La Democracia Cubana de Alarcón
La Democracia Cubana de Alarcón
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Ricardo Alarcón de Quesada
Cuba y su democracia
ePub r1.0
Primo y Murasaki 21.12.15
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Título original: Cuba y su democracia
Ricardo Alarcón de Quesada, 2002
Diseño/Retoque de cubierta: Primo
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«El Estado democrático debe procurar servir el mayor número posible, debe procurar la igualdad de todos
ante la ley, hacer derivar la libertad de los ciudadanos de la libertad pública. Debe apoyar la debilidad y dar
preeminencia al mérito. El equilibrio armónico entre el interés del Estado y los intereses de los individuos
que lo componen asegura la marcha política, económica, intelectual y artística de la polis, protegiendo al
Estado contra el egoísmo individual y al individuo, gracias a la constitución, contra la arbitrariedad del
Estado». (Pericles, según Tucídides.)
«Tomando la palabra en su rigurosa acepción, no ha existido ni existirá jamás verdadera democracia (…)
No es concebible que el pueblo permanezca incesantemente reunido para ocuparse de los negocios
públicos…». (Juan Jacobo Rousseau.)
«Nada es tan autocrítico como la raza latina, ni nada es tan justo como la democracia puesta en acción: por
eso no es tan fácil a los americanos convencernos de la bondad del sistema democrático electivo, y tan
difícil realizarlo sin disturbios en la práctica». (José Martí.)
«El Estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la justicia y en su administración
participan todos los ciudadanos directamente o por medio de sus representantes (…) Para nosotros la
esencia del problema democrático es tratar de resolver, en la práctica, ese problema teórico, esa aspiración
ideal».(Ricardo Alarcón.)
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EN TORNO AL «IMPOSIBLE» REALIZADO
Quienes han tenido el singular privilegio de vivir en este país y participar en lo que
aquí ha ocurrido desde 1959 hasta este final del siglo, pueden sentirse protagonistas
de una hazaña de tan dilatado alcance que a nosotros mismos nos resulta difícil
apreciar. Ella ha prevalecido frente a un poder que muchos consideran omnímodo y
que la ha combatido, día y noche, durante cuatro décadas. Entre otras cosas, el
Imperio ha dedicado portentosos recursos a tratar de convencernos de que la
Revolución era imposible. Lo ha estado haciendo, en realidad, desde enero de aquel
año.
Cuando daba sus primeros pasos, cuarenta años atrás, eran muchos los que
especulaban sobre el destino y la perdurabilidad de la Revolución Cubana. Los
esbirros y ladrones del batistato reagrupados bajo la protección yanqui planeaban ya
el retorno y conspiraban envueltos en lo que cínicamente denominaron «la rosa
blanca». Desde entonces Washington pagaba y dirigía grupos «opositores» dentro de
Cuba y hacía lo mismo con un «exilio» que fabricaba en el exterior, como acaba de
documentar un informe del Inspector General de la CIA, recién publicado.
Una intensa propaganda explotaba al máximo lo que entonces se llamaba
«fatalismo geográfico»: en Cuba no podía sobrevivir un gobierno que no contase con
el apoyo de Estados Unidos. Así lo indicaba, se decía, la experiencia de la Guerra
Grande, la tragedia del 98, las sucesivas intervenciones en la república mediatizada,
la frustración del 33. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?
El pueblo, sin embargo, fue capaz de arrostrar todos los sacrificios y de realizar
una obra de justicia y desarrollo que ha transformado completamente el país. A pesar
del feroz bloqueo, las agresiones militares, los sabotajes y las acciones terroristas y
una descomunal y sistemática campaña de tergiversaciones y calumnias, esa obra
permanece incólume y atrae el respeto y la admiración de centenares de millones de
personas en todo el mundo.
Hace ya diez años que se inició el proceso que condujo, vertiginosamente, al
desmantelamiento del campo socialista, la disolución de la URSS, el restablecimiento
del capitalismo en Rusia y el término de lo que se dio en llamar el «socialismo real».
Entonces no fueron pocos los que abandonaron sus ropajes izquierdistas y se sumaron
al coro del «pensamiento único» y entonaron loas al «fin de la historia». Hubo
quienes, en acrobacia insuperable, saltaron del dogmatismo «marxista» para abrazar
el dogma neoliberal.
Fue cuando otros ganaron fama —y dinero— publicando libros que describían el
inminente derrumbe de la Revolución Cubana. Mercenarios de las letras,
«académicos» incapaces de ver más allá de la «teoría del dominó»; sus obras hay que
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buscarlas ahora en librerías de viejo. En esencia, repetían la antigua monserga
batistiana y anexionista.
¿Cómo explicar el fenómeno cubano? ¿Por qué, lejos de caer, la Revolución,
resiste y avanza y con renovada vitalidad, sirve de estímulo a nuevas fuerzas que
siguen luchando para transformar el mundo?
La respuesta adquiere una importancia mayor en un mundo donde la euforia
simplona de los primeros momentos ha dado paso a las dudas sobre el futuro del
sistema que hace apenas unos años se jactaba de una victoria definitiva e inapelable.
La explicación inicial, obvia, es que la Revolución Cubana no era una extensión
del socialismo europeo sino que fue resultado necesario del desarrollo de la historia
nacional. No fue importada de otra parte. Siendo un producto enteramente cubano no
había por qué suponer que su vida estaría condicionada a lo que aconteciera con otros
allende los mares.
Por otra parte, aunque no le debíamos la existencia al socialismo europeo, su
desaparición sí constituyó un golpe brutal a la economía cubana. Perdimos
abruptamente los mercados y socios comerciales que habían ayudado a mitigar, en
alguna medida, los efectos de la guerra económica que desde 1959 nos hace
Washington. Se producía lo que Fidel ha llamado doble bloqueo.
Como si esto fuera poco, el bloqueo de los yanquis no ha cesado de intensificarse:
en 1992 con la Ley Torricelli, en 1996 con la Helms-Burton, ampliada ahora en 1998
con la Ley Presupuestaria que como dijera un senador norteño «es un Frankestein que
no tiene padre ni madre».
Por si lo anterior resultara insuficiente no encaramos una guerra limitada sólo a la
economía, el comercio y las finanzas. Ahí están, para demostrarlo, las bombas en los
hoteles hechas estallar por la Fundación anexionista que sólo pelea desde lejos y a
través de mercenarios, y las acciones para socavar la Revolución desde adentro —
expuestas descaradamente en las tres leyes mencionadas— empleando también
mercenarios pagados por el imperio.
Sin embargo, la recuperación económica continúa, crecen el prestigio y la
autoridad de Cuba en el mundo, la Revolución se fortalece.
Se hace evidente, también, una segunda explicación. El pueblo cubano ha sido
capaz de resistir y de luchar unido alrededor de una jefatura que ha demostrado
firmeza y sabiduría. Los cubanos sabíamos, y sabemos, que no está en juego
solamente un sistema social más justo sino también la independencia nacional y la
identidad propia como pueblo. Aquí, además, hay una obra que vale la pena salvar y
defender, una obra noble, limpia y hermosa, en la que todos participamos y que no
puede ser dañada ni manchada por los errores y las desviaciones que otros, fuera de
Cuba, hayan cometido.
La Revolución entra en su cuarta década bajo el asedio imperialista que la ha
acompañado desde el primer día. Contra ella todas las armas han sido empleadas.
Cuando cumpla su año cuarenta habrán transcurrido diez desde que comenzó a
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desintegrarse el campo socialista y al mismo tiempo se acentuaba la guerra
económica e ideológica contra ella.
Al año de disuelta la antigua URSS, Estados Unidos promulgó la Ley Torricelli y
cuatro años más tarde la Helms-Burton. Ambas, concebidas para asfixiar totalmente
la economía cubana y con la expresa finalidad de hacer desaparecer a Cuba como
nación independiente, tienen efectos que también lesionan gravemente la soberanía y
los intereses de los demás estados del planeta.
La de Cuba se convierte así en la pelea de quienes resisten la prepotencia y la
arrogancia de Estados Unidos. En su vano empeño por derrotarnos, el imperialismo
tiene que ofender y atacar al mundo entero. Defender nuestro derecho a ser
independientes se identifica hoy completamente con la defensa de la independencia
de cada uno de los estados.
Pero la batalla de Cuba representa mucho más. Nuestra Revolución, que empezó
el 10 de octubre de 1868, nació de la fusión indisoluble de las aspiraciones más
profundas del hombre: la igualdad, la justicia, la libertad y la solidaridad. Esos
ideales mantienen su plena vigencia y ahora resultan indispensables si se quiere
salvar el planeta y que la especie humana sobreviva, amenazados como están ambos
por un capitalismo salvaje e irracional que hoy trata de imponerse por todas partes.
Porque Cuba es diferente, porque aquí nos esforzamos en preservar una sociedad
que no se rija por la codicia y el egoísmo individualista, nuestro socialismo adquiere
una significación universal en un mundo que tiene que buscar alternativas frente al
dogma neoliberal. Hoy como nunca antes es literalmente exacta la advertencia
martiana: «Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos».
Son muchos los que se levantan hoy con Cuba. Su número no dejará de crecer
hasta alcanzar, para todos, la realización del «imposible».
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CUBA Y LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA
Un pueblo que entra en revolución no sale de ella hasta que se extingue o la corona.
José Martí
En un reciente estudio la CEPAL señala que Cuba es «una de las economías menos
estudiadas —aunque no la menos interpretada— de América Latina». Algo parecido
podría afirmarse sobre el sistema político de la mayor de las Antillas, el cual también
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merecería ser abordado «con mayor detenimiento y objetividad posibles» .
No lo intentaré aquí pues haría esta ponencia, inevitablemente, demasiado
extensa. Sólo cabe ofrecer, en consecuencia, una aproximación que permita
comprender sus fundamentos históricos y teóricos, desde la perspectiva cubana, y
apreciar su contenido real. Quienes se interesen por estudiarlo en profundidad,
seguramente podrán hacerlo si se acercan a la experiencia cubana sin prejuicios y con
la actitud recomendada arriba.
La lección de la historia
Lo primero que habría que subrayar para entender el caso cubano en su justa
dimensión es que nuestro sistema no es importado de ninguna otra parte. Varias
décadas de guerra fría —y dentro de ella, y más allá, incluso después de su muy
publicitada terminación, una guerra ideológica y política contra la Revolución
cubana, que no siempre ha sido ni es tan «fría» y que nunca parece acabar—
buscaron introducir en la mente de muchos la idea de que el sistema político cubano
era, simplemente, una copia del «modelo» soviético, su extensión hasta el Caribe. Si
tal hubiera sido el caso, Cuba habría seguido el camino que han transitado, sin
excepción, todos los estados que en Europa oriental y central se afiliaron a lo que
hubo de llamarse el «socialismo real». Ese fue el pronóstico que avanzaron con la
certeza dogmática de sus autores, libros muy pregonados hace ya varios años.
Embriagados con los beneficios monetarios fácilmente logrados, ninguno de ellos ha
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tenido tiempo para escribir la necesaria rectificación. Pero lo cierto es que un decenio
después de la desaparición de aquel «modelo» la Revolución cubana perdura, vive y
se desarrolla, pronto cumplirá cuarenta años de existencia, la cuarta parte de los
cuales —vale la pena notarlo— ha transcurrido en un mundo sin campo socialista y
bajo la hegemonía estadounidense.
Resulta obvio, por tanto, reconocer lo que ya ha sido demostrado en la práctica: la
autenticidad de esa Revolución, su carácter verdaderamente independiente. Quienes
pretendieron explicarla como un subproducto de la guerra fría, como una proyección
estratégica de la Unión Soviética, deberían ahora, finalmente, iniciar el análisis donde
siempre debió haber estado: en la Cuba real, su pueblo y su historia.
De esa indagación surgiría la segunda consideración básica: el sistema de
gobierno que hoy tienen los cubanos nace, como evolución necesaria, de su propia
historia. Auxiliada quizás por su relativa brevedad —la nación cubana y su
movimiento de emancipación aparecen hace apenas 130 años— y por la
permanencia, con muy pocas alteraciones, de los mismos factores externos e internos
que la han condicionado, esa historia adquiere un grado muy elevado de coherencia.
La idea de una nación forjada por los propios cubanos, fundada en la igualdad y la
solidaridad entre los hombres, organizada según sus propias concepciones y que,
mediante la unión más sólida de todos sus componentes, fuera capaz de derrotar no
sólo al colonialismo europeo, sino también al imperio norteamericano y a sus
instrumentos criollos, la recorre sin interrupción.
La guerra para independizarse del colonialismo español sólo comenzaría en Cuba
en 1868, medio siglo después de su culminación en el resto del imperio americano.
No era que faltasen en las Antillas las características propias de una nacionalidad
distinta a la española, con intereses, valores y aspiraciones diferentes y
contradictorias con los de la metrópolis. Tales rasgos existían acá también cuando en
el continente se daban los pasos necesarios para separarse de España. En el caso de
Cuba existían, sin embargo, dos factores que explican el atraso de su movimiento
independentista, y asimismo contienen las claves para entender su ulterior desarrollo.
Por un lado, estaba la idea anexionista surgida en los círculos gobernantes de
Estados Unidos casi desde el nacimiento de esa nación. El propósito de apoderarse de
Cuba, que se irá afirmando y concretando a lo largo del siglo, se manifestaría en la
oposición norteamericana a los planes bolivarianos respecto a las Antillas, en las
acciones enfiladas a impedir o frustrar los intentos liberadores de la emigración
patriótica, en una intensa gestión diplomática para evitar la intervención de los rivales
europeos de Madrid, en varias ofertas de comprar a España su posesión colonial y en
el fomento dentro de la Isla de un movimiento partidario de su anexión a los Estados
Unidos.
El otro factor, que se conjugaría íntimamente con el anterior, era la peculiar y
compleja estructura social de la colonia. La nación cubana había nacido en una
sociedad donde buena parte de la población —la mayoría a comienzos del siglo— era
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esclava. Perpetuar el sistema esclavista —y más tarde, al menos, la servidumbre y la
subordinación de la población de origen africano— sería el principal objetivo de la
oligarquía criolla, especialmente fuerte en el occidente de la isla donde se
concentraba, entonces, la producción azucarera y con ella, el mayor número de
esclavos. Esa oligarquía sería el sustento interno del anexionismo.
De esos factores brotaron las especificidades del proyecto nacional cubano. Este
no consistía solamente en establecer una entidad políticamente separada de España.
Tal propósito, si a ello se hubiesen limitado los patriotas de la época, era, además,
irrealizable. Ese habría sido, teóricamente, el proyecto político de la oligarquía criolla
si hubiera existido aquí una con capacidad y disposición para dirigir la nación. Pero
ese no fue, nunca, el caso. La Patria cubana, por el contrario, habría que alcanzarla
derrotando también a esa oligarquía esencialmente antinacional que era su principal
obstáculo interno.
¿Cómo podría avanzar la historia en semejante circunstancia? ¿Quién le abriría
cauce a la nación y le permitiría echar a andar?
La respuesta la daría el 10 de octubre de 1868 el sector más altruista de la
aristocracia criolla, fundamentalmente ubicado en las comarcas del oriente cubano y
del Camagüey. Ese día fue proclamada la República de Cuba en armas pero también,
al mismo tiempo, en el mismo acto, la emancipación de los esclavos. Se inició así una
guerra que duró diez años, tuvo, junto a sus objetivos políticos, un profundo sentido
de transformación social, arrasó con más de la mitad del país, arruinó a sus
promotores y concluyó con la derrota.
Tras ese desastre, durante 17 años, se producirían otras guerras menores,
insurrecciones, intentos y planes fallidos hasta 1895 cuando comenzaría la guerra
convocada por Martí y el Partido Revolucionario Cubano, que terminaría, tres años
después, con la intervención y la ocupación militar norteamericana y sus secuelas:
Enmienda Platt, derecho a la intervención directa varias veces ejercido, despojo de
las riquezas fundamentales del país y establecimiento de un régimen político
enteramente controlado por los interventores, caracterizado, además, por la
corrupción, la violencia, el abandono incluso de las formalidades de la legalidad
republicana.
Los cubanos no fueron precisamente quienes menos pelearon por su
independencia. Lo hicieron, en total, treinta años. No fueron parcos, tampoco, en
sacrificios: al cabo de la guerra había perecido por lo menos, un tercio de la
población.
Fue una lucha además extraordinariamente cruel. Los cubanos conocieron el
genocidio antes que nadie: la reconcentración forzosa de toda la población campesina
en las ciudades dominadas por los colonialistas costó la vida a 300 mil cubanos, entre
1896 y 1898, y es el único antecedente del holocausto judío realizado por los nazis
cuatro décadas después.
Ese intento de exterminio completo de los integrantes de una nacionalidad marcó
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al rojo vivo la lucha cubana: ella, finalmente, había alcanzado su geografía completa
y al conjunto de sus pobladores. De un modo u otro, como participante activo en la
contienda o como víctima de una represión generalizada contra el país entero, ningún
cubano permaneció al margen, salvo la exigua minoría de anexionistas y de
colaboradores con España.
Hay que dejar a la imaginación el terrible golpe que sufriría ese pueblo, la
insondable hondura de su frustración, al concluir esa epopeya con otra servidumbre
colonial, y su engendro político, la macabra caricatura de República en la que
reaparecerían, ocupando puestos prominentes, como si nada hubiera sucedido,
precisamente, los representantes de aquella minoría antinacional.
Quizás el golpe fue aún más brutal porque la intervención y ocupación por un
ejército extranjero no sólo llevó a tan inglorioso desenlace las hazañas y los
sacrificios de treinta años sino que, para asegurar su dominio, los interventores
liquidaron las instituciones que los patriotas cubanos habían creado afanosamente a lo
largo de su prolongada lucha: el Gobierno de la República en Armas, su Asamblea
representativa, el Ejército Libertador y el Partido que agrupaba a todos los patriotas y
guiaba su sistema institucional.
Porque los cubanos habían recorrido ya un largo trecho en términos de
organización democrática aún en medio de su guerra por la independencia. Desde el
comienzo de ésta, en las circunstancias más difíciles, se dieron a la tarea de elegir
representantes para discutir y promulgar Constituciones, fundar gobiernos y aprobar
normativas que regirían en los territorios liberados. Esa tradición se mantuvo
incólume a lo largo de aquella extensa brega: Guáimaro, 1869; Baraguá, 1878;
Jimaguayú, 1895 y la Yaya, 1897.
Esas cuatro Constituciones expresan el valor que el patriotismo cubano otorgó a
las ideas, al debate y a la concertación intelectual, que acompañaron siempre al
heroísmo del combate físico. Pero esas asambleas aportaron también un mensaje
especial que atesoraron los cubanos de generaciones posteriores. En ellas nuestros
representantes discutieron profunda y abiertamente, muchas veces partiendo de
enfoques muy dispares y contradictorios, pero al final arribaron siempre a decisiones
comunes, aceptadas por todos. Jamás, como resultado de sus acuerdos, se escindieron
las fuerzas, ni siquiera cuando, como fue sobre todo en la primera, a ella llegaban
representantes de mandos, estructuras y hasta símbolos que se desconocían
recíprocamente.
La más dramática y cuestionable de las decisiones de la Cámara de
Representantes, la injusta destitución del Presidente Céspedes en 1873, acatada por
él, tampoco provocó la división de las filas patrióticas. Esta vendría después como
resultado del fraccionamiento regionalista y las contradicciones entre los poderes
separados dentro del campo republicano, en el marco de un prolongado y destructor
enfrentamiento armado que no pudo extenderse hasta los centros vitales del territorio,
las intrigas «pacificadoras» de los colonialistas y una cierta reanimación del
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anexionismo.
La coherencia de nuestra historia se revela en la interconexión entre las cuatro
asambleas constituyentes, sus debates y resultados. Entre la de Guáimaro (1869) y la
de Jimaguayú (1895) habían decursado 26 años pero, sin embargo, ésta fue
prácticamente la continuación de aquella. Por ello el texto de la segunda va a superar
los errores que estuvieron presentes en Guáimaro como reflejo de concepciones
idealistas y de la influencia que la Constitución de Filadelfia ejercía en nuestros
primeros legisladores. En el período que separa a ambos documentos, junto a los
reiterados esfuerzos para reanudar los combates, los patriotas habían discutido, hasta
la angustia, las experiencias de la terrible derrota de la Guerra de los Diez Años.
Correspondería a José Martí extraer de ellas las enseñanzas indispensables, concebir
la estrategia y el programa de la Revolución y dedicar su vida entera a unir a los
patriotas para llevarla a cabo.
El primer paso rectificador lo había dado la Constitución de Baraguá (1878) que
regiría en las zonas todavía liberadas de Oriente durante la continuación de la lucha
por Antonio Maceo y quienes se negaron a aceptar la derrota.
Se había producido también, durante la Guerra Grande, una transformación
esencial, aportada por ella y que sería determinante para el destino nacional. Entre sus
principales jefes y en la gran masa de los combatientes, estaban muchos cuyos padres
o ellos mismos habían sido esclavos hasta el 10 de octubre de 1868 y a partir de
entonces pasarían a desempeñar un papel protagónico en la conformación del futuro
del país. Ellos, otros obreros y artesanos y la masa de trabajadores emigrados —
incrementada por la profunda crisis del régimen colonial— junto a la intelectualidad
progresista integrarían las principales fuerzas del movimiento patriótico.
Al iniciar la etapa final y decisiva, en 1895, ya habían arribado a un consenso
fundamental: el poder del pueblo no puede escindirse entre estructuras institucionales
contrapuestas que alentarían, en última instancia, las divisiones y el regionalismo que
habían hundido en la bancarrota la epopeya inicial.
Más aún, para sellar la unión indispensable, la acción del pueblo debía dirigirla
una sola organización, de un tipo nuevo y diferente, no creada para promover los
intereses de un segmento de la población, sino precisamente, para que, aglutinando
todos los factores y sus aspiraciones, fuera el Partido de la Revolución, el guía y
conductor de la nación entera, de la sociedad en su conjunto. Un Partido cuya misión
no se limitaría a lograr la independencia política —respecto a España y a los Estados
Unidos— sino que tendría por meta la instauración de una República igualitaria y
solidaria. Dicho con palabras de Martí: «Revolución no es lo que vamos a hacer en la
manigua sino lo que vamos a hacer en la República».
Por ella habría que seguir peleando hasta conquistarla, finalmente, en enero de
1959.
Las grandes transformaciones ocurridas desde entonces en Cuba, abrirían
numerosos e insospechados cauces para la incorporación del pueblo a la conducción
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real de la sociedad en la que asumiría un nuevo y siempre creciente protagonismo.
Sobre esa base surgiría y se desarrollaría una nueva institucionalidad y un sistema
electoral, plasmado en la Constitución de 1976, discutida masivamente y aprobada en
referéndum por más del 97% del electorado, cuya esencia describimos a
continuación.
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custodia de los niños que las cuidarán durante toda la jornada. El voto es
totalmente secreto. Al concluir la votación se realiza el escrutinio de forma
pública en el propio colegio electoral. Además de los ciudadanos cubanos que
quisieran hacerlo son numerosos los diplomáticos, periodistas y visitantes
extranjeros que han estado presentes y comprobado libremente el desarrollo de
nuestros comicios. Sólo el acto individual de marcar la boleta, lo realiza en total
secreto cada elector quien después la deposita en la urna vigilada por los niños.
Los resultados finales de cada colegio electoral, con los votos obtenidos por
cada candidato, los anulados y los depositados en blanco son expuestos,
públicamente, en cada colegio y en otros lugares de cada circunscripción.
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Otras características importantes de nuestro sistema
representativo
Ningún representante, diputado o delegado, a ningún nivel, recibe remuneración
alguna —salario, dieta o cualquier otra prestación o beneficio— por el
desempeño de la labor para la que fue elegido. Como norma no son políticos
profesionales. Quienes deben dedicarse a tiempo completo a esas actividades,
para dirigir y asegurar el funcionamiento de las asambleas, reciben el mismo
salario que tenían anteriormente en el lugar de trabajo de donde procedían y a
donde regresarán, normalmente, una vez concluido su mandato. Semejante
procedimiento se sigue con aquellos a los que sean asignadas responsabilidades
temporales por las asambleas o sus comisiones.
Todos los elegidos deben rendir cuenta de su labor periódicamente ante sus
electores, quienes pueden revocar sus mandatos en cualquier momento.
El sistema electoral antes descrito, busca incorporar lo más posible las formas de
democracia directa al carácter inevitablemente representativo que debe tener la
institucionalidad en una democracia moderna. En la nuestra, como en cualquier otra
sociedad contemporánea, el ciudadano delega parte de sus potestades en sus
representantes electos y éstos ejercen una función de intermediación entre el
individuo y los órganos de dirección de la sociedad. Pero de varios modos nuestro
sistema promueve la participación real de la gente y la vinculación efectiva de los
elegidos con ella, desde la postulación de los candidatos por los propios electores
hasta el control de estos últimos sobre los primeros mediante los mecanismos de
rendición de cuenta y revocación.
Aún así este sistema electoral no agota el contenido democrático de la sociedad
cubana. La activa participación ciudadana no se limita a escoger, postular, elegir,
controlar y revocar a sus representantes.
Esto es sólo el reflejo de una participación mucho más amplia, sistemática,
consustancial a todos los aspectos de la vida social.
Desde los primeros días de enero de 1959, cuando aseguró su victoria definitiva
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mediante la huelga general que paralizó totalmente el país, el pueblo ha sido el
principal protagonista de la Revolución cubana. En su defensa —con las milicias de
obreros, campesinos y estudiantes, con los Comités de Defensa de la Revolución que
agrupan a casi toda la población mayor de 14 años—, en el desarrollo de sus
conquistas sociales —la eliminación del analfabetismo, las campañas masivas de
vacunación infantil—, en la edificación económica —las zafras del pueblo, el trabajo
voluntario—, han participado millones de cubanos, han sido tareas realizadas por
todos, parte de la vida cotidiana de cada cual, expresión de una nueva cultura
solidaria.
Parte de esa cultura es analizar las más diversas cuestiones e intervenir en la
adopción de las decisiones correspondientes, desde los planes y objetivos económicos
—asambleas de eficiencia—, o el desempeño del centro laboral —asambleas
sindicales— hasta proponer y aprobar los militantes del Partido y de su organización
juvenil.
Existe una cultura participativa que va mucho más allá de la intervención real de
los ciudadanos en su sistema representativo, que, en rigor, lo sustenta y es garantía de
perenne renovación y vitalidad. Porque el desarrollo democrático para ser genuino
necesita fundarse en toda la riqueza creadora de una vigorosa sociedad civil y ésta
sólo alcanza su plenitud allí donde las organizaciones e instituciones que la expresan
intervienen efectivamente en la dirección y el control de la sociedad misma.
Junto a organizaciones nacidas varias décadas antes de la Revolución como la
Federación de Estudiantes Universitarios (1922) y la Central de Trabajadores de
Cuba (1939), el proceso iniciado en 1959 promovió la creación de otras
organizaciones que agrupan a los campesinos, a las mujeres, a los estudiantes
secundarios y a los niños. A ellas se suman numerosas asociaciones de profesionales
y otras que reúnen a diversos sectores de la sociedad a partir de sus intereses
específicos, incluyendo los discapacitados (por ejemplo, los sordos acaban de realizar
su Congreso nacional).
Esas organizaciones y asociaciones abarcan prácticamente el universo de
actividades, intereses y problemas que conciernen a todos los cubanos. Ellas tienen
una existencia dinámica que incorpora al conjunto de la población. Pero más
importante aún, es el papel que desempeñan en la sociedad donde ninguna decisión
sobre asuntos que les conciernen es adoptada sin su consentimiento. En el calendario
cubano es imposible encontrar un día en que no se produzcan, simultáneamente,
asambleas o reuniones de las mismas para examinar cualquier asunto y siempre
también con la participación de representantes del Gobierno.
Una mirada alrededor de Cuba hoy, ilustra esta realidad. En todos los centros
laborales, entre febrero y mayo, los trabajadores realizan un ciclo más —lo hacen dos
veces cada año— de las asambleas por la eficiencia económica donde comprueban
los acuerdos de la anterior, examinan el informe que les presenta la dirección
administrativa, discuten sus planes y objetivos y aprueban las medidas que
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consideren necesarias. Pero también ahora en cada circunscripción electoral los
delegados a las asambleas municipales del Poder Popular rinden cuenta a sus
electores —deberán hacerlo otra vez en la segunda mitad del año— sobre la labor
realizada por ellos desde el pasado octubre, en reuniones en que la comunidad aborda
igualmente cualquier otro asunto de interés. Y en esos mismos barrios, los vecinos
están discutiendo, ahora también y en reuniones igualmente abiertas, el documento
base para el próximo Congreso de los Comités de Defensa de la Revolución. Son
decenas de miles de reuniones, en todo el país, en las que intervienen millones de
cubanos. En ellas deben participar, en la medida de sus posibilidades, los diputados y
los delegados a las asambleas provinciales (físicamente nadie podría asistir a todas
las que tienen lugar dentro de su distrito electoral pero, por otra parte, todos saben
que deben hacerlo al máximo posible y que sobre esto, ellos, igualmente, tendrán que
rendir cuenta a sus electores).
Por supuesto que paralelamente están ocurriendo muchas otras actividades en la
sociedad cubana, en sus diversas esferas, que involucran, asimismo, a importantes
segmentos de la población (por ejemplo, los jóvenes y los intelectuales están
enfrascados igualmente en la preparación de sus próximos congresos). Los tres casos
referidos en el párrafo anterior, los destacamos solamente porque ellos guardan
relación sistémica con los órganos del Poder Popular.
En Cuba el Parlamento no es una institución separada y por encima de la
sociedad, integrado por individuos poseedores de un don excepcional, el de asumir y
ejercer la soberanía, otorgado por el pueblo quien, en teoría, es su único dueño. Para
nosotros la esencia del problema democrático es tratar de resolver, en la práctica, ese
problema teórico, esa aspiración ideal, que ha acompañado a la civilización desde
épocas remotas: alcanzar el autogobierno, la dirección real, de abajo a arriba, de la
sociedad por el pueblo, no sólo en apariencia sino concretamente, lo cual sólo es
posible, cuando el gobierno existe para el pueblo. Este debe dejar de ser, para
siempre, espectador y pasar a convertirse en actor, protagonista.
Además de sus funciones normales, legislativas y fiscalizadoras, nuestra
Asamblea Nacional y las provinciales y municipales conforman un sistema que se
orienta, sobre todo, a incorporar a esas funciones, sistemática y permanentemente, al
conjunto de la sociedad. Se trata, en definitiva, de encarar y superar creadoramente la
vieja dicotomía representación-participación desplegando, en todas sus
potencialidades, lo que Kelsen describiera como la «parlamentarización de la
sociedad».
Algunos observadores extranjeros suelen criticar la ausencia en el Parlamento
cubano de ciertos rasgos asociados comúnmente a la imagen de esa institución. Se
supone que ésta sea un lugar donde un grupo de personas emplean largas jornadas
debatiendo entre ellas cuestiones de interés para toda la población en cuyo nombre y
representación actúan.
En el nuestro ese elemento queda reducido a las sesiones plenarias que
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efectuamos, todos los diputados, durante los períodos de sesiones y que duran pocos
días. Pero sería erróneo apreciar su actividad limitándola a ese ángulo.
Nuestros diputados deben dedicar muchísimas más jornadas al trabajo. Sólo que
van a hacerlo en otro tipo de reuniones, en sus territorios, entre ellos e integrados con
otros representantes de la comunidad o con la comunidad misma.
Igualmente se equivocaría quien pensase que el estudio de cualquier tema queda
confinado al que se da durante los períodos de sesiones. En realidad lo que ocurre es
que el examen se ha multiplicado fuera de ese marco y que a él se ha incorporado una
cantidad de personas cuya cifra reproduce en progresión geométrica el número de
diputados.
La severa crisis económica que enfrenta Cuba como consecuencia de la
desaparición de la Unión Soviética y el recrudecimiento del bloqueo norteamericano
expresado en leyes como la Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), ha puesto a
prueba nuestro sistema político o más exactamente, le ha permitido demostrar su
capacidad de afrontar las mayores dificultades, desarrollar su creatividad y mostrar
las cualidades que le son propias.
La IV Legislatura de la Asamblea Nacional se instaló en marzo de 1993 en los
momentos más agudos de la crisis y sus miembros, empleando el estilo y los métodos
antes aludidos, la colocaron en el centro de su atención y le dedicaron la mayor parte
de su Segundo Período Ordinario de Sesiones. Después de dos días de discusión, el
28 de diciembre, la Asamblea decidió convocar a todo el pueblo a proseguir el mismo
debate que habría de desembocar nuevamente en la propia Asamblea en mayo del
siguiente año. Entre una y otra Sesión, durante cuatro meses, se llevaron a cabo
decenas de miles de reuniones, en las que participaron millones de ciudadanos, en
cada uno de los centros de trabajo o de estudio y otros lugares del país. Todos los
cubanos pudieron opinar y elaborar propuestas, sobre medidas de carácter general o
particulares de cada centro, en un proceso que nuestros trabajadores, denominaron
«parlamentos obreros» y que el profesor Kelsen habría podido identificar como
manifestación elocuente y útil de «sorprendente hipertrofia» del parlamentarismo.
Por aquellos días no eran pocos quienes en el extranjero nos criticaban por una
supuesta «inacción» frente a la magnitud de los desafíos que encaraba nuestra
economía. Al parecer, la frecuencia con que en el mundo se deciden centralmente,
por un grupo reducido de personas y con cierta rapidez, «paquetes de medidas» que
afectan la vida de millones, dificultaba percibir lo elemental: en una sociedad
democrática, ese tipo de decisiones tiene que reflejar el más sólido consenso y él sólo
puede resultar de la más amplia discusión, con la participación de todos.
Al momento de escribir estas líneas la economía cubana continúa su curso de
recuperación iniciado hace tres años. Se han preservado, además, las principales
conquistas sociales de la Revolución: servicios de salud y educación completamente
gratuitos y que cubren a toda la población y el más amplio sistema de seguridad y
asistencia social que garantiza que ningún cubano carezca de la protección necesaria.
