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reflexiones revolucion francia

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i Reflexiones sobre la revolucién en Francia ta nueva, y hasta ahora jam4s ofda, declaracién de de- aza: manifiestamente. istir4 eon sus vidas y fortunas da aplicacion practica qu de ella. Esta abocado a Los verdaderos principios constitucionales de la Monarquia inglesa. ] Estos: caballeros de la Vieja Juderia, en todos sus razona- entos relativos a la Revolucién de 1688, tienen tan pre- entes ante sus ojos y ante su corazon la Revolucién que contecié en Inglaterra unos cuarenta afios antes! y la re- iente Revolucién Francesa, que constantemente estén con- fundiendo las tres. Es preciso que separemos lo que ellos onfunden. Debemos recordar a estas imaginaciones ettabundas los actos realizados por la Revolucién que noso- ___tos.reverenciamos, para asi descubrir cudles fueron sus verdaderos principios. Silos princtpios de la Revolucién de _ 1688 se encuentran en algiin sitio, ese sitio es sin duda el es- tatuto llamado la Declaracién de Derechos. En esta sobre- “manera prudente, sobria y considerada declaracién, redac- __tada por grandes juristas y grandes hombres de Estado, y ‘no: por apasionados fandticos faltos de experiencia, no se 12. La Revolucién putitana que destroné a Carlos I. (N. def T.) 51 Edmund Burke dice ni una palabra ni se hace la menor referencia a un ge- neral derecho a «elegir a nuestros propios gobernantes, a destituirlos por su mala conducta, y a establecer un Gobier: ho por nosotros mismos». Esta Declaracién de Derechos (acto de Guillermo I y Maz: ria, sesién 2, cap. 2) es la piedra angular de nuestra Consti: tucién, reforzada, explicada, mejorada y fijada para siem: pre en sus principios fundamentales. Se titula «Acta para la declaracién de derechos y libertades de los sdbditos, y para el establecimiento y sucesién de la Corona», Observard us: ted que estos derechos y esta sucesién forman parte de un todo y estan indisolublemente unidos. Unos pocos afios después de este periodo, se presenté una segunda oportunidad para afirmar un derecho de elec: cién a la Corona. Ante la perspectiva de que el rey Guiller. mo y la princesa, més tarde reina, Ana no dejaran descen! dencia alguna, otra vez se le presenté a la legislatura la cuestién de cémo establecer la Corona garantizando al mis: mo tiempo las libertades del pueblo. ¢Se hizo en esta segun: da ocasién alguna. provisién para legitimar la Corona de acuerdo con los espurios principios revolucionarios esgriz midos en la Vieja Juderia? No. Los legisladores siguieron los principios que habian prevalecido en la Declaracién de Derechos, indicando con mayor precisién Jas personas que iban a heredar [la Corona] en la linea protestante. Esta pro: vision también incorporaba en una misma norma politica nuestras libertades y la sucesién hereditaria. En lugar del derecho a elegir a nuestros gobernantes, los miembros de la legislatura declararon que la sucesién en esa linea (la lfnea sucesoria protestante que ptovenia de Jacobo I) era absolu: tamente necesaria «para la paz, tranquilidad y seguridad del reino», y que eta igualmente importante pata ellos 52 Reflexiones sobre la revolucién en Francia gnantener wna garantia sucesoria de la que los sabditos pu- esen depender para su seguridad y proteccién». Ambas cisiones legislativas, en las cuales estamos oyendo los jertos ¢ inequivocos ordculos de la politica revolucionaria, s de sancionar las engafiosas y poco fiables predicciones fe «un derecho a elegir a nuestros gobernantes», prueban lemostrativamente, pot el contratio, cu4n adversa fue la sa- idutia de la nacién a convertir en una norma de derecho ico que habia sido un mero caso de necesidad. esde luego, hubo durante la Revolucién, en la persona del rey Guillermo, una pequeiia y transitoria desviacién del rden estricto de una regular sucesién hereditaria; pero es go que va contra todos los verdadetos principios de la ju- sprudencia deducir un principio a partir de una ley que ¢ hecha para un caso especial y con respecto a un indivi- uoen particular. Privilegium non transit in exemplum™. Si habido alguna vez una época favorable para establecer rincipio de que un rey elegido democréticamente es el ico rey legitimo, esa época fue, sin duda alguna, la de la evolucién. El que no se hiciera entonces es prueba de que snacién pensaba que no debia hacerse nunca. No hay nin- a persona que sea tan completamente ignorante de stra historia, como para no saber que, en el Parlamento, mayoria de ambos partidos estaba tan poco dispuesia a ada que se pareciera a tal principio, que inicialmente esta- a decidida a entregar la Corona, no al Principe de Orange o'a su consorte Marfa, hija del rey Jacobo, primogénita tre los descendientes que ese rey habia reconocido defi- itivamente como suyos. Serfa repetir una historia muy tri- lada-recordar todas aquellas circunstancias que demostra- . «Un privilegio no se convierte en ejemplo.» (N. del T.) 53 Edmund Barke ron que el hecho de aceptar al rey Guillermo no fue propiamente una eleccién; mas pata todos aquellos que, efectivamente, no deseaban volver a llamar al rey Jacoboyg inundar en sangre su propia patria precipitando su religion, sus leyes y sus libertades en el peligro del que acababan de escapar, fue un acto de necesidad, en el mas estricto sentido moral en que el término puede tomarse. - En ese acto en que, una sola vez y pata un anico caso,'é) Parlamento se aparto del orden sucesorio estricto en favor de un principe que, aunque no era el proximo en la linea de sucesién, estaba muy cerca de serlo, es curioso obser vat cémo lord Somers, que zedacté la llamada Declara cién de Derechos, se comporté en tan delicada ocasi6n, Es curioso observar con qué destreza se oculté a la vista esta solucién de continuidad, mientras que todo aquello que pudiera encontrarse en este procedimiento en favor de una sucesién hereditaria, es sacado a primer plano, fo- mentado y aprovechado por este gran hombre y por la le gislatura que le siguié. Abandonando el estilo seco e im, perativo propio de una medida parlamentaria, hace qui los Lores y los Comunes adopten un emocionado y-vi brante tono legislative y declaren que consideran «ung maravillosa providencia y un catitativo acto de bondad di vina pata con esta nacién, preservar felizmente a las reales personas de Sus Majestades para que reinen sobre nos tros desde el trono de sus ancestros, por lo cual le dirigian a Dios, desde lo més profundo de sus corazones, su mds humilde agradecimiento y alabanza». Es obvio que la le gislatura tenia a la vista el acta de reconocimiento aprob da en el primer afio del reinado de la reina Isabel (cap. II) y la del reconocimiento aprobada en el primer afio de Ja: cobo I (cap. I), las cuales declaran en fuettes términos. él 34 Reflexiones sobre la revolucién en Francia Actét hereditario de la Corona; y en muchas partes los egisladores siguen, con una precision casi literal, las pala- se incluso la formula de gracias que se encuentran en s viejos estatutos declaratorios. . s dos cémaras, en el acta del rey Guillermo, no agrade- yori a Dios el haber encontrado una buena oportunidad a asegurar el derecho del pueblo a elegir a sus propios jsernantes, y mucho menos hacer de una eleccién el nico o'de legitimar la Corona. El haber estado en condicio- de evitar, en la medida de lo posible, hasta la mera apa- ia-de ello, fue por ellos considerado un escape provi- cial. Cubrieron con un bien tejido velo politico toda cunstancia que tendiera a debilitar los derechos que en mejorado orden de sucesién ellos querfan perpetuar, 0 ¢ pidieran procurar un precedente para cualquier futura lesviacion de lo que ellos habian establecido de modo per- ranente. En consecuencia, a fin de no debilitar los centros rviosos de la Monarquia, y para preservar una estrecha fotmidad con la practica de sus antecesores, tal y como ha’practica aparecia en los estatutos declaratorios de la 1a Maria” y la reina Isabel, en Ia clausula siguiente [los sladores de ambas Camaras] otorgaron a Sus Majesta- les, Bor