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Cuba y Su Democracia - Ricardo Alarcon de Quesada

Este documento resume la resistencia de la Revolución Cubana a 40 años de oposición por parte de Estados Unidos. A pesar de las dificultades económicas causadas por el bloqueo estadounidense y el colapso del campo socialista, el pueblo cubano se ha mantenido unido en torno a su liderazgo y ha defendido sus logros. La Revolución Cubana representa la lucha por la independencia nacional y los ideales de igualdad, justicia y solidaridad, desafiando la arrogancia del imperio estadounidense.

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Cuba y Su Democracia - Ricardo Alarcon de Quesada

Este documento resume la resistencia de la Revolución Cubana a 40 años de oposición por parte de Estados Unidos. A pesar de las dificultades económicas causadas por el bloqueo estadounidense y el colapso del campo socialista, el pueblo cubano se ha mantenido unido en torno a su liderazgo y ha defendido sus logros. La Revolución Cubana representa la lucha por la independencia nacional y los ideales de igualdad, justicia y solidaridad, desafiando la arrogancia del imperio estadounidense.

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Con

esta obra se pone a disposición del público lector una selección


de artículos, entrevistas e intervenciones del doctor Ricardo Alarcón
de Quesada que abordan un tema actual y debatido: la democracia
en Cuba y la lucha por perfeccionarla. Esta compilación, realizada
por Reynaldo Suárez Suárez y ordenada de forma temática, reúne
trabajos que van desde el año1994 hasta el año 2002 en los cuales
el doctor Alarcón de Quesada analiza detalladamente conceptos
tales como «democracia», «parlamentarismo», «democracia
representativa», «participación»; plantea los antecedentes históricos
de los basamentos democráticos en Cuba, comparándolos con otros
países, y explica de manera clara y exhaustiva las peculiaridades de
nuestro sistema democrático participativo.
Ricardo Alarcón de Quesada

Cuba y su democracia
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Primo y Murasaki 21.12.15
Título original: Cuba y su democracia
Ricardo Alarcón de Quesada, 2002
Diseño/Retoque de cubierta: Primo

Editor digital: Primo y Murasaki


ePub base r1.2
«El Estado democrático debe procurar servir el mayor número posible, debe procurar la
igualdad de todos ante la ley, hacer derivar la libertad de los ciudadanos de la libertad pública.
Debe apoyar la debilidad y dar preeminencia al mérito. El equilibrio armónico entre el interés
del Estado y los intereses de los individuos que lo componen asegura la marcha política,
económica, intelectual y artística de la polis, protegiendo al Estado contra el egoísmo
individual y al individuo, gracias a la constitución, contra la arbitrariedad del Estado».
(Pericles, según Tucídides.)

«Tomando la palabra en su rigurosa acepción, no ha existido ni existirá jamás verdadera


democracia (…) No es concebible que el pueblo permanezca incesantemente reunido para
ocuparse de los negocios públicos…». (Juan Jacobo Rousseau.)

«Nada es tan autocrítico como la raza latina, ni nada es tan justo como la democracia puesta
en acción: por eso no es tan fácil a los americanos convencernos de la bondad del sistema
democrático electivo, y tan difícil realizarlo sin disturbios en la práctica». (José Martí.)

«El Estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la justicia y en su


administración participan todos los ciudadanos directamente o por medio de sus
representantes (…) Para nosotros la esencia del problema democrático es tratar de resolver, en
la práctica, ese problema teórico, esa aspiración ideal».(Ricardo Alarcón.)
EN TORNO AL «IMPOSIBLE» REALIZADO

Artículo publicado en la revista Bohemia, La Habana, 7 de


diciembre de 1998

Quienes han tenido el singular privilegio de vivir en este país y participar en


lo que aquí ha ocurrido desde 1959 hasta este final del siglo, pueden sentirse
protagonistas de una hazaña de tan dilatado alcance que a nosotros mismos
nos resulta difícil apreciar. Ella ha prevalecido frente a un poder que muchos
consideran omnímodo y que la ha combatido, día y noche, durante cuatro
décadas. Entre otras cosas, el Imperio ha dedicado portentosos recursos a
tratar de convencernos de que la Revolución era imposible. Lo ha estado
haciendo, en realidad, desde enero de aquel año.
Cuando daba sus primeros pasos, cuarenta años atrás, eran muchos los
que especulaban sobre el destino y la perdurabilidad de la Revolución
Cubana. Los esbirros y ladrones del batistato reagrupados bajo la protección
yanqui planeaban ya el retorno y conspiraban envueltos en lo que
cínicamente denominaron «la rosa blanca». Desde entonces Washington
pagaba y dirigía grupos «opositores» dentro de Cuba y hacía lo mismo con
un «exilio» que fabricaba en el exterior, como acaba de documentar un
informe del Inspector General de la CIA, recién publicado.
Una intensa propaganda explotaba al máximo lo que entonces se
llamaba «fatalismo geográfico»: en Cuba no podía sobrevivir un gobierno
que no contase con el apoyo de Estados Unidos. Así lo indicaba, se decía, la
experiencia de la Guerra Grande, la tragedia del 98, las sucesivas
intervenciones en la república mediatizada, la frustración del 33. ¿Por qué
iba a ser diferente ahora?
El pueblo, sin embargo, fue capaz de arrostrar todos los sacrificios y de
realizar una obra de justicia y desarrollo que ha transformado
completamente el país. A pesar del feroz bloqueo, las agresiones militares,
los sabotajes y las acciones terroristas y una descomunal y sistemática
campaña de tergiversaciones y calumnias, esa obra permanece incólume y
atrae el respeto y la admiración de centenares de millones de personas en
todo el mundo.
Hace ya diez años que se inició el proceso que condujo,
vertiginosamente, al desmantelamiento del campo socialista, la disolución
de la URSS, el restablecimiento del capitalismo en Rusia y el término de lo
que se dio en llamar el «socialismo real». Entonces no fueron pocos los que
abandonaron sus ropajes izquierdistas y se sumaron al coro del
«pensamiento único» y entonaron loas al «fin de la historia». Hubo quienes,
en acrobacia insuperable, saltaron del dogmatismo «marxista» para abrazar
el dogma neoliberal.
Fue cuando otros ganaron fama —y dinero— publicando libros que
describían el inminente derrumbe de la Revolución Cubana. Mercenarios de
las letras, «académicos» incapaces de ver más allá de la «teoría del
dominó»; sus obras hay que buscarlas ahora en librerías de viejo. En
esencia, repetían la antigua monserga batistiana y anexionista.
¿Cómo explicar el fenómeno cubano? ¿Por qué, lejos de caer, la
Revolución, resiste y avanza y con renovada vitalidad, sirve de estímulo a
nuevas fuerzas que siguen luchando para transformar el mundo?
La respuesta adquiere una importancia mayor en un mundo donde la
euforia simplona de los primeros momentos ha dado paso a las dudas sobre
el futuro del sistema que hace apenas unos años se jactaba de una victoria
definitiva e inapelable.
La explicación inicial, obvia, es que la Revolución Cubana no era una
extensión del socialismo europeo sino que fue resultado necesario del
desarrollo de la historia nacional. No fue importada de otra parte. Siendo un
producto enteramente cubano no había por qué suponer que su vida estaría
condicionada a lo que aconteciera con otros allende los mares.
Por otra parte, aunque no le debíamos la existencia al socialismo
europeo, su desaparición sí constituyó un golpe brutal a la economía cubana.
Perdimos abruptamente los mercados y socios comerciales que habían
ayudado a mitigar, en alguna medida, los efectos de la guerra económica
que desde 1959 nos hace Washington. Se producía lo que Fidel ha llamado
doble bloqueo.
Como si esto fuera poco, el bloqueo de los yanquis no ha cesado de
intensificarse: en 1992 con la Ley Torricelli, en 1996 con la Helms-Burton,
ampliada ahora en 1998 con la Ley Presupuestaria que como dijera un
senador norteño «es un Frankestein que no tiene padre ni madre».
Por si lo anterior resultara insuficiente no encaramos una guerra limitada
sólo a la economía, el comercio y las finanzas. Ahí están, para demostrarlo,
las bombas en los hoteles hechas estallar por la Fundación anexionista que
sólo pelea desde lejos y a través de mercenarios, y las acciones para socavar
la Revolución desde adentro —expuestas descaradamente en las tres leyes
mencionadas— empleando también mercenarios pagados por el imperio.
Sin embargo, la recuperación económica continúa, crecen el prestigio y
la autoridad de Cuba en el mundo, la Revolución se fortalece.
Se hace evidente, también, una segunda explicación. El pueblo cubano
ha sido capaz de resistir y de luchar unido alrededor de una jefatura que ha
demostrado firmeza y sabiduría. Los cubanos sabíamos, y sabemos, que no
está en juego solamente un sistema social más justo sino también la
independencia nacional y la identidad propia como pueblo. Aquí, además,
hay una obra que vale la pena salvar y defender, una obra noble, limpia y
hermosa, en la que todos participamos y que no puede ser dañada ni
manchada por los errores y las desviaciones que otros, fuera de Cuba, hayan
cometido.
La Revolución entra en su cuarta década bajo el asedio imperialista que
la ha acompañado desde el primer día. Contra ella todas las armas han sido
empleadas. Cuando cumpla su año cuarenta habrán transcurrido diez desde
que comenzó a desintegrarse el campo socialista y al mismo tiempo se
acentuaba la guerra económica e ideológica contra ella.
Al año de disuelta la antigua URSS, Estados Unidos promulgó la Ley
Torricelli y cuatro años más tarde la Helms-Burton. Ambas, concebidas para
asfixiar totalmente la economía cubana y con la expresa finalidad de hacer
desaparecer a Cuba como nación independiente, tienen efectos que también
lesionan gravemente la soberanía y los intereses de los demás estados del
planeta.
La de Cuba se convierte así en la pelea de quienes resisten la
prepotencia y la arrogancia de Estados Unidos. En su vano empeño por
derrotarnos, el imperialismo tiene que ofender y atacar al mundo entero.
Defender nuestro derecho a ser independientes se identifica hoy
completamente con la defensa de la independencia de cada uno de los
estados.
Pero la batalla de Cuba representa mucho más. Nuestra Revolución, que
empezó el 10 de octubre de 1868, nació de la fusión indisoluble de las
aspiraciones más profundas del hombre: la igualdad, la justicia, la libertad y
la solidaridad. Esos ideales mantienen su plena vigencia y ahora resultan
indispensables si se quiere salvar el planeta y que la especie humana
sobreviva, amenazados como están ambos por un capitalismo salvaje e
irracional que hoy trata de imponerse por todas partes.
Porque Cuba es diferente, porque aquí nos esforzamos en preservar una
sociedad que no se rija por la codicia y el egoísmo individualista, nuestro
socialismo adquiere una significación universal en un mundo que tiene que
buscar alternativas frente al dogma neoliberal. Hoy como nunca antes es
literalmente exacta la advertencia martiana: «Quien se levanta hoy con Cuba
se levanta para todos los tiempos».
Son muchos los que se levantan hoy con Cuba. Su número no dejará de
crecer hasta alcanzar, para todos, la realización del «imposible».
CUBA Y LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA

Intervención realizada por Ricardo Alarcón en la IX Conferencia


de Presidentes de Parlamentos Democráticos Iberoamericanos,
celebrada en Montevideo, Uruguay. Mayo 1998

Un pueblo que entra en revolución no sale de ella hasta que se extingue o la corona.
José Martí

En un reciente estudio la CEPAL señala que Cuba es «una de las economías


menos estudiadas —aunque no la menos interpretada— de América
Latina». Algo parecido podría afirmarse sobre el sistema político de la
mayor de las Antillas, el cual también merecería ser abordado «con mayor
[1]
detenimiento y objetividad posibles» .
No lo intentaré aquí pues haría esta ponencia, inevitablemente,
demasiado extensa. Sólo cabe ofrecer, en consecuencia, una aproximación
que permita comprender sus fundamentos históricos y teóricos, desde la
perspectiva cubana, y apreciar su contenido real. Quienes se interesen por
estudiarlo en profundidad, seguramente podrán hacerlo si se acercan a la
experiencia cubana sin prejuicios y con la actitud recomendada arriba.
La lección de la historia
Lo primero que habría que subrayar para entender el caso cubano en su justa
dimensión es que nuestro sistema no es importado de ninguna otra parte.
Varias décadas de guerra fría —y dentro de ella, y más allá, incluso después
de su muy publicitada terminación, una guerra ideológica y política contra la
Revolución cubana, que no siempre ha sido ni es tan «fría» y que nunca
parece acabar— buscaron introducir en la mente de muchos la idea de que el
sistema político cubano era, simplemente, una copia del «modelo»
soviético, su extensión hasta el Caribe. Si tal hubiera sido el caso, Cuba
habría seguido el camino que han transitado, sin excepción, todos los
estados que en Europa oriental y central se afiliaron a lo que hubo de
llamarse el «socialismo real». Ese fue el pronóstico que avanzaron con la
certeza dogmática de sus autores, libros muy pregonados hace ya varios
años. Embriagados con los beneficios monetarios fácilmente logrados,
ninguno de ellos ha tenido tiempo para escribir la necesaria rectificación.
Pero lo cierto es que un decenio después de la desaparición de aquel
«modelo» la Revolución cubana perdura, vive y se desarrolla, pronto
cumplirá cuarenta años de existencia, la cuarta parte de los cuales —vale la
pena notarlo— ha transcurrido en un mundo sin campo socialista y bajo la
hegemonía estadounidense.
Resulta obvio, por tanto, reconocer lo que ya ha sido demostrado en la
práctica: la autenticidad de esa Revolución, su carácter verdaderamente
independiente. Quienes pretendieron explicarla como un subproducto de la
guerra fría, como una proyección estratégica de la Unión Soviética, deberían
ahora, finalmente, iniciar el análisis donde siempre debió haber estado: en la
Cuba real, su pueblo y su historia.
De esa indagación surgiría la segunda consideración básica: el sistema
de gobierno que hoy tienen los cubanos nace, como evolución necesaria, de
su propia historia. Auxiliada quizás por su relativa brevedad —la nación
cubana y su movimiento de emancipación aparecen hace apenas 130 años—
y por la permanencia, con muy pocas alteraciones, de los mismos factores
externos e internos que la han condicionado, esa historia adquiere un grado
muy elevado de coherencia. La idea de una nación forjada por los propios
cubanos, fundada en la igualdad y la solidaridad entre los hombres,
organizada según sus propias concepciones y que, mediante la unión más
sólida de todos sus componentes, fuera capaz de derrotar no sólo al
colonialismo europeo, sino también al imperio norteamericano y a sus
instrumentos criollos, la recorre sin interrupción.
La guerra para independizarse del colonialismo español sólo comenzaría
en Cuba en 1868, medio siglo después de su culminación en el resto del
imperio americano. No era que faltasen en las Antillas las características
propias de una nacionalidad distinta a la española, con intereses, valores y
aspiraciones diferentes y contradictorias con los de la metrópolis. Tales
rasgos existían acá también cuando en el continente se daban los pasos
necesarios para separarse de España. En el caso de Cuba existían, sin
embargo, dos factores que explican el atraso de su movimiento
independentista, y asimismo contienen las claves para entender su ulterior
desarrollo.
Por un lado, estaba la idea anexionista surgida en los círculos
gobernantes de Estados Unidos casi desde el nacimiento de esa nación. El
propósito de apoderarse de Cuba, que se irá afirmando y concretando a lo
largo del siglo, se manifestaría en la oposición norteamericana a los planes
bolivarianos respecto a las Antillas, en las acciones enfiladas a impedir o
frustrar los intentos liberadores de la emigración patriótica, en una intensa
gestión diplomática para evitar la intervención de los rivales europeos de
Madrid, en varias ofertas de comprar a España su posesión colonial y en el
fomento dentro de la Isla de un movimiento partidario de su anexión a los
Estados Unidos.
El otro factor, que se conjugaría íntimamente con el anterior, era la
peculiar y compleja estructura social de la colonia. La nación cubana había
nacido en una sociedad donde buena parte de la población —la mayoría a
comienzos del siglo— era esclava. Perpetuar el sistema esclavista —y más
tarde, al menos, la servidumbre y la subordinación de la población de origen
africano— sería el principal objetivo de la oligarquía criolla, especialmente
fuerte en el occidente de la isla donde se concentraba, entonces, la
producción azucarera y con ella, el mayor número de esclavos. Esa
oligarquía sería el sustento interno del anexionismo.
De esos factores brotaron las especificidades del proyecto nacional
cubano. Este no consistía solamente en establecer una entidad políticamente
separada de España. Tal propósito, si a ello se hubiesen limitado los
patriotas de la época, era, además, irrealizable. Ese habría sido,
teóricamente, el proyecto político de la oligarquía criolla si hubiera existido
aquí una con capacidad y disposición para dirigir la nación. Pero ese no fue,
nunca, el caso. La Patria cubana, por el contrario, habría que alcanzarla
derrotando también a esa oligarquía esencialmente antinacional que era su
principal obstáculo interno.
¿Cómo podría avanzar la historia en semejante circunstancia? ¿Quién le
abriría cauce a la nación y le permitiría echar a andar?
La respuesta la daría el 10 de octubre de 1868 el sector más altruista de
la aristocracia criolla, fundamentalmente ubicado en las comarcas del
oriente cubano y del Camagüey. Ese día fue proclamada la República de
Cuba en armas pero también, al mismo tiempo, en el mismo acto, la
emancipación de los esclavos. Se inició así una guerra que duró diez años,
tuvo, junto a sus objetivos políticos, un profundo sentido de transformación
social, arrasó con más de la mitad del país, arruinó a sus promotores y
concluyó con la derrota.
Tras ese desastre, durante 17 años, se producirían otras guerras menores,
insurrecciones, intentos y planes fallidos hasta 1895 cuando comenzaría la
guerra convocada por Martí y el Partido Revolucionario Cubano, que
terminaría, tres años después, con la intervención y la ocupación militar
norteamericana y sus secuelas: Enmienda Platt, derecho a la intervención
directa varias veces ejercido, despojo de las riquezas fundamentales del país
y establecimiento de un régimen político enteramente controlado por los
interventores, caracterizado, además, por la corrupción, la violencia, el
abandono incluso de las formalidades de la legalidad republicana.
Los cubanos no fueron precisamente quienes menos pelearon por su
independencia. Lo hicieron, en total, treinta años. No fueron parcos,
tampoco, en sacrificios: al cabo de la guerra había perecido por lo menos, un
tercio de la población.
Fue una lucha además extraordinariamente cruel. Los cubanos
conocieron el genocidio antes que nadie: la reconcentración forzosa de toda
la población campesina en las ciudades dominadas por los colonialistas
costó la vida a 300 mil cubanos, entre 1896 y 1898, y es el único
antecedente del holocausto judío realizado por los nazis cuatro décadas
después.
Ese intento de exterminio completo de los integrantes de una
nacionalidad marcó al rojo vivo la lucha cubana: ella, finalmente, había
alcanzado su geografía completa y al conjunto de sus pobladores. De un
modo u otro, como participante activo en la contienda o como víctima de
una represión generalizada contra el país entero, ningún cubano permaneció
al margen, salvo la exigua minoría de anexionistas y de colaboradores con
España.
Hay que dejar a la imaginación el terrible golpe que sufriría ese pueblo,
la insondable hondura de su frustración, al concluir esa epopeya con otra
servidumbre colonial, y su engendro político, la macabra caricatura de
República en la que reaparecerían, ocupando puestos prominentes, como si
nada hubiera sucedido, precisamente, los representantes de aquella minoría
antinacional.
Quizás el golpe fue aún más brutal porque la intervención y ocupación
por un ejército extranjero no sólo llevó a tan inglorioso desenlace las
hazañas y los sacrificios de treinta años sino que, para asegurar su dominio,
los interventores liquidaron las instituciones que los patriotas cubanos
habían creado afanosamente a lo largo de su prolongada lucha: el Gobierno
de la República en Armas, su Asamblea representativa, el Ejército
Libertador y el Partido que agrupaba a todos los patriotas y guiaba su
sistema institucional.
Porque los cubanos habían recorrido ya un largo trecho en términos de
organización democrática aún en medio de su guerra por la independencia.
Desde el comienzo de ésta, en las circunstancias más difíciles, se dieron a la
tarea de elegir representantes para discutir y promulgar Constituciones,
fundar gobiernos y aprobar normativas que regirían en los territorios
liberados. Esa tradición se mantuvo incólume a lo largo de aquella extensa
brega: Guáimaro, 1869; Baraguá, 1878; Jimaguayú, 1895 y la Yaya, 1897.
Esas cuatro Constituciones expresan el valor que el patriotismo cubano
otorgó a las ideas, al debate y a la concertación intelectual, que
acompañaron siempre al heroísmo del combate físico. Pero esas asambleas
aportaron también un mensaje especial que atesoraron los cubanos de
generaciones posteriores. En ellas nuestros representantes discutieron
profunda y abiertamente, muchas veces partiendo de enfoques muy dispares
y contradictorios, pero al final arribaron siempre a decisiones comunes,
aceptadas por todos. Jamás, como resultado de sus acuerdos, se escindieron
las fuerzas, ni siquiera cuando, como fue sobre todo en la primera, a ella
llegaban representantes de mandos, estructuras y hasta símbolos que se
desconocían recíprocamente.
La más dramática y cuestionable de las decisiones de la Cámara de
Representantes, la injusta destitución del Presidente Céspedes en 1873,
acatada por él, tampoco provocó la división de las filas patrióticas. Esta
vendría después como resultado del fraccionamiento regionalista y las
contradicciones entre los poderes separados dentro del campo republicano,
en el marco de un prolongado y destructor enfrentamiento armado que no
pudo extenderse hasta los centros vitales del territorio, las intrigas
«pacificadoras» de los colonialistas y una cierta reanimación del
anexionismo.
La coherencia de nuestra historia se revela en la interconexión entre las
cuatro asambleas constituyentes, sus debates y resultados. Entre la de
Guáimaro (1869) y la de Jimaguayú (1895) habían decursado 26 años pero,
sin embargo, ésta fue prácticamente la continuación de aquella. Por ello el
texto de la segunda va a superar los errores que estuvieron presentes en
Guáimaro como reflejo de concepciones idealistas y de la influencia que la
Constitución de Filadelfia ejercía en nuestros primeros legisladores. En el
período que separa a ambos documentos, junto a los reiterados esfuerzos
para reanudar los combates, los patriotas habían discutido, hasta la angustia,
las experiencias de la terrible derrota de la Guerra de los Diez Años.
Correspondería a José Martí extraer de ellas las enseñanzas indispensables,
concebir la estrategia y el programa de la Revolución y dedicar su vida
entera a unir a los patriotas para llevarla a cabo.
El primer paso rectificador lo había dado la Constitución de
Baraguá (1878) que regiría en las zonas todavía liberadas de Oriente durante
la continuación de la lucha por Antonio Maceo y quienes se negaron a
aceptar la derrota.
Se había producido también, durante la Guerra Grande, una
transformación esencial, aportada por ella y que sería determinante para el
destino nacional. Entre sus principales jefes y en la gran masa de los
combatientes, estaban muchos cuyos padres o ellos mismos habían sido
esclavos hasta el 10 de octubre de 1868 y a partir de entonces pasarían a
desempeñar un papel protagónico en la conformación del futuro del país.
Ellos, otros obreros y artesanos y la masa de trabajadores emigrados —
incrementada por la profunda crisis del régimen colonial— junto a la
intelectualidad progresista integrarían las principales fuerzas del
movimiento patriótico.
Al iniciar la etapa final y decisiva, en 1895, ya habían arribado a un
consenso fundamental: el poder del pueblo no puede escindirse entre
estructuras institucionales contrapuestas que alentarían, en última instancia,
las divisiones y el regionalismo que habían hundido en la bancarrota la
epopeya inicial.
Más aún, para sellar la unión indispensable, la acción del pueblo debía
dirigirla una sola organización, de un tipo nuevo y diferente, no creada para
promover los intereses de un segmento de la población, sino precisamente,
para que, aglutinando todos los factores y sus aspiraciones, fuera el Partido
de la Revolución, el guía y conductor de la nación entera, de la sociedad en
su conjunto. Un Partido cuya misión no se limitaría a lograr la
independencia política —respecto a España y a los Estados Unidos— sino
que tendría por meta la instauración de una República igualitaria y solidaria.
Dicho con palabras de Martí: «Revolución no es lo que vamos a hacer en la
manigua sino lo que vamos a hacer en la República».
Por ella habría que seguir peleando hasta conquistarla, finalmente, en
enero de 1959.
Las grandes transformaciones ocurridas desde entonces en Cuba,
abrirían numerosos e insospechados cauces para la incorporación del pueblo
a la conducción real de la sociedad en la que asumiría un nuevo y siempre
creciente protagonismo. Sobre esa base surgiría y se desarrollaría una nueva
institucionalidad y un sistema electoral, plasmado en la Constitución de
1976, discutida masivamente y aprobada en referéndum por más del 97%
del electorado, cuya esencia describimos a continuación.

Características principales de nuestro sistema


electoral
Inscripción universal, automática y gratuita de todos los ciudadanos.
Se trata de un derecho que se ejerce con la máxima facilidad al acceder
a la edad de 16 años. Las listas de electores se hacen públicas en cada
circunscripción, antes del inicio de cada proceso electoral, para
propiciar que todo ausente, por el motivo que fuere, reclame y obtenga
su incorporación. Si aún así por cualquier causa no apareciese en la
lista correspondiente, puede incorporarse a ella en el momento de la
votación en el lugar de su residencia, acreditando sólo su vecindad y
edad.
Postulación de los candidatos por los propios electores. La base de
nuestro sistema institucional son los delegados de circunscripción que
se agrupan en consejos populares e integran las asambleas municipales.
Los candidatos para esa responsabilidad —dos como mínimo y hasta
ocho— son propuestos y elegidos directamente por los electores en
reuniones públicas de las diversas zonas vecinales que componen cada
circunscripción electoral. A lo largo del mes de septiembre de 1997 se
llevaron a cabo 36 343 reuniones de ese tipo en las que participaron
más de 6 731 000 electores. En ellas fueron postulados 31 276
candidatos, entre los cuales se eligieron, mediante voto directo y
secreto de los electores, 14 533 delegados de circunscripción en las
elecciones municipales efectuadas en octubre de ese año. Para ser
elegido hay que recibir más del 50% de los votos válidos.
Inexistencia de campañas electorales. La difusión de las fotos y las
biografías de los candidatos es una tarea que realizan, exclusivamente,
las comisiones electorales en cada circunscripción. Los candidatos no
pueden realizar ninguna actividad en favor de su candidatura.
Total limpieza y transparencia de los comicios. Al comenzar el día los
integrantes de la mesa de votación invitan al público a comprobar que
las urnas están completamente vacías antes de proceder a sellarlas y
ponerlas bajo la custodia de los niños que las cuidarán durante toda la
jornada. El voto es totalmente secreto. Al concluir la votación se
realiza el escrutinio de forma pública en el propio colegio electoral.
Además de los ciudadanos cubanos que quisieran hacerlo son
numerosos los diplomáticos, periodistas y visitantes extranjeros que
han estado presentes y comprobado libremente el desarrollo de
nuestros comicios. Sólo el acto individual de marcar la boleta, lo
realiza en total secreto cada elector quien después la deposita en la urna
vigilada por los niños. Los resultados finales de cada colegio electoral,
con los votos obtenidos por cada candidato, los anulados y los
depositados en blanco son expuestos, públicamente, en cada colegio y
en otros lugares de cada circunscripción.

Para elegir a los delegados provinciales y a los diputados a la Asamblea


Nacional se aplican los mismos principios ajustados al hecho de que ellos
deberán ser electos por un electorado mucho mayor, por distritos electorales
que comprenden numerosas circunscripciones, generalmente varias docenas
de ellas. Hasta 1992 las asambleas provinciales y la Nacional eran
integradas con personas elegidas por las asambleas municipales, es decir,
que eran, a ese nivel, elecciones de segundo grado. A partir de la reforma
introducida ese año a la Constitución y a la Ley Electoral, las asambleas
municipales deciden quiénes serán los candidatos pero todos ellos son
sometidos a elección por todos los electores del respectivo distrito electoral.
Alrededor de la mitad de esos candidatos son también delegados de
circunscripción, los demás pueden ser otras personas de la localidad o
dirigentes nacionales o territoriales. Las propuestas para integrar esa
candidatura las hacen los propios delegados de circunscripción y las
diversas organizaciones sociales —por ejemplo, entre otros, los sindicatos
obreros, las asociaciones campesinas, las organizaciones estudiantiles—,
son objeto de numerosas consultas y del análisis por las asambleas
municipales que deciden a quiénes habrán de presentar como candidatos al
conjunto de los electores. Los candidatos a nivel nacional y provincial
tienen reuniones y encuentros con los electores de su distrito —lo que
pudiera denominarse una campaña electoral— pero lo hacen juntos,
excluyendo toda forma de promoción individual.
En todas nuestras elecciones el voto es enteramente voluntario, aunque
se procura estimular la mayor concurrencia a las urnas y se les facilita a
todos poder hacerlo. En las últimas elecciones para la Asamblea Nacional y
las provinciales, efectuadas el 11 de enero de 1998, se habilitaron 33 045
colegios electorales para acercar lo más posible a los electores los lugares de
votación.
En esas elecciones votaron 7 931 229 electores para un 98,35% del total
y resultaron válidos el 94,98% de los votos emitidos. Trabajaron
voluntariamente en su organización y realización, en las comisiones y mesas
electorales 262 797 ciudadanos y atendieron las urnas unos 264 360 niños.

Otras características importantes de nuestro


sistema representativo
Ningún representante, diputado o delegado, a ningún nivel, recibe
remuneración alguna —salario, dieta o cualquier otra prestación o
beneficio— por el desempeño de la labor para la que fue elegido.
Como norma no son políticos profesionales. Quienes deben dedicarse a
tiempo completo a esas actividades, para dirigir y asegurar el
funcionamiento de las asambleas, reciben el mismo salario que tenían
anteriormente en el lugar de trabajo de donde procedían y a donde
regresarán, normalmente, una vez concluido su mandato. Semejante
procedimiento se sigue con aquellos a los que sean asignadas
responsabilidades temporales por las asambleas o sus comisiones.
Todos los elegidos deben rendir cuenta de su labor periódicamente ante
sus electores, quienes pueden revocar sus mandatos en cualquier
momento.

La democracia más allá de las elecciones


El sistema electoral antes descrito, busca incorporar lo más posible las
formas de democracia directa al carácter inevitablemente representativo que
debe tener la institucionalidad en una democracia moderna. En la nuestra,
como en cualquier otra sociedad contemporánea, el ciudadano delega parte
de sus potestades en sus representantes electos y éstos ejercen una función
de intermediación entre el individuo y los órganos de dirección de la
sociedad. Pero de varios modos nuestro sistema promueve la participación
real de la gente y la vinculación efectiva de los elegidos con ella, desde la
postulación de los candidatos por los propios electores hasta el control de
estos últimos sobre los primeros mediante los mecanismos de rendición de
cuenta y revocación.
Aún así este sistema electoral no agota el contenido democrático de la
sociedad cubana. La activa participación ciudadana no se limita a escoger,
postular, elegir, controlar y revocar a sus representantes.
Esto es sólo el reflejo de una participación mucho más amplia,
sistemática, consustancial a todos los aspectos de la vida social.
Desde los primeros días de enero de 1959, cuando aseguró su victoria
definitiva mediante la huelga general que paralizó totalmente el país, el
pueblo ha sido el principal protagonista de la Revolución cubana. En su
defensa —con las milicias de obreros, campesinos y estudiantes, con los
Comités de Defensa de la Revolución que agrupan a casi toda la población
mayor de 14 años—, en el desarrollo de sus conquistas sociales —la
eliminación del analfabetismo, las campañas masivas de vacunación infantil
—, en la edificación económica —las zafras del pueblo, el trabajo
voluntario—, han participado millones de cubanos, han sido tareas
realizadas por todos, parte de la vida cotidiana de cada cual, expresión de
una nueva cultura solidaria.
Parte de esa cultura es analizar las más diversas cuestiones e intervenir
en la adopción de las decisiones correspondientes, desde los planes y
objetivos económicos —asambleas de eficiencia—, o el desempeño del
centro laboral —asambleas sindicales— hasta proponer y aprobar los
militantes del Partido y de su organización juvenil.
Existe una cultura participativa que va mucho más allá de la
intervención real de los ciudadanos en su sistema representativo, que, en
rigor, lo sustenta y es garantía de perenne renovación y vitalidad. Porque el
desarrollo democrático para ser genuino necesita fundarse en toda la riqueza
creadora de una vigorosa sociedad civil y ésta sólo alcanza su plenitud allí
donde las organizaciones e instituciones que la expresan intervienen
efectivamente en la dirección y el control de la sociedad misma.
Junto a organizaciones nacidas varias décadas antes de la Revolución
como la Federación de Estudiantes Universitarios (1922) y la Central de
Trabajadores de Cuba (1939), el proceso iniciado en 1959 promovió la
creación de otras organizaciones que agrupan a los campesinos, a las
mujeres, a los estudiantes secundarios y a los niños. A ellas se suman
numerosas asociaciones de profesionales y otras que reúnen a diversos
sectores de la sociedad a partir de sus intereses específicos, incluyendo los
discapacitados (por ejemplo, los sordos acaban de realizar su Congreso
nacional).
Esas organizaciones y asociaciones abarcan prácticamente el universo de
actividades, intereses y problemas que conciernen a todos los cubanos. Ellas
tienen una existencia dinámica que incorpora al conjunto de la población.
Pero más importante aún, es el papel que desempeñan en la sociedad donde
ninguna decisión sobre asuntos que les conciernen es adoptada sin su
consentimiento. En el calendario cubano es imposible encontrar un día en
que no se produzcan, simultáneamente, asambleas o reuniones de las
mismas para examinar cualquier asunto y siempre también con la
participación de representantes del Gobierno.
Una mirada alrededor de Cuba hoy, ilustra esta realidad. En todos los
centros laborales, entre febrero y mayo, los trabajadores realizan un ciclo
más —lo hacen dos veces cada año— de las asambleas por la eficiencia
económica donde comprueban los acuerdos de la anterior, examinan el
informe que les presenta la dirección administrativa, discuten sus planes y
objetivos y aprueban las medidas que consideren necesarias. Pero también
ahora en cada circunscripción electoral los delegados a las asambleas
municipales del Poder Popular rinden cuenta a sus electores —deberán
hacerlo otra vez en la segunda mitad del año— sobre la labor realizada por
ellos desde el pasado octubre, en reuniones en que la comunidad aborda
igualmente cualquier otro asunto de interés. Y en esos mismos barrios, los
vecinos están discutiendo, ahora también y en reuniones igualmente
abiertas, el documento base para el próximo Congreso de los Comités de
Defensa de la Revolución. Son decenas de miles de reuniones, en todo el
país, en las que intervienen millones de cubanos. En ellas deben participar,
en la medida de sus posibilidades, los diputados y los delegados a las
asambleas provinciales (físicamente nadie podría asistir a todas las que
tienen lugar dentro de su distrito electoral pero, por otra parte, todos saben
que deben hacerlo al máximo posible y que sobre esto, ellos, igualmente,
tendrán que rendir cuenta a sus electores).
Por supuesto que paralelamente están ocurriendo muchas otras
actividades en la sociedad cubana, en sus diversas esferas, que involucran,
asimismo, a importantes segmentos de la población (por ejemplo, los
jóvenes y los intelectuales están enfrascados igualmente en la preparación
de sus próximos congresos). Los tres casos referidos en el párrafo anterior,
los destacamos solamente porque ellos guardan relación sistémica con los
órganos del Poder Popular.
En Cuba el Parlamento no es una institución separada y por encima de la
sociedad, integrado por individuos poseedores de un don excepcional, el de
asumir y ejercer la soberanía, otorgado por el pueblo quien, en teoría, es su
único dueño. Para nosotros la esencia del problema democrático es tratar de
resolver, en la práctica, ese problema teórico, esa aspiración ideal, que ha
acompañado a la civilización desde épocas remotas: alcanzar el
autogobierno, la dirección real, de abajo a arriba, de la sociedad por el
pueblo, no sólo en apariencia sino concretamente, lo cual sólo es posible,
cuando el gobierno existe para el pueblo. Este debe dejar de ser, para
siempre, espectador y pasar a convertirse en actor, protagonista.
Además de sus funciones normales, legislativas y fiscalizadoras, nuestra
Asamblea Nacional y las provinciales y municipales conforman un sistema
que se orienta, sobre todo, a incorporar a esas funciones, sistemática y
permanentemente, al conjunto de la sociedad. Se trata, en definitiva, de
encarar y superar creadoramente la vieja dicotomía representación-
participación desplegando, en todas sus potencialidades, lo que Kelsen
describiera como la «parlamentarización de la sociedad».
Algunos observadores extranjeros suelen criticar la ausencia en el
Parlamento cubano de ciertos rasgos asociados comúnmente a la imagen de
esa institución. Se supone que ésta sea un lugar donde un grupo de personas
emplean largas jornadas debatiendo entre ellas cuestiones de interés para
toda la población en cuyo nombre y representación actúan.
En el nuestro ese elemento queda reducido a las sesiones plenarias que
efectuamos, todos los diputados, durante los períodos de sesiones y que
duran pocos días. Pero sería erróneo apreciar su actividad limitándola a ese
ángulo.
Nuestros diputados deben dedicar muchísimas más jornadas al trabajo.
Sólo que van a hacerlo en otro tipo de reuniones, en sus territorios, entre
ellos e integrados con otros representantes de la comunidad o con la
comunidad misma.
Igualmente se equivocaría quien pensase que el estudio de cualquier
tema queda confinado al que se da durante los períodos de sesiones. En
realidad lo que ocurre es que el examen se ha multiplicado fuera de ese
marco y que a él se ha incorporado una cantidad de personas cuya cifra
reproduce en progresión geométrica el número de diputados.
La severa crisis económica que enfrenta Cuba como consecuencia de la
desaparición de la Unión Soviética y el recrudecimiento del bloqueo
norteamericano expresado en leyes como la Torricelli (1992) y
Helms-Burton (1996), ha puesto a prueba nuestro sistema político o más
exactamente, le ha permitido demostrar su capacidad de afrontar las
mayores dificultades, desarrollar su creatividad y mostrar las cualidades que
le son propias.
La IV Legislatura de la Asamblea Nacional se instaló en marzo de 1993
en los momentos más agudos de la crisis y sus miembros, empleando el
estilo y los métodos antes aludidos, la colocaron en el centro de su atención
y le dedicaron la mayor parte de su Segundo Período Ordinario de Sesiones.
Después de dos días de discusión, el 28 de diciembre, la Asamblea decidió
convocar a todo el pueblo a proseguir el mismo debate que habría de
desembocar nuevamente en la propia Asamblea en mayo del siguiente año.
Entre una y otra Sesión, durante cuatro meses, se llevaron a cabo decenas de
miles de reuniones, en las que participaron millones de ciudadanos, en cada
uno de los centros de trabajo o de estudio y otros lugares del país. Todos los
cubanos pudieron opinar y elaborar propuestas, sobre medidas de carácter
general o particulares de cada centro, en un proceso que nuestros
trabajadores, denominaron «parlamentos obreros» y que el profesor Kelsen
habría podido identificar como manifestación elocuente y útil de
«sorprendente hipertrofia» del parlamentarismo.
Por aquellos días no eran pocos quienes en el extranjero nos criticaban
por una supuesta «inacción» frente a la magnitud de los desafíos que
encaraba nuestra economía. Al parecer, la frecuencia con que en el mundo
se deciden centralmente, por un grupo reducido de personas y con cierta
rapidez, «paquetes de medidas» que afectan la vida de millones, dificultaba
percibir lo elemental: en una sociedad democrática, ese tipo de decisiones
tiene que reflejar el más sólido consenso y él sólo puede resultar de la más
amplia discusión, con la participación de todos.
Al momento de escribir estas líneas la economía cubana continúa su
curso de recuperación iniciado hace tres años. Se han preservado, además,
las principales conquistas sociales de la Revolución: servicios de salud y
educación completamente gratuitos y que cubren a toda la población y el
más amplio sistema de seguridad y asistencia social que garantiza que
ningún cubano carezca de la protección necesaria. Todo ello a pesar de la
magnitud del golpe sufrido por la economía y que el bloqueo
estadounidense no cesa de intensificarse.
El acuerdo adoptado en mayo de 1994 sirvió de base y guía para otras
legislaciones y para acciones del Gobierno en el enfrentamiento de la crisis.
Unas y otras han sido emprendidas y ejecutadas con similar espíritu de
amplia participación ciudadana.
Otra expresión de la incorporación real de la gente al quehacer
parlamentario, aparece en el modo de operar de las comisiones permanentes
de la Asamblea Nacional especialmente en cuanto se refiere a las audiencias
públicas en las que, además de especialistas y funcionarios, participan las
personas que deseen hacerlo (en varias ocasiones, el autor ha encontrado en
algunas de ellas, a diplomáticos extranjeros y en otras a cubanos que residen
permanentemente fuera de Cuba). Durante la pasada legislatura se
efectuaron, a lo largo de todo el país, más de 50 series de audiencias de ese
tipo, para examinar igual número de temas y donde participaron miles de
compatriotas. En ellas no se incluyen las que realizamos para analizar la Ley
Helms-Burton —cuyo texto íntegro hemos publicado en media docena de
ediciones y difundido masivamente— y nuestra Ley de Reafirmación de la
Dignidad y la Soberanía Cubanas, que han abarcado prácticamente a toda la
población. Por su parte, las asambleas provinciales y municipales organizan
sus propias audiencias.
Los cubanos no pretendemos haber alcanzado un nivel de desarrollo
democrático que no pueda ser superado. Al contrario son varias e
importantes las innovaciones que hemos introducido al sistema y a sus
métodos y mecanismos y constantes los esfuerzos que hacemos para
perfeccionarlo. Lograr la participación plena, verdadera y sistemática del
pueblo en la dirección y el control de la sociedad —esencia de la
democracia—, es una meta por la que se debe luchar siempre. Quien de
verdad crea en ella difícilmente pueda sentirse conforme con lo logrado,
encontrará siempre nuevos hallazgos que serán motivo de otras búsquedas.
En ese sentido, la lucha por la democracia y la democratización de las
sociedades, es universal, necesaria, válida para todos los países y para todos
los pueblos.
Lo que los cubanos sí afirmamos es que vivimos en una sociedad
democrática, que tenemos un Estado y un Gobierno democráticos y no
dejamos de trabajar para que lo sean cada vez más.
Aparte de los diversos criterios que a lo largo de la historia han usado
los pensadores para definir la democracia, no debe resultar muy riesgoso
sugerir que la opinión del propio pueblo involucrado deba tener algún peso.
Y es de muchos modos como el pueblo cubano demuestra no sólo que está
de acuerdo con su sistema y lo respalda, sino que participa en él permanente
y conscientemente. Dicho de otro modo, quienes tenemos responsabilidades
de dirección en la sociedad cubana ciertamente nos vemos en la necesidad
de argumentar con extranjeros y fuera de Cuba para defender nuestro
sistema, pero dentro de Cuba y con los cubanos nuestra tarea es
extraordinariamente sencilla, son realmente muy pocos, poquísimos,
aquellos a los que hay que convencer. En ese sentido los políticos cubanos
disfrutan de una situación poco común.
Desde su irrupción en la Antigua Grecia la idea de la democracia ha
estado presente en las reflexiones de los filósofos y en las luchas concretas
de la gente. Habiendo recorrido tan largo camino no es difícil comprobar
como ella ha estado asociada a un debate interminable y que éste se ha
relacionado con la propia evolución del entorno social, el progreso técnico-
material, la contribución de la ciencia y del pensamiento, el desarrollo de la
cultura, los valores éticos, los cambios, en fin, de todo género, que han
acompañado a la humanidad y la han ido conformando.
Sin pretender resumir aquí ese milenario proceso, creo que es posible
extraer de él algunas conclusiones, objetivamente, al margen del punto de
vista —digamos, para simplificar, de izquierda o de derecha— que cada cual
pueda tener. La primera es que se trata de una cuestión importante, un
problema cuya solución no es sencilla ni fácil. La historia de la civilización
occidental lo ha demostrado con creces.
La segunda es que la idea de la democracia como organización política
de la sociedad ha estado vinculada a una concepción ideal de la sociedad
misma. La cuestión de la igualdad entre los hombres y la posibilidad de su
realización práctica, la han acompañado a lo largo del tiempo.
Democrática sería una sociedad establecida para el bien de todos los
ciudadanos y todos ellos deberían participar en su dirección como único
medio de asegurar que así sea. Este concepto es tan raigalmente esencial al
ideal democrático que lo definió incluso en las ciudades griegas donde no
eran pocos los siervos que no poseían los atributos de la ciudadanía.
Desde entonces también aparecía el más antiguo y persistente problema
para una sociedad así concebida. ¿Cómo alcanzar la participación de todos?
¿Cómo lograrlo cuando inevitablemente la totalidad del pueblo soberano,
debería delegar en algunos el ejercicio de la autoridad? ¿Es delegable la
soberanía? ¿Es posible, en la sociedad moderna, superar la antinomia
representación-participación?
El estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la
justicia y en su administración participan todos los ciudadanos directamente
o por medio de sus representantes.
Justicia, participación y representación son conceptos, naturalmente,
debatibles. Alrededor de ellos, de su definición teórica y del alcance que
deben tener en términos reales, se han adoptado diversas posiciones. En una
justa perspectiva histórica —y tomando en cuenta, además, la diversidad de
experiencias y culturas que forman la humanidad— no parece sabio excluir
completamente a ninguna de ellas.
La única posición realmente merecedora de total descalificación es
aquella que niega la existencia del problema y que pretende convertir un
tipo determinado de organización social en la respuesta definitiva, final e
inapelable que, por lo tanto, no puede cambiar, no requiere más
transformaciones.
Esa es la posición oficial del gobierno de Estados Unidos para el cual
esta importante cuestión, este fundamental tema de la cultura, no es otra
cosa que un instrumento de sus designios hegemonistas.

Democracia «Made in USA»


El gobierno de Estados Unidos en su tenaz oposición a la Revolución
Cubana usurpa un concepto que no le pertenece y además, lo prostituye.
En sus campañas difamatorias contra nuestra Revolución, para denigrar
su sistema político, describe a Cuba como «el único país no democrático del
hemisferio occidental».
La retórica anticubana de Washington llega, a veces, a una sinceridad
muy reveladora. En muchas ocasiones ha reconocido que busca para Cuba
«la democracia representativa y la economía de mercado» e incluso, en
momentos de singular franqueza, ha abreviado la fórmula como
«democracia de mercado». No sólo ha dado por resuelto, de un golpe de su
multimillonaria propaganda, la cuestión de la representación sino que, al
mismo tiempo, ha liquidado una de las aspiraciones más antiguas y
legítimas de la humanidad, la de la búsqueda de la igualdad entre los
hombres.
La plutocracia estadounidense liquida así lo mejor del pensamiento
occidental y reduce a cenizas el sueño de Lincoln. Nada tiene que ver, en
efecto, con el gobierno para el pueblo, el estado neoliberal, maniatado,
prescindente, reducido sólo a garantizar la irrestricta libertad de las fuerzas
del mercado. Tampoco podría ser él, evidentemente, un gobierno por el
pueblo. Este tiene que conformarse con la apariencia de ser representado,
con la ficción de la representación.
En su campaña contra Cuba la propaganda de Washington trata de crear
la imagen de una supuesta «oposición» perseguida y reprimida por la
Revolución. De ese modo busca confundir a gentes honestas en América
Latina que recuerdan con horror sus propias experiencias con regímenes
militares que recientemente cercenaron brutalmente allí las libertades
ciudadanas. Según ella, todos los países han superado esa etapa y ahora
viven en democracia, sólo en Cuba continúa la «dictadura».
Procura ocultar así lo que ha sido, sin embargo, comprobado
fehacientemente, con abundante documentación oficial norteamericana:
desde los comienzos de la Revolución cubana, y hasta el día de hoy, el
gobierno norteamericano ha creado, organizado, dirigido, entrenado y
financiado a la llamada «oposición cubana», dentro y fuera de Cuba.
En 1991 el Departamento de Estado publicó en Washington un conjunto
de documentos que cubren el período 1958-1960. Es un libro voluminoso
con más de 1200 páginas. Ahí se comprueba la estrecha vinculación de
Estados Unidos con la tiranía batistiana, y su ayuda a Batista y sus asesinos,
torturadores y ladrones luego que escaparon de Cuba el primero de enero de
1959. Fue ese apoyo a una dictadura feroz y corrupta, antes y después de su
caída, el verdadero origen del enfrentamiento entre Washington y el
Gobierno Revolucionario, al asumir aquel la defensa de quienes habían
destruido la «democracia representativa» cubana y llevaron a cabo las más
groseras, sistemáticas y masivas violaciones de los derechos humanos entre
1952 y 1958.
El lector puede encontrar allí copiosa información que demuestra,
además, como desde 1959, el primer año de la Revolución, Estados Unidos
se dio a la tarea de fabricar la «oposición cubana». Esa faena la emprendió
mucho antes que se hubiese adoptado en Cuba cualquier medida de carácter
socialista y cuando no existía vínculo alguno con la Unión Soviética.
Más reciente aún, el 28 de febrero del año actual, la Agencia Central de
Inteligencia, hizo público un documento de octubre de 1961, redactado por
quien entonces era su Inspector General. Aquí se revela como, desde la
primavera de 1959, a un costo de 4 400 000 dólares habían iniciado lo que
denominaron «programa de resistencia interna por medio de asistencia
clandestina externa», el cual comprendía tanto la creación de una
«oposición» dentro de Cuba como «la formación de una organización
exilada cubana». El presupuesto inicial se incrementó rápidamente —según
el Inspector, ya para el año siguiente rondaba los 40 millones— e incluía los
abultados salarios de los denominados dirigentes del exilio —131 000
dólares mensuales, repartidos entre media docena de individuos—, una
emisora de radio —Radio Swan, a la que asignaron 900 000 dólares— y un
semanario para distribución en América Latina, Bohemia Libre, que le costó
a la Agencia 35 000 dólares por edición.
Esas cifras, desde luego, habrían de multiplicarse varias veces a partir
del siguiente año —cuando se produciría la invasión de Playa Girón— y
hasta la actualidad. Aquella relativamente modesta Radio Swan, por
ejemplo, fue reemplazada por la propia Voz de los Estados Unidos y desde
1985 la llamada «Radio Martí». Sin un día de interrupción, a toda hora,
durante casi cuarenta años, los servicios de propaganda norteamericanos,
dirigidos directamente a la población cubana, para crear y dirigir a la
«oposición», han gastado varios centenares de millones de dólares. A ellos
habría que sumar cifras mucho más elevadas para otras actividades, también
reconocidas oficialmente por Washington, tales como atentados, sabotajes,
terrorismo y alzamientos contrarrevolucionarios.
La verdad es que la Revolución cubana ha debido enfrentar una
oposición «made in USA», dentro y fuera de sus fronteras. Esa «oposición»
posee una característica absolutamente única: ha sido fabricada, dirigida y
sostenida, durante cuatro décadas, por un gobierno extranjero, la mayor
potencia de la tierra y de la historia. Ella ha sido y es instrumento de un
proyecto imperialista al que Estados Unidos ha dedicado recursos
comparables a su ayuda al desarrollo para América Latina en el mismo
período.
Que esa «oposición» haya sido y sea rechazada por el pueblo cubano, no
debería sorprender a nadie. Creada por el imperialismo con una finalidad
antipatriótica y antinacional estaba condenada políticamente a la derrota
desde su origen. Se trata de una «oposición» que sólo podría lograr sus
propósitos si tuviera éxito el designio anexionista contra Cuba.
La Ley Torricelli (1992) y la Helms-Burton (1996) incluyen secciones
específicas con disposiciones sobre la «ayuda» política, material,
propagandística, financiera y logística para los grupos «opositores» dentro y
fuera de Cuba. Ese es uno de los aspectos novedosos de ambos textos
legislativos: proclamar, pública y abiertamente, lo que no han dejado de
hacer nunca.
¿Es lícito ignorar esas realidades y comparar la situación de la Cuba
revolucionaria con la del resto de los países del Hemisferio? ¿Es decente
equiparar a la «oposición» contrarrevolucionaria con cualquier organización
política del Continente?
El imperio invisible
Es posible que si Alexis de Tocqueville reviviera y volviese a visitar los
Estados Unidos sentiría la necesidad de reescribir su famoso libro. Quizás le
sorprendiera, entre otras cosas, la aparente paradoja que resulta de la ruidosa
insistencia de sus políticos en proclamar su sistema como modelo que
obligatoriamente tiene que imitar el mundo entero y la realidad de una
sociedad caracterizada por la mercantilización de la política, la corrupción
de los políticos y el siempre creciente distanciamiento del pueblo respecto a
ambos.
Han pasado ya muchos años desde que Woodrow Wilson hiciera su
conocido diagnostic sobre la democracia estadounidense: «The Goverment,
wich was designed for the people, has got into the hands of their bosses and
their employers, the special interests. An invisible empire has been set up
above the forms of democracy».
Es probable que también el ex-Presidente se sorprendería si pudiese ver
hasta dónde se ha extendido ese imperio y como ya es perfectamente visible
y reemplaza hasta «las formas» de la democracia.
Sería interminable el análisis de los vicios que calan el sistema y las
prácticas electorales norteamericanos cuyas manifestaciones aparecen,
además, diariamente en hechos que trascienden, de un modo u otro, al
conocimiento público.
Intentemos una relación necesariamente sumaria.
Se puede afirmar categóricamente que la mayoría de las personas que
forman la sociedad estadounidense carecen por completo de derechos
electorales, o no pueden o no quieren ejercerlos. Al primer grupo pertenecen
varios millones de extranjeros que allí residen legalmente (no hablo ahora
de la incalculable cifra de los indocumentados ni de los numerosos
trabajadores de estación), trabajan muy duro, pagan impuestos, están sujetos
a las mismas leyes que los demás, nutren sus fuerzas armadas cuando es
necesario, pero carecen de derechos políticos por no ostentar la ciudadanía.
A fines de la pasada década comprendían unos 7.3 millones de adultos.
El segundo grupo lo integran los ciudadanos que no están inscritos en
los registros electorales. En 1988 se acercaban a los 70 millones de personas
equivalente a un 40% de la población electoral. Debe suponerse que entre
ellos son muchos los que expresan de ese modo su desinterés por un sistema
electoral en el que no creen, pues lo perciben, justamente, como algo ajeno
y distante. Pero esa no es la única explicación. Hay muchos otros para
quienes no resulta fácil inscribirse en razón de las muy diversas
restricciones establecidas en cada estado de la Unión. Lo cierto es que dos
de cada tres de los no inscritos pertenecen a familias de bajos ingresos y que
«el electorado americano es desproporcionadamente blanco y próspero».
Llegamos, finalmente, al tercer grupo, a los ciudadanos que pueden
inscribirse y efectivamente lo hacen. Ellos, que forman el raquítico cuerpo
electoral norteamericano, quienes pueden votar, se interesan cada vez menos
por ejercer ese derecho. Sigue descendiendo, una elección tras otra, el por
ciento de votantes. En la más reciente, la de 1996, alcanzó el punto más bajo
desde 1924. En resumen, el Presidente fue elegido con menos de la mitad de
los votos depositados por menos de la mitad de los electores.
Son menos, cada vez menos, los que votan porque no quieren o no
pueden hacerlo… Al mismo tiempo, siguiendo una línea paralela, es más,
cada vez mucho más, lo que se gasta en el financiamiento de las campañas
electorales.
De acuerdo a datos publicados allá, para la elección presidencial de
1996 los dos partidos —el Demócrata y el Republicano— destinaron, entre
ambos, unos 800 millones de dólares, tres veces más que en 1992. Se
calcula que esa cifra asciende a varios miles de millones si se le suman los
recursos empleados por los candidatos a legisladores.
¿De dónde sale ese dinero? La revista Newsweek apunta que el 99,97%
de los norteamericanos no aporta voluntariamente contribución financiera
alguna a los partidos o a sus candidatos o lo hace en una medida sumamente
modesta. Los aportes proceden, entonces, del 0,03% y según la CNN
(«Democracyfor Sale», octubre de 1997) el grueso de esa suma lo entregan,
exactamente, 340 personas.
Es difícil encontrar otro asunto en que los norteamericanos coincidan
con tal virtual unanimidad (99,97%) y asimismo es imposible hallar otro en
que una ínfima minoría (0,03%) imponga su voluntad y obligue a todos a
hacer algo que evidentemente no desean… en nombre de la «democracia».
Para ello, desde hace tiempo en aquel país, se estableció por ley el sistema
del llamado «matchingfunds» por el cual cada candidato recibe del
presupuesto federal una suma igual a la que obtuvo de sus «contribuyentes».
Así, todos son obligados a «contribuir» aunque no quieran. El 99,97%,
contra su voluntad, aporta de ese modo, en conjunto, una cifra semejante a
la que dio el 0,03% y los seleccionados por 340 personas se convierten en
los candidatos.
Mención aparte merecen las «contribuciones» que entregan las
corporaciones a los partidos, las cuales, aunque finalmente beneficiarán a
los candidatos, no están sujetas a regulación alguna. Es lo que allá llaman
«softmoney» que también se triplicó de 1992 a 1996 y llegó a 260 millones
de dólares.
Alrededor del «softmoney» se generó en Estados Unidos un cierto
alboroto, lleno de inculpaciones mutuas de los dos partidos y aderezadas
con jugosas alusiones a las nuevas funciones de la alcoba de Lincoln,
generosas contribuciones de monjes budistas y no menos espléndidas
donaciones de firmas extranjeras y delincuentes.
Inicialmente se habló de reformas al actual sistema de financiamiento.
Incluso fue presentada al Senado una mesurada propuesta en ese sentido
pero no pudo ser sometida a votación. La Cámara de Representantes, por su
lado, no ha recibido ninguna iniciativa al respecto y está a punto de recesar
para facilitar a sus miembros concentrarse totalmente en… las elecciones
del próximo noviembre.
En realidad acopiar recursos financieros, duros y blandos, es la principal
ocupación del político norteamericano y a ello debe dedicar buena parte de
su tiempo, incluso en un período como el actual en que se le suponía
ocupado en sanear un sistema corrupto. Tiene que hacerlo porque conoce la
verdadera ley que rige el sistema norteamericano: para cada elección desde
1976 los dos partidos seleccionaron como su candidato al aspirante que, el
año precedente, hubiera conseguido más dinero.
Por eso el propio Servicio Informativo del Gobierno de Estados Unidos
anticipó que para los comicios legislativos de 1998 todo seguiría igual. Pese
a que, como él mismo reconoce, el asunto alarma a grupos como la
Asamblea Nacional de Ciudadanos sobre Dinero y Política que llega a
declarar: «el dinero se ha apoderado de nuestra democracia y de la forma en
que ella funciona. Hemos perdido de vista algunos de nuestros principios
históricos, como el de ‘una persona, un voto’».
Los grandes intereses que controlan a los políticos no limitan su
accionar solamente a los períodos electorales. Su permanente labor para
asegurar que las decisiones legislativas les favorezcan ha alcanzado lo que
ya se denomina «industria del lobby» que acaba de superar su propia marca
al desembolsar en 1997 más de 100 millones de dólares, cada mes, para
sufragar, aparte de los salarios y otros gastos de los cabilderos, viajes y
regalos para los legisladores y sus asesores.
Lo reseñado hasta aquí dice lo suficiente sobre el carácter corrupto del
sistema electoral norteamericano. Intentar convertir esa podredumbre en
paradigma para los demás es, por decir lo menos, un despropósito que
movería a risa si la intención no estuviese acompañada de presiones y
amenazas que, en el caso de Cuba, se concreta, además, en una verdadera
guerra económica y política.
Detrás de ese empeño por imponer su «modelo» se oculta, en realidad,
el deseo de sostenerlo dentro de los Estados Unidos donde son muy pocos
—y cada vez menos— quienes verdaderamente creen en él y lo respaldan.
En rigor, la lucha por la democracia a escala internacional pasa por el
esfuerzo que los demócratas deben emprender en todas partes para impedir
que penetren en sus países, como está ocurriendo actualmente, formas y
métodos del sistema norteamericano, acompañados muchas veces con
medios y recursos de ese sistema. Que cada país, cada sociedad, busque y
desarrolle sus propias instituciones, sus vías y métodos autónomos, para
promover la justicia y perfeccionar sus sistemas participativos y
representativos. Esa tiene que ser, si hablamos en serio de democracia, la
tarea de todo demócrata, en cada país y en todo momento. Pero evitando la
contaminación procedente del Gran Certificador.
Estados Unidos y sobre todo el pueblo norteamericano tienen muchas
cosas admirables. Pero entre ellas, no está —nunca lo ha estado y mucho
menos ahora— su sistema político.
No puede porque es el sistema de una sociedad
enferma
Así lo diagnostica, sin quererlo evidentemente, hasta un autor tan
insospechado como Francis Fukuyama. En un reciente artículo, después de
reconocer que los norteamericanos participan cada vez menos en
organizaciones sociales que van desde los sindicatos hasta los boy scouts,
pasando por las asociaciones de padres y los clubes de leones y de rotarios,
el descubridor del fin de la historia, ofrece ahora este nuevo hallazgo: la
sociedad civil norteamericana mantiene, sin embargo, su vigor. Sólo que
ahora florece en Alcohólicos Anónimos, en los grupos que luchan contra el
SIDA y por supuesto… en la «industria del lobby».
Los pueblos merecen mucho más y quienes quieran representarlos no
pueden descansar hasta lograrlo.
EL INICIADOR GRITO DE LA DEMAJAGUA

