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Inked Destiny - Jory Strong

El documento narra una escena íntima entre Etaín, Cathal y Eamon después de que Etaín fuera rescatada. Los tres comparten una ducha donde Etaín expresa su gratitud y atracción hacia ambos hombres. Sin embargo, también reflexiona sobre los cambios en sus poderes y el futuro incierto con sus dos amantes.

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Inked Destiny - Jory Strong

El documento narra una escena íntima entre Etaín, Cathal y Eamon después de que Etaín fuera rescatada. Los tres comparten una ducha donde Etaín expresa su gratitud y atracción hacia ambos hombres. Sin embargo, también reflexiona sobre los cambios en sus poderes y el futuro incierto con sus dos amantes.

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A

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C
*eliza* Alisay.or Eli25 Emotica G. W

Ghalatea ItBurnLikeIce Jeyd3 Kensha

Mika Nat.m Paulii~ Rihano

Azhar23 Eli25 Kora

Paulii~ Xhessii

Eli25

Shikara
Í
Sinopsis ............................................................................................... 6

Capítulo 1 ........................................................................................... 7

Capítulo 2 ......................................................................................... 15

Capítulo 3 ......................................................................................... 26

Capítulo 4 ......................................................................................... 36

Capítulo 5 ......................................................................................... 44

Capítulo 6 ......................................................................................... 54

Capítulo 7 ......................................................................................... 64

Capítulo 8 ......................................................................................... 72

Capítulo 9 ......................................................................................... 84

Capítulo 10 ....................................................................................... 93

Capítulo 11 ..................................................................................... 103

Capítulo 12 ..................................................................................... 117

Capítulo 13 ..................................................................................... 130

Capítulo 14 ..................................................................................... 139


Capítulo 15 ..................................................................................... 149

Capítulo 16 ..................................................................................... 159

Capítulo 17 ..................................................................................... 169

Capítulo 18 ..................................................................................... 176

Capítulo 19 ..................................................................................... 185

Capítulo 20 ..................................................................................... 199

Capítulo 21 ..................................................................................... 215

Capítulo 22 ..................................................................................... 225

Capítulo 23 ..................................................................................... 236

Capítulo 24 ..................................................................................... 245

Capítulo 25 ..................................................................................... 259

Capítulo 26 ..................................................................................... 271

Capítulo 27 ..................................................................................... 284

Capítulo 28 ..................................................................................... 291

Capítulo 29 ..................................................................................... 302

Epílogo ............................................................................................ 311

Sobre la Autora ............................................................................... 314

Saga Inked Magic World .................................................................. 315

.
S
La rectificación de un antiguo mal. Un futuro anunciado. Las bandas tatuadas alrededor
de sus muñecas se entrelazan con verde y más, el destino de un dragón predestinado…

Ladrón de Mentes. Ladrón Dotado. Temida por su capacidad para aprovechar los
pensamientos y poderes de otros con un toque, la artista del tatuaje en San Francisco Etaín
es un elfo, y ha llegado el momento de que lo sepa.

Cerca de la transformación y a punto de descubrir su lugar en un mundo sobrenatural,


Etaín una vez pensó que la intimidad y la permanencia eran posibles. Ahora está obligada
a Cathal, el hijo de un mafioso irlandés. Y reclamó a Eamon, señor de los Elfos con
poderosos dones como propios.

Eamon está decidido a mantenerla a salvo de los demás, así como de sí misma. Pero la
búsqueda de la justicia es más de lo que parece, dejando su futuro dependiendo de la
elección y la magia. En las promesas hechas y en tratos peligrosos.
1

Traducido por alisay.or

Corregido por Azhar23

Etaín estaba de pie en la ducha, el agua caliente y el calor de los hombres a cada uno de
sus lados erradicando la mayor parte de la tranquilidad que persistía tras su rescate
del Violador Arlequín.

—Podría acostumbrarme a esto —dijo ella con los ojos cerrados para saborear la sensación
de manos masculinas deslizándose sobre la carne resbaladiza.

La verdad de sus sentimientos era un zumbido contra sus sentidos. Podían haberla
atrapado por igual, pero su llamado difería. Con Cathal era la cruda sensualidad, fiera
imperativa, mientras que con Eamon era atracción de igual a igual.

¿Había creído realmente alguna vez que estaba bien con el sexo casual y la falta de
permanencia? Antes de que Cathal y Eamon entraran en su vida, la auténtica intimidad
había sido imposible. La piel no le mentía. Era su don, su maldición, ser capaz de tocar piel
con los ojos tatuados en las palmas de sus manos y no solo ver los recuerdos del otro, si no
tomarlos. Se estremeció, porque ahora ese don estaba cambiando y su control sobre ello,
fallando.
Cathal y Eamon estaban seguros donde otros no lo estaban. Se estremeció de nuevo,
más fuerte, al pensar en lo cerca que estuvo de tener que usar su don con el Violador
Arlequín para salvarse.

—Se acabó —murmuró Eamon, su polla dura presionando contra su culo y la parte baja
de su espalda mientras la de Cathal era un caliente anuncio de necesidad contra su vientre.

—Gracias a los dos.

Si no fuera por los tatuajes —infundidos con la magia de Eamon— que ella puso en los
brazos de Cathal creando un vínculo que les permitía encontrarla, ahora su existencia
estaría marcada por ciclos de tortura y violación.

—Parker no podrá dejar de tomar un informe.

Tenían suerte que nadie de rango superior estuviera entre los primeros en responder.
Como miembro de una unidad del FBI, el permiso de su hermano para irse les permitió
escapar.

—Encontraremos la verdad cuando llegue el momento —dijo Eamon.

Ella abrió los ojos, asimilando el atractivo físico de Cathal, pelo corto y oscuro, y la
siempre presente barba de varios días que venía con ser un irlandés moreno. Opuesto al
pelo largo y rubio de Eamon y el pecho suave.

Hasta que llegaron a su vida, el sexo había sido una válvula de seguridad, una forma de
liberar algo de la acumulación de presión oculta por tocar demasiado, demasiados cuerpos
tatuados. Y ahora… era mucho más. Mirando atrás, estaba dividida entre la diversión, por
pensar que sería fácil disfrutarlos y alejarse después, y el miedo en lo que se refería a lo que
deparaba el futuro.

Por Cathal se había convertido en cómplice de cuatro asesinatos. Habría un quinto


cuando su padre y su tío alcanzaran al último chico que estuvo involucrado en drogar y
violar a dos chicas de dieciséis años. Esto no se había acabado, aun no, quizá nunca.

Ella deslizó sus manos por la espalda desnuda de Cathal, presionó besos a lo largo de su
garganta. Sus ojos se mantuvieron cerrados y ella supo la causa. Él no quería ver a Eamon
al otro lado de ella.

"No soy un hombre que comparta cuando voy en serio con una mujer."

"Entonces no vayas en serio conmigo."

Ella se lo advirtió, pero aun así un puño se formó alrededor de su corazón, apretando
ante la amenaza que quizá él llegara a arrepentirse de involucrarse con ella, que al final,
podría alejarse, incapaz de manejar el compartirla. Su mano rozó la cadera de él en su
camino a curvarse alrededor de su endurecido miembro.

—Os deseo. Os deseo a ambos. Vamos a la cama.

Salieron de la ducha. Cathal le quitó la toalla, deslizándola por su cuerpo, lentamente


sobre sus pechos cubiertos con pezones rosados. Pocos días después de conocerla se había
convertido en el latido de su corazón, el implacable líquido derramado de lujuria bombeó
directo a su torrente sanguíneo como si ese tiempo lejos de ella se hubiera convertido en el
lento paso de eones.

Sus labios se curvaron con conocimiento.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella, haciéndose eco de la pregunta que él hizo cuando
se unió a ella en la ducha en primer lugar.

—Definitivamente. —Le gustaría incluso más cuando la visión estuviera acompañada del
sabor, olor y el tacto piel con piel.

Una orden murmurada de Eamon, y una cálida y antinatural brisa se arremolinó a su


alrededor, oliendo a vientos tropicales, secando el pelo mojado de la ducha, aunque
levantando escalofríos en la carne de Cathal. Magia otra vez, la magia de Eamon. Tan
casualmente y fácilmente invocada que hizo al corazón de Cathal levantarse con otra cosa
que necesidad por Etaín, con un fuertemente conectado miedo acompañado por una
sensación de un presentimiento.

—Creído —dijo él, oyendo el gruñido bajo el tono de broma que había intentado usar.

La sonrisa de Eamon fue el destello blanco de unos dientes de tiburón, su diversión,


algo letal.

—¿Te sientes amenazado?

Cathal desnudó sus dientes en respuesta, una reacción contra la que había estado
luchando desde el primer instante en que Eamon hizo saber su interés en Etaín.

—Niños, niños… —dijo Etaín, la etiqueta cambiando la tendencia de hostilidad e


intencionadamente uniéndolos en un propósito común.

—¿Así es cómo piensas de nosotros? —preguntó Eamon, con las manos yendo alrededor
para ahuecarse sobre los pechos coronados por pezones que se endurecieron
instantáneamente, la visión de ellos enviando un pulso palpitante a través el miembro de
Cathal—. ¿Cómo niños y no como hombres?

Su risa fue un caliente y apretado puño alrededor del miembro de Cathal.


—Sería menos halagüeño llamaros perros de vertedero peleando por un trozo de carne,
incluso si sois suficientemente hermosos para ser paseados alrededor de una pista de
exposición.

Los pulgares de Eamon acariciaron sus pezones, causando un tirón en su respiración y


que su espalda se arqueara en una oferta que Cathal no pudo resistir más que si hubiera
sido invocado. La toalla en sus manos cayó al suelo.

Tuvieron que compartirla una vez antes. Aquella noche también, Eamon había estado
detrás de ella, con las manos en sus pechos desnudos, retándole a unirse a ellos, invitándole,
y cruzó la distancia como un hombre borracho de lujuria, un hombre hechizado…

Por magia. Lo sintió ahora, pero no nublaba su mente esta vez más de lo que hacía estar
con una Etaín desnuda.

Cathal se inclinó, atrapando un pezón entre sus labios y lamiéndolo con su lengua. La
satisfacción fue una caliente oleada a través de su miembro por el suave quejido de placer
de ella, por la forma en que sus manos se introdujeron en su cabello, sujetándole contra su
pecho mientras se alejaba de Eamon en un esfuerzo por darse completamente a él. Eso le
hizo ponerse más duro, más hambriento, rozando primarios instintos competitivos que ella
no dudaba en aclamar, que provenían de los días de los hombres de las cavernas cuando la
fuerza, el valor y la victoria determinaban quién sería el padre de la próxima generación. Él
lo quería todo con ella. Había accedido a venir aquí, esta noche, y no se mentiría —la
presencia de Eamon no disminuyó el deseo. Pero mañana sería otro día.

Había destrozado sus nervios, esas noches que ella había pasado con Eamon, pero había
dado la bienvenida a las que tuvo a solas con ella. Y pretendía tenerlas.

Etaín podía sentir el murmullo de la resistencia de Cathal incluso mientras sentía el


calor de su lujuria uniéndose al de ella. Podría saber sus pensamientos exactos si lo deseara.

No pienses, solo siente, quería decirle ella. Esto puede funcionar. Necesito que funcione.

El deseo la quemaba desde adentro hacia afuera, un hambre por ambos hombres que
trascendía lo físico. Gimió mientras el placer se movía a través de ella, una turbulenta ola
en espiral yendo de sus pechos a su clítoris. Las succiones de Cathal, el tirón de su boca en
su pezón, se hacían eco en el tirar y retorcer, y endurecerse en los dedos de Eamon en la
otra areola mientras la besaba hacia arriba por su cuello, parando para acariciar el lóbulo
de su oreja.

Más. Todo. Eso era lo que quería. Lo que ansiaba.


Se estiró hacia atrás y agarró los largos mechones de pelo de Eamon mientras Cathal
besaba hacia abajo, su lengua trazando el borde de su ombligo, introduciéndose en él y
luego moviéndose hacia abajo. Si ella tuviera más fuerza de voluntad cuando se trataba de
él, protestaría, diciéndole que esperase a que estuvieran estirados en la cama. En su lugar,
separó sus muslos en invitación, susurró sí en el instante en que sus labios capturaron su
clítoris.

Sus manos se acomodaron contra sus caderas, sujetándola firmemente contra Eamon,
previniendo el movimiento, haciéndola prisionera de la sensación. No solo la espiral de su
propio deseo sino también la de ellos.

Quería mirar a Cathal, quería comérselo con los ojos, devorarle, pero la primera caricia
y remolino de su lengua en su clítoris la dejó indefensa. La verdad era que, habría sido
incapaz de resistir el atractivo de cualquiera de ambos hombres, aunque hubiera sabido que
ambos le traerían problemas.

En un gemido, ella se rindió cerrando los ojos, dejándose al cuidado de ellos. Las manos
de Eamon eran como fuego fundido en sus pechos, pero entonces, el fuego era uno de los
elementos con los que él estaba más conectado, "la esencia de quién soy", le había dicho él
mientras se miraban en un espejo que ocupaba gran parte de la pared, los hechizos tejidos
en él permitiendo un vistazo a cosas escondidas por la piel y forma física.

Ella había visto y experimentado más evidencias de magia, pero esto, estar viva, estar con
ambos a la vez, era la magia más pura, la más adictiva, mejor que cualquier cosa. El placer
barría a través de ella, cambiando su respiración por rápidos jadeos superficiales. Su sangre
atraída entre sus muslos, y su latido cardíaco tronó como si viviera en los inflamados y
húmedos pliegues y un clítoris hinchado.

Se esforzó, tratando de llevar su clítoris más adentro en la boca de Cathal, rogándole


que succionara más fuerte mientras el orgasmo parecía justo fuera de su alcance. ¡Ahora! El
grito se construyó en su interior solo para hacerle abandonar su clítoris. Él deslizó su lengua
por los labios hinchados de su sexo, húmedo canal, provocándola con empujes bajos para
que su apertura se abriera y cerrara. Ella luchó contra las implacables manos de hombre,
sujeta inmóvil por firmes agarres.

La lengua de Eamon imitó a la de Cathal, jodiendo en su orificio auditivo, caliente


tormento a un área que se había tornado en una zona erógena desde que lo conoció. Su
asalto gemelo mientras la aprisionaban era muy cercano a un castigo, un tormento sensual
por llegar tan cerca de morir y dejarles atrás para preguntarse lo que había sufrido antes de
dejar de respirar y quedarse quieta y fría. Intentó inclinar sus caderas, sus muslos internos
mojados con excitación en lugar de agua.
—Hazlo —ordenó ella a Cathal, su vagina ondulándose, tratando de agarrar y sostener su
lengua, de tirar de ella más dentro de su cuerpo y hacerla un sustituto de la gruesa y
endurecida polla que se levantó para presionar contra su vientre mientras la de Eamon se
sentía como satén contra sus glúteos y espalda.

La risa ronca de Eamon fue todo lo que vino de su orden, seguida de una sedosa
amenaza.

—No estamos a tu merced esta vez Etaín. Tú estás a la nuestra.

Se lo probaron, manteniéndola al borde del alivio mientras se retorcía y tensaba, las


vides tatuadas en sus brazos como cosas vivas absorbiendo la lujuria e intensificándola hasta
el punto en que su corazón latía demasiado rápido, quemaba como un pequeño sol
atrapado en su pecho y a punto de explotar. Y entonces lo hizo, la consciencia
desapareciendo en un desgarrador pulso de éxtasis y placer barriendo hacia el exterior y
dejando profunda, infinita paz.

La magia golpeó contra Eamon con la rendición de Etaín al placer. Él casi llegó, su
miembro presionaba duro y caliente contra su piel, sus testículos hinchados, sacos
apretados, estirados hacia arriba cerca de la agonía.

La victoria y la satisfacción surgieron a través de él, junto a un sentimiento de


camaradería mientras Cathal se levantaba de su flexión, rasgos sonrojados pero los ojos
llenos con las mismas emociones. Ella era suya. Sana y salva gracias a ellos. Sin palabras,
Eamon levantó a Etaín entre sus brazos, Cathal llegó a la cama primero, sacudiendo las
lujosas sábanas y bajando el edredón.

Las pestañas de Etaín aletearon cuando Eamon la tumbó en la cama, sus párpados
abriéndose mientras él se estiraba en su lado junto a ella, Cathal haciendo lo mismo en el
lado opuesto. Los oscuros, oscuros ojos de ella eran piscinas de seducción apasionada,
lánguida aun por el orgasmo, aunque chispas de diversión brillaban como el destello de
pececillos plateados en las aguas poco profundas del océano.

—Bueno, eso ha sido el primero para mí. No es que ninguno de ustedes necesite un
impulso a sus egos en lo que a sexo se refiere.

Ella tomó posesión de los endurecidos miembros, Cathal gimiendo, aguantando la


respiración en una rápida, brusca inhalación donde Eamon se negaba a ceder el control.

—Tómale mientras miro —dijo él, emitiendo una orden, su mano sustituyendo a la de
ella, los dedos enredados fuertemente alrededor de su miembro cuando ella obedeció,
liberándole para rodar hacia Cathal, sobre él mientras Cathal se puso sobre su espalda de
buena gana.
Como una diosa pagana elevándose desde el mar de profundas sábanas azules, y creada
de llamas, se sentó a horcajadas sobre Cathal. El sol derramándose a través de la ventana la
acarició, el dorado de su aura casi como la de un elfo puro, el brillo de magia recordándole
a Eamon al agua lamiendo una prístina playa mientras él quería lamerla, sondear su mojado
corazón con su lengua y probar su esencia.

Desde el principio, Eamon encontró excitante la visión de Etaín con Cathal. Más aún
ahora cuando la veía guiar el miembro de Cathal a su apertura, provocándole al permitirle
experimentar el calor satinado de su vagina solo por centímetros cada vez. Las manos de
Cathal palmearon sus pechos, los dedos pinzados en los pezones tan embriagadores como
el mejor de los vinos. Sus caderas se levantaban del colchón en fuertes golpes dirigidos a
presionarse más profundo dentro de ella, su miembro brillando, oscurecido en su
necesidad de Etaín.

—Provocadora —jadeó Cathal, el gruñido en su voz una advertencia de que no la dejaría


atormentarle durante mucho tiempo.

—¿Y tú no? ¿Ustedes dos no lo son? —dijo ella incluyendo a Eamon con el ligero giro de
su cabeza. Su mirada barrió sobre él, el hambre líquida que su expresión emitía haciendo
que su mano se apretara en un puño casi doloroso en su mástil. Oscura satisfacción se
instaló en los ojos de ella. En siglos de vida, él nunca había cedido tanto a ninguna mujer
como había hecho con esta en apenas días.

Su atención volvió a Cathal, su cuerpo subiendo y bajando, sacando el placer hasta que
finalmente Cathal la puso bajo él. Él golpeaba en su interior, las manos sujetas al colchón,
su boca en la de ella, ahogándola en gemidos y finalmente su grito de alivio antes de
penetrarla furiosamente, músculos tensándose, su respiración irregular y dificultosa al
rendirse al éxtasis.

Eamon tuvo justo el control suficiente para permitir a Cathal renunciar a Etaín rodando
hacia un lado. Las facciones de Cathal estaban sonrojadas, sus párpados a media asta. Su
expresión contenía posesividad tanto como persistente envidia, aun así no miró hacia otro
lado cuando Eamon cubrió el cuerpo de Etaín con el suyo. Un empujón lo trajo a casa, a
una tormenta de sensaciones. Magia y mujer. Una bienvenida se hizo eco por los brazos a
su alrededor y manos femeninas en su espalda. Suya, aunque él pudiera compartirla con
Cathal.

La desesperación se apoderó de él, por lo cerca que había estado de perderla a la muerte.
Su boca se fundió con la de ella, lenguas luchando, retorciéndose, enredándose en una
salvaje, hambrienta unión que tenía un solo objetivo, un solo final. El éxtasis vino con la
ondulación de su vaina, con su rendición, luego la suya en una estremecedora, abrupta
avalancha de semen.
Pero el placer se rompió con el agarre ajeno de su poder. Él tirón de ello a través de él y
dentro de ella fue como un fiero tornado, un hambre desgarradora. Él reaccionó
instintivamente, defensivamente, pronunciando un hechizo de noqueo mientras se
apartaba de ella. Rodando de la cama completamente antes de arriesgarse a continuar con
el contacto.

El shock y lo repentino de lo que había pasado le dejó sobresaltado. Solo lentamente


recobró la calma, pero era calma dotada de cautela. El seidic ataba a sus parejas a ellos, se
decía que los poseía, los despojaba de los límites. Ladrón de mentes. Ladrón de dones. Eran
epítetos aplicados al seidic.

Aquí, en su hogar, desentrenada y solo apenas consciente de su propio poder mientras


seguía completamente ignorante de lo que ella era, lo que sería, ella estaba indefensa contra
su voluntad manifiesta o no habría sucumbido tan rápido al hechizo. Pero ella no
permanecería así por mucho tiempo. La intimidad había bajado su guardia, él no
renunciaría a la primera, pero necesitaba apuntalar la segunda.

Cathal yacía inconsciente junto a ella, su proximidad haciéndole víctima de un hechizo


dirigido, pero no limitado a una persona especifica. Igualmente, Eamon pensó, frotando
su pecho donde su corazón seguía palpitando, un martilleo de miedo, no solo de ella, sino
por ella.

Ella estaba canalizando, sin ser capaz aun de controlar su magia y su don. Y él era el
señor, cuyo deber era matarla si no podía.

—Duerme —dijo él, expandiendo la acción defensiva en los tonos cadenciosos de una
lengua nacida en otro reino, una creada para potenciar la magia y alimentar hechizos
escritos o hablados.

Eso los sujetaría, al menos por un ratito, y cuando despertaran, sería a una nueva
realidad. El tiempo de la ignorancia había pasado. Él cruzó al vestidor, llamando a una fina
niebla para limpiar el olor a sexo, y luego aire calentado por fuego para secar su piel antes
de abrir una caja grabada con sigilos y retirar una pequeña daga. Volviendo a la cama, cortó
un mechón de cabello de Etaín donde no se notaría su falta. Él no pretendía que ella dejara
el estado, pero desde el principio ella se las había arreglado a evadir su visión de lo que
deparaba el futuro, y aun tenía demasiados lazos con el mundo humano. Su mirada cayó
al expuesto ojo en una de sus palmas, un arma ahora blandida contra Elfos o humanos si
se sentía amenazada.

—Puede que llegues a odiarme por ello, durante un tiempo, pero haré lo que debo para
mantenerte a salvo, de otros y también de ti misma.
2

Traducido por kensha y ItBurnsLikeIce

Corregido por Azhar23

Etaín se quemó, pero no pudo escapar del calor. Este lo consumía, viajando a través de
los tatuajes que llevaba, irradiando hacia adentro como fuego volviéndose contra sí, la llama
alcanzando lo más profundo de su ser.

Luchó contra él pero no podía respirar hasta que finalmente soñó, consciente de que
estaba soñando. Magia, pensó y oyó su voz decir siii, sibilante como un siseo de una
serpiente mientras las bobinas la envolvían, tirándola hacia abajo en un océano de negrura
donde las imágenes de la semana pasada, tanto reales como imaginarias, jugaban a través
de la pantalla de su mente.

Ese primer atisbo de Cathal cuando estaba fuera de Stylin’ Ink.

Pasando a través de los pabellones de Aesirs. Reconociendo los símbolos tallados en el


portal sin entender su significado.

El enfoque de Eamon, los tatuajes en sus antebrazos retorciéndose y ondulantes como


si se sumergiera en su presencia, el fuego furioso y los mares tempestuosos, la llamada entre
iguales.
Una habitación de hospital con su hermano Parker y su padre Trent a su espalda.
Recuerdos robados de una víctima del Violador Arlequín.

Luego el robo de recuerdos adicionales, esta vez de la prima de Cathal, Brianna.

El padre y el tío de Cathal, concibieron, imaginando como se entregarían a la venganza,


la justicia mortal de hombres cuyo código y sustento estaban bordeados por la violencia —
apuntando, disparando y el retroceso de sus armas empujando a Etaín como una onda
expansiva, la caída de su estómago mientras las repercusiones de sus acciones demasiado
reales hicieron que su pecho se apretara.

La policía llegó a su apartamento y llamó a su piso. La esposaron. La encerraron en una


sala de interrogatorios sin ventanas. Las fotografías de los cuatro niños asesinados. Las
barreras cayeron, enviándola a un bucle de recuerdos de Brianna revividos. El dolor la
desgarraba, agarrándose a través de su corazón cuando la sospecha de que la campaña de
seducción de Cathal había sido para conseguir que usara su don firme, y luego se confirmó
con el toque de sus palmas en su piel.

Imágenes transmitidas rápidamente a aquellos momentos de paz y conexión tras su


reconciliación con Cathal. Un día de hacer el amor entremezclado con el trabajo en tinta
en sus brazos.

Yo veo, dijo la voz, las espirales se apretaban sin piedad mientras ella luchaba por
despertar, asustada en la oscuridad que era la ausencia de color, el rugido en su cabeza cada
vez más fuerte mientras el fuego regresaba ardiendo en su pecho, cada vez más y más
caliente, la presión construyéndose, contrayéndose hasta que la realidad se convirtió en un
centenar de caminos escritos en oro fino.

Poco a poco se fueron, todos menos uno de ellos. Entonces también se desvaneció,
convirtiéndose en un sueño donde ella se sentó en un coche en movimiento.

A través de la ventana reconoció una calle de Oakland, donde había conducido con su
Harley, calle abajo hacía apenas unos días. Dio la vuelta, los latidos de su corazón
disparándose cuando vio a sus compañeros con el rostro cubierto con pasamontañas, sentía
lo mismo contra su cara y miró hacia abajo para encontrar guantes negros en sus manos.

La construcción en espiral ya no estaba presente. Renovó su lucha, tratando de salir a la


superficie de lo que sabía que era el comienzo de una pesadilla, pero contra la parte
posterior de sus párpados pudo ver la escritura de símbolos en rojo torcido con azul y
entendía que eran de Eamon, una orden mágica como una ola que la mantenía debajo de
él, haciendo imposible escapar.
El bar donde andaba el Curs entró en la vista. Contó siete motocicletas y temía lo que
vendría después en su sueño, esto astilló la realidad, los efectos secundarios de los últimos
días cuando las barreras que había erigido contra todos los recuerdos que había robado a
los que habían sobrevivido a crímenes horrendos, brutales, habían comenzado a caer.

Hacía días llegó a este bar en un esfuerzo para ayudar a la policía a identificar al Violador
Arlequín. Había salido a la caza… y a su vez estaba siendo cazada.

Por un instante, el interior del coche se hizo borroso, convirtiéndose en la celda metálica
de un contenedor lleno de terror. El suyo. El de otras víctimas de violación y tortura.

Tembló y gimió, una vez más tratando de escapar del sueño, una vez más fracasó. Estaba
mirando hacia abajo donde encontró una pistola en su mano, hecho más grande y más
aterrador por el silenciador unido a ella.

El coche se detuvo a unos pocos metros de donde ella aparcó la Harley cuando fue allí
para hablar con Anton, a unos pocos pasos de donde ella y Eamon habían luchado un poco
más tarde.

Fue la primera en salir del coche. Sus compañeros siguiéndola, otros cuatro, todos en
movimiento con un propósito hacia el bar.

Levantando la pistola, agitó el cañón en una orden silenciosa. Dos de los cuatro se
alejaron, corriendo por los lados del edificio hacia la parte de atrás.

Ella y los otros dos tomaron posiciones a ambos lados de la puerta principal. Un
momento después, el teléfono en su bolsillo trasero vibró.

Levantó el pulgar hacia arriba, entrando primero.

Apuntó.

Disparó.

Curs. Sus mujeres. Sus adeptos. El tiro de gatillos rápidos, el peso de una segunda pistola
en su espalda, atascada debajo de la cintura de sus jeans.

El aspirante del club quien había intentado reclamar cuando fue a ver a Anton cayó por
una bala que le dispararon. Se movió, y ella bloqueó al chico que había sacado las bolas de
billar cuando ella y Anton jugaron.

Fue hacia abajo, las balas de otra persona aumentaron la carnicería. Por todas partes
había cuerpos. La mayoría todavía se estaba moviendo, sangrando y llorando, aunque había
solo silencio en su cabeza mientras otra bala aseguraba sus muertes.
Ella se hizo cargo de una sección de la sala mientras sus compañeros se encargaban de
otras. Intercambió las armas cuando había vaciado la pistola con la que entró, todo
metódico, planeado, como si fuera un ejercicio militar, programada para que sonara un
reloj interno, y ella señaló hacia la puerta.

Las dos figuras con máscaras negras se adelantaron. Ella los siguió.

A unos pasos de la entrada sintió la quemadura de sus muñecas, un círculo apretado


que subía hacia las vides de sus brazos, el calor abrasador y la conciencia de que alguien
cercano llevaba su tinta. Girando, vio una mano que alcanzaba una pistola de uno de los
muertos que nunca había dibujado. Un rostro se levantó, y renovó su lucha para despertar
al reconocer a Vontae.

¡No! Un grito silencioso y hubo vacilación en su propia pesadilla. Luego el arma en su


mano rugió, sacudió, el gatillo se apretó y el horror de ver una capa de sangre en el rostro
de Vontae en una explosión del rojo finalmente fue suficiente para liberarla del sueño.

Se despertó jadeando, temblando, su corazón escabulléndose en su pecho y su piel


cubierta de sudor.

—¡Joder, Etaín, mierda! —dijo Cathal, sentándose, con los brazos como bandas de acero
mientras él la tiraba hacia su regazo—. ¿Qué demonios fue eso?

—¿Lo has visto? —Shock agregado al frenético arrebato, quedando atrapando en su pecho.

—Demonios sí, lo vi.

Contra su espalda el corazón de él golpeaba tan furiosamente como el suyo.

—Jesús. ¿Recuerdos robados? ¿Algo que recibiste de alguien que tu padre o hermano
pudieran tocar?

—No. Solo un mal sueño. —Pero la incertidumbre se estremeció a través de ella porque
su don estaba cambiando, convirtiéndose en algo que se sentía extraño—. ¿Dónde empezó
el sueño para ti?

—Fuera de un club. —Sintió escabullirse sus latidos cuando añadió—: Creo que esto es
un efecto secundario de la… magia, la conexión que me permite encontrarte.

—Sí. —¿Qué otra explicación había? Pero su reacción física a ella la hizo girar en su regazo
hacia...

—No te vayas —dijo, cubriendo sus labios con los suyos, silenciando sus preocupaciones
con el empuje de su lengua contra la suya.
Eamon sintió la disolución temprana del hechizo de sueño como un boomerang
estrellándose contra su escudo personal. Él aceleró sus pasos, entrando en la habitación
donde su segundo y tercero al mando jugaban al backgammon.

Rhys levantó la vista del estudio de la pizarra. El sol rojo que colgaba de su oído atrapaba
la luz de la habitación. Su brillo no era menos que los redondos y pulidos rubíes que había
elegido como peones de juego.

Frente a él, Liam había elegido los peones de ónix, cuyo color era tan negro como se
decía que era el corazón de un asesino. Pero cuando Rhys expresó su saludo, su pregunta
en silencio y la elevación de las cejas, el tercero de Eamon no le hizo tal favor. Una sonrisa
perversa recorrió sus rasgos oscuros. La melena trenzada del cabello de Liam dejó la
impresión de un león en una noche iluminada solo por la más pequeña de las lunas.

—¿Estás cansado de compartir tus intenciones? —preguntó Liam con una risa en la voz—
. Si hubieras preguntado, yo habría ofrecido mis servicios. —Sus mortales, muy fatales
servicios—. Sabes que vivo para hacerte la vida más fácil.

Eamon se abstuvo de desafiar la declaración, dirigiendo su comentario a Rhys.

—Llama a Myk y Heath a casa, luego toma a los humanos que consideres necesarios y ve
al apartamento de Etaín. Arreglen su arriendo y muevan sus cosas aquí.

El sol rojo del pendiente de Rhys brillaba con una pizca de movimiento, una diversión
suprimida o una objeción tácita, podría haber sido, aunque ninguno de los dos estaba
presente en su voz cuando dijo:

—Vives peligrosamente, Señor.

—Un eufemismo —dijo Liam—Por suerte para nosotros, tenemos asientos de primera fila
en este gran cortejo. Apenas puedo esperar para presenciar el siguiente acto, por lo
interesante que fue el primero.

El comentario de Liam provocó una risa de Rhys. Se puso de pie, el juego de


backgammon abandonado por el momento.

—Voy a ocuparme de mi tarea y espero que no estés desterrado cuando vuelva.

—Apenas una posibilidad considerando a los humanos por los que nuestro Señor ahora
debe preocuparse por las opciones de su intención.

—Cierto. Aún puede llegar a matar a alguien que ofrece un reto.


Liam resopló.

—¿Entre los humanos? Tú llegaste muy cerca de insultarme. —Pero toda la


despreocupación se desvaneció cuando su atención se clavó en los oídos de Eamon, y en
las protecciones adicionales que ahora llevaba encima en los clavos inscriptos de sigilo que
servían como puntos focales y dibujos mágicos.

—Ella se fortalece —dijo Rhys.

—Su don cambia.

En el jardín, en el círculo sagrado en el que había trabajado el pelo de Etaín en un


encanto y activado los pendientes, que normalmente no llevaba a menos que se lo
convocara a la corte de la Reina o a viajar al territorio de otro, él había llegado a ver el
agarre y el empujón de la magia a través suyo como una señal positiva de que su magia,
ahora probada, estaba más profundamente en la preparación de un vínculo entre ellos,
aunque no lo dejaría desprotegido de nuevo.

Eamon colocó el fino cordel de pelo dorado sobre la mesa junto a Liam.

—No necesito esto de ti.

Pero su tercero ya estaba levantando el amuleto y haciendo que tocara su muñeca, el


contacto fue todo lo que hizo falta para que los extremos se buscaran y se cerraran, creando
un vínculo mágico entre su víctima y su asesino, en caso de que ella lograra escapar de la
finca.

Un asentimiento de agradecimiento y Eamon volvió a la habitación, su polla llenándose


y levantándose otra vez a pesar de lo que había pasado con la última caliente precipitación
de semen cuando él estaba enterrado en sus profundidades. Él, empedernido, se precipitó
al entrar a la habitación para ver a Etaín en el regazo de Cathal, para sentir su magia
deslizarse contra su carne como si se hubiera liberado al hacer el amor, enrollándose
alrededor de él como si estuviera comprobando sus defensas y encontrándolas sólidas. Esta
vez, el elemento de peligro solo llenó sus testículos y se profundizó con el abrasador calor
del deseo.

Él se les unió en la cama, inclinándose para besar su hombro, esperando la bienvenida


pero calmándose cuando los labios de Etaín dejaron los de Cathal y su cabeza giró para
darle una mirada furiosa en su dirección.

—No vuelvas a hacernos eso a Cathal o a mí de nuevo, Eamon.

—Era necesario.
La confusión de ella dejó claro que no había sentido el agarre y tirón de la magia, aun
dado el choque de un encantamiento roto contra su escudo y su bienvenida, ella debió
haber sido consciente de que él la pondría, a ellos, a dormir.

—¿Qué está pasando aquí, Etaín? —Había un borde de algo en la voz de Cathal,
hostilidad, y Eamon leyó en su expresión el deseo de evitar el conflicto, aunque ella no
podía retirar lo que ya había sido dicho.

—El don de Etaín está cambiando —contestó Eamon, esperando aliviar la tensión—. Tú
estás a salvo de eso, pero yo he sido descuidado.

El miedo estiró sus facciones.

—Apenas desnudé tu mente —dijo en un susurro y él se preguntó si ella intentaría


distanciarse de él—. Ese es el por qué has hecho el hechizo para dormir.

—No estoy seguro de lo que podría haber pasado. Reaccioné defensivamente y Cathal
cayó ante mi hechizo también.

—No lo hagas de nuevo. —Las palabras de Cathal fueron un bajo gruñido, su enojo
plasmando el miedo natural de perder el control, y una reacción humana al uso de la magia.

Eamon inclinó su cabeza, reconociendo el decreto de Cathal sin estar de acuerdo con el
mismo. Él no podía ofrecerle a Cathal la garantía que buscaba, no cuando usó la tinta de
Etaín y ahora estaba vinculado por magia a ella.

Etaín se retorció lejos cuando Eamon la alcanzó, el miedo pulsando a través de ella.

—Quizás sería mejor si Cathal y yo nos fuéramos. Más seguro para ti.

—Creo que estoy seguro ahora. El tiempo que durmieron fue aprovechado.

Él trazó el borde de su oreja, vacilando en la punta, su delicado movimiento circular la


golpeó enviando escalofríos de erótico placer a través de ella. Él lo siguió con caricia de su
boca contra la de ella, el deslizar de su lengua entre sus labios abiertos en una insinuación
de incursión a lo más profundo, una penetración mucho más profunda.

—No hay manera de probarlo, no sin esto —murmuró él, y el cuerpo de ella se apretó en
anticipación, luego en protesta con un golpe en la puerta de la habitación.

Desde el otro lado de la puerta, Liam dijo:

—Hay un asunto que requiere su atención, Señor. —El gemido de Eamon contenía la
misma frustración que ella sintió.
—Regresaré lo más rápido que pueda. —Él se fue, la puerta cerrándose detrás de él antes
de que Cathal rompiera su silencio de nuevo.

—¿Señor de qué? ¿De los imbéciles?

La verdad de sus emociones perforó su piel y se vertió en su flujo sanguíneo. Enojo


reapareciendo, al tener que compartirla. Pero ese enojo estaba superado por miedo, por el
sentido de una vida girando fuera de control.

Ella intentó deslizarse de su regazo, para romper el contacto físico y ganar un poco de
espacio para respirar. Los brazos de él se apretaron, evitándolo, permitiendo solo suficiente
movimiento para que ella cambiara de posición en su regazo. Ella se sentó a horcajadas
sobre él así podía ver su expresión y él podía ver la suya.

—¿Lo sientes ahora? —preguntó ella, abarcándolo todo, magia, Eamon, su relación,
aunque Cathal había tratado de dejarla fuera, y con sus acciones, atrajo la atención de
Eamon en primer lugar.

—No. —Él tocó su boca con sus labios todavía brillando por la presión de la boca de
Eamon en ellos—. Nunca.

—Nunca digas nunca.

—Tú me los dijiste una vez antes y ahora estoy usando tu tinta. Cuando se trata de ti,
parezco ser un aprendiz lento. —Su lengua provocó el borde de los labios de ella y el deseo
se enrolló caliente y fuerte en su estómago, derramándose hacia su coño.

—Un aprendiz lento ¿estás seguro de eso? —Ella se abrió para él, atrayéndolo para entrar
en su boca y que sus labios pudieran tomar su lengua y con una succión, ganar la
recompensa inmediata de sentirlo duro contra su estómago.

Las manos atravesaron su cabello con un gemido, los dedos de él enredándose ahí
mientras que los de ella peinaban entre el elegante oscuro mate de su pecho encontrando
un pequeño pezón masculino. Una caricia de la yema de sus dedos, el tirón y retorcijón de
posesión tuvo la boca de él dejando la suya para decir:

—Haremos funcionar esto, Etaín. Sin arrepentimientos.

Sin arrepentimientos. Ella quería que siempre fuera de esa manera, pero temía…

—Dilo, Etaín —demandó él.

—Sin arrepentimientos. —¿Cómo podría tenerlos? Ella lo había necesitado en su vida


todo ese tiempo, aunque raramente admitiera sus sentimientos de soledad.
Amor, aumentó dentro de ella, fiero y delicado al mismo tiempo, y quería darle placer,
para expresarlo en una manera que lo tuviera llorando en éxtasis.

Él gimió en protesta cuando ella retiró su boca de la suya, dedos apretándose en su


cabello en una demanda de que volviera.

—Déjame —murmuró ella contra su oído, desviándose ahí para una rápida caricia con
sus labios y pasó velozmente su lengua.

Sus caderas se separaron del colchón, la polla dura impulsando contra montículo y
clítoris y abdomen, distrayéndola de sus intenciones.

—Quizás debería hacer que te vengas en mi estómago —dijo ella, frotando su clítoris
contra su longitud, una ardiente sensación pasando hacia sus dedos de los pies por lo que
se arrollaron contra las suaves sábanas—. ¿No es eso una fantasía masculina popular?
¿Venirse en el coño y pechos de una mujer?

Sus manos dejaron su cabello para agarrar su culo mientras ella continuaba frotándose
y apretándose contra su polla.

—¿Has estado mirando porno?

Ella rió.

—No necesito ahora que te tengo a ti y a Eamon.

Él dio un bajo gruñido ante la mención de Eamon, intentó levantarla y ponerla en su


polla. Ella se resistió, una caliente satisfacción femenina se esparció por su pecho cuando
sintió el espasmo de su polla contra su estómago, la punta ahora húmeda por la excitación,
el almizclado, intoxicante olor del deseo haciéndola pelear contra ella misma tanto como a
él.

Él cambió sus posiciones así la penetración se hizo imposible, convirtiéndola en la que


tenía la feroz necesidad de venirse en lugar de la sirena que hubiera querido que él lo
hiciera.
Ella se movió, cogiendo aliento con cada golpe, cada presión y frote de su clítoris con su
polla.

—Pon tu boca en mí —suplicó ella, las manos dejaron su pelo para ahuecar sus pechos,
para retorcer, apretar y tirar de sus pezones apretándolos hasta el punto de dolor.

Las ventanas de su nariz se ensancharon. Su hambre intensificando el deseo.

—Di “por favor”.


—Por favor. —Fue suspirado en femenina sumisión.

Su sonrisa fue un destello de victoria.

—Otra noche te haré rogar incluso más bonito.

—Y otra, te haré hacer lo mismo.

Él rió, un hombre anticipando en vez de uno asustado.

—Puedes intentarlo.

La boca de él reemplazó los dedos de ella para succionar, cada tirón haciéndola canalizar
el fuerte aferrar y liberar, aferrar y liberar.

La cabeza de ella se echó para atrás, los ojos cerrándose mientras sus movimientos se
aceleraban, su clítoris hinchándose, erecto, un palpitante centro de placer entre sus
muslos.

La respiración de él era igualmente irregular en su boca salvaje, infligiendo un caliente


tormento con tirones y mordidas a sus pezones, con el torbellino de su lengua hambrienta
succionando.

Sus manos agarrándola empujaron la parte baja de su cuerpo presionándola más contra
el suyo. El de ella no era el único movimiento frenético.

Él empujó contra ella, liberando su pezón para decir:

—Maldita sea, Etaín. Maldita sea, me vuelves loco.

—Bien. —Ella no quería estar sola en su adicción, no quería ser la única indefensa por
un ansia que se intensificaba en vez de disminuir.

Bien. Esa sola palabra se hizo eco a través de Cathal como un desafío, como una bandera
roja agitándose en frente a un toro.

Desde el principio ella lo había tenido por la polla, y ahora ella lo tenía por su tinta, por
magia. Sin remordimientos. Era la verdad absoluta, pero él le mostraría a qué tipo de hombre
se había vinculado.

—Vente para mí —gruñó él, sus bolas duras y apretadas con la necesidad de hacer lo
mismo, sus manos cambiando el ángulo donde sus cuerpos se tocaban. Su clítoris un
caliente firme nudo que él trabajaba contra su polla, regocijándose en cada uno de sus
quejidos, en la manera en que ella se tocaba, dedos reclamando pezones.
Ella estaba totalmente desinhibida. Una diosa dedicada al placer. Tan sensual que él
luchó contra levantarla, llenarla y estocarse en ella hasta que la liberación lo tomara.

—Vente para mí —dijo él, a regañadientes contra ella, mirando su cara ruborizada
mientras el orgasmo la reclamaba, dándole esos momentos antes de que él la levantara y la
posicionara en sus manos y rodillas.

Ella fue directamente a sus codos, inclinando sus caderas y separando sus muslos para
revelar un brillante rosado coño y pliegues hinchados, una oferta tan primordial y carnal
que él agarró su polla para seguir cubriéndola y empujarse dentro de ella inmediatamente.

Él estaba en control aquí. No ella.

Alcanzándola, él trazó el filo entre sus nalgas, dio una ronca risa cuando sus nalgas se
aferraron con instintiva negación. Él no la había tomado ahí, todavía. Pero quería, lo haría.
El urgente impulso de reclamar y dominar descansando justo debajo de la superficie era
una lección que él había aprendido sobre sí mismo gracias a ella.

Él trazó el borde otra vez, dedos resbalando con excitación recubriendo su arrugada rosa
entrada de atrás.

—Tal vez la próxima vez te follaré aquí. ¿Vas a decir que no? —Ella se estremeció, miedo
erótico, anticipación, él no sabía cuál, pero tenía fuego golpeando a través de su polla, todo
dentro de él gritando para que uniera su cuerpo al de ella.

—Quizás diré que sí porque les quiero a ambos dentro de mí al mismo tiempo. —Fue su
turno de reaccionar con instintiva negación, una respuesta automática a cualquier
referencia de Eamon. Él lo hizo con el empuje de su polla abriendo los labios de su coño y
dentro de la humedad, al apretado calor. Con un violento movimiento, un furioso golpe
con el propósito de erradicar su necesidad por cualquier otro que no fuera él.

Ella se meció hacia atrás, encontrando su empuje, llevándolo más profundo. Lo tomó
como él la tomó a ella, el sonido de carne contra carne acentuando sus bajos gruñidos. La
sensación de sus bolas colgando pesadas y llenas entre sus muslos, golpeando su clítoris y
haciéndola gritar, lo llenó con una salvaje posesión y sentimiento de poder.

Él evitó su orgasmo hasta que ella había terminado, una última victoria masculina antes
de rendirse al placer indefenso, antes de que el semen se derramara por su polla para
llenarla y los dos colapsaran en el colchón, sus cuerpos todavía unidos.
3

Traducido por Ghalatea

Corregido por Azhar23

Eamon se puso de pie mientras Liam acompañaba al hermano y al padre de Etaín a la


habitación. Había esperado a uno de ellos, pero no a ambos. Tenía sus reservas con respecto
a los dos, dada la forma en que habían utilizado el don de Etaín a lo largo de los años,
exponiéndola al peligro e inconscientemente despreocupados del coste que podría traer
sobre ella el uso de dicho don.

Ambos hombres vestían casualmente, de forma cara. Habría preferido retrasar el


particular encuentro, pero fue tan inevitable como la inminente confrontación.

—Parker —dijo Eamon, reconociendo al agente del FBI que seguía vivo solo porque no
podía estar seguro de que el hermano de Etaín hubiese querido hacer de ella el objetivo del
Violador Arlequín—. Capitán Chevenier.

Los hombres reclamaron sillas de lado a lado. Eamon se sentó frente a ellos mientras
Liam descansaba en la puerta, interesado y letal guardaespaldas.

—¿Dónde está mi hija? —dijo el capitán, sin molestarse en las cortesías, su voz tensa, la
preocupación feroz de un padre.
Eamon estaba dispuesto a creer que este hombre amaba a Etaín como suya, a pesar de
que no era la verdad. Estaba dispuesto a aceptar que un día podría tener que añadir a estos
dos seres humanos y los relacionados con ellos a su clan, pero en la actualidad solo tenía
una preocupación con respecto a ellos.

—Ella y Cathal se unirán a nosotros una vez que se hayan resuelto ciertos asuntos.

En los rostros de sus visitantes aparecieron expresiones gemelas de disgusto y


desaprobación. Eamon, muy cerca, sonrió al ver la reacción. Si su hostilidad les alejaba aún
más de Etaín, y con ella, las preocupaciones, entonces le sirvió.

—¿Por qué el hijo de Niall Dunne sigue con ella? —preguntó el capitán.

—Seguramente sabes que está viendo a Cathal.

—¿Lo encuentras aceptable? —Incredulidad, la condescendencia, una pizca de


indignación moral; la pregunta obviamente hizo que Parker interpretara correctamente la
relación y pasó la información a su padre.

Eamon se encogió de hombros.

—Es mejor evitar algunas batallas. Me refiero a mantener a Etaín a salvo y una de las
cosas de las que la protegeré es el daño que viene de usar su don por ustedes. No se le
permitirá el acceso a ella si el propósito de su visita es pedirle que toque a las víctimas de la
delincuencia y reviva el horror de sus recuerdos. De hecho, serás escoltado fuera de mi casa
inmediatamente sin verla si no puedes o no quieres realizar el juramento de que no has
venido aquí con la intención de realizar esa petición.

El capitán se inclinó hacia delante, con suficiente amenaza y agresividad en el gesto para
tener a Liam enderezándose fuera de su postura lacónica.

—Si mi hija se niega a usar sus habilidades únicas y lo oigo directamente de ella, acepto
los deseos de Etaín. No sé quién eres. Hasta hoy, nunca había oído hablar de ti ni te había
visto en todas las veces que he estado en Aesirs. No sé cuál es tu conexión con el Dunnes,
pero tengo la seguridad de que estaré mirando ahora que has llegado a mi pantalla de radar.
Exijo ver a mi hija. Tráela aquí o yo…

—Papá, vamos a calmarnos. Por favor. Necesito arreglar mi papeleo y querías asegurarte
de que Etaín estuviese realmente bien. Eamon sabe que esta reunión con Etaín tenía que
suceder. La dejé salir de la escena del crimen sin dar una declaración. Dejé que todos se
fueran. Dejemos de lado esta discusión por ahora. Todo lo que Eamon nos ha pedido es
que prometamos que no estamos aquí para pedirle ayuda en otro caso. Sé que yo no estoy
aquí para eso. ¿Y tú?
—No. —La respuesta fue franca y con hostilidad.

—¿Bastante bueno? —preguntó Parker, encontrando y sosteniendo la mirada de Eamon.

Tendría que serlo. Eamon se había jurado que esta vez no pasaría sin que Etaín supiese
la verdad de lo que era, y lo que sería. Cuanto antes se hiciera eso, antes podrían hacerse
las cosas importantes.

—Ninguno de los dos le mencionará esta discusión.

No tenía la intención de tranquilizar a los hombres, pero sus palabras tenían ese efecto.

—Muy bien —dijo Parker, colocando una carpeta en la mesa de café y abriéndola. Una
mirada al viejo Chevenier y obtuvo su aceptación de los términos, un asentimiento agudo
y una expresión de confianza en vez de derrota fácil de leer.

Eamon escondió su sonrisa. Ninguno de los dos le creyó capaz de persuadir a Etaín para
dejar su Causa de la Justicia. Estaban equivocados. Su palabra era ley en el mundo y Etaín
pronto aprendería que existía.

—Volveré momentáneamente con Etaín y Cathal.

En presencia de los familiares de Etaín, su tercero se abstuvo de emitir un comentario


burlón, aunque los ojos de Liam relucían con la diversión suprimida y la anticipación
impía.

—El que ríe último, ríe mejor y ese seré yo —murmuró Eamon a un paso de Liam—.
Llegará el día en que te enamores.

—Estás equivocado. Esa pesadilla en particular no es para mí.

—Pienso lo contrario y disfrutaré cada momento de tu malestar.

—Y aquí que creía que no te importaba, señor.

Eamon se permitió la sonrisa que había retenido. No había ningún punto en suprimirla,
dado que su ausencia no frenaría la lengua de Liam.

Pasó por la puerta, moviéndose sin prisa hacia el dormitorio para encontrar a Etaín
tumbada con Cathal contra su espalda, su brazo sobre su vientre y su muslo sobre el suyo
en posesividad.

Se unió a ellos, la mirada centelleante de Etaín haciéndole desear que pudiese


reanudarlo donde lo habían dejado. Ella se levantó sobre su codo, tentándolo con el
empuje de sus pechos rosados.
Eamon se inclinó adentro, reclamándolos con la luz, persistente hasta que su suspiro
suave expresó su deseo por él. Luego se acercó a su boca, un largo beso seguido de un
cambio de paso hacia su oído, su lengua chasqueando en el canal antes de lamer la punta
redondeada tanto en recordatorio como en promesa de placer.

—Mmmm, de vuelta por más —dijo ella, la mano fue a la parte delantera de sus
pantalones, enviando una sacudida de relámpago blanco calentando su columna vertebral
con el agarre de su erección cubierta por la tela.

—Ojalá lo fuera.

—¿Qué pasa? ¿Además de lo obvio?

—Tu padre y tu hermano están aquí.

Su mano lo dejó y él sintió su pérdida como un aullido, retorcido, viento de tormenta.


Su boca volvió a la suya en un derramamiento y mezcla de magia; él controlado y ella salvaje,
aunque no había amenaza, sin luchar por el control, aparte de lo que vino al estar en su
presencia y sin querer nada más que unir su cuerpo con el de ella.

La bebió, consciente de que la mano de Cathal se deslizaba por su costado para taparla
el pecho, intensificando el erotismo de estar con ella, aunque no necesitaba compartirla
para encontrar una completa satisfacción. Lo había cautivado desde el principio y seguía
siendo una fascinación peligrosa. Le había dado más margen de maniobra de lo que alguna
vez habría imaginado posible.

El beso terminó con un gemido de protesta por su parte, enviando satisfacción


ronroneando a través de él.

—Es el momento de satisfacer la razón de su visita. Cuanto antes nos ocupemos de ellos,
más pronto podremos volver a esta búsqueda mucho más interesante.

—Es cierto —dijo Etaín, nerviosa ante la perspectiva de estar en la compañía del capitán,
y luego inmediatamente irritada al sentirse así. Era lo suficientemente consciente de sí
misma para saber lo que había debajo del nerviosismo. Esperanza, una emoción a menudo
amarga cuando se trataba de su relación con el hombre que una vez había llamado papá.
No lo había visto en meses, y ese último encuentro había terminado en una discusión igual
que muchas de las anteriores.

Jugó con un mechón de pelo de Eamon, dejando que los mechones sedosos la
distrajeran. Eso la hizo pensar en las suaves olas rompiendo las playas vírgenes.
—¿Tienes un albornoz que pueda pedir prestado? —Había llegado a la finca de Eamon
con nada más que su camisa, la ropa que llevaba puesta cuando fue secuestrada, sin duda,
empaquetada como prueba en el caso del Violador Arlequín.

—Puedo hacerlo mejor que un albornoz. —Un último beso persistente y él dejó la cama.
Cruzó las puertas plegables del armario, la madera pulida y costosa, los diseños tallados que
daban vuelta con ilustraciones elegantes.

Él los tiró hacia atrás, revelando varios montones de ropa de mujer, agrupados por
ocasión, desde camisas casuales hasta elegantes trajes de noche.

—Arreglé el principio de un armario.

El latido de su corazón se aceleró, la consternación se apiñaba. Todo en ese armario


sería mucho más caro que lo que ella habría elegido comprar o usar. Ahora comenzaba.
Los cambios que había conocido llegarían, las expectativas que ella no estaba segura de
poder aceptar, tolerar o lograr.

Miró a Cathal, que hizo una mueca y dijo:

—Tienes suerte. Ropa limpia. Ahora siento que no sea mi casa.

—La mía también.

Entregando el calor y la comodidad que ella ganó con el toque de su piel a Cathal, dejó
la cama, e hizo lo mismo, dirigirse al baño.

En el armario liberó la más casual de las camisas, aunque la rica textura de la tela le
confirmó su sospecha sobre el precio. Ocultando su malestar, dijo:

—Por un segundo, cuando vi la ropa, pensé que tal vez eras un travesti como Derrick.

—Es un espectáculo que no verás aquí.

Ella se echó a reír, pero la inquietud sobre el futuro le hizo sentir de repente el deseo de
volver a la normalidad, donde lo normal no se preocupaba por la magia, donde se definía
por pasar días en Stylin’ink, compartiendo insultos con Derrick, Jamaal y Bryce.
Provocando a medida que creaban el arte que duraría para toda la vida en su lienzo
humano.

Eamon tiró un par de jeans de diseño de una percha.

—Vamos a acabar con esto, Etaín.


Ella se los quitó. Para una ocasión diferente, disfrutaría no llevando nada debajo de la
ropa y saber que él y Cathal eran conscientes de ello. Pero para reunirse con Parker y el
capitán, necesitaba toda la armadura que pudiera obtener.

—¿Bragas? ¿Sujetadores?

—En la cómoda. Cajón superior izquierdo. Tengo artesanos trabajando en muebles


adicionales.

Sus pasos vacilaron. Pero con la aparición de Cathal desde el baño llevando pantalones
oscuros y una camisa ligeramente arrugada, dejó la discusión sobre los arreglos de la vida
para más tarde. Siguió a la cómoda, escogiendo apresuradamente tiras sedosas de lencería
azul antes de vestirse.

—Hagamos esto —dijo ella, aunque su corazón dio un salto, al ver a Parker.

Apretó las manos en puños y las metió en los bolsillos. Eamon le había dicho que creía
que era la naturaleza de su don querer verlo todo, saberlo todo y había perdido el control.
Ella habría desnudado la mente de su hermano si Eamon no hubiera usado un hechizo
para detenerla cuando Parker la abrazó, contenta de haber sido salvada del Arlequín.

La desaprobación cementó al capitán y a Parker en su lugar. Ni ofreció una sonrisa ni


un abrazo. Ella no esperaba lo contrario, pero esa traicionera emoción de esperanza la dejó
vulnerable.

Un dolor se extendió por su pecho en una ola lenta y traicionera. La mano de Cathal se
posó en la base de su espina dorsal, impulsando el dolor detrás de una pared de resolución.

Sin arrepentimientos. No había nada en su vida que tuviera que disculparse… y sin
embargo, en la misma habitación con el hombre a quien todavía consideraba como su
padre, una parte de su amor todavía anhelaba conformarse con sus expectativas.

Dejó que Cathal la guiara hasta el sofá, no protestó cuando rodeó su muñeca, tirando
de su mano libre, sacándola del bolsillo y juntándolas mientras se sentaba.

Ansiosa por acabar con aquello, dijo:

—Puedo adivinar qué te trae aquí, Parker. ¿Pero qué hay de ti, capitán?

Había censura en su expresión. Intolerancia dura en presencia de un hombre que la


había condenado basándose únicamente en lo que eran su padre y su tío. Asesinos. No
había dudas, aunque sin ella, las autoridades no tenían nada.

—Quería asegurarme de que estás bien, incluso si la compañía que mantienes sigue
siendo una preocupación.
—Estoy bien. —No tenía el estómago para lanzar una acusación contra él, que había
tenido algo que ver con que ella fuese recogida y confinada en una pequeña sala de
interrogatorios sin ventanas. Que había sugerido que podría romperla para que se
convirtiera en el testigo de oro de la acusación en un caso contra los Dunnes.

Se centró en Parker.

—No voy a firmar una mentira. ¿Cómo quieres girar esto? —Apenas incluyeron los
términos enlace psíquico o tatuajes mágicos en el informe social.

—Hay suficiente evidencia para obtener una sentencia de muerte de todos modos, así
que mantengamos tu declaración simple. Dime todo lo que pasó antes de tu rescate.

Lo hizo, añadiendo su firma al final del relato escrito por Parker.

—Ahora la parte difícil.

La mano de Cathal se apretó sobre la suya, una disculpa deslizándose dentro de ella a
través del contacto o de la conexión creada por la tinta de sus antebrazos, no sabía cuál de
las dos.

—No necesariamente. Para los propósitos del informe, firmaré una declaración diciendo
que tenía un rastreador sobre ti.

Una verdad, aunque engañosa. Con el ojo entintado tocando su palma, vio un recuerdo
y supo que el rastreador estaba realmente en la Harley.

La determinación de Cathal se derramó sobre ella como acero fundido. Era toda la
advertencia que ella tuvo antes de que él dijera:

—Comprenderás porque llamar a la policía no fue una primera opción cuando descubrí
que la mujer con la que me voy a casar había sido secuestrada.

El silencio explotó a través del cuarto como una bomba, enviando ondas de choque a
través de ella también. Se volvió hacia Eamon para medir su reacción, pero su expresión
era la calma de un mar vidrioso.

Parker fue el primero en decir, furioso:

—Ni de coña, Etaín. —Pero ella no refutó la declaración de Cathal. No discutió que él
no era para nada como su padre y su tío.

La mano de Cathal dejó la de ella para tomar la pluma que había colocado en la mesa
de café después de firmar la declaración. Hizo un rápido trabado escribiendo el suyo propio
y colocar su firma en él.
—Me gustaría hablar contigo, Etaín —dijo el capitán—. A solas.

Eamon tomó la mano de Etaín en la suya.

—Eso no será posible esta noche. Creo que hemos concluido lo necesario para el asunto
policial. Liam les acompañará afuera.

Con la mención del nombre de Liam, Eamon miró hacia la puerta, atrayendo la
atención de Etaín también, para ver los ojos bailando con risas reprimidas, y más.

Caaaaminante de sombras. Asesino. Las palabras salieron silbando con la misma voz
silbante que había escuchado en su pesadilla, como si su don ahora tuviera una voz y no
siempre requería la presión de sus palmas en su piel. La etiqueta dada a Liam apretó su
pecho como fragmentos de hielo, se deslizó en su torrente sanguíneo con la pregunta, ¿Por
qué Eamon necesita un asesino en su empleo?

—¿Quieres dejar que este hombre te dicte lo que puedes y no puedes hacer, Etaín? —
preguntó el capitán, demanda en su voz, pero preocupación también, preocupación por su
futuro. Y en ese momento estaba preocupada por ello también.

Arrastrando su mirada de Liam, ella dijo:

—No… —Y fue cortada por el sonido del móvil del capitán.

Lo sacó de su bolsillo, comprobando el número entrante antes de responder. La otra


persona hizo la mayor parte de la conversación. Cuando el capitán volvió a hablar, dijo:

—Ahora estoy con ella. Déjame volver a ti.

Bajando el teléfono, dijo:

—Era la policía de Oakland, hubo una invasión armada en un bar de motociclistas.


Veintisiete muertos, un sobreviviente. No se espera que recupere la conciencia o viva. Han
pedido tu ayuda.

—No —contestó Eamon—. No permitiré que vuelvas a ponerla en peligro.

Las bobinas imaginarias se apretaron alrededor de su pecho, sofocándola. Cathal


recuperó su mano, su sorpresa casi sobrepasando el miedo que la empapaba, entumeciendo
sus labios mientras sentía el tirón fantasmal del gatillo de una pistola. No era un mal sueño,
sino algo más.

—¿Cuándo sucedió?

—Hace poco más de una hora.


El frío helado invadió sus miembros, llegando con la sensación de que lo había vivido
en tiempo real, no como algunos eventos premonitorios inminentes.

—¿Era el bar dónde están los Curs?

El rostro de policía respondió a su pregunta. Respondía lo suficiente.

—¿Por qué lo preguntas?

Apretó la mano de Cathal en un mensaje innecesario para no mencionar el sueño, la


realidad de la pesadilla ahora.

—Estuve allí hace unos días, haciendo lo que Parker me pidió que hiciera.

—Entonces conocerás a algunas de las víctimas. —Se levantó, Parker también—. Te


acompañaré al hospital a menos que tengas la intención de dejar que Eamon dicte lo que
harás o no harás.

—Iré.

—No lo harás —dijo Eamon—. Piensa Etaín, lo peligroso que es tocar a los moribundos
para ti.

Pero ella no estaba preocupada por sí misma. No mientras volvía a la escena de la


matanza y sintió que el fantasma ardía en sus muñecas, un círculo apretado que subía hacia
las vides de sus brazos. El calor abrasador venía con la conciencia de que alguien cercano
llevaba su tinta —que venía con el espantoso temor de que todos lo llevaran, ella, el asesino,
y Vontae— y peor, por eso, el asesino que había estado en el sueño había sentido a Vontae.

La culpa hundió las raíces en su interior. La magia atrae y repele, Eamon se lo había dicho
una vez, y esto parecía una prueba horrorosa de ello.

—No importa. Tengo que hacer esto.

Previendo más argumentos, le dijo al capitán:

—Tocaré al sobreviviente que queda. Tendré sus recuerdos y los dibujaré. Lo juro. —Las
palaras trajeron consigo la advertencia de su madre. Nunca hagas un juramento que no estés
dispuesta a pagar caro si lo rompes.

—Vamos —dijo el capitán.

La mano de Eamon se colocó alrededor de su brazo en una inquebrantable restricción.

—Etaín irá dentro de poco. Me aseguraré de que cumpla su promesa, pero hay asuntos
que necesitamos discutir primero. ¿Qué hospital?
—Highland General.

La expresión del capitán cuando se encontró con sus ojos transmitió el mensaje de que
no se iría hasta que escuchase lo que quería. Habría templado su corazón, excepto que esto
tenía que ver con la resolución de un crimen, y tenía el beneficio adicional de apartarla de
la compañía de ambos, Eamon y Cathal.

Nunca la contactó para averiguar cómo estaba. Siempre era porque necesitaba que ella
tocara a una víctima. Y no era diferente con Parker.

Cathal terminó el momento tenso, al lado de Eamon.

—Dentro de pocos minutos no importará, Etaín. —Apretó la mano sobre la suya y pudo
sentir su miedo por ella—. Puede ser mejor si no entras en el hospital con tu padre y tu
hermano. No después de todo el bombo sobre su participación con el grupo del Violador
Arlequín.

Él tenía un punto. La especulación de los medios de comunicación la tenía como artista


psíquica o cebo, pero hasta ahora no tenían su rostro o sabían que casi había sido una
víctima.

—Te seguiremos —dijo el capitán.

—Pronto o no habrá ningún punto en ir al hospital.

—Te he hecho una promesa —dijo Eamon—. Velaré para que se cumpla.

El capitán y Parker se pusieron rígidos, como si oyeran más en las palabras de Eamon
que ella. Y luego se puso rígida también, preguntándose qué les había dicho antes de volver
al dormitorio para decirle que estaban esperando.

En el momento en que salieron de la habitación, Eamon dijo:

—Quiero mantenerte a salvo de ti misma si es necesario. La ignorancia es mortal, Etaín.


Ya no puedes permanecer así.

Más palabras siguieron, hablando en lo que debía ser el lenguaje de la magia, como el
fuego y el agua sonarían si tuviesen voz. Se sentía como si se estuviera derribando alguna
barrera, la veía en una luminiscencia súbita, no rodeando a Eamon, sino emanando de él,
haciéndolo de otro mundo, impresionante de una manera que era más irresistible, le
recordaba los cuentos de la gente brillante, las historias que su madre solía susurrarle a la
hora de acostarse, a veces mientras viajaban en autobús, dejando nombres antiguos y
tomando otros nuevos.
4

Traducido por Paulii~

Corregido por Azhar23

—¿Qué demonios? —murmuró Cathal, pero había una admiración renuente allí,
apreciación indispuesta.

Eamon tomó su sumisa mano y la llevó hasta su cara, usando la parte posterior de sus
nudillos para empujar las olas doradas de cabello a un costado para revelar una punta de
oreja puntiaguda. Su corazón se saltó un latido luego corrió salvajemente, negación
creciendo en anticipación a lo que venía después, aunque no lo previno de decir:

—Estás en la cúspide del cambio, Etaín. Esto es lo que serás, si sobrevives.

De alguna forma ella habló a través del pulso marcado en la base de su cuello,
milagrosamente, sin que las palabras se pegaran a una repentina lengua seca en una
igualmente seca boca.

—Creo que mejor aprendo el saludo Vulcano, entonces.

—Elfo, Etaín —dijo con la suficiente agudeza para desafiarla a enfrentar y aceptar la
verdad, para advertirla en contra de la negación o deflexión.
Y oh sí, la tentación estaba allí para ambos. Pero ella no era ninguna tonta como para
pensar que podría tanto correr como escapar de ella misma, no con todo eso que le había
pasado desde que conoció a Eamon.

—Lord —dijo, como si estuviera tentativamente recogiendo una piedra en un cauce


alineado con ellas.

El gesto relajó a Eamon. Su expresión se suavizó.

—Sí, este es mi territorio. Entre sobrenaturales, retienes lo que reclamas, o lo pierdes.

—¿Y yo soy una de esas cosas que reclamas? Pensé que ya te había advertido que no me
convertiría en una de tus posesiones.

—Una posesión no, Etaín. Serás mi esposa consorte.

—¿Ah sí?

—No comiences una pelea que no puedes ganar. Y al final no querrás ganar.

—¿Y Cathal?

Eamon se encogió de hombros.

—Una complicación, en muchas, muchas formas. Pero si lo pretendes, ¿qué hay con la
intrépida declaración de tu amante humano de que tiene la intención de casarse contigo?
No tengo ninguna objeción con ella.

—Gentil de tu parte —dijo Cathal, el gruñido distintivo en su voz advirtiendo que las
cosas estaban a punto de intensificarse.

Ella apretó la mano de Cathal en un pedido para mantener la calma, aunque la suya
propia se desvaneció cuando Eamon dijo:

—Todo cambia a partir de ahora, Etaín.

El mandato arañó sobre sus terminaciones nerviosas al haber recién experimentado la


desaprobación de su padre y su hermano.

—Ya lo veremos.

—El resultado es una conclusión predestinada.

—Lo dice Lord Eamon.

—Sí.
—No tenemos tiempo para esto. Necesitamos llegar al hospital.

Liam entró en la habitación como si su comentario lo hubiera convocado. Viendo a


Eamon, su apariencia también cambió en un brillo de magia. La mera belleza humana se
deslizó lejos para dejarlo radiante y brillante, asombroso incluso sin las puntas de las orejas
puntiagudas visibles a través de las largas trenzas de cabello.

Un bombón. Eso es lo que había pensado cada vez que había entrado en Aesirs y había
visto a los hombres trabajando allí. Ahora sabía la diferencia.

Con la demostración aparentemente completa, Eamon reelaboró cualquier hechizo que


había derribado. En un parpadeo él se veía humano de nuevo. Un instante luego, también
lo hizo Liam.

Ella podía sentir la fiera necesidad de Cathal de escapar, para retroceder dentro de
alguna muestra de normalidad. Miedo se filtró dentro, su propia preocupación de que él
cambiaría de opinión y se retractaría del sin arrepentimientos. Ella no podía culparlo, no con
estrecho pánico ondeando dentro de ella, encima de la realidad de pesadilla de la matanza.
Necesitaba espacio para respirar también, una oportunidad de procesar este nuevo giro a
pesar de haber lidiado con cosas sobrenaturales desde la llamada de la tinta a los trece.

—Vamos —dijo ella.

El agarre de Eamon la previno de pararse.

—Liam, mi tercero, les acompañará sin hacer conocer su presencia a menos que sea
necesario. Él es capaz de mantenerte a salvo de amenazas que tú no reconocerías.

—¿De otros…? —No podía obligarse a decir Elfos.

—Los elfos no son los únicos seres sobrenaturales que existen.

La hizo detenerse, pero se forzó a concentrarse en lo más urgente.

—¿Qué te hace pensar que estoy en peligro? He vivido en San Francisco desde que tenía
ocho años y por lo que puedo decir, tú eres la única… persona… que me notó.

La sonrisa de Eamon la hizo pensar en el delgado filo de un cuchillo.

—Debido a tu desconsiderada promesa, esas respuestas tendrán que esperar. Liam te


acompañará al hospital. Cuando hayas terminado allí, te traerá de vuelta a la propiedad,
donde permanecerás, por tu propia seguridad, hasta que hayas terminado la transición de
un cambiante a un elfo completo y hayas aprendido lo que necesitas saber de nuestra
cultura.
—¿Y si me niego?

—Negarse no es una opción.

—Al diablo con eso, Lord Imbécil —dijo Cathal—. Nos vamos de aquí.

La furia de Cathal quemó caliente mientras ella luchaba con qué hacer con un amante
transformado en un helado dictador, aunque era igual de resistente a la casual suposición
de Eamon de control total. Se paró, Cathal levantándose junto a ella, sus ojos encontrando
los de Eamon, odio con una promesa tácita de absoluta resistencia a seguir órdenes.

—Nos vamos a ir ahora.

—¿Has considerado lo que podría pasarle a él si tú mueres? O peor, y déjame asegurarte,


hay cosas mucho más peores que ser asesinado de una sola vez.

Ninguna otra emoción podría ser sostenida en la helada envoltura del miedo.

—¿Por qué tendría que pasarle algo a él si yo muero? —Pero ella solo tenía que mirar a
los brazos rodeando ahora su cintura, para ver los tatuajes que había puesto en Cathal y
sentir el zumbido de la conexión siempre presente para saber cómo contestaría Eamon a la
pregunta.

Él se trasladó, la expresión tierna más que arrogante, y debido a ello, ella no trató de
evadir su toque, o resentir la forma posesiva y segura en la que acunó su mejilla otra vez, su
pulgar acariciando a través de sus labios.

—No estoy acostumbrado a explicarme —dijo en el mismo tono suave que había usado
más temprano, al explicar su uso de un hechizo contra ella.

—Acostúmbrate a ello, Eamon. —Áspero contra suave.

—Quizás será necesario en algún grado.

No era exactamente una aceptación de todo corazón, pero entonces quizás no podía
esperar una de Lord Eamon por el momento, y no podía dejar que la carencia la desviara.

—¿Qué tiene que ver mi muerte con Cathal?

—Su destino está unido al tuyo, Etaín. Con suficiente estudio, podría
posiblemente encontrar una forma de romper esa unión a través de un método diferente al
de él muriendo. Pero no se haría de forma fácil, no sin un coste. Si tú pereces, hay una
buena posibilidad de que te lo lleves contigo. La magia lo eligió. Yo acepté la elección,
aunque no hubiera hecho la misma. Me enciende compartirte. Otros no se sentirían como
yo. La mayoría lo eliminaría de inmediato. Muchos asesinarían a cualquier humano que
usara tu tinta, con o sin causa.

—Dices eso como si pudiera haber una causa. —Las palabras salieron como un susurro,
acompañadas por el deseo desesperado de oír decir a Eamon que no había una causa
justificable, pero incluso pensándolo, ella se alivió de ese instante saliendo del coche con
el ondeo de un arma silenciada, dirigiendo a cuatro hombres enmascarados a un asalto en
el bar donde los Curs pasaban el rato.