[Link] - Página 19
Todo ello a pesar de la magnitud del golpe sufrido por la economía y que el bloqueo
estadounidense no cesa de intensificarse.
El acuerdo adoptado en mayo de 1994 sirvió de base y guía para otras
legislaciones y para acciones del Gobierno en el enfrentamiento de la crisis. Unas y
otras han sido emprendidas y ejecutadas con similar espíritu de amplia participación
ciudadana.
Otra expresión de la incorporación real de la gente al quehacer parlamentario,
aparece en el modo de operar de las comisiones permanentes de la Asamblea
Nacional especialmente en cuanto se refiere a las audiencias públicas en las que,
además de especialistas y funcionarios, participan las personas que deseen hacerlo
(en varias ocasiones, el autor ha encontrado en algunas de ellas, a diplomáticos
extranjeros y en otras a cubanos que residen permanentemente fuera de Cuba).
Durante la pasada legislatura se efectuaron, a lo largo de todo el país, más de 50
series de audiencias de ese tipo, para examinar igual número de temas y donde
participaron miles de compatriotas. En ellas no se incluyen las que realizamos para
analizar la Ley Helms-Burton —cuyo texto íntegro hemos publicado en media
docena de ediciones y difundido masivamente— y nuestra Ley de Reafirmación de la
Dignidad y la Soberanía Cubanas, que han abarcado prácticamente a toda la
población. Por su parte, las asambleas provinciales y municipales organizan sus
propias audiencias.
Los cubanos no pretendemos haber alcanzado un nivel de desarrollo democrático
que no pueda ser superado. Al contrario son varias e importantes las innovaciones
que hemos introducido al sistema y a sus métodos y mecanismos y constantes los
esfuerzos que hacemos para perfeccionarlo. Lograr la participación plena, verdadera
y sistemática del pueblo en la dirección y el control de la sociedad —esencia de la
democracia—, es una meta por la que se debe luchar siempre. Quien de verdad crea
en ella difícilmente pueda sentirse conforme con lo logrado, encontrará siempre
nuevos hallazgos que serán motivo de otras búsquedas.
En ese sentido, la lucha por la democracia y la democratización de las sociedades,
es universal, necesaria, válida para todos los países y para todos los pueblos.
Lo que los cubanos sí afirmamos es que vivimos en una sociedad democrática,
que tenemos un Estado y un Gobierno democráticos y no dejamos de trabajar para
que lo sean cada vez más.
Aparte de los diversos criterios que a lo largo de la historia han usado los
pensadores para definir la democracia, no debe resultar muy riesgoso sugerir que la
opinión del propio pueblo involucrado deba tener algún peso. Y es de muchos modos
como el pueblo cubano demuestra no sólo que está de acuerdo con su sistema y lo
respalda, sino que participa en él permanente y conscientemente. Dicho de otro
modo, quienes tenemos responsabilidades de dirección en la sociedad cubana
ciertamente nos vemos en la necesidad de argumentar con extranjeros y fuera de
Cuba para defender nuestro sistema, pero dentro de Cuba y con los cubanos nuestra
[Link] - Página 20
tarea es extraordinariamente sencilla, son realmente muy pocos, poquísimos, aquellos
a los que hay que convencer. En ese sentido los políticos cubanos disfrutan de una
situación poco común.
Desde su irrupción en la Antigua Grecia la idea de la democracia ha estado
presente en las reflexiones de los filósofos y en las luchas concretas de la gente.
Habiendo recorrido tan largo camino no es difícil comprobar como ella ha estado
asociada a un debate interminable y que éste se ha relacionado con la propia
evolución del entorno social, el progreso técnico-material, la contribución de la
ciencia y del pensamiento, el desarrollo de la cultura, los valores éticos, los cambios,
en fin, de todo género, que han acompañado a la humanidad y la han ido
conformando.
Sin pretender resumir aquí ese milenario proceso, creo que es posible extraer de
él algunas conclusiones, objetivamente, al margen del punto de vista —digamos, para
simplificar, de izquierda o de derecha— que cada cual pueda tener. La primera es que
se trata de una cuestión importante, un problema cuya solución no es sencilla ni fácil.
La historia de la civilización occidental lo ha demostrado con creces.
La segunda es que la idea de la democracia como organización política de la
sociedad ha estado vinculada a una concepción ideal de la sociedad misma. La
cuestión de la igualdad entre los hombres y la posibilidad de su realización práctica,
la han acompañado a lo largo del tiempo.
Democrática sería una sociedad establecida para el bien de todos los ciudadanos y
todos ellos deberían participar en su dirección como único medio de asegurar que así
sea. Este concepto es tan raigalmente esencial al ideal democrático que lo definió
incluso en las ciudades griegas donde no eran pocos los siervos que no poseían los
atributos de la ciudadanía.
Desde entonces también aparecía el más antiguo y persistente problema para una
sociedad así concebida. ¿Cómo alcanzar la participación de todos? ¿Cómo lograrlo
cuando inevitablemente la totalidad del pueblo soberano, debería delegar en algunos
el ejercicio de la autoridad? ¿Es delegable la soberanía? ¿Es posible, en la sociedad
moderna, superar la antinomia representación-participación?
El estado democrático, en resumen, es el que tiene como propósito la justicia y en
su administración participan todos los ciudadanos directamente o por medio de sus
representantes.
Justicia, participación y representación son conceptos, naturalmente, debatibles.
Alrededor de ellos, de su definición teórica y del alcance que deben tener en términos
reales, se han adoptado diversas posiciones. En una justa perspectiva histórica —y
tomando en cuenta, además, la diversidad de experiencias y culturas que forman la
humanidad— no parece sabio excluir completamente a ninguna de ellas.
La única posición realmente merecedora de total descalificación es aquella que
niega la existencia del problema y que pretende convertir un tipo determinado de
organización social en la respuesta definitiva, final e inapelable que, por lo tanto, no
[Link] - Página 21
puede cambiar, no requiere más transformaciones.
Esa es la posición oficial del gobierno de Estados Unidos para el cual esta
importante cuestión, este fundamental tema de la cultura, no es otra cosa que un
instrumento de sus designios hegemonistas.
[Link] - Página 22
organizado, dirigido, entrenado y financiado a la llamada «oposición cubana», dentro
y fuera de Cuba.
En 1991 el Departamento de Estado publicó en Washington un conjunto de
documentos que cubren el período 1958-1960. Es un libro voluminoso con más de
1200 páginas. Ahí se comprueba la estrecha vinculación de Estados Unidos con la
tiranía batistiana, y su ayuda a Batista y sus asesinos, torturadores y ladrones luego
que escaparon de Cuba el primero de enero de 1959. Fue ese apoyo a una dictadura
feroz y corrupta, antes y después de su caída, el verdadero origen del enfrentamiento
entre Washington y el Gobierno Revolucionario, al asumir aquel la defensa de
quienes habían destruido la «democracia representativa» cubana y llevaron a cabo las
más groseras, sistemáticas y masivas violaciones de los derechos humanos entre 1952
y 1958.
El lector puede encontrar allí copiosa información que demuestra, además, como
desde 1959, el primer año de la Revolución, Estados Unidos se dio a la tarea de
fabricar la «oposición cubana». Esa faena la emprendió mucho antes que se hubiese
adoptado en Cuba cualquier medida de carácter socialista y cuando no existía vínculo
alguno con la Unión Soviética.
Más reciente aún, el 28 de febrero del año actual, la Agencia Central de
Inteligencia, hizo público un documento de octubre de 1961, redactado por quien
entonces era su Inspector General. Aquí se revela como, desde la primavera de 1959,
a un costo de 4 400 000 dólares habían iniciado lo que denominaron «programa de
resistencia interna por medio de asistencia clandestina externa», el cual comprendía
tanto la creación de una «oposición» dentro de Cuba como «la formación de una
organización exilada cubana». El presupuesto inicial se incrementó rápidamente —
según el Inspector, ya para el año siguiente rondaba los 40 millones— e incluía los
abultados salarios de los denominados dirigentes del exilio —131 000 dólares
mensuales, repartidos entre media docena de individuos—, una emisora de radio —
Radio Swan, a la que asignaron 900 000 dólares— y un semanario para distribución
en América Latina, Bohemia Libre, que le costó a la Agencia 35 000 dólares por
edición.
Esas cifras, desde luego, habrían de multiplicarse varias veces a partir del
siguiente año —cuando se produciría la invasión de Playa Girón— y hasta la
actualidad. Aquella relativamente modesta Radio Swan, por ejemplo, fue
reemplazada por la propia Voz de los Estados Unidos y desde 1985 la llamada «Radio
Martí». Sin un día de interrupción, a toda hora, durante casi cuarenta años, los
servicios de propaganda norteamericanos, dirigidos directamente a la población
cubana, para crear y dirigir a la «oposición», han gastado varios centenares de
millones de dólares. A ellos habría que sumar cifras mucho más elevadas para otras
actividades, también reconocidas oficialmente por Washington, tales como atentados,
sabotajes, terrorismo y alzamientos contrarrevolucionarios.
La verdad es que la Revolución cubana ha debido enfrentar una oposición «made
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in USA», dentro y fuera de sus fronteras. Esa «oposición» posee una característica
absolutamente única: ha sido fabricada, dirigida y sostenida, durante cuatro décadas,
por un gobierno extranjero, la mayor potencia de la tierra y de la historia. Ella ha sido
y es instrumento de un proyecto imperialista al que Estados Unidos ha dedicado
recursos comparables a su ayuda al desarrollo para América Latina en el mismo
período.
Que esa «oposición» haya sido y sea rechazada por el pueblo cubano, no debería
sorprender a nadie. Creada por el imperialismo con una finalidad antipatriótica y
antinacional estaba condenada políticamente a la derrota desde su origen. Se trata de
una «oposición» que sólo podría lograr sus propósitos si tuviera éxito el designio
anexionista contra Cuba.
La Ley Torricelli (1992) y la Helms-Burton (1996) incluyen secciones específicas
con disposiciones sobre la «ayuda» política, material, propagandística, financiera y
logística para los grupos «opositores» dentro y fuera de Cuba. Ese es uno de los
aspectos novedosos de ambos textos legislativos: proclamar, pública y abiertamente,
lo que no han dejado de hacer nunca.
¿Es lícito ignorar esas realidades y comparar la situación de la Cuba
revolucionaria con la del resto de los países del Hemisferio? ¿Es decente equiparar a
la «oposición» contrarrevolucionaria con cualquier organización política del
Continente?
El imperio invisible
Es posible que si Alexis de Tocqueville reviviera y volviese a visitar los Estados
Unidos sentiría la necesidad de reescribir su famoso libro. Quizás le sorprendiera,
entre otras cosas, la aparente paradoja que resulta de la ruidosa insistencia de sus
políticos en proclamar su sistema como modelo que obligatoriamente tiene que imitar
el mundo entero y la realidad de una sociedad caracterizada por la mercantilización
de la política, la corrupción de los políticos y el siempre creciente distanciamiento del
pueblo respecto a ambos.
Han pasado ya muchos años desde que Woodrow Wilson hiciera su conocido
diagnostic sobre la democracia estadounidense: «The Goverment, wich was designed
for the people, has got into the hands of their bosses and their employers, the special
interests. An invisible empire has been set up above the forms of democracy».
Es probable que también el ex-Presidente se sorprendería si pudiese ver hasta
[Link] - Página 24
dónde se ha extendido ese imperio y como ya es perfectamente visible y reemplaza
hasta «las formas» de la democracia.
Sería interminable el análisis de los vicios que calan el sistema y las prácticas
electorales norteamericanos cuyas manifestaciones aparecen, además, diariamente en
hechos que trascienden, de un modo u otro, al conocimiento público.
Intentemos una relación necesariamente sumaria.
Se puede afirmar categóricamente que la mayoría de las personas que forman la
sociedad estadounidense carecen por completo de derechos electorales, o no pueden o
no quieren ejercerlos. Al primer grupo pertenecen varios millones de extranjeros que
allí residen legalmente (no hablo ahora de la incalculable cifra de los indocumentados
ni de los numerosos trabajadores de estación), trabajan muy duro, pagan impuestos,
están sujetos a las mismas leyes que los demás, nutren sus fuerzas armadas cuando es
necesario, pero carecen de derechos políticos por no ostentar la ciudadanía. A fines de
la pasada década comprendían unos 7.3 millones de adultos.
El segundo grupo lo integran los ciudadanos que no están inscritos en los
registros electorales. En 1988 se acercaban a los 70 millones de personas equivalente
a un 40% de la población electoral. Debe suponerse que entre ellos son muchos los
que expresan de ese modo su desinterés por un sistema electoral en el que no creen,
pues lo perciben, justamente, como algo ajeno y distante. Pero esa no es la única
explicación. Hay muchos otros para quienes no resulta fácil inscribirse en razón de
las muy diversas restricciones establecidas en cada estado de la Unión. Lo cierto es
que dos de cada tres de los no inscritos pertenecen a familias de bajos ingresos y que
«el electorado americano es desproporcionadamente blanco y próspero».
Llegamos, finalmente, al tercer grupo, a los ciudadanos que pueden inscribirse y
efectivamente lo hacen. Ellos, que forman el raquítico cuerpo electoral
norteamericano, quienes pueden votar, se interesan cada vez menos por ejercer ese
derecho. Sigue descendiendo, una elección tras otra, el por ciento de votantes. En la
más reciente, la de 1996, alcanzó el punto más bajo desde 1924. En resumen, el
Presidente fue elegido con menos de la mitad de los votos depositados por menos de
la mitad de los electores.
Son menos, cada vez menos, los que votan porque no quieren o no pueden
hacerlo… Al mismo tiempo, siguiendo una línea paralela, es más, cada vez mucho
más, lo que se gasta en el financiamiento de las campañas electorales.
De acuerdo a datos publicados allá, para la elección presidencial de 1996 los dos
partidos —el Demócrata y el Republicano— destinaron, entre ambos, unos 800
millones de dólares, tres veces más que en 1992. Se calcula que esa cifra asciende a
varios miles de millones si se le suman los recursos empleados por los candidatos a
legisladores.
¿De dónde sale ese dinero? La revista Newsweek apunta que el 99,97% de los
norteamericanos no aporta voluntariamente contribución financiera alguna a los
partidos o a sus candidatos o lo hace en una medida sumamente modesta. Los aportes
[Link] - Página 25
proceden, entonces, del 0,03% y según la CNN («Democracyfor Sale», octubre de
1997) el grueso de esa suma lo entregan, exactamente, 340 personas.
Es difícil encontrar otro asunto en que los norteamericanos coincidan con tal
virtual unanimidad (99,97%) y asimismo es imposible hallar otro en que una ínfima
minoría (0,03%) imponga su voluntad y obligue a todos a hacer algo que
evidentemente no desean… en nombre de la «democracia». Para ello, desde hace
tiempo en aquel país, se estableció por ley el sistema del llamado «matchingfunds»
por el cual cada candidato recibe del presupuesto federal una suma igual a la que
obtuvo de sus «contribuyentes». Así, todos son obligados a «contribuir» aunque no
quieran. El 99,97%, contra su voluntad, aporta de ese modo, en conjunto, una cifra
semejante a la que dio el 0,03% y los seleccionados por 340 personas se convierten
en los candidatos.
Mención aparte merecen las «contribuciones» que entregan las corporaciones a
los partidos, las cuales, aunque finalmente beneficiarán a los candidatos, no están
sujetas a regulación alguna. Es lo que allá llaman «softmoney» que también se
triplicó de 1992 a 1996 y llegó a 260 millones de dólares.
Alrededor del «softmoney» se generó en Estados Unidos un cierto alboroto, lleno
de inculpaciones mutuas de los dos partidos y aderezadas con jugosas alusiones a las
nuevas funciones de la alcoba de Lincoln, generosas contribuciones de monjes
budistas y no menos espléndidas donaciones de firmas extranjeras y delincuentes.
Inicialmente se habló de reformas al actual sistema de financiamiento. Incluso fue
presentada al Senado una mesurada propuesta en ese sentido pero no pudo ser
sometida a votación. La Cámara de Representantes, por su lado, no ha recibido
ninguna iniciativa al respecto y está a punto de recesar para facilitar a sus miembros
concentrarse totalmente en… las elecciones del próximo noviembre.
En realidad acopiar recursos financieros, duros y blandos, es la principal
ocupación del político norteamericano y a ello debe dedicar buena parte de su tiempo,
incluso en un período como el actual en que se le suponía ocupado en sanear un
sistema corrupto. Tiene que hacerlo porque conoce la verdadera ley que rige el
sistema norteamericano: para cada elección desde 1976 los dos partidos
seleccionaron como su candidato al aspirante que, el año precedente, hubiera
conseguido más dinero.
Por eso el propio Servicio Informativo del Gobierno de Estados Unidos anticipó
que para los comicios legislativos de 1998 todo seguiría igual. Pese a que, como él
mismo reconoce, el asunto alarma a grupos como la Asamblea Nacional de
Ciudadanos sobre Dinero y Política que llega a declarar: «el dinero se ha apoderado
de nuestra democracia y de la forma en que ella funciona. Hemos perdido de vista
algunos de nuestros principios históricos, como el de ‘una persona, un voto’».
Los grandes intereses que controlan a los políticos no limitan su accionar
solamente a los períodos electorales. Su permanente labor para asegurar que las
decisiones legislativas les favorezcan ha alcanzado lo que ya se denomina «industria
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del lobby» que acaba de superar su propia marca al desembolsar en 1997 más de 100
millones de dólares, cada mes, para sufragar, aparte de los salarios y otros gastos de
los cabilderos, viajes y regalos para los legisladores y sus asesores.
Lo reseñado hasta aquí dice lo suficiente sobre el carácter corrupto del sistema
electoral norteamericano. Intentar convertir esa podredumbre en paradigma para los
demás es, por decir lo menos, un despropósito que movería a risa si la intención no
estuviese acompañada de presiones y amenazas que, en el caso de Cuba, se concreta,
además, en una verdadera guerra económica y política.
Detrás de ese empeño por imponer su «modelo» se oculta, en realidad, el deseo
de sostenerlo dentro de los Estados Unidos donde son muy pocos —y cada vez
menos— quienes verdaderamente creen en él y lo respaldan.
En rigor, la lucha por la democracia a escala internacional pasa por el esfuerzo
que los demócratas deben emprender en todas partes para impedir que penetren en
sus países, como está ocurriendo actualmente, formas y métodos del sistema
norteamericano, acompañados muchas veces con medios y recursos de ese sistema.
Que cada país, cada sociedad, busque y desarrolle sus propias instituciones, sus vías y
métodos autónomos, para promover la justicia y perfeccionar sus sistemas
participativos y representativos. Esa tiene que ser, si hablamos en serio de
democracia, la tarea de todo demócrata, en cada país y en todo momento. Pero
evitando la contaminación procedente del Gran Certificador.
Estados Unidos y sobre todo el pueblo norteamericano tienen muchas cosas
admirables. Pero entre ellas, no está —nunca lo ha estado y mucho menos ahora— su
sistema político.
[Link] - Página 27
descansar hasta lograrlo.
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EL INICIADOR GRITO DE LA DEMAJAGUA
(…)
La idea, más que el sol, iluminó aquella mañana:
«Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois
tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su
independencia. Los que me quieran seguir que me sigan; los que se quieran quedar
[2]
que se queden, todos seguirán tan libres como los demás» .
El anuncio, imitado por todos los propietarios que rodeaban a Céspedes el 10 de
Octubre de 1868, marcaría con sello indeleble el carácter de la guerra.
Con esas palabras, aquí mismo, hace hoy 130 años, comenzó a andar la nación
cubana y se inició nuestra única Revolución, que continuarían después sucesivas
generaciones de cubanos, y durante casi un siglo derrocharía hazañas, soportaría
derrotas y sacrificios, hasta culminar con la victoria. Nacida del amor ilimitado a la
justicia, la igualdad y la dignidad humana, supo enfrentar con estoicismo las peores
adversidades y aprendió a crecerse ante ellas, sin abandonar jamás sus ideales.
Inspiró a los hombres a ofrendarlo todo y a pelear hasta el fin, sin el auxilio de nadie,
siguiendo el ejemplo de quien este día nos convocó a todos a emprender la marcha.
La misma Revolución que 130 años después, enfrentando obstáculos semejantes,
resiste, persevera y triunfa y puede reconocer en el camino recorrido el mejor
homenaje a quienes tomaron la historia por asalto el 10 de Octubre de 1868.
En aquella sociedad envenenada por el sistema esclavista, liberar a los esclavos y
proclamarlo abiertamente en su primer acto daba al movimiento que se iniciaba el
más profundo carácter radical, lo colocaba frente al principal problema de la época.
Pero Céspedes no se limitó a quebrar las cadenas que sojuzgaban a aquellos hombres.
Fue, de un solo golpe, mucho más allá.
Los convirtió en ciudadanos con derechos idénticos a los demás, definió la Patria
como un ideal, como un proyecto que pertenecía por igual a blancos y negros,
antiguos amos y siervos y los exhortó a todos, en idénticas condiciones, al combate.
El último tañido de la campana de La Demajagua no ordenaba al trabajo, ni
anunciaba sólo la libertad, invitaba, sobre todo, a la creación de la obra común.
Fundaba, la única verdadera democracia, la que no reconoce privilegios, rechaza
prejuicios, exalta la virtud, confía en el hombre y a todos incorpora.
Nacía aquí, entonces, la República de Cuba y se iniciaba la lucha para conquistar
la Patria.
La esclavitud era la cuestión decisiva que definía a los cubanos. La inicua
explotación de los seres humanos era la fuente principal de la riqueza de los criollos
acomodados y el sustento del régimen colonial.
Ella había estado presente, a lo largo del siglo, en las reflexiones de nuestros
[Link] - Página 29
intelectuales y políticos. Aparecía siempre, como tema dominante, en los proyectos
para reformar el sistema colonial, en los intentos por modificar las relaciones con la
Metrópoli, en los planes para diseñar el futuro de la Isla y gravitaría después, como
pesado lastre, durante la propia guerra. Estaba vinculada, además, con la pregunta
esencial en los momentos en que Cuba surgía como una entidad diferente y que
forzosamente debería separase de España. ¿Quiénes eran los cubanos? ¿Quiénes
conformaban ese pueblo nuevo?
Es preciso profundizar en nuestra historia para comprender el sentido de lo
ocurrido aquel día y desentrañar la complejidad de un problema que no quedaría
resuelto con un acto noble, de incomparable altruismo, o con su proclamación formal.
Exigiría una lucha que requería tenacidad, firmeza y sabiduría. Sería parte
inseparable de la guerra misma, la marcaría al rojo vivo y determinaría el curso futuro
de nuestra vida como pueblo. El mensaje de La Demajagua, lanzado por un grupo de
propietarios blancos, significaba una total ruptura con la línea de pensamiento y la
conducta que hacia la esclavitud y hacia el negro habían mantenido los sectores
reformistas incluyendo a aquellos de ideas más avanzadas.
Sus precursores reales no eran esos grupos sino los esclavos que más de una vez
se habían rebelado contra el abominable sistema. Las sublevaciones matanceras en
1843, ahogadas en un mar de sangre, conmovieron a la sociedad colonial.
Esos alzamientos provocarían el temor entre los reformistas, los criollos pudientes
que aspiraban a modificar la deprimente sociedad en que vivían pero, al mismo
tiempo, no irían más allá de lo que un imperio anacrónico y oscurantista fuera capaz
de concederles. Frente a sus amos coloniales, los amos de esclavos nada podían
reclamar. Los intentos separatistas más importantes promovidos por ellos buscaban
perpetuar la esclavitud y anexar la Isla a los Estados Unidos. Significativamente sus
principales acciones fueron expediciones armadas, organizadas y preparadas
abiertamente en territorio norteamericano desde donde salieron hacia Cuba sin
mayores contratiempos en marcado contraste con lo que ocurriría después con los
esfuerzos que desde allí harían los patriotas emigrados. Aquellos expedicionarios,
además, eran casi todos extranjeros, con ellos participaron muy pocas personas
nacidas en Cuba.
A los esclavos, por su parte, sometidos a la más cruel explotación, aislados en sus
barracones, sin acceso a la educación, carentes de medios para transmitir sus
demandas y organizarse, les resultaba prácticamente imposible asumir la conducción
de una lucha de dimensiones nacionales. Podían —y lo hicieron no pocas veces—
rebelarse contra sus amos y castigarlos o escapar a los montes. Pero no estaban en
condiciones de transformar su lucha en un movimiento que sumara otras fuerzas para
conquistar la igualdad y junto a ella la independencia política, garantía de que la
justicia fuera verdadera y definitiva.
Ese espacio sólo podían ocuparlo los libertos, los artesanos y los propietarios
criollos que estuvieran dispuestos no sólo a abolir completamente la esclavitud, sino
[Link] - Página 30
también a incorporar a los emancipados al proyecto nacional común. No bastaba con
oponerse a la trata o censurar los excesos de la servidumbre humana.
No se trataba de compasión, ni filantropía, ni cálculo económico. Si el propósito
era crear una nación, como exigía la evolución alcanzada por la sociedad colonial, era
indispensable reconocer los factores humanos que la constituían y lograr su plena
integración.
Abolición completa de la esclavitud en todas sus formas y manifestaciones,
emancipación real y ejercicio pleno de la ciudadanía, con los mismos derechos civiles
y políticos de los demás hombres, eliminación del racismo, incluyendo los prejuicios
y la discriminación, eran las exigencias que planteaba la historia y sólo podría
asumirlas un movimiento profunda y verdaderamente revolucionario.
La esencia de ese movimiento tendría que ser la justicia y la solidaridad. Fue ese
el mensaje fundamental de La Demajagua. Lo proclamaría así, años después, Antonio
Maceo al decir que el 10 de Octubre de 1868: «Cuba enarboló la bandera de la guerra
por la justicia».
Aquella mañana frente a su libertador había apenas una veintena de esclavos pues
a eso se reducía su dotación. No se trataba, por tanto, de una decisión que tuviese
importancia medible en términos militares concretos. No era para formar con ellos un
destacamento de significación para marchar sobre Yara, objetivo inmediato del
Ejército Libertador que entonces surgía. Veinte hombres no eran nada frente a cien
mil soldados del colonialismo o comparados con los centenares de miles de esclavos
que había en la Isla.
Pero era hacia esa masa y sus amos, precisamente, que se dirigía el mensaje. Se
iniciaba un proceso complejo, que tendría altibajos, en el cual, junto con aferrarse
tenazmente a los principios, se procuraría incorporar lo más posible a otros
elementos, sin excluir a los hacendados de Occidente. La desigual relación de fuerzas
que encaraban los patriotas los obligaba a ello, pero la fidelidad a sus ideales los hizo
mantener una trayectoria radical y consecuente incluso en aquella etapa inicial.
En La Demajagua se había abierto un cauce que permitiría a los propios esclavos
y a los abolicionistas sinceros avanzar, frente a la hostilidad de la oligarquía
azucarera y a temores e inconsecuencias presentes también dentro del campo
revolucionario. El 28 de octubre, el Ayuntamiento de Bayamo por unanimidad
decretaría la abolición inmediata. En abril del 69 la Constitución de Guáimaro
consagraría la libertad de todos los cubanos y el fin de la esclavitud pero un acuerdo
posterior de la Cámara de Representantes, el 5 de julio, mantendría la sujeción de los
antiguos esclavos al obligarlos a seguir trabajando mediante el Reglamento de
Libertos.
Correspondería a Céspedes anularlo el 25 de diciembre de 1870. Fue esta decisión
suya la que puso fin definitiva y completamente en todo el territorio de la República a
la esclavitud incluyendo la encubierta bajo el llamado Patronato. Ya antes, el 10 de
marzo, el Gobierno Revolucionario había declarado nulos los contratos de la
[Link] - Página 31
colonización china, forma apenas disfrazada de servidumbre.
De ese modo, precisaba Céspedes, se les restituía su «natural calidad de hombres
libres, ejercitando su personalidad con toda amplitud, gozando de los mismos
derechos civiles y políticos que los demás ciudadanos con perfecta igualdad».
El abolicionismo pleno había ganado y sería la norma dentro del territorio
liberado por la República en Armas. Tendría que seguir librando duras batallas, sin
embargo, contra los hacendados que controlaban en la parte occidental las mayores
riquezas del país y contra sus agentes que en la emigración promovían el
divisionismo y conspiraban contra la Revolución, para desviar su curso.
El mensaje de La Demajagua alcanzó a todos los cubanos. Uno de los principales
representantes de los hacendados reformistas llegó a afirmar el 24 de octubre de
1868: «Nunca se ha encontrado —Cuba— más cerca de una verdadera revolución
social y socialista».
El general Dulce, por su parte, en el decreto que dictara el 12 de febrero de 1869
para desatar la represión más feroz contra los independentistas y quienes les
apoyaran, incluyó entre los graves delitos de «infidencia», junto a la insurrección, la
conspiración y la sedición a «las coaliciones y ligas de jornaleros y trabajadores».
Por eso, entre los primeros mártires de la libertad, hallaron la muerte el 9 de abril
de ese año mediante el garrote vil varios obreros tabaqueros miembros del llamado
Gremio de Laborantes, sociedad secreta de La Habana. Uno de ellos, Francisco de
León, al pie del cadalso, pronunció un ardoroso discurso que concluyó dando vivas a
la independencia de Cuba y a Carlos Manuel de Céspedes.
La acción represiva se concentró especialmente en la asociación de los
tabaqueros, núcleo principal del incipiente movimiento obrero cubano, que ya había
realizado algunas huelgas desde 1865 y cuyos periódicos fueron suprimidos.
La violencia irracional se desató contra el conjunto de la población habanera
sobre la que se extendió el terror causado por incidentes como los de los teatros
Villanueva y Tacón y el de la acera del Louvre y más tarde el asesinato de los
estudiantes de Medicina.
La represión generalizada provocó el éxodo de una parte sustancial de la
población cubana. Según un historiador español, solamente entre febrero y
septiembre de 1869, por el puerto de La Habana, abandonaron el país más de cien mil
personas.
Entre ellas se iban familias adineradas, pero también núcleos importantes de
trabajadores. Esa emigración hubiera sido un indispensable apoyo a la Revolución,
pero no pudo unirse para enfrentar las intrigas anexionistas de los grandes
hacendados y la sistemática oposición del Gobierno de Washington.
Los trabajadores emigrados aportaron generosamente de sus salarios para adquirir
armas y preparar expediciones, dedicaron su tiempo a la defensa de la causa cubana y
no pocos entregaron sus vidas en el combate. De los 156 expedicionarios que
conducía el Virginius, 47 eran obreros, 23 de ellos tabaqueros.
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El problema de la emigración tendría una importancia decisiva en el desarrollo de
la guerra. En cuanto a los hacendados más poderosos que se habían marchado al
extranjero, sus relaciones con la Revolución serían un reflejo de la actitud que hacia
ella mantuvo ese sector que controlaba las mayores riquezas de la Isla concentradas
en su parte occidental. La Junta de New York era una prolongación de la Junta de La
Habana y una expresión de sus intereses indisolublemente ligados a la producción
esclava. Pese a los numerosos esfuerzos que orientales y camagüeyanos hicieron con
ellos, desde antes del 10 de Octubre y que continuaría después el Gobierno
Revolucionario, la guerra no pudo extenderse hasta Occidente donde varios intentos
de alzamientos de los patriotas locales fueron desalentados y frustrados por diversos
medios por los dirigentes capitalinos.
Su conducta fue oportunista y traidora. Aparentaban apoyar la Revolución,
siempre que ésta se desarrollase lejos de sus propiedades y la apoyaban, en realidad,
exclusivamente con la esperanza de obtener concesiones de España o a la espera de la
intervención yanki que anexase la Isla a los Estados Unidos. Este grupo fue
esencialmente anexionista y sus posiciones respecto a la cuestión social y racial no
rebasó nunca los límites del reformismo.
Ello condujo a uno de los aspectos más dramáticos de aquella guerra y a una de
las principales causas de la derrota. La guerra más sangrienta, prolongada y
devastadora de América tuvo un teatro de operaciones limitado a la mitad más pobre
y menos desarrollada del país.
El conflicto no se reflejó en la producción azucarera de la colonia que continuó
básicamente a los mismos niveles durante los diez años, salvo algunas variaciones
causadas por la situación del mercado internacional. Ello prueba que en ese período
los hacendados de Occidente, peninsulares o criollos, aumentaron los beneficios que
obtenían del trabajo esclavo mientras el resto del país se desangraba por la libertad.
Considerar la Guerra del 68 como un movimiento de los terratenientes y la
burguesía criolla, error en el que algunos incurrieron, es no mirar al fondo de las
cosas. Nunca en la historia de Cuba existió la posibilidad de una revolución burguesa
porque en este país no existió, como clase, una burguesía nacional. Los hombres que
iniciaron la Revolución procedían por nacimiento de esa clase pero no aplicaron su
política ni sirvieron sus intereses. Los iniciadores de la Revolución, Céspedes en
primer lugar, representaron desde el comienzo las aspiraciones del pueblo,
incluyendo la población esclava, se fundieron con él y lo incorporaron a la
conducción del movimiento a todos los niveles.
Si se quería destacar que esos hombres, desde el punto de vista del origen
familiar, eran nuestros patricios, habría que precisar que formaban un patriciado
jacobino capaz de radicalizarse, junto a las masas explotadas, al ritmo que avanzaba
el proceso.
Por otra parte, la torpe política de la Metrópoli y los desmanes de las turbas de
voluntarios en las ciudades, especialmente en La Habana, colocaron a muchos de
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aquellos hacendados en situaciones difíciles y dañaron en algunos casos sus
propiedades o los hicieron víctimas de la represión. Desde la perspectiva de los
revolucionarios esa realidad justificaba los esfuerzos para atraerlos a la causa, buscar
su apoyo o neutralizarlos.
