Emilio Zola - Roma 1ra Parte
Emilio Zola - Roma 1ra Parte
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"'CAfiDO COWfifiUBIAS
ROMA
Nüm.
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Procedencia
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LAS TRES CIUDADES
L O U R D E S , ROMA, PARÍS
E M I L I O
U Assommoir 2 tomos
Los misterios de Marsella l »
Teresa Raquin 1 » TRADUCCIÓ5
Lourdes 2 > de
Roma 2 *
París 2 » AGUSTÍN" D E C A R R E A U
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TOMO PRIMERO bìbuoììm v m m u m h
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BARCELONA BUENOS AIRES
Casa Editorial Mauccî Mauccî Hermanos
Calle Mallorca, 166 Calle Cuyo, 1(J70
1905
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FONDO "ALF0f# féW
(p RICARDO COVARRUBIAS «PÍO. i « » MONiawa, « a a o t
Esta obra es propiedad de la Casa El viaje había sufrido grandes retrasos durante la no-
Editorial Maucci, de Barcelona. che entre las estaciones de Pisa y Civita Vechia, y en el
momento en que el abate Pedro Froment se apeó del
tren, en Roma, después de un pesado y fatigoso viaje
de veinticuatro horas, iban á dar las nueve de la ma-
ñana. No llevaba consigo más que una maletita de mano
y salió con mucha ligereza del vagón, cruzando por en-
tre el barullo y las apreturas de la llegada, rechazando
los servicios de los mozos y cargando con su poco pe-
sado equipaje, y esto lo hizo con el deseo que tenía
CAPILLA ALFONSINA de llegar, de encontrarse á solas y de verlo todo. Y en
seguida, delante de la estación, en la plaza de los Qui-
BIBLIOTECA UNIVERSITARIA nientos, subió á uno de esos ligeros cochecitos descu-
biertos que están alineados á lo largo de la acera y
ü . A . N . L : colocó la maletita á su lado, diciendo al cochero:
-—Vía Julia, palacio Boccanera.
B I B L I O T E C A UNIVERSITARIA Era un lunes, el 3 de Septiembre, y una de esas ma-
ñanas de cielo claro, de una diafanidad" y suavidad ad-
" A L F O N S O REYES mirables. El cochero, hombrecillo obeso, de ojos brillan-
POMOO RICARDO COVfcRflUiAS tes y dientes muy claros, sonrióse al reconocer, por el
acento á un presbítero francés. Fustigó al huesudo ca-
ballo y arrancó el vehículo con esa ligereza de los co-
ches de punto romanos, tan limpios y alegres. Pero á
los pocos momentos y después de bordear los macizos
Tigografla de la Casa Editorial Maucci— Barcelona*
3el JarüinlHo, al llegar á las Temilas, se volvió, siempre
sonriente y señalando las ruinas con el látigo: tremo de sombría callejuela, producíase u n portillo <fe
luz; allá abajo veíase una plaza blanca como un pozo
—Las Termas de Diocleciano,—dijo en un mal fran-
de sol lleno de su deslumbrante polvillo dorado y en
cés de cochero servicial, deseoso de complacer á los ex-
medio de aquella gloria matinal elevábase gigantesca co-
tranjeros para de ese modo asegurarse un parroquiano.
lumna de mármol completamente dorada por la parte
El coche bajó al trote largo la gran pendiente de la
en que los rayos del astro del día la iluminaba desde
calle Nacional que se desarrolla desde las alturas del
hacía tantos siglos. Quedóse sorprendido cuando el co-
Viminal, en donde se halla la estación. Y desde entonces
chero se la nombró, porque no la había imaginado de
lio cesó el cochero, volviendo la cabeza á cada monumen-
aquella manera, en aquel agujero deslumbrador en me-
to y enseñándolo con el mismo gesto, de decir su nom-
dio de las fsombras vecinas.
bre. En aquel extremo de una calle nueva no había más
—La columna de Trajano.
que edificios de reciente construcción. El movimiento del
Al final de La cuesta, la calle Nacional daba por úl-
látigo fué más acentuado, la voz se hizo más sonora,
tima vez la vuelta y entonces se oyó una serie de nom-
si bien con algún tanto de ironía, cuando, hacia la iz-
bres pronunciados por el cochero mientras que el caba-
quierda, indicó y nombró una construcción inmensa, re-
llo ^egufa un trote vivo sostenido; el palacio Colonna,
ciente y llena de yeso aun, inmenso amasijo de piedras
cuyo jardín está lleno de entecos cipreses; el palacio
sobrecargado de esculturas, frontispicios y estatuas.
Torlonia, medio despanzurrado por los embellecimientos
—El Banco Nacional. y ensanches modernos; el palacio de Venecia, desnudo y
Desde la época en que decidió aquel viaje, pasó Pedro temible, con sus muros almenados, su trágica severidad
muchos días estudiando la topografía de Roma en los propia de una fortaleza de la Edad Media, olvidada allí
planos y en los libros, así que hubiera sabido guiarse en medio de la vida burguesa de hoy día. Ante el aspec-
sin tener que preguntar su camino, encontrándole muy to inesperado de las cosas fué en aumento la sorpresa
prevenido todas las explicaciones. Lo que, sin embargo, de Pedro; empero, el golpe fué más rudo en el momento
le despistaba algo, eran aquellas pendientes repentinas, que el cochero con el látigo le señaló triunfalmente el
aquellos montes que hacen que se escalonen á modo de Corso, una larga y estrecha calle, apenas tan ancha como
terrazas ciertos barrios. A la sazón, y hacia la derecha la nuestra de Saint-Honoré, blanca de sol á la derecha,
subían macizos de verdor en lo alto de los cuales exten- negra de sombra ó la izquierda y en el extremo de la
díase un edificio interminable, amarillo y desnudo, «ai- cual la lejana plaza del Pópolo hacía como una estrella
vento ó cuartel, al parecer. de luz; ¿era aquel el corazón. de la ciudad, el paseo cé-
—El Quirinal, palacio del rey,—dijo el cochero. lebre, la vía viviente á donde afluía toda la sangre de
Más abajo y en el momento en que el carruaje daba Roma?
la vuelta á una plaza triangular, Pedro, que levantó la Después de esto el coche se internó en la avenida
cabeza, quedóse admirado al ver en lo alto y sostenido de Víctor Manuel, que es la continuación de la calle
por un gran muro liso, un jardín colgante en el que Nacional, y son las dos arterias que han cortado de par-
se recostaba sobre el fondo límpido del cielo el elegante te á parte la antigua ciudad desde la estación al puente
y vigoroso perfil de un centenario pino parasol. Compren- de Santángelo. A la izquierda destacábase el redondo
dió todo el orgullo y la gracia de Roma. ábside de Jesús, todo él iluminado por la alegría de la
—La villa de Aldobrandini. mañana. Más allá, entre la iglesia y el pesado palacio
Luego fué, pero aun más abajo, una visión rápida la Alfieri, que no se han atrevido á derribar, estrangulábase
que acabó de apasionarle. De nuevo formaba la calle un la calle y se entraba en una sombra húmeda, glacial.
brusco recodo y de pronto en el ángulo, y por el ex- Pasado esto, más allá, ante la fachada de Jesús, en la
8 a
plaza, empezaba el sol otra vez resplandeciente, ilumi- dad nueva. Recordó los planos consultados y se dijo que
nándolo todo y extendiendo sus doradas superficies, mien- se acercaba á la vía Julia y su curiosidad, que se había
tras que en lontananza, en la calle de Aracaeli, igual- aumentado, se acrecentó entonces hasta el extremo de ha-
mente cubierta de sombra, aparecían algunas palmeras cerle sufrir, desesperado por no poder ver más, por no po-
soleadas. des saber en seguida mucho más. En el estado de fiebre en
que se hallaba desde que emprendiera el viaje, los asom-
—Allá abajo está el Capitolio,—dijo el cochero.
bros que experimentaba al no encontrar las cosas tal co-
Inclinóse el presbítero con mucha viveza, pero sólo mo esperó; los choques que acababa de recibir su imagi-
pudo ver una mancha verde al final de un tenebroso co- nación, no hacían más que agravar su pasión y le impul-
rredor. Estaba como penetrado por un estf«meeimiento saban el deseo agudo é inmediato de contentarse. Apenas
por aquellas repentinas alternativas de cálida luz ó fría eran las nueve y podía aún disponer de toda la manana
sombra. Delante del palacio de Venecia, delante de Je- para presentarse en el palacio Boccanera, ¿por qué no ha-
sús, figurósele que toda la noche de antiguos días le cer que, sobre la marcha, le llevasen al sitio clásico, á la
helaba los hombros; después era en cada plaza, en cada cumbre desde la que se vé Roma entera extendida sobre
rotura producida por las nuevas vías, un regreso á la sus siete colinas? Cuando este pensamiento se apoderó de
luz, con la dulzura alegre y tibia de la vida. Los rayos él, le torturó tanto, que al cabo tuvo que ceder.
del sol amarillento caían de las fachadas recortando
rectamente las sombras violáceas. Por entre el hueco El cochero había dejado de volverse y Pedro se incor-
de los tejados, vislumbrábanse bandas de un cielo muy poró en el asiento para darle nuevas señas.
azul y límpido. Y encontró al aire que respiraba un —A San Pietro in Montorio.
gusto especial, aun indeterminado; un gusto de fruto que Al principio admiróse el cochero; pareció no compren-
aumentaba en él la fiebre de la llegada. der y con un movimiento del látigo, indicó que estaba
allá abajo, muy lejos. Al fin, observando que el cura in-
No obstante la irregularidad de su trazado es una her-
sistía, volvió á sonreír complacientemente meneando la
mosa vía á la moderna la avenida de Víctor Manuel, y cabeza con aire amistoso... Bueno... si lo quería así, iría.
Pedro, podía figurarse que se hallaba en una gran ciudad
cualquiera, dotada de esos grandes edificios hechos para El caballo echó á andar otra vez, pero con trote más rá-
producir. Empero, cuando pasó por delante de la Cancille- pido, por entre un dédalo de estrechas callejuelas. Siguie-
ron una, ahogada entre elevadas paredes y á la que la luz
ría, la obra maestra de Bramante, el monumento tipo del
bajaba como al fondo de -un foso. Luego, al extremo de
Renacimiento romano, volvió su asombro, su espíritu tor- ésta, hubo un regreso repentino á la luz y se atravesó el
nó á los palacios que entrevió, á aquella arquitectura des- Tíber por el antiguo puente de Sixto IV, mientras que á
nuda, colosal y pesada, á aquellos inmensos cubos de pie- derecha é izquierda se extendían los nuevos muelles con
dra parecidos á hospitales ó á cárceles. Nunca habíase, él el estropicio y, los manchones de yeso de las nuevas cons-
figurado que fuesen así los famosos palacios romanos, trucciones. Al otro lado el Transtibere, estaba también
que estuviesen sin gracia ni fantasía y sin magnificen- despanzurrado y el carruaje subió la pendiente del Ja-
cias exteriores. Evidentemente todo aquello era muy her- nículo, siguiendo una ancha vía en la que se veían gran-
moso y acabaría por comprenderlo, pero antes debería des placas con el nombre de Garibaldi. Una vez más hizo
reflexionar. - el cochero su gesto de orgullo bonachón al nombrar aque-
Bruscamente abandonó el carruaje la populosa avenida lla vía triunfal:
de Víctor Manuel y penetró en tortuosas callejuelas per —Vía Garibaldi. . , ,, ,
las que pasó con mucho trabajo. La calma se impuso, el El caballo tuvo que acortar el paso, y dominado m t r o
desierto, la antigua ciudad dormida y fría se encontraban por infantil impaciencia, volvíase para ver la ciudad á me-
el abandonar los claros de sol y las multitudes de la ciu-
dida que 5 su espalda se iba extendiendo y descubriendo facha, infinito. Y era una Roma inundada de dulzcra, una'
más. La subida era muy larga y los barrios surgían por to- Roma de ensueño, que parecía evaporarse á la clara luz
das partes, hasta en las lejanas colinas. Aun dominándole del sol matinal. Una tenuísima neblina azulada flotaba so-
la emoción creciente que hacía latir su corazón, parecióle bre los techos de las casas de los barrios na jos, pero era
que echaba á perder la satisfacción de su deseo desmigán- apenas sensible y tenía la delicadeza de la gasa, mientras
dolo así con la conquista lenta y parcial del horizonte. que la inmensa campiña, los montes en lontananza, se per-
Quería recibir el golpe cara á cara, Roma entera vista con dían en el rosa pálido. Al principio no distinguió nada, no
una sola ojeada, la dudad santa amontonada, abrazadá quiso detenerse en ningún detalle,' se entregó á Roma en-
en un solo abrazo. Y tuvo la fuerza de voluntad tes- tera, al coloso viviente, teadido delante de él sobre aquel
tante para no volverse más á pesar de los impulsos de suelo hecho del polvo de las generaciones. Cada siglo que
todo su sér.
pasó, renovó su gloria como bajo la savia de una juventud
En lo alto hay una vasta terraza; allí se encuentra la inmortal. Lo que se apoderaba de él, lo que hacía que la-
iglesia de San Pietro in Montorio en el sitio en que, según tiese con mucha más fuerza su corazón con fuertes golpes
dicen, fué crucificado San Pedro. La plaza es desnuda y en ese primer encuentro, era el que hallaba á Roma tal
rojiza, recocida por los grandes soles del estío, mientras cual la deseara, matinal y rejuvenecida, con una alegría
que un poco más allá, la corriente clara y susu- voladora, casi inmaterial, toda ella sonriendo á la espe-
rrante del Aqua Paola cae espumeante de las tres pilas ranza de una vida nueva, á aquel alba tan pura de un her-
de la fuente monumental, con una frescura eterna. A lo moso día.
largo de la barandp ó parapeto que rodea la terraza, corta- Entonces, Pedro, inmóvil y en pie ante tan sublime ho-
da á pico sobre el Trans ti bere, alinéanse constantemente rizonte, con las manos siempre enlazadas y ardientes, re-
los viajeros, ingles« delgados, alemanes de cuadrados hom- vivió en pocos minutos los tres últimos años de su vida.
bros, con la boca abierta por la tradicional admiración ¡Ah! ¡Qué año más terrible el primero, el que pasó en el
y en la mano la guía, que consultan á cada instante para fondo de su casita de Neuilly, con las puertas y ventanas
reconocer los monumentos. cerradas, escondido en ella como un animal herido que
Saltó Pedro con mucha ligereza del coche, dejando la agoniza! Regresaba de Lourdes con el alma muerta, san-
maleta en la banqueta y haciendo una señal para que se grándole el corazón y no teniendo en sí más que cenizas.
esperase el cochero, que se fué á la fila de los otros ca- El silencio y la noche se extendieron sobre las ruinas de
rruajes quedándose sentado filosóficamente en el pescan- su fe y su amor. Pasaron días y más días sin que sin-
te al sed, con la cabeza baja como su caballo, resignados tiese latir sus venas, sin que se levantase una luz ilumi-
ambos de antemano á la larga espera de costumbre. nando las tinieblas de su abandono. Vivía maquinalmente
Mientras tanto Pedro contemplaba ya con toda su vista, y esperaba tener el valor de apegarse á la existencia en
con toda su almfa y de pie, apoyado en el parapeto, con su nombre de la razón soberana, que le hiciera sacrificarlo
ceñida sotana negra, con las manos enlazadas nerviosa- todo. ¿Por qué no conformaba tranquilamente su vida á
mente apretadas y ardorosas de fiebre. ¡Romal ¡Romal ¡La sus nuevas certidumbres? ¿Por qué, pues, ya que se nega-
ciudad de los Césares, la dudad de los Papas, la ciudad ba á abandonar la sotana, fid á un amor único y por
Eterna que dos veces conquistó el mundoI ¡La ciudad pre- asco al prejuicio, no se imponía como tarea el estudio de
destinada del ensueño ardiente que acaridaba desde hacía alguna dencia permitida á un clérigo, la astronomía ó la
meses 1 ¡Allí estaba al finí ¡La veía! Algunas tempestades arqueología? Pero alguno lloraba en él, su madre sin
de los días anteriores habían hecho que disminuyesen los duda, una inmensa ternura perdida que nada había aún
grandes (alores de Agosto, y aquella admirable mañana de saciado, que se desesperaba sin fin al no poderse con-
Septiembre, refrescaba algo en el azul ligero del délo sin tentar. Era el continuo sufrimiento de su soledad; la lia-
ga que había quedado vivía en la alia dignidad de s u ra- sabía de donde. Otra noche, volvió á casa llevando en
zón reconquistada. brazos una niña, rubio angelito que apenas tenía tres
Más adelante, una tarde de otoño, bajo un triste cielo años, á la que halló bajo un banco llorando y diciendo
de lluvia, púsole la casualidad en relaciones con un ancia- que su mamá la había dejado allí. Más tarde, á la fuer-
no presbítero, con el abate Rose, vicario de Sainte-Marge- za, de esos pobres y desplumados pajarillos arrojados
rite, en el faubourg Saint Antoine. Fuéle á visitar en el del nido, tuvo que remontarse á los padres; pasar de
fondo del húmedo cuarto bajo que ocupaba en la calle de la calle á los tabucos míseros, internándose cada día más
Charonne, y cuyas tres modestas habitaciones convirtiera en aquel infierno, acabando por conocer todo su espan-
en un asilo para las criaturas abandonadas y que el buen toso horror, con el corazón ensangrentado, experimen-
abate recogía en las calles vecinas. Y desde aquel instante tando terroríficas angustias de vana caridad.
su vida cambió, entró en ella un interés todopoderoso y ¡Ahí ¡Doliente ciudad de la miseria, abismo sin fondo
poco á poco fuese convirtiendo en el auxiliar del anciano del sufrimiento y del desastre humano! ¡Cuántos viajes
presbítero. El camino era largo desde Neuilly á la calle de hizo á ella durante esos dos años que tanto trastornaron
Charonne y al principio sólo lo recorrió dos veces á la se- su sér! En aquel barrio de Sainte Marguerite, en el seno
mana. Más adelante se tomó esa molestia todos los días y mismo del faubourg Saint Antoine, tan activo, tan ani-
se iba por la mañana para no volver hasta la noche. Como moso y valiente para el trabajo, descubrió sórdidas habi-
las tres habitaciones no bastaban, hubo que alquilar el taciones, callejones enteros de casuchas sin aire y sin luz,
cuarto principal en el que se reservó una salita en la que con humedades de cueva en las que se pudre, corrompe,
se quedaba á dormir muchas noches, y sus escasas rentas agoniza y se emponzoña una población miserable. A lo
gastábanse en eso, en ese socorro inmediato prestado á la largo de la escalera, medio derruida, los pies se escurren
infancia desvalida; y el anciano cura, admirado, conmovi- en la basura en ella amontonada y en todos los pisos vése
do hasta derramar lágrimas, por aquel desprendimiento la misma desnudez, la misma basura y una vil promis-
cuidad. Faltan los cristales y el viento y la lluvia entran
juvenil que le caía del cielo, le abrazaba llorando y le lla-
á torrentes. Muchos son los que se acuestan sobre el duro
maba el hijo del buen Dios. suelo sin desnudarse jamás. Allí no hay muebles ni ropa
La miseria, la miserable y abominable miseria, cono- blanca, se lleva una vida de bestia, que se contenta y se
cióla Pedro entonces; vivió en su casa y con ella durante desahoga como puede arrastrada por la casualidad del ins-
dos años. Aquello empezó por esos pobres niños desvali- tinto y del hallazgo. Allí dentro, en montón confuso, vénse
dos á los que recogía en el arroyo ó que le llevaba la todos los sexos, todas las edades, la humanidad vuelta á
caridad de los vecinos á la sazón que el asilo era ya cono- la animalidad por la desposesión de todo-lo indispensable,
cido en el barrio; niños, niñitas, de los más pequeños por una indigencia tal y tan grande, que se disputan á
caídos en el arroyo mientras sus padres y madres trabaja- dentelladas las migajas barridas de las mesas de los ricos.
ban, se emborrachaban ó se morían. Con frecuencia el Y la peor era esa degradación de la criatura humana, que
padre había desaparecido, prostituyéndose la madre, ó no es la del salvaje que va desnudo, cazando y comiendo
la borrachera y el desorden entraron en el hogar con la su presa en los bosques primitivos, sino la del hombre
huelga ó con la parada forzosa; aquello era el lanzamiento civilizado que vuelve á ser el bruto con todas las man-
de la cría al arroyo; los más pequeños y débiles para cillas de su decadencia, manchado, afeado, debilitado en
que pereciesen de hambre y de frío en la acera, y los medio del lujo y de los refinamientos de una ciudad
fuertes y crecidos para volar hacia el crimen ó el vicio. reina del mundo.
Una noche en la calle de Charonne y bajo las ruedas de
un camión, recogió dos niñitos, dos hermanitos, que ñi En todos los hogares halló Pedro la misma historia. En
siquiera pudieron darle sus señas, y procedentes no se los principios de la vida hubo juventud, alegría y se aceg-
16 valerosamente la ley del trabajo. Más tarde sobrevino Fué un día del último invierno cuando su compasión
e¡ cansancio, ¿á qué trabajar para no ser nunca rico? ¿A' se desbordó. Durante el invierno los sufrimientos de los
qufi/ fc.1 mando bebió algunas veces para obtener así su miserables son atroces, horrendos en aquellos tabucos sin
parte de dicha, la mujer dejó que se relajasen sus víncu- fuego y en los que la nieve penetra por las junturas. El
los con el hogar y descuidó sus quehaceres bebiendo tam- Sena arrastra témpanos de hielo, el suelo está endurecido
bién algunas veces, dejando que los hijos creciesen al azar, por las heladas y muchas clases de industrias vense obli-
t i medio ambiennte era de los más deplorables y la igno- gadas á hacer paradas forzosas. E n los barrios de los tra-
rancia y el hacinamiento hicieron lo demás. Con mucha peros, obligados al descanso, vense bandadas de chicuelos
frecuencia la huelga era la gran culpable; no se contenta descalzos, apenas cubiertos sus cuerpos de andrajos, ham-
con vaciar el cajón de los ahorros, sino que enmohece el brientos y tosiendo, arrastrados por bruscas ráfagas de ti-
animo para el trabajo y acostumbra á la pereza. Durante sis. E n esos sitios encontraba familias, mujeres con cinco
las semanas vacíanse los talleres, los brazos dejan de tra- y seis niños, hechos un rebujo, un montón para entrar en
bajar y es imposible, en ese París, tan febril y activo en calor y que no habían comido hacía tres días. Y fué en
sus movimientos, encontrar el trabajo más insignificante. aquella terrible noche cuando él penetró el primero en el
J P ° r I a n o c h e el hombre vuélvese llorando, renegando fondo de una sombría avenida, en la habitación del terror,
& su casa después de haber ofrecido en todas partes sus en la que una madre desdichada habíase suicidado con
brazos, no habiendo tan siquiera una plaza de barrendero sus cinco hijitos, impulsada por el hambre y la desespe-
de las calles porque, como la colocación es de las busca- ración, drama de la miseria que debía hacer que París se
das, se necesitan protección y recomendaciones para ob- estremeciese durante unas cuantas horas. Allí no había
tenerla. ¿No es una cosa monstruosa ver en esas calles de ni un muehle, ni un pedazo de trapo, porque todo ello
la gran capital, en las que resplandecen y resuenan los debía haberse ido vendiendo pieza á pieza en casa del tra-
millones, á un hombre que busca trabajo para comer y pero ó prendero más inmediato. Allí no había más que el
que ni lo encuentra ni puede comer? La mujer no come, hornillo encendido y cuyo carbón humeaba aún. Sobre
los hijos tampoco. Entonces se presenta la negra miseria, un jergón medio vacío había caído la madre dando de
el hambre, el embrutecimiento; más tarde la rebelión y mamar al último que naciera, un niñito de tres meses, y
la ruptura de todos los lazos sociales ante la horrenda in- del pezón de su pecho macilento desprendíase una gota
justicia de pobres seres á los que su debilidad condena á de sangre hacia la que se »tendían ávidamente los labios
muerte. Y el anciano obrero, aquel al que cincuenta años del muertecito. Las dos niñas, dos lindas rubitas de tres
de dura labor han gastado los miembros, sin que en su y de cinco años, dormían allí lado á lado su eterno sueño,
vida haya podido, ahorrar unos céntimos ¿á qué camastro mientras que de los dos muchachos de más edad, el uno
de agonía irá á morir, al fondo de qué cueva ó desván? cayó anonadado al pie de la pared con la cabeza entre las
¿Sería preciso rematarlo con un mazazo, como á bestia de manos, mientras que el otro agonizó en el suelo, luchan-
carga inúul el día en que dejando de trabajar deje de ga- do, como si hubiese querido arrastrarse sobre las rodillas
nar para mal comer? Casi todos iban á morir al hospital y llegar hasta la ventana para abrirla.
mientras que otros desaparecían ignorados, arrastrados Los vecinos que acudieron contaban la horrible histo-
por el torrente fangoso de la calle. Una mañana, en el fon- ria; debíase todo aquello á una ruina lenta, á que el padre
do de algún infame chiscón, tendido sobre un montón de no encontró trabajo en ninguna parte, aficionóse tal vez á
paja podada, descubrió Pedro á uno de esos desdichados la bebida, el casero se cansó de esperar y amenazó al in-
que había muerto de hambre y de frío, olvidado allí quilino con arrojarle á la calle, y entonces la madre per-
hacía una semana y al que las ratas habfanseíe comido dió la cabeza, quiso morir y decidió á su cría á morir coa
la cara, ella, mientras que el marido, que saliera de casa á primera
hora de la mañana recorría en vano calles y plazas. En el por ventura que la máxima divina, «amáos los unos á los
momento en que se presentaba el comisario para proceder otros» no bastaba para la salvación del mundo? Le horro-
á las primeras diligencias del sumario, llegó aquel desdi- rizaba la violencia y sostenía que, por muy grande que
chado, y cuando vió, cuando pudo comprender lo que fuese el mal, muy pronto se conseguiría concluirlo el día
pasaba, cayó como un buey herido en el testuz y empezó en que se volviese atrás, á la época de la .humildad, de
á aullar con u n quejido incesante, con un grito tal de. sencillez y de pureza en que los cristianos vivían como
muerte, que todos, en la calle, aterrados lloraban. inocentes hermanos, ¡qué pintura más deliciosa hacía el
Pedro habíase llevado en el fondo de su corazón y de. buen anciano de la sociedad evangélica, cuya renovación
sus oídos el recuerdo de ese grito horrendo de la raza con- evocaba con tranquila alegría cual si fuese á realizarse al
denada que perece entre el abandono y el hambre, y no día siguiente! Y Pedro sonrió al cabo arrastrado por el
pudo ni comer ni dormir aquella noche. ¿Era posible se- embeleso de ese cuento encantador, y deseoso de huir de
mejante abominación, una falla tan absoluta de todo o la horrenda pesadilla del día. Hablaron hasta hora m u y
indispensable, una miseria tan negra que impulsaba á la avanzada, y en los días sucesivos reanudaron sus conver-
muerte en medio de aquel París rebosando riquezas, em- saciones con ese tema, que era el favorito del anciano cu-
briagado por el placer y que arrojaba millones á la calle ra, abundando siempre en nuevos detalles y hablando del
próximo reinado del amor y de la justicia con la con-
sólo para conseguir sus caprichos? ¡Cómo! ¡A un lado ten
movedora convicción de un hombre animoso que estaba
grandes caudales, tantos inútiles y dispendiosos caprichos seguro de no morir sin ver á Dios sobre la tierra.
satisfechos, tantas vidas regaladas con todas las dichas, y
al otro una pobreza encarnizada, que carecía hasta de Entonces verificóse en Pedro una nueva evolución; la
pan, sin ninguna esperanza de mejora; las madres matán- práctica de la caridad en tan mísero barrio habíale lleva-
dose con sus hijos á los que sólo podían amamantar eon do á un inmenso "enternecimiento, y su corazón desfalle-
la sangre de sus pechos exhaustos! Y al pensarlo expen-3 cía transido, lacerado por aquella miseria que, con deses-
mentó como una rebelión, por un momento tuvo concien- peración, se decía, no podía curar nunca. Y á veces, al
cia de la inutilidad irrisoria de la caridad; ¿para qué hacer despertarse el sentimiento comprendía que cedía su razón
lo que él hacía, recoger niñitos abandonados, llevar soco- y que volvía á su infancia, á esa necesidad de ternura uni-
rros á BUS padres y prolongar los sufrimientos de los vie- versal que su madre había puesto en él imaginando qui-
jos? El edificio social estaba podrido en su base; todo él méricos alivios ó esperando la ayuda de desconocidos po-
iba á derrumbarse entre el lodo y la sangre y únicamente deres. Más tarde, su temor, su odio á la brutalidad de los
un gran acto de justicia podía barrer el mundo antiguo, hechos, acabó por arrojarle á u n deseo creciente de salva-
para reconstituir el nuevo. E n aquel instante apareció de ción por el amor. Era aún tiempo á propósito para conju-
tal modo lo irreparable de la rotura, lo irremediable deJJ rar la tremenda catástrofe inevitable, la guerra fratricida
mal, cuán mortal era el cáncer de la miseria, que com- de clases que arrastraría á la caduca sociedad condenada
prendió á Jos violentos, pronto él mismo á aceptar un hu- á desaparecer bajo el montón de sus crímenes. Imbuido
por la convicción de que la injusticia había llegado á su
racán devastador y puriñcador, á la tierra purificada por
colmo, que iba á sonar la hora vengadora en que los po-
el hierro y el fuego, como antaño, cuando el Dios terrible j bres obligarían á los ricos á partir sus riquezas, plúgole
enviaba el fuego del cielo para sanear las ciudades mal-j desde entonces soñar en una solución pacífica, en el orácu-
dl lo de paz entre todos los hombres, en el retorno á la
Aquella noche, y al oirle sollozar, subió el abate Rose á pura moral del Evangelio tal cual Jesús le predicara. En
reprenderle paternalmente. Era aquel h o m b r e un santo un pincipio atormentáronle las dudas ¿era posible ese
dotado de una dulzura, de una esperanza m | I g J . D e ^ rejuvenecimiento del catolicismo antiguo? ¿Sería posible
perarse, Dios santo, cuando estaba allí el Evangelio! 6 Cra
Boma—Tomo I- 2
volverlo á la juventud, al candor del primitivo cristiané to y modales militares, de cara larga y noble echada á
mo? Se entregó al estudio leyendo, preguntando, apasio- perder por una nariz enfermiza muy pequeña, lo que pa-
nándose cada día más y más por esa gran cuestión del so- réete indicar el último fracaso de una naturaleza mal
cialismo católico, que, precisamente desde algunos años, aplomada. Distinguíase como uno de los agitadores más
venía metiendo tanto ruido, y sintiendo un estremeci- activos del socialismo católico francés. Poseía grandes ha-
miento de compasión hacia los miserables, preparado co- ciendas y una gran fortuna, si bien se decía que había
mo lo estaba para el milagro de la fraternidad, fué per- perdido más de la mitad en desgraciadas empresas agrí-
diendo poco á poco los escrúpulos de su inteligencia y se colas. En su departamento había hecho grandes esfuer-
zas para instalar granjas modelos en las que puso en prác-
persuadió de que por segunda vez Cristo tenía que venir
tica sus ideas en materia de socialismo cristiano y no
al mundo á redimir á la humanidad que tanto sufría. Al parecía que el éxito correspondiese á sus propósitos.
fin esto se formuló claramente en su espíritu con esta cer-
tidumbre de que el catolicismo purificado vuelto á sus Esto le sirvió únicamente para que le eligiesen diputa-
orígenes podía ser el único pacto, la ley suprema que sal- do y hablaba en la Cámara exponiendo el programa de
vase á la sociedad actual, conjurándose así la crisis san- su partido en largos y retumbantes discursos. Además de
grienta que la amenazaba. Dos años antes, en la época en esto, y dando muestras de un ardor infatigable dirigió
que se marchó de Lourdes, rebelándose contra aquella baja algunas peregrinaciones á Roma, presidía reuniones, daba
idolatría, con la fe muerta para siempre y con el alma, conferencias entregándose por completo al pueblo, cuya
sin embargo, inquieta ante esa eterna necesidad de lo di- conquista decía en sus conversaciones íntimas, era la úni-
vino que atormenta á la criatura, desde lo más íntimo de ca que podía asegurar el triunfo de la Iglesia. Ejerció
sobre Pedro una influencia considerable, pues éste admi-
su sér salió un grito: el de una religión nueva, ó por me-
raba ingenuamente en el vizconde las cualidades de que
jor dicho renovada, que se figuraba haber descubierto, con él carecía, como eran un gran espíritu de organización,
un fin de salvación social, y utilizando para la dicha hu- una voluntad militante un poco ruidosa, pero consagrada
mana la única autoridad moral que había en pie, la lejana por oomjpleto á la obra ide restablecer en Francia la socie-
organización del más admirable útil que se haya forjado dad cristiana. Frecuentando su trato aprendió mucho el
jamás para el gobierno de los pueblos. joven presbítero, pero á pesar de eso quedó en él el senti-
Durante ese largo período de lenta formación porque mental, el soñador cuyas elucubraciones, desdeñosas de
atravesó Pedro, dos fueron los hombres, que, aparte del las necesidades políticas, íbanse encaminadas derechamen-
abate Rose, tuvieron grande influencia sobre él. Una bue- te á la ciudad futura de la felicidad universal; mientras
na obra le permitió entrar en relaciones con monseñor que por el contrario el vizconde no tenía más que la
Bergerot, un obispo al que el Papa, en recompensa de una pretensión de acabar la ruina de la idea liberal del 89,
vida empleada en el ejercicio de la caridad, acababa de utilizando, para volver al pasado, la desilusión y la cólera
elevar á la dignidad de cardenal, y lo hizo á pesar de la de la democracia.
oposición de cuantos le rodeaban que olfatearon en el pre-
lado francés un espíritu libre. El nuevo purpurado había Pasó Pedro algunos meses como encantado y jamás
gobernado siempre su diócesis como un padre, y Pedro se neófito alguno vivió más absolutamente consagrado á la
inflamó al contacto de aquel apóstol, de aguel verdadero dicha ajena; fué todo amor y se inflamó con la pasión de
pastor de almas, de uno de esos jefes sencillos y buenos su apostolado. Aquel pueblo mísero que visitaba, aquellos
hombres sin pan ni trabajo, aquellas madres y aquellos
semejante á los que deseaba para la comunidad futura.
