0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 228 vistas8 páginasRahner, La Palabra Poética y El Cristiano PDF
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Es verdad que sélo un poeta podria decir algo significativo
sobre el tema propuesto. Pues creemos que el poeta es cierta-
‘menie-el llamado en primer lugar a interpretar la poesia, cuando
legue el caso. Pero si uno se atreve a hablar sobre este tema,
10, siendo poeta, cabe un pensamiento que consuela y anima.
joeta habla a los otros, a los no-poetas; éstos, por tanto,
‘tan por si mismos en relacién con Ja. poesia y el poeta; luego
nen que saber lo que la’ poesia es. Una verdad puede servir
de consuelo y de 4nimo: el creyente, guiado por el Espiritu de
Dios, puede juzgarlo todo, como dice el apésto]. Segin esto, «
ri tampoco puede serle ajeno a la teologia, en cuanto re-
lexién de los creyentes, nada de lo que Ilena las horas cimeras
hombre. Y esto debe ser devuelto a Dios precisamente asi,
nosotros la conciencia del punto de partida, que es feo-
ydé los limites propios del no-poeta, partamos, no del
N70 obvio: la Poesia misma, sino de una reflexin teolé-
vestra. euestian, por lo tanto, es simplemente si este
oo Ee ‘su mirada hacia algo que des-
oe de. stevepeii pate da palabra poética,
Antes: de*comenzar hemos de advertir que no hablamos sobre
arte en.-general, sino»sdlo. de la poesia en la palabra. Y esto
por dos: razones,. Primera, porque: este planteamiento preciso
traiia ya suficiente oscuridad. Segunda, porque el cristianismo,
en tanto: religién. dela: palabra revelada, de la fe audiente
de una sagrada Escritura, posee indudablemente una relacién
453interna de orden especial precisamente con la palabra: de ahi
que no pueda prescindir de tal relacién. especial con la pala-
bra poética.
¢Qué exige del hombre el cristianismo para llegar a ser en
&l realidad? Puestos a dar una respuesta a esta cuestién no es
que pensemos que la funcién del cristianismo, es decir. de la
gracia de Dios, consista siempre y necesariamente en esperar
solamente, sélo en observar si el hombre posee esos supuestos 0
no, Ciertamente no. La gracia de Dios se crea ella misma tales
supuestos, es causa incluso de que sea aceptada. Es ‘el don, Dios,
y el don de aceptar el don que se da a si mismo. Ahora bien,
esta gracia de Dios no obra timicamente, ni en primer lugar,
cuando la palabra’ evangélica oficialmente revelada Ilega al
hombre, La gracia se anticipa a la palabra, prepara los corazones
para dicha palabra. Los medios son todo lo que en la vida del
hombre puede aparecer en calidad de experiencia existencial. La
gracia, aunque ‘de manera diversa, se oculta y actiia poderosa-
yaente en lo que amamos lo humane. Porque lo humano mismo,
donde existe todavia y de nuevo, donde se conserva limpiamente
y aparece en ‘su esplendor, no existiria, si la gracia oculta de
Dios no se anticipase a su manifestacién propia en la palabra
evangélica. Y por eso: cuando buseamos los supuestos humanos
del cristianisme y de su proclamacién, tal bisqueda implica una
alabanza de la gracia de Cristo y no merma en nada su poder y
fuerza preservadora.
El primer supuesto para que un hombre pueda off la pala-
ba evangélica sin malentenderla consiste en que el hombre tiene
oides abiertos para la palabra mediante la cual el misterio silente
es’presencia. En Ja palabra del Evangelio debe, sin duda, afir-
marse més de Jo que nosotros aprehendemos, aun sin palabras,
de lo que sin palabras somos capaces de apoderarnos. En esta
palabra, indudablemente, debe ser presencia Jo inaprehensible,
Jo sin-nombre, lo que, no dispuesto, silenciosamente dispone, lo
no perceptible, el abismo en que nos fundamos, la clarisima tinie-
bla que abarca toda claridad de nuestro ser cotidiano, en una
palabra: el misterio permanente, Dios, el comienzo que sigue
siendo cuando nosotros ya hemos acabado. Asf foda palabra
454,
que verdaderamente lo es, y estrictamente sélo la palabra, tiene
el poder de nombrar Jo innombrable.
