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La Democracia Cubana de Alarcón

Este documento resume la resistencia de la Revolución Cubana a pesar de los pronósticos de su colapso inminente. Explica que la Revolución Cubana surgió de la historia nacional de Cuba y no dependía de otros países socialistas, a pesar de que su desaparición afectó a Cuba. Además, el pueblo cubano ha permanecido unido frente al bloqueo estadounidense que se ha intensificado a lo largo de los años. La Revolución Cubana continúa fortaleciéndose a pesar de todos los

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La Democracia Cubana de Alarcón

Este documento resume la resistencia de la Revolución Cubana a pesar de los pronósticos de su colapso inminente. Explica que la Revolución Cubana surgió de la historia nacional de Cuba y no dependía de otros países socialistas, a pesar de que su desaparición afectó a Cuba. Además, el pueblo cubano ha permanecido unido frente al bloqueo estadounidense que se ha intensificado a lo largo de los años. La Revolución Cubana continúa fortaleciéndose a pesar de todos los

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Con

esta obra se pone a disposición del público lector una selección de


artículos, entrevistas e intervenciones del doctor Ricardo Alarcón de
Quesada que abordan un tema actual y debatido: la democracia en Cuba y la
lucha por perfeccionarla. Esta compilación, realizada por Reynaldo Suárez
Suárez y ordenada de forma temática, reúne trabajos que van desde el
año1994 hasta el año 2002 en los cuales el doctor Alarcón de Quesada
analiza detalladamente conceptos tales como «democracia»,
«parlamentarismo», «democracia representativa», «participación»; plantea
los antecedentes históricos de los basamentos democráticos en Cuba,
comparándolos con otros países, y explica de manera clara y exhaustiva las
peculiaridades de nuestro sistema democrático participativo.

[Link] - Página 2
Ricardo Alarcón de Quesada

Cuba y su democracia
ePub r1.0
Primo y Murasaki 21.12.15

[Link] - Página 3
Título original: Cuba y su democracia
Ricardo Alarcón de Quesada, 2002
Diseño/Retoque de cubierta: Primo

Editor digital: Primo y Murasaki


ePub base r1.2

[Link] - Página 4
«El Estado democrático debe procurar servir el mayor número posible, debe procurar la igualdad de todos
ante la ley, hacer derivar la libertad de los ciudadanos de la libertad pública. Debe apoyar la debilidad y dar
preeminencia al mérito. El equilibrio armónico entre el interés del Estado y los intereses de los individuos
que lo componen asegura la marcha política, económica, intelectual y artística de la polis, protegiendo al
Estado contra el egoísmo individual y al individuo, gracias a la constitución, contra la arbitrariedad del
Estado». (Pericles, según Tucídides.)

«Tomando la palabra en su rigurosa acepción, no ha existido ni existirá jamás verdadera democracia (…)
No es concebible que el pueblo permanezca incesantemente reunido para ocuparse de los negocios
públicos…». (Juan Jacobo Rousseau.)

«Nada es tan autocrítico como la raza latina, ni nada es tan justo como la democracia puesta en acción: por
eso no es tan fácil a los americanos convencernos de la bondad del sistema democrático electivo, y tan
difícil realizarlo sin disturbios en la práctica». (José Martí.)

«El Estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la justicia y en su administración
participan todos los ciudadanos directamente o por medio de sus representantes (…) Para nosotros la
esencia del problema democrático es tratar de resolver, en la práctica, ese problema teórico, esa aspiración
ideal».(Ricardo Alarcón.)

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EN TORNO AL «IMPOSIBLE» REALIZADO

Artículo publicado en la revista Bohemia, La Habana, 7 de diciembre de


1998

Quienes han tenido el singular privilegio de vivir en este país y participar en lo que
aquí ha ocurrido desde 1959 hasta este final del siglo, pueden sentirse protagonistas
de una hazaña de tan dilatado alcance que a nosotros mismos nos resulta difícil
apreciar. Ella ha prevalecido frente a un poder que muchos consideran omnímodo y
que la ha combatido, día y noche, durante cuatro décadas. Entre otras cosas, el
Imperio ha dedicado portentosos recursos a tratar de convencernos de que la
Revolución era imposible. Lo ha estado haciendo, en realidad, desde enero de aquel
año.
Cuando daba sus primeros pasos, cuarenta años atrás, eran muchos los que
especulaban sobre el destino y la perdurabilidad de la Revolución Cubana. Los
esbirros y ladrones del batistato reagrupados bajo la protección yanqui planeaban ya
el retorno y conspiraban envueltos en lo que cínicamente denominaron «la rosa
blanca». Desde entonces Washington pagaba y dirigía grupos «opositores» dentro de
Cuba y hacía lo mismo con un «exilio» que fabricaba en el exterior, como acaba de
documentar un informe del Inspector General de la CIA, recién publicado.
Una intensa propaganda explotaba al máximo lo que entonces se llamaba
«fatalismo geográfico»: en Cuba no podía sobrevivir un gobierno que no contase con
el apoyo de Estados Unidos. Así lo indicaba, se decía, la experiencia de la Guerra
Grande, la tragedia del 98, las sucesivas intervenciones en la república mediatizada,
la frustración del 33. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?
El pueblo, sin embargo, fue capaz de arrostrar todos los sacrificios y de realizar
una obra de justicia y desarrollo que ha transformado completamente el país. A pesar
del feroz bloqueo, las agresiones militares, los sabotajes y las acciones terroristas y
una descomunal y sistemática campaña de tergiversaciones y calumnias, esa obra
permanece incólume y atrae el respeto y la admiración de centenares de millones de
personas en todo el mundo.
Hace ya diez años que se inició el proceso que condujo, vertiginosamente, al
desmantelamiento del campo socialista, la disolución de la URSS, el restablecimiento
del capitalismo en Rusia y el término de lo que se dio en llamar el «socialismo real».
Entonces no fueron pocos los que abandonaron sus ropajes izquierdistas y se sumaron
al coro del «pensamiento único» y entonaron loas al «fin de la historia». Hubo
quienes, en acrobacia insuperable, saltaron del dogmatismo «marxista» para abrazar
el dogma neoliberal.
Fue cuando otros ganaron fama —y dinero— publicando libros que describían el
inminente derrumbe de la Revolución Cubana. Mercenarios de las letras,
«académicos» incapaces de ver más allá de la «teoría del dominó»; sus obras hay que

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buscarlas ahora en librerías de viejo. En esencia, repetían la antigua monserga
batistiana y anexionista.
¿Cómo explicar el fenómeno cubano? ¿Por qué, lejos de caer, la Revolución,
resiste y avanza y con renovada vitalidad, sirve de estímulo a nuevas fuerzas que
siguen luchando para transformar el mundo?
La respuesta adquiere una importancia mayor en un mundo donde la euforia
simplona de los primeros momentos ha dado paso a las dudas sobre el futuro del
sistema que hace apenas unos años se jactaba de una victoria definitiva e inapelable.
La explicación inicial, obvia, es que la Revolución Cubana no era una extensión
del socialismo europeo sino que fue resultado necesario del desarrollo de la historia
nacional. No fue importada de otra parte. Siendo un producto enteramente cubano no
había por qué suponer que su vida estaría condicionada a lo que aconteciera con otros
allende los mares.
Por otra parte, aunque no le debíamos la existencia al socialismo europeo, su
desaparición sí constituyó un golpe brutal a la economía cubana. Perdimos
abruptamente los mercados y socios comerciales que habían ayudado a mitigar, en
alguna medida, los efectos de la guerra económica que desde 1959 nos hace
Washington. Se producía lo que Fidel ha llamado doble bloqueo.
Como si esto fuera poco, el bloqueo de los yanquis no ha cesado de intensificarse:
en 1992 con la Ley Torricelli, en 1996 con la Helms-Burton, ampliada ahora en 1998
con la Ley Presupuestaria que como dijera un senador norteño «es un Frankestein que
no tiene padre ni madre».
Por si lo anterior resultara insuficiente no encaramos una guerra limitada sólo a la
economía, el comercio y las finanzas. Ahí están, para demostrarlo, las bombas en los
hoteles hechas estallar por la Fundación anexionista que sólo pelea desde lejos y a
través de mercenarios, y las acciones para socavar la Revolución desde adentro —
expuestas descaradamente en las tres leyes mencionadas— empleando también
mercenarios pagados por el imperio.
Sin embargo, la recuperación económica continúa, crecen el prestigio y la
autoridad de Cuba en el mundo, la Revolución se fortalece.
Se hace evidente, también, una segunda explicación. El pueblo cubano ha sido
capaz de resistir y de luchar unido alrededor de una jefatura que ha demostrado
firmeza y sabiduría. Los cubanos sabíamos, y sabemos, que no está en juego
solamente un sistema social más justo sino también la independencia nacional y la
identidad propia como pueblo. Aquí, además, hay una obra que vale la pena salvar y
defender, una obra noble, limpia y hermosa, en la que todos participamos y que no
puede ser dañada ni manchada por los errores y las desviaciones que otros, fuera de
Cuba, hayan cometido.
La Revolución entra en su cuarta década bajo el asedio imperialista que la ha
acompañado desde el primer día. Contra ella todas las armas han sido empleadas.
Cuando cumpla su año cuarenta habrán transcurrido diez desde que comenzó a

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desintegrarse el campo socialista y al mismo tiempo se acentuaba la guerra
económica e ideológica contra ella.
Al año de disuelta la antigua URSS, Estados Unidos promulgó la Ley Torricelli y
cuatro años más tarde la Helms-Burton. Ambas, concebidas para asfixiar totalmente
la economía cubana y con la expresa finalidad de hacer desaparecer a Cuba como
nación independiente, tienen efectos que también lesionan gravemente la soberanía y
los intereses de los demás estados del planeta.
La de Cuba se convierte así en la pelea de quienes resisten la prepotencia y la
arrogancia de Estados Unidos. En su vano empeño por derrotarnos, el imperialismo
tiene que ofender y atacar al mundo entero. Defender nuestro derecho a ser
independientes se identifica hoy completamente con la defensa de la independencia
de cada uno de los estados.
Pero la batalla de Cuba representa mucho más. Nuestra Revolución, que empezó
el 10 de octubre de 1868, nació de la fusión indisoluble de las aspiraciones más
profundas del hombre: la igualdad, la justicia, la libertad y la solidaridad. Esos
ideales mantienen su plena vigencia y ahora resultan indispensables si se quiere
salvar el planeta y que la especie humana sobreviva, amenazados como están ambos
por un capitalismo salvaje e irracional que hoy trata de imponerse por todas partes.
Porque Cuba es diferente, porque aquí nos esforzamos en preservar una sociedad
que no se rija por la codicia y el egoísmo individualista, nuestro socialismo adquiere
una significación universal en un mundo que tiene que buscar alternativas frente al
dogma neoliberal. Hoy como nunca antes es literalmente exacta la advertencia
martiana: «Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos».
Son muchos los que se levantan hoy con Cuba. Su número no dejará de crecer
hasta alcanzar, para todos, la realización del «imposible».

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CUBA Y LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA

Intervención realizada por Ricardo Alarcón en la IX Conferencia de


Presidentes de Parlamentos Democráticos Iberoamericanos, celebrada en
Montevideo, Uruguay. Mayo 1998

Un pueblo que entra en revolución no sale de ella hasta que se extingue o la corona.
José Martí

En un reciente estudio la CEPAL señala que Cuba es «una de las economías menos
estudiadas —aunque no la menos interpretada— de América Latina». Algo parecido
podría afirmarse sobre el sistema político de la mayor de las Antillas, el cual también
[1]
merecería ser abordado «con mayor detenimiento y objetividad posibles» .
No lo intentaré aquí pues haría esta ponencia, inevitablemente, demasiado
extensa. Sólo cabe ofrecer, en consecuencia, una aproximación que permita
comprender sus fundamentos históricos y teóricos, desde la perspectiva cubana, y
apreciar su contenido real. Quienes se interesen por estudiarlo en profundidad,
seguramente podrán hacerlo si se acercan a la experiencia cubana sin prejuicios y con
la actitud recomendada arriba.

La lección de la historia
Lo primero que habría que subrayar para entender el caso cubano en su justa
dimensión es que nuestro sistema no es importado de ninguna otra parte. Varias
décadas de guerra fría —y dentro de ella, y más allá, incluso después de su muy
publicitada terminación, una guerra ideológica y política contra la Revolución
cubana, que no siempre ha sido ni es tan «fría» y que nunca parece acabar—
buscaron introducir en la mente de muchos la idea de que el sistema político cubano
era, simplemente, una copia del «modelo» soviético, su extensión hasta el Caribe. Si
tal hubiera sido el caso, Cuba habría seguido el camino que han transitado, sin
excepción, todos los estados que en Europa oriental y central se afiliaron a lo que
hubo de llamarse el «socialismo real». Ese fue el pronóstico que avanzaron con la
certeza dogmática de sus autores, libros muy pregonados hace ya varios años.
Embriagados con los beneficios monetarios fácilmente logrados, ninguno de ellos ha

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tenido tiempo para escribir la necesaria rectificación. Pero lo cierto es que un decenio
después de la desaparición de aquel «modelo» la Revolución cubana perdura, vive y
se desarrolla, pronto cumplirá cuarenta años de existencia, la cuarta parte de los
cuales —vale la pena notarlo— ha transcurrido en un mundo sin campo socialista y
bajo la hegemonía estadounidense.
Resulta obvio, por tanto, reconocer lo que ya ha sido demostrado en la práctica: la
autenticidad de esa Revolución, su carácter verdaderamente independiente. Quienes
pretendieron explicarla como un subproducto de la guerra fría, como una proyección
estratégica de la Unión Soviética, deberían ahora, finalmente, iniciar el análisis donde
siempre debió haber estado: en la Cuba real, su pueblo y su historia.
De esa indagación surgiría la segunda consideración básica: el sistema de
gobierno que hoy tienen los cubanos nace, como evolución necesaria, de su propia
historia. Auxiliada quizás por su relativa brevedad —la nación cubana y su
movimiento de emancipación aparecen hace apenas 130 años— y por la
permanencia, con muy pocas alteraciones, de los mismos factores externos e internos
que la han condicionado, esa historia adquiere un grado muy elevado de coherencia.
La idea de una nación forjada por los propios cubanos, fundada en la igualdad y la
solidaridad entre los hombres, organizada según sus propias concepciones y que,
mediante la unión más sólida de todos sus componentes, fuera capaz de derrotar no
sólo al colonialismo europeo, sino también al imperio norteamericano y a sus
instrumentos criollos, la recorre sin interrupción.
La guerra para independizarse del colonialismo español sólo comenzaría en Cuba
en 1868, medio siglo después de su culminación en el resto del imperio americano.
No era que faltasen en las Antillas las características propias de una nacionalidad
distinta a la española, con intereses, valores y aspiraciones diferentes y
contradictorias con los de la metrópolis. Tales rasgos existían acá también cuando en
el continente se daban los pasos necesarios para separarse de España. En el caso de
Cuba existían, sin embargo, dos factores que explican el atraso de su movimiento
independentista, y asimismo contienen las claves para entender su ulterior desarrollo.
Por un lado, estaba la idea anexionista surgida en los círculos gobernantes de
Estados Unidos casi desde el nacimiento de esa nación. El propósito de apoderarse de
Cuba, que se irá afirmando y concretando a lo largo del siglo, se manifestaría en la
oposición norteamericana a los planes bolivarianos respecto a las Antillas, en las
acciones enfiladas a impedir o frustrar los intentos liberadores de la emigración
patriótica, en una intensa gestión diplomática para evitar la intervención de los rivales
europeos de Madrid, en varias ofertas de comprar a España su posesión colonial y en
el fomento dentro de la Isla de un movimiento partidario de su anexión a los Estados
Unidos.
El otro factor, que se conjugaría íntimamente con el anterior, era la peculiar y
compleja estructura social de la colonia. La nación cubana había nacido en una
sociedad donde buena parte de la población —la mayoría a comienzos del siglo— era

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esclava. Perpetuar el sistema esclavista —y más tarde, al menos, la servidumbre y la
subordinación de la población de origen africano— sería el principal objetivo de la
oligarquía criolla, especialmente fuerte en el occidente de la isla donde se
concentraba, entonces, la producción azucarera y con ella, el mayor número de
esclavos. Esa oligarquía sería el sustento interno del anexionismo.
De esos factores brotaron las especificidades del proyecto nacional cubano. Este
no consistía solamente en establecer una entidad políticamente separada de España.
Tal propósito, si a ello se hubiesen limitado los patriotas de la época, era, además,
irrealizable. Ese habría sido, teóricamente, el proyecto político de la oligarquía criolla
si hubiera existido aquí una con capacidad y disposición para dirigir la nación. Pero
ese no fue, nunca, el caso. La Patria cubana, por el contrario, habría que alcanzarla
derrotando también a esa oligarquía esencialmente antinacional que era su principal
obstáculo interno.
¿Cómo podría avanzar la historia en semejante circunstancia? ¿Quién le abriría
cauce a la nación y le permitiría echar a andar?
La respuesta la daría el 10 de octubre de 1868 el sector más altruista de la
aristocracia criolla, fundamentalmente ubicado en las comarcas del oriente cubano y
del Camagüey. Ese día fue proclamada la República de Cuba en armas pero también,
al mismo tiempo, en el mismo acto, la emancipación de los esclavos. Se inició así una
guerra que duró diez años, tuvo, junto a sus objetivos políticos, un profundo sentido
de transformación social, arrasó con más de la mitad del país, arruinó a sus
promotores y concluyó con la derrota.
Tras ese desastre, durante 17 años, se producirían otras guerras menores,
insurrecciones, intentos y planes fallidos hasta 1895 cuando comenzaría la guerra
convocada por Martí y el Partido Revolucionario Cubano, que terminaría, tres años
después, con la intervención y la ocupación militar norteamericana y sus secuelas:
Enmienda Platt, derecho a la intervención directa varias veces ejercido, despojo de
las riquezas fundamentales del país y establecimiento de un régimen político
enteramente controlado por los interventores, caracterizado, además, por la
corrupción, la violencia, el abandono incluso de las formalidades de la legalidad
republicana.
Los cubanos no fueron precisamente quienes menos pelearon por su
independencia. Lo hicieron, en total, treinta años. No fueron parcos, tampoco, en
sacrificios: al cabo de la guerra había perecido por lo menos, un tercio de la
población.
Fue una lucha además extraordinariamente cruel. Los cubanos conocieron el
genocidio antes que nadie: la reconcentración forzosa de toda la población campesina
en las ciudades dominadas por los colonialistas costó la vida a 300 mil cubanos, entre
1896 y 1898, y es el único antecedente del holocausto judío realizado por los nazis
cuatro décadas después.
Ese intento de exterminio completo de los integrantes de una nacionalidad marcó

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al rojo vivo la lucha cubana: ella, finalmente, había alcanzado su geografía completa
y al conjunto de sus pobladores. De un modo u otro, como participante activo en la
contienda o como víctima de una represión generalizada contra el país entero, ningún
cubano permaneció al margen, salvo la exigua minoría de anexionistas y de
colaboradores con España.
Hay que dejar a la imaginación el terrible golpe que sufriría ese pueblo, la
insondable hondura de su frustración, al concluir esa epopeya con otra servidumbre
colonial, y su engendro político, la macabra caricatura de República en la que
reaparecerían, ocupando puestos prominentes, como si nada hubiera sucedido,
precisamente, los representantes de aquella minoría antinacional.
Quizás el golpe fue aún más brutal porque la intervención y ocupación por un
ejército extranjero no sólo llevó a tan inglorioso desenlace las hazañas y los
sacrificios de treinta años sino que, para asegurar su dominio, los interventores
liquidaron las instituciones que los patriotas cubanos habían creado afanosamente a lo
largo de su prolongada lucha: el Gobierno de la República en Armas, su Asamblea
representativa, el Ejército Libertador y el Partido que agrupaba a todos los patriotas y
guiaba su sistema institucional.
Porque los cubanos habían recorrido ya un largo trecho en términos de
organización democrática aún en medio de su guerra por la independencia. Desde el
comienzo de ésta, en las circunstancias más difíciles, se dieron a la tarea de elegir
representantes para discutir y promulgar Constituciones, fundar gobiernos y aprobar
normativas que regirían en los territorios liberados. Esa tradición se mantuvo
incólume a lo largo de aquella extensa brega: Guáimaro, 1869; Baraguá, 1878;
Jimaguayú, 1895 y la Yaya, 1897.
Esas cuatro Constituciones expresan el valor que el patriotismo cubano otorgó a
las ideas, al debate y a la concertación intelectual, que acompañaron siempre al
heroísmo del combate físico. Pero esas asambleas aportaron también un mensaje
especial que atesoraron los cubanos de generaciones posteriores. En ellas nuestros
representantes discutieron profunda y abiertamente, muchas veces partiendo de
enfoques muy dispares y contradictorios, pero al final arribaron siempre a decisiones
comunes, aceptadas por todos. Jamás, como resultado de sus acuerdos, se escindieron
las fuerzas, ni siquiera cuando, como fue sobre todo en la primera, a ella llegaban
representantes de mandos, estructuras y hasta símbolos que se desconocían
recíprocamente.
La más dramática y cuestionable de las decisiones de la Cámara de
Representantes, la injusta destitución del Presidente Céspedes en 1873, acatada por
él, tampoco provocó la división de las filas patrióticas. Esta vendría después como
resultado del fraccionamiento regionalista y las contradicciones entre los poderes
separados dentro del campo republicano, en el marco de un prolongado y destructor
enfrentamiento armado que no pudo extenderse hasta los centros vitales del territorio,
las intrigas «pacificadoras» de los colonialistas y una cierta reanimación del

[Link] - Página 12
anexionismo.
La coherencia de nuestra historia se revela en la interconexión entre las cuatro
asambleas constituyentes, sus debates y resultados. Entre la de Guáimaro (1869) y la
de Jimaguayú (1895) habían decursado 26 años pero, sin embargo, ésta fue
prácticamente la continuación de aquella. Por ello el texto de la segunda va a superar
los errores que estuvieron presentes en Guáimaro como reflejo de concepciones
idealistas y de la influencia que la Constitución de Filadelfia ejercía en nuestros
primeros legisladores. En el período que separa a ambos documentos, junto a los
reiterados esfuerzos para reanudar los combates, los patriotas habían discutido, hasta
la angustia, las experiencias de la terrible derrota de la Guerra de los Diez Años.
Correspondería a José Martí extraer de ellas las enseñanzas indispensables, concebir
la estrategia y el programa de la Revolución y dedicar su vida entera a unir a los
patriotas para llevarla a cabo.
El primer paso rectificador lo había dado la Constitución de Baraguá (1878) que
regiría en las zonas todavía liberadas de Oriente durante la continuación de la lucha
por Antonio Maceo y quienes se negaron a aceptar la derrota.
Se había producido también, durante la Guerra Grande, una transformación
esencial, aportada por ella y que sería determinante para el destino nacional. Entre sus
principales jefes y en la gran masa de los combatientes, estaban muchos cuyos padres
o ellos mismos habían sido esclavos hasta el 10 de octubre de 1868 y a partir de
entonces pasarían a desempeñar un papel protagónico en la conformación del futuro
del país. Ellos, otros obreros y artesanos y la masa de trabajadores emigrados —
incrementada por la profunda crisis del régimen colonial— junto a la intelectualidad
progresista integrarían las principales fuerzas del movimiento patriótico.
Al iniciar la etapa final y decisiva, en 1895, ya habían arribado a un consenso
fundamental: el poder del pueblo no puede escindirse entre estructuras institucionales
contrapuestas que alentarían, en última instancia, las divisiones y el regionalismo que
habían hundido en la bancarrota la epopeya inicial.
Más aún, para sellar la unión indispensable, la acción del pueblo debía dirigirla
una sola organización, de un tipo nuevo y diferente, no creada para promover los
intereses de un segmento de la población, sino precisamente, para que, aglutinando
todos los factores y sus aspiraciones, fuera el Partido de la Revolución, el guía y
conductor de la nación entera, de la sociedad en su conjunto. Un Partido cuya misión
no se limitaría a lograr la independencia política —respecto a España y a los Estados
Unidos— sino que tendría por meta la instauración de una República igualitaria y
solidaria. Dicho con palabras de Martí: «Revolución no es lo que vamos a hacer en la
manigua sino lo que vamos a hacer en la República».
Por ella habría que seguir peleando hasta conquistarla, finalmente, en enero de
1959.
Las grandes transformaciones ocurridas desde entonces en Cuba, abrirían
numerosos e insospechados cauces para la incorporación del pueblo a la conducción

[Link] - Página 13
real de la sociedad en la que asumiría un nuevo y siempre creciente protagonismo.
Sobre esa base surgiría y se desarrollaría una nueva institucionalidad y un sistema
electoral, plasmado en la Constitución de 1976, discutida masivamente y aprobada en
referéndum por más del 97% del electorado, cuya esencia describimos a
continuación.

Características principales de nuestro sistema electoral


Inscripción universal, automática y gratuita de todos los ciudadanos. Se trata de
un derecho que se ejerce con la máxima facilidad al acceder a la edad de 16
años. Las listas de electores se hacen públicas en cada circunscripción, antes del
inicio de cada proceso electoral, para propiciar que todo ausente, por el motivo
que fuere, reclame y obtenga su incorporación. Si aún así por cualquier causa no
apareciese en la lista correspondiente, puede incorporarse a ella en el momento
de la votación en el lugar de su residencia, acreditando sólo su vecindad y edad.
Postulación de los candidatos por los propios electores. La base de nuestro
sistema institucional son los delegados de circunscripción que se agrupan en
consejos populares e integran las asambleas municipales. Los candidatos para
esa responsabilidad —dos como mínimo y hasta ocho— son propuestos y
elegidos directamente por los electores en reuniones públicas de las diversas
zonas vecinales que componen cada circunscripción electoral. A lo largo del mes
de septiembre de 1997 se llevaron a cabo 36 343 reuniones de ese tipo en las que
participaron más de 6 731 000 electores. En ellas fueron postulados 31 276
candidatos, entre los cuales se eligieron, mediante voto directo y secreto de los
electores, 14 533 delegados de circunscripción en las elecciones municipales
efectuadas en octubre de ese año. Para ser elegido hay que recibir más del 50%
de los votos válidos.
Inexistencia de campañas electorales. La difusión de las fotos y las biografías de
los candidatos es una tarea que realizan, exclusivamente, las comisiones
electorales en cada circunscripción. Los candidatos no pueden realizar ninguna
actividad en favor de su candidatura.
Total limpieza y transparencia de los comicios. Al comenzar el día los
integrantes de la mesa de votación invitan al público a comprobar que las urnas
están completamente vacías antes de proceder a sellarlas y ponerlas bajo la

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custodia de los niños que las cuidarán durante toda la jornada. El voto es
totalmente secreto. Al concluir la votación se realiza el escrutinio de forma
pública en el propio colegio electoral. Además de los ciudadanos cubanos que
quisieran hacerlo son numerosos los diplomáticos, periodistas y visitantes
extranjeros que han estado presentes y comprobado libremente el desarrollo de
nuestros comicios. Sólo el acto individual de marcar la boleta, lo realiza en total
secreto cada elector quien después la deposita en la urna vigilada por los niños.
Los resultados finales de cada colegio electoral, con los votos obtenidos por
cada candidato, los anulados y los depositados en blanco son expuestos,
públicamente, en cada colegio y en otros lugares de cada circunscripción.

Para elegir a los delegados provinciales y a los diputados a la Asamblea Nacional


se aplican los mismos principios ajustados al hecho de que ellos deberán ser electos
por un electorado mucho mayor, por distritos electorales que comprenden numerosas
circunscripciones, generalmente varias docenas de ellas. Hasta 1992 las asambleas
provinciales y la Nacional eran integradas con personas elegidas por las asambleas
municipales, es decir, que eran, a ese nivel, elecciones de segundo grado. A partir de
la reforma introducida ese año a la Constitución y a la Ley Electoral, las asambleas
municipales deciden quiénes serán los candidatos pero todos ellos son sometidos a
elección por todos los electores del respectivo distrito electoral.
Alrededor de la mitad de esos candidatos son también delegados de
circunscripción, los demás pueden ser otras personas de la localidad o dirigentes
nacionales o territoriales. Las propuestas para integrar esa candidatura las hacen los
propios delegados de circunscripción y las diversas organizaciones sociales —por
ejemplo, entre otros, los sindicatos obreros, las asociaciones campesinas, las
organizaciones estudiantiles—, son objeto de numerosas consultas y del análisis por
las asambleas municipales que deciden a quiénes habrán de presentar como
candidatos al conjunto de los electores. Los candidatos a nivel nacional y provincial
tienen reuniones y encuentros con los electores de su distrito —lo que pudiera
denominarse una campaña electoral— pero lo hacen juntos, excluyendo toda forma
de promoción individual.
En todas nuestras elecciones el voto es enteramente voluntario, aunque se procura
estimular la mayor concurrencia a las urnas y se les facilita a todos poder hacerlo. En
las últimas elecciones para la Asamblea Nacional y las provinciales, efectuadas el 11
de enero de 1998, se habilitaron 33 045 colegios electorales para acercar lo más
posible a los electores los lugares de votación.
En esas elecciones votaron 7 931 229 electores para un 98,35% del total y
resultaron válidos el 94,98% de los votos emitidos. Trabajaron voluntariamente en su
organización y realización, en las comisiones y mesas electorales 262 797 ciudadanos
y atendieron las urnas unos 264 360 niños.

[Link] - Página 15
Otras características importantes de nuestro sistema
representativo
Ningún representante, diputado o delegado, a ningún nivel, recibe remuneración
alguna —salario, dieta o cualquier otra prestación o beneficio— por el
desempeño de la labor para la que fue elegido. Como norma no son políticos
profesionales. Quienes deben dedicarse a tiempo completo a esas actividades,
para dirigir y asegurar el funcionamiento de las asambleas, reciben el mismo
salario que tenían anteriormente en el lugar de trabajo de donde procedían y a
donde regresarán, normalmente, una vez concluido su mandato. Semejante
procedimiento se sigue con aquellos a los que sean asignadas responsabilidades
temporales por las asambleas o sus comisiones.
Todos los elegidos deben rendir cuenta de su labor periódicamente ante sus
electores, quienes pueden revocar sus mandatos en cualquier momento.

La democracia más allá de las elecciones

El sistema electoral antes descrito, busca incorporar lo más posible las formas de
democracia directa al carácter inevitablemente representativo que debe tener la
institucionalidad en una democracia moderna. En la nuestra, como en cualquier otra
sociedad contemporánea, el ciudadano delega parte de sus potestades en sus
representantes electos y éstos ejercen una función de intermediación entre el
individuo y los órganos de dirección de la sociedad. Pero de varios modos nuestro
sistema promueve la participación real de la gente y la vinculación efectiva de los
elegidos con ella, desde la postulación de los candidatos por los propios electores
hasta el control de estos últimos sobre los primeros mediante los mecanismos de
rendición de cuenta y revocación.
Aún así este sistema electoral no agota el contenido democrático de la sociedad
cubana. La activa participación ciudadana no se limita a escoger, postular, elegir,
controlar y revocar a sus representantes.
Esto es sólo el reflejo de una participación mucho más amplia, sistemática,
consustancial a todos los aspectos de la vida social.
Desde los primeros días de enero de 1959, cuando aseguró su victoria definitiva

[Link] - Página 16
mediante la huelga general que paralizó totalmente el país, el pueblo ha sido el
principal protagonista de la Revolución cubana. En su defensa —con las milicias de
obreros, campesinos y estudiantes, con los Comités de Defensa de la Revolución que
agrupan a casi toda la población mayor de 14 años—, en el desarrollo de sus
conquistas sociales —la eliminación del analfabetismo, las campañas masivas de
vacunación infantil—, en la edificación económica —las zafras del pueblo, el trabajo
voluntario—, han participado millones de cubanos, han sido tareas realizadas por
todos, parte de la vida cotidiana de cada cual, expresión de una nueva cultura
solidaria.
Parte de esa cultura es analizar las más diversas cuestiones e intervenir en la
adopción de las decisiones correspondientes, desde los planes y objetivos económicos
—asambleas de eficiencia—, o el desempeño del centro laboral —asambleas
sindicales— hasta proponer y aprobar los militantes del Partido y de su organización
juvenil.
Existe una cultura participativa que va mucho más allá de la intervención real de
los ciudadanos en su sistema representativo, que, en rigor, lo sustenta y es garantía de
perenne renovación y vitalidad. Porque el desarrollo democrático para ser genuino
necesita fundarse en toda la riqueza creadora de una vigorosa sociedad civil y ésta
sólo alcanza su plenitud allí donde las organizaciones e instituciones que la expresan
intervienen efectivamente en la dirección y el control de la sociedad misma.
Junto a organizaciones nacidas varias décadas antes de la Revolución como la
Federación de Estudiantes Universitarios (1922) y la Central de Trabajadores de
Cuba (1939), el proceso iniciado en 1959 promovió la creación de otras
organizaciones que agrupan a los campesinos, a las mujeres, a los estudiantes
secundarios y a los niños. A ellas se suman numerosas asociaciones de profesionales
y otras que reúnen a diversos sectores de la sociedad a partir de sus intereses
específicos, incluyendo los discapacitados (por ejemplo, los sordos acaban de realizar
su Congreso nacional).
Esas organizaciones y asociaciones abarcan prácticamente el universo de
actividades, intereses y problemas que conciernen a todos los cubanos. Ellas tienen
una existencia dinámica que incorpora al conjunto de la población. Pero más
importante aún, es el papel que desempeñan en la sociedad donde ninguna decisión
sobre asuntos que les conciernen es adoptada sin su consentimiento. En el calendario
cubano es imposible encontrar un día en que no se produzcan, simultáneamente,
asambleas o reuniones de las mismas para examinar cualquier asunto y siempre
también con la participación de representantes del Gobierno.
Una mirada alrededor de Cuba hoy, ilustra esta realidad. En todos los centros
laborales, entre febrero y mayo, los trabajadores realizan un ciclo más —lo hacen dos
veces cada año— de las asambleas por la eficiencia económica donde comprueban
los acuerdos de la anterior, examinan el informe que les presenta la dirección
administrativa, discuten sus planes y objetivos y aprueban las medidas que

[Link] - Página 17
consideren necesarias. Pero también ahora en cada circunscripción electoral los
delegados a las asambleas municipales del Poder Popular rinden cuenta a sus
electores —deberán hacerlo otra vez en la segunda mitad del año— sobre la labor
realizada por ellos desde el pasado octubre, en reuniones en que la comunidad aborda
igualmente cualquier otro asunto de interés. Y en esos mismos barrios, los vecinos
están discutiendo, ahora también y en reuniones igualmente abiertas, el documento
base para el próximo Congreso de los Comités de Defensa de la Revolución. Son
decenas de miles de reuniones, en todo el país, en las que intervienen millones de
cubanos. En ellas deben participar, en la medida de sus posibilidades, los diputados y
los delegados a las asambleas provinciales (físicamente nadie podría asistir a todas
las que tienen lugar dentro de su distrito electoral pero, por otra parte, todos saben
que deben hacerlo al máximo posible y que sobre esto, ellos, igualmente, tendrán que
rendir cuenta a sus electores).
Por supuesto que paralelamente están ocurriendo muchas otras actividades en la
sociedad cubana, en sus diversas esferas, que involucran, asimismo, a importantes
segmentos de la población (por ejemplo, los jóvenes y los intelectuales están
enfrascados igualmente en la preparación de sus próximos congresos). Los tres casos
referidos en el párrafo anterior, los destacamos solamente porque ellos guardan
relación sistémica con los órganos del Poder Popular.
En Cuba el Parlamento no es una institución separada y por encima de la
sociedad, integrado por individuos poseedores de un don excepcional, el de asumir y
ejercer la soberanía, otorgado por el pueblo quien, en teoría, es su único dueño. Para
nosotros la esencia del problema democrático es tratar de resolver, en la práctica, ese
problema teórico, esa aspiración ideal, que ha acompañado a la civilización desde
épocas remotas: alcanzar el autogobierno, la dirección real, de abajo a arriba, de la
sociedad por el pueblo, no sólo en apariencia sino concretamente, lo cual sólo es
posible, cuando el gobierno existe para el pueblo. Este debe dejar de ser, para
siempre, espectador y pasar a convertirse en actor, protagonista.
Además de sus funciones normales, legislativas y fiscalizadoras, nuestra
Asamblea Nacional y las provinciales y municipales conforman un sistema que se
orienta, sobre todo, a incorporar a esas funciones, sistemática y permanentemente, al
conjunto de la sociedad. Se trata, en definitiva, de encarar y superar creadoramente la
vieja dicotomía representación-participación desplegando, en todas sus
potencialidades, lo que Kelsen describiera como la «parlamentarización de la
sociedad».
Algunos observadores extranjeros suelen criticar la ausencia en el Parlamento
cubano de ciertos rasgos asociados comúnmente a la imagen de esa institución. Se
supone que ésta sea un lugar donde un grupo de personas emplean largas jornadas
debatiendo entre ellas cuestiones de interés para toda la población en cuyo nombre y
representación actúan.
En el nuestro ese elemento queda reducido a las sesiones plenarias que

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efectuamos, todos los diputados, durante los períodos de sesiones y que duran pocos
días. Pero sería erróneo apreciar su actividad limitándola a ese ángulo.
Nuestros diputados deben dedicar muchísimas más jornadas al trabajo. Sólo que
van a hacerlo en otro tipo de reuniones, en sus territorios, entre ellos e integrados con
otros representantes de la comunidad o con la comunidad misma.
Igualmente se equivocaría quien pensase que el estudio de cualquier tema queda
confinado al que se da durante los períodos de sesiones. En realidad lo que ocurre es
que el examen se ha multiplicado fuera de ese marco y que a él se ha incorporado una
cantidad de personas cuya cifra reproduce en progresión geométrica el número de
diputados.
La severa crisis económica que enfrenta Cuba como consecuencia de la
desaparición de la Unión Soviética y el recrudecimiento del bloqueo norteamericano
expresado en leyes como la Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), ha puesto a
prueba nuestro sistema político o más exactamente, le ha permitido demostrar su
capacidad de afrontar las mayores dificultades, desarrollar su creatividad y mostrar
las cualidades que le son propias.
La IV Legislatura de la Asamblea Nacional se instaló en marzo de 1993 en los
momentos más agudos de la crisis y sus miembros, empleando el estilo y los métodos
antes aludidos, la colocaron en el centro de su atención y le dedicaron la mayor parte
de su Segundo Período Ordinario de Sesiones. Después de dos días de discusión, el
28 de diciembre, la Asamblea decidió convocar a todo el pueblo a proseguir el mismo
debate que habría de desembocar nuevamente en la propia Asamblea en mayo del
siguiente año. Entre una y otra Sesión, durante cuatro meses, se llevaron a cabo
decenas de miles de reuniones, en las que participaron millones de ciudadanos, en
cada uno de los centros de trabajo o de estudio y otros lugares del país. Todos los
cubanos pudieron opinar y elaborar propuestas, sobre medidas de carácter general o
particulares de cada centro, en un proceso que nuestros trabajadores, denominaron
«parlamentos obreros» y que el profesor Kelsen habría podido identificar como
manifestación elocuente y útil de «sorprendente hipertrofia» del parlamentarismo.
Por aquellos días no eran pocos quienes en el extranjero nos criticaban por una
supuesta «inacción» frente a la magnitud de los desafíos que encaraba nuestra
economía. Al parecer, la frecuencia con que en el mundo se deciden centralmente,
por un grupo reducido de personas y con cierta rapidez, «paquetes de medidas» que
afectan la vida de millones, dificultaba percibir lo elemental: en una sociedad
democrática, ese tipo de decisiones tiene que reflejar el más sólido consenso y él sólo
puede resultar de la más amplia discusión, con la participación de todos.
Al momento de escribir estas líneas la economía cubana continúa su curso de
recuperación iniciado hace tres años. Se han preservado, además, las principales
conquistas sociales de la Revolución: servicios de salud y educación completamente
gratuitos y que cubren a toda la población y el más amplio sistema de seguridad y
asistencia social que garantiza que ningún cubano carezca de la protección necesaria.

[Link] - Página 19
Todo ello a pesar de la magnitud del golpe sufrido por la economía y que el bloqueo
estadounidense no cesa de intensificarse.
El acuerdo adoptado en mayo de 1994 sirvió de base y guía para otras
legislaciones y para acciones del Gobierno en el enfrentamiento de la crisis. Unas y
otras han sido emprendidas y ejecutadas con similar espíritu de amplia participación
ciudadana.
Otra expresión de la incorporación real de la gente al quehacer parlamentario,
aparece en el modo de operar de las comisiones permanentes de la Asamblea
Nacional especialmente en cuanto se refiere a las audiencias públicas en las que,
además de especialistas y funcionarios, participan las personas que deseen hacerlo
(en varias ocasiones, el autor ha encontrado en algunas de ellas, a diplomáticos
extranjeros y en otras a cubanos que residen permanentemente fuera de Cuba).
Durante la pasada legislatura se efectuaron, a lo largo de todo el país, más de 50
series de audiencias de ese tipo, para examinar igual número de temas y donde
participaron miles de compatriotas. En ellas no se incluyen las que realizamos para
analizar la Ley Helms-Burton —cuyo texto íntegro hemos publicado en media
docena de ediciones y difundido masivamente— y nuestra Ley de Reafirmación de la
Dignidad y la Soberanía Cubanas, que han abarcado prácticamente a toda la
población. Por su parte, las asambleas provinciales y municipales organizan sus
propias audiencias.
Los cubanos no pretendemos haber alcanzado un nivel de desarrollo democrático
que no pueda ser superado. Al contrario son varias e importantes las innovaciones
que hemos introducido al sistema y a sus métodos y mecanismos y constantes los
esfuerzos que hacemos para perfeccionarlo. Lograr la participación plena, verdadera
y sistemática del pueblo en la dirección y el control de la sociedad —esencia de la
democracia—, es una meta por la que se debe luchar siempre. Quien de verdad crea
en ella difícilmente pueda sentirse conforme con lo logrado, encontrará siempre
nuevos hallazgos que serán motivo de otras búsquedas.
En ese sentido, la lucha por la democracia y la democratización de las sociedades,
es universal, necesaria, válida para todos los países y para todos los pueblos.
Lo que los cubanos sí afirmamos es que vivimos en una sociedad democrática,
que tenemos un Estado y un Gobierno democráticos y no dejamos de trabajar para
que lo sean cada vez más.
Aparte de los diversos criterios que a lo largo de la historia han usado los
pensadores para definir la democracia, no debe resultar muy riesgoso sugerir que la
opinión del propio pueblo involucrado deba tener algún peso. Y es de muchos modos
como el pueblo cubano demuestra no sólo que está de acuerdo con su sistema y lo
respalda, sino que participa en él permanente y conscientemente. Dicho de otro
modo, quienes tenemos responsabilidades de dirección en la sociedad cubana
ciertamente nos vemos en la necesidad de argumentar con extranjeros y fuera de
Cuba para defender nuestro sistema, pero dentro de Cuba y con los cubanos nuestra

[Link] - Página 20
tarea es extraordinariamente sencilla, son realmente muy pocos, poquísimos, aquellos
a los que hay que convencer. En ese sentido los políticos cubanos disfrutan de una
situación poco común.
Desde su irrupción en la Antigua Grecia la idea de la democracia ha estado
presente en las reflexiones de los filósofos y en las luchas concretas de la gente.
Habiendo recorrido tan largo camino no es difícil comprobar como ella ha estado
asociada a un debate interminable y que éste se ha relacionado con la propia
evolución del entorno social, el progreso técnico-material, la contribución de la
ciencia y del pensamiento, el desarrollo de la cultura, los valores éticos, los cambios,
en fin, de todo género, que han acompañado a la humanidad y la han ido
conformando.
Sin pretender resumir aquí ese milenario proceso, creo que es posible extraer de
él algunas conclusiones, objetivamente, al margen del punto de vista —digamos, para
simplificar, de izquierda o de derecha— que cada cual pueda tener. La primera es que
se trata de una cuestión importante, un problema cuya solución no es sencilla ni fácil.
La historia de la civilización occidental lo ha demostrado con creces.
La segunda es que la idea de la democracia como organización política de la
sociedad ha estado vinculada a una concepción ideal de la sociedad misma. La
cuestión de la igualdad entre los hombres y la posibilidad de su realización práctica,
la han acompañado a lo largo del tiempo.
Democrática sería una sociedad establecida para el bien de todos los ciudadanos y
todos ellos deberían participar en su dirección como único medio de asegurar que así
sea. Este concepto es tan raigalmente esencial al ideal democrático que lo definió
incluso en las ciudades griegas donde no eran pocos los siervos que no poseían los
atributos de la ciudadanía.
Desde entonces también aparecía el más antiguo y persistente problema para una
sociedad así concebida. ¿Cómo alcanzar la participación de todos? ¿Cómo lograrlo
cuando inevitablemente la totalidad del pueblo soberano, debería delegar en algunos
el ejercicio de la autoridad? ¿Es delegable la soberanía? ¿Es posible, en la sociedad
moderna, superar la antinomia representación-participación?
El estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la justicia y en
su administración participan todos los ciudadanos directamente o por medio de sus
representantes.
Justicia, participación y representación son conceptos, naturalmente, debatibles.
Alrededor de ellos, de su definición teórica y del alcance que deben tener en términos
reales, se han adoptado diversas posiciones. En una justa perspectiva histórica —y
tomando en cuenta, además, la diversidad de experiencias y culturas que forman la
humanidad— no parece sabio excluir completamente a ninguna de ellas.
La única posición realmente merecedora de total descalificación es aquella que
niega la existencia del problema y que pretende convertir un tipo determinado de
organización social en la respuesta definitiva, final e inapelable que, por lo tanto, no

[Link] - Página 21
puede cambiar, no requiere más transformaciones.
Esa es la posición oficial del gobierno de Estados Unidos para el cual esta
importante cuestión, este fundamental tema de la cultura, no es otra cosa que un
instrumento de sus designios hegemonistas.

Democracia «Made in USA»


El gobierno de Estados Unidos en su tenaz oposición a la Revolución Cubana usurpa
un concepto que no le pertenece y además, lo prostituye.
En sus campañas difamatorias contra nuestra Revolución, para denigrar su
sistema político, describe a Cuba como «el único país no democrático del hemisferio
occidental».
La retórica anticubana de Washington llega, a veces, a una sinceridad muy
reveladora. En muchas ocasiones ha reconocido que busca para Cuba «la democracia
representativa y la economía de mercado» e incluso, en momentos de singular
franqueza, ha abreviado la fórmula como «democracia de mercado». No sólo ha dado
por resuelto, de un golpe de su multimillonaria propaganda, la cuestión de la
representación sino que, al mismo tiempo, ha liquidado una de las aspiraciones más
antiguas y legítimas de la humanidad, la de la búsqueda de la igualdad entre los
hombres.
La plutocracia estadounidense liquida así lo mejor del pensamiento occidental y
reduce a cenizas el sueño de Lincoln. Nada tiene que ver, en efecto, con el gobierno
para el pueblo, el estado neoliberal, maniatado, prescindente, reducido sólo a
garantizar la irrestricta libertad de las fuerzas del mercado. Tampoco podría ser él,
evidentemente, un gobierno por el pueblo. Este tiene que conformarse con la
apariencia de ser representado, con la ficción de la representación.
En su campaña contra Cuba la propaganda de Washington trata de crear la imagen
de una supuesta «oposición» perseguida y reprimida por la Revolución. De ese modo
busca confundir a gentes honestas en América Latina que recuerdan con horror sus
propias experiencias con regímenes militares que recientemente cercenaron
brutalmente allí las libertades ciudadanas. Según ella, todos los países han superado
esa etapa y ahora viven en democracia, sólo en Cuba continúa la «dictadura».
Procura ocultar así lo que ha sido, sin embargo, comprobado fehacientemente,
con abundante documentación oficial norteamericana: desde los comienzos de la
Revolución cubana, y hasta el día de hoy, el gobierno norteamericano ha creado,

[Link] - Página 22
organizado, dirigido, entrenado y financiado a la llamada «oposición cubana», dentro
y fuera de Cuba.
En 1991 el Departamento de Estado publicó en Washington un conjunto de
documentos que cubren el período 1958-1960. Es un libro voluminoso con más de
1200 páginas. Ahí se comprueba la estrecha vinculación de Estados Unidos con la
tiranía batistiana, y su ayuda a Batista y sus asesinos, torturadores y ladrones luego
que escaparon de Cuba el primero de enero de 1959. Fue ese apoyo a una dictadura
feroz y corrupta, antes y después de su caída, el verdadero origen del enfrentamiento
entre Washington y el Gobierno Revolucionario, al asumir aquel la defensa de
quienes habían destruido la «democracia representativa» cubana y llevaron a cabo las
más groseras, sistemáticas y masivas violaciones de los derechos humanos entre 1952
y 1958.
El lector puede encontrar allí copiosa información que demuestra, además, como
desde 1959, el primer año de la Revolución, Estados Unidos se dio a la tarea de
fabricar la «oposición cubana». Esa faena la emprendió mucho antes que se hubiese
adoptado en Cuba cualquier medida de carácter socialista y cuando no existía vínculo
alguno con la Unión Soviética.
Más reciente aún, el 28 de febrero del año actual, la Agencia Central de
Inteligencia, hizo público un documento de octubre de 1961, redactado por quien
entonces era su Inspector General. Aquí se revela como, desde la primavera de 1959,
a un costo de 4 400 000 dólares habían iniciado lo que denominaron «programa de
resistencia interna por medio de asistencia clandestina externa», el cual comprendía
tanto la creación de una «oposición» dentro de Cuba como «la formación de una
organización exilada cubana». El presupuesto inicial se incrementó rápidamente —
según el Inspector, ya para el año siguiente rondaba los 40 millones— e incluía los
abultados salarios de los denominados dirigentes del exilio —131 000 dólares
mensuales, repartidos entre media docena de individuos—, una emisora de radio —
Radio Swan, a la que asignaron 900 000 dólares— y un semanario para distribución
en América Latina, Bohemia Libre, que le costó a la Agencia 35 000 dólares por
edición.
Esas cifras, desde luego, habrían de multiplicarse varias veces a partir del
siguiente año —cuando se produciría la invasión de Playa Girón— y hasta la
actualidad. Aquella relativamente modesta Radio Swan, por ejemplo, fue
reemplazada por la propia Voz de los Estados Unidos y desde 1985 la llamada «Radio
Martí». Sin un día de interrupción, a toda hora, durante casi cuarenta años, los
servicios de propaganda norteamericanos, dirigidos directamente a la población
cubana, para crear y dirigir a la «oposición», han gastado varios centenares de
millones de dólares. A ellos habría que sumar cifras mucho más elevadas para otras
actividades, también reconocidas oficialmente por Washington, tales como atentados,
sabotajes, terrorismo y alzamientos contrarrevolucionarios.
La verdad es que la Revolución cubana ha debido enfrentar una oposición «made

[Link] - Página 23
in USA», dentro y fuera de sus fronteras. Esa «oposición» posee una característica
absolutamente única: ha sido fabricada, dirigida y sostenida, durante cuatro décadas,
por un gobierno extranjero, la mayor potencia de la tierra y de la historia. Ella ha sido
y es instrumento de un proyecto imperialista al que Estados Unidos ha dedicado
recursos comparables a su ayuda al desarrollo para América Latina en el mismo
período.
Que esa «oposición» haya sido y sea rechazada por el pueblo cubano, no debería
sorprender a nadie. Creada por el imperialismo con una finalidad antipatriótica y
antinacional estaba condenada políticamente a la derrota desde su origen. Se trata de
una «oposición» que sólo podría lograr sus propósitos si tuviera éxito el designio
anexionista contra Cuba.
La Ley Torricelli (1992) y la Helms-Burton (1996) incluyen secciones específicas
con disposiciones sobre la «ayuda» política, material, propagandística, financiera y
logística para los grupos «opositores» dentro y fuera de Cuba. Ese es uno de los
aspectos novedosos de ambos textos legislativos: proclamar, pública y abiertamente,
lo que no han dejado de hacer nunca.
¿Es lícito ignorar esas realidades y comparar la situación de la Cuba
revolucionaria con la del resto de los países del Hemisferio? ¿Es decente equiparar a
la «oposición» contrarrevolucionaria con cualquier organización política del
Continente?

El imperio invisible
Es posible que si Alexis de Tocqueville reviviera y volviese a visitar los Estados
Unidos sentiría la necesidad de reescribir su famoso libro. Quizás le sorprendiera,
entre otras cosas, la aparente paradoja que resulta de la ruidosa insistencia de sus
políticos en proclamar su sistema como modelo que obligatoriamente tiene que imitar
el mundo entero y la realidad de una sociedad caracterizada por la mercantilización
de la política, la corrupción de los políticos y el siempre creciente distanciamiento del
pueblo respecto a ambos.
Han pasado ya muchos años desde que Woodrow Wilson hiciera su conocido
diagnostic sobre la democracia estadounidense: «The Goverment, wich was designed
for the people, has got into the hands of their bosses and their employers, the special
interests. An invisible empire has been set up above the forms of democracy».
Es probable que también el ex-Presidente se sorprendería si pudiese ver hasta

[Link] - Página 24
dónde se ha extendido ese imperio y como ya es perfectamente visible y reemplaza
hasta «las formas» de la democracia.
Sería interminable el análisis de los vicios que calan el sistema y las prácticas
electorales norteamericanos cuyas manifestaciones aparecen, además, diariamente en
hechos que trascienden, de un modo u otro, al conocimiento público.
Intentemos una relación necesariamente sumaria.
Se puede afirmar categóricamente que la mayoría de las personas que forman la
sociedad estadounidense carecen por completo de derechos electorales, o no pueden o
no quieren ejercerlos. Al primer grupo pertenecen varios millones de extranjeros que
allí residen legalmente (no hablo ahora de la incalculable cifra de los indocumentados
ni de los numerosos trabajadores de estación), trabajan muy duro, pagan impuestos,
están sujetos a las mismas leyes que los demás, nutren sus fuerzas armadas cuando es
necesario, pero carecen de derechos políticos por no ostentar la ciudadanía. A fines de
la pasada década comprendían unos 7.3 millones de adultos.
El segundo grupo lo integran los ciudadanos que no están inscritos en los
registros electorales. En 1988 se acercaban a los 70 millones de personas equivalente
a un 40% de la población electoral. Debe suponerse que entre ellos son muchos los
que expresan de ese modo su desinterés por un sistema electoral en el que no creen,
pues lo perciben, justamente, como algo ajeno y distante. Pero esa no es la única
explicación. Hay muchos otros para quienes no resulta fácil inscribirse en razón de
las muy diversas restricciones establecidas en cada estado de la Unión. Lo cierto es
que dos de cada tres de los no inscritos pertenecen a familias de bajos ingresos y que
«el electorado americano es desproporcionadamente blanco y próspero».
Llegamos, finalmente, al tercer grupo, a los ciudadanos que pueden inscribirse y
efectivamente lo hacen. Ellos, que forman el raquítico cuerpo electoral
norteamericano, quienes pueden votar, se interesan cada vez menos por ejercer ese
derecho. Sigue descendiendo, una elección tras otra, el por ciento de votantes. En la
más reciente, la de 1996, alcanzó el punto más bajo desde 1924. En resumen, el
Presidente fue elegido con menos de la mitad de los votos depositados por menos de
la mitad de los electores.
Son menos, cada vez menos, los que votan porque no quieren o no pueden
hacerlo… Al mismo tiempo, siguiendo una línea paralela, es más, cada vez mucho
más, lo que se gasta en el financiamiento de las campañas electorales.
De acuerdo a datos publicados allá, para la elección presidencial de 1996 los dos
partidos —el Demócrata y el Republicano— destinaron, entre ambos, unos 800
millones de dólares, tres veces más que en 1992. Se calcula que esa cifra asciende a
varios miles de millones si se le suman los recursos empleados por los candidatos a
legisladores.
¿De dónde sale ese dinero? La revista Newsweek apunta que el 99,97% de los
norteamericanos no aporta voluntariamente contribución financiera alguna a los
partidos o a sus candidatos o lo hace en una medida sumamente modesta. Los aportes

[Link] - Página 25
proceden, entonces, del 0,03% y según la CNN («Democracyfor Sale», octubre de
1997) el grueso de esa suma lo entregan, exactamente, 340 personas.
Es difícil encontrar otro asunto en que los norteamericanos coincidan con tal
virtual unanimidad (99,97%) y asimismo es imposible hallar otro en que una ínfima
minoría (0,03%) imponga su voluntad y obligue a todos a hacer algo que
evidentemente no desean… en nombre de la «democracia». Para ello, desde hace
tiempo en aquel país, se estableció por ley el sistema del llamado «matchingfunds»
por el cual cada candidato recibe del presupuesto federal una suma igual a la que
obtuvo de sus «contribuyentes». Así, todos son obligados a «contribuir» aunque no
quieran. El 99,97%, contra su voluntad, aporta de ese modo, en conjunto, una cifra
semejante a la que dio el 0,03% y los seleccionados por 340 personas se convierten
en los candidatos.
Mención aparte merecen las «contribuciones» que entregan las corporaciones a
los partidos, las cuales, aunque finalmente beneficiarán a los candidatos, no están
sujetas a regulación alguna. Es lo que allá llaman «softmoney» que también se
triplicó de 1992 a 1996 y llegó a 260 millones de dólares.
Alrededor del «softmoney» se generó en Estados Unidos un cierto alboroto, lleno
de inculpaciones mutuas de los dos partidos y aderezadas con jugosas alusiones a las
nuevas funciones de la alcoba de Lincoln, generosas contribuciones de monjes
budistas y no menos espléndidas donaciones de firmas extranjeras y delincuentes.
Inicialmente se habló de reformas al actual sistema de financiamiento. Incluso fue
presentada al Senado una mesurada propuesta en ese sentido pero no pudo ser
sometida a votación. La Cámara de Representantes, por su lado, no ha recibido
ninguna iniciativa al respecto y está a punto de recesar para facilitar a sus miembros
concentrarse totalmente en… las elecciones del próximo noviembre.
En realidad acopiar recursos financieros, duros y blandos, es la principal
ocupación del político norteamericano y a ello debe dedicar buena parte de su tiempo,
incluso en un período como el actual en que se le suponía ocupado en sanear un
sistema corrupto. Tiene que hacerlo porque conoce la verdadera ley que rige el
sistema norteamericano: para cada elección desde 1976 los dos partidos
seleccionaron como su candidato al aspirante que, el año precedente, hubiera
conseguido más dinero.
Por eso el propio Servicio Informativo del Gobierno de Estados Unidos anticipó
que para los comicios legislativos de 1998 todo seguiría igual. Pese a que, como él
mismo reconoce, el asunto alarma a grupos como la Asamblea Nacional de
Ciudadanos sobre Dinero y Política que llega a declarar: «el dinero se ha apoderado
de nuestra democracia y de la forma en que ella funciona. Hemos perdido de vista
algunos de nuestros principios históricos, como el de ‘una persona, un voto’».
Los grandes intereses que controlan a los políticos no limitan su accionar
solamente a los períodos electorales. Su permanente labor para asegurar que las
decisiones legislativas les favorezcan ha alcanzado lo que ya se denomina «industria

[Link] - Página 26
del lobby» que acaba de superar su propia marca al desembolsar en 1997 más de 100
millones de dólares, cada mes, para sufragar, aparte de los salarios y otros gastos de
los cabilderos, viajes y regalos para los legisladores y sus asesores.
Lo reseñado hasta aquí dice lo suficiente sobre el carácter corrupto del sistema
electoral norteamericano. Intentar convertir esa podredumbre en paradigma para los
demás es, por decir lo menos, un despropósito que movería a risa si la intención no
estuviese acompañada de presiones y amenazas que, en el caso de Cuba, se concreta,
además, en una verdadera guerra económica y política.
Detrás de ese empeño por imponer su «modelo» se oculta, en realidad, el deseo
de sostenerlo dentro de los Estados Unidos donde son muy pocos —y cada vez
menos— quienes verdaderamente creen en él y lo respaldan.
En rigor, la lucha por la democracia a escala internacional pasa por el esfuerzo
que los demócratas deben emprender en todas partes para impedir que penetren en
sus países, como está ocurriendo actualmente, formas y métodos del sistema
norteamericano, acompañados muchas veces con medios y recursos de ese sistema.
Que cada país, cada sociedad, busque y desarrolle sus propias instituciones, sus vías y
métodos autónomos, para promover la justicia y perfeccionar sus sistemas
participativos y representativos. Esa tiene que ser, si hablamos en serio de
democracia, la tarea de todo demócrata, en cada país y en todo momento. Pero
evitando la contaminación procedente del Gran Certificador.
Estados Unidos y sobre todo el pueblo norteamericano tienen muchas cosas
admirables. Pero entre ellas, no está —nunca lo ha estado y mucho menos ahora— su
sistema político.

No puede porque es el sistema de una sociedad enferma


Así lo diagnostica, sin quererlo evidentemente, hasta un autor tan insospechado como
Francis Fukuyama. En un reciente artículo, después de reconocer que los
norteamericanos participan cada vez menos en organizaciones sociales que van desde
los sindicatos hasta los boy scouts, pasando por las asociaciones de padres y los
clubes de leones y de rotarios, el descubridor del fin de la historia, ofrece ahora este
nuevo hallazgo: la sociedad civil norteamericana mantiene, sin embargo, su vigor.
Sólo que ahora florece en Alcohólicos Anónimos, en los grupos que luchan contra el
SIDA y por supuesto… en la «industria del lobby».
Los pueblos merecen mucho más y quienes quieran representarlos no pueden

[Link] - Página 27
descansar hasta lograrlo.

[Link] - Página 28
EL INICIADOR GRITO DE LA DEMAJAGUA

Discurso en La Demajagua, provincia Granma, el 10 de octubre de 1998

(…)
La idea, más que el sol, iluminó aquella mañana:
«Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois
tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su
independencia. Los que me quieran seguir que me sigan; los que se quieran quedar
[2]
que se queden, todos seguirán tan libres como los demás» .
El anuncio, imitado por todos los propietarios que rodeaban a Céspedes el 10 de
Octubre de 1868, marcaría con sello indeleble el carácter de la guerra.
Con esas palabras, aquí mismo, hace hoy 130 años, comenzó a andar la nación
cubana y se inició nuestra única Revolución, que continuarían después sucesivas
generaciones de cubanos, y durante casi un siglo derrocharía hazañas, soportaría
derrotas y sacrificios, hasta culminar con la victoria. Nacida del amor ilimitado a la
justicia, la igualdad y la dignidad humana, supo enfrentar con estoicismo las peores
adversidades y aprendió a crecerse ante ellas, sin abandonar jamás sus ideales.
Inspiró a los hombres a ofrendarlo todo y a pelear hasta el fin, sin el auxilio de nadie,
siguiendo el ejemplo de quien este día nos convocó a todos a emprender la marcha.
La misma Revolución que 130 años después, enfrentando obstáculos semejantes,
resiste, persevera y triunfa y puede reconocer en el camino recorrido el mejor
homenaje a quienes tomaron la historia por asalto el 10 de Octubre de 1868.
En aquella sociedad envenenada por el sistema esclavista, liberar a los esclavos y
proclamarlo abiertamente en su primer acto daba al movimiento que se iniciaba el
más profundo carácter radical, lo colocaba frente al principal problema de la época.
Pero Céspedes no se limitó a quebrar las cadenas que sojuzgaban a aquellos hombres.
Fue, de un solo golpe, mucho más allá.
Los convirtió en ciudadanos con derechos idénticos a los demás, definió la Patria
como un ideal, como un proyecto que pertenecía por igual a blancos y negros,
antiguos amos y siervos y los exhortó a todos, en idénticas condiciones, al combate.
El último tañido de la campana de La Demajagua no ordenaba al trabajo, ni
anunciaba sólo la libertad, invitaba, sobre todo, a la creación de la obra común.
Fundaba, la única verdadera democracia, la que no reconoce privilegios, rechaza
prejuicios, exalta la virtud, confía en el hombre y a todos incorpora.
Nacía aquí, entonces, la República de Cuba y se iniciaba la lucha para conquistar
la Patria.
La esclavitud era la cuestión decisiva que definía a los cubanos. La inicua
explotación de los seres humanos era la fuente principal de la riqueza de los criollos
acomodados y el sustento del régimen colonial.
Ella había estado presente, a lo largo del siglo, en las reflexiones de nuestros

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intelectuales y políticos. Aparecía siempre, como tema dominante, en los proyectos
para reformar el sistema colonial, en los intentos por modificar las relaciones con la
Metrópoli, en los planes para diseñar el futuro de la Isla y gravitaría después, como
pesado lastre, durante la propia guerra. Estaba vinculada, además, con la pregunta
esencial en los momentos en que Cuba surgía como una entidad diferente y que
forzosamente debería separase de España. ¿Quiénes eran los cubanos? ¿Quiénes
conformaban ese pueblo nuevo?
Es preciso profundizar en nuestra historia para comprender el sentido de lo
ocurrido aquel día y desentrañar la complejidad de un problema que no quedaría
resuelto con un acto noble, de incomparable altruismo, o con su proclamación formal.
Exigiría una lucha que requería tenacidad, firmeza y sabiduría. Sería parte
inseparable de la guerra misma, la marcaría al rojo vivo y determinaría el curso futuro
de nuestra vida como pueblo. El mensaje de La Demajagua, lanzado por un grupo de
propietarios blancos, significaba una total ruptura con la línea de pensamiento y la
conducta que hacia la esclavitud y hacia el negro habían mantenido los sectores
reformistas incluyendo a aquellos de ideas más avanzadas.
Sus precursores reales no eran esos grupos sino los esclavos que más de una vez
se habían rebelado contra el abominable sistema. Las sublevaciones matanceras en
1843, ahogadas en un mar de sangre, conmovieron a la sociedad colonial.
Esos alzamientos provocarían el temor entre los reformistas, los criollos pudientes
que aspiraban a modificar la deprimente sociedad en que vivían pero, al mismo
tiempo, no irían más allá de lo que un imperio anacrónico y oscurantista fuera capaz
de concederles. Frente a sus amos coloniales, los amos de esclavos nada podían
reclamar. Los intentos separatistas más importantes promovidos por ellos buscaban
perpetuar la esclavitud y anexar la Isla a los Estados Unidos. Significativamente sus
principales acciones fueron expediciones armadas, organizadas y preparadas
abiertamente en territorio norteamericano desde donde salieron hacia Cuba sin
mayores contratiempos en marcado contraste con lo que ocurriría después con los
esfuerzos que desde allí harían los patriotas emigrados. Aquellos expedicionarios,
además, eran casi todos extranjeros, con ellos participaron muy pocas personas
nacidas en Cuba.
A los esclavos, por su parte, sometidos a la más cruel explotación, aislados en sus
barracones, sin acceso a la educación, carentes de medios para transmitir sus
demandas y organizarse, les resultaba prácticamente imposible asumir la conducción
de una lucha de dimensiones nacionales. Podían —y lo hicieron no pocas veces—
rebelarse contra sus amos y castigarlos o escapar a los montes. Pero no estaban en
condiciones de transformar su lucha en un movimiento que sumara otras fuerzas para
conquistar la igualdad y junto a ella la independencia política, garantía de que la
justicia fuera verdadera y definitiva.
Ese espacio sólo podían ocuparlo los libertos, los artesanos y los propietarios
criollos que estuvieran dispuestos no sólo a abolir completamente la esclavitud, sino

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también a incorporar a los emancipados al proyecto nacional común. No bastaba con
oponerse a la trata o censurar los excesos de la servidumbre humana.
No se trataba de compasión, ni filantropía, ni cálculo económico. Si el propósito
era crear una nación, como exigía la evolución alcanzada por la sociedad colonial, era
indispensable reconocer los factores humanos que la constituían y lograr su plena
integración.
Abolición completa de la esclavitud en todas sus formas y manifestaciones,
emancipación real y ejercicio pleno de la ciudadanía, con los mismos derechos civiles
y políticos de los demás hombres, eliminación del racismo, incluyendo los prejuicios
y la discriminación, eran las exigencias que planteaba la historia y sólo podría
asumirlas un movimiento profunda y verdaderamente revolucionario.
La esencia de ese movimiento tendría que ser la justicia y la solidaridad. Fue ese
el mensaje fundamental de La Demajagua. Lo proclamaría así, años después, Antonio
Maceo al decir que el 10 de Octubre de 1868: «Cuba enarboló la bandera de la guerra
por la justicia».
Aquella mañana frente a su libertador había apenas una veintena de esclavos pues
a eso se reducía su dotación. No se trataba, por tanto, de una decisión que tuviese
importancia medible en términos militares concretos. No era para formar con ellos un
destacamento de significación para marchar sobre Yara, objetivo inmediato del
Ejército Libertador que entonces surgía. Veinte hombres no eran nada frente a cien
mil soldados del colonialismo o comparados con los centenares de miles de esclavos
que había en la Isla.
Pero era hacia esa masa y sus amos, precisamente, que se dirigía el mensaje. Se
iniciaba un proceso complejo, que tendría altibajos, en el cual, junto con aferrarse
tenazmente a los principios, se procuraría incorporar lo más posible a otros
elementos, sin excluir a los hacendados de Occidente. La desigual relación de fuerzas
que encaraban los patriotas los obligaba a ello, pero la fidelidad a sus ideales los hizo
mantener una trayectoria radical y consecuente incluso en aquella etapa inicial.
En La Demajagua se había abierto un cauce que permitiría a los propios esclavos
y a los abolicionistas sinceros avanzar, frente a la hostilidad de la oligarquía
azucarera y a temores e inconsecuencias presentes también dentro del campo
revolucionario. El 28 de octubre, el Ayuntamiento de Bayamo por unanimidad
decretaría la abolición inmediata. En abril del 69 la Constitución de Guáimaro
consagraría la libertad de todos los cubanos y el fin de la esclavitud pero un acuerdo
posterior de la Cámara de Representantes, el 5 de julio, mantendría la sujeción de los
antiguos esclavos al obligarlos a seguir trabajando mediante el Reglamento de
Libertos.
Correspondería a Céspedes anularlo el 25 de diciembre de 1870. Fue esta decisión
suya la que puso fin definitiva y completamente en todo el territorio de la República a
la esclavitud incluyendo la encubierta bajo el llamado Patronato. Ya antes, el 10 de
marzo, el Gobierno Revolucionario había declarado nulos los contratos de la

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colonización china, forma apenas disfrazada de servidumbre.
De ese modo, precisaba Céspedes, se les restituía su «natural calidad de hombres
libres, ejercitando su personalidad con toda amplitud, gozando de los mismos
derechos civiles y políticos que los demás ciudadanos con perfecta igualdad».
El abolicionismo pleno había ganado y sería la norma dentro del territorio
liberado por la República en Armas. Tendría que seguir librando duras batallas, sin
embargo, contra los hacendados que controlaban en la parte occidental las mayores
riquezas del país y contra sus agentes que en la emigración promovían el
divisionismo y conspiraban contra la Revolución, para desviar su curso.
El mensaje de La Demajagua alcanzó a todos los cubanos. Uno de los principales
representantes de los hacendados reformistas llegó a afirmar el 24 de octubre de
1868: «Nunca se ha encontrado —Cuba— más cerca de una verdadera revolución
social y socialista».
El general Dulce, por su parte, en el decreto que dictara el 12 de febrero de 1869
para desatar la represión más feroz contra los independentistas y quienes les
apoyaran, incluyó entre los graves delitos de «infidencia», junto a la insurrección, la
conspiración y la sedición a «las coaliciones y ligas de jornaleros y trabajadores».
Por eso, entre los primeros mártires de la libertad, hallaron la muerte el 9 de abril
de ese año mediante el garrote vil varios obreros tabaqueros miembros del llamado
Gremio de Laborantes, sociedad secreta de La Habana. Uno de ellos, Francisco de
León, al pie del cadalso, pronunció un ardoroso discurso que concluyó dando vivas a
la independencia de Cuba y a Carlos Manuel de Céspedes.
La acción represiva se concentró especialmente en la asociación de los
tabaqueros, núcleo principal del incipiente movimiento obrero cubano, que ya había
realizado algunas huelgas desde 1865 y cuyos periódicos fueron suprimidos.
La violencia irracional se desató contra el conjunto de la población habanera
sobre la que se extendió el terror causado por incidentes como los de los teatros
Villanueva y Tacón y el de la acera del Louvre y más tarde el asesinato de los
estudiantes de Medicina.
La represión generalizada provocó el éxodo de una parte sustancial de la
población cubana. Según un historiador español, solamente entre febrero y
septiembre de 1869, por el puerto de La Habana, abandonaron el país más de cien mil
personas.
Entre ellas se iban familias adineradas, pero también núcleos importantes de
trabajadores. Esa emigración hubiera sido un indispensable apoyo a la Revolución,
pero no pudo unirse para enfrentar las intrigas anexionistas de los grandes
hacendados y la sistemática oposición del Gobierno de Washington.
Los trabajadores emigrados aportaron generosamente de sus salarios para adquirir
armas y preparar expediciones, dedicaron su tiempo a la defensa de la causa cubana y
no pocos entregaron sus vidas en el combate. De los 156 expedicionarios que
conducía el Virginius, 47 eran obreros, 23 de ellos tabaqueros.