Eamon se encogió de hombros.

—Si esa no es causa suficiente para preocupación, por decreto real aquellos que son como
tú, seidic, almas videntes, se supone que tienen que ser entregados a la Reina. Es cautividad
lujosa, aunque una completamente solitaria. Es una prisión de la que no hay escape, Etaín,
y una en la que a Cathal le sería con toda probabilidad permitido compartir contigo, hasta
que terminara en asesinato.

¿Por alguien como Liam? Quizás incluso por Liam si Eamon no podía tenerla. El intento de
Eamon de detenerla de ayudar a la policía después de que veintisiete personas fueron
asesinadas era un vislumbre de cuán despiadado podía ser.

—Tú no me entregaste a tu reina.

—No. Ve al hospital, Etaín. No tendré tu renuncia por más demora. Cuando vuelvas,
compartiré más de lo que necesitas saber.

—¿Y será libre para irse de nuevo? —preguntó Cathal, trayendo la conversación al
principio.

—Etaín necesita tener control de su don. Necesita empezar a desasociarse del mundo
humano. Nuestra esperanza de vida está medida en siglos, no décadas. La tuya lo va a estar
también si ella sobrevive a la transición. Algo para que consideres, voy a permitirte decidir
si los miembros de tu familia serán traídos a mi casa o no. Pero estarán bajo mis reglas, un
destino que tu padre y tu tío podrían llegar a ver peor que la muerte.

Etaín no podía empezar a pensar en la clase de esperanza de vida de la que Eamon estaba
hablando, y no tenía tiempo de hacerlo. Se concentró en lo simple, una orden en cercana
proximidad a palabras como permitir y mí, todo solo otra forma de decir no, la cual era una
respuesta que ella no encontraba aceptable.

Cortando por lo sano, dijo:


—Estoy dispuesta a aceptar que estés tratando de mantenerme a salvo, Eamon, pero no
seré una prisionera. Por lo que o das tu palabra de que puedo ir y venir como me plazca, o
no volveré aquí después de terminar en el hospital.

—¿Ya olvidaste lo que casi sucede la última vez que tocaste a Parker? —¿Ya olvidaste lo que
casi me hiciste a mí? Aunque el orgullo probablemente evitó que dijera eso enfrente de Liam.

Ella tembló.

—No me he olvidado. Entiendo que hay cosas que necesito saber. Entiendo que soy un
peligro para otros. Entiendo eso, Eamon. Estoy tratando de ser razonable aquí, de
encontrar un punto medio en el que todos podamos ser felices, y feliz no seré si estoy
encerrada lejos de mis amigos con Cathal apareciendo para visitas conyugales. Necesito
espacio. Mi propio apartamento. Tiempo para pasar solo con Cathal en su casa y club.
Tiempo para pasar contigo aquí en Aesirs. Tienes la imagen. No voy a dejar que te
conviertas en mi carcelero.

—Yo tampoco deseo convertirme en tu carcelero, Etaín. Pero lo que dije antes se
sostiene, te mantendré a salvo, de tus propias decisiones si es necesario.

—Entonces estamos en un puto muerto porque no voy a volver aquí hasta que dejes esa
actitud. —Le dolió el corazón al decirlo—. Que yo esté en una relación contigo no te da el
derecho a establecer leyes donde yo estoy involucrada.

—Quizás no, pero ser Lord de este territorio sí.

—Entonces nos iremos de tu territorio tan pronto como Etaín termine en el hospital —
dijo Cathal—. Ella me prometió una semana, destino indefinido, ¿recuerdas?

El aire alrededor de ellos se volvió frío como el clima del Ártico, el silencioso
recordatorio de Eamon de que él era un ser de poder y magia.

—¿En serio tienes tan poca consideración por su vida y la tuya propia?

—Estoy dispuesto a correr el riesgo si Etaín lo está. Mejor eso que el escenario que tú
estás exponiendo.

—Estoy dispuesta —dijo Etaín. Cathal estaba absolutamente a salvo de su toque, en eso
ella era positiva. Y quizás la distancia ayudaría a tender un puente sobre el aparente punto
muerto causado por la preocupación de Eamon.

La mano de Eamon apretó donde todavía reposaba contra su mejilla. Externamente


todo acerca de él podría ser reminiscente de hielo, pero había calor en su expresión, no una
llama furiosa pero suficiente fuego como para prometer que todas las barreras de lo que él
quería podrían y serían quemadas.

—Una semana, Etaín, comenzando ahora porque diste el juramento siendo ignorante de
lo que eres y en lo que te convertirás. Como yo lo recuerdo, tu promesa a Cathal fue
permitida por mi presencia, y yo estaré presente donde pueda hacerlo con seguridad sin
llamar la atención. Al término de siete días, si sigues con vida, será mi voluntad la que
prevalezca.

—No cuentes con ello.

Él se encogió de hombros, haciendo estallar su temperamento con el gesto. Su mano


dejó su rostro.

—Longevidad y la habilidad de ejercer magia son las razones por lo que los Elfos valoran
tanto los juramentos. Ésta tarde tú y Cathal han usado eso para su propia ventaja, pero
encontrarán que tal arma es una espada de doble filo. Pregúntale a Cathal qué promesa dio
a cambio por mi uso de magia para crear el vínculo que nos permitió rescatarte del Violador
Arlequín.

—Joder —dijo Cathal—. Yo no…

—¿Lo sabías? —La sonrisa de Eamon era afilada como una cuchilla—. La ignorancia es
peligrosa, pero a menudo mortal.

—¿Qué prometiste? —preguntó Etaín, la carrera del corazón de Cathal latiendo contra su
espalda marcando la profundidad de su ira y resistencia, aunque no su lamentación,
considerando cuál hubiera sido la alternativa.

—Prometí que lo tatuarías, poniendo tinta en él con el mismo significado que el que yo
uso.

Oh sí. No había escapatoria de esa.

—¿Un vínculo contigo ya sea que yo quiera o no?

—¿Tanto te desagrada la idea, Etaín? Te dije desde el mismísimo principio que quería
más que solo sexo.

¿Había un indicio de dolor en las palabras? Un acorde de eso rasgueó a través de su


pecho. Si él le hubiera advertido desde el principio, entonces ella también se hubiera
advertido, lo hubiera sabido mientras reposaba en su cama, mirando pinturas de Cezanne,
Van Gogh, Cross and Lemmen que involucrarse con él al final la dirigiría a la angustia. En
expectativas que ella no sería capaz de encontrar; y eso era antes de que cosas sobrenaturales
agregaran peso a la ecuación.

Y aún, incluso ahora, no podía odiarlo. No podía olvidar la ternura, el regalo de


conocimiento que le había dado cuando fue capaz de tocar al primo de Cathal y llevarse
los recuerdos de Brianna sin sufrimiento como lo había hecho en la primera visita.
Lo que necesitaban era espacio, espacio para respirar.

—Nos vamos —dijo ella, no trayendo el tema de que ella y Cathal no estarían de vuelta
esa noche, aunque se estremeció al tener a Liam siguiéndolos fuera de la casa, un oscuro
asesino allí y luego desapareció.
5

Traducido por *eliza*

Corregido por Azhar23

Frederico Perera estaba a la cabeza de la urna, su esposa a su lado, ambos aceptando


condolencias mientras sus hijas se movían entre los amigos de Jordão, los ojos húmedos e
hinchados de tantas lágrimas.

Sus ojos también estaban húmedos. No había ninguna vergüenza en el llanto por la
pérdida de un hijo.

La habitación estaba inundada en el aroma de las flores mezclado con perfumes caros y
colonias. El olor de ello lo ahogaba, un hombre que ya estaba luchando para respirar a
través de la constricción apretada de su garganta.

Si no fuera por la mano en la espalda de Margarita, las palabras frecuentes de ánimo, su


esposa habría colapsado bajo el peso de su dolor, y él del suyo, no para rezar, sino
manifestándose en contra de Dios en el dolor de su pérdida. Su primogénito había muerto,
asesinado en América por la bala de un francotirador.

—Coraje —murmuró Frederico a Margarita—. Vamos a salir de esto.

Las palabras que dijo eran tanto para sí mismo como su esposa. Y las repitió tantas veces
como el número de los congregados aumentó y se desvaneció como una marea fría
destacando en la desolación que sentía, la culpa por haber aceptado el puesto en San
Francisco.

Era una posición menor, no un trampolín para una más importante. Él era poco más
que un empujador de papel para su gobierno, y casi igual de insignificante para el hombre
que le había conseguido la posición, viniendo con la inmunidad diplomática y bolsas que
no podían ser buscadas por las autoridades estadounidenses.

No era más que una mula glorificada, mejor pagada que los que llevaban paquetes de
drogas en sus espaldas, pero una mula igual. Él aceptó la etiqueta sin vergüenza, teniendo
lugar el orgullo en el hecho de que pretendía una mayor riqueza para su familia.
Cuando el último de los que habían venido a ver, por el luto, para ofrecer el consuelo que
podían, resbalando lejos, solo un único visitante quedó en la habitación.

—Ve a casa —dijo Frederico a su esposa, tirando de ella en un abrazo junto con sus dos
hijas—. Me reuniré contigo más tarde.

Se fueron, dándole al hombre no más que un reconocimiento fugaz, mientras pasaban


a su lado, incluso en su dolor sintieron que el desconocido no era alguien para darse a
conocer.

—Él lo verá ahora —dijo el hombre.

Frederico asintió, volviéndose hacia el ataúd para mirar hacia la cara de su hijo. Un
sollozo brotó dentro de él, amenazando con dividir su pecho y derramar su corazón en el
suelo.

Se inclinó y besó la frente de Jordão.

—Serás vengado —susurró contra la piel fría antes de enderezarse y seguir al extraño a un
sedán oscuro.

Se dirigieron en silencio por las calles muy por encima de las favelas. Las luces visibles
en esas áreas infestadas de violencia en que la propia policía tenía miedo de entrar, se
convirtieron en una de las muchas facetas, que formaba parte de la joya brillante que era
Río de Janeiro.

Un muro rodeaba la casa en expansión que era su destino. Pero simplemente sirvió
como una advertencia contra la entrada y los hombres patrullando con ametralladoras.
El sedán estacionó en medio de una colección de automóviles exóticos. Siguió al extraño a
una habitación de lujo opulento.
Su guía se detuvo justo dentro de la puerta, mientras que Frederico continuó,
acercándose al hombre sentado frente a otro con un tablero de ajedrez sobre la mesa entre
ellos.

Eduardo Faioli se levantó del sofá, ofreciendo una mano, estrechando a Frederico
cuando tomó esa mano.

—Lo siento por la pérdida de su hijo.

Frederico se calmó mientras se encontraba con la mirada fija del hombre que lo había
levantado de entre las filas de lo común, a pesar de que se había hecho a través de otros
empleos de Eduardo. No había estado seguro de que ganaría la audiencia que había
solicitado. Y temía que lo que había sucedido en San Francisco podría conducir a la tortura
y la muerte, y no la suya propia, sino la de sus hijas, esposa, hermanas y padres ancianos.

—Gracias por recibirme.

—Siéntate —dijo Eduardo, señalándole una silla mientras él se acomodaba en la que


había estado.

Frederico se sentó, esperando mientras Eduardo volvió su atención de nuevo al tablero


de ajedrez por un momento, moviendo el caballero negro antes de mirar de nuevo a
Eduardo sin presentar a su compañero.

—¿Tenías solo un hijo?

Eduardo ya sabría la respuesta, por supuesto, pero la pregunta servido como la apertura
de las negociaciones.

—Sí, él era mi único hijo y también el único nieto.

—Una tragedia. ¿Crees que tal vez tenía algo que ver con los negocios realizados en mi
nombre?

—No.

—Ah, ¿entonces usted desea un favor de mí?

—Quiero que mi hijo sea vengado.

Eduardo asintió.

—Sí. Sí, me gustaría ver el mismo hecho si fuera mi hijo. Pero, ¿cómo puedo ayudarlo?
Mis socios me dicen que no ha habido detenciones. No hay razón que se dé en las noticias
por esta tragedia y no hay sospechosos nombrados por la policía.
—Es un asunto personal. Yo sé quién ordenó asesinar a mi hijo.

No había sido ignorante de las faltas de Jordão, faltas que empeoraron porque su hijo
no temía a las autoridades en Estados Unidos. Cuando la policía le había hablado de la
confesión del otro chico, y él había oído toda la extensión de la conducta de Jordão, había
estado enfermo. Pero incluso sabiendo que su hijo llevó parte de la culpa por su propio
destino, no disminuyó el sufrimiento o disminuyó el deseo de venganza.

—¿A quién desea que yo ataque? —preguntó Eduardo.

—Los Dunnes.

Frederico hizo una pausa, dividido entre el temor de que fuera negada su solicitud y el
miedo a las represalias en caso de que permaneciera en silencio sobre la posibilidad de
complicaciones peligrosas.

El mayor miedo prevaleció.

—Uno de los agentes estadounidenses me dijo que los Dunnes son sospechosos de ser
mafiosos.

Eduardo asintió.

—Mafia irlandesa.

El alivio por haber liberado el secreto atrapado sacó el aliento del pecho de Frederico.

—¿Son los irlandeses una preocupación?

Eduardo rió.

—Casi no vale la pena molestarse. Sus días de gloria han pasado de largo, situados en
una era diferente.

Miró a su compañero silencioso, observaba el movimiento de una torre blanca y


contrarrestó con el movimiento de un alfil negro.

—¿Una vida por una vida? ¿Tal vez un hijo por un hijo? ¿Es esa la naturaleza de la
venganza que busca?

Tendría que matar a toda la familia, pero… dejar que otro padre sepa del dolor que él
conocía.

—Sí.

—Muy bien. El día vendrá, cuando lo haga, necesitaré un gran favor de ti.
Un escalofrío lo recorrió. El silencio llenó el espacio entre ellos por un instante, y luego
un segundo antes él respondió:

—Lo entiendo.

—Excelente.

Para el hombre que jugaba al ajedrez con él, Eduardo dijo:

—Usa a los mexicanos para esto.

Etaín no podía recordar un día que se hubiera sentido tan interminable. Sueño y
pesadilla y sueño de nuevo.

Esa mañana había despertado en los brazos de Cathal con nada más que preocuparse de
llegar al refugio de recaudación de fondos y hacer su parte tanto como tatuadora como
organizadora. Y ahora…

Ella apretó la mano de Cathal mientras se acercaban a la entrada del hospital.

—No creo que pueda hacer esto sin ti. —Una admisión que, viniendo de ella, era
equivalente a otra mujer gritando te amo en una habitación llena de gente.

Él se detuvo, girándola para enfrentarlo, una mano en su cintura, cubriendo sus labios
con los suyos en un beso muy corto.

—Vamos a hacer esto, así podremos ir a mi casa.

Ella se había arrastrado allí. Esto no estaría realmente detrás de ellos hasta que ella
hubiera entregado los resultados. Ya podía sentir la inminente presión de las paredes del
hospital.
Se apretaron cuando entró por la puerta al espacio que olía a antiséptico. El capitán estaba
de pie junto a un detective hispano de traje oscuro.

—Gustavo Ordoñes —dijo el hombre, dando un ligero movimiento de cabeza en lugar de


ofrecer una mano—. Si vienes conmigo, tu amigo puede esperarte aquí.

—No. Él se queda conmigo. —Tal vez Eamon no tendría que preocuparse por la policía
pidiendo su ayuda después de esto.

El detective Ordoñes aceptó sus términos con un agraciado encogimiento de hombros,


se volvió y los llevó a las entrañas del hospital.
—La esposa de la víctima superviviente está con él. Despejaremos su salida, pero serás
rápida, ¿cierto? No quiero que la detenga por mucho tiempo. Él se fue a código azul una
vez y fue revivido. Era dudoso. No apostaría por que los médicos sean capaces de hacerlo
una segunda vez.

—¿Su nombre? —preguntó Etaín, tropezando cuando Ordoñes respondió—: Kelvin


Hughes.

—¿Qué estaba haciendo en el lugar de reunión Curs?

Esta vez fue Ordoñes cuyos pasos flaquearon. Miró por encima del hombro.

—¿Lo conoce?

—Sí. —El dolor fijó su puño alrededor de su corazón—. Lo conozco.

Él había cambiado su vida. Llevaba un tatuaje significativo para darle fuerza ante la
tentación. Ella había firmado su piel hacía años, cuando él había salido de la cárcel y no
tenía adónde ir, excepto al refugio.

Ella tragó contra la opresión en su garganta, pensando en su llegada a Stylin’ ink con su
esposa y un bebé nuevo. Solo comprobándote, había dicho, para hacerte saber que tu trabajo
sigue siendo bueno.

Llegaron a la unidad de cuidados intensivos. Un agente uniformado se encontraba cerca,


como si existiera la preocupación de que un hombre armado enmascarado se mostraría
para terminar el trabajo que comenzó en el bar. Él los dejó pasar sin hacer preguntas, pero
su rostro tenía curiosidad.

Melinda Hughes no volvió la cabeza cuando entraron en la habitación. Se sentó, se


inclinó hacia delante, la mano de su esposo se estrechó entre las suyas. Un pitido monótono
marcaba lo que quedaba de vida, junto con la respiración forzada del equipo destinado a
sostenerlo.

Etaín apretó la mano de Cathal, luego dejándola caer a medida que se acercaba, las
lágrimas picando los ojos al recordar la sensación de un bebé en sus brazos y el pánico que
lo había acompañado, la risa a costa de ella y burlas sin piedad por sus compañeros de
trabajo, así como Kelvin.

—Lo siento —dijo ella, deteniéndose junto a Melinda.

—Etaín.
Melinda se estiró y Etaín tomó la mano, el dolor de la otra mujer chocó contra ella,
uniéndose al suyo propio y poniéndola en cuclillas. Con la voz cargada de emoción,
preguntó:

—¿Por qué estaba allí? ¿Por qué?

—Idiota. —Las lágrimas se deslizaron hacia abajo, cayendo sobre la sábana blanca—. Le
dije que no fuera por allí. Le dije que renunciara a Toney, que nada de lo que dijera iba a
parar a su hermano de que pasara el rato con los Curs y les vendiera drogas. ¡Pero él no
quiso escuchar y mira lo que consiguió! Ahora Ayana va a crecer sin conocer a su papá.

Lugar equivocado, momento equivocado. Pero no había consuelo en ello.

—¿Fue sobre las drogas?

Melinda sacudió su mano de la de Etaín, tomando su dolor, pero dejando el aguijón de


la ira y la traición.

—¿Esa es la única razón por la que estás aquí? ¿Para obtener respuestas para la policía? Ya
les dije lo que sabía. Kelvin se hizo con ese tipo de problemas. Pensé que creías en él.

—Yo no sabía que era él hasta que llegué al hospital. Habría venido de todos modos. Lo
siento, Melinda. Lo siento por ti, él y Ayana. Siento que esto pasara. —Ella se preparó contra
el bombardeo de emociones, pero aun así se estiró y cubrió la mano de Melinda con la
suya—. Estoy aquí para hacer lo que pueda para ayudar.

—¿Cómo? —preguntó Melinda, esperanza, esa emoción traidora, deslizándose en Etaín


dónde tocó su piel—. Él ya está en los brazos del Todopoderoso. Los médicos dicen que se
ha ido, solo que su cuerpo no lo sabe todavía.

Etaín echó un vistazo a uno de los monitores, vio la línea plana de un cerebro con poca
actividad y supuso que debajo de las vendas cubriendo la mayor parte de la cabeza de Kelvin
y la cara, él había recibido una bala en el cerebro. No había ninguna buena manera de
manejar esto, ninguna buena manera de honrar su promesa para el capitán sin exponerse
aún más a sí misma, algo que no había querido incluso antes de Eamon y sus revelaciones.

—¿Sabes lo que han estado diciendo en las noticias sobre mí?

—¿Acerca de que eres psíquica? ¿La misma cosa que la policía ha estado negando?

—Sí. Esas cosas. Es por eso que estoy aquí.

La esperanza se disolvió en el hambre prima por justicia.

—No dejaré esta habitación.


—No tienes que hacerlo.

Etaín se levantó, agradecida de que Melinda estuviera predispuesta a creer porque Kelvin
había creído en el poder transformador del tatuaje. Ella miró a Cathal de pie con el capitán
y Ordoñes.

Había sabido por la falta de un saludo o una pregunta sobre por qué ella no tenía un
cuaderno de dibujo, que el capitán había puesto al tanto a Ordoñes, dándole un billete
para el espectáculo. En ese momento, no tenía suficiente energía para conseguir enojarse,
y al menos los tres hombres tenían un propósito, bloqueando a cualquier otra persona de
verla usar su don.

Se movió hacia el lado opuesto de la cama. Tomando la mano de Kelvin entre las suyas,
sintió una conexión inmediata, conocería la tinta que él usaba con los ojos vendados.
Sus antebrazos hormiguearon. Los ojos de los centros de las palmas despertaron de una
manera que no lo habían hecho anteriormente, enviando su corazón a una ruleta al borde
del pánico.

Concentrarse. Lo mejor es concentrarse y terminar con esto. Kelvin no podía ser lastimado por
su don, no ahora.

—¿Qué pasó en el lugar de reunión Curs? —susurró, solo una vez mientras utilizaba el
conocimiento que había obtenido de Eamon, su afilado enfoque nítido, una cámara de
zoom en la escena revelándose.

El humo del cigarrillo llenó su boca y pulmones. Maldición, pero se sentía bien, incluso si él estaba
tratando de dejar de fumar por la bebé.

Dio otra calada, saboreando la manera en que Toney estaba saboreando la hierba. Melinda iba
a matarlo si volvía a casa con olor a porro.

Una calada más y sintió el calor contra la punta de sus dedos, la quemadura de papel por haber
fumado todo el camino hasta el filtro. Hombre, en qué mierda me había convertido. Solía no tener
rollo, sin preocuparse por el cáncer de pulmón. Sin preocuparse por nada. Y ahora…

Tenía una esposa y una bebé, un buen trabajo en momentos en que mucha gente no podía
encontrar trabajo. Dejó caer la colilla, moliéndola en el asfalto detrás de la barra con su pie. Sonriendo
interiormente de lo que tenía en su vida. No esto y lo que perdía. Esto no era nada en comparación
con la vida con Melinda y Ayana.

—¡Qué carajo! —dijo Toney, tratando de alcanzar la pistola que guardaba, su cuerpo sacudiéndose
y cayendo.

Un vistazo de una figura enmascarada. ¡No! ¡No!


La negrura tintada sirvió de transición del recuerdo, y a través de la pantalla, formaron
las líneas doradas, tomando la forma de la escritura, debo superarlo, las palabras elegidas por
Kelvin, pero entrelazadas con los símbolos ocultos que había soñado antes de usar la aguja
de la mano y el tatuaje de ellas sobre su pecho.

Desssperdicio. El sonido de la voz sibilante acompañada de un estallido de dolor en el


pecho de Etaín, seguido de la nada y luego la luz tan brillante que era cegadora.

Etaín abrió los ojos y se preguntó si esto era un sueño o más allá.

Se puso de pie en el sol filtrándose a través de antiguos árboles. Era como el bosque que
a menudo había imaginado, nunca segura de si era un recuerdo olvidado de la infancia o
algo completamente distinto.

Magia. Si tenía un olor, estaba en el aire en este lugar. En el mismo suelo que tocaba,
los pies descalzos contra la marga rica.

Le tomó un momento notar el silencio absoluto, y con ese silencio llegó un temor sin
nombre. Ella se movió, temerosa de que no pudiera, y solo sintió el más pequeño alivio
cuando descubrió que podía.

Se giró, esperando encontrar el fuego en el centro de ese bosque, como siempre lo había
hecho en las fantasías extrañas. Cuna primordial de la magia, Eamon lo había llamado,
aunque había diferencias aquí, no menos importante de las cuales una era el lago verde
lechoso ahora frente a ella.

Parecía como si alguien hubiera molido esmeraldas y saturado el agua con ellas. Pero
incluso mientras pensaba eso, lo que había sido difuso se convirtió en un número infinito
de partículas coalescentes en el centro del lago, liberando el azul oscuro del agua hasta que
la superficie no era nada más que superficies rotas de la cabeza verde esmeralda del dragón,
y esa cabeza fue seguida por el cuello, luego por un torso alado, aunque la totalidad de la
criatura no surgió del agua.

Llegas temprano.

Esta era la misma voz que había oído antes.

Una pérrrdida si te permito quedarte.

Como si ella tuviera alguna jodida intención de quedarse.

Irrespetuosa.

Sus fosas nasales se abrieron y Etaín vio el fuego que había esperado encontrar aquí.
Quemó a través del agua, el calor alcanzándola a pesar de que las llamas se detuvieron justo
a sus pies, una advertencia, una lección. Ella podría sufrir en este lugar, quizás incluso morir
en él. El miedo la atravesaba, haciéndola consciente del silencio de nuevo, la ausencia de
un latido.

Sííí. Ahora lo entiendes.

—¿Qué deseas?

Pronto descubrirás tu propósito. Las pupilas se estrecharon. Asííí tu madre vio la verdad sobre
la necesidad de vincularse con un ser humano.

Un viejo, viejo dolor volvió a la vida con una venganza, casi asfixiándola en las preguntas
de una niña abandonada a sus ochos años.

—¿Y cuándo fue eso?

Antes de tu nacimiento. Incluso en el paraíso hay políticas. Algunas parejas son una amenaza
para los poderosos.

—¿Sabes dónde está ella?

Yo podría encontrarla si lo deseo. Pero la respuesta a tu pregunta le costará a tu vida de humana.


El tiempo pasa y no son conscientes de sus consecuencias. Todavía estás cambiando, tan fácil de
matar como él, aunque la magia va a mantener tu cuerpo físico un poco más.

El miedo casi resonó en su corazón.

—¿El corazón de Cathal también se detuvo?

Por supuesto. ¿No entiendes lo que hiciste cuando lo reclamaste con tu tinta? Su unión es lo
suficientemente nueva para que él pueda morir y ningún daño te alcance. Lo mismo no puede decirse
a la inversa. Ve. No te mantendré aquí por más tiempo. Pero tampoco te ayudaré a encontrar tu
camino de regreso.

El dragón abrió su boca, al tiempo que envió una ráfaga de fuego azul, las llamas de una
magia helada que chocó contra Etaín, haciéndola caer en el blanco brillante de una nada
seguida de oscuridad total.
6

Traducido SOS por Emotica G. W

Corregido por Azhar23

Liam apareció en la habitación, su llegada inexplicablemente inadvertida en la furia de


la actividad. Alarmas médicas gritaban. Un médico y varias enfermeras trabajaban para
reiniciar el corazón del humano que yacía en la cama. Utilizaron descargas eléctricas
mientras el detective usaba compresión manual en Cathal, y el padre de Etaín le hacía lo
mismo a ella.

Liam se arrodilló junto a su futura Lady. El silencio en su pecho era ensordecedor, como
estar inmerso en aguas profundas. Podía reactivar un corazón con su magia, igual que podía
detener uno.

Suprimiendo todo el temor de lo que el toque de una seidic cambiando podría hacer si
ella lo agarraba, extendió la mano para tocarla, deteniéndose centímetros de contacto al oír
el gemido de Cathal, seguido por, Mierda, entonces un nervioso, Etaín.

Ella jadeó, la inhalación hambrienta de un famélico por respirar. Un latido acompañó


el sonido, fuerte y constante, aunque a diferencia de Cathal no recuperó la conciencia.
La actividad cesó en la cabecera del humano. Liam oyó al médico decir la hora de la muerte,
pero no tenía relevancia para él. Solo la seidic lo hacía.
Cathal levantó a Etaín en sus brazos a pesar de las protestas furiosas de su padre, su voz
urgente mientras le preguntaba a Liam:

―¿Por qué no está despertando?

―Tómala, ellos no serán capaces de hacer nada por ella aquí.

Volvió la mirada de asesino al capitán.

―Entendiste que esto podía ser peligroso para ella. No vuelvas a pedirle nada.

Era la única advertencia que tenía la intención de dar. Era suficiente para sacarlos de la
habitación y luego salir del hospital sin obstáculos.

Cathal se detuvo junto a su coche, dividido en cuanto a qué hacer después. Volver a
casa de Eamon, donde la oportunidad de escapar de nuevo parecía pequeña, o llevarla a su
casa.
Cerró los ojos, presionando su mejilla contra la de ella, respirando el olor del champú que
había enjabonado en sus manos mientras los tres estaban de pie en la ducha.

―No puedo perderte, Etaín.

No por la muerte. No por Eamon. No por esta mierda sobrenatural que lo obligaba a
luchar constantemente para no ceder ante el miedo.

―Vuelve, Etaín ―susurró, porque esta vez no podía seguirla, no podía encontrarla, no
en el sentido físico―. Vuelve ―repitió, sin vergüenza de verter desesperación, anhelo y
necesidad en el vínculo que había probado que existía entre ellos.

Se imaginó a sí mismo agarrándolo, tirando como si las vides de sus brazos y la tinta que
ella había puesto en los suyos estuvieran conectadas y pudiera enrollarla de esa manera.

Ella se movió, una recompensa por sus esfuerzos.

Él los siguió.

Sus pestañas se abrieron tras lo que parecía una eternidad.

―Mierda, Etaín, me asustaste.

―Sí, no hagamos eso de nuevo.


Sus labios buscaron los de él y él soltó su agarre, permitiéndole deslizarse de sus brazos
y sobre sus pies para poder sentir la presión de su cuerpo contra el de él mientras el beso se
profundizaba, convirtiéndose en un preludio de algo por el que estaban en el lugar
equivocado.

Se apartó, pero solo lo suficiente para poder verla a los ojos.

―¿Estás bien?

―Estoy bien. ¿Kelvin?

―No. Dejaron de intentar reanimarlo justo cuando tu corazón empezó a latir de nuevo.

Se inclinó, tocando su frente con la de ella.

―¿Quieres ir a casa de Eamon?

―No. Nada ha cambiado.

―Etaín.

―¿Tú quieres volver allí?

―No.

―Entonces, sigamos el plan. Necesito dibujar.

―Tú dibuja. Llevaré las fotos a la policía, ¿trato hecho?

―¿Tenías miedo de dejarme salir en público? ―Parecía más cansada que desafiante.

―¿Y si admito que sí?

Suspiró.

―Al menos por lo que queda de esta noche, no te culparía. Me sorprende que Eamon
no haya aparecido.

―Liam lo hizo.

Se estremeció.

―¿Hizo algo?

―Además de advertirle a tu padre que no te pida nada más, no. ―Cathal besó su camino
hacia su oído―. Es un asesino, Etaín, y era una amenaza. He visto bastante de esos,
demonios, crecí sabiendo que eso es lo que son mi padre y mi tío, para reconocer a uno.
Solo tomaba un tiempo notarlo en él.

―Comprensible, dada la magnífica cosa de Elfo que tiene. Pero no estás equivocado
sobre él.

Etaín tembló de nuevo. En los brazos de Cathal, rodeada por todos los adornos de un
mundo ordinario, el Dragón, la voz, incluso la revelación de Eamon parecía un sueño más
exótico que la realidad.

Cathal capturó su lóbulo de la oreja, dándole una chupada rápida y luego soltándolo.

―Estás fría. Vamos a casa. Creo que puedo encontrar una manera de calentarte.
¿Cuánto durará el dibujo? ―¿Cuánto terror viviste?

La tristeza se precipitó con el regreso de los recuerdos de Kelvin, una sensación casi
abrumadora de pérdida. Una vida perdida porque estaba tratando de ayudar a su hermano
a llegar al mismo lugar que él.

Su muerte no estaba en ella, en todo caso Kelvin casi se la había llevado consigo. Pero
la muerte de Vontae… Ella no podía sacudirse la culpa, la sensación de haber sido
responsable, porque su don estaba cambiando.

―No me tomará mucho tiempo dibujar. ―Se preguntó si podría decirle a Melinda, que
los últimos pensamientos de Kelvin fueron para su esposa y su hija, y luego agarró en un
puño la tela de la camisa de Cathal cuando se le ocurrió que en el momento en que hubo
llevado a Kelvin hasta el punto de la muerte en sus recuerdos, había hecho que su corazón
se detuviera.

―¿Me culpó?

―¿Quién?

―¿Melinda?

Cathal suspiró. Oyó su pesar por no poder ofrecerle el consuelo que desesperadamente
deseaba.

―No lo sé, Etaín. Nadie esperaba que sobreviviera, ni siquiera ella, dado lo que dijo
cuando entramos. ¿Él habría querido hacerlo, así?

―No.

―Déjalo ir. No tiene sentido jugar el juego de la culpa. Todo lo que puedo decirte es
que un minuto estaba allí parado viéndote hacer lo tuyo, al siguiente se sintió como si mi
corazón explotara en mi pecho. No sé cuánto tiempo estuve desmayado y fuera, solamente
que cuando volví en mí fue con el detective Ordoñes haciéndome el RCP.

―Es un hombre guapo. Lástima que me perdí la parte de boca a boca ―bromeó,
escapando de lo grave.

Mordió el lóbulo de su oreja.

―Gracioso. Algunas de tus fantasías estoy dispuesto, pero no esa.

―Y sobre todo no con Eamon.

―No es mi persona favorita en este momento.

Con un último beso se desprendió lo suficiente para abrir la puerta del coche para ella,
cerrándola después para dar la vuelta y meterse en el asiento del conductor. Tomó su mano
mientras se dirigían hacia San Francisco. Ella no pudo evitar decir:

―Puedo pedirle a Eamon que empiece a buscar una manera de romper el vínculo.
Liberarte de esta… rareza. Podrías haber muerto de regreso allí, por mí.

―Déjalo en paz, Etaín. ―Él llevó su mano al muslo―. ¿Qué hay si solo fingimos que
somos una pareja normal por un tiempo?

Ella vaciló, dividida entre una aversión a la mentira y la necesidad que sentía en él,
finalmente diciendo:

―Por un momento.

Hicieron una parada rápida en Stylin’ Ink para recoger su kit de tatuaje y un cambio de
ropa. Entonces Cathal la condujo a su casa, su mano caliente contra su espalda.

―¿En dónde quieres hacer esto?

―¿Qué hay en la sala de televisión? ―Ella no necesitaba silencio total para dibujar.

―Suena bien. Tengo algunas demos para escuchar, incluyendo uno que Salina me envió
de Lady Steel.

Etaín rio, volviéndose hacia él y envolviendo los brazos alrededor de su cintura.

―¿Estás mencionando eso porque esperas tener suerte a cambio de lanzar la banda de
Salina al estrellato?

―Parece que recuerdo haber tenido algo de sexo alucinante por Lady Steel
reproduciéndose en Saoirse. No me importaría una repetición.
Sus ojos se pusieron calientes y oscuros, creando una piscina líquida de necesidad baja
en su vientre. Ella tocó su boca con la suya, jugueteando a lo largo de la costura de sus
labios con la lengua, buscando consuelo y escape.

Él la abrió para ella, su lengua se enredó con la de ella, sus manos se deslizaron hacia
arriba, acariciando su cabeza y sosteniéndola en su lugar mientras profundizaba el beso,
convirtiéndolo en una promesa carnal para después, porque la culpa y el deber no tendría
en cuenta eso hasta que hubiera terminado de cumplir su promesa.

La soltó a regañadientes y ella se alejó de la tentación, volviendo su kit a la mesa de café


mientras él se dirigía al sistema de sonido, eligiendo usar auriculares, aunque se sentó detrás
de ella en el sofá, las piernas estiradas a ambos lados de ella mientras ella se sentaba en el
suelo para dibujar.

No tomó mucho tiempo, menos que el valor de tiempo de un álbum para que ella
capturara en detalle las imágenes relevantes. Kelvin no había visto mucho, un hombre
usando una máscara de esquí negra y ropa negra, disparando balas en Toney mientras otro,
un asaltante invisible le dio un disparo en la cabeza, la muerte de su hermano y él
probablemente fueron las dos primeras víctimas de la invasión que siguió.

Ella arrancó las páginas del bloc de dibujo. Antes de Eamon, habría corrido al baño y
vomitado sus entrañas después de tocar a una víctima y robar sus recuerdos. Habría
necesitado dormir para que esos mismos recuerdos aparecieran en una pesadilla que una
vez más la enviaría corriendo para abrazar el inodoro antes de que pudiera dibujar. Y
después...

Comprendió que fue la magia lo que la ayudaba a empujar esos recuerdos detrás de una
barrera mental y mantenerlos allí, separados completamente de su propia vida, aunque esa
barrera se había vuelto delgada, frágil. ¿Porque estaba cambiando? ¿O porque había tantas
imágenes horripilantes detrás de ella, años y años tocando a las víctimas de crímenes
violentos, gente a la que dejaron tan dañada y traumatizada que apenas podían funcionar?

Esos habían sido los únicos tipos de casos en los que su padre y hermano alguna vez
habían pedido su ayuda, porque lo que aprendió no podía ser utilizado en la corte y una
vez que tenía los recuerdos, la víctima estaba libre de ellos.

Los recuerdos de Kelvin no eran una carga que no pudiera llevar. No era una realidad
de la que tenía intención de distanciarse. No estaba absolutamente segura de que pudiera,
dado todo lo demás: los acontecimientos que Cathal y ella habían presenciado mientras
estaba encerrada en un sueño, su corazón deteniéndose en el hospital, y el de Cathal. La
voz que había empezado a oír. El bosque primordial y el lago verde esmeralda. El dragón
que no estaba segura de que hubiera sido real. ¿Porque qué había aprendido al final de la
conversación?

Nada. Nada en absoluto, excepto esperanza expuesta, que un día encontraría a su madre
y sería capaz de preguntar, ¿Por qué me abandonaste?

Se reclinó hacia atrás, sonriendo cuando Cathal se quitó los auriculares y se inclinó
hacia adelante, colocando los brazos sobre sus hombros, sus labios rozando los de ella en
un beso al revés.

―¿Tomando un descanso?

―Terminé.

Él permaneció en silencio durante un minuto largo, notable, sin duda luchando con su
propio deseo declarado de pretender que eran una pareja normal. Finalmente dijo:

―¿Qué hay de las otras escenas?

En el pasado, ella habría dibujado lo que Cathal y ella presenciaron en el sueño que no
era un sueño y se lo habría entregado al capitán. Pero no ahora, no cuando las cosas estaban
tan agitadas con Eamon, no con la amenaza de Liam.

―Se los pasaré al capitán después de que haya tenido la oportunidad de hacer un tanteo
pequeño, de darle un lugar que sugerir a la policía para empezar a buscar.

Cathal comprendió el porqué de ello de inmediato.

―Mierda, Eamon.

―Sí, bueno, eso es lo que me tiene en mi lío actual ―bromeó ella. Y para ser justos―:
Tal vez sin él, tal vez sin ustedes dos, estaría muerta a manos del Violador Arlequín, o
deseando que lo estuviera, y todo esto sería discutible.

Cathal suspiró.

―No tiene que gustarme esto, ¿verdad? No esperas que lo haga.

Ella se encogió de hombros, pero la duda alcanzó su pecho y agarró su corazón,


apretándolo justo lo suficiente para hacerla vulnerable, así que preguntó:

―¿Teniendo arrepentimientos?

―Pregúntame eso una vez más y no voy a ser responsable de lo que suceda después.
―Hubo un gruñido distinto en su voz.
Eso ahuyentó la duda.

―Necesito hacerle llegar los dibujos al detective Ordoñes.

―Lo haré mientras dibujas el resto.

―Podrías pasárselos al capitán en vez de regresar a Oakland. Está en este lado de la


bahía. Podría llamar con antelación.

―Funciona para mí. ―Él le dio otro beso al revés y luego se enderezó.

Ella arrancó una hoja de su bloc y anotó la dirección de una casa en la que no había
entrado en años, aunque una vez la había llamado casa. Después de tomar el teléfono móvil
ofrecido por Cathal, marcó el número del capitán.

―Chevenier ―respondió él.

―Cathal está llevando los dibujos ahora. Puedes entregárselos a Ordoñes.

―Tráelos tú misma. Quiero que te quedes aquí un rato.

Oh sí, eso iría bien con la esposa del capitán. Los resultados de la prueba de paternidad
en la que Laura había insistido todos esos años atrás no habían disminuido la animosidad.
En todo caso, los había aumentado, porque el capitán se negó a dejar que se supiera que
no tenía un hijo bastardo después de todo.

―Estoy bien donde estoy. ―La parte traidora de ella que todavía creía que la
reconciliación era posible agregó―, pero aprecio la oferta.

―Etaín.

―Capitán.

―Él estaba haciéndote el RCP cuando volví en sí ―dijo Cathal desde arriba,
desviándola, parando una discusión que seguramente llegaría a su elección de hombres y
la falta de aprobación del capitán.

―Supongo que te debo las gracias, por lo que hiciste en el hospital. ―Ella se encogió
por cómo salió eso, pero siguió adelante―. Mucho ha sucedido hoy. Solo quiero
acurrucarme en el sofá y relajarme. ¿Está bien si Cathal lleva los dibujos? No estoy segura
de que sean útiles, Kelvin estaba afuera detrás del bar, pero supongo que Ordoñes todavía
los quiere tan pronto como sea posible.

―Se los haré llegar.

―Gracias, capitán.
Hubo un largo silencio. Su dolor. El de él. Estaba allí, brillando entre ellos, estrechando
su garganta y volviendo sus dedos blancos mientras se apretaban en el teléfono y luchó
contra hablar de nuevo solo para llamarlo papá.

Él rompió primero.

―Tienes que alejarte de tu situación actual, Etaín, para que puedas verla más
claramente. Quédate con Parker si no quieres quedarte aquí, o mejor aún, sal de la ciudad
por un tiempo.

Ella casi rio, pero temía que sonaría histérica más que divertida. Conociendo al capitán,
la tendría encerrada por su propio bien si empezaba a hablar de magia y Elfos y el don del
que estaba perdiendo el control.

―Has dado tu opinión. Voy a colgar ahora.

Le entregó el teléfono a Cathal, fue a recoger los bocetos y a enrollarlos, usando una
goma para mantenerlos así. Se puso en pie y Cathal hizo lo mismo detrás de ella, con los
brazos alrededor de su cintura, sujetándola hacia su cuerpo.

Labios maravillosos encontraron su cuello, haciendo que el placer se estremeciera a


través de ella con besos suaves y mordidas pequeñas, succionadoras.

―¿Pensarás en mí mientras estoy fuera siendo tu mensajero?

Ella inclinó la cabeza para darle un mejor acceso.

―¿Mensajero? Te tengo protagonizando el papel de cabana boy1 bien dotado.

El calor se enrolló en su vientre mientras recordaba la última vez que había estado aquí,
y lo que él había hecho durante una sesión nocturna en el jacuzzi. Sus pezones se
endurecieron y tensaron, el dolor se extendió hacia afuera desde los puntos centrales del
deseo cuando él sacó su camisa de la pretina de sus vaqueros y luego empujó debajo de ella,
manos posesivas firmes acariciando su abdomen antes de moverse hacia arriba, forzando
su sostén delante de ellos para que pudiera probar la carne desnuda.

Necesitaba esto. Quería perderse en él, en lo que habían encontrado juntos a pesar de
la razón de su primera búsqueda.

Gimió y sintió su sonrisa contra su cuello.

1
Cabana boy: Hombre joven, normalmente en sus veintes, que les da a las mujeres todo lo que pidan como
un servidor, la mayoría de esos requerimientos tienen una connotación sexual subliminal.
―Creo que puedo hacer de cabana boy para la diosa del sexo.

―Diosa del sexo. Me gusta el sonido de eso. Trae a los adoradores.

Eso le ganó la sensación aguda, rápida de dientes.

―Un adorador, Etaín.

―Ante el riesgo de arruinar el estado de ánimo...

―No digas su nombre.

―¿Aún estamos fingiendo que somos una pareja normal?


7

Traducido por Paulii~

Corregido por Eli25

Cathal hizo una mueca por la ironía del pretexto un rato después mientras le pasaba los
dibujos al padre de Etaín, sabiendo que él le haría una visita al suyo antes de volver a casa.

—Ella debería ver a un médico para asegurarse que no hay daño —dijo el capitán, ambas
manos en los bocetos laminados, como si tenerlos fuera necesario para su auto control.

—Se lo mencionaré. —Y luego, porque sabía que el alejamiento la lastimaba, y su enredo


con él solo lo aumentaba dijo—: No soy mi padre o mi tío.

—Tú hiciste a mi hija un accesorio para matar.

Siempre volvería a eso, aunque él no era lo suficientemente tonto para responder e


incriminarse a sí mismo, a su familia, o a ella.

—Buenas noches —dijo, dándose vuelta.

—Si realmente la amaras, saldrías de su vida y te quedarías fuera de ella.

—Eso no es posible. —Él no redujo la velocidad o miró atrás, y en su coche, llamó antes,
para hacerle saber a su padre que planeaba hacerle una visita.
Cuando llegó, fueron a la oficina de su padre, el único lugar en la casa donde su padre
hablaría libremente.

—¿Qué te trae aquí? Estoy sorprendido de que no estés con Etaín. —Su padre se sirvió
una bebida. Cathal declinó la silenciosa oferta de una.

—Ella está en mi apartamento. ¿Escuchaste lo que sucedió en Oakland?

—Difícil no hacerlo. Es la única cosa en las noticias.

—Había un sobreviviente.

—Muerto ahora, según las noticias.

—Yo estaba en la UCI cuando sucedió.

—¿Los policías pidieron la ayuda de Etaín?

—Sí. Dejé los bocetos en la casa de su padre hace unos minutos.

—Quien habría pensado que mi hijo estaría haciendo buenas migas con el Capitán
Chevenier. Nos conocemos de antes, él y yo. Cuando él todavía era un policía verde pensó
que ganaría puntos atrapándome en una operación encubierta. No salió bien para él,
aunque no tengo resentimientos hacia él, tampoco tu tío.

Cathal estaba seguro que lo mismo no podía ser dicho por el padre de Etaín.

—¿Sabes algo que la policía no sepa sobre el golpe en Oakland?

—¿Ese es mi hijo, interesado ahora en unirse al negocio familiar el que pregunta? ¿O mi


hijo, que está involucrado con la hija de un policía?

—Etaín conocía a algunas de las personas que asesinaron. Ella pretende hacer preguntas,
hacer lo que pueda para conseguir respuestas.

—Podría ser peligroso para su salud.

—¿Más peligroso que involucrarse con los Dunnes?

Su padre se encogió de hombros.

Cathal presionó.

—¿Sabes algo acerca de la invasión al bar, papá?

Su padre tomó un largo trago del vaso en su mano, diciendo finalmente.


—Drogas sería mi suposición. No puedo decir más que eso, Cathal.

No podía, o no lo haría. Enfermo del estómago e incapaz de detenerse, preguntó:

—¿Estas involucrado en lo que sucedió?

Las cejas de su padre se elevaron.

—No. Incluso lo juraré si eso te hace sentir mejor.

Cathal le creyó.

—Otra cosa más, papá, voy a casarme con ella.

—Me di cuenta que eso podría estar en las cartas. ¿Qué pasa con Eamon? Puedo hacer
que salga del cuadro, permanentemente. Llámalo un regalo de bodas.

La oferta lo heló, pero no en la forma en que lo hubiera hecho una vez. Sería su padre
quien terminaría muerto si lo intentaba, quizás su tío también.

—Quédate afuera de eso. De la misma forma que yo me quedé fuera de tus amoríos.

Lo quiso decir literalmente, sintió la bronca elevarse en nombre de su madre, aunque


por todo lo que él sabía, ella hizo la vista gorda de la existencia de las amantes de su marido,
mujeres que iban y venían y no disfrutaban de la misma riqueza y estatus que ella.

Su padre levantó sus lentes en un reconocimiento silencioso de la amenaza. Cathal se


levantó.

—Puedo encontrar la salida solo.

—No. —Su padre dejó la bebida y acompañó a Cathal hasta la puerta, sorprendiéndolo
al decir—. Haré algunas preguntas. Tengo un interés personal ahora, en mantener a la
madre de mis futuros nietos a salvo.

Un rápido abrazo siguió, y luego se fue a casa, entrando para encontrar a Etaín estirada
en el sofá, vulnerable en sueños y revolviendo sentimientos de protección y posesividad, la
profundidad de los cuales no hubiera pensado posible hace días atrás.

La levantó en sus brazos, atrapando el vistazo del dibujo de un dragón verde elevándose
de un lago azul oscuro, y sonriendo, hasta que pensamientos de una criatura fantasiosa
condujo a otra. Elfo. Lo forzó lejos junto con sus miedos por el futuro.

Etaín se despertó cuando él la dejaba en la cama, sus ojos yendo de soñolientos a oscuras
piscinas liquidas de deseo mientras lentamente le desabotonaba la camisa, abriéndola, las
manos moviéndose luego al cierre delantero de su sostén.
—Estás demasiado arreglado para un cabañero2.

Él abrió el sostén, alejándolo para revelar los pezones endurecidos.

—Cualquier cabañero decente te diría que las mejores propinas vienen de velar las
necesidades de otros primero.

Se inclinó, lamiendo el apretado pico rosa mientras desabrochaba la parte delantera de


sus jeans.

Sus caderas se levantaron. Él lo convirtió en una invitación más que una demanda
silenciosa, un tormento deslizando su mano por debajo de la pretina de las bragas hechas
para llevar a un hombre a ponerse de rodillas, escazas piezas de material que rogaban ser
despojadas por manos o dientes.

Ella estaba mojada para él.

—¿Estabas soñando conmigo? —preguntó, succionando su pezón en su boca, sus dedos


acariciando la parte inferior de su clítoris, rodeando la pequeña cabeza.

—Quizás.

Él la castigó con un mordisco, seguido por el frotamiento de su lengua sobre su pezón,


escondiendo su sonrisa porque ella nunca cesaba de desafiarlo, de intoxicarlo con su
naturaleza provocativa.

—No es una respuesta suficientemente buena.

Ella se rio.

—Es la única que conseguirás a menos que me persuadas de lo contrario.

Sus manos fueron a sus jeans con la intención de bajarlos más, desnudándose para él.
Él detuvo sus servicios a su clítoris, sacando un gemido de protesta y luego un pequeño
ronroneo de aprobación cuando capturó sus muñecas, fijándolas al colchón sobre su cabeza
y sosteniéndolas allí con una mano.

Esta noche él quería algo diferente de ella, lo necesitaba. Frotó suavemente su lengua
sobre su pezón, consciente de la forma en que su corazón latía y su vientre temblaba donde
descansaba su mano, por una segunda vez deslizándose bajo su pretina y obteniendo un
grito de ella con la captura de su clítoris, con el llenado de su canal.

2 Cabana boy en inglés, es un muchacho sexi que trabaja en las playas llevando toallas y sirviendo bebidas a
las personas.
Podía pasar horas tocándola, mirándola, siendo cautivado e intoxicado. Solo se pondría
peor cuando ella hiciera el cambio de humana a…

Bloqueó el pensamiento, queriendo concentrarse solo en el presente. En esto,


manteniendo la simulación de que eran una pareja normal.

Levantando su cabeza, estudió el pezón, encendido por la vista de su brillo, mojado por
su boca, amor arrancado de su succión.

—El otro quiere la misma atención —dijo ella—. Un buen cabañero sabría eso.

—Un buen cabañero se asegura de que ha hecho un trabajo completo antes de avanzar.

—¿Así que soy un trabajo para ti?

—Más como una obsesión. —Él besó su camino hasta su otro pecho, usando el cambio
de ángulo para joder con sus dedos profundamente dentro de su abertura, para frotar su
palma sobre su hinchado clítoris.

Ella contuvo la respiración. Luego la contuvo otra vez. Su vaina se apretó en él en


demanda. Sus gemidos fueron alabanza y pago suficiente. Susurró—: Quiero tu polla dentro
de mí —descarriló muy pronto la lenta persecución de placer.

A ella le gustaba duro y rápido y rudo, probablemente porque tocar a un amante siempre
había planteado un peligro, antes de él. Ella podía tocarlo con impunidad, pero por el
momento él prevenía ese toque, sabiendo cuán rápido la sensación de sus manos en él lo
despojaban de civilidad y razón.

—Prométeme que serás buena y te quitaré los jeans —dijo él.

—Define buena.

—Manos arriba de tu cabeza, o apretando la ropa de cama, no sobre mí.

—¿Y si hago trampa?

—No lo hagas. Ese será un juego para otra noche, Etaín.

—Mmmm, eso suena como una amenaza de castigo. ¿Estamos hablando de azotes? ¿Un
cinturón? ¿Qué tan kinky nos podemos poner?

Mordió su pezón porque su pregunta le recordaba que la compartió con otro hombre.
Porque con sus provocativas palabras ella había inundado su mente con fantasías oscuras y
desenfrenada curiosidad.

Debería ser sensato. Pero entonces ya había admitido que cuando se trataba de ella, él
era un aprendiz lento.

—¿Quieres los jeans fuera?

—Seré buena. Bajo protesta. Pero es tu pérdida.

—Ya me recompensarás.

Soltó sus manos, enderezándose para mirarla. Vestida, solo con sus pechos desnudos,
todavía era una seductora lasciva.

Se despojó de su camisa. Observó sus ojos llenarse de calor y casi gruñó cuando su lengua
salió para mojar sus labios.

Él desabrochó sus pantalones, liberó su polla del tormento del confinamiento. No había
forma de pretender que sería capaz de aguantar por mucho más tiempo.

—¿Esto es hacer trampa? —preguntó ella, las manos yendo a sus pechos, los dedos jugando
con los pezones oscurecidos.

¡Joder! Estaba intentando matarlo.

Empujó sus pantalones fuera de sus caderas para caer al suelo, una mano rodeando su
polla, deslizándose arriba y abajo por su eje.

—Te daré un pase.

Su sonrisa lo fascinó. Lo llamaba, demandando la presión de sus labios. Demonios todo


su cuerpo lo hacía.

Liberó su polla para poder quitarle sus jeans y bragas. Ella extendió sus piernas y él fue
cautivado por la vista de su enrojecido coño y clítoris erecto. Se encontró a sí mismo
inclinándose hacia abajo, atraído por la esencia de mujer excitada, por el ansia de probar,
de clavar su lengua dentro del cálido y húmedo lugar en donde habían estado sus dedos,
una follada intermedia antes que su polla la llenara y estirara.

Una mano femenina llegó, interrumpiendo una vista y dándole otra. Los dedos de una
artista acariciando, separando, dando placer.

—En el límite de hacer trampa, Etaín. —Él casi jadeó. Jesús. Lo que le hacía. Pero no le
dijo que dejara de tocarse, no protestó cuando sus caderas comenzaron a sacudirse hacia
arriba, los movimientos acelerándose con un orgasmo inminente.

Esperó hasta que su afilado grito lo marcó, y entonces bajó su cara, incapaz de negárselo.
Inhalando, los labios presionados contra los pliegues enrojecidos, succionando, la lengua
lamiendo, penetrando, consumiendo.

Su mano volvió a su polla, no para acariciar sino para tomar medidas drásticas en ella
con un fuerte ajuste de restricción. Sus dedos se enredaron en su cabello, sosteniéndolo
contra ella, la promesa de buen comportamiento olvidada.

La hizo acabar con su boca, su segundo grito y el torrente de caliente excitación contra
su lengua muy cerca de provocar que él se viniera.

Una vez más se enderezó, su voz ronca cuando dijo:

—Definitivamente haciendo trampa.

—Tal vez solo un poco. Los cabañeros probablemente lo esperan. Pero yo no querría que
te sintieras ofendido.

Ella se deslizó de la cama y se puso de rodillas con gracia felina, sus palmas colocándose
en sus muslos, su mirada de ojos negros y apasionados.

—¿Todavía quieres que sea buena?

Él guio su polla a su boca.

—Oh sí, Etaín, quiero que seas buena.

Éxtasis. No había otra palabra para describirlo. Lengua y labios trabajando en concierto.
Lo tomó superficial y profundo. Superficial y profundo. Tragando de él, sus manos en sus
muslos previniéndolo de tomar el control.

Ruido blanco llenó su cabeza. Calor blanco llenó su polla y pensó que podría haber
rogado pero no podía importarle ya que su mundo se contrajo por el agudo placer de la
liberación.

Llegaron hasta la cama, probablemente porque estaban justo al lado. La abrazó cerca,
sintió su sonrisa contra su cuello.

—Creo que te mantendré en mi empleo —se burló ella—. Quizás compre aceite de masajes
para que trabajes con ello.

—Mmmm, quizás yo te compre un disfraz de sirvienta francesa.

Ella se rio, el endurecimiento de sus brazos fue un cambio inconsciente hacia cosas
serias.

—¿Cómo te fue con el Capitán?

—Como tú habías esperado. Tu padre dijo que si realmente te amara saldría de tu vida
y me quedaría fuera de ella.

—Y tú le dijiste que eso no iba a ocurrir.

Su polla comenzó a endurecerse como para enfatizar de lo sobrenatural. Él estaba más


cómodo en algún nivel con el subtexto, especialmente cuando se trataba del riesgo. Ella
evadió la pregunta que él estaba haciendo realmente, o no se daba cuenta.

Odió la necesidad que apareció de la nada. No. No de la nada, sino de verla en el suelo
del hospital, muerta porque era un Elfo cambiada de niña quién había usado su don. Por
la inseguridad a lo que podría significar ser un humano en el mundo que Eamon les había
revelado.

—En pocas palabras, pero sí, eso fue lo que le dije. Etaín…

—Sí —susurró ella contra sus labios, la cualidad suave de ello bañándolo en liquida luz
del sol—. Te estás preguntando si esto es amor. Lo es para mí.

—Para mí también.

Se rio. Separó los labios y la provocación de su lengua le permitió escapar de decir las
palabras Te amo, ninguno de los dos se sentía cómodo con ellas, por las promesas que
implicaban para el futuro.

Él se perdió en besarla, en su esencia, intenciones conversacionales desviadas, su


voluntad erosionada aún más lejos por el rasguño de sus uñas a través de su pecho enfocado
en sus pezones.

Se las arregló para dejar su boca pero no fue lejos.

—Me acerqué a ver a mi padre después, para decirle que pretendo casarme contigo.

—¿Cómo se lo tomó?

—Se ofreció a deshacerse de Eamon como regalo de bodas.

—Simplemente asumiré que lo rechazaste.

—Estuve tentado, por una fracción de segundo.

—No terminaría bien para tu padre. ¿Esto significa que Eamon no es más un tema
prohibido?

Su boca se estrelló en la de ella en respuesta, su lengua entrando, frotándose contra la


de ella en un preludio sensual mientras la rodaba sobre su espalda, sus muslos separando
los suyos, su polla entrando en ella, la risa ahogada de Etaín y su ansiosa disposición
haciendo cantar a su corazón.
8

Traducido por Eli25

Corregido por Eli25

La densa niebla era más clara que el estado de ánimo de Eamon tras una noche de
insomnio. Había perdido el control de la situación con Etaín, otra vez, y casi le había
costado la vida por segunda vez en un solo día. Quizás ahora ella comenzaría a evitar la
participación en el mundo humano.

Eamon hizo una mueca. No era un hombre que se dedicara a la fantasía ni se engañara
a propósito. Cuando Liam había llamado para informar que Etaín casi se estaba muriendo
en el hospital, había tomado todo en él para no apresurarse a casa de Cathal y demandar
entrar. Se había refrenado, apenas, y solo porque había sabiduría en el tan llamado espacio
de respiración de Etaín.

Hoy no pretendía tal restricción. No tenía más remedio que unirse a Etaín en su locura,
a pesar del riesgo para todos si su presencia hacía que su existencia fuera descubierta por
espías elfos u otros sobrenaturales.

Les había dado una noche juntos. Una noche para calmar y considerar las cosas que
había revelado, sin embargo, no tenía ilusiones de volver a su propiedad a menos que la
situación fuera verdaderamente desagradable.
Cerró los ojos contra el dolor que el pensamiento traía consigo, apuñalándolo con el
rechazo implícito en sus acciones. Era importante, no solo para él personalmente, sino para
aquellos a quienes gobernaba.

El húmedo abrazo de la niebla contra su piel mientras la lancha se movía a través del
denso gris de lo que parecía la nada, lo tranquilizaba. El cortejo no era una danza perfecta
ni siquiera entre los Elfos.

Se encargaría de esa tarea y luego iría a Etaín. Había cometido un error, muchas veces,
pero allí también había pasado horas de disfrute en la compañía del otro, un placer sin
precedentes también. El empezó a endurecerse de anticipación por estar con ella, fantasía
que aliviaba el dolor en su pecho causado por la emocional distancia entre Etaín y él.

La suspensión duró hasta que la realidad penetró con un hálito profundamente


dibujado, el olor del océano y el pescado y el diésel que le hizo abrir los ojos. Segundos más
tarde las voces sonaron en la niebla y el contorno de un barco de pesca llegó a la vista.

En el asiento del conductor Heath ajustó su curso, el rojo profundo de su aura una
huelga de color intrépido contra el incesante gris.

—Tiene cincuenta y seis pies por la mirada de ella. Eso haría el capitán Garret.

Una tensión familiar llenó a Eamon. De todos sus deberes, éste, monitorear y juzgar a
aquellos que eran cambiantes, era el que le dejaba sentirse impotente a pesar de tener un
inmenso poder.

El miedo por Etaín se abrió de nuevo en su corazón y luchó contra cerrar sus dedos en
puños, aunque con mucho gusto los usaría para atacar físicamente a cualquier peligro que
no pudiera ser combatido con conocimiento o magia. ¿Había oído voces? ¿O la magia se
manifestaría simplemente como lo hacía cuando ella había perdido el control de sus
miembros, los ojos en sus palmas que buscaban la piel desnuda de Parker para alimentar
los recuerdos que aumentarían el apetito por ellos en lugar de saciarlos? ¿O golpearía la
magia como lo había hecho en ese momento de debilidad en el orgasmo, cuando ella había
agarrado su poder sin ninguna conciencia de ello?

Pensamientos del daño que podría hacer antes de que él llegara a ella, y peor aún, la
culpa que ella sentiría por ello, inundó sus venas con hielo, casi paralizándolo con uno de
los aspectos mortales del agua. Él lo combatió con ardiente determinación. No podía hacer
nada hasta que asumiera esta responsabilidad, y entonces iría a Etaín y se quedaría con ella.

Se puso de pie cuando Heath maniobró el velero a la parte trasera del buque pesquero,
la escalera extendiéndose hasta el agua. Cuando estaban lo suficientemente cerca, Myk, su
cuarto, de pie de guardia en el lugar de Liam, subió, su cabello hasta la cintura del mismo
color oscuro de los árboles antiguos.

Impaciente por llegar a Etaín, Eamon lo siguió, aunque sabía que Myk habría preferido
que esperara hasta que pudiera verificar que no había amenaza. El capitán del barco esperó,
ofreciendo una leve reverencia de su cabeza cuando Eamon entró en el barco pesquero,
murmurando—: Señor —en saludo.

—¿El océano te está tratando bien hoy, Garret?

—Creo que será un grupo satisfecho el que entrará en el muelle cuando regresemos.

—Me alegra oír eso.

Eamon escudriñó la cubierta. Había fácilmente treinta hombres, mujeres y niños a


bordo, no un número de ellos mirando, curiosos acerca de la llegada de los visitantes.

No necesitaba permiso, pero preguntó de todos modos.

—¿Puedo moverme por el buque y hablar con tus invitados y tripulación?

La preocupación se filtró en la expresión de Garret. Miró hacia el extremo opuesto del


barco, donde su hijo cambiante, Farrell, trabajaba en una barra de cebo.

—Por supuesto, Señor —dijo, sabiendo que Eamon estaba allí para juzgar lo bien que
Farrell estaba tratando con la magia.

Eamon no fue directamente al cambiante. Esos breves momentos en la recaudación de


fondos de ayer, no obstante, era raro que fuera entre los seres humanos que eran ignorantes
del mundo sobrenatural. Mientras era cierto que en masa no tenía amor por ellos,
individualmente no eran desagradables. A lo largo de su vida había encontrado incluso que
algunos de ellos eran interesantes.

La diversión se dibujó a través de él. Cathal podría caer en esa categoría.

Eamon hizo una pausa en un grupo familiar con cinco hijos, la más pequeña poco más
de seis años.

—¿Cogiste algo?

La muchacha agachó la cabeza tímidamente. Su hermana mayor contestó:

—Ella cogió un bajo rayado, pero era demasiado pequeño, así que lo tiramos de vuelta.
Yo cogí un halibut que tiene veintiséis pulgadas de largo.
Sus tres hermanos se acercaron, jactándose de sus capturas y suavizando la sonrisa de
Eamon. Era difícil no reaccionar a los jóvenes. Entre los Elfos, los niños no eran fáciles de
concebir, haciendo que cada uno de ellos fuera un tesoro.

Sintió un tirón en las cercanías de su corazón cuando uno de los muchachos empezó a
emborracharse emocionado por un pez. Le agradaría tener un hijo o una hija. Una pequeña
copia de Etaín —o completamente diferente en apariencia, no importaría.

Siguió adelante, deteniéndose al lado de una pareja de ancianos. La mujer estaba


agarrada, pero temblando, la barra en su mano temblaba.

—¿Puedo pedirle al capitán que le traiga una taza de té o café? —preguntó, colocando
ligeramente las yemas de sus dedos en su hombro y sutilmente trazando los sigilos de un
hechizo de calentamiento.

Su temblor se calmó. Ella suspiró aliviada.

—Estoy bien, gracias. Ese es el problema de hacerse viejo, el frío se arrastra para arriba
en usted más a menudo y muerde más duramente.

Eamon miró su rostro envejecido y suprimió un escalofrío. Los seres humanos podían
procrear fácilmente, pero sus vidas pasaban rápidamente y al final a menudo se reducían a
la impotencia de sus primeros años.

Él no los envidiaba, a pesar de su control de este mundo.

Continuó, consciente de que Farrell observaba su acercamiento, aunque fingió no


hacerlo. El chico tenía doce años, pequeño para su edad pero estirado, y como todos los
cambiantes al principio del proceso, el aura que le rodeaba era más humano que Élfico. El
color fino en lugar de los tonos profundos y predominantes de azul y morado indicaban
una conexión con el agua.

La barra del cebo estaba cerca de un padre con dos chicos que parecían tener unos
quince o dieciséis años. El mal humor irradiaba de un muchacho, una actitud hosca que
no cambiaba con el tirón de su línea.

Él dibujó su línea cuando Eamon se acercó. Un pequeño cuerpo de plata que venía
sobre la barandilla cuando Eamon estaba a pasos de distancia.

Sin ninguna advertencia el chico gritó:

—¡Este viaje es malditamente pobre! —Y balanceó el pez, golpeándolo en la cubierta con


una fuerza que envió las escamas y las tripas de los pescados volando.
Los restos aterrizaron en las piernas del pantalón de Eamon mientras la magia golpeaba
contra sus sentidos. Una masa salvaje y furiosa que poseía la forma de Farrell cuando el
cambiante saltó de su posición y atacó al niño.

Contra la fuerza de un cambiante y la furia, el muchacho más grande no tenía ocasión.


Puños y patadas lo empujaron hacia atrás, derribando enfriadores y enviando hielo y
pescado a lo largo de la cubierta para que ambos niños cayeran.

Un lanzamiento al océano y el adolescente malhumorado se ahogaría antes de que


cualquiera de ellos pudiera alcanzarlo. Ese era el poder de la magia, el peligro del agua.

Eamon entró en la pelea junto con el padre del niño humano, emergiendo un momento
después con Farrell en su apretón, aunque el cambiante continuó golpeando y pateando,
controlado por la magia elemental hasta que Eamon lo protegió de la voz del agua con un
hechizo.

Farrell cayó como una marioneta con las cuerdas cortadas. Mantuvo la cabeza inclinada,
temblorosa, el contacto transfirió más escalas y tripas y agua a la ropa de Eamon.

Esta era la esperanza que Eamon creía que Etaín podría ofrecer a su pueblo, que con su
tinta podía callar la voz peligrosa de la magia, posiblemente incluso volviendo a canalizarla,
haciendo la relación entre esta y los Elfos en este mundo paralelo como en la tierra Élfica.

Garret llegó, temeroso de cómo Eamon podría juzgar a su hijo.

—Señor —dijo Garret con una voz que no llegaría a los humanos—. Hubo provocación y
causa justa.

El padre del muchacho humano dijo:

—Me disculpo por mi hijo. Su comportamiento fue inexcusable. Farrell no puede ser
culpado por reaccionar.

—No por reaccionar —aceptó Eamon—, pero por sus acciones será responsable.

Eamon se volvió hacia Farrell, con las manos en los brazos escamosos. Sacudió al chico
para que levantara la vista, el miedo en su expresión donde segundos antes hubo un poder
crudo, desenfrenado e irracional.

La voz de la magia era tranquila. Por ahora. Pero Eamon no podía arriesgarse a
abandonar al cambiante, no rodeado de tanta agua, no cuando había una fuerte
probabilidad de que el adolescente humano provocara otro ataque.

—Recoge algo de importancia para ti y entra en la lancha rápida.


—Sí, Señor —susurró Farrell.

Eamon lo soltó, girándose hacia Garret.

—Tú y tu esposa pueden visitarlo en Aesir cuando traigan ropa y cualquier otra cosa que
consideren conveniente. Él trabajará y vivirá allí. —Donde las salas lo mantendrían a salvo
por un tiempo, y donde también permanecería cerca de su familia.

—Iremos esta noche, Señor.

Farrell echó una rápida mirada avergonzada a su padre y luego hizo lo que Eamon
ordenó. Eamon lo siguió momentos después, bajando a la lancha que esperaba, esta vez
con Myk siguiéndole.

—Tienes toda la diversión —dijo Heath, con la cara plana y sin embargo, todavía no
suprimía su diversión al ver la ropa húmeda y salpicada de pescado de Eamon.

—Es el privilegio de ser Señor —dijo Myk, cayendo ligeramente en el barco, tan
irreverente en su camino como Liam.

—Aesirs —dijo Eamon, ordenando y con destino a ambos. Rhys podría hacerse cargo de
Farrell, dejándole libre a él, a su vez, para hacerse cargo de su futura esposa-consorte.

—Hora de la verdad —dijo Etaín, abriendo el casco de repuesto y ofreciéndolo a Cathal.

Él lo tomó con una sonrisa intermitente.

—No tengo miedo de que me lleves a dar un paseo.

Ella rio, moviéndose, presionando la parte delantera de su cuerpo contra el suyo.

—Oh lo sé. De hecho, digamos que eres un gran admirador de la mujer en la parte
superior.

—Definitivamente. —Su brazo serpenteó alrededor de su cintura—. Continúa con esta


conversación y obtendremos un tranquilo comienzo más adelante.

—Tentador. —Ella exhaló, su sonido marcando el final de la ligereza—. Muy tentador. Me


da miedo esto.

Su piel se sentía estirada, sus terminaciones nerviosas ya chirriantes y su corazón


acelerado por la anticipación de visitar a la familia de Vontae y estar en presencia de tanta
emoción cruda.
—Tengo miedo —añadió en un susurro. Miedo de perder el control de la manera que lo
hizo con Parker, de forzar respuestas y en el proceso despojar a las mentes sin Eamon allí
para detenerla.

Cathal le apretó el brazo en la cintura. Frotó la mejilla contra la suya.

—No tienes que ponerte a través de esto. Te dije que cubriría la factura si caías en la
tentación de Sean McAllister y le damos una lista de todas las personas que has tatuado y
que son sospechosos. Es bueno en lo que hace. No le tomaría mucho tiempo localizarlos y
ver lo que están haciendo. Alguien saldrá como un alto probable y podrás dar el nombre a
la policía, dejar que lo manejen desde allí.

—O podría estar segura primero, al acercarme lo suficiente para tener un recuerdo que
le dará a Ordoñes algo con lo que trabajar.

La facilidad con la que aceptó hacer eso, había contraído su pecho cuando la emoción
de Cathal no se estrelló en ella, aunque se abstuvo de decir la palabra en voz alta.

—Dirijámonos al bote de Sean —murmuró, con los labios rozando la oreja en un intento
de persuadirla—. Incluso te dejaré conducir.

Ella aceptó su intento de aliviar el estado de ánimo.

—Genial por ti, considerando que estamos tomando mi moto.

Se alejó de él, cogió su casco, no era completamente capaz de mudar la seriedad.

—Necesito terminar la parte difícil primero. Luego, regresemos al refugio para


preguntarle a Justine lo que recuerda. Hay mucho que no sé. —Se encontró con su mirada
fija—. Estuve muy alto mucho tiempo, desde el principio, cuando llegó la llamada para
tatuar y las cosas se hicieron difíciles en casa.

No es que hubieran sido fáciles, gracias a la esposa del capitán y a sus hijas. Pero
revolverse en argumentos con él y pelear con Parker, junto con el pesado, pesado peso de
la desaprobación, y había hecho más y más fácil faltar a los toques de queda, y las
repercusiones de esto habían, a su vez, fomentado una rebelión más grande.

—Vontae fue temprano, pero tatué una carga de mierda de gente en ese entonces,
cualquiera dispuesto a ofrecer un parche de piel fresca. A veces lo hice sacándolo de mi
mente, transfiriendo las cosas surrealistas en mi cabeza en varias partes del cuerpo.

No estaba orgullosa de ello. Pero la vergüenza tampoco se aferraba a ella. No había


mucho punto, sin embargo, ahora lamentaba la tinta, lamentaba otras cosas de aquella
época de su vida, y no menos de lo que era la imposibilidad de superarlo cuando se trataba
del capitán y Parker.

No podía cambiar el pasado, aunque aparentemente volviera a atormentarla. Lo mejor


que podía hacer era control de daños. Comenzando ahora.

—Después de Justine, entonces jugaré para involucrar a Sean. Mmm-mmm. Él hace el


bombón de Aesirs una carrera por el dinero. Delicioso, Johnny Depp en el papel de pirata.
Si ya no tuviera suficiente hombre problemático estaría tentada.