hijos sin alimento, hacíanle concebir cada día con más
Pero fué aun más decisivo para su apostolado el hallazgo fervor la idea de que era necesario que naciese una nueva
en las asociaciones católicas para obreros, del vizconde religión que hiciese cesar una injusticia que iba á ser al fir>
Filiberto de Choue. Era éste un hombre apuesto, de aspec-
c a u s a d e que el mundo revolucionario pereciese. Y esíaba'
resuelto á trabajar, á apresurar con todas sus fuerzas esa fermentación de un poela; parecíale á veces soñar esas pá-
intervención de lo divino, ese renacimiento del cristianis- ginas, mientras que una voz lejana é interior se las dicta-
mo primitivo. Continuaba estando muerta su fe católica ba. Con frecuencia, y cuando leía al vizconde Filiberto de
y no creía como antes en los dogmas, misterios y mila- la Lhoue las líneas escritas la víspera, éste las aprobaba
n o s ; quedábale empero una esperanza que le bastaba: la con mucha viveza, bajo el punto de vista práctico, dicien-
oe que la Iglesia pudiese hacer aún bien, guiando de la do que al pueblo, para atraerle, había que conmoverle, y
mano el irresistible movimiento democrático moderno con que habría sido necesario también componer canciones
e i o n j e t o de evitar á las naciones la amenazante catás- piadosas, y no obstante alegres, para poderlas cantar en
trofe social. Calmóse su alma desde que se consagrara á tos talleres. E n cuanto á monseñor Bergerot, sin examinar
esa misión de hacer penetrar el Evangelio en el corazón el libro bajo el punto de vista del dogma, se conmovió
del pueblo hambriento y exaltado d? los arrabales. Mo- profundamente con el ardiente hálito de caridad que se
víase, agitabase y sufría mucho menos con el horroroso desprendía de cada página. El prelado llegó hasta come-
vacio, consecuencia de su viaje á Lourdes, y como tam- ter & imprudencia de escribir una carta aprobatoria al au-
poco se interrogaba, de ahí el que no le asediase la angus- tor, autorizándole para que la pusiese en el prefacio de su
tia de la incertidumbre. Era con la serenidad del sencillo obra. Y fué era obra, la que publicada en Junio, debía ser
deber cumplido como continuaba diciendo su misa, y incluida en el Indice para prohibir su lectura. Y para de-
basta acabó por pensar que el misterio que él de aquella fenderla era para lo que iba á Roma el joven presbítero,
manera celebraba y que todos los otros misterios y dog- lleno de sorpresa y de entusiasmo, inflamado por el deseo
mas, no eran en suma más que símbolos ó ritos necesa- de que triunfase su fe y resuelto á defender personalmen-
rios a ,1a humanidad en su infancia y de los que se de- te su causa ante el Santo Padre, cuyas ideas tenía la se-
sembarazaría más tarde cuando esa humanidad engrande- guridad de haber expresado y reproducido bien.
cida purificada instruida, pudiese soportar el resplandor
de la verdad desnuda. Mientras que de este modo hacía revivir en su memoria
los tres últimos años de su vida, no se había movido, per-
Y Pedro arrastrado por su celo de ser útil y por la pa- maneciendo al lado de la barandilla, extasiado ante Roma
sión de decir en alta voz su pensamiento, se halló una ma- tan soñada y deseada. A su espalda sucedíanse sin cesar
ñana ante su mesa escribiendo un libro. Esto ocurrió de las llegadas bruscas y las marchas de los carruajes, los se-
la manera más natural del mundo, pues aquel salió de su cos ingleses y los rechonchos alemanes desfilaban después
inteligencia como un llamamiento de su corazón v sin de haber consagrado al clásico horizonte los cinco minu-
pretensiones literarias. El título, una noche que no le fué tos consignados en la guía y esto mientras que el cochero
posible conciliar el sueño, se le presentó de una manera y el caballo de su carruaje esperaban complacientemente
brusca con letras resplandecientes en medio de las tinie- con la cabeza baja y recibiendo los calurosos rayos del sol
blas; Nueva Boma. Y con esto lo decía todo porque ¿no era que caldeaba la maletita que se había quedado en la ban-
de Roma, de la eternh y de la santa de donde debía salir queta. Y parecía que hubiese enflaquecido más con su so-
el rescate, la salvación de los pueblos? La única autoridad tana negra, como espiritualizándose y quedándose inmóvil
existente se encontraba allí y el rejuvenecimiento no po- ante tan sublime espectáculo. Desde su regreso de Lourdes,
día nacer más que en la tierra en que se había arraigado la había enflaquecido mucho y su rostro demacrádose. Des-
de que su madre le arrastraba de nuevo, su gran frente
caduca encina católica. En dos meses escribió aquel libro
recta, la torre intelectual que debía á su padre, parecía
que, sin darse cuenta de ello, sin conciencia de lo que ha- amenguarse, mientras que la boca bondadosa, pero un po-
cia, estaba preparando con sus estudios acerca- del socia- * co acentuada, la barba delicada, de una ternura infinita,
contemporáneo. Fué esto en él á la manera de la dominaban, decían la que era su alma, que resplandecía
también en la llama caritativa de sus ojos,
[Ah! ¡Con que ojos más tiernos y ardientes contempló la inesperado, de una nueva visión y se quedó inmóvil otra
Roma de su libro, la nueva Roma con que había soñado! Sí, vez. Fuera de la ciudad y por encima de las copas de los
desde un principio, el aspecto del conjunto se apoderó de árboles del jardín de Corsini se le apareció la Cúpula de
él con la dulzura un tanto velada de una mañana admira- San Pedro. Dijérase que estaba sobre aquella base de ver-
ble, pero á la sazón ya podía detallar las cosas, detenién- dor y en el fondo de aquel cielo de un azul tan puro,
dose en el examen de los monumentos. Y fué con infan- que era á su vez de un azul de cielo tan diáfano que
til alegría como los reconoció todos por haberlos estudiado se confundía con el azul del infinito. En lo alto la lin-
durante mucho tiempo en los planos y en las colecciones terna de piedra que lo corona, blanca y resplandeciente
de fotografías. Allí bajo sus pies extendíase el Transtibe- de luz, estaba como suspendida en el aire.
re, más abajo del Janículo, con el caos de sus casas rojizas No se cansó Pedro, y sus miradas recorrían sin cesar el
y cuyos tejados carcomidos por el sol ocultaban el Tiber. horizonte de un extremo á otro. Deteníase en las cornisas
Quedóse un poco sorprendido al ver el aspecto algo vulgar de las casas nobles, en la gracia altiva de los montes de la
de la ciudad contemplada desde lo alto de aquella terraza, Sabina y del Alba sembrados de villas y hoteles y cuya
como nivelada por aquella ojeada á vuelo de pájaro, ape- cintura cerraba el cielo. La campiña romana extendíase
nas accidentada con sus siete famosas colinas, como ola en grandes espacios, desnuda y majestuosa semejante á
apenas sensible en medio del mar prolongado de facha- un desierto de muerte, con ese verde pardo del agua es-
das. A lo lejos, á la derecha, y destacándose azuladas de tancada, y al cabo distinguió la torre baja y redonda de la
los montes Albanos, veíase el Aventino con sus tres igle- tumba de Cecilia Metella, tras la cuar "una Cgera íínea pá-
sias medio ocultas entre verdes follajes; distinguíase tam- lida revelaba la existencia de la antigua vía Appia. Restos
bién el Palatino descoronado y al que una línea de cipre- de algunos acueductos sembraban la hierba rala con el pol-
ses parecía rodear con una franja negra. Confundíase tras vo de mundos derrumbados, y al volver tffra vez s'us mira-
esto el Coelius, no dejando ver más que los árboles de la das encontraba la ciudad con la mezcla de sus edificios.
villa Mater que palidecían con el polvillo de oro del sol. En ella, muy cerca, reconocía gracias á sus balconadas
Unicamente el esbelto campanario y las dos cupulitas de con vistas hacia el río el enorme cubo obscuro formado por
Santa María la Mayor indicaban en donde se hallaba la el palacio Farnesio. Más lejos, aquella cúpula baja y re-
cima del Esquilmo, enfrente muy lejos y al otro extremo donda, apenas perceptible, debía ser la del Pantheón. Más
de la ciudad, mientras que sobre las alturas del vecino allá aun y por medio de bruscos saltos se llegaba á los
Viminal, inundado por la luz, no vió mas que una confu- muros blanqueados de San Pablo del Campo, con sus ta-
sión de grandes bloques blancuzcos estriados con rayitas pias semejantes á las de una granja colosal; las estatuas
obscuras y que eran sin duda construcciones modernas se- que coronan San Juan de Letrán, ligeras, tamañas como
mejantes á una cantera abandonada. Durante largo rato, insectos; después el pulular de las cúpulas y medias na-
y sin poderlo descubrir estuvo buscando el Capitolio. Tuvo ranjas, como la de Jesús, la de San Carlos, la de San An-
por necesidad que sentarse y se convenció al cabo de drés del Valle, la de San Juan de los Florentinos y tantos
que veía el remate de la torre, por delante de Santa María otros edificios vibrantes aún de recuerdos, el castillo de
la Mayor, allá abajo, y que era aquella torre cuadrada y Santángelo, cuya estatua centelleaba, la villa de los Médi-
modesta que se confudía entre los tejados que la rodea- cis que dominaba la ciudad entera, la terraza del Pincio
ban. Venía en seguida, hacia la izquierda el Quirinal, fácil en donde blanquean los mármoles entre los árboles raros,
de reconocer por la larga fachada del palacio real, fachada las grandes umbrías de la Villa Borghese, á lo lejos, ce-
de cuartel ó de hospital, de un amarillo áspero, vulgar y rrando el horizonte con sus verdes cimas. En vano buscó
perforado por un sin fin de ventanas todas iguales. En el el Coliseo; el ligero vientecillo del Norte, que en aquellos
momento en que se volvía su|rió el encanto repentino^ momentos soplaba, aunque sin fuerza casi, empezó sin
24 as
embargo á disipar las neblinas matinales. Entre las vapo- idea de una tentativa burocrática y enojosa, de un ensaye*
rosas lontananzas ¡transe destacando con vigor barrios ente- de modernismo sacrilego en una ciudad, aparte que ha-
ros semejantes á promontorios en un mar iluminado por bría convenido dejar al ensueño del porvenir. Esta sensa-
el sol. Acá y acullá, entre el indistinto amontonamiento ción casi penosa de un presente importuno, la echó á un
de las casas, resaltaba un trozo de muro blanco, u n jardín lado, no queriendo detener en todo un barrio nuevo, en
se estendía como una mancha negra y todo ello con una toda una ciudad abotargada, sin duda en construcción
potencia de coloración sorprendente. Y el resto, la con- aún, que veía claramente al pie de San Pedro y á orillas
fusa mezcla de las calles, de las plazas, de islotes sin del río. Su Roma nueva, la suya, la que él soñó, y con
fin, sembrados en todas direcciones, se mezclaban, se bo- la que soñaba aún, hasta enfrente del Palatino anona-
rraban ante la gloria viviente del sol, mientras que altas dado bajo el polvo de los siglos, de la cúpula de San
humaredas blancas, desprendidas de ios techos, se eleva- Pedro, cuya gran sombra cobijaba al Vaticano, del pala-
cio del Quirinal retocado y repintado de nuevo, reinan-
b a n y atravesaban con lentitud la pureza infinita del cielo.
do burguesmente sobre los barrios nuevos que se abrían
Pero muy pronto, y por secreto instinto, no se interesó paso por todas partes despanzurrando la antigua ciudad de
Pedro más que por tres puntos de aquel horizonte inmen- rojizos techos, resplandeciente á la sazón, bajo el claro
so. Allá abajo una línea de delgados cipreses que rodeaba sol matinal.
como con una negra franja la altura del Palatino, le emo-
cionó; detrás no veía nada más que el vacío, pues los pa- Nueva Roma, el título de su libro, empezó á flamear de-
lacios de los Césares habían desaparecido arruinados, de- lante de Pedro y con otra meditación revivió su libro des-
rrumbados por el tiempo y los evocó, creyendo verlos pués de haber revivido su vida. Lo había escrito con en-
aparecer como fantasmas de oro, vagos y temblorosos por tusiasmo, utilizando las notas amontonadas al azar, y la
entre la púrpura de la espléndida mañana. Después vol- división en tres partes se impuso en seguida; el pasado, el
viéronse sus miradas á San Pedro y allí la cúpula estaba presente y el porvenir.
a ú n en pie abrigándose bajo ella el Vaticano, que Pedro El pasado era la extraordinaria historia del cristianismo
sabía estaba á su lado, pegado al costado del coloso. Y lo primitivo, de la lenta evolución que convirtió á ese cris-
encontró triunfal, color de cielo, tan sólido y tan vasto, tianismo en el catolicismo actual. Demostraba que, bajo
que se le apareció como u n rey gigante dominando la ciu- toda evolución religiosa, se oculta una cuestión económi-
dad entera viéndosele desde todas parles eternamente. Fijó ca, y que, en resúmen, el eterno mal, la lucha eterna, no
después sus miradas enfrente, en el otro monte, en el ha existido jamás más que entre el pobre y el rico. Entre
Quirinal, en el-que el palacio del rey no le pareció más los judíos y cuando poniendo fin á su vida nómada y li-
que u n cuartel achatado y bajo, embadurnado de amari- bre s e establecen en Canaá y se crean la propiedad, esta-
llo, y toda la historia secular de Roma, con sus continuos lla la lucha de clases. Hay ricos y hay pobres y entonces
nace la cuestión social. La transición había sido brusca, el
tarstornos, sus sucesivas resurrecciones, estaba allí para
nuevo estado de cosas empeoró tan rápidamente, que los
él, en aquel simbólico triángulo, en aquellas tres colinas pobres, acordándose aún de la edad de oro de la vida nó-
que se miraban por a m a del Tíber; la Roma antigua des- mada, sufrieron y reclamaron con mayor violencia. Hasta
plegándose en un amontonamiento de palacios y de tem- Jesús, los profetas no fueron más que rebeldes que surgie-
plos, flor monstruosa del poderío y del esplendor imperia- ron de la miseria del pueblo, que hablaban de sus desdi-
les; la Roma papal, victoriosa en la Edad Media, señora chas y atacaban á los ricos á los cuales profetizaron toda
del mundo, haciendo pesar sobre la cristiandad esa igle- clase de males en castigo de su injusticia y de su dureza.
sia colosal de la belleza reconquistada; la Roma actual, la Jesús mismo no es ni más ni menos que el último de
que él desconocía, que había descuidado, cuyo palacio ellos y aparece como la divina reclamación viviente del
real, tan desnudo, tan frío, le dió una idea muy pobre, la
derecho de los pobres. Los profetas, socialistas y anarquis- Esa primera parte de su libro, esa historia del pasado;
tas, predicaron la igualdad social, reclamando hasta la des- habíala completado Pedro con un estudio á grandes ras-
trucción del mundo si éste no era justo. El aporta igual- gos del catolicismo hasta nuestros días. Al principio tratá-
mente á los pobres el odio al rico; toda su doctrina es una base de San Pedro ignorante, inqu'.eto, presentándose en
amenaza contra la riqueza, contra la propiedad y si se en- Roma por un impulso de genio, yendo á realizar los orácu-
tendiese por el Reino de los cielos, que prometía la paz y los antiguos que predijeran la eternidad del Capitolio.
la fraternidad en esta tierra, no habría en todo ello más Después los primeros papas, sencillos jefes de asociacio-
que la vuelta á la edad de oro de la vida pastoral, no sería nes funerarias; más tarde el lento advenimiento del papa-
más que el sueño de la comunidad cristiana tal cual apa- do todopoderoso, en perpetua lucha de conquista en el
rece haberse realizado después de Jesús por sus discípu- mundo entero y forcejeando sin descanso para satisfacer
los. Durante los primeros siglos, cada iglesia ha sido un su ensueño de dominación universal. En la edad media,
ensayo de comunismo, una verdadera asociación cuyos con los grandes papas, creyó la Iglesia por un instante
miembros lo poseían todo en común, fuera de la mujer y conseguir su fin, ser la dueña soberana de los pueblos, ¿no
de la familia. Los Apologistas y los primeros Padres de la sería la verdad absoluta ese papa-pontífice y rey de la tie-
Iglesia dan fe de esto. El cristianismo en esa época no era rra que reinase sobre las almas y los cuerpos de todos los
más que la religión de los humildes, de los míseros y de hombres como el mismo Dios, de quien es el representan-
los pobres, una democracia, un socialismo en lucha con- te? Esa ambición total y desmesurada, pero de una lógica
tra la sociedad romana. Y cuando ésta se derrumbó po- perfecta, fué conseguida por Augusto, pontífice y empera-
drida por el dinero, sucumbió bajo el agio, los negocios dor, amo del mundo y, renaciendo siempre de entre las
ilícitos y los desastres financieros más bien aún que al ruinas de la Roma antigua, es la figura gloriosa de Augus-
empuje de la invasión de los bárbaros ó minada por el to la que hechizó á los papas; fué la sangre de Augusto la
sordo trabajo de termitas de los cristianos. La cuestión de que latió e n sus venas. Pero el poder se dividió con el
dinero está siempre en la base. Así se tiene de ello una hundimiento del imperio romano. Era necesario partir, de-
nueva prueba cuando el cristianismo triunfante al fin, jar al emperador el poder y gobierno temporal y no con-
gracias á las condiciones históricas, sociales y humanas, servar sobre él más potestad que la de consagrarle por de-
fué declarado religión del Estado. Para asegurar su victo- legación divina.
ria tuvo necesariamente que tratar con los ricos y con los El pueblo era de Dios y el papa entregaba el pueblo al
poderosos, y es preciso ver por medio de qué sutilezas y emperador en nombre de Dios y podía hasta quitárselo,
de qué sofismas los padres de la Iglesia logran descubrir poder sin límite del que el arma más terrible fué la exco-
la defensa de la propiedad en el Evangelio de Jesús. En munión, soberanía superior que caminaba al pasado, á la
esto había para el cristianismo una necesidad política de posesión real y definitiva del imperio. En resumen: entre
vida y sódo á ese precio convirtióse en el catolicismo, en el papa y el emperador, la querella eterna era el pueblo,
la región universal. Desde entonces erigióse la potente que ambos se disputaban, la masa inerte de los humildes
máquina, arma de conquista y de gobierno; arriba los ri- y de los que sufren, el gran mudo del que sólo sordos ge-
cos, los poderosos, que tienen el deber de partir con los midos revelaban á las veces la incurable miseria. Se dis-
pobres, pero que no hacen nada; abajo, los pobres, los tra- ponía del pueblo como de un niño para su bien y la Igle-
bajadores, á los que se enseña á resignarse y á obedecer, sia ayudaba verdaderamente á la civilización, prestaba ser-
reservándoles el reino futuro, la compensación divina y vicios á la humanidad y repartía abundantes limosnas.
eterna. Admirable monumento que ha durado muchos si- Siempre, sin embargo, volvía á aparecer el sueño antiguo
glos, en el que todo está construido, basado en esa prome- de la comunidad cristiana, á lo menos en los conventos;
sa de un más allá, sobre esa inextinguible sed de inmor- un tercio de las riquezas recogidas para el culto, otro teis
talidad jr de justicia que consume al hombre.
ció para el clero y el otro tercio restante para los pobres. posesión de sí misma. Era como el desenlace aparente de
¿No era esto la vida simplificada, la existencia hecha fácil la prolongada lucha por la posesión del pueblo entre el
á los fieles que no tenían deseos terrestres y esperaban las emperador y eí papa; el emperador desaparecía y el pue-
inauditas satisfacciones del cielo? ¡Dadnos la tierra entera blo, en adelante libre para disponer de sus destinos, pre-
tendía escapársele al papa, solución imprevista ante la
y haremos tres partes de los bienes de aquí abajo y ya
cual parecía que debería derrumbarse todo el antiguo an-
veréis que edad de oro reinará, en medio de la resigna- damiaje del catolicismo.
ción y obediencia de todos!
Pedro mostraba en seguida al papado asaltado por gran- Pedro terminaba aquí la primera parte de su libro con
un llamamiento al cristianismo primitivo enfrente del ca-
des peligros al salir de todo su poderío de la Edad Media.
tolicismo actual, que es el triunfo de los ricos y de los
Estuvo en poco que el Renacimiento no lo arrastrase con poderosos. Esa sociedad romana que Jesús vino á destruir
su lujo y su desbordamiento, en el hervir de la savia vi- en nombre de los pobres y de los humildes ¿no la restauró
viente, manada de la eterna naturaleza, despreciada y con- la Roma católica á través de los siglos con su obra políti-
siderada como muerta durante muchos siglos. Más ame- ca de dinero y de orgullo? ¡Y qué triste ironía cuando se
nazadores aún eran los sordos despertamientos del pueblo, afirmaba que después de mil ochocientos años de Evan-
de ese gran mudo cuya lengua parecía que quería empe- gelio el mundo se encenagaba de nuevo en el agio, en los
zar á soltarse. Estalló la Reforma como una protesta de la negocios ilícitos, en los desastres financieros, en esa ho-
razón y de la justicia, como un llamamiento hacia las ver- rrenda injusticia que permite que haya hombres repletos
dades desconocidas del Evangelio y fué preciso, para que de riquezas entre los millares y millares de hermanos su-
Roma se salvase de su total desaparición, la ruda cruenta yos que perecen de hambre! Todo lo que se refería á la
defensa de la Inquisición y la lenta y obstinada labor del salvación de los míseros, de los desdichados, había que
Concilio de Trento, que afirmó el dogmja y aseguró el po- comenzarlo de nuevo. Pero estas cosas tan terribles decía-
der temporal. Entonces fué cuando se verificó la entrada las Pedro en páginas tan dulcificadas por la caridad, tan
del papado en dos siglos de paz y de olvido, porque las só- impregnadas de esperanza, que habían perdido por com-
lidas monarquías absolutas que se habían repartido la pleto su peligro revolucionario. Además de esto, en su li-
Europa, podían pasarse sin él y no temblaban ya ante los bro, en ninguna parte se atacaba el dogma. Su libro no
rayos de la excomunión, que habían perdido toda su fuer- era más que el grito de un apóstol, con su forma senti-
za, ni consideraban al papa más que como á un maestro mental de poema, en el que ardía el único amor del pró-
de ceremonias, encargado de ciertos ritos. En la posesión jimo.
del pueblo habíase producido un desequilibrio; si los re-
yes tenían el pueblo por Dios, el papa era el que debía re- Venía en seguida la segunda parte de la obra; el pre-
gistrar la donación de una vez por todas, así sin tener que sente, el estudio de la sociedad católica actual. En esa
intervenir para nada, fuese la ocasión que quisiese, en el parte había hecho Pedro una pintura horrible de la mise-
gobierno de los estados. Nunca ha estado Roma más lejos ria de los pobres, de esa miseria de las grandes ciudades
de realizar su sueño de dominación universal. Y cuando que ten á fondo conocía, de la que él sangraba aún por
estalló la Revolución francesa pudo creerse que la declara- haber tocado aquellas llagas emponzoñadas. La injusticia
ción de los derechos del hombre iban á acabar con el papa- no se podía tolerar, la caridad era impotente y tan espan-
do, depositario del derecho divino que Dios le había dele- toso el sufrimiento que toda esperanza moría en el cora-
gado sobre las naciones. De aquí, aquella inquietud pri- zón del pueblo. Lo que había contribuido á matar la fe
mera, aquella cólera, aquella defensa desesperada del Va- en él ¿no era e3 espectáculo monstruoso de la cristiandad
ticano contra la idea de libertad, contra ese nuevo credo 'cuyas abominaciones le corrompían enloqueciéndole de
de la razón libertada y de la humanidad que entraba en rencor y venganza? Y en seguida, después de ese cua-
3ro de una civilización corrompida y en camino de des- bres y He los humildes y restablecer la universal comuni-
aparecer, reanudaba la historia en la Revolución francesa, dad cristiana. Es de esencia democrática y si se puso á
en la inmensa esperanza que la idea de libertad habla bien con los ricos y los poderosos cuando el cristianismo
aportado al mundo. Al llegar al poder de la burguesía, el se convirtió en ed catolicismo, no hizo más que obedecer á
la necesidad de defenderse para vivir sacrificando su pri-
gran parüdo liberal se encargó en fin de hacer la dicha
mitiva pureza; de manera, que si hoy abandonase á las
de todos. Pero lo peor de todo es que decididamente la li- clases directoras condenadas, para volver al pueblo, á la
bertad, después de un siglo de experiencia, no parece ha- masa de los míseros, no haría sencillamente más que acer-
ber proporcionado á los desheredados más felicidad. L& carse otra vez á Cristo, se rejuvenecería y purificaría de
desilusión empieza en el dominio político. En todo caso, los compromisos políticos que haya podido contraer. En
si el tercer estado se declara satisfecho, desde que reina, todas las épocas la Iglesia, sin renunciar en nada á su ab-
el cuarto estado, los trabajadores, siguen sufriendo siem- soluto, supo plegarse ante las circunstancias; se reserva su
pre y continúan reclamando su parte. Se les proclamó li- soberanía total, tolera sencillamente lo que no puede im-
bres, se les concedieron los derechos y la igualdad política pedir, espera con paciencia durante muchos siglos á que
y esos no son para ellos más que dones ilusorios porque llegue el minuto en que pueda ser señora, dueña del
sólo tienen, antes como ahora bajo su esclavitud económi- mundo. Y en esa ocasión ¿no iba á sonar el minuto en la
ca el derecho de morirse de hambre. De ahí han nacido crisis que se preparaba? De nuevo todos los poderes se
todas las reivindicaciones socialistas y el problema aterra- disputan la posesión del pueblo. Desde que la instrucción
dor, que parece va á concluir con la sociedad actual, que- y la libertad hicieron de él una fuerza, un sér con con-
dó planteado desde luego entre el trabajo y el capital. ciencia y con voluntad que reclama su parte, todos los
Cuando la esclavitud desapareció del mundo antiguo para gobernantes quieren guardarle, reinar para él y con él, si
ceder su puesto al salario, la revolución fué inmensa y en es necesario. El socialismo, he ahí el porvenir, el nuevo
verdad que fué la idea cristiana uno de los factores más instrumento de reinar y todos se hacen socialistas, los re-
poderosos que contribuyeron á la desaparición de la escla- yes que se tambalean en sus tronos, los jefes burgueses de
vitud. Hoy, que se trata de reemplazar el salario por otra inquietes repúblicas y los mangoneadores políticos y am-
cosa, tal vez por la participación del obrero en los benefi- biciosos que sueñan con el poder. Todos están de acuerdo
cios ¿por qué el cristianismo no ha de mtentar alguna en que el Estado capitalista es un retroceso al mundo pa-
gano, al mercado de esclavos, todos hablan de romper la
nueva acción? Ese advenimiento próximo y fatal de la
atroz férrea ley: el trabajo convertido en una mercancía
democracia es otra fase de la historia humana que se a b r g sometida á las leyes de la oferta y ta demanda, el salario
es la sociedad de mañana que se crea Y Roma no podía calculado en lo que estrictamente necesita el trabajador
permanecer indiferente, el papado iba á tener que tomar para no morirse de hambre. Abajo, los males aumentan,
¡>arte en la querella si no quería desaparecer del mundo los trabajadores agonizan de hambre y de desesperación
como un engranaje completamente inútil. mientras que por cima de sus cabezas crúzanse continuas
De ahí la legitimidad del socialismo c é l i c o Cuando discusiones, agótense las buenas voluntades intentando irri-
por todas partes surgen sectas socialistas d i s p j á n d o ^ a sorios remedios. Es el pataleo, el loco azotamiento de
felicidad del pueblo con soluciones á pornllo la Iglesia las grandes catástrofes próximas. Entre los otros el so-
d e b í presentar la suya. Y era en esto en donde aparecía cialismo católico, tan ardiente como el revolucionario, se
ia Roma nueva y la evolución se extendería con una re- presente en batalla y trata de vencer.
novación ilimitada de esperanza. Era cierto que la Iglesia
católica no tenía nada en sus principios contrario a una
democracia; es más, no tenía que hacer mas que recobrar A esto seguía un estudio de los prolongados esfuerzos
r e d i c i ó n evangélica, volver á ser la Iglesia de los po- del socialismo católico en la cristiandad entera. Lo que
lucha era más viva, pero sobre todo es lucha de ideas. La
llamaba la atención era que la lucha íbase haciendo más batalla se daba contra la Revolución y parecía que habría
viva y victoriosa desde que se libraba en un terreno de bastado el restablecimiento de la antigua organización de
propaganda, no conquistando aún al cristianismo, for los tiempos monárquicos para volvter á la edad de oro. De
ejemplo: en las naciones en que éste se encontraba cara a esta manera la cuestión de las corporaciones obreras llegó
cara del protestantismo, los curas luchaban por la vida á ser el único negocio, algo como la panacea para todos
con una pasión extraordinaria, disputando á los pastores los males de los trabajadores. Pero estaban muy lejos de
la posesión del pueblo con golpes atrevidísimos, expo- entenderse; los unos, los católicos, que rechazaban la inge-
niendo teorías audazmente democráticas. E n Alemania, la rencia del Estado, que preconizaban una acción puramen-
tierra clásica del socialismo, el primero que hablo de te moral, querían que esas corporaciones fuesen libres;
cargar á los ricos de tributos é impuestos, fué monseñor mientras que los otros, los jóvenes, los impacientes, re-
Ketteler, y él fué también el que creó más tarde una vas- sueltos á la acción, deseaban que fuesen obligatorias, con
ta agitación, dirigida hoy por el clero, gracias á numero- capital propio, reconocidas- y amparadas por el Estado. El
sos periódicos y asociaciones. En Suiza, monseñor Menni- vizconde Filiberto de la Choue, particularmente, sostuvo
llod, pleiteó con tanto valor por la causa de l 9 s pobres, una ardiente campaña, valiéndose de la palabra y de la
que los obispos ahora hacen causa «>mun con los so- pluma en favor de esas corporaciones obligatorias, y su
cialistas demócratas, á los que sin duda, esperan comer- pena mayor consistía en no haber podido decidir a ú n al
tir el día de la repartición. E n Inglaterra, donde el socia Papa á pronunciarse de una manera definitiva sobre el
lismo penetra con tanta dificultad ^ n ^ g u i ó el ^ r d e n a l caso de saber si las corporaciones debían ser libres ó ce-
Maning grandes victorias y tomó la defensa de los traba rradas. A creerle, la suerte de la sociedad estaba allí lo
jadores en una huelga famosa, produciendo un m o . ™ - mismo que la solución pacífica de la cuestión social en la
to popular señalado por frecuentes conversiones. Pero so que una tremenda catástrofe debía arrastrarlo todo. E n el
fondo, por más que no quisiese confesarlo, el vizconde ha-
bre todo fué e n América, en los Estados Unidos en donde
bía ido á parar al socialismo del Estado. Y sin embargo
triunfó el socialismo católico en " ^ de esa falta de acuerdo, la agitación continuada siendo
fera saturada de democracia que obligó ¿ o b i s p o s taU*. grande, habíanse hecho tentativas poco afortunadas, como
como monseñor Ireland, á ponerae á la cabeza dellas re- sociedades cooperativas de consumo, sociedades para la
ivindicaciones obreras; parece que hay g í « construcción d e casas para obreros, Bancos populares, re-
da una Iglesia nueva, confusa aun, pero desbordante de trocesos más ó menos disfrazados á lo que eran las anti-
savia, sosfenida por una esperanza guas comunidades cristianas. Esto muestra que, de día en
roía del cristianismo re uvenecido de manana Y si se día, en riiedio d e la confusión de la hora presente, entre la
nasa en seguida á Austria y Bélgica, naciones católicas, se turbación de las almas y de las dificultades políticas por-
?e que en°la primera el socialismo católico se confunde que atraviesa el país, al partido católico militante pare-
con d antisemitismo y que en la segunda no tiene ningún cíale que sus esperanzas agrandaban hasta llegar á la cie-
sentido determinado, mientras que todo moprniento se ga certidumbre de reconquistar muy pronto el gobierno
detiene y hasta desaparece, cuando se llega á España t del mundo.
T t a l f a 1 L s viejas tierras de la fe. España entregada á las
S n d a s de los revolucionarios y con sus testarudos obis- La segunda parte del libro terminaba precisamente con
pos < Z s * entretienen en fulminar anatemas contra los un cuadro del malestar intelectual y moral en que se agi-
fncrédutos, como lo hacían en tiempos de la Inqu.s.ción, ta este fin de siglo. Si la masa de los trabajadores sufre
en tantó mi o Italia se halla inmovilizada en a tradición, por verse mal recompensada y exigs una nueva partición
ski inidatha posible, reducida al süencio y al respeto al- en la que al menos se le asegura el pan diario, parece que
i S e d o í de la Santa Sede. En Francia, sin embargo, la liorna—Tomo 1—3
vas, aun con la ciencia ¡una religión nueva! ¡Una religión
nueva! ¿y no era el antiguo catolicismo que, en esa tierra
contemporánea en donde parecía favorecer ese milagro,
mmmmm
Z n c m agrandada. Es la famosa bancarrota del ragonató
iba á renacer, surgiendo nuevas ramas verdes para des-
arrollarse en una juvenil é inmensa florescencia?
Por último, en la tercera parte de su libro, había dicho
Pedro con frases inflamadas y entusiásticas de apóstol, lo
que iba á ser el porvenir, ese catolicismo rejuvenecido
la angustia del f que había de llevar á las naciones agonizantes la salud y
la paz, la olvidada edad de oro del cristianismo. Y desde
luego, empezaba con un retrato enteroecedor y glorioso
de León XIII, el papa ideal, el predestinado para la sal-
vación de los pueblos. Lo había evocado y visto también
con su ardiente afán de la venida de un pastor que pusie-
se fin) á la miseria. No era un retrato de mezquina seme-
janza sino el del salvador necesario, de inagotable caridad,
de corazón é inteligencia grandes, tales cuales él los soñaba.
No obstante había estudiado mucho, examinando docu-
mentos y encíclicas, y basado la figura sobre los hechos
la educación religiosa en Roma, la corta nunciatura en
s ^ g f e s s ? Bruselas y el largo episcopado en Perusa. Desde que
León XIII es papa, en la difícil situación legada por
Pío IX, pe revela la dualidad de su naturaleza, al guar-
dián inquebrantable del dogma, y al político sagaz resuel-
to á llevar la conciliación todo lo lejos que pueda. De una
l05 ^ i éacjBtmr ,MJue. se ««
manera clara rompe con la filosofía moderna, y se remon-
riosa inmortalidad! ,bs el tener soportar ta por cima del Renacimiento á la Edad Media y restaura
en las escuelas católicas la filosofía cristiana según el es-
píritu de Santo Tomás de Aquino, el angélico Doctor.