reconocimiento, todas las pretrogativas legitimas le fa Corona, declarando que «es en Sus Majestades donde ichas prertogativas pueden investirse, incorporarse, unir- y anexionarse més plena, legal y enteramente». En la lgusula que sigue, y con el fin de prevenir cuestiones por iter afio del reinado de Maria, sesién 3, cap. I. [Agradezco a mi ‘olepa y amigo Cedric Reverand, profesor del Departamento de In- és de la Universidad de Wyoming, su amable y ttil explicacién de las ‘viaturas empleadas por Burke para designar las fechas de las actas le aprobacién de los estatutos mencionados en el texto.] (N. del T) 55 Edmund Burke raz6n de pretendidos titulos a la Corona, estos mismos le- gisladores declaran ([Link]én en esto el lengua: je tradicional, de acuerdo con. el acostumbrado procedi: miento politico de la nacién y repitiendo a Ia letra el lenguaje utilizado en Jas actas precedentes de Isabel y Jaco- bo) que se preserve «una garantia de continuidad en la suce. sién, de la cual dependen, queriéndolo Dios, la unidad, la paz y la tranquilidad de esta nacién. Sabian que un dudoso derecho a la sucesién se patecerta mucho a una eleccién, y que una eleccién seria totalmente destructiva para la «unidad, paz y tranquilidad de esta na- cién», lo cual era para ellos una-consideracién de importan- cia. A fin de salvaguardar estos objetives y, per consiguien- te, para extirpar de rafz la doctrina expuesta en la Vieja Juderfa, la cual hablaba de «un derecho a elegir a nuestros propios gobernantes», afiaden. otra clausula que contiene una declaraci6n sobremanera solemne, tomada del acta precedente de la reina Isabel; es la declaracién mas solemne que jamés haya podido pronunciarse en favor de una suce- sién hereditatia, y la mas solemne renuncia a los principios que la mencionada Sociedad les atribuye: los Lores espiri- tuales y temporales, y los Comunes, en nombre de todo el pueblo, y con toda humildad y fidelidad, se someten edlos mismos, y también a sus herederos y a sus descendientes para séempre, y prometen lealmente que luchardn con todas sus fuerzas por mantener y defender a dichas Majestades, asi como las reglas de la Corona, tal y como quedan especifica- das en el acta en cuestién, etcétera, etcétera. Esté tan lejos de ser verdad que por la Revolucién hemos adquirido el derecho a elegir a nuestros reyes, que, incluso silo bubiéramos tenido antes, la nacién inglesa renuncid entonces a él solemnemente, tanto pata su tiempo como 56 Reflexiones sobre Ja revolucién en Francia para la posteridad. Estos caballeros [de la Vieja Juderia] podran preciarse cuanto quieran de sus principios whigs; pero no quisiera yo set tomado por un whig mejor que lord Somers, ni que se piense que entiendo los principios de la Revolucién mejor que quienes la llevaron a cabo, o que sé lecr-en la Declaracién de Derechos misterios desconocidos pata aquellos cuyo estilo penetrante ha grabado en nuestras ordenanzas y en nuestros corazones las palabras y el espiti- tude aquella ley inmortal. _Es-cietto que, ayudada por los poderes derivados de la fuerza y de las circunstancias, la nacién, en un sentido, fue entonces libre de tomar el curso que quisiera pata que el trono fuese ocupado; pero fue sdlo libre de hacerlo basan- dose en los mismos fundamentos que podrian haber aboli- doa monarquia o anulado cualquier otra parte de fa Cons- fitucion. Sin embargo, los legisladores no estimaron que cambios tan radicales eran competencia suya. Es, desde luego, dificil, si no imposible, poner limites a la mera com- petencia abstracta del poder supremo, tal y como dicho po- der fue ejercido por el Parlamento en aquella época; pero log limites de la competencia moral que, incluso cuando se trata de poderes indiscutiblemente soberanos, sujetan a la voluntad y la hacen que se ajuste a la raz6n y a las firmes maximas de la fe, la justicia y la politica fundamental esta- blecida, son perfectamente inteligibles e imponen una obli- gacién en aquellos que, dentro del Estado, ejercen alguna ‘gutotidad bajo el nombre o titulo que sea. La Camara de los ‘Lores, por ejemplo, no tiene, moralmente, competencia para disolver la Camara de los Comunes; ni siquiera tiene competencia para disolverse a si misma, hi para tenunciar, silo quisiera, a su parte del poder en la legislatura del Rei- no, Aunque un rey pueda abdicar personalmente, no puede 57 Edmund Burke hacer que la Monarquia abdique. Por una razén igual:d poderosa, o mas, la Camara de los Comunes no puede 'te fe. unciar a su parte de autoridad. El compromiso y [Link] cial que generalmente recibe el nombre de Constitucis prohibe un tal abuso y un tal abandono. Las partes consti tutivas de un Estado estén obligadas a mantener su muty lealtad publica, asf como su lealtad hacia aquellos otros qu derivan importantes intereses de dicho compromiso,.de mismo modo que el Estado estd obligado a ser fiel a las co munidades auténomas. Si no fuera asi, la competencia.y poder pronto se confundirian y no quedaria mas ley que | voluntad de la fuerza prevaleciente. De acuerdo con este principio, la sucesién a la Corona hy sido siempre lo que ahora es: una sucesién hereditaria reg lada por la ley. En el antiguo linaje, era una sucesidn segit el derecho comin; en ef nuevo, segin la ley esctita operan do sobre los principios del derecho comin, sin cambio sus. tancial, pero regulando el procedimiento y describiendo 4 las personas. Ambas modalidades de la ley tienen la misma fuerza y se derivan de una misma autoridad que emana del comin acuerdo y pacto original del Estado, communi spo stone reipublicae'', y como tales obligan de igual manera al tey y al pueblo, en tanto se sigan observando los términos continten aplicandose al mismo cuerpo politico. Esta lejos de ser imposible reconciliar -si nos libramos enredarnos en los laberintos de la sofisterfa metafisica—el uso de una regla fija, con alguna ocasional desviacién de di- cha egla; el caracter sagrado de un principio hereditario d sucesién en nuestro Gobierno, con el poder de cambiar. aplicacién en casos de emergencia extrema. Incluso en ca- 14, «Por la comun volicién del Estado.» (N. del T) 58 Reflexiones sobre la revolucién en Francia sf (si medimos nuestros derechos por el ejercicio que 3 hecho de ellos en la Revolucién) el cambio debe li- se exclusivamente a la parte corrompida, es decir, ala que produjo la desviacion; e incluso entonces debe arse sin que se descompongg la totalidad del cuerpo politico hasta el extreme de originar un nuevo orden tigido sobre los primeros elementos de la sociedad, Estado sin medios para cambiar carece también de dios para conservatse. Sin tales medios, hasta se corre el go de que se pierda esa parte de la Constitucién que con fervor se deseaba presetvar. Los dos principios de la setvacion y de la correccién actuaron con fuerza duran- ios dos perfodos criticos de la Restauracién y Ja Revolu- cuando Inglaterra se hallaba sin un rey. Durante am- periodos la nacién habia perdido el vinculo que ibilitaba la unién dentro del antiguo edificio; sin embar- jo toda la construccién se habia disuelto. Al contrario, ambos casos se regeneré la parte deficiente de la vieja stitucién, gracias a las otras partes de la misma que no bat enfermas. Estas partes se conservaron tal y como és estaban, de tal modo que la patte reconstruida pudie- daptarse a ellas. El pueblo inglés actué segin la antigua ganizaci6n estatal, y no mediante moléculas organicas ti- eas de un pueblo en desbandada. Quiz en ningtin mo- to‘la legislatura soberana mostr6é una més tierna consi- yacién para con ese principio fundamental de la politica stitucional britanica, que en tiempos de Ia Revolucién, jando se desvid de la linea directa de sucesidn hereditaria, verdad que en cierta medida la Corona siguié una linea icesoria diferente de la que habia seguido antes, pero la valinea se derivé de la misma estirpe. Continuéd siendo a linea de descendencia hereditatia de la misma sangre, 59 Edmund Burke aunque ahora dicha descendencia hereditaria se avenia con el protestantismo. Alterando la direccién pero conservando el principio, la legislatura mostré que tenia tal