Estudio de Caso Psicopatología de Adultez y Vejez
Corte II (Evaluación DSM-IV / DSM-V)
Prof. Eilyn Meléndez
Evaluación: / 20
Fecha de la Evaluación: _________________________ N° de Caso: ___________
Sección: __________________________ Período: __________________________
Nombre de los Integrantes:
1.- ____________________________________________________________
2.- ____________________________________________________________
Observación: _____________________________________________________________
________________________________________________________________________
________________________________________________________________________
Ejercicio Práctico
Realiza una evaluación y diagnóstico del caso para cada uno de los cinco ejes que incluye la
evaluación multiaxial del DMS-IV y no Axial del DSM-V. Para facilitar dicha evaluación se
aconseja seguir el registro de la lista de problemas, síntomas, signos y verbatum del
paciente.
Paso 1: Hoja de Registro de Datos (2 puntos)
Apellidos y nombres del Paciente: ________________________________________
Edad: ________________ Etapa de Vida: ___________________________________
Estado Civil: ___________________________________________________________
Grado de Instrucción: _________________ Ocupación: ________________________
Motivo de Consulta: _____________________________________________________
Detonante: _____________________________________________________________
Verbatum: ______________________________________________________________
Paso 2: Lista de Problemas (4 puntos)
Incluye:
- Síntomas y Signos
- Historia de vida (niñez, adolescencia, juventud, adultez)
- Conducta desadaptativa y Sufrimiento.
- Criterios de Evaluación de Trastornos Mentales (Intensidad, Frecuencia y Contexto)
Paso 3: Formato DSM-IV (4 puntos)
Eje I: Trastornos clínicos / otros problemas que pueden ser de objeto de atención
Código Diagnostico Nombre DSM –IV
Eje II: Trastornos de Personalidad /Retraso Mental
Código Diagnostico Nombre DSM –IV
Eje III: Enfermedades Médicas
(No incluye código) Nombre de la enfermedad médica
Eje IV: Problemas Psicosociales y ambientales
Verificar:
Problemas relativos al grupo primario. Especificar: ______________________________
Problemas relativos al ambiente social. Especificar: _____________________________
Problemas relativos a la enseñanza. Especificar: ________________________________
Problemas laborales. Especificar: _____________________________________________
Problemas de vivienda. Especificar: ___________________________________________
Problemas Económicos. Especificar: __________________________________________
Problemas relativos al acceso a los servicios médicos. Especificar: _________________
Problemas relativos a la interacción con el sistema legal o el crimen. Especificar: _____
Otros problemas psicosociales y ambientales: Especificar: _______________________
Eje V: Escala de Evaluación de la Actividad Global: Puntuación: ___________(Actual)
Nota: Cuando no existe diagnostico para el eje I o II se coloca de la siguiente manera: Código:
Z03.2 Sin diagnóstico [V71.09]. Y para el eje III o IV se coloca: Ninguno
Paso 4: Formato DSM-V ( 4 puntos)
Recuerde que este formato no cuenta con una evaluación por ejes. Su registro es por
orden de importancia y atención a partir del diagnostico principal, siendo así su
clasificación:
El diagnostico principal se cita en primer lugar; y el resto por orden de necesidad de atención y
tratamiento.
Seguidamente, se registra los trastornos psiquiátricos, trastornos de la personalidad, retraso
metal y trastornos orgánicos.
Posteriormente, los factores contextuales y psicosociales.
Nota: para esta evaluación no utilizaremos el WHODAS 2.0
Paso 5: Justificación de la evaluación en cada eje (6 puntos)
Deben justificarse todos y cada uno de los diagnósticos establecidos en cada eje de la
evaluación multiaxial y no axial (razones por las que se asigna cada diagnóstico concreto,
aspectos de diagnóstico diferencial, etc., y cualquier otro aspecto que se considere relevante). Es
decir, justificación por cada criterio según su diagnostico al paciente. Nota: Sin la justificación
de los criterios no se pondera el paso 3 y 4.
CASO N° 1
Ricardo tenía 34 años; era soltero y profesor en un centro de Formación Profesional de Madrid.
Acudió a consulta porque desde hacía más de un año se sentía muy deprimido y desdichado.
