Título original: C’è qualcosa nei tuoi occhi
Publicado originalmente por Amazon Publishing, Luxemburgo, 2016
Edición en español publicada por:
AmazonCrossing, Amazon Media EU Sàrl
5 rue Plaetis, L-2338, Luxembourg
Marzo, 2018
Copyright © Edición original 2016 por Amabile Giusti
Todos los derechos están reservados.
Copyright © Edición en español 2018 traducida por Patricia Orts García
Diseño de cubierta por PEPE nymi, Milano
Imagen de cubierta © PhotoAlto / Alamy Stock Photo
Primera edición digital 2018
ISBN: 9782919800100
www.apub.com
SOBRE LA AUTORA
Amabile Giusti es una abogada calabresa con alma y mente de escritora.
Por eso, en el maravilloso entorno donde vive, entre el mar y las montañas, su
espíritu se evade de la vida cotidiana para inventar constantemente historias
llenas de aventuras, romance, amores contrariados y pasiones desatadas. Si
queréis hacerla feliz, regaladle un ensayo sobre Jane Austen, un juguete de
cerámica azul, un manga japonés o una planta crasa. Espera envejecer
lentamente (por lo visto es la única manera de vivir muchos años), pero
confía en conservar la juventud interior hasta el último día. Escucha mucho y
habla poco, pero cuando escribe no hay quien la pare.
Desde 2009 ha publicado numerosas novelas: Non c’è niente che fa
male così, Cuore nero, la serie de Odyssea (Oltre il varco incantato, Oltre le
catene dell’orgoglio, Oltre i confini del tempo), L’orgoglio dei Richmond,
Treintañera y a mucha honra, La donna perfetta y Si me quieres, no me dejes
ir.
ÍNDICE
COMENZAR A LEER
CAPÍTULO 1 FRANCISCA HACE SEIS MESES
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3 FRANCISCA
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5 FRANCISCA
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7 FRANCISCA
CAPÍTULO 8 EN VERMONT
CAPÍTULO 9 MARCUS
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11 FRANCISCA
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13 FRANCISCA
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15 FRANCISCA
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17 FRANCISCA
CAPÍTULO 18 EN VERMONT
CAPÍTULO 19 MARCUS
CAPÍTULO 20 EN VERMONT
CAPÍTULO 21 AÚN EN VERMONT
EPÍLOGO FRANCISCA SIETE MESES DESPUÉS
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
De manera silenciosa
me preguntó si era suya;
no contestó mi lengua,
bastó la respuesta de mis ojos.
EMILY DICKINSON
CAPÍTULO 1
FRANCISCA
HACE SEIS MESES
Carita de jodido ángel ha ganado.
Desapareció tras cruzar el umbral con su espalda, su corazón tatuado y
su amor desesperado hacia Penny.
No puedo hacer nada más para retenerlo, pero, sobre todo, no quiero
hacer nada más. Ciertos momentos no se pueden considerar verdaderas
despedidas, más bien parecen «un día volveremos a vernos, pero no sé
cuándo». Estoy segura de que será así, nos veremos de nuevo y recordaremos
lo que sucedió, quiénes éramos, qué deseábamos y con qué nos
conformábamos. Quizá lloremos, nosotros, que jamás hemos llorado, porque
a veces se llora más en los reencuentros que en las despedidas. Se llora más
de alivio que de miedo.
Quizá.
Lo único que sé ahora es que, en cuanto se cierra la puerta, debo
aferrarme a la barandilla para no caer desde una altura que, de repente, me
parece vertiginosa.
Me siento como si estuviera en el tejado de un rascacielos, en vilo: el
aire me engullirá si doy un paso. Ya no tengo a nadie. Mi madre murió
cuando yo era niña. Mi padrastro no está muerto, pero daría lo que fuera por
que sí lo estuviera. Lo buscamos durante muchos años, pero había borrado
todas sus huellas. Marcus quería usarlo como saco de entrenamiento. A mí
me habría encantado verlo vomitar sangre por los ojos. Espero que,
entretanto, haya acabado en el infierno, en uno de esos lugares espantosos
donde jamás ha existido la piedad.
¿Quién más me queda? Ningún pariente, ningún amigo, ni siquiera un
gato.
Soy una isla de mierda.
Y, ahora, ¿qué hago? Primero lo esperé cuatro años, mientras estuve en
la cárcel, y luego dos años más, cuando lo volvieron a encerrar a él. Lo
aguardé con la esperanza de que la olvidara. Pero su mirada, incluso su
sonrisa, me dijeron sin palabras: «Lo siento, Fran, pero Penny es mi tatuaje
más profundo».
Escruto mis manos, que sin las suyas están vacías. Tengo la sensación
de que las cicatrices de las muñecas vibran. Ya no se ven como antes, me
tatué encima dos serpientes finas de color verde esmeralda, enrolladas como
brazaletes. Pero a veces es como si resucitaran, ensangrentadas, serpientes
bajo la piel. Una voz, la voz, la de hace trece años, la voz imperiosa y asesina,
vuelve a gritarme palabras que guardé en un cajón. «Acaba de una vez.
Encuentra un cuchillo. Apriétalo. Termina algo por una vez en tu vida.
Marcus la quiere a ella, nunca te ha querido a ti. Solo vales como estiércol
para los gusanos. O como puta. Pero ya has sido puta, así que mejor los
gusanos, vivan los gusanos.»
Luego recuerdo los ojos de Annie Malkovich: se parecen a los de mi
madre cuando era joven, cuando me trenzaba el pelo susurrando canciones en
español.
Después recuerdo también los ojos de Monty, pequeños y cansados, tan
ajados como sus chaquetas de cuatro perras y sus corbatas, flojas y finas,
unos ojos sin rastro de malicia, los ojos de un amigo que no finge ser tu
padre, pero que, en cualquier caso, lo es hasta las entrañas.
Y me digo no, no puedo hacerlo. Me han ayudado mucho y ya han
perdido un hijo. Si yo muriese, Cameron moriría dos veces.
De manera que ánimo, Fran.
Tienes huevos. No hagas gilipolleces. Respira. ¿A qué viene esta
angustia? ¿Dónde la has comprado? ¿Dónde la has robado? Has sufrido por
cosas peores, así que, si superaste esas, puedes superarlo todo.
Es cierto, has perdido la casa con el techo de estrellas. Ahora te sientes
perdida, desparejada, revuelta, pero hoy no es para siempre. Hoy solo es un
ladrillo, una gota, un grano, un escupitajo. Es el nudo en la garganta que no te
corresponde, que no encaja con nada: es como si llevara trenzas y una
camiseta de color rosa pastel con las palabras BÉSAME, ABRÁZAME,
QUIÉREME, CÁSATE CONMIGO estampadas en ella.
En pocas palabras, puedes vivir.
De hecho, estoy viva.
Me tengo a mí misma.
No es mucho, la verdad, pero una leve certeza es, siempre, mejor que
una fragilidad ruidosa y suele ser también un buen punto para empezar una
historia.
HOY
Me paro a este lado del arco de la entrada y canto mentalmente una
canción, moviendo los labios de forma imperceptible. Don’t Cry de los Guns
N’ Roses. Me la sé de memoria, forma parte de mi vida como el color de mis
ojos, el perfil de mi nariz y el lunar en forma de estrella que tengo en una
rodilla. La cantaba ya cuando tenía doce años.
No te aflijas, no dejes caer tu cabeza.
No llores, por favor.
Sé cómo te sientes, yo también,
yo también lo he sentido.
Algo cambia dentro de ti
y no lo sabes.
Todo irá bien, tesoro.
Bueno, ahora me siento mejor. Mi querido y viejo Axl ha obrado el
milagro de siempre. Ahora razono. Siento que mi respiración se expande, que
el mundo pierde el color del asfalto, que el cielo deja de parecer una tapadera
oxidada y que ya no tengo doce años. Tengo veinticinco, el sol quema las
piedras y a los ángeles y yo soy una cabrona.
Una cabrona que no pasa desapercibida. Lo sé, siempre lo he sabido.
Cuando era niña, mucho antes de que sucediera todo, en aquello que yo llamo
la otra vida, mi madre me decía que una princesa bruja me había creado con
un barro especial hecho de carbón, diamantes y pétalos de rosa de color rojo.
Soy condenadamente guapa, para qué negarlo. Y no lo sé por mirarme mucho
al espejo: me lo dicen los ojos de los demás.
Por eso, porque detesto los ojos de los demás, hoy he decidido cambiar.
Llevo unos vaqueros cómodos, tan cómodos que aún queda espacio para otro
par de mujeres como yo y un violonchelo, zapatos planos, tan planos que por
debajo solo queda el centro de la Tierra, y un abrigo de lana gris que no
desentonaría en el armario de una monja. Pero, sobre todo, me he cortado el
pelo. Le di un tijeretazo sin marcha atrás. Tris, tras. El silbido de una espada,
de una guillotina. Está corto, terriblemente corto, casi no me llega al cuello.
Pero, aun así, a pesar de la ropa deformada, del pelo asesinado, de la mirada
hostil y del cuaderno morado que aprieto contra mi pecho como un escudo,
los ojos de la gente me observan como siempre.
¿Lo hacen de verdad o es solo una impresión mía?
Quizá sea una pobre loca que sufre manía persecutoria. O puede que no
me escruten con la ferocidad del que desea algo espantoso: debo habituarme
a la posibilidad de que existan miradas que no obedezcan a una intención
repugnante. Tal vez les intrigue que no vaya por ahí con un ordenador portátil
con la tapa de piel de leopardo de mil dólares y un vestidito monísimo. Quizá
no sean crueles, sino simplemente esnobs.
La mayoría de las chicas son así: parecen salidas de un mundo perfecto.
Caminan en manada, se ríen, llevan bolsos de color verde y zafiro y tienen
los ojos de color verde y zafiro, el pelo ondulado y parecen estar justo donde
desean estar.
¿Estoy yo justo donde deseo estar?
A decir verdad, nunca me he sentido en casa en ningún sitio, así que me
da igual. Además, después de todo, aquí no se está tan mal. El edificio
principal del campus parece un castillo gótico. No me sorprendería ver una
gárgola rematando los tejados.
Entretanto, espero encontrar el aula. Me han dado un mapa, pero no sé
leerlo. Doy vueltas absurdas como una pelota de billar.
Los edificios que me rodean parecen idénticos, todos son grises, como
tumbas reales, con unas torres que parecen campanarios. Me detengo delante
de uno de ellos, también gris, aunque de aspecto algo más agradable que los
demás, gracias a unas cuantas ramas de yedra. Subo la escalinata cubierta de
hojas secas.
Aquello debe de ser el departamento de Letras, pero no estoy segura.
«¿Qué te cuesta preguntarlo? ¿Acaso quieres entrar cuando todos se
hayan sentado y la clase haya empezado ya?»
Me estremezco al imaginar la escena. El profesor será un viejo
asqueroso y capullo, notará mi presencia y hará un comentario estúpido sobre
mi imperdonable retraso, a la vez que me invitará a sentarme delante. La
posibilidad no es del todo inverosímil: un tipo que se apellida Lord debe de
haberse sentido como el Todopoderoso desde que nació. Seguro que tiene un
ego tan descomunal como su barriga. Me lo imagino cortante, sabihondo y
siempre sudado. «Aquí hay sitio, señorita, venga.» ¡No! No quiero sentarme
en primera fila, no quiero que el profesor de mi asignatura preferida sea un
capullo asqueroso y sudado, no quiero llegar tarde a la primera cita de mi
vida que no apesta a engaño. Llevo años esperando este momento. Estudié
mientras esperaba, conseguí una beca, me cosí otra piel sobre la primera.
Dentro sigue estando la niña violada de siempre, la mujer gruñona que sabe
dar una buena tunda si es necesario hacerlo, a la que el remordimiento no
quita el sueño cuando mata a quien la amenazó con matarla. Fuera hay una
tipa que se ha espabilado, que tiene un trabajo normal, un apartamento
decente, una cajetilla de cigarrillos que le dura tres días en lugar de uno y
algún que otro sueño asomando por la rendija de un cajón entreabierto. Entre
los sueños que aún se pueden llegar a realizar se encuentra esta maldita
asignatura. Esta universidad. Esta normalidad. Así que, incluso en el caso de
que el profesor no sea una maravilla, quiero tratar de no echarlo todo a perder
de antemano. Llegar puntual sería una buena manera de no empezar con el
pie izquierdo.
Así pues, me conviene preguntar. No me van a comer y, si alguien lo
intenta, le machacaré los huevos. ¿De qué tengo miedo?
Lástima que ya no quede nadie, los estudiantes han entrado en clase y,
salvo por la alfombra de hojas de color caoba, la escalinata está desierta.
De repente, oigo un crujido familiar: el que hacen las ruedas de una
bicicleta en un sendero de piedras. Es un crujido hipnótico, suave, que sabe a
caramelo blando, a Baileys de chocolate negro y a besos de Marcus. Me
vuelvo y me quedo petrificada. Veo a un joven sin el típico suéter, la típica
corbata ni el típico ordenador con la manzana.