Puesto el dogma al abrigo de esta manera, vive de equili-
brio, dahdo prendas á todos los poderes y se esfuerza en
utilizar todas las ocasiones. Se le ve, dando pruebas de
una actividad extraordinaria, reconciliar á la Santa Sede
los problemas del d e s t i n o ' E ^ ermieno con Alemania, aproximarse á Rusia, contentar á Suiza,
l o s Pueblos j u r a n t e d e l T ^ de desear la amistad de Inglaterra, y escribir al emperador
ca cómo, en este nn ae , ¡ a igualmente de la
de la China para pedirle que proteja á los misioneros y á
labor de los preñada los cristianos de su imperio. Más adelante intervendrá en
profunda turteaon que domma á j a n senfiraieilto
Francia y reconocerá la legitimidad de la República. Des-
con una nueva s o c a e d ^ ha despe ^ de de el principio se desprende un pensamiento; pensamien-
to que hará de él uno de los grandes papas políticos y ese
p s i * fe L1: t e a es, por otra p¡arte, el pensamiento secular del papado^ la
creará otras n u
S U » i * — ° *
conquista de todas las almas. Roma, centro y señora del eos en fortuna la miseria de los demás. Obligado á tratar
mundo. No hay más que una voluntad, que un fin, el de con vaguedad las cuestiones de organización, limítase á
tarbajar para la unidad de la Iglesia, atraer á éste á las alentar el movimiento corporativo que coloca bajo el pa-
comunidades disidentes para hacerla invencible en la lu- tronato del Estado y, después de restaurar de ese modo la
cha social que se prepara. E n Rusia intente hacer recono- autondad civil, coloca á Dios en su sitio soberano y opina
cer la autoridad moral del Vaticano; en Inglaterra sueña que la salvación se halla en la aplicación de remedios mo-
con desarmar á la Iglesia Anglicana y atraerla á una es- rales, en el antiguo respeto debido á la propiedad y á la
pecie de tregua fraternal; pero en Oriente es en donde so- familia. Pero esa mano cariñosa del augusto Vicario de
bre todo aspira á un acuerdo con las Iglesias cismáticas, Cnsto, tendida públicamente á los humildes y á los po-
á las que ama sencillamente como á hermanas separadas, bres ¿no era el signo, cierto de una nueva alianza, el anun-
á las que su corazón de padre ruega vuelvan á su lado; cio de u n nuevo reinado de Jesús sobre la tierra? En ade>-
¿de qué fuerza no dispondría Roma victoriosa- el día en lante sabría el pueblo que no estaba abandonado. Y desde
entonces, qué gloria más grande la alcanzada por León
que, sin contradicción, reinase sobre todos los cristianos
XIII, cuyo jubileo sacerdotal y jubileo episcopal se cele-
de la tierra entera? braron por la cristiandad entera, entre el concurso de
Y es en esto en donde aparece la idea social de León XIII una multitud inmensa, de regalos sinnúmero y de hala-
que. siendo a ú n obispo de Perusa, escribió una carta pas- güeñas cartas enviadas por todos los soberanos!
toral en la que se revelaba un vago y humanitario socia-
lismo. Más tarde, cuando se puso la tiara, cambió de opi- Trató én seguida Pedro la cuestión del poder temporal,
nión y fulminó censuras contra los revolucionarios cuyas lo que creyó que podía hacer con entera libertad. Sin du-
audacias aterraban por entonces á Italia. Empero, inme- da no ignoraba que en su lucha con Italia, el papa soste-
diatamente cambia de dirección ¡advertido por los. hechos nía con tanta obstinación como en el primer momento,
y comprendiendo el peligro mortal que hay al dejar el sus derechos sobre Roma; pero imaginó que en eso había
socialismo en manos de los enemigos del catolicismo. Oye una sencilla actitud necesaria, impuesta por razones polí-
lo que le dicen los obispos populares de los países de pro- ticas y que desaparecería cuando sonase la hora. Pedro
paganda, cesa en su intervención en la querella irlandesa, estaba convencido de que si el papa no se había presenta-
retira ¡a excomunión que había fulminado contra los Ca- do nunca á tanta altura comí» á la sazón, lo debía, á la
pérdida del poder temporal, á la que debía también ese
balleros del Trabajo de los Estados Unidos, y prohibe que
gran aumento de su autoridad moral, ese puro esplendor
se pongan en el Indice, los libros un tanto atrevidos de los que le rodeaba como una aureola. ¡Qué historia más larga
escritores católicos socialistas. Esta evolución hacia la de- y más llena de faltas y de conflictos la de la posesión du-
mocracia se ve en sus encíclicas más famosas; en Inmor- rante quince siglos de ese pequeño reino de Roma! E n el
tale Dei, acerca de la constitución de los Estados, Libertas, siglo cuarto, Constantino se marcha de Roma, no dejando
sobre la libertad humana, Sapientice, sobre los deberes de en el vacío Palatino más que algunos funcionarios olvida-
los ciudadanos cristianos: Rerum Novarum, que trata de la dos y el papa se apodera, naturalmente, del poder, y la
situación de los trabajadores y en esta es en la que más vida de la ciudad pasa á Letran. Hasta pasados cuatro si-
especialmente dijérase que se rejuvenece la Iglesia, h-1 pa- glos 110 reconoció Cario Magno los hechos consumados, ce-
pa se ocupa en d í a de la inmerecida miseria do los tra- diendo de una manera formal al papa, los Estados de la
te jado res de las horas de trabajo demasiado prolongadas Iglesia. Desde entonces no ha cesado la guerra entre el
y de lo insuficiente del jornal. Todo hombre tiene derecho poder espiritual y los poderes temporales, con frecuencia
á vivir y el contrato arrancado por el hambre es injusto. latente, muchas veces aguda, entre sangre y llamas. ¿No
Declara además que no puede abandonar al obrero sin de- sería hoy poco razonable soñar que en medio de Europa
fensa á una explotación que transforma para algunos po-
t d n a s e el papa sobre un girón de territorio, en el que es- han acrecentado el poderío internacional de la Iglesia y
taría expuesto á todos los vejámenes y en el que no se los miembros católicos figuran en número hadante en los
podría sostener sin el amparo de un ejército extranjero? parlamentos de las repúblicas y de las monarquías consti-
jQué sería del papado e n la matanza general que se temel tucionales. Todas las circunstancias parecían pues favore-
¡Y cuanto más resguardado no está, más elevado y más cer esa fortuna extraordinaria del catolicismo envejecido
digno no es, cuando se desprende de todo cuidado terrestre y acometido del vigor de la juventud. Hasta la ciencia, á
y reinando nada más sobre las almas! E n los primeros la que acusan de bancarrota, lo que salva del ridículo al
tiempos de la Iglesia el papado de un carácter local, pu- Syllabus, turba la inteligencia y reabre el campo ilimitado
ramente romano, se fué catolizando, es decir, haciéndose del misterio y de lo imposible. Y entonces es cuando se
universal, conquistando su imperio sobre la cristiandad recuerda una profecía que en tiempos fué hecha; el papa-
entera. Del mismo modo el sacro colegio, continuación en do dueño de la tierra el día en que marchase á la cabeza
un principio del antiguo senado romano, se unlversalizó de la democracia después de haber reunido á la Iglesia
también en seguida y hoy, en nuestros días, es la más uni- católica, apostólica y romana, las iglesias cismáticas de
versal de todas las asambleas, en la que toman asiento Oriente. Los tiempos habían llegado, puesto que el papa
miembros de todas las naciones. ¿Y no era evidente que dado el adiós á los ricos y á los poderosos del mundo, de-
el papa, apoyado de esa manera en los cardenales, se halla jando á los reyes desposeídos de sus tronos en el destie-
convertido en la única y más grande autoridad interna- rro, se ponía como Jesús á la cabeza de los trabajadores
cional, tanto más poderosa, cuanto está libre de los inte- sin pan y do los mendigos de las calles. Tal vez pasarían
reses monárquicos y habla en nombre de la humanidad y aún algunos años de horrible miseria, de inquietante con-
hasta por cima de la noción misma de la patria? La solu- fusión, de peligro tremendo social y el pueblo, ese gran
ción tan buscada en medio de guerras tan prolongadas, mudo del que se ha dispuesto hasta aquí como juguete,
indudablemente es esa: ó dar la soberanía temporal del hablará, volverá á la cuna, á la Iglesia unificada de Roma
mundo al papa, ó no dejarle más que la soberanía espiri- para evitar la amenazadora destrucción de las sociedades
tual. Representante de Dios, soberano absoluto é infalible humanas.
por delegación divina, no puede permanecer más que en Y Pedro terminaba su libro con una apasionada evoca-
el santuario, si ya dueño de las almas, no es reconocido ción de la nueva Roma, de la Roma espiriiual que había
por todos los pueblos como único dueño de los cuerpos, de reinar muy pronto sobre los pueblos reconciliados y
rey de reyes. fraternizando como una edad de oro. Veía también el
¡Pero qué extraña aventura es ese nuevo empuje del fin de las supersticiones; se había olvidado, sin ningún
papado en el campo sembrado por la Revolución francesa ataque directo religioso más amplio, libie de ritos y consa-
y que le encamina tal vez hacia ía dominación, cuyo de- grado á la única satisfacción de la caridad humana; y he-
seo le sostiene en pie desde hace tantos siglos! Porque ved- rido a ú n por su viaje á Lourdes, había cedido á la necesi-
le solo delante del pueblo; los reyes están abatidos, y pues- dad de contentar su ^ corazón. Aquella superstición «le
to el pueblo es libre para entregarse en adelante á quien Lourdes, tan grosera, ¿no sería un síntoma execrable de
bien le parezca ¿por qué no se ha de entregar á él? El me- una época en que los sufrimientos son excesivos? El día
noscabo que sufre la idea de libertad permite muchas ve- en que el Evangelio estuviese umversalmente extendido y
ces esperanzas y en el terreno económico parece que el se practicase por todos, los que sufren dejarían de ir á
partido liberal está vencido. Los trabajadores, desconten- buscar tan lejos y en tan trágicas condiciones un alivio
tos del año ochenta y nueve, se quejan de lo que se agra- ilusorio, porque estarían seguros de encontrar asistencia,
va su miseria y se agitan buscando la felicidad de una de ser consolados y curados en sus casas y entre sus her-
manera desesperada. Por otra parle, los nuevos regímenes manos. En Lourdes había una mala colocación de la íor-
tuna infcua, un espectáculo horrendo que Hacía dudar dé ción del Indice amenazaba á su obra con el entredicho?
Dios, una interminable causa de combate que debía des- Desde hacía quince días y desde que oficiosamente le ha-
aparecer en la sociedad verdaderamente cristiana de ma- bían indicado que fuese á Roma, si era que deseaba de-
ñana. ¡Ah! era el deseo ardiente de la venida próxima de fenderse, se hacía ésa pregunta sin acertar á descubrir
esa sociedad, de esa comunidad cristiana á la que toda la qué páginas de su obra podían ser las señaladas, pues to-
obra tendíaI ¡Al cristianismo, volviendo á ser la religión das lo parecían inspiradas por el más puro y ferviente
de justicia y de verdad que había sido antes de dejarse cristianismo.
conquistar por los ricos y los poderososI ¡Los pobres, los Pero llegaba allí estremeciéndose de entusiasmo y de
pequeños, los míseros, reinando y repartiéndose los bienes valor, y se le hacía tarde para postrarse de rodillas ante el
de aquí abajo y no obedeciendo más que á la ley iguali- papa, para ponerse bajo su augusta protección y decirle
taria del trabajo I El papa solo á la cabeza de la federación quo 110 había escrito una sola línea sin inspirarse en su
de los pueblos, soberano de paz y no teniendo más misión espíritu, sin desear el triunfo de su política. ¿Era posible
que la de ser la regla moral, el lazo de caridad y de amor que condenasen un libro en el que, con gran sinceridad,
que uniese á todos los seres! ¿No era esta la realización creía haber exaltado á León XIII ayudándole en su obra
próxima de las promesas de Cristo? Los tiempos se iban de la unidad cristiana y de la paz universal?
á cumplir, la sociedad religiosa y la sociedad civil se com- Permaneció aún Pedro durante unos instantes apoyado
penetrarían tan perfectamente que no harían más qué en el parapeto. Hacía cerca de una hora que estaba allí
una y esa sería la edad de triunfo y de felicidad predeci- no consiguiendo, saciar su vista con la grandeza de Roma,
da por todos los profetas, nada de ludias posibles, nada que habría querido poseer en seguida con lo desconocido
de antagonismos entre el cuerpo y el alma, un maravillo- que le ocultaba. ¡Oh! ¡Apoderarse de ella, conocerla, saber
so equilibrio que mataría el mal, que pondría en la tie- en el mismo instante la palabra verdad que iba á pedirla!
rra el reino de Dios. ¡La nueva Roma, centro del mun- Esta era, después de la de Lourdes, Otra experiencia y
do, dándole á éste la nueva religión! mucho más grave y decisiva de la que comprendió que
saldría salvado ó perdido para siempre. No pedía la fe in-
Sintió Pedro que las lágrimas empañaban sus ojos y genua y completa de niño, sino la fe superior del intelec-
con un gesto inconsciente, sin apercibirse de que con él tual, que se eleva por cima de los ritos y de los símbolos
asombraba á los delgados ingleses y á los obesos alema- trabajando para la mayor felicidad de la humanidad, 1 ta-
nes, que desfilaban por la terraza, abrió los brazos y los sado en s u necesidad de certidumbres. Su corazón latió,
tendió hacia la Roma real que, iluminada por un sol es- lo mismo que sus sienes ¿cuál sería-la respuesta de Roma?
pléndido se extendía á sus pies ¿se mostraría cariñosa con El sol estaba cada vez más dorado; los barrios altos se des-
su ensueño? ¿Iba, conforme había dicho, á encontrar en tacaban con más vigor sobre los fondos incendiados. En
ella remedio á nuestras impaciencias y á nuestras inquie- lontananza dorábanse las colinas, volviéndose de color de
tudes? ¿Podía renovarse el catolicismo, volver al espíritu púrpura, mientras que las fachadas más próximas se pre-
del cristianismo primitivo, ser la religión de la democra- cisaban con mucha claridad con sus millares de ventanas
cia, la fe que el mundo moderno, Trastornado y en peligro claramente recortadas. Flotaban aún, sin embargo, vapo-
de muerte, espera para tranquilizarse y vivir ? Estaba lleno res matinales y ligeros velos que parecían subir de las ca-
Pedro de pasión generosa, de fe ardiente. Figurábasele ver lles bajas, cubriendo las cimas ven donde se desvanecían
al buen abate Rose llorando de emoción al leer su libro; en el cielo ardiente, de un azul sin fin. Creyó por un mo-
oía al vizconde Filiberto de la Choue decirle que semejan- mento que el Palatino se había borrado del cuadro y ape-
te libro valía más que un ejército y sobre todo sentíase nas veía la sombría faja de cipreses cual si el polvo mis-
fuerte con la aprobación del cardenal Bergerot. de ese mo de sus ruinas la ocultase. Y sobre todo eJflfiHfe&B&íhQ® ra;EVO LEOh
apóstol de inagotable caridad; ¿por qué pues la Congrega-
W B i M í S * ¥M88É27A8!.
»rte.lSKfíWííS^.MEXI
bfa desaparecido; el palacio parecía haberse ocultado tras I
una niebla, con su fachada poco importante, achatada y I
baja, y tan vago á lo lejos que no le distinguía, mientras I
que hacia la izquierda, y por encima de las frondosas co- I
pas de los árboles, la cúpula de San Pedro se había I
agrandado entre la límpida atmósfera y el oro claro del I
sol, ocupando todo el cielo y dominando por completo la I
ciudad.
¡Ah! ¡La Roma de ese primer encuentro, la Roma mati- I
nal de la que, ardiendo con la fiebre de la lleuda, ni si- I
quiera se había fijado en los barrios nuevos, cuántas espe- i
ranzas no le hacía concebir esa Roma que creía encontrar I
viva y tal cual él la soñara I Y en un día tan hermoso, I
mientras que, en pie y envuelto en su modesta sotana ne- I j¡
gra, la contemplaba así, se figuró que subía de los techos 1
de esa tierra sagrada, dos veces reina del mundo, una pro- I
mesa de paz universal 1 Esta era la nueva Roma, la tercera I
Roma cuya paternal ternura pasaría por cima de las fron- I
teras, buscaría á todos los pueblos para reunirlos consola- I
dos en un común abrazo. La veía, la oía tan rejuvenecida, 1 >
tan dulce de infancia bajo el grande y puro cielo, como I X esa hora, la vía Julia, que se extiende en línea recta
volando con la frescura de la mañana, en el candor apa- I cosa de unos quinientos metros desde el palacio Farnesio
sionado de su ensueño. 1 á la iglesia de San Juan de los Florentinos, estaba ilumi-
Pedro se separó al cabo de la contemplación de tan su- 1 nada por la clara luz de un sol resplandeciente que la en-
blime espectáculo. Con la cabeza baja y al sol, no se h a - 1 filaba de un extremo á otro, blanqueando el menudo em-
bían movido ni el cochero ni el caballo. En la banqueta I pedrado de su arroyo sin aceras. El carruaje la recorrió
estaba abrasando la maletita de mano, calentada por el I casi por completo en antiguas y grisientas viviendas que
astro del día cada vez más elevado. I la bordeaban, como aidormecidas y vacías, con sus gran-
Subió al coche, repitiendo otra vez las señas: • ! des ventanas resguardadas por férreas enormes rejas, con
—Vía Julia, palacio Boccanera. I profundos pórticos que permitían ver sombríos patios, se-
I mejantes á pozos. Abierta por el papa Julio II, que soñó
• adornarla con magníficos palacios, fué la vía más regular
I y hermosa de Roma en aquella época y sirvió de corso en
I el siglo XVI. Se comprendía que allí había existido un
S antiguo y hermoso barrio condenado al silencio, al desier-
I to del abandono é invadido por una especie de dulzura y
I discreción clericales. Sucedíanse unas á otras las antiguas
• fachadas, las ventanas cerradas, algunas verjas adornadas
• con plantas trepadoras, los gatos sentados en las puertas,
• las tiendas obscuras de un comercio humilde, instalado
• en los bajos, mientras que los transeúntes eran. contados,
bfa desaparecido; el palacio parecía haberse ocultado tras I
una niebla, con su fachada poco importante, achatada y I
baja, y tan vago á lo lejos que no le distinguía, mientras I
que hacia la izquierda, y por encima de las frondosas co- I
pas de los árboles, la cúpula de San Pedro se había I
agrandado entre la límpida atmósfera y el oro claro del I
sol, ocupando todo el cielo y dominando por completo la I
ciudad.
¡Ah! ¡La Roma de ese primer encuentro, la Roma mati- I
nal de la que, ardiendo con la fiebre de la lleuda, ni si- I
quiera se había fijado en los barrios nuevos, cuántas espe- i
ranzas no le hacia concebir esa Roma que creía encontrar I
viva y tal cual él la soñara I Y en un día tan hermoso, I
mientras que, en pie y envuelto en su modesta sotana ne- I j¡
gra, la contemplaba así, se figuró que subía de los techos 1
de esa tierra sagrada, dos veces reina del mundo, una pro- I
mesa de paz universal I Esta era la nueva Roma, la tercera I
Roma cuya paternal ternura pasaría por cima de las fron- I
teras, buscaría á todos los pueblos para reunirlos consola- I
dos en un común abrazo. La veía, la oía tan rejuvenecida, 1 >
tan dulce de infancia bajo el grande y puro cielo, como I X esa hora, la vía Julia, que se extiende en línea recta
volando con la frescura de la mañana, en el candor apa- I cosa de unos quinientos metros desde el palacio Farnesio
sionado de su ensueño. 1 á la iglesia de San Juan de los Florentinos, estaba ilumi-
Pedro se separó al cabo de la contemplación de tan su- 1 nada por la clara luz de un sol resplandeciente que la en-
blime espectáculo. Con la cabeza baja y al sol, no se h a - 1 filaba de un extremo á otro, blanqueando el menudo em-
bían movido ni el cochero ni el caballo. En la banqueta I pedrado de su arroyo sin aceras. El carruaje la recorrió
estaba abrasando la maletita de mano, calentada por el I casi por completo en antiguas y grisientas viviendas que
astro del día cada vez más elevado. I la bordeaban, como aidormecidas y vacías, con sus gran-
Subió al coche, repitiendo otra vez las señas: • ! des ventanas resguardadas por férreas enormes rejas, con
—Vía Julia, palacio Boccanera. I profundos pórticos que permitían ver sombríos patios, se-
I mejantes á pozos. Abierta por el papa Julio II, que soñó
• adornarla con magníficos palacios, fué la vía más regular
I y hermosa de Roma en aquella época y sirvió de corso en
I el siglo XVI. Se comprendía que allí había existido un
S antiguo y hermoso barrio condenado al silencio, al desier-
I to del abandono é invadido por una especie de dulzura y
I discreción clericales. Sucedíanse unas á otras las antiguas
• fachadas, las ventanas cerradas, algunas verjas adornadas
• con plantas trepadoras, los gatos sentados en las puertas,
• las tiendas obscuras de un comercio humilde, instalado
• en los bajos, mientras que los transeúntes eran. contados,
viéndose enfre ellos mujeres sin nada en la cabeza acompa- Lo que más que nada atrajo las miradas de Peiro, fué
ñando cluquillos, una carreta cargada de heno de la que un escudo de armas esculpido encima de una de las ven-
tiraba u n mulo, un monje de soberbio aspecto vestido con tanas del cuarto bajo; el escudo de las armas de los Bocca-
tosco sayal de paño burdo y un velocipedista deslizándo- nera, un dragón alado arrojando llamas por la boca y aun
se piü nacer ruido con su máquina que centelleaba al se leía con toda claridad la divisa que había quedado in-
sol. tacta Bocca ñera Alma, rossa, boca negra, alma roja. Enci-
Al cabo el cochero se volvió y señalando un gran edifi- ma de las otras ventanas, y como haciendo pareja, había
cio cuadrado, emplazado en la esquina de una estrecha uno de esos retablos tan numerosos aun en Roma; una
callejuela que iba á parar al TLber, dijo: santa Virgen vestida dfe raso, ante la cual, hasta en pleno
—Palacio Boccanera. día, ardía una lámpara.
Levantó Pedro la cabeza y le oprimió un tanto el cora- Como de costumbre, iba el cochero á internarse en el
zón aquel severo caserón, ennegrecido por la edad, y de pórtico abierto y sombrío; cuando el presbítero, obedecien-
una arquitectura tan desnuda y maciza. Lo mismo que el do á un impulso de timidez, le detuvo:
palacio Farnesio y el palacio Sacchelti, sus vecinos, ha- —No entréis—le dijo—es inútil.
bíalo construido Antonio de San Gallo, allá hacia el 1510 Apeóse del carruaje, pagó al cochero y se halló con la
é igualmente que para el primero la tradición popular sos- maletita en la mano, bajo la bóveda primero y después en
tenía que el arquitecto había empleado para su cOnstrura el patio central sin haber encontrado alma viviente.
cióu piedras robadas al Coliseo y al Teatro de Marcelo. Era Era un patio cuadrado, bastante espacioso, rodeado de
vasto y cuadrado, tenía sobre la calle una lachada con sie- un pórtico lo mismo que si fuese un claustro. Bajo aque-
te ventanas y tres pisos, y el primero de estos muy eleva- llas arcadas medio derrumbadas, veíanse restos de esn-
do de techo y de aspecto noble. P o r todo adorno las rasga- tuas, losas de mármol, u n Apolo sin brazos, una Venus
das ventanas del cuarto bajo, cerradas por enormes labra- de la que n o quedaba más (pie el tronco, todo ello apoya-
das rejas salientes en previsión de algún asedio, se apoya-i do en las paredes. Una hierba menudiln y fina había cre-
ban en grandes cartelas y coronadas por áticos que, á su cido entre las piedras que cubrían el piso, formando un
vez, descansaban en otras cartelas también esculpidas, pe- mosaico negro y blanco. Parecía como que el sol no llega-
ro más pequeñas. Encima de la monumental puerta de: ba nunca hasta aquel suelo enmohecido por la humedad.
entrada con hojas de bronce, y delante del hueco corres- Reinaba allí la sombra, el silencio de una grandeza muer-
pondiente á la ventana del centro, había un balcón volado.. ta y de una tristeza infinita.
La fachada terminábase en lo alto con una cornisa sun- Sorprendido Pedro por el vacío de aquel palacio mudo,
tuosa cuyo friso presentaba una gracia y una pureza de buscó á pígunoj, á Un portero, á u n criado y habiendo creí-
ornamentación admirables. Este friso, lo mismo que las car- do ver pasar una sombra se decidió internarles en otra
telas y áticos de las ventanas y las jambas y el dintel de bóveda quo conducía á un jardinillo emplazado sobre el
la puerta eran de mármol blanco, pero ya tan empañado, Tíber. Por este lado la tediada lisa y sin ningún adorno
tan desmenuzado, que había adquirido el granillo rudo y no presentaba más que las tres hileras de sus ventanas si-
amarillento de la piedra. A derecha é izquierda de la puer- métricas. El aspecto del jardín, con su abandono, le opri-
ta hallábanse dos antiguos bancos sostenidos por anima- mió a ú n más el corazón. En el centro, y en un magnífico
les mitológicos y también tallados en mármol, viéndose pilón lleno de tierra, habían crecido grandes matas de boj
empotrada en uno de los ángulos del edificio, una precio- amargo. Entre la mala hierba, que crecía en abundancia
su fuente estilo Renacimiento, seca á la sazón y formada y en completa libertad, elevábanse unos cuantos naranjos
por un amorcillo montado sobre un delfín, cosas ambas de dorado maduro fruto, que eran los únicos que indica-
casi imposibles de reconocer, de tal manera el tiempo ha- ban cual era la dirección de los paseos que bordeaban.
bía borrado los relieves.
Arrimado á la pared de la derecha, y entre dos laureles ma á la condesa Ernesta Brandini, una Boccanera que
enormes, había un sarcófago del siglo II, con bajo relieves acababa de dtar á luz y que la recogió en la calle para con-
que representaban faunos persiguiendo mujeres, una ba- vertirla en la niñera de su hija Benedetta, con la idea de
canal desenfrenada, una de esas escenas, en fin, de amor que ayudaría á la niña á aprender el francés. Hacía vein-
voraz con que la Roma de la decadencia adornaba las ticinco años que se hallaba sirviendo á aquella familia y
tumbas, y convertido en depósito de agua aquel sarcófago había conseguido llegar hasta el rango de ama de gobier-
de mármol desportillado, mohoso, recibía el delgado cho- no sin dejar por eso de ser una ignorante, tan desprovista
rlito de agua que se desprendía de una trágica carátula del don de lenguas que sólo consiguió chapurrar un ita-
empotrada en la pared. E n tiempos antiguos abríase allí liano detestable, útil para las necesidades del servicio en
sobre el Tfber una especie de logia porticada, una azotea, sus relaciones con los demás criados.
desde la que, por una doble escalinata, se podía bajar has-
—¿Y cómo sigue el señor vizconde?—añadió con su
te el río. Pero con el trabajo de los muelles empezaban ya
franca naturalidad.—¡Es tan amable y nos da tanta ale-
á levantar las orillas y el resultado era que la terraza se
gría cuando se hospeda aquí en todos los viajes! Sé que la
encontraba más baja que el suelo nuevo, rodeada de es-
princesa y la contessina han recibo ayer una carta suya
combros, de piedras de sillería abandonadas, y del des-
en la que les hablaba de vuestra llegada.
panzurramiento yesoso y lamentable que trastornaba todo
el barrio. El vizconde Filiberto de la Choue era quien, en efecto,
lo había preparado tódo para la estancia de Pedro en Ro-
Aquella vez al menos, tuvo Pedro la seguridad de haber ma. De la antigua y vigorosa raza de los Boccanera, n o
visto la sombra de una falda. Volvióse al patio y se en- quedaban más que el cardenal Pío Boccanera, su herma-
contró cara á cara con una mujer que debía frisar en los na la princesa, vieja solterona á la que por respeto llama-
cincuenta años, pero que no tenía ni un pelo blanco, y sí ban donna Serafina, después su sobrina Benedetta de la
el aire muy alegre y vivo, con su estatura no muy alta que Ernesta, su madre, siguió á la tumba á su marido el
No obstante, al ver á un cura, su rostro redondo, ilumi-
conde Brandini, y por último, el príncipe Darío Boccane-
nado por unos ojillos claros, reveló algo como desconfianza. !
ra, cuyo padre el príncipe "Onofrio Boccanera había muer-
redro procuró en seguida explicarse apelando para ello to y la madre, una "Montefiori, contraído segundas nup-
á algunas palabras del mal italiano que hablaba: cias. Por la casualidad de una alianza había el príncipe
—Señora, soy el abate Pedro Froment... emparentado con esa familia; su hermano pequeño casóse
No le dejó ella continuar, y en buen francés, con ese con una Brandini, hermana del padre de Benedetta y era
acento lento y un poco pastoso de Ile-de-France, le dijo: de ese modo á título complaciente de tío, cómo en distin-
- ¡ A h ! ¡Ya lo sé, señor abate! ¡Ya lo sé! Os esperaba, tas ocasiones habíase hospedado en el palacio de la vía
tengo órdenes... » ' Julia en vida del conde. Profesaba gran cariño á la hija
Y observando que la miraba con asombro: de éste, sobre todo después de cierto drama íntimo de un
—Soy francesa... hace veinticinco años que vivo en este matrimonio desgraciado que se trataba de hacer anular.
país y aun no he podido acostumbrarmje á su condenada A la sazón, que Benedetta había vuelto al lado de su tía
jcngu31 Serafina y de su tío el cardenal, la escribía con mucha
Recordó entonces Pedro que el vizconde Filiberto de la frecuencia ó la enviaba libros desde Francia. Entre otros,
Lhoue habíale hablado de aquella criada, de Victorina le mandó el vizconde el de Pedro, y toda la historia em-
Bosquet, una beauceronna, de Anneau, que cuando tenía pezó allí, cartas cambiadas y más tarde una de Benedetta
veintidós anos había ido á Roma acompañando á una se- manifestando que la obra había sido denunciada á la Con-
ñora tísica, cuya brusca muerte la dejó como perdida en gregación del Indice, y aconsejando al autor á que acu-
un país de salvajes. Por esto se entregó en cuerpo y a í diese á defenderlo y ofreciéndole graciosamente la hospi-
talidad en el palacio. El vizconde, tan asombrado como el estaba Pedro, sonrióse Victorina. El palacio parecía estar
joven presbítero, no comprendió la razón de ello y 1? ^ deshabitado, pues ningún ruido ;se oía en sus cerrados sa-
lidió áP emprender el viaje, por buena lones. El ama de gobierno señaló con un sencillo ade-
dole una victoria que de antemano hacía suya. E n e s t a S mán una gran puerta de e n d n a que se abría á la derecha.
circunstancias comprendíase el azotamiento de W r o al —Su eminencia ocupo aquí d ala que da sobre el patio
caer en aquella casa tan inmensa y desconocida, y com- y d río ¡oh! pero nada más que escasamente una cuarta
jnometido con una aventura heroica cuyas razones y con- parte... Los salones que dan á la calle y estaban destina-
diciones no acertaba á explicarse. ;I dos á recepdones se cerraron ¿cómo era posible sostener
De pronto dijo Victorina: y cuidar eso, y sobre todo para qué? Se necesitarían mu-
- O s dejé, señor cura, ahí y no m e acordé chos criados.
voy á acompañaros á vuestra habitación; ¿en dónde esta j Continuó subiendo con mucha viveza, habiendo perma-
necido, siempre, á la cuenta, demasiado extraña, demasia-
^ ^ u e d ó s ^ m u y 'sorprendida después, cuando la enseñé do diferente de todo aquello para que pudiese hacerla me-
la m a l e S a <rue se había decidido á dejar en el s u d o y la I lla ó penetrarse del medio en que vivía. Al llegar al se-
lxpUcó ¿ e % una estancia de quince días creyó. q u . I gundo piso, añadió:
tenía s uficiente con una poca ropa blanca y una sotana I —Mirad, aquí, á la derecha tenéis las habitaciones de
donna Serafinfa y á la izquierda tenéis las de la contessina.
10
—¡Quince días! ¿Os figuráis que n o ™is á estar aquí I Este es el único rincón de la casa en que hay un poco de
más que quince días? E n fin. ya lo veréis^ | calor y e n el que se ve que hay vida. Además hoy es lu-
Y l i m a n d o á un gran diablo de lacayo que al cabo se I nes y la princesa recibe esta noche; ya lo veréis.
Abrió después una puerta que comunicaba con una es-
calera muy estrecha.
—Nosotros estamos en el tercero... ¿quiere d señor
abate que pase delante?
La gran escalera de honor terminaba en el segundo, y
Victorina le explicó que el tercer piso no tenía más comu-
nicación que aquella escalera de servicio que llegaba has-
ta la calle siguiendo uno de los costados del palacio é iba
á parar al Tíber. Allí había una puerteeilla de escape y
esto era sumamente cómodo.
cuarto porque estaba algo eníerma;. pero Victorina repi| Cuando llegaron a l tercer piso siguió un corredor y en-
señó otra vez varias puertas. •
—Esta es la habitación de don Virgilio, el secretario de
S T - S S 1 S un ángulo del patio fcj su eminencia... esta es la mía... y he aquí la que va á ser
e lP ^ ó r t í c ^ ^ escalera monumental con los escalón«! la vuestra... Siempre que el señor vizconde viene á pasar
? v v de una pendiente tan suave, que uní
unos días en Roma, no quiere más habitación que ésta.
Dice que así tiene más libertad y sale y entra cuando se
le antoja. Lo mismo que á él os daré una llave de la
puerta de abajo, y ahora veréis qué vistas más hermosas
tiene el cuarto.
