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Cuentos sobre los 7 Pecados Capitales

Este documento presenta dos historias cortas sobre los valores de la honestidad y la gratitud. La primera historia trata sobre un marcianito llamado Verdecín que mentía sobre sus habilidades de salto entre asteroides. La segunda historia cuenta la historia de una pala excavadora llamada Rudy que ayuda a sacar nieve de un pueblo a pesar de estar vieja y olvidada. Ambas historias intentan enseñar lecciones sobre la importancia de ser honesto y estar agradecido.

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Cuentos sobre los 7 Pecados Capitales

Este documento presenta dos historias cortas sobre los valores de la honestidad y la gratitud. La primera historia trata sobre un marcianito llamado Verdecín que mentía sobre sus habilidades de salto entre asteroides. La segunda historia cuenta la historia de una pala excavadora llamada Rudy que ayuda a sacar nieve de un pueblo a pesar de estar vieja y olvidada. Ambas historias intentan enseñar lecciones sobre la importancia de ser honesto y estar agradecido.

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ESCUELA SUPERIOR POLITÈCNICA DE CHIMBORAZO

FACULTAD DE MECÀNICA

ESCUELA DE INGENIERÍA INDUSTRIAL

Nombre:

Romero Pazmiño Luis Eduardo

Código:

6447

Fecha:

2019/11/10

Riobamba -Ecuador
-Amor
El amor es considerado como, sentimiento y es el valor más humano y sublime de todos pues
para que este sea cultivado se necesita el compendio de muchos otros, es universal y debe ser
compartido y procurado por todos, donde este siempre se tendera al bien.

El amor es un sentimiento fuerte y sincero, es entusiasmo positivo, es una necesidad del ser
humano, todo mundo debe y merece sentir amor… El amor nos hace humanos virtuosos y nos
aleja de nuestra animalidad.

Francisco y el mendigo
Había una vez, en Asís, Italia, un muchacho llamado Francisco, hijo de un importante mercader
de telas. Francisco atendía con frecuencia el negocio del padre, mientras este estaba de viaje a
Francia a las ferias locales, buscando mercancías para vender.

Mientras atendía la tienda de telas, Francisco solía quedarse enfrascado en diversas reflexiones.
Uno de estos días, mientras Francisco reflexionaba sobre cuestiones relativas al comercio, entró
en la tienda un mendigo.

-Una limosna, por el amor de Dios -dijo el mendigo-. Por el amor de Dios, una limosna para este
pobre hombre que no tiene qué comer.

Francisco, molesto por la interrupción - a nadie le gusta que un pobre hombre le interrumpa en
medio de sus sueños de riqueza y prosperidad - expulsó al mendigo.

-Fuera de aquí, andrajoso -le dijo-, no manches con tus sucias manos estas hermosas
mercancías.

El mendigo se fue y Francisco intentó volver a sus pensamientos. Pero una y otra vez estos se
veían interrumpidos por el recuerdo de aquel pobre mendigo. Al cabo de un rato, Francisco se
dijo:

-Pero, ¿qué he hecho? Si este mendigo me hubiera pedido algo en nombre de algún noble o de
alguna persona importante, le hubiera dado cuanto me pedía. ¡Con mayor razón debí darle una
limosna hacerlo cuando lo que pedía era en nombre del Rey de reyes y Señor de todos!

Y salió corriendo a la calle, en busca del mendigo. Cuando lo encontró, le cogió con amabilidad
por el brazo y le dijo:

-Disculpad mi falta de cortesía, buen hombre. Venid conmigo y os ayudaré.

El mendigo, agradecido, siguió a Francisco, que le obsequió con una abundante y generosa
limosna.

A partir de entonces, Francisco prometió que nunca más se negaría a ayudar a quien pidiera
ayuda en el nombre del Señor.
-Valentía
Valentía es el aliento o vigor en la ejecución de un acción. Por ejemplo: “Se necesita un hombre
de valentía para una tarea semejante”, “No tuve la valentía suficiente para enfrentar a Lord
Wilson”, “El bombero mostró su valentía al ingresar a la casa en llamas para rescatar a los
niños”, “El abuelo se curó gracias a los médicos y a su valentía”.

