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Schumann y la distonía focal en músicos

Robert Schumann, un pianista alemán, sufrió una lesión permanente en su mano derecha debido a su obsesión por perfeccionar su técnica de teclado mediante horas de práctica intensiva y el uso de un aparato que forzaba los dedos de su mano. Más tarde se descubrió que Schumann padecía distonía focal, un trastorno que afecta los movimientos automáticos y que llevó a que no pudiera volver a tocar el piano, aunque le permitió dedicarse a la composición musical. La

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Schumann y la distonía focal en músicos

Robert Schumann, un pianista alemán, sufrió una lesión permanente en su mano derecha debido a su obsesión por perfeccionar su técnica de teclado mediante horas de práctica intensiva y el uso de un aparato que forzaba los dedos de su mano. Más tarde se descubrió que Schumann padecía distonía focal, un trastorno que afecta los movimientos automáticos y que llevó a que no pudiera volver a tocar el piano, aunque le permitió dedicarse a la composición musical. La

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cristinasaez.wordpress.

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El día que Schuman lloró


11-14 minutos

El día en que se dio cuenta de que no podría volver a mover los dedos de su mano
derecha, Robert Schumann lloró largo y tendido. El músico alemán, que había tocado el
piano desde niño e incluso había compuesto sus primeras obras con tan sólo siete años,
admiraba la ejecución de los más renombrados concertistas de su época, como Paganini
y Liszt, y deseaba, por encima de todo, convertirse en un virtuoso como ellos. Quizás
por ese motivo se empeñó con tanto ahínco en perfeccionar su técnica de teclado que, al
final, acabó truncando su carrera como concertista. Tenía un talento innegable como
pianista, pero consideraba que carecía de agilidad suficiente en los dedos, por lo que se
hizo construir un teclado portátil que le permitiera ensayar continuamente. No obstante,
aquel ejercicio intensivo no funcionó como él deseaba; entonces, ideó un aparato que
colgaba de una polea del techo y al que se ligaba el anular y el meñique, y así se
obligaba a ensayar durante horas y horas.

(Reportaje publicado en Historia y Vida)

Sin embargo, Schumann pronto se dio cuenta de que el método, lejos de funcionar, le
estaba dañando la mano. Veía con asombro y desolación cómo sus dedos se obstinaban
en desobededer sus órdenes y se agarrotaban y se contraían al tocar, sin que pudiera
hacer nada para remediarlo, por lo que se forzaba aún más a practicar con las poleas. Lo
que seguramente Schumann desconocía es que, por más que practicara, las limitaciones
del cuerpo humano hacían imposible que sus dedos fueran completamente
independientes unos de otros como él deseaba; y es que no existen músculos para cada
una de las falanges y, además, entre los tendones hay un elevado número de
interconexiones, que unen unas con otras. Por lo tanto, aquel método, lejos de
funcionar, le dañó la mano para siempre y le impidió volver a tocar el piano.

Robert Schumann padecía una distonía focal, una enfermedad conocida popularmente
como el “cáncer del músico” y que afecta a uno de cada 200 intérpretes, según datos del
Instituto de Fisiología y Medicina del Arte-Terrassa. Se trata de un repentino y
misterioso transtorno por el que el cerebro incorpora un error en un movimiento
automatizado y bloquea la movilidad de una parte del cuerpo; en el caso de los
pianistas, de los dedos de la mano. Así, puede que Schumann fuera incapaz de tocar una
simple escala de notas ascendente al piano, pero, en cambio, pudiera ejecutarla a la
perfección sobre una mesa o pudiera escribir sin problema. Y es que, aunque se
desconocen las causas exactas que la provocan, se sabe que está relacionada con el
trabajo intensivo e incluso con la obsesión por el instrumento.

