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Este documento analiza las relaciones económicas internacionales de Argentina entre 1900 y 1938, destacando que mantuvo vínculos comerciales importantes con varios países más allá de Gran Bretaña, como Alemania, Estados Unidos y otros. El análisis de las estadísticas muestra que el peso británico en el comercio argentino no fue tan dominante como se ha planteado tradicionalmente.

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Este documento analiza las relaciones económicas internacionales de Argentina entre 1900 y 1938, destacando que mantuvo vínculos comerciales importantes con varios países más allá de Gran Bretaña, como Alemania, Estados Unidos y otros. El análisis de las estadísticas muestra que el peso británico en el comercio argentino no fue tan dominante como se ha planteado tradicionalmente.

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Una mirada sobre las relaciones económicas internacionales

argentinas, 1900 - 1938


Agustina Rayes1
[email protected]

El presente trabajo oficia de comunicación del plan de trabajo de tesis doctoral


propuesto y de los avances que se han realizado, hasta el momento, en cuanto al estado
de la cuestión y al primer acercamiento a las fuentes primarias.
Tradicionalmente, se ha consagrado la imagen de una relación especial entre
Argentina y Gran Bretaña durante la Gran Expansión. Esta mirada que dominó la
historiografía nacional y extranjera, ha interpretado de forma privilegiada y casi
excluyente el vínculo externo de ambos países, en especial desde el punto de análisis
económico. De mayor dificultad para poner en tela de juicio el lazo durante la etapa de
expansión, esta idea no podría ser sostenida, sin embargo, a partir de la crisis, al menos,
no sin ser puesta en relación con vínculos que Argentina sostuvo con otros países
importantes en el desarrollo del comercio exterior y las inversiones extranjeras. En
suma, la propuesta general que guía nuestro proyecto sería que aún no se han realizado
estudios sistemáticos que integren estos vínculos y analicen las estrategias2 seguidas
desde Argentina en su política exterior.
El marco temporal escogido 1900 – 1938 incluye la etapa más madura de la
economía agroexportadora, la crisis de la Gran Guerra y la ambigua década del `20, con
la prefiguración de cambios en la economía mundial que se profundizarían después de
la crisis. Se tratará, además, el decenio de 1930 con miras a analizar el impacto de la
Gran Depresión en las relaciones económicas argentinas. Ello permitirá, entre otras
cuestiones, una reconsideración del controversial pacto Roca – Runciman (O´Connell,
1984; Alhadeff, 1985, entre otros) en una perspectiva de larga duración. El corte final
del estudio en el año 1938 está relacionado con el estallido de la Segunda Guerra
Mundial y, en consecuencia, una nueva situación internacional y nacional para el país,
que quedará fuera del alcance de la presente empresa.
Para comenzar, cabría hacer referencia a uno de los pilares de las relaciones
económicas internacionales, el comercio exterior cuyo abordaje para el caso argentino
ha devuelto un retrato de concentración - por destino y procedencia – que, sin embargo,

1
Licenciada en Relaciones Internacionales (Fac. Ciencias Humanas, UNCPBA). Pertenencia
institucional: IEHS (Instituto de Estudios Histórico – Sociales), UNICEN / Becaria doctoral de Historia
CONICET – Univ. Torcuato Di Tella.
2
Con la intención de no caer en miradas teleológicas, la palabra “estrategia” no implica en el caso
particular la presunción de que existieran proyectos planeados por los actores sociales, económicos y
políticos que fuesen los que realmente se terminaron implementando, pues es probable que aquellos no
tuviesen un control absoluto de la información en el proceso de la toma de decisiones.
no es compatible con las estadísticas oficiales3; pues a poco de observarlas, se advierte
que entre los años 1900 y 1938 - más allá de las fluctuaciones temporales -, las
relaciones comerciales internacionales que Argentina sostuvo con Alemania, Bélgica,
Holanda, Francia, Italia, España y Estados Unidos (y en menor medida Brasil y Chile)
han sido de peso. En el comercio de exportación argentino, Inglaterra apenas si llegó al
20% antes de 1910, subió al 30% durante la Gran Guerra, bajó a una media cercana al
25% en los `20, y volvió a subir después de la Gran Depresión a niveles del 35%,
cuando varios de sus partenaires comerciales (Estados Unidos, Francia y Alemania, por
ejemplo) fueron severamente afectados por la crisis -lo cual puede constituir una clave
adicional para explicar el pacto Roca – Runciman. Aún si hiciéramos el cálculo
contrafactual de las exportaciones “a órdenes” – uno de los principales problemas que
presenta la estadística para el analista porque hasta 1927 para un importante porcentaje
de bienes exportados no existía un destino preestablecido y el mismo dependía de las
fluctuaciones de los mercados y de otras coyunturas –, generando un promedio a partir
del decenio siguiente al momento en que se cuenta con el dato, y a riesgo de caer en el
error por tratarse de épocas distintas en el desempeño de la economía argentina, ello no
alteraría sustancialmente los resultados finales.
El peso británico fue algo mayor en las importaciones en la primera década del
siglo XX oscilando entre el 30% y el 35% en términos relativos a los otros socios
comerciales de Argentina, durante la I Guerra Mundial, se produjo un descenso a una
tasa del 25% como máximo, del que no se pudo salir en las dos décadas siguientes al fin
de la contienda.
Vistas las cifras tan claramente, consideramos que una de las cuestiones que
podrían haber llevado a plantear este vínculo en la línea en que frecuentemente fue
expuesto, puede estar relacionada con el rol que cabía por aquellos años a Inglaterra
como potencia hegemónica y su conexión con América Latina. En este sentido, no deja
de ser notorio para el analista que, entre 1895 y 1948, las estadísticas han exhibido
resultados relativos entre los países en que Argentina exportó entre el 45% y el 55% de
los productos desde la región hacia Gran Bretaña y que importó desde allí, en el mismo
período, a niveles crecientes del 22% al 38% - con un pico del 48% en 1938 (Cardoso &
Pérez Brignoli, 1999: p. 130 y 131).
Sin embargo, y aunque los datos estadísticos son visibles, dado que existen
trabajos en los cuales se ha estudiado exhaustivamente el comercio exterior y las
inversiones extranjeras en Argentina (Olivari, 1963; Halperín Donghi y otros, 1965;
Williams, 1969; Dieguez, 1972; Di Tella y otros, 1973; Cortés Conde, 1974, 1998;
Vázquez Presedo, 1976, 1978, 1979; Randall, 1983; Ferreres, 2005), los estudios
clásicos han enfatizado en extremo la relación con Gran Bretaña.
Una vez asentado que los trabajos estadísticos han sido prolíficos en la
historiografía nacional y extranjera, quisiéramos también destacar que la multiplicidad
de los contactos externos y la importancia de los mercados de Europa continental y
Estados Unidos para la economía argentina en el período de nuestro interés han sido
3
Las ideas vertebrales de este proyecto están basadas, entre otras cuestiones, en el análisis previo del
comercio exterior argentino a partir de la observación sistemática de los Anuarios Generales de
Estadística de la Nación Argentina (Biblioteca Raúl Prebisch, Banco Central de la República Argentina).

