Armas Blancas.
Armas Blancas.
Nació en Uráchic, Chihuahua en 1948. Cursó la especialidad en Lengua Española en la Escuela Normal Superior
José Medrano del estado de Chihuahua. Licenciado en Derecho, ha realizado seminarios y estudios de dirección teatral
con Héctor Azar, de creación dramática con Vicente Leñero y Hugo Argüelles. Abogado, narrador, adaptador,
guionista, dramaturgo y columnista de teatro. Ha pertenecido a diversas comisiones y consejos de la cultura. Por su
Nolens volens recibió el Primer Lugar en el Concurso de Obras de Teatro convocado por el INJUVE (1974), por La
maestra Teresa el Primer Premio Nacional de Letras Ramón López Velarde (Zacatecas,1979), por Voces en el Umbral
Diploma de Honor en el Concurso de Obras Dramáticas de la SOGEM (1984). Con sus obras México ha participado
en varios Festivales Internacionales, y han sido traducidas y representadas en inglés. En la actualidad se desempeña
como Director General de la SOGEM. Miembro del SNCA (1997). Asesor del Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes, Tesorero de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, Presidente de la Federación de Sociedades
Autorales y Vicepresidente de la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores.
La obra se estrenó en el Sótano del Teatro de Arquitectura Carlos Lazo de Ciudad Universitaria
de la UNAM en febrero de 1982 con el siguiente reparto:
El abrecartas
SEÑOR MANZO: Leonardo Herrera
ROSARIO: Lupita Sandoval
POLO: Xicoténcatl Mayés
LICENCIADO: Alejandro Ortiz
FLORECITA: Alicia Sandoval
LICENCIADA: Lilia Sixtos
La navaja
DOÑA MARTA: Carmen Calderón
ÁNGEL: Adrián Rivera
SALVADOR: Raúl Batalla/ Ricardo Fiallega
AMPARO: Rosana Césarman/ Ángeles Moreno
La daga
Román Castillo: Francisco Bueno
René Rincón: Gonzalo Blanco
CHELA. Lupita Sandoval
El mudo: José Luis Domínguez
EL ABRECARTAS
Personajes:
Época: Actual.
Víctor Hugo Rascón Banda, Las armas blancas, UNAM, México, 1990.
Una oficina cualquiera de una Secretaría de Estado. Hay escritorios, sillones y archiveros
distribuidos en el lugar, así como sillas para el público, papeles en desorden y la fotografía del
presidente en turno. Desde el frente de escenario se origina un pasillo formado por los escritorios,
que conducen a dos puertas que se encuentran al fondo, las cuales pertenecen a los despachos
privados del Licenciado y de La licenciada.
I
El señor Manzo entra con un periódico en la mano, que deja sobre su escritorio. Emite un sabroso
bostezo y estira su cuerpo.
SR. MANZO. (Ve un calendario.) 5 de febrero, 21 de marzo, 1° de Mayo. Todos en miércoles ¡Ni
un pinche puente cerca, qué chinga!
Se quita el saco; se sienta, sube los pies sobre su escritorio, hojea el periódico; de pronto, mira el
reloj y se pone de pie, firmando una hoja de papel, se arremanga la camisa y empieza a mover los
escritorios y archiveros cambiando la distribución. Entra Rosario. El exceso de maquillaje y el
cabello teñido la hacen parecer más joven de lo que es; su cintura es muy estrecha, como si una
fuerte faja la entallara; se viste de colores chillantes que pretende combinar; sus formas son
voluptuosas.
Entra Polo cargando una enorme maceta de gran follaje que le impide ver su camino. Se dirige
hacia el escritorio de Rosario, orientándose por la costumbre.
II
LICENCIADO. Oiga, Rosario, ¿dónde puso los expedientes que estaban sobre mi escritorio?
ROSARIO. Yo no los he movido. Ayer todavía los vi ahí.
SR. MANZO. La licenciada después de revisarlos, me pidió que los llevara al archivo. Dijo que
daba muy mal aspecto amontonados en su escritorio y en el rincón, y como no se estaban usando,
pues...
ROSARIO. No debiste habértelos llevado. El Licenciado los tiene ahí por si se ofrece consultarlos.
(Al Licenciado) ¿Quiere que vaya por ellos?
LICENCIADO. Irá después...
El Licenciado lo lee.
Entra Florecita
III
Florecita llega corriendo. Es de baja estatura, excesivamente gorda, de aspecto bonachón, activa,
simpática, de buen carácter y siempre oscila entre la risa y el llanto. Entra saludando alegremente.
FLORECITA. Buenas noches, buenas noches... buenas noches... (Se dirige al escritorio de Polo.)
FLORECITA. ¿Dónde está la lista de entrada, Polito?
POLO. Ya la llevé a Personal.
FLORECITA. Pero si siempre te esperas a que lleguemos todos a firmar...
POLO. Ayer la Licenciada me dijo que la llevara a las ocho.
FLORECITA. Ay, Pues ahora sí que me agarran descuidada, pero ni modo, qué se le va a hacer.
Cuando me llegue el aviso del descuento, me tendrá que firmar el justificante, porque con eso de
que una es madre soltera, pues no siempre va a poder llegar a tiempo, verdad, o sea que.
POLO. Desde el siguiente lunes va a haber reloj checador.
FLORECITA. ¿Y eso?
POLO. Para evitar que se alteren las horas de entrada y salida.
FLORECITA. Ay, pues ni modo; qué se le va a hacer, si ya está decidido, pero lo mejor hubiera
sido que nos lo dijeran a tiempo, verdad, para irse una preparando, no que así. (Se dirige a su
escritorio, pero es interceptada por Rosario.)
ROSARIO. ¡Lo ves? Si te digo que aquí las cosas van cada vez peor. Tenemos que hacer algo.
¿Estás trabajando a gusto aquí?
FLORECITA. Cómo no. La otra Secretaría me quedaba muy lejos de la casa. Y no había guardería
para dejar al niño. Y como su padre nunca quiso saber nada de él, yo tengo que ir viendo cómo le
hago para salir adelante, ¿no?
ROSARIO. ¿Y a quién le debes estar aquí?
FLORECITA. A ti, claro, pero ya te lo he agradecido bastante.
ROSARIO. No fue a mí. Fue al Licenciado. Yo solamente te recomendé con él. Ya ves, ni prueba
te hizo y ni por el escalafón tuviste que pasar. Ahora hay que apoyarlo.
FLORECITA. Ay mira, no sé. A mí la Licenciada no me cae mal, es bien guapa, viste padrísimo y
es rete educada. Si el Licenciado se queda, qué bueno ¿no?,porque todo sigue igual y pues como
quiera que sea, con la Licenciada no va a ser lo mismo, como quien dice; pero si él se va,
porque así tiene que ser, pues ni modo, lo sentiremos mucho y ya. Le hacemos una despedida bien
padre y yo me comprometo a hacer todo lo de comer ¿no crees?, digo.
ROSARIO. Si el Licenciado se va, nos vamos perjudicar todos, ¿entiendes? ¡Todos!
FLORECITA. Pues ahora sí que yo no sé por qué tenemos que pagarla los demás. Puede ser que
te amueles tú, porque estas prendida de él y desde hace mucho te entiendes, y te trae así, botando
en el piso. Total, pueden seguir viéndose en otro lado.
ROSARIO. ¿Y eso a ti qué?
FLORECITA. Ay mira, a mí no me gusta meterme en lo que no me importa. Yo cumplo con mi
trabajo y ya. Lo del cambio, son órdenes de arriba ¿no? En todo caso, el que debería hacer algo es
el Licenciado y ya ves.
ROSARIO. Él está haciendo lo suyo.
FLORECITA. Pues yo no sé. En los otros departamentos cambiaron los jefes y ya lo ves, no sucedió
nada, como quien dice.
ROSARIO. Aquí si va a suceder. El Licenciado no está dispuesto a irse. Ha habido dos cambios de
gobierno y él ha logrado quedarse. Y también lo va a hacer ahora.
FLORECITA. Ahora sí que yo no sé por qué te preocupas tanto por el cambio del Licenciado.
Total... A mí eso no me va ni me viene. Uno se queda igual.
ROSARIO. ¿Eres pendeja o nomás te haces? ¿Y los cheques qué?
FLORECITA. Ay, pues ahora sí, que yo no sé... Pero vete a tu escritorio que podría llegar la
Licenciada y más vale.
IV
Entra la Licenciada. Es una mujer de agradable aspecto, guapa, vestida con ropa de buena calidad
y a la moda.
LICENCIADA. (Va saludando a través de los escritorios.) Buenos días, buenos días...(Va siendo
respondida con falsa cortesía. La Licenciada se dirige a su privado y se encuentra con el
Licenciado que sale del suyo. Se miran, se miden y ella reacciona primero) Buenos días,
Licenciado.
LICENCIADO. (Fríamente) Buenos...
LICENCIADA. Aunque no espera encontrarlo aquí, qué bueno que lo veo. Quería informarle que
ya no será necesario que venga usted a la oficina.
LICENCIADO. ¿Porqué?
LICENCIADA. Creo que con las semanas que llevo aquí, ya me he compenetrado lo suficiente en
todos los asuntos del Departamento. Estoy segura que usted tiene tan bien organizado todo, que lo
que esté pendiente podré atenderlo sin problema y sin necesidad de molestarlo.
LICENCIADO. Pero es que yo todavía no me he ido, Licenciada. Sigo aquí y creo que por mucho
tiempo.
LICENCIADA. Disculpe, Licenciado. Tarde o temprano tendrá que entregar su Departamento. Así
que, después de eso, ya no será necesaria su presencia. (Pausa.) Supongo que para usted debe de
ser difícil aceptar esta nueva situación.
LICENCIADO. Es que no la he aceptado todavía.
LICENCIADA. No lo entiendo. ¿Qué piensa hacer?
LICENCIADO. No lo sé aún. Pero esto no puede ser.
LICENCIADA. ¿Porqué no, Licenciado? Son las reglas del juego en este país.
LICENCIADO. No, no son las reglas. En esta secretaría ha habido cambios de secretarios,
subdirectores y demás autoridades y yo he permanecido aquí, desde que se creó este Departamento.
A mí se debió su creación; yo lo eché a andar.
LICENCIADA. Ha tenido suerte, porque, como usted lo sabe, este tipo de cargos son los que la ley
denomina empleos de confianza.
LICENCIADO. ¿Y qué las nuevas autoridades no pueden darme la oportunidad de ganarme su
confianza?
LICENCIADA. No se trata de eso. Entienda usted que cada quien tiene el derecho de nombrar a
sus colaboradores.
LICENCIADO. O de ratificar a los que han servido bien en sus funciones.
LICENCIADA. Usted es abogado ¿no? ¿Por qué no regresa a su despacho?
LICENCIADO. ¿Cree que voy a tener el despacho después de haber estado aquí doce años? ¿Cómo
lo iba a atender?
LICENCIADA. Puede empezar a ejercer su profesión. Búsquese una clientela, asesorías...
LICENCIADO. ¿Por qué no hace usted lo que me aconseja?
LICENCIADA. Porque no soy abogada.
LICENCIADO. ¿Entonces?
LICENCIADA. Soy Licenciada en Administración Pública, con una especialización en el
extranjero.
LICENCIADO. Por años, los únicos Licenciados fuimos los abogados. Ahora hay licenciados en
todo. En computadoras, en pinturas, en arte dramático, en hotelería y hasta en reparación de
calzado. Pero no creo que ninguna de esas nuevas carreras que están creando preparen realmente a
la gente para ocupar cargos públicos.
LICENCIADA. Pues mi carrera consiste precisamente en eso, en administrar dependencias
oficiales.
LICENCIADO. Por siglos los cargos públicos han sido ocupados solamente por abogados. Y ahora
así, de buenas a primeras los quieren desplazar. Ya veremos cómo marchan las cosas.
LICENCIADA. Marcharán bien, ya lo verá. La especialización conduce a la perfección.
LICENCIADO. ¿Por qué no solicita que la designen a otro Departamento?
LICENCIADA. No esta en mí seleccionar mi lugar de adscripción. Además, éste es un magnífico
lugar para iniciar las siguientes etapas de la reforma administrativa que está por implantarse.
