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Palo y astilla Padres e hijos en el cuento peruano Varios autores

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JULIAN HUANAY a Maruj Maruja Algunos dirigentes sindicales, que con frecuencia sufrfan detenciones por sus actividades, le pusieron el nombre de San Quintin a una pequeha prisién que solamente tenfa seis celdas. La razén del apelativo radicaba en que, seguin ellos, cra la mas segura de todas las que conocfan. En la puerta principal, de planchas de hierro, habia una pequefa mirilla para que el centinela, desde el inte- rior, pudiera observar a quienes Ilamaban. Dos metros después, una hilera de gruesos barrotes se elevaba hasta el techo. Ademas de la puerta metdlica y la gran reja, las celdas anteriores tenfan sus respectivas puertas también enrejadas. El pasadizo, de un metro de ancho por unos catorce de largo, servfa para que los veintiocho detenidos se pasearan con «plena libertad» durante las doce horas de dfa, pues exactamente a las seis de la tarde todos eran encerrados. A manera de techo tenfa sesenta y cuatro va- rillas de hierro de las que pendian bicicletas enmohecidas, cocinas, un viejo radiador de automévil, una antiquisima vitrola con su gran bocina y muchos otros objetos recu- perados por la Policia, que esperaban el reclamo de sus propietarios desde tiempos ya lejanos. n En el espacio existente entre las dos primeras puer- tas, el centinela se paseaba con el fusil al hombro, las car- tucheras y el espadin al cinto. Hasta aquella prisi6n condujeron a Pedro Rojas, una mafana de enero. En cuanto transpuso las rejas, los dirigentes sindicales y estudiantes universitarios deteni- dos, lo rodearon preguntdndole por las novedades que habja en las calles y por la causa de su prisién, pero no pudo responder a todas las interrogaciones, limitdndose a narrar las incidencias de la asamblea y el acuerdo de huelga aprobado. ‘Todos ellos estaban sometidos a una rigurosa inco- municacién. Por eso, el centinela, después de observar al visitante a través de una mirilla y preguntar por el objeto rta lo estricramente necesario de su pre scncla, abria la pu para recibir los alimentos previamente registrados, pero que, a pesar de ello, volvfa a examinar minuciosamente, eliminando cuanto papel encontraba. Siempre que se abria la puerta principal, los presos se agolpaban a la reja tratando de vera los visitantes, pero todos sus esfuerzos resultaban intitiles. Algunas veces po- dian observar que manos femeninas, con los dedos cris- pados, se aferraban a las puertas en desesperado afaén de mirar hacia el interior. Pero la cadena sujeta a un garfio impedfa aquellos intentos. En una de esas oportunidades lograron ver, por entre las piernas de un custodio, la carita de una nifia que miraba hacia el interior con los ojos desmesurada- mente abiertos. El guardia, al darse cuenta de que aque- lla nina de grandes ojos negros, naricilla respingada y cabellos oscuros, habfa introducido la cabecita por la pequefia abertura, traté de retirarla colocando una de las rodillas, pero los presos que observan la escena ini- ciaron una griterfa infernal, hasta que lograron que la dejasen mirar libremente. La nifia se quedé absorta ante el bullicio y los rostros sonrientes que detras de la reja se contemplaban, hasta que el grito de: «Maruja» hizo olvidar a la criatura la presencia del guardia y escurrién- dose entre las piernas de aquel, corrid gritando entre sollozos: «Papa, papacito». Se aferrd desesperadamente a la reja mientras los presos, al darse cuenta de que el padre estaba en las filas de atrds, dejaron libre un lugar para que este pudiera abrazarla. Pedro Rojas estreché, barrotes de por medio, el de- licado cuerpo de su hija, que llorando, balbuceaba frases que no se escuchaban, mientras que su rostro habia ad- quirido una expresién de ternura infinita. Entre tanto, el guardia, después de cerrar la puerta, se dirigié apresurada- mente hacia la nifta para sacarla, Nuevamente la griteria se hizo atronadora. Unos protestaban y otros trataban de convencer al centinela para que la dejara unos momentos «Papacito, mds. La nifia, Horando copiosamente, decfa: yo quiero quedarme contigo. No te quito tu comidita. Mi mamé me trae lechecita nomads. Yo no quiero irme. Yo quiero quedarme contigo». El padre, con la faz demudada por la emocién, respondia: «No puedes quedarte, hijita; est4 prohibido. Vete con tu mamé y tus hermanitos, que yo voy a salir mafiana». El guardia y los presos, estos tiltimos agolados a la reja contemplaban en silencio la escena hasta que, por fin, la nifia solté el cuello de su padre y se dejd conducir a4 de la mano por el centinela. Antes de transponer la puer- ta, volvié la carita y sonrid, agitando su breve mano en un adiés que, ignorado por todos, durarfa dos afos. JORGE ESLAVA ALVAREZ PALACIOS Tiro de gracia Tiro de gracia Yuri tomé la escopeta que estaba reclinada en la pared del dormitorio y disparé apuntando bien. Su padre dio un salto en la cama en la que descansaba y, haciendo una mueca horrorosa, torcid el cuello desesperadamente y cayo retorcido, como un ovillo, sobre las sdbanas. La madre dio un grito y retiré la escopeta de las manos de Yuri, quien refa satisfecho de su obra. —Eso no se hace con su padre, pequefio monstruo —dijole seriamente, aunque un hilillo mordaz se dibujd en sus labios. Ahora anda y guarda en el desvan la escopeta agregd, mientras acomodaba torpemente el corchito en la boca del largo caftén. En tanto la sangre corrié a borbollones sobre las sdbanas blancas almidonadas como corren los deshielos sobre las tierras arcillosas y formé a la vera de la cama un charco, que luego se extendid a través de todo el cuarto y llegé a la calle para que la gente conociese la desgracia. La madre lloré con un ojo y con el otro miré el pre- cioso carmesi de la sangre recién vertida, Un momento después cerré los dos ojos y cavilé: «;Qué haré sola con esta criatura en la caSa, Cn el mundo?».

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