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Origen y Evolución de la Separación de Poderes

El documento describe el origen y propósito de la división de poderes. 1) Surge en el siglo XVIII cuando Montesquieu establece la necesidad de dividir el poder legislativo, ejecutivo y judicial para limitar los abusos de los monarcas autoritarios y proteger la libertad. 2) Montesquieu argumentaba que el poder debe controlarse a sí mismo mediante la vigilancia y control recíproco de los poderes separados. 3) Aunque surgiera en un contexto histórico específico, la división de poderes debe adaptarse a los cambios mant

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Origen y Evolución de la Separación de Poderes

El documento describe el origen y propósito de la división de poderes. 1) Surge en el siglo XVIII cuando Montesquieu establece la necesidad de dividir el poder legislativo, ejecutivo y judicial para limitar los abusos de los monarcas autoritarios y proteger la libertad. 2) Montesquieu argumentaba que el poder debe controlarse a sí mismo mediante la vigilancia y control recíproco de los poderes separados. 3) Aunque surgiera en un contexto histórico específico, la división de poderes debe adaptarse a los cambios mant

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La separacion de los poderes tiene su origen en

ORIGEN DE LA DIVISION DE LOS PODERES. El origen de esta división del poder en un Estado se
remonta al Siglo XVIII, cuando el ilustre Marqués de Montesquieu establece esta división como
una necesidad ante el abuso de los monarcas autoritarios y hacer posible la libertad.3 may. 2015

La separación de poderes o división de poderes es un principio político en algunas formas


de gobierno, en el cual los poderes legislativo, ejecutivo y judicial del Estado son ejercidos por
órganos del gobierno distintos, autónomos e independientes entre sí. Esta es la cualidad
fundamental que caracteriza a la democracia representativa y presidencialista.12
Montesquieu argumentaba que «todo hombre que tiene poder se inclina a abusar del mismo;
él va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar del poder hace falta que, por
la disposición de las cosas, el poder detenga al poder».3 De este modo, se confía la vigilancia
de los tres poderes entre ellos mismos ya que cada uno vigila, controla y detiene los excesos
de los otros para impedir, por propia ambición, que alguno de ellos predomine sobre los
demás. Puede contrastarse con la fusión de poderes y separación de funciones en
los sistemas parlamentarios, donde el ejecutivo y la legislatura están unificados, debido a que
el legislativo nombra al ejecutivo.
Esta doctrina no se refiere solamente a la separación y al equilibrio de los tres clásicos
poderes del Estado, sino a la necesidad de dividir el poder político donde se encuentre, sea en
la esfera municipal, regional o nacional, para así garantizar la libertad política y evitar los
abusos de poder, mediante la vigilancia y control recíproco de los poderes separados
El Poder Público se distribuye entre el Poder Municipal, el Poder Estadal y
el Poder Nacional. El Poder Público Nacional se divide en Legislativo, Ejecutivo, Judicial,
Ciudadano y Electoral.

SEPARACIÓN DE PODERES: Es el principio político según el cual las funciones


legislativa, judicial y ejecutiva del Estado deben estar separadas,
como poderes independientes, para que pueda establecerse un sistema de controles y
equilibrios que limite las facultades del gobierno y proteja los derechos individuales.

¿Quién creó la división de poderes?

La separación de poderes frente al absolutismo monárquico

Propuso una nueva división de poderes del Estado. ... Tres poderes en el que ninguno
mandara sobre el resto. En un sistema de pesos y contrapesos. De acuerdo con la teoría
de Montesquieu, el legislativo, el Parlamento, es elegido por el pueblo.

Cómo se divide el Poder Público en Venezuela?


El Poder Público Nacional está dividido en 5 poderes los cuales son:
el poder legislativo, el poder ejecutivo, el poder judicial, el poder ciudadano y
el poder electoral de los ciudadanos.

¿Cómo surge la separacion de poderes?


La separación de poderes, tradicionalmente Ejecutivo, Legislativo y Judicial, está
basada en la necesidad de que existan, como postularon John Locke y
Montesquieu, contrapesos y equilibrios, un balance entre los distintos poderes de
un estado para que, a través de los controles entre unos y otros, se garantice la ..

