Como había ocurrido antes con Teldrassil, las hojas de los árboles y los arbustos de
todo el Claro de la Luna salieron volando, dejando mortalmente desnudos los tallos y las
ramas. Las hojas se alzaron al cielo… y luego cayeron con mortal puntería hacia los
reunidos. Según caían, volvieron a cambiar de forma para convertirse en las crecientes
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siluetas de criaturas con rastros de pezuñas hendidas y extremidades más de animal que de
elfo de la noche.
Pero entonces tuvo lugar un cambio con respecto a la visión anterior. Entre los
elfos de la noche y los monstruosos atacantes se formó una figura que fulgía con la luz del
Sueño Esmeralda. Broll pensó instintivamente en Malfurion, pero su cuerpo era más
pequeño y no estaba en absoluto formado como el de uno de los suyos. Más bien se parecía
cada vez más a…
—Broll Bearmantle, algo te aflige —Hamuul dio unos pasos para colocarse delante
de su amigo—. Los demás no se han dado cuenta, pues cuando te vi envararte me coloqué
de tal modo que pareciese que estábamos hablando. Incluso entonces, la falsa conversación
que mantenía contigo parecía no afectarte. Estabas… estabas como está nuestro shan'do.
Sintiendo cómo se le debilitaban las piernas, Broll tomó a Hamuul del brazo para
apoyarse. Cuando respondió, fue con una voz ronca que lo asustó.
—No. Una visión no. Era como si… como si Azeroth… u otra cosa… intentase
advertirme…
Dándose cuenta de que ahora tenía que confiar en alguien, Broll rápida y
calladamente le contó al tauren lo que había experimentado. Las ventanas de la nariz de
Hamuul se dilataban a menudo según escuchaba el relato. Como era habitual entre los de
su raza cuando se encontraban inquietos o excitados, el tauren resopló más de una vez.
—Deberíamos contarles esto a los demás —sugirió Hamuul cuando Broll hubo
terminado.
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—Fandral no verá nada más que ansiedad… o quizá locura. Para él, Teldrassil es la
clave… y probablemente tenga razón.
—Pero tus visiones… que, como dices, ya son dos… deben de tener algún
significado, Broll Bearmantle.
—No estoy tan seguro… si hay algo de verdad en lo que he visto… fuese lo que
fuese… ¿por qué soy el único que lo ve?
El elfo de la noche frunció el ceño y luego asintió. Sin nada más que añadir a la
secreta conversación, se apresuraron para alcanzar a los demás. Sin embargo, mientras
caminaban, Broll miró furtivamente al tauren mientras lo cubría un gran sentimiento de
culpabilidad.
Había omitido una cosa de sus visiones… o de la última, para ser precisos. Justo
antes de que Hamuul lo despertase del siniestro panorama, Broll había reconocido por fin
la figura que aparecía casi como un guardián contra el mal que caía sobre él…
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CAPÍTULO CUATRO
LAS SOMBRAS SE MUEVEN
—E sos perros sarnosos deben de estar en los pozos más hondos—gruñó el
alguacil Dughan a sus hombres mirando por las rendijas de su casco hacia una profunda
galería de la Cantera de Jaspe. Una nube de polvo se le atragantó, y se volvió para escupir
en el suelo—. Creo que es prudente hacer una parada momentánea.
Los sonidos metálicos de las armaduras resonaron por todas las paredes de la
galería mientras los quince hombres del alguacil relajaban sus posturas de alerta. Pero
Zaldimar Wefhellt, un mago mediocre de Villadorada que había acompañado al grupo en
su búsqueda, mantuvo su posición con la mirada fija en el oscuro túnel.
Localizada en las estribaciones norte del Bosque Elwynn, la cantera de Jaspe había
sido uno de los puntos clave de donde se extraía el metal que se necesitaba para construir
armas y armaduras. Pero con tantas presiones sobre Ventormenta, el número de fuerzas
militares que protegían las minas del bosque había quedado reducido a nada, y la Cantera
de Jaspe y las demás estaban horriblemente infestadas.
Dughan se quitó el casco. Tenía la cara ancha, el pelo corto, un bigote espeso con
perilla y había luchado bastante cuando era joven. Elegido Alguacil tras la misteriosa
muerte de su predecesor, Dughan, durante los últimos años, había traído el orden y la paz a
Villadorada, eliminando no sólo a los kobolds, sino a los lobos, los osos, los bandidos, a
los múrlocs, que parecían peces, y a otros.
—Esas alimañas van a luchar con dientes, clavos, martillos y hachas cuando les
ataquemos —dijo Dughan—, pero también estarán metidos en sitios estrechos… y ahí es
donde entras tú, Zaldimar…
El mago, con su túnica púrpura y azul inmaculada a pesar del polvo que cubría a
los demás, asintió gravemente.
—Ahórrame las explicaciones. Mata, hiere y asusta a todos los que puedas antes de
que tengamos que entrar. ¿Puedes hacerlo?
Zaldimar asintió. Dughan se volvió a poner el casco y luego le indicó al grupo que
siguiera adelante. Cortó varias telarañas gruesas que estorbaban parte de su camino, restos
de las enormes arañas de mina que solían alimentarse de cualquier cosa que fuese lo
bastante estúpida para entrar y, sobre todo, de kobolds. De hecho, al cortar una tela, un
viejo cráneo de kobold cayó al suelo. El traqueteo resonó por toda la mina.
Varios hombres tosieron por el polvo, que parecía más espeso de lo normal. Y no
tardaron en descubrir por qué. Una de las galerías laterales, un pasillo que habría llevado a
una salida secundaria para los mineros se había venido abajo. La mirada del alguacil se
topó con varias toneladas de rocas, tierra y vigas de madera destrozadas.
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—No importa —señaló Dughan—. Lo que importa ahora es que hace que nuestra
tarea sea más sencilla.
Zaldimar asintió. Los kobolds tenían un número limitado de direcciones por las que
moverse. Ahora las únicas salidas estaban cortadas.
Toparon con un cuerpo, pero no el que esperaban. Era una araña de mina del
tamaño de un perro grande. Con su veneno y otras armas, era más que capaz de atrapar a
un kobold… y posiblemente a un humano. Ésta había sido hecha pedazos. A la débil luz el
alguacil pudo ver varias huellas.
—Parece que los kobolds se están haciendo más listos. Atacan en grupo a las
arañas para matarlas.
Asintiendo ásperamente, Dughan apretó la mano con la que sostenía la maza con
pinchos. Con su mano libre el alguacil se limpió instintivamente el tabardo. La feroz
cabeza de león dorada y azul de su pecho brilló llamativamente una vez más. Volvió a dar
la orden de seguir adelante…
Una pequeña llama, como la de una vela, se materializó algo más allá… y luego la
apagaron repentinamente.
El mago se colocó en vanguardia. Levantó las manos e hizo gestos. Una luz
púrpura relampagueó acompañada por un sonido vibrante. El rayo arcano recorrió el túnel
hacia abajo, donde había estado la pequeña llama.
Un momento más tarde explotó… y volvió a explotar… y una vez más. La mina
tembló. Sobre los soldados cayeron pequeños fragmentos de roca y polvo, y el alguacil
maldijo negligencia del mago.
La galería quedó brevemente iluminada por un aura púrpura tan brillante que
Dughan tuvo que taparse los ojos. Del otro extremo llegó un coro de gruñidos.
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La galería estaba repleta de kobolds, había más demonios de cara de rata de lo que
se indicaba en los informes, muchísimos más. De repente los adiestrados soldados de
Dughan parecían muy poca cosa.
—Prepárense para una retirada ordenada —los conminó Dughan. Los soldados
estaban poco preparados para eso. En lugar de limpiar la mina, él y sus hombres estaban
ahora en peligro de que los matasen.
Delante de él, Zaldimar permanecía en silencio mirando a las criaturas mientras los
efectos luminosos de su rayo arcano comenzaban a disiparse.
Aunque no era mago, el alguacil sabía que Zaldimar necesitaba recobrar todas las
fuerzas… y deprisa. Agarró a Zaldimar por el brazo y lo apartó del resto de la partida.
—¡Debes intentarlo, Zaldimar! ¡Es muy probable… que nuestras vidas dependan
de ello!
Antes de que el mago pudiese responder, los kobolds se lanzaron hacia delante. Lo
que había parecido algo cómico y una amenaza sólo para los niños pequeños (los kobolds
no medían más de un metro veinte como mucho) era ahora una aterradora y peligrosa
amenaza para todos.
—¡Atrás! ¡Atrás! ¡Ustedes tres! ¡Mantengan las espadas delante, junto a mi maza!
Dughan empujo a Zaldimar detrás de él. Aunque el mago resultase ahora inútil, el
alguacil no iba a dejarlo para que lo matasen.
El primero de los Kobolds llegó hasta los defensores. Dughan golpeó a uno y luego
se enfrentó a otro mucho más grande.
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La vela en cuestión estaba sobre una pequeña palmatoria. Los Kobolds veían bien
en la oscuridad, pero en la mina todavía necesitaban iluminación en las zonas más
profundas.
Golpeaba una y otra vez. Aparecía una cara de rata tras otra sólo para ser derribado
por la experta mano del alguacil. A su alrededor sus hombres demostraban su habilidad
aplastando, cortando y apuñalando a los kobolds sin piedad.
El alguacil Dughan contó a sus hombres. Estaban todos presentes. Algunos tenían
heridas leves, sobre todo arañazos, pero seguían presentes y sanos.
Los otros sacudieron la cabeza. Dughan buscó entre los cuerpos allí donde había
visto a Zaldimar por última vez. No había rastro había rastro de la presencia ni de la del
hechicero.
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Tempestira
—¡Muévanse!
Pero, según se adelantaba el grupo una de las vigas más distantes se partió. Las dos
mitades quedaron colgando.
El techo de la mina se vino abajo en el punto más débil. Peor aún provocó una
reacción en cadena. Otras vigas se partieron.
Los hombres se echaron hacia atrás, pero entonces el techo se desplomó. El polvo y
la oscuridad cegaron a Dughan y a sus hombres, que se empujaban unos a otros buscando
escapar.
Topó con una zona despejada justo cuando el derrumbamiento remitía. Tosiendo, el
alguacil Dughan intentó forzar la vista y pudo ver las formas de al menos tres hombres.
—¡Recuento!
La devastación hacía que fuese inútil comprobar si los otros cuatro seguían vivos.
Dughan tenía que llevar a lugar seguro al resto de sus hombres. Sólo había una elección,
volver a donde habían luchado contra los kobolds. A veces los kobolds excavaban
madrigueras secretas en las minas; salidas. Al menos había esperanza.
—¡Síganme!
El sendero resultó ser más oscuro y largo de lo que recordaba. Sólo el fuerte hedor
le indicaba a Dughan que se estaba acercando al área. Pero, al llevar al grupo rápidamente
por el pasillo, chocó con un muro de roca.
—¿Qué es esto?
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Tempestira
El muro indicaba que debían de haber pasado de largo el sitio donde se habían
encontrado con los kobolds… pero ¿dónde estaban los cuerpos?
Dughan buscó a tientas en sus bolsillos algo con lo que iluminar la zona, pero no
encontró nada.
Zaldimar lo miró desde detrás de la luz. Dughan no pudo ver más que su cara. El
mago tenía una expresión demacrada e intensa.
Zaldimar asintió.
El ropaje del mago. Ahora llevaba una armadura negra con cráneos en las rodillas y
el pecho. Llevaba una capucha alta tras la cabeza. Los ojos le brillaban con un monstruoso
fulgor de color púrpura oscuro.
Algo se movió al borde de la luz. Golpeó el ama del alguacil. Al luchar por retener
la maza, vio un hocico que le resultó conocido.
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Tempestira
Y, según iba iluminando más, el alguacil Dughan vio que había muchos, muchos
más… todos los que él y sus hombres habían matado y, aparentemente muchos más.
—Ahora me sirven a mí… igual que yo sirvo a nuestro auténtico amo… —dijo
ásperamente Zaldimar con una expresión sonriente que daba a su cara el aspecto de un
cráneo—. Y como harás tú, buen alguacil…
—Maldito seas…
El aire se volvió espeso, desagradable. El fétido olor a kobold muerto estaba por
todas partes. Sin la iluminación mágica no podía ver a quienes se le acercaban.
—¡Sigan luchando!
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Tempestira
Pero entonces Dughan casi cayó de lado cuando algo arrastró al soldado. El
desventurado soldado volvió a llamarlo… y luego lanzó un grito escalofriante mientras el
familiar sonido de las armas clavándose en la carne resonó por las paredes.
El alguacil Dughan sabía que era su última carga. Sintió a los no-muertos kobolds
lanzarse sobre él. Por primera vez les brillaron los ojos con un aura de un blanco mortal
que le provoco escalofríos.
Y entre ellos vio la luz en los ojos de figuras más altas… figuras desgarradas y
golpeadas, por lo que podía ver.
Su chillido había sido agudo, lo bastante como para que se oyese en gran parte del
pueblo. Pero nadie, ni familia ni sirvientes, acudieron para saber qué le ocurría al alguacil.
No podían. En toda Villadorada no había nadie que pudiese… pues todos estaban en sus
camas. Todos estaban durmiendo.
***
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Tempestira
Quizá me esté volviendo vieja al fin, pensó. Entre los elfos de la noche, Tyrande era
una de las que más había vivido. Había sobrevivido a muchos amigos y a todos sus seres
queridos, excepto a dos.
Como reina, Azshara había decidido sacrificar a su pueblo por pura vanidad y
obsesión, y le había abierto voluntariamente las puertas a la Legión Ardiente. Su principal
consejero Xavius la había aguijoneado, y los dos contribuyeron en gran medida a las
incontables muertes causadas por los demonios. Tyrande deseó no volver a pensar nunca
más en Azshara, pero quedaban muchos recordatorios que la obligaban a evocarla.
Y, saliendo de los túmulos, ella, sus seguidoras y unos cuantos druidas usaron
tiendas creadas con lianas y hojas criadas por sus anfitriones.
Dentro había poca decoración, a Tyrande le importaban sólo las cosas básicas. Una
pequeña mesa de madera y un taburete suponían el único mobiliario y habían sido
provistos por los druidas. Había dejado su guja de luna junto a las mantas que le servían de
cama, que también estaban tejidas con hojas de Teldrassil. La antigua arma de tres filos era
una de las favoritas de su raza, y especialmente de los Centinelas de élite. Consciente de
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Tempestira
las muchas amenazas que se cernían sobre mundo, Tyrande practicaba a menudo con la
guja.
Tyrande giró y golpeó con la mano izquierda con los dedos formando una curva
capaz de aplastar una tráquea. Se elevó sobre los dedos del pie derecho y lanzó hacia arriba
la mano derecha… y de repente notó algo detrás de ella.
La Suma sacerdotisa se giró ferozmente sobre los dedos de los pies y lanzó una
patada a su atacante. Nadie debería haber entrado sin avisar. ¿Dónde estaban sus
centinelas? Aun así, Tyrande ataco solo para incapacitar, no para matar. A cualquier
intruso lo necesitaría vivo para que respondiese a preguntas.
Sin embargo, en lugar de golpear algo sólido, Tyrande observó cómo su pie
atravesaba una opaca figura negra y esmeralda. El sombrío asesino se disolvió en mil
fragmentos de niebla y luego recupero la forma.
Pero la elfa de la noche ya se había movido para coger la guja de luna. Al hacerlo
vio a dos pesadillescas más. Sus formas borrosas hacían que fuese imposible identificar
cualquier rasgo, pero a Tyrande le pareció que eran medio animales. Por algún motivo, eso
despertó un miedo irracional en ella.
En ese breve lapso, las otras dos sombras demoníacas se lanzaron. Tyrande blandió
la guja justo a tiempo, y los curvados filos los atravesaron a ambos.
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Tempestira
—¡Unngh!
Tyrande se retiró como mejor pudo, intentando recuperarse del ataque. No había
cortes ensangrentados donde las zarpas habían cortado, pero la elfa de la noche se sentía
como si tuviese aún clavados unos cuchillos de hielo. Una parte de ella quería soltar el
arma y lanzarse al suelo.
Un segundo grito, más terrible, salió de su boca cuando sintió unos puñales helados
clavarse en su espalda. Distraída por los demás, no había notado a otro atacante detrás de
ella.
La guja se le escapó de la temblorosa mano. Tyrande se preguntó por qué, con sus
dos gritos, nadie había aparecido para investigar. Quizá los demonios habían hecho que
desde fuera todo pareciese silencioso dentro. Los asesinos la matarían, y nadie lo sabría
hasta que alguien entrase en la tienda por otro motivo.
La luz plateada se intensificó mil veces más. Con un siseo, los monstruosos
asesinos se disolvieron como si en realidad no estuviesen hechos de nada más que de
sombras.
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Tempestira
De repente, todo se volvió negro como la boca del lobo. Tyrande dejó escapar un
grito ahogado. La luz de Elune había desaparecido, y de algún modo ella se encontraba
sentada en el suelo en postura de meditación. La Suma sacerdotisa miró hacia la guja, que
seguía sobre las mantas, donde había estado antes de que entrasen los intrusos. ¿O no lo
hecho? El dolor helado de su espalda regreso, o quizás era un escalofrió que le recorría la
columna. Tragó. Tenía la boca seca y el corazón desbocado.
—Espera.
—¿Señora?
***
noche. Era una extraña y, para muchos, inquietante, colección de personajes, pero a Broll
ya no le importaba lo que pensaran los demás.
Gruñendo, Broll intentó calmar su mente. En ese momento no podía hacer nada por
Valeera, a menos que tuviese ayuda… y eso le devolvió a su shan'do. Por primera vez se le
ocurrió algo o, más bien, intentó que se le ocurriese. La parte principal de la idea
permanecía fuera del alcance de su agotada mente. El druida intentaba una y otra vez
concentrarse lo suficiente, pero la verdad parecía escapársele cada vez más lejos. Casi…
Oyó un ruido entre los árboles que había detrás de él, un rastro como de un grito
ahogado.
Padre…
Padre…
Ahí estaba otra vez. Conocía esa voz mejor de lo que conocía la suya propia. Broll
tembló. No podía ser ella.
Miró a Hamuul, cuyos ronquidos seguían siendo regulares. El agudo oído del
tauren no había captado nada. Para Broll, eso confirmaba que sólo había imaginado que
oía…
Padre… te necesito…
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Tempestira
A pesar de ser consciente de ello, Broll sintió cómo se le aceleraba el corazón. Dio
un paso inseguro hacia la dirección de la que creía que había salido la llamada.
Padre… ayúdame…
Las lágrimas llenaban los ojos del habitualmente imperturbable druida. Recordaba
su papel en la muerte de ella. La vieja agonía volvió a azuzarlo. Regresaron los recuerdos
de la batalla.
¡Pero ella me llama! insistía la parte más básica de él. ¡Esta vez puedo salvarla!
Una sombra se movía entre los árboles delante de él, a lo lejos. Broll se dirigió
hacia la forma. De repente, el mundo del druida formó ondas. Los árboles se retorcían
como si estuviesen hechos de humo. La indistinta figura era cada vez más distante. El cielo
se volvió el suelo, y el suelo el cielo. Broll se sintió como si sus huesos se hubiesen
licuado.
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Tempestira
El canto de los pájaros y el susurro del viento le llegaron a los oídos, pero faltaba
otro sonido. Miró sobre su hombro derecho y vio a Hamuul devolviéndole una mirada
solemne. El Archidruida estaba apoyado sobre una rodilla sobre su tembloroso amigo.
—Me he despertado antes que tú, porque siendo de día y no siendo yo un elfo de la
noche, apenas he dormido una pequeña siesta. Te oí decir algo. Murmuraste un nombre
—continuó el tauren con ciertas dudas—. Un nombre que te resulta cercano.