Discurso en La Demajagua, provincia Granma, el 10 de octubre


de 1998

(…)
La idea, más que el sol, iluminó aquella mañana:
«Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde
ahora, sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para
conquistar su independencia. Los que me quieran seguir que me sigan; los
que se quieran quedar que se queden, todos seguirán tan libres como los
[2]
demás» .
El anuncio, imitado por todos los propietarios que rodeaban a Céspedes
el 10 de Octubre de 1868, marcaría con sello indeleble el carácter de la
guerra.
Con esas palabras, aquí mismo, hace hoy 130 años, comenzó a andar la
nación cubana y se inició nuestra única Revolución, que continuarían
después sucesivas generaciones de cubanos, y durante casi un siglo
derrocharía hazañas, soportaría derrotas y sacrificios, hasta culminar con la
victoria. Nacida del amor ilimitado a la justicia, la igualdad y la dignidad
humana, supo enfrentar con estoicismo las peores adversidades y aprendió a
crecerse ante ellas, sin abandonar jamás sus ideales. Inspiró a los hombres a
ofrendarlo todo y a pelear hasta el fin, sin el auxilio de nadie, siguiendo el
ejemplo de quien este día nos convocó a todos a emprender la marcha. La
misma Revolución que 130 años después, enfrentando obstáculos
semejantes, resiste, persevera y triunfa y puede reconocer en el camino
recorrido el mejor homenaje a quienes tomaron la historia por asalto el 10
de Octubre de 1868.
En aquella sociedad envenenada por el sistema esclavista, liberar a los
esclavos y proclamarlo abiertamente en su primer acto daba al movimiento
que se iniciaba el más profundo carácter radical, lo colocaba frente al
principal problema de la época. Pero Céspedes no se limitó a quebrar las
cadenas que sojuzgaban a aquellos hombres. Fue, de un solo golpe, mucho
más allá.
Los convirtió en ciudadanos con derechos idénticos a los demás, definió
la Patria como un ideal, como un proyecto que pertenecía por igual a
blancos y negros, antiguos amos y siervos y los exhortó a todos, en idénticas
condiciones, al combate. El último tañido de la campana de La Demajagua
no ordenaba al trabajo, ni anunciaba sólo la libertad, invitaba, sobre todo, a
la creación de la obra común.
Fundaba, la única verdadera democracia, la que no reconoce privilegios,
rechaza prejuicios, exalta la virtud, confía en el hombre y a todos incorpora.
Nacía aquí, entonces, la República de Cuba y se iniciaba la lucha para
conquistar la Patria.
La esclavitud era la cuestión decisiva que definía a los cubanos. La
inicua explotación de los seres humanos era la fuente principal de la riqueza
de los criollos acomodados y el sustento del régimen colonial.
Ella había estado presente, a lo largo del siglo, en las reflexiones de
nuestros intelectuales y políticos. Aparecía siempre, como tema dominante,
en los proyectos para reformar el sistema colonial, en los intentos por
modificar las relaciones con la Metrópoli, en los planes para diseñar el
futuro de la Isla y gravitaría después, como pesado lastre, durante la propia
guerra. Estaba vinculada, además, con la pregunta esencial en los momentos
en que Cuba surgía como una entidad diferente y que forzosamente debería
separase de España. ¿Quiénes eran los cubanos? ¿Quiénes conformaban ese
pueblo nuevo?
Es preciso profundizar en nuestra historia para comprender el sentido de
lo ocurrido aquel día y desentrañar la complejidad de un problema que no
quedaría resuelto con un acto noble, de incomparable altruismo, o con su
proclamación formal. Exigiría una lucha que requería tenacidad, firmeza y
sabiduría. Sería parte inseparable de la guerra misma, la marcaría al rojo
vivo y determinaría el curso futuro de nuestra vida como pueblo. El mensaje
de La Demajagua, lanzado por un grupo de propietarios blancos, significaba
una total ruptura con la línea de pensamiento y la conducta que hacia la
esclavitud y hacia el negro habían mantenido los sectores reformistas
incluyendo a aquellos de ideas más avanzadas.
Sus precursores reales no eran esos grupos sino los esclavos que más de
una vez se habían rebelado contra el abominable sistema. Las sublevaciones
matanceras en 1843, ahogadas en un mar de sangre, conmovieron a la
sociedad colonial.
Esos alzamientos provocarían el temor entre los reformistas, los criollos
pudientes que aspiraban a modificar la deprimente sociedad en que vivían
pero, al mismo tiempo, no irían más allá de lo que un imperio anacrónico y
oscurantista fuera capaz de concederles. Frente a sus amos coloniales, los
amos de esclavos nada podían reclamar. Los intentos separatistas más
importantes promovidos por ellos buscaban perpetuar la esclavitud y anexar
la Isla a los Estados Unidos. Significativamente sus principales acciones
fueron expediciones armadas, organizadas y preparadas abiertamente en
territorio norteamericano desde donde salieron hacia Cuba sin mayores
contratiempos en marcado contraste con lo que ocurriría después con los
esfuerzos que desde allí harían los patriotas emigrados. Aquellos
expedicionarios, además, eran casi todos extranjeros, con ellos participaron
muy pocas personas nacidas en Cuba.
A los esclavos, por su parte, sometidos a la más cruel explotación,
aislados en sus barracones, sin acceso a la educación, carentes de medios
para transmitir sus demandas y organizarse, les resultaba prácticamente
imposible asumir la conducción de una lucha de dimensiones nacionales.
Podían —y lo hicieron no pocas veces— rebelarse contra sus amos y
castigarlos o escapar a los montes. Pero no estaban en condiciones de
transformar su lucha en un movimiento que sumara otras fuerzas para
conquistar la igualdad y junto a ella la independencia política, garantía de
que la justicia fuera verdadera y definitiva.
Ese espacio sólo podían ocuparlo los libertos, los artesanos y los
propietarios criollos que estuvieran dispuestos no sólo a abolir
completamente la esclavitud, sino también a incorporar a los emancipados al
proyecto nacional común. No bastaba con oponerse a la trata o censurar los
excesos de la servidumbre humana.
No se trataba de compasión, ni filantropía, ni cálculo económico. Si el
propósito era crear una nación, como exigía la evolución alcanzada por la
sociedad colonial, era indispensable reconocer los factores humanos que la
constituían y lograr su plena integración.
Abolición completa de la esclavitud en todas sus formas y
manifestaciones, emancipación real y ejercicio pleno de la ciudadanía, con
los mismos derechos civiles y políticos de los demás hombres, eliminación
del racismo, incluyendo los prejuicios y la discriminación, eran las
exigencias que planteaba la historia y sólo podría asumirlas un movimiento
profunda y verdaderamente revolucionario.
La esencia de ese movimiento tendría que ser la justicia y la solidaridad.
Fue ese el mensaje fundamental de La Demajagua. Lo proclamaría así, años
después, Antonio Maceo al decir que el 10 de Octubre de 1868: «Cuba
enarboló la bandera de la guerra por la justicia».
Aquella mañana frente a su libertador había apenas una veintena de
esclavos pues a eso se reducía su dotación. No se trataba, por tanto, de una
decisión que tuviese importancia medible en términos militares concretos.
No era para formar con ellos un destacamento de significación para marchar
sobre Yara, objetivo inmediato del Ejército Libertador que entonces surgía.
Veinte hombres no eran nada frente a cien mil soldados del colonialismo o
comparados con los centenares de miles de esclavos que había en la Isla.
Pero era hacia esa masa y sus amos, precisamente, que se dirigía el
mensaje. Se iniciaba un proceso complejo, que tendría altibajos, en el cual,
junto con aferrarse tenazmente a los principios, se procuraría incorporar lo
más posible a otros elementos, sin excluir a los hacendados de Occidente.
La desigual relación de fuerzas que encaraban los patriotas los obligaba a
ello, pero la fidelidad a sus ideales los hizo mantener una trayectoria radical
y consecuente incluso en aquella etapa inicial.
En La Demajagua se había abierto un cauce que permitiría a los propios
esclavos y a los abolicionistas sinceros avanzar, frente a la hostilidad de la
oligarquía azucarera y a temores e inconsecuencias presentes también dentro
del campo revolucionario. El 28 de octubre, el Ayuntamiento de Bayamo
por unanimidad decretaría la abolición inmediata. En abril del 69 la
Constitución de Guáimaro consagraría la libertad de todos los cubanos y el
fin de la esclavitud pero un acuerdo posterior de la Cámara de
Representantes, el 5 de julio, mantendría la sujeción de los antiguos
esclavos al obligarlos a seguir trabajando mediante el Reglamento de
Libertos.
Correspondería a Céspedes anularlo el 25 de diciembre de 1870. Fue
esta decisión suya la que puso fin definitiva y completamente en todo el
territorio de la República a la esclavitud incluyendo la encubierta bajo el
llamado Patronato. Ya antes, el 10 de marzo, el Gobierno Revolucionario
había declarado nulos los contratos de la colonización china, forma apenas
disfrazada de servidumbre.
De ese modo, precisaba Céspedes, se les restituía su «natural calidad de
hombres libres, ejercitando su personalidad con toda amplitud, gozando de
los mismos derechos civiles y políticos que los demás ciudadanos con
perfecta igualdad».
El abolicionismo pleno había ganado y sería la norma dentro del
territorio liberado por la República en Armas. Tendría que seguir librando
duras batallas, sin embargo, contra los hacendados que controlaban en la
parte occidental las mayores riquezas del país y contra sus agentes que en la
emigración promovían el divisionismo y conspiraban contra la Revolución,
para desviar su curso.
El mensaje de La Demajagua alcanzó a todos los cubanos. Uno de los
principales representantes de los hacendados reformistas llegó a afirmar el
24 de octubre de 1868: «Nunca se ha encontrado —Cuba— más cerca de
una verdadera revolución social y socialista».
El general Dulce, por su parte, en el decreto que dictara el 12 de febrero
de 1869 para desatar la represión más feroz contra los independentistas y
quienes les apoyaran, incluyó entre los graves delitos de «infidencia», junto
a la insurrección, la conspiración y la sedición a «las coaliciones y ligas de
jornaleros y trabajadores».
Por eso, entre los primeros mártires de la libertad, hallaron la muerte el 9
de abril de ese año mediante el garrote vil varios obreros tabaqueros
miembros del llamado Gremio de Laborantes, sociedad secreta de La
Habana. Uno de ellos, Francisco de León, al pie del cadalso, pronunció un
ardoroso discurso que concluyó dando vivas a la independencia de Cuba y a
Carlos Manuel de Céspedes.
La acción represiva se concentró especialmente en la asociación de los
tabaqueros, núcleo principal del incipiente movimiento obrero cubano, que
ya había realizado algunas huelgas desde 1865 y cuyos periódicos fueron
suprimidos.
La violencia irracional se desató contra el conjunto de la población
habanera sobre la que se extendió el terror causado por incidentes como los
de los teatros Villanueva y Tacón y el de la acera del Louvre y más tarde el
asesinato de los estudiantes de Medicina.
La represión generalizada provocó el éxodo de una parte sustancial de la
población cubana. Según un historiador español, solamente entre febrero y
septiembre de 1869, por el puerto de La Habana, abandonaron el país más
de cien mil personas.
Entre ellas se iban familias adineradas, pero también núcleos
importantes de trabajadores. Esa emigración hubiera sido un indispensable
apoyo a la Revolución, pero no pudo unirse para enfrentar las intrigas
anexionistas de los grandes hacendados y la sistemática oposición del
Gobierno de Washington.
Los trabajadores emigrados aportaron generosamente de sus salarios
para adquirir armas y preparar expediciones, dedicaron su tiempo a la
defensa de la causa cubana y no pocos entregaron sus vidas en el combate.
De los 156 expedicionarios que conducía el Virginius, 47 eran obreros, 23
de ellos tabaqueros.
El problema de la emigración tendría una importancia decisiva en el
desarrollo de la guerra. En cuanto a los hacendados más poderosos que se
habían marchado al extranjero, sus relaciones con la Revolución serían un
reflejo de la actitud que hacia ella mantuvo ese sector que controlaba las
mayores riquezas de la Isla concentradas en su parte occidental. La Junta de
New York era una prolongación de la Junta de La Habana y una expresión
de sus intereses indisolublemente ligados a la producción esclava. Pese a los
numerosos esfuerzos que orientales y camagüeyanos hicieron con ellos,
desde antes del 10 de Octubre y que continuaría después el Gobierno
Revolucionario, la guerra no pudo extenderse hasta Occidente donde varios
intentos de alzamientos de los patriotas locales fueron desalentados y
frustrados por diversos medios por los dirigentes capitalinos.
Su conducta fue oportunista y traidora. Aparentaban apoyar la
Revolución, siempre que ésta se desarrollase lejos de sus propiedades y la
apoyaban, en realidad, exclusivamente con la esperanza de obtener
concesiones de España o a la espera de la intervención yanki que anexase la
Isla a los Estados Unidos. Este grupo fue esencialmente anexionista y sus
posiciones respecto a la cuestión social y racial no rebasó nunca los límites
del reformismo.
Ello condujo a uno de los aspectos más dramáticos de aquella guerra y a
una de las principales causas de la derrota. La guerra más sangrienta,
prolongada y devastadora de América tuvo un teatro de operaciones
limitado a la mitad más pobre y menos desarrollada del país.
El conflicto no se reflejó en la producción azucarera de la colonia que
continuó básicamente a los mismos niveles durante los diez años, salvo
algunas variaciones causadas por la situación del mercado internacional.
Ello prueba que en ese período los hacendados de Occidente, peninsulares o
criollos, aumentaron los beneficios que obtenían del trabajo esclavo
mientras el resto del país se desangraba por la libertad.
Considerar la Guerra del 68 como un movimiento de los terratenientes y
la burguesía criolla, error en el que algunos incurrieron, es no mirar al fondo
de las cosas. Nunca en la historia de Cuba existió la posibilidad de una
revolución burguesa porque en este país no existió, como clase, una
burguesía nacional. Los hombres que iniciaron la Revolución procedían por
nacimiento de esa clase pero no aplicaron su política ni sirvieron sus
intereses. Los iniciadores de la Revolución, Céspedes en primer lugar,
representaron desde el comienzo las aspiraciones del pueblo, incluyendo la
población esclava, se fundieron con él y lo incorporaron a la conducción del
movimiento a todos los niveles.
Si se quería destacar que esos hombres, desde el punto de vista del
origen familiar, eran nuestros patricios, habría que precisar que formaban un
patriciado jacobino capaz de radicalizarse, junto a las masas explotadas, al
ritmo que avanzaba el proceso.
Por otra parte, la torpe política de la Metrópoli y los desmanes de las
turbas de voluntarios en las ciudades, especialmente en La Habana,
colocaron a muchos de aquellos hacendados en situaciones difíciles y
dañaron en algunos casos sus propiedades o los hicieron víctimas de la
represión. Desde la perspectiva de los revolucionarios esa realidad
justificaba los esfuerzos para atraerlos a la causa, buscar su apoyo o
neutralizarlos.
La Revolución necesitaba, además, desesperadamente recibir del
exterior recursos indispensables. Necesitaba también solidaridad y apoyo
internacional para su lucha solitaria. No eran muchos entonces los cubanos
instruidos, preparados para la gestión diplomática y la propaganda. Los
mejores del centro y del este del país combatían en la guerra. Los mejores
del occidente estaban en la emigración.
Todos esos factores eran el trasfondo de la compleja, contradictoria y
difícil relación que habría de existir entre los emigrados pudientes y la
República en Armas. Generalmente cuando de la Guerra Grande y de sus
conflictos internos se trata, se habla de tres factores: el Ejército Libertador,
el Gobierno Revolucionario y la Cámara de Representantes. Pero hay que
agregar un cuarto factor que era la emigración el cual tuvo una estrecha
vinculación con los otros y desempeñó un papel importante por acción u
omisión en el curso de los acontecimientos.
No habría tiempo aquí para profundizar en este importante tema. Me
limitaré a señalar que, en aquellos años, el grupo de los grandes hacendados
exilados, controlado por los anexionistas, tenía una influencia hegemónica
sobre el conjunto de la emigración. En él actuaban los más acérrimos
enemigos de Céspedes, que hicieron oposición pública a su política y fueron
parte de la conspiración que lo destituyó de la presidencia.
La mayoría de la emigración la formaban artesanos y trabajadores
humildes, recién llegados a una sociedad racista, enfrascados todavía en la
lucha para sobrevivir en un ambiente extraño y hostil. Era una masa
profundamente cespedista que veía en el hombre de La Demajagua a su
libertador, que admiraba su generoso sacrificio y comprendía su
intransigencia contra los explotadores y su amor por la justicia.
Sus opiniones se expresaron en publicaciones que denunciaron las
maniobras anexionistas y esclavistas de los acaudalados de la Junta de New
York. Sus sentimientos los manifestaron las mujeres trabajadoras de esa
ciudad con el sable que obsequiaron a Céspedes pero que este por modestia
no pudo aceptar.
Su apoyo quedó plasmado en hermoso gesto de los artesanos que
acordaron sostener económicamente a la esposa y los pequeños hijos del
Padre de la Patria. Acción que dio pie a un gesto mayor de Céspedes y a una
clarificación de su pensamiento cuando, al declinar la oferta, expresó que él
quería que su familia siguiera el ejemplo de ellos «trabajando para subsistir,
contribuyendo si les es posible con sus ahorros al aumento de los fondos de
la república».
La Sociedad de Artesanos cubanos de Nueva York, representante del
naciente proletariado cubano, elevaría su protesta por la destitución del
Presidente de la República en Armas, la cual habían denunciado y
repudiado, incluso, antes que se produjera.
Esa masa de hombres y mujeres pobres sería el sostén del esfuerzo
revolucionario a lo largo de la Guerra de los Diez Años, cuando ya los
hacendados se habían replegado a esperar la intervención yanki, y lo
seguirían siendo en los empeños posteriores, nutrirían el Partido de Martí y
continuarían luchando hasta 1898. La verdad es que durante esos treinta
años, como reconociera Máximo Gómez «la última tabla de salvación para
los combatientes lo fue siempre la chaveta del tabaquero».
La represión colonialista se desató con particular saña contra las
poblaciones indefensas tratando de eliminar toda forma de colaboración con
el Ejército Libertador.
Entre las medidas adoptadas por el capitán general Dulce en 1869 y
denunciadas por Céspedes ante el mundo, estaban: «la confiscación de los
bienes de los afiliados en el ejército republicano y de los sospechosos de
simpatizar con la revolución, la recogida forzosa de caballos de las fincas
rurales en todos los distritos sublevados. (…) La reconcentración también
forzosa de los habitantes de los campos en las poblaciones y el consiguiente
abandono de las fincas; y el arrasamiento de todas las siembras y plantíos
para privar de alimentos a los patriotas; la captura y ejecución inmediata de
todos los cubanos que se encuentren en los campos, no sólo armados sino
desarmados».
Un periodista irlandés que visitó la Isla durante la guerra, dejó
testimonio del cuadro desolador que encontró en las poblaciones villareñas:
«la mayoría de sus habitantes se encuentran en el más triste estado de
miseria, debido a las severas órdenes dictadas por los españoles para la
concentración de las personas en las ciudades y aldeas, concentración que
ha dado por resultado el que las familias hayan sido diezmadas por el
hambre y las enfermedades». Y al llegar a Sancti Spíritus este autor escribió:
«Veíase allí ir de puerta en puerta solicitando un poco de arroz, a filas de
mujeres en cuyos rostros se observan las señales indelebles del hambre,
pudiéndose leer en los de muchas de ellas tristes historias de penalidades y
privaciones».
Extender la guerra al conjunto del país, lograr una efectiva integración
de todos los territorios y conseguir del exterior los indispensables recursos
bélicos, fueron necesidades estratégicas que la Revolución tenía que
resolver para consolidarse y vencer.
Esos objetivos enfrentaban no sólo al poder de los colonialistas sino
también a la oligarquía antinacional y al gobierno de Estados Unidos.
Consta en documentos oficiales norteamericanos que, entre marzo y
noviembre de 1869, la maquinaria entera del Gobierno federal se había
movilizado en 16 estados, desde la Florida y el Golfo de México hasta la
frontera con Canadá, con la activa participación de la Marina de Guerra,
para desbaratar expediciones, detener buques, decomisar armamentos y
perseguir, arrestar y castigar a los patriotas.
La hostilidad de las autoridades yankis hacia la causa cubana
contrastaba con las manifestaciones de simpatía y respaldo que recibía del
pueblo norteamericano. Por ejemplo, en su informe del 14 de junio de 1870
la Comisión de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes,
incluía numerosos anexos con peticiones de grupos de ciudadanos que
reclamaban el reconocimiento a la beligerancia y a la independencia de
Cuba, procedentes de diversas partes de Estados Unidos y respaldadas con
las firmas de decenas de miles de personas. Una sola de ellas la firmaron
72 384 ciudadanos de Nueva York.
La actitud oficial contraria al sentimiento de tantos norteamericanos la
expresaría, en esa misma fecha, un mensaje al Congreso donde el presidente
UlysesGrant rechazó cualquier ayuda a los patriotas cubanos sobre los que
lanzó el lenguaje más soez y calumnioso.
Ya desde julio de 1870, Céspedes había advertido que el Gobierno de
Estados Unidos «a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones
peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España,
siquiera sea para constituirse en poder independiente; este es el secreto de su
política».
En un mensaje a Benito Juárez, el 13 de diciembre de 1870, Céspedes
expresaba: «Ud. ciertamente conoce bien cuán terrible es el esfuerzo en que
estamos empeñados en asegurar nuestros derechos nacionales y cuán
grandes son las dificultades que tenemos que vencer, puesto que Ud. conoce
que nuestros enemigos son numerosos y bien disciplinados; que tenemos
que pelear en una isla que es muy estrecha; que las costas están vigiladas
por una numerosa flota; y que estamos abandonados a nuestros propios
recursos, a pesar de estar en el centro de la América independiente».
Dos días después, en carta al editor de un diario de Nueva York,
Céspedes denuncia que mientras España puede adquirir fácilmente todo lo
que necesita para continuar la guerra, a los patriotas cubanos se les persigue
y se les «captura los buques y los armamentos comprados por su patriotismo
con lágrimas de nuestras mujeres y la sangre de nuestros bravos soldados».
La persecución a los emigrados en Estados Unidos y las acciones de las
autoridades para impedir que desde allí auxiliasen al movimiento
revolucionario, alcanzó su máxima expresión con la proclama emitida el 12
de octubre de 1871 por el propio presidente Grant. Alegando que las
actividades de los revolucionarios violaban las leyes norteamericanas, los
amenazó con estas palabras: «por cuyo motivo están sujetas a recibir
castigo, serán perseguidas con todo rigor, sin que les sea posible esperar
clemencia de parte del Ejecutivo, para salvarse de las consecuencias de su
delito, caso de ser sentenciadas. Y amonesto y exhorto a todas las
autoridades de este Gobierno, así civiles como militares o navales, para que
usen cuantos medios están en su poder para que sean presos, juzgados y
castigados todos y cada uno de los citados delincuentes, infractores de las
leyes que nos imponen obligaciones sagradas para con todas las Potencias
amigas».
Las amenazas del señor Grant se concretaron dramáticamente, cuando
las autoridades yankis confiscaron el buque Pioneer y todo el armamento
que llevaba con destino a Cuba. El Padre de la Patria dispuso entonces, el 30
de noviembre de 1872, el retiro de la representación diplomática no oficial
que la Revolución había establecido con el propósito de buscar al menos el
reconocimiento de nuestra beligerancia. Al hacerlo dejó para la historia
estas palabras de vigencia permanente: «No era posible que por más tiempo
soportásemos el desprecio con que nos trata el gobierno de los Estados
Unidos, desprecio que iba en aumento mientras más sufridos nos
mostrábamos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel del
pordiosero a quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por
último se cierra con insolencia la puerta. El caso del Pioneer ha venido a
llenar la medida de nuestra paciencia: no por débiles y desgraciados
debemos dejar de tener dignidad». Mientras impedía la acción solidaria de la
emigración cubana, Estados Unidos facilitaba a los colonialistas la
continuación de la guerra con el empleo para ello del territorio y la industria
norteamericanos. Con ese apoyo, España desplegó hasta 83 buques de
guerra para bloquear las costas cubanas, incluyendo 30 cañoneros de vapor,
construidos, armados y equipados en Estados Unidos.
En un mensaje al Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores
del Senado de aquel país, que constituye un profundo análisis del desarrollo
de la guerra, el 10 de agosto de 1871, Céspedes había puesto al desnudo la
política de Washington: «el Gobierno de esa República (…) no ya
permaneciendo simple espectador indiferente de las barbaries y crueldades
ejecutadas a su propia vista (…) sino prestando apoyo indirecto moral y
material al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la
Monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la Colonia
Americana, al esclavista recalcitrante contra el libertador de cientos de miles
de esclavos».
Después de 1898, cuando la intervención yanki interrumpió brutalmente
la heroica lucha de nuestros antepasados, se trató también de arrancarlos del
recuerdo del pueblo, desvirtuar el sentido de su lucha y ocultar la verdadera
naturaleza de los problemas que tuvieron, el modo que los enfrentaron y las
soluciones que le hallaron.
Se subrayaban los distintos puntos de vista que ante diversos problemas,
en algunos momentos, tuvieron los principales protagonistas de la epopeya,
se eliminaba todo análisis de la evolución de esas opiniones y los contextos
en que ellas se manifestaban. Todo se reducía a inevitables diferencias de
personalidades. Eran, en fin, las pasiones humanas las que explicaban el
fracaso de una guerra de diez años. Se nos quería hacer creer, en el fondo,
que eran nuestras propias características como pueblo lo que explicaban las
derrotas sufridas. Se trataba de introducir en la psicología colectiva el
fatalismo que los anexionistas de todo tipo han usado siempre para justificar
la docilidad ante sus amos. En 1868 no existía la nación ni poseíamos una
conciencia nacional. Éramos una masa amorfa, heterogénea, de la que
surgiría el pueblo en medio de la lucha y a través de ella se identificaría a sí
mismo, adquiriría su identidad definitiva. Aquellos hombres crearon la
nación, forjaron al pueblo, hicieron realidad la cubanía. ¿Era posible hacerlo
sin discutir, sin contrastar apasionadamente las ideas?
No pocas veces se nos repetían conceptos que eran como un eco de las
tergiversaciones y calumnias que la propaganda colonialista y el gobierno
norteamericano dieron, en su tiempo, de los acontecimientos y sus
participantes.
Céspedes, supuestamente autoritario, aceptó, sin embargo, el criterio de
la mayoría en Guáimaro y acató después la decisión de la Cámara,
profundamente injusta y errónea, de destituirlo. Quien fue presentado como
militarista hizo el máximo, hasta donde era posible, por regularizar y
humanizar la guerra. Abolicionista acérrimo hizo concesiones tácticas en la
etapa inicial tratando de atraer o neutralizar a los hacendados de Occidente.
Pero no vaciló en ejercer plenamente su autoridad cuando estaban en
juego los principios o era necesario para asegurar el avance de la
Revolución. Lo hizo el 10 de octubre de 1869, en el primer aniversario de la
insurrección, al ordenar al Ejército Libertador el empleo de la tea
incendiaria contra los campos de caña y los cafetales; al disponer que
durante la invasión a Las Villas no sólo se quemasen las propiedades sino
que también se sublevase a los esclavos y se les incorporase a las filas
patrióticas o se les enviase al Camagüey para protegerlos de sus antiguos
amos; al anular el acuerdo de la Cámara que reglamentaba la vida de los
libertos, eliminando así definitivamente el régimen de servidumbre; al
designar dos negros como regidores de Bayamo, primera ciudad liberada de
Cuba y sede del Gobierno revolucionario; al ascender a generales a Antonio
Maceo y a Máximo Gómez y promover a altos rangos militares a negros y
mulatos surgidos de la esclavitud y de las capas más pobres del pueblo; al
decretar, el 15 de febrero de 1871, que serían considerados traidores quienes
intervinieran en cualquier negociación que no respetase la independencia
absoluta de Cuba y la abolición completa de la esclavitud.
Estas posiciones y el empeño de Céspedes por eliminar el regionalismo,
por llevar a cabo la invasión a Occidente y su apoyo a los sectores radicales
del exilio en su oposición a las maniobras anexionistas de los hacendados, lo
sitúan como el iniciador de una línea revolucionaria consecuente que
continuaría después con la Protesta de Baraguá, con la obra revolucionaria
de José Martí y con la lucha incesante de nuestro pueblo hasta la victoria del
Primero de Enero y estos cuarenta años gloriosos en que bajo la conducción
cespedista de Fidel Castro el pueblo realizó al fin el sueño de La
Demajagua.
Los objetivos de independencia y justicia de la Revolución cubana
iniciada el 10 de Octubre, fueron irrealizables en aquella su primera etapa.
Para lograrlos hacía falta la existencia de una conciencia nacional, un
Partido que dirigiera e integrara la lucha política y militar y una estrategia
combativa que se extendiera a toda la Isla. Esos objetivos los alcanzaríamos
después con el genio y la infatigable labor de Martí. Pero la obra del
Apóstol hubiera sido imposible sin la Guerra de los Diez Años, porque fue
ella la que forjó la nacionalidad, transformó radicalmente la sociedad
colonial y convirtió a las masas explotadas del pueblo en protagonistas de su
historia.
Antes del 10 de Octubre hubo diferentes criterios sobre el momento para
iniciar la guerra y a partir de ese día y hasta abril de 1869 existieron ideas
divergentes sobre la estrategia a seguir y sobre la organización del poder
revolucionario, con dos polos principales en Oriente y Camagüey, con dos
direcciones, dos ejércitos y hasta dos banderas. Es cierto que en Guáimaro
discutieron profundamente, tuvieron que discutir seguramente con pasión,
porque estaban tratando de diseñar la Patria y de precisar el camino para
alcanzarla. Pero lo más importante es que, con el acuerdo de todos, de
Guáimaro salió un solo Gobierno Revolucionario, con un programa único,
un solo Ejército y una sola bandera. En Guáimaro prevaleció por encima de
todo el sentido de la unidad indispensable, la voluntad común de dejar a un
lado las diferencias y sumar las energías de todos para la batalla común.
Céspedes e Ignacio Agramonte, los jefes principales de aquella etapa,
fueron exponentes de dos concepciones iniciales, sobre la organización del
poder revolucionario, que eran excluyentes. Pero después que en Guáimaro
hubiesen triunfado sus tesis, el propio Agramonte en medio de su brillante
campaña militar, criticaría la injerencia de la Cámara en la conducción de la
guerra y reclamaría el indispensable mando único para dirigirla. El 14 de
enero de 1871, luego de afirmar que «hay opiniones encontradas, pero no
hay divisiones, ni disensiones» el insigne camagüeyano agregaba «soy de
los que más necesario creen el cambio de los funcionarios que sirven de
rémora a la marcha expedita y enérgica de nuestras operaciones militares».
Hay numerosas pruebas de que en la medida que avanzaba la guerra, entre
Agramonte y Céspedes se desarrollaba una relación de mutua comprensión.
En el epistolario del Padre de la Patria, dejó constancia de su alegría en este
sentido y dedicó al Bayardo exclusivamente palabras de admiración y
afecto.
Como justamente ha explicado Fidel, si Agramonte hubiera vivido se
habría opuesto y probablemente impedido la destitución de Céspedes por la
Cámara de Representantes. La verdad histórica es que al caer aquel en los
campos de Jimaguayú, el Padre de la Patria perdía un apoyo decisivo, al
discípulo más eminente, a quien debía haber sido su continuador.
La usurpación imperialista de 1898, frustró el movimiento iniciado aquí
treinta años atrás. Se apoderaron del país y de sus recursos, implantaron
regímenes corruptos y serviles que explotaron al pueblo y lo dividieron. En
aquella república envilecida continuaron los peores vicios de la sociedad
colonial. Ya no existía la vieja servidumbre, pero millones de cubanos
sufrieron la esclavitud capitalista y con ella la miseria, el desamparo, el
racismo y la discriminación racial.
Fueron seis décadas de ignominia, de radical negación de los ideales del
68. Aquella república era lo contrario de La Demajagua, nada tenía que ver
con los sueños de Céspedes y Agramonte, ni con el heroísmo, los sacrificios
y la sangre derramada por centenares de miles de cubanos durante tres
décadas.
Los jóvenes de hoy, que aprenden a amar y a respetar a nuestros
gloriosos fundadores, tendrán dificultad en imaginar que no siempre fue así.
Bajo el régimen de dominación yanki se intentó robarle al pueblo su
memoria, se distorsionó su historia, se trató de disolver en el olvido el
ejemplo de sus héroes y las lecciones de sus luchas.
La neocolonia y sus amos fueron especialmente implacables con Carlos
Manuel de Céspedes. Como aquella era lo más opuesto al patriotismo tenían
que asegurar la muerte eterna del Padre de la Patria, hacerlo desaparecer
completamente de la historia, enterrar para siempre su mensaje.
Ahí están los datos en los archivos y bibliotecas. El pensamiento de
Céspedes, sus documentos políticos, su extensa correspondencia, su obra
literaria alcanzaron mayor difusión en los treinta años de la guerra que la
que recibirían a partir de la intervención yanki en Cuba. En sesenta años, en
la llamada República de Cuba sólo se publicó, junto a la de otros autores,
una porción ínfima de su obra política en un solo libro de escasa circulación
que con el título de Breve antología del 10 de Octubre apareció en 1938.
Sobre Céspedes, en sesenta años, se publicaron 3 libros, 3 folletos y 24
artículos periodísticos no siempre justos para con él.
Incontables fueron, sin embargo, las biografías, los estudios y los textos
que sobre antiguos anexionistas y autonomistas salieron de las imprentas
cubanas en el mismo período.
A esos personajes además, se les erigió estatuas y monumentos y dieron
sus nombres a calles y plazas.
Pero a Céspedes no. Es cierto que Manzanillo cuidó celosamente la
Campana y que Bayamo y Santiago, testigos de su inmolación, marcaron
algunos lugares con su glorioso nombre. Pero los gobernantes de la época,
durante sesenta años, no erigieron tributo alguno a su memoria, fuera de su
tumba.
Es bueno que sobre ello mediten nuestros jóvenes de hoy. Porque ilustra
sobre el sentido de nuestra lucha centenaria y nuestra única Revolución, la
que iniciara el hombre que los enemigos de la Patria querían destruir y
desaparecer. Y nos recuerda también como él continuó peleando aún,
después de su caída en San Lorenzo.
Él, que siempre previó su muerte antes del triunfo, y nos había advertido
que de su tumba saldría cuantas veces fuera necesario para recordar a los
cubanos sus deberes patrios, siguió llamando a los jóvenes y a los patriotas
verdaderos a retomar el camino de La Demajagua.
Por eso su primer monumento habanero, un humilde busto de yeso, lo
hicieron construir y lo levantaron en 1949 a la entrada del Instituto de
segunda enseñanza de la Víbora, costeado por ellos mismos, centavo a
centavo, sus estudiantes, profesores y empleados. Por eso, en 1947 Fidel
Castro y la FEU llevaron hasta la colina universitaria la campana gloriosa y
la rescataron de las maniobras politiqueras que denunciaron en actos
memorables en la capital y en Manzanillo. Por eso, en 1956, Emilio Roig,
maestro ejemplar, desplazó al rey autócrata del sitial en que todavía lo
honraba la república espúrea y colocó allí al creador de la Patria.
Sólo después de 1959 al triunfar la Revolución que él iniciara,
finalmente su obra y su pensamiento son rescatados y difundidos
masivamente. Hoy su vida ejemplar y sus ideas son para el pueblo cubano
manantial inagotable donde fluye siempre el agua pura del patriotismo y las
virtudes y los valores de la cubanía.
En este mismo lugar, hace treinta años, el Comandante en Jefe
pronunció un discurso esencial. Definió la gran verdad de nuestra historia, la
que no pocos habían pretendido ocultar de diversos modos, que en Cuba ha
habido una sola Revolución, la que emprendió Céspedes el 10 de Octubre.
Fidel resumió la indisoluble continuidad de nuestro proceso histórico con
esta idea admirable: «Nosotros, entonces, habríamos sido como ellos. Ellos,
hoy, habrían sido como nosotros».
Ser como ellos, ahora, cuando la Patria amenazada enfrenta, igual que
entonces, poderosos enemigos, cuando debemos encarar los peligros de la
confusión y las vacilaciones promovidas desde fuera, significa, ante todo,
revivir el mensaje de La Demajagua y convertirlo en norma de conducta, en
guía para la acción revolucionaria del presente.
Defensa intransigente de la independencia absoluta de la Patria, sin
concesiones de ningún género que puedan lesionar la dignidad nacional;
unión verdadera, real, íntima entre todos los cubanos y eliminación de hasta
el último vestigio de discriminación o prejuicio que nos separe; lucha
incansable por la igualdad y la solidaridad entre los hombres, fundada en
una ética del sacrificio, la abnegación y la virtud.
Ese es el legado que nos dejó el Padre común, el fundador, el Presidente
eterno de la Patria.
El que nos dijo que «no son revolucionarios los que no están dispuestos
a sacrificarlo todo, todo por la libertad de la Patria»; el rico hacendado que
abandonó sus riquezas y entregó hasta sus prendas personales a la causa
revolucionaria. El que sacrificó a su familia y prometió dejarles «una
herencia pobre de dinero pero rica en virtudes cívicas»; el hombre ilustrado,
el poeta, que hasta la víspera de su muerte alfabetizaba con instrumentos
rústicos que su mano extraía del bosque; el animador de la Sinfónica de
Manzanillo y de Bayamo que en su último refugio en la Sierra Maestra
admiraba las danzas que los antiguos siervos practicaban para él; el que
llamó hermano al negro y compañero al obrero; el que guardó fidelidad
inconmovible a la Revolución pese a la injusticia, el abandono y la
ingratitud de que fue víctima; el que combatió hasta el último instante,
completamente solo, casi ciego y rodeado de soldados enemigos.
En estos tiempos en que se intenta extirpar de los corazones de los
hombres el sentimiento de la justicia, en un mundo donde se trata de
imponer el dogma del egoísmo y la codicia, la Revolución Cubana sigue
siendo el único camino de nuestro pueblo y es portadora de valores
indispensables para la humanidad. En medio de la guerra Céspedes deslindó
las diferencias fundamentales entre Cuba y el colonialismo y trazó la
frontera infranqueable que nos separa hoy, con más claridad aún, de los
imperialistas. El enemigo «pelea para sostener la esclavitud del negro, para
propagar el oscurantismo, para perpetuar la iniquidad; los patriotas cubanos
luchan por la libertad de todos los hombres, por el triunfo de la justicia, por
el entronizamiento de la civilización; allá el agio, la ignominia, la noche; acá
la razón, la verdad, la luz». Los cubanos de hoy y de mañana seguiremos
defendiendo la Patria aquí fundada, la Revolución iniciada el 10 de Octubre,
el socialismo nuestro que en esta sagrada tierra encontró su raíz más firme.
Continuaremos luchando hasta la victoria siempre.
[…]
GUÁIMARO

Fragmentos del discurso pronunciado en Guáimaro, el 10 de abril


de 1994

[…]
Crear una nación desde las tinieblas de la esclavitud, el oscurantismo y
la corrupción exigía la visión iluminadora de los genios. Forjar un pueblo
entre aquel amasijo de violencia y despotismo, de injusticia y de prejuicios,
demandaba estatura de gigantes. Conducirlo a la victoria frente a un
adversario cruel y mil veces más poderoso, sin el auxilio de nadie, en el
aislamiento de su escaso territorio requería la virtud, la inteligencia y la
voluntad de acero de los héroes.
Más compleja sería la proeza a que la historia convocaba a los hombres
del 68, mucho más difícil y dura y angustiosa porque aun antes que ellos
hubieran nacido, sobre la Patria apenas imaginada se cernía ya, como su
peor y permanente amenaza, la ambición imperialista.
Ya Estados Unidos ocupaba lugar predominante en la economía y era el
principal mercado del azúcar que producían nuestros esclavos. Sobre esa
base surgió el interés común de los imperialistas y de una oligarquía que
antepuso su afán de lucro al interés nacional y quería mantener a Cuba
sujeta a España y entregarla después al dominio norteamericano. El
vasallaje nacional era necesario para perpetuar la servidumbre humana y por
ello nación y pueblo sólo alcanzarían la emancipación en un proceso
revolucionario único.
Poner fin al colonialismo en Cuba significaba derrotar a una metrópoli
que era fuerte, poseía aquí la mayor implantación militar y poblacional
jamás alcanzada en ninguna parte de su imperio y estaba decidida a
preservar su colonia a cualquier precio; liberar a Cuba exigía también
vencer la hostilidad de Washington que ejercía su poderío para alejarnos de
los pueblos latinoamericanos, perseguía las actividades de la emigración
patriótica y promovía el anexionismo allí y dentro de la Isla; significaba por
eso igualmente quebrar en las propias filas cubanas la influencia de una
clase terrateniente fuerte y antinacional.
Los patriotas que encaraban ese triple desafío además carecían de armas,
estaban dispersos, no tenían un partido ni vínculos orgánicos entre ellos.
Unos y otros se alzaron a conquistar la historia sin doblegarse ante los
enormes obstáculos que enfrentaban como si del empeño heroico de cada
cual dependiera la victoria.
A medio año de iniciada la lucha, bajo la embestida brutal de los
colonialistas, se encontraron aquí los patriotas orientales, camagüeyanos y
villareños para sumar ideas y voluntades, para buscar entre todos el modo
eficaz de prevalecer en la desigual contienda, para diseñar, en fin y por la
primera vez, el proyecto nacional, la Patria.
En Guáimaro buscaron aquellos hombres plasmar sus sueños y dar
orden a una República que forcejeaba por afirmarse y crecer entre el fuego y
la sangre y las cenizas. En Guáimaro por encima de todo sobresalió el
altruismo y el desinterés de quienes supieron dejar a un lado diferencias
profundas y colocar más allá de cualquier otra consideración el ideal de una
Patria libre y justa. Pocas veces se alzó tan alto y con tanta dignidad y
pureza el patriotismo como entonces, aquí, cuando la Patria apenas
germinaba, cuando la Patria era poco más que una idea que ellos dibujaban
amorosamente y por la que tendrían que pelear, sin alcanzarla, hasta la
muerte.
El proyecto revolucionario cubano unió desde su origen en un todo
inseparable, la independencia política y la emancipación social: de aquella
sociedad no podría surgir un estado nacional independiente sin la
erradicación de la esclavitud, sin la hermandad entre blancos, negros y
mestizos, sin la igualdad entre los hombres. Desde el 68 brota para lograr
más tarde con José Martí su expresión más plena una ética que sería para
siempre el móvil y la justificación de la única Revolución cubana: la Patria
se fundaría en la justicia y el humanismo, la Patria sería solidaria o no
habría Patria.
Sería igualmente internacionalista: a la Isla asediada vendría la
solidaridad de muchos hijos de otras tierras que comprenderían que los
cubanos no peleaban sólo por Cuba, que aquí se dirimía el destino de
América, que nuestra brega era decisiva para la humanidad.
Porque desde el 68 el destino de Cuba se decidía frente a la codicia de
un vecino a quien entonces le nacían las ansias de dominar a los demás.
Pero había más. No se trataba únicamente de independizar una nación,
empresa en sí misma titánica en aquellas dificilísimas circunstancias. Cuba
era una idea que sólo se realizaría en una sociedad nueva, dando vida al
perenne sueño de igualdad y fraternidad entre los hombres. Demostrando
que era posible, que existía un lugar y levantando allí su estrella solitaria, la
utopía cubana atraería el amor de los justos y la esperanza de los oprimidos.
Transformación radical de las relaciones sociales, independencia total y
definitiva, comprensión cabal de la dimensión universal de su lucha, una
ética sustentada en la dignidad humana y en la disposición al sacrificio
máximo por alcanzar esas aspiraciones como la virtud suprema, fueron la
savia constante del patriotismo cubano.
La campana de La Demajagua había llamado al mismo tiempo a la
guerra contra el imperio español y a la liberación de los esclavos y esos dos
principios —igualdad de Cuba como nación e igualdad entre todos los
cubanos— alcanzaron expresión exacta en la Constitución de Guáimaro,
fruto del idealismo y el abolicionismo integral de jóvenes como Agramonte
y posteriormente en el Decreto de Céspedes eliminando el Reglamento de
Libertos.
Como fuego inextinguible sobrevive el ejemplo de los jefes del 68 que
por esos principios supieron sacrificarlo todo, las riquezas, las propiedades y
comodidades personales, la felicidad familiar y hasta la vida. Del Padre de
la Patria pudo afirmar José Martí que incluso «dominó lo que nadie domina:
el carácter» y «sacrificó lo que nadie sacrifica: el amor propio».
Aquella generación tuvo que arrostrar los máximos sacrificios en la
guerra más prolongada y cruenta que serviría para forjar definitivamente y
para siempre la verdadera cubanía, las cualidades esenciales de un pueblo
admirable, justo y noble.
En su emocionada defensa de esos combatientes, calumniados por los
mismos imperialistas yankis que habían ayudado a España durante los diez
años, Martí describía así su pelea. «Una epopeya, el alzamiento de todo un
pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en
nuestro primer momento de la libertad, el incendio de nuestras ciudades con
nuestras propias manos, la creación de pueblos y fábricas en los bosques
vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los árboles, el tener a
raya, en diez años de esa vida, a un adversario poderoso, que perdió
doscientos mil hombres a manos de un pequeño ejército de patriotas, sin
más ayuda que la naturaleza».
Esa lidia supieron librarla hombres que habían sido ricos y jóvenes de
familias acomodadas que se juntaron en el combate y las privaciones
compartidas con los antiguos esclavos y con los trabajadores más humildes.
Juntos aprendieron a «dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin
paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir —estos hombres de
diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de
color de aceituna— de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la
cabeza descubierta». Con ellos en los riesgos y las penurias estuvieron
nuestras mambisas que aquí en Guáimaro expresaron sus reclamos con la
voz de Ana Betancourt. Y no fueron pocas las que en la emigración
abandonando «una existencia suntuosa» se fundieron también en el crisol
del pueblo «la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de
un mostrador: cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal,
rizó plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en
el trabajo».
Aquella epopeya, lo sabemos, terminó en la amargura de la derrota a
pesar de la voluntad heroica de Maceo y la dignidad gloriosa de Baraguá.
Pocos pueblos habían pagado tan alto precio por la libertad que para aquella
generación quedó como quimera inalcanzable.
Pero los cubanos aprendimos las terribles consecuencias a que nos
condujo la división entre los revolucionarios y la acción corrosiva de los
elementos anexionistas y autonomistas. Centenares de miles de cubanos
soportarían varios años más de trabajo esclavo, los antiguos hacendados
patriotas se sumarían a las filas de los desposeídos y la mitad de la Isla
quedaría arrasada por la guerra.
Fue la prédica incesante de Martí y su afán por la unidad de todos los
patriotas en el Partido Revolucionario Cubano […] la que nos permitió
retomar el camino y reiniciar la guerra necesaria […]
JIMAGUAYÚ

Fragmentos del discurso en Jimaguayú, Camagüey, el 13 de


septiembre de 1995

[…]
Hace un siglo los cubanos se reunieron aquí para discutir cuestiones
esenciales a su destino y a la organización de la guerra necesaria reiniciada
seis meses atrás. El 16 de septiembre culminarían cuatro jornadas de trabajo
con la adopción de una nueva Constitución para la República en Armas.
Estos campos de Jimaguayú que habían sido testigos de las hazañas
combativas de Ignacio Agramonte y que habían contemplado su gloriosa
caída volverían a sentir su presencia y la de Céspedes y la de toda la
generación inmolada en el 68. Aquí se encontrarían los viejos y los nuevos
combatientes para planear y organizar, para confrontar criterios y articular
consensos, para reforzar la indispensable unión sin la cual resultarían
inútiles los sacrificios y se frustrarían entonces, como enseñaba la dolorosa
experiencia de la Guerra Grande, los sueños y los ideales que eran ya
patrimonio de todo el pueblo.
Cuando se congregaban en Jimaguayú los representantes de los diversos
grupos combatientes traían la memoria de los debates de Guáimaro y de las
secuencias ulteriores que habían conducido a la derrota y al Zanjón y a la
viril protesta de Baraguá y a los largos años de angustiosa espera, de
sucesivos intentos y frustraciones, de ardorosa y paciente preparación.
Habían sufrido ya, a poco de reiniciada la nueva etapa de la larga contienda,
la pérdida irreparable de quien había concebido la idea unificadora del
Partido, le había dado su programa y organización y lo había convertido en
el instrumento insustituible para concertar la acción común de los patriotas.
La caída de José Martí en Dos Ríos en la etapa inicial de la guerra
privaba a los cubanos de su genio previsor, de su ilimitada capacidad para
sumar, de su irreductible voluntad. Desde que desembarcara por Playitas,
Martí se dio a la tarea de preparar las condiciones para dar estructura
estable, duradera y unitaria a los aportes de todos y sentar las bases de las
instituciones que la República establecería aun en medio del combate.
Aspiraba a entregar a los representantes del pueblo el mandato que el
Partido le había confiado para preparar y desatar la guerra que ya se
convertía en realidad.
La súbita desaparición del Apóstol planteaba riesgos y desafíos muy
serios a la Revolución cubana. La inesperada pérdida de quien encarnaba el
alma de la Revolución de quien había sido su principal guía e inspirador,
antes de que ella hubiera podido crear su propio ordenamiento institucional,
era un golpe severo para quienes reiniciaban el combate contra un enemigo
poderoso y que había probado su determinación a imponernos la oposición
más terca.
Correspondió a Antonio Maceo tomar la iniciativa en aquel doloroso y
decisivo momento. Al conocer la trágica noticia de Dos Ríos convocó a los
representantes del Cuerpo de Ejército que él comandaba para que se
reunieran en Bijarú, distrito de Holguín, y sin su presencia, porque no quería
influir en sus deliberaciones, acordaran las posiciones que habrían de traer a
Jimaguayú y que servirían de pauta fundamental a la Constitución que aquí
sería acordada. Proceso semejante seguirían también los representantes de
Las Villas, de Camagüey y de la región de Oriente que mandaba Bartolomé
Masó.
El debate fue intenso y apasionado. Aunque la mayoría de los
asambleístas eran hombres jóvenes que no habían participado en la guerra
de los 10 años y salvo uno, ninguno de los delegados había asistido a la
asamblea de Guáimaro, las discusiones en Jimaguayú parecían ser la
continuación directa de las que habían tenido lugar 26 años atrás en ese otro
rincón glorioso de Camagüey. Estaban presentes, como entonces, criterios
encontrados sobre las atribuciones correspondientes al Ejercito Libertador y
a la administración civil de la República en Armas, estaban presentes
preocupaciones civilistas derivadas de las negativas experiencias del
caudillismo militarista en América Latina contrapuestas a la necesidad
superior de asegurar el mando único y la cohesión de todos los combatientes
en la lucha desigual que enfrentaban los cubanos.
Pero ya Cuba no era la de 1868 precisamente por el generoso sacrificio
de aquella generación. La Guerra Grande había creado la Patria, había
echado a andar a las masas explotadas, había convertido al pueblo en el
principal protagonista y había desplazado para siempre a la oligarquía de
cualquier posibilidad de liderazgo. Existían además los amargos resultados
de la experiencia de Guáimaro y el papel, primero obstruccionista y más
tarde desintegrador, de la Cámara de Representantes: fruto originalmente de
noble espíritu de romántico civilismo acabaría siendo ella expresión de las
corrientes retardatarias y los intereses mezquinos que abonarían el camino
de la derrota.
Los reunidos en Jimaguayú supieron encontrar fórmulas adecuadas para
superar el viejo debate y adoptar el ordenamiento apropiado para las
condiciones de la guerra. Se estableció un Consejo de Gobierno que reunía
todas las facultades administrativas y legislativas mientras se daba plena
autonomía al mando militar. Se realizaba lo que Martí expresara dos
semanas antes de su caída en combate: «El Ejército, libre, y el país, como
país y con toda su dignidad representado».
Entre los aciertos más importantes de la Asamblea de Jimaguayú está el
que sus miembros dieron por concluida su misión con la promulgación de la
Constitución el 16 de septiembre. De aquí no surgió como de Guáimaro una
Cámara de Representantes de carácter permanente y con ello se evitó repetir
la desdichada experiencia de la Guerra Grande. No quiere esto decir que la
nueva Constitución ignorase la necesaria representatividad popular. Al
contrario, podemos considerar a la Constitución de Jimaguayú como un
reflejo de la madurez y la profundización del pensamiento revolucionario
cubano, que fue capaz de superar las debilidades de la primera Constitución
fortaleciendo la autoridad de la dirección de la guerra, dejando atrás
formalismos supuestamente democráticos y afirmando, al mismo tiempo, la
participación democrática real.
Los que sesionaron aquí no se reservaron para ellos ninguna
prerrogativa especial ni mucho menos permanente.
La Constitución tendría una vigencia máxima de dos años y para
enmendarla o sustituirla seria convocada otra Asamblea de Representantes.
Igual procedimiento habría que emplear para ratificar un eventual tratado de
paz con España, que tendría que basarse en la independencia absoluta de
Cuba, o para la elección de un nuevo Consejo de Gobierno o para la
sustitución del Presidente o del Vicepresidente caso que fuera necesario.
Pero en cada caso sería la reunión de una nueva Asamblea de
Representantes elegidos al efecto. Por ello, cuando en 1897 se discutió la
nueva Constitución la casi totalidad de los representantes reunidos en La
Yaya eran personas que habían participado en la Asamblea de Jimaguayú.
Esta Asamblea consagraría el liderazgo de Máximo Gómez como
General en Jefe del Ejército Libertador y de Antonio Maceo como
Lugarteniente General. El pensamiento de este último y su poderosa
autoridad moral —ambas indispensables para la Patria ahora que no contaba
con la presencia física de Martí— desempeñarían un papel decisivo en las
deliberaciones que tuvieron lugar aquí hace cien años.
En el mensaje que dirigiera a esta Asamblea, Maceo dejó testimonio de
la integridad de su carácter y de sus ideales revolucionarios cuando
proclamó: «La República es la realización de las grandes ideas que
consagran la libertad, la fraternidad y la igualdad de los hombres: la
igualdad ante todo, esa preciada garantía que, nivelando los derechos y
deberes de los ciudadanos, derogó el privilegio de que gozaban los
opresores a título de herencia y elevó al Olimpo de la inmortalidad histórica
a los hijos humildes del pueblo, a aquella que, cultivando el espíritu con las
luces que da la educación, fundaron la útil e indestructible aristocracia del
talento, la ciencia y la virtud. Fundemos la República sobre la base
inconmovible de la igualdad ante la ley. Yo deseo vivamente que ningún
derecho o deber, título, empleo o grado alguno exista en la República de
Cuba como propiedad exclusiva de un hombre, creada especialmente para él
e inaccesible por consiguiente a la totalidad de los cubanos. Si lo contrario
fuese decretado en nombre de la República, semejante proceder sería la
negación de la República por la cual hemos venido combatiendo, y nos
arrebatarían el derecho con que Cuba enarboló la bandera de la guerra por la
justicia, el 10 de octubre de 1868».
Con esas palabras, el mulato surgido del racismo colonial, devenido
indiscutible líder de su pueblo, reafirmaba la continuidad indisoluble de
nuestra batalla y la definía, más allá incluso de la independencia política,
como una guerra por la justicia, sobre la base inconmovible de la igualdad,
único fundamento posible de la República. Desde la tierra ensangrentada de
Dos Ríos nos seguía anunciando el Apóstol: «Conquistaremos toda la
justicia».
Ese empeño planteó desde el principio una particular dimensión moral,
universal, a la lucha nacional, estableció una exigencia ética consustancial a
la cubanía y consiguientemente un sentido militante, obligatorio, al
patriotismo. Lo había plasmado ya la constitución de Guáimaro en su
Artículo 25: «Todos los ciudadanos de la Republica se consideran soldados
del Ejército Libertador». Lo reiteraría el Artículo 19 de la de Jimaguayú:
«Todos los cubanos están obligados a servir a la Revolución con su persona
e intereses según sus aptitudes».
[…]
La Revolución Cubana, proceso único y permanente iniciado en 1868
tiene pilares inconmovibles que le sirven de sustento doctrinal y que han
animado a sucesivas generaciones de cubanos desde La Demajagua hasta
hoy. La idea de «la Patria de hermandad y justicia» que vincula
indisolublemente la independencia nacional con la igualdad social y la
solidaridad humana. La convicción de que esa idea es realizable y que a su
materialización están obligados todos los que aspiren a la condición de
cubanos. La certeza —revelada por Céspedes y demostrada con inapelable
elocuencia por Martí— de que conquistar ese ideal requería no sólo derrocar
al colonialismo español sino también a la oligarquía criolla y derrotar al
imperialismo norteamericano.
Esas son las raíces y la sustancia de la cubanía. Para ser verdaderamente
cubano no era suficiente haber nacido en esta Isla, hay que considerarse
soldado del Ejército Libertador, hay que sentirse obligado a servir a la
Revolución con su persona e intereses.
Hay otras características, si se quiere de método o estilo, arraigadas en
nuestras más hondas tradiciones y que integran también nuestra
personalidad como pueblo. En los momentos más complejos y difíciles
cuando los patriotas apenas iniciaban la lucha, cuando las fuerzas enemigas
eran incomparablemente superiores, en Guáimaro, en Baraguá, en
Jimaguayú —o en una etapa más avanzada en La Yaya— los cubanos se
reunieron para discutir a pecho descubierto sus mayores problemas, a
debatir con amplitud y franqueza sus opiniones sobre cómo enfrentarlos, a
organizar los esfuerzos comunes, a proyectar el futuro de la Patria. En
ocasiones los debates fueron intensos y los criterios dispares pero siempre
fueron capaces de alcanzar el consenso y de cada una de esas reuniones
salió fortalecida la voluntad común, salió reforzada la unidad.
Otros pueblos tuvieron que esperar varios años después de lograda la
independencia para darse su primera Constitución. Los cubanos habíamos
discutido, aprobado y aplicado cuatro antes de vencer a los colonialistas.
Discusión entre hermanos, ejercicio colectivo del criterio, aporte de
todos para definir la línea común, búsqueda constante del consenso entre los
revolucionarios, entre los patriotas y la sagrada obligación de preservar la
unidad, de cerrar filas y pelear hasta la muerte, juntos, como un solo hombre
es una preciosa herencia que legaron a las generaciones actuales quienes en
nuestro glorioso pasado ostentaroncon dignidad la representación del
pueblo. A ese legado debemos recurrir todos los días. Ese espíritu debe
permanecer siempre vivo en los cubanos de hoy y de mañana, continuadores
y participantes de la misma pelea, combatientes de la misma guerra por la
justicia, soldados del mismo ejército libertador, militantes de un único
proceso revolucionario. Así sabremos enfrentar todos los combates y
superar todos los obstáculos. Así seguiremos encarando las dificultades
actuales y seremos capaces de resistir y vencer. […]
EL PROCESO DE INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA
REVOLUCIÓN CUBANA

Fragmentos del discurso en la sesión solemne de la Asamblea


Provincial del Poder Popular de Matanzas, 29 de julio de 1999

[…]
Hace 25 años tenía lugar aquí un proceso determinante en la consolidación,
y desarrollo de la Revolución Cubana que culminaba con la instalación de
las asambleas del Poder Popular por primera vez en este territorio. Los
candidatos a integrarlas habían sido escogidos por sus vecinos directamente,
sin intermediarios, en reuniones públicas a las que asistió más del 70% de la
población. Surgirían así del pueblo, seleccionados y aprobados por los
propios electores 4712 candidatos de los que fueron elegidos, mediante voto
directo, secreto y libre 1014 delegados.
No medió el dinero ni el soborno o la demagogia, ninguna maquinaria
electorera impuso o promovió candidato alguno. Ellos habían sido
postulados libremente por los mismos electores que después en las urnas
decidirían quien sería el delegado en elecciones donde votó más del 90% de
los ciudadanos con derecho a votar. El electo siempre con más del 50% de
los sufragios, resultaba así un verdadero representante de sus electores, era
igual a ellos, nada lo diferenciaba ni separaba de los demás ciudadanos. No
recibiría salario ni privilegio alguno; no formaba una clase especial, no eran
políticos de profesión sino trabajadores que asumían junto a sus labores
habituales la de contribuir a encauzar la acción colectiva, promotores de la
participación de todos en la dirección y control de la sociedad desde la base.
Doblemente elegidos por el pueblo a quien habrían de rendir cuentas
periódicamente, vinculados indisolublemente a la comunidad de la que
seguían siendo parte y que en cualquier momento podría revocarles sus
mandatos y ejerciendo su encomienda como portavoces de los
planteamientos y reclamos de quienes los eligieron, los hombres y mujeres
integrantes de las asambleas del Poder Popular iniciaban en 1974 la
realización práctica de un viejo ideal inalcanzado aún en otras partes. La
representación adquiría sentido real, palpable. La postulación de los
candidatos directamente por los propios electores, su elección en comicios
enteramente libres, sin politiquería ni corrupción, la no profesionalización
de los electos, su estrecha vinculación con los electores y la activa
participación de estos en su gestión, la rendición de cuentas y la
revocabilidad de los mandatos fueron rasgos consustanciales de un sistema
político original, autóctono, genuina expresión de democracia y cubanía.
Los principios fundamentales del sistema eran una respuesta creadora a
la cuestión del ejercicio de la autoridad y de la representación que habían
estado presentes y habían sido objeto de numerosas reflexiones desde que
aparecieron los primeros regímenes parlamentarios en la sociedad moderna.
La propaganda burguesa intenta convertir en un dogma a lo que denomina
«democracia representativa» —vacía y abstracta en el mejor de los casos y
dominada casi siempre por el desgobierno y la tiranía— ignorando que
desde su nacimiento ya Juan Jacobo Rousseau había demostrado que la
desigualdad social hacía irrealizable la democracia y que en tales
condiciones las leyes beneficiarían sólo a los poseedores de la riqueza
material. Continuador de esa línea de pensamiento, en este siglo, Hans
Kelsen comprobó que la representación en la llamada «democracia
representativa» era pura ficción.
Esa es la contradicción íntima, insuperable, del pensamiento liberal
burgués y su «democracia representativa». Al nacer, con el ascenso de la
burguesía como clase dominante, lo acompañaba el cuestionamiento más
profundo a su pretendido basamento teórico: con ella venía al mismo tiempo
el proletariado, la gran masa laboriosa cuyos intereses tenía que excluir y
por tanto jamás podría representar. La esencia de su sistema político tenía
que ser, en consecuencia, la exclusión y la manipulación: nada de
democracia directa sino sólo «representativa», simulada, falsa, pero a la vez
con pretensiones totalitarias, excluyentes de su alternativa necesaria, el
gobierno real de las grandes mayorías.
Al independizarse de Inglaterra las Trece Colonias norteamericanas, sus
fundadores asumieron cabalmente el problema. En palabras de John Jay
«quienes poseen el país deben gobernarlo» lo cual implica, en la clara
definición de James Madison que la responsabilidad del gobierno sería
«proteger a la minoría rica contra la mayoría». Para ello habría que
«domesticar» al pueblo, apuntaba Alexander Hamilton recordando al
filósofo David Hume quien ya había advertido que «controlar la opinión»
era la naturaleza misma del sistema.
Ya en este siglo Edward Barneys, asesor del presidente Wilson en
materia de información pública, lo diría con estas palabras: «la
manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las
masas es un elemento importante en la sociedad democrática». Eso, que
para Barneys implicaba «regimentar la mente del público hasta cada detalle»
era la «esencia del proceso democrático».
Walter Lipmann, afamado teórico de la democracia liberal, aclararía el
propósito de esa manipulación: evadir «las patadas y el bramido del rebaño
confundido», es decir, del pueblo y colocar a éste en su sitio, que no es otro
que el de «espectador».
La verdad desde el principio era y continúa siendo hoy que la
democracia, el ejercicio real de la autoridad por el pueblo sólo puede darse
en el socialismo. Democracia y socialismo, si son auténticos son, más que
sinónimos, partes inseparables de una misma realidad. Por el contrario,
democracia y capitalismo son términos antagónicos, imposibles de conjugar.
Por eso en la Cuba de 1974 podíamos iniciar el establecimiento de las
instituciones de un gobierno verdaderamente popular. Era posible ya afirmar
como lo hiciera aquí el compañero Raúl Castro: «En cada instancia del
Poder Popular la máxima autoridad no la tienen los elegidos, sino los que
eligen, considerados estos no individualmente, sino en su conjunto».
El carácter exactamente representativo de los delegados, portadores del
«mandato imperativo» con que soñara Rousseau, lo expresaba Raúl de este
modo: «Una queja, una sugerencia, una opinión que sea planteada o
apoyada por la mayoría de los electores, deberá ser trasmitida por el
delegado a los órganos de Poder Popular aun cuando individualmente, el
delegado tenga un criterio en contra. El delegado no se representa sólo a él,
ni principalmente a él, sino a una masa de electores que lo ha elegido y son
las opiniones y problemas de esa masa, los que él tiene que representar y no
sus problemas y criterios personales».
Desde 1974 nos acostumbramos a señalar la «experiencia de Matanzas»
como la etapa decisiva en la formación y despliegue de las bases de nuestro
sistema institucional representativo.
Lo que sucedía entonces tenía en rigor una significación de mayor
alcance universal, atravesaba los límites de la geografía y de la historia.
Correspondió a los matanceros hacer lo que nadie antes había hecho, dar
vida a una representatividad de nuevo tipo, real, auténtica, en la que el
pueblo asumiría la participación efectiva en la conducción de la sociedad.
Que surgiera en esta provincia esa experiencia singular era también en
cierto sentido un acto de profunda reparación histórica, un tributo a los
primeros cubanos que se alzaron para luchar contra la injusticia y la
explotación. En esta provincia donde casi la mitad de la población era
esclava, en 1843 y 1844 habían ocurrido sublevaciones en varios ingenios y
plantaciones, miles de hombres enfrentaron heroicamente a sus opresores en
el combate más desigual, sin armas, aislados del resto de una sociedad
envilecida por el despotismo, el afán de lucro y el racismo; cientos de ellos
cayeron combatiendo, muchos otros fueron asesinados y otros muchos
prefirieron el suicidio antes que caer bajo sus amos y verdugos. La historia
no registró sus nombres y durante mucho tiempo ocultó su hazaña.
Las rebeliones de los esclavos, continuación de la resistencia de la
población aborigen aniquilada en la etapa inicial de la colonia, eran el
sustrato histórico del que habría de brotar el movimiento de independencia
para conquistar la única Cuba posible, la Patria de equidad y libertad. El
régimen esclavista y el racismo eran los nutrientes del coloniaje y del
anexionismo e impedían el desarrollo de la nacionalidad que se iba
formando trabajosamente. El proceso de emancipación política, demorado
en Cuba por esos factores, iba a adquirir sin embargo, un sentido
profundamente radical que lo diferenciaba del resto del Imperio español.
Aquí no podía tener solamente una orientación política separatista, debería
ser sobre todo una verdadera Revolución social. Cuba no podría ser libre si
la libertad no alcanzaba a todos los cubanos, no podría aspirar a la igualdad
entre las demás naciones mientras no lograse la igualdad y la fraternidad
entre sus propios hijos.
Cegados por la codicia y el racismo, los grandes propietarios criollos
carecieron de sentido nacional, optaron por la conciliación con los
colonialistas o buscaron en la anexión a los Estados Unidos la protección de
sus innobles privilegios. Sólo la Revolución iniciada por Céspedes 25 años
después forjaría al pueblo, crearía la nación, consagraría la emancipación de
todos los cubanos y convertiría la lucha por la igualdad y la solidaridad
entre los hombres en sustancia y ala de la nacionalidad cubana, definiría la
esencia de la cubanía. Sólo la misma Revolución conducida finalmente
hasta la victoria por Fidel permitiría hacer realidad los ideales de La
Demajagua A partir de ella, la sangre anónima que había empapado esta
hermosa tierra renacería en frutos de justicia y libertad.
La victoria del Primero de Enero iniciaba la más profunda
transformación de la sociedad cubana y echaba las bases indispensables para
establecer un sistema institucional genuinamente democrático. La obra de
justicia y desarrollo realizada desde 1959, era el fundamento sin el cual
jamás hubiera sido posible un país donde el pueblo ejerciera la autoridad.
Mientras el pueblo no conquistase el poder y no fuese capaz de defenderlo,
mientras no alcanzase un gobierno que sirviera a sus intereses, que existiese
sólo por y para él, la democracia no sería otra cosa que vana retórica o burda
patraña como la han sufrido y sufren todavía la mayoría de los pueblos del
planeta.
En sus primeros quince años la Revolución puso fin al latifundio, la
explotación, el analfabetismo, el desempleo, la discriminación racial y de la
mujer; eliminó el vicio, la corrupción y la prostitución; erradicó la miseria,
la incultura y el abandono; hizo desaparecer numerosas enfermedades,
redujo drásticamente la mortalidad infantil y materna, extendió la esperanza
de vida y protegió a los ancianos y jubilados; sembró por todas partes
escuelas y hospitales; multiplicó las universidades y los centros de cultura y
recreación; construyó miles de kilómetros de caminos y carreteras; edificó
centenares de miles de viviendas; electrificó el país; creó nuevas industrias y
centenares de fábricas a todo lo largo de la Isla; nuestras flotas mercante y
de pesca surcaron los mares y nuestros deportistas cosecharon trofeos en
todo el mundo; las grandes masas accedieron a la educación a todos los
niveles, a ellas se abrieron playas y clubes antes exclusivos de unos pocos,
el pueblo humilde se apropió de las más diversas manifestaciones de la
cultura y el deporte y aprendió a dominar la ciencia y la tecnología.
Fueron años de incesante creación, se trabajó ardorosamente,
febrilmente, a veces saltando etapas tratando de forzar la historia. Era tanta
la injusticia acumulada, tanta la miseria y el dolor que no podían esperar.
Todo tuvo que hacerse siempre en las condiciones más difíciles. Muy
temprano en 1959 el imperialismo norteamericano emprendió contra Cuba
la agresión más perversa, sistemática y prolongada.
La demanda presentada por el pueblo ante el Tribunal Provincial de
Ciudad de La Habana, prueba con documentos oficiales yankis, los
crímenes y fechorías, la inagotable maldad y el cinismo de las acciones que
contra Cuba y los cubanos ha ejecutado Washington durante cuarenta años.
Ahí está el odio de un Imperio que no ha aceptado nunca nuestra existencia
como nación libre e independiente. Ahí está la vileza ilimitada de una
política carente de moral, desprovista de pudor. Las acciones del
imperialismo, desenmascaradas con evidencias irrefutables, son una afrenta
irreparable, un insulto imperdonable al espíritu humano. Nos hacen recordar
las palabras del escritor norteamericano James Baldwin: «Este es el crimen
del cual acuso a mi país y a mis compatriotas y por el cual ni yo ni el tiempo
ni la historia les perdonará jamás, que ellos han destruido y están
destruyendo centenares de miles de vidas y no lo saben y no quieren
saberlo». Estas palabras de 1963 siguen siendo válidas hoy, salvo que ahora
habría que referirse a la destrucción de millones de vidas.
Y los daños humanos contenidos en esa demanda son sólo una parte de
los perjuicios causados a los cubanos por el imperialismo. A ellos hay que
agregar las incontables pérdidas causadas por su guerra contra Cuba en el
plano económico, comercial y financiero; los crímenes perpetrados por la
tiranía batistiana, engendrada y sostenida por Washington que entrenó, armó
y asesoró a los esbirros y torturadores que todavía protege; la
multimillonaria campaña de propaganda y la guerra que contra la
Revolución desató en el plano diplomático comprando gobiernos,
instituciones y personajes subastables; las riquezas y recursos nacionales
saqueados durante la primera mitad de este siglo y la miseria y el
sufrimiento provocados a millones de cubanos.
Es contra ese trasfondo que nuestro pueblo empezó a edificar una nueva
vida, libre y limpia. Lo hacía, además, en un país que había sido víctima del
despojo más brutal y cínico. Como prueban documentos de indiscutible
objetividad, los asesinos y ladrones del batistato llevaron en su fuga hacia
Estados Unidos más de 400 millones de dólares. Allá quedaron y
permanecen amparados por sus amos yankis, los criminales y malversadores
y lo que robaron al pueblo cubano.
La demanda de nuestras organizaciones de masas indica, además, cómo
el pueblo cubano, víctima de una guerra cruel que ya dura cuatro décadas,
ha sido también el principal defensor de su propia obra, protagonista
insustituible en la prolongada resistencia de la Patria. Junto a los
combatientes del Ejército Rebelde y de la clandestinidad, fueron millones de
obreros, campesinos y estudiantes, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos,
quienes se incorporaron a la defensa de la Revolución, se organizaron con
entusiasmo desde el primer día y han librado la batalla en todos los terrenos
en un hermoso y noble ejemplo de heroísmo colectivo. Así hemos encarado
la agresión, entre todos. Fue con esa fuerza multitudinaria que erradicamos
el bandidismo, derrotamos a los mercenarios en Playa Girón, enfrentamos el
terrorismo, el sabotaje y las provocaciones y las plagas y las enfermedades
introducidas por el enemigo.
La Revolución no hubiera podido consolidarse en el poder, no habría
resistido los ataques de que fue objeto desde su etapa más temprana, no se
habría consolidado y desarrollado en estos cuarenta años transcurridos bajo
la permanente agresión del más poderoso imperio, si no hubiese contado
ante todo con el pueblo. Si ella sobrevivió, perseveró y sigue avanzando
victoriosa, es porque ha tenido en el pueblo su héroe irremplazable. Sólo un
pueblo libre, consciente y unido, dispuesto a todos los sacrificios ha sido
capaz de realizar esa proeza.
Para analizar la Revolución Cubana, para entender su inagotable
capacidad de resistencia y apreciar lo que hemos hecho y lo que ella
significa para el mundo, es preciso comprender el papel protagónico que a
todo lo largo de su desarrollo ha desempeñado el pueblo trabajador, nuestro
heroico, abnegado y noble pueblo.
Inmensa, imposible de expresar en un discurso, ha sido, desde luego, la
significación que en nuestra lucha corresponde a la vanguardia
revolucionaria y en primerísimo lugar al compañero Fidel Castro. Pero debe
recordarse que entre los mayores méritos de nuestro Comandante en Jefe ha
estado, precisamente, el haber unido a todas las fuerzas del pueblo y haber
conducido un movimiento revolucionario en el que son millones los
militantes y combatientes.
Desde la gloriosa madrugada del Primero de Enero, Fidel convocó al
pueblo a asumir ese papel decisivo. Con la huelga general que frustró la
maniobra golpista orquestada por Washington y aseguró la toma del poder
por los revolucionarios, el pueblo pasó a ocupar su lugar en nuestra historia.
A partir de ese día dejó de ser un simple objeto manipulado por los
explotadores, o cuando más mero espectador de acontecimientos que no le
pertenecían.
Las masas del pueblo humilde, incorporadas de forma creciente por la
acción transformadora de la Revolución, pasaron a ser participantes
conscientes en los cambios sociales, sujetos de su propia historia. Fueron
ellas el factor decisivo ante las agresiones del enemigo y también en la
construcción de una vida diferente. Así fueron tareas ejecutadas con la
participación del conjunto de la sociedad la campaña de alfabetización, la
lucha por alcanzar el sexto y el noveno grados, la educación de adultos y la
universalización de la enseñanza; los programas de vacunación infantil y las
campañas de higiene y prevención; la vigilancia revolucionaria; las zafras
del pueblo, las movilizaciones agrícolas y el trabajo voluntario en la
comunidad y en todos los sectores de la economía; el desarrollo de
actividades culturales y deportivas; la creación de vigorosas organizaciones
de masas y sociales que incorporan a prácticamente toda la población.
Hacia cualquier sitio que mire un cubano verá algo que ayudó a edificar,
un lugar donde aportó su sudor, donde agregó su esfuerzo, una parcela de la
hermosa creación de todos.
Cuando hablamos justamente de las conquistas del socialismo, esas que
debemos salvar y que salvaremos y perfeccionaremos, no nos estamos
refiriendo a bienes que el pueblo recibió como donaciones que otro le
otorgaba. Las llamamos precisamente conquistas porque fueron alcanzadas
por nuestra propia lucha, las hicimos con nuestras manos y nuestra
inteligencia, las desarrollamos con amor y sacrificio y las supimos custodiar
y preservar.
A lo largo de los primeros quince años de la Revolución el pueblo
participó, de diversas formas, en la dirección y control de la sociedad. En las
organizaciones sociales y de masas, en los centros de trabajo y de estudio,
en los barrios y en las plazas, debatió los principales problemas, adoptó
decisiones, eligió dirigentes.
En aquellos tiempos cuando el Consejo de Ministros reunía las
facultades ejecutivas y legislativas se discutieron con el pueblo importantes
leyes y los trabajadores analizaron en sus centros laborales planes y
objetivos productivos y el pueblo todo en memorables asambleas aprobó las
dos Declaraciones de La Habana y la Declaración de Santiago.
Esa práctica continuaría después. Para mencionar solo algunos ejemplos
recordemos la amplísima discusión colectiva del anteproyecto de
Constitución de 1976 y los documentos del Primer Congreso del Partido, la
preparación del IV Congreso y la adopción de las principales decisiones en
estos años del período especial en que nos esforzamos por perfeccionar la
incorporación sistemática de los trabajadores y toda la ciudadanía a la
reflexión colectiva sustento del consenso y la unidad nacional.
Nuestro sistema político ha sido y es objeto de la guerra que en el plano
de la propaganda lanzó el imperialismo contra Cuba y su Revolución. Con
él se ensañan especialmente porque nuestros enemigos saben que esa es de
nuestras conquistas la fundamental, la que sostiene a todas las demás. Pero
lo hacen también porque el sistema político del imperialismo, sus
instituciones pretendidamente «democráticas» carecen de credibilidad ante
sus propios ciudadanos, están corroídas hasta la médula y para subsistir
necesitan desesperadamente engañar a los pueblos y hacerles creer que no
existe otro sistema, que no hay alternativa.
Comentando la experiencia matancera, el periódico Wall Street Journal
impedido de ocultar completamente la realidad apuntaba, sin embargo, con
insolente arrogancia que «finalmente se cumplían las promesas
democratizadoras» en Cuba. Por supuesto que el autor pudo haberse
ocupado de las nunca realizadas promesas de la para entonces bicentenaria
Constitución norteamericana o de cómo la idea del «gobierno del pueblo por
el pueblo y para el pueblo» se había hundido en el fanguero de Watergate,
que precisamente en 1974 había puesto fin a la carrera política de Richard
Nixon y otros delincuentes.
Cuba tiene un movimiento sindical que abarca todos los sectores y
ramas de la producción y los servicios y por medio de sus sindicatos, el
trabajador interviene en importantes decisiones de su centro y del país; un
movimiento estudiantil que comprende todos los niveles de enseñanza e
incorpora a la vida social a nuestros jóvenes; asociaciones campesinas que
agrupan a decenas de miles de agricultores, emancipados por la Reforma
Agraria; los Comités de Defensa y la Federación de Mujeres, además de sus
tareas específicas cumplen inestimable función en barrios y comunidades
para canalizar la iniciativa popular; la organización de pioneros enseña a los
niños desde temprana edad a discutir, elegir y decidir.
Esas organizaciones y otras que representan los intereses y aspiraciones
del universo social conforman una sociedad civil que alcanza su realización
más plena en la medida que se vincula orgánicamente con las instituciones
gubernamentales y participa en el ejercicio de la autoridad. Cuando hay
verdadero socialismo, y por tanto democracia real, florece la sociedad civil
precisamente porque lejos de estar contrapuesta al poder político se integra
con él.
Nuestras instituciones representativas, las asambleas del Poder Popular
no operan por encima y separadas de las masas y sus organizaciones, sino
que lo hacen desde ellas y entrelazadas con ellas. Los diputados y
delegados, no ejercen su condición de representantes como un oficio o una
carrera, como si fuesen usufructuarios o poseedores de una soberanía que al
elegirlos el pueblo les hubiese traspasado. Saben que desempeñan una
función necesaria y de alta responsabilidad, pero su autoridad se legitima en
la medida que refleja las aspiraciones e intereses del pueblo y se alimenta de
la permanente comunicación con él.
Importantes son los análisis y acuerdos de las sesiones de nuestras
asambleas y comisiones, las normas y orientaciones que ellas emiten y su
actividad de fiscalización y control de las administraciones. Pero igualmente
importante —y esencial para lograr lo anterior— es lo que hacemos cuando
no estamos reunidos entre nosotros sino con nuestros electores, cuando nos
esforzamos por desarrollar su participación y movilizar y encauzar la
iniciativa y voluntad colectivas.
El tiempo transcurrido desde la experiencia matancera y su
generalización a escala nacional ocupa un espacio brevísimo en la
perspectiva histórica, a lo largo del cual, sin embargo, se ha afirmado y se le
han introducido cambios encaminados a profundizar y vigorizar la
democracia cubana. La creación y consolidación de los consejos populares,
la reforma constitucional de 1992 y las elecciones de 1993 y 1998, el
desarrollo de las audiencias públicas, los parlamentos obreros y otras formas
de incorporación de las masas a la discusión de los principales problemas
del país en la etapa más difícil de su historia, refuerzan el carácter
participativo de nuestro sistema político y confirman, una vez más, que es el
pueblo el principal protagonista, es él quien defiende, sostiene y perfecciona
su Revolución.
Hemos avanzado por el camino de lo que Kelsen definió como
«parlamentarización de la sociedad», único modo de resolver el viejo dilema
entre representación y democracia que sólo puede encararse
consecuentemente en una sociedad socialista, donde los principales medios
de producción son propiedad pública y la economía es dirigida por un
Estado al servicio de los trabajadores en el que el pueblo no sólo está
cabalmente representado, sino que también participa realmente en su
conducción.
Es mucho lo que aún queda por andar en el perfeccionamiento del
Estado y sus instituciones, en términos de elevar la eficiencia de la gestión
administrativa y hacer más sistemática y consciente la participación
ciudadana. Pero avanzar para los cubanos es profundizar en nuestro propio
camino. Imitar lo que trata de imponerse en otras partes sería retroceder,
renunciar a lo ya alcanzado, caer en el suicidio colectivo.
[…]
LA CONSTITUCIÓN SOCIALISTA DE 1976