Debe de ser un estudiante tan tardón como yo. Tardón en el doble
sentido: esta mañana llega tarde y se ha matriculado en la universidad
muchos años después de haber terminado el bachillerato. Aunque puede que
solo sea un idiota que ha repetido varios cursos. Tiene prisa, tira la bicicleta
al suelo, salta por encima de ella y se peina el pelo con los dedos. Su melena,
abundante y larga hasta los hombros, está mojada y revuelta. Parece haber
estado bebiendo y follando hasta el amanecer, haber dormido después dos
horas y haberse despertado en el último minuto con cara de zombi y el
corazón en un puño. Bueno, la verdad es que no tiene cara de zombi, al
contrario, es muy atractivo, pero no se ha vestido ni se ha afeitado como
corresponde, tipo quiero-causar-buena-impresión-el-primer-día-de-
universidad. La barba es de hace un par de días. Viste una camiseta negra con
la frase ROCK OR BUST estampada y unos vaqueros desgastados y llenos
de manchas oscuras. En una muñeca luce una pulsera de cuero y plata. En un
lóbulo, un pendiente con una calavera minúscula. Huele a marihuana a un
kilómetro. No tiene menos de treinta años. ¿Cómo es posible que hayan
admitido a alguien así?
Bueno, si me han admitido a mí, pueden admitir a cualquiera. ¿Puede
haber algo peor que una joven de veinticinco años, sin blanca, que a los doce
años incendió la casa donde vivía con su padrastro dentro y que a los
diecinueve fue a parar a la cárcel por complicidad en un homicidio?
De repente, me doy cuenta de que lo estoy observando justo como odio
que me observen a mí. No puedo quitarle los ojos de encima. Saca una goma
amarilla de un bolsillo, se recoge la melena castaña en una extraña cola, una
maraña caótica que le roza la nuca. Ve las manchas que tiene en los
pantalones y exclama con voz ahogada «¡Mierda!».
Después me ve también a mí, que, inexplicablemente, no he dejado de
mirarlo. Me escruta un segundo a su vez con una especie de insensato
estupor. ¿Qué demonios quiere? ¿Me pasa algo? Movida por el instinto, me
llevo una mano a un mechón y de repente recuerdo que soy una persona
nueva, alguien con el pelo corto que desea mimetizarse.
—¿Qué coño miras? —le pregunto sacando mi lado más aguerrido.
Por toda respuesta, él me sonríe y mi corazón casi hace una pirueta. No
puedo negar que tiene una sonrisa bonita. Pero las sonrisas bonitas no me
engañan. Las sonrisas bonitas son portadoras de veneno y tempestades.
Se la devuelvo con una mirada que solo significa: «Muérete».
Él parece sorprenderse, frunce el ceño, el sol le atormenta los ojos.
Menudos ojos verdes. Jamás he visto un verde como ese. Puede que, a fuerza
de fumar canutos, se le hayan puesto así. Yo también fumaba antes, no lo
niego, pero este tipo me supera. Debe de haberse tragado una plantación
entera de hierba en una sola noche.
—¿Tienes clase de poesía contemporánea? —me pregunta.
Mi mirada vuelve a decirle: «Eso es asunto mío. Y deja de sonreír, sé
que detrás de esos dientes blancos hay una oscuridad profunda».
–Entiendo, eres muda —prosigue él en tono burlón—. En cualquier
caso, es tarde, te aconsejo que te des prisa. El profe es un coñazo.
—Date prisa tú —respondo sin darme cuenta, pese a que me he
prometido guardar silencio—. No creo que destaques por la puntualidad.
—Tienes razón. Será mejor que corra. Nos vemos dentro.
—No veo la necesidad —replico.
Él dispara la enésima sonrisa y franquea la puerta a toda prisa. Guiño
los ojos para descifrar el mensaje que entreveo en los hombros de su
camiseta: parece un número de teléfono garabateado con un pintalabios. Para
ser un colgado que ha salido de casa sin conectar el cerebro camina con
agilidad y desaparece de mi vista en un santiamén.
Por suerte, no me cuesta mucho encontrar el aula. Es grande y está
llena. Parece un anfiteatro y al fondo hay un escenario en forma de media
luna con un escritorio, una silla y una pantalla para las proyecciones.
El profesor aún no ha llegado, muchos estudiantes siguen de pie, así que
puedo pasar desapercibida mientras busco un sitio. Me siento a mitad del
aula, ni demasiado delante ni demasiado detrás, en el lado de fuera, por si
necesito escapar.
«¿Escapar de qué?»
No lo sé, pero así me siento más segura.
De repente, los estudiantes toman asiento y el profesor entra por una
puerta lateral. Veamos hasta qué punto —si mucho o muchísimo— es guarro
y cabrón el condenado viejo.
Bueno, no sé si será guarro y cabrón, pero viejo no es, desde luego.
Miro boquiabierta al tipo de hace un rato, el de la bicicleta, el de los
pantalones manchados y los dientes de madreperla.
Se ha puesto una chaqueta encima de la camiseta de AC/DC, un par de
gafas rectangulares con la montura negra y ya no veo el pendiente con la
calavera, pero es él, desde luego: el mismo pelo recogido a la buena de Dios,
como un haz de heno, la misma barba, los mismos ojos verdes.
Se sienta en el borde de la mesa con un gesto insoportablemente fluido,
ni que estuviera en su casa bebiéndose una Bud con un grupo de amigos
mientras hablan de mujeres y fútbol.
No sé por qué, pero me resulta antipático. Me repele. Detesto la actitud
de profesor Keating guay, el de la película El club de los poetas muertos,
pero, por encima de todo, detesto la sonrisita de capullo que le marca las
patas de gallo.
Sea como sea, solo me importa una cosa.
Puedes atiborrarte de canutos, profe, puedes tirarte a todas las alumnas
de la primera fila —porque, por la manera en que las miras y en que ellas te
miran, se ve a la legua que te las tiras—, puedes no lavarte en un mes y
hacerte el piercing que quieras donde no da el sol, pero no me destroces la
poesía.
No mates la única cosa que me mantuvo con vida cuando estaba dentro,
aunque no se lo haya contado a nadie.
Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a Marcus. Pensándolo bien,
a Marcus casi no le conté nada sobre mí. Le hablé de mi padrastro, pero fue
como describir la trama de una película espantosa que había visto de niña.
Considerar esa película parte de mí me habría matado: esa no era yo, esa era
la protagonista de una película irrelevante de cine B. Era la historia confusa
de una niña con una capucha roja que fue a parar a un bosque, sin una madre,
sin una abuela y sin un lobo que la salvara de las garras del cazador. No es mi
historia, solo es una imagen sobre un fondo de cartón piedra, una decoración
cursi de color rojo sangre, un cuello de piel horrible, un ojo de cristal que
mira un solo punto. Algo que puedes quitar mejorando la escena y el abrigo y
viendo de todas formas lo poco que hay que ver.
No, a Marcus nunca le conté nada sobre mí. Mi rabia, eso sí. El deseo
de romper el mundo. El hambre de guerra, pero no la necesidad de paz. Entre
otras cosas, porque la había sepultado bajo unas cuantas paladas de tierra.
Recordé cuando me encarcelaron. Si no puedes ir a ninguna parte, ni
fumar, ni beber, ni follar, ¿qué te queda? Te ves obligada a estar a solas
contigo misma y la soledad llama a los pensamientos y los pensamientos se
transforman en recuerdos. Recuerdos de Francisca niña, antes del maldito
intervalo, que leía y escribía y soñaba mundos sin sangre.
Volví a leer.
Volví a escribir.
Volví a soñar con mundos sin sangre.
Llené los vacíos de palabras.
Luego Penny entró en la vida de Marcus y la paz se escondió de nuevo,
abajo, más abajo, en el otro extremo del mundo.
Ahora quiero recuperarla. La necesito más que el aire. Sin aire se
muere, punto final. Pero, por desgracia, sin poesía se puede vivir: se vive
como las águilas obligadas a un eterno vuelo rasante.
Quiero volar.
Sola, en secreto, en los pensamientos, pero quiero volar.
Y si este idiota transforma una lección de sueños en un burdel, lo
clavaré en un rincón y le partiré las piernas.
CAPÍTULO 2
El despertador retumbó al lado de la cama, volvió a retumbar y lo
intentó por última vez antes de que él alargase un brazo y lo empujara.
Byron, bocabajo, con la cara hundida en la almohada, soltó una palabrota. La
cabeza le estallaba. Suponiendo que fuera una cabeza y no una piedra que
alguien le había pegado la noche anterior.
El mismo brazo que se había ensañado con el despertador se concedió
otro viaje a tientas hasta la nuca, con la vibrante indecisión de una red
pequeñita que no quiere capturar una mariposa y se escabulle en el aire. Por
fin, se tocó el cráneo y le pareció sentir el pelo.
«Ok, no es una piedra, pero pesa como una piedra.»
Se masajeó un instante el cuero cabelludo, tratando de recordar lo que
había ocurrido: local, música, humo, casi hasta el amanecer y un sueño
atávico. Hacía días que no dormía bien. Habría dado lo que fuera para poder
concederse al menos otra hora.
«¿Quién me lo impide?»
Una vaga sensación de alarma zumbó en sus pensamientos. ¿Qué debía
recordar?
La conciencia lo hirió como un rayo. Sucedió cuando, con un ojo
entreabierto, entrevió el despertador en el suelo: parecía un grueso coleóptero
ofendido. Casi le produjo ternura. Se inclinó fuera del colchón, arrastrándose
para no sacudir demasiado los pedazos que tenía dentro del cráneo, y volvió a
ponerlo en la mesilla. De repente recordó que lo tenía desde que era un
muchacho: lo había acompañado en todas las mudanzas, en todos los
cambios. Ese reloj barrigudo de color rojo ocaso no merecía un tratamiento
tan drástico. Además, se lo había regalado su madre para que no llegara tarde
al colegio.
¿Al colegio?
Se puso de pie a tal velocidad que se tambaleó en medio de la
habitación.
Vislumbró su imagen reflejada en un espejo y la hora que marcaba el
despertador. Eran casi las nueve.
«¿Por qué lo puse tan tarde? Quizá por haber vuelto al amanecer y
conectar yo menos que un cable eléctrico roto.»
La clase empezaba a las nueve, mejor dicho, había empezado ya. No
tenía tiempo de afeitarse ni de cambiarse.
Recurrió a un remedio de emergencia: tras bajar del altillo donde
dormía, metió la cabeza bajo el chorro frío del grifo, bebió varios sorbos
grandes de agua y se preparó un café al vuelo. Demasiado al vuelo: con las
prisas confundió el azúcar con la sal y al beberlo la taza se le cayó de las
manos. Por su boca —una boca más bien agraciada, pese a que el momento
tenía poco de idílico— salió una retahíla de tacos tal que cabía preguntarse
cómo era posible que un profesor de poesía acostumbrado, por tanto, a
masticar palabras profundas, pudiera conocer un lenguaje que haría palidecer
a un traficante del gueto.
Salió corriendo de casa vestido como la noche anterior, con el pelo
mojado, la barba sin retocar, la lengua ardiendo por culpa de aquel
repugnante café con sal y la certeza de que parecía cualquier cosa menos un
profesor universitario. La moto estaba en el mecánico y el coche lo tenía el
tipo que se lo había comprado, así que montó en la bicicleta y se felicitó por
haber comprado un piso a dos pasos del campus. Con unas cuantas pedaladas
enérgicas llegaría a su destino, con toda probabilidad más vivo que muerto,
pero sin superar demasiado el tristemente famoso cuarto de hora académico.
Por suerte, guardaba en el despacho una chaqueta seria que servía para
cualquier ocasión y un par de gafas de recambio. No lo hacía solo para tener
aire de empollón: era miope desde la adolescencia. Mientras se dirigía hacia
el aula, se dio cuenta de que aún llevaba puesto el pendiente. Se lo quitó y se
lo metió en el bolsillo. Entró en la clase aminorando el paso para no parecer
un tipo medio loco y jadeante, vestido de cualquier manera.
Una vez dentro, se sintió azotado por las habituales miradas propias del
primer día. Cualquier otro en su situación habría oscilado entre el apuro
debido a la inferioridad numérica y la maliciosa gratitud de un hombre
consciente de que el ochenta por ciento de las miradas pertenecían a mujeres
más que dispuestas a acostarse con él. Pero él no pertenecía a ninguna de esas
categorías: ni se sentía apurado ni excitado.
Como todos los años, estaba excitado, pero aquel estado suyo no tenía
implicación sexual alguna. La curiosidad por saber cuántas de aquellas
personas aguantarían hasta el final, a cuántas lograría transmitir su pasión por
las palabras, lo ponía eufórico. Aún era demasiado joven como para
experimentar el aburrimiento de muchos enseñantes veteranos, que
afrontaban el inicio del año como un rey destronado se enfrenta al patíbulo.
No obstante, ya tenía suficiente experiencia como para saber que parte de
esos estudiantes se vendrían abajo cuando descubrieran que un profesor tan
interesante como él, con nombre y aire de poeta maldito, exigía mucho a sus
alumnos.