—Anessa…
—Eso no ha sido natural, Broll Bearmantle… tan poco natural como tus visiones
anteriores… aunque distintas en todos los demás sentidos, creo.
—Sólo ha sido una pesadilla, Hamuul —y el tono de Broll le indicó al otro druida
que no le discutiese—. Ni eso ni lo otro significa algo.
—No te insistiré, amigo mío, pues sólo agravaría tu dolor… pero ambos sabemos
que no es así…
Antes de que se pudiese decir algo más, llegó del bosque un débil crujido de hojas.
Broll se tensó inmediatamente, y Hamuul abrió los ojos.
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Tempestira
De detrás de los árboles apareció una figura. Sin embargo, no era una sombra de
Anessa que hubiese regresado al plano mortal. Era una de las sacerdotisas que habían
acompañado a Tyrande hasta el Claro de la Luna.
—Mi señora desea hablar contigo, druida —le murmuró a Broll la delgada figura.
Su mirada pasó al tauren—. Querría que acudieses solo… con el debido respeto,
Archidruida…
La promesa del tauren significaba mucho para Broll. Asintiendo agradecido, el elfo
de la noche siguió el rastro de la sacerdotisa. Ya estaba pensando en los posibles motivos
por los que la Suma sacerdotisa de Elune y gobernante de los elfos de la noche buscaba un
encuentro secreto con él. Tyrande Whisperwind tenía algo en mente que deseaba que
supieran pocos… incluso el Archidruida Fandral Cordelada.
Y por, inquietante que fuese, Broll tenía la terrible sensación de que sabía lo que
ella quería.
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CAPÍTULO CINCO
LA TRAICIÓN DEL DRUIDA
—H a venido —le murmuro la guardiana a Tyrande desde la entrada de la
tienda.
—Dile que entre y vigila por si se acerca alguien —le ordenó la Suma sacerdotisa.
—No seas tan formal conmigo aquí. Broll. Nos conocemos desde hace tiempo.
Ella asintió.
—Muy bien. En cualquier caso, esto será breve… y desde este momento te digo
que tienes todo el derecho a rechazar mi petición.
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Tempestira
Broll alzó sus espesas cejas. Tyrande podría, si de verdad quisiera, complicarle la
vida ordenándole que hiciera lo que se antojara.
—Broll… tú eres el único presente aquí al que podría pedir esto. Malfurion
confiaba mucho en ti y por eso pongo mi fe en tus manos. Después de todo, llevas la marca
de la grandeza, y tus actos durante la Tercera Guerra han demostrado tu capacidad —miro
sus astas.
—Me halaga mi Señora… —el druida bajó la mirada—. Y exagera. El tiempo que
he pasado lejos de mi puesto difícilmente me habrá mantenido en su alta estima… —su
mirada se giró hacia la guja, que ahora estaba sobre la mesa.
Él dudó.
—Era la Madre Luna —dijo con total confianza—. Elune no engañaba a sus fieles.
Para su alivio el druida asintió por fin. La decisión de Broll le demostró que había
escogido correctamente.
—Te conozco a ti. Conozco a Elune —como la mayoría de los elfos de la noche,
Broll había crecido adorando a la Madre Luna. La llamada a seguir el camino de los
druidas había llegado después, pero de ningún modo había borrado el respeto que sentía
por la deidad—. Y, aunque la decisión de Fandral es sensata, han ocurrido cosas que me
llevan a pensar más como tú. Si tienes un plan, mi señora, me inclino por él, debe hacerse
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Tempestira
algo y, con el debido respeto al Archidruida Fandral, me Teldrassil será más una
distracción que un camino. ¿Qué tiene en mente?
No… sanar a Teldrassil sin duda tomaría demasiado tiempo, pensó el druida. Pero
Fandral no lo entendería…
Ella apartó la mirada. Mucho de lo que pretendía Tyrande estaba basado en lo que
había averiguado sobre los druidas a través de Malfurion. Era muy posible que la Suma
sacerdotisa hubiese hecho suposiciones falsas y, si era así, su plan había fallado incluso
antes de empezar.
—Mi señora… puede que sea la única oportunidad que nos queda… pero no será
fácil… a menos que…
Ella esperó, pero como Broll parecía seguir reflexionando, tuvo que preguntar al
fin:
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Tempestira
—Mejor será que no lo sepas —con expresión más decidida, Broll añadió—. Pero
iré.
Y el de Malfurion.
—He estado allí. No es un lugar que propicie el trabajo de los druidas… y, como
mis hermanos, prefiero otra manera de viajar. ¿Es allí donde nos encontraremos?
Broll gruñó.
—No hace falta si de verdad crees que es lo mejor para Malfurion, entonces…
confiaré en ti Suma sacerdotisa.
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Tempestira
***
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Tempestira
Fandral, un ave más grande con líneas plateadas en cada ala, impuso a los druidas
un ritmo rápido, deseoso de llega a Teldrassil. La visión era poco común, dado que sólo los
druidas más hábiles y poderosos podían aprender los misterios del vuelo. Ciertamente, con
la excepción de Broll, los demás eran Archidruidas reputados. Era otra pista de poder que
Broll tenía, aunque le faltaba la concentración para ocupar su verdadero lugar entre sus
hermanos. Que estuviese allí era cosa de Fandral, y eso hacía que Broll se sintiese aún más
culpable por lo que tenía intención de hacer.
Tras largas horas, el Árbol del Mundo apareció delante de ellos. Fandral se inclinó,
y la bandada descendió… y Broll, sigilosamente, se quedó atrás, dirigiéndose hacia arriba.
Batiendo sus alas tan fuerte como podía, el transformado elfo de la noche se alzó cada vez
más alto. El gran tronco de Teldrassil se erguía como una imposible bañera ante él, pero el
druida persistió.
Y entonces… la enorme corona apareció ante él. Broll el ave penetró entre sus
amplias ramas.
Parte de lo que parecía ser follaje se movió. Aunque sólo lo avistó un segundo, los
largos y afilados colmillos, el gigantesco cuerpo semejante a la madera y el manto de hojas
le bastaron al druida para reconocerlo como uno de los antiguos y primitivos seres que
protegían al Árbol del Mundo y el reino de los elfos de la noche, sino que también les
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Tempestira
enseñaba a los guerreros de Darnassus el rostro más oscuro de la naturaleza y cómo usarla
en combate.
Y si las cosas no salían como quería Broll, muy probablemente estaría muerto.
El druida ajustó su camino para evitar a otros centinelas más avezados ocultos entre
las ramas. Los centinelas la fuerza armada de Darnassus, protegían la corona de Teldrassil.
Los dirigía la ferviente Shandris Feathermoon, que era totalmente devota de su reina.
Había pocos más capaces o experimentados que Shandris, a quien Tyrande había
rescatado en el campo de batalla durante el primer conflicto contra la Legión Ardiente
hacía tanto tiempo. Shandris era huérfana, una de tantas. Bajo la tutela de la Suma
sacerdotisa, había llegado a convertirse en una de las guerreras más habilidosas de su raza.
Era perfectamente lógico que Shandris hubiese sido la sirviente es cogida por
Tyrande para esta misión crucial. La Suma sacerdotisa no le confiaría a nadie más una
misión tan desesperada. Ciertamente, Broll se sentía honrado de encontrarse entre sus
sirvientes elegidos.
Notando que estaba cerca de su destino, Broll apartó cualquier otro pensamiento.
Apenas un aleteo después, el cuervo de tormenta atravesó el follaje… hacia la zona de la
capital conocida como el Enclave de Cenarion.
Como ocurría con gran parte de Darnassus, era imposible ver que este lugar
sagrado era parte de una ciudad construida sobre el propio árbol. Árboles altos, robles y
fresnos particularmente, rodeaban el Enclave. Cada árbol tenía runas místicas grabadas en
la corteza. Dentro del claro circular creado, un puñado de estructuras únicas moldeadas de
los mismos árboles y piedras cuidadosamente esculpidas daban forma al lugar habitual
donde se celebraban los cónclaves. La mayor de las estructuras le servía de nueva
residencia a Fandral Staghelm.
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Tempestira
Broll aleteó hasta otra rama lo bastante oculta para evitar que lo viesen desde
dentro del Enclave, pero lo suficientemente cerca del sagrario del Archidruida. Su
incursión tenía que ser rápida pero cauta.
Todo parecía en calma, pero, mientras Broll estudiaba el edificio verde y carmesí,
notó las finas cuerdas de liana que lo cruzaban. Inclinando la cabeza, vio los diminutos
brotes en las lianas. Eran una sutil indicación de qué clase de plana decoraba el edificio…
y la única pista de la astucia de Fandral. A la mayoría de los otros druidas les habría
costado identificarla.
La pluma cayó flotando sobre un brote que se abrió inmediatamente. De este fluyó
una sustancia pegajosa que encapsuló la pluma, lo que hizo que cayese al suelo como una
piedra. La sustancia se había endurecido rápidamente.
Había cientos, quizá miles de esos brotes. En tal número podrían cubrir a Broll en
una prisión semejante, dejándolo atrapado hasta el regreso de Fandral.
Broll inspeccionó las lianas. Unas pocas abejas pasaron cerca de los brotes sin
peligro.
Un momento después, Broll oyó más zumbidos. Siguió emitiendo sus propios
sonidos y observó a las abejas reuniéndose delante de él. Volaron a su alrededor más con
curiosidad que otra cosa.
Sin embargo, ahora las abejas se amontonaban sobre los brotes buscando en vano
los capullos que les habían comunicado que se encontraban allí. Broll lamentó el
subterfugio, pero no tenía otra elección.
En el momento en que todos los brotes parecían ocupados, el druida se lanzó hacia
la ventana. Entonces vio moverse a algunos de los brotes. Sin embargo, la presencia de las
abejas impidió que le lanzasen su sustancia pegajosa.
Su tamaño apenas le permitió pasar, pero acabó pasando. Broll se posó sobre el
suelo y luego volvió a su forma normal. Sabía dónde guardaba Fandral lo que buscaba y
sabía que el Archidruida no consideraría a nadie lo bastante audaz como para cometer el
delito que ahora planeaba Broll.
Uniendo las manos, el druida probó el tejido del baúl. Notó los hechizos de cierre
que había usado Fandral y el modo en que el Archidruida le había dado forma al bambú.
Las tiras que sellaban la tapa se desataron. Broll dudó y luego abrió el baúl.
El ídolo de Remulos estaba allí. La figurita del dragón parecía impaciente por su
llegada.
Y de nuevo vio aquel ejército desatado y corrupto rodear la única persona que
quedaba a su lado. A su hija. La muerte de Anessa no había sido rápida. Se había quemado
horriblemente, y su carne se había agostado ante su mirada…
Ocultó la estatuilla dentro de su capa. Igual que el resto de sus ropas y efectos
personales, pasaría a ese lugar mágico al que iban cuando se transformaba.
Dejando salir un graznido de frustración, Broll aleteó y cogió la estatuilla con las
garras. Cuando por fin sostuvo el ídolo, se vio obligado a ir con mayor velocidad. Puede
que los demás no le prestasen mucha atención a un cuervo de tormenta volando, pero un
cuervo de tormenta llevando una estatuilla sin duda provocaría peguntas que preferiría
evitar.
Aleteando, Broll se dirigió hacia la ventana. Al hacerlo, su mirada recayó sobre una
figura colocada sobre una rama que hacía las veces de mesa o balda. La estatuilla tenía
runas grabadas, pero lo que le llamó la atención al druida por un momento fue a quién
representaba el ídolo. La figura era un elfo de la noche joven que se parecía mucho a
Fandral. Sin embargo, no era Fandral.
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Tempestira
Podía notar que las abejas empezaban a perder el interés. Con gran esfuerzo, Broll
se dirigió hacia la ventana. Fuera, el druida sentía a las primeras abejas marchándose.
Aleteó con más fuerza y plegó sus alas al atravesar la ventana.
Las abejas se apartaron a su paso. Demasiadas. Eso significaba que algunos de los
brotes estaban ahora libres.
Algo le golpeó en el ala cerca de la punta. Broll se vio empujado hacia un lado. Esa
acción involuntaria fue lo único que evitó que su cabeza acabase encapsulada en la
pegajosa sustancia.
Volvió a sentir un golpe en la pata derecha antes de ponerse al fin fuera del alcance
de los brotes. Ni siquiera entonces se frenó. Había hecho lo impensable, y su única
esperanza era que su loco plan marcase la diferencia.
Y, mediante el ídolo de Remulos, Broll esperaba poder contactar con esa ayuda…
si el intento no lo mataba antes.
***
Thura se abrió camino a través de la espesa vegetación sin que su mente práctica de
orca viese motivo alguno para no poder usar el hacha mágica para una tarea tan mundana.
Después de todo ¿para qué servía un arma si una no podía llegar hasta su enemigo?
Sentía que se acercaba a su meta. Puede que el viaje durase días aún o que acabase
al día siguiente, pero la clave para encontrar al traicionero elfo de la noche estaba ya cerca.
El bosque dejó paso al fin a un campo más abierto y al comienzo de una cordillera
de colinas altas. La orca vio varias cuevas de distintos tamaños entre ellas. Thura agarró de
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Tempestira
nuevo el hacha como un arma. Las cuevas podrían suponer peligros, especialmente en
forma de animales hambrientos o trolls.
Al entrar en la zona de colinas, Thura notó que un extraño silencio cubría la región.
¿Dónde estaban los pájaros? Unos pocos insectos anunciaban su presencia, pero no había
ningún animal grande que graznase o que volase. Eso sugería que la caza no sería buena
por allí… y que quizás ella se convertiría en la presa.
La cueva se extendía sólo unos pocos metros antes de acabar en una pared curvada.
Tras asegurarse de que no había aberturas ocultas que pudiesen albergar alguna amenaza,
la guerrera se colocó en un rincón que le proporcionaba visión de la cueva y de su entrada.
A la orca le llevó un momento darse cuenta de que el sonido había llegado desde
fuera. Luchando contra su agotamiento, Thura se levantó y se dirigió hacia la boca.
Agarraba con fuerza el hacha. El siseo no venía de una serpiente o un lagarto normales
sino de algo mucho, mucho mayor.
Thura esperó, pero no volvió a oír el sonido. Por fin dio un paso adelante,
preparada para enfrentarse a cualquier enemigo.
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Tempestira
De repente empezó a soplar un fuerte viento, tan fuerte que casi empujó a la
corpulenta orca dentro de la cueva. La zona oscurecida se volvió aún más oscura, como si
algo quisiera bloquear las estrellas y la luna.
Y, por un breve momento, algo lo consiguió. Una gran sombra atravesó el lugar
donde se encontraba Thura. Pasó más allá de ella, penetrando aún más en la zona.
La orca salió aún más de la cueva, intentando ver mejor. En la distancia, el enorme
cuerpo bajaba más allá del horizonte.
Tras esperar a ver si volvía a salir volando, Thura regresó a la cueva. Se sentó, pero
mantuvo el hacha aferrada. Un débil brillo se veía ahora en sus ojos.
Esto era una señal. La última vez que había dormido, había habido diferencias en el
repetitivo sueño. Al final había aparecido una señal de algo, una forma vaga, apenas
avistada, que sólo había podido identificar después.
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CAPÍTULO SEIS
DRAGONES Y ENGAÑO
M alfurion sintió la sombra cerca de él y supo lo que significaba. Estaba cerca
Las líneas de color esmeralda oscuro se extendieron más aún sobre él, y al
principio parecían formar dedos irregulares y huesudos que después se convirtieron en la
silueta de un gran árbol macabro que empequeñecía el árbol en que se había convertido el
druida. Pero por limitado que fuese su campo de visión, el elfo de la noche sabía que haba
una sombra… no había otro árbol.
Malfurion no contestó sabía que su captor aún podía sentir sus emociones. En ese
aspecto el Archidruida buscaba constantemente concentrarse en su interior. Cuanto más
calmado pudiese estar, más esperanza habría para los demás.
Entonces Malfurion estaba completamente perdido y, con él, quizá todo lo demás.
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Tempestira
La sombra creció y se retorció, casi como si se deslizase para ver mejor a su presa.
El propio Malfurion de repente se retorció y el doloroso árbol en que el que se había
convertido tomó un nuevo aspecto más vil. De las hojas de sus ramas brotaron flores
negras. Cada flor que germinaba era una aguja clavada en los ojos del elfo de la noche.
Había cientos que pronto cubrieron la mayor parte del torso.
De uno de los huevos surgió una cosa con tentáculos y alas. Y, al moverse,
rezumaba puro terror.
Por fin las espantosas criaturas dejaron al Archidruida. Se movieron por el pequeño
espacio que él podía ver, como si esperasen órdenes.
Cada vez hay más y más durmientes, amigo mío, más y más susceptibles a estas
mascotas y aquellos que las ven… Sus pesadillas me alimentan a través de ti y de los
demás…
Malfurion hizo cuanto pudo por no admitir esa verdad, que sus propios poderes
estaban ayudando a extender la Pesadilla más allá del Sueño Esmeralda, pero sí que se
preocupó. Una preocupación que afortunadamente su captor pudo notar.
P á g i n a | 84
Tempestira
***
Hay algo innombrable que busca dominar el mundo, pensó la figura encapuchada
mientras ojeaba una serie de esferas flotantes que tenía delante. Sentado en una silla
excavada de una estalagmita, la delgada, alta y casi élfica figura estudiaba la imagen que
se veía dentro de cada esfera. A su voluntad reflejaban imágenes de todos los lugares de
Azeroth.
Llevaba la túnica violeta del Kirin Tor, aunque su actual curso de acción era
decisión propia. Ciertamente, muchas de sus actividades les resultaban desconocidas,
incluso su líder, que había sido pupilo suyo y que entendía la verdad sobre él. La figura,
que a menudo observaba a las razas más jóvenes, tenía que concentrarse ahora en los
vuelos, pues tras muchos siglos de consistencia, las grandes criaturas aladas se encontraban
en estado de cambio. Ésa era una preocupación que a muchos les habría resultado
importante, pero especialmente a Krasus.
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Tempestira
mortal. Los ojos y las cicatrices eran las únicas muestras de su verdadera identidad, la del
gran dragón Korialstrasz.
También era el jefe consorte de la reina del vuelo rojo y el Aspecto de Vida, la
gloriosa Alexstrasza y, como tal era su principal agente cuando se trataba de proteger
Azeroth.
Y ése era su papel ahora, pues había surgido un problema que afectaba a sus dos
grandes preocupaciones: Azeroth y su raza. Un mal se estaba extendiendo no sólo por el
mundo mortal, sino que también había alcanzado en gran medida al Sueño Esmeralda.
Había intentado ponerse en contacto con Ysera, pero no había podido encontrarla. Y no
pudo localizar a ninguno de los dragones verdes, excepto a uno… y Krasus no querría
tener nada que ver con ése en concreto.
No tenía que preguntarse quién era el auténtico responsable. Para los demás, la
pregunta no tenía una respuesta definitiva, pero Krasus lo sabía. Conocía con toda su alma
la maldad que llevaba detrás.
Sólo podía ser el dragón negro, el Aspecto enloquecido que una vez se llamó
Neltharion el Guardián de la Tierra. Krasus se levantó. Tendría que actuar
inmediatamente…
Una risa familiar resonó por su sagrario de la montaña, un lugar oculto situado no
muy lejos de donde había estado la fantástica Dalaran, ciudad de los magos. Sin embargo,
ahora un enorme cráter marcaba lo que incluso Krasus se había visto obligado a admitir
que era uno de los hechizos más asombrosos, aunque potencialmente catastrófico, que se
habían formulado. La ausencia de Dalaran significaba que había pocos motivos para ir a
ese desolado lugar… a menos que buscasen al propio dragón mago.