Casi nada le interesaba y había perdido la ilusión por vivir. Reconoce haber pensado que esto
era una reacción normal al problema que tuvo, y creía que con el tiempo desaparecería su
malestar. Pero, al prolongarse tanto tiempo, deseaba ser tratado por algún psicólogo. Todo
comenzó tras romperse una relación “perfecta” que mantenía desde hacía varios años con una
chica más joven que él.
Aunque algo más de un año antes de la ruptura ya se habían deteriorado un poco sus
relaciones, esta fue inesperada para él (al parecer fue una decisión que tomó su novia). Lo malo,
dice, es que, sin saber porqué, poco a poco fue notando que su novia comenzaba a distanciarse.
Pero aun así, nunca pensó en una ruptura, pues estaba seguro que entre los dos había algo
realmente único e indestructible. Desde la ruptura, Ricardo ya no es el mismo. No sólo ha perdido
la ilusión y el interés por la vida, por las cosas... también ha dejado de interesarle su trabajo;
antes lo adoraba. Parece una persona inteligente y muy afectiva.
Durante la entrevista sea preciaba también su tristeza. Se reflejaba sobre todo en sus ojos;
aunque siempre terminaba desviando la mirada. Tenía algo de ojeras. Dijo que a veces lloraba,
sobre todo cuando experimenta la sensación de haberla perdido; también en ocasiones viendo
alguna película en la televisión. Dice que muchas veces le hubiera gustado haber podido llorar
más para desahogarse y aliviar su dolor. Su tono de voz era bajo, casi aplanado. También dijo
que ahora dormía mucho.
A veces ha pasado días enteros durmiendo (“era una forma de escapar de todo esto”). “Lo peor
de todo –decía– es que si pienso en ella me siento muy mal, pero no puedo soportar dejar de
hacerlo” .Ricardo indicó que el primer mes tras la ruptura le resultó insoportable. Tenía fuertes
palpitaciones y vómitos, y no podía dormir (solía despertarse continuamente con sobresalto y
fuertes palpitaciones). Enfatiza que se ha sentido“tan solo”... y que ahora las cosas le parecen
“tan irreales”... incluso a veces dice tener la sensación de que todo lo que le está pasando no
puede ser cierto. Ha querido escapar…, huir, pero no tenía fuerzas. No tenía fuerzas ni para
pedir ayuda. Se había quedado sin energía (antes era una persona con mucho tesón
yentusiasta).
Pero, sobre todo, lo que más le duele es “esa sensación de no poder esperar nada”. Durante ese
tiempo han rondado con frecuencia por su cabeza ideas de muerte. Por ejemplo, espetó que a
veces, se iba a la cama con “la esperanza de no despertarse más”. Pero no está seguro de que
todo esto le resultara más doloroso que sus frecuentes preocupaciones y la convicción de ser el
cul pable de todo.
Durante la evaluación, el paciente informó que desde la ruptura no ha dejado de sentirse mal.
Aunque los síntomas se hicieron más livianos después de
los primeros meses, estos han seguido estando presentes de forma más o menos marcada. Ha
perdido la mayor parte de sus aficiones (ahora sólo lee y ve algunas películas). Sigue durmiendo
mal (no le han desaparecido los sobresaltos), y continúan la mayoría de los restantes síntomas.
Aunque Ricardo no había buscado anteriormente apoyo social o emocional ni ayuda profesional,
solía afrontar la depresión recurriendo al alcohol, si bien de una forma controlada (durantelas
comidas y, a veces, antes de acostarse para poder conciliar mejor el sueño y controlar sus
preocupaciones). Desde la ruptura se ha aislado en casa con frecuencia y ha reducido su vida
social (sale menos con amigos, etc.) y profesional (antes era más creativo y participaba en más
actividades relacionadas con su trabajo).
Ricardo no tenía antecedentes de depresión grave entre sus familiares cercanos. Tampoco
había tenido nunca una depresión importante más allá de los altibajos que ocurren habitualmente.