Página 2
sugeridas, previamente, por varios autores (Regalsky, 1986, Rapoport, 1996; Bulmer
Thomas, 1998; Míguez, 2005, entre otros).
Ahora bien, si nos proponemos revisar la relación angloargentina, debiéramos
encarar un primer recorrido por los trabajos más clásicos que se han dedicado a la
misma. En este sentido, la obra de H. S Ferns (1974) puede ser un punto de partida. Para
el autor, el punto de inflexión se dio en los inicios de las “presidencias históricas”,
cuando los políticos y diplomáticos alentaron la llegada de inversiones británicas. En
esta oportunidad, los ingleses instalaron – en un primer momento - bancos y compañías
ferroviarias y, luego, participaron de obras de utilidad pública como las redes de gas,
agua corriente y el sistema de cloacas. Más allá de la compra en títulos públicos y las
inversiones en el negocio ferrocarrilero, los acontecimientos de principios de 1890
detuvieron transitoriamente la afluencia de capital extranjero a Argentina y se redujo a
un mero goteo. Desde su perspectiva, a partir de la guerra de los bóers y hasta la I
Guerra Mundial se manifestó la relación mutuamente beneficiosa para ambos países.
Entonces, Gran Bretaña resultó ser el principal cliente de Argentina y la principal
abastecedora. Gracias a este aumento en las exportaciones argentinas, el país vivió un
superávit en la balanza comercial con el que podría enfrentar crisis económicas.
Desde una visión estructuralista, Alec Ford analizó la relación entre Argentina e
Inglaterra entre 1880 y 1914 mediatizada por el funcionamiento del patrón – oro. Entre
sus aportes más importantes destaca el análisis que el autor hizo del papel de Argentina,
como país periférico en el comercio internacional, a la luz de su dependencia de los
precios internacionales que no controlaba y de la llegada de capitales externos – entre
los que sobresalieron los de origen británico (Ford, 1966: p. 155).
En un análisis sobre el comercio británico en América Latina, D.C. Platt (1972)
mostró cómo la relación comercial entre Argentina y Gran Bretaña se fue intensificando
desde finales de 1870 con los embarques de carne ovina congelada - aunque competía
con Australia y Nueva Zelanda. Hacia 1900 la carne vacuna congelada fue ganando el
mercado inglés- en crecimiento por el aumento de consumo per cápita y el incremento
de la población total que no era abastecida completamente con la oferta local - por gusto
y preferencia; y en 1914 Argentina se transformó en un fuerte competidor de la dairy
industry. Del mismo modo, el éxito en las exportaciones de cereales (maíz y trigo)
dependieron del bajo costo y de la mejora en la calidad.
Más allá de los datos duros que podríamos extraer de sus estudios, nos
interesaría seguir una idea en particular de D. C. M. Platt, quien en sus distintos trabajos
ha propuesto que el servicio exterior británico estuvo ligado a la expansión del comercio
y las finanzas de sus nacionales. En un análisis sobre el comportamiento diplomático
británico durante la denominada Pax Britannica (1968), el autor expresó que todavía en
los albores de la I Guerra Mundial - cuando la política británica del laissez – faire
convivía con la tradición aristocrática -, la expansión de las inversiones en el extranjero
estuvo orientada por el desarrollo del comercio exterior. Si bien el autor terminó su obra
en 1914, nosotros podríamos continuar esta línea de investigación y extenderla hasta
entrada la década de 1930 para analizar el Pacto Roca – Runciman y los posibles
motivos que puedan haber terciado en la toma de decisiones y el proceso de negociación
por parte de los agentes británicos.

Página 3
El lazo anglo- argentino no se redujo meramente al comercio exterior, pues
también fue relevante – y quizás mayor – el rol de las inversiones. Alexander Craincross
(1936) quien estudió las inversiones británicas en el territorio británico y en el exterior
entre 1870 y 1913, para lo cual realizó una tipología de inversiones, inversores y rubros,
señalando la importancia relativa de los distintos países en el período analizado. En su
análisis sobre la historia económica de Inglaterra, William Ashworth destacó que dos
décadas antes de la I Guerra aumentó el interés de los capitales británicos por la región
americana y que, uno de los países que mayor recepción de los mismos contabilizó fue
Argentina (Ashworth, 1960: p. 157). Como dijimos más arriba, según Henry Ferns, la
relación dorada se cerró en la I Guerra Mundial, momento en que la iniciativa de las
inversiones extranjeras pasó a manos alemanas y norteamericanas (Ferns, 1974: p. 484).
Sin embargo, Pedro Skupch (1975), al analizar la pérdida de preeminencia británica en
América Latina, precisó la importancia continua como origen de inversiones en
Argentina – hacia 1913 se contaban 385 millones de libras que representaban más del
37% de los capitales destinados a la región –, así como de importaciones – entre 1913 y
1927 Argentina absorbió entre el 44 y 46% de las exportaciones a la zona geográfica.
En cuanto a las inversiones de capital ligadas al desarrollo del sistema
productivo, sin duda, la etapa de expansión ferroviaria fue dominada por las de
procedencia británica – en realidad, como ha mostrado Cristopher Platt (1986), no
siempre originadas allí en su totalidad. Si hiciéramos una evaluación de la extensión
ferroviaria, la misma daría resultados sorprendentes, pues si hacia 1957 se contaba sólo
10 km., treinta años más tarde era de 6.700 km., mostrando a comienzos del siglo una
cifra de 16.600 km. y de 33.500 km. en 1914 (Ferrer, 1963: p. 108). Previo a la I
Guerra Mundial, Argentina fue la principal receptora de capitales británicos en
América Latina y los capitales de este origen controlaban el 70% del millaje (Bill, 1988:
p.15), también se ha precisado que una tercera parte de las inversiones extranjeras se
concentraron en ferrocarriles y el 60 % de las mismas fueron de origen británico (Díaz
Alejandro en Gallo & Ferrari, 1980: p. 374).
Existen diversos trabajos acerca del desarrollo ferroviario en Argentina, en los
que la discusión sobre su impacto positivo sobre la economía argentina fue el tema de
fondo. A principios del siglo XX, los inversores extranjeros continuaban viendo a
Argentina como un país rentable y seguro, en un contexto de apertura estatal y el
ejemplo fue la llegada permanente de inversiones británicas para la extensión ferroviaria
(Goodwin, 1974; Lewis, 1983), llevando al país a tener en 1915 el tercer sistema
ferroviario – detrás de Estados Unidos y Canadá - en el continente americano (Wright,
1974: p. 48). No obstante, los franceses tuvieron un rol clave en la extensión de las
líneas férreas en la provincia de Santa Fe, donde las inversiones se intensificaron por el
sentimiento anti-británico tras la crisis de 1890 (Eduardo Zalduendo en Gallo & Ferrari,
1980: p. 452).
Además de lo expuesto hasta aquí, se han realizado otros estudios parciales
sobre las relaciones económicas bilaterales que Argentina sostuvo con alguno de los
países que buscamos estudiar. Dentro de las mismas – y excluyendo obviamente a Gran
Bretaña -, la producción bibliográfica se ha concentrado mayormente en Estados
Unidos. Claro que el flujo de inversiones norteamericanas se conocía y estaba patentado

