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Rahner, La Palabra Poética y El Cristiano PDF

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Es verdad que sélo un poeta podria decir algo significativo sobre el tema propuesto. Pues creemos que el poeta es cierta- ‘menie-el llamado en primer lugar a interpretar la poesia, cuando legue el caso. Pero si uno se atreve a hablar sobre este tema, 10, siendo poeta, cabe un pensamiento que consuela y anima. joeta habla a los otros, a los no-poetas; éstos, por tanto, ‘tan por si mismos en relacién con Ja. poesia y el poeta; luego nen que saber lo que la’ poesia es. Una verdad puede servir de consuelo y de 4nimo: el creyente, guiado por el Espiritu de Dios, puede juzgarlo todo, como dice el apésto]. Segin esto, « ri tampoco puede serle ajeno a la teologia, en cuanto re- lexién de los creyentes, nada de lo que Ilena las horas cimeras hombre. Y esto debe ser devuelto a Dios precisamente asi, nosotros la conciencia del punto de partida, que es feo- ydé los limites propios del no-poeta, partamos, no del N70 obvio: la Poesia misma, sino de una reflexin teolé- vestra. euestian, por lo tanto, es simplemente si este oo Ee ‘su mirada hacia algo que des- oe de. stevepeii pate da palabra poética, Antes: de*comenzar hemos de advertir que no hablamos sobre arte en.-general, sino»sdlo. de la poesia en la palabra. Y esto por dos: razones,. Primera, porque: este planteamiento preciso traiia ya suficiente oscuridad. Segunda, porque el cristianismo, en tanto: religién. dela: palabra revelada, de la fe audiente de una sagrada Escritura, posee indudablemente una relacién 453 interna de orden especial precisamente con la palabra: de ahi que no pueda prescindir de tal relacién. especial con la pala- bra poética. ¢Qué exige del hombre el cristianismo para llegar a ser en &l realidad? Puestos a dar una respuesta a esta cuestién no es que pensemos que la funcién del cristianismo, es decir. de la gracia de Dios, consista siempre y necesariamente en esperar solamente, sélo en observar si el hombre posee esos supuestos 0 no, Ciertamente no. La gracia de Dios se crea ella misma tales supuestos, es causa incluso de que sea aceptada. Es ‘el don, Dios, y el don de aceptar el don que se da a si mismo. Ahora bien, esta gracia de Dios no obra timicamente, ni en primer lugar, cuando la palabra’ evangélica oficialmente revelada Ilega al hombre, La gracia se anticipa a la palabra, prepara los corazones para dicha palabra. Los medios son todo lo que en la vida del hombre puede aparecer en calidad de experiencia existencial. La gracia, aunque ‘de manera diversa, se oculta y actiia poderosa- yaente en lo que amamos lo humane. Porque lo humano mismo, donde existe todavia y de nuevo, donde se conserva limpiamente y aparece en ‘su esplendor, no existiria, si la gracia oculta de Dios no se anticipase a su manifestacién propia en la palabra evangélica. Y por eso: cuando buseamos los supuestos humanos del cristianisme y de su proclamacién, tal bisqueda implica una alabanza de la gracia de Cristo y no merma en nada su poder y fuerza preservadora. El primer supuesto para que un hombre pueda off la pala- ba evangélica sin malentenderla consiste en que el hombre tiene oides abiertos para la palabra mediante la cual el misterio silente es’presencia. En Ja palabra del Evangelio debe, sin duda, afir- marse més de Jo que nosotros aprehendemos, aun sin palabras, de lo que sin palabras somos capaces de apoderarnos. En esta palabra, indudablemente, debe ser presencia Jo inaprehensible, Jo sin-nombre, lo que, no dispuesto, silenciosamente dispone, lo no perceptible, el abismo en que nos fundamos, la clarisima tinie- bla que abarca toda claridad de nuestro ser cotidiano, en una palabra: el misterio