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El problema de la emigración tendría una importancia decisiva en el desarrollo de
la guerra. En cuanto a los hacendados más poderosos que se habían marchado al
extranjero, sus relaciones con la Revolución serían un reflejo de la actitud que hacia
ella mantuvo ese sector que controlaba las mayores riquezas de la Isla concentradas
en su parte occidental. La Junta de New York era una prolongación de la Junta de La
Habana y una expresión de sus intereses indisolublemente ligados a la producción
esclava. Pese a los numerosos esfuerzos que orientales y camagüeyanos hicieron con
ellos, desde antes del 10 de Octubre y que continuaría después el Gobierno
Revolucionario, la guerra no pudo extenderse hasta Occidente donde varios intentos
de alzamientos de los patriotas locales fueron desalentados y frustrados por diversos
medios por los dirigentes capitalinos.
Su conducta fue oportunista y traidora. Aparentaban apoyar la Revolución,
siempre que ésta se desarrollase lejos de sus propiedades y la apoyaban, en realidad,
exclusivamente con la esperanza de obtener concesiones de España o a la espera de la
intervención yanki que anexase la Isla a los Estados Unidos. Este grupo fue
esencialmente anexionista y sus posiciones respecto a la cuestión social y racial no
rebasó nunca los límites del reformismo.
Ello condujo a uno de los aspectos más dramáticos de aquella guerra y a una de
las principales causas de la derrota. La guerra más sangrienta, prolongada y
devastadora de América tuvo un teatro de operaciones limitado a la mitad más pobre
y menos desarrollada del país.
El conflicto no se reflejó en la producción azucarera de la colonia que continuó
básicamente a los mismos niveles durante los diez años, salvo algunas variaciones
causadas por la situación del mercado internacional. Ello prueba que en ese período
los hacendados de Occidente, peninsulares o criollos, aumentaron los beneficios que
obtenían del trabajo esclavo mientras el resto del país se desangraba por la libertad.
Considerar la Guerra del 68 como un movimiento de los terratenientes y la
burguesía criolla, error en el que algunos incurrieron, es no mirar al fondo de las
cosas. Nunca en la historia de Cuba existió la posibilidad de una revolución burguesa
porque en este país no existió, como clase, una burguesía nacional. Los hombres que
iniciaron la Revolución procedían por nacimiento de esa clase pero no aplicaron su
política ni sirvieron sus intereses. Los iniciadores de la Revolución, Céspedes en
primer lugar, representaron desde el comienzo las aspiraciones del pueblo,
incluyendo la población esclava, se fundieron con él y lo incorporaron a la
conducción del movimiento a todos los niveles.
Si se quería destacar que esos hombres, desde el punto de vista del origen
familiar, eran nuestros patricios, habría que precisar que formaban un patriciado
jacobino capaz de radicalizarse, junto a las masas explotadas, al ritmo que avanzaba
el proceso.
Por otra parte, la torpe política de la Metrópoli y los desmanes de las turbas de
voluntarios en las ciudades, especialmente en La Habana, colocaron a muchos de

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aquellos hacendados en situaciones difíciles y dañaron en algunos casos sus
propiedades o los hicieron víctimas de la represión. Desde la perspectiva de los
revolucionarios esa realidad justificaba los esfuerzos para atraerlos a la causa, buscar
su apoyo o neutralizarlos.
La Revolución necesitaba, además, desesperadamente recibir del exterior recursos
indispensables. Necesitaba también solidaridad y apoyo internacional para su lucha
solitaria. No eran muchos entonces los cubanos instruidos, preparados para la gestión
diplomática y la propaganda. Los mejores del centro y del este del país combatían en
la guerra. Los mejores del occidente estaban en la emigración.
Todos esos factores eran el trasfondo de la compleja, contradictoria y difícil
relación que habría de existir entre los emigrados pudientes y la República en Armas.
Generalmente cuando de la Guerra Grande y de sus conflictos internos se trata, se
habla de tres factores: el Ejército Libertador, el Gobierno Revolucionario y la Cámara
de Representantes. Pero hay que agregar un cuarto factor que era la emigración el
cual tuvo una estrecha vinculación con los otros y desempeñó un papel importante
por acción u omisión en el curso de los acontecimientos.
No habría tiempo aquí para profundizar en este importante tema. Me limitaré a
señalar que, en aquellos años, el grupo de los grandes hacendados exilados,
controlado por los anexionistas, tenía una influencia hegemónica sobre el conjunto de
la emigración. En él actuaban los más acérrimos enemigos de Céspedes, que hicieron
oposición pública a su política y fueron parte de la conspiración que lo destituyó de la
presidencia.
La mayoría de la emigración la formaban artesanos y trabajadores humildes,
recién llegados a una sociedad racista, enfrascados todavía en la lucha para sobrevivir
en un ambiente extraño y hostil. Era una masa profundamente cespedista que veía en
el hombre de La Demajagua a su libertador, que admiraba su generoso sacrificio y
comprendía su intransigencia contra los explotadores y su amor por la justicia.
Sus opiniones se expresaron en publicaciones que denunciaron las maniobras
anexionistas y esclavistas de los acaudalados de la Junta de New York. Sus
sentimientos los manifestaron las mujeres trabajadoras de esa ciudad con el sable que
obsequiaron a Céspedes pero que este por modestia no pudo aceptar.
Su apoyo quedó plasmado en hermoso gesto de los artesanos que acordaron
sostener económicamente a la esposa y los pequeños hijos del Padre de la Patria.
Acción que dio pie a un gesto mayor de Céspedes y a una clarificación de su
pensamiento cuando, al declinar la oferta, expresó que él quería que su familia
siguiera el ejemplo de ellos «trabajando para subsistir, contribuyendo si les es posible
con sus ahorros al aumento de los fondos de la república».
La Sociedad de Artesanos cubanos de Nueva York, representante del naciente
proletariado cubano, elevaría su protesta por la destitución del Presidente de la
República en Armas, la cual habían denunciado y repudiado, incluso, antes que se
produjera.

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Esa masa de hombres y mujeres pobres sería el sostén del esfuerzo revolucionario
a lo largo de la Guerra de los Diez Años, cuando ya los hacendados se habían
replegado a esperar la intervención yanki, y lo seguirían siendo en los empeños
posteriores, nutrirían el Partido de Martí y continuarían luchando hasta 1898. La
verdad es que durante esos treinta años, como reconociera Máximo Gómez «la última
tabla de salvación para los combatientes lo fue siempre la chaveta del tabaquero».
La represión colonialista se desató con particular saña contra las poblaciones
indefensas tratando de eliminar toda forma de colaboración con el Ejército
Libertador.
Entre las medidas adoptadas por el capitán general Dulce en 1869 y denunciadas
por Céspedes ante el mundo, estaban: «la confiscación de los bienes de los afiliados
en el ejército republicano y de los sospechosos de simpatizar con la revolución, la
recogida forzosa de caballos de las fincas rurales en todos los distritos sublevados.
(…) La reconcentración también forzosa de los habitantes de los campos en las
poblaciones y el consiguiente abandono de las fincas; y el arrasamiento de todas las
siembras y plantíos para privar de alimentos a los patriotas; la captura y ejecución
inmediata de todos los cubanos que se encuentren en los campos, no sólo armados
sino desarmados».
Un periodista irlandés que visitó la Isla durante la guerra, dejó testimonio del
cuadro desolador que encontró en las poblaciones villareñas: «la mayoría de sus
habitantes se encuentran en el más triste estado de miseria, debido a las severas
órdenes dictadas por los españoles para la concentración de las personas en las
ciudades y aldeas, concentración que ha dado por resultado el que las familias hayan
sido diezmadas por el hambre y las enfermedades». Y al llegar a Sancti Spíritus este
autor escribió: «Veíase allí ir de puerta en puerta solicitando un poco de arroz, a filas
de mujeres en cuyos rostros se observan las señales indelebles del hambre,
pudiéndose leer en los de muchas de ellas tristes historias de penalidades y
privaciones».
Extender la guerra al conjunto del país, lograr una efectiva integración de todos
los territorios y conseguir del exterior los indispensables recursos bélicos, fueron
necesidades estratégicas que la Revolución tenía que resolver para consolidarse y
vencer.
Esos objetivos enfrentaban no sólo al poder de los colonialistas sino también a la
oligarquía antinacional y al gobierno de Estados Unidos.
Consta en documentos oficiales norteamericanos que, entre marzo y noviembre
de 1869, la maquinaria entera del Gobierno federal se había movilizado en 16
estados, desde la Florida y el Golfo de México hasta la frontera con Canadá, con la
activa participación de la Marina de Guerra, para desbaratar expediciones, detener
buques, decomisar armamentos y perseguir, arrestar y castigar a los patriotas.
La hostilidad de las autoridades yankis hacia la causa cubana contrastaba con las
manifestaciones de simpatía y respaldo que recibía del pueblo norteamericano. Por

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ejemplo, en su informe del 14 de junio de 1870 la Comisión de Relaciones
Internacionales de la Cámara de Representantes, incluía numerosos anexos con
peticiones de grupos de ciudadanos que reclamaban el reconocimiento a la
beligerancia y a la independencia de Cuba, procedentes de diversas partes de Estados
Unidos y respaldadas con las firmas de decenas de miles de personas. Una sola de
ellas la firmaron 72 384 ciudadanos de Nueva York.
La actitud oficial contraria al sentimiento de tantos norteamericanos la expresaría,
en esa misma fecha, un mensaje al Congreso donde el presidente UlysesGrant
rechazó cualquier ayuda a los patriotas cubanos sobre los que lanzó el lenguaje más
soez y calumnioso.
Ya desde julio de 1870, Céspedes había advertido que el Gobierno de Estados
Unidos «a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para
su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para
constituirse en poder independiente; este es el secreto de su política».
En un mensaje a Benito Juárez, el 13 de diciembre de 1870, Céspedes expresaba:
«Ud. ciertamente conoce bien cuán terrible es el esfuerzo en que estamos empeñados
en asegurar nuestros derechos nacionales y cuán grandes son las dificultades que
tenemos que vencer, puesto que Ud. conoce que nuestros enemigos son numerosos y
bien disciplinados; que tenemos que pelear en una isla que es muy estrecha; que las
costas están vigiladas por una numerosa flota; y que estamos abandonados a nuestros
propios recursos, a pesar de estar en el centro de la América independiente».
Dos días después, en carta al editor de un diario de Nueva York, Céspedes
denuncia que mientras España puede adquirir fácilmente todo lo que necesita para
continuar la guerra, a los patriotas cubanos se les persigue y se les «captura los
buques y los armamentos comprados por su patriotismo con lágrimas de nuestras
mujeres y la sangre de nuestros bravos soldados».
La persecución a los emigrados en Estados Unidos y las acciones de las
autoridades para impedir que desde allí auxiliasen al movimiento revolucionario,
alcanzó su máxima expresión con la proclama emitida el 12 de octubre de 1871 por el
propio presidente Grant. Alegando que las actividades de los revolucionarios
violaban las leyes norteamericanas, los amenazó con estas palabras: «por cuyo
motivo están sujetas a recibir castigo, serán perseguidas con todo rigor, sin que les
sea posible esperar clemencia de parte del Ejecutivo, para salvarse de las
consecuencias de su delito, caso de ser sentenciadas. Y amonesto y exhorto a todas
las autoridades de este Gobierno, así civiles como militares o navales, para que usen
cuantos medios están en su poder para que sean presos, juzgados y castigados todos y
cada uno de los citados delincuentes, infractores de las leyes que nos imponen
obligaciones sagradas para con todas las Potencias amigas».
Las amenazas del señor Grant se concretaron dramáticamente, cuando las
autoridades yankis confiscaron el buque Pioneer y todo el armamento que llevaba con
destino a Cuba. El Padre de la Patria dispuso entonces, el 30 de noviembre de 1872,

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el retiro de la representación diplomática no oficial que la Revolución había
establecido con el propósito de buscar al menos el reconocimiento de nuestra
beligerancia. Al hacerlo dejó para la historia estas palabras de vigencia permanente:
«No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio con que nos trata el
gobierno de los Estados Unidos, desprecio que iba en aumento mientras más sufridos
nos mostrábamos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel del pordiosero a
quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por último se cierra con
insolencia la puerta. El caso del Pioneer ha venido a llenar la medida de nuestra
paciencia: no por débiles y desgraciados debemos dejar de tener dignidad». Mientras
impedía la acción solidaria de la emigración cubana, Estados Unidos facilitaba a los
colonialistas la continuación de la guerra con el empleo para ello del territorio y la
industria norteamericanos. Con ese apoyo, España desplegó hasta 83 buques de
guerra para bloquear las costas cubanas, incluyendo 30 cañoneros de vapor,
construidos, armados y equipados en Estados Unidos.
En un mensaje al Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado
de aquel país, que constituye un profundo análisis del desarrollo de la guerra, el 10 de
agosto de 1871, Céspedes había puesto al desnudo la política de Washington: «el
Gobierno de esa República (…) no ya permaneciendo simple espectador indiferente
de las barbaries y crueldades ejecutadas a su propia vista (…) sino prestando apoyo
indirecto moral y material al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la
Monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la Colonia Americana,
al esclavista recalcitrante contra el libertador de cientos de miles de esclavos».
Después de 1898, cuando la intervención yanki interrumpió brutalmente la
heroica lucha de nuestros antepasados, se trató también de arrancarlos del recuerdo
del pueblo, desvirtuar el sentido de su lucha y ocultar la verdadera naturaleza de los
problemas que tuvieron, el modo que los enfrentaron y las soluciones que le hallaron.
Se subrayaban los distintos puntos de vista que ante diversos problemas, en
algunos momentos, tuvieron los principales protagonistas de la epopeya, se eliminaba
todo análisis de la evolución de esas opiniones y los contextos en que ellas se
manifestaban. Todo se reducía a inevitables diferencias de personalidades. Eran, en
fin, las pasiones humanas las que explicaban el fracaso de una guerra de diez años. Se
nos quería hacer creer, en el fondo, que eran nuestras propias características como
pueblo lo que explicaban las derrotas sufridas. Se trataba de introducir en la
psicología colectiva el fatalismo que los anexionistas de todo tipo han usado siempre
para justificar la docilidad ante sus amos. En 1868 no existía la nación ni poseíamos
una conciencia nacional. Éramos una masa amorfa, heterogénea, de la que surgiría el
pueblo en medio de la lucha y a través de ella se identificaría a sí mismo, adquiriría
su identidad definitiva. Aquellos hombres crearon la nación, forjaron al pueblo,
hicieron realidad la cubanía. ¿Era posible hacerlo sin discutir, sin contrastar
apasionadamente las ideas?
No pocas veces se nos repetían conceptos que eran como un eco de las

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tergiversaciones y calumnias que la propaganda colonialista y el gobierno
norteamericano dieron, en su tiempo, de los acontecimientos y sus participantes.
Céspedes, supuestamente autoritario, aceptó, sin embargo, el criterio de la
mayoría en Guáimaro y acató después la decisión de la Cámara, profundamente
injusta y errónea, de destituirlo. Quien fue presentado como militarista hizo el
máximo, hasta donde era posible, por regularizar y humanizar la guerra.
Abolicionista acérrimo hizo concesiones tácticas en la etapa inicial tratando de atraer
o neutralizar a los hacendados de Occidente.
Pero no vaciló en ejercer plenamente su autoridad cuando estaban en juego los
principios o era necesario para asegurar el avance de la Revolución. Lo hizo el 10 de
octubre de 1869, en el primer aniversario de la insurrección, al ordenar al Ejército
Libertador el empleo de la tea incendiaria contra los campos de caña y los cafetales;
al disponer que durante la invasión a Las Villas no sólo se quemasen las propiedades
sino que también se sublevase a los esclavos y se les incorporase a las filas patrióticas
o se les enviase al Camagüey para protegerlos de sus antiguos amos; al anular el
acuerdo de la Cámara que reglamentaba la vida de los libertos, eliminando así
definitivamente el régimen de servidumbre; al designar dos negros como regidores de
Bayamo, primera ciudad liberada de Cuba y sede del Gobierno revolucionario; al
ascender a generales a Antonio Maceo y a Máximo Gómez y promover a altos rangos
militares a negros y mulatos surgidos de la esclavitud y de las capas más pobres del
pueblo; al decretar, el 15 de febrero de 1871, que serían considerados traidores
quienes intervinieran en cualquier negociación que no respetase la independencia
absoluta de Cuba y la abolición completa de la esclavitud.
Estas posiciones y el empeño de Céspedes por eliminar el regionalismo, por llevar
a cabo la invasión a Occidente y su apoyo a los sectores radicales del exilio en su
oposición a las maniobras anexionistas de los hacendados, lo sitúan como el iniciador
de una línea revolucionaria consecuente que continuaría después con la Protesta de
Baraguá, con la obra revolucionaria de José Martí y con la lucha incesante de nuestro
pueblo hasta la victoria del Primero de Enero y estos cuarenta años gloriosos en que
bajo la conducción cespedista de Fidel Castro el pueblo realizó al fin el sueño de La
Demajagua.
Los objetivos de independencia y justicia de la Revolución cubana iniciada el 10
de Octubre, fueron irrealizables en aquella su primera etapa. Para lograrlos hacía falta
la existencia de una conciencia nacional, un Partido que dirigiera e integrara la lucha
política y militar y una estrategia combativa que se extendiera a toda la Isla. Esos
objetivos los alcanzaríamos después con el genio y la infatigable labor de Martí. Pero
la obra del Apóstol hubiera sido imposible sin la Guerra de los Diez Años, porque fue
ella la que forjó la nacionalidad, transformó radicalmente la sociedad colonial y
convirtió a las masas explotadas del pueblo en protagonistas de su historia.
Antes del 10 de Octubre hubo diferentes criterios sobre el momento para iniciar la
guerra y a partir de ese día y hasta abril de 1869 existieron ideas divergentes sobre la

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estrategia a seguir y sobre la organización del poder revolucionario, con dos polos
principales en Oriente y Camagüey, con dos direcciones, dos ejércitos y hasta dos
banderas. Es cierto que en Guáimaro discutieron profundamente, tuvieron que
discutir seguramente con pasión, porque estaban tratando de diseñar la Patria y de
precisar el camino para alcanzarla. Pero lo más importante es que, con el acuerdo de
todos, de Guáimaro salió un solo Gobierno Revolucionario, con un programa único,
un solo Ejército y una sola bandera. En Guáimaro prevaleció por encima de todo el
sentido de la unidad indispensable, la voluntad común de dejar a un lado las
diferencias y sumar las energías de todos para la batalla común.
Céspedes e Ignacio Agramonte, los jefes principales de aquella etapa, fueron
exponentes de dos concepciones iniciales, sobre la organización del poder
revolucionario, que eran excluyentes. Pero después que en Guáimaro hubiesen
triunfado sus tesis, el propio Agramonte en medio de su brillante campaña militar,
criticaría la injerencia de la Cámara en la conducción de la guerra y reclamaría el
indispensable mando único para dirigirla. El 14 de enero de 1871, luego de afirmar
que «hay opiniones encontradas, pero no hay divisiones, ni disensiones» el insigne
camagüeyano agregaba «soy de los que más necesario creen el cambio de los
funcionarios que sirven de rémora a la marcha expedita y enérgica de nuestras
operaciones militares». Hay numerosas pruebas de que en la medida que avanzaba la
guerra, entre Agramonte y Céspedes se desarrollaba una relación de mutua
comprensión. En el epistolario del Padre de la Patria, dejó constancia de su alegría en
este sentido y dedicó al Bayardo exclusivamente palabras de admiración y afecto.
Como justamente ha explicado Fidel, si Agramonte hubiera vivido se habría
opuesto y probablemente impedido la destitución de Céspedes por la Cámara de
Representantes. La verdad histórica es que al caer aquel en los campos de Jimaguayú,
el Padre de la Patria perdía un apoyo decisivo, al discípulo más eminente, a quien
debía haber sido su continuador.
La usurpación imperialista de 1898, frustró el movimiento iniciado aquí treinta
años atrás. Se apoderaron del país y de sus recursos, implantaron regímenes corruptos
y serviles que explotaron al pueblo y lo dividieron. En aquella república envilecida
continuaron los peores vicios de la sociedad colonial. Ya no existía la vieja
servidumbre, pero millones de cubanos sufrieron la esclavitud capitalista y con ella la
miseria, el desamparo, el racismo y la discriminación racial.
Fueron seis décadas de ignominia, de radical negación de los ideales del 68.
Aquella república era lo contrario de La Demajagua, nada tenía que ver con los
sueños de Céspedes y Agramonte, ni con el heroísmo, los sacrificios y la sangre
derramada por centenares de miles de cubanos durante tres décadas.
Los jóvenes de hoy, que aprenden a amar y a respetar a nuestros gloriosos
fundadores, tendrán dificultad en imaginar que no siempre fue así. Bajo el régimen de
dominación yanki se intentó robarle al pueblo su memoria, se distorsionó su historia,
se trató de disolver en el olvido el ejemplo de sus héroes y las lecciones de sus

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luchas.
La neocolonia y sus amos fueron especialmente implacables con Carlos Manuel
de Céspedes. Como aquella era lo más opuesto al patriotismo tenían que asegurar la
muerte eterna del Padre de la Patria, hacerlo desaparecer completamente de la
historia, enterrar para siempre su mensaje.
Ahí están los datos en los archivos y bibliotecas. El pensamiento de Céspedes, sus
documentos políticos, su extensa correspondencia, su obra literaria alcanzaron mayor
difusión en los treinta años de la guerra que la que recibirían a partir de la
intervención yanki en Cuba. En sesenta años, en la llamada República de Cuba sólo
se publicó, junto a la de otros autores, una porción ínfima de su obra política en un
solo libro de escasa circulación que con el título de Breve antología del 10 de Octubre
apareció en 1938. Sobre Céspedes, en sesenta años, se publicaron 3 libros, 3 folletos
y 24 artículos periodísticos no siempre justos para con él.
Incontables fueron, sin embargo, las biografías, los estudios y los textos que sobre
antiguos anexionistas y autonomistas salieron de las imprentas cubanas en el mismo
período.
A esos personajes además, se les erigió estatuas y monumentos y dieron sus
nombres a calles y plazas.
Pero a Céspedes no. Es cierto que Manzanillo cuidó celosamente la Campana y
que Bayamo y Santiago, testigos de su inmolación, marcaron algunos lugares con su
glorioso nombre. Pero los gobernantes de la época, durante sesenta años, no erigieron
tributo alguno a su memoria, fuera de su tumba.
Es bueno que sobre ello mediten nuestros jóvenes de hoy. Porque ilustra sobre el
sentido de nuestra lucha centenaria y nuestra única Revolución, la que iniciara el
hombre que los enemigos de la Patria querían destruir y desaparecer. Y nos recuerda
también como él continuó peleando aún, después de su caída en San Lorenzo.
Él, que siempre previó su muerte antes del triunfo, y nos había advertido que de
su tumba saldría cuantas veces fuera necesario para recordar a los cubanos sus
deberes patrios, siguió llamando a los jóvenes y a los patriotas verdaderos a retomar
el camino de La Demajagua.
Por eso su primer monumento habanero, un humilde busto de yeso, lo hicieron
construir y lo levantaron en 1949 a la entrada del Instituto de segunda enseñanza de la
Víbora, costeado por ellos mismos, centavo a centavo, sus estudiantes, profesores y
empleados. Por eso, en 1947 Fidel Castro y la FEU llevaron hasta la colina
universitaria la campana gloriosa y la rescataron de las maniobras politiqueras que
denunciaron en actos memorables en la capital y en Manzanillo. Por eso, en 1956,
Emilio Roig, maestro ejemplar, desplazó al rey autócrata del sitial en que todavía lo
honraba la república espúrea y colocó allí al creador de la Patria.
Sólo después de 1959 al triunfar la Revolución que él iniciara, finalmente su obra
y su pensamiento son rescatados y difundidos masivamente. Hoy su vida ejemplar y
sus ideas son para el pueblo cubano manantial inagotable donde fluye siempre el agua

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pura del patriotismo y las virtudes y los valores de la cubanía.
En este mismo lugar, hace treinta años, el Comandante en Jefe pronunció un
discurso esencial. Definió la gran verdad de nuestra historia, la que no pocos habían
pretendido ocultar de diversos modos, que en Cuba ha habido una sola Revolución, la
que emprendió Céspedes el 10 de Octubre. Fidel resumió la indisoluble continuidad
de nuestro proceso histórico con esta idea admirable: «Nosotros, entonces, habríamos
sido como ellos. Ellos, hoy, habrían sido como nosotros».
Ser como ellos, ahora, cuando la Patria amenazada enfrenta, igual que entonces,
poderosos enemigos, cuando debemos encarar los peligros de la confusión y las
vacilaciones promovidas desde fuera, significa, ante todo, revivir el mensaje de La
Demajagua y convertirlo en norma de conducta, en guía para la acción revolucionaria
del presente.
Defensa intransigente de la independencia absoluta de la Patria, sin concesiones
de ningún género que puedan lesionar la dignidad nacional; unión verdadera, real,
íntima entre todos los cubanos y eliminación de hasta el último vestigio de
discriminación o prejuicio que nos separe; lucha incansable por la igualdad y la
solidaridad entre los hombres, fundada en una ética del sacrificio, la abnegación y la
virtud.
Ese es el legado que nos dejó el Padre común, el fundador, el Presidente eterno de
la Patria.
El que nos dijo que «no son revolucionarios los que no están dispuestos a
sacrificarlo todo, todo por la libertad de la Patria»; el rico hacendado que abandonó
sus riquezas y entregó hasta sus prendas personales a la causa revolucionaria. El que
sacrificó a su familia y prometió dejarles «una herencia pobre de dinero pero rica en
virtudes cívicas»; el hombre ilustrado, el poeta, que hasta la víspera de su muerte
alfabetizaba con instrumentos rústicos que su mano extraía del bosque; el animador
de la Sinfónica de Manzanillo y de Bayamo que en su último refugio en la Sierra
Maestra admiraba las danzas que los antiguos siervos practicaban para él; el que
llamó hermano al negro y compañero al obrero; el que guardó fidelidad inconmovible
a la Revolución pese a la injusticia, el abandono y la ingratitud de que fue víctima; el
que combatió hasta el último instante, completamente solo, casi ciego y rodeado de
soldados enemigos.
En estos tiempos en que se intenta extirpar de los corazones de los hombres el
sentimiento de la justicia, en un mundo donde se trata de imponer el dogma del
egoísmo y la codicia, la Revolución Cubana sigue siendo el único camino de nuestro
pueblo y es portadora de valores indispensables para la humanidad. En medio de la
guerra Céspedes deslindó las diferencias fundamentales entre Cuba y el colonialismo
y trazó la frontera infranqueable que nos separa hoy, con más claridad aún, de los
imperialistas. El enemigo «pelea para sostener la esclavitud del negro, para propagar
el oscurantismo, para perpetuar la iniquidad; los patriotas cubanos luchan por la
libertad de todos los hombres, por el triunfo de la justicia, por el entronizamiento de

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la civilización; allá el agio, la ignominia, la noche; acá la razón, la verdad, la luz».
Los cubanos de hoy y de mañana seguiremos defendiendo la Patria aquí fundada, la
Revolución iniciada el 10 de Octubre, el socialismo nuestro que en esta sagrada tierra
encontró su raíz más firme. Continuaremos luchando hasta la victoria siempre.
[…]

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GUÁIMARO

Fragmentos del discurso pronunciado en Guáimaro, el 10 de abril de


1994

[…]
Crear una nación desde las tinieblas de la esclavitud, el oscurantismo y la
corrupción exigía la visión iluminadora de los genios. Forjar un pueblo entre aquel
amasijo de violencia y despotismo, de injusticia y de prejuicios, demandaba estatura
de gigantes. Conducirlo a la victoria frente a un adversario cruel y mil veces más
poderoso, sin el auxilio de nadie, en el aislamiento de su escaso territorio requería la
virtud, la inteligencia y la voluntad de acero de los héroes.
Más compleja sería la proeza a que la historia convocaba a los hombres del 68,
mucho más difícil y dura y angustiosa porque aun antes que ellos hubieran nacido,
sobre la Patria apenas imaginada se cernía ya, como su peor y permanente amenaza,
la ambición imperialista.
Ya Estados Unidos ocupaba lugar predominante en la economía y era el principal
mercado del azúcar que producían nuestros esclavos. Sobre esa base surgió el interés
común de los imperialistas y de una oligarquía que antepuso su afán de lucro al
interés nacional y quería mantener a Cuba sujeta a España y entregarla después al
dominio norteamericano. El vasallaje nacional era necesario para perpetuar la
servidumbre humana y por ello nación y pueblo sólo alcanzarían la emancipación en
un proceso revolucionario único.
Poner fin al colonialismo en Cuba significaba derrotar a una metrópoli que era
fuerte, poseía aquí la mayor implantación militar y poblacional jamás alcanzada en
ninguna parte de su imperio y estaba decidida a preservar su colonia a cualquier
precio; liberar a Cuba exigía también vencer la hostilidad de Washington que ejercía
su poderío para alejarnos de los pueblos latinoamericanos, perseguía las actividades
de la emigración patriótica y promovía el anexionismo allí y dentro de la Isla;
significaba por eso igualmente quebrar en las propias filas cubanas la influencia de
una clase terrateniente fuerte y antinacional.
Los patriotas que encaraban ese triple desafío además carecían de armas, estaban
dispersos, no tenían un partido ni vínculos orgánicos entre ellos. Unos y otros se
alzaron a conquistar la historia sin doblegarse ante los enormes obstáculos que
enfrentaban como si del empeño heroico de cada cual dependiera la victoria.
A medio año de iniciada la lucha, bajo la embestida brutal de los colonialistas, se
encontraron aquí los patriotas orientales, camagüeyanos y villareños para sumar ideas
y voluntades, para buscar entre todos el modo eficaz de prevalecer en la desigual
contienda, para diseñar, en fin y por la primera vez, el proyecto nacional, la Patria.
En Guáimaro buscaron aquellos hombres plasmar sus sueños y dar orden a una
República que forcejeaba por afirmarse y crecer entre el fuego y la sangre y las

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cenizas. En Guáimaro por encima de todo sobresalió el altruismo y el desinterés de
quienes supieron dejar a un lado diferencias profundas y colocar más allá de
cualquier otra consideración el ideal de una Patria libre y justa. Pocas veces se alzó
tan alto y con tanta dignidad y pureza el patriotismo como entonces, aquí, cuando la
Patria apenas germinaba, cuando la Patria era poco más que una idea que ellos
dibujaban amorosamente y por la que tendrían que pelear, sin alcanzarla, hasta la
muerte.
El proyecto revolucionario cubano unió desde su origen en un todo inseparable, la
independencia política y la emancipación social: de aquella sociedad no podría surgir
un estado nacional independiente sin la erradicación de la esclavitud, sin la
hermandad entre blancos, negros y mestizos, sin la igualdad entre los hombres. Desde
el 68 brota para lograr más tarde con José Martí su expresión más plena una ética que
sería para siempre el móvil y la justificación de la única Revolución cubana: la Patria
se fundaría en la justicia y el humanismo, la Patria sería solidaria o no habría Patria.
Sería igualmente internacionalista: a la Isla asediada vendría la solidaridad de
muchos hijos de otras tierras que comprenderían que los cubanos no peleaban sólo
por Cuba, que aquí se dirimía el destino de América, que nuestra brega era decisiva
para la humanidad.
Porque desde el 68 el destino de Cuba se decidía frente a la codicia de un vecino a
quien entonces le nacían las ansias de dominar a los demás.
Pero había más. No se trataba únicamente de independizar una nación, empresa
en sí misma titánica en aquellas dificilísimas circunstancias. Cuba era una idea que
sólo se realizaría en una sociedad nueva, dando vida al perenne sueño de igualdad y
fraternidad entre los hombres. Demostrando que era posible, que existía un lugar y
levantando allí su estrella solitaria, la utopía cubana atraería el amor de los justos y la
esperanza de los oprimidos.
Transformación radical de las relaciones sociales, independencia total y
definitiva, comprensión cabal de la dimensión universal de su lucha, una ética
sustentada en la dignidad humana y en la disposición al sacrificio máximo por
alcanzar esas aspiraciones como la virtud suprema, fueron la savia constante del
patriotismo cubano.
La campana de La Demajagua había llamado al mismo tiempo a la guerra contra
el imperio español y a la liberación de los esclavos y esos dos principios —igualdad
de Cuba como nación e igualdad entre todos los cubanos— alcanzaron expresión
exacta en la Constitución de Guáimaro, fruto del idealismo y el abolicionismo
integral de jóvenes como Agramonte y posteriormente en el Decreto de Céspedes
eliminando el Reglamento de Libertos.
Como fuego inextinguible sobrevive el ejemplo de los jefes del 68 que por esos
principios supieron sacrificarlo todo, las riquezas, las propiedades y comodidades
personales, la felicidad familiar y hasta la vida. Del Padre de la Patria pudo afirmar
José Martí que incluso «dominó lo que nadie domina: el carácter» y «sacrificó lo que

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nadie sacrifica: el amor propio».
Aquella generación tuvo que arrostrar los máximos sacrificios en la guerra más
prolongada y cruenta que serviría para forjar definitivamente y para siempre la
verdadera cubanía, las cualidades esenciales de un pueblo admirable, justo y noble.
En su emocionada defensa de esos combatientes, calumniados por los mismos
imperialistas yankis que habían ayudado a España durante los diez años, Martí
describía así su pelea. «Una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono
voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de
la libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos, la creación
de pueblos y fábricas en los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los
tejidos de los árboles, el tener a raya, en diez años de esa vida, a un adversario
poderoso, que perdió doscientos mil hombres a manos de un pequeño ejército de
patriotas, sin más ayuda que la naturaleza».
Esa lidia supieron librarla hombres que habían sido ricos y jóvenes de familias
acomodadas que se juntaron en el combate y las privaciones compartidas con los
antiguos esclavos y con los trabajadores más humildes. Juntos aprendieron a «dormir
en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama
de árbol, morir —estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas
poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna— de una muerte de la que nadie
debe hablar sino con la cabeza descubierta». Con ellos en los riesgos y las penurias
estuvieron nuestras mambisas que aquí en Guáimaro expresaron sus reclamos con la
voz de Ana Betancourt. Y no fueron pocas las que en la emigración abandonando
«una existencia suntuosa» se fundieron también en el crisol del pueblo «la dueña de
esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador: cantó en las
iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal, rizó plumas de sombrerería; dio su
corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo».
Aquella epopeya, lo sabemos, terminó en la amargura de la derrota a pesar de la
voluntad heroica de Maceo y la dignidad gloriosa de Baraguá. Pocos pueblos habían
pagado tan alto precio por la libertad que para aquella generación quedó como
quimera inalcanzable.
Pero los cubanos aprendimos las terribles consecuencias a que nos condujo la
división entre los revolucionarios y la acción corrosiva de los elementos anexionistas
y autonomistas. Centenares de miles de cubanos soportarían varios años más de
trabajo esclavo, los antiguos hacendados patriotas se sumarían a las filas de los
desposeídos y la mitad de la Isla quedaría arrasada por la guerra.
Fue la prédica incesante de Martí y su afán por la unidad de todos los patriotas en
el Partido Revolucionario Cubano […] la que nos permitió retomar el camino y
reiniciar la guerra necesaria […]

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JIMAGUAYÚ

Fragmentos del discurso en Jimaguayú, Camagüey, el 13 de septiembre


de 1995

[…]
Hace un siglo los cubanos se reunieron aquí para discutir cuestiones esenciales a su
destino y a la organización de la guerra necesaria reiniciada seis meses atrás. El 16 de
septiembre culminarían cuatro jornadas de trabajo con la adopción de una nueva
Constitución para la República en Armas.
Estos campos de Jimaguayú que habían sido testigos de las hazañas combativas
de Ignacio Agramonte y que habían contemplado su gloriosa caída volverían a sentir
su presencia y la de Céspedes y la de toda la generación inmolada en el 68. Aquí se
encontrarían los viejos y los nuevos combatientes para planear y organizar, para
confrontar criterios y articular consensos, para reforzar la indispensable unión sin la
cual resultarían inútiles los sacrificios y se frustrarían entonces, como enseñaba la
dolorosa experiencia de la Guerra Grande, los sueños y los ideales que eran ya
patrimonio de todo el pueblo.
Cuando se congregaban en Jimaguayú los representantes de los diversos grupos
combatientes traían la memoria de los debates de Guáimaro y de las secuencias
ulteriores que habían conducido a la derrota y al Zanjón y a la viril protesta de
Baraguá y a los largos años de angustiosa espera, de sucesivos intentos y
frustraciones, de ardorosa y paciente preparación. Habían sufrido ya, a poco de
reiniciada la nueva etapa de la larga contienda, la pérdida irreparable de quien había
concebido la idea unificadora del Partido, le había dado su programa y organización y
lo había convertido en el instrumento insustituible para concertar la acción común de
los patriotas.
La caída de José Martí en Dos Ríos en la etapa inicial de la guerra privaba a los
cubanos de su genio previsor, de su ilimitada capacidad para sumar, de su irreductible
voluntad. Desde que desembarcara por Playitas, Martí se dio a la tarea de preparar las
condiciones para dar estructura estable, duradera y unitaria a los aportes de todos y
sentar las bases de las instituciones que la República establecería aun en medio del
combate. Aspiraba a entregar a los representantes del pueblo el mandato que el
Partido le había confiado para preparar y desatar la guerra que ya se convertía en
realidad.
La súbita desaparición del Apóstol planteaba riesgos y desafíos muy serios a la
Revolución cubana. La inesperada pérdida de quien encarnaba el alma de la
Revolución de quien había sido su principal guía e inspirador, antes de que ella
hubiera podido crear su propio ordenamiento institucional, era un golpe severo para
quienes reiniciaban el combate contra un enemigo poderoso y que había probado su

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determinación a imponernos la oposición más terca.
Correspondió a Antonio Maceo tomar la iniciativa en aquel doloroso y decisivo
momento. Al conocer la trágica noticia de Dos Ríos convocó a los representantes del
Cuerpo de Ejército que él comandaba para que se reunieran en Bijarú, distrito de
Holguín, y sin su presencia, porque no quería influir en sus deliberaciones, acordaran
las posiciones que habrían de traer a Jimaguayú y que servirían de pauta fundamental
a la Constitución que aquí sería acordada. Proceso semejante seguirían también los
representantes de Las Villas, de Camagüey y de la región de Oriente que mandaba
Bartolomé Masó.
El debate fue intenso y apasionado. Aunque la mayoría de los asambleístas eran
hombres jóvenes que no habían participado en la guerra de los 10 años y salvo uno,
ninguno de los delegados había asistido a la asamblea de Guáimaro, las discusiones
en Jimaguayú parecían ser la continuación directa de las que habían tenido lugar 26
años atrás en ese otro rincón glorioso de Camagüey. Estaban presentes, como
entonces, criterios encontrados sobre las atribuciones correspondientes al Ejercito
Libertador y a la administración civil de la República en Armas, estaban presentes
preocupaciones civilistas derivadas de las negativas experiencias del caudillismo
militarista en América Latina contrapuestas a la necesidad superior de asegurar el
mando único y la cohesión de todos los combatientes en la lucha desigual que
enfrentaban los cubanos.
Pero ya Cuba no era la de 1868 precisamente por el generoso sacrificio de aquella
generación. La Guerra Grande había creado la Patria, había echado a andar a las
masas explotadas, había convertido al pueblo en el principal protagonista y había
desplazado para siempre a la oligarquía de cualquier posibilidad de liderazgo.
Existían además los amargos resultados de la experiencia de Guáimaro y el papel,
primero obstruccionista y más tarde desintegrador, de la Cámara de Representantes:
fruto originalmente de noble espíritu de romántico civilismo acabaría siendo ella
expresión de las corrientes retardatarias y los intereses mezquinos que abonarían el
camino de la derrota.
Los reunidos en Jimaguayú supieron encontrar fórmulas adecuadas para superar
el viejo debate y adoptar el ordenamiento apropiado para las condiciones de la guerra.
Se estableció un Consejo de Gobierno que reunía todas las facultades administrativas
y legislativas mientras se daba plena autonomía al mando militar. Se realizaba lo que
Martí expresara dos semanas antes de su caída en combate: «El Ejército, libre, y el
país, como país y con toda su dignidad representado».
Entre los aciertos más importantes de la Asamblea de Jimaguayú está el que sus
miembros dieron por concluida su misión con la promulgación de la Constitución el
16 de septiembre. De aquí no surgió como de Guáimaro una Cámara de
Representantes de carácter permanente y con ello se evitó repetir la desdichada
experiencia de la Guerra Grande. No quiere esto decir que la nueva Constitución
ignorase la necesaria representatividad popular. Al contrario, podemos considerar a la

[Link] - Página 47
Constitución de Jimaguayú como un reflejo de la madurez y la profundización del
pensamiento revolucionario cubano, que fue capaz de superar las debilidades de la
primera Constitución fortaleciendo la autoridad de la dirección de la guerra, dejando
atrás formalismos supuestamente democráticos y afirmando, al mismo tiempo, la
participación democrática real.
Los que sesionaron aquí no se reservaron para ellos ninguna prerrogativa especial
ni mucho menos permanente.
La Constitución tendría una vigencia máxima de dos años y para enmendarla o
sustituirla seria convocada otra Asamblea de Representantes. Igual procedimiento
habría que emplear para ratificar un eventual tratado de paz con España, que tendría
que basarse en la independencia absoluta de Cuba, o para la elección de un nuevo
Consejo de Gobierno o para la sustitución del Presidente o del Vicepresidente caso
que fuera necesario. Pero en cada caso sería la reunión de una nueva Asamblea de
Representantes elegidos al efecto. Por ello, cuando en 1897 se discutió la nueva
Constitución la casi totalidad de los representantes reunidos en La Yaya eran personas
que habían participado en la Asamblea de Jimaguayú.
Esta Asamblea consagraría el liderazgo de Máximo Gómez como General en Jefe
del Ejército Libertador y de Antonio Maceo como Lugarteniente General. El
pensamiento de este último y su poderosa autoridad moral —ambas indispensables
para la Patria ahora que no contaba con la presencia física de Martí— desempeñarían
un papel decisivo en las deliberaciones que tuvieron lugar aquí hace cien años.
En el mensaje que dirigiera a esta Asamblea, Maceo dejó testimonio de la
integridad de su carácter y de sus ideales revolucionarios cuando proclamó: «La
República es la realización de las grandes ideas que consagran la libertad, la
fraternidad y la igualdad de los hombres: la igualdad ante todo, esa preciada garantía
que, nivelando los derechos y deberes de los ciudadanos, derogó el privilegio de que
gozaban los opresores a título de herencia y elevó al Olimpo de la inmortalidad
histórica a los hijos humildes del pueblo, a aquella que, cultivando el espíritu con las
luces que da la educación, fundaron la útil e indestructible aristocracia del talento, la
ciencia y la virtud. Fundemos la República sobre la base inconmovible de la igualdad
ante la ley. Yo deseo vivamente que ningún derecho o deber, título, empleo o grado
alguno exista en la República de Cuba como propiedad exclusiva de un hombre,
creada especialmente para él e inaccesible por consiguiente a la totalidad de los
cubanos. Si lo contrario fuese decretado en nombre de la República, semejante
proceder sería la negación de la República por la cual hemos venido combatiendo, y
nos arrebatarían el derecho con que Cuba enarboló la bandera de la guerra por la
justicia, el 10 de octubre de 1868».
Con esas palabras, el mulato surgido del racismo colonial, devenido indiscutible
líder de su pueblo, reafirmaba la continuidad indisoluble de nuestra batalla y la
definía, más allá incluso de la independencia política, como una guerra por la justicia,
sobre la base inconmovible de la igualdad, único fundamento posible de la República.

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Desde la tierra ensangrentada de Dos Ríos nos seguía anunciando el Apóstol:
«Conquistaremos toda la justicia».
Ese empeño planteó desde el principio una particular dimensión moral, universal,
a la lucha nacional, estableció una exigencia ética consustancial a la cubanía y
consiguientemente un sentido militante, obligatorio, al patriotismo. Lo había
plasmado ya la constitución de Guáimaro en su Artículo 25: «Todos los ciudadanos
de la Republica se consideran soldados del Ejército Libertador». Lo reiteraría el
Artículo 19 de la de Jimaguayú: «Todos los cubanos están obligados a servir a la
Revolución con su persona e intereses según sus aptitudes».
[…]
La Revolución Cubana, proceso único y permanente iniciado en 1868 tiene
pilares inconmovibles que le sirven de sustento doctrinal y que han animado a
sucesivas generaciones de cubanos desde La Demajagua hasta hoy. La idea de «la
Patria de hermandad y justicia» que vincula indisolublemente la independencia
nacional con la igualdad social y la solidaridad humana. La convicción de que esa
idea es realizable y que a su materialización están obligados todos los que aspiren a la
condición de cubanos. La certeza —revelada por Céspedes y demostrada con
inapelable elocuencia por Martí— de que conquistar ese ideal requería no sólo
derrocar al colonialismo español sino también a la oligarquía criolla y derrotar al
imperialismo norteamericano.
Esas son las raíces y la sustancia de la cubanía. Para ser verdaderamente cubano
no era suficiente haber nacido en esta Isla, hay que considerarse soldado del Ejército
Libertador, hay que sentirse obligado a servir a la Revolución con su persona e
intereses.
Hay otras características, si se quiere de método o estilo, arraigadas en nuestras
más hondas tradiciones y que integran también nuestra personalidad como pueblo. En
los momentos más complejos y difíciles cuando los patriotas apenas iniciaban la
lucha, cuando las fuerzas enemigas eran incomparablemente superiores, en
Guáimaro, en Baraguá, en Jimaguayú —o en una etapa más avanzada en La Yaya—
los cubanos se reunieron para discutir a pecho descubierto sus mayores problemas, a
debatir con amplitud y franqueza sus opiniones sobre cómo enfrentarlos, a organizar
los esfuerzos comunes, a proyectar el futuro de la Patria. En ocasiones los debates
fueron intensos y los criterios dispares pero siempre fueron capaces de alcanzar el
consenso y de cada una de esas reuniones salió fortalecida la voluntad común, salió
reforzada la unidad.
Otros pueblos tuvieron que esperar varios años después de lograda la
independencia para darse su primera Constitución. Los cubanos habíamos discutido,
aprobado y aplicado cuatro antes de vencer a los colonialistas.
Discusión entre hermanos, ejercicio colectivo del criterio, aporte de todos para
definir la línea común, búsqueda constante del consenso entre los revolucionarios,
entre los patriotas y la sagrada obligación de preservar la unidad, de cerrar filas y

[Link] - Página 49
pelear hasta la muerte, juntos, como un solo hombre es una preciosa herencia que
legaron a las generaciones actuales quienes en nuestro glorioso pasado ostentaroncon
dignidad la representación del pueblo. A ese legado debemos recurrir todos los días.
Ese espíritu debe permanecer siempre vivo en los cubanos de hoy y de mañana,
continuadores y participantes de la misma pelea, combatientes de la misma guerra por
la justicia, soldados del mismo ejército libertador, militantes de un único proceso
revolucionario. Así sabremos enfrentar todos los combates y superar todos los
obstáculos. Así seguiremos encarando las dificultades actuales y seremos capaces de
resistir y vencer. […]

[Link] - Página 50
EL PROCESO DE INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA
REVOLUCIÓN CUBANA

Fragmentos del discurso en la sesión solemne de la Asamblea Provincial


del Poder Popular de Matanzas, 29 de julio de 1999

[…]
Hace 25 años tenía lugar aquí un proceso determinante en la consolidación, y
desarrollo de la Revolución Cubana que culminaba con la instalación de las
asambleas del Poder Popular por primera vez en este territorio. Los candidatos a
integrarlas habían sido escogidos por sus vecinos directamente, sin intermediarios, en
reuniones públicas a las que asistió más del 70% de la población. Surgirían así del
pueblo, seleccionados y aprobados por los propios electores 4712 candidatos de los
que fueron elegidos, mediante voto directo, secreto y libre 1014 delegados.
No medió el dinero ni el soborno o la demagogia, ninguna maquinaria electorera
impuso o promovió candidato alguno. Ellos habían sido postulados libremente por los
mismos electores que después en las urnas decidirían quien sería el delegado en
elecciones donde votó más del 90% de los ciudadanos con derecho a votar. El electo
siempre con más del 50% de los sufragios, resultaba así un verdadero representante
de sus electores, era igual a ellos, nada lo diferenciaba ni separaba de los demás
ciudadanos. No recibiría salario ni privilegio alguno; no formaba una clase especial,
no eran políticos de profesión sino trabajadores que asumían junto a sus labores
habituales la de contribuir a encauzar la acción colectiva, promotores de la
participación de todos en la dirección y control de la sociedad desde la base.
Doblemente elegidos por el pueblo a quien habrían de rendir cuentas
periódicamente, vinculados indisolublemente a la comunidad de la que seguían
siendo parte y que en cualquier momento podría revocarles sus mandatos y
ejerciendo su encomienda como portavoces de los planteamientos y reclamos de
quienes los eligieron, los hombres y mujeres integrantes de las asambleas del Poder
Popular iniciaban en 1974 la realización práctica de un viejo ideal inalcanzado aún en
otras partes. La representación adquiría sentido real, palpable. La postulación de los
candidatos directamente por los propios electores, su elección en comicios
enteramente libres, sin politiquería ni corrupción, la no profesionalización de los
electos, su estrecha vinculación con los electores y la activa participación de estos en
su gestión, la rendición de cuentas y la revocabilidad de los mandatos fueron rasgos
consustanciales de un sistema político original, autóctono, genuina expresión de
democracia y cubanía.
Los principios fundamentales del sistema eran una respuesta creadora a la
cuestión del ejercicio de la autoridad y de la representación que habían estado
presentes y habían sido objeto de numerosas reflexiones desde que aparecieron los
primeros regímenes parlamentarios en la sociedad moderna. La propaganda burguesa

[Link] - Página 51
intenta convertir en un dogma a lo que denomina «democracia representativa» —
vacía y abstracta en el mejor de los casos y dominada casi siempre por el desgobierno
y la tiranía— ignorando que desde su nacimiento ya Juan Jacobo Rousseau había
demostrado que la desigualdad social hacía irrealizable la democracia y que en tales
condiciones las leyes beneficiarían sólo a los poseedores de la riqueza material.
Continuador de esa línea de pensamiento, en este siglo, Hans Kelsen comprobó que la
representación en la llamada «democracia representativa» era pura ficción.
Esa es la contradicción íntima, insuperable, del pensamiento liberal burgués y su
«democracia representativa». Al nacer, con el ascenso de la burguesía como clase
dominante, lo acompañaba el cuestionamiento más profundo a su pretendido
basamento teórico: con ella venía al mismo tiempo el proletariado, la gran masa
laboriosa cuyos intereses tenía que excluir y por tanto jamás podría representar. La
esencia de su sistema político tenía que ser, en consecuencia, la exclusión y la
manipulación: nada de democracia directa sino sólo «representativa», simulada, falsa,
pero a la vez con pretensiones totalitarias, excluyentes de su alternativa necesaria, el
gobierno real de las grandes mayorías.
Al independizarse de Inglaterra las Trece Colonias norteamericanas, sus
fundadores asumieron cabalmente el problema. En palabras de John Jay «quienes
poseen el país deben gobernarlo» lo cual implica, en la clara definición de James
Madison que la responsabilidad del gobierno sería «proteger a la minoría rica contra
la mayoría». Para ello habría que «domesticar» al pueblo, apuntaba Alexander
Hamilton recordando al filósofo David Hume quien ya había advertido que «controlar
la opinión» era la naturaleza misma del sistema.
Ya en este siglo Edward Barneys, asesor del presidente Wilson en materia de
información pública, lo diría con estas palabras: «la manipulación consciente e
inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento importante en la
sociedad democrática». Eso, que para Barneys implicaba «regimentar la mente del
público hasta cada detalle» era la «esencia del proceso democrático».
Walter Lipmann, afamado teórico de la democracia liberal, aclararía el propósito
de esa manipulación: evadir «las patadas y el bramido del rebaño confundido», es
decir, del pueblo y colocar a éste en su sitio, que no es otro que el de «espectador».
La verdad desde el principio era y continúa siendo hoy que la democracia, el
ejercicio real de la autoridad por el pueblo sólo puede darse en el socialismo.
Democracia y socialismo, si son auténticos son, más que sinónimos, partes
inseparables de una misma realidad. Por el contrario, democracia y capitalismo son
términos antagónicos, imposibles de conjugar. Por eso en la Cuba de 1974 podíamos
iniciar el establecimiento de las instituciones de un gobierno verdaderamente popular.
Era posible ya afirmar como lo hiciera aquí el compañero Raúl Castro: «En cada
instancia del Poder Popular la máxima autoridad no la tienen los elegidos, sino los
que eligen, considerados estos no individualmente, sino en su conjunto».
El carácter exactamente representativo de los delegados, portadores del «mandato

[Link] - Página 52
imperativo» con que soñara Rousseau, lo expresaba Raúl de este modo: «Una queja,
una sugerencia, una opinión que sea planteada o apoyada por la mayoría de los
electores, deberá ser trasmitida por el delegado a los órganos de Poder Popular aun
cuando individualmente, el delegado tenga un criterio en contra. El delegado no se
representa sólo a él, ni principalmente a él, sino a una masa de electores que lo ha
elegido y son las opiniones y problemas de esa masa, los que él tiene que representar
y no sus problemas y criterios personales».
Desde 1974 nos acostumbramos a señalar la «experiencia de Matanzas» como la
etapa decisiva en la formación y despliegue de las bases de nuestro sistema
institucional representativo.
Lo que sucedía entonces tenía en rigor una significación de mayor alcance
universal, atravesaba los límites de la geografía y de la historia. Correspondió a los
matanceros hacer lo que nadie antes había hecho, dar vida a una representatividad de
nuevo tipo, real, auténtica, en la que el pueblo asumiría la participación efectiva en la
conducción de la sociedad.
Que surgiera en esta provincia esa experiencia singular era también en cierto
sentido un acto de profunda reparación histórica, un tributo a los primeros cubanos
que se alzaron para luchar contra la injusticia y la explotación. En esta provincia
donde casi la mitad de la población era esclava, en 1843 y 1844 habían ocurrido
sublevaciones en varios ingenios y plantaciones, miles de hombres enfrentaron
heroicamente a sus opresores en el combate más desigual, sin armas, aislados del
resto de una sociedad envilecida por el despotismo, el afán de lucro y el racismo;
cientos de ellos cayeron combatiendo, muchos otros fueron asesinados y otros
muchos prefirieron el suicidio antes que caer bajo sus amos y verdugos. La historia
no registró sus nombres y durante mucho tiempo ocultó su hazaña.
Las rebeliones de los esclavos, continuación de la resistencia de la población
aborigen aniquilada en la etapa inicial de la colonia, eran el sustrato histórico del que
habría de brotar el movimiento de independencia para conquistar la única Cuba
posible, la Patria de equidad y libertad. El régimen esclavista y el racismo eran los
nutrientes del coloniaje y del anexionismo e impedían el desarrollo de la nacionalidad
que se iba formando trabajosamente. El proceso de emancipación política, demorado
en Cuba por esos factores, iba a adquirir sin embargo, un sentido profundamente
radical que lo diferenciaba del resto del Imperio español. Aquí no podía tener
solamente una orientación política separatista, debería ser sobre todo una verdadera
Revolución social. Cuba no podría ser libre si la libertad no alcanzaba a todos los
cubanos, no podría aspirar a la igualdad entre las demás naciones mientras no lograse
la igualdad y la fraternidad entre sus propios hijos.
Cegados por la codicia y el racismo, los grandes propietarios criollos carecieron
de sentido nacional, optaron por la conciliación con los colonialistas o buscaron en la
anexión a los Estados Unidos la protección de sus innobles privilegios. Sólo la
Revolución iniciada por Céspedes 25 años después forjaría al pueblo, crearía la

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nación, consagraría la emancipación de todos los cubanos y convertiría la lucha por la
igualdad y la solidaridad entre los hombres en sustancia y ala de la nacionalidad
cubana, definiría la esencia de la cubanía. Sólo la misma Revolución conducida
finalmente hasta la victoria por Fidel permitiría hacer realidad los ideales de La
Demajagua A partir de ella, la sangre anónima que había empapado esta hermosa
tierra renacería en frutos de justicia y libertad.
La victoria del Primero de Enero iniciaba la más profunda transformación de la
sociedad cubana y echaba las bases indispensables para establecer un sistema
institucional genuinamente democrático. La obra de justicia y desarrollo realizada
desde 1959, era el fundamento sin el cual jamás hubiera sido posible un país donde el
pueblo ejerciera la autoridad. Mientras el pueblo no conquistase el poder y no fuese
capaz de defenderlo, mientras no alcanzase un gobierno que sirviera a sus intereses,
que existiese sólo por y para él, la democracia no sería otra cosa que vana retórica o
burda patraña como la han sufrido y sufren todavía la mayoría de los pueblos del
planeta.
En sus primeros quince años la Revolución puso fin al latifundio, la explotación,
el analfabetismo, el desempleo, la discriminación racial y de la mujer; eliminó el
vicio, la corrupción y la prostitución; erradicó la miseria, la incultura y el abandono;
hizo desaparecer numerosas enfermedades, redujo drásticamente la mortalidad
infantil y materna, extendió la esperanza de vida y protegió a los ancianos y
jubilados; sembró por todas partes escuelas y hospitales; multiplicó las universidades
y los centros de cultura y recreación; construyó miles de kilómetros de caminos y
carreteras; edificó centenares de miles de viviendas; electrificó el país; creó nuevas
industrias y centenares de fábricas a todo lo largo de la Isla; nuestras flotas mercante
y de pesca surcaron los mares y nuestros deportistas cosecharon trofeos en todo el
mundo; las grandes masas accedieron a la educación a todos los niveles, a ellas se
abrieron playas y clubes antes exclusivos de unos pocos, el pueblo humilde se
apropió de las más diversas manifestaciones de la cultura y el deporte y aprendió a
dominar la ciencia y la tecnología.
Fueron años de incesante creación, se trabajó ardorosamente, febrilmente, a veces
saltando etapas tratando de forzar la historia. Era tanta la injusticia acumulada, tanta
la miseria y el dolor que no podían esperar.
Todo tuvo que hacerse siempre en las condiciones más difíciles. Muy temprano
en 1959 el imperialismo norteamericano emprendió contra Cuba la agresión más
perversa, sistemática y prolongada.
La demanda presentada por el pueblo ante el Tribunal Provincial de Ciudad de La
Habana, prueba con documentos oficiales yankis, los crímenes y fechorías, la
inagotable maldad y el cinismo de las acciones que contra Cuba y los cubanos ha
ejecutado Washington durante cuarenta años. Ahí está el odio de un Imperio que no
ha aceptado nunca nuestra existencia como nación libre e independiente. Ahí está la
vileza ilimitada de una política carente de moral, desprovista de pudor. Las acciones

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del imperialismo, desenmascaradas con evidencias irrefutables, son una afrenta
irreparable, un insulto imperdonable al espíritu humano. Nos hacen recordar las
palabras del escritor norteamericano James Baldwin: «Este es el crimen del cual
acuso a mi país y a mis compatriotas y por el cual ni yo ni el tiempo ni la historia les
perdonará jamás, que ellos han destruido y están destruyendo centenares de miles de
vidas y no lo saben y no quieren saberlo». Estas palabras de 1963 siguen siendo
válidas hoy, salvo que ahora habría que referirse a la destrucción de millones de
vidas.
Y los daños humanos contenidos en esa demanda son sólo una parte de los
perjuicios causados a los cubanos por el imperialismo. A ellos hay que agregar las
incontables pérdidas causadas por su guerra contra Cuba en el plano económico,
comercial y financiero; los crímenes perpetrados por la tiranía batistiana, engendrada
y sostenida por Washington que entrenó, armó y asesoró a los esbirros y torturadores
que todavía protege; la multimillonaria campaña de propaganda y la guerra que
contra la Revolución desató en el plano diplomático comprando gobiernos,
instituciones y personajes subastables; las riquezas y recursos nacionales saqueados
durante la primera mitad de este siglo y la miseria y el sufrimiento provocados a
millones de cubanos.
Es contra ese trasfondo que nuestro pueblo empezó a edificar una nueva vida,
libre y limpia. Lo hacía, además, en un país que había sido víctima del despojo más
brutal y cínico. Como prueban documentos de indiscutible objetividad, los asesinos y
ladrones del batistato llevaron en su fuga hacia Estados Unidos más de 400 millones
de dólares. Allá quedaron y permanecen amparados por sus amos yankis, los
criminales y malversadores y lo que robaron al pueblo cubano.
La demanda de nuestras organizaciones de masas indica, además, cómo el pueblo
cubano, víctima de una guerra cruel que ya dura cuatro décadas, ha sido también el
principal defensor de su propia obra, protagonista insustituible en la prolongada
resistencia de la Patria. Junto a los combatientes del Ejército Rebelde y de la
clandestinidad, fueron millones de obreros, campesinos y estudiantes, hombres y
mujeres, jóvenes y ancianos, quienes se incorporaron a la defensa de la Revolución,
se organizaron con entusiasmo desde el primer día y han librado la batalla en todos
los terrenos en un hermoso y noble ejemplo de heroísmo colectivo. Así hemos
encarado la agresión, entre todos. Fue con esa fuerza multitudinaria que erradicamos
el bandidismo, derrotamos a los mercenarios en Playa Girón, enfrentamos el
terrorismo, el sabotaje y las provocaciones y las plagas y las enfermedades
introducidas por el enemigo.
La Revolución no hubiera podido consolidarse en el poder, no habría resistido los
ataques de que fue objeto desde su etapa más temprana, no se habría consolidado y
desarrollado en estos cuarenta años transcurridos bajo la permanente agresión del más
poderoso imperio, si no hubiese contado ante todo con el pueblo. Si ella sobrevivió,
perseveró y sigue avanzando victoriosa, es porque ha tenido en el pueblo su héroe

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irremplazable. Sólo un pueblo libre, consciente y unido, dispuesto a todos los
sacrificios ha sido capaz de realizar esa proeza.
Para analizar la Revolución Cubana, para entender su inagotable capacidad de
resistencia y apreciar lo que hemos hecho y lo que ella significa para el mundo, es
preciso comprender el papel protagónico que a todo lo largo de su desarrollo ha
desempeñado el pueblo trabajador, nuestro heroico, abnegado y noble pueblo.
Inmensa, imposible de expresar en un discurso, ha sido, desde luego, la
significación que en nuestra lucha corresponde a la vanguardia revolucionaria y en
primerísimo lugar al compañero Fidel Castro. Pero debe recordarse que entre los
mayores méritos de nuestro Comandante en Jefe ha estado, precisamente, el haber
unido a todas las fuerzas del pueblo y haber conducido un movimiento revolucionario
en el que son millones los militantes y combatientes.
Desde la gloriosa madrugada del Primero de Enero, Fidel convocó al pueblo a
asumir ese papel decisivo. Con la huelga general que frustró la maniobra golpista
orquestada por Washington y aseguró la toma del poder por los revolucionarios, el
pueblo pasó a ocupar su lugar en nuestra historia. A partir de ese día dejó de ser un
simple objeto manipulado por los explotadores, o cuando más mero espectador de
acontecimientos que no le pertenecían.
Las masas del pueblo humilde, incorporadas de forma creciente por la acción
transformadora de la Revolución, pasaron a ser participantes conscientes en los
cambios sociales, sujetos de su propia historia. Fueron ellas el factor decisivo ante las
agresiones del enemigo y también en la construcción de una vida diferente. Así
fueron tareas ejecutadas con la participación del conjunto de la sociedad la campaña
de alfabetización, la lucha por alcanzar el sexto y el noveno grados, la educación de
adultos y la universalización de la enseñanza; los programas de vacunación infantil y
las campañas de higiene y prevención; la vigilancia revolucionaria; las zafras del
pueblo, las movilizaciones agrícolas y el trabajo voluntario en la comunidad y en
todos los sectores de la economía; el desarrollo de actividades culturales y deportivas;
la creación de vigorosas organizaciones de masas y sociales que incorporan a
prácticamente toda la población.
Hacia cualquier sitio que mire un cubano verá algo que ayudó a edificar, un lugar
donde aportó su sudor, donde agregó su esfuerzo, una parcela de la hermosa creación
de todos.
Cuando hablamos justamente de las conquistas del socialismo, esas que debemos
salvar y que salvaremos y perfeccionaremos, no nos estamos refiriendo a bienes que
el pueblo recibió como donaciones que otro le otorgaba. Las llamamos precisamente
conquistas porque fueron alcanzadas por nuestra propia lucha, las hicimos con
nuestras manos y nuestra inteligencia, las desarrollamos con amor y sacrificio y las
supimos custodiar y preservar.
A lo largo de los primeros quince años de la Revolución el pueblo participó, de
diversas formas, en la dirección y control de la sociedad. En las organizaciones

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sociales y de masas, en los centros de trabajo y de estudio, en los barrios y en las
plazas, debatió los principales problemas, adoptó decisiones, eligió dirigentes.
En aquellos tiempos cuando el Consejo de Ministros reunía las facultades
ejecutivas y legislativas se discutieron con el pueblo importantes leyes y los
trabajadores analizaron en sus centros laborales planes y objetivos productivos y el
pueblo todo en memorables asambleas aprobó las dos Declaraciones de La Habana y
la Declaración de Santiago.
Esa práctica continuaría después. Para mencionar solo algunos ejemplos
recordemos la amplísima discusión colectiva del anteproyecto de Constitución de
1976 y los documentos del Primer Congreso del Partido, la preparación del
IV Congreso y la adopción de las principales decisiones en estos años del período
especial en que nos esforzamos por perfeccionar la incorporación sistemática de los
trabajadores y toda la ciudadanía a la reflexión colectiva sustento del consenso y la
unidad nacional.
Nuestro sistema político ha sido y es objeto de la guerra que en el plano de la
propaganda lanzó el imperialismo contra Cuba y su Revolución. Con él se ensañan
especialmente porque nuestros enemigos saben que esa es de nuestras conquistas la
fundamental, la que sostiene a todas las demás. Pero lo hacen también porque el
sistema político del imperialismo, sus instituciones pretendidamente «democráticas»
carecen de credibilidad ante sus propios ciudadanos, están corroídas hasta la médula
y para subsistir necesitan desesperadamente engañar a los pueblos y hacerles creer
que no existe otro sistema, que no hay alternativa.
Comentando la experiencia matancera, el periódico Wall Street Journal impedido
de ocultar completamente la realidad apuntaba, sin embargo, con insolente arrogancia
que «finalmente se cumplían las promesas democratizadoras» en Cuba. Por supuesto
que el autor pudo haberse ocupado de las nunca realizadas promesas de la para
entonces bicentenaria Constitución norteamericana o de cómo la idea del «gobierno
del pueblo por el pueblo y para el pueblo» se había hundido en el fanguero de
Watergate, que precisamente en 1974 había puesto fin a la carrera política de Richard
Nixon y otros delincuentes.
Cuba tiene un movimiento sindical que abarca todos los sectores y ramas de la
producción y los servicios y por medio de sus sindicatos, el trabajador interviene en
importantes decisiones de su centro y del país; un movimiento estudiantil que
comprende todos los niveles de enseñanza e incorpora a la vida social a nuestros
jóvenes; asociaciones campesinas que agrupan a decenas de miles de agricultores,
emancipados por la Reforma Agraria; los Comités de Defensa y la Federación de
Mujeres, además de sus tareas específicas cumplen inestimable función en barrios y
comunidades para canalizar la iniciativa popular; la organización de pioneros enseña
a los niños desde temprana edad a discutir, elegir y decidir.
Esas organizaciones y otras que representan los intereses y aspiraciones del
universo social conforman una sociedad civil que alcanza su realización más plena en

[Link] - Página 57
la medida que se vincula orgánicamente con las instituciones gubernamentales y
participa en el ejercicio de la autoridad. Cuando hay verdadero socialismo, y por
tanto democracia real, florece la sociedad civil precisamente porque lejos de estar
contrapuesta al poder político se integra con él.
Nuestras instituciones representativas, las asambleas del Poder Popular no operan
por encima y separadas de las masas y sus organizaciones, sino que lo hacen desde
ellas y entrelazadas con ellas. Los diputados y delegados, no ejercen su condición de
representantes como un oficio o una carrera, como si fuesen usufructuarios o
poseedores de una soberanía que al elegirlos el pueblo les hubiese traspasado. Saben
que desempeñan una función necesaria y de alta responsabilidad, pero su autoridad se
legitima en la medida que refleja las aspiraciones e intereses del pueblo y se alimenta
de la permanente comunicación con él.
Importantes son los análisis y acuerdos de las sesiones de nuestras asambleas y
comisiones, las normas y orientaciones que ellas emiten y su actividad de
fiscalización y control de las administraciones. Pero igualmente importante —y
esencial para lograr lo anterior— es lo que hacemos cuando no estamos reunidos
entre nosotros sino con nuestros electores, cuando nos esforzamos por desarrollar su
participación y movilizar y encauzar la iniciativa y voluntad colectivas.
El tiempo transcurrido desde la experiencia matancera y su generalización a
escala nacional ocupa un espacio brevísimo en la perspectiva histórica, a lo largo del
cual, sin embargo, se ha afirmado y se le han introducido cambios encaminados a
profundizar y vigorizar la democracia cubana. La creación y consolidación de los
consejos populares, la reforma constitucional de 1992 y las elecciones de 1993 y
1998, el desarrollo de las audiencias públicas, los parlamentos obreros y otras formas
de incorporación de las masas a la discusión de los principales problemas del país en
la etapa más difícil de su historia, refuerzan el carácter participativo de nuestro
sistema político y confirman, una vez más, que es el pueblo el principal protagonista,
es él quien defiende, sostiene y perfecciona su Revolución.
Hemos avanzado por el camino de lo que Kelsen definió como
«parlamentarización de la sociedad», único modo de resolver el viejo dilema entre
representación y democracia que sólo puede encararse consecuentemente en una
sociedad socialista, donde los principales medios de producción son propiedad
pública y la economía es dirigida por un Estado al servicio de los trabajadores en el
que el pueblo no sólo está cabalmente representado, sino que también participa
realmente en su conducción.
Es mucho lo que aún queda por andar en el perfeccionamiento del Estado y sus
instituciones, en términos de elevar la eficiencia de la gestión administrativa y hacer
más sistemática y consciente la participación ciudadana. Pero avanzar para los
cubanos es profundizar en nuestro propio camino. Imitar lo que trata de imponerse en
otras partes sería retroceder, renunciar a lo ya alcanzado, caer en el suicidio colectivo.
[…]

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LA CONSTITUCIÓN SOCIALISTA DE 1976

Entrevista realizada por Susana Lee, periódico Granma, La Habana, 24


de febrero de 1996

Hace 20 años, cuando festejábamos el aniversario 81 del inicio de la gesta


independentista de 1895, la fecha patria se convertía en doblemente histórica: la
primera Constitución socialista de América se proclamaba y ponía en vigor, luego de
que fuera aprobada, en proceso de ejemplar democracia, por el voto libre, igual,
universal, secreto y consciente del 98% de los cubanos. Para hablarnos de este
acontecimiento, Granma entrevistó al diputado Ricardo Alarcón, presidente de la
Asamblea Nacional del Poder Popular.
Pregunta.—Veinte años después, luego de haberle sido introducidas las
importantes reformas en 1992 que sentaron las bases para el perfeccionamiento de
nuestro sistema político y la adecuaron a la realidad económico-social del país, ¿qué
consideraciones puede hacer Usted acerca del significado del paso que dio la
Revolución en ambos momentos en torno a la Ley Primera de la República y cómo
valora hoy, a la luz del crucial período que estamos transitando, su vigencia?
Respuesta.—En 1976 promulgamos la Constitución Socialista que consagraba en
el plano jurídico los profundos cambios que habían transformado radicalmente la
sociedad cubana durante la década y media anterior. En ella, plasmamos todos los
derechos que el pueblo había conquistado. Eran derechos reales, evidentes, tangibles,
afincados en el desarrollo del proceso revolucionario. No era, como suele suceder en
otros textos de ese tipo, un repertorio de aspiraciones o promesas.
Estábamos entonces en condiciones de dar un paso más, de carácter decisivo, para
consolidar lo ya alcanzado y desarrollar nuestro socialismo. Era necesario pasar del
período de provisionalidad del Gobierno Revolucionario —pletórico, por cierto, de
creatividad y realizaciones—, para establecer la necesaria institucionalidad que
asegurase como dijera Fidel «la marcha ininterrumpida y siempre ascendente de
nuestro proceso en el futuro». Hacerlo era también y cito nuevamente al Comandante
en Jefe «una necesidad impostergable, un deber histórico y moral de esta generación
de revolucionarios».
Las reformas que le fueron hechas en 1992 recogían por una parte la experiencia
acumulada en los primeros 15 años de funcionamiento del sistema del Poder Popular
y buscan perfeccionarlo y fortalecer nuestra democracia. También se le hicieron
cambios que permitirían hacer aquellos ajustes necesarios a nuestra economía para
enfrentar el período especial.
Ambos momentos son decisivos en la lucha de los cubanos por el socialismo. Ese
socialismo nuestro, plasmado en la Constitución del 24 de Febrero que está
plenamente vigente, pudiera decir, incluso, más vigente que nunca. Porque todo lo
que hacemos, toda nuestra estrategia, es para salvarlo y desarrollarlo.