A propósito del nombre, una alumna sentada en primera fila, guapa,
osada y con unas pestañas demasiado largas para no ser falsas, quiso saber
enseguida a qué se debía. Sucedía casi todos los años.
—Byron Lord. ¿Ese es su verdadero nombre? Es un poco raro.
Él sonrió y cruzó las piernas para ocultar las manchas que tenía en los
pantalones. Corría el riesgo de que otra alumna le preguntara también por el
motivo de las mismas. Era el primer año que, además del nombre insólito,
lucía unos vaqueros que parecían el cuadro de un pintor abstracto mediocre.
—Es mi verdadero nombre —explicó, como hacía siempre—. Mi madre
era inglesa, una mujer irónica cuya pasión por los poetas del siglo XIX era tal
que le pareció divertido combinar el apellido de mi padre con el nombre de
un antiguo poeta. El destino se ocupó del resto. La poesía es todo para mí… o
casi todo. —Esbozó una sonrisa deliberadamente seductora. Quizá así
conseguiría distraer al auditorio de los malditos vaqueros manchados de café
—. ¿Qué es la poesía para vosotros? No me refiero a un poeta en concreto,
sino a la poesía en general. ¿Qué es para usted?
Miró a la atractiva joven de las pestañas largas, que reaccionó como si
él le hubiera puesto dos faros en los ojos. Cohibida, deslumbrada, cautivada.
—No lo sé —contestó parpadeando de nuevo—. Espero que me lo
enseñe usted, profesor. Estoy deseando escuchar lo que tiene que decirnos.
«Empezamos bien. Debo acordarme de cerrar con llave la puerta del
despacho para evitar que la señorita pestañas postizas se tumbe desnuda en
mi escritorio.»
Y no porque la idea de una mujer hermosa tumbándose desnuda donde
fuera posible hacerlo le disgustara, pero, después de lo que había sucedido el
año anterior, debía prestar al asunto cierta atención. Desde aquel desgraciado
episodio había hecho todo lo posible para no complicarse una vida que, a
pesar de las apariencias, era ya de por sí bastante complicada sin necesidad de
añadir las consecuencias que podía implicar acostarse con una alumna.
Así pues, repitió la pregunta a un joven, uno de los pocos presentes en
el aula, para que no pensaran que solo le interesaban las respuestas de las
alumnas con muslos kilométricos e insinuaciones verbales.
El estudiante le respondió con franqueza:
—Para mí es una manera de ligar. Se las dan de modernas, pero todas
caen como moscas con un par de versos. Digamos que para mí la poesía es un
arma.
Byron guardó silencio un instante, como si estuviera sopesando el valor
de esa declaración, al final esbozó una sonrisa y objetó:
—A las mujeres no hay que enredarlas, sino conquistarlas. Además,
como decía Gloria Fuertes, la poetisa española: «La poesía no debe ser un
arma, debe ser un abrazo, un invento, un descubrir a los demás, lo que les
pasa por dentro, eso, un descubrimiento, un aliento, un aditamento, un
estremecimiento».
—La usaré para abrazar y descubrir a una chica guapa… —insistió el
alumno, testarudo.
—Me temo que no será una de esta clase —replicó Byron en tono
irónico—. Dudo que después de una declaración de intenciones tan elevada
pueda tener mucho éxito.
En el aula se elevaron unas risas apagadas y el estudiante calló azorado,
mirándolo con despecho.
«Sé lo que estás pensando, muchacho. Piensas que no predico
precisamente con el ejemplo. Te preguntas qué derecho tengo a echarte el
sermón, cuando las apariencias claman que me entretengo en posición
horizontal, vertical y oblicua con mis alumnas y que uso a Robert Frost como
trampa. Si te dijera que jamás he hecho caer a una mujer en una red de
espejos no me creerías.»
Byron hizo la misma pregunta a otros estudiantes y las respuestas
fueron de lo más variopinto: tímidamente sinceras, forzadamente enfáticas,
algún que otro silencio avergonzado y, luego, esos ojos. Esos milagrosos ojos
negros.
Eran los de la chica de antes, con la que había coincidido un momento a
la entrada. La que lo había obligado a pararse para comprender si se trataba
de una visión o de una extraordinaria realidad. No, no era una visión. No eran
los efectos del sueño acumulado. Era guapísima. Una espléndida virgen
morena, nada angelical. Lo había mandado a tomar por culo con los ojos y las
palabras. Era la primera vez que una joven reaccionaba con tanta hostilidad
sin que él hubiera hecho nada para merecérselo.
Lo seguía escrutando con el mismo hastío en los ojos. Unos ojos
turbadores, que podían celebrarse con el Himno a la belleza de Baudelaire.
¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo,
oh Belleza? Tu mirada, infernal y divina,
derrama confundidos los favores y el crimen.
Esa joven ocultaba algo puro e inquietante a la vez. No por lo que había
dicho antes, sino por sus ojos, que parecían remolinos en el fondo de un
estanque. Por sus ojos oscuros como el petróleo. No, no podía decirle nada
tan personal, así que le repitió la pregunta que había hecho a sus compañeros.
—¿Qué es la poesía?
Ella apretó los labios, los labios más bonitos que había visto en su vida.
No llevaba una gota de maquillaje, ni siquiera pintalabios, pero aquella joven
era la cosa —la persona, pero también la cosa y la flor y la concha y la gema,
un absoluto— más sensual que había visto en su vida. Al instante le vino a la
mente, sin que existiera una asociación sensata, una estatua de Bernini, El
rapto de Proserpina. Esa joven de aire combativo le recordó a la hija de
Júpiter, que fue raptada por el rey de los infiernos.
«Ok, basta ya, el exceso de poesía a veces resulta nocivo.»
La joven combatió una batalla muda con sus ojos y con los de los demás
que, sin poder evitarlo, se habían vuelto para mirarla, y tuvo la impresión de
que lo odiaba por haberla puesto en el centro de la atención. En cualquier
caso, no dio su brazo a torcer y, al final de aquella pequeña guerra vacilante,
declaró con firmeza: «Supervivencia».
Byron experimentó una extrañísima sensación de irrealidad. Duró un
instante, el tiempo necesario para darse un buen consejo.
«Deja de mirar a esa maldita chica y da la lección como se debe, sin
imaginártela desnuda como Proserpina, apretando su piel suave con tus
manos.»
De esta forma, se obligó a ignorarla y pasó a otra cosa. No comentó su
respuesta. Abordó temas más académicos y el resto de la hora transcurrió por
vías que no dieran lugar a posibles equívocos. Pero mientras hablaba,
mientras oía su voz tintineando casi en el silencio, no pudo por menos que
preguntarse qué había pretendido decir, qué pensaba, qué ocultaba y cómo la
poesía la había ayudado a sobrevivir.
CAPÍTULO 3
FRANCISCA
Yo no busqué este trabajo. No me habría acercado a un local semejante,
aunque me hubieran apuntado una 9 x 21 entre los omóplatos. Annie se
ocupó de todo, esa mujer es una maldita mezcla de ángel y general de las SS.
Sin dejar de mirar el mundo con los ojos tristes de una pastora a la que le han
birlado el rebaño, te pone entre la espada y la pared. Reconozco que me
coloca en un aprieto: ¿cómo puedo decir que no a una persona que considera
que mereces el Paraíso más que san Pablo después de que la luz divina lo
envolviera a las puertas de Damasco?
Por eso le dije que sí y estuve a punto de tener un ataque de urticaria.
Por otra parte, si quieres cambiar de vida, hay que cambiar de vida. No
tiene sentido reinventarte si te limitas a cambiar de una habitación a otra los
objetos de decoración y a pintar las paredes de un color casi idéntico al
anterior. Para volver a empezar hay que cambiar de casa, de barrio, de
ciudad. Y, dado que el cambio más grande lo había hecho ya —vivir sin
Marcus—, daba igual tirarse al caleidoscopio.
El ambiente del salón de té Mad Hatter me va tanto como un jodido
tutú. Para empezar, siempre he odiado el té. Además, no estoy hecha para
servir a la gente en la mesa, poco importa lo que haya que servir. Hace años
lo intenté, pero, ya fuera porque el local era una cloaca o porque yo llevaba
dentro la furia de un huracán, creo que batí el récord del despido más rápido
del siglo: al cabo de diez minutos, el primer tipo que me puso una mano en el
culo acabó con los huevos hechos papilla y un tenedor en la nariz.
Reconozco que aquí no han intentado tocarme el culo: aunque, a decir
verdad, el personal es totalmente femenino. Exceptuando al tipo que
llamamos Willy el silencioso —un veinteañero que se sienta a una mesa en
un rincón, siempre la misma, vestido con un elegante traje de raya
diplomática, y que pasa las tardes haciendo de figurante, tocado con un
sombrero de copa y bebiendo a sorbos y leyendo y leyendo y bebiendo a
sorbos, sin dirigir la palabra a nadie—, la sala está llena de mujeres. Los
camareros y los clientes son mujeres. Mujeres de cierta categoría, añado, es
decir, viejas engreídas y capullas, todas ellas envueltas en pieles. Por lo que
cuesta todo, el té que servimos lo deben transportar desde los lugares más
remotos del mundo a lomos de mulo, los pasteles deben de estar hechos con
harina y polvo de oro, las tazas pertenecen, como mínimo, a la colección de
algún antiguo emperador chino. Los vestidos de las camareras son un híbrido
entre el uniforme de una criada del siglo XIX y el look de Alicia en el País de
las Maravillas. Tartas melosas de color verde menta.
En pocas palabras, desde hace dos meses me veo obligada a vestirme
como una idiota todas las tardes, pero, lo peor, debo sonreír como una idiota.
Me duele la mandíbula y me gustaría destrozar la cofia de encaje blanco que
llevo en el pelo, pero pagan bien, nadie me molesta y, a fin de cuentas, no es
para siempre.
Mientras salgo de la habitación donde nos cambiamos, me paro un
instante delante de un espejo grande para hacerme bien el lazo en la cintura.
Un lazo. Yo-con-un-lazo. Me odio lo suficiente como para tomar la decisión
de no concentrarme demasiado en mí-misma-con-un-lazo-de-mierda para no
correr el riesgo de dar un cabezazo a mi imagen reflejada.
El espejo está colocado de forma que, a través de él, es posible ver a
hurtadillas parte de la sala. No mucho, solo el lado de la ventana, justo
enfrente del rincón donde Willy el silencioso representa su eterna pantomima
de Sombrerero Loco. Observo distraída, dedicando al mundo una mueca. Y
me quedo boquiabierta.
En ese punto, sentado en uno de los sofás Chester, está mi profesor de
Poesía contemporánea. Lo escruto como si creyera que así lograré hacerlo
disolver. No puede ser verdad, seguro que es una alucinación. El té que
huelo, quiera o no, y el aroma dulzón de las montañas de pastelitos azules y
verdes me están colocando más que un viaje de LSD.
Pero es él, está solo y tamborilea en la mesa con los dedos. Viste una
cazadora de piel negra, llena de botones metálicos y cremalleras, debajo de la
cual se entrevé una camiseta de color amarillo ácido con la frase EL
HOMBRE QUE VENDIÓ EL MUNDO estampada. Lleva el pelo suelto y la
barba más larga que la última vez que lo vi. Se mete un mechón detrás de la
oreja e, incluso a esta distancia, veo la calavera de plata en el lóbulo de la
oreja y en el índice de la mano izquierda un grueso anillo con una piedra
negra engastada en el centro. No tiene ni el aspecto ni el aire de ser alguien
que se divierte frecuentando salones de té.
¿Qué hace aquí? Además, ¿por qué está sentado a una de mis mesas?
¿No podía haberse sentado en otro sitio?
No acabo de entender por qué lo odio. Aunque lo cierto es que no suelo
sentir una simpatía espontánea por la gente. Al contrario, no suelo necesitar
mucho para sentir ganas de exterminar a todo el género humano, sobre todo
masculino. Con todo, deben hacer algo para que se me atraganten: con
respirar no basta. A este, sin embargo, lo aborrezco porque sí.
Mientras lo observo a hurtadillas a través del espejo, sintiendo la
inexplicable necesidad de desviarle el tabique de la nariz, Sophia pasa por mi
lado y me sonríe. Ella también es camarera, pero, a diferencia de mí, que aquí
dentro me siento tan a gusto como una mariposa con las alas cosidas, a ella
esto le gusta mucho. Es baja, rubia como Alicia y más feliz de vivir que
Pollyanna.
—Oye —le digo, dado que es muy servicial—, ¿puedes ocuparte tú de
la primera mesa?
Sophia se ruboriza, parece tener dos manzanas en la cara.
—Lo siento —susurra—, no puedo. Hoy me toca servir la mesa de
Willy y ya sabes que…
Ok, ok, lo sé, no digas más, Pollyanna, te lo ruego. No vuelvas a
repetirme cuánto te gusta, lo mono que es, que te mueres por invitarlo a salir,
pero que la mera idea de hacerlo te aterroriza.