La Revolución necesitaba, además, desesperadamente recibir del exterior recursos
indispensables. Necesitaba también solidaridad y apoyo internacional para su lucha
solitaria. No eran muchos entonces los cubanos instruidos, preparados para la gestión
diplomática y la propaganda. Los mejores del centro y del este del país combatían en
la guerra. Los mejores del occidente estaban en la emigración.
Todos esos factores eran el trasfondo de la compleja, contradictoria y difícil
relación que habría de existir entre los emigrados pudientes y la República en Armas.
Generalmente cuando de la Guerra Grande y de sus conflictos internos se trata, se
habla de tres factores: el Ejército Libertador, el Gobierno Revolucionario y la Cámara
de Representantes. Pero hay que agregar un cuarto factor que era la emigración el
cual tuvo una estrecha vinculación con los otros y desempeñó un papel importante
por acción u omisión en el curso de los acontecimientos.
No habría tiempo aquí para profundizar en este importante tema. Me limitaré a
señalar que, en aquellos años, el grupo de los grandes hacendados exilados,
controlado por los anexionistas, tenía una influencia hegemónica sobre el conjunto de
la emigración. En él actuaban los más acérrimos enemigos de Céspedes, que hicieron
oposición pública a su política y fueron parte de la conspiración que lo destituyó de la
presidencia.
La mayoría de la emigración la formaban artesanos y trabajadores humildes,
recién llegados a una sociedad racista, enfrascados todavía en la lucha para sobrevivir
en un ambiente extraño y hostil. Era una masa profundamente cespedista que veía en
el hombre de La Demajagua a su libertador, que admiraba su generoso sacrificio y
comprendía su intransigencia contra los explotadores y su amor por la justicia.
Sus opiniones se expresaron en publicaciones que denunciaron las maniobras
anexionistas y esclavistas de los acaudalados de la Junta de New York. Sus
sentimientos los manifestaron las mujeres trabajadoras de esa ciudad con el sable que
obsequiaron a Céspedes pero que este por modestia no pudo aceptar.
Su apoyo quedó plasmado en hermoso gesto de los artesanos que acordaron
sostener económicamente a la esposa y los pequeños hijos del Padre de la Patria.
Acción que dio pie a un gesto mayor de Céspedes y a una clarificación de su
pensamiento cuando, al declinar la oferta, expresó que él quería que su familia
siguiera el ejemplo de ellos «trabajando para subsistir, contribuyendo si les es posible
con sus ahorros al aumento de los fondos de la república».
La Sociedad de Artesanos cubanos de Nueva York, representante del naciente
proletariado cubano, elevaría su protesta por la destitución del Presidente de la
República en Armas, la cual habían denunciado y repudiado, incluso, antes que se
produjera.
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Esa masa de hombres y mujeres pobres sería el sostén del esfuerzo revolucionario
a lo largo de la Guerra de los Diez Años, cuando ya los hacendados se habían
replegado a esperar la intervención yanki, y lo seguirían siendo en los empeños
posteriores, nutrirían el Partido de Martí y continuarían luchando hasta 1898. La
verdad es que durante esos treinta años, como reconociera Máximo Gómez «la última
tabla de salvación para los combatientes lo fue siempre la chaveta del tabaquero».
La represión colonialista se desató con particular saña contra las poblaciones
indefensas tratando de eliminar toda forma de colaboración con el Ejército
Libertador.
Entre las medidas adoptadas por el capitán general Dulce en 1869 y denunciadas
por Céspedes ante el mundo, estaban: «la confiscación de los bienes de los afiliados
en el ejército republicano y de los sospechosos de simpatizar con la revolución, la
recogida forzosa de caballos de las fincas rurales en todos los distritos sublevados.
(…) La reconcentración también forzosa de los habitantes de los campos en las
poblaciones y el consiguiente abandono de las fincas; y el arrasamiento de todas las
siembras y plantíos para privar de alimentos a los patriotas; la captura y ejecución
inmediata de todos los cubanos que se encuentren en los campos, no sólo armados
sino desarmados».
Un periodista irlandés que visitó la Isla durante la guerra, dejó testimonio del
cuadro desolador que encontró en las poblaciones villareñas: «la mayoría de sus
habitantes se encuentran en el más triste estado de miseria, debido a las severas
órdenes dictadas por los españoles para la concentración de las personas en las
ciudades y aldeas, concentración que ha dado por resultado el que las familias hayan
sido diezmadas por el hambre y las enfermedades». Y al llegar a Sancti Spíritus este
autor escribió: «Veíase allí ir de puerta en puerta solicitando un poco de arroz, a filas
de mujeres en cuyos rostros se observan las señales indelebles del hambre,
pudiéndose leer en los de muchas de ellas tristes historias de penalidades y
privaciones».
Extender la guerra al conjunto del país, lograr una efectiva integración de todos
los territorios y conseguir del exterior los indispensables recursos bélicos, fueron
necesidades estratégicas que la Revolución tenía que resolver para consolidarse y
vencer.
Esos objetivos enfrentaban no sólo al poder de los colonialistas sino también a la
oligarquía antinacional y al gobierno de Estados Unidos.
Consta en documentos oficiales norteamericanos que, entre marzo y noviembre
de 1869, la maquinaria entera del Gobierno federal se había movilizado en 16
estados, desde la Florida y el Golfo de México hasta la frontera con Canadá, con la
activa participación de la Marina de Guerra, para desbaratar expediciones, detener
buques, decomisar armamentos y perseguir, arrestar y castigar a los patriotas.
La hostilidad de las autoridades yankis hacia la causa cubana contrastaba con las
manifestaciones de simpatía y respaldo que recibía del pueblo norteamericano. Por
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ejemplo, en su informe del 14 de junio de 1870 la Comisión de Relaciones
Internacionales de la Cámara de Representantes, incluía numerosos anexos con
peticiones de grupos de ciudadanos que reclamaban el reconocimiento a la
beligerancia y a la independencia de Cuba, procedentes de diversas partes de Estados
Unidos y respaldadas con las firmas de decenas de miles de personas. Una sola de
ellas la firmaron 72 384 ciudadanos de Nueva York.
La actitud oficial contraria al sentimiento de tantos norteamericanos la expresaría,
en esa misma fecha, un mensaje al Congreso donde el presidente UlysesGrant
rechazó cualquier ayuda a los patriotas cubanos sobre los que lanzó el lenguaje más
soez y calumnioso.
Ya desde julio de 1870, Céspedes había advertido que el Gobierno de Estados
Unidos «a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para
su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para
constituirse en poder independiente; este es el secreto de su política».
En un mensaje a Benito Juárez, el 13 de diciembre de 1870, Céspedes expresaba:
«Ud. ciertamente conoce bien cuán terrible es el esfuerzo en que estamos empeñados
en asegurar nuestros derechos nacionales y cuán grandes son las dificultades que
tenemos que vencer, puesto que Ud. conoce que nuestros enemigos son numerosos y
bien disciplinados; que tenemos que pelear en una isla que es muy estrecha; que las
costas están vigiladas por una numerosa flota; y que estamos abandonados a nuestros
propios recursos, a pesar de estar en el centro de la América independiente».
Dos días después, en carta al editor de un diario de Nueva York, Céspedes
denuncia que mientras España puede adquirir fácilmente todo lo que necesita para
continuar la guerra, a los patriotas cubanos se les persigue y se les «captura los
buques y los armamentos comprados por su patriotismo con lágrimas de nuestras
mujeres y la sangre de nuestros bravos soldados».
La persecución a los emigrados en Estados Unidos y las acciones de las
autoridades para impedir que desde allí auxiliasen al movimiento revolucionario,
alcanzó su máxima expresión con la proclama emitida el 12 de octubre de 1871 por el
propio presidente Grant. Alegando que las actividades de los revolucionarios
violaban las leyes norteamericanas, los amenazó con estas palabras: «por cuyo
motivo están sujetas a recibir castigo, serán perseguidas con todo rigor, sin que les
sea posible esperar clemencia de parte del Ejecutivo, para salvarse de las
consecuencias de su delito, caso de ser sentenciadas. Y amonesto y exhorto a todas
las autoridades de este Gobierno, así civiles como militares o navales, para que usen
cuantos medios están en su poder para que sean presos, juzgados y castigados todos y
cada uno de los citados delincuentes, infractores de las leyes que nos imponen
obligaciones sagradas para con todas las Potencias amigas».
Las amenazas del señor Grant se concretaron dramáticamente, cuando las
autoridades yankis confiscaron el buque Pioneer y todo el armamento que llevaba con
destino a Cuba. El Padre de la Patria dispuso entonces, el 30 de noviembre de 1872,
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el retiro de la representación diplomática no oficial que la Revolución había
establecido con el propósito de buscar al menos el reconocimiento de nuestra
beligerancia. Al hacerlo dejó para la historia estas palabras de vigencia permanente:
«No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio con que nos trata el
gobierno de los Estados Unidos, desprecio que iba en aumento mientras más sufridos
nos mostrábamos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel del pordiosero a
quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por último se cierra con
insolencia la puerta. El caso del Pioneer ha venido a llenar la medida de nuestra
paciencia: no por débiles y desgraciados debemos dejar de tener dignidad». Mientras
impedía la acción solidaria de la emigración cubana, Estados Unidos facilitaba a los
colonialistas la continuación de la guerra con el empleo para ello del territorio y la
industria norteamericanos. Con ese apoyo, España desplegó hasta 83 buques de
guerra para bloquear las costas cubanas, incluyendo 30 cañoneros de vapor,
construidos, armados y equipados en Estados Unidos.
En un mensaje al Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado
de aquel país, que constituye un profundo análisis del desarrollo de la guerra, el 10 de
agosto de 1871, Céspedes había puesto al desnudo la política de Washington: «el
Gobierno de esa República (…) no ya permaneciendo simple espectador indiferente
de las barbaries y crueldades ejecutadas a su propia vista (…) sino prestando apoyo
indirecto moral y material al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la
Monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la Colonia Americana,
al esclavista recalcitrante contra el libertador de cientos de miles de esclavos».
Después de 1898, cuando la intervención yanki interrumpió brutalmente la
heroica lucha de nuestros antepasados, se trató también de arrancarlos del recuerdo
del pueblo, desvirtuar el sentido de su lucha y ocultar la verdadera naturaleza de los
problemas que tuvieron, el modo que los enfrentaron y las soluciones que le hallaron.
Se subrayaban los distintos puntos de vista que ante diversos problemas, en
algunos momentos, tuvieron los principales protagonistas de la epopeya, se eliminaba
todo análisis de la evolución de esas opiniones y los contextos en que ellas se
manifestaban. Todo se reducía a inevitables diferencias de personalidades. Eran, en
fin, las pasiones humanas las que explicaban el fracaso de una guerra de diez años. Se
nos quería hacer creer, en el fondo, que eran nuestras propias características como
pueblo lo que explicaban las derrotas sufridas. Se trataba de introducir en la
psicología colectiva el fatalismo que los anexionistas de todo tipo han usado siempre
para justificar la docilidad ante sus amos. En 1868 no existía la nación ni poseíamos
una conciencia nacional. Éramos una masa amorfa, heterogénea, de la que surgiría el
pueblo en medio de la lucha y a través de ella se identificaría a sí mismo, adquiriría
su identidad definitiva. Aquellos hombres crearon la nación, forjaron al pueblo,
hicieron realidad la cubanía. ¿Era posible hacerlo sin discutir, sin contrastar
apasionadamente las ideas?
No pocas veces se nos repetían conceptos que eran como un eco de las
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tergiversaciones y calumnias que la propaganda colonialista y el gobierno
norteamericano dieron, en su tiempo, de los acontecimientos y sus participantes.
Céspedes, supuestamente autoritario, aceptó, sin embargo, el criterio de la
mayoría en Guáimaro y acató después la decisión de la Cámara, profundamente
injusta y errónea, de destituirlo. Quien fue presentado como militarista hizo el
máximo, hasta donde era posible, por regularizar y humanizar la guerra.
Abolicionista acérrimo hizo concesiones tácticas en la etapa inicial tratando de atraer
o neutralizar a los hacendados de Occidente.
Pero no vaciló en ejercer plenamente su autoridad cuando estaban en juego los
principios o era necesario para asegurar el avance de la Revolución. Lo hizo el 10 de
octubre de 1869, en el primer aniversario de la insurrección, al ordenar al Ejército
Libertador el empleo de la tea incendiaria contra los campos de caña y los cafetales;
al disponer que durante la invasión a Las Villas no sólo se quemasen las propiedades
sino que también se sublevase a los esclavos y se les incorporase a las filas patrióticas
o se les enviase al Camagüey para protegerlos de sus antiguos amos; al anular el
acuerdo de la Cámara que reglamentaba la vida de los libertos, eliminando así
definitivamente el régimen de servidumbre; al designar dos negros como regidores de
Bayamo, primera ciudad liberada de Cuba y sede del Gobierno revolucionario; al
ascender a generales a Antonio Maceo y a Máximo Gómez y promover a altos rangos
militares a negros y mulatos surgidos de la esclavitud y de las capas más pobres del
pueblo; al decretar, el 15 de febrero de 1871, que serían considerados traidores
quienes intervinieran en cualquier negociación que no respetase la independencia
absoluta de Cuba y la abolición completa de la esclavitud.
Estas posiciones y el empeño de Céspedes por eliminar el regionalismo, por llevar
a cabo la invasión a Occidente y su apoyo a los sectores radicales del exilio en su
oposición a las maniobras anexionistas de los hacendados, lo sitúan como el iniciador
de una línea revolucionaria consecuente que continuaría después con la Protesta de
Baraguá, con la obra revolucionaria de José Martí y con la lucha incesante de nuestro
pueblo hasta la victoria del Primero de Enero y estos cuarenta años gloriosos en que
bajo la conducción cespedista de Fidel Castro el pueblo realizó al fin el sueño de La
Demajagua.
Los objetivos de independencia y justicia de la Revolución cubana iniciada el 10
de Octubre, fueron irrealizables en aquella su primera etapa. Para lograrlos hacía falta
la existencia de una conciencia nacional, un Partido que dirigiera e integrara la lucha
política y militar y una estrategia combativa que se extendiera a toda la Isla. Esos
objetivos los alcanzaríamos después con el genio y la infatigable labor de Martí. Pero
la obra del Apóstol hubiera sido imposible sin la Guerra de los Diez Años, porque fue
ella la que forjó la nacionalidad, transformó radicalmente la sociedad colonial y
convirtió a las masas explotadas del pueblo en protagonistas de su historia.
Antes del 10 de Octubre hubo diferentes criterios sobre el momento para iniciar la
guerra y a partir de ese día y hasta abril de 1869 existieron ideas divergentes sobre la
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estrategia a seguir y sobre la organización del poder revolucionario, con dos polos
principales en Oriente y Camagüey, con dos direcciones, dos ejércitos y hasta dos
banderas. Es cierto que en Guáimaro discutieron profundamente, tuvieron que
discutir seguramente con pasión, porque estaban tratando de diseñar la Patria y de
precisar el camino para alcanzarla. Pero lo más importante es que, con el acuerdo de
todos, de Guáimaro salió un solo Gobierno Revolucionario, con un programa único,
un solo Ejército y una sola bandera. En Guáimaro prevaleció por encima de todo el
sentido de la unidad indispensable, la voluntad común de dejar a un lado las
diferencias y sumar las energías de todos para la batalla común.
Céspedes e Ignacio Agramonte, los jefes principales de aquella etapa, fueron
exponentes de dos concepciones iniciales, sobre la organización del poder
revolucionario, que eran excluyentes. Pero después que en Guáimaro hubiesen
triunfado sus tesis, el propio Agramonte en medio de su brillante campaña militar,
criticaría la injerencia de la Cámara en la conducción de la guerra y reclamaría el
indispensable mando único para dirigirla. El 14 de enero de 1871, luego de afirmar
que «hay opiniones encontradas, pero no hay divisiones, ni disensiones» el insigne
camagüeyano agregaba «soy de los que más necesario creen el cambio de los
funcionarios que sirven de rémora a la marcha expedita y enérgica de nuestras
operaciones militares». Hay numerosas pruebas de que en la medida que avanzaba la
guerra, entre Agramonte y Céspedes se desarrollaba una relación de mutua
comprensión. En el epistolario del Padre de la Patria, dejó constancia de su alegría en
este sentido y dedicó al Bayardo exclusivamente palabras de admiración y afecto.
Como justamente ha explicado Fidel, si Agramonte hubiera vivido se habría
opuesto y probablemente impedido la destitución de Céspedes por la Cámara de
Representantes. La verdad histórica es que al caer aquel en los campos de Jimaguayú,
el Padre de la Patria perdía un apoyo decisivo, al discípulo más eminente, a quien
debía haber sido su continuador.
La usurpación imperialista de 1898, frustró el movimiento iniciado aquí treinta
años atrás. Se apoderaron del país y de sus recursos, implantaron regímenes corruptos
y serviles que explotaron al pueblo y lo dividieron. En aquella república envilecida
continuaron los peores vicios de la sociedad colonial. Ya no existía la vieja
servidumbre, pero millones de cubanos sufrieron la esclavitud capitalista y con ella la
miseria, el desamparo, el racismo y la discriminación racial.
Fueron seis décadas de ignominia, de radical negación de los ideales del 68.
Aquella república era lo contrario de La Demajagua, nada tenía que ver con los
sueños de Céspedes y Agramonte, ni con el heroísmo, los sacrificios y la sangre
derramada por centenares de miles de cubanos durante tres décadas.
Los jóvenes de hoy, que aprenden a amar y a respetar a nuestros gloriosos
fundadores, tendrán dificultad en imaginar que no siempre fue así. Bajo el régimen de
dominación yanki se intentó robarle al pueblo su memoria, se distorsionó su historia,
se trató de disolver en el olvido el ejemplo de sus héroes y las lecciones de sus
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luchas.
La neocolonia y sus amos fueron especialmente implacables con Carlos Manuel
de Céspedes. Como aquella era lo más opuesto al patriotismo tenían que asegurar la
muerte eterna del Padre de la Patria, hacerlo desaparecer completamente de la
historia, enterrar para siempre su mensaje.
Ahí están los datos en los archivos y bibliotecas. El pensamiento de Céspedes, sus
documentos políticos, su extensa correspondencia, su obra literaria alcanzaron mayor
difusión en los treinta años de la guerra que la que recibirían a partir de la
intervención yanki en Cuba. En sesenta años, en la llamada República de Cuba sólo
se publicó, junto a la de otros autores, una porción ínfima de su obra política en un
solo libro de escasa circulación que con el título de Breve antología del 10 de Octubre
apareció en 1938. Sobre Céspedes, en sesenta años, se publicaron 3 libros, 3 folletos
y 24 artículos periodísticos no siempre justos para con él.
Incontables fueron, sin embargo, las biografías, los estudios y los textos que sobre
antiguos anexionistas y autonomistas salieron de las imprentas cubanas en el mismo
período.
A esos personajes además, se les erigió estatuas y monumentos y dieron sus
nombres a calles y plazas.
Pero a Céspedes no. Es cierto que Manzanillo cuidó celosamente la Campana y
que Bayamo y Santiago, testigos de su inmolación, marcaron algunos lugares con su
glorioso nombre. Pero los gobernantes de la época, durante sesenta años, no erigieron
tributo alguno a su memoria, fuera de su tumba.
Es bueno que sobre ello mediten nuestros jóvenes de hoy. Porque ilustra sobre el
sentido de nuestra lucha centenaria y nuestra única Revolución, la que iniciara el
hombre que los enemigos de la Patria querían destruir y desaparecer. Y nos recuerda
también como él continuó peleando aún, después de su caída en San Lorenzo.
Él, que siempre previó su muerte antes del triunfo, y nos había advertido que de
su tumba saldría cuantas veces fuera necesario para recordar a los cubanos sus
deberes patrios, siguió llamando a los jóvenes y a los patriotas verdaderos a retomar
el camino de La Demajagua.
Por eso su primer monumento habanero, un humilde busto de yeso, lo hicieron
construir y lo levantaron en 1949 a la entrada del Instituto de segunda enseñanza de la
Víbora, costeado por ellos mismos, centavo a centavo, sus estudiantes, profesores y
empleados. Por eso, en 1947 Fidel Castro y la FEU llevaron hasta la colina
universitaria la campana gloriosa y la rescataron de las maniobras politiqueras que
denunciaron en actos memorables en la capital y en Manzanillo. Por eso, en 1956,
Emilio Roig, maestro ejemplar, desplazó al rey autócrata del sitial en que todavía lo
honraba la república espúrea y colocó allí al creador de la Patria.
Sólo después de 1959 al triunfar la Revolución que él iniciara, finalmente su obra
y su pensamiento son rescatados y difundidos masivamente. Hoy su vida ejemplar y
sus ideas son para el pueblo cubano manantial inagotable donde fluye siempre el agua
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pura del patriotismo y las virtudes y los valores de la cubanía.
En este mismo lugar, hace treinta años, el Comandante en Jefe pronunció un
discurso esencial. Definió la gran verdad de nuestra historia, la que no pocos habían
pretendido ocultar de diversos modos, que en Cuba ha habido una sola Revolución, la
que emprendió Céspedes el 10 de Octubre. Fidel resumió la indisoluble continuidad
de nuestro proceso histórico con esta idea admirable: «Nosotros, entonces, habríamos
sido como ellos. Ellos, hoy, habrían sido como nosotros».
Ser como ellos, ahora, cuando la Patria amenazada enfrenta, igual que entonces,
poderosos enemigos, cuando debemos encarar los peligros de la confusión y las
vacilaciones promovidas desde fuera, significa, ante todo, revivir el mensaje de La
Demajagua y convertirlo en norma de conducta, en guía para la acción revolucionaria
del presente.
Defensa intransigente de la independencia absoluta de la Patria, sin concesiones
de ningún género que puedan lesionar la dignidad nacional; unión verdadera, real,
íntima entre todos los cubanos y eliminación de hasta el último vestigio de
discriminación o prejuicio que nos separe; lucha incansable por la igualdad y la
solidaridad entre los hombres, fundada en una ética del sacrificio, la abnegación y la
virtud.
Ese es el legado que nos dejó el Padre común, el fundador, el Presidente eterno de
la Patria.
El que nos dijo que «no son revolucionarios los que no están dispuestos a
sacrificarlo todo, todo por la libertad de la Patria»; el rico hacendado que abandonó
sus riquezas y entregó hasta sus prendas personales a la causa revolucionaria. El que
sacrificó a su familia y prometió dejarles «una herencia pobre de dinero pero rica en
virtudes cívicas»; el hombre ilustrado, el poeta, que hasta la víspera de su muerte
alfabetizaba con instrumentos rústicos que su mano extraía del bosque; el animador
de la Sinfónica de Manzanillo y de Bayamo que en su último refugio en la Sierra
Maestra admiraba las danzas que los antiguos siervos practicaban para él; el que
llamó hermano al negro y compañero al obrero; el que guardó fidelidad inconmovible
a la Revolución pese a la injusticia, el abandono y la ingratitud de que fue víctima; el
que combatió hasta el último instante, completamente solo, casi ciego y rodeado de
soldados enemigos.
En estos tiempos en que se intenta extirpar de los corazones de los hombres el
sentimiento de la justicia, en un mundo donde se trata de imponer el dogma del
egoísmo y la codicia, la Revolución Cubana sigue siendo el único camino de nuestro
pueblo y es portadora de valores indispensables para la humanidad. En medio de la
guerra Céspedes deslindó las diferencias fundamentales entre Cuba y el colonialismo
y trazó la frontera infranqueable que nos separa hoy, con más claridad aún, de los
imperialistas. El enemigo «pelea para sostener la esclavitud del negro, para propagar
el oscurantismo, para perpetuar la iniquidad; los patriotas cubanos luchan por la
libertad de todos los hombres, por el triunfo de la justicia, por el entronizamiento de
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la civilización; allá el agio, la ignominia, la noche; acá la razón, la verdad, la luz».
Los cubanos de hoy y de mañana seguiremos defendiendo la Patria aquí fundada, la
Revolución iniciada el 10 de Octubre, el socialismo nuestro que en esta sagrada tierra
encontró su raíz más firme. Continuaremos luchando hasta la victoria siempre.
[…]
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GUÁIMARO
[…]
Crear una nación desde las tinieblas de la esclavitud, el oscurantismo y la
corrupción exigía la visión iluminadora de los genios. Forjar un pueblo entre aquel
amasijo de violencia y despotismo, de injusticia y de prejuicios, demandaba estatura
de gigantes. Conducirlo a la victoria frente a un adversario cruel y mil veces más
poderoso, sin el auxilio de nadie, en el aislamiento de su escaso territorio requería la
virtud, la inteligencia y la voluntad de acero de los héroes.
Más compleja sería la proeza a que la historia convocaba a los hombres del 68,
mucho más difícil y dura y angustiosa porque aun antes que ellos hubieran nacido,
sobre la Patria apenas imaginada se cernía ya, como su peor y permanente amenaza,
la ambición imperialista.
Ya Estados Unidos ocupaba lugar predominante en la economía y era el principal
mercado del azúcar que producían nuestros esclavos. Sobre esa base surgió el interés
común de los imperialistas y de una oligarquía que antepuso su afán de lucro al
interés nacional y quería mantener a Cuba sujeta a España y entregarla después al
dominio norteamericano. El vasallaje nacional era necesario para perpetuar la
servidumbre humana y por ello nación y pueblo sólo alcanzarían la emancipación en
un proceso revolucionario único.
Poner fin al colonialismo en Cuba significaba derrotar a una metrópoli que era
fuerte, poseía aquí la mayor implantación militar y poblacional jamás alcanzada en
ninguna parte de su imperio y estaba decidida a preservar su colonia a cualquier
precio; liberar a Cuba exigía también vencer la hostilidad de Washington que ejercía
su poderío para alejarnos de los pueblos latinoamericanos, perseguía las actividades
de la emigración patriótica y promovía el anexionismo allí y dentro de la Isla;
significaba por eso igualmente quebrar en las propias filas cubanas la influencia de
una clase terrateniente fuerte y antinacional.
Los patriotas que encaraban ese triple desafío además carecían de armas, estaban
dispersos, no tenían un partido ni vínculos orgánicos entre ellos. Unos y otros se
alzaron a conquistar la historia sin doblegarse ante los enormes obstáculos que
enfrentaban como si del empeño heroico de cada cual dependiera la victoria.
A medio año de iniciada la lucha, bajo la embestida brutal de los colonialistas, se
encontraron aquí los patriotas orientales, camagüeyanos y villareños para sumar ideas
y voluntades, para buscar entre todos el modo eficaz de prevalecer en la desigual
contienda, para diseñar, en fin y por la primera vez, el proyecto nacional, la Patria.
En Guáimaro buscaron aquellos hombres plasmar sus sueños y dar orden a una
República que forcejeaba por afirmarse y crecer entre el fuego y la sangre y las
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cenizas. En Guáimaro por encima de todo sobresalió el altruismo y el desinterés de
quienes supieron dejar a un lado diferencias profundas y colocar más allá de
cualquier otra consideración el ideal de una Patria libre y justa. Pocas veces se alzó
tan alto y con tanta dignidad y pureza el patriotismo como entonces, aquí, cuando la
Patria apenas germinaba, cuando la Patria era poco más que una idea que ellos
dibujaban amorosamente y por la que tendrían que pelear, sin alcanzarla, hasta la
muerte.
El proyecto revolucionario cubano unió desde su origen en un todo inseparable, la
independencia política y la emancipación social: de aquella sociedad no podría surgir
un estado nacional independiente sin la erradicación de la esclavitud, sin la
hermandad entre blancos, negros y mestizos, sin la igualdad entre los hombres. Desde
el 68 brota para lograr más tarde con José Martí su expresión más plena una ética que
sería para siempre el móvil y la justificación de la única Revolución cubana: la Patria
se fundaría en la justicia y el humanismo, la Patria sería solidaria o no habría Patria.
Sería igualmente internacionalista: a la Isla asediada vendría la solidaridad de
muchos hijos de otras tierras que comprenderían que los cubanos no peleaban sólo
por Cuba, que aquí se dirimía el destino de América, que nuestra brega era decisiva
para la humanidad.
Porque desde el 68 el destino de Cuba se decidía frente a la codicia de un vecino a
quien entonces le nacían las ansias de dominar a los demás.
Pero había más. No se trataba únicamente de independizar una nación, empresa
en sí misma titánica en aquellas dificilísimas circunstancias. Cuba era una idea que
sólo se realizaría en una sociedad nueva, dando vida al perenne sueño de igualdad y
fraternidad entre los hombres. Demostrando que era posible, que existía un lugar y
levantando allí su estrella solitaria, la utopía cubana atraería el amor de los justos y la
esperanza de los oprimidos.
Transformación radical de las relaciones sociales, independencia total y
definitiva, comprensión cabal de la dimensión universal de su lucha, una ética
sustentada en la dignidad humana y en la disposición al sacrificio máximo por
alcanzar esas aspiraciones como la virtud suprema, fueron la savia constante del
patriotismo cubano.
La campana de La Demajagua había llamado al mismo tiempo a la guerra contra
el imperio español y a la liberación de los esclavos y esos dos principios —igualdad
de Cuba como nación e igualdad entre todos los cubanos— alcanzaron expresión
exacta en la Constitución de Guáimaro, fruto del idealismo y el abolicionismo
integral de jóvenes como Agramonte y posteriormente en el Decreto de Céspedes
eliminando el Reglamento de Libertos.
Como fuego inextinguible sobrevive el ejemplo de los jefes del 68 que por esos
principios supieron sacrificarlo todo, las riquezas, las propiedades y comodidades
personales, la felicidad familiar y hasta la vida. Del Padre de la Patria pudo afirmar
José Martí que incluso «dominó lo que nadie domina: el carácter» y «sacrificó lo que
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nadie sacrifica: el amor propio».
Aquella generación tuvo que arrostrar los máximos sacrificios en la guerra más
prolongada y cruenta que serviría para forjar definitivamente y para siempre la
verdadera cubanía, las cualidades esenciales de un pueblo admirable, justo y noble.
En su emocionada defensa de esos combatientes, calumniados por los mismos
imperialistas yankis que habían ayudado a España durante los diez años, Martí
describía así su pelea. «Una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono
voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de
la libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos, la creación
de pueblos y fábricas en los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los
tejidos de los árboles, el tener a raya, en diez años de esa vida, a un adversario
poderoso, que perdió doscientos mil hombres a manos de un pequeño ejército de
patriotas, sin más ayuda que la naturaleza».
Esa lidia supieron librarla hombres que habían sido ricos y jóvenes de familias
acomodadas que se juntaron en el combate y las privaciones compartidas con los
antiguos esclavos y con los trabajadores más humildes. Juntos aprendieron a «dormir
en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama
de árbol, morir —estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas
poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna— de una muerte de la que nadie
debe hablar sino con la cabeza descubierta». Con ellos en los riesgos y las penurias
estuvieron nuestras mambisas que aquí en Guáimaro expresaron sus reclamos con la
voz de Ana Betancourt. Y no fueron pocas las que en la emigración abandonando
«una existencia suntuosa» se fundieron también en el crisol del pueblo «la dueña de
esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador: cantó en las
iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal, rizó plumas de sombrerería; dio su
corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo».
Aquella epopeya, lo sabemos, terminó en la amargura de la derrota a pesar de la
voluntad heroica de Maceo y la dignidad gloriosa de Baraguá. Pocos pueblos habían
pagado tan alto precio por la libertad que para aquella generación quedó como
quimera inalcanzable.
Pero los cubanos aprendimos las terribles consecuencias a que nos condujo la
división entre los revolucionarios y la acción corrosiva de los elementos anexionistas
y autonomistas. Centenares de miles de cubanos soportarían varios años más de
trabajo esclavo, los antiguos hacendados patriotas se sumarían a las filas de los
desposeídos y la mitad de la Isla quedaría arrasada por la guerra.
Fue la prédica incesante de Martí y su afán por la unidad de todos los patriotas en
el Partido Revolucionario Cubano […] la que nos permitió retomar el camino y
reiniciar la guerra necesaria […]
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JIMAGUAYÚ
[…]
Hace un siglo los cubanos se reunieron aquí para discutir cuestiones esenciales a su
destino y a la organización de la guerra necesaria reiniciada seis meses atrás. El 16 de
septiembre culminarían cuatro jornadas de trabajo con la adopción de una nueva
Constitución para la República en Armas.
Estos campos de Jimaguayú que habían sido testigos de las hazañas combativas
de Ignacio Agramonte y que habían contemplado su gloriosa caída volverían a sentir
su presencia y la de Céspedes y la de toda la generación inmolada en el 68. Aquí se
encontrarían los viejos y los nuevos combatientes para planear y organizar, para
confrontar criterios y articular consensos, para reforzar la indispensable unión sin la
cual resultarían inútiles los sacrificios y se frustrarían entonces, como enseñaba la
dolorosa experiencia de la Guerra Grande, los sueños y los ideales que eran ya
patrimonio de todo el pueblo.
Cuando se congregaban en Jimaguayú los representantes de los diversos grupos
combatientes traían la memoria de los debates de Guáimaro y de las secuencias
ulteriores que habían conducido a la derrota y al Zanjón y a la viril protesta de
Baraguá y a los largos años de angustiosa espera, de sucesivos intentos y
frustraciones, de ardorosa y paciente preparación. Habían sufrido ya, a poco de
reiniciada la nueva etapa de la larga contienda, la pérdida irreparable de quien había
concebido la idea unificadora del Partido, le había dado su programa y organización y
lo había convertido en el instrumento insustituible para concertar la acción común de
los patriotas.
La caída de José Martí en Dos Ríos en la etapa inicial de la guerra privaba a los
cubanos de su genio previsor, de su ilimitada capacidad para sumar, de su irreductible
voluntad. Desde que desembarcara por Playitas, Martí se dio a la tarea de preparar las
condiciones para dar estructura estable, duradera y unitaria a los aportes de todos y
sentar las bases de las instituciones que la República establecería aun en medio del
combate. Aspiraba a entregar a los representantes del pueblo el mandato que el
Partido le había confiado para preparar y desatar la guerra que ya se convertía en
realidad.
