3er.
Festival Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil- 25/26 de septiembre de
2017- Fundación Santillana
Lectura y educación
Andrea Brito1
La temática de esta mesa me convoca a pensar, por mi formación y mi trayectoria
laboral, en la relación entre la lectura y la educación en clave escolar; esto es, una
relación pensada desde la institución educativa y problematizada desde la mirada
docente. Una relación que incluye la pregunta sobre cómo formar lectores en el
mundo de la escuela en diálogo con otras voces, entre ellas, las acciones de las
políticas públicas y de otras instituciones que intervienen sobre su quehacer.
Hablar de la relación entre la lectura y la educación es hablar de una relación histórica,
construida desde ya hace siglos y en la que la institución educativa ocupó y sigue
ocupando un lugar particular. Por eso, porque se trata de una relación histórica, voy a
hacer jugar la idea del “tiempo” para pensar las preguntas y los posibles caminos para
continuar esta relación en presente y a futuro.
Y lo haré a través de dos movimientos. El primero, pensar la lectura y la educación a
través del tiempo. Y el segundo, proponer la lectura y la educación desde el valor del
tiempo.
1) Pensar la lectura y la educación a través del tiempo
Elijo esta figura del “a través del tiempo” porque nos permite ver en perspectiva qué
ha ido cambiando y qué ha ido permaneciendo de esta relación configurada al calor de
lo que la sociedad le ha ido demandando a la escuela. En efecto, la lectura y la
educación es una relación añeja que fue construyéndose al paso del impacto de los
cambios sociales, culturales y tecnológicos de una época y de la función social que en
cada tiempo se asignó a la escuela.
1
Doctora en Ciencias Sociales y Magister en Ciencias Sociales con Orientación en Educación (FLACSO-Argentina),
Licenciada en Ciencias de la Educación (Universidad de Buenos Aires) y Profesora para la Enseñanza Primaria (Esc.
Normal Superior Nro. 4). Ha trabajado como docente del nivel primario, universitario y de posgrado y ha elaborado
y coordinado la producción de materiales de desarrollo curricular y de formación virtual y también es autora de
libros y diversos artículos en publicaciones educativas. Especializada en temas vinculados con el currículum, la
enseñanza y la formación docente, desde el año 2002 es investigadora y docente del Programa Educación,
Conocimiento y Sociedad del Área Educación de FLACSO. Allí coordina el Posgrado Lectura, escritura y educación,
focalizado en el estudio sobre los cambios culturales contemporáneos y la cultura escolar.
1
Para comprobar esto podemos remontarnos a sus orígenes, allí cuando la escuela tuvo
una misión muy ambiciosa: alfabetizar a la mayor cantidad de población posible a
través de la formación religiosa. Y allí la lectura… con su sus silabarios, sus catecismos,
la recitación y la lectura coral.
Luego se sumó la escritura, práctica que la sociedad demandó a la escuela por la
necesidad de la comunicación a distancia y cuya concreción fue posible por la
disponibilidad de nuevas herramientas técnicas tales como la pizarra, el papel y la
pluma. Cambiaron los materiales, cambiaron los métodos pero la lectura siguió
estando allí para formar, junto con la escritura y el cálculo, el nuevo triángulo de la
alfabetización.
Despuntando el siglo XIX la sociedad demandó a la escuela la formación política de la
nueva ciudadanía. La lectura, entonces, tomó forma en esos libros habitados por
textos e imágenes de profundo sentido moral y patriótico compartidos en voz alta en
el espacio del aula.
La explosión de los medios masivos de comunicación, en la mitad del siglo pasado, dio
un golpe de timón a la función de la escuela. Frente a invasión de lo audiovisual la
formación lectora, entonces, apuntó a la información y el entretenimiento. Nuevas
lecturas, sociales y escolares, abriendo el paso a una oferta diversa en géneros y
variada en formas de leer.
Son estos grandes hitos históricos que muestran lo cambiante que fue la relación entre
lectura y educación a través del tiempo. Sin embargo, muchas veces se dice que la
escuela, desde hace siglos, sigue haciendo lo mismo. Y esto es así porque, aún con los
cambios, en esta relación hay algunas cosas bien estructurales que han permanecido a
través del tiempo con una vigencia perdurable. Voy a mencionar dos, las más visibles,
las más usuales y conocidas en nuestra historia escolar.
Una es el lugar del libro, el lugar central del libro en la enseñanza y el aprendizaje de la
lectura, una permanencia a través del tiempo. El libro, en sus diferentes formas, ha
sido el recurso siempre presente e imprescindible en toda escena escolar de lectura. El
libro fue, durante la historia escolar, la fuente del saber y el organizador de los modos
de vincularse con ese saber.
La otra cuestión que ha permanecido a través del tiempo en la relación entre lectura y
educación es la figura del maestro o profesor como mediador en el vínculo entre los
alumnos y los libros. Y esta es una imagen muy fuerte en nuestras biografías escolares
porque viene asociada al valor y a la autoridad de los maestros y los profesores. Libro y
maestro, dos pilares.