Krasus se puso en pie. Instintivamente, movió la mano para despejar las imágenes
de las esferas y luego vió con temor que todos tenían una visión. Era un ojo, el ojo ardiente
del Destructor…
—Deathwing…
Al decir el nombre del dragón negro, las esferas explotaron. Los restos volaron en
todas direcciones por la cámara, golpeando las paredes de piedra, los salientes calizos y,
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Tempestira
sobre todo, a Krasus. El hechizo que formuló para escudarlo demostró ser inútil y la fuerza
de los cristales mandó volando a Krasus contra la silla de piedra.
Aunque tenía aspecto mortal, su cuerpo era más resistente que el de cualquier elfo
o humano. La piedra se agrietó, y tanto Krasus como la silla cayeron rodando. Sin
embargo, Krasus le prestó poca atención al choque porque el dolor provocado por los
muchos cristales que tenía clavados era mucho peor.
Aun así, se esforzó por ponerse en pie y preparar un contraataque. Aunque no era
tan poderoso como un Aspecto, Krasus se encontraba entre los más versátiles y astutos de
su clase. Además, Deathwing se había atrevido a atacarlo en su sagrario, donde había
varios elementos que le servirían al consorte de Alexstrasza.
Pero, en el momento en que reunió las energías que necesitaba para su hechizo, los
cristales brillaron. Una sacudida recorrió su cuerpo.
Los fragmentos que habían golpeado en otras partes por todo el sagrario se
desclavaron. Viéndolo, un dolorido Krasus se agachó. Su cuerpo comenzó a hincharse, y
sus brazos y piernas se retorcieron, volviéndose más reptilescos. De su espalda brotaron
los vestigios de dos alas membranosas que comenzaron inmediatamente a crecer.
—No…
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Tempestira
—Korialstrasz…
En respuesta, el dragón mago atacó su prisión con todo su poder mágico. Pero en
lugar de debilitar el disco, sus esfuerzos sólo provocaron que brillase con más fuerza.
—Esto no es posible…
Estaba soñando.
Su auténtico yo era el dragón que dormía. Estaba atrapado en Pesadilla como nunca
había experimentado.
Sabiéndolo, Krasus luchó contra lo que estaba ocurriendo. Su prisión no era real.
Deathwing no era real, todo era una ilusión.
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Tempestira
***
Las Hermanas de Elune estaban solas, los druidas se habían adelantado usando su
milagroso talento metamorfo. Tyrande no había insistido en que esperasen, ya que sabía
que Fandral estaba deseando marcharse. Eso le convenía.
Estudió el Claro de la Luna por un momento y les dijo a sus siempre fieles
guardianas:
Obviamente la sugerencia no les hizo gracia, pero obedecieron. Tyrande les dio la
espalda y regresó hacia la zona arbolada de la que había salido hacía poco. Se metió entre
los árboles, saboreando la luz de la luna y la calma del bosque.
—Nunca podrías ser ella, señora… eres una gobernante mucho más digna.
La recién llegada llevaba una armadura hasta el cuello incluyendo una placa
pectoral que marcaba sus formas, hombreras y guardas de metal acolchado y piel en las
piernas que iban desde las caderas hasta las botas a juego. Casi toda la armadura era de un
tono verdoso, aunque ribeteado de un color violeta semejante al color de la piel de la
mayoría de los elfos de la noche.
Tyrande se acordó de la huérfana a quien había salvado durante uno de los terribles
avances de la Legión Ardiente durante aquella espantosa guerra hacía unos diez mil años.
Aquellos temerosos e inocentes ojos eran ahora muy distintos. Shandris se había
convertido en la hija que Tyrande nunca tuvo… y no se parecía a la que hubiese esperado.
Shandris estiró el cuello, que estaba protegido por un collarín de piel y metal. Bajo
los ojos, los irregulares tatuajes que marcaban un antiguo rito de pasaje parecían ahora
burlarse de Tyrande, pues incidían en el temible aspecto de la joven elfa. La Suma
sacerdotisa nunca había querido convertir a la joven huérfana en una máquina de guerra,
pero lo había hecho.
—He venido a solas y en secreto a este lugar, como me ordenaste antes de salir de
la isla. Ahora quizá puedas contarme por qué. Por nuestra proximidad al Claro de la Luna,
supongo que tiene algo que ver con los druidas.
—Sí, tiene que ver con los druidas… y con Malfurion en particular.
Tyrande miró la luna buscando consuelo. Luego, poniendo una mano el hombro de
la general, murmuró:
—Gracias. Pero Elune también me ha dicho que esto va más alto mis inquietudes
personales y que debo hacer todo lo que sea necesario por el bien de Azeroth… y por eso
te he llamado.
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Tempestira
—¡Ordéname lo que necesites, señora! Haré lo que tú me digas, iré donde tú digas.
Mi vida es tuya… ¡siempre!
—¡Pídemelo!
—Ése es más guerrero que druida, señora —ofreció Shandris a modo de respuesta.
En su deseo por ser la mejor general posible, Shandris había creado una red de
recopilación de información que alcanzaba más allá de Darnassus y las tierras de los elfos
de la noche. Así, Vallefresno parte de esas tierras, caía fácilmente en su zona de influencia.
La expresión de Shandris se envaró, pero también tenía un tinte de aprobación.
—¡Sospechaba que tenías algo en mente, así que me he preparado con antelación
para un viaje largo! —los ojos de la soldado brillaban con ilusión. Shandris se puso en pie
con el puño sobre el pecho—. ¡Puedo salir inmediatamente de aquí! ¡Soy consciente del
peligro y de lo necesaria que es esta misión! No se le puede confiar a cualquiera…
Sus palabras cayeron como un rayo. Shandris se trastabilló hacia atrás. Miró a la
Suma sacerdotisa con la boca abierta.
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Tempestira
mayor deseo personal, puede que él también sea la única esperanza de Azeroth. Como
Suma sacerdotisa, debo ser la que acompañe a Broll…
Shandris asintió al fin. Pero, aunque estaba de acuerdo, la general todavía tenía
preguntas.
Hubo un breve momento de humor en la mirada de Shandris. Era una de los pocos
que sabía que el druida y su señora no siempre estaban de acuerdo en cuanto al modo de
gobernar de Tyrande, especialmente, cuando sus decisiones afectaban a los druidas y su
esfera de influencia. Luego, poniéndose seria de nuevo, continuó:
—¿Y Darnassus?
—A Darnassus debes protegerla tú, Shandris, como has hecho cuando he tenido
que irme por otros asuntos de estado.
Su énfasis en la última palabra era casi una exigencia para que Tyrande se
asegurase de volver. La gobernante de los elfos de la noche estiró el brazo y tocó la mejilla
de Shandris.
—Hija mía…
Al oír esas palabras, la endurecida guerrera saltó hacia delante y envolvió con sus
brazos a la Suma sacerdotisa. Shandris enterró la cara en el cuello de Tyrande.
—Madre… —susurró con una voz que sonaba exactamente como la de la asustada
huérfana de hacía años.
Luego, igual de rápidamente, Shandris se apartó. Aparte del rastro de una lágrima
que le corría por la mejilla derecha, volvía a parecer la experimentada general de las
Centinelas. Saludó a Tyrande.
—Tengo la montura justo para ti —dijo Shandris—. Como he dicho está preparada
para un largo viaje. Y no la hay mejor. No está lejos, sígueme.
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Tempestira
Después de casi cinco minutos, Tyrande oyó el arrastrar de patas de una gran
criatura. Como Shandris no mostró preocupación alguna, la Suma sacerdotisa hizo lo
propio.
El hipogrifo agachó su gran cabeza. Las criaturas aladas no eran simples animales.
Tenían inteligencia y eran consideradas aliadas, no sirvientes. Permitían que las montasen.
—Responde a "Jai". Si vuelas justo por encima de los árboles, las demás no te
verán marcharte. Me uniré a la partida en unos minutos, y luego las retrasaré un poco más.
—Gracias, Shandris.
—¿A qué?
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Tempestira
Shandris frunció el ceño ante la explicación, pero no dijo nada. Saludó una vez
más, se giró y se encaminó hacia las otras sacerdotisas.
La Suma sacerdotisa se quitó una lágrima de los ojos y luego volvió sus
pensamientos hacia el viaje inminente… y el menor de sus problemas no iba a ser
precisamente convencer a Broll Bearmantle de que la llevase a Vallefresno.
Al Gran Árbol.
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CAPÍTULO SIETE
AUBERDINE
B roll aterrizó justo más allá de Auberdine, ya impaciente por alearse de sus
inmediaciones. Aunque oficialmente era parte del reino de los elfos de la noche, la región
en general llamada Costa Oscura debido a la extraña niebla que tendía a cubrirlo todo, era
evitada por casi toda su raza. Había habido intentos de colonizar esa tierra, algunos de
ellos por parte de otras razas, pero todos habían fracasado. Había minas desperdigadas por
los campos, yahora muchas de ellas albergaban amenazas para los viajeros dispuestos u
obligados a pasar por la zona.
Auberdine era la única fortaleza, si podía llamarse así. Era un lugar sombrío no
sólo para los estándares de los elfos de la noche, sino incluso para los humanos o enanos.
La zona parecía estar perpetuamente cubierta por nubes de tormenta y un viento helado
que atravesaba el alma. Auberdine existía más por necesidad que por otra cosa, pues
Darnassus necesitaba un lugar cercano en el continente donde tuviesen lugar sus tratos con
el mundo exterior.
Los que habitaban la ciudad eran generalmente menospreciados por los habitantes
de la capital, un defecto que incluso Broll había sufrido a veces. La población de
Auberdine consistía en marginados e inadaptados. Cierto, había una guarnición de
Centinelas e incluso algunos druidas, pero permanecían tan apartados de la gente de la
ciudad como les era posible.
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Tempestira
Broll extrajo unas hierbas de la bolsa que llevaba a la cintura y las espolvoreó sobre
la sustancia. Como la nieve tocada por el sol, la sustancia se ablandó y luego se fundió. El
Ídolo de Remulos se cayó ignominiosamente al suelo.
Tras recuperarlo Broll miró hacia adelante, el camino estaba oscuro y aunque eso
no molestaba mucho al elfo de la noche, se preguntó por qué no había ninguna luz en el
horizonte a pesar incluso de la niebla. De hecho, no recordaba haber visto ninguna luz
mientras descendía. Auberdine debería haber estado lo suficientemente iluminada como
para poder verla desde donde se encontraba, aunque sólo fuese por las otras razas que
frecuentaban el asentamiento.
Con un gruñido, el druida siguió adelante. Podría haber aterrizado más cerca de la
ciudad, pero no quería llamar la atención sobre su presencia más allá de lo necesario.
Al alcanzar la cima de la colina, el druida se volvió más cauto. Seguía sin ver luces
en Auberdine y, estando tan cerca la niebla, no debería haber sido impedimento alguno.
Pero al levantar los brazos, se dio cuenta de que no estaba solo. El aleteo
inmediatamente le inspiró imágenes de Fandral persiguiendo al druida errante, pero lo vio
Broll en el cielo no era un cuervo de tormenta, sino la borrosa imagen de un hipogrifo.
La figura volaba bajo, justo por encima de los árboles. Y desapareció de su vista
antes de que pudiese hacerle una señal. Broll dudaba de que Shandris fuese a aterrizar
directamente Auberdine; igual que él, encontraría un lugar más allá de la ciudad. Ambos
estaban siendo extremadamente cuidadosos, pero era un rasgo que a Broll le había sido
muy útil en el pasado y sin duda también a la general… y tenía más sentido ante la extraña
falta de luz.
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Tempestira
su rastro lo mejor que pudo, pero Shandris no aparecía por ninguna parte, eso posiblemente
significaba que ya había aterrizado.
Auberdine no estaba muy lejos. Los edificios bajos de madera se alzaban ahora
como tumbas amortajadas. Como poco, los puentes y senderos debían haber estado
iluminados, pero lo único que Broll podía distinguir eran las siluetas en forma de arco de
lo que debían de haber sido un par de edificios.
Broll tocó un roble esperando averiguar alguna cosa, pero descubrió algo
inquietante. El árbol estaba dormido y ni siquiera el roce del druida pudo despertarlo. Se
dirigió a un segundo árbol, un fresno y encontró del mismo modo.
Más inquieto, Broll decidió entrar a la ciudad envuelta por la niebla. Curiosamente,
la niebla se espeso cuando entró. Incluso la aguda vista del druida sólo podía penetrar el
velo unos pocos metros.
Algo se movió más adelante. El ruido fue breve y repetido, pero Broll lo había
oído. Unos reflejos formados por su oficio y perfeccionados por sus años de luchador
permitieron al corpulento elfo de la noche saltar inmediatamente y ocultarse tras un
edificio. No creía que el otro le hubiese oído, lo que le daba ventaja al druida.
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Tempestira
Metiendo la mano en una bolsa, Broll extrajo un polvo que le picaba ligeramente
en los dedos. Ignorando la irritación, se asomó inclinándose.
Una forma gigantesca se acercó a donde estaba. Fuese el animal que fuese, lo había
olido.
La bestia dejó escapar un furioso graznido y saltó hacia delante. Broll se agachó
confiando en que la criatura no aterrizaría sobre él. Sin embargo, no sólo no cayó sobre el
elfo de la noche, sino que la bestia m siquiera cayó en el camino que tenía detrás.
En lugar de eso continuó hacia arriba, saltando por encima de uno de los edificios
cercanos. Una vez allí se posó y empezó a estornudar y gruñir.
Al mismo tiempo una luz plateada despejó la niebla que rodeaba a Broll. Éste se
giró a la su derecha.
Sus ojos se movieron de un oscuro rincón a otro, como si esperase que se uniesen a
ellos otros acompañantes menos deseados.
—¡Me dijiste que era Shandris la que se reuniría contigo! Esperaba que viniese
ella…
—También Shandris. Pero ésta tenía que ser mi misión… y cuanto más veo de esta
ciudad más entiendo que mi decisión ha sido la correcta. Si te hubiese dicho entonces que
vendría yo, podrías haberte negado y no podía permitirlo. Mis disculpas por el engaño.
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Tempestira
—¡Suma sacerdotisa, no deberías estar aquí! Algo terrible está teniendo lugar en
Auberdine…
Sobre ellos, el animal, el hipogrifo, como Broll había sospechado incluso antes de
atacarlo, dejó escapar un graznido grave y enfadado.
—¿Qué le has hecho a Jai? —preguntó la sacerdotisa en voz baja pasando una
mano por el pico de la criatura.
—Has tenido suerte. Me atrevería a decir que si lo hubieses intentado en otra parte
Jai no habría volado por encima de ti sino a través de ti. Pero él sabía que yo quería un
prisionero si era posible. Vivo.
Tyrande continuaba pasando la mano por la cara del animal y Broll comentó:
Un débil brillo cayó desde el cielo sobre los ojos del hipogrifo. Jai sacudió la
cabeza y luego pareció mucho más contento. Asintiendo satisfecha, la Suma sacerdotisa
volvió a mirar al druida. Su expresión permanecía seria.
Con el hipogrifo siguiéndola, Tyrande llevó a Broll hasta la casa más cercana.
Sorprendió al druida entrando en el domicilio sin dudarlo, señal de que las cosas estaban
aún peor de lo que había imaginado. Temía lo que podrían encontrar dentro.
El interior tenía algunas de las características del hogar de un elfo de la noche, pero
las plantas parecían enfermas, débiles. La niebla que cubría Auberdine había penetrado
dentro de la casa, lo que añadía una nota a la sensación de desastre inminente.
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Tempestira
Jai, demasiado grande para entrar por la puerta, miraba inquieto. Broll observó a
Tyrande asomarse a los dormitorios. Apartándose, le indicó a Broll que mirase también.
Con mucha cautela, el druida lo hizo. Los ojos se le abrieron como platos.
Dos elfos de la noche, un hombre y una mujer, yacían sobre alfombras tejidas. El
brazo de ella estaba sobre el pecho de él. Estaban completamente inmóviles, lo que le
indicó a Broll lo peor.
—Es igual en todas las otras casas donde he mirado —dijo solemnemente su
compañera.
—¿Están… dormidos?
A pesar de lo que ella había dicho, Broll no pudo resistirse a mover ligeramente al
elfo. Cuando no lo despertó con eso, hizo lo mismo con la elfa. Como último intento, Broll
los cogió a cada uno por el brazo y los sacudió. Apartándose el druida gruñó:
—Haría falta uno ciertamente muy poderoso para hacer todo esto —dijo la Suma
sacerdotisa. Señaló la puerta—. Ven conmigo. Quiero enseñarte otra cosa.
Salieron de la casa y, con Jai siguiéndolos Tyrande guió a Broll por un puente que
conectaba con las zonas más comerciales de Auberdine. La niebla ocultaba gran parte de
los detalles de la ciudad, pero Broll vio un cartel escrito en darnassiano y en lengua común
que decía “Taberna Último Refugio”.
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Tempestira
Broll sabía que la taberna, sobre todo, debería haber estado iluminada y animada.
Junto a la posada local, la taberna era uno de los pocos lugares públicos de reunión en la
ciudad.
Tyrande se inclinó junto a un humano. Estaba caído sobre una mesa y parecía que
se había desplomado allí de puro agotamiento. Tenía desarreglados el pelo y la barba, pero
su ropa, a pesar de tener algo de suciedad, era claramente la de una persona pudiente.
Cerca de él yacía un elfo de la noche, alguien de la ciudad. Aunque el elfo estaba de
costado sobre el suelo, sus manos seguían señalando al humano. Como el humano, el elfo
de la noche parecía extrañamente desmañado. Eran los que tenían peor apariencia, pero
todos los que dormían en la taberna tenían el aspecto de haber peleado.
—Una pelea muy educada, si es que fue así. Los únicos cardenales que he visto los
provocaron las caídas. Creo que estos dos se vinieron abajo —hizo un gesto señalando al
enano y a algunos de los otros parroquianos—. ¿Ves cómo están colocados los demás?
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Tempestira
—Debería haberme dado cuenta —y sí, el druida ahora veía que las mesas y las
sillas creaban una especie de barrera que miraba a la entrada y las ventanas—. ¿Pero para
defenderse de qué?
Broll entrecerró los ojos. De hecho, se había visto obligado a hacerlo más a
menudo estos últimos minutos a pesar de que tras la puesta de sol su vista debía haber sido
más aguda.
Se oyó un gemido que venía desde dentro, y Broll pasó junto a la Suma sacerdotisa
para investigar de cuál de los cuerpos tumbados en la parte de atrás de la taberna había
procedido. Luego se oyó otro gemido que venía de otra dirección. Broll lo identificó como
proveniente del elfo de la noche que estaba junto al humano. Se agachó junto a él.
—No… —Broll le giró la cabeza ligeramente al dormido elfo—. Creo que está
soñando…
Un tercer gemido acompañó a los otros dos. De repente, a su alrededor, las figuras
dormidas aullaron. A Broll se le erizó el pelo de la nuca al identificar lo que todas las
voces tenían en común: el miedo.
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Tempestira
—Esto está relacionado con Malfurion —dijo Tyrande con total confianza.
—Pero ¿cómo?
Una turbia figura pasó brevemente por delante y desapareció de su vista. Era más
bajo que un elfo de la noche, más de la altura de un humano. El hipogrifo empezó a
perseguirlo, pero Tyrande llamó quedamente por su nombre. El animal se detuvo.
Broll apenas había tenido tiempo de ver la figura antes de que volviese a
desaparecer entre la niebla.
—La niebla parece espesarse más alrededor de nuestra presa —Tyrande unió las
manos—. Quizá la Madre Luna pueda remediarlo.
El humano no sólo seguía moviéndose, sino que, ante los ojos de ambos elfos de la
noche, acababa de desaparecer.
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Tempestira
Broll no podía explicarse más, pero había habido algo en el modo en que el hombre
había desaparecido que le había parecido… familiar.