No se lo digo, claro está. En el fondo, Sophia me gusta. A pesar de que
cada vez que me cruzo con ella el riesgo de contraer diabetes aumenta en un
uno por ciento, me parece una chica simpática. Jamás me ha hablado con aire
de superioridad, con la mirada típica de las que se dan aires y piensan que las
demás son putas solo porque no son feas. Me habla como si fuera una
persona, una persona normal, quiero decir. Eso es muy importante para mí y
por eso la respeto, pero eso significa que seré yo la que le pregunte al
profesor si prefiere un té hindú o un té chino y si quiere probar las lenguas de
gato con chocolate negro.
«Qué más da, no me reconocerá vestida así. ¡Qué más da, me importa
un comino que me reconozca!»
Entretanto, sigue ahí, sentado a la mesa, con las gafas puestas,
mandando mensajes con el móvil con aire nervioso, inquieto, como si le
quemara la silla. ¿Estará escribiendo a su novia, que, por lo visto, llega tarde
a la cita? Tarda un poco en notar mi presencia y eso me permite observarlo de
cerca sin que se dé cuenta.
—¿Qué desea? —le pregunto en tono irónico, lo reconozco.
Él hace una serie de gestos rápidos y repetitivos.
Alza la mirada de la pantalla.
Me observa fugazmente a través de las gafas y me pide que espere con
un ademán.
Baja la mirada hacia la pantalla.
De repente, como si se le hubiera encendido una lamparita en la cabeza,
parece tener una especie de flash.
Alza de nuevo los ojos y me mira.
Me sonríe.
—Buenas noches —me dice y, a pesar de que tiene una barba tipo he-
acabado-en-una-isla-desierta-con-una-pelota-de-baloncesto-y-no-tengo-
nada-para-afeitarme, estoy segura, supersegura de que tiene un hoyuelo en
cada lado de los labios.
¿Qué narices me importan a mí sus hoyuelos?
Le repito la frase de rigor.
—Si no me equivoco, nos conocemos —afirma dejando resbalar el
móvil en un bolsillo—. Eres alumna mía, ¿verdad? La que vive para la
poesía.
Me tiende la mano, como si quisiera estrechármela en ademán de
saludo. No lo imito. Me quedo tiesa, con aire hostil, apretando el cuaderno y
el espantoso bolígrafo de color rosa adornado con una tetera en lo alto.
—Por el momento solo soy la que sirve el té —replico—. Si se ha
confundido y buscaba un barbero, aún está a tiempo de dejar libre la mesa.
¿Por qué le hablo así? ¿Por qué no me callo? ¿Por qué no me limito a
detestarlo en silencio?
Pero, por encima de todo, ¿por qué lo detesto?
Él suelta una risita, que me irrita más que una frase de despecho.
—Tienes razón, debería asearme —contesta pasándose una mano por
las mejillas. La clásica mano de un tipo que no ha hecho un trabajo manual
en su vida. Grande, con los dedos finos y las uñas limpias.
Recita si quieres el papel de Rusty el salvaje, profesor, siempre serás un
petimetre. No sabes lo que es una auténtica rebelión. Apuesto a que tienes
también un tatuaje, pero solo porque está de moda y es guay, no porque
signifique algo, no porque hayas querido grabar en la piel un momento
importante de tu vida. No porque cada signo, cada línea, cada sombra
correspondan a una lágrima, a una gota de sangre, a un grito en la oscuridad.
Mientras tanto, sigue sonriéndome con sus hoyuelos invisibles y sus
ojos de color jade.
—¿Has escrito el poema que os he pedido en clase? —me pregunta.
Ya, el poema. La última vez, a punto de terminar la clase, invitó a todos
los alumnos a escribir unos versos en el estilo que quisiéramos. Aún no he
escrito nada, bueno, he escrito cientos de palabras y he matado cientos de
palabras pulsando CANC en el teclado de mi miserable portátil de segunda
mano. Pero no se lo digo a este capullo con manos reales y barba de
camionero. A este cabrón que me mira a los ojos sin dejar de sonreír: si
pudiera tiraría un litro de agua hirviendo en sus tres millones de pelos.
En lugar de eso, le desgrano la consabida lista: a ver si así me quito el
problema de encima. Cuanto antes pida y beba su té, antes se marchará y
dejará de observarme con la insistencia típica de los que solo quieren meterte
mano, aunque finjan declamar poesía. Aprovechándose de un poder, por si
fuera poco: aprovechando el hecho de que empuñan un cetro, el del maestro,
del carcelero, del patrón, del padre. Pero yo prefiero la silla eléctrica. La
inyección letal. Un incendio que queme todos los ladrillos. Cualquier cosa
antes que dejar que alguien me toque. Y si no mira hacia otro lado juro que…
Creo que ha captado el mensaje, porque desvía la mirada a un punto a
mi espalda, hacia la puerta. Frunce el ceño, se quita las gafas y, por un
instante, sus ojos se ensombrecen, como cuando estás al sol y pasa una nube.
—Tráigame lo que quiera —dice con el tono de uno al que, dado que
debe morir, le resulta completamente indiferente la última comida de su vida
terrenal— y los dulces más pegajosos que encuentre, los que tengan más
azúcar glas, miel, mermelada, cal viva, lo dejo en sus manos.
No puedo por menos que volverme siguiendo la dirección de su mirada.
En la entrada, entre dos puertas de cristal con el dibujo de una tetera a rayas
verdes y blancas rodeada de pájaros del paraíso y de flores, hay una mujer de
unos treinta años. Menuda, delgada, elegante, con unos rizos rubios tan tiesos
y perfectos que parecen de cerámica, un abrigo azul con botones dorados y
un bolso de color rosa con el asa de metal que, a pesar de que no soy una
experta en la materia, debe de costar más que la casa donde vivo.
La tipa se acerca a la mesa del profe, sonríe, saluda y apenas le habla
siento como si una colonia de felinos estuviera afilándose las garras en una
pizarra: jamás he oído una voz tan cortante, irritante, aguda y nasal. Si no
baja el tono, agrietará las tazas y las lámparas.
—¡Se me ha hecho tarde, perdónameee! ¿Has pedido algo para mííí?
¡Graciaaasss! Pero ¿cómo estááásss? Me ha dicho tu abuela que see…
Si no me voy, le meteré el menú enrollado en la boca para que se calle.
Me ha perforado los tímpanos. Pero ¿cómo la soporta? Vaya, profe, si te
gustan estas tipas estás peor de lo que pensaba.
En cualquier caso, ejecuto la orden: le sirvo primero todo lo necesario
para el té y luego voy a buscar los pasteles con más relleno que encuentro y
los coloco en una bandeja alta de porcelana. Mientras me dirijo de nuevo
hacia ellos, el profesor se calla, se sirve el té y lo apura en un único sorbo,
como si fuera un vaso de vodka y no una taza hirviendo de oolong.
Entretanto, la tipa habla, habla, cuánto habla, por Dios. Se ha quitado el
abrigo dejando a la vista un traje de chaqueta de un color blanco
deslumbrante.
Mientras sirvo a las demás mesas, mi mirada se desvía de cuando en
cuando hacia el profe y su muñequita chillona. Él no dice una palabra, come,
bebe y escucha a ricitos de oro. Le sirve pasteles y le dice algo, la primera
frase tras media hora de silencio.
—¿Conoces a ese? —me pregunta Sophia cuando pasa por mi lado en el
pasillo que hay entre la cocina y la sala.
—¿Yo? No… Bueno, solo de vista —contesto fríamente.
—No le quitas el ojo de encima.
—No es verdad.
—Es guapísimo, no tiene nada de malo que lo mires.
—No lo estoy mirando, solo le he servido.
—A mí no me engañas. Sigues todos sus movimientos y casi pareces
celosa de esa tipa con voz de cuervo.
—No digas tonterías, Sophia. Dedícate a pensar en el que miras tú.
—Claro que pienso en él. Willy me ha dado un mensaje —dice
sonrojándose—. ¡El corazón me late como una de las campanas de Notre
Dame!
Lo sé, una amiga le preguntaría qué había escrito, se apartaría con ella
en un rincón, confabularía tonterías románticas, pero yo no soy así: no puedo
dejar que el ácido me despelleje para convertirme en una persona distinta.
Entre otras cosas, porque Sophia no necesita que la animen a hacer
confidencias.
—Me ha dado su número de móvil y me ha invitado a salir con él. ¡Si se
entera la Reina de Corazones, me despedirá! —prosigue excitada a más no
poder, refiriéndose a la propietaria del local, a la que llamamos así por su aire
de soberana cabrona—. ¿Vienes sí o no?
—¿Adónde?
—¡Conmigo! Willy me ha pedido que nos veamos en un sitio mañana
por la noche. No quiero ir sola. ¿Me acompañas?
—Ni hablar —respondo en el tono más definitivo que puedo.
Imagínate si acompaño a Pollyanna a su primera cita con el príncipe
consorte. Que se apañe sola. Seguro que la llevará a un restaurante monísimo
con velas en las mesas y violinistas que tocan melodías italianas. Con el Mad
Hatter tengo más que suficiente, no puedo soportar otro local con cortinitas
en las ventanas y servilletas ribeteadas de puntillas.
—¡Por favor! No puedes dejarme sola. En el fondo, no sé nada de él
y…
Nos interrumpe un grito procedente de la sala. Me asomo y tengo que
contenerme para no soltar una carcajada. No sé qué ha ocurrido, pero el
vestido blanco de ricitos de oro ya no es blanco. Está prácticamente cubierto
de crema de chocolate y puede que las manchas de las mangas sean de té.
La joven parece un hervidor a punto de silbar. Tiene las mejillas rojas y
un leve tic en una de sus finas cejas.
—¡Oh-cuánto-lo-siento! —exclama el profe de un tirón mientras trata
de limpiarle las manchas estilo Cruella de Vil con un trapo, empeorando aún
más la situación.
De repente, se vuelve hacia mí y me guiña un ojo. A pesar de que la
barba me impide verlos, estoy segura de que los hoyuelos que tiene a ambos
lados de los labios son ahora más profundos e impertinentes. Por desgracia,
tengo que acercarme a la mesa, debo ocuparme de todo, incluidos los
incidentes de este tipo.
—Eres muy torpe, Byron —murmura la joven en tono contenido. Es
demasiado educada para expresar la rabia que la arrasa hasta debajo de los
tacones de sus zapatos de salón de color rosa con la punta negra: yo en su
lugar le tiraría en los huevos el contenido aún caliente de la tetera, pero ella
no, ella tiembla, patea, rumia homicidios, pero solo exterioriza un disgusto
sofocado.
—Tengo que ir a casa a arreglarme. He quedado con las socias del club.
¡No puedo presentarme así!
Se levanta, se pone el abrigo y emite un gemido al ver una minúscula
salpicadura de crema que ha tenido la osadía de manchar también su bolso
vintage. Me ignora por completo cuando le pregunto cómo puedo ayudarla,
como me impone el guion de las inútiles frases de cortesía que hay que
pronunciar en estos casos. No da un portazo al salir, pero solo porque es una
gilipollas refinada. Una de esas que las palabrotas las piensa, pero no las dice.
Llevo la cuenta al profesor. Parece que acaba de ganar una estúpida
competición. La sonrisa de oreja a oreja no es propia de alguien que acaba de
dejar hecho un trapo el vestido de tres mil dólares de su novia. Porque estoy
segura, pondría la mano en el fuego: no solo es culpable sino que además lo
ha hecho intencionadamente. Y eso me divierte a más no poder.
Saca un puñado de billetes de diez de una cartera de cuero oscuro con
un lirio morado grabado delante y, al hacerlo, dice en tono alegre, a la vez
que me enseña un billete de cincuenta:
—Esta propina es suya. Se la merece. Los pasteles no podían ser más
adecuados. Creo que solo los supera el pegamento rápido. Escriba el poema,
por favor. Me intriga leerlo.
Se levanta, desentumece un poco los hombros y se dirige hacia la
puerta. Mientras se aleja, me doy cuenta de que estoy pensando en tres cosas
a la vez, tres cosas insensatas, tan inesperadas como heridas hechas con
papel, que afloran en mi mente sin que pueda detenerlas: que es menos alto
que Marcus, pero, en cualquier caso, lo suficiente como para parecer más alto
que yo, que mido casi un metro ochenta, que me gustaría tocar su maldita
melena y que tiene un culo precioso, coño.
CAPÍTULO 4
No se podía decir que Byron fuera un cobarde, eso no, pero cuando el
nombre de su abuela aparecía en la pantalla del móvil, sentía un
estremecimiento frío en la espalda, como si una serpiente se estuviera
arrastrando por ella. Si, además, la llamada se producía a primera hora de la
mañana, como en ese caso, la serpiente empezaba a envolverlo en sus anillos.
Y no porque la madre de su padre fuera una vieja bruja histérica, capaz de
hacer hechizos o una de esas ancianas afectuosamente despóticas que te
obligan a comer hasta que te revientan las coronarias. No, una mujercita así le
habría parecido incluso tierna.