—Me alegro de que fuera hombre, singular, no plural.

—¿Cómo sabes que no estoy hablando de ti? Eamon no se ha unido a nosotros, por lo
tanto, no es plural.

Cathal rio, tocando el botón de la puerta del garaje. Rodó hacia arriba. Se puso el casco,
después empujó la Harley hacia fuera y la montó a horcajadas.

Él se unió a ella en la moto y le gustó la sensación de él a su espalda. Con un rugido


despegaron, dejando el lujo y el cielo azul de una pequeña casa sofocada por la niebla que
todavía se aferraba a la vista de la Bahía del distrito de Hunters Point.

No le sorprendió cuando Liam apareció, saliendo de la penumbra húmeda para unirse


a ellos sin hablar, como si hubiera estado esperando su llegada. Sombra caminante. Su voz,
no la…

Dejó de lado los pensamientos de lo sobrenatural, o trató de hacerlo. Una mirada hacia
sus ojos en sus palmas y estuvo contenta a regañadientes por la presencia de Liam, aunque
a pesar del deseo de Cathal por la continuación de la ausencia de Eamon, ella deseó que
fuera Eamon quien hubiera salido de las sombras en vez de su asesino.

Cathal tomó su mano en la suya.

—No tienes que ir más allá para pagar tus respetos.

—Solía estrellarme aquí a veces, cuando tenía catorce años. Yo y otros cinco niños. —
Cuatro seguirían en la lista. El quinto tuvo OD'd a los dieciséis, el mismo año la versión
del capitán de asustarla directamente había funcionado.

Llamó a la puerta. Fue abierta por un hombre huesudo de cincuenta años, de piel lo
bastante ligera como para que los tatuajes en su cuello y brazos aparecieran.

OG. Gángster original. Sus palmas temblaban, recordándole que llevaba un poco de su
tinta. Minúsculos pasos por encima de su corazón junto con la palabra Janelle, el nombre
de uno de sus hijos nacidos en los días que había salido con Vontae.
—Mucho tiempo, Tyrone.

Miró a Cathal, pero su mirada se detuvo en Liam antes de volver a ella.

—Has cambiado desde la última vez que te vi.

—Esa es una forma de verlo. ¿Está bien si entramos?

Se alejó de la puerta.

—La mayoría de los demás están en la funeraria o hablando con el predicador sobre los
servicios. Mamá está aquí. —La abuela de Vontae.

—¿Sabes por qué pasó? —preguntó Etaín mientras Tyrone los conducía por el pasillo,
hacia una cocina que recordaba a un lugar de calidez y risas, así como conferencias severas.

—¿Tu padre te envía a preguntar? Porque ya tuvimos a la policía pasando por aquí. Un
montón de policías.

—Vine por mi cuenta.

—Si tú lo dices.

—Estaba en el hospital anoche con Kelvin. No lo logró.

—Si vas a salir de la vida, entonces tienes que estar lejos de ella. —Oyó una advertencia
en ese mensaje.

—No contestaste a mi pregunta.

—No voy hacerlo. Lo que sucedió es asunto del MC.

MC. Club de la moto. Refiriéndose a los Perros Callejeros.

—¿Eres un miembro ahora? No lo eras cuando ella era adolescente.

Tyrone no respondió.

Entraron en la cocina.

—Mamá, Etaín está aquí. ¿Te acuerdas de ella?

—Por supuesto que la recuerdo.

La anciana se levantó de su silla, el humo de un cigarrillo en el borde de un platillo se


rizaba hacia arriba. Era delgada, tal como Etaín la recordaba, excepto que ahora, tenía ojos
adultos, viendo la forma en que la edad y el peso de los niños y nietos que habían terminado
en pandillas, en la cárcel y en las drogas la habían encogido, doblando la altura y hundiendo
su espalda con ella.

Sus manos agarraron la parte superior de los brazos de Etaín.

—Mírate, has crecido.

—Lo que pasa por crecer de todos modos. Algunas personas podrían discutirlo.

Momma Leeona sonrió, como Etaín se había propuesto.

—Aprecio tu llegada —dijo, tirando de Etaín a un abrazo.

La culpa se deslizó en Etaín como un cuchillo caliente, viniendo con el recuerdo de


Vontae en el suelo del bar, alcanzando un arma. Fue un amigo. Una vez. El tiempo no
había cambiado eso.

—¿Comiste algo? —preguntó la abuela de Vontae, el mostrador lleno de comida.

—Cathal y yo tuvimos algo hace un rato.

Etaín hizo una pausa para presentar a sus compañeros. Momma Lee dijo:

—Podemos pasar al comedor.

—Esta habitación está bien. Siempre pienso en ti sentada aquí. —Ella lanzó una mirada
hacia el cigarrillo, aunque Dios lo sabía, había hecho mucho peor cuando estaba aquí.

Momma Lee rio y recuperó su silla, sentándose pesadamente a pesar de su ligero marco.

Etaín se sentó frente a ella, Cathal se movió detrás suyo, sus manos sobre sus hombros
mientras ella dijo:

—No podemos quedarnos mucho tiempo. Estamos de camino al refugio. Necesito hablar
con Justine.

—Estaba aquí anoche. —Mamá Lee cogió el cigarrillo. Temblaba mientras lo llevaba a sus
labios—. No puedo encender la televisión. Parece que cada vez que lo hago, muestran
imágenes de los cuerpos que sacaron en bolsas negras. Y me pregunto si alguna contiene a
Vontae, o ese o el otro. O si tal vez sea Lomas o Roddy o Ahman, o alguien más que solía
venir por aquí y sentarse en esta mesa como tú estás sentada.

La vergüenza se arrastró hasta Etaín, que no había llamado al Detective Ordoñes o a


ninguno de los policías de Oakland que conociera para pedirles los nombres de las víctimas.

—La policía averiguará quién hizo esto.


—Tal vez. Pero no antes de que los bebés de otras personas mueran.

—¿Este es el comienzo de una guerra contra las drogas? —preguntó ella, aprovechando lo
que Melinda había dicho en el hospital.

La abuela de Vontae se encogió de hombros.

—Si me preguntas, este problema tiene que ver con Anton.

—Mamá —dijo Tyrone al mismo tiempo que Etaín preguntó—: ¿Anton Charles?

—Sí. ¿Cómo lo conoces?

—De la tienda donde trabajo. Stylin 'Ink. —Ella vaciló, agregando—: Le vi hace un par de
días. —Lo dejó ahí, sin mencionar que estaba con él en el bar donde Vontae y los otros
murieron.

—Hay mala sangre entre él y algunos de los otros Perros Callejeros.

—Mamá, no quieres meterte en los asuntos de Anton. O también con los del club.

—Voy a decir lo que voy a decir, Tyrone, y rezar a Jesús tal vez hará una diferencia esta
vez. La violencia siempre engendra más violencia. He estado predicando en la mesa de la
cocina desde antes de que nacieras y no voy a parar ahora.

Ella tomó una calada de su cigarrillo, usándolo para la fortificación. Etaín pudo ver el
brillo de las lágrimas, ver su feroz erupción en las fosas nasales de Momma Lee, recordando
a Etaín la exhalación del dragón.

—Vontae. —La voz de Momma Lee se quebró en el nombre—. Vontae y un par de los
otros Perros Callejeros, estaban cerca de Anton. Los oí hablar en esta misma habitación…

—Mamá…

—Estaban emocionados de que Anton estuviera de regreso, yendo y viniendo sobre él


tomando el control del club y cómo tenía grandes planes y que iban a ser parte de ellos. Se
tranquilizaron realmente cuando se dieron cuenta de que los oía. Dije mi pieza, y dijeron
el sí señora realmente educado y luego se fueron a hacer lo que querían hacer de todos
modos.

Etaín pensó en cómo los demás habían actuado alrededor de Anton. Respetuoso,
renunciando al billar cuando los dos decidieron jugar. Uno de los muchachos incluso se
apresuró a montar las bolas.
Miró a Liam. Había entrado en el bar y ella había sabido por el toque de su magia que
él era parte del mundo del que su madre había estado huyendo. Y entonces todo el infierno
se había roto, gracias a la llegada de Eamon, y había aprendido que no solo Liam había sido
enviado a vigilarla, sino que el hermano de Anton era el propietario del lugar.

—¿Crees que esto fueron los Perros Callejeros matando a Perros Callejeros? —preguntó
ella, el orgullo y la vergüenza la impedían preguntar si Anton y su hermano estaban entre
los muertos. Lo averiguaría enseguida, con una llamada, luego se dio cuenta de que ya sabía
la respuesta cuando se trataba de Anton, dadas las interrupciones de Tyrone.

Momma Leeona pareció inclinarse sobre sí misma más.

—Eso es lo que pienso. Lo mismo que pienso que otras familias van a verse afectadas
como ésta. La violencia engendra violencia.

Etaín dejó que la conversación fluyera hacia el pasado. Había habido buenos momentos
mezclados con los que lamentaba. No era suficiente para llenar horas de conversación, pero
era suficiente para que la visita no pareciera apurada, o deshonesta.

—Probablemente deberíamos ir al refugio —dijo ella finalmente—. ¿Hay algo que


necesites?

La abuela de Vontae alcanzó la mesa, tomando las manos de Etaín en las suyas. Etaín se
sacudió con el contacto. El sudor estalló con la aguda quemadura del dolor en sus muñecas
donde los dedos de Momma Lee descansaban, y con la inconfundible sensación de una
conciencia alienígena invadiendo su realidad.
9

Traducido por Mika

Corregido por Eli25

Me estoy volviendo putamente loca, pensó, tratando de evitar la voz en su cabeza que decía
Mira, luchando contra el impulso de dar la vuelta a sus manos para que sus palmas
estuvieran presionadas contra las de Momma Lee.

La tensión corría por las manos de Cathal mientras la agarraba de los hombros. Su toque
se alivió mientras se preparaba para embestir sus muñecas y alejar a Momma Lee antes de
que pudiera hacerle algún daño. Mientras Liam mantenía su distancia, un tanto aburrido,
aunque ella sospechaba que se podía mover increíblemente rápido si decidía actuar.

Síííííí.

Etaín no vaciló, pero estuvo cerca.

—Te recuerdo haciendo un trabajo hermoso. Catorce y usando tinta casera y una aguja
de coser, y las personas viniendo aquí, buscándote especialmente a ti para ser tatuados. Lo
que puedes hacer por mí, por todos los que son como yo, es no hacer ningún trabajo que
apoye a las bandas como la de Tyrone de la que está tan orgulloso, tratando de silenciar a
su madre, o como de los Curs, que solamente consiguen la perdida de muchas vidas —dijo
Momma Lee.
—La única vez que hago esos tipos de trabajos son para taparlos.

—Qué suerte —dijo Momma Lee mientras apretaba las manos de Etaín.

Se fueron poco tiempo después, pasando de la casa a la oscuridad mientras el sol brillaba
sobre la niebla.

—¿Todavía al refugio? —preguntó Cathal.

La mano de Etaín fue a su bolsillo, un hábito tomado para recuperar su teléfono con el
número de Anton. La ausencia del mismo era el recuerdo de haber sido secuestrada por el
Violador Arlequín. Ella se estremeció, rápidamente bloqueando su recuerdo, o de su
tiempo juntos.

—Sí, al refugio.

Liam se alejó, como yendo hacia su coche. Cathal hizo una mueca.

—Siento que mi cabeza podría explotar con toda esta mierda extraña.

—Esa sí que es una gran imagen. Espero no estar de pie cerca cuando suceda. —Él la miró
seriamente.

—¿Quieres decirme no solamente cómo nos encontró sino también cómo apareció de la
nada? Estoy bastante seguro que no escuche ni vi a ningún coche aparcado cuando nosotros
lo hicimos.

Ella se apartó con un paso al costado. Él la volvió a poner en el camino agarrándole la


mano.

—Temo que si contesto voy a ser testigo de toda la cosa de la cabeza explosiva.

Cathal se rio, lo hacía bastante desde que la conoció, siempre y cuando no estuviera
consumido por la lujuria o los celos o el temor por su vida.

—Gracioso, Etaín.

—Me suelen decir eso.

—¿Vas a responder a mi pregunta sobre Liam?

—Creo que de alguna forma puede viajar entre las sombras.

Cathal sintió que su pecho se apretaba.

—Está bien, podemos dejarlo así.


Ella le devolvió una sonrisa y él le respondió con un largo y lento beso antes de que
sacaran sus cascos e hicieran el viaje hacia el refugio, aparcando en la parte de atrás, para
encontrar a Liam casualmente tendido al lado de la puerta.

Mierda, pensó Cathal. Parecía que una eternidad había pasado desde ayer, cuando él y
Etaín habían llegado al refugio para la recaudación de fondos, él para encargarse de la
música y ella para encargarse de los artistas de tatuajes y trabajar como una.

La niebla no había llegado tan lejos, y aunque lo hubiera hecho, no les hubiera
importado a los niños que ahora llamaban hogar a este lugar, a veces con sus padres o en
algunos casos, sus abuelos. Y eran afortunados de tener un techo y camas antes de estar
viviendo en coches o separados de sus familias en hogares adoptivos. Había
aproximadamente veinte chicos y chicas jugando al básquet o a la rayuela o saltando la
cuerda.

Muchos de los que buscaban refugio eran los trabajadores pobres. Eso había sido una
revelación para él, este mundo estaba tan lejos del que él había habitado.

Entraron al edificio, Liam una sombra mortal detrás suyo. Por un segundo Cathal
consideró preguntarle cómo había llegado allí, para ver si Etaín tenía razón. Solo para
recordar a Liam entrando en la habitación y perdiendo toda ilusión de que fuera humano.

¿Por qué molestarse? Era un puto Elfo.

La inquietud comenzó a recorrer a Cathal, mirando a Etaín. Porque ella también era un
Elfo, tan putamente hermosa, y probablemente después de la transición todavía lo sería
más, y podría hacer más magia, o magia más fuerte. ¿Qué pasaría si con el tiempo se
comenzaba a parecer cada vez más y más a Eamon, y empezaba a identificarse cada vez
menos con las preocupaciones humanas? ¿Luego qué? ¿Sería ella la que se arrepentiría, por
él?

A la mierda con eso. Ella lo necesitaba. Y de mala gana, podía ver que también
necesitaba a Eamon.

Se deshizo de sus dudas y sacó a Eamon de su mente. El refugio estaba lleno, porque era
domingo, supuso, y los adultos que no tenían niños a su cargo no tenían que estar en el
trabajo.

Justine estaba en su oficina. Se levantó de su silla cuando vio a Etaín, cruzando la


habitación con la vigorosa calma de una mujer que podría haber sido un sargento
instructor.
El aire a su alrededor estaba saturado de humo de cigarrillo. Era una declaración audaz
de una mujer que debería tener unos sesenta años. Era un claro aviso de que era más que
capaz de patear traseros.

Apretó a Etaín en un abrazo feroz y Cathal podría jurar que escuchó el sonido de las
costillas rompiéndose.

—Nunca más me asustes así.

La orden de Justine era casi tan áspera como su abrazo. Etaín le devolvió el abrazo,
Cathal veía la forma en que sus manos se doblaban, como si temiera hasta el contacto de
sus manos con la ropa. Dejando a Etaín para darle otro abrazo rompe huesos a Cathal,
Justine habló.

—Su llegada es perfecta. Estaba repasando los números. La colecta fue un éxito total
gracias a ustedes dos. Si lo hacemos de nuevo, quizá en seis meses, tengamos los mismos
resultados o mejores, creo que podríamos añadir más espacio para camas. ¿Puedo contar
con ustedes?

—Etaín no está en condición de hacer tal promesa —dijo Liam, sorprendiendo a Justine
como si no lo hubiera notado.

Cathal se preguntó si Liam podía esconder su presencia completamente. No era un


pensamiento placentero.

Los ojos de Justine se estrecharon mientras miraba a Liam, la mirada dejaba claro que
no le importaba lo que estaba viendo. Una mirada a Etaín, y la misma hizo una
introducción, evitando la confrontación que se había creado.

—Las cosas están un poco inestables en mi vida en este momento. ¿Está bien si hablamos
de otra recaudación en una semana?

Una semana, que se correspondía con la fecha límite de Eamon. El recuerdo hizo que
la molestia atacara a Cathal, seguido por sorpresa mientras se imaginaba a Etaín
comparándolo con uno de los perros de Pavlov, que al pensar en Eamon o al escuchar su
nombre sonaban las campanas. No podía creer que Eamon se hubiera mantenido alejado
tanto tiempo.

Etaín se dejó caer en la silla, guiando la conversación a lo que había pasado en Oakland
con la mención de Kelvin. Justine volvió a su silla detrás del escritorio, sentándose con el
cansancio de décadas de fracaso y decepciones, y peor, pena por las vidas perdidas después
de haber sido el claro ejemplo de esperanza y realización.
Como había hecho con Momma Leeona, Etaín volvió a sus diez años, a los niños que
no había visto en mucho tiempo y no sabía cómo habían terminado. Sin pedir una lista de
nombres como habían propuesto cuando habían salido de su casa, pero una sutil
interrogación y recolección de nombres porque la presencia de Liam lo cambiaba todo, y
Cathal comprendía que Etaín temía qué les podría pasar a los que usaran su tinta si Eamon
se enteraba de lo que estaban intentado y porqué.

Finalmente hizo aparecer el nombre de Vontae en la conversación mientras preguntaba


por las personas que había tatuado por pedido de Justine. Cathal hizo notas mentales, pero
más que el momento de reconocimiento que habían experimentado en el sueño, no había
nada para identificar al tirador.

Se encontró frotándose su cuello, ansioso de conseguir una lista de nombres y


entregársela a Sean, para volver a tener un poco de normalidad.

Cierto. Y como si la falta de normalidad lo llamara, Eamon entró en la habitación.

Cathal se abstuvo de mostrarle los dientes. Por poco, y solo porque una mirada de Etaín
hizo que una campana sonara en su cabeza.

Oh sí, muy Pavlovian.

Tiempo para irse, pensó Etaín, aminorando la conversación para llegar a una conclusión
y saludar a Justine con un abrazo, la mezcla de sensaciones que sintió cuando finalmente
se dio la vuelta hacia Eamon dejándola nerviosa como un drogadicto con necesidad de una
dosis.

¿Cómo se había perdido el roce de su magia contra la suya hasta el día de hoy? Se podría
drogar con ella solamente con cerrar sus ojos y dejarla pasar.

Síííííí.

No solamente drogar, si no alucinar completamente. No iba a pensar en eso en este


momento.

Sacando la magia, el deseo corrió y se instaló en ella, un hambre hecho más feroz por la
separación. La necesidad solidificada por los recuerdos de cómo era estar con él. Con ellos.

Le presentó a Justine y se le ocurrió que quizá eso era lo que necesitaba, más contacto
con humanos fuera de su aislado mundo. Que, si tal vez pasaba más tiempo con ella y
Cathal, quizá llegaría a comprender como toda la cosa del Lord iba en su contra cuando se
trataba de ellos. Y que Elfo o Cambiante, esto era lo que ella era y no tenía intención de
alejarse de las cosas más importantes de su vida: el refugio, Stylin’ Ink, las victimas que
podía ayudar, sus amigos, incluyendo Derrick, Bryce y Jamaal, que eran familia al igual que
ella quería que lo fueran Parker y el capitán.

¿Y los cambios en su don? La pregunta disparó optimismo por sus venas.

Seeeeguuuuroooo. Las palabras vinieron con un destello de fuego a través de la tinta de sus
muñecas.

Escuchar la voz del Dragón en su cabeza sugería lo opuesto. Pero, día nuevo, comienzo
nuevo. Es lo que promovía Justine aquí, haciendo de este el momento y lugar perfecto para
tomar la mano de Eamon.

Su sonrisa onduló a través de ella, no solo por deseo sino por el deseo de paz, de una
relación que fuera divertida en vez de llena de furia y discordia.

—Quiero darte un tour por el refugio.

Con un saludo, Etaín salió de la oficina, su mano libre capturando la de Cathal cuando
pasaba por su lado, consciente o inconscientemente negando la presencia de Eamon con
un giro.

El pasillo estaba vacío, aunque los sonidos del primer piso lo llenaban, varios bebés
llorando, superpuestos con las conversaciones de los niños. El sonido de ollas y sartenes,
de los cocineros bromeando, el persistente olor del desayuno mezclado con el olor de
muchas personas, no todas perfectamente bañadas.

—Perdimos a nuestra sombra —dijo Etaín, notando la ausencia de Liam.

—Espera afuera, junto a Myk.

Eamon se detuvo cerca de la escalera, su mano apretando la de Etaín, forzándola a


detenerse. Cathal decidiendo hacer lo mismo antes que soltar su mano.

Entretenía a Eamon, y a decir verdad no tenía ninguna objeción. La magia había elegido
a Cathal, y no había forma de negar que la presencia del humano aumentaba su deseo por
Etaín. Deseo y magia estaban unidas indiscutiblemente, como lo habían estado desde el
primer momento en que había mirado por la terraza y los había visto juntos.

Dándose la vuelta para enfrentarla, Eamon tocó su mejilla, la pasión que se veía en sus
ojos demostraba que no pretendía evitar el contacto de sus labios.

—Fue una larga noche. Insoportable.

—Tú te lo buscaste. —Desafío audaz, no palabras de odio.


Sus pensamientos pasaron a océanos mortales y a otro cambiante.

—No puedes saber que tan importante eres para mí, para quienes te llamarán Lady.

Él reclamó su boca, esperando una respuesta no verbal de ella, necesitándola mucho


más de lo que pretendía admitir, aunque su cuerpo no tenía ningún problema con que ella
se enterara de su desesperación.

Un gemido escapó ante la primera mezcla de alientos y de sabores y calor. Alivio y


satisfacción vinieron con su lengua, saludando a la suya sensualmente con un deslizamiento
burlón.

La cadera de ella presionada contra él, el roce de su montículo contra su erección


causando que el fuego que era su elemento se reservara en sus testículos y se volviera un
aullido furioso en su polla. Desesperado por un poco de seguridad después de cómo habían
terminado las cosas la noche anterior, la empujó contra la pared. Su mano fue hacia sus
pechos, su placer duplicado al encontrarse con su duro pezón, al tenerla suspirando y
arqueando su espalda.

Él temía que ella estuviera muy debilitada después de casi morir en el hospital. En
cambio, cruda, y salvaje magia rociada sobre él, magia de cambiante libre sin ningún sentido
de control. Y él, que comprendía muy bien el peligro, de su don particular, permitió que
continuara. Creyendo que su protección aguantaría, profundizó el beso hasta que olvidaron
donde estaban, su mano dejando su seno, solo para ir al frente de su camisa donde se
encontraban los botones.

Un gemido de protesta y luego la separación de su boca de la suya lo detuvieron,


enfocándose en las asquerosas paredes junto con el olor de dificultades y desesperación,
sudor y comidas preparadas en cantidad, junto con el sonido de un edificio abarrotado de
humanos.

—No pasaré esta noche lejos de ti.

El rápido enfriamiento de sus ojos le hizo recordar que tenía que ser cuidadoso con sus
elecciones de tono y palabras.

—Cuidado, eso se parece mucho a Lord Eamon hablando.

Nunca habría pensado que el noviazgo sería un compromiso tan complicado, pero él
aprendía muy rápido. Sonrió, frotando sus labios contra los de ella, el leve giro de su cabeza
en negación solamente le hizo más simple frotar su nariz en su oreja, acariciar su lóbulo y
murmurar:
—Si no estoy equivocado, Etaín, ha habido momentos en los que disfrutaste
arrodillándote ante mi presencia. ¿Lo niegas?

Ella rio, su traspié olvidado, el ronco e increíble sonido de su voz iluminando su corazón
en una forma que solamente ella podía hacerlo.

—No lo niego —dijo, frotándose contra su erección, la yema de sus dedos recorriendo
sobre los nuevos aros que ahora él usaba, enviando una punzada de hambre a través de su
mástil.

Él recompensó la verdad con la intromisión de su lengua en su oreja, una pequeña


succión a su lóbulo, y luego otra, en la punta todavía redondeada, una zona erógena tanto
como para ella como para la mayoría de su especie.

—Quizá a Cathal le gustaría presenciarlo. —Una pequeña provocación sexual mientras se


alejaba de ella.

Le tomó menos de un segundo que la curiosidad por la reacción de Cathal fuera


satisfecha. Y a Etaín le tomó la misma cantidad de tiempo para que los labios del otro
hombre estuvieran sobre los de ella posesivamente, una cruda demostración de una magia
más primitiva, cada pedacito tan potente como determinante eran los Once.

Eamon, por su parte, disfrutaba del espectáculo, disfrutando que no era el único que
perdía el control cuando estaba cerca de ella. Su deseo aumentó con un baño de las
feromonas de los Once y del calor carnal, un desafío formándose, un reto que podría
ofrecerle a Cathal, quién podría durar más dándole placer a ella.

Las imágenes acompañando la idea lo endurecieron más, tanto como su declaración.

—Guardemos la competencia hasta que volvamos a tu casa y ya no tengamos ropa.

Eamon atrapó la vista de los dientes de Cathal, una pequeña obstrucción que lo hizo
sonreír mientras la seguían por las escaleras, satisfecho de que cuando soltaba tanto su
mano como la de Cathal, era solamente para mejorar la movilidad.

Él realmente no había observado a los humanos cuando había entrado buscándola a


ella. Ahora ella lo forzaba a hacerlo mientras se detenía a hablar con los trabajadores, con
los vagabundos que conocía por su nombre, haciendo preguntas sobre los que no estaban
y permaneciendo en habitaciones que no deberían tener ni un solo niño, pero estaban
llenas de ellos.

Si es que tenía alguna debilidad por los humanos, era cuando eran bebés. Pero aunque
no había escape de esta lección que Etaín estaba decidida a enseñarle, y él entendía que era
una lección, no perdería su exitoso esfuerzo por cortejarla diciéndole que esto no cambiaría
nada.

Ella lo podía mantener prisionero durante este honrado período de libertad. Su enfoque
en ella, y en las personas con las que ella hablaba, se mantendría inquebrantable porque
ella era una cambiante, una seidic, y él pretendía mantenerla a salvo de la magia y su don.
Pero al final de la semana, él establecería las reglas.

Si todavía estaba viva.

Rechazó la posibilidad de que fuera así aunque no pudo resistirse de deslizar su mano
debajo de su pelo para que descansara sobre la caliente piel de la parte trasera del cuello de
ella.

—¿A dónde ahora? ¿A casa de Cathal? —preguntó, dado que ahora estaban al final del
pasillo.

La pequeña tensión que sintió debajo de su mano era una alerta de que probablemente
no le gustaría su respuesta.

—No. Vamos a visitar a un amigo de Cathal. Podríamos enrollarnos más tarde, en la casa
de Cathal.

Decidió estar sorprendido en vez de molesto o todavía más incómodo, herido, dándole
una pequeña sonrisa a ella y evitando recordarle que la promesa de pasar un fin de semana
con Cathal también lo incluía a él.

—No lo creo, Etaín. Hasta ahora estoy disfrutando de esta salida entre humanos. Es
esclarecedora, como intentaste que fuera. ¿Desearías que la termine?

—No.

Se inclinó hacia ella, sus labios reclamando los suyos en reconocimiento de que tan a
fondo estaba cautivada por él. Fue un beso interrumpido por el sonido de pasos pesados.

Estalló la irritación cuando levantó su boca de la de ella y vio al musculoso Cur que
había encontrado bailando con Etaín hace unos días, y que la hostilidad era mutua.

—¿Sigues con este hijo de puta, Etaín? ¿Esa es la razón por la que no tomas las llamadas
de tus amigos?
10

Traducido por Eli25

Corregido por Eli25

Le tomó un esfuerzo a Eamon no atacar con magia. Ningún humano que lo llamara
Señor se atrevería a insultarlo de esa manera o hablar a Etaín en semejante tono, ni lo haría
ningún Elfo. Miró a Cathal y vio que este hombre, Anton, tenía el mismo efecto en él,
aunque aparentemente la falta de respeto se alejó de Etaín con facilidad.

—Mi teléfono se perdió en la recaudación de fondos de ayer. ¿Tyrone te dijo que estaba
aquí?

—Él y un montón de gente después de que oyó decir que estaba buscando a mi amiga
Etaín.

—Sucede que quería visitarte también.

Anton se echó a reír, una rápida explosión de sonido seguida por los ojos planos de un
hombre que podía matar a alguien a quien llamaba amigo.

—Puedo adivinar qué pasa. Ya me involucraste en el negocio policial una vez la semana
pasada. Te estoy dando un pase en él porque no me volvió a golpear. No va a suceder una
segunda vez, no con algo que involucre a los Curs.
Etaín tenía un mal presentimiento sobre por qué Anton la había seguido. Él lo confirmó
diciendo:

—Me debes un tatuaje.

La súbita y completa quietud de Eamon gritó que no. Un escalofrío la recorrió cuando
se le ocurrió que ordenara a Anton matar en vez de dejar que honrara la promesa o no lo
hiciera.

—¿Un tatuaje conmemorativo? —preguntó, aunque no desafiando a Eamon. La


perspectiva de agregar más de su tinta a Anton, especialmente ahora, con su don
cambiando, había hielo en su núcleo.

Tócalo. Busca las respuestas que buscas.

Sudor frío estalló en su piel. No podía estar segura de sí ese era su pensamiento, su voz
u otra cosa completamente.

—Sí, un monumento —dijo Anton.

—¿Caras? —Y una vez más sentía vergüenza por no haber aprendido los nombres de
aquellos que habían sido sacrificados.

—Mi hermana pequeña, estaba trabajando en el bar, estaba ahorrando dinero para pagar
la escuela de enfermería.

Etaín se estremeció ante la perspectiva de ser bombardeada por las emociones de Anton.

—Necesitaré fotos.

—Pensé que podrías. Tengo una colección de ellas en la parte delantera. El funeral para
Taneshia es en dos días. Quiero llevar la tinta para entonces.

—Mi promesa no cubre un trabajo precipitado. —Fue un intento de evitar problemas


para Anton. Para hacer eso más apetecible, añadió—: ¿Dónde quieres el tatuaje?

Tocó un lugar en el lado derecho de su pecho. En su mente vio su piel como un lienzo
que ya estaba llena de arte, la tinta que había puesto sobre él, así como lo que otros habían
hecho.

—Vamos a buscar las fotos.

Eamon continuó en silencio mientras caminaban hacia la entrada pública del refugio
preocupándose mucho más por lo que haría una objeción expresada. Estiró la mano y tocó
el brazo de Cathal.
—¿Te importa tomar el número de teléfono de Anton por mí?

Cathal sacó el móvil de su bolsillo. Anton resopló.

—¿Tienes asistente personal ahora? ¿O es parte de los problemas de novio que has estado
teniendo?

—Estaba. Tiempo pasado. —Esperaba que no se deslizara peligrosamente cerca de una


mentira.

Anton facilitó su número. Cathal lo introdujo en la memoria de su teléfono mientras


salían al sol brillante.

Un coche salió disparado a un par de cuadras de distancia. Anton se sacudió y alcanzó


reflexivamente un arma que no podía ver.

La adrenalina la atravesó, el latido de su corazón se aceleró con algo más que el miedo
de lo que podría suceder con el contacto piel-a-piel.

—¿Esperas problemas?

—Costumbre, eso es todo, nena.

Liam estaba ausente, tal vez acechando en la parte de atrás donde estaba la Harley. Pero
Myk no satisfecho estaba reclinado contra el coche de Eamon, poniéndose al instante en
alerta. Dio un paso hacia ellos, pero se detuvo, probablemente a la misma señal de Eamon.

La Harley de Anton estaba aparcada a varios espacios de distancia. Se detuvieron junto


a ella. Abrió una bolsa de montar, buscando, los ojos se humedecieron. Parpadeó y la
dirigió una mirada dura.

—Diles que se retiren, Etaín. Los hijos de puta no necesitan estar en mis asuntos.

Ella miró de Cathal a Eamon, diciendo solo:

—Por favor.

Se movieron, dando a Anton y a ella un poco de distancia, no mucho.

Anton se acercó a su lado, extendiendo una colección de fotografías en el asiento de la


moto.

—Taneshia con tres años —dijo en una de ellas—. Mi madre la tiene ahora.

Una imagen comenzó a formarse, a pesar de todas las razones por las que el honor de
esta promesa era tan peligrosa, para él.
—¿Qué tenías en mente?

—Te dejaré eso a ti. Te elevas con el arte, lo llevaré. Toma las fotos que quieras.

Se guardó un par de ellas y buscó una tercera cuando oyó a Myk gritar:

—Sire.

La magia se precipitó a través de la tinta de su piel, una bomba detonando en lugar de


un viento suave cuando fue golpeada contra Anton. Los dos golpearon al asfalto junto con
Cathal y Eamon, como bolos humanos tirados en un solo golpe por Myk.

Las balas golpearon en la moto de Anton, parte de un spray de armas automáticas que
aterrizaron en el suelo a su alrededor, desviados por un escudo que pensaba que debía estar
allí. De lo contrario, estarían sangrando. Muertos.

Un coche aceleró dejando un súbito silencio. Un silencio que explotó en una carrera,
como la explosión de un globo.

Las sirenas se oían a lo lejos. Aquellos que deseaban que sus nombres fueran incluidos
en un informe policial gritaron fuera de sus coches, hablando emocionados. El montón de
cuerpos masculinos encima de ella se aligeró.

Los ojos de Eamon contenían hielo. Él no preguntó si ella estaba bien, aunque Cathal
lo hizo, las manos vagando por su cuerpo.

—Estoy bien —dijo, sintiendo que la mirada vidriosa de las cámaras de los teléfonos
móviles apuntaban en su dirección y los usaban en un vano intento de protegerse contra
hacerle una foto.

Justine salió corriendo del refugio junto con un enjambre de trabajadores y voluntarios,
y Etaín se sintió enferma por la posibilidad de que alguien dentro podría haber sido
golpeado.

—¿Todo el mundo está bien?

—Sí.

El alivio llegó con un escalofrío y el recuerdo de la sensación de la magia que volaba


sobre ella. No había sido un pequeño gasto de energía, como si el escudo que sabía tenía
que existir cubriendo más que esos en el suelo detrás de la moto de Anton.

Sííííí. El Elfo vinculado a la Tierra te protege. Protege lo que te importa a pesar del riesgo.
Podía sentir la quemadura de la magia de los brazaletes con tinta en sus antebrazos como
una correa ardiente conectada directamente al Dragón. Esta vez se enfrentó a la bestia
surrealista y a la posibilidad de que se estaba volviendo loca al preguntar, ¿Qué riesgo?

Un uso tan grande de la magia llamaría la atención donde un simple escudo no lo haría. Será
investigado.

¿Por Elfos?

Por más que eso. Peordh. Predestinación. Predeterminación.

¿Peordh?

Pero la tinta de sus muñecas y brazos se enfrió.

—Peordh —dijo, mirando a Eamon—. ¿Conoces esa palabra?

Justine escuchó y respondió:

—Es el nombre de una runa que simboliza el destino. —Añadiendo—: Creo que sería
mejor si esperas dentro, Etaín, fuera de la vista.

—Buena idea. —Su pecho se tensó con el conocimiento de que al menos una persona
había logrado una imagen de ella; lo había sentido. Se preguntó si los anteriores nativos
americanos tenían una conciencia similar, si por eso habían pensado que las cámaras del
hombre blanco robaban pedazos de su alma.

No quería más atención de los medios. Tenía suerte de que la tapadera parecía funcionar
todavía cuando llegó a ser tomada por el Violador Arlequín. Pero enviar a los Elfos a buscar
a quienquiera que había tomado la foto parecía sabio.

En la multitud reunida Anton se había escabullido, dejando su Harley marcada con


viruela por las balas, sus neumáticos planos y el asiento forrado con agujeros. Las fotos
restantes estaban esparcidas en el asfalto como basura, pero el agarre acerado de la mano
de Eamon alrededor de su brazo le impidió recogerlas.

Notó su coche cuando la guiaba por delante de él hacia el refugio. No había escapado al
spray de las balas.

Las persianas les permitían ver, pero no se veían como llegaba el primer coche patrulla,
las luces parpadeaban y las sirenas gritaban. No tenía sentido intentar escapar, aunque lo
contemplaba. Un segundo coche patrulla llegó, seguido por una furgoneta de la TV.

—Peordh —dijo Eamon—. ¿Dónde oíste la palabra, Etaín? ¿Por qué preguntaste cuando
lo hiciste?
Su voz era suave, fresca, agua sin olas, pero ella sintió las contracorrientes debajo de la
superficie y se encogió de hombros, prefiriendo no contestar que luchar con una mentira.

La mano en su brazo se apretó mientras la otra acunaba su mejilla, el calor de esta


compensaba el frío en sus ojos y el hielo en su voz.

—Contestarás a la pregunta que he hecho, Etaín.

Señor una vez más, pero dado que había terminado dándola un pase, giró su cabeza para
colocar un beso en el centro de su palma.

—Protegiste a la gente aquí dentro de balas perdidas. Gracias.

Él tocó su frente con la suya.

—No fue una decisión racional, Etaín. Al final, puede costar las vidas de más de un Elfo.

—¿Tu gente?

—Nuestra gente. —Él sonrió levemente—. Y no. Si no fuera por el hecho de que no
creciste entre nosotros, Liam se ofendería ante la pregunta. Como lo haría Myk.

La mención del Elfo insatisfecho le dio una excusa para seguir evitando hablar de
Peordh. Ella volvió su atención al hombre de pelo oscuro, tan delicioso como todos los
demás Elfos que había visto.

—Gracias por la salvación —dijo.

Hizo una pequeña reverencia.

—Lady.

—Peordh, Etaín —repitió Eamon.

—Saltó en mi cabeza. —Bastante cierto.

A través de la ventana vio a Justine hablando con un policía, y ese policía habló en su
hombro antes de dirigirse en la dirección de la puerta del refugio. Etaín nunca se había
alegrado tanto con la perspectiva de ser interrogada.

—Parece que están listos para hablar con nosotros.

No dijo más acerca de la runa. Esperaba que el aplazamiento no fuera temporal. No


protestó cuando el policía uniformado entró y la llevó lejos, pero con Liam presente, oculto
en algunas sombras oscuras, por qué lo haría.
Los detectives se unieron al policía uniformado. Lo que tenía que decir solo tardó unos
minutos. Ella no había visto nada. No sabía nada. Solo podía ofrecer una conjetura, que
Anton era el objetivo dado lo que había ocurrió en el garito Cur. Pero la retuvieron,
haciéndola repetirlo, una táctica que entendió tan pronto como el capitán entró en la
habitación, despidiendo a los otros policías.

Se tensó por estar a solas con él, intentando desesperadamente bloquear su corazón
contra una esperanza. Pero esa esperanza se estrelló fácilmente a través de la barrera que
había erigido cuando caminó hacia ella con rápidos pasos largos, abrazándola ferozmente.

—Cristo, Etaín. Basta de esto. Suficiente. Podrías haber sido asesinada.

Imposible con Eamon a su lado, pero no podía darle a su padre esa tranquilidad.

—Estoy bien.

—Por ahora. Te estoy poniendo bajo custodia protectora.

—No. —Ni siquiera era una posibilidad remota—. Eamon tiene seguridad de primera
categoría. Me mantendrá a salvo.

Su padre se apartó.

—¿Por cuánto tiempo? ¿Hasta que ya no le convenga a los Dunnes?

—A pesar de lo que piensas, Eamon no está involucrado con Niall y Denis más que
Cathal está involucrado en sus negocios.

—Te cederé a Eamon, pero no a Cathal. Creeré que no te convertiste en un accesorio


para el asesinato, pero te hizo uno independientemente. No dejes que los Dunnes te
destruyan. No es demasiado tarde, Etaín. Puedo ayudarte a salir de este lío. El primer paso
es la custodia preventiva.

El estallido de calor que había sentido en su saludo y abrazo se desvaneció. La fea


sospecha se introdujo.

Si estaba bajo custodia protectora, podrían circular los rumores, haciéndola un cebo, un
objetivo para el padre y tío de Cathal, una trampa. O la posibilidad de tener esos rumores
circulando, y la posibilidad de un golpe ordenado, podría ser una amenaza utilizada para
hacerle admitir tener que tocar a Brianna después de dibujar las escenas de sus recuerdos y
dárselas a Denis.

Etaín no podía olvidar esos momentos de miedo y horror cuando la policía llegó a su
puerta, dejándola caer al suelo y esposándola. De ser llevada a un lugar que recordaba con
terror y encerrada en un pequeño espacio confinado, como si hubieran sabido que podían
romperla. Como si les hubieran dicho eso por el hombre frente a ella, o por Parker. El
capitán nunca había sido de tonos grises cuando llegó a la ley y su deber hacia ella.

Se metió las manos en los bolsillos, porque no podía arriesgarse a tocarlo.

—No quiero discutir contigo. ¿Puedo irme ahora?

—Etaín. —Tragó saliva, y su propia garganta se apretó ante las lágrimas que creyó escuchar
en su voz. Alzando la mano, él la agarró por los brazos, y aunque no era contacto piel a piel,
parecía que su miedo era real, pulsando en ella, creando un puño alrededor de su corazón
que se apretaba y soltaba en el momento del sutil endurecimiento y liberación de sus
manos—. Vas a matarte. Es un milagro que no murieras hoy. No puedes contar con
sobrevivir la próxima vez.

—No habrá una próxima vez. Hoy estuve en el lugar equivocado con la persona
equivocada. Lo admito. Bueno. ¿Satisfecho?

—No. —Él la sacudió para enfatizar el punto—. Este impulso puede no haber tenido nada
que ver con la matanza en Oakland. Los Dunnes mataron a cuatro niños, uno de ellos era
hijo de un diplomático brasileño. Tú no puedes saber que la familia del chico no tenía
vínculos con uno de los carteles sudamericanos. No puedes estar segura de que este impulso
no fuera una retribución. Acepta la oferta de custodia protectora. Por favor, Etaín. Justo
ahora. Salimos de inmediato. —Mientras estaba separada de Cathal y Eamon. Mientras
había un montón de policías en la escena.

—No puedo. —Ella casi añadió papá, pero sabía que solo haría lo que tenía que decir a
continuación, incluso peor—. Me voy a casar con Cathal Dunne. Desaparecer no es una
posibilidad para él. Tiene un club que dirigir.

Las manos en sus brazos cayeron.

—Esto es solo el comienzo del problema, Etaín.

Salió de la habitación primero. Ella le siguió, buscando en el refugio y encontrando a


Eamon y Cathal juntos después de pasar al oficial que aparentemente se había estado
asegurando de que permanecieran en el extremo del edificio mientras ella era tomada bajo
custodia protectora.

Ellos llegaron instantáneamente a ella, las emociones se elevaban como una marea y la
golpeaban a través. Su enfoque. Ella envolvió sus brazos alrededor de sus cinturas en el
instante en que llegaron, cerrando sus ojos y saboreando su calor y su fuerza.

No había habido tiempo para esto después del tiroteo, con la fiebre de los testigos y la
necesidad de salir de la vista de cámaras y reporteros.
—Mi culpa —admitió ella. Parecía que su pasado estaba volviendo en una oscura prisa.

—Tonterías —dijo Cathal, cerrando su boca contra la de ella, la lengua saltando


rápidamente separó sus labios para frotar y enroscarse con la suya. No le importaba quién
le viera. Quién sabía que la estaba compartiendo con Eamon, porque los besos de Eamon
a lo largo de su cuello hacían evidente que ambos eran sus amantes.

Jesús. Todos estuvieron cerca de morir.

No era la verdad. No hoy con Eamon y los otros Elfos presentes. Intelectualmente
entendió que nunca había tenido ninguna posibilidad, pero eso no impedía que su cuerpo
creyera lo contrario.

Él quería llevarla de vuelta a su casa y hacerle el amor. Más que eso, la quería allí, a salvo
de sus propias decisiones. Y la ferocidad de ese deseo, era tan similar al de Eamon, que fue
suficiente para que se interrumpiera.

Su boca se separó de la suya.

—Vamos a salir de aquí.

Etaín rio.

—Supongo que significa que el tiempo del abrazo en grupo ha terminado.

La mano de Eamon se movió a lo largo de su espina dorsal, resbalando bajo su pelo para
acariciar suavemente la parte de atrás de su cuello.

—Tú y Cathal son más vulnerables en la moto. Sería más prudente que nos fuéramos
juntos en el sedán. Liam puede montar tu moto. Si el aumento de la seguridad no es un
incentivo suficiente, te hago la misma oferta que hice la otra noche. Si la Harley se daña de
alguna manera, la reemplazaré con otra de mayor valor.

No era solo su decisión.

—¿Cathal? —preguntó ella.

Él asintió con la cabeza, y como si esperara esa pista, Liam entró por la puerta, una mano
lista, lista para tomar la llave de la moto.

—Myk está fuera con un vehículo diferente. No hay observadores obvios.

—Excelente —dijo Eamon, sus ojos se encontraron con los de ella y luego con Cathal—.
¿Deberíamos?
Se marcharon, Etaín sacó la llave de la Harley del bolsillo y se la dio a Liam cuando pasó
junto a él. En el coche, Myk preguntó:

—¿Dónde?

—El bote de Sean —dijo Etaín, la unidad solo la hizo más determinada a hacer lo que
pudiera para encontrar a los responsables de la invasión del bar y la matanza.
11

Traducido SOS por Emotica G. W

Corregido por Eli25

—Dulce —dijo Ernesto Jacko Muñoz cuando Cyco abrió el maletín para revelar el arma
dentro.

—Más que dulce. Luchar contra las drogas significa que hay algunos juguetes que se
pueden tener. Estás mirando un Milkor M32A1, nueve mil dólares de poder mortal.

Jacko levantó el lanzagranadas.

—Me podría divertir mucho con esto.

—Sí, esa madre soporta seis rondas y tengo cuatro tipos diferentes de carga.

Cyco acarició las cargas como si fueran las tetas de una mujer.

—Un humo. Una explosión cegadora. Tres rondas de alto explosivo estándar. Y uno
llamada un DIDAO-infernal. ¿Sabes qué significa eso?

—Sin idiotas dejados vivos.

Cyco rio, el sonido de ello y la forma en que sus ojos se veían, lo hacían la razón por la
que el nombre callejero se había igualado también.
—Lo tienes, amigo. Destrucción increíblemente Desagradable de Alto Orden. DIDAO.
El poder mortal doblado de la ronda estándar.

—Te están mostrando un gran respeto.

—Sí. Ellos saben que soy el perro grande cuando se trata de hacer las cosas.

El móvil de Cyco sonó. Comprobó el número entrante, respondió preguntando:

—¿Lo terminaste?

Un minuto después la llamada terminó.

—El cabrón sobrevivió. Dos camaradas3 vaciaron sus armas y no le dieron.

—¿Dónde estaba?

—Frente a un refugio para personas sin hogar.

Jacko entregó el lanzagranadas como si fuera un chupón.

—¿Quieres que entregue a algunos de mi equipo?

—No, hombre, lo puedo manejar. La próxima vez que aparezca Anton, no habrá ningún
error. Además, tienes tu propia cosa que arreglar, matar al tipo irlandés.

Jacko levantó una de las rondas del lanzagranadas.

—Debería ser lo suficientemente fácil de hacer.

La vista del bote de Sean saliendo de los talones del encuentro con el capitán tenía un
dolor recorriendo a través de Etaín como una ola pequeña de agua salada sobre una herida
abierta.

¿Alguna vez dejaría de doler?

No.

Solo estaría mintiéndose a sí misma si pensaba que lo haría. Parker y él habían sido una
vez sus anclas en un mundo tan extraño para ella como el sobrenatural que Eamon había
revelado.

3
En español en el original.
Hasta que la habían dejado en San Francisco, la única cosa permanente en su vida había
sido su madre. Se habían mudado constantemente, cambiando de nombre con cada
mudanza. Había tenido decenas de ellos en el momento en que fue presentada al capitán
como su hija ilegítima.

Él había aceptado la verdad de inmediato, negándose a ceder a las demandas de su


esposa de una prueba de paternidad, no que hubiera detenido a Laura de hacerlo. Incluso
ahora, Etaín no sabía exactamente cuándo él había descubierto que no era realmente suya.
Solo sabía que él le había prohibido llegar a ser de conocimiento público, a pesar de la
presión intensa de Laura y su familia dotada de dinero, políticamente poderosa.

Etaín recordó aquellos primeros meses, precipitándose a la puerta cada vez que sonaba
el timbre u oía un coche en la entrada. Siempre segura de que era su madre regresando por
ella. No había habido ninguna advertencia, ninguna preparación para el abandono que
había marcado su vida, las sombras de ese dolor la perseguían todavía.

Corre y sigue corriendo. Ve, pero no seas vista. Esas eran las lecciones de su madre. Y, sin
embargo, la había llevado a San Francisco, dejado a una edad en la que era imposible o
correr o permanecer invisible.

El olor de la bahía era un recordatorio de los tiempos más felices que habían llegado
después de que finalmente había aceptado que su madre no iba a regresar, cuando la
comodidad ofrecida había conducido a un amor feroz, por el hombre que creía que era su
padre, por el hermano mayor que era compañero constante, mejor amigo, y protector, dos
relaciones que ahora eran como una ruina todavía ardiente y humeante.

Etaín se hizo consciente del calor en sus muñecas rodeadas de tatuajes, la abrasión
fluyendo a través de la tinta que su madre le había puesto antes de venir a esta ciudad.
Bajando la mirada, le recordaron esos momentos en la ducha con Cathal cuando el agua
había lavado su ceguera.

Había visto y entendido que su madre llevaba tatuajes exactamente iguales que los
vinculantes que había puesto en él. Ahora, por primera vez, le pareció que el verde
esmeralda tejido a lo largo del diseño en sus muñecas era como una cadena larga de sellos
interconectados, uno que se extendía hacia arriba en los tatuajes en sus brazos y era el color
exacto del Dragón.

Sííííí.

La voz movió su mirada fija hacia arriba, el movimiento tan brusco que Cathal preguntó:

—¿Estás bien?
Se sacudió los efectos de la voz, preguntándose si su garganta se contraería y su
mandíbula se bloquearía si trataba de preguntarle a Eamon al respecto, de la misma manera
en que solo apenas había sido capaz de pedir su ayuda para evitar que dañara a Parker con
el contacto de piel a piel.

—Solo estaba pensando en cómo solían ser las cosas, con Parker y el capitán.

Se encogió de hombros.

—No hay nada que puedas hacer para cambiarlo.

—Piensas como un humano —dijo Eamon.

Sonrió al oír su tono y reconoció que era muy cuidadosamente neutral. Lord Eamon
podría estar aprendiendo su lección.

—Soy humana, en los aspectos que importan. —Pero la curiosidad no le permitió dejarlo
allí—. ¿Qué tiene que ver pensar como humano con mi relación con el capitán y Parker? No
estabas sacando exactamente la alfombra de bienvenida en tu casa.

—Todavía no sabías lo que eres, Etaín. Lo que le dije a Cathal también se aplica a ti.
Tendrás opinión sobre si a los que eres cercana son traídos a nuestra casa. El conocimiento
fomenta la comprensión, y la distancia donde hay fuertes vínculos emocionales es difícil de
sostener cuando la vida se mide en siglos, no en décadas. Si los haces parte de nuestro
mundo, las cosas se pueden arreglar de nuevo.

No se podía negar que la bengala de esperanza abanicaba sus palabras, aunque su mente
se alejaba de las ramificaciones completas que venían con tener esa clase de elección. De lo
que sería seguir viviendo como aquellos que sabía que morirían no por drogas o accidentes
o violencia, sino por las causas asociadas con la vejez. Saber que el ciclo se repetiría una y
otra vez dondequiera que viviera.

Tal vez por eso Eamon prefería mantenerse aislado del mundo humano. Evitaba ser
tocado por la muerte, de tener posesiones haciendo amistades sobre los que algún día
tendrían que tomar una decisión —porque el otro lado de eso era lo que pasaba si se
negaban.

Sean salió a la cubierta de su barco, el cabello oscuro recogido en una cola de caballo y
la camisa abierta para exponer un pecho precioso, bronceado y abdominales tensos sobre
unos vaqueros bien entallados. No podía evitarlo, suspiró, porque, maldita sea, él todavía
tenía toda la cosa de Johnny Depp interpretando a un pirata.
Sus dedos se crisparon con el deseo de tocar esa piel hermosa, aunque en su defensa era
una fantasía nacida de tinta más que una carnal, no es que no pudiera apreciar a un hombre
guapo a pesar de tener a dos especímenes estelares de masculinidad a cada lado de ella.

Cathal la enganchó con un brazo sobre sus hombros, tirando de ella contra él para que
sus cabezas se tocaran.

—Recuerdas que no estás disponible, ¿verdad?

Rio.

—No estoy disponible. Me gusta el sonido de eso. Son sombras de una especie de escena
erótica perversa. Tal vez podamos actuarla cuando regresemos a tu casa.

—Estoy dispuesto a hacerlo.

Eso hizo que su atención cayera al frente de sus pantalones.

—Así que el peligro te excita.

—Tú me enciendes.

La ronquera de su voz cambió la naturaleza del calor ardiendo en sus muñecas y


antebrazos, moviéndose más allá de la tinta para acomodarse en sus pezones, luego se
deslizó hacia abajo en sus labios para convertirse en un reflejo líquido de deseo. Necesidad
feroz, no solo por él, sino también por Eamon, acompañada de la esperanza que superarían
varios obstáculos en su relación hoy.

Myk se movió delante de ellos por primera vez, con la intención clara de abordar
primero. Sean lo reconoció por lo que era, un guardaespaldas, dando permiso tácito con
una elevación rápida en una de las comisuras de su boca, y un, Tócate a ti misma, pero no
esperes que o Quinn o yo te dejemos palparnos.

Etaín sonrió ante la mención del hombre al que había añadido tinta varios días antes,
ocultando los tatuajes de la Hermandad Arian que él había recolectado mientras trabajaba
encubierto. Podía ver el Dragón que había puesto en él en el ojo de su mente.

Su sonrisa se ensanchó, porque la satisfacción en un trabajo bien hecho no era lo único


que pensaba con respecto a Quinn. Días antes, él no solo había estado llegando de
encubierto, sino saliendo del armario acerca de su orientación sexual.

En un golpe de genialidad pura —si lo decía ella misma— lo había emparejado con
Derrick —una victoria total, aunque pensar en uno de sus mejores amigos trajo un dolor de
distinto tipo. Había estado lejos de la tienda durante días y lo extrañaba. Más que eso,
necesitaba la conexión con otras personas. Necesitaba crear su arte, hacer que cobrara vida
en lienzos de piel.

Abrió y cerró sus manos, las abrió y cerró, los ojos destellando como si guiñasen un ojo.
No podía volver a Stylin' Ink para trabajar ahora, lo entendía, pero en algún momento
obtendría el control de su don otra vez. Y entonces lo haría. Tenía que hacerlo. Cuando
había aceptado la importancia de Eamon y Cathal en su vida, sabía que sería necesario
cambiar, pero su relación no podía definir la totalidad de cómo vivía.

Miró a Cathal y luego a Eamon, que volvió la cabeza como si sintiera su atención, tal vez
incluso la naturaleza de sus pensamientos. Sus ojos se encontraron, se sostuvieron, los de
él ilegibles hasta que sonrió.

Sintió el impacto de ello vibrar a través de ella. Él era peligroso y deseable, una
combinación erótica que aparentemente la cautivaba más que la repelía. Era más que
simplemente tal para cual, de lo contrario se sentiría atraída por Rhys o Liam o Myk.

Destino. Y se estremeció de nuevo, esta vez ante la claridad de una voz sibilante que no
era suya, aunque solo ella la oía.

Myk volvió a aparecer en la cubierta del barco, una señal de que estaba satisfecho de que
ningún enemigo sobrenatural esperaba abajo. Ellos abordaron, diversión obvia en la
expresión de Sean con la presentación de Eamon. A Cathal le dijo:

—Me alegra ver que tomaste mi muy costoso consejo.

—No vayas allí.

Sean sonrió.

—¿Aún estás resolviendo torceduras?

Él les hizo un movimiento de mano hacia la puerta de la cabina, en la que Myk


descansaba ahora al lado, recordándole a Etaín a Liam. Ella se movió hacia ella, el corazón
agonizando en su pecho ante la sensación fantasmal de serpientes apretándose alrededor
de ella, como si la tinta en sus muñecas y por sus brazos se hubieran convertido en viñas
vivas expandiéndose en algún tipo de capullo protector —o uno estrangulador.

La visualización cambió cuando entró en la cabina y vio a Quinn. La tinta que llevaba
se convirtió en la quemadura ardiente de fuego, la sensación suave de las escamas del
Dragón acompañada por un resplandor de satisfacción mágica y ronroneante. De triunfo.
Quinn se levantó, y aunque llevaba una camisa con las mangas enrolladas, el Dragón
que había tatuado en su piel llenó su visión. Él dio un paso hacia ella y en ese instante el
control la abandonó.

Su garganta se cerró, impidiéndole emitir una advertencia o pedir ayuda. Sus piernas se
congelaron a medio camino. Se echó hacia adelante, incapaz de detenerse de extender la
mano.

Quinn la agarró por los antebrazos y ella observó impotente mientras sus manos se
aferraban a las muñecas de él, las palmas de sus manos sujetas a su piel en lo que sabía que
sería un agarre inquebrantable.

Fue su último parpadeo de conciencia.

Eamon sintió la oleada de magia. Si tuviera una analogía en absoluto, lo compararía con
una línea de poder liberada en una tormenta salvaje, azotadora que olía a bosques
primordiales, a viento, agua y fuego que se sentía tan viejo que solo podría ser de la casa los
Elfos.

Cathal saltó hacia adelante, poniéndose de inmediato de rodillas. Y Eamon lo siguió, el


miedo como hielo deslizándose por sus venas ante la violencia del ataque atrapando a Etaín.
Él había visto cambios marcados de esta manera, pero no así.

Ella estaba tumbada sobre su espalda, sus manos blancas contra el ser humano que
agarraba, su columna inclinada al punto que él imaginaba su sonido agrietándose y
partiéndose como un árbol en un huracán, como si ella estuviera atrapada en el ojo de él,
pero más que un centro tranquilo, la magia se derramaba sobre ella, forzando su camino
en cada célula con furia aporreante.

Él trató de contrarrestarlo como había hecho con Farrell, al agarrar sus brazos y lanzar
un hechizo que la aislaría, pero sintió que su propia magia se consumía como si hubiera
tomado su medida la última vez, la magia que era de ella podía ahora defenderse contra él.

Si había sentido miedo en ese gusto y tirón de las consecuencias del orgasmo, ahora
sentía algo más allá, desesperación bordeando la agonía frenética, una absoluta ante la
perspectiva de que tendría que emitir un juicio ese mismo día, y ese juicio sería una
sentencia de muerte.

Se había preocupado de que su uso de magia en el refugio atraería la atención de


cualquier sobrenatural dentro de kilómetros, pero esto era como un rayo continuo,
irregular, donde cada relámpago aterrizaba en el mismo lugar.
Cerca de tanta agua, había pensado que sus orígenes estaban allí, pero mientras la piel
de ella se calentaba y se hacía resbaladiza bajo sus manos, reconoció el vertido de fuego, su
propio elemento, aunque no encontró nada de lo que ardía en ella que pudiera o agarrar
o enfriar.

—Haz algo —dijo Cathal, su cuerpo ahora cubriendo parcialmente el de ella, su peso
sobre las costillas y el abdomen de ella, aunque incluso entonces su espalda se arqueó,
empujándolo hacia arriba.

En presencia de los humanos desconocidos, Eamon no se molestó en responder, pero


sacó un hechizo tras otro de su repertorio vasto, tratando de encontrar una grieta en la
armadura que la rodeaba, alguna forma de cortar el flujo de magia.

No encontró ninguno. Tal vez si llevaba su tinta como Cathal...

Tal vez ahí es donde estaba su apertura.

—Está ardiendo de fiebre —dijo Quinn, atrayendo la atención de Eamon hacia la presión
de las palmas de Etaín contra la piel de Quinn. No parecía estar causándole ningún daño
evidente, tampoco a Cathal de hecho.

Podría haber aliviado algo de la preocupación de Eamon, excepto que otro ataque la
atrapó, un violento levantamiento y torsión que creó suficiente distracción para que los
humanos no lo vieran trazar los glifos de un hechizo en el sueño dirigido a Etaín sobre los
tatuajes en el antebrazo de Cathal.

Ella siguió teniendo ataques, ardiendo, aumentando su temor hasta que se convirtió en
una garra salvaje dentro de él, un recordatorio primordial de su propia transición, aunque
su batalla había sido diferente a esta.

Su camisa se aferraba a ella, pero en vez de sudor él olió fuego, agua y el olor de bosques
antiguos no de este mundo. Ella se agitó, rompiendo finalmente el silencio de su tormento
interno con un grito agudo, duro, y con él, una liberación de la magia aferrándola, aunque
ella cayó inmediatamente en un sueño inducido por un hechizo.

—Cristo —dijo Cathal, recogiéndola en sus brazos y sujetándola firmemente hacia su


cuerpo, su mejilla tocó su frente mientras permanecía en cuclillas, alivio apenas superando
el temor continuo—. Se está enfriando.

—Tienes que llevarla a un hospital —dijo Sean—. Los paramédicos ya estarían aquí si este
imbécil no me hubiera impedido llamarlos. ¿Quieres explicar qué está pasando?

Cathal notó a Myk entonces, pero no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba en la cabina.
También notó a Quinn, frotándose las muñecas donde Etaín las había agarrado.
Preocupación penetró al alivio. La culpa la desgarraría si hubiera despojado la mente de
Quinn de recuerdos.

—¿Estás bien? —preguntó, sabiendo que la pregunta era inadecuada.

—Sí. Me siento bien. Necesitas llevarla al hospital. Como ahora.

—Debemos llamar al 911 primero —dijo Sean—. Ver si deberíamos tratar de revivirla.

Cathal se quedó con ella acunada en sus brazos.

—Lo tengo bajo control.

—¿Eres un médico en estos días? —Había censura en el tono de Sean, cólera que
proporcionaba una visión en lo que su futuro contenía, abismos creados porque era parte
de un mundo que los que le rodeaban no sabían que existía, y no le gustaba la mirada de
ello.

—Confía en mí para hacer lo que es correcto para ella. Sabes lo importante que ella es
para mí. —Lo suficientemente importante que había estado dispuesto a arriesgarse a morir
por ella si su padre y su tío pensaban que había traicionado a la familia.

Sean asintió.

—¿Estarás en contacto?

—Estaré en contacto.

Cuando estuvieron lejos de su audiencia, Cathal preguntó:

—¿Eso tenía que ver con que ella sea una cambiante?

—Sí.

—¿Entonces era normal?

—No.

—¿Pusiste el hechizo de sueño en ella?

Con el asentimiento de Eamon, los brazos de Cathal se tensaron sobre ella


involuntariamente. Había tomado toda su fuerza minimizar su movimiento, y durante todo
el tiempo había estado aterrorizado porque no sería suficiente y ella se rompería sus propios
huesos cuando tuviera un ataque.

—Mi corazón se detuvo cuando el suyo lo hizo en el hospital. Esta vez no pasó nada. ¿Por
qué?
—No lo sé. El vínculo que tienes con ella es único para la seidic. Y los mismos seidic están
envueltos en misterio y secreto. Ha habido tan pocos de ellos nacidos en este mundo, y
todos han sido devueltos como la ley requiere a la familia real.

Eamon abrió la puerta del coche, permitiendo que Cathal se deslizara dentro con Etaín,
luego se unió a ellos en el asiento trasero.

—El ataque estuvo relacionado con la magia. No fue una manifestación pequeña de ello.
Es por eso que ella necesita quedarse en mi casa, o si lo prefieres, Aesirs. Puedes elegir
nuestro destino.

Grande de tu parte. Pero comprendió que la ira provenía de sentirse indefenso.

—¿Puedes garantizar que no tendrá un ataque de nuevo si está en cualquier lugar?

Un músculo tuvo un espasmo en la mejilla de Eamon.

—No.

—Entonces iremos a mi casa. —Era una concesión de un tipo diferente. Aunque cuando
llegaron, la llevó a la sala de televisión en vez de al dormitorio, colocándola en el sofá
porque aún no estaba listo para que los tres estuvieran juntos en su cama.

Enderezándose, notó sus manos temblando ahora que finalmente estaba en la seguridad
de su propia casa. Joder, qué día.

—¿Te traigo un trago? —Él seguro como el infierno necesitaba uno.

La pregunta de Cathal apenas se registró cuando Eamon miró fijamente el dibujo en la


mesa del centro. Un Dragón verde respiraba fuego mientras se formaba y subía a la orilla,
emergiendo de un lago esmeralda, el centro de él nublado con magia aún no recogida en
forma simbólica.

No había dudas sobre el origen. Había visto dibujos similares hechos por otros
cambiantes. En esta representación visual, reconoció lo que había experimentado a través
del olor y el tacto en esos últimos momentos antes de que estuviera libre de la magia —
fuego, agua y bosques antiguos no de este mundo.

—¿Etaín hizo esto?

—Sí.

—¿Cuándo?

En el bar, Cathal se sirvió un trago.


—Ayer por la noche, creo.

—Tomaré uno, lo que sea que estés tomando. —No porque deseaba una copa, sino
porque reconoció que la relación entre ellos había cambiado favorablemente y deseaba
sostenerla.

En la recaudación de fondos Etaín le había hecho reír diciéndole que se uniera a Cathal
con algunas canciones. Al parecer, lo harían en asuntos mucho más serios.

Eamon aceptó el vaso, acercando una silla y permitiéndole a Cathal reclamar el lugar en
el sofá junto a Etaín. Un dolor se formó al ver la mano de Cathal rozar su mejilla,
provocando un murmullo de ella. ¿Su relación con ella alguna vez sería tan sencilla? ¿Tan
natural?

—¿Cuánto tiempo piensas retenerla? —preguntó Cathal.

—Duerme naturalmente ahora.

—Quiere decir que podría despertarla.

—Sí. —Pero no hizo ningún movimiento para hacerlo.

—¿Escucha voces? —preguntó Eamon, y vio los dedos de Cathal blanquearse en el vaso
que sostenía.

¡Mierda! Cathal odiaba todo lo que implicaba la pregunta de Eamon. Ni siquiera


consideró molestarse en responderla, pero...

Jesús. Si sus manos estuvieran libres, las habría restregado en la cara, durante todo el día
—o al menos la parte que empezó después de que salieran de la casa— como si fuera una
pesadilla de la que solo necesitaba despertarse.

La ignorancia es mortal. A regañadientes, había llegado a comprender justo cuán


verdaderas eran esas palabras con respecto a Etaín.

—Por lo que sé, no escucha voces. —Tomó un largo trago—. ¿Por qué?

—Los elfos ejercen magia, y esa magia tiene, en sus raíces, a los elementos. A veces el
ejercicio es más de acuerdo con un truco o talento humano. Un elfo con un lazo al agua,
por ejemplo, podría convertirse en un pescador, aunque los dones varían en fuerza, así
como en concentración. Uno de nosotros podría ser capaz de navegar con seguridad a través
de tormentas violentas, mientras que otro siempre es capaz de localizar bancos de peces
buscados.

—Talentos prácticos para tener.


—Sí.

—Pero…

—Nosotros ejercemos magia porque somos también su vasija. En este mundo, no es una
unión sin fisuras de voluntad y poder, especialmente en los años de los cambiantes.
Nuestros jóvenes pueden convertirse en una fuerza destructiva, actuando la voluntad de los
elementos, donde los mismos elementos no pueden hacerlo fácilmente, dadas las
limitaciones de la ley natural. La mayoría de las veces son actos espontáneos, pero no
siempre.

—¿Como en? Dame un ejemplo. Está costándome envolver mi cabeza alrededor de esto.
—Jodida verdad, estaba haciendo su cabeza latir.

—Si no son vigilados de cerca, y se les impide actuar, podrían llegar a ser lo que las
noticias llaman eco-terroristas.

Cathal presionó el frío cristal contra su frente. Dudaba que las cosas que había visto
hacer a Eamon apenas arañaba la superficie de lo que era posible. Demonios, lo que Etaín
ya podía hacer era malditamente aterrador.

—¿Estamos hablando de todos los... elfos... estando en riesgo de descarrilarse en


cualquier momento dado, o solo los cambiantes?

—La batalla para mantener el control es de por vida, pero muy pocos se deslizan después
de que el cambio físico tenga lugar. Es durante ese período de transición que somos más
vulnerables. Para nosotros, esto puede comenzar a los doce o trece y durar una docena o
más años.

El pecho de Cathal se sentía apretado cuando llegaron a un círculo completo, volviendo


a la palabra e idea misma que odiaba, pero se obligó a preguntar:

—¿Los cambiantes oyen voces, como un esquizofrénico lo hace?

—Sí. A veces la magia tiene voz. —Con un movimiento elegante y como un lord la mano
de Eamon señaló el dibujo—. Y a veces incluso aparece en la mente como algo mejor
descrito como un avatar. ¿Dijo algo sobre el Dragón?

Cerró los ojos, desgarrado porque había notado la vacilación y no respuesta de ella
cuando le preguntó por la foto mientras habían comido rápido antes de salir a visitar a la
familia de Vontae. Quería negar la inquietud que había sentido entonces, el miedo que
sentía ahora, el frío helado de ello haciendo que volviera a entrar, más profundo de lo que
había sido debido al ataque.
¿Podía confiar en ella?

La pregunta trajo una protesta instantánea, a nivel intestinal. Se negaba a pensar que no
podía. Pero…

Mierda. Teniendo en cuenta que había dormido a través de esta conversación, ella sabía
aún menos que él ahora sobre lo que significaba ser elfo y cambiada.

Y tanto como confiar en Eamon iba...

Comprendía que cuando se trataba de Etaín, Eamon era capaz del mismo nivel de
crueldad que su padre y su tío. Demonios, él también. Todavía podía sentir el peso del
arma que había sostenido y su intención de usarla.

Abriendo los ojos, Cathal miró el dibujo, una conversación anterior reproduciéndose,
Eamon dijo—: Muchos matarían a cualquier humano que usara tu tinta, con o sin causa. —
Y la respuesta de Etaín—: Dice eso como si pudiera haber una causa. — Seguido por el
silencio restante de Eamon, el cual era una respuesta en sí mismo.

¿Ella lo perdonaría si pasara esa página, revelando el siguiente y los siguientes, las escenas
horripilantes del sueño que compartieron, alguna parte de sus conciencias atada a un
asesino que llevaba su tinta? ¿Lo perdonaría si le dijera a Eamon la razón de las paradas que
habían hecho hoy, para que ella pudiera volver a conectar con su pasado? ¿El porqué de su
ida al bote de Sean? ¿Sus esperanzas de identificar a un asesino, posiblemente incluso
acercarse lo suficiente para tocarlo?

Cathal dirigió su atención a la mujer que se había vuelto no solo importante, sino
esencial para él. Trazó sus cejas, siguió la cresta de su nariz hasta sus labios, sonriendo
cuando sonrió.

No podía perderla. Pero no podía mantenerla a salvo por sí mismo. No podía impedirla
de perseguir esto, y no quería hacerlo. La culpa por la muerte de Vontae era demasiado
fuerte, el dolor por la de Kelvin era demasiado aguda. Si no hacía nada, destruiría algo
dentro de ella.

Tal vez, probablemente, Eamon tenía respuestas que la ayudarían. Si supiera lo que
estaba pasando con ella, si ella lo compartiera con él. Si pudiera compartirlo.

El pensamiento le dio a Cathal una pausa. Al menos una vez ella había sido incapaz de
hablar, de controlar sus extremidades.

Eamon se inclinó hacia delante, inclinando el equilibrio, su voz la de un amante


preocupado en lugar de un señor elfo haciendo una demanda cuando preguntó:
—¿Habló sobre el Dragón?

—No. Pero hay algo que debes saber.

Cathal tragó el último trago de su bebida, luego dejó el vaso sobre la mesa de café. Pasó
la página, a una escena de apertura que pronto se convirtió en auto-explicativa, aunque le
dijo a Eamon todo.
12

Traducido por Jeyd3

Corregido por Eli25

Etaín se despertó con el sonido de páginas siendo pasadas, su realidad perfilándose


lentamente mientras que las palabras de Cathal entraban en foco. Ella abrió los ojos y todo
se detuvo. Luego un golpe de horror vino mientras recordaba.

—¿Está bien Quinn?

—Ningún daño, ningún problema —dijo Cathal.

Ella se sentó, el movimiento y los alrededores haciéndola sentir un poco mareada y


desorientada.

—¿Estás seguro?

Cathal tomó sus manos entre las suyas, girándolas hacia arriba para revelar los ojos en
sus palmas.

—Te aferraste a él durante un largo tiempo Etaín. Un largo, largo tiempo. No hubo
nada obvio, pero solo lo había visto esa única vez, en el departamento de Derrick, el otro
día. Él parecía normal. —Un vistazo a Eamon, unidad en lugar de su opuesto—. Eamon
pensó que el daño sería muy obvio.
Eamon se movió de su silla para unírseles en el sillón. Él deslizó su mano bajo su cabello
para tocar su cuello.

—¿Qué recuerdas?

La pregunta sola fue suficiente para tener unos alambres fantasmas apretándose
alrededor de su garganta como si estuvieran listos para sacarle una respuesta reveladora a
apretones.

—Entré a la cabina. Quinn estaba ahí. Me lancé hacia adelante. Él alcanzó para
atraparme. Lo agarré. Luego nada.

Ella podía contar con una mano el número de veces que voluntariamente trató de
atravesar la barrera entre su realidad y las realidades alternas creadas por recuerdos robados.

—Necesito recordar —susurró ella—. Necesito estar segura. Si lo lastimé…

Ella se odiaría por no volver a la propiedad de Eamon, tal vez por haberse ido en primer
lugar. Tal vez llegaría a odiar a Cathal y Eamon también.