La súbita desaparición del Apóstol planteaba riesgos y desafíos muy serios a la
Revolución cubana. La inesperada pérdida de quien encarnaba el alma de la
Revolución de quien había sido su principal guía e inspirador, antes de que ella
hubiera podido crear su propio ordenamiento institucional, era un golpe severo para
quienes reiniciaban el combate contra un enemigo poderoso y que había probado su
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determinación a imponernos la oposición más terca.
Correspondió a Antonio Maceo tomar la iniciativa en aquel doloroso y decisivo
momento. Al conocer la trágica noticia de Dos Ríos convocó a los representantes del
Cuerpo de Ejército que él comandaba para que se reunieran en Bijarú, distrito de
Holguín, y sin su presencia, porque no quería influir en sus deliberaciones, acordaran
las posiciones que habrían de traer a Jimaguayú y que servirían de pauta fundamental
a la Constitución que aquí sería acordada. Proceso semejante seguirían también los
representantes de Las Villas, de Camagüey y de la región de Oriente que mandaba
Bartolomé Masó.
El debate fue intenso y apasionado. Aunque la mayoría de los asambleístas eran
hombres jóvenes que no habían participado en la guerra de los 10 años y salvo uno,
ninguno de los delegados había asistido a la asamblea de Guáimaro, las discusiones
en Jimaguayú parecían ser la continuación directa de las que habían tenido lugar 26
años atrás en ese otro rincón glorioso de Camagüey. Estaban presentes, como
entonces, criterios encontrados sobre las atribuciones correspondientes al Ejercito
Libertador y a la administración civil de la República en Armas, estaban presentes
preocupaciones civilistas derivadas de las negativas experiencias del caudillismo
militarista en América Latina contrapuestas a la necesidad superior de asegurar el
mando único y la cohesión de todos los combatientes en la lucha desigual que
enfrentaban los cubanos.
Pero ya Cuba no era la de 1868 precisamente por el generoso sacrificio de aquella
generación. La Guerra Grande había creado la Patria, había echado a andar a las
masas explotadas, había convertido al pueblo en el principal protagonista y había
desplazado para siempre a la oligarquía de cualquier posibilidad de liderazgo.
Existían además los amargos resultados de la experiencia de Guáimaro y el papel,
primero obstruccionista y más tarde desintegrador, de la Cámara de Representantes:
fruto originalmente de noble espíritu de romántico civilismo acabaría siendo ella
expresión de las corrientes retardatarias y los intereses mezquinos que abonarían el
camino de la derrota.
Los reunidos en Jimaguayú supieron encontrar fórmulas adecuadas para superar
el viejo debate y adoptar el ordenamiento apropiado para las condiciones de la guerra.
Se estableció un Consejo de Gobierno que reunía todas las facultades administrativas
y legislativas mientras se daba plena autonomía al mando militar. Se realizaba lo que
Martí expresara dos semanas antes de su caída en combate: «El Ejército, libre, y el
país, como país y con toda su dignidad representado».
Entre los aciertos más importantes de la Asamblea de Jimaguayú está el que sus
miembros dieron por concluida su misión con la promulgación de la Constitución el
16 de septiembre. De aquí no surgió como de Guáimaro una Cámara de
Representantes de carácter permanente y con ello se evitó repetir la desdichada
experiencia de la Guerra Grande. No quiere esto decir que la nueva Constitución
ignorase la necesaria representatividad popular. Al contrario, podemos considerar a la
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Constitución de Jimaguayú como un reflejo de la madurez y la profundización del
pensamiento revolucionario cubano, que fue capaz de superar las debilidades de la
primera Constitución fortaleciendo la autoridad de la dirección de la guerra, dejando
atrás formalismos supuestamente democráticos y afirmando, al mismo tiempo, la
participación democrática real.
Los que sesionaron aquí no se reservaron para ellos ninguna prerrogativa especial
ni mucho menos permanente.
La Constitución tendría una vigencia máxima de dos años y para enmendarla o
sustituirla seria convocada otra Asamblea de Representantes. Igual procedimiento
habría que emplear para ratificar un eventual tratado de paz con España, que tendría
que basarse en la independencia absoluta de Cuba, o para la elección de un nuevo
Consejo de Gobierno o para la sustitución del Presidente o del Vicepresidente caso
que fuera necesario. Pero en cada caso sería la reunión de una nueva Asamblea de
Representantes elegidos al efecto. Por ello, cuando en 1897 se discutió la nueva
Constitución la casi totalidad de los representantes reunidos en La Yaya eran personas
que habían participado en la Asamblea de Jimaguayú.
Esta Asamblea consagraría el liderazgo de Máximo Gómez como General en Jefe
del Ejército Libertador y de Antonio Maceo como Lugarteniente General. El
pensamiento de este último y su poderosa autoridad moral —ambas indispensables
para la Patria ahora que no contaba con la presencia física de Martí— desempeñarían
un papel decisivo en las deliberaciones que tuvieron lugar aquí hace cien años.
En el mensaje que dirigiera a esta Asamblea, Maceo dejó testimonio de la
integridad de su carácter y de sus ideales revolucionarios cuando proclamó: «La
República es la realización de las grandes ideas que consagran la libertad, la
fraternidad y la igualdad de los hombres: la igualdad ante todo, esa preciada garantía
que, nivelando los derechos y deberes de los ciudadanos, derogó el privilegio de que
gozaban los opresores a título de herencia y elevó al Olimpo de la inmortalidad
histórica a los hijos humildes del pueblo, a aquella que, cultivando el espíritu con las
luces que da la educación, fundaron la útil e indestructible aristocracia del talento, la
ciencia y la virtud. Fundemos la República sobre la base inconmovible de la igualdad
ante la ley. Yo deseo vivamente que ningún derecho o deber, título, empleo o grado
alguno exista en la República de Cuba como propiedad exclusiva de un hombre,
creada especialmente para él e inaccesible por consiguiente a la totalidad de los
cubanos. Si lo contrario fuese decretado en nombre de la República, semejante
proceder sería la negación de la República por la cual hemos venido combatiendo, y
nos arrebatarían el derecho con que Cuba enarboló la bandera de la guerra por la
justicia, el 10 de octubre de 1868».
Con esas palabras, el mulato surgido del racismo colonial, devenido indiscutible
líder de su pueblo, reafirmaba la continuidad indisoluble de nuestra batalla y la
definía, más allá incluso de la independencia política, como una guerra por la justicia,
sobre la base inconmovible de la igualdad, único fundamento posible de la República.
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Desde la tierra ensangrentada de Dos Ríos nos seguía anunciando el Apóstol:
«Conquistaremos toda la justicia».
Ese empeño planteó desde el principio una particular dimensión moral, universal,
a la lucha nacional, estableció una exigencia ética consustancial a la cubanía y
consiguientemente un sentido militante, obligatorio, al patriotismo. Lo había
plasmado ya la constitución de Guáimaro en su Artículo 25: «Todos los ciudadanos
de la Republica se consideran soldados del Ejército Libertador». Lo reiteraría el
Artículo 19 de la de Jimaguayú: «Todos los cubanos están obligados a servir a la
Revolución con su persona e intereses según sus aptitudes».
[…]
La Revolución Cubana, proceso único y permanente iniciado en 1868 tiene
pilares inconmovibles que le sirven de sustento doctrinal y que han animado a
sucesivas generaciones de cubanos desde La Demajagua hasta hoy. La idea de «la
Patria de hermandad y justicia» que vincula indisolublemente la independencia
nacional con la igualdad social y la solidaridad humana. La convicción de que esa
idea es realizable y que a su materialización están obligados todos los que aspiren a la
condición de cubanos. La certeza —revelada por Céspedes y demostrada con
inapelable elocuencia por Martí— de que conquistar ese ideal requería no sólo
derrocar al colonialismo español sino también a la oligarquía criolla y derrotar al
imperialismo norteamericano.
Esas son las raíces y la sustancia de la cubanía. Para ser verdaderamente cubano
no era suficiente haber nacido en esta Isla, hay que considerarse soldado del Ejército
Libertador, hay que sentirse obligado a servir a la Revolución con su persona e
intereses.
Hay otras características, si se quiere de método o estilo, arraigadas en nuestras
más hondas tradiciones y que integran también nuestra personalidad como pueblo. En
los momentos más complejos y difíciles cuando los patriotas apenas iniciaban la
lucha, cuando las fuerzas enemigas eran incomparablemente superiores, en
Guáimaro, en Baraguá, en Jimaguayú —o en una etapa más avanzada en La Yaya—
los cubanos se reunieron para discutir a pecho descubierto sus mayores problemas, a
debatir con amplitud y franqueza sus opiniones sobre cómo enfrentarlos, a organizar
los esfuerzos comunes, a proyectar el futuro de la Patria. En ocasiones los debates
fueron intensos y los criterios dispares pero siempre fueron capaces de alcanzar el
consenso y de cada una de esas reuniones salió fortalecida la voluntad común, salió
reforzada la unidad.
Otros pueblos tuvieron que esperar varios años después de lograda la
independencia para darse su primera Constitución. Los cubanos habíamos discutido,
aprobado y aplicado cuatro antes de vencer a los colonialistas.
Discusión entre hermanos, ejercicio colectivo del criterio, aporte de todos para
definir la línea común, búsqueda constante del consenso entre los revolucionarios,
entre los patriotas y la sagrada obligación de preservar la unidad, de cerrar filas y
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pelear hasta la muerte, juntos, como un solo hombre es una preciosa herencia que
legaron a las generaciones actuales quienes en nuestro glorioso pasado ostentaroncon
dignidad la representación del pueblo. A ese legado debemos recurrir todos los días.
Ese espíritu debe permanecer siempre vivo en los cubanos de hoy y de mañana,
continuadores y participantes de la misma pelea, combatientes de la misma guerra por
la justicia, soldados del mismo ejército libertador, militantes de un único proceso
revolucionario. Así sabremos enfrentar todos los combates y superar todos los
obstáculos. Así seguiremos encarando las dificultades actuales y seremos capaces de
resistir y vencer. […]
[Link] - Página 50
EL PROCESO DE INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA
REVOLUCIÓN CUBANA
[…]
Hace 25 años tenía lugar aquí un proceso determinante en la consolidación, y
desarrollo de la Revolución Cubana que culminaba con la instalación de las
asambleas del Poder Popular por primera vez en este territorio. Los candidatos a
integrarlas habían sido escogidos por sus vecinos directamente, sin intermediarios, en
reuniones públicas a las que asistió más del 70% de la población. Surgirían así del
pueblo, seleccionados y aprobados por los propios electores 4712 candidatos de los
que fueron elegidos, mediante voto directo, secreto y libre 1014 delegados.
No medió el dinero ni el soborno o la demagogia, ninguna maquinaria electorera
impuso o promovió candidato alguno. Ellos habían sido postulados libremente por los
mismos electores que después en las urnas decidirían quien sería el delegado en
elecciones donde votó más del 90% de los ciudadanos con derecho a votar. El electo
siempre con más del 50% de los sufragios, resultaba así un verdadero representante
de sus electores, era igual a ellos, nada lo diferenciaba ni separaba de los demás
ciudadanos. No recibiría salario ni privilegio alguno; no formaba una clase especial,
no eran políticos de profesión sino trabajadores que asumían junto a sus labores
habituales la de contribuir a encauzar la acción colectiva, promotores de la
participación de todos en la dirección y control de la sociedad desde la base.
Doblemente elegidos por el pueblo a quien habrían de rendir cuentas
periódicamente, vinculados indisolublemente a la comunidad de la que seguían
siendo parte y que en cualquier momento podría revocarles sus mandatos y
ejerciendo su encomienda como portavoces de los planteamientos y reclamos de
quienes los eligieron, los hombres y mujeres integrantes de las asambleas del Poder
Popular iniciaban en 1974 la realización práctica de un viejo ideal inalcanzado aún en
otras partes. La representación adquiría sentido real, palpable. La postulación de los
candidatos directamente por los propios electores, su elección en comicios
enteramente libres, sin politiquería ni corrupción, la no profesionalización de los
electos, su estrecha vinculación con los electores y la activa participación de estos en
su gestión, la rendición de cuentas y la revocabilidad de los mandatos fueron rasgos
consustanciales de un sistema político original, autóctono, genuina expresión de
democracia y cubanía.
Los principios fundamentales del sistema eran una respuesta creadora a la
cuestión del ejercicio de la autoridad y de la representación que habían estado
presentes y habían sido objeto de numerosas reflexiones desde que aparecieron los
primeros regímenes parlamentarios en la sociedad moderna. La propaganda burguesa
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intenta convertir en un dogma a lo que denomina «democracia representativa» —
vacía y abstracta en el mejor de los casos y dominada casi siempre por el desgobierno
y la tiranía— ignorando que desde su nacimiento ya Juan Jacobo Rousseau había
demostrado que la desigualdad social hacía irrealizable la democracia y que en tales
condiciones las leyes beneficiarían sólo a los poseedores de la riqueza material.
Continuador de esa línea de pensamiento, en este siglo, Hans Kelsen comprobó que la
representación en la llamada «democracia representativa» era pura ficción.
Esa es la contradicción íntima, insuperable, del pensamiento liberal burgués y su
«democracia representativa». Al nacer, con el ascenso de la burguesía como clase
dominante, lo acompañaba el cuestionamiento más profundo a su pretendido
basamento teórico: con ella venía al mismo tiempo el proletariado, la gran masa
laboriosa cuyos intereses tenía que excluir y por tanto jamás podría representar. La
esencia de su sistema político tenía que ser, en consecuencia, la exclusión y la
manipulación: nada de democracia directa sino sólo «representativa», simulada, falsa,
pero a la vez con pretensiones totalitarias, excluyentes de su alternativa necesaria, el
gobierno real de las grandes mayorías.
Al independizarse de Inglaterra las Trece Colonias norteamericanas, sus
fundadores asumieron cabalmente el problema. En palabras de John Jay «quienes
poseen el país deben gobernarlo» lo cual implica, en la clara definición de James
Madison que la responsabilidad del gobierno sería «proteger a la minoría rica contra
la mayoría». Para ello habría que «domesticar» al pueblo, apuntaba Alexander
Hamilton recordando al filósofo David Hume quien ya había advertido que «controlar
la opinión» era la naturaleza misma del sistema.
Ya en este siglo Edward Barneys, asesor del presidente Wilson en materia de
información pública, lo diría con estas palabras: «la manipulación consciente e
inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento importante en la
sociedad democrática». Eso, que para Barneys implicaba «regimentar la mente del
público hasta cada detalle» era la «esencia del proceso democrático».
Walter Lipmann, afamado teórico de la democracia liberal, aclararía el propósito
de esa manipulación: evadir «las patadas y el bramido del rebaño confundido», es
decir, del pueblo y colocar a éste en su sitio, que no es otro que el de «espectador».
La verdad desde el principio era y continúa siendo hoy que la democracia, el
ejercicio real de la autoridad por el pueblo sólo puede darse en el socialismo.
Democracia y socialismo, si son auténticos son, más que sinónimos, partes
inseparables de una misma realidad. Por el contrario, democracia y capitalismo son
términos antagónicos, imposibles de conjugar. Por eso en la Cuba de 1974 podíamos
iniciar el establecimiento de las instituciones de un gobierno verdaderamente popular.
Era posible ya afirmar como lo hiciera aquí el compañero Raúl Castro: «En cada
instancia del Poder Popular la máxima autoridad no la tienen los elegidos, sino los
que eligen, considerados estos no individualmente, sino en su conjunto».
El carácter exactamente representativo de los delegados, portadores del «mandato
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imperativo» con que soñara Rousseau, lo expresaba Raúl de este modo: «Una queja,
una sugerencia, una opinión que sea planteada o apoyada por la mayoría de los
electores, deberá ser trasmitida por el delegado a los órganos de Poder Popular aun
cuando individualmente, el delegado tenga un criterio en contra. El delegado no se
representa sólo a él, ni principalmente a él, sino a una masa de electores que lo ha
elegido y son las opiniones y problemas de esa masa, los que él tiene que representar
y no sus problemas y criterios personales».
Desde 1974 nos acostumbramos a señalar la «experiencia de Matanzas» como la
etapa decisiva en la formación y despliegue de las bases de nuestro sistema
institucional representativo.
Lo que sucedía entonces tenía en rigor una significación de mayor alcance
universal, atravesaba los límites de la geografía y de la historia. Correspondió a los
matanceros hacer lo que nadie antes había hecho, dar vida a una representatividad de
nuevo tipo, real, auténtica, en la que el pueblo asumiría la participación efectiva en la
conducción de la sociedad.
Que surgiera en esta provincia esa experiencia singular era también en cierto
sentido un acto de profunda reparación histórica, un tributo a los primeros cubanos
que se alzaron para luchar contra la injusticia y la explotación. En esta provincia
donde casi la mitad de la población era esclava, en 1843 y 1844 habían ocurrido
sublevaciones en varios ingenios y plantaciones, miles de hombres enfrentaron
heroicamente a sus opresores en el combate más desigual, sin armas, aislados del
resto de una sociedad envilecida por el despotismo, el afán de lucro y el racismo;
cientos de ellos cayeron combatiendo, muchos otros fueron asesinados y otros
muchos prefirieron el suicidio antes que caer bajo sus amos y verdugos. La historia
no registró sus nombres y durante mucho tiempo ocultó su hazaña.
Las rebeliones de los esclavos, continuación de la resistencia de la población
aborigen aniquilada en la etapa inicial de la colonia, eran el sustrato histórico del que
habría de brotar el movimiento de independencia para conquistar la única Cuba
posible, la Patria de equidad y libertad. El régimen esclavista y el racismo eran los
nutrientes del coloniaje y del anexionismo e impedían el desarrollo de la nacionalidad
que se iba formando trabajosamente. El proceso de emancipación política, demorado
en Cuba por esos factores, iba a adquirir sin embargo, un sentido profundamente
radical que lo diferenciaba del resto del Imperio español. Aquí no podía tener
solamente una orientación política separatista, debería ser sobre todo una verdadera
Revolución social. Cuba no podría ser libre si la libertad no alcanzaba a todos los
cubanos, no podría aspirar a la igualdad entre las demás naciones mientras no lograse
la igualdad y la fraternidad entre sus propios hijos.
Cegados por la codicia y el racismo, los grandes propietarios criollos carecieron
de sentido nacional, optaron por la conciliación con los colonialistas o buscaron en la
anexión a los Estados Unidos la protección de sus innobles privilegios. Sólo la
Revolución iniciada por Céspedes 25 años después forjaría al pueblo, crearía la
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nación, consagraría la emancipación de todos los cubanos y convertiría la lucha por la
igualdad y la solidaridad entre los hombres en sustancia y ala de la nacionalidad
cubana, definiría la esencia de la cubanía. Sólo la misma Revolución conducida
finalmente hasta la victoria por Fidel permitiría hacer realidad los ideales de La
Demajagua A partir de ella, la sangre anónima que había empapado esta hermosa
tierra renacería en frutos de justicia y libertad.
La victoria del Primero de Enero iniciaba la más profunda transformación de la
sociedad cubana y echaba las bases indispensables para establecer un sistema
institucional genuinamente democrático. La obra de justicia y desarrollo realizada
desde 1959, era el fundamento sin el cual jamás hubiera sido posible un país donde el
pueblo ejerciera la autoridad. Mientras el pueblo no conquistase el poder y no fuese
capaz de defenderlo, mientras no alcanzase un gobierno que sirviera a sus intereses,
que existiese sólo por y para él, la democracia no sería otra cosa que vana retórica o
burda patraña como la han sufrido y sufren todavía la mayoría de los pueblos del
planeta.
En sus primeros quince años la Revolución puso fin al latifundio, la explotación,
el analfabetismo, el desempleo, la discriminación racial y de la mujer; eliminó el
vicio, la corrupción y la prostitución; erradicó la miseria, la incultura y el abandono;
hizo desaparecer numerosas enfermedades, redujo drásticamente la mortalidad
infantil y materna, extendió la esperanza de vida y protegió a los ancianos y
jubilados; sembró por todas partes escuelas y hospitales; multiplicó las universidades
y los centros de cultura y recreación; construyó miles de kilómetros de caminos y
carreteras; edificó centenares de miles de viviendas; electrificó el país; creó nuevas
industrias y centenares de fábricas a todo lo largo de la Isla; nuestras flotas mercante
y de pesca surcaron los mares y nuestros deportistas cosecharon trofeos en todo el
mundo; las grandes masas accedieron a la educación a todos los niveles, a ellas se
abrieron playas y clubes antes exclusivos de unos pocos, el pueblo humilde se
apropió de las más diversas manifestaciones de la cultura y el deporte y aprendió a
dominar la ciencia y la tecnología.
Fueron años de incesante creación, se trabajó ardorosamente, febrilmente, a veces
saltando etapas tratando de forzar la historia. Era tanta la injusticia acumulada, tanta
la miseria y el dolor que no podían esperar.
Todo tuvo que hacerse siempre en las condiciones más difíciles. Muy temprano
en 1959 el imperialismo norteamericano emprendió contra Cuba la agresión más
perversa, sistemática y prolongada.
La demanda presentada por el pueblo ante el Tribunal Provincial de Ciudad de La
Habana, prueba con documentos oficiales yankis, los crímenes y fechorías, la
inagotable maldad y el cinismo de las acciones que contra Cuba y los cubanos ha
ejecutado Washington durante cuarenta años. Ahí está el odio de un Imperio que no
ha aceptado nunca nuestra existencia como nación libre e independiente. Ahí está la
vileza ilimitada de una política carente de moral, desprovista de pudor. Las acciones
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del imperialismo, desenmascaradas con evidencias irrefutables, son una afrenta
irreparable, un insulto imperdonable al espíritu humano. Nos hacen recordar las
palabras del escritor norteamericano James Baldwin: «Este es el crimen del cual
acuso a mi país y a mis compatriotas y por el cual ni yo ni el tiempo ni la historia les
perdonará jamás, que ellos han destruido y están destruyendo centenares de miles de
vidas y no lo saben y no quieren saberlo». Estas palabras de 1963 siguen siendo
válidas hoy, salvo que ahora habría que referirse a la destrucción de millones de
vidas.
Y los daños humanos contenidos en esa demanda son sólo una parte de los
perjuicios causados a los cubanos por el imperialismo. A ellos hay que agregar las
incontables pérdidas causadas por su guerra contra Cuba en el plano económico,
comercial y financiero; los crímenes perpetrados por la tiranía batistiana, engendrada
y sostenida por Washington que entrenó, armó y asesoró a los esbirros y torturadores
que todavía protege; la multimillonaria campaña de propaganda y la guerra que
contra la Revolución desató en el plano diplomático comprando gobiernos,
instituciones y personajes subastables; las riquezas y recursos nacionales saqueados
durante la primera mitad de este siglo y la miseria y el sufrimiento provocados a
millones de cubanos.
Es contra ese trasfondo que nuestro pueblo empezó a edificar una nueva vida,
libre y limpia. Lo hacía, además, en un país que había sido víctima del despojo más
brutal y cínico. Como prueban documentos de indiscutible objetividad, los asesinos y
ladrones del batistato llevaron en su fuga hacia Estados Unidos más de 400 millones
de dólares. Allá quedaron y permanecen amparados por sus amos yankis, los
criminales y malversadores y lo que robaron al pueblo cubano.
La demanda de nuestras organizaciones de masas indica, además, cómo el pueblo
cubano, víctima de una guerra cruel que ya dura cuatro décadas, ha sido también el
principal defensor de su propia obra, protagonista insustituible en la prolongada
resistencia de la Patria. Junto a los combatientes del Ejército Rebelde y de la
clandestinidad, fueron millones de obreros, campesinos y estudiantes, hombres y
mujeres, jóvenes y ancianos, quienes se incorporaron a la defensa de la Revolución,
se organizaron con entusiasmo desde el primer día y han librado la batalla en todos
los terrenos en un hermoso y noble ejemplo de heroísmo colectivo. Así hemos
encarado la agresión, entre todos. Fue con esa fuerza multitudinaria que erradicamos
el bandidismo, derrotamos a los mercenarios en Playa Girón, enfrentamos el
terrorismo, el sabotaje y las provocaciones y las plagas y las enfermedades
introducidas por el enemigo.
La Revolución no hubiera podido consolidarse en el poder, no habría resistido los
ataques de que fue objeto desde su etapa más temprana, no se habría consolidado y
desarrollado en estos cuarenta años transcurridos bajo la permanente agresión del más
poderoso imperio, si no hubiese contado ante todo con el pueblo. Si ella sobrevivió,
perseveró y sigue avanzando victoriosa, es porque ha tenido en el pueblo su héroe
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irremplazable. Sólo un pueblo libre, consciente y unido, dispuesto a todos los
sacrificios ha sido capaz de realizar esa proeza.
Para analizar la Revolución Cubana, para entender su inagotable capacidad de
resistencia y apreciar lo que hemos hecho y lo que ella significa para el mundo, es
preciso comprender el papel protagónico que a todo lo largo de su desarrollo ha
desempeñado el pueblo trabajador, nuestro heroico, abnegado y noble pueblo.
Inmensa, imposible de expresar en un discurso, ha sido, desde luego, la
significación que en nuestra lucha corresponde a la vanguardia revolucionaria y en
primerísimo lugar al compañero Fidel Castro. Pero debe recordarse que entre los
mayores méritos de nuestro Comandante en Jefe ha estado, precisamente, el haber
unido a todas las fuerzas del pueblo y haber conducido un movimiento revolucionario
en el que son millones los militantes y combatientes.
Desde la gloriosa madrugada del Primero de Enero, Fidel convocó al pueblo a
asumir ese papel decisivo. Con la huelga general que frustró la maniobra golpista
orquestada por Washington y aseguró la toma del poder por los revolucionarios, el
pueblo pasó a ocupar su lugar en nuestra historia. A partir de ese día dejó de ser un
simple objeto manipulado por los explotadores, o cuando más mero espectador de
acontecimientos que no le pertenecían.
Las masas del pueblo humilde, incorporadas de forma creciente por la acción
transformadora de la Revolución, pasaron a ser participantes conscientes en los
cambios sociales, sujetos de su propia historia. Fueron ellas el factor decisivo ante las
agresiones del enemigo y también en la construcción de una vida diferente. Así
fueron tareas ejecutadas con la participación del conjunto de la sociedad la campaña
de alfabetización, la lucha por alcanzar el sexto y el noveno grados, la educación de
adultos y la universalización de la enseñanza; los programas de vacunación infantil y
las campañas de higiene y prevención; la vigilancia revolucionaria; las zafras del
pueblo, las movilizaciones agrícolas y el trabajo voluntario en la comunidad y en
todos los sectores de la economía; el desarrollo de actividades culturales y deportivas;
la creación de vigorosas organizaciones de masas y sociales que incorporan a
prácticamente toda la población.
Hacia cualquier sitio que mire un cubano verá algo que ayudó a edificar, un lugar
donde aportó su sudor, donde agregó su esfuerzo, una parcela de la hermosa creación
de todos.
Cuando hablamos justamente de las conquistas del socialismo, esas que debemos
salvar y que salvaremos y perfeccionaremos, no nos estamos refiriendo a bienes que
el pueblo recibió como donaciones que otro le otorgaba. Las llamamos precisamente
conquistas porque fueron alcanzadas por nuestra propia lucha, las hicimos con
nuestras manos y nuestra inteligencia, las desarrollamos con amor y sacrificio y las
supimos custodiar y preservar.
A lo largo de los primeros quince años de la Revolución el pueblo participó, de
diversas formas, en la dirección y control de la sociedad. En las organizaciones
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sociales y de masas, en los centros de trabajo y de estudio, en los barrios y en las
plazas, debatió los principales problemas, adoptó decisiones, eligió dirigentes.
En aquellos tiempos cuando el Consejo de Ministros reunía las facultades
ejecutivas y legislativas se discutieron con el pueblo importantes leyes y los
trabajadores analizaron en sus centros laborales planes y objetivos productivos y el
pueblo todo en memorables asambleas aprobó las dos Declaraciones de La Habana y
la Declaración de Santiago.
Esa práctica continuaría después. Para mencionar solo algunos ejemplos
recordemos la amplísima discusión colectiva del anteproyecto de Constitución de
1976 y los documentos del Primer Congreso del Partido, la preparación del
IV Congreso y la adopción de las principales decisiones en estos años del período
especial en que nos esforzamos por perfeccionar la incorporación sistemática de los
trabajadores y toda la ciudadanía a la reflexión colectiva sustento del consenso y la
unidad nacional.
Nuestro sistema político ha sido y es objeto de la guerra que en el plano de la
propaganda lanzó el imperialismo contra Cuba y su Revolución. Con él se ensañan
especialmente porque nuestros enemigos saben que esa es de nuestras conquistas la
fundamental, la que sostiene a todas las demás. Pero lo hacen también porque el
sistema político del imperialismo, sus instituciones pretendidamente «democráticas»
carecen de credibilidad ante sus propios ciudadanos, están corroídas hasta la médula
y para subsistir necesitan desesperadamente engañar a los pueblos y hacerles creer
que no existe otro sistema, que no hay alternativa.
Comentando la experiencia matancera, el periódico Wall Street Journal impedido
de ocultar completamente la realidad apuntaba, sin embargo, con insolente arrogancia
que «finalmente se cumplían las promesas democratizadoras» en Cuba. Por supuesto
que el autor pudo haberse ocupado de las nunca realizadas promesas de la para
entonces bicentenaria Constitución norteamericana o de cómo la idea del «gobierno
del pueblo por el pueblo y para el pueblo» se había hundido en el fanguero de
Watergate, que precisamente en 1974 había puesto fin a la carrera política de Richard
Nixon y otros delincuentes.
Cuba tiene un movimiento sindical que abarca todos los sectores y ramas de la
producción y los servicios y por medio de sus sindicatos, el trabajador interviene en
importantes decisiones de su centro y del país; un movimiento estudiantil que
comprende todos los niveles de enseñanza e incorpora a la vida social a nuestros
jóvenes; asociaciones campesinas que agrupan a decenas de miles de agricultores,
emancipados por la Reforma Agraria; los Comités de Defensa y la Federación de
Mujeres, además de sus tareas específicas cumplen inestimable función en barrios y
comunidades para canalizar la iniciativa popular; la organización de pioneros enseña
a los niños desde temprana edad a discutir, elegir y decidir.
Esas organizaciones y otras que representan los intereses y aspiraciones del
universo social conforman una sociedad civil que alcanza su realización más plena en
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la medida que se vincula orgánicamente con las instituciones gubernamentales y
participa en el ejercicio de la autoridad. Cuando hay verdadero socialismo, y por
tanto democracia real, florece la sociedad civil precisamente porque lejos de estar
contrapuesta al poder político se integra con él.
Nuestras instituciones representativas, las asambleas del Poder Popular no operan
por encima y separadas de las masas y sus organizaciones, sino que lo hacen desde
ellas y entrelazadas con ellas. Los diputados y delegados, no ejercen su condición de
representantes como un oficio o una carrera, como si fuesen usufructuarios o
poseedores de una soberanía que al elegirlos el pueblo les hubiese traspasado. Saben
que desempeñan una función necesaria y de alta responsabilidad, pero su autoridad se
legitima en la medida que refleja las aspiraciones e intereses del pueblo y se alimenta
de la permanente comunicación con él.
Importantes son los análisis y acuerdos de las sesiones de nuestras asambleas y
comisiones, las normas y orientaciones que ellas emiten y su actividad de
fiscalización y control de las administraciones. Pero igualmente importante —y
esencial para lograr lo anterior— es lo que hacemos cuando no estamos reunidos
entre nosotros sino con nuestros electores, cuando nos esforzamos por desarrollar su
participación y movilizar y encauzar la iniciativa y voluntad colectivas.
El tiempo transcurrido desde la experiencia matancera y su generalización a
escala nacional ocupa un espacio brevísimo en la perspectiva histórica, a lo largo del
cual, sin embargo, se ha afirmado y se le han introducido cambios encaminados a
profundizar y vigorizar la democracia cubana. La creación y consolidación de los
consejos populares, la reforma constitucional de 1992 y las elecciones de 1993 y
1998, el desarrollo de las audiencias públicas, los parlamentos obreros y otras formas
de incorporación de las masas a la discusión de los principales problemas del país en
la etapa más difícil de su historia, refuerzan el carácter participativo de nuestro
sistema político y confirman, una vez más, que es el pueblo el principal protagonista,
es él quien defiende, sostiene y perfecciona su Revolución.
Hemos avanzado por el camino de lo que Kelsen definió como
«parlamentarización de la sociedad», único modo de resolver el viejo dilema entre
representación y democracia que sólo puede encararse consecuentemente en una
sociedad socialista, donde los principales medios de producción son propiedad
pública y la economía es dirigida por un Estado al servicio de los trabajadores en el
que el pueblo no sólo está cabalmente representado, sino que también participa
realmente en su conducción.
Es mucho lo que aún queda por andar en el perfeccionamiento del Estado y sus
instituciones, en términos de elevar la eficiencia de la gestión administrativa y hacer
más sistemática y consciente la participación ciudadana. Pero avanzar para los
cubanos es profundizar en nuestro propio camino. Imitar lo que trata de imponerse en
otras partes sería retroceder, renunciar a lo ya alcanzado, caer en el suicidio colectivo.
[…]
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LA CONSTITUCIÓN SOCIALISTA DE 1976
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Hace 20 años el pueblo de Cuba demostró su firme compromiso con el
socialismo, reflejado en su respaldo virtualmente unánime a una Constitución cuya
redacción final había sido, además, resultado de un ejemplar proceso de discusión y
aprobación en el que participó todo el pueblo.
Y ese compromiso lo reafirma en la actualidad, con su esfuerzo y sacrificio
cotidianos, como lo hizo en las elecciones que hemos efectuado bajo el período
especial, en los parlamentos obreros y en todas las discusiones realizadas con motivo
de las medidas económicas adoptadas y como ocurre ahora mismo en las asambleas
de trabajadores en el marco del XVII Congreso de la CTC. ¿Qué muestra todo eso
sino el más fuerte respaldo al socialismo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo?