Página 4
estadísticamente desde temprano (Lewis, 1938), pero cabían realizarse interpretaciones
que escaparan a la mera mirada desde el socio del norte. Aunque con diferentes
perspectivas y modos distintos de abordaje, los autores Whitaker (1956), McGann
(1960) Peterson (1970), Rapoport (1980), Escudé (1983), Tulchin (1990) y Norden &
Russell (2002), son algunos de los ejemplos de quienes plantearon la relación bilateral.
Existe, asimismo, una interpretación - ya clásica – que ha analizado estos vínculos pero
mediatizados por un triángulo comercial en el que el tercer actor es Gran Bretaña (Fodor
& O´Connell, 1973, Raúl Gracía Heras, 1978).
Si analizamos la importancia relativa del comercio exterior de Argentina en el
conjunto de países latinoamericanos en relación a Estados Unidos, notaremos que en las
exportaciones hacia el país del norte, entre 1895 y 1948, nunca exhibió resultados que
llegasen siquiera al 10% relativo, y en las importaciones sucedió lo mismo, a excepción
de los años 1913, 1929 y 1938, cuyas cifras fueron del 20%, 23% y 15%,
respectivamente (Cardoso & Pérez Brignoli, 1999: p. 132 y 133). En general, las
exportaciones argentinas a Estados Unidos sólo podían estar compuestas por materias
primas en estado elemental o por productos semielaborados. Hasta 1900 los cueros
dominaron el primer lugar, seguidos por la lana sucia y, en tercer lugar, por el extracto
de quebracho. Estudiado el comercio exterior de exportación con Estados Unidos – en
términos del conjunto de socios comerciales de Argentina -, notamos que las cifras
nunca alcanzan los dos dígitos, a excepción de los años de la Gran Guerra y la
inmediata posguerra – en que, sin embargo, con esfuerzo llegan al 20% - y en la
segunda mitad 1930, pero con un máximo del 15%. En el comercio de importación,
hasta la primera década del siglo XX se exhibe un promedio del 13%, cifras que se
elevan considerablemente durante la I Guerra Mundial alcanzando picos del 35% y que,
a pesar de que disminuyen en los años siguientes, atraviesan la década de 1920 en un
promedio del 25%, para descender estrepitosamente al 15% como máximo en el decenio
de 19304, probablemente ligado a los efectos de la crisis económica.
Si tuviésemos que estudiar las inversiones de capitales norteamericanos en
Argentina desde los primeros años del siglo XX en adelante, notaríamos la diversidad
como primer rasgo característico, más aún desde la década de 1920. Un posible punto
de partida pueden haber sido las inversiones en frigoríficos desde 1907, pero pronto, se
extendieron al negocio petrolero, al minero (tungsteno, plomo y zinc por ejemplo), a la
electricidad desde que la Cate cayó en manos del trust internacional Sofina – compuesta
por capitales belgas, alemanes, suizos y norteamericanos -, a otras industrias
alimenticias, a la metalurgia, a las industrias de productos eléctricos, a las compañías
editoriales, las radiocomunicaciones, las compañías de seguros y el transporte marítimo
(Fuchs, 1958)
Es claro, entonces, que la importancia de Estados Unidos pasó por las
inversiones directas en industrias manufactureras. Hacia 1929, el 7% de las inversiones
totales norteamericanas estaba dirigido a América Latina, y de este porcentaje, el 25%
tuvo por destino Argentina (Rowthorn et al., 1973: p. 148). Si hacemos una
comparación, es posible notar que entre los principales inversores, Estados Unidos

4
Información extraída del análisis de los Anuarios Generales de… Op. Cit.

Página 5
desplazó a partir de mediados de 1920 a Alemania y Francia, quedando en segunda
posición como inversor en el país (Phelps en Giménez Zapiola, 1975: p. 333). Dentro de
los capitales de este origen, si los empréstitos públicos de corto plazo fueron los
protagonistas entre 1914 y 1924, a partir de entonces, llegaron capitales de largo plazo
y, desde 1928, fueron mayores las inversiones privadas.
Para la relación económica entre Argentina y Francia ha sido importante el
aporte realizado por Andrés Regalsky (2002) ya que, para el período 1880 – 1914,
realizó un estudio integral del flujo de inversiones financieras; así como el análisis en
determinadas regiones geográficas, tal es el caso de las inversiones francesas en
ferrocarriles, en general (Regalsky en Amaral &Valencia, 1999) y en Santa Fe en
particular (Regalsky, 1995).
En el período analizado por Regalsky, las inversiones directas fueron entre el
10% y el 20%, lo cual no significa que las inversiones de cartera hubieran sido
indirectas. Los primeros empréstitos del siglo XX fueron operaciones de conversión que
buscaron reemplazar los títulos de mayor interés público emitidos luego de la crisis por
otros de renta más baja. Recién en 1908 se efectuaron operaciones que implicaron el
ingreso de nuevos fondos, relacionados con la reactivación de las obras públicas. La
hipótesis que ha manejado el autor es que los capitales franceses y alemanes – a
diferencia de los británicos – tuvieron un interés más financiero que ligado al comercio
tradicional.
Sobre la relación germano - argentina la obra de Ricardo Weinmann (1994) ha
explicado la neutralidad seguida durante la Primera Guerra Mundial por los distintos
gobiernos argentinos a partir de los lazos políticos, culturales y – sobretodo –
económicos que Argentina mantenía con Alemania. También resulta de importancia
para estudiar la relación entre ambos países la obra de Ronald Newton (1995), quien ha
analizado las relaciones externas entre la preguerra y Segunda Guerra Mundial
mediadas por la presencia de Estados Unidos y Gran Bretaña. Uno de los trabajos
pioneros para mostrar la importancia creciente de los capitales alemanes en Argentina
en la primera mitad del siglo XX ha sido la obra de Luis Sommi (1945), quien ha
trabajado minuciosamente su desarrollo desde fines del siglo XIX hasta la década de
1940, destacando la participación de los mismos en los siguientes rubros: comercio,
bancos, electricidad, transportes, construcción, sector agropecuario, industrias química y
azucarera. La hoy polémica hipótesis del autor es que, desde fines del siglo XIX,
Alemania buscó “germanizar” América del Sur. Para ello, en Argentina se instalaron
distintas fábricas e instituciones financieras, llegando los capitales, primero, a empresas
de transporte y como préstamos al estado y municipales. Con el estallido de la I Guerra
Mundial, los capitales se ubicaron en industrias, ampliando las existentes, creando
nuevas (acero, electricidad y química) o en las nacionales (azúcar, ganado y cereales). Y
si durante la contienda, el comercio bilateral desapareció porque las escuadras aliadas
dominaron el Atlántico y la producción alemana se concentró en la guerra, en la década
de 1920 se recuperó superando los índices previos.
Existen, asimismo, obras dedicadas al estudio de los vínculos entre Argentina y
España. Aún cuando la mayor parte de ellas están orientadas a períodos posteriores al
que nosotros trabajaremos, es posible encontrar trabajos, por ejemplo, para los primeros