Eamon acarició su mejilla con el dorso de su mano.

—Entra a los recuerdos si puedas, pero estás advertida, Etaín, dormirás de nuevo si
percibo que hay algún problema.

Una sonrisa apareció y desapareció.

—El Lord Eamon habla. —Una gentil broma esta vez en lugar de un ataque inicial como
de batalla—. ¿Alguna sugerencia?

—¿Qué tan bien conoces a Quinn?

—No muy bien. Yo…

Su garganta se cerró, impidiéndole decir que había hecho trabajo de cubertura sobre él
solo algunos días antes. Al ver los ojos entrecerrados de Eamon en sospecha, ella sintió un
revoloteo de pánico y sustituyó una diferente verdad.

—Lo junté con Derrick.

—Así que, si no tomaste nada de él en el bote, ¿no hay razón para que tengas los recuerdos
de Quinn?

Ella sintió el picor del sudor en su piel, recordó muy bien la sensación visceral de un
cuchillo enterrándose en la carne y la imagen de una cara muy cerca cuando le había
preguntado a Quinn sobre los tres relámpagos en su cuello.
—Solo transferencia casual —respondió ella, tan cerca como sintió que podía acercarse a
mencionar que Quinn llevaba su tinta, aunque Cathal lo sabía.

La expresión de Eamon cambió a pensativa.

—Creo que tu mejor enfoque es tratar de determinar si el que le hayas causado daño
sería por usar tu voluntad como usas tu don, con una afiladísima intención. Solo que en
lugar de atravesar la piel, imagínate atravesando la barrera mental que construiste contra lo
que has tomado, un corte de precisión con Quinn como tu único objetivo.

—Tiene sentido. —Aunque eso no detenía a sus latidos de revolotear y saltar salvajemente
por el prospecto de pasar a través de la barrera que la protegía de las realidades llenas de
horrores que había hecho suyas.

Ella cerró los ojos, inhaló y exhaló lentamente, como si eso se añadiera a su control de
alguna manera. Los recuerdos eran como olas detrás de una tempestad, algunas alineadas,
algunas solapándose, algunas más fuertes que otras, capaz de empujar a las más recientes
abajo en una oleada de horror.

Concéntrate en Quinn. Concéntrate en Quinn. Se convirtió en un mantra.

Ella se concentró en su cara, pero como ondas en un estanque, la imagen se expandió


lentamente hasta que vio el trabajo que había hecho sobre él, un sinuoso dragón de agua
cubriendo una vasta cantidad de piel, sus alas estiradas y curvadas en vuelo, envolviéndolo
como si hombre y bestia fueran uno.

Ella lo vio entonces, el verde colándose a través de los rojos, azules y el negro que habían
sido necesarios para ocultar los tatuajes de AB. Sííííí. Tu don. Mi don.

Desde una aparente larga distancia, ella se escuchó gemir y sintió los dedos de Eamon
en la parte trasera de su cuello en respuesta a ello, ahí para cumplir su promesa de trazar
los sigilos de un hechizo para dormir.

La voz susurró por su mente de nuevo. Peordh. Y las barreras se separaron como un
embudo, la realidad volviéndose tibia, aguas verde esmeralda con ninguno de los recuerdos
de Quinn por ahí.

Peordh. La palabra persistía, resonando como una promesa dada.

Ella abrió los ojos.

—Nada. Creo que todo está bien. —Aunque el miedo de haberlo lastimado todavía se
aferraba a ella, y probablemente así permanecería hasta que viera por sí misma que él estaba
bien.
—Tuviste un ataque, Etaín —dijo Cathal, su miedo chocando contra ella—. No está todo
bien.

Eamon se inclinó, tocando sus labios en su oreja, endureciendo sus pezones y


ahuyentando el miedo.

—Una gran cantidad de magia entró en ti.

—¿Cambiándome de alguna manera?

Él dudó.

—Posiblemente.

—No recuerdo nada de eso. —Ella cuidadosamente detuvo su mirada de ir hacia el


cuaderno, con la imagen de un dragón verde esmeralda. Estaba más que dispuesta a dejar
que el calor que venía de la boca de Eamon y la aparente tregua entre los dos hombres
desviara la conversación, al menos por un rato.

Ella giró su cabeza, sus labios buscando los de Eamon, encontrándolos. Su lengua
recibiendo a la suya, el deseo como fuego derretido vertiéndose en ella al sentir su sabor,
con la sensación de la mirada de Cathal sobre ellos, su necesidad sin contaminación por
los celos.

Él liberó sus manos y ella hizo buen uso de su libertad. Enredando una de ellas en los
largos mechones del cabello de Eamon mientras que la otra fue al frente de los jeans de
Cathal.

La satisfacción ronroneó a través de ella al sentir su pene endurecido empujando


agresivamente contra la cremallera, esa satisfacción ahondándose cuando sus manos se
unieron a las de ella, desabrochando rápidamente botón y cremallera, dándole acceso con
un ronco gemido.

Ella amaba sentirlo. Seda sobre acero caliente. Amaba encontrar la punta de su pene ya
húmeda anticipando estar dentro de ella. Pero más que nada, amaba la falta de tensión y
resistencia, la sensación de que era lo correcto estar juntos así.

Una de sus manos cubrió la suya, controlando el desliz de arriba hacia abajo mientras
que la otra fue al frente de su blusa.

El deseo era un calor líquido en su estómago, un dolor centrado en pezones tensos. La


promesa del deseo cumplida.
Su espalda se arqueó y fue Eamon quien se tragó el suave gemido que era una
anticipación agonizante y una demanda para que Cathal se apurara con los botones y el
broche del sostén, para poder sentir sus manos y labios sobre sus pechos desnudos.

Su coño se apretó por la sensación imaginaria de fuertes tirones y una dulce succión. Su
estómago tembló, alejándose de la pretina de sus jeans, como si proveer un hueco entre el
material y su piel atraería un toque, el desliz y toque de una mano masculina. El tormento
y éxtasis de unos dedos sobre su clítoris, tomando posesión y devolviendo placer, jugando
un juego de dominio y sumisión mientras ella se mojaba más y más, sus caderas
levantándose y muslos abriéndose en un ruego por ser penetrada y descargarse.

Ella cerró los ojos, tomada por las sensaciones bombardeándola. El suave satén del
cabello, y labios y pene. El húmedo calor de un beso interminable. El roce y enroscamiento
de lenguas acompañado por el caliente pulsar de una gruesa y empuñada asta.

El aire acarició sus senos. Y luego lo hizo Cathal.

Ella gritó, presionando su pezón contra su palma. Hizo un círculo con su pulgar en la
punta de su pene y fue recompensada con un tirón de sus caderas, el rápido flujo de la
excitación, la de él y la de ella. Ella apartó su boca de la de Eamon solo el tiempo suficiente
para decir:

—Tócame.

Y él lo hizo, en el lugar que más lo necesitaba. Su mano permaneció solo un momento


en su estómago, caliente ahí y luego deslizándose más abajo para descubrir lo lista que
estaba para ser amada.

Esto era lo suficientemente mágico para ella. Tenerlos a ambos. Ser capaz de disfrutarlos
juntos así. Un profundo alivio y solidaridad.

Ella levanto su pelvis en bienvenida. Sus pliegues gruesos e inflamados como labios muy
besados, su canal apretándose por la proximidad de los dedos de Eamon, implorando ser
llenada por ellos, estirada y saqueada. Su clítoris estaba erecto, un anudado bulto de nervios
mandando rachas feroces de éxtasis hasta sus dedos con cada uno de sus toques.

Más. Más fuerte. Ella quería…

Su canal de apretó violentamente, repetidamente, mientras que el orgasmo venía


sorprendentemente rápido, su grito haciendo que el pene que acariciaba pulsara, se
hinchara y tensara. Pero en lugar de estar saciada y contenta, la descarga solo la dejó
necesitando más, una conexión más profunda, una unión física, dar y también recibir.
Ella escogió a Eamon porque habían estado separados, porque había salvado sus vidas
hoy, porque él había incursionado más en su corazón, y porque había hecho una broma
sexual sobre tenerla de rodillas, con Cathal sirviendo como testigo.

Sus labios se curvaron en anticipación femenina por responder a esa broma ahora, en
este momento de felicidad, cuando había harmonía en lugar de discordia.

Su mano se deslizó por debajo de la de Cathal, dejando que la suya continuara con el
movimiento de arriba abajo a su pene. Ella le dio una mirada apasionada, un desafío.

—Es tu turno de mirar.

Sus fosas nasales se ensancharon, pero no se negó, no gruñó o enseñó los dientes cuando
ella se movió, una rodilla posándose en el cojín entre los muslos separados de Eamon, sus
manos yendo hacia su camisa, liberando los botones mientras él colocaba los brazos en la
parte trasera del sofá, un lord esperando por lo que merecía, y ella se rio contra su boca
porque incluso a aquellos quienes mandaba podía obligarse a rogar.

Ella lo besó largo y despacio, capturó y succionó su lengua antes de ir a su oreja, su


lengua explorando los nuevos pendientes que él había añadido a lo largo de la parte
exterior, la boca posándose en la punta, permaneciendo ahí.

La victoria fue una interrupción en su respiración. El arco de su espalda y la caída de su


mano en su regazo para liberarse, para enrollarse en su gruesa erección.

Feromonas élficas. La esencia de la excitación. La sensación de Cathal mirando, todo


convirtiendo el deseo en una necesidad ardiente, un destino del que no se podía escapar.

Ella capturó pequeños pezones masculinos, los atormentó con sus dedos y luego con su
boca, besando hacia abajo hasta que estuvo finalmente de rodillas frente a él.

Su expresión era de demanda feroz. Pero ella no respondió de la manera que él quería.

Ella acarició con la boca la cabeza de su pene, la lengua saliendo para lamer, explorar la
abertura en él, para dar lengüetazos a la parte de su asta sobre su mano. Solo cuando sus
caderas se movieron hacia arriba con cada uno de sus toques ella cedió, remplazando su
agarre con el de ella, un puño apretado que le permitía tomar en su boca solo lo que quería.

—Etaín —gruñó, una orden masculina. Todavía como un lord.

Hasta que ella empezó a succionar. Luego el sonido de su nombre se convirtió en una
plegaria de placer y finalmente un grito mientras él se venía.

Ella lo tragó, el sabor de su descarga como magia derretida. E incluso cuando la esencia
líquida cesó de pulsar en su boca, ella lo mantuvo ahí, alabándolo con su lengua y labios
mientras él se endurecía por ello, sus movimientos permitiéndole a Cathal ver lo que
significaba para ambos, el ser parte de este mundo que Eamon había revelado.

Jesús, ahora estaba más allá de la negación. Él no podía dejar de ver mientras Etaín
continuaba complaciendo a Eamon. No podía detener el movimiento de arriba a abajo de
su mano en su asta.

En todo lo que podía pensar era en lo mucho que quería su boca sobre él. Maldición, la
palabra querer se quedaba corta. Estaba desesperado por ella.

Un gemido escapó. Un jadeo le siguió.

Él estaba ardiendo a pesar de haberse quitado la camisa. Estaba a segundos de venirse


sobre su pecho y abdomen. Su trasero se apretó al recordar la manera en que ella había
rozado su coño contra él el día anterior, lista para dejarlo marcarla con su semen en su
estómago.

Ella finalmente dejó de tratar a Eamon como una paleta y se acercó a él, los ojos calientes
mientras lo montaba, su mirada apasionada prometiendo éxtasis si podía sobrevivir lo
suficiente para experimentarlo. Sus labios estaban hinchados, haciéndolo querer
arrastrarlos hacia abajo.

—Podrías haber hecho una fortuna como estrella porno —dijo él, su mano apretándose
en su cabello.

Ella rio.

—¿Ahora me estás despersonalizando? ¿U ofreciendo pasarme a uno de tus compañeros


para representarme?

Sus labios se retractaron. Dejándolos descubiertos instintivamente. La posesividad


plenamente presente incluso si los celos habían sido sumergidos en un embate de lujuria
en el momento en que ella había puesto su mano en su pene.

—Nunca.

Ella se agachó, su boca yendo certeramente a su pezón. Su lengua era una caricia caliente,
un rayo directo hacia abajo.

Sus caderas se movieron hacia arriba. Él ni siquiera pretendió tener control sobre ellas.

—Pon tu boca sobre mí. Chúpame como a Eamon.


Puntos para él por reconocer que no eran solo una pareja. En lugar de hacerlo rogar,
ella se deslizó hacia abajo, tomándolo en su mano, tomándolo entre sus labios.

—Más.

Más profundo. Más fuerte.

Y ella le dio lo que él quería.

Lo hizo hasta que solo hubo ruido blanco y una aguda y adictiva descarga. El éxtasis
decaía en un sensual letargo invadiendo cada célula hasta que fue disipado por el
movimiento de su lengua y labios.

Comenzó a endurecerse de nuevo como Eamon. El deseo regresando como una gruesa
niebla.

—Quiero estar dentro de ti.

Etaín lo quería también, pero la chirriante interpretación de Aquí viene la novia


escuchándose por la ventana era una distracción que no podía ignorar.

—Estamos por tener compañía.

—¿Derrick? —adivinó Cathal.

—Derrick —confirmó ella, un vistazo al dragón dibujado y un pequeño fragmento de


miedo por Quinn haciéndola apurarse para abrocharse el sostén y la blusa, y luego acelerar
a la puerta frontal.

Ella esperaba a medias que Liam saliera de las sombras y le impidiera abrirla. Qué lo
intentara, pensó, saliendo, el golpe de la luz del sol y del aire fresco como una promesa de
intoxicante libertad.

Derrick estaba en proceso de girar para pasar nuevamente frente a la casa. Él accionó el
claxon y le dio a la moto una descarga de gasolina al verla.

Aparentemente a ella se le permitía estar alejada de Eamon a una distancia mayor que
la longitud de una correa. Él no fue con ella o la siguió mientras bajaba de dos o tres
peldaños a la vez las escaleras que llevaba hacia la puerta de hierro forjado.

La tentación vino cuando salió a la acera y Derrick paró a su lado. La agarró en un asalto
salvaje y eufórico.

Si ella se subía al asiento detrás de él, él arrancaría. Corre y sigue corriendo.


La vida de su madre. No la de ella. Pero un destello de agravación vino cuando se dio
cuenta que Myk se había movido lo suficientemente cerca para agarrarla si intentaba
escapar.

Derrick apagó el motor y se quitó el casco.

—¿Quinn? —preguntó ella, la confusión de él por la pregunta fue respuesta suficiente.

—No soy su guardián todavía.

—Tu sincronización apesta entonces.

—Y hola a ti también.

Se bajó de la moto, envolviéndola en un abrazo, meciéndose ligeramente mientras ella


le devolvía el abrazo con la misma intensidad, inhalando su esencia familiar y sintiendo
una profunda sensación de paz.

Ella necesitaba a Cathal y Eamon. Pero necesitaba esto también, este tipo de normalidad
en su vida.

—Nunca he estado tan asustado —susurró Derrick, las lágrimas calientes mojando el lado
de su cara mientras él aludía a cuando ella fue tomada por el Violador Arlequín.

—Sí, bueno, el sentimiento es mutuo. —Ella los meció más fuerte, una protección contra
la culpa. Debería haber hecho esto a primera hora de la mañana, proponerse ver a sus
amigos en persona. En verdad, debería de haberlo hecho ayer en lugar de conformarse con
una llamada para hacerles saber que estaba a salvo y que Cathal e Eamon la habían
alcanzado a tiempo.

La habían herido y llevado con un sanador. Y luego había sido el tiempo pasado con sus
hombres, el sueño forzado, el capitán y Parker, el hospital…

Excusas. Sus brazos se apretaron alrededor de él y ella sintió el ardor de sus propias
lágrimas mientras el miedo escaló en su interior, al ver lo fácil que podía ser perder el
contacto con la gente que le importaba.

—Tú sabes que te amo.

Él tomó una fuerte y temblorosa respiración, rozando su mejilla mojada contra la de


ella.

—Suficiente de este melodrama de película.

Ella se rio.
—Eso es bueno viniendo de ti.

—Todos tenemos nuestras habilidades, Etaín. —Él tocó su frente con la de ella—. Te amo
también. Eres mi mejor amiga. ¿Crees que tal vez puedas mantenerte alejada de los
problemas por un tiempo?

—Eso es lo que estaba tratando de hacer, pero el fastidioso claxon de alguien


interrumpió.

Él se alejó de ella y sonrió.

—Ups. Lo siento. —Aunque absolutamente no sonaba así.

Sus manos fueron al frente de su camisa, desabrochando los botones hasta su ombligo
y abrochándolos de nuevo para que coincidieran con sus aberturas correctas. Su cuerpo
tembló con la consciencia de la tinta que había puesto sobre él.

—No es que esté infeliz de verte, pero, ¿viniste solo para actuar como policía de la moda?

—Tu nombre está en todas las noticias de nuevo por el tiroteo desde el coche en el
albergue. También están diciendo que te vieron en el hospital anoche, con tu padre y otro
policía, visitando a una víctima de ese tiroteo en Oakland. —Él tocó su frente con la de ella
de nuevo—. Alguien ha estado guardándose secretos.

Su voz era ligera pero no enmascaraba el dolor. Incluso con la piel de su chaqueta entre
sus palmas y su piel, el dolor que él sentía corría por sus brazos para tomar y apretar su
corazón.

—Esa parte de mi vida es muy extraña y jodida. Siempre ha sido más fácil mantenerla
separada. —Y tal vez algunas de las enseñanzas de su madre habían estado demasiado
arraigadas para escapar.

—Si esa es una disculpa Etaín, es terrible.

—Sí. Lo sé.

—Solo tendremos que trabajar en ese aspecto de compartir en nuestra relación.

—Dice el hombre con la biblioteca llena de libros de autoayuda. ¿Cómo supiste que
estaba aquí?

—Tengo mis fuentes.

Ella consideró lo que Derrick había interrumpido. Y lo que la convulsión interrumpió


antes de eso. La razón de visitar a Sean personalmente era porque él era un investigador
privado y era bueno en lo que hacía. Dejar que Sean dirigiera la conversación podría soltar
nombres adicionales y caras y hechos, añadiendo a la lista de posibles asesinos llevando su
tinta. Pero ella ya tenía suficiente para que él comenzara, y aunque podía darle los nombres
por teléfono, tenía más sentido hacer algunos dibujos y luego hacer que Derrick los
entregara.

—Vamos —dijo ella, notando que Myk se había retirado, su atención en los alrededores
en lugar de en Derrick y ella—. Vamos adentro.

Ella se alejó de él, rompiendo el contacto físico para alcanzar la puerta y abrirla.

—¿No vas a invitar a ese ejemplo delicioso de guardaespaldas que venga?

—Quédate con un novio, Derrick. Dos es trabajo y dolor de cabeza doble.

Él se rio, siguiéndola a la sala de TV. Al ver a Cathal y Eamon, uno sin camisa y el otro
con los botones desabrochados, Derrick la detuvo con las manos en sus hombros.

—Oh, tú sucia, sucia chica.

El calor subió por su cuello y hasta su cara.

—Traes tu moto y estás usando piel, usualmente eso significa que estas canalizando a tu
hombre interior.

Él levantó sus manos, sus dedos haciendo garras en el aire.

—Miau, miau. ¿Cuántos secretos estás guardando?

Pero al menos esta vez Derrick expresaba puro entusiasmo en lugar de dolor.

Ella hizo las introducciones oficiales luego tomó asiento, agradecida por una excusa para
girar el libro de bosquejos a una página limpia y lejos del dibujo del dragón esperando ahí
como una advertencia de tormenta ahora que los juegos y diversiones habían sido
interrumpidos.

Mientras dibujaba caras y los tatuajes asociados con ellos, ella mencionó ligeramente el
problema de la magia y Elfos y los cambios en su don, aunque sí compartió algo de la verdad
con Derrick. Lo que había hecho en el pasado por petición del capitán y Parker. Por qué
había estado en el hospital y cómo llegó a deberle a Anton el favor que la llevó a estar de
pie con él frente al albergue. Ella esperaba mientras lo hacía, y luego después, cuando le
entregó a Derrick los dibujos acabados, no llegar a arrepentirse de involucrarlo en esto.

—¿Me acompañas de regreso a mi moto?


—Definitivamente.

Cuando llegaron a ella, él dijo con una voz aguda:

—Estoy taaan celoso.

—Los dos son hermosos, ¿verdad? Suerte la mía.

Él la abrazó y su dolor vibró a través de ella, lo suficientemente fuerte que sintió la


consciencia del dragón en el calor corriendo por sus tatuajes, y eso la hizo casi alejarse de
su abrazo.

—Lo siento —dijo ella.

Sus brazos se apretaron.

—Hemos sido mejores amigos durante años, mucho más de lo que los has conocido a
ellos, pero confiaste en ellos…

—No hagamos eso, Derrick. Por favor. Tengo suficientes problemas esperándome
adentro. Hay más sobre esto de lo que no es seguro decirte justo ahora, ¿vale?

—¿Pero me lo dirás?

—Te diré lo que pueda. Cuando pueda.

—¿Lo prometes?

—Sí.

Él se dio la vuelta.

—¿Qué problemas?

—Dos novios. Trabajo doble cuando de relaciones se trata.

Él enterró su cara en sus cabellos, y susurró:

—El Sr. Comestible no está lo suficientemente cerca para agarrarte esta vez. Te podrías
ir conmigo.

—Tengo un plan mejor.

—¿Involucra sexo?

—Sí.

—Yummy. Creo que iré a ver en qué anda Quinn.


Dándole un abrazo final, se fue.

Etaín giró, haciendo una pausa para ver a Myk con su cabello marrón hasta su trasero y
bellas características. Oh sí.

Un lado de su boca se levantó, convirtiéndolo de impresionante a cautivador.

—Si le place a mi Lady, apreciaría si no menciona el apodo.

—Lo pensaré. —Aunque varios pasos después, mientras ella lo pasaba, no pudo resistir
añadir—: Sr. Comestible.

Ella entró en la casa, quitándose los zapatos, desabrochando y quitándose su camisa


mientras iba por el pasillo. El sostén se lo quitó justo cuando llegaba a la habitación de la
TV. La mejor defensa era una buena ofensa.
13

Traducido por alisay.or

Corregido por Kora

Mientras entraba por la puerta, Etaín fue convenientemente recompensada con unas
muy apreciativas miradas masculinas. Sus pezones tomaron forma bajo su escrutinio. Sus
manos cayeron al frente de sus pantalones vaqueros, sus labios vaginales instantáneamente
resbaladizos.

Eamon se puso de pie, con elegante y mortal gracia e inequívoco poder. Ella se
estremeció ante la perspectiva de tomarle estando rodeada por el grupo de hombres bajo
su mando. Se lamió los labios, humedeciéndolos.

—En caso de que alguno de ustedes esté interesado, voy a ir a relajarme al jacuzzi. Les
veo allí… o no.

Cathal se rio. Como si alguno de ellos pudiera resistirse a la visión del cuerpo desnudo
de la mujer.

Al infierno con ello. Él siguió su ejemplo, quitándose la ropa y dejándola descansar allí
donde caía mientras iba hacia afuera. Los altos setos y la posición de la casa en la colina
garantizaban privacidad, al menos de los mirones. Una distintiva brisa se alzó cuando se
acercaron al jacuzzi, oliendo a islas tropicales en vez de al olor típico de la Bahía de San
Francisco. Esta se arremolinó, reuniendo suficiente fuerza para levantar las piezas de la
cubierta del jacuzzi y llevarlas hasta el suelo como si no pesaran más que las hojas.

—Útil —dijo él, dando crédito a Eamon, aunque no podía apartar los ojos de Etaín
mientras se deslizaba dentro del agua, desapareciendo de su vista y emergiendo instantes
después, con la piel reluciente y los pezones erguidos, mojada y haciéndole querer besar y
lamer cada centímetro de ella.

Entró en el jacuzzi, la sonrisa de Etaín atrayéndole para que la alcanzara, para que tirara
de ella contra su cuerpo y la besara.

Sin remordimientos. Joder, casi no podía recordar cómo había sido la vida antes de ella.

La tinta en su brazo zumbó. Magia. Deseo. No le importó.

—Jesús, no puedo tener suficiente de ti.

Las manos de ella se deslizaron sobre su culo, subieron por su espalda y luego bajaron
otra vez.

—El sentimiento es mutuo.

Él reclamó su boca. Su lengua se abría paso en su boca y se retiraba posesivamente


mientras Eamon se desnudaba. Lo que habían compartido antes de la llegada de Derrick
hacía parecer perfectamente natural el dejar espacio para las manos de Eamon en sus
pechos cuando se unió a ellos en el agua.

Ella gimió apreciativamente, se frotó contra su polla y por extensión con la de Eamon,
ambas ya duras para ella. La cama habría sido un mejor destino. Demonios, el sofá de su
sala de entretenimiento lo habría sido. Pero la conocía lo suficientemente bien ahora para
entender lo que pretendía, aunque ella tenía que conocer a Eamon lo suficientemente bien
para saber que esto era solo un aplazamiento temporal de la discusión que debían mantener
sobre el dibujo del Dragón.

Sus brazos se apretaron alrededor de ella al pensar en ello y en la conversación que había
mantenido con Eamon. El deseo que sentía rozaba la desesperación. Cristo, no podía
perderla.

Y, entonces, no pudo seguir pensando cuando ella encontró su polla, sus dedos mojados
y calientes a su alrededor, su mano convirtiéndose en la sustituta de su hendidura, minando
su voluntad de resistirse con cada ataque hasta que estuvo indefenso contra la ardiente
necesidad en sus testículos, resultando en un chorro de semen.

—¿Contenta ahora? —murmuró él contra sus labios.


—Mucho.

La liberó para sumergirse en el agua, emergiendo después y encontrándola girándose


para enfrentar a Eamon, provocándole con su uso de la magia, desafiándole a demostrar lo
que podía hacer con su propio elemento.

La risa de Eamon prometía placer.

—Muy bien, Etaín. Pero requerirá que ni Cathal ni yo te estemos tocando.

Se separó de ella, tomando asiento en la repisa bajo la superficie del agua. Cathal siguió
su ejemplo, curioso.

—Primero, algo que Cathal encontrará entretenido —dijo Eamon, disfrutando de no


tener responsabilidades ni preocupaciones.

Un hechizo atado al aire creó una sinfonía de sonidos a su alrededor, la canción del
viento acentuada por los carrillones y campanas en el patio, acompañados un momento
después por la elevación del agua en una danza reminiscente de elegantes fuentes.

La risa de Etaín era de puro deleite. Cathal la recompensó con una sonrisa fácil.

—La próxima vez pondré algo de música —dijo Cathal.

—Sugeriría hacerlo ahora pero no creo que quieras perderte la siguiente parte de esto.

Dejó caer los hechizos, su voluntad dirigida a un objetivo mucho más carnal.

El agua se convirtió en sus manos, acariciando el cuerpo de Etaín. Su lengua trazó


círculos alrededor de sus pezones y clítoris, invadiendo su canal con profundas embestidas.

La cabeza de ella cayó hacia atrás en un gemido, su rostro sonrojado y sus ojos cerrados.
Era la mismísima imagen de una mujer en los últimos estertores de un exquisito éxtasis.
Aceptando el placer, desinhibida y despreocupada de tenerlos, ascendiendo hasta el
orgasmo y alcanzándolo, abrazándolo, alargando el momento y sintiendo cada embestida
hasta que no quedó nada más que languidez.

Ella abrió los ojos, lanzándole una mirada provocativa.

—No necesitaré a ningún hombre si gano esa habilidad con el cambio.

—Déjame disuadirte de esa particular idea.

Ella se rio con deleite cuando la elevó, sacándola del agua y situándola en la cubierta
acolchada del borde del jacuzzi. Sus antebrazos separaron sus muslos, manteniéndolos
abiertos mientras ponía su boca en su entrepierna.
El hambriento empujar y lamer de su lengua ganó, de una forma que el agua no podía
superar. Cathal reclamó sus labios. Sus pechos reforzaron la lección de que ninguno de
ellos podía ser sustituido. Ni siquiera con su grito de liberación él pudo dejar de entregarle
el mensaje, levantándola y girándola para enfrentar a Cathal.

Magia, otro hombre. Su propio brazo cruzó su abdomen y la sujetó en la posición en


que estaba para introducir su polla de golpe en su hogar. La apretada bienvenida y presión
de sus glúteos contra él le hizo explotar contra ella, con el incesante retumbar del océano
al chocar contra la tierra como música de fondo, elementos tan salvajes y bellos como la
magia de sus unidos y perfectamente sincronizados cuerpos.

El placer iba a contracorriente, llevándole hacia el orgasmo, llevándoles a ambos hacia


este aunque, momentos más tarde, después de que viera a Cathal penetrarla y conducirla a
otra intensa liberación, no protestó cuando ella dijo:

—Creo que necesito dormir un rato.

Niall Dunne presionó un botón del mando a distancia, silenciando la voz del reportero.
Una rabia fría se extendió en su interior mientras pensaba en lo que había oído. Alguien
casi había matado a su hijo por ese asunto al que Etaín había arrastrado a Cathal.

Quizá. Probablemente.

Ella significaba problemas. Él lo había sabido en el momento en que vio a Cathal con
ella. Podía mirar atrás ahora y entender que para cuando él la conoció ya era demasiado
tarde para sacarla de la vida de Cathal sin que le costara perder a su hijo.

Tenía un interés personal en mantener a Etaín con vida, pero su interés simplemente
había ido demasiado lejos.

Prefería distanciarse y tener la posibilidad de reconciliarse con él a tener un hijo muerto.


No había reconciliación posible desde la tumba.

Soltó el mando a distancia y agarró la pistola que había estado limpiando. Luego cogió
el silenciador, colocándolo en su lugar, el acto relajándole. El peso del arma era
reconfortante, sintiéndola en su mano como una extensión de sí mismo.

Por ahora esperaría y no actuaría porque, si era totalmente sincero consigo mismo, tenía
que aceptar que era posible que esto no tuviera nada que ver con los actos violentos en
Oakland.
Durante el resto de su vida jamás olvidaría las imágenes que Etaín había dibujado.
Sabían que había un riesgo asociado con el chico, que existía la posibilidad de formar lazos
con un cartel sudamericano, pero había aceptado la necesidad de Denis de dejar esto atrás.

Hasta donde a él… a ellos les importaba, solo había un castigo para un violador. La
muerte.

Algunos crímenes eran demasiado atroces para ser tolerados. Nunca olvidaría esa noche
en que los dos habían vuelto a casa para encontrar a su madre muerta, su cuerpo desnudo
y sin vida atado a la cama, las bragas metidas en su boca para contener sus gritos.

Él tenía quince años. Denis, catorce. Les había tomado dos años encontrar al hombre
responsable y matarle.

—¿Cuándo va a ir ese gilipollas a trabajar? —preguntó Jesus Lucky Fuentes mientras


conducían, pasando por delante de Saoirse como por quinta vez.

Levantó el arma en su regazo, apuntándola a la fotografía pegada al salpicadero del coche


de Sleepy Ruiz, y fingió disparar, igual que había hecho cada vez que habían pasado de
largo el club, su brazo sacudiéndose por el retroceso imaginario.

—Rico pendejo4.

—Sí —dijo Sleepy—. Probablemente esté caminando por ahí con un Rolex en su brazo y
mil dólares en su billetera, quizás incluso algo de cocaína en su bolsillo.

Lucky fingió apretar el gatillo de nuevo, queriendo terminar con esto.

—Si no puedo acabar con él desde el coche, le pillaré cuando camine desde su coche a
su club. Si lo hago, voy a quitarle lo que lleve encima. Conseguiré un pequeño bono por
hacer este trabajo.

—Tiene que parecer aleatorio, tío. ¿Me sigues? Así es como dijiste que Jacko lo quiere.

—Lo sé, hombre. Lo sé.

Él bajó el arma, amando la sensación de ella en su mano, el subidón de poder que venía
con saber que todo lo que tenía que hacer era apretar el gatillo y la cosa estaría hecha. Era
mucho mejor que caminar con una navaja casera escondida en el culo y esperar el momento
adecuado para sacarla y atacar. Mucho más fácil, también. Matar a alguien con una navaja

4
En español en el original.
casera era difícil. Había visto sobrevivir a tipos asaltados y apuñalados veinte veces. Tenías
que tener mucha suerte para que no te pillaran intentándolo; así era como había
conseguido su nombre callejero en el reformatorio cuando mató por primera vez.

Puso la pistola en su regazo, dando un pequeño saludo a Puppy, uno de los vigías que
había apostado.

—Esto se está haciendo jodidamente largo. ¿Me entiendes?

—Te entiendo.

Él y sus chicos habían estado buscando a ese tipo, Cathal Dunne, desde ayer cuando
Jacko vino, el cual le llevó a un lado y le dijo que cuando hiciera esto, le presentaría a otro
miembro de la mafia y no a cualquiera, sino a Cyco Chalino.

De ninguna manera le iba a fallar a Jacko. Si se probaba a sí mismo suficientes veces se


convertiría en miembro. Ya era un camarada5, un socio de confianza. Joder, quizá le
someterían a votación tras este asesinato. ¿Quién diría que no si Cyco y Jacko decían que
sí?

—¿Crees que es cierto que Cyco está en la ciudad? —preguntó Sleepy, quitándole
importancia cuando Cyco era una jodida leyenda, un miembro duro con lazos con un cartel
en Méjico.

El tipo y su banda habían invadido el territorio de un rival. Entraron en tromba en un


club vendiendo drogas y prostitutas, matando a veinticinco personas del bando enemigo y
saliéndose con la suya hasta que le pillaron los Federales sobornados de otro cartel en una
redada. Había pasado algo más de un año en una cárcel mejicana antes de escaparse.

Lucky le echó una mirada a Sleepy, muriéndose por decirle que joder, que sí, que Cyco
estaba en la ciudad y que él iba a conseguir que se lo presentaran después de esto junto con
un poco de cocaína por el favor. En su lugar, dijo:

—Probablemente solo sea un rumor, por esa mierda que ocurrió en Oakland.

—Sí, supongo. —Lucky se removió en su asiento—. Joder, hombre. El indicador del


combustible acaba de caer a cero por toda esta conducción de dar vueltas.

—Hora de robar algo de gasolina. Luego quizá nos podríamos tomar un descanso y parar
en casa de Rosena. ¿Tú qué piensas?

—Yo me quedo con ella. Tú toma a Tracy.

5
En español en el original.
—Estaba pensando que podríamos intercambiarnos, tomar un turno con cada una de
ellas.

Ellos rieron, girando la esquina, aunque esta vez Sleepy aceleró en lugar de frenar
cuando Saoirse estuvo a la vista.

Lucky agarró el arma, apuntándola a la foto de Cathal Dunne, imaginando el tirón del
gatillo, su brazo yendo hacia arriba en fingido retroceso.

—Vamos a follarnos a esas chicas. Tenemos este lugar cubierto. Si el pendejo6 aparece,
Drooler o Puppy nos llamarán y volveremos.

Esto es ridículo. Simplemente ridículo.

Respiraciones profundas. Respiraciones profundas y calmadas.

Derrick las contuvo.

No ayudaban.

Su corazón tartamudeaba y saltaba como el de un hombre enfrentando un pelotón de


fusilamiento. Sus manos estaban más húmedas que un cliente sudando, y su cara estaba
desfigurada por el dolor de hacerse un tatuaje.

Ridículo.

Lo que necesitaba era un porro.

Una pequeña calada medicinal.

No. Absolutamente no. Eso no funcionaría.

Quinn no le había visto en su mejor forma la otra noche. Lo habían pasado por alto, y
el sexo…

Delicioso.

Divino.

Nunca había sido el primero de nadie antes. Un estremecimiento de placer le atravesó,


dulce y cálido, como miel dejada al sol.

6
En español en el original.
Un espasmo le siguió, anhelante y doloroso, el salvaje aleteo propio del subidón de
enamorarse.

No estoy recuperado. Absolutamente no.

Quinn era diferente. Él no era como…

¡No! Ese nombre no se merecía ni ser pensado, nunca más, y ciertamente no cerca de
Quinn. La conexión con Quinn era real, como ninguna otra cosa que hubiera
experimentado jamás. Se sentía bien. Mágico, incluso. Tocó un punto en su cadera derecha,
solo uno de los muchos lugares de su cuerpo que Etaín había tatuado.

Tanto él como Quinn llevaban uno de sus Dragones, aunque el suyo era más pequeño,
mucho, mucho más pequeño, y eso no era un reflejo del tamaño de su pene. En cambio, el
de Quinn…

Ella se había superado. Fabuloso trabajo. Exquisito.

Derrick se secó las palmas de las manos contra sus pantalones vaqueros por segunda vez.
Debería haber llamado antes en lugar de pasarse así, sin avisar.

Él y Quinn habían estado hablando por teléfono desde esa gloriosa noche en que Etaín
los había presentado. Pero entonces entre la reunión de Quinn con su familia, a la que no
había visto en cinco años, y su necesidad de estar ahí mientras su padre recibía
quimioterapia…

Solo habían pasado unos pocos días, pero se sentían como meses. ¿Y si se estaba
imaginando lo suyo con Quinn? ¿Qué si era solo sexo?

El ansia por un porro volvió. Él la reprimió con un inmediato ¡No!

Lo último que quería era oler como un cenicero hoy. A Quinn no le había importado
la otra noche, pero pensó que difícilmente un ex-policía que con el tiempo necesitaría
conseguir una licencia de investigador privado querría arriesgarse a tirarlo todo por la borda
porque a su novio le gustaba fumar un poco de marihuana de vez en cuando.

Derrick se olió la ropa a la altura de cada hombro y luego inclinó la cabeza hacia delante
para asegurarse de que nada se había depositado en el cuero. El humo indirectamente
mataba.

Suficiente estancamiento. Se tocó el bolsillo con cremallera, un gesto nervioso ya que no


había posibilidad de que los bocetos cuidadosamente doblados se hubieran caído. Haz esto
por Etaín.
¡Ah! Sabía exactamente por qué le había enviado aquí.

¡Era la Celestina! Le había dado esta excusa para ver a Quinn otra vez.

Su corazón cayó en picado, instalándose con un duro golpe en la boca de su estómago


mientras una realidad más grande que el estado de su vida amorosa se apoderaba de él. Dos
veces en dos días ella casi había desaparecido de su vida permanentemente, primero por el
Violador Arlequín y ahora por este roce con la muerte en frente del asilo.

No había estado seguro de si ella estaría en casa de Cathal, no hasta que el alto y delicioso
señor Comestible hizo saber su presencia e intentó alejarlo. Bien, hombres más grandes y
más desagradables y brutos lo habían intentado en el pasado, pero cuando algo importaba,
él tenía una columna de acero.

No es que Etaín necesitara que él corriera a su lado. Ella tenía a Cathal y a Eamon. Ellos
eran suficiente. Ella no le necesitaba…

¡No!

¡No, no, no!

Esos eran pensamientos negativos.

Él había terminado con los pensamientos negativos. Había convivido semanas con la
negatividad, incluso meses, si era honesto sobre el estado de su vida antes de Quinn.

Fuerza era su segundo nombre, y por eso podía enfrentar una dura verdad. Había una
razón por la que Etaín no había compartido completamente. Sí, ella siempre se había
mantenido cerca. Pero estaba allí, en su apartamento, para que todo el mundo lo viera. No
había toques personales. Nada. Como si en un momento dado pudiera recoger sus cosas y
marcharse.

Desde que él la conoció, ella había sido la roca sin la cual él habría sido patético. Algunas
de sus elecciones en lo que se refería a hombres…

Él se estremeció. Mal. Peor. Horrible. Totalmente atroz.

Por ahora, eso había cambiado. Él iba a ser su roca. Él iba a ayudarla a conseguir
información para la policía, significara o no trabajar con Quinn. Él no estaba falto de
contactos. La había encontrado, ¿no? Tenía acceso a los registros de la tienda de tatuajes y
había estado allí cuando tatuó a un montón de clientes.

—Hora de ponerse las braguitas de niña mayor —dijo él, caminando con grandes zancadas
hacia el muelle que le llevaría al bote de Sean… y a Quinn.
14

Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Kora

Quinn estiró los músculos de sus hombros. Cristo, había olvidado lo mucho que odiaba
estar sentado en un escritorio y mentalmente procesar datos mayormente irrelevantes para
recopilar información.

La búsqueda en Internet sobre el CM de los Curs fue un rastreo lento, insoportable,


que había hecho que acabara en Facebook más de una vez. ¡Facebook! Había una razón por
la cual las cárceles estaban llenas. Llámalo estupidez criminal, aunque lamentablemente no
había encontrado nada que tuviera relevancia para el asesinato durante la salida de los
Curs.

Sería mucho más fácil acceder a los archivos del cuerpo de policía o incluso besar el culo
de alguien en una agencia diferente, pero una de las fuentes de Sean había vuelto a ellos
con la advertencia de que un movimiento equivocado activaría un montón de banderas
rojas y causaría un montón de problemas para cualquiera que no tuviera un permiso oficial
para estar buscando en el club.

No significaba que no se pudiera hacer, pero su participación en esto no justificaba


destrozar a un contacto o dejar a alguien solo contra el peligro. Lo que necesitaban era la
lista de nombres de Etaín, un lugar por donde empezar y, a decir verdad, una excusa para
moverse.

Estaba ansioso. Impaciente. Como si en cualquier momento fuera a ponerse en


movimiento.

No le gustaba la sensación, aunque comprendiera la fuente de la misma. Había estado


mucho tiempo inactivo cuando estuvo encubierto, pero incluso entonces había intentado
empujar los límites, viviendo en el filo entre la vida y la muerte.

Se había sentido como un soldado en las trincheras, especialmente durante el período


en prisión. Había anhelado la libertad con más ferocidad que muchos de los presos, porque
para él la libertad estaba a una llamada de distancia.

Y ahora, habiendo pasado días en esa libertad después de haber hecho la llamada y
supuestamente de haber sido apuñalado por otro recluso y de haberse desangrado, luchó
contra el impulso de escapar de la silla y pasearse mientras una oleada de frustración y
desamparo lo recorría. No estaba acostumbrado a no ser capaz de actuar, pero aparte de
estar allí por su familia, el cáncer de su padre no era un enemigo con el que pudiera pelear.
Y lo odiaba. Si no fuera por Derrick…

Se detuvo porque lo único peor que el arrastre lento de una búsqueda sin valor en
Internet era hacer esa misma búsqueda con una erección. Jesús, qué manera de salir del
armario.

Un tono apagado sonó, anunciando que alguien había tropezado con los sensores de
Sean más lejanos. Se escuchó el tintineo de las llaves cuando Sean abrió la transmisión en
vivo de una cámara.

Quinn lo usó como excusa para levantarse de la silla, pero la erección que había estado
tratando de evitar surgió como un ariete al ver a Derrick en la pantalla de Sean. Unos pocos
clics después y Sean mostró otra imagen de Derrick en Stylin’ Ink.

—Sabía que lo había reconocido —dijo Sean—.¿Qué está haciendo aquí? —Y fue seguido
inmediatamente por un—: Mierda. Etaín está peor.

Sean cogió su teléfono móvil como para llamar a Cathal. Quinn lo detuvo diciendo:

—Espera. Derrick probablemente solo está dando una vuelta para venir a verme.

—¿Lo conoces?

Un latido de calor puro recorrió su polla ante lo bien que Derrick y él se conocían. Por
desgracia, ese calor también se deslizó por su cuello y su cara justo cuando Sean lo miró.
Sean se rio.

—Así que sí, ¿eh? ¿Por qué no lo interceptas en el muelle y te desahogas un poco? Porque
durante la última hora me he sentido como si estuviera atrapado en la cabina con una
bestia enjaulada.

Quinn se dirigió a la puerta.

—Regreso en unos pocos minutos.

—Llévalo fuera del alcance de la cámara a menos que quieras que les vea.

—Lo haré. No me gusta la perversión.

—Oye, no lo critiques hasta que lo hayas probado.

—No voy a entrar en eso —dijo Quinn, saliendo a la caricia húmeda y sedosa de las finas
volutas de niebla.

La sensación de ello contra su piel lo detuvo momentáneamente, conduciendo el calor


de la lujuria de nuevo con un deseo igualmente intenso y no totalmente extraño. Siempre
le había gustado estar sobre, en o cerca del agua, pero no así, al menos no desde que era un
niño cuando visitaba a sus abuelos con el sofocante calor del Sur, días tan calurosos que
no había querido nada más que arrancar su ropa y sumergirse en el lago.

Sacudió la cabeza, despejándola un poco antes de volver a caminar.

—He estado encerrado demasiado tiempo —murmuró, mirando hacia la bahía al agua lo
suficientemente fría como para congelar su polla y tirar de sus pelotas en señal de protesta
si saltaba en ella. Jesús, podría recurrir a eso si Derrick y él no conseguían llegar a algún
lugar privado, aunque cuando su camino finalmente interceptó el de Derrick, los
pensamientos de privacidad, agua y Sean se deslizaron como gotas de lluvia por un edificio
para ser reemplazados por posesividad ardiente y un “mío” gruñido.

Mierda, ¿de dónde había venido eso? Pero no lo negó, y no le importó quién fuera testigo
del beso mientras atraía a Derrick hacia él, acercando sus cuerpos para que sus penes
hicieran contacto mientras estrellaba su boca contra la de él, saqueando y reclamando con
el empuje de su lengua.

No terminó con un beso. Ni con un segundo, aunque se dedicó a tocar solo la espalda
de Derrick, cubierta por una camisa, incluso cuando su propia camisa fue sacada de sus
vaqueros y desabotonada. Se la abrió para que así sus dedos talentosos pudieran acariciar
sus pezones tensos, enviando rayos calientes de fuego directos a su polla.

Dios, se sentía tan bien. Mejor que bien. Mejor que nunca.
Dejaría con gusto de respirar, pero la necesidad de ello lo obligó a separar
momentáneamente su boca de la de Derrick, y en ese instante Derrick se apoderó del
control presionando los labios contra la garganta de Quinn, una caricia que le hizo agarrar
la camisa de Derrick para evitar empujarle hacia abajo y hacerle bajar aún más.

—Vayamos a algún lugar privado —se las arregló para decir. Demonios, se conformaría
con ir a su coche si eso significaba que podría liberar su polla y sentir las manos y boca de
Derrick en ella.

Derrick se echó hacia atrás con satisfacción en su rostro, aunque había un toque de
vulnerabilidad en sus ojos cuando dijo:

—Alguien está ansioso por echar un polvo. Es algo bueno que me haya presentado.

—Sí, lo es, teniendo en cuenta que mi estado actual es por tu culpa.

—Bueno, no me voy a disculpar, hombre delicioso. Solo tengo la intención de comerte


entero. —Derrick irradiaba placer, prácticamente engalanándole hasta que sus cejas se
alzaron en sorpresa.

Deshizo el abrazo, haciendo que la polla de Quinn gritara en protesta, aunque la


separación física y la sensación húmeda del aire contra su carne calentada aclararon su
mente lo suficiente como para recordar las cámaras de Sean. Con el recordatorio de su
existencia, juraría que sintió a alguien observándoles con un interés intenso, concentrado.
Era lo suficientemente real para que se ruborizara cuando Derrick lo alcanzó.

—Oh, no te conviertas en un mojigato ahora, hombre. Quítate la camisa, Quinn, para


que pueda ver el resto de la obra de arte.

—Derrick... —Pero con una mirada hacia su propio pecho, Quinn obedeció, porque a
diferencia de la piel que había tenido durante su primera semana de recuperación después
de marcarla con una enorme cantidad de tinta, ahora su carne estaba sanada, y los colores
del dragón, vibrantes y profundos, eran más ricos y aún más hermosos de lo que habían
sido esa mañana cuando se vistió.

—Increíble —susurró Derrick, con asombro en su voz mientras se movía alrededor de


Quinn, viendo el diseño completo—. Simplemente increíble. Casi parece vivo. Y tu piel...

Las puntas de sus dedos recorrieron la columna vertebral de Quinn, y sus pensamientos
volvieron a lo carnal. Se volvió, rodeando con el brazo el hombro de Derrick.

—Vamos, Derrick.
Derrick se dejó ser guiado lejos del muelle, su conciencia clara porque Etaín lo había
enviado allí. Ella tenía que haber sospechado que podría haber un pequeño retraso en la
entrega de las imágenes. Ciertamente un retraso más corto que si ella hubiera querido venir,
considerando que estaba con dos hombres. Niña traviesa. Un amante era ya suficiente, y
con Quinn curado...

Un estremecimiento de anticipación lo atravesó. Se negaba rotundamente a pensar en


lo extraño de aquello, o a obsesionarse con cómo había notado también los tatuajes curados
en el brazo de Cathal. Tatuajes que había oído que estaban absolutamente frescos ayer por
la mañana cuando Cathal y Etaín habían comparecido ante la recaudadora de fondos del
refugio. Había más secretos, pero él los erradicaría todos.

Su brazo se tensó alrededor de la cintura de Quinn y luego se tensó de nuevo cuando


notó que no era el único cautivado totalmente por él. Alto, oscuro y depredador, se
encontraba en un yate que gritaba dinero. Peor aún, cuando se acercaron, el hombre saltó
del barco, irradiando una amenaza sutil.

Aquí estoy, pensó Cage, aterrizando suavemente en el muelle. Había sentido el canto de
una magia escondida en otro y había venido.

Lord Eamon habría dejado vigilantes para ver quién vendría a investigar, pero él no se
molestó en buscarlos. El trato hecho décadas atrás le permitía cazar en San Francisco.

Su presencia sería notada, pero los elfos habían dejado de tratar de seguirlo hacía mucho
tiempo, aunque apartó los ojos de los hombres que estaban acercándose para leer las
sombras. El Asesino del Lord y él tenían una historia. Indudablemente encontraría a Liam
pronto.

Su atención volvió al hombre que le era de mayor interés, un hombre cuyo brazo se
apretaba sobre su compañero, sus fosas nasales dilatándose y su cuerpo tensándose
posesivamente. Comprensible. Ningún tesoro era más valioso que un compañero, y el
bocado humano que había oído que se llamaba Derrick se aferraba a él con una tenacidad
que hacía que el aprecio que sentía Cage por él se profundizara.

Esto era un misterio envuelto en una pista imposible de perder. La sorpresa se convirtió
en curiosidad peligrosa. Caminando delante de ellos, dijo:

—El trabajo corporal es exquisito. ¿Quién es el artista?

Fue Derrick quien respondió.


—Etaín.

Su conmoción fue genuina. Había estado en el área el tiempo suficiente para reconocer
el nombre y saber cuán completamente enredada estaba en asuntos humanos.

—Se ha hablado mucho de ella últimamente.

El pecho de Derrick se hinchó.

—Es mi mejor amiga. También trabajo con ella.

—¿Está en la tienda de tatuajes hoy?

—No.

Derrick le dio un codazo a su compañero para seguir caminando, poniendo su cuerpo


entre ellos no tan sutilmente.

Cage les permitió pasar, aunque se volvió, siguiéndolos con los ojos, hipnotizado por la
tinta y lo que tenía que implicar en este territorio controlado por elfos. Seidic. Y, sin
embargo, no podía empezar a comprender qué juego se jugaba aquí, aunque eso nunca le
había impedido unirse a la diversión.

—Háblanos sobre el Dragón —murmuró Eamon contra su oído, volviendo a la


abandonada conversación pasando un dedo perezosamente por su pezón mientras la mano
perversa de Cathal acariciaba su vientre a la par que sus labios sensuales se burlaban de un
lóbulo de su oreja.

—¿Atacándome en grupo ahora? —preguntó ella, sin encenderse.

—Si eso es lo que se necesita para mantenerte a salvo —dijo Eamon.

Debajo del agua sus palmas frotaron sus musculosos muslos, no para distraerlos sino
para retrasarlos mientras luchaba contra el miedo de que su garganta se cerrara, evitando
el habla y romper la paz.

Los dientes de Cathal mordiendo su lóbulo fueron acompañados por una demanda
gruñida.

—Responde a la pregunta, Etaín.

¿Realidad o efecto alucinógeno? La ciencia tenía una explicación para todo eso de la luz
brillante cuando morías. Pero no para el resto.
No había imaginado la voz o el bloqueo de sus extremidades. Lamió sus labios, como si
de alguna manera la humedad fuera a garantizar el flujo fluido de las palabras.

—Comenzó con la pesadilla de la matanza. Escuché una voz siseada que se calló cuando
Cathal estuvo conmigo.

La tensión inmediata de Cathal fue resultado de una fuerte oleada de terror.

—¿Diciendo qué, Etaín?

—Veo.

La expresión de Eamon no reveló nada.

—No es sorprendente, considerando tu don y la probabilidad de que uno de los asesinos


use tu tinta.

Ella lamió sus labios de nuevo.

—Entonces escuché la voz una segunda vez, llamando a Liam Caminante de las Sombras.

Un asentimiento indicó la falta de sorpresa de Eamon y la animó a continuar. Pero


cuando pensó en contarle lo que había ocurrido fuera del refugio, en hablar de Peordh,
unos anillos fantasmas rodearon su garganta como advertencia silenciosa.

En su lugar, dijo:

—En realidad no vi al Dragón hasta el hospital. Atrapé los últimos pensamientos de


Kelvin justo cuando le dispararon desde atrás, supongo. Había negrura, seguida de escritura
dorada. Igual que el tatuaje que había hecho para él.

Se quedó sin aliento ante el dolor que había recordado. La culpa se asentó en ella. Pudo
haber provocado su muerte en lugar de que él hiciera que su corazón se detuviera y, debido
al vínculo, también el de Cathal.

—Fui de la oscuridad al sol brillante, a un lugar como el que llamaste lugar de nacimiento
primordial de la magia para aquellos como nosotros. ¿Se refiere a los elfos?

Estaba orgullosa de sí misma por haber logrado decir la palabra empezada por "e" sin
vacilación o un indicio persistente de incredulidad.

—Para los elfos —respondió Eamon—. Para otros seres sobrenaturales.

El alivio relajó la presión en su pecho, aunque el lago no había sido parte de lo que
había aparecido en el espejo.
—Entonces, ¿el Dragón es real?

—No lo creo. —Una respuesta cauta, porque él no quería mentir—. No es raro que los
cambiantes oigan voces, que les den forma mágica para separarlas de sí mismos. He visto
dibujos similares al que hiciste.

—¿De Dragones?

—No. Más a menudo los avatares toman la forma de deidades antiguas, de elementales.
Fénix para los vinculados al fuego. Sirenas para aquellos enlazados con el agua.

Parecía seguro, razonable, haciéndola dudar de sí misma y querer creerle. ¿Importaba si


el Dragón era una manifestación real o imaginaria?

Don y magia estaban entrelazados inexplicablemente. Ya conocía el coste de la negación.

Cuando la llamada de la tinta había llegado y con ella la necesidad de tocar a los demás,
de convertir la piel en lienzos para su arte, había respondido a ella con un sentimiento de
adecuación, de certeza absoluta de que este era su propósito en la vida. A veces había
plasmado imágenes que había visto en sus sueños en aquellos que querían tatuajes. Otras
veces había dibujado basándose en las preferencias de ellos, contenta con la oportunidad
de perfeccionar sus habilidades. Pero ese momento embriagador de felicidad duró poco al
comienzo del conflicto con el capitán. Y el problema en casa se agravó cuando los padres
de sus compañeros de clase tatuados la amenazaron con demandas y exigieron un
reembolso por el gasto de quitar la tinta.

Había intentado dejar de tatuar y fracasó. La necesidad de una corriente constante de


lienzos se convirtió en una gravedad natural hacia los chavales más violentos y
alborotadores, y la experimentación la llevó al descubrimiento de que las drogas
amortiguaban el dolor de ser una decepción y la protegían contra la desaprobación del
capitán y de Parker. Era un círculo vicioso cuya sombra la enredaba todavía, haciendo que
los dos hombres que habían sido el centro de su mundo vieran más oscuridad en ella que
luz, más fracaso que éxito.

El tirón y giro suave de Eamon de su pezón la devolvieron al presente.

—¿El Dragón guía tus acciones?

Sí. No. No podía negar que había una causa y un efecto, pero era más fácil y más
tranquilizador decir:

—No me dice qué hacer.


—Lo hará. Hoy solamente mi presencia impidió que otro cambiante matase a un niño
humano.

—¿Qué pasó?

El miedo se deslizó en sus venas y viajó por la tinta en sus brazos para acomodarse como
hielo en los ojos de sus palmas mientras le contaba su visita al barco de pesca y cómo Farrell
se había convertido en el buque irracional para la magia elemental salvaje y furiosa. Apretó
sus puños contra los muslos masculinos, el pecho tan apretado que apenas podía respirar.
Nunca había habido ninguna duda real de que el asesino había sido consciente de Vontae
porque ambos llevaban su tinta, pero ahora ella susurró:

—¿Y si soy responsable de la masacre? ¿Y si por la tinta...?

—Mierda, Etaín —gruñó Cathal.

—Es improbable —dijo Eamon, abandonando su pezón para tomar su mano y relajar su
puño apretado—. La magia fluye a través de tu tinta. Es por eso que muchos matarían a
cualquier humano que la llevase. Das poder a los seres humanos con tu arte, dándole un
enfoque específico. Hacerlo desvía la magia, lo cual es quizás otra razón por la que la barrera
contra los recuerdos que has tomado se ha vuelto delgada. Pero no creo que los humanos
que usen tu tinta oigan la voz de la magia o sean víctimas de ella de la misma manera que
nosotros. —Él se llevó su mano a la boca y le dio un beso en la palma—. Hay sellos de escudo,
de deflexión y de canalización, así como uno para producir el encantamiento que se volverá
necesario para ocultar lo que eres después del cambio.

—¿Hechizos?

—No, más bien son como un patrón mental enseñado a una edad temprana debido a la
complejidad de los sellos y la dificultad de memorizar sus formas.

—¿Conoces alguno de ellos? —le preguntó Cathal a ella—. ¿Tu madre los ocultó en algún
juego, quizás?

Recordaba todas las veces que había trazado los tatuajes en la parte trasera de las manos
de su madre y alrededor de sus muñecas, los sellos que ahora sabía que estaban escondidos
allí, preguntando ¿qué quieren decir? Siempre obteniendo la misma respuesta. Mira, pero
permanece invisible.

—No.

—Comienza esta noche —dijo Cathal—. Iré al club un rato y trabajaré. No puedo perderte,
Etaín. Ese ataque... Jesús.
Se inclinó, besándola. Sus labios y lengua trabajaron en una persuasión sensual, la mano
en su pecho creando un dolor que demandaba otro tipo de exploraciones.

Ella murmuró un “de acuerdo" cuando su boca liberó la de ella, poniéndose de pie
cuando él lo hizo, presionando su montículo sobre su longitud rígida, provocándolo. La
perspectiva de ejercicio arduo y mental la hizo decir:

—Si yo tengo que sufrir, tú también.

La risa de Cathal rayó en un jadeo.

—¿Y de qué manera es eso justo?

—¿Quién dijo que la vida era justa?


15

Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Kora

Sean levantó la vista cuando Quinn condujo a Derrick a la cabina del barco.

—Espero que tengas buenas noticias. Llamé a Cathal, pero fui directamente al buzón de
voz. Aún no me ha contestado.

—Tengo buenas noticias —dijo Quinn, calor subiendo por su cuello mientras hacía las
presentaciones. A pesar de que no usó la palabra “novio”, no es que lo necesitara,
considerando el espectáculo en el muelle y las cámaras, no había sido capaz de preocuparse
por ello.

Mierda, será mejor acostumbrarse a que la gente lo sepa.

Su mente evitó imaginar cómo iba a presentarles a su familia a Derrick y la conversación


que tenía que preceder al evento.

Luego. Guárdalo para más tarde.

—Derrick pasó por casa de Cathal. Etaín le pareció estar bien, aunque ninguno de ellos
mencionó el ataque. Lo puso al corriente y lo envió con algunos regalitos.
—Excelente. —Sean señaló hacia un mostrador entre el escritorio en el que estaba
trabajando y el que le había dado a Quinn—. Veamos qué es lo que tienes, Derrick.

Derrick sacó los dibujos del bolsillo de su chaqueta, desplegando cuidadosamente seis
páginas del tamaño de un bloc de dibujos, y los alineó en el mostrador. Doce caras en total.
Algunas estaban identificadas por el nombre legal, otras por nombre de calle, pero todas
ellas incluían por lo menos una imagen de un tatuaje y una nota sobre la ubicación
corporal.

Sean silbó de admiración.

—Maldita sea. Desearía que trabajase para mí. Estos son lo suficientemente buenos para
ejecutar el programa de reconocimiento facial.

Orgullo surgió en Derrick en nombre de Etaín.

—Ella es increíblemente talentosa. Estos no son nada comparado con lo que puede hacer
en la piel. ¿Quinn te ha mostrado las ilustraciones que le puso?

—No en persona, pero las vi bien cuando se encontró contigo en el muelle. —La sonrisa
de Sean era deliciosamente malvada, y totalmente a expensas de Quinn.

El rubor volvió. Derrick no pudo resistirse y dijo:

—¿Así que nos viste?

—Oye, le di una advertencia a Quinn. Supongo que lo olvidó en el calor del momento.

Derrick se pavoneó.

—Cuando lo tienes, lo tienes.

—Suficientemente cierto. Tu amiga Etaín definitivamente lo tiene, motivo suficiente


para que Cathal esté dispuesto a arriesgar su vida por ella. Pero es más revelador aún que
sea motivo suficiente para él para que pueda superar su condicionamiento social y
compartirla con Eamon.

La sorpresa tenía a Derrick boquiabierto.

—¿Lo sabías?

—No hasta hace unas horas. —Sean se acercó a su escritorio, girando el monitor de su
ordenador hacia el mostrador, luego levantó el teclado—. Veamos qué sale al poner los
nombres primero.

En unos minutos descartaron a cinco de los hombres.


Sean envió una mirada rápida en dirección a Derrick.

—Todos en la cárcel. Todos pandilleros. Ella salió con algunos chicos malos.

Derrick se sintió a la defensiva en su nombre.

—No son personas con las que fuera cercana. Algunos son conocidos de Vontae. Uno
de ellos es uno de los motoristas muertos. Y los otros... —Su barbilla se elevó—. Cambiaba
el arte por drogas. No es algo de lo que ella esté orgullosa, del mal comportamiento y de la
rebelión cuando las cosas se pusieron difíciles en casa. Pero comprenderías por qué sucedió
todo esto si hubieras conocido a la madrastra desagradable y a las hermanastras igualmente
atroces que tenía.

Sean se rio.

Quinn dijo:

—¿Entiendo que tú sí?

Derrick se estremeció dramáticamente.

—En un encuentro accidental horrible en el Museo de Young, y uno que no me gustaría


repetir en esta vida. Uno habría pensado que Etaín y yo éramos unos borrachines sucios
caminando por la calle por las miradas que obtuvimos y la conversación susurrada que les
siguió. Perras, y no lo digo en tono amistoso. No es que Etaín hablara de ninguno de ellos,
incluido su padre y Parker, pero creo que Perrazilla y el engendro demoníaco de su hija
probablemente hicieron de la vida de Etaín un infierno mientras vivía con ellas. Oh, serán
una mosca en la pared cuando se enteren de que ha atrapado al dueño de Aesirs.

Sean se rio de nuevo.

—Y Saoirse.

—Cierto. —Sentía una satisfacción inmensa al imaginarlos comidos de envidia y


enfurecidos por su buena fortuna… hasta que Derrick pensó en cómo sin duda harían todo
lo posible para hacer pasar a Etaín por una puta.

No es que le fuera a importar a Etaín. No rondaba por sus círculos sociales.

Por ahora.

Cathal y Eamon cambiarían eso.


El miedo avanzó, una forma más suave del que había sentido antes, por la posibilidad
de perderla. Lo sacudió, silenciándose mientras Sean escribía otro nombre en la base de
datos de la policía.

Los resultados llegaron unos momentos después. Tony Shank Medeiros, sospechoso de
haber huido a México después de estar implicado en un asesinato relacionado con drogas.
Lo mismo ocurrió con la séptima persona que Sean entró, Roberto Spooky Jiménez.

—Siempre es posible que estén de vuelta en la ciudad —dijo Quinn.

—No puedo descartarlo. —Sean escribió otro nombre.

Los resultados regresaron, mencionando un informe juvenil para Torrey Baker. Salió lo
mismo para Luis Gálvez, mientras que José Estrada, LaQuann Terry y Marc Ruiz habían
pasado tiempo tanto en la cárcel como en el reformatorio.

Derrick se sintió ponerse a la defensiva en nombre de Etaín de nuevo.

—No son todos amigos o personas con las que se juntaba. Algunos de ellos los conoció
en el refugio y los tatuó porque Justine se lo pidió. Se han reformado y quieren mantenerse
fuera de los problemas.

Sean tomó unas tijeras del escritorio y separó las imágenes, de modo que en lugar de
seis páginas de bloc de dibujos había doce.

—¿Etaín te dijo algo sobre el tipo que fue el blanco del tiroteo automovilístico?

—Anton Charles. No. Pero ha hecho mucho trabajo en la tienda. —Derrick frunció los
labios, decidiendo no compartir el delicioso secreto de cómo Anton había ayudado a
identificar al Violador Arlequín. Eso era necesario saberlo, y a menos que Etaín dijera lo
contrario no era algo de lo que pudiera cotillear.

—¿Anton está afiliado a alguna pandilla de la cárcel? —preguntó Sean.

—Probablemente. —Derrick vaciló—. No lo sé con seguridad. No tiene tatuajes de


pandillas, al menos no uno que haya visto y notado. Jamaal lo sabría. Etaín también. ¿No
puedes simplemente hacer una búsqueda?

—Los Curs están demasiado calientes en este momento. —Sean recogió las fotos de los
hombres que estaban en la cárcel y las puso en su escritorio junto con las tijeras. Reordenó
las restantes, dejando un amplio espacio entre los dos grupos, tres imágenes contra cuatro.

—Chicos cuyo territorio es San Francisco a la izquierda, los de Oakland a la derecha.


Esperaría una retribución ahora si los Curs pensaron que sabían quién estaba detrás de la
invasión del bar.
—A menos que se trate de Curs contra Curs, como la abuela de Vontae pensó que podría
ser —dijo Derrick—. Y que los responsables estén ocultos.

Sean asintió.

—Cierto. No lo había visto de esa manera. Pero este éxito no tiene ningún sentido. Es
como algo que sucedería en la frontera, en ciudades donde los cárteles estuvieran luchando
por el territorio.

Comprobó la hora.

—Es tarde. Estoy de acuerdo con redondear las cosas por la noche. Mañana me
encontraré personalmente con los policías en el lado de Oakland. Veré lo que puedo
descubrir, y si tengo suerte averiguaré si Baker, Estrada y Terry aún están en el área o si hay
alguna noticia de que Jiménez haya vuelto a los Estados Unidos. Si no te necesitan en casa,
Quinn, ¿por qué no te concentras en los tres de San Francisco?

Derrick se enderezó, echando sus hombros hacia atrás.

—Puedo ayudar.

—No —respondió Quinn, una respuesta gruñida que le dio un poco de emoción a
Derrick.

Imaginó que se estaba mordiendo la lengua porque este no era el final, aunque no
ganaría nada al discutir delante de Sean. Y, además, quería disfrutar de la protección de
Quinn.

Quinn hizo copias de los dibujos pertinentes, añadiendo notas antes de que ambos
salieran del barco. El corazón de Derrick se agitó en su pecho al tener el brazo musculoso
de Quinn alrededor de su cintura tan pronto como estuvieron en el muelle.

—Hemos acabado más tarde de lo que pretendía —dijo Quinn—. No puedo…

—Entiendo. —El corazón de Derrick se hundió momentáneamente, pero luego se animó


al recordar lo que habían hecho antes—. En parte, tengo la culpa de que llegues tarde.

Alto, Oscuro y Predador no estaba en su barco. No había luces. Sin duda, el señor AOP
estaba haciendo rondas, y no en un bar gay. Él se lo perdía. No sabía lo que se estaba
perdiendo.

Llegaron a la moto demasiado pronto por lo que respectaba a Derrick, pero a pesar de
la necesidad de Quinn de llegar a casa, el primer beso de despedida no fue precipitado.
Tampoco lo fue el segundo ni el tercero.
Estaba sin aliento por el cuarto, dolido por mucho más que una buena follada por el
quinto, aunque la recibiría con gusto.

—Realmente puedo ayudaros a ti y a Sean a investigar —dijo, mordisqueando la


mandíbula de Quinn—. Y no es solo una excusa para salir contigo. Conozco a gente,
puedo…

—No.

Derrick hizo un puchero.

—No crees que tenga cojones7.

La risa de Quinn era ronca.

—Oh, sé que tienes pelotas.

—Eso no es lo que quise decir. No soy solo una cara bonita.

—Definitivamente no lo eres.

La boca de Quinn cubriendo la suya evitó más discusiones. El roce de lenguas y la


presión del contacto de sus pollas provocó un gemido en Derrick, disolviendo sus ganas de
pelea pero sin drenar su determinación.

—Te llamaré —dijo Quinn, retrocediendo finalmente para que así sus cuerpos ya no se
tocaran—. Si quieres hacer algo, vigila a Etaín. ¿De acuerdo? Ese ataque fue realmente malo.

—La veré mañana. —Haría más que eso.

Quinn se volvió y se alejó. Y con Quinn dándole la espalda, Derrick tocó el bolsillo que
contenía sus copias de los dibujos. Era hora de que diera un paso adelante. Y pensando en
la imagen de Marc Ruiz, sabía simplemente por dónde empezar. Había algo en sus ojos que
le recordaban a Emilio Delarosa. Nunca se hubiera imaginado ir a visitar a ese imbécil o
pedirle un favor, pero...

Derrick se puso el casco. Haría lo que fuera necesario. Emilio ya no tenía el poder de
herirlo.

Cage se acercó a Saoirse con cautela, aunque esa precaución tenía poco que ver con el
joven huérfano que llevaba delante. Seguía esperando sentir el aguijón de las defensas

7
En español en el original.
élficas o tal vez incluso el borde fresco de la espada de un asesino contra su piel. No es que
tal cosa pudiera penetrar fácilmente en sus escudos naturales.

Pocas espadas podían, y muchas de ellas ya habían sido encontradas y formaban parte
de su tesoro, incluida la que llevaba en su espalda. Kestrel.

Sonrió a lo que los ancianos de su raza llamarían “su tontería”. O tal vez “su arrogancia”,
aunque había sido tentado incluso a encontrar una manera de destruir la espada cuando
finalmente la había localizado.

Kestrel se despertó hambrienta a media cuadra del chico. Y, como si lo percibiera, el


adolescente se volvió, su mirada conectando con la de Cage, el juicio de la espada
confirmado por lo que Cage vio en la cara del chico. No quedaba inocencia. Este chico ya
había sido consumido por un cultivo de violencia y drogas y del poder que ambas le
ofrecían.

En siglos pasados, Cage había matado a seres humanos tan jóvenes como este. Preferiría
no hacerlo esta noche, aunque realizó el juego mortal del pollo, acercándose al chico.

El adolescente no alcanzó el arma que Cage olió de pasada. Y el hambre de sangre de la


espada no se sació. Tampoco dormiría hasta que estuviera saciada.

Había sabido de la probabilidad de que despertase. Pero disfrutaba no solo


coleccionando lo arcano, sino usando sus posesiones en lugar de simplemente acumularlas.

Su desconcierto volvió cuando cruzó la calle hacia Saoirse. El misterio de Etaín y de


cualquier juego que estuviera siendo jugado aquí se había acentuado después de ver en las
noticias un tiroteo automovilístico en un refugio para personas sin hogar.

Ahora ese misterio se hizo aún más tentador al entrar en el club. No había defensas
tampoco.

Se movió por Saoirse, consciente de las miradas llenas de deseo que le daba más de una
mujer hermosa. Eran criaturas exquisitas, aunque a pesar del cabello largo que varias
llevaban ninguna era una elfa. Cuando quedó claro que Cathal Dunne no estaba presente,
encontró un lugar que le proporcionaba una buena visión y se detuvo.

Una morena hermosa se levantó de su silla y se le acercó. Él sonrió, dispuesto a divertirse


con otro tipo de caza mientras esperaba a su principal presa, Cathal, y a través de Cathal a
Etaín.
Lucky tomó otra calada del porro. Luego se lo pasó a Tracy. Podía escuchar a Sleepy
follando con Rosena en el dormitorio de al lado del que estaba, gruñendo mientras ella
gemía y gritaba.

—¿Quieres hacerlo de nuevo? —preguntó Tracy, poniendo su mano en su polla.

Tomó el porro de nuevo, pensando que quería una mamada más. Tracy era buena en
dar mamadas. Y, además, no era tan bonita como Rosena.

Su teléfono móvil sonó antes de que ella siquiera lo hubiera tenido medio duro con su
mano.

—¿Sí? —respondió.

Puppy dijo:

—Ese tipo apareció. Acaba de salir del garaje, pero Drooler y yo no lo vimos entrar. Debe
haber venido por el lado que no estábamos vigilando. ¿Estás cerca?

—No.

—Va a pasar por delante de mí de camino a su club. ¿Quieres que lo haga?

—No, hombre. Lo hiciste bien. Es hora de que salgas de ahí. Sleepy te recogerá después
de que me deje salir. Hablo contigo más tarde.

Llamó a Drooler.

—Vamos, hombre, déjame matar a este pendejo8 —suplicó Drooler, muriéndose por hacer
algo que le diera un nuevo apodo. Odiaba el que había conseguido cuando empezó a andar
por ahí y lo vieron babeando después de emborracharse y desmayarse en el sofá.

—No. Esto lo tengo que hacer personalmente. —No mencionó el nombre de Jacko. Solo
Sleepy sabía que de ahí venía este trabajo—. Vigila la entrada del club. Mándame un mensaje
de texto a ese número que te di cuando el tipo se vaya y luego lárgate. Estaré esperándolo
entre el club y su coche.