LICENCIADO. ¿No se da cuenta que su llegada aquí, va a trastornarlo todo?
LICENCIADA. Puede ser que al principio así suceda, pero con la metodología y los parámetros
que he utilizado para diagnosticar los recursos materiales y humanos de este Departamento, hay
escaso margen de error en la optimización de resultados.
LICENCIADO. Aquí, nadie la quiere.
LICENCIADA. Es natural. Acabo de llegar y usted no ha terminado de irse. Además, yo no vengo
en busca del cariño de los empleados. La labor de un funcionario debe de ser profesional e
institucional. Aquí todos somos simplemente compañeros de trabajo.
LICENCIADO. En eso se equivoca, la gente tiene su corazón.
LICENCIADA. Se puede trabajar en un ambiente de cordialidad y aun de relación amistosa, sin
tener que andar en compadrazgos, amoríos o apapachos sentimentaloides.
LICENCIADO. ¡Cómo se ve que no conoce el sistema de nuestro país! Es usted uno de esos nuevos
egresados de las universidades privadas que salen creyendo que todo se mide con criterios de
eficiencia, economía de recursos humanos y materiales y optimización de resultados.
LICENCIADA. Bueno, Licenciado, creo que ya está dicho todo. Antes de la hora de salida vendrán
las personas de Auditoría a levantar el acta de entrega-recepción del Departamento.
LICENCIADO. ¿Cómo? ¿Hoy?
LICENCIADA. Lo siento. El cambio es el cambio.
LICENCIADA. ¿Se acercan por favor? (Los empleados suspenden sus labores y obedecen,
colocándose a prudente distancia de ella.) Esta tarde, quiero reunirme con el personal de ésta y de
otras áreas, para darles a conocer los cambios que efectuaremos a partir de la siguiente semana.
Como no quiero que interrumpan su trabajo en este momento prefiero que hablemos en la tarde,
como a eso de las cinco, para entregarles los folletos que contienen los nuevos manuales de
organización, de procedimientos y de servicios a los usuarios. (Todos se miran extrañados.) Los
necesito a todos para darles a conocer el nuevo organigrama del Departamento y las nuevas
funciones de algunos de ustedes y de otras personas que posiblemente sea necesario contratar.
FLORECITA. Ahora sí que no entiendo nada. ¿Alguien va atener que irse? Digo, aparte del
Licenciado.
LICENCIADA. Prefiero que hablemos de eso en la tarde. (A Polo.) ¿Ya estarán listos los folletos,
Polo?
POLO. Sí, Licenciada. (Le entrega varios paquetes.) Estos son.
La Licenciada trata de abrirlos, pero los folletos tienen las hojas sin cortar.
LICENCIADA. Miren nomás, cómo entregan las cosas en el taller de impresión. (A todos.)
¿Alguien tiene un abrecartas?
FLORECITA. Antes teníamos uno para cortar los diarios oficiales, pero quién sabe donde estará,
con eso de que ha habido tantos cambios, pues...
POLO. Lo vi hace una semana en la oficina del Licenciado. ¿Quiere que lo busque?
SR. MANZO. (Dándole una regla.) Déjalo, Polo. Aquí tengo esto.
LICENCIADA. Es una regla...
SR. MANZO. ¿No le sirve?
LICENCIADA. Eso es para medir.
SR. MANZO. Bueno, sirve también para romper el papel. Si me permite, yo le muestro cómo
hacerlo. Es muy práctica. Cuando el periódico viene con las hojas pegadas (Muestra la acción)
Rápido las separo con la regla, así...
LICENCIADA. Cada objeto tiene un uso, como las personas. Cada quien sirve para algo.
ROSARIO. Aquí, todos hacemos de todo ¿verdad?
LICENCIADA. Ése es el error. Querer hacer todo, para después no hacer nada bien. La gente debe
dedicarse a su especialidad. Para eso se inventó la división del trabajo. Para eso se está implantando
la Reforma Administrativa, para que cada persona tenga una responsabilidad y una actividad
propia. De eso hablaremos en la tarde. Espero que todos traigan un abrecartas. Lo vamos a utilizar.
Aparte de esos folletos, voy a traer bastante material que necesitamos cortar.
ROSARIO. ¿Y para eso hay que comprara abrecartas? Por algo tiene uno dedos, uñas...
LICENCIADA. Las uñas son para otra cosa. (Todos ríen.) Un abrecartas no sólo sirve para abrir
sobres cerrados y lacrados; es útil también para rasgar el papel que debe separarse; para cortar
cuerdas, hilos y cordones. Los abrecartas son instrumentos útiles; funcionan igual que las reformas.
Éstas son para abrir espacios cerrados que asfixian y anquilosan, para romper los hábitos negativos
que entorpecen el trabajo; para cortar las viejas estructuras que sujetan las ideas. Hay que estar
abiertos al espacio, abiertos al cambio, abiertos a nuevas metodologías. No importa que rasguemos,
que rompamos o cortemos. Los abrecartas cortan y abren. La Reforma Administrativa también.
Pero de eso hablaremos ampliamente hoy en la tarde. Vuelvan a sus labores.
ROSARIO. Disculpe, Licenciada, pero yo no puedo venir...
LICENCIADA. ¿No le interesa dedicar unas horas de su tiempo para preparar sus actividades
futuras?
ROSARIO. Claro que me interesa; pero a las horas de oficina. Yo tengo ocupadas las tardes.
LICENCIADA. (Alos demás) ¿Ven lo que yo les decía? El pluriempleo ocasiona que no se cumpla
bien con ninguna de las dos o tres labores a que se comprometen las personas. Por una u otra
razón siempre estarán cansadas y sin tiempo suficiente para dedicar a la planeación y programación
de sus actividades. (Pausa) Y usted, señor Manzo, ¿puede venir?
SR. MANZO. Cómo no, Licenciada. Aquí estaremos.
ROSARIO. ¿Vas a faltar a tu otro trabajo?
SR. MANZO. Sí, Chayito. Al cabo no serán todos los días, ¿Verdad, Licenciada?
LICENCIADA. (Sonriendo, como única respuesta.) ¿Y tú, Polo.
POLO. Cómo no.
ROSARIO. ¿No habías dicho que ibas a ir al fútbol?
POLO. No voy a dejar los asuntos de la oficina por el fútbol, ¿verdad?
LICENCIADA. ¿Y usted Florecita?
FLORECITA. Ahora sí me pone en un aprieto, porque yo pensaba ir al mercado y luego llevar al
niño con el doctor, porque con eso de que una es madre soltera; pero vendré con mucho gusto.
Claro que sí, por que no.
LICENCIADA. (A Polo.) Avisa en las otras oficinas que vengan a las siete. Con ustedes trabajaré
a partir de las cinco... No olviden traer su abrecartas.
FLORECITA. Pero es que si tenemos que estar a las cinco, no vamos alcanzar a ir a comer. ¿Por
qué no volvemos un poquito más tarde? Digo, por si acaso.
LICENCIADA. Con una hora es más que suficiente para ir a tomar algo, No conviene comer
mucho. Hay que cuidarse.
ROSARIO. (Con doble intención) Sí, hay que cuidarse. (Vuelven a sus lugares.)
FLORECITA. (Acercándose a la Licenciada.) ¿Y usted, a dónde va a ir a comer? Si se puede saber,
o sea.
LICENCIADA. A lo mejor ni como. Cuando tengo trabajo se me quita el hambre. Lo más seguro
es que me quede aquí al mediodía.
FLORECITA. Si se anima, me avisa y yo le digo dónde venden unos taquitos riquísimos, aquí
cerca, que ni se imagina, en serio.
LICENCIADA. Gracias, Florecita.
FLORECITA. Gusta un cafecito... Ahorita se lo preparo, con tal que...
VI
FLORECITA. ¿Gusta...?
LICENCIADA. Pero...
FLORECITA. (Pasándole dos pequeños recipientes.) Aquí hay chilito y si le gustan las especias,
échele de este botecito. Con confianza, ándele. Le va a gustar. (Se levanta.) Ahorita le consigo un
atolito. Ya verá.
LICENCIADA. No, gracias. De veras no. No creo que... No tengo tanta hambre para eso.
FLORECITA. Al Licenciado le encanta que le convide.
LICENCIADA. Se lo agradezco, pero... guarde eso por favor. No me sentiría bien comiendo eso y
aquí, sobre todo. Una cosa es el café.
FLORECITA. (Con enojo y sentimiento.) Así que usted cree que se rebaja si prueba lo que uno
trae...
LICENCIADA. No es eso. Simplemente que no es correcto que el Departamento se convierta en
una fonda. Y le ruego que de aquí en adelante suprima las bebidas y las fritangas.
Florecita pone los objetos sobre su escritorio y prueba del plato. Como en silencio sin alcanzar a
comprender a la Licenciada. Luego se interrumpe y guarda todo, preocupada.
VII
La Licenciada sale de su privado, seguida de Polo Quien sale fuera de la oficina. La Licenciada
se acerca a Rosario que escribe en máquina y quien permanecerá indiferente, sin interrumpir su
labor.
La Licenciada se acerca a Florecita y le entrega las hojas. Luego se dirige al escritorio del Sr.
Manzo.
VIII
LICENCIADA. Siga sentado, por favor. (Acerca una silla.) Aquí me sentaré yo.
SR. MANZO. ¿Para qué se molesta en venir hasta mi escritorio, Licenciada? Yo puedo ir a su
privado.
LICENCIADA. No es molestia. Me gusta sentarme en el lugar de mis empleados para ver la oficina
desde su perspectiva.
SR. MANZO. Bueno, pero...
LICENCIADA. ¿No ha visto si han traído un sobre para mí, de la Auditoría?
SR. MANZO. No, Licenciada; pero si quiere voy por él.
LICENCIADA. No es necesario, gracias. (Viendo lo que hay sobre el escritorio) ¿Qué está usted
haciendo, ahora?
SR. MANZO. (Mostrándole los documentos.) Estoy calificando estos memos, para archivarlos.
LICENCIADA. Un original y diez copias. ¿Para qué son tantas...?
SR. MANZO. Bueno, así se ha hecho siempre.
LICENCIADA. ¿Y esos oficios?
SR. MANZO. Véalos, si gusta. Es correspondencia del Licenciado.
LICENCIADA. (Revisándolos.) Tienen fechas muy atrasadas. Desde hace un mes, tres y hasta
cinco.
SR. MANZO. Es que no ha habido tiempo de contestarla y como no son asuntos que tengan plazo
o término...
LICENCIADA. Ah, ya veo...
SR. MANZO. ¿No ha dicho nada de los cambios que hice esta mañana? Están tal y como usted los
marcó en el plano.
LICENCIADA. Quedaron bien. Cada quién debe estar en el lugar donde pueda desempeñarse
mejor.
SR. MANZO. ¿Y éste va a ser mi lugar definitivo?
LICENCIADA. Bueno yo pensaba que por su edad...
SR. MANZO. Debería irme a mi casa, ¿no? ¿Por qué me preguntó mi antigüedad?
LICENCIADA. Necesito conocer sus antecedentes.
SR. MANZO. Qué se me hace que usted ha de querer perjudicarme.
LICENCIADA. ¿Yo? ¿Por qué?
SR. MANZO. (Se levanta de su lugar y empieza a girar alrededor de su escritorio.) Ahora que me
doy cuenta ha estado registrando todos mis movimientos.
LICENCIADA. Los de todos. Me gusta observar los procedimientos para mejorarlos.
SR. MANZO. Me ha estado tomando el tiempo que tardo en hacer mi trabajo.
LICENCIADA. Es necesario. Si se intenta economizar esfuerzos, tenemos que ver las horas-
hombre que se consumen en esta oficina y el tiempo promedio utilizado en cada actividad.
SR. MANZO. ¿Y qué pasará si me tardo más tiempo en cada cosa? ¿Traerá a otro más joven?
LICENCIADA. Por favor, Sr. Manzo, permítame explicarle...
SR. MANZO. ¿Usted piensa que estoy acabado’ ¿Usted cree que los viejos ya no servimos para
nada?
LICENCIADA. Pero Sr. Manzo...
SR. MANZO. La escuché cuando hablaba por el teléfono ayer. Clarito oí cuando estaba
recomendando a alguien, diciendo que la juventud es fuerza y dinamismo y que debe apoyarse a
los jóvenes. Usted va atraer aquí un joven para que ocupe mi lugar, ¿verdad?