Entrevista realizada por Susana Lee, periódico Granma, La


Habana, 24 de febrero de 1996

Hace 20 años, cuando festejábamos el aniversario 81 del inicio de la gesta


independentista de 1895, la fecha patria se convertía en doblemente
histórica: la primera Constitución socialista de América se proclamaba y
ponía en vigor, luego de que fuera aprobada, en proceso de ejemplar
democracia, por el voto libre, igual, universal, secreto y consciente del 98%
de los cubanos. Para hablarnos de este acontecimiento, Granma entrevistó al
diputado Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder
Popular.
Pregunta.—Veinte años después, luego de haberle sido introducidas las
importantes reformas en 1992 que sentaron las bases para el
perfeccionamiento de nuestro sistema político y la adecuaron a la realidad
económico-social del país, ¿qué consideraciones puede hacer Usted acerca
del significado del paso que dio la Revolución en ambos momentos en torno
a la Ley Primera de la República y cómo valora hoy, a la luz del crucial
período que estamos transitando, su vigencia?
Respuesta.—En 1976 promulgamos la Constitución Socialista que
consagraba en el plano jurídico los profundos cambios que habían
transformado radicalmente la sociedad cubana durante la década y media
anterior. En ella, plasmamos todos los derechos que el pueblo había
conquistado. Eran derechos reales, evidentes, tangibles, afincados en el
desarrollo del proceso revolucionario. No era, como suele suceder en otros
textos de ese tipo, un repertorio de aspiraciones o promesas.
Estábamos entonces en condiciones de dar un paso más, de carácter
decisivo, para consolidar lo ya alcanzado y desarrollar nuestro socialismo.
Era necesario pasar del período de provisionalidad del Gobierno
Revolucionario —pletórico, por cierto, de creatividad y realizaciones—,
para establecer la necesaria institucionalidad que asegurase como dijera
Fidel «la marcha ininterrumpida y siempre ascendente de nuestro proceso en
el futuro». Hacerlo era también y cito nuevamente al Comandante en Jefe
«una necesidad impostergable, un deber histórico y moral de esta
generación de revolucionarios».
Las reformas que le fueron hechas en 1992 recogían por una parte la
experiencia acumulada en los primeros 15 años de funcionamiento del
sistema del Poder Popular y buscan perfeccionarlo y fortalecer nuestra
democracia. También se le hicieron cambios que permitirían hacer aquellos
ajustes necesarios a nuestra economía para enfrentar el período especial.
Ambos momentos son decisivos en la lucha de los cubanos por el
socialismo. Ese socialismo nuestro, plasmado en la Constitución del 24 de
Febrero que está plenamente vigente, pudiera decir, incluso, más vigente
que nunca. Porque todo lo que hacemos, toda nuestra estrategia, es para
salvarlo y desarrollarlo.
Hace 20 años el pueblo de Cuba demostró su firme compromiso con el
socialismo, reflejado en su respaldo virtualmente unánime a una
Constitución cuya redacción final había sido, además, resultado de un
ejemplar proceso de discusión y aprobación en el que participó todo el
pueblo.
Y ese compromiso lo reafirma en la actualidad, con su esfuerzo y
sacrificio cotidianos, como lo hizo en las elecciones que hemos efectuado
bajo el período especial, en los parlamentos obreros y en todas las
discusiones realizadas con motivo de las medidas económicas adoptadas y
como ocurre ahora mismo en las asambleas de trabajadores en el marco del
XVII Congreso de la CTC. ¿Qué muestra todo eso sino el más fuerte
respaldo al socialismo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo?
Es como si cada día de esta etapa heroica, con hechos muy concretos,
volviésemos a reafirmar la validez de nuestra Constitución.
Pregunta.—Enemigos y, en ocasiones, algún que otro amigo en el
exterior y a veces internamente, teorizan alrededor de los preceptos de
nuestra Carta Magna y, bajo el consabido pretexto de la ausencia de
democracia en Cuba, desatan campañas de propaganda contra nuestro país.
Una de las más recientes, incluso, desconoció por completo la voluntad
ampliamente mayoritaria del pueblo que refrendó hace dos décadas la
Constitución por la que se regiría; otras, tergiversan o minimizan el alcance
de las reformas del 92. Ninguna ocasión mejor que ésta para que usted,
amplio conocedor de estos temas, los comente.
Respuesta.—¿Qué saben esos señores de democracia? Ninguno de ellos
representa un gobierno por el pueblo y para el pueblo. Democracia es el
sistema político en el cual el pueblo interviene en el gobierno, participa en la
dirección de la sociedad, ejerce la autoridad. Para lograrlo hace falta
transformar completamente la sociedad. La democracia es imposible en el
capitalismo porque son exactamente conceptos contrarios, opuesto el uno al
otro.
Por eso inventaron la llamada «democracia representativa», un engendro
que no es democrático ni es representativo. Es un esfuerzo para relegar al
pueblo y excluirlo del gobierno con una maniobra reduccionista que busca
tratar de convencer a la gente de que toda la democracia se limita a celebrar
elecciones periódicas.
En esas elecciones se supone que el pueblo «elige» a sus gobernantes y
ahí terminó el asunto, después el pueblo no cuenta para nada, el gobierno
queda en manos de los políticos, de los «elegidos». Al pueblo se le convida
a concurrir, cada 4 ó 5 años, a votar por candidatos que él no seleccionó, con
los que no volverá a tener ninguna relación, que no le rendirán cuenta de su
gestión y, por supuesto, con el pueblo no discutirán jamás los programas y
medidas que el gobierno se proponga aplicar. En ese sistema el pueblo es el
gran ausente, porque ese sistema nada tiene que ver con la democracia como
no sea tratar de impedirla.
En la actualidad la situación se agrava, pues la esencia del denominado
«neoliberalismo» es hacer que el gobierno no sea para el pueblo. Reducen
drásticamente el papel del Estado y su función reguladora de la sociedad y
de la economía, eliminan servicios esenciales para la población, lo
privatizan todo y suprimen toda restricción al desenfrenado afán de lucro de
los ricos. Y desde luego, nada de eso podría hacerse con la participación del
pueblo o con su consentimiento.
Por eso es que gastan tantos recursos y realizan tantos esfuerzos en tratar
de confundir a la gente y hacerle creer que la «democracia representativa»
es la democracia, que no hay alternativa posible, que es «eso» que ella tiene
y sólo «eso».
Pero veamos sus famosas «elecciones». Se han ido convirtiendo cada
vez más en una farsa, mezcla de mercantilismo y corrupción. Exceptuando,
claro está, a los partidos revolucionarios, los ricos son quienes controlan las
maquinarias partidistas que escogen a los candidatos, financian las
campañas publicitarias siempre más costosas de los candidatos y después,
obviamente, controlarán la actuación de los que resulten electos. No hace
falta decir que ningún candidato de los pobres podrá reunir el dinero que
cuestan hoy día las campañas electorales en esos países.
Fíjate lo que ocurre en Estados Unidos. Las campañas electorales
cuestan cada vez más dinero, los aspirantes compiten para reunir más
recursos, gastan decenas de millones de dólares en publicidad y en comprar
votos pero a cada elección concurren menos electores. ¿Qué indica eso, que
el pueblo participa o que el pueblo se aleja? ¿Que el pueblo se siente
«representado» o que se da cuenta que todo es una farsa?
Pregunta.—La oportunidad es idónea para abordar un asunto que está
urgido de mayor atención y perfeccionamiento: la enseñanza y divulgación
sistemáticas de nuestra Ley Fundamental. ¿Qué opina al respecto?
Respuesta.—Creo que sería poco todo lo que se hiciera por divulgar el
texto de la Constitución, estudiarlo, hacer que todos lo conozcan y
comprendan. Es necesario porque ahí están los fundamentos del
ordenamiento legal, del sistema institucional de los derechos y deberes de
todos. Eso es válido para toda Constitución en cualquier sociedad. En
nuestro caso, siendo esencial para nuestro sistema político la participación
popular, es necesario lograr que ella sea como el ABC de la formación
cívica de los ciudadanos.
Pregunta.—Hablar de Constitución es hablar de Estado, de sistema de
gobierno, de igualdad, de derechos, deberes y garantías fundamentales, de
elecciones… aspectos todos en que igualmente somos frecuentemente
atacados. Usted, también con frecuencia, se ha referido a que conquistas que
preservar y defender no son sólo la educación y la salud, sino muchas otras.
¿Puede inferirse de estos pronunciamientos suyos que en la letra de nuestros
preceptos constitucionales se funden esas conquistas?
Respuesta.—Efectivamente en la letra de la Constitución se funden esas
conquistas. Pero yo diría que hay una que es la conquista clave porque en
ella se fundamentan las demás, sin ella se perderían todas las demás,
absolutamente, sin excepción. Ella es: el poder político del pueblo
trabajador, nuestro sistema del Poder Popular.
Fidel lo ha explicado varias veces. Podemos hacer ajustes en la
economía, podemos incluso hacer concesiones, pero mientras el pueblo
tenga el poder, el poder será revolucionado y se garantizará la
independencia de la Patria y el socialismo.
Por muchas vueltas que se le dé al tema ahí está la raíz de los ataques
que se nos hacen. Si Estados Unidos nos ha combatido, de una forma u otra,
desde el 10 de Enero de 1959, es porque desde ese día el pueblo cubano se
liberó, entró en escena y comenzó a actuar. Y no son pocos los
«demócratas» de este mundo que pierden el sueño ante la idea de que algún
día sus propios pueblos tomen también sus destinos en sus propias manos.
Pregunta.—Por último. La ocasión casi induce a preguntarle, porque
está estrechamente ligada a este aniversario, sobre los 20 años de la
constitución del Poder Popular que también se celebran en este 1996.
¿Cómo considera que se debiera proyectar este acontecimiento en cada
territorio? ¿Qué ideas ha manejado la Asamblea Nacional para festejarlo?
Respuesta.—Tienen que ser festejos de trabajo. Junto con el merecido
reconocimiento a los numerosos compañeros y compañeras que han dado lo
mejor de cada uno de ellos, que han luchado muy duro, con tenacidad y
abnegación, debemos convertir este aniversario en el marco apropiado para
multiplicar los esfuerzos, en todas partes, para que el sistema funcione cada
vez mejor, para eliminar deficiencias y errores.
No estamos proyectando conmemoraciones formales ni ceremonias
aunque ellas pudieran estar justificadas. Estamos preparando reuniones de
trabajo en todos los territorios, con nuestros diputados y delegados, que
sobre la base de las que se realizaron el año pasado deben servir para
analizar críticamente la actividad en cada lugar, el funcionamiento de cada
instancia del Poder Popular y cómo enfrenta los problemas concretos.
La insatisfacción tiene que ser norma de conducta de todos nuestros
cuadros: donde hay logros no contentarnos nunca con lo alcanzado y no
dejar de luchar jamás contra lo mal hecho o por hacer todo lo que se pueda y
hacerlo bien.
Que este año aniversario sea el de una verdadera renovación de estilos y
métodos de trabajo, que elimine el formalismo y la rutina y sobre todo, que
sirva para el despliegue de las iniciativas y de la capacidad creadora del
pueblo y su participación real, efectiva y sistemática.
CUBA ANTE EL MUNDO ACTUAL

Fragmentos de la intervención especial en el Congreso Pedagogía


'95, La Habana, 8 de febrero de 1995

[…]
Yo pensaba que pudiera ser útil para esta reunión y para nuestro encuentro
con ustedes compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la ubicación de
Cuba en el mundo de hoy, a partir de la consideración de algunas cuestiones
que estoy seguro que todos los que nos visitan contrastan a diario en su
actividad cotidiana tanto como profesionales o como ciudadanos de los
distintos países del mundo.
Vivimos en un mundo en el que se intenta imponer nuevos dogmas, en
el que se pretende que se ha entrado en una nueva etapa de la evolución
humana a partir de los acontecimientos que se produjeron en Europa
Oriental y Central hace cinco años. Que implica el que la sociedad
internacional, todo el planeta, podrá estar a partir de ahora organizado sobre
la base de determinadas concepciones que se supone que han triunfado y
han demostrado su validez universal y que deben ser seguidas o acatadas
por todo el género humano. Esto se concreta, en términos específicos, en
una idea de la organización de la sociedad desde el punto de vista político
que se expresa en lo que se da en llamar la democracia representativa y en
una idea de cómo debe organizarse la vida económica de estas sociedades de
los principios, los criterios que deben regir en la actividad económica a
escala internacional o nacional que se concreta en lo que ha dado en
llamarse el neoliberalismo. Si pensamos en ambos elementos: el político y
el económico, veremos cómo hay una interrelación evidente entre ambos. Se
nos recomienda, se nos presenta como recetas universales, una concepción
de la sociedad en la cual el Estado, la organización política de la sociedad
debe decrecer no sólo en su tamaño, en sus dimensiones (que muchas veces
este aspecto es objeto de una crítica legítima). Creo que todos coincidimos,
cualquiera que sea la inspiración ideológica, los criterios políticos que se
tengan, en que en más de una experiencia, las dimensiones del Estado, las
dimensiones de la burocracia o los estilos que la burocracia impone
constituyen un fenómeno negativo frente al cual hay que luchar, hay que
buscar su reducción, aligerar su peso en la vida cotidiana, pero no se trata
realmente de eso, se trata de en parte, aprovechando esa crítica legítima,
pretender que la sociedad moderna debe estar concebida de tal forma que se
reduzca al mínimo o que desaparezca incluso la función reguladora,
controladora, organizadora que la sociedad debe tener sobre la actividad
económica en general. Esto, para los latinoamericanos y para los no
latinoamericanos también se manifiesta en ese concepto tan generalizado de
las llamadas privatizaciones.
Ya no se trata solamente de privatizar o no un servicio público, ya sean
los ferrocarriles o grandes sectores de la economía, se trata de privatizar
hasta parques, hasta funciones o lugares que tradicionalmente nos habíamos
acostumbrado a pensarlos no como dominios de nadie en particular sino
pertenencias del conjunto de la colectividad humana que integra cualquier
nación.
Democracia representativa, por otra parte, es un concepto que se
pretende curiosamente imponer como si fuera la única fórmula política
concebible, curiosamente porque el concepto ha sido ampliamente criticado
desde su propio nacimiento. No quiero extenderme ahora en demostrar
como desde que este concepto o esta definición comenzó a ser empleado en
realidad, sobran los investigadores, los analistas, los pensadores, que
siempre subrayaron el carácter ficticio de ese concepto. Es decir, de cómo la
representatividad en una sociedad democrática es algo de muy difícil
realización, por la sencilla razón de que es prácticamente imposible lograr la
organización entre los hombres y que ellos puedan crear fórmulas de
representación en circunstancias en que el hombre no ha resuelto, quizás el
problema más antiguo de la civilización, que es el de la desigualdad
humana.
Si nos remontamos a la historia desde Platón, Rousseau hasta Kelsem en
este siglo, vamos a ver cómo todos ellos apuntaron precisamente a ese gran
problema: cómo organizar la sociedad en forma democrática, es decir, en
forma tal en que todos ejercieran la autoridad, en que todos participasen en
el gobierno común cuando entre los hombres las diferencias eran tan agudas
que hacían prácticamente imposible lograr una forma de representación que
tuviera un carácter legítimo. Eso está en el origen del gran debate de todo el
mundo occidental sobre la democracia.
Es decir, que la democracia, aunque pretendan ocultarlo los que manejan
enormes recursos propagandísticos para crear fórmulas, para fabricar
imágenes, para imponer modos de pensar, aunque para esos grupos aparezca
como un tema fácil, sencillo, al cual se puede imponer recetas, la
democracia en realidad ha sido a lo largo de nuestra cultura uno de los
problemas fundamentales, una aspiración del género humano pero que
siempre fue apreciada como un gran problema, como una meta, como algo
por lo cual los hombres lucharían siempre pero que en ninguna parte habían
logrado conquistar de un modo u otro. En nuestro país nosotros creemos
profundamente, además, en «el gobierno para el pueblo y por el pueblo»,
para seguir la conocida definición de Abraham Lincoln. Nos encontramos
en un mundo en el que se nos pretende imponer que adecuemos nuestra
sociedad a formas que pretenden ser impuestas para todos y que
penosamente, de un modo abierto, de un modo ostensible, niegan sus
propios presupuestos fundamentales.
Que cosa hay más alejada de aquella idea linconiana del gobierno para el
pueblo que esa filosofía que se impone, incluso a través de los créditos
internacionales, de los mecanismos financieros internacionales, de las
políticas que se exportan hacia el Tercer Mundo, de reducir la
responsabilidad estatal, de achicar el área de responsabilidades del Estado,
de pretender que los problemas de los hombres en la sociedad sean resueltos
o queden reducidos al llamado libre juego de las fuerzas del mercado, e ir
haciendo una definición del Estado que cada vez se desentiende más de los
problemas de la gente, un Estado que, en pocas palabras, es cada vez menos
un gobierno para el pueblo.
El pasado mes de noviembre, hablando de las consecuencias de las
elecciones parlamentarias que habían tenido lugar en los Estados Unidos el
día 8, unos días después, el presidente William Clinton, públicamente, ante
la televisión norteamericana, se presentó para hacer un análisis de lo que
había ocurrido, para tratar de explicar políticamente el fenómeno que había
producido una victoria de dimensiones excepcionalmente amplias del
Partido Republicano, de fuerzas que se presentan con una inclinación más
conservadora y que integran la oposición a su gobierno en Estados Unidos.
El presidente Clinton, cuando quiso referirse a lo que a su juicio era la
explicación fundamental de aquel hecho electoral, dijo que en el fondo el
pueblo norteamericano se siente enajenado del proceso político, que el
pueblo norteamericano no se siente partícipe del proceso de toma de
decisiones en la sociedad norteamericana y que es este sentimiento, esta
percepción del electorado la que explica en última instancia, el rechazo que
manifestó frente a los candidatos que eran percibidos por la gente como
representantes de la sociedad política norteamericana. El pueblo se siente
enajenado de su sistema político y el pueblo no se siente partícipe del
proceso de toma de decisiones en la sociedad.
Si buscamos cualquier diccionario, si buscamos cualquier texto
elemental de historia o de teoría política, si pensamos ligeramente sobre la
idea de la democracia, difícilmente podremos encontrar situación más
distante de esa idea que aquella de una sociedad donde su máxima figura
representativa, el jefe de Estado, la define como una en la cual la gente se
siente enajenada del sistema político y no se siente partícipe en el proceso
de toma de decisiones.
Yo creo que, quizás, sin quererlo, el presidente Clinton dio el mejor
diagnóstico de la quiebra de un modo de entender la democracia en su
sentido raigal y mostraba adónde llega la ficción de la representación en las
sociedades que no conciban la democracia precisamente como una
aspiración y como un problema que hay que resolver y que hay que
construir esa aspiración de un modo trabajoso y de un modo que implica no
concebir la organización de la sociedad sino como algo en la que el Estado,
el gobierno se desentiende de los problemas de la gente, deja de ser una
institución para la gente y deja cada vez más que sea la empresa privada,
que sean las corporaciones, que sean los individuos los que decidan y con el
libre juego de las fuerzas económicas resuelvan o dejen de resolver los
problemas de los seres humanos. El precio de ese enfoque que se llega a
manifestar con esa crudeza, por el Presidente norteamericano, también se
manifiesta en otras naciones, no voy a decir que en todas, no voy a decir que
sea un fenómeno universalmente aplicado, pero en muchos otros lugares
también hay muestras de un cierto desinterés, una enajenación de la gente
respecto a su proceso político, que se expresa en el hecho de que en más de
una sociedad democrática, la corriente política que más respaldo recibe no
es la que representa a ningún partido político, a veces ni la suma de todos
los partidos la representan, que es la tendencia a la abstención, a no
participar, a no involucrarse en modo alguno en la toma de decisiones de
importancia para todos en cualquier sociedad.
En nuestro país tratamos de seguir un camino que no ocultamos que
como nos señalan en muchas partes diversas publicaciones, se aparta de la
corriente de lo que se supone que deba ser el modo único de actuar para
todos; esto tiene razones que no se refieren solamente con nuestro modo de
entender las cosas, con el pensamiento que anima a la actual generación de
revolucionarios cubanos, no solamente tiene que ver con nuestra convicción
de que estemos defendiendo una sociedad que nos parece más justa, que nos
parece más noble, que nos parece que encarna ideales y aspiraciones por las
cuales vale la pena esforzarse sino que además corresponde con nuestra
propia tradición, con nuestras propias raíces nacionales.
En el día de ayer el compañero Gómez, nuestro ministro de Educación,
les dio una panorámica en este sector de lo que nuestro país, nuestro pueblo,
ha alcanzado en estos años del período revolucionario. Pudiéramos hacer
algo parecido con otros importantes aspectos de la vida y el desarrollo social
y veremos que efectivamente en este país hay unas cuantas cosas por las
cuales luchar, unas cuantas cosas que vale la pena defender a cualquier
costo, y que su defensa, el aferrarse a no perder lo que hemos conquistado
con el esfuerzo de todos, con la participación de todos a lo largo de estos
años es en el fondo la concreción más clara, más profunda de una verdadera
voluntad democrática de nuestro pueblo, en el sentido de que es el
sentimiento, la aspiración, la voluntad de la inmensa mayoría de los
cubanos, pero que, además, no están solamente defendiendo resultados
importantes sino resultados que son consecuencias de su propio esfuerzo
colectivo.
Si democracia es participación de la gente en el gobierno, si democracia
es ejercicio de la autoridad del pueblo, la democracia tiene que ser un
sistema en el que el pueblo no se sienta enajenado de su sistema político, en
el que el pueblo no se sienta no partícipe en el proceso de toma de
decisiones, sino que democracia tiene que ser exactamente lo opuesto a esa
fórmula que sirvió al presidente Clinton para describir la situación que
enfrenta hoy el país que, precisamente, pretende exportar su calamitosa
imagen democrática como si fuera el arquetipo de la organización que todo
el mundo tiene que acatar.
Si fuéramos a estudiar desde su origen ese movimiento de profunda
transformación ocurrido en Cuba en el campo educacional, o si fuéramos a
hacer lo propio con relación al desarrollo de la salud pública, o si fuéramos
a hacerlo con las transformaciones en el plano de la cultura, o si fuéramos a
hacerlo con relación al deporte, o si fuéramos a hacerlo con relación a la
defensa nacional frente a las agresiones que este país ha sufrido, veremos
que en todos esos aspectos cardinales de la vida nacional ha existido y existe
como elemento fundamental la participación colectiva del conjunto de la
población. Si en Cuba hay resultados en el terreno educacional de los que
podemos sentirnos orgullosos, no es sólo por la dirección correcta, por la
estrategia correcta que se aplicó en ese campo, no es sólo porque haya
habido criterios técnicos adecuados, porque haya habido una concepción
justa con relación a este tema, ha sido también porque desde el primer
momento se propició y se logró la incorporación del conjunto de la
población en el desarrollo de esa profunda transformación educacional.
Desde la campaña de alfabetización en la que decenas o centenares de
miles de cubanos: trabajadores, jóvenes, amas de casa, se dedicaron a
enseñar a leer y a escribir a los que no sabían hacerlo, en un movimiento
que desbordó cualquier institución ministerial, cualquier entidad estatal,
para convertirse en un fenómeno de masas en el que todos tuvieron un papel
importante a desempeñar en él hasta el día de hoy, en que […] a pesar de
todas las dificultades, de toda la situación crítica que atraviesa nuestro país,
no se ha cerrado ninguna escuela, no ha quedado ningún niño sin aula. Pero
todo eso se explica también con el esfuerzo colectivo, con el sacrificio
ejemplar de miles y miles de maestros, con el aporte que la comunidad hace
para ayudar a que esa escuela se mantenga abierta, con el aporte que incluso
padres y madres hacen ayudándose los unos a los otros para que funcione
nuestro sistema educacional, porque en última instancia para el cubano se
trata de algo que no le es ajeno, que no ve como una cuestión distante de la
que puede desentenderse y algo semejante podría decirse de todos los
aspectos capitales de nuestra existencia cotidiana hoy.
Frente a aquellos que abogan por un Estado prescendente, por un Estado
que no se sienta responsable de los problemas de la gente y un Estado, en
consecuencia, en el que nadie podrá esperar que la gente se sienta partícipe,
que la gente se sienta motivada a intervenir. Frente a esto, nosotros
seguimos creyendo en un Estado y en una sociedad organizada sobre bases e
inspiración democrática que, además, por creerlo profundamente y por estar
convencidos que el conjunto de la población cubana así lo cree, es que
podemos explicar que a pesar de todos los contratiempos, a pesar de la muy
difícil situación en lo material que enfrenta nuestro país, a pesar de que
desaparecieron nuestros socios de ayer y que cuando tal cosa ocurrió el
viejo bloqueo norteamericano no sólo se mantuvo sino que se intensificó.
Ahora mismo alguien por allá ha propuesto una nueva ley en el Congreso
norteamericano para no sólo extender y fortalecer las actuales medidas de
bloqueo sino pretendería tratar de llevarlo a su universalización, de
establecer obligaciones internacionales sobre otros estados para que acaten
la misma política; estaría por ver qué sucede si una propuesta como esa
llegara a ser aprobada en el Congreso norteamericano, nada se puede excluir
en un sistema parlamentario que en su separación del pueblo, en un sistema
parlamentario en el cual el pueblo es ajeno, según dice su máximo
representante, en un sistema parlamentario en el que la gente no tiene nada
que hacer ni que decir en relación con sus decisiones; habría que ver qué
pasa después en el plano internacional, pero, viviendo esas condiciones,
enfrentando esas amenazas incluso de multiplicar y agravar esas
condiciones que enfrenta nuestro pueblo, la única explicación, la única
razón que puede demostrar por qué a pesar de todos los pesares no
solamente no hemos desaparecido, no solamente no nos han podido obligar
a plegarnos a esa corriente universal que en última instancia expresa la
dominación universal de quienes ustedes saben; sino que, además, a pesar
de todos los pesares nosotros podemos mostrar en los últimos meses, en el
último año, cómo comienzan a manifestarse signos alentadores en nuestra
economía, signos que nos permiten apreciar el proceso de decrecimiento, de
deterioro de la situación material, comienza a detenerse y que, en algunos
aspectos, incluso, mostramos algunos signos importantes de recuperación;
esto se logra y se seguirá logrando a partir de un compromiso real de la
inmensa mayoría de la gente con el proyecto político y social que
defendemos. […]
No será muy democrático representativo, pero sí creo que es muy
genuinamente democrático el proceso en el que los cubanos nos hemos
embarcado desde el comienzo de esta crisis, que nos ha llevado a convertir
en temas de discusión colectiva, de reflexión sistemática, por parte de todo
el mundo los principales problemas que encara nuestro país. Nosotros
hemos adoptado algunas decisiones importantes que han tenido que ver con
medidas de austeridad económica, con políticas de precios, con sistemas
impositivos, que han tenido que ver con todo el conjunto de acciones que la
sociedad cubana ha tenido que ir adoptando para poderse ajustar, poderse
adecuar y adaptar a esos cambios en nuestras relaciones económicas
externas que se han producido en los últimos años. Cualquiera de nuestros
hermanos y hermanas de América Latina conoce qué cosa es un paquete
económico y la adopción de medidas financieras, es un fenómeno bastante
común; algunos podrán recordar algunos paquetes, varios programas de ese
tipo adoptados en sus respectivos países en lapsos mucho más breves que 35
años de revolución en Cuba.
Yo dudo que haya muchos que recuerden cuándo en sus respectivos
países la adopción de esas medidas, de esas políticas, estuvo precedida por
un proceso en el cual todos los ciudadanos de ese país pudieran
pronunciarse libre y abiertamente sobre los posibles caminos a seguir; estoy
seguro que más bien, lo que recordarán muchos de los que me escuchan es
la mañana o la noche que, de pronto, conocieron por un noticiero de
televisión o por la lectura de un diario, que a partir de ese momento vivían
en un país donde se habían producido importantes modificaciones en la
política económica que se reflejarían desde el precio del pan que comprarían
esa mañana hasta los gastos que el Estado destinaría a la educación, a la
salud, etc. En el caso nuestro todas y cada una de las medidas, todos y cada
uno de los cambios importantes que poco a poco hemos ido introduciendo
en nuestra estrategia económica para enfrentar la actual crisis, todas fueron
no sólo objeto de discusión aquí mismo, en esta misma sala por la Asamblea
Nacional, sino que lo fueron antes y lo siguen siendo en todos y cada uno de
los colectivos obreros, en todos los colectivos estudiantiles a lo largo del
país; se trata de una sociedad que da fenómenos no frecuentemente
repetidos en el planeta pero que forman parte consustancial de nuestra
realidad nacional, como se dan ahora mismo, comenzando en estos mismos
días en todo el movimiento obrero cubano donde en cada colectivo de
trabajadores no sólo los trabajadores han opinado de un tema que existe en
el planeta entero como es la contribución a la seguridad social, han dado su
punto de vista sobre si eso debe existir o no, sobre los términos en que
podría existir, conscientes de que la Asamblea Nacional, aquí mismo, en
esta misma sala, decidió excluir de la ley tributaria esa materia porque era
evidente que existía diversidad de pareceres, incluso resistencia por parte
del movimiento obrero cubano a esa idea de la contribución a la seguridad
social, y la Asamblea Nacional decidió que no se pronunciaría sobre el tema
y que no adoptaría ninguna decisión hasta que después todos los
trabajadores cubanos pudieran analizar en concreto esta situación,
pronunciarse sobre ella y conformar, como lo tratamos de hacer en todo un
consenso nacional alrededor de ese tema para que sobre esa base se pudiera
convertir en una decisión que obligase a toda la colectividad cubana.
Algo bastante alejado de esa triste descripción clintoniana de un pueblo
que no se siente partícipe en modo alguno en el proceso de toma de
decisiones; aquí nos hemos ido acostumbrando al debate continuo, a la
reflexión colectiva continua, ¿por qué? Porque se trata de adoptar las
decisiones que haya que adoptar, asumir los sacrificios que haya que asumir
entre todos para tratar de salvar una obra que fue construida por todos y que
es sostenida por todos. Es difícil realmente imaginar una situación menos
cercana a aquella vieja aspiración que desde los tiempos de Platón ha estado
presente en la cultura occidental de llegar a una sociedad en la que todos se
sientan partícipes y en la que entre todos tomen las decisiones
fundamentales que las regulen.
Pero les decía, además, que esta idea, esta concepción esta motivación,
en el caso de los cubanos, tiene profundas raíces históricas. Ustedes llegan a
Cuba en el año que marca el centenario del inicio de la última guerra de
independencia, la que debería conducir al fin del dominio español en
nuestro país, aunque en el caso nuestro no condujo a la independencia, sino
condujo a la ocupación norteamericana y a otra etapa de nuestra vida que
solamente podríamos superar en 1959, otra etapa de subordinación, de
dependencia, de coloniaje, de hecho es el centenario de esa guerra de
independencia y también el centenario de la caída en combate del más
grande de los maestros cubanos, de José Martí. Para los latinoamericanos
resultaría claro el contraste, resultará clara la referencia al pensar de que
cualquiera de vuestros países había iniciado ese proceso casi un siglo antes,
por qué en las colonias antillanas de España ese proceso habría de dilatarse
casi un siglo más, qué explicó que para los cubanos resultara más largo y
más trabajoso el camino hacia la independencia y que para los cubanos
además ni siquiera condujera al establecimiento de la república formal, de la
independencia formal, sino a la concreción de nuevas formas de
dependencia; esos porqués los encontramos en una historia compleja,
complicada, peculiarmente difícil que remonta a los orígenes de nuestra
nacionalidad y donde vamos a encontrar presentes desde el primer día
exactamente los mismos términos de los problemas que los cubanos
seguimos encarando hoy.
Si acá el proceso fue mucho más complicado, resultó mucho más
trabajoso, más difícil que cuajase una nacionalidad y una idea nacional en
las condiciones de una colonia donde una gran parte de la población era
esclava y otra parte apreciable de la población estaba compuesta por
esclavos que se habían emancipado por sus propios medios pero que
representaban un sector mayoritario de la sociedad vergonzosamente
discriminados y oprimidos; y el hecho de que desde los momentos iniciales
se desarrollase en los Estados Unidos de América desde los tiempos del
presidente Jefferson, como política oficial norteamericana de preservar para
España su colonia de Cuba hasta el momento en que se dieran las
condiciones de que esta colonia española se incorporase al territorio
norteamericano; el fenómeno que los cubanos conocemos históricamente
como el vocablo de anexionismo. Anexionismo que tenía expresión en la
voluntad norteamericana y también manifestación reflejo dentro de la
sociedad cubana, especialmente dentro de aquellas capas de esa sociedad
que fundaban su riqueza, su poderío, del trabajo esclavo para quienes
alguien dijo que su patria no era otra cosa que su ingenio azucarero y sus
esclavos. Enfrentar esa situación, lograr crear en esas circunstancias un
movimiento nacional que permitiese establecer una República independiente
acá implicaba dos grandes retos: por un lado, enfrentar a aquellos miembros
de la sociedad cubana, a aquellos elementos de nuestra vida económica y
social que aspiraban a mantener la servidumbre humana, imponer en la
sociedad cubana ideales de justicia y de igualdad, únicas bases posibles para
construir aquella nacionalidad en aquellas circunstancias y encarar la
declarada y manifiesta pretensión norteamericana de dominar esta Isla.
Si pensamos en 1995 veremos cómo los cubanos de hoy seguimos
enfrentando el mismo dilema, seguimos enfrentando a la misma potencia
que todavía hoy pretende dictar la forma en que la República de Cuba debe
organizarse, pretende seguir dictando el destino político de esta nación, y
encuentra como aliados posibles a algunas personas que nacieron acá, pero
que nunca tuvieron otra patria que su ingenio, sus esclavos, sus propiedades
y frente a eso un movimiento nacional patriótico, que descubrió desde el
primer día que para tener una república independiente en Cuba tenía que ser
una república fundada en la solidaridad humana, fundada en el sentimiento
de la justicia, de la igualdad, y que ese ideal aquí no podría realizarse sino
enfrentando el antagonismo y la oposición de ese vecino, de esa potencia
poderosa que tenemos en la vecindad. Nada ha cambiado, excepto que a lo
largo de este proceso los cubanos finalmente sí conseguimos fundar esa
república solidaria y sí conseguimos trabajosamente, dificultosamente ir
creando una vida superior, distinta, que es la que hoy nos empeñamos en
luchar. Por eso no se trata solamente de defender una aspiración histórica,
de defender el legítimo interés nacional de independencia, de defender una
tradición patriótica y de ser fieles a nuestros orígenes, además, en el caso
nuestro se trata de defender y de salvar lo que pudimos ser capaces de crear
en estos años, es por eso que el desafío cubano es un reto enorme para todo
un pueblo, pero los cubanos acostumbramos sobre todo en estos años que
marcan efemérides tan importantes como la de este centenario a mirar un
poco hacia atrás y ver el camino recorrido, y realmente estamos convencidos
de que por grandes que sean los obstáculos de hoy nuestro pueblo atravesó a
lo largo de su historia circunstancias mucho más difíciles, mucho más
complejas en que su aislamiento fue mayor y que además, no tenía una gran
obra que salvar sino simplemente un sueño por conquistar y por defender.
Hoy, tenemos el privilegio de luchar por la independencia en condiciones en
que creemos que podemos salvarla, pero además, como decía Luis Ignacio
ayer, estamos luchando por aquellos sueños que convertimos en realidad y
también por preservar nuestro derecho a seguir soñando y a seguir
realizando sueños en el futuro.
NO HABRÁ TRANSICIÓN

Fragmentos de la entrevista realizada por José García Abad para


la revista El Siglo de Europa, España, publicada el 27 de enero de
1997

[…]
José García Abad—¿Felipe González está haciendo algún tipo de
intermediación? ¿Ha mantenido conversaciones con Fidel Castro?
Ricardo Alarcón —Estoy seguro de que mantiene las relaciones de
siempre con Fidel, pero no lo sé, tampoco creo que haga falta
intermediación alguna. Yo creo que él ha tratado de contribuir al
aflojamiento de la tensión, sobre todo por las declaraciones que ha hecho.
En Yugoslavia sí ha intermediado, ¿no?
José García Abad —Sí, es un especialista en transiciones aunque aquí
parece que eso de la transición les suena a ustedes mal. La expresión de
transición política hacia la democracia no les gusta nada.
Ricardo Alarcón —Una transición implica la idea de un cambio de una
situación hacia otra distinta. Yo diría que el tema de la democratización es
una cuestión universal. Toda la sociedad tiene que democratizarse; toda
sociedad con vocación democrática debe estar en un constante proceso de
democratización, de búsqueda, de cambios para lograr que la gente sea la
protagonista, la que actúe, la que dirija la sociedad. Yo no voy a decir que
aquí se ha conseguido la perfección. Lo que digo es que en ninguna parte se
ha alcanzado. Pero desde luego aquí hemos desplegado un verdadero
esfuerzo para conseguirlo. ¿Qué es lo que se nos presenta como alternativa?
Dejar de profundizar en el desarrollo de formas participativas cada vez más
eficaces para reducir la democracia a lo puramente representativo; copiar un
modelo que está en general en crisis.
José García Abad — Recientemente ha concluido un periodo de
sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular donde se han
endurecido las leyes contra los disidentes. ¿Cómo explica usted— si es
correcta esta interpretación— estas medidas de rigor en un momento en que
lo que se espera de Cuba es una evolución democrática del régimen?
Ricardo Alarcón —No somos el único país que ha adoptado, en
circunstancias especiales, una ley antídoto. Es cierto que la nueva ley recoge
nuevas figuras delictivas, pero estas figuras han sido creadas en realidad por
el Gobierno de los Estados Unidos al pretender castigar a personas fuera de
su país; a empresarios y a particulares. En ningún país del mundo se
castigaría a nadie por proporcionar información sobre una finca o sobre
determinada fábrica; éstos no son, por lo general, secretos de Estado. Sin
embargo, la actitud agresiva de los Estados Unidos nos obliga a tomar
medidas contra quien proporcione información que pudiera ser utilizada, por
ejemplo, contra un inversor español frente a un tribunal norteamericano en
aplicación de una ley, ilegal ante el Derecho Internacional, como es la
Helms Burton. Leyes similares, leyes antídoto, han sido adoptadas por
México, por Argentina y hay precedentes anteriores en Inglaterra y en
Canadá, donde ahora la han actualizado. La misma Unión Europea está
actuando en esa dirección.
Nuestra respuesta ha sido increíblemente mesurada, incluso hemos
creado una curiosidad penal porque más que establecer castigos lo que se
hace es advertir, dar la oportunidad a la gente para que no delinca. De
hecho, más que una ley convencional, lo que estamos haciendo es anunciar
que podrá haber una legislación específica en el futuro para determinar
cómo proceder frente a determinadas violaciones de esta ley.
José García Abad—¿Se consideran ustedes en guerra?
Ricardo Alarcón —Cuba está sufriendo desde hace muchos años una
agresión brutal. La ley Helms-Burton pretende aniquilar el país; quiere
reforzar el bloqueo, hacerlo total, plenamente eficaz, ese es el sueño de sus
autores. ¿Cómo? Persiguiendo las inversiones extranjeras en Cuba; es decir
cerrando nuestra economía al resto del mundo.
José García Abad —Creo que usted coincidirá conmigo en que hay una
presión casi universal para forzar la evolución política del régimen cubano.
Yo comprendo que desde la perspectiva del régimen castrista debe ser muy
difícil proceder ahora a una apertura que puede interpretarse como una
cesión. ¿No cree usted que es necesario una evolución democrática del
régimen?
Ricardo Alarcón —La pretensión de imponer a un país determinadas
formas de organización política atenta a la soberanía nacional y es contrario
al derecho internacional. Además, estas actitudes están cargadas de cinismo,
de una doble moral. No quiero meterme con ningún otro Gobierno, pero es
evidente que hay Gobiernos a los que no se aplica el mismo rasero.
José García Abad—¿Marruecos, China…?
Ricardo Alarcón —La lista es larga… Son muchos los estados que no
tienen absolutamente nada que ver con el modelo occidental de democracia.
En una ocasión, hablando de este tema le comenté a un amigo español: «Te
pido una cosa: trátame como a Marruecos».
José García Abad —Pero sí es preciso que ustedes evolucionen.
Ricardo Alarcón —Mire usted, yo sostengo la tesis de que en el fondo,
sin ánimo de simplificar una cuestión compleja, en el fondo, la actitud de
Estados Unidos y de algunos estados latinoamericanos frente a Cuba tiene
un carácter defensivo. No es cierto que el modelo que se nos quiere imponer
esté en alza. Reconociendo que hay algunos modelos políticos que
funcionan mejor y que tienen más credibilidad, los sistemas que yo conozco
mejor, los de este hemisferio, la llamada democracia representativa, está
atravesando una crisis bien profunda.
José García Abad —No tanto como la alternativa, Presidente. Desde la
caída del mundo soviético la alternativa al capitalismo parece que se ha
hundido completamente.
Ricardo Alarcón —Alguien dijo que el problema del fracaso del
socialismo fue que nunca existió realmente y el fracaso del capitalismo es
que realmente existe y por eso fracasa.
José García Abad —También se ha dicho que la revolución socialista no
es más que un paréntesis entre dos capitalismos.
Ricardo Alarcón —Yo no asumo para mí los errores, las deficiencias, el
fracaso de los modelos europeos. El hecho de que estemos aquí, seis años
después de haberse producido aquella hecatombe, está mostrando que
evidentemente había algo diferente, porque si no hubiéramos caído como
una carta más del castillo de naipes…
José García Abad —Pero en lo que a Cuba se refiere creo que también
sería importante pasar de una personalización del poder a una
institucionalización, a una democratización del mismo. Tal como lo percibo,
aquí todo se mueve a instancias de lo que marca el Comandante y de ahí
todo para abajo. Yo creo que sería justo pedir, incluso desde una perspectiva
de izquierdas, algo más de coherencia interna dentro de la Revolución. Por
ejemplo, no puedo entender, señor Presidente, como no hay más que una
lista única para acceder a la Asamblea Nacional.
Ricardo Alarcón —Yo creo que ha habido por nuestra parte un esfuerzo
eficaz de renovación.
José García Abad —Sin un sistema vivo de representación, el régimen
no se legitima y peligra su propia continuidad. Si desaparece Fidel se cae el
sistema.
Ricardo Alarcón —Yo no lo veo así. Lo que pasa es que hay que
reconocer el enorme papel desempeñado por él, su peso en la sociedad
cubana.
José García Abad —Los países comunistas del Este cayeron porque el
modelo dejó de funcionar, pero no porque se muriera el secretario general
del partido. Cuba ha logrado superar la caída de estos regímenes porque el
sistema cubano es algo diferente, pero en cambio es más vulnerable cuando
se muera el líder. ¿Qué ocurrirá entonces?
Ricardo Alarcón —El día que no esté Fidel es como cuando dejó de
estar Lenin en Rusia.
José García Abad —¿Vendrá entonces un Stalin?
Ricardo Alarcón —No hay nadie insustituible, si bien es evidente que
quien venga no tendrá las mismas características que Fidel Castro.
José García Abad—¿Y no sería conveniente que el régimen
evolucionara en vida de Fidel?
Ricardo Alarcón —Yo creo que la cuestión radica en continuar con el
proceso de democratización en Cuba, como en España, como en Estados
Unidos, como en todas partes. Ahora yo creo que sería un error para los
cubanos imitar el modelo de democracia occidental, que equivale a reducirlo
a los aspectos formales representativos y reducir al mínimo, en algunos
casos al cero absoluto, la participación de la gente en el control y en la
dirección de la sociedad.
Eso va a ser más necesario el día que no esté Fidel Castro, porque Fidel
Castro es un punto de encuentro, es un intérprete inigualable de la
colectividad. Tiene momentos geniales y unas cualidades como persona
singulares, difíciles de reproducir: inteligencia, cultura política, dedicación.
Es un genio de inteligencia. No vas a tener siempre personas de esas
características. Pero también le digo que aquí hay mucha gente preparada.
Aquí hay cuadros, dirigentes locales, gentes de las nuevas generaciones, que
nacieron después de la Revolución, con enorme valía intelectual, con
preparación profesional, con vocación de dirigentes; hay muchas
potencialidades creadas por la Revolución, y en gran medida por Fidel
Castro, que le permiten a uno estar seguro de que en el futuro, lejos de ir
para atrás, podemos ir hacia adelante.
En otra época el nivel de concentración de las decisiones era
incomparablemente más alto que ahora. Ahora Fidel se va de viaje, está dos
semanas fuera y el país sigue funcionando; se siguen tomando decisiones. Si
todo dependiera de él, como Usted señala, habría que dar vacaciones a todo
el mundo hasta que él regrese. No está tan personalizado el nivel de
decisión.
José García Abad —Ustedes están ahora en un momento crucial por la
puesta en marcha de una nueva política económica que puede afectar a la
propia estructura del régimen, o por lo menos puede hacerle evolucionar con
consecuencias políticas que no sé si ustedes habrán considerado. Me refiero
a la despenalización del dólar, la nueva legislación para inversiones
extranjeras, la posibilidad de abrir pequeñas empresas familiares y, sobre
todo, la eclosión del turismo. En la sociedad cubana se observa una dualidad
enorme entre el área del dólar y el de la economía tradicional que está
produciendo tensiones. Ello contribuye en la conciencia de la gente; hay
muchos que ahora lo tienen claro: deben salvarse individualmente frente a la
teoría oficial de la salvación colectiva. A por el dólar, y maricón el último.
Ricardo Alarcón —Yo creo que ésa es la cuestión fundamental y la
decisión estratégica más importante que hemos adoptado. Yo creo que ahora
hay un mayor consenso sobre la corrección de la nueva política. Al principio
había mucha gente que no compartía estas medidas desde una perspectiva
revolucionaria. Para mi juicio era un argumento erróneo, puesto que el
primer deber de un socialista es salvar nuestro proyecto y la alternativa
hubiera llevado al derrumbamiento económico. La alternativa elegida
representa introducir en la sociedad cubana de hoy elementos de la
economía de mercado, elementos capitalistas, elementos individualistas,
todas esas cosas. Con eso hemos logrado no sólo detener la crisis sino
iniciar un proceso de recuperación, dificultoso, con limitaciones pero sin la
menor duda estamos más en esa dirección. Lo cual no elimina el hecho de
que esos elementos que usted dice y que están influyendo en las ideas y en
las actitudes. Eso es así desgraciadamente. Pero no hubiera tenido lógica
empeñarse en una actitud numantina que nos hubiera llevado a la catástrofe.
Si ahora volviéramos a la situación anterior y prohibiéramos el dólar, habría
un nivel de oposición enorme, sería imposible. No tendríamos policías
suficientes. Ahora todo el mundo tiene acceso al dólar. La gente preguntaba:
¿pero Usted quiere defender las ideas del socialismo con esos métodos
capitalistas? Es un gran enredo pero no hay otra alternativa que la
bancarrota. Habrá tensiones como usted dice pero más manejables que las
que provocaría la bancarrota.
José García Abad —Cómo negar a Fidel Castro sus méritos… Pero han
pasado ya casi 40 años y no se puede seguir como si nada hubiera pasado en
el mundo. Mi pregunta concreta es la siguiente: ¿cómo puede el régimen
evolucionar desde dentro, desde sus propios principios?
Ricardo Alarcón —El problema está en que hay una visión europea o
norteamericana que no deja de tener —no lo tome como un agravio— un
cierto resabio colonialista. Es una visión eurocentrista del mundo. Se
pretende que Cuba avance según le parece a Europa. Y esto me permite
enlazar con mi reflexión anterior sobre el carácter defensivo de esa crítica.
Cuando los yanquis insisten en ello no es porque ellos quieran extender los
beneficios de su sistema, lo que quieren es hacer desaparecer la posibilidad
de una alternativa política, de un sistema político alternativo que está
buscando, desarrollando, inventando, creando formas para resolver un
problema que es universal. ¿Cómo diablos se logra en la sociedad moderna
que toda la gente participe y decida? Ese es un tema bien complicado. Los
grupos elitistas pretenden que la gente crea que la democracia se reduce al
aspecto ceremonial; a delegar en mí o en Usted la soberanía popular.
[…]
NO SE PUEDE PEDIR QUE UN PAÍS CAMBIE POR
MEDIO DE PRESIONES EXTERNAS

Entrevista concedida a Miren Garayoa, revista Tribuna

Pregunta.—¿Cree que algún día podrá romperse el hielo entre Cuba y


Estados Unidos?
Respuesta. —Como usted sabe, las relaciones entre Cuba y Estados
Unidos no son normales y creo que ha llegado el momento de que los dos
países se sienten a hablar para regularizar la situación. Es evidente que
somos vecinos y lo seguiremos siendo por muchos años. Hay un refrán
mexicano sobre las consecuencias de estar situado en un lugar geográfico
particular y alejado de Dios. Nosotros estamos aún más lejos de Dios que
los mexicanos pero estamos cerca de Estados Unidos. Llegará el día en que
logremos entendernos.
Pregunta. —Cuba necesita a Estados Unidos desesperadamente…
Respuesta. —Cualquiera puede hacerse cargo de nuestra situación.
Imagínese a un país como el nuestro que de la noche a la mañana, debido a
cambios políticos en el exterior, ve desaparecer el 85% de su comercio
exterior, ve evaporarse la única línea de crédito que tenía, esfumarse sus
mercados, y no quiero seguir. Y todo ello en tiempos de paz, porque
situaciones como la nuestra son típicas de un período de guerra, pero no de
paz. Sin embargo, contra todas las predicciones, aquí estamos cinco años
después, no en muy buenas condiciones, pero la revolución sigue viva. Los
agoreros que decían que todo se iba a acabar no acertaron. Este año incluso
vamos a crecer un modesto 5%, una cifra incluso buena para países que no
están en nuestra difícil situación.
Pregunta. —Quizá España tiene que ver en este crecimiento. Ha habido
importantes inversiones de empresas españolas en Cuba.
Respuesta. —Es cierto. España y otros países han apostado por Cuba.
Muchas compañías extranjeras están invirtiendo en Cuba. Se habla sobre
turismo y es cierto. Se están construyendo numerosos hoteles. Además
estamos sumando al sector turismo sectores económicos como el níquel, la
minería y la explotación y refinado de crudo, producción de cítricos,
comunicaciones telefónicas y la caña de azúcar. La tendencia es buscar
socios internacionales.
Pregunta. —Pero para recibir a empresas extranjeras el sistema cubano
tendrá que cambiar bastante…
Respuesta. —Es cierto, y estamos en ello. Ahora se está discutiendo en
cientos de asambleas en fábricas, escuelas y en todos lados si cada cual
tendrá que aportar parte de sus ingresos para contribuir a su fondo de
jubilación. El asunto de los impuestos sobre las rentas personales es un tema
tabú, porque los sectores de los trabajadores se niegan de plano a ello. Algo
que puede parecer normal en su país, como un sistema impositivo, es difícil
de entender en el nuestro.
Pregunta. —También es cierto que no es muy coherente que en un
régimen socialista los trabajadores tengan que seguir las reglas económicas
de una sociedad democrática de mercado libre.
Respuesta. —Déjeme decirle una cosa. Recuerdo perfectamente la
definición de democracia que da la Real Academia de la Lengua Española:
«Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado». Ningún país
debe estar completamente satisfecho en sus aspiraciones democráticas. La
democracia ha sido una especie de utopía siempre en lucha contra las
desigualdades sociales. En Cuba seguimos este principio democrático de la
participación directa del pueblo en la toma de decisiones políticas. Hemos
aceptado diversos cambios en nuestro sistema económico, pero hasta ciertos
límites. Los hacemos si el pueblo los acepta. No creo que encuentre muchos
cubanos que acepten la privatización del sistema de salud o del sistema
educativo: con todos los problemas que puedan tener, ambas cosas son
universales y gratuitas para los cubanos. Muchos están dispuestos a hacer
enormes sacrificios para preservar las cosas que son fundamentales e
inherentes a nuestro pueblo desde hace 35 años.
Pregunta. —Pero si el sistema no funciona, da igual que sea público o
privado. El ciudadano no recibe los servicios adecuados de ninguna de las
maneras.
Respuesta. —Hay sociedades que se sienten responsables del bienestar
de todos, que creen que deben ocuparse de las necesidades básicas de todo
el mundo, sociedades que promueven ciertos ideales morales. Sociedades
que no tienen que estar basadas en los bienes materiales, en el
individualismo y el beneficio personal. Hay sociedades con valores
comunes que existen desde que comenzó la revolución cristiana. En Cuba
creemos en la solidaridad humana, en la igualdad de hombres y mujeres.
Déjeme decirle que Fidel Castro no es el primer líder cubano que ha tenido
que enfrentarse a Estados Unidos. Mucho antes de que él naciese, Estados
Unidos ya había intervenido tres veces en Cuba. No fue Castro, sino el
padre de nuestra nación y el primer presidente Carlos Manuel de Céspedes,
el que en noviembre de 1872 cerró la embajada no oficial de Cuba en
Washington. Fue él el que dijo algo que hoy sigue teniendo plena vigencia:
«No importa lo pequeños, lo débiles, lo infelices que seamos, pero
conservaremos nuestra dignidad». El Padre de nuestra Patria tuvo también
que concebir una nueva nación que debía enfrentarse a enormes
desigualdades sociales y crear una nueva sociedad a partir de un sistema
esclavista, racista y corrupto.
Pregunta. —Usted mismo ha dicho que la Asamblea Nacional cubana
tiene que ser más efectiva. ¿Se está haciendo algo en este sentido?
Respuesta. —Por supuesto. Creo que además yo comenzaría a recibir un
sueldo. No creo que en algunas áreas seamos menos efectivos que otros
parlamentos. Es complicado debido a la situación económica que vivimos.
A nuestra manera cubana, somos un parlamento como cualquier otro, con
nuestros limitados recursos. Legislamos y controlamos la Administración.
Discutimos los asuntos, pero no los decidimos inmediatamente, como en
otros parlamentos. Antes de aprobar cualquier cosa volvemos nuestros ojos
al pueblo y cada uno de nuestros diputados debe dedicar cientos de horas a
explicar y discutir las medidas en fábricas, escuelas, consejos vecinales…
Con las respuestas del pueblo, volvemos a la Asamblea y decidimos. Yo
personalmente he expresado en cientos de reuniones en todo el país mi
posición favorable a los impuestos sobre la renta personal, pero no he
convencido mucho. Los ciudadanos se oponen a ello, y contra la voluntad
del pueblo no se puede aprobar nada.
Pregunta. —Sin embargo, hay cosas que no son tan democráticas, como
esa ley que permite encarcelar a un ciudadano durante tres años si critica a
Castro…
Respuesta. —No conozco muy bien esa ley. No estoy seguro, pero creo
que no existe una ley que diga que alguien debe ser encarcelado por criticar
a una determinada persona. Hay muchas leyes antiguas que pueden estar
vigentes pero que no conozco. Hemos intentado modernizar el país. En
algunos momentos hemos tenido que castigar ciertos derechos, como el de
dejar el país e irse a otros. Cuando cambiamos esta política nos acusaron de
enviar cubanos a Estados Unidos. Los comités que tiene la Asamblea han
estado revisando cada ley para ponerlas al orden del día con las directrices
de derechos humanos de las Naciones Unidas.
Pregunta. —Estados Unidos levantaría el embargo si hay una apertura
política en Cuba. Si Fidel Castro y el Partido Comunista creen tan
firmemente que el pueblo les apoya y que ganarían las elecciones, ¿por qué
no seguir gobernando elegidos democráticamente?
Respuesta. —Creo que las cosas no son como Usted las pinta, Pero, en
el fondo, tampoco eso es esencial. Lo importante es que Cuba no es una
colonia norteamericana, como algunos pretendían. No somos un territorio de
Estados Unidos. Nadie puede negociar con otros como si fuesen sus criados
que deben seguir sus órdenes y que encima esa situación parezca la normal.
No se puede pedir a un país que cambie por medio de presiones. No creo
que nadie espere recibir favores a cambio de negarle la comida y medicina a
los niños.
LA FILOSOFÍA DEMOCRÁTICA DE CUBA