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Hace 20 años el pueblo de Cuba demostró su firme compromiso con el
socialismo, reflejado en su respaldo virtualmente unánime a una Constitución cuya
redacción final había sido, además, resultado de un ejemplar proceso de discusión y
aprobación en el que participó todo el pueblo.
Y ese compromiso lo reafirma en la actualidad, con su esfuerzo y sacrificio
cotidianos, como lo hizo en las elecciones que hemos efectuado bajo el período
especial, en los parlamentos obreros y en todas las discusiones realizadas con motivo
de las medidas económicas adoptadas y como ocurre ahora mismo en las asambleas
de trabajadores en el marco del XVII Congreso de la CTC. ¿Qué muestra todo eso
sino el más fuerte respaldo al socialismo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo?
Es como si cada día de esta etapa heroica, con hechos muy concretos,
volviésemos a reafirmar la validez de nuestra Constitución.
Pregunta.—Enemigos y, en ocasiones, algún que otro amigo en el exterior y a
veces internamente, teorizan alrededor de los preceptos de nuestra Carta Magna y,
bajo el consabido pretexto de la ausencia de democracia en Cuba, desatan campañas
de propaganda contra nuestro país. Una de las más recientes, incluso, desconoció por
completo la voluntad ampliamente mayoritaria del pueblo que refrendó hace dos
décadas la Constitución por la que se regiría; otras, tergiversan o minimizan el
alcance de las reformas del 92. Ninguna ocasión mejor que ésta para que usted,
amplio conocedor de estos temas, los comente.
Respuesta.—¿Qué saben esos señores de democracia? Ninguno de ellos
representa un gobierno por el pueblo y para el pueblo. Democracia es el sistema
político en el cual el pueblo interviene en el gobierno, participa en la dirección de la
sociedad, ejerce la autoridad. Para lograrlo hace falta transformar completamente la
sociedad. La democracia es imposible en el capitalismo porque son exactamente
conceptos contrarios, opuesto el uno al otro.
Por eso inventaron la llamada «democracia representativa», un engendro que no
es democrático ni es representativo. Es un esfuerzo para relegar al pueblo y excluirlo
del gobierno con una maniobra reduccionista que busca tratar de convencer a la gente
de que toda la democracia se limita a celebrar elecciones periódicas.
En esas elecciones se supone que el pueblo «elige» a sus gobernantes y ahí
terminó el asunto, después el pueblo no cuenta para nada, el gobierno queda en
manos de los políticos, de los «elegidos». Al pueblo se le convida a concurrir, cada 4
ó 5 años, a votar por candidatos que él no seleccionó, con los que no volverá a tener
ninguna relación, que no le rendirán cuenta de su gestión y, por supuesto, con el
pueblo no discutirán jamás los programas y medidas que el gobierno se proponga
aplicar. En ese sistema el pueblo es el gran ausente, porque ese sistema nada tiene que
ver con la democracia como no sea tratar de impedirla.
En la actualidad la situación se agrava, pues la esencia del denominado
«neoliberalismo» es hacer que el gobierno no sea para el pueblo. Reducen
drásticamente el papel del Estado y su función reguladora de la sociedad y de la

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economía, eliminan servicios esenciales para la población, lo privatizan todo y
suprimen toda restricción al desenfrenado afán de lucro de los ricos. Y desde luego,
nada de eso podría hacerse con la participación del pueblo o con su consentimiento.
Por eso es que gastan tantos recursos y realizan tantos esfuerzos en tratar de
confundir a la gente y hacerle creer que la «democracia representativa» es la
democracia, que no hay alternativa posible, que es «eso» que ella tiene y sólo «eso».
Pero veamos sus famosas «elecciones». Se han ido convirtiendo cada vez más en
una farsa, mezcla de mercantilismo y corrupción. Exceptuando, claro está, a los
partidos revolucionarios, los ricos son quienes controlan las maquinarias partidistas
que escogen a los candidatos, financian las campañas publicitarias siempre más
costosas de los candidatos y después, obviamente, controlarán la actuación de los que
resulten electos. No hace falta decir que ningún candidato de los pobres podrá reunir
el dinero que cuestan hoy día las campañas electorales en esos países.
Fíjate lo que ocurre en Estados Unidos. Las campañas electorales cuestan cada
vez más dinero, los aspirantes compiten para reunir más recursos, gastan decenas de
millones de dólares en publicidad y en comprar votos pero a cada elección concurren
menos electores. ¿Qué indica eso, que el pueblo participa o que el pueblo se aleja?
¿Que el pueblo se siente «representado» o que se da cuenta que todo es una farsa?
Pregunta.—La oportunidad es idónea para abordar un asunto que está urgido de
mayor atención y perfeccionamiento: la enseñanza y divulgación sistemáticas de
nuestra Ley Fundamental. ¿Qué opina al respecto?
Respuesta.—Creo que sería poco todo lo que se hiciera por divulgar el texto de la
Constitución, estudiarlo, hacer que todos lo conozcan y comprendan. Es necesario
porque ahí están los fundamentos del ordenamiento legal, del sistema institucional de
los derechos y deberes de todos. Eso es válido para toda Constitución en cualquier
sociedad. En nuestro caso, siendo esencial para nuestro sistema político la
participación popular, es necesario lograr que ella sea como el ABC de la formación
cívica de los ciudadanos.
Pregunta.—Hablar de Constitución es hablar de Estado, de sistema de gobierno,
de igualdad, de derechos, deberes y garantías fundamentales, de elecciones…
aspectos todos en que igualmente somos frecuentemente atacados. Usted, también
con frecuencia, se ha referido a que conquistas que preservar y defender no son sólo
la educación y la salud, sino muchas otras. ¿Puede inferirse de estos
pronunciamientos suyos que en la letra de nuestros preceptos constitucionales se
funden esas conquistas?
Respuesta.—Efectivamente en la letra de la Constitución se funden esas
conquistas. Pero yo diría que hay una que es la conquista clave porque en ella se
fundamentan las demás, sin ella se perderían todas las demás, absolutamente, sin
excepción. Ella es: el poder político del pueblo trabajador, nuestro sistema del Poder
Popular.
Fidel lo ha explicado varias veces. Podemos hacer ajustes en la economía,

[Link] - Página 61
podemos incluso hacer concesiones, pero mientras el pueblo tenga el poder, el poder
será revolucionado y se garantizará la independencia de la Patria y el socialismo.
Por muchas vueltas que se le dé al tema ahí está la raíz de los ataques que se nos
hacen. Si Estados Unidos nos ha combatido, de una forma u otra, desde el 10 de
Enero de 1959, es porque desde ese día el pueblo cubano se liberó, entró en escena y
comenzó a actuar. Y no son pocos los «demócratas» de este mundo que pierden el
sueño ante la idea de que algún día sus propios pueblos tomen también sus destinos
en sus propias manos.
Pregunta.—Por último. La ocasión casi induce a preguntarle, porque está
estrechamente ligada a este aniversario, sobre los 20 años de la constitución del Poder
Popular que también se celebran en este 1996. ¿Cómo considera que se debiera
proyectar este acontecimiento en cada territorio? ¿Qué ideas ha manejado la
Asamblea Nacional para festejarlo?
Respuesta.—Tienen que ser festejos de trabajo. Junto con el merecido
reconocimiento a los numerosos compañeros y compañeras que han dado lo mejor de
cada uno de ellos, que han luchado muy duro, con tenacidad y abnegación, debemos
convertir este aniversario en el marco apropiado para multiplicar los esfuerzos, en
todas partes, para que el sistema funcione cada vez mejor, para eliminar deficiencias
y errores.
No estamos proyectando conmemoraciones formales ni ceremonias aunque ellas
pudieran estar justificadas. Estamos preparando reuniones de trabajo en todos los
territorios, con nuestros diputados y delegados, que sobre la base de las que se
realizaron el año pasado deben servir para analizar críticamente la actividad en cada
lugar, el funcionamiento de cada instancia del Poder Popular y cómo enfrenta los
problemas concretos.
La insatisfacción tiene que ser norma de conducta de todos nuestros cuadros:
donde hay logros no contentarnos nunca con lo alcanzado y no dejar de luchar jamás
contra lo mal hecho o por hacer todo lo que se pueda y hacerlo bien.
Que este año aniversario sea el de una verdadera renovación de estilos y métodos
de trabajo, que elimine el formalismo y la rutina y sobre todo, que sirva para el
despliegue de las iniciativas y de la capacidad creadora del pueblo y su participación
real, efectiva y sistemática.

[Link] - Página 62
CUBA ANTE EL MUNDO ACTUAL

Fragmentos de la intervención especial en el Congreso Pedagogía '95, La


Habana, 8 de febrero de 1995

[…]
Yo pensaba que pudiera ser útil para esta reunión y para nuestro encuentro con
ustedes compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la ubicación de Cuba en el
mundo de hoy, a partir de la consideración de algunas cuestiones que estoy seguro
que todos los que nos visitan contrastan a diario en su actividad cotidiana tanto como
profesionales o como ciudadanos de los distintos países del mundo.
Vivimos en un mundo en el que se intenta imponer nuevos dogmas, en el que se
pretende que se ha entrado en una nueva etapa de la evolución humana a partir de los
acontecimientos que se produjeron en Europa Oriental y Central hace cinco años.
Que implica el que la sociedad internacional, todo el planeta, podrá estar a partir de
ahora organizado sobre la base de determinadas concepciones que se supone que han
triunfado y han demostrado su validez universal y que deben ser seguidas o acatadas
por todo el género humano. Esto se concreta, en términos específicos, en una idea de
la organización de la sociedad desde el punto de vista político que se expresa en lo
que se da en llamar la democracia representativa y en una idea de cómo debe
organizarse la vida económica de estas sociedades de los principios, los criterios que
deben regir en la actividad económica a escala internacional o nacional que se
concreta en lo que ha dado en llamarse el neoliberalismo. Si pensamos en ambos
elementos: el político y el económico, veremos cómo hay una interrelación evidente
entre ambos. Se nos recomienda, se nos presenta como recetas universales, una
concepción de la sociedad en la cual el Estado, la organización política de la sociedad
debe decrecer no sólo en su tamaño, en sus dimensiones (que muchas veces este
aspecto es objeto de una crítica legítima). Creo que todos coincidimos, cualquiera que
sea la inspiración ideológica, los criterios políticos que se tengan, en que en más de
una experiencia, las dimensiones del Estado, las dimensiones de la burocracia o los
estilos que la burocracia impone constituyen un fenómeno negativo frente al cual hay
que luchar, hay que buscar su reducción, aligerar su peso en la vida cotidiana, pero no
se trata realmente de eso, se trata de en parte, aprovechando esa crítica legítima,
pretender que la sociedad moderna debe estar concebida de tal forma que se reduzca
al mínimo o que desaparezca incluso la función reguladora, controladora,
organizadora que la sociedad debe tener sobre la actividad económica en general.
Esto, para los latinoamericanos y para los no latinoamericanos también se manifiesta
en ese concepto tan generalizado de las llamadas privatizaciones.
Ya no se trata solamente de privatizar o no un servicio público, ya sean los
ferrocarriles o grandes sectores de la economía, se trata de privatizar hasta parques,
hasta funciones o lugares que tradicionalmente nos habíamos acostumbrado a

[Link] - Página 63
pensarlos no como dominios de nadie en particular sino pertenencias del conjunto de
la colectividad humana que integra cualquier nación.
Democracia representativa, por otra parte, es un concepto que se pretende
curiosamente imponer como si fuera la única fórmula política concebible,
curiosamente porque el concepto ha sido ampliamente criticado desde su propio
nacimiento. No quiero extenderme ahora en demostrar como desde que este concepto
o esta definición comenzó a ser empleado en realidad, sobran los investigadores, los
analistas, los pensadores, que siempre subrayaron el carácter ficticio de ese concepto.
Es decir, de cómo la representatividad en una sociedad democrática es algo de muy
difícil realización, por la sencilla razón de que es prácticamente imposible lograr la
organización entre los hombres y que ellos puedan crear fórmulas de representación
en circunstancias en que el hombre no ha resuelto, quizás el problema más antiguo de
la civilización, que es el de la desigualdad humana.
Si nos remontamos a la historia desde Platón, Rousseau hasta Kelsem en este
siglo, vamos a ver cómo todos ellos apuntaron precisamente a ese gran problema:
cómo organizar la sociedad en forma democrática, es decir, en forma tal en que todos
ejercieran la autoridad, en que todos participasen en el gobierno común cuando entre
los hombres las diferencias eran tan agudas que hacían prácticamente imposible
lograr una forma de representación que tuviera un carácter legítimo. Eso está en el
origen del gran debate de todo el mundo occidental sobre la democracia.
Es decir, que la democracia, aunque pretendan ocultarlo los que manejan enormes
recursos propagandísticos para crear fórmulas, para fabricar imágenes, para imponer
modos de pensar, aunque para esos grupos aparezca como un tema fácil, sencillo, al
cual se puede imponer recetas, la democracia en realidad ha sido a lo largo de nuestra
cultura uno de los problemas fundamentales, una aspiración del género humano pero
que siempre fue apreciada como un gran problema, como una meta, como algo por lo
cual los hombres lucharían siempre pero que en ninguna parte habían logrado
conquistar de un modo u otro. En nuestro país nosotros creemos profundamente,
además, en «el gobierno para el pueblo y por el pueblo», para seguir la conocida
definición de Abraham Lincoln. Nos encontramos en un mundo en el que se nos
pretende imponer que adecuemos nuestra sociedad a formas que pretenden ser
impuestas para todos y que penosamente, de un modo abierto, de un modo ostensible,
niegan sus propios presupuestos fundamentales.
Que cosa hay más alejada de aquella idea linconiana del gobierno para el pueblo
que esa filosofía que se impone, incluso a través de los créditos internacionales, de
los mecanismos financieros internacionales, de las políticas que se exportan hacia el
Tercer Mundo, de reducir la responsabilidad estatal, de achicar el área de
responsabilidades del Estado, de pretender que los problemas de los hombres en la
sociedad sean resueltos o queden reducidos al llamado libre juego de las fuerzas del
mercado, e ir haciendo una definición del Estado que cada vez se desentiende más de
los problemas de la gente, un Estado que, en pocas palabras, es cada vez menos un

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gobierno para el pueblo.
El pasado mes de noviembre, hablando de las consecuencias de las elecciones
parlamentarias que habían tenido lugar en los Estados Unidos el día 8, unos días
después, el presidente William Clinton, públicamente, ante la televisión
norteamericana, se presentó para hacer un análisis de lo que había ocurrido, para
tratar de explicar políticamente el fenómeno que había producido una victoria de
dimensiones excepcionalmente amplias del Partido Republicano, de fuerzas que se
presentan con una inclinación más conservadora y que integran la oposición a su
gobierno en Estados Unidos. El presidente Clinton, cuando quiso referirse a lo que a
su juicio era la explicación fundamental de aquel hecho electoral, dijo que en el fondo
el pueblo norteamericano se siente enajenado del proceso político, que el pueblo
norteamericano no se siente partícipe del proceso de toma de decisiones en la
sociedad norteamericana y que es este sentimiento, esta percepción del electorado la
que explica en última instancia, el rechazo que manifestó frente a los candidatos que
eran percibidos por la gente como representantes de la sociedad política
norteamericana. El pueblo se siente enajenado de su sistema político y el pueblo no se
siente partícipe del proceso de toma de decisiones en la sociedad.
Si buscamos cualquier diccionario, si buscamos cualquier texto elemental de
historia o de teoría política, si pensamos ligeramente sobre la idea de la democracia,
difícilmente podremos encontrar situación más distante de esa idea que aquella de
una sociedad donde su máxima figura representativa, el jefe de Estado, la define
como una en la cual la gente se siente enajenada del sistema político y no se siente
partícipe en el proceso de toma de decisiones.
Yo creo que, quizás, sin quererlo, el presidente Clinton dio el mejor diagnóstico
de la quiebra de un modo de entender la democracia en su sentido raigal y mostraba
adónde llega la ficción de la representación en las sociedades que no conciban la
democracia precisamente como una aspiración y como un problema que hay que
resolver y que hay que construir esa aspiración de un modo trabajoso y de un modo
que implica no concebir la organización de la sociedad sino como algo en la que el
Estado, el gobierno se desentiende de los problemas de la gente, deja de ser una
institución para la gente y deja cada vez más que sea la empresa privada, que sean las
corporaciones, que sean los individuos los que decidan y con el libre juego de las
fuerzas económicas resuelvan o dejen de resolver los problemas de los seres
humanos. El precio de ese enfoque que se llega a manifestar con esa crudeza, por el
Presidente norteamericano, también se manifiesta en otras naciones, no voy a decir
que en todas, no voy a decir que sea un fenómeno universalmente aplicado, pero en
muchos otros lugares también hay muestras de un cierto desinterés, una enajenación
de la gente respecto a su proceso político, que se expresa en el hecho de que en más
de una sociedad democrática, la corriente política que más respaldo recibe no es la
que representa a ningún partido político, a veces ni la suma de todos los partidos la
representan, que es la tendencia a la abstención, a no participar, a no involucrarse en

[Link] - Página 65
modo alguno en la toma de decisiones de importancia para todos en cualquier
sociedad.
En nuestro país tratamos de seguir un camino que no ocultamos que como nos
señalan en muchas partes diversas publicaciones, se aparta de la corriente de lo que se
supone que deba ser el modo único de actuar para todos; esto tiene razones que no se
refieren solamente con nuestro modo de entender las cosas, con el pensamiento que
anima a la actual generación de revolucionarios cubanos, no solamente tiene que ver
con nuestra convicción de que estemos defendiendo una sociedad que nos parece más
justa, que nos parece más noble, que nos parece que encarna ideales y aspiraciones
por las cuales vale la pena esforzarse sino que además corresponde con nuestra propia
tradición, con nuestras propias raíces nacionales.
En el día de ayer el compañero Gómez, nuestro ministro de Educación, les dio
una panorámica en este sector de lo que nuestro país, nuestro pueblo, ha alcanzado en
estos años del período revolucionario. Pudiéramos hacer algo parecido con otros
importantes aspectos de la vida y el desarrollo social y veremos que efectivamente en
este país hay unas cuantas cosas por las cuales luchar, unas cuantas cosas que vale la
pena defender a cualquier costo, y que su defensa, el aferrarse a no perder lo que
hemos conquistado con el esfuerzo de todos, con la participación de todos a lo largo
de estos años es en el fondo la concreción más clara, más profunda de una verdadera
voluntad democrática de nuestro pueblo, en el sentido de que es el sentimiento, la
aspiración, la voluntad de la inmensa mayoría de los cubanos, pero que, además, no
están solamente defendiendo resultados importantes sino resultados que son
consecuencias de su propio esfuerzo colectivo.
Si democracia es participación de la gente en el gobierno, si democracia es
ejercicio de la autoridad del pueblo, la democracia tiene que ser un sistema en el que
el pueblo no se sienta enajenado de su sistema político, en el que el pueblo no se
sienta no partícipe en el proceso de toma de decisiones, sino que democracia tiene
que ser exactamente lo opuesto a esa fórmula que sirvió al presidente Clinton para
describir la situación que enfrenta hoy el país que, precisamente, pretende exportar su
calamitosa imagen democrática como si fuera el arquetipo de la organización que
todo el mundo tiene que acatar.
Si fuéramos a estudiar desde su origen ese movimiento de profunda
transformación ocurrido en Cuba en el campo educacional, o si fuéramos a hacer lo
propio con relación al desarrollo de la salud pública, o si fuéramos a hacerlo con las
transformaciones en el plano de la cultura, o si fuéramos a hacerlo con relación al
deporte, o si fuéramos a hacerlo con relación a la defensa nacional frente a las
agresiones que este país ha sufrido, veremos que en todos esos aspectos cardinales de
la vida nacional ha existido y existe como elemento fundamental la participación
colectiva del conjunto de la población. Si en Cuba hay resultados en el terreno
educacional de los que podemos sentirnos orgullosos, no es sólo por la dirección
correcta, por la estrategia correcta que se aplicó en ese campo, no es sólo porque haya

[Link] - Página 66
habido criterios técnicos adecuados, porque haya habido una concepción justa con
relación a este tema, ha sido también porque desde el primer momento se propició y
se logró la incorporación del conjunto de la población en el desarrollo de esa
profunda transformación educacional.
Desde la campaña de alfabetización en la que decenas o centenares de miles de
cubanos: trabajadores, jóvenes, amas de casa, se dedicaron a enseñar a leer y a
escribir a los que no sabían hacerlo, en un movimiento que desbordó cualquier
institución ministerial, cualquier entidad estatal, para convertirse en un fenómeno de
masas en el que todos tuvieron un papel importante a desempeñar en él hasta el día de
hoy, en que […] a pesar de todas las dificultades, de toda la situación crítica que
atraviesa nuestro país, no se ha cerrado ninguna escuela, no ha quedado ningún niño
sin aula. Pero todo eso se explica también con el esfuerzo colectivo, con el sacrificio
ejemplar de miles y miles de maestros, con el aporte que la comunidad hace para
ayudar a que esa escuela se mantenga abierta, con el aporte que incluso padres y
madres hacen ayudándose los unos a los otros para que funcione nuestro sistema
educacional, porque en última instancia para el cubano se trata de algo que no le es
ajeno, que no ve como una cuestión distante de la que puede desentenderse y algo
semejante podría decirse de todos los aspectos capitales de nuestra existencia
cotidiana hoy.
Frente a aquellos que abogan por un Estado prescendente, por un Estado que no
se sienta responsable de los problemas de la gente y un Estado, en consecuencia, en el
que nadie podrá esperar que la gente se sienta partícipe, que la gente se sienta
motivada a intervenir. Frente a esto, nosotros seguimos creyendo en un Estado y en
una sociedad organizada sobre bases e inspiración democrática que, además, por
creerlo profundamente y por estar convencidos que el conjunto de la población
cubana así lo cree, es que podemos explicar que a pesar de todos los contratiempos, a
pesar de la muy difícil situación en lo material que enfrenta nuestro país, a pesar de
que desaparecieron nuestros socios de ayer y que cuando tal cosa ocurrió el viejo
bloqueo norteamericano no sólo se mantuvo sino que se intensificó. Ahora mismo
alguien por allá ha propuesto una nueva ley en el Congreso norteamericano para no
sólo extender y fortalecer las actuales medidas de bloqueo sino pretendería tratar de
llevarlo a su universalización, de establecer obligaciones internacionales sobre otros
estados para que acaten la misma política; estaría por ver qué sucede si una propuesta
como esa llegara a ser aprobada en el Congreso norteamericano, nada se puede
excluir en un sistema parlamentario que en su separación del pueblo, en un sistema
parlamentario en el cual el pueblo es ajeno, según dice su máximo representante, en
un sistema parlamentario en el que la gente no tiene nada que hacer ni que decir en
relación con sus decisiones; habría que ver qué pasa después en el plano
internacional, pero, viviendo esas condiciones, enfrentando esas amenazas incluso de
multiplicar y agravar esas condiciones que enfrenta nuestro pueblo, la única
explicación, la única razón que puede demostrar por qué a pesar de todos los pesares

[Link] - Página 67
no solamente no hemos desaparecido, no solamente no nos han podido obligar a
plegarnos a esa corriente universal que en última instancia expresa la dominación
universal de quienes ustedes saben; sino que, además, a pesar de todos los pesares
nosotros podemos mostrar en los últimos meses, en el último año, cómo comienzan a
manifestarse signos alentadores en nuestra economía, signos que nos permiten
apreciar el proceso de decrecimiento, de deterioro de la situación material, comienza
a detenerse y que, en algunos aspectos, incluso, mostramos algunos signos
importantes de recuperación; esto se logra y se seguirá logrando a partir de un
compromiso real de la inmensa mayoría de la gente con el proyecto político y social
que defendemos. […]
No será muy democrático representativo, pero sí creo que es muy genuinamente
democrático el proceso en el que los cubanos nos hemos embarcado desde el
comienzo de esta crisis, que nos ha llevado a convertir en temas de discusión
colectiva, de reflexión sistemática, por parte de todo el mundo los principales
problemas que encara nuestro país. Nosotros hemos adoptado algunas decisiones
importantes que han tenido que ver con medidas de austeridad económica, con
políticas de precios, con sistemas impositivos, que han tenido que ver con todo el
conjunto de acciones que la sociedad cubana ha tenido que ir adoptando para poderse
ajustar, poderse adecuar y adaptar a esos cambios en nuestras relaciones económicas
externas que se han producido en los últimos años. Cualquiera de nuestros hermanos
y hermanas de América Latina conoce qué cosa es un paquete económico y la
adopción de medidas financieras, es un fenómeno bastante común; algunos podrán
recordar algunos paquetes, varios programas de ese tipo adoptados en sus respectivos
países en lapsos mucho más breves que 35 años de revolución en Cuba.
Yo dudo que haya muchos que recuerden cuándo en sus respectivos países la
adopción de esas medidas, de esas políticas, estuvo precedida por un proceso en el
cual todos los ciudadanos de ese país pudieran pronunciarse libre y abiertamente
sobre los posibles caminos a seguir; estoy seguro que más bien, lo que recordarán
muchos de los que me escuchan es la mañana o la noche que, de pronto, conocieron
por un noticiero de televisión o por la lectura de un diario, que a partir de ese
momento vivían en un país donde se habían producido importantes modificaciones en
la política económica que se reflejarían desde el precio del pan que comprarían esa
mañana hasta los gastos que el Estado destinaría a la educación, a la salud, etc. En el
caso nuestro todas y cada una de las medidas, todos y cada uno de los cambios
importantes que poco a poco hemos ido introduciendo en nuestra estrategia
económica para enfrentar la actual crisis, todas fueron no sólo objeto de discusión
aquí mismo, en esta misma sala por la Asamblea Nacional, sino que lo fueron antes y
lo siguen siendo en todos y cada uno de los colectivos obreros, en todos los
colectivos estudiantiles a lo largo del país; se trata de una sociedad que da fenómenos
no frecuentemente repetidos en el planeta pero que forman parte consustancial de
nuestra realidad nacional, como se dan ahora mismo, comenzando en estos mismos

[Link] - Página 68
días en todo el movimiento obrero cubano donde en cada colectivo de trabajadores no
sólo los trabajadores han opinado de un tema que existe en el planeta entero como es
la contribución a la seguridad social, han dado su punto de vista sobre si eso debe
existir o no, sobre los términos en que podría existir, conscientes de que la Asamblea
Nacional, aquí mismo, en esta misma sala, decidió excluir de la ley tributaria esa
materia porque era evidente que existía diversidad de pareceres, incluso resistencia
por parte del movimiento obrero cubano a esa idea de la contribución a la seguridad
social, y la Asamblea Nacional decidió que no se pronunciaría sobre el tema y que no
adoptaría ninguna decisión hasta que después todos los trabajadores cubanos
pudieran analizar en concreto esta situación, pronunciarse sobre ella y conformar,
como lo tratamos de hacer en todo un consenso nacional alrededor de ese tema para
que sobre esa base se pudiera convertir en una decisión que obligase a toda la
colectividad cubana.
Algo bastante alejado de esa triste descripción clintoniana de un pueblo que no se
siente partícipe en modo alguno en el proceso de toma de decisiones; aquí nos hemos
ido acostumbrando al debate continuo, a la reflexión colectiva continua, ¿por qué?
Porque se trata de adoptar las decisiones que haya que adoptar, asumir los sacrificios
que haya que asumir entre todos para tratar de salvar una obra que fue construida por
todos y que es sostenida por todos. Es difícil realmente imaginar una situación menos
cercana a aquella vieja aspiración que desde los tiempos de Platón ha estado presente
en la cultura occidental de llegar a una sociedad en la que todos se sientan partícipes
y en la que entre todos tomen las decisiones fundamentales que las regulen.
Pero les decía, además, que esta idea, esta concepción esta motivación, en el caso
de los cubanos, tiene profundas raíces históricas. Ustedes llegan a Cuba en el año que
marca el centenario del inicio de la última guerra de independencia, la que debería
conducir al fin del dominio español en nuestro país, aunque en el caso nuestro no
condujo a la independencia, sino condujo a la ocupación norteamericana y a otra
etapa de nuestra vida que solamente podríamos superar en 1959, otra etapa de
subordinación, de dependencia, de coloniaje, de hecho es el centenario de esa guerra
de independencia y también el centenario de la caída en combate del más grande de
los maestros cubanos, de José Martí. Para los latinoamericanos resultaría claro el
contraste, resultará clara la referencia al pensar de que cualquiera de vuestros países
había iniciado ese proceso casi un siglo antes, por qué en las colonias antillanas de
España ese proceso habría de dilatarse casi un siglo más, qué explicó que para los
cubanos resultara más largo y más trabajoso el camino hacia la independencia y que
para los cubanos además ni siquiera condujera al establecimiento de la república
formal, de la independencia formal, sino a la concreción de nuevas formas de
dependencia; esos porqués los encontramos en una historia compleja, complicada,
peculiarmente difícil que remonta a los orígenes de nuestra nacionalidad y donde
vamos a encontrar presentes desde el primer día exactamente los mismos términos de
los problemas que los cubanos seguimos encarando hoy.

[Link] - Página 69
Si acá el proceso fue mucho más complicado, resultó mucho más trabajoso, más
difícil que cuajase una nacionalidad y una idea nacional en las condiciones de una
colonia donde una gran parte de la población era esclava y otra parte apreciable de la
población estaba compuesta por esclavos que se habían emancipado por sus propios
medios pero que representaban un sector mayoritario de la sociedad vergonzosamente
discriminados y oprimidos; y el hecho de que desde los momentos iniciales se
desarrollase en los Estados Unidos de América desde los tiempos del presidente
Jefferson, como política oficial norteamericana de preservar para España su colonia
de Cuba hasta el momento en que se dieran las condiciones de que esta colonia
española se incorporase al territorio norteamericano; el fenómeno que los cubanos
conocemos históricamente como el vocablo de anexionismo. Anexionismo que tenía
expresión en la voluntad norteamericana y también manifestación reflejo dentro de la
sociedad cubana, especialmente dentro de aquellas capas de esa sociedad que
fundaban su riqueza, su poderío, del trabajo esclavo para quienes alguien dijo que su
patria no era otra cosa que su ingenio azucarero y sus esclavos. Enfrentar esa
situación, lograr crear en esas circunstancias un movimiento nacional que permitiese
establecer una República independiente acá implicaba dos grandes retos: por un lado,
enfrentar a aquellos miembros de la sociedad cubana, a aquellos elementos de nuestra
vida económica y social que aspiraban a mantener la servidumbre humana, imponer
en la sociedad cubana ideales de justicia y de igualdad, únicas bases posibles para
construir aquella nacionalidad en aquellas circunstancias y encarar la declarada y
manifiesta pretensión norteamericana de dominar esta Isla.
Si pensamos en 1995 veremos cómo los cubanos de hoy seguimos enfrentando el
mismo dilema, seguimos enfrentando a la misma potencia que todavía hoy pretende
dictar la forma en que la República de Cuba debe organizarse, pretende seguir
dictando el destino político de esta nación, y encuentra como aliados posibles a
algunas personas que nacieron acá, pero que nunca tuvieron otra patria que su
ingenio, sus esclavos, sus propiedades y frente a eso un movimiento nacional
patriótico, que descubrió desde el primer día que para tener una república
independiente en Cuba tenía que ser una república fundada en la solidaridad humana,
fundada en el sentimiento de la justicia, de la igualdad, y que ese ideal aquí no podría
realizarse sino enfrentando el antagonismo y la oposición de ese vecino, de esa
potencia poderosa que tenemos en la vecindad. Nada ha cambiado, excepto que a lo
largo de este proceso los cubanos finalmente sí conseguimos fundar esa república
solidaria y sí conseguimos trabajosamente, dificultosamente ir creando una vida
superior, distinta, que es la que hoy nos empeñamos en luchar. Por eso no se trata
solamente de defender una aspiración histórica, de defender el legítimo interés
nacional de independencia, de defender una tradición patriótica y de ser fieles a
nuestros orígenes, además, en el caso nuestro se trata de defender y de salvar lo que
pudimos ser capaces de crear en estos años, es por eso que el desafío cubano es un
reto enorme para todo un pueblo, pero los cubanos acostumbramos sobre todo en

[Link] - Página 70
estos años que marcan efemérides tan importantes como la de este centenario a mirar
un poco hacia atrás y ver el camino recorrido, y realmente estamos convencidos de
que por grandes que sean los obstáculos de hoy nuestro pueblo atravesó a lo largo de
su historia circunstancias mucho más difíciles, mucho más complejas en que su
aislamiento fue mayor y que además, no tenía una gran obra que salvar sino
simplemente un sueño por conquistar y por defender. Hoy, tenemos el privilegio de
luchar por la independencia en condiciones en que creemos que podemos salvarla,
pero además, como decía Luis Ignacio ayer, estamos luchando por aquellos sueños
que convertimos en realidad y también por preservar nuestro derecho a seguir
soñando y a seguir realizando sueños en el futuro.

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NO HABRÁ TRANSICIÓN

Fragmentos de la entrevista realizada por José García Abad para la


revista El Siglo de Europa, España, publicada el 27 de enero de 1997

[…]
José García Abad—¿Felipe González está haciendo algún tipo de intermediación?
¿Ha mantenido conversaciones con Fidel Castro?
Ricardo Alarcón —Estoy seguro de que mantiene las relaciones de siempre con
Fidel, pero no lo sé, tampoco creo que haga falta intermediación alguna. Yo creo que
él ha tratado de contribuir al aflojamiento de la tensión, sobre todo por las
declaraciones que ha hecho. En Yugoslavia sí ha intermediado, ¿no?
José García Abad —Sí, es un especialista en transiciones aunque aquí parece que
eso de la transición les suena a ustedes mal. La expresión de transición política hacia
la democracia no les gusta nada.
Ricardo Alarcón —Una transición implica la idea de un cambio de una situación
hacia otra distinta. Yo diría que el tema de la democratización es una cuestión
universal. Toda la sociedad tiene que democratizarse; toda sociedad con vocación
democrática debe estar en un constante proceso de democratización, de búsqueda, de
cambios para lograr que la gente sea la protagonista, la que actúe, la que dirija la
sociedad. Yo no voy a decir que aquí se ha conseguido la perfección. Lo que digo es
que en ninguna parte se ha alcanzado. Pero desde luego aquí hemos desplegado un
verdadero esfuerzo para conseguirlo. ¿Qué es lo que se nos presenta como
alternativa? Dejar de profundizar en el desarrollo de formas participativas cada vez
más eficaces para reducir la democracia a lo puramente representativo; copiar un
modelo que está en general en crisis.
José García Abad — Recientemente ha concluido un periodo de sesiones de la
Asamblea Nacional del Poder Popular donde se han endurecido las leyes contra los
disidentes. ¿Cómo explica usted— si es correcta esta interpretación— estas medidas
de rigor en un momento en que lo que se espera de Cuba es una evolución
democrática del régimen?
Ricardo Alarcón —No somos el único país que ha adoptado, en circunstancias
especiales, una ley antídoto. Es cierto que la nueva ley recoge nuevas figuras
delictivas, pero estas figuras han sido creadas en realidad por el Gobierno de los
Estados Unidos al pretender castigar a personas fuera de su país; a empresarios y a
particulares. En ningún país del mundo se castigaría a nadie por proporcionar
información sobre una finca o sobre determinada fábrica; éstos no son, por lo general,
secretos de Estado. Sin embargo, la actitud agresiva de los Estados Unidos nos obliga
a tomar medidas contra quien proporcione información que pudiera ser utilizada, por
ejemplo, contra un inversor español frente a un tribunal norteamericano en aplicación
de una ley, ilegal ante el Derecho Internacional, como es la Helms Burton. Leyes

[Link] - Página 72
similares, leyes antídoto, han sido adoptadas por México, por Argentina y hay
precedentes anteriores en Inglaterra y en Canadá, donde ahora la han actualizado. La
misma Unión Europea está actuando en esa dirección.
Nuestra respuesta ha sido increíblemente mesurada, incluso hemos creado una
curiosidad penal porque más que establecer castigos lo que se hace es advertir, dar la
oportunidad a la gente para que no delinca. De hecho, más que una ley convencional,
lo que estamos haciendo es anunciar que podrá haber una legislación específica en el
futuro para determinar cómo proceder frente a determinadas violaciones de esta ley.
José García Abad—¿Se consideran ustedes en guerra?
Ricardo Alarcón —Cuba está sufriendo desde hace muchos años una agresión
brutal. La ley Helms-Burton pretende aniquilar el país; quiere reforzar el bloqueo,
hacerlo total, plenamente eficaz, ese es el sueño de sus autores. ¿Cómo? Persiguiendo
las inversiones extranjeras en Cuba; es decir cerrando nuestra economía al resto del
mundo.
José García Abad —Creo que usted coincidirá conmigo en que hay una presión
casi universal para forzar la evolución política del régimen cubano. Yo comprendo
que desde la perspectiva del régimen castrista debe ser muy difícil proceder ahora a
una apertura que puede interpretarse como una cesión. ¿No cree usted que es
necesario una evolución democrática del régimen?
Ricardo Alarcón —La pretensión de imponer a un país determinadas formas de
organización política atenta a la soberanía nacional y es contrario al derecho
internacional. Además, estas actitudes están cargadas de cinismo, de una doble moral.
No quiero meterme con ningún otro Gobierno, pero es evidente que hay Gobiernos a
los que no se aplica el mismo rasero.
José García Abad—¿Marruecos, China…?
Ricardo Alarcón —La lista es larga… Son muchos los estados que no tienen
absolutamente nada que ver con el modelo occidental de democracia. En una ocasión,
hablando de este tema le comenté a un amigo español: «Te pido una cosa: trátame
como a Marruecos».
José García Abad —Pero sí es preciso que ustedes evolucionen.
Ricardo Alarcón —Mire usted, yo sostengo la tesis de que en el fondo, sin ánimo
de simplificar una cuestión compleja, en el fondo, la actitud de Estados Unidos y de
algunos estados latinoamericanos frente a Cuba tiene un carácter defensivo. No es
cierto que el modelo que se nos quiere imponer esté en alza. Reconociendo que hay
algunos modelos políticos que funcionan mejor y que tienen más credibilidad, los
sistemas que yo conozco mejor, los de este hemisferio, la llamada democracia
representativa, está atravesando una crisis bien profunda.
José García Abad —No tanto como la alternativa, Presidente. Desde la caída del
mundo soviético la alternativa al capitalismo parece que se ha hundido
completamente.
Ricardo Alarcón —Alguien dijo que el problema del fracaso del socialismo fue

[Link] - Página 73
que nunca existió realmente y el fracaso del capitalismo es que realmente existe y por
eso fracasa.
José García Abad —También se ha dicho que la revolución socialista no es más
que un paréntesis entre dos capitalismos.
Ricardo Alarcón —Yo no asumo para mí los errores, las deficiencias, el fracaso
de los modelos europeos. El hecho de que estemos aquí, seis años después de haberse
producido aquella hecatombe, está mostrando que evidentemente había algo
diferente, porque si no hubiéramos caído como una carta más del castillo de naipes…
José García Abad —Pero en lo que a Cuba se refiere creo que también sería
importante pasar de una personalización del poder a una institucionalización, a una
democratización del mismo. Tal como lo percibo, aquí todo se mueve a instancias de
lo que marca el Comandante y de ahí todo para abajo. Yo creo que sería justo pedir,
incluso desde una perspectiva de izquierdas, algo más de coherencia interna dentro de
la Revolución. Por ejemplo, no puedo entender, señor Presidente, como no hay más
que una lista única para acceder a la Asamblea Nacional.
Ricardo Alarcón —Yo creo que ha habido por nuestra parte un esfuerzo eficaz de
renovación.
José García Abad —Sin un sistema vivo de representación, el régimen no se
legitima y peligra su propia continuidad. Si desaparece Fidel se cae el sistema.
Ricardo Alarcón —Yo no lo veo así. Lo que pasa es que hay que reconocer el
enorme papel desempeñado por él, su peso en la sociedad cubana.
José García Abad —Los países comunistas del Este cayeron porque el modelo
dejó de funcionar, pero no porque se muriera el secretario general del partido. Cuba
ha logrado superar la caída de estos regímenes porque el sistema cubano es algo
diferente, pero en cambio es más vulnerable cuando se muera el líder. ¿Qué ocurrirá
entonces?
Ricardo Alarcón —El día que no esté Fidel es como cuando dejó de estar Lenin
en Rusia.
José García Abad —¿Vendrá entonces un Stalin?
Ricardo Alarcón —No hay nadie insustituible, si bien es evidente que quien
venga no tendrá las mismas características que Fidel Castro.
José García Abad—¿Y no sería conveniente que el régimen evolucionara en vida
de Fidel?
Ricardo Alarcón —Yo creo que la cuestión radica en continuar con el proceso de
democratización en Cuba, como en España, como en Estados Unidos, como en todas
partes. Ahora yo creo que sería un error para los cubanos imitar el modelo de
democracia occidental, que equivale a reducirlo a los aspectos formales
representativos y reducir al mínimo, en algunos casos al cero absoluto, la
participación de la gente en el control y en la dirección de la sociedad.
Eso va a ser más necesario el día que no esté Fidel Castro, porque Fidel Castro es
un punto de encuentro, es un intérprete inigualable de la colectividad. Tiene

[Link] - Página 74
momentos geniales y unas cualidades como persona singulares, difíciles de
reproducir: inteligencia, cultura política, dedicación. Es un genio de inteligencia. No
vas a tener siempre personas de esas características. Pero también le digo que aquí
hay mucha gente preparada. Aquí hay cuadros, dirigentes locales, gentes de las
nuevas generaciones, que nacieron después de la Revolución, con enorme valía
intelectual, con preparación profesional, con vocación de dirigentes; hay muchas
potencialidades creadas por la Revolución, y en gran medida por Fidel Castro, que le
permiten a uno estar seguro de que en el futuro, lejos de ir para atrás, podemos ir
hacia adelante.
En otra época el nivel de concentración de las decisiones era incomparablemente
más alto que ahora. Ahora Fidel se va de viaje, está dos semanas fuera y el país sigue
funcionando; se siguen tomando decisiones. Si todo dependiera de él, como Usted
señala, habría que dar vacaciones a todo el mundo hasta que él regrese. No está tan
personalizado el nivel de decisión.
José García Abad —Ustedes están ahora en un momento crucial por la puesta en
marcha de una nueva política económica que puede afectar a la propia estructura del
régimen, o por lo menos puede hacerle evolucionar con consecuencias políticas que
no sé si ustedes habrán considerado. Me refiero a la despenalización del dólar, la
nueva legislación para inversiones extranjeras, la posibilidad de abrir pequeñas
empresas familiares y, sobre todo, la eclosión del turismo. En la sociedad cubana se
observa una dualidad enorme entre el área del dólar y el de la economía tradicional
que está produciendo tensiones. Ello contribuye en la conciencia de la gente; hay
muchos que ahora lo tienen claro: deben salvarse individualmente frente a la teoría
oficial de la salvación colectiva. A por el dólar, y maricón el último.
Ricardo Alarcón —Yo creo que ésa es la cuestión fundamental y la decisión
estratégica más importante que hemos adoptado. Yo creo que ahora hay un mayor
consenso sobre la corrección de la nueva política. Al principio había mucha gente que
no compartía estas medidas desde una perspectiva revolucionaria. Para mi juicio era
un argumento erróneo, puesto que el primer deber de un socialista es salvar nuestro
proyecto y la alternativa hubiera llevado al derrumbamiento económico. La
alternativa elegida representa introducir en la sociedad cubana de hoy elementos de la
economía de mercado, elementos capitalistas, elementos individualistas, todas esas
cosas. Con eso hemos logrado no sólo detener la crisis sino iniciar un proceso de
recuperación, dificultoso, con limitaciones pero sin la menor duda estamos más en
esa dirección. Lo cual no elimina el hecho de que esos elementos que usted dice y
que están influyendo en las ideas y en las actitudes. Eso es así desgraciadamente.
Pero no hubiera tenido lógica empeñarse en una actitud numantina que nos hubiera
llevado a la catástrofe. Si ahora volviéramos a la situación anterior y prohibiéramos el
dólar, habría un nivel de oposición enorme, sería imposible. No tendríamos policías
suficientes. Ahora todo el mundo tiene acceso al dólar. La gente preguntaba: ¿pero
Usted quiere defender las ideas del socialismo con esos métodos capitalistas? Es un

[Link] - Página 75
gran enredo pero no hay otra alternativa que la bancarrota. Habrá tensiones como
usted dice pero más manejables que las que provocaría la bancarrota.
José García Abad —Cómo negar a Fidel Castro sus méritos… Pero han pasado
ya casi 40 años y no se puede seguir como si nada hubiera pasado en el mundo. Mi
pregunta concreta es la siguiente: ¿cómo puede el régimen evolucionar desde dentro,
desde sus propios principios?
Ricardo Alarcón —El problema está en que hay una visión europea o
norteamericana que no deja de tener —no lo tome como un agravio— un cierto
resabio colonialista. Es una visión eurocentrista del mundo. Se pretende que Cuba
avance según le parece a Europa. Y esto me permite enlazar con mi reflexión anterior
sobre el carácter defensivo de esa crítica. Cuando los yanquis insisten en ello no es
porque ellos quieran extender los beneficios de su sistema, lo que quieren es hacer
desaparecer la posibilidad de una alternativa política, de un sistema político
alternativo que está buscando, desarrollando, inventando, creando formas para
resolver un problema que es universal. ¿Cómo diablos se logra en la sociedad
moderna que toda la gente participe y decida? Ese es un tema bien complicado. Los
grupos elitistas pretenden que la gente crea que la democracia se reduce al aspecto
ceremonial; a delegar en mí o en Usted la soberanía popular.
[…]

[Link] - Página 76
NO SE PUEDE PEDIR QUE UN PAÍS CAMBIE POR MEDIO DE
PRESIONES EXTERNAS

Entrevista concedida a Miren Garayoa, revista Tribuna

Pregunta.—¿Cree que algún día podrá romperse el hielo entre Cuba y Estados
Unidos?
Respuesta. —Como usted sabe, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no
son normales y creo que ha llegado el momento de que los dos países se sienten a
hablar para regularizar la situación. Es evidente que somos vecinos y lo seguiremos
siendo por muchos años. Hay un refrán mexicano sobre las consecuencias de estar
situado en un lugar geográfico particular y alejado de Dios. Nosotros estamos aún
más lejos de Dios que los mexicanos pero estamos cerca de Estados Unidos. Llegará
el día en que logremos entendernos.
Pregunta. —Cuba necesita a Estados Unidos desesperadamente…
Respuesta. —Cualquiera puede hacerse cargo de nuestra situación. Imagínese a
un país como el nuestro que de la noche a la mañana, debido a cambios políticos en el
exterior, ve desaparecer el 85% de su comercio exterior, ve evaporarse la única línea
de crédito que tenía, esfumarse sus mercados, y no quiero seguir. Y todo ello en
tiempos de paz, porque situaciones como la nuestra son típicas de un período de
guerra, pero no de paz. Sin embargo, contra todas las predicciones, aquí estamos
cinco años después, no en muy buenas condiciones, pero la revolución sigue viva.
Los agoreros que decían que todo se iba a acabar no acertaron. Este año incluso
vamos a crecer un modesto 5%, una cifra incluso buena para países que no están en
nuestra difícil situación.
Pregunta. —Quizá España tiene que ver en este crecimiento. Ha habido
importantes inversiones de empresas españolas en Cuba.
Respuesta. —Es cierto. España y otros países han apostado por Cuba. Muchas
compañías extranjeras están invirtiendo en Cuba. Se habla sobre turismo y es cierto.
Se están construyendo numerosos hoteles. Además estamos sumando al sector
turismo sectores económicos como el níquel, la minería y la explotación y refinado
de crudo, producción de cítricos, comunicaciones telefónicas y la caña de azúcar. La
tendencia es buscar socios internacionales.
Pregunta. —Pero para recibir a empresas extranjeras el sistema cubano tendrá
que cambiar bastante…
Respuesta. —Es cierto, y estamos en ello. Ahora se está discutiendo en cientos de
asambleas en fábricas, escuelas y en todos lados si cada cual tendrá que aportar parte
de sus ingresos para contribuir a su fondo de jubilación. El asunto de los impuestos
sobre las rentas personales es un tema tabú, porque los sectores de los trabajadores se
niegan de plano a ello. Algo que puede parecer normal en su país, como un sistema
impositivo, es difícil de entender en el nuestro.

[Link] - Página 77
Pregunta. —También es cierto que no es muy coherente que en un régimen
socialista los trabajadores tengan que seguir las reglas económicas de una sociedad
democrática de mercado libre.
Respuesta. —Déjeme decirle una cosa. Recuerdo perfectamente la definición de
democracia que da la Real Academia de la Lengua Española: «Predominio del pueblo
en el gobierno político de un Estado». Ningún país debe estar completamente
satisfecho en sus aspiraciones democráticas. La democracia ha sido una especie de
utopía siempre en lucha contra las desigualdades sociales. En Cuba seguimos este
principio democrático de la participación directa del pueblo en la toma de decisiones
políticas. Hemos aceptado diversos cambios en nuestro sistema económico, pero
hasta ciertos límites. Los hacemos si el pueblo los acepta. No creo que encuentre
muchos cubanos que acepten la privatización del sistema de salud o del sistema
educativo: con todos los problemas que puedan tener, ambas cosas son universales y
gratuitas para los cubanos. Muchos están dispuestos a hacer enormes sacrificios para
preservar las cosas que son fundamentales e inherentes a nuestro pueblo desde hace
35 años.
Pregunta. —Pero si el sistema no funciona, da igual que sea público o privado. El
ciudadano no recibe los servicios adecuados de ninguna de las maneras.
Respuesta. —Hay sociedades que se sienten responsables del bienestar de todos,
que creen que deben ocuparse de las necesidades básicas de todo el mundo,
sociedades que promueven ciertos ideales morales. Sociedades que no tienen que
estar basadas en los bienes materiales, en el individualismo y el beneficio personal.
Hay sociedades con valores comunes que existen desde que comenzó la revolución
cristiana. En Cuba creemos en la solidaridad humana, en la igualdad de hombres y
mujeres. Déjeme decirle que Fidel Castro no es el primer líder cubano que ha tenido
que enfrentarse a Estados Unidos. Mucho antes de que él naciese, Estados Unidos ya
había intervenido tres veces en Cuba. No fue Castro, sino el padre de nuestra nación y
el primer presidente Carlos Manuel de Céspedes, el que en noviembre de 1872 cerró
la embajada no oficial de Cuba en Washington. Fue él el que dijo algo que hoy sigue
teniendo plena vigencia: «No importa lo pequeños, lo débiles, lo infelices que
seamos, pero conservaremos nuestra dignidad». El Padre de nuestra Patria tuvo
también que concebir una nueva nación que debía enfrentarse a enormes
desigualdades sociales y crear una nueva sociedad a partir de un sistema esclavista,
racista y corrupto.
Pregunta. —Usted mismo ha dicho que la Asamblea Nacional cubana tiene que
ser más efectiva. ¿Se está haciendo algo en este sentido?
Respuesta. —Por supuesto. Creo que además yo comenzaría a recibir un sueldo.
No creo que en algunas áreas seamos menos efectivos que otros parlamentos. Es
complicado debido a la situación económica que vivimos. A nuestra manera cubana,
somos un parlamento como cualquier otro, con nuestros limitados recursos.
Legislamos y controlamos la Administración. Discutimos los asuntos, pero no los

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decidimos inmediatamente, como en otros parlamentos. Antes de aprobar cualquier
cosa volvemos nuestros ojos al pueblo y cada uno de nuestros diputados debe dedicar
cientos de horas a explicar y discutir las medidas en fábricas, escuelas, consejos
vecinales… Con las respuestas del pueblo, volvemos a la Asamblea y decidimos. Yo
personalmente he expresado en cientos de reuniones en todo el país mi posición
favorable a los impuestos sobre la renta personal, pero no he convencido mucho. Los
ciudadanos se oponen a ello, y contra la voluntad del pueblo no se puede aprobar
nada.
Pregunta. —Sin embargo, hay cosas que no son tan democráticas, como esa ley
que permite encarcelar a un ciudadano durante tres años si critica a Castro…
Respuesta. —No conozco muy bien esa ley. No estoy seguro, pero creo que no
existe una ley que diga que alguien debe ser encarcelado por criticar a una
determinada persona. Hay muchas leyes antiguas que pueden estar vigentes pero que
no conozco. Hemos intentado modernizar el país. En algunos momentos hemos
tenido que castigar ciertos derechos, como el de dejar el país e irse a otros. Cuando
cambiamos esta política nos acusaron de enviar cubanos a Estados Unidos. Los
comités que tiene la Asamblea han estado revisando cada ley para ponerlas al orden
del día con las directrices de derechos humanos de las Naciones Unidas.
Pregunta. —Estados Unidos levantaría el embargo si hay una apertura política en
Cuba. Si Fidel Castro y el Partido Comunista creen tan firmemente que el pueblo les
apoya y que ganarían las elecciones, ¿por qué no seguir gobernando elegidos
democráticamente?
Respuesta. —Creo que las cosas no son como Usted las pinta, Pero, en el fondo,
tampoco eso es esencial. Lo importante es que Cuba no es una colonia
norteamericana, como algunos pretendían. No somos un territorio de Estados Unidos.
Nadie puede negociar con otros como si fuesen sus criados que deben seguir sus
órdenes y que encima esa situación parezca la normal. No se puede pedir a un país
que cambie por medio de presiones. No creo que nadie espere recibir favores a
cambio de negarle la comida y medicina a los niños.

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LA FILOSOFÍA DEMOCRÁTICA DE CUBA

Entrevista realizada el 23 de junio de 1994

Osvaldo.—¿Cuál es la filosofía sobre la que se sustenta el sistema democrático


cubano?
Alarcón. —Si existe un vocablo acerca del cual se usa y abusa es el de
democracia, pero yo diría que es uno de los conceptos más arraigados en la historia,
por lo menos de la civilización occidental, pero que a la vez ha sido siempre
planteado como una aspiración y como un problema. A mí me divierte cuando veo a
políticos contemporáneos, sobre todo en América Latina y en algunos países
capitalistas desarrollados que te hablan de esto como si fuese algo que ellos han
resuelto cabalmente, han realizado de forma ideal y lo definen de un modo estrecho y
que tratan de imponer como un dogma.
En realidad, democracia tú puedes tomarla como un sentido histórico, desde sus
antecedentes, desde el origen de la palabra, en el griego, que es autoridad del pueblo.
Los primeros que se plantean ese problema, por 1o menos en la cultura occidental,
son los griegos en la pequeña ciudad-Estado. Sabemos que allí la mayor parte de la
gente carecía de derechos democráticos, pero bueno dejemos a un lado a los esclavos,
a los siervos, porque los que participaban en la democracia griega eran los
propietarios libres. Se supone que la idea era que toda esa gente ejerciera la autoridad
colectivamente, aunque ya de entrada estaba viciado por el hecho de que la mayoría
de la gente no participaba en ese ejercicio de poder. Desde entonces los filósofos
clásicos griegos, específicamente Platón, analizaron ese problema de que hay una
relación entre la democracia, o sea la autoridad del pueblo, y la igualdad entre las
personas. Y si tú sigues hasta el día de hoy, ese ha sido el centro del debate, digamos
cómo lograr que la gente se gobierne a sí misma; toda la gente, si dentro de la gente
hay desigualdades profundas, unos siervos, otros esclavos y otros libres.
Sigue avanzando la civilización occidental y este debate toma un nuevo auge en
vísperas de la Revolución Francesa, en el período que antecede a esa Revolución. Por
eso es que el concepto más moderno de democracia se asocia con la consigna de la
Revolución: libertad, igualdad y fraternidad. Quizás el teórico más importante de
aquella etapa previa fue Rousseau, quien desarrolla aquellas ideas de Platón hasta el
máximo, digamos. Ya se está planteando otro problema, no solamente la desigualdad,
sino también la complejidad que va adquiriendo la sociedad humana, ya no es la
pequeña ciudad aislada sino que se está hablando de Estados-Nación. Entonces,
¿cómo tú puedes realmente desarrollar el ejercicio de la autoridad del pueblo en
situaciones en que prevalece la desigualdad y además de eso la complicación que da
la sociedad moderna? Rousseau lo definió a mi juicio del mejor modo. Él decía que
era imposible la democracia en una sociedad donde unos pocos tuvieran demasiado y
muchos carecieran de todo. Es más o menos la misma definición del problema

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igualitarista que está en el fondo de la aspiración a la democracia. Pero además decía
que desde el punto de vista práctico no era posible tener a todo el mundo
constantemente reunido, de ahí viene entonces la idea de la representación y lo que se
desarrolla en este siglo después que es la Democracia Representativa, o sea la que
pone el énfasis en el hecho de que a diferencia de una sociedad absolutista donde el
poder viene de Dios, hereditario, etc., la estructura política se basa en un sistema
representativo, que la gente elige a alguien que actúa a su nombre, que lo representa.
Pero si la sociedad sigue dividida por la desigualdad entre los hombres hay que
suponer entonces que la representatividad va a estar afectada por eso y vuelvo a
Rousseau quien plantea fundamentalmente eso: ¿cómo es posible que si unos tienen
demasiado y otros carecen de todo, cómo van a encontrar entre ellos personas que los
representen a todos? En dos palabras, la democracia representativa como tal es una
ficción, no puede ser otra cosa que una ficción, puesto que no ha habido una solución
a ese problema de la representatividad en condiciones de la desigualdad humana.
La aspiración de desarrollar una democracia se debe plantear en primer lugar
tratar de alcanzar la igualdad posible entre los hombres y aun lográndola, como tú no
puedes reunir a todos los hombres iguales todo el tiempo, tienes que caer
inevitablemente en formas representativas. Pero ahí viene el otro problema: la
relación entre el representante y los representados. Hay una teoría burguesa
fundamental que es lo que basamenta toda esta concepción de democracia
representativa, que es que el representante actúa en nombre de los demás, en otras
palabras, la soberanía popular, la soberanía el soberano no la heredó de Dios, la
soberanía es del pueblo, para seguir a la Revolución Francesa. Pero el pueblo no
puede ejercerla cotidianamente, el pueblo entonces elige unas personas y deposita en
esas personas su soberanía. En la práctica esto no opera, no funciona si tú no
resuelves el problema de la igualdad y si tú no buscas soluciones efectivas a las
relaciones representante-representado. Si bien es cierto que los representantes tienen
que tomar decisiones entre ellos, yo creo que una clave, incluso más allá de las
ideologías, de cualquier ejercicio democrático está en establecer mecanismos de
relación, de vinculación entre electores y los elegidos que no sea simplemente esa
graciosa definición de que depositaron en mí la soberanía y yo soy el soberano a
partir de ahí. Yo creo que el vicio mayor, o la manifestación mayor de como éste es
un sistema viciado está en el hecho de que en los sistemas democráticos
representativos, es decir, aquellos que se concentran solamente en ese aspecto de la
representación de las elecciones periódicas, etc., la tendencia es a un creciente
desinterés de la gente por esos procesos. Digamos, si la esencia de la democracia
según el concepto este de los representativos es la elección periódica y ahí se agota la
definición, porque la restringen a eso, habría que preocuparse seriamente de la
tendencia de la gente a abstenerse de participar cada vez más en esas elecciones. Un
ejemplo, el Parlamento europeo, toda Europa Occidental con sistemas democráticos
liberales, ya ha tenido creo que tres elecciones. Si tú te fijas cómo ha evolucionado la

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Unión Europea en ese período de las tres elecciones, el Parlamento europeo tiene
cada vez más atribuciones, más poderes, juega un papel mayor, sobre todo ahora
después de Maastricht, sin embargo, el interés de la gente por las elecciones para ese
Parlamento va decreciendo. Una curva ascendente sus atribuciones, una curva
descendente el interés de la gente por ese Parlamento, que, sin embargo, hoy es más
importante que antes, tiene más poder que antes. Y algo parecido se puede decir
como norma en las elecciones nacionales de la mayor parte de los países de
Occidente.
Desde el punto de vista nuestro, por ejemplo, nuestra democracia tiene elecciones
que busca y tiene que establecer inevitablemente un sistema de representantes, pero
sobre todo pone énfasis en la participación de la gente. A mí me preocuparía mucho
si yo viera que el nivel de participación desciende, si la gente se desentiende de su
sistema de gobierno, si se desinteresa. La relación del delegado con la gente, ese es el
tipo de preocupación que yo tengo porque está relacionado con la sustancia del
sistema de gobierno. Ahora, si yo fuera uno de esos abogados de la democracia
representativa, y yo sé que cada vez la gente se interesa menos por las elecciones que
es lo único que tienen del carácter democrático, yo tendría que plantearme hasta
dónde el sistema está funcionando o si no está en una severa crisis como ocurre según
tú ves prácticamente por todo el mundo.
La filosofía de nuestro sistema justamente está en desarrollar lo que está en toda
pureza en las definiciones originales de la democracia. El diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española dice que es el sistema político en el cual el pueblo
participa en el gobierno. No dice que sea el sistema político en el cual se eligen las
autoridades periódicamente, cada cierto tiempo entre varios partidos. Lo que dice es
que la gente participa en el gobierno y ello no quiere decir solamente participar en
elecciones periódicas de tal o cual manera. Yo diría que es como una tesis
reduccionista, es reducir el concepto de democracia a ese aspecto, pero que tiene su
propia condena: los que reducen la democracia sólo a la participación de la gente en
el acto electoral se encuentran con que la gente cada vez tiene menos interés por eso,
y es lógico, de acuerdo con la historia de lo que ha significado eso a lo largo del
mundo. ¡Imagínate tú, los pobres norteamericanos votaron tres veces por los
republicanos, dos veces por Reagan y una vez por Bush, sobre la base de la principal
promesa de ellos de que iban a poner fin al déficit presupuestario y hasta reformar la
Constitución para hacerlo inconstitucional! Lo cierto es que al cabo de cada uno de
los tres mandatos republicanos, ellos habían batido todos los records de la historia de
los Estados Unidos en acentuación del déficit. Entonces, ¿qué resuelve un ciudadano
que ve esto?
El otro día se publicó una encuesta muy interesante en Estados Unidos alrededor
del lío este de Dan Rostenkowski, que lo están procesando por una serie de delitos.
Este es un personaje importantísimo en el Congreso norteamericano, de los más
influyentes de los representantes, de más autoridad, y la encuesta daba que la mayor

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parte de la gente no se interesa por el tema de la corrupción, lo dan como algo
natural. El político es un hombre corrupto, que roba. En el caso de Rostenkowski lo
que había sorprendido era el volumen, tanto, durante tanto tiempo, y, además, la
originalidad de alguno de los medios que él empleó, según dicen, para apropiarse de
eso.
Acaba de morir Nixon, recientemente, y fue objeto de un homenaje nacional en
los Estados Unidos. Fue como si hubiera muerto Lincoln, y es un Presidente que tuvo
que renunciar ante la amenaza de ser juzgado por violación de la Constitución cuando
estaba en el poder. Al cabo de pocos años, sin embargo, es una especie de héroe
nacional con todos los honores; todos los ex presidentes fueron a despedirlo. Es como
que aquí se le hubiera hecho un homenaje nacional a Batista o a Machado, eso es casi
inconcebible fuera de los Estados Unidos.
Entonces, el ejercicio de la autoridad del pueblo, lo que implica la participación
de la gente real en su sistema político yo creo que es la esencia políticamente
hablando de la democracia. No me he metido en el tema del socialismo ni del
capitalismo. Yo sí creo que como dijeron Rousseau y Platón y ha dicho a lo largo de
la historia la gente que más neuronas ha gastado analizando eso, todo ello requiere la
solución del problema de la desigualdad de los hombres. Ahora, cuando tú tienes un
proyecto político que se basa en haber alcanzado niveles de igualdad inéditos, tú
entonces te puedes plantear la posibilidad de establecer en el plano de la
institucionalidad, de la organización política, formas realmente democráticas, en otras
palabras, de llevar a la práctica aquello que esos pensadores veían como una cosa
utópica, porque ni Platón, ni Rousseau, ni los revolucionarios franceses —bueno, los
jacobinos trataron de aplicarlo—, pero no vieron como una posibilidad real llegar a
establecer sociedades de iguales, y si la hubiesen establecido se hubiesen enfrentado
al siguiente problema: cómo organizarla de tal forma que la gente participe
efectivamente en su gobierno. Yo creo que además es indispensable para desarrollar
un proyecto basado en la igualdad, la fraternidad, o sea, un proyecto socialista.
Ahora, hay otro ángulo del problema. Se puede tomar otra definición de las más
populares, la famosa de Lincoln: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo». Es curioso cómo en Occidente, en Norteamérica y en América Latina se
toma tan a la ligera esa frase de Lincoln. Ahí está el elemento, para el pueblo, por el
interés de la gente, eso es lo más contrario que existe al Estado Neoliberal.
Justamente la esencia del neoliberalismo es achicar el Estado, no es sólo menos
burócratas, es desentenderlo de las cuestiones de la sociedad, desentenderlo de los
problemas de la gente, o sea, hacerlo cada vez menos un gobierno para el pueblo. Por
supuesto, en la medida que se busque un gobierno cada vez menos para el pueblo,
menos podrá ser por el pueblo. A lo que convoca es al desinterés de la gente, a que
cado vez les importe menos elegir entre los que van a integrar un gobierno que
proclama que su principal misión en la vida es desentenderse de los problemas de la
gente, desregular, desfiscalizar, dejar al libre juego de las llamadas fuerzas de

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mercado la solución o el agravamiento de los problemas de la gente.
Después de esta larga explicación, te digo que la esencia de nuestra filosofía es
justamente llevar a la práctica real el ejercicio de la autoridad del pueblo, que quiere
decir la participación real de la gente, que no es tan sencillo, resolviendo el tema
básico de la igualdad, estructurando un sistema que permita canalizar esa
participación tienes todavía que trabajar mucho para ganar en las conciencias de la
gente cuál es el papel del ciudadano en un sistema democrático, porque se dice muy
fácil: participar en el gobierno, pero la tendencia metida en las cabezas de la gente,
generación tras generación es que hay otro que gobierna por ti, que tú eres un objeto
en ese sistema cualquiera que éste sea, que tú no eres el sujeto, el protagonista del
sistema de gobierno, el gobierno es una cosa y la ciudadanía es otra.
Osvaldo. —Y bajo este concepto, podemos decir entonces que tenemos una
democracia representativa nosotros también.
Alarcón. —Tenemos un sistema de representación en nuestra democracia, pero
¿por qué no me gusta el término de democracia representativa? Porque, en realidad,
alguna gente lo define, usa decir, define su sistema con toda razón con ese calificativo
que reduce el sistema de democracia a eso, a la representación, pero además no me
gusta porque para mí una de las sorpresas más grandes como político latinoamericano
que estudió Derecho, y como todo el que lo hizo, tuve que «fajarme» con las obras de
Hans Kelsen, La teoría general del Estado y La teoría del Derecho, que ha sido la
Biblia por lo menos en la cultura hispanoamericana. Y Kelsen le ha dedicado
capítulos enteros a eso, llamado la Ficción de la Representación, y donde dice: toda
democracia llamada representativa no es representativa, porque la soberanía popular,
la democracia se reduce al día de las elecciones, al momento en que la gente vota,
pero no existe más allá. El problema está en cómo tener un sistema que tiene que ser
representativo, porque tú no puedes reunir todo el día a todo el mundo, pero si tú
agotas la idea de democracia en la representación no vas a convencer a la gente de
que está ejerciendo la plenitud del gobierno popular porque tiene la oportunidad de
marcar una boleta cada cuatro años o cada el tiempo que sea, si al mismo tiempo no
tiene empleo, educación ni salud, si está privado de las cosas más elementales.
Si le entregamos nuestra voluntad para que alguien actúe en nombre nuestro y no
hay un sistema orgánico de dependencia, de relación entre él y nosotros, es ficticio,
por eso es muy importante lo que hay en el medio, el sistema de vinculación entre el
elegido y los electores. Aquí nosotros tenemos algunas cosas en nuestro sistema que,
desde luego, son perfectibles, pero que guardan principios fundamentales: la
rendición de cuentas, las reuniones periódicas del elegido con sus electores. Estoy de
acuerdo en que se pueden señalar fallas, deficiencias, pero el sólo hecho de que
existan y que se puedan mejorar es un punto de partida, un instrumento. Esto, en
otros sistemas, ni siquiera se concibe: yo no tengo que rendirle cuenta a nadie, yo, por
mí mismo. Esto tiene mucho que ver con otro concepto que desarrollan mucho los
ingleses, primera revolución democrática, digamos, burguesa: la oposición a lo que se

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llamaba el mandato imperativo, en otras palabras, una colectividad de mucha gente
que no se puede reunir toda, pero que su representante puede actuar estrictamente
sólo dentro de los parámetros que cada grupo de electores le dio.
Osvaldo.—¿Podemos decir que un embajador tiene un mandato imperativo?
Alarcón. —Se supone que sí lo tiene de la autoridad del gobierno que lo envía. En
el pensamiento burgués hay un rechazo categórico a ese concepto, Usted asume, se
convierte en el depositario de la soberanía y hay mucha retórica sobre eso, a través de
los parlamentos cono depositario de la soberanía popular. También en el nuestro,
porque, por supuesto, tiene que haber un momento en que son los representantes los
que van a tomar determinadas decisiones, pero fíjate cómo aquí nosotros, desde
luego, no podemos asumir que hayamos llegado a la perfección porque nadie lo ha
hecho, porque llegar realmente a la realización plena de convertir el ciudadano en el
sujeto que ejerce realmente permanentemente la autoridad de todos, esto se dice más
fácilmente de lo que se realiza en la práctica, pero cuando nosotros tomamos un tema
como lo ha sido el resultado de lo recogido por los parlamentos obreros, al final tiene
que haber un texto que lo tienen que discutir los diputados, porque no se puede
discutir un texto entre 11 millones de personas a la vez. Eso es físicamente
irrealizable. Pero hubo un debate previo en el que participó todo el mundo. Yo creo
que este problema del mandato imperativo se resuelve con la parlamentarización de
la sociedad, esa es la única forma, o sea multiplicar al máximo por todas partes la
reunión colectiva.
Lo que hacemos nosotros es desarrollar un sistema en el que tú buscas la mayor
incorporación posible porque hay limitaciones, además de materiales, en la actitud de
la gente, porque lo gente espera que el depositario de la soberanía actúe en tu nombre.
Yo creo que lo que discutimos en el Parlamento Nacional no se ha discutido en
ningún otro Parlamento del mundo, pero me enteré, además, que hay temas que no
llegan ni al Consejo de Ministros, sino que decisiones como estas se toman por
menos personas de las que estamos aquí. Es lo opuesto a la idea de lo que
desarrollamos aquí, que parece un tanto loca desde esa perspectiva de afuera, pero
luego de retomar las definiciones de la democracia y demás, ¿no te parece bastante
antidemocrático y bastante absolutista que tú decidas cosas que afectan la vida
cotidiana de lo gente sin contar siquiera con los representantes elegidos por esas
personas?
Osvaldo.—¿El aporte nuestro a la democracia podemos decir que es lograr una
relación entre el representante y el representado?
Alarcón. —Eso y el papel del representado en el sistema de gobierno, y que la
gente se incorpore o su gobierno. Esa es la diferencio que existe entre democracia y
los sistemas que no son democráticos. Donde la soberanía lo tiene algo no porque se
lo haya dado el conjunto, la democracia liberal a lo más que llega es a esta entrega de
todos a alguien, y eso rebosa ficción por todas partes. Yo creo que la experiencia de
los parlamentos obreros es muy interesante porque tú no puedas reunir a todos los