—¿Te ha dicho Puppy que no sabemos en qué coche va? No lo vimos entrar en el garaje.

—Sí. Puppy me lo dijo. No hay problema. Dentro de poco no va a importar qué coche
lleva. El garaje tiene cámaras, de todos modos. Ver su coche no será un problema. Hasta
luego, amigo.

8
En español en el original.
Colgó y dejó la cama.

—¡Date prisa, joder! —le gritó a Sleepy—. ¡Tenemos que irnos!

—¿Vas a volver más tarde? —le preguntó Tracy, la sábana cayéndose cuando se puso de
rodillas.

Tuvo una erección al mirar sus tetas y su vagina, su cara cubierta de acné fuera de la
imagen.

—Claro. —¿Por qué no? Tal vez después de que agarrara la coca de Jacko invitaría a
algunos y tendrían una fiesta.

Se vistió, sacó el teléfono desechable de su bolsillo y lo silenció para no tener que


recordarlo más tarde. Rosena soltó un grito de "me estoy corriendo" mientras los muelles
intensificaban sus chirridos. Se dirigió al coche, guardando su móvil personal bajo el
asiento.

Unos minutos después, Sleepy salió de la casa, pavoneándose después de haberlo hecho
con Rosena. Ella no se acostaba con cualquiera fácilmente.

—Quiero algo más de eso —dijo.

—Te escucho, hombre. —Aunque ahora él estaba deseando un tipo diferente de acción.

Apuntó el arma a la foto de Cathal Dunne, tirando del gatillo en su mente.

—Espero no tener que esperar toda la noche para que este pendejo9 rico salga del club.

—Mientras lo hagas.

—No hay problema.

Un par de calles más allá, Sleepy aparcó en doble fila el tiempo suficiente para que Lucky
metiera la pistola en la pretina de sus vaqueros y saliera.

—Hasta luego. Tan pronto como acabe con este tipo y llegue a un lugar seguro, llamaré
para que me recojas.

—Hasta luego.

9
En español en el original.
Lucky se dirigió a su escondite mientras Sleepy se alejaba. Un día de espera para que
este tipo apareciera le había dado tiempo suficiente para examinar el área y notar dónde
estaban las cámaras.

Si se le había pasado alguna de ellas, no podía hacerle nada. Terminar en la cárcel no lo


asustaba. Él sabía que podía desenvolverse allí. Lo había hecho antes. Lo haría de nuevo.
Y, joder, si las cosas se calentaban aquí, tal vez acabaría dirigiéndose hacia el sur con Jacko
o Cyco, si se separaban.

Escondiéndose en un callejón en la ruta entre Saoirse y el garaje, vio un Jaguar ciñéndose


a la acera en frente de un Tesla y detrás de un BMW. Jodido bastardo rico con sus jodidos
clientes ricos.

Vamos. Vamos.

Esperar era lo más difícil.

Lucky dejó que su mente divagara mientras permanecía consciente de su entorno, una
lección que había aprendido haciendo tiempo.

Jacko había elegido al camarada10 adecuado para este trabajo. No importaba por qué
necesitaba a este tipo muerto. Todo lo que importaba era hacerlo.

El Jaguar, el Tesla y el BMW lo habían hecho soñar con conseguir un equipo y atacar
juntos, saliendo de los coches un montón de gente, igual que Cyco había hecho en México.
Joder, hombre, él había hecho eso, él sería una leyenda también, y después de convertirse
en un miembro iniciado obtendría un territorio al que cobrar. Se bañaría en dinero, y tal
vez incluso se compraría un jodido coche, uno mejor que los que estaba mirando.

Sacó la pistola de su pretina.

Vamos. Vamos.

10
En español en el original.
16

Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Kora

Eamon la observó mientras dormía, su pecho hinchándose con sentimientos de ternura,


y aunque estaba a su lado y sus cuerpos se tocaban íntimamente necesitaba más contacto.
Había empezado a creer que su estado no podría remediarse hasta que llevara los mismos
tatuajes que Cathal.

—Me cautivas —susurró él, una admisión peligrosa mientras se inclinaba para dejar besos
a lo largo de su cuello—. En siglos no he experimentado un día como este.

Desde un miedo desgarrador hasta crestas salvajes de éxtasis.

Desde desconfianza y aislamiento hasta la propagación prometedora de armonía y


unidad.

Habían hecho progresos con respecto a su futuro como una unidad familiar cohesiva.
Sin embargo, con respecto a su don, a su magia...

La incertidumbre permanecía. Una grave incertidumbre. Y el frío que ello comportaba


le hacía darle a ella más de su peso, la sensación de sus pechos con sus pezones de vino
dulce contra su pecho avivando las llamas del hambre, a pesar de que la quemadura de ello
no disminuía por completo el hielo de su miedo por ella.
Su capacidad artística le había dado una ventaja en el aprendizaje de sigilos complejos,
pero aun así había sido un trabajo agotador. Le había enseñado lo mínimo, lo básico, que
un niño cambiante criado entre ellos sabría sobre canalizar y contener la magia, y sobre
protegerse a sí misma para disminuir su voz. Pero no estaba seguro de si sería suficiente, no
dado el carácter antiguo de su magia y la violencia del ataque que había sufrido. Le había
parecido que la magia se había abierto camino furiosamente a través de cada célula mientras
que, al mismo tiempo, creaba un escudo impenetrable alrededor de ella para que sus
hechizos quemaran al contacto.

Había llegado a preocuparse de que no captaría la plena verdad de su conexión con los
elementos sin llevar antes su tatuaje. Una perspectiva peligrosa para ambos, una que bien
podría acelerar el momento cuando el deber le exigiría pronunciar su fallo.

Un puño se cerró alrededor de su corazón, su mente bloqueando imágenes de la muerte


de ella bajo su decreto. Necesitaba respuestas sobre los seidic, respuestas costosas sin garantía
de que ninguna de ellas conseguiría su supervivencia.

Apartó la mirada de ella, fijándose en la imagen que ella había dibujado, la forma en
que la magia se le presentaba, buscando el control más que ser controlada. El Dragón
sugería un vínculo con el agua y el fuego, sus elementos, y, sin embargo, en el barco, cerca
de tanta agua, el poder que extrajo de ella no había sido suficiente, y a pesar de que había
reconocido el fuego en ella, no había encontrado nada de lo que quemaba en ella que
necesitara redirigirse o enfriarse.

El Dragón significaba otras cosas también. Caos. Agitación. Cambio drástico. Que su
magia se presentara en esos términos...

Sus brazos se apretaron alrededor de ella. La necesidad se estrelló contra él, un deseo
que trascendía lo físico. Tomó el lóbulo de su oreja entre los labios y tiró con succiones
suaves. Satisfacción feroz quemó a través de él al tener sus caderas inclinadas de inmediato,
sus piernas por encima de las suyas para que ella pudiera presionar su montículo caliente
contra su pene endurecido, anhelando la unión de sus cuerpos a pesar de estar sumergida
en el sueño por agotamiento total.

Su sonrisa se disipó mientras una pequeña perturbación en las defensas que rodeaban
la ciudad lo alcanzaba. Era una onda pequeña, casi imperceptible. Una que podría no haber
notado en absoluto si no hubiera fortalecido el sistema de alarma mágica después de que
ella y Cathal salieran del estado, y una, incluso ahora, que no revelaba nada en cuanto a lo
que había pasado a través de la barrera. La perturbación era tan diminuta que podría haber
tardado horas en detectarla.
El frío regresó. Había asesinos, la reina entre ellos, que les dijeron que eran capaces de
moverse a través de las defensas sin desencadenar una advertencia.

Protección feroz se apoderó de él, y en vez de arriesgarse a que rechazara su orden el


hechizo para atrapar a Etaín en su sueño flotó en sus labios y hormigueó en los dedos que
tocaron su piel. Era una locura seguir permitiéndole ir a cualquier lugar que no fuera la
finca o Aesirs.

Podía persuadir a Cathal para que estuviera de su lado y compartiera su punto de vista.
Y aun así…

Eamon vaciló. Su voluntad no era suficiente para mantener el hechizo o dirigirlo. La


confianza obtenida tras los acontecimientos del día era una cosa demasiado preciosa para
arriesgarla. No solo la confianza de Etaín, sino la de Cathal también, que se había ido
esperando encontrarla aquí cuando regresara. Y quien bien podría ver con desconfianza el
reclamo de ella teniendo que ser trasladada.

Podían discutir sobre permitir que Etaín se quedase, respetando tanto los deseos de ella
como los de Cathal. No tenía ninguna evidencia real de que ella estuviera en mayor peligro
ahora que el aviso había llegado a él.

Eamon acarició su suave nuca en lugar de trazar un sigilo en la misma. Su boca volvió a
la de ella, tragándose sonidos de bienvenida placentera murmurados en sueños.

Llevó la mano a su pecho, ahuecando su peso, su espalda arqueada con el roce de su


dedo pulgar sobre el pezón, apretado con la necesidad de ser amamantado.

Forzar sus labios sobre los de ella fue el preludio de su cuerpo levantándose y alejándose
del paraíso que su polla buscaba. Acarició el lóbulo de su oreja con su lengua, atreviéndose
a un empuje poco profundo en su canal auditivo, y luego rozó la boca contra la punta aún
redonda antes de que finalmente se las arreglase para separarse de ella.

Etaín gimió en protesta por la pérdida de atención, pero no se despertó. La dejó sola
solo el tiempo necesario para vestirse y coger el edredón de la cama de Cathal. Un beso le
siguió al cubrirla con él, un toque ligero de labios contra labios, porque no podía soportar
separarse de ella sin hacerlo.

Enderezándose, Eamon recogió un mechón de su cabello, su color dorado como un rayo


de sol capturado enroscándose alrededor de sus dedos. Usando palabras mágicas, convocó
a Liam, llamándolo a través de las sombras. Este tipo de unión era peligrosa para su tercero,
ya que podría ser utilizada para atraparlo.

—Lord —dijo Liam.


—Las defensas de la ciudad reaccionaron a algo que pasó a través de ellas. Necesito
localizar el lugar de la infracción y ver qué hay allí.

Liam miró a Etaín dormida.

—Dada la presencia de la otra cambiante en Aesirs, supongo que quiere que la lleven a
la finca.

—Ella permanecerá aquí.

—No es una elección que habría hecho en el pasado.

Eamon escuchó la preocupación bajo el escepticismo no muy sutil de su decisión, que


él estaba siendo influenciado por su prometida seidic, tal vez incluso alterado por la magia
incontrolada de ella.

—Será mejor que entiendas el deseo de evitar conflictos innecesarios cuando encuentres
a tu pareja.

—Un evento poco probable, Lord. Hago más siendo testigo de su cortejo.

—Tu tiempo llegará. Por ahora te dejaré que protejas a Etaín. Con toda probabilidad, las
defensas fueron activadas por la llegada de un turista poseyendo una cierta cantidad de
magia pequeña, nativa o por un artefacto.

—¿Y si está equivocado acerca de lo que pasó a través de las defensas?

—¿Cuestionas tu capacidad de prevalecer si un supuesto asesino o secuestrador viene a


por Etaín?

—Casi. ¿Llevará a Myk y Heath con usted?

—No. Dejaré a Myk afuera con órdenes de que nadie, excepto Cathal, tiene permitida la
entrada.

Cathal se movía inquieto en su silla. Se había ocupado de los negocios más urgentes y
se había preparado para las reuniones que no podía posponer para mañana por la mañana.

Hacer cualquier otra cosa requeriría un nivel de concentración que no podía alcanzar.
Y esa falta de concentración permitía que escenas en el sofá y en la bañera de hidromasaje
se movieran rápidamente a través de su pantalla mental, calentando su piel y enviando
sangre a su polla.
¿Ya habían terminado con las lecciones?

Hizo una mueca, escuchando en esa pregunta la voz de un niño preguntando—: ¿Ya
hemos llegado?

Pero no se trataba de la fantasía de ningún niño con un posible "sí" como respuesta a su
pregunta. Pensamientos de lo que Etaín y Eamon podrían estar haciendo en este momento
lo bombardearon. Imágenes de ellos en su cama, sus cuerpos unidos.

Un rayo de fuego lo recorrió, acumulándose en sus bolas. Apretó sus puños para
contenerse de desabrochar sus pantalones y liberarse, de hacerse una paja. Jesús.

Había enrollado sus mangas mientras trabajaba. Ahora miraba los tatuajes que ella había
colocado en sus antebrazos. Madreselva y espinas, los llamaba, una descripción apropiada
que abarcaba el placer dulce y los celos. Lo segundo había amainado, pero en su lugar se
había debilitado su confianza, preocupado de que un día importaría que solo fuera humano.

Quería volver a casa. Se negaba a hacerlo.

Picaba en su orgullo admitir que Saoirse, el club que había sido su sueño y único centro
de atención durante tanto tiempo, no podía mantener su interés contra el deseo de estar
con Etaín.

Lo podrás sobrellevar, se dijo. No por primera vez. Es solo la novedad del vínculo y una reacción
natural a casi perderla.

Cristo. Casi había muerto en el refugio. Si no fuera por Eamon...

Solo que no eran los actos de Eamon en el refugio los que se reproducían vívidamente
en su mente. Era Eamon metiéndose en el cuerpo de Etaín, la espalda arqueada y los pechos
enrojecidos. Eran sus ojos de color medianoche atrayéndolo hacia ella, haciéndole
imposible que le importara que estuviera mojada por otro hombre, mojada debido a otro
hombre, mientras se introducía en ella segundos después de que Eamon hubiera pasado a
la exhibición erótica de magia.

La tensión en las nalgas de Cathal lo sacó del recuerdo, una maldición se le escapó
cuando vio su mano en su regazo, rodeando su erección cubierta de tela.

—Mierda.

Volvió a maldecir interiormente mientras recordaba cómo la sensación de estar dentro


de ella enviaba un latido de pura necesidad a través de él, forzando su mano a ir hacia arriba
y hacia abajo en su longitud.
Se despertó del ataque de lujuria cuando eyaculó, prolongándose el momento al
recordar la forma en que ella lo había hecho venirse como si fuera la primera vez que lo
masturbaban.

—Jesús.

Para distraerse, se puso en contacto con su padre.

—¿Estás en casa? —preguntó su padre.

—Estoy en el club.

—No me gusta que estés ahí. El que casi te mató aún está por ahí, no identificado y
suelto. —Dicho de otra forma, ninguna de las fuentes de su padre había conseguido un
sospechoso probable del tirador del coche.

—Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado con la persona equivocada.


Tiene que estar conectado con lo sucedido en Oakland.

—Probablemente. Me sentiría mejor si me dejaras contratar a un par de guardaespaldas.

—No. —La última cosa que quería era darles a las autoridades razones adicionales para
creer que estaba involucrado en el negocio de su padre.

El hermano y el padre de Etaín ya lo habían condenado. Tener a soldados de la mafia


como guardaespaldas sería una evidencia irrefutable para ellos.

Por el amor de Etaín no quería hacer nada para empeorar la situación más de lo que ya
estaba. Ella podría estar dispuesta a romper su relación con el capitán y Parker antes que
con él, pero él no quería llevar esa carga de culpabilidad, no cuando sabía lo mucho que el
distanciamiento la hería.

Piensas como un humano.

Eso es porque soy uno. Siempre seré uno, argumentó en su cabeza con Eamon.

Cuando hay fuertes lazos emocionales, la distancia es difícil de sostener cuando la vida se mide en
siglos y no en décadas.

No quería contemplar el tipo de esperanza de vida delante de él, delante de ellos, o las
opciones que vendrían como consecuencia de ello.

—Será mejor que vuelva al negocio del club —le dijo a su padre, y guardó su teléfono, la
inquietud volviendo, igual que el calor resultante de pensar en Etaín.
—Diez minutos —dijo en voz alta para reafirmar su determinación. Patético, una voz
interna le reprendió. Pero no le importaba.

Se levantó y se movió para estar en frente de las pantallas que monitoreaban lo que
estaba pasando dentro de Saoirse, así como en la entrada y la salida. El lugar estaba lleno
de mujeres atractivas y disponibles.

No era arrogancia saber que podría haber elegido a una de ellas. Hasta Etaín, nunca
había tenido que trabajar en obtener compañía femenina, nunca había tenido problemas
de celos o posesividad. Cuando ella había llegado a Saoirse, la había empujado a la oficina
y tomado en el escritorio. Tras ello había necesitado estar cerca de ella, campanas de alarma
encendiéndose en su cabeza ante el comportamiento poco habitual, pero las había
ignorado.

Sin arrepentimientos. Aunque hizo una mueca ante el esfuerzo que costaba no comprobar
la hora para ver cuánto tiempo quedaba para que finalizara la espera autoimpuesta. Estaba
duro y caliente, y su club estaba lleno de mujeres hermosas, disponibles, pero no eran
ninguna tentación para él en comparación con la llama caliente de deseo que sentía por
Etaín.

Un destello rojo atrapó su atención, haciéndolo centrarse en una mujer en particular.


Su cabello negro caía por su espalda en una masa de rizos gruesos. ¿Una elfa? Ninguna de
las cámaras atrapó su cara, pero en cada pantalla el anillo que llevaba en el pulgar brillaba
de una manera antinatural, de un rojo oscuro capturado por unas cámaras que nunca antes
habían resaltado una pieza de joyería.

Estudió a los clientes de pie cerca de ella pero no vio evidencias de que ninguno de ellos
viera lo que él veía. ¿Magia? Frotó sus antebrazos, las palmas deslizándose sobre los tatuajes,
su curiosidad obligándolo a investigar.

La sorpresa invadió a Cage al ver a Cathal Dunne salir de lo que supuso que era una
oficina. No había duda de que la tinta de los brazos de Cathal representaba la unión de un
humano a un seidic élfico.

¿Qué juego se jugaba aquí? ¿Qué parte le pertenecía a lord Eamon?

Desde que llegó a Saoirse no había visto a elfos ni había sentido un atisbo de su magia,
y dada la abundancia de sombras no podía imaginarse que el asesino del lord no hubiera
utilizado la oportunidad para hacer notar su presencia.
El único susurro de magia había venido de la belleza de cabello oscuro que había entrado
hacía poco, aunque la magia que ella cargaba emanaba del anillo que llevaba. Un artefacto
que no reconoció de inmediato, a pesar de que ya había tomado la decisión de examinarlo
más de cerca y con toda tranquilidad mientras su cuerpo desnudo yacía debajo del suyo.

Miró en su dirección, frunciendo el ceño cuando no la vio. Cathal también estaba en


movimiento, pero los clientes de su club demandaban su atención y cada pocos pasos era
interrumpido. Cage se instaló frente a la barra, siguiendo el progreso de Cathal.

Empezó a sonar una canción lenta, sensual. Versos maduros con imágenes acaloradas
atraían a las parejas a la pista de baile, sus bocas buscándose y encontrándose mientras sus
cuerpos se fundían en un abrazo lento, erótico.

No era inmune a la aglomeración de feromonas humanas o a la música provocadora.


Tampoco, al parecer, lo era Cathal.

Cathal se dirigió a la entrada del club, sus pasos firmes indicando que tenía la intención
de irse o por lo menos de salir a respirar el aire frío y húmedo del océano.

Cage abandonó su lugar en el bar, regulando su paso para interceptar a la pareja de la


seidic justo cuando él llegaba a la puerta. El humano irradiaba calor, la magia brillando a lo
largo de las marcas en su brazo, familiares y extrañas.

—¿Estoy en lo correcto al pensar que eres Cathal Dunne? —preguntó, dando un paso
hacia la noche detrás de su presa.

—Sí. —Una respuesta suave, cortés, tal y como correspondía al dueño de un club.

—Soy Cristo Cajeilas. Cage.

Le ofreció su mano, curioso y cauteloso en cuanto a lo que el roce de magia contra magia
produciría. Su interés por la seidic se profundizó ante su aparente gusto y trazo sensible,
como si en la distancia ella estuviera notando su evaluación, aunque el humano no mostró
ninguna reacción.

—Eres muy popular, al igual que tu pareja, Etaín.

La sospecha endureció la expresión de Cathal. Cage se encogió de hombros, exagerando


el gesto al mirar hacia abajo a los antebrazos expuestos de Cathal.

—Soy un coleccionista de lo arcano. Reconozco lo que ha sido escrito en tinta. ¿Quieres


saber más?

Sus labios se sellaron y su cuerpo se tensó en respuesta, pero Cage había buscado tesoros
durante toda su existencia y reconocía fácilmente el destello y brillo de tentación en los
ojos de otro. Una mirada hacia el club, la vacilación más leve marcada con un destello de
preocupación, precedió lo dicho por Cathal:

—Escucharé lo que tienes que decir de camino a mi coche.

En el callejón, el teléfono desechable vibró, inundando a Lucky con adrenalina. Es el


momento. Era hora de mostrarle a Jacko que era un hombre de palabra, un hombre que
hacía el trabajo sin problemas.

Se inclinó hacia la izquierda, queriendo eliminar a ese bastardo rico rápidamente. Pensó
que podría distinguir el sonido de pasos acercándose a él, pero ahora no estaba seguro. La
ciudad era demasiado ruidosa, y del club salían sonidos apagados de la música que se estaba
tocando.

Acarició el gatillo, queriendo apretarlo.

Vamos. Vamos.

Las zancadas de Cage seguían fácilmente el ritmo de las de Cathal. Así no era cómo se
había imaginado la charla, pero descubrió que disfrutaba de la intriga, del reto añadido, y
en realidad iba en desventaja por desconocer cuánto sabía Cathal sobre lo sobrenatural.

La tinta sugería familiaridad íntima, pero la falta de cualquier tipo de protección era una
gran contradicción y una advertencia de no hacer suposiciones. Se debatió entre diferentes
formas de entrar en el tema hasta finalmente elegir decir:

—¿Estás familiarizado con Aesirs?

El ritmo de Cathal descendió, aunque no de forma brusca.

—Sí.

—¿Y con el hombre que lo proclama suyo?

—Eamon.

No lord Eamon. Interesante.

La espada enfundada a su espalda atrajo la atención de Cage, haciéndole sentir una onda
hambrienta de anticipación antes incluso de que pudiera llegar a una conclusión.
La atención de Kestrel se enfocó en un callejón más adelante, igual que la de Cage.

Ah, allí estaba, el latido al ritmo del de un conejo, del corazón de una presa, el olor de
la adrenalina y las drogas. Un humano con intenciones oscuras, un asesino cuya muerte
sería suficiente para satisfacer a Kestrel… por ahora.

Fácilmente podría detener a Cathal sin que le supusiera muchos problemas, pero
permitir que el ataque sucediera sería mucho más ventajoso. Un paso más y Cage levantaría
su escudo natural, ampliándolo para incluir a Cathal, la capacidad de una adaptación
evolutiva desarrollada a lo largo de milenios.

Un hechizo murmurado adquirido en un trato con lord Eamon los ocultó de las
cámaras. La desaparición podía, como tal, ser peligrosamente reveladora en este mundo
adicto a la tecnología. Pero era un riesgo necesario para atraer a Kestrel, y envió la espada
volando en el instante en que la oscuridad se convirtió en la forma de un hombre con una
pistola.
17

Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Kora

¡Mierda! La sorpresa inundó a Cathal junto con adrenalina, su realidad retorciéndose y


alterándose aún más mientras la tinta que recorría sus antebrazos se encendía en relación
a una secuencia de acontecimientos, rápida como un parpadeo.

Un punk con una pistola sostenida de costado al estilo mafioso se hizo visible,
apuntándole inequívocamente a él.

Un cuchillo voló por los aires, emitiendo un ruido que sonó como la llamada de un
halcón.

El deslizamiento infalible de esa cuchilla a través de tela y piel, lanzando destellos azules
mientras atravesaba el corazón del asesino, ese color brillante desvaneciéndose a negro.

—Estamos a salvo de los ojos curiosos al otro lado de la cámara —dijo Cage,
sorprendiendo a Cathal, la sospecha asaltándole, aunque no le detuvo de conseguir una
mirada de más de cerca al cuerpo.

Pandillero. Asesino a sueldo. Hispano. No le tomó ningún esfuerzo creer que este
intento había sido una venganza por lo que su padre y su tío les habían hecho a los chicos
que habían drogado y violado a Brianna y a Caitlyn.
Justicia. Venganza. A veces, las dos estaban tan cerca que eran casi inseparables, nada
más que intenciones.

Habiendo visto los dibujos de Etaín de lo que su prima y su amiga habían soportado...
No sabía si fue esperanza o temor lo que le hizo preguntar:

—¿Es humano?

—Ah, así que sabes que existe la posibilidad de que podría no serlo.

Cage se arrodilló junto al cadáver, sus ojos rojos brillantes mientras tiraba de la cuchilla
fuera del cuerpo.

Miedo en su estado más primitivo instó a Cathal a salir huyendo. Se mantuvo firme.

Dientes blancos destellaron en una oscuridad iluminada por farolas distantes y una luna
brillante.

—Sí, este asesino es humano. No es una gran pérdida para tu raza. No podría decirse lo
mismo de ti. He respondido tu pregunta. A cambio, preguntaré. ¿Sabes lo que es Eamon?

—Sí.

—¿Y Etaín?

—Sí.

—Nómbralo.

—Cambiante.

Hubo una expresión de sorpresa fugaz en el rostro de Cage.

—Y seidic.

—Sí.

—¿Ella reconoce a Eamon como su señor?

A pesar de la tregua de antes, Cathal sintió un retortijón en el estómago, una tensión


ante la perspectiva de ser un humano viviendo entre lo sobrenatural.

—Ninguno de nosotros lo hacemos.

—No lo llamáis lord todavía. Me sorprende que no la haya reclamado para él.
Cathal desvió la mirada, imágenes de Eamon entre los muslos de Etaín llenaron su
mente. El sonido de sus gritos de placer acompañando la repetición de la realidad,
recordándole por qué había dejado el club, para unirse a ellos, sus celos sumergidos en un
éxtasis recién descubierto.

Cage lo leyó en él. O lo supuso.

—Así que ya son amantes.

Cathal se obligó a responder. Esta era la verdad de su vida a menos que algo cambiara.

—Sí. Son amantes.

Cage entendió entonces la falta de defensas o de presencia Élfica, una gran pieza del
rompecabezas deslizándose en su lugar. Entre lo sobrenatural, ya fuera un territorio, joyas
o, en este caso, una pareja, poseías solo lo que podías proteger contra los cambiantes,
ladrones o cualquier otro tipo de depredador, aunque la muerte en general no era
consecuencia de un fallo cuando se trataba de los longevos.

No había pensado que Eamon fuera lo suficientemente despiadado para jugar un juego
con este mortal atado, sino que se lo imaginaba ganando el control total de una seidic, una
verdaderamente poderosa...

Cage no sintió ningún remordimiento en señalar lo obvio, en usarlo a su favor.


Señalando el cuerpo, dijo:

—Eamon aparentemente ha optado por no protegerte mediante la asignación de un


guardia. Me hace pensar que la culpa no habría caído sobre él si este humano hubiera
tenido éxito en quitarte la vida. Es una manera fácil de deshacerse de un rival, ¿no estás de
acuerdo? Una manera fácil de liberar a tu amante de una decisión con el fin de tomar una
más ventajosa, en caso de que él no desee compartirla.

La sospecha volvió con una quemadura caliente, aunque no dirigida hacia Eamon.

—Sí —dijo Cathal, en cuclillas junto a Cage y preguntándose de nuevo si esto era una
trampa para ganarse su confianza. Una paranoia familiar se apoderó de él, un efecto
secundario de ser el hijo de un capo de la mafia acentuado por la presencia de un cadáver.

—La seidic podría ser solo suya, a menos que seas tú quien prefiera un arreglo que incluya
a otro hombre. Tengo libros en mi poder, conocimiento para asegurarme de que ella
sobrevivirá al cambio. Requeriría un traslado a Seattle. Os mantendré a ambos allí fuera
del alcance de lord Eamon, así como de otras amenazas élficas.
Cathal hizo rodar su teléfono en la mano, por primera vez volviéndose consciente de
haberlo sacado de su bolsillo. Instintivamente había querido llamar al 911, pero vaciló
porque estaba en presencia de un sobrenatural, porque era fácil prever la reacción de
Eamon. Era más fácil todavía imaginar a Eamon atribuyendo la razón del ataque a los
Dunne y usarlo como excusa para sacar a Etaín del alcance del daño, siendo su poder uno
que Cathal no podía retar ni derrotar.

Observando el teléfono, Cage dijo:

—El hechizo que lancé nos esconde de las cámaras solamente, no de miradas indiscretas.
Si intentas llamar a tus autoridades humanas, me iré y te dejaré solo para explicar lo que
pasó aquí. O di la palabra y garantizaré que el cadáver no se descubrirá. A cambio, solo
pido que consideres lo que he dicho y arregles un encuentro con Etaín.

—¿Ninguna demanda de que guarde el secreto?

Cage se encogió de hombros.

—¿Qué crees que ocurrirá si Eamon descubre mi interés por tu pareja o mi oferta para
ayudarte a escapar de su control?

Encarcelamiento.

Cathal guardó el teléfono en su bolsillo en respuesta, revisando la ropa del asesino


muerto y encontrando un teléfono móvil, pero nada más de interés. Lo sacó, preguntando:

—¿Cómo contactaría contigo?

—Creo que estuviste en el puerto deportivo por la mañana, o si no entonces tu


compañero lo estaba, visitando a Quinn y posiblemente a su amante. ¿Estoy en lo correcto?

—Estuvimos ahí.

La sospecha y la paranoia se desvanecieron bajo el recuerdo de Eamon advirtiendo que


la magia que hacía que Etaín tuviera un ataque atraería a lo sobrenatural como un faro.

—¿Qué eres?

Los ojos de Cage destellaron en rojo.

—Esa es una respuesta que se puede obtener en una reunión que no sea esta. El tiempo
se agota. ¿Deseas que me encargue del cadáver?

—Encárgate —dijo Cathal, de pie y alejándose, recelo llenándolo a cada paso, rozando el
arrepentimiento.
El teléfono del hombre muerto era pesado en su mano. Elección y consecuencia. La
inocencia, la culpa y el peso ominoso de lo que era correcto y de lo que estaba mal. Esto
era por qué nunca había querido dar el primer paso en el mundo de su padre... y, sin
embargo, hacerlo lo había llevado a Etaín.

Se las arregló para llegar a casa antes de que los temblores comenzaran y tuvo que luchar
contra una oleada de náuseas. Cristo. Cristo. Casi había muerto. Había visto a otro hombre
asesinado y se había alejado. Pero esas no eran las únicas razones del giro en sus entrañas,
de la intranquilidad.

Difícil pasar por alto a Myk fuera de la casa y a Liam en su interior. Guardaespaldas,
porque Etaín era importante.

La sospecha lo corroía mientras subía las escaleras hacia su dormitorio. Se preparó y no


se molestó en negar el alivio que sintió cuando vio a Etaín sola.

Podría tenerla para mí mismo. Le gustaba Seattle. Podía abrir otro club, tener a alguien
más que administrase el de San Francisco. Pondría distancia entre él y su padre y su tío.
Podría tener a Brianna viniendo para quedarse con él, lejos de la verdad que ella descifraría
finalmente.

La tentación lo inundó, y se hizo más intensa cuando Etaín pateó las sábanas como si
hubiera percibido su llegada. Jesús, era hermosa.

Se desnudó, la mirada vagando por su cuerpo, pezones rosados oscuros y muslos


extendidos, pliegues femeninos y un triángulo pequeño de vello dorado señalando hacia su
clítoris y entrada, a pesar de que no necesitaba nada para guiarlo al cielo.

Su polla ya estaba dura e insistente. Podía perderse en ella.

Infiernos, ya lo había hecho. Había estado fuera de control desde el momento en que se
detuvo delante del Stylin’s Ink y la vio a través de la ventana.

—Quizás será simple —había dicho su padre después de salir de la tumba de Caitlyn. Ese
día su implicación con ella había comenzado.

¿Simple? La risa silenciosa de Cathal fue como un profundo rasguño sobre


terminaciones nerviosas en carne viva.

Se subió a la cama junto a ella, el movimiento suficiente para que sus gruesas pestañas
revelaran unos ojos tan oscuros que parecían negros.
—¿Eamon? —murmuró ella, y los labios de él se separaron, dejando al descubierto sus
dientes. Su saludo había roto la barrera que los celos y la posesividad habían formado tras
su captura en el barco.

—No sé dónde mierda está. —No le importaba. Eamon probablemente estaba recibiendo
una actualización de los acontecimientos en el club.

¿Lord Eamon no tendría que saber que Cage estaba en su territorio? ¿No habría tenido
elfos apostados alrededor del refugio y en el puerto deportivo para ver quiénes se
presentaban, dadas todas las advertencias sobre magia atrayendo a otros para investigar?
¿No habría tenido a Cage vigilado?

A la mierda. No quería pensar en Eamon, aunque la sospecha se instaló más


profundamente en sus entrañas.

—Él no tiene importancia. No en este momento. —Un gruñido acompañó a sus dientes
descubiertos, su boca estampándose contra la de ella, su cuerpo cubriendo el de ella,
vibrando con la necesidad de dominar, de sacar cualquier pensamiento sobre otro hombre
fuera de ella con el empuje fuerte de su polla.

Las piernas de ella se colocaron alrededor de su cintura. Se introdujo en ella.

No lo suficientemente profundo.

No lo suficientemente profundo.

Todo dentro de él exigía más.

Salió, experimentando una satisfacción primitiva ante su gemido pidiéndole que no lo


hiciera.

Empujando hacia arriba, rompiendo el agarre de sus piernas, deslizó sus brazos por
debajo de ellas, la posición volviéndola más vulnerable, permitiéndole tener lo que quería.
Lo que necesitaba.

Se empujó dentro de ella de nuevo. No importaba cuántas veces la había tenido, ella
continuaba apretada y caliente, sus músculos internos aferrándose a él incluso mientras se
resistían, haciéndole trabajar por lo que quería, haciéndole sentir como un semental bien
dotado.

Probablemente ella lo compararía con un toro.

Y aun así ella se encontró con él en cada empuje. Era su igual en esto, porque a pesar
de cómo su cuerpo podía suavizarse, o de los gemidos y gritos que podía sacar de ella, ella
no era sumisa.
No importaba. Lo único que importaba era esto.

Ella era suya.

Suya.

Suya.

La palabra resonó con cada embestida.

Una y otra y otra vez. Convirtiéndose en un grito primitivo cuando su canal se cerró
alrededor de él, liberándose y demandando al mismo tiempo, el orgasmo de ella
desencadenando el suyo propio.

Él se corrió en una explosión ardiente solo para descubrir, cuando su cabeza se aclaró,
que no era suficiente. Nunca podría ser suficiente.

Adrenalina. Feromonas élficas. A punto de morir. Ya se había endurecido de nuevo


dentro de ella, la expresión sensual en su cara un reclamo de victoria femenina, un reto
que hacía que las fosas nasales se dilataran.

Salió de su vaina, creando un flujo de semen y excitación. Se movió hacia su ano


apretado y observó sus ojos llameantes parpadear con una pizca de miedo erótico.

—¿Alguna vez has dejado que un hombre tome tu culo?

—No.

Su polla se engrosó en anticipación, sintiendo algo primitivo y oscuro llenándole por


ser el primero. Le había prometido esto, a pesar de que se tomó su tiempo para prepararla.
Y entonces la reclamó, sus dedos trabajando su clítoris, asegurándose de que se corriera
antes que él.
18

Traducido por Nat.M

Corregido por Kora

Sleepy Ruiz estaba demasiado ansioso para preocuparse de que los policías lo arrestaran
o de ser atrapado cruzando el territorio que pertenecía a otras pandillas. ¿Dónde rayos
estaba Lucky? Debería haber llamado ya. Debería haber llamado hacía mucho tiempo.

Había pasado algo malo en ese callejón. Algo realmente malo.

—¿Vamos a seguir rondando toda la noche? —preguntó Puppy pasándole una cerveza a
Drooler, el cual iba armado.

—Saca el teléfono bajo el asiento —dijo Sleepy.

Drooler lo hizo, dándole el móvil de Lucky.

—Dímelo otra vez —dijo Sleepy.

—Esta es como la décima vez ya. El chico dejó el club con otro sujeto y se dirigieron hacia
el estacionamiento. Ellos estaban hablando, totalmente sumidos en su conversación y sin
prestarle atención a lo que ocurría a su alrededor. Que no era nada, hombre. Nada. Le
envié un mensaje de texto a Lucky y me separé, como él me dijo que hiciera. Debió haber
dejado que me llevara al tipo. Podría haberlo hecho sin problemas.
Sleepy quería decirle que se callara. Lo que importaba era Lucky. De ninguna manera
Lucky se rajó y huyó. De ninguna manera. Esto no era nada, un golpe fácil comparado con
llevar a alguien detrás de las rejas.

Pisó el pedal del acelerador. Esto era personal ahora. Él se la tenía jurada a Jacko, aunque
no de la misma manera que Lucky lo hacía. Pero no iba a dejar pasar esto, no sin una orden
directa.

Revisando los números de teléfono de Lucky, encontró a Jacko y se detuvo. Salió del
coche para evitar que Puppy y Drooler le oyeran. A pocos pasos de distancia, hizo la
llamada.

Jacko levantó un pulgar a su compañero. Él era el hombre aquí, el que hacía las cosas.

—Eh, Lucky. Dime algo bueno, camarada11.

—Soy Sleepy.

Su euforia le abandonó.

—¿Dónde está Lucky?

—No lo sabemos. Todo estaba preparado. Estaba en su lugar. Solo necesitaba que el
irlandés pendejo12 pasara por delante de él. Se suponía que debía llamarme para ir a
recogerlo. Eso fue hace horas.

—¿La policía está involucrada?

—No. Hemos estado conduciendo. Es como si nada hubiese ido mal.

—Si él aparece, llámame.

Jacko colgó. Lucky se lo había garantizado a Sleepy, pero no lo conocía lo suficiente


como para confiar en él de buenas a primeras.

—¿Tu camarada te falló? —preguntó Cyco.

—Cathal Dunne debió haberlo matado.

—¿Estás seguro de que no huyó?

11
En español en el original.
12
En español en el original.
—Positivo.

Cyco se inclinó y levantó el lanzagranadas.

—Di la palabra y te haré un favor.

Etaín se despertó, o habría pensado que lo hacía de no ser por el lago frente a ella y el
trueno de magia contra sus sentidos, sintiendo su latido a través de las plantas de los pies.
Tardó un segundo en reconocer el ritmo, en compararlo con la ausencia de sonido
testimonio de un corazón silenciado.

El alivio la llenó. Esto no era una aparición post-muerte. A medida que el agua se
ondulaba hacia el centro, condensándose el verde cediendo al azul, solidificándose en un
precursor del Dragón, comprendió que, si no era una aparición, entonces era una
invocación, y ella era la convocada.

El ritmo que latía contra la planta de sus pies se aceleró. Reaccionar involuntariamente
con pánico o miedo no tenía sentido. Estaría muerta si la manifestación que ahora se alzaba
del lago así lo deseaba.

La luz del sol era atrapada en diferentes tonos de color verde esmeralda, y convirtió las
gotas de agua en un brillante arco iris de colores. Era difícil no quedarse asombrado por la
vista, y más difícil aún fue no dar un paso atrás cuando el Dragón se acercó.

En su presencia, no podía aceptar que se tratara de un avatar. La risa del Dragón fue
como un destello en su mente. Existo igual que tú.

—¿Dónde estoy? —preguntó Etaín con la esperanza de aprender algo, aunque dudando
que hubiera sido convocada para satisfacer su curiosidad.

La bestia ladeó la cabeza. En el lugar de tu nacimiento.

—¿Hablando figurativa o literalmente?

Eres una cambiante inteligente. Tu madre vino a mi lago con un embarazo avanzado. Ella y yo
hicimos un trato, y en esta orilla naciste. En estas aguas fuiste bañada después de tomar tu primer
aliento, y por un tiempo ambas permanecisteis aquí.

—¿Esto es la casa de los Elfos?

Fuego vino en respuesta después de que exhalara un resoplido, aunque su llama se


dividió cuando llegó a ella, haciéndola consciente de la piel desnuda y de su propia
desnudez. Joder. No es que ella se sintiera cohibida por su cuerpo, pero prefería elegir quién
lo veía.

Otra ráfaga de llamas le recordó que en este lugar, al menos por ahora, sus pensamientos
no estaban ocultos del ser que la había convocado.

Consideró dibujar el glifo de contención que Eamon le había enseñado, pero descartó
la idea.

El Dragón era real. Este lugar era real.

Síííííí.

No era la casa de los Elfos. Pero de alguna manera estaba conectado.

Síííííí. Ve a verlo por ti misma.

Se volvió para ver el bosque primitivo detrás de ella con el corazón latiendo con rapidez,
como si su alegría hubiese sido programada para activarse al estar tan cerca.

Era un lugar oscuro con árboles altos, anchos y muy próximos entre ellos, como
centinelas fronterizos, pero entraba luz suficiente para diferenciar un camino. Comprendió
instintivamente que conduciría a una fisura entre las realidades, a una puerta como de la
que Eamon había hablado durante su lección, solo que esta la llevaría al mundo del que
sus antepasados habían sido desterrados.

Unos pocos pasos más y ella podría estar en el camino. Sería casi como entrar en el
pasado, como entrar dentro de la parte inaccesible de su memoria.

Síííííí. Pero volver por el camino por el que vino tu madre te conducirá a tu muerte.

Etaín se volvió hacia el Dragón. La magia pulsando contra las plantas de sus pies se
convirtió en fuego líquido. Subió hasta la vid con tinta en sus brazos y se concentró allí,
teniéndola casi en agonía antes de deslizarse hacia las bandas en sus muñecas. La
quemadura allí parecía despertar a los ojos en sus palmas, por lo que abrió los puños
cerrados para liberar cientos de rayos dorados, como si el fuego del dragón se hubiera
convertido en un sol confinado.

Escoge uno.

No había nada que destacara a uno por encima del otro, así que eligió al más cercano a
los que subían por su mano izquierda.

Los demás se desvanecieron como lo hicieron las carreteras de oro la noche que se había
dejado llevar por la realidad del asesino. Solo que esta vez ella supo inmediatamente quién
usaba su tinta, su visión llenándose con la vista de DaWanda sobre ella, sus generosos
pechos siendo ahuecados por las manos que ella reconoció como propias de Jamaal.

¡Mierda! Etaín se alejó de forma brusca mentalmente cerrando la puerta de la escena, sin
querer invadir la intimidad de su amigo.

A veces se justifica la invasión. A veces es necesario.

¿Era un pensamiento suyo? ¿O del Dragón?

No podía estar segura y por eso sintió una repentina incertidumbre, una preocupación
de que quizás Eamon tenía razón y de que nada de esto era real.

Un resoplido la golpeó con humo y la rodeó en llamas. Elfo atado a la tierra ¿Qué sabrá él
de una seidic nacida en un reino prohibido debido a los actos de sus antepasados?

El calor y la neblina se desvanecieron y sus palmas volvieron a encenderse con rayos


dorados. ¿Cada uno representaba a una persona? ¿O a un tatuaje?

Podría enseñarte a usar esto. Con ello podrías identificar al asesino que buscabas. ¿Síííííí?

El sonido sibilante de sus palabras le hizo pensar en una serpiente en un árbol del
conocimiento, una imagen metafórica para la tentación, y fue tentada. Pero recordó la
sensación de espirales alrededor de su cuello estrangulándola para que eligiera, y le hizo
preguntar:

—¿A qué costo?

El fuego vino con una respiración controlada. El Dragón creó un sello ardiente en el
aire entre ellos, tomando posesión de la totalidad de su conciencia y llameando contra sus
párpados incluso cuando se despertó.

En el ojo de su mente vio el sigilo entrelazarse en el interior de sus muñecas con los
tatuajes. Entendió que se trataba de tinta que no podía ser aplicada por otros, que
requeriría que Cathal o Eamon estiraran su piel mientras ella usaba su mano como
herramienta sobre sí misma.

Lentamente, la urgencia del asunto se desvaneció. Intentó posponer el enfrentarse a lo


que significaba acurrucándose en un capullo de calor masculino, pero no pudo.
Finalmente, desistió y se sentó para coger la libreta y los lápices de colores de la mesita de
noche estirándose por encima del pecho desnudo de Cathal.

Él también se sentó, distrayéndola con pensamientos de sexo cuando la sábana se cayó,


quedando la suficiente luz lunar para revelar la erección contra su estómago. Un tirón de
Eamon del edredón la ocultó de la vista, reenfocándose en la libreta en la mano de Cathal,
quien murmuraba:

—Idiota.

—Lord Idiota para ti —dijo Eamon. El movimiento de sus labios muy besables la habría
destrozado por segunda vez si no fuera por la tensión que atravesaba a Cathal y por su falta
de respuesta.

—¿Cuándo has vuelto? —le preguntó ella a Eamon.

—Hace unas pocas horas.

—Antes de ir a la cama, Liam me dijo que habías ido a investigar un disturbio en los
barrios de la periferia de la ciudad. ¿Encontraste algo?

—Nada definitivo.

Cathal encendió la lámpara de la mesita de noche, su inquietud creciendo ante la


tensión en él. Ella se contuvo para no tocarle, temerosa, muy, muy asustada de que no
pudiera ser capaz de controlar su don. De que había rebuscado en su cabeza para encontrar
la respuesta a lo que le molestaba.

Algo debía haber ocurrido. No aquí, a menos que ella se hubiera dormido.

El club parecía un lugar más probable. Cuando él llegó a casa...

Ella se estremeció con deleite pese a una súbita inseguridad. Tal vez el estar totalmente
inmersa en el mundo de él, en el mundo normal, había hecho que él tuviera
remordimientos por esto, por ellos. Eso explicaría lo feroz que había sido haciendo el amor.
La violencia subyacente y la desesperación.

Se mordió el labio. El leve dolor le aclaró la cabeza. Más tarde, cuando ella y Cathal
tuvieran un momento a solas, le preguntaría qué estaba pasando y qué había cambiado
desde que los tres estuvieron juntos en el jacuzzi.

Seleccionando un lápiz verde esmeralda de la caja, dibujó el sigilo sin comentar sus
orígenes. Cuando estuvo hecho, Eamon se inclinó hacia delante. Su pecho tocó el hombro
de ella mientras trazaba el intrincado diseño con un elegante dedo.

—Esto representa la servidumbre. ¿Viste esto en uno de los humanos de nuestro mundo?

Se refería a los que habían estado en su sección en la recaudación de fondos del refugio,
los mismos humanos que habían luchado antes de que fuera secuestrada por el Violador
Arlequín.
—Lo vi en un sueño. —¿Verdad? ¿Mentira? ¿De qué otra forma podría llamarlo?—. ¿Cómo
se usa?

—En su esencia, significa un vínculo obligado por juramento. Para ti, la mayoría de los
sigilos son cosas que se pueden aplicar con tinta. Eso es lo que hace que los seidics sean
únicos y el motivo por el que los elfos no suelen llevar tatuajes. Los seidic son raros y pocos
tienen acceso a ellos. En este mundo, por capricho de la reina, los seidics se usan para
castigar o recompensar.

—Pero, por alguna razón, inmediatamente pensaste que había visto este sigilo en un ser
humano. ¿Por qué?

—En primer lugar, Etaín, debido a que normalmente no tenemos acceso al seidic, cuyos
dones incluyen la habilidad de mejorar la magia o negarla, e incluso de regalarla con la
aplicación de su tinta. Lo compensamos con puntos focales mágicos, cosas usualmente
hechas para un solo propósito. Los pendientes que llevo son un ejemplo.

Etaín tocó con la punta del dedo el perno que Eamon llevaba en la oreja izquierda,
recorriendo su superficie a lo largo del armazón, sonriendo mientras la mirada de él se
acaloraba, como si recordara la sensación de su lengua y labios en ellas.

—¿Tú los hiciste?

—Las piezas básicas de joyería no. El trabajo del metal y la artesanía de la piedra no son
mis dones, pero las especificaciones sí las hice yo. Están vinculadas personalmente a mí y
son inútiles para cualquier otra persona. La mayoría de los elfos que son capaces de
reclamar y mantener su territorio son conjuradores. Es debido a esa habilidad que los seres
humanos pueden ser parte de nuestro mundo, y sus vidas más longevas.

—¿Se ganan cientos de años usando solo un pedazo de joyería?

—Es un poco más complicado que eso. Requiere un juramento de sangre hecho en una
ceremonia presenciada. Implica una aceptación de la responsabilidad junto a una promesa
de obediencia.

—¿Por qué servidumbre? —preguntó Cathal con un gruñido en su voz y ella no le culpó,
no cuando la palabra “obediencia” le hacía rechinar sus propios dientes.

Eamon se encogió de hombros, un gesto que casi garantizaba el fin de la paz de no ser
porque el comportamiento de Cathal ya lo había anunciado.

—Pocos humanos son tocados por la magia. —Significando, en esencia, que nunca eran
considerados como iguales.
No era un pensamiento que mantuviera la armonía de la relación. Miró hacia la libreta
en su regazo, el verde esmeralda un recordatorio del Dragón.

—¿Y qué pasa entre los elfos, o entre los elfos y los seres no humanos? ¿Se usaría el sigilo?

—Podría ser. —Su tono decía que no era frecuente.

Su madre no llevaba joyas ni marcas entintadas, pero Etaín se estremeció al darse cuenta
de que no podía estar segura de que su madre no llevara el sigilo de servidumbre del
Dragón. Como el verde esmeralda que ella llevaba, el cual no había notado hasta que el
sufrimiento causado por el Violador Arlequín la acechó y le descubrió la verdad de las
marcas que puso sobre Cathal.

En realidad, no lo vio hasta que estuvo de pie en la ducha con él, los riachuelos de agua
fluyendo por sus brazos convirtiendo el diseño en un círculo para su ojo mental. De esta
forma reconoció que su madre llevaba el mismo patrón alrededor de sus muñecas, oculto
por el entrelazamiento de otros sigilos, e incluso entonces no había hecho la conexión como
la había hecho ahora.

Su padre era seidic. Su madre tenía el don de la visión, ahora estaba segura.

Incluso en el paraíso hay política, y algunos emparejamientos son vistos como una amenaza por
los que están en el poder. Tu madre vino a mi lago con un embarazo avanzado. Ella y yo hicimos un
trato, y en esta orilla naciste.

—¿Qué es lo que te frustra tanto? —le preguntó Eamon.

—Estaba pensando en mi madre y en el sigilo.

—¿Crees que lo lleva?

—Creo que es posible que esté atada al Dragón.

—Por el bien de tu madre, espero que te equivoques. Significaría que la magia le controla
más a ella que a la inversa.

—Si es que el Dragón es real —dijo Etaín. Sin embargo, sentada en la cama de Cathal y
rodeada de las cosas cotidianas de un mundo normal, se sintió absolutamente perdida al
pensar en el agua de color verde esmeralda ondulando hacia el centro, como si fuera magia
disuelta, condensada y solidificada en un avatar que nunca salía completamente del lago.

Teniendo en cuenta el riesgo, trató de contarle a Eamon detalladamente el sueño, pero


el endurecimiento de su garganta y el congelamiento de su mano al intentar dibujar lo que
no podía decir fue advertencia suficiente. La lucha solo haría obvia su falta de control.

Puso en práctica las lecciones de magia que la habían dejado hecha un bulto exhausto
en el sofá. Se imaginó el sigilo desviando y alejando la magia de ella en un bucle inofensivo,
pero la libertad de hablar le fue devuelta solo cuando cambió de tema.

—Tengo que ir a Stylin 'Ink por la mañana.

—Te acompañaré. ¿Cathal?

¿Era una orden lo que escuchó en la voz de Eamon? Cathal no podía estar seguro.

Su mirada se desvió hacia la ropa que llevaba puesta, y sus ojos se detuvieron en el
bolsillo donde llevaba el teléfono del pandillero muerto. ¿Qué mierda debería hacer con él?

Llevarlo a la policía estaba descartado, tanto por el cadáver como por no haberles
llamado antes. Llevárselo a su padre podría resultar en un baño de sangre, aunque se dio
cuenta de que tendría que visitarle también, porque la culpa le mataría si Brianna había
sido un blanco de venganza y alguien había llegado a ella.

¿Entregárselo a Eamon? ¿Como haría un buen humano obediente?

Suprimió un gruñido. Tendría que dejar a un lado a Sean, y tendría que bailar alrededor
de la verdad acerca de dónde vino el teléfono y por qué podría ser importante.

—No. Tengo algunas reuniones que no puedo reprogramar. Después me encontraré con
Sean para ver si él y Quinn han conseguido en algún lugar los dibujos que Derrick entregó.

—Heath, mi quinto, te acompañará como guardaespaldas —dijo Eamon, tirando de la


cadena de paranoia que existía en Cathal por culpa de su padre y su tío.

La sospecha en su intestino ardió más fuerte. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Porque Eamon
sabía lo del pandillero? ¿Porque sabía que el barco de Cage estaba amarrado cerca de Sean?

La magia lo eligió. Acepto la elección, aunque no habría hecho la misma. Palabras de Eamon
dichas a Etaín. Solo ahora que Cathal lo consideraba descartado, las opciones de Eamon
se expandieron.

De todos modos, estaría a salvo con Eamon y los guardias. Más seguro que cerca de él,
ahora que parecía más probable que el tiroteo desde el coche en frente del refugio estuviera
destinado a él, no a Anton.

El abrazo de Etaín y la sensación de la presión de sus curvas femeninas le permitieron


escapar de la oscuridad de sus pensamientos. Lo que necesitaba era un poco de espacio para
respirar, y conseguiría una solución en unas pocas horas.

Por ahora…

Él capturó su boca, contento de perderse en ella.


19

Traducido por *eliza*

Corregido por Paulii~

Derrick paró en la entrada del garaje. El olor de la grasa y el aceite, la explosión de la


música mexicana y el sonido de las herramientas eléctricas junto con gritos en español,
todos trajeron recuerdos. Los anteriores fueron casi dulces, pero los posteriores, dolorosos,
aunque él enderezó su espalda, sin permitir que fueran algo más que un rasguño en contra
de su fortaleza emocional endurecida.

¡Nunca más! ¡Me niego a ser tan necesitado de nuevo!

Él se negó firmemente a mirar a la mesa de trabajo, donde un ejemplo particularmente


horrible de necesidad había sucedido en su última visita aquí, cuando él había rastreado a
Emilio después de que no se había presentado para su cita.

Ya no soy esa persona débil.

Se tocó el dibujo en su bolsillo como prueba de ello. Etaín lo necesitaba y allí estaba él.

Emilio levantó la vista justo cuando Derrick lo encontró entre los mecánicos vestidos
con monos. Su sonrisa era arrogante, como si hubiera sabido que era solo cuestión de
tiempo antes de que Derrick diera la vuelta de nuevo.
¡Oh por favor! Derrick casi rodó los ojos. Emilio era un niño en comparación a Quinn.

Se pavoneó hacia adelante, sus caderas balanceándose para que Emilio consiguiera un
buen vistazo de lo que se estaba perdiendo. Este era el nuevo Derrick, seguro, fuerte, amado.

Ahora eso provocó una loca agitación en su pecho ya que Quinn no había pronunciado
las palabras todavía. Pero estaba allí. Él absolutamente sabía que lo estaba.

Y si Quinn no lo había dicho, Etaín sí. En todo caso, ella era un caso mucho más difícil
que Quinn. Mucho, mucho más reservado emocionalmente.

—¿Me extrañaste? —preguntó cuándo llegó a Emilio.

—Buena pinta, Derrick, buena pinta. —Los ojos de Emilio cayeron una vez más y
persistieron en la entrepierna de los pantalones vaqueros muy ajustados.

Derrick se pavoneó. No es que él estuviera interesado, por supuesto. Pero se había


vestido para obtener respuestas y obtendría respuestas si había alguna. Ahora por el halago.

—Estás divino, absolutamente delicioso. —Hubo un atisbo de verdad en el cumplido,


aunque realmente, holgados monos manchados de grasa no hacían nada para nadie. Las
botas por otro lado…

Pesadas, robustas, varoniles. Él podía preferir personalmente tacones cuando quería


verse bien, pero apreciaba otros calzados y lo que eso decía sobre el usuario. Pon a un
Quinn desnudo en esas mismas botas pulidas y lo haría parecer a un soldado con licencia
o a un policía listo para la acción fuera de servicio…

Ups, allí estaba una desventaja para pantalones ajustados, pero…

Úsalo bebé. Úsalo.

Él tiró de sus jeans y casi se rio de la forma en que el pecho de Emilio se hinchó. El gallo
engreído pensó que la erección era por él.

—Así que, ¿qué te trae por aquí? —dijo Emilio.

Esta era la parte difícil. Este era el lugar donde la experiencia o tener un gusto por libros
con héroes investigadores privados habría venido muy bien. Se mordió el labio, preocupado
de que tal vez esto era un error, uno que llevaría a Quinn a estar molesto o a meterse en
problemas con Sean.

Emilio miró por encima del hombro izquierdo de Derrick, en el lugar donde una
ventana permitía a la gente en la oficina y sala de espera ver dentro del garaje.
—Mira. Lo que sea, mi jefe va a venir y golpeará mi culo por no trabajar en unos treinta
segundos.

—Bien. Bien —Respiración profunda—. ¿Conoces a un tipo llamado Marc Ruiz?

—Conozco a un par de ellos.

Derrick sacó la foto de su chaqueta, desplegándola y mostrándosela a Emilio.

—Este Marc Ruiz.

—¿Por qué preguntas? —¿Eso era un sí?

—Estoy ayudando a una amiga. Ella está tratando de localizar a algunos chicos a quienes
les hizo un tatuaje. Es para un proyecto de libro, pero todo es muy secreto en este momento.

Emilio bajó la mirada hacia la foto.

—No. No lo conozco.

¿Cuánto decir sin hacer que sonara como una investigación policial? Mencionar la oveja
del golpe definitivamente era un rotundo no, pero L.A.13 parecía lo suficientemente seguro.

—Mi amiga dijo que él era un miembro de una banda en L.A., es la misma en la que creo
que me dijiste que tenías primos.

—Como he dicho, no lo conozco.

—Bien, bien. —Emilio sonaba a la defensiva, podría significar que lo conocía pero
también podría deberse a que el adolescente que había estado barriendo el suelo en el otro
extremo del garaje estaba ahora a un par de pasos, la escoba abandonada por un teléfono
móvil, y Emilio no quería a nadie pensando que él daría información sobre un miembro
de una banda.

El adolescente le disparó una ráfaga de español a Emilio. Derrick entendió la esencia de


ello, algo así como “El jefe acaba de notar que tienes compañía. Mejor envía a tu novio
lejos”.

—Gracias, Drooler.

Derrick se estremeció. Drooler. Era un nombre de la calle. Patético. Y el arte visible en


sus manos y cuello prácticamente gritaban pandillero, o imitador.

13
LA: Los Ángeles.
Derrick dobló el boceto y lo devolvió a su bolsillo.

—Nos vemos.

Emilio lo detuvo poniendo una mano en su brazo. Alguna vez habría sido agradable,
pero ahora, nada. Sin hormigueo. Sin pesar. Sin calor.

—¿Estas con alguien?

—Definitivamente tomado.

Un delicioso escalofrío pasó por él. Tomado, esa palabra encarnaba sexo con Quinn.

La mano se alejó.

—Es una pena. Hemos tenido algunos buenos momentos juntos.

Eso no te detuvo de romper mi corazón y arrojarme como basura.

¡No! Dicho y hecho. Terminado.

El nuevo Derrick no se detenía en los errores del pasado o en las heridas del pasado. El
nuevo Derrick se fue sin mirar atrás, aunque sentía unos ojos perforando su espalda.

Alegría pura, no había otra manera de describirlo. Explotó en el pecho de Etaín y se


extendió hacia afuera al momento en que se detuvo frente a Stylin’ Ink.

Bryce era visible a través del cristal, de pie detrás del mostrador, girando la mano en un
movimiento apurado para que todo aquel que estaba hablando por teléfono no pudiera
mirar. Sonrió cuando la vio, y ella la devolvió, sintiéndola todo el camino hasta su alma.

Los hombres en el coche con ella fueron olvidados hasta que Eamon la detuvo con dedos
firmes alrededor de su muñeca y le ordenó en voz suave.

—Espera. Permite que Liam y Myk salgan del coche primero.

Incluso ese breve retraso era casi más de lo que podía soportar. No podía renunciar a
esta parte de su vida. Poco a poco se marchitaría y moriría por dentro.

Las puertas traseras estaban abiertas por guardias hermosamente letales indicando una
falta de peligro. Eamon la soltó para salir del coche, Myk apenas la llevó a preceder su
entrada en Stylin’ Ink.
—Tenemos con nosotros a una princesa en la casa —llamó Bryce, rodeándola en un
abrazo apretado.

Sus brazos se deslizaron alrededor de su delgada cintura, su agarre tan feroz como el de
él.

—¿Princesa? ¿Estás tratando de arruinar mi reputación de patea traseros etiquetándome


con ese apodo cursi?

—Patea traseros, sí, si eso significa que de alguna manera te las arreglaste para alejarte
después de las terribles mierdas que han pasado. —Se estremeció a pesar del duro discurso,
susurrando—. ¡Joder, Etaín! ¡Joder!

La culpa la agarró por la garganta, ahogando sus palabras tan eficazmente como lo hizo
el Dragón. Ella cerró sus ojos, apoyó su mejilla en él hasta que fue capaz de hablar.

—Debería haber regresado para la recaudación de fondos, al menos durante unos


minutos.

—Olvídate de esa mierda. Te hubieras reventado hasta las costillas. —Sus brazos se
aflojaron inmediatamente, una pequeña sacudida pasó por él—. ¿Estás bien?

Ella lo abrazó con más fuerza en demostración.

—Estoy bien.

Tan bien como iba a estar teniendo en cuenta que era una maldita casi Elfa que visitaba
a un Dragón que podía o no ser real.

Jamaal se unió a ellos, las manos cubiertas por el látex azul, sus brazos desnudos,
mostrando los músculos y el arte y haciéndola sonrojar con la imagen recordada de
DaWanda sobre él, sus pechos en sus manos.

Hubo un zumbido contra sus sentidos, la conciencia casi irresistible que él llevaba más
de uno de sus tatuajes. Cuando él la agarró en un abrazo feroz, ella apretó sus puños contra
la fina tela de su camisa, temblando no solo ante la perspectiva de la invasión de su vida
privada, sino al robar sus recuerdos.

El fuego se deslizó a través de la tinta en sus brazos y en sus muñecas. Ella se habría
alejado si no estuviera congelada en el lugar, al menos el tiempo suficiente para escuchar la
voz sibilante del Dragón. Ssseguro. Mi don.

Tan rápido como había llegado el calor abrasador, se apagó. Ella apretó su agarre sobre
Jamaal, el corazón tronando. Tenía que haber una manera de prevenir el secuestro de su
cuerpo, aunque la verdadera ira y el miedo a la pérdida de control quedaron enterrados
bajo el alivio.

Jamaal estaba a salvo de ella. Casi esperaba el sigilo representando la servidumbre para
arder a través de sus retinas.

Él la soltó. Bryce dijo:

—Despejé tu horario para la semana.

Ella agradeció a Eamon por no decirle de inmediato a Bryce que no iba a volver a
trabajar. Su garganta se obstruyó cuando la realidad se instaló, que la pérdida de esto podría
no suceder por el decreto de Eamon sino por su propia elección.

¿Cómo podía seguir viniendo aquí si ponía a sus seres queridos en peligro? ¿Cómo podía
seguir aplicando tinta cuando la pérdida de privacidad podría ser el menor de los peligros
que presentaban sus tatuajes?

Bryce interrumpió la introspección dolorosa con las manos en sus hombros.

—Pensé que habías dicho que estabas bien.

Ella parpadeó las lágrimas derramadas.

—Solo se siente como un montón de tiempo desde que las cosas eran normales.

Él se movió detrás del mostrador.

—Hablando de lo normal, uno de los trabajadores del refugio vino con tu teléfono.

Lo sacó de un cajón, entregándoselo mientras Jamaal regresaba a su puesto de trabajo.


El anhelo henchido con el zumbido de su máquina, creando un vacío hueco ante la
perspectiva de perder esto. De alguna forma tenía que encontrar una manera de mantener
esto como parte de su vida y que fuera seguro para todo el mundo.

¿Incluso si eso significaba la servidumbre?

Una mirada hacia las muñecas entintadas, y el sigilo brilló en su mente como si ya
estuviera en su piel y entrelazado con las bandas que su madre había hecho. Ella parpadeó,
sacando la marca de su vista antes de encender el teléfono móvil.

Ve, pero permanece sin ser visto.

El mantra de su madre. La vida de su madre.

Ya no aplicable.
Se necesitaría horas para devolver todas las llamadas de las personas a las que había oído
hablar de hacerse cargo del refugio. La preocupación la afligió. Eso confirmó su decisión
de seguir siendo parte de este mundo humano de una manera que importaba.

Deslizando el teléfono en su bolsillo se volvió justo cuando Derrick llegaba


despreocupadamente.

—¡Delicioso! Tienes al Sr. Comestible contigo junto con el delicioso bocado sabroso al
que llamas novio.

—Un compañero permanente —murmuró Eamon, su diversión haciéndola sonreír.

—No conoces la mitad de ello —dijo Derrick.

Sonrió, abrazándola y susurrando:

—Estoy impaciente por obtener una descripción golpe-por-golpe. —Con énfasis en golpe.

—No va a pasar.

Su boca formó un puchero contra su mejilla.

—Aguafiestas.

Se sentía despreocupada a pesar del deslizamiento de fuego por sus brazos y con ello la
fuerte conciencia de la conexión entre ella y el Dragón.

—Los detalles te pondrán verde de envidia.

—Tal vez en el pasado, pero no ahora. Tengo a Quinn.

Ella no pudo evitar preguntar:

—¿Él está bien?

—Mejor que bien. —El ronroneo lo dijo todo, pero a medida que se extendía el momento,
su sencilla felicidad huyó cuando no había oferta sibilante de ssseguro, mi don.

La preocupación apretó su pecho, y aunque sospechaba que Eamon la consideraría tonta


por intentar eso, mentalmente se extendió, buscando al Dragón, buscando la seguridad y
obteniendo nada, excepto un miedo penetrante, un oscuro presagio de que Derrick podría
ser utilizado en su contra, o peor, ella podría lastimarlo.

Salió del abrazo, sintiéndose a la vez perseguida y cazada, sin atreverse a arriesgarse a más
contacto piel con piel.
Eamon observó el juego de emociones en el rostro de Etaín, de la felicidad y alegría a
algo que tiró de su corazón, abriendo una grieta en su decisión de separarla completamente
del mundo humano. Por primera vez desde que se paró al otro lado de la ventana y se
horrorizó por la realidad de cómo ella usaba su don, él consideró que podría haber lugar
para el compromiso, que si la alejaba de este lugar y estas personas, la alejaría de lo que
amaba, la amargura podría encontrar su camino en su relación.

Eventualmente, todos tendrían que dejar San Francisco, incluyendo aquellos humanos
que eran parte de su mundo debido a vínculos con Cathal y Etaín. El glamour solo iba tan
lejos cuando se trataba de ocultar la falta de envejecimiento. Tampoco era fácil para los que
ya no medían sus vidas en décadas permanecer en un lugar donde la gente con la que
interactuaban durante años envejecían y morían, mientras que ellos no lo hacían.

La puerta de la tienda se abrió y un hombre bien vestido, de descendencia hispana corrió


hacia Etaín y fue bloqueado inmediatamente por Myk.

El humano se rio, inclinándose hacia un lado para ver a Etaín.

—¿Guardaespaldas o policías vestidos de civil?

—Guardaespaldas. —Ella dio un pequeño suspiro—. Francisco es un cliente, Myk. Por


favor, déjalo pasar.

Eamon no contrarrestó la orden.

Francisco la abrazó como todos ellos lo hacían.

—Alcancé a verte desde mi oficina. ¿Tienes tiempo para agregar el nombre a mi tatuaje?

—Un beso de muerte a la relación —dijo Jamaal desde su puesto de trabajo—. Al menos
que estés poniendo familia en su piel.

Derrick husmeó.

—Ridícula superstición. No le hagas caso.

Jamaal sacudió su cabeza.

—¿Estás seguro de eso? La última vez que conté, Bryce ya había cubierto tres nombres
desde que te contrató, y apuesto a que cualquiera de estos días vas a estar pidiéndome a mí
o a Etaín que ocultemos el nombre del último perdedor.

—Aquellas malas elecciones. Soy un hombre diferente ahora.


—Uh-huh —Jamaal se inclinó hacia delante para concentrarse en el trabajo minucioso a
lo largo del hombro de su cliente.

—¿Tienes tiempo? —le preguntó Francisco a Etaín de nuevo.

—¿Está bien si lo hace Derrick en su lugar? Su letra es mejor que la mía.

—Seguro. Eso está bien si él está dispuesto.

Derrick señaló hacia uno de los puestos.

—Vamos. Déjame ver lo que ya tienes en ti y escuchar lo que estás pensando.

El placer inundó a Eamon en la elección que ella había hecho. La tomó en sus brazos,
sintiendo de plenitud que sentía cuando la sostenía cada vez más fuerte.

Él reclamó sus labios con ternura, su lengua deslizándose y empujando, una toma
sensual de hacer el amor en lugar del embate carnal de sexo caliente. Cuando ella gimió en
voz baja, su pelvis se apretó contra la suya, su entorno olvidado, él dejó su boca en favor a
su oreja, marcando su efecto sobre ella por la carrera de los latidos de su corazón contra su
pecho.

Sus manos quemaron a través de su camisa en la que jugaron en la base de su columna,


su tacto y cercanía suficiente para mantenerlo duro y ansioso por estar dentro de ella.

—Estás refrenándote a ti mismo —murmuró ella, reconociendo su falta de interferencia


con el movimiento de su lengua contra el lóbulo de su oreja.

Ella bien podría haber capturado su pene en un puño acogedor.

—Estoy refrenándome a mí mismo ahora.

Ella rio, el calor de la misma a través de su oreja envió un escalofrío de placer a través
de él.

—Cuando estás así, en lugar de hacer tú señor-que-todo-lo-ves, me hace creer que esto
funcionará.

Él tomó su mejilla, ternura brotando de él.

—Tatúame como a Cathal.

Sin necesidad de mirarlos, sintió la resistencia inmediata de Liam y Myk ante la idea,
aunque fue Liam quien dijo:

—¿Eso es conveniente, Señor?


¿Era conveniente? La pregunta solo podía responderse con honestidad en retrospectiva.

Tomar su tinta era un riesgo calculado, pero creía que podía mantenerse a salvo. Ella
aún no sabía cómo empujar la magia en la tinta, para forjar la fianza como lo había hecho
en su lugar cuando se trataba de Cathal. Y sus protecciones lo habían mantenido. No había
habido sensación de amenaza desde el primer despojo violento y empuje de magia.

—Tatúame como a Cathal —repitió él, agachando su cabeza para acariciar a lo largo de la
longitud de su cuello.

El diseño estaba allí en la mente de Etaín, idéntico al de Cathal, excepto en el color y


ubicación, y ella se estremeció, sin saber si la emoción que surgió a través de ella era
anticipación o ansiedad.

—¿Me estás preguntando? ¿O llamando a la promesa que Cathal hizo en mi nombre?

Sus labios volvieron a los suyos en un rastro de besos lentos que tenían su cabeza
ligeramente inclinada hacia atrás con el fin de darle un mayor acceso, más profundo.

—Estoy preguntando. —Aunque el empuje de su lengua y la presión dura de sus labios


eran hambrienta y exigente, vertiendo fuego líquido en su vientre a hundirse más y
convertirse en la evidencia resbaladiza del deseo.

—Que alguien abra la maldita puerta, estoy se está convirtiendo en una maldita sauna —
gritó Jamaal, haciendo reír a Etaín y terminar el beso.

—Oh no, no, no —dijo Derrick, y podía verlo abanicándose en su puesto de trabajo—. Yo
estoy disfrutando.

Bryce hizo un movimiento hacia las pantallas de privacidad.

—La tienda no está disponible para el porno. ¿Quieres hacer esto fuera de la vista?

Jamaal resopló.

—Mejor pon música alta, así no escucharemos lo que está pasando allí. Imaginarlo ya es
bastante malo.

—¿Debo enviar a por tu kit? ¿O tienes lo que necesitas aquí? —preguntó Eamon,
sonriendo a la broma alrededor.

—¿Es en serio acerca de hacer esto?

—Absolutamente. Pensé que preferirías hacerlo aquí, pero si me equivoco…


Ella vaciló, desgarrada, el miedo casi consiguiendo la ventaja. Su fianza sobre el diseño
y su ubicación, la misma confianza que siempre había sentido y lo que había resultado ser
prospectivo cuando se trataba de Cathal, golpeó duro y rápido contra la posibilidad de que
de alguna manera estaba siendo influenciada por el Dragón.

Esto es lo que se siente tener la mente-jodida. Y con una visión repentina comprendió
que nunca terminaría si ella no tomaba el control. No decidir y moverse, aprendiendo por
ensayo y error y consecuencia en lugar de ser paralizada por la duda.

La duda nunca había sido un problema para ella antes. No iba a dejar que continuara
afectándola.

—No. Envía a Myk a por mi kit.

Ella guio a Eamon a la zona reservada para tatuajes y piercings en senos, nalgas y
genitales, o que se exponía esas partes del cuerpo.

Segundos después Adele criticó a través de los altavoces de la sala un par de decibelios
más fuerte de lo habitual, la risa de Jamaal diciendo que estaba haciendo bien con su
comentario para bloquear los sonidos procedentes de detrás de la pantalla.

Ella también se rio. Eso funcionaba para ella. Eso significaba que podían hablar con
mayor libertad.