Qué es la Separación de Poderes y por qué es tan


importante
Un Estado de Derecho tiene tres funciones principales.
En primer lugar crear las leyes por las que se va a regir ese Estado.
En segundo lugar, gobernar el país de acuerdo a esas leyes.
Y en tercer lugar vigilar que todo el mundo sin excepción, cumple esas
leyes que se han creado.
Las tres funciones son esenciales.
Las leyes deben diseñarse de forma que respeten el Estado de Derecho,
porque si no es así, ya no estaríamos ante un Estado de Derecho.
Una vez promulgadas las leyes, las personas que gobiernen el país deben
hacerlo respetando esas leyes.
Y por último debe haber alguien que vigile constantemente el respeto a esas
leyes, ya que unas leyes muy buenas que no se respetasen no servirían
para nada.
Cada una de estas funciones se llama Poder.
El Poder Legislativo es el encargado de hacer las leyes. En España el
Poder Legislativo es el Congreso de los Diputados.
El Poder Ejecutivo es quien gobierna el país de acuerdo a las leyes
vigentes. En España el Poder Ejecutivo es el Gobierno.
Y el Poder Judicial es quien se encarga de que todo el mundo respete las
leyes.
Cada Poder debe ser totalmente independientes de los otros dos, y las
decisiones de un Poder no pueden ser invalidadas, anuladas o modificadas
por otro Poder.
En caso contrario, sería algo normal y habitual las injusticias de todo tipo.
Piense que si los mismos que hacen las leyes son los que gobiernan el país
según esas leyes y, a la vez, son quienes dicen quién cumple o deja de
cumplir la Ley, sería muy fácil para ese grupo de personas hacerse las leyes
a su medida (pensando en lo mejor para sus intereses y no para el conjunto
de los ciudadanos) violar las leyes pero no recebir ninguna sanción por ello
(ya que se vigilarían ellos a sí mismos, y no se sancionarían a sí mismos),
etc.
Si usted vive en España seguramente estará pensando que la situación que
he descrito en el párrafo anterior es lo que usted ve constantemente, un día
detrás de otro. Efectivamente así es, uno de los grandes problemas de
España es que no existe la Separación de Poderes, y eso es lo que
permite a la casta política llevar décadas saqueando a los ciudadanos.
Un Poder no puede elegir a otro Poder, ya que en caso contrario no habría
independencia entre ellos, convirtiéndose uno de ellos en una simple
marioneta del otro. Esto es lo que sucede en España, y por eso España no
es un Estado de Derecho. En España es el Poder Ejecutivo quién elige al
Poder Legislativo (en la práctica) y al Poder Judicial (en la teoría y en la
práctica), y por eso el Poder Legislativo y el Poder Judicial son simples
marionetas del Poder Ejecutivo. Un país que vive en estas condiciones,
como es el caso de España, no es ni un Estado de Derecho ni una
Democracia.
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Democracia”

La división de poderes en las


transformaciones del estado de
derecho (y II)
Antonio David Berning Prieto
1239

6.- Recapitulación de los fines que tuvo la división de poderes y su validez actual.
desafíos contemporáneos.