Página 6
años del siglo XX (Rivadulla Barrientos, 1992; Fernández, 2004). También hay trabajos
para la relación de Argentina e Italia, matizada por el rol de la inmigración en el país
(Mercadante, 1970, Nascinbene, 1988, entre otros).
El tema de la inmigración debiera ser revisado y tomado en consideración dentro
de nuestro proyecto. El proceso de migración europea 1820 – 1930 significó un amplio
movimiento de personas por el mundo occidental sin precedentes5.
Sin entrar en los debates actuales sobre la temática, quisiéramos destacar que la
importancia de la inmigración para nuestro estudio podría estar vinculada a tres
cuestiones. La primera, relacionada con la posibilidad de que un porcentaje relevante de
las importaciones estuvieran ligadas a los gustos y costumbres culturales de los distintos
grupos inmigrantes, aunque esta hipótesis ha sido ya criticada por la no automática
relación entre el coeficiente de importaciones y el número de extranjeros de una
comunidad determinada, ya que tendrían que cotejarse – para su análisis - otros factores
como la mejora en la competitividad en calidad, precios y condiciones de pago, fluidez
y regularidad de servicios navieros de carga y el apoyo del estado (Fernández & Moya,
1999: p. 142). La segunda, ligada a las inversiones extranjeras, pues muchos de los
bancos étnicos que se instalaron entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX –
como el Banco de Italia, el Banco Francés, el sirio – libanés y el español -, que no
necesariamente fueron estrategias de identidad, sí prestaban a los connacionales y desde
allí se hacían las remesas. Y por último, y quizás de mayor dificultad para los límites y
alcances de nuestra empresa, la existencia de redes privadas con vinculaciones a ambos
lados del Atlántico que hayan intervenido en el comercio exterior.
Si enmarcamos, además, nuestro análisis acerca de la inmigración en relación
directa con los vínculos económicos internacionales del país, y atendiendo a responder
al tradicional papel que se le ha otorgado a Gran Bretaña en los mismos, cabría
señalarse que, según H. S. Ferns, la ausencia de una inmigración masiva anglosajona – a
diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos, Canadá o Australia – impidió la
modificación de caracteres de comunidades mediterráneas y de su cultura política. A su
vez, para el autor, ello puede ser un elemento para comprender el vínculo anglo-
argentino, ya que las conexiones económicas fueron primordiales en contraste con lazos
políticos ausentes (Ferns en Hennessy & King, 1992: p. 49 y 50). Y estas ideas, nos
adentrarían en un debate – quizás en la primera etapa de nuestro proyecto periférico al
mismo pero que no podríamos dejar de señalar – acerca de la posibilidad de aplicar
explicaciones culturalistas para entender el desarrollo del país y que pondrían en
perspectiva su desempeño con otras naciones que, durante la primera mitad del siglo
XIX, exhibían resultados similares como el caso de Canadá y Australia.
La idea de que Argentina – al igual que otras áreas de similares rasgos tales
como Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Uruguay – se vio beneficiada del
boom secular del comercio y la producción internacionales entre 1820 y la I Guerra

5
De los 56 millones que viajaron al continente americano, llegaron 6.5 millones a Argentina, reportando
el dato estadístico más alto en términos relativos. De hecho, al estudiar los censos de población realizados
en 1869, 1895, 1914 y 1947, es posible notar que la población aumentó no por el crecimiento vegetativo -
pues si bien cayeron las tasas de mortalidad y morbilidad, también lo hicieron las de natalidad - sino por
los saldos migratorios.

Página 7
Mundial por la migración de factores (Cardoso & Perez Brignoli, 1999: p. 108),
pareciera ser una base de la que partir a la hora de contextualizar la etapa de expansión
agroexportadora.
Desde 1890 Argentina experimentó saldos positivos anuales en el comercio de
capitales, pues se había transformado en exportadora con tasas de interés bajas, lo cual
derribaría la creencia de la escasez de capitales locales en el Río de La Plata - que
fueron, incluso, los que alentaron la temprana industrialización. En este sentido, es
destacable la creación del Banco de la Nación Argentina tras la crisis económica. Ello
no quiere decir, no obstante, que los mismos no fuesen importados. De hecho, existieron
distintos proveedores, más allá de los conocidos capitales ingleses, como los
norteamericanos, italianos y alemanes – estos últimos invertidos en determinados ramos
en los que tenían ventajas comparativas.
A la supuesta verdad incuestionable de que las casi tres décadas y media que
recorren desde 1880 hasta 1913 – más allá de altibajos propios de cualquier economía –,
significaron un crecimiento extraordinario para Argentina (Roberto Cortés Conde,
1994), cuyo motor fue el comercio exterior, hoy le surgen opositores. La nueva
historiografía sospecha que el período de bonanza pueda ubicarse en las últimas décadas
del siglo XIX. De hecho, el lapso 1873 – 1895 es visto como una época de gran crisis,
en la que las inversiones británicas llegaron porque no tenían mayores opciones como
destino y, según autores como A. Ford o H.S. Ferns, los frutos de capitales que llegaron
para la infraestructura en los 80s se advirtieron recién en las décadas siguientes. De esta
manera, y en contra de hipótesis institucionalitas, se sostendría que Argentina no crecía
tanto como se ha creído y que las riquezas de las exportaciones de cereales y carnes
comenzaron a recogerse desde 1900. En esta línea de argumentación, lejos del orden
que tradicionalmente se ha retratado a partir de 1880 como corolario de la consolidación
del estado nacional, se podría sostener que el inicio del crecimiento se registró en un
clima de desorden, inestabilidad institucional e incumplimiento de los contratos
(Gerchunoff et al., 2008).
Pese a las actuales críticas al institucionalismo - muchas veces dirigidas por la
imposibilidad de explicar la relación directa entre la estabilidad institucional y el
crecimiento económico -, y que rebajemos, en todo caso, la idea de que las reglas de
juego capitalistas estables conlleven al crecimiento económico del país, no podemos
dejar de sostenerla en algún punto. Pues, si bien es cierto que – dejando de lado los
matices regionales – Argentina creció antes y después de la supuesta administración
roquista, tenida tradicionalmente como paladín del orden administrativo, y que no
siempre los índices de crecimiento positivos se enlazaron con situaciones institucionales
estables – que, de todas maneras, ello habría que precisarlo – no podemos dejar de
señalar la importancia de un mínimo de seguridad jurídica para la llegada de capitales
extranjeros. De hecho, en su ya clásico trabajo Fred Rippy (1959) ha señalado que en
1880 el 68% de las libras esterlinas invertidas en América Latina fueron destinadas a
préstamos a los gobiernos, siendo los porcentajes del 46% y del 32% para los años 1890
y 1913, y que ello se debió al compromiso estatal de un rendimiento mínimo que, de no
alcanzarse, era compensado por los fondos públicos.