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trabajadores en un teatro, pero tú si puedes incorporar a todos los trabajadores a la
discusión de un problema determinado. Yo diría que por ahí está nuestro aporte.
Es difícil hacer que el ciudadano juegue su papel, porque existe un reflejo dado
por la literatura, sobre todo la masificada; la TV, el cine. Pregúntale a un niño qué es
un juez, un parlamentario, y jamás pensará en él, sino en otro que tiene determinados
poderes especiales.
Cuando se piensa en un Parlamento se pienso en un salón de cierta belleza, de
cierto lujo, donde hoy un grupo de personas que hacen discursos, que hablan y los
otros que están afuera, a lo mejor están viendo por televisión a la espera por
determinadas expectativas de que se tomen unas decisiones u otras.
Ahora mismo en Estados Unidos, ¿habrá o no habrá un sistema universal de
salud?, ¿quién lo va a decidir? Como decía hace poco el senador Rockefeller:
señores, todos los que estamos aquí tenemos asegurada la atención médica, el
problema a quienes le interesa es a decenas de miles de personas que no tienen acceso
a la salud. Ahora, quienes van a decidir no tienen problemas, y para que lo haya tiene
que haber un aporte de los empresarios, tienen que pagar más los que más tienen.
Vamos a ver qué pasa. Pero de todos modos, piensa cómo sería ese debate si se hace
con los 40 millones que no tienen acceso a la salud en Estados Unidos. ¿Puede haber
libertad, igualdad y fraternidad si en el país más rico del mundo 40 millones de
ciudadanos no tienen ningún tipo de cobertura hospitalaria?
Osvaldo.—¿Nuestro sistema eleccionario se parece a cuál? ¿Es único?
Alarcón. —Algunos hablan de un modelo, de un proyecto que es igual en todas
partes, lo cual no es cierto. Cuba no es el único país del mundo donde la gente elige
diputados, y el parlamento es el que después designa el gobierno. En ese sentido, es
igual que el sistema británico, con la diferencia de que aquí no hay un monarca. No
es así en Estados Unidos o en Francia donde eligen por una parte el parlamento y por
otra al Presidente del Gobierno. El sistema de circunscripción, digamos, también es el
que impera en algunos países como la misma Inglaterra. Ya la cuestión de la
nominación del candidato por la misma gente, yo no conozco otro lugar que sea
similar, porque en otros países los candidatos surgen de los partidos, la esencia del
juego democrático es la competencia entre varios partidos y entre varios candidatos.
Yo no creo que pueda decirse que eso conduzca inevitablemente a fórmulas
antidemocráticas, pero hay grandes diferencias entre unos países y otros. En Estados
Unidos se discute mucho ahora si establecer algunas restricciones para el
financiamiento de los candidatos. Hay países donde esas restricciones existen. Hasta
ahora en Estados Unidos es prácticamente ilimitado, pero eso conduce a un fenómeno
que es la causa directa de la pérdida de interés de la gente, es la mercantilización del
acto electoral, las campañas son competencias entre firmas de relaciones públicas. Es
como la venta de un producto. En Estados Unidos hay dos carreras electorales. Ellos
usan el verbo torun, de correr como competir, hay que correr dos veces: la primera es
la carrera por los fondos, ellos se enredan durante muchos meses en ver quién acopia

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más dinero, para poder ganar la primera carrera, porque después va a hacer una
campaña donde decide mucho quien paga más publicidad, y estamos hablando de
campañas electorales de millones de dólares gastados por un candidato durante una
campaña. Lógicamente, los candidatos de organizaciones que busquen cambiar la
sociedad, etc. no pueden alcanzar ese financiamiento.
En Estados Unidos hay un momento en la campaña electoral que se ha hecho
práctica, que es el debate televisado y ahí invitan nada más al candidato demócrata y
al republicano; son los aceptados, los reconocidos. Sin embargo, hicieron una
excepción con Perot, que representa menos que el candidato de cualquier otro
partido, pero tenía mucha plata y destinó 60 millones de dólares para iniciar su
campaña, convocó a una conferencia de prensa y declaró ser candidato a la
presidencia.
Osvaldo. —¿Por qué no se elige en Cuba el Presidente desde la base
directamente?
Alarcón. —No es sólo en Cuba. No lo hacen en España, ni en Inglaterra. Yo,
personalmente, creo que es más democrático no elegirlo directamente que lo
contrario, porque no se ajusta a la actual etapa de la Revolución Cubana. Si tú
estableces una serie de concatenaciones desde la base hasta el parlamento, y que ese
parlamento elija al gobierno, ese gobierno es responsable ante ese parlamento, pero si
el pueblo ha elegido al gobierno, realmente ante quien es responsable, ¿quién le
puede pedir cuentas a un presidente que lo eligieron 5 ó 6 millones de personas? Esa
es una contradicción que tiene el sistema presidencialista como el norteamericano;
porque a Nixon no lo eligió el Congreso, lo eligió el pueblo de Estados Unidos, y a
Nixon lo echaron porque era demasiado grande lo que hizo, pero normalmente no
existe una rendición de cuentas.
Yo creo que es más democrático un sistema que permita el control de las
instancias superiores por mecanismos representativos democráticos, por la gente.
Aparentemente la elección directa tiene ciertos atractivos, pero en la práctica si uno
lo analiza con cuidado es una forma de perder control y eso, además, por algo existe
así en los sistemas parlamentarios definitivamente, el jefe del Estado es elegido por el
Rey o la Reina, pero el jefe de Gobierno sí es elegido por el Parlamento y, por lo
tanto, puede ser deselecto en cualquier momento.
En un país de sistema parlamentario se cambia al gobierno sin un trauma tan
grande como el que implicaría en el sistema presidencialista.
Osvaldo. —Y en un futuro nosotros pudiéramos determinar que el presidente no
sea reelegido para los periodos de mandatos.
Alarcón. —En el caso de Cuba, yo no creo que sea un problema fundamental.
Ahora mismo, en Argentina un demócrata con conflictos tan confesos como Menem,
está buscando la reelección. Yo no creo que en rigor ese sea un tema tan importante.
En los países en que la definición de democracia se agota en la competencia electoral
tiene una cierta lógica el antireeleccionismo porque se reelige con las posibilidades

[Link] - Página 87
que te da el ejercicio del gobierno. Estados Unidos ha puesto un limite a dos períodos
porque eso pone a los rivales en posiciones desventajosas, pero, por otra parte, está el
elemento de la experiencia: nadie puede realmente proponerse programas de gobierno
que se realicen en los lapsus en que tú tienes los mandatos electorales, los programas
no se agotan en los años en que dura el gobierno o el período del gobierno. Ningún
presidente desde que existe esa regulación realmente no se propone gobernar por
cuatro años, sino por 8; todo el primer período gira hacia la reelección. Es como si
fuese un período de 8 años con una reconfirmación a mitad de camino. Ningún
programa en el mundo moderno se agota en plazos tan inmediatistas.
Hablamos del caso de Fidel, que es una personalidad excepcional que ha jugado
tremendo papel en la historia de Cuba, pero tenemos el caso de España, el PSOE, que
es el Partido que está en el poder. Ellos llegaron en el año 82, hace doce años y
durante ese tiempo en ese Partido el secretario es Felipe González, en quien el Partido
ha depositado la confianza, y lo fue un tramo bastante importante antes de llegar al
poder, y han surgido nuevos militantes, han llegado a la madurez, sin embargo, a
pesar de los pesares y de los avatares que ha tenido ese Partido, lo acaban de renovar,
depositan en él la confianza, porque es un hombre inteligente y con ciertos atributos
que hacen la reelección como algo natural. Pero no creo que sea un problema de
principios y mucho menos si tú tienes un sistema auténticamente democrático
participativo no debes preocuparte en mantener en un puesto a quien tiene más
méritos, más condiciones. Lo más importante es la revocación del mandato incluso
durante el tiempo de la elección.
No debemos esperar a que se cumpla el término del mandato para que la persona
sea demovida de su responsabilidad, algo que, dicho sea de paso, se conoce poco,
pero en Cuba se practica. En este período han sido revocados como 5 ó 6 mandatos
en varias provincias y municipios. Eso sin que sea ningún estigma para la persona
demovida porque es algo tan natural en la vida: porque no tiene determinada
capacidad o cambia a partir de un momento, ya no realiza bien una función. Más que
lo formal de reelección o no reelección, revocar cuando es necesario y reelegir
cuando también lo es.
Osvaldo. —Hay algunos criterios de que la Asamblea Provincial y Naciona1 y
Municipal un poco debe ser la contrapartida del gobierno a distintas instancias. Eso
parece que surge a partir de la separación de la Asamblea Municipal del Consejo de
Administración, sin embargo todavía se cuestiona mucho que el presidente de ambos
organismos sea el mismo individuo porque se supone que tiene un doble
compromiso, es un poco como revisarse él mismo, como contrapartida de él mismo.
Esto es muy cuestionado, y se esperaba que el Parlamento era la contrapartida del
Gobierno, sin embargo, esta Asamblea tiene menos ministros y viceministros dentro
del Parlamento; gran parte del gobierno está ahí, de forma que algunos dicen que se
puede comenzar una discusión en el Buró Político, seguirla en el Comité Central,
discutir en el Consejo de Ministros y terminar en el Parlamento porque son las

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mismas personas, porque se repiten un poco. Eso, ¿no afecta la imagen democrática,
en primer lugar, pero también el trabajo propio de llegar al perfeccionamiento de
nuestra democracia?
Alarcón. —Yo creo que ni siquiera la imagen la afecta porque en todos los
sistemas parlamentarios puros, como el británico, para ser ministro hay que ser
parlamentario y yo creo que ningún miembro del parlamento británico aceptaría que
ellos no ejercen una función de contraparte, chequeo de ese gobierno, sin embargo, si
un ministro no fue electo dejó automáticamente de ser ministro. Hay sistemas como
el norteamericano en que puede ser designado ministro un parlamentario y entonces
deja su escaño a partir de ese momento. Hay sistemas como el nuestro donde puede
coincidir que el ministro sea miembro del parlamento o no. No estamos ni en un
extremo ni en el otro.
En cuanto a la cuestión de que el Presidente del Consejo de la Administración
Provincial o Municipal sea la misma persona que es el Presidente de la Asamblea, no
creo que eso sea ninguna cuestión de principio que tenga que ser así, ni creo que
necesariamente sea un problema el que sea así. Creo que se dio un paso importante
con este cambio, del Comité Ejecutivo al Consejo de la Administración. Antes había
un Comité Ejecutivo de la Asamblea Provincial o Municipal que era el Gobierno, con
lo cual tú colocabas a la administración territorial dirigiendo la Asamblea, lo que
debe ser al revés, que sea la Asamblea la que controle y fiscalice la labor del
Gobierno. Esa era una contradicción que había en la práctica anterior nuestra porque
a nivel nacional nunca hubo un Comité Ejecutivo del tipo del de la provincia, era el
Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, pero no de la Asamblea Nacional, porque
en el Comité Ejecutivo hay algunos compañeros que son diputados y otros que no lo
son.
A nivel provincial y municipal tú tenías una dirección de la Asamblea que era a la
vez la dirección administrativa, el Comité Ejecutivo. Eso tenía otro inconveniente:
que puedes tener un excelente director de salud o de otra esfera que no tiene por qué
ser elegido o que sea, al revés, un dirigente político que debe ser el delegado.
Entonces, la Asamblea local no cumplía su papel de ser la autoridad del Estado en ese
territorio. La eliminación del Comité Ejecutivo y crear los Consejos de la
Administración, si bien es cierto que el Presidente y el Vicepresidente siguen siendo
de ambas instancias, no hay la obligatoriedad de tener, para integrar la
administración, a delegados. Esto, incluso, planteaba una posible limitante
democrática, porque si había necesidad de colocar a alguien en una dirección
administrativa había que tratar que fuese delegado y a lo mejor eso no correspondía
realmente con los deseos de la localidad, del colectivo que él iba a representar. Pero,
lo más importante era que privaba a las asambleas del ejercicio de su función
fundamental que es esa de fiscalizar, de controlar, etc. Ahora, de lo que se trata es de
que esas asambleas llenen ese espacio; las asambleas, sus comisiones, en fin que haya
una actividad más efectiva a nivel provincial y municipal que llevaría a una aparente

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contradicción, sin embargo, un presidente inteligente desarrollaría las ventajas que le
da eso, o sea, él tiene y es su interés a mi juicio la posibilidad de desarrollar en su
carácter de Presidente de la Asamblea todas las posibilidades de control, que es la
mejor forma de balancear el aparato administrativo. En el sistema nuestro tienes,
precisamente por dirigir las dos cosas la posibilidad de dirigir la administración sino
de que cuentas con una Comisión que está vigilante de cualquier actividad y eso te
puede servir de un elemento de balance. Se puede pensar que las personas sean
diferentes, pero yo creo que en esta etapa lo más importante es aprovechar las
ventajas que da la coincidencia entre la dirección de ambos mecanismos. Yo diría que
antes se hizo demasiado administrativo el instrumento popular de la Asamblea con lo
cual se castró la función real de la Asamblea.
Osvaldo. —Los cubanos somos por idiosincrasia polémicos, sin embargo, los
criterios en la Asamblea Nacional son muchas veces unánimes. ¿Usted no cree que
esto puede dar una falsa imagen de democracia? Además, ¿cuál es la facultad de un
diputado para actuar ante un problema imprevisto en su localidad?
Alarcón. —Esto hay que concebirlo primeramente desde el punto que estos
diputados son elegidos por primera vez directamente. Hasta cierto punto, yo no
considero que el otro sistema fuera menos democrático, el diputado por ser elegido
por una Asamblea Municipal se supone que sería controlado por esta. De todas
maneras, yo si soy un convencido de las ventajas de la elección directa después de
haberlo experimentado, ¿por qué?, porque estimo que es fundamental la vinculación
del elegido con los electores. Claro que es una etapa nueva tienen que aprender
delegados y electores, pero también se trata de un sistema que se está creando,
inventando, en cierto sentido. Si lo vemos con la perspectiva histórica, es algo
sumamente novedoso en la historia de la humanidad el ejercicio real de la
democracia, y hacerla lo más directa posible.
Aunque en realidad yo he tenido la oportunidad de revisar los textos de la primera
experiencia en Matanzas del Poder Popular, las ideas esenciales están realmente en
aquella experiencia original y hay varias intervenciones de Fidel y de Raúl y vemos
que lo que estamos haciendo se corresponde con aquella visión inicial. Podemos
poner algunos ejemplos. Aquí a la Asamblea Nacional se dirigen a veces ciudadanos
planteando problemas y preocupaciones, como norma a veces basta con una respuesta
de la propia Presidencia de la Asamblea, depende del tipo de planteamiento que haga
la gente, si es indagar sobre algo, pero cuando son quejas que plantea la gente le
damos el encargo al diputado del distrito electoral de que se trate. La comunicación
se la entregamos para que se ocupe de indagar o buscar una solución. Yo te puedo
asegurar que surgen distintas ideas de la sabiduría colectiva.
Lo primero que nosotros hicimos cuando nos eligieron para la presidencia de la
Asamblea fue reunirnos con todos los diputados y con todos los delegados
provinciales y municipales en cada territorio para filosofar un poco para ver cómo
armábamos «este muñeco», nos preguntábamos cómo reaccionar frente a esas quejas

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de la gente y empezamos a palicar este sistema. A mí me sorprendió gratamente el
volumen de soluciones que me revocaban los diputados, más de una vez recibí el
informe del diputado donde explicaba todo y al final encontraba varios errores en los
pasos dados. Nos pareció que este sistema era mejor que aquel un poco clásico de ir a
la dependencia administrativa y seguir trámites rutinarios, por no decir burocráticos.
En primer lugar, es ejercer en la práctica el carácter que tiene ese diputado
representante de cada ciudadano y de autoridad del Estado cubano en esa área del
país.
El papel del diputado no es hacer discursos en la Asamblea.
La cuestión de la unanimidad. Sobre eso voy a decir, primero, que uno mira con
cuidado los debates de la Asamblea. Yo soy diputado por primera vez en esta
legislatura, otras veces seguía los debates por la prensa, y yo recuerdo antes también
si tú escuchabas las discusiones, que se expresaban con criterios diferentes, alguna
vez creo haber visto votaciones donde todos no votaban igual. Ahora, yo he asistido a
debates donde han existido criterios totalmente contrapuestos acerca de algunas
cuestiones. El que al final nos pongamos de acuerdo y haya unanimidad alrededor de
determinada decisión, no creo que sea en sí mismo algo pecaminoso, es decir, que la
virtud pueda estar en que haya habido división ante una decisión «equis». Es la
formación de un criterio común que parte de percepciones distintas. Yo creo que lo
inadmisible hubiese sido que esto no fuera precedido por un proceso de discusiones.
Nosotros analizando este punto llegamos a una premisa básica: la idea de
entender el Poder Popular como un sistema. Hay una cierta tendencia de ver el
Parlamento Nacional como una entelequia, como algo por encima de la sociedad.
Para realmente tener una vinculación el delegado con el elector y canalizar formas
reales de participación, tienes que establecer una vinculación orgánica desde la
Asamblea Nacional hasta el delegado. El ejemplo que te puse del diputado, esa idea
surgió de los intercambios con los compañeros en la base, digo desde eso hasta la
agenda de la sesión que sigue. No intentamos desarrollar un Parlamento retórico, de
oratoria.
Si sigues las actas de la Asamblea notas cómo algunos diputados hablan de que
esos temas ya ellos los habían discutido decenas de veces, y estaban diciendo la
verdad, entre una sesión del Parlamento v otra se efectúan decenas de reuniones en la
base. Si tú desarrollas un sistema como ese, como norma cuando vas llegando a la
etapa de culminación ya tienes una opinión consensuada. No podemos decir que así
sea para todo porque también hay decisiones que no sugieren una discusión tan
universalizada.
La propuesta que se llevó a los diputados sobre las medidas financieras, lo que ya
están recogiendo es la opinión prevaleciente entre ellos. Un ejemplo, cuando se habla
de los impuestos se dice claramente que, excluyendo los procedentes del salario, todo
el mundo sabe que la mayoría de la gente en este país no está de acuerdo —por lo
menos ahora— que se apliquen impuestos al salario Eso refleja un estado de opinión.

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Diversidad ha habido bastante. Si tú aspiras a buscar no la unanimidad, pero si la
unidad nacional, puedes llegar a ella, pero no quiere decir que antes no existiesen
debates, discusiones con criterios contrapuestos.
Imagínate, en un país que no discute nada nunca previamente con el pueblo, el día
que llegan al Parlamento, sí sería un milagro que votaran por unanimidad. Hay que
esperar que se forme una gran pelotera.
[…]

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BUSCANDO CAMINOS PROPIOS

Entrevista realizada por José Dos Santos en Cuba Internacional, La


Habana, diciembre de 1994

Estar al frente del Parlamento cubano en esta especial y crítica etapa para la vida de
su nación es una responsabilidad que Ricardo Alarcón lleva sin dramatismos, con la
contundente sencillez que ha caracterizado su actuación en las más complejas
tribunas y misiones internacionales.
Con un entusiasmo permeado de la objetividad que le da su experiencia y
capacidad analítica, se relaciona desde la presidencia del Parlamento cubano con
todos los problemas del país y sus más disímiles facetas.
«Es un desafío en lo personal, porque asumo tareas nuevas, diferentes a las que
desarrollé durante muchos años», confiesa en una entrevista exclusiva dedicada a
hablar de un tema que le apasiona y resulta hoy de singular importancia para su país y
para el mundo: la democracia.
En esta nueva misión está obligado continuamente a innovar y reflexionar, más
aún en «una fase como la que estamos, de creación y desarrollo de sistemas de
trabajo, que por definición están en constante evolución; se trata de una etapa
peculiar, que obliga a estar inventando todos los días».
En ese sentido, la entrevista que a continuación resumo puede interpretarse
también como parte de un ejercicio de reflexión que, como el de toda la sociedad
cubana, pasa por la certeza y la duda, la insatisfacción y los logros, las metas claras y
las menos nítidas formas de alcanzarlas.
En sus respuestas subraya que en Cuba es una realidad decisiva lo que para otras
latitudes es todavía un reclamo: la gente existe.
Pregunta. —Cuba ha sido emplazada continuamente por voces foráneas a una
mayor democratización de su sociedad. ¿Hay desconocimiento de los pasos dados por
las autoridades cubanas en ese sentido? ¿Por qué no se aprecia en su justo valor lo
que ha hecho Cuba en ese campo?
Respuesta. —El problema no es de desconocimiento sino de conocimiento. Con
estos términos se juega mucho, se manipula mucho. No creo que realmente la crítica
que nos hacen algunos políticos sea porque ellos son ardorosos defensores de la
democracia. Incluso defienden un modelo democrático que pretenden convertir en
dogma, en arquetipo, y que no resiste realmente una crítica a fondo.
Algunos concentran el planteamiento de lo que debe ser la democracia en la
concepción de un sistema en el que se hagan elecciones periódicas, con participación
de varios partidos políticos. Creo que ese es un modo arbitrario —y no casualmente
arbitrario— de restringir el concepto de la democracia, idea que existe antes de que
aparecieran los partidos políticos o las elecciones generales.
La diferencia fundamental con ellos es que para nosotros el problema no se agota,

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no termina, en el aspecto electoral. Tratamos de desarrollar genuinamente la
participación popular en el sistema de gobierno, verdadero contenido del concepto
democracia.
En otros países, los críticos de nuestro proyecto insisten mucho en un modo de
hacer las elecciones porque no están dispuestos a plantearse cómo darle un contenido
real a la participación popular.
Digamos, entre otros ejemplos, cómo sería para un político de esos darle las
armas al pueblo, que todos estén entrenados militarmente; también sería atroz para
ellos la imagen de un pueblo donde todos discutan la política financiera del país. Eso
no se hace en ninguna parte.
Serán muy democráticos, pero a la hora de decidir un plan de austeridad, lo hace
un puñado de personas, sin consultarle a nadie. Y se les llama democráticas a
sociedades donde se le puede alterar básicamente la vida a la gente sin contar con
ella.
Pregunta. —¿Cómo se refleja la respuesta a esa conducta?
Respuesta. —Los que reducen la democracia a las elecciones periódicas deben de
tener tremenda angustia cuando ese solo acto de participación democrática, casi en
todas partes, se caracteriza por el desinterés.
Si democracia nada más es lo que producen las elecciones periódicas; si el
vínculo democrático, por el cual se ejerce la soberanía popular, se da solo en el acto
electoral, habría que pensar que algo está podrido en un sistema donde las mayorías
no se preocupan en participar en esas elecciones, donde a la mayor parte de los
representados no les interesa quién los va a representar.
En recientes comicios en algunos países de América Latina hubo casos en que el
nivel de abstención raspaba el 70%. En el caso del Parlamento Europeo puedes hacer
dos curvas: una ascendente en cuanto a las atribuciones que se le han ido confiriendo
y otra descendente en cuanto a la participación para elegir a esos legisladores.
Pregunta. —¿Cuál es la situación en Cuba?
Respuesta. —En el caso cubano, si se analiza lo que aquí llamamos las
Asambleas de Rendición de Cuentas, incluso las de menor asistencia, como en el
municipio capitalino de Plaza, que es un caso extremo, sólo hay un 30% de no
participación de electores en esas reuniones.
Ese nivel de abstención lo muestran tres o cuatro países europeos en sus
elecciones parlamentarias, donde el voto es obligatorio.
El promedio nacional en asistencia a estas asambleas supera el 80%, mucho más
elevado que el que obtiene cualquier país democrático burgués en elecciones
nacionales, salvo excepciones.
En el desinterés de los ciudadanos por el acto electoral hay diversas razones, que
van desde la corrupción hasta la falta de credibilidad de los políticos. En el caso
nuestro, es un sistema que está bien por encima de cualquiera en participación de la
población en la vida política y que en elecciones sobrepasa el 90%.

[Link] - Página 94
Pregunta. —¿Cuál es entonces el ideal?
Respuesta. —Algunas gentes hablan de la democracia como un sistema perfecto y
ya plenamente realizado en sus países, lo cual es ridículo. Nuestra posición es más
auténtica y realista. No decimos que hayamos llegado a un sistema perfecto de
participación popular. Aquí estamos más seriamente empeñados en avanzar en esa
dirección que en ninguna parte. Lo podemos estar por el tipo de sociedad que
tenemos.
Entre algunos centroamericanos que han criticado a Cuba hay hasta antiguos
escuadrones de la muerte. ¿Cómo pueden darle lecciones de democracia a nadie, por
muy ganadores que hayan sido de elecciones más o menos representativas?
Otros se las arreglan para hacer juegos malabares. Por un lado defienden a
ultranza el liberalismo como modelo económico y se dedican a achicar al Estado, a
quitarle funciones y responsabilidades, a privatizar, a dejar que la sociedad se rija por
las leyes del mercado y que el Estado sea una especie de observador imparcial.
Los que se presentan como grandes misioneros de la democracia, al mismo
tiempo abogan por un sistema en el cual el Estado se desentienda cada vez más del
pueblo. Desde abajo, desde la calle, sigue predominando una idea mucho más
democrática de la democracia, que implica entre otras cosas un gobierno con
obligaciones para con las mayorías.
El neoliberalismo en lo político es profundamente antidemocrático, porque hace
trizas la proposición de Lincoln, no tiene responsabilidades con el pueblo y las que
tiene debe irlas disminuyendo. Y así van cavando una fosa entre la población y el
sistema político, lo que produce desinterés, decrecimiento, y hasta cierta actitud
cínica hacia las instituciones políticas porque no se siente representada por ellas, y
con razón.
Pregunta. —En la búsqueda de caminos propios, ¿hay alguna aspiración concreta
inmediata? Aumentar solo la participación en el proceso de rendición de cuentas, es
válido desde el punto de vista cuantitativo, pero ¿en lo cualitativo es suficiente?
Respuesta. —No es sólo un problema de participación numérica, sino también
cambiar la naturaleza de estas reuniones. Había mucho formalismo en el pasado.
Pensamos que debe mantenerse el carácter de rendición de cuentas del delegado a sus
electores, porque es un asunto de principios de nuestro sistema, que no existe en
otros: poder revocar el mandato del elegido, en cualquier momento, sobre la base de
saber lo que hace y su responsabilidad ante aquellos a quienes representa.
Someter al examen popular su labor no es el único aspecto importante: estas
reuniones son vehículos para promover y encauzar a la gente al sistema de gobierno;
que no se limiten a escuchar, a dar opiniones sobre un informe y presentar
planteamientos y quejas.
Tan importante como eso es aprovechar la ocasión para opinar, proponer, discutir
sobre las cosas que le conciernen y tomar acuerdos sobre ellas. En este aspecto se ha
avanzado, pero no lo suficiente.

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Hay deficiencias en algunos lugares, sobre todo en la capital, en la participación
de los representantes administrativos. Esta última vez fue mayor en general que las
anteriores, pero todavía es insuficiente para que estas reuniones tengan más carácter
de ejercicio del control popular desde la base.
Pregunta.—¿Qué pasos concretos se han dado en ese camino?
Respuesta. —Entre nuestras búsquedas del perfeccionamiento democrático, las
asambleas han estado enfrascadas en un proceso de reflexión sobre su propia función
y de búsqueda y desarrollo de nuevas formas, entre las que descuellan la labor de las
comisiones permanentes del Parlamento y de las provincias y municipios.
No es que hayamos llegado a un nivel donde no haya más espacio para mejorar,
pero la forma de operar hoy es superior: para nosotros el problema principal es cómo
lograr que en el desarrollo de su labor haya una relación más real con los problemas
del país, todo el año, y una amplia incorporación, desde las instituciones que tienen
que ver con su trabajo, hasta el simple ciudadano que puede tener puntos de vista,
opiniones o aportes para hacerle.
La Asamblea Nacional analizó en plenario, en diciembre, la situación económica
del país, que fue culminación de una etapa que había comenzado en cada provincia,
en muchas de las cuales participaron desde los delegados de circunscripción.
De enero a mayo sesionaron más de 80 000 parlamentos obreros, en los cuales se
discutieron los problemas específicos de cada centro laboral, pero también sirvió
como vehículo para que se pronunciaran sobre los mismos temas que estaban a
consideración de la Asamblea Nacional. Lo mismo hicieron los campesinos, los
estudiantes secundarios y universitarios, en un proceso que culminó en las decisiones
de mayo para el saneamiento de las finanzas internas.
De esta forma no sólo tratamos y nos pronunciamos sobre cuestiones cardinales
de la vida del país en estos momentos sino, además, propiciamos un movimiento con
distinto grado de participación, interés y aporte, millonariamente superior al nivel que
existe en cualquier otra sociedad llamada democrática.
Pregunta. —Entonces, ¿hay una mayor actividad legislativa en esta forma de
actuar?
Respuesta. —Desde el ángulo de la crítica externa, somos impugnados porque las
sesiones plenarias de la Asamblea, en sus períodos normales, duran un par de días
generalmente. Algunos explotan esto como un elemento de escasa vida democrática.
Sin embargo, el número de horas que dedicamos a opinar y recibir opiniones, en
este ejemplo del saneamiento financiero, es muy superior al tiempo que cualquier
parlamento del mundo ha dedicado a la discusión de cualquiera de los temas que ellos
tratan, que casi ninguno trata estos.
Además, súmese que en esta discusión han tomado parte millones de personas,
que en otras sociedades generalmente no tienen más participación que la de enterarse
de lo que hicieron los parlamentarios, mala o buenamente, a través de los periodistas.

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PARLAMENTOS OBREROS

Entrevista realizada por Frank Agüero Gómez y Julio García Luis,


periódico Granma, La Habana, 10 de abril de 1995

[…] había un norteamericano de visita en Cuba, economista de profesión, hombre de


éxito, porque es un empresario de cierta importancia en Estados Unidos, que vino a
Cuba y estaba viendo la realidad nacional, los problemas que tenemos y los esfuerzos
que hace la gente para resistir y seguir adelante. El último día, yo me reuní con él, ya
casi antes de salir para el aeropuerto, entonces me dijo: «Oye Ricardo, yo te quiero
decir una cosa francamente (él no es un socialista, sino un hombre conservador),
¡acaben de tomar las medidas!, porque no van a poder continuar así».
Yo le dije: «Ven acá fulano, ¿qué tu sugieres?». Me miró como quien mira a un
marciano que de pronto se ha encontrado en una esquina y me dice «¡las medidas!,
ustedes tienen un problema de desequilibrio presupuestario, de exceso de circulante,
tienen una situación financiera que tienen que normalizar y para eso existen las
medidas». Tanto en inglés como en español lo usaba con el artículo definido, 1o que
no arrojaba espacio para la duda, de todas formas yo quería hacerme un poco el tonto
y le pregunto: ¿Pero qué medidas, dime por ejemplo? Dice: «Mi hijo, las únicas que
se aplican en este mundo, las únicas que hay, ¡las medidas!, nadie ha inventado
hacerlo de otro modo y ustedes no van a poder hacerlo si no hacen lo que hay que
hacer. Si el presupuesto implica más gastos que los que ingresa al Estado, la única
medida que se toma no es por supuesto gastar más en Educación, en Salud, en
Seguridad Social, sino recortar, reducir los gastos no productivos de ese presupuesto
y ponerlo por debajo de los ingresos, y eso de que tienen un 69% de empresas
irrentables hay que venir a Cuba para ver eso; las empresas irrentables se cierran, o a
los trabajadores se les rebaja el salario, o se reduce la plantilla laboral hasta que lo
coloques por debajo de lo que te cuesta, es decir, que te dé ganancias, ¡esas son las
medidas!, y acaben de tomarlas, es como el que tiene cáncer, dice él que no quiere
operarse, pero después pasarán los años y llegará el momento en que decidirá hacerse
la cirugía y lo verá con complacencia».
Compañeros, yo creo que nadie debe tener ninguna idea de que el modo en que
estamos haciendo, el modo en que el país ha enfrentado esta situación obedezca al
hecho de que en este país no hay especialistas, no hay profesionales, no hay personas
que saben cómo es que se debe abordar este problema o qué consecuencias o efecto
pudiera tener una posible medida u otra.
Tampoco nos caracterizamos por tener tal nivel de ignorancia que no conozcamos
cuáles son las medidas que como este hombre norteamericano decía, y con toda
razón, se aplican en este mundo. Pero si fuéramos a hacer eso no haría falta ninguna
discusión, no haría falta preguntarle su opinión a nadie, ni nada de lo que hemos
hecho.

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Por supuesto, habría que preguntarle a este amigo norteamericano que nos
mencionara el país del mundo donde las medidas hayan resuelto los problemas y
sobre todo dónde las medidas han mejorado la situación social, las condiciones de
vida de la gente.
Yo creo que es importante que comprendamos que el método, el estilo que se ha
estado aplicando para enfrentar este problema es consustancial con nuestro sistema.
Si a alguien se le ocurre la originalidad de lo que todo el mundo hace con respecto a
algo, también tiene el deber de plantearse la cuestión de cómo hacer algo que sea
original, en otras palabras, para aplicar las medidas sobramos más de la mitad de los
que estamos aquí y nos sobra más del tiempo que el que le hemos dedicado a esta
reunión.
Pero por hacerlo en la forma en que estamos tratando de hacerlo, hay
inevitablemente que hacer lo que hemos hecho. En esta […] cuestión del gran nivel
de expectativa en diciembre o ahora, parte de él es la creencia que algunos puedan
seguir teniendo de que existen medidas, fórmulas, decisiones que no acabamos de
adoptar, cuya adopción además de ser recibida con aplausos generalizados, van a
tener como efecto inmediato resolver el problema.
Yo he escuchado ese planteamiento y he tenido que discutirlo en algunos lugares
en que estaban asociadas las dos cosas ¡acaben de tomar las medidas para resolver el
problema! He aquí que en esta pequeña sala nos hemos reunido la mayor
concentración de idiotas que se pueda imaginar, porque tienen la fórmula, existe una
solución y no la acaban de tomar. Yo creo que es importante que comprendamos que
esa fórmula no existe, sencillamente no existe, y el demagogo le diría al pueblo que
sí, que ahora cuando nos reunamos tú vas a ver que sí, qué sé yo. El revolucionario
no, el revolucionario debe educar al pueblo, tratar de orientar, y sólo se puede
orientar con la verdad. Aquí las medidas que se han aludido —no todas, pero bueno,
las de carácter financiero, digamos los precios—, cualquier cosa que se haga en
relación con esto podrá ser saludada por algunos, pero implica para otros algún
perjuicio, alguna forma de ser afectado.
Yo, por ejemplo, no quiero decir, yo no acepto la idea de que medidas de carácter
financiero necesariamente sean medidas que perjudiquen al trabajador, es decir, que
haya que traducirlas igual a medidas sobre la gente de bajos ingresos; eso es otra
cosa, se pueden hacer, por supuesto, es como se hace en el mundo entero, yo no creo
que sea el caso nuestro, ni que debamos enfocarlo de ese modo. Pero lo más
importante no es eso, es que ninguna medida que se tome va a significar que el 2 de
mayo la situación material de nuestra gente sea mejor que el 1° de mayo.
Entonces, cuando pase el tiempo y la aplicación de una serie de medidas que
vayan ayudando poco a poco, paulatinamente, a corregir la situación financiera,
tendrá un efecto a determinado plazo que sí la gente podrá sentir en su vida cotidiana.
Pero muchos compatriotas estiman o pueden seguir creyendo en que en la medida en
que nos apuremos a tomar determinadas decisiones las cosas van a empezar a ir

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mejorando, entonces con esa perspectiva seríamos perfectamente irresponsables si
demoráramos la adopción de esas decisiones famosas.
La compañera Glenda se refirió a varias medidas importantes de trascendencia
nacional que se han adoptado, pero yo diría que además, y es algo que yo siempre
rechazo como argumento adicional, que me molesta cuando esta cuestión de
expectativa de las medidas que se van a tomar, es que entre otras cosas compañeros,
estamos ignorando miles de medidas que nuestros colectivos obreros han tomado
como parte de este proceso.
Yo no creo que sea justo concentrarnos en las eventuales decisiones que se
puedan tomar. Yo por lo menos estuve en 36 Parlamentos Obreros, y he estado en
lugares donde he visto trabajadores de fábricas que están produciendo pérdidas, que
enfrentan problemas muy serios, discutir esos problemas y tomar acuerdos concretos
que realmente se reflejan en reducción de pérdidas, en mejoría de la eficiencia
económica de esa fábrica, y al revés de las medidas universales estas específicas si se
pueden reflejar de inmediato en resultados concretos, y aquí hay sectores de la clase
obrera habanera que pueden poner ejemplos y no porque hayan recibido estimulación
material, ni jabita, ni nada por el estilo. Que lo digan los administradores del sector
tabacalero, por ejemplo, compañeros que discutían los problemas que tienen de
calzado, de ropa, de transporte. Un obrero joven explicaba ahí las maravillas que
tiene que hacer para llegar todos los días desde La Lisa hasta «La Corona», un
muchacho joven, que sabe además que no muy lejos de allí cualquier traficante con
uno de los tabacos que el produce, gana mucho más que lo que él gana trasladándose
por toda la Habana y decía él: «mire usted los zapatos que tengo, las condiciones en
las que estoy trabajando», pero estaba allí.
Es correcto que nos planteemos cómo estimular al que produce y cómo además
actuar contra el vividor que está especulando con los problemas y las dificultades del
pueblo, pero no olvidemos que también si estamos aquí es porque hay muchos
colectivos obreros que sin más estímulos que su honor y su dignidad, van todos los
días al trabajo.
[…] hace pocos días, cuando fuimos a Camagüey el compañero Rizo y yo les
dimos un estímulo a esos trabajadores que pusieron en marcha el central «Sierra de
Cubitas» con un gran esfuerzo, que implicó como 118 horas de trabajo de ese
colectivo y le dimos un gran estímulo, una bandera de proeza laboral. Ahí no hay
ninguna javita, no se le dio absolutamente más nada y a mí me quedará siempre
grabada en la mente la impresión que me produjo aquel grupo que estaba delante de
nosotros, donde en la primera fila una buena cantidad de esos trabajadores los vi
descalzos, con las botas desguazadas, como testimonio de las condiciones en que
muchos trabajadores que están en la vanguardia de este país, trabajando para producir
divisas —lo que sigue siendo nuestra principal fuente de ingresos que es el azúcar—
y estaban ahí reunidos para recibir ese estímulo que le dimos que acredita que ese
colectivo ha cumplido una proeza laboral, y no me dio la impresión de que el

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colectivo estuviera desanimado, aburrido, que se sintiera insatisfecho, digamos, por el
reconocimiento que la sociedad le daba al esfuerzo que habían hecho, pero eso es
parte también de nuestra realidad, es parte también de la realidad compleja,
contradictoria, difícil, que tiene nuestro pueblo en este momento.
Pero por qué es importante, necesario que diéramos todo este proceso, si teníamos
especialistas capaces de preparar un esquema de lo que reportaría, del resultado de la
recogida de circulante si se toma tal o cual medida de precio o tal o cual decisión.
Entonces hay que ir a preguntarle a los trabajadores para que ellos nos digan o
descubran el Mediterráneo. No se trata de eso, se trata de una cuestión yo diría de
principios de nuestra sociedad.
Si se trata de decidir en interés de las clases privilegiadas, en interés de las
minorías y poner en orden a un presupuesto, por supuesto que no se discute en
ninguna parte. Tengo por supuesto que volver a referir la anécdota que hago, porque
la repetiré siempre, no la olvidaré jamás, cuando yo me enteré, al mismo tiempo que
algunos ministros y algunos parlamentarios de un país latinoamericano en el
momento en que se anunció todo un paquete de medidas, a las nueve de la noche en
la televisión, y ahí, al lado mío, muchos dirigentes se enteraron que su moneda era
otra, que tenía hasta otro nombre, que se habían liberado no sé cuántos precios,
habían eliminado no sé cuántos subsidios, etc. etc. Para hacerlo a lo capitalista,
mientras menos se discuta mejor, pero para hacerlo a lo socialista mientras más se
discuta, mejor, y es necesario hacerlo, entre otras cosas porque todos tenemos que
educarnos y promover además esa cultura del debate, acostumbrarnos a analizar, a
manejar colectivamente problemas que nos pertenecen a todos. Eso es parte del
proceso que ha tenido lugar en los Parlamentos Obreros y que seguimos ahora con
este ejercicio, pero además porque en esas reuniones los trabajadores no se limitaron
a expresar opiniones, puntos de vistas abstractos sobre la economía del país.
Eso es importante como expresión de participación democrática en la toma de
decisiones de toda la sociedad. Pero tan importante como eso lo era la capacidad de
análisis que se tuvo en numerosos centros de trabajo. No en todas partes fue igual, la
calidad no fue igual en unos lugares y en otros, ni el enfoque administrativo ni el
análisis de los trabajadores, etc., pero hay muchas, muchas decisiones concretas
adoptadas por los colectivos obreros, que por supuesto ninguna de ellas por separado
va a terminar con el exceso de circulante o va a resolver los desequilibrios financieros
nacionales, pero todas juntas y en la medida en que todos seamos capaces por todas
partes de alcanzar resultados concretos, sí estamos desde ahora contrarrestando la
situación que enfrenta el país. Y eso era parte de la estrategia. No era solamente que
en diciembre nos reunimos y como nos faltaban elementos de juicio: «vamos a
preguntarle a los trabajadores para que ellos opinen», no; era necesario que la gente
se expresara, que la gente abordara los problemas, nos ayudáramos todos a ir
comprendiendo mejor estas cosas, después de todo estos también son problemas del
pueblo, de todos nosotros. […] El pueblo está metido en medio de este problema,

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pero tenemos que acostumbramos a que por tener una sociedad verdaderamente
revolucionaria y por lo tanto socialista, genuinamente democrática, donde todos
participamos del modo más directo posible en las decisiones principales del país, esto
no quiere decir que nos vayamos a reunir los once millones de cubanos en un teatro
[…] para aprobar famosos paquetes legislativos, pero sí tenemos que generalizar la
práctica como cosa normal, como cosa sistemática de que en la toma de decisiones no
solamente participamos los diputados elegidos por el pueblo, sino que cumplimos la
principal misión en esta sociedad que es a partir de nuestra vinculación con el pueblo,
ayudar a canalizar la opinión, la preocupación, y a orientar a ese pueblo que nos
eligió en su momento para representarlo. Y esto no es que a nadie se le haya ocurrido
una idea loca de venir a desarrollar ahora una democracia perfecta y sacrificar a esa
idea la urgencia de la adopción de decisiones.
No, compañeros, por una parte no existe esa vara mágica y por otra parte
elemento esencial de ese conjunto de decisiones que hay que tomar para salir de la
actual crisis, está el que toda la sociedad, todos los colectivos de trabajadores, todo el
mundo en cada lugar seamos capaces de tomar decisiones, medidas concretas que
vayan ayudando a mejorar la eficiencia económica, y vayan ayudando a la
producción, lo que tantas veces aquí se ha mencionado.
No es que el país se haya paralizado en diciembre a esperar que venga mayo y
ahora nosotros nos iluminemos con nuevas ideas y finalmente tomamos las
decisiones. Desde diciembre este país ha estado realmente en una fiebre de discusión,
de análisis, de intercambio, que no había sido de la misma calidad en todas partes,
pero en muchos lugares podemos sentirnos realmente satisfechos de los logros, y en
todas partes tenemos que tratar de seguir profundizando.
Yo creo que es imposible que nosotros veamos esta cuestión también no
solamente como una tremenda batalla económica, sino que es fundamentalmente
también una batalla política, una batalla por ganar las conciencias, las mentes de
nuestros compatriotas. Y es importante además tratar de tener la mejor claridad
acerca de los problemas que tenemos y el modo en que tenemos que enfrentarlos.
Es normal, es un mecanismo reflejo, hay tradición de ver las cosas que para
muchos ciudadanos es la espera pasiva para que otro tome las grandes decisiones, etc.
Es normal, si esa es la idea de la democracia en que nos hemos criado en esta
civilización, pero no es la democracia revolucionaria, la del trabajador, ni es fácil
crearla tampoco porque implica para todos un esfuerzo, tratar de comprender mejor,
estudiar más, de ir asumiendo poco a poco una función. No es fácil, nadie nace con
esos atributos, más bien nacemos acostumbrados a esperar que sea otro el que decida
por nosotros y que también con esa decisión superior se van a resolver problemas que
necesaria e inevitablemente implica nuestro papel protagónico. Quiero decir de todo
el pueblo, precisamente porque se trata de hacerlo, salir de esta crisis al revés o por
un mecanismo completamente diferente al que el amigo norteamericano nos sugería y
ahí empieza el gran lío, si tú quieres resolver estos problemas financieros sin reducir

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drásticamente los programas sociales, si lanzaras (no quiero dar cifras) X trabajadores
al desamparo, que es lo que todo el mundo hace y sabe hacer. Ahora, el que no quiera
hacerlo así tiene que crear, tiene que inventar. Hacerlo del único modo posible, que es
con los trabajadores. Por lo tanto, yo creo que nadie debe tener la menor
preocupación con que hayamos llevado a cabo este proceso y que además este
proceso va a tener una forma de continuidad determinada. Eso es consustancial con
nuestro sistema.
Finalmente, les quiero decir lo siguiente: yo creo que se trata de una batalla
complicada, difícil, riesgosa, pero como les he dicho a otros compañeros de otras
provincias, efectivamente, nosotros no tenemos alternativas, excepto que fuéramos a
renunciar a nuestro proyecto socialista. Si fuera así, sencillamente sería anotar las
medidas de este amigo, que no haría falta porque yo sé cuáles son. Eso es pedir una
copia de cualquier programa impuesto por el Fondo Monetario Internacional en
cualquier país y por supuesto discutir lo menos posible con la gente. Pero como lo vi
en los Parlamentos Obreros, y los que estuvieron lo vieron, que a pesar de los
pesares, a pesar de las dificultades, a pesar de la dureza de la vida, nuestro pueblo, la
inmensa mayoría de él lo que quiere es salvar el socialismo, salvar sus conquistas,
salvar esta Revolución y hacerlo además a lo socialista, con estilo revolucionario, por
eso yo confío en que la gente comprenda esencialmente en lo que estamos
enfrascados.
Desgraciadamente algunos compañeros, algunos patriotas, algunos
revolucionarios tendrán quizás todavía ilusiones de que algunas cosas se pueden
hacer desde arriba, que van a hacerse milagros. No, aquí los milagros los hacemos
todos o no hay milagros.
[…]

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EL DESTINO NUESTRO LO DECIDIMOS NOSOTROS

Fragmentos de la intervención ante diputados, presidentes de asambleas


municipales y presidentes de consejos populares el 15 de abril de 1994

Conversar con Ricardo Alarcón es siempre una aventura, porque él no sólo tiene las
respuestas que Usted busca, sino posiblemente también mejores preguntas que las
que uno lleva.
El Presidente de la Asamblea Nacional, aun cuando ocupe la butaca del
entrevistado, sigue siendo por dentro el periodista agudo, y la carga de las
responsabilidades, lejos de llevarlo a un estilo pragmático o administrativo, parece
activar en él un inagotable afán de pensar, de conceptualizar las cosas y de descubrir
el sentido más trascendente de la experiencia cubana en materia de representación y
participación democráticas.
En marcha ya el proceso preparatorio de las elecciones para delegados a las
Asambleas Municipales, abordamos con él este tema y otros asuntos de interés.
Pregunta. —Alarcón, tratándose de las elecciones intermedias, de base, ¿pudiera
decirse que estas son más sencillas que las elecciones generales que tuvimos en
1993?
Respuesta. —Yo diría que estas elecciones son en cierto sentido, más
complicadas. En las pasadas elecciones generales hubo, como era lógico, una
movilización nacional, estuvo la presencia de Fidel en todo aquel proceso. Más que
por uno u otro candidato el pueblo sentía que estaba votando por la Patria, por la
Revolución.
El proceso que vamos a hacer ahora no tiene aquellos atributos. Es como siempre
se ha hecho. No puede haber voto unido. Hay que ir allí, al barrio, en medio de todas
las tensiones que estamos viviendo, a elegir a un combatiente de base que está
chocando con problemas que en muchos casos no tienen solución, y también con
todas las deficiencias subjetivas que nos quedan. Quizás fuera más fácil si se
estuviera votando por una personalidad nacional, por un diputado.
Por esa misma razón, estas elecciones tienen una tremenda importancia política.
Hace falta una labor más profunda de explicación. Hay que probar los méritos de
nuestro sistema político en la elección de los delegados de circunscripción, en el
momento más complicado y en una coyuntura general del país e internacional que le
da especial relieve.
Pregunta.—¿De qué depende entonces el éxito que se aspira a alcanzar?
Respuesta. —Este es un sistema que tiene varios momentos. Hay que buscar más
calidad en la nominación, que es una cualidad que no existe en otros sistemas: que
sea el propio pueblo el que proponga a los candidatos. Lograr que haya una verdadera
reflexión colectiva y se piense en los vecinos más idóneos y con mejores condiciones.
Luego hay que buscar también el máximo de participación a la hora de votar. Y,

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finalmente, para fortalecer como todos queremos el Poder Popular, hay que lograr la
vinculación más profunda de ese delegado y de todos nuestros órganos con las masas.
Pregunta.—¿Cómo concibe usted esa vinculación?
Respuesta. —Creo que tenemos un ejemplo claro. Como lo ha estado
demostrando el movimiento obrero con los Parlamentos y las Asambleas por la
Eficiencia. Convertir este movimiento en una fuerza real. Llevar a la comunidad el
mismo espíritu de los colectivos laborales de vanguardia. Aplicar realmente, en otras
palabras, el espíritu proletario a nuestro sistema de instituciones.
Pregunta.—¿Puede interpretarse eso como que existe insatisfacción respecto al
trabajo de los delegados?
Respuesta. —No se pueden desconocer los resultados concretos que se han
logrado y la abnegación que los delegados ponen en su trabajo.
Hay límites materiales a la eficacia de su gestión, y también siguen existiendo en
nuestra sociedad problemas que no dependen de recursos, sino de los hombres,
fenómenos de indolencia, de burocratismo.
El delegado está un una brega constante contra todo eso. Es una fuerza que hay
que movilizar, fortalecer y educar. Por eso, no basta con expresar la insatisfacción
con que siempre debemos ver toda obra humana.
Hay que seguir desarrollando el concepto del Poder Popular, como democracia
participativa, en la que el pueblo es el protagonista. Si se ve esto pasivamente, como
ocurre en algunos lugares, y se concibe el papel del delegado como un trasladador de
problemas, no llegaremos al fondo. Lo esencial es que la gente se sienta parte de la
solución de los problemas. No es el delegado aislado, es una colectividad actuando:
esa es la fuerza de nuestra democracia.
Pregunta.—¿Recuerda algún ejemplo o experiencia que ilustre esto?
Respuesta. —Cómo no. Yo he estado en una asamblea a la que ha faltado un
dirigente administrativo, y allí han acordado: «vamos a ir una comisión de vecinos a
ver a ese administrador». No es lo mismo que quejarse, tomar nota y luego reportarlo.
Lo mismo ocurre cuando la propia gente acuerda organizar una brigada de reparación
para resolver un problema. Como regla, mientras más proletaria es una
circunscripción, más alto es este nivel de respuesta.
Pregunta. —Usted mencionó al principio las circunstancias internas que
subrayaban la trascendencia de esas elecciones, ¿cómo aprecia esta conexión?
Respuesta. —Nuestra sociedad sigue atravesando dificultades muy duras, y a la
vez hay cambios que producen elementos de la propiedad privada y capitalismo.
¿Cómo seguir venciendo las dificultades? Lógicamente, con el pueblo organizado. ¿Y
qué es el Poder Popular sino el conjunto de instituciones creadas para eso?
La esencia de nuestro sistema no se agota en la representación. Es un canalizador
de esa fuerza colectiva, de esas masas, y debemos convertirlo en una práctica
sistemática. No es sencillo. Pero vale le pena luchar por ello.
Esto implica también la coordinación e integración de todos los factores de la

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comunidad. Es la lógica que sirve de base a la experiencia positiva de los Consejos
Populares. Igual que nosotros mostramos con orgullo los resultados de la ciencia, así
hay que desarrollar también la cooperación entre todas las instituciones de la
sociedad cubana.
Puede haber algún idiota que crea que vamos al capitalismo, pero todo lo que
hacemos es para salvar las conquistas del socialismo y crear las bases para seguir
construyéndolo cuando podamos.
Por eso, es tan importante cerrarle el paso a la ideología capitalista. Ver también
este proceso, y sus objetivos, como parte del trabajo político que tenemos que hacer,
ahora en circunstancias más complejas. Y por eso es tan necesario, en este momento,
tener mejores elecciones que nunca.
Se trata de dos ideas fundamentales: fortalecer el espíritu revolucionario y
encauzar la actividad de la gente. Si hay una participación orgánica, coherente, desde
la base, estoy «dogmáticamente» convencido de que, a pesar de todos los pesares, son
incontables los problemas que podemos resolver.
Pregunta. —Pudiéramos decir entonces que en estas nuevas condiciones se
ensancha el trabajo de los delegados…
Respuesta. —Efectivamente, se amplía el trabajo del delegado en la comunidad.
Habrá que desarrollar más el espíritu creador.
Ahora será preciso preocuparse por el que tiene dificultades, el que no tiene
empleo, el joven que necesita apoyo y orientación. Velar por las familias de menores
ingresos. Buscar fórmulas de solución y alivio a estos problemas y fortalecer el
sentido de solidaridad humana.
Hay experiencias de contribución al problema del empleo, y se pueden desarrollar
otras nuevas. En los organopónicos, por ejemplo, se ha avanzado, pero existen
posibilidades para hacer mucho más.
En otros terrenos tenemos también cosas interesantes, como es la reanimación de
la vida en el barrio. En el municipio 10 de Octubre, por ejemplo, aquí en la capital, se
está llevando a cabo una labor importante. La UNEAC está impulsando un trabajo de
promoción cultural. También la UJC toma parte en muchas acciones dirigidas a
mejorar la calidad de la vida.
Pregunta. —Alarcón, ¿cómo se vienen manifestando hasta aquí los casos de
revocaciones en el Poder Popular?
Respuesta. —Es bastante elevado el número de casos. Los ha habido tanto en
delegados de base, como en dirigentes municipales y provinciales.
Lo interesante es que esto no se produce sólo por situaciones de errores,
incompetencia o inmoralidad. Es otra prueba de la superioridad de nuestro sistema.
Se dan también situaciones de compañeros que son revocados, de modo natural,
como resultado del análisis en el seno de los colectivos donde estos actúan.
En el municipio por el cual soy diputado, Plaza de la Revolución, se ha cambiado
la Presidencia del Poder Popular tres veces en este período. Y son magníficos

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compañeros, patriotas y abnegados, que siguen ahí, trabajando con los demás.
Se trata de principios que debemos mantener como las cosas más preciadas:
nominación, elección, rendición de cuenta, vínculo con las masas y revocación.
Pregunta. —Presidente, percibimos que el objetivo de dar permanencia, fluidez y
sistematicidad a la labor del Parlamento y en general al Poder Popular aún no se
refleja en la prensa. Predomina lo cíclico. A su juicio, ¿dónde radica esa
intermitencia, en el Poder Popular o en la prensa?
Respuesta. —Hay de todo, creo yo, como en botica. Insuficiente comprensión de
algunos medios, insuficiente comprensión del Poder Popular sobre la prensa como
vehículo de comunicación. Pienso que existe también el espacio para el
perfeccionamiento de la prensa, como también lo hay aquí. Se hace mucho más de lo
que se refleja, pero también se refleja poco. Un ejemplo, para no ir más lejos, es la
labor que vienen realizando las comisiones permanentes de la Asamblea.
Pregunta.—¿Se extenderá el método de las Audiencias Públicas de la Asamblea
Nacional a nuevas temáticas de interés? ¿Cuáles, por ejemplo?
Respuesta. —Pensamos, por medio de las Comisiones de Relaciones Exteriores y
de Asuntos Jurídicos, dar audiencias públicas sobre el proyecto de ley Helms-Burton.
La primera será el próximo 3 de mayo.
Nuestro pueblo tiene derecho a conocer más de ese documento y a dar sus
opiniones sobre él. Van a participar muchos más, se los aseguro, que los elementos
ultraderechistas que ellos convocaron a la audiencia que dieron en el Congreso
norteamericano.
Esto tiene que ver con todo lo que estamos haciendo, desde la zafra hasta las
elecciones, porque en ese mismo período ellos van a estar analizando en Washington
este engendro anexionista, que es el proyecto de la recolonización de Cuba. Fíjense
que, por primera vez, se establece en una propuesta de legislación que el Gobierno de
Estados Unidos establece la recuperación de las propiedades nacionalizadas, tanto de
ciudadanos y empresas de ese país como de los batistianos, los malversadores y los
explotadores, como condición para el levantamiento del bloqueo.
Es decir, se pretende incluso extender los beneficios de la ley a personas que,
cuando fueron expropiadas, no era aún ciudadanos norteamericanos. Esto dice a las
claras que la alternativa a la Revolución es la Cuba de ayer, la anterior a 1959.
Es una prueba de hasta qué punto se ha «miamizado» la política de Estados
Unidos, y de cómo la ultraderecha de esa ciudad pretende decidir el destino de los
cubanos.
Por eso, con más razón aún, estas elecciones tienen que ser el mentís categórico
de que nadie nos va a imponer el pasado ni a destruir la Revolución. Tenemos que
demostrar que aquí el destino nuestro lo decidimos nosotros. Y que sobra la voluntad
de resistencia para que semejante alternativa jamás pueda imponerse.

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VOTO UNIDO

Fragmentos del discurso pronunciado en ocasión de la presentación de


los candidatos a delegados a la Asamblea Provincial y diputados a la
Asamblea Nacional a los dirigentes del Partido Comunista de Cuba del
municipio Plaza de la Revolución, 26 de diciembre de 1997

[…]

Creo que las razones para la convocatoria, el llamamiento, la exhortación al voto


unido tenemos que encontrarlos junto con la realidad que nadie puede ignorar de que
enfrentamos una batalla, una guerra a muerte con el imperialismo, y que la esencia de
nuestra defensa está en nuestra unión, en la unión de todos los patriotas y de todos los
revolucionarios.
Junto con esa verdad no se puede reducir la importancia del voto unido a una
expresión más de la importantísima e indispensable unidad del pueblo frente al
enemigo externo, frente al enemigo imperialista, frente a los que acechan a la
Revolución.
Creo que el voto unido tiene que ver, además, con la unión de la sociedad cubana,
con la unión entre los cubanos en un sentido más raigal, porque lo opuesto del voto
unido, de la filosofía del voto unido, sería la demagogia, la competencia
mercantilizada entre los candidatos; el candidato que surge de las maquinarias y no
del pueblo.
En otras palabras: para poder tener un sistema como el nuestro, que se afinca en
la voluntad popular; para poder tener un sistema como el nuestro, en que hombres y
mujeres de la base ocupan también responsabilidades fundamentales en la sociedad;
para poder asegurar que esto sea posible, tenemos que mantener nuestra Revolución,
nuestro poder político, pero, además, tenemos que hacerlo cerrándole todo resquicio a
los riesgos, a las amenazas de la politiquería y de la demagogia.
Yo diría que el voto unido es una garantía para asegurar que nuestras asambleas
tengan una representación integralmente de la sociedad cubana. Eso nos pasa
constantemente en los encuentros con el pueblo, hay compañeros candidatos cuyos
nombres, ya con su sola mención, la gente los ubica, los conoce, por la
responsabilidad que tenemos, porque salimos más en los medios masivos, por lo que
sea; y hay otros compañeros cuyo nivel de conocimiento puede ser muy profundo,
muy grande en un centro de trabajo, en un barrio, pero difícilmente lo es con la
misma dimensión en toda la zona, en todo el distrito electoral.
Precisamente en esa politiquería del pasado —que, como ustedes ven, sigue
siendo presente no muy lejos de acá— ganaba, o conseguía más votos, o tenía más
posibilidades para promoverlo el que tenía más acceso a la televisión, más recursos
para pagar los programas, los anuncios, etcétera. Es un sistema donde a nadie se le

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ocurre que un vecino cualquiera pueda llegar a ser diputado, que un obrero pueda
llegar a ser diputado, o que un ama de casa, o que un campesino; a nadie se le ocurre
que haya que pensar en una estrategia electoral que le dé espacio a esa gente. Pero en
un sistema como el nuestro, que tiene que contar con ese componente, que es esencial
que lo tenga, resulta indispensable —a nuestro juicio— una estrategia, un enfoque
como el del voto unido. Ni enfrentamiento entre candidatos; ni competencia entre
candidatos, como la que el capitalismo despliega, que los equipara a artículos, a
objetos de consumo, ni exclusivismo, que sólo le da espacio a las personalidades de
la sociedad, a las personalidades nacionales, a los que son más conocidos por un
motivo o por otro.
El voto unido es, además —a mi juicio—, un antídoto contra cualquier
manifestación de demagogia, de corrupción. Es exactamente lo opuesto a ese vicio
del pasado, que no está tan lejos, sino que es la realidad de mucha gente en este
mundo de hoy. Pero, además, aquí a nadie se le limita su capacidad de elección. En
realidad, en Cuba los ciudadanos tienen una capacidad multiplicada, porque pueden
votar por todos los candidatos —dentro de un área electoral determinada, como
sabemos—, o pueden votar por una parte de ellos, o por ninguno de ellos. Y, además,
a nadie se le impone que vote por todos. Tratamos de que haya comprensión, que se
haga conciencia, que consciente y maduramente la gente vote así; pero nadie va a
estar mirando como vote nadie en el momento en que ejerce su derecho electoral, y se
han contado siempre todas las boletas en este país. El voto unido es —como se ha
dicho muchas veces— una concepción estratégica, una línea que nos parece
fundamental desde el punto de vista del mantenimiento de la unidad de todos los
revolucionarios para garantizar nuestra cohesión en la tremenda batalla de nuestro
pueblo, pero también un elemento importante en la unidad de nosotros mismos con
nosotros mismos. Porque ese compañero que la gente no conoce tanto está ahí porque
lo propusieron vecinos que sí lo conocen, compañeros de trabajo que sí saben de sus
méritos, compañeros de estudio, de actividades que saben las condiciones y las
cualidades que tiene esa persona.
En una sociedad donde la representación democrática se convierte en una ficción,
eso no interesa; pero en una sociedad realmente popular y realmente democrática sí
nos interesa que estén representados no sólo los que son muy conocidos por equis
razones de la vida, sino que todos los factores de la sociedad, todo el pueblo pueda
dar a conocer a sus candidatos, a sus representantes, y que estos, juntos, los más
notorios y los menos notorios, pero todos con un conjunto de méritos, y todos porque
han sido propuestos, recomendados, postulados por el pueblo y aprobados como
candidatos por los representantes del pueblo, podamos constituir órganos de elección,
de representación, que sean realmente un reflejo de la sociedad cubana en toda su
integralidad, en toda su cohesión. Hay otro elemento que yo he escuchado también,
que me parece que es importante que estemos en condiciones de explicar, y es la
cuestión del lugar de residencia de los candidatos. Hay candidatos que residimos en

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el mismo distrito por el que hemos sido presentados; hay otros casos, como ustedes
saben, en que no es así.
[…]
Creo que también este es un elemento que hay que verlo integrado a los otros
factores: cómo lograr una candidatura en la que estén presentes personas con
determinadas responsabilidades en la nación, o en la provincia, o en el municipio —
que deben formar parte y que en todas partes del mundo forman parte de los órganos
de dirección de ese territorio o de un territorio semejante—; cómo lograr que junto
con ellos estén representantes de la base, gente del pueblo, gente de la base que van a
seguir teniendo responsabilidades en la base; o sus funciones en la base; cómo lograr
combinar sabiamente la presencia de ambos componentes. Si los dirigentes
nacionales, si las personalidades de las provincias, todos fueran a ser presentados por
los distritos donde viven, lógicamente Ciudad de La Habana tendría muy poco
espacio para la representación de compañeras y compañeros que no tienen
responsabilidades nacionales, pero que es importante que formen parte también de las
asambleas de nuestra ciudad; o tendríamos más diputados por La Habana que todas la
Asamblea Nacional o más delegados provinciales que toda las provincias en su
conjunto.
Me parece que el que se evite la concentración de determinados tipos de
compañeros y la separación que traería inevitablemente, como consecuencia, el que
por algún municipio todo el mundo fuera de la base, o por algunos municipios
inevitablemente todos fueran dirigentes, estaríamos llegando, sin quererlo, a aquello a
lo que me refería cuando hablaba del voto unido, de lo que tenemos que evitar con
eso, a crear una separación de políticos profesionales, que serían los candidatos, y sin
la concurrencia de representantes de la base de nuestro pueblo.
Este es un elemento que no me lo plantearon en las reuniones que tuvimos aquí en
el distrito, pero sí me han dicho de otros compañeros en Ciudad de La Habana, de
otros municipios, por lo menos, en que esto surgió. Como sea, se han planteado
algunas preocupaciones que me parece importante que se esclarezcan, de que los
diputados, los delegados de circunscripción que sean electos como diputados o como
delegados provinciales no dejan de seguir siendo delegados de la circunscripción por
la que fueron elegidos. Algunos ciudadanos parecen tener preocupación de que les
vayan a quitar a su delegado, porque a él se le ha incluido en la candidatura a la
provincia o a la nación.
Realmente eso no es así, lo que es necesario que nuestras asambleas de provincia
tengan ese ingrediente en su composición del delegado de circunscripción que va a
seguir siendo delegado de circunscripción y también va a combinarlo con sus otras
responsabilidades. Finalmente, y a veces no lo sabemos manejar, a mi juicio, del
mejor modo, hay un elemento que a veces surge, que está presente —sobre todo se
vio en las elecciones municipales—, el delegado o el candidato a delegado asociado
con la solución a los problemas que enfrentamos todos los días. Una cosa es que

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nuestros delegados y nuestros diputados, como parte del pueblo que son, tienen que
hacer todo su esfuerzo, tienen que esforzarse al máximo en la batalla popular, en la
lucha de nuestro pueblo para enfrentar las dificultades, para ir sorteando los
problemas que enfrentamos, y otra es que nosotros fuéramos a aceptar o a asociar la
idea de un candidato con la promesa de la solución de problemas materiales o de
problemas concretos que pueda enfrentar la gente.
Esta es una sociedad peculiar, decía al principio, y verdaderamente democrática.
Aquí nadie es candidato, nadie se autopropone, y aquí los candidatos tampoco
prometen solucionar ningún problema concreto de la gente, ni le ofrecen hacer. Eso
no quiere decir que nuestros delegados, que nuestros representantes no hagan el
máximo de su esfuerzo para, junto con su pueblo, enfrentar esos problemas y tratar de
buscarles las soluciones cuando estas son posibles.
Posiblemente en el mundo sobran toneladas y toneladas de promesas que nadie ha
pensado cumplir ni en el momento de hacerlas. En el caso nuestro, como nuestro
sistema tiene que excluir completamente la demagogia y la politiquería, nosotros
somos francos y en estos encuentros nadie le ha prometido nada a nadie, ni sería
correcto hacerlo, en términos de cosas que beneficien materialmente a la gente. Creo
que a lo que nos tenemos que comprometer, lo que sí tenemos que prometernos a
nosotros mismos, es que todos los que sean electos, todos los representantes de
nuestro pueblo tienen que dar el máximo de su esfuerzo físico, mental e intelectual
todos los días, para ser realmente representantes, merecedores del honor que el
pueblo les ha entregado; pero concibiendo siempre que la búsqueda de las soluciones
a nuestros problemas no está en la oferta demagógica de nadie, sino que será el
resultado del esfuerzo, del sacrificio de todos.
El compromiso mayor que tienen que asumir los que sean elegidos, es
precisamente el contribuir a esa acción colectiva del pueblo, a encauzar la iniciativa
popular, la acción de las masas, la lucha de todos para resistir y para enfrentar los
problemas que nuestra sociedad hoy afronta, y para seguirlo haciendo en la forma en
que lo hemos ido haciendo, que nos ha permitido ir avanzando; que nos ha permitido
iniciar nuestra recuperación; que nos ha permitido sobrevivir primero, estar aquí pese
a todo lo que contra nuestra patria hace el imperio; que nos ha permitido, además,
hacerlo con el apoyo popular. Porque a veces no nos acordamos, pero en este período,
en estos últimos años de aguda confrontación con el imperialismo y de grandes
dificultades materiales, desde 1992 para acá, salvo en 1994 y en 1996, de estos siete
años, en cinco de ellos hemos tenido elecciones en este país, elecciones municipales y
dos elecciones nacionales y provinciales, las de 1993 y las que vamos a hacer ahora.
Nuestra Revolución ha pasado esta etapa difícil contando con el pueblo y
confiando en el pueblo, y el pueblo —creo que nadie puede tener duda de eso— ha
demostrado con creces que ha sido y es merecedor de esa confianza, porque cada
elección, y la última lo reveló de una manera inapelable, ha servido para mostrar la
conciencia, la convicción de nuestras masas y su voluntad patriótica.