Cuco y la poción mágica


En una aldea vivía un matrimonio humilde. Se dedicaban a cultivar sus tierras y a cuidar del
ganado. Tenían un hijo y una hija que se llamaban Cuco y Carolina. Cuco siempre estaba junto a
su inseparable perro Pulguitas. Su hermana Carolina adoraba a su hermano y siempre le
acompañaba a todos lados. Era así porque Cuco era ciego y necesitaba la ayuda de otra persona
para moverse.

Les encantaba inventarse historias de piratas y simular que buscaban misteriosos tesoros. Salían
a la calle en busca de aventuras siempre acompañados por su perro Pulguitas. Una mañana,
cuando la familia estaba desayunando, sonó un Toc Toc, la puerta sonó, fueron a abrir y apareció
un pequeño hombre en la puerta de casa:

- Buenos días querida familia. Vengo caminando desde muy lejos y llevo días sin comer ¿Me
podríais ayudar?

La familia, que era muy generosa, le ofreció un cuenco de leche recién ordeñada y un buen trozo
de bizcocho de naranja. Además, dejaron al forastero quedarse algunos días en su casa para que
pudiera descansar y reponer fuerzas. Un día, al calor de la chimenea, el visitante les contó una
historia. Trataba de una poción mágica que podía curar cualquier cosa. Cuco se fue a la cama
pensando en encontrarla y poder curarse de su ceguera, que parecía desde que había nacido.

A la mañana siguiente, el niño se levantó temprano y fue a dar de comer a los animales y a
recoger leña. Pulguitas le acompañó. Mientras cortaba unos troncos, escuchó un ruido entre los
árboles. Se dio cuenta de que en realidad era el forastero que le quería dar un mapa con el que
encontrar la famosa pócima. Le dijo que su regalo tenía una parte negativa: si en dos días no
lograba su objetivo, no podría regresar nunca a su casa. Cuco aceptó pero, como no podía ver,
su perro fiel le acompañó.

Cuando llevaban un día de camino, el mapa les hizo detenerse. Se toparon con un río y, con la
ayuda de Pulguitas, Cuco pudo llegar hasta la otra orilla. Se encontraron después con una gran
cuesta. Al día siguiente se toparon con un terreno de arenas movedizas y al rato con una plaga
de hormigas rojas. Cuco fue librándose de todo con ayuda de su perro Pulguitas. Al final, se
encontró con una nota que decía: Cuco, lo has logrado. Has superado todos los obstáculos con
tesón y ayudándote de tu amigo. Te mereces más que nadie esa poción que buscas.

Fue así como el niño pudo curarse y aprender una valiosa lección.

-Gratitud
“La gratitud es un valor que se nutre y se fortalece al practicarlo constantemente”.

Estar siempre agradecidos es definitivamente muy saludable, pero mejor aún si expresamos
nuestro agradecimiento, no guardarnos las “gracias”, sino más bien aprovechar cada
oportunidad para hacerle saber a las personas nuestra gratitud por haber contribuido a
sobrellevar, de alguna manera, nuestro diario existir.

Rudy, la pala excavadora


En un pueblecito de profundos valles al pie de las montañas, con pequeños ríos de agua
cristalina, se encontraban cinco casas que vivían en la armonía de la naturaleza, rodeados de la
lluvia y la nieve en los inviernos fríos y del sol y el viento en los relajados veranos.
Este invierno, sin embargo, empezó un poco antes y todos los habitantes se encontraban
despistados. No habían sacado todos sus abrigos, ni todas sus herramientas para prevenir las
ventiscas y el furor de las tormentas. Desde el primer domingo de diciembre el agua no dejo de
caer del cielo y casi ninguno de los vecinos tenía ganas de salir al frío. Todo se complicó cuando
a inicios de enero empezó a nevar sin parar. Un día tras otro los copos dejaron su manto blanco
por todos los sitios, hasta tal punto que todas las casas quedaron con sus puertas bloqueadas.
Todos estaban preocupados porque ni los dos pequeños del pueblo podían ir al colegio, ni los
adultos cuidar a sus animales e ir a trabajar. Intentaban llamar a los servicios de emergencia,
pero estaban ocupados limpiando y quitando nieve en otros pueblos más grandes.
Los coches del parking de los bomberos no paraban de moverse para ayudar, todos menos uno,
una pala excavadora que nunca era usada por considerarse vieja y grande. Esta pala se llamaba
Rudy y hacía muchos años era una gran herramienta para ayudar a todos los pueblos a librarse
de las nieves del invierno y de muchos incidentes que sucedían en las montañas. Pero eso mucho
tiempo atrás, y las nuevas palas, tractores y camiones la dejaron en el olvido.
Rudy sufría mucho estando parada y sin poder ayudar a los vecinos de este pueblecito, así que
se armó de valor y decidió ponerse en marcha. Poco a poco sintió como su interior tosía y echaba
humo, pero al final consiguió arrancar. Recorrió poco a poco la carretera. Cuando todos los
vecinos la vieron llegar arrastrando nieve y abriendo camino salieron a aplaudirla de emoción.
Se acordaban de cuando la veían esos años trabajar sin descanso.
- ¡Qué bien, Rudy! Gracias por salvarnos.
Todos los vecinos pudieron salir de sus casas y no hizo falta más ayuda.
Rudy no podía sentirse más contenta. A partir de ese momento decidió que volvería a funcionar
todo el invierno.