Este principio, que nació en un período histórico concreto, si quiere seguir cumpliendo sus
objetivos tiene que adaptarse a los cambios sociales, políticos y constitucionales
producidos. Deben ponerse de relieve las contradicciones originadas por esos cambios y
deben adoptarse algunas soluciones como medio de robustecimiento del principio de
división de poderes.
Cuando se alude a la división de poderes inmediatamente se está haciendo referencia al
término control. En la construcción de Montesquieu subyace la idea de controles, y a ello
hace referencia el artículo 16 de la Declaración francesa de Derechos de 1789, cuando fija
que una comunidad sin división de poderes carece de Constitución, vinculando con ello
Constitución, división de poderes y controles. Montesquieu divide las fuerzas políticas
existentes en tres (rey, nobleza y pueblo), adscribiéndolas a otras tantas funciones estatales
(legislativo, ejecutivo y judicial). Sin embargo, en realidad había que repartir los tres
poderes políticos entre dos funciones estatales, puesto que la jurisdicción era una función
necesaria al cumplir un objetivo social, pero no era un poder político real. Teniendo en
cuenta esto, se adscriben la representación popular y la nobleza al legislativo, creando dos
Cámaras (Baja y Alta), y la Administración permanece en manos del rey.
Con esta división no se está haciendo otra cosa que resaltar las fuerzas políticas y sociales,
que en aquel tiempo tenían poder real, y organizarlas dentro de una estructura
constitucional, pues era necesario evitar la concentración en una sola mano de dos o más
fuerzas políticas. Conforme a esta organización, él pensaba que se podrían resolver los
problemas político-constitucionales que se presentasen, teniendo en cuenta, según parece,
que en su teoría subyacía el modelo inglés, el cual había afrontado aproximadamente las
mismas dificultades que se creía se presentarían en Francia y funcionaba en la práctica.
Montesquieu busca un equilibrio entre los poderes políticos, dividiéndolos y limitándolos
entre sí, “par le disposition des choses, le pouvoir arréte le pouvoir”, con el fin de
garantizar la libertad. El concepto de libertad que él acuña es la libertad del ciudadano a
vivir con seguridad frente a los posibles ataques de sus vecinos o bien de los príncipes
contra su vida, dignidad y propiedad. La condición de esta seguridad es que los conflictos
con sus vecinos se resuelvan via iuris y no via facti y que la limitación de su esfera de
libertad y propiedad se realice mediante ley. Su libertad es la libertad a vivir en comunidad
conforme a leyes reconocidas por él y, por tanto, participadas.
La división o distribución de los poderes equilibradamente (balance-idee) no significa una
separación entre ellos y la consiguiente debilitación del Estado, sino que se busca un
equilibrio entre los intereses de los grupos sociales sobre la base de un compromiso
político. Esto exige una acción concertada de las diferentes fuerzas políticas para que el
Estado pueda funcionar, pero en ningún caso la división implica que aquél venda parte de
su capacidad de mandar o prohibir a cambio de garantizar la libertad personal.
Montesquieu, cuando alude a los poderes legislativo y ejecutivo, distingue con perfecta
nitidez, sin confundirlos, entre distribution des pouvoirs y separation, empleando la
primera expresión cuando se refiere a la esfera política y reservando la segunda al plano
jurídico. Otra cuestión es que, teniendo en cuenta la famosa frase de Montesquieu de que
no existe libertad «lorsque dans le méme personne ou dans le méme corps de magistrature,
la puissance legislative est réunie a la puisance exécutrice», se parta de una separación
personal y organizativa de ambos poderes, lo cual plantea problemas en la coordinación de
su funcionamiento. Hay que crear, entonces, una organización estatal que funcione
eficazmente y, al mismo tiempo, garantice un equilibrio y control (checks and
balances) entre los diversos poderes. Se adscribe la función legislativa a nobleza y pueblo
en dos Cámaras diferentes, existiendo el derecho de veto entre ambas, derecho que se
amplía al rey, lo cual es, en definitiva, una forma de participación de éste en la legislación.
Por otra parte, el poder legislativo tiene también sus medios de control sobre el ejecutivo,
en primer lugar por los propios límites internos de éste: «car l'exécution ayant ses limites
par sa nature, il est inutile de la borner», y, además, porque el legislativo controla el
cumplimiento de las leyes y tiene el derecho de perseguir penalmente a los ministros.
El resultado es una interdependencia entre los diversos poderes y la necesidad de cooperar
entre ellos para tomar decisiones políticas. En conclusión, puede afirmarse de modo
verosímil que el objetivo de la teoría política de Montesquieu es la vinculación y no la
separación de los poderes, lo cual no presupone la capacidad de funcionamiento de la
comunidad ni que se alcance una armonía estatal.
En la actualidad, la teoría de Montesquieu es objeto de discusión, manteniéndose diversas
interpretaciones, frecuentemente contrapuestas, sobre ella por la doctrina. Destaca el
planteamiento de Werner Weber, el cual considera que las ideas básicas sobre la división de
poderes tienen una validez que trasciende cualquier época histórica y país, porque los
valores que aquélla contiene (garantizar la libertad, evitar la arbitrariedad y el abuso, así
como el monopolio de un poder) tienen categoría universal. Para que esos valores puedan
ser garantizados, Montesquieu, como se acaba de examinar, establece un equilibrio entre