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DEMOCRACIA A LA INGLESA

Fragmentos de la entrevista realizada por Carmen Duarte, directora del


programa radial Transición, de Miami, el 9 de septiembre de 1999 en la
Misión cubana en la ONU

[…]
Carmen Duarte. —Según ha declarado el Gobierno cubano su sistema electoral
es democrático. ¿Cómo participa la población digamos en decidir la presidencia del
país? Muchas personas cuestionan el hecho de que un país donde hay cierta minoría
de disidentes, personas que se quieren ir de manera ilegal, otros que se quieren ir de
manera legal, pues cómo durante tantos años sale electo como Presidente de la
República el doctor Fidel Castro.
Ricardo Alarcón. —Bueno, en primer lugar yo no sé quién ha inventado la idea
de que todos los jefes de gobierno, todos los presidentes, son elegidos directamente
por la población. Ese es un sistema que así es como funciona en Estados Unidos y en
los países de la América Latina, o sea, Hispanoamérica y Brasil. No es el sistema del
Caribe, no es el sistema de la mayoría de los estados europeos. El jefe de Estado de
Inglaterra nunca ha sido elegido, desde la Edad Media lo es por carácter hereditario.
Por eso está la reina Isabel allí como pasa en todas las monarquías. Y el jefe del
gobierno, el primer ministro, nunca ha sido elegido directamente, sino por un sistema
que es exactamente como el nuestro, o sea por circunscripciones electorales. El
primer ministro tiene que ser un diputado, en Inglaterra, en Francia, en España, en
Italia, en Alemania. Creo que en general es la norma europea. La historia no comenzó
por Cuba ni por América Latina. Inevitablemente el sistema que tenemos se parece al
que nació antes en otras partes, pero si hay que copiar a alguien, después de todo,
quienes inventaron, quienes crearon primero los sistemas de organización de
elecciones, de representación, fueron los ingleses hace cuatro siglos, mucho antes de
que Estados Unidos fuera independiente. Así que no hay por qué copiar el
norteamericano. Se puede copiar el más original, digamos.
Ahora, hay algunos de estos sistemas parlamentarios donde además, ya que
mencioné a Inglaterra, es un sistema bicameral, pero una cámara no es elegida. Es
designada, es hereditaria, que es la Cámara de los Lores, equivalente al Senado
norteamericano, como es el Senado canadiense. De entrada, en una de las dos ramas
del legislativo, el pueblo no tiene la menor posibilidad de participar, ni opinar ni
hacer absolutamente nada. Creo que la explicación de por qué en Cuba se mantiene la
Revolución —porque en definitiva es lo que es la pregunta— no se puede entender
dejándose llevar por percepciones que se fabrican desde afuera.
Es cierto que hay una emigración cubana, de cubanos que por distintos motivos se
han desplazado para vivir fuera de su país. ¿Pero por qué no se recuerda que Cuba era

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el país de mayor emigración hacia los Estados Unidos antes del triunfo de la
Revolución Cubana en 1959, que sólo México la superaba? La cifra de cubanos
emigrados a este país era superior a la suma total de todos los emigrados de la
América Central y del Caribe o de la América del Sur. ¿Cómo se explica eso? Porque
había razones que no tenían nada que ver con la retórica, con las leyendas que se
crean por este lado del Estrecho. ¿Cómo se explica que sin tener una revolución, sin
haber tenido el enfrentamiento con los Estados Unidos que ha tenido Cuba, y sin
tener una ley de Ajuste que le da determinadas ventajas a los cubanos que no se lo da
a nadie más, las cifras indican que hay movimientos migratorios mucho más fuertes
de otras partes de nuestro vecindario que desde Cuba? Yo prefiero ajustarme más a
los datos oficiales norteamericanos, a las estadísticas, que a la retórica de la
propaganda norteamericana. Te voy a poner un solo ejemplo, y las fuentes son los
documentos públicos del INS que publica sus estadísticas periódicamente. Explíqueme
Ud., por favor, señorita periodista, ¿qué explica que en la década del 90, que incluye
a los famosos balseros del 94 y el 95 que hasta allí hasta el año 96 que es el último
balance que ellos hacen de esa década, la emigración de la República Dominicana
hacia los Estados Unidos, fue el doble de la cubana, a pesar de que en el caso de
Cuba hubo la famosa crisis de los balseros y además un acuerdo migratorio que
garantiza por los menos veinte mil visas al año? Y eso es refiriéndonos a emigración
legal. Todo el mundo sabe en este país que aquí hay unos cuantos dominicanos
indocumentados. Cubano no lo puede haber, salvo que sea muy tonto, porque tiene
una ley y una política que le garantizan la legalidad.
En esa última estadística del Servicio de Inmigración, Cuba ocupa el décimo
lugar en la región, en el hemisferio, en cuanto a la emisión de emigrantes hacia
Estados Unidos. Por encima de Cuba, aparte de México, por supuesto, están países
como República Dominicana que ya mencioné, Jamaica, Guatemala, Honduras, El
Salvador, Ecuador, Colombia, Canadá. ¿Ha habido alguna revolución, ha habido
algún cataclismo que explique ese desplazamiento de la gente hacia Estados Unidos?
De todos esos países que he mencionado, además, según el mismo documento del
INS, ellos calculan unos cuantos centenares de miles adicionalmente. En esa sección
dedicada a la emigración ilegal, al lado de la palabra CUBA, aparece un cero, porque
ellos no pueden suponer que haya algún cubano ilegal.
Yo nunca oigo hablar del problema migratorio de los países que te he
mencionado, que algunos de ellos, por cierto, tienen la mitad de la población total de
Cuba. El por ciento de los salvadoreños que emigran, es superior en cifras absolutas
al de los cubanos. Pero la población de ellos es la mitad, de manera que como
fenómeno social tendría mucho más peso. Pero yo nunca he oído hablar de las
cuestiones migratorias de ninguno de esos países, por no mencionar a Canadá que
tiene más emigrantes que Cuba según el Servicio de Inmigración. Y por supuesto,
ciento veinte mil canadienses que están aquí ilegalmente frente al cerito cubano que
te dije. Creo que mientras exista eso va a haber la tendencia, lógicamente, de alguna

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gente a valerse de esa ventaja. Me parece, además, que habría que ver esto con más
ecuanimidad intelectual. Si yo fuera norteamericano votaría por eso, porque según
nuestra información de los casos de inmigración ilegal hacia Estados Unidos,
aproximadamente la mitad son personas que Estados Unidos no les daría las visas
porque ellos no se las dan a personas con antecedente penales, que hayan cometido
delitos comunes. Realmente no es un problema tanto para nosotros como para ellos.
El hacer casi propaganda comercial para atraer emigrantes no deseables según sus
propias leyes, me parece un absurdo. Todo en aras de la propaganda anticubana. Pero
el problema es mucho más complicado. Este país se va convirtiendo cada vez más en
una Torre de Babel. Aquí yo no sé cómo entran y cómo son cada vez más los latinos
que de un modo u otro se cuelan a pesar de que no los atraen. Y con todo, con las
dificultades de Cuba, con los problemas que Cuba enfrenta y con esa cosa única que
Cuba enfrenta que es una política migratoria especialmente diseñada para
desestabilizarla, el saldo no es como algunos quieren hacer creer en Miami, que los
cubanos han volado, han escapado. Si se compara con los demás es más bien
exactamente al revés.

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CUBA Y LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN EL MUNDO DE
HOY

Borrador de un artículo preparado en 1996

Los verdaderos principios


En 1793, la Asamblea Popular de Castres aprobó una decisión donde podía leerse:
«No apartarse jamás de los verdaderos principios y no admitir jamás a un hombre de
grandes riquezas mientras no se sepa que es un patriota puro y ardoroso y mientras no
haya destruido esa desigualdad por todos los medios a su alcance».
En el fragor de la Gran Revolución Francesa que marcaría el ascenso del
capitalismo y donde la corriente liberal contemporánea suele encontrar sus raíces,
aparecen otras muchas manifestaciones como esa que reconoce en la búsqueda de la
igualdad entre los hombres la esencia indispensable de la democracia.
Aquella exigencia no era nueva, no la habían inventado los jacobinos. Idéntico
requisito debían cumplir quienes quisieran incorporarse a las primeras comunidades
cristianas.
La cuestión de la democracia era tema de reflexión desde los tiempos de la Grecia
clásica y se la reconocía como noble aspiración humana y como problema que
entonces resultaba insoluble. Correspondió a Platón, varios siglos antes de nuestra
era, poner el dedo en la llaga y señalar la contradicción fundamental entre la idea de
un sistema político en el que la autoridad la ejerciera el pueblo y una sociedad basada
en la desigualdad entre los hombres. Tampoco era creación exclusiva suya pues él
reveló para la posterioridad lo que era ya un proverbio griego: «Que todas las cosas
sean comunes, como entre amigos». Desde entonces, la democracia se ha identificado
con la utopía, con una sociedad ideal en la que la justicia y la libertad, la sabiduría y
la virtud prevalecerían y las riquezas materiales y espirituales serían compartidas por
todos.
Esa idea nació antes, incluso, que algunas de las más extendidas religiones
monoteístas y ha acompañado al hombre a lo largo de la historia. Ha estado presente
en muchos de sus más profundos pensadores, algunos de los cuales la consideraron,
además, como una meta accesible por cuya realización era necesario luchar. Y ha

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alimentado los sueños y los sacrificios del hombre en las contiendas que los
oprimidos no han dejado de librar en todas partes y en todos los tiempos.
Requeriría mucho más que un artículo intentar reseñar las peripecias en la
evolución histórica de ese ideal desde aquellos tiempos distantes hasta las batallas de
la clase obrera contemporánea. Sólo conviene apuntar aquí que la humanidad no ha
concebido otro ideal, tan universal que no conoce fronteras geográficas ni culturales,
tan permanente que no ha desaparecido jamás en más de veinte siglos, ni tan
combatido, pues ningún otro ha llevado al martirio a tantos hombres.
Sus enemigos, usan contra él todos los recursos a su alcance. Entre ellos, de vez
en cuando, «decretan» su «muerte» definitiva y en ocasiones, tratan de apropiárselo,
distorsionándolo, para perpetuar la servidumbre humana.

La rebelión de los espectadores


La disolución de la URSS y el fracaso de los gobiernos que fueron sus aliados en
Europa Oriental, ha embriagado a ciertos políticos burgueses que creen poder
aprovechar esos acontecimientos para imponer su sistema en todo el mundo. Para ello
quieren hacer pasar la llamada «democracia representativa» como si fuera lo mismo
que democracia.
Por supuesto, que ningún burgués serio o medianamente ilustrado cree semejante
patraña. Recuerda que desde la época del feudalismo, cuando sus antecesores
pugnaban por su ascenso como clase y debían emplear un lenguaje radical y recabar
el apoyo de artesanos, campesinos y trabajadores, los miraban, al mismo tiempo, con
temor y con desprecio. Sabe que durante su etapa dominante cuando ese temor era
demasiado intenso no vacilaron en desbaratar todas las formalidades institucionales y
recurrieron a las peores tiranías y que, para asegurarse el saqueo de los recursos del
Tercer Mundo instalaron allí otros tiranos y entrenaron y equiparon a sus verdugos.
Comprende también que, después de todo, en sus propias sociedades, mientras
existan y aumenten las desigualdades materiales, la «democracia representativa» no
pasará de ser una farsa, que la autoridad la ejercerán los ricos y para el pueblo
reservarán el engaño de imaginarse «representados».
En realidad los defensores de la llamada «democracia representativa» enfrentan
un obstáculo insuperable y es el de convencer de sus virtudes a los supuestamente
«representados».
Una ojeada al mundo de hoy ofrece claras indicaciones de cómo los pueblos, cada

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vez más y en casi todas partes, perciben esta cuestión: la falta de credibilidad de los
políticos, las crisis de los partidos electorales y la creciente mercantilización de las
elecciones convierten la abstención en la opción preferida de la mayoría de los
electores. Pocos son los que aciertan a escapar de fenómenos que caracterizan hoy a
las sociedades capitalistas, desarrolladas o subdesarrolladas. No deja de tener cierto
simbolismo la curiosa trayectoria política de BettinoCraxi, ex primer ministro y ex
líder del Partido Socialista de Italia. Con esos antecedentes y siendo una de las
personalidades más destacadas de la socialdemocracia internacional, fue designado
por las Naciones Unidas como una suerte de Alto Comisionado para «elecciones
libres», encargado de promoverlas y vigilarlas en aquellos países del Tercer Mundo
donde se llevó a cabo esa forma de injerencia que buscaba extender la «democracia
representativa» y educar en sus ventajas a los pueblos del Sur. Su labor fue prolífica y
costosa. Aunque no ocupa ya tan elevada posición aún se le solicitan explicaciones
sobre una materia en la que calificó como el más distinguido especialista. Sólo que
ahora, prófugo de la justicia italiana, lo buscan para que responda ante ella,
acusaciones por…corrupción electoral.
Se comprende por qué un conservador latinoamericano y ex candidato a la
presidencia de su país daba, hace poco, esta lapidaria descripción: «Nunca antes se
había hablado tanto y tan mal, y había sido tan grande la crisis de la política, de los
políticos y de los partidos políticos».
El tema de la corrupción ha pasado a ocupar una posición relevante. A él le
dedicarían este año una conferencia especial los países de América Latina. Y junto a
él y al de la crisis de los partidos políticos y a lo que se ha dado en llamar
«gobernabilidad» se organizan seminarios, encuentros y conferencias constantemente
por todas partes en nuestro Continente.
En realidad, la llamada «democracia representativa» atraviesa una profunda crisis.
Hace algún tiempo, uno de los más reconocidos tratadistas de Occidente, autor
principal de la Constitución austriaca, el profesor Hans Kelsen había advertido en
varios muy conocidos textos, que eso de la «representación» era pura ficción y que
los sistemas llamados «representativos» sencillamente no eran representativos.
El fin de la guerra fría ha agudizado esa crisis. Durante las décadas anteriores,
como parte de su confrontación con el socialismo soviético, el imperialismo derrochó
multimillonarios recursos en su propaganda anticomunista que iba acompañada
también por la represión y el terror contra los revolucionarios, y en general contra las
ideas progresistas. Con esa combinación y en un mundo que vivía bajo el miedo de la
hecatombe nuclear, los capitalistas lograron dividir, confundir y paralizar a amplios
sectores populares.
Pero ahora la situación es diferente. El capitalismo se encuentra, pudiéramos
decir, ante su propio espejo. Ahora tiene que responder por los problemas sociales —
creciente desempleo, reducción de los niveles de vida, deterioro de los servicios
sociales fundamentales, degradación del medio ambiente, drogadicción, violencia y

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otras lacras— en sus propios países y ante conflictos internacionales que se
multiplican.
Por el momento la respuesta predominante no resuelve ningún problema, sino que
asegura su reproducción y profundización. La oleada del mal llamado neoliberalismo
—nada tiene de nuevo, es en realidad el viejo rostro brutal del más agresivo
capitalismo y lo de «liberal» es sólo libertad irrestricta para su agresividad— refleja
el capital que se lanza a dar rienda suelta a su codicia, a su apetencia de lucro,
imaginando que, desaparecida la URSS ha terminado la lucha de los pueblos y ha
llegado a su fin la marcha de la historia.
En ese contexto la pretensión de imponer la «democracia representativa» como
dogma universal, con toda su ruidosa y repetida propaganda, con toda su apariencia
de ofensiva tiene, en rigor, un sentido realmente defensivo. El capitalismo necesita
desesperadamente reducir la idea de la democracia a sus aspectos puramente
formales, dejarla en el reino de la fábula. Sólo así imagina que podrá contener, en el
plano político, a las masas, que seguirán reclamando justicia en la distribución de las
riquezas y buscando, aunque no sea siempre aún con cabal conciencia, la eliminación
de la desigualdad entre los hombres.
Su proyecto es simplemente irrealizable porque ahí, en los aspectos formales, el
capitalismo encuentra escollos que difícilmente podrá superar. Ha ido demasiado
lejos y durante demasiado tiempo en su mercantilización de la actividad electoral, en
su banalización de la política y su desconexión con la vida, las preocupaciones y los
intereses de las personas.
En ninguna otra parte es tan evidente como en Estados Unidos la grave crisis del
sistema de la «democracia representativa». Todas las encuestas, estudios e
investigaciones muestran como la mayoría de la gente no sólo no participa en su
sistema de gobierno, no sólo está desconectada completamente del ejercicio real de la
autoridad, sino que además tiene una opinión negativa de quienes la ejercen y se
siente hondamente frustrada.
¿Cómo no estarlo si saben que su única vinculación con ese sistema —una vez
cada cuatro años— son unas elecciones que controlan los millonarios? ¿Si el debate
«político» se traduce sólo en torrentes de anuncios televisivos cargados de demagogia
y personalismo, en los que los candidatos son mercancías que deben comprar
espectadores a los que se quiere embrutecer? ¿Cómo pueden sentir que viven en una
democracia los trabajadores, los jubilados, los pobres de Estados Unidos cuyos
programas sociales son suprimidos sin contar con ellos, sin que ellos puedan siquiera
opinar? ¿Es que la democracia consiste en sentarse frente al televisor para enterarse si
por fin les quitan todo lo que quiere quitarles la derecha republicana o solamente lo
que está dispuesta a quitarles la administración? ¿Y enterarse al mismo tiempo, por el
mismo canal, cuánto más ricos se harán los ricos?
Nadie debería sorprenderse de la apatía que muestra la mayoría de los
estadounidenses respecto a las elecciones que son su único y aparente nexo con su

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sistema de gobierno. Al fin y al cabo, ellos no pueden seleccionar a los candidatos —
de eso se encargan las maquinarias «políticas»— ni aspirar a ser candidatos porque
las elecciones son muy caras y el dinero sólo le sobra a los millonarios que controlan
las maquinarias. Después de todo, los que resulten electos nunca contarán después
con su opinión, les bastará con consultar a los millonarios que les financiaron la
campaña electoral.
En una entrevista publicada a finales del pasado mes de enero, el presidente
William Clinton hizo una observación interesante: «La gente cree que está siendo
tratada como imbéciles frente a un televisor y espectadores que se supone se
presentarán en el lugar de votación y responderán al último anuncio televisivo —de
30 segundos—».
Es una buena descripción y pudiera convertirse en un llamado de alerta. Pero para
levantar al ciudadano norteamericano de su condición de espectador a la de miembro
activo de una verdadera democracia mucho hay que cambiar en esa sociedad. Y por
el camino que ella va, por ahora, las desigualdades sociales se hacen cada vez más
agudas y más quiméricas, por tanto, las perspectivas de participación real de la gente
en el gobierno. Por los mismos días de la entrevista antes mencionada se publicaron
en Estados Unidos algunas estadísticas muy reveladoras. Según ellas el crecimiento
de la riqueza en ese país, entre 1983 y 1989, se distribuyó de este modo: el 1%, o sea,
los ricos, se apropió del 61,6%, mientras para el 80% de la población sólo quedó el
1.2%.
¿Qué diría ante esos datos Juan Jacobo Rousseau, el padre intelectual de la
democracia moderna? ¿No había advertido él, hace más de dos siglos, que la
democracia era imposible allí donde unos pocos tuvieran demasiado y muchos
carecieran de lo más elemental?
La esencia de la democracia es que el pueblo participe en su sistema de gobierno
y no sea reducido a la condición de espectador, que sea un actor libre y consciente y
no sea tratado como si fuera tonto.
¿Qué títulos tendría una sociedad de espectadores para asumir el papel de modelo
de democracia? ¿Quién le ha conferido esa misión a un puñado de millonarios y de
políticos corruptos e insensibles que tratan como idiotas a su propio pueblo?
Pero no se trata de eso en realidad. Cuando insisten en sus supuestas virtudes,
cuando pretenden imponérselo a todo el mundo lo que buscan los imperialistas es
apuntalar las estructuras tambaleantes de su sistema en quiebra. Ni se preocupan por
la democracia ni quieren extenderla por el mundo. Temen precisamente a la
democracia, a la intervención del pueblo en el gobierno. Porque saben que el día que
el gobierno, siguiendo la fórmula de Lincoln, fuera ejercido de verdad por el pueblo,
el gobierno —y con él las riquezas— serían para el pueblo. Hace falta que no haya
verdadera democracia, que ésta sea sólo «representativa», es decir, ficticia.
La respuesta de quienes son condenados a ser meros «espectadores» no debe
sorprender. Por ahora, se alejan de la farsa. Algún día apagarán el televisor,

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desarmarán el tinglado y comenzarán a escribir y actuar su propia obra.

La parlamentarización de la sociedad
Cuando en Cuba establecimos nuestras instituciones democráticas revolucionarias los
cubanos habíamos llevado a cabo las transformaciones sociales que debían constituir
su fundamento insustituible. Teníamos un país verdaderamente independiente y
soberano que había eliminado el latifundio y la miseria que azotaron secularmente al
campesinado y había puesto fin a la explotación de los trabajadores de la ciudad y el
campo; había erradicado el analfabetismo y extendido la educación y la cultura para
todos; había establecido un sistema de salud pública que nos colocaba ya desde
entonces entre los países más avanzados; había electrificado el país y extendido
caminos y carreteras por todo su territorio; había construido decenas de miles de
viviendas para el pueblo; había creado las bases de una economía socialista y
convertido en realidad los sueños de justicia, igualdad y libertad por los que habían
peleado los cubanos durante más de un siglo.
La sociedad cubana había cambiado profunda y definitivamente y los cubanos se
habían emancipado para siempre. El pueblo, liberado de todas las formas de opresión
y discriminación, estaba en condiciones de ejercer su autoridad realmente y no de
modo aparente.
Había forjado además un partido y un conjunto de organizaciones capaces de
asegurar su cohesionada actuación en todas las esferas de la vida social.
La Revolución colocaría al hombre en el centro de su atención desde el primer
momento, confiaría en él y en su capacidad de mejoramiento constante, dependería
siempre, para defenderse y avanzar, del respaldo popular.
Nuestros enemigos, tan acostumbrados al individualismo en su discurso político y
a una propaganda primitivamente simplificadora, tratan de identificar la Revolución
toda con la persona del compañero Fidel Castro.
Nadie podrá reducir el decisivo, principalísimo papel de Fidel en nuestra historia,
el enorme mérito que tiene al haber guiado a nuestro pueblo exitosamente a lo largo
de incontables batallas y continuar haciéndolo. Pero aquellos suelen olvidar que entre
sus aportes más notables ha estado, precisamente, su contribución a la emancipación
del pueblo con el que ha sabido establecer una comunicación real, un constante
diálogo educador y movilizador. En gran medida gracias a él, el pueblo cubano ha
alcanzado un nivel de protagonismo, de actuación libre y consciente, sin precedentes

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en este hemisferio.
Desde la huelga general de enero que aseguró el triunfo del Ejército Rebelde y
pulverizó las maquinaciones golpistas, el pueblo asumió plenamente un papel
protagónico. No sería solamente destinatario y beneficiario de los cambios
revolucionarios: le tocaría a él ser, al mismo tiempo, quien los ejecutara, quien
convirtiera los cambios en realidades que, asimismo, desde el principio, tendría que
cultivar y defender. De espectador pasivo pasaría a ser actor irreemplazable. No
contemplaría el proceso de la Revolución: porque era finalmente su Revolución
marcharía con ella y la haría avanzar, la iría moldeando con sus propias manos. En la
batalla de la alfabetización y en las campañas de vacunación infantil; en la defensa de
la Revolución —en los CDR, en la lucha contra bandidos, en Girón, en las
movilizaciones militares, en la preparación para la Guerra del todo el Pueblo—; en
las zafras del pueblo y las movilizaciones a la agricultura; en el trabajo voluntario y
en las guardias obreras y cederistas; en las misiones internacionalistas, militares y
civiles; en las microbrigadas y en el movimiento de innovadores y racionalizadores; o
en el de artistas aficionados o en la masividad del deporte; en los foros de ciencia y
técnica o en los círculos de interés de nuestros pioneros, han participado activamente,
con entusiasmo, con tenacidad, seguros de que hacían lo que les correspondía hacer, y
eran los creadores de su propia obra, millones de cubanos, blancos y negros, hombres
y mujeres, trabajadores manuales e intelectuales. Juntos libraron incontables batallas,
las masas, todo el pueblo, en la edificación de una sociedad incomparablemente más
justa, más noble y más libre y además entera y exclusivamente nuestra, de todos.
Sobre esa sólida base, la Revolución emprendió el proceso de institucionalización
que se plasmaría en la Constitución de febrero de 1976 y en el establecimiento de los
poderes populares. Su esencia fue desde el primer día el protagonismo del pueblo. A
él correspondió la atribución de escoger los candidatos y elegir entre ellos, de
pedirles cuenta por su labor y de revocarles, si fuera el caso, su mandato. Durante
estos veinte años, decenas de miles de hombres y mujeres, surgidos del pueblo e
inseparables del pueblo, han trabajado infatigablemente en los órganos del Poder
Popular sin recibir un centavo, sin disfrutar privilegio alguno, sin diferenciarse en lo
absoluto, por el hecho de haber sido elegidos, de los demás ciudadanos.
En un breve lapso de veinte años nuestro joven sistema de gobierno —socialista,
revolucionario, autóctono— ha vivido una rica experiencia y ha comprobado su
ilimitada capacidad de creación y transformación en correspondencia con las
cambiantes circunstancias que ha encarado el pueblo cubano a lo largo de ese
período.
Las elecciones de diputados y delegados provinciales de febrero de 1993 y las de
delegados municipales de diciembre de 1992 y julio de 1995, demostraron el
abrumador respaldo popular a la Revolución y el elevado nivel de participación de los
electores en todo el proceso, desde la nominación de los candidatos hasta su
selección. El más reciente ciclo de reuniones de rendición de cuentas del delegado a

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sus electores a fines del año pasado —superior a los anteriores en cuanto a
participación real y a intercambio entre unos y otros— es una clara indicación de las
posibilidades de renovación y la vitalidad de nuestro sistema.
Mientras redactamos este artículo, tiene lugar en todo el país la discusión de las
Tesis del XVII Congreso de la CTC. En todos los centros laborales, con la
participación de representantes de los diversos niveles del Poder Popular y de los
dirigentes administrativos, los trabajadores cubanos discuten esas Tesis y las
enriquecen, pero además analizan problemas actuales del país y especialmente los de
su propio lugar de trabajo y las acciones a emprender para cumplir los objetivos del
Plan y avanzar en la eficiencia económica. Al igual que los parlamentos obreros en
1994 —junto con las discusiones en los centros estudiantiles y en las cooperativas y
bases campesinas— fueron la base y el medio principal para establecer el consenso
nacional y diseñar nuestra estrategia para enfrentar el periodo especial, el amplio
movimiento de las masas trabajadoras alrededor de su próximo Congreso es un
mecanismo indispensable para convertir en realidad el plan económico-social de
1996, aprobado por el parlamento en diciembre último y servirá de base para el del
próximo año.
La más estrecha vinculación entre la acción parlamentaria y gubernamental con la
actividad de los sindicatos obreros y las demás organizaciones sociales es una
característica esencial de nuestro sistema de gobierno que debemos asumir
cabalmente y desarrollar de modo sistemático. Ella es el más poderoso instrumento
para encauzar la voluntad popular, multiplicar el esfuerzo colectivo, superar las
dificultades de hoy, salvar la Revolución y la independencia nacional y continuar
avanzando. Es también la realización del ideal democrático sólo posible en el
socialismo verdadero: el conjunto de la sociedad asumiendo su propia dirección y
control, el ciudadano protagonista y actuante, el individuo como sujeto y no objeto de
su historia.
Esas ideas son las que inspiran al sistema del poder popular cubano y su
aplicación consecuente y creadora orienta a sus órganos, instancias y mecanismos: la
reflexión colectiva en las diversas asambleas para vigorizar su actuación y
perfeccionar estilos y métodos de trabajo; el perfeccionamiento constante en el modo
de operar sus comisiones permanentes; el seguimiento a cada uno de los
planteamientos de los electores; la búsqueda de nuevas vías para canalizar y
movilizar la iniciativa de las masas; las diversas acciones para revitalizar las
comunidades y los barrios. Esas ideas van floreciendo en diversas áreas: desde la
realización de audiencias públicas por parte de las comisiones permanentes de la
Asamblea Nacional —algunas de las cuales han comprendido numerosas reuniones
en todo el país en las que han participado miles de personas— y su extensión a
comisiones provinciales y municipales, hasta la incorporación de los vecinos, junto a
sus delegados, en obras para reparar sus propias viviendas y rehabilitar instalaciones
sociales, se multiplican los ejemplos de una práctica democrática que se asienta cada

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vez más en la participación popular.
Nunca hemos pretendido haber logrado niveles insuperables en cuanto al
desarrollo de nuestro sistema. Al contrario, para ser fiel a sí mismo él implica, como
exigencia permanente, la insatisfacción con lo alcanzado, la búsqueda constante de
nuevas formas, la actitud creadora. Lo único fijo, lo que no admite modificación, es
el carácter participativo, el papel protagónico de las masas y su indisoluble
vinculación e interacción con sus diputados y delegados. A partir de ahí, de esos
fundamentos estructurales del sistema que son sus cimientos inamovibles, son
ilimitadas las posibilidades de creación, las potencialidades de cambio y
transformación.
Para los cubanos, avance y superación no tienen absolutamente nada que ver con
cualquier idea que pudiera alejarnos de nuestro socialismo. Es exactamente al revés.
En la Cuba de hoy, desarrollo democrático es idéntico a desarrollo socialista
entendido éste como lo quería Mariátegui, como «creación heroica».
Mucho debemos avanzar en la calidad de nuestras reuniones, en la profundidad de
sus análisis, en la eficacia para controlar la ejecución de las decisiones que surgen de
la reflexión colectiva. Tenemos por delante un camino ancho y largo. Pero avanzamos
a partir de niveles que no existen ni en los sueños de mucha gente en otras partes.
Es cierto, por ejemplo, que debemos promover una mayor y más activa
intervención de los electores en las reuniones de rendición de cuentas, pero nunca
renunciar a ese principio o debilitarlo en un mundo donde lo usual es que los políticos
jamás se acercan a sus electores y sólo reportan su actuación a los grupos poderosos
que les financian sus cada vez más costosas campañas electorales. No olvidemos que
en la reunión de rendición de cuentas que tuvo la más baja asistencia, el por ciento de
ésta fue mucho más alto que el que muestra la concurrencia mayor en las elecciones
generales de Estados Unidos, siendo esta la única, solitaria, ocasión en que el
ciudadano «actúa» —por llamarlo de algún modo— una vez cada cuatro años en el
sistema de ese país que se quiere presentar a sí mismo, sin embargo, como «modelo»
democrático.
Debemos seguir perfeccionando las asambleas de eficiencia económica de
nuestros trabajadores, asegurar que reciban las informaciones precisas y concretas de
los administradores que permitan a los colectivos un dominio cabal de todos los
aspectos relacionados con la producción y el funcionamiento de su centro y controlar
rigurosamente el cumplimiento de los acuerdos. Ese es el camino indispensable para
desplegar la inagotable energía de las masas, enfrentar las dificultades del presente y
consolidar y profundizar el rumbo socialista de nuestra Patria.
Eso lo hacemos, vale la pena recordarlo, en un planeta donde la inmensa mayoría
de los asalariados no tienen siquiera un sindicato y donde se adoptan todos los días
medidas que lesionan gravemente sus derechos vitales sin consultarles.
La aplicación consecuente de nuestros principios hace que en Cuba se realice lo
que el propio Kelsen apreció en la experiencia bolchevique: «Dada la

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impracticabilidad de la democracia directa en los grandes estados económica y
culturalmente evolucionados el esfuerzo para establecer el contacto más constante y
estricto posible entre la voluntad popular y los representantes necesarios del pueblo,
la tendencia a acercarse al gobierno directo, conduce ya no a una eliminación, y ni
siquiera a una reducción, sino más bien a una hipertrofia insospechada del
parlamentarismo». De ese modo se disuelve la ilusión de un parlamento único
supuestamente depositario de la soberanía popular, cuyo carácter ficticio lo condena
irremisiblemente a su aislamiento de la sociedad real —más que «representantes» del
pueblo, sus miembros se convierten en personajes de una representación teatral que el
pueblo contemplaría cuando no tuviese un espectáculo más atractivo—, se crea «todo
un sistema de innumerables parlamentos, superpuestos los unos a los otros», los
cuales «deben convertirse de simples “reuniones de charlatanes” que eran, en
asambleas de trabajo.» Se alcanza así que el ciudadano «de administrado se volvería
administrador de sí mismo, de objeto, sujeto de la administración. Por otra parte, no
directamente, sino por mediación de los representantes electos. Democratizar la
administración es ante todo y simplemente parlamentarizarla».
Si de democracia se trata, si quiere buscarse la representación real, los
parlamentarios modernos tienen que bajar del escenario y mezclarse con el pueblo,
tienen que crear y desarrollar ese «sistema de innumerables parlamentos» dentro del
cual el órgano legislativo central sería guía y fundamento estructural.
Desarrollar tal sistema implica no sólo extender la actividad parlamentaria hasta
abarcar el conjunto de la sociedad, sino también intensificarla. Requiere mucho más
esfuerzo y dedicación de cada uno de los representantes.
Algunos señalan con intención crítica la comparativamente menor extensión de
nuestros períodos legislativos, las sesiones plenarias en que participan todos los
diputados y examinan importantes cuestiones nacionales. Apuntan así a la escasa
presencia, en nuestro sistema, de aquellos elementos formales en los que se vacía
prácticamente toda la actividad de otros parlamentos.
Habría que ver cuáles serían los juicios de los ciudadanos corrientes de esos
países si tuvieran oportunidad de conocer y comparar ambos sistemas.
Es cierto que gastamos menos tiempo y recursos materiales en prolongadas
reuniones e interminables discursos, pero en nuestro sistema discutimos muchísimo
más y sobre todo, somos incomparablemente muchos más los que intervenimos en la
discusión.
¿Cuántos meses hace que discuten en el Congreso de Washington el presupuesto
para el actual año fiscal norteamericano? ¿Y cuántos norteamericanos toman parte en
esa discusión? Durante largos meses lo han hecho y continúan haciéndolo
exactamente 434 representantes y 100 senadores; 534 individuos en una república
cuya población pasa de los 270 millones, son capaces de arrogarse para sí la facultad
de decidir los destinos de todos los demás, de causarles enormes perjuicios en su vida
diaria, de reducirles drásticamente los niveles de vida, sin que sus víctimas puedan

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decidir, sin reunirse con ellas ni una sola vez, sin que ellas puedan hablar.
En un sistema basado en la desigualdad, el cual, en palabras de Rousseau «no
sirve más que para mantener al pobre en su miseria y al rico en su usurpación» y
donde «las leyes son siempre útiles a los que poseen, y perjudiciales a los que no
tienen nada», es comprensible que no se le dé parte al pueblo en la acción
parlamentaria: es indispensable, para la existencia misma de esa sociedad, que se
extienda a lo político la usurpación ya operada en lo económico. Se comprende
también que le resulte imprescindible tratar de engañar a sus víctimas y hacerles creer
que no hay alternativas, que eso es la democracia. Busca que los esclavos acepten la
esclavitud y la saluden, gozosos, como la realización de la libertad. Se propone, en
resumen, un imposible.

El sistema invisible y la profecía del profesor Thurow


En su guerra contra Cuba el imperialismo no cesa de hablar de la necesidad de
producir «cambios democráticos» en nuestro país. Se alude a ellos en la Ley
Torricelli y en el proyecto Helms-Burton, entre los argumentos para intensificar el
criminal bloqueo que imponen a nuestro pueblo. Algunos políticos de otras latitudes
critican o deploran ese bloqueo pero al mismo tiempo nos «aconsejan» llevar a cabo
los susodichos «cambios».
Al margen de las evidentes razones políticas, jurídicas y éticas que obligan a
cualquiera a rechazar actitudes que implican desconocer la independencia de nuestro
país y ofrecerle coartadas a quienes buscan el exterminio de su pueblo, vale la pena
hacer algunas reflexiones que nos ayuden a entender mejor las cosas.
Según esa campaña. Cuba es la que debe cambiar y debe hacerlo para asumir el
«modelo» que existe en otras partes. De donde se deriva que las sociedades donde tal
«modelo» rige no tienen que cambiar habiendo alcanzado ya la plena realización del
ideal democrático. Y se deduce también que la sociedad cubana no ha sufrido
transformación alguna, se mantiene estática y no cambia. Se supone entonces que
debemos dejar de ser lo que somos para copiar el «modelo» y hacernos tan
«democráticos» como los otros.
Un astuto campesino de América Latina podría interrogarse: ¿dónde está ese
ejemplo ideal, a qué país del continente debe imitar Cuba para arribar a la perfección
democrática? ¿O, como suele ocurrir por esos lares, lo que tiene que copiar es el
«modelo» norteamericano?

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También pudiera hacer algunas preguntas cualquier cubano común y corriente,
ése que nació y ha vivido toda su vida bajo el cruel bloqueo, que sufre día tras día sus
consecuencias en el hogar, en el trabajo, en la calle; ése que discute y opina, que
propone y decide en la fábrica y en la granja, en la escuela y en el barrio; ése que
postula y elige a cualquiera de sus iguales y lo controla y lo revoca y comparte con él
penas y alegrías; ése que sabe que Cuba conoció ya en el pasado toda la podredumbre
de la «democracia representativa» con su injusticia, su corrupción y su subordinación
al extranjero; ése que con su sacrificio cotidiano mantiene en pie erguido, herido pero
firme, al país más libre del planeta, porque, pese a su pequeñez, de nadie depende y a
nadie pide permiso para seguir viviendo. ¿Por qué se intenta obligarlo a reproducir
aquí el «modelo» norteamericano? ¿Por qué se le exige a él tal requisito para
normalizar las relaciones cuando Washington mantiene excelentes vínculos con todo
tipo de gobiernos sin importarle si se parecen o no al suyo? ¿Por qué si su sistema es
el que ha triunfado, como alegan, les preocupa tanto que el nuestro sobreviva y siga
desarrollándose? ¿Es la filantropía, o el espíritu franciscano, lo que los motiva? ¿O
será, acaso, el temor?
A estas alturas creo que las respuestas son obvias. Por una parte, todavía es el
anexionismo, la casi bicentenaria pretensión de apoderarse de Cuba, lo que rige,
consciente o inconscientemente la actitud hacia nuestro país de muchos políticos
norteamericanos. Por la otra, sienten la necesidad de eliminar un ejemplo de que la
democracia verdadera puede existir y funcionar porque esto les resulta ineludible en
la medida en que su famoso «modelo» se desliza vertiginosamente por la pendiente
del descrédito.
Escuchando a algunos políticos norteamericanos, y también de otros países, uno
sospecha que son personas que nunca visitan una librería, no leen sus propios
periódicos ni observan lo que pasa a su alrededor. Parece que, incluso, no son capaces
de entender lo que ellos mismos dicen.
Más arriba hice referencia a unas palabras que dijera recientemente el presidente
Clinton. El origen del problema que él describía no es, sin embargo, la televisión sino
el sistema político norteamericano. Mucho antes, cuando los padres del actual
mandatario eran tan jóvenes que no pensaban todavía en casarse, Walter Lippman
había escrito cosas parecidas: «El ciudadano privado ha llegado a sentirse como si
fuese un espectador sordo en la última fila, que debería mantener su mente en ese
misterio allá lejos, pero no llega a arreglárselas para mantenerse despierto (…) sabe
que de alguna manera él es afectado por lo que está ocurriendo (…) que está siendo
arrastrado por la gran corriente de las circunstancias. Sin embargo, estos asuntos
públicos no son, de ninguna manera convincente, sus asuntos. Son en su mayor parte
invisibles. Son manejados, si es que lo son, en centros distantes, tras las bambalinas
por poderes sin nombres, no sabe con certeza qué es lo que está ocurriendo, o quién
lo está haciendo, o adónde está siendo llevado».
Si Lippman viviese hoy seguramente se asombraría de la extensión y

[Link] - Página 125


profundización de un fenómeno que entonces no alcanzaba su actual desmesura.
En un libro muy reciente, el escritor Charles A. Reich, en forma más directa
sintetiza la verdad de Estados Unidos hoy día: «En realidad sanos gobernados por un
sistema que no podemos ver —un sistema invisible—».
El Washington Post acaba de publicar a comienzos de febrero una encuesta que
realizó conjuntamente con la Universidad de Harvard acerca del conocimiento y la
actitud de los norteamericanos hacia el gobierno y la política de su país. Veamos
algunos resultados: un aplastante número no conoce el nombre de su representante, ni
a cuál partido pertenece, ni sabe quién es el líder del Partido Republicano en el
Senado, quién, por ciento, aspira a la presidencia del país; el cuarenta por ciento no
puede identificar al Vicepresidente de la República ni está enterado que los
republicanos controlan el Congreso; la mayoría no comprende las diferencias entre
republicanos y demócratas; la tercera parte cree que el Congreso aprobó la reforma al
sistema de salud que había presentado al inicio de su mandato al actual gobierno (en
realidad el gobierno tuvo que retirar su propuesta poco después y la crisis de estos
servicios ha continuado agravándose). En resumen, sólo el 5% de la población, según
el estudio, está adecuadamente informada. En cuanto a las actitudes: casi todos creen
que el gobierno es incapaz de resolver los problemas y es culpable de que las cosas
empeoren, y si hace treinta años la mitad de los norteamericanos confiaba en el
prójimo, hoy sólo lo hace la tercera parte. Estados Unidos, dice la investigación, se
está convirtiendo en una nación de «extraños desconfiados».
Poco después de publicada esa encuesta surgen nuevas pruebas del estado de
ánimo de los norteamericanos. Como se sabe este es un año electoral en Estados
Unidos y ofrece, por tanto, a sus ciudadanos la oportunidad, su única oportunidad, de
relacionarse, en alguna forma, con el sistema político. Ahora, el Partido Republicano
está enfrascado en la búsqueda de quién habrá de ser su candidato a la presidencia
entre los diversos aspirantes, todos representantes de la plutocracia. Empleando
decenas de millones de dólares y una incesante publicidad tratan de movilizar a sus
afiliados para que participen en las llamadas primarias que efectuarán en cada estado.
Hasta el momento de escribir estas líneas se han realizado dos, la de Iowa y la de
Luisiana. Resultados: en Iowa asistió solamente el 17% de los republicanos, la cifra
más baja, para ese estado, en toda la historia. Pero siempre hay motivos para el
consuelo: en Luisiana participó apenas el 4%.
De ahí no pasa el máximo de la vinculación de los electores. En el momento
excepcional en que pueden tener la sensación de que el sistema tiene algo que ver con
ellos, en realidad su interés no pudo ser menor. De hecho, ambas cifras deben estar
bastante infladas si recordamos que para esa ocasión se desplegó en ambos estados
toda la maquinaria del partido y de cada aspirante y no olvidamos que allá los votos
se compran como cualquier otra mercancía. No sería exagerado afirmar que, en
general, los republicanos prefirieron hacer otra cosa en lugar de «elegir» candidatos
que, después de todo, no volverían a tener jamás ninguna relación con ellos. Quizás

[Link] - Página 126


muchos se quedaron en sus casas, frente al televisor, viendo desfilar el torrente de la
demagogia tarifada y los comentarios de los periodistas «especializados» en
cuestiones electorales, elogiando las virtudes de la «democracia» y las «elecciones
libres»… En el caso, altamente improbable, que pudieran «arreglárselas para
mantenerse despiertos».
Esos datos revelan el desgaste irreparable de un modelo político que se aleja
progresivamente de lo que deberían ser sus bases de sustentación —los electores, el
pueblo, descreído y desinteresado, gran ausente de la burda parodia— y a una
velocidad igual a la intensidad de la mercantilización del sistema. Aumentan los
costos de las campañas electorales y al mismo ritmo se apartan de ellas los electores.
Gastan incontables millones de dólares en promover la imagen de políticos que, sin
embargo, cada vez resultan menos reconocidos por el pueblo.
El distanciamiento de la realidad de ciertos políticos norteamericanos es tan
agudo que les resulta posible asumir, con ademanes de naturalidad, sin sonrojarse,
posturas que a cualquiera menos a ellos pudiera corresponderle. ¿Pero por qué
sorprenderse de que sean ellos, precisamente ellos, quienes se atreven a pregonar por
el mundo las supuestas bondades de sus «elecciones» y su «democracia»? Lo
sorprendente debería ser que tengan la osadía de hacerlo dentro de los Estados
Unidos ante un pueblo que, por decir lo menos, los ignora. Sin embargo, por ahí
parece andar la clave de la cuestión: convertir toda esa basura en dogma universal,
extirpar cualquier alternativa, es la única esperanza que les queda de confundir a una
parte del pueblo norteamericano, hacerle creer que sencillamente no hay otro modo
posible de hacer las cosas, generar el conformismo y perpetuar hasta donde puedan
un sistema condenado a derrumbarse irremisiblemente.
La democratización, la realización de cambios democráticos, sin comillas,
verdaderos, es una tarea urgente, de máxima prioridad para el pueblo norteamericano
y ¿por qué no decirlo?, también para otros pueblos que viven en otras también
desgastadas «democracias representativas». Los revolucionarios deben ponerse a la
cabeza de los reclamos por abrir espacios a una intervención real y efectiva del
pueblo en el gobierno de todos los países que se pretenden democráticos; por poner
fin a la farsa autoritaria que reduce su «participación» a la que tengan en comedias
electorales corroídas por la corrupción y el mercantilismo; por adecentar la actividad
política y hacer que a ella entre el hombre de la calle, por convertir la función
representativa en una responsabilidad social, que sea cumplimiento de un deber con
la comunidad y no disfrute de un negocio privado.
Los cubanos que conmemoramos este año el XX Aniversario del nacimiento de
nuestro sistema del poder popular y el XXXV de la proclamación del carácter socialista
de la Revolución que lo ha hecho posible, somos parte también de esa contienda
universal. Al resistir y luchar en esta etapa difícil y compleja, al perseverar en nuestro
propio camino, al desarrollar consecuentemente nuestra verdadera democracia, no
sólo salvamos una sociedad superior y la perfeccionamos, ayudamos también a la

[Link] - Página 127


mayor parte de la humanidad, excluida y relegada por el capitalismo.
Nada fácil es, además, la situación del adversario. Lo reconocen, uno tras otro,
quienes, del otro lado, piensan y se preocupan por sus problemas. Algunos, incluso,
se dejan arrastrar por el pesimismo.
El pasado 19 de noviembre la revista dominical del New York Times publicó un
artículo de Lester Thurow profesor de economía de MIT, el Instituto Tecnológico de
Massachusetts, una de las principales universidades de Estados Unidos. Autor de
varios libros muy difundidos, Thurow ha ganado fama como alguien influyente en la
elaboración y formulación de la política económica en su país. El artículo en cuestión
atrae desde el mismo, sugerente, título: «¿Por qué el mundo de ellos pudiera
desbaratarse? ¿Cuánta desigualdad puede aceptar una democracia?» El texto analiza
la creciente brecha en la distribución de la riqueza en Estados Unidos, su acelerada
concentración en las capas superiores mientras se extiende el número de los
desposeídos en una sociedad donde impera cada vez más la ley del más fuerte. El
profesor Thurow hace un paralelo entre la sociedad norteamericana y la decadencia y
derrumbe final del Imperio Romano y afirma que ese es el destino más probable de su
país si continúan las actuales tendencias. Lo que sucede hoy en Estados Unidos, es,
según sus palabras: «Un enorme experimento social y político, semejante a colocar
una olla de presión en la cocina a fuego máximo y esperar para ver cuánto demora en
explotar».
Quienes gustan imitar lo yanqui deberían recordar que no es prudente jugar con
fuego.

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DEMOCRACIA Y COMUNISMO

Fragmentos de la intervención en la reunión «El Marxismo y la crisis del


pensamiento neoliberal», La Habana, 30 de junio del 2000

[…]

Llama la atención cuando se lee, ya sea en los medios masivos o en textos más
pretenciosos del exterior, cómo se tiende a utilizar como conceptos antagónicos u
opuestos, democracia y comunismo, cuando se habla de la alternativa para una
sociedad revolucionaria, digamos como la de Cuba, «regresar a la democracia» y
dejar el comunismo, etc.
En realidad, no hace falta una indagación muy profunda para comprender que
estamos, en ese ejemplo que pongo, ante uno de los tantos de manipulación que están
presentes a través del mundo, en todos los sistemas de información y todos los
aparatos que controlan o tratan de controlar las mentes de la gente. Por aquí tengo
una serie de conferencias que dio en los años 60 un profesor canadiense. En la
primera, comienza afirmando que la democracia era una mala palabra, el vocablo
democracia era una mala palabra y que lo fue a lo largo de la historia, según calcula
él, hasta los finales del siglo pasado, mala palabra para los que poseían algo, para los
que tenían algo que perder en la sociedad, para la gente «bien pensante».
Este otro señor, mucho más conocido, Robert Dahl, uno de los más exitosos
quizás entre los pensadores norteamericanos sobre estos temas y especializado sobre
todo en el tema electoral, él reconoce que a lo largo de la historia, desde que empezó
la idea de la democracia liberal, nunca se consideró algo aceptable la posibilidad del
sufragio y de los derechos civiles para todos los ciudadanos adultos —y ciudadanos
con toda intención, no ciudadanas, sino ciudadanos— o sea, el criterio de que los
hombres adultos pudiesen participar en el sistema político, pudiesen votar, pudiesen
ser candidatos, no llega a ser aceptable en el mundo occidental y cristiano entre los
que se consideraban demócratas liberales hasta bien adentrado este siglo. El sitúa el
período más o menos en la etapa posterior a la Primera Guerra Mundial, guerra a la
cual van a ir las potencias que se enfrentaron a Alemania, supuestamente a defender
la democracia y, a partir de ahí, se comienza toda esa retórica de que fue la alianza de
la democracia la que venció.
Como todos nosotros tenemos menos de cien años de edad, todos los que estamos
acá, ninguno puede recordar la veracidad de estas afirmaciones, podemos tomarlo
como una guía, una referencia, de personas que no son precisamente autores que no
sean muy convencidos del modelo político que dicen que triunfó en el mundo a partir
de lo que ocurrió con la antigua URSS y en la comunidad socialista europea. Creo que
este es un punto de referencia a guardarlo en la memoria a la hora de tratar de
explorar un poco el desafío que enfrenta en este mundo el sistema cubano. Yo creo

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que hay dos ideas que me hubiera gustado poderlas elaborar y redactar para
profundizar en este desafío, en dos líneas fundamentales que me parece que son
importantes, una es la dimensión universal de lo que encarna Cuba como alternativa,
como sistema político alternativo en el mundo de hoy, y la otra es la dimensión
nacional, lo que tiene que ver con las raíces propias, con lo cubano, con la identidad
cubana, con la cultura cubana.
Sobre lo primero, realmente, no creo que sea indispensable un esfuerzo muy
grande para comprobar que la idea de esa mala palabra, la idea de ese sistema de
gobierno del pueblo, nunca tuvo nada que ver con lo que hoy se expresa de modo
más claro en el capitalismo con el neoliberalismo y la globalización neoliberal, la
victoria, la llamada victoria del capitalismo después de la caída del sistema del
socialismo real. Si se estudia someramente el nuestro, el sistema cubano, tanto el
sistema electoral desde la postulación de los candidatos por los propios electores, el
principio de la rendición de cuentas, el principio de la revocabilidad de los mandatos,
la no profesionalización de los elegidos, todos esos elementos realmente son
principios clásicos de la idea democrática desde que este concepto comenzó a
moverse visto siempre como algo utópico, puesto que no era posible alcanzarlo, no
era posible realizarlo en un mundo como el que se concibió a lo largo de la historia
hasta que el socialismo se convierte en una posibilidad real para una parte de la
humanidad.
En Cuba hemos tenido una Revolución que ha implicado una profunda
transformación social, lo que ocurrió en los años 60 y hasta mediados de los 70 fue la
transición democrática, fue el proceso de tránsito necesario para poder instaurar una
institucionalidad democrática en el sentido real. A mí me molesta tener que estar
calificando la democracia, si es participativa, si es representativa, si es real, si es
genuina. Después de todo, hasta no hace mucho era una mala palabra para ellos,
sencillamente ese fue siempre un término nuestro, de la izquierda, de los pueblos, de
los de abajo; a partir de determinado momento como otras cosas fueron apropiadas
por los que tienen el poder, tienen la fuerza y sobre todo en el mundo de hoy en que
cuentan con la capacidad tecnológica, los medios, los recursos para hacer pensar o
impedir pensar a masas de centenares de millones de gente.
Pero todo esto que se puede ver del sistema cubano, repito, desde la postulación
hasta la rendición de cuentas y la revocación de los mandatos lo vamos a encontrar en
las disquisiciones de los primeros clásicos que se plantearon la idea de un gobierno
que todos coincidían era irrealizable porque la sociedad no apuntaba a que hubiese
esa posibilidad, la posibilidad real de que la gente se autogobernase, de que hubiese
el gobierno directo del pueblo.
En la actualidad —es otra consideración que me parece fundamental—, los
cubanos, cualquiera que sea el plano en que realicemos nuestras actividades, cuando
nos planteemos esta situación del desafío que enfrenta nuestro pueblo al sostener la
idea de un modo de organizar la sociedad que es contrario a la tendencia que se

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impone en el planeta, que va contra corriente, no debemos nunca dejar de apreciar en
su exactitud el carácter defensivo que tiene ese ataque y esa campaña contra nuestro
sistema político.
No es que el sistema político, la llamada democracia liberal, la llamada
democracia burguesa, se esté imponiendo, esté avanzando en el mundo y la «pobre»
Cuba que se quedó rezagada, con un modelo que fracasó, basta con esperar que ese
fracaso también se extienda a Cuba para que el modelo triunfador se nos imponga
también.
Yo estoy convencido que la intensidad y hasta la ferocidad del ataque al sistema
político nuestro guarda relación directa con los peligros que los sostenedores, los
beneficiarios del capitalismo, ven en la existencia de un posible proyecto alternativo.
El hecho de que haya algún lugar, que en algún lugar existe una respuesta a las
preocupaciones y las insatisfacciones de la gente, que se esté ensayando la
posibilidad de hacer las cosas de otro modo que, además, da la casualidad que
corresponde mucho más nuestro proyecto con las ideas que a lo largo de la cultura
occidental, a lo largo de la historia, han estado asociadas con la idea de la
democracia, el hecho de que haya esa posibilidad en algún lugar constituye un grave
riesgo, un peligro, en el plano de las ideas, en el plano político, para quienes después
de haberse robado el concepto, después de haberse apropiado de él, hoy necesitan,
están obligados, incluso a liquidarlo. No nos olvidemos que el elemento esencial en el
plano político del neoliberalismo es la antidemocracia, es lo más opuesto que puede
haber al ejercicio de la autoridad por el pueblo, lo más opuesto que puede haber a la
idea de un gobierno popular es el no gobierno, el hacer que el gobierno a todos los
efectos prácticos desaparezca, reducir sus potestades, sus atribuciones, irlo
estrechando, limitando cada vez más eso es exactamente lo opuesto a la noción más
básica de la democracia y a la famosa y muy popular definición de Lincoln.
Pero tiene un gran problema y es que la mayoría de la gente no se ha convencido
de que realmente el gobierno no deba gobernar, que realmente no sea necesario un
Estado que intervenga y regule la economía, la mayoría de la gente no se ha
convencido, ni se va a convencer jamás de que todo debe dejarse al llamado libre
juego de las fuerzas del mercado. Y además, la mayoría de la gente cada vez más está
pagando las consecuencias de esa política que se va imponiendo a partir del «triunfo
del capitalismo», con las correspondientes comillas, al concluir la guerra fría. Por
cierto, el hecho de que necesiten nuestros enemigos combatirnos, porque nuestra
existencia plantea un riesgo para ellos, acrecienta los riesgos para nosotros, hace
mucho más serio el desafío que enfrentamos y explica mejor el carácter
irreconciliable, que tendrá siempre. Mientras no se extiendan formas de organización
socialista, o como decía el compañero que me precedió, tengan o no ese nombre,
formas de gobierno popular, mientras no cambien, mientras no se rompa el
monopolio actual en lo político que mantienen ellos, los peligros que va a correr
siempre ese pequeño país donde se desarrolla un ensayo alternativo van a ser siempre

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altos, incluso crecientes.
En los viejos tiempos, los críticos liberales de la democracia representativa
señalaban el carácter ficticio de esa democracia y reconocían —los tipos serios
realmente del pensamiento burgués nunca se creyeron el cuento de que eso era lo que
Rousseau entendió por democracia, que ese fuese el gobierno popular— que se
trataba de una ficción y no podía ser de otro modo. Pero los defensores hoy de esa
democracia liberal ya ni siquiera se preocupan por la ficción, por adornarla, por
embellecerla de algún modo, sino que abiertamente niegan la ficción y la idea que
durante un tiempo pretendió representar. Hoy lo que está en boga en el mundo, lo que
se trata de imponer es precisamente el desconocimiento de la idea misma del
gobierno representativo e incluso la idea misma del gobierno, los gobiernos cada vez
más pintan menos en este mundo, los Estados cada vez más tienen menos autoridad y
se va imponiendo cada vez más ese concepto central del neoliberalismo, y sería su
meta si pudieran avanzar indefectiblemente con su esencia fundamentalmente
antidemocrática.
Hay otro aspecto que merece nuestra meditación: ¿qué ha significado la llamada
guerra fría y su fin desde el punto de vista de la lucha ideológica? En definitiva, quién
ganó: «ganaron» los capitalistas, llegaron a creer que era hasta el fin de la historia.
Según Fukuyama, la democracia liberal capitalista era el último estadío de la
evolución humana, pero en muy poco tiempo ya nadie con un mínimo de seriedad, ni
siquiera Fukuyama, se atreve a repetir eso.
Yo diría que estos teóricos apresurados se olvidaron de un simple detalle: al
acabarse la llamada confrontación Este-Oeste, al terminar la guerra fría —terminaba
en el Este pero también en el Oeste—, era inevitable que tuviera consecuencias en
ambos lugares. Todo el proceso de la confrontación Este-Oeste con su reflejo en la
amenaza de guerra termonuclear, la amenaza de destrucción del planeta y de la
humanidad, tuvo unas consecuencias en el plano de las ideas y en el plano de la lucha
política que en cierta medida le permitieron a los capitalistas de occidente mantener
su control social de un modo que después del fin de la guerra fría se les hace cada vez
más difícil.
El compañero Guadarrama hablaba de las nuevas condiciones, de los nuevos
factores de la lucha por el socialismo, yo creo que hay que subrayar el papel de la
clase obrera y de otros sectores de las sociedades capitalistas desarrolladas. No es
casual que en Seatle, en Davos, en Washington, haya habido manifestaciones de
protestas, ¿contra qué?: contra el capitalismo. Las consignas que se levantaron allí
eran anticapitalistas, no eran necesariamente manifestantes movidos por la ideología
marxista, no eran necesariamente socialistas los que estaban protestando, ni eran
gente del Tercer Mundo, pero ya ni en Davos se pueden reunir tranquilamente los
jerarcas del capitalismo y ¿por qué? Porque frente al fenómeno de la globalización se
ha ido extendiendo la conciencia en sectores, en primer lugar en la clase obrera, pero
además en otros. Hace unos pocos días ¿cuál era el debate ese tan surrealista que

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había en el Congreso en Washington? Estaban discutiendo una resolución para que
Estados Unidos se retire de la OMC. Un grupo de legisladores aunque no sean la
mayoría, están proponiendo irse de la OMC porque están en contra de la
globalización neoliberal, porque lo ven desde el ángulo de los perjuicios que le crea a
los trabajadores norteamericanos y a la pequeña empresa norteamericana.
No recuerdo que hubiera sido tan frecuente encontrar alrededor de reclamos
principales, cardinales del Tercer Mundo, una coincidencia entre nuestros pueblos,
los pueblos del Tercer Mundo y amplios sectores de las sociedades del mundo
capitalista desarrollado, como los que se ven ahora.
Yo no sé que curso va a tener la revolución mundial, en qué forma va a
evolucionar la lucha anticapitalista, pero no tengo la menor duda de que hay nuevas
condiciones creadas precisamente por los acontecimientos tan desgraciados desde
otro punto de vista que se plasmaron en la disolución de la URSS. Ahora no tienen los
capitalistas como argumento el anticomunismo ni la amenaza de la destrucción
nuclear, ahora están ellos ante su espejo, ahora tienen que dar respuestas a la gente, a
los problemas que la gente plantea, ahora hay que explicar con otros argumentos por
qué sigue creciendo el presupuesto militar, por qué continúa la carrera armamentista
cuando están corriendo solos, porque ya el contrario desapareció, pero no ha dejado
de tener un peso determinante y creciente en la economía norteamericana el sector
militar industrial, ¿por qué? Cómo se les explica a los trabajadores que al mismo
tiempo haya que recortar los gastos sociales, ni siquiera teniendo un asombroso
superávit, por primera vez en no sé cuántas décadas en el presupuesto federal tienen
miles y miles de millones de dólares de sobrante, pero al mismo tiempo tienen
millones y millones de demandas insatisfechas de la gente.
Por aquí tengo un librito que no se los voy a leer, por supuesto, pero que es muy
interesante y me llama la atención, ¿por qué?, ¿por qué se ha generado un cierto
interés entre los intelectuales norteamericanos de revisitar este texto Capitalismo,
socialismo y democracia?, un libro del año 42, muy famoso en su tiempo, de un señor
que no tenía nada de socialista, el señor Schumpeter, un defensor del capitalismo,
pero que tan lejanamente como en el año 42 emitió un pronóstico por el cual todavía
le siguen pasando la cuenta en los años 90. Se resume en una frase alrededor de la
cual giró todo un seminario organizado por una universidad norteamericana al
conmemorarse el cincuentenario de ese libro. Voy a buscar la cita nada más que de
esa frase de Schumpeter, la vieja profecía de él: «una forma socialista de sociedad
emergerá inevitablemente de la también inevitable descomposición de la sociedad
capitalista». Esto no fue una conclusión de alguien analizando el mundo dividido en
dos sistemas, con la clase obrera en el poder en una enorme porción de la humanidad
ni mucho menos, en el año 42 es cuando está lo peor del capitalismo a la ofensiva,
cuando ha invadido a la Unión Soviética, único país socialista en ese momento, sin
embargo este caballero analizando el sistema capitalista, analizando el capitalismo,
llegó en aquella época a la conclusión de que algún día, no mediante la derrota frente

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a naciones anticapitalistas, no como resultado del fracaso militar, sino como resultado
de su victoria universal, de su implantación en todo el mundo, vendría
inevitablemente el proceso de descomposición de esa sociedad y formas de
organización socialistas, no necesariamente, por supuesto, lo que era entonces la
Unión Soviética surgirían inevitablemente de esa «también inevitable
descomposición de la sociedad capitalista», algunos intelectuales norteamericanos
están tan preocupados al ver que se dio el escenario, o sea, ganaron, que ahora les
preocupa al cumplirse un aniversario de aquella teoría, que se fuera a cumplir
también esa profecía que tenía como requisito, repito, no la derrota del capitalismo,
sino su victoria.
Dije también, para acercarme a la conclusión, que me parece que era importante
en nuestra reflexión explorar la dimensión nacional de nuestro desafío. No es
solamente que en Cuba tenemos un sistema que corresponde con las aspiraciones de
la clase obrera, que se exprese en la teoría marxista, en la realización del marxismo
leninismo, no es sólo la victoria de la revolución contemporánea socialista, que
debemos defender frente a los intentos del capitalismo, sino que además se trata de la
defensa de nuestra propia identidad.
Cuando los cubanos identificamos Patria, Revolución y Socialismo, cuando los
vemos como elementos inseparables, cuando afirmamos que en Cuba ha habido una
sola Revolución, cuando se anuncie para mañana una concentración, una tribuna
abierta en Manzanillo, a unos pocos kilómetros de donde empezó la Revolución,
¿estamos usando expresiones retóricas o estamos refiriéndonos a elementos que
tienen que ser asimilados y asumidos como pilares de nuestra ideología?
Evidentemente es lo segundo, pero no siempre es así, en mi opinión quizás sería una
de las sugerencias para la actividad futura de quienes de algún modo nos metemos en
estos temas, los filósofos y los que no son tan filósofos.
Me parece que nosotros debiéramos dedicarle un poquito más de atención a esos
conceptos, ayudar a probarlo, a demostrarlo, y a convencernos realmente de que es
así, es fundamental porque si realmente aquí no se tratase de eso, no sería exacta la
afirmación de que es lo mismo Patria, Revolución y Socialismo. Y es lo mismo. Si se
pierde el sistema político, si se pierde el proyecto económico social, se pierde
también la nación, la nación cubana como fue concebida. ¿Hasta dónde hemos
penetrado y hemos profundizado en eso?
Una de las fallas más frecuentes en nuestro discurso histórico, el modo en que
abordamos nuestra historia, es la gran laguna que aparece en nuestro siglo XIX.
Dedicamos espacio generoso a todos los reformistas y reconocemos el aporte de cada
uno a la formación de nuestra cultura. Es un lugar común entre los cubanos destacar a
Varela y a Luz y Caballero y de ahí saltar a Martí en lo tocante al desarrollo del
pensamiento nacional cubano. Se omite así un elemento absolutamente indispensable:
la ruptura ideológica con el reformismo que significó la Revolución del 68 a pesar de
que de esa ruptura nació no sólo la Revolución sino también la nación y el pueblo

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cubano. Profundizar en esta parte de nuestra historia y específicamente lo que
aportaron a nuestro pensamiento político los hombres que fueron capaces de romper
con el reformismo es algo de lo que no podemos prescindir.
Mientras no lo hagamos, no solamente no somos justos con los hombres de aquel
período, sino que no profundizamos en nuestras verdaderas raíces ideológicas y no
ayudamos a sostener esa afirmación de que aquí ha habido una sola revolución. Si de
verdad entendemos la importancia de la ruptura ideológica que se produce a
mediados del siglo pasado en este país, que es la que permite el nacimiento de la
nación cubana, y esa nación nace precisamente cuando un sector de los criollos
cubanos rompe con la tradición reformista y descubre que es posible crear una
sociedad independiente, pero además define cómo tiene que serlo, no veríamos sólo
en La Demajagua el lugar donde se hizo un gran gesto de emancipar a los esclavos,
cuando Céspedes le dio la libertad a sus esclavos, y los invitó a combatir.
Si hubiera sido solamente eso lo que hubieran hecho aquellos hombres, ya habría
sido tremenda cosa, pero en un mundo en el que todavía democracia era una mala
palabra, en un mundo en el que todavía habría que esperar varias décadas para que se
admitiese teóricamente el derecho de todos los hombres adultos a participar en la vida
política, convocar a los esclavos negros a participar en el gobierno de una sociedad
naciente, darles hasta los más altos rangos militares, darles participación en el
gobierno y crear un ejército y un gobierno, por primera vez participando quienes
habían sido los esclavos hasta ese momento, era muchísimo más, pero muchísimo
más, que lo que cualquier movimiento hacia la independencia habría osado hacer en
nuestro continente, incluyendo la famosa revolución norteamericana, que se
independiza con esclavitud, que tienen que esperar los esclavos un siglo para que,
coincidiendo con el inicio de nuestra revolución, se les reconozca formalmente el
derecho más elemental que es poner fin a la esclavitud, eso es lo que ganan con la
guerra civil, pero no ganan ningún derecho civil ni político, tendrían que pelear otro
siglo más, después de acabarse la guerra civil para que se reconozca formalmente la
existencia de derechos civiles y políticos para el negro en Estados Unidos y todavía
luchan hoy para que esos derechos sean reconocidos en la práctica.
En Cuba, desde el primer día, se produjo algo que es el origen de la idea de
nuestro socialismo, o sea, la idea de una nación que tenía que ser sobre bases de
igualdad y solidaridad, pero dando un salto al vacío enorme, porque afirmar eso en
una sociedad dividida por la esclavitud significaba, además de eso, reconocer y
aplicar la igualdad entre negros y blancos, y también de paso, por cierto, los asiáticos
que eran una pequeña parte de los explotados de este país. No es que Céspedes haya
invitado a los esclavos a que se hicieran libres, es que él afirmó una cosa como ésta el
25 de diciembre de 1870, cuando por decreto elimina el reglamento de libertos,
«restituirle su natural calidad de hombres libres», está hablando de los negros y los
chinos, «ejercitando su personalidad con toda amplitud, gozando de los mismos
derechos civiles y políticos de los demás ciudadanos con perfecta igualdad».

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Cuando se afirmó eso aquí, en un país que estaba aislado, rodeado por la flota
española, aislado del resto de América Latina, con la oposición yanqui a la guerra de
independencia, cuando se afirmó eso aquí, en ningún gobierno burgués, o en ningún
parlamento burgués del mundo occidental se reconocía ni siquiera, teóricamente, el
que todos los ciudadanos del sexo masculino pudiesen tener derechos civiles y
políticos. A nadie se le hubiera ocurrido la idea de que además los tuviesen personas
de «razas inferiores», o personas que eran hasta unos días antes esclavos…, ¿hubo o
no hubo aquí, hace 130 años el inicio de una profunda revolución social? ¿No
tenemos, no sólo el derecho, sino la obligación de reconocer y afirmar que esta
revolución es aquella, y es la continuación de aquella?, y ¿no está ahí junto con las
concepciones teóricas, junto con los análisis de fuente universal, digamos, no está ahí
la otra gran columna de nuestra resistencia y de nuestra ideología en el mundo de
hoy?
Yo creo que a la hora de reflexionar y de estudiar estos problemas que tienen una
importancia práctica indudable, nosotros debemos estar conscientes primero de que
estamos dando una batalla en la que nuestros adversarios están muy preocupados,
porque saben que aquí hay algo que pone en riesgo, que cuestiona la idea de un
mundo homogeneizado, monolítico y antidemocrático, un mundo de donde
desaparezca la idea del gobierno popular, de donde desaparezca incluso la idea del
Estado, la idea de que alguien regule la sociedad. Porque Cuba es un país que ha sido
capaz, de un modo autónomo, de un modo propio, de desarrollar ese proyecto
alternativo, y que si lo ha podido hacer, lo ha sido entre otras cosas porque ese
proyecto tiene raíces muy profundas, muy sólidas, nada más y nada menos que
vinculadas con el origen mismo de su cultura, con el origen mismo de su nación, con
lo que define su propia identidad, frente a eso no es nada fácil, por supuesto, lo que
puede hacer el adversario por más poderoso que parezca.

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ANTIDEMOCRACIA NEOLIBERAL

Fragmentos de la entrevista realizada por Susana Tesoro, Bohemia, La


Habana, 10 de mayo del 2000

El ciudadano común de fin de siglo atraviesa una crisis de conciencia. En sentido


general parece agotado de la mala gestión, la corrupción, la fiscalidad —que no
repercute de manera favorable en su vida cotidiana—, del exceso de burocracia y de
considerar que el Estado debe proporcionarle más.
En la era del Renacimiento, los estados eran los principales actores. Hoy son las
empresas, los grupos industriales y financieros privados quienes se reparten el
mundo. Millones de seres humanos no pueden ejercer el sufragio. Pero los mercados
votan todos los días, y lo hacen por encima de derechos como bienestar social, salud
pública, educación, libertad e igualdad. Apoderarse del poder político se está
convirtiendo en un simple formalismo.
¿Qué consecuencias tendrá todo esto para los ciudadanos, su nivel de vida y para
la misma democracia? ¿Qué hace esta pequeña Isla del Caribe para no sucumbir en
este caos mundial?
Bohemia conversó sobre el tema con el doctor Ricardo Alarcón de Quesada,
presidente del parlamento cubano.
Pregunta. —Todo parece indicar que la humanidad entrará en el tercer milenio
con la democracia como una de sus grandes aspiraciones. ¿Cuáles elementos básicos
de este concepto están aún amenazados?
Respuesta. —La verdadera democracia ha estado lejos de ser alcanzada por la
humanidad. Ha sido una aspiración presente a lo largo de estos dos milenios. En
todos estos años se ha ido perfilando la idea; pero no se ve realizado el objetivo real.
Los aspectos principales de la democracia están en peligro, ante un peligro mayor
al que enfrentó el mundo con el fascismo: ahora, al terminar el segundo milenio,
estamos como nunca antes, en presencia del cuestionamiento de las premisas básicas
de esa idea.
Pregunta.—¿Cree que su significado primordial ha cambiado?
Respuesta. —El propio vocablo lo expresa: gobierno del pueblo, autoridad del
pueblo. La sociedad organizada debe tener un gobierno que existe para el pueblo. Ese
gobierno democrático debe ser elegido y controlado por la gente. Esa es la idea desde
la civilización griega hasta hoy. Lo que se trata de imponer y llevar
internacionalmente como moda, como filosofía, como política dominante, tiene como
esencia la eliminación de esa aspiración milenaria. O sea, el gobierno no tiene que ser
para el pueblo. En la sociedad no debe haber una autoridad que tenga por mandato
resolver los problemas de la gente o buscar su solución, sino que la sociedad debe
dejar que todo lo decida el mercado.
La naturaleza del llamado neoliberalismo es esa, reducir el papel del Estado,

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minimizar la función reguladora del gobierno. Los sectores más reaccionarios del
capitalismo que sostienen esa idea critican un supuesto exceso que tenía el gobierno,
precisamente en la medida en que fueron avanzando los criterios democráticos en
este siglo como consecuencia de las luchas populares y el temor de muchos burgueses
ante la aparición del campo socialista y las revoluciones anticoloniales. Entonces
tuvieron que hacer concesiones, incluso algunas reformas y admitir que el Estado
asumiese una función reguladora que buscaba, en el fondo, controlar o amortiguar los
conflictos sociales. La caída de la URSS llevó a los grandes centros capitalistas a una
euforia limitada, se habló hasta del fin de la historia, y a dar rienda suelta a la codicia
desmantelando el Estado y sus funciones como se habían conocido. Todo el poder
para el capital y ningún límite para el capital: esa es la esencia de la ofensiva
neoconservadora Con ella desaparece hasta la idea del Estado democrático. Hoy
ocurre que los estados nacionales prácticamente desaparecen. ¿Qué es un Estado del
Tercer Mundo en relación con el movimiento de capitales, las inversiones o lo que
hacen los inversionistas? Los estados dirigen, gobiernan o regulan cada vez menos.
Lo hacen las fuerzas económicas poderosas. Entonces, podemos preguntamos:
¿dónde queda la posibilidad de la gente para controlar y ejercer la autoridad? ¿Para
qué son las elecciones? ¿Para qué son los gobiernos? La respuesta está en que
aumenta la distancia entre la gente y el poder político, y ese es el principio del
«neoliberalismo», que es esencialmente antidemocrático. Yo creo que esa es la gran
amenaza que tiene hoy la democracia.
Pregunta.—¿Qué va a pasar de aquí en lo adelante?
Respuesta. —Estamos llegando al final del milenio, y si recapitulamos un
poquito, vemos que la última década fue la posterior a la caída de la Unión Soviética,
y comenzó con la embriaguez triunfalista de los conservadores. El capitalismo se
impuso en el ámbito mundial, se rompían todas las amarras. Al desaparecer el sistema
socialista europeo, mucha gente pensó: ya no hay por qué hacer concesiones.
Cuando la década termina, las noticias dicen otra cosa. ¿Qué pasó en Seattle?
¿Qué pasó en Davos? Los disturbios han sido importantes, y no ha sido la gente del
Tercer Mundo, ni los pobres de Asia, África, o América Latina. Eran habitantes de
los países capitalistas desarrollados, ¿y contra qué luchaban?: contra el capitalismo.
Porque sienten sobre ellos las consecuencias negativas del modo en que hoy se
despliega el capitalismo No podemos ocultar las amenazas de que te hablé, pero ya
está presente su contrario. Estoy convencido de que los próximos años van a ser los
del auge de la lucha contra el capitalismo como sistema, y por la democracia
verdadera como aspiración. La forma que va a adoptar y sus contenidos específicos
están por verse, pero no tengo la menor duda de que ocurrirá.
[…]
Pregunta. —Nunca estuvo más clara la diferencia entre la democracia que existe
en Cuba y lo que los anexionistas de Miami llaman democracia. ¿Puede poner los
detalles?