Quizás fuera gracias esta enfermedad, que lo obligó a apartarse de su carrera como
concertista, por lo que Schumann llegó a convertirse en uno de los compositores más
importantes del siglo XIX. Y no es el único caso. La historia de la música está repleta
de artistas que sufren problemas de salud derivados de su profesión; de hecho, el 75%
se lesionan en alguna ocasión, según datos aportados por la Fundación Ciencia y Arte, y
de esos, uno de cada tres deben abandonar su carrera, tal y como les ocurrió a Leon
Fleischer y Gary Graffman, dos prestigiosos pianistas norteamericanos que, a mediados
de la década de los 80, en las cúspides de sus carreras, se vieron apartados de los
escenarios tras diagnosticarles, también, una distonía focal.

“Cuesta encontrar casos de artistas contemporáneos que admitan abiertamente que han
tenido alguna lesión” , explica el doctor Jaume Llobet, al frente del Instituto de
Fisiología y Medicina del Arte-Terrassa, uno de los escasos centros que existen en todo
el mundo en el que diagnostican y tratan a pacientes que proceden de las artes escénicas,
como músicos, bailarines o acróbatas. “Existe un tabú muy importante a la hora de
asumir la lesión, a diferencia de los deportistas, porque se suele asociar a una mala
técnica y, por tanto, la mayoría de intépretes trata de esconderla”, añade. La dolencia
más frecuente es el sobreuso muscular. “Un pianista, si tiene que prepararse un
concierto, puede pasarse hasta ocho o nueve horas ensayando; sus músculos pierden
resistencia, por lo que suele sentirse cansado nada más comenzar a tocar. ¡Pero eso es
totalmente normal! Lo mismo le pasaría a cualquier deportista si entrenara el mismo
número de horas”, explica la fisioterapeuta Sílvia Fàbregas, también del Institut de
Fisiologia i Medicina de l’Art, en Terrassa.

Demasiado exigentes

La mayoría de lesiones que padecen los artistas se producen porque sus cuerpos no
están preparados para responder a tanta exigencia. El caso más evidente es el de los
instrumentos de viento, como el clarinete o la trompeta; para tocarlos, el músico debe
ejercer una presión prolongada equivalente a 20kg de peso contra los labios para
producir, por ejemplo, un sonido aguo. No obstante, la musculatura orbicular labial
apenas tienen unos pocos milímetros y es, además, muy delicada, por lo que en algunos
casos puede acabar rompiéndose, como le sucedió al célebre Louis Amstrong. A este
músico se le conocía con el sobrenombre de “ Sachmo” en los clubes, de ahí que ahora
esta lesión reciba el nombre de “síndrome de Sachmo”.

No es un caso aislado. De hecho, el 40% de los instrumentistas de viento padecen este


tipo de problemas en los labios, su principal herramienta de trabajo. En el centro de
Terrassa han desarrollado una máquina diseñada especialmente para este colectivo y
que es capaz de medir la fuerza de los labios en los saxos. También trabajan con
software propio para calcular la presión que cada músico debe ejercer sobre las teclas
del piano a la hora de interpretar una partitura; conectan el instrumento al ordenador y
analizan estadística y comparativamente la ejecución del pianista. Y es que, tal y como
alerta Llobet, “muchas de las partituras clásicas que se interpretan hoy en día fueron
escritas para instrumentos que no tienen nada que ver con los actuales, como es el caso
de Bach y sus obras para clavicordio”. Este instrumento tenía teclas muy livianas, que
apenas hacía falta rozar para que generaran sonido. El piano actual es muy diferente.
Cada tecla pesa cerca de 600 gramos, de manera que el músico tiene que ejercer una
mayor fuerza de presión para interpretar estas obras”.