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Analizando los años previos a la I Guerra Mundial, los resultados indican que,
entre 1900 y 1914, y con la sola excepción del año 1911, la balanza comercial argentina
exhibió saldos positivos. Entonces, el comercio exterior reflejó la estructura productiva
del país, es decir, fueron exportados mayoritariamente bienes primarios y se importaron
bienes de capital y de consumo – generalmente - no producidos en Argentina. Entre los
principales productos que Argentina exportó en el período que nos interesa, destacaron:
lino, maíz, trigo, carne y lana. Dentro de este esquema, Broadberry y Crafts (1992)
estudiaron los mercados británicos de carnes y de granos, llegando a la conclusión de
que Argentina se convirtió en gran proveedor por las nuevas tecnologías del transporte y
por la desaparición del rol hegemónico de Estados Unidos como exportador de
alimentos, ya en la etapa pre-bélica. Según datos proporcionados por Vicente Vazquez –
Presedo, la razón importación – exportación cambió entre 1889 y 1912 en una
proporción de 33/24 y 77/96 a nivel general, y de 38/12 y 96/166 para el comercio
británico (Vazquez Presedo, 1968: p. 2)
Más allá de que nosotros atendamos a la idea de expansión en la economía
agroexportadora en el plano exterior, no dejaremos de hacer referencias permanentes y
necesarias al marco doméstico. En este sentido, Cortés Conde ha sido uno de los
primeros en señalar la importancia de estudiar los modos y medios que operaron
configurando el espacio, el mercado nacional de mercancías y los factores de
producción (Cortés Conde: 1979, p. 9). En este sentido, el autor concluyó que la
actividad agropecuaria en el país se desarrolló a partir de 1890 no sólo por la oferta de
recursos preexistentes, sino por la incorporación de factores desde el exterior (Cortés
Conde, 1969: p. 10). En una mirada tal vez complementaria a esta premisa propuesta
podríamos ubicar el análisis de Roger Gravil que destacó la demanda de las naciones
industrializadas para alentar la exportación de materias primas en países como
Argentina (Gravil, 1970/1: p. 396).
Si por un lado, la extensión de la superficie cultivada no explicaría por sí misma
el aumento de las exportaciones agropecuarias, sino que rendimientos crecientes se
habrían debido a la mejor organización en la producción, a su vez, ligada a la aplicación
de nuevas tecnologías (Roberto Cortés Conde en Gallo & Ferrari, 1980); por el otro,
debiéramos enumerar los siguientes elementos: disminución de los costos de los fletes
marítimos y acondicionamiento para productos congelados, incorporación de mano de
obra, tierras y capitales, un marco político estable, contexto internacional de Pax
Britannica y liberalismo gubernamental en comercio y movilidad de factores de
producción (Carlos Díaz Alejandro en Gallo & Ferrari, 1980).
Para explicar el período 1880 - 1914, A. G. Ford entendió que Argentina se
convirtió en la principal exportadora de materias primas por la especialización
productiva, dados su ventaja relativa y el rápido desarrollo de un área limitada de
producción. Según el autor, el boom fue financiado por las inversiones extranjeras y su
principal contribución fue la creación y expansión del servicio de transporte (Ford en
Gallo & Ferrari, 1980: p.497 y 501). Por otra parte, inclinado por la versión que otorga
un rol fundamental a la formación de mercados de capitales y al volumen de inversiones
extranjeras que arribó al país, se encuentra el trabajo de Guillermo Vitelli (1999).

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Las inversiones británicas habían retomado el rumbo a Argentina en 1860,
frenándose en la década siguiente y, luego, continuaron como un boom con pequeñas
crisis en 1885/6 hasta 1890, momento en que tuvo lugar un espectacular crash
financiero, del que Argentina pudo salir y expandirse, a costa del comercio exterior,
particularmente desde 1905. Según datos proporcionados por Herbert Feis, hacia 1914,
del total de 756 millones de libras esterlinas invertidos por Gran Bretaña en América
Latina, 319 millones correspondían a Argentina (Feis, 1965: p. 23). Es destacable que
los capitales británicos dominaran, a través de reconocidas firmas internacionales, el
comercio minorista de bienes de consumo hasta entrada la década de 1920 (Gravil en
Giménez Zapiola, 1975).
La Primera Guerra Mundial afectó profundamente a la economía argentina, dado
que declinó el flujo de capital, mano de obra y manufacturas antes proveniente de
Europa – aunque el descenso no repercutió en todos los rubros por igual. Esta cuestión
ha significado una especie de “bisagra” entre lo que habitualmente fue retratado como
una economía internacional “liberal” y que, posteriormente, dejó de serlo en forma
estructural (Aldcroft, 1980; Kindelberger, 1992; Hobsbawm, 2006, entre otros). La I
Guerra Mundial fue, quizás, un factor primordial en las decepcionantes direcciones que
siguió Argentina durante esa década, por ejemplo, disminuyó en 6/7 partes la
importación de maquinaria pesada y equipos de fábrica y en 2/3 la importación de
carbón (Van Der Kerr, 1974: p. 10).
A partir de la I Guerra Mundial, es claro que las inversiones británicas debieron
competir con las que procedían de otros países de Europa Occidental y de Estados
Unidos (Cisneros & Escudé, 2000). Pero, como se señalara anteriormente, ya desde
comienzos del siglo XX, la presencia francesa y alemana fue significativa (Regalsky,
1986), y el capital de Estados Unidos se hizo presente particularmente en el negocio
frigorífico. Como se sabe, entre finales del siglo XIX y la I Guerra Mundial, las
inversiones norteamericanas se quintuplicaron, pero sus principales zonas de destino
fueron México y Canadá (Underwood Faulkner, 1956: p. 637/8). La enorme expansión
de la industria y la agricultura durante la contienda favoreció la triplicación del
comercio exterior norteamericano que, desde entonces, suplió a Alemania en algunos
países de América Latina.
La conflagración constituyó un punto de inflexión en las relaciones
anglosajonas. Desde entonces, fue notoria la pérdida de preeminencia de Gran Bretaña
en algunos rubros comerciales, tales los casos de ciertos productos manufacturados. Los
efectos más resonantes de la I Guerra Mundial sobre la economía británica bien podrían
resumirse en dos problemas a abordar por el estado y la sociedad de entonces:
relocalizar las relaciones económicas de las industrias declinantes y restaurar la
expansión (Williams, 1971: p. 18). Después de la I Guerra Mundial - y aunque
Inglaterra continuase dominando el stock total, acumulado anteriormente en el rubro
ferroviario (Phelps; Rippy, 1959) - la verdadera dinámica de inversiones se originó en
Estados Unidos, con destinos más variados, entre los que se ha destacado la nueva
industria (Skupch, 1975; Caputo de Astelarra, 1984; Rocchi, 2006). Sin embargo,
prevaleció la tradicional idea de que la dependencia del mercado inglés restringió la
llegada de inversiones estadounidenses, cuyos capitales se dedicaron al negocio

