MI AMIGO EL ROBOT
SANTIAGO MUÑOz
Érase una vez un niño llamado Doki vivía en una preciosa casa del futuro con
todo lo que quería. Aunque no ayudaba mucho en casa, se puso contentísimo
cuando sus papás compraron un robot mayordomo último modelo. Desde ese
momento, iba a encargarse de hacerlo todo: cocinar, limpiar, planchar, y sobre
todo, recoger la ropa y su cuarto, que era lo que menos le gustaba a Doki. Así
que aquel primer día Doki dejó su habitación hecha un desastre, sólo para
levantarse al día siguiente y comprobar que todo estaba perfectamente limpio.
De hecho, estaba "demasiado" limpio, porque no era capaz de encontrar su
camiseta favorita, ni su mejor juguete. Por mucho que los buscó, no volvieron
a aparecer, y lo mismo fue ocurriendo con muchas otras cosas que
desaparecían. Así que empezó a sospechar de su brillante robot mayordomo.
Preparó todo un plan de espionaje, y siguió al robot por todas partes, hasta que
le pilló con las manos en la masa, cogiendo uno de sus juguetes del suelo y
guardándoselo.
El niño fue corriendo a contar a sus padres que el robot estaba roto y mal
programado, y les pidió que lo cambiaran. Pero sus padres dijeron que de
ninguna manera, que eso era imposible y que estaban encantados con el
mayordomo. Que además cocinaba divinamente. Así que doki tuvo que
empezar a conseguir pruebas y tomar fotos a escondidas. Continuamente
insistía a sus padres sobre el "chorizo" que se escondía bajo aquel amable y
simpático robot, por mucho que cocinara mejor que la abuela.
Un día, el robot oyó sus protestas, y se acercó a él para devolverle uno de sus
juguetes y algo de ropa.
- Toma, niño. No sabía que esto te molestaba- dijo con su metálica voz.
- ¡Cómo no va a molestarme, chorizo! ¡Llevas semanas robándome cosas!
respondió furioso el niño.
- Sólo creía que no te gustaban, y que por eso las tratabas tan mal y las tenías
por el suelo. Yo estoy programado para recoger todo lo que pueda servir, y por
las noches lo envío a lugares donde a otra gente pueda darles buen uso. Soy un
robot de eficiencia máxima, ¿no lo sabías? - dijo con cierto aire orgulloso.
Entonces Ricky comenzó a sentirse avergonzado. Llevaba toda la vida
tratando las cosas como si no sirvieran para nada, sin cuidado ninguno, cuando
era verdad que mucha otra gente estaría encantada de tratarlas con todo el
cuidado del mundo. Y comprendió que su robot no estaba roto ni
desprogramado, sino que estaba ¡verdaderamente bien programado!
Desde entonces, decidió convertirse él mismo en un "niño de eficiencia
máxima" y puso verdadero cuidado en tratar bien sus cosas, tenerlas ordenadas
y no tener más de las necesarias. Y a menudo compraba cosas nuevas para
acompañar a su buen amigo el robot a visitar y ayudar a aquellas otras
personas.
FIN…