“En ocasiones, el artista no es consciente de que determinadas partituras suponen un


riesgo para él”, opina Rosset. Es el caso de Litz y Paganini, un pianista y un violinista
que componían en función de sus características físicas; ambos padecían una
enfermedad genética, la aracnodatilia, que hacía que tuvieran unos dedos larguísimos y
muy elásticos. Ambos fueron dos virtuosos de su tiempo y están considerados de los
mejores de todos los tiempos. Su técnica asombraba al público de la época, qeu llegó a
pensar que existía algún tipo de influjo diabólico en él por sus adelantos musicales. De
Niccolò Paganini se decía que en la mayoría de sus apuntes aparecía una nota extraña, la
“nota 13” y que el músico italiano era capaz de interpretar obras de gran dificultad
únicamente con una de las cuatro cuerdas del violín, retirando las tres primeras. Y
aunque la creencia popular era que la extraordinaria longitud de sus dedos –¡sus manos
medían 45cm!- se debía a las horas dedicadas a la práctica del violín, lo más probable es
que padeciera el síndrome de Marfan, una enfermedad del tejido conectivo que se
caracteriza por un aumento inusual de la longitud de los miembros. De ahí que pudiera
tocar tres octavas sin esfuerzo. “Con una mano normal, si quieres interpretar al violín a
Paganini o al piano a Litz, debes realizar un esfuerzo inmenso que a menudo acaba en
lesión”, considera Llobet, especialista en medicina del arte- Otro ejemplo es
Rachmaninoff, que medía casi dos metros y llegaba a tocar en el piano hasta 12 notas
con una mano, lo que supone unos 30 cm, algo difícil para una mano normal.

Los otros males

Existen otras lesiones mucho más raras y peculiares como la denominada ‘cuello del
violinista’, un quiste sebáceo que se forma debido a la fricción repetida del instrumento
en la piel y que se suele infectar. O la alergia que desarrollan muchos de ellos a causa
del contacto con la brea o resina que utilizan para tocar las cuerdas de sus instrumentos.
También padecen de afecciones a causa del contacto continuo del violín o la viola entre
el mentón y la mandíbula. O el ‘pezón del guitarrista’, en la que se produce una
irritación del pezón del artista a causa del roce continuo del canto de la guitarra.
Buena parte los percusionistas pierden oído por una exposición constante a instrumentos
como los platillos y las campanas tubulares. Y los timbalistas acaban desarrollando una
neurosis a causa del efecto de las ondas sonoras contra el cráneo y la cara. Los
trompetistas y otros tañedores de instrumentos metálicos corren el peligro de padecer
glaucoma, además de sordera. Y es que la mayoría de instrumentistas que tocan en las
orquestas sinfónicas y filarmónicas en el escenario producen y han de soportar el
estruendo de sus ejecuciones, que puede alcanzar los 130 decibelios, el mismo volumen
de sonido que produce un avión de propulsión al despegar. Y eso sin contar con los
problemas de columna que tienen la mayoría de músicos debido a una mala posición
reiterada del cuerpo.

Reprogramar el cerebro

El origen de la distonía focal podría encontrarse en los pliegues del cerebro. El


movimiento de las manos se controla desde la corteza cerebral y, tras muchos años de
entrenamiento, las escalas, las notas, determinadas partituras han quedado grabados en
esa región cerebral como conexiones neuronales fijas. Por qué un buen día un dedo
comienza a moverse de forma diferente, sigue siendo un misterio, sobre todo porque la
mano es capaz de seguir realizando todos los demás movimientos, como escribir, coser
un botón, sin dificultad. Por este motivo, durante mucho tiempo se consideró que la
distonía focal estaba relacionada con transtornos psiquiátricos. Lo único que la ciencia
sabe por el momento es que la región que controla la capacidad sensorial de los dedos
de los músicos presenta alteraciones y si lo normal es que el movimiento de cada dedo
disponga de una región propia, en la enfermedad del músico parecen haberse fundido
unas con otras.

Durante mucho tiempo, se han aplicado diferentes técnicas para intentar paliar esta
insubordinación de determinadas partes el cuerpo aunque sin demasiado éxito; desde los
masajes fisioterapéuticos y la acupuntura hasta la inyección de diversos fármacos. No
obstante, desde hace una década investigadores de la Universidad de Konstanz, en
Alemania, y del Instituto de Fisiología y Medicina del Arte-Terrassa, buscan nuevas
alternativas y han hallado que es posible reprogramar el cerebro distónico, volver a
entrenar la mano y revertir el proceso. El cerebro debe aprender a olvidar patrones de
movimiento erróneos y a reemplazarlos por otros nuevos. Para ello, diseñaron
programas de trabajo en los que hacían practicar a los músicos limitando
intencionadamente el trabajo de algunos dedos. De esta manera, los músicos debían
formatear el disco duro en el que tenían almacenados todos los procesos de
interpretación que se ‘colgaban’ al tocar, e incorporar otros patrones nuevos.