Durante el año anterior a la ruptura había sufrido algunos sucesos vitales importantes, como la
enfermedad grave de un familiar, un accidente de tráfico, y la muerte de un amigo. Hasta el
momento de ser evaluado, Ricardo no había estado sometido a ningún tipo de tratamiento (ni
médico ni psicológico) por depresión, ansiedad u otro trastorno mental. Tampoco padecía, o
había padecido recientemente, ninguna enfermedad importante que pudiera afectar a su estado
de ánimo. Tras la aplicación de la entrevista semi-estructurada ADIS-M de Valiente et al.(2003a)
Se constató que Ricardo presentaba, desde hacía más de un año, estado de ánimo deprimido
grave (durante la mayor parte del día), insomnio e hipersomnia, fatiga y pérdida de energía,
sentimientos de culpa e inutilidad, disminución del rendimiento y la capacidad de concentración,
pensamientos reiterativos de muerte e ideas de suicidio, así como también cierta pérdida de
interés por algunas cosas, y fuertes sentimientos de desesperanza y soledad. Se constató, así
mismo, que aparte de la ruptura afectiva el paciente había experimentado en el año anterior
a esta otros sucesos vitales importantes (un accidentede tráfico, la muerte de un amigo cercano, y
un familiar enfermo).
En la escala de interferencia (entre 0 y 4) de la ADIS-M para el módulo del episodio depresivo
mayor, el paciente obtuvo una puntuación de 3 (intensa). No parecía existir evidencia de que
Ricardo tuviera síntomas de distimia, ni síntomas de manía o hipomanía destacables, así como
tampoco síntomas relacionados con los diferentes trastornos de ansiedad (p.ej., trastorno de
estrés agudo, trastorno de ansiedad generalizada, trastorno mixto ansioso-depresivo, etc.), a
pesar de que suele existir una elevada comorbilidad entre los trastornos de ansiedad y los
depresivos. Las preguntas de screening de la entrevista tampoco sugerían la posibilidad que
existiera abuso de alcohol o drogas, o psicosis. El paciente presentaba puntuaciones muy
elevadas en el cuestionario de depresión de Sandín y Valiente (1999), al igual que en el
cuestionario de rasgo de ansiedad de Spielberger, Gorsuch y Lushene (1982). Presentaba
puntuaciones ligeramente elevadas en sensibilidad a la ansiedad (ASI; Reisset al., 1986; Sandín
et al., 1999), y en preocupación ansiosa (PSWQ; Meyer et al., 1990;Sandín y Chorot, 1995.
CASO N° 2
El Sr. Jorge Cortez es un hombre de 63 años de edad, pequeño, encorvado, desarreglado y
con un acento maracucho. Fue remitido para una exploración psiquiátrica después de acudir a
una clínica médica para el seguimiento de su diabetes y de ua colostomía que se le había
practicado 5 años antes, a raíz de una colitis ulcerosa. Explicó a su médico que estaba enfadado
porque venía oyendo voces, y fue rápidamente remitido a una clínica psiquiátrica para un examen
completo.
El Sr. Cortez es entervistado por el psiquiatra, y empieza a contar el núcleo de sus quejas de la
forma tradicionalmente maracucho, es decir, a modo de historia. Hace algunas semanas, no está
seguro de cuánto, se fue a la casa de un fiel de su parroquia y, sintiéndose cansado, se echó en
la cama de su compañero para tomarse una siesta. Al despertarse, encontró a su amigo “encima”
suyo, y corrió hacia la puerta tan rápido como pudo. En este momento no está seguro de si
aquello ocurrió realmente o se trató de un sueño o alucinación. En cualquier caso, algún iempo
después el Sr. Cortez, experimento en la calle cómo alguien extraño le llamaba “Porquería de
maracucho”. Esto le molesto sumamente, y ha estado pensando en ello desde entonces.
Recuerda que, hace ahora un año, los propietarios de un negocio nuevo de lavado de coches
de su vecindario también le llamaron lo mismo, y se pregunta si ambos hechos están
relacionados. Hace 2 semanas empezó a oir voces llamándole porquería de maracucho y
diciendo otras cosas ominosas de él, de modo que “su vida se vino abajo”. El sabe que no es
homosexual, y entiende que hasta cierto nivel lo que está pasando tiene su causa “en mi cabeza”.
Sin embargo, se siente que todo el mundo de su vecindario le considera homosexual. Desde
entonces se ha sentido muy nervioso y avergonzado, y ha acudido a su sacerdote, que le ha
dicho que todo es producto de su imaginación y que debe ignorarlo. Aparentemente, sigue
escuchando las voces durante la entrevista.