Entrevista realizada el 23 de junio de 1994

Osvaldo.—¿Cuál es la filosofía sobre la que se sustenta el sistema


democrático cubano?
Alarcón. —Si existe un vocablo acerca del cual se usa y abusa es el de
democracia, pero yo diría que es uno de los conceptos más arraigados en la
historia, por lo menos de la civilización occidental, pero que a la vez ha sido
siempre planteado como una aspiración y como un problema. A mí me
divierte cuando veo a políticos contemporáneos, sobre todo en América
Latina y en algunos países capitalistas desarrollados que te hablan de esto
como si fuese algo que ellos han resuelto cabalmente, han realizado de
forma ideal y lo definen de un modo estrecho y que tratan de imponer como
un dogma.
En realidad, democracia tú puedes tomarla como un sentido histórico,
desde sus antecedentes, desde el origen de la palabra, en el griego, que es
autoridad del pueblo. Los primeros que se plantean ese problema, por 1o
menos en la cultura occidental, son los griegos en la pequeña ciudad-Estado.
Sabemos que allí la mayor parte de la gente carecía de derechos
democráticos, pero bueno dejemos a un lado a los esclavos, a los siervos,
porque los que participaban en la democracia griega eran los propietarios
libres. Se supone que la idea era que toda esa gente ejerciera la autoridad
colectivamente, aunque ya de entrada estaba viciado por el hecho de que la
mayoría de la gente no participaba en ese ejercicio de poder. Desde entonces
los filósofos clásicos griegos, específicamente Platón, analizaron ese
problema de que hay una relación entre la democracia, o sea la autoridad del
pueblo, y la igualdad entre las personas. Y si tú sigues hasta el día de hoy,
ese ha sido el centro del debate, digamos cómo lograr que la gente se
gobierne a sí misma; toda la gente, si dentro de la gente hay desigualdades
profundas, unos siervos, otros esclavos y otros libres.
Sigue avanzando la civilización occidental y este debate toma un nuevo
auge en vísperas de la Revolución Francesa, en el período que antecede a
esa Revolución. Por eso es que el concepto más moderno de democracia se
asocia con la consigna de la Revolución: libertad, igualdad y fraternidad.
Quizás el teórico más importante de aquella etapa previa fue Rousseau,
quien desarrolla aquellas ideas de Platón hasta el máximo, digamos. Ya se
está planteando otro problema, no solamente la desigualdad, sino también la
complejidad que va adquiriendo la sociedad humana, ya no es la pequeña
ciudad aislada sino que se está hablando de Estados-Nación. Entonces,
¿cómo tú puedes realmente desarrollar el ejercicio de la autoridad del
pueblo en situaciones en que prevalece la desigualdad y además de eso la
complicación que da la sociedad moderna? Rousseau lo definió a mi juicio
del mejor modo. Él decía que era imposible la democracia en una sociedad
donde unos pocos tuvieran demasiado y muchos carecieran de todo. Es más
o menos la misma definición del problema igualitarista que está en el fondo
de la aspiración a la democracia. Pero además decía que desde el punto de
vista práctico no era posible tener a todo el mundo constantemente reunido,
de ahí viene entonces la idea de la representación y lo que se desarrolla en
este siglo después que es la Democracia Representativa, o sea la que pone el
énfasis en el hecho de que a diferencia de una sociedad absolutista donde el
poder viene de Dios, hereditario, etc., la estructura política se basa en un
sistema representativo, que la gente elige a alguien que actúa a su nombre,
que lo representa. Pero si la sociedad sigue dividida por la desigualdad entre
los hombres hay que suponer entonces que la representatividad va a estar
afectada por eso y vuelvo a Rousseau quien plantea fundamentalmente eso:
¿cómo es posible que si unos tienen demasiado y otros carecen de todo,
cómo van a encontrar entre ellos personas que los representen a todos? En
dos palabras, la democracia representativa como tal es una ficción, no puede
ser otra cosa que una ficción, puesto que no ha habido una solución a ese
problema de la representatividad en condiciones de la desigualdad humana.
La aspiración de desarrollar una democracia se debe plantear en primer
lugar tratar de alcanzar la igualdad posible entre los hombres y aun
lográndola, como tú no puedes reunir a todos los hombres iguales todo el
tiempo, tienes que caer inevitablemente en formas representativas. Pero ahí
viene el otro problema: la relación entre el representante y los representados.
Hay una teoría burguesa fundamental que es lo que basamenta toda esta
concepción de democracia representativa, que es que el representante actúa
en nombre de los demás, en otras palabras, la soberanía popular, la
soberanía el soberano no la heredó de Dios, la soberanía es del pueblo, para
seguir a la Revolución Francesa. Pero el pueblo no puede ejercerla
cotidianamente, el pueblo entonces elige unas personas y deposita en esas
personas su soberanía. En la práctica esto no opera, no funciona si tú no
resuelves el problema de la igualdad y si tú no buscas soluciones efectivas a
las relaciones representante-representado. Si bien es cierto que los
representantes tienen que tomar decisiones entre ellos, yo creo que una
clave, incluso más allá de las ideologías, de cualquier ejercicio democrático
está en establecer mecanismos de relación, de vinculación entre electores y
los elegidos que no sea simplemente esa graciosa definición de que
depositaron en mí la soberanía y yo soy el soberano a partir de ahí. Yo creo
que el vicio mayor, o la manifestación mayor de como éste es un sistema
viciado está en el hecho de que en los sistemas democráticos
representativos, es decir, aquellos que se concentran solamente en ese
aspecto de la representación de las elecciones periódicas, etc., la tendencia
es a un creciente desinterés de la gente por esos procesos. Digamos, si la
esencia de la democracia según el concepto este de los representativos es la
elección periódica y ahí se agota la definición, porque la restringen a eso,
habría que preocuparse seriamente de la tendencia de la gente a abstenerse
de participar cada vez más en esas elecciones. Un ejemplo, el Parlamento
europeo, toda Europa Occidental con sistemas democráticos liberales, ya ha
tenido creo que tres elecciones. Si tú te fijas cómo ha evolucionado la Unión
Europea en ese período de las tres elecciones, el Parlamento europeo tiene
cada vez más atribuciones, más poderes, juega un papel mayor, sobre todo
ahora después de Maastricht, sin embargo, el interés de la gente por las
elecciones para ese Parlamento va decreciendo. Una curva ascendente sus
atribuciones, una curva descendente el interés de la gente por ese
Parlamento, que, sin embargo, hoy es más importante que antes, tiene más
poder que antes. Y algo parecido se puede decir como norma en las
elecciones nacionales de la mayor parte de los países de Occidente.
Desde el punto de vista nuestro, por ejemplo, nuestra democracia tiene
elecciones que busca y tiene que establecer inevitablemente un sistema de
representantes, pero sobre todo pone énfasis en la participación de la gente.
A mí me preocuparía mucho si yo viera que el nivel de participación
desciende, si la gente se desentiende de su sistema de gobierno, si se
desinteresa. La relación del delegado con la gente, ese es el tipo de
preocupación que yo tengo porque está relacionado con la sustancia del
sistema de gobierno. Ahora, si yo fuera uno de esos abogados de la
democracia representativa, y yo sé que cada vez la gente se interesa menos
por las elecciones que es lo único que tienen del carácter democrático, yo
tendría que plantearme hasta dónde el sistema está funcionando o si no está
en una severa crisis como ocurre según tú ves prácticamente por todo el
mundo.
La filosofía de nuestro sistema justamente está en desarrollar lo que está
en toda pureza en las definiciones originales de la democracia. El
diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que es el
sistema político en el cual el pueblo participa en el gobierno. No dice que
sea el sistema político en el cual se eligen las autoridades periódicamente,
cada cierto tiempo entre varios partidos. Lo que dice es que la gente
participa en el gobierno y ello no quiere decir solamente participar en
elecciones periódicas de tal o cual manera. Yo diría que es como una tesis
reduccionista, es reducir el concepto de democracia a ese aspecto, pero que
tiene su propia condena: los que reducen la democracia sólo a la
participación de la gente en el acto electoral se encuentran con que la gente
cada vez tiene menos interés por eso, y es lógico, de acuerdo con la historia
de lo que ha significado eso a lo largo del mundo. ¡Imagínate tú, los pobres
norteamericanos votaron tres veces por los republicanos, dos veces por
Reagan y una vez por Bush, sobre la base de la principal promesa de ellos
de que iban a poner fin al déficit presupuestario y hasta reformar la
Constitución para hacerlo inconstitucional! Lo cierto es que al cabo de cada
uno de los tres mandatos republicanos, ellos habían batido todos los records
de la historia de los Estados Unidos en acentuación del déficit. Entonces,
¿qué resuelve un ciudadano que ve esto?
El otro día se publicó una encuesta muy interesante en Estados Unidos
alrededor del lío este de Dan Rostenkowski, que lo están procesando por
una serie de delitos. Este es un personaje importantísimo en el Congreso
norteamericano, de los más influyentes de los representantes, de más
autoridad, y la encuesta daba que la mayor parte de la gente no se interesa
por el tema de la corrupción, lo dan como algo natural. El político es un
hombre corrupto, que roba. En el caso de Rostenkowski lo que había
sorprendido era el volumen, tanto, durante tanto tiempo, y, además, la
originalidad de alguno de los medios que él empleó, según dicen, para
apropiarse de eso.
Acaba de morir Nixon, recientemente, y fue objeto de un homenaje
nacional en los Estados Unidos. Fue como si hubiera muerto Lincoln, y es
un Presidente que tuvo que renunciar ante la amenaza de ser juzgado por
violación de la Constitución cuando estaba en el poder. Al cabo de pocos
años, sin embargo, es una especie de héroe nacional con todos los honores;
todos los ex presidentes fueron a despedirlo. Es como que aquí se le hubiera
hecho un homenaje nacional a Batista o a Machado, eso es casi inconcebible
fuera de los Estados Unidos.
Entonces, el ejercicio de la autoridad del pueblo, lo que implica la
participación de la gente real en su sistema político yo creo que es la esencia
políticamente hablando de la democracia. No me he metido en el tema del
socialismo ni del capitalismo. Yo sí creo que como dijeron Rousseau y
Platón y ha dicho a lo largo de la historia la gente que más neuronas ha
gastado analizando eso, todo ello requiere la solución del problema de la
desigualdad de los hombres. Ahora, cuando tú tienes un proyecto político
que se basa en haber alcanzado niveles de igualdad inéditos, tú entonces te
puedes plantear la posibilidad de establecer en el plano de la
institucionalidad, de la organización política, formas realmente
democráticas, en otras palabras, de llevar a la práctica aquello que esos
pensadores veían como una cosa utópica, porque ni Platón, ni Rousseau, ni
los revolucionarios franceses —bueno, los jacobinos trataron de aplicarlo—,
pero no vieron como una posibilidad real llegar a establecer sociedades de
iguales, y si la hubiesen establecido se hubiesen enfrentado al siguiente
problema: cómo organizarla de tal forma que la gente participe
efectivamente en su gobierno. Yo creo que además es indispensable para
desarrollar un proyecto basado en la igualdad, la fraternidad, o sea, un
proyecto socialista.
Ahora, hay otro ángulo del problema. Se puede tomar otra definición de
las más populares, la famosa de Lincoln: “Gobierno del pueblo, por el
pueblo y para el pueblo». Es curioso cómo en Occidente, en Norteamérica y
en América Latina se toma tan a la ligera esa frase de Lincoln. Ahí está el
elemento, para el pueblo, por el interés de la gente, eso es lo más contrario
que existe al Estado Neoliberal. Justamente la esencia del neoliberalismo es
achicar el Estado, no es sólo menos burócratas, es desentenderlo de las
cuestiones de la sociedad, desentenderlo de los problemas de la gente, o sea,
hacerlo cada vez menos un gobierno para el pueblo. Por supuesto, en la
medida que se busque un gobierno cada vez menos para el pueblo, menos
podrá ser por el pueblo. A lo que convoca es al desinterés de la gente, a que
cado vez les importe menos elegir entre los que van a integrar un gobierno
que proclama que su principal misión en la vida es desentenderse de los
problemas de la gente, desregular, desfiscalizar, dejar al libre juego de las
llamadas fuerzas de mercado la solución o el agravamiento de los problemas
de la gente.
Después de esta larga explicación, te digo que la esencia de nuestra
filosofía es justamente llevar a la práctica real el ejercicio de la autoridad del
pueblo, que quiere decir la participación real de la gente, que no es tan
sencillo, resolviendo el tema básico de la igualdad, estructurando un sistema
que permita canalizar esa participación tienes todavía que trabajar mucho
para ganar en las conciencias de la gente cuál es el papel del ciudadano en
un sistema democrático, porque se dice muy fácil: participar en el gobierno,
pero la tendencia metida en las cabezas de la gente, generación tras
generación es que hay otro que gobierna por ti, que tú eres un objeto en ese
sistema cualquiera que éste sea, que tú no eres el sujeto, el protagonista del
sistema de gobierno, el gobierno es una cosa y la ciudadanía es otra.
Osvaldo. —Y bajo este concepto, podemos decir entonces que tenemos
una democracia representativa nosotros también.
Alarcón. —Tenemos un sistema de representación en nuestra
democracia, pero ¿por qué no me gusta el término de democracia
representativa? Porque, en realidad, alguna gente lo define, usa decir, define
su sistema con toda razón con ese calificativo que reduce el sistema de
democracia a eso, a la representación, pero además no me gusta porque para
mí una de las sorpresas más grandes como político latinoamericano que
estudió Derecho, y como todo el que lo hizo, tuve que «fajarme» con las
obras de Hans Kelsen, La teoría general del Estado y La teoría del Derecho,
que ha sido la Biblia por lo menos en la cultura hispanoamericana. Y Kelsen
le ha dedicado capítulos enteros a eso, llamado la Ficción de la
Representación, y donde dice: toda democracia llamada representativa no es
representativa, porque la soberanía popular, la democracia se reduce al día
de las elecciones, al momento en que la gente vota, pero no existe más allá.
El problema está en cómo tener un sistema que tiene que ser representativo,
porque tú no puedes reunir todo el día a todo el mundo, pero si tú agotas la
idea de democracia en la representación no vas a convencer a la gente de
que está ejerciendo la plenitud del gobierno popular porque tiene la
oportunidad de marcar una boleta cada cuatro años o cada el tiempo que sea,
si al mismo tiempo no tiene empleo, educación ni salud, si está privado de
las cosas más elementales.
Si le entregamos nuestra voluntad para que alguien actúe en nombre
nuestro y no hay un sistema orgánico de dependencia, de relación entre él y
nosotros, es ficticio, por eso es muy importante lo que hay en el medio, el
sistema de vinculación entre el elegido y los electores. Aquí nosotros
tenemos algunas cosas en nuestro sistema que, desde luego, son perfectibles,
pero que guardan principios fundamentales: la rendición de cuentas, las
reuniones periódicas del elegido con sus electores. Estoy de acuerdo en que
se pueden señalar fallas, deficiencias, pero el sólo hecho de que existan y
que se puedan mejorar es un punto de partida, un instrumento. Esto, en otros
sistemas, ni siquiera se concibe: yo no tengo que rendirle cuenta a nadie, yo,
por mí mismo. Esto tiene mucho que ver con otro concepto que desarrollan
mucho los ingleses, primera revolución democrática, digamos, burguesa: la
oposición a lo que se llamaba el mandato imperativo, en otras palabras, una
colectividad de mucha gente que no se puede reunir toda, pero que su
representante puede actuar estrictamente sólo dentro de los parámetros que
cada grupo de electores le dio.
Osvaldo.—¿Podemos decir que un embajador tiene un mandato
imperativo?
Alarcón. —Se supone que sí lo tiene de la autoridad del gobierno que lo
envía. En el pensamiento burgués hay un rechazo categórico a ese concepto,
Usted asume, se convierte en el depositario de la soberanía y hay mucha
retórica sobre eso, a través de los parlamentos cono depositario de la
soberanía popular. También en el nuestro, porque, por supuesto, tiene que
haber un momento en que son los representantes los que van a tomar
determinadas decisiones, pero fíjate cómo aquí nosotros, desde luego, no
podemos asumir que hayamos llegado a la perfección porque nadie lo ha
hecho, porque llegar realmente a la realización plena de convertir el
ciudadano en el sujeto que ejerce realmente permanentemente la autoridad
de todos, esto se dice más fácilmente de lo que se realiza en la práctica, pero
cuando nosotros tomamos un tema como lo ha sido el resultado de lo
recogido por los parlamentos obreros, al final tiene que haber un texto que
lo tienen que discutir los diputados, porque no se puede discutir un texto
entre 11 millones de personas a la vez. Eso es físicamente irrealizable. Pero
hubo un debate previo en el que participó todo el mundo. Yo creo que este
problema del mandato imperativo se resuelve con la parlamentarización de
la sociedad, esa es la única forma, o sea multiplicar al máximo por todas
partes la reunión colectiva.
Lo que hacemos nosotros es desarrollar un sistema en el que tú buscas la
mayor incorporación posible porque hay limitaciones, además de materiales,
en la actitud de la gente, porque lo gente espera que el depositario de la
soberanía actúe en tu nombre.
Yo creo que lo que discutimos en el Parlamento Nacional no se ha
discutido en ningún otro Parlamento del mundo, pero me enteré, además,
que hay temas que no llegan ni al Consejo de Ministros, sino que decisiones
como estas se toman por menos personas de las que estamos aquí. Es lo
opuesto a la idea de lo que desarrollamos aquí, que parece un tanto loca
desde esa perspectiva de afuera, pero luego de retomar las definiciones de la
democracia y demás, ¿no te parece bastante antidemocrático y bastante
absolutista que tú decidas cosas que afectan la vida cotidiana de lo gente sin
contar siquiera con los representantes elegidos por esas personas?
Osvaldo.—¿El aporte nuestro a la democracia podemos decir que es
lograr una relación entre el representante y el representado?
Alarcón. —Eso y el papel del representado en el sistema de gobierno, y
que la gente se incorpore o su gobierno. Esa es la diferencio que existe entre
democracia y los sistemas que no son democráticos. Donde la soberanía lo
tiene algo no porque se lo haya dado el conjunto, la democracia liberal a lo
más que llega es a esta entrega de todos a alguien, y eso rebosa ficción por
todas partes. Yo creo que la experiencia de los parlamentos obreros es muy
interesante porque tú no puedas reunir a todos los trabajadores en un teatro,
pero tú si puedes incorporar a todos los trabajadores a la discusión de un
problema determinado. Yo diría que por ahí está nuestro aporte.
Es difícil hacer que el ciudadano juegue su papel, porque existe un
reflejo dado por la literatura, sobre todo la masificada; la TV, el cine.
Pregúntale a un niño qué es un juez, un parlamentario, y jamás pensará en
él, sino en otro que tiene determinados poderes especiales.
Cuando se piensa en un Parlamento se pienso en un salón de cierta
belleza, de cierto lujo, donde hoy un grupo de personas que hacen discursos,
que hablan y los otros que están afuera, a lo mejor están viendo por
televisión a la espera por determinadas expectativas de que se tomen unas
decisiones u otras.
Ahora mismo en Estados Unidos, ¿habrá o no habrá un sistema
universal de salud?, ¿quién lo va a decidir? Como decía hace poco el
senador Rockefeller: señores, todos los que estamos aquí tenemos asegurada
la atención médica, el problema a quienes le interesa es a decenas de miles
de personas que no tienen acceso a la salud. Ahora, quienes van a decidir no
tienen problemas, y para que lo haya tiene que haber un aporte de los
empresarios, tienen que pagar más los que más tienen. Vamos a ver qué
pasa. Pero de todos modos, piensa cómo sería ese debate si se hace con los
40 millones que no tienen acceso a la salud en Estados Unidos. ¿Puede
haber libertad, igualdad y fraternidad si en el país más rico del mundo 40
millones de ciudadanos no tienen ningún tipo de cobertura hospitalaria?
Osvaldo.—¿Nuestro sistema eleccionario se parece a cuál? ¿Es único?
Alarcón. —Algunos hablan de un modelo, de un proyecto que es igual
en todas partes, lo cual no es cierto. Cuba no es el único país del mundo
donde la gente elige diputados, y el parlamento es el que después designa el
gobierno. En ese sentido, es igual que el sistema británico, con la diferencia
de que aquí no hay un monarca. No es así en Estados Unidos o en Francia
donde eligen por una parte el parlamento y por otra al Presidente del
Gobierno. El sistema de circunscripción, digamos, también es el que impera
en algunos países como la misma Inglaterra. Ya la cuestión de la
nominación del candidato por la misma gente, yo no conozco otro lugar que
sea similar, porque en otros países los candidatos surgen de los partidos, la
esencia del juego democrático es la competencia entre varios partidos y
entre varios candidatos. Yo no creo que pueda decirse que eso conduzca
inevitablemente a fórmulas antidemocráticas, pero hay grandes diferencias
entre unos países y otros. En Estados Unidos se discute mucho ahora si
establecer algunas restricciones para el financiamiento de los candidatos.
Hay países donde esas restricciones existen. Hasta ahora en Estados Unidos
es prácticamente ilimitado, pero eso conduce a un fenómeno que es la causa
directa de la pérdida de interés de la gente, es la mercantilización del acto
electoral, las campañas son competencias entre firmas de relaciones
públicas. Es como la venta de un producto. En Estados Unidos hay dos
carreras electorales. Ellos usan el verbo torun, de correr como competir, hay
que correr dos veces: la primera es la carrera por los fondos, ellos se
enredan durante muchos meses en ver quién acopia más dinero, para poder
ganar la primera carrera, porque después va a hacer una campaña donde
decide mucho quien paga más publicidad, y estamos hablando de campañas
electorales de millones de dólares gastados por un candidato durante una
campaña. Lógicamente, los candidatos de organizaciones que busquen
cambiar la sociedad, etc. no pueden alcanzar ese financiamiento.
En Estados Unidos hay un momento en la campaña electoral que se ha
hecho práctica, que es el debate televisado y ahí invitan nada más al
candidato demócrata y al republicano; son los aceptados, los reconocidos.
Sin embargo, hicieron una excepción con Perot, que representa menos que
el candidato de cualquier otro partido, pero tenía mucha plata y destinó 60
millones de dólares para iniciar su campaña, convocó a una conferencia de
prensa y declaró ser candidato a la presidencia.
Osvaldo. —¿Por qué no se elige en Cuba el Presidente desde la base
directamente?
Alarcón. —No es sólo en Cuba. No lo hacen en España, ni en Inglaterra.
Yo, personalmente, creo que es más democrático no elegirlo directamente
que lo contrario, porque no se ajusta a la actual etapa de la Revolución
Cubana. Si tú estableces una serie de concatenaciones desde la base hasta el
parlamento, y que ese parlamento elija al gobierno, ese gobierno es
responsable ante ese parlamento, pero si el pueblo ha elegido al gobierno,
realmente ante quien es responsable, ¿quién le puede pedir cuentas a un
presidente que lo eligieron 5 ó 6 millones de personas? Esa es una
contradicción que tiene el sistema presidencialista como el norteamericano;
porque a Nixon no lo eligió el Congreso, lo eligió el pueblo de Estados
Unidos, y a Nixon lo echaron porque era demasiado grande lo que hizo,
pero normalmente no existe una rendición de cuentas.
Yo creo que es más democrático un sistema que permita el control de las
instancias superiores por mecanismos representativos democráticos, por la
gente. Aparentemente la elección directa tiene ciertos atractivos, pero en la
práctica si uno lo analiza con cuidado es una forma de perder control y eso,
además, por algo existe así en los sistemas parlamentarios definitivamente,
el jefe del Estado es elegido por el Rey o la Reina, pero el jefe de Gobierno
sí es elegido por el Parlamento y, por lo tanto, puede ser deselecto en
cualquier momento.
En un país de sistema parlamentario se cambia al gobierno sin un trauma
tan grande como el que implicaría en el sistema presidencialista.
Osvaldo. —Y en un futuro nosotros pudiéramos determinar que el
presidente no sea reelegido para los periodos de mandatos.
Alarcón. —En el caso de Cuba, yo no creo que sea un problema
fundamental. Ahora mismo, en Argentina un demócrata con conflictos tan
confesos como Menem, está buscando la reelección. Yo no creo que en rigor
ese sea un tema tan importante. En los países en que la definición de
democracia se agota en la competencia electoral tiene una cierta lógica el
antireeleccionismo porque se reelige con las posibilidades que te da el
ejercicio del gobierno. Estados Unidos ha puesto un limite a dos períodos
porque eso pone a los rivales en posiciones desventajosas, pero, por otra
parte, está el elemento de la experiencia: nadie puede realmente proponerse
programas de gobierno que se realicen en los lapsus en que tú tienes los
mandatos electorales, los programas no se agotan en los años en que dura el
gobierno o el período del gobierno. Ningún presidente desde que existe esa
regulación realmente no se propone gobernar por cuatro años, sino por 8;
todo el primer período gira hacia la reelección. Es como si fuese un período
de 8 años con una reconfirmación a mitad de camino. Ningún programa en
el mundo moderno se agota en plazos tan inmediatistas.
Hablamos del caso de Fidel, que es una personalidad excepcional que ha
jugado tremendo papel en la historia de Cuba, pero tenemos el caso de
España, el PSOE, que es el Partido que está en el poder. Ellos llegaron en el
año 82, hace doce años y durante ese tiempo en ese Partido el secretario es
Felipe González, en quien el Partido ha depositado la confianza, y lo fue un
tramo bastante importante antes de llegar al poder, y han surgido nuevos
militantes, han llegado a la madurez, sin embargo, a pesar de los pesares y
de los avatares que ha tenido ese Partido, lo acaban de renovar, depositan en
él la confianza, porque es un hombre inteligente y con ciertos atributos que
hacen la reelección como algo natural. Pero no creo que sea un problema de
principios y mucho menos si tú tienes un sistema auténticamente
democrático participativo no debes preocuparte en mantener en un puesto a
quien tiene más méritos, más condiciones. Lo más importante es la
revocación del mandato incluso durante el tiempo de la elección.
No debemos esperar a que se cumpla el término del mandato para que la
persona sea demovida de su responsabilidad, algo que, dicho sea de paso, se
conoce poco, pero en Cuba se practica. En este período han sido revocados
como 5 ó 6 mandatos en varias provincias y municipios. Eso sin que sea
ningún estigma para la persona demovida porque es algo tan natural en la
vida: porque no tiene determinada capacidad o cambia a partir de un
momento, ya no realiza bien una función. Más que lo formal de reelección o
no reelección, revocar cuando es necesario y reelegir cuando también lo es.
Osvaldo. —Hay algunos criterios de que la Asamblea Provincial y
Naciona1 y Municipal un poco debe ser la contrapartida del gobierno a
distintas instancias. Eso parece que surge a partir de la separación de la
Asamblea Municipal del Consejo de Administración, sin embargo todavía se
cuestiona mucho que el presidente de ambos organismos sea el mismo
individuo porque se supone que tiene un doble compromiso, es un poco
como revisarse él mismo, como contrapartida de él mismo. Esto es muy
cuestionado, y se esperaba que el Parlamento era la contrapartida del
Gobierno, sin embargo, esta Asamblea tiene menos ministros y
viceministros dentro del Parlamento; gran parte del gobierno está ahí, de
forma que algunos dicen que se puede comenzar una discusión en el Buró
Político, seguirla en el Comité Central, discutir en el Consejo de Ministros y
terminar en el Parlamento porque son las mismas personas, porque se
repiten un poco. Eso, ¿no afecta la imagen democrática, en primer lugar,
pero también el trabajo propio de llegar al perfeccionamiento de nuestra
democracia?
Alarcón. —Yo creo que ni siquiera la imagen la afecta porque en todos
los sistemas parlamentarios puros, como el británico, para ser ministro hay
que ser parlamentario y yo creo que ningún miembro del parlamento
británico aceptaría que ellos no ejercen una función de contraparte, chequeo
de ese gobierno, sin embargo, si un ministro no fue electo dejó
automáticamente de ser ministro. Hay sistemas como el norteamericano en
que puede ser designado ministro un parlamentario y entonces deja su
escaño a partir de ese momento. Hay sistemas como el nuestro donde puede
coincidir que el ministro sea miembro del parlamento o no. No estamos ni
en un extremo ni en el otro.
En cuanto a la cuestión de que el Presidente del Consejo de la
Administración Provincial o Municipal sea la misma persona que es el
Presidente de la Asamblea, no creo que eso sea ninguna cuestión de
principio que tenga que ser así, ni creo que necesariamente sea un problema
el que sea así. Creo que se dio un paso importante con este cambio, del
Comité Ejecutivo al Consejo de la Administración. Antes había un Comité
Ejecutivo de la Asamblea Provincial o Municipal que era el Gobierno, con
lo cual tú colocabas a la administración territorial dirigiendo la Asamblea, lo
que debe ser al revés, que sea la Asamblea la que controle y fiscalice la
labor del Gobierno. Esa era una contradicción que había en la práctica
anterior nuestra porque a nivel nacional nunca hubo un Comité Ejecutivo
del tipo del de la provincia, era el Comité Ejecutivo del Consejo de
Ministros, pero no de la Asamblea Nacional, porque en el Comité Ejecutivo
hay algunos compañeros que son diputados y otros que no lo son.
A nivel provincial y municipal tú tenías una dirección de la Asamblea
que era a la vez la dirección administrativa, el Comité Ejecutivo. Eso tenía
otro inconveniente: que puedes tener un excelente director de salud o de otra
esfera que no tiene por qué ser elegido o que sea, al revés, un dirigente
político que debe ser el delegado. Entonces, la Asamblea local no cumplía
su papel de ser la autoridad del Estado en ese territorio. La eliminación del
Comité Ejecutivo y crear los Consejos de la Administración, si bien es
cierto que el Presidente y el Vicepresidente siguen siendo de ambas
instancias, no hay la obligatoriedad de tener, para integrar la administración,
a delegados. Esto, incluso, planteaba una posible limitante democrática,
porque si había necesidad de colocar a alguien en una dirección
administrativa había que tratar que fuese delegado y a lo mejor eso no
correspondía realmente con los deseos de la localidad, del colectivo que él
iba a representar. Pero, lo más importante era que privaba a las asambleas
del ejercicio de su función fundamental que es esa de fiscalizar, de controlar,
etc. Ahora, de lo que se trata es de que esas asambleas llenen ese espacio;
las asambleas, sus comisiones, en fin que haya una actividad más efectiva a
nivel provincial y municipal que llevaría a una aparente contradicción, sin
embargo, un presidente inteligente desarrollaría las ventajas que le da eso, o
sea, él tiene y es su interés a mi juicio la posibilidad de desarrollar en su
carácter de Presidente de la Asamblea todas las posibilidades de control, que
es la mejor forma de balancear el aparato administrativo. En el sistema
nuestro tienes, precisamente por dirigir las dos cosas la posibilidad de dirigir
la administración sino de que cuentas con una Comisión que está vigilante
de cualquier actividad y eso te puede servir de un elemento de balance. Se
puede pensar que las personas sean diferentes, pero yo creo que en esta
etapa lo más importante es aprovechar las ventajas que da la coincidencia
entre la dirección de ambos mecanismos. Yo diría que antes se hizo
demasiado administrativo el instrumento popular de la Asamblea con lo cual
se castró la función real de la Asamblea.
Osvaldo. —Los cubanos somos por idiosincrasia polémicos, sin
embargo, los criterios en la Asamblea Nacional son muchas veces unánimes.
¿Usted no cree que esto puede dar una falsa imagen de democracia?
Además, ¿cuál es la facultad de un diputado para actuar ante un problema
imprevisto en su localidad?
Alarcón. —Esto hay que concebirlo primeramente desde el punto que
estos diputados son elegidos por primera vez directamente. Hasta cierto
punto, yo no considero que el otro sistema fuera menos democrático, el
diputado por ser elegido por una Asamblea Municipal se supone que sería
controlado por esta. De todas maneras, yo si soy un convencido de las
ventajas de la elección directa después de haberlo experimentado, ¿por qué?,
porque estimo que es fundamental la vinculación del elegido con los
electores. Claro que es una etapa nueva tienen que aprender delegados y
electores, pero también se trata de un sistema que se está creando,
inventando, en cierto sentido. Si lo vemos con la perspectiva histórica, es
algo sumamente novedoso en la historia de la humanidad el ejercicio real de
la democracia, y hacerla lo más directa posible.
Aunque en realidad yo he tenido la oportunidad de revisar los textos de
la primera experiencia en Matanzas del Poder Popular, las ideas esenciales
están realmente en aquella experiencia original y hay varias intervenciones
de Fidel y de Raúl y vemos que lo que estamos haciendo se corresponde con
aquella visión inicial. Podemos poner algunos ejemplos. Aquí a la Asamblea
Nacional se dirigen a veces ciudadanos planteando problemas y
preocupaciones, como norma a veces basta con una respuesta de la propia
Presidencia de la Asamblea, depende del tipo de planteamiento que haga la
gente, si es indagar sobre algo, pero cuando son quejas que plantea la gente
le damos el encargo al diputado del distrito electoral de que se trate. La
comunicación se la entregamos para que se ocupe de indagar o buscar una
solución. Yo te puedo asegurar que surgen distintas ideas de la sabiduría
colectiva.
Lo primero que nosotros hicimos cuando nos eligieron para la
presidencia de la Asamblea fue reunirnos con todos los diputados y con
todos los delegados provinciales y municipales en cada territorio para
filosofar un poco para ver cómo armábamos «este muñeco», nos
preguntábamos cómo reaccionar frente a esas quejas de la gente y
empezamos a palicar este sistema. A mí me sorprendió gratamente el
volumen de soluciones que me revocaban los diputados, más de una vez
recibí el informe del diputado donde explicaba todo y al final encontraba
varios errores en los pasos dados. Nos pareció que este sistema era mejor
que aquel un poco clásico de ir a la dependencia administrativa y seguir
trámites rutinarios, por no decir burocráticos. En primer lugar, es ejercer en
la práctica el carácter que tiene ese diputado representante de cada
ciudadano y de autoridad del Estado cubano en esa área del país.
El papel del diputado no es hacer discursos en la Asamblea.
La cuestión de la unanimidad. Sobre eso voy a decir, primero, que uno
mira con cuidado los debates de la Asamblea. Yo soy diputado por primera
vez en esta legislatura, otras veces seguía los debates por la prensa, y yo
recuerdo antes también si tú escuchabas las discusiones, que se expresaban
con criterios diferentes, alguna vez creo haber visto votaciones donde todos
no votaban igual. Ahora, yo he asistido a debates donde han existido
criterios totalmente contrapuestos acerca de algunas cuestiones. El que al
final nos pongamos de acuerdo y haya unanimidad alrededor de
determinada decisión, no creo que sea en sí mismo algo pecaminoso, es
decir, que la virtud pueda estar en que haya habido división ante una
decisión «equis». Es la formación de un criterio común que parte de
percepciones distintas. Yo creo que lo inadmisible hubiese sido que esto no
fuera precedido por un proceso de discusiones.
Nosotros analizando este punto llegamos a una premisa básica: la idea
de entender el Poder Popular como un sistema. Hay una cierta tendencia de
ver el Parlamento Nacional como una entelequia, como algo por encima de
la sociedad. Para realmente tener una vinculación el delegado con el elector
y canalizar formas reales de participación, tienes que establecer una
vinculación orgánica desde la Asamblea Nacional hasta el delegado. El
ejemplo que te puse del diputado, esa idea surgió de los intercambios con
los compañeros en la base, digo desde eso hasta la agenda de la sesión que
sigue. No intentamos desarrollar un Parlamento retórico, de oratoria.
Si sigues las actas de la Asamblea notas cómo algunos diputados hablan
de que esos temas ya ellos los habían discutido decenas de veces, y estaban
diciendo la verdad, entre una sesión del Parlamento v otra se efectúan
decenas de reuniones en la base. Si tú desarrollas un sistema como ese,
como norma cuando vas llegando a la etapa de culminación ya tienes una
opinión consensuada. No podemos decir que así sea para todo porque
también hay decisiones que no sugieren una discusión tan universalizada.
La propuesta que se llevó a los diputados sobre las medidas financieras,
lo que ya están recogiendo es la opinión prevaleciente entre ellos. Un
ejemplo, cuando se habla de los impuestos se dice claramente que,
excluyendo los procedentes del salario, todo el mundo sabe que la mayoría
de la gente en este país no está de acuerdo —por lo menos ahora— que se
apliquen impuestos al salario Eso refleja un estado de opinión. Diversidad
ha habido bastante. Si tú aspiras a buscar no la unanimidad, pero si la
unidad nacional, puedes llegar a ella, pero no quiere decir que antes no
existiesen debates, discusiones con criterios contrapuestos.
Imagínate, en un país que no discute nada nunca previamente con el
pueblo, el día que llegan al Parlamento, sí sería un milagro que votaran por
unanimidad. Hay que esperar que se forme una gran pelotera.
[…]
BUSCANDO CAMINOS PROPIOS

Entrevista realizada por José Dos Santos en Cuba Internacional,


La Habana, diciembre de 1994

Estar al frente del Parlamento cubano en esta especial y crítica etapa para la
vida de su nación es una responsabilidad que Ricardo Alarcón lleva sin
dramatismos, con la contundente sencillez que ha caracterizado su actuación
en las más complejas tribunas y misiones internacionales.
Con un entusiasmo permeado de la objetividad que le da su experiencia
y capacidad analítica, se relaciona desde la presidencia del Parlamento
cubano con todos los problemas del país y sus más disímiles facetas.
«Es un desafío en lo personal, porque asumo tareas nuevas, diferentes a
las que desarrollé durante muchos años», confiesa en una entrevista
exclusiva dedicada a hablar de un tema que le apasiona y resulta hoy de
singular importancia para su país y para el mundo: la democracia.
En esta nueva misión está obligado continuamente a innovar y
reflexionar, más aún en «una fase como la que estamos, de creación y
desarrollo de sistemas de trabajo, que por definición están en constante
evolución; se trata de una etapa peculiar, que obliga a estar inventando todos
los días».
En ese sentido, la entrevista que a continuación resumo puede
interpretarse también como parte de un ejercicio de reflexión que, como el
de toda la sociedad cubana, pasa por la certeza y la duda, la insatisfacción y
los logros, las metas claras y las menos nítidas formas de alcanzarlas.
En sus respuestas subraya que en Cuba es una realidad decisiva lo que
para otras latitudes es todavía un reclamo: la gente existe.
Pregunta. —Cuba ha sido emplazada continuamente por voces foráneas
a una mayor democratización de su sociedad. ¿Hay desconocimiento de los
pasos dados por las autoridades cubanas en ese sentido? ¿Por qué no se
aprecia en su justo valor lo que ha hecho Cuba en ese campo?
Respuesta. —El problema no es de desconocimiento sino de
conocimiento. Con estos términos se juega mucho, se manipula mucho. No
creo que realmente la crítica que nos hacen algunos políticos sea porque
ellos son ardorosos defensores de la democracia. Incluso defienden un
modelo democrático que pretenden convertir en dogma, en arquetipo, y que
no resiste realmente una crítica a fondo.
Algunos concentran el planteamiento de lo que debe ser la democracia
en la concepción de un sistema en el que se hagan elecciones periódicas,
con participación de varios partidos políticos. Creo que ese es un modo
arbitrario —y no casualmente arbitrario— de restringir el concepto de la
democracia, idea que existe antes de que aparecieran los partidos políticos o
las elecciones generales.
La diferencia fundamental con ellos es que para nosotros el problema no
se agota, no termina, en el aspecto electoral. Tratamos de desarrollar
genuinamente la participación popular en el sistema de gobierno, verdadero
contenido del concepto democracia.
En otros países, los críticos de nuestro proyecto insisten mucho en un
modo de hacer las elecciones porque no están dispuestos a plantearse cómo
darle un contenido real a la participación popular.
Digamos, entre otros ejemplos, cómo sería para un político de esos darle
las armas al pueblo, que todos estén entrenados militarmente; también sería
atroz para ellos la imagen de un pueblo donde todos discutan la política
financiera del país. Eso no se hace en ninguna parte.
Serán muy democráticos, pero a la hora de decidir un plan de austeridad,
lo hace un puñado de personas, sin consultarle a nadie. Y se les llama
democráticas a sociedades donde se le puede alterar básicamente la vida a la
gente sin contar con ella.
Pregunta. —¿Cómo se refleja la respuesta a esa conducta?
Respuesta. —Los que reducen la democracia a las elecciones periódicas
deben de tener tremenda angustia cuando ese solo acto de participación
democrática, casi en todas partes, se caracteriza por el desinterés.
Si democracia nada más es lo que producen las elecciones periódicas; si
el vínculo democrático, por el cual se ejerce la soberanía popular, se da solo
en el acto electoral, habría que pensar que algo está podrido en un sistema
donde las mayorías no se preocupan en participar en esas elecciones, donde
a la mayor parte de los representados no les interesa quién los va a
representar.
En recientes comicios en algunos países de América Latina hubo casos
en que el nivel de abstención raspaba el 70%. En el caso del Parlamento
Europeo puedes hacer dos curvas: una ascendente en cuanto a las
atribuciones que se le han ido confiriendo y otra descendente en cuanto a la
participación para elegir a esos legisladores.
Pregunta. —¿Cuál es la situación en Cuba?
Respuesta. —En el caso cubano, si se analiza lo que aquí llamamos las
Asambleas de Rendición de Cuentas, incluso las de menor asistencia, como
en el municipio capitalino de Plaza, que es un caso extremo, sólo hay un
30% de no participación de electores en esas reuniones.
Ese nivel de abstención lo muestran tres o cuatro países europeos en sus
elecciones parlamentarias, donde el voto es obligatorio.
El promedio nacional en asistencia a estas asambleas supera el 80%,
mucho más elevado que el que obtiene cualquier país democrático burgués
en elecciones nacionales, salvo excepciones.
En el desinterés de los ciudadanos por el acto electoral hay diversas
razones, que van desde la corrupción hasta la falta de credibilidad de los
políticos. En el caso nuestro, es un sistema que está bien por encima de
cualquiera en participación de la población en la vida política y que en
elecciones sobrepasa el 90%.
Pregunta. —¿Cuál es entonces el ideal?
Respuesta. —Algunas gentes hablan de la democracia como un sistema
perfecto y ya plenamente realizado en sus países, lo cual es ridículo. Nuestra
posición es más auténtica y realista. No decimos que hayamos llegado a un
sistema perfecto de participación popular. Aquí estamos más seriamente
empeñados en avanzar en esa dirección que en ninguna parte. Lo podemos
estar por el tipo de sociedad que tenemos.
Entre algunos centroamericanos que han criticado a Cuba hay hasta
antiguos escuadrones de la muerte. ¿Cómo pueden darle lecciones de
democracia a nadie, por muy ganadores que hayan sido de elecciones más o
menos representativas?
Otros se las arreglan para hacer juegos malabares. Por un lado defienden
a ultranza el liberalismo como modelo económico y se dedican a achicar al
Estado, a quitarle funciones y responsabilidades, a privatizar, a dejar que la
sociedad se rija por las leyes del mercado y que el Estado sea una especie de
observador imparcial.
Los que se presentan como grandes misioneros de la democracia, al
mismo tiempo abogan por un sistema en el cual el Estado se desentienda
cada vez más del pueblo. Desde abajo, desde la calle, sigue predominando
una idea mucho más democrática de la democracia, que implica entre otras
cosas un gobierno con obligaciones para con las mayorías.
El neoliberalismo en lo político es profundamente antidemocrático,
porque hace trizas la proposición de Lincoln, no tiene responsabilidades con
el pueblo y las que tiene debe irlas disminuyendo. Y así van cavando una
fosa entre la población y el sistema político, lo que produce desinterés,
decrecimiento, y hasta cierta actitud cínica hacia las instituciones políticas
porque no se siente representada por ellas, y con razón.
Pregunta. —En la búsqueda de caminos propios, ¿hay alguna aspiración
concreta inmediata? Aumentar solo la participación en el proceso de
rendición de cuentas, es válido desde el punto de vista cuantitativo, pero ¿en
lo cualitativo es suficiente?
Respuesta. —No es sólo un problema de participación numérica, sino
también cambiar la naturaleza de estas reuniones. Había mucho formalismo
en el pasado. Pensamos que debe mantenerse el carácter de rendición de
cuentas del delegado a sus electores, porque es un asunto de principios de
nuestro sistema, que no existe en otros: poder revocar el mandato del
elegido, en cualquier momento, sobre la base de saber lo que hace y su
responsabilidad ante aquellos a quienes representa.
Someter al examen popular su labor no es el único aspecto importante:
estas reuniones son vehículos para promover y encauzar a la gente al
sistema de gobierno; que no se limiten a escuchar, a dar opiniones sobre un
informe y presentar planteamientos y quejas.
Tan importante como eso es aprovechar la ocasión para opinar,
proponer, discutir sobre las cosas que le conciernen y tomar acuerdos sobre
ellas. En este aspecto se ha avanzado, pero no lo suficiente.
Hay deficiencias en algunos lugares, sobre todo en la capital, en la
participación de los representantes administrativos. Esta última vez fue
mayor en general que las anteriores, pero todavía es insuficiente para que
estas reuniones tengan más carácter de ejercicio del control popular desde la
base.
Pregunta.—¿Qué pasos concretos se han dado en ese camino?
Respuesta. —Entre nuestras búsquedas del perfeccionamiento
democrático, las asambleas han estado enfrascadas en un proceso de
reflexión sobre su propia función y de búsqueda y desarrollo de nuevas
formas, entre las que descuellan la labor de las comisiones permanentes del
Parlamento y de las provincias y municipios.
No es que hayamos llegado a un nivel donde no haya más espacio para
mejorar, pero la forma de operar hoy es superior: para nosotros el problema
principal es cómo lograr que en el desarrollo de su labor haya una relación
más real con los problemas del país, todo el año, y una amplia
incorporación, desde las instituciones que tienen que ver con su trabajo,
hasta el simple ciudadano que puede tener puntos de vista, opiniones o
aportes para hacerle.
La Asamblea Nacional analizó en plenario, en diciembre, la situación
económica del país, que fue culminación de una etapa que había comenzado
en cada provincia, en muchas de las cuales participaron desde los delegados
de circunscripción.
De enero a mayo sesionaron más de 80 000 parlamentos obreros, en los
cuales se discutieron los problemas específicos de cada centro laboral, pero
también sirvió como vehículo para que se pronunciaran sobre los mismos
temas que estaban a consideración de la Asamblea Nacional. Lo mismo
hicieron los campesinos, los estudiantes secundarios y universitarios, en un
proceso que culminó en las decisiones de mayo para el saneamiento de las
finanzas internas.
De esta forma no sólo tratamos y nos pronunciamos sobre cuestiones
cardinales de la vida del país en estos momentos sino, además, propiciamos
un movimiento con distinto grado de participación, interés y aporte,
millonariamente superior al nivel que existe en cualquier otra sociedad
llamada democrática.
Pregunta. —Entonces, ¿hay una mayor actividad legislativa en esta
forma de actuar?
Respuesta. —Desde el ángulo de la crítica externa, somos impugnados
porque las sesiones plenarias de la Asamblea, en sus períodos normales,
duran un par de días generalmente. Algunos explotan esto como un
elemento de escasa vida democrática.
Sin embargo, el número de horas que dedicamos a opinar y recibir
opiniones, en este ejemplo del saneamiento financiero, es muy superior al
tiempo que cualquier parlamento del mundo ha dedicado a la discusión de
cualquiera de los temas que ellos tratan, que casi ninguno trata estos.
Además, súmese que en esta discusión han tomado parte millones de
personas, que en otras sociedades generalmente no tienen más participación
que la de enterarse de lo que hicieron los parlamentarios, mala o
buenamente, a través de los periodistas.
PARLAMENTOS OBREROS

Entrevista realizada por Frank Agüero Gómez y Julio García


Luis, periódico Granma, La Habana, 10 de abril de 1995

[…] había un norteamericano de visita en Cuba, economista de profesión,


hombre de éxito, porque es un empresario de cierta importancia en Estados
Unidos, que vino a Cuba y estaba viendo la realidad nacional, los problemas
que tenemos y los esfuerzos que hace la gente para resistir y seguir adelante.
El último día, yo me reuní con él, ya casi antes de salir para el aeropuerto,
entonces me dijo: «Oye Ricardo, yo te quiero decir una cosa francamente (él
no es un socialista, sino un hombre conservador), ¡acaben de tomar las
medidas!, porque no van a poder continuar así».
Yo le dije: «Ven acá fulano, ¿qué tu sugieres?». Me miró como quien
mira a un marciano que de pronto se ha encontrado en una esquina y me
dice «¡las medidas!, ustedes tienen un problema de desequilibrio
presupuestario, de exceso de circulante, tienen una situación financiera que
tienen que normalizar y para eso existen las medidas». Tanto en inglés como
en español lo usaba con el artículo definido, 1o que no arrojaba espacio para
la duda, de todas formas yo quería hacerme un poco el tonto y le pregunto:
¿Pero qué medidas, dime por ejemplo? Dice: «Mi hijo, las únicas que se
aplican en este mundo, las únicas que hay, ¡las medidas!, nadie ha inventado
hacerlo de otro modo y ustedes no van a poder hacerlo si no hacen lo que
hay que hacer. Si el presupuesto implica más gastos que los que ingresa al
Estado, la única medida que se toma no es por supuesto gastar más en
Educación, en Salud, en Seguridad Social, sino recortar, reducir los gastos
no productivos de ese presupuesto y ponerlo por debajo de los ingresos, y
eso de que tienen un 69% de empresas irrentables hay que venir a Cuba para
ver eso; las empresas irrentables se cierran, o a los trabajadores se les rebaja
el salario, o se reduce la plantilla laboral hasta que lo coloques por debajo de
lo que te cuesta, es decir, que te dé ganancias, ¡esas son las medidas!, y
acaben de tomarlas, es como el que tiene cáncer, dice él que no quiere
operarse, pero después pasarán los años y llegará el momento en que
decidirá hacerse la cirugía y lo verá con complacencia».
Compañeros, yo creo que nadie debe tener ninguna idea de que el modo
en que estamos haciendo, el modo en que el país ha enfrentado esta
situación obedezca al hecho de que en este país no hay especialistas, no hay
profesionales, no hay personas que saben cómo es que se debe abordar este
problema o qué consecuencias o efecto pudiera tener una posible medida u
otra.
Tampoco nos caracterizamos por tener tal nivel de ignorancia que no
conozcamos cuáles son las medidas que como este hombre norteamericano
decía, y con toda razón, se aplican en este mundo. Pero si fuéramos a hacer
eso no haría falta ninguna discusión, no haría falta preguntarle su opinión a
nadie, ni nada de lo que hemos hecho.
Por supuesto, habría que preguntarle a este amigo norteamericano que
nos mencionara el país del mundo donde las medidas hayan resuelto los
problemas y sobre todo dónde las medidas han mejorado la situación social,
las condiciones de vida de la gente.
Yo creo que es importante que comprendamos que el método, el estilo
que se ha estado aplicando para enfrentar este problema es consustancial
con nuestro sistema. Si a alguien se le ocurre la originalidad de lo que todo
el mundo hace con respecto a algo, también tiene el deber de plantearse la
cuestión de cómo hacer algo que sea original, en otras palabras, para aplicar
las medidas sobramos más de la mitad de los que estamos aquí y nos sobra
más del tiempo que el que le hemos dedicado a esta reunión.
Pero por hacerlo en la forma en que estamos tratando de hacerlo, hay
inevitablemente que hacer lo que hemos hecho. En esta […] cuestión del
gran nivel de expectativa en diciembre o ahora, parte de él es la creencia que
algunos puedan seguir teniendo de que existen medidas, fórmulas,
decisiones que no acabamos de adoptar, cuya adopción además de ser
recibida con aplausos generalizados, van a tener como efecto inmediato
resolver el problema.
Yo he escuchado ese planteamiento y he tenido que discutirlo en algunos
lugares en que estaban asociadas las dos cosas ¡acaben de tomar las medidas
para resolver el problema! He aquí que en esta pequeña sala nos hemos
reunido la mayor concentración de idiotas que se pueda imaginar, porque
tienen la fórmula, existe una solución y no la acaban de tomar. Yo creo que
es importante que comprendamos que esa fórmula no existe, sencillamente
no existe, y el demagogo le diría al pueblo que sí, que ahora cuando nos
reunamos tú vas a ver que sí, qué sé yo. El revolucionario no, el
revolucionario debe educar al pueblo, tratar de orientar, y sólo se puede
orientar con la verdad. Aquí las medidas que se han aludido —no todas,
pero bueno, las de carácter financiero, digamos los precios—, cualquier cosa
que se haga en relación con esto podrá ser saludada por algunos, pero
implica para otros algún perjuicio, alguna forma de ser afectado.
Yo, por ejemplo, no quiero decir, yo no acepto la idea de que medidas de
carácter financiero necesariamente sean medidas que perjudiquen al
trabajador, es decir, que haya que traducirlas igual a medidas sobre la gente
de bajos ingresos; eso es otra cosa, se pueden hacer, por supuesto, es como
se hace en el mundo entero, yo no creo que sea el caso nuestro, ni que
debamos enfocarlo de ese modo. Pero lo más importante no es eso, es que
ninguna medida que se tome va a significar que el 2 de mayo la situación
material de nuestra gente sea mejor que el 1° de mayo.
Entonces, cuando pase el tiempo y la aplicación de una serie de medidas
que vayan ayudando poco a poco, paulatinamente, a corregir la situación
financiera, tendrá un efecto a determinado plazo que sí la gente podrá sentir
en su vida cotidiana. Pero muchos compatriotas estiman o pueden seguir
creyendo en que en la medida en que nos apuremos a tomar determinadas
decisiones las cosas van a empezar a ir mejorando, entonces con esa
perspectiva seríamos perfectamente irresponsables si demoráramos la
adopción de esas decisiones famosas.
La compañera Glenda se refirió a varias medidas importantes de
trascendencia nacional que se han adoptado, pero yo diría que además, y es
algo que yo siempre rechazo como argumento adicional, que me molesta
cuando esta cuestión de expectativa de las medidas que se van a tomar, es
que entre otras cosas compañeros, estamos ignorando miles de medidas que
nuestros colectivos obreros han tomado como parte de este proceso.
Yo no creo que sea justo concentrarnos en las eventuales decisiones que
se puedan tomar. Yo por lo menos estuve en 36 Parlamentos Obreros, y he
estado en lugares donde he visto trabajadores de fábricas que están
produciendo pérdidas, que enfrentan problemas muy serios, discutir esos
problemas y tomar acuerdos concretos que realmente se reflejan en
reducción de pérdidas, en mejoría de la eficiencia económica de esa fábrica,
y al revés de las medidas universales estas específicas si se pueden reflejar
de inmediato en resultados concretos, y aquí hay sectores de la clase obrera
habanera que pueden poner ejemplos y no porque hayan recibido
estimulación material, ni jabita, ni nada por el estilo. Que lo digan los
administradores del sector tabacalero, por ejemplo, compañeros que
discutían los problemas que tienen de calzado, de ropa, de transporte. Un
obrero joven explicaba ahí las maravillas que tiene que hacer para llegar
todos los días desde La Lisa hasta «La Corona», un muchacho joven, que
sabe además que no muy lejos de allí cualquier traficante con uno de los
tabacos que el produce, gana mucho más que lo que él gana trasladándose
por toda la Habana y decía él: «mire usted los zapatos que tengo, las
condiciones en las que estoy trabajando», pero estaba allí.
Es correcto que nos planteemos cómo estimular al que produce y cómo
además actuar contra el vividor que está especulando con los problemas y
las dificultades del pueblo, pero no olvidemos que también si estamos aquí
es porque hay muchos colectivos obreros que sin más estímulos que su
honor y su dignidad, van todos los días al trabajo.
[…] hace pocos días, cuando fuimos a Camagüey el compañero Rizo y
yo les dimos un estímulo a esos trabajadores que pusieron en marcha el
central «Sierra de Cubitas» con un gran esfuerzo, que implicó como 118
horas de trabajo de ese colectivo y le dimos un gran estímulo, una bandera
de proeza laboral. Ahí no hay ninguna javita, no se le dio absolutamente
más nada y a mí me quedará siempre grabada en la mente la impresión que
me produjo aquel grupo que estaba delante de nosotros, donde en la primera
fila una buena cantidad de esos trabajadores los vi descalzos, con las botas
desguazadas, como testimonio de las condiciones en que muchos
trabajadores que están en la vanguardia de este país, trabajando para
producir divisas —lo que sigue siendo nuestra principal fuente de ingresos
que es el azúcar— y estaban ahí reunidos para recibir ese estímulo que le
dimos que acredita que ese colectivo ha cumplido una proeza laboral, y no
me dio la impresión de que el colectivo estuviera desanimado, aburrido, que
se sintiera insatisfecho, digamos, por el reconocimiento que la sociedad le
daba al esfuerzo que habían hecho, pero eso es parte también de nuestra
realidad, es parte también de la realidad compleja, contradictoria, difícil, que
tiene nuestro pueblo en este momento.
Pero por qué es importante, necesario que diéramos todo este proceso, si
teníamos especialistas capaces de preparar un esquema de lo que reportaría,
del resultado de la recogida de circulante si se toma tal o cual medida de
precio o tal o cual decisión. Entonces hay que ir a preguntarle a los
trabajadores para que ellos nos digan o descubran el Mediterráneo. No se
trata de eso, se trata de una cuestión yo diría de principios de nuestra
sociedad.
Si se trata de decidir en interés de las clases privilegiadas, en interés de
las minorías y poner en orden a un presupuesto, por supuesto que no se
discute en ninguna parte. Tengo por supuesto que volver a referir la
anécdota que hago, porque la repetiré siempre, no la olvidaré jamás, cuando
yo me enteré, al mismo tiempo que algunos ministros y algunos
parlamentarios de un país latinoamericano en el momento en que se anunció
todo un paquete de medidas, a las nueve de la noche en la televisión, y ahí,
al lado mío, muchos dirigentes se enteraron que su moneda era otra, que
tenía hasta otro nombre, que se habían liberado no sé cuántos precios,
habían eliminado no sé cuántos subsidios, etc. etc. Para hacerlo a lo
capitalista, mientras menos se discuta mejor, pero para hacerlo a lo socialista
mientras más se discuta, mejor, y es necesario hacerlo, entre otras cosas
porque todos tenemos que educarnos y promover además esa cultura del
debate, acostumbrarnos a analizar, a manejar colectivamente problemas que
nos pertenecen a todos. Eso es parte del proceso que ha tenido lugar en los
Parlamentos Obreros y que seguimos ahora con este ejercicio, pero además
porque en esas reuniones los trabajadores no se limitaron a expresar
opiniones, puntos de vistas abstractos sobre la economía del país.
Eso es importante como expresión de participación democrática en la
toma de decisiones de toda la sociedad. Pero tan importante como eso lo era
la capacidad de análisis que se tuvo en numerosos centros de trabajo. No en
todas partes fue igual, la calidad no fue igual en unos lugares y en otros, ni
el enfoque administrativo ni el análisis de los trabajadores, etc., pero hay
muchas, muchas decisiones concretas adoptadas por los colectivos obreros,
que por supuesto ninguna de ellas por separado va a terminar con el exceso
de circulante o va a resolver los desequilibrios financieros nacionales, pero
todas juntas y en la medida en que todos seamos capaces por todas partes de
alcanzar resultados concretos, sí estamos desde ahora contrarrestando la
situación que enfrenta el país. Y eso era parte de la estrategia. No era
solamente que en diciembre nos reunimos y como nos faltaban elementos de
juicio: «vamos a preguntarle a los trabajadores para que ellos opinen», no;
era necesario que la gente se expresara, que la gente abordara los problemas,
nos ayudáramos todos a ir comprendiendo mejor estas cosas, después de
todo estos también son problemas del pueblo, de todos nosotros. […] El
pueblo está metido en medio de este problema, pero tenemos que
acostumbramos a que por tener una sociedad verdaderamente revolucionaria
y por lo tanto socialista, genuinamente democrática, donde todos
participamos del modo más directo posible en las decisiones principales del
país, esto no quiere decir que nos vayamos a reunir los once millones de
cubanos en un teatro […] para aprobar famosos paquetes legislativos, pero
sí tenemos que generalizar la práctica como cosa normal, como cosa
sistemática de que en la toma de decisiones no solamente participamos los
diputados elegidos por el pueblo, sino que cumplimos la principal misión en
esta sociedad que es a partir de nuestra vinculación con el pueblo, ayudar a
canalizar la opinión, la preocupación, y a orientar a ese pueblo que nos
eligió en su momento para representarlo. Y esto no es que a nadie se le haya
ocurrido una idea loca de venir a desarrollar ahora una democracia perfecta
y sacrificar a esa idea la urgencia de la adopción de decisiones.
No, compañeros, por una parte no existe esa vara mágica y por otra parte
elemento esencial de ese conjunto de decisiones que hay que tomar para
salir de la actual crisis, está el que toda la sociedad, todos los colectivos de
trabajadores, todo el mundo en cada lugar seamos capaces de tomar
decisiones, medidas concretas que vayan ayudando a mejorar la eficiencia
económica, y vayan ayudando a la producción, lo que tantas veces aquí se
ha mencionado.
No es que el país se haya paralizado en diciembre a esperar que venga
mayo y ahora nosotros nos iluminemos con nuevas ideas y finalmente
tomamos las decisiones. Desde diciembre este país ha estado realmente en
una fiebre de discusión, de análisis, de intercambio, que no había sido de la
misma calidad en todas partes, pero en muchos lugares podemos sentirnos
realmente satisfechos de los logros, y en todas partes tenemos que tratar de
seguir profundizando.
Yo creo que es imposible que nosotros veamos esta cuestión también no
solamente como una tremenda batalla económica, sino que es
fundamentalmente también una batalla política, una batalla por ganar las
conciencias, las mentes de nuestros compatriotas. Y es importante además
tratar de tener la mejor claridad acerca de los problemas que tenemos y el
modo en que tenemos que enfrentarlos.
Es normal, es un mecanismo reflejo, hay tradición de ver las cosas que
para muchos ciudadanos es la espera pasiva para que otro tome las grandes
decisiones, etc. Es normal, si esa es la idea de la democracia en que nos
hemos criado en esta civilización, pero no es la democracia revolucionaria,
la del trabajador, ni es fácil crearla tampoco porque implica para todos un
esfuerzo, tratar de comprender mejor, estudiar más, de ir asumiendo poco a
poco una función. No es fácil, nadie nace con esos atributos, más bien
nacemos acostumbrados a esperar que sea otro el que decida por nosotros y
que también con esa decisión superior se van a resolver problemas que
necesaria e inevitablemente implica nuestro papel protagónico. Quiero decir
de todo el pueblo, precisamente porque se trata de hacerlo, salir de esta
crisis al revés o por un mecanismo completamente diferente al que el amigo
norteamericano nos sugería y ahí empieza el gran lío, si tú quieres resolver
estos problemas financieros sin reducir drásticamente los programas
sociales, si lanzaras (no quiero dar cifras) X trabajadores al desamparo, que
es lo que todo el mundo hace y sabe hacer. Ahora, el que no quiera hacerlo
así tiene que crear, tiene que inventar. Hacerlo del único modo posible, que
es con los trabajadores. Por lo tanto, yo creo que nadie debe tener la menor
preocupación con que hayamos llevado a cabo este proceso y que además
este proceso va a tener una forma de continuidad determinada. Eso es
consustancial con nuestro sistema.
Finalmente, les quiero decir lo siguiente: yo creo que se trata de una
batalla complicada, difícil, riesgosa, pero como les he dicho a otros
compañeros de otras provincias, efectivamente, nosotros no tenemos
alternativas, excepto que fuéramos a renunciar a nuestro proyecto socialista.
Si fuera así, sencillamente sería anotar las medidas de este amigo, que no
haría falta porque yo sé cuáles son. Eso es pedir una copia de cualquier
programa impuesto por el Fondo Monetario Internacional en cualquier país
y por supuesto discutir lo menos posible con la gente. Pero como lo vi en los
Parlamentos Obreros, y los que estuvieron lo vieron, que a pesar de los
pesares, a pesar de las dificultades, a pesar de la dureza de la vida, nuestro
pueblo, la inmensa mayoría de él lo que quiere es salvar el socialismo,
salvar sus conquistas, salvar esta Revolución y hacerlo además a lo
socialista, con estilo revolucionario, por eso yo confío en que la gente
comprenda esencialmente en lo que estamos enfrascados.
Desgraciadamente algunos compañeros, algunos patriotas, algunos
revolucionarios tendrán quizás todavía ilusiones de que algunas cosas se
pueden hacer desde arriba, que van a hacerse milagros. No, aquí los
milagros los hacemos todos o no hay milagros.
[…]
EL DESTINO NUESTRO LO DECIDIMOS NOSOTROS

Fragmentos de la intervención ante diputados, presidentes de


asambleas municipales y presidentes de consejos populares el 15
de abril de 1994

Conversar con Ricardo Alarcón es siempre una aventura, porque él no sólo


tiene las respuestas que Usted busca, sino posiblemente también mejores
preguntas que las que uno lleva.
El Presidente de la Asamblea Nacional, aun cuando ocupe la butaca del
entrevistado, sigue siendo por dentro el periodista agudo, y la carga de las
responsabilidades, lejos de llevarlo a un estilo pragmático o administrativo,
parece activar en él un inagotable afán de pensar, de conceptualizar las cosas
y de descubrir el sentido más trascendente de la experiencia cubana en
materia de representación y participación democráticas.
En marcha ya el proceso preparatorio de las elecciones para delegados a
las Asambleas Municipales, abordamos con él este tema y otros asuntos de
interés.
Pregunta. —Alarcón, tratándose de las elecciones intermedias, de base,
¿pudiera decirse que estas son más sencillas que las elecciones generales
que tuvimos en 1993?
Respuesta. —Yo diría que estas elecciones son en cierto sentido, más
complicadas. En las pasadas elecciones generales hubo, como era lógico,
una movilización nacional, estuvo la presencia de Fidel en todo aquel
proceso. Más que por uno u otro candidato el pueblo sentía que estaba
votando por la Patria, por la Revolución.
El proceso que vamos a hacer ahora no tiene aquellos atributos. Es como
siempre se ha hecho. No puede haber voto unido. Hay que ir allí, al barrio,
en medio de todas las tensiones que estamos viviendo, a elegir a un
combatiente de base que está chocando con problemas que en muchos casos
no tienen solución, y también con todas las deficiencias subjetivas que nos
quedan. Quizás fuera más fácil si se estuviera votando por una personalidad
nacional, por un diputado.
Por esa misma razón, estas elecciones tienen una tremenda importancia
política. Hace falta una labor más profunda de explicación. Hay que probar
los méritos de nuestro sistema político en la elección de los delegados de
circunscripción, en el momento más complicado y en una coyuntura general
del país e internacional que le da especial relieve.
Pregunta.—¿De qué depende entonces el éxito que se aspira a alcanzar?
Respuesta. —Este es un sistema que tiene varios momentos. Hay que
buscar más calidad en la nominación, que es una cualidad que no existe en
otros sistemas: que sea el propio pueblo el que proponga a los candidatos.
Lograr que haya una verdadera reflexión colectiva y se piense en los
vecinos más idóneos y con mejores condiciones. Luego hay que buscar
también el máximo de participación a la hora de votar. Y, finalmente, para
fortalecer como todos queremos el Poder Popular, hay que lograr la
vinculación más profunda de ese delegado y de todos nuestros órganos con
las masas.
Pregunta.—¿Cómo concibe usted esa vinculación?
Respuesta. —Creo que tenemos un ejemplo claro. Como lo ha estado
demostrando el movimiento obrero con los Parlamentos y las Asambleas
por la Eficiencia. Convertir este movimiento en una fuerza real. Llevar a la
comunidad el mismo espíritu de los colectivos laborales de vanguardia.
Aplicar realmente, en otras palabras, el espíritu proletario a nuestro sistema
de instituciones.
Pregunta.—¿Puede interpretarse eso como que existe insatisfacción
respecto al trabajo de los delegados?
Respuesta. —No se pueden desconocer los resultados concretos que se
han logrado y la abnegación que los delegados ponen en su trabajo.
Hay límites materiales a la eficacia de su gestión, y también siguen
existiendo en nuestra sociedad problemas que no dependen de recursos, sino
de los hombres, fenómenos de indolencia, de burocratismo.
El delegado está un una brega constante contra todo eso. Es una fuerza
que hay que movilizar, fortalecer y educar. Por eso, no basta con expresar la
insatisfacción con que siempre debemos ver toda obra humana.
Hay que seguir desarrollando el concepto del Poder Popular, como
democracia participativa, en la que el pueblo es el protagonista. Si se ve esto
pasivamente, como ocurre en algunos lugares, y se concibe el papel del
delegado como un trasladador de problemas, no llegaremos al fondo. Lo
esencial es que la gente se sienta parte de la solución de los problemas. No
es el delegado aislado, es una colectividad actuando: esa es la fuerza de
nuestra democracia.
Pregunta.—¿Recuerda algún ejemplo o experiencia que ilustre esto?
Respuesta. —Cómo no. Yo he estado en una asamblea a la que ha
faltado un dirigente administrativo, y allí han acordado: «vamos a ir una
comisión de vecinos a ver a ese administrador». No es lo mismo que
quejarse, tomar nota y luego reportarlo. Lo mismo ocurre cuando la propia
gente acuerda organizar una brigada de reparación para resolver un
problema. Como regla, mientras más proletaria es una circunscripción, más
alto es este nivel de respuesta.
Pregunta. —Usted mencionó al principio las circunstancias internas que
subrayaban la trascendencia de esas elecciones, ¿cómo aprecia esta
conexión?
Respuesta. —Nuestra sociedad sigue atravesando dificultades muy
duras, y a la vez hay cambios que producen elementos de la propiedad
privada y capitalismo. ¿Cómo seguir venciendo las dificultades?
Lógicamente, con el pueblo organizado. ¿Y qué es el Poder Popular sino el
conjunto de instituciones creadas para eso?
La esencia de nuestro sistema no se agota en la representación. Es un
canalizador de esa fuerza colectiva, de esas masas, y debemos convertirlo en
una práctica sistemática. No es sencillo. Pero vale le pena luchar por ello.
Esto implica también la coordinación e integración de todos los factores
de la comunidad. Es la lógica que sirve de base a la experiencia positiva de
los Consejos Populares. Igual que nosotros mostramos con orgullo los
resultados de la ciencia, así hay que desarrollar también la cooperación entre
todas las instituciones de la sociedad cubana.
Puede haber algún idiota que crea que vamos al capitalismo, pero todo
lo que hacemos es para salvar las conquistas del socialismo y crear las bases
para seguir construyéndolo cuando podamos.
Por eso, es tan importante cerrarle el paso a la ideología capitalista. Ver
también este proceso, y sus objetivos, como parte del trabajo político que
tenemos que hacer, ahora en circunstancias más complejas. Y por eso es tan
necesario, en este momento, tener mejores elecciones que nunca.
Se trata de dos ideas fundamentales: fortalecer el espíritu revolucionario
y encauzar la actividad de la gente. Si hay una participación orgánica,
coherente, desde la base, estoy «dogmáticamente» convencido de que, a
pesar de todos los pesares, son incontables los problemas que podemos
resolver.
Pregunta. —Pudiéramos decir entonces que en estas nuevas condiciones
se ensancha el trabajo de los delegados…
Respuesta. —Efectivamente, se amplía el trabajo del delegado en la
comunidad. Habrá que desarrollar más el espíritu creador.
Ahora será preciso preocuparse por el que tiene dificultades, el que no
tiene empleo, el joven que necesita apoyo y orientación. Velar por las
familias de menores ingresos. Buscar fórmulas de solución y alivio a estos
problemas y fortalecer el sentido de solidaridad humana.
Hay experiencias de contribución al problema del empleo, y se pueden
desarrollar otras nuevas. En los organopónicos, por ejemplo, se ha
avanzado, pero existen posibilidades para hacer mucho más.
En otros terrenos tenemos también cosas interesantes, como es la
reanimación de la vida en el barrio. En el municipio 10 de Octubre, por
ejemplo, aquí en la capital, se está llevando a cabo una labor importante. La
UNEAC está impulsando un trabajo de promoción cultural. También la UJC
toma parte en muchas acciones dirigidas a mejorar la calidad de la vida.
Pregunta. —Alarcón, ¿cómo se vienen manifestando hasta aquí los
casos de revocaciones en el Poder Popular?
Respuesta. —Es bastante elevado el número de casos. Los ha habido
tanto en delegados de base, como en dirigentes municipales y provinciales.
Lo interesante es que esto no se produce sólo por situaciones de errores,
incompetencia o inmoralidad. Es otra prueba de la superioridad de nuestro
sistema.
Se dan también situaciones de compañeros que son revocados, de modo
natural, como resultado del análisis en el seno de los colectivos donde estos
actúan.
En el municipio por el cual soy diputado, Plaza de la Revolución, se ha
cambiado la Presidencia del Poder Popular tres veces en este período. Y son
magníficos compañeros, patriotas y abnegados, que siguen ahí, trabajando
con los demás.
Se trata de principios que debemos mantener como las cosas más
preciadas: nominación, elección, rendición de cuenta, vínculo con las masas
y revocación.
Pregunta. —Presidente, percibimos que el objetivo de dar permanencia,
fluidez y sistematicidad a la labor del Parlamento y en general al Poder
Popular aún no se refleja en la prensa. Predomina lo cíclico. A su juicio,
¿dónde radica esa intermitencia, en el Poder Popular o en la prensa?
Respuesta. —Hay de todo, creo yo, como en botica. Insuficiente
comprensión de algunos medios, insuficiente comprensión del Poder
Popular sobre la prensa como vehículo de comunicación. Pienso que existe
también el espacio para el perfeccionamiento de la prensa, como también lo
hay aquí. Se hace mucho más de lo que se refleja, pero también se refleja
poco. Un ejemplo, para no ir más lejos, es la labor que vienen realizando las
comisiones permanentes de la Asamblea.
Pregunta.—¿Se extenderá el método de las Audiencias Públicas de la
Asamblea Nacional a nuevas temáticas de interés? ¿Cuáles, por ejemplo?
Respuesta. —Pensamos, por medio de las Comisiones de Relaciones
Exteriores y de Asuntos Jurídicos, dar audiencias públicas sobre el proyecto
de ley Helms-Burton. La primera será el próximo 3 de mayo.
Nuestro pueblo tiene derecho a conocer más de ese documento y a dar
sus opiniones sobre él. Van a participar muchos más, se los aseguro, que los
elementos ultraderechistas que ellos convocaron a la audiencia que dieron
en el Congreso norteamericano.
Esto tiene que ver con todo lo que estamos haciendo, desde la zafra
hasta las elecciones, porque en ese mismo período ellos van a estar
analizando en Washington este engendro anexionista, que es el proyecto de
la recolonización de Cuba. Fíjense que, por primera vez, se establece en una
propuesta de legislación que el Gobierno de Estados Unidos establece la
recuperación de las propiedades nacionalizadas, tanto de ciudadanos y
empresas de ese país como de los batistianos, los malversadores y los
explotadores, como condición para el levantamiento del bloqueo.
Es decir, se pretende incluso extender los beneficios de la ley a personas
que, cuando fueron expropiadas, no era aún ciudadanos norteamericanos.
Esto dice a las claras que la alternativa a la Revolución es la Cuba de ayer,
la anterior a 1959.
Es una prueba de hasta qué punto se ha «miamizado» la política de
Estados Unidos, y de cómo la ultraderecha de esa ciudad pretende decidir el
destino de los cubanos.
Por eso, con más razón aún, estas elecciones tienen que ser el mentís
categórico de que nadie nos va a imponer el pasado ni a destruir la
Revolución. Tenemos que demostrar que aquí el destino nuestro lo
decidimos nosotros. Y que sobra la voluntad de resistencia para que
semejante alternativa jamás pueda imponerse.
VOTO UNIDO

Fragmentos del discurso pronunciado en ocasión de la


presentación de los candidatos a delegados a la Asamblea
Provincial y diputados a la Asamblea Nacional a los dirigentes
del Partido Comunista de Cuba del municipio Plaza de la
Revolución, 26 de diciembre de 1997

[…]

Creo que las razones para la convocatoria, el llamamiento, la


exhortación al voto unido tenemos que encontrarlos junto con la realidad
que nadie puede ignorar de que enfrentamos una batalla, una guerra a
muerte con el imperialismo, y que la esencia de nuestra defensa está en
nuestra unión, en la unión de todos los patriotas y de todos los
revolucionarios.
Junto con esa verdad no se puede reducir la importancia del voto unido a
una expresión más de la importantísima e indispensable unidad del pueblo
frente al enemigo externo, frente al enemigo imperialista, frente a los que
acechan a la Revolución.
Creo que el voto unido tiene que ver, además, con la unión de la
sociedad cubana, con la unión entre los cubanos en un sentido más raigal,
porque lo opuesto del voto unido, de la filosofía del voto unido, sería la
demagogia, la competencia mercantilizada entre los candidatos; el candidato
que surge de las maquinarias y no del pueblo.
En otras palabras: para poder tener un sistema como el nuestro, que se
afinca en la voluntad popular; para poder tener un sistema como el nuestro,
en que hombres y mujeres de la base ocupan también responsabilidades
fundamentales en la sociedad; para poder asegurar que esto sea posible,
tenemos que mantener nuestra Revolución, nuestro poder político, pero,
además, tenemos que hacerlo cerrándole todo resquicio a los riesgos, a las
amenazas de la politiquería y de la demagogia.
Yo diría que el voto unido es una garantía para asegurar que nuestras
asambleas tengan una representación integralmente de la sociedad cubana.
Eso nos pasa constantemente en los encuentros con el pueblo, hay
compañeros candidatos cuyos nombres, ya con su sola mención, la gente los
ubica, los conoce, por la responsabilidad que tenemos, porque salimos más
en los medios masivos, por lo que sea; y hay otros compañeros cuyo nivel
de conocimiento puede ser muy profundo, muy grande en un centro de
trabajo, en un barrio, pero difícilmente lo es con la misma dimensión en
toda la zona, en todo el distrito electoral.
Precisamente en esa politiquería del pasado —que, como ustedes ven,
sigue siendo presente no muy lejos de acá— ganaba, o conseguía más votos,
o tenía más posibilidades para promoverlo el que tenía más acceso a la
televisión, más recursos para pagar los programas, los anuncios, etcétera. Es
un sistema donde a nadie se le ocurre que un vecino cualquiera pueda llegar
a ser diputado, que un obrero pueda llegar a ser diputado, o que un ama de
casa, o que un campesino; a nadie se le ocurre que haya que pensar en una
estrategia electoral que le dé espacio a esa gente. Pero en un sistema como
el nuestro, que tiene que contar con ese componente, que es esencial que lo
tenga, resulta indispensable —a nuestro juicio— una estrategia, un enfoque
como el del voto unido. Ni enfrentamiento entre candidatos; ni competencia
entre candidatos, como la que el capitalismo despliega, que los equipara a
artículos, a objetos de consumo, ni exclusivismo, que sólo le da espacio a
las personalidades de la sociedad, a las personalidades nacionales, a los que
son más conocidos por un motivo o por otro.
El voto unido es, además —a mi juicio—, un antídoto contra cualquier
manifestación de demagogia, de corrupción. Es exactamente lo opuesto a
ese vicio del pasado, que no está tan lejos, sino que es la realidad de mucha
gente en este mundo de hoy. Pero, además, aquí a nadie se le limita su
capacidad de elección. En realidad, en Cuba los ciudadanos tienen una
capacidad multiplicada, porque pueden votar por todos los candidatos —
dentro de un área electoral determinada, como sabemos—, o pueden votar
por una parte de ellos, o por ninguno de ellos. Y, además, a nadie se le
impone que vote por todos. Tratamos de que haya comprensión, que se haga
conciencia, que consciente y maduramente la gente vote así; pero nadie va a
estar mirando como vote nadie en el momento en que ejerce su derecho
electoral, y se han contado siempre todas las boletas en este país. El voto
unido es —como se ha dicho muchas veces— una concepción estratégica,
una línea que nos parece fundamental desde el punto de vista del
mantenimiento de la unidad de todos los revolucionarios para garantizar
nuestra cohesión en la tremenda batalla de nuestro pueblo, pero también un
elemento importante en la unidad de nosotros mismos con nosotros mismos.
Porque ese compañero que la gente no conoce tanto está ahí porque lo
propusieron vecinos que sí lo conocen, compañeros de trabajo que sí saben
de sus méritos, compañeros de estudio, de actividades que saben las
condiciones y las cualidades que tiene esa persona.
En una sociedad donde la representación democrática se convierte en
una ficción, eso no interesa; pero en una sociedad realmente popular y
realmente democrática sí nos interesa que estén representados no sólo los
que son muy conocidos por equis razones de la vida, sino que todos los
factores de la sociedad, todo el pueblo pueda dar a conocer a sus candidatos,
a sus representantes, y que estos, juntos, los más notorios y los menos
notorios, pero todos con un conjunto de méritos, y todos porque han sido
propuestos, recomendados, postulados por el pueblo y aprobados como
candidatos por los representantes del pueblo, podamos constituir órganos de
elección, de representación, que sean realmente un reflejo de la sociedad
cubana en toda su integralidad, en toda su cohesión. Hay otro elemento que
yo he escuchado también, que me parece que es importante que estemos en
condiciones de explicar, y es la cuestión del lugar de residencia de los
candidatos. Hay candidatos que residimos en el mismo distrito por el que
hemos sido presentados; hay otros casos, como ustedes saben, en que no es
así.
[…]
Creo que también este es un elemento que hay que verlo integrado a los
otros factores: cómo lograr una candidatura en la que estén presentes
personas con determinadas responsabilidades en la nación, o en la provincia,
o en el municipio —que deben formar parte y que en todas partes del mundo
forman parte de los órganos de dirección de ese territorio o de un territorio
semejante—; cómo lograr que junto con ellos estén representantes de la
base, gente del pueblo, gente de la base que van a seguir teniendo
responsabilidades en la base; o sus funciones en la base; cómo lograr
combinar sabiamente la presencia de ambos componentes. Si los dirigentes
nacionales, si las personalidades de las provincias, todos fueran a ser
presentados por los distritos donde viven, lógicamente Ciudad de La Habana
tendría muy poco espacio para la representación de compañeras y
compañeros que no tienen responsabilidades nacionales, pero que es
importante que formen parte también de las asambleas de nuestra ciudad; o
tendríamos más diputados por La Habana que todas la Asamblea Nacional o
más delegados provinciales que toda las provincias en su conjunto.
Me parece que el que se evite la concentración de determinados tipos de
compañeros y la separación que traería inevitablemente, como
consecuencia, el que por algún municipio todo el mundo fuera de la base, o
por algunos municipios inevitablemente todos fueran dirigentes, estaríamos
llegando, sin quererlo, a aquello a lo que me refería cuando hablaba del voto
unido, de lo que tenemos que evitar con eso, a crear una separación de
políticos profesionales, que serían los candidatos, y sin la concurrencia de
representantes de la base de nuestro pueblo.
Este es un elemento que no me lo plantearon en las reuniones que
tuvimos aquí en el distrito, pero sí me han dicho de otros compañeros en
Ciudad de La Habana, de otros municipios, por lo menos, en que esto
surgió. Como sea, se han planteado algunas preocupaciones que me parece
importante que se esclarezcan, de que los diputados, los delegados de
circunscripción que sean electos como diputados o como delegados
provinciales no dejan de seguir siendo delegados de la circunscripción por la
que fueron elegidos. Algunos ciudadanos parecen tener preocupación de que
les vayan a quitar a su delegado, porque a él se le ha incluido en la
candidatura a la provincia o a la nación.
Realmente eso no es así, lo que es necesario que nuestras asambleas de
provincia tengan ese ingrediente en su composición del delegado de
circunscripción que va a seguir siendo delegado de circunscripción y
también va a combinarlo con sus otras responsabilidades. Finalmente, y a
veces no lo sabemos manejar, a mi juicio, del mejor modo, hay un elemento
que a veces surge, que está presente —sobre todo se vio en las elecciones
municipales—, el delegado o el candidato a delegado asociado con la
solución a los problemas que enfrentamos todos los días. Una cosa es que
nuestros delegados y nuestros diputados, como parte del pueblo que son,
tienen que hacer todo su esfuerzo, tienen que esforzarse al máximo en la
batalla popular, en la lucha de nuestro pueblo para enfrentar las dificultades,
para ir sorteando los problemas que enfrentamos, y otra es que nosotros
fuéramos a aceptar o a asociar la idea de un candidato con la promesa de la
solución de problemas materiales o de problemas concretos que pueda
enfrentar la gente.
Esta es una sociedad peculiar, decía al principio, y verdaderamente
democrática. Aquí nadie es candidato, nadie se autopropone, y aquí los
candidatos tampoco prometen solucionar ningún problema concreto de la
gente, ni le ofrecen hacer. Eso no quiere decir que nuestros delegados, que
nuestros representantes no hagan el máximo de su esfuerzo para, junto con
su pueblo, enfrentar esos problemas y tratar de buscarles las soluciones
cuando estas son posibles.
Posiblemente en el mundo sobran toneladas y toneladas de promesas
que nadie ha pensado cumplir ni en el momento de hacerlas. En el caso
nuestro, como nuestro sistema tiene que excluir completamente la
demagogia y la politiquería, nosotros somos francos y en estos encuentros
nadie le ha prometido nada a nadie, ni sería correcto hacerlo, en términos de
cosas que beneficien materialmente a la gente. Creo que a lo que nos
tenemos que comprometer, lo que sí tenemos que prometernos a nosotros
mismos, es que todos los que sean electos, todos los representantes de
nuestro pueblo tienen que dar el máximo de su esfuerzo físico, mental e
intelectual todos los días, para ser realmente representantes, merecedores del
honor que el pueblo les ha entregado; pero concibiendo siempre que la
búsqueda de las soluciones a nuestros problemas no está en la oferta
demagógica de nadie, sino que será el resultado del esfuerzo, del sacrificio
de todos.
El compromiso mayor que tienen que asumir los que sean elegidos, es
precisamente el contribuir a esa acción colectiva del pueblo, a encauzar la
iniciativa popular, la acción de las masas, la lucha de todos para resistir y
para enfrentar los problemas que nuestra sociedad hoy afronta, y para
seguirlo haciendo en la forma en que lo hemos ido haciendo, que nos ha
permitido ir avanzando; que nos ha permitido iniciar nuestra recuperación;
que nos ha permitido sobrevivir primero, estar aquí pese a todo lo que
contra nuestra patria hace el imperio; que nos ha permitido, además, hacerlo
con el apoyo popular. Porque a veces no nos acordamos, pero en este
período, en estos últimos años de aguda confrontación con el imperialismo y
de grandes dificultades materiales, desde 1992 para acá, salvo en 1994 y en
1996, de estos siete años, en cinco de ellos hemos tenido elecciones en este
país, elecciones municipales y dos elecciones nacionales y provinciales, las
de 1993 y las que vamos a hacer ahora.
Nuestra Revolución ha pasado esta etapa difícil contando con el pueblo
y confiando en el pueblo, y el pueblo —creo que nadie puede tener duda de
eso— ha demostrado con creces que ha sido y es merecedor de esa
confianza, porque cada elección, y la última lo reveló de una manera
inapelable, ha servido para mostrar la conciencia, la convicción de nuestras
masas y su voluntad patriótica.
DEMOCRACIA A LA INGLESA

Fragmentos de la entrevista realizada por Carmen Duarte,


directora del programa radial Transición, de Miami, el 9 de
septiembre de 1999 en la Misión cubana en la ONU