Es verdad que la palabra afirma, nombra y distingue, limita,
define, acerca, determina y ordena. Pero, al hacer todo esto,
resulta ademas, para ol que tiene ofdos para ello, para el que
sabe ver~-todos los‘ sentidos del espiritu se reducen aqui a
uno—, algo completamente distinto: la mistica silente de la
presencia de lo sin-nombre. Es que lo nombrado es evocado a,
primer plano por la palabra. Y asi surge del fondo abarcador,
mudo y callado, del que procede y en el que permanece oculto,
La realidad parafraseada y distinta en la palabra, en el nombre
con funcién distinguidora, al ser distinguida de otra, entra con
ella simultaneamente en la unidad de lo comparable y pariente,
refiere asi ticitamente al origen ‘mico, capaz de conferir si-
‘multaneamente, antes que toda otra realidad, por estar por en-
cima:de ambas, la unidad-y la diferencia.
La palabra ordena siempre lo individual y, al hacerlo, hace
referencia siempre al orden mismo, inordenable, siempre previo,
que permanece @ priori en el fondo y en el trasfondo. Puede
sucedet que se oigan palabras sin percibir todo esto. Se puede ser
sordo, incapaz de advertir que el sonido espiritual sélo puede
ser oido en su realidad inequivoca habitudndose a escuchar pre-
viamente, sobre todo sonido determinado y aisladamente to-
mado, la entrafia misma del silencio en el que todo sonido
posible esta todavia recogido y es uno con todo lo otro, Puede
carecerse de atencién para la propia escucha abarcadora, de-
jandose caer, al oir, en lo individual oido. Se puede olvidar que
el dmbito pequefio y limitado de las palabras determinantes
esta situado en el desierto infinito y callado de la divinidad.
Pero es justamente a esta ‘realidad sin nombre a quien Jas
palabras quieren nombrar también, cuando dicen lo que tiene
nombre. Quieren evocar e] misterio, dando lo inteligible; quie-
yen invocar a la infinidad, parafraseando y circunscribiendo lo
finito; quieren, aprehendiendo y percibiendo, forzar al hombre
a que sea aprehendido.
Lo que sucede es que el hombre puede ser sordo a este sen-
tido eterno de las palabras temporales y aun enorgullecerse de
su dureza de cofazén, insensible, yerma y necia, Y por eso hay
455que decirle palabras de alta entidad. Para que advierta que son
dichas por quienes él tiene que tomar en serio. Y que en tales
palabras s6lo le cabe una alternativa: o tenerlas por absurdas,
© escucharlas a todo trance, con verdad y con amor esforza-
dos, hasta comprender que su sentido pleno consiste en decir
lo inefable, en hacer que el misterio sin nombre roce levemente
el coraz6n, en fundar todo lo {undade en primeros planos en el
abismo sin fondo.