principio por inviolable. Por lo que se refiere a este principio, la ley sucesoria ha- bia admitido algunas enmiendas en la época antigua, mu- cho antes de la Revolucién. En tiempos de la Conquista, surgieron graves cuestiones acerca de los principios legales de la sucesién hereditaria. Se lleg6 a dudar qué heredero debia acceder al trono: si el heredero per capita o el herede- to per stirpes. Pero, ya fuera que el heredero per capita ce: diese ante el heredero per stirpes, o que el heredero catélico cediese ante el protestante, el principio de la sucesién here- ditaria sobrevivid con una especie de inmortalidad a través de todos los cambios —/zultosque per annos stat fortuna do: mus, et avi numerantur avorum®—, Este es el espiritu de nuestra Constitucién, no sélo en épocas de calma, sino tam- bién en todas sus épocas revolucionarias, Quienquiera que fuese el que accedié al trono, y comoquiera que esto se rea: lizase, tanto si fue por la ley como por la fuerza, la sucesién, o bien se continud, o se adopté. Los caballeros de la Sociedad para la Revolucién sélo ven en la de 1688 una desviacion de la Constitucién; y toman la desviacién del principio por el principio mismo. Les impor- tan muy poco las obvias consecuencias de su doctrina, aun: que deben darse cuenta de que dicha doctrina deja el ejet- cicio positivo de la autoridad en manos de muy pocas instituciones positivas de este pais. Una vez que se establece una mdxima de tan escasas garantias como la que afirma 15. «La fortuna de la casa se mantiene durante muchos afios, y se cuen* tan los abuelos de los abuelos.» Virgilio, Gedrgicas, IV. 208. (N. del T} 60 Reflexiones sobre la revolucién en Francia que solo es legitima la monarquia electiva, ningtin acto de jos-principes anteriores a esta época de ficticia eleccién puede set vilido. ¢Estdn estos teéricos diciéndonos que he- ‘mos de imitar a algunos de sus predecesores que sacaron jos cuerpos de nuestros antiguos soberanos de la tranquili- dad de sus tumbas? ¢Estan tratando de culpar e incapacitar ‘vetroactivamente a todos los monarcas que reinaron antes ‘de'la Revolucién, y, consecuentemente, de mancillar el tro- ‘ao de Inglaterra con el estigma de una continua usurpa- cién? ¢Es que quieren invalidar, anular o cuestionar, junto con-la legitimidad de todo nuestro linaje de reyes, el gran cuerpo de nuestras leyes constitucionales que fueron apro- badas bajo aquellos monarcas que son tildados de usurpa- dores? ¢Es que quieren anular leyes que son de un valor in- calculable para nuestras libertades, de un valor, por lo qienos, tan grande como el de cualquier otra ley aprobada después de la Revolucién? Si los reyes que no debieron su Gorona a la eleccién del pueblo no tuvieron derecho a pro- mulgar leyes, equé ocurrir4 con el estatuto de tallagio non concedendo, 0 con la peticién de derechos, o con el acta de habeas corpus?®, Es que estos nuevos doctores de los de- rechos humanos se atreven a afirmar que el rey Jacobo II, el cual accedié al trono por ser el pariente mds préximo” se- gin una regla de sucesién entonces todavia sin clasificar, no fue para todos los efectos y propdsitos un legitimo rey de Inglaterra antes de que realizara ninguno de aquellos actos 16. Burke se est refiriendo a estatutos que en su tiempo se conside- taban fundamentales. El estatuto de tallagio fue aprobado en 1340; la peticion de derechos data del afio 1628, y el acta de habeas corpus fue incorporada en 1679. Todos los estatutos requetian el sello real y eran decretados por el rey con la autorizacién del Parlamento. (N. def T.) 17, Jacobo sucediié en ef trono a su hermano, Carlos IL (N. del T) 61 Edmund Burke que fueron justamente interpretados como una abdicaci6n de su Corona? Si no lo fue, el Parlamento podria haberse ahorrado muchas dificultades durante el periodo que estos caballeros conmemoran. Pero el rey Jacobo fue un mal rey con un titulo legitimo, y no un usurpador. Los principes que le sucedieron, segtin el acto del Parlamento que hizo recaer la Corona en la electora Soffa y en sus descendientes, al set protestantes, accedieron al trono con igual derecho sucesorio que el rey Jacobo. Este lleg6 a ser rey de acuerdo con la ley vigente en el momento de su ascensidn al trono; y los principes de la Casa de Brunswick heredaron la Corona; no por eleccién, sino en virtud de la ley vigente en los diver: sos momentos en que tuvieron lugar las varias ascensiones de individuos de descendencia y linaje protestantes, como espero haber mostrado suficientemente. a ley por la cual esta familia real esta especfficamente des tinddla a la sucesién es declarada en el duodécimo y degi posteridad, a se dad», siempre quésean protestantes, hase4 pos; y esto queda dichg con las misyads palabras con que en la Declaracién de Derechiys se noxhabfa obligado a ser leales. a los herederos del rey Guillefmo y de la reina Maria. Esta. asegurar un ti eleccién def’ pueblo, pudo la legislatura habetwg tomado'l fatias a buscar una princesa extranjera de cuyo seno 1 62 Edmund Burke gn algunos de esos exaltados fandticos de la esclavitud, que Ge manera impfa, como: Q divina mayor que cual? quier otra modalidad de gob bernar por herencia fuese 2st 0 ‘omulgar mdéximas perniciosas acerca de la teorfa opuesta: [3. Sobre el derecho del pueblo a destituir a sus gobernantes.] La segunda reclamacién de la Sociedad de la Revolucién es «el derecho de destituir a los gobetnantes por razones de mala conducta», Quizé los temores que nuestros antepasa: 66 Reflexiones sobre la revolucién en Francia dos tuvieron de establecer el precedente de «destituir por razones de mala conducta» fuera la causa de que la declara- cién del acta que implicé la abdicacién del rey Jacobo re- sultase, si cupiera encontrar en ella algin defecto, demasia- do cauta y detallada*. Pero todo este cuidado y toda esta acumulacién de circunstancias sitve para darnos muestra del espiritu de cautela que predominé en los consejos na- cionales, en una situacién en que los hombres, irritados por la opresion y elevados por su triunfo sobre ella, estuvieron _ dispuestos a abandonatse a recursos violentos y extremos; también da muestra de la ansiedad de los grandes hombres que influyeron en el modo de Ilevar los asuntos durante aquel importante acontecimiento, a fin de hacer de la Revo- ducién la madre de la estabilidad y de la paz, y no la nodriza de futuras revoluciones. Ningtn Gobierno se sostendria ni por un momento si pu- diera ser derribado de un soplo con algo tan vago e indefini- do. como una acusacién de «mala conducta». Los lideres de JaRevolucién no basaron la virtual abdicacién del rey Jacobo nun principio tan fragil e incierto. Lo acusaron nada menos que de haber ideado un plan, confirmado por wna multitud [Link] de una ilegalidad evidente, para subvertir la Iglesia y el Estado protestante, y sus fundamentales e incuestionables Jeyes y libertades; lo acusaron de haber quebrantado el pacto original entre el rey y el pueblo. Esto era alzo més que una falta de conducta. Una grave y abrumadora necesidad obligé alos Ifderes de la Revolucién a dar el paso que dieron muy a * «Que el rey Jacobo LH, habiendo intentado subvertir la Constituciin del: Reino quebrantando el contrato original entre el rey y el pucblo, y, pot consejo de Jos jesuitas y otras petsonas malvadas, habiendo viola- = do las leyes fundamentales y habiéndose apartado del reino, ha abdica- __ do el Gobierno, y, como consecuencia, el trono ha quedado vacante.» 