permanente, Dios, el comienzo que sigue siendo cuando nosotros ya hemos acabado. Asf foda palabra 454, que verdaderamente lo es, y estrictamente sélo la palabra, tiene el poder de nombrar Jo innombrable. Es verdad que la palabra afirma, nombra y distingue, limita, define, acerca, determina y ordena. Pero, al hacer todo esto, resulta ademas, para ol que tiene ofdos para ello, para el que sabe ver~-todos los‘ sentidos del espiritu se reducen aqui a uno—, algo completamente distinto: la mistica silente de la presencia de lo sin-nombre. Es que lo nombrado es evocado a, primer plano por la palabra. Y asi surge del fondo abarcador, mudo y callado, del que procede y en el que permanece oculto, La realidad parafraseada y distinta en la palabra, en el nombre con funcién distinguidora, al ser distinguida de otra, entra con ella simultaneamente en la unidad de lo comparable y pariente, refiere asi ticitamente al origen ‘mico, capaz de conferir si- ‘multaneamente, antes que toda otra realidad, por estar por en- cima:de ambas, la unidad-y la diferencia. La palabra ordena siempre lo individual y, al hacerlo, hace referencia siempre al orden mismo, inordenable, siempre previo, que permanece @ priori en el fondo y en el trasfondo. Puede sucedet que se oigan palabras sin percibir todo esto. Se puede ser sordo, incapaz de advertir que el sonido espiritual sélo puede ser oido en su realidad inequivoca habitudndose a escuchar pre- viamente, sobre todo sonido determinado y aisladamente to- mado, la entrafia misma del silencio en el que todo sonido posible esta todavia recogido y es uno con todo lo otro, Puede carecerse de atencién para la propia escucha abarcadora, de- jandose caer, al oir, en lo individual oido. Se puede olvidar que el dmbito pequefio y limitado de las palabras determinantes esta situado en el desierto infinito y callado de la divinidad. Pero es justamente a esta ‘realidad sin nombre a quien Jas palabras quieren nombrar también, cuando dicen lo que tiene nombre. Quieren evocar e] misterio, dando lo inteligible; quie- yen invocar a la infinidad, parafraseando y circunscribiendo lo finito; quieren, aprehendiendo y percibiendo, forzar al hombre a que sea aprehendido. Lo que sucede es que el hombre puede ser sordo a este sen- tido eterno de las palabras temporales y aun enorgullecerse de su dureza de cofazén, insensible, yerma y necia, Y por eso hay 455 que decirle palabras de alta entidad. Para que advierta que son dichas por quienes él tiene que tomar en serio. Y que en tales palabras s6lo le cabe una alternativa: o tenerlas por absurdas, © escucharlas a todo trance, con verdad y con amor esforza- dos, hasta comprender que su sentido pleno consiste en decir lo inefable, en hacer que el misterio sin nombre roce levemente el coraz6n, en fundar todo lo {undade en primeros planos en el abismo sin fondo. El cristianismo necesita tales palabras y tal entrenamiento en el saber-oirlas. Y la raz6n es que todas sus palabras serfan indudablemente entendidas falsamente, si no fueran oidas en tanto palabras del misterio y comienzo de Ja bienaventurada y «capiente» incomprensibilidad de lo santo. Pues tales pala- bras hablan de Dios. Y no habremos entendido ni una pa- Jabra del cristianismo, o Jas habremos entendido todas falsa- mente, mientras no nos aprehenda en una la incomprensibilidad de Dios y nos fascine, arrebaténdonos a su clarisima tiniebla, Y Nos arranque de la pequefia morada intima y familiar de lo sensato, lamandonos a la noche inquietante, que es el unico y verdadero hogar patrio. Pues todas las palabras del cristianismo hablan del Dios desconocido que, al revelarse, se entrega, justa- mente en calidad de misterio permanente, y torna a si, a su inte- tioridad, todo lo que fuera de él existe y posee claridad. Dios