LICENCIADA. No esté lucubrando lo que no sabe...
SR. MANZO. A eso la mandaron. A acabar con nosotros.
LICENCIADA. Yo lo único que quiero es eficiencia. Y de eso hablaremos más tarde. Esté usted
tranquilo.
SR. MANZO. ¿Tranquilo? ¿A poco cree que voy a esperar tranquilamente a que me eche a la calle?
LICENCIADA. En ese tono no voy a seguir hablando con usted. (Se retira, va hacia Polo y le
habla discretamente. Polo sale.)
SR. MANZO. (Para sí.) Tenía razón, Chayito...
IX
Se dirige al escritorio del Sr. Manzo y empieza a gesticular. El Licenciado sale de su privado y se
dirige a ellos.
LICENCIADO. Las cosas se están poniendo mal y ustedes no están haciendo nada para
remediarlas.
SR. MANZO. Pero Licenciado, ¿qué podemos hacer?
LICENCIADO. No aliarse con esa mujer. Hablen con los de las otras áreas. Hagan algo. Si todos
se oponen a esa advenediza, tendrá que irse y esto seguirá igual para el bien de todos.
ROSARIO. Sí, Licenciado.
LICENCIADO. Si a mí me llega a pasar algo, a muchos de ustedes les puede ir peor.
FLORECITA. Sí, Licenciado.
LICENCIADO. Yo sé como defenderme y tengo los medios para ello, pero ¿ustedes? Así que más
vale que me ayuden a salir de esto.
SR. MANZO. Sí, Licenciado.
LICENCIADO. (A Rosario) ¿Qué pasó con las llamadas?
ROSARIO. He dejado varios recados en sus casas y en los lugares donde acostumbran ir, pero
nadie se ha reportado.
LICENCIADO. Esos ya volaron y me dejaron solo. ¿Y la cita con el Subsecretario?
ROSARIO. La he pedido varias veces. Su secretario particular siempre me dice que está en acuerdo
y que hay que esperar unos días a que se desocupe un poco.
LICENCIADO. Voy a esperar ahí, en la antesala. Me tendrá que recibir. (Habla a los tres.) No se
les olvide. Si a mí me friegan, se friegan todos. Díganselo a los otros.
LOS TRES: Sí, Licenciado.
Oscuridad lenta, a medida que todos los empleados desarrollan normalmente sus actividades
cotidianas.
XI
Son las 3:15. El lugar está vacío. Adentro del privado se encuentra la Licenciada, sin ser vista.
Entra el Licenciado. Camina desalentado y con aire de derrota. Toma el primer teléfono que
encuentra. Con desgano marca un número. Espera.
LICENCIADO. ...Soy yo, hijo. Llama a tu mamá. (Pausa.) Acabo de hablar con el Subsecretario...
...qué acuerdo ni que nada, nunca me quiso recibir. Lo agarré en el estacionamiento. ¿Qué podía
decirle en tres minutos que estuve con él? ...Que él no podía hacer nada, que cada Director es libre
de designar a sus colaboradores... A ese desgraciado no trae caso seguir insistiéndole. Me lo ha
dicho claramente varias veces. La última vez casi me sacó de la Dirección... No sé... Ve pensando
en tus familiares... en quien sea... Tendremos que pedirles el favor... ¿Te acuerdas de aquel vecino
que teníamos en Satélite?... Puede ser... ¡No sé, no sé, no sé...! ¡Te digo que no lo sé! ¡Necesito
pensar...! ¡Que te calles...! (Cuelga. Marca otro número y espera.) ...Soy yo... Nada... ¿Estás con
el viejo?... Tú dijiste... ¿Vas avenir? ...Necesito tu ayuda... Espérame afuera... ¿A que hora se fue?
...Está bien... Nos vemos...
LICENCIADA. (Con marcada frialdad.) Vinieron los de Auditoria. Estuvimos esperándolo para
que entregara el Departamento.
LICENCIADO. No pienso entregarlo.
LICENCIADA. Tendrá que hacerlo. (Le tiende un papel.) Aquí esta la copia de su baja. La trajeron
de Recursos Humanos. Puede cobrar toda la quincena si gusta.
LICENCIADO. (Lee desalentado y crispa la mano sobre el papel lo hace trizas.) Espero que nunca
le hagan esto.
LICENCIADA. Pero es que a usted nadie le ha hecho nada. Analícese. ¿Por qué se aferra a su
escritorio de burócrata?
LICENCIADO. Tengo mujer, cuatro hijos...
LICENCIADA. Y otros compromisos semilaborales, según he percibido.
LICENCIADO. ...una forma de vida que aunque con dificultades he mantenido con mi sueldo y
con las buscas que hago por las tardes.
LICENCIADA. ¿Buscas?
LICENCIADO. Pequeños negocios... No piense mal. Ventas que me ayudan a completar mis
gastos. (Pausa.) Mire Licenciada. Yo nunca he rogado a nadie. Como se habrá dado cuenta estoy
acostumbrado a ordenar, pero ahora se lo suplico. Por favor, váyase. Usted es joven, está preparada,
puede encontrar acomodo en cualquier lado. Seguramente es soltera, no tiene compromisos, gente
que mantener...
LICENCIADA. Aunque los tuviera, no me haría vieja en un trabajo ni me aferraría a él, como si
en ello me fuera la vida. Buscaría otros derroteros.
LICENCIADO. Búsquelos y no me obligue a hacerlo yo.
LICENCIADA. Tengo una responsabilidad que cumplir en este lugar y lo voy a hacer a costa de
lo que sea. No voy a defraudar la confianza del Director que me ha designado.
LICENCIADO. Usted... se entiende con el nuevo Director, ¿verdad?
LICENCIADA. Claro que me entiendo.
LICENCIADO. No, si yo nunca me equivoco. Sabía que por algo la habían mandado precisamente
aquí.
LICENCIADA. Explíquese.
LICENCIADO. Digo, son amigos, se estiman.
LICENCIADA. Sí. Nos estimamos. Él fue mi maestro en la Universidad. Lo admiro y lo estimo
mucho, muchísimo.
LICENCIADO. Sabe bien que no me refiero a esa clase de estimación. Hay algo entre ustedes,
¿verdad?
LICENCIADA. ¿Algo de qué?
LICENCIADO. No se haga, los he visto. Se nota en la manera en como se hablan, como se miran.
Los vi anoche, cuando entraron al bar.
LICENCIADA. ¿Y si hubiera algo, qué? ¿Le importa?
LICENCIADO. Pues si la quiere ayudar puede hacerlo en otra forma.
LICENCIADA. Yo no necesito esa clase de ayuda. Me basto sola.
LICENCIADO. Ahora que si no hay nada de eso... entonces la trajo aquí para que le solape sus
enjuagues, ¿no?
LICENCIADA. El que va atener que explicar sus sinvergüenzadas es usted. (Le muestra un
documento.) ¿Sabe que es esto?
LICENCIADO. No sé, ni me interesa.
LICENCIADA. Claro que le interesa. ¿Qué va a hacer el lunes que vengan los de Auditoría? ¿De
donde va a sacar a todos estos empleados fantasmas?
LICENCIADO. No sé de qué me está hablando.
LICENCIADA. ¿Cómo le ha hecho para cobrar todos estos años tantas plazas, ¿eh?
LICENCIADO. Usted esta loca. Quiere ponerme un cuatro para que me vaya. Ahora lo veo claro.
Esto es una pirámide y usted no se conforma con estar aquí abajo. Usted es más ambiciosa que yo.
No se conforma con tan poco. Quiere subir y piensa valerse de mí para que la asciendan, para
poder, estando allá arriba, servirse con la cuchara grande ¿verdad? Pero con la vara que mida será
medida.
LICENCIADA. Ojalá que no sea con la vara de mis raterías porque la nueva administración es
honesta. Después de la entrega, espero no verlo jamás en este Departamento.
LICENCIADO. En cambio yo si espero verla...
XII
SR. MANZO. Déjeme a mí. Me encanta usar tu máquina. Y todas tus cosas. (Al Licenciado.)
¿Qué le pongo?
LICENCIADO. Lo que quiera. Que estuvimos aquí hasta las seis...
SR. MANZO. (Escribe y se interrumpe.) ¿Estuvimos va con b grande?
ROSARIO. ¿Para que te ofreces si no sabes? Déjame a mí.
Ella ocupa su lugar. Saca la hoja, coloca otra limpia y escribe. Muestra el papel al Licenciado.
Éste lo regresa con un gesto afirmativo.
Los demás caminan lentamente hacia la puerta y miran hacia adentro, sin entrar.
POLO. La mataron.
ROSARIO. No. No la mataron.
LICENCIADO. Se mató sola.
SR. MANZO. Es cierto. Ella lo hizo.
FLORECITA. Pobrecita.
LICENCIADO. Se mató ella misma con su abrecartas.
Todos quedan de espaldas al público, mirando hacia el interior. Oscurece lentamente y sólo se ve
un haz de luz que sale del privado.
LA NAVAJA
Personajes:
Sala comedor de un departamento pequeño en un viejo edificio de la colonia Roma, con muebles
en mal estado y objetos en desorden. Suena varias veces el timbre en la puerta. Doña Martha,
vistiendo, sale de una habitación y cruza la estancia, lentamente y con temor; trata de ver quién
toca en el pasillo, a través de una ventana y por las hendiduras de la puerta.
Doña Martha trata de poner orden en el lugar. Sus movimientos son aprensivos y denotan temor.
Se abre la puerta y entra Ángel, con una bolsa de papel en la mano. Viste pantalón vaquero, camisa
a cuadros y lleva botas.
Doña Martha hojea las revistas como chiquilla. Ángel la observa sonriente.
DOÑA MARTHA. Mira éste, qué lindo. Te voy a hacer uno igual, vas a ver. ¿Te gusta el cuello
ruso?
ÁNGEL. Me gustan todos los cuellos... (Pausa) ¿Y qué hay de nuevo por acá?
DOÑA MARTHA. Ay, hijo, ¿Yo qué puedo decirte? Encerrada aquí no sé como anda el mundo.
El radio de la consola está descompuesto y la suscripción del periódico que me regalaste, se me
acabó a los seis meses.
ÁNGEL. Ah, y ya me está pidiendo la otra ¿no? (Ella ríe) ¡Y su televisión?
DOÑA MARTHA. Era de Amparito y se la llevó a su nueva casa... (Pausa) ¿Supiste lo de su boda?
ÁNGEL. No, pero me da gusto saberlo. Ojalá que sea feliz.
DOÑA MARTHA. Qué bueno que lo tome así. Y yo creía que te ibas a sentir mal al saberlo.
ÁNGEL. ¿Y con quién se caso?
DOÑA MARTHA. Será mejor que cuando la veas, ella te lo cuente todo.
ÁNGEL. Como usted quiera, Doña Martha. (Pausa) Así que sin radio y sin televisión, usted está
muerta en vida, pues.
DOÑA MARTHA. Bueno, no tanto. A veces me escapo con la vecina de abajo, tu la conoces, mi
amiga, para tejer y ver televisión. Me encantan las series policíacas y las telenovelas. Pero no se lo
digas a mis hijos, ellos piensan que la televisión es... bueno y creo que tienen razón, pero es un
gusto de vieja ¿no?
ÁNGEL. Pues sígase escapando y haga todo aquello que le guste. No importa que la descubran. Y
aunque le den una zurra, ¿Lo bailado quién se lo quita?
DOÑA MARTHA. Tienes razón, Lástima que mi vecina ya no esté aquí. (Le habla en tono
confidencial.) Está muy grave en un hospital. Precisamente es la enferma que iba a ver cuando
llegaste.
ÁNGEL. ¿Qué le pasa? ¿Se intoxicó de televisión?
DOÑA MARTHA. Está inconsciente la pobrecita. Como vive sola alguien entró, yo creo que para
robarla o ve tú a saber para qué, y la dejaron muy malherida, con sus propias agujas de tejer. Por
eso tengo tanto miedo de quedarme aquí, sin nadie que me acompañe. ¿Verdad que corro peligro
estando sola?