La señora Lord no tenía en absoluto el aspecto de ser abuela, aún menos
de tener un nieto de treinta años. Como mucho, observándola a la luz del sol,
con una lente de aumento y un ojo crítico cargado de rencor, aparentaba solo
cincuenta. Al atardecer, en una habitación con la luz tenue y ante un público
de aduladores, parecía una treintañera. Su verdadera edad, sesenta y nueve
años, era un secreto que no estaba dispuesta a revelar ni a un sacerdote. Sin
duda —cuestión sobre la cual todos estaban de acuerdo, incluso sus
pretendientes más regulares—, era cualquier cosa menos tierna.
Además de sí misma y de su bienestar, tenía muy pocos intereses y esos
pocos que tenía confluían invariablemente en ella y en todo lo que pudiera
serle de provecho. En especial, en los últimos meses sus esfuerzos se habían
concentrado en una misión: transformar la solemne decepción que era su
nieto en un hombre respetable.
Byron lo sabía y trataba de escapar de ella por todos los medios.
Después de la muerte de sus padres, su abuela era el único pariente directo
que le quedaba, pero eso no le impedía ser peor que un dolor de muelas. Era
fría, intrigante y carecía de empatía. Por eso dejó sonar el móvil. Después de
su habitual carrera, estaba sudado y cansado y necesitaba darse una ducha.
Siempre podía decirle que no había oído la llamada, de manera que se
mantuvo en sus trece hasta que el teléfono sonó con firmeza por
decimoquinta vez. Entonces pensó que era un idiota inmaduro y se resignó a
enfrentarse al enemigo. De esta forma, evocando a una media docena de
héroes mitológicos que habían combatido contra hidras, medusas, dragones y
cerberos guardianes que —quizá— no eran peores adversarios que su abuela,
respondió.
—Por fin —dijo Margery Lord en el tono de una emperatriz con cetro,
corona y una cruel capa de armiño.
—¿Cómo estás, abuela? —le preguntó Byron, a sabiendas de lo mucho
que a ella irritaba ese apelativo. Mejor dicho, muy consciente de ello.
La señora Lord ignoró con majestuosidad la pregunta y la injuria.
—Te recuerdo que hoy tienes una cita con Clarice —le dijo—. Sé que te
ha mandado un mensaje con la dirección. No tienes excusa, por lo visto está
muy cerca del sitio donde trabajas.
—Enseño, no vendo droga. El sitio donde trabajo es una universidad
digna de todo respeto, por más que, por el tono en que lo dices, parezca un
barrio de mala muerte.
—Habrías podido enseñar en Yale o quedarte en Georgetown. Por no
mencionar el hecho de que podrías ser ya diputado y…
—Haber puesto los cimientos para un futuro en la Casa Blanca, lo sé,
me repites a menudo ese mantra.
—Según parece, no demasiado a menudo. Procedes de una de las
familias más importantes del país, una familia que cuenta con generaciones
de parlamentarios, secretarios de Estado, gobernadores e incluso un
vicepresidente, pero para ti el concepto más elevado de carrera es enmohecer
entre pupitres enseñando poesía en una universidad digna de todo respeto, no
lo niego, pero que no es la mejor. Además, ¿crees que no sé a qué te dedicas
en ese local de dudoso gusto todos los fines de semana?
—Sé que estás al corriente de todo. No sé a cuántos investigadores
privados contratasteis mi padre y tú para que siguieran mis movimientos
desde que empecé a gatear.
—Si eso fuera cierto, dada la cantidad de decisiones absurdas que has
tomado en la vida, serían unos inútiles.
—No me repitas la consabida lista, por favor, o me entrarán ganas de
fingir que no te conozco y esta vez será para siempre.
—Por el momento, haz un esfuerzo y sal con Clarice Weldon. —La voz
de Margery Lord sonó inexpresiva y despótica al mismo tiempo. Si las voces
de las personas pudieran compararse con las cosas, la de ella era, sin duda, la
mutación de un cristal afilado ensamblado a un bisturí.
La imagen de Clarice aumentó el sudor frío que perlaba la espalda de
Byron. No la había visto mucho, pero las pocas veces que habían coincidido
habían sido más que suficientes: no era una joven mala, de haber sido así, él
habría podido dominar y estudiar la maldad como hacía con los versos más
tortuosos de los poetas italianos del siglo XIV, pero la idiotez tenía poco
remedio. Clarice Weldon era un lugar común: la hija agraciada y rica de un
gordo imbécil y rico. La había conocido en una fiesta en casa de su abuela, en
Washington, una de esas falsas fiestas familiares a las que hay que asistir al
menos una vez en la vida, y enseguida había comprendido varias cosas: que
ella también vivía en Massachusetts, que querían endilgársela como futura
consorte y que le atraía tanto como una canción de Justin Bieber.
Byron no quería volver a casarse en toda su vida ni crear vínculos
profundos: había hecho ese pacto consigo mismo después de Isobel. Después
de lo que había sucedido, después de la tragedia, del dolor y del sentimiento
de culpa con sabor a hierro que aún le envenenaba el pensamiento, se había
comprometido a no volver a ser causa, ni siquiera involuntaria, de un
resultado similar.
Justo por eso le convenía ir a ese local, ver a la pequeña e irritante
Clarice y aclararle de una vez por todas que no tenía la menor intención, no
solo de casarse con ella, sino incluso de mirarla, escucharla o tolerar su
existencia hasta el final de sus días.
No conseguía dejar de mirar a la joven.
A Clarice no, maldita sea.
A la camarera, mejor dicho, a su alumna.
La que tenía los ojos grandes y oscuros y los labios tan rojos como las
cerezas en junio.
Pese al tono agudo con que las pronunciaba, las palabras de Clarice, que
estaba allí, a su lado, le llegaban desde un espacio remoto, mezcladas en una
especie de masa confusa de risitas, frases llenas de puntos exclamativos y
estúpidos intentos de seducción. Y él, que estaba bien lejos de sentirse atraído
por Clarice, debía dominarse como un miembro de la realeza para dejar de
mirar a la criatura armoniosa y salvaje que servía el té. Qué guapa era, Dios
mío. A pesar del estúpido vestido y de la expresión combativa. Es más,
también por la expresión combativa.
«Es una de tus alumnas, desecha esos pensamientos impuros.»
No eran pensamientos impuros o, al menos, no lo eran del todo. Eran
impuros y contemplativos a la vez. Le intrigaba, como le había sucedido ya
en una ocasión, cuando era niño, durante un viaje por Italia, delante de un
cuadro de Tiziano, La Venus de Urbino, que está expuesto en la Galería
Uffizi. Uno de los agradables viajes que había hecho con su madre antes de
que su abuela, inquieta por que el exceso de arte, música, novelas y sonetos
pudieran convertirlo en homosexual y demócrata, puso límite a ciertos temas
e introdujo otros más viriles, patrióticos y republicanos.
La mujer no había conseguido lo que quería, pero al menos no era
homosexual. Un pequeño consuelo después del sinfín de decepciones que le
había infligido ese nieto irresponsable que, en lugar de quedarse prendado
con las zalamerías de Clarice tengo-un-montón-de-dinero, se le iban los ojos
detrás de una camarera.
De repente, recordó por qué había pedido los pasteles. Su abuela habría
apreciado su capacidad de planificar una estrategia, mucho menos el objetivo
de dicha planificación. Haciendo gala de una torpeza que no era propia de él,
la pintó literalmente de chocolate. La pobre Clarice y su vocecita de ratón…
Confiaba en que esas maniobras la hicieran desistir, a pesar de tener la
terrible impresión de que Clarice estaba más motivada de lo previsto. Se
había presentado a la cita lo peor posible, vestido de una forma que habría
espantado a cualquier mujercita acomodada, con la barba más larga de lo
habitual, el pelo suelto y despeinado y aire de salvaje y canalla. A pesar de
haber creído que la haría escapar como alma que lleva el diablo, en el
momento tuvo la sensación de que, de no haber sido por la crema de cacao, la
pequeña y comedida Clarice se habría abalanzado sobre él. Era, a decir poco,
insistente. Debían de haberle leído la cartilla. La misma que su abuela trataba
de inculcarle en vano: «Hay que casarse con personas de la misma clase
social y dejar de recoger muertas de hambre que luego terminan como
terminan».
Entretanto, se sentía como si entre sus ojos y la cara (y, maldita sea, el
cuerpo) de esa chica —la camarera vestida de Alicia, la alumna que sacaba
fuerzas de la poesía— hubiera un gancho. Por eso debía largarse. Largarse y
dejar de preguntarse cómo se llamaba, de dónde venía y, quién sabe, a qué
sabía su boca, si de verdad sabía a cerezas maduras.
Por mucho que su aspecto pudiera dar a entender lo contrario, Byron no
era un seductor. No un seductor voluntario, al menos, uno de esos que se
embarcan en campañas de conquista. No lo necesitaba: subyugaba incluso a
las mujeres que no sabían que su familia era rica y que, por tanto, no tenían la
menor intención de cazar a uno de los Lord.
Él no prestaba demasiada atención a su «jodida apariencia», según sus
propias palabras, que se asemejaba a la de su padre, la de su abuelo y la de
muchos otros antepasados. Generaciones de bribones, tan guapos que parecía
que hubieran sellado un pacto secular con el diablo. En una ocasión, medio
en broma, se había preguntado si en el desván no habría un retrato
monstruoso que envejecía en lugar de ellos y atraía como un imán las
imperfecciones comunes de cualquier hombre normal: nariz descomunal,
orejas de soplillo, dientes torcidos, pelo prematuramente cano y tendencia a
la obesidad. En pocas palabras, algo que los hiciera humanos. Pero en el
desván no había siquiera una acuarela infantil y los Lord seguían generando
generaciones de hombres naturalmente seductores.
Era así en la universidad, en el mundo de papel cuché que su abuela
quería imponerle y, con mayor razón, en el Dirty Rhymes. Durante una
pausa, mientras bebía algo en la barra y charlaba con Eve, la camarera, un
grupo de jóvenes le preguntó si podían invitarlo a una copa. Si hubieran
sabido que en su vaso solo había Coca-Cola, sin una gota de alcohol, que
jamás se había acostado con una mujer que acabara de conocer y que había
estado casado diez años con su primer amor del instituto, se habrían
preguntado, al igual que su abuela, si tanto arte y tanta poesía no habían
hecho nacer otros gustos. Bromeó un poco con ellas, les ofreció un cóctel y
después se escabulló fingiendo que había visto a la persona con la que debía
reunirse. Entró en su oficina, su refugio, la burbuja donde quedaba ahogado
el ruido. Allí lo encontró Eve unos minutos después, tumbado en el sofá, con
la espalda apoyada en un cojín y un libro abierto entre los dedos que, sin
embargo, no estaba leyendo. La camarera no pudo contener la risa. Resultaba
anticuado con los pantalones de piel, las botas negras con tachuelas, una
camiseta con una calavera enorme sacando la lengua y en la nariz un par de
gafas de montura negra, que le daban un aspecto serio y pedante, detrás de las
cuales sus ojos verdes parecían pétalos pegados entre dos suaves marcos de
pestañas cobrizas.
—No eres normal, By —dijo—. Ahí fuera te las sirven en bandeja a un
ritmo endiablado y a ti solo se te ocurre refugiarte aquí dentro y ponerte a
leer. ¿Calvino? Espero que, al menos, sea algo obsceno.
Byron sacudió la cabeza y se desentumeció a la vez que soltaba El
barón rampante.
—Para nada —respondió—. Me has pillado in fraganti. Debería haber
examinado algunas cuentas, pero me he concedido una pausa. Me temo que
no soy un gran empresario. —Se quitó las gafas y sonrió, pero su expresión
era forzada, casi plastificada.
—Aún no lo has superado, ¿verdad? —Eve lo miró con tristeza y una
ternura maternal.
—¿Te refieres a la cita que ha organizado mi abuela? Consigue
encasquetarme esas tipas incluso estando a miles de kilómetros. Si me fuera a
vivir a Alaska, estoy seguro de que encontraría a la hija de un viejo amigo
que en su día se instaló en Anchorage para ganar dinero quemando el cielo —
observó Byron, pese a que los ojos dulces y brillantes de Eve aludían a algo
más importante que una cita fallida.
Eve era una buena amiga, se conocían desde hacía muchos años: Eve
era la única a la que le permitía recordarle las heridas con los bordes aún
desgarrados. La única que le hablaba del tema sin ensañarse, sin culparlo, sin
echarle sermones ni invectivas. La única que se preocupaba por su corazón.
A pesar de ser una joven muy guapa, con una melena larga y pelirroja y unos
ojos de color verde agua, entre ellos nunca había habido nada: no solo porque
a Byron nunca le había atraído, sino también porque Eve prefería los
encantos femeninos.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —preguntó ella—. ¿Un año?
—Más o menos.
—¿Aún te duele tanto?
No le dio una respuesta precisa, se limitó a sonreírle de nuevo, tratando
de parecer más espontáneo que antes. No siempre se sentía mal: el dolor
había dejado de ser una cita cotidiana, lástima que se hubiera convertido en
algo peor. Cuando se encontraba con él a diario, cuando se despertaba a su
lado, cuando lo sentía palpitar en la espalda y cada vez que respiraba, al
menos no lo pillaba por sorpresa. Ahora, en cambio, podía estar bien varias
horas y luego, de repente, el traidor aparecía como un demonio en una
habitación vacía y el corazón le daba un vuelco. Sucedía siempre de
improviso, un recuerdo, un perfume, e Isobel lo encadenaba de nuevo a su
pasado y transformaba el mundo en un lugar horrible para vivir y su
conciencia en una trampa dentada.