es Ja incomprensibilidad del amor que enmudece de bienaventuran- za. Y no cabe duda que quien quiera saber oir el mensaje del cristianismo tendra que tener ofdos para la palabra en la que el silente misterio, en tanto fundamento de la existencia, es pre- séncia inequivoca, El segundo supuesto para oir bien el mensaje del cristianis- mo es la capacidad de ofr palabras que tocan certeramente el centro del hombre, su corazén. Dios quiere ser a salvacién del hombre enero. Por eso cuando Dios—el misterio—quiere de- cirse en la palabra de la revelacién cristiana, esa palabra busca al hombre entero; le busca, pues, en su unidad original de la que asciende la pluralidad de su existencia y en Ja que tal plura- Vidad permanece resumida: busca el corazén del hombre, Y por eso las palabras del mensaje evangélico son necesaria- mente palabras del corazén. No palabras sentimentales, que no 456 serian palabras de corazén a coraz6n; ni meras palabras racio- nales, del mero intelecto, entendiendo por tal tmicamente la facul- tad de apoderarse y concebir lo abarcable y no la potencia radical de ser dominado y aprehendido por el misterio incom- prensible, en cuyo caso se dice «corazén», teniendo en cuenta que tal palabra se refiere a esa potencia radical del espiritu personal en su mds honda interioridad. Para poder ser cristiano, por lo tanto, hay que ser capaz de ofr y entender proto-palabras del corazén. Tales palabras no s6lo alcanzan la racionalidad técnica del hombre y su des- interesada pseudo-objetividad, no son émicamente signos de la afirmacién biolégica de la existencia y de la conduccién de los instintos gregarios, son palabras, en cierto sentido, sacrales y hasta sacramentales; es decir, evan consigo Jo que significan y se hunden creadoramente en el centro original del hombre. Segim esto, hay que ejercitar esa prontitud y esa capacidad para que. las protopalabras no resbalen en Ja superficialidad del hombre asendereado, para que no queden ahogadas en la indi- ferencia y en el nihilismo cinico, para que no se pierdan en la charlataneria, sino para que encuentren certeras la profun- didad mds intima del hombre, matando y vivificando, trans- formando, juzgando, dando gracia; como una lanza que hiere certeramente al crucificado y, al darle muerte, abre las fuentes del espiritu. Hay que aprender a ofr tales palabras. En la dura discipli- na del espiritu y con veneracién del corazén que exige la pala- bra «certeray, la palabra que le acierta verdaderamente y le atrayiesa, para que herido de muerte y absorto de bienaven- turanza vuelque, como de un cAliz, en el abismo del misterio eterno de Dios, el secreto callado que encierra, y—liberado— alcance asi la bienaventuranza. El tercer supuesto para ofr bien el mensaje del Evangelio es la capacidad de ofr la palabra que une. Este supuesto procede de varios otros. Las palabras dividen. Pero las palabras tltimas, evocadoras del misterio que est4 por encima de toda realidad y que aciertan el corazén, son palabras que unen. [Link] que tales palabras evo- can el origen tmico y recogen todo en el centro aunador del corazon. Por eso reconcilian, liberan lo individual de su aislada 457 soledad, hacen que en cada ser esté presente el toda. Nombran una muerte y en ella se siente el sabor de la muerte de todos, manifiestan un gozo y en él el gozo penetra en el corazon, hablan de un hombre y hacen familiar al hombre. ¥ aunque nombren la cruel soledad de un hombre cualquiera, su exclusivo e irrepetible aislamiento, introducen precisamente asi en el interior de la soledad aisladora del oyente y, con ello, en el dolor y el que- hacer, comunes y tnicos, que a todos atafien, de tener que buscar la verdadera unidad de los innumerables individuos. Las palabras autéuticas, por