[…]
Carmen Duarte. —Según ha declarado el Gobierno cubano su sistema
electoral es democrático. ¿Cómo participa la población digamos en decidir
la presidencia del país? Muchas personas cuestionan el hecho de que un país
donde hay cierta minoría de disidentes, personas que se quieren ir de manera
ilegal, otros que se quieren ir de manera legal, pues cómo durante tantos
años sale electo como Presidente de la República el doctor Fidel Castro.
Ricardo Alarcón. —Bueno, en primer lugar yo no sé quién ha inventado
la idea de que todos los jefes de gobierno, todos los presidentes, son
elegidos directamente por la población. Ese es un sistema que así es como
funciona en Estados Unidos y en los países de la América Latina, o sea,
Hispanoamérica y Brasil. No es el sistema del Caribe, no es el sistema de la
mayoría de los estados europeos. El jefe de Estado de Inglaterra nunca ha
sido elegido, desde la Edad Media lo es por carácter hereditario. Por eso está
la reina Isabel allí como pasa en todas las monarquías. Y el jefe del
gobierno, el primer ministro, nunca ha sido elegido directamente, sino por
un sistema que es exactamente como el nuestro, o sea por circunscripciones
electorales. El primer ministro tiene que ser un diputado, en Inglaterra, en
Francia, en España, en Italia, en Alemania. Creo que en general es la norma
europea. La historia no comenzó por Cuba ni por América Latina.
Inevitablemente el sistema que tenemos se parece al que nació antes en otras
partes, pero si hay que copiar a alguien, después de todo, quienes
inventaron, quienes crearon primero los sistemas de organización de
elecciones, de representación, fueron los ingleses hace cuatro siglos, mucho
antes de que Estados Unidos fuera independiente. Así que no hay por qué
copiar el norteamericano. Se puede copiar el más original, digamos.
Ahora, hay algunos de estos sistemas parlamentarios donde además, ya
que mencioné a Inglaterra, es un sistema bicameral, pero una cámara no es
elegida. Es designada, es hereditaria, que es la Cámara de los Lores,
equivalente al Senado norteamericano, como es el Senado canadiense. De
entrada, en una de las dos ramas del legislativo, el pueblo no tiene la menor
posibilidad de participar, ni opinar ni hacer absolutamente nada. Creo que la
explicación de por qué en Cuba se mantiene la Revolución —porque en
definitiva es lo que es la pregunta— no se puede entender dejándose llevar
por percepciones que se fabrican desde afuera.
Es cierto que hay una emigración cubana, de cubanos que por distintos
motivos se han desplazado para vivir fuera de su país. ¿Pero por qué no se
recuerda que Cuba era el país de mayor emigración hacia los Estados
Unidos antes del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, que sólo México
la superaba? La cifra de cubanos emigrados a este país era superior a la
suma total de todos los emigrados de la América Central y del Caribe o de la
América del Sur. ¿Cómo se explica eso? Porque había razones que no tenían
nada que ver con la retórica, con las leyendas que se crean por este lado del
Estrecho. ¿Cómo se explica que sin tener una revolución, sin haber tenido el
enfrentamiento con los Estados Unidos que ha tenido Cuba, y sin tener una
ley de Ajuste que le da determinadas ventajas a los cubanos que no se lo da
a nadie más, las cifras indican que hay movimientos migratorios mucho más
fuertes de otras partes de nuestro vecindario que desde Cuba? Yo prefiero
ajustarme más a los datos oficiales norteamericanos, a las estadísticas, que a
la retórica de la propaganda norteamericana. Te voy a poner un solo
ejemplo, y las fuentes son los documentos públicos del INS que publica sus
estadísticas periódicamente. Explíqueme Ud., por favor, señorita periodista,
¿qué explica que en la década del 90, que incluye a los famosos balseros del
94 y el 95 que hasta allí hasta el año 96 que es el último balance que ellos
hacen de esa década, la emigración de la República Dominicana hacia los
Estados Unidos, fue el doble de la cubana, a pesar de que en el caso de Cuba
hubo la famosa crisis de los balseros y además un acuerdo migratorio que
garantiza por los menos veinte mil visas al año? Y eso es refiriéndonos a
emigración legal. Todo el mundo sabe en este país que aquí hay unos
cuantos dominicanos indocumentados. Cubano no lo puede haber, salvo que
sea muy tonto, porque tiene una ley y una política que le garantizan la
legalidad.
En esa última estadística del Servicio de Inmigración, Cuba ocupa el
décimo lugar en la región, en el hemisferio, en cuanto a la emisión de
emigrantes hacia Estados Unidos. Por encima de Cuba, aparte de México,
por supuesto, están países como República Dominicana que ya mencioné,
Jamaica, Guatemala, Honduras, El Salvador, Ecuador, Colombia, Canadá.
¿Ha habido alguna revolución, ha habido algún cataclismo que explique ese
desplazamiento de la gente hacia Estados Unidos? De todos esos países que
he mencionado, además, según el mismo documento del INS, ellos calculan
unos cuantos centenares de miles adicionalmente. En esa sección dedicada a
la emigración ilegal, al lado de la palabra CUBA, aparece un cero, porque
ellos no pueden suponer que haya algún cubano ilegal.
Yo nunca oigo hablar del problema migratorio de los países que te he
mencionado, que algunos de ellos, por cierto, tienen la mitad de la población
total de Cuba. El por ciento de los salvadoreños que emigran, es superior en
cifras absolutas al de los cubanos. Pero la población de ellos es la mitad, de
manera que como fenómeno social tendría mucho más peso. Pero yo nunca
he oído hablar de las cuestiones migratorias de ninguno de esos países, por
no mencionar a Canadá que tiene más emigrantes que Cuba según el
Servicio de Inmigración. Y por supuesto, ciento veinte mil canadienses que
están aquí ilegalmente frente al cerito cubano que te dije. Creo que mientras
exista eso va a haber la tendencia, lógicamente, de alguna gente a valerse de
esa ventaja. Me parece, además, que habría que ver esto con más
ecuanimidad intelectual. Si yo fuera norteamericano votaría por eso, porque
según nuestra información de los casos de inmigración ilegal hacia Estados
Unidos, aproximadamente la mitad son personas que Estados Unidos no les
daría las visas porque ellos no se las dan a personas con antecedente
penales, que hayan cometido delitos comunes. Realmente no es un problema
tanto para nosotros como para ellos. El hacer casi propaganda comercial
para atraer emigrantes no deseables según sus propias leyes, me parece un
absurdo. Todo en aras de la propaganda anticubana. Pero el problema es
mucho más complicado. Este país se va convirtiendo cada vez más en una
Torre de Babel. Aquí yo no sé cómo entran y cómo son cada vez más los
latinos que de un modo u otro se cuelan a pesar de que no los atraen. Y con
todo, con las dificultades de Cuba, con los problemas que Cuba enfrenta y
con esa cosa única que Cuba enfrenta que es una política migratoria
especialmente diseñada para desestabilizarla, el saldo no es como algunos
quieren hacer creer en Miami, que los cubanos han volado, han escapado. Si
se compara con los demás es más bien exactamente al revés.
CUBA Y LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN EL
MUNDO DE HOY

Borrador de un artículo preparado en 1996

Los verdaderos principios


En 1793, la Asamblea Popular de Castres aprobó una decisión donde podía
leerse: «No apartarse jamás de los verdaderos principios y no admitir jamás
a un hombre de grandes riquezas mientras no se sepa que es un patriota puro
y ardoroso y mientras no haya destruido esa desigualdad por todos los
medios a su alcance».
En el fragor de la Gran Revolución Francesa que marcaría el ascenso del
capitalismo y donde la corriente liberal contemporánea suele encontrar sus
raíces, aparecen otras muchas manifestaciones como esa que reconoce en la
búsqueda de la igualdad entre los hombres la esencia indispensable de la
democracia.
Aquella exigencia no era nueva, no la habían inventado los jacobinos.
Idéntico requisito debían cumplir quienes quisieran incorporarse a las
primeras comunidades cristianas.
La cuestión de la democracia era tema de reflexión desde los tiempos de
la Grecia clásica y se la reconocía como noble aspiración humana y como
problema que entonces resultaba insoluble. Correspondió a Platón, varios
siglos antes de nuestra era, poner el dedo en la llaga y señalar la
contradicción fundamental entre la idea de un sistema político en el que la
autoridad la ejerciera el pueblo y una sociedad basada en la desigualdad
entre los hombres. Tampoco era creación exclusiva suya pues él reveló para
la posterioridad lo que era ya un proverbio griego: «Que todas las cosas sean
comunes, como entre amigos». Desde entonces, la democracia se ha
identificado con la utopía, con una sociedad ideal en la que la justicia y la
libertad, la sabiduría y la virtud prevalecerían y las riquezas materiales y
espirituales serían compartidas por todos.
Esa idea nació antes, incluso, que algunas de las más extendidas
religiones monoteístas y ha acompañado al hombre a lo largo de la historia.
Ha estado presente en muchos de sus más profundos pensadores, algunos de
los cuales la consideraron, además, como una meta accesible por cuya
realización era necesario luchar. Y ha alimentado los sueños y los sacrificios
del hombre en las contiendas que los oprimidos no han dejado de librar en
todas partes y en todos los tiempos.
Requeriría mucho más que un artículo intentar reseñar las peripecias en
la evolución histórica de ese ideal desde aquellos tiempos distantes hasta las
batallas de la clase obrera contemporánea. Sólo conviene apuntar aquí que la
humanidad no ha concebido otro ideal, tan universal que no conoce
fronteras geográficas ni culturales, tan permanente que no ha desaparecido
jamás en más de veinte siglos, ni tan combatido, pues ningún otro ha llevado
al martirio a tantos hombres.
Sus enemigos, usan contra él todos los recursos a su alcance. Entre ellos,
de vez en cuando, «decretan» su «muerte» definitiva y en ocasiones, tratan
de apropiárselo, distorsionándolo, para perpetuar la servidumbre humana.
La rebelión de los espectadores
La disolución de la URSS y el fracaso de los gobiernos que fueron sus aliados
en Europa Oriental, ha embriagado a ciertos políticos burgueses que creen
poder aprovechar esos acontecimientos para imponer su sistema en todo el
mundo. Para ello quieren hacer pasar la llamada «democracia
representativa» como si fuera lo mismo que democracia.
Por supuesto, que ningún burgués serio o medianamente ilustrado cree
semejante patraña. Recuerda que desde la época del feudalismo, cuando sus
antecesores pugnaban por su ascenso como clase y debían emplear un
lenguaje radical y recabar el apoyo de artesanos, campesinos y trabajadores,
los miraban, al mismo tiempo, con temor y con desprecio. Sabe que durante
su etapa dominante cuando ese temor era demasiado intenso no vacilaron en
desbaratar todas las formalidades institucionales y recurrieron a las peores
tiranías y que, para asegurarse el saqueo de los recursos del Tercer Mundo
instalaron allí otros tiranos y entrenaron y equiparon a sus verdugos.
Comprende también que, después de todo, en sus propias sociedades,
mientras existan y aumenten las desigualdades materiales, la «democracia
representativa» no pasará de ser una farsa, que la autoridad la ejercerán los
ricos y para el pueblo reservarán el engaño de imaginarse «representados».
En realidad los defensores de la llamada «democracia representativa»
enfrentan un obstáculo insuperable y es el de convencer de sus virtudes a los
supuestamente «representados».
Una ojeada al mundo de hoy ofrece claras indicaciones de cómo los
pueblos, cada vez más y en casi todas partes, perciben esta cuestión: la falta
de credibilidad de los políticos, las crisis de los partidos electorales y la
creciente mercantilización de las elecciones convierten la abstención en la
opción preferida de la mayoría de los electores. Pocos son los que aciertan a
escapar de fenómenos que caracterizan hoy a las sociedades capitalistas,
desarrolladas o subdesarrolladas. No deja de tener cierto simbolismo la
curiosa trayectoria política de BettinoCraxi, ex primer ministro y ex líder del
Partido Socialista de Italia. Con esos antecedentes y siendo una de las
personalidades más destacadas de la socialdemocracia internacional, fue
designado por las Naciones Unidas como una suerte de Alto Comisionado
para «elecciones libres», encargado de promoverlas y vigilarlas en aquellos
países del Tercer Mundo donde se llevó a cabo esa forma de injerencia que
buscaba extender la «democracia representativa» y educar en sus ventajas a
los pueblos del Sur. Su labor fue prolífica y costosa. Aunque no ocupa ya
tan elevada posición aún se le solicitan explicaciones sobre una materia en
la que calificó como el más distinguido especialista. Sólo que ahora,
prófugo de la justicia italiana, lo buscan para que responda ante ella,
acusaciones por…corrupción electoral.
Se comprende por qué un conservador latinoamericano y ex candidato a
la presidencia de su país daba, hace poco, esta lapidaria descripción: «Nunca
antes se había hablado tanto y tan mal, y había sido tan grande la crisis de la
política, de los políticos y de los partidos políticos».
El tema de la corrupción ha pasado a ocupar una posición relevante. A él
le dedicarían este año una conferencia especial los países de América
Latina. Y junto a él y al de la crisis de los partidos políticos y a lo que se ha
dado en llamar «gobernabilidad» se organizan seminarios, encuentros y
conferencias constantemente por todas partes en nuestro Continente.
En realidad, la llamada «democracia representativa» atraviesa una
profunda crisis. Hace algún tiempo, uno de los más reconocidos tratadistas
de Occidente, autor principal de la Constitución austriaca, el profesor Hans
Kelsen había advertido en varios muy conocidos textos, que eso de la
«representación» era pura ficción y que los sistemas llamados
«representativos» sencillamente no eran representativos.
El fin de la guerra fría ha agudizado esa crisis. Durante las décadas
anteriores, como parte de su confrontación con el socialismo soviético, el
imperialismo derrochó multimillonarios recursos en su propaganda
anticomunista que iba acompañada también por la represión y el terror
contra los revolucionarios, y en general contra las ideas progresistas. Con
esa combinación y en un mundo que vivía bajo el miedo de la hecatombe
nuclear, los capitalistas lograron dividir, confundir y paralizar a amplios
sectores populares.
Pero ahora la situación es diferente. El capitalismo se encuentra,
pudiéramos decir, ante su propio espejo. Ahora tiene que responder por los
problemas sociales —creciente desempleo, reducción de los niveles de vida,
deterioro de los servicios sociales fundamentales, degradación del medio
ambiente, drogadicción, violencia y otras lacras— en sus propios países y
ante conflictos internacionales que se multiplican.
Por el momento la respuesta predominante no resuelve ningún
problema, sino que asegura su reproducción y profundización. La oleada del
mal llamado neoliberalismo —nada tiene de nuevo, es en realidad el viejo
rostro brutal del más agresivo capitalismo y lo de «liberal» es sólo libertad
irrestricta para su agresividad— refleja el capital que se lanza a dar rienda
suelta a su codicia, a su apetencia de lucro, imaginando que, desaparecida la
URSS ha terminado la lucha de los pueblos y ha llegado a su fin la marcha de
la historia.
En ese contexto la pretensión de imponer la «democracia representativa»
como dogma universal, con toda su ruidosa y repetida propaganda, con toda
su apariencia de ofensiva tiene, en rigor, un sentido realmente defensivo. El
capitalismo necesita desesperadamente reducir la idea de la democracia a
sus aspectos puramente formales, dejarla en el reino de la fábula. Sólo así
imagina que podrá contener, en el plano político, a las masas, que seguirán
reclamando justicia en la distribución de las riquezas y buscando, aunque no
sea siempre aún con cabal conciencia, la eliminación de la desigualdad entre
los hombres.
Su proyecto es simplemente irrealizable porque ahí, en los aspectos
formales, el capitalismo encuentra escollos que difícilmente podrá superar.
Ha ido demasiado lejos y durante demasiado tiempo en su mercantilización
de la actividad electoral, en su banalización de la política y su desconexión
con la vida, las preocupaciones y los intereses de las personas.
En ninguna otra parte es tan evidente como en Estados Unidos la grave
crisis del sistema de la «democracia representativa». Todas las encuestas,
estudios e investigaciones muestran como la mayoría de la gente no sólo no
participa en su sistema de gobierno, no sólo está desconectada
completamente del ejercicio real de la autoridad, sino que además tiene una
opinión negativa de quienes la ejercen y se siente hondamente frustrada.
¿Cómo no estarlo si saben que su única vinculación con ese sistema —
una vez cada cuatro años— son unas elecciones que controlan los
millonarios? ¿Si el debate «político» se traduce sólo en torrentes de
anuncios televisivos cargados de demagogia y personalismo, en los que los
candidatos son mercancías que deben comprar espectadores a los que se
quiere embrutecer? ¿Cómo pueden sentir que viven en una democracia los
trabajadores, los jubilados, los pobres de Estados Unidos cuyos programas
sociales son suprimidos sin contar con ellos, sin que ellos puedan siquiera
opinar? ¿Es que la democracia consiste en sentarse frente al televisor para
enterarse si por fin les quitan todo lo que quiere quitarles la derecha
republicana o solamente lo que está dispuesta a quitarles la administración?
¿Y enterarse al mismo tiempo, por el mismo canal, cuánto más ricos se
harán los ricos?
Nadie debería sorprenderse de la apatía que muestra la mayoría de los
estadounidenses respecto a las elecciones que son su único y aparente nexo
con su sistema de gobierno. Al fin y al cabo, ellos no pueden seleccionar a
los candidatos —de eso se encargan las maquinarias «políticas»— ni aspirar
a ser candidatos porque las elecciones son muy caras y el dinero sólo le
sobra a los millonarios que controlan las maquinarias. Después de todo, los
que resulten electos nunca contarán después con su opinión, les bastará con
consultar a los millonarios que les financiaron la campaña electoral.
En una entrevista publicada a finales del pasado mes de enero, el
presidente William Clinton hizo una observación interesante: «La gente cree
que está siendo tratada como imbéciles frente a un televisor y espectadores
que se supone se presentarán en el lugar de votación y responderán al último
anuncio televisivo —de 30 segundos—».
Es una buena descripción y pudiera convertirse en un llamado de alerta.
Pero para levantar al ciudadano norteamericano de su condición de
espectador a la de miembro activo de una verdadera democracia mucho hay
que cambiar en esa sociedad. Y por el camino que ella va, por ahora, las
desigualdades sociales se hacen cada vez más agudas y más quiméricas, por
tanto, las perspectivas de participación real de la gente en el gobierno. Por
los mismos días de la entrevista antes mencionada se publicaron en Estados
Unidos algunas estadísticas muy reveladoras. Según ellas el crecimiento de
la riqueza en ese país, entre 1983 y 1989, se distribuyó de este modo: el 1%,
o sea, los ricos, se apropió del 61,6%, mientras para el 80% de la población
sólo quedó el 1.2%.
¿Qué diría ante esos datos Juan Jacobo Rousseau, el padre intelectual de
la democracia moderna? ¿No había advertido él, hace más de dos siglos, que
la democracia era imposible allí donde unos pocos tuvieran demasiado y
muchos carecieran de lo más elemental?
La esencia de la democracia es que el pueblo participe en su sistema de
gobierno y no sea reducido a la condición de espectador, que sea un actor
libre y consciente y no sea tratado como si fuera tonto.
¿Qué títulos tendría una sociedad de espectadores para asumir el papel
de modelo de democracia? ¿Quién le ha conferido esa misión a un puñado
de millonarios y de políticos corruptos e insensibles que tratan como idiotas
a su propio pueblo?
Pero no se trata de eso en realidad. Cuando insisten en sus supuestas
virtudes, cuando pretenden imponérselo a todo el mundo lo que buscan los
imperialistas es apuntalar las estructuras tambaleantes de su sistema en
quiebra. Ni se preocupan por la democracia ni quieren extenderla por el
mundo. Temen precisamente a la democracia, a la intervención del pueblo
en el gobierno. Porque saben que el día que el gobierno, siguiendo la
fórmula de Lincoln, fuera ejercido de verdad por el pueblo, el gobierno —y
con él las riquezas— serían para el pueblo. Hace falta que no haya
verdadera democracia, que ésta sea sólo «representativa», es decir, ficticia.
La respuesta de quienes son condenados a ser meros «espectadores» no
debe sorprender. Por ahora, se alejan de la farsa. Algún día apagarán el
televisor, desarmarán el tinglado y comenzarán a escribir y actuar su propia
obra.

La parlamentarización de la sociedad
Cuando en Cuba establecimos nuestras instituciones democráticas
revolucionarias los cubanos habíamos llevado a cabo las transformaciones
sociales que debían constituir su fundamento insustituible. Teníamos un país
verdaderamente independiente y soberano que había eliminado el latifundio
y la miseria que azotaron secularmente al campesinado y había puesto fin a
la explotación de los trabajadores de la ciudad y el campo; había erradicado
el analfabetismo y extendido la educación y la cultura para todos; había
establecido un sistema de salud pública que nos colocaba ya desde entonces
entre los países más avanzados; había electrificado el país y extendido
caminos y carreteras por todo su territorio; había construido decenas de
miles de viviendas para el pueblo; había creado las bases de una economía
socialista y convertido en realidad los sueños de justicia, igualdad y libertad
por los que habían peleado los cubanos durante más de un siglo.
La sociedad cubana había cambiado profunda y definitivamente y los
cubanos se habían emancipado para siempre. El pueblo, liberado de todas
las formas de opresión y discriminación, estaba en condiciones de ejercer su
autoridad realmente y no de modo aparente.
Había forjado además un partido y un conjunto de organizaciones
capaces de asegurar su cohesionada actuación en todas las esferas de la vida
social.
La Revolución colocaría al hombre en el centro de su atención desde el
primer momento, confiaría en él y en su capacidad de mejoramiento
constante, dependería siempre, para defenderse y avanzar, del respaldo
popular.
Nuestros enemigos, tan acostumbrados al individualismo en su discurso
político y a una propaganda primitivamente simplificadora, tratan de
identificar la Revolución toda con la persona del compañero Fidel Castro.
Nadie podrá reducir el decisivo, principalísimo papel de Fidel en nuestra
historia, el enorme mérito que tiene al haber guiado a nuestro pueblo
exitosamente a lo largo de incontables batallas y continuar haciéndolo. Pero
aquellos suelen olvidar que entre sus aportes más notables ha estado,
precisamente, su contribución a la emancipación del pueblo con el que ha
sabido establecer una comunicación real, un constante diálogo educador y
movilizador. En gran medida gracias a él, el pueblo cubano ha alcanzado un
nivel de protagonismo, de actuación libre y consciente, sin precedentes en
este hemisferio.
Desde la huelga general de enero que aseguró el triunfo del Ejército
Rebelde y pulverizó las maquinaciones golpistas, el pueblo asumió
plenamente un papel protagónico. No sería solamente destinatario y
beneficiario de los cambios revolucionarios: le tocaría a él ser, al mismo
tiempo, quien los ejecutara, quien convirtiera los cambios en realidades que,
asimismo, desde el principio, tendría que cultivar y defender. De espectador
pasivo pasaría a ser actor irreemplazable. No contemplaría el proceso de la
Revolución: porque era finalmente su Revolución marcharía con ella y la
haría avanzar, la iría moldeando con sus propias manos. En la batalla de la
alfabetización y en las campañas de vacunación infantil; en la defensa de la
Revolución —en los CDR, en la lucha contra bandidos, en Girón, en las
movilizaciones militares, en la preparación para la Guerra del todo el Pueblo
—; en las zafras del pueblo y las movilizaciones a la agricultura; en el
trabajo voluntario y en las guardias obreras y cederistas; en las misiones
internacionalistas, militares y civiles; en las microbrigadas y en el
movimiento de innovadores y racionalizadores; o en el de artistas
aficionados o en la masividad del deporte; en los foros de ciencia y técnica o
en los círculos de interés de nuestros pioneros, han participado activamente,
con entusiasmo, con tenacidad, seguros de que hacían lo que les
correspondía hacer, y eran los creadores de su propia obra, millones de
cubanos, blancos y negros, hombres y mujeres, trabajadores manuales e
intelectuales. Juntos libraron incontables batallas, las masas, todo el pueblo,
en la edificación de una sociedad incomparablemente más justa, más noble
y más libre y además entera y exclusivamente nuestra, de todos.
Sobre esa sólida base, la Revolución emprendió el proceso de
institucionalización que se plasmaría en la Constitución de febrero de 1976
y en el establecimiento de los poderes populares. Su esencia fue desde el
primer día el protagonismo del pueblo. A él correspondió la atribución de
escoger los candidatos y elegir entre ellos, de pedirles cuenta por su labor y
de revocarles, si fuera el caso, su mandato. Durante estos veinte años,
decenas de miles de hombres y mujeres, surgidos del pueblo e inseparables
del pueblo, han trabajado infatigablemente en los órganos del Poder Popular
sin recibir un centavo, sin disfrutar privilegio alguno, sin diferenciarse en lo
absoluto, por el hecho de haber sido elegidos, de los demás ciudadanos.
En un breve lapso de veinte años nuestro joven sistema de gobierno —
socialista, revolucionario, autóctono— ha vivido una rica experiencia y ha
comprobado su ilimitada capacidad de creación y transformación en
correspondencia con las cambiantes circunstancias que ha encarado el
pueblo cubano a lo largo de ese período.
Las elecciones de diputados y delegados provinciales de febrero de 1993
y las de delegados municipales de diciembre de 1992 y julio de 1995,
demostraron el abrumador respaldo popular a la Revolución y el elevado
nivel de participación de los electores en todo el proceso, desde la
nominación de los candidatos hasta su selección. El más reciente ciclo de
reuniones de rendición de cuentas del delegado a sus electores a fines del
año pasado —superior a los anteriores en cuanto a participación real y a
intercambio entre unos y otros— es una clara indicación de las posibilidades
de renovación y la vitalidad de nuestro sistema.
Mientras redactamos este artículo, tiene lugar en todo el país la
discusión de las Tesis del XVII Congreso de la CTC. En todos los centros
laborales, con la participación de representantes de los diversos niveles del
Poder Popular y de los dirigentes administrativos, los trabajadores cubanos
discuten esas Tesis y las enriquecen, pero además analizan problemas
actuales del país y especialmente los de su propio lugar de trabajo y las
acciones a emprender para cumplir los objetivos del Plan y avanzar en la
eficiencia económica. Al igual que los parlamentos obreros en 1994 —junto
con las discusiones en los centros estudiantiles y en las cooperativas y bases
campesinas— fueron la base y el medio principal para establecer el
consenso nacional y diseñar nuestra estrategia para enfrentar el periodo
especial, el amplio movimiento de las masas trabajadoras alrededor de su
próximo Congreso es un mecanismo indispensable para convertir en
realidad el plan económico-social de 1996, aprobado por el parlamento en
diciembre último y servirá de base para el del próximo año.
La más estrecha vinculación entre la acción parlamentaria y
gubernamental con la actividad de los sindicatos obreros y las demás
organizaciones sociales es una característica esencial de nuestro sistema de
gobierno que debemos asumir cabalmente y desarrollar de modo
sistemático. Ella es el más poderoso instrumento para encauzar la voluntad
popular, multiplicar el esfuerzo colectivo, superar las dificultades de hoy,
salvar la Revolución y la independencia nacional y continuar avanzando. Es
también la realización del ideal democrático sólo posible en el socialismo
verdadero: el conjunto de la sociedad asumiendo su propia dirección y
control, el ciudadano protagonista y actuante, el individuo como sujeto y no
objeto de su historia.
Esas ideas son las que inspiran al sistema del poder popular cubano y su
aplicación consecuente y creadora orienta a sus órganos, instancias y
mecanismos: la reflexión colectiva en las diversas asambleas para vigorizar
su actuación y perfeccionar estilos y métodos de trabajo; el
perfeccionamiento constante en el modo de operar sus comisiones
permanentes; el seguimiento a cada uno de los planteamientos de los
electores; la búsqueda de nuevas vías para canalizar y movilizar la iniciativa
de las masas; las diversas acciones para revitalizar las comunidades y los
barrios. Esas ideas van floreciendo en diversas áreas: desde la realización de
audiencias públicas por parte de las comisiones permanentes de la Asamblea
Nacional —algunas de las cuales han comprendido numerosas reuniones en
todo el país en las que han participado miles de personas— y su extensión a
comisiones provinciales y municipales, hasta la incorporación de los
vecinos, junto a sus delegados, en obras para reparar sus propias viviendas y
rehabilitar instalaciones sociales, se multiplican los ejemplos de una práctica
democrática que se asienta cada vez más en la participación popular.
Nunca hemos pretendido haber logrado niveles insuperables en cuanto al
desarrollo de nuestro sistema. Al contrario, para ser fiel a sí mismo él
implica, como exigencia permanente, la insatisfacción con lo alcanzado, la
búsqueda constante de nuevas formas, la actitud creadora. Lo único fijo, lo
que no admite modificación, es el carácter participativo, el papel
protagónico de las masas y su indisoluble vinculación e interacción con sus
diputados y delegados. A partir de ahí, de esos fundamentos estructurales
del sistema que son sus cimientos inamovibles, son ilimitadas las
posibilidades de creación, las potencialidades de cambio y transformación.
Para los cubanos, avance y superación no tienen absolutamente nada que
ver con cualquier idea que pudiera alejarnos de nuestro socialismo. Es
exactamente al revés. En la Cuba de hoy, desarrollo democrático es idéntico
a desarrollo socialista entendido éste como lo quería Mariátegui, como
«creación heroica».
Mucho debemos avanzar en la calidad de nuestras reuniones, en la
profundidad de sus análisis, en la eficacia para controlar la ejecución de las
decisiones que surgen de la reflexión colectiva. Tenemos por delante un
camino ancho y largo. Pero avanzamos a partir de niveles que no existen ni
en los sueños de mucha gente en otras partes.
Es cierto, por ejemplo, que debemos promover una mayor y más activa
intervención de los electores en las reuniones de rendición de cuentas, pero
nunca renunciar a ese principio o debilitarlo en un mundo donde lo usual es
que los políticos jamás se acercan a sus electores y sólo reportan su
actuación a los grupos poderosos que les financian sus cada vez más
costosas campañas electorales. No olvidemos que en la reunión de rendición
de cuentas que tuvo la más baja asistencia, el por ciento de ésta fue mucho
más alto que el que muestra la concurrencia mayor en las elecciones
generales de Estados Unidos, siendo esta la única, solitaria, ocasión en que
el ciudadano «actúa» —por llamarlo de algún modo— una vez cada cuatro
años en el sistema de ese país que se quiere presentar a sí mismo, sin
embargo, como «modelo» democrático.
Debemos seguir perfeccionando las asambleas de eficiencia económica
de nuestros trabajadores, asegurar que reciban las informaciones precisas y
concretas de los administradores que permitan a los colectivos un dominio
cabal de todos los aspectos relacionados con la producción y el
funcionamiento de su centro y controlar rigurosamente el cumplimiento de
los acuerdos. Ese es el camino indispensable para desplegar la inagotable
energía de las masas, enfrentar las dificultades del presente y consolidar y
profundizar el rumbo socialista de nuestra Patria.
Eso lo hacemos, vale la pena recordarlo, en un planeta donde la inmensa
mayoría de los asalariados no tienen siquiera un sindicato y donde se
adoptan todos los días medidas que lesionan gravemente sus derechos
vitales sin consultarles.
La aplicación consecuente de nuestros principios hace que en Cuba se
realice lo que el propio Kelsen apreció en la experiencia bolchevique:
«Dada la impracticabilidad de la democracia directa en los grandes estados
económica y culturalmente evolucionados el esfuerzo para establecer el
contacto más constante y estricto posible entre la voluntad popular y los
representantes necesarios del pueblo, la tendencia a acercarse al gobierno
directo, conduce ya no a una eliminación, y ni siquiera a una reducción, sino
más bien a una hipertrofia insospechada del parlamentarismo». De ese modo
se disuelve la ilusión de un parlamento único supuestamente depositario de
la soberanía popular, cuyo carácter ficticio lo condena irremisiblemente a su
aislamiento de la sociedad real —más que «representantes» del pueblo, sus
miembros se convierten en personajes de una representación teatral que el
pueblo contemplaría cuando no tuviese un espectáculo más atractivo—, se
crea «todo un sistema de innumerables parlamentos, superpuestos los unos a
los otros», los cuales «deben convertirse de simples “reuniones de
charlatanes” que eran, en asambleas de trabajo.» Se alcanza así que el
ciudadano «de administrado se volvería administrador de sí mismo, de
objeto, sujeto de la administración. Por otra parte, no directamente, sino por
mediación de los representantes electos. Democratizar la administración es
ante todo y simplemente parlamentarizarla».
Si de democracia se trata, si quiere buscarse la representación real, los
parlamentarios modernos tienen que bajar del escenario y mezclarse con el
pueblo, tienen que crear y desarrollar ese «sistema de innumerables
parlamentos» dentro del cual el órgano legislativo central sería guía y
fundamento estructural.
Desarrollar tal sistema implica no sólo extender la actividad
parlamentaria hasta abarcar el conjunto de la sociedad, sino también
intensificarla. Requiere mucho más esfuerzo y dedicación de cada uno de
los representantes.
Algunos señalan con intención crítica la comparativamente menor
extensión de nuestros períodos legislativos, las sesiones plenarias en que
participan todos los diputados y examinan importantes cuestiones
nacionales. Apuntan así a la escasa presencia, en nuestro sistema, de
aquellos elementos formales en los que se vacía prácticamente toda la
actividad de otros parlamentos.
Habría que ver cuáles serían los juicios de los ciudadanos corrientes de
esos países si tuvieran oportunidad de conocer y comparar ambos sistemas.
Es cierto que gastamos menos tiempo y recursos materiales en
prolongadas reuniones e interminables discursos, pero en nuestro sistema
discutimos muchísimo más y sobre todo, somos incomparablemente muchos
más los que intervenimos en la discusión.
¿Cuántos meses hace que discuten en el Congreso de Washington el
presupuesto para el actual año fiscal norteamericano? ¿Y cuántos
norteamericanos toman parte en esa discusión? Durante largos meses lo han
hecho y continúan haciéndolo exactamente 434 representantes y 100
senadores; 534 individuos en una república cuya población pasa de los 270
millones, son capaces de arrogarse para sí la facultad de decidir los destinos
de todos los demás, de causarles enormes perjuicios en su vida diaria, de
reducirles drásticamente los niveles de vida, sin que sus víctimas puedan
decidir, sin reunirse con ellas ni una sola vez, sin que ellas puedan hablar.
En un sistema basado en la desigualdad, el cual, en palabras de
Rousseau «no sirve más que para mantener al pobre en su miseria y al rico
en su usurpación» y donde «las leyes son siempre útiles a los que poseen, y
perjudiciales a los que no tienen nada», es comprensible que no se le dé
parte al pueblo en la acción parlamentaria: es indispensable, para la
existencia misma de esa sociedad, que se extienda a lo político la usurpación
ya operada en lo económico. Se comprende también que le resulte
imprescindible tratar de engañar a sus víctimas y hacerles creer que no hay
alternativas, que eso es la democracia. Busca que los esclavos acepten la
esclavitud y la saluden, gozosos, como la realización de la libertad. Se
propone, en resumen, un imposible.

El sistema invisible y la profecía del profesor


Thurow
En su guerra contra Cuba el imperialismo no cesa de hablar de la necesidad
de producir «cambios democráticos» en nuestro país. Se alude a ellos en la
Ley Torricelli y en el proyecto Helms-Burton, entre los argumentos para
intensificar el criminal bloqueo que imponen a nuestro pueblo. Algunos
políticos de otras latitudes critican o deploran ese bloqueo pero al mismo
tiempo nos «aconsejan» llevar a cabo los susodichos «cambios».
Al margen de las evidentes razones políticas, jurídicas y éticas que
obligan a cualquiera a rechazar actitudes que implican desconocer la
independencia de nuestro país y ofrecerle coartadas a quienes buscan el
exterminio de su pueblo, vale la pena hacer algunas reflexiones que nos
ayuden a entender mejor las cosas.
Según esa campaña. Cuba es la que debe cambiar y debe hacerlo para
asumir el «modelo» que existe en otras partes. De donde se deriva que las
sociedades donde tal «modelo» rige no tienen que cambiar habiendo
alcanzado ya la plena realización del ideal democrático. Y se deduce
también que la sociedad cubana no ha sufrido transformación alguna, se
mantiene estática y no cambia. Se supone entonces que debemos dejar de
ser lo que somos para copiar el «modelo» y hacernos tan «democráticos»
como los otros.
Un astuto campesino de América Latina podría interrogarse: ¿dónde está
ese ejemplo ideal, a qué país del continente debe imitar Cuba para arribar a
la perfección democrática? ¿O, como suele ocurrir por esos lares, lo que
tiene que copiar es el «modelo» norteamericano?
También pudiera hacer algunas preguntas cualquier cubano común y
corriente, ése que nació y ha vivido toda su vida bajo el cruel bloqueo, que
sufre día tras día sus consecuencias en el hogar, en el trabajo, en la calle; ése
que discute y opina, que propone y decide en la fábrica y en la granja, en la
escuela y en el barrio; ése que postula y elige a cualquiera de sus iguales y
lo controla y lo revoca y comparte con él penas y alegrías; ése que sabe que
Cuba conoció ya en el pasado toda la podredumbre de la «democracia
representativa» con su injusticia, su corrupción y su subordinación al
extranjero; ése que con su sacrificio cotidiano mantiene en pie erguido,
herido pero firme, al país más libre del planeta, porque, pese a su pequeñez,
de nadie depende y a nadie pide permiso para seguir viviendo. ¿Por qué se
intenta obligarlo a reproducir aquí el «modelo» norteamericano? ¿Por qué se
le exige a él tal requisito para normalizar las relaciones cuando Washington
mantiene excelentes vínculos con todo tipo de gobiernos sin importarle si se
parecen o no al suyo? ¿Por qué si su sistema es el que ha triunfado, como
alegan, les preocupa tanto que el nuestro sobreviva y siga desarrollándose?
¿Es la filantropía, o el espíritu franciscano, lo que los motiva? ¿O será,
acaso, el temor?
A estas alturas creo que las respuestas son obvias. Por una parte, todavía
es el anexionismo, la casi bicentenaria pretensión de apoderarse de Cuba, lo
que rige, consciente o inconscientemente la actitud hacia nuestro país de
muchos políticos norteamericanos. Por la otra, sienten la necesidad de
eliminar un ejemplo de que la democracia verdadera puede existir y
funcionar porque esto les resulta ineludible en la medida en que su famoso
«modelo» se desliza vertiginosamente por la pendiente del descrédito.
Escuchando a algunos políticos norteamericanos, y también de otros
países, uno sospecha que son personas que nunca visitan una librería, no
leen sus propios periódicos ni observan lo que pasa a su alrededor. Parece
que, incluso, no son capaces de entender lo que ellos mismos dicen.
Más arriba hice referencia a unas palabras que dijera recientemente el
presidente Clinton. El origen del problema que él describía no es, sin
embargo, la televisión sino el sistema político norteamericano. Mucho antes,
cuando los padres del actual mandatario eran tan jóvenes que no pensaban
todavía en casarse, Walter Lippman había escrito cosas parecidas: «El
ciudadano privado ha llegado a sentirse como si fuese un espectador sordo
en la última fila, que debería mantener su mente en ese misterio allá lejos,
pero no llega a arreglárselas para mantenerse despierto (…) sabe que de
alguna manera él es afectado por lo que está ocurriendo (…) que está siendo
arrastrado por la gran corriente de las circunstancias. Sin embargo, estos
asuntos públicos no son, de ninguna manera convincente, sus asuntos. Son
en su mayor parte invisibles. Son manejados, si es que lo son, en centros
distantes, tras las bambalinas por poderes sin nombres, no sabe con certeza
qué es lo que está ocurriendo, o quién lo está haciendo, o adónde está siendo
llevado».
Si Lippman viviese hoy seguramente se asombraría de la extensión y
profundización de un fenómeno que entonces no alcanzaba su actual
desmesura.
En un libro muy reciente, el escritor Charles A. Reich, en forma más
directa sintetiza la verdad de Estados Unidos hoy día: «En realidad sanos
gobernados por un sistema que no podemos ver —un sistema invisible—».
El Washington Post acaba de publicar a comienzos de febrero una
encuesta que realizó conjuntamente con la Universidad de Harvard acerca
del conocimiento y la actitud de los norteamericanos hacia el gobierno y la
política de su país. Veamos algunos resultados: un aplastante número no
conoce el nombre de su representante, ni a cuál partido pertenece, ni sabe
quién es el líder del Partido Republicano en el Senado, quién, por ciento,
aspira a la presidencia del país; el cuarenta por ciento no puede identificar al
Vicepresidente de la República ni está enterado que los republicanos
controlan el Congreso; la mayoría no comprende las diferencias entre
republicanos y demócratas; la tercera parte cree que el Congreso aprobó la
reforma al sistema de salud que había presentado al inicio de su mandato al
actual gobierno (en realidad el gobierno tuvo que retirar su propuesta poco
después y la crisis de estos servicios ha continuado agravándose). En
resumen, sólo el 5% de la población, según el estudio, está adecuadamente
informada. En cuanto a las actitudes: casi todos creen que el gobierno es
incapaz de resolver los problemas y es culpable de que las cosas empeoren,
y si hace treinta años la mitad de los norteamericanos confiaba en el
prójimo, hoy sólo lo hace la tercera parte. Estados Unidos, dice la
investigación, se está convirtiendo en una nación de «extraños
desconfiados».
Poco después de publicada esa encuesta surgen nuevas pruebas del
estado de ánimo de los norteamericanos. Como se sabe este es un año
electoral en Estados Unidos y ofrece, por tanto, a sus ciudadanos la
oportunidad, su única oportunidad, de relacionarse, en alguna forma, con el
sistema político. Ahora, el Partido Republicano está enfrascado en la
búsqueda de quién habrá de ser su candidato a la presidencia entre los
diversos aspirantes, todos representantes de la plutocracia. Empleando
decenas de millones de dólares y una incesante publicidad tratan de
movilizar a sus afiliados para que participen en las llamadas primarias que
efectuarán en cada estado. Hasta el momento de escribir estas líneas se han
realizado dos, la de Iowa y la de Luisiana. Resultados: en Iowa asistió
solamente el 17% de los republicanos, la cifra más baja, para ese estado, en
toda la historia. Pero siempre hay motivos para el consuelo: en Luisiana
participó apenas el 4%.
De ahí no pasa el máximo de la vinculación de los electores. En el
momento excepcional en que pueden tener la sensación de que el sistema
tiene algo que ver con ellos, en realidad su interés no pudo ser menor. De
hecho, ambas cifras deben estar bastante infladas si recordamos que para esa
ocasión se desplegó en ambos estados toda la maquinaria del partido y de
cada aspirante y no olvidamos que allá los votos se compran como cualquier
otra mercancía. No sería exagerado afirmar que, en general, los republicanos
prefirieron hacer otra cosa en lugar de «elegir» candidatos que, después de
todo, no volverían a tener jamás ninguna relación con ellos. Quizás muchos
se quedaron en sus casas, frente al televisor, viendo desfilar el torrente de la
demagogia tarifada y los comentarios de los periodistas «especializados» en
cuestiones electorales, elogiando las virtudes de la «democracia» y las
«elecciones libres»… En el caso, altamente improbable, que pudieran
«arreglárselas para mantenerse despiertos».
Esos datos revelan el desgaste irreparable de un modelo político que se
aleja progresivamente de lo que deberían ser sus bases de sustentación —los
electores, el pueblo, descreído y desinteresado, gran ausente de la burda
parodia— y a una velocidad igual a la intensidad de la mercantilización del
sistema. Aumentan los costos de las campañas electorales y al mismo ritmo
se apartan de ellas los electores. Gastan incontables millones de dólares en
promover la imagen de políticos que, sin embargo, cada vez resultan menos
reconocidos por el pueblo.
El distanciamiento de la realidad de ciertos políticos norteamericanos es
tan agudo que les resulta posible asumir, con ademanes de naturalidad, sin
sonrojarse, posturas que a cualquiera menos a ellos pudiera corresponderle.
¿Pero por qué sorprenderse de que sean ellos, precisamente ellos, quienes se
atreven a pregonar por el mundo las supuestas bondades de sus «elecciones»
y su «democracia»? Lo sorprendente debería ser que tengan la osadía de
hacerlo dentro de los Estados Unidos ante un pueblo que, por decir lo
menos, los ignora. Sin embargo, por ahí parece andar la clave de la cuestión:
convertir toda esa basura en dogma universal, extirpar cualquier alternativa,
es la única esperanza que les queda de confundir a una parte del pueblo
norteamericano, hacerle creer que sencillamente no hay otro modo posible
de hacer las cosas, generar el conformismo y perpetuar hasta donde puedan
un sistema condenado a derrumbarse irremisiblemente.
La democratización, la realización de cambios democráticos, sin
comillas, verdaderos, es una tarea urgente, de máxima prioridad para el
pueblo norteamericano y ¿por qué no decirlo?, también para otros pueblos
que viven en otras también desgastadas «democracias representativas». Los
revolucionarios deben ponerse a la cabeza de los reclamos por abrir espacios
a una intervención real y efectiva del pueblo en el gobierno de todos los
países que se pretenden democráticos; por poner fin a la farsa autoritaria que
reduce su «participación» a la que tengan en comedias electorales corroídas
por la corrupción y el mercantilismo; por adecentar la actividad política y
hacer que a ella entre el hombre de la calle, por convertir la función
representativa en una responsabilidad social, que sea cumplimiento de un
deber con la comunidad y no disfrute de un negocio privado.
Los cubanos que conmemoramos este año el XX Aniversario del
nacimiento de nuestro sistema del poder popular y el XXXV de la
proclamación del carácter socialista de la Revolución que lo ha hecho
posible, somos parte también de esa contienda universal. Al resistir y luchar
en esta etapa difícil y compleja, al perseverar en nuestro propio camino, al
desarrollar consecuentemente nuestra verdadera democracia, no sólo
salvamos una sociedad superior y la perfeccionamos, ayudamos también a la
mayor parte de la humanidad, excluida y relegada por el capitalismo.
Nada fácil es, además, la situación del adversario. Lo reconocen, uno
tras otro, quienes, del otro lado, piensan y se preocupan por sus problemas.
Algunos, incluso, se dejan arrastrar por el pesimismo.
El pasado 19 de noviembre la revista dominical del New York Times
publicó un artículo de Lester Thurow profesor de economía de MIT, el
Instituto Tecnológico de Massachusetts, una de las principales universidades
de Estados Unidos. Autor de varios libros muy difundidos, Thurow ha
ganado fama como alguien influyente en la elaboración y formulación de la
política económica en su país. El artículo en cuestión atrae desde el mismo,
sugerente, título: «¿Por qué el mundo de ellos pudiera desbaratarse?
¿Cuánta desigualdad puede aceptar una democracia?» El texto analiza la
creciente brecha en la distribución de la riqueza en Estados Unidos, su
acelerada concentración en las capas superiores mientras se extiende el
número de los desposeídos en una sociedad donde impera cada vez más la
ley del más fuerte. El profesor Thurow hace un paralelo entre la sociedad
norteamericana y la decadencia y derrumbe final del Imperio Romano y
afirma que ese es el destino más probable de su país si continúan las
actuales tendencias. Lo que sucede hoy en Estados Unidos, es, según sus
palabras: «Un enorme experimento social y político, semejante a colocar
una olla de presión en la cocina a fuego máximo y esperar para ver cuánto
demora en explotar».
Quienes gustan imitar lo yanqui deberían recordar que no es prudente
jugar con fuego.
DEMOCRACIA Y COMUNISMO

Fragmentos de la intervención en la reunión «El Marxismo y la


crisis del pensamiento neoliberal», La Habana, 30 de junio del
2000

[…]

Llama la atención cuando se lee, ya sea en los medios masivos o en textos


más pretenciosos del exterior, cómo se tiende a utilizar como conceptos
antagónicos u opuestos, democracia y comunismo, cuando se habla de la
alternativa para una sociedad revolucionaria, digamos como la de Cuba,
«regresar a la democracia» y dejar el comunismo, etc.
En realidad, no hace falta una indagación muy profunda para
comprender que estamos, en ese ejemplo que pongo, ante uno de los tantos
de manipulación que están presentes a través del mundo, en todos los
sistemas de información y todos los aparatos que controlan o tratan de
controlar las mentes de la gente. Por aquí tengo una serie de conferencias
que dio en los años 60 un profesor canadiense. En la primera, comienza
afirmando que la democracia era una mala palabra, el vocablo democracia
era una mala palabra y que lo fue a lo largo de la historia, según calcula él,
hasta los finales del siglo pasado, mala palabra para los que poseían algo,
para los que tenían algo que perder en la sociedad, para la gente «bien
pensante».
Este otro señor, mucho más conocido, Robert Dahl, uno de los más
exitosos quizás entre los pensadores norteamericanos sobre estos temas y
especializado sobre todo en el tema electoral, él reconoce que a lo largo de
la historia, desde que empezó la idea de la democracia liberal, nunca se
consideró algo aceptable la posibilidad del sufragio y de los derechos civiles
para todos los ciudadanos adultos —y ciudadanos con toda intención, no
ciudadanas, sino ciudadanos— o sea, el criterio de que los hombres adultos
pudiesen participar en el sistema político, pudiesen votar, pudiesen ser
candidatos, no llega a ser aceptable en el mundo occidental y cristiano entre
los que se consideraban demócratas liberales hasta bien adentrado este siglo.
El sitúa el período más o menos en la etapa posterior a la Primera Guerra
Mundial, guerra a la cual van a ir las potencias que se enfrentaron a
Alemania, supuestamente a defender la democracia y, a partir de ahí, se
comienza toda esa retórica de que fue la alianza de la democracia la que
venció.
Como todos nosotros tenemos menos de cien años de edad, todos los
que estamos acá, ninguno puede recordar la veracidad de estas afirmaciones,
podemos tomarlo como una guía, una referencia, de personas que no son
precisamente autores que no sean muy convencidos del modelo político que
dicen que triunfó en el mundo a partir de lo que ocurrió con la antigua URSS
y en la comunidad socialista europea. Creo que este es un punto de
referencia a guardarlo en la memoria a la hora de tratar de explorar un poco
el desafío que enfrenta en este mundo el sistema cubano. Yo creo que hay
dos ideas que me hubiera gustado poderlas elaborar y redactar para
profundizar en este desafío, en dos líneas fundamentales que me parece que
son importantes, una es la dimensión universal de lo que encarna Cuba
como alternativa, como sistema político alternativo en el mundo de hoy, y la
otra es la dimensión nacional, lo que tiene que ver con las raíces propias,
con lo cubano, con la identidad cubana, con la cultura cubana.
Sobre lo primero, realmente, no creo que sea indispensable un esfuerzo
muy grande para comprobar que la idea de esa mala palabra, la idea de ese
sistema de gobierno del pueblo, nunca tuvo nada que ver con lo que hoy se
expresa de modo más claro en el capitalismo con el neoliberalismo y la
globalización neoliberal, la victoria, la llamada victoria del capitalismo
después de la caída del sistema del socialismo real. Si se estudia
someramente el nuestro, el sistema cubano, tanto el sistema electoral desde
la postulación de los candidatos por los propios electores, el principio de la
rendición de cuentas, el principio de la revocabilidad de los mandatos, la no
profesionalización de los elegidos, todos esos elementos realmente son
principios clásicos de la idea democrática desde que este concepto comenzó
a moverse visto siempre como algo utópico, puesto que no era posible
alcanzarlo, no era posible realizarlo en un mundo como el que se concibió a
lo largo de la historia hasta que el socialismo se convierte en una posibilidad
real para una parte de la humanidad.
En Cuba hemos tenido una Revolución que ha implicado una profunda
transformación social, lo que ocurrió en los años 60 y hasta mediados de los
70 fue la transición democrática, fue el proceso de tránsito necesario para
poder instaurar una institucionalidad democrática en el sentido real. A mí
me molesta tener que estar calificando la democracia, si es participativa, si
es representativa, si es real, si es genuina. Después de todo, hasta no hace
mucho era una mala palabra para ellos, sencillamente ese fue siempre un
término nuestro, de la izquierda, de los pueblos, de los de abajo; a partir de
determinado momento como otras cosas fueron apropiadas por los que
tienen el poder, tienen la fuerza y sobre todo en el mundo de hoy en que
cuentan con la capacidad tecnológica, los medios, los recursos para hacer
pensar o impedir pensar a masas de centenares de millones de gente.
Pero todo esto que se puede ver del sistema cubano, repito, desde la
postulación hasta la rendición de cuentas y la revocación de los mandatos lo
vamos a encontrar en las disquisiciones de los primeros clásicos que se
plantearon la idea de un gobierno que todos coincidían era irrealizable
porque la sociedad no apuntaba a que hubiese esa posibilidad, la posibilidad
real de que la gente se autogobernase, de que hubiese el gobierno directo del
pueblo.
En la actualidad —es otra consideración que me parece fundamental—,
los cubanos, cualquiera que sea el plano en que realicemos nuestras
actividades, cuando nos planteemos esta situación del desafío que enfrenta
nuestro pueblo al sostener la idea de un modo de organizar la sociedad que
es contrario a la tendencia que se impone en el planeta, que va contra
corriente, no debemos nunca dejar de apreciar en su exactitud el carácter
defensivo que tiene ese ataque y esa campaña contra nuestro sistema
político.
No es que el sistema político, la llamada democracia liberal, la llamada
democracia burguesa, se esté imponiendo, esté avanzando en el mundo y la
«pobre» Cuba que se quedó rezagada, con un modelo que fracasó, basta con
esperar que ese fracaso también se extienda a Cuba para que el modelo
triunfador se nos imponga también.
Yo estoy convencido que la intensidad y hasta la ferocidad del ataque al
sistema político nuestro guarda relación directa con los peligros que los
sostenedores, los beneficiarios del capitalismo, ven en la existencia de un
posible proyecto alternativo. El hecho de que haya algún lugar, que en algún
lugar existe una respuesta a las preocupaciones y las insatisfacciones de la
gente, que se esté ensayando la posibilidad de hacer las cosas de otro modo
que, además, da la casualidad que corresponde mucho más nuestro proyecto
con las ideas que a lo largo de la cultura occidental, a lo largo de la historia,
han estado asociadas con la idea de la democracia, el hecho de que haya esa
posibilidad en algún lugar constituye un grave riesgo, un peligro, en el plano
de las ideas, en el plano político, para quienes después de haberse robado el
concepto, después de haberse apropiado de él, hoy necesitan, están
obligados, incluso a liquidarlo. No nos olvidemos que el elemento esencial
en el plano político del neoliberalismo es la antidemocracia, es lo más
opuesto que puede haber al ejercicio de la autoridad por el pueblo, lo más
opuesto que puede haber a la idea de un gobierno popular es el no gobierno,
el hacer que el gobierno a todos los efectos prácticos desaparezca, reducir
sus potestades, sus atribuciones, irlo estrechando, limitando cada vez más
eso es exactamente lo opuesto a la noción más básica de la democracia y a
la famosa y muy popular definición de Lincoln.
Pero tiene un gran problema y es que la mayoría de la gente no se ha
convencido de que realmente el gobierno no deba gobernar, que realmente
no sea necesario un Estado que intervenga y regule la economía, la mayoría
de la gente no se ha convencido, ni se va a convencer jamás de que todo
debe dejarse al llamado libre juego de las fuerzas del mercado. Y además, la
mayoría de la gente cada vez más está pagando las consecuencias de esa
política que se va imponiendo a partir del «triunfo del capitalismo», con las
correspondientes comillas, al concluir la guerra fría. Por cierto, el hecho de
que necesiten nuestros enemigos combatirnos, porque nuestra existencia
plantea un riesgo para ellos, acrecienta los riesgos para nosotros, hace
mucho más serio el desafío que enfrentamos y explica mejor el carácter
irreconciliable, que tendrá siempre. Mientras no se extiendan formas de
organización socialista, o como decía el compañero que me precedió, tengan
o no ese nombre, formas de gobierno popular, mientras no cambien,
mientras no se rompa el monopolio actual en lo político que mantienen
ellos, los peligros que va a correr siempre ese pequeño país donde se
desarrolla un ensayo alternativo van a ser siempre altos, incluso crecientes.
En los viejos tiempos, los críticos liberales de la democracia
representativa señalaban el carácter ficticio de esa democracia y reconocían
—los tipos serios realmente del pensamiento burgués nunca se creyeron el
cuento de que eso era lo que Rousseau entendió por democracia, que ese
fuese el gobierno popular— que se trataba de una ficción y no podía ser de
otro modo. Pero los defensores hoy de esa democracia liberal ya ni siquiera
se preocupan por la ficción, por adornarla, por embellecerla de algún modo,
sino que abiertamente niegan la ficción y la idea que durante un tiempo
pretendió representar. Hoy lo que está en boga en el mundo, lo que se trata
de imponer es precisamente el desconocimiento de la idea misma del
gobierno representativo e incluso la idea misma del gobierno, los gobiernos
cada vez más pintan menos en este mundo, los Estados cada vez más tienen
menos autoridad y se va imponiendo cada vez más ese concepto central del
neoliberalismo, y sería su meta si pudieran avanzar indefectiblemente con su
esencia fundamentalmente antidemocrática.
Hay otro aspecto que merece nuestra meditación: ¿qué ha significado la
llamada guerra fría y su fin desde el punto de vista de la lucha ideológica?
En definitiva, quién ganó: «ganaron» los capitalistas, llegaron a creer que
era hasta el fin de la historia. Según Fukuyama, la democracia liberal
capitalista era el último estadío de la evolución humana, pero en muy poco
tiempo ya nadie con un mínimo de seriedad, ni siquiera Fukuyama, se atreve
a repetir eso.
Yo diría que estos teóricos apresurados se olvidaron de un simple
detalle: al acabarse la llamada confrontación Este-Oeste, al terminar la
guerra fría —terminaba en el Este pero también en el Oeste—, era inevitable
que tuviera consecuencias en ambos lugares. Todo el proceso de la
confrontación Este-Oeste con su reflejo en la amenaza de guerra
termonuclear, la amenaza de destrucción del planeta y de la humanidad,
tuvo unas consecuencias en el plano de las ideas y en el plano de la lucha
política que en cierta medida le permitieron a los capitalistas de occidente
mantener su control social de un modo que después del fin de la guerra fría
se les hace cada vez más difícil.
El compañero Guadarrama hablaba de las nuevas condiciones, de los
nuevos factores de la lucha por el socialismo, yo creo que hay que subrayar
el papel de la clase obrera y de otros sectores de las sociedades capitalistas
desarrolladas. No es casual que en Seatle, en Davos, en Washington, haya
habido manifestaciones de protestas, ¿contra qué?: contra el capitalismo.
Las consignas que se levantaron allí eran anticapitalistas, no eran
necesariamente manifestantes movidos por la ideología marxista, no eran
necesariamente socialistas los que estaban protestando, ni eran gente del
Tercer Mundo, pero ya ni en Davos se pueden reunir tranquilamente los
jerarcas del capitalismo y ¿por qué? Porque frente al fenómeno de la
globalización se ha ido extendiendo la conciencia en sectores, en primer
lugar en la clase obrera, pero además en otros. Hace unos pocos días ¿cuál
era el debate ese tan surrealista que había en el Congreso en Washington?
Estaban discutiendo una resolución para que Estados Unidos se retire de la
OMC. Un grupo de legisladores aunque no sean la mayoría, están
proponiendo irse de la OMC porque están en contra de la globalización
neoliberal, porque lo ven desde el ángulo de los perjuicios que le crea a los
trabajadores norteamericanos y a la pequeña empresa norteamericana.
No recuerdo que hubiera sido tan frecuente encontrar alrededor de
reclamos principales, cardinales del Tercer Mundo, una coincidencia entre
nuestros pueblos, los pueblos del Tercer Mundo y amplios sectores de las
sociedades del mundo capitalista desarrollado, como los que se ven ahora.
Yo no sé que curso va a tener la revolución mundial, en qué forma va a
evolucionar la lucha anticapitalista, pero no tengo la menor duda de que hay
nuevas condiciones creadas precisamente por los acontecimientos tan
desgraciados desde otro punto de vista que se plasmaron en la disolución de
la URSS. Ahora no tienen los capitalistas como argumento el anticomunismo
ni la amenaza de la destrucción nuclear, ahora están ellos ante su espejo,
ahora tienen que dar respuestas a la gente, a los problemas que la gente
plantea, ahora hay que explicar con otros argumentos por qué sigue
creciendo el presupuesto militar, por qué continúa la carrera armamentista
cuando están corriendo solos, porque ya el contrario desapareció, pero no ha
dejado de tener un peso determinante y creciente en la economía
norteamericana el sector militar industrial, ¿por qué? Cómo se les explica a
los trabajadores que al mismo tiempo haya que recortar los gastos sociales,
ni siquiera teniendo un asombroso superávit, por primera vez en no sé
cuántas décadas en el presupuesto federal tienen miles y miles de millones
de dólares de sobrante, pero al mismo tiempo tienen millones y millones de
demandas insatisfechas de la gente.
Por aquí tengo un librito que no se los voy a leer, por supuesto, pero que
es muy interesante y me llama la atención, ¿por qué?, ¿por qué se ha
generado un cierto interés entre los intelectuales norteamericanos de
revisitar este texto Capitalismo, socialismo y democracia?, un libro del año
42, muy famoso en su tiempo, de un señor que no tenía nada de socialista, el
señor Schumpeter, un defensor del capitalismo, pero que tan lejanamente
como en el año 42 emitió un pronóstico por el cual todavía le siguen
pasando la cuenta en los años 90. Se resume en una frase alrededor de la
cual giró todo un seminario organizado por una universidad norteamericana
al conmemorarse el cincuentenario de ese libro. Voy a buscar la cita nada
más que de esa frase de Schumpeter, la vieja profecía de él: «una forma
socialista de sociedad emergerá inevitablemente de la también inevitable
descomposición de la sociedad capitalista». Esto no fue una conclusión de
alguien analizando el mundo dividido en dos sistemas, con la clase obrera
en el poder en una enorme porción de la humanidad ni mucho menos, en el
año 42 es cuando está lo peor del capitalismo a la ofensiva, cuando ha
invadido a la Unión Soviética, único país socialista en ese momento, sin
embargo este caballero analizando el sistema capitalista, analizando el
capitalismo, llegó en aquella época a la conclusión de que algún día, no
mediante la derrota frente a naciones anticapitalistas, no como resultado del
fracaso militar, sino como resultado de su victoria universal, de su
implantación en todo el mundo, vendría inevitablemente el proceso de
descomposición de esa sociedad y formas de organización socialistas, no
necesariamente, por supuesto, lo que era entonces la Unión Soviética
surgirían inevitablemente de esa «también inevitable descomposición de la
sociedad capitalista», algunos intelectuales norteamericanos están tan
preocupados al ver que se dio el escenario, o sea, ganaron, que ahora les
preocupa al cumplirse un aniversario de aquella teoría, que se fuera a
cumplir también esa profecía que tenía como requisito, repito, no la derrota
del capitalismo, sino su victoria.
Dije también, para acercarme a la conclusión, que me parece que era
importante en nuestra reflexión explorar la dimensión nacional de nuestro
desafío. No es solamente que en Cuba tenemos un sistema que corresponde
con las aspiraciones de la clase obrera, que se exprese en la teoría marxista,
en la realización del marxismo leninismo, no es sólo la victoria de la
revolución contemporánea socialista, que debemos defender frente a los
intentos del capitalismo, sino que además se trata de la defensa de nuestra
propia identidad.
Cuando los cubanos identificamos Patria, Revolución y Socialismo,
cuando los vemos como elementos inseparables, cuando afirmamos que en
Cuba ha habido una sola Revolución, cuando se anuncie para mañana una
concentración, una tribuna abierta en Manzanillo, a unos pocos kilómetros
de donde empezó la Revolución, ¿estamos usando expresiones retóricas o
estamos refiriéndonos a elementos que tienen que ser asimilados y asumidos
como pilares de nuestra ideología? Evidentemente es lo segundo, pero no
siempre es así, en mi opinión quizás sería una de las sugerencias para la
actividad futura de quienes de algún modo nos metemos en estos temas, los
filósofos y los que no son tan filósofos.
Me parece que nosotros debiéramos dedicarle un poquito más de
atención a esos conceptos, ayudar a probarlo, a demostrarlo, y a
convencernos realmente de que es así, es fundamental porque si realmente
aquí no se tratase de eso, no sería exacta la afirmación de que es lo mismo
Patria, Revolución y Socialismo. Y es lo mismo. Si se pierde el sistema
político, si se pierde el proyecto económico social, se pierde también la
nación, la nación cubana como fue concebida. ¿Hasta dónde hemos
penetrado y hemos profundizado en eso?
Una de las fallas más frecuentes en nuestro discurso histórico, el modo
en que abordamos nuestra historia, es la gran laguna que aparece en nuestro
siglo XIX. Dedicamos espacio generoso a todos los reformistas y
reconocemos el aporte de cada uno a la formación de nuestra cultura. Es un
lugar común entre los cubanos destacar a Varela y a Luz y Caballero y de
ahí saltar a Martí en lo tocante al desarrollo del pensamiento nacional
cubano. Se omite así un elemento absolutamente indispensable: la ruptura
ideológica con el reformismo que significó la Revolución del 68 a pesar de
que de esa ruptura nació no sólo la Revolución sino también la nación y el
pueblo cubano. Profundizar en esta parte de nuestra historia y
específicamente lo que aportaron a nuestro pensamiento político los
hombres que fueron capaces de romper con el reformismo es algo de lo que
no podemos prescindir.
Mientras no lo hagamos, no solamente no somos justos con los hombres
de aquel período, sino que no profundizamos en nuestras verdaderas raíces
ideológicas y no ayudamos a sostener esa afirmación de que aquí ha habido
una sola revolución. Si de verdad entendemos la importancia de la ruptura
ideológica que se produce a mediados del siglo pasado en este país, que es
la que permite el nacimiento de la nación cubana, y esa nación nace
precisamente cuando un sector de los criollos cubanos rompe con la
tradición reformista y descubre que es posible crear una sociedad
independiente, pero además define cómo tiene que serlo, no veríamos sólo
en La Demajagua el lugar donde se hizo un gran gesto de emancipar a los
esclavos, cuando Céspedes le dio la libertad a sus esclavos, y los invitó a
combatir.
Si hubiera sido solamente eso lo que hubieran hecho aquellos hombres,
ya habría sido tremenda cosa, pero en un mundo en el que todavía
democracia era una mala palabra, en un mundo en el que todavía habría que
esperar varias décadas para que se admitiese teóricamente el derecho de
todos los hombres adultos a participar en la vida política, convocar a los
esclavos negros a participar en el gobierno de una sociedad naciente, darles
hasta los más altos rangos militares, darles participación en el gobierno y
crear un ejército y un gobierno, por primera vez participando quienes habían
sido los esclavos hasta ese momento, era muchísimo más, pero muchísimo
más, que lo que cualquier movimiento hacia la independencia habría osado
hacer en nuestro continente, incluyendo la famosa revolución
norteamericana, que se independiza con esclavitud, que tienen que esperar
los esclavos un siglo para que, coincidiendo con el inicio de nuestra
revolución, se les reconozca formalmente el derecho más elemental que es
poner fin a la esclavitud, eso es lo que ganan con la guerra civil, pero no
ganan ningún derecho civil ni político, tendrían que pelear otro siglo más,
después de acabarse la guerra civil para que se reconozca formalmente la
existencia de derechos civiles y políticos para el negro en Estados Unidos y
todavía luchan hoy para que esos derechos sean reconocidos en la práctica.
En Cuba, desde el primer día, se produjo algo que es el origen de la idea
de nuestro socialismo, o sea, la idea de una nación que tenía que ser sobre
bases de igualdad y solidaridad, pero dando un salto al vacío enorme,
porque afirmar eso en una sociedad dividida por la esclavitud significaba,
además de eso, reconocer y aplicar la igualdad entre negros y blancos, y
también de paso, por cierto, los asiáticos que eran una pequeña parte de los
explotados de este país. No es que Céspedes haya invitado a los esclavos a
que se hicieran libres, es que él afirmó una cosa como ésta el 25 de
diciembre de 1870, cuando por decreto elimina el reglamento de libertos,
«restituirle su natural calidad de hombres libres», está hablando de los
negros y los chinos, «ejercitando su personalidad con toda amplitud,
gozando de los mismos derechos civiles y políticos de los demás ciudadanos
con perfecta igualdad».
Cuando se afirmó eso aquí, en un país que estaba aislado, rodeado por la
flota española, aislado del resto de América Latina, con la oposición yanqui
a la guerra de independencia, cuando se afirmó eso aquí, en ningún gobierno
burgués, o en ningún parlamento burgués del mundo occidental se reconocía
ni siquiera, teóricamente, el que todos los ciudadanos del sexo masculino
pudiesen tener derechos civiles y políticos. A nadie se le hubiera ocurrido la
idea de que además los tuviesen personas de «razas inferiores», o personas
que eran hasta unos días antes esclavos…, ¿hubo o no hubo aquí, hace 130
años el inicio de una profunda revolución social? ¿No tenemos, no sólo el
derecho, sino la obligación de reconocer y afirmar que esta revolución es
aquella, y es la continuación de aquella?, y ¿no está ahí junto con las
concepciones teóricas, junto con los análisis de fuente universal, digamos,
no está ahí la otra gran columna de nuestra resistencia y de nuestra ideología
en el mundo de hoy?
Yo creo que a la hora de reflexionar y de estudiar estos problemas que
tienen una importancia práctica indudable, nosotros debemos estar
conscientes primero de que estamos dando una batalla en la que nuestros
adversarios están muy preocupados, porque saben que aquí hay algo que
pone en riesgo, que cuestiona la idea de un mundo homogeneizado,
monolítico y antidemocrático, un mundo de donde desaparezca la idea del
gobierno popular, de donde desaparezca incluso la idea del Estado, la idea
de que alguien regule la sociedad. Porque Cuba es un país que ha sido
capaz, de un modo autónomo, de un modo propio, de desarrollar ese
proyecto alternativo, y que si lo ha podido hacer, lo ha sido entre otras cosas
porque ese proyecto tiene raíces muy profundas, muy sólidas, nada más y
nada menos que vinculadas con el origen mismo de su cultura, con el origen
mismo de su nación, con lo que define su propia identidad, frente a eso no
es nada fácil, por supuesto, lo que puede hacer el adversario por más
poderoso que parezca.
ANTIDEMOCRACIA NEOLIBERAL