67 Edmund Burke su pesar, forzados a ello por la mas rigurosa de todas Jas le- yes, Su confianza en la futura conservacién de la Constitu- cién no se puso en futuras revoluciones. La gran medida ad- ministrativa de todas sus disposiciones fue hacer casi impracticable el que un futuro monarca obligase a los diver- sos Estados del Reino Unido a recurtir a esos violehtos teme- dios, Dejaron a la Corona igual que, a ojos de la ley, habia sido siempre: una institucién sin responsabilidad alguna. A fin de aligerarla de responsabilidades todavia més, dieron més peso a las responsabilidades de los ministros de Estado, Por el estatuto del primer afio del reinado de Guillermo, se: sin segunda, llamado «Acta de declaracién de derechos y libertades del stibdito y del establecimiento de la sucesién a la Corona», determinaron que los ministros debian servir ala Corona segtin los términos de esa declaracién. Poco después lograron instaurar las reuniones frecuentes del Parlamento, en virtud de las cuales el Gobierno entero tenia que estar some- tido a la constante inspeccién y control activo del represen: tante del pueblo y de los magnates del reino. En la gran acta constitucional siguiente, que fue la declarada en los afios duodécimo y decimotercero del reinado de Guillermo para limitar atin més la Corona y asegurar mejor los derechos y li- bertades del stibdito, se estipulé «que ningiin perdén avala- do por el gran sello de Inglaterra® podia ser utilizado para interceder en favor de un ministro ante una censura de los Communes del Parlamento». Las normas de gobierno estipu: ladas por la Declaracién de Derechos, la constante inspec: cién del Parlamento y Ja practica de la censura parlamenta- tia, les parecieron una garantfa de seguridad, no sdlo para conservar su libertad constitucional, sino también para lu: 18. Es decir, un perdén avalado por el Sello Real. (N. del T) 68 Reflexiones sobre la revolucién en Francia char contra los vicios administrativos, infinitamente mayor que un derecho tan dificil de ejercer, tan incierto en sus re- sultados y tan frecuentemente pernicioso en sus consecuen- cas como el de «destituir a sus gobernantes». EI doctor Price, en su sermén*, condena muy apropia- damente la practica de dirigirse a los reyes en términos de jgnorante adulacién, En lugar de emplear este estilo empa- lagoso, propone que a Su Majestad deberfa decirsele, en ecasiones congratulatorias, que «el monarca debe conside- arse a si mismo como si fuese mas el servidor que el sobe- rano de su pueblo». Como cumplido, esta nueva forma de dirigirse al rey no parece ser muy halagadora. A quienes re- ciben el nombre de siervos y lo son realmente, no les gusta quese-les diga cul es su situacién, su debet y sus obligacio- nes. El esclavo, en la antigua comedia, le dice al amo: «Haec commemoratio est quasi exprobation**. No es agradable como cumplido, ni saludable como leccién. Después de todo, si el rey estuviese de acuerdo con esta nueva modali- [Link] dirigirse a A, aceptara sus términos e incluso adop- taracel titulo de Servidor del Pueblo como indicacién de su evo estilo real, no puedo imaginar en qué podria ello be- eliciarle o beneficiarnos a nosotros. He visto cartas muy arrogantes firmadas: «Vuestro mds obediente y humilde ervidor». El poder més orgulloso que jamdas haya tenido que:ser sufrido en este mundo, adopté un titulo de humil- dad:mucho mayor que la que ahora propone este nuevo _Apostol de la Libertad’. Reyes y naciones han sido pisotea- # Pp. 22.24, _" Terencio, Amdria, I, 1, 17. «Este recordatorio es como una repri- menda.» 19. Se refiere a Richard Price, autor del sermén. (N. del T) 69 Edmund Burke dos por uno que se llama a si mismo «el Siervo de los Sier- vos», y 6tdenes decretando la deposicién de soberanos han sido selladas con el sello de «el Pescador». Deberia yo haber tomado todo esto nada mds que como una suerte de discurso vano y superficial en el que, como en una humareda, algunas personas verian evaporarse el es- piritu de la libertad; mas ocurre que dicho discurso apoya abiertamente la idea y una parte del plan de «deponer a los reyes por su mala conducta». A la luz de esto, merece la pena hacer algunas observaciones, Los reyes, en un sentido, son indudablemente los siervos del pueblo porque su poder no tiene otra finalidad racional que la del bien general. Pero no es verdad que sean, en el sentido or- dinario de la palabra (al menos segtin nuestra Constitucién), nada més que siervos cuya situacién sea esencialmente obede- cer las érdenes de otro, pudiendo ser despedidos cuando al otro le plazca. No; el rey de la Gran Bretafia no obedece a nin: guna otra persona. Son todas las dems personas, tanto indivi- dual como colectivamente, las que estan bajo él y las que le de ben obediencia de acuerdo con la ley. La ley, que no sabe de adulaciones ni de insultos, no Je da a este altisimo magistrado el nombre de servidor, tal y como este humilde tedlogo le lla- ma’, sino que se refiere a él como «nuestro soberano Senior, el Rey»; y nosottos, por nuestra parte, sdlo sabemos hablar el ptimitivo idioma de la ley, y no la jerga confusa utilizada por estos caballeros en sus pilpitos babilénicos. Como no es el rey quien tiene que obedecernos a noso- tros, sino que somos nosotros los que tenemos que obede- 20. Alusién al Sumo Pontifice de la Iglesia Catdlica. (N. del T.) 21. Sigue refiriéndose a Richard Price. (N. del T) 70 Reflexiones sobre la revolucién en Francia cer la ley obedeciéndolo a él, nuestra Constitucién no ha echo ninguna provisién que lo haga responsable en grado _alguno, con el tipo de responsabilidad propio de los sier- yos. Nuestra Constitucién no conoce nada que se parezca a un-magistrado semejante al Justicia de Aragén, ni ningtin tribunal legalmente nombrado, ni ningin procedimiento sancionado por la ley, que pueda exigirle al rey las respon- sabilidades propias de los siervos. En esto no se distingue délos Communes ni de los Lores, a los cuales, en sus diversas capacidades publicas, nunca se les puede pedir que den _ cuentas de su conducta, por mas que la Sociedad de Ja Re- volucién se empefie en asegurar, en directa oposicién a una de:las partes m4s prudentes y hermosas de nuestra Consti- tacién, que «un rey no es mas que el primer servidor del pueblo, ha sido creado por él, y Hene que rendir cuentas ante él». »Malamente podrian nuestros antepasados de la Revolu- cl6n haber merecido la reputacién de prudentes, si sélo hu- _ bieran encontrado segutidad para su libertad debilitando al Gobierno en sus funciones y haciendo precaria su estabili- dad, y si no hubiesen encontrado mejor remedio contra el poder arbitrario que la confusién civil. Que nos digan estos caballeros quién es ese publico representatévo ante ef cual dicen que el rey debe rendir cuentas como un sirviente, y entonces podré yo mostrarles el incuestionable estatuto le- pal que afirma que el rey no tiene que rendir tales cuentas. a ceremonia de destituir reyes, de la cual estos caballe- tos:gustan hablar tanto, rara vez puede realizarse, si es que hay alguna, sin hacer uso de la fuerza. Y entonces estamos ante un caso de guerra, y no ante una medida constitucio- nal. Las leyes son silenciadas por las armas, y los tribunales _se'derrumban junto con la paz que no son ya capaces de 7l Edmund Burke mantener. La Revolucién de 1688 se logré mediante una guerra justa, en el solo caso en que una guerra, y mucho mas si se trata de una guerra civil, puede ser justa: Justa be- Ula quibus necessaria”. La cuestién de destronar, 0 (sia estos caballeros les gusta mas decirlo asi) «deponer reyes» siem- pre ser4, como siempre ha sido, una cuestién extraordina- tia de Estado, y totalmente fuera del curso normal de la ley; una cuestién (como todas las otras cuestiones de Estado) de disposiciones y de medios y de probables consecuencias, mis que de derechos positivos. Como [la deposicién de un monarca] no fue pensada para abusos ordinarios, tampoco ser4 provocada por almas ordinarias. La teérica linea de de- marcaci6n que sefiala el limite donde termina la obediencia y debe comenzar la disidencia, es una linea vaga, difusa y no facilmente definible. No es un acto aislado ni un solo acon- tecimiento lo que la determina. Tienen que cometerse abu- sos y desviaciones en el Gobierno antes de que pueda pen- sarse en derrocarlo; y el prospecto de un futuro con ese mismo Gobierno ha de ser tan malo como la expetiencia que de él se ha tenido en el pasado. Cuando las cosas estén en esa lamentable condicién, el caracter del mal es el que indica el remedio que debe ser aplicado por aquellos a quienes la naturaleza ha preparado para, en casos extre: mos, administrar esta purga amarga y ambivalente a un Es- tado enfermo. Las épocas, las ocasiones y las provocaciones