los diferentes poderes, porque considera que en la lucha entre éstos al individuo le queda
una esfera en la que puede moverse libremente y con seguridad, un “ángulo muerto”. Esta
idea, sin embargo, es un tanto mecanicista, pues no existe una garantía de que en la lucha
entre los poderes se cree una esfera de libertad y sí puede suceder que esa confrontación
tenga como resultado una inoperancia y funcionamiento defectuoso del Estado.
Por otra parte, la libertad política a la que alude Montesquieu no es igual a la que goza un
ciudadano en la actualidad en un régimen democrático. Aquella libertad estaba restringida a
una minoría y, al mismo tiempo, garantizada por una participación efectiva del ciudadano
debido a una identificación de intereses entre representados y representantes, mientras que
en la actualidad la libertad, en principio, está garantizada a todo el pueblo, pero, al mismo
tiempo, tiene un carácter negativo si no se produce una intervención del Estado. Es decir,
difícilmente puede mantenerse una configuración de la división de poderes que sea válida
en todas las épocas, más aún si se tienen en cuenta las transformaciones sociopolíticas
producidas desde entonces hasta nuestros días. Por otra parte, cada comunidad,
dependiendo de su constelación de poderes, tradición cultural y jurídica y estructura
política, tiene que buscar y encontrar un equilibrio de poderes adecuado.
Puede afirmarse, tal y como hace el autor García-Pelayo, que la división de poderes es un
concepto que trasciende a cualquiera de sus versiones históricas, incluida la de
Montesquieu, por lo cual no son aceptables las dogmatizaciones hechas con este concepto,
sino que éste tiene en cada época y comunidad sus propias peculiaridades.
Los efectos en la relación legislativo-ejecutivo debido a su transformación
La distribución de poderes desde la interpretación de la situación social existente es una de
las ideas básicas de Montesquieu que en la época actual, a mi juicio, continúa teniendo
plena validez, siempre que hoy día las Constituciones acogiesen la división de poderes
desde la realidad sociopolítica existente. Sin embargo, las Constituciones occidentales
continúan acogiendo en su articulado la división de poderes conforme al modelo clásico,
como si la estructura sociopolítica no hubiese evolucionado en absoluto. Contrariamente, se
han producido cambios sustanciales que es preciso examinar someramente. En primer
lugar, la estructura constitucional del siglo XIX respondía a un planteamiento dualista,
puesto que, aunque existía una coordinación entre Parlamento y Gobierno, como se ha visto
anteriormente, se partía de una antítesis real, al estar detentados ambos poderes por fuerzas
sociales muy diversas: burguesía y nobleza en el Parlamento y el monarca en el gobierno.
Por otra parte, el derecho de voto estaba restringido a la burguesía, y la cuarta clase estaba
excluida. Asimismo, los sindicatos y huelgas estaban prohibidos. Este panorama tenía
como consecuencia que los trabajadores no detentaban ningún poder político y económico.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la cuarta clase presiona, el sufragio va
ampliándose progresivamente a las diversas capas de la población, consiguiéndose
finalmente el sufragio universal, que tiene consecuencias constitucionales al reforzarse
el rol institucional de la comunidad en la vida del Estado.
El cauce de institucionalización de esta nueva situación sociopolítica son los partidos
políticos de masas y las asociaciones sindicales y empresariales.
Debido a aquéllos y a la caída de la Monarquía, la división de poderes basada en el
antagonismo entre legislativo y ejecutivo desaparece, transformándose aquella estructura
dualista en una monista. El gobierno y la mayoría parlamentaria están vinculados
partidistamente y tienen objetivos políticos comunes. Consecuencia directa de esta nueva
situación es que en el Estado actual el instrumento legislativo y administrativo no se
contraponen, sino que, contrariamente, actúan coordinadamente en la consecución de
objetivos comunes, determinados por la fuerza política de la mayoría en el poder, la cual
concreta jurídicamente su programa político.
En este contexto, la dialéctica del proceso democrático se ha trasladado de aquel viejo
antagonismo entre Parlamento y gobierno a la contraposición entre mayoría parlamentaria
gobernante y oposición. Esto no significa que la diferenciación entre Parlamento y gobierno
no tenga ninguna razón de ser, como se verá más adelante, desde una perspectiva jurídico-
constitucional e incluso política, sino únicamente que la realidad social y política ha
cambiado y la división de poderes, para seguir teniendo los mismos objetivos que entonces
tuvo, ha de entenderse diferentemente a la época en que surgió.
Montesquieu, como se ha planteado anteriormente, interpretando la situación social,
adscribe cada poder político real a una diferente función estatal. En la estructura
constitucional del siglo XIX esta situación se mantiene y la esfera competencial del
legislativo y ejecutivo está determinada por dos diferentes fuerzas políticas (rey y pueblo),
cuyos representantes, independientes en su posición jurídico-constitucional, defienden
intereses contrapuestos.
Se trata, por tanto, de dos poderes políticos autónomos, que, desde esa fuerza real que
representan, gozan en el plano constitucional de una esfera de influencia determinada. En la
situación constitucional actual, contrariamente, los poderes legislativo y ejecutivo no