í e — J Victorina le. precedió; la habitación se componía de dos
liorna — Tomo I— 4
piezas, un salón bastante espacioso, cuyas paredes esta
ban cubiertas de un papej rojo con grandes ramajes y un « d u n S U t o C l h n y < 5 h % d Í g ° CSO P 0 r S " e m i n u n d a , que
gabinete con un papel gris lino sembrado de descoloridas saben en la ». casa
Ì ^ que L ^ yo0 soyde
* e t o s . . . yY ^ya
florecillas. El salón formaba la esquina del palacio y tenía una mujer "honrada y que
jamás
: ..me , porto
r
~ mal. 6-«
¿Por
u qué n o me -han de dejar
vistas sobre la callejuela y el Tíber. Victorina abrió en se-,
guida las dos ventanas desde una de las cuales se veía en tranquila desde el momento en que quiero tanto á mis
lontananza el río aguas abajo y desde la otra el Transüber amos y cumplo á condencia en su servido?
y el Janículo, enfrente, al otro lado del río. Terminó Victorina sus observaciones con una franca
carcajada.
¡Ah! ¡Sí, efectivamente es muy hermoso!—dijo r e d r o
- ¡ A h ! Cuando me dijeron que iba á venir un cura ro-
que la había seguido y estaba detrás de ella. mo si aquí no hubiese antes testantes, gruñí hasta p^r K
Sin apresurarse llegó Giaccomo tras ellos con la inaten- nncones Pero vos tenéis el aire de s ^ u n honrado^oJen
ta E r a n las once dadas. Entonces, viendo que el presbí- y creo que nos entenderemos á maravilla... No sé á Í a u 2
tero estaba muy cansado y comprendiendo que debía te- de qué me entretengo en contaros todo esto tan á la m í
ner necesidad de tomar algo después de un viaje tan lar- ™ S 1 ° d da
» Porque venís de allá abajo ó q u S s
go Victorina le indicó la conveniencia de mandarle servir porque la contessina se innteresa mucho por vos En fin
en seguida el almuerzo allí en el salón. Despues le queda-
¿n
ría la tarde para poder descansar y á las señoras no las me "señor 'abate' S° ° ** v e r d a d ? ^
vería hasta la noche, á la hora de la comida. Pedro pro- de iros 7 d t - v ^ c a n s a d hoy y no hagáis la tontería
testó diciendo que no saldría y que n o estaba dispuesto á de iros á dar vueltas por la dudad en la que no hay Y
perder una tarde entera; pero aceptó el almuerzo por- esas cosas tan divertidas que ellos dicen
míe en efecto se moría de hambre. m r J Z n ^ - 5 0 1 0 ' S Í I \ Ü Ó r P e d r o f e a m e n t e rendido
Tuvo sin embargo Pedro que tener paciencia durante por el cansando acumulado del viaje, aumentado por la
una media hora larga. Giaccomo, que le servia á las ór- ¡ manara de fiebre entusiástica que había vivido, y * £ m o
denes de Victorina, no se daba ninguna prisa y el ama embriagado, aturdido por el par de huevos y la c h T t a
comidos apresuradamente, echóse vestido en la ¿ m a c ó n
de gobierno, muy desconfiada, no abandonó al cajero
hasta después de asegurarse de que realmente no carec se S S S n f n i ° . í e d e S C a n S 3 r d u r a n t e u n a media t o r a . No
se quedó dormido en seguida, sino que pensó en acmel os
de Boccanera cuya historia conocía en parte, cuya vfdT ínü
- ? A h ¡Qué gentes y qué país, señor abate! No es p e
sible que forméis ni la menor idea de lo que son. Aun- ma veía como en sueños con el natural aumento de las
que estuviese cien años aquí no me acostumbrana... ¡Ah! e ® rpresas' á ; r a v é s d e pai«¡° « S o y s
¡Si no fuese por la contessina que es tan hermosa v tencioso, de una grandeza tan destartalada y melancólica
Fuéronse después embrollando sus ideas, se d S al
bU PU bl
Luego y al mismo tiempo que colocaba en la mesa un Z Z T V °, ° d e S O m b r a s ' trágicas u £ Z o t r Í
C
plato con higos, asombró á Pedro cuando anad.ó que en ,7n¡la ^ °fÜnUaS Ie
eo^emplaban con ojos
S población en la que no había más que curas, no po- > erngrna y dando vueltas en lo desconocido.
a B C Canera h a b í a n a l i d o
d Z ser una ciudad buena. Aquella cnada incrédula tan en d L, t ° , dos papas, uno
activa y alegre y en aquel palacio, empezaba a asustarle. Sos í I ™ e n 6 1 ^ i n c e y e r a ^ esos dos ele-
0d0p0derOSOS dc los en
—¡Cómo! ¿No tenéis religión? h b t ! l - ' M? otros tiempos
© f f i S ^ que eso dde k ST rLt ZS ,Ti n m^ e nSs a ! ° r tSu n a - ^.
tZ ^ SS ZJ E T Zy haciendas
d ^ '
los
uno i-rancia. Más adelante, aquí, he visto laníos y -iones de oro para colmar las cuevas. La familia pasaba
parar á la orilla del río. Una noche Ercole, que los estaba
por ser la más piadosa de patriciado romano, por ser acechando, saltó á la barca y clavó su puñal en el corazón
aquella en la que ardía la fe y cuya espada estuvo siem- de Flavio Corradini. Más tarde se pudieron reconstituir
los hechos y se comprendió que entonces Cassia, iracun-
pre al servicio de la Iglesia; la más creyente, pero también
da, loca, desesperada, haciendo justicia y no queriendo so-
la más violenta y la más batalladora, continuamente en brevivir á su amor, se arrojó sobre su hermano y cogien-
guerra y de una salvajez tal, que la cólera de los Boccane- do en el mismo irresistible brazo á la víctima y al asesino
ra habíase convertido en proverbio. Y de ahí procedían hizo zozobrar la barca. Cuando encontraron los tres cuer-
sus armas, el dragón alado vomitando llamas, el lema, o pos, Cassia oprimía aún los de los dos hombres, chafando
divisa, ardiente y feroz que se basaba en su apellido Boc- el uno contra el otro sus rostros entre sus desnnudos bra-
ea ñera, Alma rosa, boca negra, alma roja, la boca como zos que conservaban su blancura de nieve.
entenebrecida por un ruido y el alma ardiendo como u n
brasero de fuego y de amor. Circulaban aún leyendas -de Sucedió esto empero en épocas desaparecidas. A la sa-
pasiones sin fin ó de terribles actos de justicia. Se contaba zón si quedaba la fe, la violencia de la sangre parecía ha-
como una leyenda el duelo de Onfredo, el Boccanera que berse calmado en los Boccanera. Su gran fortuna también
se había ido en medio de esa lenta decadencia que desde
á mediados del siglo décimo sexto había mandado cons-
hace un siglo viene hiriendo con la ruina al antiguo pa-
truir el palacio actual en lugar de un antiguo caserón que triciado romano. Habíanse tenido que vender las tierras y
derribó. Habiendo sabido Onfredo que su esposa se había vaciarse el palacio, cayendo poco á poco en ese tren de
dejado besar en los labios por el joven conde de Corta- burguesa medianía de los tiempos modernos. Los Bocca-
magna, hizo que una noche se apoderasen de éste y se lo nera al menos se negaban obstinadamente á toda alianza
llevasen á su casa en la que, sin desatarlo, le obligó á que extranjera y su sangre romana se conservaba pura, de lo
se soníesase con un monje. E n seguida cortó las cuerdas que estaban Orgullosos. Con esto satisfacían su orgullo
con un puñal, tiró al suelo las lámparas y ordenó al conde desmedido no siendo nada para ellos la pobreza, viviendo
míe conservase el arma y se defendiese. Durante más de á parle y sin exhalar una queja en el fondo del silencio y
una hora y rodeados de una obscuridad completa, en el de la sombra entre los que se acababa una raza. El prínci-
fondo de aquella sala llena de muebles los dos hombres pe Ascanio, que había muerto en 1848, dejó, de su unión
se buscaron, esquivaron los encuentros ó se asieron acri : con una Cervisieri, cuatro hijos; Pío, el cardenal, Serafina,
binándose á puñaladas. Cuando más tarde echaron abajo que no quiso casarse para quedarse al lado de su herma-
las puertas, encontraron entre charcos de sangi*3 y á través no, y Onofrio y Ernesta, n o habiendo dejado más que una
de las mesas derribadas, de las sillas hechas pedazos á hija, no quedaba más que como heredero varón, único
Cortamagna con la nariz cortada y las piernas acuchilla- continuador del apellido, el hijo de Onofrio, al joven prín-
das por treinta y dos puñaladas, mientras que Oníredo cipe Darío, cuya edad frisaba en los treinta años. Con
había perdido dos dedos de la m a n o derecha y tema los éste, si moría sin dejar posteridad, debían desaparecer
hombros hechos una criba. Lo milagroso fué que ni el los Boccanera tan vivacep y cuya acción llenó la historia!
uno ni el otro murieron. Cien años después, en esa misma
ribera del Tfter, una Boccanera, una niña que apenas te- Desde muy niños amáronse Darío y su prima Benedet-
nía dieciseis años, la hermosa y apasionada Cassia, lleno ta, con una pasión sonriente, profunda y natural. Habían
nacido el uno para el otro y no imaginaban que hubiesen
á Roma de asombro y de terror. Amaba á Flavio Corradi-
venido al mundo para otra cosa más que para ser marido
ni el hijo de una familia rival, execrada, á que su padre, y mujer cuando estuviesen en edad de hacerlo. El día en
el'príncipe Boccanera, no quería unirla y su hermano que, ya cerca de los cuarenta, el príncipe Onofrio, hombre
mayor Ercole, había jurado matar si algunna vez le encen- níuy f n a W o popular en Roma, que gastaba su me«»-
tra b<a á fcu lado. Corradini iba á verla en una barca y Cas-
sia bajaba á reunnirse con él por la escalerilla que iba 4
del palacio de Ia¡ villa Julia prepararon toda una ala para
3a fortuna siguiendo su capricho, se decidió á casarse con que en aquellas habitaciones se instalasen los recién casa-
la hija de Montefiori, la marquesita Flavia, cuya soberbia dos. Y nada cambió; Ernesta siguió viviendo rodeada de
belleza de Juno niña le enloqueció, fuese á vivir á la villa la misma y fría sombra, tejo el peso de aquel pasado
Montefiori, única riqueza, única propiedad que poseían aque- muerto, peso que ella sentía cada vez más sobre sus hom-
llas señoras, situada hacia la parte de Santa Inés fuera de bros como si fuese el de una losa sepulcral. A parte de
los muros; u n jardín vastísimo, verdadero parque poblado de aquel casamiento, que fué muy honorable por una y otra
árboles centenarios que tenía en el centro una casa, cuya -arte, el conde Brandini pasó poco tiempo después en Ro-
construcción pobre y mezquina databa del siglo X\ II, caía- ía por ser el hombre más orgulloso y necio que allí había.
se á pedazos. Acerca de aquellas señoras no corrían rumo- •Tofesaba una religión estrecha y formalista, mostrándo-
res m u y favorables; la madre casi fuera de su lugar desde se intransigente, y triunfó cuando consiguió, después de
que quedara viuda y la hija demasiado hermosa y con apelar á intrigas sin cuento y á sordos manejos que dura-
modales en exceso conquistadores. Ese casamiento fué des- ron diez años, hacer -que le nombrasen caballerizo mayor
aprobado de la manera más formal por Serafina, que de Su Santidad. Desde entonces, dijérase que toda la pa-
era muy rígida y por el hermano primogénito Pío que, á sada majestad del Vaticano habíase entrado por las puer-
la sazón, era solo camarero secreto participante del Santo tas de su casa. Bajo Pío IX y hasta 1870, fué a ú n pasade-
Padre y canónigo de la Basílica vaticana. Ernesta fué la ra la vida para Ernesta, que se atrevía á abrir las ventanas
única que no rompió sus relaciones con su hermano al que daban á la calle, recibía algunas amigas sin ocultarse
que quería mucho por su carácter alegre. De tal manera ó aceptaba convites para asistir á algunas reuniones. Pero
fué ésto, que más adelante su mejor distracción consistió cuando los italianos conquistaron á Roma y el papa se
en irse todas las semanas á pasar un día entero en la villa declaró prisionero, la casa de la vía Julia se convirtió en
Montefiori. ¡Qué día más delicioso para Benedetta y Darío, un sepulcro. Cerraron la puerta grande, la atrancaron y
ella de diez años de edad y él de quince! ¡Qué día tan en señal de duelo clavaron las hojas, y durante diez años
tierno y fraternal corriendo ó paseando á través de aquel no entraron ni salieron más que por la puerta de la esca-
jardín tan vasto, poco menos que abandonado, con sus co- lera de servicio que comunicaba con la callejuela. Prohi-
pudos pinos, sus bojes gigantes, sus bosqueeillos verdes bieron también que abriesen las ventanas de la fachada.
de encina entre los cuales se perdían como en un bosque Aquello fué el enfurruñamiento, la protesta del mundo
virgen! negro, el palacio reducido al silencio y á la inmovilidad
Fué u n alma apasionada y sufrida el alma pobre y aho- de la muerte, y además de esto, una reclusión total, sin
gada de Ernesta, que nació con una necesidad muy grande recepciones, pues sólo se vieron raras sombras, las de los
de vivir con sed de sol, de existencia dichosa, libre y ac- tertulios de donna Serafina, que los lunes se deslizaban por
tiva en pleno día. Citábasela por sus rasgados ojos claros, la estrecha puertecilla apenas entreabierta. Fué entonces
por el óvalo encantador de su dulce rostro. Era muy igno- durante esos lúgubres diez años, cuando la joven señora
rante, como todas las hijas de la nobleza romana, y lo lloró todas las noches, y aquél alma sordamente desespe-
poco que sabía habíalo aprendido en un convento de reli- rada agonizó al verse así enterrada en vida.
giosas francesas y nació enclaustrada en el negro fondo del
Ernesta dió á luz muy tarde, es decir, cuando tenía ya
palacio Boccanera, no conociendo el mundo más que por
treinnta y tres años. Al principio, la niña fué para ella una
el paseo diario que daba en coche, en compañía de su ma-
distracción. Más tarde la ordenada existencia la recogió
dre, por el Corso y por el Pincio. Después, al llegar á los
otra vez entre su engranaje aplastante, y tuvo que meter
veinticinco años, cansada y desolada ya, casóse, como era
á su hija en el convento del Sagrado Corazón de la Trini-
de rigor, con el conde Brandini, hijo el más joven de una
dad de los Montes, bajo la dirección de l ^ W f f ^ p S S s t ^ ^ 0
familia m u y noble, numerosa y pobre. E n el segundo piso
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ees y ¡habíanse verificado imprevistas alianzas. La cuestión
á ella la habían educado. De allí salió Benedetta hecha ya política era indiferente para Ernesta, que hasta la ignora-
una joven, á los diecinueve años, habiendo aprendido el ba, pero lo que sí deseaba con pasión era que su raza sa-
francés y la ortografía, un poco de aritmética el catecis- liese de aquel execrable sepulcro, de aquel palacio Bocca-
mo y algunas páginas de historia. Y continuó como an- nera, negro, mudo, en el que sus alegrías de mujer ha-
tes, una vida de gineoeo en la que se presiente el Oriente bíanse helado con una muerte tan lenta. Había sufrido
sin salir nunca con el padre ó con el marido, con los dfas demasiado en el fondo de su corazón como hija, como
pasados en el fondo de sus habitaciones cerradas y única- amante y como esposa, y cedía á la cólera de su destino
mente alegradas por el único respiro, por el eterno paseo truncado, sumida en una resignación imbécil. La elección
obligatorio, la vuelta diaria al Corso y al Pwcio En el in- de un nuevo confesor influyó también en su voluntad,
terior de lá casa la obediencia era absoluta los lazos de la porque Ernesta había seguido siendo muy religiosa y
familia conservaban una autoridad, una fuerza que las se prestaba dócil á los consejos de su director espiritual.
doblegaba á ambas bajo la voluntad del conde, y esto srn Para quedar más libre abandonó al padre jesuíta que su
rebelión posible, y á esa voluntad agregábanse fe de to marido en persona la escogiera y lo reemplazó con el aba-
™ Serafina y la del cardenal, severos acérrimos te Pisoni, cura párroco de una iglesia vecina, de Sania
de las antiguas costumbres. Desde que el papa.kabía de Brígida, en la plaza de Farnesio. Era un hombre de cin-
fado de pasear por Roma, el cargo de caballerizo mayor cuenta años, muy cariñoso y blueno, y de una caridad muy
ocupaba poco al conde, porque las cuadras y cocheras h ^ rara en país romano, pero al que la arqueología, la pasión
bíanse reducido mucho; pero eso no impedía ^ e t n c i « > e de las piedras antiguas, había convertido en ardiente pa-
su servicio en el Vaticano, mas sólo como de aparato, des- triota. Se decía de él que, por muy humilde que fuese, en
plegando gran celo devoto y como una protesta con mua distintas ocasiones había servido de intermediario entre el
contra la monarquía usurpadora instalada en el Q u u ^ Vaticano y el Quirinal para asuntos muy delicados. Al
Acababa Benedetta de cumplir los veinte «nos cuando llegar también á ser confesor de Benedetta, muchas vece.;
una teride y de regreso de una solemnidad en San Pedro habló con la madre y la hija de la grandeza de la unidad
volvió s u padre tosiendo y tiritando. A los ocho días se italiana, de la dominación triunfal de la Italia el día en
murió á consecuencia de un catarro pulmonar. en me que el papa y el rey se pusiesen de acuerdo.
dio de su duelo, fué como una inesperada suerte inconfe-
sada para aquellas pobres mujeres que se vieron libres. Amábanse Benedetta y Darío, lo mismo que el primer
día, sin prisas, con ese amor fuerte y tranquilo de los
Desde aquel instante no tuvo Ernesta más que un pen-
amantes que saben pueden contar el uno con el otro. Su
samiento: el de salvar á su hija de aquella existencia lmu-
cedió empero por entonces que Ernesta se interpuso entro
S d a por cuatro paredes, entre las que estaba como ente-
ambos, oponiéndose á ese casamiento. jNol ¡Darío, no!
riada Habíase ella aburrido demasiado y ya no la queda-
Aquel pariente, el último de su apellido, no; porque ence-
ba tiempo para renacer, mas no quena que á su turno
rraría también á s u mujer en la negra tumba del palacio
viviese Benedetta una vida contra la naturaleza encerrada
Boccaneral Sería aquello el sepelio continuo, la ruina agra-
en una tumba voluntaria. Además ese cansancio esa^re-
vada, la misma orgullosa miseria, el mismo eníurruña-
belión observábanse en algunas familias patricias, las que,
miento que deprime y embrutece. Conocía bien á Darío y
pasado el eníurruñamiento de los primeros tiempos, em-
sabía que era débil y egoísta, incapaz de pensar y obrar,
pezaban á aproximarse al Quirinal. ¿Por qué los J « ^
destinado á (enterrar sonriendo á su raza, ó dejar que las
d T d e acción, de libertad, de sol y de aire hbre habfan de
últimas piedras de su casa cayesen sobre su cabeza sin
sostener eternamente la querella de los padres? S n q ue
tener energía para fundar una familia nueva, y lo que Er-
se pudiese aún producir una reconciliación entre el mun-
nesta enfría era otra fortín.-? la renovación de su hija, á
do n ^ o y el mundo blanco, confundíanse algunos mati-
todos, porque Prada tenía quince años más que Benedet-
la que deseaba Ver rica, floreciendo con k vida de los ver, ta, pero era conde, llevaba un apellido histórico, amonto-
cedores Y los poderosos de mañana Desde aquei naba millones, estaba bien visto en el Quirinal y le son-
reía el camino de la fortuna. Roma entera se apasionó.
Nunca se explicó Benedetta cómo acabó por ceder. Seis
meses antes, seis meses después, era indudable que seme-
jannte casamiento no se habría llevado adelante ante el ho-
rroroso escándalo que había producido en el mundo ne-
gro. ¡Una Boccanera, la última de esa antigua raza papal,
j e m o que soñaba. En la villa Monteton en donde tterío entregada á un Prada, á uno de los espoliadores de la
Iglesia I Fué preciso que aquel descabellado proyecto se
presentase en una hora especial y breve, en el momento
en que se intentaba una aproximación suprema entre el
papa y el Quirinal. Corría el rumor de que iba á estable-
la que sólo contaba diecmcho anos y en r o ^ P ^ cerse un acuerdo; que el rey consentía en reconocer al pa-
pa la propiedad soberana de la ciudad leonina, y de una
estrecha faja de territorio que llegase hasta el mar; si esto
era así ¿no iba á ser el casamiento de Benedetta y de Pra-
da como el símbolo de la unión y de la reconciliación
hermosa manía guerrera en furioso nacional? Aquella hermosa niña, el puro lirio del mundo
negro ¿no era el holocausto consentido, la prenda entrega-
baldi, convirtióse al dfa ^ ^ L de lo verdaderos con- da al mundo blanco? Durante quince días no se habló de
apetito de botín y llegó á ser uno aeio
quistadores de Roma, uno de 1 ^ ¿ ^ ^ ^ L t i d o \ n otra cosa; se discutía, se enternecían y esperaban. Bene-
detta por su parte no entraba para nada en esas razones;
no escuchaba más que á su corazón del que no podía dis-
poner, puesto que lo había entregado ya. Pero desde la
nochie á 3a mañana tenía que sufrir las súplicas de su ma-
dre que le rogaba que no rehusase la fortuna, la vida que
s f e a * 5 A - - d le ofrecían. Sobre todo estaba muy trabajada por los con-
hermosa Flavia que, aun en él
sejos de su confesor, el buen abate Pisoni, cuyo patriótico
estaba aún de muy buen ver. Habte eiIe a q u i s t a r , de celo católico en aquella ocasión influía en ella con toda la
fe que tenía en los destinos cristianos de Italia, y daba
gracias á Ja Providencia por haber escogido una de sus
ovejas para hacer que se apresurase un acuerdo que debía
hacer triunfar á Dios en el mundo entero. Y, con comple-
querida, no estato ^ ^ I f S J Z T ^ , sintiendo ta seguridad que la influencia de su confesor fué una de
las causas decisivas de su determinación, porque era muy,
piadosa y muy devota, sobre todo de una Virgen á la que
ibp á rezar todos los domingos en la pequeña iglesia de la
plaza de Farnesio. Un hecho la impresionó mucho: el aba-t
te Pisoni le dijo que la Iffimft de la lámgara que ardía delan-
r ^ ^ ^ tnu y grande ^
te He la imagen volvíase blanea cada vez que é l s e ^ c h i l a - acepta un duelo, emprendió un viaje á Francia. Benedetta
ba para suplicar á la Virgen aconsejase el redentor casa no se ocultó; le escribió para que volviese y se comprome-
mieSto á feu penitente. De este modo obraron fuerzas supe tió de nuevo á no pertenecer á otro. Aparte de esto su de-
S T i e n S e t o cedió por obedecer á la madto, á la que el voción había ido en aumento y aquella testarudez de con-
Z i ^ T d o n n a Serafina, quisieron contmdecir pnmero, servar la virginidad para el amado elegido por ella se mez-
y más tarde, cuando intervino la cuestión rehgiosa deja- claba en su culto, á un pensamiento de fidelidad á Jesús.
que o b m e csomo quisiese. Había c ^ i d o con una pu- Se reveló en ella un corazón ardiente de grande enamora-
reza con una ignorancia absoluta, n o sabiendo nada de sí da pronta á sufrir el martirio antes que falto'r á la fe jura-
m í m a t a n c e r f d a á la vida, que da. Y cuando madre, con las manos cruzadas y desespera-
fuese Darío, era sencülamente para Benc^tta la ruptura da, la suplicaba que cumpliese con los deberes conyuga-
de una antigua promesa de existencia comun sin el airan les, respondíala que ella no debía nada puesto que al ca-
camiento físico de su corazón y de su carne. Lloró mucho sarse no sabía nada. Además de esto los tiempos cambia-
y en u n día de abandono se casó con Prada, n o encon ran ron, el acuerdo en el Vaticano y el Quirinal había fracasa-
lo voluntad bastante para resistir á los s u ^ y á t o d o e l do hasta el extremo de que los periódicos de ambos parti-
mundo, consumándose así u n casamiento del que Roma dos habían emprendido con nuevo ardor una campaña de
entera había sido cómplice. . . , . Ultrajes y difamaciones y aquel casamiento triunfal, para
Y entonces la noche misma de la boda, estalló el true- el que todos trabajaron, como si se tratara de una pren-
J p í d piamontés, el italiano del Norte y de la con- da de la paz, se derrumbó entre el desastre, y no fué
quiste, ¿dló pniebas dé Ja brutalidad del invasor, quiso más que una ruina añadida á tantas otras.
t r a t a r ' á su muier de igual manera que tratara á la ciudad Murió Ernesta; se había equivocado su existencia trun-
2 C amo ^ a c i e n t e ^ d e saciarse? ¿O J e n la rev^ón cada de esposa sin goces, rematada con su supremo error
del acto fué sólo imprevista para Benedetta y demasiaao de madre. Lo peor fué que sé quedó sola bajo la entera
1
i i S f c e l l a po ,- parte de u n responsabilidad del desastre, porque su hermano el carde-
ha v al <rue n o se pudo resignar á soportar? Nunca lo ex Dial y donna Serafina la abrumaron con sus reproches. Para
Í i c ó e J c o n claridad; pero cerró la ^ J e s u ^ o consolarse no podía contar más que con la desesperación
L n violencia, echó el cerrojo y se j f ' X ^ o r par del abate Pisoni, que había sido doblemente herido por la
recibir á su toando. Durante un mes debió haber por par pérdida de sus patrióticas esperanzas y por el pesar de ha-
r f ! e P r a d a furiosas tentativas, pues aquel obstáculo á la ber contribuido á semejante catástrofe. Y una mañana en-
¿ t i s f e S d i su pasión le enloquecía. Sentíase ultrajado contraron á (Ernesta m u y fría y lívida en su cama. Se ha-
2 n g r a b a en su o r i l l o y en su deseo y juró que domaría bló de un accidente del corazón, pero el sufrimiento debió
f su mujer como se doma á una yegua resabiada, á lau- bastar porque la desdichada sufrió de u n a manera horro-
t a ™ Toda la rabia sensual de un hombre fuerte se estre- rosa, discreta, sin quejarse, como había sufrido durante
g a n t e la indomable voluntad que había crecido en > una toda su vida. Hacía ya cerca de un año que Benedetta es-
noche bajo la frente estrecha y encantadora de Benedetta taba casada, negándose á satisfacer los deseos de su mari-
^ ¿ l a Je despertaron los Boccanera; de buen grado no do, pero no queriendo abandonar el domicilio conyuga
CTueríanada y nada en el mundo, ni aun la muerte la ha- para evitar á su madre la tremenda pena de un escándalo
ffobSdo á querer. Además de esto había en sulám- público. Sin embargo su tía Serafina influía sobre ella dán-
™ ante ese brusco conocimiento del amor, un retorno á dola esperanzas de una posible anulación del matrimonio
S a r i o a lS-tidumbre de que sólo á él debfa entregar su
si iba á arrojarse á los pies del Santo Padre. Y concluyó
„ , 5 1 3 (Jue á él sólo se lo prometió. Daño, después
P S l ^ o , que debió aceptar como se por convencerla desde que,, cediendo ella misma á ciertos
ponnsejos, la dió como director espiritual á su propio con-
el divorcio ante los tribunales civiles. E n aquellas frías
fesor, al padre jesuíta Lorenzo, en reemplazo del a t e t e habitaciones en las que su madre, sumisa y desesperada,
Pisoni. El jesuíta, que apenas tenía «nos ^ *cmg acababa de morir, reanudó la eantessina su vida de soltera
años de edad, eia un hombre grave y amable de ojos^cla y se mostraba muy tranquila, muy decidida en su pasión,
ros y expresivos y de una gran f u e r z a p a r a la p e ^ u ^ ó n habiendo jurado no ser más que de Darío y no entregarse
Benedetta no se decidió hasta el < d í a s i g a a t e de la muer á él más que el día en que un sacerdote los uniese san-
te de su madre y sólo entonces volvió á y g r i d j p g c * > tamente ante el altar.
Boccanera, en las habitaciones en que ella había nacrdo y Precisamente también Darío habíase ido á vivir al pala-
acabado de morir su madre. Además, en ^ r i j f f i f ^ cio Boccanera hacía unos seis meses á consecuencia de la
bló el proceso pidiendo la anulación g|f m a t i i n g J « muerte de su padre y de la catástrofe que le había arrui-
se presentó para su instrucción en primera instanoa ante nado. El conde Onofrio, que siguiendo los consejos de
el cardenal vicario encargado de la d.óc^i de Roma. Se Prada vendió la villa Montefiori en diez millones á una
sociedad financiera, dejóse arrastrar por la fiebre de la es-
r t r A r r - s . - - s . r f t S r peculación que consumía á Roma, y en vez de guardarse
prudentemente en el bolsillo los diez millones, se entregó
á varias especulaciones, con suerte primero, pues consiguió
rescatar sus propios terrenos, pero con tal desgracia des-
pués que lo perdió todo en un krach formidable que se
tragó la fortuna de la ciudad entera. Completamente arrui-
nado y hasta lleno de deudas no por eso dejó el príncipe
de pasear por el Corso como hombre apuesto, sonriente y
popular hasta que murió á consecuencia de una caída de
caballo, y cuatro meses después su viuda, la siempre her-
S S ^ - S ^ E ? « mosa Flavia, que se las había arreglado de manera que
pudo pescar en medio del desastre una villa moderna y
cuarenta mil francos de renta, se casó con un hombre
muy buen mozo, pero que tenía diez años menos que ella,
con un suizo llamado Julio Laporte, antiguo sargento de
la guardia suiza del Santo Padre y más tarde agente clan-
destino de un comercio de reliquias y á sazón por breve
de él pudiese s a l i r t e v e r d a d , ^ r u** g g ^ testigos>
pontificio, marqués de Montefiori, habiendo conquistado
ronse ^ ü m o s d e t e l t e e n M W P ^ a s y se alegó el título al conquistar la mujer. La princesa Boccanera
amigos, criados que toman p r o documento más volvió á ser la marquesa de Montefiori. Y entonces fué
la cohabitación de un, a n o . comadronas, cuando el cardenal Boccanera, lastimado por aquella con-
decisivo era u n ^ que
que declaraban f ^r eS^fo la ad a^ t oó ^v e n conservaba
^ in-^ ducta, exigió que su sobrino fuese á vivir á su lado, á una
las
modesta habitación en el primer piso del palacio. En el
V E i enJS W ^ i á la
cong-gación del corazón del santo varón, que parecía muerto para el mun-
obispo de Roma, envié> ™ v Benedetta á u n primer do, quedaba el orgullo del apellido y una acendrada ter-
nura hacia aquel joven débil, último de su raza y el único
triunfo, y en esie «s»u» , ¡ d e una manera deh-
por el que podía retoñar el antiguo tronco. No se mostra-
eHa * ^ X Z S T ^ S J n l ^ religiosa del ba hostil al casamiento con Benedetta, á la que también
irresis,ible para obtencr
éscapaEan y que Sajo aquella aparente sencillez de los Hé-"
quería con paternal cariño y tan orgul.oso y c o n v e l o chos debía ocultarse alguna complicación. Pero esto fué
de su piedad que al tenerlos juntos a su lado desdenana sólo como un destello de luz y la sospecha se desvaneció;
los abominables rumores que los amigos del ^ J ^ mas levantóse con violencia, se sacudió, acusando al triste
hacían circular por el mundo blanco desde que p n m o y crepúsculo de ser la causa única de aquel estremecimien-
'¿rima* habíanse Reunido bajo el mismo ^ j g ^
to y de aquel desaliento que le avergonzaban.
fina guardaba á Benedetta como el lo hacia con u a n o y
en. elsilencio, en la sombra del vetusto desierto palacio Para moverse y hacer algo púsose Pedro á examinar las
en otros tiempos ensangrentado tantas 7 f f j ^ f ¡ ¡ g dos habitaciones. Sus muebles eran de caoba, sencillos,
violencias, no vivían más que ellos c^vatro con sus pa io casi pobres, descabalados y que procedían de principios
nes adormecidas, y últimos v m e n ! « de un J J l o del siglo. La cama no tenía cortinajes como tampoco las
míe se derrumba e n los umbrales de un mundo nuevu. puertas y ventanas. E n el suelo, sobre el enlosado desnudo
pintado de rojo y lustrado después con cera, había algu-
Cuando e^abate Pedro Froment se despertó de una m - nas alfombritas delante de las sillas. Y ante aquella frial-
n e r a b m s m c o n la cabera cargada p o r l o s p e n o s o s e n s u e - dad y desnudez burguesas acabó por acordarse de la ha-
W t se desconsoló al ver que declinaba el día; su reloj bitación en que, siendo niño, había dormido en Versalles,
H | £ « E * é mirar, señalaba las seis, de modo que
en casa de Su abuela que, en tiempos de Luis Felipe, tuvo
allí un modesto comercio de mercería. E n una pared, de-
p i f a s K r s a x s g s lante de la cama, interesóle mucho un cuadro colocado
allí entre grabados infantiles y sin valor. Representaba,
fes«: ¡ a s r a n s K W , apenas alumbrada por la luz del día en su ocaso, una figu-
ra de mujer, sentada en un basamento de piedra, en el
dintel de un edificio severo y grandioso del que parecía
habíanla arrojado. Las puertas de bronce acababan de ce-
rrarse para siempre y ella permanecía allí arrebujada en
un lienzo blanco, mientras que sus ropas esparcidas, tira-
das con violencia, á la casualidad, arrastraban sobre los
anchos peldaños de mármol. Tenía desnudos los pies, los
brazos, la faz oculta entre las manos convulsionadas por
el dolor, una faz que no se veía, que tapaban los rizos on-
dulantes de una cabellera admirable que la velaba con
una nube de oro obscuro. ¿Qué dolor sin nombre, qué ho-
rrorosa vergüenza, qué execrable abandono ocultaba de
BlIMa
m M ^ ^ m i
S n t a o v como vacío el cerebro, tenía sin embargo I
I
»r MCNTíSRfííV, MEXKSl
—Precisamente por eso mismo le dirá cosas que es aquel hombre obscuro y terrible que tenía las manos en
todas partes, hasta en los rincones más apartados de la
bueno que oiga. tierra sin haber salido jamás de su despacho. Sabía que,
Y en el acto se convino con don Vigilio, que éste ins- á pesar de su aparente nulidad, con su trabajo lento de
cribirá á Pedro para una audiencia al día siguiente á las conquista metódica y organizada, era una potencia ca-
diez. . paz de perturbar u n imperio.