El druida se concentró en lo que había visto. El humano los había mirado, luego
había empezado a dar un paso…
Antes de que Broll pudiese detenerla, la Suma sacerdotisa se lanzó hacia el punto
en el que había estado el humano. Broll no podía negar que quizás el extraño fuese el
culpable como había dicho Tyrande, pero hasta él sabía que se necesitaba más cautela,
especialmente si su presa era un auténtico hechicero.
—No soy la Reina Azshara. Por favor, no me llames con títulos como "Gran" y
demás…
Más gemidos… el miedo que se oía en ellos era palpable… atravesó la espesa
niebla tan claramente como había hecho la luz de Elune.
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Tempestira
¿Qué me está pasando? Consiguió preguntarse. Broll no era dado al miedo, pero la
necesidad de rendirse era fuerte. Miró a Tyrande y vio que la mano en la que sostenía la
guja le temblaba y no debido al peso del arma. La boca de la sacerdotisa estaba tirante.
Hasta Jai mostraba señales de nerviosismo, y la respiración del poderoso hipogrifo se
agitaba más y más.
—¡No caeré de rodillas llorando como una niña asustada! —declaró Tyrande
bruscamente a las figuras que medio podía ver. Las manos le temblaban más a pesar de sus
palabras, lo que sirvió para alimentar la ansiedad creciente de Broll.
Por encima de la Suma sacerdotisa, emanaba una luz plateada que envolvía a
ambos elfos de la noche y al hipogrifo. Se extendía hacia las sombras, iluminando la
primera figura tambaleante.
Y a la luz de la luna vieron algo que estaba podrido y descompuesto. Miraba con
ojos vacíos y ciegos, y el rostro estaba desencajado por el dolor incluso en la muerte. Era
un rostro que Broll de repente identificó como idéntico al del elfo de la noche que yacía
sobre el suelo de la taberna.
Pero si la cara era la del durmiente, el cuerpo no. Más bien era la sombría silueta de
algo que Broll había esperado no volver a ver. El elfo de la noche tenía el cuerpo de un
demonio de la Legión Ardiente.
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Tempestira
—No… ¡no pueden ser ellos! —murmuró Tyrande—. Sátiros no… por favor…
sátiros no…
Los dos elfos de la noche se quedaron helados. Querían defenderse, pero las
monstruosas figuras que se acercaban los habían dejado a ambos tan abrumados que sus
cuerpos estaban paralizados.
En ese momento una nueva apareció justo delante del druida y sus acompañantes,
el andrajoso humano que habían estado persiguiendo. Se tambaleó, dirigiéndose hacia ellos
con la mirada perdida.
Broll parpadeó intentando ajustar su vista, pero parecía que la niebla se había
espesado… ¿o es que había desenfocado la vista? Las diabólicas formas con las caras de
los desafortunados habitantes de Auberdine eran de nuevo solamente formas borrosas. De
repente, el druida tuvo la sensación de estar cerca del suelo… y al palpar con las manos
descubrió que estaba de rodillas. Entonces se dio cuenta de que había estado soñando, que
los demonios sólo habían existido en su subconsciente.
—¡Por la Madre Luna! —le oyó gruñir a Tyrande, pero sólo en un débil eco—.
¿Qué…?
El humano de mirada vacía que había aparecido de la nada habló por fin entre la
oscuridad antinatural.
Auberdine no estaba. Sólo era un paisaje apenas visto. Broll intento concentrar sus
pensamientos el tiempo suficiente para comprender donde estaban, pero entonces el paisaje
cambió como si estuviesen corriendo junto a él a un ritmo imposible para cualquier
criatura mortal.
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Tempestira
Broll descubrió que se estaba moviendo. Esa revelación le hizo reaccionar e intentó
controlar su movimiento cuando aparentemente no debería haberlo hecho. El druida cayó
hacia adelante.
El suelo era duro, pero afortunadamente estaba cubierto por cierta vegetación. Broll
se las arregló para caer sobre una rodilla. Junto a él, Tyrande había tenido mejor fortuna y
había seguido dando varios pasos hasta poder controlar sus movimientos.
Fue la Suma sacerdotisa la que se las arregló para hablar primero. Sobre unas
piernas obviamente inestables, pero capaces de sostenerla, observó su entorno.
No era Auberdine y, a primera vista, no era ningún lugar que le resultase conocido
al druida. Sacudió la cabeza, intentando concentrarse mejor. Algunas cosas que acababan
de pasar empezaban a tener sentido… aunque no el que deseaba.
—¿Qué has hecho? —preguntó Broll—. ¿De verdad nos has llevado a través de…?
—¡Estoy tan cansado! ¡No puedo permanecer despierto! Por favor, no me dejes
dormir… —dejó escapar un ruido gutural y luego se desplomó sobre el elfo de la noche.
Tomado por sorpresa, Broll tuvo que sujetarlo rápidamente. Posó gentilmente al
humano sobre el suelo.
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Tempestira
—¡Es nuestra única pista para encontrar a Malfurion! —la Suma sacerdotisa se
agachó como si fuese a sacudir al humano y luego dudó. Su expresión se calmó
repentinamente—. Perdóname…
—No hay nada que perdonar —Broll miró al hombre—. Lleva unas ropas que
indica que alguna vez estuvo en la corte, pero aparte de eso, no puedo identificar nada.
El druida asintió.
—En eso estoy de acuerdo… y ningún mago podría haber hecho lo que ha hecho él
—el antiguo gladiador resopló. Ni tampoco ningún humano, enano o, ya que estamos,
tampoco muchos elfos de la noche… a menos que esté equivocado sobre lo que nos ha
ocurrido.
—¿Qué otra cosa ha podido ser si no magia? ¡Vieja magia, pero sin duda magia!
Nos llevó a todos… —Tyrande se detuvo—. A Jai no…
—¿Y qué ocurre con éste? Si no ha sido un hechizo, ¿cómo nos ha traído desde
Auberdine hasta aquí?
—Sólo hay un camino —el tono de Broll no podía ocultar su propia incredulidad
acerca de lo que estaba diciendo—. Creo… creo que quizá, por un instante… nos hizo
atravesar el Sueño Esmeralda.
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CAPÍTULO OCHO
LUCAN
A lgo distinto se movió cerca del amortajado lugar donde se encontraba
La forma era enorme, aunque no tanto como la sombra de un árbol gigantesco que
era lo único que Malfurion conocía de su enemigo.
La nueva forma se movía con una confianza y ligereza que molestaba al elfo de la
noche. Deseó que la espesa e inquietante niebla que rodeaba su diminuta prisión se
dispersara sólo por un momento para poder ver mejor y entender qué nuevo mal iba a
aparecer.
Estoy aquí… dijo una voz en su cabeza. Sin embargo, no era el Señor de la
Pesadilla, sino la nueva forma. Tampoco le hablaba a Malfurion, éste sencillamente la
había oído cuando hablaba con otro.
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Tempestira
Y ese otro apareció. La sombra del árbol se inclinó sobre el cuerpo retorcido de
Malfurion, y las ramas del Señor de la Pesadilla se estiraban como tentáculos hacia el
recién llegado.
La nueva sombra dejó escapar una risa burlona. Sí… así se hará… qué broma va a
ser.
De haber podido, el Archidruida habría fruncido el ceño. Esto no era una nueva
tortura para él… al menos no directamente. Más bien, su torturador tenía algunas tareas
para aquella otra sombra.
El velo no se iba a apartar. La forma seguía siendo sólo una forma. Pero el
Archidruida se concentró usando los mismos métodos que utilizaba para mirar dentro de sí
durante la meditación que precedía al abandono del cuerpo por parte de la forma astral.
Notar todo lo que provenía de esa inquietante visita se convirtió en la única misión de
Malfurion. Lo había intentado con el Señor de la Pesadilla y había fracasado, pero, s. no
esperaban que lo volviese a intentar con el recién llegado…
La mente de Malfurion se vio golpeada por una fuerza mental tan grande que lo
aturdió momentáneamente. Eso tuvo el curioso efecto de aminorar su dolor, aunque sólo
por un segundo.
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Tempestira
Las ramas de sombra pasaron sobre sus ojos casi como si quisieran arrancárselos.
Pero Malfurion era consciente de que sus ojos eran probablemente la parte que más a salvo
estaba de su cuerpo astral. El mal que lo retenía quería que viese, incluso aunque no
hubiese nada que ver… o quizá porque no había nada.
¿Quieres ver? Pero si sólo tenías que pedirlo, amigo mío… es lo menos que puedo
hacer por alguien que cede tanto ante nuestros deseos…
Las ramas se estiraron hacia delante, separándose en dos grupos que a su vez
actuaban como manos monstruosas que apartaban la niebla… revelando por primera vez
en qué se había convertido el reino esmeralda.
Las ramas se apartaron. La niebla se volvió a cerrar una vez más en tomo al
atrapado Archidruida.
La voz burlona llenó su cabeza. La alegría que denotaba era como puñales que
constantemente zaherían la mente del elfo de la noche. Y estamos en deuda contigo por
tanto de esto, Malfurion Stormrage… por tanto…
Pero lo que su captor no sabía era que el elfo de la noche también había descubierto
algo que deseaba saber. De hecho, dos cosas significativas. Una era la identidad del Señor
de la Pesadilla. La respuesta debería haber sido obvia, pero el sufrimiento constante de
Malfurion había hecho necesaria la repentina furia de la criatura para que se mostrase.
Ciertamente un dragón verde servía al mal… pero no cualquier dragón verde. Rezó
para que Ysera lo supiera, no fuese a ser tomada por sorpresa. Si la Señora del Sueño
Esmeralda era capturada, entonces sí que todo estaría perdido.
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Tempestira
***
A pesar de lo que habían visto, a pesar de lo que aquello podría suponer para ellos,
Tyrande y Broll sabían que también tenían que dormir. La terrible lucha en Auberdine los
había agotado más de lo que habían creído.
Miró al cielo, que pasaba de gris a negro. Había pasado un día, un valioso un día
mientras esperaban que el humano despertase. Aunque murmuraba entre sueños, no
actuaba como los habitantes de la ciudad. Puede que sus pesadillas fuesen vividas, pero no
habían cobrado vida.
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Tempestira
druida habían acordado que era inútil volver a intentar algo tan fútil. El humano había
permanecido inconsciente a pesar de sus primeros y enérgicos intentos. Parecía que no se
despertaría hasta que él lo decidiese así.
Éste se dio cuenta del cambio de su expresión, fijando por primera vez su atención
en el humano.
—También yo. No actúa como los otros, pero dormir el día entero y la mitad de la
noche anterior…
Ella acabó por decir lo que había estado pensando casi todo el tiempo que había
estado despierta.
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Tempestira
—Algo que había planeado hacer más allá de Auberdine de todos modos —de su
capa extrajo lo que había tomado de la vivienda de Fangal—. Es hora de que intente que
mi robo sirva de algo, si es posible.
—Sí.
—Puede que sea nuestra mejor esperanza si conseguimos usar bien el portal.
—Remulos dijo que estaba conectado con un dragón verde de un gran poder. El
Aspecto Ysera no le quiso decir quién cuando añadió su influencia en su fabricación.
Remulos sospecha quién es, igual que yo, desde que traté el tema brevemente cuando quise
limpiar la corrupción el ídolo. Aunque no sabía el nombre, sentí su gran poder. Debe de ser
uno de sus consortes.
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Tempestira
Tyrande estudió la figurita rezando para que el druida le mereciera la pena el precio
que iba a pagar… y también a los demás.
Broll colocó la figurita en el suelo delante de él y se sentó con las piernas cruzadas.
Los ojos del dragón miraban directamente a los ojos del druida.
—Estoy intentando algo distinto. No quiero usar el propio ídolo —de repente se
cortó—. De hecho, nunca pensé que volvería a ver este maldito objeto…
La Suma sacerdotisa no dijo nada, consciente del dolor que le había causado a
Broll su anterior encuentro con la figurilla. Conocía la angustia que había sufrido cuando,
debilitado, no pudo salvar a su hija de las retorcidas fuerzas del ídolo. Él hablaba más para
sí mismo que para ella.
Colocando las palmas de las manos frente al ídolo, Broll comenzó a murmurar. El
ídolo seguía conectado con el dragón, allá donde estuviese. El druida esperaba entrar en
ese enlace y tocar la mente del dragón. Tyrande sabía exactamente por qué. El dragón
verde podría darle una pista de qué era lo que estaba ocurriendo, pero, aún más importante,
era posible que pudiese ayudarlo a pasar hacia el Sueño Esmeralda. Antes, el ídolo podía
hacerlo. Broll lo había utilizado de ese modo cuando luchó contra su propia furia al
manifestarse su cuerpo de oso. Pero eso había sido antes de que la Pesadilla hiciese que
hasta los lugares intactos fuesen difíciles de alcanzar. Sin duda tener a uno de los
guardianes de ese reino de su lado aumentaría las posibilidades no sólo de supervivencia,
sino de éxito.
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Tempestira
Era un recordatorio de lo que ella debería haber sabido bien, pues había
experimentado las enseñanzas de Cenarius y había luchado junto a su amado y otros
druidas. Azeroth formaba gran parte de un druida, los afectaba constantemente. Malfurion,
tan compenetrado, sin duda lo sentía todo mucho, mucho más que Broll.
El verde oscuro empezó a crecer hasta la corriente mágica que surgía a través del
plano de Azeroth, hasta allá donde ahora se encontrase el dragón. Pero apenas había
empezado a hacerlo cuando pareció fallar. Había resistencia.
La resistencia se debilitó.
El humano estaba entre ellos, con la mirada tan enloquecida como antes. Estaba
medio de rodillas, intentando alcanzar desesperadamente el ídolo.
La otra parte…
La Suma sacerdotisa lanzó una patada. Sin embargo, su objetivo su objetivo no fue
el humano, sino el ídolo de Remulos.
La figurita del dragón salió por los aires. Rebotó contra una elevación y luego cayó
sobre una piedra pequeña.
Broll, con su hechizo destrozado, miró a la pareja con una mezcla de frustración y
confusión.
—Por el Árbol del Mundo, ¿qué estás haciendo? —le preguntó a Tyrande. El
druida se puso en pie y agarró al humano por el cuello—. ¿Qué maldad tramas? ¿Qué le
has hecho a ella?
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Tempestira
La boca del hombre se movió, pero de ella no salió ningún sonido. Las imágenes
que Tyrande había visto a su alrededor desaparecieron y aunque se esforzó por grabarlas
en su memoria, se desvanecieron en el olvido… igual que los sueños, tanto alegres como
oscuros, suelen hacer.
Pero se acordaba de una cosa. Saltando al lado de Broll, lo contuvo para que no
asustase más al harapiento humano.
—¿Ayudarnos? ¡Te engañó para que rompieses el hechizo justo cuando empezaba
a funcionar! —pero respetando claramente su opinión, Broll aflojó su presa.
—¿Quién eres? —preguntó Broll con un tono mucho más amable—. ¿Cuál es tu
nombre?
—No te preocupes por eso —le urgió calmadamente Tyrande—. Dinos, ¿cómo
sabías que corríamos peligro?
—Yo… sólo lo sabía. Tiene… tiene que ver con ese lugar en mis sueños… Los
sentí entonces… sentí algo cerca…
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Tempestira
—No… tiene razón Broll. Había algo siniestro acercándose a nosotros, por eso hice
lo que tenía que hacer. En esto, confió en sus palabras.
—No te lo había dicho antes, pero, mientras dormías, he hecho un breve vuelo. No
he reconocido dónde estamos, pero pensé que, si lo volvía a intentar, podríamos tener una
idea mejor de qué hacer ahora.
—¿Y el ídolo?
—¿Qué pasa con él? Si no usamos la maldita figura, no será peligrosa. Puede
quedarse aquí hasta que vuelva.
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Tempestira
Como tantos otros, pensó la Suma sacerdotisa recordando las vidas perdidas en la
última batalla. Y ahora… ¿qué viene a provocar el caos en Azeroth esta vez?
Broll salió volando, interrumpiendo sus pensamientos. Ella y Lucan miraron con
admiración al enorme pájaro alzarse en el cielo. Tyrande envidiaba este poder en concreto
del oficio de Malfurion. Poder volar así…
Pero apenas había alcanzado el cuervo de tormenta una altura respetable cuando
bajó inmediatamente de regreso hacia sus compañeros. Lucan simplemente miró, quizá sin
entender, pero Tyrande sabía que Broll no habría regresado tan pronto si no fuese por algo
importante.
Agarró el ídolo antes de que Broll llegase hasta ellos, segura por algún motivo de
que tendrían que irse. El rostro del druida cuando retomó su forma era la confirmación de
que su idea estaba, al menos, muy cerca de la verdad.
—¿Qué has visto? —terció Tyrande—. ¿Estamos cerca del territorio de la Horda?
Agarró a Lucan por el brazo y empezó a tira de él hacia una de las zonas más
accidentadas. Tyrande se puso a la altura del druida con el ídolo bajo el brazo.
Broll resopló.
—No… posiblemente una pesadilla aún mayor —señaló con un dedo hacia arriba y
al este—. Tenemos un dragón ahí… y es negro.
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Tempestira
***
Thura observó a los desconocidos desde una colina al oeste de donde éstos se
encontraban. Dos elfos de la noche y un humano.
La ancha boca de la orca se abrió en una amplia sonrisa entristecida. Estoy aquí por
ellos, decidió. Me llevarán a él… me llevarán hasta el tal Malfurion… ese traidor de
camaradas y destructor de vidas…
Había visto al druida usar la magia, convertirse en un ave que podía volar alto.
Todavía más que la hembra, tendría que morir deprisa cuando llegase el momento de
combatir contra ellos. Podía ser poderoso, aunque obviamente no tanto como el druida
asesino de sus sueños. Aun así, supondría un buen entrenamiento para el duelo con su
auténtico enemigo.
Entonces Thura vio por qué el druida había volado tan poco tiempo, la gran forma
oscura que se alzaba en el cielo era el que antes sólo había visto como sombra. Ahora
volaba hacia la zona donde había estado el trio y, aunque caminaban deprisa, hasta el
humano, sin duda estaban condenados. La orca maldijo, dándose cuenta de que la mejor
pista que tenía sobre el paradero de su presa iba a ser comida.
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Tempestira
Y lo que le pareció aún más curioso a Thura fue que, aunque la oscuridad no le
permitía ver perfectamente al titán… habría jurado que el dragón había huido
repentinamente asustado.
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CAPÍTULO NUEVE
PERSIGUIENDO A UN DRAGÓN
L os druidas estaban agotados. Habían dado de sí mismos tanto como podría
haber dado cualquier ser vivo y, aunque Fandral les dijo que sus esfuerzos no estaban
siendo en vano, a muchos seguía resultándoles difícil creerlo. Teldrassil no parecía haber
cambiado… y, ciertamente, para Hamuul Runetotem el Árbol del Mundo tenía algo que
ahora le inquietaba más.
Hamuul había prometido buscar a Broll, pero sólo lo había hecho para tranquilizar
a Fandral. Desgraciadamente, no había mucho que Hamuul pudiese hacer al respecto de
una promesa que sabía, con mucha sensación de culpa, que no tenía grandes esperanzas de
cumplir.
Había intentado alejarse del cónclave, pero sabía que también acabarían por darse
cuenta de su ausencia. Con la esperanza de evitar más preguntas, se mantuvo cerca del
grupo, moviéndose aquí y allá como si siguiese buscando.
Hamuul se acercó a Naralex. Aunque tan agotado como el resto, el elfo de la noche
estaba en pie, observando una semilla que tenía en mano. Cuando el tauren se acercó,
Naralex pasó la otra mano sobre la semilla al mismo tiempo que murmuraba como si
hablase con un bebé.
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Tempestira
La semilla se abrió. Un diminuto zarcillo brotó de él. Cuando alcanzó más de diez
centímetros, Naralex movió la mano libre hacia la izquierda. El brote se arqueó en esa
dirección.