-Honestidad
La honestidad es un valor o cualidad propio de los seres humanos que tiene una estrecha
relación con los principios de verdad y justicia y con la integridad moral. Una persona honesta
es aquella que procura siempre anteponer la verdad en sus pensamientos, expresiones y
acciones. Así, esta cualidad no sólo tiene que ver con la relación de un individuo con otro u otros
o con el mundo, sino que también puede decirse que un sujeto es honesto consigo mismo
cuando tiene un grado de autoconciencia significativo y es coherente con lo que piensa. Lo
contrario de la honestidad sería la deshonestidad, una práctica que comúnmente es repudiada
en las sociedades contemporáneas, ya que se la asocia con la hipocresía, la corrupción, el delito
y la falta de ética.
El marcianito mentiroso
Había una vez un marcianito llamado Verdecín que jugaba alegremente en el espacio, saltando
de asteroide en asteroide. Era muy divertido. En esa galaxia había muchos. Era un campo de
asteroides al que los pequeños marcianos iban a jugar, como si fuera un parque. Una nave
sacaba a los pequeños marcianitos del planeta todas las tardes y los llevaba allí para que se
divirtieran.

Pero había que tener cuidado, porque si no se saltaba con cuidado el asteroide se podía mover.
Y si el asteroide se movía se podía chocar con otro. Y quién sabe qué pasaría entonces.

Verdecín sabía que tenía que saltar con cuidado. Pero a él le daba igual. Saltaba y saltaba y no
se fijaba. Y como nunca pasaba nada, Verdecín no se tomaba en serio las advertencias de los
demás marcianitos.

Un día Verdecín estaba saltando con mucha fuerza, como a él le gustaba. Pero con tan mala
suerte que cayó sobre un asteroide más blandito de lo habitual y lo movió. Al moverse le dio a
otro asteroide. Y con el impulso le dio a otro, y a otro, y a otro más. Y empezó un baile de
asteroides muy peligroso.

Todos los marcianitos tuvieron que volver a su planeta, incluido Verdecín.

-Vamos, marcianitos, que aquí corréis peligro -les llamó el conductor de la nave-. Hay que volver
a casa.

Cuando todos estuvieron de vuelta, el jefe de los marcianos fue a ver a los niños y les preguntó
qué había pasado. Pero ninguno sabía nada. Y Verdecín, que era el único que sabía lo que había
pasado, no abrió la boca.

-Debemos saber qué ha pasado para poder buscar una solución -insistió el jefe de los marciano.

Pero Verdecín siguió sin decir ni pío.

Esa misma noche todos los marcianitos tuvieron que abandonar el planeta. Un asteroide algo
más blandito de lo habitual que se hacía grande por momento se dirigía al planeta. Ninguna de
las medidas de defensa habituales funcionaba, porque ese asteroide era diferente de los demás.

Si Verdecín hubiera dicho lo que pasó los mayores podrían haber hecho algo para arreglarlo.
Pero cuando se dieron cuenta ya era demasiado tarde. Nadie castigó a Verdecín, porque nadie
supo nunca lo que había hecho. En su lugar, todos fueron castigados a abandonar su planeta ya
vivir en naves espaciales durante muchos años, hasta que encontraron un lugar donde vivir.