El cristianismo necesita tales palabras y tal entrenamiento
en el saber-oirlas. Y la raz6n es que todas sus palabras serfan
indudablemente entendidas falsamente, si no fueran oidas en
tanto palabras del misterio y comienzo de Ja bienaventurada y
«capiente» incomprensibilidad de lo santo. Pues tales pala-
bras hablan de Dios. Y no habremos entendido ni una pa-
Jabra del cristianismo, o Jas habremos entendido todas falsa-
mente, mientras no nos aprehenda en una la incomprensibilidad
de Dios y nos fascine, arrebaténdonos a su clarisima tiniebla,
Y Nos arranque de la pequefia morada intima y familiar de
lo sensato, lamandonos a la noche inquietante, que es el unico y
verdadero hogar patrio. Pues todas las palabras del cristianismo
hablan del Dios desconocido que, al revelarse, se entrega, justa-
mente en calidad de misterio permanente, y torna a si, a su inte-
tioridad, todo lo que fuera de él existe y posee claridad. Dios es
Ja incomprensibilidad del amor que enmudece de bienaventuran-
za. Y no cabe duda que quien quiera saber oir el mensaje del
cristianismo tendra que tener ofdos para la palabra en la que el
silente misterio, en tanto fundamento de la existencia, es pre-
séncia inequivoca,
El segundo supuesto para oir bien el mensaje del cristianis-
mo es la capacidad de ofr palabras que tocan certeramente el
centro del hombre, su corazén. Dios quiere ser a salvacién del
hombre enero. Por eso cuando Dios—el misterio—quiere de-
cirse en la palabra de la revelacién cristiana, esa palabra busca
al hombre entero; le busca, pues, en su unidad original de la
que asciende la pluralidad de su existencia y en Ja que tal plura-
Vidad permanece resumida: busca el corazén del hombre, Y
por eso las palabras del mensaje evangélico son necesaria-
mente palabras del corazén. No palabras sentimentales, que no
456
serian palabras de corazén a coraz6n; ni meras palabras racio-
nales, del mero intelecto, entendiendo por tal tmicamente la facul-
tad de apoderarse y concebir lo abarcable y no la potencia
radical de ser dominado y aprehendido por el misterio incom-
prensible, en cuyo caso se dice «corazén», teniendo en cuenta
que tal palabra se refiere a esa potencia radical del espiritu
personal en su mds honda interioridad.
Para poder ser cristiano, por lo tanto, hay que ser capaz
de ofr y entender proto-palabras del corazén. Tales palabras
no s6lo alcanzan la racionalidad técnica del hombre y su des-
interesada pseudo-objetividad, no son émicamente signos de la
afirmacién biolégica de la existencia y de la conduccién de los
instintos gregarios, son palabras, en cierto sentido, sacrales y
hasta sacramentales; es decir, evan consigo Jo que significan
y se hunden creadoramente en el centro original del hombre.
Segim esto, hay que ejercitar esa prontitud y esa capacidad para
que. las protopalabras no resbalen en Ja superficialidad del
hombre asendereado, para que no queden ahogadas en la indi-
ferencia y en el nihilismo cinico, para que no se pierdan en
la charlataneria, sino para que encuentren certeras la profun-
didad mds intima del hombre, matando y vivificando, trans-
formando, juzgando, dando gracia; como una lanza que hiere
certeramente al crucificado y, al darle muerte, abre las fuentes
del espiritu.
Hay que aprender a ofr tales palabras. En la dura discipli-
na del espiritu y con veneracién del corazén que exige la pala-
bra «certeray, la palabra que le acierta verdaderamente y le
atrayiesa, para que herido de muerte y absorto de bienaven-
turanza vuelque, como de un cAliz, en el abismo del misterio
eterno de Dios, el secreto callado que encierra, y—liberado—
alcance asi la bienaventuranza.
El tercer supuesto para ofr bien el mensaje del Evangelio
es la capacidad de ofr la palabra que une. Este supuesto procede
de varios otros.
Las palabras dividen. Pero las palabras tltimas, evocadoras
del misterio que est4 por encima de toda realidad y que aciertan
el corazén, son palabras que unen. [Link] que tales palabras evo-
can el origen tmico y recogen todo en el centro aunador del
corazon. Por eso reconcilian, liberan lo individual de su aislada
457soledad, hacen que en cada ser esté presente el toda. Nombran
una muerte y en ella se siente el sabor de la muerte de todos,
manifiestan un gozo y en él el gozo penetra en el corazon, hablan
de un hombre y hacen familiar al hombre. ¥ aunque nombren la
cruel soledad de un hombre cualquiera, su exclusivo e irrepetible
aislamiento, introducen precisamente asi en el interior de la
soledad aisladora del oyente y, con ello, en el dolor y el que-
hacer, comunes y tnicos, que a todos atafien, de tener que buscar
la verdadera unidad de los innumerables individuos.