El Sr. Cortez describe su estado de ánimo como “deplorable” y se siente “nervioso y agitado”.
No se siente deprimido, pero dice que últimamente no tiene interés por ver a sus amigos o hacer
cualquier actividad. Al mismo tiempo refiere tener menos apetito y haber perdido peso, pero niega
cualquier cambio en su ritmo de sueño. Aunque no reconoce sentirse culpable por las cosas que
ha hecho, admite sentirse mal por “las frases blasfemas” que pronuncian las voces. Cuando se le
pregunta específicamente sobre el suicidio, advierte que él es católico y que no iría al cielo en
caso de suicidarse, y que por lo tanto nunca se quitaría la vida; sin embargo, ha pensado que
sería mejor para él si algo le pasará y su corazón se detuviese.
El Sr. Cortez ya tuvo una experiencia similar hace 12 años, cuando oyó voces blasfemas y
empezó a preocuparse por “escrúpulos” religiosos. Fue tratado de forma ambulatoria durante
varios mese y tomó algún tipo de medicación, de la cual no recuerda el nombre. Volvió a su
trabajo de taxista, y siguió activo hasta que su estado físico ya no se lo permitió, teniendo que
cursas la baja por incapacidad hace ahora 5 años. Vive con su mujer y tiene un hijo de 25 años;
dedica una buena parte de su tiempo a actividades relacionadas con la iglesia y toca el saxofón
en las fiestas comunitarias. Hace 30 años que no prueba una sola gota de alcohol. Cuando se le
pregunta sobre problemas de memoria, describe cómo una vez cambió de dirección
incorrectamente en una autopista, así como otros ejemplos de olvidos en relación con si había
cerrado el horno de gas de la cocina.
Al día siguiente, la esposa del Sr. Cortez fue entrevistada por el psiquiatra en la sala donde su
marido estaba ingresado. La mujer reveló que de siempre su marido tendía a exagerar hechos
insignificantes y que rápidamente se ofendía o interpretaba como críticas las observaciones de
los demás. Consideraba el malestar de las pasadas semanas como una simple exageración
típicamente suya. Comentó que durante unos días lo habóa visto “apático”, y que ella pensó
podía tener un “virus”. Describio el episodio de hace 12 años de forma similar al de ahora: se
había ido poniendo cada vez más nervioso y suspicaz, y había empezado a oír “voces”.
CASO N° 3
El Sr. Adrian López de 32 años de edad, soltero sin hijos, es llevado al servicio de urgencias
del hospital por su hermano, después de que los vecinos se quejaran de su presencia en la calle
molestando a los peatones con sus creencias religiosas. Ante la presencia del psiquiatra el Sr.
López repite constantemente: “Soy el salvador. Soy Jesucristo”. El Sr. López lleva asistiendo a
una clínica de salud mental ambulatoria 7 meses, y desde hace 4 semanas su conducta se ha
vuelto cada vez más desogranizada. Despierta a su hermano a todas horas de la noche para
discutir con temas religiosos. Siempre parece estar respondiendo a voces que solo él oye. Ni se
lava ni se cambia la ropa.
El primer episodio de alteración emocional lo tuvo hace 5 años atrás, y según el relato de su
hermano fue similar al episodio actual. Hubo dos episodios más similares, y todos requieron un
ingreso de un par de meses. El Sr. López reconoce que hace 5 años oyó voces algunos días que
comentan su conducta y discuten con él. Por lo general cuenta que “le decían cosas agradables”
como por ejemplo, “Miradlo está muy bien” “se está cumpliendo la hora, tu Salvador pronto
reinaremos contigo”. También cuenta, que existieron 2 veces cuando las voces decían cosas
insultantes, “estas completamente loco”, “no eres Dios, realmente eres el diablo”. Entre episodios,
dice el psiquiatra que le atiende de manera ambulatoria en su informe, que el Sr. López suele ser
tranquilo aunque dice que los programas de televisión se refieren a él, como también evita pasar
por debajo de las escaleras o mirarse en un espejo roto. Ante la tragedia del hospital donde
estuvo recluido 4 meses, el Sr. López dice que él soñó con la tragedia 4 días antes de que
sucediera, pero que nadie le quiso creer. Por otra parte, el Sr. López cree que sus primos y su
hermano se reúnen para hacerle creer a la gente que él está loco y de esa forma “no llevar la
palabra de Dios y advertirle a la gente de la destrucción”
También se encuentra registro de utilizar palabras que no tiene traducción al idioma que
pertenece el paciente, no sentirse cómodo con compartir con otras personas, por considerar “que
estar con otras personas es solo buscar problemas” y lo hace sentir ansioso, existen registros de
padecimientos médicos y recurrentes de migraña e infección del oído derecho. Antes de salir de
la consulta, el médico le pregunta cómo le fue con la reunión que hace todos los martes su
iglesia, a lo cual el señor López le comenta “me quería ir, cada minuto que pasaba era una
tortura, tenía mis músculos tenso y no podía moverme, prefiero compartir solo conmigo”.