Es como si cada día de esta etapa heroica, con hechos muy concretos,
volviésemos a reafirmar la validez de nuestra Constitución.
Pregunta.—Enemigos y, en ocasiones, algún que otro amigo en el exterior y a
veces internamente, teorizan alrededor de los preceptos de nuestra Carta Magna y,
bajo el consabido pretexto de la ausencia de democracia en Cuba, desatan campañas
de propaganda contra nuestro país. Una de las más recientes, incluso, desconoció por
completo la voluntad ampliamente mayoritaria del pueblo que refrendó hace dos
décadas la Constitución por la que se regiría; otras, tergiversan o minimizan el
alcance de las reformas del 92. Ninguna ocasión mejor que ésta para que usted,
amplio conocedor de estos temas, los comente.
Respuesta.—¿Qué saben esos señores de democracia? Ninguno de ellos
representa un gobierno por el pueblo y para el pueblo. Democracia es el sistema
político en el cual el pueblo interviene en el gobierno, participa en la dirección de la
sociedad, ejerce la autoridad. Para lograrlo hace falta transformar completamente la
sociedad. La democracia es imposible en el capitalismo porque son exactamente
conceptos contrarios, opuesto el uno al otro.
Por eso inventaron la llamada «democracia representativa», un engendro que no
es democrático ni es representativo. Es un esfuerzo para relegar al pueblo y excluirlo
del gobierno con una maniobra reduccionista que busca tratar de convencer a la gente
de que toda la democracia se limita a celebrar elecciones periódicas.
En esas elecciones se supone que el pueblo «elige» a sus gobernantes y ahí
terminó el asunto, después el pueblo no cuenta para nada, el gobierno queda en
manos de los políticos, de los «elegidos». Al pueblo se le convida a concurrir, cada 4
ó 5 años, a votar por candidatos que él no seleccionó, con los que no volverá a tener
ninguna relación, que no le rendirán cuenta de su gestión y, por supuesto, con el
pueblo no discutirán jamás los programas y medidas que el gobierno se proponga
aplicar. En ese sistema el pueblo es el gran ausente, porque ese sistema nada tiene que
ver con la democracia como no sea tratar de impedirla.
En la actualidad la situación se agrava, pues la esencia del denominado
«neoliberalismo» es hacer que el gobierno no sea para el pueblo. Reducen
drásticamente el papel del Estado y su función reguladora de la sociedad y de la
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economía, eliminan servicios esenciales para la población, lo privatizan todo y
suprimen toda restricción al desenfrenado afán de lucro de los ricos. Y desde luego,
nada de eso podría hacerse con la participación del pueblo o con su consentimiento.
Por eso es que gastan tantos recursos y realizan tantos esfuerzos en tratar de
confundir a la gente y hacerle creer que la «democracia representativa» es la
democracia, que no hay alternativa posible, que es «eso» que ella tiene y sólo «eso».
Pero veamos sus famosas «elecciones». Se han ido convirtiendo cada vez más en
una farsa, mezcla de mercantilismo y corrupción. Exceptuando, claro está, a los
partidos revolucionarios, los ricos son quienes controlan las maquinarias partidistas
que escogen a los candidatos, financian las campañas publicitarias siempre más
costosas de los candidatos y después, obviamente, controlarán la actuación de los que
resulten electos. No hace falta decir que ningún candidato de los pobres podrá reunir
el dinero que cuestan hoy día las campañas electorales en esos países.
Fíjate lo que ocurre en Estados Unidos. Las campañas electorales cuestan cada
vez más dinero, los aspirantes compiten para reunir más recursos, gastan decenas de
millones de dólares en publicidad y en comprar votos pero a cada elección concurren
menos electores. ¿Qué indica eso, que el pueblo participa o que el pueblo se aleja?
¿Que el pueblo se siente «representado» o que se da cuenta que todo es una farsa?
Pregunta.—La oportunidad es idónea para abordar un asunto que está urgido de
mayor atención y perfeccionamiento: la enseñanza y divulgación sistemáticas de
nuestra Ley Fundamental. ¿Qué opina al respecto?
Respuesta.—Creo que sería poco todo lo que se hiciera por divulgar el texto de la
Constitución, estudiarlo, hacer que todos lo conozcan y comprendan. Es necesario
porque ahí están los fundamentos del ordenamiento legal, del sistema institucional de
los derechos y deberes de todos. Eso es válido para toda Constitución en cualquier
sociedad. En nuestro caso, siendo esencial para nuestro sistema político la
participación popular, es necesario lograr que ella sea como el ABC de la formación
cívica de los ciudadanos.
Pregunta.—Hablar de Constitución es hablar de Estado, de sistema de gobierno,
de igualdad, de derechos, deberes y garantías fundamentales, de elecciones…
aspectos todos en que igualmente somos frecuentemente atacados. Usted, también
con frecuencia, se ha referido a que conquistas que preservar y defender no son sólo
la educación y la salud, sino muchas otras. ¿Puede inferirse de estos
pronunciamientos suyos que en la letra de nuestros preceptos constitucionales se
funden esas conquistas?
Respuesta.—Efectivamente en la letra de la Constitución se funden esas
conquistas. Pero yo diría que hay una que es la conquista clave porque en ella se
fundamentan las demás, sin ella se perderían todas las demás, absolutamente, sin
excepción. Ella es: el poder político del pueblo trabajador, nuestro sistema del Poder
Popular.
Fidel lo ha explicado varias veces. Podemos hacer ajustes en la economía,
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podemos incluso hacer concesiones, pero mientras el pueblo tenga el poder, el poder
será revolucionado y se garantizará la independencia de la Patria y el socialismo.
Por muchas vueltas que se le dé al tema ahí está la raíz de los ataques que se nos
hacen. Si Estados Unidos nos ha combatido, de una forma u otra, desde el 10 de
Enero de 1959, es porque desde ese día el pueblo cubano se liberó, entró en escena y
comenzó a actuar. Y no son pocos los «demócratas» de este mundo que pierden el
sueño ante la idea de que algún día sus propios pueblos tomen también sus destinos
en sus propias manos.
Pregunta.—Por último. La ocasión casi induce a preguntarle, porque está
estrechamente ligada a este aniversario, sobre los 20 años de la constitución del Poder
Popular que también se celebran en este 1996. ¿Cómo considera que se debiera
proyectar este acontecimiento en cada territorio? ¿Qué ideas ha manejado la
Asamblea Nacional para festejarlo?
Respuesta.—Tienen que ser festejos de trabajo. Junto con el merecido
reconocimiento a los numerosos compañeros y compañeras que han dado lo mejor de
cada uno de ellos, que han luchado muy duro, con tenacidad y abnegación, debemos
convertir este aniversario en el marco apropiado para multiplicar los esfuerzos, en
todas partes, para que el sistema funcione cada vez mejor, para eliminar deficiencias
y errores.
No estamos proyectando conmemoraciones formales ni ceremonias aunque ellas
pudieran estar justificadas. Estamos preparando reuniones de trabajo en todos los
territorios, con nuestros diputados y delegados, que sobre la base de las que se
realizaron el año pasado deben servir para analizar críticamente la actividad en cada
lugar, el funcionamiento de cada instancia del Poder Popular y cómo enfrenta los
problemas concretos.
La insatisfacción tiene que ser norma de conducta de todos nuestros cuadros:
donde hay logros no contentarnos nunca con lo alcanzado y no dejar de luchar jamás
contra lo mal hecho o por hacer todo lo que se pueda y hacerlo bien.
Que este año aniversario sea el de una verdadera renovación de estilos y métodos
de trabajo, que elimine el formalismo y la rutina y sobre todo, que sirva para el
despliegue de las iniciativas y de la capacidad creadora del pueblo y su participación
real, efectiva y sistemática.
[Link] - Página 62
CUBA ANTE EL MUNDO ACTUAL
[…]
Yo pensaba que pudiera ser útil para esta reunión y para nuestro encuentro con
ustedes compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la ubicación de Cuba en el
mundo de hoy, a partir de la consideración de algunas cuestiones que estoy seguro
que todos los que nos visitan contrastan a diario en su actividad cotidiana tanto como
profesionales o como ciudadanos de los distintos países del mundo.
Vivimos en un mundo en el que se intenta imponer nuevos dogmas, en el que se
pretende que se ha entrado en una nueva etapa de la evolución humana a partir de los
acontecimientos que se produjeron en Europa Oriental y Central hace cinco años.
Que implica el que la sociedad internacional, todo el planeta, podrá estar a partir de
ahora organizado sobre la base de determinadas concepciones que se supone que han
triunfado y han demostrado su validez universal y que deben ser seguidas o acatadas
por todo el género humano. Esto se concreta, en términos específicos, en una idea de
la organización de la sociedad desde el punto de vista político que se expresa en lo
que se da en llamar la democracia representativa y en una idea de cómo debe
organizarse la vida económica de estas sociedades de los principios, los criterios que
deben regir en la actividad económica a escala internacional o nacional que se
concreta en lo que ha dado en llamarse el neoliberalismo. Si pensamos en ambos
elementos: el político y el económico, veremos cómo hay una interrelación evidente
entre ambos. Se nos recomienda, se nos presenta como recetas universales, una
concepción de la sociedad en la cual el Estado, la organización política de la sociedad
debe decrecer no sólo en su tamaño, en sus dimensiones (que muchas veces este
aspecto es objeto de una crítica legítima). Creo que todos coincidimos, cualquiera que
sea la inspiración ideológica, los criterios políticos que se tengan, en que en más de
una experiencia, las dimensiones del Estado, las dimensiones de la burocracia o los
estilos que la burocracia impone constituyen un fenómeno negativo frente al cual hay
que luchar, hay que buscar su reducción, aligerar su peso en la vida cotidiana, pero no
se trata realmente de eso, se trata de en parte, aprovechando esa crítica legítima,
pretender que la sociedad moderna debe estar concebida de tal forma que se reduzca
al mínimo o que desaparezca incluso la función reguladora, controladora,
organizadora que la sociedad debe tener sobre la actividad económica en general.
Esto, para los latinoamericanos y para los no latinoamericanos también se manifiesta
en ese concepto tan generalizado de las llamadas privatizaciones.
Ya no se trata solamente de privatizar o no un servicio público, ya sean los
ferrocarriles o grandes sectores de la economía, se trata de privatizar hasta parques,
hasta funciones o lugares que tradicionalmente nos habíamos acostumbrado a
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pensarlos no como dominios de nadie en particular sino pertenencias del conjunto de
la colectividad humana que integra cualquier nación.
Democracia representativa, por otra parte, es un concepto que se pretende
curiosamente imponer como si fuera la única fórmula política concebible,
curiosamente porque el concepto ha sido ampliamente criticado desde su propio
nacimiento. No quiero extenderme ahora en demostrar como desde que este concepto
o esta definición comenzó a ser empleado en realidad, sobran los investigadores, los
analistas, los pensadores, que siempre subrayaron el carácter ficticio de ese concepto.
Es decir, de cómo la representatividad en una sociedad democrática es algo de muy
difícil realización, por la sencilla razón de que es prácticamente imposible lograr la
organización entre los hombres y que ellos puedan crear fórmulas de representación
en circunstancias en que el hombre no ha resuelto, quizás el problema más antiguo de
la civilización, que es el de la desigualdad humana.
Si nos remontamos a la historia desde Platón, Rousseau hasta Kelsem en este
siglo, vamos a ver cómo todos ellos apuntaron precisamente a ese gran problema:
cómo organizar la sociedad en forma democrática, es decir, en forma tal en que todos
ejercieran la autoridad, en que todos participasen en el gobierno común cuando entre
los hombres las diferencias eran tan agudas que hacían prácticamente imposible
lograr una forma de representación que tuviera un carácter legítimo. Eso está en el
origen del gran debate de todo el mundo occidental sobre la democracia.
Es decir, que la democracia, aunque pretendan ocultarlo los que manejan enormes
recursos propagandísticos para crear fórmulas, para fabricar imágenes, para imponer
modos de pensar, aunque para esos grupos aparezca como un tema fácil, sencillo, al
cual se puede imponer recetas, la democracia en realidad ha sido a lo largo de nuestra
cultura uno de los problemas fundamentales, una aspiración del género humano pero
que siempre fue apreciada como un gran problema, como una meta, como algo por lo
cual los hombres lucharían siempre pero que en ninguna parte habían logrado
conquistar de un modo u otro. En nuestro país nosotros creemos profundamente,
además, en «el gobierno para el pueblo y por el pueblo», para seguir la conocida
definición de Abraham Lincoln. Nos encontramos en un mundo en el que se nos
pretende imponer que adecuemos nuestra sociedad a formas que pretenden ser
impuestas para todos y que penosamente, de un modo abierto, de un modo ostensible,
niegan sus propios presupuestos fundamentales.
Que cosa hay más alejada de aquella idea linconiana del gobierno para el pueblo
que esa filosofía que se impone, incluso a través de los créditos internacionales, de
los mecanismos financieros internacionales, de las políticas que se exportan hacia el
Tercer Mundo, de reducir la responsabilidad estatal, de achicar el área de
responsabilidades del Estado, de pretender que los problemas de los hombres en la
sociedad sean resueltos o queden reducidos al llamado libre juego de las fuerzas del
mercado, e ir haciendo una definición del Estado que cada vez se desentiende más de
los problemas de la gente, un Estado que, en pocas palabras, es cada vez menos un
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gobierno para el pueblo.
El pasado mes de noviembre, hablando de las consecuencias de las elecciones
parlamentarias que habían tenido lugar en los Estados Unidos el día 8, unos días
después, el presidente William Clinton, públicamente, ante la televisión
norteamericana, se presentó para hacer un análisis de lo que había ocurrido, para
tratar de explicar políticamente el fenómeno que había producido una victoria de
dimensiones excepcionalmente amplias del Partido Republicano, de fuerzas que se
presentan con una inclinación más conservadora y que integran la oposición a su
gobierno en Estados Unidos. El presidente Clinton, cuando quiso referirse a lo que a
su juicio era la explicación fundamental de aquel hecho electoral, dijo que en el fondo
el pueblo norteamericano se siente enajenado del proceso político, que el pueblo
norteamericano no se siente partícipe del proceso de toma de decisiones en la
sociedad norteamericana y que es este sentimiento, esta percepción del electorado la
que explica en última instancia, el rechazo que manifestó frente a los candidatos que
eran percibidos por la gente como representantes de la sociedad política
norteamericana. El pueblo se siente enajenado de su sistema político y el pueblo no se
siente partícipe del proceso de toma de decisiones en la sociedad.
Si buscamos cualquier diccionario, si buscamos cualquier texto elemental de
historia o de teoría política, si pensamos ligeramente sobre la idea de la democracia,
difícilmente podremos encontrar situación más distante de esa idea que aquella de
una sociedad donde su máxima figura representativa, el jefe de Estado, la define
como una en la cual la gente se siente enajenada del sistema político y no se siente
partícipe en el proceso de toma de decisiones.
Yo creo que, quizás, sin quererlo, el presidente Clinton dio el mejor diagnóstico
de la quiebra de un modo de entender la democracia en su sentido raigal y mostraba
adónde llega la ficción de la representación en las sociedades que no conciban la
democracia precisamente como una aspiración y como un problema que hay que
resolver y que hay que construir esa aspiración de un modo trabajoso y de un modo
que implica no concebir la organización de la sociedad sino como algo en la que el
Estado, el gobierno se desentiende de los problemas de la gente, deja de ser una
institución para la gente y deja cada vez más que sea la empresa privada, que sean las
corporaciones, que sean los individuos los que decidan y con el libre juego de las
fuerzas económicas resuelvan o dejen de resolver los problemas de los seres
humanos. El precio de ese enfoque que se llega a manifestar con esa crudeza, por el
Presidente norteamericano, también se manifiesta en otras naciones, no voy a decir
que en todas, no voy a decir que sea un fenómeno universalmente aplicado, pero en
muchos otros lugares también hay muestras de un cierto desinterés, una enajenación
de la gente respecto a su proceso político, que se expresa en el hecho de que en más
de una sociedad democrática, la corriente política que más respaldo recibe no es la
que representa a ningún partido político, a veces ni la suma de todos los partidos la
representan, que es la tendencia a la abstención, a no participar, a no involucrarse en
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modo alguno en la toma de decisiones de importancia para todos en cualquier
sociedad.
En nuestro país tratamos de seguir un camino que no ocultamos que como nos
señalan en muchas partes diversas publicaciones, se aparta de la corriente de lo que se
supone que deba ser el modo único de actuar para todos; esto tiene razones que no se
refieren solamente con nuestro modo de entender las cosas, con el pensamiento que
anima a la actual generación de revolucionarios cubanos, no solamente tiene que ver
con nuestra convicción de que estemos defendiendo una sociedad que nos parece más
justa, que nos parece más noble, que nos parece que encarna ideales y aspiraciones
por las cuales vale la pena esforzarse sino que además corresponde con nuestra propia
tradición, con nuestras propias raíces nacionales.
En el día de ayer el compañero Gómez, nuestro ministro de Educación, les dio
una panorámica en este sector de lo que nuestro país, nuestro pueblo, ha alcanzado en
estos años del período revolucionario. Pudiéramos hacer algo parecido con otros
importantes aspectos de la vida y el desarrollo social y veremos que efectivamente en
este país hay unas cuantas cosas por las cuales luchar, unas cuantas cosas que vale la
pena defender a cualquier costo, y que su defensa, el aferrarse a no perder lo que
hemos conquistado con el esfuerzo de todos, con la participación de todos a lo largo
de estos años es en el fondo la concreción más clara, más profunda de una verdadera
voluntad democrática de nuestro pueblo, en el sentido de que es el sentimiento, la
aspiración, la voluntad de la inmensa mayoría de los cubanos, pero que, además, no
están solamente defendiendo resultados importantes sino resultados que son
consecuencias de su propio esfuerzo colectivo.
Si democracia es participación de la gente en el gobierno, si democracia es
ejercicio de la autoridad del pueblo, la democracia tiene que ser un sistema en el que
el pueblo no se sienta enajenado de su sistema político, en el que el pueblo no se
sienta no partícipe en el proceso de toma de decisiones, sino que democracia tiene
que ser exactamente lo opuesto a esa fórmula que sirvió al presidente Clinton para
describir la situación que enfrenta hoy el país que, precisamente, pretende exportar su
calamitosa imagen democrática como si fuera el arquetipo de la organización que
todo el mundo tiene que acatar.
Si fuéramos a estudiar desde su origen ese movimiento de profunda
transformación ocurrido en Cuba en el campo educacional, o si fuéramos a hacer lo
propio con relación al desarrollo de la salud pública, o si fuéramos a hacerlo con las
transformaciones en el plano de la cultura, o si fuéramos a hacerlo con relación al
deporte, o si fuéramos a hacerlo con relación a la defensa nacional frente a las
agresiones que este país ha sufrido, veremos que en todos esos aspectos cardinales de
la vida nacional ha existido y existe como elemento fundamental la participación
colectiva del conjunto de la población. Si en Cuba hay resultados en el terreno
educacional de los que podemos sentirnos orgullosos, no es sólo por la dirección
correcta, por la estrategia correcta que se aplicó en ese campo, no es sólo porque haya
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habido criterios técnicos adecuados, porque haya habido una concepción justa con
relación a este tema, ha sido también porque desde el primer momento se propició y
se logró la incorporación del conjunto de la población en el desarrollo de esa
profunda transformación educacional.
Desde la campaña de alfabetización en la que decenas o centenares de miles de
cubanos: trabajadores, jóvenes, amas de casa, se dedicaron a enseñar a leer y a
escribir a los que no sabían hacerlo, en un movimiento que desbordó cualquier
institución ministerial, cualquier entidad estatal, para convertirse en un fenómeno de
masas en el que todos tuvieron un papel importante a desempeñar en él hasta el día de
hoy, en que […] a pesar de todas las dificultades, de toda la situación crítica que
atraviesa nuestro país, no se ha cerrado ninguna escuela, no ha quedado ningún niño
sin aula. Pero todo eso se explica también con el esfuerzo colectivo, con el sacrificio
ejemplar de miles y miles de maestros, con el aporte que la comunidad hace para
ayudar a que esa escuela se mantenga abierta, con el aporte que incluso padres y
madres hacen ayudándose los unos a los otros para que funcione nuestro sistema
educacional, porque en última instancia para el cubano se trata de algo que no le es
ajeno, que no ve como una cuestión distante de la que puede desentenderse y algo
semejante podría decirse de todos los aspectos capitales de nuestra existencia
cotidiana hoy.
Frente a aquellos que abogan por un Estado prescendente, por un Estado que no
se sienta responsable de los problemas de la gente y un Estado, en consecuencia, en el
que nadie podrá esperar que la gente se sienta partícipe, que la gente se sienta
motivada a intervenir. Frente a esto, nosotros seguimos creyendo en un Estado y en
una sociedad organizada sobre bases e inspiración democrática que, además, por
creerlo profundamente y por estar convencidos que el conjunto de la población
cubana así lo cree, es que podemos explicar que a pesar de todos los contratiempos, a
pesar de la muy difícil situación en lo material que enfrenta nuestro país, a pesar de
que desaparecieron nuestros socios de ayer y que cuando tal cosa ocurrió el viejo
bloqueo norteamericano no sólo se mantuvo sino que se intensificó. Ahora mismo
alguien por allá ha propuesto una nueva ley en el Congreso norteamericano para no
sólo extender y fortalecer las actuales medidas de bloqueo sino pretendería tratar de
llevarlo a su universalización, de establecer obligaciones internacionales sobre otros
estados para que acaten la misma política; estaría por ver qué sucede si una propuesta
como esa llegara a ser aprobada en el Congreso norteamericano, nada se puede
excluir en un sistema parlamentario que en su separación del pueblo, en un sistema
parlamentario en el cual el pueblo es ajeno, según dice su máximo representante, en
un sistema parlamentario en el que la gente no tiene nada que hacer ni que decir en
relación con sus decisiones; habría que ver qué pasa después en el plano
internacional, pero, viviendo esas condiciones, enfrentando esas amenazas incluso de
multiplicar y agravar esas condiciones que enfrenta nuestro pueblo, la única
explicación, la única razón que puede demostrar por qué a pesar de todos los pesares
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no solamente no hemos desaparecido, no solamente no nos han podido obligar a
plegarnos a esa corriente universal que en última instancia expresa la dominación
universal de quienes ustedes saben; sino que, además, a pesar de todos los pesares
nosotros podemos mostrar en los últimos meses, en el último año, cómo comienzan a
manifestarse signos alentadores en nuestra economía, signos que nos permiten
apreciar el proceso de decrecimiento, de deterioro de la situación material, comienza
a detenerse y que, en algunos aspectos, incluso, mostramos algunos signos
importantes de recuperación; esto se logra y se seguirá logrando a partir de un
compromiso real de la inmensa mayoría de la gente con el proyecto político y social
que defendemos. […]
No será muy democrático representativo, pero sí creo que es muy genuinamente
democrático el proceso en el que los cubanos nos hemos embarcado desde el
comienzo de esta crisis, que nos ha llevado a convertir en temas de discusión
colectiva, de reflexión sistemática, por parte de todo el mundo los principales
problemas que encara nuestro país. Nosotros hemos adoptado algunas decisiones
importantes que han tenido que ver con medidas de austeridad económica, con
políticas de precios, con sistemas impositivos, que han tenido que ver con todo el
conjunto de acciones que la sociedad cubana ha tenido que ir adoptando para poderse
ajustar, poderse adecuar y adaptar a esos cambios en nuestras relaciones económicas
externas que se han producido en los últimos años. Cualquiera de nuestros hermanos
y hermanas de América Latina conoce qué cosa es un paquete económico y la
adopción de medidas financieras, es un fenómeno bastante común; algunos podrán
recordar algunos paquetes, varios programas de ese tipo adoptados en sus respectivos
países en lapsos mucho más breves que 35 años de revolución en Cuba.
Yo dudo que haya muchos que recuerden cuándo en sus respectivos países la
adopción de esas medidas, de esas políticas, estuvo precedida por un proceso en el
cual todos los ciudadanos de ese país pudieran pronunciarse libre y abiertamente
sobre los posibles caminos a seguir; estoy seguro que más bien, lo que recordarán
muchos de los que me escuchan es la mañana o la noche que, de pronto, conocieron
por un noticiero de televisión o por la lectura de un diario, que a partir de ese
momento vivían en un país donde se habían producido importantes modificaciones en
la política económica que se reflejarían desde el precio del pan que comprarían esa
mañana hasta los gastos que el Estado destinaría a la educación, a la salud, etc. En el
caso nuestro todas y cada una de las medidas, todos y cada uno de los cambios
importantes que poco a poco hemos ido introduciendo en nuestra estrategia
económica para enfrentar la actual crisis, todas fueron no sólo objeto de discusión
aquí mismo, en esta misma sala por la Asamblea Nacional, sino que lo fueron antes y
lo siguen siendo en todos y cada uno de los colectivos obreros, en todos los
colectivos estudiantiles a lo largo del país; se trata de una sociedad que da fenómenos
no frecuentemente repetidos en el planeta pero que forman parte consustancial de
nuestra realidad nacional, como se dan ahora mismo, comenzando en estos mismos
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días en todo el movimiento obrero cubano donde en cada colectivo de trabajadores no
sólo los trabajadores han opinado de un tema que existe en el planeta entero como es
la contribución a la seguridad social, han dado su punto de vista sobre si eso debe
existir o no, sobre los términos en que podría existir, conscientes de que la Asamblea
Nacional, aquí mismo, en esta misma sala, decidió excluir de la ley tributaria esa
materia porque era evidente que existía diversidad de pareceres, incluso resistencia
por parte del movimiento obrero cubano a esa idea de la contribución a la seguridad
social, y la Asamblea Nacional decidió que no se pronunciaría sobre el tema y que no
adoptaría ninguna decisión hasta que después todos los trabajadores cubanos
pudieran analizar en concreto esta situación, pronunciarse sobre ella y conformar,
como lo tratamos de hacer en todo un consenso nacional alrededor de ese tema para
que sobre esa base se pudiera convertir en una decisión que obligase a toda la
colectividad cubana.
Algo bastante alejado de esa triste descripción clintoniana de un pueblo que no se
siente partícipe en modo alguno en el proceso de toma de decisiones; aquí nos hemos
ido acostumbrando al debate continuo, a la reflexión colectiva continua, ¿por qué?
Porque se trata de adoptar las decisiones que haya que adoptar, asumir los sacrificios
que haya que asumir entre todos para tratar de salvar una obra que fue construida por
todos y que es sostenida por todos. Es difícil realmente imaginar una situación menos
cercana a aquella vieja aspiración que desde los tiempos de Platón ha estado presente
en la cultura occidental de llegar a una sociedad en la que todos se sientan partícipes
y en la que entre todos tomen las decisiones fundamentales que las regulen.
Pero les decía, además, que esta idea, esta concepción esta motivación, en el caso
de los cubanos, tiene profundas raíces históricas. Ustedes llegan a Cuba en el año que
marca el centenario del inicio de la última guerra de independencia, la que debería
conducir al fin del dominio español en nuestro país, aunque en el caso nuestro no
condujo a la independencia, sino condujo a la ocupación norteamericana y a otra
etapa de nuestra vida que solamente podríamos superar en 1959, otra etapa de
subordinación, de dependencia, de coloniaje, de hecho es el centenario de esa guerra
de independencia y también el centenario de la caída en combate del más grande de
los maestros cubanos, de José Martí. Para los latinoamericanos resultaría claro el
contraste, resultará clara la referencia al pensar de que cualquiera de vuestros países
había iniciado ese proceso casi un siglo antes, por qué en las colonias antillanas de
España ese proceso habría de dilatarse casi un siglo más, qué explicó que para los
cubanos resultara más largo y más trabajoso el camino hacia la independencia y que
para los cubanos además ni siquiera condujera al establecimiento de la república
formal, de la independencia formal, sino a la concreción de nuevas formas de
dependencia; esos porqués los encontramos en una historia compleja, complicada,
peculiarmente difícil que remonta a los orígenes de nuestra nacionalidad y donde
vamos a encontrar presentes desde el primer día exactamente los mismos términos de
los problemas que los cubanos seguimos encarando hoy.
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Si acá el proceso fue mucho más complicado, resultó mucho más trabajoso, más
difícil que cuajase una nacionalidad y una idea nacional en las condiciones de una
colonia donde una gran parte de la población era esclava y otra parte apreciable de la
población estaba compuesta por esclavos que se habían emancipado por sus propios
medios pero que representaban un sector mayoritario de la sociedad vergonzosamente
discriminados y oprimidos; y el hecho de que desde los momentos iniciales se
desarrollase en los Estados Unidos de América desde los tiempos del presidente
Jefferson, como política oficial norteamericana de preservar para España su colonia
de Cuba hasta el momento en que se dieran las condiciones de que esta colonia
española se incorporase al territorio norteamericano; el fenómeno que los cubanos
conocemos históricamente como el vocablo de anexionismo. Anexionismo que tenía
expresión en la voluntad norteamericana y también manifestación reflejo dentro de la
sociedad cubana, especialmente dentro de aquellas capas de esa sociedad que
fundaban su riqueza, su poderío, del trabajo esclavo para quienes alguien dijo que su
patria no era otra cosa que su ingenio azucarero y sus esclavos. Enfrentar esa
situación, lograr crear en esas circunstancias un movimiento nacional que permitiese
establecer una República independiente acá implicaba dos grandes retos: por un lado,
enfrentar a aquellos miembros de la sociedad cubana, a aquellos elementos de nuestra
vida económica y social que aspiraban a mantener la servidumbre humana, imponer
en la sociedad cubana ideales de justicia y de igualdad, únicas bases posibles para
construir aquella nacionalidad en aquellas circunstancias y encarar la declarada y
manifiesta pretensión norteamericana de dominar esta Isla.
Si pensamos en 1995 veremos cómo los cubanos de hoy seguimos enfrentando el
mismo dilema, seguimos enfrentando a la misma potencia que todavía hoy pretende
dictar la forma en que la República de Cuba debe organizarse, pretende seguir
dictando el destino político de esta nación, y encuentra como aliados posibles a
algunas personas que nacieron acá, pero que nunca tuvieron otra patria que su
ingenio, sus esclavos, sus propiedades y frente a eso un movimiento nacional
patriótico, que descubrió desde el primer día que para tener una república
independiente en Cuba tenía que ser una república fundada en la solidaridad humana,
fundada en el sentimiento de la justicia, de la igualdad, y que ese ideal aquí no podría
realizarse sino enfrentando el antagonismo y la oposición de ese vecino, de esa
potencia poderosa que tenemos en la vecindad. Nada ha cambiado, excepto que a lo
largo de este proceso los cubanos finalmente sí conseguimos fundar esa república
solidaria y sí conseguimos trabajosamente, dificultosamente ir creando una vida
superior, distinta, que es la que hoy nos empeñamos en luchar. Por eso no se trata
solamente de defender una aspiración histórica, de defender el legítimo interés
nacional de independencia, de defender una tradición patriótica y de ser fieles a
nuestros orígenes, además, en el caso nuestro se trata de defender y de salvar lo que
pudimos ser capaces de crear en estos años, es por eso que el desafío cubano es un
reto enorme para todo un pueblo, pero los cubanos acostumbramos sobre todo en
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estos años que marcan efemérides tan importantes como la de este centenario a mirar
un poco hacia atrás y ver el camino recorrido, y realmente estamos convencidos de
que por grandes que sean los obstáculos de hoy nuestro pueblo atravesó a lo largo de
su historia circunstancias mucho más difíciles, mucho más complejas en que su
aislamiento fue mayor y que además, no tenía una gran obra que salvar sino
simplemente un sueño por conquistar y por defender. Hoy, tenemos el privilegio de
luchar por la independencia en condiciones en que creemos que podemos salvarla,
pero además, como decía Luis Ignacio ayer, estamos luchando por aquellos sueños
que convertimos en realidad y también por preservar nuestro derecho a seguir
soñando y a seguir realizando sueños en el futuro.
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NO HABRÁ TRANSICIÓN
[…]
José García Abad—¿Felipe González está haciendo algún tipo de intermediación?
¿Ha mantenido conversaciones con Fidel Castro?
Ricardo Alarcón —Estoy seguro de que mantiene las relaciones de siempre con
Fidel, pero no lo sé, tampoco creo que haga falta intermediación alguna. Yo creo que
él ha tratado de contribuir al aflojamiento de la tensión, sobre todo por las
declaraciones que ha hecho. En Yugoslavia sí ha intermediado, ¿no?
José García Abad —Sí, es un especialista en transiciones aunque aquí parece que
eso de la transición les suena a ustedes mal. La expresión de transición política hacia
la democracia no les gusta nada.
Ricardo Alarcón —Una transición implica la idea de un cambio de una situación
hacia otra distinta. Yo diría que el tema de la democratización es una cuestión
universal. Toda la sociedad tiene que democratizarse; toda sociedad con vocación
democrática debe estar en un constante proceso de democratización, de búsqueda, de
cambios para lograr que la gente sea la protagonista, la que actúe, la que dirija la
sociedad. Yo no voy a decir que aquí se ha conseguido la perfección. Lo que digo es
que en ninguna parte se ha alcanzado. Pero desde luego aquí hemos desplegado un
verdadero esfuerzo para conseguirlo. ¿Qué es lo que se nos presenta como
alternativa? Dejar de profundizar en el desarrollo de formas participativas cada vez
más eficaces para reducir la democracia a lo puramente representativo; copiar un
modelo que está en general en crisis.
José García Abad — Recientemente ha concluido un periodo de sesiones de la
Asamblea Nacional del Poder Popular donde se han endurecido las leyes contra los
disidentes. ¿Cómo explica usted— si es correcta esta interpretación— estas medidas
de rigor en un momento en que lo que se espera de Cuba es una evolución
democrática del régimen?