Las palabras autéuticas, por tanto, unen. Pero hay que saber
oirlas asi, si no tampoco puede entenderse el mensaje del cris-
tianismo. Pues tal mensaje se mueve exclusivamente en torno a
una realidad: el misterio del amor. No un sentimiento cual-
quiera, sino el amor: la verdadera sustancia de la realidad
que quiere manifestarse en todo, el misterio que quiere descen-
der al corazén del hombre como juicio y salvacién. Por eso sélo
tiene ofdos que perciben yerdaderamente el mensaje del cris-
tianismo quien puede ofr en las palabras que dividen el timbre
oculto del amor aunador, De lo contrario sélo se oye, incluso
ahi, un ruido de palabras que dispersan, mil cosas que cansan
y enajenan el espiritu, forzado a retener un exceso de incon-
gruencias. Y el corazén muere porque, en el fondo, sdlo puede
amar y oir una cosa, lo aunador, a Dios mismo que une sin
unificar,
El cuarto supuesto, el tiltimo que vamos a nombrar, para
oir el mensaje del Evangelio es la capacidad de descubrir del
misterio inefable en medio de cada palabra su determinacién
corporal, no mezclada, pero inseparable de él. Es la capacidad
de percibir la incomprensibilidad encarnatoria y encarnada, de
oir la Palabra hecha carne.
En efecto, si queremos ser cristianos y no sélo metafisicos
del oscuro principio, hemos de confesar que la Palabra eterna
se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. El Verbo en el
que—«hacia dentro»—el primer principio en Ja divinidad—para
nosotros oscuro, pero personal y carente de origen, a quien alu-
dimos con la palabra «Padrey—se dice intima y totalmente en
su propia eternidad y en el que él es cabe si. La Palabra, justa-
mente la Palabra en la que el misterio sin origen viene a si mis-
458
ses
mo, el Verbo eterno que no tiene otro junto a si, porque él sélo
dice en si todo Io que puede ser dicho, esa Palabra se ha hecho
carne; se ha hecho esta realidad determinada, sin dejar de ser
todo; se dice «aquin y «ahora», sin dejar de ser siempre y
en todo lugar.
Y por esa, y desde tal acaecer y en esta Palabra hecha carne,
la palabra humana se ha Ilenado de gracia y de verdad. No in-
dica solamente, como dedo que sefiala mudamente por encima
de lo que circunscribe, iluminandolo, hacia una lejanfa infinita
en la que mora inaccesible Ja muda incomprensibilidad. Esta
ha entrado—gracia compasiva—en la misma palabra humana.
En el ambito que la palabra humana circunscribe ha plantado su
tienda la Infinitud. Ella misma esta en Jo finito, La palabra
nombra, contiene en verdad lo que aparentemente sdlo dice
conjuntamente mediante una alusién muda. Aporta lo que pro-
clama, es la palabra que alcanzar4 su iltima plenitud esencial
en la palabra sacramental. Y esa plenitud le fue concedida por
gracia de Dios, ya que Dios dice su misma Palabra eterna en
la carne del Sefior.
Pero por esta raz6n el cristiano tiene que estar abierto para
este agraciamiento de la palabra en el Logos que se ha hecho
hombre. Tiene que hacerse al misterio de la palabra que, me-
«diante la Palabra hecha came, es cuerpe del misterio infinito y
ya no mero indicador—desvidndose de si mismo—hacia él. En
el pozo terrenamente angosto de la palabra humana, dentro y
por debajo, alla en Jo hondo, salta la fuente misma que fluye
eternamente; en la zarza de la palabra humana arde Ja Ilama del
amor eterno.