E n ese mismo momento entró u n cardenal en traje de —¿Está su eminencia mejor de ese catarro que tanto
calle, es decir, con la faja y las medias moradas y la mu- hemos sentido que padezca?
ceta negra ribeteada de rojo y con botones del mismo co- —No, no, sigo tosiendo... hay un corredor muy malo...
lor. Era el cardenal Samo, antiguo familiar de los Bocca- en cuanto salgo de mi despacho me quedo helado.
nera, y mientras que se excusaba diciendo que había te- Desde este momento sintióse Pedro pequeño y como
nido que trabajar hasta m u y tarde, todos en el salón se perdido allí. Ni siquiera se acordaron de presentarle al
callaron mostrándose solícitos y deferentes. Empero, para cardenal y tuvo que permanecer en el salón cerca de una
ser el primer cardenal que veía experimentó Pedro una hora mirando, observando. Aquella sociedad envejecida le
decepción m u y grande porque no halló en él la majestad, pareció infantil, retornada á una niñez triste. Bajo la alti-
el hermoso aspecto decorativo que se había imaginado. El vez y la reserva altanera adivinó á la sazón una verdadera
que se presentaba allí, era bajito, u n tanto contrahecho, timidez, la desconfianza no confesada de una gran igno-
con el hombro izquierdo más alto que el derecho; el ros- rancia. Si la conversación n o se hizo general, fué porque
tro ajado y terroso y los ojos mortecinos. Le produjo el nadie se atrevió á intentarlo y oyó en los rincones, char-
mismo efecto que u n viejo empleado de sesenta años, ale- las pueriles sin fin, las historias sin importancia de lo
lado por medio siglo de embrutecedora burocracia, y que ocurrido durante la semana, los rumorcillos de las sacris-
se hubiese contrahecho y atontado por no haber abando- tías y de los salones. Como se veían muy poco, las meno-
nado jamás el asiento de baqueta sobre el que pasó la res aventuras tomaban proporciones enormes. Pedro ex-
existencia. Y en realidad su historia entera era esa: hijo perimentó, al cabo, la sensación clara de que se hallaba
enfermizo de u n a modesta familia burguesa, se educó en trasportado á un salón francés de la época de Carlos X, en
el Seminario Romano; fué más tarde profesor de derecho el fondo de una de nuestras ciudades episcopales de pro-
canónico durante diez años en ese mismo Seminario, des- vincias. No sirvieron ningún refresco. La anciana tía de
pués secretario de la Propaganda, y por último cardenal Celia se apoderó al fin del cardenal Sarno, que n o la res-
desde hacía veinticinco años. Alabábase de celebrar su pondía, y sólo meneaba la cabeza de vez en cuando. Don
jubileo cardenalicio. Nacido en Roma, no había pasado ni Vigilio no despegó los labios en toda la noche. E n voz
un solo día fuera de la ciudad y era el tipo perfecto del baja se entabló una larga conversación entre Nani y Mo-
presbítero encandecido á la sombra del Vaticano, y señor reno, mientras que donna Serafina, que se inclinaba para
del mundo. P o r más que nunca había desempeñado fun- escucharlos, aprobaba, con lentos movimientos de cabeza,
ciones diplomáticas había prestado servicios tales á la lo que decían. Hablaban sin duda del divorcio de Bene-
Propaganda con sus metódicas costumbres de trabajo, que detto, porque de vez en cuando la miraban con un aire
lleoó á ser presidente de una de las dos comisiones que se muy grave. E n el centro de la sala, con la claridad ador-
reparten el gobierno de los vastos países del Occidente mecedora de las lámparas, veíase un grupo, el único que
que a u n no son católicos. Y era por esto por lo que en allí había de gente joven, formado por Benedetta, Darío
el fondo de aquellos ojos muertos, en aquel cráneo acha- y Celia, grupo que parecía vivir, charlando á media voz y
tado, de expresión obtusa, tenía el mapa inmenso de la ahogando á veces la risa.
cristiandad. . De pronto chocóle á Pedro la gran semejanza que ha-
Hasta Nani se levantó, lleno l e sordo respeto hacia
luchaba para ser uno de los últimos en conservar la rique-
bía entre Benedetta y el retrato de Cássia, colgado en la za y el poderío de otro tiempo que comprendía estaban
Da red. Era la misma y delicada infancia, igual boca üe condenados á muerte inevitable. Y fué en aquella fami-
pasión y los mismos rasgados ojos infinitos en la misma lia, de soberbio orgullo, cuyo esplendor llenaba aún la
k r i t a tfedonda, razonable y sana. Había »dudablemente ciudad, en la que acababa de producirse el estampido de
allí un alma recta y un corazón de fuego. Acudió después una aventura produciendo hablillas sin fin: el amor brus-
u n recuerdo á su memoria; el de un cuadro de Guido co de Celia hacia un joven teniente al que nunca había
Reni, la adorable y Cándida cabeza de Beatriz Cenci de hablado, la apasionada testarudez de los dos amantes que
la que el retrato de Cassia se le figuró en a q u e l í n s t e n t e se veían todos los días en el Corso, no pudiendo decirse
que no era más que una exacta reproducción Esa don e nada y cambiando ten sólo miradas, la voluntad tenaz de
semejanza, l e conmovió, hízole que mirase á Benedetta la joven que, después de declarar á su padre que no to-
con inquieta simpatía lo mismo que si toda una violenta maría otro marido, estaba inquebrantable, segura de que
fatalidad de país y de raza fuese á abatirse s o b r e ella la darían el hombre al que había elegido. Lo peor era que
pero, ¡estaba tan tranquila! ¡Tenía un aire ten d j g d i d o y aquel teniente, Attilio Sacco, era hijo del diputado Sacco,
ten paciente! Y desde que él se hallaba en aquel salón no de un advenedizo al que el mundo negro despreciaba
sorprendió entre Darío y ella ninguna terneza que no fue- como vendido al Quirinal y capaz de todo, hasta de lo
se fraternal y alegre, sobre todo por parte de eüa en cuyo más indigno.
semblante se conservaban la serenidad de los grandes —Fué por mí por quien Morano habló hace un mo-
amores confesables. Durante un momento Darío la cogió mento,—murmuró Celia al oído de Benedetta,—sí, cuan-
bromeando las manos, se las estrechó y se echó á reír algo do maltrató de palabra al padre de Attilio y á propósito
nerviosamente y con alguna ligera llamarada en el borde de ese ministerio de que se habla... Quiso darme una
de las pestañas, y Benedetta, sm apresuramiento, desasió •lección.
sus dedos como en un juego de antiguos y cariñosos com- Habíanse jurado ambas una ternura eterna desde el
pañeros. Le amaba, era cosa visible, con todo su sér y para Sagrado Corazón, y Benedetta, que tenía cinco años más
que su amiga se mostraba maternal.
^ H a b t e i i S / b a r í o ahogado un ligero bostezo, mirado su —De manera que eres poco razonable y sigues pensan-
reloj y fesquivádose para irse á reunir á u n o s amigos que do en ese hombre.
jugaban en casa de una señora, Benedetta y Celia fuéron- —¡Oh! ¿Vas á darme pena, tú también, amiga mía?
U i sentar en un sofá, cerca de la s.lja que ocupaba P g Attilio me agrada y lo quiero ¡á él, ya lo oyes! ¡A otro
dro y éste s e enteró sin querer, de algunas palabras de no! Le quiero y le tendré porque m e ama y le amo...
sus confidencias. La princesita era la hija mayor del pnn- Esto es muy sencillo.
cipe Mateo Buongiovanni, padre ya de cinco hijos, rasado Conmovido la miró Pedro; era un lirio Cándido y firme
con una inglesa, con una Mortimer, que le aportó una con su carita dulce de virgen. Tenía una frente y una na-
Z l de cinco millones. Además de este, citábase á os riz de una pureza de flor, una boca de inocencia con la-
Buongiovanni como una de las raras familias del p a n - bios cerrados sobre blancos dientes, ojos de agua de fuen-
d a d o romano ricas aun y e n pie en medio de aquel pa- te clara y sin fondo. Y no había ni un estremecimiento
i d o crue se derrumbaba por todas partes. E n esa familia en las mejillas de una frescura satinada, ni una inquietud
también figuraban dos papas, lo que no impidió al p o n ni una curiosidad en la ingenua mirada ¿pensaba? ¿Sa-
¿ p e Matteo ponerse al lado del Qu.nnal sm estar á mal bía? ¡Quién era capaz de decirlo! ¡Era la virgen con todo
con el Vaticano. Hijo de una americana y no teniendo en gu temible desconocido!
fas venas pura sangre romana, profesaba una política mu- I . —¡Ah! ¡No repitas, querida, mi triste historia! — dijo
Cho más dúctil, y era además, según decían, muy avaro X I Boma Tomo 1—tí
Benedetta. — No produce dicha el casar al papa y al - ¿ Y o ? ¡No!
—¿De veras? Pues él os conoce m u y 5 fondo. De oí Ha-
^ P e r o es que tú n o amabas á Prada,-respondió Celia blar de vos el lunes pasado y en términos tan precisos
con calma,—mientras que yo amo á Attilio. E n eso esta que me pareció que estaba muy al corriente de los más
la vida; es preciso amar. pequeños detalles de vuestra vida y de vuestro carácter.
Aquellas palabras, pronunciadas con tanta sencillez por —Ni siquiera había oído nunca su nombre.
una joven ignorante, impresionaron mucho á Pedro, ñas- —Entonces será que se informó.
ta el extremo de que sinüó que las lágrimas humedecían Saludó don Vigilio y se metió en su cuarto mientras
sus ojos. El amor ¡sí, el amor! era la solución á todas las I que Pedro, á quien le admiró encontrar abierta la puer-
querellas, la alianza entre los pueblos; la paz y la a l a r í a ta del suyo, vió salir de él á Victorina con un aire tran-
en el mundo entero. Donna Serafina se puso en pie ligu- I quilo y activo.
rándose que era lo que animaba la conversación de las I —¡Ah! Quise asegurarme por mí misma, señor abate,
dos amigas. Al mismo tiempo dirigió una mirada a don I de que n o os faltaba nada. Ahí tenéis una vela, agua, azú-
Vigilio, cuyo significado comprendió éste en seguida, por- • car, cerillas... Y por la mañana ¿qué tomáis? ¿Café? ¡No!
que se acercó á Pedro diciéndole en voz baja que había I ¿Leche sola con un panecito? Bueno, ¿á las ocho? ¿No es
llegado á la hora de retirarse. Estaban dando las once; Ce- I eso? Que descanséis y durmáis bien. Por lo que á mí hace
lia se marchaba con su tía y Sin duda Moreno quería con- confieso que las primeras noches que pasé en este inmen-
servar á su lado durante un momento al cardenal Sarao I so palacio, tuve miedo á los aparecidos, pero nunca he
y á Nani, para hablar en familia de alguna dificultad que I visto la cola á ninguno. Cuando se está muerto se está
se presentaba entorpeciendo el divorcio. E n el primer sa- 1 demasiado contento de estarlo y se descansa.
lón y después que Benedetta besó á Celia en las dos I Al cabo encontróse Pedro á solas, considerándose di-
mejillas, fué despedido Pedro por ella con mucha ama- I choso al poderse estirar, mpver, escapar al malestar de lo
desconocido de aquel salón, de aquellas gentes que se
bilidad. i • j
—Mañana por la mañana cuando conteste al vizconde, I mezclaban, se difuminaban en él como sombras bajo la
le diré cuán contentos estamos por teneros á nuestro lado I adormecedora luz de las lámparas. Los aparecidos son los
v por mucho más tiempo del que os f i g u r á i s . . . No os I muertos viejos de otras épocas cuyas almas en pena vuel-
olvidéis de que, á las diez, tenéis que bajar á saludar á I ven para a m a r y sufrir en el pecho de los vivientes de
hoy. Y á pesar del largo descanso del día, nunca se había
mi tío el cardenal. sentido tan cansado, tan deseoso de sueño, con el espíritu
Arriba, en el tercer piso, y en el momento en que fe- •
dro y don Vigilio, teniendo cada uno en la mano la pal--| tan confuso y embrollado y temiendo mucho no haber
matoria que un criado acababa de entregarles, íbanse á I comprendido nada. Cuando empezó á desnudarse, el asom-
separar delante de sus puertas, el primero no pudo por I bro de estar allí, de acostarse en aquella habitación se
menos de hacer al segundo una pregunta que atanaceaba I apoderó de él con tal intensidad que por un momento
creyó ser otro. ¿Qué pensaba toda aquella gente de su li-
su curiosidad. XT I bro? ¿Por qué le habían hecho ir á aquella fría casa en la
- / E s un personaje muy influyente monseñor Nani? I
Azoróse de nuevo don Vigilio, hizo un sencillo ademán I que comprendía que le eran hostiles? ¿Era para ayudarle ó
abriendo los dos brazos como para abrazar el mundo. Len- I para vencerle? Y n o veía más entre la luz amarillenta, en
telleó después su mirada y á su vez pareció expenmen- I la triste puesta del astro del salón, que á donna Serafina
y al abogado Morano, sentados á los dos lados de la chi-
tar gran curiosidad. .1 menea, mientras que, detrás de la cabeza apasionadamen-
- L e conocéis ya ¿no es e s o ? - p r e g u n t ó sm contestar 4 I
te tranquila de Benedetta, aparecía la faz sonriente de
fe que le decían.
monseñor Nani, con sus ojos de malicia, con sus labios I
reveladores de indomable energía.
Se acostó y luego se levantó porque se ahogaba, temen- I
do una necesidad tan grande de respirar aire fresco y li- I
bre, que hubo de abrir de par en par la ventana para i
echarse de bruces en ella: pero la noche tenía la negrura I
de la tinta y las tinieblas habían sumergido el horizonte. I
E n el firmamento las nieblas debían ocultar las estrellas I
y la opaca bóveda pesada abrumaba con pesadez de pío- I
mo; y enfrente las casas del Transtibere dormían hacía I
mucho tiempo, no se veía ni una sola luz en ninguna ven- I
tania y un mechero de gis brillaba á lo lejos como una es- I
trellita perdida. E n vano buscó el Janículo: todo había I
desaparecido e n el fondo de aquel mar de vacío, los vem- I m
ticuatro siglos de Roma, el Palatino antiguo y el moderno •
Quirinal, la gigantesca cúpula de San Pedro, borrándose I
todo del cielo por la ola de sombra. Y á sus pies no veía, I
no oía ni siquiera al Tíber, el río muerto en la ciudad I
muerta.
Á las diez menos cuarto de la mañana del siguiente
día, bajó Pedro al primer piso del palacio para presentar-
se en la audiencia del cardenal Boccanera. Hacía poco ha-
bíase despertado lleno de valor y dominado otra vez por
el entusiasmo ingenuo de su fe; del extraño abatimiento
que experimentara la víspera ya no quedaba nada ni tam-
poco de las dudas y sospechas que se apoderaran de él en
su primer contacto con Roma, cuando aun le duraba el
cansancio del viaje. Hacía un tiempo tan hermoso, estaba
tan puro el cielo que su corazón se animó y latió espe-
ranzado.
En el vasto descansillo de la escalera hallábase abierta
de par en par, la puerta de la primera antecámara. El
cardenal, que era uno de los últimos cardenales pertene-
cientes al patriciado romano, al abandonar y cerrar los
salones de gala, cuyas ventanas daban á la calle, y en los
que todo se caía de viejo, quedóse las habitaciones reser-
vadas para recepciones que ocupara uno de los hermanos
de su abuelo, cardenal también como él, allá en el siglo
dieciocho. Esa serie formada por cuatro inmensas piezas,
de una altura de seis metros y que recibían luces de la
monseñor Nani, con sus ojos de malicia, con sus labios I
reveladores de indomable energía.
Se acostó y luego se levantó porque se ahogaba, temen- I
do una necesidad tan grande de respirar aire fresco y li- I
bre, que hubo de abrir de par en par la ventana para i
echarse de bruces en ella: pero la noche tenía la negrura I
de la tinta y las tinieblas habían sumergido el horizonte. I
E n el firmamento las nieblas debían ocultar las estrellas I
y la opaca bóveda pesada abrumaba con pesadez de pío- I
mo; y enfrente las casas del Transtibere dormían hacía I
mucho tiempo, no se veía ni una sola luz en ninguna ra- I
tanja y un mechero de gas brillaba á lo lejos como una es- I
trellita perdida. E n vano buscó el Janículo: todo había I
desaparecido e n el fondo de aquel mar de vacío, los vem- I m
ticuatro siglos de Roma, el Palatino antiguo y el moderno •
Quirinal, la gigantesca cúpula de San Pedro, borrándose I
todo del cielo por la oía de sombra. Y á sus pies no veía, I
no oía ni siquiera al Tíber, el río muerto en la ciudad I
muerta.
Á las diez menos cuarto de la mañana del siguiente
día, bajó Pedro al primer piso del palacio para presentar-
se en la audiencia del cardenal Boccanera. Hacía poco ha-
bíase despertado lleno de valor y dominado otra vez por
el entusiasmo ingenuo de su fe; del extraño abatimiento
que experimentara la víspera ya no quedaba nada ni tam-
poco de las dudas y sospechas que se apoderaran de él en
su primer contacto con Roma, cuando aun le duraba el
cansancio del viaje. Hacía un tiempo tan hermoso, estaba
tan puro el cielo que su corazón se animó y latió espe-
ranzado.
En el vasto descansillo de la escalera hallábase abierta
de par en par, la puerta de la primera antecámara. El
cardenal, que era uno de los últimos cardenales pertene-
cientes al patriciado romano, al abandonar y cerrar los
salones de gala, cuyas ventanas daten á la calle, y en los
que todo se caía de viejo, quedóse las habitaciones reser-
vadas para recepciones que ocupara uno de los hermanos
de su abuelo, cardenal también como él, allá en el siglo
dieciocho. Esa serie formada por cuatro inmensas piezas,
de una altura de seis metros y que recibían luces de la
me levantó la cabeza y reconoció al visitante, y con voi
teüejuela en pendiente que bajaba al Tíber. E n ellas no muy baja, mejor aun con un murmullo que apenas inte-
penetraba jamás el sol por impedirlo las elevadas casas de rrumpió aquel silencio, dijo:
enfrente. La instalación de aquellos salones habíase con- —Su eminencia está ocupado... haced el favor de es-
servado con todo el fausto y la pompa de los príncipes de perar.
antaño, grandes dignatarios de la Iglesia; pero no se hizo Volvióse á entregar á su lectura, sin duda para evitar
en ellos nunca ninguna reparación; no se tomó ninguna así toda tentativa de conversación.
precaución ni cuidado y los tapices caíanse á pedazos, el No atreviéndose á sentarse, entretúvose Pedro en exa-
polvo carcomía los muebles e n medio de la más com- I minar la habitación que estela aún más estropeada que
pleta indiferencia tras la que se presentía una voluntad al- I las otras dos con sus tapicerías de damasco verde, gastado
tañera, decidida á detener el tiempo. i por los años y semejante al musgo que pierde su color
Experimentó Pedro un ligero encogimiento al entrar en I bajo los árboles. E n cambio el techo conservábase aún so-
la primera habitación destinada á antecámara de los cria- I berbio, con sus adornos de gran suntuosidad, un friso de
dos. E n otra época había de guardia dos gendarmes pon- artesonado pintado y dorado que servía como de marco á
tificios de uniforme, destacándose entre una oleada de I un Triunfo de Anfilrite, á un fresco de un discípulo de Ra-
criados y, á la sazón, u n solo criado aumentaba con su l fael. Y siguiendo en un todo la antigua costumbre era en
presencia fantástica la melancolía de aquella vasta sala I esta habitación en la que se hallaba depositada la birreta
que estaba medio á obscuras. Lo que sobre todo llamaba I cardenalicia sobre una credencia y al pie de un gran cru-
más la atención era la presencia de un altar colocado en- I cifijo de ébano y marfil.
tre dos ventanas; los paños del altar eran rojos, lo mismo I Acostumbróse al cabo á aquella semiobscuridad y se
que el dosel que lo remataba y bajo éste veíanse bordadas I excitó de pronto su curiosidad al ver un retrato de cuer-
las armas de los Boccanera, el dragón alado, echando lia- I po entero del cardenal, cuadro que debía estar pintada
mas; Bocea ñera, Alma rossa. Y el sombrero rojo del her- I recientemente. Al cardenal habíanlo representado en traje
mano del abuelo, el gran capello de ceremonia, encontrá- I de gran ceremonia, con sotana de moaré rojo, el roquete
base igualmente allí, lo mismo que los dos almohadones I de encaje y la capa cayendo de una manera regia desde
de seda roja y dos antiguos quitasoles que llevaban anta- I los hombros. Y aquel viejo de elevada estatura y de se-
fio en la carroza cada vez que salían. E n medio del silen- I tenta años, conservaba con sus hábitos eclesiásticos, con
ció absoluto que allí reinaba dijérase que se oía el ruidito I su rostro completamente afeitado y el cabello blanco, ten
discreto de las polillas y carcomas que desde hacía un I fuerte a u n que se le riz¡aba y caía en bucles sobre los hom-
siglo destruían aquel pasado muerto que un golpe dado I bros, toda su altanera actitud de príncipe ó señor. Aque-
con el plumero hubiera hecho caer convertido en polvo. I lla era la máscara dominadora de los Boccanera, nariz
La segunda antecámara, aquella en la que en épocas I prominente, boca grande con labios delgados, y todo esto
anteriores solía recibir el secretario, era también muy es- • en una cara larga surcada por numerosas arrugas. Y eran,
paciosa y en aquel entonces estaba vacía. Tuvo Pedro que sobre todo, los ojos de su raza, aquellos ojos muy obscu-
atravesarla y n o descubrió á don Vigilio hasta que llegó a ros, llenos de ardiente vida y coronados por cejas aun ne-
la tercera, á la antecámara noble. Con su personal reduci- gras, los que iluminaban aquel rostro. A tener la corona
do entonces á lo más estrictamente necesario, el cardenal de laurel en la cabeza, la suya habría recordado las de
había preferido tener á su secretario cerca, á la puerta I los emperadores romanos, hermosas y dueñas del mun-
misma de la sala del trono que era en la que recibía Y I do, como si por sus venas circulara la sangre de Au-
don Vigilio tan flaco, tan amarillo y tembloroso de calen-1 gusto.
turas hallábase allí á u n lado tras pobre y humüde mesa I Sabía Pedro su historia y aquel retrato la evocó en su
negra cubierta de papeles. Abismado tras un legajo enor- I
Y dicho esto empezó á llenar con una letra menudifa f
memoria. Habíase educado Pío Boccanera en el Colegio fina una gran hoja amarillenta mientras que Pedro, de
de Nobles, y sólo salió una vez de Roma cuando no era una manera maquinal, y para obedecer, s í sentó en uno
más que diácono, para ir á París á llevar como ablegado, de los taburetes de los colocados en hilera á lo largo de la
una birreta cardenalicia. Después de eso su carrera ecle- pared frente al retrato. Dejóse arrastrar por sus medita-
siástica desarrollóse soberanamente y los honores fueron ciones y se le figuró ver renacer y brillar á su alrededor el
á él de la manera más natural del m u n d o y debidos á su fausto de príncipe de un cardenal de los pasados tiempos.
nacimiento. Consagróle con sus propias manos Pío IX, Antes, todo el día que le nombraban, daba el cardenal
más tarde fué nombrado canónigo de la Basílica Vatica- fiestas, pagaba regocijos públicos de los que a u n se citan
na, camarero secreto participante y más adelante, despufes algunos por su esplendor. Durante tres días estaban abier-
de la ocupación italiana, mayordomo, y por fin, en 18/4, tas de par en par las puertas de los salones de recepción,
cardenal. Desde hacía cuatro años era camarlengo y se de- y entraba todo el que quería y de sala en sala pasábanse
cía, en voz baja, que León XIII le eligió para ese carg^ los hujieres los nombres del patriciado, burguesía y pue-
del mismo modo que en época anterior le eligiera Pío 1A blo, de Roma entera, en ñn, siendo todos recibidos por el
á él mismo, para eliminarle de la sucesión al trono ponti- nuevo purpurado con soberana bondad y cual pudiera
ficio, porque si al nombrarle, el cónclave había olvidado haberlo hecho un rey con sus súbditos. Después de esto
la tradición que decía que el camarlengo no debía ser Cip á manera de una realeza organizada, pues algunos car-
elegido papa, tal vez retrocedería antes de cometer una denales llevaban un séquito de m á s de quinientas perso-
nueva infracción. nas y tenían una casa regia que comprendía dieciseis ofi-
Y se decía aún más, se aseguraba que, lo mismo que cios ó servidumbres y vivían en medio de una verdadera
durante el reinado anterior, continuaba esa sorda lucha corte. Hasta en época más reciente, cuando la vida se sim-
entre el papa y el camarlengo, este úlümo apartado á su plificó, u n cardenal, si era príncipe, tenía derecho á u n
lado, condenando la política de la Santa Sede, con opi- tren de gala de cuatro carruajes arrastrados por caballos
niones radicalmente opuestas en todo y esperando en si- negros. Procedíanle cuatro criados con la librea de sus ar-
lencio y sumido en el vacío actual de su cargo, á que mu- mas, llevando el sombrero, el almohadón y los quitasoles.
riese el papa, lo que le daría el poder interinamente hasta Acompañábanle además el secretario con manteo de seda
que se eligiese pontífice nuevo, con la obligación de reu- color violeta, el caudatario revestido con la crocia, especie
nir antes el cónclave y cuidar de la buena tramitación de balandrán de lana violeta con forros de seda, el gentil-
transitoria de los asuntos de la Iglesia. ¿No se ocultaría hombre con traje de la época de Enrique II, y llevando la
detrás de aquella despejada y severa frente, en el fulgor birreta cardenalicia entre sus enguantadas manos; aunque
de sus negros ojos la ambición del papado, el ensueno de disminuido ya el tren de la casa comprendía aún al audi-
intentar la aventura del cardenal Pecci, camarlengo y tor, encargado del trabajo d e las congregaciones, al secre-
papa? Su orgullo de príncipe romano no eonocíS más que tario empleado únicamente en el despacho de la corres-
Roma, tenía á gloria ignorar por completo el resto üei pondencia, al maestresala que introducía las visitas, al
mundo moderno y, aparte de esto, mostrábase muy pia- gentilhombre portador de la birreta, al caudatario, al ca-
doso, austero en materia religiosa, con fe plena y podero- pellán, al mayordomo, al ayuda de cámara, sin contar una
sa é incapaz de entibiarse por la más ligera duda. nube de lacayos, porteros de estrados, cocineros, cocheros,
Un murmullo distrajo á Pedro de sus cavilaciones. Era palafreneros y otros, verdadero pueblo que zumbaba como
don Vigilio que le invitaba con su aire prudente de cos- una colmena en aquellos inmensos palacios. Y- con ese
tumbre, á que se sentase. pueblo era con el que Pedro imaginativamente llenaba las
- T a l vez esto dure mucho y lo mejor que podéis hacer.
tres vastas antecámaras que precedían al salón del trono;
ps coger u n taburete y sentaros.
era una oleada de lacayos de librea azul con Blasonados tud de gente de íodas condiciones á sueldo, circuló llenan-
galones, aquel mundo de abates y de prelados con man- do los salones con su esplendor, n o se veían entonces más
teos de seda, que revivían ante sus ojos, moviéndose con que dos sencillas sotanas negras deslizarse sin ruido; dos
una vida apasionada y magnífica bajo los altos artesona- sombras discretas perdidas en la sombra de las muertas
dos vacíos, en la semiobscuridad de las tinieblas que ilu- habitaciones.
minaba con su esplendor resucitado. ¡Y cómo comprendió Pedro al presente toda la allanera
Pero, á la sazón», y sobre todo después de la entrada de indiferencia del cardenal dejando que el tiempo concluye-
los Italianos en Roma, habíanse quebrantado muchísimo se su obra de ruina en aquel palacio de sus antepasados,
las fortunas de casi todos los príncipes romanos y desapa- al cual no podía devolver la gloriosa vida de antaño 1 Cons-
recido el fausto de los altos dignatarios de la Iglesia, h l truido para esa vida, para el tren soberano de un príncipe
patriciado, al apartarse en su ruina de los cargos eclesiás- del siglo xvi, el palacio veníase abajo, desierto y obscuro,
ticos, mal remunerados, los abandonó á la ambición de la sobre la cabeza de su último dueño, que ni tenía bastante
modesta burguesía. El cardenal Boccanera, último prínci- servidumbre para llenarlo, ni habría sabido cómo pagar
pe de la nobleza antigua revestido de púrpera, n o tenía el yeso necesario para las reparaciones. Entonces, puesto
más que, aproximadamente, unos treinta mil francos para que el mundo moderno se mostraba hostil, puesto que la
sostener su rango; los veintidós mil de su cargo, aumen- religión había dejado de ser reina y una vez que la socie-
tados con lo que le producían algunos otros emolumen- dad había cambiado y se marchaba hacia lo desconocido
tos Nunca habría podido salir del paso si donna beratma en medio de los odios y de la indiferencia de las nuevas
n o acudiera en su auxilio con las migajas de la antigua generaciones, ¿por qué no dejar que el m u n d o antiguo ca-
fortuna patrimonial que en tiempos abandonara él á sus yese en polvo con el orgullo obstinado de su gloria secu-
hermanas y á su hermano. Donna Serafina y Benedetta lar? Los héroes sólo, eran los que morían en pie sin aban-
vivían aparte, en sus habitaciones, como en otra casa, con donar nada del pasado, fieles hastia el último aliento á la
su mesa, sus gastos personales y servidumbre completa- misma fe, n o teniendo mas que la dolorosa bravura, la
mente separados. El cardenal no tenía á su lado más que tristeza infinita de asistir á la lenta agonía de su Dios. Y
á su sobrino Darío, y nunca daba ni una comida ni una en aquel retrato de cuerpo entero del cardenal, en su páli-
recepción. El gasto más grande que tenía era su antiguo da faz, tan alatanera, ten desesperada y valiente, había esa
coche, pesada carroza de dos caballos que le imponía el testaruda voluntad de perecer bajo los escombros del ca-
ceremonial, porque un cardenal no puede andar á pie por duco edificio social antes que consentir que cambiase ni
Roma. Y para esto su cochero, antiguo servidor de la fa- una sola piedra.
milia, le ahorraba u n mozo de cuadra con su testarudez Distrájole el abate de sus cavilaciones el roce de un pa-
de cuidar sólo la carroza y los dos cabaUos n Y o s enveje- so furtivo, de u n trotecillo de ratón, que le hizo volver la
cidos como él al servicio de la familia. Había dos lacayos cabera. Acababa de abrirse una puerta en la tapicería, y
padre é «hijo, éste último nacido en el palacio. La mujer Pedro experimentó la sorpresa de ver detenerse ante él á
. del cocinero ayudaba al servicio de la cocina las reduccio- un cura de unos cuarenta años obeso y bajito, al que ha-
nes en donde tenían más alcance era en la antecámara bríase podido tomar por una solterona con falda negra y
noble y en la" primera antecámara, pues todo el antiguo de mucha edad, de tal modo estaba su rostro surcado de
personal, tan ntuneroso como brillante, habíase reducido arrugas. Era el abate Paparelli, el caudatario, maestresala,
i dos modestos curas, don Vigilio el secretano que era que con este último título estaba encargado de introducir
al mismo tiempo auditor y mayordomo, y el abate Papa- á los que pedían audiencia, y se disponía á preguntar ai
relli, el c a u d a d o , que servía también de que veía allí, cuando intervino don Vigilio gara enterarle
e n t i é s a l a . E ? «-quellos lugares en que antes una mulfe de lo¡ que pasaba.
r — | l l l ¡Está bien! El señor abate Froffient, al que su mitorio, u n comedor y un despacho, piezas todas modes-
eminencia se dignará recibir... E s preciso esperar... es- tas, pequeñas, que hicieron de un gran salón con ayuda
perar. de tabiques. Vivía sumamente aislado, sin lujo y como un
Y con su paso silencioso fuese á ocupar su sitio en la hombre probo y sobrio. A las ocho tomaba el desayuno,
segunda antecámara, que era en donde acostumbraba á una taza de leche fría, y después, en las mañanas que ha-
estar. bía sesión, se dirigía á las congregaciones de que era
A Pedro n o le agradtó mucho aquel rostro de vieja de- miembro, ó sino, se quedaba en su casa para recibir en
vota, descolorido por el celibato y estragado por prácti- audiencia. La comida era á la Una y Iras ella venía la sies-
cas muy rudas, y como don Vigilio, la cabeza cargada y ta hasta las cuatro ó las cinco en el verano, la siesta de
las manos ardorosas de calentura, no había reanudado su Roma, el momento sagrado durante el cual un criado n o
trabajo se atrevió á interrogarle. ¡Oh! El abate Paparelli, se hubiera atrevido á llamar á la puerta. Los días en que
u n hombre de la fe más ardiente, que sencillamente, por hacía buen tiempo, después de la siesta daba un paseo en
humildad, permanecía en un sitio tan modesto al lado de coche hacia la parte de la antigua vía Appía, de donde re-
su eminencia! Alguna vez, queriendo éste recompensarle, gresaba al ponerse el sol y cuando tocaban el Ave María.
no desdeñaba el escuchar su opinión. E n los ojos ardien- Por último, después de recibir de siete á nueve, cenaba y
tes de don Vigilio había una sorda ironía, una cólera vela- se retiraba á un cuarto del que n o volvía á salir, trabajan-
da aún, mientras que continuaba examinando atentamen- do solo ó acostándose. Los cardenales suelen visitar al pa-
te á Pedro con el aire ya más tranquilo, influido por la pa dos ó tres veces al mes y en días fijos para las necesi-
- evidente rectitud del carácter de aquel extranjero, que no dades del servicio; pero desde hacía más de u n año al ca-
debía pertenecer á ningún bando. Así concluyó por aban- marlengo no le recibía en audiencia particular, lo que era
donar su continua y enfermiza desconfianza hasta el ex- una señal de desgracia, una prueba de guerra, de las que
tremo" de hablar u n momento. en el mundo negro se hablaba en voz baja y con cautela.