Fragmentos de la entrevista realizada por Susana Tesoro,


Bohemia, La Habana, 10 de mayo del 2000

El ciudadano común de fin de siglo atraviesa una crisis de conciencia. En


sentido general parece agotado de la mala gestión, la corrupción, la
fiscalidad —que no repercute de manera favorable en su vida cotidiana—,
del exceso de burocracia y de considerar que el Estado debe proporcionarle
más.
En la era del Renacimiento, los estados eran los principales actores. Hoy
son las empresas, los grupos industriales y financieros privados quienes se
reparten el mundo. Millones de seres humanos no pueden ejercer el
sufragio. Pero los mercados votan todos los días, y lo hacen por encima de
derechos como bienestar social, salud pública, educación, libertad e
igualdad. Apoderarse del poder político se está convirtiendo en un simple
formalismo.
¿Qué consecuencias tendrá todo esto para los ciudadanos, su nivel de
vida y para la misma democracia? ¿Qué hace esta pequeña Isla del Caribe
para no sucumbir en este caos mundial?
Bohemia conversó sobre el tema con el doctor Ricardo Alarcón de
Quesada, presidente del parlamento cubano.
Pregunta. —Todo parece indicar que la humanidad entrará en el tercer
milenio con la democracia como una de sus grandes aspiraciones. ¿Cuáles
elementos básicos de este concepto están aún amenazados?
Respuesta. —La verdadera democracia ha estado lejos de ser alcanzada
por la humanidad. Ha sido una aspiración presente a lo largo de estos dos
milenios. En todos estos años se ha ido perfilando la idea; pero no se ve
realizado el objetivo real.
Los aspectos principales de la democracia están en peligro, ante un
peligro mayor al que enfrentó el mundo con el fascismo: ahora, al terminar
el segundo milenio, estamos como nunca antes, en presencia del
cuestionamiento de las premisas básicas de esa idea.
Pregunta.—¿Cree que su significado primordial ha cambiado?
Respuesta. —El propio vocablo lo expresa: gobierno del pueblo,
autoridad del pueblo. La sociedad organizada debe tener un gobierno que
existe para el pueblo. Ese gobierno democrático debe ser elegido y
controlado por la gente. Esa es la idea desde la civilización griega hasta hoy.
Lo que se trata de imponer y llevar internacionalmente como moda, como
filosofía, como política dominante, tiene como esencia la eliminación de esa
aspiración milenaria. O sea, el gobierno no tiene que ser para el pueblo. En
la sociedad no debe haber una autoridad que tenga por mandato resolver los
problemas de la gente o buscar su solución, sino que la sociedad debe dejar
que todo lo decida el mercado.
La naturaleza del llamado neoliberalismo es esa, reducir el papel del
Estado, minimizar la función reguladora del gobierno. Los sectores más
reaccionarios del capitalismo que sostienen esa idea critican un supuesto
exceso que tenía el gobierno, precisamente en la medida en que fueron
avanzando los criterios democráticos en este siglo como consecuencia de las
luchas populares y el temor de muchos burgueses ante la aparición del
campo socialista y las revoluciones anticoloniales. Entonces tuvieron que
hacer concesiones, incluso algunas reformas y admitir que el Estado
asumiese una función reguladora que buscaba, en el fondo, controlar o
amortiguar los conflictos sociales. La caída de la URSS llevó a los grandes
centros capitalistas a una euforia limitada, se habló hasta del fin de la
historia, y a dar rienda suelta a la codicia desmantelando el Estado y sus
funciones como se habían conocido. Todo el poder para el capital y ningún
límite para el capital: esa es la esencia de la ofensiva neoconservadora Con
ella desaparece hasta la idea del Estado democrático. Hoy ocurre que los
estados nacionales prácticamente desaparecen. ¿Qué es un Estado del Tercer
Mundo en relación con el movimiento de capitales, las inversiones o lo que
hacen los inversionistas? Los estados dirigen, gobiernan o regulan cada vez
menos. Lo hacen las fuerzas económicas poderosas. Entonces, podemos
preguntamos: ¿dónde queda la posibilidad de la gente para controlar y
ejercer la autoridad? ¿Para qué son las elecciones? ¿Para qué son los
gobiernos? La respuesta está en que aumenta la distancia entre la gente y el
poder político, y ese es el principio del «neoliberalismo», que es
esencialmente antidemocrático. Yo creo que esa es la gran amenaza que
tiene hoy la democracia.
Pregunta.—¿Qué va a pasar de aquí en lo adelante?
Respuesta. —Estamos llegando al final del milenio, y si recapitulamos
un poquito, vemos que la última década fue la posterior a la caída de la
Unión Soviética, y comenzó con la embriaguez triunfalista de los
conservadores. El capitalismo se impuso en el ámbito mundial, se rompían
todas las amarras. Al desaparecer el sistema socialista europeo, mucha gente
pensó: ya no hay por qué hacer concesiones.
Cuando la década termina, las noticias dicen otra cosa. ¿Qué pasó en
Seattle? ¿Qué pasó en Davos? Los disturbios han sido importantes, y no ha
sido la gente del Tercer Mundo, ni los pobres de Asia, África, o América
Latina. Eran habitantes de los países capitalistas desarrollados, ¿y contra qué
luchaban?: contra el capitalismo. Porque sienten sobre ellos las
consecuencias negativas del modo en que hoy se despliega el capitalismo
No podemos ocultar las amenazas de que te hablé, pero ya está presente su
contrario. Estoy convencido de que los próximos años van a ser los del auge
de la lucha contra el capitalismo como sistema, y por la democracia
verdadera como aspiración. La forma que va a adoptar y sus contenidos
específicos están por verse, pero no tengo la menor duda de que ocurrirá.
[…]
Pregunta. —Nunca estuvo más clara la diferencia entre la democracia
que existe en Cuba y lo que los anexionistas de Miami llaman democracia.
¿Puede poner los detalles?
Respuesta. —Los ejemplos son muchos. Leí hace poco una información
en el Miami Herald acerca de las protestas de miles inmigrantes que son
residentes legales en Estados Unidos, pero que no son ciudadanos, o sea que
no han cumplido el primer paso para participar en el sistema electoral de un
país.
En otro reportaje aparece la señora Ileana Ros ante un grupo de señoras
de origen cubano. Las damas protestan porque no pueden pagar la planilla
de solicitud para optar por la ciudadanía. El primer trámite es pagarle $250.
USD al servicio de inmigración por una planilla. Luego podrán darle o
negarle la ciudadanía, pero los $250. USD no son devueltos.
Esa protesta es en la Pequeña Habana, en el barrio de Hialeah, distrito
electoral de la señora Ros, y según esta información, son más de 4000
quienes se quejan porque no pueden pagar la planilla por ser personas muy
pobres. Cuántos otros miles habrá que ni siquiera se molestan en protestar.
Fíjate en la ironía del asunto. Allá en la Pequeña Habana, miles de
personas dicen que se fueron para buscar la «democracia», y no pueden ni
dar el primer paso de una persona en cualquier sociedad democrática, que es
adquirir la ciudadanía. Si volvemos a los clásicos, esta gente son los ilotas,
los esclavos, los excluidos de la sociedad, porque ciudadano en Grecia era
eso, el que opinaba y votaba, esa es la primera premisa de la democracia: ser
ciudadano.
Además, estamos hablando de personas de origen cubano con una Ley
de Ajuste, que al año y un día adquieren la residencia legal y después de
equis tiempo pueden solicitar la ciudadanía. Cuántos serán los mexicanos,
hondureños, guatemaltecos, nicaragüenses, ecuatorianos, colombianos, los
millones de inmigrantes, que ni sueñan con ser residentes. Entonces, la
sociedad norteamericana nos hace recordar a la antigua Grecia con una
democracia que excluye a grandes masas de la población. Lo que impera en
Miami, para ser justos, es en parte un reflejo de los Estados Unidos, aunque
muchas personas en ese país ven a Miami como algo atroz, algo que les
choca y escandaliza.
En Miami han ocurrido cosas como la anulación de elecciones. El que
era alcalde hace un año fue destituido. Un tribunal descubrió que habían
sido falsificados votos y boletas. Hubo casos geniales de muertos que
«votaron». Algunos protestaron por aparecer como votantes sin haber
concurrido a las urnas. Nombres en los registros tomados de las tumbas. Y
como si fuera poco, un sargento político de origen cubano, presentó una
cantidad de votos ausentes con la misma dirección, y cuando fueron los
inspectores a verificar, se encontraron en el lugar de supuesta residencia un
edificio que había sido demolido años atrás. El caso es escandaloso, pero no
es el único.
Pregunta.—¿Cuál es la particularidad de tanta corrupción?
Respuesta. —El sistema es corrupto y corruptor porque todo se basa en
el dinero. Esa es la esencia del sistema y no puede ser otra. Cada vez es peor
en la medida en que se desarrolla como una industria. Los anuncios, los
espacios, la propaganda cada vez cuesta más cara y hace falta plata para
pagar todo eso.
Pregunta. —De acuerdo con los últimos acontecimientos, que no es
necesario enumerar, la mafia anexionista de Miami ha exhibido ante el
mundo su antidemocracia. ¿Con qué argumentos van a defender «su
proyecto?».
Respuesta. —Lo que los anexionistas siempre han querido imponer a
Cuba es la anexión, que es la negación de la democracia. Por definición, el
anexionismo y la política imperialista son antidemocráticos. Es imponer la
tiranía desde el extranjero sobre la voluntad de los ciudadanos del país en
cuestión.
Lo que está pasando ahora tiene un valor simbólico tremendo, se han
apoderado de un niño, se lo han robado a su padre, no son ni todos los niños
ni todo el país, pero del modo más grosero y vulgar están manifestando su
pretensión anexionista: apoderarse de lo que es nuestro. Si eso hacen con un
niño de 6 años, qué no harían si algún día pudieran echar garra sobre este
país.
LA TRANSICIÓN A LO HELMS-BURTON

Comparecencia ante la Televisión Cubana a propósito del


documento enviado por el presidente norteamericano William
Clinton al Congreso de su país y sobre las medidas de
instrumentación del capítulo número dos de la Ley Helms-Burton,
en el programa «Hoy mismo», el 3 de febrero de 1997

[…]
En primer lugar, creo que es importante subrayar que este documento
que tengo aquí (muestra documento) no es otra cosa que el cumplimiento de
lo que se le instruyó a Clinton que hiciera por la sección 202G de la Ley
Helms-Burton, lo que el documento habla muy poco de la Ley
Helms-Burton, y el documento tuvo esta trayectoria: empezó a filtrarse en
los medios de comunicación, y empezó a filtrarse una versión, un modo
intencionado de referirse a este documento.
Aquí hay otro documento, muy cortico, un parrafito —esto que está aquí
(lo muestra)— que es la carta que Clinton les manda a los presidentes de los
comités congresionales, donde les dice eso: En conformidad con la
Sección 202G de la Ley, etcétera, etcétera, le envío aquí el informe este, con
el título de «Apoyo para una transición democrática en Cuba», que es el
título ampuloso de este documento.
Por cierto, que en esta cartica dice que no solo este es el informe que él
hace —este es el que hace para distribuir públicamente—, sino que hay otro
que es —voy a citarlo— «para uso interno del Gobierno de los Estados
Unidos y que no se pretende publicar».
Ahora, empezaron a alborotar y hacer mucho ruido a través de las
agencias de prensa en relación con un supuesto «plan de ayuda»
multimillonario para Cuba, etcétera, etcétera, fue un torrente de despachos
cablegráficos sobre eso. El compañero Fidel Castro, el 28 de enero, se
refirió a este asunto en su discurso en el Parque Central; es decir, que Fidel
estaba respondiendo el mismo día en que estaban apareciendo en la prensa
internacional las referencias a ese plan grandilocuente del señor Clinton, y
explicó allí el Comandante en Jefe que, por supuesto, íbamos a estudiar ese
documento e íbamos a dar una respuesta condigna.
Con esta comparecencia aspiramos, realmente, a dar una explicación
inicial, a una aproximación al tema y ayudar a que nuestros televidentes
tengan la mayor información; pero, además, tenemos que decir lo siguiente:
este documento lo vamos a analizar y lo vamos a discutir con todos nuestros
trabajadores, con nuestros campesinos, con nuestras mujeres y con nuestros
jóvenes.
Esto que dice por aquí Clinton de que se lo van a comunicar al pueblo de
Cuba conforme a la sección 202F, que también es parte de la ley, si quiere
que lo haga; pero sí le puedo garantizar que nosotros nos vamos a encargar
por nuestra parte de hacerlo, como parte del proceso en que está enfrascado
nuestro pueblo de análisis y de discusión de nuestra Ley de reafirmación de
la dignidad y soberanía cubanas, y del estudio de la Ley Helms-Burton, que
hemos emprendido desde hace bastante tiempo y que continuaremos, porque
nosotros aspiramos y buscamos que nuestra población completa tenga los
mayores elementos de juicio sobre todo esto, porque se trata de un plan
maquiavélico contra todo el pueblo de Cuba.
Cuando yo empecé a ver esos cables internacionales, me asaltaron varias
dudas; te puedes hacer diversas preguntas cuando tú oyes hablar de que
Clinton va a dar miles de millones de dólares: Primera, que se había vuelto
loco. No había razones para pensarlo, puesto que él habló, actuó con mucha
cordura y se las agenció para confundir o convencer a la cuarta parte del
electorado norteamericano, que fue quien votó por él, para que lo dejaran en
la Casa Blanca. Un loco, suele dañar sus propios intereses.
Segunda hipótesis, que él no se ha leído la Ley Helms-Burton; que la
promulgó y la firmó sin haberla leído. Yo no puedo asegurar que ese sea el
caso, pero tampoco lo excluyo. Dada la frivolidad que caracteriza a este
caballero, es posible que haya firmado un documento sin conocerlo. No me
consta que se haya leído este tampoco (muestra documento).
Pero después, al ver este documento y esta cartica (los muestra), en la
cual dice que lo que está haciendo es cumpliendo su obligación como
presidente, ya sitúa las cosas con más claridad: no puede ser nada distinto a
la Ley Helms-Burton por la sencilla razón de que con la Ley Helms-Burton,
el presidente Clinton renunció a sus atribuciones para conducir la política en
relación con Cuba. Por eso, es que yo decía: se habrá vuelto loco o no se ha
leído la ley. No, el problema es que el documento es, simplemente, una parte
de la Ley Helms-Burton y de cómo pretenderían aplicarla.
Ahora, hay también un elemento que es fundamental y que tiene que ver
con ese bagaje de publicidad que comenzó antes de que apareciera el
documento mismo: dar una idea totalmente falsa de lo que el documento
establece. No solo aquí no se establece ningún compromiso de Estados
Unidos de dar absolutamente nada, sino que se dice lo contrario.
Vamos a ver el párrafo que ha dado pie a todos esos cables, aunque
citados siempre parcialmente, que aparece al final del documento, en la
página 19 en español.
Dice así: «… ningún país ni ninguna institución internacional están en la
posición de contraer compromisos específicos de otorgamiento de fondos
para apoyar la transición en Cuba». Ningún país, y este caballero, por lo
menos, habla a nombre de uno. Muchas veces él habla como si hablara a
nombre de todo el mundo; pero, bueno, por lo menos si él dice eso está
asegurando, por lo pronto, que el país llamado Estados Unidos no asume
compromiso específico alguno.
Agrega después: «… No obstante, es razonable la proyección de que,
durante un período de seis años subsiguiente a la instauración de un
gobierno de transición, Cuba recibiría de $4000 a $8000 millones en
préstamos, donaciones y garantías por parte de las instituciones financieras
internacionales, organizaciones multilaterales y países individuales…».
Por cierto, los párrafos precedentes todos hablan de esos organismos
financieros internacionales, que serían los que suministrarían —según lo
que sigue después— una buena parte de ese volumen de dinero, y señalan,
al final del tercer párrafo, antes de que entrara en este que he leído, que
Cuba tendrá que firmar un acuerdo financiero con el FMI y renegociar su
deuda oficial para poder obtener acceso a ese financiamiento.
No sé nuevamente si él leyó con cuidado la Ley Helms-Burton, pero si
no yo tendría que recordarle que en eso que él firmó, en marzo del año
pasado, hay una sección completa, la 104, dedicada a establecer la oposición
de Estados Unidos al ingreso de Cuba en cualesquiera de esas
organizaciones financieras internacionales, y se deja muy claro que Estados
Unidos se opondría a eso durante todo el llamado período de transición y
que solamente accedería a que Cuba ingresase en esas organizaciones
después que aquí se hubiera implantado lo que ellos llaman «el período
democrático».
Recordemos que la esencia de la Ley Helms-Burton es concebir la
estrategia yanki contra Cuba y desarrollarla intensificando el bloqueo,
buscando extenderlo a todo el mundo, asfixiar a Cuba económicamente,
buscar —es lo que pretenden ellos—, de ese modo, derrocar la Revolución y
después se entraría en dos etapas, una antes de la otra: primero, lo que
llaman el período de transición, que es de lo que habla este documento
(muestra documento), él nada más que habla de eso, de la «transición
democrática en Cuba», y después vendría lo que sería la «etapa
democrática». En este período no hay lugar para Cuba, según la Ley
Helms-Burton, en ninguno de esos organismos financieros internacionales,
yo no sé cómo demonios puede el señor Clinton hablar de ningún flujo
financiero de esos organismos que no podrían tener relación con Cuba en
esa etapa y que serían, al parecer, una de las fuentes importantes de esa
millonaria cifra de que ellos hablan.
Héctor Rodríguez. —Hay una contradicción entonces.
Roberto Cavada. —Evidente.
Ricardo Alarcón. —Una de ellas, pero hay varias más.
Roberto Cavada. —Incluso creo que se habla de que en ese período de
seis años, según la Ley Helms-Burton, todavía estaría ejerciéndose el
bloqueo a Cuba.
Ricardo Alarcón. —Por supuesto, y eso lo recordó hace unos días uno de
los legisladores de origen cubano, que es uno de los patrocinadores de la ley.
En este período cualquier vinculación económica entre Cuba y Estados
Unidos estaría muy restringida a áreas muy específicas, muy limitadas y
muy controladas; pero, además, seguiría existiendo el bloqueo económico,
comercial y financiero. Y ahora aquí nos está diciendo —fíjense que de
contrabando entró una frasecita— que en un período de seis años, que
después va a decir que va a durar más de seis años; pero, por lo pronto, ya
sabemos que incluso si hubiesen conseguido lo que jamás van a conseguir,
que sería la destrucción de la Revolución Cubana, el bloqueo no va a cesar,
por lo menos ya —está anunciado por ellos—, durante seis años más tarde.
Yo no sé qué hizo Clinton ayer, si disfrutó de un día excelente como el
que había en La Habana; yo, desgraciadamente, tuve que revisar otra vez
este texto, sobre todo, para compararlo con algo que apareció después, que
fue la versión en inglés.
Roberto Cavada. —Porque apareció primero la de español y después la
de inglés.
Ricardo Alarcón. —Por lo menos, a nuestras manos llegó primero la
versión de traducción oficial al español, según dicen ellos, y después la
inglesa, que es el idioma oficial de ellos, e hice algún ejercicio con algunos
diccionarios de la lengua inglesa, especialmente con el de la Universidad de
Oxford, donde, según se dice, el señor Clinton pasó una temporada siendo
joven por allá, para esclarecer bien de qué cosa estaban hablando.
Préstamos, donaciones y garantías. Bueno, un préstamo todo el mundo
sabe lo que es. Es algo que se recibe, pero que hay que devolver con los
intereses que se establecen al otorgar el préstamo; es decir, no es una
transferencia neta de recursos de un lugar para otro, eso hay que devolverlo
y devolver un poquitico más de lo que se recibió.
Pero aquí dicen «donaciones», pero sucede que en inglés no dicen
exactamente eso, en inglés emplean el vocablo «grants», y «grants», como
debe conocer un gobernante norteamericano, es una suma de dinero que se
da para un propósito definido, para un propósito particular. Es decir, es un
aporte financiero pero atado, no es para que lo uses para lo que tú
soberanamente decidas, sino para que lo emplees en relación con algo que el
donante haya decidido.
«Garantías» es algo parecido. Las garantías son un respaldo bancario,
pero que hay que reponer. De manera que aquí lo único que habría en esas
cifras, aparentemente impresionantes, serían lo que ellos llaman donaciones;
pero cuidado, que para el Senado yanki lo que vale es «grants», no
«donaciones». ¿Por qué usan ese vocablo y no el otro del español?
Sencillamente, porque la finalidad de este documento es sembrar la
confusión, desorientar, desempeñar su papel subversivo.
Hay otro ejemplo, por cierto, de manipulación del lenguaje. En español,
después de las frases que he leído, dice lo siguiente: «… Después de dicho
período» —o sea, los seis años— «la transición económica habría concluido
en gran medida…». Bueno, aun así, en español está diciendo que no habría
concluido totalmente, pero el verbo concluir nos acerca psicológicamente al
final del período. Y eso no es lo que dice en inglés; en inglés lo que dice es
que, después de ese período, la transición económica «debería haber
avanzado», que no es lo mismo. Puede ser que haya que seguir avanzando
en esa transición otros seis años más, con el bloqueo norteamericano,
etcétera.
Me llamaba la atención, porque yo decía: bueno, ¿Clinton se ha vuelto
alquimista? ¿Habrá logrado convertir la demagogia en oro? Se ha vuelto un
mago. ¿De dónde ha sacado todos esos miles de millones que dicen los
cables que él estaría dispuesto a dar? Si tuviera tanto dinero, ¿por qué no lo
utiliza para los pobres en Estados Unidos? ¿Por qué no lo emplea en
asistencia médica para los más de 44 millones de norteamericanos que
carecen de ella, según los datos norteamericanos? ¿Por qué si tiene tanto
dinero, si logra fabricar el oro así como así, les cortan las prestaciones
sociales a los pobres, a los ancianos, a las mujeres, a los niños? Y, además,
¿miles de millones? Si la asistencia oficial de Estados Unidos a toda
América Latina el año pasado fue de 248 millones; 248 millones es lo que
ellos han dado a todo el continente en materia de asistencia económica para
su desarrollo y demás. Han dado algo más, por supuesto, para comprar
armas; han dado algo más para el combate contra el narcotráfico y para otras
cosas menores, pero la esencia de la ayuda oficial ha sido esa. ¿Cuatro mil u
ocho mil millones para Cuba?
Evidentemente, yo creo que ha habido una intención manipuladora
desde el principio, de crear una impresión, a través de los medios de prensa,
que no tiene nada que ver con la realidad; pero el mismo texto, como creo
que ustedes han podido ver, está diciendo que ellos no se comprometen a
nada y que calculan que entre préstamos, donaciones «amarradas», digamos,
y garantías bancarias habría una cifra de ese tipo.
Ahora, la segunda pregunta que se haría cualquier persona a la que le
van a hacer «ese obsequio» sería: ¿para qué? ¿Se ha vuelto tan generoso el
señor Clinton? Yo creo que ahí lo mejor para eso, Héctor y Cavada, es
agarrar el documento página por página, donde va diciendo las distintas
cosas que va a hacer.
Las primeras páginas son de carácter introductorio, con una serie de
consideraciones sobre las que yo, si ustedes me permiten y el tiempo nos
alcanza, quisiera regresar después.
Pero quisiera ir ahora viendo, punto por punto, a partir de la primera
página en que ellos hablan del destino de ese prometido, supuesto y
proyectado movimiento de recursos hacia Cuba.
En la página 7, habla de que habría asistencia internacional, es decir, se
usarían parte de los recursos que llegaran de esas fuentes ya aludidas para
organizar en Cuba toda una serie de mecanismos y de instrumentos para
garantizar lo que ellos denominan el respeto de los derechos humanos. Esto
es parte, por supuesto, de toda la campaña de calumnias, de mentiras y de
falsedades contra nuestro país. Los norteamericanos usan esta materia; él
tendría muchísimos campos en los cuales utilizar mucho más de 4000 u
8000 millones de dólares para defender los derechos de los negros, de los
pobres, de las minorías en Estados Unidos, si quisiera tener alguna
preocupación legítima por los derechos humanos. Menciono eso porque es
el primero que aparece en el orden cronológico, digamos, del documento, en
la página 7. Sería uno de los destinos de esa financiación exterior.
Pasamos a la página 8 —ahí entran ustedes— «… asistencia para
capacitar a los periodistas en métodos objetivos y responsables para
informar a la ciudadanía». Por ejemplo, ¿para enseñarles a ustedes a decir
que va a dar 4000 millones, cuando él está diciendo que no se compromete a
dar un centavo? Ese es el periodismo objetivo, responsable, etcétera, al que
nos quisieran acostumbrar. Y, por supuesto, también asistencia técnica y
financiera para establecer empresas privadas de radio y de prensa escrita.
En esa misma página nos dicen otro destino de esa asistencia: «Financiar
a los partidos políticos llamados democráticos, proporcionarles
capacitación, asistencia técnica a sus dirigentes y activistas para desarrollar
capacidades organizativas; de recaudación de fondos», etcétera, etcétera.
En esto de recaudación de fondos, Clinton sí tiene mucho que enseñar a
todo el mundo, porque, según se dice, él recauda centenares de millones, ha
convertido la Casa Blanca en un motel, alquila el cuarto de Lincoln,
etcétera; o sea, de técnica para recaudar fondos, él quizás sí tendría algo que
aportar. Pero, bueno, ese es otro destino de la asistencia.
Pasamos a la página 9. Ahí aparece entonces el financiamiento de
asesores a largo plazo, dice en el texto «… a largo plazo que puedan (…)
apoyar el programa gubernamental de reforma política y económica».
Sigue en la misma página «… asistencia para fortalecer los sistemas de
administración, control y responsabilidad financiera», etcétera, o sea,
reforma administrativa. Fíjense, además, por dónde estarían entrando los
yankis, por todos los poros de esta sociedad, asesores por todos lados; ya los
tenemos en la administración pública.
Sigue en la misma página: asistencia para la transformación de nuestras
fuerzas armadas en un instrumento que fuera apropiado para el tipo de Cuba
que ellos están imaginando, donde, por cierto, hay un aporte de Clinton, eso
no estaba en la Ley Helms-Burton. Aquí sugiere que esas fuerzas armadas
pudieran «participar en los esfuerzos internacionales para el mantenimiento
de la paz». Esto es muy gracioso. Estados Unidos favorece el que se utilice
Naciones Unidas para operaciones de mantenimiento de la paz, siempre y
cuando la paguen otros, porque ellos no pagan sus obligaciones con la ONU,
y, sobre todo, siempre y cuando sean otros los que pongan los oficiales y los
soldados, y están ya imaginando una Cuba colonizada; por supuesto,
pudieran pretender que sus militares fuesen empleados como carne de cañón
en las guerras imperialistas.
Y al final de la página 9 —y continúa en la 10— viene otro destino de la
asistencia internacional relacionado con el desarrollo de las elecciones. Aquí
voy a subrayar una frasecita que no deja de ser interesante, entre otras cosas
sería para «capacitar a los funcionarios electorales y a los encargados de
custodiar las urnas electorales».
Los encargados de custodiar las urnas electorales en este país, como
saben ustedes, compañeros, son los niños, los pioneros. Sería más práctico
que el señor Clinton le pidiese a cualquier pionero cubano que le enseñase a
él cómo se organizan y se llevan a cabo elecciones limpias, elecciones
honradas, elecciones en las que no predomina el mercantilismo, la
corrupción; en eso Clinton sí le puede enseñar mucho a la gente, pero en
elecciones verdaderas tendría mucho que aprender de nuestros niños. No
tiene nada que enseñarles, por favor, no queremos malos ejemplos.
En la página 10, después que pasó este tema de las elecciones al que ya
aludí, tienen también para esas elecciones otro destino que implicaría gastos,
que es la designación de observadores internacionales, de la OEA y yankis;
eso hay que pagarlo, por supuesto, y generalmente son caritos.
En esa misma página entramos nosotros, Héctor, los diputados, habría
asistencia para transformar las legislaturas. ¿Tú sabes una de las cosas que
nos harían los asesores extranjeros? Hacernos el reglamento que acabamos
de aprobar ahora, como tú recuerdas, después de haberlo discutido no sé
cuántos millones de veces. El reglamento lo harían los extranjeros y también
«las estructuras para las comisiones legislativas y los mecanismos de
comunicación con el poder ejecutivo y la ciudadanía».
Bueno, sobre mecanismos de comunicación con el poder ejecutivo,
Clinton es el que tiene que estudiar bastante, porque ya tiene algunas
dificultades allá con su poder legislativo; en cuanto a la ciudadanía,
francamente no tiene nada que enseñarnos. Nuestras asambleas se basan,
como sabemos, en la más estrecha vinculación con el pueblo y es lo que
tratamos de hacer delegados y diputados permanentemente.
Y no puedo dejar de mencionar el final del parrafito: Nos van a ayudar
en «la redacción legislativa». ¡Por Dios, por Dios!, el día que un compañero
diputado me redacte un proyecto de ley como este adefesio de la Ley
Helms-Burton, creo que deberíamos botarlo, ¿no?
Sigue la página 10. Aquí entra en lo que se pudiera considerar una
elaboración de otra Constitución, o de cambios en la Constitución de la
República. Ni la actual, que nos hemos dado soberanamente, ni las
anteriores pueden servir, irían a tomar de aquí y de allá; pero, además,
habría que buscar asesores para que le introduzcan insumos de otras
concepciones, otras civilizaciones, otras culturas, como si esto pudiera ser
algo que algún país soberano admitiese, ¿no? Pero, bueno, eso implicaría
parte de los famosos recursos que empezamos mencionando.
En la página 11 hay varios puntos, uno es la reforma del sistema legal.
Harían falta una serie de cambios en el sistema de nuestra judicatura, de
nuestros tribunales, etcétera. Esto tiene que ver con la cuestión vital, clave,
que se repite a lo largo del documento varias veces, que es la de la
recuperación de las propiedades que fueron nacionalizadas por la
Revolución.
Este párrafo dice cosas muy «sabrosas»: Cuba necesitará un «número
mucho mayor de jueces». Esto va a ser «un esfuerzo de envergadura y a
largo plazo para volver a capacitar a los jueces existentes y para la
formación de los nuevos». Pero ¿por qué? Lo dice así al final, porque «…
Cuba requiera medidas a corto plazo para resolver ciertas disputas en forma
expedita, como por ejemplo, los reclamos de bienes expropiados».
Aquí, por cierto, hay otro ejemplo de la manipulación. En todo este
extenso documento hay una sola nota al pie, que lleva el número uno y
aparece aquí. ¿Qué dice esa notica? “Un informe sometido al Congreso, de
conformidad con la sección 207 de la ley para la Solidaridad Democrática y
la Libertad de Cuba de 1996, contiene detalles adicionales sobre los posibles
tipos de asistencia para ayudar al gobierno de transición de Cuba a resolver
los casos de bienes expropiados”. ¿Por qué, a él que le gusta tanto la
difusión, no incluyó ese informe en este documento? ¿Por qué no lo
traducen al español? ¿Por qué no lo reparten? ¿Por qué no lo difunden más?
Entre esos «detalles» está que, a partir de lo que ellos llaman el período
de transición, aquí habría asesores norteamericanos para legislar sobre el
tema de las propiedades, con vistas a resolver lo que plantea la Ley
Helms-Burton, que es la devolución de las propiedades a los antiguos
dueños. Habría asesores para presentar al gobierno y a los llamados
reclamantes las fórmulas que pudieran emplear para resolver el supuesto
problema existente en relación con esas propiedades; habría un programa de
educación cívica para enseñarles a los cubanos las virtudes y las ventajas
que tendría reconvertir nuestra economía sobre la base de devolver las
tierras a los latifundistas, las fábricas a los antiguos explotadores, etcétera,
etcétera.
Y, además, dicen que para esa etapa va a ser sumamente útil la
experiencia del señor Stuart Eizenstat, que es el hombre que anda
recorriendo a Europa siempre, tratando de convencerlos de apoyar la Ley
Helms-Burton, y que tiene, además, un cargo en el gobierno de Estados
Unidos, que es el de enviado especial para la devolución de propiedades en
Europa Oriental y Central. Ya este hombre ha acumulado alguna experiencia
en eso, ha logrado que algunas de esas propiedades sean devueltas. Su
técnica y sus logros serían aplicados en Cuba en ese supuesto período que
ellos conciben.
Esos son algunos de los «detalles» que merecieron esta discreta
referencia al pie de la página 11, donde, además, se incluye otro elemento
muy interesante, que es la asistencia para el desarrollo de las instituciones
represivas en Cuba; es decir, lo que ellos llaman, en el lenguaje usual
norteamericano, agencias de orden público o encargadas de la aplicación de
la ley. Se habla incluso aquí de la posibilidad de un tratado bilateral con
Estados Unidos —aquí sí aparece Estados Unidos; en otras partes es todos
los países, la comunidad internacional—, que tiene interés en asesorar,
entrenar y adiestrar a los cuerpos represivos que, en una Cuba como esa que
ellos están imaginando, tendrían bastante trabajo, como es lógico, y como
era antes, porque aquí había asesores en el SIM, en el BRAC, en las fuerzas
armadas y en la policía de la época batistiana.
La página 12 es como una recapitulación, con una serie de
consideraciones, donde afirma que lo más importante aquí va a ser la
privatización de las empresas estatales; que los derechos de propiedad hay
que establecerlos con claridad y protegerlos adecuadamente. No hay
ninguna relación directa de asistencia internacional, que aparece ya en la 13.
En la página 13, volvemos a la propiedad y a la devolución de las
propiedades: «La asistencia internacional puede ser particularmente útil para
el establecimiento de los mecanismos para registrar y otorgar, en forma
diligente, los títulos de propiedad de los nuevos lotes de tierras privados y
para desarrollar mercados de tierras».
¿Qué títulos de propiedad y qué nuevos lotes? Los campesinos cubanos
recibieron sus títulos de propiedad al comienzo de la Revolución; por ahí
empezó esta bronca —no nos olvidemos— en mayo de 1959.
Sí, claro, a los que se quieren apropiar de esas tierras de esos
campesinos, habrá que darles otro título nuevo y se definirá una nueva
propiedad; de lo que se trata es de eso, de quitárselas a los que las tienen
hoy, justamente, legalmente, a las decenas de miles de campesinos
individuales y cooperativistas que son dueños de sus tierras por la
Revolución, y a muchos otros ciudadanos que han recibido en esta última
etapa también tierras, que son de ellos, o que son de la cooperativa, según el
caso. Aquí no hay nada que rehacer ni nuevos títulos que dar; por supuesto,
sería un trabajito bastante complicado y para eso destinarían parte de la
famosa asistencia que el alquimista va a trasladar hacia Cuba.
Héctor Rodríguez. —Ahora, se infiere que perderían la tierra los
campesinos.
Ricardo Alarcón. —No, no es que se infiera, eso está claramente
establecido en la Ley Helms-Burton, está reiterado en el informito este que
mencionaron al pie de la página, está experimentado por Eizenstat en
Europa, y dicen que lo vendría a experimentar en Cuba.
Este documento, que busca confundir, que busca desinformar, no puede
dejar de reconocer y de señalar que el tema de la propiedad sobre la
vivienda y sobre la tierra es el tema clave de la Ley Helms-Burton. Ahora,
emplea un lenguaje que trata de ser sutil, trata de encubrir las realidades;
pero con un pequeño análisis de un pueblo culto, informado e inteligente
como el cubano —no somos un pueblo como el que imagina, por lo visto, el
presidente Clinton—, ¿de qué nuevas tierras se habla?, ¿de qué nuevos
propietarios se habla?
Claro, ¿qué otro pudiera ser que no fuera después que tú te apropies,
despojes a los propietarios reales, actuales que hay en nuestro país, que son
los campesinos en las fincas, individuales o cooperativistas, y todos
nosotros, en cuanto a la vivienda, tanto en las ciudades como en el campo?
Roberto Cavada. —Pero también, vinculado con esto de las
propiedades, ya ellos sacaron sus cuentas de que ya al final tendríamos que
darles nosotros dinero, más que lo que ellos supuestamente tendrían que
darles a los cubanos.
Ricardo Alarcón. —Sí, por varios puntos, porque en el caso de que
fuéramos a seguir la lógica de este documento, imagínate renegociar la
deuda externa; aparte de un paquete con el Fondo Monetario lo que implica
de medidas antipopulares, esas que generan todos los días. Héctor, noche
tras noche, cuando no está en la pelota, está hablando aquí de no sé cuánta
gente alzada tirando piedras en un país, protestando en el otro, ¿todo por
qué? Por esas medidas que impone el Fondo Monetario Internacional.
Pero, además de eso, en otro documento que se elevó también, aunque
no lo tradujeron ni distribuyeron, pero que es público —el que le envió el
Departamento de Estado al Congreso norteamericano al comienzo de la Ley
Helms-Burton—, donde ellos hicieron sus cálculos de lo que le costaría al
pueblo cubano «la compensación» por propiedades nacionalizadas en Cuba,
el cálculo de ellos era de 100 000 millones de dólares. Entonces, frente a
eso, ¿qué nos están ofreciendo? El 4% o el 8%, que serían 4000 u 8000.
Ofreciendo no, pintado en el aire.
Vuelve a hablar de la propiedad —sigue hablando—, a esto le dedica
varias páginas dentro de las veintitantas que tiene este [muestra documento].
Viene la página 13 y en la 14, nuevamente, asistencias dedicadas a esto. Voy
a leerte un pedacito: «… asistencia en la instauración de un sistema
confiable para el registro de bienes y el otorgamiento de los títulos de
propiedad pertinentes (…) Cuba enfrentará la tarea de resolver el legado de
las expropiaciones de bienes…». ¿Qué quiere decir eso?, «… resolver el
legado de las expropiaciones de bienes, para así lograr que los ciudadanos y
los inversionistas extranjeros, por igual, confíen en que, en el futuro, los
derechos de propiedad estarán protegidos en el país». Es decir, crear las
condiciones que aseguren que nunca más en este país habría una revolución,
que nunca más se le ocurriría a nadie pelear por la reforma agraria, pelear
por los derechos de los trabajadores, etcétera, etcétera. Y explica la
importancia de iniciar con rapidez ese proceso, donde aclara que, en el caso
de que no pudieran devolverse algunas propiedades, se reconocieran los
derechos legítimos a esas personas, y, entonces, aportan ahí la posibilidad de
utilizar «cupones de privatización».
Es decir, si a un señor, por equis motivos, no le pueden devolver la
propiedad, porque esa propiedad ha sido tan transformada que ya no es lo
que él estaba reclamando, pues se le darán «cupones de privatización».
¿Qué quiere decir eso? Como se va a privatizar todo, le van a dar acciones;
una parte de una empresa del pueblo sería propiedad de ese señor, como
compensación de la tierra o de lo que no le pudo ser devuelto.
Pero aquí hay una cosa también muy interesante que tiene que ver con
hacia dónde van los flujos, según este enredado documento.
Ellos reconocen que estas reclamaciones de las personas de origen
cubano, como son más numerosas, sería más complicado resolverlas
rápidamente. Hay que resolverlas, pero no con tanta celeridad. Lo que sí hay
que resolver «con facilidad y celeridad» son las de ellos, las de los
norteamericanos. Dice así: «… Si bien los reclamos hechos por gobiernos
extranjeros» —esto es prueba de ignorancia, no hay ningún gobierno
extranjero; aparte de Estados Unidos, no queda ningún reclamo, todo eso
fue resuelto hace mucho tiempo—, como los Estados Unidos, podrían
resolverse con facilidad y celeridad mediante una negociación bilateral, el
número más elevado de reclamos que estarían sujetos a una resolución
individual de conformidad con la legislación cubana, plantea un desafío de
mayor envergadura”. No está diciendo que no hay que resolver el de los
demás, sino que es más complicado y que va a tomar más tiempo. Pero está
diciendo también que ahora, en ese período de transición, en esos seis años,
a ellos hay que devolverles lo suyo o pagarles por lo que supuestamente se
les debe por las propiedades de los que eran norteamericanos.
¿A cuánto asciende la cifra, según Estados Unidos, de su reclamación de
los norteamericanos originales? Cien mil serían agregándoles a todos estos
llamados cubanos. Según ellos, la de ellos es de 6000 millones. Sigue
sacando la cuenta, ¿dónde van quedando aquellos entre 4000 y 8000
millones que dicen que ellos proyectan que vendrían hacia Cuba?
En la página 15 viene una cosa muy interesante que se refiere al sistema
bancario nacional. Dice así: «La comunidad internacional, particularmente
las instituciones financieras internacionales, podrá prestar asistencia para
reestructurar el sistema bancario estatal con la perspectiva de una
privatización parcial o completa…». Otra noticia, se privatizaría el sistema
bancario nacional, y nos están anunciando lo que predominaba en Cuba
antes de la Revolución, donde hubo un proceso por el cual los
norteamericanos se fueron apropiando del sistema bancario nacional.
Llegaron a tener más del 80% de los depósitos bancarios.
Para cualquiera es obvio lo que significa en términos de independencia
económica de un país el que una potencia extranjera o intereses extranjeros
sean los que controlen el ahorro de su población y dominen el crédito, los
que determinen a quién le dan un crédito o no.
Pero hay otra cosa que muestra una ignorancia crasa: «La comunidad
internacional podrá prestar asistencia…». O sea, Clinton está hablando aquí
a nombre de todo el mundo, como si Cuba no tuviera relaciones con
instituciones financieras, con bancos de otros países, y con otros países, con
los cuales se mantiene un nivel de intercambio y de cooperación muy
importante, respetuoso, útil.
Yo te pudiera decir —no voy a mencionar el nombre de los países ni las
instituciones, no vaya a ser que a estos bárbaros se les ocurra empezar a
inventar cosas contra esa gente— que varios centenares de cubanos han
participado en seminarios, conferencias, cursos de entrenamiento y
actividades de ese tipo con otros bancos y con otros países que han estado
cooperando con Cuba, en nuestros esfuerzos de reforma del sistema
bancario, de su perfeccionamiento, su mejoría.
No es verdad que eso sea algo que venga por una promesa de Clinton. El
representará un Estado muy fuerte, muy poderoso, pero no es el dueño de
todos los bancos de este mundo ni el dueño de todos los países. Es decir que
eso que dice él aquí está ocurriendo ahora; lo que no va a ocurrir es que
nosotros renunciemos a nuestro sistema estatal, que nosotros vayamos a
abandonar nuestra política, que es en beneficio del interés nacional, ni a
renunciar a principios de soberanía que, sin renunciar a ellos, nos han
permitido tener —como decía— relaciones normales de intercambio y de
cooperación con mucha gente, en este sector específico.
En esa misma página, nos anuncian asistencia para aplicar las políticas
de estabilización y de ajustes, para «formular y ejecutar»; es decir, toda esa
serie de restricciones, de políticas y de medidas antipopulares que
caracterizan, desgraciadamente, a muchos países de este mundo, requerirían
asistencia técnica y otro tipo de asistencia. Para eso también habría la parte
de los fondos «fabulosos» que la prensa internacional anunciaba que
vendrían para acá.
En la misma página 15, se ofrece asistencia «para reformar y privatizar
las empresas estatales», fenómeno que —según dice el mismo párrafo—
sería «en gran escala».
En la página 15, al final, y ya pasa a la 16, se habla de asistencia para
reformar el sistema tributario cubano y, en particular, para reformas en
nuestro sistema presupuestario.
Para indicar qué tipo de reformas, de cambios, para reducir costos en el
presupuesto, el ejemplo que se les ocurrió poner es nada más y nada menos
que el de la salud pública. A ellos les parece que gastamos demasiado en
materia de salud. Dice él que no corresponde con otros «países de la región
con indicadores comparables». Bueno, si él se fija, si mira por la ventana de
la Casa Blanca, va a ver un pedazo de un país de nuestra región que, si se le
compara con Cuba, tiene indicadores incomparablemente desfavorables.
Pero ahí está un señalamiento que es lógico. Con esa concepción de
rehacer la economía cubana aplicando los modelos que han impuesto en
otras partes, ese sería un sector indudablemente golpeado. En Estados
Unidos, sin haber ninguna transición —que les haría falta una transición
hacia la verdadera democracia, por cierto—, bueno, ese es uno de los
sectores más golpeados. El propio Clinton lo sabe muy bien, él es experto en
eso, en recortar los gastos de salud y en recortar los programas para los
pobres en esa área.
El siguiente párrafo es bastante revelador. ¿Habría asistencia de carácter
humanitario para qué? Para «ayudar a minimizar el desempleo causado por
los despidos de las empresas estatales, del gobierno central y de las fuerzas
armadas». O sea, algunas de las cosas que hemos dicho antes van a implicar
desempleo masivo, mucha gente va a quedar en la calle, y ellos están
contemplando parte de esos recursos para dar «asistencia humanitaria», no
para resolver el problema del desempleado, por supuesto. Si no lo resuelven
en Washington, cómo van a resolverlo en una nueva colonia que adquirirían
en Cuba.
Héctor Rodríguez. —Nos desarmarían las fuerzas armadas.
Ricardo Alarcón. —Exacto. Y a algunos los enviarían a pelear en las
guerras de los yankis.
En esta misma página, la 16, se refieren a otra de las conquistas vitales
de nuestro pueblo, que es la educación. Habría asistencia internacional, ¿a
que tú no sabes para qué, Héctor? Para financiar las escuelas privadas, para
ayudar a que volviéramos a aquel sistema elitista en que no todo el mundo
iba a una escuela privada; por supuesto, había que tener dinero, había que
pertenecer a las familias de mejor posición social, el pueblo no podía hacer
uso de ellas. Están previendo que habría un regreso a aquel pasado de
elitismo, de exclusivismo, de discriminación, y la asistencia internacional
iría no para la escuela pública, sino para la escuela privada.
En la página 16, al final, y ya en la 17, llegamos a la privatización de los
servicios comunales: suministro de agua, saneamiento; se habla de energía
eléctrica, del transporte, etcétera. Algunos de estos, como el teléfono y la
electricidad, fueron propiedad de algún monopolio norteamericano; pero el
agua y el sistema de alcantarillado, desde la época de España ha sido una
responsabilidad de la sociedad, del Estado, del municipio. Habría asistencia
a esos sectores, ¿pero para qué? «Para emprender la privatización de las
empresas de servicios públicos». O sea, que no es solo privatizar las tierras,
las fábricas, los servicios públicos fundamentales, la banca, la educación, la
salud; es, además, el acueducto, las alcantarillas, el cementerio. Todo eso
sería —según lo que dice aquí— objeto de la privatización y, para ayudar a
esa cosa delirante, habría asistencia internacional.
Bueno, ya el resto es lo que les dije antes, con una paginita, la 17, y un
pedazo de la 18, que está hablando de la integración de Cuba a la economía
mundial, donde tengo que decir que ahí el señor Clinton —no quiero
acusarlo de mentiroso; repito, yo no estoy seguro de que él haya leído la Ley
Helms-Burton—, lo que dice, contradice las secciones 104 y 105 de la ley; y
él no tiene autoridad ninguna para cambiar la política norteamericana, hace
rato que él renunció a eso al firmar la ley, porque en esas secciones se dice
claramente que para que Cuba volviese a la Organización de Estados
Americanos y, en consecuencia, pudiera convertirse en miembro del Banco
Interamericano de Desarrollo, o para que pudiera restablecer su afiliación al
Fondo Monetario y a otros organismos, tendría que haber pasado todo el
«período de transición» y haber llegado a lo que ellos llaman la etapa
«democrática». Y aquí está hablando de que va a ser muy importante y que
Estados Unidos nos va a apoyar para que volvamos a la OEA, volvamos al
Fondo Monetario, etcétera. Él sabe que esto no es verdad, o quiere engañar
a la gente diciendo lo contrario a lo que dice la ley, o —repito— no ha leído
todavía la Ley Helms-Burton.
Esto es, en un rápido recorrido, lo que se refiere a qué se destinarían
esos «recursos famosos», de los 4000 a 8000 millones de que estaban
hablando.
Roberto Cavada. —Tengo entendido que al inicio —que usted prometió
comentar de esto también— se explica, grosso modo también, cómo se
comenzaría a aplicar todo eso.
Ricardo Alarcón. —Claro, esa sería otra pregunta interesante.
Estas cifras que este señor dice que habría, ya nos dicen en qué van a ser
empleados esos recursos, ahora vamos a ver cómo. Eso lo regula
estrictamente la Ley Helms-Burton que aclara, en primer lugar, que durante
esa etapa de la llamada «transición» habría solamente recursos para lo que
acabamos de ver que, como ustedes se fijan, son recursos que estarían todos
ellos destinados a desarmar la sociedad cubana, a devolverles el país.
Ahí no se menciona nada de carácter productivo, no se habla de nuevas
fábricas, no se habla de planes de desarrollo, no se habla de destinar
recursos para inversiones en la intraestructura, en el medio ambiente. Todo,
de punta a cabo, se refiere a quitarle al pueblo lo que el pueblo tiene ahora, y
a devolverles a los antiguos propietarios y a los propietarios yankis.
Ahora, lo que dé Estados Unidos está descrito de un modo detalloso en
la Sección 202 de la Ley Helms-Burton, que sobre la base de ella es que él
ha hecho este documento, e implica, además, para cada desembolso que
haga Estados Unidos, que la ayuda estará «sujeta a una autorización de las
consignaciones y a su disponibilidad» —dice el párrafo 2, de la Sección
202, en la página 43—.
El siguiente es «Plan de asistencia para el período de transición.» Tipo
de asistencia. «La asistencia que se preste con arreglo al plan elaborado —
que es este— estará sujeta a una autorización de las consignaciones y a su
disponibilidad», y podrá consistir en lo siguiente:
a) «La asistencia a Cuba bajo un gobierno de transición estará sujeta a
una autorización de las consignaciones y su disponibilidad».
Ustedes me escucharon leer la misma frase tres veces en el espacio de
media página, ¿y nos van a enseñar a redactar leyes? Si hay algo que está
claro es que, lo que vayan a dar, cualquier cosa, tiene que estar sujeto a la
autorización de las consignaciones por los comités congresionales y a la
disponibilidad, a que haya esos recursos.
¿Qué cosa puede haber más alejada de esa idea de un gran alquimista,
convirtiendo todo en oro y enviando miles de millones para ninguna parte?
Además de eso, después que te aprueban las consignaciones, las
distintas partidas, habría un sistema de distribución. ¿Quién distribuiría esa
llamada asistencia, el Gobierno de Cuba, las instituciones cubanas? No lo he
visto por ninguna parte en la Sección 202, y esto lo expliqué en otra ocasión
aquí mismo. Aquí se refiere a organizaciones gubernamentales y no
gubernamentales de Estados Unidos u otras organizaciones radicadas fuera
de Estados Unidos.
El Gobierno de Cuba aparece mencionado solamente en la Sección 205,
donde habla de los requisitos para un gobierno de transición, entre ellos, que
tiene que dar «garantías adecuadas que permitirán la distribución expedita y
eficiente de esa asistencia». Es decir, para lo único que existe el Gobierno de
Cuba en ese período es para asegurar que el Gobierno de Estados Unidos y
sus funcionarios distribuyan esa asistencia que es para esto, para desarmar el
país, sin que el gobierno tenga arte ni parte en toda esa operación. De
manera que yo creo que la pregunta del cómo, Cavada, es, parece, bastante
obvia, bastante clara: el plan lo elabora el Presidente, lo autoriza el
Congreso, lo distribuyen los norteamericanos, coordina la distribución un
funcionario norteamericano, y lo único que tendrían que hacer las llamadas
autoridades de Cuba de esa época —si se diera esa época, que jamás se va a
dar— sería dejar que ellos hicieron lo que les diera la gana en este país,
según la ley que él tiene que cumplir.
Roberto Cavada. —Volviendo a la página 6, Presidente, usted tocó un
tema que pudiera ser importante ampliar un poquito. Dice textualmente: «…
El pequeño agricultor o el propietario de una vivienda que hayan adquirido
derechos o bienes previamente expropiados esperarán que un gobierno de
transición, en la búsqueda de soluciones para los reclamos legítimos sobre la
propiedad de bienes, preste la debida consideración a sus derechos
adquiridos…».
Ricardo Alarcón. —Pero hay que darle las gracias a Clinton, por una
parte, por haber incluido en este documento, con tanta fuerza, el tema de la
devolución de las propiedades, incluyendo lo de las viviendas.
Héctor Rodríguez. —Ellos dicen que no, que las viviendas no entran.
Antes de esto lo decían.
Ricardo Alarcón. —Eso han dicho por las trasmisiones subversivas, para
engañar; están incluidas, sin la menor duda, en la Ley Helms-Burton.
La ley dice que no se considerarán las viviendas a los efectos de los
juicios contemplados en el Título III, los famosos juicios que están
suspendidos una y otra vez por Clinton. Pero cuando una ley dice que algo
no está incluido a los efectos del Título III, y esa ley tiene cuatro títulos y el
II es este, quiere decir que está en esos; pero, además, está incluido en el
Título IV también.
Acaba de ocurrir un ejemplo. Hace poco un señor allá, en Miami, se
apareció, según dijo la prensa de Miami, en el Departamento de Estado, con
la fotografía de un local aquí en La Habana de lo que él dice que era la casa
de su padre en Kohly, y una foto de la casa donde muestra que ahí está una
dependencia de una firma extranjera, está su representación en ese local.
Con el alegato de que era del padre y la prueba fotográfica de que hay una
empresa extranjera usándola, le aplicaron el Título IV a algún representante
de esa empresa y le anunciaron que le negarían la visa para ir a Estados
Unidos. Es decir, vale la vivienda para el Título IV y vale para el Título II,
porque ese señor, que todavía se acuerda de la casa que dice que era de su
padre, por supuesto que va a reclamar que se la devuelvan. Si en lugar de
una firma extranjera estuviese allí una familia, sería igual; si estuviesen unas
personas habitándola, en caso de que fuera un edificio, por ejemplo, pues
habría que pagarle, además, él diría, lo que le deben de acumulado de
alquiler durante este tiempo.
Yo recuerdo, además, Héctor y Cavada, haber recibido cartas; incluso,
una que le escribió a nuestra sección el senador Graham, de la Florida, que
le adjuntaba los papeles de un señor que reclamaba una casa en Miramar, en
la calle 36 me parece que era; y recuerdo haberme reunido, además, con los
muchachos de la casa de Quinta Avenida, donde están los muchachos sin
amparo filial, una tarea muy importante que tiene la Federación. Ellos
recibieron allí una comunicación del sobrino de Ramón Grau San Martín,
donde plantea, en virtud de esta ley, que le cuiden la casa, porque está
reclamando esa propiedad que es de él. Es decir, ellos entienden muy bien lo
que la ley quiere decir. Son ellos los que hicieron que esos elementos
estuvieran claramente recogidos en la Ley Helms-Burton, lo que, claro,
parte de la ley es la subversión interna en Cuba, parte de la ley es dividir,
confundir dentro de Cuba, porque el objetivo de la ley es destruir la
Revolución Cubana, y, como es lógico, entonces, en su propaganda, están
mintiendo descaradamente. Ahora, yo les decía que hay que agradecerle a
Clinton que en este documento dedique una buena porción del mismo al
tema de las propiedades. Para eso es para lo que hay que dedicar más
recursos, para todo el gran enredo que ellos armarían si fueran a aplicar esta
ley.
El párrafo que leyó Cavada está aludiendo a la pequeña parcela del
campesino individual y a cualquier vivienda de cualquier cubano, pero
fíjense cómo lo dice. Se refiere a los derechos de ese pequeño agricultor o
de ese propietario de la vivienda sobre bienes previamente expropiados, y lo
que nos promete, lo que nos ofrece, es que esperemos que ese régimen de
transición, en la búsqueda de la solución para esos reclamos «legítimos» —
el Presidente de Estados Unidos declara «legítimo» el «reclamo» del
antiguo propietario— sobre la propiedad de los bienes, para lo que van a
dedicar millones de dólares, incluso, para asegurar que ese «reclamo
legítimo» se resuelva.
No olvidemos que la Ley Helms-Burton define que la solución es la
devolución de la propiedad, y, cuando esto resultase imposible, el pago
efectivo y completo por ella. Y la misma ley establece que esa solución es la
«condición indispensable» para normalizar las relaciones incluso con un
gobierno «democrático.» ¿Prestará ese régimen la debida consideración a
los derechos del campesino?
En otras palabras, el régimen de los terratenientes, con el apoyo del
imperialismo extranjero, va a prestarles «la debida consideración» a los
campesinos. ¿Cuándo les prestaron consideración? ¿Cuándo el campesino
pudo confiar en las promesas del terrateniente, o el habitante de las
poblaciones en las del casateniente? Yo creo que es al revés. Esto aquí está
diciendo —con su lenguaje sinuoso, que quiere ser habilidoso—, no puede
dejar de decir que la vivienda está incluida, que hay reclamo sobre ella, que
sus reclamos son legítimos y que eso hay que resolverlo. ¿Qué más tú
quieres? Lo demás sería confiar en la honradez de gentes que mienten, que
engañan y que han hecho todo este trabajo sucio en relación, incluso, con
este tema.
Yo te diría, volviendo al tema de la esencia de la ley, que todo este plan
tan anunciado, tan distorsionado, es claramente la instrumentación del
Título II de la Ley Helms-Burton, y establece las ideas del presidente
Clinton sobre cómo despojar a las familias de las viviendas, a los
campesinos de sus tierras; cómo arrebatarnos las fábricas, que las van a
privatizar, las escuelas, los hospitales —lo dice—; reducir los fondos para la
salud en el presupuesto; apoyar la escuela privada; eliminar los círculos
infantiles y sociales, las casas del abuelo, para privatizarlo todo, porque el
dichoso documento tiene la palabra privatizar por lo menos cinco veces en
cada página.
Roberto Cavada. —Usted decía hasta las alcantarillas.
Ricardo Alarcón. —Las alcantarillas, el agua del acueducto y los
cementerios, para eliminar la atención médica universal y gratuita, que,
después de todo, eso es un fenómeno desconocido en Estados Unidos; cómo
nadie podría imaginar que aquí pudiera subsistir a la recolonización yanki.
Para liquidar nuestro sistema educacional; para promover, además, el
desempleo —y lo reconocen—, porque habría medidas para tratar de
«mitigar» las consecuencias de su política llamada estabilizadora, de
austeridad y de privatizaciones, que conducirían a un incremento masivo del
desempleo. En otras palabras, para volver a traernos aquí el desalojo, la
miseria, la discriminación racial, o sea, un plan para desbaratar el país, pero
con el cinismo de que le exigirían al pueblo de Cuba que pague por ese plan
que está hecho para destruirlo.
Toda esta formulita del final del documento, los préstamos que hay que
pagar, las garantías que hay que pagar, además de pagar la deuda externa,
pagarles sus propiedades, etcétera, etcétera, todo eso significa que serían los
cubanos los que pagarían un plan para destruir a los cubanos. Y como
parece que en el ejercicio del cinismo nunca se fatigan, pretenden vender
eso como si fuera un plan de ayuda y, además, millonario, intenso.
Ahora, no quisiera terminar sin hablar de la introducción, porque como
hemos ido página por página y salté las cinco primeras, no quiero que nadie
piense que no me interesa hablar de todo el documento.
La parte inicial es como un planteo global, un análisis de la situación
internacional y la que encara Cuba, y habla varias veces de un estudio que
publicó el Banco Mundial en agosto del año pasado, sobre los cambios
ocurridos en la Unión Soviética y en Europa del Este.
Clinton manipula la Ley Helms-Burton, manipula este documento. Ya
dije —para ser justo— que a lo mejor ni se ha leído la Ley Helms-Burton ni
se ha leído este documento; no sé si es que tampoco se ha leído el informe
del Banco Mundial de que está hablando. Pero, compañeros, el Banco
Mundial es un poquitico más serio que el presidente Clinton —esto no es un
elogio exagerado, no es muy difícil ser más serio que él—; lo cierto es que
ese informe, aunque está hecho por una organización que es partidaria, por
supuesto, del derrumbe del socialismo, que es una institución fundamental
en el sistema capitalista mundial, está redactado en una forma que no es para
estos cantos de sirena que pretende, agarrándose de él, introducir Clinton en
el informe.
En la página 90 del informe del Banco Mundial, nos explican —lo tengo
por aquí— cómo en esos países ha crecido el desempleo y se han reducido
los niveles salariales. En la 93 explica cómo un principio y una norma que
hay que aplicar en esas llamadas transiciones, es eliminar el salario mínimo.
En la 97 explica lo que hay que hacer en relación con el régimen de
pensiones, es decir, a las jubilaciones. En el párrafo ese que tú leíste del
campesino, hablaba de los jubilados y hacía promesas: los jubilados que no
se preocupen, etcétera. Pero es que el Banco Mundial, en la página 97 del
mismo estudio que el señor Clinton cita, habla de cómo hay que reducir el
monto de las pensiones, cómo hay que reducir el número de los jubilados y
cómo hay que aumentar la edad de jubilación para lograr que se reduzca ese
rubro de gasto social.
Por supuesto, en la página 156 del informe del Banco Mundial, también
se habla de la necesidad de reducir los gastos por los servicios de salud —
algo que juega con lo que anuncian que harían con el nuestro—, eliminar
camas y cerrar hospitales. Ahí mencionan específicamente que en un país de
Europa oriental, Hungría, entre 1995 y 1996, se eliminaron 20 000 camas de
hospitales.
Bueno, pues en este país pequeñito, bloqueado y superbloqueado, no
hemos cerrado ningún hospital y hemos abierto algunos, en medio del
período especial. De manera que sí hemos demostrado algo, que se puede
hacer mucho más con un sentido de justicia, de equidad y de firme defensa
de la independencia, la soberanía y la dignidad.
El señor Clinton, en esta parte introductoria, además, insulta de un modo
grosero, diría yo, a América Latina y a Cuba en particular, porque él está
planteando —fíjate lo que dice en una cartica firmada por él al principio—
que Cuba se uniría con orgullo a los otros 34 países de este hemisferio que
son «naciones democráticas y prósperas», ¡prósperas! ¡Dios mío!
¿Prósperas? Que se lo vayan a decir a ese 46% de la población
latinoamericana que, según la CEPAL, vive en condiciones de pobreza; que se
lo vayan a decir a esos más de 90 millones de latinoamericanos que viven
peor, viven en condiciones de indigencia.
Pero dice, además, en esta parte inicial, que Cuba ya fue una democracia
de las más prósperas en los años 50. Democracia y próspera; o sea,
democracia es el régimen de Batista, y próspera, que se lo diga Clinton al
33,5% de desempleados que había en este país en 1958, al 24% de
analfabetismo como media nacional que teníamos al triunfo de la
Revolución —que era el 42% en las áreas rurales—, al 55% de nuestros
niños que no tenían una escuela primaria para asistir a ella; que se lo diga a
un pueblo que tenía una escolaridad promedio de tres grados, una esperanza
de vida de 62 años y una mortalidad infantil de por lo menos 60 por 1000
nacidos vivos. La Cuba de 1958, esa Cuba «democrática y próspera», era,
además, la Cuba del latifundio, del desalojo, de los asesinatos, de las
torturas, de la represión, del robo, de todas esas cosas que quieren reinstalar
aquí y, además, que el pueblo cubano —como si fuera un pueblo de idiotas
— les financie la reinstalación de eso aquí, y después los aplaudan, me
imagino. Era la Cuba de la corrupción, de la malversación y de la sumisión
a Washington.
El señor Clinton es tan locuaz, que recuerda que la Ley Helms-Burton,
en algún articulito, le encarga comunicar este documento al pueblo de Cuba.
Yo dije al principio ya, Héctor, que nosotros esto lo vamos a llevar a la
discusión con todo el pueblo de Cuba, como estamos discutiendo la Ley
Helms-Burton y la Ley de reafirmación de la dignidad y la soberanía
cubanas.
El señor Clinton tiene una oportunidad dorada mañana, que habla ante el
Congreso norteamericano. ¿Él se atrevería a explicar allí qué cosa es una
«democracia próspera»? ¿Él se atrevería a explicarles allí a los trabajadores,
a los jubilados norteamericanos, a las mujeres sin atención hospitalaria, a los
44 millones de norteamericanos que no pueden pagar un hospital, a los
negros discriminados, a los aborígenes súper oprimidos que viven en una
«democracia próspera»? ¿Hay prosperidad para esos millones de
norteamericanos? O que recorra América Latina, que nunca la ha visitado, y
que les explique a los indígenas, a los pobres, a los trabajadores de este
continente qué cosa es la prosperidad democrática.
Pero venir a decirles a los cubanos que la Cuba de 1958 era la
prosperidad y era la idea de la democracia, es realmente un insulto y es una
afrenta que este pueblo no le puede permitir por muy frívolo y por muy
irresponsable que sea un señor que firma papeles sin leerlos. Este papel,
como la Ley Helms-Burton, probablemente se lo redactaron los mismos
batistianos y latifundistas que aspiran a volverse a apoderar de este país,
apoyados por Estados Unidos, por su poderío, por su bloqueo. Pero eso
tendrían que venir a buscarlo aquí, ese «tránsito» tendría que decidirse aquí,
y aquí hay suficientes machetes, fusiles y puños para asegurar que jamás se
va a esclavizar a este pueblo, ni se va a volver a convertir a Cuba en una
colonia norteamericana, aunque le cause mucho disgusto al eterno candidato
Clinton.
SOBERANÍA Y DEMOCRACIA

Fragmentos de la intervención en la tribuna abierta de la


Revolución en Mesa Redonda Informativa sobre la democracia
socialista cubana, efectuada en los estudios de la Televisión
Cubana, La Habana, el 23 de febrero del 2001

[…]
Ante todo hay que pensar que un elemento esencial y absolutamente
infaltable de cualquier sistema democrático tiene que ser la independencia; o
sea, es inconcebible la democracia si no hay un país soberano, en última
instancia la democracia es el ejercicio por el pueblo de la soberanía, pero
solamente podría hacerlo una nación que sea libre e independiente. Y la
Revolución Cubana significó, desde el primer momento, desde 1959,
precisamente la conquista de la independencia nacional; fue el triunfo de
una revolución que se había iniciado en 1868, una revolución
profundamente democrática, porque estaba basada en la idea de la igualdad,
de la justicia, de la solidaridad humana, el sentido auténtico, real que el
vocablo democracia siempre ha tenido.
Ahora, esa revolución fue interrumpida en 1898 por la intromisión del
imperialismo. Cuando el Primero de Enero ellos se dan cuenta de que se ha
retomado el camino revolucionario de 1868 y que han llegado al poder los
continuadores de aquella revolución, inician la transformación de Cuba,
desde ese mismo día empezaron a hacer todo lo posible no, por supuesto,
para que triunfase la democracia ni mucho menos, ni la libertad, todas esas
pamplinas que ellos usan en su propaganda, pero que no hacen nada más
que intentar tratar de ocultar la verdad…
Si tuviéramos más tiempo yo recorrería lo que decían los fundadores de
Estados Unidos sobre la idea del gobierno popular, sobre la democracia, los
famosos federalistas. Ellos hablaron muy claro: John Haig dijo alguna vez
que «quienes poseen el país deben gobernarlo», esa era la idea de esa
democracia cuando nació, el gobierno de aquellos que tenían las riquezas; o
el señor Madison cuando señalaba que «la primera responsabilidad del
gobierno era proteger a la minoría rica contra la mayoría» —y no los estoy
calumniando, esas frases las pueden entrecomillar, porque son citas
textuales de ellos—; o Alexander Hamilton, para citar al tercer federalista,
que decía que «había que domesticar al pueblo», que era la forma de lograr
que gobernaran los ricos y que el poder lo ejercieran los poderosos,
digamos.
Aquí empezó una revolución por la independencia diferente, con el
pueblo, liberando a los esclavos, dándoles participación a los antiguos
esclavos en el poder, desde la etapa más temprana. Y, además, como
recordaba al comienzo del programa Estrella, una revolución con una
profunda tradición institucional, con cuatro constituciones durante la etapa
de la guerra. Esos que hablan por ahí y andan por el mundo pretendiendo
ahora elecciones a los cubanos, de organización institucional, democrática, a
Cuba habría que venir a aprender, porque la historia de Cuba en ese aspecto
es riquísima.
Ahora, eso se interrumpe con la intervención yanki, y el Primero de
Enero de 1959 los cubanos logramos poner fin a aquella intromisión y
continuar nuestro camino. Por eso ellos empezaron desde el primer día,
tratando de derrocar a la Revolución y usando desde el primer día, entre
otros elementos, la propaganda para distorsionar la realidad cubana, para
presentarnos como una tiranía en lugar de ser una democracia, etcétera,
etcétera.
Desde este famosísimo informe […] de la CIA, que solo se hizo público,
fue desclasificado en febrero de 1998, pero es de octubre de 1961. ¿Por qué
lo desclasificaron en 1998? Porque ya para 1998 esta política era pública y
es pública como lo es hoy. ¿De qué trata este informe? Del famoso
Programa Cuba, es el informe del general Kirkpatrick, inspector general de
la CIA, y él dice, en el párrafo 1, inciso b: «La historia del Proyecto Cuba
comienza en 1959.» O sea, no es respuesta ante nada que hubiera hecho
Cuba, no es respuesta ante ninguna confrontación entre ambos gobiernos;
no, no, nació la Revolución, vieron que el movimiento aquel que empezó en
1868 había triunfado y trataron de inmediato de liquidarlo. ¿Y qué usaron
como parte de ese programa? ¿Qué nos dice el señor Kirkpatrick en ese
informe? Bueno, crear una oposición a ese gobierno dentro de Cuba y crear
una oposición en el exilio; pero no crear simplemente, no es literatura, no se
quedaba por las nubes —párrafo 32—, aquí están los salarios que les
pagaban: 131 000 dólares mensuales gastaba la CIA en salarios, lo que les
pagaban como sueldos a los traidores que eran los supuestos representantes
de esa fabricada oposición dentro y fuera de Cuba; y de otros datos: lo que
gastaban en propaganda, la agresión radial, en publicaciones que editaban
para distribuir en América Latina, o incluso en Cuba y demás.
Ahora, esto era Programa Cuba 1959. Si tú buscas ahora, entras al sitio
web de la Agencia para el Desarrollo de Estados Unidos, enero del 2001,
¿cómo se llama?: Programa Cuba. Y es lo mismo.
Busquemos aquí, que dice que entre las actividades que ellos financian,
de una organización que ustedes han mencionado por acá también,
FreedomHouse, aquí está la sexta tarea, página 2 del informe de la AID, de
enero del 2001: «Promueve la formación de un liderazgo político dentro de
Cuba, vinculando a las organizaciones dentro de Cuba, las unas con las otras
y con organizaciones en Europa y en América del Norte».
¿No les suena familiar a ustedes eso? ¿No hemos hablado aquí, no han
hablado ustedes en otras mesas redondas sobre gente que viene aquí para
hacer contacto con un tipo aquí, con otro acullá, para llevarle materiales, o
para darle instrucciones? Creación de una organización dentro de Cuba,
vinculando los unos con los otros, ellos. Para esto —enero del 2001—, aquí
está la cifra: 825 000 dólares.
Ahora, ¿qué cosa es esto? La ley de la esclavitud, como le decimos
nosotros, la Ley Helms-Burton. Por ley, abiertamente, ¿qué dice el gobierno
de Estados Unidos, el Congreso, y firmado por su Presidente? Propósito de
esta ley, el primer propósito: «Ayudar al pueblo cubano a recuperar su
libertad y prosperidad y a sumarse a la comunidad de países democráticos
que florece en el hemisferio occidental». Yo sé que da risa ese «jardín
florido» que ellos ven en el hemisferio occidental, pero fíjense cuál es el
objetivo: sumarnos a lo que ellos entienden por democracia.
Vamos a ver qué entienden por democracia. Pasa la siguiente página de
la Ley Helms-Burton. Capítulo de definiciones. ¿Qué cosa es un gobierno
democrático en Cuba? Significa «un gobierno que el Presidente de Estados
Unidos determine que ha cumplido los requisitos establecidos en la
Sección 206.» Ya se acabó las disquisiciones de los diccionarios, ya no es lo
de los que decían los griegos, ya no es lo que decía Lincoln: gobierno del
pueblo, por el pueblo y para el pueblo; democracia es cuando el Presidente
de Estados Unidos determine que se ha dado lo que dice la Sección 206.
¿Qué te parece buscar la sección 206 para ver qué cosa es lo que, según
la Ley Helms-Burton, tiene que ser un gobierno democrático en Cuba?
Bueno, es imposible en el tiempo que tenemos, leer todos los requisitos;
entre otras cosas dice que a estos requisitos hay que agregar lo de la
Sección 205 que son dos páginas. «Requisitos y factores», cuatro páginas de
la Ley Helms-Burton. Voy a leer nada más que la última.
«Ese gobierno tiene que haber registrado progresos palpables en la
devolución a los ciudadanos de los Estados Unidos de las propiedades
confiscadas por el gobierno cubano a tales ciudadanos el día Primero de
Enero de 1959, o después.» Fíjate cómo regresa con toda claridad la ley al
elemento clave, al Primero de Enero de l959 en que ellos perdieron la
propiedad de Cuba, que Cuba pasó a ser, finalmente, una nación
independiente.
Quiero agregar lo siguiente, ya que mostré este documentico de la AID.
Hay otro muy interesante, muy, muy interesante que es este estudio hecho
también por ellos. Es una evaluación al Programa Cuba. Agosto del año
2000.
[…]
Aquí explica —fíjate lo que dice en este párrafo—: «El programa Cuba
es sui generis dentro de la AID», o sea, distinto a los demás. ¿Por qué sui
generis? Porque está dirigido por un IWG (Grupo de Trabajo Interagencias).
¿Qué hace ese Grupo de Trabajo ínter agencias? Decide uno por uno, esta
listica (la muestra) donde aparece —yo leí uno de los puntos, son un montón
— esta repartidera de dinero para provocar la subversión dentro de Cuba
para financiar a sus agentes en Miami. Uno por uno aprueba ese grupo de
trabajo ínter agencias, los programas, lo que van a hacer, verifica que estén
en consonancia con la Sección 109 de la Ley Helms-Burton. ¿Qué cosa es la
Sección 109? Es aquella que dice que ellos van a darle apoyo material,
financiero u otro tipo a esos grupos de esa supuesta oposición que tratan de
crear. Y no se quedan ahí, una vez aprobados esos planes se dedica a
controlar, fiscalizar su ejecución, su aplicación.
¿Y quiénes son este grupo de trabajo? Tú decías con toda razón que la
agencia es una agencia del gobierno de Estados Unidos; pero para hacerlo
todavía más gubernamental, para quitar toda duda de que nada de esto tenga
un carácter que no sea totalmente dirigido desde el nivel central por el
gobierno de Estados Unidos de un modo sui generis —como dicen ellos
mismos—, no es como el resto de las actividades de la agencia, esta es
distinta.
¿Quiénes forman el grupo de trabajo? Lo dirige un señor, cuyo cargo es
asesor principal y coordinador para Cuba, este es un copresidente; el otro
copresidente es el director de la Oficina de Asuntos Cubanos del
Departamento de Estado, un caballero que en estas mesas es mencionado de
tiempo en tiempo, porque siempre aparece por algún motivo; los otros dos
copresidentes, un asesor especial de la AID y el director del Buró de Cuba en
el Departamento de Estado, y forman el grupo de trabajo un representante
del Consejo Nacional de Seguridad (National Security Council), uno del
Departamento de Comercio de la Oficina de Control de Política Exterior y
uno del Departamento del Tesoro de la Oficina de Control de Activos
Extranjeros, la que aplica el bloqueo, así como representantes de varias
oficinas del Departamento de Estado. Qué cosa más oficial y más
centralizadamente oficial, desde la decisión de a quién le dan estos fondos o
estos recursos, hasta cómo se ejecutan, cómo se aplican. En este documento
(lo muestra), por cierto, ellos señalan la necesidad de ser de aquí en adelante
más cuidadosos en la divulgación de lo que hacen, me imagino que para
evitar que hagamos lo que estamos haciendo ahora. Hay que suponer que
van a hacer mucho más y cada vez se va a saber menos, y hay que también
subrayar esto que dicen al principio: “Todo esto es solo una pequeña parte
de lo que hace el gobierno de Estados Unidos en relación con Cuba”, todo
esto no es más que una pequeña parte, lo cual es cierto. Imagínense ustedes
cuando se haga público un informe de la CIA evaluando lo que están
gastando ahora, pero habrá que esperar, como pasó con el de Kirkpatrick, 27
años; dentro de 27 años a lo mejor sabemos de muchísimas más cosas que
las que ahora podemos comprender.
En la medida en que la Revolución se consolidó, en la medida en que se
desarrolló, e incluso ahora que constituimos, porque la historia lo ha querido
así, un ejemplo, un punto de referencia, precisamente, de una posibilidad de
otro mundo, como decían en Porto Alegre, la posibilidad de que otro mundo
se pueda realizar, otro mundo en que la gente se autogobierne, en que el
gobierno sea para el pueblo, precisamente en la medida en que ellos ven eso,
lo que hacen es intensificar estas acciones.
Aquí he presentado documentos oficiales que existen ahora. En estos
momentos el señor Helms y algunos de estos legisladores, que dicen que
tienen origen cubano, están hablando de intensificar estos programas, y
están hablando de decenas de millones de dólares anualmente para eso, para
tratar de buscar apátridas, para tratar de sobornar gente, para tratar de
socavar a la sociedad cubana, creando una supuesta oposición, no para que
haya democracia en Cuba, sino precisamente para liquidar la democracia en
Cuba, para poner fin a la independencia cubana y a la sociedad que los
cubanos nos hemos dado.
[…]
UN FRANKESTEIN SIN PADRE NI MADRE