ÁNGEL. ¿Usted? Qué va. En cuanto los ladrones entren la vean en esas fachas, salen despavoridos.
DOÑA MARTHA. ¡Ay, hijo cómo eres!
ÁNGEL. (Sacando un estuche de la bolsa.) Esto es para su esposo, se lo da de mi parte, por favor.
DOÑA MARTHA. (Bromeando.) Hablo muchos idiomas, menos el ruso. ¿Es música clásica?
ÁNGEL. Son valses viejos de la época zarista. Con eso de que su hijo siempre se ha sentido de
noble alcurnia, estoy seguro que le van a gustar.
DOÑA MARTHA. (Tomando el otro regalo.) ¡Y esto, qué es?
ÁNGEL. Vamos, ábralo. No le va a pegar por eso.
DOÑA MARTHA. (Desenvuelve el paquete de Amparo.) Es como una lata. Sí, eso es... (La
observa.) Qué letras tan raras y estas bolitas parecen cerezas ¿no?
ÁNGEL. Lo son.
DOÑA MARTHA. ¿Hay cerezas en Rusia?
ÁNGEL. Claro. ¿No ha oído hablar del Jardín de los Cerezos?
DOÑA MARTHA. Sí, creo que sí. ¿No es una canción o una película que hicieron en el Norte?
ÁNGEL. No, qué va. El Jardín de los Cerezos es famosísimo en toda la URSS.
DOÑA MARTHA. ¿Tú lo conociste?
ÁNGEL. Fue lo primero que visité. Es algo increíble. Inmensos valles y colinas cubiertos de
árboles color rosa. De lejos, parecen manchas rosadas sobre el paisaje.
DOÑA MARTHA. ¿Y la gente puede entrar libremente al Jardín?
ÁNGEL. Está ahí para eso, para disfrutarse.
DOÑA MARTHA. (Vivamente interesada.) ¿Hay viejos, también?
ÁNGEL. Los viejos caminan hundiendo sus botones en la tierra húmeda, y cuando hay brisa, de
las frondas de los cerezos se desprenden pétalos de rosa que van cayendo sobre ellos, como si
nevara.
DOÑA MARTHA. ¡Y quién cuida el Jardín?
ÁNGEL. Todos. Cuando llega el tiempo de la cosecha, se reparten el trabajo. Los viejos que no
pueden subir a los árboles, recogen la fruta desde abajo en cestos que llevan a la fábrica de
conservas en medio del bosque, donde otros viejos las preparan, las envasan y les ponen rótulos
como éste, para que otros más viejos, vendan las latas en las tiendas que tiene por todo el país. De
noche, todos cantan y danzan, alrededor de sus recuerdos.
DOÑA MARTHA. (Seriamente.) No me estarás cuenteando?
ÁNGEL. De ese jardín son estas cerezas, precisamente.
DOÑA MARTHA. ¡No me digas! Se ven sabrosísimas..
ÁNGEL. Si gusta, las probamos.
DOÑA MARTHA. No, no seas niño. No debemos comernos el regalo de Amparo.
ÁNGEL. ¡Por qué no? (Le quita la lata.) Hay que hacer lo que a uno le place. Présteme un abrelatas.
DOÑA MARTHA. Pero, Ángel, no seas maleducado. Ya es de ella.
ÁNGEL. Usted traiga con que abrirla, por favor. ¿O quiere que yo entre a su cocina y vea todos
los trastes sucios? (Se encamina hacia la cocina.)
DOÑA MARTHA. No, espera. Yo iré.
ÁNGEL. (Señalando la consola.) ¿Sirve su cosa esa? Voy a poner el disco.
DOÑA MARTHA. No sé si funciones. Hace mucho que nadie la toca. (Se va a la cocina.)
Ángel coloca el disco y se escucha un nostálgico vals. Doña Martha parece en la puerta.
ÁNGEL. ¿Y el abrelatas?
DOÑA MARTHA. No lo encontré y ni siquiera hay cuchillos.
ÁNGEL. Entonces abriremos el regalo de su esposo.
DOÑA MARTHA. Ése sí, ábrelo. No me importa que se enoje. ¿Es un abrelatas?
ÁNGEL. (Dirigiéndose a la bolsa, saca un estuche y actúa como prestidigitador, cantando con
voz de merolico.)
“Lana sube,
lana baja
y un señor
que la trabaja.
No es un libro
Y tiene hojas,
No es cereza,
Pero es roja.
Es tijeras
Y abrelatas,
No es veneno,
Pero mata.
Lana sube,
Lana baja
Y un señor
Que la trabaja.
Lana sube...”
(Abre el estuche y saca una gigantesca navaja roja.) ¡La navaja!
DOÑA MARTHA. (Sorprendida.) La navaja... la navaja de mi esposo.
ÁNGEL. Se equivoca. Ésta es nueva, diferente. Véale el sello. (Doña Martha toma la navaja con
miedo y curiosidad, admirándola.) Sáquele las hojas. Tiene todo: sacacorchos, lima, punzones,
tijeras, desarmador, pinzas y hasta una lupa. (Doña Martha contempla la navaja, embelesada,
sacando lentamente cada una de las partes.) Vamos a abrir la lata. (Pausa. Doña Martha parece
no escuchar.) ¡Doña Martha! ¡Vamos a abrirla!
DOÑA MARTHA. (Distraída.) Sí, sí, claro que sí...
ÁNGEL. (Acercándosele.) Déme la navaja...
DOÑA MARTHA. (Evadiéndolo.) “Lana sube, lana baja, y un señor que la trabaja...” Aquella
noche él tenía esta navaja. Con ella rasgó mi velo y llegó hasta mí. Después, él siguió usándola,
amenazándome con su filo, reprimiendo mis ansias, segando los vestigios de vida... y un día,
aprovechando un descuido, lo despojé de ella, la hice mía y la usé. Así, vino el orden, dentro y
fuera, hasta que alguien la perdió y yo quedé también extraviada, a la deriva, sola... pero aquí está,
de nuevo entre mis manos. Quizá ya he olvidado tocar música con ella...
Ángel la contempla con ternura, tratando de comprenderla. Sube el volumen de la música, que
llena con fuerza el lugar. Ella avanza al centro del escenario, con la navaja en la mano, sintiendo
el placer del vals y llevando el compás con ligeros movimientos. Ángel se le acerca transformado
en un correcto caballero y le tiende la mano.
Ella asiente con una sonrisa. Se abrazan. La navaja ha quedado en la mano de ella colocada en
la espalda de él. Inician el vals, primero lentamente y poco a poco los giros van haciéndose más
rápidos. Parecen olvidarse del lugar, de sus edades y de sus respectivas condiciones. Son
simplemente una pareja valseando al compás de la música mágica y sensual. La puerta se abre
sin que ellos lo perciban.
II
Entra Salvador. Usa barba y lentes; aunque es de la misma edad que Ángel, se observa más viejo.
Mira con odio contenido a la pareja que danza, sin percatarse de su presencia, y se dirige
rápidamente a la consola, y apaga la música. La pareja queda inmóvil, sorprendida. Se separan y
miran a Salvador.
SALVADOR. Comprendo que mi madre pueda encontrar diversión en el futbol. Pero tú, ¿dónde
dejas tus aires de intelectual? ¿O sólo son para la universidad y para las discusiones en el café?
ÁNGEL. El músculo y la razón van cogidos de la mano.
SALVADOR. No, si lo primitivo siempre sale a flote.
ÁNGEL. (Intentando rehuir la discusión, mira hacia a la ventana.) ¿Y a quién le arrojó en la
cabeza la maceta de geranios que tenía en la ventana? De seguro, a algún galán enamorado que le
trajo serenata.
SALVADOR. Amparo se la llevó.
DOÑA MARTHA. Creo que se la regaló a la portera, porque a veces diviso en la azotea unas flores
rojas, muy parecidas a mis geranios.
ÁNGEL. Y usted tan dejada, como siempre. ¿Por qué permitió que se la quitaran?
DOÑA MARTHA. Mis hijos dicen que...
SALVADOR.... No es bueno tener plantas en los departamentos. Producen insectos, plagas,
microbios y son muy peligrosas. De noche, despiden bióxido de carbono y se roban el oxígeno.
ÁNGEL. Exageras, Las plantas pueden controlarse ¿y qué pasó con aquel cactus que le traje del
Desierto de Sonora. ¿A quién se lo regaló Amparo’
DOÑA MARTHA. ¿Tú crees, hijo, que no iba a guardar un regalo tuyo? (Le habla
confidencialmente.) Lo tengo en un lugar muy especial, esperando que en primavera vuelvan a
brotar sus flores amarillas de terciopelo.
SALVADOR. Mamás, déjanos solos. Necesito platicar con Ángel.
DOÑA MARTHA. Si, sí tienes razón, Chavita. Ustedes deben tener muchas cosas que contarse,
después de tanto tiempo que han pasado, sin verse. Ahorita regreso.
SALVADOR. Sí, mamá, pero ya vete. (Doña Martha sale.)
III
SALVADOR. No la aguanto.
ÁNGEL. ¿Por eso ya no vives aquí’
SALVADOR. ¿Te imaginas yo solo con ella’ Es castrante. Me estaba volviendo loco con sus
chantajes sentimentales, con sus mil enfermedades, gimoteando, pidiendo compasión, llorando
siempre, simplemente por que no le hacía caso. Bien se ve que nunca has vivido con una anciana.
¿O sí lo has hecho, verdad?
ÁNGEL. Con mi abuela, unas semanas cuando era niño.
SALVADOR. No te hagas el tonto. Supongo que ahora que regresaste más maduro de Europa así
como para abrirte de capa y ser franco conmigo; tu mejor amigo, según decías.
ÁNGEL. Siempre he sido franco.
SALVADOR. Con esa bandera navegan ustedes los provincianos. (Imitando el acento norteño.)
“Gente simple, sincera y sencilla del norte, ‘í, ‘iñor”. Bah, son más dobles que un doblez.
ÁNGEL. (Sonriendo.) Bueno, pero ¿qué traes? Habla claro. ¿Qué cosa te he ocultado?
SALVADOR. ¿Cosa? Varias cosas.
ÁNGEL. ¿Por ejemplo...?
SALVADOR. ¿Cómo conseguiste la plaza en la universidad?
ÁNGEL. Concursando, como todos
SALVADOR. No, no como todos. Yo concursé, muchos concursamos y no la obtuvimos.
ÁNGEL. Alguien tenía que ganar.
SALVADOR. Tú, precisamente.
ÁNGEL. Pero si hasta me felicitaste y me invitaste una copa para celebrar...
SALVADOR. Bueno, tengo educación.
ÁNGEL. ¿Hice trampa, entonces...?
SALVADOR. Obraste con alevosía.
ÁNGEL. ¿Por qué ¿ Si todo fue legal.
SALVADOR. Tú usaste medios extralegales...
ÁNGEL. ¿Cuál fuel mi delito, pues?
SALVADOR. ¿Qué hiciste el fin de semana anterior al concurso?
ÁNGEL. Lo mismo que los demás. Prepararme.
SALVADOR. ¿Dónde?
ÁNGEL. En la casa de huéspedes donde vivía.
SALVADOR. Mientes. Fui a buscarte porque quería que me prestaras unos libros y estudiáramos
juntos, y vi cuando salías.
ÁNGEL. Y me seguiste.
SALVADOR. Fue sin querer. Estuviste desde la noche del viernes, hasta la mañana del lunes en la
casa de la maestra Arnaiz.
ÁNGEL. ¿Y eso, qué tiene de malo?
SALVADOR. De malo nada. De asco mucho. Podría ser tu bisabuela, ¿no’ ¿No la acaban de
festejar por sus ochenta primaveras?
ÁNGEL. Óyeme, óyeme. No estarás creyendo que yo...
SALVADOR. Durante tu viaje, até muchos cabos relacionados con tu buena suerte en todo.
ÁNGEL. ¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles?
SALVADOR. Olvídalo, si no, vamos a salir mal.
ÁNGEL. Ya empezaste, ahora termina. Para la beca de la URRS, ¿ a qué anciana me llevé a la
cama, eh?
SALVADOR. Lo saben todos en el Instituto.
ÁNGEL. Qué imaginación tienes, Chavita.