representan ya poderes políticos independientes, sino únicamente competencias
dependientes separadas funcionalmente. Todos los poderes están legitimados por la
Constitución democrática y sólo el pueblo representa por sí mismo un poder político
propio. Por tanto, aquella «separación de poderes» originaria, representativa de fuerzas
sociales, se ha convertido en una «separación de funciones» determinada por la
Constitución.
El cambio producido en la estructura constitucional tiene consecuencias sobre la relación
entre legislativo y ejecutivo y su posible equilibrio y control.
Así, a título de ejemplo, uno de los medios de control del legislativo sobre el ejecutivo en la
época liberal eran los Presupuestos, que era necesario detallar y justificar minuciosamente,
porque, en caso contrario, el Parlamento no los aprobaba. Este control, en la actualidad está
muy debilitado, porque quien tiene la mayoría parlamentaria gobierna, siendo la oposición
quien cumple la antigua función del Parlamento en evitar que se dispare el gasto público.
También, en segundo lugar, se han producido cambios en la estructura de la sociedad. La
antigua constelación de poderes entre monarquía, nobleza y burguesía garantizaba un
equilibrio político, puesto que representaban fuerzas reales en el contexto de la sociedad.
Los dos primeros poderes han desaparecido de la escena política, y conforme a la idea
democrática vigente en la actualidad, el pueblo es la única fuerza con poder político. Junto
a el no existe ningún otro titular legítimo de poder.
Este planteamiento puede, sin mayores dificultades, deducirse de la Constitución Española
de 1978, puesto que el pueblo es el único representante de la soberanía nacional (art. 1.2
CE). Sin embargo, junto a los partidos políticos existen otras fuerzas sociales, como
consorcios económicos, asociaciones empresariales y sindicales, grupos de presión, etc.,
que tienen poder real y no están incluidas en el sistema de división de poderes concebido en
la Constitución española. Se produce, por tanto, una contradicción entre la división de
poderes establecida constitucionalmente y la constelación de poderes que existe en el
contexto de la realidad social.
Llegados a este punto, es necesario recordar que Montesquieu intenta delinear su división
de poderes desde la interpretación de la situación existente en aquella época, porque percibe
que, si no se vinculan ambas esferas, difícilmente podrá alcanzarse un auténtico equilibrio
entre los diversos poderes.
En las Constituciones actuales, no sólo en la española, sino también en la Ley Fundamental
o en la Constitución italiana, se produce una contradicción entre la esfera constitucional, en
la cual el sistema democrático sólo admite al pueblo como poder político único, y la
realidad socioeconómica, donde el poder lo detentan diversos grupos y asociaciones. Esta
desvinculación entre las esferas social y política tiene consecuencias sobre la soberanía
interna del Estado, puesto que se produce un desequilibrio entre la distribución de
funciones estatales y los poderes sociales, que la división de poderes en su época resolvió.
La relación entre las esferas social y política tiene que producirse necesariamente; en caso
contrario, el Estado no podría cumplir sus objetivos. Se produce, sin embargo, a través de
cauces no públicos, con las dificultades de control que esto conlleva. Así la presión ejercida
por grupos y asociaciones sobre el Parlamento o la Administración. Otro ejemplo de esta
disfunción en la división de poderes serían las presiones ejercidas sobre el Tribunal
Constitucional por muy diferentes grupos, que pueden alejarle de sus delimitados fines
jurídico-constitucionales.
En tercer y último lugar se ha producido un cambio sustancial en la función que
Montesquieu adscribió al poder judicial. No se confiaba, en aquella época, en los jueces por
su vinculación al Antiguo Régimen, y como, además, en la esfera social no representaban
un auténtico poder con efectos políticos como el legislativo y ejecutivo, son neutralizados,
considerándose el tercer poder «en quelque facón nulle».
En la Constitución española y en otras de nuestro entorno se ha producido un cambio
radical en las funciones del tercer poder, las cuales han aumentado considerablemente. Por
una parte, se ha creado una jurisdicción constitucional (Título IX), que actúa como defensor
de la Constitución (artículo 1.1 LOTC) con el objetivo de que los poderes constituidos no
rebasen los límites establecidos en la Constitución. El propio Tribunal Constitucional tiene
sus límites, puesto que puede actuar únicamente en el contexto de la esfera jurídico-
constitucional, si bien en la práctica su actuación dentro de esa esfera ofrece dificultades y
es a veces desbordada.
Por otra parte, los Tribunales ordinarios, en la interpretación concreta de la ley, tienen una
amplia esfera de actuación, de tal forma que los jueces crean Derecho, complementando y a
veces sustituyendo al legislador.
Los sustanciales cambios producidos en la división de poderes plantean problemas
importantes en relación con la delimitación de los poderes entre sí. Esto es válido para el
legislativo, sobre el cual, en el siglo XIX, existen límites precisos respecto a su función y
contenido. La ley, entonces, limita la acción del gobierno, mientras que en la actualidad
aquélla es precisamente el instrumento de acción del gobierno. Asimismo, frente a un
concepto de ley general propio de aquella época, que era uno de sus atributos
fundamentales, en la actualidad las leyes-medida (Massnahmegesetze) son utilizadas con