nos ensefiaran sus lecciones. Los prudentes se guiaran por la gravedad del caso; los irritables, por su sensibilidad a la opresién; los nobles e idealistas, por el desdén e indigna: cién ante el poder abusivo ejercido indignamente; los va: lientes y decididos, por el amor al peligro honorable en de- 22, «Las guerras son justas cuando son necesatias.» (N. del T) 72 Reflexiones sobre la revotucién en Francia fensa de una causa generosa. Pero, ya sea con derecho o sin élpuna revolucién ser4 siempre el dltimo recurso de los sen- gatos y de los buenos. [4-Sobre el derecho del pueblo a formar _ un Gobierno por si mismo.] Eltercer derecho que se afirmé desde el pulpito en la Vieja _ Juderia, a saber, «el derecho a formar un Gobierno por no- sotros mismos», tiene, cuando menos, tan poco apoyo en _ pada de lo que se hizo en la Revolucién, como las dos pri- _meras reclamaciones de estos sefiores. La Revolucién se hizo para preservar nuestras antiguas, indisputables leyes y libertades, y esa antigua Constitucién de gobierno que es huestra Gnica garantia de ley y de libertad. Si estdis deseo- sos de conocer el espiritu de nuestra Constitucin y la poli- __ tica: predominante que la ha garantizado durante ese largo = periodo que se extiende hasta el dia de hoy, os ruego que los busquéis en nuestras historias y en nuestros archivos, en - puestras actas parlamentarias y en los diarios del Parlamen- tojepero no en los sermones de la Vieja Juderia ni en los _ brindis de sobremesa pronunciados por los miembros de la Sociedad de Ja Revolucién, En ellos encontraréis otras ideas y otro lenguaje. Sus propuestas no se avienen ni con nues- tro temperamento ni con nuestros deseos, y estén despro- vistas de toda apariencia de autoridad. La sola idea de fa- bricar un nuevo tipo de Gobierno es suficiente para Menarnos de disgusto y de horror. En el perfodo de la’ Revo- fucién-desedbamos, y todavia lo desearnos ahora, derivar todo lo que poseemos de un legado heredado de nuestros an- tepasados. Nos hemos cuidado de no inocular en ese cuetpo 73 Edmund Burke y esa estirpe ninguna sustancia ajena a la naturaleza de la planta original. Todas las reformas que hemos hecho hasta ahora han procedido de un principio de reverencia por lo antiguo, Y espero, es més, estoy persuadido, de que todas las reformas que puedan hacerse de ahora en adelante se haran con cuidado de ajustarse a un precedente andlogo, a la autoridad y al ejemplo. Nuestra reforma més antigua es la de la Carta Magna. Po- dra ver usted que sir Edward Coke, aquel gran oraculo de nuestra ley, asi como todos los grandes hombres que le si- guieron, hasta Blackstone*, se han esforzado en probar el linaje de nuestras libertades. Se empefian en demostrar que el antiguo estatuto, la Carta Magna del rey Juan, estaba co- nectado con otto estatuto positivo del rey Enrique I, y que tanto el uno como el otro estaban a su vez relacionados con otra ley del Reino, todavia mds antigua. De hecho, estos autores parecen tener razdén en la mayor parte de lo que di- cen; quiz4 no siempre, peto si no aciertan en algunos pun- tos particulares, ello prueba todavia mas la validez de mi postura, pues demuestra esa fuerte predisposicién en favor de la Antigiiedad, con la cual se han lenado las mentes de todos nuestros legisladores, y de todo el pueblo sobre el que éstos han querido influir. Ello es también prueba de la constante decisién politica de este Reino, la cual ha consis- tido en considerar como una herencia sus derechos y privi- legios m4s sagrados. En la famosa ley aprobada en el tercer afio del reinado de Carlos I, llamada Peticién de Derechos, el Parlamento le dice al rey: «Vuestros stibditos han beredado esta libertad», reclamando sus privilegios, no basdndose en principios abs- * Véase la Carta Magna de Blackstone, impresa en Oxford, 1759. 74 Reflexiones sobre la revolucién en Francia tractos tales como el de «derechos humanos», sino como derechos de los ingleses, como un patrimonio suyo hereda- do de sus mayores, Selden” y los demas hombres profunda- mente ilustrados que redactaron esta Peticién de Derechos estén igual o mejor familiarizados con todas las teorfas ge- nerales acerca de los «derechos humanos», que cualquier orador de nuestros pilpitos o de vuestras tribunas: desde el doctor Price hasta el abate Siéyes. Mas, por tazones dignas de esa sabiduria practica que superaba su saber teGrico, prefirieron asignar este positivo y reconocido titulo de bere- ditario a todo aquello que podia ser querido del hombre y de ciudadano, en vez de ese vago derecho especulativo que amenazaba con exponer aquella herencia segura a ser es- carnecida y hecha pedazos por cualquier espiritu revoltoso y amigo de pleitos. La misma politica impregna todas las leyes que han sido hechas desde entonces para preservar nuestras libertades. En el primer afio del reinado de Guillermo y Maria, en el famoso estatuto llamado Declaracién de Derechos, las dos Cémaras se abstienen de decir una sola palabra acerca de «un derecho del pueblo a establecer por si mismo un Go- bierno». Vera usted que todo su cuidado se dirigié a asegu- rar la religion, las leyes y las libertades que se habian tenido durante tanto tiempo y que recientemente habjan sido ame- nazadas. «Considerando* con la mayor seriedad cudles puedan ser los mejores medios pata garantizar que su reli- gidn, sus leyes y sus libertades no caigan de nuevo en el pe- ligro de ser subvertidas», declaran al principio de todos sus procedimientos, como tinica garantia de éxito, que algunos 23. John Selden, 1584-1654. (N. ded T} * Guillermo y Maria. 75 Edmund Burke de esos mejores medios son, «en primer lugar» hacer «lo mismo que sus antepasados solian hacer en casos parecidos para vindicar sus amtiguos derechos y libertades, declaran- do...»; y a renglén seguido ruegan al rey y a Ja reina «que sea declarado y ordenado que todos y cada uno de los dere- chos y libertades aftrrados y declarados son los verdaderos e indiscutibles derechos antiguos del pueblo de este reino». Observara usted que desde la Carta Magna hasta la Peti- cin de Derechos, ha sido politica uniforme de nuestra Constituci6n el reclamar y afirmar nuestras libertades como una berencia nuestra que ha llegado a nosotros derivada de nuestros mayores, la cual hemos de transmitir a la posteri- dad como algo que pertenece especialmente al pueblo de este reino, sin referencia alguna a otro derecho mas general o de mas alta prioridad. Por este medio nuestra Constitu- cién preserva su unidad, a pesar de la gran diversidad que puede apreciarse en sus partes. Tenemos una Corona here- ditaria, unos Pares hereditatios, y una Camara de los Co- munes y un pueblo que han heredado privilegios, franqui- cias y libertades a través de una larga linea de antepasados. Esta politica me parece a mi que es el resultado de una profunda reflexién, 0, por mejor decirlo, la feliz consecuen- cia de seguir a la naturaleza, la cual es en si misma sabia sin necesidad de reflexién, y est4 por encima de ésta, Un espi- ritu de innovaci6n es por lo general el resultado de un tem- peramento egoista y corto de miras. La gente que nunca ha mirado atr4s para observar a sus antepasados, tampoco pondra jamdas los ojos en la posteridad. Ademas, el pueblo de Inglaterra sabe bien que la idea hereditaria proporciona un principio seguro de conservacién y un principio seguro de transmisién, sin excluir en absoluto un principio de me- jora. Deja abierta la posibilidad de adquirir, pero asegura lo 76 Reflexiones sobre Ja revolucién en. Francia que se adquiere. Cualesquiera que sean las ventajas que se obtienen en un Estado que procede de acuerdo con estas maximas, quedan aseguradas como en una suerte de pacto de familia, logradas para siempre de manera inalienable. En virtud de una politica constitucional y siguiendo el modelo dela naturaleza, recibimos, conservamos y transmitimos nuestto gobierno y nuestros privilegios, del mismo modo que disfrutamos y transmitimos nuestra propiedad y nues- tras vidas, Las instituciones politicas, los bienes de fortuna y los dones de Ia providencia nos son dados y son después