Ricardo Alarcón —No somos el único país que ha adoptado, en circunstancias
especiales, una ley antídoto. Es cierto que la nueva ley recoge nuevas figuras
delictivas, pero estas figuras han sido creadas en realidad por el Gobierno de los
Estados Unidos al pretender castigar a personas fuera de su país; a empresarios y a
particulares. En ningún país del mundo se castigaría a nadie por proporcionar
información sobre una finca o sobre determinada fábrica; éstos no son, por lo general,
secretos de Estado. Sin embargo, la actitud agresiva de los Estados Unidos nos obliga
a tomar medidas contra quien proporcione información que pudiera ser utilizada, por
ejemplo, contra un inversor español frente a un tribunal norteamericano en aplicación
de una ley, ilegal ante el Derecho Internacional, como es la Helms Burton. Leyes
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similares, leyes antídoto, han sido adoptadas por México, por Argentina y hay
precedentes anteriores en Inglaterra y en Canadá, donde ahora la han actualizado. La
misma Unión Europea está actuando en esa dirección.
Nuestra respuesta ha sido increíblemente mesurada, incluso hemos creado una
curiosidad penal porque más que establecer castigos lo que se hace es advertir, dar la
oportunidad a la gente para que no delinca. De hecho, más que una ley convencional,
lo que estamos haciendo es anunciar que podrá haber una legislación específica en el
futuro para determinar cómo proceder frente a determinadas violaciones de esta ley.
José García Abad—¿Se consideran ustedes en guerra?
Ricardo Alarcón —Cuba está sufriendo desde hace muchos años una agresión
brutal. La ley Helms-Burton pretende aniquilar el país; quiere reforzar el bloqueo,
hacerlo total, plenamente eficaz, ese es el sueño de sus autores. ¿Cómo? Persiguiendo
las inversiones extranjeras en Cuba; es decir cerrando nuestra economía al resto del
mundo.
José García Abad —Creo que usted coincidirá conmigo en que hay una presión
casi universal para forzar la evolución política del régimen cubano. Yo comprendo
que desde la perspectiva del régimen castrista debe ser muy difícil proceder ahora a
una apertura que puede interpretarse como una cesión. ¿No cree usted que es
necesario una evolución democrática del régimen?
Ricardo Alarcón —La pretensión de imponer a un país determinadas formas de
organización política atenta a la soberanía nacional y es contrario al derecho
internacional. Además, estas actitudes están cargadas de cinismo, de una doble moral.
No quiero meterme con ningún otro Gobierno, pero es evidente que hay Gobiernos a
los que no se aplica el mismo rasero.
José García Abad—¿Marruecos, China…?
Ricardo Alarcón —La lista es larga… Son muchos los estados que no tienen
absolutamente nada que ver con el modelo occidental de democracia. En una ocasión,
hablando de este tema le comenté a un amigo español: «Te pido una cosa: trátame
como a Marruecos».
José García Abad —Pero sí es preciso que ustedes evolucionen.
Ricardo Alarcón —Mire usted, yo sostengo la tesis de que en el fondo, sin ánimo
de simplificar una cuestión compleja, en el fondo, la actitud de Estados Unidos y de
algunos estados latinoamericanos frente a Cuba tiene un carácter defensivo. No es
cierto que el modelo que se nos quiere imponer esté en alza. Reconociendo que hay
algunos modelos políticos que funcionan mejor y que tienen más credibilidad, los
sistemas que yo conozco mejor, los de este hemisferio, la llamada democracia
representativa, está atravesando una crisis bien profunda.
José García Abad —No tanto como la alternativa, Presidente. Desde la caída del
mundo soviético la alternativa al capitalismo parece que se ha hundido
completamente.
Ricardo Alarcón —Alguien dijo que el problema del fracaso del socialismo fue
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que nunca existió realmente y el fracaso del capitalismo es que realmente existe y por
eso fracasa.
José García Abad —También se ha dicho que la revolución socialista no es más
que un paréntesis entre dos capitalismos.
Ricardo Alarcón —Yo no asumo para mí los errores, las deficiencias, el fracaso
de los modelos europeos. El hecho de que estemos aquí, seis años después de haberse
producido aquella hecatombe, está mostrando que evidentemente había algo
diferente, porque si no hubiéramos caído como una carta más del castillo de naipes…
José García Abad —Pero en lo que a Cuba se refiere creo que también sería
importante pasar de una personalización del poder a una institucionalización, a una
democratización del mismo. Tal como lo percibo, aquí todo se mueve a instancias de
lo que marca el Comandante y de ahí todo para abajo. Yo creo que sería justo pedir,
incluso desde una perspectiva de izquierdas, algo más de coherencia interna dentro de
la Revolución. Por ejemplo, no puedo entender, señor Presidente, como no hay más
que una lista única para acceder a la Asamblea Nacional.
Ricardo Alarcón —Yo creo que ha habido por nuestra parte un esfuerzo eficaz de
renovación.
José García Abad —Sin un sistema vivo de representación, el régimen no se
legitima y peligra su propia continuidad. Si desaparece Fidel se cae el sistema.
Ricardo Alarcón —Yo no lo veo así. Lo que pasa es que hay que reconocer el
enorme papel desempeñado por él, su peso en la sociedad cubana.
José García Abad —Los países comunistas del Este cayeron porque el modelo
dejó de funcionar, pero no porque se muriera el secretario general del partido. Cuba
ha logrado superar la caída de estos regímenes porque el sistema cubano es algo
diferente, pero en cambio es más vulnerable cuando se muera el líder. ¿Qué ocurrirá
entonces?
Ricardo Alarcón —El día que no esté Fidel es como cuando dejó de estar Lenin
en Rusia.
José García Abad —¿Vendrá entonces un Stalin?
Ricardo Alarcón —No hay nadie insustituible, si bien es evidente que quien
venga no tendrá las mismas características que Fidel Castro.
José García Abad—¿Y no sería conveniente que el régimen evolucionara en vida
de Fidel?
Ricardo Alarcón —Yo creo que la cuestión radica en continuar con el proceso de
democratización en Cuba, como en España, como en Estados Unidos, como en todas
partes. Ahora yo creo que sería un error para los cubanos imitar el modelo de
democracia occidental, que equivale a reducirlo a los aspectos formales
representativos y reducir al mínimo, en algunos casos al cero absoluto, la
participación de la gente en el control y en la dirección de la sociedad.
Eso va a ser más necesario el día que no esté Fidel Castro, porque Fidel Castro es
un punto de encuentro, es un intérprete inigualable de la colectividad. Tiene
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momentos geniales y unas cualidades como persona singulares, difíciles de
reproducir: inteligencia, cultura política, dedicación. Es un genio de inteligencia. No
vas a tener siempre personas de esas características. Pero también le digo que aquí
hay mucha gente preparada. Aquí hay cuadros, dirigentes locales, gentes de las
nuevas generaciones, que nacieron después de la Revolución, con enorme valía
intelectual, con preparación profesional, con vocación de dirigentes; hay muchas
potencialidades creadas por la Revolución, y en gran medida por Fidel Castro, que le
permiten a uno estar seguro de que en el futuro, lejos de ir para atrás, podemos ir
hacia adelante.
En otra época el nivel de concentración de las decisiones era incomparablemente
más alto que ahora. Ahora Fidel se va de viaje, está dos semanas fuera y el país sigue
funcionando; se siguen tomando decisiones. Si todo dependiera de él, como Usted
señala, habría que dar vacaciones a todo el mundo hasta que él regrese. No está tan
personalizado el nivel de decisión.
José García Abad —Ustedes están ahora en un momento crucial por la puesta en
marcha de una nueva política económica que puede afectar a la propia estructura del
régimen, o por lo menos puede hacerle evolucionar con consecuencias políticas que
no sé si ustedes habrán considerado. Me refiero a la despenalización del dólar, la
nueva legislación para inversiones extranjeras, la posibilidad de abrir pequeñas
empresas familiares y, sobre todo, la eclosión del turismo. En la sociedad cubana se
observa una dualidad enorme entre el área del dólar y el de la economía tradicional
que está produciendo tensiones. Ello contribuye en la conciencia de la gente; hay
muchos que ahora lo tienen claro: deben salvarse individualmente frente a la teoría
oficial de la salvación colectiva. A por el dólar, y maricón el último.
Ricardo Alarcón —Yo creo que ésa es la cuestión fundamental y la decisión
estratégica más importante que hemos adoptado. Yo creo que ahora hay un mayor
consenso sobre la corrección de la nueva política. Al principio había mucha gente que
no compartía estas medidas desde una perspectiva revolucionaria. Para mi juicio era
un argumento erróneo, puesto que el primer deber de un socialista es salvar nuestro
proyecto y la alternativa hubiera llevado al derrumbamiento económico. La
alternativa elegida representa introducir en la sociedad cubana de hoy elementos de la
economía de mercado, elementos capitalistas, elementos individualistas, todas esas
cosas. Con eso hemos logrado no sólo detener la crisis sino iniciar un proceso de
recuperación, dificultoso, con limitaciones pero sin la menor duda estamos más en
esa dirección. Lo cual no elimina el hecho de que esos elementos que usted dice y
que están influyendo en las ideas y en las actitudes. Eso es así desgraciadamente.
Pero no hubiera tenido lógica empeñarse en una actitud numantina que nos hubiera
llevado a la catástrofe. Si ahora volviéramos a la situación anterior y prohibiéramos el
dólar, habría un nivel de oposición enorme, sería imposible. No tendríamos policías
suficientes. Ahora todo el mundo tiene acceso al dólar. La gente preguntaba: ¿pero
Usted quiere defender las ideas del socialismo con esos métodos capitalistas? Es un
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gran enredo pero no hay otra alternativa que la bancarrota. Habrá tensiones como
usted dice pero más manejables que las que provocaría la bancarrota.
José García Abad —Cómo negar a Fidel Castro sus méritos… Pero han pasado
ya casi 40 años y no se puede seguir como si nada hubiera pasado en el mundo. Mi
pregunta concreta es la siguiente: ¿cómo puede el régimen evolucionar desde dentro,
desde sus propios principios?
Ricardo Alarcón —El problema está en que hay una visión europea o
norteamericana que no deja de tener —no lo tome como un agravio— un cierto
resabio colonialista. Es una visión eurocentrista del mundo. Se pretende que Cuba
avance según le parece a Europa. Y esto me permite enlazar con mi reflexión anterior
sobre el carácter defensivo de esa crítica. Cuando los yanquis insisten en ello no es
porque ellos quieran extender los beneficios de su sistema, lo que quieren es hacer
desaparecer la posibilidad de una alternativa política, de un sistema político
alternativo que está buscando, desarrollando, inventando, creando formas para
resolver un problema que es universal. ¿Cómo diablos se logra en la sociedad
moderna que toda la gente participe y decida? Ese es un tema bien complicado. Los
grupos elitistas pretenden que la gente crea que la democracia se reduce al aspecto
ceremonial; a delegar en mí o en Usted la soberanía popular.
[…]
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NO SE PUEDE PEDIR QUE UN PAÍS CAMBIE POR MEDIO DE
PRESIONES EXTERNAS
Pregunta.—¿Cree que algún día podrá romperse el hielo entre Cuba y Estados
Unidos?
Respuesta. —Como usted sabe, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no
son normales y creo que ha llegado el momento de que los dos países se sienten a
hablar para regularizar la situación. Es evidente que somos vecinos y lo seguiremos
siendo por muchos años. Hay un refrán mexicano sobre las consecuencias de estar
situado en un lugar geográfico particular y alejado de Dios. Nosotros estamos aún
más lejos de Dios que los mexicanos pero estamos cerca de Estados Unidos. Llegará
el día en que logremos entendernos.
Pregunta. —Cuba necesita a Estados Unidos desesperadamente…
Respuesta. —Cualquiera puede hacerse cargo de nuestra situación. Imagínese a
un país como el nuestro que de la noche a la mañana, debido a cambios políticos en el
exterior, ve desaparecer el 85% de su comercio exterior, ve evaporarse la única línea
de crédito que tenía, esfumarse sus mercados, y no quiero seguir. Y todo ello en
tiempos de paz, porque situaciones como la nuestra son típicas de un período de
guerra, pero no de paz. Sin embargo, contra todas las predicciones, aquí estamos
cinco años después, no en muy buenas condiciones, pero la revolución sigue viva.
Los agoreros que decían que todo se iba a acabar no acertaron. Este año incluso
vamos a crecer un modesto 5%, una cifra incluso buena para países que no están en
nuestra difícil situación.
Pregunta. —Quizá España tiene que ver en este crecimiento. Ha habido
importantes inversiones de empresas españolas en Cuba.
Respuesta. —Es cierto. España y otros países han apostado por Cuba. Muchas
compañías extranjeras están invirtiendo en Cuba. Se habla sobre turismo y es cierto.
Se están construyendo numerosos hoteles. Además estamos sumando al sector
turismo sectores económicos como el níquel, la minería y la explotación y refinado
de crudo, producción de cítricos, comunicaciones telefónicas y la caña de azúcar. La
tendencia es buscar socios internacionales.
Pregunta. —Pero para recibir a empresas extranjeras el sistema cubano tendrá
que cambiar bastante…
Respuesta. —Es cierto, y estamos en ello. Ahora se está discutiendo en cientos de
asambleas en fábricas, escuelas y en todos lados si cada cual tendrá que aportar parte
de sus ingresos para contribuir a su fondo de jubilación. El asunto de los impuestos
sobre las rentas personales es un tema tabú, porque los sectores de los trabajadores se
niegan de plano a ello. Algo que puede parecer normal en su país, como un sistema
impositivo, es difícil de entender en el nuestro.
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Pregunta. —También es cierto que no es muy coherente que en un régimen
socialista los trabajadores tengan que seguir las reglas económicas de una sociedad
democrática de mercado libre.
Respuesta. —Déjeme decirle una cosa. Recuerdo perfectamente la definición de
democracia que da la Real Academia de la Lengua Española: «Predominio del pueblo
en el gobierno político de un Estado». Ningún país debe estar completamente
satisfecho en sus aspiraciones democráticas. La democracia ha sido una especie de
utopía siempre en lucha contra las desigualdades sociales. En Cuba seguimos este
principio democrático de la participación directa del pueblo en la toma de decisiones
políticas. Hemos aceptado diversos cambios en nuestro sistema económico, pero
hasta ciertos límites. Los hacemos si el pueblo los acepta. No creo que encuentre
muchos cubanos que acepten la privatización del sistema de salud o del sistema
educativo: con todos los problemas que puedan tener, ambas cosas son universales y
gratuitas para los cubanos. Muchos están dispuestos a hacer enormes sacrificios para
preservar las cosas que son fundamentales e inherentes a nuestro pueblo desde hace
35 años.
Pregunta. —Pero si el sistema no funciona, da igual que sea público o privado. El
ciudadano no recibe los servicios adecuados de ninguna de las maneras.
Respuesta. —Hay sociedades que se sienten responsables del bienestar de todos,
que creen que deben ocuparse de las necesidades básicas de todo el mundo,
sociedades que promueven ciertos ideales morales. Sociedades que no tienen que
estar basadas en los bienes materiales, en el individualismo y el beneficio personal.
Hay sociedades con valores comunes que existen desde que comenzó la revolución
cristiana. En Cuba creemos en la solidaridad humana, en la igualdad de hombres y
mujeres. Déjeme decirle que Fidel Castro no es el primer líder cubano que ha tenido
que enfrentarse a Estados Unidos. Mucho antes de que él naciese, Estados Unidos ya
había intervenido tres veces en Cuba. No fue Castro, sino el padre de nuestra nación y
el primer presidente Carlos Manuel de Céspedes, el que en noviembre de 1872 cerró
la embajada no oficial de Cuba en Washington. Fue él el que dijo algo que hoy sigue
teniendo plena vigencia: «No importa lo pequeños, lo débiles, lo infelices que
seamos, pero conservaremos nuestra dignidad». El Padre de nuestra Patria tuvo
también que concebir una nueva nación que debía enfrentarse a enormes
desigualdades sociales y crear una nueva sociedad a partir de un sistema esclavista,
racista y corrupto.
Pregunta. —Usted mismo ha dicho que la Asamblea Nacional cubana tiene que
ser más efectiva. ¿Se está haciendo algo en este sentido?
Respuesta. —Por supuesto. Creo que además yo comenzaría a recibir un sueldo.
No creo que en algunas áreas seamos menos efectivos que otros parlamentos. Es
complicado debido a la situación económica que vivimos. A nuestra manera cubana,
somos un parlamento como cualquier otro, con nuestros limitados recursos.
Legislamos y controlamos la Administración. Discutimos los asuntos, pero no los
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decidimos inmediatamente, como en otros parlamentos. Antes de aprobar cualquier
cosa volvemos nuestros ojos al pueblo y cada uno de nuestros diputados debe dedicar
cientos de horas a explicar y discutir las medidas en fábricas, escuelas, consejos
vecinales… Con las respuestas del pueblo, volvemos a la Asamblea y decidimos. Yo
personalmente he expresado en cientos de reuniones en todo el país mi posición
favorable a los impuestos sobre la renta personal, pero no he convencido mucho. Los
ciudadanos se oponen a ello, y contra la voluntad del pueblo no se puede aprobar
nada.
Pregunta. —Sin embargo, hay cosas que no son tan democráticas, como esa ley
que permite encarcelar a un ciudadano durante tres años si critica a Castro…
Respuesta. —No conozco muy bien esa ley. No estoy seguro, pero creo que no
existe una ley que diga que alguien debe ser encarcelado por criticar a una
determinada persona. Hay muchas leyes antiguas que pueden estar vigentes pero que
no conozco. Hemos intentado modernizar el país. En algunos momentos hemos
tenido que castigar ciertos derechos, como el de dejar el país e irse a otros. Cuando
cambiamos esta política nos acusaron de enviar cubanos a Estados Unidos. Los
comités que tiene la Asamblea han estado revisando cada ley para ponerlas al orden
del día con las directrices de derechos humanos de las Naciones Unidas.
Pregunta. —Estados Unidos levantaría el embargo si hay una apertura política en
Cuba. Si Fidel Castro y el Partido Comunista creen tan firmemente que el pueblo les
apoya y que ganarían las elecciones, ¿por qué no seguir gobernando elegidos
democráticamente?
Respuesta. —Creo que las cosas no son como Usted las pinta, Pero, en el fondo,
tampoco eso es esencial. Lo importante es que Cuba no es una colonia
norteamericana, como algunos pretendían. No somos un territorio de Estados Unidos.
Nadie puede negociar con otros como si fuesen sus criados que deben seguir sus
órdenes y que encima esa situación parezca la normal. No se puede pedir a un país
que cambie por medio de presiones. No creo que nadie espere recibir favores a
cambio de negarle la comida y medicina a los niños.
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LA FILOSOFÍA DEMOCRÁTICA DE CUBA
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igualitarista que está en el fondo de la aspiración a la democracia. Pero además decía
que desde el punto de vista práctico no era posible tener a todo el mundo
constantemente reunido, de ahí viene entonces la idea de la representación y lo que se
desarrolla en este siglo después que es la Democracia Representativa, o sea la que
pone el énfasis en el hecho de que a diferencia de una sociedad absolutista donde el
poder viene de Dios, hereditario, etc., la estructura política se basa en un sistema
representativo, que la gente elige a alguien que actúa a su nombre, que lo representa.
Pero si la sociedad sigue dividida por la desigualdad entre los hombres hay que
suponer entonces que la representatividad va a estar afectada por eso y vuelvo a
Rousseau quien plantea fundamentalmente eso: ¿cómo es posible que si unos tienen
demasiado y otros carecen de todo, cómo van a encontrar entre ellos personas que los
representen a todos? En dos palabras, la democracia representativa como tal es una
ficción, no puede ser otra cosa que una ficción, puesto que no ha habido una solución
a ese problema de la representatividad en condiciones de la desigualdad humana.
La aspiración de desarrollar una democracia se debe plantear en primer lugar
tratar de alcanzar la igualdad posible entre los hombres y aun lográndola, como tú no
puedes reunir a todos los hombres iguales todo el tiempo, tienes que caer
inevitablemente en formas representativas. Pero ahí viene el otro problema: la
relación entre el representante y los representados. Hay una teoría burguesa
fundamental que es lo que basamenta toda esta concepción de democracia
representativa, que es que el representante actúa en nombre de los demás, en otras
palabras, la soberanía popular, la soberanía el soberano no la heredó de Dios, la
soberanía es del pueblo, para seguir a la Revolución Francesa. Pero el pueblo no
puede ejercerla cotidianamente, el pueblo entonces elige unas personas y deposita en
esas personas su soberanía. En la práctica esto no opera, no funciona si tú no
resuelves el problema de la igualdad y si tú no buscas soluciones efectivas a las
relaciones representante-representado. Si bien es cierto que los representantes tienen
que tomar decisiones entre ellos, yo creo que una clave, incluso más allá de las
ideologías, de cualquier ejercicio democrático está en establecer mecanismos de
relación, de vinculación entre electores y los elegidos que no sea simplemente esa
graciosa definición de que depositaron en mí la soberanía y yo soy el soberano a
partir de ahí. Yo creo que el vicio mayor, o la manifestación mayor de como éste es
un sistema viciado está en el hecho de que en los sistemas democráticos
representativos, es decir, aquellos que se concentran solamente en ese aspecto de la
representación de las elecciones periódicas, etc., la tendencia es a un creciente
desinterés de la gente por esos procesos. Digamos, si la esencia de la democracia
según el concepto este de los representativos es la elección periódica y ahí se agota la
definición, porque la restringen a eso, habría que preocuparse seriamente de la
tendencia de la gente a abstenerse de participar cada vez más en esas elecciones. Un
ejemplo, el Parlamento europeo, toda Europa Occidental con sistemas democráticos
liberales, ya ha tenido creo que tres elecciones. Si tú te fijas cómo ha evolucionado la
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Unión Europea en ese período de las tres elecciones, el Parlamento europeo tiene
cada vez más atribuciones, más poderes, juega un papel mayor, sobre todo ahora
después de Maastricht, sin embargo, el interés de la gente por las elecciones para ese
Parlamento va decreciendo. Una curva ascendente sus atribuciones, una curva
descendente el interés de la gente por ese Parlamento, que, sin embargo, hoy es más
importante que antes, tiene más poder que antes. Y algo parecido se puede decir
como norma en las elecciones nacionales de la mayor parte de los países de
Occidente.
Desde el punto de vista nuestro, por ejemplo, nuestra democracia tiene elecciones
que busca y tiene que establecer inevitablemente un sistema de representantes, pero
sobre todo pone énfasis en la participación de la gente. A mí me preocuparía mucho
si yo viera que el nivel de participación desciende, si la gente se desentiende de su
sistema de gobierno, si se desinteresa. La relación del delegado con la gente, ese es el
tipo de preocupación que yo tengo porque está relacionado con la sustancia del
sistema de gobierno. Ahora, si yo fuera uno de esos abogados de la democracia
representativa, y yo sé que cada vez la gente se interesa menos por las elecciones que
es lo único que tienen del carácter democrático, yo tendría que plantearme hasta
dónde el sistema está funcionando o si no está en una severa crisis como ocurre según
tú ves prácticamente por todo el mundo.
La filosofía de nuestro sistema justamente está en desarrollar lo que está en toda
pureza en las definiciones originales de la democracia. El diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española dice que es el sistema político en el cual el pueblo
participa en el gobierno. No dice que sea el sistema político en el cual se eligen las
autoridades periódicamente, cada cierto tiempo entre varios partidos. Lo que dice es
que la gente participa en el gobierno y ello no quiere decir solamente participar en
elecciones periódicas de tal o cual manera. Yo diría que es como una tesis
reduccionista, es reducir el concepto de democracia a ese aspecto, pero que tiene su
propia condena: los que reducen la democracia sólo a la participación de la gente en
el acto electoral se encuentran con que la gente cada vez tiene menos interés por eso,
y es lógico, de acuerdo con la historia de lo que ha significado eso a lo largo del
mundo. ¡Imagínate tú, los pobres norteamericanos votaron tres veces por los
republicanos, dos veces por Reagan y una vez por Bush, sobre la base de la principal
promesa de ellos de que iban a poner fin al déficit presupuestario y hasta reformar la
Constitución para hacerlo inconstitucional! Lo cierto es que al cabo de cada uno de
los tres mandatos republicanos, ellos habían batido todos los records de la historia de
los Estados Unidos en acentuación del déficit. Entonces, ¿qué resuelve un ciudadano
que ve esto?
El otro día se publicó una encuesta muy interesante en Estados Unidos alrededor
del lío este de Dan Rostenkowski, que lo están procesando por una serie de delitos.
Este es un personaje importantísimo en el Congreso norteamericano, de los más
influyentes de los representantes, de más autoridad, y la encuesta daba que la mayor
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parte de la gente no se interesa por el tema de la corrupción, lo dan como algo
natural. El político es un hombre corrupto, que roba. En el caso de Rostenkowski lo
que había sorprendido era el volumen, tanto, durante tanto tiempo, y, además, la
originalidad de alguno de los medios que él empleó, según dicen, para apropiarse de
eso.
Acaba de morir Nixon, recientemente, y fue objeto de un homenaje nacional en
los Estados Unidos. Fue como si hubiera muerto Lincoln, y es un Presidente que tuvo
que renunciar ante la amenaza de ser juzgado por violación de la Constitución cuando
estaba en el poder. Al cabo de pocos años, sin embargo, es una especie de héroe
nacional con todos los honores; todos los ex presidentes fueron a despedirlo. Es como
que aquí se le hubiera hecho un homenaje nacional a Batista o a Machado, eso es casi
inconcebible fuera de los Estados Unidos.
Entonces, el ejercicio de la autoridad del pueblo, lo que implica la participación
de la gente real en su sistema político yo creo que es la esencia políticamente
hablando de la democracia. No me he metido en el tema del socialismo ni del
capitalismo. Yo sí creo que como dijeron Rousseau y Platón y ha dicho a lo largo de
la historia la gente que más neuronas ha gastado analizando eso, todo ello requiere la
solución del problema de la desigualdad de los hombres. Ahora, cuando tú tienes un
proyecto político que se basa en haber alcanzado niveles de igualdad inéditos, tú
entonces te puedes plantear la posibilidad de establecer en el plano de la
institucionalidad, de la organización política, formas realmente democráticas, en otras
palabras, de llevar a la práctica aquello que esos pensadores veían como una cosa
utópica, porque ni Platón, ni Rousseau, ni los revolucionarios franceses —bueno, los
jacobinos trataron de aplicarlo—, pero no vieron como una posibilidad real llegar a
establecer sociedades de iguales, y si la hubiesen establecido se hubiesen enfrentado
al siguiente problema: cómo organizarla de tal forma que la gente participe
efectivamente en su gobierno. Yo creo que además es indispensable para desarrollar
un proyecto basado en la igualdad, la fraternidad, o sea, un proyecto socialista.
Ahora, hay otro ángulo del problema. Se puede tomar otra definición de las más
populares, la famosa de Lincoln: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo». Es curioso cómo en Occidente, en Norteamérica y en América Latina se
toma tan a la ligera esa frase de Lincoln. Ahí está el elemento, para el pueblo, por el
interés de la gente, eso es lo más contrario que existe al Estado Neoliberal.
Justamente la esencia del neoliberalismo es achicar el Estado, no es sólo menos
burócratas, es desentenderlo de las cuestiones de la sociedad, desentenderlo de los
problemas de la gente, o sea, hacerlo cada vez menos un gobierno para el pueblo. Por
supuesto, en la medida que se busque un gobierno cada vez menos para el pueblo,
menos podrá ser por el pueblo. A lo que convoca es al desinterés de la gente, a que
cado vez les importe menos elegir entre los que van a integrar un gobierno que
proclama que su principal misión en la vida es desentenderse de los problemas de la
gente, desregular, desfiscalizar, dejar al libre juego de las llamadas fuerzas de
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mercado la solución o el agravamiento de los problemas de la gente.
Después de esta larga explicación, te digo que la esencia de nuestra filosofía es
justamente llevar a la práctica real el ejercicio de la autoridad del pueblo, que quiere
decir la participación real de la gente, que no es tan sencillo, resolviendo el tema
básico de la igualdad, estructurando un sistema que permita canalizar esa
participación tienes todavía que trabajar mucho para ganar en las conciencias de la
gente cuál es el papel del ciudadano en un sistema democrático, porque se dice muy
fácil: participar en el gobierno, pero la tendencia metida en las cabezas de la gente,
generación tras generación es que hay otro que gobierna por ti, que tú eres un objeto
en ese sistema cualquiera que éste sea, que tú no eres el sujeto, el protagonista del
sistema de gobierno, el gobierno es una cosa y la ciudadanía es otra.
Osvaldo. —Y bajo este concepto, podemos decir entonces que tenemos una
democracia representativa nosotros también.
Alarcón. —Tenemos un sistema de representación en nuestra democracia, pero
¿por qué no me gusta el término de democracia representativa? Porque, en realidad,
alguna gente lo define, usa decir, define su sistema con toda razón con ese calificativo
que reduce el sistema de democracia a eso, a la representación, pero además no me
gusta porque para mí una de las sorpresas más grandes como político latinoamericano
que estudió Derecho, y como todo el que lo hizo, tuve que «fajarme» con las obras de
Hans Kelsen, La teoría general del Estado y La teoría del Derecho, que ha sido la
Biblia por lo menos en la cultura hispanoamericana. Y Kelsen le ha dedicado
capítulos enteros a eso, llamado la Ficción de la Representación, y donde dice: toda
democracia llamada representativa no es representativa, porque la soberanía popular,
la democracia se reduce al día de las elecciones, al momento en que la gente vota,
pero no existe más allá. El problema está en cómo tener un sistema que tiene que ser
representativo, porque tú no puedes reunir todo el día a todo el mundo, pero si tú
agotas la idea de democracia en la representación no vas a convencer a la gente de
que está ejerciendo la plenitud del gobierno popular porque tiene la oportunidad de
marcar una boleta cada cuatro años o cada el tiempo que sea, si al mismo tiempo no
tiene empleo, educación ni salud, si está privado de las cosas más elementales.
Si le entregamos nuestra voluntad para que alguien actúe en nombre nuestro y no
hay un sistema orgánico de dependencia, de relación entre él y nosotros, es ficticio,
por eso es muy importante lo que hay en el medio, el sistema de vinculación entre el
elegido y los electores. Aquí nosotros tenemos algunas cosas en nuestro sistema que,
desde luego, son perfectibles, pero que guardan principios fundamentales: la
rendición de cuentas, las reuniones periódicas del elegido con sus electores. Estoy de
acuerdo en que se pueden señalar fallas, deficiencias, pero el sólo hecho de que
existan y que se puedan mejorar es un punto de partida, un instrumento. Esto, en
otros sistemas, ni siquiera se concibe: yo no tengo que rendirle cuenta a nadie, yo, por
mí mismo. Esto tiene mucho que ver con otro concepto que desarrollan mucho los
ingleses, primera revolución democrática, digamos, burguesa: la oposición a lo que se
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llamaba el mandato imperativo, en otras palabras, una colectividad de mucha gente
que no se puede reunir toda, pero que su representante puede actuar estrictamente
sólo dentro de los parámetros que cada grupo de electores le dio.
Osvaldo.—¿Podemos decir que un embajador tiene un mandato imperativo?
Alarcón. —Se supone que sí lo tiene de la autoridad del gobierno que lo envía. En
el pensamiento burgués hay un rechazo categórico a ese concepto, Usted asume, se
convierte en el depositario de la soberanía y hay mucha retórica sobre eso, a través de
los parlamentos cono depositario de la soberanía popular. También en el nuestro,
porque, por supuesto, tiene que haber un momento en que son los representantes los
que van a tomar determinadas decisiones, pero fíjate cómo aquí nosotros, desde
luego, no podemos asumir que hayamos llegado a la perfección porque nadie lo ha
hecho, porque llegar realmente a la realización plena de convertir el ciudadano en el
sujeto que ejerce realmente permanentemente la autoridad de todos, esto se dice más
fácilmente de lo que se realiza en la práctica, pero cuando nosotros tomamos un tema
como lo ha sido el resultado de lo recogido por los parlamentos obreros, al final tiene
que haber un texto que lo tienen que discutir los diputados, porque no se puede
discutir un texto entre 11 millones de personas a la vez. Eso es físicamente
irrealizable. Pero hubo un debate previo en el que participó todo el mundo. Yo creo
que este problema del mandato imperativo se resuelve con la parlamentarización de
la sociedad, esa es la única forma, o sea multiplicar al máximo por todas partes la
reunión colectiva.
Lo que hacemos nosotros es desarrollar un sistema en el que tú buscas la mayor
incorporación posible porque hay limitaciones, además de materiales, en la actitud de
la gente, porque lo gente espera que el depositario de la soberanía actúe en tu nombre.
Yo creo que lo que discutimos en el Parlamento Nacional no se ha discutido en
ningún otro Parlamento del mundo, pero me enteré, además, que hay temas que no
llegan ni al Consejo de Ministros, sino que decisiones como estas se toman por
menos personas de las que estamos aquí. Es lo opuesto a la idea de lo que
desarrollamos aquí, que parece un tanto loca desde esa perspectiva de afuera, pero
luego de retomar las definiciones de la democracia y demás, ¿no te parece bastante
antidemocrático y bastante absolutista que tú decidas cosas que afectan la vida
cotidiana de lo gente sin contar siquiera con los representantes elegidos por esas
personas?
Osvaldo.—¿El aporte nuestro a la democracia podemos decir que es lograr una
relación entre el representante y el representado?
Alarcón. —Eso y el papel del representado en el sistema de gobierno, y que la
gente se incorpore o su gobierno. Esa es la diferencio que existe entre democracia y
los sistemas que no son democráticos. Donde la soberanía lo tiene algo no porque se
lo haya dado el conjunto, la democracia liberal a lo más que llega es a esta entrega de
todos a alguien, y eso rebosa ficción por todas partes. Yo creo que la experiencia de
los parlamentos obreros es muy interesante porque tú no puedas reunir a todos los
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trabajadores en un teatro, pero tú si puedes incorporar a todos los trabajadores a la
discusión de un problema determinado. Yo diría que por ahí está nuestro aporte.