tanto, unen. Pero hay que saber oirlas asi, si no tampoco puede entenderse el mensaje del cris- tianismo. Pues tal mensaje se mueve exclusivamente en torno a una realidad: el misterio del amor. No un sentimiento cual- quiera, sino el amor: la verdadera sustancia de la realidad que quiere manifestarse en todo, el misterio que quiere descen- der al corazén del hombre como juicio y salvacién. Por eso sélo tiene ofdos que perciben yerdaderamente el mensaje del cris- tianismo quien puede ofr en las palabras que dividen el timbre oculto del amor aunador, De lo contrario sélo se oye, incluso ahi, un ruido de palabras que dispersan, mil cosas que cansan y enajenan el espiritu, forzado a retener un exceso de incon- gruencias. Y el corazén muere porque, en el fondo, sdlo puede amar y oir una cosa, lo aunador, a Dios mismo que une sin unificar, El cuarto supuesto, el tiltimo que vamos a nombrar, para oir el mensaje del Evangelio es la capacidad de descubrir del misterio inefable en medio de cada palabra su determinacién corporal, no mezclada, pero inseparable de él. Es la capacidad de percibir la incomprensibilidad encarnatoria y encarnada, de oir la Palabra hecha carne. En efecto, si queremos ser cristianos y no sélo metafisicos del oscuro principio, hemos de confesar que la Palabra eterna se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. El Verbo en el que—«hacia dentro»—el primer principio en Ja divinidad—para nosotros oscuro, pero personal y carente de origen, a quien alu- dimos con la palabra «Padrey—se dice intima y totalmente en su propia eternidad y en el que él es cabe si. La Palabra, justa- mente la Palabra en la que el misterio sin origen viene a si mis- 458 ses mo, el Verbo eterno que no tiene otro junto a si, porque él sélo dice en si todo Io que puede ser dicho, esa Palabra se ha hecho carne; se ha hecho esta realidad determinada, sin dejar de ser todo; se dice «aquin y «ahora», sin dejar de ser siempre y en todo lugar. Y por esa, y desde tal acaecer y en esta Palabra hecha carne, la palabra humana se ha Ilenado de gracia y de verdad. No in- dica solamente, como dedo que sefiala mudamente por encima de lo que circunscribe, iluminandolo, hacia una lejanfa infinita en la que mora inaccesible Ja muda incomprensibilidad. Esta ha entrado—gracia compasiva—en la misma palabra humana. En el ambito que la palabra humana circunscribe ha plantado su tienda la Infinitud. Ella misma esta en Jo finito, La palabra nombra, contiene en verdad lo que aparentemente sdlo dice conjuntamente mediante una alusién muda. Aporta lo que pro- clama, es la palabra que alcanzar4 su iltima plenitud esencial en la palabra sacramental. Y esa plenitud le fue concedida por gracia de Dios, ya que Dios dice su misma Palabra eterna en la carne del Sefior. Pero por esta raz6n el cristiano tiene que estar abierto para este agraciamiento de la palabra en el Logos que se ha hecho hombre. Tiene que hacerse al misterio de la palabra que, me- «diante la Palabra hecha came, es cuerpe del misterio infinito y ya no mero indicador—desvidndose de si mismo—hacia él. En el pozo terrenamente angosto de la palabra humana, dentro y por debajo, alla en Jo hondo, salta la fuente misma que fluye eternamente; en la zarza de la palabra humana arde Ja Ilama del amor eterno. Es verdad que este cardcter de la palabra en su esencia ver- dadera y plena es ya agraciamiento de la palabra. Y saber ofr tal palabra es ya estrictamente gracia de la fe, Pero desde que existe la palabra humana como cuerpo de la Palabra perma- nentemente infinita de Dios y desde que esa Palabra es oida en medio de su permanente corporeidad, hay un nimbo de es- plendor y una promesa oculta sobre toda palabra. En cada una puede acaecer la encarnacién del agraciamiento con la