—Si Azeroth fuese perfecto, sí —se mostró de acuerdo el tauren—. Pero no lo es.
—No… no lo es.
El suelo que abarcaba el círculo se revolvió. La semilla se hundió hasta que sólo
quedó en la superficie el brote.
Naralex limpió la zona que rodeaba la planta y volvió su atención hacia Hamuul.
En lo que bajo algunas constancias hubiese sido un acto peligroso, Naralex levantó
un brazo para detener al tauren.
—El Archidruida Fandral ya está con otras cosas. Ni siquiera está aquí en este
momento, hermano Hamuul.
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Tempestira
Hamuul resoplo antes de poder evitarlo. Tenía sus sospechas sobre donde había
volado Broll Bearmantle, aunque cuáles eran las intenciones del elfo de la noche era
cuestión de conjeturas. El tauren podía imaginarse algo concreto, pero Broll no habría sido
tan audaz… ¿verdad?
—Pensé que te gustaría saberlo. ¿Crees que quizás nuestro hermano Broll haya
podido tener una idea parecida…? Me refiero a buscar orientación en el Enclave.
Dejando a Naralex, Hamuul pensó. Naralex había estado intentado advertirle, por si
hubiese algún motivo por el que Broll estuviese en el Enclave. El elfo de la noche
probablemente se preguntaba por qué Broll no había vuelto para el cónclave y llegó a lo
que creía que era la respuesta más plausible.
Y también estaba unido al único método que alguien tan impetuoso como Broll
podría usar para encontrar a su perdido shan'do.
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Tempestira
Una sombra paso por encima de él. Al girarse vió un enorme cuervo de tormenta
que descendía. Sólo podía ser Fandral de regreso. Esta vez el Archidruida había encogido
la rapidez de su cuerpo de ave antes que la entrada más ingeniosa que había utilizado al
principio de la invocación.
Fandral, una vez recuperada su forma se estiró. De entre todos los druidas reunidos,
sus ojos se fijaron en el lejano Hamuul. Una seria decepción llenaba la mirada del elfo de
la noche. Era todo lo que Hamuul necesitaba ver para entender que Fandral sabía todo lo
que Broll había hecho.
***
Habían vuelto a moverse. Broll lo sabía incluso aunque de nuevo había sido
incapaz de concentrarse el tiempo suficiente en el lugar por el que habían atravesado.
Estaba seguro de que había sido el Sueño Esmeralda… pero entonces, ¿por qué sus
recuerdos de aquellos momentos eran tan borrosos como la niebla que cubría Auberdine?
Y, más importante aún, ¿cómo un humano (¡Un humano!) era capaz de cruzar
físicamente el reino místico sin apenas darse cuenta?
Sin embargo, no había tiempo para pedirle respuestas a Lucan Foxblood. Los tres
seguían moviéndose, pues el repentino acto de Lucan no los había alejado del dragón…
sino que más bien casi los había colocado por debajo de él.
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Tempestira
Broll fue el primero en decir en voz alta lo que los otros sin duda estaban pensando.
—¿Qué hace aquí un dragón negro? —preguntó Tyrande, Sea donde sea este
lugar…
Los elfos de la noche miraron a Lucan. Aun con los ojos como platos, repetía para
sí:
Él se encogió de hombros.
—Bueno, ésa es una respuesta. No la correcta, dado que nosotros estábamos igual
de cerca, y era negro.
—Pero es una respuesta que siento que tiene cierta verdad potencial Broll… al
menos como Lucan la entiende —miró en su guja—. Creo que deberíamos investigar a
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Tempestira
este dragón que podría ser negro o podría ser verde. Podría haber una razón para que
acabásemos tan cerca de él.
Ella miró en la dirección hacia la que habían visto volar a la bestia. Tyrande
preparó la guja para lanzarla.
—Entonces, lo matamos.
Lucan miró a Broll como esperando que le dijese que la Suma sacerdotisa no
hablaba en serio. Pero, en lugar de eso, el druida sujeto cartógrafo por el brazo y se lo
llevó, diciendo:
Retomaron su camino sobre las montañas, moviéndose tan deprisa como les
permitía la presencia de Lucan. No era lento, pero tampoco estaba en perfecto estado de
salud ni era un elfo de la noche. Pero mantenía el ritmo mejor de lo que Broll había
esperado, considerando por todo lo que había pasado el humano.
Se detuvieron sólo una vez, cuando Broll sintió un picor en el cuello. Miró detrás
de él.
—Si el dragón ha aterrizado… ha debido de ser muy cerca de aquí —dijo Tyrande.
—Cierto. Hemos visto unas cuantas cuevas, pero ninguna lo bastante grande para
una criatura de ese tamaño… y éste es mayor que muchos, sea cual sea su color.
Broll pensó.
Por un momento los elfos de la noche se miraron el uno al otro como si estuviesen
pensando lo mismo… que Lucan había vuelto a desaparecer en lo que Broll sospechaba
que era parte del Sueño Esmeralda. Luego, un ruido de piedras le contó a la pareja una
verdad más sencilla. Lucan simplemente se había apartado.
O más bien… estaba trepando por la ladera de una colina a un ritmo impresionante,
considerando su agotamiento.
Pero el cartógrafo le ignoró. Broll se dirigió a seguirlo con Tyrande sólo un paso
por detrás. Tan cerca de una posible guarida de dragón, no podían permitirse quedar al
descubierto.
Lucan se lanzó hacia la cima. Broll se las arregló para agarrarlo por el tobillo justo
antes de que el humano hubiese empezado a bajar por el otro lado. El druida se puso a su
altura.
—¿Te has vuelto loco…? —Broll pensó por un momento que ya tenía su respuesta,
porque Lucan le miraba fijamente, como si lo que le quedaba de su sentido común le
hubiese vuelto a abandonar.
—Está ahí abajo —murmuró finalmente Lucan. Señalo hacia una de varias cuevas
que se veían abajo—. La que tiene la entrada puntiaguda. Ahí es donde está el dragón.
—De eso está seguro, aunque de nada más —un ruido llamo la atención de Broll.
Miró hacia el camino por el que habían llegado—. Hay algo o alguien detrás de nosotros…
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Tempestira
Broll se giró para ver que, ahora que el druida ya no lo sujetaba y ambos elfos de la
noche estaban distraídos, el hombre estaba bajando por el otro lado de la colina.
Consciente de que dejaban a algún perseguidor detrás, Broll saltó a por Lucan de todos
modos. Se las arregló para alcanzar al cartógrafo casi en la base de la colina. Girando a
Lucan para que le mirase, Broll vio la misma mirada casi ausente.
—No… —Lucan pareció darse cuenta al fin de dónde estaba. Se quedó aún más
pálido—. Es que… es que fui donde tenía que ir.
Los tres se quedaron helados. La Suma sacerdotisa dio un paso hacia la cueva.
—Hay unas rocas grandes allá. Puedes ocultarte entre ellas. Si no volvemos en más
o menos una hora sigue por el camino que estábamos llevando. Creo saber vagamente
dónde estamos, y es más cerca de Vallefresno de lo que pensaba.
No había tiempo para discutir. Broll asintió, Tyrande sacó un puñal de su cinturón
y se lo dio a Lucan. Éste lo tomó, aunque claramente entendía lo inútil que era contra un
dragón. Aun así, el arma le daba cierto consuelo… y era probable que el humano supiera
también podría usarlo en sí mismo si era necesario.
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Tempestira
—Quédate cerca —le recordó Broll al cartógrafo. No dudaba de que ésa fuese la
intención de Lucan, pero, con el hábito que tenía el humano de desaparecer, era buena idea
recordárselo.
La cueva giraba de un lado a otro y se estrechaba según iban avanzando. Ahora era
apenas lo bastante grande para que dos caminasen juntos. Que un dragón acechase en
alguna parte cerca de allí significaba que tenía que haber otra entrada. Eso era algo a
recordar si ésta quedaba bloqueada.
Broll recordó de repente algo que sus problemas presentes habían hecho que
olvidase. Una vez en el pasado, se había enfrentado a la terrible hija del dragón negro
Deathwing. Onyxia era un monstruo, ahora lo que recordaba Broll era que había sido capaz
de adoptar otras formas… incluso algunas más pequeñas.
—Cuidado —susurró Broll—. Puede que estos túneles sean lo bastante grandes
para el dragón después de todo.
Ella entrecerró los ojos. Tyrande Whisperwind también conocía esa capacidad de
los dragones, aún más que Broll, que no conocía sus lazos con el dragón rojo Korialstrasz.
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Tempestira
Broll mantuvo a Lucan detrás de Tyrande y de él. La Suma sacerdotisa siguió adelante
antes de que Broll pudiese retenerla.
Unos pocos metros más adelante llegaron a una cámara más amplia llena de huecos
lo bastante grandes como para parecer pasillos. La cámara era quizá diez veces más alta
que el druida, y las rugosas paredes mostraban caminos, algunos de ellos precarios, que
podían servir para llegar a muchos de los posibles pasillos.
Pero lo más importante era que, entre las estalagmitas que salpicaban el suelo de la
cámara, Broll vio huellas. Se arrodilló para investigarlas.
—Parecen de uno de los nuestros —le comentó el druida a Tyrande—o son quizá
de un humano. Y están una encima de otra. Sean de quien sean, son de alguien que ha
caminado por aquí a menudo.
—Noto una corriente —dijo ella. Bajó la guja—. Hay al menos otra entrada cerca.
—¿La buscamos?
—Hacia allá…
—La dirección de la corriente encaja con lo que dices —señalo la Suma sacerdotisa
soltando la muñeca de Lucan—. Podemos seguirlas o…
Y en su luz apareció una figura invisible para ellos hasta entonces, pero a quien
Lucan obviamente había notado con su peculiar talento. Tyrande se había dado cuenta de
lo que estaba a punto de decir y lo acalló para sorprender al espectador.
Llevaba una túnica larga con capucha que recordaba una combinación de la ropa de
un mago y la de algunos sacerdotes humanos. La figura era unos pocos centímetros más
alta que Broll, que no era precisamente bajo con sus más de 2 metros, pero era más ligero
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Tempestira
de forma. Sus manos eran parecidas a las de los elfos de la noche, pero, aunque su rostro
también tenía ciertas similitudes a los suyos, era de un color mucho más pálido que no se
parecía en nada a ninguna raza de elfo que ninguno conociera.
Hasta ahí es lo que les permitió ver, pues la figura encapuchada inmediatamente
dirigió la mano hacia la amenaza más obvia, la Suma sacerdotisa.
Y solo entonces, al ver aquellos ojos, la Suma sacerdotisa pensó que debería
reconocer a quién se estaba enfrentando. Su aspecto había cambiado, pero Tyrande estaba
segura, de otro modo su identidad le hubiese resultado conocida inmediatamente. Intentó
recordar su nombre…
Entonces para sorpresa de los tres, dejó escapar un grito de angustia. Colocó un
brazo por encima de su cara… y comenzó a transformarse.
—¡Espera! —gritó Tyrande—. ¡Espera! ¡A menos que seas uno de los dragones del
Vuelo Negro, buscamos tu ayuda, no luchar contra ti!
—¡Más te valdría estar enfrentándote a uno del linaje de Deathwing, pequeña elfa
de la noche! ¡Uno de ellos sería menos monstruoso para ti que tener que enfrentarte a mí!
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Tempestira
—¡Ah! ¡Este maldito objeto! ¡Sentí su Presencia! ¡Ojalá ella nunca me hubiese
pedido que le diese mi poder!
El druida se alzó.
La figurita voló en dirección a Broll. Cuando el elfo de la noche la tomó con una
mano, el dragón siseó:
—Atado a ella con toda mi esencia… aunque hay que reconocer que ni siquiera mi
Ysera podría haber previsto las cosas terribles que ocurrirían por ello. Cuando lo hizo, nos
permitía acudir inmediatamente en ayuda de Remulos o de aquellos que él considerase
dignos de portarla. —miró al druida—. Y, hablando de portarla… ¡te conozco por la firma
de tu magia, si no por tu nombre! Usaste la figura hace tiempo con resultados terribles…
—Sí, terribles y entonces, cuando lo creí perdido resultó que se había contaminado.
El druida se preparó para volver a atacar, aunque era lo bastante inteligente como
para contenerse por el momento. Había más cosas que averiguar… y quizá la oportunidad
de evitar un derramamiento de sangre.
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Tempestira
—¡Sí, la he notado, como la mayoría de los míos! Puede que no seamos dragones,
pero también hemos luchado por el Sueño Esmeralda…
Unas grandes alas membranosas se extendieron por toda la cámara. Cuernos largos
y afilados brotaron de su cabeza. La cintura del dragón llenaba más de dos tercios del
espacio. Los verdes eran más delgados que la mayoría, más etéreos, pero éste era un
gigante que tenía que arquear su largo cuello para poder estar en pie. Los ojos… Broll se
dio cuenta de que había estado mirándolos en todo momento cuando, en general los ojos de
un dragón verde estaban cerrados, pues las bestias vivían a todas horas en parte en el
Sueño. Los miraba con una fiereza que superaba incluso a la de Lucan en sus peores
momentos.
De nuevo surgió la áspera risa, sacudiendo tanto la cueva que algunas de las
estalactitas se soltaron. El trío pudo evitar aquellas que cayeron más cerca, y el dragón no
se distrajo en absoluto por las toneladas de piedra caliza y rocas que chocaron con su piel
escamosa.
El gran reptil inclinó la cabeza hasta colocarla a unos pocos metros de los elfos y el
humano. Broll y Tyrande mantuvieron su posición, e incluso Lucan blandió su diminuto
puñal.
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Tempestira
—¡Yo era más que eso, pequeñas criaturas! Era uno de los que ella más se fiaba,
uno de los más queridos… ¡y por eso mi traición fue mucho peor y mucho más terrible en
sus consecuencias! ¿Han visto a los durmientes? ¿Han visto sus sombras? Todo eso
empezó con mi ayuda…
El dragón rugió silenciándolo. Los ojos los fríos ojos esmeralda, se fijaron en el
druida y en Tyrande.
—Sí… soy Eranikus, primer consorte de Ysera… —sus fauces se abrieron de par
en par—. Y, sabiéndolo, sabiendo que existo aquí… deberán morir todos…
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CAPÍTULO DIEZ
UNO A UNO
V entormenta era la más fuerte de las fortalezas humanas que quedaban, un
reino que había sobrevivido a la destrucción de gran parte del continente e incluso se había
reconstruido tras la primera Guerra. Varian Wrynn ahora gobernaba Ventormenta, o más
bien la volvía a gobernar, puesto que había sido rey, había desaparecido durante un tiempo
y había vuelto recientemente. Desde el Castillo de Ventormenta, en la capital que también
llevaba el nombre del reino, el feroz líder de pelo castaño buscaba mantener tanto sus
tierras como la Alianza intactas. Varian era un hombre decidido, más aún desde la muerte
hacía casi trece años de su amada esposa Tiffin durante unos tumultos. Su único solaz era
su hijo Anduin, que era sólo un bebé en los brazos de su madre en el momento de su
trágica muerte y que había sufrido como rey durante la larga ausencia de Varian.
Y, con tanta tragedia y luchas a sus espaldas, no era sorprendente que el Rey
Varian tuviese problemas con sus sueños. Últimamente prefería dormir sólo usando
pociones aturdidoras que alejaban esos sueños, pero sólo como último recurso. Hasta que
el agotamiento lo exigía. Era más probable que a Varian se le viese caminando por las
almenas.
Varian era un hombre alto de mediana edad, con una belleza tosca y el pelo castaño
que se negaba a que lo amansaran y que era para su gente epítome de un campeón. Pero
ahora llegaba una amenaza que Varian no sabía cómo enfrentar.
Su pueblo no se despertaba.
Más aún, cada día el número de durmientes crecía. Había empezado con uno o dos,
luego cinco, diez más. Con cada durmiente que aparecía, el pueblo se desconcertaba más.
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Tempestira
Algunos lo creían una enfermedad, pero los estudiosos con quienes conferenció el rey
estaban seguros de que era mucho más. Alguna fuerza estaba atacando Ventormenta, en
concreto mediante una curiosa dolencia… y Varian sabía exactamente quién era.
La Horda.
No tenía pruebas, pero a Varian le parecía que tenía sentido. Había demasiados
elementos en la Horda en quienes no se podía confiar para que respetasen la paz. Orcos
aparte, y ellos se encontraban entre aquellos de los que sospechaba Varian, el rey no podía
ver motivo alguno para creer en el honor de los elfos de sangre, elfos nobles que habían
recurrido a absorber magia demoníaca tras la pérdida de su alabada fuente de poder, la
Fuente del Sol, y se habían vuelto adictos a las nefandas energías. Tampoco tenía ninguna
fe en los no-muertos Renegados, que decían estar libres del mando del Rey Lich. De toda
la Horda, los tauren eran los únicos que no provocaban inmediatamente en el gobernante
de Ventormenta ganas de desenvainar su arma, pero el hecho de que se hubiesen alineado
con los orcos los había vuelto también poco dignos de confianza.
Varian decidió escribir una misiva dirigida a Lady Jaina Proudmoore, archimaga y
gobernante de la Isla Theramore en el Sureste del continente de Kalimdor, que a su vez se
encontraba al oeste, al otro lado del Mare Magnum. Llevaba días pensándolo, pero iba
posponiéndolo una y otra vez. Pero ahora el rey sospechaba que debería haberlo hecho
desde el momento en que se le había ocurrido.
Una centinela del muro, con casco y armadura y el orgulloso león de Ventormenta
en su coraza, le saludó diligentemente. Era la primera centinela con la que Varian se había
tropezado en un tiempo. Incluso el contingente del castillo se había reducido a un número
normal.
—¡Sí, mi Lord! —dudó la centinela, añadiendo—. Todo despejado excepto por esa
maldita niebla que va creciendo más allá…
Varían se asomó por encima de las almenas. Sí que era más espesa que la noche
anterior… y que la anterior a ésa. Los centinelas lo habían notado por primera vez hacia
una semana… justo antes de la primera mañana en que habían encontrado a los primeros
durmientes.
parecido, había algo más etéreo e incluso más siniestro. Esta niebla parecía estar viva… y
afectaba a la mente además de al cuerpo. Ciertamente, parecía tanto un mal sueño como
realidad.
El rey parpadeó. Por un momento hubiese jurado que había visto algo moviéndose
en la niebla. Varian se inclinó hacia delante, pero no pudo distinguir nada. Y no era un
hombre que tendiese a imaginarse cosas.
—Sí, Majestad.
Al irse, Varian no pudo evitar un bostezo. Pronto iba a tener que descansar, pero no
hasta que se tomase la poción que le habían preparado los alquimistas. Entonces al menos
no habría sueños…
La idea parecía tener sentido para Varian, y aceleró el pasa. Aún debería ser
posible reunir a los alquimistas y a otros que pudiesen entenderlo mejor y presentarles su
argumento. Si le creían, quizá sería posible dejar que otros probasen las pociones y evitar
más víctimas…
Casise chocó con un guardia al que le faltaba el aliento y que surgió de entre las
almenas. Varian, asumiendo que el hombre llegaba tarde a su puesto, pero sin tiempo para
regañarlo, rodeó al soldado.
—¡Mi Lord! ¡Me han enviado a buscarle! —dijo el hombre—. ¡Malas noticias, mi
Lord!
—Ahí fuera…
El casco ocultaba la mayoría de los rasgos del soldado, pero su tono revelaba su
gran confusión.
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Tempestira
—¡No, mi Lord! ¡Le… le hemos encontrado sobre una silla en la gran sala! ¡No…
no estaba fuera!
Un miedo intenso aferró a. rey. Agarrando al soldado por los hombros, Varian
rugió:
—¿Quién? ¿Quién?
Corriendo hacia la gran sala, esa amplia cámara de altos techos donde antaño la
tarea más importante había sido confirmar la lista de invitados a los bailes que allí tenían
lugar, Varian se topó con un ansioso grupo de guardias, sirvientes y otros trabajadores.