Ni siquiera Eve sabía la verdad. No del todo. Veía lo que se podía ver
desde fuera —un joven viudo que de vez en cuando era presa de la
melancolía—, pero no lo sabía todo.
—Al menos podrías, qué sé yo, divertirte —le sugirió ella. Se había
encendido un cigarrillo con aroma a menta y lo estaba fumando al lado de
una pequeña ventana protegida con rejas, más allá de la cual se divisaba un
callejón rodeado de muros.
—¿Con las tipas de antes? —Byron se rio, al mismo tiempo que se
ponía de pie.
—Con una que te guste. No puedo creerme que no te atraiga ninguna.
Por un instante, por la mente de Byron pasaron unos labios rojos y
carnosos. Sonrió y esta vez su sonrisa fue sincera. Eve estaba mirando por la
ventana y no se dio cuenta.
—Antes he visto una —prosiguió ella dando la última calada a su
cigarrillo—. Una que está muy buena. En un mundo perfecto una tipa así se
acostaría conmigo.
—¿Por qué no lo intentas?
—Bah, no lo sé, no creo que sea lesbiana. Yo en tu lugar la tendría en
cuenta. Siempre y cuando no la haya atrapado ya alguien.
Byron no mostró el menor interés por la belleza anónima y tentadora.
Miró la hora en su macizo reloj de muñeca, un viejo Poljot ruso, que habría
dado pie a su abuela a acusarlo de ser un espía comunista. Hizo una mueca.
—Los chicos llegan tarde. ¿Ian está en el bar?
—Sí, pero ahora voy yo también.
—Os echo una mano.
En ese momento dos jóvenes entraron en la sala. Eran más jóvenes que
Byron, pero vestían como él: pantalones de piel, piercing, desgreñados desde
hacía un cuarto de siglo. Uno bebía cerveza de una botella de Guinness y el
otro llevaba en los labios un cigarrillo apagado.
—Rod —dijo Byron mirando al joven que estaba bebiendo—, ¿podrías
no emborracharte? ¿Puedes beber después del trabajo?
—Vamos, By, solo es una cerveza —protestó el otro.
—Sí, claro, tienes cara de haber bebido solo una —prosiguió Byron en
tono irónico mirando el rostro congestionado y los ojos inyectados en sangre
—. Estoy empezando a hartarme. Subes más veces borracho que sobrio al
escenario. El sábado pasado por poco no measte delante del público durante
Just the Way You Are.
—Porque Billy Joel me repugna —objetó el joven apurando la cerveza
y soltando un sonoro eructo.
Byron se acercó a él con aire resuelto.
—En ese caso, hablemos claro. Si vuelves a mear fuera del tiesto, te
despediré. Y no me refiero solo a tus pésimas costumbres higiénicas. No eres
lo bastante bueno como para que deba soportarte. Además, algunas clientas
se han quejado de que tienes las manos largas. Esta noche es tu última
oportunidad. Si vuelves a equivocarte, recoge tus cosas y esfúmate.
Al cabo de una hora, el local estaba más lleno y el ruido había
aumentado. Byron, que servía en la barra con Eve y Ian, en una especie de
cadena de montaje experimentada y eficiente, miró a Corky, que volvía a
tener un cigarrillo apagado entre los labios, y le preguntó dónde se había
metido Rod. El joven se encogió de hombros y dijo:
—Ha visto a una que le gusta. Ya sabes cómo es.
La mirada verde de Byron se ensombreció. Sabía cómo era Rod. Se lo
había advertido: «Si te vuelvo a pillar metiendo las manos en las bragas de
una mujer que no quiere que le metas las manos en las bragas, te despediré y
te partiré las piernas».
Y, al no verlo por ninguna parte, ni siquiera en el bar, el riesgo de que
estuviera haciendo algo que le iba a obligar a partirle no solo las piernas, sino
también algún que otro hueso más, era elevado. Byron no era violento, no
resolvía los problemas a golpes, pero con alguien que no comprendía el
significado de las palabras y las frases era necesario recurrir a algo más
concreto y ejemplarizante.
Salió de la barra y se puso a buscarlo. La luz era tenue y la multitud
apremiaba, sentada a las mesas o de pie, al lado del escenario destinado a la
banda. Alguien lo saludó sonriendo, un par de chicas hicieron amago de
detenerlo. Byron dejó atrás a todos, ignorándolos. Debía encontrar a ese
pedazo de idiota antes de que organizase algún lío.
De repente, en medio del caos, oyó un grito femenino desesperado. El
llanto de una mujer. Procedía de la zona de los servicios. Se precipitó hacia
allí con la viva sensación de que esta vez había ocurrido algo irreparable. Los
pocos segundos que lo separaban de la dramática certeza de que se iba a
encontrar con una escena violenta, con una joven herida, violada, moribunda,
no fueron los más espantosos de su vida —había vivido otros mucho más
proféticos que esos—, pero fueron, en cualquier caso, bastante terribles. Su
fantasía más inquieta se desbocó. No bastaría con despedirlo, debería
denunciarlo y…
Apenas enfiló el corto pasillo que daba a los servicios, Byron se quedó
boquiabierto.
No vio una mujer llorando, sino a Rod. Por lo visto, cuando tenía miedo
de verdad, tenía vocecita de eunuco. No había tenido miedo cuando, en más
de una ocasión, le había intimado para que dejara de comportarse como un
capullo, pero ahora estaba aterrorizado.
Tenía miedo de la persona que, después de haberle dado una patada en
los huevos, lo había empujado contra la pared con las manos metidas entre
las piernas y le estaba dando puñetazos en la cara como un boxeador experto.
Solo que no era un boxeador ni un hombre.
Era ella. La alumna deslumbrante y de aire salvaje. Alta, fuerte, capaz
de golpear como un hombre, como alguien habituado a defenderse.
Superado el instante de desconcierto —casi hipnótico—, Byron la
agarró por los hombros y la detuvo. Podía matarlo. La cara de Rod era una
máscara carmesí. Los nudillos de la joven estaban ensangrentados.
Ella se desasió furibunda como una Erinia injustamente aprisionada.
—¡No me toques! —lo intimidó asestando un codazo hacia detrás que
hizo vibrar las costillas de él. Byron se quedó impresionado por su fuerza,
que no era solo física, una fuerza que parecía brotar de un mundo interior
profundo y caótico, y se tambaleó como una copa en el borde de una mesa,
que vacila entre fuera o dentro de esta.
Después, sin añadir nada más, la joven le golpeó también la nariz.
Byron sintió un dolor cegador y el sabor de la sangre en la boca unos
segundos antes de que ella se volviese, viera la escena, comprendiese a quién
había herido y parpadease una vez, al ralentí, con el aire resignado de quien
sabe que ya no puede seguir combatiendo ni escapar.
CAPÍTULO 5
FRANCISCA
No vivo en un palacio, desde luego, pero me gusta mi casa. Salvo por la
cama, los libros, un sillón y el ordenador, está vacía. Y yo, sentada en la
moqueta con la espalda apoyada a la pared, tratando de escribir el maldito
poema.
Mi mente es una secuestradora aérea, una terrorista. Por mucho que
intente hacerla ir por un camino, ella me sigue apuntando una pistola en la
sien y vuelve a Marcus. Quiero y debo olvidarlo, pero ciertas cosas son más
fáciles de decir que de hacer. ¿Cómo puedes borrar de un plumazo al único
hombre por el que no has sentido náusea ni el deseo de sacar un cuchillo para
tatuarle el intestino? Para mí la poesía es vida, salvación, valor, sangre
derramada para liberarse. Y todas estas cosas me llevan a él.
Me vienen a la mente, con una insistencia casi enfermiza, unos versos
de Funeral Blues de Auden. Solo estos, repetidos una infinidad de veces.
Él era mi norte y mi sur, mi este y mi oeste,
mi semana de trabajo y mi descanso dominical,
mi día y mi noche, mi charla y mi música.
Pensé que el amor era eterno: estaba equivocado.
De forma instintiva, rodeo una muñeca con los dedos. Rozando las
marcas que me hice hace doce años está la pulsera que llevo siempre. Salvo
la relación que guarda con cierto momento y cierto lugar, la pulsera no vale
nada. Dieciséis años, Marcus y yo nos veíamos a escondidas por la noche, en
el instituto, saltando los muros, las verjas, los obstáculos que no separaban
Éramos unos animales encadenados. Éramos unos ángeles caídos. Nuestros
besos era más que besos: eran puntos de apoyo suspendidos sobre un
precipicio. Me aferraba a su lengua como si, al soltarla, pudiera caer al vacío.
Su cuerpo me hacía sentirme viva, protegida, ni aplastada ni violada. El
infierno de su vida se parecía al mío. Teníamos más cosas que olvidar que
cosas que recordar. Así, siendo el presente una caja negra y vacía, lo
llenábamos nosotros con nuestras caricias, que casi nunca eran caricias, sino
manos que se hundían en tus costillas, te prendían y moldeaban tu pobre
arcilla herida. Una noche me dio esta pulsera. La había hecho él, había cogido
los hilos de una tela verde y azul, a saber de dónde los había arrancado, y los
había trenzado para mí. En la parte interior había escrito nuestros nombres
con un rotulador de color plata, seguidos de las palabras PARA SIEMPRE.
«Pero para siempre no existe. Nada es eterno, ni siquiera la forma de las
montañas, no digamos el sentimiento de un muchachito prisionero.»
La acaricio y me parece estar tocando una herida. Duele más que las
verdaderas.
De repente, llaman a la puerta.
¿Quién puede ser?
No tengo amigos entre los vecinos, apenas los saludo.
Cuando veo a Sophia en el rellano, con un vestido de color azul celeste,
tan de moda que hace que me sienta más andrajosa que nunca, si no le
pregunto qué demonios quiere es porque en el fondo de mi alma debe de
quedar algún resto inexplicable de buena educación.
—¿Aún no estás lista? —me pregunta mirando mis vaqueros rotos en
las rodillas, los pies descalzos y una camiseta blanca con la mano de un
esqueleto mostrando el dedo del medio.
—¿Para qué?
—¡Para salir conmigo y con Willy!
—No tengo la menor intención de salir contigo y con Willy.
Sophia entra en la habitación, casi la única de la casa, exceptuando una
especie de trastero que contiene la cama, un cuarto de baño cuyas paredes
puedo tocar con solo abrir los brazos, una cocinita de juguete y mi parte
preferida, una terraza minúscula. Me gustaría llenarla de plantas, aunque
luego no quede espacio para mí: así, cuando mi humor se desplome como un
cadáver, me asomaré y miraré las hojas que acaban de brotar, las flores
invernales, me parecerá que las oigo hablar y me sentiré mejor. Siempre he
tenido esta pasión secreta, una pasión que jamás he revelado a nadie, tan
intensa como la que siento por la poesía. Cuando la vida es un infierno, es
necesario agarrarse a algo que tenga el color y el sabor del paraíso. Por
desgracia, por el momento solo tengo una planta crasa sin un solo pétalo. Es
una escila morada con las hojas manchadas: la llamo Escila, como si fuera
una amiga.
Sophia me mira a la cara y luego comenta en tono comedido:
—Estás triste. Otro motivo más para salir conmigo y con Willy.
—Si estuviera triste, Willy y tú aumentarías mi tristeza, hazme caso. Ve
sola.
—Pero ¡no puedo!
—¿Por qué no puedes? ¿Tienes alguna parte del cuerpo paralizada?
Muévete y ve, no me parece una gran hazaña. Si te has atrevido insinuarle
que le gustas, supongo que también podrás…
Me interrumpe con una expresión malhumorada, casi caprichosa.
—No le he insinuado nada —afirma—. Mejor dicho, lo intenté, pero
creo que no lo ha entendido.
—Te escribió un mensaje, ¿no? Entonces seguro que lo ha entendido.
—Eso era…, bueno, era una verdad a medias. Me escribió un mensaje,
sí, pero le gustas tú. El problema es que lo asustas y no se ha atrevido a
decírtelo en persona. Así que me pasó la nota a mí y… me rogó que te
preguntara si quieres salir con él.
La miro, mis ojos son dos ranuras. Si Willy estuviera aquí, le borraría
cualquier sentimentalismo hacia mi persona sin decir una palabra. Me
bastaría mirarlo con algo de fijeza, pues no lo miro jamás, solo cuando no me
queda más remedio, porque debo servirle el repugnante té con aroma a
cúrcuma que tanto le gusta.
—Para que comprendas las ganas que tengo de salir con Willy, puedo
ponerte un ejemplo: entre él y que me ahorquen con hilo metálico, prefiero el
hilo metálico.