Palabra misma, permanente de Dios y, en ella, con Dios mismo. Of bien la palabra supone siempre escuchar atentamente hacia lo hondo, hacia la mas intima profundidad de cada palabra, en la espera 459 de que quiz4s precisamente ahi, al afirmar al hombre y su mun- do, llegue a ser de pronto Ja palabra del amor infinito. Y por eso, para ser cristiano; cada vez con més profundidad, hay que ejercitar siempre de nuevo ese saber escuchar la posibilidad encarnatoria de la palabra humana, Ja prontitud y la capacidad de encontrar el todo permaneciendo en lo individual, de tener valor justamente para lo claro y determinado, a fin de percibir lo inefable, de aceptar pacientemente y amar la lealtad de lo cercano para alcanzar la lejania que no es ciertamente vacia ausencia de todo compromiso. Segim esto, el cristiano, para saber ofr Ja palabra cristiana del mensaje de Dios, tiene que estar capacitado, ejercitado y agraciado para oir una palabra. gQué palabra? Tiene que saber ofr la palabra mediante la cual el misterio silente «se presencia». Tiene que saber percibir la palabra que toca certeramente el cora~ zon en su entrafia mas honda. Tiene que estar iniciado en la gra- cia humana de ofr la palabra que une recogiendo, y la palabra que es, en medio de su propia y clara finitud, la corporeidad def misterio infinito. Ahora bien, ;cémo se llama tal palabra? Esa palabra es la palabra poética. Ese saber-oir es el haber-oido de la palabra poética, a Ja que el hombre se entregé con humilde prontitud hasta que se le abrieron a ella los oidos del espiritu y le entré en el corazén. Es posible que se requieran m4s supuestos que los que he- mos enumerado como caracteristica propia de la palabra bus- cada por nosotros, para que la palabra poética sea ella mis- ma. Porque quiz4s—y ésta seria ya una razon de tal hecho— tengamos que atribuir las cuatro notas caracterfsticas, aunque. en una diferenciacién precisa de matiz y sombra, a cada pa- labra de Ja Escritura. Y, sin embargo, no puede decirse que toda palabra de la Escritura sea en rigor palabra poética. Sea como sea, lo que nadie podra negar es que, en cualquier caso, estas cuatro notas caracteristicas tienen que ser atribuidas también a la palabra y son caracteristica esencial de Ja palabra que pretenda poseer dignidad y rango poético. Poder decir esto. es suficiente aqui. Y as{ es verdad que la aptitud y el adiestra~ miento para percibir la palabra poética es un supuesto para ofr la palabra de Dios. 460 Es verdad que la gracia se crea ella misma dicho supuesto, y también lo es que hay muches hombres a quienes la poesia fundamental de la existencia eterna sdlo les Nega al vido y al corazén en el mensaje cristiano mismo. Pero esto no mo- difica en nada el conocimiento radical conseguido, segin el cual el decir y ofr poéticos pertenecen tan intimamente a la esencia del hombre que, si esta capacidad esencial del corazén hubiera desapatecido verdaderamente por completo, el hombre ya no podria percibir la palabra de Dios en la palabra humana. Lo poético es, en su esencia iiltima, supuesto del cristianismo. No se arguya que hay muchos cristianos de verdad sin sen- sibilidad poética, En el. cristianismo cabe un estar més 0 menos dotado para la poesia. No todo cristiano capaz de encontrar en grado eminente en la palabra cristiana las cuatro caracteristicas citadas tiene que ser, por eso mismo, un gran poeta. Ni siquiera necesita entender mucho de poesia, Pues muy bien puede care- cer de otras facultades que se requieren para ser poeta o para estar abierto a la poesia. Pero si la palabra poética evoca y hace presente tras las realidades decibles y en sus abismos més hondos el misterio eterno, si dice lo individual de tal manera que en ello esté todo poéticamente reunido, si es una