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frigorífico, al sector eléctrico y a los préstamos a los gobiernos nacional, provinciales y
locales (Sommi, 1949). Los capitales norteamericanos se dirigieron a la industria
extractiva con el establecimiento de la International Cement Co. y la Standard Oil en
1917 (Mayo et al., 1976). En los 20s los inversores compraron acciones en las
compañías de ferrocarriles inglesas y se orientaron a los títulos públicos, además de las
consabidas filiales de empresas automotrices y de montaje de productos
electromecánicos.
Aún cuando Roberto Cortés Conde haya afirmado que desde la década del `20 se
inició un período de inestabilidad, también reconoció que el efecto que tuvo sobre la
inversión el hecho de que en la posguerra Gran Bretaña no continuara siendo la mayor
fuente de ingreso de capitales fue probablemente exagerado, por cuanto la estructura
principal ya estaba, sólo fueron necesarias inversiones de menor magnitud, que
pudieron proceder de otros países (Cortés Conde, 1998: p.31).
Durante el decenio de 1920 Argentina participó activamente en el comercio
internacional. Gerchunoff y Llach (2007), en términos de crecimiento comparado, han
argüido que hasta 1917 – sequía y I Guerra Mundial mediante – se dio una
convergencia, que se retomó en la década del `20 y que sucumbió ante la crisis del `30 –
alterada por la bonanza en los precios. Distinta ha sido la mirada de O´Connell (1984),
quien no encontró a la década del `20 como próspera y armoniosa, sino que la consideró
como un eslabón más del ciclo económico al que el país se hallaba expuesto por su alto
grado de apertura.
Adentrándonos, entonces, en el debate sobre el desempeño económico argentino
en entreguerras, pero fundamentalmente en la década de 1920, hallamos dos miradas
diferentes. Por un lado, la propuesta de Carlos Díaz Alejandro (1983), para quien la I
Guerra Mundial sólo constituyó un paréntesis en la etapa dorada de la economía
argentina. En este sentido, el autor se ubicaría en la idea de continuidad, al igual que
Arturo O´Connell para quien, sin embargo, se trató de un momento en que se vio
reflejada la alta dependencia de los vaivenes de la economía internacional. En el
extremo, estaría Roberto Cortés Conde que, lejos de plantear una línea de continuidad,
marcó las diferencias del período señalando las rupturas.
Entre las interpretaciones pesimistas del comercio exterior, podríamos citar la
vertida por Guido Di Tella y Manuel Zymelman (1973), bajo la cual la fase 1914 – 1932
- en una mirada comúnmente entendida como rostowniana, a su vez influida por la
Escuela Histórica Alemana – constituyó la “gran demora”, momento en que estaban
dadas las condiciones para el take off y las mismas fueron obstaculizadas. Di Tella
compartía las ideas con Bunge acerca de que el crecimiento en el país se pudo lograr
mientras se incorporaran tierras y que, una vez agotada la “frontera agrícola”, los
gobiernos debieran haber encarado políticas industrialistas. Esta premisa también es
afirmada por R. Cortés Conde, para quien, sin embargo, la demora se asemeja más una
desaceleración que al rezago que, según el autor, se podría ubicar luego de la II Guerra
Mundial. En esta línea, se ha expresado que en la década de 1920 los gobiernos
centrales no fueron tan activos porque ello no era necesario como sí lo sería un decenio
más tarde. El crecimiento – advertido en la importación de bienes de capital - estaba
presente desde 1917, se frenó con el shock de la Gran Depresión y retomó su rumbo

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desde 1932 para frenarse en 1948. En tal caso habría que discernir entre crecimiento
industrial e industrialización y ello nos llevaría a un debate que escapa a los fines de
nuestra empresa.
Otra manifestación visible de tan repentino y hostil efecto fue el súbito freno en
el valor de las exportaciones: crecieron apenas un 3% promedio anual entre 1918 y
1928, en contraste con valores del orden de 10% en las primeras dos décadas del siglo.
Podría argumentarse que la evolución de las exportaciones de acuerdo a sus tasas
promedio de crecimiento esconde el hecho de que hubo ciclos de marcada expansión y
retracción durante la década: las ventas al exterior se recuperaron considerablemente
entre 1921 y 1924, y entre 1926 y 1928 –dando la impresión, sobre todo en este último
episodio, de que se había regresado a la normalidad reinante antes del conflicto. De
cualquier forma, un dato es contundente: al finalizar los veinte las exportaciones no
superaban sus niveles de diez años atrás (Gerchunoff & Aguirre, 2006: p. 15 y 16).
Más allá de que no nos adentremos en profundidad en la discusión acerca de los
posibles orígenes de la decadencia argentina, no dejan de ser interesantes las
conclusiones vertidas sobre el asunto porque ello nos remite a una idea que sería
importante de considerar en nuestro estudio, vinculada a las posiciones relativas del país
en relación a otras economías nacionales. Al parecer hasta finalizada la primera mitad
del siglo XX a Argentina no le fue tan mal, lo cual contrasta con la hipótesis clásica y
alimenta la premisa de que el deterioro relativo de Argentina se daría con cierta
independencia de las políticas económicas que se apliquen.
Además, la década de 1920 es particularmente interesante a los fines del
presente proyecto porque pone en tela de juicio un argumento standard que sostiene que
la rivalidad entre Estados Unidos y Argentina se debió al carácter competitivo de sus
economías. Y, si bien ello puede ser parcialmente cierto para las últimas décadas del
siglo XIX en que ambos países vendían en el comercio internacional similares
productos agropecuarios, la situación cambió cuando en Estados Unidos cristalizó el
proceso de industrialización. No sólo las importaciones argentinas se componían por
proporciones cada vez más crecientes de productos norteamericanos, sino que capitales
de ese origen llegaron para radicarse en diversas inversiones en el comercio de carnes
(Hanson, 1938; Smith, 1968) y de granos.
En los 20s el comercio de carnes estaba en manos de compañías extranjeras
norteamericanas (Swift, Armour y Morris), inglesas (Vestey Brothers, Smithfield y
Argentine Meat Co.), angloalemanas (Meat Co. Ltdt.) y anglofrancesas (Sansinena).
Hacia 1923, las empresas estadounidenses se encargaban del 52% de la exportación y
las inglesas del 25% (Gravil, 1971: p. 396). En la I Guerra Mundial destacaron el auge
de los monopolios norteamericanos de carne y su control, lo cual generó escasez de este
producto para el mercado británico. La contienda aumentó artificialmente el precio del
ganado – y ello reportó 4 veces más ganancias para las cinco compañías
norteamericanas que en los niveles de preguerra (Van Der Kerr, 1974: p. 119/120, 131).
El comercio de granos parecía estar más repartido, pero en la práctica sólo tres empresas
multinacionales retuvieron una proporción abrumadora de las exportaciones de trigo,
maíz, lino y avena (Bunge & Born Ltda., Louis Dreyfus & Cía. Ltda. y Luis de Ridder
Ltda.). En un estudio dedicado al impacto de la I Guerra Mundial en Brasil, Perú, Chile