—¡Te lo ruego! ¡Si no vienes tú, yo no puedo ir! —proclama Sophia, en
parte enojada y en parte suplicante—. Me invitó también a mí porque…,
porque le das miedo, ya te lo he dicho. En fin, que soy su carabina.
—No saldría con un hombre que necesita una carabina aunque me
torturaran o me pagaran en lingotes. Lo siento, Sophia, no solo no quiero
meterme en líos, tampoco quiero citas ridículas sin futuro. No quiero nada de
nada.
—Pero ¡al menos así me darías una oportunidad! —insiste ella—. No
me importa que siga sintiendo miedo de ti, al contrario, asústalo todo lo que
puedas. Así entenderá que no eres la persona que le conviene y quizá se fije
en mí.
—Ningún hombre vale un razonamiento como ese. No debes ser la
rueda de repuesto de nadie.
«Quien no te quiere, porque prefiere una carita de jodido ángel, no
merece siquiera un pensamiento.
»Aunque luego pienses en él de todas formas.
»Y las poesías te lleven siempre allí.
»Y tengas su nombre pegado a cada pedazo de piel y unos tatuajes
similares a los suyos.»
—¡En tu caso es fácil de decir! —estalla Sophia con una expresión cada
vez más patética—. ¡Eres guapísima! ¿Te has mirado al espejo! ¡Eres igual
que Jessica Alba!
Me gustaría preguntarle si sabe lo que se siente cuando se es dueña de
un cuerpo que no pasa desapercibido ni siquiera cuando lo escondes, lo
humillas e intentas incluso matarlo. No me gusta ser así, yo no pedí ser así.
Me gustaría parecerme a un vulgar papel pintado, que se queda donde lo
pones sin que nadie lo note, lo quiera o intente tocarlo.
Cuando me dispongo a decírselo, su melancolía me refrena. Por lo
general, Sophia sonríe como, supongo, deben de sonreír al alba los girasoles.
Su tristeza no es una pose: es como si ella también fuera la mayor parte del
tiempo con una máscara y ahora se la hubiera quitado. En este momento sus
ojos parecen unos pequeños espejos mojados. No sabe nada de mí, de mis
secretos, de mi dolor, que protejo con los puños, pero yo tampoco sé nada de
ella, de su dolor, que protege con la sonrisa. Así que, tal vez valga la pena
hacer una estupidez, algo que, en condiciones normales, no haría ni muerta.
—Está bien, iré contigo, pero solo para aterrorizar a tu Willy, a ver si
entiende que si no cambia de idea le pondré la cara del revés. Entretanto, a
ver si puedes enamorarte de otro. No te contentes con uno al que solo le
interesa la forma de tus tetas.
Mientras lo digo, tengo que dominarme para no dar patadas a una pared,
la que sea. Porque pienso que es cierto que soy guapísima, de nada sirve
fingir que no es así, no-pero-qué-dices-no-me-tomes-el-pelo. Y, aun así,
Marcus me dejó al final.
Solo soy un cuerpo que atrae las miradas por la calle. Soy una boca que
todos desean lamer, pero cuando se trata de querer, la puerta es otra y el
arcoíris está al otro lado del puente. A fin de cuentas, ¿de qué me sorprendo?
El amor es una leyenda menos probable que la del cocodrilo en las galerías
del metro de Nueva York. De vez en cuando alguien dice que lo ha visto,
pero después se le pasa la cogorza.
Espero que también a mí se me pase lo antes posible.
Mientras tanto, los versos de Auden vuelven a
atormentarme.
Parecen escritos para mi vida.
Ya no hacen falta estrellas: quitadlas todas,
guardad la luna y desmontad el sol,
tirad el mar por el desagüe y podad los bosques,
porque ahora ya nada puede tener utilidad.
Reconozco que soy estúpida. Quién me iba a decir que a Willy le gustan
los locales así. Sophia tampoco debía de imaginárselo, porque abre los ojos
desconcertada como la heroína de un manga japonés. Willy lleva un traje de
piel. Willy —el mismo que durante el día se viste de Sombrerero Loco y bebe
té en unas tazas de cerámica color aciano prestando atención para no levantar
el meñique— lleva un pendiente en forma de cruz y se ha echado un cubo de
gel en el pelo. Además, habla tanto que se echan de menos sus silencios
vespertinos. No solo parece otra persona, parece proceder de otro planeta.
El local se llama Dirty Rhymes y es muy raro. Es un cruce entre un bar
de los años ochenta y el tugurio de un brujo. No sé cómo es posible unir estas
dos características sin crear algo espantoso, pero he de reconocer que el
resultado es agradable. Los colores cálidos y los arcos góticos podrían
chirriar como los cristales y las cuchillas, las jukebox y las paredes de
ladrillos a la vista detestarse más que el agua y el aceite y, sin embargo, el
conjunto funciona.
—¡Luego actúo yo también! —dice Willy en voz alta, en medio de una
sala donde retumba la música salvaje de un baterista que aporrea lo que, a
primera vista, parece un instrumento artesanal hecho con ollas y latas de
pintura—. Después del grupo del local. ¿No es divertido?
—¿Tú tocas? —le pregunta Sophia, anacrónica a más no poder con su
trajecito azul celeste, tan fuera de lugar que parece un cordero en medio de
una manada de lobos.
Él bebe un par de tragos de Guinness y asiente orgulloso:
—Sí, por lo general la guitarra. He estudiado en el conservatorio, pero
el rock también me gusta. El sábado dejan que los aficionados hagan lo que
quieran en el escenario durante tres minutos exactos. Me he traído un ukelele
y tocaré Creep, de los Radiohead. Me escucharás, ¿verdad? —me pregunta.
Llevamos aquí una media hora y no ha dejado de seguirme como si fuera un
cachorro de cocker.
—Ni lo sueñes —replico con una ruindad deliberada. Por desgracia,
cuanto más lo desprecio, más subyugado parece. Debe de ser algo
masoquista.
Cuando Willy se marcha para hablar con el encargado de la música,
Sophia me dice con resentimiento:
—No me hace el menor caso, ¿te has dado cuenta?
—Creo que le gusta que lo traten mal. Dile lo peor que se te ocurra.
—¿Que el negro no le favorece?
—Um… Me parece que voy a tener que darte unas cuantas lecciones de
sinceridad brutal. Entretanto, ¿sabes lo que vamos a hacer? Acabo la copa y
me voy. Soy demasiado vieja para todo este barullo.
Sophia pone cara de pobre huérfana abandonada, pero no me
convencería aunque fuera vestida con harapos y vendiera cerillas en la calle.
Quiero marcharme, así que me alejo de ella para apurar la cerveza y luego
escabullirme.
De repente, el tipo que estaba aporreando las ollas y las latas termina su
solo y, tras unos segundos a oscuras, las luces se vuelven a encender y
enfocan varios instrumentos musicales más tradicionales. Al mirar con más
atención la pared, comprendo que se trata de una pizarra gigantesca.
En la misma hay una frase escrita con tiza de color rojo: «DONDE LAS
PALABRAS FRACASAN, HABLA LA MÚSICA (HANS CHRISTIAN
ANDERSEN)».
El rincón destinado a las actuaciones lo ocupa ahora una banda. Un
teclista, un guitarrista y un cantante sentado en un taburete con la cabeza
inclinada tocada con un sombrero estilo Panamá, pero totalmente negro, que
le cae oblicuo sobre la frente.
Levanta la cara y veo uno de sus ojos.
Verde jade.
Una melena voluminosa de reflejos cobrizos, larga hasta los hombros.
Una barba con idéntico esplendor llameante.
Dos hoyuelos que no puedo ver, pero que están ahí.
Canta.
Mi profesor de Poesía canta.
Su voz es condenadamente sexi, ronca, cálida, como una lengua
insinuándose entre mis labios.
Sacudo la cabeza para desechar esta sensación absurda, pero lo observo
petrificada. Mejor dicho, lo miro fijamente. La intención de marcharme es
ahora tan consistente como la respiración de un espectro.
Durante más de media hora, los Dire Straits, los Queen, los Rolling
Stones, los Led Zeppelin y muchos otros actúan en la pequeña, abarrotada y
oscura sala del Dirty Rhymes. No sé dónde se han metido Sophia y Willy,
pero me da igual, solo veo un mar de sombras que bailan, entonan algún que
otro verso, beben con avidez y se besan con voracidad.
De repente, me siento sola.
El profe canta Piece of My Heart, de Janis Joplin, sin acompañamiento
musical. Solo su voz, apacible y ardiente.
Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca me oyes cuando lloro por la noche,
nena, y lloro todas las noches, pero cada vez me digo que no, que no puedo
soportar más este dolor.
El dolor se expande como un gas mortal destinado a matarme solo a mí.
Tengo que salir de esta sala, alejarme de esta voz, de esta canción en especial:
la escuchaba a menudo, entonces. Me ponía los auriculares y la escuchaba y
la cantaba en silencio mientras Marcus dormía a mi lado, aunque no
demasiado cerca, separado de mí después del sexo, y, ahora lo sé, separado
también de mí durante el sexo.
Escapo, me siento como una polilla huyendo de la luz. Me abro paso
entre la gente, enfilo un pasillo, llego al cuarto de baño. Varias chicas fuman,
otras se pintan los labios de color cobalto, todas me miran. Me miran con
unos ojos que conozco, los ojos feroces y despiadados de las mujeres cuando
quieren ser feroces y despiadadas. La belleza siempre ha sido mi peor
enemiga en todos los sentidos, en cualquier momento. Incluso mi madre me
miraba y no veía ya a su hija, a su carne, a su futuro: cuando dejé de ser una
niña a la que podía trenzar el pelo, para ella me convertí en una condena
perfecta, hermosa y encantadora.
Me veo agarrando las cabezas de estas brujas pintarrajeadas y
haciéndolas chocar unas contra otras, pero mi fantasia no va más allá. Me
encierro en uno de los retretes y oigo susurros y risas que rezuman veneno
concentrado. Después, la banda de capullas se marcha, quizá a esposar a sus
hombres antes de que yo, la puta que acaban de ver, la que quiere tirarse a
todos los hombres con los que se cruza, salga y los devore. Apoyo la espalda
en la puerta y entretanto la canción se termina. A continuación, se oye el
espantoso alarido de una guitarra mal tocada, que cesa de golpe como si
alguien hubiera pulsado un interruptor o matado al guitarrista.
No sé cuánto tiempo paso encerrada en ese agujero, que apesta a
desinfectante: sé que obligo a Axl a ayudarme, a impedir que llore. Janis
quería volver a despertar mis lágrimas, pero no se lo permito: yo no lloro, yo
no lloro, yo no lloro.
Cuando salgo veo que todos se han marchado. De la sala me llegan
otras notas. Todo me parece ya solo ruido. Me enjuago la cara. Tengo que
volver a casa como sea. ¿Cómo he podido pasar varios años de mi vida
frecuentando todas las noches lugares como este? ¿Hubo un tiempo en que
este estruendo me parecía música?
Quizá no, quizá siempre me haya parecido ruido, pero el fragor infernal
puede ser mejor que el infierno de los pensamientos.
Además, no estaba sola.
«Que te den por culo a ti también, Marcus. Ahora mismo me marcho y
no volveré a pensar en ti y, si se te ocurre volver, destruiré el mundo.»
Pero en el pasillo encuentro un obstáculo. En un tramo estrecho,
dominado por una extraña lámpara de pared con un dragón de hierro con las
fauces abiertas, hay un tipo: está medio borracho y está tratando de
encenderse un cigarrillo, pero no consigue centrar la llama. Alza la cabeza y
al verme esboza una sonrisa pletórica de mensajes no subliminales. Una
sonrisa que quiere decir: qué buena estás, tía, y, como estás tan buena, eres
puta, y, dado que eres puta, ahora te tocaré el culo y te meteré la lengua en la
boca y, si se tercia, te follo y tú calladita.
Pobre imbécil. He hecho trizas los huevos de tipos mucho más fuertes
que tú.
Dice varias gilipolleces con voz pastosa, alarga un brazo, intenta
arrinconarme. En un abrir y cerrar de ojos, la hidra que he intentado sepultar
rompe la aureola de buena chica que luce desde hace tiempo y emerge de
nuevo. Recuerdo todas las veces que se ha repetido esta escena, desde que
tenía doce años, pero ya no tengo doce años y los que pretenden hacerme
daño no saben el error que cometen. Empiezo a pegarle con la furia insensata
de un ciego y la precisión del que tiene una vista perfecta. Lo sé, no estoy
golpeándolo solo a él, que, a fin de cuentas, no ha tenido tiempo de hacer
nada, pero en ciertos momentos el llanto o la risa son simbólicos, igual que
una paliza. Cuando me defiendo, nunca lo hago de un solo peligro, sino por
todas las veces en que he estado en peligro y no he sabido protegerme. Lo
hago como si retrocediera en el tiempo, como si, con cada golpe, el daño se
convirtiese en aire y el miedo en alivio. Quien no ha sentido esa
desesperación no puede comprender esta locura. En cierto momento, mientras
me desahogo, el cabrón bracea y me toca la cara con una mano: lo esquivo,
pero no soy lo bastante rápida. Un anillo de metal me golpea la mandíbula:
un dolor rápido, la crepitación de la piel al abrirse, el olor de mi sangre. Me
cabreo aún más. Ahora no lo vapuleo solo para defenderme, lo vapuleo para
matarlo.