-Justicia
El término de justicia presenta un uso recurrente en el idioma español y dependiendo de los
contextos en los cuales se lo emplee sus referencias variarán, aunque, en términos generales, la
justicia será aquella serie de reglas y de normas que estipulan un escenario satisfactorio en lo
concerniente a las relaciones entre los individuos entre sí y entre éstos con las instituciones. El
mencionado marco regulatorio aceptará, o en su defecto prohibirá, las acciones en las
mencionadas interacciones. La obligación de sostener la paz entre los integrantes de la sociedad
es la que marca el origen de la justicia.

El corderito y el pececito
Había una vez dos hermanitos, un niño y una niña, que se querían mucho. Su madre había
muerto. Su padre se volvió a casar, pero su madrastra los odiaba y procuraba siempre causarles
todo el mal que podía.

Un día, los dos hermanos estaban jugando delante de su casa con otros niños, en un prado.
Junto al prado había un estanque que llegaba hasta uno de los lados de la casa. Los niños corrían
y jugaban a alcanzarse, y cantaban:

Patito, quiéreme un poquito, y te daré mi pajarito. El pajarito me buscará una pajita; la paja la
daré a mi vaquita; la vaca me dará leche rica; la leche la daré al pastelero; el pastelero me cocerá
pasteles; los pasteles los daré al gatito; el gato me cazará ratoncitos; los ratoncitos los colgaré a
la espalda... ¡y te morderán!.

Y se ponían en corro, y al que le tocaba la palabra morderán debía echar a correr para que los
demás le persiguieran hasta alcanzarlo.

La madrastra, al verlos desde la ventana tan felices, se enfadó y, como era bruja, encantó a los
dos hermanitos, convirtiendo, al niño, en pez, y a la niña, en cordero. Así, el pez quedó nadando
tristemente en el estanque mientras el corderillo corría por el prado, triste también. De este
modo pasó algún tiempo.

Un día llegaron forasteros al palacio, y la malvada madrastra llamó al cocinero y le dijo:

- Ve al prado a buscar el cordero y mátalo, pues no tenemos nada para ofrecer a los huéspedes.
Bajó el cocinero, cogió al animalito, y se lo llevó a la cocina, atado de patas. Pero cuando el
hombre, sacando el cuchillo, salió al umbral para afilarlo, reparó en un pececito que, con
muestras de gran agitación, nadaba frente al vertedero y lo miraba. Era el hermanito, que, al ver
que el cocinero se llevaba al corderillo, había acudido desde el centro del estanque.

Baló entonces el corderillo desde arriba:

-Hermanito que moras en el estanque, mi pobre alma, dolida está y sangrante. Muy pronto el
cocinero sin compasión, me clavará el cuchillo en el corazón.

Respondió el pececillo:

-¡Ay, hermanita, que me llamas desde lo alto! Mi pobre alma, dolida está y sangrante en las
aguas profundas del estanque.
Al oír el cocinero hablar al corderillo y dirigir al pececito aquellas palabras tan tristes se asustó y
comprendió que no debía ser un cordero natural, sino la víctima de algún hechizo de la mala
bruja de la casa. Dijo entonces:

- Tranquilízate, que no te mataré.

El cocinero cogió otro animal, lo sacrificó y lo sirvió a los invitados. Luego condujo el corderillo a
una buena campesina, y le explicó cuanto había oído y presenciado. Resultó que precisamente
aquella campesina había sido la nodriza de la hermanita, y, sospechando la verdad, fue con el
animalito a un hada buena. Ella pronunció un hechizo y ambos recuperaron su forma humana.
Luego los llevó a una casita situada en un gran bosque, donde vivieron solos, pero felices y
contentos.

-Paciencia
Quienes no se dejan golpear en momentos de duda o espera, o no se ponen nerviosos cuando
tienen que actuar de manera meticulosa y sosegada, son personas con paciencia. Al mismo
tiempo, la idea de paciencia está asociada a la fortaleza de ánimo y al control de
las emociones frente a las situaciones adversas.

En busca del remedio para el malhumor del capitán Malabarba

El capitán Malabarba era famoso por su malhumor. Todos los piratas que viajaban con él le
temían, y por eso hacían lo que él ordenaba. No vivían mal, la verdad sea dicha, pues nunca les
faltaba de nada. Pero el ambiente era insufrible cuando el capitán Malabarba aparecía.