SALVADOR. Ni tan buena. Me equivoqué cuando pensé que de Europa regresarías menos
mojigato y reconocerías tus métodos.
ÁNGEL. ¿Con quién me acosté...? ¿Con Povlich, el del Instituto, con el Director de Becas, con el
tipo de Relaciones Exteriores o con la maestra de ruso?
SALVADOR. Con los cuatro.
ÁNGEL. Tú estás loco...
SALVADOR. Si te sientes mal, podemos cambiar de tema.
ÁNGEL. Mejor me voy, antes de que esto termine en pleito. ¿Podrías prestarme la película que
hicimos, para sacar una copia?
SALVADOR. ¿Y eso, para qué?
ÁNGEL. Nunca la vi terminada y me gustaría presentarla en algún festival. En Europa hay muchos.
A lo mejor hasta gana un premio.
SALVADOR. Seguramente. Allá les debe de interesar mucho los símbolos fálicos.
ÁNGEL. ¿Estás hablando de la navaja?
SALVADOR. ¿De qué otra cosa? Es lo único que hemos hecho juntos.
ÁNGEL. Pero esa película no trata de eso.
SALVADOR. ¿Qué no...? Un amigo mío, que es psicoanalista, me hizo ver que toda la película es
un monumento al pene.
ÁNGEL. Pero si casi es una película para niños.
SALVADOR. Para niños muy precoces.
ÁNGEL. Qué mente la de tu amigo...
SALVADOR. O la del autor del guión, diría yo.
ÁNGEL. Ahora sí me sacaste de onda. ¿En qué parte de la película están esos símbolos?
SALVADOR. De principio a fin. Desde que en la primera escena aparece aquel niño caminando
en la montaña.
ÁNGEL. ¿Qué no iba vestido?
SALVADOR. Pero llevaba colgando una navaja bastante significativa. Y después, aquellos otros
niños sacando punta a sus lápices con una navaja; y los otros, haciendo horquetas de madera, con
una navaja; y los adolescentes, pelando naranjas con navajas; y las mujeres del pueblo, cortando
cebollas y papas, y descuartizando pollos con navajas; y los rancheros, cortando reatas y destazando
víboras con navajas; y hasta el enterrador de la comarca, marcando las letras de las cruces con una
navaja. Y todos llevando en el cinto colgada su navaja, meneándola como falo, de un lado para el
otro.
ÁNGEL. Ay, Chavita, yo creo que andas mal. En fin... ¿Me puedes prestar la película para
masturbarme un rato?
SALVADOR. Yo no la tengo. El que la editó, mandó sacar unas copias y se la extraviaron en el
laboratorio.
ÁNGEL. Lástima. ¡Qué pérdida para la ciencia y artes cinematográficas!
SALVADOR. Supongo que allá harías muchas.
ÁNGEL. Solo algunos ejercicios para pasar exámenes.
SALVADOR. Con ese talento que tienes para escribir, si te dedicaras a hacer guiones
pornográficos, te harías rico. Sobre todo en Europa.
ÁNGEL. Sobre todo aquí, diría yo. Con tantos reprimidos.
SALVADOR. ¿Y qué tal los bares de ambiente?
ÁNGEL. Supongo que con mucho ambiente.
SALVADOR. No te hagas pendejo.
ÁNGEL. ¿Qué quieres que te responda?
SALVADOR. No me digas que no sabes lo que son los bares de ambiente.
ÁNGEL. Los que tiene mucho ambiente, ¿no?
SALVADOR. Creo que tú y yo no podemos seguir hablando.
ÁNGEL. Lo mismo digo.
SALVADOR. pensé que ya te habrías asumido...
ÁNGEL. ¿En qué y por qué?
IV
AMPARO. ¡Vaya, vaya...! Ésta sí que es una sorpresa. ¡Qué gusto verte, Ángel! (Ángel y Amparo
se abrazan y se besan.) Pero, siéntate, por favor, tenemos mucho de qué hablar... (A Salvador.) ¿Y
mamá?
SALVADOR. Está en su recámara
AMPARO. ¿Ya le dijiste...?
SALVADOR. No. Quise primeramente atender a la visita.
AMPARO. (Ángel, bromeando.) Estaba preciosa la postal que me mandaste.
ÁNGEL. (Siguiendo la broma.) También la invitación para tu boda. Elegantísima.
AMPARO. ¿Y a dónde te la iba a mandar? ¿A domicilio conocido o a la lista de correos?
ÁNGEL. ¿Qué tal tu matrimonio...?
AMPARO. Feliz. Deberías de casarte, para que supieras de eso.
ÁNGEL. Ya lo sé.
AMPARO. ¿De veras? No lo creo.
ÁNGEL. Por lo visto, estás muy enamorada de tu esposo.
AMPARO. Muchísimo. Es un hombre increíble y está progresando tanto, como no tienes idea. Ya
hasta lo invitaron a entrar a un grupo muy importante, de ésos de constructores, creo que se llama
ICA; pero él no se ha decidido porque quiere irse primero al extranjero, a estudiar un posgrado.
ÁNGEL. Qué bien. ¿Y para cuándo se irá?
AMPARO. Bueno, todavía no se ha formalizado nada, porque queremos que la niña crezca un poco
más... ¿Sabías que ya tengo una hija?
ÁNGEL. Es la primera noticia... ¿Y a quién se parece?
AMPARO. A mí, aunque la pobre nació morenita.
ÁNGEL. ¿Y tú sigues estudiando?
AMPARO. Pienso continuar, pero será después. Ahora quiero disfrutar mi matrimonio.
ÁNGEL. Entonces, ¿no seguiste dando clases de inglés?
AMPARO. Todavía, pero ya es mi último año, porque mi esposo ya no quiere. Aunque a mí me da
pena perder tantos años de antigüedad en la Secretaría, debo de atender la casa.
ÁNGEL. ¿Y cómo te trata tu esposo?
AMPARO. Divinamente, como cuando éramos novios. Cuando empezó a visitarme, hablábamos
tanto de ti, que hasta se puso celoso, ¿verdad, Salvador? Y mi mamá, con su canción de siempre,
diciendo que tú deberías haber sido su hijo.
ÁNGEL. Qué bueno que no fue así. Me hubiera parecido a Salvador.
Entra Doña Martha, que parece que ha estado esperando la oportunidad para intervenir.
DOÑA MARTHA. Amparito, qué bueno que llegaste... Angelito tenía muchos deseos de verte
¿verdad, Angelito?
AMPARO. Déjate de diminutivos, mamá. Sabes que me molesta que los uses.
DOÑA MARTHA. Perdóname, hijita, lo hago sin querer. Por el cariño que les tengo y por que los
veo todavía como si fueran pequeños. Bueno, pero están muy serios todos. Angelito, cuéntales de
tu viaje y enséñales lo que les trajiste. (Pausa. Todos permanecen en actitud de reserva.) Angelito
se va hoy a su tierra.
AMPARO. ¿Y cuándo regresarás a México?
ÁNGEL. No sé todavía. Probablemente sólo venga de paso porque creo que volveré a Moscú.
DOÑA MARTHA. Ay, hijo. Por lo que veo, no me hiciste caso. ¿No te habrás hecho comunista?
ÁNGEL. (Bromeando.) Sí, doña Martha, me he hecho comunista.
DOÑA MARTHA. Y yo pensé que regresabas igual...
ÁNGEL. Así es. Sólo un poco más pensante.
AMPARO. Ángel siempre ha sido de ideas rojas.
SALVADOR. Como las manzanas. Rojo por fuera y blanco por dentro.
DOÑA MARTHA. Pero por qué, hijo, si tanto te lo recomendé, que no te dejaras influenciar.
ÁNGEL. Le digo que soy el mismo. Sólo con un compromiso y una actitud distinta.
DOÑA MARTHA. No pensarás quedarte en Rusia, para siempre...
ÁNGEL. Un tiempo, nada más. Me ofrecen estudio y trabajo por dos años, pero antes quise venir
a comentarlo con mi gente.
DOÑA MARTHA. ¿No te irán a entrenar para agente del Kremlin?
SALVADOR. No digas estupideces, mamá.
DOÑA MARTHA. Ojalá te vaya bien. Tú siempre has sido un buen hijo, aunque estés ausente. Me
saludas a tus papás.
ÁNGEL. Con mucho gusto.
DOÑA MARTHA. Amparito, ¿ya le contaste a Angelito las razones que tuviste para casarte?
AMPARO. No digas tonterías, mamá.
DOÑA MARTHA. (A Ángel.) Ojalá no te haya afectado mucho.
ÁNGEL. ¿Afectarme?
DOÑA MARTHA. Ella pensaba decírtelo antes de que te fueras, pero no se atrevió, y como tú ni
siquiera le escribiste. ¿Verdad, Amparito?
ÁNGEL. Quise escribirles, pero las clases y...
DOÑA MARTHA. (Señalando una repisa.) Mira, aquí hay fotografías de la boda. (Suspira y se
las muestra.) Y pesar que ya hasta nació mi nieta.
ÁNGEL. (Observando las fotografías.) ¿Y usted dónde andaba que no se ve por ningún lado?
SALVADOR. Se enfermó y no pudo ir.
ÁNGEL. ¿Es cierto, Doña Martha?
DOÑA MARTHA. Tú sabes, mis achaques de siempre... Y Salvador dijo que mejor me quedara
en cama. Me hubiera gustado tanto verla en la iglesia y el brindis...
ÁNGEL. Lo importante es que ella sea feliz, no que la hayamos visto usted y yo el día de la boda.
SALVADOR. Ya cállense. Qué cursis son.
DOÑA MARTHA. Qué bueno que lo pienses así. Todos creíamos que estarías un poco resentido.
AMPARO. Pero mamá...
ÁNGEL. ¿Por qué, señora?
DOÑA MARTHA. Mira hijo, aunque no hayan formalizado su compromiso, todos sabíamos lo
que había entre ustedes.
ÁNGEL. Cariño de amigos, nada más.
AMPARO. Claro, solamente eso.
DOÑA MARTHA. Qué bien que lo tomes de esa manera.
ÁNGEL. (Observando una fotografía.) Creo que yo conozco al novio, bueno, al esposo. ¿No se
llama Laureano?
AMPARO. Claro que lo conoces.
DOÑA MARTHA. Amparito nos contó el incidente que hubo cuando te lo presentó en un café de
la Zona Rosa.
ÁNGEL. ¿Incidente?
DOÑA MARTHA. ¿Cómo es que ya lo has olvidado?
SALVADOR. Ahora resulta que hasta amnesia te dio en el extranjero.
ÁNGEL. En realidad no recuerdo ningún incidente. Yo la estaba esperando, porque le iba a enseñar
un cuento que había escrito esos días; llegó con él, lo presentó como un amigo, tomamos café y
eso fue todo.
DOÑA MARTHA. Debe de haber sido muy duro para ti el desengaño.
ÁNGEL. Creo que me están confundiendo.
AMPARO. Ya olvídense de eso, por favor.
DOÑA MARTHA. De todos modos, a mí me gustabas más como yerno. En fin... él es una buena
persona, un arquitecto, de pura raza indígena como tú.
ÁNGEL. (Sonriendo divertido.) ¿Y quién le dijo que yo tenía ese origen?
DOÑA MARTHA. No me salgas con que ahora eres ruso.
SALVADOR. ¿No naciste en Chihuahua?
ÁNGEL. Bueno, no importa que me consideren tarahumara, al cabo que no es cierto.
DOÑA MARTHA. Hijo, nunca se debe renegar de su propia raza.
ÁNGEL. ¿Cuándo ha visto un tarhuamara con pecas?
DOÑA MARTHA. Entonces, ¿por qué mis hijos te decían el indio?
ÁNGEL. ¿Ah, sí? Hasta ahora me entero del sobrenombre.
DOÑA MARTHA. Seguramente por cariño, te nombraban así.
AMPARO. Sí, claro, por cariño, precisamente.
DOÑA MARTHA. Bueno, bueno... En fin, eso ya pasó. Estamos aquí todos juntos, otra vez, como
hace tanto tiempo, ¿recuerdan? Ay, Amparito, hubieras traído a Laureano y a la niña, para que la
conociéramos Ángel y yo.
ÁNGEL. Pero, ¿usted todavía no ha visto a su nieta?