palabra que o llega al corazén 0 no es palabra pottica, si en su decir conjura lo inelable, si fascina y libera, si no habla sobre algo, sino que al decir funda lo que evoca, gpodré un hombre ser radicalmente insensible, muerto a fal palabra y ser, sin embargo, cristiano? Puede ser que la oiga casi exclusivamente donde ya es mds que mera poesfa humana, en la que el hombre dice desde si mismo quién es y en la que al decirlo pone su ofdo sobre ja concha del mun- do y escucha. Quizds sélo pueda ofr esta poesia de la existencia en la palabra en la que por de Dios mismo acacce en su propia palabra. Pero aun asi el hombre oye y dice palabras en las que la esencia més intima de la palabra poética vive todavia y acttia o ha sido superada ya. En todo caso, ocuparse de poesia es una parcela del adies- tramiento en el saber-oir Ja palabra de vida. Y reciprocamente: un hombre que aprende a oir las ‘palabras del Evangelio real- mente como palabra de Dios que Dios mismo entrega, un hom- pre que aprenda a oirlas en el centro del corazén, empieza 461 a convertirse en un hombre que ya no puede ser completamente insensible a toda palabra poética. £Qué se sigue de lo dicho para nosotros hoy?: a) La poesia es necesaria. Lo que puede decirse del hu- manismo en general vale de la poesia en cuanto obra realizada y recibida en trance creador. En una época en que lo humano y Jo poético parece que mueren, sepultados bajo los logros del ingenio técnico y ahogados por Ja palabrerfa de las masas, el cristianismo tiene que defender lo humano y Jo poético. Ambos viven y mueren conjuntamente. Sencillamente porque lo huma- no—que es también lo poético—y lo cristiano, aunque no sean Jo mismo, tampoco pueden ser separados. Ya que también lo humano vive de la gracia de Cristo, y lo cristiano incluye en su esencia propia lo humano como un elemento esencial, aunque no sea todo. Si es verdad que el mensaje del Evangelio persiste hasta el fin de los tiempos, también lo es, conjuntamente, nuestra creen- cia en que siempre habré hombres a quienes la palabra del misterio- inefable—e] amor hecho carne en la palabra humana, el amor que todo lo auna y retine—les entre en Jo mds intimo del corazén. Si a tal palabra le han sido prometidos la lucha per- manente y el peligro constante y violento, pero también la permanente victoria en el victorioso permanecer hasta el fin, también le ha sido prometida entonces a Ja palabra poética una victoria siempre renovada en la lucha siempre nueva. Y es que de aquella palabra se abre en flor siempre ésta, porque la pa- labra: divina leva ya en si el ser mas fntimo de la palabra postica. Los cristianos tenemos que amar y luchar por Ja palabra poética, porque tenemos que defender lo humano, ya que Dios inismo lo ha asumido a su realidad eterna. De esta caracteris- tica esencial del cristianismo no se deduce ninguna receta de cémo habra de ser esa realidad poética a la que nunca podemos renunciar, El hombre es historia’ y, por tanto, también su poe- sia. No hay que asustarse ante Ja historia. Y menos que nadie el cristiano. El es quien tiene que tomarla mas en serio, porque Ja eternidad del cristiano nace del seno mismo de la historia. 462 - Y por eso el cristiano, al declararse y afirmar el humanismo eterno y, con ello, la eterna poesia, no afirma nunca la poesia de ayer y anteayer solamente, Querré que el poeta diga abierta y lealmente, lo que hay en nosotros y que anticipe profética- mente lo que ya se cierne en forma de futuro; querra que sea e] poeta del tiempo propio, del tiempo nuevo, de su tormento, de sw bienaventuranza, de su quehacer, de su muerte y de la vida eterna. También aqui sdlo podemos ser conservadores te- niendo, como cristianos, en Ja misa del altar como en la misa de la vida, la memoria solemne de nuestro origen y de nuestro pasado por una de las fuerzas esenciales de nuestra existencia. Y de tal manera que justamente en esa conciencia salgamos al encuentro del futuro que, irrepetible siempre, nos llama, y de modo que el futuro de Dios sea nuestro origen. 