Con una expresión sombría, Liam tomó una posición apoyada en la pantalla mientras
ella hacía a Eamon sentarse en la mesa de masaje en lugar de la silla del cliente.

—No he oído que le ofrezcas alguna garantía —dijo ella, reintroduciendo la pregunta sin
respuesta del asesino.

Eamon se encogió de hombros, produciendo una oleada de los músculos debajo de su


camisa costosa.

—Yo soy el Lord aquí.

—Cuidado —dijo ella, poniendo la punta del dedo en sus labios, un aleteo pasó por su
vientre cuando retiró el dedo de su boca para una rápida succión cuando su mirada cayó a
los pezones que dolían para que les hicieran lo mismo.

Dos podían jugar a ese juego.

Llevó las manos al frente de su camisa.

—Esto tiene que ser retirado.


Él no hizo ningún movimiento para ayudarla a darse prisa mientras desbotonaba botón
por botón exponiendo la suave piel dorada. Él tembló cuando ella rodeó los pezones en
guijarros, inhaló bruscamente cuando los cubrió con los ojos en el centro de sus palmas a
pesar de que no los necesitaba para ver lo que tenían entre ellos. Igual a igual, la llamada
de eso era una compulsión cada vez mayor que ella no tenía voluntad de resistir.

Él separó sus piernas y ella se metió en el espacio que él había creado. Sus manos se
movieron hacia arriba, deslizándose por su clavícula y luego hacia sus bíceps, cerrándose a
su alrededor en la medida que podía.

—Aquí es donde el tatuaje irá, como algo que un vikingo usaría, pero en lugar del oro
de moda será mi tinta.

—Una analogía adecuada. La verdad ha sido distorsionada a lo largo de los siglos y con
la fusión de una cultura a otra. Los Vikingos, una vez llamaron aquellos de nosotros que
vislumbraban dioses. Los Aesir. Aunque el nombre era una etiqueta amplia que abarcaba
una serie de sobrenatural.

Aesirs. Ella no quería ahondar en las razones por la que él había nombrado su lugar.
Pero no pudo evitar decir:

—Un dios, ¿eh? No esperes que te adore, excepto así.

Ella lo besó, provocándolo con los labios y la lengua y las manos que ya habían
aprendido cómo y dónde le gustaba a él ser tocado, su deseo rebotando, trincado hasta el
suyo propio hasta que ambos respiraron duro, el deseo cada vez más acentuado por la
imposibilidad de tenerlo, dada la guardia de los Elfos.

La sonrisa de Eamon era pura satisfacción masculina.

—Como a los humanos les gusta decir, esto funciona para mí.

Tomó un momento para que la neblina de necesidad se aclarara. Ella rio.

—¿Quieres decir cómo adoración?

—Sí. —Sus ojos se oscurecieron mientras él empuñaba su cabello con la fuerza suficiente
para ser a la vez una amenaza y promesa—. Aunque también disfruto teniéndote de rodillas
delante de mí.

Tomando su pene en su boca. Dándole placer.

Su coño se apretó en imaginación. Al recordar la sensación y el olor y el sabor de él.


Con el conocimiento que él daba tan bien como recibía, y algo más. Siempre.
Podríamos olvidar el tatuaje y volver a casa. Pero las palabras se mantuvieron tácitas,
frenadas por la premonición o el instinto o algo distinto al Dragón, y luego Myk llegó con
su kit, bloqueando el futuro en su lugar.

Ella sacudió fuera los pensamientos y sensaciones extrañas, la rutina de establecer


herramientas y tinta redujo la quemadura de deseo hasta que hirvió a fuego lento en el
fondo, incluso cuando su mano rodeó el brazo de Eamon. Lo sostuvo constante mientras
usaba una toallita antiséptica, luego recogía la maquinilla de afeitar desechable y la pasó
sobre la piel que parecía como si no lo necesitara.

—Última oportunidad —dijo ella después de un segundo golpe con la toallita y la


aplicación de una pequeña cantidad de vaselina.

—Procede, Etaín.

Las comisuras de sus labios se levantaron ante la respuesta señorial.

—Ve y acuéstate entonces.

Si ella estuviera usando su máquina, lo habría puesto en una posición diferente, pero
las agujas de mano requerían una intensa concentración y fuerza de voluntad, junto con la
resistencia física y el control de empujarlas a través de la piel y poner la tinta a una
profundidad constante.

Ella cerró sus ojos y respiró hondo como paso final. El diseño estaba allí en su mente
con una claridad cristalina, su memoria muscular ya lista en su mano después de ponerlo
en Cathal.

Una segunda respiración y recogió una aguja delgada, sumergiéndola en tinta negra.

—Si necesitas un descanso del dolor, dímelo.

El Señor Eamon no consideró la instrucción digna de comentario, y ella sintió su


absoluta confianza, mientras colocaba su mano izquierda en su bíceps derecho y estiraba la
piel.

Esbozar primero. El cambio en la posición requería esto permitiéndole el alivio de la


picadura de la aguja incluso si él no lo pidió.

Luego, el sombreado, aunque a diferencia del arte color negro que había puesto en
Cathal, ella enhebró rojo y azul y oro en el tatuaje de Eamon, los mismos tonos
encontrándose en las vides y en la banda que ella llevaba. El zumbido eléctrico de la
conexión y la conciencia encajó en su lugar, más fuerte de lo que había experimentado
abrazando a Jamaal y Derrick, y todavía no era lo que tenía con Cathal.
Eamon tomó sus manos mientras ella descansaba después de terminar el trabajo en su
bíceps derecho. Él acarició los pulgares sobre los ojos en sus palmas, y de inmediato Liam
estuvo allí, entrando en su conciencia como la promesa oscura de la muerte.

—Tentó a la suerte, Señor.

Debido a la magia. Debido al Dragón que él creía que era solamente un avatar.

—Ven conmigo a Aesirs —dijo Eamon, sus muslos ampliándose mientras tiraba de ella
hacia adelante hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para sentir el calor que
siempre irradiaba de él—. Conoce más de quienes te llamarán Lady. Pasa tiempo en el
mundo que es tu derecho de nacimiento.

Ella no lo podía negar.

—Necesitaré desviarme a mi apartamento para un cambio de ropa.

—El vestido de la otra noche no fue la única ropa que he comprado contigo en mente.
Todo un armario de trajes adecuados para Aesirs está en nuestra suite allí.

Ella se resistió a la audiencia idónea, la palabra aun siendo capaz, después de todos estos
años, de raspar la delgada costra cubriendo viejas heridas de rechazo. No pudo evitar el
instante de rigidez, pero se las arregló para no alejarse y dar los primeros pasos hacia la
huida.

Él tocó la frente con la suya.

—Si no te gusta alguno de los trajes entonces, usa lo que tienes. Los compré para tu
placer y el mío, aunque personalmente te prefiero sin nada en absoluto.

—Apuesto a que lo haces —dijo ella en una risa, besándolo antes de dar un paso atrás, su
mirada yendo a la banda ancha atrevida, anunciando su derecho sobre él—. Iré contigo a
Aesirs después de que hayamos terminado aquí.
20

Traducido por Emotica G. W y Eli25

Corregido por Paulii~

—Pásalo —ordenó Sleepy Ruiz, cambiando el estado de ánimo de generoso a enojado


mientras Puppy seguía chupando la pipa.

Así fue como Puppy había sido etiquetado con el nombre de calle. Cerveza,
metanfetamina, no importaba lo que estuviera siendo ofrecido, él era como un cachorro14
en la teta de su madre15.

Puppy dejó la pipa. Sleepy dio una calada larga.

—Hijo de puta, esto es algo bueno —dijo, consiguiendo el fogonazo que hizo que su polla
se pusiera dura instantáneamente.

Dio una segunda calada antes de pasarle la droga a Puppy, luego cogió el móvil y miró
la foto que Drooler envió desde la tienda. Lo estaba volviendo loco no saber quién era este
tipo y por qué estaba preguntando por ahí por él.

14
En español en el original. Además, “cachorro” es la traducción de “puppy”.
15
En español en el original.
Lo único en lo que podía pensar era que tenía algo que ver con Lucky. El jodido Cathal
Dunne debió haber hecho hablar a Lucky. Usando drogas quizás. O tortura. Lucky jamás
habría entregado a un hermano de lo contrario.

Lucky no era un cobarde. Una orden bajó y se había encargado de los negocios. La única
forma en que no lo haría, especialmente cuando Jacko hizo el pedido, era si algo malo
pasaba.

Sleepy llamó en marcado rápido a Drooler.

—Vamos, hombre, contesta tu jodido teléfono.

Pero sabía que Drooler no lo haría si su tío estaba afuera en la tienda. Drooler ni siquiera
enviaría un mensaje de texto; no arriesgaría el temperamento de su tío16. El hombre no
usaría sus puños allí, pero seguro como la mierda que usaría el talón de su bota en cualquier
teléfono que atrapara siendo usado mientras alguien estaba en el reloj.

Fue al buzón de voz.

—Estoy muriéndome aquí, ese17. ¡Llámame!

Puso el teléfono en el sofá y extendió su mano por la pipa.

Puppy hizo un gemido pequeño, como si fueran compañeros de camada y estuviera


siendo quitado del pezón. El hijo de puta ya podría haber sangrado un par de veces, pero
no iba a perder el apodo pronto en cualquier momento.

Sleepy aspiró lo último de la metanfetamina en sus pulmones, sintiéndose energizado,


listo para cazar al tipo que preguntaba por ahí por él y sacar a golpes algunas respuestas.

El móvil sonó. Drooler.

—Hey, hermano —dijo Sleepy.

—Emilio no quiso decir nada. Dijo que quería mantenerse al margen.

Sleepy se puso en pie.

—Va a cambiar de opinión cuando yo llegue.

16
En español en el original.
17
En español en el original.
—Relájate. Relájate. Lo solucioné. Te va a encantar esto. Incluso podrías sacar algo de
dinero. El tipo solo estaba haciéndole un favor a un tatuador amigo suyo. Supuestamente
tenía un asunto de libro y necesitaba las fotos de los tipos en los que ella puso arte.

—¿Ella?

—Sí. Sí. Creo que Emilio dijo ella. Estoy afuera en descanso. Entraré para preguntar, no
llegaré a ti por un tiempo.

—No te molestes, hombre. —Ella. Solo había una ella que alguna vez le había puesto
tinta, y sintió la quemadura de esos lugares como si de repente hubieran cobrado vida y
estuvieran tratando de arrastrarlo hacia abajo y hacerle sentir como un perdedor.

Perra. Pero sus ojos se escabulleron hacia la pipa de cristal sobre la mesa.

Se había librado del hábito una vez. Incluso había llegado a San Francisco para quedarse
con una hermana mayor para salir de la escena de las pandillas. Los hermanos en Los
Ángeles no apreciaron que hiciera esos tatuajes. Fastidiándolo al dejar que Justine le
hablara de ello. Pero salir con Lucky quien era cercano con Jacko y en su camino a ser
iniciado había resuelto esa mierda y ahora estaba luciendo un nuevo arte mostrando el lazo
con sus chicos.

Etaín. Esa fue quien cubrió sus tatuajes viejos de pandilla.

—¿Emilio te dará el nombre del tipo?

—No. Pero alguien más dijo Derrick algo. Dijo que también era tatuador, trabajaba en
un lugar llamado Stylin' Ink.

Stylin' Ink. Sí, parecía que ese era el lugar donde Etaín trabajaba también.

—Gracias, hermano. —Se quitó la camisa e hizo que los músculos ondularan,
imaginándose en un libro.

Cathal se detuvo detrás del Hummer18 de Sean, la tensión como un agarre terco
apretándolo, y no aliviado por la presencia constante del ominosamente silencioso Heath.
¿Guardia? ¿O guardaespaldas? La distinción era importante.

Había pasado por Saoirse antes, había pasado por el callejón donde había dejado a Cage
para tratar con el cuerpo. Había observado sutilmente a su compañero recién adquirido

18
Hummer: Marca de autos todoterreno perteneciente al grupo General Motors.
por una señal de que Heath sabía lo que había sucedido, pero no había conseguido ninguna
pista de lo que pensaba el Elfo. ¿Por qué ahora y no anoche?

Una punzada de culpa iba y venía por no aparecer por Stylin' Ink después de sus
reuniones. Y luego una punzada más aguda porque era un alivio estar lejos de lo
sobrenatural.

Sí claro. Se sorprendió frotando el tatuaje en su brazo izquierdo. Cuando se concentraba


en él, podía sentir un zumbido bajo. ¿Confirmación de que Etaín estaba viva? ¿O
advertencia de que estaba en presencia de alguien que no era humano?

Salió del coche, sacando su móvil de su bolsillo y dejándolo caer sobre su asiento. Un
exceso probablemente debido al sistema electrónico de Sean, y la alta probabilidad de que
hubiera un jammer19 poderoso en el Hummer. Heath también dejó el coche, pero no hizo
un movimiento para seguirlo.

—¿Qué tienes para mí? —preguntó Sean.

Cristo. Ahora comenzaba el baile.

—Qué hay de una actualización primero. —En caso de que Sean decidiera que no quería
participar en esto cuando se presentara con el teléfono del potencial asesino.

—¿Derrick te dio algo en la reunión de anoche?

—Si está en Stylin' Ink, podría haberle dicho algo a Etaín, pero no lo he visto o he
hablado con él desde que se fue con los bocetos.

—Está bien. Cosas largas hechas cortas. Los redujimos a siete personas de interés,
incluyendo dos que son posibles, pero no probables dado que supuestamente han huido
del país. Hoy taché a otros tres de la lista.

—¿Eso de tus reuniones con la policía?

—Más como de mis habilidades superiores de investigación, y la razón por la que pagas
el mejor precio y eres un maldito afortunado porque estoy dispuesto a trabajar para un
Dunne.

Cathal logró reprimir una mueca, pero al parecer él tenía otra idea dado lo rápido que
Sean dijo:

—¿Quieres seguir adelante y solo escupirlo? ¿O vamos a jugar quemados aquí?

19
Jammer: Dispositivo utilizado para bloquear señales.
Sacó el móvil, ahora envuelto en una toalla de bar, del bolsillo de su chaqueta y lo colocó
en el compartimiento entre ellos.

—Sería mejor si no supieras cómo di con esto. Negación plausible y todo eso. La mejor
suposición, es un teléfono quemado. Solo ha sido usado una vez. —Esta vez sí hizo una
mueca—. Puede o no haber algunas impresiones recuperables además de las mías.

Sean no hizo ningún movimiento para o coger o descubrir el teléfono.

—¿Esto está relacionado con los asuntos de tu padre?

Cathal tuvo ganas de frotar las manos sobre su cara. Pero una vida de experiencia le dijo
que no haría que nada de esto desapareciera. Nunca lo había hecho. Nunca lo haría.

—¿Cómo respondo a eso? —Parte esquivando. Parte frustrado.

—Qué hay de, "Bueno, sí, Sean, ciertamente lo hace. De hecho, está conectado con el
último asunto en el que me involucraste. Y sí, también me sorprende que en lugar de ser
astuto y paciente, mi padre y mi tío aparentemente están locos." ¿Eso funciona para ti?

—Sí, sí lo hace.

—¿Y cómo encajas en esta ecuación?

Había solo un lugar a la que una respuesta honesta conduciría. Joder. Había sabido que
caería así, pero necesitaba una parte neutral. Más que eso, necesitaba un amigo en el que
pudiera confiar, no que rompería con su condicionamiento vitalicio para comunicarse a
través del subtexto en vez de exponer la verdad a la luz fría.

—La violencia genera más violencia.

—Y a veces la violencia es la única manera de acabar con las cosas.

Le sorprendió oír a Sean decirlo, aunque no debió haberlo hecho. Sean había sabido lo
que les pasaría a los violadores de Brianna y Caitlyn. Había sido policía con una mirada
cercana y personal a lo bien que los criminales trabajaban el sistema legal.

—¿Te perseguirán? —preguntó Sean.

—Parece.

—¿Entonces el teléfono?

—Sí.
—Si obtengo impresiones y un nombre asociado a ellas, ¿hay algún punto en tratar de
localizar al propietario?

Momento de la verdad.

—Probablemente sería mejor concentrarse en sus asociados.

Sean suspiró.

—¿Sabes lo que estás haciendo aquí? ¿Ves CSI alguna vez? ¿Has oído hablar sobre una
cosa llamada ciencia forense? A pesar de lo que lees en los periódicos o ves en las noticias,
muchos crímenes sí se resuelven.

—Cualquier sangre en mis manos solamente vino de recuperar el teléfono.

Sean abrió de golpe la toalla de bar para revelar el móvil.

—¿Quién es el tipo contigo? ¿Uno de los matones de tu padre?

Cathal rio por la idea de aplicar esa palabra a un Elfo.

—Uno de los hombres de Eamon.

—¿Está limpio?

—Parece tener su higiene personal bajo control.

—Quieres hablar en joda, hey, es tu dinero. Por lo que a mí respecta, todavía estoy en el
reloj aquí y si recuerdas, mis tarifas suben basadas en un factor de agravación. Así que
repito, ¿está limpio?

Refiriéndose a Eamon.

—¿Lo sé con certeza? No. Pero interpretando el instinto, sí. —Cuando tienes siglos para
acumular riquezas, y magia para hacerlo aún más fácil, ¿por qué ensuciarte al tratar con
criminales humanos? Diablos, Eamon probablemente había comprado los Renoir y Van
Gogh de los propios artistas si no los había conseguido como regalos por el apoyo.

El silencio llenó el coche. Sean tomando una decisión.

Cathal tuvo una respuesta cuando Sean abrió el compartimiento y sacó una bolsa Ziploc,
dejando caer el móvil luego sellándola y volviendo a colocarlos en el compartimiento.

—Sin promesas.

De resultados. O que le pasaría esos resultados a Cathal si los obtenía.


—Suficientemente justo. ¿Algo más sobre el asesinato en Oakland?

—Y por extensión, el tiroteo automovilístico, aunque supongo que ya no podemos estar


seguros de quién era el objetivo real.

—Suficientemente cierto.

—Aparte de reducir la lista de personas que Etaín piensa que podrían haber estado
involucrados, lo único que veo de mis reuniones es alguna especulación extraoficial de más
de un policía. Algunos de los Curs definitivamente tienen lazos con los Black Guerrilla
Family. Sin sorpresa. Y Anton Charles aparentemente parecía bastante cercano con los
BGF en la cárcel. Ha habido algunas incursiones en las operaciones de cultivo de hierba en
el territorio Sureño, tipos malos básicos robando droga y dinero de otros tipos malos. Se
me ha sido sugerido que el asesinato del bar y el tiroteo automovilístico son venganzas, pero
hay implicaciones mayores. Como en el área de la Bahía se vuelve una línea dibujada en la
arena, y esto se convierte en una guerra de pandillas armadas enfrentando a la mafia
mexicana y sus soldados Sureños contra los BGF y cualquiera de sus aliados, lo cual atraería
a los Norteños y a La Familia.

—¿Las redadas ocurrían antes o después de que Anton saliera de la cárcel?

—Ahí está el problema. Ambos. Refiriendo a quién demonios sabe si él es el catalizador


para esto. Realmente es todo especulación. Por todo lo que sabemos, un grupo de tipos
exprimidos en drogas decidió hacerse un nombre por ellos mismos y uno de ellos dijo,
"Hey, golpeemos a los Curs." Pero el calor está encendido y sentí su quemadura lo
suficientemente caliente que estuve tentado a pasar los nombres. No lo hice porque estoy
asumiendo aquí que Etaín va a llevar cualquier cosa que consiga directamente a su viejo o
hermano, y eso daría un infierno de mucho más peso.

—Ese es el plan. —Mayormente. Excepto por el intermedio de etapa, donde Etaín usaba
su don para encontrar algo que la policía pudiera usar.

Cristo. Inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, dividido entre fantasear sobre tomar
la oferta de escape de Cage a Seattle y desear que Eamon solo llevara a Etaín a su finca y la
obligara a permanecer allí hasta después del cambio y hasta que todo peligro hubiera
pasado. Y la verdad era que, la erección que tenía cada vez que venían imágenes de verla
con Eamon, tenía el bloqueo saliendo de la única posesión de ella. ¿Cómo era eso de jodido
dado que Eamon podría estar muy feliz de tener una complicación humana menos con la
que lidiar?

—¿Por qué estoy recibiendo la sensación de que no todo es atractivo en el carril de los
amantes?
Una de las malditas corazonadas de Sean.

Cathal hizo una mueca.

Sean rio.

—Hey, nunca dije que hacer lo del trío fuera fácil.

—Cuéntame sobre eso.

—Voy a tomar eso para hablar en serio, no de una manera personal, sino de un consejo
del tipo de forma de Sean.

—¿Momento de la imitación del Doctor Phil?

—Hay quienes realmente buscan mi opinión.

Cathal abrió los ojos, una paranoia golpeando cuando comprobó el espejo lateral y vio
a Heath apoyado contra la puerta de pasajeros del coche deportivo. No tenía ni idea de lo
que el Elfo era capaz de hacer. Por todo lo que sabía, la magia podía superar cualquier alta
tecnología que Sean utilizara para combatir la posibilidad de la aplicación de la ley de
espionaje.

—Estoy escuchando.

Atrapando dónde la atención de Cathal estaba dirigida, Sean dijo:

—¿Eamon lo tiene vigilándote, o solo cuidándote?

Sean y sus malditas corazonadas.

—Ahí está la pregunta del millón de dólares.

—Y déjame adivinar, no lo has preguntado. —Sean sacudió la cabeza—. Mi sorpresa total


de verte aparecer ayer con Eamon y Etaín ha sido validada. Sí, sabes que es difícil para un
tipo defenderse si no sabe que ha sido acusado de algo. ¿Cierto?

Sean tamborileó el compartimiento donde había puesto el teléfono.

—¿Entiendo que tampoco contaste esto? La honestidad es la única forma en que


funciona. Los secretos son un asesino de relaciones.

Culpable de una carencia cuando llegó el primero. Culpable de mantener el segundo.

La ira se arrastró a través de Cathal. Hacia Sean por señalar lo obvio, hacia sí mismo
porque podía ver el lugar cuando lo que empezaba a funcionar había descarrilado, cuando
el miedo, la presencia de lo sobrenatural y un cadáver habían colisionado con el ego y la
inseguridad tortuosa porque era un jodido humano y Cage había dicho tan casualmente
Todavía no le dices Señor a Eamon.

Hasta entonces, había estado en su camino a casa duro y caliente y listo para una
repetición de lo que habían hecho antes de que se fuera al club para que Etaín pudiera
tener su lección de magia. Sí, el malestar había estado allí, algo para lidiar, pero él había
estado lidiando con ello.

—También puedes alejarte de la relación ahora mismo.

Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

—¿Me estás haciendo señas para que me calle? —preguntó Sean.

—No. Solo admitiéndome a mí mismo que podría estar fastidiado.

—Sí, sucede —dijo Sean con un suspiro que hizo que Cathal se preguntara por qué Sean
vivía solo en un barco—. Esto sucede incluso después de haber estado juntos por un tiempo.
Un último consejo entonces, desmontaré las tejas del Doctor Phil para que puedas pasar el
rato allí fuera por mí. Más allá de la honestidad y la confianza, lo más difícil de evitar es un
escenario de dos contra uno, incluso cuando dos personas están de acuerdo y el tercero
necesita ser traído al mismo punto de vista o aceptar ganar más votos esta vez, que es
altamente dependiente de saber que no necesariamente ocurrirá la próxima vez.

Excepto en el mundo de Lord Eamon, el suyo era el voto y el veto lo que importaba.

Solo que Cathal se dio cuenta de que ya no lo creía. No era tan cortante y seco como
eso. ¿No tenía sentido que la voluntad de una persona prevaleciera a veces, dependiendo
de la situación? ¿Cage por ejemplo? Eamon sabía lo que era, al parecer incluso había tratos
con él, mientras él… bastante fácil era ver que Cage tenía una agenda, acceso a Etaín, pero
al parecer uno que no requería secuestrar o extorsionar o no estaría sentado ahí con Sean
en ese momento dado el extraño cuchillo en la posesión de Cage.

Había jugado perfectamente, sus debilidades aparentemente obvias. Cage había


plantado la sospecha de que Eamon podría quererle muerto y él se había afanado en eso
aunque había rechazado la oferta de guardaespaldas de su padre minutos antes.

No se había considerado a sí mismo en peligro a pesar de la conducción o de las acciones


de su familia. No lo había pensado cuando dejó a Etaín y a Eamon.

Y luego Cage había colgado el último premio, Etaín, sin tener que compartirla. Cuando
él había estado corriendo a casa para hacer precisamente eso, cuando apenas había podido
concentrarse en el club por eso.
Abrió los ojos. Fácil de culpar a Cage. Fácil deshacerse de la discusión de la servidumbre,
y que lo leyera cada vez que Eamon hacía una referencia a los humanos, pero esto era
realmente sobre él. Él le había dicho a Etaín sin arrepentimientos, pero luego perdió la
noción de lo que eso significaba. Mantener el ataque y a Cage en secreto a Etaín y Eamon
era como una puerta abierta a la desconfianza y a la paranoia.

Una visita rápida a su padre, entonces sería el momento para sincerarse. Y después…
esperaba besar y prepararse.

O divertirse. Palabras de Etaín después de la disculpa de Eamon.

Cathal sonrió. Sintiéndose más alegre que cuando se había metido en el Hummer.

Sean alargó la mano, subiendo el volumen del escáner policial que había estado de
fondo. Después de varias ráfagas de conversación, apagó el sonido.

—Conductor disparando en el territorio de las pandillas Sureñas aquí en Oakland. Se


desconoce el estado de la víctima. El disparador era afroamericano. Segundo golpe hoy. La
víctima de la primera sigue viva. Es hora de volver a trabajar y esperamos que el líder de
Etaín llegue a algún lugar y haya algunas detenciones que eviten que esto explote de las
sombras de L.A.

—¿Correrás con el teléfono más tarde esta noche?

—Tan pronto como pueda. No hay promesas ¿recuerdas? Quinn no lo hizo hoy por lo
que voy a comprobar los nombres que le entregué.

Cathal se congeló en el acto de alcanzar la manija de la puerta.

—¿Quinn está bien?

La pregunta le valió una mirada, Sean recogió las vibraciones de nuevo.

—Sí. ¿Por qué no lo estaría? Está con su familia. Su padre tuvo un tratamiento de
quimioterapia esta mañana, aparentemente uno duro. Le dije a Quinn que no se
preocupara por esto, es bastante fácil para mí manejarlo.

Las tripas de Quinn ardían. Odiaba sentirse indefenso. Odiaba la sensación de espera,
la incertidumbre del resultado.

Miró otra vez a su padre con los ojos cerrados, tragado por el sillón frente a la TV, su
cuerpo, una vez musculoso, ahora delgado y fino. Su fuerza se agotó para que durmiera y
despertara, a la finalización del programa de History Channel y otro empezaba cuando
Quinn comprobó que todavía respiraba.

—Todavía puedo patearte el culo cuando lo necesites —dijo su padre, sintiendo la mirada
furtiva y la preocupación.

—Puedes intentarlo.

Su padre abrió los ojos y miró a Quinn, el amor en ellos hizo que su garganta se apretara.

—Algunos días de tratamiento son más ásperos que otros. Cambiaré las cerraduras si vas
a rondar cada vez que hay un malo. Ve a molestar a tu hermana. Hoy no voy a tirar la toalla.

Quinn se apartó del sofá. Te amo, papá. Lo dijo con un toque en el hombro de su padre
al pasar, ninguno de ellos quería que las cosas descendieran a sensiblero.

—Veré que está tramando.

Se desvió hacia la cocina, atraído por el olor. Su madrastra cogió una cuchara larga,
blandiéndola.

—Ni siquiera pienses en tocar nada en el mostrador.

Él sonrió.

—Primero papá me amenaza con daño corporal, ahora tú.

Cerró la distancia para echar un vistazo mejor a lo que Jada tenía en la sartén.

—¿Cuánto tiempo hasta que comamos?

—Media hora. Más tiempo si te metes en mi camino.

—¿Esa es la Hamburguesa Helper?

Ella lo golpeó en el hombro, lo suficiente como para que estuviera muy contento de que
los tatuajes estuvieran curados incluso si su mente se alejaba de exactamente lo imposible
que era.

—Es una receta secreta que se ha transmitido en mi familia durante generaciones te haré
saber.

No se sorprendió considerando que su familia poseía varios restaurantes, incluyendo


donde ella y su padre se habían conocido. Él le dio un abrazo.

—Me alegro de que él te tenga.


Había tenido apenas dieciocho años cuando su padre se casó con Jada, pero había
aprobado de todo corazón el asunto de la raza sin ningún problema. Y entonces Jahna, su
hermanita había venido, haciendo ir de encubierto mucho más difícil. No había manera
en el infierno de que volviera a casa usando tatuajes de la fraternidad Aryan.

Jada deslizó su brazo alrededor de su cintura.

—Que tú estés de vuelta es bueno. Se preocupó por ti, no es que nunca dejara saber
cuánto. Le asustaba la idea que un día algún desconocido apareciera en la puerta
entregando malas noticias. Espero que este trabajo con tu amigo Sean funcione y te guste
hacerlo. No se oye hablar de que a los investigadores privados les disparen o desaparezcan
y aparezcan muertos.

—Es verdad. —Quinn la abrazó, tentando el destino al alcanzar una rebanada de pera.

La cuchara le golpeó la mano con precisión láser.

—¡Hey! —gritó él.

—¡Fuera de mi cocina!

—Voy. Voy.

Corrió por las escaleras, deteniéndose en la puerta abierta del dormitorio de Jahna. Ella
dijo:

—Entra. —Sin apartarse de su escritorio para mirarlo o detener el flujo de su lápiz en un


bloc de dibujo.

Rápidos pasos lo llevaron a donde trabajaba y luego se quedó paralizado. La mirada


viajando con ansia de la revista que se extendía con las páginas abiertas a un libro, a la
revista, a un libro, a la revista, su atención capturada y sostenida en el apretón de las pulseras
brillantes en común con el oro.

Delgados dedos se movían frente a su rostro. Gruñó y crujió con suficiente fuerza sus
dientes apretados.

Las carcajadas de Jahna hicieron lo que sus gestos no pudieron, lo liberaron para
concentrarse en ella.

—¡Por fin! —dijo ella—. Estás totalmente espaciado.

—¿Inspiración para tu próximo proyecto? —Se arriesgó a echar un rápido vistazo a su


material de referencia, el orgullo de su talentosa hermana le impidió quedar atrapado otra
vez.
—Estoy haciendo algo para el cumpleaños de mamá.

Había estado de encubierto durante cinco largos años. Pero algunos de los recuerdos
que amaba eran unas de llevarla a la tienda de artesanías para comprar perlas y cuerdas para
poder hacer joyas para regalarles a los amigos. Ahora tenía un banco de trabajo al lado de
su padre, completo con maquinaria para moler y pulir rocas, y él estaba apostando que ya
no mucha de su fabricación de joyería era barata.

Él se inclinó sobre ella, pero ella agarró la tableta y la sostuvo contra su pecho, ocultando
el diseño en el que estaba trabajando.

—Lo siento. Ultra secreto. Ya sabes todo eso.

—¿Y si cubro parte del costo? ¿Podría verlo entonces?

—No se puede hacer. El trabajo ya ha sido encargado por alguien más.

—¿Encargo? —La palabra le hizo sonreír—. ¿Cuántos años tienes?

Ella frunció el ceño.

—Lo suficientemente mayor para saber que me estás humillando con esa pregunta.

—Oh hombre. Estoy en casa solo unos pocos días y ya voy de camino a la caseta del perro.

—Como si pudieras entrar. Además, Versace ni siquiera tiene una caseta de perro.

Versace, al oír su nombre, bajó de la cama y se acercó a Jahna. Empujó su silla hacia
atrás y el Chino Crested saltó sobre su regazo.

Piel gris con manchas remendadas de color rosa, calvo excepto el pelo en la cabeza, los
pies y la cola, era un pequeño rey sentado en su trono. Lindo, Quinn le daba eso, aunque
acariciarle se sentía como tocar un gusano caliente.

—Tengo algunas ofertas —dijo Jada, tomando un acento que combinaba con la imagen
pública de un diseñador de joyas para estrellas—. Si estás interesado en hacerme un encargo,
por ejemplo, un anillo de compromiso o alguna cosa.

El pulso de Quinn se aceleró en una oleada de ansiedad por la conversación que aún no
había tenido, la gran revelación que ese alguien especial que conocerían, pronto, era varón.
Necesitaba hacerlo. Diablos, en su corazón, sabía que lo aceptarían y seguirían adelante,
pero encontrar el momento adecuado… Difícil de ver con la preocupación por la salud de
su padre.
—Vamos a seguir con o algo así. Una pieza para tu madre, por ejemplo, para Navidad.
Hablaré con papá y veré si él se incluye conmigo.

La garganta de Quinn se tensó, un dolor se extendió por su pecho con la posibilidad de


que su padre no estuviera allí para Navidad.

¡No! ¡No! ¡No! ¡Solo pensamientos positivos!

La voz imaginada de Derrick cortó el miedo y la preocupación, trayendo consigo una


oleada de posesividad y un montón de molestias al no tener línea de visión sobre él. No
eran nuevos sentimientos, pero les estaba haciendo frente y ayudaba saber que Derrick
estaba trabajando y seguro en Stylin 'Ink.

—¿Tienes alguna sugerencia sobre lo que podría gustarle? —preguntó Quinn.

—Ven conmigo.

Siguió a Jahna hasta la escalera. Liberó a Versace cuando él luchó en sus brazos,
indicando su deseo de ver lo que estaba sucediendo abajo.

—Mamá, ¿puedo mostrarle a Quinn tus joyas?

—Hazlo rápido. Hay que preparar la mesa.

—Está bien. —Se volvió hacia Quinn—. Hay un precio para esta consulta, ¿sabes?

—Mi hermana, el tiburón.

Ella tocó el lado de su cabeza.

—Estaré trabajando aquí mientras pones la mesa.

—¿Has oído hablar de la multitarea?

—¿Has oído hablar de priorizar? Navidad no está tan lejos.

Él levantó sus manos en rendición.

—Bien, bien. Haré el trabajo pesado mientras tú piensas.

—No es muy gracioso.

Se rio y la siguió hasta el dormitorio principal. Había varias joyas en las antiguas cajas
en la cómoda, encontradas en el rastrillo de segunda mano que su padre había restaurado.

Jahna se dirigió a la más lejana a la derecha, levantando la tapa y llenando la habitación


con el sonido de la música.
—Estos son sus mejores anillos. Si estás buscando la opción más barata, podríamos ir
con turquesa y plata. No tiene nada de esos.

—Di que el dinero no es un objeto.

—Sí, como no.

—Tan joven. Tan cínica.

Jahna le lanzó un ceño fruncido, arruinado por una risita un instante después.

—Estoy tratando de ayudarte.

Dejó caer la tapa, silenciando la música.

—Bueno. Un trato real aquí. Mientras te fuiste, mamá heredó un asombroso collar. Estoy
pensando en una pieza que lo acompañe, probablemente una pulsera y definitivamente
unos pendientes.

En lugar de abrir una segunda caja de joyería, sacó el cajón superior de la cómoda y se
alejó. El brillo y el destello llamaron su atención y lo sostuvieron. Pero fue solo una breve
explosión de enamoramiento que duró hasta que ella dijo:

—Adivina cuál. —Causando que sus ojos buscaran y encontraran, y en el momento en


que lo hizo, se sorprendió a sí mismo queriendo robarlo.

¡Jesús! ¿De dónde vino eso?

—Ésta —dijo Jahna, exasperada en su voz cuando la cogió. Se retiró cuando ella lo
sostuvo, el sudor brotó en su piel en alto, Mío, Mío, Mío golpeó a través de su cabeza como
si fuera el latido de su corazón.

¿Qué diablos le pasaba?

—Una pieza acompañante suena genial —dijo, retrocediendo otro par de pasos—. Mejor
me voy a conseguir esos platos.

Se volvió y huyó.

—¿Tienes alguna mierda? —preguntó Puppy.

Sleepy miró la bolsa vacía junto a la tubería.


—Ahora no. Quizás después. Vamos a casa de Rosena. Le dije que estás conmigo, quizás
consigas un pequeño polvo.

Puppy saltó de su silla como un perro muerto de hambre, luego se inclinó, fingiendo
que no era gran cosa follar con Rosena. Sleepy rio, sintiéndose bien.

Su móvil sonó justo cuando llegaba a su coche. Drooler.

—¡Hey, hermano!

—No puedo hablar hombre, mi tío está de camino a la guerra. Te envío una foto del
periódico en la oficina. Si algo pasa, envíame un mensaje de texto. Voy a decir que se me
olvidó supuestamente reunirme con mi agente de libertad condicional. Nos vemos, ese.

El zumbido abandonó a Sleepy cuando vio la foto. El tipo al que se suponía retirado
estaba de pie junto a Etaín. Una mamacita como esa no se olvidaba, y los dos estaban delante
del refugio donde trabajaba Justine.

Hijo de puta. No había un libro de tatuajes. Eso era una mierda.

Sleepy estrelló la mano en el techo del coche. Entonces golpeó otra vez, haciendo una
abolladura en él.

Había tenido razón. Ese pendejo irlandés había hecho que Lucky hablara antes de
matarlo. Ahora iba a devolver el favor.

—Cambio de planes. Vas a comprobar un lugar llamado Stylin 'Ink y mira quién está ahí.
—Inclinó el teléfono para que Puppy pudiera mirar la foto que Drooler le acababa de enviar
y luego volvió a la foto de Derrick—. Una de estas tres personas hablará. Ellos nos dirán lo
que pasó con Lucky y donde está su cuerpo. Entonces morirán.
21

Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Paulii~

Etaín estaba parada desnuda frente al espejo que podría ser mucho más que un espejo.
El atuendo que había elegido estaba arrojado descuidadamente sobre el respaldo de una
silla a pesar de ser casi tan caro como el vestido que Eamon había producido la última vez
que estuvo en su suite en Aesirs.

—¿Estás seguro de que una segunda oportunidad es necesaria? —preguntó ella, su corazón
imitando a olas golpeando contra la orilla.

Eamon se colocó detrás de ella, con el torso desnudo y descalzo, la tinta en sus brazos
atrayendo la atención de ella y desvaneciendo la inquietud con una feroz oleada de
satisfacción.

—Definitivamente es requerida una segunda oportunidad —murmuró, las manos


ahuecando sus pechos por lo que se llenaron al instante con calor y necesidad—. ¿Cuál es
ese dicho del que eres tan aficionada?

Labios tormentosos capturaron un lóbulo de la oreja y succionaron cuando los dedos


tomaron posesión de sus pezones para tirar, girar y apretar, dejándola incapaz de considerar
su pregunta bajo el ataque de placer.
Ella cerró los ojos con un gemido de rendición. Sus manos se detuvieron. Soltó el lóbulo
de su oreja.

—Mira o no seguiré. ¿No es eso lo que me vi obligado a hacer cuando estuvimos aquí la
última vez?

—La venganza es un infierno —dijo ella en una risa ronca—. ¿Esa es la frase que estás
buscando?

Levantó los brazos y llegó detrás de ella para entrelazar sus dedos en su cabello, el gesto
empujando sus pechos con más fuerza contra las manos de él, una escena erótica fascinante
atrapada en el espejo.

—No estoy seguro de que esto califique como un infierno. Y eras la que estaba jugando
duro para llegar a esa noche.

Su canal se apretó mientras recordaba su hambre y el calor de su mirada mientras ella


se tocaba en la ducha, mientras se hacía venirse mientras él observaba.

Apretó las nalgas desnudas contra su erección cubierta de pantalón y observó su cara
ponerse tensa. Ya estaba enrojecida, hinchada y resbaladiza, los pliegues de su coño se
separaron en invitación. Bajó las pestañas en desafío y reto, frotándose contra la dura cresta
de su erección.

—Al parecer jugar duro para llegar es un juego que te gusta. Es algo bueno que estés a
favor de pantalones oscuros.

Los dedos de Eamon se apretaron en sus pezones mientras la necesidad se acumulaba


en sus testículos y se convertía en una demanda ardiente, pulsante en su polla. Su error, en
el inicio de esto, cuando sabía lo fácil que sus acciones creaban un fuego en él que solo
sería apagado temporalmente por el empuje, el retroceso y la liberación sin sentido que
venía con tomarla.

Ella era tan poderosa como cualquiera de la multitud de sirenas que una vez había
llamado a este mundo casa, antes de que la tecnología hiciera más difícil atraer a los
marineros a sus muertes en un gran sacrificio de cuerpos al mar. Solo se preguntaba qué
podría sacrificar para mantenerla, qué podría hacer si la magia tuviera la ventaja y matarla
se convirtiera en la acción más prudente.

Abandonó un pecho, su mano descendiendo en un deslizamiento lento sobre carne


suave y músculo liso. Los labios de ella se separaron en un gemido bajo, lengua lanzándose
para humedecerlos en invitación carnal y un comando que casi lo apresuraba a su destino.
Se resistió, midiendo este momento con el recuerdo de ella en la ducha, atormentándolo
con la caricia de manos femeninas hacia un cuerpo femenino, con la zambullida resbaladiza
de dedos en profundidades sofocantes y el giro de ellos sobre su clítoris.

Las caderas de ella se sacudieron cuando llegó a la protuberancia hinchada, y luego la


suya también cuando la encontró húmeda, lista para él, sus labios menores bombearon y
se separaron. Abandonó el otro seno en favor de liberar su polla, vio el destello de triunfo
femenino en su expresión y casi respondió con una sonrisa depredadora propia.

—Pon tus manos sobre el espejo, Etaín.

Ella lo hizo, lo suficientemente lejos de él por lo que la parte superior de su cuerpo ahora
angulado hacia adelante le daba una ventaja con la que ella no había contado. Más que
enfundarse, deslizó su polla entre sus muslos, acariciando sobre la carne hinchada y el
clítoris erecto sin permitirle la liberación de su orgasmo o la satisfacción de tenerlo dentro
de ella.

Venía con un costo.

Cada caricia era tanto una agonía de negación como una victoria sensual. Cada sujeción
de sus muslos y espasmo de sus labios contra él era un recordatorio acalorado del éxtasis
que él les estaba negando a ambos.

La excitación llenaba de gotas la punta de su pene, la lubricación del líquido pre seminal
ya no era necesaria dado lo bien preparado que la disposición de Etaín lo había dejado. En
un gemido se entregó, casi viniéndose mientras ella apretaba en una demanda sin piedad
para una toma feroz.

Ahora su posición trabajaba a favor de ella, dándole ventaja para empujar hacia atrás y
forzarlo más profundo, luego aún más profundo. Hasta que el océano rugió en su cabeza,
un brote poderoso que lo dejó impotente mientras su cuerpo hacía lo mismo en una carrera
caliente de éxtasis.

Puso una mano al lado de la de Etaín, la otra deslizándose en torno a su abdomen para
evitar que se moviera para que pudiera permanecer dentro de ella. A medida que la niebla
de satisfacción persistía, desencadenó el hechizo en el espejo cubriendo la pared, cediendo
al deseo de ver lo que llevar su tinta podría significar para él.

El color explotó bajo sus palmas y se extendió a través de la expansión en una captura
de revuelta energía, una mezcla de elementos que no le dijo nada sobre sí mismo a pesar
de la naturaleza de los movimientos salvajes, nada unido vibraba como un precursor de
violencia y le hizo querer llevar a Etaín a su finca, dispuesta o no.

—¿Esperando ver al Dragón? —bromeó ella.


—Casi. —Dejó ir el hechizo y de mala gana tiró de su funda, guiándola a la ducha.

Una mano en su pecho le impidió unirse a ella bajo el chorro de agua.

—Los tatuajes no deben mojarse.

—Suficientemente fácil de impedir. —Modificó un hechizo de defensa por lo que un


escudo se formó para cubrir piel y la tinta—. Uno de los muchos beneficios de la magia.

—¿Y este es otro? —preguntó ella momentos después, cuando el agua y el roce de su piel
resbaladiza, el toque de su mano lo tenían duro de nuevo, listo de nuevo.

—¿Una táctica de retraso, Etaín?

Su risa ronca podría ser reconocimiento o invitación.

—¿Y si es una?

Con fuerza sin ayuda de la magia, la levantó y sintió la emoción siempre presente ante
su capacidad de respuesta cuando piernas lisas se envolvieron alrededor de su cintura,
abertura húmeda y carne femenina caliente disponible para él. Si lo permitía, ella
provocaría y atormentaría antes de satisfacer en última instancia el deseo feroz que la
presencia de ella en su vida había creado en él.

—Ponme dentro de ti —ordenó, la voz un viento de azotes duros—, o bajaremos sin


terminar esto.

El deseo era un destello de fuego en sus ojos, la promesa de venganza sexual en el futuro
y una que él esperaba. Agarró su polla, obedeció, pero en sus propios términos, permitiendo
solo centímetros en su raja, su mano un guardián impidiéndole escapar al éxtasis total.

Estrelló su boca en la de ella, exigió que lo tomara hasta el final con el empuje de su
lengua, con una mano yendo a su pecho mientras la sostenía clavada en la pared de la
ducha. Sus dedos capturaron un pezón, dolor en la búsqueda del placer.

La sacudida de sus caderas y el empuje de su pelvis señalaron su necesidad de una


penetración más profunda. Era un preludio que momentos más tarde la tenía liberándolo,
las piernas una abrazadera tensa, manteniendo todo de él dentro de ella mientras se
agarraba, se retorcía, y finalmente se venía, la ondulación y el apretón de su funda una
demanda que él respondió con la cabeza echada hacia atrás y una liberación cercana a la
violenta.

—Es un retraso —murmuró, permaneciendo en la ducha, la caída de agua contra su piel


un rellenado sensual, la intimidad entre ellos vertiéndose en el manantial de su alma. Deseo
volver a despertar cuando finalmente salieron de la ducha, y ella se tomó su tiempo
vistiéndose, haciéndolo envidiar la ropa que había comprado para ella, haciéndolo
fantasear sobre eliminarla en una bola de fuego de magia.

—¿Lista? —preguntó.

Etaín tomó la mano ofrecida, permaneciendo en silencio antes que mentir. ¿Lista? No.
No estaba segura de que alguna vez lo estuviera, pero eso no cambiaba ni una maldita cosa.

Se montaron en el ascensor hasta la planta baja.

—Un pequeño atajo —dijo, guiándola dentro de lo que era claramente su oficina dada la
calidad de la obra de arte. Ventanas amplias a lo largo de una pared eran un llamado que
no podía ignorar. Cuando se detuvo frente a ellas, no fue la vista de San Francisco lo que
atrapó su atención, sino la terraza privada a continuación, cada mesa ocupada por los ricos
y poderosos, con algunos de los famosos incluidos en buena medida.

No era su mundo. Incluso cuando había vivido con el capitán, no había sido parte de
ello. Presente físicamente, sí, cuando era joven no había habido una manera de evitarlo,
pero mentalmente, había aprendido a los ocho años que era mejor retirarse. Ningún
cuchillo era más afilado que palabras esgrimidas por chicas celosas o hermanastras llenas
de odio, y por un tiempo, había sido vulnerable.

Tal vez si hubiera sido un niño, u hogareña, pero no había sido ninguno de ellos. Y
entonces la llamada de la tinta había llegado, y con ella, entonces desconocido para ella, el
encanto Élfico, y eso solo había hecho las cosas más difíciles en la escuela y en casa.

Eamon se colocó detrás de ella, envolviéndola en un abrazo y ahuyentando


pensamientos del pasado.

—Caminaste a través de mis salas en esa primera visita, interrumpiendo mi trabajo y


atrayéndome hacia la ventana. En el momento en que miré hacia abajo y te vi, supe que
serías mía.

—A pesar del hecho de que estaba con Cathal.

—Una complicación menor.

—Palabras conflictivas si él te escucha decirlas.

—Tal vez. —Tocó su cuello con sus labios y lo sintió sonreír mientras agregaba—.
Probablemente.
Una mordedura de succión siguió, luego otra, y una tercera, antes de que suspirara,
murmurando:

—Tienes un efecto desastroso sobre mis intenciones.

Ella rio.

—¿Y eso es malo?

—Los que me conocen mejor dirían que sí.

—¿Los guardaespaldas?

—Y mi segundo al mando, Rhys.

Labios cálidos fueron reemplazados por el tacto frío de una cadena en forma de collar.

El cambio no pasó desapercibido.

Como una carga caliente de electricidad por sus brazos y alrededor de sus muñecas, la
conciencia extraña del Dragón llegó, allí el tiempo suficiente para determinar que ninguna
amenaza existía, pero incluso eso fue suficiente para hacer a su pulso latir contra el collar
como un prisionero contra una puerta de celda.

La boca de Eamon rozó su oreja.

—Tranquila, Etaín. Es simplemente una pieza de joyería, algo mejorado por tu belleza,
un elemento para complementar el atuendo, nada más.

—¿No sentiste la llamarada de la magia en este momento?

—Siempre estoy consciente de tu magia. Constantemente se enreda con la mía. —Besó


su cuello—. Pero fue la precipitación de los latidos de tu corazón lo que reveló tu
nerviosismo. Para ti, tal vez fue acompañado por una sensación diferente. Para los
cambiantes, sobre todo, a menudo emoción y magia son experimentadas juntas.

Una mano en su codo la guió hasta un cuarto de baño. Se quedó sin aliento ante la
visión de ópalos incrustado en un giro intrincado de oro, piedras oscuras que le recordaban
el espejo con su fuego y agua capturada.

—Y aquí estaba yo preocupada porque fuera un collar de perro tachonado —dijo para
enmascarar un repentino nerviosismo al ver a una mujer que se veía como si perteneciera
entre los clientes del restaurante, en lugar de una que disfrutaba hablar tonterías con
clientes y compañeros artistas.

Su sonrisa tierna hizo que su corazón aleteara.


—¿Un collar de perro tachonado? Me preocuparía que tu amigo Bryce pudiera decidir
reclamar mi regalo si decidieras quitártelo en la tienda.

Sus ojos se levantaron en una sacudida para encontrarse con los suyos, felicidad
difundiéndose a través de ella ante lo que sus palabras implicaban.

—Él tiene sus momentos cuando va completamente de punk. Y sus novias casi siempre
tienen la apariencia.

—Entonces nada de collares de perro tachonados para ti.

Eamon tocó con su mejilla la de ella.

—Estoy tentado de volver a la habitación y quitarte todo excepto el collar.

—Podría ser convencida de que es una excelente idea.

—Si volvemos a la suite, no conocerás a nadie hasta mañana, especialmente si Cathal se


une a nosotros. —Le dio una succión pequeña, provocativa a su cuello luego dio un paso
atrás y enganchó su mano.

En el primer piso, la puerta del ascensor se abrió en una alcoba discretamente colocada
entre el área pública y privada, como si de vez en cuando a los seres humanos se les
permitiera entrar más profundo en el territorio élfico.

Eamon la guio hacia la parte posterior, la cocina, presumía, dado el aroma profundo de
alimentos y la cadencia de pedidos a domicilio intercalados con actualizaciones de estado.
Un camarero pasó, tan atractivo como la comida que había recogido del mostrador donde
esperaba para ser llevada a los comensales.

Se le ocurrió que todos los elfos que había visto en Aesirs eran hombres.

—¿Permites que las mujeres trabajen aquí?

—Algunas.

—¿Por qué solo algunas?

La pregunta sostenía un borde de militancia. Había tenido suerte en su profesión


elegida. Su talento, su aspecto, y aunque no había sido consciente de ello en el momento,
la magia y el encanto élfico, significaba que nunca había experimentado discriminación de
la misma manera en que otras artistas del tatuaje lo habían hecho. Se había topado con
imbéciles, y hombres con mentalidad de club de un niño, pero no habían tenido ningún
poder sobre su avance o su forma de ganarse una buena vida.
—Paz, Etaín, paz —dijo con una risa—. Me alegro de que defiendas tan fácilmente a
nuestras mujeres. Aquellas que desean servir aquí lo hacen alguna que otra vez.

Abrió la puerta de la cocina, permitiéndole que lo precediera. En el momento en que


ella lo hizo, todo movimiento y conversación cesó. Su cautela se estrelló contra ella, no
mitigada por las sonrisas que siguieron rápidamente debido a la presencia de Eamon,
tentativas sobre varias caras y obligadas en las demás.

En un apuro, el deseo de escapar hacia la cómoda realidad volvió. Su mirada se dirigió


al mundo exterior visible debido a una puerta de servicio un poco abierta para una entrega.

Un muchacho entró por la puerta, cargando una caja. Perdido en sus pensamientos, no
los notó de inmediato, pero cuando lo hizo, su atención estaba únicamente en ella y
absoluto terror llenó sus características.

—¡No! —gritó, dejando caer la caja. El pescado se derramó por el suelo cuando se volvió
y huyó.

—¡Farrell! ¡Detente! —ordenó Eamon, y ella sintió la magia a través de sus sentidos.

El niño, el cambiante del que le había hablado, solo estuvo escasamente afuera antes de
que la puerta se cerrara de golpe.

—Iré tras él, Señor. —Uno de los trabajadores de la cocina se ofreció voluntariamente.

—No. —Eamon agarró el brazo de Etaín, girándola para encararlo—. No dejes Aesirs.

Negación fue su respuesta de exabrupto a su orden, al gobernante autocrático que había


sustituido al amante provocativo. Permaneció en silencio, no ofreciendo ni promesa ni
protesta cuando la puerta que él había cerrado con magia se abrió y luego se había ido.

Como si fuese convocado por la ausencia de Eamon, Liam estaba a su lado de repente,
su llegada liberando a aquellos en la cocina para volver a sus tareas, aunque con
concentración feroz en lugar del deslizamiento y la cadencia fácil que habían tenido
momentos antes.

El impulso de escapar a través de la puerta abierta era casi imposible de resistir. No


pertenecía aquí más de lo que lo hacía en la zona elegante del comedor sirviendo a hombres
y mujeres con los que no tenía nada en común; ni siquiera siendo humana.

Ignorando a los elfos que la estaban ignorando firmemente, se volvió hacia Liam.

—¿Por qué estaba aterrado?


Lo suficientemente aterrorizado para ignorar la orden de lord Eamon, y ella no podía
imaginar que aquellos a los que gobernaba lo hicieran a menudo. Raspaba la superficie y
Eamon era más como la familia de Cathal de lo que era Cathal. Solo tuvo que mirar a Liam
para saber que Eamon era capaz de crueldad. ¿Por qué más tendría a un asesino sirviéndole?

—Eso le corresponde a Lord Eamon responder.

La respuesta de Liam era un rasguño sobre terminaciones nerviosas expuestas. Me voy de


aquí.

La necesidad imperiosa de correr y seguir corriendo aumentó con el primer paso, hecho
en tacones del tipo jódeme que de repente parecían destinados a entorpecerla tan a fondo
como la falda apretada y la falta de transporte. Pánico se hinchó con la sensación de estar
fuera de control.

Hasta que había sido tomada por el Violador Arlequín, y luego rescatada de él, había
vivido la vida por completo en sus propios términos, confiando en sí misma y su don y
confianza en su capacidad para sobrevivir. ¿Si quería podría irse, dada la orden de Eamon
de quedarse?

Su piel se sentía insoportablemente apretada. Se le ocurrió que no había vuelto a su


apartamento en días, y tan pronto como la comprensión vino, anhelaba estar sola en su
propio espacio, al menos por un rato.

Sin decirle una palabra a Liam, se dirigió hacia la zona pública, estrategia más que
cualquier deseo de ver y ser vista. Sería más difícil detenerla de escapar donde había testigos,
es decir, si podía pasar a través de las defensas en absoluto.

Solo aquellos que cuidan la terraza podrán contenerte si se desencadena, la voz del Dragón
susurró en su mente, el sonido de ello aumentando la urgencia de salir.

Tal vez una vez afuera se consideraría una cobarde por no obligarse a dar un paseo por
el restaurante como si fuera suyo, a imaginarse al lado de Eamon, o de Cathal. No era lo
suficientemente tonta para pensar que esto era algo más que un alivio temporal.

El puesto del maître apareció a la vista. Ver a las tres mujeres que habían acabado de
entrar a Aesirs solamente solidificó su determinación de abandonar este lugar al que no
pertenecía. Había pasado un año y medio desde que había tenido la mala suerte de
encontrarse con la esposa e hijas del capitán.

Al igual que las pirañas concentrándose en alguna criatura viviente desafortunada dejada
caer en el agua, se fijaron en ella. Labios pintados de rojo brillante se apretaron y ojos se
estrecharon para acompañar expresiones de desprecio que eran realmente únicas máscaras
de cortesía para un odio voraz.

Dar la vuelta y dirigirse hacia la dirección opuesta no era una opción. Nunca les daría
tanto poder sobre ella.

Liam se movió por delante de ella. ¿Protección? ¿O simplemente para posicionarse para
evitar que se fuera?

Pelearía esa batalla después de que se ocupara del que estaba frente a ella, porque sin
duda había una armándose dada la forma en que las tres mujeres se habían movido para
bloquear su salida, obligándola a detenerse e interactuar.
22

Traducido por Jeyd3

Corregido por Paulii~

—Todavía explotando tu apariencia, puedo ver —dijo Portia, la hermana mayor de


Parker, sus ojos pasando sobre el atuendo luego regresando para mirar el collar.

Etaín tocó la piedra fría.

—Es hermoso, ¿no?

El jefe de camareros vino de detrás de su estante.

—Si me pudieran seguir, damas —dijo él con la suficiente firmeza como para insinuar
que los clientes que se involucraran en comportamientos desagradables serían
acompañados a la calle en lugar de a una mesa.

La esposa del capitán entró en el espacio personal de Etaín, su voz un silbido susurrado.

—Estás arrastrando a mi esposo y a mi hijo por el fango con tus payasadas y tu asociación
con basura. Te quiero fuera de sus vidas.

Etaín se encogió de hombros, frenándose de señalar que Parker y el capitán eran los que
le habían llamado, quienes la involucraron en sus casos.
—No hay nada nuevo ahí.

—Oh, pero sí hay algo nuevo. Si te digo dónde está la puta de tu madre, ¿dejarías a mi
familia en paz?

Enojo y odio emanaban de Laura. Visceral. Furiosa. Lo suficientemente fresca para dar
esperanza.

—¿Dónde está?

—Acepta no tener nada que ver con mi esposo e hijo. Sin llamadas. Ni contacto.

No era una promesa que Etaín estaba dispuesta a dar. No era un juramento que pudiera
hacer sin convertirse en una apóstata.

Sus manos se levantaron, su voluntad y su don no enteramente de acuerdo. La magia


inherente no era nada sino una trémula posibilidad en un lapso de tiempo medido en
latidos, un silencio y quietud que desaparecieron en una dura e implacable decisión antes
de que Liam o el jefe de camareros pudieran detenerla —si se atrevían.

Ella apretó las muñecas de Laura, los ojos tatuados presionados contra la piel. La
demanda como un cuchillo afilado a través de la piel y cortando en la mente de Laura.

—¿Qué sabes de mi madre? ¿Dónde está?

La amargura sumergió a Etaín. Furia y dolor que no eran suyos y aun así se convirtieron
en parte de ella.

¿Qué sabes de mi madre? ¿Dónde está? Esta vez una compulsión, una demanda mental, y
Laura no tenía protección contra ella.

Estando en el recuerdo, sus manos temblaron al recibir el mensaje de texto. Tengo algo
para ti. Revisa el correo electrónico por el enlace.

Se puso de pie de la silla donde había estado disfrutando una taza de té, el dolor
partiendo su pecho, un pavor enfermizo y una sensación de traición golpeando contra las
paredes de su corazón. Crecía con cada paso que daba a su oficina privada, alimentando
un odio tan intenso y directo que desconcertó a Etaín, sacándola del recuerdo en
autodefensa contra tenerlo acumulado dentro de ella cuando fuera su objetivo.

Fue vagamente consciente de Portia y su hermana gritando, demandando que soltara a


su madre, sus uñas enterrándose en sus brazos a través de la tela de su blusa mientras los
Elfos lo permitían, demasiado cautelosos para tocarla ellos mismos y sin duda esperando
que los humanos pudieran lograr romper el contacto y detener el uso de la magia en el
proceso.
Concéntrate. Contrólate. Eamon le había enseñado la runa para canalizar la magia fuera
de ella, pero con un salto de intuición, ella desvió las emociones de Laura en un sigilo
imaginado y forzó el recuerdo hacia adelante, retirándose mentalmente como si fuera un
cámara capturando una escena en lugar de una actriz, viviéndola.

Era mucho como la matanza que ella y Cathal habían presenciado en el sueño
compartido, excepto que esta vez, mientras Laura se sentaba en el escritorio y entraba en
una cuenta de correo electrónico de Yahoo usando un nombre inventado, las propias
emociones de Etaín la golpearon, esperanza, felicidad y anticipación.

El remitente no había ocultado lo que era. La dirección del remitente era una agencia
de detectives.

Un clic abrió el correo. No había texto de explicación, solo el enlace.

La sorpresa onduló por Etaín. Vino con el susurrado sentido del destino al ver la fecha.
El correo había sido enviado el mismo día que había conocido a Cathal y a Eamon.

Previsión. El don de su madre.

Por un largo momento el cursor flotó sobre el enlace, la mano que no era la suya dejando
el ratón y regresando, retirándose y regresando hasta que finalmente abrió el enlace. La
sorpresa vino primero, al ver al capitán con su madre en una grabación con fecha y hora de
hacía un poco más de una semana, y luego vino un hambriento anhelo. La lente de la
cámara atravesaba el encanto así que no había signo de envejecimiento. Su madre se veía
justo como Etaín recordaba.

Un latido, luego un segundo, y Etaín se dio cuenta que había pausado el recuerdo,
congelándolo fuera del tiempo, aislándolo como un fotograma de película, como los
dibujos que siempre hacia después de despertar de la realidad robada de alguien más.
Renuentemente lo dejó ir y avanzó, volviéndose consciente del fondo en el que su madre y
el capitán estaban de pie frente a frente, tomados de las manos pero con los cuerpos
separados.

Esta vez el dolor que invadía a Etaín era el suyo. Un puño de dolor alrededor de su
corazón mientras reconocía el pobre motel en Seattle, incluso el número del cuarto era el
mismo, todo sobre ello firmemente grabado en su mente y repetido una y otra vez,
especialmente en esos primeros años. Todavía podía recordar la vívida belleza del paisaje, y
la emoción de viajar en ferrocarril en lugar de autobús, y de la manera en que su mundo
de ocho años se había expandido en una explosión de felicidad al conocer al hombre que
le dijeron era su padre, solo para ser aplastado cuando lo que ella creyó que era una visita
corta se convirtió en abandono.
A los dieciséis, había regresado a Seattle. Había robado un coche para parte del viaje y
fue haciendo autoestop el resto del camino, seguro que habría pistas, respuestas. Creyendo
que su madre debió de haber dejado algo para que ella encontrara porque este pobre motel
era el último lugar en que se habían quedado antes de abordar el tren y venir a San
Francisco.

En el recuerdo de Laura, su madre giró la cabeza para mirar directamente a la cámara,


sacudiendo a Etaín como si hubiera un grito para que pusiera atención. Ve pero mantente
invisible. Esto no era un accidente. Ella y su madre tenían el mismo sexto sentido sobre
cámaras apuntadas directamente a ellas.

Una expresión apareció y desapareció, un reto, pensó Etaín. Su madre se giró, cerrando
la distancia entre ella y el capitán con una risa, algo que puso una sonrisa en su rostro
mientras él la envolvía en un abrazo, el acto disparando rabia en Laura que la llevó al día
en que Etaín y su madre habían aparecido en su puerta, humillándola con la existencia de
una bastarda engendrada por su esposo.

Maldiciones fluyeron por la mente de Etaín mientras su habilidad de mantener el sigilo


canalizando lejos las emociones de Laura fallaba, su realidad sumergida bajo la de otra
mientras ella se vestía para la función a la que Isaac se había negado a ir para pasar tiempo
con su bastarda, el engendro de una puta que probablemente había levantado en un bar de
policías.

No importaba que hubieran estado separados en ese tiempo; o eso decía él. Él la había
humillado al aceptar a la niña. La había enfurecido, le había faltado el respeto a su familia
al no demandar un examen de paternidad, al negarse siquiera a considerarlo.

Estaba horas retrasada y la perra no había regresado. Isaac no había visto lo obvio
todavía. O no se había atrevido a mencionar el tema, pero ella sabía lo que estaba pasando.
Esa ramera no iba a regresar por la niña.

Si dependiera de ella, llamaría a Servicios Sociales y haría que llevaran a la niña al


refugio. Pero él no lo toleraría.

Él pagaría por eso. No directamente. A ella le importaban muchos sus hijos como para
alejarlo después de haberse reconciliado, incluso si a él no le importaba. Pero su pequeña
bastarda entendería que no era bienvenida aquí, que no pertenecía en sus vidas.

Al menos Parker y las niñas estaban visitando a sus abuelos, quienes estaban muy
enojados al saber de la existencia de la niña. Se estaban tomando medidas para dejar esto
atrás. Ya se habían contratado a detectives privados para localizar a la madre de la niña y
ofrecer un incentivo monetario para que todo esto desapareciera.
Pisoteando de regreso a la caja fuerte de la habitación, la abrió solo para recordar que el
collar que quería estaba en la caja fuerte de abajo. Isaac lo había recogido del joyero de
regreso a casa y lo puso ahí en lugar de subir las escaleras con él.

Con la espalda tensándose, salió de la habitación. El sonido de la risa de la niña la tenía


gritando silenciosamente con indignación.

Su esposo no la notó mientras pasaba por el cuarto de entretenimiento de camino hacia


el estudio. Fue a la caja fuerte y la abrió.

Un sobre yacía sobre el estuche de joyería. Sus labios se apretaron, la sospecha llegando
en una ola de hostilidad.

Tomó el sobre y lo abrió, sus fosas nasales ensanchándose al ver la foto que sacó de él.
Perra. Puta. Ramera.

Ya sea por el veneno de la diatriba o el verde esmeralda del lago en la fotografía, la


realidad de Etaín se separó de la de Laura. Su madre estaba de pie como atrapada en el
amanecer o en el ocaso, luminiscente, hermosa como para parar el corazón, de la misma
manera en que había sido Eamon cuando dejó caer el encanto como prueba de que no era
humano.

Ella miraba directamente a la cámara, los dedos de su mano derecha tocando la base de
su garganta, haciendo que Etaín se percatara del collar que usaba. ¿Un mensaje con el color
del agua que combinaba con el del dragón? Ella no podía estar segura de nada excepto que
estaba destinada a encontrar este recuerdo.

En un furioso rasgón rompió la foto, rota una y otra y otra vez hasta que repentinamente
la destrucción fue detenida por la presencia del capitán. Las palabras de ira eran como hojas
atrapadas en el viento para Etaín, arrastradas sin examinar mientras las piezas de la foto se
dispersaban en el suelo y ella las miraba hambrientamente, viendo por la manera en que
caían que había una segunda foto detrás de la primera.

La salida enfadada de Laura de esa escena de hace mucho tiempo forzó a que la atención
de Etaín se alejara, atrayéndola de nuevo al recuerdo, el collar olvidado por el que había
bajado hasta que llegó a la puerta, luego abandonado completamente en disgusto al ver a
Isaac arrodillado y juntando los pedazos, la amarga ofensa llenándola al saber que él
pretendía unirlos y conservar la foto.

Etaín dejó de usar su don, la necesidad de ver la segunda foto dominando sus
pensamientos.
—Quita tus manos de mí —siseó Laura, no menos venenosa por haber tenido algo de su
pasado borrado, o al menos Etaín asumió que había robado esos recuerdos con su don. No
había manera de saber con seguridad sin preguntar, y ella estaba tan lista como Laura para
terminar el contacto.

Liberando a la esposa del capitán, Etaín se hizo a un lado, notando la pared de sirvientes
Elfos que habían mantenido lo que estaba pasando escondido de la vista casual. Sus
expresiones estaban cuidadosamente en blanco, aunque ella podía sentir su miedo, no
exactamente el completo terror que había visto en la cara de Farrell, pero sospechaba que
aparecería si fuera a alcanzarlos.

Volaron de vuelta a sus deberes en el instante en el que Laura y sus hijas se movieron
lejos de Etaín, dejando con los labios apretados a un Rhys con su distintivo arete de sol
rojo parado al lado de Liam.

—¿Te acompaño a arriba? —preguntó Liam, su voz la fría oscuridad de lluvia congelada
en un camino abandonado.

—No. —Ella dio un paso hacia la puerta y vio a los Elfos estacionados ahí, pálidos—. Me
voy.

—No lo recomiendo. Este es un tiempo peligroso para ti.

—Eso me han dicho. Y no te molestes en jugar la carta de Lord Eamon quiere.

Él bloqueó su salida e inmediatamente los ojos en las palmas de ella se encendieron,


convirtiéndose en un arma. Su mirada fue hacia abajo y subió de nuevo, una fría crueldad
la única cosa en ellos.

—Estás dejando que la magia gane.

—Tengo el control.

Su sonrisa era un despiadado destello blanco.

—¿Abiertamente quitándole sus recuerdos a un humano? —Su mirada cayó a sus manos,
permaneciendo allí durante un latido antes de mirarla de nuevo—. ¿Haciendo una amenaza
de violencia de la que no tienes un verdadero entendimiento? ¿Estas son las acciones de
alguien en control?

Su piel se humedeció. La duda la llenó.

Ella la dispersó con la tensión de su espalda y un paso adelante, en el espacio personal


de Liam.
—A menos que pretendas mantenerme prisionera aquí, quítate de mi camino.

—El precio que pagues por esto puede ser tu vida.

—Sí, sí. —Esa amenaza en particular estaba perdiendo impacto. O tal vez no podía ir en
contra de la convicción de que su madre había dejado ese recuerdo para ella, y más que
eso, una pista destinada a ayudarla a sobrevivir el cambio.

Ella nunca había creído que el capitán estaba envuelto en una aventura. Nunca. Él era
un hombre de demasiados principios.

El que su madre contactara con él el mismo día en que Cathal y Eamon habían entrado
en su vida no era coincidencia.

Peordh. Predestinado. Su pensamiento. No el del dragón.

—Muévete —dijo Etaín, una orden directa.

—Las consecuencias las sufrirás tú. —Pero él se hizo a un lado y su rendición señaló a los
Elfos estacionados en la puerta que la abrieran para ella.

Ella escapó, respirando profundamente aire que olía a libertad y posibilidad.


Levantando su cara al cielo, la caricia de la apagada luz del sol era un bálsamo calmante y
un filoso contraste al salvaje golpeteo de su corazón y al desborde de emoción desenfrenada
que surgía en ella al revivir el recuerdo robado.

El deseo de ver a su madre de nuevo era una marejada que no podía contener. ¿Por qué?
Siempre ¿por qué? ¿Por qué me dejaste? El dolor de una niñita en el corazón de una mujer.

Esta vez, había una respuesta. La voz de Dragón Sibilante validando lo que ella creía que
era verdad, expandiéndola. Peordh. Destino pre ordenado. La rectificación de un error.

El sigilo representando servidumbre apareció, desterrando el recuerdo robado. Etaín se


rebeló contra el pensamiento de aceptarlo. Y esa rebelión trajo concentración y
determinación renovadas, lo suficiente para contener el azoramiento y el miedo
profundamente arraigado, una reacción instintiva a su destino final —la estación de policía
en la que había sido retenida dos veces, y el doble de las barreras que la separaban de su
realidad y la de todas las víctimas que había tocado se habían caído.

El deseo pasó por ella con la tentación de llamar a Cathal. Ella quería oír su voz, lo
quería con ella, pero la razón dictaba que fuera sola a ver al capitán. O tan sola como
alguien acompañado por un asesino que camina como una sombra podría estarlo, incluso
si él aparentemente había elegido observarla desde una distancia dada su ausencia a su lado.
Ella se dirigió a Stylin’ Ink, maldiciendo a los tacones sexis y la falda apretada para
cuando pasó el primer bordillo. Finalmente removiendo los tortuosos zapatos y caminando
descalza hasta que llegó a la puerta frontal.

Los silbidos le dieron la bienvenida tan pronto como entró en la tienda. Ella se rió,
porque obviamente las ropas caras destinadas para hacerla encajar en el mundo de Eamon
no la separaban de este. Derrick dejó su estación a zancadas en lugar de moverse
torpemente, sus movimientos diciéndole que el hombre yaciendo cara abajo en la mesa de
masajes era un homofóbico, probablemente gay y en extrema negación de ello. Derrick era
un magneto para los de ese tipo.

Abrazándola, Derrick susurró:

—Debo tener un par de esos zapatos. ¡Simplemente debo!

—Una elección de Eamon. Probablemente cuestan la renta de un mes.

—Imitaciones, cariño. Son los regalos de Dios para los hombres trabajadores.

—Más como regalo del crimen organizado.

Ella implacablemente suprimió toda la curiosidad sobre las actividades de Niall y Denis
Dunne.

—Como sea —dijo Derrick, alejándose—. Te ves exquisita. Ese hombre sí tiene ojo para
la ropa y la joyería.

—Le diré a Eamon que tiene tu sello de aprobación. Mientras tanto voy a cojear a la
oficina de Bryce para cambiarme a algo con lo que realmente pueda cubrir distancias.

—¿Estás planeando correr? —dijo Jamaal desde su estación de trabajo—. Pensé que ya era
tiempo. Has estado con el mismo tipo, tal vez los mismos dos ¿por cuánto? ¿Una semana?
Debe ser un record para ti.

—Me reformé —dijo ella, yendo alrededor del mostrador.

—El sexo debe ser muy bueno entonces.

Ella no fue lo suficientemente rápida para bloquear la imagen de DaWanda sobre él,
aunque se deshizo de ella al preguntar:

—¿Dónde está Bryce?

—Regresa en cualquier momento.