En la entrevista con el hermano del señor López, indica que el paciente en la niñez solía jugar
solo, que nunca le gusto jugar con otros niños al menos no fuera de actividades como asistir a
una fiesta de cumpleaños o actividades de la iglesia. Cuando llegó a la adolescencia y hasta la
actualidad siempre lleva ropa que no es la de la moda o ya no se lleva en ese tiempo. Nunca
entiende de bromas y siempre cree que estamos tramando algo en su contra. Logro tener algunos
trabajos, pero siempre le pedían que se retirara por no poder relacionarse sanamente con los
empleados y jefes, lo cual hizo que cayera en depresión 2 veces al punto de pensar de quitarse la
vida, este es una de las causas por la que estuvo recluido en una hospital varios meses.
Actualmente, el Sr. López no cuenta con amigos cercanos, trabajo y actividades donde pueda
relacionarse, distraerse y participar.
CASO N° 4
Diana es una mujer de 25 años, es atendida en una Comunidad Terapéutica, después de
realizar un intento de suicidio. Vive aislada en una enorme casa de las afueras de la ciudad, con
sus padres de vacaciones, deprimida y desesperadamente sola, se preparó ella misma una
bebida de diacepam y whisky, se lo bebió y a continuación llamó al psiquiatra. Diana ha sido una
niña tratable, con un mediocre rendimiento escolar hasta los 12 años. En ese momento, su
carácter, hasta entonces alegre y jovial, cambió de forma drástica: se volvió tosca, rebelde,
oscilando rápidamente de una euforia desmedida a crisis de llanto y depresión.
Se unió a un grupo de jóvenes “marchoso” y empezó a mostrar actitudes promiscuas, abuso de
marihuana y de alucinógenos, y huyó de casa a la edad de 15 años con un joven de 17 años.
Tras haber burlado a la policía que la buscaba, regreso a su casa dos meses después. Retomó la
escuela, pero un año después dejó los estudios. Sus relaciones con los hombre eran
tormentosas, llena de pasión, de una ansiedad insoportable y con frecuentes discusiones
violentas. Buscaba siempre nuevas sensaciones, solía emborracharse, bailaba a sus anchas por
las mesas de las discotecas, acababa con hombres extraños y practicaba sexo con ellos en sus
coches. Si rechazaba sus peticiones sexuales a veces era abandonada en medio de la calle.
Durante la entrevista se quejaba de que su familia debería de hacerle más caso y pretendía
una constante atención por parte de aquella, a lo que ella verbalizo “yo sé que siempre me
quieren abandonar, pero yo los quiero, no sé porque no me quieren, ¿será que soy mala?”.
Durante el tratamiento ambulatorio interrumpía varias veces el tratamiento. Presentaba
numerosos síntomas: bebía con frecuencia, tenía miedo a desplazarse sola, incluso a la consulta
del terapeuta, tenía ideación suicida y ánimo depresivo, realizaba atracones, tenía ataques de ira
extremo rompiendo objetos en casa.
En varias ocasiones se había hecho daño a sí misma cortándose las venas, por lo que tubo
que se ingresada; incluso había amenazado al terapeuta con que si no la atendía de inmediato
volvería a hacerlo. No tenía claro que deseaba hacer con su vida, ni que trabajo realizar. Había
tenido ocupaciones de solo unos meses; y solo deseaba dar con un hombre “romántico”. Nunca
había tenido amigas y su única relación afectiva era su perro. A menudo se sentía intensamente
aburrida. Sin embargo, recuerda una vez cuando sintió tanto amor por una amiga, “la creía lo
máximo y la idealizaba como la mejor persona del mundo”, pero tras ella mudarse del vecindario,
siento un profundo rencor y decepción, lo que antes “había sido mi mundo ideal se destruyo”.