6) Naturalmente puede darse el caso de un buen hombre, un buen cristiano, en sentido burgués, que sea, sin embargo, un poeta lamentable. Pero cristianismo y poesia de entidad ver- daderamente grande poseen un intimo parentesco. Cierto que uo son la misma cosa. Pues la pregunta del hombre y la res- puesta de Dios no son lo mismo, Pero gran poesia sélo existe cuando el hombre se enfrenta radicalmente con lo que él mismo es. Al hacerlo puede estar envuelto en culpa, perversién, odio de si mismo y soberbia satanica, puede tenerse a si mismo por pecador e identificarse con su pecado. Cierto. Pero incluso ahi estd mds en el bendito riesgo de tropezar con Dios que el bur- gués chato y enteco que medrosamente evita de antemano los abismos existenciales, yendo a dar en la superficialidad donde no se tropieza con la duda, pero tampoco con Dios. Y por eso la cuestién de la lectura pedagégicamente apta para los todavia no formados puede ser una cuestién seria en si misma. Pero el cristiano formado saldré abiertamente y con lealtad, con res- peto—quiz4s con dolor y compasivamente—, al encuentro de la poesia verdaderamente grande, amorosamente, porque tal poe- sia habla del hombre, redimido o necesitado y capaz de reden- cién. Y por eso Heva en todo caso mas alla del lugar donde tantas veces y tanto tiempo permanecemos en nuestros todos-los- dias, cabe el ser bipedo que ha Ilegado a ser un poco mas listo y, a cambio, mds inseguro que los animales. 463 Cuanto més hondamente Ileva al hombre Ja gran poesia a los abismos fundantes de su existencia, tanto més le obliga a humanas realizaciones de si mismo, oscuras Y misteriosas, ocultas en la ambigiiedad en la que é fundamentalmente no puede decir con seguridad si la gracia le ha salvado o si esta perdido. . No es ninguna casualidad, sino una realidad fundada en la naturaleza de las cosas: toda gran poesia humana es oscura y, las mas de las veces, deja sin contestar la cuestién de si en ella ha acaecido y ha sido expuesto el misterio de la gracia o de la perdicién. Tampoco podria suceder de otro modo. La poesia tiene que hablar de lo concreto y no hacer que los prin- cipios abstractos bailen como marionetas. Ahora bien, lo indi- vidual y concreto es un misterio que sélo es desvelado por el juicio. Y tal juicio es dnicamente Dios. Pero el poeta lo deja ser presencia en forma de misterio. Su poesia, pues, no puede tener—no es licito que tenga—bajo ningin concepto el inge- nuo y claro cardcter edificante que muchos malos pedagogos desean tanto para los educandos a su cuidado. Sino somos maniqueos sabemos, en tanto cristianos, que la culpa verdaderamente grande es, ciertamente, terrible—por grande y por ser culpa—, pero que slo puede ser grande por- que mucha grandeza humana se realiza y se manifiesta en ella. Porque el mal en cuanto tal no es nada. Sabemos que Dios per- mite en este mundo el pecado y Je deja que sea grande y pade- roso. Por eso no es ciertamente tan facil experimentar ejemplar- mente la grandeza humana sélo en Jos santos. Si esto es asi, no s6lo no puede estarnos prohibido, sino que es un mandato para nosotros los cristianos atender critica y discriminadoramente, pero con seriedad, y ocuparnos de la poesia que, siéndolo de verdad, no responde a los criterios morales del cristianismo. (Nos referimos a la verdadera poesia, no a la que bajo pretexto «poé” tico» nos ofrece exclusivamente vacio ateismo ¢ inmoralidad:) No =: nos es licito censurar, al hacerlo, a los de fuera. Y es que, segin