La Medicina del Arte

La medicina del arte es un concepto bastante reciente. De hecho, en todo el mundo


existen escasos centros especiazalidos en este tipo de lesiones. El Instituto de Fisiología
y Medicina del Arte-Terrassa es uno de ellos; en él diagnostican y tratan a músicos,
bailarines, artistas de circo e incluso a colectivos que no tienen que ver con el arte pero
que no encuentran solución a sus problemas en la medicina tradicional, como es el caso
de los diseñadores gráficos, qeu acaban con problemas de muñeca debido al uso
intensivo del ratón del ordenador. Vinculado a este Instituto se creó la Fundación
Ciencia y Arte, una entidad sin ánimo de lucro que tiene como objetivo la investigación
y la dilvulgación de estas lesiones.
A parte del barcelonés, tan sólo en Nueva York, Alemania, y desde hace algún tiempo
en Japón hay institutos similares, en los que médicos, fisioterapeutas y pedagogos
musicales tratan no sólo a músicos, sino también a cantantes, actores, bailarines y
artistas en general. Y es que la música provoca placer pero también puede causar dolor
y enfermedad.

elpais.com

Cartas al director | Sobre el dedo de


Schumann
Ediciones El País
2 minutos

Le escribo por si es posible que me resuelva una duda. En el reportaje titulado Tesoros
de sonido y armonía, publicado en su sección de Madrid el pasado día 11, su autor,
Rafael Fraguas, asegura que la comisaria de la exposición a la que hace referencia el
texto, Cristina Bordas, manifiesta que el compositor Robert Schumann se lesionó su
dedo anular utilizando el quirogimnasta, aparato inventado por Casimir Martin en 1840,
usado como 'entrenador' de los dedos de los pianistas.

Según leo en Locos egregios, del doctor Juan Antonio Vallejo-Nágera (Planeta, 1996,
página 167), 'en 1832 (22 años) [Schumann] tiene la peregrina idea de independizar los
movimientos del cuarto dedo y ampliar el alcance de la mano en extensión. Para ello
inventa y construye un artilugio de madera, trabaja con el dedo anular sujeto y estira los
demás con tan exagerada obstinación que se disloca y anquilosa la mano derecha'.

Esta descripción contradice lo expresado por la historiadora y profesora Bordas, tanto


por la fecha de lo sucedido como por la máquina que causó el terrible desperfecto que
arrebató al mundo un pianista mediocre para darle un compositor genial.

Por todo ello, me pregunto: ¿quién tiene razón?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de julio de 2001

audicionescomentadas.com

El álbum para la juventud, de Schumann


3-4 minutos
En este blog ya se ha hablado de Schumann en alguna ocasión.
Dijimos que no tuvo una formación académica fuerte, y que estaba algo acomplejado
por ello. También es cierto que se rodeaba de lo mejor de la época, y por tanto se sentía
algo superado por todos. Además, se había hecho crítico, había fundado la revista Neue
Zeitschrift für Musik, algo así como "Nuevo período musical", y para editar esta revista
tenía que estar al tanto de lo que se hacía en el circulo musical, que era bastante bueno.
Así que Schumann se volvió un poco paranoico. Al final de su vida intentó suicidarse y
terminó sus días en un manicomio.