—Sí, sí,-á veces hay mucho trabajo y bastante duro... —Su eminencia es algo rudo,—siguió diciendo don Vi-
su eminencia pertenece á varias congregaciones, á la del gilio, con dulzura y dichoso al poder hablar en un mo-
Santo Oficio, á la del Indicie, á la de los Ritos, á la Con- cento de expansión;—pero hay que verle sonreír cuando
sistorial, y para la resolución de todos los asuntos que le su sobrina, La contessina, á la que idolatra, teja á darle u n
incumben es por mis manos por donde pasan todos los beso... Ya sabéis que si os reciben bien lo debéis á la
antecedentes. Es necesario que los estudie yo u n o por uno, contessina...
que haga u n resumen y que, en una palabra, lo desenma- E n este momento le interrumpieron. Oyóse un ruido de
rañe... Sin contar que, por otra parte, toda la correspon- voces que procedía de la segunda antecámara y se levan-
dencia pasa por mis manos. Felizmente su eminencia es tó con mucha viveza, haciendo después una profunda re-
un santo que no intriga ni por él ni para los demás, y verencia al ver entrar á un hombre grueso con sotana ne-
esto nos permite vivir un poco apartados. gra ceñida con faja roja, cubierta la cabeza con u n som-
Interesóse Pedro por esos detalles íntimos de una de brero con cordón rojo y o r o y al que guiaba el a t e t e Pa-
esas existencias de príncipe de la Iglesia, tan ocultas por parelli con todo un despliegue de humildes reverencias.
lo general y tan desfiguradas por la leyenda. Así supo que Había hecho á Pedro una señal para que se pusiese tam-
el cardenal, tanto en invierno como en verano, se levanta- bién en pie y pudo a ú n apuntarle quedamente:
ba á las seis de la mañana; que decía la misa en una ca- —El cardenal Sanguinetti, Prefecto de la congregación
pilla, reducida habitación amueblada únicamente con un del Indice.
altar de madera pintada y en la que no entraba nadie Entretanto el a t e t e Paparelli se prodigaba, apresuraba
nunca. Sus habitaciones particulares reducíanse á un dor- y remetía con aire de beata satisfacción:
—Están esperando á vuestra eminencia reverendísima.;; de la congregación del Indice y una sola idea le emocionó;
tengo orden de acompañar inmediatamente á su eminen- la de que aquel hombre iba á decidir de la suerte de su
cia... Está también aquí su eminencia el Gran Peniten- libro. Así que cuando el cardenal desapareció y el aba-
ciario. te Paparelli se volvió á la segunda antecámara, no pudo
Sanguinetti, en alta voz y andando con paso sonoro por menos de preguntar á don Vigilio:
tuvo un arranque brusco y familiar: —¿Sus eminencias el cardenal Sanguinetti y el carde-
—Sí, sí, me han detenido una multitud de importu- nal Boccanera están muy unidos?
nos. No se hace nunca lo que se quiere. En fin, ya es- Una sonrisa arrugó los labios del Secretario, mientras
toy aquí. que en sus ojos centelleaba una ironía que no fué dueño
Era un hombre de sesenta años, grueso, rechoncho, de de dominar.
faz redonda y colorada, con una nariz enorme, labios grue- —¡Ah! ¡Muy unidos, no, nol Se ven, cuando no tienen
sos y ojos muy vivos siempre en movimiento; pero que más recurso que hacerlo.
llamaba la atención por su aire de juventud activa, casi Y explicó que todos tenían grandes miramientos hacia
turbulenta, con el cabello muy negro aun, apenas sembra- la elevada alcurnia de nacimiento del cardenal Boccanera
do de canas, muy cuidado y recogido en bucles sobre las de modo, que de muy buena voluntad reuníanse en casa
sienes. Había nacido en Viterbo, hecho sus estudios en el de éste cuando se presentaba algún asunto grave, como
seminario de aquella ciudad antes de ir á Roma á termi- sucedía precisamente aquel día, que exigía una entrevista
ó reunión aparte de las sesiones de costumbre. El carde-
narlos en la Universidad Gregoriana. Sus hojas de servi-
nal Sanguinetti era hijo de un humilde médico de Viterbo.
cio eclesiásticas probaban que había hecho pronto su ca-
mino y que su inteligencia era muy dúctil; primero, secre- —¡No, no! Sus eminencias no son ten amigos... cuando
tea rio de la Nunciatura en Lisboa; en seguida le nombra- no se profesan las mismas ideas ni se tiene el mismo ca-
ron obispo titular de Thebas y le encargaron de una mi- rácter es muy difícil entenderse y sobre todo cuando se
sión muy delicada en el Brasil!, y á su regreso nombráronle estorban mutuamente!
nuncio en Bruselas y después en Viena, y por último car- Dijo esto muy bajo, como á sf mismo y con su pálida
denal, sin contar con que acababa de obtener el obispado sonrisa. Por otra parte Pedro, entregado por completo á
suburvicario de Frascati. Muy hecho á los negocios y ha- sus preocupaciones personales, apenas le escuchaba.
biendo recorrido toda Europa n o tenía en contra suya más —Puede que sea para tratar de algún asunto de la con-
que su ambición demasiado ostensible, su espíritu intri- gregación del Indice para lo que están reunidos,—indicó.
gante siempre en acecho. A la sazón decíase de él que era Debía saber don Vigilio qué era lo que motivaba la re-
irreconciliabe y qe exigía de Itallia la devolución de Ro- unión; más se limitó á responder que de tratarse de un
ma, por más que en otra época hubiese intentado parla- asunto de la congregación del Indice, se habrían reunido
mentar con el Quirinal. Dominado por un furioso afán de en casa del Prefecto de la congregación. Y Pedro, cedien-
ser el papa de mañana, saltaba de una á otra opinión y diendo á los impulsos de la impaciencia, vióse obligado á
pasaba grandes trabajos para conquistar á gentes á las hacer una pregunte directa.
que abandonaba en seguida. Dos veces habíase ya mal- —¿No estáis enterado de mi asunto, del referente á mi
quistado con León XIII y luego creyó más político some- libro? Puesto que su eminencia forma parte de la congre-
terse. La verdad era que, siendo un candidato casi de- gación y que todos los asuntos pasan por vuestras manos,
clarado al papado, se gastaba por su propio esfuerzo, me- tal vez podríais darme alguna interesante noticia, ¡no sé
tiéndose en muchas cosas ó haciendo mover á mucha nada aun y son ten grandes los deseos que tengo de sa-
oente. ber algo!
Pedro, sin embargo, no vió en él más que al Prefecto De pronto apoderóse otra vez de don Vigilio su inquieto
ñn fousío resplandeciente. La curiosidad que encerraba
aforamiento, y balbuceó desde luego que no había vis- aquella habitación era el antiguo trono; el sillón forrado
to el legajo referente al asunto, y decía la verdad. de roja seda en que se sentaba el Santo Padre cuando iba
—Os aseguro que no nos han mandado nada aun, que á visitar al cardenal. Un dosel, también de seda roja, lo
no tenemos ningún documento y que lo ignoro todo. coronaba, y bajo él hallábase también colgado el retrato
Viendo que el abate Froment iba á insistir, le hizo se- del papa reinante. Según la regla, el sillón estaba vuelto
ñal de que se callase, y se. puso á escribir dirigiendo hacia de fcana á la pared para indicar que nadie se debía sentar
la segunda antecámara miradas furtivas, temeroso sin du- en él. Aparte de eso no había más mobiliario en toda la
da de que el abate Paparelli estuviese escuchando. Decidi- sala que sofás, sillones, sillas y una maravillosa mesa
damente había hablado demasiádo pronto y se encogió Luis XIV de madera dorada, con un precioso mosaico
tras su mesa, fundiéndose y desapareciendo en su som- que representaba el rapto de Europa.
brío rincón. . , , Pedro n o vió al principio más que al cardenal Boccane-
Volvió entonces Pedro á sus cavilaciones, dominado de ra, en pie, al lado de otra mesa que le servía de escritorio.
nuevo por cuanto desconocido le rodeaba, por la tristeza Con su sencilla sotana negra ribeteada de rojo y con boto-
antigua y adormilada de las cosas. Debieron transcumr nes del mismo color, parecía aún más alto y más altivo
interminables minutos; eran cerca de las once Y un ruido que ten su retrato con su traje de ceremonia. Eran los mis-
de puerta, u n rumor de voces le despertó al cabo. Inclinóse mos cabellos blancos en bucles, el rostro prolongado, cor-
respetuosamente ante el cardenal Sanguinetti, que se mar- tado por numerosas arrugas, con su nariz prominente y
chaba en compañía de otro cardenal muy flaco, muy alto, delgados labios; eran aquellos ardientes ojos iluminando
eme tenía rostro grisiento y largo de asceta. Ni uno ni un rostro pálido bajo las espesas cejas que aun se conser-
otro parecieron, sin embargo, apercibirse de la presencia vaban negras. Lo único que había era que el retrato n o
de aquel humilde clérigo extranjero inclinado respetuo- terna aquella soberana y tranquila fe que se desprendía de
samente á su paso. Iban hablando familiarmente en alta la persona, una certidumbre total de saber en donde se
«02 hallaba la verdad y una voluntad inquebrantable de ate-
" —¡Ah! sí, el viento ha cedido y hace más calor que nerse siempre á ella.
Boccanera no se movió contemplando fijamente con su
^ - C o n seguridad que mañana tendremos siroco. mirada penetrante al visitante que se adelantaba, y el
El silencio solemne volvió á apoderse otra vez de la presbítero, que conocía el ceremonial, se arrodilló y besó
grande y obscura habitación; don Vigilio seguía escribien- el grueso rubí que el cardenal llevaba en el dedo; pero en
do sin que se oyese el ruido de la pluma al_<*»rrer sobre d seguida aquél hízole levantarse.
duro papel amarillento. Oyóse un tenue tañido de cascada —Sed bienvenido, hijo mío, á nuestra casa... Mi sobrina
campanilla, y el abate Paparelli acudió comendo desde la me habló de vuestra persona con tanta simpatía, que me
segunda antecámara, desapareció durante un momento en considero m u y dichoso al recibiros.
la sala del trono y luego se presentó para llamar con una Habíase sentado al lado de la mesa sin decirle á Pedro
señal á Pedro, al que anunció con acento ligero: qque cogiese una silla, y continuó examinándole y hablan-
—El señor abate Pedro Froment. do con voz lenta y cortés.
El salón del trono, muy espacioso, era también u n a - —¿Fué ayer por la mañana cuando llegásteis y bien
verdadera ruina. Bajo el admirable artesonado de madera | cansado, n o es verdad?
tallada y dorada, los rojos tapices de l a s p a r e d e s d e u n . ^-.Vuestra eminencia es demasiado bondadoso... sí, ren-.
brocatel de grandes ramos, caíanse á HabfeJ
hecho algunos remiendos; pero el uso deslucía con tonos Roma—Tomo I— 7
pálidos el purpúreo sombrío de la seda, e n otros tiempos de |
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nada... pero esto no impedirá el que hablemos un poco.
Sido tanto de cansancio como por la emoción ¡ese viaje Y siguió abordando francamente el asunto, sin astucia
tiene tanta gravedad para mil alguna como hombre dotado de un espíritu absoluto y va-
El cardenal parecía que n o quería entablar desde las liente que n o teme las responsabilidades.
primeras palabras la cuestión más grave. —¿No es así? Creo habéis escrito un libro titulado Nue-
—No lo dudo. E s m u y grande la distancia que hay de va Boma y venís para defender ese libro que está someti-
París á Roma. Hoy se recorre muy deprisa; pero antes do á la congregación del Indice. N o lo he leído aún, y ya
jqué viaje más interminablel comprenderéis que n o puedo leerlo todo. Leo únicamente
Su voz se animó: las obras que me envía la congregación de la que formo
—He ido tan sólo una vez á París ¡oh! hace de esto mu- parte desde el año pasado, y con mucha frecuencia m e
cho tiempo, muy pronto cincuenta años, y para pasar allí doy por satisfecho con un extracto que me hace mi secre-
pocos días, apenas una semana... Una grande y hermosa tario... Mi sobrina Benedetta leyó vuestro libro y me dijo
ciudad ¡sil ¡sí! mucha gente en las calles, gentes bien edu- que no carece de interés, que al principio la admiró y
cadas, u n pueblo que hace cosas admirables. No se puede que después, la conmovió... Os prometo, pues, que lo
olvidar, ni a u n en las tristes horas de la actualidad que leeré y estudiaré con mucho cuidado, los pasajes crimi-
Francia ha sido la hija mayor de la Iglesia... Desde que nosos.
hice ese único viaje, n o he vuelto á salir de Roma. Aprovechó Pedro la ocasión para empezar á defender
Y con un gesto de tranquilo desdén acabó su pensa- su oauga, y creyó que lo mejor era desde luego indicar sus
miento ¿á qué conducían los viajes al país de la duda y referencias en París.
de la rebelión? ¿Era que Roma no bastaba, Roma <pie go- —Vuestra eminencia comprenderá mi estupor, cuando
bernaba al mundo, l a ciudad eterna que en los tiempos supe que perseguían mi libro... El señor vizconde Filiber-
profetizados debía volver á ser la capital del mundo? to de la Choue, que m e dió repetidas pruebas de amistad,
Mudo Pedro, y evocando en su imaginación al principe dice sin cesar que u n libro semejante es la mayor arma
batallador y violento de otros tiempos, reducido á llevar para la Santa Sede.
aquella sencilla sotana, y le encontró hermoso con su or- —¡Oh! ¡El señor de la Choue! ¡El señor de la Choue!—
gullosa convicción de que Roma se bastaba á sf misma. repitió el cardenal, con una mueca de benévolo desdén.—
Esa obstinación de ignorancia, esa voluntad de n o contar «ío ignoro que el vizconde se cree ser un buen católico...
con las demás naciones, más que para tratarlas como va- es algo pariente nuestro... ¿lo sabéis? Y cuando se hospeda
sallas, inquietáronle sobre todo cuando por u n retomo so- aquí le veo con gusto, pero con la condición de que no he-
bre sí mismo, pensó en el motivo que le llevaba allí. mos de hablar de ciertas cosas acerca de las cuales no po-
Y como se hubiese restablecido el silencio, creyó que demos jamás ponernos de acuerdo... Pero en fin, el catoli-
debía entrar en materia con un homenaje. cismo de ese distinguido y bueno de la Choue, con sus
—Antes de practicar ninguna diligencia, quise poner corporaciones, sus círculos de obreros, su democracia de
mi respeto á los pies de vuestra eminencia, porque es en cara limpia y su vago socialismo, n o es en suma más
ella en quien únicamente tengo confianza y por tanto le que literatura.
suplico que me aconseje y dirija. Esta palabra chocó á Pedro porque comprendió toda su
Entonces, con un ademán, invitóle Boccanera á que se despreciativa ironía que le alcanzaba á él también. P o r
sentase en una silla enfrente de él. esto se apresuró á nombrar á otro que salía garante por
- N o os rehusaré mis consejos, hijo mío, pues los debo él y al que creía de indiscutible autoridad.
á todo cristiano deseoso de hacer bien. En lo que haríais —Su eminencia el cardenal Bergerot tuyo á bien con-i
mal sería en contar con mi influencia, porque es nula ¡ceder á mi obra su entera agroba.tióa,
S completamente apartado de todo y n o puedo pedir
m
Da pronto el rostro de Boccanera cambió bruscamente;
no fué la censura burlona, la lástima que inspira el acto ¡cér toás que daros un buen consejo; el de que retiraseis vos
poco meditado de un niño, acto evocado á un fracaso mismo ese libro, condenándolo y destruyéndolo sin que á
cierto, no: fué una llamarada de cólera la que iluminó ello os obligue una decisión del Indice. Cualquiera que sea
sus negros ojos y un deseo de combate el que endureció el que da el escándalo, debe hacerlo desaparecer y expiar-
la faz entera. lo cortando la propia carne. Un clérigo no tiene más debe-
—Sin duda,—dijo con mucha lentitud,—el cardenal Ber- res que la obediencia y la humildad y el aniquilamiento
gerot tiene gran fama de piedad en Francia. En Roma le de todo su sér ante la voluntad suprema de la Iglesia. Y
conocemos muy poco. Personalmente no le he visto más hasta ¿para qué escribir? porque hay algo de rebelión en
que una vez, que fué cuando vino con el capelo. Y no eso ¡de expresar una opinión propia y es siempre una tes-
me permitiría juzgarle si últimamente sus actos y sus es- tación del demonio la que os dirige la pluma. ¿Por qué
critos no hubiesen contristado mi alma de creyente. Des- correr el peligro de condenarse cediendo al orgullo de la
graciadamente no soy el único y aquí, en el Sacro Co- inteligencia y de la dominación? Vuestro libro, querido
legio, no encontraréis nadie que apruebe su conducta. hijo, no es más que literatura, ¡nada más que literatura!
Callóse un momento, y después, con voz muy clara, Esa palabra pronunciábala con un desprecio tan grande,
que Pedro sintió toda la angustia de las pobres páginas
añadió: de apóstol que había escrito al caer bajo las miradas de
—El cardenal Bergerot es un revolucionario. aquel príncipe convertido en un santo. Le escuchaba, le
Esta vez la sorpresa que experimentó Pedro fué tan veía engrandecerse y le dominaban un miedo y una ad-
grande que le dejó mudo. ¡Un revolucionario! ¡Dios mío! miración crecientes.
¡aquel pastor de almas, tan cariñoso, de inagotable cari- —¡Ah! ¡ah! ¡querido hijo, esa fe total, desinteresada que
dad y cuyo sueño era que Jesús volviese á bajar á la cree por la única dicha de creer! ¡Qué tranquilidad más
tierra para hacer que al fin reinasen la justicia y la paz! grande la del que se inclina ante los misterios sin tratar
¿No tenían las palabras la misma significación en todas de escudriñar en ellos con la tranquila convicción de que
partes y en medio de qué religión había ido á parar para al aceptarlos, se posee al fin lo cierto y lo definitivo! ¿No
que la religión de los pobres y de los míseros, de los es esta la más completa satisfacción intelectual, esa satis-
que sufren, se convirtiese en una pasión condenable, en facción que da lo divino conquistando la razón, discipli-
una insurrección? 1 nándola y calmándola hasta el extremo de que en adelan-
Sin poder comprender aún, vislumbró lo impolítico y lo te está como llena y hasta sin deseo? Fuera de la explica-
inútil de una discusión, y no tuvo más deseo que el de ción de lo divino por lo desconocido no hay paz posible ni
explicar lo que era su libro, dando razones para probar durable para el hombre. Es preciso poner en Dios la ver-
su inocencia; pero, á las primeras palabras, impidióle el dad y la j ustica si jes que se quiere que estas reinen
cardenal seguir adelante. en la tierra: ¡el que no cree es un campo de batalla en-
—No, no, querido hijo, en eso emplearíamos mucho tregado á todos los desastres! ¡Es la fe sola la que libra
tiempo, y yo quiero leer ciertos pasajes... Además hay y tranquiliza el alma!
uná regla absoluta: todo libro que toca á la fe es per, Y Pedro quedóse inmóvil un momento ante aquella gran
nicioso y condenable: ¿vuestro libro es respetuoso para figura que se erguía. E n Lourdes no había visto más que
con el dogma? á la humanidad arremolinarse para la curación del cuerpo
—Así lo pienso y puedo asegurar á su eminencia que y el consudo del alma. En Roma era el creyente intelec-
no tuve intento de hacer una obra de negación. tual, el espíritu que tiene necesidad de certidumbre, que
—Está bien; hasta podría estar á vuestro lado si eso fue-: se satisface saboreando el elevado goce de no dudar más.
se cierto... Unicamente en el caso contrario no podría No había oído nunca aun un grito semejante de alegría
gloriosa integridad. ¡Oidlo bien, señor abate, ni una sola'
por vivir en la obediencia y sin inquietudes para el día si- concesión, ni un abandono, ni una cobarda! Es tal cual
guiente de la muerte. Sabía que Boccanera había tenido es y ¡no podría ser de otra manera. La certidumbre divina,
una juventud un poco borrascosa, con crisis de sensuali- la verdad total, no tienen modificación posible y la menor
dad en las que flameó la roja sangre de sus antepasados, piedra que se arranque al edificio no puede ser más que
y le maravilló la tranquila majestad que la fe había co- causa de derrumbamiento: ¿no es esto, por otra parte, evi-
municado el ánimo de un hombre de raza tan violenta dente? No se salvan las casas antiguas en las que se mete
y en el que el orgullo era la única pasión .que quedaba. el pico con el pretexto de repararlas, pues no se haría más
—Sin embargo,—se atrevió Pedro á insinuar al Ira, pero que aumentar en ellas los estragos. Si fuese verdad que
con mucha dulzura - s i la fe permanece inalterable, esen- Roma está amenazada de convertirse en polvo, todos los
cial, inmutable, las formas cambian... De hora en ñora revocos, todos los remiendos no servirían más que para
todo evoluciona... el mundo cambia... apresurar la ruina, la catástrofe inevitable. Y en vez de
—¡Pero eso no es verdad I-exclamó el cardenal.— una muerte grande, inmóvil, serte la más miserable de las
mundo está para siempre inmóvil!... Tropieza, se extravía, agonías, el fin de un cobarde que se agita y pide gracia.«
se interna en las más detestables vías y tes preciso que con- En cuanto á mí, espero. Estoy convencido de que todo es-
tinuamente se le lleve hacia el buen camino... Eso es lo ver- to son horrendos embustes y de que el catolicismo nunca
dadero. ¿Es que el mundo, para que las promesas de Cris- ha estado más firme, puesto que debe su eternidad á la
to se cumplan no debe volver al punto de partida, á te ino- única fuente de vida. Pero aquel día en que el cielo se de-
cencia primera? ¿Es que al fin de los tiempos no se fijó en rrumbase, encontrárteme yo aquí, en medio de esos mu-
el día triunfal en que los hombres estarán en pospión de ros que se desmoronan, bajo esos artesonados que lenta-
toda la verdad aportada por el Evangelio? ¡Nol ¡No! La ver- mente destruye la carcoma, en pie entre los escombros,
dad está en el pasado, y al pasado hay que atenerse sino y así acabarte recitando por última vez el Credo.
se quiere perder. Esas hermosas novedades, esos espeps- Su voz se fué amortiguando impregnada por una triste-
raos del famoso progreso no son más que lazos de 1a per- teza altanera, mientras que con un gran ademán señalaba
dición eterna. ¿A qué buscar más, corriendo sin cesar los á su alrededor el palacio desierto y mudo y del que la
riesgos del error, puesto que hace dieciocho siglos que la vida íbase retirando un poco cada día. ¿Era que un invo-
verdad es conocida?... La verdad, sí, está en el catolicismo luntario presentimiento, el vientecillo frío de las ruinas
apostólico y romano tal cual lo creó la larga sucesión de le impresionaba también á él? Todo el abandono de aque-
las generaciones! ¡Qué locura quererlo cambiar, cuando llas vetustas salas quedaba explicado, los tapices que se
tantos espíritus elevados, tantas almas piadosas, han he caían á 'pedazos, los blasones blanqueados por el polvo,
cho de él el monumento más admirable, el instrumento y el rojo capelo carcomido por la polilla. Todo d i o era
único de orden, en este mundo y de salvación en el otrol de una grandeza desesperada y soberbia, aquel príncipe,
No protestó Pedro, pero se le oprimió el corazón, por- cardenal, católico intransigente, retirado también entre la
que no podía dudar que tenía delante un adversario im- sombra creciente del pasado, desafiando con animoso co-
placable de sus ideas más queridas. Inclinóse respetuoso, razón de soldado el inevitable derrumbamiento del mun-
helado, sintiendo pasar sobre su frente leve soplo elj do antiguo.
viento lejano que llevaba en sí el frío mortal de las tum- Estremecido Pedro, quiso despedirse, cuando se abrió
bas* mientras que el cardenal en pie é irguiéndose en una puertecilla por entre los tapices, Boccanera hizo un
toda su elevada estatura, continuaba expresándose con movimiento de brusca impaciencia y exclamó:
voz inflexible, resonante de altivo valor. , —¡Cómo! ¿Qué es lo que pasa? ¿No me pueden dejar
—Y si como sus enemigos lo pretenden, el catolicismo tranquilo ni un solo instante?.
está herido de muerte, debe morir e n pie, en toda su
Pero el abate Parparelli, el caudatarío, obeso y melifluo,- parque y cuya célebre terraza dominaba la campiña ro^
entró sin emocionerse lo más mínimo por la acogida; se mana, inmensa y desnuda como el mar. Aquella villa ha-
acercó, murmuró en voz baja una frase al oído de su bíanla vendido á la sazón y en las viñas, que habían co-
eminencia que se había calmado al verle. rrespondido á Benedetta, había empezado á construir el
—¿Qué vicario? ¡Ahí Sí, Santobono, el vicario de Fras- conde Prada, antes de que se incoase el pleito del divorcio,
catti... Ya lo sé, decidle que no puedo recibirle ahora... todo un barrio de hotelitos de recreo. En otros tiempos,
Con su vocecilla chillona empezó Paparelli á hablar en cuando sédía'n á pasear á pie, no desdeñaba el cardenal en-
voz baja. Oíanse algunas palabras; se trataba de un nego- trar á descansar un momento en casa de Santabono, que
cio urgente; el vicario tenía necesidad de volverse á mar- regentaba e n las afueras de la población una antigua ca-
char y tenía que hablar muy poco. Y sin esperar á que le pilla consagrada á Santa María de los Campos. El presbí-
diesen permiso para hacerlo, introdujo la visita, á su pro- tero ocupaba allí, al lado de la capilla y arrimada á ésta,
tegido, al que había dejado tras la puertecilla. Después una casita medio arruinada, cuyo principal encanto era
se alejó, desapareciendo con la tranquilidad de un subal- un gran huerto, cercado de tapias y que cultivaba él mis-
terno que, fí pesar de su posición ínfima, sabe que es mo, con pasión de verdadero labriego...
muy influyente. —Lo mismo que todos los años,—dijo, dejando la cesti-
Pedro, del que nadie se acordó, vió entrar á un mocetón ta sobre la mesa,—he querido que su eminencia probase
vestido de cura, hombre hecho á hachazos, mal configura- mis higos. Son los primeros de la estación y los cogí esta
do, hijo de u n labriego y aun apegado á la fierra. Tenía mañana para traérselos á su eminencia. ¡Le gustaban tan-
grandes pies, manos nudosas, rostro atezado y lleno de to cuando se dignaba venirlos á comer bajo el árbol! Y
costurones iluminado por unos ojos negros muy vivos. Ro- alguna vez llegó su eminencia á decirme que no había
busto aun, con sus cuarenta y cinco años, parecíase bas- higuera en el mundo que los produjese iguales.
tante á un bandido disfrazado, por la barba mal afeitada El cardenal no pudo por menos de sonreírse. Era cierto
y por la sotana demasiado larga sobre sus gruesos salien- que le gustaban mucho los higos y la higuera de San-
tes huesos; pero el rostro conservaba cierta altivez sin na- tobono tenía fama en todo el país.
da de bajeza. En la mano llevaba una ees tita cubierta con —Gracias, querido vicario, ya veo que os acordáis de
mucho cuidado con hojas de higuera. í mis aficioncillas. Veamos, ahora, ¿qué es lo que puedo ha-
cer por vos?
Santobono dobló en seguida la rodilla y besó el anillo,
pero con un gesto rápido, de sencilla y usual política. Y en seguida se puso grave porque había habido entre
Luego con esa respetuosa familiaridad del pueblo bajo él y el vicario añejas discusiones, maneras distintas de
hacia los grandes, dijo: apreciar ciertas cosas que le molestaban. Santobono, naci-
do en Neni, en pleno país medio feroz, de una familia de
—Pido perdón á vuestra eminencia reverendísima por
carácter violento, cuyo primogénito había muerto de una
haber insistido. Había gente esperando y yo no habría'
puñalada, profesó siempre, y en todo tiempo, patrióticas
sido recibido si á mi antiguo compañero Paparelli no se
ideas. Se contaba que había estado á punto de empu-
le ocurriera la idea de hacerme pasar por esa puertea-
fiar las armas con Garibaldi, y el día en que los italia-
lia... ¡Oh! tengo que solicitar de su eminencia un gran
nos entraron en Roma, costó mucho trabajo el evitar que
favor, un verdadero servicio de corazón... pero antes le
izase el pabelllón de la unidad italiana en el techo de su
ruego que me permita ofrecerle este pequeño presente
casa. Aquel era su apasionado ensueño, Roma señora del
Escuchóle Boccanera con gravedad. Habíale conocido
mundo, cuando el papa y el rey, después de haberse abra-
en otro tiempo, cuando iba á pasar los veranos á Frascat-
zado, hiciesen causa común. Para el cardenal aquel cura
ti, e n la regia villa que su familia poseía; una casa habita-
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ción construida en el siglo dieciseis, con un maravillosa
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era un revolucionario peligroso, un presbítero renegado que tuvo á Agostino á su servido y que siempre estuvo
que ponía en peligro el catolicismo. contento de su buen carácter.
—¡Oh! ¡Lo que vuestra eminencia puede hacer por mil El cardenal protestó en seguida.
¡Lo que puede hacer si se digna escucharme!—repitió San- I —No estaba satisfecho del comportamiento de Agostino
tobono con voz ardiente cruzando sus gruesas nudosas que tenía un caráder locamente arrebatado y tuve que
manos. despedirlo precisamente porque siempre estaba disputan-
E n seguida se dominó: . | do con los demás criados.
—¿Es que su eminencia el cardenal Sangumetti no —¡Oh! ¡Qué pena más grande me da vuestra eminencia
dijo ni una palabra del asunto á su eminencia reverendí- contándome esas cosas! Es cierto que el carácter de Agos-
sima? tino se haya echado! á perder. Pero hay un medio de arre-
—No, el cardenal no hizo más que anunciarme vuestra glarlo todo ¿no es verdad? ¡A pesar de todo puede dárseme
visita, didéndome, que teníais que pedirme alguna cosa. una certificación arreglando las frases de cierto modo!
Y Boccanera, con el rostro sombrío, esperó con una ¡Una certificación de vuestra eminencia haría tanto efecto
gran severidad. No ignoraba que el clérigo se había hecho ante la justicial
cliente de Sanguinetti, desde la época en que habiendo —Sí, sin duda, ya lo comprendo,—respondió Boccane-
sido este último nombrado obispo suburvicano pasaba en ra,—pero yo no daré el certificado.
Frascatti semanas enteras. Todo cardenal, candidato al pa- —¡Cómo! ¿Vuestra eminencia reverendísima se niega?
pado, tiene de esa manera y en la sombra ínfimos fami- \ —En absoluto. Sé que sois un clérigo de una perfecta
liares que arriesgan la ambición de su vida sobre la elec- ] moralidad, que desempeñáis vuestro santo ministerio con
ción posible; si el candidato llega algún día á ser papa, si celo y (que seríais u n hombre recomendable á no ser por
dios le ayudan á conseguirlo, estarán tras él en la gran vuestras ideas políticas. Lo único que hay es que el cari-
familia pontifical. Se contaba que Sanguinetti había ya fio fraternal os ciega y extravía y que yo no puedo men-
librado á Santobono de las consecuencias de una enojosa tir para complaceros.
historia; la de un chiquillo merodeador al que el vicario Le miró estupefacto Santobono, no comprendiendo que
sorprendió escalando las tapias del huerto y que muñó a un príncipe un cardenal todopoderoso se parase ante es-
consecuencia de la corrección demasiado ruda que le im- crúpulos tan nimios, cuando se trataba de una puñalada,
puso Pero en honor y alabanza del vicario hay que aña- el asunto más insignificante, d hecho más frecuente en
dir que, en su fanática adhesión al cardenal, entraba por aquellos países aun salvajes de los Castillos romanos.
mucho la esperanza de que sería el papa esperado, el papa —¡Mentir! ¡Mentir!—murmuró—No es mentir decir úni-
destinado á hacer de Italia la gran nación soberana camente lo bueno, cuando como en Agostino lo hay tam-
- P u e s bien, he aquí cuál es mi desgracia... Vuestra bién, y en una certificación todo depende de las palabras
eminencia conoce á mi hermano Agostino que durante que se emplean.
dos años estuvo al servido de su casa como jardinero... Y se mostró testarudo en ese arreglo y n o le cabía en la
Indudablemente es un muchacho muy galán, muy can- cabeza que le pudiese negar el tratar de convencer á la
fioso d d que nunca nadie tuvo que quejarse... y no sé de justicia mediante una ingeniosa manera de presentar las
mié manera ocurrió un accidente y mató de una puñala- cosas. Cuando adquirió después la seguridad de que no
da á un hombre en Genzano, una noche que se estaba pa- obtendría nada, hizo un gesto de desesperadón, su faz
seando por la calle... Siento mucho lo que pasa y me con- terrosa adquirió una expresión de violento rencor, mien-
traría mucho; daría dos dedos de la mano por poderle sa- tras que en sus negros ojos centelleaba la cólera conte-
car de la cárcd. Y se me ocurrió la idea de que su emi- nida.
nenda no me negaría una certificación en la que dijese , —¡Bien! ¡Bien! Cada uno considera la verdad á su ma-
inteligente, y el clero alto, los altos dignatarios del Va-
hera, y vuélVoinje á decir esto á su eminencia reverendísi- ticano! Todo lo que n o era prelado no existía.
ma que n o me tenga mala voluntad si le molesto inútil- " —¡Doy mil guacias á su eminencia reverendísima y que
mente... Tal vez los higos no estén bastante maduros; todo le salga á medida de sus deseos!
pero á pesar de eso me permitiré traer otra cestita hacia Cuando al cabo se marchó Santobono, el cardenal se
el fin die la estación, cuando estén completamente en razón volvió á Pedro que se inclinaba para saludar y retirarse
y muy azucarados. Mil gracias y mil felicidades para á su vez.
vuestra eminencia reverendísima... —En resumen,—le dijo,—me parece, señor abate, que
Se alejó andando de espaldas haciendo reverencias que el asunto de vuestro libro n o es de los buenos. Os repito
plegaban en dos su grande huesosa talla. Y Pedro, al que que a u n n o sé nada con precisión, porque n o he tenido
interesó mucho esa escena, vió en Santobono al clero bajo ocasión de ver el legajo; pero como sabía que mi sobrina
de Roma y de sus alrededores, del que se hablaran antes se interesaba por vos, dije algo al cardenal Sanguinetti,
de su viaje. No era el scagnozzo (1) el clérigo miserable, prefecto del Indice, que precisamente estuvo aquí hace
hambriento, que fué desde provincias á consecuencia de poco. Y está tan poco enterado como yo del asunto que
alguna aventura enojosa, y cae sobre el empedrado de no ha salido hún de entre las manos del secretario. Lo
Roma en busca del pan cotidiano, turba de mendigos único que hay es que me dijo que la denuncia procedía
con sotana que buscan fortuna en las migajas de la Igle- de personas de elevada posición, de muchísima influencia
sia, disputándose con voracidad las misas que depara la I y que se refería á numerosas páginas de la obra en donde
casualidad y se codean con el pueblo bajo en el fondo de I han señalado los pasajes más significados, tanto bajo el
las tabernas de peor renombre. No era tampoco el cura I punto de vista de la disciplina, como en lo que se refiere
párroco de los pueblos lejanos de la campiña, sacerdotes : al dogma.
de una ignorancia completa, de grosera superstición, la- Muy emocionado al pensar que tenía enemigos secretos
briego con los labriegos, tratado d e igual á igual por sus que le perseguían en la sombra, exclamó el joven presbí-
ovejas que, muy devotas, n o le confundían jamás con el tero:
buen Dios y se arrodillaban ante su santo predilecto, pero —¡Oh! ¡Denunciado, denunciado! ¡Oh! ¡Si vuestra emi-
n o ante el hombre que vivía á costa del altar. En Frascat- nencia supiese cuánto me oprime eso el corazón! ¡Y de-
ti, el cura de una modesta iglesia, podía tener unos nue- nunciado por faltas con seguridad involuntarias, puesto
vecientos francos, y n o gastaba más que en pan y en car- que no quise ardientemente más que el triunfo de la
ne, pues cogía vino, frutas y legumbres en su huerto. I Iglesia... Será á los pies del Santo Padre á donde iré á
Aquel vicario no era un hombre sin instrucción, pues sa- I postrarme y defenderme.
bía u n poco de teología, algo de historia, sobre todo de I Bruscamente irguióse Boccanera. Un pliegue de expre-
esa historia de la grandeza pasada de Roma que inflamó sión dura contrajo su frente despejada.
su patriotismo con el loco ensueño de la próxima domi- —Su Santidad puede recibiros si lo tiene á bien, y has-
nación universal reservada á la Roma, renacida capital ta absolveros... pero escuchadme, os aconsejo que retiréis
de la Italia. ¡Pero qué infranqueable distancia mediaba ese libro por vuestro propio impulso, destruyéndolo senci-
aún entre ese clero bajo, con frecuencia m u y digno, é lla y valerosamente antes de lanzaros á una lucha en la
que pasaréis por la vergüenza de ser vencido... E n fin,
pensadlo.