frecuencia para regular esferas concretas, lo cual demuestra hasta qué punto es difícil
delimitar el concepto de ley tanto formalmente como en su contenido.
También, con relación al poder ejecutivo, plantea dificultades su delimitación y fines. Este
poder no se limita a realizar una actividad de ejecución, sino también una actividad
normativa, que en algunos casos (decretos legislativos y decretos-leyes) tiene rango de ley.
Asimismo, la actividad prestacional de la Administración, propia del Estado social, ha
sacado de sus límites clásicos al poder ejecutivo. Ofrece, por tanto, en la época actual
dificultades fijar los límites dentro de los cuales tienen que actuar el legislativo y el
ejecutivo si se quiere cumplir el carácter normativo del principio de división de poderes, y
que en la Constitución española se concreta con carácter general en la función legislativa de
las Cortes Generales (art. 66.2) y en la ejecutiva del gobierno (artículo 97). Referencia del
cumplimiento de esta delimitación podría ser el respeto de la «esfera
nuclear» (Kernbereich) de cada poder, concepto recogido por la doctrina alemana en base a
la jurisprudencia. No se alude en la Constitución de 1978 de forma directa, en un artículo
concreto, como, por ejemplo, hace la Ley Fundamental, en su artículo 20.2, a la división de
poderes. Sin embargo, puede deducirse el principio de diversos artículos de la Constitución.
Así, la inclusión en el artículo 1.1 CE del principio de Estado de Derecho significa el
reconocimiento de la división de poderes, puesto que uno de los tres elementos esenciales
de aquel principio es precisamente esta división (35). Por otra parte, además, conforme a la
idea de división realizada por Montesquieu, el poder legislativo es ejercido por las Cortes
Generales (art. 66.2); la función ejecutiva, por el gobierno (art. 97), y la judicial, por los
jueces sometidos al imperio de la ley (art. 117.1 y 3). Parece en principio, por tanto, que se
mantiene la idea de división de poderes en la Constitución española conforme a los
presupuestos establecidos por el pensador francés, lo cual es sólo cierto parcialmente, como
ha sido ya apuntado anteriormente, pues se han producido cambios sustanciales tanto
políticos como sociales.
El reconocimiento del principio democrático (art. 1.1) y la consiguiente residenciación de la
soberanía nacional en el pueblo (art. 1.2) modifica profundamente el principio de división
de poderes de Montesquieu, quien basa su esquema en el equilibrio entre tres fuerzas
(monarquía, nobleza y burguesía), con poder político real, mientras que en la Constitución
el único titular de los poderes estatales es el pueblo, «del que emanan los poderes del
Estado», lo cual significa el paso de una estructura política basada en tres pilares a una
basada en un único pilar, o sea, a la existencia de una única fuerza con poder político (el
pueblo), que tiene un reconocimiento constitucional. Desde este planteamiento es necesario
una nueva distribución de los poderes estatales, pero exclusivamente en el plano
constitucional (partiendo de la división establecida en la Constitución española), puesto que
la única fuerza con poder político real es el pueblo, lo cual tiene como consecuencia la
dificultad de obtener un recíproco control entre los poderes que garantice, como en la época
liberal, un equilibrio entre ellos.
Es decir, como los poderes no representan ya a fuerzas sociales independientes y la
Constitución española sigue anclada en una división de poderes clásica, únicamente puede
garantizarse una diferenciación entre ellos en la esfera constitucional. Y ello siendo
pacífico hoy en la doctrina que el Estado de Derecho se basa en tres elementos
fundamentales (división de poderes, legalidad de la Administración y derechos
fundamentales), sin alguno de los cuales tal Estado no podría considerarse como de
Derecho. En este sentido, LUCAS VERDÚ considera que la separación de poderes es un
elemento de todo Estado de Derecho.
Como medio de que la división de poderes siga teniendo en la actualidad, al menos
formalmente, el objetivo de garantizar un recíproco control y freno entre los poderes, se ha
establecido una diferenciación entre éstos organizatoria y personal. La división
organizatoria o separación de funciones tiene como fin que cada uno de los tres poderes se
adjudique a un titular diferente, tal como ha establecido la Constitución española, para
garantizar «un pluralismo de los centros de decisión», que la estructura estatal sea dividida
y que existan unos frenos y contrapesos que establezcan un procedimiento público en la
toma de decisiones. En esta separación de poderes, en definitiva, se plantea la dificultad de
fijar con nitidez la esfera de actuación de cada uno de los tres poderes y los límites más allá
de los cuales se estaría afectando (lesionando) a otro poder.
La división de poderes personal (incompatibilidades) pretende que las personas
participantes en el funcionamiento y toma de decisiones de un determinado poder no
puedan, al mismo tiempo, tomar parte en las decisiones de otro poder, porque en ese caso la
separación de funciones sería papel mojado, es decir, jurídicamente existiría, pero de hecho
sería incumplida. Para evitar este incumplimiento, la Constitución prevé respecto de cada
uno de los tres poderes las pertinentes incompatibilidades. Así, el artículo 70.1 CE
establece que las incompatibilidades de diputados y senadores se determinarán en la Ley
Electoral. Con relación al poder ejecutivo, se alude a las incompatibilidades de los
miembros del gobierno en el artículo 98.4 CE, desarrollado por Ley 25/83, de 26 de