el apéstol, los cristianos no debemos salirnos del mundo, sino practicar también una cierta forma de comunidad—aunque no la misma que con Jos hermanos en la fe—con los incrédulos 0 fornicarios (I Cor 5, 9-18). Existe un cristianismo anénimo. Hay hombres que creen 464, no ser cristianos, pero que, sin entbargo, lo son en la gracia de Dios. Y asi hay un humanismo sostenido anénimamente por la gracia que cree ser pura humanidad. Los cristianos podemos en- tenderlo mejor que él se entiende a si mismo. En la doctrina de Ja fe decimos que también lo moral humano necesita en sus di- mensiones intramundanas la gracia de Dios para poder mante- nerse en su integridad durante largo. tiempo. Luego entonces, para nosotros cristianos, también tal humanismo, aparezca donde aparezca y aunque exista fuera del cristianismo expreso, es don de la gracia divina y gloria de la redencién, Aunque aquél toda- via no lo sepa. gCémo no amarlo también? Menospreciariamos la gracia de Dios si pasdramos de largo e indiferentes ante él. c) La letra impresa era, en tiempos pasados, negocio ar- duo, molesto—por e} tiempo que exigia—y caro. De ahi’ que solo se escribiera y se diera a la imprenta lo que poseia cierta prestancia. Hoy imprimir un libro es un asunto relativamente barato,.si se compara con otros gastos vitales. Por eso, no sélo poseemos una amplia bibliografia—cosa de que el siglo xvut carecia atin—al servicio de la técnica, de las ciencias y de la sociedad, sino que se imprime también toda la estipida y hueca palabreria que Iena—que inevitablemente Iena—el todos-los- dias. Y asi existe una literatura que no es mas que distraccién en el mercado de lo cotidiano, mero cotilleo impreso y, la ma- yoria de las veces, también ilustrado. A ella se aplicard el criterio y la actitud de un cristiano auténtico ante la palabra y la palabreria cotidianas. El cristiano distinguiré esta palabra del todos-los-dias de la alta y santa palabra de Ja poesia, obser- vara atentamente, con sensibilidad y rigor, las diferencias esen- ciales de rango y se educar4 y educaré a los otros en esta distin- cién de espfritus; mantendrd lo cotidiano dentro de sus limites, Porque el cristiano sabe que hay—de facto y de iure—un todos-los-dias. Y también incluira, con pleno derecho, en el ambito de la poesfa auténtica lo sereno y celeste, ]o espontaneo y gozosamente ingenuo, sin pensar que la grandeza poética exija como primer supuesto que la culpa y el desamparo, lo iré- gico y el tormento infernal caigan sobre el hombre. Pues el cristiano es capaz del equilibrio y del saber de que cabe wa Ultima seriedad, encerrada en Dios, sobria, espontdnea, atrac- 465 30 tiva y serena en la seriedad serena de los hijos de Dios, El cristiano sabe que la libertad bienaventurada del cielo es, en realidad, lo Gnico serio, mds que el infierno. El cristiano y la poesia. Qué poco es lo que hemos dicho sobre tema ‘tan alto. Pero si Jo dicho ha conseguido sélo una cosa: despertar o consolidar Ja sensibilidad para wna respon- sabilidad del cristiano, y especialmente de] educador cristiano, anie la poesia y su inteligencia, ya es suficiente. Hasta qué pun- to la gracia de Dios se ha apoderado de nosotros es cosa que no podemos medir en ella, pues no nos es posible una percep- cién o una intuicién de Ja gracia en‘si misma. A este propésito, casi lo Gnico que podemos hacer—ademds de la fe confiada— es preguntarnos hasta qué punto somos ya hombres, Y esto también—no s6lo—puede conocerse viendo si nuestro oido est& abierto para’ ofr amorosamente la palabra de la poesia. Y asi, preguntamnos por nuestra actitud ante la poesia es cosa muy seria y efectivamente cristiana, una cuestién que desemboca en la salvacion del hombre. 466

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