Hoy, una vez más y como a través del tiempo, los cambios sociales, culturales y
tecnológicos actuales demandan un cambio a la escuela. En el centro del nuevo
2
escenario cultural las tecnologías digitales revolucionan los modos de intercambio y de
comunicación y dan forma a una nueva maquinaria de producción y circulación del
conocimiento. Los nuevos dispositivos, como plantea Emilia Ferreiro, nos ubican en la
antesala de una gran revolución en la tecnología de la producción de textos y de sus
modos de presentación2.
El alcance de estos cambios, que puede percibirse en la misma idea de revolución
cultural a través de la cual son nombrados, hace tambalear muchas certezas, fórmulas
y prácticas culturales conocidas. Un panorama que por muchos es leído como una
“crisis” de la lectura cuando en verdad, y aquí retomo a la escritora Graciela Montes3,
a lo que asistimos es a una crisis en el “orden” de la lectura.
En efecto, la lectura es una práctica que hoy se construye y desarrolla en nuevas
coordenadas, en nuevos soportes, a través de nuevos géneros. Un nuevo “orden” que
movilizas las dos cosas que antes mencioné como permanencia a través del tiempo en
la relación entre lectura y educación: el libro como fuente de saber y el maestro o
profesor como único enlace autorizado entre los estudiantes y ese saber.
¿Cómo resuenan estas permanencias en el cotidiano escolar? Los maestros y los
profesores muchas veces dicen sentir que esto se vuelve un problema hecho pregunta:
¿cómo construir el vínculo entre los niños y los jóvenes con la lectura y los libros en
tiempos donde las pantallas desbordan su vida cotidiana? Que los alumnos no están
motivados para leer en la escuela es una frase que se ha vuelto común escuchar como
una dificultad. Una frase que parece romper una relación idílica entre lectura y
educación sostenida a través del tiempo.
Efectivamente, enseñar a leer hoy en la escuela no es tarea sencilla. No es fácil enseñar
a leer una novela completa si el cine se encarga de desplegarnos su trama en imágenes
3D y sonido digital. No resulta sencillo enseñar reglas de ortografía cuando el chat abre
el universo de la no sanción ante la falta de una h o una tilde olvidada sino que, por el
contrario, premia la omisión con el pulso de la velocidad. Ni tampoco enseñar a
escribir un informe cuando todo parece estar ya investigado y a la mano en el mundo
web: aparentemente sólo hace falta un clic, cortar y pegar.
Pero además de reconocer que no es una tarea sencilla, también quizás convenga, por
un lado, relativizar el idilio entre lectura y educación que parecen traernos las
imágenes del pasado despojadas de dificultades y preguntas por la enseñanza. Y, por
2
Ferreiro, E. (1999). Pasado y presente de los verbos leer y escribir. Argentina, Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica.
3 Montes, G. (2006). La gran ocasión: la escuela como sociedad de lectura. Plan Nacional de Lectura,
Ministerio de Educación República Argentina.
3
otro lado, afirmar ciertos principios que es importante renovar cuando nos toca pensar
esa relación desde nuestra tarea, hoy. Por eso, propongo pensar..
2) La lectura y la educación y el valor del tiempo
Y para poner en movimiento esta idea formulo unas propuestas:
- Pensar la relación entre la lectura y la educación en tiempo presente y a futuro:
esto es, considerar el papel social clave que sigue teniendo la escuela en la
formación de lectores para el ingreso al mundo social. La cultura digital define
nuevos saberes necesarios, nuevas competencias o habilidades (o el término que
elijamos usar) que son hoy nuevos requisitos para acceder a un empleo,
desempeñarse en la vida social, construir vínculos con otros a la distancia. Y en
todos esos saberes, que hoy se construyen entre pantallas, la lectura sigue
resultando un saber básico y central. La lectura, en diálogo con otros lenguajes,
pero que no sólo es una práctica que retorna con fuerza sino que no parece tener
fecha de vencimiento, un saber aún vigente para enseñar en la escuela.
- Pensar la relación entre la lectura y la educación entre tiempos: la escuela es un
lugar “híbrido”, lugares de mezcla. Mezcla de prácticas, de teorías, de saberes, de
emociones, de vínculos y también de materiales, espacios y recursos. En la escuela
conviven el libro, el lápiz, el papel, los pizarrones, las láminas, las pantallas de los
televisores y celulares, y cuando las hay, de las computadoras o las tablets. Formas
y materiales que pertenecen a distintos tiempos pero que se combinan en nuestra
forma de vincularnos entre nosotros, con nuestros alumnos y con el conocimiento.
Conviene tener en cuenta esta mezcla para pensar la formación de lectores,
desplegada en la complementariedad de formas y de modalidades.
- Pensar la relación entre la lectura y la educación como una cuestión de tiempo:
las tecnologías digitales aceleran nuestra relación con el mundo y con los otros:
todo se vuelve vertiginoso, instantáneo, obsoleto. Y hasta suele escucharse que las
tecnologías digitales también aceleran nuestras formas de aprender. Sin embargo,
en relación con la lectura, conviene recordar lo que alguna vez dijera Ricardo Piglia,
leemos a la misma velocidad que en los tiempos de Aristóteles4 refiriéndose con
esto a que no hay un dispositivo ni chip que nos haga leer más rápido ya que el
tiempo que impone la lectura es exactamente el mismo que hace cientos de años.