transmitidos por nosotros segin el mismo modo y orden. Nuestro sistema politico est4 en justa correspondencia y si- metria con el orden del mundo y con el modo de existencia que ha sido decretado para un cuerpo permanente com- puesto de partes transitorias, en el cual, por disposicién de una extraordinaria sabidutia que da misteriosa cohesién a la especie humana, el todo no es, en un momento dado, ni viejo, ni de mediana edad, ni joven, sino que, en una condi- cién de inalterable constancia, sigue adelante por encima de una variada gama de perpetua decadencia, muerte, re- novacién y progreso, Asi, preservando el método de la na- turaleza en la manera de hacer funcionar el Estado, nunca somos [Link] nuevos en aquellas cosas que mejoramos; nunca somos totalmente obsoletos en aquellas cosas que re- tenemos. Adhiriéndonos a nuestros mayores de esta mane- ra y segiin esos principios, no nos guiamos por la supersti- cién propia de los anticuarios, sino por el espiritu de la analogfa filosdfica. Al escoger este sistema hereditario he- mos dado a nuestra estructura politica la imagen de un pa- [Link] sangre mediante el cual unimos la Constitucién de nuestro pais con nuestros mds queridos vinculos domés- ticos, al incorporar nuestras leyes fundamentales al seno de 77 Edmund Burke nuesttos afectos familiares. De este modo hemos manteni- do inseparables y hemos amado con el mismo calor y gene- ralidad que ellos se han dispensado mutuamente, nuestro Estado, nuestros corazones, nuestros sepulcros y nuestros altares. Siguiendo este mismo plan de adecuar a la naturaleza nuestras instituciones artificiales, y solicitando la ayuda de sus infalibles y poderosos instintos para que refuerce las dé- biles y falibles construcciones de nuestra raz6n, hetnos sa- cado varios otros beneficios, y no pequefios, al considerar nuestras libertades como algo heredado. Actuando siempre como si estuviésemos en presencia, de nuestros santos an- tepasados, el espiritu de libertad, que de suyo es proclive al desorden y al exceso, queda atemperado por una consi- derable gravedad. Esta idea de un linaje liberal nos inspira con un sentido de congénita dignidad habitual que nos mantiene a salvo de caer en esa insolencia inmadura que casi inevitablemente suele afectar y perjudicar a quienes por primera vez adquieren alguna distincién. De este modo, nuestra libertad se conviette en una libertad noble y ad- quiere un aspecto imponente y majestuoso; tiene pedigri y una ilustre genealogia; tiene sus blasones y sus escudos de armas; tiene una galeria de retratos, inscripciones monu- mentales, documentos testimoniales, pruebas y titulos. Prestamos reverencia a nuestras instituciones civiles por: que nos basamos en los principios segiin los cuales la natu- raleza nos ensefia a reverenciar a los individuos particula- res: por su edad y por el linaje de que descienden. Aunque se retinan todos vuesttos sofistas, no podran producir nada que se adapte mejor a la preservacién de una libertad racio- nal y viril, que el procedimiento que nosotros hemos segui- do. Pues, como gran depésito y almacén de nuestros dere- 78 Reflexiones sobre la revolucién en Francia chos y privilegios, nosotros hemos preferido seguir nuestra paturaleza, y no nuestras especulaciones; nuestro corazdn, yotio nuestras fantasias. (5: Los errores de la Revolucién Francesa.] Vosotros, si lo hubjerais deseado, podriais haberos benefi- ___ ciado de nuestro ejemplo y haber dado a vuestra recobrada _ libertad la dignidad correspondiente. Vuestros privilegios, aunque interrumpidos, no habian sido totalmente olvida- dos. Es verdad que vuestra Constitucién, mientras estuvis- teis desposeidos, fue desechada y dilapidada; pero vosotros continuabais en posesién de algunas partes de los muros de un noble y venerable castillo, y de todos sus cimientos. Po- driais haber reparado aquellos muros; podriais haber cons- truido sobre aquellos cimientos. Vuestra Constitucién fue puesta en suspenso antes de haber sido perteccionada, pero yosotros tenfais los elementos de una Constitucién casi tan buena como pudiera desearse. En vuestras viejas institucio- nes. posefais una variedad de partes que se correspondian con las varias caracterfsticas de las que vuestra comunidad estaba afortunadamente compuesta. Tenfais toda esa com- binacién y toda esa oposicién de intereses, toda esa accién y-xeaccién que en el mundo natural y en el mundo politico, en virtud de la lucha reciproca entre poderes opuestos, configura la armonia del universo. Estos intereses contra- tios y opuestos entre si que vosotros considerabais como una gran mancha en vuestra vieja Constitucién y en la que nosotros tenemos ahora, constituyen una saludable cortapi- sa a todas las resoluciones precipitadas. Hacen que la deli- beracidn no sea una cuestion electiva, sino necesaria; hacen 79 Edmund Burke que todo cambio sea, a la postre, una cuestién de compro- miso, lo cual, de modo natural, engendra moderacién; pro- ducen atensperaciones que impiden el amargo mal de refor- mas precipitadas, violentas e ignorantes, y hacen que todos los intentos de ejercer el poder arbitrario, tanto en lo poco como en lo mucho, resulten por siempre impracticables. Gracias a esa diversidad de miembros y de intereses, la li- bertad general habia tenido tantas garantias como diferen: tes puntos de vista en todos los érdenes; y al mismo tiempo, poniendo sobre todo ello el peso de una verdadera monar- quia, se habfa evitado que las diversas partes se dislocasen y se salieran del lugar que les correspondia, Vosotros teniais todas esas ventajas en vuestras antiguas instituciones, pero escogisteis actuar como si jamds os hubie- seis amoldado a vivir en una sociedad civil y tuvierais que empezarlo todo de nuevo. Comenzasteis mal, porque empe- zasteis por despreciar todas aquellas' cosas que os pertene- cian. Os pusisteis a cometciar sin tener previamente un capi- tal. Si Jas dltimas generaciones de vuestro pais os parecieron de poco lustre, podriais haberlas pasado por alto y recurrir a una clase anterior de antepasados. Inspirados en una piadosa predileccién por éstos, vuestras imaginaciones habrian nota- do en ellos una norma de virtud y sabiduria muy superior a la que ahora se estila; y vosotros mismos os habriais elevado entonces, gracias a su ejemplo, a la altura de aquellos a quie- nes aspirabais a imitar. Respetando a vuestros mayores, ha- briais aprendido a respetaros a vosotros mismos. No habriais decidido considerar a los franceses como un pueblo de ayer, como una naci6n de serviles y desdichados esclavos de naci- miento hasta la emancipacién de 1789. A fin de encontrar, a expensas de vuestro honor, una excusa para justificar vues- tros actos de barbarie ante vuestros apologistas de aqui [de 80 Reflexiones sobre la revolucién en Francia Inglaterra], ni siquiera os habria parecido bastante presenta- ros como una hueste de esclavos jamaiquefios repentinamen- te liberados de sus cadenas y, por lo tanto, con derecho a ser perdonados por abusar de una libertad a la que no estabais acostumbrados y para la cual no estabais preparados. ¢No hubiera sido més prudente, mi distinguido amigo, pensar de vosotros mismos lo que yo siempre he pensado, a saber, que etais una naci6n galante y generosa, pero engafiada durante largo tiempo, para vuestro dafio, por vuestros idealistas y ro- manticos sentimientos de fidelidad, honor y lealtad; que los acontecimientos os habian sido desfavorables, pero que no estabais esclavizados por ninguna disposicién antiliberal y servil; que en vuestra mas devota sumisién estabais influen- ciados por un principio de espiritu publico, y que era vuestro pais af que adorabais en la persona de vuestro rey? Si hubié- tais dado a entender que en la ilusién creada por este inge- nuo ettot habfais ido mds lejos que vuestros prudentes ante- pasados; que estabais resueltos a retomar vuestros antiguos privilegios preservando el espiritu de vuestra vieja junto con el de vuestra nueva lealtad y honor; o si, desconfiando de vo- sotros mismos y no siendo capaces de discernir la casi olvida- da Constitucién de vuestros