diciembre. Existe también un mandato constitucional de incompatibilidades con relación a
los jueces y magistrados y miembros del Tribunal Constitucional en los artículos 127.2 y
159.4 CE, respectivamente, desarrollado en la Ley Orgánica 1/85, de 18 de enero.
Con esta regulación constitucional y legislativa se garantiza, en principio, la división de
poderes personal y la separación de funciones basada en gran medida en la primera.
Sin embargo, esta regulación ofrece interrogantes que ya en la propia Ley 25/83, de 26 de
diciembre, sobre incompatibilidades de altos cargos, se evidencia cuando, en su artículo 4°,
se admite la posibilidad de que los miembros del gobierno y los secretarios de Estado
puedan conservar sus cargos de diputados o senadores de las Cortes Generales. Esta es una
muestra concreta de un problema más general que afecta sustancialmente a la división de
poderes, puesto que en la propia Constitución, como vamos a examinar, se reconoce la
vinculación por lazos sólidos entre los poderes legislativo y ejecutivo. Esto diluye la
división de poderes, tal como la concibió Montesquieu, y lo que tiene trascendencia en la
actualidad, los fines que persiguió con su principio, los cuales son válidos, en gran medida,
hoy día.
Es decir, si se establece, como, a mi juicio, se ha hecho en la Constitución española, una
división de poderes de corte clásico, pero, al mismo tiempo, se desdibuja los límites entre el
legislativo y el ejecutivo, se corre el peligro de que uno de los fines básicos del principio (el
equilibrio entre los poderes y, por tanto, no preponderancia de uno sobre el otro) pierda
sentido y con ello el principio mismo.
El desdibujamiento de la división de poderes está apuntado en la propia Constitución,
concretamente en los artículos 1.3 y 6. Con referencia al primer precepto, no se va a
plantear si el concepto Monarquía parlamentaria es una forma de Estado o de gobierno,
sino el significado del adjetivo parlamentario, o sea, a la existencia, que puede deducirse de
ese precepto, de un régimen parlamentario y más concretamente de un sistema de gobierno
parlamentario. En este sistema, el único órgano del Estado elegido por el pueblo es
precisamente el Parlamento (tal como ocurre en la Constitución española), el cual, a su vez,
elige al presidente del gobierno (art. 99 de la CE). Se trata, por tanto, de un sistema que
quiebra el principio de la división de poderes entre legislativo y ejecutivo, puesto que la
mayoría parlamentaria gobierna. Desde aquí se hace comprensible el artículo 4.° de la Ley
25/83, de 26 de diciembre, que acepta como un hecho dado la quiebra del principio, con lo
cual podría decirse que ésta es inmanente al sistema. Es decir, no se trata de desviaciones
del principio de división, sino que éstas son inherentes al propio sistema parlamentario, de
tal forma que éste y la división de poderes son principios que entran en conflicto, y la
preponderancia de uno significa la anulación, al menos parcial, del otro.
El sistema de gobierno parlamentario no es el único elemento de la realidad constitucional
actual que desfigura la división de poderes, también lo hace el Estado de partidos políticos,
reconocidos a nivel constitucional (artículo 6.° CE). La existencia de los partidos políticos
que luchan por obtener la mayoría parlamentaria y la responsabilidad de gobierno es uno de
los presupuestos esenciales de la deformación e incluso anulación «política» de la división
de poderes. En la actualidad no se plantea una auténtica oposición entre los poderes
legislativo y ejecutivo tal como la concibió Montesquieu, sino entre gobierno y mayoría
parlamentaria de un lado y la oposición y las minorías parlamentarias del otro.
Esta configuración de la división de poderes está realizada desde una perspectiva político-
constitucional. Eso no es óbice para que, desde presupuestos jurídicos, pueda afirmarse
una independencia funcional de los tres poderes. En la relación entre los poderes legislativo
y ejecutivo, la independencia del primero respecto al segundo se manifiesta en el artículo
67.2 CE, puesto que de él puede deducirse la independencia de los parlamentarios respecto
a cualquier grupo y especialmente respecto a los partidos. La prohibición del mandato
imperativo no significa otra cosa que situar la soberanía del pueblo por encima de los
partidos, o sea, liberar al parlamentario de la disciplina de aquel o de cualquier otro grupo
de presión. Esta es la idea del artículo 67.2, que, sin embargo, entra en colisión con la
práctica constitucional, pues la tendencia actual es la subordinación del parlamentario al
grupo en que se integra.
Se afirma constitucionalmente, por una parte, la primacía del Parlamento; sin embargo, en
la realidad constitucional la dependencia de aquél respecto al gobierno es cada vez mayor,
por diferentes motivos que aquí no es posible desarrollar. Uno de ellos sería la dependencia
de los diputados de la detallada información que hay que poseer para decidir sobre
determinadas cuestiones, y que sólo la Administración está en disposición de obtener. Es
decir, se observa un desfase entre la esfera jurídico-constitucional y la realidad
constitucional que es necesario resolver, aunque tenga que hacerse casuísticamente. En este
desfase influyen decisivamente los partidos políticos, que han modificado la relación entre
los poderes legislativo y ejecutivo hasta tal punto que existen dificultades importantes para
determinar la esfera de actuación de cada uno de ellos y sus límites, más allá de los cuales