Es difícil hacer que el ciudadano juegue su papel, porque existe un reflejo dado
por la literatura, sobre todo la masificada; la TV, el cine. Pregúntale a un niño qué es
un juez, un parlamentario, y jamás pensará en él, sino en otro que tiene determinados
poderes especiales.
Cuando se piensa en un Parlamento se pienso en un salón de cierta belleza, de
cierto lujo, donde hoy un grupo de personas que hacen discursos, que hablan y los
otros que están afuera, a lo mejor están viendo por televisión a la espera por
determinadas expectativas de que se tomen unas decisiones u otras.
Ahora mismo en Estados Unidos, ¿habrá o no habrá un sistema universal de
salud?, ¿quién lo va a decidir? Como decía hace poco el senador Rockefeller:
señores, todos los que estamos aquí tenemos asegurada la atención médica, el
problema a quienes le interesa es a decenas de miles de personas que no tienen acceso
a la salud. Ahora, quienes van a decidir no tienen problemas, y para que lo haya tiene
que haber un aporte de los empresarios, tienen que pagar más los que más tienen.
Vamos a ver qué pasa. Pero de todos modos, piensa cómo sería ese debate si se hace
con los 40 millones que no tienen acceso a la salud en Estados Unidos. ¿Puede haber
libertad, igualdad y fraternidad si en el país más rico del mundo 40 millones de
ciudadanos no tienen ningún tipo de cobertura hospitalaria?
Osvaldo.—¿Nuestro sistema eleccionario se parece a cuál? ¿Es único?
Alarcón. —Algunos hablan de un modelo, de un proyecto que es igual en todas
partes, lo cual no es cierto. Cuba no es el único país del mundo donde la gente elige
diputados, y el parlamento es el que después designa el gobierno. En ese sentido, es
igual que el sistema británico, con la diferencia de que aquí no hay un monarca. No
es así en Estados Unidos o en Francia donde eligen por una parte el parlamento y por
otra al Presidente del Gobierno. El sistema de circunscripción, digamos, también es el
que impera en algunos países como la misma Inglaterra. Ya la cuestión de la
nominación del candidato por la misma gente, yo no conozco otro lugar que sea
similar, porque en otros países los candidatos surgen de los partidos, la esencia del
juego democrático es la competencia entre varios partidos y entre varios candidatos.
Yo no creo que pueda decirse que eso conduzca inevitablemente a fórmulas
antidemocráticas, pero hay grandes diferencias entre unos países y otros. En Estados
Unidos se discute mucho ahora si establecer algunas restricciones para el
financiamiento de los candidatos. Hay países donde esas restricciones existen. Hasta
ahora en Estados Unidos es prácticamente ilimitado, pero eso conduce a un fenómeno
que es la causa directa de la pérdida de interés de la gente, es la mercantilización del
acto electoral, las campañas son competencias entre firmas de relaciones públicas. Es
como la venta de un producto. En Estados Unidos hay dos carreras electorales. Ellos
usan el verbo torun, de correr como competir, hay que correr dos veces: la primera es
la carrera por los fondos, ellos se enredan durante muchos meses en ver quién acopia
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más dinero, para poder ganar la primera carrera, porque después va a hacer una
campaña donde decide mucho quien paga más publicidad, y estamos hablando de
campañas electorales de millones de dólares gastados por un candidato durante una
campaña. Lógicamente, los candidatos de organizaciones que busquen cambiar la
sociedad, etc. no pueden alcanzar ese financiamiento.
En Estados Unidos hay un momento en la campaña electoral que se ha hecho
práctica, que es el debate televisado y ahí invitan nada más al candidato demócrata y
al republicano; son los aceptados, los reconocidos. Sin embargo, hicieron una
excepción con Perot, que representa menos que el candidato de cualquier otro
partido, pero tenía mucha plata y destinó 60 millones de dólares para iniciar su
campaña, convocó a una conferencia de prensa y declaró ser candidato a la
presidencia.
Osvaldo. —¿Por qué no se elige en Cuba el Presidente desde la base
directamente?
Alarcón. —No es sólo en Cuba. No lo hacen en España, ni en Inglaterra. Yo,
personalmente, creo que es más democrático no elegirlo directamente que lo
contrario, porque no se ajusta a la actual etapa de la Revolución Cubana. Si tú
estableces una serie de concatenaciones desde la base hasta el parlamento, y que ese
parlamento elija al gobierno, ese gobierno es responsable ante ese parlamento, pero si
el pueblo ha elegido al gobierno, realmente ante quien es responsable, ¿quién le
puede pedir cuentas a un presidente que lo eligieron 5 ó 6 millones de personas? Esa
es una contradicción que tiene el sistema presidencialista como el norteamericano;
porque a Nixon no lo eligió el Congreso, lo eligió el pueblo de Estados Unidos, y a
Nixon lo echaron porque era demasiado grande lo que hizo, pero normalmente no
existe una rendición de cuentas.
Yo creo que es más democrático un sistema que permita el control de las
instancias superiores por mecanismos representativos democráticos, por la gente.
Aparentemente la elección directa tiene ciertos atractivos, pero en la práctica si uno
lo analiza con cuidado es una forma de perder control y eso, además, por algo existe
así en los sistemas parlamentarios definitivamente, el jefe del Estado es elegido por el
Rey o la Reina, pero el jefe de Gobierno sí es elegido por el Parlamento y, por lo
tanto, puede ser deselecto en cualquier momento.
En un país de sistema parlamentario se cambia al gobierno sin un trauma tan
grande como el que implicaría en el sistema presidencialista.
Osvaldo. —Y en un futuro nosotros pudiéramos determinar que el presidente no
sea reelegido para los periodos de mandatos.
Alarcón. —En el caso de Cuba, yo no creo que sea un problema fundamental.
Ahora mismo, en Argentina un demócrata con conflictos tan confesos como Menem,
está buscando la reelección. Yo no creo que en rigor ese sea un tema tan importante.
En los países en que la definición de democracia se agota en la competencia electoral
tiene una cierta lógica el antireeleccionismo porque se reelige con las posibilidades
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que te da el ejercicio del gobierno. Estados Unidos ha puesto un limite a dos períodos
porque eso pone a los rivales en posiciones desventajosas, pero, por otra parte, está el
elemento de la experiencia: nadie puede realmente proponerse programas de gobierno
que se realicen en los lapsus en que tú tienes los mandatos electorales, los programas
no se agotan en los años en que dura el gobierno o el período del gobierno. Ningún
presidente desde que existe esa regulación realmente no se propone gobernar por
cuatro años, sino por 8; todo el primer período gira hacia la reelección. Es como si
fuese un período de 8 años con una reconfirmación a mitad de camino. Ningún
programa en el mundo moderno se agota en plazos tan inmediatistas.
Hablamos del caso de Fidel, que es una personalidad excepcional que ha jugado
tremendo papel en la historia de Cuba, pero tenemos el caso de España, el PSOE, que
es el Partido que está en el poder. Ellos llegaron en el año 82, hace doce años y
durante ese tiempo en ese Partido el secretario es Felipe González, en quien el Partido
ha depositado la confianza, y lo fue un tramo bastante importante antes de llegar al
poder, y han surgido nuevos militantes, han llegado a la madurez, sin embargo, a
pesar de los pesares y de los avatares que ha tenido ese Partido, lo acaban de renovar,
depositan en él la confianza, porque es un hombre inteligente y con ciertos atributos
que hacen la reelección como algo natural. Pero no creo que sea un problema de
principios y mucho menos si tú tienes un sistema auténticamente democrático
participativo no debes preocuparte en mantener en un puesto a quien tiene más
méritos, más condiciones. Lo más importante es la revocación del mandato incluso
durante el tiempo de la elección.
No debemos esperar a que se cumpla el término del mandato para que la persona
sea demovida de su responsabilidad, algo que, dicho sea de paso, se conoce poco,
pero en Cuba se practica. En este período han sido revocados como 5 ó 6 mandatos
en varias provincias y municipios. Eso sin que sea ningún estigma para la persona
demovida porque es algo tan natural en la vida: porque no tiene determinada
capacidad o cambia a partir de un momento, ya no realiza bien una función. Más que
lo formal de reelección o no reelección, revocar cuando es necesario y reelegir
cuando también lo es.
Osvaldo. —Hay algunos criterios de que la Asamblea Provincial y Naciona1 y
Municipal un poco debe ser la contrapartida del gobierno a distintas instancias. Eso
parece que surge a partir de la separación de la Asamblea Municipal del Consejo de
Administración, sin embargo todavía se cuestiona mucho que el presidente de ambos
organismos sea el mismo individuo porque se supone que tiene un doble
compromiso, es un poco como revisarse él mismo, como contrapartida de él mismo.
Esto es muy cuestionado, y se esperaba que el Parlamento era la contrapartida del
Gobierno, sin embargo, esta Asamblea tiene menos ministros y viceministros dentro
del Parlamento; gran parte del gobierno está ahí, de forma que algunos dicen que se
puede comenzar una discusión en el Buró Político, seguirla en el Comité Central,
discutir en el Consejo de Ministros y terminar en el Parlamento porque son las
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mismas personas, porque se repiten un poco. Eso, ¿no afecta la imagen democrática,
en primer lugar, pero también el trabajo propio de llegar al perfeccionamiento de
nuestra democracia?
Alarcón. —Yo creo que ni siquiera la imagen la afecta porque en todos los
sistemas parlamentarios puros, como el británico, para ser ministro hay que ser
parlamentario y yo creo que ningún miembro del parlamento británico aceptaría que
ellos no ejercen una función de contraparte, chequeo de ese gobierno, sin embargo, si
un ministro no fue electo dejó automáticamente de ser ministro. Hay sistemas como
el norteamericano en que puede ser designado ministro un parlamentario y entonces
deja su escaño a partir de ese momento. Hay sistemas como el nuestro donde puede
coincidir que el ministro sea miembro del parlamento o no. No estamos ni en un
extremo ni en el otro.
En cuanto a la cuestión de que el Presidente del Consejo de la Administración
Provincial o Municipal sea la misma persona que es el Presidente de la Asamblea, no
creo que eso sea ninguna cuestión de principio que tenga que ser así, ni creo que
necesariamente sea un problema el que sea así. Creo que se dio un paso importante
con este cambio, del Comité Ejecutivo al Consejo de la Administración. Antes había
un Comité Ejecutivo de la Asamblea Provincial o Municipal que era el Gobierno, con
lo cual tú colocabas a la administración territorial dirigiendo la Asamblea, lo que
debe ser al revés, que sea la Asamblea la que controle y fiscalice la labor del
Gobierno. Esa era una contradicción que había en la práctica anterior nuestra porque
a nivel nacional nunca hubo un Comité Ejecutivo del tipo del de la provincia, era el
Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, pero no de la Asamblea Nacional, porque
en el Comité Ejecutivo hay algunos compañeros que son diputados y otros que no lo
son.
A nivel provincial y municipal tú tenías una dirección de la Asamblea que era a la
vez la dirección administrativa, el Comité Ejecutivo. Eso tenía otro inconveniente:
que puedes tener un excelente director de salud o de otra esfera que no tiene por qué
ser elegido o que sea, al revés, un dirigente político que debe ser el delegado.
Entonces, la Asamblea local no cumplía su papel de ser la autoridad del Estado en ese
territorio. La eliminación del Comité Ejecutivo y crear los Consejos de la
Administración, si bien es cierto que el Presidente y el Vicepresidente siguen siendo
de ambas instancias, no hay la obligatoriedad de tener, para integrar la
administración, a delegados. Esto, incluso, planteaba una posible limitante
democrática, porque si había necesidad de colocar a alguien en una dirección
administrativa había que tratar que fuese delegado y a lo mejor eso no correspondía
realmente con los deseos de la localidad, del colectivo que él iba a representar. Pero,
lo más importante era que privaba a las asambleas del ejercicio de su función
fundamental que es esa de fiscalizar, de controlar, etc. Ahora, de lo que se trata es de
que esas asambleas llenen ese espacio; las asambleas, sus comisiones, en fin que haya
una actividad más efectiva a nivel provincial y municipal que llevaría a una aparente
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contradicción, sin embargo, un presidente inteligente desarrollaría las ventajas que le
da eso, o sea, él tiene y es su interés a mi juicio la posibilidad de desarrollar en su
carácter de Presidente de la Asamblea todas las posibilidades de control, que es la
mejor forma de balancear el aparato administrativo. En el sistema nuestro tienes,
precisamente por dirigir las dos cosas la posibilidad de dirigir la administración sino
de que cuentas con una Comisión que está vigilante de cualquier actividad y eso te
puede servir de un elemento de balance. Se puede pensar que las personas sean
diferentes, pero yo creo que en esta etapa lo más importante es aprovechar las
ventajas que da la coincidencia entre la dirección de ambos mecanismos. Yo diría que
antes se hizo demasiado administrativo el instrumento popular de la Asamblea con lo
cual se castró la función real de la Asamblea.
Osvaldo. —Los cubanos somos por idiosincrasia polémicos, sin embargo, los
criterios en la Asamblea Nacional son muchas veces unánimes. ¿Usted no cree que
esto puede dar una falsa imagen de democracia? Además, ¿cuál es la facultad de un
diputado para actuar ante un problema imprevisto en su localidad?
Alarcón. —Esto hay que concebirlo primeramente desde el punto que estos
diputados son elegidos por primera vez directamente. Hasta cierto punto, yo no
considero que el otro sistema fuera menos democrático, el diputado por ser elegido
por una Asamblea Municipal se supone que sería controlado por esta. De todas
maneras, yo si soy un convencido de las ventajas de la elección directa después de
haberlo experimentado, ¿por qué?, porque estimo que es fundamental la vinculación
del elegido con los electores. Claro que es una etapa nueva tienen que aprender
delegados y electores, pero también se trata de un sistema que se está creando,
inventando, en cierto sentido. Si lo vemos con la perspectiva histórica, es algo
sumamente novedoso en la historia de la humanidad el ejercicio real de la
democracia, y hacerla lo más directa posible.
Aunque en realidad yo he tenido la oportunidad de revisar los textos de la primera
experiencia en Matanzas del Poder Popular, las ideas esenciales están realmente en
aquella experiencia original y hay varias intervenciones de Fidel y de Raúl y vemos
que lo que estamos haciendo se corresponde con aquella visión inicial. Podemos
poner algunos ejemplos. Aquí a la Asamblea Nacional se dirigen a veces ciudadanos
planteando problemas y preocupaciones, como norma a veces basta con una respuesta
de la propia Presidencia de la Asamblea, depende del tipo de planteamiento que haga
la gente, si es indagar sobre algo, pero cuando son quejas que plantea la gente le
damos el encargo al diputado del distrito electoral de que se trate. La comunicación
se la entregamos para que se ocupe de indagar o buscar una solución. Yo te puedo
asegurar que surgen distintas ideas de la sabiduría colectiva.
Lo primero que nosotros hicimos cuando nos eligieron para la presidencia de la
Asamblea fue reunirnos con todos los diputados y con todos los delegados
provinciales y municipales en cada territorio para filosofar un poco para ver cómo
armábamos «este muñeco», nos preguntábamos cómo reaccionar frente a esas quejas
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de la gente y empezamos a palicar este sistema. A mí me sorprendió gratamente el
volumen de soluciones que me revocaban los diputados, más de una vez recibí el
informe del diputado donde explicaba todo y al final encontraba varios errores en los
pasos dados. Nos pareció que este sistema era mejor que aquel un poco clásico de ir a
la dependencia administrativa y seguir trámites rutinarios, por no decir burocráticos.
En primer lugar, es ejercer en la práctica el carácter que tiene ese diputado
representante de cada ciudadano y de autoridad del Estado cubano en esa área del
país.
El papel del diputado no es hacer discursos en la Asamblea.
La cuestión de la unanimidad. Sobre eso voy a decir, primero, que uno mira con
cuidado los debates de la Asamblea. Yo soy diputado por primera vez en esta
legislatura, otras veces seguía los debates por la prensa, y yo recuerdo antes también
si tú escuchabas las discusiones, que se expresaban con criterios diferentes, alguna
vez creo haber visto votaciones donde todos no votaban igual. Ahora, yo he asistido a
debates donde han existido criterios totalmente contrapuestos acerca de algunas
cuestiones. El que al final nos pongamos de acuerdo y haya unanimidad alrededor de
determinada decisión, no creo que sea en sí mismo algo pecaminoso, es decir, que la
virtud pueda estar en que haya habido división ante una decisión «equis». Es la
formación de un criterio común que parte de percepciones distintas. Yo creo que lo
inadmisible hubiese sido que esto no fuera precedido por un proceso de discusiones.
Nosotros analizando este punto llegamos a una premisa básica: la idea de
entender el Poder Popular como un sistema. Hay una cierta tendencia de ver el
Parlamento Nacional como una entelequia, como algo por encima de la sociedad.
Para realmente tener una vinculación el delegado con el elector y canalizar formas
reales de participación, tienes que establecer una vinculación orgánica desde la
Asamblea Nacional hasta el delegado. El ejemplo que te puse del diputado, esa idea
surgió de los intercambios con los compañeros en la base, digo desde eso hasta la
agenda de la sesión que sigue. No intentamos desarrollar un Parlamento retórico, de
oratoria.
Si sigues las actas de la Asamblea notas cómo algunos diputados hablan de que
esos temas ya ellos los habían discutido decenas de veces, y estaban diciendo la
verdad, entre una sesión del Parlamento v otra se efectúan decenas de reuniones en la
base. Si tú desarrollas un sistema como ese, como norma cuando vas llegando a la
etapa de culminación ya tienes una opinión consensuada. No podemos decir que así
sea para todo porque también hay decisiones que no sugieren una discusión tan
universalizada.
La propuesta que se llevó a los diputados sobre las medidas financieras, lo que ya
están recogiendo es la opinión prevaleciente entre ellos. Un ejemplo, cuando se habla
de los impuestos se dice claramente que, excluyendo los procedentes del salario, todo
el mundo sabe que la mayoría de la gente en este país no está de acuerdo —por lo
menos ahora— que se apliquen impuestos al salario Eso refleja un estado de opinión.
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Diversidad ha habido bastante. Si tú aspiras a buscar no la unanimidad, pero si la
unidad nacional, puedes llegar a ella, pero no quiere decir que antes no existiesen
debates, discusiones con criterios contrapuestos.
Imagínate, en un país que no discute nada nunca previamente con el pueblo, el día
que llegan al Parlamento, sí sería un milagro que votaran por unanimidad. Hay que
esperar que se forme una gran pelotera.
[…]
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BUSCANDO CAMINOS PROPIOS
Estar al frente del Parlamento cubano en esta especial y crítica etapa para la vida de
su nación es una responsabilidad que Ricardo Alarcón lleva sin dramatismos, con la
contundente sencillez que ha caracterizado su actuación en las más complejas
tribunas y misiones internacionales.
Con un entusiasmo permeado de la objetividad que le da su experiencia y
capacidad analítica, se relaciona desde la presidencia del Parlamento cubano con
todos los problemas del país y sus más disímiles facetas.
«Es un desafío en lo personal, porque asumo tareas nuevas, diferentes a las que
desarrollé durante muchos años», confiesa en una entrevista exclusiva dedicada a
hablar de un tema que le apasiona y resulta hoy de singular importancia para su país y
para el mundo: la democracia.
En esta nueva misión está obligado continuamente a innovar y reflexionar, más
aún en «una fase como la que estamos, de creación y desarrollo de sistemas de
trabajo, que por definición están en constante evolución; se trata de una etapa
peculiar, que obliga a estar inventando todos los días».
En ese sentido, la entrevista que a continuación resumo puede interpretarse
también como parte de un ejercicio de reflexión que, como el de toda la sociedad
cubana, pasa por la certeza y la duda, la insatisfacción y los logros, las metas claras y
las menos nítidas formas de alcanzarlas.
En sus respuestas subraya que en Cuba es una realidad decisiva lo que para otras
latitudes es todavía un reclamo: la gente existe.
Pregunta. —Cuba ha sido emplazada continuamente por voces foráneas a una
mayor democratización de su sociedad. ¿Hay desconocimiento de los pasos dados por
las autoridades cubanas en ese sentido? ¿Por qué no se aprecia en su justo valor lo
que ha hecho Cuba en ese campo?
Respuesta. —El problema no es de desconocimiento sino de conocimiento. Con
estos términos se juega mucho, se manipula mucho. No creo que realmente la crítica
que nos hacen algunos políticos sea porque ellos son ardorosos defensores de la
democracia. Incluso defienden un modelo democrático que pretenden convertir en
dogma, en arquetipo, y que no resiste realmente una crítica a fondo.
Algunos concentran el planteamiento de lo que debe ser la democracia en la
concepción de un sistema en el que se hagan elecciones periódicas, con participación
de varios partidos políticos. Creo que ese es un modo arbitrario —y no casualmente
arbitrario— de restringir el concepto de la democracia, idea que existe antes de que
aparecieran los partidos políticos o las elecciones generales.
La diferencia fundamental con ellos es que para nosotros el problema no se agota,
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no termina, en el aspecto electoral. Tratamos de desarrollar genuinamente la
participación popular en el sistema de gobierno, verdadero contenido del concepto
democracia.
En otros países, los críticos de nuestro proyecto insisten mucho en un modo de
hacer las elecciones porque no están dispuestos a plantearse cómo darle un contenido
real a la participación popular.
Digamos, entre otros ejemplos, cómo sería para un político de esos darle las
armas al pueblo, que todos estén entrenados militarmente; también sería atroz para
ellos la imagen de un pueblo donde todos discutan la política financiera del país. Eso
no se hace en ninguna parte.
Serán muy democráticos, pero a la hora de decidir un plan de austeridad, lo hace
un puñado de personas, sin consultarle a nadie. Y se les llama democráticas a
sociedades donde se le puede alterar básicamente la vida a la gente sin contar con
ella.
Pregunta. —¿Cómo se refleja la respuesta a esa conducta?
Respuesta. —Los que reducen la democracia a las elecciones periódicas deben de
tener tremenda angustia cuando ese solo acto de participación democrática, casi en
todas partes, se caracteriza por el desinterés.
Si democracia nada más es lo que producen las elecciones periódicas; si el
vínculo democrático, por el cual se ejerce la soberanía popular, se da solo en el acto
electoral, habría que pensar que algo está podrido en un sistema donde las mayorías
no se preocupan en participar en esas elecciones, donde a la mayor parte de los
representados no les interesa quién los va a representar.
En recientes comicios en algunos países de América Latina hubo casos en que el
nivel de abstención raspaba el 70%. En el caso del Parlamento Europeo puedes hacer
dos curvas: una ascendente en cuanto a las atribuciones que se le han ido confiriendo
y otra descendente en cuanto a la participación para elegir a esos legisladores.
Pregunta. —¿Cuál es la situación en Cuba?
Respuesta. —En el caso cubano, si se analiza lo que aquí llamamos las
Asambleas de Rendición de Cuentas, incluso las de menor asistencia, como en el
municipio capitalino de Plaza, que es un caso extremo, sólo hay un 30% de no
participación de electores en esas reuniones.
Ese nivel de abstención lo muestran tres o cuatro países europeos en sus
elecciones parlamentarias, donde el voto es obligatorio.
El promedio nacional en asistencia a estas asambleas supera el 80%, mucho más
elevado que el que obtiene cualquier país democrático burgués en elecciones
nacionales, salvo excepciones.
En el desinterés de los ciudadanos por el acto electoral hay diversas razones, que
van desde la corrupción hasta la falta de credibilidad de los políticos. En el caso
nuestro, es un sistema que está bien por encima de cualquiera en participación de la
población en la vida política y que en elecciones sobrepasa el 90%.
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Pregunta. —¿Cuál es entonces el ideal?
Respuesta. —Algunas gentes hablan de la democracia como un sistema perfecto y
ya plenamente realizado en sus países, lo cual es ridículo. Nuestra posición es más
auténtica y realista. No decimos que hayamos llegado a un sistema perfecto de
participación popular. Aquí estamos más seriamente empeñados en avanzar en esa
dirección que en ninguna parte. Lo podemos estar por el tipo de sociedad que
tenemos.
Entre algunos centroamericanos que han criticado a Cuba hay hasta antiguos
escuadrones de la muerte. ¿Cómo pueden darle lecciones de democracia a nadie, por
muy ganadores que hayan sido de elecciones más o menos representativas?
Otros se las arreglan para hacer juegos malabares. Por un lado defienden a
ultranza el liberalismo como modelo económico y se dedican a achicar al Estado, a
quitarle funciones y responsabilidades, a privatizar, a dejar que la sociedad se rija por
las leyes del mercado y que el Estado sea una especie de observador imparcial.
Los que se presentan como grandes misioneros de la democracia, al mismo
tiempo abogan por un sistema en el cual el Estado se desentienda cada vez más del
pueblo. Desde abajo, desde la calle, sigue predominando una idea mucho más
democrática de la democracia, que implica entre otras cosas un gobierno con
obligaciones para con las mayorías.
El neoliberalismo en lo político es profundamente antidemocrático, porque hace
trizas la proposición de Lincoln, no tiene responsabilidades con el pueblo y las que
tiene debe irlas disminuyendo. Y así van cavando una fosa entre la población y el
sistema político, lo que produce desinterés, decrecimiento, y hasta cierta actitud
cínica hacia las instituciones políticas porque no se siente representada por ellas, y
con razón.
Pregunta. —En la búsqueda de caminos propios, ¿hay alguna aspiración concreta
inmediata? Aumentar solo la participación en el proceso de rendición de cuentas, es
válido desde el punto de vista cuantitativo, pero ¿en lo cualitativo es suficiente?
Respuesta. —No es sólo un problema de participación numérica, sino también
cambiar la naturaleza de estas reuniones. Había mucho formalismo en el pasado.
Pensamos que debe mantenerse el carácter de rendición de cuentas del delegado a sus
electores, porque es un asunto de principios de nuestro sistema, que no existe en
otros: poder revocar el mandato del elegido, en cualquier momento, sobre la base de
saber lo que hace y su responsabilidad ante aquellos a quienes representa.
Someter al examen popular su labor no es el único aspecto importante: estas
reuniones son vehículos para promover y encauzar a la gente al sistema de gobierno;
que no se limiten a escuchar, a dar opiniones sobre un informe y presentar
planteamientos y quejas.
Tan importante como eso es aprovechar la ocasión para opinar, proponer, discutir
sobre las cosas que le conciernen y tomar acuerdos sobre ellas. En este aspecto se ha
avanzado, pero no lo suficiente.
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Hay deficiencias en algunos lugares, sobre todo en la capital, en la participación
de los representantes administrativos. Esta última vez fue mayor en general que las
anteriores, pero todavía es insuficiente para que estas reuniones tengan más carácter
de ejercicio del control popular desde la base.
Pregunta.—¿Qué pasos concretos se han dado en ese camino?
Respuesta. —Entre nuestras búsquedas del perfeccionamiento democrático, las
asambleas han estado enfrascadas en un proceso de reflexión sobre su propia función
y de búsqueda y desarrollo de nuevas formas, entre las que descuellan la labor de las
comisiones permanentes del Parlamento y de las provincias y municipios.
No es que hayamos llegado a un nivel donde no haya más espacio para mejorar,
pero la forma de operar hoy es superior: para nosotros el problema principal es cómo
lograr que en el desarrollo de su labor haya una relación más real con los problemas
del país, todo el año, y una amplia incorporación, desde las instituciones que tienen
que ver con su trabajo, hasta el simple ciudadano que puede tener puntos de vista,
opiniones o aportes para hacerle.
La Asamblea Nacional analizó en plenario, en diciembre, la situación económica
del país, que fue culminación de una etapa que había comenzado en cada provincia,
en muchas de las cuales participaron desde los delegados de circunscripción.
De enero a mayo sesionaron más de 80 000 parlamentos obreros, en los cuales se
discutieron los problemas específicos de cada centro laboral, pero también sirvió
como vehículo para que se pronunciaran sobre los mismos temas que estaban a
consideración de la Asamblea Nacional. Lo mismo hicieron los campesinos, los
estudiantes secundarios y universitarios, en un proceso que culminó en las decisiones
de mayo para el saneamiento de las finanzas internas.
De esta forma no sólo tratamos y nos pronunciamos sobre cuestiones cardinales
de la vida del país en estos momentos sino, además, propiciamos un movimiento con
distinto grado de participación, interés y aporte, millonariamente superior al nivel que
existe en cualquier otra sociedad llamada democrática.
Pregunta. —Entonces, ¿hay una mayor actividad legislativa en esta forma de
actuar?
Respuesta. —Desde el ángulo de la crítica externa, somos impugnados porque las
sesiones plenarias de la Asamblea, en sus períodos normales, duran un par de días
generalmente. Algunos explotan esto como un elemento de escasa vida democrática.
Sin embargo, el número de horas que dedicamos a opinar y recibir opiniones, en
este ejemplo del saneamiento financiero, es muy superior al tiempo que cualquier
parlamento del mundo ha dedicado a la discusión de cualquiera de los temas que ellos
tratan, que casi ninguno trata estos.
Además, súmese que en esta discusión han tomado parte millones de personas,
que en otras sociedades generalmente no tienen más participación que la de enterarse
de lo que hicieron los parlamentarios, mala o buenamente, a través de los periodistas.
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PARLAMENTOS OBREROS
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Por supuesto, habría que preguntarle a este amigo norteamericano que nos
mencionara el país del mundo donde las medidas hayan resuelto los problemas y
sobre todo dónde las medidas han mejorado la situación social, las condiciones de
vida de la gente.
Yo creo que es importante que comprendamos que el método, el estilo que se ha
estado aplicando para enfrentar este problema es consustancial con nuestro sistema.
Si a alguien se le ocurre la originalidad de lo que todo el mundo hace con respecto a
algo, también tiene el deber de plantearse la cuestión de cómo hacer algo que sea
original, en otras palabras, para aplicar las medidas sobramos más de la mitad de los
que estamos aquí y nos sobra más del tiempo que el que le hemos dedicado a esta
reunión.
Pero por hacerlo en la forma en que estamos tratando de hacerlo, hay
inevitablemente que hacer lo que hemos hecho. En esta […] cuestión del gran nivel
de expectativa en diciembre o ahora, parte de él es la creencia que algunos puedan
seguir teniendo de que existen medidas, fórmulas, decisiones que no acabamos de
adoptar, cuya adopción además de ser recibida con aplausos generalizados, van a
tener como efecto inmediato resolver el problema.
Yo he escuchado ese planteamiento y he tenido que discutirlo en algunos lugares
en que estaban asociadas las dos cosas ¡acaben de tomar las medidas para resolver el
problema! He aquí que en esta pequeña sala nos hemos reunido la mayor
concentración de idiotas que se pueda imaginar, porque tienen la fórmula, existe una
solución y no la acaban de tomar. Yo creo que es importante que comprendamos que
esa fórmula no existe, sencillamente no existe, y el demagogo le diría al pueblo que
sí, que ahora cuando nos reunamos tú vas a ver que sí, qué sé yo. El revolucionario
no, el revolucionario debe educar al pueblo, tratar de orientar, y sólo se puede
orientar con la verdad. Aquí las medidas que se han aludido —no todas, pero bueno,
las de carácter financiero, digamos los precios—, cualquier cosa que se haga en
relación con esto podrá ser saludada por algunos, pero implica para otros algún
perjuicio, alguna forma de ser afectado.
Yo, por ejemplo, no quiero decir, yo no acepto la idea de que medidas de carácter
financiero necesariamente sean medidas que perjudiquen al trabajador, es decir, que
haya que traducirlas igual a medidas sobre la gente de bajos ingresos; eso es otra
cosa, se pueden hacer, por supuesto, es como se hace en el mundo entero, yo no creo
que sea el caso nuestro, ni que debamos enfocarlo de ese modo. Pero lo más
importante no es eso, es que ninguna medida que se tome va a significar que el 2 de
mayo la situación material de nuestra gente sea mejor que el 1° de mayo.
Entonces, cuando pase el tiempo y la aplicación de una serie de medidas que
vayan ayudando poco a poco, paulatinamente, a corregir la situación financiera,
tendrá un efecto a determinado plazo que sí la gente podrá sentir en su vida cotidiana.
Pero muchos compatriotas estiman o pueden seguir creyendo en que en la medida en
que nos apuremos a tomar determinadas decisiones las cosas van a empezar a ir
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mejorando, entonces con esa perspectiva seríamos perfectamente irresponsables si
demoráramos la adopción de esas decisiones famosas.
La compañera Glenda se refirió a varias medidas importantes de trascendencia
nacional que se han adoptado, pero yo diría que además, y es algo que yo siempre
rechazo como argumento adicional, que me molesta cuando esta cuestión de
expectativa de las medidas que se van a tomar, es que entre otras cosas compañeros,
estamos ignorando miles de medidas que nuestros colectivos obreros han tomado
como parte de este proceso.
Yo no creo que sea justo concentrarnos en las eventuales decisiones que se
puedan tomar. Yo por lo menos estuve en 36 Parlamentos Obreros, y he estado en
lugares donde he visto trabajadores de fábricas que están produciendo pérdidas, que
enfrentan problemas muy serios, discutir esos problemas y tomar acuerdos concretos
que realmente se reflejan en reducción de pérdidas, en mejoría de la eficiencia
económica de esa fábrica, y al revés de las medidas universales estas específicas si se
pueden reflejar de inmediato en resultados concretos, y aquí hay sectores de la clase
obrera habanera que pueden poner ejemplos y no porque hayan recibido estimulación
material, ni jabita, ni nada por el estilo. Que lo digan los administradores del sector
tabacalero, por ejemplo, compañeros que discutían los problemas que tienen de
calzado, de ropa, de transporte. Un obrero joven explicaba ahí las maravillas que
tiene que hacer para llegar todos los días desde La Lisa hasta «La Corona», un
muchacho joven, que sabe además que no muy lejos de allí cualquier traficante con
uno de los tabacos que el produce, gana mucho más que lo que él gana trasladándose
por toda la Habana y decía él: «mire usted los zapatos que tengo, las condiciones en
las que estoy trabajando», pero estaba allí.