Es verdad que este cardcter de la palabra en su esencia ver-
dadera y plena es ya agraciamiento de la palabra. Y saber ofr
tal palabra es ya estrictamente gracia de la fe, Pero desde que
existe la palabra humana como cuerpo de la Palabra perma-
nentemente infinita de Dios y desde que esa Palabra es oida
en medio de su permanente corporeidad, hay un nimbo de es-
plendor y una promesa oculta sobre toda palabra. En cada una
puede acaecer la encarnacién del agraciamiento con la Palabra
misma, permanente de Dios y, en ella, con Dios mismo. Of bien
la palabra supone siempre escuchar atentamente hacia lo hondo,
hacia la mas intima profundidad de cada palabra, en la espera
459de que quiz4s precisamente ahi, al afirmar al hombre y su mun-
do, llegue a ser de pronto Ja palabra del amor infinito. Y por
eso, para ser cristiano; cada vez con més profundidad, hay que
ejercitar siempre de nuevo ese saber escuchar la posibilidad
encarnatoria de la palabra humana, Ja prontitud y la capacidad
de encontrar el todo permaneciendo en lo individual, de tener
valor justamente para lo claro y determinado, a fin de percibir
lo inefable, de aceptar pacientemente y amar la lealtad de lo
cercano para alcanzar la lejania que no es ciertamente vacia
ausencia de todo compromiso.
Segim esto, el cristiano, para saber ofr Ja palabra cristiana
del mensaje de Dios, tiene que estar capacitado, ejercitado y
agraciado para oir una palabra. gQué palabra? Tiene que saber
ofr la palabra mediante la cual el misterio silente «se presencia».
Tiene que saber percibir la palabra que toca certeramente el cora~
zon en su entrafia mas honda. Tiene que estar iniciado en la gra-
cia humana de ofr la palabra que une recogiendo, y la palabra
que es, en medio de su propia y clara finitud, la corporeidad def
misterio infinito. Ahora bien, ;cémo se llama tal palabra? Esa
palabra es la palabra poética. Ese saber-oir es el haber-oido de
la palabra poética, a Ja que el hombre se entregé con humilde
prontitud hasta que se le abrieron a ella los oidos del espiritu
y le entré en el corazén.
Es posible que se requieran m4s supuestos que los que he-
mos enumerado como caracteristica propia de la palabra bus-
cada por nosotros, para que la palabra poética sea ella mis-
ma. Porque quiz4s—y ésta seria ya una razon de tal hecho—
tengamos que atribuir las cuatro notas caracterfsticas, aunque.
en una diferenciacién precisa de matiz y sombra, a cada pa-
labra de Ja Escritura. Y, sin embargo, no puede decirse que
toda palabra de la Escritura sea en rigor palabra poética.
Sea como sea, lo que nadie podra negar es que, en cualquier
caso, estas cuatro notas caracteristicas tienen que ser atribuidas
también a la palabra y son caracteristica esencial de Ja palabra
que pretenda poseer dignidad y rango poético. Poder decir esto.
es suficiente aqui. Y as{ es verdad que la aptitud y el adiestra~
miento para percibir la palabra poética es un supuesto para ofr
la palabra de Dios.
460
Es verdad que la gracia se crea ella misma dicho supuesto,
y también lo es que hay muches hombres a quienes la poesia
fundamental de la existencia eterna sdlo les Nega al vido y
al corazén en el mensaje cristiano mismo. Pero esto no mo-
difica en nada el conocimiento radical conseguido, segin el
cual el decir y ofr poéticos pertenecen tan intimamente a la
esencia del hombre que, si esta capacidad esencial del corazén
hubiera desapatecido verdaderamente por completo, el hombre
ya no podria percibir la palabra de Dios en la palabra humana.
Lo poético es, en su esencia iiltima, supuesto del cristianismo.
No se arguya que hay muchos cristianos de verdad sin sen-
sibilidad poética, En el. cristianismo cabe un estar més 0 menos
dotado para la poesia. No todo cristiano capaz de encontrar en
grado eminente en la palabra cristiana las cuatro caracteristicas
citadas tiene que ser, por eso mismo, un gran poeta. Ni siquiera
necesita entender mucho de poesia, Pues muy bien puede care-
cer de otras facultades que se requieren para ser poeta o para
estar abierto a la poesia.