La gente se separó. Varian vio a su hijo. El joven era una mezcla perfecta de su
padre y su madre, con un pelo algo más claro que el de Varian y un rostro más suave no
solo debido a la herencia de Tiffin, sino a que estaba menos azotado por las inclemencias
de la vida. Aun así, para no tener todavía trece años. Anduin parecía mucho mayor.
Varian sólo vio a su hijo y, con nada más en su mente, pasó por delante del capitán
y se acercó a Anduin.
Vio como el pecho del joven subía y bajaba. La esperanza del rey creció… hasta
que oyó a Anduin dejar escapar un gemido.
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Tempestira
Dos de los guardias cumplieron sus órdenes. El rey añadió para el Capitán.
Se oyó un cuerno. A la vez, los presentes miraron hacia arriba. Varian supo por la
señal desde dónde venía: las almenas de donde acababa de venir.
Sin molestarse en esperar respuesta, el rey volvió corriendo hacia donde había
estado paseando. En las almenas un puñado de soldados miraban fijamente en dirección a
la niebla. Cuando uno miró hacia atrás y vio al rey, avisó inmediatamente al resto. Los
centinelas se colocaron en postura firme.
—¡Dejen eso! —Varian pasó cerca de ellos para mirar más allá del límite de
Ciudad de Ventormenta—. ¿Qué están…?
Se quedó helado. Ahora sí que había figuras muy claras moviéndose dentro de la
niebla. Cientos de ellas… no… tenía que haber miles…
—Traigan a todos los soldados disponibles a… —de nuevo Varian se detuvo, pero
esta vez por otro motivo. Aunque la niebla y aquellos que estaban dentro estaban todavía
lejos, por algún motivo el rey estaba seguro de reconocerlos a todos. En cierto sentido eso
no era tan asombroso, pues eran las mismas dos personas una y otra vez.
Pero esa no era la amada Tiffin de los recuerdos de Varian. Cada una de las dobles
se tambaleaba en dirección a la ciudad sobre unas piernas que eran medio de hueso y de
carne verduzca putrefacta. La antaño hermosa cara de Tiffin estaba destrozada por los
gusanos y otros insectos carroñeros. Las arañas se movían por los mechones de pelo, y el
vestido con el que había sido enterrada, estaba manchado y desgarrado. La monstruosa
escena se repetía una y otra vez.
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Tempestira
—No… —Varian quería que eso fuese una pesadilla. Quería descubrir que se
encontraba entre los durmientes. Había pocas cosas que lo conmoviesen, pero ésta era una
escena tenebrosa que hubiese imaginado. Tenía que ser una pesadilla… tenía que serlo.
Pero Varian se dio cuenta de que, al contrario que su hijo estaba viviendo algo real,
incluso aunque a su manera también fuese una pesadilla. El rey había estado tomando las
pociones antes de que apareciese el primero de los durmientes; estaba seguro de que eso lo
había protegido de algún modo, consiguiendo que no tuviese sueños. Desgraciadamente,
Varian no había conectado una cosa con otra a tiempo para evitar que su hijo cayese
víctima de ello.
Y ahora, lo que fuese que acechaba tras los durmientes, tras sus inquietos sueños,
se infiltraba en la capital mostrándole sus peores miedos.
Eso le dio cierta fuerza a Varian. Se volvió al guardia más cercano, la mujer con la
que había hablado antes, y le preguntó:
Su voz temblorosa le bastó para decirle lo terrible que la visión era para ella.
—¡No ven nada más que su imaginación! ¡Nada más que sus miedos! ¡Ellos
conocen sus miedos y se alimentan de ellos! Son pesadillas, lo que significa que no son lo
que creen…
Desde más allá de la muralla de la capital y cerca del borde de la niebla se oyó otro
cuerno. Una de las patrullas de guardia nocturna.
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Tempestira
Por el momento Varian se había olvidado de ellos. Esa noche eran una media
docena…
—¡Llámenlos! —ordenó al corneta más cercano—. ¡Toca ya! ¡Los quiero a todos
dentro!
Una patrulla hacia el oeste respondió. Otra más al sur también. Del noroeste llegó
otra respuesta.
La cuarta llegó de los que estaban cerca de la niebla Varian lanzó un suspiro de
alivio al oír la corneta…
—¡Otra vez!
Silencio.
Varian miró a las figuras que se movían en la niebla. De nuevo, fue como si las
estuviese viendo desde mucho más cerca. Sabía que no era por azar, sino que era obra de
lo que se acercaba a su ciudad. Quería dejarle ver lo que estaba pasando, ver y temer…
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Tempestira
Sin previo aviso, los Anduins y Tiffins miraron por encima de sus hombros a la
impía muchedumbre. Varian no pudo evitar seguir sus miradas.
Al principio sólo vio a los soldados mesclados con ellos. Luego otras figuras se
volvieron más claras. Aunque sus formas no se distinguían del todo… eran como
oníricas… sus rostros eran terribles parecidas de gente normal.
Y entonces… entre ellos vio a alguien más conocido. A una mujer de hermoso
rostro con largo pelo rubio. Si no hubiese estado vestida como una maga, Varian la habría
ignorado como una sombra más.
Su expresión era tan temible como la del resto, atrapada entre el horror y la muerte.
Varian dio un paso atrás, comprendiendo que la situación era aún más terrible de lo que
había imaginado. Como para confirmarlo a la derecha de Jaina se formó otra figura a partir
de la misma niebla. La cara le resultaba desconocida al rey, pero eso no importaba. Vio
otra y otra tomando forma.
El Rey Varian comprendió que todo lo que tenían que hacer por el momento era
esperar… y la victoria sería suya.
***
Como si una luna llena y plateada hubiese llenado repentinamente la cámara, la luz
de la diosa se amplificó mil veces, bañándolo todo con su gloria. Pero a la Suma
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Tempestira
sacerdotisa, Broll y Lucan la luz los consolaba. No les hacía daño a los ojos, sino que los
calmaba.
No era así para Eranikus. El leviatán verde se echó atrás, y su delgado pero
gigantesco cuerpo chocó con la pared y el techo que tenía detrás. La cámara tembló, y
grandes pedazos de roca se rompieron en las paredes de la cueva. Sin embargo, la luz de la
Madre Luna evitó que ninguno alcanzase al trío.
El dragón dejó escapar un siseo furioso, pero, en lugar de volver a atacar, Eranikus
se echó más atrás. Al hacerlo, comenzó a encogerse y transformarse.
El dragón ya había regresado a su forma de falso elfo. Sólo aquí y allá quedaban
rastros de lo que era en realidad.
Broll ya había entrado en acción, pero esta vez su ataque no fue físico. En lugar de
eso, lanzó un hechizo.
Eranikus dejó escapar un suspiro gigantesco. El falso elfo pestañeó. Miró a la Suma
sacerdotisa.
—Un poderoso intento —le halagó—, y casi con éxito… pero nunca se me puede
calmar totalmente, incluso por la tranquilizadora y cariñosa luz de Elune… mi corazón está
demasiado torturado…
Tyrande le pidió a Elune que disminuyese su luz, dejándola a un nivel que aún
sirviese para que Lucan lo viese todo.
Eranikus se dejó caer y acabó sentado en una parte de la pared que sobresalía como
una silla.
—¡Que ingenuidad! ¿Cuánto has vivido, elfa de la noche? ¿Mil, cinco mil años?
—¡Luché contra la Legión Ardiente la primera vez que apareció en Azeroth! ¡Me
enfrenté a Azshara! ¡Estaba allí cuando destruyeron el Pozo de la Eternidad!
—Entonces multiplícalos por una magnitud tan grande como la altura del Árbol del
Mundo y posiblemente apenas podrás entenderlo… —frunció el ceño Eranikus, pero su
humor se dirigía hacia sí mismo—. He hecho cosas terribles… ¡y lo peor de todo es que
podría volver a hacerlas!
—Pero estás libre de la corrupción… Yo estuve allí… ¡De hecho fue la luz de
Elune, a través de mí misma y de varias sacerdotisas la que finalmente te limpio! ¡Te
hubiese reconocido de inmediato de no ser porque habías cambiado de forma!
Mientras gritaba, Eranikus se puso en pie. Su forma cambió, volviéndose otra vez
parte elfo, parte dragón. También tenía un aspecto más etéreo, como si fuese parte onírico.
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Tempestira
—No… casi… no debería haber hecho eso… la línea entre los dos reinos se
desvanece… pero no debería ser tan malo aún…
Detrás de Tyrande, Lucan se movió hacia las sombras. Broll se dio cuenta, y
Eranikus se dio cuenta de que Broll miraba.
—Humanooo…
El dragón verde, aún en una extraña mezcla de sus dos yo, se acercó hacia Lucan.
La cara élfica tenía un morro y dientes demasiado afilados para la forma mortal. Unas
pequeñas alas se movieron agitadas y lo que deberían haber sido manos eran garras
salvajes de largas uñas.
Su rostro volvió a ser algo más élfico mientras estudiaba al desharrapado mortal.
Tyrande se puso en pie, preparando su guja para lanzarla. Sin embargo, Broll, que
también se había levantado, le hizo un gesto de que se contuviese. Podía notar que el
dragón no quería hacerle daño… al menos por el momento.
—Los humanos siempre son los soñadores más fascinantes —murmuró Eranikus,
sonando más tranquilo—. Que diversidad de imaginación, de deseo. Sus sueños pueden
crear belleza y horror en el mismo momento.
—¡Esto no puede ser posible! ¡Es humano! ¡No hay druidas humanos!
—El otro reino lo toca, es parte de él, puede abrirse a él —replicó maravillándose
Eranikus. Retiró el dedo—. ¡Te conozco, aunque no de nombre! Te he visto, aunque
apenas habías salido del cascarón entonces…
—Un creador de mapas, estudiante de paisajes lo más cerca que tu mente humana
podría llegar a comprender, recordar y aceptar una parte de ustedes que ustedes no habían
hecho… —Eranikus siseó—. Ni tampoco ella.
—¡La que te dio a luz, pequeño! ¡Tu madre, llevada al Sueño muy vilmente por
una abyecta criatura que sedujo a una joven cuyo hombre la había abandonado justo
cuando estaba a punto de dar a luz! Me tropecé con esa cosa mientras esperaba a la cría
para reclamarla para cualquiera que fuese el oscuro propósito que tenía en mente. La
criatura huyó al verme, dejando a una madre muriéndose por sus grandes esfuerzos, y a un
niño solo y débil…
Lucan miró a Broll y a Tyrande como esperando que aquello tuviese más sentido
para ellos. No era así.
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Tempestira
—No eras un sueño, así que no debías estar allí. Mi Reina te entregó a alguien que
conocía mejor a los humanos, aunque era uno de los nuestros, un dragón rojo llamado
Korialstrasz…
—Lo que explicaría por qué vio cómo eras de verdad cuando nosotros vimos como
el dragón negro que querías que otros creyeran que cazaba por aquí.
Eranikus siseó.
—El hambre me obligó a salir cada vez más lejos. Parecía el mejor disfraz… para
todos, excepto para él —miró a Lucan dubitativo—. Nunca pensé que hubiera creado un
vínculo entre nosotros con ese acto tan temprano…
—¿Y por eso entra y sale del Sueño casi sin darse cuenta? —preguntó Broll.
Para sorpresa de los dos elfos de la noche, su pregunta pareció llenar al poderoso
dragón con un temor renovado.
—¿Lo hace? ¿Sí? —Eranikus le mostró los dientes a Lucan, haciendo que el
hombre y los elfos de la noche se preparasen para lo peor—. ¿Entra en la Pesadilla?
—Eso creemos —replicó Broll con su hechizo preparado—. Y sale limpio, aunque
no sin verse afectado.
—No debería ser… pero nació allí, y la llamada es de allí… pero Azeroth también
lo llama… —Eranikus dio un paso atrás sin perder de vista a Lucan—. ¿Y cuánto tiempo
llevas sufriendo eso, pequeño mortal?
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Tempestira
Por razonablemente que un dragón hablase con una criatura que no era de su clase,
la mayoría lo seguía haciendo con la sensación innata de que su raza era la primera y
principal de los hijos de Azeroth.
—Siempre he soñado con una tierra idílica, libre de la interferencia del tiempo y la
gente —declaró Lucan, casi nostálgico. Pero su expresión se oscureció después—. Pero las
primeras pesadillas… los primeros malos sueños… —se detuvo para pensar y luego se lo
contó.
—Hace apenas unos años. Un parpadeo para los dragones, pero mucho tiempo para
los mortales, lo sé…
—¡Y demasiada coincidencia! —gruñó Broll haciendo que el resto lo mirase. Miró
sombríamente a Tyrande—. Por lo que he entendido, las pesadillas de Lucan comenzaron
justo antes de que tú encontrases el cuerpo de Malfurion…
***
A pesar de su tamaño, los orcos pueden ser extremadamente sigilosos. Thura era
una de esos orcos sigilosos. Había conseguido seguir al trío sin ser vista e incluso lo
bastante como para oír sus voces. No todas las palabras tenían sentido y algunas habían
resultado ininteligibles, pero una palabra en particular la inquietó.
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Tempestira
La orca se echó atrás, aún asombrada. El dragón no estaba allí ahora, sino un mago,
o eso parecía. Tampoco había oído lo suficiente como para saber la verdad. Thura no tenía
a los magos en gran estima, eran cobardes que luchaban en la retaguardia de la batalla
usando métodos que ningún guerrero honorable aceptaría. Que considerase de otro modo a
los chamanes e incluso a los druidas era simplemente un prejuicio basado en las decisiones
de su pueblo. A sus ojos sólo significaba un obstáculo más al que tendría que enfrentarse
para vengar a su pariente.
La orca se arrastró por el paisaje en busca de un lugar desde el que ver la colina
entera. No importaba por donde salieran, los vería. Entonces, como siempre había hecho,
Thura seguía el rastro que le proporcionarían, fuese mediante sueños o rastreando a los
compañeros de Malfurion.
Un ruido desde arriba hizo que se tirase al suelo junto a una estribación cercana. Al
mirar hacia arriba, Thura gruñó. Ahora podía ver a todos sus enemigos. El último había
aparecido, aunque la orca todavía no sabía cómo se había ido antes sin que ella lo viese.
La forma de un dragón sobrevoló la zona. Thura lo observó flotar por encima de las
colinas donde había creído que anidaba. En el cielo nocturno, el dragón era una gran
silueta negra. Era difícil de distinguir al dragón de la oscuridad. Era una suerte que Thura
hubiese visto a la bestia en mejores condiciones o, si no, en ese momento hubiese dudado
de sus ojos. El dragón parecía mucho, mucho más grande que antes, enorme en
comparación. De hecho, era tan grande que no era posible que fuese el mismo que había
visto antes. Ése era en verdad un gigante entre gigantes.
Thura agarró el hacha, lista para usarla si era necesario, pero el dragón dejó de
flotar y se volvió a poner en movimiento. Batiendo con fuerza sus alas, se alejó.
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CAPÍTULO ONCE
HACIA TALLOUMBRÍO
P oca luz se filtraba desde fuera. La mayoría de la luz que se veía en la cueva aún
se debía a Tyrande. Aun así, la débil luz del exterior parecía poner todavía más nervioso al
dragón.
Eranikus cerró los ojos un momento. Su expresión se endureció, los volvió a abrir y
les dijo:
El dragón verde rara vez llamaba al reino por el nombre por el que se conocía
desde tiempo inmemorial. Para él allí sólo existía el horror en que se había convertido.
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Tempestira
conociese mejor aún que Broll. Afortunadamente, había quedado muy claro que por sus
propias razones Eranikus no tenía ninguna intención de hacerles daño.
—He sido muy paciente —gruño el dragón dándoles la espalda—. Márchense antes
de que los eche de este lugar.
—Podrías haberlo hecho más de una vez —señaló Broll—y no lo has hecho.
***
Lucan oía todo esto con una sensación de fatalidad inminente. Lo que se discutía le
superaba, pero sí entendía que la cosa estaba empeorando y que, a pesar de que deseara
que no fuese así, de algún modo estaba vinculado a ellos.
Eranikus bloqueaba el camino por el que habían entrado, así que Lucan se
encaminó en dirección opuesta. Escogió un pasillo al azar, ya que le importaba sólo que
fuese lo bastante largo como para escapar a las voces. Cada vez deseaba más alejarse.
Aunque no era ni mucho menos tan sigiloso como el druida o la Suma sacerdotisa,
el humano salió de la cámara sin que se dieran cuenta. Respirando ya con mayor facilidad,
Lucan tastabilló por el desigual y estrecho pasillo.
Lucan había dejado de la zona iluminada, pero un débil rayo de luz delante de él le
permitía al menos cierta visibilidad. Instintivamente se dirigió hacia él.
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Tempestira
Al fin encontró una salida al exterior. Afuera apenas había más luz que allí donde
estaba y unos tentáculos de niebla entraban por el pasillo, pero, a pesar de su cautela,
Lucan sintió la necesidad de continuar.
Convencido por esa lógica, el humano salió del pasillo. Vio un desdibujado paisaje
que al principio le hizo pensar en el prístino paisaje esmeralda con el que siempre había
soñado y en el que aparentemente había entrado y ahora temía.
Aun así, salir después de una noche en la cueva le resultó de cierto alivio a Lucan.
Sólo me quedaré aquí un momento, prometió. Quizás… quizás para entonces ellos ya
sabrán qué hacer.
Por eso, entendió al fin Lucan, era por lo que había acabado ahí. Se había visto
atraído hacia el dragón desde el principio, pues Eranikus no era sólo parte de su increíble y
terrible pasado, un pasado que Lucan todavía estaba intentando comprender, sino que el
dragón había sido, al menos en el pasado, parte integral de la Pesadilla. Lo que fuese que
hubiese espoleado esta parte de Lucan parecía decidido a colocado en el camino hacia el
otro reino… algo que él quería evitar desesperadamente.
El cartógrafo caminó hacia delante y hacia atrás. Durante toda la noche, mientras
los otros discutían por llegar a algún acuerdo, había estado intentando entender por qué se
le tenía que forzar a hacerlo. Era un huérfano criado por buenas gentes de Ventormenta y
había esperado que su vida empezase y acabase como le ocurría a la mayoría. La magia y
los monstruos no eran para él. Su sed viajera se concentraba solo en cómo podría mejorar
los mapas que su señor firmaría con su propio nombre. Lucan no tenía más deseos por
encima de esos.
Este último pensamiento le provocó una mueca. ¡Son mis sueños los que me dan
problemas!
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Tempestira
Un ruido de piedras le hizo mirar a su alrededor. Sólo entonces Lucan se dio cuenta
de que se había alejado más de lo que pretendía. El pasillo era ahora una forma dibujada a
cierta distancia detrás de él.
Una fornida figura lo agarró desde atrás. Olió un cuerpo menos limpio que el suyo.
Lucan vió las manos que sujetaban el mango del hacha que le arrebataba el aire de los
pulmones, lo que también evitaba que pudiese pedir ayuda, y notó sobre todo que eran
grandes y verdes.
Cuando eso ocurrió, la presión de su pecho desapareció. Sin embargo, una fuerza
poderosa lo empujó al suelo. Lucan cayó de cara y notó el suelo mucho más blando y
agradable de lo que sabía que tenía que haber sido
—Sí… —rugió una voz que, aunque profunda, era de una hembra—. Estoy cerca…
el lugar de las sombras esmeralda…
Miró hacia arriba y, para su horror, vio que la voz había dicho la verdad. Estaba en
el otro reino… pero esta vez no sólo lo había atravesado.
Antes de que el cartógrafo pudiese ver algo más, se vio arrastrado hasta ponerse en
pie, y luego le dieron la vuelta.