DOÑA MARTHA. No vayas a pensar que ha sido por falta de interés. Lo que pasa es que
Amparito...
AMPARO. Mamá, ¿no tienes nada que hacer allá adentro? Déjanos solos.
DOÑA MARTHA. Sería una descortesía para Angelito. Él siempre tan atento y ya lo dejé solo un
rato. Además, me encanta ver reunidos a mis niños con sus amiguitos. Tengo que estar presente
para que no se peleen.
SALVADOR. Mamá, ¿por qué no le ofreces un café a Ángel?
DOÑA MARTHA. (Levantándose.) Claro que sí, pero mejor un té con crema, le gusta más,
¿verdad, hijo?
ÁNGEL. Claro, señora, usted siempre recuerda mis gustos.
SALVADOR. (Mirando la ropa de Ángel.) Vestido así, parece que vienes de arrear ganado en tu
rancho, no de Europa.
AMPARO. Se ve muy varonil y bastante guapo.
ÁNGEL. Me visto así para sentirme como en casa.
SALVADOR. No, si la cabra siempre tira al monte.
ÁNGEL. La cabra sí, pero los cabrones siempre se quedan en la ciudad.
AMPARO. Oye, qué boquita.
Doña Martha regresa y coloca en la mesa de centro, frente a Ángel, un platito de cristal para la
gelatina, una servilleta y una cuchara. Vuelve después con una caja de gelatina en polvo, todavía
sin abrir, que coloca a un lado del plato.
DOÑA MARTHA. Sírvete con confianza hijo.
Doña Martha sonría cariñosamente a Ángel, en tanto que los demás observan fijamente la caja de
gelatina. Pausa.
VI
VII
Amparo sale de la recámara y la encierra con llave. Trae sábanas dobladas, una maleta y una
maceta pequeña.
Amparo empieza a reunir los muebles en el centro y a colocar sábanas sobre ellos. Ángel
permanece en un rincón, observándola sin prestarle ayuda.
Entra Salvador.
VIII
Tocan la puerta de la recamara y desde su interior se escuchan los gritos de Doña Martha.
Doña Martha sigue gritando cada vez más fuerte y su llanto se vuelve histérico.
DOÑA MARTHA. ¡Por piedad, sáquenme de aquí...Amparo, hijita... déjame salir...! ¡Tengo
miedo... por lo que más quieran, sáquenme... abran... tengo miedo...!
ÁNGEL. No pueden ser tan desgraciados.
SALVADOR. Tampoco, ¿eh? No vas a venir a insultarnos a nuestra propia casa.
ÁNGEL. Su casa... El departamento es de ella. Por eso quieren echarla... ¿A cómo lo están
vendiendo. Eh?
AMPARO. Vete, Ángel
ÁNGEL. Primero, ábrele. Si no lo haces, voy a tirar la puerta.
SALVADOR. ¡Atrévete, gañan! Como si estuvieras en tu rancho.
ÁNGEL. Dame la llave, Amparo.
Amparo retrocede.
AMPARO. No.
ÁNGEL. ¡Que me des la llave!
SALVADOR. ¡No se la des!
ÁNGEL. ¿La odias mucho, Amparo?
AMPARO. ¡A ti, que te importa!
ÁNGEL. ¡Qué asco me dan, cuervitos...!
AMPARO. Más asco nos das tú, chichifo...
ÁNGEL. (Sonriendo.) ¿Cómo dices...?
AMPARO. Eso. ¡Chichifo...! ¡Sólo eres eso! ¡Chichifo! ¡Chichifo! ¡Por eso no te gustan las
mujeres...!
ÁNGEL. Abre la puerta o dame las llaves.
AMPARO. ¿Qué te has creído? ¡Imbécil!
ÁNGEL. Ahora verán. (Se encamina hacia la recámara.)
SALVADOR. ¡Detente, cabrón! (Intenta jalarlo de un brazo.)
ÁNGEL. ¡Suéltame!
SALVADOR. ¡Lárgate de aquí!
Los gritos de Doña Martha y los golpes de la puerta se confunden con los gritos de los tres.
DOÑA MARTHA. ¡Abran... por caridad... tengo miedo... hijos... Amparo... sácame... por dios...
Salvador... me muero... abran...!
Ángel y Salvador luchan. Ángel golpea a Salvador varias veces hasta que lo derriban.
Amparo intenta salir, Ángel la detiene, le quita las llaves y se dirige a la recámara. Abre la puerta
y aparece Doña Martha con cara demudada, el pelo en desorden y el camisón en jirones. Llora y
se queja como un animal herido. Los mira sin reconocerlos e intenta salir a la calle.
Amparo se coloca en la puerta, impidiendo la salida. Doña Martha sigue llorando y quejándose.
Se refugia en un rincón. Ángel se le acerca, la abraza y permanece a su lado calmándola.
Ángel arrastra a Salvador hacia la cocina. Salvador se resiste, pero Ángel de un golpe lo introduce
y cierra la puerta. Se acerca Amparo y le quita las llaves. La toma violentamente de un brazo y a
empujones la lleva ala recámara. Cierra con llave las puertas de la cocina y la recámara. Va hasta
donde se encuentra Doña Martha, la braza y ambos se sientan en un rincón. Ella sigue llorando.
Él empieza a arrullarla como a un niño, cantándole quedamente: “Lana sube, lana baja y un señor
que la trabaja, no es un libro y tiene hojas, no es cereza, pero es roja... es tijeras y abrelatas, no es
veneno, pero mata... lana sube, lana baja y un señor que la trabaja...” Ella va recobrándose.
IX
ÁNGEL. Aquí tiene sus llaves. Abra o cierre las puertas cuando le venga en gana. Espero que no
las vuelva a extraviar.
DOÑA MARTHA. Las guardaré junto al cactus.
ÁNGEL. (Saca de la bolsa la navaja.) ¿Qué hacemos con esto? ¿Se la mando a su esposo?
DOÑA MARTHA. Dámela. Me quedaré con ella.
ÁNGEL. Espero sepa usarla.
DOÑA MARTHA. Aprenderé.
ÁNGEL. (La besa en la boca, con pasión.) Adiós.
DOÑA MARTHA. Si ves a mi esposo, dile que mis hijos se van a quedar conmigo.
Ángel sale.
Doña Martha cierra la puerta de la calle con llave. Va a la consola y pone el disco. Se escucha el
vals ruso. Contempla la navaja y saca la hoja más grande. En actitud firme, empuñando la navaja
se encamina hacia la cocina. Abre la puerta. Aparece Salvador y avanza hacia la sala. Doña
Martha sorpresivamente lo recibe a navajazos. Salvador cae mortalmente herido. Doña Martha lo
arrastra hasta el comedor. Quita las sabanas y lo sienta ante la mesa. Va hacia la recámara y abre
la puerta. Aparece Amparo y Doña Martha repite la acción. Arrastra a Amparo hasta la mesa y la
sienta frente a Salvador. Toma la lata de cerezas, se sienta en la cabecera y con la navaja empieza
a abrir la lata. El vals llega a su fin.
DOÑA MARTHA. Ya verán qué sabrosas cerezas nos trajo Ángel. Vamos a disfrutar sus regalos...
En la consola se escucha la música de otros vals ruso, diferente al anterior, qué in crescendo, llena
el escenario.
LA DAGA
Personajes:
Interior de una pequeña carnicería. Una gruesa cortina de acero ocupa el lugar de la pared del
lado izquierdo, al subirse, sirve de acceso ala carnicería. En la pared del fondo cuelga una tabla
con un letrero en el que se lee Carnicería La Daga y en cuyo centro se encuentra encajada una
daga antigua y exótica. Al fondo, al a izquierda, se ve un enorme refrigerador que tiene en la parte
superior un televisor. Al fondo, a la derecha, se observa una puerta cubierta con una cortina de
plástico, que conduce a una habitación interior, la cual es utilizada como bodega, baño y
recámara. En la pared del lado derecho se encuentra un afilador, una guitarra, un radio sobre un
estante, un lavabo con espejo y un teléfono. Al centro del lugar, se ve un mostrador con cubierta
de madera. Sobre él, una báscula, una caja registradora, una sierra e implementos propios de las
carnicerías. La parte inferior de las paredes están cubiertas con mosaicos blancos. El piso se
encuentra lleno de aserrín. Distribuidas en el lugar se encuentran una mesa y varias sillas, de las
que obsequian las compañías cerveceras. Sobre la puerta de acceso a la habitación interior, se ve
una imagen de San Martín Caballero con una veladora encendida, que es la única luz que ilumina
el lugar. El establecimiento se encuentra cerrado al público. Es la mitad de la mañana de un día
domingo.
I
La luz de la veladora apenas ilumina un rincón. El lugar permanece casi en la oscuridad. El
teléfono suena varias veces. De la habitación interior sale Román Castillo, somnoliento y vestido
únicamente con una trusa. Las facciones de su cara son fuertes y marcadas. Su cuerpo es atlético,
con músculos demasiado prominentes, como los producidos por levantamiento de pesas. Se acerca
al teléfono y lo descuelga.
ROMÁN. ¿Bueno...? ¡Cabrón...! Me despertaste. ¿Qué no tienen otra cosa que hacer?... Bien mal...
¿Qué le pusiste a la jarra? Me pegó como tubo... Ni me la mientes, nomás de acordarme se me
revuelve el estómago... pinche pelea, estaba arreglada... No, no voy a poder... Porque no, no me da
la gana... oh, yo sabré... Voy a ver la repetición de la gimnasia en la tele, la van a pasar más tarde...
Olvídalo, está bien lejos del estadio y así como ando... Invítame cuando tengas carro... Ni madres...
El metro es para los pobres... No. Te digo que no. Lo puedo ver en la tele... Aquí en el changarro...
Me la voy a curar y me vuelvo a acostar... No puedo, de veras... Ni vengan, que no voy a estar... A
lo mejor voy a ver una movida... o de perdida a mis arañas... No lo he visto... Yo creo que ya se
levantó y se fue. Ya vas... Que se diviertan... ¡Oye...! ¡Llámame...! ¡Que-ya mamé...! ¿Tú también?
¡Te lo la-va-lle-nas con sosa cáustica! ¡La tuya, cabrón...! (Cuelga el teléfono. Enciende la luz y se
dirige al interior. Al pasar cerca del mostrador, se asoma debajo y lanza un puntapié.) ¡Órale,
pinche mudo! ¡Levántate...! ¡No seas huevón!
Entra a la habitación interior. Detrás del mostrador aparece el Mudo, un joven mal vestido, de
aspecto repulsivo, desaliñado y sucio, que camina en forma grotesca. Román sale del interior con
un par de pesas y empieza a hacer ejercicio al centro del lugar, apoyándose en sillas.
ROMÁN. ¡Ándale, cabrón! ¿Qué no vas a hacer la talacha? Mira cómo dejaste todo desde ayer.
¿Qué hiciste, eh? ¿Estuviste jalándole al gallo? (El Mudo se dirige a un rincón y saca varios
objetos para hacer la limpieza.) Primero abre la cortina para que se ventile. (El Mudo sube un poco
la cortina de acero.) Cuando comas zopilote, quítale las plumas... (El Mudo barre el aserrín. Román
hace ejercicios, contando en voz alta.) ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez,
once, doce, trece, catorce...! (Pausa.) Ahorita vas con doña Lencha, a ver si no ha levantado el
puesto. Le dices que me mande un menudo bien picoso. Pero vuelves pronto, para que sigas
arreglando este chiquero. (Al acostarse sobre el piso, Román observa techo.) Ya ni la haces, Mudo,
mira cómo tienes el techo, todo lleno de telarañas. No desquitas ni la dormida aquí... Ahora de
castigo vas a limpiar también los mosaicos de las paredes. (Pausa y cambio de ejercicio.) ¡Quince,
dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro...!