[Link] - Página 138


Respuesta. —Los ejemplos son muchos. Leí hace poco una información en el
Miami Herald acerca de las protestas de miles inmigrantes que son residentes legales
en Estados Unidos, pero que no son ciudadanos, o sea que no han cumplido el primer
paso para participar en el sistema electoral de un país.
En otro reportaje aparece la señora Ileana Ros ante un grupo de señoras de origen
cubano. Las damas protestan porque no pueden pagar la planilla de solicitud para
optar por la ciudadanía. El primer trámite es pagarle $250. USD al servicio de
inmigración por una planilla. Luego podrán darle o negarle la ciudadanía, pero los
$250. USD no son devueltos.
Esa protesta es en la Pequeña Habana, en el barrio de Hialeah, distrito electoral de
la señora Ros, y según esta información, son más de 4000 quienes se quejan porque
no pueden pagar la planilla por ser personas muy pobres. Cuántos otros miles habrá
que ni siquiera se molestan en protestar.
Fíjate en la ironía del asunto. Allá en la Pequeña Habana, miles de personas dicen
que se fueron para buscar la «democracia», y no pueden ni dar el primer paso de una
persona en cualquier sociedad democrática, que es adquirir la ciudadanía. Si
volvemos a los clásicos, esta gente son los ilotas, los esclavos, los excluidos de la
sociedad, porque ciudadano en Grecia era eso, el que opinaba y votaba, esa es la
primera premisa de la democracia: ser ciudadano.
Además, estamos hablando de personas de origen cubano con una Ley de Ajuste,
que al año y un día adquieren la residencia legal y después de equis tiempo pueden
solicitar la ciudadanía. Cuántos serán los mexicanos, hondureños, guatemaltecos,
nicaragüenses, ecuatorianos, colombianos, los millones de inmigrantes, que ni sueñan
con ser residentes. Entonces, la sociedad norteamericana nos hace recordar a la
antigua Grecia con una democracia que excluye a grandes masas de la población. Lo
que impera en Miami, para ser justos, es en parte un reflejo de los Estados Unidos,
aunque muchas personas en ese país ven a Miami como algo atroz, algo que les choca
y escandaliza.
En Miami han ocurrido cosas como la anulación de elecciones. El que era alcalde
hace un año fue destituido. Un tribunal descubrió que habían sido falsificados votos y
boletas. Hubo casos geniales de muertos que «votaron». Algunos protestaron por
aparecer como votantes sin haber concurrido a las urnas. Nombres en los registros
tomados de las tumbas. Y como si fuera poco, un sargento político de origen cubano,
presentó una cantidad de votos ausentes con la misma dirección, y cuando fueron los
inspectores a verificar, se encontraron en el lugar de supuesta residencia un edificio
que había sido demolido años atrás. El caso es escandaloso, pero no es el único.
Pregunta.—¿Cuál es la particularidad de tanta corrupción?
Respuesta. —El sistema es corrupto y corruptor porque todo se basa en el dinero.
Esa es la esencia del sistema y no puede ser otra. Cada vez es peor en la medida en
que se desarrolla como una industria. Los anuncios, los espacios, la propaganda cada
vez cuesta más cara y hace falta plata para pagar todo eso.

[Link] - Página 139


Pregunta. —De acuerdo con los últimos acontecimientos, que no es necesario
enumerar, la mafia anexionista de Miami ha exhibido ante el mundo su
antidemocracia. ¿Con qué argumentos van a defender «su proyecto?».
Respuesta. —Lo que los anexionistas siempre han querido imponer a Cuba es la
anexión, que es la negación de la democracia. Por definición, el anexionismo y la
política imperialista son antidemocráticos. Es imponer la tiranía desde el extranjero
sobre la voluntad de los ciudadanos del país en cuestión.
Lo que está pasando ahora tiene un valor simbólico tremendo, se han apoderado
de un niño, se lo han robado a su padre, no son ni todos los niños ni todo el país, pero
del modo más grosero y vulgar están manifestando su pretensión anexionista:
apoderarse de lo que es nuestro. Si eso hacen con un niño de 6 años, qué no harían si
algún día pudieran echar garra sobre este país.

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LA TRANSICIÓN A LO HELMS-BURTON

Comparecencia ante la Televisión Cubana a propósito del documento


enviado por el presidente norteamericano William Clinton al Congreso de
su país y sobre las medidas de instrumentación del capítulo número dos
de la Ley Helms-Burton, en el programa «Hoy mismo», el 3 de febrero de
1997

[…]
En primer lugar, creo que es importante subrayar que este documento que tengo
aquí (muestra documento) no es otra cosa que el cumplimiento de lo que se le
instruyó a Clinton que hiciera por la sección 202G de la Ley Helms-Burton, lo que el
documento habla muy poco de la Ley Helms-Burton, y el documento tuvo esta
trayectoria: empezó a filtrarse en los medios de comunicación, y empezó a filtrarse
una versión, un modo intencionado de referirse a este documento.
Aquí hay otro documento, muy cortico, un parrafito —esto que está aquí (lo
muestra)— que es la carta que Clinton les manda a los presidentes de los comités
congresionales, donde les dice eso: En conformidad con la Sección 202G de la Ley,
etcétera, etcétera, le envío aquí el informe este, con el título de «Apoyo para una
transición democrática en Cuba», que es el título ampuloso de este documento.
Por cierto, que en esta cartica dice que no solo este es el informe que él hace —
este es el que hace para distribuir públicamente—, sino que hay otro que es —voy a
citarlo— «para uso interno del Gobierno de los Estados Unidos y que no se pretende
publicar».
Ahora, empezaron a alborotar y hacer mucho ruido a través de las agencias de
prensa en relación con un supuesto «plan de ayuda» multimillonario para Cuba,
etcétera, etcétera, fue un torrente de despachos cablegráficos sobre eso. El compañero
Fidel Castro, el 28 de enero, se refirió a este asunto en su discurso en el Parque
Central; es decir, que Fidel estaba respondiendo el mismo día en que estaban
apareciendo en la prensa internacional las referencias a ese plan grandilocuente del
señor Clinton, y explicó allí el Comandante en Jefe que, por supuesto, íbamos a
estudiar ese documento e íbamos a dar una respuesta condigna.
Con esta comparecencia aspiramos, realmente, a dar una explicación inicial, a una
aproximación al tema y ayudar a que nuestros televidentes tengan la mayor
información; pero, además, tenemos que decir lo siguiente: este documento lo vamos
a analizar y lo vamos a discutir con todos nuestros trabajadores, con nuestros
campesinos, con nuestras mujeres y con nuestros jóvenes.
Esto que dice por aquí Clinton de que se lo van a comunicar al pueblo de Cuba
conforme a la sección 202F, que también es parte de la ley, si quiere que lo haga; pero
sí le puedo garantizar que nosotros nos vamos a encargar por nuestra parte de hacerlo,

[Link] - Página 141


como parte del proceso en que está enfrascado nuestro pueblo de análisis y de
discusión de nuestra Ley de reafirmación de la dignidad y soberanía cubanas, y del
estudio de la Ley Helms-Burton, que hemos emprendido desde hace bastante tiempo
y que continuaremos, porque nosotros aspiramos y buscamos que nuestra población
completa tenga los mayores elementos de juicio sobre todo esto, porque se trata de un
plan maquiavélico contra todo el pueblo de Cuba.
Cuando yo empecé a ver esos cables internacionales, me asaltaron varias dudas;
te puedes hacer diversas preguntas cuando tú oyes hablar de que Clinton va a dar
miles de millones de dólares: Primera, que se había vuelto loco. No había razones
para pensarlo, puesto que él habló, actuó con mucha cordura y se las agenció para
confundir o convencer a la cuarta parte del electorado norteamericano, que fue quien
votó por él, para que lo dejaran en la Casa Blanca. Un loco, suele dañar sus propios
intereses.
Segunda hipótesis, que él no se ha leído la Ley Helms-Burton; que la promulgó y
la firmó sin haberla leído. Yo no puedo asegurar que ese sea el caso, pero tampoco lo
excluyo. Dada la frivolidad que caracteriza a este caballero, es posible que haya
firmado un documento sin conocerlo. No me consta que se haya leído este tampoco
(muestra documento).
Pero después, al ver este documento y esta cartica (los muestra), en la cual dice
que lo que está haciendo es cumpliendo su obligación como presidente, ya sitúa las
cosas con más claridad: no puede ser nada distinto a la Ley Helms-Burton por la
sencilla razón de que con la Ley Helms-Burton, el presidente Clinton renunció a sus
atribuciones para conducir la política en relación con Cuba. Por eso, es que yo decía:
se habrá vuelto loco o no se ha leído la ley. No, el problema es que el documento es,
simplemente, una parte de la Ley Helms-Burton y de cómo pretenderían aplicarla.
Ahora, hay también un elemento que es fundamental y que tiene que ver con ese
bagaje de publicidad que comenzó antes de que apareciera el documento mismo: dar
una idea totalmente falsa de lo que el documento establece. No solo aquí no se
establece ningún compromiso de Estados Unidos de dar absolutamente nada, sino que
se dice lo contrario.
Vamos a ver el párrafo que ha dado pie a todos esos cables, aunque citados
siempre parcialmente, que aparece al final del documento, en la página 19 en español.
Dice así: «… ningún país ni ninguna institución internacional están en la posición
de contraer compromisos específicos de otorgamiento de fondos para apoyar la
transición en Cuba». Ningún país, y este caballero, por lo menos, habla a nombre de
uno. Muchas veces él habla como si hablara a nombre de todo el mundo; pero, bueno,
por lo menos si él dice eso está asegurando, por lo pronto, que el país llamado
Estados Unidos no asume compromiso específico alguno.
Agrega después: «… No obstante, es razonable la proyección de que, durante un
período de seis años subsiguiente a la instauración de un gobierno de transición, Cuba
recibiría de $4000 a $8000 millones en préstamos, donaciones y garantías por parte

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de las instituciones financieras internacionales, organizaciones multilaterales y países
individuales…».
Por cierto, los párrafos precedentes todos hablan de esos organismos financieros
internacionales, que serían los que suministrarían —según lo que sigue después—
una buena parte de ese volumen de dinero, y señalan, al final del tercer párrafo, antes
de que entrara en este que he leído, que Cuba tendrá que firmar un acuerdo financiero
con el FMI y renegociar su deuda oficial para poder obtener acceso a ese
financiamiento.
No sé nuevamente si él leyó con cuidado la Ley Helms-Burton, pero si no yo
tendría que recordarle que en eso que él firmó, en marzo del año pasado, hay una
sección completa, la 104, dedicada a establecer la oposición de Estados Unidos al
ingreso de Cuba en cualesquiera de esas organizaciones financieras internacionales, y
se deja muy claro que Estados Unidos se opondría a eso durante todo el llamado
período de transición y que solamente accedería a que Cuba ingresase en esas
organizaciones después que aquí se hubiera implantado lo que ellos llaman «el
período democrático».
Recordemos que la esencia de la Ley Helms-Burton es concebir la estrategia
yanki contra Cuba y desarrollarla intensificando el bloqueo, buscando extenderlo a
todo el mundo, asfixiar a Cuba económicamente, buscar —es lo que pretenden ellos
—, de ese modo, derrocar la Revolución y después se entraría en dos etapas, una
antes de la otra: primero, lo que llaman el período de transición, que es de lo que
habla este documento (muestra documento), él nada más que habla de eso, de la
«transición democrática en Cuba», y después vendría lo que sería la «etapa
democrática». En este período no hay lugar para Cuba, según la Ley Helms-Burton,
en ninguno de esos organismos financieros internacionales, yo no sé cómo demonios
puede el señor Clinton hablar de ningún flujo financiero de esos organismos que no
podrían tener relación con Cuba en esa etapa y que serían, al parecer, una de las
fuentes importantes de esa millonaria cifra de que ellos hablan.
Héctor Rodríguez. —Hay una contradicción entonces.
Roberto Cavada. —Evidente.
Ricardo Alarcón. —Una de ellas, pero hay varias más.
Roberto Cavada. —Incluso creo que se habla de que en ese período de seis años,
según la Ley Helms-Burton, todavía estaría ejerciéndose el bloqueo a Cuba.
Ricardo Alarcón. —Por supuesto, y eso lo recordó hace unos días uno de los
legisladores de origen cubano, que es uno de los patrocinadores de la ley. En este
período cualquier vinculación económica entre Cuba y Estados Unidos estaría muy
restringida a áreas muy específicas, muy limitadas y muy controladas; pero, además,
seguiría existiendo el bloqueo económico, comercial y financiero. Y ahora aquí nos
está diciendo —fíjense que de contrabando entró una frasecita— que en un período
de seis años, que después va a decir que va a durar más de seis años; pero, por lo
pronto, ya sabemos que incluso si hubiesen conseguido lo que jamás van a conseguir,

[Link] - Página 143


que sería la destrucción de la Revolución Cubana, el bloqueo no va a cesar, por lo
menos ya —está anunciado por ellos—, durante seis años más tarde.
Yo no sé qué hizo Clinton ayer, si disfrutó de un día excelente como el que había
en La Habana; yo, desgraciadamente, tuve que revisar otra vez este texto, sobre todo,
para compararlo con algo que apareció después, que fue la versión en inglés.
Roberto Cavada. —Porque apareció primero la de español y después la de inglés.
Ricardo Alarcón. —Por lo menos, a nuestras manos llegó primero la versión de
traducción oficial al español, según dicen ellos, y después la inglesa, que es el idioma
oficial de ellos, e hice algún ejercicio con algunos diccionarios de la lengua inglesa,
especialmente con el de la Universidad de Oxford, donde, según se dice, el señor
Clinton pasó una temporada siendo joven por allá, para esclarecer bien de qué cosa
estaban hablando.
Préstamos, donaciones y garantías. Bueno, un préstamo todo el mundo sabe lo
que es. Es algo que se recibe, pero que hay que devolver con los intereses que se
establecen al otorgar el préstamo; es decir, no es una transferencia neta de recursos de
un lugar para otro, eso hay que devolverlo y devolver un poquitico más de lo que se
recibió.
Pero aquí dicen «donaciones», pero sucede que en inglés no dicen exactamente
eso, en inglés emplean el vocablo «grants», y «grants», como debe conocer un
gobernante norteamericano, es una suma de dinero que se da para un propósito
definido, para un propósito particular. Es decir, es un aporte financiero pero atado, no
es para que lo uses para lo que tú soberanamente decidas, sino para que lo emplees en
relación con algo que el donante haya decidido.
«Garantías» es algo parecido. Las garantías son un respaldo bancario, pero que
hay que reponer. De manera que aquí lo único que habría en esas cifras,
aparentemente impresionantes, serían lo que ellos llaman donaciones; pero cuidado,
que para el Senado yanki lo que vale es «grants», no «donaciones». ¿Por qué usan ese
vocablo y no el otro del español? Sencillamente, porque la finalidad de este
documento es sembrar la confusión, desorientar, desempeñar su papel subversivo.
Hay otro ejemplo, por cierto, de manipulación del lenguaje. En español, después
de las frases que he leído, dice lo siguiente: «… Después de dicho período» —o sea,
los seis años— «la transición económica habría concluido en gran medida…».
Bueno, aun así, en español está diciendo que no habría concluido totalmente, pero el
verbo concluir nos acerca psicológicamente al final del período. Y eso no es lo que
dice en inglés; en inglés lo que dice es que, después de ese período, la transición
económica «debería haber avanzado», que no es lo mismo. Puede ser que haya que
seguir avanzando en esa transición otros seis años más, con el bloqueo
norteamericano, etcétera.
Me llamaba la atención, porque yo decía: bueno, ¿Clinton se ha vuelto
alquimista? ¿Habrá logrado convertir la demagogia en oro? Se ha vuelto un mago.
¿De dónde ha sacado todos esos miles de millones que dicen los cables que él estaría

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dispuesto a dar? Si tuviera tanto dinero, ¿por qué no lo utiliza para los pobres en
Estados Unidos? ¿Por qué no lo emplea en asistencia médica para los más de 44
millones de norteamericanos que carecen de ella, según los datos norteamericanos?
¿Por qué si tiene tanto dinero, si logra fabricar el oro así como así, les cortan las
prestaciones sociales a los pobres, a los ancianos, a las mujeres, a los niños? Y,
además, ¿miles de millones? Si la asistencia oficial de Estados Unidos a toda
América Latina el año pasado fue de 248 millones; 248 millones es lo que ellos han
dado a todo el continente en materia de asistencia económica para su desarrollo y
demás. Han dado algo más, por supuesto, para comprar armas; han dado algo más
para el combate contra el narcotráfico y para otras cosas menores, pero la esencia de
la ayuda oficial ha sido esa. ¿Cuatro mil u ocho mil millones para Cuba?
Evidentemente, yo creo que ha habido una intención manipuladora desde el
principio, de crear una impresión, a través de los medios de prensa, que no tiene nada
que ver con la realidad; pero el mismo texto, como creo que ustedes han podido ver,
está diciendo que ellos no se comprometen a nada y que calculan que entre
préstamos, donaciones «amarradas», digamos, y garantías bancarias habría una cifra
de ese tipo.
Ahora, la segunda pregunta que se haría cualquier persona a la que le van a hacer
«ese obsequio» sería: ¿para qué? ¿Se ha vuelto tan generoso el señor Clinton? Yo
creo que ahí lo mejor para eso, Héctor y Cavada, es agarrar el documento página por
página, donde va diciendo las distintas cosas que va a hacer.
Las primeras páginas son de carácter introductorio, con una serie de
consideraciones sobre las que yo, si ustedes me permiten y el tiempo nos alcanza,
quisiera regresar después.
Pero quisiera ir ahora viendo, punto por punto, a partir de la primera página en
que ellos hablan del destino de ese prometido, supuesto y proyectado movimiento de
recursos hacia Cuba.
En la página 7, habla de que habría asistencia internacional, es decir, se usarían
parte de los recursos que llegaran de esas fuentes ya aludidas para organizar en Cuba
toda una serie de mecanismos y de instrumentos para garantizar lo que ellos
denominan el respeto de los derechos humanos. Esto es parte, por supuesto, de toda la
campaña de calumnias, de mentiras y de falsedades contra nuestro país. Los
norteamericanos usan esta materia; él tendría muchísimos campos en los cuales
utilizar mucho más de 4000 u 8000 millones de dólares para defender los derechos de
los negros, de los pobres, de las minorías en Estados Unidos, si quisiera tener alguna
preocupación legítima por los derechos humanos. Menciono eso porque es el primero
que aparece en el orden cronológico, digamos, del documento, en la página 7. Sería
uno de los destinos de esa financiación exterior.
Pasamos a la página 8 —ahí entran ustedes— «… asistencia para capacitar a los
periodistas en métodos objetivos y responsables para informar a la ciudadanía». Por
ejemplo, ¿para enseñarles a ustedes a decir que va a dar 4000 millones, cuando él está

[Link] - Página 145


diciendo que no se compromete a dar un centavo? Ese es el periodismo objetivo,
responsable, etcétera, al que nos quisieran acostumbrar. Y, por supuesto, también
asistencia técnica y financiera para establecer empresas privadas de radio y de prensa
escrita.
En esa misma página nos dicen otro destino de esa asistencia: «Financiar a los
partidos políticos llamados democráticos, proporcionarles capacitación, asistencia
técnica a sus dirigentes y activistas para desarrollar capacidades organizativas; de
recaudación de fondos», etcétera, etcétera.
En esto de recaudación de fondos, Clinton sí tiene mucho que enseñar a todo el
mundo, porque, según se dice, él recauda centenares de millones, ha convertido la
Casa Blanca en un motel, alquila el cuarto de Lincoln, etcétera; o sea, de técnica para
recaudar fondos, él quizás sí tendría algo que aportar. Pero, bueno, ese es otro destino
de la asistencia.
Pasamos a la página 9. Ahí aparece entonces el financiamiento de asesores a largo
plazo, dice en el texto «… a largo plazo que puedan (…) apoyar el programa
gubernamental de reforma política y económica».
Sigue en la misma página «… asistencia para fortalecer los sistemas de
administración, control y responsabilidad financiera», etcétera, o sea, reforma
administrativa. Fíjense, además, por dónde estarían entrando los yankis, por todos los
poros de esta sociedad, asesores por todos lados; ya los tenemos en la administración
pública.
Sigue en la misma página: asistencia para la transformación de nuestras fuerzas
armadas en un instrumento que fuera apropiado para el tipo de Cuba que ellos están
imaginando, donde, por cierto, hay un aporte de Clinton, eso no estaba en la Ley
Helms-Burton. Aquí sugiere que esas fuerzas armadas pudieran «participar en los
esfuerzos internacionales para el mantenimiento de la paz». Esto es muy gracioso.
Estados Unidos favorece el que se utilice Naciones Unidas para operaciones de
mantenimiento de la paz, siempre y cuando la paguen otros, porque ellos no pagan
sus obligaciones con la ONU, y, sobre todo, siempre y cuando sean otros los que
pongan los oficiales y los soldados, y están ya imaginando una Cuba colonizada; por
supuesto, pudieran pretender que sus militares fuesen empleados como carne de
cañón en las guerras imperialistas.
Y al final de la página 9 —y continúa en la 10— viene otro destino de la
asistencia internacional relacionado con el desarrollo de las elecciones. Aquí voy a
subrayar una frasecita que no deja de ser interesante, entre otras cosas sería para
«capacitar a los funcionarios electorales y a los encargados de custodiar las urnas
electorales».
Los encargados de custodiar las urnas electorales en este país, como saben
ustedes, compañeros, son los niños, los pioneros. Sería más práctico que el señor
Clinton le pidiese a cualquier pionero cubano que le enseñase a él cómo se organizan
y se llevan a cabo elecciones limpias, elecciones honradas, elecciones en las que no

[Link] - Página 146


predomina el mercantilismo, la corrupción; en eso Clinton sí le puede enseñar mucho
a la gente, pero en elecciones verdaderas tendría mucho que aprender de nuestros
niños. No tiene nada que enseñarles, por favor, no queremos malos ejemplos.
En la página 10, después que pasó este tema de las elecciones al que ya aludí,
tienen también para esas elecciones otro destino que implicaría gastos, que es la
designación de observadores internacionales, de la OEA y yankis; eso hay que pagarlo,
por supuesto, y generalmente son caritos.
En esa misma página entramos nosotros, Héctor, los diputados, habría asistencia
para transformar las legislaturas. ¿Tú sabes una de las cosas que nos harían los
asesores extranjeros? Hacernos el reglamento que acabamos de aprobar ahora, como
tú recuerdas, después de haberlo discutido no sé cuántos millones de veces. El
reglamento lo harían los extranjeros y también «las estructuras para las comisiones
legislativas y los mecanismos de comunicación con el poder ejecutivo y la
ciudadanía».
Bueno, sobre mecanismos de comunicación con el poder ejecutivo, Clinton es el
que tiene que estudiar bastante, porque ya tiene algunas dificultades allá con su poder
legislativo; en cuanto a la ciudadanía, francamente no tiene nada que enseñarnos.
Nuestras asambleas se basan, como sabemos, en la más estrecha vinculación con el
pueblo y es lo que tratamos de hacer delegados y diputados permanentemente.
Y no puedo dejar de mencionar el final del parrafito: Nos van a ayudar en «la
redacción legislativa». ¡Por Dios, por Dios!, el día que un compañero diputado me
redacte un proyecto de ley como este adefesio de la Ley Helms-Burton, creo que
deberíamos botarlo, ¿no?
Sigue la página 10. Aquí entra en lo que se pudiera considerar una elaboración de
otra Constitución, o de cambios en la Constitución de la República. Ni la actual, que
nos hemos dado soberanamente, ni las anteriores pueden servir, irían a tomar de aquí
y de allá; pero, además, habría que buscar asesores para que le introduzcan insumos
de otras concepciones, otras civilizaciones, otras culturas, como si esto pudiera ser
algo que algún país soberano admitiese, ¿no? Pero, bueno, eso implicaría parte de los
famosos recursos que empezamos mencionando.
En la página 11 hay varios puntos, uno es la reforma del sistema legal. Harían
falta una serie de cambios en el sistema de nuestra judicatura, de nuestros tribunales,
etcétera. Esto tiene que ver con la cuestión vital, clave, que se repite a lo largo del
documento varias veces, que es la de la recuperación de las propiedades que fueron
nacionalizadas por la Revolución.
Este párrafo dice cosas muy «sabrosas»: Cuba necesitará un «número mucho
mayor de jueces». Esto va a ser «un esfuerzo de envergadura y a largo plazo para
volver a capacitar a los jueces existentes y para la formación de los nuevos». Pero
¿por qué? Lo dice así al final, porque «… Cuba requiera medidas a corto plazo para
resolver ciertas disputas en forma expedita, como por ejemplo, los reclamos de bienes
expropiados».

[Link] - Página 147


Aquí, por cierto, hay otro ejemplo de la manipulación. En todo este extenso
documento hay una sola nota al pie, que lleva el número uno y aparece aquí. ¿Qué
dice esa notica? “Un informe sometido al Congreso, de conformidad con la sección
207 de la ley para la Solidaridad Democrática y la Libertad de Cuba de 1996,
contiene detalles adicionales sobre los posibles tipos de asistencia para ayudar al
gobierno de transición de Cuba a resolver los casos de bienes expropiados”. ¿Por qué,
a él que le gusta tanto la difusión, no incluyó ese informe en este documento? ¿Por
qué no lo traducen al español? ¿Por qué no lo reparten? ¿Por qué no lo difunden más?
Entre esos «detalles» está que, a partir de lo que ellos llaman el período de
transición, aquí habría asesores norteamericanos para legislar sobre el tema de las
propiedades, con vistas a resolver lo que plantea la Ley Helms-Burton, que es la
devolución de las propiedades a los antiguos dueños. Habría asesores para presentar
al gobierno y a los llamados reclamantes las fórmulas que pudieran emplear para
resolver el supuesto problema existente en relación con esas propiedades; habría un
programa de educación cívica para enseñarles a los cubanos las virtudes y las
ventajas que tendría reconvertir nuestra economía sobre la base de devolver las tierras
a los latifundistas, las fábricas a los antiguos explotadores, etcétera, etcétera.
Y, además, dicen que para esa etapa va a ser sumamente útil la experiencia del
señor Stuart Eizenstat, que es el hombre que anda recorriendo a Europa siempre,
tratando de convencerlos de apoyar la Ley Helms-Burton, y que tiene, además, un
cargo en el gobierno de Estados Unidos, que es el de enviado especial para la
devolución de propiedades en Europa Oriental y Central. Ya este hombre ha
acumulado alguna experiencia en eso, ha logrado que algunas de esas propiedades
sean devueltas. Su técnica y sus logros serían aplicados en Cuba en ese supuesto
período que ellos conciben.
Esos son algunos de los «detalles» que merecieron esta discreta referencia al pie
de la página 11, donde, además, se incluye otro elemento muy interesante, que es la
asistencia para el desarrollo de las instituciones represivas en Cuba; es decir, lo que
ellos llaman, en el lenguaje usual norteamericano, agencias de orden público o
encargadas de la aplicación de la ley. Se habla incluso aquí de la posibilidad de un
tratado bilateral con Estados Unidos —aquí sí aparece Estados Unidos; en otras
partes es todos los países, la comunidad internacional—, que tiene interés en asesorar,
entrenar y adiestrar a los cuerpos represivos que, en una Cuba como esa que ellos
están imaginando, tendrían bastante trabajo, como es lógico, y como era antes,
porque aquí había asesores en el SIM, en el BRAC, en las fuerzas armadas y en la
policía de la época batistiana.
La página 12 es como una recapitulación, con una serie de consideraciones,
donde afirma que lo más importante aquí va a ser la privatización de las empresas
estatales; que los derechos de propiedad hay que establecerlos con claridad y
protegerlos adecuadamente. No hay ninguna relación directa de asistencia
internacional, que aparece ya en la 13.

[Link] - Página 148


En la página 13, volvemos a la propiedad y a la devolución de las propiedades:
«La asistencia internacional puede ser particularmente útil para el establecimiento de
los mecanismos para registrar y otorgar, en forma diligente, los títulos de propiedad
de los nuevos lotes de tierras privados y para desarrollar mercados de tierras».
¿Qué títulos de propiedad y qué nuevos lotes? Los campesinos cubanos recibieron
sus títulos de propiedad al comienzo de la Revolución; por ahí empezó esta bronca —
no nos olvidemos— en mayo de 1959.
Sí, claro, a los que se quieren apropiar de esas tierras de esos campesinos, habrá
que darles otro título nuevo y se definirá una nueva propiedad; de lo que se trata es de
eso, de quitárselas a los que las tienen hoy, justamente, legalmente, a las decenas de
miles de campesinos individuales y cooperativistas que son dueños de sus tierras por
la Revolución, y a muchos otros ciudadanos que han recibido en esta última etapa
también tierras, que son de ellos, o que son de la cooperativa, según el caso. Aquí no
hay nada que rehacer ni nuevos títulos que dar; por supuesto, sería un trabajito
bastante complicado y para eso destinarían parte de la famosa asistencia que el
alquimista va a trasladar hacia Cuba.
Héctor Rodríguez. —Ahora, se infiere que perderían la tierra los campesinos.
Ricardo Alarcón. —No, no es que se infiera, eso está claramente establecido en la
Ley Helms-Burton, está reiterado en el informito este que mencionaron al pie de la
página, está experimentado por Eizenstat en Europa, y dicen que lo vendría a
experimentar en Cuba.
Este documento, que busca confundir, que busca desinformar, no puede dejar de
reconocer y de señalar que el tema de la propiedad sobre la vivienda y sobre la tierra
es el tema clave de la Ley Helms-Burton. Ahora, emplea un lenguaje que trata de ser
sutil, trata de encubrir las realidades; pero con un pequeño análisis de un pueblo
culto, informado e inteligente como el cubano —no somos un pueblo como el que
imagina, por lo visto, el presidente Clinton—, ¿de qué nuevas tierras se habla?, ¿de
qué nuevos propietarios se habla?
Claro, ¿qué otro pudiera ser que no fuera después que tú te apropies, despojes a
los propietarios reales, actuales que hay en nuestro país, que son los campesinos en
las fincas, individuales o cooperativistas, y todos nosotros, en cuanto a la vivienda,
tanto en las ciudades como en el campo?
Roberto Cavada. —Pero también, vinculado con esto de las propiedades, ya ellos
sacaron sus cuentas de que ya al final tendríamos que darles nosotros dinero, más que
lo que ellos supuestamente tendrían que darles a los cubanos.
Ricardo Alarcón. —Sí, por varios puntos, porque en el caso de que fuéramos a
seguir la lógica de este documento, imagínate renegociar la deuda externa; aparte de
un paquete con el Fondo Monetario lo que implica de medidas antipopulares, esas
que generan todos los días. Héctor, noche tras noche, cuando no está en la pelota, está
hablando aquí de no sé cuánta gente alzada tirando piedras en un país, protestando en
el otro, ¿todo por qué? Por esas medidas que impone el Fondo Monetario

[Link] - Página 149


Internacional.
Pero, además de eso, en otro documento que se elevó también, aunque no lo
tradujeron ni distribuyeron, pero que es público —el que le envió el Departamento de
Estado al Congreso norteamericano al comienzo de la Ley Helms-Burton—, donde
ellos hicieron sus cálculos de lo que le costaría al pueblo cubano «la compensación»
por propiedades nacionalizadas en Cuba, el cálculo de ellos era de 100 000 millones
de dólares. Entonces, frente a eso, ¿qué nos están ofreciendo? El 4% o el 8%, que
serían 4000 u 8000. Ofreciendo no, pintado en el aire.
Vuelve a hablar de la propiedad —sigue hablando—, a esto le dedica varias
páginas dentro de las veintitantas que tiene este [muestra documento]. Viene la
página 13 y en la 14, nuevamente, asistencias dedicadas a esto. Voy a leerte un
pedacito: «… asistencia en la instauración de un sistema confiable para el registro de
bienes y el otorgamiento de los títulos de propiedad pertinentes (…) Cuba enfrentará
la tarea de resolver el legado de las expropiaciones de bienes…». ¿Qué quiere decir
eso?, «… resolver el legado de las expropiaciones de bienes, para así lograr que los
ciudadanos y los inversionistas extranjeros, por igual, confíen en que, en el futuro, los
derechos de propiedad estarán protegidos en el país». Es decir, crear las condiciones
que aseguren que nunca más en este país habría una revolución, que nunca más se le
ocurriría a nadie pelear por la reforma agraria, pelear por los derechos de los
trabajadores, etcétera, etcétera. Y explica la importancia de iniciar con rapidez ese
proceso, donde aclara que, en el caso de que no pudieran devolverse algunas
propiedades, se reconocieran los derechos legítimos a esas personas, y, entonces,
aportan ahí la posibilidad de utilizar «cupones de privatización».
Es decir, si a un señor, por equis motivos, no le pueden devolver la propiedad,
porque esa propiedad ha sido tan transformada que ya no es lo que él estaba
reclamando, pues se le darán «cupones de privatización». ¿Qué quiere decir eso?
Como se va a privatizar todo, le van a dar acciones; una parte de una empresa del
pueblo sería propiedad de ese señor, como compensación de la tierra o de lo que no le
pudo ser devuelto.
Pero aquí hay una cosa también muy interesante que tiene que ver con hacia
dónde van los flujos, según este enredado documento.
Ellos reconocen que estas reclamaciones de las personas de origen cubano, como
son más numerosas, sería más complicado resolverlas rápidamente. Hay que
resolverlas, pero no con tanta celeridad. Lo que sí hay que resolver «con facilidad y
celeridad» son las de ellos, las de los norteamericanos. Dice así: «… Si bien los
reclamos hechos por gobiernos extranjeros» —esto es prueba de ignorancia, no hay
ningún gobierno extranjero; aparte de Estados Unidos, no queda ningún reclamo,
todo eso fue resuelto hace mucho tiempo—, como los Estados Unidos, podrían
resolverse con facilidad y celeridad mediante una negociación bilateral, el número
más elevado de reclamos que estarían sujetos a una resolución individual de
conformidad con la legislación cubana, plantea un desafío de mayor envergadura”.

[Link] - Página 150


No está diciendo que no hay que resolver el de los demás, sino que es más
complicado y que va a tomar más tiempo. Pero está diciendo también que ahora, en
ese período de transición, en esos seis años, a ellos hay que devolverles lo suyo o
pagarles por lo que supuestamente se les debe por las propiedades de los que eran
norteamericanos.
¿A cuánto asciende la cifra, según Estados Unidos, de su reclamación de los
norteamericanos originales? Cien mil serían agregándoles a todos estos llamados
cubanos. Según ellos, la de ellos es de 6000 millones. Sigue sacando la cuenta,
¿dónde van quedando aquellos entre 4000 y 8000 millones que dicen que ellos
proyectan que vendrían hacia Cuba?
En la página 15 viene una cosa muy interesante que se refiere al sistema bancario
nacional. Dice así: «La comunidad internacional, particularmente las instituciones
financieras internacionales, podrá prestar asistencia para reestructurar el sistema
bancario estatal con la perspectiva de una privatización parcial o completa…». Otra
noticia, se privatizaría el sistema bancario nacional, y nos están anunciando lo que
predominaba en Cuba antes de la Revolución, donde hubo un proceso por el cual los
norteamericanos se fueron apropiando del sistema bancario nacional. Llegaron a tener
más del 80% de los depósitos bancarios.
Para cualquiera es obvio lo que significa en términos de independencia
económica de un país el que una potencia extranjera o intereses extranjeros sean los
que controlen el ahorro de su población y dominen el crédito, los que determinen a
quién le dan un crédito o no.
Pero hay otra cosa que muestra una ignorancia crasa: «La comunidad
internacional podrá prestar asistencia…». O sea, Clinton está hablando aquí a nombre
de todo el mundo, como si Cuba no tuviera relaciones con instituciones financieras,
con bancos de otros países, y con otros países, con los cuales se mantiene un nivel de
intercambio y de cooperación muy importante, respetuoso, útil.
Yo te pudiera decir —no voy a mencionar el nombre de los países ni las
instituciones, no vaya a ser que a estos bárbaros se les ocurra empezar a inventar
cosas contra esa gente— que varios centenares de cubanos han participado en
seminarios, conferencias, cursos de entrenamiento y actividades de ese tipo con otros
bancos y con otros países que han estado cooperando con Cuba, en nuestros esfuerzos
de reforma del sistema bancario, de su perfeccionamiento, su mejoría.
No es verdad que eso sea algo que venga por una promesa de Clinton. El
representará un Estado muy fuerte, muy poderoso, pero no es el dueño de todos los
bancos de este mundo ni el dueño de todos los países. Es decir que eso que dice él
aquí está ocurriendo ahora; lo que no va a ocurrir es que nosotros renunciemos a
nuestro sistema estatal, que nosotros vayamos a abandonar nuestra política, que es en
beneficio del interés nacional, ni a renunciar a principios de soberanía que, sin
renunciar a ellos, nos han permitido tener —como decía— relaciones normales de
intercambio y de cooperación con mucha gente, en este sector específico.

[Link] - Página 151


En esa misma página, nos anuncian asistencia para aplicar las políticas de
estabilización y de ajustes, para «formular y ejecutar»; es decir, toda esa serie de
restricciones, de políticas y de medidas antipopulares que caracterizan,
desgraciadamente, a muchos países de este mundo, requerirían asistencia técnica y
otro tipo de asistencia. Para eso también habría la parte de los fondos «fabulosos» que
la prensa internacional anunciaba que vendrían para acá.
En la misma página 15, se ofrece asistencia «para reformar y privatizar las
empresas estatales», fenómeno que —según dice el mismo párrafo— sería «en gran
escala».
En la página 15, al final, y ya pasa a la 16, se habla de asistencia para reformar el
sistema tributario cubano y, en particular, para reformas en nuestro sistema
presupuestario.
Para indicar qué tipo de reformas, de cambios, para reducir costos en el
presupuesto, el ejemplo que se les ocurrió poner es nada más y nada menos que el de
la salud pública. A ellos les parece que gastamos demasiado en materia de salud. Dice
él que no corresponde con otros «países de la región con indicadores comparables».
Bueno, si él se fija, si mira por la ventana de la Casa Blanca, va a ver un pedazo de un
país de nuestra región que, si se le compara con Cuba, tiene indicadores
incomparablemente desfavorables.
Pero ahí está un señalamiento que es lógico. Con esa concepción de rehacer la
economía cubana aplicando los modelos que han impuesto en otras partes, ese sería
un sector indudablemente golpeado. En Estados Unidos, sin haber ninguna transición
—que les haría falta una transición hacia la verdadera democracia, por cierto—,
bueno, ese es uno de los sectores más golpeados. El propio Clinton lo sabe muy bien,
él es experto en eso, en recortar los gastos de salud y en recortar los programas para
los pobres en esa área.
El siguiente párrafo es bastante revelador. ¿Habría asistencia de carácter
humanitario para qué? Para «ayudar a minimizar el desempleo causado por los
despidos de las empresas estatales, del gobierno central y de las fuerzas armadas». O
sea, algunas de las cosas que hemos dicho antes van a implicar desempleo masivo,
mucha gente va a quedar en la calle, y ellos están contemplando parte de esos
recursos para dar «asistencia humanitaria», no para resolver el problema del
desempleado, por supuesto. Si no lo resuelven en Washington, cómo van a resolverlo
en una nueva colonia que adquirirían en Cuba.
Héctor Rodríguez. —Nos desarmarían las fuerzas armadas.
Ricardo Alarcón. —Exacto. Y a algunos los enviarían a pelear en las guerras de
los yankis.
En esta misma página, la 16, se refieren a otra de las conquistas vitales de nuestro
pueblo, que es la educación. Habría asistencia internacional, ¿a que tú no sabes para
qué, Héctor? Para financiar las escuelas privadas, para ayudar a que volviéramos a
aquel sistema elitista en que no todo el mundo iba a una escuela privada; por

[Link] - Página 152


supuesto, había que tener dinero, había que pertenecer a las familias de mejor
posición social, el pueblo no podía hacer uso de ellas. Están previendo que habría un
regreso a aquel pasado de elitismo, de exclusivismo, de discriminación, y la
asistencia internacional iría no para la escuela pública, sino para la escuela privada.
En la página 16, al final, y ya en la 17, llegamos a la privatización de los servicios
comunales: suministro de agua, saneamiento; se habla de energía eléctrica, del
transporte, etcétera. Algunos de estos, como el teléfono y la electricidad, fueron
propiedad de algún monopolio norteamericano; pero el agua y el sistema de
alcantarillado, desde la época de España ha sido una responsabilidad de la sociedad,
del Estado, del municipio. Habría asistencia a esos sectores, ¿pero para qué? «Para
emprender la privatización de las empresas de servicios públicos». O sea, que no es
solo privatizar las tierras, las fábricas, los servicios públicos fundamentales, la banca,
la educación, la salud; es, además, el acueducto, las alcantarillas, el cementerio. Todo
eso sería —según lo que dice aquí— objeto de la privatización y, para ayudar a esa
cosa delirante, habría asistencia internacional.
Bueno, ya el resto es lo que les dije antes, con una paginita, la 17, y un pedazo de
la 18, que está hablando de la integración de Cuba a la economía mundial, donde
tengo que decir que ahí el señor Clinton —no quiero acusarlo de mentiroso; repito, yo
no estoy seguro de que él haya leído la Ley Helms-Burton—, lo que dice, contradice
las secciones 104 y 105 de la ley; y él no tiene autoridad ninguna para cambiar la
política norteamericana, hace rato que él renunció a eso al firmar la ley, porque en
esas secciones se dice claramente que para que Cuba volviese a la Organización de
Estados Americanos y, en consecuencia, pudiera convertirse en miembro del Banco
Interamericano de Desarrollo, o para que pudiera restablecer su afiliación al Fondo
Monetario y a otros organismos, tendría que haber pasado todo el «período de
transición» y haber llegado a lo que ellos llaman la etapa «democrática». Y aquí está
hablando de que va a ser muy importante y que Estados Unidos nos va a apoyar para
que volvamos a la OEA, volvamos al Fondo Monetario, etcétera. Él sabe que esto no
es verdad, o quiere engañar a la gente diciendo lo contrario a lo que dice la ley, o —
repito— no ha leído todavía la Ley Helms-Burton.
Esto es, en un rápido recorrido, lo que se refiere a qué se destinarían esos
«recursos famosos», de los 4000 a 8000 millones de que estaban hablando.
Roberto Cavada. —Tengo entendido que al inicio —que usted prometió comentar
de esto también— se explica, grosso modo también, cómo se comenzaría a aplicar
todo eso.
Ricardo Alarcón. —Claro, esa sería otra pregunta interesante.
Estas cifras que este señor dice que habría, ya nos dicen en qué van a ser
empleados esos recursos, ahora vamos a ver cómo. Eso lo regula estrictamente la Ley
Helms-Burton que aclara, en primer lugar, que durante esa etapa de la llamada
«transición» habría solamente recursos para lo que acabamos de ver que, como
ustedes se fijan, son recursos que estarían todos ellos destinados a desarmar la

[Link] - Página 153


sociedad cubana, a devolverles el país.
Ahí no se menciona nada de carácter productivo, no se habla de nuevas fábricas,
no se habla de planes de desarrollo, no se habla de destinar recursos para inversiones
en la intraestructura, en el medio ambiente. Todo, de punta a cabo, se refiere a
quitarle al pueblo lo que el pueblo tiene ahora, y a devolverles a los antiguos
propietarios y a los propietarios yankis.
Ahora, lo que dé Estados Unidos está descrito de un modo detalloso en la
Sección 202 de la Ley Helms-Burton, que sobre la base de ella es que él ha hecho
este documento, e implica, además, para cada desembolso que haga Estados Unidos,
que la ayuda estará «sujeta a una autorización de las consignaciones y a su
disponibilidad» —dice el párrafo 2, de la Sección 202, en la página 43—.
El siguiente es «Plan de asistencia para el período de transición.» Tipo de
asistencia. «La asistencia que se preste con arreglo al plan elaborado —que es este—
estará sujeta a una autorización de las consignaciones y a su disponibilidad», y podrá
consistir en lo siguiente:
a) «La asistencia a Cuba bajo un gobierno de transición estará sujeta a una
autorización de las consignaciones y su disponibilidad».
Ustedes me escucharon leer la misma frase tres veces en el espacio de media
página, ¿y nos van a enseñar a redactar leyes? Si hay algo que está claro es que, lo
que vayan a dar, cualquier cosa, tiene que estar sujeto a la autorización de las
consignaciones por los comités congresionales y a la disponibilidad, a que haya esos
recursos.
¿Qué cosa puede haber más alejada de esa idea de un gran alquimista,
convirtiendo todo en oro y enviando miles de millones para ninguna parte?
Además de eso, después que te aprueban las consignaciones, las distintas partidas,
habría un sistema de distribución. ¿Quién distribuiría esa llamada asistencia, el
Gobierno de Cuba, las instituciones cubanas? No lo he visto por ninguna parte en la
Sección 202, y esto lo expliqué en otra ocasión aquí mismo. Aquí se refiere a
organizaciones gubernamentales y no gubernamentales de Estados Unidos u otras
organizaciones radicadas fuera de Estados Unidos.
El Gobierno de Cuba aparece mencionado solamente en la Sección 205, donde
habla de los requisitos para un gobierno de transición, entre ellos, que tiene que dar
«garantías adecuadas que permitirán la distribución expedita y eficiente de esa
asistencia». Es decir, para lo único que existe el Gobierno de Cuba en ese período es
para asegurar que el Gobierno de Estados Unidos y sus funcionarios distribuyan esa
asistencia que es para esto, para desarmar el país, sin que el gobierno tenga arte ni
parte en toda esa operación. De manera que yo creo que la pregunta del cómo,
Cavada, es, parece, bastante obvia, bastante clara: el plan lo elabora el Presidente, lo
autoriza el Congreso, lo distribuyen los norteamericanos, coordina la distribución un
funcionario norteamericano, y lo único que tendrían que hacer las llamadas
autoridades de Cuba de esa época —si se diera esa época, que jamás se va a dar—

[Link] - Página 154


sería dejar que ellos hicieron lo que les diera la gana en este país, según la ley que él
tiene que cumplir.
Roberto Cavada. —Volviendo a la página 6, Presidente, usted tocó un tema que
pudiera ser importante ampliar un poquito. Dice textualmente: «… El pequeño
agricultor o el propietario de una vivienda que hayan adquirido derechos o bienes
previamente expropiados esperarán que un gobierno de transición, en la búsqueda de
soluciones para los reclamos legítimos sobre la propiedad de bienes, preste la debida
consideración a sus derechos adquiridos…».
Ricardo Alarcón. —Pero hay que darle las gracias a Clinton, por una parte, por
haber incluido en este documento, con tanta fuerza, el tema de la devolución de las
propiedades, incluyendo lo de las viviendas.
Héctor Rodríguez. —Ellos dicen que no, que las viviendas no entran. Antes de
esto lo decían.
Ricardo Alarcón. —Eso han dicho por las trasmisiones subversivas, para engañar;
están incluidas, sin la menor duda, en la Ley Helms-Burton.
La ley dice que no se considerarán las viviendas a los efectos de los juicios
contemplados en el Título III, los famosos juicios que están suspendidos una y otra
vez por Clinton. Pero cuando una ley dice que algo no está incluido a los efectos del
Título III, y esa ley tiene cuatro títulos y el II es este, quiere decir que está en esos;
pero, además, está incluido en el Título IV también.
Acaba de ocurrir un ejemplo. Hace poco un señor allá, en Miami, se apareció,
según dijo la prensa de Miami, en el Departamento de Estado, con la fotografía de un
local aquí en La Habana de lo que él dice que era la casa de su padre en Kohly, y una
foto de la casa donde muestra que ahí está una dependencia de una firma extranjera,
está su representación en ese local. Con el alegato de que era del padre y la prueba
fotográfica de que hay una empresa extranjera usándola, le aplicaron el Título IV a
algún representante de esa empresa y le anunciaron que le negarían la visa para ir a
Estados Unidos. Es decir, vale la vivienda para el Título IV y vale para el Título II,
porque ese señor, que todavía se acuerda de la casa que dice que era de su padre, por
supuesto que va a reclamar que se la devuelvan. Si en lugar de una firma extranjera
estuviese allí una familia, sería igual; si estuviesen unas personas habitándola, en
caso de que fuera un edificio, por ejemplo, pues habría que pagarle, además, él diría,
lo que le deben de acumulado de alquiler durante este tiempo.
Yo recuerdo, además, Héctor y Cavada, haber recibido cartas; incluso, una que le
escribió a nuestra sección el senador Graham, de la Florida, que le adjuntaba los
papeles de un señor que reclamaba una casa en Miramar, en la calle 36 me parece que
era; y recuerdo haberme reunido, además, con los muchachos de la casa de Quinta
Avenida, donde están los muchachos sin amparo filial, una tarea muy importante que
tiene la Federación. Ellos recibieron allí una comunicación del sobrino de Ramón
Grau San Martín, donde plantea, en virtud de esta ley, que le cuiden la casa, porque
está reclamando esa propiedad que es de él. Es decir, ellos entienden muy bien lo que

[Link] - Página 155


la ley quiere decir. Son ellos los que hicieron que esos elementos estuvieran
claramente recogidos en la Ley Helms-Burton, lo que, claro, parte de la ley es la
subversión interna en Cuba, parte de la ley es dividir, confundir dentro de Cuba,
porque el objetivo de la ley es destruir la Revolución Cubana, y, como es lógico,
entonces, en su propaganda, están mintiendo descaradamente. Ahora, yo les decía que
hay que agradecerle a Clinton que en este documento dedique una buena porción del
mismo al tema de las propiedades. Para eso es para lo que hay que dedicar más
recursos, para todo el gran enredo que ellos armarían si fueran a aplicar esta ley.
El párrafo que leyó Cavada está aludiendo a la pequeña parcela del campesino
individual y a cualquier vivienda de cualquier cubano, pero fíjense cómo lo dice. Se
refiere a los derechos de ese pequeño agricultor o de ese propietario de la vivienda
sobre bienes previamente expropiados, y lo que nos promete, lo que nos ofrece, es
que esperemos que ese régimen de transición, en la búsqueda de la solución para esos
reclamos «legítimos» —el Presidente de Estados Unidos declara «legítimo» el
«reclamo» del antiguo propietario— sobre la propiedad de los bienes, para lo que van
a dedicar millones de dólares, incluso, para asegurar que ese «reclamo legítimo» se
resuelva.
No olvidemos que la Ley Helms-Burton define que la solución es la devolución
de la propiedad, y, cuando esto resultase imposible, el pago efectivo y completo por
ella. Y la misma ley establece que esa solución es la «condición indispensable» para
normalizar las relaciones incluso con un gobierno «democrático.» ¿Prestará ese
régimen la debida consideración a los derechos del campesino?
En otras palabras, el régimen de los terratenientes, con el apoyo del imperialismo
extranjero, va a prestarles «la debida consideración» a los campesinos. ¿Cuándo les
prestaron consideración? ¿Cuándo el campesino pudo confiar en las promesas del
terrateniente, o el habitante de las poblaciones en las del casateniente? Yo creo que es
al revés. Esto aquí está diciendo —con su lenguaje sinuoso, que quiere ser habilidoso
—, no puede dejar de decir que la vivienda está incluida, que hay reclamo sobre ella,
que sus reclamos son legítimos y que eso hay que resolverlo. ¿Qué más tú quieres?
Lo demás sería confiar en la honradez de gentes que mienten, que engañan y que han
hecho todo este trabajo sucio en relación, incluso, con este tema.
Yo te diría, volviendo al tema de la esencia de la ley, que todo este plan tan
anunciado, tan distorsionado, es claramente la instrumentación del Título II de la Ley
Helms-Burton, y establece las ideas del presidente Clinton sobre cómo despojar a las
familias de las viviendas, a los campesinos de sus tierras; cómo arrebatarnos las
fábricas, que las van a privatizar, las escuelas, los hospitales —lo dice—; reducir los
fondos para la salud en el presupuesto; apoyar la escuela privada; eliminar los
círculos infantiles y sociales, las casas del abuelo, para privatizarlo todo, porque el
dichoso documento tiene la palabra privatizar por lo menos cinco veces en cada
página.
Roberto Cavada. —Usted decía hasta las alcantarillas.

[Link] - Página 156


Ricardo Alarcón. —Las alcantarillas, el agua del acueducto y los cementerios,
para eliminar la atención médica universal y gratuita, que, después de todo, eso es un
fenómeno desconocido en Estados Unidos; cómo nadie podría imaginar que aquí
pudiera subsistir a la recolonización yanki.
Para liquidar nuestro sistema educacional; para promover, además, el desempleo
—y lo reconocen—, porque habría medidas para tratar de «mitigar» las
consecuencias de su política llamada estabilizadora, de austeridad y de
privatizaciones, que conducirían a un incremento masivo del desempleo. En otras
palabras, para volver a traernos aquí el desalojo, la miseria, la discriminación racial, o
sea, un plan para desbaratar el país, pero con el cinismo de que le exigirían al pueblo
de Cuba que pague por ese plan que está hecho para destruirlo.
Toda esta formulita del final del documento, los préstamos que hay que pagar, las
garantías que hay que pagar, además de pagar la deuda externa, pagarles sus
propiedades, etcétera, etcétera, todo eso significa que serían los cubanos los que
pagarían un plan para destruir a los cubanos. Y como parece que en el ejercicio del
cinismo nunca se fatigan, pretenden vender eso como si fuera un plan de ayuda y,
además, millonario, intenso.
Ahora, no quisiera terminar sin hablar de la introducción, porque como hemos ido
página por página y salté las cinco primeras, no quiero que nadie piense que no me
interesa hablar de todo el documento.
La parte inicial es como un planteo global, un análisis de la situación
internacional y la que encara Cuba, y habla varias veces de un estudio que publicó el
Banco Mundial en agosto del año pasado, sobre los cambios ocurridos en la Unión
Soviética y en Europa del Este.
Clinton manipula la Ley Helms-Burton, manipula este documento. Ya dije —para
ser justo— que a lo mejor ni se ha leído la Ley Helms-Burton ni se ha leído este
documento; no sé si es que tampoco se ha leído el informe del Banco Mundial de que
está hablando. Pero, compañeros, el Banco Mundial es un poquitico más serio que el
presidente Clinton —esto no es un elogio exagerado, no es muy difícil ser más serio
que él—; lo cierto es que ese informe, aunque está hecho por una organización que es
partidaria, por supuesto, del derrumbe del socialismo, que es una institución
fundamental en el sistema capitalista mundial, está redactado en una forma que no es
para estos cantos de sirena que pretende, agarrándose de él, introducir Clinton en el
informe.
En la página 90 del informe del Banco Mundial, nos explican —lo tengo por aquí
— cómo en esos países ha crecido el desempleo y se han reducido los niveles
salariales. En la 93 explica cómo un principio y una norma que hay que aplicar en
esas llamadas transiciones, es eliminar el salario mínimo. En la 97 explica lo que hay
que hacer en relación con el régimen de pensiones, es decir, a las jubilaciones. En el
párrafo ese que tú leíste del campesino, hablaba de los jubilados y hacía promesas:
los jubilados que no se preocupen, etcétera. Pero es que el Banco Mundial, en la

[Link] - Página 157


página 97 del mismo estudio que el señor Clinton cita, habla de cómo hay que reducir
el monto de las pensiones, cómo hay que reducir el número de los jubilados y cómo
hay que aumentar la edad de jubilación para lograr que se reduzca ese rubro de gasto
social.
Por supuesto, en la página 156 del informe del Banco Mundial, también se habla
de la necesidad de reducir los gastos por los servicios de salud —algo que juega con
lo que anuncian que harían con el nuestro—, eliminar camas y cerrar hospitales. Ahí
mencionan específicamente que en un país de Europa oriental, Hungría, entre 1995 y
1996, se eliminaron 20 000 camas de hospitales.
Bueno, pues en este país pequeñito, bloqueado y superbloqueado, no hemos
cerrado ningún hospital y hemos abierto algunos, en medio del período especial. De
manera que sí hemos demostrado algo, que se puede hacer mucho más con un sentido
de justicia, de equidad y de firme defensa de la independencia, la soberanía y la
dignidad.
El señor Clinton, en esta parte introductoria, además, insulta de un modo grosero,
diría yo, a América Latina y a Cuba en particular, porque él está planteando —fíjate
lo que dice en una cartica firmada por él al principio— que Cuba se uniría con
orgullo a los otros 34 países de este hemisferio que son «naciones democráticas y
prósperas», ¡prósperas! ¡Dios mío! ¿Prósperas? Que se lo vayan a decir a ese 46% de
la población latinoamericana que, según la CEPAL, vive en condiciones de pobreza;
que se lo vayan a decir a esos más de 90 millones de latinoamericanos que viven
peor, viven en condiciones de indigencia.
Pero dice, además, en esta parte inicial, que Cuba ya fue una democracia de las
más prósperas en los años 50. Democracia y próspera; o sea, democracia es el
régimen de Batista, y próspera, que se lo diga Clinton al 33,5% de desempleados que
había en este país en 1958, al 24% de analfabetismo como media nacional que
teníamos al triunfo de la Revolución —que era el 42% en las áreas rurales—, al 55%
de nuestros niños que no tenían una escuela primaria para asistir a ella; que se lo diga
a un pueblo que tenía una escolaridad promedio de tres grados, una esperanza de vida
de 62 años y una mortalidad infantil de por lo menos 60 por 1000 nacidos vivos. La
Cuba de 1958, esa Cuba «democrática y próspera», era, además, la Cuba del
latifundio, del desalojo, de los asesinatos, de las torturas, de la represión, del robo, de
todas esas cosas que quieren reinstalar aquí y, además, que el pueblo cubano —como
si fuera un pueblo de idiotas— les financie la reinstalación de eso aquí, y después los
aplaudan, me imagino. Era la Cuba de la corrupción, de la malversación y de la
sumisión a Washington.
El señor Clinton es tan locuaz, que recuerda que la Ley Helms-Burton, en algún
articulito, le encarga comunicar este documento al pueblo de Cuba. Yo dije al
principio ya, Héctor, que nosotros esto lo vamos a llevar a la discusión con todo el
pueblo de Cuba, como estamos discutiendo la Ley Helms-Burton y la Ley de
reafirmación de la dignidad y la soberanía cubanas.

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El señor Clinton tiene una oportunidad dorada mañana, que habla ante el
Congreso norteamericano. ¿Él se atrevería a explicar allí qué cosa es una
«democracia próspera»? ¿Él se atrevería a explicarles allí a los trabajadores, a los
jubilados norteamericanos, a las mujeres sin atención hospitalaria, a los 44 millones
de norteamericanos que no pueden pagar un hospital, a los negros discriminados, a
los aborígenes súper oprimidos que viven en una «democracia próspera»? ¿Hay
prosperidad para esos millones de norteamericanos? O que recorra América Latina,
que nunca la ha visitado, y que les explique a los indígenas, a los pobres, a los
trabajadores de este continente qué cosa es la prosperidad democrática.
Pero venir a decirles a los cubanos que la Cuba de 1958 era la prosperidad y era la
idea de la democracia, es realmente un insulto y es una afrenta que este pueblo no le
puede permitir por muy frívolo y por muy irresponsable que sea un señor que firma
papeles sin leerlos. Este papel, como la Ley Helms-Burton, probablemente se lo
redactaron los mismos batistianos y latifundistas que aspiran a volverse a apoderar de
este país, apoyados por Estados Unidos, por su poderío, por su bloqueo. Pero eso
tendrían que venir a buscarlo aquí, ese «tránsito» tendría que decidirse aquí, y aquí
hay suficientes machetes, fusiles y puños para asegurar que jamás se va a esclavizar a
este pueblo, ni se va a volver a convertir a Cuba en una colonia norteamericana,
aunque le cause mucho disgusto al eterno candidato Clinton.

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SOBERANÍA Y DEMOCRACIA

Fragmentos de la intervención en la tribuna abierta de la Revolución en


Mesa Redonda Informativa sobre la democracia socialista cubana,
efectuada en los estudios de la Televisión Cubana, La Habana, el 23 de
febrero del 2001

[…]
Ante todo hay que pensar que un elemento esencial y absolutamente infaltable de
cualquier sistema democrático tiene que ser la independencia; o sea, es inconcebible
la democracia si no hay un país soberano, en última instancia la democracia es el
ejercicio por el pueblo de la soberanía, pero solamente podría hacerlo una nación que
sea libre e independiente. Y la Revolución Cubana significó, desde el primer
momento, desde 1959, precisamente la conquista de la independencia nacional; fue el
triunfo de una revolución que se había iniciado en 1868, una revolución
profundamente democrática, porque estaba basada en la idea de la igualdad, de la
justicia, de la solidaridad humana, el sentido auténtico, real que el vocablo
democracia siempre ha tenido.
Ahora, esa revolución fue interrumpida en 1898 por la intromisión del
imperialismo. Cuando el Primero de Enero ellos se dan cuenta de que se ha retomado
el camino revolucionario de 1868 y que han llegado al poder los continuadores de
aquella revolución, inician la transformación de Cuba, desde ese mismo día
empezaron a hacer todo lo posible no, por supuesto, para que triunfase la democracia
ni mucho menos, ni la libertad, todas esas pamplinas que ellos usan en su
propaganda, pero que no hacen nada más que intentar tratar de ocultar la verdad…
Si tuviéramos más tiempo yo recorrería lo que decían los fundadores de Estados
Unidos sobre la idea del gobierno popular, sobre la democracia, los famosos
federalistas. Ellos hablaron muy claro: John Haig dijo alguna vez que «quienes
poseen el país deben gobernarlo», esa era la idea de esa democracia cuando nació, el
gobierno de aquellos que tenían las riquezas; o el señor Madison cuando señalaba que
«la primera responsabilidad del gobierno era proteger a la minoría rica contra la
mayoría» —y no los estoy calumniando, esas frases las pueden entrecomillar, porque
son citas textuales de ellos—; o Alexander Hamilton, para citar al tercer federalista,
que decía que «había que domesticar al pueblo», que era la forma de lograr que
gobernaran los ricos y que el poder lo ejercieran los poderosos, digamos.
Aquí empezó una revolución por la independencia diferente, con el pueblo,
liberando a los esclavos, dándoles participación a los antiguos esclavos en el poder,
desde la etapa más temprana. Y, además, como recordaba al comienzo del programa
Estrella, una revolución con una profunda tradición institucional, con cuatro
constituciones durante la etapa de la guerra. Esos que hablan por ahí y andan por el

[Link] - Página 160


mundo pretendiendo ahora elecciones a los cubanos, de organización institucional,
democrática, a Cuba habría que venir a aprender, porque la historia de Cuba en ese
aspecto es riquísima.
Ahora, eso se interrumpe con la intervención yanki, y el Primero de Enero de
1959 los cubanos logramos poner fin a aquella intromisión y continuar nuestro
camino. Por eso ellos empezaron desde el primer día, tratando de derrocar a la
Revolución y usando desde el primer día, entre otros elementos, la propaganda para
distorsionar la realidad cubana, para presentarnos como una tiranía en lugar de ser
una democracia, etcétera, etcétera.
Desde este famosísimo informe […] de la CIA, que solo se hizo público, fue
desclasificado en febrero de 1998, pero es de octubre de 1961. ¿Por qué lo
desclasificaron en 1998? Porque ya para 1998 esta política era pública y es pública
como lo es hoy. ¿De qué trata este informe? Del famoso Programa Cuba, es el
informe del general Kirkpatrick, inspector general de la CIA, y él dice, en el párrafo 1,
inciso b: «La historia del Proyecto Cuba comienza en 1959.» O sea, no es respuesta
ante nada que hubiera hecho Cuba, no es respuesta ante ninguna confrontación entre
ambos gobiernos; no, no, nació la Revolución, vieron que el movimiento aquel que
empezó en 1868 había triunfado y trataron de inmediato de liquidarlo. ¿Y qué usaron
como parte de ese programa? ¿Qué nos dice el señor Kirkpatrick en ese informe?
Bueno, crear una oposición a ese gobierno dentro de Cuba y crear una oposición en el
exilio; pero no crear simplemente, no es literatura, no se quedaba por las nubes —
párrafo 32—, aquí están los salarios que les pagaban: 131 000 dólares mensuales
gastaba la CIA en salarios, lo que les pagaban como sueldos a los traidores que eran
los supuestos representantes de esa fabricada oposición dentro y fuera de Cuba; y de
otros datos: lo que gastaban en propaganda, la agresión radial, en publicaciones que
editaban para distribuir en América Latina, o incluso en Cuba y demás.
Ahora, esto era Programa Cuba 1959. Si tú buscas ahora, entras al sitio web de la
Agencia para el Desarrollo de Estados Unidos, enero del 2001, ¿cómo se llama?:
Programa Cuba. Y es lo mismo.
Busquemos aquí, que dice que entre las actividades que ellos financian, de una
organización que ustedes han mencionado por acá también, FreedomHouse, aquí está
la sexta tarea, página 2 del informe de la AID, de enero del 2001: «Promueve la
formación de un liderazgo político dentro de Cuba, vinculando a las organizaciones
dentro de Cuba, las unas con las otras y con organizaciones en Europa y en América
del Norte».
¿No les suena familiar a ustedes eso? ¿No hemos hablado aquí, no han hablado
ustedes en otras mesas redondas sobre gente que viene aquí para hacer contacto con
un tipo aquí, con otro acullá, para llevarle materiales, o para darle instrucciones?
Creación de una organización dentro de Cuba, vinculando los unos con los otros,
ellos. Para esto —enero del 2001—, aquí está la cifra: 825 000 dólares.
Ahora, ¿qué cosa es esto? La ley de la esclavitud, como le decimos nosotros, la

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Ley Helms-Burton. Por ley, abiertamente, ¿qué dice el gobierno de Estados Unidos,
el Congreso, y firmado por su Presidente? Propósito de esta ley, el primer propósito:
«Ayudar al pueblo cubano a recuperar su libertad y prosperidad y a sumarse a la
comunidad de países democráticos que florece en el hemisferio occidental». Yo sé
que da risa ese «jardín florido» que ellos ven en el hemisferio occidental, pero fíjense
cuál es el objetivo: sumarnos a lo que ellos entienden por democracia.
Vamos a ver qué entienden por democracia. Pasa la siguiente página de la Ley
Helms-Burton. Capítulo de definiciones. ¿Qué cosa es un gobierno democrático en
Cuba? Significa «un gobierno que el Presidente de Estados Unidos determine que ha
cumplido los requisitos establecidos en la Sección 206.» Ya se acabó las
disquisiciones de los diccionarios, ya no es lo de los que decían los griegos, ya no es
lo que decía Lincoln: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo; democracia
es cuando el Presidente de Estados Unidos determine que se ha dado lo que dice la
Sección 206.
¿Qué te parece buscar la sección 206 para ver qué cosa es lo que, según la Ley
Helms-Burton, tiene que ser un gobierno democrático en Cuba? Bueno, es imposible
en el tiempo que tenemos, leer todos los requisitos; entre otras cosas dice que a estos
requisitos hay que agregar lo de la Sección 205 que son dos páginas. «Requisitos y
factores», cuatro páginas de la Ley Helms-Burton. Voy a leer nada más que la última.
«Ese gobierno tiene que haber registrado progresos palpables en la devolución a
los ciudadanos de los Estados Unidos de las propiedades confiscadas por el gobierno
cubano a tales ciudadanos el día Primero de Enero de 1959, o después.» Fíjate cómo
regresa con toda claridad la ley al elemento clave, al Primero de Enero de l959 en que
ellos perdieron la propiedad de Cuba, que Cuba pasó a ser, finalmente, una nación
independiente.
Quiero agregar lo siguiente, ya que mostré este documentico de la AID. Hay otro
muy interesante, muy, muy interesante que es este estudio hecho también por ellos.
Es una evaluación al Programa Cuba. Agosto del año 2000.
[…]
Aquí explica —fíjate lo que dice en este párrafo—: «El programa Cuba es sui
generis dentro de la AID», o sea, distinto a los demás. ¿Por qué sui generis? Porque
está dirigido por un IWG (Grupo de Trabajo Interagencias). ¿Qué hace ese Grupo de
Trabajo ínter agencias? Decide uno por uno, esta listica (la muestra) donde aparece
—yo leí uno de los puntos, son un montón— esta repartidera de dinero para provocar
la subversión dentro de Cuba para financiar a sus agentes en Miami. Uno por uno
aprueba ese grupo de trabajo ínter agencias, los programas, lo que van a hacer,
verifica que estén en consonancia con la Sección 109 de la Ley Helms-Burton. ¿Qué
cosa es la Sección 109? Es aquella que dice que ellos van a darle apoyo material,
financiero u otro tipo a esos grupos de esa supuesta oposición que tratan de crear. Y
no se quedan ahí, una vez aprobados esos planes se dedica a controlar, fiscalizar su
ejecución, su aplicación.