se estaría afectando a la esfera nuclear del otro poder. La reserva de ley en este contexto
juega un papel fundamental, puesto que ésta, en la realidad estatal, no significa otra cosa
que la prohibición al ejecutivo de intervenir en la esfera que corresponde al legislador sin
una autorización de éste.
En el contexto de la actual división de poderes configurada en la Constitución española, el
poder judicial, especialmente debido al Tribunal Constitucional, tiene una función muy
diferente de la establecida en la división clásica. El tercer poder ejerce, en la actualidad, un
control de los poderes ejecutivo y legislativo a través de los tribunales contenciosos y de la
jurisdicción constitucional. En el primer caso, en base al artículo 106.1 CE, se ha
constitucionalizado el control judicial de la potestad reglamentaria, abarcando ésta no sólo
a la Administración, sino también al gobierno, y en el segundo supuesto, el control del
Tribunal Constitucional sobre el poder legislativo se establece en el artículo 161.1.a) CE y
en el artículo 31 LOTC.
Esta situación de primacía del Tribunal Constitucional, como intérprete supremo de la
Constitución, sobre las Cortes Generales fue puesta de manifiesto taxativamente por aquél
en la sentencia 76/1983, de 5 de agosto, sobre la Ley Orgánica de Armonización del
Proceso Autonómico (LOAPA).
El control del Tribunal Constitucional sobre los otros dos poderes cumple, a mi juicio, una
función equilibradora entre los poderes (uno de los objetivos básicos que está en el origen
del nacimiento del principio de división de poderes), si se tiene en cuenta que, en el
régimen parlamentario, de hecho (realidad constitucional), debido a los partidos políticos,
se produce cada vez más un control del ejecutivo sobre el legislativo, de forma que sin el
control del tercer poder se hubiera producido un desequilibrio entre poderes.
Este planteamiento es válido, sin embargo, solamente si el Tribunal Constitucional se
mantiene dentro de los límites jurídico-constitucionales establecidos en la propia
Constitución.
La división de poderes, tal como se delinea en la Constitución española, es un «principio
organizatorio fundamental» que garantiza, por medio de una delimitación y control entre
los poderes, un equilibrio, si se respeta la esfera de funcionamiento de cada uno de ellos sin
afectarle en su núcleo esencial. Por otra parte, la distribución entre los poderes, que no se
adapta al dogma histórico de división, consigue a través de sus efectos concretos, de hecho,
una ordenación de la vida estatal. Es decir, la independencia funcional entre los poderes
obtiene efectos equilibradores en la realidad constitucional, de lo cual sería ejemplo la
publicidad de las decisiones y la protección y respeto de las minorías.
La división de poderes, en el contexto de cada comunidad, tiene que adaptarse a los
cambios sociales y políticos que se producen en el desarrollo histórico. Esta es la
insuficiencia mayor que, a mi juicio, se aprecia en la división de poderes plasmada en la
Constitución, al no acoger esos cambios.
Esta apreciación, sin embargo, puede ser compensada, al menos parcialmente, si se tiene en
cuenta que el aumento sustancial de funciones del tercer poder puede equilibrar los efectos
que los partidos políticos cumplen en la relación entre el legislativo y el ejecutivo y la
primacía real de éste.
Queda, sin embargo, sin resolver la falta de cauces institucionales públicos de las
asociaciones de empresarios y sindicatos, los cuales participan en la creación de la voluntad
social y política.
Y lo que subyace a los partidos, el gobierno parlamentario y el principio democrático. Hay
que tener en cuenta que la división de poderes, en su origen, responde a un modelo no
democrático, y el equilibrio entre legislativo y ejecutivo se establece desde este modelo.
Las funciones del estado fueron consideradas por Aristoteles después de un severo análisis
de más de 150 tipos de gobierno de su época, concluyendo que legislar, administrar y
juzgar, son tareas que corresponden a instituciones diversas.
la teorÍa de la división de poderes
Montesquieu
Cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o
corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado
hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo.
Poder ejecutivo
Se denomina poder legislativo a una de las tres facultades y funciones primordiales del
estado (junto con el poder ejecutivo y el judicial) consistente en la aprobación de normas
con rango de ley. Es una de las tres ramas en que tradicionalmente se divide el poder de un
Estado.
El Poder Legislativo tiene por su parte principalmente la función de establecer el Derecho,
al dictar las reglas generales, abstractas e impersonales de observancia obligatoria, es decir,
elaborar leyes
En una democracia, el poder legislativo elabora y modifica las leyes existentes de acuerdo a
la opinión de los ciudadanos. Su función específica es la aprobación de las leyes y,
generalmente, está a cargo de un cuerpo deliberativo (congreso, parlamento o asamblea de
representantes).
Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del
ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos
sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería
tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.
El poder ejecutivo es una de las tres facultades y funciones primordiales del Estado (junto
con la legislativa y la judicial) consiste en dictar y hacer cumplir las leyes que suele aprobar
el gobierno o el propio jefe del Estado.

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