El caso es que mucho antes de volverse majareta, se había casado con una de las
mejores pianistas de la época. Clara Wieck, que según era costumbre, cambió su
apellido por el de su marido y pasó a ser conocida como Clara Schumann. El caso es
que Robert (que así se llamaba Schumann, el hombre) se sentía bastante superado por su
esposa, que huelga decir tocaba el piano mucho mejor que él. Este hecho no es malo en
sí, entre otras muchas cosas, porque Shumann, siendo estudiante se había lesionado una
mano y tenía la mitad paralizada. Cuentan que para tocar una pieza (la pieza cambia
según las versiones) le molestaba el dedo anular de una mano. En esto que Schumann,
para quitárselo de enmedio se ideó un sistema de poleas, con un contrapeso en un
extremo, y el dedo atado al otro extremo, para siempre tener ese dedo levantado y que
así no le molestara. Evidentemente, le empezó a doler. Fue al médico, y parece ser que
este le dijo que fuera a un matadero, buscara un buey recien sacrificado y metiera su
dedo malo dentro del animal. Pero Schumann no hizo caso al médico y finalmente
terminó paralizándosele la mano.

Pero eso no fue demasiado problemático, puesto que siguió escribiendo artículos
musicales en su revista, y música, sobre todo para piano, que después tocaba su señora
esposa. Y como Clara tocaba muy bien y tenía mucho éxito, pues la música de Robert
se oía bastante. Por otra parte, Robert dirigía la revista de crítica musical más
importante de la zona. Es decir, un círculo vicioso. Yo escribo la música, mi mujer la
toca, y yo la critico.

De todas formas, contra lo que cabría esperar, Schumann en su época no fue tampoco
tan conocido como compositor. Sí como crítico y escritor.
Y todo esto no sé muy bien a qué viene. El caso es que Robert escribió este libro
pensando en los niños. Una especie de piezas infantiles no didácticas. Cuentan también
que la colección de piezas se la dedicó a su mujer con un texto que venía a decir más o
menos que ya que las cosas tan difíciles las tocaba muy bien, a ver si era capaz de tocar
bien las cosas más fáciles. Algo así como: "Para tocar esto tendrás que olvidar que eres
una virtuosa"

Además, junto a la edición de la partitura, añadió una serie de consejos musicales para
los más jóvenes. Consejos musicales para la casa y para la vida

Todos son para seguirlos al pie de la letra excepto uno: "Un hermoso libro sobre
música: Sobre la pureza del arte musical, de Thibaut. Léelo con frecuencia cuando seas
mayor."
No lo busquéis, porque está descatalogado.

Quizás también le interese:

Carlos, no se si en música popular hubo algún caso como el que comentas pero si se que en lo
que se refiere a pianistas de música clásica o académica hubo uno.

Me refiero al gran pianista y compositor Robert Schumann que un dia al darse cuenta que no
podía mover los dedos de su mano derecha ideó un aparato que colgaba de una polea del
techo y al que se ligaba el anular y el meñique, y así se obligaba a ensayar durante horas y
horas.

Sin embargo, Schumann pronto se dio cuenta de que el método, lejos de funcionar, le estaba
dañando la mano. Veía con asombro y desolación cómo sus dedos se obstinaban en
desobededer sus órdenes y se agarrotaban y se contraían al tocar, sin que pudiera hacer nada
para remediarlo, por lo que se forzaba aún más a practicar con las poleas.

Aquel método, lejos de funcionar, le dañó la mano para siempre y le impidió volver a tocar el
piano.

Robert Schumann padecía una distonía focal, una enfermedad conocida popularmente como
el “cáncer del músico” que se trata de un repentino y misterioso trastorno por el que el
cerebro incorpora un error en un movimiento automatizado y bloquea la movilidad de una
parte del cuerpo; en el caso de los pianistas, de los dedos de la mano.

Gracias esta enfermedad, que lo obligó a apartarse de su carrera como concertista, por lo que
Schumann llegó a convertirse en uno de los compositores más importantes del siglo XIX.