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¿Y quiénes son este grupo de trabajo? Tú decías con toda razón que la agencia es
una agencia del gobierno de Estados Unidos; pero para hacerlo todavía más
gubernamental, para quitar toda duda de que nada de esto tenga un carácter que no
sea totalmente dirigido desde el nivel central por el gobierno de Estados Unidos de un
modo sui generis —como dicen ellos mismos—, no es como el resto de las
actividades de la agencia, esta es distinta.
¿Quiénes forman el grupo de trabajo? Lo dirige un señor, cuyo cargo es asesor
principal y coordinador para Cuba, este es un copresidente; el otro copresidente es el
director de la Oficina de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado, un caballero
que en estas mesas es mencionado de tiempo en tiempo, porque siempre aparece por
algún motivo; los otros dos copresidentes, un asesor especial de la AID y el director
del Buró de Cuba en el Departamento de Estado, y forman el grupo de trabajo un
representante del Consejo Nacional de Seguridad (National Security Council), uno
del Departamento de Comercio de la Oficina de Control de Política Exterior y uno
del Departamento del Tesoro de la Oficina de Control de Activos Extranjeros, la que
aplica el bloqueo, así como representantes de varias oficinas del Departamento de
Estado. Qué cosa más oficial y más centralizadamente oficial, desde la decisión de a
quién le dan estos fondos o estos recursos, hasta cómo se ejecutan, cómo se aplican.
En este documento (lo muestra), por cierto, ellos señalan la necesidad de ser de aquí
en adelante más cuidadosos en la divulgación de lo que hacen, me imagino que para
evitar que hagamos lo que estamos haciendo ahora. Hay que suponer que van a hacer
mucho más y cada vez se va a saber menos, y hay que también subrayar esto que
dicen al principio: “Todo esto es solo una pequeña parte de lo que hace el gobierno de
Estados Unidos en relación con Cuba”, todo esto no es más que una pequeña parte, lo
cual es cierto. Imagínense ustedes cuando se haga público un informe de la CIA
evaluando lo que están gastando ahora, pero habrá que esperar, como pasó con el de
Kirkpatrick, 27 años; dentro de 27 años a lo mejor sabemos de muchísimas más cosas
que las que ahora podemos comprender.
En la medida en que la Revolución se consolidó, en la medida en que se
desarrolló, e incluso ahora que constituimos, porque la historia lo ha querido así, un
ejemplo, un punto de referencia, precisamente, de una posibilidad de otro mundo,
como decían en Porto Alegre, la posibilidad de que otro mundo se pueda realizar, otro
mundo en que la gente se autogobierne, en que el gobierno sea para el pueblo,
precisamente en la medida en que ellos ven eso, lo que hacen es intensificar estas
acciones.
Aquí he presentado documentos oficiales que existen ahora. En estos momentos
el señor Helms y algunos de estos legisladores, que dicen que tienen origen cubano,
están hablando de intensificar estos programas, y están hablando de decenas de
millones de dólares anualmente para eso, para tratar de buscar apátridas, para tratar
de sobornar gente, para tratar de socavar a la sociedad cubana, creando una supuesta
oposición, no para que haya democracia en Cuba, sino precisamente para liquidar la

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democracia en Cuba, para poner fin a la independencia cubana y a la sociedad que los
cubanos nos hemos dado.
[…]

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UN FRANKESTEIN SIN PADRE NI MADRE

Fragmentos en el VI Congreso de la Unión Nacional de Escritores y


Artistas de Cuba (UNEAC), La Habana, 7 de noviembre de 1998

[…]
A mí me parece que es cierto que tarde o temprano tendrá que terminar el bloqueo, no
sé cuán tarde se alcanzaría realmente un restablecimiento de relaciones entre ambos
países; sí creo que es importante que tengamos claro dos cosas: la contradicción
fundamental de la nación cubana con el imperialismo norteamericano no va a
desaparecer temprano, por supuesto que no, cuán tarde no tengo la menor idea,
tendría que cambiar mucho Estados Unidos antes que se pudiera llegar a una relación
respetuosa de nuestra independencia, pues a lo largo de toda la historia ese ha sido
justamente el problema de la nación cubana; la otra cosa que me parece, es
importante tener en cuenta es que si ese bloqueo se hace cada vez más insostenible es
por dos razones fundamentales: en primer lugar la unidad y la resistencia de los
cubanos y en segundo lugar la solidaridad internacional.
[…] se nota en los últimos tiempos entre amigos, entre gente solidaria con Cuba,
algunos elementos de confusión, que requieren esclarecimiento. Hay una cierta idea
de que el bloqueo se está acabando, de que está cambiando la política
norteamericana, una sensación de optimismo desmedido que tendría como efecto
bajar la guardia en el movimiento de solidaridad e internamente tendría el efecto de
aflojar nuestra unidad o nuestro espíritu de resistencia, y ambas cosas tenemos que
cuidarlas, porque son precisamente lo que va a garantizar que un día tengan que
levantar el bloqueo y que algún día más tarde tengan que empezar a respetarnos y a
tratarnos como iguales.
En la reunión de la Comisión de ayer, discutíamos algo y se emitió una
declaración pública buscando solidaridad, comprensión de otros parlamentos, que se
relaciona con los medios, con la globalización de la información, de las
comunicaciones. En esa globalización de la información, ese fenómeno de
mundialización de las comunicaciones, una parte muy importante es globalizar la
incomunicación, es globalizar el silencio, es globalizar la manipulación de la
información; no todo es que en cualquier momento alguien puede saber lo que está
pasando en cualquier parte del mundo. Les voy a poner un ejemplo concreto: ya
llevamos 17 días un montón de gente en este planeta tratando de conocer lo que
aprobó el Congreso norteamericano y suscribió el Presidente de Estados Unidos el 21
de octubre. Compañeros, estoy hablando de la Ley del Presupuesto de los Estados
Unidos.
Cada vez que nosotros tenemos que hablar con un parlamentario extranjero, con
un burgués, cuando nos visita tenemos que explicar cómo funciona el parlamento
cubano, cuáles son sus atribuciones, y siempre viene la misma pregunta, ¿quién

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adopta el presupuesto? Porque se imaginan que en nuestra sociedad no hay la
reflexión colectiva, la discusión colectiva y las instituciones funcionan como hacen
creer al mundo que funciona el socialismo.
Ayer mismo, conversando con un parlamentario amigo, pero ideológicamente
nada cercano, me hizo la misma pregunta y yo se la respondí y le expliqué «sí
efectivamente, ahora en diciembre tendremos que examinar el presupuesto y el plan
de la economía como hacemos siempre». Entonces le dije: «Por cierto, ¿tú estás al
tanto de cómo se aprobó el presupuesto que está rigiendo ahora en Estados Unidos, tú
has averiguado cuántas cosas en esa ley afectan a tu país?», por supuesto, no tenía la
menor idea.
¿Qué hemos hecho?, recurrir a Internet, la famosa Internet. Invito a cualquiera
que trate de encontrar en Internet ese documento. No pasa de la página 500, lo que se
puede acceder. El documento, según se sabe, se le describe más bien gráficamente: se
sabe que tiene unas 17 pulgadas de espesor, se sabe que lo forman más de 4000
páginas, se le calcula un peso superior a las 40 libras. Pero yo puedo asegurar que no
aparece en Internet —veo a Rosa Elena por aquí, ella es una mujer optimista y ayer
me decía que de hoy a mañana, que a lo mejor—, pero todavía sigue sin aparecer. No
está en la Biblioteca del Congreso, no lo tiene el Servicio de Investigaciones del
Congreso, los compañeros nuestros en Washington, nuestros abogados, han estado
tratando de encontrarlo, y se les ocurrió una idea brillante, vamos a pedírselo a los
congresistas; hasta la mañana de hoy nuestros compañeros no han podido encontrar a
una sola oficina de un senador o un representante norteamericano que conozca la ley,
que es ley desde el pasado 21 de octubre. Posteriormente se afirmó que el texto
completo de la Ley no será publicado oficialmente.
¿Tienen ellos que responder al mundo de cómo se aprueban sus presupuestos,
tienen realmente que hacer ese esfuerzo? Yo creo que no, porque se mete en el
subconsciente de la gente, se ha ido creando una visión de que esa es la democracia,
el debate, la discusión abierta, la transparencia. Ninguna agencia de prensa se ha
tomado el trabajo de comentar este asunto. No lo he visto en ningún periódico de
Estados Unidos ni de otra parte. Sí han salido algunas cosas, sí, se han filtrado
algunas cosas, porque hay alguna gente que habla.
Les voy a citar a tres legisladores norteamericanos; uno muy conservador, uno
muy liberal y uno muy moderado.
Tom Harkin, famoso senador liberal de Iowa: dijo que eso era una vergüenza,
«hemos aprobado una ley que nadie conoce». Ese es Harkin que es un hombre liberal.
Rod Gram, archiconocido de la derecha republicana, se sintió ofendido: «Nos han
tratado, nos han convertido en un cuño que sella un documento que aprobó una
minoría a ocultas, sin contar con nosotros y que asume nuestra representación». Y el
veterano senador Byrd, dijo que esto era «… vergonzoso. Aquí se ha aprobado un
Frankestein sin padre ni madre».
Se sabe, se ha podido encontrar en las 500 páginas disponibles, que con ese

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presupuesto incrementan los gastos militares y de inteligencia a cifras no alcanzadas
en la última década; después de la guerra fría, después que se supone que terminó la
confrontación ideológica, sin embargo le van a dedicar más recursos a eso que lo que
le dedicaban cuando todavía existía la Unión Soviética. Se sabe que el documento
contiene una diversidad de materias, incluyendo el reforzamiento militar, pero
también un proyecto para estudiar la conducta de los grillos en el estado de Alaska;
nuevas regulaciones para la caza de patos en el estado de Mississippi; y un plan para
suministrar condones a los empleados federales, entre otras cosas, y a medida que se
vaya sabiendo se sabrá quien sabe cuántas cosas más.
Hay además sanciones contra Rusia, China, Ucrania, India, Pakistán, las
repúblicas de la antigua URSS, Irán, la República Democrática del Congo, Yugoslavia
y muchos otros países y establecen un programa específico de propaganda radial y
televisiva para socavar a los países africanos: 48 países, de los 54 que forman ese
continente, no son «democráticos», según la ley y contra ellos promoverán la
subversión.
Pero contiene además, hasta donde hemos logrado averiguar, un grupo de
enmiendas que significan el reforzamiento del bloqueo contra Cuba. Y esto es algo
muy interesante, porque desde el mes de mayo del año 1997 la República de Cuba
estaba denunciando esas enmiendas, y nos pasó lo mismo […] no nos encontramos
una sola persona que estuviera al tanto de eso, porque no lo encontraban en la
televisión, en los servicios cablegráficos, ni en la gran prensa, que se supone que
globaliza la información, que le permite al hombre saber todo lo que está pasando en
el mundo al mismo tiempo.
Recuerdo que en una conferencia de prensa aquí, una periodista británica me dijo:
«Pero ustedes ¿no se están precipitando?, porque después de todo esas enmiendas
nada más las ha aprobado una comisión congresional».
Le puedo responder ahora que, aquellos textos que denunciamos, hoy son parte de
una ley que permanece oculta, que no se discutió, que no tienen los legisladores; pero
que, en parte, hemos encontrado.
Sobre qué contiene la ley, ya expliqué algo. Acerca del modo de aprobarla, referí
la protesta de algunos senadores. El procedimiento fue el siguiente: un grupo
reducido negoció con la Casa Blanca, pactaron el nivel de gastos, lo pusieron dentro
de una ley, porque tiene que ser por ley, llevaron esa ley al pleno de la Cámara y al
pleno del Senado con los siguientes requisitos «no puede ser enmendada, no puede
ser discutida —por eso se quejan esos senadores—, hay que adoptarla globalmente»
—estamos en la globalización— hay que adoptarla de un golpe, completa, sin
cambios, la toma o la deja; y había que hacerlo porque sino hubieran cerrado el
gobierno y ambas partes querían evitar una crisis como la que hubo el año pasado en
vísperas de las elecciones, llena de inculpaciones mutuas; mejor vamos a pactar esto,
y entonces llegó un señor en aquel conciliábulo y metió sus grillos y el otro metió la
caza de patos, el otro metió la distribución de los condones, y los fascistas metieron

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todas aquellas propuestas contra nuestros país; y nadie sabe y nadie puede saber en
este siglo de la explosión informática y de las comunicaciones todavía, qué más
contiene esa ley.
Veamos muy rápidamente lo que se refiere a Cuba: en mayo del 97 se anunció
con bombo y platillo que Europa y Estados Unidos habían llegado a un acuerdo
llamado «Entendimiento» sobre la ley Helms-Burton —es parte de esa sensación
optimista que se disemina por el mundo—. ¿En qué consistía el entendimiento?
Esencialmente, Europa suspendía su demanda ante la OMC contra la ley
Helms-Burton, y Estados Unidos suspendería la aplicación del Título IV de esa ley,
que se refiere exclusivamente a la cuestión de negarle visado para ir a Estados Unidos
a los que inviertan en Cuba.
¿Qué denunció Cuba entonces? —que hasta ahora no han dado ningún paso con
el Congreso para que modifique la ley en ese sentido—, y denunciamos que además a
alguien se le había ocurrido presentar un texto deliberadamente dirigido hacia lo
contrario, no solamente no suspender ese Título, sino reforzarlo. Bueno, pues esa es
una de las enmiendas que firmaron el 21 de octubre. Y una cosa curiosa, esa
enmienda obliga al gobierno norteamericano a quien no le dan la suspensión del
Título, sino que lo obligan a que informe detalladamente de cómo lo está aplicando,
—qué casos están analizando para impedirle la entrada a Estados Unidos, a cuántos
les han dicho que no y a quién le han dado la visa y por qué—, y tienen que presentar
su primer informe, dice el texto, a los 30 días de promulgada esta ley. Si mi cuenta no
me falla, ya han decursado unos 17, se está acercando el momento que tienen que
hacer el informe, me imagino que haya unos cuantos burócratas redactándolo y sin
embargo la ley todavía no está para el acceso de nadie. El colmo de la violación de
aquel «Entendimiento» es que, además de reforzar la aplicación del Título IV,
incluyeron otra sección para negarle la visa a cualquiera involucrado en litigios de
propiedad aunque no tengan relación con Cuba.
Hay por supuesto la continuación del financiamiento para la propaganda contra
Cuba, televisión, radio, etc.; hay la prohibición de darle ayuda financiera a cualquier
país que coopere con Cuba; hay otras en esta misma dirección… hay una muy
interesante, que hace tomar partido al gobierno del lado de los llamados expropiados.
Hay una compañía que tiene un pleito en Estados Unidos ante un tribunal con una
empresa europea que invierte en Cuba, que colabora con nosotros, que tiene una
inversión conjunta en Cuba. Bueno ya por ley del Congreso la demanda se perdería,
la razón la tendría siempre el «expropiado» norteamericano y no se podría admitir
ninguna reclamación de una empresa extranjera que esté invirtiendo en Cuba en esas
condiciones, es decir, que a todos los efectos prácticos se viola el principio de la
separación de poderes y el Congreso se convierte en juez. Esta arbitrariedad, según la
ley, pudiera extenderse a otros casos no relacionados con Cuba.
Y la tercera, que tiene que ver con el famoso Carril II, el financiamiento a los
grupúsculos contrarrevolucionarios en nuestro país. El Carril II no es una amenaza

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potencial, no es algo que tendríamos que enfrentar si un día se levanta el bloqueo. El
Carril II es un término, viene de la Ley Torricelli del año 92, que dice en un texto
legislativo lo que estaban haciendo desde el año 59. Recordemos que hace algunos
meses se publicó un informe del inspector general de la CIA sobre la operación de
Playa Girón, y donde ahí se expone, aparte del desastre organizativo, los problemas
que hubo con la invasión del lado de ellos, se expone los que ellos llamaban el
«Proyecto Cuba», en el tercer párrafo del informe dice que los objetivos que tenía
desde la primavera de 1959, el gobierno de los Estados Unidos, eran organizar dentro
de Cuba una oposición a la Revolución y organizar fuera de Cuba un exilio opuesto a
la Revolución. ¿No han estado haciendo eso desde la primavera del 59 hasta el día de
hoy? De manera que la idea de disolver por dentro el espíritu revolucionario, diluir el
espíritu patriótico, dividirnos, confundirnos, para combinado con la agresión externa,
económica o de otro tipo, derrocar la Revolución, ha sido la constante de la política
norteamericana; lo que ahora, además, lo expresan legislativamente, ese es el Carril II
de la Ley Torricelli.
Pero el pasado 21 de octubre, ese ilustre Congreso democrático y ese
superdemocrático Gobierno dieron un paso más allá, establecieron que para esos
fines en este presupuesto que ellos aprobaron el Gobierno tiene que gastar «por los
menos 2 millones de dólares». ¿Cuándo ellos han podido presentar una propuesta
presupuestaria en que se les autorice a gastar «por los menos» algo? La esencia de la
acción legislativa en todas partes, en Estados Unidos también, en esta ley también, es
poner límites: Ud. puede gastar hasta aquí. Pero, es tan ilegal, tan ilegítima, tan
contraria a toda norma y a todo principio, asumir públicamente que se está
organizando y se quiere organizar la subversión contra otro, que también pueden
negar la práctica parlamentaria más elemental, no le ponen un tope, «por lo menos 2
millones», pueden ser 4, 5, 100, 1000, lo que sea, es un cheque en blanco para
promover la subversión, para financiar, para dar apoyo material y financiero a cuanto
antipatriota ellos puedan sobornar en este país.
Dicho sea de paso, si algo parecido hiciera un ciudadano norteamericano, según
la Ley de Control de Activos Extranjeros, y recibiera de Cuba dinero o una máquina
de escribir o un pedazo de papel o un lápiz, pudiera pasarse una temporada de hasta
diez años en la cárcel y pagar una multa de 250 mil dólares, independientemente de
que con la Ley Helms-Burton, además de eso, el Secretario del Tesoro le puede poner
una multa de 50 mil dólares, independientemente de que el tribunal lo sancione o no.
Eso por la Ley de Control de Activos Extranjeros para Cuba, que es la base del
bloqueo, la que existe desde los años 60. Si le aplicaran, además, la Ley de Registros
de Agentes Extranjeros, la privación de libertad puede ser hasta de 5 años más y la
multa de otros 10 mil dólares. Si le agregaran la Ley Logan, estoy hablando de tres de
la docena de leyes vigentes hoy en Estados Unidos que regulan materia semejante, la
Ley Logan significaría otros 3 años de cárcel y también alguna multa.
Pero ahora, además, este absurdo, esta irracionalidad, la extienden hasta la técnica

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legislativa, «por lo menos 2 millones», o sea, cualquier cosa, para tratar, en su
empeño desesperado, de destruir la Revolución Cubana, […] quería en este momento
llamar la atención de ustedes sobre el contexto complejo en que se desenvuelve
nuestra lucha, que requiere, entre otras cosas, que nosotros tratemos de estudiar,
analizar, desentrañar el sentido de la información que fluye por el planeta, tratemos
de comprender, de entender, el mundo real que nos rodea. También yo diría que
sigamos el ejemplo del compañero Fidel. Lo ha demostrado con creces con su
análisis riguroso de la situación internacional, de la crisis económica, de lo que viene
en el mundo. Eso es resultado de mucho esfuerzo intelectual, de mucho estudio, de
mucha lectura, de seguir apasionadamente los problemas del mundo de hoy. Que
también busquemos apasionadamente la información en un mundo, en que, repito,
parte de la globalización es globalizar la desinformación, la censura, el silencio. Eso
junto con todas las cosas que ustedes están elaborando en este Congreso, debe formar
parte de lo que ya se ha llamado Carril III, que en definitiva si volvemos a los
orígenes nos coloca hoy frente aquel dilema que para Céspedes resumía la lucha de la
Patria: «allá el agio, la ignominia, la noche; acá la razón, la verdad, la luz». Armar
nuestra razón, estructurarla, articularla, promover nuestra verdad y arrojar nuestra
luz, es la tarea principal de todos los intelectuales, de todos los patriotas, de todos los
cubanos revolucionarios.

[Link] - Página 170


ELECCIONES SIN ELECTORES

Artículo publicado en el periódico Granma, La Habana, 11 de septiembre


de 1998

La oficina del Censo de Estados Unidos publicó el 17 de agosto un estudio sobre las
elecciones presidenciales de 1996, según el cual el número de personas que votaron
fue el más bajo desde que en ese país se registra ese dato.
Eso no es noticia. Se sabía ya que para esas elecciones había disminuido
significativamente la cantidad de ciudadanos inscritos en los registros electorales y
que una gran parte de ellos se abstuvieron de concurrir a las urnas. En resumen, los
candidatos triunfadores recibieron menos de la mitad de los sufragios de los que
votaron y estos fueron alrededor de la mitad de las personas que hubieran podido
votar.
Lo novedoso del estudio son las razones aducidas para no votar. Junto a los
millones de personas que sencillamente dijeron que no les interesaban las elecciones
o que no les gustaban los candidatos, aparece otra motivación que de acuerdo con la
investigación puede llegar, incluso, a ser la principal.
Ella afecta exclusivamente a los trabajadores: los patronos no los autorizan a
ausentarse del empleo para ir a votar o no tienen medios para transportarse al lugar de
la votación. Este factor, no sólo dificulta a muchos electores poder votar sino que
también impide a muchos ciudadanos realizar los trámites previos para inscribirse en
los registros electorales y adquirir la condición de elector.
Porque tanto la inscripción como la votación tienen lugar en días y horarios
laborales. A diferencia de los demás países, las elecciones en Estados Unidos se
realizan un día martes y ese es un día de trabajo como otro cualquiera.
En todo el planeta, hasta en los propios Estados Unidos, son muchos los que
señalan como uno de los defectos más evidentes en el sistema político de ese país, la
muy escasa y cada vez menor participación de la gente en sus procesos electorales.
Quienes no parecen verlo como algo negativo y no hacen nada para cambiar la
situación, son los políticos norteamericanos.
En ello no hay la menor contradicción. El sistema yanki está concebido
precisamente para evitar la participación real de la gente en el Gobierno. No le
interesa que el pueblo sea elector ni que concurra a votar. Si les hubiera interesado
habrían declarado feriado el día de las elecciones y establecido la inscripción
automática de los ciudadanos al arribar a la edad electoral como es en Cuba y en otras
partes. Los problemas que enfrentan los negros, los latinos y lo pobres para tratar de
ejercer allá sus derechos han sido numerosos y grandes. Algunos han pagado con sus
vidas. En días recientes fue sometido a la justicia un ex Mago «Imperial» del
KuKuxKlan que hace más de treinta años dirigió el asesinato de un activista negro
que promovía la inscripción de electores en el racista estado de Mississipi.

[Link] - Página 171


Hay otro dato cargado de sugerencias en el estudio de la Oficina del Censo. En
las elecciones de 1996, cuando menos personas fueron a votar, el número de los que
practicaron lo que ellos denominan el «voto ausente» aumentó tanto que duplicó el de
las elecciones anteriores y llegó nacionalmente hasta el 8% del total. Ocurre que el
«voto ausente» no es secreto por la sencilla razón que quien deposita la boleta no es
el elector sino otra persona, un agente pagado por las maquinarias politiqueras, que
«testifica» cuál era la «intención» del «elector»(los cubanos de más edad recuerdan al
personaje: en la Cuba anterior a la Revolución aquí le llamaban «sargento político»).
A veces el «voto ausente» lo «ejercen» las personas sin saberlo. Hace ya varios
meses estalló un gran escándalo en Miami cuando se descubrió que algunas personas
que no querían, ni pensaban votar, o ni siquiera vivían en Miami, habían, sin
embargo, «votado» en ausencia. También se supo entonces, que además, otras boletas
de votación se compraron por diez dólares o por un plato de comida.
Pero aquel escándalo parece casi una bobería comparado con lo que se sabría
después. El 19 de agosto, por ejemplo, el Miami Herald publicó datos suministrados
por la Secretaría de Estado de la Florida que revelan que entre los electores de ese
estado aparecieron 50 mil delincuentes encarcelados y 17 mil personas fallecidas.
¿Será por eso que ese diario dedica la misma sección a las noticias sobre la
politiquería local y a las informaciones sobre quiénes fallecieron la víspera
engrosando así las filas de los disponibles para el «voto ausente»?
En el mismo artículo, el Herald agrega otro detalle: también hay 47 mil personas
—vivas y en libertad— que están inscritas como electores en más de un distrito y por
lo tanto pueden votar más de una vez.
¿Ha ido sumando el lector? ¿Cuál es el por ciento real de personas que ejercieron
el voto libre y secreto verdaderamente?
El fraude y la corrupción, por supuesto, no son exclusivos de la Florida. El
sistema que lo sustenta rige en todo el territorio norteamericano. El diario miamense,
quizás para demostrar que esos vicios no imperan sólo allí, ha publicado
informaciones sobre incidentes parecidos en otros estados, ocurridos ahora y a lo
largo de la historia de la «democracia» norteamericana.
¿Qué tiene que ver todo esto con «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo»? Es exactamente la negación de lo que afirmara Lincoln en su famosa frase.
El mismo sistema que hace extraordinariamente difícil a los trabajadores realizar
los trámites para convertirse en electores y multiplica los obstáculos a quienes
quieran ir a las urnas, pone a «votar» a los delincuentes convictos, a los muertos, a los
que no quisieron votar y permite a otros hacerlo varias veces.
En la llamada democracia representativa, el modelo que Washington busca
imponer por todas partes como única forma posible de gobierno, el papel del
ciudadano se limita, exclusivamente, a votar el día de las elecciones por candidatos
que él no pudo proponer, ni sabe de donde salieron y a veces ni siquiera conoce. El
papel del ciudadano queda reducido a votar o no por quienes fueron seleccionados

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por los grandes intereses o las maquinarias electoreras. Los elegidos a partir de ahí, se
supone, «representan» a los ciudadanos y actúan en su nombre pero deciden cualquier
cosa sin rendir cuenta a los electores ni volverlos a ver.
Por eso, la coletilla con que bautizan a la democracia: «representativa». Ese es el
límite infranqueable, la frontera celosamente custodiada para que nadie la cruce. Los
trabajadores, el pueblo, no tienen nada más que hacer, con relación al gobierno de la
sociedad, el resto de los días del año o todos los días de los años sin elecciones. Para
eso están los «representantes», los que ganaron las elecciones.
Como la gente se va dando cuenta de esa realidad, crece sin parar el número de
los que voluntaria y conscientemente le dan la espalda a la farsa y no participan en
ella.
Por otra parte, como el sistema ha sido concebido para mantener a la mayoría
bajo el dominio de sus explotadores, tiene buen cuidado en poner cuantas trabas
pueda imaginar para que los trabajadores no voten. Excluye así el riesgo de que
vayan a elegir a alguien que verdaderamente represente sus intereses y aspiraciones.
La combinación de ambos factores conduce, inevitablemente, a que la mayor
parte del pueblo sea el gran ausente en tales elecciones y que la situación se agrave
cada año. ¿Qué hacer, entonces, para salvar una farsa sin pueblo?
Como el sistema es esencialmente ficticio, sólo puede recurrir al incremento de la
ficción, inflando el globo «democrático», introduciendo dentro de él, en los
resultados electorales, mayor corrupción y más votos falsos, comprados o inventados,
de gente que no votó o de personas que no existen.
Poco importa. Después de todo, ese sistema, digan lo que digan, nunca ha
representado a la gente. Ni quiere ni puede hacerlo. La «democracia representativa»
deviene así en una insólita representación teatral, tan mala que el público no asiste a
su puesta en escena. El empresario, entonces, inventa el público y gracias a una buena
publicidad hace creer que el teatro estuvo sólo medio vacío.
Hay algo que choca especialmente al conocer estas revelaciones. Desde los
tiempos más remotos, el hombre ha rendido culto a sus muertos, o los ha dejado
descansar en paz. En Estados Unidos durante muchos años, ha habido gente humilde
añorando ejercer sus derechos. Pasaron toda la vida sin lograrlo. Fue la muerte la que,
a algunos al menos, los convirtió, finalmente, en «electores». Pero los obligaron a
«votar» diferente a como ellos hubieran querido.
Porque allá no se respetan los derechos civiles y políticos de la mayoría. Y
tampoco se respeta a los muertos.

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LO QUE EL CENSO SE LLEVÓ

Artículo publicado en el periódico Granma, La Habana, 13 de octubre de


1998

En el año 2000 se realizará otro Censo de población en Estados Unidos. Hacen uno
cada diez años porque así lo dispone la Constitución. Siendo algo tan normal y
repetido no debería causar mayores contratiempos ni ser objeto de polémica.
El próximo, sin embargo, ha provocado enfrentamientos entre los políticos y un
pleito ante la justicia federal.
El problema, según reconocen todos los diarios que se ocuparon del tema, es que
los censos de población allá efectuados, adolecen de serias deficiencias y éstas se
agudizan de decenio en decenio. En resumen, las cifras oficiales no reflejan la
realidad, millones de norteamericanos sencillamente no son contados y se ahonda la
brecha entre la población real y lo que dicen los resultados censales. El asunto ha sido
examinado por los estudiosos, incluyendo la Academia de Ciencias, quienes
coinciden en su gravedad a partir de los errores encontrados en el Censo de 1990.
¿Cuántos son los norteamericanos que faltan? Es comprensible que sobre esto no
haya una idea definitiva. Nadie puede saber exactamente cuantos faltan precisamente
porque nadie los ha contado.
Pero es posible hacer cálculos basados incluso en la observación visual. Puede
suponerse, por ejemplo, que la aglomeración de gente humilde en arrabales
inhóspitos que no cesan de crecer debería plasmarse en números superiores a los que
indica el Censo. Basta asomarse a la ventana para ver también como se multiplican
las personas que acampan en cualquier lugar, incluyendo las aceras por donde han
debido desplazarse los enumeradores.
Según el Washington Post los «desaparecidos» en el Censo de 1990 oscilan entre
10 y 15 millones de norteamericanos. Otros diarios hacen cálculos más
conservadores, pero reconocen que en todo caso son más de 8 millones.
Cualquiera de esas cifras, incluso la más prudente, es superior al total de la
población de la mayoría de los estados que integran la Unión. Sólo ocho estados
tienen más habitantes.
¿Quiénes son los que no fueron contados?
Al respecto nadie tiene la menor duda. Todos los diarios norteamericanos apuntan
en la misma dirección. Leer el Washington Post o el Washington Times, el New York
Times o el Chicago Tribune o cualquier otro periódico conduce a igual resultado: son
«negros, latinos, aborígenes, jóvenes, inmigrantes, pobres de la ciudad y del campo,
pobladores de arrabales o homeless y la masa creciente de personas que no hablan
inglés».
En esos sectores de la sociedad norteamericana hay desde luego, más personas
que los millones no contados por los funcionarios del Censo. En Estados Unidos hay

[Link] - Página 174


muchos más negros, más latinos, más pobres. Y aumentan no sólo por razones
demográficas, sino sobre todo como consecuencia del neoliberalismo que allá, como
en todas partes, hace cada vez más ricos a los ricos y más pobres, y cada vez mucho
más numerosos, a los pobres. Tiene razón el New York Times cuando prevé, en su
editorial de agosto 25, que el problema «será más acentuado en el próximo Censo».
¿Adónde nos conduce esta información?
Hay un par de conclusiones importantes sobre la verdadera naturaleza del sistema
yanki. La primera y más obvia es que sus resultados electorales son falsos. Todos
sabemos que en las «elecciones» de allá votan cada vez menos personas. En los más
recientes comicios generales, en 1996, según los datos oficiales, votaron «casi» la
mitad de los electores. Esa proporción, notablemente baja y siempre decreciente, dice
mucho acerca de los problemas que aquejan a esa sociedad.
En un artículo publicado en Granma el 11 de septiembre («Elecciones sin
electores»), expliqué que esa «mitad» de los electores se nutre con «votos falsos,
comprados o inventados, de gente que no votó o de personas que no existen».
La situación, sin embargo, es peor. Hay además un fraude estadístico. Cuando allá
hablan del 50 por ciento de electores se están refiriendo a la mitad de un total que
saben que es falso, que ha sido reducido arbitrariamente.
Porque Estados Unidos tiene más habitantes, varios millones más, que la cifra
utilizada para calcular sus electores. En otras palabras, puesto que la población
norteamericana es significativamente mayor, el porcentaje de ella que no votó
también lo es.
Hay otro aspecto también revelador. Hacer un censo cada diez años tiene por
objeto, según la Constitución, establecer la base para la distribución de los
representantes a elegir por cada distrito electoral. La Cámara norteamericana, desde
1910, la integra una cantidad fija de representantes que son 435, ni más ni menos.
Esta cifra no puede aumentar ni disminuir. Es necesario, por tanto, redistribuir
periódicamente la cuota de representación por distritos según las fluctuaciones
demográficas. Debería ser así, al menos, en teoría. En la práctica el asunto se
convierte en motivo de pelea entre los políticos norteamericanos en la que ganan
quienes controlan el Congreso.
Y he aquí que el Censo de 1990, el mismo que dejó de contar varios millones,
presenta otro curioso error. Resulta que, según él, otros varios millones fueron
contados dos veces.
Aquí, otra vez, hay diferencias en los análisis periodísticos. Nuevamente el
Washington Post da una cifra más alta, calcula entre 6 y 9 millones la cantidad de
personas que fueron contadas más de una vez. Otros diarios consideran que no fueron
tantos pero todos señalan que por lo menos superaron los 4 millones. Ninguno
encontró, desde luego, entre estos «aparecidos», los que son contados doble, a negros,
latinos o gente pobre.
Como resultado de estos «errores» los distritos pobres están sub representados,

[Link] - Página 175


mientras otros, donde predominan personas de altos ingresos, gozan de sobre
representación. Todo ello en nombre de la «democracia representativa» que hace
desaparecer de las estadísticas a millones de personas y las convierte en un «cero a la
izquierda».

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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE UNIÓN Y DEMOCRACIA
ANTE LA DICTADURA GLOBALIZADA

Intervención en la VIII Conferencia Centroamericana de Partidos


Políticos, Santo Domingo, República Dominicana, 19, 20 y 21 de agosto
de 1999

La unidad entre nuestros pueblos ha sido una aspiración permanente que extiende sus
raíces en lo más profundo de la historia común. Nuestros próceres abogaron por ella y
soñaron convertirla en realidad. Carecemos de un pasado de odios nacionales, no
conocimos guerras étnicas o religiosas, jamás la bandera de un Estado caribeño o
centroamericano se levantó opresora sobre tierra de otros. Extrañas a nuestra
tradición las apetencias dominadoras, fuimos, por el contrario, víctimas de la
ambición ajena. Nuestra comarca, presa de la codicia y el saqueo, sirvió sin quererlo
de escenario para las guerras de distantes potencias, fue la frontera donde chocaron
todos los imperios y nacimos del dolor, la lucha y la esperanza admirablemente
descritos por Juan Bosch en un libro imprescindible.
Aquellas potencias constituyen hoy un solo mercado, tienen una moneda común y
un parlamento y estructuras de gobierno supranacionales. Los ejércitos que durante
siglos se habían combatido, atacan ahora bajo las órdenes de un mismo general.
Acá, sin embargo, compartiendo historia, cultura, problemas y aspiraciones,
seguimos clamando por la unión que nunca llega. Luchar por ella, avanzar hasta ese
horizonte y alcanzar la tierra prometida de Bolívar, Martí, Morazán y tantos otros es y
seguirá siendo el mayor deber de quienes desempeñen alguna responsabilidad
pública.
Este encuentro contribuirá a ese propósito si sirve para evaluar los desafíos del
presente como fundamento necesario para que la voluntad unitaria se concrete y
materialice.
Vivimos en un mundo donde impera lo que se ha dado en llamar la globalización
neoliberal. El fenómeno en su dimensión económica y sus consecuencias para las
sociedades y la cultura ha sido objeto de numerosas reflexiones y concita,
naturalmente, creciente preocupación en el Tercer Mundo y también en amplios
sectores de los países desarrollados. En una reunión como ésta, debemos prestar
particular atención a su significado en el plano político, específicamente para el
desarrollo de la democracia en su sentido nacional y en cuanto a las relaciones entre
los estados.
Son tantos y tan vertiginosos los cambios en el plano tecnológico, especialmente
en la comunicación y la información, que, a veces, encubren las modificaciones no
menos drásticas de la organización política del mundo.
Durante cuatro décadas el planeta vivió la llamada «guerra fría», el

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enfrentamiento de dos bloques de naciones agrupadas unas en la OTAN y otras en el
Tratado de Varsovia. Se temía un conflicto militar entre ambos que nunca ocurrió.
Hace ya diez años fue disuelto el bloque del Este. Pero la OTAN lejos de disolverse,
aumenta su fuerza, se arroga nuevas funciones más allá de su espacio geográfico
original y crece hoy hasta incluir al país cuya capital es, precisamente, Varsovia.
Aquel temido conflicto bélico nunca salió del congelador. Pero este año,
finalmente, dos lustros después de terminada la «guerra fría», la OTAN estrenó sus
armas en una acción militar dirigida contra el país que había concebido el no
alineamiento y la equidistancia entre los dos bloques de antaño.
Fue la primera guerra europea después de la segunda conflagración mundial, la
primera en que los atacantes no sufrieron bajas, en que la decisión de combatir la
tomó un comando supranacional, sin que la guerra fuese declarada formalmente por
los gobiernos o rubricada, también formalmente, por los parlamentos, la primera en
que los ejércitos rivales nunca se vieron el rostro. Casi hubiera quedado en el reino de
la realidad virtual si no fuera por los miles de civiles asesinados o mutilados y sus
hospitales, escuelas, fábricas, puentes, viviendas, acueductos y plantas eléctricas
destruidos por armas dotadas de mortífera y extraña inteligencia.
Entre las víctimas de esa guerra está la Organización de Naciones Unidas.
Sumidos en parálisis total el Consejo de Seguridad y la Asamblea General, los
diplomáticos tuvieron tiempo sobrado para seguir por la CNN las piruetas de la
cohetería y las de los voceros de la OTAN y del Pentágono que cada mañana, durante
setenta días, hacían polvo de la Carta de San Francisco.
En unos pocos años se había roto el precario equilibrio surgido después de la
Segunda Guerra Mundial y el sistema de relaciones internacionales, sus normas y
procedimientos, han sido alterados radicalmente sin discutirlo con nadie. El orden
antes prevaleciente estaba lejos de responder, en la práctica, a las aspiraciones de
independencia y desarrollo de nuestras naciones. Pero al menos teóricamente se
fundaba en principios como el de la igualdad soberana de los estados, la no
intervención, la autodeterminación de los pueblos, y el no uso de la fuerza y sobre esa
base pudimos lograr la aprobación de declaraciones y resoluciones que reconocían,
en el plano doctrinario, nuestros derechos. Ahora aquellos principios y estos
conceptos existen sólo en la medida que resulte conveniente al poder arbitrario que
decide, en las sombras, como interpretarlos y aplicarlos.
En la era de Internet y la comunicación instantánea se adoptan en secreto las
principales decisiones que afectan a todo el mundo. Son aprobadas, incluso,
ignorando las formalidades más elementales del gobierno representativo sin que de
ello parezcan percatarse los grandes medios informativos que no cesan, sin embargo,
de entonar loas a la supuesta victoria final de la llamada «democracia occidental».
Pocas cosas enseñan la verdad del mundo de hoy como lo que ha estado
ocurriendo con el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI).
Desde mayo de 1995 se iniciaron negociaciones entre funcionarios de los países

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más poderosos para redactarlo. Se reunieron en secreto, cada mes, durante el resto de
ese año y el siguiente y para enero de 1997 habían convenido en lo fundamental y
tenían escrito un texto de carácter confidencial.
Sus términos no habían sido publicados en la gran prensa, ningún parlamento los
había examinado, ni orientado o supervisado la labor de los negociadores, se trataba
de uno de los secretos mejor guardado de la historia a pesar de que es un asunto que
concierne a todos los pobladores de la Tierra.
En enero de 1997 una organización no gubernamental francesa lo descubrió y
comenzó a divulgarlo por circuitos de información alternativa. Algunos políticos en
Australia, en Canadá, en Francia, se quejaron de que prácticamente se estuviese a
punto de arribar a un Acuerdo de tanta importancia sin que las instituciones
representativas, encargadas de autorizarlo según las diversas constituciones, se
hubieran siquiera enterado de lo que estaba ocurriendo.
De algún modo, la noticia llegó hasta una veintena de congresistas
norteamericanos que el 5 de noviembre de 1997 escribieron al presidente Clinton
solicitando información sobre el tema que supuestamente es responsabilidad del
Congreso. El 20 de enero del año siguiente recibieron poco más que un acuse de
recibo de un burócrata displicente. Hasta ahora el parlamento más arrogante, el que se
atribuye poderes omnímodos y se presenta como símbolo de democracia, no ha
dedicado una sola sesión a discutir el Acuerdo Multilateral de Inversiones.
¿En qué consistiría el AMI? El Director General de la OMC lo ha comparado con
«la Constitución de una economía global única», nada más y nada menos. El texto
pactado en el mayor secreto aseguraría irrestricta libertad de acción a las grandes
corporaciones capitalistas en todo el mundo, les otorgaría capacidad jurídica superior
a la de los estados soberanos y obligaría a estos a eliminar de sus legislaciones todo
lo que contraviniera el Acuerdo y a no legislar nada contrario a él en el futuro. Esto
es en esencia, resumidamente, entre otras consecuencias sumamente dañinas para los
derechos de las naciones, de los pueblos y del medio ambiente.
Lo que se fraguaba entonces —y sigue siendo todavía una amenaza real—
equivale de hecho a un golpe de Estado a escala planetaria. Para nada se cuenta con
los países del Tercer Mundo y otros estados que tienen en conjunto la inmensa
mayoría de la población mundial y no han intervenido en las negociaciones. Para
nada contaron tampoco con los ciudadanos ni con la sociedad civil del puñado de
países ricos cuyos misteriosos funcionarios se han reunido en la sombra durante
varios años y ni siquiera revelaron el secreto a los flamantes parlamentos nacionales,
ni a los gobiernos provinciales o a otras autoridades electas de esos países.
En Estados Unidos, según se ha sabido después, funcionaba un consejo asesor, al
que consultaban los negociadores, integrado por las 500 corporaciones más
poderosas: he ahí el verdadero parlamento yanki, el que dirige y controla. El otro, el
aparente, el que forman el Senado y la Cámara de Representantes no tenía por qué
reunirse si después de todo la mayoría de sus miembros están a sueldo de esas

[Link] - Página 179


grandes empresas.
Se ha dicho que aquellas negociaciones fueron interrumpidas tras retirarse de
ellas el Gobierno de Francia que apreció los peligros que el Acuerdo plantea en la
esfera de la cultura. Sin embargo, Estados Unidos y la Unión Europea seguían
refiriéndose al AMI después como algo que se proponían aplicar pronto y además,
sus promoventes tratan de impulsarlo por otros medios como la llamada Asociación
Económica Trasatlántica.
Un artículo publicado en junio de este año en Le Monde Diplomatique denuncia
que «la negociación avanza en la oscuridad total (…) para no alertar a la opinión
pública, y que todo esté listo antes de diciembre de 1999». Son «negociaciones
conducidas en la sombra, sin ningún tipo de control democrático» que buscan «poner
en manos del capital todas las actividades humanas sin restricciones ni trabas».
Nadie sabe cuantas otras cuestiones vitales para la humanidad están siendo
discutidas, ahora mismo, también a espaldas de los pueblos y sus representantes.
¿Cuál es el papel real, hoy día, de las instituciones parlamentarias? ¿Cómo
desempeñar su función en un mundo donde unos pocos deciden, ignorando
completamente a nuestros países?
Las diferencias ideológicas que pueden separarnos se vuelven irrelevantes cuando
otros hacen añicos las soberanías nacionales y convierten en quimera la idea misma
de la democracia. Si no fuésemos capaces de detener esa amenaza, que a todos nos
afecta por igual, ¿para qué harían falta partidos políticos? ¿Cuál política si logra
imponerse por todas partes la dictadura del mercado? ¿Qué haremos los
representantes de pueblos enteramente marginados y excluidos del exclusivo club de
un puñado de opulentos mercaderes?
Exijamos el espacio que nos pertenece en la arena internacional y demos a
nuestro reclamo la energía indispensable que sólo encontraremos en la acción
concertada.
Definamos nuestra propia agenda y reafirmemos el compromiso de apoyarnos
mutuamente para promoverla. Para ella podemos demandar la comprensión y el
respaldo de los partidos, los pueblos y las instituciones del resto del mundo porque
esa agenda no estaría dirigida contra nadie ni lesionaría los legítimos intereses de los
demás.
Permítaseme mencionar lo que pudieran ser las grandes líneas de esa agenda
común:

Defensa del derecho internacional cuyos principios y normas, plasmados en la


Carta de la ONU mucho deben al pensamiento y la cultura jurídica de América
Latina. Defendamos por encima de todo el pleno respeto a la soberanía nacional
y luchemos por la democratización de las relaciones internacionales. Para Martí:
«Patria es Humanidad», pero hasta que no se alcance un mundo donde el
humanismo no sea una utopía mientras los poderosos no renuncien a la

[Link] - Página 180


hegemonía y la dominación, cualquier merma a los derechos soberanos
significaría para nuestros pueblos admitir nuevas formas de servidumbre.
Desarrollo de políticas apropiadas en favor de nuestras comunidades emigradas,
para protegerlas de la discriminación, el racismo y la xenofobia, para promover
nuestros valores espirituales y culturales y articular sus vínculos con los países
de origen. Este es un tema de importancia creciente. No olvidemos que pronto
los latinoamericanos serán el grupo étnico más numeroso de los Estados Unidos.
Defensa de la cultura y los valores espirituales de nuestros pueblos frente a la
ofensiva del pensamiento único, la banalidad y el consumismo.
Protección de los recursos naturales y del medio ambiente incluyendo el mar
Caribe que nos une y pertenece.
Desarrollo de la cooperación y la ayuda mutua para encarar los desastres
naturales. Promover la solidaridad más efectiva que permita mitigar los daños
que causan huracanes, terremotos y volcanes.
Lucha contra el narcotráfico, ese flagelo que nos amenaza por estar nuestra
región tan próxima a la sociedad corrupta que constituye el mercado voraz de
ese y todos los vicios.
Sistematizar el diálogo entre nosotros para adelantar esa agenda común.
Pocas veces ha sido tan necesaria y urgente la unión de nuestros pueblos y la
búsqueda de caminos para avanzar hasta la realización de la Patria común.

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LA DICTADURA GLOBALIZADA

Artículo publicado en el periódico Juventud Rebelde, La Habana, 4 de


agosto de 1999

Los problemas que la globalización neoliberal plantea en el plano económico, social


y cultural generan preocupación creciente en todas partes y han sido analizados de
forma brillante y profunda, con argumentos irrebatibles por el compañero Fidel
Castro. El propósito de estas líneas es examinar sus implicaciones en el terreno
político y concretamente sus consecuencias para la democracia.
Desde la caída del socialismo europeo y la disolución de la URSS, los
propagandistas de la burguesía inundaron el planeta con artículos, discursos y libros
entonando loas a lo que definían como la victoria absoluta, final e inapelable de la
«democracia occidental». Según ellos había triunfado, de una vez por todas, su
sistema político, la llamada «democracia representativa».
Fue tan intensa y exitosa la ofensiva triunfalista que a su coro se sumaron las
voces más diversas: los políticos liberales y socialdemócratas que la habían inventado
y aplicado más o menos coherentemente; los conservadores que la habían aplastado
más de una vez sangrientamente y reemplazado por brutales tiranías militares; los
tránsfugas que cansados de un «izquierdismo» epidérmico y estéril abrazaron el
«nuevo» dogma con la devoción de siempre.
Se acabó. La historia había terminado. El capitalismo era el único sistema
económico extendido ahora a todo el planeta. Su expresión política, la «democracia
representativa», sería también la única para todo el mundo.
Quienes se creyeron el cuento imaginaron seguramente que ahora todo sería el
«libre juego» de los partidos políticos, el debate parlamentario, la amplia circulación
de informaciones y criterios en una prensa ilustrada y beneficiada de la revolución
tecnológica en las comunicaciones de la que tanto se ha hablado. Todo el mundo
enterado de todo al mismo tiempo. Y todos felices disfrutando el progreso material, el
consumo generalizado y la libertad política.
Bastaron unos pocos años para que comenzaran a esfumarse las ilusiones.
Pese a lo que hacen los grandes medios de propaganda para «manipular los
sentimientos y controlar la razón», en palabras de Brzezinski, los pueblos poseen una
especie de sexto sentido que los hace intuir, más allá de las apariencias. Eso explica
algunas sorpresas.
Cuando se suponía que había triunfado la «democracia representativa» los
ciudadanos, ¿paradójicamente?, se sienten menos representados. Es muy difícil
encontrar excepciones al fenómeno del abstencionismo electoral, la no participación
y el distanciamiento de los ciudadanos de sus sistemas políticos en el llamado mundo
occidental. En Estados Unidos vota apenas la mitad de los electores inscritos en
registros electorales de dudosa exactitud (si las cuentas fueran exactas el porcentaje

[Link] - Página 182


de votantes sería mucho más bajo) y las encuestas indican que aproximadamente las
dos terceras partes, sobre todo entre los jóvenes, se sienten desconectados del
Gobierno y sus instituciones.

La rebelión de los espectadores


Desde su nacimiento la democracia liberal o «representativa» fue concebida a partir
de dos pilares básicos: la manipulación y la exclusión. Su mayor crítico, Juan Jacobo
Rousseau, señaló, al comienzo mismo del régimen burgués, que la desigualdad entre
los hombres hacia imposible la democracia y tornaba irreal la «representación».
La burguesía pretende ejercer el poder político en nombre y representación del
conjunto de los ciudadanos. Pero como la inmensa mayoría de éstos la constituye el
pueblo trabajador, explotado por los burgueses, esa forma de «democracia» tiene que
consistir, esencialmente, en una gran falsedad: ejercer el gobierno en nombre de
aquellos a quienes tienen que excluir del gobierno.
Los fundadores de los Estados Unidos tenían clara conciencia del problema. Los
más destacados inspiradores de la famosa Constitución de ese país, lo dijeron
claramente: «quienes poseen el país —los propietarios— deben gobernarlo» (John
Jay), la responsabilidad del gobierno es «proteger a la minoría rica contra la mayoría»
(James Madison) y para ello hay que «domesticar» al pueblo (Alexander Hamilton).
Mucho más recientemente Edward Barneys, asesor del presidente Wilson en
materia de información pública, definió la «esencia del proceso democrático» como
«la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas (…)
regimentar la mente del público hasta cada detalle».
Para Walter Lipmann, el famoso teórico del liberalismo estadounidense, el
propósito de esa manipulación es reducir al pueblo —según su expresión, el «rebaño
salvaje»— al lugar que le corresponde, el de «espectador» y evadir así sus «patadas y
bramidos».
A esa posición contemplativa y distante, la del espectador, se limitaba el papel del
ciudadano. Los promotores del sistema, sin embargo, pretendían, entonces, hacerle
creer que poseía derechos aunque circunscritos a votar por quienes integrarían el
gobierno y las instituciones que actuarían, supuestamente, en su nombre.
Con el avance del neoliberalismo han ido cayendo los velos que encubrían la
falsedad primordial del sistema. Corridas las cortinas, despojados de sus máscaras los
actores, el espectador puede ver, al fin, la verdadera trama que ya nadie trata de

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ocultar.
Porque la esencia del neoliberalismo es dar rienda suelta al lucro y la ganancia
capitalistas, eliminar completamente la función reguladora del Estado y el control
social. El gobierno no debe ser «para el pueblo» y ya ni siquiera intenta simularlo.
Obviamente tampoco puede ser «por el pueblo» y tiene que evitar a toda costa que lo
sea.
No vivimos el fin de la historia, sino que asistimos al fin de la democracia como
farsa. Comienza la rebelión de los espectadores, se acerca el final del espectáculo.

Un golpe de Estado planetario


Los motivos para la rebeldía, la necesidad urgente de resistir y luchar se hacen hoy
insoslayables, porque estamos en presencia de la globalización de la dictadura
capitalista. No se trata de una metáfora. Es una dictadura real, con golpe de Estado y
todo. Un golpe anunciado. Los conspiradores tienen como contraseña tres letras:
AMI.
Desde mayo de 1995 se iniciaron negociaciones entre funcionarios de los países
más poderosos para preparar un Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI). Se
reunieron en secreto, cada mes, durante el resto de ese año y el siguiente y para enero
de 1997 habían convenido en lo fundamental y tenían redactado un texto de carácter
confidencial.
Sus términos no habían sido publicados en la gran prensa, ningún parlamento los
había examinado, ni orientado o supervisado la labor de los negociadores, se trataba
del secreto mejor guardado de la historia a pesar de que es un asunto que concierne a
todos los pobladores de la Tierra.
En enero de 1997 una organización no gubernamental francesa lo descubrió y
comenzó a divulgarlo por circuitos de información alternativa. Algunos políticos en
Australia, en Canadá, en Francia, se quejaron de que prácticamente se estuviese a
punto de arribar a un acuerdo de tanta importancia sin que las instituciones
representativas, encargadas de autorizarlo según las diversas constituciones, se
hubieran siquiera enterado de lo que estaba ocurriendo.
De algún modo la noticia llegó hasta una veintena de congresistas
norteamericanos que el 5 de noviembre de 1997 escribieron al presidente Clinton
solicitando información sobre el tema que supuestamente es responsabilidad del
Congreso. El 20 de enero del año siguiente recibieron poco más que un acuse de

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recibo de un burócrata displicente. Hasta ahora, el Parlamento más arrogante, el que
se atribuye poderes omnímodos y trata de presentarse como símbolo de una
democracia espúrea, no ha dedicado una sola sesión a discutir el Acuerdo Multilateral
de Inversiones.
¿En qué consistiría el AMI? El Director General de la OMC lo ha comparado con
«la Constitución de una economía global única», nada más y nada menos. El texto
pactado en el mayor secreto aseguraría irrestricta libertad de acción a las grandes
corporaciones capitalistas en todo el mundo, les otorgaría capacidad jurídica superior
a la de los estados soberanos y obligaría a estos a eliminar de sus legislaciones todo
lo que contraviniera el Acuerdo y a no legislar nada contrario a él en el futuro. Esto
es en esencia, resumidamente, entre otras consecuencias sumamente dañinas para los
derechos de las naciones, de los trabajadores y del medio ambiente.
Lo que se fraguaba entonces —y sigue siendo todavía una amenaza real—
equivale de hecho a un golpe de Estado a escala planetaria. Para nada se cuenta con
los países del Tercer Mundo y otros estados que tienen en conjunto la inmensa
mayoría de la población mundial y no han intervenido en las negociaciones. Para
nada contaron tampoco con los trabajadores ni con la sociedad civil del puñado de
países ricos cuyos misteriosos funcionarios se han reunido en la sombra durante
varios años y ni siquiera revelaron el secreto a los flamantes parlamentos nacionales,
ni a los gobiernos provinciales o a otras autoridades electas de esos países.
En Estados Unidos, según se ha sabido después, funcionaba un consejo asesor, al
que consultaban los negociadores, integrado por las 500 corporaciones más
poderosas: he ahí el verdadero parlamento yanki, el que dirige y controla. El otro, el
aparente, el que forman el Senado y la Cámara de Representantes no tenía por qué
reunirse si después de todo sus miembros están a sueldo de esas grandes empresas.
Se ha dicho que aquellas negociaciones fueron interrumpidas tras retirarse de
ellas el Gobierno de Francia que apreció los peligros que el Acuerdo plantea en la
esfera de la cultura. Sin embargo, Estados Unidos y la Unión Europea seguían
refiriéndose al AMI en mayo de 1998 como algo que se proponían aplicar pronto y
además, sus promoventes tratan de impulsarlo por otros medios como la llamada
Asociación Económica Trasatlántica.
Un artículo publicado en junio de este año en Le Monde Diplomatique denuncia
que «la negociación avanza en la oscuridad total (…) para no alertar a la opinión
pública, y que todo esté listo antes de diciembre de 1999». Son «negociaciones
conducidas en la sombra, sin ningún tipo de control democrático» que buscan «poner
en manos del capital todas las actividades humanas sin restricciones ni trabas».
No es difícil ver el camino recorrido por el tipo de gobierno concebido por la
burguesía hace más de dos siglos. Lo que comenzó como el intento de engañar
simulando una representación ficticia termina quitándose la máscara y mostrando el
rostro sin maquillar de la dictadura. Una dictadura globalizada que se quiere imponer
a todo el mundo, de la que no se habla en los parlamentos «democráticos», mientras

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la gran prensa sigue sin ocuparse del tema pues no le alcanza el tiempo y el espacio
para elogiar la victoria absoluta, final e inapelable de la «democracia representativa».

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DEMOCRACIA, ALCA Y LUCHA CONTRA EL TERRORISMO

Fragmentos de la intervención en el encuentro de parlamentarios


asistentes al Foro de Sao Paulo, La Habana, 4 de diciembre del 2001

[…]
En momentos en que esta gente está bombardeando un país, y de paso, le hacen saber
al mundo que mañana o pasado puede ser cualquier otro país, sin siquiera
nombrarlos. Yo creo que esa comunicación norteamericana tiene una gravedad
extrema y no ha provocado una reacción comparable en el mundo. Porque equivale
literalmente a asesinar a las Naciones Unidas, a derribar la torre de las Naciones
Unidas, que no se cayó el 11 de septiembre, se cayó un poquitico después, no hizo
falta una bomba, bastó una nota diplomática norteamericana, porque la Carta de la
ONU fue clara: el derecho a la legítima defensa termina cuando el Estado pone el
asunto en manos del Consejo de Seguridad. Aquí fue al revés, aquí Estados Unidos se
dignó comunicarle al Consejo que va a seguir atacando y, además, mañana puede ser
fulano y pasado mañana sutano. Se acabó las Naciones Unidas, se acabó la Carta de
la ONU. Todo está bajo el arbitrio de una sola potencia. Ellos se concentran en esa
estrategia militar, aparentemente, porque no es sólo eso lo que están haciendo, y el
mundo se moviliza contra esa guerra y esa amenaza de guerra multiplicada. Pero a mí
me parece que es importante que nosotros meditemos a fondo sobre la naturaleza de
esa guerra, la naturaleza de ese conflicto, el contenido real de esa estrategia del
imperio, que no se agota con bombardear un país X hoy, y mañana quizás a un país Z
o B.
Hay un señor que aparece todos los días en los medios norteamericanos, que es el
secretario de Defensa, Sr. Rumsfeld, uno de los pocos pensadores, digámoslo así por
generosidad, que tiene la actual administración norteamericana; por lo menos es una
persona que se ve que ha leído, que se ve que tiene algún acervo cultural, que tiene
una visión teórica, que no puede ser más reaccionaria: no olvidemos que este es uno
de los principales autores de la guerra de las galaxias, en la época de Reagan, y
Schafik tiene toda la razón en confundir a Reagan con Bush, porque el que ideó en
los 80 la guerra de las galaxias, hoy es el Secretario de Defensa que la trata de
implementar. Este hombre habla casi todos los días ante los medios norteamericanos.
Antes de empezar a bombardear a Afganistán, los periodistas trataban de saber
qué era lo que iba a hacer Estados Unidos. Se estaba hablando de una respuesta
enérgica, se estaba hablando de la guerra, etc. A Rumsfeld le preguntaron varias
veces qué tipo de guerra sería. Y yo creo que Rumsfeld nos dio una pista que nos
debe conducir a meditar a todos. Un periodista le dijo: —Oiga, ¿va a ser cómo la
guerra de Viet-Nam, que mandamos miles de soldados, etc., o va a ser como la guerra
de Iraq, que usamos la alta tecnología? Respuesta de Rumsfeld: —Yo no la

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compararía con ninguna de esas guerras, con ningún otro conflicto bélico anterior, yo
sólo la compararía con la guerra fría.
Y esta idea de que estamos entrando en una guerra fría, la ha defendido Rumsfeld
varias veces, y ha elaborado por qué él dice guerra fría. Primero, porque va a durar
mucho tiempo. La guerra fría, aquella, la que se supone que ellos habían ganado,
duró más o menos, medio siglo. Segundo, porque la guerra fría no es sólo militar, es
también económica, es también política, es también en el plano de la propaganda, de
las ideas, compañeros, estoy citando, más o menos, a Rumsfeld, él lo ha dicho, lo ha
explicado.
Ahora, la misma cuestión mediática, y el hecho real de gente siendo brutalmente
bombardeada ha puesto en el primer plano ese componente militar más aparente, más
evidente, pero lo otro no está guardado en una nevera, lo otro está desbocadamente
desatado. ¿Cuánto demoró en la actual administración norteamericana la presentación
de un proyecto de ley llamado «patriota», «antiterrorista», de más de 128 páginas,
más o menos? Una semana, una semana después del bombardeo de Nueva York, ya
estaba la ley. ¿Por qué? ¿Porque son muy rápidos redactores? No, ése es el
compendio de todas las reclamaciones, las aspiraciones, de los cuerpos represivos
durante décadas. Ellos querían poder registrar la correspondencia ajena sin molestas
órdenes judiciales, y escuchar las conversaciones de cualquiera, y registrar lo que el
abogado defensor hablase con sus clientes, y cerrar sin término a cualquier extranjero
y a cualquier persona que acusaran —a juicio de la Fiscalía o del FBI—, de poner en
peligro la tranquilidad pública. Pero era muy difícil que en una sociedad como la
norteamericana, donde determinados criterios sobre la libertad individual tienen
mucha fuerza, era muy difícil durante mucho tiempo, hacer avanzar esas cosas.
Compañeros, y de una manera aplastante, casi sin oposición, en ese país se ha
aprobado una ley que es como la lista de los deseos navideños de Hoover, de los
grandes jefes del FBI, etc.
[…]
Hay un periodista del establishment, creo que es Bill Mayer, no es un tipo de
izquierda, tiene una frase que a mí me parece realmente que es muy buena. Él dice:
Las grandes corporaciones están obligando al norteamericano a estar de pie, con el
brazo sobre el corazón, jurando lealtad a la bandera, mientras ellas le meten la mano
en los bolsillos para esquilmarlo. Miles de millones de dólares a las compañías de
aviación, por los daños que han sufrido. Ni un centavo para los miles de
norteamericanos que perdieron su empleo como consecuencia de la atrocidad
terrorista del 11 de septiembre. Miles de personas en este momento, y empleo este
término tan inexacto por la sencilla razón de que nadie ha dado ni siquiera la cifra,
miles de personas detenidas hace casi tres meses. Sin juicio, sin acusación, sin habeas
corpus, miles más a las que se les anuncia que van a ser, o están siendo, nadie sabe
que están siendo probados por el FBI, éstos son tipos extranjeros, que tengan esta
característica, que sea una persona del Medio Oriente, o que sean musulmanes.