También viajaba en el barco la hija del capitán, Lucinda. Hubo un tiempo en el que el capitán
Malabarba había sido un padre ejemplar. Y también un pirata amado por la tripulación. Pero
desde que perdió a su mujer, la madre de Lucinda, todo había cambiado.

Un día, el barco llegó a una pequeña isla en la que solo habitaba una anciana hechicera conocida
por tener remedio para cualquier mal. Mientras los piratas descansaban en la isla y recogían
víveres y agua para el camino, Lucinda fue a ver la hechicera.

-Necesito un remedio para el malhumor de mi padre -dijo la niña-. Sufre. Y los demás con él. No
puedo mantener una conversación con él, ni hablarle de nada. Siempre está enfadado. La
tripulación incluso teme que el capitán les haga daño cuando tienen que decirle algo que no le
gusta. Estoy dispuesta a hacer lo que haga falta.

-Haré una poción, jovencita -dijo la hechicera-. Pero necesito para ello un ingrediente especial:
un pelo de la barba de tu padre cortado cuando esté despierto.

-Pero, ¡eso es imposible! -dijo Lucinda.

-Es la única solución -dijo la hechicera.

-No me dejará acercarme a él -protestó la niña-. ¿No te vale si está cortado mientras duerme?
-No, pequeña, así no vale -dijo la hechicera-. Dijiste que estabas dispuesta a hacer lo que hiciera
falta. Pues ya sabes lo que debes hacer.

Lucinda se fue preocupada. ¿Cómo iba a conseguir un pelo de la barba de su padre? Sería más
fácil conseguir un diente de tiburón vivo que un pelo de la barba del malhumorado de su padre.

Pero Lucinda dijo la verdad: estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta. En otras palabras, debía
convencer a su padre para que se dejara cortar un pelo de la barba. Pero, para esto, primero
tenía que conseguir que hablara con ella. Y teniendo en cuenta que apenas lo veía, iba a ser
complicado. Por eso decidió llevarle personalmente el desayuno por las mañanas. Cuando el
cocinero del barco recibió la noticia de que ya no tendría que ir él se puso muy contento, aunque
también algo preocupado por la niña.

Así, Lucinda empezó a ver a su padre todas las mañanas con una gran sonrisa en la cara. El
capitán Malabarba la recibía gruñendo, pero Lucinda decidió no hacerle caso y seguir sonriendo.
Poco a poco, los gruñidos del capitán Malabarba fueron disminuyendo. Cuando esto ocurrió,
Lucinda decidió llevarle la comida y también la cena.

Los días iban pasando y el capitán Malabarba se fue acostumbrando a la presencia de su


sonriente hija. Un día este le preguntó a la niña si deseaba comer con él. La niña accedió. Hablar
no hablaban, aunque la niña lo intentaba. Aún así, Lucinda no perdía la sonrisa.

Al cabo de varias semanas el capitán Malabarba empezó a conceder algunas palabras a su hija.
Hasta que un día, durante el desayuno, el propio capitán Malabarba le preguntó:

-Dime, Lucinda, ¿qué pretendes conseguir con todo esto?

-Un pelo de tu barba, papá -dijo la niña.

El capitán cogió unas tijeras y se cortó un largo pelo de su barba.

-Aquí tienes -le dijo-. ¿Vendrás a comer conmigo hoy?

-¿Por qué no iba a hacerlo? -preguntó la niña.

-Ya tienes lo que quieres -dijo el capitán Malabarba-. ¿Por qué ibas a querer volver a estar con
el malhumorado de tu padre?

Entonces Lucinda se dio cuenta de que ya había conseguido lo que quería: había conseguido
recuperar la relación con su padre, el cual, a todas luces, estaba de mucho mejor humor durante
todo el día, aunque ella no había reparado todavía en ello.

-Hoy comeré contigo y te contaré para qué quería el pelo -dijo Lucinda.

Cuando el capitán Malabarba escuchó la historia sintió gran ternura y emoción, y su humor
volvió a ser el que había sido años antes.
Es increíble lo que se puede conseguir con un poco de tesón, paciencia y amor. ¿No crees?