Pero si la palabra poética evoca y hace presente tras las
realidades decibles y en sus abismos més hondos el misterio
eterno, si dice lo individual de tal manera que en ello esté todo
poéticamente reunido, si es una palabra que o llega al corazén 0
no es palabra pottica, si en su decir conjura lo inelable, si
fascina y libera, si no habla sobre algo, sino que al decir funda
lo que evoca, gpodré un hombre ser radicalmente insensible,
muerto a fal palabra y ser, sin embargo, cristiano? Puede ser
que la oiga casi exclusivamente donde ya es mds que mera
poesfa humana, en la que el hombre dice desde si mismo quién
es y en la que al decirlo pone su ofdo sobre ja concha del mun-
do y escucha. Quizds sélo pueda ofr esta poesia de la existencia
en la palabra en la que por de Dios mismo acacce en su
propia palabra. Pero aun asi el hombre oye y dice palabras en
las que la esencia més intima de la palabra poética vive todavia
y acttia o ha sido superada ya.
En todo caso, ocuparse de poesia es una parcela del adies-
tramiento en el saber-oir Ja palabra de vida. Y reciprocamente:
un hombre que aprende a oir las ‘palabras del Evangelio real-
mente como palabra de Dios que Dios mismo entrega, un hom-
pre que aprenda a oirlas en el centro del corazén, empieza
461a convertirse en un hombre que ya no puede ser completamente
insensible a toda palabra poética.
£Qué se sigue de lo dicho para nosotros hoy?:
a) La poesia es necesaria. Lo que puede decirse del hu-
manismo en general vale de la poesia en cuanto obra realizada
y recibida en trance creador. En una época en que lo humano y
Jo poético parece que mueren, sepultados bajo los logros del
ingenio técnico y ahogados por Ja palabrerfa de las masas, el
cristianismo tiene que defender lo humano y Jo poético. Ambos
viven y mueren conjuntamente. Sencillamente porque lo huma-
no—que es también lo poético—y lo cristiano, aunque no sean
Jo mismo, tampoco pueden ser separados. Ya que también lo
humano vive de la gracia de Cristo, y lo cristiano incluye en
su esencia propia lo humano como un elemento esencial, aunque
no sea todo.
Si es verdad que el mensaje del Evangelio persiste hasta el
fin de los tiempos, también lo es, conjuntamente, nuestra creen-
cia en que siempre habré hombres a quienes la palabra del
misterio- inefable—e] amor hecho carne en la palabra humana,
el amor que todo lo auna y retine—les entre en Jo mds intimo
del corazén. Si a tal palabra le han sido prometidos la lucha per-
manente y el peligro constante y violento, pero también la
permanente victoria en el victorioso permanecer hasta el fin,
también le ha sido prometida entonces a Ja palabra poética una
victoria siempre renovada en la lucha siempre nueva. Y es que
de aquella palabra se abre en flor siempre ésta, porque la pa-
labra: divina leva ya en si el ser mas fntimo de la palabra
postica.
Los cristianos tenemos que amar y luchar por Ja palabra
poética, porque tenemos que defender lo humano, ya que Dios
inismo lo ha asumido a su realidad eterna. De esta caracteris-
tica esencial del cristianismo no se deduce ninguna receta de
cémo habra de ser esa realidad poética a la que nunca podemos
renunciar, El hombre es historia’ y, por tanto, también su poe-
sia. No hay que asustarse ante Ja historia. Y menos que nadie
el cristiano. El es quien tiene que tomarla mas en serio, porque
Ja eternidad del cristiano nace del seno mismo de la historia.
462 -
Y por eso el cristiano, al declararse y afirmar el humanismo
eterno y, con ello, la eterna poesia, no afirma nunca la poesia
de ayer y anteayer solamente, Querré que el poeta diga abierta
y lealmente, lo que hay en nosotros y que anticipe profética-
mente lo que ya se cierne en forma de futuro; querra que sea
e] poeta del tiempo propio, del tiempo nuevo, de su tormento,
de sw bienaventuranza, de su quehacer, de su muerte y de la
vida eterna. También aqui sdlo podemos ser conservadores te-
niendo, como cristianos, en Ja misa del altar como en la misa
de la vida, la memoria solemne de nuestro origen y de nuestro
pasado por una de las fuerzas esenciales de nuestra existencia.