Sí que era un orco y era una hembra, aunque con una cara que Lucan esperaba por
el bien de ella que fuese atractiva para los de su raza. La boca era ancha y la nariz corta y
aplastada. Los ojos tan odiosamente fijos en él eran los únicos rasgos que podría llamar
atractivos. De hecho, habrían resultado hermosos en una humana.
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Tempestira
—¡Aquel que no tiene honor! ¡El vil asesino! ¡El mal que lo amenaza todo! ¡El elfo
de la noche que se hace llamar Malfurion Stormrage!
Lucan intentó levantar la barbilla, pero el hacha la siguió. Con los dientes apretados
respondió:
—¡Lo sabes! ¡La visión me lo dijo anoche! Te vi allí cuando él mató al gran y leal
Brox…
—No… no tengo ni idea de qué… —se detuvo cuando una dolorosa sensación bajo
su barbilla le informó de que el filo del hacha había provocado sangre.
—¡Era distinto otra vez! ¡Siempre me dice qué hacer! ¡Estoy cerca, humano!
Vengaré a mi pariente… ¡y tú me ayudarás o compartirás el destino del elfo de la noche!
El hacha bajó. La orca se inclinó hacia él; su aliento, casi tan fuerte como el olor de
su cuerpo. Miró más allá de él con su mente en otra parte.
—Mi venganza está escrita… ¡Soñé que saldrías y por dónde, y ha ocurrido!
Malfurion morirá…
Lo volvió a girar de nuevo para que la guiase. Sólo entonces vio Lucan por primera
vez el lugar a través del que, en otras ocasiones, sólo había pasado medio muerto o a toda
velocidad.
El paisaje que tenían más cerca era idílico, un lugar inmaculado de belleza natural.
Una hierba larga y suelta se extendía por campos moteados por colinas y frondosos
árboles. Había señales de vida animal, sobre todo pájaros, en la distancia. Pensó que
ciertamente era algo como salido de un sueño.
Entonces el cartógrafo se dio cuenta de que no había pájaros cerca de ellos. Todos
estaban lejos. Al no ver nada en la dirección en que estaba, miró por encima de su hombro.
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Tempestira
Como si ella no viese lo que cualquier criatura viva podía ver… y lo que ninguna
criatura viva quería enfrentar… la orca usó el mango del hacha para empujar a Lucan
bruscamente hacia delante… hacia la Pesadilla.
***
Eranikus se estremeció.
Toda discusión quedó olvidada mientras el trío empezó a buscar a Lucan. Broll
captó su rastro el primero.
Broll salió a cielo abierto momentos después. La niebla era más espesa y le
recordaba demasiado a Auberdine.
—No, pero con esta niebla puede que sólo esté a unos metros de aquí.
Tyrande colocó una palma delante de ella y comenzó a rezar para sí. La niebla
empezó a disiparse, como si la empujase una mano invisible.
Pero en la zona que se mostraba no había rastro del cartógrafo. El druida volvió a
estudiar el terreno, encontrando rápidamente las huellas apenas visibles de Lucan.
—Se fue por aquí, pero parece que caminaba de un sitio a otro. El… —Broll se
detuvo, luego presionó su cara contra el duro suelo mientras captaba otros detalles—. Hay
otras huellas… y por su forma yo diría que de un orco.
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Tempestira
Un ruidoso batir de alas hizo que los dos elfos de la noche mirasen hacia arriba y
detrás. Por encima, la inmensa forma del dragón verde aparecía en toda su majestuosidad.
Era enorme en comparación con la mayoría de los dragones que había visto, aparte de los
Grandes Aspectos. Pero Eranikus también era más delgado, más largo que muchos. Se
quedó flotando con sus enormes alas membranosas extendidas a cada lado. De su coronilla
surgían hacia atrás dos largos cuernos. Sus estrechas mandíbulas se abrieron mostrando
unos inquietantes dientes afilados tan largos como un brazo de Broll. Bajo la barbilla, un
menudo mechón de pelo le daba al consorte de Ysera un aspecto más intelectual.
—¡No hay rastro del pequeño humano en ninguna parte, aunque sinceramente soy
casi ciego cuando uso mis ojos como una criatura mortal! —siseó por fin el dragón.
Lo que no dijo fue que, dadas las circunstancias, no se atrevía a mirar el mundo con
la Visión del Sueño. Eso suponía arriesgarse a contactar con el Sueño Esmeralda… y con
la Pesadilla.
—He olido a orco aquí, pero era un olor débil, lo que quizás significa uno solo, y
ningún orco sería lo bastante necio como para buscarme… —volvió a sisear—. ¡Al
contrario que los elfos de la noche!
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Tempestira
—¿Por qué orco se quedaría aquí por días? ¿Qué podrían querer de este lugar?
—Podría ser coincidencia —sugirió la Suma sacerdotisa—, pero más bien creo que
alguien quería al orco aquí. La presencia del orco, junto con la de Lucan y su pasada
relación con Eranikus hacen que sea demasiado difícil creer que nada de esto se deba al
azar…
Un siniestro rugido escapó del dragón verde. Miró fijamente a los elfos de la
noche.
—¿Pero por qué cambias de idea? ¿Por qué acercarte tanto cuando lo temes de esa
manera?
—Porque no me gusta la idea de que quizás algo ha estado maquinando todo este
tiempo… ¡sólo para que este orco pueda llegar hasta la Pesadilla!
El gran dragón parecía preocupado, tanto que la inquietud de los elfos de la noche
aumentó grandemente.
Descendió al suelo y, con una inclinación de cabeza, les indicó que subiesen sobre
su cuello. Tyrande ya había montado en dragones, así que obedeció sin dudarlo. Broll
frunció el ceño, pero la siguió inmediatamente. Su forma de pájaro no podría seguirle el
ritmo a un dragón.
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Tempestira
—¡No mucho, pero quizás demasiado! —le gritó a su vez el dragón—. ¡Apriétense
contra mi cuello y sujétense bien!
Surcaron el cielo a una velocidad que casi les quitó la respiración a los elfos de la
noche. Las ráfagas de viento podrían haber sido más difíciles de resistir, pero Eranikus
arqueó el cuello para ofrecerles cierta protección.
Broll se atrevió a inclinarse a su derecha lo suficiente como para ver algo del suelo.
Lo que vió le dejó más preocupado. Había niebla por todas partes. No era una extensión
continua y espesa, pero había separaciones. Ciertamente, el dibujo le recordaba a algo.
Como druida, por fin se le ocurrió, ramas… los tentáculos de niebla parecen ramas
de un árbol maléfico.
El parecido se veía acentuado por zonas que recordaban a hojas con bordes
aserrados. Eso le recordó las visiones había tenido antes y se preguntó por su relación con
todo eso.
"Justo delante" para el dragón seguía significando para sus pasajeros que no lo
verían hasta pasados unos minutos. Entonces…
Quedaba empequeñecido por sus más poderosos parientes, pero aún se alzaba sobre
la región como un monarca por derecho propio. Desde la distancia el árbol parecía estar
bien, incluso aunque su base estuviese cubierta de niebla. Sus vastas ramas se extendían
más de un kilómetro y entre ellas se podía encontrar a una multitud de criaturas,
incluyendo a muchas de aquellas que servían a los guardianes. Era uno entre un puñado de
árboles como él mismo. Los otros se encontraban en el asombroso bosque Canto de
Cristal, un lugar místico en el helado Rasganorte donde, además de los fascinantes árboles
normales crecían formaciones de cristal, en las Tierras del Interior al este de Pico Nidal, el
hogar de los enanos Martillo salvaje que montaban grifos en el tenebroso y peligroso
Bosque del Ocaso, y en la profundidad de la fría y húmeda jungla de Feralas.
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Tempestira
Había portales en todos esos lugares, pero para los druidas y para Broll en
particular Vallefresno era el más seguro. Hasta ahora.
—Eso no puede ser —replicó Broll—. ¡Los druidas fueron convocados en otra
parte, pero debería haber otros aquí!
—Ya veremos.
Cuando el dragón se posó, los elfos de la noche vieron por primera vez la enorme
base del árbol… y el portal que representaba su mejor esperanza.
El portal era redondo. Las raíces vivas del árbol le daban forma a su exterior Se
enroscaban una de ellas alrededor de otra formando un arco. En el arco había un segundo
borde de color violeta que irradiaba energía.
Pero era el centro lo que llamaba más la atención. Dentro del portal, un torbellino
de energía esmeralda cambiaba constantemente. A veces destacaban líneas que parecían
relámpagos verdes en miniatura.
La clave a sus esperanzas de llegar hasta Malfurion, el motivo para buscar este
lugar era el portal. El camino físico al Sueño Esmeralda y a la Pesadilla, el único camino
que podía ser todavía de fiar estaba ante ellos. Y eso presentaba otra preocupación.
—Es como decías —se dirigió Tyrande al dragón—. No hay nadie, aunque debería
haber muchos guardianes.
—Podría ser —concedió el dragón—, pero aquellos que sirven aquí sirven sobre
todo a mi reina… no se irían sin su consen…
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Tempestira
Eranikus dejó escapar un temible rugido de dolor cuando una enorme roca cayó
contra su espalda. Desprevenido y cansado por haber transportado a los elfos de la noche,
no había levantado sus defensas contra un ataque tan primitivo como enérgico.
Del bosque surgió una gigantesca figura que parecía surgida de los mismos árboles.
Su cuerpo estaba cubierto por una gruesa corteza y tenía una gran barba de hojas. Dos
colmillos surgían de su boca, y tenía los ojos llenos de una furia dorada concentrada no en
los elfos de la noche, sino en el dragón.
—¡Gnarl! —gritó con todas sus fuerzas Broll—. ¡Gnarl, anciano de la guerra,
protector de Vallefresno y de la Canción del Bosque! ¡Me conoces! ¡Me conoces!
—¡Te conozco, sí, elfo de la noche! Eres el errante y amigo llamado Broll
Bearmantle… —Gnarl inclinó brevemente la cabeza—. Mis condolencias por la muerte de
tu joven hija…
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Tempestira
El comentario hizo que Broll apretase los puños, aunque se los ocultó al anciano.
Con vidas que hacían que las de los elfos de la noche pareciesen cortas, los ancianos a
menudo veían los años como segundos. Para Gnarl la muerte de Anessa había sido un
incidente que acababa de ocurrir y que recordaba bien. Gnarl no pretendía recordárselo a
Broll… aunque el druida no lo iba a olvidar nunca.
—¡Corrupto! Se te advirtió…
El dragón empezó a encogerse. Por su reacción estaba claro que lo que había dicho
el anciano había tocado una fibra sensible.
—¡No! —Gnarl levantó una poderosa mano—. ¡Lo vi regresar a su maldad! Él…
—la enorme figura parpadeó—. No… eso fue una pesadilla… una de muchas últimamente.
No parece corrompido… pero…
Aprovechando las dudas del gigante, Broll le hizo una pregunta que había estado
inquietándolo.
—Algunos en el este, otros en el norte, otros en el sur. Los demás… aquellos que
se quedaron conmigo… los otros duermen y no se despiertan… —sacudió la cabeza—.
Los he puesto a salvo… pero me he cansado mucho… puede que pronto me una a ellos.
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Tempestira
—¿Qué ha pasado?
Gnarl les contó que los guardianes, incluyendo ancianos, elfos de la noche, dracos
verdes, dríadas y especialmente aquellos del vuelo verde, llevaban mucho tiempo sin
órdenes de Ysera. Se habían preocupado. Esa preocupación había aumentado cuando una
dríada llamada Shael'dryn había llegado a ellos tras huir de su poza de luna. Las pozas,
conectadas a la magia de la naturaleza y a la luz de Elune, eran lugares de sanación tanto
para la tierra que la rodeaba como para aquellos que bebían de sus aguas. Magi y otros
hechiceros podían incluso renovar el maná, un don de la Madre Luna a los otros defensores
de Azeroth. Shael'dryn era la que vigilaba la poza que se encontraba más al norte.
—La conozco —dijo Broll con una débil sonrisa irónica—. Es una bromista, una
enamorada de los juegos de palabras…
—No había nada de humor en ella cuando vino. Nos avisó de atacantes en la
oscuridad que buscaban las pozas. La driade sólo los llamaba sombras, aunque dijo que le
recordaban a otra cosa.
Siguió contándoles cómo, tras oír las palabras de la dríada, los ancianos y otros
guardianes se habían separado para dirigirse a las pozas de la luna y otros lugares
estratégicos. Habían dejado a Gnarl y a los demás a cargo de proteger el portal.
—Éramos más de una docena… todos fuertes, especialmente los dragones y los
dracos… y en ese momento no sabíamos nada de los durmientes que no despertaban. Eso
sólo ocurrió después de que nos separásemos y nos despidiésemos…
—Jugaron con nosotros como con figuras de ajedrez —señaló Eranikus, a quien no
le faltaba cierta satisfacción ante los errores de los demás—. ¡Hmpfff!
—¡No soy lo bastante tonto como para entrar ahí! ¡Eso es para estos dos!
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Tempestira
—Hermano del bosque, iría contigo… pero debe haber alguien aquí además de
él…
Como siempre, era inútil discutir con la Suma sacerdotisa. Broll se encogió de
hombros.
Eranikus se hizo a un lado. Los elfos de la noche se dirigieron hacia las brillantes
energías.
Tyrande exhalo.
—¿Cómo entramos?
—Siempre lo estoy.
—Que les vaya bien —dijo Gnarl, levantando una pesada mano—. Aún hay cerca
una sensación de corrupción.
—La Pesadilla cubre gran parte del Sueño —señaló impacientemente Eranikus.
Ahora que aquellos dos estaban a punto de entrar se mostraba más ansioso—. Siento su
malevolencia más que nunca. ¡Una vez hayas pasado, me iré!
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Tempestira
Cuando los elfos de la noche intentaron entender lo que estaba ocurriendo, una risa
burlona resonó en sus oídos y una terrible cabeza que parecía tanto niebla como realidad se
lanzó hacia ellos. Como las energías del portal, la criatura era de un espantoso color verde.
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CAPÍTULO DOCE
SIRVIENTES DE LA PESADILLA
E l dragón verde no era tan grande como Eranikus, pero sí era de gran tamaño y
estaba decidido a acabar con los elfos de la noche. Broll lanzó el hechizo de calma que
había funcionado al menos en parte con el consorte de Ysera con la esperanza de frenar a
la bestia que los atacaba.
Pero sus esfuerzos sólo se vieron recompensados con más risotadas malévolas. El
dragón habría caído sobre ellos de no ser por Tyrande, que empujó al druida a un lado y
lanzó su guja.
Brillando con la majestuosidad de Elene, el arma de tres filos giró certera hacia su
objetivo. La punta hizo un corte en el hocico del dragón, justo sobre la zona de color rojo
que casi parecía una barba y, aunque el monstruo parecía semiinsustancial, un relámpago
de oscura energía esmeralda salió del corte. El dragón cornudo arqueó el cuello, más
furioso que herido. Desplegó completamente las alas, mostrando una membrana roja que
contrastaba llamativamente con su color verde. Los demoníacos ojos de Lethon estaban
abiertos por la furia, y estaba claro que, al contrario que Eranikus u otros pertenecientes al
vuelo verde, que generalmente mantenían los ojos cerrados y lo observaban todo a través
de un estado semidormido, el corrupto gigante veía muy bien.
—Hay que enseñarles cuál es su sitio… —siseo la bestia cuando la guja regresó a
Tyrande.
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Tempestira
La pareja se echó hacia atrás, intentando regresar a Vallefresno, pero las energías
del portal se extendieron para seguirlos. No importaba cuánto empujaban no podían
alcanzar el plano mortal.
Entonces una poderosa figura intentó alcanzarlo. Gnarl, medio sumergido en las
energías del portal, agarró a Tyrande con una enorme mano y a Broll con la otra mientras
el siniestro dragón se lanzaba hacia delante.
Al decir eso, del mismo aire que rodeaba a los elfos de la noche se formaron
criaturas de sombra que hicieron que Tyrande dejase escapar un grito ahogado. Aunque
sólo eran siluetas, tenían el aspecto de sátiros, sus musculadas patas eran semejantes a las
de las cabras, acabando en unas pesadas pezuñas hendidas, y en sus cabezas había afilados
cuernos que caían hacia detrás. Había rastros de otros rasgos de los sátiros, como las largas
colas y las barbas, mientras que los torsos y las cabezas recordaban a los de los elfos de la
noche. La silueta de sus salvajes garras estaba bastante definida. El hecho de que fuesen
sombras añadía una nueva dimensión al horror de aquellos que se habían enfrentado a los
auténticos demonios en el pasado.
Su número creció rápidamente, amenazando con aplastar al tío. Gnarl empujó a los
elfos de la noche detrás de él y luego se enfrentó a las sombras de los sátiros. Éstos
saltaron contra el anciano con feroz despreocupación. Arañaron, arrancaron y mordieron
con sus colmillos y garras de ébano. Atravesaron la dura corteza. Una savia de color
marrón oscuro goteaba por los cortes del anciano, pero Gnarl no parecía impresionado por
las heridas que había recibido.
El anciano agarró a una de las sombras y apretó. La silueta se hizo mil pedazos.
Gnarl cogió a otra e hizo lo mismo.
Pero el anciano les había conseguido tiempo a sus dos compañeros para planear sus
propios contraataques. La Suma sacerdotisa lanzó su guja. El arma se convirtió en una
muerte voladora cortando sombra tras sombra. La luz de la luna que rodeaba los filos
quemaba luego las siluetas cortadas.
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Tempestira
El enorme oso oscuro cayó sobre las sombras de los sátiros Las garras destrozaron
y atravesaron a las siluetas mientras brillaban con llamas de color púrpura. Las sombras
caían a docenas mientas Broll dejaba que su instinto animal se hiciese cargo de la
situación.
El leviatán abrió la boca y exhaló. Una gran nube de oscuridad total emergió de
ella.
Envolvió al druida. Broll no podía ni ver ni sentir nada. Gruñendo, cortó y mordió,
pero no encontró nada sólido.
—¡Padre! ¡Padre!
El gigantesco oso enseñó los dientes, desconfiado y ansioso. Broll reconoció la voz
de su hija.
Sabía que no era real, que era una pesadilla provocada por el dragón… pero el grito
parecía tan real.
Por un momento Broll vio a una elfa de la noche. Eso reforzó su melancolía por
Anessa. El druida recuperó su forma normal…
Las sombras lo presionaban… pero de ellas también apareció la figura que había
visto. Lo agarró con fuerza y tiró de él.
—¡Broll! ¡Despierta!
—¿A-Anessa?
—¡No! ¡Tyrande!
—Tyrande…
Pero lo que importaba más en ese momento era sobrevivir. El dragón se lanzó hacia
abajo con la boca abierta. Broll se temió otra niebla de oscuras pesadillas.
Entonces, con un rugido gutural, Gnarl volvió a la escena. Del cuerpo del anciano
colgaban pedazos de su corteza, y savia caía por todas partes, pero Gnarl no mostró
debilidad alguna mientras agarraba al monstruoso reptil.
—Todos serán nuestros… —se burló el dragón corrupto—. Azeroth y el Sueño han
estado inexorablemente unidos desde la creación del mundo… y por lo tanto están unidos
al Sueño y todo lo que es… No pueden esconderse de lo que está en su interior…
—¡Fue asesinado! —le dijo el druida a Tyrande mientras luchaban por escapar de
las energías del malévolo portal—. ¡Lethon debería estar muerto!
El druida lo entendió de repente. Explicaba por qué las energías habían seguido a la
pareja.
—¡Sólo su cuerpo astral sigue vivo! ¡Es un dragón verde, uno de los más
conectados al Sueño! ¡Lo que lo haya corrompido debe de ser capaz de mantener esa parte
suya "viva", pero sólo mientras esté lejos del plano mortal!