Es correcto que nos planteemos cómo estimular al que produce y cómo además
actuar contra el vividor que está especulando con los problemas y las dificultades del
pueblo, pero no olvidemos que también si estamos aquí es porque hay muchos
colectivos obreros que sin más estímulos que su honor y su dignidad, van todos los
días al trabajo.
[…] hace pocos días, cuando fuimos a Camagüey el compañero Rizo y yo les
dimos un estímulo a esos trabajadores que pusieron en marcha el central «Sierra de
Cubitas» con un gran esfuerzo, que implicó como 118 horas de trabajo de ese
colectivo y le dimos un gran estímulo, una bandera de proeza laboral. Ahí no hay
ninguna javita, no se le dio absolutamente más nada y a mí me quedará siempre
grabada en la mente la impresión que me produjo aquel grupo que estaba delante de
nosotros, donde en la primera fila una buena cantidad de esos trabajadores los vi
descalzos, con las botas desguazadas, como testimonio de las condiciones en que
muchos trabajadores que están en la vanguardia de este país, trabajando para producir
divisas —lo que sigue siendo nuestra principal fuente de ingresos que es el azúcar—
y estaban ahí reunidos para recibir ese estímulo que le dimos que acredita que ese
colectivo ha cumplido una proeza laboral, y no me dio la impresión de que el
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colectivo estuviera desanimado, aburrido, que se sintiera insatisfecho, digamos, por el
reconocimiento que la sociedad le daba al esfuerzo que habían hecho, pero eso es
parte también de nuestra realidad, es parte también de la realidad compleja,
contradictoria, difícil, que tiene nuestro pueblo en este momento.
Pero por qué es importante, necesario que diéramos todo este proceso, si teníamos
especialistas capaces de preparar un esquema de lo que reportaría, del resultado de la
recogida de circulante si se toma tal o cual medida de precio o tal o cual decisión.
Entonces hay que ir a preguntarle a los trabajadores para que ellos nos digan o
descubran el Mediterráneo. No se trata de eso, se trata de una cuestión yo diría de
principios de nuestra sociedad.
Si se trata de decidir en interés de las clases privilegiadas, en interés de las
minorías y poner en orden a un presupuesto, por supuesto que no se discute en
ninguna parte. Tengo por supuesto que volver a referir la anécdota que hago, porque
la repetiré siempre, no la olvidaré jamás, cuando yo me enteré, al mismo tiempo que
algunos ministros y algunos parlamentarios de un país latinoamericano en el
momento en que se anunció todo un paquete de medidas, a las nueve de la noche en
la televisión, y ahí, al lado mío, muchos dirigentes se enteraron que su moneda era
otra, que tenía hasta otro nombre, que se habían liberado no sé cuántos precios,
habían eliminado no sé cuántos subsidios, etc. etc. Para hacerlo a lo capitalista,
mientras menos se discuta mejor, pero para hacerlo a lo socialista mientras más se
discuta, mejor, y es necesario hacerlo, entre otras cosas porque todos tenemos que
educarnos y promover además esa cultura del debate, acostumbrarnos a analizar, a
manejar colectivamente problemas que nos pertenecen a todos. Eso es parte del
proceso que ha tenido lugar en los Parlamentos Obreros y que seguimos ahora con
este ejercicio, pero además porque en esas reuniones los trabajadores no se limitaron
a expresar opiniones, puntos de vistas abstractos sobre la economía del país.
Eso es importante como expresión de participación democrática en la toma de
decisiones de toda la sociedad. Pero tan importante como eso lo era la capacidad de
análisis que se tuvo en numerosos centros de trabajo. No en todas partes fue igual, la
calidad no fue igual en unos lugares y en otros, ni el enfoque administrativo ni el
análisis de los trabajadores, etc., pero hay muchas, muchas decisiones concretas
adoptadas por los colectivos obreros, que por supuesto ninguna de ellas por separado
va a terminar con el exceso de circulante o va a resolver los desequilibrios financieros
nacionales, pero todas juntas y en la medida en que todos seamos capaces por todas
partes de alcanzar resultados concretos, sí estamos desde ahora contrarrestando la
situación que enfrenta el país. Y eso era parte de la estrategia. No era solamente que
en diciembre nos reunimos y como nos faltaban elementos de juicio: «vamos a
preguntarle a los trabajadores para que ellos opinen», no; era necesario que la gente
se expresara, que la gente abordara los problemas, nos ayudáramos todos a ir
comprendiendo mejor estas cosas, después de todo estos también son problemas del
pueblo, de todos nosotros. […] El pueblo está metido en medio de este problema,
Conversar con Ricardo Alarcón es siempre una aventura, porque él no sólo tiene las
respuestas que Usted busca, sino posiblemente también mejores preguntas que las
que uno lleva.
El Presidente de la Asamblea Nacional, aun cuando ocupe la butaca del
entrevistado, sigue siendo por dentro el periodista agudo, y la carga de las
responsabilidades, lejos de llevarlo a un estilo pragmático o administrativo, parece
activar en él un inagotable afán de pensar, de conceptualizar las cosas y de descubrir
el sentido más trascendente de la experiencia cubana en materia de representación y
participación democráticas.
En marcha ya el proceso preparatorio de las elecciones para delegados a las
Asambleas Municipales, abordamos con él este tema y otros asuntos de interés.
Pregunta. —Alarcón, tratándose de las elecciones intermedias, de base, ¿pudiera
decirse que estas son más sencillas que las elecciones generales que tuvimos en
1993?
Respuesta. —Yo diría que estas elecciones son en cierto sentido, más
complicadas. En las pasadas elecciones generales hubo, como era lógico, una
movilización nacional, estuvo la presencia de Fidel en todo aquel proceso. Más que
por uno u otro candidato el pueblo sentía que estaba votando por la Patria, por la
Revolución.
El proceso que vamos a hacer ahora no tiene aquellos atributos. Es como siempre
se ha hecho. No puede haber voto unido. Hay que ir allí, al barrio, en medio de todas
las tensiones que estamos viviendo, a elegir a un combatiente de base que está
chocando con problemas que en muchos casos no tienen solución, y también con
todas las deficiencias subjetivas que nos quedan. Quizás fuera más fácil si se
estuviera votando por una personalidad nacional, por un diputado.
Por esa misma razón, estas elecciones tienen una tremenda importancia política.
Hace falta una labor más profunda de explicación. Hay que probar los méritos de
nuestro sistema político en la elección de los delegados de circunscripción, en el
momento más complicado y en una coyuntura general del país e internacional que le
da especial relieve.
Pregunta.—¿De qué depende entonces el éxito que se aspira a alcanzar?
Respuesta. —Este es un sistema que tiene varios momentos. Hay que buscar más
calidad en la nominación, que es una cualidad que no existe en otros sistemas: que
sea el propio pueblo el que proponga a los candidatos. Lograr que haya una verdadera
reflexión colectiva y se piense en los vecinos más idóneos y con mejores condiciones.
Luego hay que buscar también el máximo de participación a la hora de votar. Y,
[…]
[…]
Carmen Duarte. —Según ha declarado el Gobierno cubano su sistema electoral
es democrático. ¿Cómo participa la población digamos en decidir la presidencia del
país? Muchas personas cuestionan el hecho de que un país donde hay cierta minoría
de disidentes, personas que se quieren ir de manera ilegal, otros que se quieren ir de
manera legal, pues cómo durante tantos años sale electo como Presidente de la
República el doctor Fidel Castro.
Ricardo Alarcón. —Bueno, en primer lugar yo no sé quién ha inventado la idea
de que todos los jefes de gobierno, todos los presidentes, son elegidos directamente
por la población. Ese es un sistema que así es como funciona en Estados Unidos y en
los países de la América Latina, o sea, Hispanoamérica y Brasil. No es el sistema del
Caribe, no es el sistema de la mayoría de los estados europeos. El jefe de Estado de
Inglaterra nunca ha sido elegido, desde la Edad Media lo es por carácter hereditario.
Por eso está la reina Isabel allí como pasa en todas las monarquías. Y el jefe del
gobierno, el primer ministro, nunca ha sido elegido directamente, sino por un sistema
que es exactamente como el nuestro, o sea por circunscripciones electorales. El
primer ministro tiene que ser un diputado, en Inglaterra, en Francia, en España, en
Italia, en Alemania. Creo que en general es la norma europea. La historia no comenzó
por Cuba ni por América Latina. Inevitablemente el sistema que tenemos se parece al
que nació antes en otras partes, pero si hay que copiar a alguien, después de todo,
quienes inventaron, quienes crearon primero los sistemas de organización de
elecciones, de representación, fueron los ingleses hace cuatro siglos, mucho antes de
que Estados Unidos fuera independiente. Así que no hay por qué copiar el
norteamericano. Se puede copiar el más original, digamos.
Ahora, hay algunos de estos sistemas parlamentarios donde además, ya que
mencioné a Inglaterra, es un sistema bicameral, pero una cámara no es elegida. Es
designada, es hereditaria, que es la Cámara de los Lores, equivalente al Senado
norteamericano, como es el Senado canadiense. De entrada, en una de las dos ramas
del legislativo, el pueblo no tiene la menor posibilidad de participar, ni opinar ni
hacer absolutamente nada. Creo que la explicación de por qué en Cuba se mantiene la
Revolución —porque en definitiva es lo que es la pregunta— no se puede entender
dejándose llevar por percepciones que se fabrican desde afuera.
Es cierto que hay una emigración cubana, de cubanos que por distintos motivos se
han desplazado para vivir fuera de su país. ¿Pero por qué no se recuerda que Cuba era
La parlamentarización de la sociedad
Cuando en Cuba establecimos nuestras instituciones democráticas revolucionarias los
cubanos habíamos llevado a cabo las transformaciones sociales que debían constituir
su fundamento insustituible. Teníamos un país verdaderamente independiente y
soberano que había eliminado el latifundio y la miseria que azotaron secularmente al
campesinado y había puesto fin a la explotación de los trabajadores de la ciudad y el
campo; había erradicado el analfabetismo y extendido la educación y la cultura para
todos; había establecido un sistema de salud pública que nos colocaba ya desde
entonces entre los países más avanzados; había electrificado el país y extendido
caminos y carreteras por todo su territorio; había construido decenas de miles de
viviendas para el pueblo; había creado las bases de una economía socialista y
convertido en realidad los sueños de justicia, igualdad y libertad por los que habían
peleado los cubanos durante más de un siglo.
La sociedad cubana había cambiado profunda y definitivamente y los cubanos se
habían emancipado para siempre. El pueblo, liberado de todas las formas de opresión
y discriminación, estaba en condiciones de ejercer su autoridad realmente y no de
modo aparente.
Había forjado además un partido y un conjunto de organizaciones capaces de
asegurar su cohesionada actuación en todas las esferas de la vida social.
La Revolución colocaría al hombre en el centro de su atención desde el primer
momento, confiaría en él y en su capacidad de mejoramiento constante, dependería
siempre, para defenderse y avanzar, del respaldo popular.
Nuestros enemigos, tan acostumbrados al individualismo en su discurso político y
a una propaganda primitivamente simplificadora, tratan de identificar la Revolución
toda con la persona del compañero Fidel Castro.
Nadie podrá reducir el decisivo, principalísimo papel de Fidel en nuestra historia,
el enorme mérito que tiene al haber guiado a nuestro pueblo exitosamente a lo largo
de incontables batallas y continuar haciéndolo. Pero aquellos suelen olvidar que entre
sus aportes más notables ha estado, precisamente, su contribución a la emancipación
del pueblo con el que ha sabido establecer una comunicación real, un constante
diálogo educador y movilizador. En gran medida gracias a él, el pueblo cubano ha
alcanzado un nivel de protagonismo, de actuación libre y consciente, sin precedentes
[…]
Llama la atención cuando se lee, ya sea en los medios masivos o en textos más
pretenciosos del exterior, cómo se tiende a utilizar como conceptos antagónicos u
opuestos, democracia y comunismo, cuando se habla de la alternativa para una
sociedad revolucionaria, digamos como la de Cuba, «regresar a la democracia» y
dejar el comunismo, etc.
En realidad, no hace falta una indagación muy profunda para comprender que
estamos, en ese ejemplo que pongo, ante uno de los tantos de manipulación que están
presentes a través del mundo, en todos los sistemas de información y todos los
aparatos que controlan o tratan de controlar las mentes de la gente. Por aquí tengo
una serie de conferencias que dio en los años 60 un profesor canadiense. En la
primera, comienza afirmando que la democracia era una mala palabra, el vocablo
democracia era una mala palabra y que lo fue a lo largo de la historia, según calcula
él, hasta los finales del siglo pasado, mala palabra para los que poseían algo, para los
que tenían algo que perder en la sociedad, para la gente «bien pensante».
Este otro señor, mucho más conocido, Robert Dahl, uno de los más exitosos
quizás entre los pensadores norteamericanos sobre estos temas y especializado sobre
todo en el tema electoral, él reconoce que a lo largo de la historia, desde que empezó
la idea de la democracia liberal, nunca se consideró algo aceptable la posibilidad del
sufragio y de los derechos civiles para todos los ciudadanos adultos —y ciudadanos
con toda intención, no ciudadanas, sino ciudadanos— o sea, el criterio de que los
hombres adultos pudiesen participar en el sistema político, pudiesen votar, pudiesen
ser candidatos, no llega a ser aceptable en el mundo occidental y cristiano entre los
que se consideraban demócratas liberales hasta bien adentrado este siglo. El sitúa el
período más o menos en la etapa posterior a la Primera Guerra Mundial, guerra a la
cual van a ir las potencias que se enfrentaron a Alemania, supuestamente a defender
la democracia y, a partir de ahí, se comienza toda esa retórica de que fue la alianza de
la democracia la que venció.
Como todos nosotros tenemos menos de cien años de edad, todos los que estamos
acá, ninguno puede recordar la veracidad de estas afirmaciones, podemos tomarlo
como una guía, una referencia, de personas que no son precisamente autores que no
sean muy convencidos del modelo político que dicen que triunfó en el mundo a partir
de lo que ocurrió con la antigua URSS y en la comunidad socialista europea. Creo que
este es un punto de referencia a guardarlo en la memoria a la hora de tratar de
explorar un poco el desafío que enfrenta en este mundo el sistema cubano. Yo creo
[…]
En primer lugar, creo que es importante subrayar que este documento que tengo
aquí (muestra documento) no es otra cosa que el cumplimiento de lo que se le
instruyó a Clinton que hiciera por la sección 202G de la Ley Helms-Burton, lo que el
documento habla muy poco de la Ley Helms-Burton, y el documento tuvo esta
trayectoria: empezó a filtrarse en los medios de comunicación, y empezó a filtrarse
una versión, un modo intencionado de referirse a este documento.
Aquí hay otro documento, muy cortico, un parrafito —esto que está aquí (lo
muestra)— que es la carta que Clinton les manda a los presidentes de los comités
congresionales, donde les dice eso: En conformidad con la Sección 202G de la Ley,
etcétera, etcétera, le envío aquí el informe este, con el título de «Apoyo para una
transición democrática en Cuba», que es el título ampuloso de este documento.
Por cierto, que en esta cartica dice que no solo este es el informe que él hace —
este es el que hace para distribuir públicamente—, sino que hay otro que es —voy a
citarlo— «para uso interno del Gobierno de los Estados Unidos y que no se pretende
publicar».
Ahora, empezaron a alborotar y hacer mucho ruido a través de las agencias de
prensa en relación con un supuesto «plan de ayuda» multimillonario para Cuba,
etcétera, etcétera, fue un torrente de despachos cablegráficos sobre eso. El compañero
Fidel Castro, el 28 de enero, se refirió a este asunto en su discurso en el Parque
Central; es decir, que Fidel estaba respondiendo el mismo día en que estaban
apareciendo en la prensa internacional las referencias a ese plan grandilocuente del
señor Clinton, y explicó allí el Comandante en Jefe que, por supuesto, íbamos a
estudiar ese documento e íbamos a dar una respuesta condigna.
Con esta comparecencia aspiramos, realmente, a dar una explicación inicial, a una
aproximación al tema y ayudar a que nuestros televidentes tengan la mayor
información; pero, además, tenemos que decir lo siguiente: este documento lo vamos
a analizar y lo vamos a discutir con todos nuestros trabajadores, con nuestros
campesinos, con nuestras mujeres y con nuestros jóvenes.
Esto que dice por aquí Clinton de que se lo van a comunicar al pueblo de Cuba
conforme a la sección 202F, que también es parte de la ley, si quiere que lo haga; pero
sí le puedo garantizar que nosotros nos vamos a encargar por nuestra parte de hacerlo,
[…]
Ante todo hay que pensar que un elemento esencial y absolutamente infaltable de
cualquier sistema democrático tiene que ser la independencia; o sea, es inconcebible
la democracia si no hay un país soberano, en última instancia la democracia es el
ejercicio por el pueblo de la soberanía, pero solamente podría hacerlo una nación que
sea libre e independiente. Y la Revolución Cubana significó, desde el primer
momento, desde 1959, precisamente la conquista de la independencia nacional; fue el
triunfo de una revolución que se había iniciado en 1868, una revolución
profundamente democrática, porque estaba basada en la idea de la igualdad, de la
justicia, de la solidaridad humana, el sentido auténtico, real que el vocablo
democracia siempre ha tenido.
Ahora, esa revolución fue interrumpida en 1898 por la intromisión del
imperialismo. Cuando el Primero de Enero ellos se dan cuenta de que se ha retomado
el camino revolucionario de 1868 y que han llegado al poder los continuadores de
aquella revolución, inician la transformación de Cuba, desde ese mismo día
empezaron a hacer todo lo posible no, por supuesto, para que triunfase la democracia
ni mucho menos, ni la libertad, todas esas pamplinas que ellos usan en su
propaganda, pero que no hacen nada más que intentar tratar de ocultar la verdad…
Si tuviéramos más tiempo yo recorrería lo que decían los fundadores de Estados
Unidos sobre la idea del gobierno popular, sobre la democracia, los famosos
federalistas. Ellos hablaron muy claro: John Haig dijo alguna vez que «quienes
poseen el país deben gobernarlo», esa era la idea de esa democracia cuando nació, el
gobierno de aquellos que tenían las riquezas; o el señor Madison cuando señalaba que
«la primera responsabilidad del gobierno era proteger a la minoría rica contra la
mayoría» —y no los estoy calumniando, esas frases las pueden entrecomillar, porque
son citas textuales de ellos—; o Alexander Hamilton, para citar al tercer federalista,
que decía que «había que domesticar al pueblo», que era la forma de lograr que
gobernaran los ricos y que el poder lo ejercieran los poderosos, digamos.
Aquí empezó una revolución por la independencia diferente, con el pueblo,
liberando a los esclavos, dándoles participación a los antiguos esclavos en el poder,
desde la etapa más temprana. Y, además, como recordaba al comienzo del programa
Estrella, una revolución con una profunda tradición institucional, con cuatro
constituciones durante la etapa de la guerra. Esos que hablan por ahí y andan por el
[…]
A mí me parece que es cierto que tarde o temprano tendrá que terminar el bloqueo, no
sé cuán tarde se alcanzaría realmente un restablecimiento de relaciones entre ambos
países; sí creo que es importante que tengamos claro dos cosas: la contradicción
fundamental de la nación cubana con el imperialismo norteamericano no va a
desaparecer temprano, por supuesto que no, cuán tarde no tengo la menor idea,
tendría que cambiar mucho Estados Unidos antes que se pudiera llegar a una relación
respetuosa de nuestra independencia, pues a lo largo de toda la historia ese ha sido
justamente el problema de la nación cubana; la otra cosa que me parece, es
importante tener en cuenta es que si ese bloqueo se hace cada vez más insostenible es
por dos razones fundamentales: en primer lugar la unidad y la resistencia de los
cubanos y en segundo lugar la solidaridad internacional.
[…] se nota en los últimos tiempos entre amigos, entre gente solidaria con Cuba,
algunos elementos de confusión, que requieren esclarecimiento. Hay una cierta idea
de que el bloqueo se está acabando, de que está cambiando la política
norteamericana, una sensación de optimismo desmedido que tendría como efecto
bajar la guardia en el movimiento de solidaridad e internamente tendría el efecto de
aflojar nuestra unidad o nuestro espíritu de resistencia, y ambas cosas tenemos que
cuidarlas, porque son precisamente lo que va a garantizar que un día tengan que
levantar el bloqueo y que algún día más tarde tengan que empezar a respetarnos y a
tratarnos como iguales.
En la reunión de la Comisión de ayer, discutíamos algo y se emitió una
declaración pública buscando solidaridad, comprensión de otros parlamentos, que se
relaciona con los medios, con la globalización de la información, de las
comunicaciones. En esa globalización de la información, ese fenómeno de
mundialización de las comunicaciones, una parte muy importante es globalizar la
incomunicación, es globalizar el silencio, es globalizar la manipulación de la
información; no todo es que en cualquier momento alguien puede saber lo que está
pasando en cualquier parte del mundo. Les voy a poner un ejemplo concreto: ya
llevamos 17 días un montón de gente en este planeta tratando de conocer lo que
aprobó el Congreso norteamericano y suscribió el Presidente de Estados Unidos el 21
de octubre. Compañeros, estoy hablando de la Ley del Presupuesto de los Estados
Unidos.
Cada vez que nosotros tenemos que hablar con un parlamentario extranjero, con
un burgués, cuando nos visita tenemos que explicar cómo funciona el parlamento
cubano, cuáles son sus atribuciones, y siempre viene la misma pregunta, ¿quién
La oficina del Censo de Estados Unidos publicó el 17 de agosto un estudio sobre las
elecciones presidenciales de 1996, según el cual el número de personas que votaron
fue el más bajo desde que en ese país se registra ese dato.
Eso no es noticia. Se sabía ya que para esas elecciones había disminuido
significativamente la cantidad de ciudadanos inscritos en los registros electorales y
que una gran parte de ellos se abstuvieron de concurrir a las urnas. En resumen, los
candidatos triunfadores recibieron menos de la mitad de los sufragios de los que
votaron y estos fueron alrededor de la mitad de las personas que hubieran podido
votar.
Lo novedoso del estudio son las razones aducidas para no votar. Junto a los
millones de personas que sencillamente dijeron que no les interesaban las elecciones
o que no les gustaban los candidatos, aparece otra motivación que de acuerdo con la
investigación puede llegar, incluso, a ser la principal.
Ella afecta exclusivamente a los trabajadores: los patronos no los autorizan a
ausentarse del empleo para ir a votar o no tienen medios para transportarse al lugar de
la votación. Este factor, no sólo dificulta a muchos electores poder votar sino que
también impide a muchos ciudadanos realizar los trámites previos para inscribirse en
los registros electorales y adquirir la condición de elector.
Porque tanto la inscripción como la votación tienen lugar en días y horarios
laborales. A diferencia de los demás países, las elecciones en Estados Unidos se
realizan un día martes y ese es un día de trabajo como otro cualquiera.
En todo el planeta, hasta en los propios Estados Unidos, son muchos los que
señalan como uno de los defectos más evidentes en el sistema político de ese país, la
muy escasa y cada vez menor participación de la gente en sus procesos electorales.
Quienes no parecen verlo como algo negativo y no hacen nada para cambiar la
situación, son los políticos norteamericanos.
En ello no hay la menor contradicción. El sistema yanki está concebido
precisamente para evitar la participación real de la gente en el Gobierno. No le
interesa que el pueblo sea elector ni que concurra a votar. Si les hubiera interesado
habrían declarado feriado el día de las elecciones y establecido la inscripción
automática de los ciudadanos al arribar a la edad electoral como es en Cuba y en otras
partes. Los problemas que enfrentan los negros, los latinos y lo pobres para tratar de
ejercer allá sus derechos han sido numerosos y grandes. Algunos han pagado con sus
vidas. En días recientes fue sometido a la justicia un ex Mago «Imperial» del
KuKuxKlan que hace más de treinta años dirigió el asesinato de un activista negro
que promovía la inscripción de electores en el racista estado de Mississipi.
En el año 2000 se realizará otro Censo de población en Estados Unidos. Hacen uno
cada diez años porque así lo dispone la Constitución. Siendo algo tan normal y
repetido no debería causar mayores contratiempos ni ser objeto de polémica.
El próximo, sin embargo, ha provocado enfrentamientos entre los políticos y un
pleito ante la justicia federal.
El problema, según reconocen todos los diarios que se ocuparon del tema, es que
los censos de población allá efectuados, adolecen de serias deficiencias y éstas se
agudizan de decenio en decenio. En resumen, las cifras oficiales no reflejan la
realidad, millones de norteamericanos sencillamente no son contados y se ahonda la
brecha entre la población real y lo que dicen los resultados censales. El asunto ha sido
examinado por los estudiosos, incluyendo la Academia de Ciencias, quienes
coinciden en su gravedad a partir de los errores encontrados en el Censo de 1990.
¿Cuántos son los norteamericanos que faltan? Es comprensible que sobre esto no
haya una idea definitiva. Nadie puede saber exactamente cuantos faltan precisamente
porque nadie los ha contado.
Pero es posible hacer cálculos basados incluso en la observación visual. Puede
suponerse, por ejemplo, que la aglomeración de gente humilde en arrabales
inhóspitos que no cesan de crecer debería plasmarse en números superiores a los que
indica el Censo. Basta asomarse a la ventana para ver también como se multiplican
las personas que acampan en cualquier lugar, incluyendo las aceras por donde han
debido desplazarse los enumeradores.
Según el Washington Post los «desaparecidos» en el Censo de 1990 oscilan entre
10 y 15 millones de norteamericanos. Otros diarios hacen cálculos más
conservadores, pero reconocen que en todo caso son más de 8 millones.
Cualquiera de esas cifras, incluso la más prudente, es superior al total de la
población de la mayoría de los estados que integran la Unión. Sólo ocho estados
tienen más habitantes.
¿Quiénes son los que no fueron contados?
Al respecto nadie tiene la menor duda. Todos los diarios norteamericanos apuntan
en la misma dirección. Leer el Washington Post o el Washington Times, el New York
Times o el Chicago Tribune o cualquier otro periódico conduce a igual resultado: son
«negros, latinos, aborígenes, jóvenes, inmigrantes, pobres de la ciudad y del campo,
pobladores de arrabales o homeless y la masa creciente de personas que no hablan
inglés».
En esos sectores de la sociedad norteamericana hay desde luego, más personas
que los millones no contados por los funcionarios del Censo. En Estados Unidos hay
La unidad entre nuestros pueblos ha sido una aspiración permanente que extiende sus
raíces en lo más profundo de la historia común. Nuestros próceres abogaron por ella y
soñaron convertirla en realidad. Carecemos de un pasado de odios nacionales, no
conocimos guerras étnicas o religiosas, jamás la bandera de un Estado caribeño o
centroamericano se levantó opresora sobre tierra de otros. Extrañas a nuestra
tradición las apetencias dominadoras, fuimos, por el contrario, víctimas de la
ambición ajena. Nuestra comarca, presa de la codicia y el saqueo, sirvió sin quererlo
de escenario para las guerras de distantes potencias, fue la frontera donde chocaron
todos los imperios y nacimos del dolor, la lucha y la esperanza admirablemente
descritos por Juan Bosch en un libro imprescindible.
Aquellas potencias constituyen hoy un solo mercado, tienen una moneda común y
un parlamento y estructuras de gobierno supranacionales. Los ejércitos que durante
siglos se habían combatido, atacan ahora bajo las órdenes de un mismo general.
Acá, sin embargo, compartiendo historia, cultura, problemas y aspiraciones,
seguimos clamando por la unión que nunca llega. Luchar por ella, avanzar hasta ese
horizonte y alcanzar la tierra prometida de Bolívar, Martí, Morazán y tantos otros es y
seguirá siendo el mayor deber de quienes desempeñen alguna responsabilidad
pública.
Este encuentro contribuirá a ese propósito si sirve para evaluar los desafíos del
presente como fundamento necesario para que la voluntad unitaria se concrete y
materialice.
Vivimos en un mundo donde impera lo que se ha dado en llamar la globalización
neoliberal. El fenómeno en su dimensión económica y sus consecuencias para las
sociedades y la cultura ha sido objeto de numerosas reflexiones y concita,
naturalmente, creciente preocupación en el Tercer Mundo y también en amplios
sectores de los países desarrollados. En una reunión como ésta, debemos prestar
particular atención a su significado en el plano político, específicamente para el
desarrollo de la democracia en su sentido nacional y en cuanto a las relaciones entre
los estados.
Son tantos y tan vertiginosos los cambios en el plano tecnológico, especialmente
en la comunicación y la información, que, a veces, encubren las modificaciones no
menos drásticas de la organización política del mundo.
Durante cuatro décadas el planeta vivió la llamada «guerra fría», el
[…]
En momentos en que esta gente está bombardeando un país, y de paso, le hacen saber
al mundo que mañana o pasado puede ser cualquier otro país, sin siquiera
nombrarlos. Yo creo que esa comunicación norteamericana tiene una gravedad
extrema y no ha provocado una reacción comparable en el mundo. Porque equivale
literalmente a asesinar a las Naciones Unidas, a derribar la torre de las Naciones
Unidas, que no se cayó el 11 de septiembre, se cayó un poquitico después, no hizo
falta una bomba, bastó una nota diplomática norteamericana, porque la Carta de la
ONU fue clara: el derecho a la legítima defensa termina cuando el Estado pone el
asunto en manos del Consejo de Seguridad. Aquí fue al revés, aquí Estados Unidos se
dignó comunicarle al Consejo que va a seguir atacando y, además, mañana puede ser
fulano y pasado mañana sutano. Se acabó las Naciones Unidas, se acabó la Carta de
la ONU. Todo está bajo el arbitrio de una sola potencia. Ellos se concentran en esa
estrategia militar, aparentemente, porque no es sólo eso lo que están haciendo, y el
mundo se moviliza contra esa guerra y esa amenaza de guerra multiplicada. Pero a mí
me parece que es importante que nosotros meditemos a fondo sobre la naturaleza de
esa guerra, la naturaleza de ese conflicto, el contenido real de esa estrategia del
imperio, que no se agota con bombardear un país X hoy, y mañana quizás a un país Z
o B.
Hay un señor que aparece todos los días en los medios norteamericanos, que es el
secretario de Defensa, Sr. Rumsfeld, uno de los pocos pensadores, digámoslo así por
generosidad, que tiene la actual administración norteamericana; por lo menos es una
persona que se ve que ha leído, que se ve que tiene algún acervo cultural, que tiene
una visión teórica, que no puede ser más reaccionaria: no olvidemos que este es uno
de los principales autores de la guerra de las galaxias, en la época de Reagan, y
Schafik tiene toda la razón en confundir a Reagan con Bush, porque el que ideó en
los 80 la guerra de las galaxias, hoy es el Secretario de Defensa que la trata de
implementar. Este hombre habla casi todos los días ante los medios norteamericanos.
Antes de empezar a bombardear a Afganistán, los periodistas trataban de saber
qué era lo que iba a hacer Estados Unidos. Se estaba hablando de una respuesta
enérgica, se estaba hablando de la guerra, etc. A Rumsfeld le preguntaron varias
veces qué tipo de guerra sería. Y yo creo que Rumsfeld nos dio una pista que nos
debe conducir a meditar a todos. Un periodista le dijo: —Oiga, ¿va a ser cómo la
guerra de Viet-Nam, que mandamos miles de soldados, etc., o va a ser como la guerra
de Iraq, que usamos la alta tecnología? Respuesta de Rumsfeld: —Yo no la
[…]
Vamos a empezar por el tema de la democracia o el sistema democrático en Cuba,
comenzando con algunas reflexiones sobre algo que ha sido realmente un tema
bastante presente a lo largo de la historia en el mundo occidental, que es la cuestión
de la democracia.
Ustedes saben que democracia viene del griego; significa, literalmente, autoridad
del pueblo, de ahí vienen las definiciones que tenemos en el diccionario: es el sistema
en el cual el pueblo interviene o participa en el gobierno de la sociedad.
Se sabe, por supuesto, que no todos los pobladores de Grecia, no toda la gente
que estaba en Atenas, en las pequeñas ciudades griegas, ejercían el gobierno o
participaban en el ejercicio del gobierno; pero sí todos los que eran considerados
ciudadanos. O sea, los que no eran esclavos, los que no eran extranjeros, los hombres
libres, que tenían la ciudadanía, todos ellos participaban en el gobierno de la sociedad
ateniense, por eso quedó como una referencia histórica al tipo de gobierno popular, al
tipo de gobierno en que todo el mundo participa, con las limitaciones de clase que no
he olvidado, que se sabe existían en aquel mundo.
Durante todo el período de la Antigüedad y de la Edad Media, desaparece esa
forma de gobierno, lo que hay son gobiernos basados en la autoridad real o la del jefe
feudal, en las formas de Estado que hubo durante aquel período, sin que se
considerase que el común de la gente, de la sociedad, de los ciudadanos, de los
súbditos, tuviesen nada que hacer o intervenir en el gobierno. Es con el ascenso de la
burguesía que se retoma el concepto de gobierno por los súbditos, abandonando la
idea del gobierno hereditario, por trasmisión por Dios o por lo que fuera.
Ahora, desde el momento en que la burguesía asciende, curiosamente, también
aparece el cuestionamiento de esa idea del gobierno, de esos límites que la burguesía
impone, y es un debate por eso, que es tan antiguo como la reaparición, en la época
moderna, de la idea democrática, porque desde el principio se trató de limitarla a algo
parecido a lo que fue en Grecia. O sea, ya no era el esclavo, ya no eran los siervos
abiertamente, pero desde los comienzos de la aparición de lo que después se da en
llamar la democracia liberal, o democracia representativa, está también el
cuestionamiento de sus límites, de su alcance limitado a un sector de la sociedad, por
motivos del poder económico, de la relación de esos sectores con la producción y la
distribución.
Por eso es que cuando aparece el pensamiento liberal que va a servir de
inspiración a todo el desarrollo ulterior, incluso de las corrientes políticas,
democrático-burguesas posteriormente, también está la crítica a ese sistema.