(Pausa.) y mira el anuncio, ya no se sabe ni lo que dice. Está tan sucio como las nalgas de tu
abuelita. Vas a tener que subirte a limpiarlo. Y cuidado con la daga. Ya está negra con tanta
cochinada. La bajas, la limpias con limón y la vuelves a poner en su lugar. (Pausa y cambio de
ejercicio.) ¡Veinticinco, veintiséis, veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta
y dos, treinta y tres...! (Pausa.) Pinche Mudo no tienes iniciativa; si uno no te lo dice, a ti no se te
ocurre nada ¿A qué hora llegaste anoche, cabrón? De seguro te fuiste con las putas, ¿verdad? A ver
si un día no me pegas tus ladillas voladoras. Cuídate, pinche Mudo. Fíjate dónde y con quién te
metes. (Pausa y cambio de ejercicio.) Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis , treinta y siete,
treinta y ocho , treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno, ¡Tu número, Mudo! Cuarenta y dos,
cuarenta y tres, cuarenta y cuatro...! (Pausa.) ¿A qué hora cerraste ayer? De seguro en cuanto me
fui ¿verdad? Nomás estás esperando a que yo me descuide para huevonear. (El Mudo abre el
refrigerador para que Román vea que quedó poca carne.) No te hagas, no te hagas... Yo la vendí
toda antes de irme. (Pausa y cambio de ejercicio.) ¡Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y
siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta, cincuenta y uno , cincuenta y dos, cincuenta y
tres, cincuenta y cuatro...! (Pausa.) ¿Fuiste a los baños? (El Mudo niega.) Te dije que te metieras
en lejía. A mí me gusta la gente aseada. ¿No te digo? Uno que quiere hacerte gente decente y tú
que no te dejas. Siendo así, ¿cómo quieres parecerte a mí? (El Mudo sonríe.) ¿De qué te ríes cabrón?
¡Apúrale, no seas huevón! (El Mudo junta el aserrín en un rincón y empieza a limpiar los mosaicos.
Pausa y cambio de ejercicio) ¡Cincuenta y cinco, cincuenta y seis, cincuenta y siete cincuenta y
ocho, cincuenta y nueve, sesenta, sesenta y uno, sesenta y dos, sesenta y tres, sesenta y cuatro,
sesenta y cinco, sesenta y seis... ¡ (se detiene, cansado.) Tengo que llegar a sesenta y nueve, si no,
nunca lo voy a poder hacer en la cama... (Reanuda el ejercicio con gran esfuerzo.) ¡Sesenta y siete,
sesenta y ocho, sesenta y nueve...! ¡Puf! ¡Qué chinga...! (Pausa.) Pero, ¿que esperas, cabrón? ¿No
te dije que fueras por el menudo? Vete pronto y de paso te traes unas caguamas...
El Mudo va a la caja, la abre y saca dinero; sale y deja la cortina hasta la mitad. Román enciende
el radio, va al lavabo y empieza a rasurarse. En el radio se escucha música ranchera.
III
Una mujer se asoma por debajo de la cortina de acero y se introduce. Es Chela, una mujer morena,
de aspecto común, de grandes caderas y pechos, pintada exageradamente y con el cabello teñido
de color rubio. Román la ve, le vuelve la espalda indiferente y sigue rasurándose. Ella apaga el
radio.
Ella la esconde.
Se pierden detrás de la cortina. Desde dentro se escuchan las protestas de ella y las risas de él.
Sus voces se dejan de oír, poco a poco...
III
Entra el Mudo. Deja sobre el mostrador varias botellas de cerveza y un recipiente con menudo. Al
oír las voces del interior se acerca con cuidado y se oculta tras la cortina, mirando sigilosamente
hacia adentro. Después de un momento, en que El Mudo parece disfrutar lo que ocurre en el
interior, se separa de la puerta con rapidez y se dirige a los objetos de la limpieza.
ROMÁN. (Desde dentro.) ¡Pinche Mudo...! ¡Cuándo irás a entender! ¡Siempre fisgoneando!
(Román aparece en la puerta. El Mudo empieza a limpiar los mosaicos.) ¿Por qué no avisas que
ya llegaste? ¡Un día te voy a partir la madre, por andar de mirón! (Mira las botellas.) ¡No seas
idiota, esas botellas se van a calentar! Mételas al refrigerador. (El Mudo obedece.) ¿Qué esperas
para abrirme una! (El Mudo abre una botella y le sirve en un vaso.) Pero ponle limón y sal, mudito
pendejo. (El Mudo hace lo que le indican. Del interior sale Chela. Román se sienta en la mesa a
comer el menudo. El Mudo ofrece a Chela un vaso de cerveza, que ella rechaza despectivamente.)
¡Qué mudo tan caballeroso! Pero no aprendes, animal. A las mujeres hay que darles sólo lo que
pidan, y eso, después de que rueguen un rato. (Chela se arregla el cabello ante el espejo. El Mudo
sube a limpiar el anuncio y baja la daga con temor.) Sin miedo, no seas joto. (Se la quita.) Mira,
así se agarra esto. (La empuña y encaja varias veces en el mostrador. Luego la lanza hacia el
tablero del anuncio, encajándola.) ¿Te fijaste? Bájala y límpiala como te dije. (El Mudo la baja,
la toma en la forma que lo hizo Román y la encaja varias veces sobre el mostrador. Luego la lanza
hacia el tablero. La daga cae al suelo. Román ríe.) No te desesperes. Con el tiempo puede que seas
como yo...
El Mudo toma la daga con más confianza y la limpia con un trapo y limón con vigor. Se muestra
muy interesado en la tarea. Cuando termina, la daga queda reluciente. El Mudo se la muestra a
Chela.
CHELA. (Tratando de ser amable.) Quedó muy bien. (Toma la daga.) ¿Me la regalas? (El Mudo
mira a ROMÁN.)
ROMÁN. Te la dará, cuando sea de él.
CHELA. Dámela tú.
ROMÁN. Nunca. (Se la quita.)Es un recuerdo. (Entrega la daga al Mudo.) Sácale filo; pero con
cuidado, no la vayas a amellar. (El Mudo coloca la daga en el afilador y con fascinación realiza
su tarea.)
CHELA. Ya me voy. ¿No me acompañas a la casa?
ROMÁN. No puedo.
CHELA. Si quieres ve más tarde a comer. ¿Qué te gustaría que preparar?
ROMÁN. No te molestes. Aquí nos vamos a quedar, tenemos que limpiar todo esto.
CHELA. ¿Quieren que les ayude?
ROMÁN. Nosotros podemos solos.
CHELA. Si quieren, les traigo de comer.
ROMÁN. ¿Tú quieres Mudo?
IV
Ambos ríen de la frase, como sí recordaran una anécdota vivida anteriormente por los dos. Román
sirve dos vasos llenos y le ofrece un o a René.
ROMÁN.¡Salud...!
RENÉ. ¡Por el encuentro...! (Ambos beben.)
ROMÁN. Ah, cómo tenía ganas de verte.
RENÉ. Yo también.
ROMÁN. ¿Y entonces...? ¿Por qué no habías venido...?
RENÉ. Como pasé mucho tiempo afuera, al regresar tuve algunos pendientes que arreglar.
ROMÁN. Lo bueno es que ya estás aquí.
RENÉ. Probablemente me vaya pronto, otra vez.
ROMÁN. ¡N’hombre...! ¿Y eso, por qué?
RENÉ. Hay un campeonato en Rusia y creo que voy a ir con la Delegación mexicana. Todo
depende de que el Comité resuelva si vamos a participar.
ROMÁN. ¡Qué gacho te robaron en Japón! No s dio mucho coraje. Aquí, en todos los periódicos
salieron protestas, lo mismo en la televisión y en el radio. ¿Por qué te dejaste?
RENÉ. Protesté, y al principio parecía que se me iba a hacer justicia, pero al final decidieron dársela
al otro.
ROMÁN. Bueno, de todos modos para la gente de acá, para todos nosotros, o cuando menos para
mí, tú eres el único campeón.
RENÉ. Se te agradece, aunque la verdad es que yo no hice todo lo que debía.
ROMÁN. Estuviste muy bien, hiciste hasta lo imposible.
RENÉ. ¿Qué no se notó que estuve a punto de caerme?
ROMÁN. Nadie se dio cuenta de eso. Además, tú llevabas la puntuación más alta. Qué mala suerte
que te hayan hecho ruido cuando subiste a las pasarelas. Fue chapuza, mano. Así son los japoneses.
Estoy seguro que entre el público había porras pagadas en tu contra.
RENÉ. Yo tuve mucha culpa. Me faltó concentración.
ROMÁN. ¿A poco, cuando competiste, ya sabías lo de tu hermana?
RENÉ. Me lo dijeron la noche anterior.
ROMÁN. Entonces era natural que no anduvieras del todo bien. ¿Por qué no te regresaste?
RENÉ. No me lo permitieron. Además, ¿qué ganaba con eso? Hubiera llegado después del funeral.
Mejor así. La recordaré siempre, tal y como la vi cuando me fue a despedir al aeropuerto.
ROMÁN. ¿Ya te dijeron cómo estuvo todo?
RENÉ. Más o menos, aunque sin detalles. Espero que tú me lo cuentes todo.
ROMÁN. ¿Yo...?
RENÉ. Sí. Tú. Tú debes saber quién fue el que la embarazó.
ROMÁN. De eso yo no sé nada.
RENÉ. En esta colonia, todo se sabe...
ROMÁN. No siempre.
RENÉ. Así le va a ir al hijo de la chingada cuando lo encuentre... Lo mismo a quien le hizo el
aborto. Yo los descubriré.
ROMÁN. Va a estar difícil, mano.
RENÉ. Para mí no hay nada difícil.
ROMÁN. No, claro que no. Si hubiera, no estarías donde estás ni serías quien eres. Pero esto es
otra cosa. Ni la policía pudo saber nada.
RENÉ. Porque no era su hermana y no quisieron investigar.
ROMÁN. ¿Y qué piensas hacer?
RENÉ. Empezar por el mercado. Me dijeron que había estado aquí, buscando yerbas y que una
señora que vende menudo tuvo algo que ver.
ROMÁN. Debe de ser doña Lencha, pero ella no sabe nada. A mí me contó que un día tu hermana
le había preguntado si sabía de alguien que pudiera ayudarla, pero que como ella la vio tan chica,
no quiso comprometerse y no le dijo nada.
RENÉ. Sea quien sea, me las va a pagar. Y espero que tú me ayudes. Tú conoces mejor a la gente
de aquí.
ROMÁN. Claro que sí, cómo no. Para eso somos amigos ¿no?
RENÉ. ¿Amigos, nada más?
ROMÁN. Bueno, casi hermanos. ¡Salud! (Beben.) ¿Te sirvo otra?
RENÉ. No quisiera, debo cuidarme...
ROMÁN. ¿Me desairas...?
RENÉ. Qué más quisiera, pero... ¡Ya vas!
El Mudo toca una extraña y breve melodía. Al interpretarla cambia completamente su aspecto.
Parece un romántico juglar de otra época. La expresión de su cara se torna dulce y melancólica.
Al terminar, queda con un gesto de tristeza.
El Mudo asiente.
ROMÁN. (Furioso.) ¡Pinche mudo! ¡Cómo serás malagradecido! Pareces perro de indio. En cuanto
ves un caballo ensillado te cuelgas, hasta del estribo... Vas a ver, cabrón, cómo te voy a
tratar de aquí en adelante, para que te ignore más. Él nomás te estaba tomando el pelo.
RENÉ. Te equivocas. Yo estaba hablando en serio y le sostengo mi ofrecimiento.
RENÉ. (René curiosea por el lugar, se acerca al afilador y toma la daga.) ¡Qué extraña!
ROMÁN. ¿No la reconoces?
RENÉ. Me parece haberla visto antes.
ROMÁN. Haz memoria... Cuando nos íbamos de pinta... El Circo Ruso, allá en Jalisco.
RENÉ. A ese circo le debo haberme dedicado a la gimnasia...
ROMÁN. ¿A que no te cuerdas del Gitano?
RENÉ. ¡Cómo no! Era bueno para lanzar la daga a aquella muchacha con globos. ¿A poco ésta
es...?
ROMÁN. Ésta es. Cuando ella lo abandonó él se hizo trapecista. Y como me estimaba mucho, me
regaló la daga.
RENÉ. Me caía muy bien el Gitano. Él me enseñó a echar las primeras maromas y a subirme a las
barras. Quería que me hiciera trapecista, como él. ¿Y qué? ¿Me la vendes o me la regalas’
ROMÁN. Pídeme lo que quieras, hasta la carnicería. Menos la daga.