No había tiempo para decir más, pues las formas de color verde oscuro volvían a
centrarse sobre ellos y, peor aún, Gnarl ya estaba perdiendo terreno ante Lethon. Aunque
el guardián era gigantesco y encarnaba el poder y la resistencia del enorme árbol al que se
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Tempestira
asemejaba, Lethon también era poderoso. El dragón tiró al anciano herido y alzó una zarpa
que acababa en unas enormes garras.
Los elfos de la noche no podían ayudarlo. De hecho, no sólo el anciano los había
lanzado hacia atrás, sino que ahora estaban separados el uno del otro por las demoníacas
siluetas.
Broll recuperó su forma de oso usando el fuego púrpura mágico para fortalecer sus
poderosos golpes. Pero las pesadillas parecían no tener fin.
Lethon, mientras tanto, había vuelto su atención hacia Gnarl. El anciano se las
había arreglado para levantarse sobre una rodilla, pero seguía sin poder defenderse de su
gigantesco adversario.
—¡Ya te tengo! —gritó Lethon con una salvaje sonrisa que mostraba muchos,
muchos dientes.
De la niebla surgió una mano oscura. Era pequeña, pero agarró la pierna de Gnarl
con una ferocidad que hizo que el anciano mirase hacia abajo. En ese momento, una
segunda mano idéntica a la primera le agarró de un brazo.
Broll le rugió una advertencia a Tyrande. Los dos elfos de la noche intentaron
abrirse camino hacia su rescatador.
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Tempestira
Lethon se interpuso entre el gigante y el druida. Giro ante Broll y las risas del
dragón le provocaron un escalofrío involuntario al gran oso. Broll le rugió al dragón
mientras intentaba encontrar un modo de sobrepasarlo. Más atrás, Tyrande luchaba con las
sombras que habían redoblado el ataque contra su posición.
Gnarl estaba medio sumido en la niebla. Todavía más y más manos le agarraban los
brazos, luchaban contra sus piernas y se aferraban a su torso. Otras tiraban de la cabeza del
valiente guardián e incluso buscaban ahogar su voz.
Las manos, parecidas a las de elfos de la noche, humanos, orcos, tauren y otras
criaturas de Azeroth, ahora cubrían prácticamente al anciano. Había tantas que el propio
Gnarl apenas podía moverse. Arrastraron un pie hacia la niebla. A eso se le unió un
hombro, luego el brazo entero. La cabeza de Gnarl desapareció en la impenetrable niebla.
Tyrande había estado buscando un camino al otro lado de Lethon, pero no se abrió
de repente hasta que no desapareció Gnarl. Tan desesperada estaba por alcanzar a su aliado
que la Suma sacerdotisa dio unos pasos hacia delante antes de darse cuenta de que no sólo
era demasiado tarde para Gnarl, sino que Lethon había dejado que se pusiera ella sola en
un compromiso para hacer de ella su siguiente víctima.
Un aullido titánico sacudió a los tres combatientes. Una forma brillante apareció
entre ellos. Eranikus.
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Tempestira
Los ojos cerrados del dragón esmeralda estaban fijos en Lethon. El corrompido
leviatán rugió de repente. Se giró y gritó:
Al decir esto, Broll y los otros vieron lo que parecían ser unos inofensivos arboles
reunirse alrededor del dragón corrompido. Para el druida parecían ser inocuos,
sanadores… pero para Lethon era como si su mero roce fuese venenoso.
—¡Estoy más allá de esos nimios ataques del sueño! Ciertamente, tú sueñas
demasiado, querido Eranikus… Sueñas demasiado y entiendes muy poco de en qué me he
convertido mediante el poder creciente de la Pesadilla…
Las zonas quemadas se curaron. Lethon se inclinó hacia delante y, aunque no era
tan grande como Eranikus, era temible.
Lethon abrió los ojos de par en par… y cambiaron, revelando que lo que habían
visto antes había sido una ilusión. Ahora llegaba la temible realidad.
Eran pozos, pozos tan oscuros que parecían querer tragarse a aquellos a los que
miraban. En ellos había la misma hambre y el mismo horror que los que habían exhibido
las manos. Pero en el dragón se habían convertido en una maldad distinta, una maldad
personal.
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Tempestira
Lethon giró la cabeza, y sus ojos vacíos quisieron atravesar el alma de Broll. El
druida dejó escapar un grito ahogado, pero luchó contra la terrible sensación.
La niebla que rodeaba a Eranikus se fundió en una espantosa forma que era la
Pesadilla encarnada. Era uno de los de la raza de Eranikus, pero apenas. La gran
majestuosidad de un dragón verde había sido remplazada por algo tan enfermizo que su
carne estaba podrida. Era hembra, pero ahora apenas reconocible. Las membranas violetas
de las alas estaban hechas jirones, y un hedor a putrefacción envolvió a los elfos de la
noche.
El nuevo terror tenía unos siniestros ojos negros cuyo centro era de un escalofriante
blanco hueso. Se acercó a un sorprendido Eranikus, hundiendo unas garras esqueléticas en
sus patas delanteras.
—¿Te has olvidado de la querida Emeriss? —pregunto el macabro dragón con una
voz que literalmente provocaba escalofríos—. Estamos deseando tenerte otra vez con
nosotros, Eranikus…
Ésta escupió. Una pútrida sustancia verduzca cubrió los ojos de Eranikus.
Eranikus rugió e intentó quitarse la repugnante baba, pero ella lo sujetaba con
fuerza. Peor aún, Lethon se había unido a su ataque.
Pero, a pesar de sus protestas, Eranikus no podía evitar que la pareja empezase a
arrastrarlo hacia la niebla. Allí, las manos volvieron a aparecer, agarrando el aire y
esperando con anticipación al leviatán.
Ni Broll ni Tyrande podían hacer nada, apenas podían defenderse contra las
sombras de los sátiros que habían reemprendido su ataque.
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Tempestira
Un fuego carmesí desde detrás del consorte de Ysera bañó a Emeriss y a Lethon.
Sorprendidos y enfurecidos, lo soltaron y se retiraron hacia la niebla. Inmediatamente,
Eranikus se dirigió hacia el portal, olvidando por completo a sus dos compañeros en su
ansiedad.
Pero otra ayuda llegó hasta ellos. Dos grandes manos hechas de suave energía roja
barrieron las sombras y luego levantaron con dulzura al druida y a la Suma sacerdotisa
como si fuesen juguetes. Las manos se retiraron, poniéndolos a salvo más allá del portal.
Dos enormes cuernos surgían de una orgullosa cabeza reptilesca. Casi todo el
cuerpo del gigante era de un carmesí esplendoroso, pero el pecho tenía una gran mancha
plateada, al igual que las garras. Unos pequeños parches membranosos se extendían a cada
lado de la cabeza.
—Han huido. No me esperaban. Es triste decir que yo tampoco los esperaba a ellos
o, si no, habría estado lista para ayudarlos desde el principio.
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Tempestira
Alexstrasza miró a Broll, que ocultaba su curiosidad lo mejor que podía. Como la
mayoría de los druidas, había oído hablar de los dos magos Krasus y Rhonin, muy activos
en aquellos tiempos, de los que se decía que habían tenido su papel en la maduración de
Malfurion como druida hacía diez mil años. Cómo podía ser eso posible, su shan'do nunca
se lo había dejado claro.
A Broll le dijo:
—¿El mismo? —explicaba muchas cosas, pero Broll sabía que él nunca habría
hecho la conexión por sí mismo.
El gran dragón se alzó sobre sus patas traseras y plegó las alas. Al hacerlo,
comenzó a encogerse. Las alas se empequeñecieron, convirtiéndose rápidamente en brotes
y desapareciendo luego. Las patas delanteras de Alexstrasza se convirtieron en brazos y las
piernas se arquearon hacia fuera, pareciéndose más a las de un elfo de la noche.
Ahora que era apenas el doble de grande que Broll y sólo una fracción de su
tamaño anterior, el Aspecto continuó su maravillosa transformación. Las fauces se
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Tempestira
retiraron hacia su cara, convirtiéndose en una nariz y una boca. Los cuernos encogieron, y
le brotó una espesa mata de pelo. En otro parpadeo el cambio estaba casi terminado, y una
figura que era y no era alguna clase de elfo estaba en pie ante el druida y su acompañante.
El carmesí, el violeta y toques de negro azulado, todo bordeado por una tira dorada,
eran los colores de sus ropas, y su piel era de un ligero rojo castaño. Su cara era más
redonda que la de Tyrande o cualquier otro elfo de la noche, casi como si estuviese
mezclada con rasgos humanos. Su nariz era más pequeña y su boca estaba perfectamente
curvada. Su pelo acababa en punta sobre la frente y enmarcaba ambos lados de la cara.
Sólo los ojos del Aspecto no habían cambiado, excepto para ajustarse a su nuevo
tamaño. Broll y Tyrande se arrodillaron instintivamente y agacharon la cabeza como
saludo. Aunque servían a otros, todos honraban a la Vinculadora de Vida.
—¡Si Elune lo concede, te ofrezco el poder que tengo tanto en mi guja como en mis
oraciones! ¡Estuve con los tuyos contra los demonios hace diez mil años y si, como creo,
nuestras preocupaciones coinciden, lo volveré a hacer!
—Así es —la gloriosa figura miró a Broll—. ¿Y tú, druida? ¿Qué dices tú?
dragones no necesitan dormir tanto como la mayoría de las razas, pero este sueño terrible
ha alcanzado a todas las razas. Peor aún, encuentra un interés particular en aquellos
prominentes y poderosos: magos, reyes, generales, filósofos y otros.
—Si ella es una de los tuyos, hija mía, entonces tiene más posibilidades. Los elfos
de la noche no lo han sufrido en el mismo grado que otras muchas razas. Lo encuentro
curioso. Creo que tenemos otro aliado, aunque me sorprende si es quien creo que es…
Antes de que pudiese decir más, oyeron un gemido. Broll miró furioso a Eranikus,
que yacía donde había caído tras escapar de sus corruptos congéneres.
—¡Espero que un mejor aliado que ése! Huir por su vida después de dejar que otros
entregasen primero a un lugar que él sabe que…
El dragón verde levantó la cabeza. Sus rasgos reptilescos estaban retorcidos a una
mirada patética.
—¡Ni siquiera ahora lo entiendes, pequeño druida! ¿No los has visto? ¿No
comprendes en lo que se han convertido Lethon y Emeriss? ¿No has querido huir tú
también?
—No lo entiendes…
—Tampoco yo, Eranikus… y eso en sí mismo dice mucho de tus actos —cuando el
dragón verde empezó a protestar, el Aspecto le cortó—. Y sí, sé lo que es ser esclava de la
oscura voluntad de otros, una esclava responsable de actos abominables.
—Lo sabes.
—Y también sé más sobre lo está pasando que tú —se puso delante de sus
inmensas mandíbulas y, aunque en su forma actual era mucho más pequeña que él,
destacaba—. Sé que Ysera conocía tu redención y supervivencia… y era consciente de que
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Tempestira
en el último momento decidiste no volver a su lado por temor a que la Pesadilla pudiera
hacer que un día volvieses a traicionarla.
—Lo supo inmediatamente. Pero te ama tanto que aceptó tu decisión con la
esperanza de que aun así acabarías volviendo a ella.
—¿Está a salvo?
—No precisamente —Alexstrasza extendió una mano para incluir a los dos elfos de
la noche—. Conozco más sobre la Pesadilla de lo que ustedes tres han averiguado hasta
ahora. Es un peligro contra el que Ysera lleva un tiempo luchando…
Ysera, según la dragona roja les informó, había notado que sus sueños eran
oscuros, incluso a pesar del control absoluto que ejercía sobre ellos. Al principio le había
echado la culpa a sus propias preocupaciones, pero descubrió la verdad demasiado tarde.
Las pesadillas que ella experimentaba afectaban a Azeroth, tomaban vida y alcanzaban las
mentes de los mortales.
Fue entonces cuando Ysera cometió un terrible error. La Señora del Sueño
Esmeralda había mirado en las mentes dormidas, buscando la fuente de lo que se había
infiltrado incluso en su propio subconsciente. Lo hizo sin saber que eso era justo lo que la
fuente de la amenaza deseaba de ella.
—Lethon llegó a ella mientras su mente estaba ocupada en su búsqueda —les contó
Alexstrasza—. Lo acompañaban sombras, los sátiros contra los que estos elfos de la noche
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Tempestira
acaban de luchar. Cayeron sobre su forma astral mientras él tomaba lo que más deseaba…
el Ojo.
Eranikus se puso en pie. Su mirada se volvió algo que ni Broll ni Tyrande pudieron
resistir.
—¿Se han llevado el Ojo de Ysera? ¡Eso temía! ¿Cómo puedes decir que mi amada
reina no es prisionera?
—El Ojo está donde Ysera y su vuelo se congregan más a menudo en el Sueño
—informó quedamente Broll a Tyrande—. Se dice que es un lugar idílico. Malfurion lo ha
visto y sé que también Fandral, pero pocos más, incluso entre los druidas. Me han dicho
que es un valle entre grandes montañas. La tierra es fértil y está cubierta de hierba y flores,
pero el nombre le viene de la magnífica cúpula dorada en su centro, donde la propia Ysera
vive… vivía…
—¡Una pálida, aunque aceptable descripción, pequeño druida! ¡No hay un lugar
más perfecto en toda la creación! —gimió de repente—. ¡El Ojo robado! ¿Dónde,
entonces, está mi reina si no está capturada?
Ahora Alexstrasza movió tristemente la cabeza ante la continuada furia del dragón
verde.
—No. Ysera evitó ser capturada. Está luchando. Ella, los consortes que le quedan y
un puñado más que luchan no sólo para salvarse ellos, sino para encontrar la verdad en el
oscuro corazón de la Pesadilla. ¡NO tiene ninguna intención de permitir que ni su dominio
ni Azeroth caigan ante esta monstruosidad!
—¡Está loca! ¡Si cae presa, todo habrá terminado! ¡La Pesadilla es tan poderosa
que creía que ya la habían capturado, pero, si busca su verdad y su poder, hará de ella algo
peor que lo que ha hecho con Lethon o Emeriss, y a través de ella alterará ambos planos y
los convertirá en un horror mucho peor que cualquier cosa que hayamos experimentado!
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Tempestira
—Tú haces todo eso por ella mientras ella se arriesga, y yo… ¡me meto en una
cueva, escondiéndome del fin del mundo! ¡Ocultándome de la defensa de mi amor y mi
reina! ¡Conozco a tu Korialstrasz desde hace tiempo igual que te conozco a ti, Vinculadora
de Vida! No soy digno de estar en tu presencia ni en la de mi Ysera…
—¡Pero si hay esperanza de volver a ser digno de ella, sólo me queda un camino!
El gran dragón verde giró para encarar el portal. Sus energías latían suave,
inocentemente.
—No, iremos contigo —replicó Tyrande—. No creo que nuestra reunión fuese
debida al azar. Alguien busca reunir a aquellos que mejor pueden servir a Azeroth y a su
supervivencia. Nada ocurre sin un motivo…
***
Está pasando, se atrevió a confiar Malfurion, intentando hacer cuanto podía por
ocultarle esos pensamientos a su captor. Puede que ellos sospechen… pero está bien
mientras él no…
Las temibles sombras de repente se estiraron sobre el árbol de dolor en que se había
convertido el elfo de la noche. La insidiosa presencia del Señor de la Pesadilla rodeaba a
Malfurion y llenaba su mente y su alma.
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Tempestira
Muy a su pesar, el elfo de la noche no pudo evitar crisparse por la última frase.
¿Ése ser despreciable lo sabía?
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CAPÍTULO TRECE
EN EL MARGEN DE LA
PESADILLA
L os druidas estaban agotados. Se habían vaciado tanto que muy probablemente
vanos de ellos no iban a ser de ninguna ayuda para lanzar más hechizos en días. Sus
esfuerzos combinados habían alimentado a Teldrassil, pero sin un éxito visible… al menos,
hasta donde podía ver Hamuul.
En cuanto al tauren, se había convertido en un paria para casi todos los demás,
aunque oficialmente no había habido censura alguna ni condena por parte del Archidruida
Fandral al respecto de lo que había hecho Broll. Fandral ni siquiera había informado a
Hamuul de lo que había hecho el druida desaparecido. Simplemente había mirado con
desaprobación al tauren, y lo había hecho el tiempo suficiente como para que los demás
entendiesen que Hamuul había perdido su favor.
Naralex y algunos otros desafiaban el desprecio, pero Hamuul hacia cuanto podía
para apartarse de ellos no fuesen a sufrir ellos también. El tauren estaba dispuesto a
aguantar su parte de responsabilidad al permitir que Broll pasara desapercibido el tiempo
suficiente. Confiaba en su amigo. Pero Fandral tenía derecho a estar furioso.
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Tempestira
Hamuul tenía que asumir que no era un Archidruida suficientemente adepto como
para sentir lo que sentía Fandral.
El tauren se sentó con las piernas cruzadas, algo distante de los demás. Los druidas
estaban meditando, intentando recuperar sus fuerzas para el siguiente hechizo de Fandral.
Hamuul no se había sentido tan agotado en toda su vida, ni siquiera durante la caza de una
semana que había formado parte de su rito de pasaje de niño a adulto. Aquello había
requerido que ayunase durante toda la semana.
Me estoy haciendo viejo… fue su primer pensamiento. Pero ninguno de los elfos de
la noche parecía mucho más fuerte que él. Hasta ahora parecía que los planes del
Archidruida principal habían hecho poco más que llevar a casi todos los druidas al borde
del agotamiento.
El tauren deseaba que hubiese algo más que pudiese hacer por Broll, además de lo
que ya había hecho. Seguía sintiendo que la decisión de Broll era la correcta, a pesar de
cómo había contrariado a los buenos propósitos de Fandral. De pie ante Teldrassil miró
hacia las nubes donde se encontraba Darnassus. Si el portal hubiese estado cerca, Hamuul
podría haberse sentido tentado de atravesarlo. Tal como eran las cosas, su única elección
era volar…
Hamuul se apartó del árbol y buscó a quien hablaba. Sin embargo, el susurro cesó
inmediatamente.
Todos los druidas conocían el lenguaje de los árboles, aunque algunos lo entendían
mejor que otros. Ésta no era la primera vez que Hamuul había tocado y escuchado al Árbol
del Mundo, pero sí la primera que había oído aquellos susurros. La voz del Árbol del
Mundo se oía habitualmente más en el frufrú de sus ramas y hojas y a través del curso de
la savia que fluía como sangre por todo el vasto tronco. Se podía oír como un susurro, pero
un susurro que se entendía.
Pero Hamuul no entendía lo que estaba oyendo ahora. Los susurros carecían del
ritmo adecuado, de forma. Mientras el Archidruida seguía escuchando, continuaban y
continuaban como si…
No había notado aproximarse al elfo de la noche lo que hablaba del estado mental
de Hamuul. Como tauren, se enorgullecía en creer que los de su raza eran los únicos que
podían sorprender a alguien como Fandral.
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Tempestira
Hamuul decidió ser sincero. Esto era algo que Fandral debía saber. ¿Pero cómo
explicarlo mejor?
—No noto nada distinto a antes. Teldrassil no está bien aún, pero hay mejoría.
Fandral empezó a caminar. Hamuul no pudo hacer más que seguirlo. Pero, mientras
escuchaba al elfo de la noche comenzar su explicación, miró atrás a la zona que había
tocado. Había oído los incoherentes susurros y sabía que era la voz del Árbol del Mundo.
De no haber investigado también el Archidruida principal, el tauren habría estado aún más
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Tempestira
***
—Así es, Broll Bearmantle, pero, si tengo razón y Malfurion Stormrage ha estado
de algún modo ayudando a guiarlos, querrá que todo esté bien pensado antes —la dragona
sonrió sombríamente—. Y eso es lo que hemos hecho ahora.
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Tempestira