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Aunque también hay más de 60 judíos que entraron a engrosar otra categoría, otra
lista de personas detenidas para ser interrogadas.
En cualquier país del Tercer Mundo, imagínense ustedes en la República de Cuba;
seguro que en América Latina ustedes habrán visto de vez en cuando que a no sé
quién detuvieron las autoridades cubanas, o que dicen que están amenazando,
presionando a no sé quién, dos tipos, nombre y apellidos, en un momento en que hay
miles de personas, categorías enteras de personas amenazadas, amenazadas con ser
enviadas a la cárcel, sin defensa apropiada, sin contacto con el abogado, sin contacto
con el Consulado, siendo extranjero.
Esto en una ley que, como dice James Petras, fue aprobada casi unánimemente
por el Congreso, muchos de cuyos miembros nunca leyeron su texto.
Eso en Estados Unidos, pero yo leí por ahí unas declaraciones de protesta de un
diputado laborista británico que se quejaba porque en ese país, en ese Parlamento que
es la cuna, el símbolo de la democracia parlamentaria, tres siglos después de haberse
fundado, en tres días ellos tienen que aprobar la ley que el compañero Tony Blair
presentó, en tres días, y no han tenido tiempo ni de estudiarla, ni de discutirla del
modo en que se supone que un parlamento debería hacer. En Cuba también se
aprobará una ley antiterrorista en la cual no se va a ampliar la facultad de las
autoridades para reprimir, para investigar, etc., va a ser una ley cuya obligatoriedad
jurídica básicamente está dada por el hecho de que Cuba se ha adherido a una serie de
convenios internacionales contra el terrorismo y debemos reflejar en la ley ese
compromiso. Y además porque queremos plasmar en un documento jurídico
importante nuestra voluntad de no tolerar ni permitir ninguna acción terrorista que
desde aquí se quiera o se pueda organizar contra otros. Además de que, por supuesto,
sirva de instrumento contra la batalla contra el terrorismo que los cubanos están
librando, no a partir del 11 de septiembre de este año, sino a partir de hace 42
septiembres, 42 eneros.
Nos proponemos, primero, discutir esta ley teniendo los diputados cubanos
muchísimo más tiempo de aquel con que cuentan los parlamentarios británicos para
discutir el texto. Mucho más de un mes antes ya nuestros diputados conocen el texto.
De participar además en la discusión, ya de hecho el proyecto se ha cambiado en una
medida bastante apreciada, el compañero Presidente de la Comisión de Asuntos
Constitucionales, que es el ponente de la ley, lo estaba explicando, que en la reunión
de hoy todavía hay más cambios que la semana pasada.
Y después que se apruebe, nosotros nos proponemos hacer con esa ley lo que
tratamos de hacer siempre, que es llevarla a la discusión, al conocimiento público, al
examen colectivo en los centros de trabajo, los barrios, en todas partes, por una razón
muy sencilla. Cuba sabe un poquitico de enfrentamiento al terrorismo, un poquitico
más que los norteamericanos que, desgraciadamente, sufrieron esta terrible
experiencia. ¿Cómo lo hemos enfrentado en 42 años? Por supuesto, que no ha sido
por la eficacia que todo Estado tiene para combatir este tipo de acciones, sino que si

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lo hemos logrado combatir exitosamente ha sido, en primer lugar, por el pueblo, por
la participación de la gente, y es con la gente que nosotros vamos a seguir
combatiendo ese flagelo y cualquier posible nueva manifestación que de él ocurra. Lo
que no pueden hacer ni están haciendo, ni han hecho, en algunas de las más afamadas
democracias liberales de este planeta, porque consta, las quejas están por ahí.
Yo creo que, un poco respondiendo a la interrogante que planteaba Schafík sobre
el contenido, mi idea es que nosotros tenemos que colocar en un primer plano, en
nuestra actividad parlamentaria, en nuestra lucha política, en foros parlamentarios y
en otros foros de la lucha política en general, la lucha por la democracia. Y la
democracia nunca fue un patrimonio de la derecha, nunca fue una propiedad de los
oligarcas, de los tiranos.
La democracia fue nuestra siempre, siempre fue la aspiración, la utopía, la
reclamación de los explotados, de la gente de abajo. Ellos siguen usando el término,
pero en este momento, como en pocos momentos de la historia, estamos nosotros en
condiciones mejores para discutir, para discutir con los que se creen dueños de la
democracia y la están pisoteando y acabando del modo más evidente.
EL Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), del cual se hablará
también después, es un ejemplo que hemos ido manejando, que se ha ido
desarrollando, ha ido avanzando. En Porto Alegre se fue a una reivindicación
fundamental, el reclamo del plebiscito, yo completaría ese reclamo, en primer lugar,
yo creo que hay que exigir que los parlamentos de América Latina demanden un
poquitico más de respeto propio. Es realmente penoso leer en los medios
informativos de nuestra región, cómo la gente culta, la gente que está informada, la
gente que ve televisión o que lee diarios, está al tanto de si en Estados Unidos el
fasttrack avanza o no avanza. Pero ¿cuándo se aprobó el fasttrack en algún otro
parlamento del hemisferio?
Yo nunca he sabido de la noticia de que en ningún parlamento de la región se
hubiera autorizado a ninguno de sus presidentes a negociar una cosa como el ALCA.
Yo creo que nosotros debiéramos aspirar a que nuestros parlamentos estén por lo
menos a la altura del yanqui, que por lo menos en ese aspecto, por la posición de un
grupo de legisladores, aunque no son mayoritarios desgraciadamente, se ha estado
presionando para que el presidente no pueda negociar así como así; el presidente está
tratando de obtener esa facultad para negociar rápidamente para que después el
parlamento diga si o no al paquete negociado.
Lo menos que debería ocurrir es que los parlamentos de América Latina
recibiesen una autorización semejante o los parlamentos latinoamericanos tendrían
humildemente que reconocer que no son tales. El único parlamento real de este
hemisferio es el norteamericano, el único que tiene que determinar, que decidir, que
acordar, si da o no da ese fasttrack. Yo creo que tampoco se trata, por lo menos en mi
opinión muy personal, de reducir el plebiscito a un referendo, yo retomaría, iría al
origen del concepto: la ley de los plebeyos, el modo de legislar de los plebeyos en la

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antigua Roma, o sea que, por un lado está el Parlamento o el Senado en su tiempo,
pero los plebeyos también podían reunirse entre ellos y entre ellos elaborar sus
propias normas. Nosotros debiéramos reclamar la democratización del proceso
alrededor del ALCA, lo que implica, no sólo el debate parlamentario, que sería lo
mínimo, absolutamente lo mínimo, sino la incorporación de la sociedad civil a ese
debate.
El primer paso, que se conozca el texto, los contenidos de ese acuerdo que
alguien está negociando por allá sin haber pedido permiso.
Ahora, la plebe, el pueblo, los que no tienen el poder, deberían tener por lo menos
la posibilidad que tenían en la antigua Roma, que era la de reunirse entre ellos, y
elaborar su alternativa frente a aquello. No es solamente que digan sí o no cuando los
negociadores se aparezcan con un tratado, sino el que puedan discutir en el sindicato,
en la fábrica, en la asociación de estudiantes, en la medida en que sepan, que se vaya
conociendo, y que se vaya rompiendo el secreto, de ir incorporando realmente al
conjunto de la sociedad a ese debate. Eso es lo que han estado reclamando todos esos
grupos que se oponen cada vez más a la globalización.
Y no permitir que los burgueses de la zona nos sigan entreteniendo con la bobería
de la Carta Democrática y cada vez que se reúnen, es para decir se avanzó, no se
avanzó, si van a ver más tarde la Carta Democrática, fíjense el truco, según la gran
prensa, el gran tema político en América Latina es la adopción de una supuesta Carta
Democrática, en los mismos momentos en que están aplastando toda idea incluso de
democracia en el sentido más formal, más liberal del vocablo, en que no están
participando los foros de lo que se supone más representativo de la sociedad, es la
consideración de cuestiones tan decisivas para la gente como sería la anexión de
América Latina, y todo lo que significa el ALCA.
[…]
Hay algunos norteamericanos que se han atrevido ya a hablar de una dictadura, de
un Estado totalitario, de un Estado policial, con sus tribunales militares, secretos, con
sus poderes omnímodos para los cuerpos represivos, con ese fenómeno curioso de
que, habiendo ocurrido una verdadera catástrofe, desde el punto de vista de la
seguridad de ese país, como fue la barbarie del 11 de septiembre, hasta en nuestros
países, hasta en nuestras pobres repúblicas bananeras, si ocurre algo como esto,
renuncia un jefe de la policía o lo hacen renunciar, renuncia algún ministro o lo hacen
renunciar, o lo interrogan en el parlamento.
Aquí no. En Estados Unidos le han dado miles de millones de dólares adicionales
y poderes adicionales a las mismas autoridades que, en todo caso, habrían tenido que
responder, que explicar cómo fue posible que les ocurriera lo que les ocurrió. Algo
que no tengo que decir que, por supuesto, no puede dejar de ser condenado del modo
más categórico.
Yo creo que nosotros tenemos que enfrentar esta guerra fría, esta guerra fría como
lo anunció Rumsfeld antes de lanzar la primera bomba sobre Afganistán, y hacernos

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algunas preguntas. Una guerra fría después que desapareció la Unión Soviética,
después que la guerra fría que duró medio siglo la ganó Estados Unidos, ¿para qué
quiere otra guerra fría? ¿Y contra quién es esa guerra fría?
Los terroristas, alguien lo dijo, era un concepto vago, que se inventa, que se
explota ahora, antes eran los rojos o los amarillos, el peligro comunista, etc. Yo creo
que está bien claro, si se leen las legislaciones represivas que están arrobando al
mundo y, en particular la que yo conozco, la norteamericana, yo creo que el enemigo
está muy claramente identificado, pero es difícil encontrar a Bin Laden en esa
legislación, es difícil encontrar a un país en el centro de Asia.
Ahora, yo veo clarísimo a los sindicatos norteamericanos, los estudiantes
norteamericanos, a la gente que protesta en Washington, en Nueva York, los que
protestaron en Seattle, etc. ¡Basta!
Que el FBI considere que una protesta en la vía pública ponga en peligro la
seguridad, la tranquilidad de la sociedad norteamericana, o tenga, por finalidad —
estoy citando más o menos textualmente la ley—, influir en la política del Gobierno
para que eso caiga en la categoría de acción terrorista, que puede ser juzgada con la
mayor severidad y el acusado privado de cualquier derecho.
Si el acusado sucede además que no es ciudadano o los millones de hermanas o
hermanos de América Latina que viven en ese país…¡Ah!, entonces puede terminar
en las manos de un tribunal militar designado por el señor Rumsfeld, que operaría en
secreto y que puede, por supuesto, aplicar hasta la pena de muerte sin apelación.
Todo esto nos puede sonar, sonaría exagerado si lo hubiéramos dicho hace un
año. Yo me acuerdo en una ocasión en que yo aquí, frente a unos periodistas
discutiendo sobre estas cuestiones, hacía referencia a una ley represiva
norteamericana del siglo XVIII. Y yo me acuerdo que esa fue la genial, profunda
respuesta de ese periodista extranjero, por supuesto, aquí los cubanos somos mucho
más sagaces. No, pero eso fue en el siglo XVIII, dijo el periodista eso fue el presidente
Adams. Hoy está puesta en vigor utilizada por el presidente Bush o Reagan o como
quieran llamarle, es lo [Link] no estaba muerta la ley, lo que estaba era ahí,
sin ser utilizada porque no hacía falta. Ahora hace falta y un tipo le echó mano.
Lo grave es que frente a eso no ha habido un movimiento realmente de rechazo,
vigoroso. Lo comprensible desde el punto de los norteamericanos, en cierta medida,
porque realmente fue una atrocidad incalificable lo que ocurrió el 11 de septiembre.
Los movimientos por la paz en Estados Unidos, los esfuerzos habían sido muy
nobles, muy importantes, decisivos, en parar la guerra de VietNam, pero siempre era
Estados Unidos metiéndose con otro, interviniendo con otro, interviniendo en otro
país, atacando a otro pueblo. Esta vez ellos no están ejerciendo la venganza, se les ha
llevado, con una tremenda ofensiva mediática, a convencerse de que hay que apoyar
un uso ilimitado de la fuerza, de la violencia, pero en respuesta a un ataque criminal,
brutal, que sí ocurrió y que vino de afuera, según todo parece indicar.
Todo este despliegue de la guerra, de operaciones militares, me recordaba esta

[Link] - Página 192


mañana Lula, cuando lo escuchaba, porque en cierta medida sirven, para que siga
avanzando la guerra fría, distintas medidas que están tomando tranquilamente dentro
de Estados Unidos y, por supuesto, como siempre ocurre, igual que nos han
exportado la democracia, nos exportaron las dictaduras, y ahora están exportando la
guerra fría.
Para eso sirvió la guerra fría, para dividir el movimiento popular, para paralizarlo,
para afirmar el poder contra los pobres, valiéndose de lo que en aquella época existía
por la confrontación entre dos sistemas, dos superpotencias, todo lo que conocemos.
¿Contra quién se dirige esta guerra fría? Yo diría que, si lo fuéramos a resumir, contra
todo ese movimiento de la globalización neoliberal, contra ese enorme, amplísimo
frente que estaba creciendo, que se estaba afirmando cada vez más, que tenía como
característica que abría el espacio para que estuvieran los pueblos del Tercer Mundo
pero también el movimiento obrero, los intelectuales, los estudiantes del primer
mundo, incluyendo los Estados Unidos, como ocurre con el ALCA, donde tenemos
un espacio de solidaridad, de entendimiento, con amplísimos sectores del pueblo
norteamericano.
Pero ahí están las consecuencias casi de inmediato después del 11 de septiembre.
Ya el movimiento que en Estados Unidos tuvo gran amplitud ha comenzado a mostrar
fisuras.
Ese es uno de los tantos elementos de éxito para ellos, esta ofensiva
norteamericana. El otro es haber logrado avanzar, y parece que en cuestión de días se
debe votar en el pleno del Congreso el nuevo fasttrack, pedido por Bush, luego de
obtener que un buen número de legisladores, que se oponían a darle esos poderes, han
renunciado a esa oposición, como decía el periodista, con la mano sobre el corazón,
jurando lealtad a la patria, en la nueva guerra fría en que están enfrascados.
Por lo tanto, yo creo que nosotros como izquierda, como Foro de Sao Paulo, y en
este sector de los parlamentarios, por una razón adicional, porque se supone que
todos estamos asociados a nuestras respectivas democracias por ser representantes del
pueblo, nosotros tenemos que colocar en el centro de nuestra batalla la lucha por los
derechos democráticos de la gente, por la democracia, pura y simple, que hoy está
siendo atacada, además de amenazada, atacada de modo muy concreto muy directo,
como parte de esta supuesta estrategia de enfrentamiento al terrorismo.
Yo creo que es correcto, es justo, es muy importante, denunciar la guerra,
combatirla, tratar de generar el más amplio movimiento en contra de la actual guerra
y de la extensión que pueda tener y, al mismo tiempo, alertar y denunciar sobre esa
otra dimensión, esa guerra multidimensional que decía Rumsfeld, prolongada, en lo
político, en lo económico, en lo ideológico. En otras palabras, esa guerra fría.
Esa nueva guerra fría que ahora no tiene en contra a una superpotencia, ahora
tiene en contra algo más poderoso que una superpotencia, que son las masas;
millones, centenares, miles de millones de personas.
Por primera vez, por primera vez en la historia, nosotros tenemos una situación en

[Link] - Página 193


la que es posible articular, incorporar en este frente anticapitalista —no quiero usar ni
siquiera el concepto socialista, soy algo… porque si fuera a decir mi posición
personal, por supuesto, soy comunista, militante del Partido Comunista de Cuba—,
pero temo que hay que desarrollar la lucha de un modo inteligente, de un modo sabio;
los comunistas, los socialistas, los revolucionarios de nuestra región.
Nunca antes tuvieron la posibilidad objetiva de estar todos del mismo lado, en la
misma trinchera, junto con sectores que deben ser socialistas en su día como son los
sectores obreros del mundo desarrollado, e incluso con gente que no lo son y que
representan la pequeña y la mediana empresa, o que tienen otras motivaciones, sean
religiosas, sean humanistas, sean ambientalistas, lo que sea; todos definidos por la
oposición al capitalismo real, al capitalismo realmente existente, al capitalismo que
existe.
No a las patrañas o la leyenda sobre un supuesto régimen social supuestamente
benéfico; lo que es el capitalismo para el trabajador en la Argentina y lo que es el
capitalismo para el trabajador en Illinois, encuentran que están frente a un espejo:
pérdida de derechos sindicales, desempleo, pérdida del valor del salario real, etc.,
etc., frente a este movimiento libre del capital por todos lados que es lo que es el
ALCA.
Igual que hay que arrancar de la mente de la gente que estamos hablando de un
área de libre comercio, de lo que estamos hablando es de un área de libre flujo del
capital yanqui, que es lo que nos quieren imponer. No desaprovechar la verdad, en
esta estrategia de guerra fría, en esa estrategia guerrerista. Partir de que el 11 de
septiembre por algo fue el único tema, además del terrorismo y de los daños causados
a Nueva York por los bombazos y de la guerra contra Afganistán, y de los gastos para
el presupuesto represivo, son los únicos temas que ellos han discutido, con una sola
excepción que se llama ALCA. Hubo una excepción, el Presidente le pidió al
Congreso una cosa adicional a todas estas barbaridades que estuvo implementando,
que fue la autoridad para que el pudiera aprobar el ALCA, para que el pudiera
negociarlo. Y efectivamente logró cambiar la posición de un cúmulo de legisladores a
favor de darle esa autoridad porque creen, como él, que es parte esencial de esta
nueva guerra fría, de esta nueva batalla en la que está enfrascado Estados Unidos.
Creo que eso nos debe decir bastante a los latinoamericanos.
[…]

[Link] - Página 194


LA DICTADURA GLOBAL Y LA PROMESA DE JOSÉ MARTÍ

Intervención del 28 de enero del 2001 en el Foro Social Mundial 2001,


Porto Alegre, Brasil

El tercer milenio se inicia con la consagración del embuste. La mentira sistemática,


industrializada, nos invade día y noche, por medios de tecnología en constante
renovación y monopolizados por un puñado de empresas cada vez más reducido.
Se nos quiere hacer creer que llegamos a otro mundo, la aldea global finalmente
edificada, pero nunca antes fueron tan agudas las diferencias en los niveles de vida
que separan a las naciones. Si en 1820 el PIB per cápita de los países ricos era tres
veces superior al de los pobres, hoy lo es 74 veces.1 El número de los que viven
ahora en la miseria sobrepasa al total de la población de la Tierra cuando empezaba el
siglo XX. Y la población seguirá creciendo, casi toda en el Tercer Mundo, a un ritmo
de un México por año, aunque en continentes enteros descenderá la esperanza de vida
y en no pocos países se reducirá, en varios millones, la cifra de sus habitantes.
Nunca fueron tantos los que sufren hambre y desnutrición o mueren de
enfermedades evitables mientras es posible aumentar las cosechas, multiplicar los
alimentos y desarrollar nuevas vacunas, medicamentos y equipos médicos.
Jamás los conflictos armados, la violencia y la criminalidad se habían diseminado
como en estos años en que no cesan de entonarse loas a un nuevo orden internacional
de paz y estabilidad.
Se supone que los gobiernos no intervengan, no pueden ni deben intervenir, que
sólo opere «la mano invisible» del mercado, que la iniciativa privada por sí sola, sin
odiosas regulaciones ni molestas trabas burocráticas, se encargará de prodigar la
felicidad y el bienestar. La política debe replegarse hasta el olvido y dejar libertad
absoluta a los mercaderes.
Esta es, quizás, la mayor mentira. Jamás hubo gobernantes tan fuertes e
intervencionistas. No han renunciado al ejercicio de la autoridad, ni la política ha
abandonado sus antiguos fueros. Solo que su función se ha invertido completamente.
Los mercaderes están dentro del templo y lo dirigen.
No es verdad que haya desaparecido el Estado y que en su lugar se estableciera
una suerte de anarquía universal. En realidad, el nuevo orden internacional es
resultado de la imposición gubernamental. Es, concretamente, consecuencia de la
hegemonía indiscutida de un gobierno que tiene nombre y apellido, el que dirige el
imperio estadounidense.
Nunca, en ningún otro momento de la historia, alcanzó un grupo de individuos
poder comparable. Lo ejerce sobre aliados y adversarios, en las relaciones
económicas y las instituciones internacionales, maneja gobiernos extranjeros
transformados en dóciles instrumentos y afecta a los trabajadores y al pueblo
norteamericano del que extrae hoy más ganancias que en cualquier otra época y a

[Link] - Página 195


quienes aplasta bajo un sistema que lo tercermundiza y enajena. En el país más rico y
poderoso 43 millones de personas carecen de seguro médico, una parte significativa
de la población vive en la pobreza y la educación está en crisis. Tampoco es parejo el
disfrute de las nuevas tecnologías. Una encuesta que acaba de publicar la Universidad
de Massachusetts revela que en varias comunidades urbanas del nordeste —que
incluyen Boston y New York— el 56% de los entrevistados conoce «poco o nada»
acerca de Internet y el 80% de ellos está ansioso por conocerla. Según el
Departamento de Comercio, sólo el 16% de las familias latinas y el 19% de las
afroamericanas tienen acceso a ella.
Se trata de instaurar una dictadura global de la que no escapa la Organización de
Naciones Unidas.
Por tener en su territorio la sede de la Organización, Estados Unidos ha obtenido
durante años pingües beneficios, ingresando miles de millones de dólares procedentes
de los gastos que se ven obligados a hacer en Nueva York tanto la Secretaría de la
ONU como el conjunto de sus agencias y organismos y los representantes diplomáticos
de todo el mundo. Desde hace años, sin embargo, Washington ha impuesto una
situación doblemente anómala: siendo el único país para el que se estableció un límite
máximo a la cuota que debe pagar al presupuesto de la Organización, sin aplicarle a
él los mismos parámetros que rigen para los demás, como si ello no bastase, incurrió
además, en una prolongada mora en el desembolso de su reducido aporte financiero.
Según la Carta de San Francisco, esto último debía haber causado la pérdida de sus
derechos.
Pero ocurrió al revés. La ONU negoció con su mayor deudor y este convirtió su
deuda en un instrumento de chantaje y de presión. A cambio de pagarle una parte de
lo que le debía, la ONU aceptó una reducción adicional a aquel tope y se comprometió,
asimismo, a realizar cambios en su gestión administrativa para satisfacer demandas
norteamericanas. Antes, el Consejo de Seguridad había recibido, en una insólita
sesión, al senador Jesse Helms, el más furibundo enemigo del sistema multilateral
quien, por supuesto, saludó jubiloso un arreglo que más bien ilustra la vergonzosa
rendición del mundo ante la arrogancia del Imperio.
Estados Unidos no tenía motivo alguno para quejarse de la ONU. Aparte de ser el
principal beneficiario de su presupuesto se ha valido de ella para realizar sus
objetivos de política exterior.
Lo ha hecho dictando las normas y condiciones para el suministro de asistencia a
los países subdesarrollados que ya es prácticamente inexistente. Lo que sí ha crecido
sin cesar es el empleo de la ONU y especialmente de su Consejo de Seguridad,
sometido invariablemente a Washington, como instrumento de intervención e
injerencia en todo el mundo. De hecho, ha conseguido enmendar y adulterar los
propósitos y principios de la Carta de San Francisco sin haberlo autorizado jamás la
comunidad internacional. En los últimos años, la ONU ha sido más activa que nunca y
se ha involucrado en conflictos internos de algunos estados, al socaire de una llamada

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«diplomacia preventiva» o de la denominada «intervención humanitaria», pseudos
doctrinas impuestas arbitraria y selectivamente según sean los intereses
norteamericanos. Cascos azules inspeccionan y controlan elecciones, organizan,
establecen y reemplazan gobiernos y dirigen y supervisan policías locales.
Al mismo tiempo, porque se lo impide Washington, nada hace la ONU para llevar
a la práctica sus propias decisiones, las que sí fueron discutidas y aprobadas
democráticamente. El conflicto del Medio Oriente es también una interminable
sucesión de resoluciones que no son respetadas y de cuyo cumplimiento nadie se
ocupa. Los compromisos de cooperación para el desarrollo de los países
subdesarrollados fueron letra muerta desde el día de su adopción: casi nadie se acercó
nunca a la modesta promesa de entregar, para esos fines, el 0,7% del PIB. Las
solemnes declaraciones suscritas en conferencias extraordinarias de jefes de Estado
sobre cuestiones vitales para la humanidad, son textos olvidados o abiertamente
repudiados como es el caso, para poner un solo ejemplo, de los referidos a los
problemas de la contaminación del medio ambiente, el calentamiento terrestre y los
cambios climáticos.
Pese a que dedican gran parte de su tiempo y recursos a vigilar procesos
electorales, ni las Naciones Unidas, ni la OEA, se han enterado aún del más
escandaloso fraude electoral que acaba de ocurrir, precisamente en el país, donde
ambas tienen sus sedes. De ese asunto no se han ocupado a pesar de que hubo en él
todo tipo de violaciones incluyendo el haber privado de su derecho al voto a una cifra
cercana a los 180 mil electores. El súper Estado mundial es administrado ahora por
un régimen carente de respaldo moral y desprovisto de legitimidad. Estados Unidos
se arrogó caprichosamente la posesión de un sistema político pretendidamente
superior que trata de imponer, como modelo exclusivo, al mundo entero.
Primero vació de todo contenido al ideal democrático —todo sería reducido a lo
que denominan «elecciones competitivas»—, después, con la creciente
mercantilización de la política, convirtió tales «competencias» en una farsa de la que
no participa la mayoría del pueblo y ahora transformó la farsa en un espectáculo
bochornoso y antidemocrático. Hans Kelsen desenmascaró hace tiempo el carácter
ficticio de la llamada «democracia representativa», pero difícilmente pudo imaginar
el vergonzoso lodazal en que ella podría hundirse.
La nueva administración, engendrada de modo tan crapuloso, amenaza al mundo
con nuevos y mayores peligros para la paz y la supervivencia humana. Entre sus
anunciados planes está la anulación del tratado ABM y el desarrollo del llamado
Sistema Nacional de Defensa Estratégica, es decir, el despliegue de nuevos misiles
nucleares para enfrentar inexistentes adversarios. Es el regreso a la guerra de las
galaxias que Reagan concibió en medio de la guerra fría. Se trata de desencadenar
otra carrera armamentista sin justificación ni sentido.
Un sistema esencialmente irracional requiere para perpetuarse fabricar conflictos
e inventar enemigos.

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Terminó la guerra fría, pero la OTAN, lejos de desaparecer, crece, entró finalmente
en acción, extiende su área de operaciones y asume además funciones policiales.
La idea del desarme general y completo es relegada al olvido y nadie recuerda ya
el dividendo para la paz y el desarrollo del que se hablaba cuando regía el
enfrentamiento entre el Este y el Oeste. Por el contrario, se nos amenaza hoy con un
armamentismo desaforado, completamente absurdo después que desapareció la Unión
Soviética y que obligaría a un derroche de recursos que sólo beneficiará al complejo
militar industrial. Aumentarán los peligros de destrucción del medio ambiente,
crearán instrumentos para presionar y someter a otros estados y para engañar a los
trabajadores norteamericanos y negarles lo que ellos necesitan para vivir y para curar
y educar a sus hijos.
Guerra de las galaxias, ultramoderna, desenfreno nuclear que no excluye el uso
del uranio empobrecido y otros medios para aniquilar al hombre y a su entorno. Pero
también guerra a la antigua para colonizar y reprimir. Para prepararla entrenan sus
ejércitos en técnicas de invasión y ocupación de territorios ajenos y someten al
martirio a la isla puertorriqueña de Vieques.
Encaramos un poder hipertrofiado que extiende sus tentáculos, cual gigantesca
araña, sobre todo el globo.
El gobierno del Imperio está en las manos de los principales emporios
capitalistas, sirve y representa sólo a un grupo de individuos, los más ricos entre los
ricos. Exige que nadie se interponga y que su voluntad sea acatada por todos.
El FMI, el Banco Mundial y otras entidades semejantes son sus herramientas
principales. Actúan como eficaces e implacables instrumentos de una estructura
vertical de dominación en la que la cúspide de la pirámide no está al alcance de la
vista.
Para imponerse desmantela toda otra autoridad: desregular, privatizar, abrir los
mercados, eliminar los subsidios, reducir el gasto social, dejar hacer, son las órdenes
que dicta a los demás por intermedio de las instituciones «internacionales» cuyos
mecanismos controla. El súper gobierno necesita que nadie más gobierne. De paso,
convertidas en dogma, algunas de esas órdenes, no todas ellas pero ciertamente las
que convengan al aumento de sus ganancias, las aplica también a los trabajadores
norteamericanos.
El neoliberalismo es el comienzo del fin de la «democracia representativa». El
carácter ficticio que ella siempre tuvo en sociedades basadas en la desigualdad
aparece ahora en plena desnudez. Aunque aún pretende embaucar a la gente, es muy
difícil simular que el Estado neoliberal representa al pueblo. Ya no hay ciudadanos
sino consumidores. Los pobres, los excluidos, son los nuevos bárbaros, extranjeros
carentes de derechos.
La abstención se va convirtiendo en predominante, y en algunos países en la
principal tendencia política. El empeño para enfrentarla, a la capitalista, intensifica la
mercantilización, transforma al dinero en el gran elector y aumenta inevitablemente

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la corrupción.
El abstencionismo no refleja solamente el rechazo que oponen al sistema algunos
sectores de una población políticamente consciente. Para millones de ciudadanos en
los países capitalistas todavía hay un largo camino por recorrer antes de alcanzar
verdaderamente la franquicia electoral. El caso estadounidense, la punta de cuyo
iceberg se ha hecho visible recientemente, es ilustrador. Su sistema electoral está
diseñado, precisamente, para que sólo una parte de los ciudadanos adquiera la
condición de electores y para que sólo una parte de éstos —la que pueda ser
manipulada por las maquinarias— ejerza efectivamente el voto. Desde la sacrosanta
norma de que toda elección ocurra en un martes laborable, hasta una compleja
maraña de restricciones federales, estaduales y locales, todo ha sido concebido para
que el electorado sea predominantemente blanco, anglosajón y de ingreso medio o
alto. Cuando, como el 7 de noviembre pasado, se logra movilizar a miles de nuevos
electores negros, entonces se recurre a todo, incluso a la policía, para impedirles votar
o simplemente, no registran sus votos ni les permiten reclamar. Que el pueblo no
cuenta para nada en ese sistema quedó demostrado con el modo en que se encaró y
resolvió el mayor escándalo en la historia política de ese país. A nadie se le ocurrió
plantear siquiera lo que, sin embargo, habría sido elemental: volver a hacer elecciones
en la Florida o, al menos, en aquellas circunscripciones donde se denunciaron
irregularidades. Hacerlo hubiera sido equivalente a reconocerle al pueblo una
prerrogativa que no posee, la de ser quien decida: sus facultades deben limitarse a que
una parte de él visite las urnas, una vez, cada cuatro años. Por eso no lo propuso
ningún dirigente, demócrata o republicano, ninguno de los miembros de ese partido
único que Nader bautizó como «Republicrata». Para colmo, tampoco exigieron que se
investigase y sancionase los numerosos fraudes y las violaciones flagrantes a los
derechos de decenas de miles de electores, la mayoría afroamericanos. Seis semanas
de maniobras y litigios giraron sobre un solo punto: recontar o no las boletas de
aquellos a quienes se permitió votar. Finalmente, después de haber recibido
seguramente instrucciones de la plutocracia que allá ejerce el poder real, las
jerarquías de ambas facciones se dividieron los recursos y poderes del Senado,
proclamaron ganador al candidato por el que no sufragó más del 52% de los votantes
contados y se unieron para entonar alabanzas a la «democracia representativa». Así se
niega efectivamente a la mayoría de los ciudadanos el derecho a elegir a sus
supuestos representantes que es el único derecho político que, verbalmente, les
reconoce la «democracia representativa».
Pero las sociedades capitalistas desarrolladas no se componen solamente de
ciudadanos. De ellas forman parte también millones de extranjeros, residentes legales
o indocumentados que trabajan más que nadie, producen riquezas, mantienen
servicios, engrosan ejércitos y sufren condiciones, muchas veces brutales, de
explotación y discriminación y que, por no poseer la ciudadanía, carecen incluso de
aquel magro derecho. Para ellos no existe siquiera la «ficción de la representación».

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Se trata, sin embargo, de una parte sustancial de la población de esos países y la que
tiene una tasa de natalidad más elevada.
En un informe divulgado en los días finales del 2000, la Agencia Central de
Inteligencia de Estados Unidos estima que, en la actualidad, los extranjeros
constituyen, como promedio, el 15% de la población de esos países y esa proporción
aumentará sensiblemente ya que la emigración es uno de los fenómenos decisivos de
la evolución del mundo en los próximos años. Ella se incrementará, como
consecuencia inevitable de las desigualdades que profundizará la globalización y
porque además, con la tendencia al estancamiento y al decrecimiento de la población
de los países más avanzados, éstos seguirán reclamando su presencia insustituible: el
capitalismo desarrollado continuará robando personal calificado al Tercer Mundo —
por lo menos 190 mil cada año en el caso de Estados Unidos— y dependerá de los
pobres del Sur para realizar las faenas más duras y peor pagadas. Esas cifras, desde
luego, no describen completamente el fenómeno. Ni la CIA tiene datos exactos de la
siempre creciente emigración ilegal ni de las incontables víctimas del comercio
clandestino de mujeres y niños. Este último, el de la nueva esclavitud de mujeres
prostituidas y niños sometidos al trabajo forzoso, rasgo distintivo de la post
modernidad, atrae la atención de muchos estudiosos, entre ellos, la ONU, cuyos
cálculos, en 1998, estimaban este tráfico en 4 millones de personas cada año.
La sociedad capitalista desarrollada necesita de la masa de desposeídos que
pueblan su periferia y también se instalan de manera creciente dentro de su territorio.
Los necesita pero también los repudia y discrimina. La magnitud del fenómeno
alarma a la CIA que prevé que será fuente de tensiones sociales y políticas y hasta
conducirá a cambios en las identidades nacionales de algunos países.
El tema migratorio es un ejemplo notable de manipulación de la información.
Todo el mundo conoce del muro de Berlín y su demolición. Pero muy poco se sabe
del que empezó a levantarse después en la frontera norteamericana con México. Este
ha sido escenario de muchas más muertes cuidadosamente silenciadas por los medios
masivos de comunicación. Sin embargo, sólo en la zona de California, entre 1994 y
1999, fueron hallados 750 inmigrantes muertos. Ellos, al menos, fueron contados.
Nadie ofrece cifras de los se tragó el desierto o perecieron en otras partes de la larga
frontera. Entretanto, el consulado mexicano en San Diego sigue teniendo como
ocupación principal la de «recoger cadáveres».
La expansión del uso de nuevas tecnologías fomenta además otras formas de
desarraigo que afectan tanto a los trabajadores de los países periféricos como a los de
los centros dominantes. Se habla ya de los nómadas del siglo XXI o los
«cibernómadas». Trabajadores temporeros o bajo contratos especiales que se suman a
la corriente migratoria o desde sus países venden su fuerza de trabajo a corporaciones
ubicadas en el exterior. La otra cara de la moneda la constituyen los trabajadores y
empleados de los grandes centros industriales que han visto reducirse el promedio de
permanencia en el empleo de más de 23 años hace medio siglo a menos de 4 años en

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la última década. Según un estudio del Massachusetts Institute of Technology, el 25%
de los obreros en Estados Unidos son trabajadores a tiempo parcial, pero en
California esa condición define a los dos tercios de la fuerza laboral.
El capitalismo neoliberal tiende a borrar lo que separa a sus ciudadanos de sus
«bárbaros». Los primeros retienen el privilegio exclusivo, si logran superar diversos
escollos, de ser considerados «electores», pero sólo para escoger entre candidatos
fuera de su control que formarán asambleas perfectamente sujetas al poder del dinero.
Pero unos y otros son impotentes ante lo que Thomas Friedman calificó como «la
ansiedad definitoria de la globalización» que «es el temor al cambio rápido
procedente de un enemigo que no puedes ver, tocar o sentir —la sensación de que tu
vida puede ser cambiada en cualquier momento por fuerzas económicas y
tecnológicas anónimas».
No son desconocidos, sin embargo, los dueños de esas fuerzas ni los responsables
de que su acción devastadora se desate sobre los pueblos del Tercer Mundo y sobre la
clase obrera del Primero.
En el fondo estamos ante el desenlace de un viejo debate. Con la derrota del
«socialismo real», el Imperio cree posible aplastar también el ideal democrático. Ya
no le parecen indispensables las concesiones y las maniobras para enfrentar los
reclamos de un régimen verdaderamente popular. Ahora resulta más útil que nunca la
añeja falacia acerca de la «delegación» de la autoridad como principio y fin del
sistema. De la guerra fría ha salido triunfadora la «democracia representativa», o sea,
el modelo político que reduce estrictamente a la «representación» la participación de
la gente en el gobierno de la sociedad. Todo el triunfalismo de sus ideólogos, todo el
colosal derroche de propaganda acerca del «fracaso del socialismo» y el «fin de la
historia», no reflejan otra cosa que la necesidad, vital para el gran capital, de
convencer a las multitudes de que la milenaria aspiración de la humanidad se agota
con la asistencia de algunos, de tiempo en tiempo, a un colegio electoral. Esa, la
«representativa», es la única democracia posible. Y como ya venció a su temible
enemigo, no hay más nada que hacer, la larga marcha por la democratización debe
detenerse.
Hay que reconocer los éxitos indudables que han acumulado durante la última
década. Nunca, en tan breve espacio de tiempo, se habían adoptado tantas decisiones
que afectan profundamente a tanta gente sin contar con nadie. Así, se ponen en vigor
directrices del FMI y del Banco Mundial, se eliminan subsidios, desaparecen
programas sociales, cierran escuelas y hospitales, se implantan medidas de austeridad
económica y financiera, se privatizan fábricas y servicios, se venden carreteras,
cárceles y cementerios, se fusionan y disuelven empresas, se renuncia a la moneda
propia, se entregan recursos naturales, se sumergen países en mercados ajenos.
Tales decisiones jamás se discuten con los pueblos que sufrirán sus
consecuencias. Casi nunca se examinan siquiera en los Parlamentos que
supuestamente los representan. Cada día, son muchos los que se enteran, con un

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breakingnews, que su vida, la de su comunidad, la de su país ha sido cambiada sin
remedio y para siempre.
Por mucho que hable de la libertad y el libre flujo de las ideas, el capitalismo
neoliberal sufre de una incurable agorafobia. No resiste la idea del hombre
organizado, reunido, actuando como un conjunto coherente y motivado. Era sobre
individuos aislados, entes separados sin sindicatos, partidos, o periódicos que los
agruparan, que Brzezinski pronosticaba se podría «manipular las emociones y
controlar la razón»6 y realizar el verdadero «sueño americano», el de «fabricar el
consentimiento». Mucho antes que naciera la mamá de la ovejita Dolly, en sus
laboratorios ideológicos, los «científicos» del capitalismo soñaban con la clonación
mental.
Pero su quimera es irrealizable. Obedeciendo a una extraña ley, los pobres, los
desposeídos, los relegados, aquellos a los que quiere excluir y eliminar, se
multiplican y avanzan hasta sitiar la fortaleza dorada de quienes pretenden,
inútilmente, hacerlos desaparecer. Después de todo, ¿qué otra cosa poseen como no
sea la capacidad de reproducir sin cesar una especie que se niega a la extinción?
¿Cómo puede arrogarse perennidad un sistema que aplasta naciones enteras,
atenta contra la vida y margina a sus propios ciudadanos? No puede perdurar una
sociedad en la que el hombre sobra.
Al desbordar sin freno su afán de lucro y cubrir todo el planeta, el capitalismo
plantea un dilema crítico: o su voracidad ilimitada arrasa con la naturaleza y la
civilización, o se le pone fin definitivamente para dar paso a una nueva sociedad,
justa, verdaderamente humana. Medio siglo después regresa como una certeza la
profecía tan criticada de Schumpeter: «una forma de socialismo surgirá
inevitablemente de la igualmente inevitable descomposición del capitalismo».
Para descomponerse e iniciar su declinación, el capitalismo tenía primero que
triunfar, llegar al máximo de su despliegue, aboliendo toda restricción e
imponiéndose universalmente.
Pero no caerá por sí solo. Habrá que esforzarse para anticipar la aparición de un
orden verdaderamente humano.
Deberán desarrollarse nuevas formas y métodos de lucha que incluyan las
posibilidades de comunicación e intercambio instantáneos que ofrece la tecnología
actual. La batalla contra el Acuerdo Multilateral de Inversiones constituyó una
experiencia importante que puede guiar otras acciones indispensables.
Por primera vez pueden confluir en un mismo cauce las luchas de las naciones
oprimidas y las de los asalariados de los países dominantes y junto a ellos pueden
marchar los sectores y grupos religiosos y los discriminados por cualquier motivo, y
todos los que quieren preservar la vida y son capaces de amar y de crear.
Nunca antes había sido posible concebir un frente abarcador de todo el conjunto
de la humanidad.
Se requiere erradicar todo sectarismo, cualquier actitud estrecha y mezquina,

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cualquier visión aldeana y excluyente. Es preciso una nueva Internacional que
incluya a todos los que buscan un mundo solidario y libre, en armonía con la
naturaleza, que respete plenamente la dignidad de cada mujer y cada hombre. La
civilización desaparecerá si no logramos derrotar al Imperio, si no somos capaces de
abrir espacio al humanismo. El futuro será socialista o no habrá futuro.
Un socialismo diverso, multicolor, que no surgirá como imposición dogmática, no
será «calco y copia» de nadie sino, como quería Mariátegui, «creación heroica» de
cada pueblo. Será la culminación de la democracia, la realización de los sueños, los
ideales, las utopías que animaron al ser humano a lo largo de los siglos.
Un día como hoy nació en Cuba José Martí, quien nos enseñó que «Patria es
Humanidad». El era un niño cuando en 1868 los cubanos juramos «guerra a muerte a
la explotación y la discriminación del hombre por el hombre» e iniciamos nuestra
Revolución. Un cuarto de siglo después a él tocó dirigirla hasta su temprana muerte.
Poco antes de avanzar hacia su última batalla, confiado y lúcido, nos legó esta frase,
entonces promesa, hoy mandato y certidumbre: «Conquistaremos toda la justicia».

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LA DEMOCRACIA EN CUBA

Conferencia ofrecida en el Comité Central del Partido, el 20 de


septiembre de 2002

[…]
Vamos a empezar por el tema de la democracia o el sistema democrático en Cuba,
comenzando con algunas reflexiones sobre algo que ha sido realmente un tema
bastante presente a lo largo de la historia en el mundo occidental, que es la cuestión
de la democracia.
Ustedes saben que democracia viene del griego; significa, literalmente, autoridad
del pueblo, de ahí vienen las definiciones que tenemos en el diccionario: es el sistema
en el cual el pueblo interviene o participa en el gobierno de la sociedad.
Se sabe, por supuesto, que no todos los pobladores de Grecia, no toda la gente
que estaba en Atenas, en las pequeñas ciudades griegas, ejercían el gobierno o
participaban en el ejercicio del gobierno; pero sí todos los que eran considerados
ciudadanos. O sea, los que no eran esclavos, los que no eran extranjeros, los hombres
libres, que tenían la ciudadanía, todos ellos participaban en el gobierno de la sociedad
ateniense, por eso quedó como una referencia histórica al tipo de gobierno popular, al
tipo de gobierno en que todo el mundo participa, con las limitaciones de clase que no
he olvidado, que se sabe existían en aquel mundo.
Durante todo el período de la Antigüedad y de la Edad Media, desaparece esa
forma de gobierno, lo que hay son gobiernos basados en la autoridad real o la del jefe
feudal, en las formas de Estado que hubo durante aquel período, sin que se
considerase que el común de la gente, de la sociedad, de los ciudadanos, de los
súbditos, tuviesen nada que hacer o intervenir en el gobierno. Es con el ascenso de la
burguesía que se retoma el concepto de gobierno por los súbditos, abandonando la
idea del gobierno hereditario, por trasmisión por Dios o por lo que fuera.
Ahora, desde el momento en que la burguesía asciende, curiosamente, también
aparece el cuestionamiento de esa idea del gobierno, de esos límites que la burguesía
impone, y es un debate por eso, que es tan antiguo como la reaparición, en la época
moderna, de la idea democrática, porque desde el principio se trató de limitarla a algo
parecido a lo que fue en Grecia. O sea, ya no era el esclavo, ya no eran los siervos
abiertamente, pero desde los comienzos de la aparición de lo que después se da en
llamar la democracia liberal, o democracia representativa, está también el
cuestionamiento de sus límites, de su alcance limitado a un sector de la sociedad, por
motivos del poder económico, de la relación de esos sectores con la producción y la
distribución.
Por eso es que cuando aparece el pensamiento liberal que va a servir de
inspiración a todo el desarrollo ulterior, incluso de las corrientes políticas,
democrático-burguesas posteriormente, también está la crítica a ese sistema.

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Este aparece, fundamentalmente, a mi juicio, en Juan Jacobo Rousseau. Las
críticas más severas a la idea democrático-representativa burguesa las publicó él
cuando esta idea comenzaba a ganar terreno frente al poder feudal y monárquico, con
definiciones que tienen validez actual. O sea, no es posible un sistema de
representación en sociedades basadas en la desigualdad. Solamente sociedades
igualitarias podrían tener sistemas de gobierno en que alguien representase a los
demás; donde exista desigualdad, donde unos posean mucho y otros no posean nada,
todo sistema de gobierno y toda legislación beneficiará al que tiene todo y no al que
carece de todo. Un lenguaje que puede ser compartido por cualquier radical en los
tiempos modernos; pero está ahí en su Discurso sobre la desigualdad entre los
hombres o en el Contrato social.
El concepto de democracia, cuando reaparece en el mundo moderno no es algo
que perteneciera y que fuera asumido como propio por las clases dominantes, sino al
revés.
Hay un autor canadiense —que no es marxista ni mucho menos— que recuerda,
en una de sus conferencias sobre la democracia, que la palabra democracia, para los
burgueses, para los liberales, era una mala palabra, hasta llegado el siglo XX. Él sitúa
ya el momento en que empieza a aceptarse el uso de este término como algo
políticamente correcto para los burgueses, alrededor de la Primera Guerra Mundial;
pero que hasta ese momento, la idea de la participación de la gente en el gobierno de
la sociedad, o sea, la democracia, era una mala palabra.
La revolución burguesa más famosa, la primera, la que abre ese período, es la
norteamericana, el movimiento de independencia de las Trece Colonias. Si uno lee
todos los debates que se suscitaron alrededor de la Declaración de Independencia,
primero, y de la elaboración de la Constitución norteamericana, después, lo va a ver
claramente, los teóricos del federalismo norteamericano siempre se refirieron a la
democracia como un sistema que no era el que estaban instalando en Estados Unidos,
y establecieron una diferencia entre república y democracia.
Democracia sería aquello que hubo en Grecia, que todo el mundo participase en
el gobierno y que el gobierno representase los intereses de todos, aunque —repito, lo
sabemos— en Grecia el todo estaba limitado a una parte de la población; que una
república es distinto. Una república es un sistema de gobierno que no es monárquico,
que está basado en instituciones renovadas mediante el voto, con la participación de
parte de la sociedad, que debe ser la que domina ese sistema, la que domina
económicamente la sociedad.
Desde el origen de la sociedad norteamericana, los famosos padres fundadores, a
ninguno les pasaba por la mente que fuera a conducir a un tipo de gobierno en que
todos los norteamericanos tuviesen intervención en el gobierno, sino que fuese un
sistema de equilibrios de poderes, de garantías, de controles, de balances que
asegurasen que los propietarios de la tierra, del poder económico fuesen también los
que controlasen y fuesen los dueños de ese sistema político.

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Desde el origen, en consecuencia, desde que reaparece en Europa, se afirma en
Estados Unidos y en la Revolución Francesa y todo lo demás, desde el origen, la
lucha por la democracia ha tenido que ver con la llamada franquicia electoral, el
acceso de la ciudadanía, o a la asunción de la condición de ciudadanos por mayores
sectores. Es una larga historia.
Las mujeres, por supuesto, no es hasta el siglo XX que en las democracias
burguesas comienzan a adquirir derechos electorales; los esclavos, por supuesto,
siguiendo la misma moda griega, no tenían participación alguna; los negros, una vez
abolida la esclavitud —o sea, los descendientes, los antiguos esclavos no la tuvieron
—, y no estamos hablando de la prehistoria, no la tuvieron, digamos, en Estados
Unidos, hasta los años 60 del siglo pasado, después de una larguísima lucha. Hubo
una guerra civil para que se pusiera fin a la esclavitud; hubo que enmendar la
Constitución, agregarle una enmienda eliminando la esclavitud; agregar otra después
reconociéndoles los derechos electorales, y hacer una ley, como parte del movimiento
de protesta de los años 60, finalmente, que le diese a aquella enmienda concreción;
porque no había esclavitud, pero había impuesto electoral, había que pagar para tener
acceso al registro electoral. No había esclavitud, pero había requisito de
alfabetización para poder ser elector; o sea, se le ponía un examen al que pretendía
votar, para poderle conceder ese derecho o no.
Como ustedes ven, son restricciones que buscan no expandir la franquicia a todos,
sino restringirla lo más posible, bajo la apariencia de una forma democrática de
organización, pero basada, realmente, en la llamada representación; o sea que alguna
persona sea electa para actuar en nombre de las demás, olvidando aquello que el viejo
Rousseau dijo desde el principio: «Eso no es posible, salvo que todos fueran iguales».
No puede haber nadie que represente a los demás, en un conjunto basado en la
desigualdad, en la explotación, ricos, pobres, etcétera.
En el siglo XX —yo muchas veces en conferencias semejantes lo cito, porque me
parece que es un pensador muy valioso—, el austriaco Hans Kelsen, que tiene varios
tratados de Derecho bastante conocidos por los que han estudiado Derecho, dedicó
especial atención a este tema, y retomando el espíritu de Rousseau, él ha hecho las
más severas críticas a la democracia representativa, y con frases como esta: «La
democracia representativa es una ficción», sencillamente no existe, «la representación
es pura ficción, excepto —dice él en un trabajo muy interesante en que analiza la
revolución bolchevique— que se hiciese algo para lograr la vinculación de la gente
con su representante», que él lo encontró —curiosamente, siendo un pensador nada
cercano al marxismo, era un hombre más o menos cercano a la socialdemocracia
austriaca— en el modelo bolchevique. Lo que él describía como «la
parlamentarización de la sociedad» era el hecho de que los obreros, los campesinos,
los militares, los soldados, a través de los soviets, participaban en el gobierno de la
sociedad, en la toma de decisiones, etcétera, etcétera, algo parecido a lo que nosotros
hemos hecho en etapas muy recientes. Pensemos en los parlamentos obreros, que

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recuerdan mucho ese concepto que él exponía.
Es decir, es la lucha para lograr abrir ese espacio que se le da al ciudadano, lo que
ha caracterizado todos los procesos de avance de la democracia en el sentido
occidental, desde las revoluciones burguesas.
Ahora, ¿qué es lo que está pasando ahora? ¿En qué situación nos encontramos
hoy? En realidad, con el avance del capitalismo, ha ido avanzando también la
mercantilización de todo, incluyendo la política, de las elecciones, los procesos
electorales, etcétera; no voy a abundar sobre eso, ustedes lo ven, todos los días hay
noticias que se refieren a esto, no solo a la corrupción, no solo a la compraventa de
votos, no solo a los escándalos financieros asociados a las elecciones, sino todo el
sistema basado en la publicidad cada vez más cara y la necesidad para los candidatos
de buscar el dinero, lo cual le da un poder especial a quien da el dinero, a quien
contribuye para las campañas, para los procesos electorales, etcétera.
Este fenómeno, aunque va creciendo y se va desarrollando en la medida en que el
capitalismo avanza y alcanza un grado especial, una suerte de explosión ahora, en
esta fase globalizadora, podemos encontrarlo en José Martí, en sus análisis de la
realidad norteamericana, de cómo es la política norteamericana en el siglo XIX; todo
esto está descrito por él en una etapa en que esos fenómenos eran un pálido reflejo de
lo que alcanzarían en la actualidad.
Hay otro fenómeno que también va cuestionando las bases del sistema
representativo, que es que la propia evolución del capitalismo cada vez más anula,
incluso la llamada democracia representativa. Ejemplos los encuentran también todos
los días: se estuvo a punto de adoptar mundialmente un Acuerdo Multilateral de
Inversiones que hubiera establecido normas para el libre flujo del capital en todo el
planeta, con consecuencias para las economías nacionales, consecuencias para los
trabajadores, los empresarios, las poblaciones de todos los países del mundo.
Ese proyecto de acuerdo no fue discutido en ningún parlamento del planeta y no
fue publicado por ningún medio de información; no se conoció hasta que una
organización no gubernamental francesa encontró el texto, lo puso en Internet y a
partir de ahí empezó a generarse la crítica. Hay parlamentos que tomaron acuerdos de
protesta desde Australia hasta Canadá, al enterarse de que su gobierno, su ejecutivo,
estaba negociando algo respecto a lo cual no se había hecho consulta alguna al
órgano que se supone que es el representante de la sociedad y que actúa en su
nombre.
Ahora mismo tenemos un fenómeno semejante con el llamado ALCA, la llamada
Área de Libre Comercio de las Américas; pero tenemos otros ejemplos, el TLC entre
México, Canadá y Estados Unidos y los TLC que ahora mismo se están negociando o
discutiendo entre algunos países, prácticamente los legisladores están ausentes de
todos esos procesos.
Se ejemplifica esto muy bien con lo que acaba de ocurrir en Estados Unidos, le
acaban de dar a Bush —fue hace algunos días atrás— la facultad del llamado fast-

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track, la llamada vía rápida. ¿Qué quiere decir esto? Que el Congreso renuncia a su
facultad de control, le autoriza al ejecutivo a que negocie el acuerdo y que después se
lo presente para que el Congreso diga sí o no. Uno puede pensar, y es la experiencia
histórica, que lo más probable es que diga que sí, pero no puede enmendarlo, no
puede cambiarlo, no puede intervenir en sus contenidos, ni en su proceso de
negociación. No hablemos del pueblo, de los trabajadores, de los ecologistas, de toda
la gente que tiene alguna opinión en relación con las materias que incluía ese
acuerdo, sino sus representantes, aquellos en los cuales se supone que delega el
elector el ejercicio de la soberanía, el poder de intervenir en el gobierno.
Ya esos, realmente, son ejemplos que son más notorios; pero, en realidad, todos
los días, es parte ya de la vida misma, las pruebas reiteradas de cómo se van
eliminando, incluso, las formas representativas de la democracia, cómo se va
restringiendo la capacidad de intervención del pueblo en el gobierno de la sociedad.
Todos los días ustedes encuentran una noticia de una empresa que se cerró o de
una empresa que se fundió con otra, o de una fábrica que se mueve de un país para
otro; esas noticias tienen que ver con la vida, con lo más esencial de la vida de miles
de personas, con ninguna de las cuales se han consultado esas decisiones, que
tampoco han sido consultadas con sus supuestos representantes. Y este es un
fenómeno, asociado con la globalización actual, que es parte del pan de cada día, de
la noticia de todos los días.
Yo he visto casos hasta divertidos, de cuando ocurre eso, entre medios de
información, de pronto un gran conglomerado absorbe un medio de información y el
informador se entera cuando ve la noticia, el flash anunciando que ya su empresa no
existe.
No se avanza, digamos; se ha dejado de avanzar en ese camino de la apertura a la
participación y hoy se llega a un momento en que prácticamente es inexistente, vacía
de contenido, incluso en las formas de representatividad.
Hay otro elemento asociado con la globalización que también va a tener una
creciente importancia; porque igual que hablábamos de que en Atenas no votaba el
extranjero, no participaba en las reuniones en la plaza pública, por supuesto, los
extranjeros no participan ni siquiera en el acceso a los procesos electorales para elegir
a aquellos en quienes el ciudadano delega la autoridad, y los extranjeros son un
núcleo importante y siempre creciente de las poblaciones de los países capitalistas
desarrollados y van a seguir creciendo, según todo parece indicar, por las realidades
internacionales y los pronósticos que se hacen sobre ello.
Europa, que no crece en población, va a seguir dependiendo de la inmigración
extranjera; los norteamericanos también, aunque tratan de seleccionar los que les
interesan, los que les conviene, pero también van a requerir siempre mano de obra
barata, como la están teniendo. En todas estas sociedades hay millones de personas
que están allí legalmente, aparte de otros millones que están sin los documentos
apropiados, pero todos ellos, los documentados y los indocumentados, trabajan,

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producen, generan riquezas, ofrecen servicios, son parte activa de esas sociedades,
pero carecen de participación, incluso, formal. No tienen la capacidad ni siquiera de
votar en las elecciones, de ser electores, de manera que la sociedad capitalista
moderna, las sociedades democráticas, democrático-burguesas, se parecen cada vez
más a aquella pequeña ciudad griega donde solo una parte de la gente tenía las
funciones, los privilegios del ciudadano.
Sin contar, repito, los elementos de fraude, las presiones, las trampas, cosas como
las que hicieron famosa a la Florida recientemente, sin contar eso, dejando a un lado
esos elementos de podredumbre que muestran adónde ha caído ese sistema,
realmente, tenemos que recordar que desde su origen la idea de organización
representativa de la burguesía, que ahora se llama democracia representativa —en su
origen, incluso, no querían usar ni la palabra democracia, porque todavía recordaba
aquella idea de que no solamente ellos sino todo el mundo tenía algo que hacer en ese
sistema político—, ese sistema, cuestionado desde su origen por los mejores
pensadores burgueses y por los elementos más radicales de la época, hoy ya ni
siquiera es asumido por esa burguesía, excepto en el plano de la manipulación
propagandística. Se sigue hablando del mundo libre, democrático, de la defensa de la
democracia, etcétera, y lo que ya no se le puede dar es ningún contenido a esa idea
democrática, porque la vida lo contradice todos los días.
Pasemos ahora a Cuba. Yo diría que desde este ángulo que estamos hablando, en
Cuba se producen dos elementos, hay dos elementos básicos para juzgar el sistema
cubano. En primer lugar, por supuesto, toda la transformación social que se da en
nuestro país con la Revolución, que nos acerca a la solución de esa contradicción
básica que veía Rousseau; lógicamente, cuando aquí había una enorme parte de la
población analfabeta, una enorme parte de la población desempleada, viviendo en la
miseria, etcétera, era una ficción decir que todos participaban o podían participar de
una forma igual en el gobierno de la sociedad.
En Cuba hubo, todavía hay, un proceso profundo de transformación de la
sociedad que fue sentando las bases para, sobre esa nueva realidad, crear un sistema
representativo democrático. Ese esfuerzo de transformación no se ha detenido, y
ustedes saben perfectamente bien que ahora mismo estamos en medio de una batalla
que, entre otras cosas, busca golpear profundamente, en un sentido más allá de lo
legal, más allá de lo escrito en los textos, en términos reales, los elementos de
desigualdad que subsisten en nuestra sociedad, como en todas partes.
La otra característica, que yo creo que es importante, es que en ese proceso de
transformación el pueblo ha tenido un papel protagónico desde el principio; es decir
que no ha sido simplemente el beneficiario de una serie de logros sociales, sino que él
los ha conquistado y ha participado en la concreción y el desarrollo de esos
resultados. Y es así desde el Primero de Enero cuando, con la huelga general
revolucionaria, en la que participan millones de cubanos, se logra la conquista del
poder político; no fue solamente un grupo de vanguardias que derrocase la tiranía,

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sino que lo hizo con la participación de la gente. Y desde ese día para acá, y yo no
voy a meterme en eso, porque es que prácticamente es toda la vida nuestra, en la
defensa, en la producción, en el trabajo voluntario, en la educación, en la salud, en
todas las esferas de la vida, si nos fijamos, y quizás a veces no nos damos cuenta
porque es parte de la vida cotidiana, pero en todas hay una participación activa de la
gente. Hemos sido partícipes de todas esas acciones hasta tal punto que la mayor
parte de la población cubana ya nació en una sociedad que era así, lo tomamos como
algo natural, desde el Primero de Enero hasta el enfrentamiento al período especial,
los parlamentos obreros, las discusiones con los trabajadores, en fin, todas las cosas,
que son numerosos los ejemplos. Algo semejante ocurre con el sistema electoral.
Yo quiero aquí subrayar algunos puntos, porque, realmente, hay cosas del sistema
nuestro que son tan naturales, vivimos con ellas de un modo tan normal como
respirar, que no nos damos cuenta quizás de la importancia que tienen en término de
ese debate, al que yo aludí, de esos antecedentes históricos.
Repasemos por un momento los elementos principales del sistema electoral
nuestro. En primer lugar, el registro automático universal y público de los electores.
Durante semanas se ponía a que lo viera cualquiera, en todos los barrios, el registro
de electores, para que el que no aparece haga la gestión y pida que se le agregue a él
allí, porque por algún motivo puede faltar alguien. Para hacer eso no hay que pagar,
no hay que hacer ningún trámite.
En algunos países capitalistas, es también universal y automático, pero no en
todos, les puedo decir que en el caso norteamericano ese es uno de los pasos más
complicados que pueda haber. En primer lugar, hay que averiguar dónde está la
oficina para inscribirse. En segundo lugar, hay que disponer de tiempo para ir a esa
oficina, que trabaja en horas de oficina; hay que sacarse una fotografía, hay que
presentar unos papeles para ver si esa persona no aparece ya como elector. La excusa
parece noble, no inscribir dos veces a una misma persona como elector. Una vez que
se verifica que él no aparece como elector anteriormente, se le cita para que vuelva en
días de trabajo a presentarse en esa oficina a llenar las planillas, etcétera, con varios
requisitos más. Cada estado establece esos requisitos, para algunos estados hay que
estar viviendo ahí durante los últimos 10 años, por ejemplo, y entonces mientras
usted no llegue al décimo año ni se tome el trabajo de ir a inscribirse.
Hay diversas regulaciones que, si uno las analiza, todas buscan no abrir, sino
cerrar, estrechar, restringir el número de personas que acceden a lo que en la
democracia representativa es el único derecho, que es el de votar por alguien para que
actúe en su nombre.
Aquí es automático, a la vez que se arriba a la edad electoral. Es público para que
uno pueda darse cuenta si aparece o no, pero fíjense que también el darle publicidad
tiene otra consecuencia: todos sabemos quiénes son los posibles electores en cada una
de nuestras circunscripciones, no hay nadie que pueda tener esa información y
manipularla. La base del fraude en todas partes es, en primer lugar, que nadie sabe

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quiénes son los que tienen que votar y, a la hora de votar, uno que debía haber votado
no pudo hacerlo y otros que nadie sabe de dónde salieron fueron y depositaron los
votos.
La nominación directa de los candidatos, algo en que estamos ahora mismo, es
perfectamente normal, aquí llevamos más de un cuarto de siglo con ese sistema, pero
tiene una importancia tremenda, es uno de los elementos que enriquecen nuestro
sistema representativo. Nosotros tenemos más derecho que otros a hablar de
democracia representativa, porque la nuestra puede reclamar más legítimamente
representatividad, precisamente, por los elementos de democracia directa que ella
contiene, por el esfuerzo que se hace en el sistema nuestro para acercar al
representado a su representante, y quizás el punto más claro, más obvio, es este: ¿de
dónde salen los candidatos? Salen de la propia gente que decide quién va a ser el
candidato, no es la maquinaria, no es el interés oculto, sino adquiere cada ciudadano
una capacidad adicional, una capacidad de la que carecen en otras partes, de ser él el
que postule, el que haga las propuestas y que sea entre ellos que se decida quién va a
ser el candidato.
Las votaciones, la forma de votar la conocemos. Por supuesto, el voto es secreto,
sabemos en qué forma se hace y funciona nuestro sistema; pero hay un punto que a
veces no lo asumimos con la importancia que tiene: el conteo de los votos es público,
los resultados de la votación que se hace en cada lugar, el proceso para contar los
votos es abierto, cualquiera puede presenciarlo, y, además, se publican ahí mismo
esos resultados.
En todos los sistemas en que el fraude es un componente fundamental se acabaría
el fraude si eso fuera así, si cada persona, cualquiera pudiera saber los votos que sacó
este candidato en tal lado y los que sacó allá y acullá y eso ya no sería posible
manipularlo a nivel de las juntas electorales.
Yo no conozco otros lugares en que ni el registro electoral sea público ni que sea
público in situ el resultado de cada colegio electoral, que es una forma de acabar, de
eliminar las posibilidades de fraude, de dar seguridad a la limpieza electoral.
Hay otro aspecto fundamental, por supuesto, que conocemos bien, que es la
ausencia de campañas, la ausencia de competencia electoral entre los candidatos. Esto
quizás sea el punto en que se hace mayor el contraste entre el sistema nuestro y los
demás. En la llamada democracia representativa se convierte a esa supuesta
competencia en el elemento definitorio, esencial. Realmente no es así; realmente lo
que definiría la posibilidad de intervención del pueblo en el gobierno, o sea, su
participación en el ejercicio del poder, sería sus posibilidades de acceso real para
empezar a ver quién va a ser el candidato y cómo va a actuar después el candidato,
que a eso llegaríamos más tarde.
La competencia está asociada con el comercialismo, con la mercantilización de la
política y se pretende que sustituya a estos conceptos básicos. Pero, entre otras cosas,
es una de las grandes falsedades del mundo contemporáneo.

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Digamos, lo que va a haber aquí en octubre, si usamos en un sentido noble el
vocablo, sí es una competencia mucho más real. No hay competencia en el sentido de
que un candidato a delegado no va a hacer nada para calumniar, para atropellar al
otro, pero sí la gente va a elegir, en términos reales, entre varias personas propuestas
por ella misma.
En noviembre serán las elecciones en Estados Unidos, para ponerles un ejemplo,
el más cercano, el del país que pretende imponerse como el modelo. Hace rato que se
habla de esas elecciones, se supone que se va a renovar la Cámara, son 435 escaños,
un tercio del Senado, son unos treinta y tantos senadores, unos cuantos gobernadores
y congresos estaduales; 435 representantes, son 435, aparentemente, elecciones,
incluso hay algunas en que ni siquiera se hacen elecciones. En realidad nadie habla de
435 competencias, hay como 400 que nadie se preocupa en averiguar qué va a pasar,
se sabe quién va a ser la persona que ocupe el escaño, porque no hay posibilidad real
de competencia por diversas razones.
Es llamativo el hecho de que es una regla casi casi inviolable que los que aspiran
a reelegirse, en más de un 90% de los casos, son reelectos. Esto tiene que ver con una
cosa muy sencilla: el que está ocupando el puesto, el que ya llegó a ese lugar,
normalmente es el que tiene el apoyo de los intereses económicos prevalecientes en
ese lugar, y salvo que entre en crisis con esos intereses, o algún caso especial, algún
caso excepcional que lo pueda poner en crisis, normalmente esa persona es imbatible;
en segundo lugar, los distritos electorales los acuerdan esos mismos políticos, las
distintas asambleas legislativas estaduales y lo van a hacer conforme a sus intereses.
Es muy interesante ver un mapa electoral norteamericano, nadie piense que es
más o menos siguiendo la naturaleza, o por donde pasa un río, o cualquier dibujo
sencillo; a veces es sumamente complicado para asegurar que están las zonas que
controlo yo, las que controla Risquet, etcétera, según la correlación de fuerzas.
Hay lugares en que no hay competencia, digamos, hay un candidato demócrata,
pero no hay un republicano. Hay lugares en que sencillamente es ridículo suponer
que se le vaya a ocurrir a alguien aspirar como candidato de un partido que no tiene
absolutamente ninguna base, ningún sustento en ese distrito, y hay casos en que la
competencia se da entre un tipo solo, consigo mismo. Lincoln Díaz-Balart, por
ejemplo, ya fue electo, y estamos en septiembre; ya lo felicitaron, ya todo el mundo
sabe que él es el representante por ese distrito, que no va a haber candidato
demócrata, y la competencia esa es entre dos partidos que, en lo fundamental, como
sabemos, representan lo mismo, hasta el punto de que ningún demócrata se toma el
trabajo de gastar dinero —porque esto es un problema de capital, es de inversión—,
¿por qué gastar dinero en la zona que Díaz-Balart domina?
Lo mismo se puede decir de la señora Ros Lehtinen. En el caso de ella, que es
más sutil, sí tiene candidatos en contra: un señor que en la última elección sacó un
voto —se sospecha que es el suyo—, bueno, otra vez aspira a sacar un voto
obviamente para que haya una supuesta capacidad de selección.

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Hay varias docenas de distritos electorales en los cuales va un candidato solo.
Ellos que tanto hablan y critican la candidatura unida, o el sistema nuestro, digamos,
en el caso de ellos, el no tener competencia real, es la quiebra del sistema, porque la
base del sistema es que supuestamente hay facciones contrarias que compiten y el
pueblo decide esa competencia. Eso va a ser así en algunos casos en lo que llaman —
incluso es el lenguaje que se usa— elecciones abiertas; las demás son cerradas. A
nadie se le ocurre pensar que no va a ganar el que domina, el que controla, o el que es
el candidato único.
Yo mencioné a estos dos personajillos, pero si fuéramos a ver, del lado de gente
amiga, de gente noble, ¿a quién se le ocurre que vaya a haber un republicano
conservador que pretenda aspirar por el sur del Bronx contra José Serrano, por
ejemplo? Yo no sé si lo habrá, pero no hay la menor duda de que Serrano va a ganar
con el noventa y pico por ciento de los votos. Porque hay que buscar con lupa para
encontrarse a un conservador entre los puertorriqueños del sur del Bronx; y lo mismo
se pudiera decir de algunos otros distritos donde es inevitable que gane el que de
hecho es un candidato único.
Hay las llamadas elecciones abiertas, que son los casos en que ya el ocupante del
escaño decidió retirarse, decidió no seguir, el senador Thurmond, con sus 98 años, ya
encontró que era tiempo para retirarse, bueno, esa es elección abierta; después de
estar varias décadas ocupando ese escaño, lógicamente ahí hay más oportunidad,
digamos, para que venga otro a pretender ocuparlo; o Torricelli, que aspira a
reelegirse por su estado de Nueva Jersey y que lo hubiera hecho sin mayores
tropiezos si no fuera porque está enredado en un gran escándalo de negocios sucios y
de haber recibido dinero indebidamente, sobornos de empresarios, etcétera, etcétera,
hay un gran cuestionamiento a este señor, que estuvo a punto de ir ante los tribunales,
al final lograron negociar para que no pase la cosa al terreno de los tribunales de
justicia; pero, evidentemente, toda esta situación de escándalo le da una cierta
expectativa ahora en esa elección a un candidato republicano para poder intentar
desplazar a este hombre.
Ahora, la ausencia de campañas políticas, de competencia, de elemento mercantil
en nuestro sistema, el papel del dinero, no es verdad que reduzca, que limite el
carácter democrático del mismo, sino que es al revés. El gran problema de los
sistemas llamados democráticos representativos es lograr incorporar a la gente a lo
único que la gente hace, que es votar; a millones les impiden que se incorporen, por
las restricciones para el registro electoral, a las que aludí antes. A los que pueden ir a
votar, que son los menos pobres, que son los más blancos, que son los que tienen una
ubicación mejor en la sociedad, entre esas personas la mayoría no se siente motivada
porque sabe que esto que estoy diciendo yo aquí es verdad, sabe que realmente no
hay una posibilidad de elección real, saben que no hay grandes diferencias entre un
candidato y el otro y, en consecuencia, les resulta muy difícil a los políticos atraerlos.
Paradójicamente, para lograrlo, gastan más dinero, más publicidad, más recursos

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financieros que se vuelcan en el proceso; pero la gente no es idiota, la gente se da
cuenta de que eso significa más compra del candidato y, por lo tanto, trasladarle el
poder real más a esos que controlan el dinero que al elector en cuestión.
La no profesionalización de nuestros representantes, es decir, el hecho de que con
muy pocas excepciones, el delegado municipal, o provincial, o diputado, no ejerce
esa representación como un trabajo, como un oficio, sino que va a seguir siendo el
vecino de la misma circunscripción, o el profesor, el obrero, el trabajador, el
dirigente, lo que sea, va a seguir desempeñando las funciones que dentro de la
sociedad tenía anteriormente.
Y el principio de revocación y la rendición de cuentas, voy a pasar nada más que
a mencionarlos, porque creo que son bien conocidos por todos ustedes, pero que son
elementos que desde los tiempos clásicos se asociaban con la posibilidad de un
sistema representativo genuino y que el elector puede, en cualquier momento, tener
idea de lo que está haciendo su representante y, además, puede, en cualquier
momento, decidir que no lo siga representando, si no la representatividad es,
obviamente, una falacia.
Yo diría que un elemento fundamental también en nuestro sistema es el que
vendrá después, que está ya comenzando a través de los plenos, de las
organizaciones, etcétera, y que se desatará después de las elecciones de octubre, que
es la participación de la sociedad civil en la nominación de los candidatos a las
instancias provinciales y nacionales. A veces cuando algún extranjero pregunta sobre
el sistema nuestro, la parte que no resulta tan fácil explicar es esta, cómo es que se
postulan, cómo se escogen, cómo aparecen los candidatos a las asambleas
provinciales o a la Asamblea Nacional. Pero si Usted hace la misma pregunta en
cualquier sociedad moderna, de dónde sale la candidatura de fulano para senador o de
mengano para gobernador, Usted no va a encontrar ni una pizca de transparencia que
supere a la nuestra. Muchas veces es decisión del tipo que decide aspirar a algo,
porque tiene para eso, o tiene el dinero suficiente o cuenta con el apoyo de los
intereses que se lo van a suministrar; sale aparentemente de una convención
partidaria, es la consagración de esa postulación, pero generalmente son, creo que sin
excepción, decisiones de la persona: «yo aspiro a tal cargo y lanzo mi candidatura».
Eso lo puede hacer un loco o lo hace alguien que tiene detrás el respaldo de grandes
medios informativos, de recursos financieros, etcétera, etcétera.
En el caso nuestro, es un proceso más complejo, pero mucho más participativo.
Cuando uno analiza todo ese proceso ve que son decenas de miles los nombres que se
procesan a través de las organizaciones sociales que, en última instancia, son
representativas del conjunto social cubano, y algo muy importante: esas candidaturas
tienen que ser aprobadas, electas como candidatos por las asambleas municipales que
están integradas por esos delegados que el pueblo nominó directamente y entre los
cuales eligió después. Por lo menos en la asamblea por la cual yo soy candidato —y
veo aquí un compañero de ese municipio— y en todas las elecciones he visto

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discusión de las candidaturas y modificación de las candidaturas. Es real, no ocurrirá
siempre así, no será en todos los casos; pero por lo menos a mí me consta haber sido
testigo de discusiones siempre y de propuestas y de contrapropuestas, ¿de quiénes?,
de ciudadanos que están allí porque algún vecino lo propuso y sus vecinos lo
eligieron como candidato para que después integrase, si ganaba la elección, esa
asamblea municipal.
No tiene comparación con la forma de composición y de operación de los
mecanismos, de los aparatos partidarios que en el sistema de la llamada competencia,
de cómo surgen, aparecen y llegan a ganar una nominación los candidatos.
Finalmente, yo señalaría el funcionamiento de las asambleas representativas
nuestras, que una vez surgidos los candidatos y electos con ese nivel de participación
de los electores, el funcionamiento de esos órganos se trata, se procura que siga
reflejando ese mismo espíritu participativo.
Son muchos los ejemplos y no voy a entrar a agotarlos, desde la forma de operar
las comisiones, las audiencias públicas, las reuniones territoriales de diputados. En el
caso de la Asamblea Nacional, los compañeros que son diputados saben que todos los
proyectos de ley y todos los documentos principales que discutimos, siempre, antes
de que lleguen al período ordinario de sesiones, el que cubren la televisión y los
medios de prensa, el que se conoce, han sido precedidos de muchas reuniones en que
han participado los diputados en los territorios; tenemos que hacerlo en los territorios,
porque no son profesionales, no se trasladan a La Habana a vivir en la capital y dejan
sus funciones en la provincia, sino que está cada uno en sus provincias.
Ahora, en esas reuniones no solo han participado los diputados, sino otros
elementos de la sociedad que tienen que ver de algún modo o que son invitados a esas
discusiones, con lo cual, si sacamos la cuenta bien, cuando nosotros aprobamos una
ley en la Asamblea Nacional, en la plenaria a lo mejor le dedicamos al final una
sesión; pero si sacamos la cuenta bien y sumamos el número de horas que les han
dedicado los diputados en esas reuniones previas, no son menos, sino más que las que
le dedica cualquier parlamento burgués a la discusión de una ley, y si sumamos,
además, el número de personas no diputados que participaron en esas reuniones
previas, son mucho más los miembros de la sociedad que han intervenido en el
proceso de conformación de un texto legislativo.
Bastaría referirme a dos ejemplos.
Todo el proceso de discusión de las medidas que se tomaron para enfrentar la
crisis económica, el llamado período especial, los parlamentos obreros, pero no solo
los parlamentos obreros, sino numerosas reuniones en las que todos hemos
participado por nuestro centro de trabajo o por lo que fuera.
Ahora mismo, este mismo año —con muy poca publicidad, pero tengo por lo
menos un cuarto de millón de testigos—, la Ley de Cooperativas Agropecuarias que
se ha discutido en cada CPA y en cada CCS han participado decenas de miles, aquí
tengo algunos compañeros, que recuerde, que participamos cada uno en alguna, los

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diputados.
Hay aproximadamente un cuarto de millón de personas, campesinos,
cooperativistas de un tipo o del otro, que han estado en varias reuniones, porque en
las que yo estuve, ellos mismos me contaron las reuniones previas que ellos tuvieron
entre sí, las que tuvo la directiva de la cooperativa, la que tuvieron con los socios de
la cooperativa, los cambios, las propuestas que examinaron entre ellos.
No hay campesinado en ninguna parte del mundo que tenga esa posibilidad de
opinar, de sentirse parte del proceso de aprobación de una ley que les concierne,
como la que tenemos en nuestro país.
Finalmente quería decir lo siguiente, que me parece que es importante tomarlo en
cuenta a la hora de juzgar nuestro sistema.
Yo diría que tiene dos raíces que son fundamentales, por supuesto, el carácter
socialista de nuestra sociedad. El socialismo, en esa historia por la que pasé tan
rápidamente, desde Grecia para acá, es una ideología y es un movimiento que surge
en algunos países del Occidente, vinculado con ese despertar democrático, con esa
aspiración a abrir la participación en el gobierno de la sociedad.
Socialismo y democracia han sido siempre sinónimos. Cualquier idea de
contraposición de esos dos conceptos no es nada más que manipulación burguesa o
errores del lado nuestro. Han sido y eran sinónimos.
Gobierno popular y sociedad socialista tienen que ser lógicamente uno y lo
mismo.
El otro elemento que me parece que es importante, es también nuestra propia
historia nacional, nuestras raíces nacionales, porque hablamos de una revolución
socialista que no nos cansamos de decir que es la misma revolución desde el
principio, compañeros, y si uno se fija lo que pasó en este país en 1868, cuando
democracia era mala palabra, cuando en ninguno de los países democrático-liberales,
ni en los más avanzados, en ninguno llegaba ni al 20% los ciudadanos que tenían
acceso al voto, que podían participar en el gobierno; cuando había que tener plata
para tener la condición de elector, cuando dependía del nivel de ingresos; cuando
dependía, por supuesto, del sexo, cuando dependía de la raza, en este país se inicia
una revolución que comienza dándoles a los que habían sido esclavos los mismos
derechos civiles y políticos. Ese reconocimiento a la igualdad civil y política, más
allá del fin de la esclavitud, más allá de acabar con esa aborrecible institución, el
considerar a todos como iguales en términos de participación, esa fue una frase de
Céspedes en el Decreto aboliendo la esclavitud, «para que disfruten de todos sus
derechos civiles y políticos en perfecta igualdad». Eso, en ese momento, no existía en
ninguna parte del planeta; pasarían décadas, pasaría, incluso, un siglo, en Estados
Unidos para que se aceptase que el negro podía tener también la posibilidad de
inscribirse como elector; pasaría mucho tiempo para que se fuera abriendo ese
espacio a otras capas sociales.
Y cuando hablamos de las rendiciones de cuentas y uno lee la prensa republicana

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que se editó allá en Bayamo, El Cubano Libre, los meses que duró la república
mambisa en Bayamo, ahí ve las noticias del delegado reunido en el parque con los
electores dándoles cuenta de su labor, dándoles cuenta de lo que estaban haciendo,
discutiendo la marcha de la guerra, discutiendo la abolición de la esclavitud,
discutiendo estos temas de la igualdad.
De manera que nosotros, yo diría que tenemos una tradición democrática radical
que está en las raíces mismas de la historia cubana y en las raíces mismas de nuestro
movimiento revolucionario que, por ser realmente socialista, lógicamente, tiene que
expresarse en formas de participación real.
Finalmente, concluyo con esto: nada de esto, por supuesto, es perfecto y nadie
puede pretender que hemos llegado al final de la historia y que no hay cosas que
perfeccionar, que pulir, que mejorar. Precisamente eso es parte de nuestra batalla,
pero están sentadas las bases, las premisas, y cada día este pueblo va a ser un pueblo
más culto y, por lo tanto, más libre.
Piensen por un momento las consecuencias que tiene todo esto que estamos
haciendo ahora en materia de educación y de cultura. Eso debe conducir a un pueblo
más capaz de ser protagonista real, de intervenir creadoramente en el gobierno de la
sociedad, de perfeccionar estos mecanismos, porque, en última instancia, estos
mecanismos dependen también del hombre y de la mujer, de la gente. En la medida
en que sea un hombre y una mujer más cultos, más conscientes, y, por lo tanto, más
libres, será un sistema que alcanzará niveles superiores de perfección.
[…]

[Link] - Página 217


Ricardo Alarcón de Quesada (La Habana, 21 de mayo de 1937) es un doctor en
Filosofía y Letras, escritor y político cubano. Entre 1993 y 2013 fue el Presidente de
la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, máximo órgano legislativo del
país.

[Link] - Página 218


Notas

[Link] - Página 219


[1] La economía cubana. Reformas estructurales y desempeño en los
[Link]ón Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones
Unidas y Fondo de Cultura Económica, 1997. <<

[Link] - Página 220


[2] Todas las citas del Padre de la Patria son de Carlos Manuel de Céspedes, Escritos.

Compilación de Fernando Portuondo del Prado y Hortensia Pichardo Viñals, 3 tomos,


Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1974. <<

[Link] - Página 221

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