Por eso, decía, podemos pensar que la relación entre la temporalidad y el lenguaje
encuentra su espacio pleno en el momento de la lectura.
4 Piglia, R. (2010). “Conferencia Ricardo Piglia”. En Jornadas “Compartir la palabra”. Plan Nacional de
Lectura, Ministerio de Educación República Argentina.
4
Y también implica pensar que para que el lenguaje se despliegue en ese espacio
pleno es necesario disponer de un tiempo material para el momento de la lectura.
Retomo en este sentido a otro escritor argentino, Martín Kohan, a propósito de su
reflexión sobre el tiempo para la lectura literaria: si bien la literatura cuenta con un
gran prestigio social, y se la suele considerar importante, al pasar a lo concreto
ocurre más bien lo contrario: siempre hay una cosa más importante que hacer,
siempre hay algo más urgente de que ocuparse. Hacerse de tiempo para leer es
parte de las destrezas que tenemos que adquirir como lectores, puesto que está
claro que la vida no está hecha para que podamos leer, sino al revés: parece hecha
para impedirlo. La adquisición de esas destrezas, que cobrarán en cada cual una
forma singular, es parte también de lo que tenemos que proponernos enseñar a
nuestros estudiantes5.
- Pensar la relación entre lectura y educación como “un tiempo” único y singular: y
aquí vuelvo sobre la motivación y retomo la reflexión de un profesor de educación
secundaria a propósito de este tema:
Cabría preguntarse por qué “en el contexto escolar” encontrarse con “la
escasa motivación de los alumnos para leer y escribir” constituye una
problemática sorprendente. Ahora bien ¿es requisito indispensable del “ser
alumno” arribar al mundo escolar motivado para leer y escribir? ¿Es que ese
déficit motivacional enfatiza nuestra frustración o, mejor, da cuenta de
nuestros propios déficits? Un buen ejercicio de revisión de nuestras propias
prácticas pedagógicas relacionadas con la promoción de la lectura y la
escritura podría ser, en lugar de cuestionar, proyectivamente, la escasez de
motivación de los alumnos para leer y escribir, discurso obturador si los hay,
pensar que la escuela, si bien es el espacio concebido social y culturalmente
como propicio para la formación de lectores, también es, muchas veces, el
ámbito en el que los niños experimentan el fracaso por primera vez, es decir,
el lugar en que pueden no “cumplir” con lo que se espera de ellos. Quiero
decir: aprender a leer y a escribir no implica el mismo tiempo, ni el mismo
esfuerzo, para todos6.
Ni el mismo tiempo ni el mismo esfuerzo. Porque cada alumno, cada estudiante que
llega a nuestras aulas tiene su tiempo de aprendizaje y su propio camino, saberes
previos, contextos familiares más o menos favorables, sus disposiciones para
vincularse con la lectura. Pero a todos ellos les debemos nuestro tiempo y nuestro
esfuerzo porque la lectura abre la posibilidad del desplazamiento cultural, del ingreso a
culturas diferentes, según Italo Calvino, de la combinatoria entre las propias y las otras
5
Kohan, M. (2016). “Notas sobre el canon”. En Diploma Superior en Lectura, escritura y educación.
FLACSO-Argentina.
6
Citado en Brito, A. (dir.) Lectura, escritura y educación. Rosario, Hommo Sapiens- FLACSO.
5
vidas a través de la cual y como bibliotecas, enciclopedias y muestrarios de estilos, todo
se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles7.
Ni el mismo tiempo ni el mismo esfuerzo porque para algunos el tiempo de la escuela
es el único tiempo disponible para acceder con el esfuerzo que todo aprendizaje
demanda a otros mundos culturales y que es posible a través de la lectura. Y esto pesa
porque, para muchos, es el único tiempo y la única oportunidad para no quedar fuera,
o al menos no tan en desventaja, en el juego de la inclusión social.
Y en esa oportunidad, que para muchos es de un tiempo acotado, hay algo que
permanece aunque no sea fácil encontrar hoy el lugar más cómodo para habitarlo: es
el papel de los maestros y los profesores ajustando el nudo de la relación entre la
lectura y la educación. Un compromiso por una tarea que va más allá de los soportes
que usamos para leer sino que pone su foco en cómo se dispone y enseña a otros a
leer, transmitiendo con ello una parte y un modo de la cultura para que pueda ser
apropiada y reinventada por las nuevas generaciones.
Se trata, entonces, de asumir ese reto aceptando su complejidad, reconociendo sus
puntos problemáticos, sin afán voluntarista sino con compromiso por nuestra tarea,
sin renunciar a aquello que, en la lectura y en tanto acceso a la cultura común, es un
derecho de todos nuestros alumnos.
7
Calvino. I. (2014). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid, Siruela.