-Alegria
La alegría es una de las tantas emociones que experimenta el ser humano en esta vida a la par
de otras como ser el miedo, la ira, la sorpresa, la tristeza y el asco. Generalmente está originada
por un sentimiento placentero o por la relación con alguna persona o cosa que manifiesta este
tipo de emoción y que nos la contagia viviéndola casi como propia.

El ladrón feliz y el policía malhumorado


Había una vez policía que siempre estaba de malhumor. Tal era su mal genio que los
delincuentes se habían ido a otro lugar a cometer sus fechorías.

Y como no había nadie con quien descargar el malhumor, el policía se dedicaba a regañar a por
cualquier cosa a todo el que pillaba. Y que no te pillara en alguna infracción, que más de uno
acabó en el calabozo solo cruzar por donde no debía.
Un día llegó al pueblo un nuevo ladrón. Pero el afectado afectado, lejos de estar enfadado,
estaba tan contento que organizó una fiesta. Por fin el policía malhumorado tendría algo que
hacer.

Y así fue. El policía estaba pletórico ante la idea de cazar al ladrón. De hecho, no paró hasta que
lo pilló. Pero el ladrón, lejos de mostrarse enfadado e irritado por haber sido pillado, le dedicó
al policía una tierna sonrisa.

A los pocos días el policía tuvo que soltar al ladrón. Al parecer no había utilizado métodos
legales para pillarlo y no podían retenerlo más. Pero ese mismo día el ladrón volvió a robar.

Todo el pueblo lo celebró. Y el policía malhumorado volvió a sentirse lleno de energía.


No tardó mucho en pillarlo. El ladrón incluso lo abrazó y le dedicó unas hermosas palabras para
agradecerle su buen trabajo policial. El policía malhumorado estaba completamente
asombrado, pero no cambió el gesto ni un ápice.

Pero a las pocas horas el policía tuvo que soltar al ladrón, que se fue tan contento, Pero en vez
de ir a su casa fue a robar. Los vecinos no cabían en sí de gozo ante la idea.

Cuando el policía cazó al ladrón le preguntó:

-¿Se puede saber de qué va esto? ¿A qué viene tanta sonrisa y tanta alegría?

El ladrón contestó:

-¿No te parece un día maravilloso?

El policía no entendía nada. Sin embargo, sin darse cuenta, se quedó mirando al horizonte.
Y, por un momento, aflojó el gesto y esbozó un intento de sonrisa.

-Me iré el día que cambies la cara y seas más amable -dijo el ladrón-. Pero como me entere que
vuelves a estar todo el día enfadado y molestando a los vecinos con tonterías volveré.

-Yo no estoy todo el día enfadado -dijo el policía.

-¿Ah, no? ¿Estás seguro? Prueba a saludar con una sonrisa en vez de con un gruñido, a ver qué
pasa.

El policía no pudo quitarse aquello de la cabeza. Entonces decidió probar lo que le había dicho
el ladrón. A la primera sonrisa se dio cuenta de que, efectivamente, siempre estaba gruñendo y
con mala cara.

El ladrón se fue y el policía decidió seguir sus consejos a diario. Desde entonces aquel pueblo es
un lugar mucho más feliz.

-Solidaridad
Se conoce con el término de solidaridad a aquel sentimiento o también considerado por muchos
un valor, a través del cual las personas se sienten y reconocen unidas y compartiendo las mismas
obligaciones, intereses e ideales y conformando además uno de los pilares fundamentales sobre
los que se asienta la ética moderna. A instancias de la Sociología, el término solidaridad goza de
una especial participación en dicho contexto , siendo, como dijimos, un sentimiento que supone
la unidad de los lazos sociales que unirán a los miembros de una determinada sociedad.

Conociendo a Teresa de Calcuta


En esta ocasión vamos a conocer a una de las figuras más importantes del mundo de la
cooperación y la solidaridad: la madre Teresa de Calcuta.

Su nombre en realidad era Agnes Gonxha Bojaxhiu y nació en 1910 en Macedonia. En el colegio
empezó a cantar en el coro y se sumó a una congregación religiosa de misioneras llamada
Sodalicio Nuestra Señora. Allí conoció historias de las misioneras que habían ido a trabajar a la
India a ayudar a la gente que vivía en la calle. Sintió mucha admiración y pensó que a ella le
gustaría hacer lo mismo.