Fragmentos en el VI Congreso de la Unión Nacional de Escritores


y Artistas de Cuba (UNEAC), La Habana, 7 de noviembre de 1998

[…]
A mí me parece que es cierto que tarde o temprano tendrá que terminar el
bloqueo, no sé cuán tarde se alcanzaría realmente un restablecimiento de
relaciones entre ambos países; sí creo que es importante que tengamos claro
dos cosas: la contradicción fundamental de la nación cubana con el
imperialismo norteamericano no va a desaparecer temprano, por supuesto
que no, cuán tarde no tengo la menor idea, tendría que cambiar mucho
Estados Unidos antes que se pudiera llegar a una relación respetuosa de
nuestra independencia, pues a lo largo de toda la historia ese ha sido
justamente el problema de la nación cubana; la otra cosa que me parece, es
importante tener en cuenta es que si ese bloqueo se hace cada vez más
insostenible es por dos razones fundamentales: en primer lugar la unidad y
la resistencia de los cubanos y en segundo lugar la solidaridad internacional.
[…] se nota en los últimos tiempos entre amigos, entre gente solidaria
con Cuba, algunos elementos de confusión, que requieren esclarecimiento.
Hay una cierta idea de que el bloqueo se está acabando, de que está
cambiando la política norteamericana, una sensación de optimismo
desmedido que tendría como efecto bajar la guardia en el movimiento de
solidaridad e internamente tendría el efecto de aflojar nuestra unidad o
nuestro espíritu de resistencia, y ambas cosas tenemos que cuidarlas, porque
son precisamente lo que va a garantizar que un día tengan que levantar el
bloqueo y que algún día más tarde tengan que empezar a respetarnos y a
tratarnos como iguales.
En la reunión de la Comisión de ayer, discutíamos algo y se emitió una
declaración pública buscando solidaridad, comprensión de otros
parlamentos, que se relaciona con los medios, con la globalización de la
información, de las comunicaciones. En esa globalización de la información,
ese fenómeno de mundialización de las comunicaciones, una parte muy
importante es globalizar la incomunicación, es globalizar el silencio, es
globalizar la manipulación de la información; no todo es que en cualquier
momento alguien puede saber lo que está pasando en cualquier parte del
mundo. Les voy a poner un ejemplo concreto: ya llevamos 17 días un
montón de gente en este planeta tratando de conocer lo que aprobó el
Congreso norteamericano y suscribió el Presidente de Estados Unidos el 21
de octubre. Compañeros, estoy hablando de la Ley del Presupuesto de los
Estados Unidos.
Cada vez que nosotros tenemos que hablar con un parlamentario
extranjero, con un burgués, cuando nos visita tenemos que explicar cómo
funciona el parlamento cubano, cuáles son sus atribuciones, y siempre viene
la misma pregunta, ¿quién adopta el presupuesto? Porque se imaginan que
en nuestra sociedad no hay la reflexión colectiva, la discusión colectiva y las
instituciones funcionan como hacen creer al mundo que funciona el
socialismo.
Ayer mismo, conversando con un parlamentario amigo, pero
ideológicamente nada cercano, me hizo la misma pregunta y yo se la
respondí y le expliqué «sí efectivamente, ahora en diciembre tendremos que
examinar el presupuesto y el plan de la economía como hacemos siempre».
Entonces le dije: «Por cierto, ¿tú estás al tanto de cómo se aprobó el
presupuesto que está rigiendo ahora en Estados Unidos, tú has averiguado
cuántas cosas en esa ley afectan a tu país?», por supuesto, no tenía la menor
idea.
¿Qué hemos hecho?, recurrir a Internet, la famosa Internet. Invito a
cualquiera que trate de encontrar en Internet ese documento. No pasa de la
página 500, lo que se puede acceder. El documento, según se sabe, se le
describe más bien gráficamente: se sabe que tiene unas 17 pulgadas de
espesor, se sabe que lo forman más de 4000 páginas, se le calcula un peso
superior a las 40 libras. Pero yo puedo asegurar que no aparece en Internet
—veo a Rosa Elena por aquí, ella es una mujer optimista y ayer me decía
que de hoy a mañana, que a lo mejor—, pero todavía sigue sin aparecer. No
está en la Biblioteca del Congreso, no lo tiene el Servicio de Investigaciones
del Congreso, los compañeros nuestros en Washington, nuestros abogados,
han estado tratando de encontrarlo, y se les ocurrió una idea brillante, vamos
a pedírselo a los congresistas; hasta la mañana de hoy nuestros compañeros
no han podido encontrar a una sola oficina de un senador o un representante
norteamericano que conozca la ley, que es ley desde el pasado 21 de
octubre. Posteriormente se afirmó que el texto completo de la Ley no será
publicado oficialmente.
¿Tienen ellos que responder al mundo de cómo se aprueban sus
presupuestos, tienen realmente que hacer ese esfuerzo? Yo creo que no,
porque se mete en el subconsciente de la gente, se ha ido creando una visión
de que esa es la democracia, el debate, la discusión abierta, la transparencia.
Ninguna agencia de prensa se ha tomado el trabajo de comentar este asunto.
No lo he visto en ningún periódico de Estados Unidos ni de otra parte. Sí
han salido algunas cosas, sí, se han filtrado algunas cosas, porque hay
alguna gente que habla.
Les voy a citar a tres legisladores norteamericanos; uno muy
conservador, uno muy liberal y uno muy moderado.
Tom Harkin, famoso senador liberal de Iowa: dijo que eso era una
vergüenza, «hemos aprobado una ley que nadie conoce». Ese es Harkin que
es un hombre liberal. Rod Gram, archiconocido de la derecha republicana,
se sintió ofendido: «Nos han tratado, nos han convertido en un cuño que
sella un documento que aprobó una minoría a ocultas, sin contar con
nosotros y que asume nuestra representación». Y el veterano senador Byrd,
dijo que esto era «… vergonzoso. Aquí se ha aprobado un Frankestein sin
padre ni madre».
Se sabe, se ha podido encontrar en las 500 páginas disponibles, que con
ese presupuesto incrementan los gastos militares y de inteligencia a cifras no
alcanzadas en la última década; después de la guerra fría, después que se
supone que terminó la confrontación ideológica, sin embargo le van a
dedicar más recursos a eso que lo que le dedicaban cuando todavía existía la
Unión Soviética. Se sabe que el documento contiene una diversidad de
materias, incluyendo el reforzamiento militar, pero también un proyecto
para estudiar la conducta de los grillos en el estado de Alaska; nuevas
regulaciones para la caza de patos en el estado de Mississippi; y un plan
para suministrar condones a los empleados federales, entre otras cosas, y a
medida que se vaya sabiendo se sabrá quien sabe cuántas cosas más.
Hay además sanciones contra Rusia, China, Ucrania, India, Pakistán, las
repúblicas de la antigua URSS, Irán, la República Democrática del Congo,
Yugoslavia y muchos otros países y establecen un programa específico de
propaganda radial y televisiva para socavar a los países africanos: 48 países,
de los 54 que forman ese continente, no son «democráticos», según la ley y
contra ellos promoverán la subversión.
Pero contiene además, hasta donde hemos logrado averiguar, un grupo
de enmiendas que significan el reforzamiento del bloqueo contra Cuba. Y
esto es algo muy interesante, porque desde el mes de mayo del año 1997 la
República de Cuba estaba denunciando esas enmiendas, y nos pasó lo
mismo […] no nos encontramos una sola persona que estuviera al tanto de
eso, porque no lo encontraban en la televisión, en los servicios
cablegráficos, ni en la gran prensa, que se supone que globaliza la
información, que le permite al hombre saber todo lo que está pasando en el
mundo al mismo tiempo.
Recuerdo que en una conferencia de prensa aquí, una periodista
británica me dijo: «Pero ustedes ¿no se están precipitando?, porque después
de todo esas enmiendas nada más las ha aprobado una comisión
congresional».
Le puedo responder ahora que, aquellos textos que denunciamos, hoy
son parte de una ley que permanece oculta, que no se discutió, que no tienen
los legisladores; pero que, en parte, hemos encontrado.
Sobre qué contiene la ley, ya expliqué algo. Acerca del modo de
aprobarla, referí la protesta de algunos senadores. El procedimiento fue el
siguiente: un grupo reducido negoció con la Casa Blanca, pactaron el nivel
de gastos, lo pusieron dentro de una ley, porque tiene que ser por ley,
llevaron esa ley al pleno de la Cámara y al pleno del Senado con los
siguientes requisitos «no puede ser enmendada, no puede ser discutida —
por eso se quejan esos senadores—, hay que adoptarla globalmente» —
estamos en la globalización— hay que adoptarla de un golpe, completa, sin
cambios, la toma o la deja; y había que hacerlo porque sino hubieran
cerrado el gobierno y ambas partes querían evitar una crisis como la que
hubo el año pasado en vísperas de las elecciones, llena de inculpaciones
mutuas; mejor vamos a pactar esto, y entonces llegó un señor en aquel
conciliábulo y metió sus grillos y el otro metió la caza de patos, el otro
metió la distribución de los condones, y los fascistas metieron todas aquellas
propuestas contra nuestros país; y nadie sabe y nadie puede saber en este
siglo de la explosión informática y de las comunicaciones todavía, qué más
contiene esa ley.
Veamos muy rápidamente lo que se refiere a Cuba: en mayo del 97 se
anunció con bombo y platillo que Europa y Estados Unidos habían llegado a
un acuerdo llamado «Entendimiento» sobre la ley Helms-Burton —es parte
de esa sensación optimista que se disemina por el mundo—. ¿En qué
consistía el entendimiento? Esencialmente, Europa suspendía su demanda
ante la OMC contra la ley Helms-Burton, y Estados Unidos suspendería la
aplicación del Título IV de esa ley, que se refiere exclusivamente a la
cuestión de negarle visado para ir a Estados Unidos a los que inviertan en
Cuba.
¿Qué denunció Cuba entonces? —que hasta ahora no han dado ningún
paso con el Congreso para que modifique la ley en ese sentido—, y
denunciamos que además a alguien se le había ocurrido presentar un texto
deliberadamente dirigido hacia lo contrario, no solamente no suspender ese
Título, sino reforzarlo. Bueno, pues esa es una de las enmiendas que
firmaron el 21 de octubre. Y una cosa curiosa, esa enmienda obliga al
gobierno norteamericano a quien no le dan la suspensión del Título, sino
que lo obligan a que informe detalladamente de cómo lo está aplicando, —
qué casos están analizando para impedirle la entrada a Estados Unidos, a
cuántos les han dicho que no y a quién le han dado la visa y por qué—, y
tienen que presentar su primer informe, dice el texto, a los 30 días de
promulgada esta ley. Si mi cuenta no me falla, ya han decursado unos 17, se
está acercando el momento que tienen que hacer el informe, me imagino que
haya unos cuantos burócratas redactándolo y sin embargo la ley todavía no
está para el acceso de nadie. El colmo de la violación de aquel
«Entendimiento» es que, además de reforzar la aplicación del Título IV,
incluyeron otra sección para negarle la visa a cualquiera involucrado en
litigios de propiedad aunque no tengan relación con Cuba.
Hay por supuesto la continuación del financiamiento para la propaganda
contra Cuba, televisión, radio, etc.; hay la prohibición de darle ayuda
financiera a cualquier país que coopere con Cuba; hay otras en esta misma
dirección… hay una muy interesante, que hace tomar partido al gobierno del
lado de los llamados expropiados. Hay una compañía que tiene un pleito en
Estados Unidos ante un tribunal con una empresa europea que invierte en
Cuba, que colabora con nosotros, que tiene una inversión conjunta en Cuba.
Bueno ya por ley del Congreso la demanda se perdería, la razón la tendría
siempre el «expropiado» norteamericano y no se podría admitir ninguna
reclamación de una empresa extranjera que esté invirtiendo en Cuba en esas
condiciones, es decir, que a todos los efectos prácticos se viola el principio
de la separación de poderes y el Congreso se convierte en juez. Esta
arbitrariedad, según la ley, pudiera extenderse a otros casos no relacionados
con Cuba.
Y la tercera, que tiene que ver con el famoso Carril II, el financiamiento
a los grupúsculos contrarrevolucionarios en nuestro país. El Carril II no es
una amenaza potencial, no es algo que tendríamos que enfrentar si un día se
levanta el bloqueo. El Carril II es un término, viene de la Ley Torricelli del
año 92, que dice en un texto legislativo lo que estaban haciendo desde el año
59. Recordemos que hace algunos meses se publicó un informe del
inspector general de la CIA sobre la operación de Playa Girón, y donde ahí se
expone, aparte del desastre organizativo, los problemas que hubo con la
invasión del lado de ellos, se expone los que ellos llamaban el «Proyecto
Cuba», en el tercer párrafo del informe dice que los objetivos que tenía
desde la primavera de 1959, el gobierno de los Estados Unidos, eran
organizar dentro de Cuba una oposición a la Revolución y organizar fuera
de Cuba un exilio opuesto a la Revolución. ¿No han estado haciendo eso
desde la primavera del 59 hasta el día de hoy? De manera que la idea de
disolver por dentro el espíritu revolucionario, diluir el espíritu patriótico,
dividirnos, confundirnos, para combinado con la agresión externa,
económica o de otro tipo, derrocar la Revolución, ha sido la constante de la
política norteamericana; lo que ahora, además, lo expresan legislativamente,
ese es el Carril II de la Ley Torricelli.
Pero el pasado 21 de octubre, ese ilustre Congreso democrático y ese
superdemocrático Gobierno dieron un paso más allá, establecieron que para
esos fines en este presupuesto que ellos aprobaron el Gobierno tiene que
gastar «por los menos 2 millones de dólares». ¿Cuándo ellos han podido
presentar una propuesta presupuestaria en que se les autorice a gastar «por
los menos» algo? La esencia de la acción legislativa en todas partes, en
Estados Unidos también, en esta ley también, es poner límites: Ud. puede
gastar hasta aquí. Pero, es tan ilegal, tan ilegítima, tan contraria a toda
norma y a todo principio, asumir públicamente que se está organizando y se
quiere organizar la subversión contra otro, que también pueden negar la
práctica parlamentaria más elemental, no le ponen un tope, «por lo menos 2
millones», pueden ser 4, 5, 100, 1000, lo que sea, es un cheque en blanco
para promover la subversión, para financiar, para dar apoyo material y
financiero a cuanto antipatriota ellos puedan sobornar en este país.
Dicho sea de paso, si algo parecido hiciera un ciudadano
norteamericano, según la Ley de Control de Activos Extranjeros, y recibiera
de Cuba dinero o una máquina de escribir o un pedazo de papel o un lápiz,
pudiera pasarse una temporada de hasta diez años en la cárcel y pagar una
multa de 250 mil dólares, independientemente de que con la Ley
Helms-Burton, además de eso, el Secretario del Tesoro le puede poner una
multa de 50 mil dólares, independientemente de que el tribunal lo sancione
o no. Eso por la Ley de Control de Activos Extranjeros para Cuba, que es la
base del bloqueo, la que existe desde los años 60. Si le aplicaran, además, la
Ley de Registros de Agentes Extranjeros, la privación de libertad puede ser
hasta de 5 años más y la multa de otros 10 mil dólares. Si le agregaran la
Ley Logan, estoy hablando de tres de la docena de leyes vigentes hoy en
Estados Unidos que regulan materia semejante, la Ley Logan significaría
otros 3 años de cárcel y también alguna multa.
Pero ahora, además, este absurdo, esta irracionalidad, la extienden hasta
la técnica legislativa, «por lo menos 2 millones», o sea, cualquier cosa, para
tratar, en su empeño desesperado, de destruir la Revolución Cubana, […]
quería en este momento llamar la atención de ustedes sobre el contexto
complejo en que se desenvuelve nuestra lucha, que requiere, entre otras
cosas, que nosotros tratemos de estudiar, analizar, desentrañar el sentido de
la información que fluye por el planeta, tratemos de comprender, de
entender, el mundo real que nos rodea. También yo diría que sigamos el
ejemplo del compañero Fidel. Lo ha demostrado con creces con su análisis
riguroso de la situación internacional, de la crisis económica, de lo que
viene en el mundo. Eso es resultado de mucho esfuerzo intelectual, de
mucho estudio, de mucha lectura, de seguir apasionadamente los problemas
del mundo de hoy. Que también busquemos apasionadamente la
información en un mundo, en que, repito, parte de la globalización es
globalizar la desinformación, la censura, el silencio. Eso junto con todas las
cosas que ustedes están elaborando en este Congreso, debe formar parte de
lo que ya se ha llamado Carril III, que en definitiva si volvemos a los
orígenes nos coloca hoy frente aquel dilema que para Céspedes resumía la
lucha de la Patria: «allá el agio, la ignominia, la noche; acá la razón, la
verdad, la luz». Armar nuestra razón, estructurarla, articularla, promover
nuestra verdad y arrojar nuestra luz, es la tarea principal de todos los
intelectuales, de todos los patriotas, de todos los cubanos revolucionarios.
ELECCIONES SIN ELECTORES

Artículo publicado en el periódico Granma, La Habana, 11 de


septiembre de 1998

La oficina del Censo de Estados Unidos publicó el 17 de agosto un estudio


sobre las elecciones presidenciales de 1996, según el cual el número de
personas que votaron fue el más bajo desde que en ese país se registra ese
dato.
Eso no es noticia. Se sabía ya que para esas elecciones había disminuido
significativamente la cantidad de ciudadanos inscritos en los registros
electorales y que una gran parte de ellos se abstuvieron de concurrir a las
urnas. En resumen, los candidatos triunfadores recibieron menos de la mitad
de los sufragios de los que votaron y estos fueron alrededor de la mitad de
las personas que hubieran podido votar.
Lo novedoso del estudio son las razones aducidas para no votar. Junto a
los millones de personas que sencillamente dijeron que no les interesaban
las elecciones o que no les gustaban los candidatos, aparece otra motivación
que de acuerdo con la investigación puede llegar, incluso, a ser la principal.
Ella afecta exclusivamente a los trabajadores: los patronos no los
autorizan a ausentarse del empleo para ir a votar o no tienen medios para
transportarse al lugar de la votación. Este factor, no sólo dificulta a muchos
electores poder votar sino que también impide a muchos ciudadanos realizar
los trámites previos para inscribirse en los registros electorales y adquirir la
condición de elector.
Porque tanto la inscripción como la votación tienen lugar en días y
horarios laborales. A diferencia de los demás países, las elecciones en
Estados Unidos se realizan un día martes y ese es un día de trabajo como
otro cualquiera.
En todo el planeta, hasta en los propios Estados Unidos, son muchos los
que señalan como uno de los defectos más evidentes en el sistema político
de ese país, la muy escasa y cada vez menor participación de la gente en sus
procesos electorales. Quienes no parecen verlo como algo negativo y no
hacen nada para cambiar la situación, son los políticos norteamericanos.
En ello no hay la menor contradicción. El sistema yanki está concebido
precisamente para evitar la participación real de la gente en el Gobierno. No
le interesa que el pueblo sea elector ni que concurra a votar. Si les hubiera
interesado habrían declarado feriado el día de las elecciones y establecido la
inscripción automática de los ciudadanos al arribar a la edad electoral como
es en Cuba y en otras partes. Los problemas que enfrentan los negros, los
latinos y lo pobres para tratar de ejercer allá sus derechos han sido
numerosos y grandes. Algunos han pagado con sus vidas. En días recientes
fue sometido a la justicia un ex Mago «Imperial» del KuKuxKlan que hace
más de treinta años dirigió el asesinato de un activista negro que promovía
la inscripción de electores en el racista estado de Mississipi.
Hay otro dato cargado de sugerencias en el estudio de la Oficina del
Censo. En las elecciones de 1996, cuando menos personas fueron a votar, el
número de los que practicaron lo que ellos denominan el «voto ausente»
aumentó tanto que duplicó el de las elecciones anteriores y llegó
nacionalmente hasta el 8% del total. Ocurre que el «voto ausente» no es
secreto por la sencilla razón que quien deposita la boleta no es el elector
sino otra persona, un agente pagado por las maquinarias politiqueras, que
«testifica» cuál era la «intención» del «elector»(los cubanos de más edad
recuerdan al personaje: en la Cuba anterior a la Revolución aquí le llamaban
«sargento político»).
A veces el «voto ausente» lo «ejercen» las personas sin saberlo. Hace ya
varios meses estalló un gran escándalo en Miami cuando se descubrió que
algunas personas que no querían, ni pensaban votar, o ni siquiera vivían en
Miami, habían, sin embargo, «votado» en ausencia. También se supo
entonces, que además, otras boletas de votación se compraron por diez
dólares o por un plato de comida.
Pero aquel escándalo parece casi una bobería comparado con lo que se
sabría después. El 19 de agosto, por ejemplo, el Miami Herald publicó datos
suministrados por la Secretaría de Estado de la Florida que revelan que entre
los electores de ese estado aparecieron 50 mil delincuentes encarcelados y
17 mil personas fallecidas. ¿Será por eso que ese diario dedica la misma
sección a las noticias sobre la politiquería local y a las informaciones sobre
quiénes fallecieron la víspera engrosando así las filas de los disponibles para
el «voto ausente»?
En el mismo artículo, el Herald agrega otro detalle: también hay 47 mil
personas —vivas y en libertad— que están inscritas como electores en más
de un distrito y por lo tanto pueden votar más de una vez.
¿Ha ido sumando el lector? ¿Cuál es el por ciento real de personas que
ejercieron el voto libre y secreto verdaderamente?
El fraude y la corrupción, por supuesto, no son exclusivos de la Florida.
El sistema que lo sustenta rige en todo el territorio norteamericano. El diario
miamense, quizás para demostrar que esos vicios no imperan sólo allí, ha
publicado informaciones sobre incidentes parecidos en otros estados,
ocurridos ahora y a lo largo de la historia de la «democracia»
norteamericana.
¿Qué tiene que ver todo esto con «el gobierno del pueblo, por el pueblo
y para el pueblo»? Es exactamente la negación de lo que afirmara Lincoln
en su famosa frase.
El mismo sistema que hace extraordinariamente difícil a los trabajadores
realizar los trámites para convertirse en electores y multiplica los obstáculos
a quienes quieran ir a las urnas, pone a «votar» a los delincuentes convictos,
a los muertos, a los que no quisieron votar y permite a otros hacerlo varias
veces.
En la llamada democracia representativa, el modelo que Washington
busca imponer por todas partes como única forma posible de gobierno, el
papel del ciudadano se limita, exclusivamente, a votar el día de las
elecciones por candidatos que él no pudo proponer, ni sabe de donde
salieron y a veces ni siquiera conoce. El papel del ciudadano queda reducido
a votar o no por quienes fueron seleccionados por los grandes intereses o las
maquinarias electoreras. Los elegidos a partir de ahí, se supone,
«representan» a los ciudadanos y actúan en su nombre pero deciden
cualquier cosa sin rendir cuenta a los electores ni volverlos a ver.
Por eso, la coletilla con que bautizan a la democracia: «representativa».
Ese es el límite infranqueable, la frontera celosamente custodiada para que
nadie la cruce. Los trabajadores, el pueblo, no tienen nada más que hacer,
con relación al gobierno de la sociedad, el resto de los días del año o todos
los días de los años sin elecciones. Para eso están los «representantes», los
que ganaron las elecciones.
Como la gente se va dando cuenta de esa realidad, crece sin parar el
número de los que voluntaria y conscientemente le dan la espalda a la farsa
y no participan en ella.
Por otra parte, como el sistema ha sido concebido para mantener a la
mayoría bajo el dominio de sus explotadores, tiene buen cuidado en poner
cuantas trabas pueda imaginar para que los trabajadores no voten. Excluye
así el riesgo de que vayan a elegir a alguien que verdaderamente represente
sus intereses y aspiraciones.
La combinación de ambos factores conduce, inevitablemente, a que la
mayor parte del pueblo sea el gran ausente en tales elecciones y que la
situación se agrave cada año. ¿Qué hacer, entonces, para salvar una farsa sin
pueblo?
Como el sistema es esencialmente ficticio, sólo puede recurrir al
incremento de la ficción, inflando el globo «democrático», introduciendo
dentro de él, en los resultados electorales, mayor corrupción y más votos
falsos, comprados o inventados, de gente que no votó o de personas que no
existen.
Poco importa. Después de todo, ese sistema, digan lo que digan, nunca
ha representado a la gente. Ni quiere ni puede hacerlo. La «democracia
representativa» deviene así en una insólita representación teatral, tan mala
que el público no asiste a su puesta en escena. El empresario, entonces,
inventa el público y gracias a una buena publicidad hace creer que el teatro
estuvo sólo medio vacío.
Hay algo que choca especialmente al conocer estas revelaciones. Desde
los tiempos más remotos, el hombre ha rendido culto a sus muertos, o los ha
dejado descansar en paz. En Estados Unidos durante muchos años, ha
habido gente humilde añorando ejercer sus derechos. Pasaron toda la vida
sin lograrlo. Fue la muerte la que, a algunos al menos, los convirtió,
finalmente, en «electores». Pero los obligaron a «votar» diferente a como
ellos hubieran querido.
Porque allá no se respetan los derechos civiles y políticos de la mayoría.
Y tampoco se respeta a los muertos.
LO QUE EL CENSO SE LLEVÓ

Artículo publicado en el periódico Granma, La Habana, 13 de


octubre de 1998

En el año 2000 se realizará otro Censo de población en Estados Unidos.


Hacen uno cada diez años porque así lo dispone la Constitución. Siendo
algo tan normal y repetido no debería causar mayores contratiempos ni ser
objeto de polémica.
El próximo, sin embargo, ha provocado enfrentamientos entre los
políticos y un pleito ante la justicia federal.
El problema, según reconocen todos los diarios que se ocuparon del
tema, es que los censos de población allá efectuados, adolecen de serias
deficiencias y éstas se agudizan de decenio en decenio. En resumen, las
cifras oficiales no reflejan la realidad, millones de norteamericanos
sencillamente no son contados y se ahonda la brecha entre la población real
y lo que dicen los resultados censales. El asunto ha sido examinado por los
estudiosos, incluyendo la Academia de Ciencias, quienes coinciden en su
gravedad a partir de los errores encontrados en el Censo de 1990.
¿Cuántos son los norteamericanos que faltan? Es comprensible que
sobre esto no haya una idea definitiva. Nadie puede saber exactamente
cuantos faltan precisamente porque nadie los ha contado.
Pero es posible hacer cálculos basados incluso en la observación visual.
Puede suponerse, por ejemplo, que la aglomeración de gente humilde en
arrabales inhóspitos que no cesan de crecer debería plasmarse en números
superiores a los que indica el Censo. Basta asomarse a la ventana para ver
también como se multiplican las personas que acampan en cualquier lugar,
incluyendo las aceras por donde han debido desplazarse los enumeradores.
Según el Washington Post los «desaparecidos» en el Censo de 1990
oscilan entre 10 y 15 millones de norteamericanos. Otros diarios hacen
cálculos más conservadores, pero reconocen que en todo caso son más de 8
millones.
Cualquiera de esas cifras, incluso la más prudente, es superior al total de
la población de la mayoría de los estados que integran la Unión. Sólo ocho
estados tienen más habitantes.
¿Quiénes son los que no fueron contados?
Al respecto nadie tiene la menor duda. Todos los diarios
norteamericanos apuntan en la misma dirección. Leer el Washington Post o
el Washington Times, el New York Times o el Chicago Tribune o cualquier
otro periódico conduce a igual resultado: son «negros, latinos, aborígenes,
jóvenes, inmigrantes, pobres de la ciudad y del campo, pobladores de
arrabales o homeless y la masa creciente de personas que no hablan inglés».
En esos sectores de la sociedad norteamericana hay desde luego, más
personas que los millones no contados por los funcionarios del Censo. En
Estados Unidos hay muchos más negros, más latinos, más pobres. Y
aumentan no sólo por razones demográficas, sino sobre todo como
consecuencia del neoliberalismo que allá, como en todas partes, hace cada
vez más ricos a los ricos y más pobres, y cada vez mucho más numerosos, a
los pobres. Tiene razón el New York Times cuando prevé, en su editorial de
agosto 25, que el problema «será más acentuado en el próximo Censo».
¿Adónde nos conduce esta información?
Hay un par de conclusiones importantes sobre la verdadera naturaleza
del sistema yanki. La primera y más obvia es que sus resultados electorales
son falsos. Todos sabemos que en las «elecciones» de allá votan cada vez
menos personas. En los más recientes comicios generales, en 1996, según
los datos oficiales, votaron «casi» la mitad de los electores. Esa proporción,
notablemente baja y siempre decreciente, dice mucho acerca de los
problemas que aquejan a esa sociedad.
En un artículo publicado en Granma el 11 de septiembre («Elecciones
sin electores»), expliqué que esa «mitad» de los electores se nutre con
«votos falsos, comprados o inventados, de gente que no votó o de personas
que no existen».
La situación, sin embargo, es peor. Hay además un fraude estadístico.
Cuando allá hablan del 50 por ciento de electores se están refiriendo a la
mitad de un total que saben que es falso, que ha sido reducido
arbitrariamente.
Porque Estados Unidos tiene más habitantes, varios millones más, que la
cifra utilizada para calcular sus electores. En otras palabras, puesto que la
población norteamericana es significativamente mayor, el porcentaje de ella
que no votó también lo es.
Hay otro aspecto también revelador. Hacer un censo cada diez años tiene
por objeto, según la Constitución, establecer la base para la distribución de
los representantes a elegir por cada distrito electoral. La Cámara
norteamericana, desde 1910, la integra una cantidad fija de representantes
que son 435, ni más ni menos. Esta cifra no puede aumentar ni disminuir. Es
necesario, por tanto, redistribuir periódicamente la cuota de representación
por distritos según las fluctuaciones demográficas. Debería ser así, al
menos, en teoría. En la práctica el asunto se convierte en motivo de pelea
entre los políticos norteamericanos en la que ganan quienes controlan el
Congreso.
Y he aquí que el Censo de 1990, el mismo que dejó de contar varios
millones, presenta otro curioso error. Resulta que, según él, otros varios
millones fueron contados dos veces.
Aquí, otra vez, hay diferencias en los análisis periodísticos. Nuevamente
el Washington Post da una cifra más alta, calcula entre 6 y 9 millones la
cantidad de personas que fueron contadas más de una vez. Otros diarios
consideran que no fueron tantos pero todos señalan que por lo menos
superaron los 4 millones. Ninguno encontró, desde luego, entre estos
«aparecidos», los que son contados doble, a negros, latinos o gente pobre.
Como resultado de estos «errores» los distritos pobres están sub
representados, mientras otros, donde predominan personas de altos ingresos,
gozan de sobre representación. Todo ello en nombre de la «democracia
representativa» que hace desaparecer de las estadísticas a millones de
personas y las convierte en un «cero a la izquierda».
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE UNIÓN Y
DEMOCRACIA ANTE LA DICTADURA GLOBALIZADA

Intervención en la VIII Conferencia Centroamericana de Partidos


Políticos, Santo Domingo, República Dominicana, 19, 20 y 21 de
agosto de 1999

La unidad entre nuestros pueblos ha sido una aspiración permanente que


extiende sus raíces en lo más profundo de la historia común. Nuestros
próceres abogaron por ella y soñaron convertirla en realidad. Carecemos de
un pasado de odios nacionales, no conocimos guerras étnicas o religiosas,
jamás la bandera de un Estado caribeño o centroamericano se levantó
opresora sobre tierra de otros. Extrañas a nuestra tradición las apetencias
dominadoras, fuimos, por el contrario, víctimas de la ambición ajena.
Nuestra comarca, presa de la codicia y el saqueo, sirvió sin quererlo de
escenario para las guerras de distantes potencias, fue la frontera donde
chocaron todos los imperios y nacimos del dolor, la lucha y la esperanza
admirablemente descritos por Juan Bosch en un libro imprescindible.
Aquellas potencias constituyen hoy un solo mercado, tienen una moneda
común y un parlamento y estructuras de gobierno supranacionales. Los
ejércitos que durante siglos se habían combatido, atacan ahora bajo las
órdenes de un mismo general.
Acá, sin embargo, compartiendo historia, cultura, problemas y
aspiraciones, seguimos clamando por la unión que nunca llega. Luchar por
ella, avanzar hasta ese horizonte y alcanzar la tierra prometida de Bolívar,
Martí, Morazán y tantos otros es y seguirá siendo el mayor deber de quienes
desempeñen alguna responsabilidad pública.
Este encuentro contribuirá a ese propósito si sirve para evaluar los
desafíos del presente como fundamento necesario para que la voluntad
unitaria se concrete y materialice.
Vivimos en un mundo donde impera lo que se ha dado en llamar la
globalización neoliberal. El fenómeno en su dimensión económica y sus
consecuencias para las sociedades y la cultura ha sido objeto de numerosas
reflexiones y concita, naturalmente, creciente preocupación en el Tercer
Mundo y también en amplios sectores de los países desarrollados. En una
reunión como ésta, debemos prestar particular atención a su significado en
el plano político, específicamente para el desarrollo de la democracia en su
sentido nacional y en cuanto a las relaciones entre los estados.
Son tantos y tan vertiginosos los cambios en el plano tecnológico,
especialmente en la comunicación y la información, que, a veces, encubren
las modificaciones no menos drásticas de la organización política del
mundo.
Durante cuatro décadas el planeta vivió la llamada «guerra fría», el
enfrentamiento de dos bloques de naciones agrupadas unas en la OTAN y
otras en el Tratado de Varsovia. Se temía un conflicto militar entre ambos
que nunca ocurrió. Hace ya diez años fue disuelto el bloque del Este. Pero la
OTAN lejos de disolverse, aumenta su fuerza, se arroga nuevas funciones más
allá de su espacio geográfico original y crece hoy hasta incluir al país cuya
capital es, precisamente, Varsovia.
Aquel temido conflicto bélico nunca salió del congelador. Pero este año,
finalmente, dos lustros después de terminada la «guerra fría», la OTAN
estrenó sus armas en una acción militar dirigida contra el país que había
concebido el no alineamiento y la equidistancia entre los dos bloques de
antaño.
Fue la primera guerra europea después de la segunda conflagración
mundial, la primera en que los atacantes no sufrieron bajas, en que la
decisión de combatir la tomó un comando supranacional, sin que la guerra
fuese declarada formalmente por los gobiernos o rubricada, también
formalmente, por los parlamentos, la primera en que los ejércitos rivales
nunca se vieron el rostro. Casi hubiera quedado en el reino de la realidad
virtual si no fuera por los miles de civiles asesinados o mutilados y sus
hospitales, escuelas, fábricas, puentes, viviendas, acueductos y plantas
eléctricas destruidos por armas dotadas de mortífera y extraña inteligencia.
Entre las víctimas de esa guerra está la Organización de Naciones
Unidas. Sumidos en parálisis total el Consejo de Seguridad y la Asamblea
General, los diplomáticos tuvieron tiempo sobrado para seguir por la CNN
las piruetas de la cohetería y las de los voceros de la OTAN y del Pentágono
que cada mañana, durante setenta días, hacían polvo de la Carta de San
Francisco.
En unos pocos años se había roto el precario equilibrio surgido después
de la Segunda Guerra Mundial y el sistema de relaciones internacionales,
sus normas y procedimientos, han sido alterados radicalmente sin discutirlo
con nadie. El orden antes prevaleciente estaba lejos de responder, en la
práctica, a las aspiraciones de independencia y desarrollo de nuestras
naciones. Pero al menos teóricamente se fundaba en principios como el de la
igualdad soberana de los estados, la no intervención, la autodeterminación
de los pueblos, y el no uso de la fuerza y sobre esa base pudimos lograr la
aprobación de declaraciones y resoluciones que reconocían, en el plano
doctrinario, nuestros derechos. Ahora aquellos principios y estos conceptos
existen sólo en la medida que resulte conveniente al poder arbitrario que
decide, en las sombras, como interpretarlos y aplicarlos.
En la era de Internet y la comunicación instantánea se adoptan en secreto
las principales decisiones que afectan a todo el mundo. Son aprobadas,
incluso, ignorando las formalidades más elementales del gobierno
representativo sin que de ello parezcan percatarse los grandes medios
informativos que no cesan, sin embargo, de entonar loas a la supuesta
victoria final de la llamada «democracia occidental».
Pocas cosas enseñan la verdad del mundo de hoy como lo que ha estado
ocurriendo con el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI).
Desde mayo de 1995 se iniciaron negociaciones entre funcionarios de
los países más poderosos para redactarlo. Se reunieron en secreto, cada mes,
durante el resto de ese año y el siguiente y para enero de 1997 habían
convenido en lo fundamental y tenían escrito un texto de carácter
confidencial.
Sus términos no habían sido publicados en la gran prensa, ningún
parlamento los había examinado, ni orientado o supervisado la labor de los
negociadores, se trataba de uno de los secretos mejor guardado de la historia
a pesar de que es un asunto que concierne a todos los pobladores de la
Tierra.
En enero de 1997 una organización no gubernamental francesa lo
descubrió y comenzó a divulgarlo por circuitos de información alternativa.
Algunos políticos en Australia, en Canadá, en Francia, se quejaron de que
prácticamente se estuviese a punto de arribar a un Acuerdo de tanta
importancia sin que las instituciones representativas, encargadas de
autorizarlo según las diversas constituciones, se hubieran siquiera enterado
de lo que estaba ocurriendo.
De algún modo, la noticia llegó hasta una veintena de congresistas
norteamericanos que el 5 de noviembre de 1997 escribieron al presidente
Clinton solicitando información sobre el tema que supuestamente es
responsabilidad del Congreso. El 20 de enero del año siguiente recibieron
poco más que un acuse de recibo de un burócrata displicente. Hasta ahora el
parlamento más arrogante, el que se atribuye poderes omnímodos y se
presenta como símbolo de democracia, no ha dedicado una sola sesión a
discutir el Acuerdo Multilateral de Inversiones.
¿En qué consistiría el AMI? El Director General de la OMC lo ha
comparado con «la Constitución de una economía global única», nada más y
nada menos. El texto pactado en el mayor secreto aseguraría irrestricta
libertad de acción a las grandes corporaciones capitalistas en todo el mundo,
les otorgaría capacidad jurídica superior a la de los estados soberanos y
obligaría a estos a eliminar de sus legislaciones todo lo que contraviniera el
Acuerdo y a no legislar nada contrario a él en el futuro. Esto es en esencia,
resumidamente, entre otras consecuencias sumamente dañinas para los
derechos de las naciones, de los pueblos y del medio ambiente.
Lo que se fraguaba entonces —y sigue siendo todavía una amenaza real
— equivale de hecho a un golpe de Estado a escala planetaria. Para nada se
cuenta con los países del Tercer Mundo y otros estados que tienen en
conjunto la inmensa mayoría de la población mundial y no han intervenido
en las negociaciones. Para nada contaron tampoco con los ciudadanos ni con
la sociedad civil del puñado de países ricos cuyos misteriosos funcionarios
se han reunido en la sombra durante varios años y ni siquiera revelaron el
secreto a los flamantes parlamentos nacionales, ni a los gobiernos
provinciales o a otras autoridades electas de esos países.
En Estados Unidos, según se ha sabido después, funcionaba un consejo
asesor, al que consultaban los negociadores, integrado por las 500
corporaciones más poderosas: he ahí el verdadero parlamento yanki, el que
dirige y controla. El otro, el aparente, el que forman el Senado y la Cámara
de Representantes no tenía por qué reunirse si después de todo la mayoría de
sus miembros están a sueldo de esas grandes empresas.
Se ha dicho que aquellas negociaciones fueron interrumpidas tras
retirarse de ellas el Gobierno de Francia que apreció los peligros que el
Acuerdo plantea en la esfera de la cultura. Sin embargo, Estados Unidos y la
Unión Europea seguían refiriéndose al AMI después como algo que se
proponían aplicar pronto y además, sus promoventes tratan de impulsarlo
por otros medios como la llamada Asociación Económica Trasatlántica.
Un artículo publicado en junio de este año en Le Monde Diplomatique
denuncia que «la negociación avanza en la oscuridad total (…) para no
alertar a la opinión pública, y que todo esté listo antes de diciembre de
1999». Son «negociaciones conducidas en la sombra, sin ningún tipo de
control democrático» que buscan «poner en manos del capital todas las
actividades humanas sin restricciones ni trabas».
Nadie sabe cuantas otras cuestiones vitales para la humanidad están
siendo discutidas, ahora mismo, también a espaldas de los pueblos y sus
representantes.
¿Cuál es el papel real, hoy día, de las instituciones parlamentarias?
¿Cómo desempeñar su función en un mundo donde unos pocos deciden,
ignorando completamente a nuestros países?
Las diferencias ideológicas que pueden separarnos se vuelven
irrelevantes cuando otros hacen añicos las soberanías nacionales y
convierten en quimera la idea misma de la democracia. Si no fuésemos
capaces de detener esa amenaza, que a todos nos afecta por igual, ¿para qué
harían falta partidos políticos? ¿Cuál política si logra imponerse por todas
partes la dictadura del mercado? ¿Qué haremos los representantes de
pueblos enteramente marginados y excluidos del exclusivo club de un
puñado de opulentos mercaderes?
Exijamos el espacio que nos pertenece en la arena internacional y demos
a nuestro reclamo la energía indispensable que sólo encontraremos en la
acción concertada.
Definamos nuestra propia agenda y reafirmemos el compromiso de
apoyarnos mutuamente para promoverla. Para ella podemos demandar la
comprensión y el respaldo de los partidos, los pueblos y las instituciones del
resto del mundo porque esa agenda no estaría dirigida contra nadie ni
lesionaría los legítimos intereses de los demás.
Permítaseme mencionar lo que pudieran ser las grandes líneas de esa
agenda común:

Defensa del derecho internacional cuyos principios y normas,


plasmados en la Carta de la ONU mucho deben al pensamiento y la
cultura jurídica de América Latina. Defendamos por encima de todo el
pleno respeto a la soberanía nacional y luchemos por la
democratización de las relaciones internacionales. Para Martí: «Patria
es Humanidad», pero hasta que no se alcance un mundo donde el
humanismo no sea una utopía mientras los poderosos no renuncien a la
hegemonía y la dominación, cualquier merma a los derechos soberanos
significaría para nuestros pueblos admitir nuevas formas de
servidumbre.
Desarrollo de políticas apropiadas en favor de nuestras comunidades
emigradas, para protegerlas de la discriminación, el racismo y la
xenofobia, para promover nuestros valores espirituales y culturales y
articular sus vínculos con los países de origen. Este es un tema de
importancia creciente. No olvidemos que pronto los latinoamericanos
serán el grupo étnico más numeroso de los Estados Unidos.
Defensa de la cultura y los valores espirituales de nuestros pueblos
frente a la ofensiva del pensamiento único, la banalidad y el
consumismo.
Protección de los recursos naturales y del medio ambiente incluyendo
el mar Caribe que nos une y pertenece.
Desarrollo de la cooperación y la ayuda mutua para encarar los
desastres naturales. Promover la solidaridad más efectiva que permita
mitigar los daños que causan huracanes, terremotos y volcanes.
Lucha contra el narcotráfico, ese flagelo que nos amenaza por estar
nuestra región tan próxima a la sociedad corrupta que constituye el
mercado voraz de ese y todos los vicios.
Sistematizar el diálogo entre nosotros para adelantar esa agenda
común.
Pocas veces ha sido tan necesaria y urgente la unión de nuestros
pueblos y la búsqueda de caminos para avanzar hasta la realización de
la Patria común.
LA DICTADURA GLOBALIZADA

Artículo publicado en el periódico Juventud Rebelde, La


Habana, 4 de agosto de 1999

Los problemas que la globalización neoliberal plantea en el plano


económico, social y cultural generan preocupación creciente en todas partes
y han sido analizados de forma brillante y profunda, con argumentos
irrebatibles por el compañero Fidel Castro. El propósito de estas líneas es
examinar sus implicaciones en el terreno político y concretamente sus
consecuencias para la democracia.
Desde la caída del socialismo europeo y la disolución de la URSS, los
propagandistas de la burguesía inundaron el planeta con artículos, discursos
y libros entonando loas a lo que definían como la victoria absoluta, final e
inapelable de la «democracia occidental». Según ellos había triunfado, de
una vez por todas, su sistema político, la llamada «democracia
representativa».
Fue tan intensa y exitosa la ofensiva triunfalista que a su coro se
sumaron las voces más diversas: los políticos liberales y socialdemócratas
que la habían inventado y aplicado más o menos coherentemente; los
conservadores que la habían aplastado más de una vez sangrientamente y
reemplazado por brutales tiranías militares; los tránsfugas que cansados de
un «izquierdismo» epidérmico y estéril abrazaron el «nuevo» dogma con la
devoción de siempre.
Se acabó. La historia había terminado. El capitalismo era el único
sistema económico extendido ahora a todo el planeta. Su expresión política,
la «democracia representativa», sería también la única para todo el mundo.
Quienes se creyeron el cuento imaginaron seguramente que ahora todo
sería el «libre juego» de los partidos políticos, el debate parlamentario, la
amplia circulación de informaciones y criterios en una prensa ilustrada y
beneficiada de la revolución tecnológica en las comunicaciones de la que
tanto se ha hablado. Todo el mundo enterado de todo al mismo tiempo. Y
todos felices disfrutando el progreso material, el consumo generalizado y la
libertad política.
Bastaron unos pocos años para que comenzaran a esfumarse las
ilusiones.
Pese a lo que hacen los grandes medios de propaganda para «manipular
los sentimientos y controlar la razón», en palabras de Brzezinski, los
pueblos poseen una especie de sexto sentido que los hace intuir, más allá de
las apariencias. Eso explica algunas sorpresas.
Cuando se suponía que había triunfado la «democracia representativa»
los ciudadanos, ¿paradójicamente?, se sienten menos representados. Es muy
difícil encontrar excepciones al fenómeno del abstencionismo electoral, la
no participación y el distanciamiento de los ciudadanos de sus sistemas
políticos en el llamado mundo occidental. En Estados Unidos vota apenas la
mitad de los electores inscritos en registros electorales de dudosa exactitud
(si las cuentas fueran exactas el porcentaje de votantes sería mucho más
bajo) y las encuestas indican que aproximadamente las dos terceras partes,
sobre todo entre los jóvenes, se sienten desconectados del Gobierno y sus
instituciones.

La rebelión de los espectadores


Desde su nacimiento la democracia liberal o «representativa» fue concebida
a partir de dos pilares básicos: la manipulación y la exclusión. Su mayor
crítico, Juan Jacobo Rousseau, señaló, al comienzo mismo del régimen
burgués, que la desigualdad entre los hombres hacia imposible la
democracia y tornaba irreal la «representación».
La burguesía pretende ejercer el poder político en nombre y
representación del conjunto de los ciudadanos. Pero como la inmensa
mayoría de éstos la constituye el pueblo trabajador, explotado por los
burgueses, esa forma de «democracia» tiene que consistir, esencialmente, en
una gran falsedad: ejercer el gobierno en nombre de aquellos a quienes
tienen que excluir del gobierno.
Los fundadores de los Estados Unidos tenían clara conciencia del
problema. Los más destacados inspiradores de la famosa Constitución de
ese país, lo dijeron claramente: «quienes poseen el país —los propietarios—
deben gobernarlo» (John Jay), la responsabilidad del gobierno es «proteger
a la minoría rica contra la mayoría» (James Madison) y para ello hay que
«domesticar» al pueblo (Alexander Hamilton).
Mucho más recientemente Edward Barneys, asesor del presidente
Wilson en materia de información pública, definió la «esencia del proceso
democrático» como «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos
y opiniones de las masas (…) regimentar la mente del público hasta cada
detalle».
Para Walter Lipmann, el famoso teórico del liberalismo estadounidense,
el propósito de esa manipulación es reducir al pueblo —según su expresión,
el «rebaño salvaje»— al lugar que le corresponde, el de «espectador» y
evadir así sus «patadas y bramidos».
A esa posición contemplativa y distante, la del espectador, se limitaba el
papel del ciudadano. Los promotores del sistema, sin embargo, pretendían,
entonces, hacerle creer que poseía derechos aunque circunscritos a votar por
quienes integrarían el gobierno y las instituciones que actuarían,
supuestamente, en su nombre.
Con el avance del neoliberalismo han ido cayendo los velos que
encubrían la falsedad primordial del sistema. Corridas las cortinas,
despojados de sus máscaras los actores, el espectador puede ver, al fin, la
verdadera trama que ya nadie trata de ocultar.
Porque la esencia del neoliberalismo es dar rienda suelta al lucro y la
ganancia capitalistas, eliminar completamente la función reguladora del
Estado y el control social. El gobierno no debe ser «para el pueblo» y ya ni
siquiera intenta simularlo. Obviamente tampoco puede ser «por el pueblo» y
tiene que evitar a toda costa que lo sea.
No vivimos el fin de la historia, sino que asistimos al fin de la
democracia como farsa. Comienza la rebelión de los espectadores, se acerca
el final del espectáculo.

Un golpe de Estado planetario


Los motivos para la rebeldía, la necesidad urgente de resistir y luchar se
hacen hoy insoslayables, porque estamos en presencia de la globalización de
la dictadura capitalista. No se trata de una metáfora. Es una dictadura real,
con golpe de Estado y todo. Un golpe anunciado. Los conspiradores tienen
como contraseña tres letras: AMI.
Desde mayo de 1995 se iniciaron negociaciones entre funcionarios de
los países más poderosos para preparar un Acuerdo Multilateral de
Inversiones (AMI). Se reunieron en secreto, cada mes, durante el resto de
ese año y el siguiente y para enero de 1997 habían convenido en lo
fundamental y tenían redactado un texto de carácter confidencial.
Sus términos no habían sido publicados en la gran prensa, ningún
parlamento los había examinado, ni orientado o supervisado la labor de los
negociadores, se trataba del secreto mejor guardado de la historia a pesar de
que es un asunto que concierne a todos los pobladores de la Tierra.
En enero de 1997 una organización no gubernamental francesa lo
descubrió y comenzó a divulgarlo por circuitos de información alternativa.
Algunos políticos en Australia, en Canadá, en Francia, se quejaron de que
prácticamente se estuviese a punto de arribar a un acuerdo de tanta
importancia sin que las instituciones representativas, encargadas de
autorizarlo según las diversas constituciones, se hubieran siquiera enterado
de lo que estaba ocurriendo.
De algún modo la noticia llegó hasta una veintena de congresistas
norteamericanos que el 5 de noviembre de 1997 escribieron al presidente
Clinton solicitando información sobre el tema que supuestamente es
responsabilidad del Congreso. El 20 de enero del año siguiente recibieron
poco más que un acuse de recibo de un burócrata displicente. Hasta ahora, el
Parlamento más arrogante, el que se atribuye poderes omnímodos y trata de
presentarse como símbolo de una democracia espúrea, no ha dedicado una
sola sesión a discutir el Acuerdo Multilateral de Inversiones.
¿En qué consistiría el AMI? El Director General de la OMC lo ha
comparado con «la Constitución de una economía global única», nada más y
nada menos. El texto pactado en el mayor secreto aseguraría irrestricta
libertad de acción a las grandes corporaciones capitalistas en todo el mundo,
les otorgaría capacidad jurídica superior a la de los estados soberanos y
obligaría a estos a eliminar de sus legislaciones todo lo que contraviniera el
Acuerdo y a no legislar nada contrario a él en el futuro. Esto es en esencia,
resumidamente, entre otras consecuencias sumamente dañinas para los
derechos de las naciones, de los trabajadores y del medio ambiente.
Lo que se fraguaba entonces —y sigue siendo todavía una amenaza real
— equivale de hecho a un golpe de Estado a escala planetaria. Para nada se
cuenta con los países del Tercer Mundo y otros estados que tienen en
conjunto la inmensa mayoría de la población mundial y no han intervenido
en las negociaciones. Para nada contaron tampoco con los trabajadores ni
con la sociedad civil del puñado de países ricos cuyos misteriosos
funcionarios se han reunido en la sombra durante varios años y ni siquiera
revelaron el secreto a los flamantes parlamentos nacionales, ni a los
gobiernos provinciales o a otras autoridades electas de esos países.
En Estados Unidos, según se ha sabido después, funcionaba un consejo
asesor, al que consultaban los negociadores, integrado por las 500
corporaciones más poderosas: he ahí el verdadero parlamento yanki, el que
dirige y controla. El otro, el aparente, el que forman el Senado y la Cámara
de Representantes no tenía por qué reunirse si después de todo sus
miembros están a sueldo de esas grandes empresas.
Se ha dicho que aquellas negociaciones fueron interrumpidas tras
retirarse de ellas el Gobierno de Francia que apreció los peligros que el
Acuerdo plantea en la esfera de la cultura. Sin embargo, Estados Unidos y la
Unión Europea seguían refiriéndose al AMI en mayo de 1998 como algo
que se proponían aplicar pronto y además, sus promoventes tratan de
impulsarlo por otros medios como la llamada Asociación Económica
Trasatlántica.
Un artículo publicado en junio de este año en Le Monde Diplomatique
denuncia que «la negociación avanza en la oscuridad total (…) para no
alertar a la opinión pública, y que todo esté listo antes de diciembre de
1999». Son «negociaciones conducidas en la sombra, sin ningún tipo de
control democrático» que buscan «poner en manos del capital todas las
actividades humanas sin restricciones ni trabas».
No es difícil ver el camino recorrido por el tipo de gobierno concebido
por la burguesía hace más de dos siglos. Lo que comenzó como el intento de
engañar simulando una representación ficticia termina quitándose la
máscara y mostrando el rostro sin maquillar de la dictadura. Una dictadura
globalizada que se quiere imponer a todo el mundo, de la que no se habla en
los parlamentos «democráticos», mientras la gran prensa sigue sin ocuparse
del tema pues no le alcanza el tiempo y el espacio para elogiar la victoria
absoluta, final e inapelable de la «democracia representativa».
DEMOCRACIA, ALCA Y LUCHA CONTRA EL
TERRORISMO

Fragmentos de la intervención en el encuentro de parlamentarios


asistentes al Foro de Sao Paulo, La Habana, 4 de diciembre del
2001

[…]
En momentos en que esta gente está bombardeando un país, y de paso, le
hacen saber al mundo que mañana o pasado puede ser cualquier otro país,
sin siquiera nombrarlos. Yo creo que esa comunicación norteamericana tiene
una gravedad extrema y no ha provocado una reacción comparable en el
mundo. Porque equivale literalmente a asesinar a las Naciones Unidas, a
derribar la torre de las Naciones Unidas, que no se cayó el 11 de septiembre,
se cayó un poquitico después, no hizo falta una bomba, bastó una nota
diplomática norteamericana, porque la Carta de la ONU fue clara: el derecho
a la legítima defensa termina cuando el Estado pone el asunto en manos del
Consejo de Seguridad. Aquí fue al revés, aquí Estados Unidos se dignó
comunicarle al Consejo que va a seguir atacando y, además, mañana puede
ser fulano y pasado mañana sutano. Se acabó las Naciones Unidas, se acabó
la Carta de la ONU. Todo está bajo el arbitrio de una sola potencia. Ellos se
concentran en esa estrategia militar, aparentemente, porque no es sólo eso lo
que están haciendo, y el mundo se moviliza contra esa guerra y esa amenaza
de guerra multiplicada. Pero a mí me parece que es importante que nosotros
meditemos a fondo sobre la naturaleza de esa guerra, la naturaleza de ese
conflicto, el contenido real de esa estrategia del imperio, que no se agota
con bombardear un país X hoy, y mañana quizás a un país Z o B.
Hay un señor que aparece todos los días en los medios norteamericanos,
que es el secretario de Defensa, Sr. Rumsfeld, uno de los pocos pensadores,
digámoslo así por generosidad, que tiene la actual administración
norteamericana; por lo menos es una persona que se ve que ha leído, que se
ve que tiene algún acervo cultural, que tiene una visión teórica, que no
puede ser más reaccionaria: no olvidemos que este es uno de los principales
autores de la guerra de las galaxias, en la época de Reagan, y Schafik tiene
toda la razón en confundir a Reagan con Bush, porque el que ideó en los 80
la guerra de las galaxias, hoy es el Secretario de Defensa que la trata de
implementar. Este hombre habla casi todos los días ante los medios
norteamericanos.
Antes de empezar a bombardear a Afganistán, los periodistas trataban de
saber qué era lo que iba a hacer Estados Unidos. Se estaba hablando de una
respuesta enérgica, se estaba hablando de la guerra, etc. A Rumsfeld le
preguntaron varias veces qué tipo de guerra sería. Y yo creo que Rumsfeld
nos dio una pista que nos debe conducir a meditar a todos. Un periodista le
dijo: —Oiga, ¿va a ser cómo la guerra de Viet-Nam, que mandamos miles
de soldados, etc., o va a ser como la guerra de Iraq, que usamos la alta
tecnología? Respuesta de Rumsfeld: —Yo no la compararía con ninguna de
esas guerras, con ningún otro conflicto bélico anterior, yo sólo la compararía
con la guerra fría.
Y esta idea de que estamos entrando en una guerra fría, la ha defendido
Rumsfeld varias veces, y ha elaborado por qué él dice guerra fría. Primero,
porque va a durar mucho tiempo. La guerra fría, aquella, la que se supone
que ellos habían ganado, duró más o menos, medio siglo. Segundo, porque
la guerra fría no es sólo militar, es también económica, es también política,
es también en el plano de la propaganda, de las ideas, compañeros, estoy
citando, más o menos, a Rumsfeld, él lo ha dicho, lo ha explicado.
Ahora, la misma cuestión mediática, y el hecho real de gente siendo
brutalmente bombardeada ha puesto en el primer plano ese componente
militar más aparente, más evidente, pero lo otro no está guardado en una
nevera, lo otro está desbocadamente desatado. ¿Cuánto demoró en la actual
administración norteamericana la presentación de un proyecto de ley
llamado «patriota», «antiterrorista», de más de 128 páginas, más o menos?
Una semana, una semana después del bombardeo de Nueva York, ya estaba
la ley. ¿Por qué? ¿Porque son muy rápidos redactores? No, ése es el
compendio de todas las reclamaciones, las aspiraciones, de los cuerpos
represivos durante décadas. Ellos querían poder registrar la correspondencia
ajena sin molestas órdenes judiciales, y escuchar las conversaciones de
cualquiera, y registrar lo que el abogado defensor hablase con sus clientes, y
cerrar sin término a cualquier extranjero y a cualquier persona que acusaran
—a juicio de la Fiscalía o del FBI—, de poner en peligro la tranquilidad
pública. Pero era muy difícil que en una sociedad como la norteamericana,
donde determinados criterios sobre la libertad individual tienen mucha
fuerza, era muy difícil durante mucho tiempo, hacer avanzar esas cosas.
Compañeros, y de una manera aplastante, casi sin oposición, en ese país
se ha aprobado una ley que es como la lista de los deseos navideños de
Hoover, de los grandes jefes del FBI, etc.
[…]
Hay un periodista del establishment, creo que es Bill Mayer, no es un
tipo de izquierda, tiene una frase que a mí me parece realmente que es muy
buena. Él dice: Las grandes corporaciones están obligando al
norteamericano a estar de pie, con el brazo sobre el corazón, jurando lealtad
a la bandera, mientras ellas le meten la mano en los bolsillos para
esquilmarlo. Miles de millones de dólares a las compañías de aviación, por
los daños que han sufrido. Ni un centavo para los miles de norteamericanos
que perdieron su empleo como consecuencia de la atrocidad terrorista del 11
de septiembre. Miles de personas en este momento, y empleo este término
tan inexacto por la sencilla razón de que nadie ha dado ni siquiera la cifra,
miles de personas detenidas hace casi tres meses. Sin juicio, sin acusación,
sin habeas corpus, miles más a las que se les anuncia que van a ser, o están
siendo, nadie sabe que están siendo probados por el FBI, éstos son tipos
extranjeros, que tengan esta característica, que sea una persona del Medio
Oriente, o que sean musulmanes. Aunque también hay más de 60 judíos que
entraron a engrosar otra categoría, otra lista de personas detenidas para ser
interrogadas.
En cualquier país del Tercer Mundo, imagínense ustedes en la República
de Cuba; seguro que en América Latina ustedes habrán visto de vez en
cuando que a no sé quién detuvieron las autoridades cubanas, o que dicen
que están amenazando, presionando a no sé quién, dos tipos, nombre y
apellidos, en un momento en que hay miles de personas, categorías enteras
de personas amenazadas, amenazadas con ser enviadas a la cárcel, sin
defensa apropiada, sin contacto con el abogado, sin contacto con el
Consulado, siendo extranjero.
Esto en una ley que, como dice James Petras, fue aprobada casi
unánimemente por el Congreso, muchos de cuyos miembros nunca leyeron
su texto.
Eso en Estados Unidos, pero yo leí por ahí unas declaraciones de
protesta de un diputado laborista británico que se quejaba porque en ese
país, en ese Parlamento que es la cuna, el símbolo de la democracia
parlamentaria, tres siglos después de haberse fundado, en tres días ellos
tienen que aprobar la ley que el compañero Tony Blair presentó, en tres días,
y no han tenido tiempo ni de estudiarla, ni de discutirla del modo en que se
supone que un parlamento debería hacer. En Cuba también se aprobará una
ley antiterrorista en la cual no se va a ampliar la facultad de las autoridades
para reprimir, para investigar, etc., va a ser una ley cuya obligatoriedad
jurídica básicamente está dada por el hecho de que Cuba se ha adherido a
una serie de convenios internacionales contra el terrorismo y debemos
reflejar en la ley ese compromiso. Y además porque queremos plasmar en
un documento jurídico importante nuestra voluntad de no tolerar ni permitir
ninguna acción terrorista que desde aquí se quiera o se pueda organizar
contra otros. Además de que, por supuesto, sirva de instrumento contra la
batalla contra el terrorismo que los cubanos están librando, no a partir del 11
de septiembre de este año, sino a partir de hace 42 septiembres, 42 eneros.
Nos proponemos, primero, discutir esta ley teniendo los diputados
cubanos muchísimo más tiempo de aquel con que cuentan los
parlamentarios británicos para discutir el texto. Mucho más de un mes antes
ya nuestros diputados conocen el texto. De participar además en la
discusión, ya de hecho el proyecto se ha cambiado en una medida bastante
apreciada, el compañero Presidente de la Comisión de Asuntos
Constitucionales, que es el ponente de la ley, lo estaba explicando, que en la
reunión de hoy todavía hay más cambios que la semana pasada.
Y después que se apruebe, nosotros nos proponemos hacer con esa ley lo
que tratamos de hacer siempre, que es llevarla a la discusión, al
conocimiento público, al examen colectivo en los centros de trabajo, los
barrios, en todas partes, por una razón muy sencilla. Cuba sabe un poquitico
de enfrentamiento al terrorismo, un poquitico más que los norteamericanos
que, desgraciadamente, sufrieron esta terrible experiencia. ¿Cómo lo hemos
enfrentado en 42 años? Por supuesto, que no ha sido por la eficacia que todo
Estado tiene para combatir este tipo de acciones, sino que si lo hemos
logrado combatir exitosamente ha sido, en primer lugar, por el pueblo, por la
participación de la gente, y es con la gente que nosotros vamos a seguir
combatiendo ese flagelo y cualquier posible nueva manifestación que de él
ocurra. Lo que no pueden hacer ni están haciendo, ni han hecho, en algunas
de las más afamadas democracias liberales de este planeta, porque consta,
las quejas están por ahí.
Yo creo que, un poco respondiendo a la interrogante que planteaba
Schafík sobre el contenido, mi idea es que nosotros tenemos que colocar en
un primer plano, en nuestra actividad parlamentaria, en nuestra lucha
política, en foros parlamentarios y en otros foros de la lucha política en
general, la lucha por la democracia. Y la democracia nunca fue un
patrimonio de la derecha, nunca fue una propiedad de los oligarcas, de los
tiranos.
La democracia fue nuestra siempre, siempre fue la aspiración, la utopía,
la reclamación de los explotados, de la gente de abajo. Ellos siguen usando
el término, pero en este momento, como en pocos momentos de la historia,
estamos nosotros en condiciones mejores para discutir, para discutir con los
que se creen dueños de la democracia y la están pisoteando y acabando del
modo más evidente.
EL Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), del cual se
hablará también después, es un ejemplo que hemos ido manejando, que se
ha ido desarrollando, ha ido avanzando. En Porto Alegre se fue a una
reivindicación fundamental, el reclamo del plebiscito, yo completaría ese
reclamo, en primer lugar, yo creo que hay que exigir que los parlamentos de
América Latina demanden un poquitico más de respeto propio. Es realmente
penoso leer en los medios informativos de nuestra región, cómo la gente
culta, la gente que está informada, la gente que ve televisión o que lee
diarios, está al tanto de si en Estados Unidos el fasttrack avanza o no
avanza. Pero ¿cuándo se aprobó el fasttrack en algún otro parlamento del
hemisferio?
Yo nunca he sabido de la noticia de que en ningún parlamento de la
región se hubiera autorizado a ninguno de sus presidentes a negociar una
cosa como el ALCA. Yo creo que nosotros debiéramos aspirar a que
nuestros parlamentos estén por lo menos a la altura del yanqui, que por lo
menos en ese aspecto, por la posición de un grupo de legisladores, aunque
no son mayoritarios desgraciadamente, se ha estado presionando para que el
presidente no pueda negociar así como así; el presidente está tratando de
obtener esa facultad para negociar rápidamente para que después el
parlamento diga si o no al paquete negociado.
Lo menos que debería ocurrir es que los parlamentos de América Latina
recibiesen una autorización semejante o los parlamentos latinoamericanos
tendrían humildemente que reconocer que no son tales. El único parlamento
real de este hemisferio es el norteamericano, el único que tiene que
determinar, que decidir, que acordar, si da o no da ese fasttrack. Yo creo que
tampoco se trata, por lo menos en mi opinión muy personal, de reducir el
plebiscito a un referendo, yo retomaría, iría al origen del concepto: la ley de
los plebeyos, el modo de legislar de los plebeyos en la antigua Roma, o sea
que, por un lado está el Parlamento o el Senado en su tiempo, pero los
plebeyos también podían reunirse entre ellos y entre ellos elaborar sus
propias normas. Nosotros debiéramos reclamar la democratización del
proceso alrededor del ALCA, lo que implica, no sólo el debate
parlamentario, que sería lo mínimo, absolutamente lo mínimo, sino la
incorporación de la sociedad civil a ese debate.
El primer paso, que se conozca el texto, los contenidos de ese acuerdo
que alguien está negociando por allá sin haber pedido permiso.
Ahora, la plebe, el pueblo, los que no tienen el poder, deberían tener por
lo menos la posibilidad que tenían en la antigua Roma, que era la de
reunirse entre ellos, y elaborar su alternativa frente a aquello. No es
solamente que digan sí o no cuando los negociadores se aparezcan con un
tratado, sino el que puedan discutir en el sindicato, en la fábrica, en la
asociación de estudiantes, en la medida en que sepan, que se vaya
conociendo, y que se vaya rompiendo el secreto, de ir incorporando
realmente al conjunto de la sociedad a ese debate. Eso es lo que han estado
reclamando todos esos grupos que se oponen cada vez más a la
globalización.
Y no permitir que los burgueses de la zona nos sigan entreteniendo con
la bobería de la Carta Democrática y cada vez que se reúnen, es para decir
se avanzó, no se avanzó, si van a ver más tarde la Carta Democrática, fíjense
el truco, según la gran prensa, el gran tema político en América Latina es la
adopción de una supuesta Carta Democrática, en los mismos momentos en
que están aplastando toda idea incluso de democracia en el sentido más
formal, más liberal del vocablo, en que no están participando los foros de lo
que se supone más representativo de la sociedad, es la consideración de
cuestiones tan decisivas para la gente como sería la anexión de América
Latina, y todo lo que significa el ALCA.
[…]
Hay algunos norteamericanos que se han atrevido ya a hablar de una
dictadura, de un Estado totalitario, de un Estado policial, con sus tribunales
militares, secretos, con sus poderes omnímodos para los cuerpos represivos,
con ese fenómeno curioso de que, habiendo ocurrido una verdadera
catástrofe, desde el punto de vista de la seguridad de ese país, como fue la
barbarie del 11 de septiembre, hasta en nuestros países, hasta en nuestras
pobres repúblicas bananeras, si ocurre algo como esto, renuncia un jefe de la
policía o lo hacen renunciar, renuncia algún ministro o lo hacen renunciar, o
lo interrogan en el parlamento.
Aquí no. En Estados Unidos le han dado miles de millones de dólares
adicionales y poderes adicionales a las mismas autoridades que, en todo
caso, habrían tenido que responder, que explicar cómo fue posible que les
ocurriera lo que les ocurrió. Algo que no tengo que decir que, por supuesto,
no puede dejar de ser condenado del modo más categórico.
Yo creo que nosotros tenemos que enfrentar esta guerra fría, esta guerra
fría como lo anunció Rumsfeld antes de lanzar la primera bomba sobre
Afganistán, y hacernos algunas preguntas. Una guerra fría después que
desapareció la Unión Soviética, después que la guerra fría que duró medio
siglo la ganó Estados Unidos, ¿para qué quiere otra guerra fría? ¿Y contra
quién es esa guerra fría?
Los terroristas, alguien lo dijo, era un concepto vago, que se inventa,
que se explota ahora, antes eran los rojos o los amarillos, el peligro
comunista, etc. Yo creo que está bien claro, si se leen las legislaciones
represivas que están arrobando al mundo y, en particular la que yo conozco,
la norteamericana, yo creo que el enemigo está muy claramente identificado,
pero es difícil encontrar a Bin Laden en esa legislación, es difícil encontrar a
un país en el centro de Asia.
Ahora, yo veo clarísimo a los sindicatos norteamericanos, los
estudiantes norteamericanos, a la gente que protesta en Washington, en
Nueva York, los que protestaron en Seattle, etc. ¡Basta!
Que el FBI considere que una protesta en la vía pública ponga en peligro
la seguridad, la tranquilidad de la sociedad norteamericana, o tenga, por
finalidad —estoy citando más o menos textualmente la ley—, influir en la
política del Gobierno para que eso caiga en la categoría de acción terrorista,
que puede ser juzgada con la mayor severidad y el acusado privado de
cualquier derecho.
Si el acusado sucede además que no es ciudadano o los millones de
hermanas o hermanos de América Latina que viven en ese país…¡Ah!,
entonces puede terminar en las manos de un tribunal militar designado por
el señor Rumsfeld, que operaría en secreto y que puede, por supuesto,
aplicar hasta la pena de muerte sin apelación.
Todo esto nos puede sonar, sonaría exagerado si lo hubiéramos dicho
hace un año. Yo me acuerdo en una ocasión en que yo aquí, frente a unos
periodistas discutiendo sobre estas cuestiones, hacía referencia a una ley
represiva norteamericana del siglo XVIII. Y yo me acuerdo que esa fue la
genial, profunda respuesta de ese periodista extranjero, por supuesto, aquí
los cubanos somos mucho más sagaces. No, pero eso fue en el siglo XVIII,
dijo el periodista eso fue el presidente Adams. Hoy está puesta en vigor
utilizada por el presidente Bush o Reagan o como quieran llamarle, es lo
[Link] no estaba muerta la ley, lo que estaba era ahí, sin ser utilizada
porque no hacía falta. Ahora hace falta y un tipo le echó mano.
Lo grave es que frente a eso no ha habido un movimiento realmente de
rechazo, vigoroso. Lo comprensible desde el punto de los norteamericanos,
en cierta medida, porque realmente fue una atrocidad incalificable lo que
ocurrió el 11 de septiembre.
Los movimientos por la paz en Estados Unidos, los esfuerzos habían
sido muy nobles, muy importantes, decisivos, en parar la guerra de
VietNam, pero siempre era Estados Unidos metiéndose con otro,
interviniendo con otro, interviniendo en otro país, atacando a otro pueblo.
Esta vez ellos no están ejerciendo la venganza, se les ha llevado, con una
tremenda ofensiva mediática, a convencerse de que hay que apoyar un uso
ilimitado de la fuerza, de la violencia, pero en respuesta a un ataque
criminal, brutal, que sí ocurrió y que vino de afuera, según todo parece
indicar.
Todo este despliegue de la guerra, de operaciones militares, me
recordaba esta mañana Lula, cuando lo escuchaba, porque en cierta medida
sirven, para que siga avanzando la guerra fría, distintas medidas que están
tomando tranquilamente dentro de Estados Unidos y, por supuesto, como
siempre ocurre, igual que nos han exportado la democracia, nos exportaron
las dictaduras, y ahora están exportando la guerra fría.
Para eso sirvió la guerra fría, para dividir el movimiento popular, para
paralizarlo, para afirmar el poder contra los pobres, valiéndose de lo que en
aquella época existía por la confrontación entre dos sistemas, dos
superpotencias, todo lo que conocemos. ¿Contra quién se dirige esta guerra
fría? Yo diría que, si lo fuéramos a resumir, contra todo ese movimiento de
la globalización neoliberal, contra ese enorme, amplísimo frente que estaba
creciendo, que se estaba afirmando cada vez más, que tenía como
característica que abría el espacio para que estuvieran los pueblos del Tercer
Mundo pero también el movimiento obrero, los intelectuales, los estudiantes
del primer mundo, incluyendo los Estados Unidos, como ocurre con el
ALCA, donde tenemos un espacio de solidaridad, de entendimiento, con
amplísimos sectores del pueblo norteamericano.
Pero ahí están las consecuencias casi de inmediato después del 11 de
septiembre. Ya el movimiento que en Estados Unidos tuvo gran amplitud ha
comenzado a mostrar fisuras.
Ese es uno de los tantos elementos de éxito para ellos, esta ofensiva
norteamericana. El otro es haber logrado avanzar, y parece que en cuestión
de días se debe votar en el pleno del Congreso el nuevo fasttrack, pedido por
Bush, luego de obtener que un buen número de legisladores, que se oponían
a darle esos poderes, han renunciado a esa oposición, como decía el
periodista, con la mano sobre el corazón, jurando lealtad a la patria, en la
nueva guerra fría en que están enfrascados.
Por lo tanto, yo creo que nosotros como izquierda, como Foro de Sao
Paulo, y en este sector de los parlamentarios, por una razón adicional,
porque se supone que todos estamos asociados a nuestras respectivas
democracias por ser representantes del pueblo, nosotros tenemos que
colocar en el centro de nuestra batalla la lucha por los derechos
democráticos de la gente, por la democracia, pura y simple, que hoy está
siendo atacada, además de amenazada, atacada de modo muy concreto muy
directo, como parte de esta supuesta estrategia de enfrentamiento al
terrorismo.
Yo creo que es correcto, es justo, es muy importante, denunciar la
guerra, combatirla, tratar de generar el más amplio movimiento en contra de
la actual guerra y de la extensión que pueda tener y, al mismo tiempo, alertar
y denunciar sobre esa otra dimensión, esa guerra multidimensional que
decía Rumsfeld, prolongada, en lo político, en lo económico, en lo
ideológico. En otras palabras, esa guerra fría.
Esa nueva guerra fría que ahora no tiene en contra a una superpotencia,
ahora tiene en contra algo más poderoso que una superpotencia, que son las
masas; millones, centenares, miles de millones de personas.
Por primera vez, por primera vez en la historia, nosotros tenemos una
situación en la que es posible articular, incorporar en este frente
anticapitalista —no quiero usar ni siquiera el concepto socialista, soy algo…
porque si fuera a decir mi posición personal, por supuesto, soy comunista,
militante del Partido Comunista de Cuba—, pero temo que hay que
desarrollar la lucha de un modo inteligente, de un modo sabio; los
comunistas, los socialistas, los revolucionarios de nuestra región.
Nunca antes tuvieron la posibilidad objetiva de estar todos del mismo
lado, en la misma trinchera, junto con sectores que deben ser socialistas en
su día como son los sectores obreros del mundo desarrollado, e incluso con
gente que no lo son y que representan la pequeña y la mediana empresa, o
que tienen otras motivaciones, sean religiosas, sean humanistas, sean
ambientalistas, lo que sea; todos definidos por la oposición al capitalismo
real, al capitalismo realmente existente, al capitalismo que existe.
No a las patrañas o la leyenda sobre un supuesto régimen social
supuestamente benéfico; lo que es el capitalismo para el trabajador en la
Argentina y lo que es el capitalismo para el trabajador en Illinois,
encuentran que están frente a un espejo: pérdida de derechos sindicales,
desempleo, pérdida del valor del salario real, etc., etc., frente a este
movimiento libre del capital por todos lados que es lo que es el ALCA.
Igual que hay que arrancar de la mente de la gente que estamos hablando
de un área de libre comercio, de lo que estamos hablando es de un área de
libre flujo del capital yanqui, que es lo que nos quieren imponer. No
desaprovechar la verdad, en esta estrategia de guerra fría, en esa estrategia
guerrerista. Partir de que el 11 de septiembre por algo fue el único tema,
además del terrorismo y de los daños causados a Nueva York por los
bombazos y de la guerra contra Afganistán, y de los gastos para el
presupuesto represivo, son los únicos temas que ellos han discutido, con una
sola excepción que se llama ALCA. Hubo una excepción, el Presidente le
pidió al Congreso una cosa adicional a todas estas barbaridades que estuvo
implementando, que fue la autoridad para que el pudiera aprobar el ALCA,
para que el pudiera negociarlo. Y efectivamente logró cambiar la posición
de un cúmulo de legisladores a favor de darle esa autoridad porque creen,
como él, que es parte esencial de esta nueva guerra fría, de esta nueva
batalla en la que está enfrascado Estados Unidos. Creo que eso nos debe
decir bastante a los latinoamericanos.
[…]
LA DICTADURA GLOBAL Y LA PROMESA DE JOSÉ
MARTÍ