Y de tal manera que justamente en esa conciencia salgamos al
encuentro del futuro que, irrepetible siempre, nos llama, y de
modo que el futuro de Dios sea nuestro origen.
6) Naturalmente puede darse el caso de un buen hombre,
un buen cristiano, en sentido burgués, que sea, sin embargo, un
poeta lamentable. Pero cristianismo y poesia de entidad ver-
daderamente grande poseen un intimo parentesco. Cierto que
uo son la misma cosa. Pues la pregunta del hombre y la res-
puesta de Dios no son lo mismo, Pero gran poesia sélo existe
cuando el hombre se enfrenta radicalmente con lo que él mismo
es. Al hacerlo puede estar envuelto en culpa, perversién, odio
de si mismo y soberbia satanica, puede tenerse a si mismo por
pecador e identificarse con su pecado. Cierto. Pero incluso ahi
estd mds en el bendito riesgo de tropezar con Dios que el bur-
gués chato y enteco que medrosamente evita de antemano los
abismos existenciales, yendo a dar en la superficialidad donde
no se tropieza con la duda, pero tampoco con Dios. Y por eso
la cuestién de la lectura pedagégicamente apta para los todavia
no formados puede ser una cuestién seria en si misma. Pero el
cristiano formado saldré abiertamente y con lealtad, con res-
peto—quiz4s con dolor y compasivamente—, al encuentro de
la poesia verdaderamente grande, amorosamente, porque tal poe-
sia habla del hombre, redimido o necesitado y capaz de reden-
cién. Y por eso Heva en todo caso mas alla del lugar donde
tantas veces y tanto tiempo permanecemos en nuestros todos-los-
dias, cabe el ser bipedo que ha Ilegado a ser un poco mas listo
y, a cambio, mds inseguro que los animales.
463Cuanto més hondamente Ileva al hombre Ja gran poesia a
los abismos fundantes de su existencia, tanto més le obliga
a humanas realizaciones de si mismo, oscuras Y misteriosas,
ocultas en la ambigiiedad en la que é fundamentalmente no
puede decir con seguridad si la gracia le ha salvado o si esta
perdido. .
No es ninguna casualidad, sino una realidad fundada en
la naturaleza de las cosas: toda gran poesia humana es oscura
y, las mas de las veces, deja sin contestar la cuestién de si en
ella ha acaecido y ha sido expuesto el misterio de la gracia o
de la perdicién. Tampoco podria suceder de otro modo. La
poesia tiene que hablar de lo concreto y no hacer que los prin-
cipios abstractos bailen como marionetas. Ahora bien, lo indi-
vidual y concreto es un misterio que sélo es desvelado por el
juicio. Y tal juicio es dnicamente Dios. Pero el poeta lo deja
ser presencia en forma de misterio. Su poesia, pues, no puede
tener—no es licito que tenga—bajo ningin concepto el inge-
nuo y claro cardcter edificante que muchos malos pedagogos
desean tanto para los educandos a su cuidado.
Sino somos maniqueos sabemos, en tanto cristianos, que
la culpa verdaderamente grande es, ciertamente, terrible—por
grande y por ser culpa—, pero que slo puede ser grande por-
que mucha grandeza humana se realiza y se manifiesta en ella.
Porque el mal en cuanto tal no es nada. Sabemos que Dios per-
mite en este mundo el pecado y Je deja que sea grande y pade-
roso. Por eso no es ciertamente tan facil experimentar ejemplar-
mente la grandeza humana sélo en Jos santos. Si esto es asi, no
s6lo no puede estarnos prohibido, sino que es un mandato para
nosotros los cristianos atender critica y discriminadoramente,
pero con seriedad, y ocuparnos de la poesia que, siéndolo de
verdad, no responde a los criterios morales del cristianismo. (Nos
referimos a la verdadera poesia, no a la que bajo pretexto «poé”
tico» nos ofrece exclusivamente vacio ateismo ¢ inmoralidad:) No =:
nos es licito censurar, al hacerlo, a los de fuera. Y es que, segin
el apéstol, los cristianos no debemos salirnos del mundo, sino
practicar también una cierta forma de comunidad—aunque no
la misma que con Jos hermanos en la fe—con los incrédulos 0
fornicarios (I Cor 5, 9-18).