Ella fue a la oficina de Bryce, abriendo el armario donde la camisa y un par de jeans
además de un par de viejos tenis estaban escondidos para salvarla de tener que cruzar la
bahía.

—Definitivamente voy de regreso a mi apartamento hoy —murmuró, quitándose lo


elegante y costoso, excepto el collar, luego poniéndose lo usado y cómodo.

Bryce estaba a algunos pasos de la puerta de la oficina cuando ella emergió.

—Mierda, Etaín, ¿no podrías haberte quedado en las ropas lujosas durante un par de
minutos más? Me perdí el espectáculo.

—Dale un vistazo a ese collar y tendrás una idea de cómo era —dijo Jamaal.

Bryce silbó y luego rozó su pulgar y dedo índice juntos.

—Nada dice satisfacción sexual como la joyería costosa.

Jamaal se rió.

—No hay sorpresa ahí, no de la manera en que casi tuvimos un espectáculo antes.

—¿Eamon sabe que no te importa una mierda estar engalanada en joyas? —dijo Bryce,
capturándola en un abrazo y tocando su nariz en su cuello. Él inhaló ruidosamente—. Sí,
huele a dinero. Mucho, mucho dinero.

—Plebeyos —murmuró Derrick.

Bryce rió.

—Nunca dije tener clase.

Él dejó ir a Etaín.

—¿A dónde vas que decidiste abandonar a tus dos hombres?

—Necesito encargarme de algunas cosas por mi cuenta. ¿Te importaría llevarme? No está
lejos.

No había sentido en regresar por su moto o tomar la de alguien más: ella pensaba que
Eamon llegaría pronto o mandaría a Cathal a recogerla.

—Ohhh —dijo Derrick—, ahora está siendo misteriosa. Bueno, tenemos nuestras maneras
de hacerla hablar.

—Diablos —dijo Jamaal—, no necesitamos hacerla hablar. Bryce nos dirá la verdad cuando
regrese.
Bryce bamboleó las llaves de su coche.

—¿Lista? Tiene que ser rápido. Tengo una perforación en camino.

Era rápido. Demasiado rápido según Etaín. Y Bryce era demasiado perceptivo, notando
un miedo que ella no podía tragarse completamente y apagando el motor para señalar que
no tenía que salir del coche inmediatamente y entrar a los cuarteles de la policía.

—¿Estás en problemas? La mierda de la tienda aparte, si quieres hablar, cualquier cosa


que digas se queda conmigo.

—No hay problemas. —Ella logró una sonrisa—. Excepto tal vez con Eamon por largarme
de Aesirs. Malos recuerdos de este lugar, eso es todo.

Ella abrió la puerta y salió del coche.

—Gracias por traerme.

Él esperó, asegurándose que ella no tuviera dudas antes de arrancar el coche e irse.

Liam apareció a su lado. Ella ni siquiera se encogió.

—Lord Eamon no estará contento.

—Probablemente no.

Ella se limpió las palmas húmedas contra los jeans, el frío recuerdo del pánico y el terror
golpeando su piel mientras su corazón tronaba como olas contra un acantilado. No estaba
segura de que el capitán no la retuviera en el edificio en algún tipo de detención preventiva.
O peor, permitir a los federales entrar para otra ronda de interrogación, otra sesión a puerta
cerrada para romperla y que les diera un motivo para arrestar a Niall y Denis Dunne por
asesinato.

Su pulso palpitaba en su cuello. Cuando se volvió consciente de ello, también escuchó


su dificultad para respirar.

Tengo que hacer esto. De eso estaba segura.

Batallando para calmarse, se dirigió a la puerta frontal. Alcanzándolo, dijo:

—Tú no vas a entrar conmigo. —Aunque por supuesto que lo haría, sin ser visto, la
muerte escondida en la sombra.

—Entra a este edificio y pones en peligro a uno de los humanos que supuestamente te
importan.
Una promesa y amenaza combinada. Ella se estremeció.

—Lastímalo y habrá consecuencias.

—Su muerte no causaría ni una onda en nuestro mundo.

—¿Y tu muerte? —preguntó ella en desafío al helado escalofrío que se asentó en su


estómago.

Liam se rio, el sonido de su diversión como el chirriar de ramas secas contra el vidrio en
una noche ventosa.

—Espero que sobrevivas, Lady.


23

Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Paulii~

—¡Mierda! —dijo Sleepy, golpeando sus manos en el volante—. ¡Mierda, mierda, mierda!

—Lo siento, ese.

Respiró profundamente, dándole una mirada rápida a Puppy.

—Está bien. No hay problema. Habría sido agradable, eso es todo.

Unos minutos antes y tal vez podría haber seguido a Etaín hacia Cathal Dunne, o usarla
para llegar a él.

—El tipo adentro hablará.

—Y luego acabo con él, ¿verdad? —Puppy levantó su brazo, inclinándolo de lado y
sosteniendo un arma falsa—. Después de eso, todo el mundo empezará a llamarme Trigger20.

—No sé, hombre. Drooler no ha derramado tanta sangre como tú. Estoy pensando que
tal vez este golpe debería ser suyo, ¿me entiendes?

20
Trigger: Gatillo, en inglés.
—Sí. Te entiendo. Supongo que es justo, ya que él es el que nos puso en este tipo. Pensé
que ibas a conseguir a Drooler cuando fueras a hablar con Emilio.

—Quería hacerlo, pero su tío se ocupó y Drooler no inventó la mierda sobre la necesidad
de reunirse con su oficial de libertad condicional a tiempo. De ninguna manera su tío iba
a creérselo conmigo allí. Hablé con Emilio, eso es todo. Entonces me fui. Drooler va a
reunirse con nosotros aquí tan pronto como pueda.

—¿Emilio te dará la dirección de este tipo?

—Sí. Lo he comprobado. La vieja. Una vecina me dijo que pensaba que estaba cuidando
la casa de su hermana. Así que tendremos que girar aquí. Pasa por la tienda, ve si se ve
como si estuviera haciendo tatuajes.

Puppy salió del coche. En cuanto la puerta se cerró, Sleepy sacó el teléfono de Lucky de
su bolsillo, yendo al número de Jacko, el pulgar cerniéndose sobre él. No quería decir que
de alguna manera había sido iniciado, pero esta era su oportunidad de entrar con Jacko y
probarse a sí mismo.

Cuando Jacko contestó, Sleepy dijo:

—He estado preguntando por ahí. Tengo una conexión entre Cathal Dunne y un
tatuador que podría saber lo que le pasó a Lucky. Lo vamos a agarrar.

—Bien. Ese idiota irlandés no va a hablar con nadie.

—¿Estará muerto?

—Prácticamente. Un amigo mío está esperando con una pequeña sorpresa para él. El
pendejo no sobrevivirá esta vez.

Sleepy quería entrar. Pero parecía que Jacko también estaba dejándolo rodar. Lo mejor
que podía hacer era tratar de atraer a Jacko a su acción.

—Uno de mi pandilla está pidiendo conseguir sus huesos. Voy a hacer que atrape al tipo
que estamos siguiendo. ¿Estás bien con aparecer? Sé nuestro invitado de honor. Después
podríamos celebrarlo. Puedo poner mis manos en una buena mierda.

—Llámame cuando esté listo.

Etaín entró en la oficina, las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros, en puños
contra uso posible y para ocultar el temblor que los había cogido cuando los pasillos sin
ventanas se plegaban hacia adentro y el sudor se derramaba por sus costados cada vez que
pasaban por una sala de interrogatorios. El capitán cerró la puerta. Tranquilo, y de alguna
manera eso era mucho más amenazante que si la hubiera azotado.

No pudo evitar mirar las sombras de su oficina, y temblar con la pregunta de cuán grande
era la apertura que Liam necesitaba para pasar por ella.

El capitán se movió alrededor del escritorio, separándose como si se diera cuenta de la


amenaza invisible que ella había traído consigo. O tal vez Laura o una de sus hijas ya lo
habían llamado por lo que pasó en Aesirs.

Sí. Probablemente era eso.

—¿Estás aquí para hablar de tu relación con los Dunne? —preguntó.

—No.

—Tu elección en chicos, y ahora en hombres, no ha mejorado.

¿Y tu elección de una esposa es mejor?

Pero no lo dijo. Estaba cansada de este baile, cansada de ser juzgada y encontrada
insuficiente incluso si ese juicio tenía sus raíces en el amor.

—¿Sabías que Eamon nos ha prohibido a tu hermano o a mí que te pidamos que nos
ayudes?

Su expresión era una respuesta suficiente.

—Creo que sus palabras exactas fueron algo en el sentido de que no tendríamos
permitido acceder a ti.

Agravación se encendió, pero se desvaneció rápidamente, porque el encuentro con el


capitán y Parker solo podía haber ocurrido días antes, antes de que Eamon tomara su tinta,
antes de que se relajara en toda la cosa de Lord de los Elfos.

—Sí, eso suena como algo que él diría.

Su respuesta irreflexiva no encajaba bien con el capitán. Su rostro se tensó en austeridad


y desaprobación, una mirada que había visto con suficiente frecuencia desde que había
utilizado por primera vez agujas y tinta casera para marcar la piel.

—¿Entiendo que te has mudado con él? ¿O con Cathal Dunne?

—Todavía tengo mi apartamento. —Un lugar al que estaba decidida ir después.


La expresión del capitán se alteró. ¿Lástima? ¿Victoria?

—Parker dijo que habías salido de tu apartamento.

—¿Qué? —La pregunta tartamudeada coincidía con el latido desigual de su corazón.

—Parker fue llamado de vuelta a DC después de que te dejamos la otra noche. Se detuvo
para dejar una nota cuando se dio cuenta de que tu teléfono no había sido recuperado.

—Lo he recuperado —dijo ella, una respuesta de memoria mientras el pánico que había
crecido en Aesirs, junto con la sensación de haber perdido el control de su vida, volvió en
una carrera salvaje.

—Déjame ponerte bajo custodia protectora —dijo él, la voz suave como si sintiera
debilidad.

—No hay lugar en el que puedas ponerme donde estaría a salvo. Necesito a Cathal y a
Eamon para eso.

Fue un error admitirlo así. Lo supo en el instante en que las palabras salieron de su boca,
pero una parte de niña pequeña quería que él lo entendiera, que dejara de presionar por
algo imposible.

—Van a destruirte, Etaín. Si tienes suerte, solo terminarás en la cárcel.

—Nada de lo que te diga te hará creer que no son criminales.

—¡Mira en lo que estás involucrada por ellos! ¡El asesinato de cuatro muchachos!

Que drogaron, violaron, y trataron de cubrir lo que habían hecho al sobredosificar dos chicas,
logrando matar a una de ellas.

A pesar de que los agentes federales lo habían contado así, cualquier argumento que
hiciera solo confirmaría para él lo que las imágenes de vigilancia daban a entender, que
había tocado a Brianna Dunne y después había dibujado sus recuerdos.

—No puedo decir lo que quieres que diga. Igual que no puedo ser quien tú quieras que
sea. —Sacó las manos de su escondite, dándoles la vuelta y abriendo los puños para revelar
los ojos estilizados, la tinta que marcaba el comienzo de su alejamiento. Aunque por su tipo
de justicia, había estado dispuesto a mantenerla en su vida—. Esta es quién soy.

Se sentó pesadamente en su silla.

—¿Por qué estás aquí, Etaín?

—Tienes una foto de dos caras de mi madre. Necesito verla.


Le ahorró el conocimiento de que su esposa aparentemente lo tenía vigilado por un IP21
cuando salía de la ciudad.

O ella quería hacerlo.

Su falta de sorpresa tenía preguntas adicionales cayendo de su boca.

—¿Te dijo que vendría a buscarla? ¿Te dio un mensaje para mí?

El temor se hundía en ella ante su expresión. Llegó en un instante de desgarro de


corazón antes de que él preguntara:

—¿Cómo sabes que la vi?

Se encogió de hombros, esperando que la casualidad lo desviara.

—Solo lo sé.

Su atención se detuvo en el collar que claramente no iba con los vaqueros y la camisa,
luego cayó a sus manos, la mente de un detective clasificando posibilidades. Dolor vino,
nublando sus ojos. Siguió la resignación, profundamente arraigada y dolorosa para que ella
lo atestiguara.

Su mirada se levantó, encontrándose con la de ella, y solo hubo condena, una acusación
que hizo eco de la insinuación de Liam de que estaba fuera de control.

—Asaltaste a Laura.

Evidencia adicional sin duda de su espiral hacia abajo en completa criminalidad gracias
a los Dunne. Era infantil. Etaín sabía que lo era, pero no pudo evitar decir:

—Laura empezó. Y ella estaba en mi territorio.

La ridiculez de ese último fragmento casi la hizo reír.

—Me sorprende que no la hayas prohibido entrar en Aesirs.

Se levantó de su asiento y se volvió, un puño apretó su corazón por el peso de su


movimiento, la edad y el cansancio que había adquirido desde que la encontró en la planta
baja y la escoltó a su oficina. ¿Esto era lo que sucedía cuando los humanos se enredaban en
asuntos élficos? ¿Él le había importado a su madre? ¿O había dormido con él solo para que
creyera más tarde que había engendrado a la niña que le había presentado?

21
IP: Investigador Privado.
Las preguntas la picaban, llenando sus ojos con lágrimas que limpió mientras él le daba
la espalda. Y, sin embargo, sus manos hormigueaban con el deseo de usar su don para
capturar sus recientes recuerdos de su madre. Se imaginó extendiéndose, tocando.
Tomando.

¡No! ¡No! Se negó a ser controlada por el don o la magia o el Dragón.

Con concentración feroz contempló uno de los sellos complejos que Eamon le había
enseñado. Se imaginó rodeada por el glifo destinado a convertirse en una defensa personal,
un escudo contra más que peligro físico.

Era suficiente para amortiguar la tentación, aunque no estaba completamente segura de


si realmente había creado una barrera o si el abrir del capitán un cajón debajo de la ventana
reorientó su deseo.

Su boca se secó. Y en su corazón, dolor, anhelo y esperanza se enfrentaron como platillos


violentos en manos de un maníaco-depresivo.

—Hablamos brevemente —dijo—. Acerca de cosas inconsecuentes. No estoy seguro de por


qué pidió verme en absoluto.

Pero Etaín lo sabía. Y sus ojos se humedecieron de nuevo en nombre de él.

Tomó la foto cuando él la ofreció, observando la manera en que había reparado


cuidadosamente las piezas desgarradas, su madre estando de pie frente a un lago verde
esmeralda. Y por el otro lado, la imagen por la que había venido.

Su madre estaba de pie en la puerta de una librería especializada en lo oculto, una mano
apoyada en la jamba, la otra a su lado. Etaín reconoció la tienda inmediatamente, recordó
el día en que habían ido allí porque la tienda era tan fuera de lo común, tan diferente de
las librerías que habían frecuentado en cada una de las ciudades a las que temporalmente
habían llamado casa.

La había asustado y emocionado, ir a este lugar especializado en cosas ocultas, aunque


con ojos adultos el exterior de la tienda estaba desgastado, polvoriento y descolorido,
totalmente indescifrable e indigno incluso de una primera mirada, excepto por la mujer a
punto de entrar en ella.

¿Qué piensas? ¿Este es un buen lugar para encontrar respuestas?, había preguntado su madre,
y esas preguntas de tiempo atrás eran una melodía bella, desgarradora en la mente de Etaín.

¿Lo era? No lo había sido entonces, no para una niña de ocho años, aunque le había
encantado ver todas las cartas de tarot y había recreado algunas de ellas cuando su madre
se negó a comprar una baraja para ella.
¿Pero ahora? ¿Su madre quería que fuera a Nueva York? ¿A esta tienda que habían
visitado poco antes de Seattle?

Etaín se tensó ante la perspectiva, haciendo que el collar se sintiera como una cadena
de estrangulamiento contra su garganta. Su mirada recorrió el brazo de su madre hacia el
marco de la puerta en busca de glifos, alguna prueba tangible de magia o una conexión con
el mundo élfico.

Sin encontrarlo en madera vieja y pintura agrietada, se movió a los tomos visibles en la
ventana delantera, y una sacudida la atravesó al descubrir un dragón entre las imágenes allí.
No un libro, sino una carta del tamaño de tarot aparentemente caída al azar en la esquina
trasera y no recuperada.

Una mujer encapuchada estaba de pie delante de una gran bestia oscura con sus alas
extendidas. Solo el borde dorado de su capa le impedía fusionarse con el Dragón y llegar a
ser indistinguible de él. En la esquina superior izquierda, había un sello más que un nombre
de tarjeta.

—Tómala y vete, Etaín —dijo el capitán, su tono lleno de cansancio, haciéndola


arrepentirse.

—Lo siento…

Su mano levantada la detuvo.

—Mi oferta de custodia protectora está vigente.

—No.

—Entonces se ha dicho lo suficiente hoy.

No podía dejarlo ir.

—Laura quería que le prometiera que me quedaría completamente fuera de la vida de


Parker. Y la tuya. Sin llamadas. Sin contacto.

—Déjalo ir, Etaín. Solo déjalo ir.

Pero con la mano en el pomo de la puerta, vaciló, luchando contra el impulso de mirar
hacia atrás, de admitir que dolía, tener esta relación basada solo en ella usando su don, en
él aceptando solo una pizca de quién era ella, que el dolor por más que quisiera no podía
desvanecerse cuando existía esperanza.

Tal vez sería mejor dejar que Eamon ganara este argumento. Dejar de tocar a las víctimas
cuando se lo pedían, no ver o a Parker o al capitán a menos que fuera una visita social.
Palabras que su corazón no creía. Le importaba la justicia para los inocentes, aunque su
visión de ello estuviera más cerca de la de los Dunne. Pero entonces había vivido el recuerdo
de cada víctima que había tocado. Salió de la oficina con un enfoque, un propósito, llamar
a Anton tan pronto como se encontrara bajo cielos abiertos.

—¿Tienes un tatuaje para mí?

—Necesito verte en persona. ¿Podemos encontrarnos?

—¿Dónde estás?

Ella le dio el nombre de un café a un par de cuadras de distancia.

—Enviaré a alguien para que te recoja. —Y poco tiempo después, un coche deportivo se
detuvo en la acera enfrente de donde ella estaba esperando, bebiendo un moca que bajaba
suave, pero se revolvía en su estómago.

Dio un paso hacia el coche cuando la puerta se abrió y un atractivo hombre negro
esbelto, salió lo suficientemente lejos como para sonreír y decir.

—Tu chofer ha llegado.

La voz pateó en su memoria. Era uno de los clientes de Jamaal. Tenía un tatuaje
devocional de hombro a muñeca en su brazo izquierdo. Jesús. María. Una cruz que era
hermosa.

—Greg, ¿verdad?

—Buena memoria.

—No te he visto en mucho tiempo.

Rió.

—Mi esposa dice que estoy usando demasiada tinta. Además de eso, tengo un chico
nuevo en camino. Tengo que pensar en fondos para la universidad. Entra y te llevaré a ver
a mi primo.

—¿Primo? Mundo pequeño.

—Verdaderamente. —Ella no perdió la forma en que la sonrisa dejó sus ojos y labios.

Entrando en el coche, inhaló el aroma de cuero y cuidado.

—¿Nuevo?

—Lo tengo hace un par de años. Sin embargo, la escritura está en la pared.
—¿Fondo para la universidad?

—Sí.

—Te verás bien conduciendo una furgoneta de mamá de fútbol.

—Te refieres al coche del entrenador, haciendo también vehículo de equipamiento del
equipo.

Abordó la 101, saliendo de la ciudad. Ella experimentó un toque de miedo,


preguntándose dónde terminaba el territorio de Eamon, su mirada clavándose en el espejo
retrovisor y el pulso volando cuando casi podía creer que vio a Liam a punto de
materializarse allí.

—¿Qué tan lejos estamos yendo? —preguntó.

—Ciudad Foster.

No demasiado lejos entonces.

Atrapó a Greg mirándola fijamente, como si hubiera descubierto su miedo. Vio sus
manos apretar el volante como si estuviera discutiendo consigo mismo. Finalmente, dijo:

—Anton me hizo un favor hace años, uno que cambia la vida. Se lo debo. De lo contrario,
no estaría quedándose conmigo.

—Le debo un favor también. —Cierto, pero no era el propósito de esta visita.
24

Traducido por Eli25

Corregido por Paulii~

Hogar dulce hogar, pensó Cathal. Lo había sido cuando él estaba creciendo, a pesar de
donde venía el dinero, a pesar de la presencia de los soldados atormentados de su padre y
la fijación de su madre con la sociedad y su lugar en ella.

No podía sacudir la lealtad de la familia, no podía sacudir las lecciones aprendidas aquí.
Rasca la superficie y podía ser lo que su padre y su tío eran, un asesino frío de piedra. Casi
se había vuelto esa cosa en presencia del Violador Arlequín.

Aparcó frente a la casa de sus padres en lugar de abrir la puerta para poder pasar a la
parte de atrás. No podía recordar la última vez que había visto a su madre o a su padre
entrando o saliendo a través de la puerta principal, aunque dada la seguridad de su padre,
la posibilidad de ser atacado aquí era delgada. Dudaba que los vecinos tuvieran tanto
control sobre sus propios horarios y rutinas como el personal Dunne.

¿Paranoia? ¿Disuasorio? ¿O necesidad? Como no conocía los detalles de los negocios de


su padre, no podía estar seguro de cuál era.

—Espera —dijo Heath, bajando por la calle la puerta de un coche se abrió y una mujer
emergió, largo y rizado cabello negro protegiendo su rostro.
Un destello de sol llamó la atención de Cathal hacia el anillo que llevaba, la llamarada
roja tan antinatural hoy como lo había sido en Saoirse. Ella se lo torció en el pulgar,
escondiéndolo en un puño mientras se volvía hacia él, los pasos vacilantes al ver a Heath
acercarse con pasos rápidos y suavemente amenazantes.

Su barbilla se alzó en desafiante coraje y la sorpresa golpeó a Cathal en lo mucho que se


parecía a Brianna desde la distancia. Permanecer en el coche se hizo imposible.

Salió y corrió hacia delante, inseguro de lo que Heath era capaz si determinaba que la
mujer era una amenaza. Él estaba allí segundos después de que Heath la interceptara.

Jesús. De cerca y personal era más que algo tan manso como un parecido. Con sus ojos
azules y pestañas gruesas y negras, podía pasar por una versión femenina de Brian, el primo
que había muerto hace menos de un año en un accidente de coche, no un gemelo, sino
una hermana como resultado de una de las infidelidades de su tío.

Cristo. ¿Qué hacía ella aquí?

Solo había una razón posible. Ella había venido a averiguar dónde estaba su padre.

¿Sabía Denis que ella existía?

Heath la agarró de la muñeca. Ella se tensó, lanzando una mirada a Cathal, el miedo y
el desafío combinados en sus ojos azules que eran demasiado familiares.

—Déjala —ordenó.

—Sería mejor si veo el anillo primero.

Magia. Ni siquiera le sorprendió.

—¿Te importa? —preguntó a aquella extraña que probablemente era su prima.

Ella permaneció rígida, pero giró su muñeca en el apretón de Heath, abriendo sus dedos
para revelar el anillo.

Heath levantó las cejas. Él la soltó.

—Un artefacto interesante —dijo y se alejó después de haber decidido aparentemente que
no había nada de qué preocuparse.

Joder, si solo eso fuera cierto.

—Soy Cathal.

—Lo sé. Mi nombre es Mirela.


—Denis está fuera del país.

—Aún me gustaría conocer a tu padre.

Eso respondía a la pregunta de Cathal sobre si Denis sabía o no sobre ella. Si su tío lo
hacía, entonces su padre lo haría.

Mierda. Era un mal momento dado todo lo que Brianna había pasado en el último año.
Entonces nuevamente, ¿cuándo sería un buen momento?

Brianna podía hacer las cuentas. Sabría que su padre engañó a su madre.

Cathal miró hacia la casa. Su llegada había sido notada. Uno de los guardaespaldas de
su padre ahora estaba de pie delante de la puerta para darle paso.

—Tu madre se fue hace una hora. —Eso significaba que no habría testigos.

¿Sabía Mirela que su madre prefería permanecer alegremente ignorante de todo lo que
podría ensuciar su mundo o afectar su disfrute de él?

Probablemente era seguro llevar a Mirela dentro. Probablemente. Sin garantías.

—¿Seguro que quieres hacer esto?

—Sé lo que es. Sé lo que son. Mi madre me lo dijo.

Había un ligero acento, quizás de Europa del Este. La cuidadosa manera en que hablaba
casi la enmascaró.

Un asentimiento dijo que le creía. Era demasiado fácil imaginar a su padre y a su tío
lejos de los Estados Unidos, donde había un montón de mujeres hermosas dispuestas a
asociarse con hombres vistos en compañía de criminales poderosos, peligrosos y conocidos.

—Vamos entonces —dijo.

No tomarían a su padre por sorpresa. El coche de Mirela habría sido notado. Fuera
quién fuera el que estaba monitorizando la seguridad probablemente la había descrito
como un policía estacionado fuera de la casa. Pero en cuanto la mirasen bien, habrían
llamado al jefe.

—¿Respondes por ella? —preguntó el guardia cuando llegaron hasta él.

Mierda.

—Eso es innecesario —dijo ella, levantando los brazos en una invitación para ser cacheada
por armas.
No era algo para fingir aquí a pesar de estar a simple vista.

El guardaespaldas era completo y totalmente profesional. Una búsqueda fuera, luego


solo dentro de la puerta delantera una varita buscó dispositivos de escucha, y todavía un
movimiento mal entendido o gesto demasiado rápido les haría aterrizar a cualquiera,
incluso a él, en el suelo en un abrir y cerrar de ojos.

—Está en la sala de estar que está junto a la sala de estar formal —dijo el guardia,
señalando a Cathal para liderar mientras cubría la parte trasera.

La posición significaba que Cathal no podía presenciar la expresión de Mirela mientras


viajaban a través del dominio de su madre, un testamento de gusto y lo que podría hacerse
cuando un decorador de interiores de primera línea no estaba limitado por el presupuesto.
Entonces otra vez, quizá ella miraría alrededor suyo y compararía esta casa con su historia
limitada a lugares en Europa.

La sala de estar estaba hecha en blanco, marrón y beige, los muebles un lujoso grupo
situado en el centro de una habitación cuyo único propósito, aparte de impresionar, era
tomar la vista de la bahía a través de las ventanas que se extendían a los doce pies del suelo
al techo, las tiras de pared necesarias para apoyarlos siempre le hacían pensar en un antiguo
coliseo romano. Como el resto de esta parte de la casa, el olor de las flores dominaba,
derivando hacia un arreglo entregado fresco temprano en el día.

Su padre se levantó del sofá mientras se acercaban. Cathal dijo:

—Esta es Mirela.

—Mi madre era Jaelle Dvorak —dijo Mirela, causando un destello de sorpresa en los ojos
de su padre, y entonces el choque fue cuando añadió—: En su lecho de muerte finalmente
me dio el nombre de mi padre. Tú.

Ella extendió la mano, el anillo que parecía ordinario contra el telón de fondo de la
Bahía de San Francisco.

—En caso de que dudes de mí, aquí está tu prueba. Le diste esto en Praga.

Mierda. No era la hermana de Brianna. Era la suya.

Niall hizo un gesto a los muebles para sentarse. Cuando lo hicieron, miró a Mirela y
dijo:

—¿Por qué viniste aquí? ¿Qué quieres? —Su voz era fría, sus ojos evaluando, en ese
momento, la mafia don Cathal lo sabía.
Mirela levantó la barbilla y, sus manos se apretaron ligeramente sobre el material de sus
pantalones, dándole el apoyo para el valor, y él la admiró por ello.

—Vine a satisfacer mi curiosidad.

—No siempre es una jugada inteligente.

—Papá…

Una mirada en su dirección decía que esto era entre su padre y Jesús, su hermana.

Ella le dirigió una mirada también.

—Quería conocer a Cathal. No tengo otra familia ahora que mi madre está muerta. —
Mal momento, pensó Cathal por segunda vez desde que echó un vistazo a Mirela.

—Debemos llevar esto a tu oficina, papá. —Código para tengo algo que decirte y no es algo
para que las autoridades escuchen.

—¿Tiene algo que ver con por qué estás viajando con un guardaespaldas ahora? Por su
aspecto, ¿uno de Eamon? —Prueba de que su padre había sido llamado para ver lo que
estaba pasando afuera.

—Sí.

Niall se centró en Mirela.

—Las coincidencias me impacientan. Ahora más que nunca desde que tengo un hijo que
está enamorado de la hija de un policía. —Significaba que no estaba convencido de que no
estuviera trabajando para las autoridades.

La propia paranoia de Cathal permitió la posibilidad, subió un nivel porque ella había
estado en el club. Una sensación helada lo invadió. ¿Y si la noche anterior fuera algún tipo
de arreglo? Y si las autoridades lo habían cogido alejándose de un cuerpo, incluso si el
muerto fuera en autodefensa en cualquier corte. Y si…

Lo sacudió. Por una vez, la magia y la existencia de lo sobrenatural actualmente le


proporcionaron algo de alivio. Cage no era humano. La hoja no era simplemente un
cuchillo. Y el anillo que Mirela usaba como recuerdo era algo más que eso, lo había sabido
anoche y la reacción de Heath lo confirmaba.

Subtexto cuidadoso, había pasado toda una vida comunicándose con su padre de esa
manera, pero en ese momento estaba cansado de eso. Sacó su teléfono, escribió un mensaje
de texto que nunca enviaría. Alguien vino por mí. Advierte a Denis en caso de que Brianna
también sea un objetivo.
El frío en la expresión de su padre se profundizó al leerlo.

—Tu mujer tiene algunos peligrosos amigos y conocidos. Casi te mataron ayer por culpa
de ella.

Cathal se rio de la rica ironía de eso, procedente de su padre.

—Ella es la que tendría daños colaterales. Efectos secundarios de ver que se hace justicia.
—Tu rama de justicia. La de su padre y su hermano.

La menor inclinación de la cabeza de Niall reconoció el punto y el mensaje.

—Le diré a Denis que por tu asociación con ella, ahora siente la necesidad de un
guardaespaldas.

—Lo suficientemente bueno. —Lo que dejó a Mirela, desprotegida, una complicación.

Otra ironía. Podía oír la voz de Eamon en su cabeza, llamándolo lo mismo.

No estaba seguro de si su padre le ofrecería protección. No podía estar seguro de que


ella fuera inteligente para aceptar la oferta si se la hacía.

Mirela no tenía la culpa de las circunstancias de su nacimiento. Reconocer su existencia


no era un dilema moral para él, aunque su mente evitaba pensar en el impacto de esto en
su madre.

—¿Te interesa seguirme a casa y conocer a mi prometida, Etaín? —le preguntó, haciendo
su posición clara para su padre y también creando la posibilidad de que Eamon asignara
un Elfo para protegerla.

Ella pareció sorprendida por la oferta, genuinamente complacida.

—Me encantaría.

—Tu madre estará en casa en unos minutos —dijo Niall, no es que no pudiera retenerla
fácilmente.

Cathal tomó la pista.

—Tengo que irme de todos modos.

Niall los escoltó hasta la puerta principal. Cuando se cerró detrás de ellos, se volvió hacia
Orin.

—¿Tienes un rastreador en su coche?

—Sí.
—Síguelos. Luego síguela después de que salga de la casa de mi hijo.

—Esperaba que me odiaras —dijo Mirela mientras llegaban a su coche.

Se encogió de hombros.

—No tiene sentido. Siempre he sabido lo que son mi padre y mi tío. ¿Quieres la
dirección?

Su sonrisa le recordó la de Etaín, sin la sacudida sexual de la conciencia.

—Ya la tengo.

—Por supuesto que sí. Estabas en Saoirse anoche. ¿Por qué no te acercaste a mí entonces?

Empezó a responder. Dudosa. Finalmente dijo:

—Pensarás que estoy loca.

Él se rio de eso.

—Confía en mí, hay mucho que podría decir que me haría sonarlo.

—Sentí que no era seguro. Una premonición. He aprendido a escucharlas.

Retrocedió para permitirle entrar en el coche. Era alquilado.

Heath lo esperaba en el suyo.

—¿Una hermana? ¿Una prima? —Fue la primera curiosidad que el Elfo había revelado
desde su acompañamiento.

—Hermana. ¿Eamon ofrecerá su protección?

—En el ínterin, estoy seguro que lo hará.

—¿Qué quiere decir con eso, en el ínterin?

Las cejas castañas se levantaron.

—Cuando Lady se convierta en su consorte, estará en su poder asignar guardaespaldas y,


por extensión, los tuyos.

Cathal no tuvo tiempo de determinar cómo se sentía al respecto. Su teléfono móvil sonó
mientras se alejaba del bordillo, el tono indicaba Sean.
—Tuviste éxito con las huellas —dijo.

—Siempre con prisa para llegar al clímax. Espero que el sexo no sea así para ti.

—Si te respondo, te cubrirás los oídos y te quejarás de demasiada información.

Sean se echó a reír.

—Dudoso. Reconozco mi torcedura. La segunda mano trabaja para mí cuando las partes
son visualmente atractivas.

—¿Has sido acusado de ser superficial?

—No recientemente.

—¿Que tienes para mí?

—Las huellas pertenecen a un cachorro que solo pasa a estar en la misma banda de Marc
Ruiz, nombre de la calle Sleepy de la que ahora es parte. ¿Cómo es eso una coincidencia?

Cathal miró el espejo retrovisor, viendo el coche de Mirela escondido detrás de él, sus
pensamientos haciéndose eco de los de su padre.

—No creo en las coincidencias. Tú tampoco.

—No, pero tengo una teoría de trabajo que lo explicaría.

—¿Quieres compartirla?

—La pandilla en la que Ruiz se encuentra es Sureña. Las pandillas individuales pueden
estar en guerra entre sí sobre el césped, pero todos responden a la mafia mexicana. Mientras
tengas Sureños, algunos de ellos aspiran a ser hechos miembros, carnales, de La Eme, tienes
un flujo constante de soldados para llevar a cabo asesinato, extorsión, lo que sea, lo
nombras, incluyendo puntos bajo contrato.

—¿Eso significa que Ruiz y sus asociados también podrían ser una fuerte posibilidad de
lo que ocurrió en Oakland?

—Si la orden vino de un miembro mexicano de la mafia, sí, aunque su ir a través de la


bahía me molesta. Habría asumido que una banda Sureña de Oakland habría sido usada.
Pero así es como van las suposiciones, pueden dejarte fastidiado y corriendo para cubrir tu
culo para una mala llamada. Necesito más información. La conseguiré, puedo dar una
puñalada a quién ordenó eso.

—Encuentra a Ruiz. Eso podría ser suficiente.


—¿Encontrarlo y qué? ¿Hacerlo hablar? ¿Entregárselo a alguien que lo haga? Y no creo
que probablemente ese tipo derrame sus tripas a la policía.

Cathal se tensó, lanzando una mirada a Heath, luego pensando, qué coño. Eamon sabía
que Etaín pretendía esto. Ahora tenía que saber que no iba a detenerla.

—Unos pocos minutos con Etaín, antes de que la policía aparezca.

El silencio era completo, el aliento sostenido en un cambio de creencia, una aceptación


plena de lo que las pruebas habían sugerido a Sean.

—¿No importa si están dispuestos o no? ¿Ya sea fuertemente sedado o totalmente
consciente?

—No.

—Eso explica tu preocupación antinatural por Quinn hoy.

—Sí. —Lo dejó en eso—. ¿Me llamarás cuando tengas algo?

Sean suspiró.

—Recuérdame que revise mis tarifas la próxima vez que me traigas trabajo.

—No está en mis mejores intereses —dijo Cathal, sonriendo hasta que vio un coche
saliendo a la calle un poco más de una cuadra detrás de ellos.

Su corazón se aceleró al ver a un hispano detrás del volante a pesar de estar en el coche
de Jag. Jesús, no todas las personas de ascendencia mexicana eran pandilleros o miembros
de la mafia. Sabía que tenía amigos que abarcaban una gran cantidad de diferentes orígenes
étnicos y culturales, así como los músicos que había descubierto.

—Hablaré contigo más tarde —dijo, forzándose para no frenar para poder obtener la
licencia del número de matrícula de Jag, aunque no pudo evitar golpear el control remoto
del garaje cuando consiguió el rango.

Paranoico. Llámale paranoico, pero se maldijo a sí mismo por no haber conseguido el


número de móvil de Mirela, suponiendo que ella tuviera uno. Bajó la ventanilla, ondeando
el mensaje de que debía seguirlo a la entrada y dentro del garaje. La opresión de su pecho
se alivió cuando ella se detuvo a su lado, la ventanilla ya rodando hacia abajo.

Heath estuvo fuera del coche en un instante. Cathal lo siguió. Mirela salió del coche
alquilado.
El anillo se encendió, un pulso cegador que hizo que Heath corriera hacia ellos, las
manos agarrando sus brazos en el instante en que fueron golpeados con una conmoción
incendiaria y un calor feroz. La explosión tan poderosa que casi lo derribó al suelo.

Un muro de llamas los envolvió, atrapando el grito de Mirela y su propio grito de


sorpresa. Caos seguido por una libra de escombros y el estrangulamiento del humo negro
visible a través de un reflejo rojo y amarillo.

El sudor le corría por el cuello y la cara. Y aunque llevaba ropa, se sentía desnudo,
expuesto, como si las llamas tocaran cada pulgada de piel, excepto donde estaba la tinta de
Etaín. El océano fresco contrarrestaba el fuego, amortiguando contra la llama viviente en
la que se encontraban.

La magia, de Heath, aunque esto se sentía un infierno muy diferente a lo que Eamon
había hecho en frente del refugio.

Donde el escudo de Eamon era una burbuja que desviaba lo que la golpeaba, esta llama
quemaba lo suficiente en el exterior para derretir la metralla de los coches que se habían
derretido y la explosión y la rabia de la gasolina.

El anillo de Mirela se atenuó. Cómo podía decirlo en el torbellino no lo sabía, pero lo


hacía y ese conocimiento se confirmó cuando Heath dijo:

—A través de la casa. Tu supervivencia no puede ser explicada aquí. —Su apretón se tensó
en un mensaje que debía permanecer conectado. Un mensaje que Cathal entendió cuando
minutos más tarde salieron tambaleándose de la casa por la puerta principal.

Heath los liberó, urgiéndoles a seguir avanzando, hacia los vecinos con los que había
tenido poco contacto pero que ahora corría, sorprendido de que de alguna manera hubiera
salido del infierno en que su casa se había convertido.

Oyó un motor de bomberos que ya corría hacia ellos. Desde la otra dirección la sirena
de la policía era un ruido que solo vigorizaba la conversación que se desarrollaba a su
alrededor. Discordantes fragmentos.

El coche frenando.

Una mordaza

Disparar a algo.

Eso sonaba como una explosión.

Dos de ellos.
Lanzagranadas.

Jesús. No habría escapatoria de la escena, no inmediatamente de todos modos. Si Heath


no hubiera estado allí y sabido cómo actuar… Si el anillo de Mirela no hubiera
reaccionado…

Entonces notó su ausencia y la paranoia regresó, que ella le había tendido una trampa.
Lo descartó. La sabiduría de seguir a su padre a un lado, él no creía que ella tuviera un
deseo de muerte.

El sudor de su piel se enfrió. Le había pedido que volviera a la casa pensando en


protegerla, pero si ella no hubiera estado con él, habría muerto.

Una premonición. He aprendido a escucharlas, había dicho ella cuando le preguntó por ir a
Saoirse en lugar de presentarse allí. Y él había visto el destello de su anillo en las pantallas
que no solían capturar joyas brillantes, y de nuevo cuando Heath se apresuró a
interceptarla.

Los bomberos saltaron de su camión, un segundo motor estaba cerca. La policía llegó,
ordenando a todo el mundo que retrocediera. Más allá de ellos, Cathal vio al soldado de
su padre, el hombre quién les dejó entrar en la casa, hablando por teléfono. Cogiendo la
mirada de Cathal, colgó. Un instante después, el móvil de Cathal sonó.

—Papá. —Más un graznido que cualquier otra cosa.

—Estoy manejando esto. Ven a casa cuando la policía te deje libre. Trae a Etaín. Pueden
quedarse aquí hasta que estés a salvo.

—Iremos a casa de Eamon.

—Estaré en contacto.

Niall colgó, solo la voluntad de hierro de la autodisciplina mantenía la mano firme.


Suficiente. Suficiente. Él se negaba a perder a su hijo.

¿O su hija?

El jurado estaba fuera aún.

Al ir al dormitorio abrió la caja de seguridad de la pistola, alcanzando en profundidad


para recuperar el teléfono quemado. Había solo un número programado, uno cuyo uso se
sentía seguro que no estaba siendo monitoreado por las autoridades o las llamadas
registradas.

Golpeó la marcación rápida. Un hombre respondió de inmediato, un halcón que se


precipitaba sobre la presa. Mejor eso que un buitre en la carretera matando.

—Estoy un poco sorprendido de no haber escuchado de usted ayer —dijo el contacto de


Niall—. ¿Está llamando para pedir una intervención?

—Sí.

—Su hijo guarda compañía interesante estos días. ¿Cómo está su sobrina, por cierto?
¿Bien en el camino a la recuperación?

—Los milagros ocurren.

—¿Está en casa?

—Sí.

—Tenemos que encontrarnos cara a cara para manejar esto. ¿Tiene planes de visitar a su
amiga?

—Podría tenerlos.

—Puedo estar allí en breve.

—Yo también.

—¿Dennis va a acompañarle?

El bastardo probablemente sabía que Denis había sacado a Brianna del país, lejos de las
noticias de la muerte de sus compañeros de clase y sus asociados. No había manera de que
fuera a confirmarlo.

—Estaré solo. Mi palabra es buena con Denis.

—Aceptado.

Se cortó la llamada. Colocó el móvil en la caja fuerte y luego se trasladó al teléfono de


la casa y golpeó una extensión. Cuando Brendan respondió, dijo:

—Trae el coche.

Se puso la chaqueta del traje mientras salía. El Mercedes se detuvo a su lado. Brendan
salió, abriendo la puerta trasera del pasajero.
—A casa de Marla —dijo Niall cuando Brendan regresó al asiento del conductor.

Entró cuando llegó al lugar que había comprado para ella y mantuvo la seguridad. Ella
se levantó inmediatamente del sofá y se acercó a él, presionando su cuerpo bien formado
hacia el suyo.

Él agarró su culo, disfrutando de la rutina de su coño contra su polla, a pesar del negocio
que lo trajo aquí.

—Estoy esperando compañía. —No necesitaba decir más.

—Te esperaré en el dormitorio.

—Hazlo.

Ella se alejó, las caderas balanceándose para su beneficio, sabiendo que él la observaba.
Ella era una hermosa mujer, una amante consumada que sabía cuál era la puntuación. Hizo
que sus pensamientos se alejaran a la madre de Mirela. No podía adivinar qué la había
hecho tener a su hija, y luego callarse.

Un hombre de aspecto oscuro llegó minutos después, intenso, pareciendo exactamente


lo que era, un Federal, de la variedad de Seguridad Nacional. No estaba solo, aunque el
tipo que lo acompañaba tenía una vibración diferente. Con los músculos y el corte podía
pasar por ex militar, los ojos planos y duros decía Fuerzas Especiales o mercenario.

Niall sintió la primera y aguda puñalada de presentimiento, por lo cara que iba a ser esta
llamada.

—No sabía que traería a un amigo.

—Éste es Desmond.

Irlandés. La aguda espada del presentimiento cortó más profundamente en el estómago


de Niall. Se trasladó al bar, vertiendo bebidas antes de reclamar sus asientos.

La quemadura del licor encontró la frescura de la rabia y la determinación. Él haría lo


que le costara para proteger a su familia.

—Usted quería el cara a cara.

—Tienes un lío que necesita limpiarse. Podemos traer la presión necesaria para
soportarlo y usted puede ofrecer una advertencia personal para complementar nuestras
acciones. A menos que haya dejado evidencia, entonces lo mejor que podemos hacer es
sacarle del país antes de un arresto.
—No estamos preocupados por evidencia. —Las armas que Denis había utilizado habían
desaparecido hace tiempo y él personalmente vio cómo Cathal quemaba la única evidencia
que probaba que sabían quiénes eran los culpables.

—¿Qué desea?

—A Desmond, dentro de tu organización, persiguiendo nuestros intereses, empezando


ahora.

Niall miró al hombre de ojos fríos que había acompañado al manipulador de Seguridad
Nacional.

—Hecho.
25

Traducido por Mika

Corregido por Xhessii

Derrick estaba muy inquiero para quedarse en el local, aunque necesitaba avanzar con
su dibujo. Planeaba pasar todo el día haciendo eso, pero el ambiente no lo ayudaba a
concentrarse. O quizá era la persistente sospecha de que Emilio le había mentido. Que
estaba rindiéndose muy fácil.

No quería ir a casa. Casa era donde las sábanas olían a Quinn. Era un enorme vacío.

Y la pipa.

No podíamos olvidar la pipa y el pequeño escondite de hierba.

Bueno, no iba a tirarlo.

Derrick se encogió con solo pensarlo. No desperdiciarlo. No quererlo. Lo racionaría, y cuando


no hubiera más. No habría más.

Frotó sus manos para dar énfasis.

—¿Todo bien por allí? Estás hablando contigo mismo más de lo normal —dijo Bryce.

—Pienso mejor cuando hablo.


Jamaal rio.

—Quizá esta vez se está desenamorando. El resplandor rosa que ha tenido los últimos
días dice que ha conocido a alguien.

—Mierda. Todos estaríamos mejor si simplemente se apegara al sexo y olvidara todo el


tema de las relaciones —murmuró Bryce.

—Dice el hombre al que le gusta ver a sus novias con collares de perros. Probablemente
para que las chapas del collar las identifiquen, requiere menos esfuerzo del cerebro —dijo
Derrick.

—Puede que tenga razón, Bryce —dijo Jamaal mientras resoplaba.

Derrick se encogió de hombros dentro de su chaqueta.

—Y con eso, me retiro. Compórtense —dijo Derrick.

—Mantente fuera de problemas —gritó Bryce, haciéndolo sonreír.

Oh, tenían sus enfrentamientos, pero ahora que estaba del otro lado de esa cosa
desastrosa con (no, no, no, el hombre ni siquiera merecía que su nombre se conociera),
Derrick se sentía mal por defraudar a Bryce.

Bueno, ese Derrick había dejado de existir. Volvió a frotar sus manos para hacer énfasis.

Se podía confiar en el nuevo Derrick. Pasó una pierna sobre la moto, pensando en
Emilio. Había más de una forma de obtener una respuesta.

Su corazón revoloteaba en su pecho al pensar en los álbumes familiares y las fotografías


en la pared de la casa de los padres de Emilio. ¿Se atrevería?

Claro que lo haría. La madre de Emilio siempre había sido buena con él. Sin fiesta de
pijamas, por supuesto. Sin demostraciones de afecto. La aceptación por la sexualidad de su
hijo era las del tipo no preguntes y no digas nada, de una variedad de católico flexible. Pero
ella era una mujer muy respetuosa de la ley, y además, él no tenía ninguna intención de
mencionar la ley.

Le diría lo mismo que le había dicho a Emilio, que era para un libro. Le preguntaría si
había visto a Marc Ruiz. Y si la respuesta era que sí, encontraría que tramaba Marc, con
quién pasaba su tiempo y dónde podía encontrarlo. Simple. Y si le daba una razón para
llamar a Quinn…

Divino. Excelente.
Puso su moto en el camino y en marcha.

Sleepy gritó con alegría cuando el idiota que había estado preguntando por él cruzó las
líneas de su vecindario.

Junto a él, Puppy se giró en su asiento, chocando los cinco con Drooler que estaba
detrás.

—Él es nuestro ahora.

Oh sí. Él era suyo.

—Debemos hacer esto rápido. —Se arriesgó Sleepy, acercándose más.

No podría confiar en que todas las personas de la calle no los delataran, aunque no lo
harían abiertamente. Le pasó su arma a Puppy.

—Tan rápido como aparque su moto, ustedes dos salen, y lo convencen de meterse en el
coche.

Sus manos estaban sudando contra el volante. Todo el mundo sabía que este era su
coche. No podría evitarse. Le había dicho a Jacko que haría esto. Perdería respeto si no lo
hiciera ahora. Además, le debía esto a Lucky.

La moto se deslizó hacia un pequeño lugar. Él apretó el acelerador, deteniéndose a un


costado con espacio suficiente como para que sus amigos salieran.

Un golpe en las entrañas hizo que Derrick se doblara con un grito, aminorado por el
casco. Drooler lo arrastró al asiento trasero, manteniéndolo en el lugar con un golpe al
pecho mientras Puppy se subía al asiento delantero y se daba vuelta para ayudarlo.

Sleepy aceleró, dejando la marca de las llantas en la calle y cerrando las puertas con
Derrick luchando en la parte trasera y Puppy usando su arma para golpearlo donde pudiera.
Nadie se molestó en decirle al hijo de puta que dejara de luchar. No importaría si lo hiciera
o no.

Una mirada sobre su hombro y Sleppy sonrió. Sabía a donde llevar a este perdedor, y
cuando terminara, podrían dejar el cuerpo en donde cayera.

Eamon luchó para mantenerse indiferente mientras aminoraba la embarcación que el


cambiante había robado en su puesto de atraque mientras estaban a poca distancia, Myk
hizo lo mismo con el bote que habían usado en su búsqueda. Tenía que ser malo si su
segundo había venido personalmente con las noticias.

—Dime —dijo Eamon, lanzándole a Rhys la cuerda.

—Ha habido un incidente en Aesirs.

—Etaín.

—Sí. Se encontró con Laura Chevenier y sus hijas. Por todos los medios la mujer provocó
lo que sucedió con la mención de la madre de Etaín, y con insinuaciones de que ella sabía
dónde podía encontrarla. Y escaló hasta llegar al punto de la violencia.

—¿Etaín arrancó la información de su mente?

—Sí.

—¿Lo presenciaste?

—Sí.

Farrell comenzó a lloriquear en el suelo del pequeño bote donde yacía atado por la
magia, ya seco debido a la misma, después de tirarse al océano cuando Eamon finalmente
lo capturó. El miedo había impulsado al cambiante a hacerlo. La propia conexión de Farrell
con los elementos le susurraba seductoramente, ofreciendo un abrazo aguado junto con las
visiones de branquias y cola, si solamente se deshiciera de su humanidad.

La preocupación atacó a Eamon al preguntarse qué promesas había susurrado a través


de la mente de Etaín. Encontró la mirada de Rhys observando el lugar donde se encontraba
la tinta escondida por su ropa, aunque su segundo no dijo lo que todas las personas
cercanas a él estaban pensando, que podría ser peligroso permitir que Etaín viviera.

—¿Dónde está ella?

—Está en camino a hablar con el Cur, Anton.

Podía adivinar sus intenciones, pero la expresión de Rhys mostraba que esto no era ni
siquiera una parte de la razón por la que había venido.

—¿Cathal?

—Hubo un ataque en su casa por alguien armado con un lanzagranadas.


Afortunadamente la puerta del garaje se había cerrado lo suficiente para que fuera posible
atestiguar que había entrado a la casa y lo suficientemente lejos de la explosión como para
sobrevivir. Estará en la propiedad en breve.

—Llévate a Farrell. Encarcélalo. Llámame o haz que Liam lo haga cuando Etaín llegue a
su destino. Es tiempo de que recolecte lo planeado. —Antes de que ella lo forzara a dictar
su sentencia.

La orden había sido dada en el frío tono de un lord, aunque no había forma de esconder
sus emociones de su segundo. El dolor se transformó en enojo, una profunda herida hacía
que su corazón se sintiera como si se hubiera partido en dos porque aparentemente ella no
sentía lo suficiente por él como para preocuparse por como sus decisiones lo afectaban a
él, sobre el mensaje que podía darles, que sus necesidades como hombre y como lord no
eran importantes.

Pena y compasión llenaban los ojos de Rhys. Eficiencia, y el deseo de permitir que
Eamon recuperara su orgullo, ganaron.

—Sí, señor.

Quinn no podía deshacerse del pánico. Por primera vez desde que había dejado las
fuerzas policiales, deseaba haberse movido a un costado en vez de salirse, un movimiento
que le hubieran dado una sirena y una luz para evitar el tráfico y hacer que los peatones de
San Francisco salieran de los putos cruces peatonales.

Había llamado nuevamente al móvil de Derrick. Repitiendo la acción una cuadra


después.

Algo estaba mal. Un minuto había estado riendo, jugando al Uno con su familia,
planeando su gran revelación, y al siguiente…

Sentía que su mundo estaba a punto de oscurecerse. No podía salir lo suficientemente


rápido de la casa, no podía volver tan rápido a la ciudad cuando su interior le gritaba que
hiciera.

—Contesta, maldita sea. Contesta.

Otra llamada fue directamente al buzón de voz.

Cerca del apartamento de Derrick sus instintos gritaban. Rápido. Rápido. Rápido. Excepto
que este no se sentía como el lugar donde necesitaba estar y eso no tenía ningún puto
sentido. Tampoco lo hacía el hecho de que Derrick saliera temprano del trabajo después
de haber sido firme con que se iba a quedar hasta tarde en Stylin’ Ink para poder ponerse
al día con sus obras de arte cuando hablaban por teléfono. A menos que…

Un fuerte gruñido emanó sin haberlo pensado.

¡Mío!

Mierda, no más de esto. Intentó sacarse la sensación extraña, de la misma forma que
había logrado hacerlo con lo que había sucedido en la joyería.

Era simplemente algún tipo de estrés postraumático. Cinco años encubierto con la
Hermandad Aryan habían sido cinco años viviendo un infierno.

Un lugar para estacionar se liberó y él lo reclamó, un chirrido sonando hasta detenerse,


su mano yendo a la llave de arranque. Deteniéndose ahí porque todo dentro de él le decía
que ir a la casa de Derrick era tiempo que no podía dignarse a perder.

Estoy volviéndome putamente loco. Restregó sus manos en su cara antes de comprobar el
tráfico y girar bruscamente el volante para volver a la calle. Se dirigió a la dirección que su
instinto le decía que fuera.

Por un segundo pensó en llamar a Sean como apoyo. Luego lo descartó.

Frotó la parte trasera de su cuello, odiando la verdad que cortaba a través de sus
pensamientos como un cuchillo afilado. Si esto fuera por trabajo, sin dudarlo, habría
llamado a Sean en un instante. Había vivido de sus instintos durante muchos años. Eso es
a lo que se reducía un hombre cuando estaba detrás de las rejas, sobre todo a un policía
encubierto. Y el tiempo que no había estado en prisión, había estado viviendo en una
mentira veinticuatro-siete, que era simplemente otro tipo de encarcelamiento.

Todo el día había estado teniendo momentos de posesividad y había luchado con la
necesidad de comprobar como estaba, ver a Derrick personalmente, como algún tipo de
colegiala enamorada. No habían hecho planes para verse. No habían hecho promesas.

Por lo que él sabía Derrick estaba afuera con otra persona. Quizá en un bar. Y esa era
gran parte de la razón por la que no llamó a Sean.

«Simplemente hazlo», se dijo a sí mismo, poniéndose en piloto automático, una parte de


él estaba absolutamente segura de que sus instintos lo llevarían hacia Derrick.

—Lindo —dijo Etaín cuando llegó a la casa de Greg.

Era una casa de pueblo de tres pisos. Una casa en un vecindario donde era fácil
imaginarse a los padres sentirse a salvo mientras caminaban con sus hijos al parque a una
cuadra de distancia, o a la biblioteca un poco más lejos o al lago al final del camino.

Los techos altos le daban al lugar una sensación espaciosa y abierta. Greg se detuvo frente
al cuarto del bebé para presentarle a su obviamente embarazada esposa, Monique, y a
DeAngelo, el bebé al que ella le estaba leyendo.

—Eres la hija del Capitán Chevenier —dijo Monique.

La pregunta produjo un profundo repique de su corazón.

—¿Lo conoces?

—No. Simplemente he estado siguiendo las noticias sobre el Violador Arlequín.


Reconocí tu nombre —dijo mientras de disparaba una mirada a su esposo, mamá oso no
quería ninguna amenaza en su casa—. Espero que esto signifique que Anton está intentando
hacer lo correcto.

—Por aquí —dijo Greg sin ofrecer una respuesta, dirigiendo a Etaín hacia el comedor con
una chimenea y una pared cubierta por un gran televisor.

Anton estaba sentado en el sillón. No se levantó cuando Etaín se acercó.

—No veo una tabla para dibujar. Tampoco tu kit, el que estoy seguro que llevas contigo
cuando estás planeando hacer un tatuaje.

—Dije cuando llamé que era para hablar. —Estaba lo suficientemente cerca como para
extender su mano para el apretón de manos que usualmente hacían.

En cambio, él extendió la mano hacia la grieta entre los almohadones del sillón y sacó
un arma.

Los ojos en sus palmas resplandecieron.

—Oh, oh, Anton. Esto es una locura. ¿Qué estás haciendo, hombre? —dijo Greg
levantando sus brazos.

—Fui a la casa funeraria —dijo respondiéndole directamente a ella—. Le presenté mis


respetos a la madre de Kelvin y escuché que lo habías visitado en el hospital.

Sus ojos fueron hasta sus manos y luego hacia sus ojos. Su expresión se endureció.

—Ahora estás aquí, y estoy pensando que es porque trabajas para los policías,
considerando que mi sobrino te recogió no muy lejos de donde trabaja tu papi.

—Vete —dijo Greg, metiéndose en el camino entre ella y Anton.


No sabía si estaba dirigido a ella o a su primo, pero el sudor rodó por su espalda porque
ahora podía sentir un indicio de magia, como si Liam estuviera a punto de emerger de las
sombras. Tembló ante la idea de a lo que llevaría eso.

—Está bien, Anton y yo nos comprendemos. Quizá sería mejor que no estuvieras en la
habitación para esto —dijo mientras tocaba la espalda de Greg.

—¿Segura? —Desconfianza. Respeto. Miedo.

—Estoy segura.

Aun así, él dudó, como dividido entre hacer lo que se sentía bien y lo que era importante
para su propia familia, su supervivencia.

—Estoy segura —repitió, demostrándolo al moverse fuera de detrás de él para sentarse en


una silla lo suficientemente lejos como para que Anton no se sintiera amenazado.

Greg se marchó. Liam salió a la vista, formándose como un genio escapando por una
fina sombra en una esquina de la habitación, brillando y luego desapareciendo cuando
Anton miró sobre su hombro.

—¿Hay policías esperándome afuera?

—No que yo sepa. Para que sepas, venir aquí fue mi decisión. Lo que los policías me
pidieron que hiciera, ya lo hice —dijo echándose hacia adelante, sus antebrazos en sus
rodillas.

—Ver lo que estaba en la cabeza de Kelvin. —Empujó el arma hacia su cinturón en la


mitad de su espalda y se sentó en el sillón, a un par de asientos y a una mesa de centro de
distancia.

—No pareces alterado.

Él se encogió.

—Tenía una bisabuela que había venido desde Haití. Solía contarnos historias sobre
vudú y esas mierdas, nos mantenía a raya porque era una verdadera creyente y nosotros
estábamos asustados de que nos pusiera algún hechizo.

Imitó la posición de ella, echándose hacia adelante que también significaba un rápido
acceso al arma en su espalda. Dado el abrasador calor en el centro de sus palmas, se
preguntó distraídamente quién podría hacer más daño si cada uno usaba su arma.

—¿Qué está sucediendo, Etaín? ¿Por qué estás aquí?


—Porque me importa lo que le pasó a Kelvin y a los otros. Especialmente Vontae. Solía
correr con él, hace mucho tiempo.

—Sí, escuché que eras una niña salvaje.

Ella se encogió de hombros.

—Más rebelde que salvaje. ¿Mientras estabas dando tus respetos escuchaste que Kelvin
trajo a su esposa y su bebé al negocio hace unos meses? Me duele pensar que él está muerto
porque estaba intentado hacer algo bueno y terminó en el lugar y el momento equivocado.
Hay una oportunidad de que lo mismo ocurra con cualquiera pasando por ahí.

—¿Crees que tuve algo que ver con los tiroteos de hoy en Oakland?

—¿Lo tuviste?

—No tienes miedo, ¿no?

—Tú mordiste ese anzuelo, no yo. Yo solamente señalaba un punto. Los rumores dicen
que estás intentando tomar el control sobre los Curs y que tienes grandes planes.

Él rio.

—Nunca le gusté a la abuela de Vontae. ¿Sabes cómo comenzaron los Curs? Simplemente
un puñado de hermanos a los que les gustaba conducir y querían hacer sus propias reglas.

—¿Y ahora?

—El tiempo lo dirá. ¿Estás preguntándote si lo que pasó en el bar es culpa mía? ¿Toda
esa matanza de venganza por algo que hice o mandé a hacer?

—¿Estás mordiendo el anzuelo nuevamente?

Él frotó sus manos en su cara.

—No. Simplemente estoy tratando de entenderte.

—Eso es fácil. Todo lo que quiero es descubrir quién está detrás de la matanza y pasar la
información al Detective Ordoñes, para que el culpable sea arrestado y para evitar que la
violencia en la calle siga aumentando —dijo mientras giraba sus muñecas, haciendo que los
ojos estilizados se hicieran visibles.

Su mirada se asentó en sus palmas.

—¿Kelvin no vio nada?

—Nada que identifique a los tiradores.


—¿Cuántos eran?

—Cinco. —La policía no había ofrecido un número al público.

—¿Es un número sólido?

—Si hay más, no lo sé.

—La única forma en que esto termine es cuando los responsables hayan pagado por esto.

—¿Y el tiempo en la cárcel no es suficiente?

—Podría serlo.

—Estoy escuchando.

—Sé quién lo ordenó.

—Pero no lo puedes encontrar.

Anton sonrió.

—Eso es correcto. No puedo. Pero apuesto que tú sí.

—¿Quién es el responsable?

—No es de por aquí, así que te va a tomar un poco de investigación descubrir de qué
banda probablemente haya sacado a su equipo. Quizá aquí es donde el gran papi o el gran
hermano entran en juego, o quizá engañes a ese detective a cambio de información. —Sus
ojos se dirigieron hacia sus muñecas—. Luego les haces una visita a nuestros amigos, al igual
que pretendías hacer conmigo, y ves que hay en sus mentes. Encuentras a su banda, lo
encuentras a él.

—Dame el nombre.

—Estamos juntos en esto o no lo estamos. No soy un soplón. Pero estoy dispuesto a hacer
un acuerdo con mi amiga Etaín, que dice que le importa Kelvin, Vontae y los otros,
refiriéndose también mi hermana, quien no era culpable de nada más que tratar de
conseguir algo de dinero para poder tener una mejor vida. Quieres entregar a la banda a
los policías, puedo aceptarlo. Pero quiero al que lo ordenó.

—¿Así que consigues venganza y las otras familias se deben conformar con tiempo en la
cárcel?

—Así es como va el juego. Y aprovecho algunas deudas que me deben y dejo saber que
el marcador ha sido empatado. Los asaltos por lo que sucedió se detendrán o habrá
consecuencias.

—¿Tienes ese tipo de jugo? —Se rio.

—Estás sentada aquí.

—Debiéndote un tatuaje. Nada más.

—Tienes razón, aunque considerando todo, pasaré de tomarte ese favor, por lo menos
por ahora.

Ella se enderezó y él se tensó, listo para agarrar su arma.

—¿Realmente vas a dispararme?

—Realmente no quiero. Llevo dos ataques y no estoy buscando un tercero. Sobre todo
si es por nada.

—Recibir un balazo no me parece nada para mí.

Una sonrisa fugaz pasó por su boca.

—Ves, eso es lo que siempre me gustó de ti, Etaín. Eres genial. No era basura lo que le
decías a Greg. Tú y yo nos entendemos. Siempre lo hicimos. No habría pasado tanto tiempo
intentando meterme en tus pantalones si solamente hubiera estado buscando pasar un
buen rato.

Sus ojos se enfriaron pasando al mismo frío vacío que había visto en los ojos de Liam.

—Hacemos un acuerdo o te vas sin saber lo que sé. Te doy el nombre. Tú me lo traes a
mí. O me das su cuerpo si es lo que quieres. No hay otras opciones sobre la mesa. ¿Qué
será?

Podía salir de esto. Eamon le diría que saliera de esto. Solamente que no podía olvidarse
de la quemadura, no podía sacudirse la culpa porque él tenía su tinta, Vontae estaba muerto
en vez de su asesino.

—¿Y qué pasa si le doy la banda a la policía, pero el tipo que tú quieres consigue ser
atrapado con los demás?

—Entonces, es manejado internamente. Va a prisión, pero es hombre muerto.

—Entonces evita un tercer ataque. Deja que los hombres que ya están haciendo tiempo
en la cárcel se ocupen de él.

—¿Tu respuesta es un no entonces?


Ella cerró sus ojos y las barreras mentales cayeron, una yuxtaposición de escenas, sus
propios recuerdos de Kelvin yendo al local con su esposa y su bebé contra lo que ella tomó
de los recuerdos en el hospital, corriendo en paralelo con la vista de un asesino, un rápido
montaje bloqueado por una cortina verde esmeralda y el sello del fuego noble.

«Hay otra alternativa. Puedo darte el asesino que buscas».

Escapando de la voz, abrió sus ojos para ver a Liam, etéreo, pero no menos mortal
porque no había terminado de salir de las sombras. Se puso de pie, sosteniendo su propia
mano, sus ojos encontrándose con los de Anton. Desafío y reto, y demanda de una muestra
de confianza si iban a hacer un reto.

—Dame el nombre.

Anton rio, el destello llegando a sus ojos. Se puso de pie y tomó los pasos necesarios
para llegar a la distancia de un brazo.

—Cyco Chalino —dijo, su palma caliente y seca contra la suya mientras hacían la
combinación de movimientos de su saludo.

La aparición que era Liam desapareció, solamente para reaparecer en carne propia unos
momentos más tarde junto a Eamon mientras entraban en la habitación seguidos por Greg.

—¿Este hombre tiene un puto rastreador en ti? —preguntó Anton, parándose, preparado
para sacar su arma.

—No lo hagas —dijo Etaín, parándose entre Anton y los Elfos para prevenir la violencia
en el hogar de Greg.

El comportamiento de Eamon era frío pero la ira que ella sentía en él era caliente como
el fuego que él dominaba. Él no toleraría una amenaza o un insulto, no en su estado actual
y menos todavía si provenía de un humano.

—Vamos —dijo, extendiendo su mano, imperiosa orden en gesto y tono.

Era cada pequeño pedazo de Lord y contuvo nuevamente el destello de su propio enojo.
Tomó un paso hacia él, indecisa de que tanto estaba dispuesta a ceder hasta que inclinó la
balanza al hablar.

—Cathal está esperando en la propiedad. Hubo un atentado contra su vida.

Su garganta se cerró con una repentina emoción. Tomó la mano ofrecida, sin reconocer
el grito de Anton detrás de ellos.

—Estaremos en contacto, Etaín.


26

Traducido por alisay.or

Corregido por Xhessii

Eamon tenía demasiado orgullo para enrabietarse con ella delante de Myk y Liam en el
asiento delantero del sedán. La mano que había tomado dentro, la había soltado en el
instante en que se subió al coche y sin ninguna lógica ella sintió su pérdida como una
herida abierta, su enfado estaba disipándose. Nunca había sido buena manteniéndolo.

«No es sorprendente», pensó ella, mirando por la ventana y recordando los tiempos en que
ella había hecho lo mismo, sentada al lado de su madre. La perspectiva de una nueva
ciudad, una nueva vida temporal, ya no una aventura sino un dolor que raramente ponía
en palabras porque ya conocía la imposibilidad de quedarse en un lugar el tiempo suficiente
para hacer amigos permanentes. El enfado no había tenido sentido cuando su madre era
todo lo que tenía.

Ahora, podría conjurar esa ira, usando la revelación del capitán sobre que Eamon había
hecho vaciar su apartamento y la amenaza de acceso denegado para ella, pero su estómago
se agitó ante la perspectiva. No quería envolverse en esa emoción, usar algo que ya no le
importaba para atacar a Eamon.

La culpa se arrastró en su interior mientras el helado silencio continuaba, mientras la


distancia separando su firme cuerpo del de ella parecía crecer a pesar de la limitada longitud
del asiento. El arrepentimiento llegó, intensificado por recuerdos de esos momentos antes
de entrar en la cocina en Aesirs, por la alegría de su tiempo en Stylin’ Ink, la cercanía, la
satisfacción al tenerle llevando su tinta.

Su mano se arrastró al colgante, sus dedos estaban frotando las suaves piedras. Sería una
mentira decir que lo sentía por algo que había hecho después de que él se fuera para
perseguir a Farrell, pero lo sentía por esto. Otro distanciamiento.

Las lágrimas llegaron, el dolor por lo que había pasado con el capitán uniéndose a esto.
Parpadeó para alejarlas, su mente luchando por algo que decir que pudiera cerrar la brecha,
sin encontrarlo, no con público.

Se alejó de la ventana mientras se acercaban al inmueble, parando en medio del asiento


en lugar de apiñarse, estirando la mano, odiando la inseguridad que sentía, la
vulnerabilidad, las costras eran aún finas contra las viejas heridas causadas por el rechazo,
la pérdida y el miedo.

Colocó su mano en el muslo de él, el peso de ella como una pluma fácilmente cepillada
a un lado. Su pecho se apretó, los nervios estaban estirándose tensamente, urgiéndola a
apartar su mano y reanudar su estudio del paisaje.

Su mano cubrió la de ella antes de que perdiera el valor, y con ella vino la esperanza
fieramente abrazada en lugar de cautelosamente rodeada.

—¿El encuentro con el Cur no podría esperar hasta que estuviera disponible para
acompañarte?

—Quería dejarlo tras de mí. De nosotros. ¿Alcanzaste a Farrell?

—Sí.

—Él estaba aterrado de mí. Todos tus Elfos lo estaban. —La mano de él apretó la de ella.
Nuestros. Pero sería una mentira decir que se sentía de esa forma, así que simplemente lo
modificó—. Todos excepto los guardaespaldas y Rhys.

—Eres una seidic Etaín, capaz de despojar de recuerdos y dones, razón suficiente para
temer. Pero una cambiante fuera de control es causa de terror.

La ira de él la mordió, las calmadas aguas heladas separándose para revelarla en su voz.
Se sacudió por reflejo, un tirón para liberar su mano de debajo de la de él.

—No estaba fuera de control.


—Usaste tu don a plena vista de otros. Vaciaste la mente de un humano sin considerar
las consecuencias.

—No me digas que tú nunca has sido implacable.

Él tomó su muñeca.

—Implacable, sí. ¿Pero tonto? No hasta que te conocí. Una y otra vez he permitido…

—No vayas ahí, Eamon. Pensé que habíamos superado eso.

Sus dedos se apretaron en su muñeca.

—Me he permitido creer que separarías al hombre y al lord y aun así entender que soy
ambos. He sido suficientemente tonto para esperar que pudieras considerar como tus
acciones se reflejan en mí, y lo que significan para todos los que se han ligado a mí, quienes
podrían encontrar sus vidas mucho peor porque he atado su futuro al tuyo.

No te pedí que lo hicieras. No quiero la responsabilidad.

Una reacción defensiva al dolor enroscado en su voz, a su propia culpa por haber huido
de Aesirs, reaccionando a una orden que sabía incluso entonces que se le había dado por
preocupación por ella, pero usándola como una excusa para correr. Para seguir corriendo
y en el proceso, añadirle preocupaciones y poner a otros en peligro. El capitán. Greg y su
familia. Anton.

Los dones venían con responsabilidades, de eso estaba segura, aunque el refrán era
influencia del capitán, no de su madre. Y el deseo, la necesidad, no eran unilaterales.

Cómo Eamon había llegado a su vida no importaba. Peordh. Predestinado. No lo


cambiaría si pudiera. Solo cambiaría esto, el malentendido, el dolor.

—Lo que pasó con la esposa del capitán, mi madre puso eso en marcha. Ella previó el
encuentro y lo que pasaría por ello. Había una pista para mí en la mente de Laura. El
Dragón es real, Eamon. Es real.

Se inclinó hacia adelante, sus ojos eran tormentosos.

—El cambiante por el que preguntaste se tiró al océano, la magia de un canto de sirena
prometiéndole branquias y cola si se rendía a ella en lugar de dejarme agarrarlo y ayudarle
a ganar control sobre ella. Estaría muerto si no hubiera estado suficientemente cerca,
suficientemente fuerte para alcanzarle con un hechizo, con mi propio dominio de los
elementos.
Ella tiró de su muñeca para liberar su mano y recuperar el dibujo del Dragón y la mujer
y el sigilo. Él apretó su agarre, leyendo negación. Ella se detuvo, viendo el destello de dolor
en su expresión y le dolió.

Inclinándose rozó su boca con la de él.

—Veo al hombre y al lord, Eamon. Trabajaré más duro para encontrarte a medio camino.
A medio camino. No perderé la parte de mí que es humana. No creo que deba hacerlo, de
otra manera. Si no, ¿por qué la magia habría escogido a Cathal?

Su mano libre se alzó, dedos deslizándose por su cabello. Él acarició su mejilla,


ahuecando la mano sobre ella, el suave toque de una flor de placer y esperanza, un
reconocimiento de su punto.

—No me has contado mucho del seidic —dijo ella—, me has dicho que mi magia se siente
antigua para ti. Cuando miro las bandas que mi madre tatuó en mis muñecas, veo el verde
del Dragón. Cuando lo enfrento, ese verde viaja hacia arriba por mi brazo como si los sigilos
que forman su nombre estuvieran escritos ahí como un destino tatuado.

—Etaín.

Su nombre contenía su duda, su preocupación, la riqueza de su deseo mientras la puerta


del inmueble se deslizaba hacia atrás como lo hizo la primera noche que vino aquí,
revelando a Cathal esperando allí en lugar de Eamon.