mayores, hubieseis vuelto a mi- rada a vuesttos vecinos de este pais, los cuales han mantenido vivos los antiguos principios y modelos del viejo derecho pt- blico* de Europa, mejorandolos y adapténdolos al Estado actual, podriais, siguiendo estos sabios ejemplos, haber dado vosotros mismos nuevo ejemplo de prudencia y sabiduria al mundo entero. Habriais hecho que la causa de Ia libertad re- sultara venerable a los ojos de toda persona valiosa en cual- quier pais. Habriais hecho que el despotismo muriese de ver- 24. En el original inglés, common law. (N. del T.) 81 Edmund Burke giienza y desapareciese de Ja faz de la tierra, mediante el procedimiento de mostrar que la libertad, no sélo se recon- cilia con la ley, sino que, cuando esta bien disciplinada, es un auxiliar suyo. Habriais tenido unos impuestos que, sin ser opresivos, habrian resultado productivos. Habriais tenido un cometcio floreciente que habria aumentado vuestros in- gtesos. Habriais tenido una Constitucién libre, una monar- quia poderosa, un ejército disciplinado, un clero reformado y respetado, una nobleza menos influyente pero més digna, capaz de inspiraros la virtud, no de ahogarla; habriais tenido una liberal clase media para emular a esa nobleza y darle nueva vida; habriais tenido un pueblo protegido, satisfecho, laborioso y obediente, ensefiado a buscar y teconocer esa fe- licidad que la virtud es capaz de encontrar en todas las situa- ciones y en la cual se cifra la verdadera igualdad moral del género humano, no esa otra felicidad que en realidad es una monstruosa ficcién y que, inspirando falsas ideas y vanas es- peranzas en los hombres destinados a caminar por la oscura senda de la vida del trabajo, sdlo sirve para agravar y hacer mas amarga esa indiscutible desigualdad que nunca puede evitarse y que el orden de la vida civil ha establecido, tanto para beneficio de aquellos que ha destinado a permanecer en un estado humilde, como de aquellos otros a quienes les da la posibilidad de elevarse a una condicién mas espléndida, si bien no mas feliz. Tenfais ante vosotros anchos caminos de felicidad y de gloria, hasta entonces desconocidos en la his- toria del mundo; pero vosotros habéis querido mostrar que la dificultad es cosa buena para el hombre. Contad ahora vuestras ganancias; ved lo que habéis conse- guido con todas esas extravagantes y presuntuosas especu- laciones que han ensefiado a vuesttos lideres a despreciat a 82 Reflexiones sobre Ja revolucién en Francia edOs'sus predecesores y a todos sus contempordneos, e in- ‘luso-a despreciarse a si mismos hasta el momento en que yerdaderamente se hacen despreciables. jSiguiendo esas falsasluces, Francia ha comprado sus innegables calamida- __des’[Link] precio més alto que el que ninguna otra nacién ha pagado para comprar sus més inequivocas bendiciones! Francia ha comprado Ja pobreza con el crimen! Francia no ha sacrificado su virtud a sus intereses, sino que ha abando- nado-sus intereses para asi poder prostituir su virtud. Todas _Jas demas naciones han iniciado Ja construccién de un nue- yo sistema de gobierno o la reforma de uno viejo, o bien es- tableciendo originalmente una religidn, o aplicando con mayor rigor y exactitud tales o cuales ritos de la religién ya _existente. Todos los demas pueblos han afincado los funda- mentos de la libertad civil en mas severos modos de con- dueta y en un sistema de moralidad més austera y viril. Pero Francia, cuando se sacudié las riendas de la autori- dad real, dio doble licencia a una conducta ferozmente di- soluta y a una religién insolente tanto en sus doctrinas como en sus practicas; y ha extendido a todos los érdenes deila vida, como si estuviera comunicando algin privilegio o-sacando a la luz algtin beneficio antes oculto, todas las miserables corrupciones que han solido aquejar a la rique- zay al poder. Este es uno de los nuevos principios de la igualdad en Francia. cia, por la perfidia de sus lideres, ha deshonrado tono de comsejg indulgente en los gabinetes de fncipes os discursos. Ha sas maximas de la descon- y-los ha desarma santificado las oscuras, sos fianza tiranica, y seniado.a los. ré temblar ante (las aen adelante se Ilamaran) engafio: ausibili- les de politicos morales. De ahora en adelante, los s 83 (6. El verdadero significado de los derechos del hombre.] ) Creedme, seflor: aquellos que intentan nivelar arrasandg | ! diferencias, nunca Jogran llegar a una sociedad igualita a | En todas las sociedades, come estan integradas de y ta os, siempre habra alguna clase ; Atiag Ne clases de ciudadan superior. Por lo tanto, lo unico que hacen los niveladg r alterar el orden natural de las cosas; sobrecargan ¢| wa & 0 social poniendo en la parte mas alta lo que la soli tive estructura requiere que este a la base. La asociacién ; € e Sas. tres y carpinteros ne la Republica, mediante la peor de | tratado de ponerla. El canciller de Francia, en la inauguracién de los Estad ono de floritura oratoria que todas las ocy ™ ables. Si lo que queria decir era que . jo honesto era deshonroso, no habria faltado ala . dad. Pero cuando afirmamos que algo es honorable, imp: amos que disfruta de alguna distincién. La ocupacién & peluquero o de vendedor de velas de sebo, por no mencio erviles, no puet Este tipo & |guna pot part ie | ellas si a dichas® sea individusl 0" | dijo en unt nes eran honor traba c nar ahora otras ocupaciones todavia mas s ser motivo de honor para ninguna persona. personas no deben padecer opresion a Estado; pero el Estado es oprimido pot sonas se les permite que gobiernen, ya 100 de la cual (Paris, por ejemplo) se ¢g no puede ser igual a la situaci6n i as usurpaciones —la usutpaciés que consiste en anular los privilegios naturales— vosotros } — 'OS habéic oe Reflexiones sobre la revolucién en Francia lectivamente, Pensdis vosotros que, permitiéndoselo, estais combatiendo el prejuicio; pero de hecho estdis guerreando contra la naturaleza*. No pienso yo, mi estimado sefior, que vosotros sedis gen- tes de ese espiritu sofista y capcioso, o de esa fingida igno- rancia, que requieren, para cada observacién o sentimiento general, una precisa y explicita descripcidn de las correc- ciones y excepciones que la razén asume normalmente que ya estén incluidas en todas las proposiciones generales pro- venientes de hombres tazonables. No piense usted que yo quiero confinar el poder, la autoridad y la distincién a aque- llas personas que poseen alteza de sangre o nombres y titu- los nobiliarios, No, sefior. Lo tinico que capacita a una per- sona para gobernar es la virtud y la sabiduria, demostradas o presupuestas. Dondequiera que se encuentren, cualquie- ra que sea el estado, la condicién, la profesién o el oficio en * Eclesidstico, cap. XXXVI, versiculos 25, 26, «La sabiduria del hombte insteuido aumenta con el bienestar; pues ei que no tiene otros quehaceres Ilegard a ser sabio. ¢Cémo puede ser sabio el que tiene que manejar el arado y pone su gloria en esgrimir la aguijada, aguijonean- do alos bueyes y ocupandose de sus trabajos y siendo su trato con los hijos de los toros?» [Ver. 28.] «Lo mismo digamos del carpintero o del albaftil que tra- baja dia y noche», etc. [Ver. 37-38.] «No se les busca para consejo publico, ni se levantan en las asambleas sobre los otros. Ni se sientan en la silla del juez, porque no entienden las ordenanzas de las leyes; ni son capaces de interpretar la justicia y el derecho, ni se cuentan entre los que inven- tan pardbolas.» [Ver. 34.] «Pero mantendran el estado del mundo.» No puedo determinar si este libro es candénico, como la iglesia gala (hasta hace poco) lo ha considerado, 0 apécrifo, tal y como aqui se considera, Pero estoy seguro de que contiene una gran verdad. [Burke cita muy libremente del texto biblico, y no parece respetar la correcta numeracién de los versiculos. La numeracién entre corche- tes es mia y responde a la de Nacar-Colunga. (N, del T.)