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y Argentina, Albert Bill expresó que en los años inmediatamente anteriores a la
conflagración, más allá de la alta dependencia del mercado externo británico, la
comercialización y el proceso de exportación estaban dominados por compañías
extranjeras (Bill, 1988: p.14) – la exportación de granos estaba dirigido por 9
compañías, de las que las llamadas Big Four controlaban el 65% de los embarques, y el
meat – packing estaba controlada en 32.5% por capitales británicos y el 42.6% por
norteamericanos.
Como sea, y más allá de los resultados que exhiba a posteriori nuestra
investigación no deja de sorprender al lector del período que hacia 1929 – y luego de
atravesar duras coyunturas – Argentina fuese uno de los países más exportadores del
mundo, estando dentro del índice de exportaciones per cápita en noveno puesto, sólo
superada por pequeños países de Europa occidental como Dinamarca, Bélgica, Holanda,
Suiza y Suecia y por los tres dominios británicos Canadá, Australia y Nueva Zelanda
(Llach, 2006: p. 9).
El decenio de 1930 es importante de ser analizado por varios motivos. En primer
lugar, estuvo caracterizado por el proteccionismo en la economía internacional, en
general, y Argentina no escapó a esta tendencia. Desde el Estado, se tomaron medidas
propensas a la intervención en asuntos económicos (aumento en aranceles, incremento
de tasas de correo y telégrafos, impuestos a transacciones entre empresas, gravamen al
combustible, compra de granos a precio sostén, creación de Junta de Granos y Carnes y
restricciones al movimiento de divisas, entre otras). En segundo lugar, en esta época se
firmó el ya mencionado Pacto Roca – Runciman que dejó un reguero de
interpretaciones historiográficas desde sus negociaciones hasta nuestros días.
Comúnmente las críticas al convenio se concentraron sobre las leyes de coordinación de
los transportes y la dependencia del mercado único, con lo que se violaba la soberanía
económica (Galasso et al., 1969).
Ello puede explicarse, aunque parcialmente, por el predominio – más aún en
América Latina - de las teorías del imperialismo y la dependencia hasta la década de
1970/80, así como por una visión basada en el papel del comercio y - especialmente –
de las inversiones británicas en el siglo XIX, cuando fueron cruciales para el
crecimiento de ciertos sectores económicos del país, o por la perspectiva que enfatiza el
vínculo británico observando la etapa 1900 - 1930 a la luz del acuerdo Roca –
Runciman, la Gran Depresión y la II Guerra Mundial.
La visión pesimista de la economía argentina permeó la historia económica toda,
al punto que algunos análisis como los de política agropecuaria (Fienup et al.: 1972: p.
19). Desde esta perspectiva, recién en los 30s se advierte una diferencia en las políticas
asumidas, con el “proteccionismo a la inversa” y con los movimientos cooperativistas
que asestaron un duro golpe a los consorcios exportadores - para los autores de esta
línea, vinculados a sentimientos proyanquis y al anti – imperialismo británico (Pereira,
1983).
Sin entrar en una crítica a las teorías más clásicas de la dependencia que
actualmente han caído en desuso como las versiones de Gunder Frank o Peter O´Brien,
podríamos precisar, sin embargo, que algunas de las ideas básicas de esta corriente de

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pensamiento han permeado la visión sobre la historia económica latinoamericana, en
general, y argentina, en particular.
Dentro de los enfoques dependentistas existirían en el ámbito de las relaciones
económicas internacionales, al menos, dos instrumentos que vehiculizarían relaciones
desfavorables a los países periféricos: el comercio y las inversiones. Si en el primero,
las características salientes serían la tendencia a la baja de los precios de los productos
primarios exportables, la menor capacidad tecnológica y la manipulación de políticas
comerciales por parte de los países centrales; en el segundo las altas tasas de interés y
rentabilidad en los países periféricos, así como las inversiones orientadas según las
necesidades de los países dominantes, constituirían los rasgos más notorios. Las
hipótesis Prebisch – Singer6 que conducen al deterioro de los términos de intercambio
para los países productores de bienes primarios no sólo dependerían del bien en
cuestión, sino que no fueron totalmente plasmadas en la realidad pues, en una visión de
largo plazo, algunos productos tendieron a la baja y otros se incrementaron. Y si no
reparásemos en los precios, y lo hiciéramos en las cantidades exportadas, ello estaría
sujeto, en última instancia, a los distintos grados de apertura de los países importadores.
Una de las críticas predominantes a los enfoques dependentistas es la
consideración de la sumisión a los mercados y capitales externos sin tomar en
consideración la evolución del mercado interior así como la falta de una respuesta
alternativa al devenir histórico, es decir, si luego de la independencia del siglo XIX la
región del Río de La Plata se dedicó a la producción y exportación de materias primas
como lanas, cereales y carnes destinados a los llamados “centros hegemónicos”, cómo
podría ello haberse alterado en las postrimerías del siglo XIX y primeras décadas del
siguiente si los términos de intercambio para los productos alimenticios fueron
favorables entre 1896 y 1929, a excepción del lapso 1920 – 1924 (Platt, 1980: p. 443).
Del mismo modo, cabría la pregunta sobre qué otro rumbo podrían haber tomado los
capitales extranjeros que arribaron al país en esos años si no eran destinados a la
producción primaria.
También existen consideraciones de que la absoluta dependencia de la economía
argentina agropecuaria del mercado inglés frenó la expansión de Estados Unidos en
Argentina, dado que los jerarcas de Wall Street habían reconocido al país como área de
la libra, lo cual explicaría el Pacto Roca- Runciman (Sommi, 1949: p. 79).
En otro ángulo de análisis, Mario Rapoport (1976) también ha sostenido que la
influencia británica aumentó con la firma del Pacto Roca – Runciman, gracias a la cual
los gobiernos locales se empeñaron en una batalla permanente con el Dpto. de Estado
norteamericano, cuyas secuelas más notorias se podrían advertir en las conferencias
panamericanas. Sin embargo, el autor marcó el desplazamiento de las exportaciones
británicas por las procedentes de EE.UU desde la década del `20, así como su
declinación proporcional en inversiones comparadas con las norteamericanas o de otros
países europeos.

6
Las ideas de estos autores apuntan a la baja elasticidad ingreso de la demanda por productos primarios
y/o mayor poder de mercado para defender precios y salarios en las empresas y sindicatos de países
desarrollados.

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Interpretaciones más actuales continúan explicando la política exterior argentina
de los 30s frente a los británicos por su importancia como mercado de carnes, lo cual
podría haberse relacionado con la asignación de las divisas entre usos competitivos (de
Paiva Abreu, 1980: p. 545, 551-2).
Nuestro idea sería, entonces, matizar – y no por ello negar - una visión
tradicional – que, sin embargo, aparece muchas veces tamizada en estudios más actuales
– que señalaría que la decadencia de la economía británica – claramente marcada en su
desempeño desde la I Guerra Mundial – habría arrastrado consigo a la economía
argentina. Según Gerchunoff y Aguirre en los diez años que siguieron al cese del fuego,
las economías se mostraron tanto o menos volátiles que hasta 1914 - con la excepción
de Inglaterra, que acusaba notoriamente la pérdida de liderazgo en la economía global
(Gerchunoff & Aguirre, 2006: p.14), arrastrando a países dependientes de la misma
como Argentina. Mario Rapoport ha señalado que desde las últimas décadas del siglo
XIX, Estados Unidos apareció como competidor de Gran Bretaña. Hacia 1930, cuando
el resto de los países latinoamericanos quedó bajo el área de influencia norteamericana,
Argentina con el lema “comprar a quien nos compra” recreó el área de la libra esterlina
y, con ello, estrechó su relación con los británicos (Rapoport, 1988: p. 48/9). Nuestra
propuesta parte de la idea de que, si bien Inglaterra reforzó su posición de compradora
de los productos argentinos en las primeras décadas del siglo XX, su participación
relativa se acentuó en el primer quinquenio de la década de 1930. Y ello se explica más
por el declive en las compras de los otros grandes partenaires comerciales de Argentina
(Francia, Alemania y Estados Unidos) que sufrieron más fuertemente la Gran
Depresión, que por el aumento en las exportaciones hacia Gran Bretaña. Sobre esta
línea, especial dentro de nuestro esquema de investigación, querríamos detenernos para
precisar que, entre otros motivos que no olvidaríamos – y que, de hecho, serán puestos
en el escenario de nuestro proyecto -, ante las circunstancias de la economía
internacional en el primer lustro de la década de 1930, volcarse al mercado inglés fue un
recurso del gobierno nacional para eludir el momento más agudo de la crisis. Incluso,
que Inglaterra hubiera abandonado el patrón oro, al menos en el corto plazo, favoreció
su posición en el comercio exterior (Williams, 1971: p. 72).
Desde finales de los 20s el mercado británico asumió un rol trascendental para la
exportación de carnes. En 1926 Estados Unidos tomó medidas proteccionistas
perjudiciales para este tipo de productos; en 1927 Francia, Bélgica e Italia aumentaron
las tarifas y Alemania disminuyó sus compras. La tendencia hacia el mercado británico
fue más notable en las carnes enfriadas dadas las distancias desfavorables para otros
competidores como Nueva Zelanda o Australia.
El nacionalismo económico imperante desde fines del `20, entre otros elementos,
incluyó proteccionismo agrario que – en las relaciones económicas internacionales – se
tradujo en cuotas a la importación, primas, aumento de aranceles y control de cambios.
Las exportaciones agropecuarias argentinas fueron afectadas por distintas vías según los
destinos. Dentro de los cereales, el mercado más dinámico fue el del maíz y los
declinantes fueron los de centeno, cebada y avena – de menor trascendencia para
Argentina. La lana fue otro producto dinámico, de gran recepción en Europa, pero que
contaba con otros competidores como Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. Si