Eamon la liberó para que pudiera llegar a Cathal, pero un imperativo súbito la retuvo.

—Confía en que haré lo correcto —dijo ella, antes de tomar la libertad que él ofrecía. Sus
brazos estaban alrededor de Cathal un instante después, su boca se fundió con la de él.

Cathal no podía tener bastante de ella. Estaba desesperado por ella como lo había estado
tras el encuentro con el pandillero, excepto que era honesto, sin otra agenda que celebrar
la vida y el amor.

Su boca devoraba hambrientamente la de ella, su miembro a punto de romper sus


vaqueros para llegar al lugar que consideraba su hogar. Sus brazos se apretaron alrededor
de ella al acercarse Eamon. No celosamente, ni posesivamente, sino un agarre por la
cordura para evitar desnudarla.

Hablar tendría que esperar. Confesiones. Ninguna de ellas era tan importante como el
toque de piel con piel, la necesidad urgente de estar dentro de ella, de compartirla.

Apartando su boca de la de ella, dijo:


—Llevemos esto al cuarto. —Los pensamientos destellando a su casa dañada por el fuego,
el humo y el agua. No la habitación de Eamon sino su habitación. Durante un tiempo.
Quizá permanentemente. Y él encontró que el pensamiento de vivir aquí, donde ella estaría
más segura (demonios, donde él estaría más seguro), no le molestaba.

Sus labios regresaron a los de ella, sus manos se colocaron en sus caderas, aunque la
voluntad por detenerse de unir su polla con el sexo de ella lo abandonó.

En su mente dijo «necesitamos parar ahora», pero su cuerpo se negó a rendirse, disfrutando
del roce y la presión, el calor y el olor de Etaín y la alegría de estar vivo.

Quinn aparcó en una parada cerca de la alambrada, apagando el motor alejándose de


una abertura en la valla hacia la derecha de una señal de PROHIBIDO EL PASO. De nuevo
contempló llamar a Sean, pero, otra vez lo descartó.

Sacó su arma del cinturón y salió del coche. Solo había echado un rápido vistazo
alrededor, suficiente para confirmar que estaba loco o…

Deprisa, deprisa, deprisa.

El mantra se hundía a través de él con cada latido. Palpitando hasta que no había silencio
entre locuciones.

El remolino en sus tripas se apretaba con cada paso, hasta que la cautela fue un esfuerzo.

Oyó voces hablando español. Una fea risa de bordes afilados, seguida por el sonido de
alguien siendo golpeado. Un grito de dolor, un gemido lastimero.

El grito de Derrick. El gemido de Derrick.

La rabia se vertió en Quinn. El rojo del fuego furioso quemando lejos años de
entrenamiento, erradicando cualquier pensamiento de cautela.

Corrió hacia delante, movido por la posesividad fiera pasando edificios abandonados
cubiertos con grafitis, el sonido de la violencia y la agonía, el olor de la sangre alcanzándole,
alimentando su urgencia y proporcionando un rastro. Se dirigió con su arma, el dedo en el
gatillo a pesar de la adrenalina corriendo a través de él y el palpitante latido de su corazón.

—¡Por favor, no! —gritó Derrick, terror al máximo, y Quinn se prometió a sí mismo que
Derrick nunca volvería a rogar, a menos que fuera en la cama con él, y las palabras serían:
«¡Por favor, sí!».
—Hazlo, Drooler —dijo alguien más mientras Quinn giraba la esquina y veía a Derrick
retenido entre dos adolescentes, luchando mientras un tercero levantaba un arma.

Pop. Pop. Pop. Las balas salieron del arma de Quinn en ritmo entrecortado, eliminando
la amenaza inmediata a Derrick antes de eliminar a los otros.

Disparar a matar.

Instinto.

Entrenamiento.

Estaba avanzando rápido cuando algo le golpeó. Dio dos pasos más antes de que su
cerebro interpretara lo que su cuerpo sabía. Le habían disparado. La comprensión llegó
con la tardía impresión de un hombre escondido tras un destrozado coche abandonado.

Quinn cayó al suelo. Su mano fue a su pecho en un débil intento por parar el
derramamiento de sangre, en su vientre, usando un brazo mientras el otro se arrastraba.

—No, no, no —sollozó Derrick, su cara estaba ensangrentada e inflamada.

Quinn quería gritar: «¡Corre! ¡Sal de aquí!», pero una burbuja de sangre brotó por su
garganta y lo evitó.

El disparador salió de detrás del coche.

Un rugido de negación estalló desde el interior de Quinn. Una determinación de


proteger a Derrick que le mantuvo con vida y le dio suficiente fuerza para levantar la pistola
y hacer dos tiros.

Acertaron, ambos.

El hombre cayó y no volvió a levantarse.

Satisfacción mitigó el dolor de haber perdido un futuro con Derrick. Usará mi móvil.
Saldrá de aquí. Pensamientos reconfortantes mientras Quinn se deslizaba al oscuro olvido
que era la muerte.

Etaín se detuvo sin aviso, la violencia de ello separándola de los brazos de Cathal y
lanzándola a la calzada, a movimientos bruscos, extremidades salvajes y espalda
arqueándose como si se fuera a romper. Él bajó inmediatamente, agarrando un brazo,
sujetándolo al frío cemento mientras su otra mano presionaba contra su pecho en un
esfuerzo por sujetarla.
Eamon estaba instantáneamente allí, arrodillándose junto a ella. La mano de Etaín se
movió hacia fuera, agarrando la muñeca de Eamon, su palma presionó su carne. La
preocupación por ella se convirtió en miedo por ella, un atisbo de expresión rápidamente
suavizado para esconder su turbulencia, pero no lo suficientemente rápido.

—¿Sire? —dijo Liam, avanzando, Heath y Myk flanqueándole inmediatamente.

—¿Qué está pasando? —se las arregló para decir Cathal, y aun así podía sentirlo en los
tatuajes de sus antebrazos. Magia.

Eamon se puso rígido, su cabeza cayendo hacia atrás, los músculos de su garganta estaban
tensos, su rostro reflejando lucha, como si intentara apartarse del agarre de Etaín pero no
pudiera.

El terror se arrastró en la garganta de Cathal. El instinto de supervivencia gritándole


para que rompiera el contacto con Etaín ahora, exigiéndole huir porque solo era humano.

Se sujetó fuerte, negándolo todo, deseando sacrificarlo todo, creyendo en ese instante
que ella le necesitaba ahora más que nunca, que la magia, algo intrínsecamente parte de
ella, le había elegido para más que un salvamento del Violador Arlequín.

—Le está consumiendo, Lord —dijo Liam con voz urgente y determinada—. ¡Ordéneme
matarla!

La magia señaló un rastro para Cage aunque no necesitaba uno, dada su cercana
proximidad a Quinn. Presionó a través de la abertura en la alambrada, urgentemente ahora
con el olor de la sangre, Kestrel despertó y hambriento, el sonido de un hombre llorando,
un cuerpo arrastrándose enfriándole hasta la médula.

No se limitó a velocidad humana para llegar a Quinn. Supo por el empapado frente la
ropa de Quinn y la piscina de sangre que se extendía a su lado que solo la magia le ataba a
esta vida y este cuerpo.

Cage levantó a Quinn, tomando dentro los tres muertos, uno de los cuales Kestrel había
ansiado fuera de Saoirse. La pena se movió en su interior cuando reconoció a Derrick,
golpeado y roto, pero arrastrando su cuerpo hacia delante en un esfuerzo por llegar a su
amante.

No había tiempo para ofrecer consuelo. Y una promesa tranquilizadora era prematura
incluso tan cerca del agua.
Cage corrió, lanzando a Quinn a la bahía.

Tras él Derrick gritó. Un desgarrador sonido primario de tal angustia que silenció
incluso las demandas de Kestrel.

Un grito sin palabras salió de Eamon y esta vez la cabeza de Cathal cayó hacia atrás
mientras el dolor le atravesaba como si estuviera siendo destripado de dentro a fuera.

—Eamon. Lord. ¡Ordéneme matarla!

—No —susurró Cathal—. ¡Confía en ella!

—¡No! —urgió Liam, tenso y enroscado como una pantera lista para correr—. ¡No! Los
eventos de hoy demostraron que la magia la controla, no al contrario. Acepta su pérdida
por el bien de aquellos que te llaman Lord.

Otra ola de dolor desgarró a través de Cathal. Pulsando simultáneamente con lo que le
estaba pasando a Eamon. Fortaleciéndose, fortaleciéndose y luego condensándose,
destrozando su pecho.

Cage observó mientras las burbujas que subían a la superficie cesaron, el cuerpo
desapareciendo, hundiéndose.

Se encontró conteniendo el aliento y se forzó a exhalar, la culpa asentándose en su pecho


con la siguiente inhalación.

Hermano. El sentido de ello era más fuerte ahora.

No había sido el protector de su hermano.

No era demasiado tarde. Aún no, aunque pudo imaginar lo que la canalización mágica
le estaba haciendo a la seidic que hacía esto posible con su enlace. Al final, esto podía causar
su muerte.

Jacko trató de usar el coche para ponerse en pie, pero dejó solo una mancha de sangre
contra el metal cerca de bloques de cemento y un eje oxidado. Sus pensamientos iban a la
deriva, deslizándose en el pasado con el recuerdo de apuñalar con un mango al último
hombre que mató en prisión.

¿Cuál era el nombre del cabrón? Sus pensamientos se pusieron borrosos. Podía recordar
la sangre húmeda en su mano y muñeca.

La realidad se puso borrosa, miró hacia abajo y la sangre brotó más rápido, su corazón
latiendo fuerte al ver los tiros en la tripa, sus dedos extendidos a través de su estómago
mientras sus intestinos se escurrían fuera.

Puta madre. Rebuscó en su bolsillo por su teléfono, escuchando a Cyco decir:

—Estoy a punto de terminar mi asunto. ¿Has terminado?

—¡Jacko! ¡Jacko! —El grito lo trajo de vuelta. Tembló. Miedo llegando cuando se dio
cuenta de que estaba temblando, estaba tan frío ahora que no podía sentir más sus piernas.
No podía sentir mucho de nada en realidad.

Puta madre. No iban a encontrarle hecho una bola. No iban a decir que se fue como un
cobarde. Cuando hablaran de él, dirían que fue un hombre.

—Muerto. Un tipo apareció.

Las palabras estaban mal articuladas pero siguió adelante, forzando más a salir.

—Le eliminé. Necesito que termines con Cathal Dunne.

No podía creer que el gilipollas hubiera sobrevivido el ataque con el lanzacohetes.

—Él. Su mujer. Cualquiera que esté con él.

—Bien —dijo Jacko, el teléfono cayendo lejos mientras el entumecimiento se extendía y


la consciencia cesaba.

Etaín abrió los ojos a la tranquilidad, si enfrentar a un Dragón podía ser tranquilo. Salió
del agua, creando una onda, y en esa onda Etaín vio a Eamon de rodillas, con el cuerpo
doblado, rígido, su imagen delgada, pareciendo más una aparición que un hombre sólido
mientras Cathal…

La agonía la engulló al verle boca abajo, quieto, los ojos sin visión mirando a la nada.

Siempre hay un precio que pagar. Él es humano, nacido mortal, no creado para ser conducto o
recipiente para la magia.
—¡No! —gritó ella, el sonido de ello reverberando, haciéndola consciente del flujo y
reflujo, el borde serrado de su propio corazón, aun latiendo mientras el de Cathal estaba
silenciado.

Inteligente cambiante. El sigilo de servidumbre apareció, escrito en el aire como una marca
de fuego. Es lo que puedo ofrecerte ahora. Aún hay tiempo para tu humano. Tómalo y vuelve a él,
transformada en lo que estabas destinada a ser.

Confía en que haré lo correcto, las palabras dichas antes de correr hacia Cathal se burlaron
de ella ahora, todo en su interior diciéndole que ningún precio era demasiado alto para
pagar por la vida de Cathal. Pero esos momentos en los que perdió el control de sus
extremidades, cuando la habilidad de hablar había sido ahogada por voluntad del Dragón,
fueron demasiado viscerales.

Esta servidumbre era otro nombre para esclavitud. Y esa esclavitud se extendería a él.

Ninguna esclavitud. El honor de una promesa. La corrección de una equivocación.

¿A qué precio? En el agua Eamon continuaba desapareciendo, como si su toque le


estuviera drenando de su magia y de su don, su acusación sonando en sus oídos de que las
vidas de aquellos que dependían de él como Lord empeorarían porque él había atado su
futuro al de ella.

—No —dijo ella, concentrándose en las complejas formas que Eamon laboriosamente le
había enseñado, construyendo el sigilo segmento a segmento en la esperanza de que le
permitiera liberarse de ella.

—¡Mi Señor! —urgió Liam de nuevo, suficiente control volviendo para que Eamon fuera
capaz de hablar.

—No. —La respuesta vino de su corazón, más un suspiro que una palabra.

El rostro de Liam reflejó compresión y dolor incluso cuando se movió para desobedecer,
dispuesto a dar su vida por la de su Lord. Pero Myk y Heath reaccionaron también, como
anticipándolo, sujetando a Liam, arriesgando su don, luchando, aunque esa lucha duró
solo unos momentos antes de que el cuerpo de Etaín quedase quieto en muerte humana y
el flujo de magia parase abruptamente.

Eamon sintió como si su propio corazón hubiera sido arrancado de su pecho. El dolor
agudo se extendió sobre él, creciendo en intensidad como si los momentos pasaran en lugar
de los casi nada perceptibles segundo que habían marcado su propio cambio, los tatuajes
en sus brazos inertes, nada más que tinta, dejándole sin posibilidad de llamarla de vuelta.

—Lucha, Etaín, lucha.

El lago, el Dragón, el sigilo ardiente y el complejo que ella había estado creando
desaparecieron en una ráfaga blanca y un eco de dolor. La nada lo siguió, una negrura como
la tinta que se escurrió en las vides de sus brazos, y en su despertar volvió a enfrentar al
Dragón, solo que esta vez estaba en silencio. Así que él estaba muerto también.

Cage sonrió cuando el agua comenzó a agitarse violentamente, humo elevándose de sus
profundidades junto con burbujas y escombros ennegrecidos. El destrozo continuaba,
creando un torbellino que los succionó de nuevo. Un espectáculo de luz y color que solo
él pudo ver mientras un dragón luchaba para recobrar la forma humana, para dar sentido
a los hechos y realidades divergentes, aunque aquellos nacidos en esta rara, rara manera
nacían viejos.

Tras él Derrick sollozó, el lento raspado de su cuerpo marcando su determinación por


llegar hasta su amante incluso ahora. Quinn había elegido bien. O la seidic lo hizo con su
tatuaje.

Cage se alejó del agua, usando su verdadera velocidad para alcanzar a Derrick,
ofreciendo consuelo con un susurrado:

—Él vive, y también lo harás tú. —Después ofreció el misericordioso olvido con un
amuleto hechizado que consiguió de Eamon.

Frente a Etaín, el agua ondeó de nuevo. Solo que en lugar de imágenes de Cathal y
Eamon, la matanza en el bar fue reproducida y sintió el destello de calor en sus muñecas y
por sus brazos, quemando fiero mientras Vontae y su asesino se dieron cuenta el uno del
otro. Desperté y compartiste mi despertar. No es tu don el que ve el extremo de la magia. Es el mío.

El sigilo representando servidumbre destelló entre ellos de nuevo.

Tómalo y puedes encontrar al asesino que buscas.


Incluso para encontrar justicia para el inocente, no podía.

—No.

Eamon no podía aceptar haberla perdido. La supervivencia física del cambio en sí no


era lo que temía. No para ella. No para ningún cambiante. La muerte venía por su juicio.

Había pasado demasiado tiempo. La transformación se marcó en segundos, no minutos.

Presionó la mano de ella en su pecho como si pudiera infundirle la magia a su interior,


usarla para llamarla de vuelta, rezando en ese momento porque el Dragón existiera
realmente, y que Etaín solo estuviera visitando la orilla del lago que había dibujado.

Liam se arrodilló a su lado, liberado ahora que el daño a Eamon había pasado.

—Déjeme intentarlo, Lord.

Y a pesar de la salvaje lucha y el intento de desobediencia, Eamon confiaba en su tercero,


pero en su lugar dijo:

—Cathal primero. —Con la esperanza de que no fuera demasiado tarde.

Liam alargó la mano y la puso sobre el corazón de Cathal. Una vez, siglos atrás, Eamon
había sentido el puñetazo de magia que era el don de Liam.

Un explosivo jadeo señaló la consciencia recuperada de Cathal.

Etaín se tambaleó y cayó de rodillas como si fuera un insustancial trozo de madera


repentinamente atado a un ancla lanzada al océano.

La escena ante ella onduló. El Dragón rugió, el sigilo de servidumbre se derritió en


llamas rodeándola.

Así que tu Lord Elfo ha elegido salvar al humano. Para otro seidic sería suficiente, pero no para
ti. Puedo retenerte aquí, naciste en las orillas de mi lago y te bañaste en su agua. No eres solo del
hogar de los Elfos y de la Tierra.

Confianza. No había tenido tiempo para enseñarle a Eamon el dibujo. No había habido
tiempo de hablar del sigilo en la esquina de la carta.
Los sentimientos de Etaín sobre su madre eran tan complicados como los que tenía por
el capitán, pero en ese instante, recordando la sensación del colgante estilo collar aún
adornando su cuerpo físico y la manera en que las manos de su madre descansaban en su
garganta en el primer dibujo, pero no en el segundo, Etaín dio un salto de fe.

Dibujó el sigilo que había visto en la carta en la arena.

—Este vínculo estoy dispuesta a aceptar.

Inteligente, inteligente cambiante.

El fuego se precipitó hacia ella, rodeándola completamente, aunque su fuerza se


encontró con otra magia que sabía a bosques y olía a aire de primavera y luz solar, que
bailaba y se entrelazaba, primordial y nueva, la casa de los Elfos. Pero también el lugar que
ella llamaba hogar, una mezcla de mundos que se convirtieron en la luz del sol viajando
por un camino e iluminándolo todo a su alrededor, convirtiéndose en líquido vertido en
sus propios brazos.
27

Traducido por Jeyd3

Corregido por Xhessii

Etaín abrió los ojos para encontrar a Cathal e Eamon flotando sobre ella.

—Jesús, Etaín, Jesús —dijo Cathal, las manos temblándole mientras la acomodaba a una
posición sentada y luego a sus brazos, no abarcando todo sino en ángulo para que Eamon
pudiera abrazarla también.

—Vayamos a otra parte más privada —susurró ella, la ropa que llevaba un irritante para
su piel, y la ropa de ellos, una separación inaceptable.

—Vamos —dijo Cathal en casi un jadeo, y Etaín se dio cuenta del duro borde de su pene
contra ella, los temblores pasando por él.

—Una lección primero —dijo Eamon con una risa ronca, alejándose y haciéndola
consciente del brillo emanando de su piel. Como luz del sol. Grueso y dorado como la
corriente en la que había estado atrapada, devolviéndola a la vida.

Su corazón dio un salto y luego golpeteó en rápida sucesión cuando la boca de Cathal
encontró su oreja, los labios capturando la punta puntiaguda. El deseo yendo hacia abajo,
causando el violento apretar de su canal.
Eamon trazó un rápido sigilo en la parte trasera de su mano. Era un hechizo para apagar
el hechizo que había mencionado la noche anterior, pero que no le había enseñado porque
no había necesidad entonces y ella estaba exhausta.

Su magia bloqueó la de él hasta que ella mentalmente hizo suyo el sigilo. La


luminiscencia élfica se desvaneció, pero no el deseo de Cathal. O el de Eamon.

Su necesidad igualaba la de ellos, aunque la curiosidad la mandó a subirse la manga. El


cambio visual de su tatuaje cambió la cara de Eamon en una máscara lisa.

Él atrapó su mano, examinando vibrantes hebras entrelazadas de oro y verde esmeralda


ancladas en la tinta de su muñeca y luego viajando por su brazo, el sigilo que había dibujado
en la arena escrito ahora en su piel.

—Alianza —dijo él—. Un irreversible lazo mágico.

Peordh. Predestinación. Posibilidad realizada. Una promesa cumplida.

Cathal subió sus mangas para revelar los cambios en los tatuajes. El lazo fabricado por
la magia de Eamon había colocado tonos de rojo, azul y dorado en ellos. Ahora un verde
esmeralda pasaba por el centro de cada línea negra, brillando como escamas de Dragón
bajo los rayos del sol.

—¿Mi señor? —dijo Myk, duda en su voz, preocupación, un recuerdo de que todavía
tenían una audiencia.

Eamon sacudió la cabeza.

—La tinta permanece inerte.

Su tono era frío, despreocupado, pero la garganta de Etaín se cerró, apretada por el dolor
de lo que su respuesta significaba.

Él no se resistió cuando ella desabotonó su camisa, abriéndola y quitándola de un


hombro. La banda rodeando la parte superior de su brazo era tinta y piel sin sanar. Sin
embargo, sin cambiar, porque era suya, por su don, ella sintió el bajo zumbido de la magia,
una conexión que compartía con cientos de otros, no la misma que compartía con Cathal.

—¿Por qué no…? —La respuesta vino antes que la pregunta fuera formada
completamente. Por el sigilo que le había ofrecido al Dragón, el lazo creado en ese tiempo
irreal entre la muerte humana y el nacimiento élfico había tomado el lugar de lo que pudo
haber tenido con Eamon.

Ella miró a Eamon a los ojos, los suyos húmedos por la tristeza, con pérdida, su corazón
doliendo por él, por ella, por ellos.
—Yo…

Él la silenció con un beso, los labios tiernos contra los de ella, vibrando con ecos de
dolor. Su lengua un suave toque contra la de ella, fuerza elocuente ante la decepción,
exclusión, la intensidad de ello liberando sus lágrimas.

—Detente, Etaín —dijo él, quitándolas—. El significado de los tatuajes no cambia por la
falta de un lazo mágico. Este es un tiempo para celebrar, no de tristeza o arrepentimiento.

Su mano acunó su costado. Su boca fue a su oído, la lengua entrando al canal antes de
que sus labios capturaran la punta. El deseo regresó en una fiebre fundida. Dirigiéndose
hacia abajo, así que su sexo se apretó y ella tiró de Cathal, atrayéndolo al abrazo.

Su teléfono sonó.

Él lo ignoró.

El de ella sonó hasta que entró al buzón de voz.

El de él sonó inmediatamente después.

—Es una conspiración —dijo Cathal, pero un frío presentimiento ya la había tomado.

Ella contestó cuando el suyo sonó de nuevo, el deseo congelado al oír a Quinn decir:

—Vamos de camino hacia allá, en diez minutos llegamos. Derrick está herido. Está mal.
Muy mal. Externa e internamente. Dile a Eamon que necesita un sanador. Dile que Cage
llegará con nosotros.

Él colgó antes de que ella pudiera preguntar más.

—Escuché —dijo Eamon y Myk ya estaba haciendo la llamada de parte de su Lord.

—Maldición —susurró Cathal, la tensión corriendo por su voz y su cuerpo donde todavía
la estaba tocando a ella—. Maldición.

La culpa casi llevó a Etaín al suelo. Esto era culpa suya. Ella lo sabía, había temido por
Derrick cuando no había habido una sibilante promesa de estar a salvo, mi don como había
sido cuando abrazó a Jamaal.

¡Por qué! Le gritó al Dragón. ¡Por qué!

Pero no hubo respuesta a pesar de la cualidad de espera que resonaba a través del lazo,
que significaba conciencia.
Cathal se alejó de Etaín, sin estar dispuesto a usar el contacto físico para mitigar las
admisiones que tenía que hacer.

—He visto a Cage. El ataque de hoy no fue el primero.

La concentración de Eamon se afiló mientras la tensión añadida apretaba los rasgos ya


tensos de Etaín.

—¿Esto es por los dibujos? —preguntó ella, su oblicua manera de aludir a los chicos que
habían drogado y violado a Brianna y Caitlyn, y la respuesta a ello de su padre y tío.

—Sí. Había un pandillero esperándome afuera el club anoche. Hispano. Se suponía que
sería un golpe. Usaron un lanzagranadas en mi casa antes de que la puerta de la cochera
pudiera bajar por completo. Creo que podemos estar bastante seguros que esto no tiene
nada que ver con lo que pasó en Oakland.

Él le hablaría después sobre Mirela. Considerando que quizás no volvería a ver de nuevo
a su hermana después de lo que había visto y experimentado lo hacía un desvío no
importante comparado con decir esto y acabar con ello.

—Mi padre estaba aquí antes de que llegaras. Dijo que este negocio está acabado. Hizo
algunas llamadas. Tiene garantías. Lo último de ello será cerrado en Aesirs mañana.

—Será mejor que así sea o haré que se encarguen de ello —dijo Eamon.

—Entendido.

—Cajeilas —sugirió Eamon—. Cage.

—Se me acercó cuando me iba del club. De no ser por él habría muerto.

Eamon hizo una mueca.

—Una deuda con la que sin duda me presionará. O más probablemente, a Etaín.

La reacción trajo confusión junto con una punzada familiar de frustración y enojo,
porque obviamente las cosas no eran lo que parecían, pero entonces él era solo…

Mierda. Él no iba a volver a visitar esa fosa de autocompasión. Tal vez iba a tener que
comprarse una camiseta que dijera Soy humano, escúchame rugir.

El pensamiento llevó una esquina de su boca hacia arriba. No imaginándose a él en ella,


sino a Etaín usándola.
Ahora que la supervivencia de Etaín ya no estaba en duda, dijo la parte más relevante
de su interacción con Cage, sin asignar culpas.

—Él ofreció santuario para Etaín y para mí en Seattle y estuve tentado no solo por el
prospecto de tenerla solo para mí. Parecía razonable pensar que podrías quererme muerto.

—El resultado de un crimen de humano a humano. Los orígenes de ello no son


atribuibles sobre mí, así que Etaín no me consideraría responsable —dijo Eamon, llenando
los espacios con extraña precisión—. Una suposición razonable para Cajeilas dado la falta
de guardaespaldas acompañándote. Mi fallo. No se me ocurrió ofrecerte uno a tu partida.

El alivio se esparció tibiamente por el pecho de Cathal.

—Estabas algo ocupado en ese momento. —Sus ojos se cruzaron con los de Eamon, los
dos viendo un recuerdo, una Etaín desnuda en desesperada necesidad de las lecciones
mágicas que bien podrían ser la razón que estuviera con ellos ahora.

—Lo estaba —dijo Eamon—. Cajeilas no es mi enemigo ni mi aliado.

Fue solo cuando el coche de Quinn estacionó en la propiedad, que se le ocurrió a Etaín
preguntarse cómo sabía dónde estaba ella, o que tal cosa como un sanador existiera, y que
buscar a uno sería preferible que a ir a un hospital. Pero en el momento en él que emergió,
sabía que se convertiría en lo que la tinta que le había puesto para cubrir los tatuajes de AB
predijeron, el siii del Dragón poco más que un murmullo precediendo a la profunda
angustia al ver a Derrick.

Los minutos se convirtieron en un arrastrar de agonía abarcando el apurado viaje a la


habitación donde el sanador esperaba, el horror de las ropas de Derrick siendo cortadas y
el daño más allá de lo que le habían hecho en la cara expuesto.

Las lágrimas escaparon desenfrenadas, su sentimiento de impotencia intensificado al ver


huesos destrozados en su brazo y pierna. Pero cuando ella había ofrecido consuelo con un
toque, el sanador gentilmente le impidió diciendo:

—No, Lady, tu magia podría interferir con mi habilidad para ayudarlo.

Cathal e Eamon tomaron sus manos, alisando los puños en los que se habían
convertido, las uñas clavándose despiadadamente en los ojos de los centros de sus palmas,
mientras que en el lado opuesto de la cama, Quinn permanecía inmóvil y Cage estaba a su
espalda, un guardia innecesario. Dragón.
Él notó su mirar, y algo de diversión apareció en su expresión, sus ojos yendo
rápidamente a Liam luego hacia sus brazos expuestos, y ella sintió que el sombrío asesino
de Eamon era el verdadero objetivo del golpe cuando Cage dijo:

—Has sido el bonito juguete de mi presa todo el tiempo.

La mano libre de Eamon destelló en una orden instantánea para que Liam no fuera más
lejos del paso que ya había dado.

—Estás aquí por mi tolerancia —le dijo al Dragón.

Cage meramente abrió sus brazos para abarcar la escena frente a él, incluyendo a Quinn
y Derrick.

—La tinta que tu nueva Elfa lleva sugiere que podría ser difícil deshacerse de mí. El afecto
que ella tiene por la pareja de mi nuevo hermano seguramente significa que me verán más.

—Mi Señor —gruñó Liam, provocando una amplia sonrisa en Cage.

—¿Quién le hizo esto a Derrick? —preguntó Etaín, la necesidad de entender


permitiéndole ignorar el dolor y la culpa.

Derrick lloró y gimió, las pestañas le revoloteaban como si tratara de luchar a través del
dolor y la inconsciencia para responder.

—Quédate quieto —murmuró Quinn, quien tenía permitido tocar a Derrick mientras
que ella no.

Su garganta se cerró, aunque ella sabía por experiencia con el sanador, que al final,
Derrick sanaría por completo. Ella toleró el daño hecho a él, su mirada yendo al pequeño
Dragón que le había puesto años antes. De acuerdo con… no era su don ver el punto final
de la magia… la presa de Cage, si había que creerle, y aun así…

La hija de una vidente. La hija de un Seidic. Algunas parejas son una amenaza para aquellos en
el poder. Fue seguido por una insistencia en lugar de una posesión de cuerpo, su
concentración se movió a Quinn. La primera corrección de los viejos errores.

Oh mierda, pensó ella, enganchada en la primera palabra hasta que finalmente la


conversación alrededor de ella estalló la burbuja de su inatención con Eamon preguntando:

—¿Y los cuerpos?

—Los cuatro fueron incinerados —dijo Cage, con una nada pequeña medida de
satisfacción—. Tuve que ocuparme mientras mi hermano Quinn redescubría su forma
humana.
—¿Los revisaste primero?

Cage bufó, enfatizando la reacción con llama y humo.

—No. No poseían ningún tesoro de interés para mí.

—Habríamos valorado sus identidades —dijo Eamon, proyectando lo llano de un océano


en calma, aunque internamente estaba furioso. Él quería este asunto humano acabado,
dejarlo atrás de ellos.

—Están muertos —dijo Cage, sesgando un vistazo a Cathal—. No son de preocuparse, sin
embargo, reconocí a uno de ellos de fuera de Saoirse.

Ambos, Cathal y Etaín se pusieron rígidos, poniendo la culpa de esto sobre ellos, pero
si había culpa, era igualmente compartida. Él había permitido que sucedieran los eventos
puestos en marcha por los Dunnes. Había creído que, al final, le servirían, llevando a Etaín
más completamente a sus brazos.

—Derrick será capaz de decirnos lo que necesitamos saber —dijo él, un sutil recordatorio
de que esto sería resarcido.

Su mano se apretó en la Etaín, un gesto tranquilizador para ella y una batalla de la


lástima que amenazaba con levantarse dentro de él. Los tatuajes sin sanar en sus brazos eran
una cruda herida perforando corazón y alcanzando el alma.

No cambia nada, se dijo a sí mismo como le había dicho a ella. Ella todavía sería su esposa
consorte, su don sería usado para su gente.

Su tinta, visible en el pecho descubierto de Quinn, un hombre que había sido humano
días antes, servía como presagio de una gran cantidad de cambios. Si esta era una de las
habilidades de los seidic entonces añadía otra causa de asesinato. Los Dragones siempre
habían simbolizado caos para los Elfos, y amenaza, porque eran seres mágicos que su tipo
no podía sentir.
28

Traducción SOS por Emotica G. W y Eli25

Corregido por Xhessii

Etaín observó el milagro de que el cuerpo de Derrick estaba siendo soldado de nuevo y
suavizado en su forma correcta por el deslizamiento de manos y la magia concentrada. Le
impresionó ser testigo de este don y ser parte de un mundo en el que manejarlo era natural.

Una risa burbujeó con su cambio radical de perspectiva, escapando cuando Quinn
sacudió el cubrecama cubriendo hasta las caderas de Derrick, en el instante en que el
sanador se movió por encima de ellas.

—Él disfrutaría la mirada lujuriosa —bromeó ella.

—Bueno, yo no lo hago. —El gruñido del Dragón presente en su voz, intercambiando un


alivio de tensión para todos ellos, se aligeró para llevarlos hasta que Derrick susurró:

—Lo jodí. Solo quería ayudar.

Un chorro grueso de humo salió de las fosas nasales de Quinn, no visto por Derrick,
cuyos ojos seguían cerrados.

—Te dije que no.


—Bueno, demándame. —Era un poco más que un murmullo, pero escuchar al Derrick
que amaba tuvo a Etaín arrodillándose junto a la cama, preguntándole:

—¿Quiénes eran?

—Marc Sleepy Ruiz y sus amigos Drooler y Puppy. —Debajo de los párpados cerrados, los
ojos de Derrick rodaron por los nombres de las calles.

—¿Por qué tú? —preguntó Etaín.

Volvió la cabeza, luchó hasta que finalmente su mirada se encontró con la de ella.

—Tenía una prueba sobre Ruiz. Lo perseguí.

—¿En lugar de entregárselo a Quinn y Sean?

—Fuerza es mi nuevo segundo nombre.

—Ese libro de autoayuda va a ir a la basura la próxima vez que esté en tu casa.

Su risa se convirtió en un gemido y ella se ganó una mirada severa del sanador y un
gruñido de Quinn.

—Ellos seguían preguntándome sobre qué le pasó a Lucky. Lo que Cathal hizo con
Lucky.

—Joder —dijo Cathal—. Joder.

—Me encantaría —dijo Derrick en una voz primitiva—. Pero Etaín y yo nunca
compartimos amantes.

—Había un cuarto tipo —dijo Quinn—. Uno mayor. ¿Tienes un nombre?

—Jacko. —Derrick levantó su brazo, su mano instalándose en el pecho de Quinn pero no


quedándose quieta—. Creo que al final estaba alucinando. Te dispararon. Te estabas
muriendo. —Su voz se elevó y lágrimas brillaron en sus ojos—. Y entonces Alto, Moreno y
Depredador te recogió y te arrojó a la bahía.

—Creo que esa es nuestra señal para salir —dijo Eamon, tirando de Etaín a sus pies.

Afuera del dormitorio, ella dijo:

—Anton me dio un nombre. Sería mejor pedirle a Sean que lo busque.

—Terminaste con esto, Etaín —dijo Eamon.


Sería fácil jugar la carta de la promesa. Señalar que sería perjurada. En cambio, se acercó
a él, trazando los labios sellados en una línea arrogante, divina.

—Tengo que llevar a cabo esto. Tengo que terminarlo. Eso es lo que soy. Convertirme
en Elfo no me hizo ni más ni menos de lo que era como una humana. No me separó de
repente del mundo en el que he vivido toda mi vida.

—Etaín…

Ella presionó firmemente.

—Juntos. Haremos esto juntos, con un poco de ayuda de nuestros amigos.

—Suena como una canción de rock —dijo Cathal a su espalda—. Pero estoy dentro. Y
después tal vez podamos quedarnos en la cama la próxima semana.

Eamon se resistió. Su voluntad luchando en silencio contra la de ellos. Más forma que
sustancia dada la determinación de Etaín y el respeto que había crecido junto con su amor
por ella.

Casi le divirtió mucho, lo simple que había pensado que sería su cortejo. Lo fácil que
había pensado en doblarla, aunque no pensaba doblarse él.

—¿Tu plan?

—Sin cambios desde que esto empezó, excepto que ahora atacamos desde una dirección
diferente, de arriba abajo con un miembro de la banda que pueda tocar el tiempo suficiente
para conseguir algo útil para el detective Ordoñes.

Ella vaciló, viejos hábitos aferrándose hasta que los arrojó, dándole la verdad completa.

—El Dragón puede seguir mi tinta. Eso… ella… puede ver a través de los ojos del asesino,
lo suficiente para conseguir una ubicación, pero no necesariamente una identificación.
Preferiría tener eso entrando.

Y él sabía lo que quería decir con entrando.

—Precisará una concesión.

—Sí.

Un músculo tuvo un espasmo en su mejilla, resistencia irradiando de él como los rayos


de un sol oscuro, pero dijo:

—Confío en que lo manejarás.


Ella rozó sus labios contra los de él, el corazón cantando. La mano de Eamon
enredándose en su cabello la sostuvo mientras él profundizaba el beso en una promesa de
lo que compartirían después de que esto estuviera detrás de ellos. Cuando se separaron, le
dio a Cathal el nombre que Anton le había dado.

Él hizo la llamada.

—¿Qué pasa? —preguntó Sean.

—Hay un nombre para que busques, específicamente para que veas si hay una conexión
con cualquiera de los tipos que llevan el arte de Etaín.

—Espera.

Cathal oyó a Sean cruzar la cubierta, luego el sonido de un ordenador despertándose.


Siguieron golpeteos de teclas, Sean entrando a una base de datos de la aplicación de ley con
toda probabilidad.

—Déjame tenerlo.

—Nombre callejero Cyco. Apellido Chalino.

El silbido bajo de Sean segundos después dijo que había un golpe inmediato.

—Este es un tipo malo. Ahora estoy enviándote una foto.

—Mierda —dijo Cathal—. Este es el tipo en el Jag.

—¿Responsable de la conmoción en tu casa después de que hablé contigo por última vez?

—Sí.

—Dice aquí que es buscado en los Estados Unidos por asesinato, invasión de casa con
un número de bajas de tres. Escapó a México donde se cree que ha hecho el trabajo para
uno de los cárteles. Lo atraparon ahí y lo arrojaron a la cárcel, pero México no lo extraditaría
ya que está enfrentando la pena de muerte en Texas y los tejanos no retroceden. Escapó de
prisión hace cinco meses, pero aquí está la causa para atarlo a la masacre en Oakland. Es
sospechoso de hacer lo mismo en México. Veinticinco muertos cuando él y su grupo
atacaron un burdel y una casa de distribución de drogas dirigida por un cartel rival.

—¿Socios conocidos?

—Llegando allí. —Siguieron pulsaciones, luego un—: Maldición. Su primo Roberto Spooky
Jiménez, es buscado por la policía de Oakland bajo sospecha de asesinato. Voló a Los
Ángeles, posiblemente a México.
—Parece que ha vuelto, con un compañero de viaje.

—Entonces diría que tienen una red de apoyo bastante cercana. Ejecuté el nombre de
Spooky por mis bases, así como de los policías a los que llegué. Sin indicios de que esté de
vuelta en la zona. No va a ser fácil encontrarlo a él o a su primo.

—Creo que tenemos lo que necesitamos. Sigue adelante y envía la cuenta.

Era mejor en todos los sentidos si Sean no descubría que los socios de Lucky ahora
también estaban desaparecidos.

—¿Estás pasándole la información a la policía?

—Sí.

—Considéralo hecho entonces.

Cathal colgó. Etaín dijo:

—Roberto era un amigo, no solo alguien que conocía. Solíamos pasar el rato en la casa
de Vontae. En ese entonces, no era un pandillero, no tenía un nombre callejero, pero había
una cierta inevitabilidad. Puedo verlo ahora. Estaba obsesionado con la credibilidad y el
respeto.

Ella tocó un lugar por encima de su corazón.

—Idolatraba a su tío. Hice un tatuaje en su memoria. Después alguien me dijo que el


tipo estaba involucrado con uno de los carteles y fue asesinado durante una emboscada de
policías mexicanos recientemente juramentados.

La expresión tensa de Eamon reflejaba el nudo duro en el estómago de Cathal. Incluso


sabiendo que Liam la seguiría, no le gustaba la idea de ella estando alrededor de chicos que
tenían tan poca consideración por la vida humana.

Él expresó lo que Eamon sin duda estaba pensando:

—Spooky es buscado. Dale a Ordoñes su ubicación, podría ser suficiente. Hay una buena
probabilidad de que también consiga a Cyco. Eso cumpliría tu obligación con Anton.

—Incluso si eso es verdad, Spooky y Cyco no entregarán a los demás, y sin las armas, no
habría pruebas sólidas vinculando a cualquiera de ellos al asesinato del bar. Y eso es
asumiendo que la policía actúe inmediatamente. Y si Cyco no está con ellos cuando la
policía haga una redada, estará en el aire y probablemente fuera del territorio de Eamon,
haciéndolo mucho más difícil poner el acuerdo que hice con Anton detrás de nosotros.
Él sabía que ella tenía razón, lo había sabido cuando propuso el curso de acción fácil,
menos arriesgado. Cristo, solo quería que esto terminara.

—¿Eamon?

—Ella tiene razón. Mi territorio no se extiende hasta el sur de California ni más allá de
las fronteras septentrionales de este estado, e incluso entonces no está todo incluido.

—Quitémonoslo de encima entonces.

—Debería ser lo suficientemente seguro. —Aunque se sorprendió frotándose el antebrazo


cuando vio el destello brillante de dolor en los ojos de Eamon.

Mierda. Tal vez cuando esto estuviera hecho podrían acercarse a Cage y negociar el
acceso a la información que afirmaba tener sobre los seidic. Tenía que haber una manera
para que Etaín metiera magia en la tinta de los brazos de Eamon.

—¿Lista? —le preguntó a Etaín.

—Tanto como podré estar. —Ella se sentó en el pasillo, de espaldas a la pared, y cerró los
ojos.

Antes de Eamon, no había dedicado mucho tiempo a contemplar la magia, aunque si


lo hubiera hecho, la habría extraído de las historias que había leído y asumido que
practicarla requería algún tipo de círculo, posiblemente con sal, y probablemente con velas.

Parecía anti-culminante, carente de ceremonia el simplemente llegar mentalmente, de


imaginarse caminando por el sendero del sello comenzando desde el punto en que tocaba
la tinta en sus muñecas, luego avanzando hacia adelante, dorado y verde entrelazados bajo
sus pies haciéndose menos prominentes cuando la luz del sol se filtraba a través de los
árboles oscuros, antiguos de un bosque primordial oliendo a los ricos olores a marga y
magia.

Siguió el rastro hacia el lago y al Dragón verde esmeralda esperando allí.

—Me esperabas.

Sííí.

—Sabes lo que quiero.

El asesino.

—¿Y el coste?

La llama acompañó a la diversión, un resoplido ardiente.


Nacida seidic. Una elfa que está ligada a un humano, la magia a mis órdenes no es la única
magia tocándote. ¿Qué costo? No puedo saber más que mi precio.

—¿Y eso es?

Tu tinta en uno de mi elección.

Había supuesto que ese sería el coste. Pero un duro escalofrío la atravesó al no saber el
coste completo. Su corazón latía con fuerza, con las imágenes recordadas de los ojos ciegos
de Cathal y de la imagen decayendo de Eamon, la separación de su magia y don.

Confía en ti misma. Confía en tu don. Tomó varias repeticiones porque el miedo de perder
a Cathal o a Eamon eclipsaba y abrumaba la confianza forjada durante los años en que ella
no supo sobre elfos, dragones o magia, y todavía había logrado encontrar su camino después
de contestar a la llamada de tatuar.

—No es tu don el que verá el punto final de la magia. Es el mío. —Le había dicho el
dragón durante la lucha para determinar el vínculo que compartirían. Etaín miró sus
manos, preguntándose si ella se atrevería, decidiendo sí lo haría—. ¿Puedes ver al asesino?

Síííí.

—¿Podrías decirme aquí si le viste con otro hombre? —Ella sostuvo la imagen que Sean
había enviado de Cyco Chalino en su mente—. ¿Con este hombre?

Síííí. Mi precio se triplica para semejante tarea. No soy un perro para vigilar.

La diversión en su voz, un ronroneo de satisfacción. Suficiente para aliviar algo de la


preocupación de Etaín por sobrevivir al pago.

—Si hay peligro de que más personas mueran, me convocarás, aunque sea el primer
asesino.

Síííí. Pero el trato permanece. Tres de mi elección.

—De acuerdo —dijo ella, solo necesitaba abrir los ojos para dejar el lugar místico a uno
real.

—¿Lo tienes? —preguntó Cathal.

—Aún no. —Ella aceptó la mano de Eamon y él la puso de pie. Sus brazos rodearon a los
dos hombres, tirando de ellos hacia ella, el deseo atrasado anteriormente regresó en una
carrera—. Podría pasar un tiempo.

—¿Tatuarás a alguien de la elección del Dragón? —preguntó Eamon.


—A tres personas. A cambio de poder atrapar a Cyco Chalino junto con Roberto.

La sonrisa de aprobación de Eamon la calentó, aunque no disipó completamente el


escalofrío de preocupación.

—Eso podría ser peligroso para ti y para Cathal.

Él acarició su pulgar en el dorso de su mano.

—Creo que vamos a sobrevivir. Peordh. Predestinación. He venido a aceptarlo en lo que


a ti respecta. Creo que por eso la magia eligió a Cathal, porque es de este mundo. Una
verdadera ancla.

Su garganta se cerró. Apretó la mano de Eamon, pero no había ninguna promesa que
pudiera hacer, la magia lo elegiría como su corazón hizo.

—Vamos a subir —dijo. «Al dormitorio», escucharon ellos, con el calor oscuro en sus ojos
cuando la acompañaron allí.

Sin preocupaciones, se dijo ella. Abraza el momento. Abraza a estos dos hombres que son más de
lo que había soñado posible.

La ropa cayó al suelo, arrojada en una carrera impaciente junto a la cama. Entonces la
piel tocó la piel, la necesidad febril reflejando una más profunda cuando los labios
masculinos tocaron su cuello, Eamon delante de ella esa vez, con Cathal en su espalda.

—Juntos —dijo ella—. Les quiero a los dos dentro de mí al mismo tiempo.

La piel no le mentía. Tampoco los duros penes apretándose contra ella. Un pulso fue a
través del rígido calor endureciéndolas, hinchándolas con el deseo en esa expresión final
de cómo sus vidas estaban juntas.

Los labios de Cathal rozaron su oreja.

—La magia de Eamon podría hacer posible esto de pie, pero personalmente prefiero la
comodidad de la cama.

Diversión ronca en lugar de los gruñidos de posesividad que habían sonado la primera
vez que ella le había molestado con la posibilidad de esto.

—Entonces, que sea la comodidad —dijo Eamon, él y Cathal maniobraron a Etaín sobre
el colchón con el contacto físico ininterrumpido, cada uno de ellos con una pierna cubierta
sobre sus muslos abiertos, manos vagando, labios alternando la reclamación de los suyos.
Perfecto. O casi, pensó Eamon, la decepción y el dolor estaban allí para oscurecer esta
celebración de vida y amor si lo permitía.

Él implacablemente reprimió los pensamientos de los tatuajes inertes y no cicatrizados.


Había dicho la verdad, la falta de un vínculo a través de ellos no cambiaba lo que
significaban, no cambiaba la forma de su futuro.

Con cada beso, cada gemido tragado sintió el hilo de su magia hacia la de Etaín. Era
suficiente. Ella siempre sería suficiente, y Cathal, ya no era una complicación sino un socio
necesario.

Su mano acarició hacia abajo, dejando un pezón bien tenso para frotar a través de su
clítoris, la satisfacción surgió a través de él en el instante que levantó sus caderas en una
demanda femenina para dar a ese centro de placer su atención.

Estaba mojada, siempre mojada para él. Para Cathal.

Su pene tembló, escapando la excitación líquida, haciéndole reír suavemente porque


ella hacía tan fácilmente que él estuviera listo para ella también.

Su aliento se aceleró cuando acarició sus dedos escurridizos sobre su clítoris, tomándolo
entre sus dedos, la mano de Cathal se unió a él entre sus muslos, hundiéndose en su
hendidura antes de moverse hacia su entrada trasera, preparándola. Calor y necesidad
aumentaron hasta que se hizo imposible permanecer separados.

—Ahora —dijo Cathal, con la mano rodeando su pene, un puño necesario para mantener
el control, el orgullo masculino inexistente cuando se trataba de Etaín.

Un toque de su mano en su pecho, un poco de presión y él estaba en su espalda. Sus


caderas se levantaron y su pene se dirigió infaliblemente hacia su abertura cuando ella se
sentó a horcajadas sobre él. El desliz caliente en el tenso calor acompañó la presión de los
deliciosos pechos al pecho de él.

Su boca cubrió la suya. Sus lenguas entrelazadas como dedos entrelazados, palma a
palma y él no temió lo que ella podría ver con su don.

Entonces Eamon estaba allí, y la presión de su canal se hizo más tensa, las feromonas, el
apretón de muerte o la magia convirtió la conciencia del pene de otro hombre contra el
suyo, separada solo por una delgada barrera femenina, en algo erótico, convincente,
necesario. Natural. Y encontraron su ritmo como si siempre la hubieran compartido de
esta manera.

No hubo retención. No había posibilidad de ello. El deseo y la necesidad eran fuego


furioso y aullidos de tormenta estrellándose en el océano. Y la liberación fue una erupción
volcánica, lava caliente vertiendo semen fundido y la conciencia de que Eamon se derramó
en Etaín al mismo tiempo.

El éxtasis llegó cuando lo hizo Eamon. Físicamente. Emocionalmente. Una unión


profunda e irrevocable de todo lo que él era hacia Etaín, y a través de ella, a causa de su
tinta, a Cathal.

El éxtasis era la ardiente quemadura del sol, rayos dorados que le perforaron con el grito
de placer de Etaín, vertiendo la magia de la casa de los Elfos, el Dragón y este mundo en él.
Magia no restringida por la física, magia que exigía el cierre, la integridad, viajando por los
tatuajes que ella había puesto en él en una oleada de alegría y unión irrevocable. La barrera
entre sus mentes se diluyó con la brillante promesa de que serían capaces de comunicarse
telepáticamente en el futuro.

Los ojos de Etaín se llenaron de lágrimas al ver la extensión del color y la curación de
los tatuajes de Eamon. La emoción la golpeaba con los rápidos latidos de sus corazones, el
toque de piel a piel. Satisfacción. Placer. Intimidad. Permanencia.

—Te amo —susurró contra los labios de Cathal y volvió a decir las palabras, repitiéndolas
con Eamon después de que rodara a su lado, liberándola para deslizarse fuera de Cathal.

Se sentaron para ver los cambios en los tatuajes. El morado se había añadido a los que
ella y Cathal llevaban, así como a las bandas en el bíceps de Eamon.

—El color del aura de Cathal —murmuró Eamon. El brillante verde de las escamas del
dragón ahora se manifestaba en una línea sinuosa en el centro del diseño que ella había
puesto en él, los otros colores eran más vibrantes con el vínculo.

El placer la impregnaba, un resplandor brillante que necesitaba expresión. Conexión.


Ella tocó con sus palmas la tinta en la piel masculina.

—No hay nada mejor que esto. Lo peor está detrás de nosotros ahora.

Eamon se inclinó hacia adelante, labios calientes de terciopelo contra su oído. La lengua
una caricia de tentación carnal para evitar el frío de la predicción ominosa de sentirse
cómoda.

—Por el momento, Etaín. Por este momento. Habrá desafíos por venir. Nunca lo dudes.

Cyco Chalino se volvió hacia la calle, el sonido de Jacko muriéndose todavía estaba en
su cabeza.
Una gran cantidad de hijos de puta iban a morir esta noche. Un regalo para Jacko, un
tributo.

Y cuando el fuego quemara y el edificio fuera arrasado, si Cathal Dunne todavía estaba
vivo, volvería y lo haría. O tendría a Spooky para encargarse.

Pero esta noche, una vez que el club de lujo del rico pendejo estuviera lleno, iba a poner
un perro del infierno en él. Tal vez había golpeado el lugar con el destello de las primeras
explosiones, para matar el mayor número de personas posible.

Oh sí. A él le gustaba eso. O tal vez cuando llegara al escondite de Spooky, decidirían
enviar a su equipo, dos minutos después de la explosión con las AK para divertirse antes
de usar el lanzadacohetes. Él rio imaginándolo. Adoraba el mensaje de miedo que enviaba.
Mientras estuviera vivo, nadie estaría a salvo. Aquí no. Ni en México.

La entrada estaba bloqueada y solo medio metro estaba abierto a lo largo de la curva.
Con un grito disparó contra el coche que había reemplazado el que Jag robó, mientras
tanto hacía un giro en el feo césped muerto del patio delantero.

Debajo de los neumáticos, el plástico quebradizo explotó y el metal se aplastó cuando


sacó los juguetes y una bicicleta a su lado. Se detuvo con un golpe de freno.

Dentro de la casa, los niños se callaron cuando pasó junto a ellos. Su madre fue lo
suficientemente lista para no preguntar qué demonios estaba pasando cuando estaba en un
estado de ánimo como este.

Golpeó la puerta del dormitorio con la suficiente fuerza para que se estrellara contra la
pared y rebotara. Hizo lo mismo con la puerta del armario, tirando la mierda que había
usado para cubrir el lanzagranadas en el suelo.

Sacó el estuche del estante sobre la barra de ropa. El hijo de puta era pesado.

El peso le dijo que el arma estaba allí. Se arrodilló, abriendo el estuche de todos modos
para asegurarse, acariciando las rondas restantes. Oh sí, iba a usarlos esta noche, tal vez los
dispararía a todos. En honor a Jacko. Como un saludo de cincuenta cañones con más poder
de muerte.

Había más rondas de donde vinieron esas y estaba conectado con hombres que podían
comprar y vender a la gente que moriría esta noche. Mientras las drogas fueran ilegales y
hubiera gente que las quisiera, era como montar el tren del dinero.
29

Traducido por rihano

Corregido por Xhessii

Etaín invocó el fuego mientras los tres se encontraban debajo de la ducha, una
quemadura de este en donde el nombre del Dragón yacía camuflado en la tinta sobre su
piel.

—Prepárate para moverte —murmuró ella, cerrando los ojos y mentalmente viajando por
el camino del vínculo de la alianza.

Asssí quee, el elfo vinculado a la Tierra, también es tuyo. Tu madre me dijo que así sería.

Otro día tal vez negociaría para saber más sobre su madre, sobre su padre biológico, pero
ya había bastante deuda entre ellos.

Siii.

El dragón se movió y una escena se desarrolló en el borde de la costa, desplazándose en


el despertar de una ondulación para convertirse en una mesa de billar con un brazo
masculino alineando un tiro. Movimiento que envió la bola blanca hacia adelante para
golpear la bola diez con la raya azul, pero esta no se hundió en el agujero.
Turno perdido. La cabeza de Roberto se levantó, proporcionándole a Etaín un
panorama de la habitación.

La victoria anticipada se precipitó en ella al ver a su primo Cyco y a otros cuatro, al


reconocer este lugar perteneciente a un tío. Ella había estado en esta sala, jugado al billar
en esta mesa. Solo una o dos veces, pero reconoció los muebles, las cortinas, la vieja
alfombra peluda. Podría encontrar esa casa.

—Lo tengo —dijo ella, abriendo los ojos.

Ellos dejaron la ducha, secándose y vistiéndose rápidamente.

Liam, Heath y Myk se unieron a ellos en el sedán, informándoles que Cage había llevado
a Derrick y a Quinn a su barco.

Myk se sentó a horcajadas sobre su Harley, una imagen sacada de una fantasía erótica
con su largo cabello oscuro y rasgos masculinos. Ella le dio a él y a Heath instrucciones
generales y luego entró en el coche.

A un par de kilómetros de distancia de su destino, ella dijo:

—Mucho más cerca y alguien les informará y podrían asustarse. Debería salir aquí.

Heath se acercó a la acera. Detrás de ellos Myk rodó hasta detenerse. La mano de Eamon
se enredó en su pelo, forzando su boca a la suya.

—No hagas ninguna tontería.

—Dudo que vaya a tener la oportunidad. —Ella le dio la bienvenida a sus labios y lengua,
se perdió en el olor y el calor, y la promesa de un futuro juntos, haciendo lo mismo con
Cathal antes de obligarse a dejar el coche.

Liam ya había desaparecido en la sombra en el momento en que tomó el casco ofrecido


por Myk y se lo puso.

Montó a horcajadas en la moto y luego rodeó el sedán, los besos como luz de sol líquida
en su vientre, mezclándose con la adrenalina y un golpecito de miedo para lograr resolver
esto y dejarlo detrás de ellos urgentemente.

Dobló una esquina, girando hacia un callejón casi de inmediato, contenta de que no
estuviera atiborrado con muebles basura y neumáticos desgastados abandonados allí. El
sedán la siguió y sintió el hechizo trabajando como una burbuja estallando contra su
espalda cuando el coche desapareció de la vista en su espejo.
El calor se extendió a través de ella en una ráfaga de amor. Éste era Lord Eamon
inclinándose, estirándose, involucrándose en asuntos humanos.

Frenó al final del callejón, esperó a que un coche pasara con el fin de permitir que el
sedán se quedara justo detrás de ella. Era un tiro claro a su destino.

No había conocido la dirección, pero la memoria la llevó a la casa. Una señal sutil de la
mano notada por Heath aunque ella lo pasó, haciendo un giro en U delante de la casa de
un vecino, luego otro giro en U antes de detenerse, el retraso dando a los hombres el tiempo
de aparcar y dejar el coche.

Se quitó el casco, haciendo un espectáculo sacudiéndose el pelo. Mantuvo su rostro


oculto para impedir el reconocimiento, compró tiempo dando la apariencia de una mujer
deseando verse bien antes de ir a la puerta principal.

Liam estaría dentro ahora, consiguiendo la posición de la tierra, contando, colocándose


para detener los corazones de ser necesario.

Eso la dejaba por su cuenta.

Se bajó de la moto y se dirigió hacia la puerta de entrada, una amable confianza en lugar
de un acercamiento apresurado. El punto principal de esto era hacer que pareciera que iba
sola, y hacer el punto de que ella estaba a pocos minutos de darle a Ordoñes el impulso
suficiente para actuar de inmediato con un equipo para arrestar fugitivos.

Tenía la atención de alguien, dentro de la casa y al otro lado de la calle. Ella sintió sus
ojos en ella, así como la caricia invisible de una mano masculina a lo largo de su espina
dorsal.

Un duro golpe en la puerta trajo a un chico de unos veinte años.

—Hola, mamacita, ¿a quién buscas?

Todo era buen humor hasta que ella respondió.

—A Roberto Jiménez.

—Nadie tiene ese nombre aquí.

—¡Roberto! —gritó ella—. Roberto Jiménez.

Él salió de la habitación que tenía la mesa de billar.

—Déjala entrar, Cricket.


Cricket cumplió, haciendo un punto al mirar de arriba abajo la calle antes de cerrar la
puerta.

Caminó hacia Roberto, experimentando un destello de déjà vu con Cricket junto a ella.
Era como retroceder al sueño de la matanza, los dos acercándose al bar juntos.

No había equivocación en los intangibles que constituían la presencia de una persona.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó Roberto cuando ella lo alcanzó. El chico que
había conocido no estaba presente en los ojos de este hombre.

—He estado preguntando por ahí, tratando de buscar a algunas de las personas con las
que solía pasar el rato. ¿Sabes que Vontae está muerto? Fue asesinado en ese tiroteo en el
lugar de reunión de los Curs.

—Sí. Lo sé.

—¿Tienes tiempo para una visita?

—Por supuesto.

—¿La reviso por si tiene armas y un micrófono? —preguntó Cricket.

—Yo lo haré. —Roberto apoyó el taco contra la pared.

—¿Sin una audiencia? —Hizo que su voz sonara ronca y pudo jurar que había oído a
Cathal gruñir.

—Sí, por qué no. —Con un tirón de su cabeza él envió a Cricket por el pasillo hacia la
habitación con la mesa de billar en esta. Ella se esforzó por oír el golpe de bola contra bola,
pero no lo hizo.

Roberto se acercó más. Como un amante hasta que la agarró, golpeándola contra la
pared, la mano cerrada en su garganta, la pistola atascada duro contra su pecho.

El espacio a su alrededor adquirió una calidad mortal y de espera. Los ojos en las palmas
de sus manos resplandecían, un arma que no quería usar si significaba que la totalidad de
sus recuerdos se convertirían en los suyos, su vida tragada y hecha parte de ella por un arma
que no entendía.

—Habla —dijo él, poniendo peso detrás de la pistola ya hundida en ella—. ¿Quién más
sabe que estoy aquí?
Las opciones giraron a través de su mente como una ruleta. Un instante cuando la
pistola no estuviera apuntando hacia ella, cuando el tirón accidental de un gatillo no la
matara, fue todo lo que sus compañeros invisibles necesitaban.

Escupió en la cara de Roberto.

Él reaccionó con violencia, lo que significaba golpearla con la pistola, pero encontrando
sus brazos sostenidos por hombres que parecían aparecer de la nada.

Y entonces se dejó caer entre Cathal y Heath, obligado a dormir por Eamon, la pistola
cayendo al suelo.

—Ha terminado, Etaín —dijo Eamon, el calor en su voz y la expresión en sus ojos, dejando
claro que había fallado en seguir su decreto de no-tomar-riesgos-innecesarios.

—¿Los demás?

—Myk es capaz de hacer que alguien pierda la conciencia. Él y Liam han hecho lo que se
les exigió.

—Puedo también hacer que esto sea más fácil para la policía —dijo Cathal—. Vamos a
poner a este tipo en la habitación con los demás.

Él y Heath llevaron a Roberto por el pasillo, dejándolo caer en una silla. Eamon permitió
que la pistola llevada por el aire cayera sobre el cojín.

—El momento de la verdad —dijo Etaín, agachándose, presionando las palmas de sus
manos en la piel desnuda—. ¿Dónde está el arma que usaste para matar a Vontae?

Su culpa la tocó, el más mínimo parpadeo de remordimiento, la vacilación atrapada en


la pesadilla. «¿Dónde está el arma que usaste para matar a Vontae?».

Y la vio, la había sentido presionada debajo de su pecho. Él ni siquiera se había


molestado en deshacerse de esta.

Balística podría hacer lo que su don no podía hacer por la policía, proporcionar pruebas
admisibles en un tribunal de justicia.

—¿Dónde está la otra arma que usaste en el sitio de reunión de los Curs? ¿Dónde están
los silenciadores?

Las respuestas llegaron fácilmente, incluyendo quién lo había acompañado, aunque ella
planteó esas preguntas para que así solo una pizca de memoria se perdiera, y se sentía
satisfecha porque el culpable y todas sus armas estaban aquí.
—El sedán no permanecerá oculto por mucho más tiempo —advirtió Eamon.

Ella lo reconoció con un movimiento de cabeza, pero tardó en hacer una última
pregunta, porque no podía irse sin saberlo.

—¿Por qué matar a tanta gente? ¿Por qué invadiste el lugar de reunión de los Curs?

«¿Por qué?».

Se deslizó en su memoria. Cyco estaba al otro lado de la mesa frente a él, los dos
comiendo hamburguesas.

—Si los tres Curs mueren —dijo Cyco—, eso envía un mensaje de que el resto de ellos no
quiere estar moviendo hierba robada para los Norteños.

«¿Cuáles tres?», preguntó ella, profundizando en los objetivos, reconociendo a los


hombres de vista, aunque no los conocía. Y nunca lo haría. Todos habían estado en el bar.

El tiempo volvió a fluir. Roberto dijo:

—Tengo una idea mejor, déjame conseguir un equipo. Déjame acabar con una mierda
de Curs.

Cyco se rio y ella comprendió por qué él había conseguido el nombre callejero.

—¿Tratando de ser como yo?

—Joder no. Soy mi propio hombre. —Pero sus deseos no estaban ocultos para ella. Quería
lo que Cyco tenía, el nombre, el respeto. Quería ser una leyenda, como su primo.

—Si golpeas su lugar de reunión, mejor asegúrate de matar a Anton Charles y su


hermano, de lo contrario la mierda va a empeorar.

—Será un barrido limpio. Mi equipo y yo podríamos incluso superar lo que hiciste en


México.

—Entonces, vas a conseguir veintiséis cadáveres.

—Cuando terminemos en el bar, los verás sacando al menos bastantes.

La enfermó, la hizo arder con la necesidad de justicia. Venganza. A veces había poca
separación entre los dos.

—Etaín —dijo Eamon, una advertencia de que ellos necesitaban irse.

Usó su don como un cuchillo, esta vez entrando en los recuerdos de Roberto y
removiendo la parte de ellos, desde su llegada hasta el instante en que él cayó bajo el hechizo
de Eamon. Ella se estremeció al hacerlo, recordó el terror de Farrell por ella, el temor pálido
que había visto en otros rostros élficos en Aesirs.

Cuando se puso de pie, Eamon señaló a Cricket con el destello de su mano.

—Quita cualquier cosa que te vaya a identificar.

Le molestaba que no sintiera culpa por hacerlo. Pero solo porque por un instante, se
imaginó de nuevo en el despacho del capitán, oyó su condena, su acusación, llamando al
uso de su don un asalto.

Violación mental. Podría ser.

Los fines justificaban los medios aquí, aunque ella frotaba sus palmas húmedas contra
sus jeans. Sintió el agitar de su corazón hasta que la mano de Eamon estuvo en su espalda,
unida a la de Cathal, sirviéndole como un recordatorio de que no estaba sola en esto, que
tenía dos anclas para evitar que se convirtiera en un monstruo.

El enlace entintado era único para el seidic, le había dicho Eamon. Tal vez esto era la
razón de ello.

Liam se trasladó a donde el hombre llamado Cyco yacía medio extendido en el


reposabrazos del sofá. Un maletín abierto en el cojín a su lado, revelando el arma que
podría haber matado a cualquiera de su clase excepto a Heath. Y la supervivencia de Heath
había sido posible gracias a la advertencia casual de un artefacto mágico.

Era hora de probar la intención de Eamon, para ver si ella era la Lady a la que él
finalmente daría su juramento. La elección era suya de una manera que no existía para la
mayoría de los que llamaban a Eamon Lord.

Liam puso su mano en el pecho del humano, los ojos encontrando y sosteniendo los del
seidic.

Detente.

Y el corazón obedeció sin protestar, la exhalación de un último aliento marcando la


muerte.

—Tú eres la Lady ahora —dijo él en desafío—. Solo con tu orden revertiré lo que he hecho.
Habrá desafíos por venir. Nunca lo dudes.

¿Había conocido Eamon la intención de Liam? ¿Adivinó lo que podría hacer?

Ella miró a Eamon y encontró su expresión ilegible, aunque dijo:

—Este es el precio que viene de estar involucrado en asuntos humanos. Lo enfrentarás


repetidamente si continúas como lo hiciste en el pasado.

—¿Quieres decir que no vas a detenerme?

—Oh, lo intentaré.

La violencia generaba más violencia.

Y sin embargo, a veces la terminaba.

Ahí era donde fallaba la justicia del capitán. Encarcelar a hombres como Cyco no
eliminaba su influencia. No terminaría con el dolor y el sufrimiento por el que eran
responsables, ni les impediría crear más.

Sus ojos se encontraron con los de Cathal en un repaso sin palabras del pasado, en el
momento en que ella había sostenido su mano porque había sabido lo que le haría el
asesinato del Violador Arlequín.

—Tal vez soy demasiado parecida a tu padre y tío.

Él le acarició la mejilla.

—Haz tu elección. No disminuirá lo que siento por ti.

—Entonces, deja que la policía lo encuentre muerto.

—Liam permanecerá aquí como una salvaguarda —dijo Eamon, y el asesino avanzó,
levantando su brazo y tirando de la manga de su camisa hacia atrás para revelar una fina
trenza de oro. Su pelo. Y comprendió cómo Liam podía encontrarla.

—Truculento —dijo Cathal, con admiración en su voz.

Una palabra hablada acompañada por el toque de la yema del dedo de Eamon y la
atadura entre ella y el asesino quemó como un destello de fuego.

—Vamos, Etaín.

Hizo la llamada al detective Ordoñes en el callejón después de entregarle la moto a Myk,


Cathal y Eamon a su lado como si no pudieran soportar la separación.
—¿Estás segura? —preguntó Ordoñes.

—Segura.

Él le dio las gracias y ella se guardó el teléfono. Entrando en el coche, dijo:

—Si vamos a hacer mucho de esto, necesitamos algunos vehículos diferentes. ¡El sedán
casi grita Federales!

—Eso no va a suceder —gruñó Cathal.

Ella se rio de eso.

—Nunca digas nunca.

Sus labios se curvaron cuando los presionó contra su cuello.

—Aún soy un aprendiz lento cuando se trata de ti.

—Tienes cientos de años a partir de ahora para dominar el tema —dijo Eamon, con un
hilo de diversión en su voz.

La alegría era una flor abriéndose en su pecho.

—¿Dominar el tema? En tus sueños.

—De seguro a un Lord se le permite. —La boca de Eamon rozó su oreja—. A casa, Myk.

Casa. Sonaba en su alma y en su corazón como los carillones que había oído antes de
entrar en Aesirs aquella primera vez. Sus manos curvadas alrededor de los muslos
masculinos, el deseo regresando, necesitando tanto el maremoto como el fuego furioso, lo
que ella tenía con Cathal y Eamon, pura magia.
E
Traducido por Emotica G. W.

Corregido por Xhessii

Niall Dunne solo sintió una frialdad de propósito mientras el hombre que había
intentado tener a su hijo muerto se sentaba frente a él. Lo hecho, hecho estaba. La rabia
no tenía ningún propósito aquí.

Frederico Perera desechó el menú e ignoró el vaso de agua colocado delante de él, a
pesar de que tenía el aspecto de un hombre cuyo miedo lo había dejado con la boca seca y
sus entrañas sueltas. ¿Y por qué no? La presión había sido usada para perseguir y él entendía
el poder, y lo poco que él sostenía, que él podía ser forzado a volver a San Francisco antes
de que la tierra se hubiera asentado sobre la tumba de su hijo.

Déjenlo tener miedo.

—Hay hombres que amenazarían con haberles hecho a tus hijas lo que les fue hecho a
mi sobrina y su amiga —dijo Niall—. No soy ese tipo de hombre. Tampoco lo es mi hermano.
Aborrecemos a los violadores. Esto termina ahora, en una tregua. O tu esposa se convierte
en viuda y tus hijos en huérfanos de padre.

La bilis subió por la garganta de Frederico, una rabia enconada sin ningún lugar a donde
ir. Sin blanco ningún seguro, excepto uno.
—¿Y el niño que aún vive?

—¿Haría tu pérdida más soportable imaginarlo en la cárcel? ¿Estás pidiendo que se le


libre de la muerte que le esperaba tras las rejas?

—No.

—Entonces no hay nada más que discutir. ¿Estamos de acuerdo sobre una tregua?

—Sí.

Frederico sacó el teléfono de su bolsillo. Marcó el número que le había sido dado por el
estadounidense que lo había conducido aquí, y no estaba sorprendido realmente de que
hicieran que lo respondiera Eduardo Faioli.

—¿Deseas algo de mí?

—Ese asunto del que hablamos antes. Ya no es algo con lo que deseo seguir.

—Ha traído problemas en nuestras vidas.

Sus entrañas se licuaron.

—Mis disculpas. No fue mi intención.

No se atrevió a recordarle al hombre con el que habló que él mismo había despedido a
los irlandeses como ninguna amenaza. No expresó su sospecha, que Eduardo Faioli ya le
había puesto fin a cualquier nuevo intento de atentar contra la vida de Cathal Dunne.

El silencio se prolongó, una amenaza peligrosa que tenía sudor reuniéndose bajo sus
brazos. Eduardo Faioli no dudaría en atacar esposas, hijas y padres en caso de que deseara
enviar un mensaje de su descontento.

Finalmente, Eduardo dijo:

—Detendré mis esfuerzos en tu nombre a pesar de que no han conducido al éxito. Pero
he gastado capital político. Debido a ello, tu deuda conmigo sigue.

—Entiendo.

Colgó, la mano temblando cuando devolvió el teléfono a su bolsillo.

—Está hecho —dijo, poniéndose de pie, dejando Aesirs, un lugar al que no podría haber
accedido de otra manera.

Su amargura creció en presencia del americano de traje oscuro que lo llevó de vuelta a
la embajada. Se hizo más aguda mientras se dirigía a su despacho pequeño para esperar
hasta que se fuera hacia el aeropuerto y a un vuelo comercial largo a casa en lugar del jet
militar que lo había traído aquí.

Recordó el tacto de sus labios contra la piel fría de su hijo muerto, la promesa de
venganza que debía abandonar a menos que estuviera dispuesto a ensuciar sus propias
manos. Mirando hacia ellas, consideró lo fácil que se volvería matar al menos a uno de los
Dunne si creían que la amenaza había terminado. Se preguntó si el sacrificio de su vida
podría ser mejor para Margarita y sus hijas, si podría liberarlas de la amenaza de Eduardo
Faioli.

O tal vez podría contratar a un asesino, alguien que pudiera hacerlo verse como un
accidente o suicidio. Su pulso se aceleró, con la fantasía nacida en el dolor, pero
interrumpida con la conciencia súbita de que no estaba solo.

Se volvió para encontrar a un extraño donde debería ser imposible para uno no ser
anunciado y estar sin escolta, un hombre de piel oscura con trenzas largas, su aspecto
demasiado similar a los que habían estado sirviendo en Aesirs para ser una coincidencia.

Si buscaba la muerte, estaba ahí en los ojos de este extraño. En una voz que decía con
calma:

—El hombre que tiene mi juramento tiene cierto interés en los Dunne. Sigues siendo
una amenaza. No hay lugar donde puedes ir y no pueda encontrarte, ni tampoco esperaré
que actúes primero.

F
S A

Jory ha estado escribiendo desde la infancia y nunca


ha dejado de ser una soñadora. Cuando no está
encorvada sobre su ordenador, perdida en la musa y
conjurando nuevos héroes y heroínas, generalmente se
ha puede encontrar leyendo, montando a caballo o
yendo de excursión con sus perros.

Sus historias han ganado numerosos premios,


además de ser best sellers nacionales. Vive en California
con su esposo y una colección de mascotas.
S
I M W

1.- Inked Magic (2012)

2.- Inked Destiny (2013)

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