En el último informe psicológico, se registra que Diana presenta dificultad para relacionarse con
los miembros de su familia siendo así que suele escaparse de casa cuando alguien no le presta
atención, a lo que ella comenta “fui abusada sexualmente por un primo y mi madre no me creyó”
de igual forma, se encuentra en proceso de visita a la estación de policia por consumo de droga
en una plaza pública y por golpear al vigilante de donde anteriormente trabajaba como asistente
de oficina. Por otra parte se registra, negligencia por parte de la madre y un año de perdida
(fallecimiento) de 6 de los miembros de la familia en un lapso de 15 meses, la que la llevó a
presentar episodios de depresión y bulimia. Actualmente padece de diabetes y se encuentra
recluida en un centro de atención de trastornos mentales.
CASO N° 5
María es una señora de 50 años, que seis años atrás había perdido a su única hija, la cual
representaba prácticamente el eslabón o charnela que mantenía una relación matrimonial
ciertamente disfuncional. De muy joven (16 años) había conocido a su novio cuatro años mayor
que ella, casándose tras once años de relaciones que ella recuerda como muy problemáticos. El
parece que era un hombre más bien de poco carácter y ella con mucho más temperamento y
algunos rasgos de la estirpe obsesiva (orden, limpieza, escrupulosidad…). El, en principio, tenía
problemas con la bebida aunque luego lo abandona ante la insistencia de ella. Ahondando en su
genograma aparecen ambos como pertenecientes a dos respectivas familias en fusión. María
tiene una niña cuando contaba con 29 años. Debido a las necesidades propias de la casa ella en
todo momento se muestra activa hasta el punto de trabajar en el campo (donde también trabajaba
el marido). Posiblemente empieza a desarrollar ciertos sentimientos de culpa que le llevan a
desarrollar una actitud sobreprotectora hacia su hija, la cual llega a límites insospechados cuando
aquella empieza a mostrar síntomas de hipoacusia grave y de hiperactividad.
Es entonces cuando acude por primera vez a un servicio de psiquiatría. Su médico de familia le
aprecia “síndrome depresivo reactivo a estrés familiar”. Efectivamente ella reconoce tener
sentimientos de culpa hacia su hija por no poderla cuidar mejor, pretende ayudarla en todo y le
proporciona todo tipo de cuidados, además le es muy difícil ponerle límites en las normas de la
casa. Esto choca con la actitud del marido que, aunque igualmente preocupado por la niña, es
partidario de cierta actitud de “mano dura”. Ella y el marido aceptan el encuadre de terapia de
pareja y se someten a dos sesiones que, en apariencia al menos, parecen ser efectivas. Se les
hacen varios señalamientos a cerca de sus diferencias y se les dan algunas tareas estructurales
al estilo de “se pondrán de acuerdo en la hora de acostar a la niña…” “traigan una característica o
detalle positivo el uno del otro…)”. El objetivo era fortalecer el subsistema ejecutivo (paternal) y
reforzar el contrato matrimonial. Acudieron a la segunda sesión muy contentos con los adelantos
conseguidos, la niña parecía aceptar normas y los sentimientos de complicidad entre ambos no
permitían pensar en otra cosa que en la resolución del caso, por lo que aceptaron de buen agrado
el alta de las consultas.
Transcurren otros cuatro años en los que María no tiene necesidad de acudir a servicios
médicos ni psicológicos. Ella sigue trabajando en el campo y acude de nuevo a Salud Mental por
síntomas depresivos tras haber sufrido un accidente en el trabajo. Una caída en la que se fracturó
la pelvis. No tolera bien el tiempo de rehabilitación y se siente inútil e incapaz de llevar sus
actividades. Para colmo de males no parece quedar bien del todo pero le dan el alta
traumatológica, empieza a trabajar y vuelve a tener otra caída en la que, esta vez, se fractura la
muñeca. Ahora la reacción depresiva es más intensa y con tintes de lucha ganancial contra el
sistema de salud (“es una injusticia que con la fractura de muñeca me manden a trabajar…”). A la
siguiente cita ya todo lo anterior no cuenta y relata con todo lujo de detalles cómo la hija ha sido
diagnosticada de un tumor cerebral inoperable y cómo está teniendo sentimientos de culpa por no
poder disimular sus emociones delante de ella. Nos pide un tratamiento que la “anestesie” pues
no puede aguantar la angustia interior que siente ante tal desgracia.