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Alemania usó medidas paraarancelarias como las barreras sanitarias, Francia impuso
cuotas por países en las carnes, creó una sobretasa por las diferencias de cambios y
elevó las tarifas para la compra de trigo e Italia reafirmó su “batalla del trigo”
restringiendo la entrada de cereales foráneos, pero abierta a la entrada de carnes. Los
efectos más perniciosos en Estados Unidos fueron los que se suscitaron a partir de la
Ley Harvey – Smoot. En cuanto al principal mercado argentino, Inglaterra podríamos
enumerar la Abnormal Importations Custom Duties Act de 1931 (por seis meses se
aplicarían derechos protectores ad valorem del 100%), la Wheat Act y el
“proteccionismo imperial”, cuyo objetivo fue el aumento de los intercambios entre el
Reino Unidos y sus dominios. En la Conferencia de Ottawa Australia, Sudáfrica y
Canadá se quejaron por la competencia argentina, lo que llevó a la baja de la
importación de carnes ovinas y bovinas congeladas y enfriadas por cuotas trimestrales
(Conil Paz & Ferrari, 1964).
La Depresión afectó severamente a los mercados de trigo y carnes. Alemania,
Francia e Italia aumentaron sus aranceles, combinaron precios fijos, precios mínimos y
subsidios e impusieron a sus industrias harineras la obligación de comprar materias
primas nacionales. Además, el comercio de importación pasó a ser un monopolio
gubernamental. La reducción de las importaciones de carne en Alemania, Francia, Italia
y Bélgica fue mayor al 50% (Llach, 2006: p. 41- 42).
Aunque esto debiera constatarse empíricamente, a raíz de los primeros datos
analizados, podríamos arriesgar que ni el Pacto Roca – Runciman ni el Acuerdo de
Ottawa afectaron las exportaciones argentinas y de sus competidores, Australia y
Canadá, respectivamente.
Lógicamente, el Pacto Roca – Runciman no podría estudiarse sin considerar sus
aspectos colaterales como el control de cambios de 1933 que nació como resultado del
mismo. Si bien la medida conoce como antecedente inmediato la Comisión que se
formó para tal fin en octubre de 1931, la visita de D´Abernon – para menguar los
efectos del respetado principio por parte de Argentina de nación más favorecida -
constituyó un posible origen también. Generalmente, se sostiene que el control de
cambio fue una herramienta contra las mercaderías de otros países, mutando de
instrumento de política monetaria a política comercial discriminatoria (Salera, 1941: p.
68). Entonces, cabría preguntarse si efectivamente significó el derrumbe de las
importaciones norteamericanas, reforzando esto el bilateralismo comercial con la
declinante potencia británica (García Heras, 1985: p. 35). La idea no sólo es compartida
por la historiografía nacional, autores extranjeros como Derek Aldcroft han argüido que
el propio Acuerdo de Ottawa tuvo el efecto de generar en lo inmediato pactos bilaterales
– y el Tratado Roca – Runciman se incluye en esta línea – que, entre otros motivos,
buscaba competir con terceros mercados (Aldcroft, 1970: p. 293).
Uno de las ideas que hoy se expresan con mayor nitidez es que si el Pacto Roca
– Runciman falló en garantir una relación a largo plazo porque el reemplazo de los
capitales ingleses por los norteamericanos fue inevitable (Drosdoff, 1972: p. 154), al
menos tuvo conexión con la política doméstica, por cuanto los intereses de los sectores
ingleses compradores estuvieron en connivencia con un régimen que se mantuvo en el
poder por la fuerza (Mac Donald en Hennessy & King, 1992: p. 85).

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En 1934 la reapertura del mercado italiano sumado al pacto comercial con
Alemania, así como los acuerdos con Holanda, Bélgica, Suiza, Checoslovaquia y
España imprimieron dinamismo al comercio de carnes y cereales en el exterior. Según
Gravil, la recuperación coincidió con un momento de fuerte intervención estatal en que
se firmaron tratados bilaterales (Gravil, 1971: p. 426).
En todo caso, y para no entramparnos en miradas parciales, es cierto que, en una
mirada de larga duración de las relaciones económicas internacionales argentinas como
la propuesta, no podrían dejar de chequearse las cuestiones de préstamos de capitales a
nivel externo. También habría que incluir una mención a los temas fiscales y estudiar
los precios, las condiciones de exportación y los otros pactos comerciales firmados.
El presente proyecto parte, entonces, de las observaciones antes señaladas para
proponerse una reevaluación de las relaciones externas argentinas en la etapa a analizar.
Una revisión de los vínculos con los países mencionados de Europa continental y
Estados Unidos, contribuiría a dimensionar mejor la relación con Gran Bretaña, y así
comprender de manera más profunda el lugar de Argentina en el contexto internacional
de la época.
Nuestro objetivo general será, por lo tanto, llevar adelante una investigación que
permita tener una visión de conjunto de las relaciones económicas existentes.Desde
luego, la longitud del período a abordar, y la variedad de países a tratar, hacen
impensable cubrirlo todo con similar intensidad. Nuestro propósito es hacer una primera
aproximación que permita caracterizar las etapas, agrupar el tipo de relaciones
económicas externas (comercio, inversiones) con diversos actores. Con posterioridad, y
en base a esta primera visión, se optará por profundizar el estudio del vínculo con países
y períodos específicos, que sean claves para comprender el proceso. Las preguntas de
fondo serán 1) en qué medida la red de relaciones económicas de la Argentina con
diversos países moldearon sus políticas externas, 2) cuál fue la capacidad de influencia
que los distintos países tuvieron sobre las decisiones soberanas del país y 3) cómo se
planteó la Argentina estas relaciones. Podrá verse, también, hasta qué punto los cambios
en la política interna influyeron sobre las relaciones externas por razones ideológicas o
políticas, y hasta dónde éstas se basaron más bien en razones pragmáticas, vinculadas
con las situaciones económicas. Desde luego, teniendo en cuenta la forma en que
diferentes grupos de interés internos, lobbies políticos o ideológicos, etc. influyeron en
las decisiones adoptadas. En resumen, se trata de ordenar de manera sistemática las
estadísticas de las relaciones económicas externas, y revisar la documentación sobre los
vínculos en ese y otros niveles, para intentar comprender sus relaciones mutuas.

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