(1) De Scagno, castellano Escaño: banquillo con r e s p a l d o de bastante I Arrepintióse Pedro en el acto de haber hablado de su
a n c h u r a . — A l g u n o está en el escaño que asi no aproveche y á otro no han» visita al papa, porque comprendió que el cardenal se ha-
daño.—Sibi non podest, et alteri nocet..—[$. del T.) 1 bía considerad^ herido por aquella apelación á la autor*»
¡ M soberana. Además no podía abrigar la menor « , cuestiones de intereses. Muchas veces, como sucedía aque-
el cardenal iba á estar en contra suya y no confiaba, tem, lla mañana, ocurríale presentarse, con su aire un tanto
poco en que las personas que le r o d a b a n puchesen c o n ^ fatigado y misterioso, para hablar con un cardenal de all-
CTuir que permaneciese neutral. Habíale encontrado muy gún asunto serio en nombre de su embajador.
tadyfraKo, muy por encima de las obscuras mtnfl» Llevóse en seguida á Pedro al hueco de una gran ven-
^ e empezaba á ¿emprender que se agitaban aliededoc tana para hablar con más libertad.
de su libro, y fué con mucho respeto «>mo le ^ u d ó . —¡Qué contento estoy al veros, señor abate 1—le dijo.—
—Agradezco infinito á vuestra eminencia y le prometo ¿Os acordáis de nuestras agradabilísimas conversaciones
pensar en cuanto tuvo la extremada bondad de decirma cuando nos conocimos en casa del cardenal Bergerot? Os
^ la^ntecámara vi6 P e d r o á cinco ó seis personas t e indiqué, para vuestro libro, los cuadros que debíais ver,
se habían presentado mientras hablaba con el cardenal. miniaturas de los siglos xiv y xv. Pues bien, desde hoy
S a b í a allí L obispo, un prelado y dos - o r a s a « me apodero de vos y vby á enseñaros Roma como nadie
En el momento en que se acercaba á don V i g í o antes sería capaz de hacerlo. Lo he visto y rebuscado todo y he
de marcharse, experimentó viva sorpresa al ^ J J encontrado tesoros, ¡verdaderos tesoros I Mas en el fondo
conversando con un joven alto y rubio, con un francés no hay más que una obra, y no se piensa más que en
que exclamó, muy sorprendido también: su pasión. El Boticelli de la Capilla Sixtina, ¡ohl ¡Bo-
q
- ¡ C ó m o l ¿Estáis aquí, señor abate? ¿Vinisteis al fin * ticellil
Roma? Su voz se apagó, hizo un gesto quebrantado de admira-
Pedro vaciló un segundo. „ ción] y Pedro no tuvo más recurso que prometerle que se
—¡Ah! Os suplico que me perdonéis, señor N a r c i s o ^ dejarte guiar por él, y que le acompañaría á la Capilla
bert porque no os había conocido. Y en verdad que no Sixtina.
tengo perdón, porque sabía que desde el ano pasado que | —¿Sabéis por qué estoy aquí?—preguntó al fin éste úl-
timo.—Pues persiguen mi libro y lo han denunciado á la
* t í f N a s p e c t o elegmte, con congregadón del Indice.
su t S clara, síis o j f s azules, su barba r u ^ ünamente n- —¡Vuestro libro 1 ¡Imposible!—exdamó Narciso.—¡Un li-
zada- Uevaba el pelo rimdo y cortado sobre la frente á la bro del que algunas páginas hacen recordar las del será-
fiomitina. Pertenecía á una familia muy nca y de ma fico San Francisco de Asis!
S d e un catolicismo militante y de la que^ figuraba Con mucha amabilidad púsose entonces á su disposi-
u n So de Narciso en la diplomacia, y esto decidió de ción.
E t o o L S , aparte de esto, se hallaba muy marca- —Nuestro embajador puede seros muy útil. Es el hom-
do ^ Roma en donde contaba con parientes poderos bre mejor de la tierra y de una afabilidad encantadora y
e r a S b r i n o por alianza del cardenal Samo, cuya herma lleno de ese antiguo valor francés... Esta tarde, ó mañana
tebEe ¿ i d o en París con un notario, tío suyo: era pn- por la mañana á más tardar, os presentaré á él y puesto
S t r S de monseñor Gamba del Zoppo, camare que deseáis que el Papa os conceda en seguida una au-
dienda, hará lo posible para que la obtengáis... Sin em-
K f ^ t i S s I q n M bargo, debo confesaros que esto no siempre es fácil. El
Padre Santo l e apretía mucho, pero algunas veces fraca-
S a i S ^ r c T d e te Saíte Sede en donde toleraban sus
sa, de tal modo se complican las aproximaciones...
E S » sltís A Pedro no se le había ocurrido, en efedo, la idea de
acudir al embajador dominado por la ingenua creencia de
que un dérigo acusado, que iba á defenderse debía encon-
trar todas las puertas abiertas. L e agradó sobremanera la iodos los antiguos y pequeños estados italianos, colocada
oferta de Narciso y le dió las gracias con tanto entusias- bajo el augusto protectorado del Papa. E n suma, se trata-
mo como si ya hubiese conseguido la audiencia. ba de la lucha entre las dos concepciones opuestas; una
- A d e m á s - s i g u i ó diciendo N a r c i s o - s i tropezamos con que quería la salvación de la Iglesia por el respeto absolu-
alguna dificultad n o olvidéis que tengo parientes en e to de la antigua tradición; la otra que anuncia su muerte
Vaticano. No hablo de mi tío el cardenal, que no sería^utü fatal si no consiente en evolucionar con el siglo futuro;
pero todo esto se anegaba en una confusión tal, que la
para nada, porque jamás se mueve de su d e s p a c h o de
opinión acababa por ser la de que, si el papa actual vi-
fa Propaganda y se niega á hacer toda clase de ^ . g e n - vía aún algunos años, no seríañ ni Boccanera ni Sanguinet-
cías; pero tengo á mi primo, á monsenor Gamba del Zop- ti los que le sucediesen.
po, que es u n hombre muy amable, que vive en el \ati-
rano con el Papa al que su servicio hácele ver con mucha Interrumpió Pedro bruscamente á Narciso para pregun-
frecuencia y á todas horas. Si es preciso os acompañaré tarle:
para que le veáis y sin duda encontrará u n medio para —¿Y á inonseñor Nani, le conocéis? Hablé con él ayer
facilitaros una audiencia, por más que su j n p r u t a noche... ¡Miradle! En este momento entra.
le hace temer á veces el comprometerse. Vamos, es cosa En efecto, Nani entró en la antecámara con su sonrisa
convenida, confiáos á mí en todo y por todo. I y su faz sonrosada de prelado amable. Su fina sotana, su
- ¡ A h , querido señor Habert!-exclamo Pedro más a h íaja de seda violeta brillaban, pero con un lujo discreto y
viado y tranquilo,—acepto con toda mi alma y no sabéis I suave. Se mostró muy cortés con eí abate Paparelli que
qué bálsamo me ofrecéis, porque desde q ^ ^ t o y a q u I le acompañaba y usó mucha humildad suplicándole tuvie-
todo el mundo me desahenta y sois el pnmere>que me I se á bien esperar á que su eminencia pudiese recibirle.
devolvéis el ánimo tratando las cosas á la francesa, - v I —¡Oh!—murmuró Narciso poniéndose serio,—monseñor
Bajando la voz le contó lo sucedido en su e n t r e v i s t a con » Nani es de esas personas de las que es necesario ser
el cardenal Boccanera; la certidumbre que tema de no ser I amigo.
ayudado ni por éste ni por nadie, las m a l a s notiaas fac^ I Sabía su historia y la contó en voz baja. Había nacido
M t X por el cardenal Sanguinetti y por último^ hablóle en Venecia de una noble familia arruinada, que contó al-
de la rivalidad que había presentido existía entre los dos .gunos héroes entre sus antepasados. Nani, después de ha-
cardenales Escuchóle Narciso sonriendo y á su vez se en- cer sus primeros estudios con los jesuítas, fuese á Roma á
2 las hablillas y á las confidencias, cursar la filosofía y la teología en el Colegio Romano diri-
esa disputa prematura de la tiara, con el furioso deseo gido por aquellos. Ordenado como presbítero á los veinti-
m f & t J m animaba hacía mucho tiempo que n w trés años, fuese inmediatamente con un nuncio á Baviera
S o n a b a al mundo negro. Había allí lo« d « t o s ^ en concepto de secretario particular y de allí pasó, como
una complicación increíble y nadie hubiera podido^dea auditor de la Nunciatura, á Bruselas y después á París en
con exactitud á dónde conducía tan vasta i n t n g ^ E n _ c o n donde habitó durante cinco días. Todo parecía destinarle
iunto se sabía que Boccanera representaba la mtranS.geir á la diplomacia, los brillantes comienzos de su carrera, su
£ el catolicismo desprendido de todo compromiso f ; inteligencia despejada, una de las más grandes y quizás
la sociedad moderna, esperando inmóvü e H n u n f o d e D « mejor cultivadas, cuando de pronto fué llamado á Roma
sobre Satán, al reino de Roma devuelto á la Santa Sede, en donde inmediatamente se le confirió el empleo de Ase-
r Italia arrepentida y haciendo penitencia de su s* sor del Santo Oficio. Se dijo entonces que aquello obede-
cri emo mientras que Sanguinetti, más dúctil, más H cía al deseo del Papa que, conociéndole á fondo y que-
Uti«f p a S b a por concebir combinaciones tan atrevida riendo tener en el Santo Oficio un hombre de su confian-.
nuevas, especie de federación republicana de Boma—lomo 2—8
za, le Había mandado á buscar, diciendo que prestaría ción, como si hubiese presentido tras aquel rostro son-
mejores servicios en Roma que en una nunciatura. Era riente y sonrosado todo un vago infinito. Además de esto
ya prelado doméstico y desde hacía poco canónigo de San comprendió mal las explicaciones de su amigo y cayó en
Pedro y protonotario apostólico participante, en camino el azora miento de su llegada á aquel mundo nuevo en el
de ser preconizado cardenal el día en que el Papa hallase que lo inesperado trastornaba sus previsiones.
otro asesor favorito que le agradase más. Pero monseñor Nani, que había visto á los dos jóvenes
—¡Ohl ¡Monseñor Nanil—continuó diciendo Narciso.— se acercó á ellos sonriendo y tendiéndoles cordialmente
Es un hombre superior que conoce admirablemente la la mano.
Europa moderna y al mismo tiempo un santo sacerdote, —¡Ah! ¡Cuánto celebro veros, señor abate Froment! Y
un creyente sincero de inquebrantable adhesión á la Igle- no os pregunto si dormisteis bien, porque en Roma se
sia, de fe sólida, de política hábil y bien diferente en ver- duerme siempre bien... Buenos días, señor Habert, ¿váis
dad de la estrecha y sombría fe teológica tal cual la cono- bien de salud desde que os encontré extasiado ante la
cemos en Francia. Por esto os ha de ser desde luego muy Santa Teresa, de Bernin, que tanto admirábais? Ya veo
difícil el conocer aquí las cosas y personas. Dejan á Dios que os conocéis los dos... Esto es bueno... Os presento, se-
en su santuario y reinan en su nombre convencidos de ñor abate, al señor Habert comfoi á uno de los apasionados
que el catolicismo es la organización humana del gobier- admiradores de nuestra ciudad, que os enseñará lo mejor
no de Dios, la única perfecta y eterna fuerza de la cual no de ella.
hay más que peligros sociales y mentiras. Mientras que Con aire afectuoso, quiso enterarse de la entrevista de
nosotros nos entretenemos en nuestras disputas religiosas Pedro y del cardenal. Escuchó el relato con mucha aten-
discutiendo furiosamente acerca de la existencia de Dios, ción, meneando la cabeza al oir ciertos detalles y á veces
ellos no admiten que esa existencia pueda ponerse en reprimiendo una fina sonrisa. No le extrañó en modo al-
duda, puesto que son ministros delegados por Dios y se guno la severa acogida del cardenal ni la seguridad que
consagran únicamente á su papel de ministros, á los que tenía el presbítero d e no hallar ningún apoyo en aquél,
no se puede desposeer, ejerciendo el poder para el mejor como si hubiese esperado ese resultado. Pero al oir men-
bien posible de la humanidad, aplicando todo su saber, cionar á Sanguinetti, al enterarse de que éste había esta-
inteligencia y energía para continuar siendo los dueños do allí por la mañana y declarado que el asunto del libro
aceptados de los pueblos. Fijáos en un hombre como era de los graves, pareció que olvidaba un instante su re-
monseñor Nani, que después de haber estado mezclado serva y se expresó con repentina viveza:
en la política del mundo entero, hace diez años que se —¿Qué queréis, hijo mío? He llegado tarde. En cuanto
halla en Roma ejerciendo las funciones más delicadas, tuve noticia de la persecución, corrí á casa de su eminen-
mezclado en los más diversos y más importantes asuntos, cia el cardenal Sanguinetti para decirle que iban á hacer
pues continúa viendo á Europa entera qute desfila por un reclamo inmensq á vuestra obra. Vamjos á ver ¿es esto
Roma, lo conoce todo y en todo tiene la mano. Y además razonable? ¿A qué? Sabemos que sois un poco exaltado,
de todo esto es admirablemente discreto y amable, de una que tenéis un alma entusiasta y pronita á la lucha. Medra-
modestia que parece perfecta, sin que se pueda decir si dos estaríamos si fuésemos á echarnos á cuestas la rebe-
se dirige, con un paso tan ligero, á la más alta de las lión de un presbítero joven que podría declararnos la gue-
ambiciones, á la tiara soberana. rra con un libro del que se han vendido algunos miles de
—¡Otro candidato más al papado!—pensó Pedro que ha- ejemplares. E n cuanto á mí, quería desde luego que no se
bía escuchado apasionadamente porque la figura de Nani hiciese nada y debo confesar que el cardenal, que es un
¡e interesaba, le causaba una especie de instintiva turba- hombre de talento, pensaba lo mismo .que yo. Levantó.
los trazos al cíelo, se arrebató, diciendo á gritos que no se
le consultaba nunca nada, que la necedad ya estaba he- —¡Eh! La idea no parece mala,—declaró al fin Nani.—
chía y |que por lo tanto, le era imposible suspender el pro- ¡Sil ¡Sí! Gamba podrá obtener la audiencia, si quiere
ceso desde el momento en que estaba enterada del asunto hacerlo... Le veré y le explicaré de lo que se trata.
la congregación á consecuencia de autorizadísimas denun- Además de esto dió una porción de consejos de extre-
cias fundadas en motivos de los más graves... En fin, mada prudencia y hasta se atrevió á decir que convenía
como 61 decía, la necedad estaba hecha y he debido pen- desconfiar bastante de los que rodeaban al papa. ¡Ay! ¡sí!
sar en otra cosa... Su Santidad era muy bueno, creía con tanta ceguedad en
Se Calló; se apercibió de pronto que Pedro fijaba ardien- el bien, que nunca escogió á sus familiares con el meticu-
tes miradas en sus ojos tratando de comprender. Un im- loso cuidado que para ello debía haber empleado. Nunca
perceptible rubor sonrosó un poco más Su rostro mientras se sabía á quién se dirigía uno ni en qué lazo se podía
que, más dueño de sí, siguió hablando sin dejar ver su meter el pie. Hasta dió á entender que no convenía de
contrariedad por haber dicho demasiado. ninguna manera dirigirse á su eminencia el secretario de
—Sí, pensé ayudaros con toda mi escasa influencia para Estado, porque tampoco estaba, libre, sino que se hallaba
libraros de los quebraderos de cabeza que, indudablemen- en el centro de un hervidero de intrigas cuya complicación
te, os ha de producir este asunto. paralizaba á pesar de su buena voluntad todos sus esfuer-
Un soplo de rebelión impulsó á Pedro dominado por la zos. Y, á medida que se iba expresando así, con mucha
obscura sensación de que se mofaban de él. ¿Por qué no dulzura, con una unción perfecta, aparecía el Vaticano
había de haber afirmado él su fe cuando ésta era tan como un país guardado por dragones celosos y traidores,
pura, tan desprendida de todo interés personal y ardiente como Un terreno en el que no se debía franquear una puer-
de caridad cristiana? ta, arriesgar un paso, avanzar un miembro, sin asegurarse
antes de que no se dejaría allí el cuerpo entero.
—Nunca,—declaró,—retiraré ni haré desaparecer por mí
mismo ese libro, como me han aconsejado lo haga. Eso Continuaba Pedro escuchándole, cada vez más frío y
sería una cobardía y una mentira, porque no me pesa rayendo otra vez en la incertidumbre.
nada ni de nada reniego. Si creo que mi obra encierra un —¡Dios mío!—exclamó.—¡No voy á saber conducirme!
poco de verdad, no puedo destruirla sin ser un criminal ¡Ahí ¡Cómo me desalentáis, monseñor!
para conmigo y para con los demás. ¡Nunca, ya lo oís, Nani recobró su cordial sonrisa.
nunca! —¡Yo! Lo sentiría en el alma, querido hijo mío... Uni-
A estas palabras siguió una pausa. Pedro añadió casi camente quiero repetiros que esperéis... que no hagáis na-
en seguida: da. Sobre todo nada de calentura. Os juro que no hay
—¡A los pies del Santo Padre es donde quiero hacer esa nada que apremie, porque hasta ayer no han elegido un
declaración; me comprenderá y aprobará mi conducta! consultor encargado de dar su dictamen sobre vuestro
Nani no sonreía con su rostro inmóvil y como en ade- libro y tenéis por ¿Helante un mes... largo. Esquivad toda
lante cerrado. Parecía que estudiaba con mucha curiosi- compañía, vivid sin que se sepa que existís, visitad en
dad la súbita violencia del abate al que quiso tranquilizar paz á Roma y, creedme, esa es la mejor manera de ade-
en seguida con su acostumbrada benevolencia. lantar en vuestros asuntos.
—Sin duda, sin duda... La obediencia y la humildad Y cogiendo una mano del presbítero entre sus dos ma-
tienen grandes dulzuras; pero, en fin, comprendo perfec- nos aristocráticas, gorditas y suaves, añadió:
tamente que ante todo gueráis hablar con Su Santidad.., —Podéis figuraros que tengo mis razones para hablaros
¿en seguida, n o es así? Ya yeréis... ya veréis... de este modo. Habríame ofrecido yo mismo y tenido á
honra el acompañaros en derechura á la presencia de Su
con su letra menudita en las i n m e n s a s h o j a s de su aman
Santidad, inás no quiero mezclarme aiin en el asunto por- liento papel. Tan sólo de vez en cuando separaba sus ar^
que comprendo que en estos momentos sería trabajo per- dientes miradas del papel para a s e g u r a r a e , ^ su perpe-
dido. Más adelante ¡ya lo oísl más adelante y en el caso de tua desconfianza, de que no le a m e n a z a b a ningun peUgro
que nadie lo consiga, seré yo el que os proporcione una Rodeado ¡be pesado süencio en que todo quedó sumer
audiencia... Me comprometo formalmente á ello... Em- d,fo Srmaneció Pedro inmóvil durante un momento aun
pero, mientras tanto, evitad todo lo posible el hablar de en él graxf hueco de la ventana. ¡Ah! ¡Qué a ^ s o es-
una religión nueva, palabras que, por desgracia, figu- toba su pobre sér de entusiasta y de tremol ¡A mando
ran en vuestro libro y que ayer noche os oí pronunciar. X á P a r í s había visto las cosas con tanta sencillezy .na-
No puede haber religión nueva, querido hijo mío, pues no Sraüdad! Le acusaban injustamente y emprendía e l j a j e
hay más que una religión eterna sin componendas ni para defenderse: llegaba, se postraba de hinojos ante el
abandono posible, y es la religión católica, apostólica, ro-
mana. Es más: dejad á vuestros amigos de París en donde
se hallan y sobre todo no contéis con el cardenal Berge-
rot, cuya gran piedad no ha sido suficientemente apre-
ciada en Roma... Os aseguro que os hablo como amigo.
Luego, viéndole desamparado, medio quebrantado y no
sabiendo por donde debía empezar la campaña, le alen-
tó y confortó de nuevo. s S S S p t u a r á los culpables? ¿Era que no debía dejar
—¡Vamos! ¡Vamos 1 Todo se arreglará, todo terminará
de la mejor manera posible para bien de la Iglesia y para
el vuestro propio... Y os pido que me perdonéis, pero os S r a contarle sus penas, confesarle sus faltas, explicarle
abandono; no veré hoy á su eminencia porque me es im-
posible esperar más.
El íabate Paparelli, al que Pedro se había figurado verle
dar vueltas á su alrededor, acechando y procurando ente- t Z S ^ e a M e s abismos. Todos le gritaban ,gua£
rarse de lo que se hablaba, se precipitó y juró á monseñor
Nani que antes que él no había más (fue otras dos perso-
nas esperando. El prelado, sin embargo, le aseguró son-
riendo que volvería, pues el asunto de que tenía que tra- u n T e s o d o de tan difícil resolución, que ponía en mova-
tar con su eminencia no era en manera alguna urgente y
se retiró saludando cortesmente á todos. i r ? r s t f
Casi en seguida le tocó el turno á Narciso. Antes de S ü d a l con p r o l i j a detención, tácticas de generales que
entrar en la sala del trono estrechó la mano á Pedro di- S í c e n un efército á la victoria, complicaciones sm ^ -
ciéndole: rarrenacidas en medio de mil intrigas de las que_ Se. a £ -
—Es cosa convenida; mañana iré al Vaticano á ver á
mi primo y en cuanto tenga alguna contestación os lo
avisaré: ¡hasta la vista!
Eran más de las doce y no quedaban allí más que una
de las dos señoras que parecía haberse quedado dormida. é 4 era lo sue él c o b r e n -
E n su mesilla de escritorio seguía escribendo don Vigilia
3fa que Habla 3e mal intencionado entre lo que se agitaSá na voluntad lo que desea de vos, porque es seguro qué
confusamente entre la sombra. ¡El cardenal Bergerot un más adelante lo haréis.
sospechoso, al que trataban de revolucionario y al que le Esto turbó y exasperó mtís á Pedro que se' fué haciendo
aconsejaban que ni siquiera nombrase! Veía aún la mueca un gesto de reto. Ya verían, si obedecía. Y atravesó de
de desprecio hecha por el cardenal Boccanera al hablar nuevo las tres antecámaras, que se le figuraron más obs-
de su colega. ¡Y monseñor Nani le aconsejaba que no pro- curas, más vacías, más muertas. E n la segunda saludóle
nunciase nunca las palabras «religión nueva» como si el abate Paparelii con una muda reverencia y en la pri-
no fuese muy claro para todos, que esas palabras signifi- mera el adormilado lacayo pareció no verle. Bajo el dosel,
caban para él retorno del catolicismo á la pureza primitiva una araña tegía su tela entre los abellotados colgantes del
del cristianismo! ¿Sería ese uno de los crímenes delatados gran capelo rojo. ¿No habría sido preferible meter el pico
á la Congregación del Indice? Acabó por sospechar la exis- demoledor e n aquel pasado podrido que se convertía en
tencia de esos delatores sentía miedo, porque, á la sa- polvo, para que el sol entrase libremente y devolviese al
zón, tenía conciencia de un ataque subterráneo á su alre- suelo purificado la fecundidad de la juventud?.
dedor, <$e un esfuerzo muy grande para abatir y suprimir
su obra. Cuanto le rodeaba haeíasele sospechoso. Iba á
recogerse durante algunos días para estudiar y observar
aquel mundo negro de Roma, tan imprevisto para él; pero,
al mismo tiempo, en la rebelión de su fe de apóstol se
hizo el juramento, conforme á lo que había dicho, de no
ceder nunca, de no cambiar nada, ni una página, ni una
línea que sostendría á la luz del día como testimonio in-
quebrantable de su creencia. Aun cuando el Indice le con-
denase, no se someterte ni retiraría nada. Si era necesario
saldría de la Iglesia yendo hasta el cisma, continuando la
predicación de la nueva Iglesia y escribiendo otro libro,
el de la Roma verdadera, tal cual, de una manera vaga,
empezaba á entrevería.
Don Vigilio, había, pin embargo, dejado de escribir y
contemplaba con una mirada ten fija á Pedro, que éste se
decidió á acercarse cortesmente para despedirse de él. A
pesar de sus temores y tiedienxlo¡ á la necesidad de la con-
fidencia, murmuró el secretario.
—Sabed que vino tan sólo por vos; quería saber cuál
había ®do ed resultado de vuestra entrevista con su emi-
nencia.
No fué necesario entre ellos pronunciar el nombre de
monseñor Nani.
—¿De veras lo creéis?
—¡Oh! Está fuera de duda... Y si siguiéseis mi consejo,
obraríais muy cuerdamente haciendo en seguida y de bu%
IV .
^mmÉ
S a al Duebto rey de mañana, parecía como que se negate
des eran la orgullosa esperanza de porvenir de la Nueva
Roma y el deseo de soberanía que había hecho surgir del
suelo tan enormes edificios. Quedóse sobre todo asombra-
do ante el ministerio de Hacienda, gigantesco montón, cu-
bo ciclópeo en el que las columnas, los frontispicios, los
áticos y las esculturas abundan, se amontonan, formando
un mundo desmesurado, parido en un día de orgullo por
la locura de la piedra. Y era allí, enfrente, un poco más
arriba, antes de llegar á la villa Bonaparte, en donde
se levantaba el no muy grande palacio del conde Prada.
Después de pagar al cochero quedóse Pedro parado u n
i a á s s H S S momento. Estaba abierta la puerta y penetró en el vestí-
bulo; pero allí no se veía á nadie, ni portero ni criados.
Tuvo que decidirse á subir al primer piso. La escalera,
monumental y con balaustrada de mármol, reproducía en
pequeño las exageradas dimensiones de la escalera de h<*
ñor del palacio Boccanera. Y allí había la misma fría- des- de las paredes había unas cuantas tablas que hacían el
nudez templada por una alfombra y «nos cortinones rojos servicio de biblioteca, y la ventana sin cortinas ni visillos,
que se destacaban con violencia sobre el blanco fondo del rasgada y ancha, se abría sobre el panorama más admira-
¿stuco de las paredes. E n el primer piso se encontraban ble de Roma que verse pueda.
las habitaciones destinadas á recepción, de cinco metros Desapareció luego la habitación, y Pedro no vió más
de elevación y de cuyos sillones apercibió la larga hilera a que al anciano Orlando, y le dominó repentina y profun-
través de una puerta entreabierta; salones alhajados con da emoción. Era un viejo león encanecido, soberbio aun,
una riqueza completamente moderna con profusión de ta- muy fuerte y alto. Un bosque de pelo blanco coronaba una
pices, terciopelos y rasos, de muebles dorados y de eleva- cabeza poderosa, de boca gruesa, nariz grande y aplasta-
dos espejos en los que se reflejaba el amontonamiento fas- da, y grandes ojos negros y chispeantes. Tenía una larga
tuoso de las consolas y de las mesas. Y siempre sin ver á barí» blanca de un vigor de juventud y rizada como la de
nadie, ni un alma en aquella casa como abandonada, en un dios. En aquella geta leonina adivinábanse las terribles
la que se adivinaba la ausencia de la mujer. En el mo- pasiones que debieron rugir, pero todas, tanto las carnales
mento en que iba á volver á bajar para llamar, presen- como las intelectuales, hicieron erupción en patriotismo,
tóse al fin un criado. en valor temerario y en un amor desordenado de indepen-
—¿El señor conde Piada? dencia. Y allí estaba inmóvil el antiguo héroe, herido cual
El criado miró en silencio al presbítero y pareció que la encina por el rayo, con el busto siempre erguido y rec-
comprendía de lo que se trataba. to, inclinado en un sillón de paja, con las piernas muer-
—¿El padre ó el hijo? tas, enterradas, ocultas entre una manta negra. Solos los
—El padre, el señor conde Orlando Prada. brazos y las manos eran los que vivían y sola la faz es-
—Subid al tercer piso. tallaba en fuerza é inteligencia.
A estas palabras se dignó añadir una explicación. . Habíase vuelto Orlando h a m su servidor para decirle
—La puerteeita de la derecha en el corredor. Llamad con dulzura:
fuerte para que os oigan y abran. Puedes marcharte, Batista. Vuelve dentro de dos horas.
E n efecto, tuvo Pedro que llamar dos veces. El que salió, Después y mirando á Pedro cara á cara exclamó con
á abrirle, diciendo, para excusarse de no haberlo hecho en su voz aun sonora, á pesar de sus setenta años:
seguida, estar arreglando las piernas á su amo, fué un v«K r — ¡ A l fin os vemos, querido señor Froment, y vamos á
jecito acartonado, de aspecto militar, un antiguo soldado, poder hablar á nuestras anchas I Sentáos en esa silla, ahí
del conde que se había quedado á su servicio. En seguida enfrente de mí.
anunció la visita á Pedro y éste, después de atravesar una Observó el conde la mirada de sorpresa que el presbíte-
obscura y estrecha antecámara, quedóse sorprendido al ro dirigió á la desnudez de la habitación, y añadió alegre-
ver el aspecto de la habitación en que entraba, pieza rela- mente:
tivamente pequeña, desprovista de todo adorno, blanca y t —Me perdonaréis por recibiros en mi celda. Sí, vivo
sencillamente empapelada con un papel claro con floreci- aquí como un monje, como un viejo soldado retirado para
llas azules Detrás - de u n biombo no había más que una siempre, separado del movimiento de la vida... Mi hijo me
cama de hierro, el lecho del soldado, y ningún mueble atormenta aún para que me instale en una de las hermo-
más que el sillón en que el impedido pasaba los días, una sas habitaciones de abajo, ¿y para qué? No tengo ninguna
mesa de madera pintada de negro y cubierta de libros y necesidad, no me gustan los lechos de pluma, porque
periódicos y dos antiguas sillas de paja que servían para mis viejos huesos están acostumbrados á la dura tie-
QUG ^ sentasen las contadas visitas que recibía. Ln un» rra... Y además aquí gozo de una vista hermosísima, la
que una nación, u n a parte de la humanidad y yo qufem"
3e toda Roma, <füe se entrega á mí, ahora (fue f & fie el acuerdo la fraternidad de todas las naciones, la huma
puedo ir á ellal i d * , creyente y feliz. ¡Qué importa a forma
Con un gesto hacia ia ventana ocultó el embarazo, el li-
de gobierno, monarquía ó república ¡ Q ^ ^ T S
gero rubor (fue coloreaba su rostro cada vez que de aque- de la patria una é independiente, si no hay mas que un
lla manera disculpaba á su hijo, sin querer decir la verda- D u e b l o Ubre que vive de justicia y de verdad!
dera razón, el escrúpulo de probidad que le hacía perma- P
De esos gritos de entusiasmo, Orlando no retuvo más
necer con testarudez en su instalación de pobre. que una palabra, y con voz más baja replicó con aire
—Pero si esto está muy bien, si es soberbio,-declaró
Pedro para complacerle—¡Soy tan dichoso yo también & 4 V O r e p ú b | a ! Allá en mi juventud la deseé con todo
por veros al cabo! ¡Qué íeliz m e considero al estrechar el ardor de mi alma. Por ella mié batí y consp.ré con Maz-
esas valientes manos que han hecho tantas cosas gran- ¿ d un S n t o , un creyente que se estrelló contra e a b s c
des 1 „.„ , S m o Y después, ¿qué? Ha sido necesano aceptar las
Con un nuevo gesto pareció Orlando querer apartar el ¡ £ L ¿ prácticas y hasta los - á s i n t e n s a n t e s se
tasado. han resellado, ¿nos salvaría hoy la p u b l i c a ? En t o d o ^ s o
—¡Bah! Todo eso concluyó y está enterrado... Hablemos no se diferencia mucho de nuestra monarquía P e l a m e n
de vos mi querido amigo, de vos tan joven que sois el feria- ved lo que pasa en Francia. Entonces, ¿á qué arries-
presente y hablemos pronto de vuestro libro que es e g a " ú n a i ' evolución que baria que el poder fuese á manos
porvenir. ¡Ahí ¡Si supiéseis cuánto me hizo encolerizar al f e los revolucionarios extremos de los anarquistasquizás?
principio vuestro libro Nueva Romal Tememos nosotros todo eso y he ahí e x p h c ^ a n u e ^ g re
Y entonces se reía cogiendo el libro que precisamen- sisnación Sé muy bien que algunos ven la salvación en
te se hallaba al alcance de la mano, sobre la mesa, y S ^ S e r a c i ó n republicana, todos los antiguos pequeños
palmoteando sobre la manta con su gran mano de coloso, ^ a d o s ^ convertidos en otras tantas repúbli^s que Roma
añadió: presidiría. El Vaticano podría ganar quizás muchism o
—¡Nol ¡No es posible que os imaginéis con qué sobre- K aventura. No se puede decir que trabaje;
saltos de protesta lo leí! ¡El papa y vuelta con el papa, y sí que considera sencillamente esa eventualidad sin des^
siempre el papa! ¡La Roma nueva por el papa y para el agradarle; pero todo eso es u n sueño, ¡nada mas que un
papa! ¡La Roma triunfante de mañana gracias al papa, en- SU
tregada á éste y confundiendo su gloria en la gloria del Recobró su alegría y hasta u n destello de tierna ironía^
papa! ¿Y bien? ¿Y nosotros? ¿Y la Italia? ¿Y todos esos - ; 0 s figuráis cuál es la causa de lo mucho que me se,
millones que hemos gastado para hacer de Roma una gran dujo vuestro libro? Porque, á P ^ r d j m ^ p . - o ^ ^
capital? ¡Ah! Es preciso ser francés, y por añadidura fran- leí dos veces.. Es que casi, casi, habríalo podido escribir
cés de París, para escribir semejante libro. Habéis de sa- S I f W Encontré mi juventud, toda la loca e s p e r a n »
ber, mi querido señor, por si lo ignoráis, que Roma ha lle- mis veinticinco años, la religión de Cristo y la
gado á ser la capital del reino de Italia, que aquí está el ción del mundo por medio del Evangelio. Rabiáis que
rey Humberto y que están los italianos, un pueblo que Mazzini había querido mucho tiempo antes que vos la re-
cuenta, os lo aseguro, que quiere guardar para sí Roma la novación del catolicismo? Separaba el dogma y te •disci-
gloriosa, la resucitada! plina y n o dejaba más que la moral. Y era a R «
Aquella fuga juvenil hizo reir á Pedro á- su vez. 5a, la Roma del pueblo la .que daba por Seic á la l g ^ a
—Sí, sí, me habéis escrito eso,—dijo.—Solamente, ,qué universal en la que debían fundirse todas las i g i f g j
importa todo eso bajo mi punto de vista! Italia no es más
pasado. Roma, la Ciudad Eterna, la predestinada, la madre S los ojos, tan hermosa con la vida profunda del pasado,
y la reina cuya dominación renacía para dicha definitiva un caos sin límites de techos, de veletas, torres, cúpulas y
de los hombres. ¿No es cosa curiosa que el neocatolicismo sus linternas. En el primer término, bajo la ventana, veta-
actual, el vago despertar espiritualista, el movimiento de se la ciudad nueva, la que estaba construyendo hacía vein-
comunidad, de caridad cristiana, conque todo lo que se ha ticinco años, grandes cubos de albañilería amontonados,
metido tanto ¿uido ahora no sea más un retorno á las yesosos aun, y á los que ni el sol ni la historia habían en-
ideas místicas y humanitarias de 1848? Mas ¡ay! yo he negrecido con su patina. Sobre todo, los techos del colosal
visto todo esto, he creído en ello y he combatido y sé ministerio de Hacienda, mostraban desastrosas estepas, in-
á que lindo batiburrillo nos han conducido esos revoloteos finitas y abotargadas, y de una fealdad cruel. Y era ¡ta-
hacia el azul del misterio ¡qué queréis! No tenga confianza bre esa desolación de las nuevas construcciones, sobre l a
en ello. «jue por último se fijaron las miradas del veterano solda-
Y cuando Pedro iba, á su vez, á entusiasmarse y á do de la conquista.