A los 12 años ya había tomado la decisión de que dedicaría su vida a ayudar a los demás y a la
vida religiosa. A los 18 años, viajó a Dublín a estudiar magisterio y cambió su nombre por el de
Teresa. Estuvo trabajando como profesora casi 20 años en Irlanda. Cuando se dio cuenta de la
pobreza de la India, le pidió al Papa en Roma un permiso especial para abandonar su
congregación y dedicarse a cuidar a los pobres. En 1948 abrió su primer refugio. En 1950, fundó
las Misioneras de la Caridad en la India. En 1964 abrió un refugio para leprosos y convenció al
Papa para abrir un refugio para indigentes en el Vaticano. Fue elegida representante para la
Conferencia de las Naciones Unidas y en 1979 ganó el Premio Nobel de la Paz. A este se sumaron
después una decena más de premios y reconocimientos de primer nivel, tanto nacionales como
internacionales.
En 1982 fue intermediaria en un conflicto entre la India y Líbano pero al final no pudo hacer
mucho y se mantuvo al margen. En 1986 empezó a tener problemas de salud. Tuvieron que
colocarle un marcapasos y en 1993 contrajo malaria en Nueva Delhi (India) lo que empeoró sus
problemas de corazón. Como estaba tan débil, tuvo que sucederla en su puesto en las
Misioneras de la Caridad una de sus seguidoras.

Días después de celebrar su 87 cumpleaños, la madre Teresa de Calcuta tuvo que ser ingresada
en un centro de cuidados intensivos donde murió en septiembre de 1997. Aún hoy, es ejemplo
de la generosidad y la humildad hacia los demás. De hecho, su lema siempre fue este: ayudar al
más pobre de los pobres.

-Optimismo
Se denomina optimismo a la disposición positiva frente a una circunstancia o a la existencia en
general, es decir, el optimismo es una tendencia que pueden tener algunos individuos y que por
ella tienden a ver y a juzgar cualquier situación, acontecimiento o persona, siempre desde su
aspecto más favorable..
Se asocia por lo habitual con el buen ánimo para interpretar los sucesos de la vida cotidiana. Por
ejemplo, ante la pérdida del empleo, el pensamiento inmediato de un optimista será conseguiré
algo mejor apenas salga a buscar; ante una enfermedad, pronto me curaré; y ante cualquier otro
obstáculo, lo resolveré sin problemas.

La casita del mal humor


Natalia pasaba todos los veranos el pueblo. Allí tenía bastantes amigos, niños y niñas que, como
ella, iban de veraneo. El pueblo era tan pequeño no tenía parque. Pero podía jugar mucho
tiempo en la calle, en el campo y en el río. Además, todas las casas tenían grandes patios, huertos
y terrenos donde los niños podían estar.

Pero Natalia tenía un problema: se enfadaba con mucha facilidad. Y cuando se acaba se liaba
una buena. No había manera de calmar la rabia de Natalia cuando se enfadaba.

Un día el abuelo de Natalia tuvo una idea. Y le construyó a su nieta una casita en un gran árbol
que tenían junto al huerto.

-Natalia, mira lo que he hecho para ti -dijo el abuelo-. La llamado La Casita Del Mal Humor.

-¿Y qué hace? -preguntó Natalia.

-Cuando te enfades solo tienes que venir aquí y dejar el mal humor -respondió el abuelo-. Solo
tienes que subir, cerrar la puerta, y dejar el mal humor en los platos que hay dentro.

-¿Y qué pasa con el malhumor? -volvió a preguntar la niña.

-Son platos especiales -dijo el abuelo-. El mal humor se evapora y desaparece.


-¡Qué tonterías dices, abuelo! -dio Natalia.

-De tonterías nada guapa -dijo el abuelo-. Tú prueba a ver si funciona. Ya verás que cuando
vuelvas el malhumor ya no está.

-¿Y qué pasa si el malhumor no sale? -preguntó Natalia.

-Sale, de verdad -dijo el abuelo-. A veces tarda, pero al final sale. Tú solo tienes que mirar los
platos hasta que estén llenos.

-Pero ¿cómo sé que están llenos? -preguntó la niña-

-Lo sabrás, confía en mí.