Existe un cristianismo anénimo. Hay hombres que creen
464,
no ser cristianos, pero que, sin entbargo, lo son en la gracia de
Dios. Y asi hay un humanismo sostenido anénimamente por la
gracia que cree ser pura humanidad. Los cristianos podemos en-
tenderlo mejor que él se entiende a si mismo. En la doctrina de
Ja fe decimos que también lo moral humano necesita en sus di-
mensiones intramundanas la gracia de Dios para poder mante-
nerse en su integridad durante largo. tiempo. Luego entonces,
para nosotros cristianos, también tal humanismo, aparezca donde
aparezca y aunque exista fuera del cristianismo expreso, es don
de la gracia divina y gloria de la redencién, Aunque aquél toda-
via no lo sepa. gCémo no amarlo también? Menospreciariamos
la gracia de Dios si pasdramos de largo e indiferentes ante él.
c) La letra impresa era, en tiempos pasados, negocio ar-
duo, molesto—por e} tiempo que exigia—y caro. De ahi’ que
solo se escribiera y se diera a la imprenta lo que poseia cierta
prestancia. Hoy imprimir un libro es un asunto relativamente
barato,.si se compara con otros gastos vitales. Por eso, no sélo
poseemos una amplia bibliografia—cosa de que el siglo xvut
carecia atin—al servicio de la técnica, de las ciencias y de la
sociedad, sino que se imprime también toda la estipida y hueca
palabreria que Iena—que inevitablemente Iena—el todos-los-
dias. Y asi existe una literatura que no es mas que distraccién
en el mercado de lo cotidiano, mero cotilleo impreso y, la ma-
yoria de las veces, también ilustrado. A ella se aplicard el
criterio y la actitud de un cristiano auténtico ante la palabra
y la palabreria cotidianas. El cristiano distinguiré esta palabra
del todos-los-dias de la alta y santa palabra de Ja poesia, obser-
vara atentamente, con sensibilidad y rigor, las diferencias esen-
ciales de rango y se educar4 y educaré a los otros en esta distin-
cién de espfritus; mantendrd lo cotidiano dentro de sus limites,
Porque el cristiano sabe que hay—de facto y de iure—un
todos-los-dias. Y también incluira, con pleno derecho, en el
ambito de la poesfa auténtica lo sereno y celeste, ]o espontaneo
y gozosamente ingenuo, sin pensar que la grandeza poética exija
como primer supuesto que la culpa y el desamparo, lo iré-
gico y el tormento infernal caigan sobre el hombre. Pues el
cristiano es capaz del equilibrio y del saber de que cabe wa
Ultima seriedad, encerrada en Dios, sobria, espontdnea, atrac-
465
30tiva y serena en la seriedad serena de los hijos de Dios, El
cristiano sabe que la libertad bienaventurada del cielo es, en
realidad, lo Gnico serio, mds que el infierno.
El cristiano y la poesia. Qué poco es lo que hemos dicho
sobre tema ‘tan alto. Pero si Jo dicho ha conseguido sélo una
cosa: despertar o consolidar Ja sensibilidad para wna respon-
sabilidad del cristiano, y especialmente de] educador cristiano,
anie la poesia y su inteligencia, ya es suficiente. Hasta qué pun-
to la gracia de Dios se ha apoderado de nosotros es cosa que
no podemos medir en ella, pues no nos es posible una percep-
cién o una intuicién de Ja gracia en‘si misma. A este propésito,
casi lo Gnico que podemos hacer—ademds de la fe confiada—
es preguntarnos hasta qué punto somos ya hombres, Y esto
también—no s6lo—puede conocerse viendo si nuestro oido est&
abierto para’ ofr amorosamente la palabra de la poesia. Y asi,
preguntamnos por nuestra actitud ante la poesia es cosa muy
seria y efectivamente cristiana, una cuestién que desemboca en
la salvacion del hombre.
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