RENÉ. ¿En serio?
ROMÁN. A lo mejor, después... Vamos a echarnos otra caguama. (Saca una botella, pero no
encuentra el destapador.) Pinche Mudo, quién sabe dónde dejaría el destapador.
RENÉ. Pásamela. Yo la abriré con la daga.
Román le da la botella. Al abrirla, René se corta el dedo índice de la mano izquierda. La sangre
mana en abundancia.
ROMÁN. ¿Te cortaste? ¿Ya ves? Si te doy la daga, te matas. Para el dedo hacia arriba. (René
intenta hacerlo.) No, así no. Aprieta aquí. (Se le acerca y le toma la mano, apretando la muñeca y
la base del dedo índice. Pausa.) No para, ¿verdad? Ahora veras... A mí me enseñaron un truco para
engañar a la sangre. Si uno mete el dedo entre la carne fresca o en la boca, pegando la herida a la
parte de adentro, la sangre cree que está dentro del cuerpo y ya no sale. Verás.
RENÉ. Estás loco...
ROMÁN. Presta el dedo. (Lo introduce en su boca y en esa posición permanece un momento, muy
cerca de René. Por la entrada aparece Chela y se queda observando con curiosidad.)
VI
CHELA. (Al Mudo.) Tócale una canción para que se le olvide el ardor.
RENÉ. Ya lo escuché tocar. Lo hace muy bien.
ROMÁN. (A René.) Y tú, te vas a ir y no me vas a cantar el corrido que me compusiste.
RENÉ. Cómo serás terco. Es un romance, no un corrido. Y no lo compuse yo; es anónimo.
RENÉ. Órale, Mudo, ráscale a la guitarra. Acompaña al campeón.
Chela acerca una silla y se sienta, provocativamente. Román se sube al mostrador. René se recarga
en la mesa.
RENÉ. (A Román.) Sírveme más cerveza, para animarme. (El Mudo rasguea la guitarra, indeciso,
esperando.) A ver si me acuerdo de la letra... (Al Mudo.) Dale tiempo de corrido. (El Mudo
obedece.)
Al concluir la canción, Román Y Chela aplauden y piden otra. Román sirve más cerveza a todos.
Dicen salud, beben y bromean. Todos cantan una canción de moda, acompañados por El Mudo.
El escenario se va oscureciendo lentamente.
VII
El escenario se ilumina. Han pasado varias horas. Por las botellas y el desorden se deduce que
han continuado bebiendo. El Mudo sigue en su lugar, con la guitarra en la mano. Los demás
ocupan diferentes posiciones. Todos hablan con cierta dificultad y sus movimientos son algo
torpes. René se observa más controlado que los otros.
RENÉ. (Viendo al Mudo.) Eres un artista. (A los demás.) Me lo voy a llevar a trabajar conmigo y
lo voy a lanzar al estrellato.
CHELA. ¿De veras?
ROMÁN. Eso, si yo lo permito.
CHELA. Déjenlo que él escoja.
RENÉ. (Al Mudo.) ¿Te quedas o te vas conmigo? (El Mudo se muestra indeciso, como en una lucha
interior.) ¿Verdad que sí te vas? (El Mudo asiente.)
ROMÁN. Está bien. ¡Pinche malagradecido, hijo de la chingada! Agarra tus cosas y lárgate.
¡Ándale! ¿Qué esperas, cabrón?
RENÉ. Déjalo. Todavía no me voy.
ROMÁN. Que te espere afuera el desgraciado.
RENÉ. (Acercándose a la salida, habla hacia la calle.) ¡En la esquina está mi carro, es un mustang
negro con rines blancos! ¡Ahí espérame!
ROMÁN. (Alzando el vaso.) Bueno... ¡Salud...! ¡Por el cabrón que se fue!
RENÉ Y CHELA. ¡Salud! (Los tres beben.)
ROMÁN. Así son las viejas, como el pinche Mudo. En cuanto alguien les truena los dedos, se van
tras él. (A René.) Nada más porque eres mi amigo te dejo que te lo lleves. A ti te hace más falta
que a mí.
RENÉ. Se te agradece.
ROMÁN. Pero, ahora sí, nos fregamos todos. Se acabaron las cervezas y no hay a quien chingados
mandar por más.
CHELA. Dame con qué y yo voy.
ROMÁN. Coge dinero de la caja. (Chela va a la caja y saca varios billetes.)
RENÉ. (A Chela.) Quédate. ¿Cómo vas a ir tú...? Iré yo.
ROMÁN. Tú no. Tú eres el invitado y te estamos agasajando. Mejor voy yo. (A Chela.) Dame el
dinero... (Chela se lo entrega y él sale.)
VIII
René se entretiene sintonizando el radio. Chela acomoda los billetes de la caja y la cierra. Va
hacia Román y se le cerca seductoramente.
Se besan y acarician. La música termina y se escucha un comercial. René baja el volumen del
radio. Chela se le acerca con u vaso del cual beben los dos, mirándose a los ojos, muy cerca uno
del otro.
Checa se aleja de él. Pausa. René sirve la última cerveza que queda en una botella y se la ofrece.
RENÉ. Toma...
CHELA. No, ya me voy.
RENÉ. ¿Qué no íbamos a seguir la fiesta en tu casa?
CHELA. Síguela tú solo. Yo ya me aburrí. (Se encamina a la salida.)
RENÉ. ¿No vas a esperar a Román?
CHELA. Que me busque si quiere. Pero que sea ahora, porque mañana, a lo mejor estoy en el otro
lado. (Camina con dificultad.)
RENÉ. ¿No quieres que te lleve en mi coche?
CHELA. No gracias. Son siete años de mala suerte. (Sale balbuceando.) No necesito bules para
nadar... Mejor andar sola... (Se va.)
IX
René entra al baño. Se escucha que está orinando; luego se oye que baja la apalanca y el agua
corre. Entra ROMÁN.
ROMÁN. ¡Hey, familia...! ¿Dónde están? ¡Cabrones...! ¿Ya se largaron sin mí?
RENÉ. (Saliendo.) Shhh... No grites.
ROMÁN. ¿Y la Chela?
RENÉ. Se fue.
ROMÁN. ¿Qué le hiciste?
RENÉ. Nada. Se cansó de esperarte.
ROMÁN. Mejor. A mí las viejas me cansan luego. Además, tú y yo tenemos mucho de qué hablar.
(Le muestra una botella.) ¿Crees que es brandy?, ¿verdad? Te equivocas, es coñac. ¿A poco
pensabas que te iba a dar un pinche ron? Tú estás acostumbrado a otra cosa. (Abre la botella y sirve
un vaso. René toma otro, vacío.) Deja eso. En este mismo podemos beber los dos. ¿O tienes medo
de que sepa tus secretos?
RENÉ. No. Pero yo también sabré los tuyos.
Román se levanta.
Se encaminan al interior. René toma la daga que Está sobre el mostrador y se la lleva consigo. Al
pasar junto al radio, le sube el volumen. La luz que proviene de la calle baja de intensidad, como
si oscureciera. Pausa. Por la entrada se asoma el Mudo y creyendo que no hay nadie, entra con
su guitarra y la cuelga en el sitio donde se encontraba antes. Se encamina al interior., pero al
llegar a la puerta se detiene y se esconde detrás de la cortina. Observa. Pausa.
ROMÁN. (Desde dentro con furia.) ¡Pinche Mudo! ¡Qué estás viendo! ¡Ahora verás!
El Mudo se aleja e intenta salir. Va hacia la cortina de acero y tropieza con la mesa y las sillas.
Román lo persigue con la daga en la mano. Pasan detrás del mostrador. El Mudo tropieza y cae.
Román se le echa encima. Lucha, pero el mostrador impide ver lo que ocurre detrás. Pausa. Román
se yergue detrás del mostrador con la daga en la mano. Se ve transtornado y con la mirada
perdida. Del interior sale René.
RENÉ. ¿Qué pasó? (Román mira a sus pies. René se acerca un poco y ve lo que hay detrás del
mostrador.) Eres un pendejo. (Se separa de Román, se arregla la ropa y el cabello y se encamina
a la salida.)
ROMÁN. ¿A dónde vas?
RENÉ. No sé... Afuera...
ROMÁN. ¿Y ahora...?
RENÉ. Es lo mismo que yo te pregunto.
ROMÁN. No te vayas.
RENÉ. No puedo quedarme más...
ROMÁN. Ayúdame. ¿Qué debo hacer?
RENÉ. Puedes irte y regresar después. Llévate el dinero. La policía creerá que alguien quiso robar
la carnicería.
ROMÁN. (Va a la caja y la abre.) No hay dinero. Se lo robaron.
RENÉ. Déjala abierta. Recoge todo esto y vete.
ROMÁN. Podría esconderme en tu casa...
RENÉ. Ahí no. Sería peligroso. (Saca un puñado de billetes y se los arroja sobre el mostrador.)
Toma, para que te vayas lejos. Puedes irte de aquí, para siempre... (Se encamina a la salida. Román
va tras él.)
ROMÁN. ¿Y la daga?
RENÉ. Yo no la quiero. (Sale.)
Román se queda al centro, sin saber qué hacer, con la daga en la mano.
La puesta en escena de Armas blancas, de Víctor Hugo Rascón, está destinada a marcar una época.
[...] La búsqueda ha conducido al director y a un grupo de los talleres de actuación del
Departamento de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, a un excelente trabajo cuya
característica primordial consiste en descartar el espacio escénico tradicional. La puesta rompe con
los límites de lo que se concibe como teatro y se propone la ampliación del escenario, así como la
utilización de los espacios olvidados. Alejandro Luna aprovecha las enormes dimensiones de un
galeón subterráneo para construir un espacio escénico espléndido capaz de posibilidades múltiples,
a veces desconcertante y mágico. Todo ello se logra a través de la sobriedad y de la economía de
recursos. En el escenario hay apenas unos cuantos objetos que permiten flexibilidad, cuya función
consiste en sugerir atmósferas mediante una iluminación que logra imágenes de gran fuerza. Más
atrás de la mitad del escenario se alza un montón de paja, del que descienden a contra luz los
actores y sobre el cual se irán depositando los cadáveres. Las luces juegan sobre la neblina que
oscurece el escenario, como un borrador lo hace con el gis en un pizarrón, para pasar a la siguiente
historia.
Armas Blancas también es un suceso interesante por lo que se refiere a la escritura
dramática. [...] Uno de los aciertos de Rascón consiste en la conjunción de tres historias en torno
del asesinato. Cada una de las historias despierta u mantiene el interés en un tema que puede ser
fascinante. El texto de Víctor Hugo Rascón es una agradable sorpresa para quienes no lo
conocíamos entre otras cosas por el oficio que demuestra por el ritmo que logra. Rascón no pretende
descifrar signos que habrán de explicar al hombre, sino, narrar historias. Su principal compromiso
con una escritura inteligente, al mismo tiempo que de paso, desnuda a una clase social y la expone
ahí donde es más característica. El rigor con el que se aproxima a sus personajes no excluye un
sentido del humor genuino, en ocasiones delirante, nunca impuesto.
Bruce Swansey, “Armas blancas” en Proceso, nº 279, 8 de marzo 1982, pp. 50-51.
Bibliohemerografía recomendada
Castro, Margarita, Payú Cuellar, Ricardo García y Ana María Hernández, “Armas Blancas.
Entrevistas” en Repertorio, revista de teatro de Universidad Autónoma de Querétaro, nos.
8-9, diciembre 82 – enero 83, febrero 83, Año III, pp. 44-58.
El teatro de Rascón Banda: Voces en el umbral, (Jacqueline E. Bixler, Stuar A. Day comps.)
México, Escenología, 2005.
García Gil, Agustín, “Armas blancas. El atractivo de la violencia” en Escénica, revista de teatro de
la UNAM, nº 2, agosto 1982. pp. 30-32.
Partida Tayzan, Armando, Se buscan dramaturgos, vol.1, México, CONACULTA, FONCA,
INBA, 2002.
Swansey, Bruce, “Armas blancas” en Proceso, nº 279, 8 de marzo 1982, pp. 50-51.
Teatro mexicano reciente: aproximaciones críticas (Samuel Gordon comp. y ed.), México, EON
/The University of Texas at El Paso, 2005.