} 101 Edmund Burke que se den, les corresponderd un lugar de honor en el Cielo de los hombres. jAy del pais que de manera impia e insen- sata rechace los servicios de las gentes con talentos y virtu- des civiles, militares 0 religiosas, que le han sido dadas para servirle, y que condene a la oscuridad a todo el que esté ca- pacitado para dar lustre y gloria al Estado! Asimismo, jay del pais que, yendo al extremo opuesto, considere que una educaci6n escasa, una vision limitada de las cosas y una ocupacién sérdida y mercenaria son los mejores titulos para ejercer el mando! Todo debe estar abierto a todos, pero no indiferentemente. Ni un sistema de rotacién, ni un nombra- miento por sorteo, ni una modalidadde eleccién basada en esta idea pueden en general ser buenos en un Gobierno que tenga que habérselas con grandes asuntos. Y ello es asi por- que estos sistemas no tienden, ni directa ni indirectamente, a escoger a un hombre en funcién [Link] deberes que tenga que cumplir, ni a hacer compatibles éstos con aquél. Afir- mo sin reserva alguna que el camino a la eminencia y al po- der no debe de hacerse demasiado facil para los que provie- nen de una oscura y humilde condicién, ni debe ser una cosa que suceda de ordinario. Como un mérito excepcional es la cosa més rara de todas las cosas raras, deberia pasar pri- mero, antes de ser reconocido, por las pruebas mds duras. El templo del honor debe erigirse sobre una eminencia. Y si para tener acceso a él hay que hacerlo mediante la virtud, debe también recordarse que la virtud s6lo se prueba cuan- do se supera alguna dificultad o se vence en alguna lucha. No hay ninguna representacién del Estado que sea justa y adecuada, si no representa tanto su talento como su propie- dad. Pero como el talento es un principio vigoroso y activo, y la propiedad es inactiva, inerte y timida, ésta nunca pue- 102 Reflexiones sobre la revolucién en Francia de estar a salvo de la invasién del talento, a menos que su representacién predomine de modo desmesurado. En la re- presentacién deben figurar las grandes masas de bienes acumulados; si no, la propiedad no estard justamente prote- gida. La esencia caracteristica de la propiedad, segiin resul- ta de los principios que rigen su adquisicién y conserva- cidn, es set desigual. Por lo tanto, las grandes masas de propiedad que suscitan la envidia y la rapacidad de otros deben de ser puestas fuera de toda posibilidad de peligro. Es entonces cuando forman un muro natural alrededor de otras propiedades de menor importancia en todos sus gra- des, Una cantidad igual de propiedad, que en virtud del curso natural de las cosas es dividida entre muchos, no fun- ciona de igual manera. Su poder defensivo se debilita en la medida en que se dispersa. En esta dispersion, la parte que pertenece a cada individuo es menos de lo que, en el frenesi de sus deseos, él pueda creer que obtendra despilfarrando lo que los otros han acumulado. El pillaje de las propiedades de unos pocos sdélo produciria un beneficio inconcebiblemente pequefio a la hora de distribuirlo entre muchos. Pero las multitudes son incapaces de hacer este cdlculo; y, de hecho, quienes les llevan a perpetrar tales actos de rapifia nunca tuvieron Ia intencién de hacer esta distribucion. EI poder de perpetuar nuestra propiedad en nuestras fa- milias es una de las circunstancias mds interesantes y valio- sas que pertenecen a ella, y la que en mayor medida tiende a la perpetuacién de la sociedad misma. Hace que nuestras debilidades se pongan al servicio de nuestra virtud; hace que la benevolencia pueda injertarse hasta en la avaricia. Los poseedores de una riqueza familiar y de la distincién que va aheja a la posesién hereditaria son (al estar mds afec- tados por ello) la garantia natural de esta transmisién. Entre 103 Edmund Burke nosotros, la Camara de Jos Lores estd constituida sobre este principio. Esta totalmente compuesta de propiedad heredi- taria y de distincién hereditaria; y, por lo tanto, ello la hace el tercer elemento de Ia legislatura y, en dltimo término, el solo juez de toda propiedad en todas sus subdivisiones, También la Camara de los Comunes, aunque no necesaria- mente, esta de hecho, en su mayor parte, compuesta de esa manera. Sean lo que sean esos propietarios —y hay probabi- lidades de que estén entre los mejores— vienen a ser, en el peor de los casos, el lastre que da estabilidad al navio del Estado. Pues aunque la riqueza hereditaria y el rango que va aparejado a ella hayan sido deificados en exceso por los aduladores oportunistas y pot los ciegos y abyectos admira- dores del poder, también ocurre que son precipitadamente censurados por las superficiales especulaciones de esos pe- tulantes, presumidos y miopes petimetres de la filosofia. Una preeminencia decente y regulada, una cierta preferen- cia (no una apropiacién exclusiva) que se conceda por na- cimiento, no es antinatural, ni injusta, ni impolitica. Se dice que veinticuatro millones de personas deben pre- valecer sobre doscientas mil, Eso seria verdad si la constitu- cién de un reino fuera una cuestién de aritmética. Este tipo de discurso es, ciertamente, valido desde el punto de vista de aquellos que son linchados y colgados de una farola; mas para las personas que pueden razonar con calma, es ridicu- lo. La voluntad e intereses de los muchos difieren con mu- cha frecuencia, y esas diferencias son enormes cuando se hace wna mala decisién. Un Gobierno integrado por qui- nientos abogadetes de pueblo y clérigos mediocres no es el apropiado para veinticuatro millones de personas, aunque hayan sido elegidos por cuarenta y ocho millones; y no es mejor por el hecho de ser guiado por doce personas de ca- 104 Reflexiones sobre la revolucién en Francia lidad que han traicionado a los de su clase con el fin de ob- tener ese poder. En el momento presente, parece que uste- des [los franceses] se han desviado en todas las cosas del camino de la naturaleza. La propiedad de Francia no go- bierna el pais. Desde luego, la propiedad ha sido destruida y la libertad racional no existe. Todo lo que ustedes poseen en este momento es papel moneda y una constitucién de corredores de Bolsa. Y por lo que se refiere al futuro, acreen ustedes setiamente que el tetritotio de Francia, or- ganizado segiin el sistema de ochenta y tres municipalida- des independientes (por no decir nada de las partes que componen éstas), podra ser jamds gobernado como un solo cuerpo, 0 puesto en movimiento por el impulso de una sola mente? Cuando la Asamblea Nacional haya completado su tarea, habré consumado también su ruina. Estas pequefias comunidades no soportaran por mucho tiempo su estado de sujecién a la Repdblica de Paris. No tolerarén que este solo cuerpo monopolice el cautiverio del rey y domine de modo exclusivo una Asamblea que se llama a si misma «Na- cional», Cada comunidad se reservara una parte de los des- pojos de la Iglesia, y no permitira que ni estos despojos, ni Jos més justos frutos de su trabajo, ni el producto natural de sus tierras pasen a engordar y fomentar la insolencia y el lujo de los funcionarios de Paris, No veran en esto nada de esa pretendida igualdad en aras de la cual se vieron tenta- dos a romper sus lazos de alianza con el soberano y con la vieja Constitucién del pais. No cabe que exista una ciudad capitalina si se adopta una nueva Constitucién como la que ahora han hecho. Quienes la hicieron han olvidade que, al constituir los gobiernos democraticos, habian desmembra- do virtualmente su pais. La persona a quienes persisten en llamar «su Rey» no tiene ahora ni la centésima parte del po- 105 Edmund Burke der que se requiere pata mantener unida esta coleccién de republicas. La Reptiblica de Paris se esforzar4, ciertamente, en consumar la disolucién del ejército y en perpetuar ilegal- mente la Asamblea sin consultar con los electores, para asi continuar conservando su despotismo. Se esforzard por convertirse en el centro de una circulacién ilimitada de pa- pel moneda para hacer que todo confluya hacia ella. Pero sera en vano. A fin de cuentas, toda esta politica se mostta- 14 tan débil como ahora es violenta. @ i ésta es vuestra verdadera situacién, cuando la compar, estar firmemente convencidgs’de que hay algin plan politi- co relativo a este pais, en

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