Es posible que en la gran mayoría de los casos el dolor por la enfermedad de un miembro
familiar produzca un acercamiento entre los miembros; pero en este caso lejos de producir este
efecto hizo que la pareja se fuera distanciando cada vez más. Tenían diferencias en si deberían
llevar a la niña a un médico u otro, si habría que llevarla al colegi. Todo era un puro desacuerdo.
El marido recurrió a “refugiarse” en su familia de origen. En alguna ocasión la madre del marido
llegó a increparla por la calle acusándola de que estaba inventándose la enfermedad de la hija,
para poderla cuidar. El distanciamiento era enorme y la “guerra” era ya “universal”. Antes de
transcurrir un año María solicitó el divorcio, desde luego no de mutuo acuerdo sino con la
acusación de malos tratos de él hacia ella. Al ex-marido lo condenaron a dos años de prisión.
María, a estas alturas, ha hecho del cuidado de su hija el centro único donde gravita toda su vida.
Acumula un sufrimiento tal que hace prever un futuro sombrío.
La hija muere unos meses después en los brazos de María, que a estas alturas permanecía a
su lado en todo momento, aunque aquella en los últimos momentos estaba en coma profundo.
Empieza a expresar todo lo reprimido hasta entonces (“yo tenía que reír delante de mi niña…”).
Además había manifestado “quiero irme detrás de mi hija…”, lo que hacía pensar en el vacío en
que iba a quedarse tras la desaparición de la hija. Comienza un proceso que duraría cerca de
seis años y durante los cuales manifestaba síntomas depresivos graves, con intenso negativismo
activo y pasivo, tanto a comer como a realizar la más elemental actividad (la obligan a comer) . Se
pasa todo el día llorando, la mayor parte en el cementerio donde dice que ella va para hablar con
su hija. Muestra desacuerdo ante cualquier intento de estimulación o ayuda, en una actitud
pasivo-agresiva (“nadie puede comprender lo que yo siento…”). Intenta mantener todo en la
misma situación anterior al fallecimiento, deja la habitación de la hija tal como estaba, en un
intento vano de impedir el paso del tiempo.
Los síntomas depresivos se acompañaban de angustia intensa, que justificaba tratamiento
sintomático, aunque ella nunca estaba conforme y quería cada vez más. A duras penas
manteníamos unas dosis razonables. En múltiples ocasiones pedía “mándeme tratamiento fuerte
para no despertar más”. Las reacciones contra su entorno eran de gran irritabilidad, en alguna
ocasión hubo alguna reacción contratransferencial que hizo peligrar la relación terapéutica. En
alguna ocasión llegó a responder con gran enfado ante la imposibilidad de poder ser atendida
telefónicamente (“no tenéis corazón... sois todos unos sinvergüenzas…”). A pesar de todo seguía
acudiendo a la consulta (desplazamiento desde otra localidad a 50 Km.), lo que daba idea de la
buena alianza terapéutica. El dolor y la pena que llegaba a expresar María la llevó a aislarse
cada vez más, quizá en la propia tendencia de apropiación del duelo. No comprendía cómo la
gente podía estar contenta pero tampoco admitía que alguien tuviera pena mayor que la suya. En
una ocasión coincidió en el cementerio con su ex marido ocasionando gran discusión y griterío,
hasta el punto de tener que intervenir la policía. El resultado fue que el juez impuso a ambos
horarios de visitas a la tumba
Dos años después de la muerte de la hija, el estado físico llegó a empeorar hasta extremos
insospechado. La delgadez era tal que el médico de familia le prescribía complejos vitamínicos y
la amenazaba con meterla en un hospital y alimentarla forzosamente. Por supuesto ella no se
inmutaba lo más mínimo ante este tipo de amenazas hechas con intención estimuladora al
cambio. Un año después presenta amenorrea y ciertos síntomas corporales (acaloramiento) que
nos hacen pensar seriamente en la posibilidad de menopausia.