Intervención del 28 de enero del 2001 en el Foro Social


Mundial 2001, Porto Alegre, Brasil

El tercer milenio se inicia con la consagración del embuste. La mentira


sistemática, industrializada, nos invade día y noche, por medios de
tecnología en constante renovación y monopolizados por un puñado de
empresas cada vez más reducido.
Se nos quiere hacer creer que llegamos a otro mundo, la aldea global
finalmente edificada, pero nunca antes fueron tan agudas las diferencias en
los niveles de vida que separan a las naciones. Si en 1820 el PIB per cápita
de los países ricos era tres veces superior al de los pobres, hoy lo es 74
veces.1 El número de los que viven ahora en la miseria sobrepasa al total de
la población de la Tierra cuando empezaba el siglo XX. Y la población
seguirá creciendo, casi toda en el Tercer Mundo, a un ritmo de un México
por año, aunque en continentes enteros descenderá la esperanza de vida y en
no pocos países se reducirá, en varios millones, la cifra de sus habitantes.
Nunca fueron tantos los que sufren hambre y desnutrición o mueren de
enfermedades evitables mientras es posible aumentar las cosechas,
multiplicar los alimentos y desarrollar nuevas vacunas, medicamentos y
equipos médicos.
Jamás los conflictos armados, la violencia y la criminalidad se habían
diseminado como en estos años en que no cesan de entonarse loas a un
nuevo orden internacional de paz y estabilidad.
Se supone que los gobiernos no intervengan, no pueden ni deben
intervenir, que sólo opere «la mano invisible» del mercado, que la iniciativa
privada por sí sola, sin odiosas regulaciones ni molestas trabas burocráticas,
se encargará de prodigar la felicidad y el bienestar. La política debe
replegarse hasta el olvido y dejar libertad absoluta a los mercaderes.
Esta es, quizás, la mayor mentira. Jamás hubo gobernantes tan fuertes e
intervencionistas. No han renunciado al ejercicio de la autoridad, ni la
política ha abandonado sus antiguos fueros. Solo que su función se ha
invertido completamente. Los mercaderes están dentro del templo y lo
dirigen.
No es verdad que haya desaparecido el Estado y que en su lugar se
estableciera una suerte de anarquía universal. En realidad, el nuevo orden
internacional es resultado de la imposición gubernamental. Es,
concretamente, consecuencia de la hegemonía indiscutida de un gobierno
que tiene nombre y apellido, el que dirige el imperio estadounidense.
Nunca, en ningún otro momento de la historia, alcanzó un grupo de
individuos poder comparable. Lo ejerce sobre aliados y adversarios, en las
relaciones económicas y las instituciones internacionales, maneja gobiernos
extranjeros transformados en dóciles instrumentos y afecta a los
trabajadores y al pueblo norteamericano del que extrae hoy más ganancias
que en cualquier otra época y a quienes aplasta bajo un sistema que lo
tercermundiza y enajena. En el país más rico y poderoso 43 millones de
personas carecen de seguro médico, una parte significativa de la población
vive en la pobreza y la educación está en crisis. Tampoco es parejo el
disfrute de las nuevas tecnologías. Una encuesta que acaba de publicar la
Universidad de Massachusetts revela que en varias comunidades urbanas del
nordeste —que incluyen Boston y New York— el 56% de los entrevistados
conoce «poco o nada» acerca de Internet y el 80% de ellos está ansioso por
conocerla. Según el Departamento de Comercio, sólo el 16% de las familias
latinas y el 19% de las afroamericanas tienen acceso a ella.
Se trata de instaurar una dictadura global de la que no escapa la
Organización de Naciones Unidas.
Por tener en su territorio la sede de la Organización, Estados Unidos ha
obtenido durante años pingües beneficios, ingresando miles de millones de
dólares procedentes de los gastos que se ven obligados a hacer en Nueva
York tanto la Secretaría de la ONU como el conjunto de sus agencias y
organismos y los representantes diplomáticos de todo el mundo. Desde hace
años, sin embargo, Washington ha impuesto una situación doblemente
anómala: siendo el único país para el que se estableció un límite máximo a
la cuota que debe pagar al presupuesto de la Organización, sin aplicarle a él
los mismos parámetros que rigen para los demás, como si ello no bastase,
incurrió además, en una prolongada mora en el desembolso de su reducido
aporte financiero. Según la Carta de San Francisco, esto último debía haber
causado la pérdida de sus derechos.
Pero ocurrió al revés. La ONU negoció con su mayor deudor y este
convirtió su deuda en un instrumento de chantaje y de presión. A cambio de
pagarle una parte de lo que le debía, la ONU aceptó una reducción adicional a
aquel tope y se comprometió, asimismo, a realizar cambios en su gestión
administrativa para satisfacer demandas norteamericanas. Antes, el Consejo
de Seguridad había recibido, en una insólita sesión, al senador Jesse Helms,
el más furibundo enemigo del sistema multilateral quien, por supuesto,
saludó jubiloso un arreglo que más bien ilustra la vergonzosa rendición del
mundo ante la arrogancia del Imperio.
Estados Unidos no tenía motivo alguno para quejarse de la ONU. Aparte
de ser el principal beneficiario de su presupuesto se ha valido de ella para
realizar sus objetivos de política exterior.
Lo ha hecho dictando las normas y condiciones para el suministro de
asistencia a los países subdesarrollados que ya es prácticamente inexistente.
Lo que sí ha crecido sin cesar es el empleo de la ONU y especialmente de su
Consejo de Seguridad, sometido invariablemente a Washington, como
instrumento de intervención e injerencia en todo el mundo. De hecho, ha
conseguido enmendar y adulterar los propósitos y principios de la Carta de
San Francisco sin haberlo autorizado jamás la comunidad internacional. En
los últimos años, la ONU ha sido más activa que nunca y se ha involucrado
en conflictos internos de algunos estados, al socaire de una llamada
«diplomacia preventiva» o de la denominada «intervención humanitaria»,
pseudos doctrinas impuestas arbitraria y selectivamente según sean los
intereses norteamericanos. Cascos azules inspeccionan y controlan
elecciones, organizan, establecen y reemplazan gobiernos y dirigen y
supervisan policías locales.
Al mismo tiempo, porque se lo impide Washington, nada hace la ONU
para llevar a la práctica sus propias decisiones, las que sí fueron discutidas y
aprobadas democráticamente. El conflicto del Medio Oriente es también una
interminable sucesión de resoluciones que no son respetadas y de cuyo
cumplimiento nadie se ocupa. Los compromisos de cooperación para el
desarrollo de los países subdesarrollados fueron letra muerta desde el día de
su adopción: casi nadie se acercó nunca a la modesta promesa de entregar,
para esos fines, el 0,7% del PIB. Las solemnes declaraciones suscritas en
conferencias extraordinarias de jefes de Estado sobre cuestiones vitales para
la humanidad, son textos olvidados o abiertamente repudiados como es el
caso, para poner un solo ejemplo, de los referidos a los problemas de la
contaminación del medio ambiente, el calentamiento terrestre y los cambios
climáticos.
Pese a que dedican gran parte de su tiempo y recursos a vigilar procesos
electorales, ni las Naciones Unidas, ni la OEA, se han enterado aún del más
escandaloso fraude electoral que acaba de ocurrir, precisamente en el país,
donde ambas tienen sus sedes. De ese asunto no se han ocupado a pesar de
que hubo en él todo tipo de violaciones incluyendo el haber privado de su
derecho al voto a una cifra cercana a los 180 mil electores. El súper Estado
mundial es administrado ahora por un régimen carente de respaldo moral y
desprovisto de legitimidad. Estados Unidos se arrogó caprichosamente la
posesión de un sistema político pretendidamente superior que trata de
imponer, como modelo exclusivo, al mundo entero.
Primero vació de todo contenido al ideal democrático —todo sería
reducido a lo que denominan «elecciones competitivas»—, después, con la
creciente mercantilización de la política, convirtió tales «competencias» en
una farsa de la que no participa la mayoría del pueblo y ahora transformó la
farsa en un espectáculo bochornoso y antidemocrático. Hans Kelsen
desenmascaró hace tiempo el carácter ficticio de la llamada «democracia
representativa», pero difícilmente pudo imaginar el vergonzoso lodazal en
que ella podría hundirse.
La nueva administración, engendrada de modo tan crapuloso, amenaza
al mundo con nuevos y mayores peligros para la paz y la supervivencia
humana. Entre sus anunciados planes está la anulación del tratado ABM y el
desarrollo del llamado Sistema Nacional de Defensa Estratégica, es decir, el
despliegue de nuevos misiles nucleares para enfrentar inexistentes
adversarios. Es el regreso a la guerra de las galaxias que Reagan concibió en
medio de la guerra fría. Se trata de desencadenar otra carrera armamentista
sin justificación ni sentido.
Un sistema esencialmente irracional requiere para perpetuarse fabricar
conflictos e inventar enemigos.
Terminó la guerra fría, pero la OTAN, lejos de desaparecer, crece, entró
finalmente en acción, extiende su área de operaciones y asume además
funciones policiales.
La idea del desarme general y completo es relegada al olvido y nadie
recuerda ya el dividendo para la paz y el desarrollo del que se hablaba
cuando regía el enfrentamiento entre el Este y el Oeste. Por el contrario, se
nos amenaza hoy con un armamentismo desaforado, completamente absurdo
después que desapareció la Unión Soviética y que obligaría a un derroche de
recursos que sólo beneficiará al complejo militar industrial. Aumentarán los
peligros de destrucción del medio ambiente, crearán instrumentos para
presionar y someter a otros estados y para engañar a los trabajadores
norteamericanos y negarles lo que ellos necesitan para vivir y para curar y
educar a sus hijos.
Guerra de las galaxias, ultramoderna, desenfreno nuclear que no excluye
el uso del uranio empobrecido y otros medios para aniquilar al hombre y a
su entorno. Pero también guerra a la antigua para colonizar y reprimir. Para
prepararla entrenan sus ejércitos en técnicas de invasión y ocupación de
territorios ajenos y someten al martirio a la isla puertorriqueña de Vieques.
Encaramos un poder hipertrofiado que extiende sus tentáculos, cual
gigantesca araña, sobre todo el globo.
El gobierno del Imperio está en las manos de los principales emporios
capitalistas, sirve y representa sólo a un grupo de individuos, los más ricos
entre los ricos. Exige que nadie se interponga y que su voluntad sea acatada
por todos.
El FMI, el Banco Mundial y otras entidades semejantes son sus
herramientas principales. Actúan como eficaces e implacables instrumentos
de una estructura vertical de dominación en la que la cúspide de la pirámide
no está al alcance de la vista.
Para imponerse desmantela toda otra autoridad: desregular, privatizar,
abrir los mercados, eliminar los subsidios, reducir el gasto social, dejar
hacer, son las órdenes que dicta a los demás por intermedio de las
instituciones «internacionales» cuyos mecanismos controla. El súper
gobierno necesita que nadie más gobierne. De paso, convertidas en dogma,
algunas de esas órdenes, no todas ellas pero ciertamente las que convengan
al aumento de sus ganancias, las aplica también a los trabajadores
norteamericanos.
El neoliberalismo es el comienzo del fin de la «democracia
representativa». El carácter ficticio que ella siempre tuvo en sociedades
basadas en la desigualdad aparece ahora en plena desnudez. Aunque aún
pretende embaucar a la gente, es muy difícil simular que el Estado
neoliberal representa al pueblo. Ya no hay ciudadanos sino consumidores.
Los pobres, los excluidos, son los nuevos bárbaros, extranjeros carentes de
derechos.
La abstención se va convirtiendo en predominante, y en algunos países
en la principal tendencia política. El empeño para enfrentarla, a la
capitalista, intensifica la mercantilización, transforma al dinero en el gran
elector y aumenta inevitablemente la corrupción.
El abstencionismo no refleja solamente el rechazo que oponen al sistema
algunos sectores de una población políticamente consciente. Para millones
de ciudadanos en los países capitalistas todavía hay un largo camino por
recorrer antes de alcanzar verdaderamente la franquicia electoral. El caso
estadounidense, la punta de cuyo iceberg se ha hecho visible recientemente,
es ilustrador. Su sistema electoral está diseñado, precisamente, para que sólo
una parte de los ciudadanos adquiera la condición de electores y para que
sólo una parte de éstos —la que pueda ser manipulada por las maquinarias
— ejerza efectivamente el voto. Desde la sacrosanta norma de que toda
elección ocurra en un martes laborable, hasta una compleja maraña de
restricciones federales, estaduales y locales, todo ha sido concebido para
que el electorado sea predominantemente blanco, anglosajón y de ingreso
medio o alto. Cuando, como el 7 de noviembre pasado, se logra movilizar a
miles de nuevos electores negros, entonces se recurre a todo, incluso a la
policía, para impedirles votar o simplemente, no registran sus votos ni les
permiten reclamar. Que el pueblo no cuenta para nada en ese sistema quedó
demostrado con el modo en que se encaró y resolvió el mayor escándalo en
la historia política de ese país. A nadie se le ocurrió plantear siquiera lo que,
sin embargo, habría sido elemental: volver a hacer elecciones en la Florida
o, al menos, en aquellas circunscripciones donde se denunciaron
irregularidades. Hacerlo hubiera sido equivalente a reconocerle al pueblo
una prerrogativa que no posee, la de ser quien decida: sus facultades deben
limitarse a que una parte de él visite las urnas, una vez, cada cuatro años.
Por eso no lo propuso ningún dirigente, demócrata o republicano, ninguno
de los miembros de ese partido único que Nader bautizó como
«Republicrata». Para colmo, tampoco exigieron que se investigase y
sancionase los numerosos fraudes y las violaciones flagrantes a los derechos
de decenas de miles de electores, la mayoría afroamericanos. Seis semanas
de maniobras y litigios giraron sobre un solo punto: recontar o no las boletas
de aquellos a quienes se permitió votar. Finalmente, después de haber
recibido seguramente instrucciones de la plutocracia que allá ejerce el poder
real, las jerarquías de ambas facciones se dividieron los recursos y poderes
del Senado, proclamaron ganador al candidato por el que no sufragó más del
52% de los votantes contados y se unieron para entonar alabanzas a la
«democracia representativa». Así se niega efectivamente a la mayoría de los
ciudadanos el derecho a elegir a sus supuestos representantes que es el único
derecho político que, verbalmente, les reconoce la «democracia
representativa».
Pero las sociedades capitalistas desarrolladas no se componen solamente
de ciudadanos. De ellas forman parte también millones de extranjeros,
residentes legales o indocumentados que trabajan más que nadie, producen
riquezas, mantienen servicios, engrosan ejércitos y sufren condiciones,
muchas veces brutales, de explotación y discriminación y que, por no poseer
la ciudadanía, carecen incluso de aquel magro derecho. Para ellos no existe
siquiera la «ficción de la representación». Se trata, sin embargo, de una
parte sustancial de la población de esos países y la que tiene una tasa de
natalidad más elevada.
En un informe divulgado en los días finales del 2000, la Agencia Central
de Inteligencia de Estados Unidos estima que, en la actualidad, los
extranjeros constituyen, como promedio, el 15% de la población de esos
países y esa proporción aumentará sensiblemente ya que la emigración es
uno de los fenómenos decisivos de la evolución del mundo en los próximos
años. Ella se incrementará, como consecuencia inevitable de las
desigualdades que profundizará la globalización y porque además, con la
tendencia al estancamiento y al decrecimiento de la población de los países
más avanzados, éstos seguirán reclamando su presencia insustituible: el
capitalismo desarrollado continuará robando personal calificado al Tercer
Mundo —por lo menos 190 mil cada año en el caso de Estados Unidos— y
dependerá de los pobres del Sur para realizar las faenas más duras y peor
pagadas. Esas cifras, desde luego, no describen completamente el fenómeno.
Ni la CIA tiene datos exactos de la siempre creciente emigración ilegal ni de
las incontables víctimas del comercio clandestino de mujeres y niños. Este
último, el de la nueva esclavitud de mujeres prostituidas y niños sometidos
al trabajo forzoso, rasgo distintivo de la post modernidad, atrae la atención
de muchos estudiosos, entre ellos, la ONU, cuyos cálculos, en 1998,
estimaban este tráfico en 4 millones de personas cada año.
La sociedad capitalista desarrollada necesita de la masa de desposeídos
que pueblan su periferia y también se instalan de manera creciente dentro de
su territorio. Los necesita pero también los repudia y discrimina. La
magnitud del fenómeno alarma a la CIA que prevé que será fuente de
tensiones sociales y políticas y hasta conducirá a cambios en las identidades
nacionales de algunos países.
El tema migratorio es un ejemplo notable de manipulación de la
información. Todo el mundo conoce del muro de Berlín y su demolición.
Pero muy poco se sabe del que empezó a levantarse después en la frontera
norteamericana con México. Este ha sido escenario de muchas más muertes
cuidadosamente silenciadas por los medios masivos de comunicación. Sin
embargo, sólo en la zona de California, entre 1994 y 1999, fueron hallados
750 inmigrantes muertos. Ellos, al menos, fueron contados. Nadie ofrece
cifras de los se tragó el desierto o perecieron en otras partes de la larga
frontera. Entretanto, el consulado mexicano en San Diego sigue teniendo
como ocupación principal la de «recoger cadáveres».
La expansión del uso de nuevas tecnologías fomenta además otras
formas de desarraigo que afectan tanto a los trabajadores de los países
periféricos como a los de los centros dominantes. Se habla ya de los
nómadas del siglo XXI o los «cibernómadas». Trabajadores temporeros o
bajo contratos especiales que se suman a la corriente migratoria o desde sus
países venden su fuerza de trabajo a corporaciones ubicadas en el exterior.
La otra cara de la moneda la constituyen los trabajadores y empleados de los
grandes centros industriales que han visto reducirse el promedio de
permanencia en el empleo de más de 23 años hace medio siglo a menos de 4
años en la última década. Según un estudio del Massachusetts Institute of
Technology, el 25% de los obreros en Estados Unidos son trabajadores a
tiempo parcial, pero en California esa condición define a los dos tercios de
la fuerza laboral.
El capitalismo neoliberal tiende a borrar lo que separa a sus ciudadanos
de sus «bárbaros». Los primeros retienen el privilegio exclusivo, si logran
superar diversos escollos, de ser considerados «electores», pero sólo para
escoger entre candidatos fuera de su control que formarán asambleas
perfectamente sujetas al poder del dinero. Pero unos y otros son impotentes
ante lo que Thomas Friedman calificó como «la ansiedad definitoria de la
globalización» que «es el temor al cambio rápido procedente de un enemigo
que no puedes ver, tocar o sentir —la sensación de que tu vida puede ser
cambiada en cualquier momento por fuerzas económicas y tecnológicas
anónimas».
No son desconocidos, sin embargo, los dueños de esas fuerzas ni los
responsables de que su acción devastadora se desate sobre los pueblos del
Tercer Mundo y sobre la clase obrera del Primero.
En el fondo estamos ante el desenlace de un viejo debate. Con la derrota
del «socialismo real», el Imperio cree posible aplastar también el ideal
democrático. Ya no le parecen indispensables las concesiones y las
maniobras para enfrentar los reclamos de un régimen verdaderamente
popular. Ahora resulta más útil que nunca la añeja falacia acerca de la
«delegación» de la autoridad como principio y fin del sistema. De la guerra
fría ha salido triunfadora la «democracia representativa», o sea, el modelo
político que reduce estrictamente a la «representación» la participación de la
gente en el gobierno de la sociedad. Todo el triunfalismo de sus ideólogos,
todo el colosal derroche de propaganda acerca del «fracaso del socialismo»
y el «fin de la historia», no reflejan otra cosa que la necesidad, vital para el
gran capital, de convencer a las multitudes de que la milenaria aspiración de
la humanidad se agota con la asistencia de algunos, de tiempo en tiempo, a
un colegio electoral. Esa, la «representativa», es la única democracia
posible. Y como ya venció a su temible enemigo, no hay más nada que
hacer, la larga marcha por la democratización debe detenerse.
Hay que reconocer los éxitos indudables que han acumulado durante la
última década. Nunca, en tan breve espacio de tiempo, se habían adoptado
tantas decisiones que afectan profundamente a tanta gente sin contar con
nadie. Así, se ponen en vigor directrices del FMI y del Banco Mundial, se
eliminan subsidios, desaparecen programas sociales, cierran escuelas y
hospitales, se implantan medidas de austeridad económica y financiera, se
privatizan fábricas y servicios, se venden carreteras, cárceles y cementerios,
se fusionan y disuelven empresas, se renuncia a la moneda propia, se
entregan recursos naturales, se sumergen países en mercados ajenos.
Tales decisiones jamás se discuten con los pueblos que sufrirán sus
consecuencias. Casi nunca se examinan siquiera en los Parlamentos que
supuestamente los representan. Cada día, son muchos los que se enteran,
con un breakingnews, que su vida, la de su comunidad, la de su país ha sido
cambiada sin remedio y para siempre.
Por mucho que hable de la libertad y el libre flujo de las ideas, el
capitalismo neoliberal sufre de una incurable agorafobia. No resiste la idea
del hombre organizado, reunido, actuando como un conjunto coherente y
motivado. Era sobre individuos aislados, entes separados sin sindicatos,
partidos, o periódicos que los agruparan, que Brzezinski pronosticaba se
podría «manipular las emociones y controlar la razón»6 y realizar el
verdadero «sueño americano», el de «fabricar el consentimiento». Mucho
antes que naciera la mamá de la ovejita Dolly, en sus laboratorios
ideológicos, los «científicos» del capitalismo soñaban con la clonación
mental.
Pero su quimera es irrealizable. Obedeciendo a una extraña ley, los
pobres, los desposeídos, los relegados, aquellos a los que quiere excluir y
eliminar, se multiplican y avanzan hasta sitiar la fortaleza dorada de quienes
pretenden, inútilmente, hacerlos desaparecer. Después de todo, ¿qué otra
cosa poseen como no sea la capacidad de reproducir sin cesar una especie
que se niega a la extinción?
¿Cómo puede arrogarse perennidad un sistema que aplasta naciones
enteras, atenta contra la vida y margina a sus propios ciudadanos? No puede
perdurar una sociedad en la que el hombre sobra.
Al desbordar sin freno su afán de lucro y cubrir todo el planeta, el
capitalismo plantea un dilema crítico: o su voracidad ilimitada arrasa con la
naturaleza y la civilización, o se le pone fin definitivamente para dar paso a
una nueva sociedad, justa, verdaderamente humana. Medio siglo después
regresa como una certeza la profecía tan criticada de Schumpeter: «una
forma de socialismo surgirá inevitablemente de la igualmente inevitable
descomposición del capitalismo».
Para descomponerse e iniciar su declinación, el capitalismo tenía
primero que triunfar, llegar al máximo de su despliegue, aboliendo toda
restricción e imponiéndose universalmente.
Pero no caerá por sí solo. Habrá que esforzarse para anticipar la
aparición de un orden verdaderamente humano.
Deberán desarrollarse nuevas formas y métodos de lucha que incluyan
las posibilidades de comunicación e intercambio instantáneos que ofrece la
tecnología actual. La batalla contra el Acuerdo Multilateral de Inversiones
constituyó una experiencia importante que puede guiar otras acciones
indispensables.
Por primera vez pueden confluir en un mismo cauce las luchas de las
naciones oprimidas y las de los asalariados de los países dominantes y junto
a ellos pueden marchar los sectores y grupos religiosos y los discriminados
por cualquier motivo, y todos los que quieren preservar la vida y son
capaces de amar y de crear.
Nunca antes había sido posible concebir un frente abarcador de todo el
conjunto de la humanidad.
Se requiere erradicar todo sectarismo, cualquier actitud estrecha y
mezquina, cualquier visión aldeana y excluyente. Es preciso una nueva
Internacional que incluya a todos los que buscan un mundo solidario y libre,
en armonía con la naturaleza, que respete plenamente la dignidad de cada
mujer y cada hombre. La civilización desaparecerá si no logramos derrotar
al Imperio, si no somos capaces de abrir espacio al humanismo. El futuro
será socialista o no habrá futuro.
Un socialismo diverso, multicolor, que no surgirá como imposición
dogmática, no será «calco y copia» de nadie sino, como quería Mariátegui,
«creación heroica» de cada pueblo. Será la culminación de la democracia, la
realización de los sueños, los ideales, las utopías que animaron al ser
humano a lo largo de los siglos.
Un día como hoy nació en Cuba José Martí, quien nos enseñó que
«Patria es Humanidad». El era un niño cuando en 1868 los cubanos juramos
«guerra a muerte a la explotación y la discriminación del hombre por el
hombre» e iniciamos nuestra Revolución. Un cuarto de siglo después a él
tocó dirigirla hasta su temprana muerte. Poco antes de avanzar hacia su
última batalla, confiado y lúcido, nos legó esta frase, entonces promesa, hoy
mandato y certidumbre: «Conquistaremos toda la justicia».
LA DEMOCRACIA EN CUBA

Conferencia ofrecida en el Comité Central del Partido, el 20 de


septiembre de 2002

[…]
Vamos a empezar por el tema de la democracia o el sistema democrático en
Cuba, comenzando con algunas reflexiones sobre algo que ha sido
realmente un tema bastante presente a lo largo de la historia en el mundo
occidental, que es la cuestión de la democracia.
Ustedes saben que democracia viene del griego; significa, literalmente,
autoridad del pueblo, de ahí vienen las definiciones que tenemos en el
diccionario: es el sistema en el cual el pueblo interviene o participa en el
gobierno de la sociedad.
Se sabe, por supuesto, que no todos los pobladores de Grecia, no toda la
gente que estaba en Atenas, en las pequeñas ciudades griegas, ejercían el
gobierno o participaban en el ejercicio del gobierno; pero sí todos los que
eran considerados ciudadanos. O sea, los que no eran esclavos, los que no
eran extranjeros, los hombres libres, que tenían la ciudadanía, todos ellos
participaban en el gobierno de la sociedad ateniense, por eso quedó como
una referencia histórica al tipo de gobierno popular, al tipo de gobierno en
que todo el mundo participa, con las limitaciones de clase que no he
olvidado, que se sabe existían en aquel mundo.
Durante todo el período de la Antigüedad y de la Edad Media,
desaparece esa forma de gobierno, lo que hay son gobiernos basados en la
autoridad real o la del jefe feudal, en las formas de Estado que hubo durante
aquel período, sin que se considerase que el común de la gente, de la
sociedad, de los ciudadanos, de los súbditos, tuviesen nada que hacer o
intervenir en el gobierno. Es con el ascenso de la burguesía que se retoma el
concepto de gobierno por los súbditos, abandonando la idea del gobierno
hereditario, por trasmisión por Dios o por lo que fuera.
Ahora, desde el momento en que la burguesía asciende, curiosamente,
también aparece el cuestionamiento de esa idea del gobierno, de esos límites
que la burguesía impone, y es un debate por eso, que es tan antiguo como la
reaparición, en la época moderna, de la idea democrática, porque desde el
principio se trató de limitarla a algo parecido a lo que fue en Grecia. O sea,
ya no era el esclavo, ya no eran los siervos abiertamente, pero desde los
comienzos de la aparición de lo que después se da en llamar la democracia
liberal, o democracia representativa, está también el cuestionamiento de sus
límites, de su alcance limitado a un sector de la sociedad, por motivos del
poder económico, de la relación de esos sectores con la producción y la
distribución.
Por eso es que cuando aparece el pensamiento liberal que va a servir de
inspiración a todo el desarrollo ulterior, incluso de las corrientes políticas,
democrático-burguesas posteriormente, también está la crítica a ese sistema.
Este aparece, fundamentalmente, a mi juicio, en Juan Jacobo Rousseau.
Las críticas más severas a la idea democrático-representativa burguesa las
publicó él cuando esta idea comenzaba a ganar terreno frente al poder feudal
y monárquico, con definiciones que tienen validez actual. O sea, no es
posible un sistema de representación en sociedades basadas en la
desigualdad. Solamente sociedades igualitarias podrían tener sistemas de
gobierno en que alguien representase a los demás; donde exista desigualdad,
donde unos posean mucho y otros no posean nada, todo sistema de gobierno
y toda legislación beneficiará al que tiene todo y no al que carece de todo.
Un lenguaje que puede ser compartido por cualquier radical en los tiempos
modernos; pero está ahí en su Discurso sobre la desigualdad entre los
hombres o en el Contrato social.
El concepto de democracia, cuando reaparece en el mundo moderno no
es algo que perteneciera y que fuera asumido como propio por las clases
dominantes, sino al revés.
Hay un autor canadiense —que no es marxista ni mucho menos— que
recuerda, en una de sus conferencias sobre la democracia, que la palabra
democracia, para los burgueses, para los liberales, era una mala palabra,
hasta llegado el siglo XX. Él sitúa ya el momento en que empieza a aceptarse
el uso de este término como algo políticamente correcto para los burgueses,
alrededor de la Primera Guerra Mundial; pero que hasta ese momento, la
idea de la participación de la gente en el gobierno de la sociedad, o sea, la
democracia, era una mala palabra.
La revolución burguesa más famosa, la primera, la que abre ese período,
es la norteamericana, el movimiento de independencia de las Trece
Colonias. Si uno lee todos los debates que se suscitaron alrededor de la
Declaración de Independencia, primero, y de la elaboración de la
Constitución norteamericana, después, lo va a ver claramente, los teóricos
del federalismo norteamericano siempre se refirieron a la democracia como
un sistema que no era el que estaban instalando en Estados Unidos, y
establecieron una diferencia entre república y democracia.
Democracia sería aquello que hubo en Grecia, que todo el mundo
participase en el gobierno y que el gobierno representase los intereses de
todos, aunque —repito, lo sabemos— en Grecia el todo estaba limitado a
una parte de la población; que una república es distinto. Una república es un
sistema de gobierno que no es monárquico, que está basado en instituciones
renovadas mediante el voto, con la participación de parte de la sociedad, que
debe ser la que domina ese sistema, la que domina económicamente la
sociedad.
Desde el origen de la sociedad norteamericana, los famosos padres
fundadores, a ninguno les pasaba por la mente que fuera a conducir a un tipo
de gobierno en que todos los norteamericanos tuviesen intervención en el
gobierno, sino que fuese un sistema de equilibrios de poderes, de garantías,
de controles, de balances que asegurasen que los propietarios de la tierra,
del poder económico fuesen también los que controlasen y fuesen los
dueños de ese sistema político.
Desde el origen, en consecuencia, desde que reaparece en Europa, se
afirma en Estados Unidos y en la Revolución Francesa y todo lo demás,
desde el origen, la lucha por la democracia ha tenido que ver con la llamada
franquicia electoral, el acceso de la ciudadanía, o a la asunción de la
condición de ciudadanos por mayores sectores. Es una larga historia.
Las mujeres, por supuesto, no es hasta el siglo XX que en las
democracias burguesas comienzan a adquirir derechos electorales; los
esclavos, por supuesto, siguiendo la misma moda griega, no tenían
participación alguna; los negros, una vez abolida la esclavitud —o sea, los
descendientes, los antiguos esclavos no la tuvieron—, y no estamos
hablando de la prehistoria, no la tuvieron, digamos, en Estados Unidos,
hasta los años 60 del siglo pasado, después de una larguísima lucha. Hubo
una guerra civil para que se pusiera fin a la esclavitud; hubo que enmendar
la Constitución, agregarle una enmienda eliminando la esclavitud; agregar
otra después reconociéndoles los derechos electorales, y hacer una ley, como
parte del movimiento de protesta de los años 60, finalmente, que le diese a
aquella enmienda concreción; porque no había esclavitud, pero había
impuesto electoral, había que pagar para tener acceso al registro electoral.
No había esclavitud, pero había requisito de alfabetización para poder ser
elector; o sea, se le ponía un examen al que pretendía votar, para poderle
conceder ese derecho o no.
Como ustedes ven, son restricciones que buscan no expandir la
franquicia a todos, sino restringirla lo más posible, bajo la apariencia de una
forma democrática de organización, pero basada, realmente, en la llamada
representación; o sea que alguna persona sea electa para actuar en nombre
de las demás, olvidando aquello que el viejo Rousseau dijo desde el
principio: «Eso no es posible, salvo que todos fueran iguales». No puede
haber nadie que represente a los demás, en un conjunto basado en la
desigualdad, en la explotación, ricos, pobres, etcétera.
En el siglo XX —yo muchas veces en conferencias semejantes lo cito,
porque me parece que es un pensador muy valioso—, el austriaco Hans
Kelsen, que tiene varios tratados de Derecho bastante conocidos por los que
han estudiado Derecho, dedicó especial atención a este tema, y retomando el
espíritu de Rousseau, él ha hecho las más severas críticas a la democracia
representativa, y con frases como esta: «La democracia representativa es
una ficción», sencillamente no existe, «la representación es pura ficción,
excepto —dice él en un trabajo muy interesante en que analiza la revolución
bolchevique— que se hiciese algo para lograr la vinculación de la gente con
su representante», que él lo encontró —curiosamente, siendo un pensador
nada cercano al marxismo, era un hombre más o menos cercano a la
socialdemocracia austriaca— en el modelo bolchevique. Lo que él describía
como «la parlamentarización de la sociedad» era el hecho de que los
obreros, los campesinos, los militares, los soldados, a través de los soviets,
participaban en el gobierno de la sociedad, en la toma de decisiones,
etcétera, etcétera, algo parecido a lo que nosotros hemos hecho en etapas
muy recientes. Pensemos en los parlamentos obreros, que recuerdan mucho
ese concepto que él exponía.
Es decir, es la lucha para lograr abrir ese espacio que se le da al
ciudadano, lo que ha caracterizado todos los procesos de avance de la
democracia en el sentido occidental, desde las revoluciones burguesas.
Ahora, ¿qué es lo que está pasando ahora? ¿En qué situación nos
encontramos hoy? En realidad, con el avance del capitalismo, ha ido
avanzando también la mercantilización de todo, incluyendo la política, de
las elecciones, los procesos electorales, etcétera; no voy a abundar sobre
eso, ustedes lo ven, todos los días hay noticias que se refieren a esto, no solo
a la corrupción, no solo a la compraventa de votos, no solo a los escándalos
financieros asociados a las elecciones, sino todo el sistema basado en la
publicidad cada vez más cara y la necesidad para los candidatos de buscar el
dinero, lo cual le da un poder especial a quien da el dinero, a quien
contribuye para las campañas, para los procesos electorales, etcétera.
Este fenómeno, aunque va creciendo y se va desarrollando en la medida
en que el capitalismo avanza y alcanza un grado especial, una suerte de
explosión ahora, en esta fase globalizadora, podemos encontrarlo en José
Martí, en sus análisis de la realidad norteamericana, de cómo es la política
norteamericana en el siglo XIX; todo esto está descrito por él en una etapa en
que esos fenómenos eran un pálido reflejo de lo que alcanzarían en la
actualidad.
Hay otro fenómeno que también va cuestionando las bases del sistema
representativo, que es que la propia evolución del capitalismo cada vez más
anula, incluso la llamada democracia representativa. Ejemplos los
encuentran también todos los días: se estuvo a punto de adoptar
mundialmente un Acuerdo Multilateral de Inversiones que hubiera
establecido normas para el libre flujo del capital en todo el planeta, con
consecuencias para las economías nacionales, consecuencias para los
trabajadores, los empresarios, las poblaciones de todos los países del
mundo.
Ese proyecto de acuerdo no fue discutido en ningún parlamento del
planeta y no fue publicado por ningún medio de información; no se conoció
hasta que una organización no gubernamental francesa encontró el texto, lo
puso en Internet y a partir de ahí empezó a generarse la crítica. Hay
parlamentos que tomaron acuerdos de protesta desde Australia hasta
Canadá, al enterarse de que su gobierno, su ejecutivo, estaba negociando
algo respecto a lo cual no se había hecho consulta alguna al órgano que se
supone que es el representante de la sociedad y que actúa en su nombre.
Ahora mismo tenemos un fenómeno semejante con el llamado ALCA, la
llamada Área de Libre Comercio de las Américas; pero tenemos otros
ejemplos, el TLC entre México, Canadá y Estados Unidos y los TLC que
ahora mismo se están negociando o discutiendo entre algunos países,
prácticamente los legisladores están ausentes de todos esos procesos.
Se ejemplifica esto muy bien con lo que acaba de ocurrir en Estados
Unidos, le acaban de dar a Bush —fue hace algunos días atrás— la facultad
del llamado fast-track, la llamada vía rápida. ¿Qué quiere decir esto? Que el
Congreso renuncia a su facultad de control, le autoriza al ejecutivo a que
negocie el acuerdo y que después se lo presente para que el Congreso diga sí
o no. Uno puede pensar, y es la experiencia histórica, que lo más probable es
que diga que sí, pero no puede enmendarlo, no puede cambiarlo, no puede
intervenir en sus contenidos, ni en su proceso de negociación. No hablemos
del pueblo, de los trabajadores, de los ecologistas, de toda la gente que tiene
alguna opinión en relación con las materias que incluía ese acuerdo, sino sus
representantes, aquellos en los cuales se supone que delega el elector el
ejercicio de la soberanía, el poder de intervenir en el gobierno.
Ya esos, realmente, son ejemplos que son más notorios; pero, en
realidad, todos los días, es parte ya de la vida misma, las pruebas reiteradas
de cómo se van eliminando, incluso, las formas representativas de la
democracia, cómo se va restringiendo la capacidad de intervención del
pueblo en el gobierno de la sociedad.
Todos los días ustedes encuentran una noticia de una empresa que se
cerró o de una empresa que se fundió con otra, o de una fábrica que se
mueve de un país para otro; esas noticias tienen que ver con la vida, con lo
más esencial de la vida de miles de personas, con ninguna de las cuales se
han consultado esas decisiones, que tampoco han sido consultadas con sus
supuestos representantes. Y este es un fenómeno, asociado con la
globalización actual, que es parte del pan de cada día, de la noticia de todos
los días.
Yo he visto casos hasta divertidos, de cuando ocurre eso, entre medios
de información, de pronto un gran conglomerado absorbe un medio de
información y el informador se entera cuando ve la noticia, el flash
anunciando que ya su empresa no existe.
No se avanza, digamos; se ha dejado de avanzar en ese camino de la
apertura a la participación y hoy se llega a un momento en que
prácticamente es inexistente, vacía de contenido, incluso en las formas de
representatividad.
Hay otro elemento asociado con la globalización que también va a tener
una creciente importancia; porque igual que hablábamos de que en Atenas
no votaba el extranjero, no participaba en las reuniones en la plaza pública,
por supuesto, los extranjeros no participan ni siquiera en el acceso a los
procesos electorales para elegir a aquellos en quienes el ciudadano delega la
autoridad, y los extranjeros son un núcleo importante y siempre creciente de
las poblaciones de los países capitalistas desarrollados y van a seguir
creciendo, según todo parece indicar, por las realidades internacionales y los
pronósticos que se hacen sobre ello.
Europa, que no crece en población, va a seguir dependiendo de la
inmigración extranjera; los norteamericanos también, aunque tratan de
seleccionar los que les interesan, los que les conviene, pero también van a
requerir siempre mano de obra barata, como la están teniendo. En todas
estas sociedades hay millones de personas que están allí legalmente, aparte
de otros millones que están sin los documentos apropiados, pero todos ellos,
los documentados y los indocumentados, trabajan, producen, generan
riquezas, ofrecen servicios, son parte activa de esas sociedades, pero carecen
de participación, incluso, formal. No tienen la capacidad ni siquiera de votar
en las elecciones, de ser electores, de manera que la sociedad capitalista
moderna, las sociedades democráticas, democrático-burguesas, se parecen
cada vez más a aquella pequeña ciudad griega donde solo una parte de la
gente tenía las funciones, los privilegios del ciudadano.
Sin contar, repito, los elementos de fraude, las presiones, las trampas,
cosas como las que hicieron famosa a la Florida recientemente, sin contar
eso, dejando a un lado esos elementos de podredumbre que muestran
adónde ha caído ese sistema, realmente, tenemos que recordar que desde su
origen la idea de organización representativa de la burguesía, que ahora se
llama democracia representativa —en su origen, incluso, no querían usar ni
la palabra democracia, porque todavía recordaba aquella idea de que no
solamente ellos sino todo el mundo tenía algo que hacer en ese sistema
político—, ese sistema, cuestionado desde su origen por los mejores
pensadores burgueses y por los elementos más radicales de la época, hoy ya
ni siquiera es asumido por esa burguesía, excepto en el plano de la
manipulación propagandística. Se sigue hablando del mundo libre,
democrático, de la defensa de la democracia, etcétera, y lo que ya no se le
puede dar es ningún contenido a esa idea democrática, porque la vida lo
contradice todos los días.
Pasemos ahora a Cuba. Yo diría que desde este ángulo que estamos
hablando, en Cuba se producen dos elementos, hay dos elementos básicos
para juzgar el sistema cubano. En primer lugar, por supuesto, toda la
transformación social que se da en nuestro país con la Revolución, que nos
acerca a la solución de esa contradicción básica que veía Rousseau;
lógicamente, cuando aquí había una enorme parte de la población
analfabeta, una enorme parte de la población desempleada, viviendo en la
miseria, etcétera, era una ficción decir que todos participaban o podían
participar de una forma igual en el gobierno de la sociedad.
En Cuba hubo, todavía hay, un proceso profundo de transformación de
la sociedad que fue sentando las bases para, sobre esa nueva realidad, crear
un sistema representativo democrático. Ese esfuerzo de transformación no
se ha detenido, y ustedes saben perfectamente bien que ahora mismo
estamos en medio de una batalla que, entre otras cosas, busca golpear
profundamente, en un sentido más allá de lo legal, más allá de lo escrito en
los textos, en términos reales, los elementos de desigualdad que subsisten en
nuestra sociedad, como en todas partes.
La otra característica, que yo creo que es importante, es que en ese
proceso de transformación el pueblo ha tenido un papel protagónico desde el
principio; es decir que no ha sido simplemente el beneficiario de una serie
de logros sociales, sino que él los ha conquistado y ha participado en la
concreción y el desarrollo de esos resultados. Y es así desde el Primero de
Enero cuando, con la huelga general revolucionaria, en la que participan
millones de cubanos, se logra la conquista del poder político; no fue
solamente un grupo de vanguardias que derrocase la tiranía, sino que lo hizo
con la participación de la gente. Y desde ese día para acá, y yo no voy a
meterme en eso, porque es que prácticamente es toda la vida nuestra, en la
defensa, en la producción, en el trabajo voluntario, en la educación, en la
salud, en todas las esferas de la vida, si nos fijamos, y quizás a veces no nos
damos cuenta porque es parte de la vida cotidiana, pero en todas hay una
participación activa de la gente. Hemos sido partícipes de todas esas
acciones hasta tal punto que la mayor parte de la población cubana ya nació
en una sociedad que era así, lo tomamos como algo natural, desde el
Primero de Enero hasta el enfrentamiento al período especial, los
parlamentos obreros, las discusiones con los trabajadores, en fin, todas las
cosas, que son numerosos los ejemplos. Algo semejante ocurre con el
sistema electoral.
Yo quiero aquí subrayar algunos puntos, porque, realmente, hay cosas
del sistema nuestro que son tan naturales, vivimos con ellas de un modo tan
normal como respirar, que no nos damos cuenta quizás de la importancia
que tienen en término de ese debate, al que yo aludí, de esos antecedentes
históricos.
Repasemos por un momento los elementos principales del sistema
electoral nuestro. En primer lugar, el registro automático universal y público
de los electores. Durante semanas se ponía a que lo viera cualquiera, en
todos los barrios, el registro de electores, para que el que no aparece haga la
gestión y pida que se le agregue a él allí, porque por algún motivo puede
faltar alguien. Para hacer eso no hay que pagar, no hay que hacer ningún
trámite.
En algunos países capitalistas, es también universal y automático, pero
no en todos, les puedo decir que en el caso norteamericano ese es uno de los
pasos más complicados que pueda haber. En primer lugar, hay que averiguar
dónde está la oficina para inscribirse. En segundo lugar, hay que disponer de
tiempo para ir a esa oficina, que trabaja en horas de oficina; hay que sacarse
una fotografía, hay que presentar unos papeles para ver si esa persona no
aparece ya como elector. La excusa parece noble, no inscribir dos veces a
una misma persona como elector. Una vez que se verifica que él no aparece
como elector anteriormente, se le cita para que vuelva en días de trabajo a
presentarse en esa oficina a llenar las planillas, etcétera, con varios
requisitos más. Cada estado establece esos requisitos, para algunos estados
hay que estar viviendo ahí durante los últimos 10 años, por ejemplo, y
entonces mientras usted no llegue al décimo año ni se tome el trabajo de ir a
inscribirse.
Hay diversas regulaciones que, si uno las analiza, todas buscan no abrir,
sino cerrar, estrechar, restringir el número de personas que acceden a lo que
en la democracia representativa es el único derecho, que es el de votar por
alguien para que actúe en su nombre.
Aquí es automático, a la vez que se arriba a la edad electoral. Es público
para que uno pueda darse cuenta si aparece o no, pero fíjense que también el
darle publicidad tiene otra consecuencia: todos sabemos quiénes son los
posibles electores en cada una de nuestras circunscripciones, no hay nadie
que pueda tener esa información y manipularla. La base del fraude en todas
partes es, en primer lugar, que nadie sabe quiénes son los que tienen que
votar y, a la hora de votar, uno que debía haber votado no pudo hacerlo y
otros que nadie sabe de dónde salieron fueron y depositaron los votos.
La nominación directa de los candidatos, algo en que estamos ahora
mismo, es perfectamente normal, aquí llevamos más de un cuarto de siglo
con ese sistema, pero tiene una importancia tremenda, es uno de los
elementos que enriquecen nuestro sistema representativo. Nosotros tenemos
más derecho que otros a hablar de democracia representativa, porque la
nuestra puede reclamar más legítimamente representatividad, precisamente,
por los elementos de democracia directa que ella contiene, por el esfuerzo
que se hace en el sistema nuestro para acercar al representado a su
representante, y quizás el punto más claro, más obvio, es este: ¿de dónde
salen los candidatos? Salen de la propia gente que decide quién va a ser el
candidato, no es la maquinaria, no es el interés oculto, sino adquiere cada
ciudadano una capacidad adicional, una capacidad de la que carecen en otras
partes, de ser él el que postule, el que haga las propuestas y que sea entre
ellos que se decida quién va a ser el candidato.
Las votaciones, la forma de votar la conocemos. Por supuesto, el voto es
secreto, sabemos en qué forma se hace y funciona nuestro sistema; pero hay
un punto que a veces no lo asumimos con la importancia que tiene: el
conteo de los votos es público, los resultados de la votación que se hace en
cada lugar, el proceso para contar los votos es abierto, cualquiera puede
presenciarlo, y, además, se publican ahí mismo esos resultados.
En todos los sistemas en que el fraude es un componente fundamental se
acabaría el fraude si eso fuera así, si cada persona, cualquiera pudiera saber
los votos que sacó este candidato en tal lado y los que sacó allá y acullá y
eso ya no sería posible manipularlo a nivel de las juntas electorales.
Yo no conozco otros lugares en que ni el registro electoral sea público ni
que sea público in situ el resultado de cada colegio electoral, que es una
forma de acabar, de eliminar las posibilidades de fraude, de dar seguridad a
la limpieza electoral.
Hay otro aspecto fundamental, por supuesto, que conocemos bien, que
es la ausencia de campañas, la ausencia de competencia electoral entre los
candidatos. Esto quizás sea el punto en que se hace mayor el contraste entre
el sistema nuestro y los demás. En la llamada democracia representativa se
convierte a esa supuesta competencia en el elemento definitorio, esencial.
Realmente no es así; realmente lo que definiría la posibilidad de
intervención del pueblo en el gobierno, o sea, su participación en el ejercicio
del poder, sería sus posibilidades de acceso real para empezar a ver quién va
a ser el candidato y cómo va a actuar después el candidato, que a eso
llegaríamos más tarde.
La competencia está asociada con el comercialismo, con la
mercantilización de la política y se pretende que sustituya a estos conceptos
básicos. Pero, entre otras cosas, es una de las grandes falsedades del mundo
contemporáneo.
Digamos, lo que va a haber aquí en octubre, si usamos en un sentido
noble el vocablo, sí es una competencia mucho más real. No hay
competencia en el sentido de que un candidato a delegado no va a hacer
nada para calumniar, para atropellar al otro, pero sí la gente va a elegir, en
términos reales, entre varias personas propuestas por ella misma.
En noviembre serán las elecciones en Estados Unidos, para ponerles un
ejemplo, el más cercano, el del país que pretende imponerse como el
modelo. Hace rato que se habla de esas elecciones, se supone que se va a
renovar la Cámara, son 435 escaños, un tercio del Senado, son unos treinta y
tantos senadores, unos cuantos gobernadores y congresos estaduales; 435
representantes, son 435, aparentemente, elecciones, incluso hay algunas en
que ni siquiera se hacen elecciones. En realidad nadie habla de 435
competencias, hay como 400 que nadie se preocupa en averiguar qué va a
pasar, se sabe quién va a ser la persona que ocupe el escaño, porque no hay
posibilidad real de competencia por diversas razones.
Es llamativo el hecho de que es una regla casi casi inviolable que los
que aspiran a reelegirse, en más de un 90% de los casos, son reelectos. Esto
tiene que ver con una cosa muy sencilla: el que está ocupando el puesto, el
que ya llegó a ese lugar, normalmente es el que tiene el apoyo de los
intereses económicos prevalecientes en ese lugar, y salvo que entre en crisis
con esos intereses, o algún caso especial, algún caso excepcional que lo
pueda poner en crisis, normalmente esa persona es imbatible; en segundo
lugar, los distritos electorales los acuerdan esos mismos políticos, las
distintas asambleas legislativas estaduales y lo van a hacer conforme a sus
intereses.
Es muy interesante ver un mapa electoral norteamericano, nadie piense
que es más o menos siguiendo la naturaleza, o por donde pasa un río, o
cualquier dibujo sencillo; a veces es sumamente complicado para asegurar
que están las zonas que controlo yo, las que controla Risquet, etcétera,
según la correlación de fuerzas.
Hay lugares en que no hay competencia, digamos, hay un candidato
demócrata, pero no hay un republicano. Hay lugares en que sencillamente es
ridículo suponer que se le vaya a ocurrir a alguien aspirar como candidato
de un partido que no tiene absolutamente ninguna base, ningún sustento en
ese distrito, y hay casos en que la competencia se da entre un tipo solo,
consigo mismo. Lincoln Díaz-Balart, por ejemplo, ya fue electo, y estamos
en septiembre; ya lo felicitaron, ya todo el mundo sabe que él es el
representante por ese distrito, que no va a haber candidato demócrata, y la
competencia esa es entre dos partidos que, en lo fundamental, como
sabemos, representan lo mismo, hasta el punto de que ningún demócrata se
toma el trabajo de gastar dinero —porque esto es un problema de capital, es
de inversión—, ¿por qué gastar dinero en la zona que Díaz-Balart domina?
Lo mismo se puede decir de la señora Ros Lehtinen. En el caso de ella,
que es más sutil, sí tiene candidatos en contra: un señor que en la última
elección sacó un voto —se sospecha que es el suyo—, bueno, otra vez
aspira a sacar un voto obviamente para que haya una supuesta capacidad de
selección.
Hay varias docenas de distritos electorales en los cuales va un candidato
solo. Ellos que tanto hablan y critican la candidatura unida, o el sistema
nuestro, digamos, en el caso de ellos, el no tener competencia real, es la
quiebra del sistema, porque la base del sistema es que supuestamente hay
facciones contrarias que compiten y el pueblo decide esa competencia. Eso
va a ser así en algunos casos en lo que llaman —incluso es el lenguaje que
se usa— elecciones abiertas; las demás son cerradas. A nadie se le ocurre
pensar que no va a ganar el que domina, el que controla, o el que es el
candidato único.
Yo mencioné a estos dos personajillos, pero si fuéramos a ver, del lado
de gente amiga, de gente noble, ¿a quién se le ocurre que vaya a haber un
republicano conservador que pretenda aspirar por el sur del Bronx contra
José Serrano, por ejemplo? Yo no sé si lo habrá, pero no hay la menor duda
de que Serrano va a ganar con el noventa y pico por ciento de los votos.
Porque hay que buscar con lupa para encontrarse a un conservador entre los
puertorriqueños del sur del Bronx; y lo mismo se pudiera decir de algunos
otros distritos donde es inevitable que gane el que de hecho es un candidato
único.
Hay las llamadas elecciones abiertas, que son los casos en que ya el
ocupante del escaño decidió retirarse, decidió no seguir, el senador
Thurmond, con sus 98 años, ya encontró que era tiempo para retirarse,
bueno, esa es elección abierta; después de estar varias décadas ocupando ese
escaño, lógicamente ahí hay más oportunidad, digamos, para que venga otro
a pretender ocuparlo; o Torricelli, que aspira a reelegirse por su estado de
Nueva Jersey y que lo hubiera hecho sin mayores tropiezos si no fuera
porque está enredado en un gran escándalo de negocios sucios y de haber
recibido dinero indebidamente, sobornos de empresarios, etcétera, etcétera,
hay un gran cuestionamiento a este señor, que estuvo a punto de ir ante los
tribunales, al final lograron negociar para que no pase la cosa al terreno de
los tribunales de justicia; pero, evidentemente, toda esta situación de
escándalo le da una cierta expectativa ahora en esa elección a un candidato
republicano para poder intentar desplazar a este hombre.
Ahora, la ausencia de campañas políticas, de competencia, de elemento
mercantil en nuestro sistema, el papel del dinero, no es verdad que reduzca,
que limite el carácter democrático del mismo, sino que es al revés. El gran
problema de los sistemas llamados democráticos representativos es lograr
incorporar a la gente a lo único que la gente hace, que es votar; a millones
les impiden que se incorporen, por las restricciones para el registro electoral,
a las que aludí antes. A los que pueden ir a votar, que son los menos pobres,
que son los más blancos, que son los que tienen una ubicación mejor en la
sociedad, entre esas personas la mayoría no se siente motivada porque sabe
que esto que estoy diciendo yo aquí es verdad, sabe que realmente no hay
una posibilidad de elección real, saben que no hay grandes diferencias entre
un candidato y el otro y, en consecuencia, les resulta muy difícil a los
políticos atraerlos. Paradójicamente, para lograrlo, gastan más dinero, más
publicidad, más recursos financieros que se vuelcan en el proceso; pero la
gente no es idiota, la gente se da cuenta de que eso significa más compra del
candidato y, por lo tanto, trasladarle el poder real más a esos que controlan
el dinero que al elector en cuestión.
La no profesionalización de nuestros representantes, es decir, el hecho
de que con muy pocas excepciones, el delegado municipal, o provincial, o
diputado, no ejerce esa representación como un trabajo, como un oficio,
sino que va a seguir siendo el vecino de la misma circunscripción, o el
profesor, el obrero, el trabajador, el dirigente, lo que sea, va a seguir
desempeñando las funciones que dentro de la sociedad tenía anteriormente.
Y el principio de revocación y la rendición de cuentas, voy a pasar nada
más que a mencionarlos, porque creo que son bien conocidos por todos
ustedes, pero que son elementos que desde los tiempos clásicos se asociaban
con la posibilidad de un sistema representativo genuino y que el elector
puede, en cualquier momento, tener idea de lo que está haciendo su
representante y, además, puede, en cualquier momento, decidir que no lo
siga representando, si no la representatividad es, obviamente, una falacia.
Yo diría que un elemento fundamental también en nuestro sistema es el
que vendrá después, que está ya comenzando a través de los plenos, de las
organizaciones, etcétera, y que se desatará después de las elecciones de
octubre, que es la participación de la sociedad civil en la nominación de los
candidatos a las instancias provinciales y nacionales. A veces cuando algún
extranjero pregunta sobre el sistema nuestro, la parte que no resulta tan fácil
explicar es esta, cómo es que se postulan, cómo se escogen, cómo aparecen
los candidatos a las asambleas provinciales o a la Asamblea Nacional. Pero
si Usted hace la misma pregunta en cualquier sociedad moderna, de dónde
sale la candidatura de fulano para senador o de mengano para gobernador,
Usted no va a encontrar ni una pizca de transparencia que supere a la
nuestra. Muchas veces es decisión del tipo que decide aspirar a algo, porque
tiene para eso, o tiene el dinero suficiente o cuenta con el apoyo de los
intereses que se lo van a suministrar; sale aparentemente de una convención
partidaria, es la consagración de esa postulación, pero generalmente son,
creo que sin excepción, decisiones de la persona: «yo aspiro a tal cargo y
lanzo mi candidatura». Eso lo puede hacer un loco o lo hace alguien que
tiene detrás el respaldo de grandes medios informativos, de recursos
financieros, etcétera, etcétera.
En el caso nuestro, es un proceso más complejo, pero mucho más
participativo. Cuando uno analiza todo ese proceso ve que son decenas de
miles los nombres que se procesan a través de las organizaciones sociales
que, en última instancia, son representativas del conjunto social cubano, y
algo muy importante: esas candidaturas tienen que ser aprobadas, electas
como candidatos por las asambleas municipales que están integradas por
esos delegados que el pueblo nominó directamente y entre los cuales eligió
después. Por lo menos en la asamblea por la cual yo soy candidato —y veo
aquí un compañero de ese municipio— y en todas las elecciones he visto
discusión de las candidaturas y modificación de las candidaturas. Es real, no
ocurrirá siempre así, no será en todos los casos; pero por lo menos a mí me
consta haber sido testigo de discusiones siempre y de propuestas y de
contrapropuestas, ¿de quiénes?, de ciudadanos que están allí porque algún
vecino lo propuso y sus vecinos lo eligieron como candidato para que
después integrase, si ganaba la elección, esa asamblea municipal.
No tiene comparación con la forma de composición y de operación de
los mecanismos, de los aparatos partidarios que en el sistema de la llamada
competencia, de cómo surgen, aparecen y llegan a ganar una nominación los
candidatos.
Finalmente, yo señalaría el funcionamiento de las asambleas
representativas nuestras, que una vez surgidos los candidatos y electos con
ese nivel de participación de los electores, el funcionamiento de esos
órganos se trata, se procura que siga reflejando ese mismo espíritu
participativo.
Son muchos los ejemplos y no voy a entrar a agotarlos, desde la forma
de operar las comisiones, las audiencias públicas, las reuniones territoriales
de diputados. En el caso de la Asamblea Nacional, los compañeros que son
diputados saben que todos los proyectos de ley y todos los documentos
principales que discutimos, siempre, antes de que lleguen al período
ordinario de sesiones, el que cubren la televisión y los medios de prensa, el
que se conoce, han sido precedidos de muchas reuniones en que han
participado los diputados en los territorios; tenemos que hacerlo en los
territorios, porque no son profesionales, no se trasladan a La Habana a vivir
en la capital y dejan sus funciones en la provincia, sino que está cada uno en
sus provincias.
Ahora, en esas reuniones no solo han participado los diputados, sino
otros elementos de la sociedad que tienen que ver de algún modo o que son
invitados a esas discusiones, con lo cual, si sacamos la cuenta bien, cuando
nosotros aprobamos una ley en la Asamblea Nacional, en la plenaria a lo
mejor le dedicamos al final una sesión; pero si sacamos la cuenta bien y
sumamos el número de horas que les han dedicado los diputados en esas
reuniones previas, no son menos, sino más que las que le dedica cualquier
parlamento burgués a la discusión de una ley, y si sumamos, además, el
número de personas no diputados que participaron en esas reuniones
previas, son mucho más los miembros de la sociedad que han intervenido en
el proceso de conformación de un texto legislativo.
Bastaría referirme a dos ejemplos.
Todo el proceso de discusión de las medidas que se tomaron para
enfrentar la crisis económica, el llamado período especial, los parlamentos
obreros, pero no solo los parlamentos obreros, sino numerosas reuniones en
las que todos hemos participado por nuestro centro de trabajo o por lo que
fuera.
Ahora mismo, este mismo año —con muy poca publicidad, pero tengo
por lo menos un cuarto de millón de testigos—, la Ley de Cooperativas
Agropecuarias que se ha discutido en cada CPA y en cada CCS han
participado decenas de miles, aquí tengo algunos compañeros, que recuerde,
que participamos cada uno en alguna, los diputados.
Hay aproximadamente un cuarto de millón de personas, campesinos,
cooperativistas de un tipo o del otro, que han estado en varias reuniones,
porque en las que yo estuve, ellos mismos me contaron las reuniones previas
que ellos tuvieron entre sí, las que tuvo la directiva de la cooperativa, la que
tuvieron con los socios de la cooperativa, los cambios, las propuestas que
examinaron entre ellos.
No hay campesinado en ninguna parte del mundo que tenga esa
posibilidad de opinar, de sentirse parte del proceso de aprobación de una ley
que les concierne, como la que tenemos en nuestro país.
Finalmente quería decir lo siguiente, que me parece que es importante
tomarlo en cuenta a la hora de juzgar nuestro sistema.
Yo diría que tiene dos raíces que son fundamentales, por supuesto, el
carácter socialista de nuestra sociedad. El socialismo, en esa historia por la
que pasé tan rápidamente, desde Grecia para acá, es una ideología y es un
movimiento que surge en algunos países del Occidente, vinculado con ese
despertar democrático, con esa aspiración a abrir la participación en el
gobierno de la sociedad.
Socialismo y democracia han sido siempre sinónimos. Cualquier idea de
contraposición de esos dos conceptos no es nada más que manipulación
burguesa o errores del lado nuestro. Han sido y eran sinónimos.
Gobierno popular y sociedad socialista tienen que ser lógicamente uno y
lo mismo.
El otro elemento que me parece que es importante, es también nuestra
propia historia nacional, nuestras raíces nacionales, porque hablamos de una
revolución socialista que no nos cansamos de decir que es la misma
revolución desde el principio, compañeros, y si uno se fija lo que pasó en
este país en 1868, cuando democracia era mala palabra, cuando en ninguno
de los países democrático-liberales, ni en los más avanzados, en ninguno
llegaba ni al 20% los ciudadanos que tenían acceso al voto, que podían
participar en el gobierno; cuando había que tener plata para tener la
condición de elector, cuando dependía del nivel de ingresos; cuando
dependía, por supuesto, del sexo, cuando dependía de la raza, en este país se
inicia una revolución que comienza dándoles a los que habían sido esclavos
los mismos derechos civiles y políticos. Ese reconocimiento a la igualdad
civil y política, más allá del fin de la esclavitud, más allá de acabar con esa
aborrecible institución, el considerar a todos como iguales en términos de
participación, esa fue una frase de Céspedes en el Decreto aboliendo la
esclavitud, «para que disfruten de todos sus derechos civiles y políticos en
perfecta igualdad». Eso, en ese momento, no existía en ninguna parte del
planeta; pasarían décadas, pasaría, incluso, un siglo, en Estados Unidos para
que se aceptase que el negro podía tener también la posibilidad de
inscribirse como elector; pasaría mucho tiempo para que se fuera abriendo
ese espacio a otras capas sociales.
Y cuando hablamos de las rendiciones de cuentas y uno lee la prensa
republicana que se editó allá en Bayamo, El Cubano Libre, los meses que
duró la república mambisa en Bayamo, ahí ve las noticias del delegado
reunido en el parque con los electores dándoles cuenta de su labor, dándoles
cuenta de lo que estaban haciendo, discutiendo la marcha de la guerra,
discutiendo la abolición de la esclavitud, discutiendo estos temas de la
igualdad.
De manera que nosotros, yo diría que tenemos una tradición democrática
radical que está en las raíces mismas de la historia cubana y en las raíces
mismas de nuestro movimiento revolucionario que, por ser realmente
socialista, lógicamente, tiene que expresarse en formas de participación real.
Finalmente, concluyo con esto: nada de esto, por supuesto, es perfecto y
nadie puede pretender que hemos llegado al final de la historia y que no hay
cosas que perfeccionar, que pulir, que mejorar. Precisamente eso es parte de
nuestra batalla, pero están sentadas las bases, las premisas, y cada día este
pueblo va a ser un pueblo más culto y, por lo tanto, más libre.
Piensen por un momento las consecuencias que tiene todo esto que
estamos haciendo ahora en materia de educación y de cultura. Eso debe
conducir a un pueblo más capaz de ser protagonista real, de intervenir
creadoramente en el gobierno de la sociedad, de perfeccionar estos
mecanismos, porque, en última instancia, estos mecanismos dependen
también del hombre y de la mujer, de la gente. En la medida en que sea un
hombre y una mujer más cultos, más conscientes, y, por lo tanto, más libres,
será un sistema que alcanzará niveles superiores de perfección.
[…]
Ricardo Alarcón de Quesada (La Habana, 21 de mayo de 1937) es un doctor
en Filosofía y Letras, escritor y político cubano. Entre 1993 y 2013 fue el
Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, máximo
órgano legislativo del país.
Notas
[1]
La economía cubana. Reformas estructurales y desempeño en los
[Link]ón Económica para América Latina y el Caribe de las
Naciones Unidas y Fondo de Cultura Económica, 1997. <<
[2] Todas las citas del Padre de la Patria son de Carlos Manuel de Céspedes,

Escritos. Compilación de Fernando Portuondo del Prado y Hortensia


Pichardo Viñals, 3 tomos, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1974. <<

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