No es el único caso ya que esa enfermedad también afectó a los pianistas Leon Fleischer y Gary
Graffman, aunque no utilizaron las poleas como Schumann.
eldiario.es

En manos de un dios menor


Marcos Pereda Follow @@MarcosPereda2
4-5 minutos

A mi padre la vida le ha ido dibujando llaves inglesas en las manos. No me refiero a


tatuajes, ni siquiera a cicatrices o marcas. No. Quiero decir que sus manos, con los años,
con el uso, han terminado pareciendo llaves inglesas. Una forma de hablar, claro, pero
así es. Grandes, con un pulgar y un índice enormes que parecen poder sacar tornillos.
Ojo, capaces de sostener un libro, de estrechar con delicadeza cuando hace falta, de
dibujar bosquejos grisáceos y exactos de la realidad con un lapicero. Pero semejan
llaves inglesas, o al menos a mí me da la impresión. De tanto usarlas, se les ha pegado
el aspecto.

Es curioso cómo a las personas se les van poniendo manos que recuerdan a sus trabajos.
Fíjense, fíjense, no falla. Los dedos se transforman, se vuelven ganchos, herramientas,
aperos. Las palmas se hacen más ásperas, se llenan de callos en el albañil y parecen más
bien juntas de ladrillos. Hasta el pulpejo se contrae y se dilata dependiendo de su dueño
y, mirando de reojo, se unen las falanges en los faenadores del mar, en los perceberos,
en quienes vuelven cada mañana antes de que el día sea día de zambullirse en un azul
que a esas horas semeja negro.

Dicen que ya el mismo Robert Schumann acabó por romperse los dedos de su mano
derecha para así poder tocar el piano con más velocidad. Que lo hizo cuando contrajo
una enfermedad llamada distonía focal, un trastorno que bloquea la movilidad en ciertas
partes del cuerpo y que al bueno de Robert le afectó precisamente en los dedos. Que
cuando vio que no podía moverlos ideó un aparato de poleas que lo hacía de forma
violenta, y con él se obligaba a practicar durante horas y horas. Que sabía estar
lastimándose, pero no le importó. Y así a Schumann se le puso su mano derecha con
forma de piano de cola, totalmente deformada y casi insensible.

Merece la pena observar por la calle, cuando uno va caminando de vuelta del bar o
dirigiéndose a él, las manos de los demás. Y capturar, en los pinceles a medio
deshilachar de aquel barbudo, la mirada feliz y tierna del pintor; la palma enorme y
redondeada en el conductor o la tiza blanquecina del maestro de escuela.

Pero no hay que irse a casos tan extremos. Pueden observarlo en su día a día. Ver cómo,
por ejemplo, a los marineros les acaban nudosas las manos, con tacto de jarcias y artejos
que parecen poleas. O las rederas que tienen dedos de agujas, tan grandes, tan diferentes
de los afilados, casi metálicos, de las modistas. Y así con todo. Al ganadero le pezuñean
las extremidades, acostumbrado al rumiar sereno, pausado, de las vacas. A los
agricultores les salen azadas al final de los antebrazos y algunos, los más coquetos, se
han plantado flores en las uñas. E incluso las libreras guapas consiguen que índices y
pulgares dibujen líneas con forma de best-sellers, muchos, y libros hermosos, de esos
menos. Así es.
Por eso merece la pena observar por la calle, cuando uno va caminando de vuelta del
bar o dirigiéndose a él, las manos de los demás. Y capturar, en los pinceles a medio
deshilachar de aquel barbudo, la mirada feliz y tierna del pintor; la palma enorme y
redondeada en el conductor o la tiza blanquecina del maestro de escuela, sobre todo los
de esos sitios donde aun pueden verse árboles más allá de las ventanas.

¿Y los escritores? Pues con esos hay que tener cuidado, afinar el ojo y no dejarse
engañar. Porque a algunos, a los buenos, se les ponen letritas en las yemas de los dedos,
como si estuvieran calcadas de tanto haberle dado a la tecla. Y los hay que tienen allí
dibujado el recuerdo emborronado de un lápiz, el olor untuoso de la tinta o cuatro
manchas como las que les salen a los niños cuando juegan con juguetes sucios. Pero eso
son los buenos. A los otros… a los otros tan solo les surgen formas de libro en las
manos. Sin más, ni magia, ni sueño, ni paisaje. Nada. Si acaso el masticar de palabras
que se pierden, y que no vuelven. Cuidado con ellos.

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