Natalia se encogió de hombros y decidió seguirle la corriente a su abuelo. Esa misma tarde cogió
un berrinche tremendo y se fue a la casita del árbol que le había hecho su abuelo. Allí miró los
platos. Tenían unos dibujos preciosos. En algunos había escritos unos versos muy bonitos que
hablaban de las flores, el cielos azul y el mar en calma. Sin darse cuenta, Natalia se tranquilizó y
salió de allí.

-Abuelo, estoy más tranquila, pero en los platos no hay nada -dijo la niña.

-¿Ah, no? -dijo el abuelo-. Vamos a verlo.

-Ya verás como digo la verdad -dijo Natalia.

-Pues es verdad, aquí no queda nada -dijo el abuelo-. Hay que ver lo bien que funcionan estos
platos, que evaporan el malhumor en cuanto lo sienten.

Natalia se rió mucho con su abuelo. Pues sí que iba a ser verdad que la casita del mal humor con
sus curiosos platos funcionaba.

Desde entonces, Natalia visita la casita del árbol cada vez que se enfada. Algunos días incluso va
sin haberse enfadado, porque aquel rincón era realmente mágico, porque salía llena de alegría,
tranquila y feliz.

-Cooperación
Cooperar significa ayudar o colaborar con alguien con el fin de facilitarle un apoyo. Cooperar
implica el ofrecimiento a los demás y, por lo tanto, la cooperación se encuentra normalmente
asociada a la solidaridad, al altruismo o a la generosidad.

Los ladrones de piruletas


Villapirula estaba engalanada de arriba a abajo. En pocos días se celebraría la Gran Piruletada,
la fiesta grande de la ciudad. Todos los habitantes de Villapirula estaban muy nerviosos. Durante
meses habían estado fabricando piruletas para la gran ocasión. La Gran Piruletada atraía a miles
de visitantes todos los años atraídos por la gran fiesta que se montaba y por las maravillosas
piruletas que se podían comprar ese día. Y había que dar la talla.

Ajenos de lo que se les venía encima, los habitantes de VillaPirula seguían con los preparativos
de la Gran Piruletada. Mientras tanto un ladrón preparaba el gran golpe.

-Ya estoy viendo los titulares de los periódicos de mañana -reía el ladón-. Algo así como esto:
Ladrones astutos le hacen la pirula a los de Villapirula. No, no, mejor así: La Gran Piruletada se
convierte en la Gran Pirula. Se la dan con queso a los de Villapirula.

El ladrón no hacía más que reír y gastarse bromas a sí mismo mientras esperaba que llegara la
noche para dar el gran golpe.

Y el momento llegó. La noche había caído y el ladrón se deslizó sigiloso y se coló en el almacén
de piruletas con un saco enorme. Ya había llenado el saco cuando, de repente, oyó unos pasos.

El ladrón se escondió rápidamente. No sabía quién andaba por allí, pero no querían ser
descubierto, así no se movió.

Un rato después volvieron a oírse pasos. Alguien llegó donde él estaba. Era otro ladrón, cargado
con un enorme saco lleno de piruletas. Los dos ladrones se miraron, pero no dijeron nada. Solo
esperaron.

Un rato después volvieron a oírse unos pasos. Pocos segundos después un tercer ladrón se unió
a los otros dos.

Ya casi era de día, y había que salir de allí. Pero entonces, volvió a oírse ruido y un cuarto ladrón
se unió al grupo.

-Chicos, vámonos, que nos van a pillar -dijo uno de los ladrones-. Seguro que el quinto ladrón
está haciendo de las suyas. Dejemosle a lo suyo, y que salgo cuando acabe.
Pero no había un cuarto ladrón, sino una patrulla de policías que iba a investigar unos
movimientos sospechosos que un vecino había denunciado.

Los ladrones se llevaron tal susto que soltaron los sacos de piruletas y salieron corriendo. Pero
no llegaron muy lejos, porque varias patrullas ya se habían instalado fuera del almacén para
cerrar el paso a los posibles delincuentes.

Como escarmiento, los ladrones tuvieron que ayudar a los vecinos a Villapirula durante toda la
fiesta haciendo los trabajos más duros.

La Gran Piruletada fue un gran éxito y los ladrones se fueron a casa agotados. Eso sí, con una
piruleta de plástico para que no olvidaran que a los de Villapirula no se les hace la pirula.

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