Hubo un momento de silencio. Pedro acababa de sen-
contestar, se lo impidió.
tir pasar el frío de la tristeza oculta, no confesada, y espe-
—¡No! Dejadme concluir. Quiero que quedéis bien per-
ró con mucha cortesía.
suadido de la necesidad que teníamos de apoderarnos de
Roma, de convertirla en la capital de Italia... Sin Roma, la —Os suplico me perdonéis por haberos impedido con-
nuéva Italia no podría existir. Era la antigua gloria que en- testar,—añadió Orlando,—pero me parece que no podre-
cerraba entre su polvo la soberana potencia que queríamos mos hablar con provecho de vuestro libro, mientras no ha-
restablecer y dabja á quien la poseía, la fuerza, la belleza, yáis estudiado más de cerca á Roma. ¿Estáis aquí desde
la eternidad. E n el centro del país era su corazón y debía ayer, no es así? Pues bien, recorred la ciudad, miradlo to-
convertirse en su vida en cuanto despertase del prolongado do, examinadlo, preguntad, y creo que muchas de vues-
letargo de sus ruinas. ¡Ah! ¡Cuánto la hemos deseado en tras ideas cambiarán. Espero más que nada vuestras im-
medio de las victorias como de las derrotas, durante tantos presiones acerca del Vaticano, puesto que vinisteis única-
años de cruel impaciencia! Yo la he querido más que á mente para ver el papa y defender vuestro libro contra el
mujer alguna, con la sangre enardecida y desesperado al Indice. ¿A qué discutir hoy, si los hechos mismos se en-
envejecer. Y cuando estuvo en nuestro poder fué nuestra ; cargarán de llevaros hacia otras ideas y lo lograrán mejor
locura la de quererla fastuosa, inmensa, dominadora é igual que yo a u n cuando emplease los más elocuentes discursos
á las otras grandes capitales de Europa, Berlín, París, del mundo?... Quedamos, pues, en que volveréis y sabre-
Londres... Miradla, es a u n mi único amor, mi único con- mos entonces de lo que hablamos y tal vez nos pondre-
suelo, hoy que estoy muerto y no tengo vida más que mos de acuerdo.
en los ojos. —Sois muy bueno para mí,—contestó Pedro.—Hoy no
Con el mismo gesto de antes señaló la ventana; Koma, vine con más objeto que el de daros una prueba de mi
bajo el inmenso cielo, se extendía hasta lo infinito, dora- gratitud por haberos dignado leer mi libro y con el de
da y empurpurada por el sol oblicuo. Muy á lo lejos los saludar en vos á una de las glorias de Italia.
árboles del Janículo cerraban el horizonte con su verde Orlando no le escuchaba, absorto y con las miradas fi-
cintura, de un verde límpido de esmeralda, mientras que jas en Roma. No quería que le hablasen de ella y á pesar
la cúpula de San Pedro, más á la derecha, tenía la azula- suyo, dominado por su secreta inquietud continuó hacién-
da palidez del zafiro, apagado en medio de una luz tan vi- dolo en voz baja, como impulsado á una involuntaria con-
va Seguía después la ciudad baja, la antigua ciudad roja fesión.
como recocida por siglos de ardientes estíos, tan agradable —Hemos ido sin duda demasiado deprisa. Se han he-
HEfc. I
cKo gastos "de utilidad indispensable, como son las carrea Y eran, los techos inmensos del ministerio de Hacienda,-
teras, los puertos, los ferrocarriles. Y ha sido preciso tam- la inmensa desotada estepa lo que señalaba, como si hub.e-
bién armar al país, y al principio no desaprobé los gran- se visto la cosecha de ta gloria segada en hierba, la horren-
des gastos militares... pero en seguida ese aplastante pre- da desnudez de la amenazadora bancarrota. Veláronse sus
supuesto de lá guerra, de una guerra que no ha venido ojos con lágrimas contenidas y estaba soberbio con su ac-
nos arruinó con su espera. ¡Ah! Siempre fui yo amigo de titud de esperanza quebrantada, de inquietud dolorosa;
Francia y n o la echo en cara el no comprender la sitúa con su enorme cabeza de león viejo encanecido, en ade-
ción en que nos habían colocado la escusa vital que t e lante impotente, inmóvil en aquella habitación tan desnu-
níamos al aliarnos con Alemania; ¡y esos millones traga da y clara, de una pobreza tan altanera que semejaba á
dos por Roma! Y fué que aquí sopló la locura y hemo una protesta contra la riqueza monumental de todo el ba-
pecado por entusiasmo y por orgullo. En mis meditacio- rrio, ¡era allí donde estaba el que había hecho la conquis-
nes de hombre anciano y solitario, fui uno de los prime- ta! ¡Y estaba allí anonadado é incapaz de dar de nuevo
ros que vi el abismo, la tremenda crisis financiera, el dé- su sangre y su alma!
ficit en que iba á hundirse la nación. Lo grité á mi hijo, —¡Sí, sil—exclamó con un grito postrero.—Se dió todo,
á cuantos me rodeaban; pero ¿para qué? Nadie me escu- corazón y cabeza, la vida entera, mientras que se trató de
chó, todos estaban locos comprando, revendiendo, cons- crear una patria independiente y unida; pero hoy que la
truyendo entre el agio y la quimera... Ya veréis... ya ve- patria está hecha, ¡entusiasmos para reorganizar sus ne-
réis... Lo peor es que nosotros no tenemos aquí como vos- gocios! ¡Eso no es un ideal, no! Y por eso sucede, que
otros en vuestro país, la población densa de los campos, mientras se mueven los viejos, no se presenta ni un hom-
una reserva de dineros y de hombres; un ahorro siempre bre nuevo que valga entre los jóvenes.
dispuesto á tapar los agujeros causados por las catástrofes. Detúvose bruscamente y un poco cortado, sonriéndose
Entre nosotros la ascensión del pueblo, nula aun, no re- dej su ardor.
genera la sangre social con un contingente de hombres —Dispensadme, me lancé otra vez, soy incorreg'ble...
nuevos; ¡el país es pobre y no tiene ninguna media de la- Es cosa convenida, dejemos ese asunto, volveréis otro día
na que vaciar 1 Es preciso confesar que la miseria es ho- y hablaremos cuando lo hayáis visto todo.
rrible. Aquellos que tienen algún dinero, prefieren comér- Desde ese momento se mostró sumamente amable, y
selo modestamente en ciudades poco populosas, antes que Pedro comprendió al verse tratado con tanto cariño y se-
arriesgarlo en empresas agrícolas ó industriales. Las fábri- ducción iñvasora, que le pesaba el haber hablado tanto.
cas se levantan con mucha lentitud, y 1a fierra sigue cul- Le suplicó que permaneciese mucho tiempo en Roma, para
tivándose en muchas partes con el mismo procedimiento que no la juzgase tan deprisa y para que se convenciese
bárbaro de hace dos mil años... Y ahí está Roma... Roma, de que en el fondo Italia amaba á Francia, y deseaba
que no hizo Italia, que ésta convirtió en su capital por su que quisiesen á Italia, y experimentaba una ansiedad ver-
ardiente y único deseo, Roma que no es siempre más que dadera á la idea de que tal vez no la querían. Lo mismo
la espléndida decoración de los siglos, Roma que no nos que, durante la víspera, en el palacio Boccanera, adivinó
ha dado aún más que el brillo de esa decoración con su el presbítero que trataban de hacer coacción sobre él para
población papal degenerada, henchida de orgullo y holga- obligarle á la admiración y á la ternura. Italia, como
zanería. ¡La amé mucho, la amo aún para que me pese el una mujer que comprende que no es hermosa, dudando
estar- pero ¡gran Dios! ¡qué locura nos contagió y cuántos de sí misma y susceptible, inquietábase por la opinión
millones nos cuesta 1 ¡Y cuán grande es su peso triunfal de los que ta visitaban y hacía esfuerzos para conservar,
bajo el que nos aplasta! iMjradl jMiradl á pesar de todo, su amor..
de la noticia que daban los periódicos de la mañana, sos-
Cuando Orlando stipo que Pedro se hospedaba en el pa f pechando con fundamento que el diputado le había en-
lacio Boccanera, se apasionó de nuevo, é hizo un gesto de viado á su mujer para conocer su opinión.
viva contrariedad al oir llamar precisamente en aquel —¡Y bien! ¿Qué hay? ¿Y ese ministerio?
mismo momento á la puerta. AI mismo tiempo que or- Stefana estaba sentada y no se apresuró, mirando los
denaba que entrasen, obligó á Pedro á quedarse. periódicos que había sobre la mesa.
—No, no os marchéis aún, quiero saber... —¡Oh! Aun no se ha hecho nada y la prensa ha habla-
Entró en la habitación una señora que había pasado de do demasiado deprisa. El presidente del Consejo llamó á
los cuarenta, pequeñita y redonda, linda aun, con sus ras- Sacco y han hablado. Sólo que han vacilado mucho, pues
gos diminutos y sus amables sonrisas ahogadas por la gra- teme no tener aptitud para el ministerio de Agricultura.
cia Era rabia y tenía los ojos verdes, de una limpidez de ¡Ah! ¡si fuese en Hacienda! Y además, no habría tomado
agua de fuente. Vestía bastante bien, llevaba un traje co- ninguna resolución sin consultaros antes ¿qué os parece,
lor reseda, elegante y sencillo, y parecía tener un aire tío?
agradable, modesto y sencillo. La interrumpió haciendo un gesto violento.
—¡Ah! ¡Eres tú, Stefana 1-exclamó el anciano y dejó ' —¡No! ¡No me mezclo en nada de eso!
que le besasen. Era para él una abominación desde el principio hasta
- S í , tío, pasaba por aquí y quise subir á ver cómo el fin el rápido encumbramiento de Sacco, de un aventu-
rero, de un busca negocios que siempre había pescado en
i S r a ^ l a señora Sacco, una sobrina de los Prada, nacida río revuelto. Era cierto que lo sucedido con su hijo Luigi
en Nápoles de una madre oriunda de Milán y casada con le desconsolaba, cuando pensaba en que este ocupaba
el banquero napolitano Pagani, quebrado más tarde. Des- su gran inteligencia, sus cualidades buenas y aun no era
pués de la ruina habíase casado Stefana con Sacco que nada, mientras que Sacco, aquel vividor, aquel. hombre
por entonces no era más que un modesto empleado de siempre ávido de goces, después de haberse metido en la
correos. Desde aquella época Sacco, que deseaba rehabili- Cámara, estaba en camino de apoderarse de una cartera
tar la casa de banca de su padre político, se lanzo á hacer ministerial. Un hombrecillo moreno y seco, con grandes
negocios terribles, complicados y bastardos, al rabo de los ojos saltones, la barba prominente y cuya fuerza toda es-
cuales consiguió que lo eligiesen diputado. Desde que ha- taba en la voz, una voz admirable de potencia y de dulzura.
bía ido. á Roma para conquistarla á su vez, habíale tenido Y además era insinuante, aprovechándose de todo, se-
trae ayudar su esposa en su devoradora ambición, vistien- ductor y dominador.
do bien y abriendo un salón, y si bien se mostraba aun —Oye, Stefana, dile á tu marido que el único consejo
un poco torpe, prestábale sin embargo servicios que no que puedo darle es que vuelva á ocupar su antiguo desti-
eran para desdeñados. Mostrábase muy hacendosa, econó- no en correos, en donde podrá quizás prestar algunos ser-
mica y prudente, cuidando de todo como buena ama de vicios.
casa, con todas las excelentes y sólidas cualidades de la Lo que ofendía y desesperaba al veterano de la inde-
Italia del Norte, heredadas de su madre y que maravilla- pendencia, era que un hombre tal como Sacco, cayese co-
ban al lado de las turbulencias y abandonos de su man- mo bandido sobre Roma, en esa Roma cuya conquista ha-
do, en el que la sangre del mediodía flameaba con su ra- bía costado tan grandes y nobles esfuerzos. Y á su vez
bia inextinguible de apetitos. Sacco la conquistaría, arrebatándola á aquellos que la ha-
A pesar de su desprecio hacia Sacco, conservaba el an; [ bían ganado con tanto esfuerzo, y mientras tanto la po-
eiano Orlando algún cariño á su sobrina en la que encon- seía; pero gara gozar, para saciar su ansia "desenfrenada
traba su sangre. La dió las gracias y. en seguida la habló
de poder. Bajo Tinas apariencias muy melosas estaba dis- —¡Vava un escrúpulo! ¿Fué tu marido el que te encar-
p u c L á devorarlo todo. Después de la velona y cuando gó que me lo contases? Sí, ya sé que en esa cuestión quie-
el botín estaba allí, cálido aun, a.pudieron os l o b o s ^ B re aparentar una gran delicadeza... En cuanto á mí, que
Norte fué el que hizo á Italia, y el Mediodía iba á echarse te lo repito, me c-reo tan honrado como él, si tuviese un
sobre la piez¿; se apoderaba y vivía de ella como de una hijo como el tuyo, dotado de tanta rectitud y bondad, tan
presa. En el fondo de la cólera del héroe añonando, im- ingenuamente enamorado, le dejaría casar con quien qui-
posibilitado, había sobre todo eso: el antogomsmo ^ siese y conforme se le antojase. ¡Los Buongiovanni! ¡San-
vez más pronunciado entre el Norte y el Mediodía, el Ñor to Dios! Los Buongiovanni con todo el dinero que aun les
te trabajador y ahorrador, político s a g a z sabm entregdo queda y con toda su nobleza, se considerarán muy hon-
por completo á las ideas modernas, y el Mechodfeigno- rados al tener por yerno á un muchacho tan apuesto y
rante v perezoso, entregado por completo á la alegría m- que tiene un corazón tan grande!
Sedtata £ la vida, con un desorden infantil en todos sus De nuevo Stefana adquirió su aire de plácida satisfac-
I J t con un esplendor vacío en sus s o n o m s ^ ción. No había ido allí seguramente más que en busca de
Stefana sonrió plácidamente contemplando á Pedro que una aprobación.
cp había retirado al lado de la ventana. —Está bien, tío, se lo repetiré á mi marido que lo ten-
Decís eso. tío, pero á pesar de eso nos queréis y drá todo muy presente, porque si vos sois muy severo
con él, en cambio Sacco os profesa una verdadera venera-
á mí me habéis dado más de un buen co^o
os doy gracias... Es algo como para la historia de At ción. En cuanto á ese ministerio puede muy bien suceder
que no se haga nada. Sacco decidirá según las circuns-
^ L e hablaba de su hijo del teniente y de su aventun tancias.
amorosa con Celia, la princesita Buongio^nm de la .pie Púsose Estefana en pie y se despidió besando al anciano
con mucha ternura, del mismo modo que lo hiciera al lle-
hablaban en todos los salones, lo mismo en los de la so
gar. Le cumplimentó además, por su buen aspecto, le dijo
rifvlíid necra aue en los de la blanca.
que le encontraba aún muy hermoso y le hizo sonreír nom-
- A t t n o W o t r a cosa,—replicó Orlando,-lo mismo que | brandóle á una señora que estaba aún loca por él. Luego,
tú £ de mi sangre y es maravilloso cómo me veo retrate- t habiendo respondido con una ligera reverencia al mudo
do 7n L muchacho. Sí, es como yo cuando tenía su j saludo del joven presbítero, se marchó con su aire modes-
S a d , bravo, entusiasta y apuesto Ya estás o ^ n d o , c o | to y prudente.
yo mismo me alabo; pero en verdad que á Por un momento permaneció Orlando silencioso con
lo de todo corazón, porque es el p o r v e n i r y me devuelve las miradas fijas en la puerta, dominado por la tristeza al
la esperanza... ¡Y bienl ¿qué hay de su historia? pensar en aquel presente tan penoso y tan distinto del
J T v tío' Que su dichosa historia de amores nos da glorioso pasado. Y bruscamente se volvió hacia Pedro que
muchos' quebraderos de cabeza. Os hablé de esto y o* e* seguía esperando.
S e f s de hombros, diciéndome que en esas cuestión« —De manera, amigo mío, que os hospedásteis en el pa-
de amo íes los padres no debían de hacer más s.no que los lacio Boccanera. ¡Ah! ¡Qué desastre también por ese lado!
enamorados se arreglasen por sí solos y como pudiesen
Pero cuando el presbítero le relató su conversación con
No nueremos de ningún modo que digan de nosotros que
Benedetta y la frase que ella le dijera de que le quería
e m p u ' m S á n u e s t r f hijo á apoderarse de la prmces.ta,
como siempre y que, sucediese lo que sucediese, jamás
^ r a que en seguida se case con su cimero y con su tí
olvidaría sus bondades, se enterneció y su voz se hizo
tulo. . un tanto temblona.
Orlando se echó á reír.
—Sí, tiene un alma muy hermosa y no es mala pero por un momento entrevió la tan deseada alianza entre la
¿qué queréis? No amaba á Luigi y 6Sfe q u j g se mos.ró Roma antigua y la nueva; ese matrimonio no consumado,
algo violento... como estas cosas no son un ¡msteno p a | te desesperaba, como si fuese el fracaso de todas sus es-
nadie, porque, con gran disgusto mío, todo el mundo está peranzas, el aborto final del ensueño que llenó su vida.
enterado, os hablo con entera libertad. ' El mismo acabó por desear el divorcio, de tal manera se
Abandonándose por completo á sus recuerdos, manifes- hizo insostenible el sufrimiento que originaba semejante si-
tó Orlando cuan inmensa fué su alegría la víspera del ca- tuadón.
samiento al pensar que tan hermosa joven sería su hi a y ' —¡Ah! No he comprendido, amigo mío, nunca tan bien
que esparciría su juventud y encanto alrededor de su si- como ahora la fatalidad de dertos antagonismos, ni de
llón de impedido. Había profesado siempre el culto de la qué manera con el corazón más noble y la razón más
belleza, un culto apasionado de amante, cuyo amor único recta, se puede labrar la propia desdicha y la de los
habría sido la mujer, si la patria no se hubiese apoderado demás.
de lo mejor de todo su sér. Benedetta, en efecto le adoró Abrióse de nuevo la puerta, pero esta vez sin que nadie
le veneró, subiendo sin cesar á pasar horas enteras á su llamase, y entró en conde Prada. En seguida, y después
lado, viviendo en su pobre humilde ce da que resp ande de cambiar un rápido saludo con el visitante, que se ha-
cía en. esas ocasiones con el esplendor de la gracia divina bía puesto en pie, cogió con dulzura las manos de su pa-
que ella aportaba. Revivió el impedido con su alien o dre y las palpó temiendo encontrarlas demasiado frías ó
fresco, con el aroma puro y la acariciadora ternura de mu- calientes con exceso.
jer con que le rodeaba, consagrándole sm cesar los más —Hace un momento que llegué de Frascatti, en donde
asiduos cuidados. Mas en seguida ¡qué drama tan horn- tuve que hacer noche, de tal modo me hacen cavilar esas
ble! ¡Cuánto sangró su corazón al no poder reconciliar á construcciones interrumpidas, y me han dicho que pasas-
los esposos! No podía ponerse en contra de su hijo por teis muy mala noche.
querer éste ser el marido aceptado y amado. Al pnncip.e, —¡Oh! ¡No! ¡Te aseguro que no!
después de la primera y desastrosa noche y de ese <dio- —No me lo negaréis ¿por qué os obstináis en vivir en-
que entre dos seres aferrados testarudamente cada uno á cerrado aquí sin ninguna comodidad? Esto no es para
su idea, había confiado en convencer á Benedetta echán- vuestra edad. ¡No sabéis cuánta alegría me daríais si acep-
dola en brazos de Luigi. Cuando más tarde, y llorando, táseis otra habitadón más cómoda en la que podríais
aquella le hizo confidencias confesándole su ant.guo amor dormir mejor!
á Darío, diciéndole cuál había sido la rebelión ante el acto; —¡No! ¡No! Sé que me quieres mucho, mi buen Luigi,
ante la entrega del don de virginidad á otro hombre pero, te lo suplico, déjame obrar como se le antoje á mi
comprendió q£e Benedetta no cedería jamás. Y paso un vieja cabeza. Esta es la única manera de hacerme di-
añ™ entero, f un año vivió él clavado en su sillón con choso.
aquel doloroso drama que pasaba bajo sus pies, en aque- A Pedro le impresionó mucho el ardiente cariño que se
llas habitaciones lujosamente alhajadas y cuyos ruge« m revelaba en las miradas de aquellos dos hombres, mien-
siquiera llegaban á sus oídos. ¡Cuántas veces intentó»es- tras se contemplaban con los ojos del uno, fijos en los del
cuchar temeroso de que se suscitase alguna disputa y otro. Aquello le paredó infinitamente conmovedor, de gran-
desesperado al ver que no podía intervenir para hacerte de y hermosa ternura en medio de tantas ideas encon-
felices1 No sabía nada por su hijo, que se callaba, y si al- tradas, actos contrarios y rupturas morales como los se>-
gún detalle tenía, era por Benedetta cuando su enterneci- I paraban.
miento la dejaba sin defensa. Y ese casamiento en el que • Y le interesó el compararlos. El conde Prada, más bajo,
Roma - Tonto I—l0
más rechoncho, tenfa efectivamente la misma cabeza enér- Muy admirado Pedro, y ya casi convencido, escuchó á
gica y fuerte, cubierta de abundante y rudo cabello ne- aquel hombre hábil cuyo espíritu firme y claro le cncan-
gro, los mismos ojos trancos, un poco duros en una faz de taha. Sabía con cuanta habilidad había maniobrado en la
color claro, cortada por poblado bigote negro. La boca di- empresa de la villa Montefiori en la que se enriqueció
ferenciábase, pues era una boca con dentadura de lobo, mientras tantos otros se arruinaron, habiendo sin duda
boca sensual y voraz, de presa, hecha para las noches que previsto la catástrofe final en el momento en que la rabia
siguen á la batalla cuando no se trata más que de morder del agio enloquecía á la nación entera. No obstante, sor-
lo que los otros conquistaron. Eso era lo que hacía dijesen prendió en él señales de cansancio, arrugis precoces, los
do él cuando elogiaban su franca mirada. «Sí, es verdad, labios caídos en aquel rostro de voluntad y energía: como
pero su boca no me agrada.» Los pies eran grandes, las si el hombre se fatigase en aquella lucha continua entre
manos gruesas, largas y hermosas. . los derrumbamientos inmediatos que minaban el suelo,
A Pedro le maravilló encontrarle tal cual había imagi- amenazando arrastrar con el contra golpe las fortunas me-
nado que era. Conocía bastante íntimamente su historia
para reconstituir en él al hijo del héroe, al que la conquis- « L ^ T S * ' S<V00013133 Prada
> en los M ™ »
ta echó á perder y que se comu á dos carrillos la cosecha tiempos había pasado serias inquietudes y en donde nada
corlada por la espada gloriosa del padre. Estudió sobre to- era sólido, todo podía desaparecer en medio de la crisis
do de qué manera las virtudes del padre se habían des- financiera que se agravaba de día en día. En aquel rudo
viado transformándose en el hijo en vicios: las cualidades hijo de la Italia del Norte, era una especie de decaimiento,
más nobles se pervertían, convirtiéndose la energía heroi- un lento pudrimiento bajo la influencia muelle y perverti-
ca y desinteresada, en feroz apetito de goces; el hombre dora de Roma Todos sus apetitos se habían saciado á su
de las batallas, en el hombre que va en busca del botín, y completa satisfa<xión y se agolaba para contentarlos, lo
que desde que no se inspiraba en los grandes sentimien- mismo apetitos de dinero que de mujeres. Y de ahí nro-
tos de entusiasmo, que ya no alentaban, desde que no se cedía la gran tristeza muda de Orlando cuando observaba
combatía, se estaba allí entregándose al descanso entre los esa rápida decadencia de su raza de conquistador, mien-
despojos amontonados y pillando, y devorando. Y el hé- tas <p e Sacco, el italiano del mediodía, como auxiliado
roe, el padre paral ílico, inmovilizado, asistía á todo eso, á por el clima, hecho á aquel aire voluptuoso, á esas ciuda-
esa degeneración del hijo, del busca negocios, atiborrado des de antiguo polvo y abrasadas por el sol, florecía lo
do millones. mismo que la vegetación natural del suelo saturado por
Orlando presentó á Pedro. los crünenes de la historia, y se iba apoderando poco á
poco de todo, incluso de la riqueza y del poder.
—El señor abate Pedro Froment de que te hablé ya y Habiéndose pronunciado el nombre do Sacco, Orlando
cuvo libro te liioe leer. d e ^ t T n l T ^ P a l a b r a S á SU h ¡ Ͱ ^ P O ^ á la visita
Piada se mostró muy amable y habló en seguida de Ro- de Stefana Sin decir ru una palabra más, miráronse am-
ma con pasión inteligente, como hombre que quisiera con- 0
Sistro - - C , r U l a bno
d H «Agricultura
fcstro de
a
?le r Ureemplazarían
m r de
° al d f u n t 0
en ' seguidami-y
vertirla en una gran capital moderna. Había visto á París
transformarse bajo el segundo imperio, á Berlín, ensan- que mientras tanto otro ministro se encargaría interina-
chado y embellecido después de las victorias de Alemania, SU C a r t e r a e S p e r a n d
y, en su concepto, si Roma no seguía el movimiento, si S L
nudasen sus sesiones. ' ° 3 S Í á * » ^ cámaras Z
no se convertía en la ciudad habitable de un gran pueblo, Hablóse después del palacio Boccanera, y Pedro con
estaba amenazada con una muerte rápida. O un museo gran curiosidad redobló su atención
que se derrumba ó una ciudad rehecha, resucitada. —¡Ahí—exclamó el conde;-jos hospedáis en la vía Ju-
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su amaníe? Y hasta me parece qüe el palacio de la vis
Ua! Toda la Roma -antigua duerme allí en el silencio del Julia, con su cardenal, sirve de refugio á cosas bastante
sucias.
sobre sí habló del c ^ j J ^ ^ j M Ese era el rumor que él esparcía, la acusación que en
de la condesa, como decía h a b i d o £ ™ ^ > todas partes lanzaba contra su esposa, esas relaciones adúl-
diaba para no I g ¡ 2 t a * > ren- teras y, según él, públicas y desvergonzadas. En el fondo,
adivinóle estremecido, saneando siempre y g esla. sin embargo, no creta el conde lo que decía conociendo la
cor. En el conde la « ^ ¿ ^ ^ d e b í a satisfa- serena razón de Benedetta y la idea supersticiosa y hasta
liaba con la violencia f . ^ ¿ ¿ T S u d u d f u n a de las vir- mística á que relacionaba su virginidad y la firme volun-
cerse en el acto; y en esto habta « d e, ensue. tad que tenía de no entregarse inás que al hombre al que
tudes del padre, p d e l dicho amase y que fuese su marido ante Dios; pero á Prada le
fio entusiasta, yendo d e r f ^ s u s r e l a c ¡ 0 nes parecía que semejante acusación era un buen ardid de
á la acción en el acto. Por eso, aespu j divi- guerra y además muy eficaz.
con la princesa Flavia, cuando ^ hermosa, —!¡Y á propósito! ¿Sabéis, padre, que me han notificado
na sobrina de una tía qu> auni por la lucha la memoria de Morano,—dijo bruscamente,—y que es cosa
se resignó y pasó t>or todo tfeLtuam«^ p» ^ que aseguran, que si el matrimonio no pudo consumar-
con aquella joven que no l e . a m a t e y es ccder se fué á consecuencia de la impotencia del marido?
riesgo de echar á perder su vida e n t a ^ A j w q* Y lanzó una carcajada como deseando demostrar que
y no poseerla, habría ^ r t a que todo aquello le parecía el colmo de lo cómico. Sólo que
sin esperanzas de e ^ r S s t e por no haberla pe, una sorda exasperación habíale hecho palidecer y su boca
llevaba en el costado, no era mas qu ^ á en. reíase con dureza, con excesiva crueldad y era indudable
í d o, p o r - d e » « ° , herida que esa sola y falsa acusación de impotencia, tan insul-
tregarse. NoJteMa ^ m o n a & n o saciada y en tante y depresiva para un hombre de su virilidad, era lo
que decidió á defenderse en aquel pleito, del que al prin-
cipio no quería hacer ningún caso. Pleitearía, pues, con-
vencido de que su esposa no obtendría la anulación del
fes s r » ? — - matrimonio. Riéndose dió detalles un poco libres de aquel
acto, explicando que no era cosa ten sencilla el tener que
señor abate estf eitemdo de t o d o , - d i j e Orland. habérselas con una mujer "que se resiste, que araña y muer-
decir de y que además no estaba seguro de no haberlo realiza-
U ^ , o d o el do. En todo caso estaba dispuesto á pedir la prueba, el
juicio de Dios, como «decía, riéndose con más fuerza de su
mUn
í l 1 í ° I S ? ' Í > ' o S hubiese obedecido, padre mío, j a i « broma, y ante los cardenales todos reunidos, si llevaban
los escrúpulos de su conciencia hasta querer asegurarse de
la cosa por sí mismos.
—iLuigi I—dijo Orlando con mucha dulzura señalando
í Pedro Froment con la mirada.
—Sí, sí, me callo; tenéis razón, padre mfo, pero en ver-
dad la cosa es de tal manera abominable y ridicula... Ya
abéis lo que dice Lisbelh: «¡Ahí ¡Pobfe amigo mío-, es
pues do un goqueño Jesús por el que yo voy á parir!»
De nuevo pareció que Orlando n o ésfaba satisfecho p o | cogió de encima de la mesa y de enfre los periódicos, un
grueso volumen admirándole encontrar allí una obra fran-
q i ^ n o l e a g r a d a b a , C u a n d o h a b í a allí d g j J H M
cesa clásica, uno de esos manuales para el bachillerato,
su hijo hiciese gala en su presencia de g g | f e s K g e w i ^ en los que se encuentran compendiadas las materias exi-
Lisbelh Kauffamann. que apenas tenía tremta ano S y ® gidas por los programas. No era más que un libro hu-
milde y práctico de primera instrucción, pero forzosa-
mente trataba de ciencias matemáticas, de ciencias físi-
cas, químicas y naturales de manera que resumía á gra-
nel las conquistes del siglo, el estado actual de 1a inteli-
gencia humana.
—¡Ah!—exclamó Orlando, alegre al hallar el pretexto
para cambiar de conversación.—Estáis mirando la obra
de mi antiguo amigo Teófilo Morin. Sabed que fué uno
de los Mil de Marsala y que conquistó la Sicilia y Nápo-
les con nosotros ¡un héroe 1 Y después de pasar más de
treinta años volvióse á Franpía á ocupar su puesto de hu-
milde profesor, lo que no le ha enriquecido mucho. Ha
traba con su continua alegría, vistiendo largas blusas,
publicado ese libro cuya vente, según parece, marcha tan
a ? ¿ amuchachada, pronunciando ^ bien, que se le ocurrió la idea de aumentar los productos
do pruebas de ser buena amiga y no habiendo^ com haciendo algunas traducciones del libro, una de ellas al