Pero, de repente, alguien me agarra los hombros. En lugar de rendirse,
mi rabia se acrecienta. Solo un milagro puede aplacarme, solo eso o un
disparo en la nuca.
Doy dos codazos hacia detrás y me centro primero en las costillas y
luego en la nariz de la persona que está tratando de inmovilizarme. Oigo un
crujido fluido, como el ruido que hacen las ramas al romperse y la miel al
gotear. El primer tipo ya es inofensivo, ahora debo desembarazarme del
segundo.
Me vuelvo, más decidida que nunca llevármelo también por delante, y
dos clavos de color verde jade me paralizan.
—¡Tranquila, no quiero hacerte daño! —exclama alguien que, en los
últimos tiempos, veo demasiado a menudo.
La sorpresa me produce un extraño efecto: no es un disparo en la nuca,
pero casi. Es una bofetada que interrumpe la risa histérica de un niño. No, es
una luz que se apaga dejando sumida en la oscuridad una habitación, el
mundo entero.
El tipo que he derribado, mejor dicho, lo que queda de él, sangra en un
pañuelo, gimiendo y mascullando una retahíla de insultos.
Estamos en una sala apartada, en el interior del local, tengo las manos
ensangrentadas y una herida en una mejilla y me duele la cabeza. De pie en
un rincón, espero a que suceda lo que debe suceder.
Solo lamento la decepción que van a sentir Monty y Annie. Ellos
confiaban mucho en mi redención. No saben que en una casa con los
cimientos llenos de moho, líquenes y ratoneras no basta arreglar el tejado y
poner un par de cortinas.
He hecho todo lo posible, lo juro, lo he intentado. No ha sido suficiente,
puede que sea imposible ocultar o domar lo que somos. Lo que somos es
como el color natural del pelo: por mucho que te tiñas de rubio, nunca te
librarás de la raya.
A nadie le importará que me haya provocado, que yo me haya
defendido. ¿Qué puedo hacer si soy una perdedora que tropieza hasta con sus
zapatos, si sé oler el peligro y zurrar a un hombre? A nadie le importará la
verdad. Igual que la otra vez, cuando esos dos tipos me apuntaron con un
cuchillo a la garganta: al final ellos eran los buenos y nosotros los malos.
El profesor dice algo al chico herido. A pesar de que habla en voz
bastante alta, no oigo nada: el ruido de mis dientes es más fuerte.
Castañetean, castañetean, castañetean. Dientes tambores, dientes nudillos en
la madera, dientes tacones de claqué. ¿Qué me pasa? ¿Por qué tengo frío?
—¿Cómo estás? —Levanto la cabeza de golpe y lo veo delante de mí,
Byron Lord. Tiene la nariz manchada de sangre y se aprieta una fosa con un
pañuelo. Lo más raro no es que mi profesor de Poesía contemporánea sea
también cantante rock y propietario de una discoteca y use pañuelos grandes
de tela en lugar de los de papel, como si fuera un duque francés del siglo
XVIII. Lo más raro es que, después de que casi le he roto la nariz, este
extravagante duque francés de melena larga, que luce un anillo con un ónix
engastado entre unas garras de plata, me está sonriendo—. ¿Puedo? —añade
haciendo amago de alargar un brazo hacia mí. Lo detengo con una rapidez
espontánea—. Solo quiero ver la herida, no te haré nada —insiste.
Odio reconocer que tiene una voz muy agradable. Me hace inclinar la
cabeza, me examina.
—No es grave —comenta al final—. Es una herida superficial.
—Estoy bien, acabemos de una vez por todas —murmuro echándome
hacia detrás. Apenas muevo el cuello siento náuseas. Seguro que estoy
ardiendo, como si tuviera una fiebre de caballo. Mis brazos parecen trapos
mojados, las piernas plumas pateadas.
—¿Acabemos de una vez por todas? —repite el profe frunciendo el
ceño. Arruga el pañuelo en una mano: alrededor de uno de los orificios
nasales tiene una pequeña costra marrón y una hinchazón amoratada. Me
sorprendo al desear no haberle roto la nariz: es tan recta y armónica, tan
condenadamente ducal, tan perfecta, en medio de su cara perfecta…
«¿Cara perfecta? Ok, confirmado: tengo fiebre.»
—Sí, llamad a la policía, al ejército, así acabaremos de una vez por
todas —afirmo. Me gustaría moverme con paso resuelto, expresar también
físicamente mi firmeza, pero no puedo. Me imagino ya los consabidos
trámites, las preguntas, el pasado que vuelve. La mera idea me produce
angustia.
«Please don’t cry, Fran.»
—¿No te encuentras bien?
—El hecho de que casi le haya roto la nariz no lo autoriza a tutearme.
«¿O sí?»
—Estoy seguro de que empezó Rod. Siempre empieza él. Solo que esta
vez se ha encontrado con la horma de su zapato. No se puede decir que te
hayas quedado corta, desde luego. En cualquier caso, no piensa llamar a
nadie —prosigue él en el mismo tono confidencial—. Está colocado de
marihuana, además de borracho, así que supongo que eso es lo último que
desea hacer. Por el mismo motivo, tampoco quiere ir a urgencias. Además,
debería admitir que le ha pegado una mujer y eso lo haría sentirse más idiota
de lo que ya es. ¿Tú qué piensas hacer?
—¿Y tú? —le pregunto a la vez que caigo en la cuenta de que he dejado
el «usted» detrás de una puerta cerrada.
—¿Yo qué?
—Por la nariz, no…
Se echa a reír.
—Yo también tendría que admitir que me ha pegado una mujer. Ni
hablar. Más bien, además de esa pequeña herida, ¿Rod te…, bueno, te
molestó?
—Si me hubiera molestado de verdad, estaría muerto —contesto. No
sabe hasta qué punto es cierto.
Se ríe de nuevo, al mismo tiempo que saca una goma de un bolsillo y se
recoge el pelo en una coleta baja. La luz de una lámpara en forma de dragón,
parecida a la que hay en el pasillo, se refleja en el ónix del anillo y en sus
ojos, tan verdes que parecen dibujados por un niño que ha querido pintar de
verde el mundo entero. Recuerdo la voz con la que cantó Romeo & Juliet de
los Dire Straits y me vuelvo a sentir extraña, febril, asustada. Me gustaría
escabullirme en este mismo momento.
—Bueno, yo me voy —digo en tono inflexible.
—Debemos desinfectarte la herida y ponerte una tirita.
—No debemos hacer nada, como mucho yo debo hacer algo.
—¿Has venido sola?
—Eso es asunto mío.
—Y mío. La herida no es profunda, pero estás muy pálida. Si te mueres
aquí, tendré que llamar a la policía.
—No tengo la menor intención de morirme.
«¿O quizá sí?»
Además de buen samaritano, ha resultado ser tozudo, y no da su brazo a
torcer.
No tengo ningunas ganas de ver otra vez a Sophia y Willy esta noche.
Lo único que quiero es tumbarme en una cama y dormir. «Puede que también
morir.»
—No —respondo y hago amago de dirigirme hacia la puerta. No debo
darle más explicaciones: como todos seguimos vivos, Rod, o comoquiera que
se llame el cretino que quería divertirse conmigo, es un gallina, la naricita
parisina del profe ha aguantado el golpe y mi herida es poco más que un
arañazo, diría que nuestros caminos pueden separarse con toda tranquilidad.
No obstante, siento que aún me tambaleo al caminar.
«¿Qué me pasa? ¿Cómo es posible que el golpe insignificante de un
cretino me haga sentirme así?»
El profesor me sujeta por un codo. Me vuelvo y lo fulmino con la
mirada.
—Disculpa, solo quiero ayudarte —me explica sin soltarme—. No
quiero molestarte. Me gustaría acompañarte adonde quieras que te acompañe,
eso es todo.
Parpadeo lentamente, entre sorprendida y enfurruñada.
Debo de estar agonizando, desde luego, porque, de una forma que solo
se explica si una enfermedad repentina y misteriosa me hubiera jodido el
cerebro, en lugar de mandarlo a la mierda y al resto de lugares elegantes que
conozco, en lugar de salir de la sala fingiendo que no necesito la ayuda de
nadie, en lugar de levantar el dedo medio y enseñárselo con aire triunfal, oigo
que mi voz dice:
—Ok.
Estoy oficialmente loca.
Voy con el profesor Lord en una moto Guzzi Nevada Aquila Nera.
Detrás de él. Detrás de un casco de color plateado.
No lo conozco, apenas he hablado con él en un par de ocasiones. Y esta
noche casi le he roto la nariz. Y le he mirado el culo, lo reconozco.
Pero no lo conozco.
Y yo no me fío de nadie.
Y siento angustia.
Entonces, ¿por qué no he vuelto a casa sola?
No lo sé, el ruido del motor y de mis pensamientos me aturde. Le he
explicado vagamente dónde está mi casa y lo ha entendido enseguida. Me ha
dicho: «Somos vecinos, vivo a unas cuantas manzanas».
Ni que quisiera saber dónde vive.
Cuando llegamos, sabe incluso dónde debe aparcar para que no le roben
la moto. Me quita el casco y esboza una sonrisa, a la que respondo con una
mueca que podría equivaler a «Gracias y hasta pronto» o a «Gracias y hasta
nunca jamás».
Mientras me dirijo hacia el edificio, oigo su voz a mi espalda.
—Si subo a tu casa contigo, no pensarás que tengo malas intenciones,
¿verdad? Solo quiero asegurarme de que te desinfectas bien la herida y de
que…
—No necesito ayuda, ya has hecho demasiado.
—De eso nada. Viniste a mi local y Rod te ha estropeado la noche.
—Y yo se la he estropeado a él. Y a ti —admito.
—La verdad es que pegas muy fuerte. ¿Sabes boxear? ¿Has asistido a
algún curso de defensa personal?
«He asistido a la vida. Y me asiste la rabia que llevo dentro».
Pero no se lo digo.
Meto la llave en la cerradura, tambaleándome cada vez más. No lo hago
a propósito. El mundo es una peonza, un terremoto, una casa arrancada por
un tornado. Me apoyo en el marco y empiezo a comprender el motivo del
mareo. No soy un frágil pinzón que enferma con el primer soplo de aire. Soy
una frágil y falsa capulla que, por primera vez en varios años, ha tenido que
afrontar un peligro sin Marcus. Por mucho que me esfuerce en restarle
importancia, es raro verse involucrada en una pelea sin él. Quizá sea menos
valiente de lo que pensaba y, una vez descargada la adrenalina, empiezo a
tener miedo. O quizá solo esté cansada de las peleas, de las guerras, de estar
siempre en alerta, de ver un enemigo en cada sombra, de anidar más rencor
que esperanza.
—Te acompaño, no admito peros. —La voz del profe es ahora menos
afable. No sé qué expresan mis ojos, pero no debe de ser nada tranquilizador,
porque él me quita las llaves de la mano y abre la puerta.
Y yo, en lugar de mandarlo al infierno, le dejo que suba la escalera
conmigo e incluso que entre en el piso. Debo de haberme vuelto loca o estoy
agonizando, no veo otra explicación.
En casa me tambaleo como si acabara de quedarme ciega. Voy al cuarto
de baño y miro mi imagen reflejada en el cristal: lo que veo me asusta. No se
trata de la herida, que es una línea sutil, poco profunda, que va de la oreja a la
barbilla, pero que queda oculta por la mandíbula, y tampoco es la sangre
coagulada en el cuello: son los ojos febriles y la extrema palidez que, en una
piel como la mía, indica poco menos que una muerte inminente. Abro la
puerta del armario para coger una aspirina, pero la arcada es más rápida.
Vomito en la taza la cerveza que bebí en el local.
En mi vida he tragado litros y litros de todo tipo de bebida, he fumado
canutos hasta que me sangraban los párpados, pero jamás me he sentido tan
mal. ¿Me estaré convirtiendo en una estatuilla de cristal? No me sienta bien
comportarme como una buena chica si a la mínima parezco una quinceañera
en su primera borrachera.
Mientras me levanto, me acuerdo del profe. Me lo recuerda él, mejor
dicho: se asoma a la puerta y me pregunta si necesito ayuda. Luego, sin
esperar la respuesta, se acerca a mí y hace un ademán similar al que hizo en
el local. Me aferra la cara y la dobla hacia un lado.
—Hay que desinfectarla —afirma. Una vez más, sin pedirme permiso ni
pensar que quizá no quiera que lo haga, rebusca en el armario que hay detrás
del espejo. Lo observo mientras trajina, observo sus dedos largos, su perfil
herido, sus labios carnosos, como los de una mujer, y me pregunto por qué no
le ordeno que se vaya. Me ha acompañado, se sentía culpable, es un tipo
atento, de acuerdo. Pero ¿qué sentido tiene esta segunda parte? Su presencia
en esta casa, en esta habitación, su manera de mirarme con ese condenado
verde brillante, su sonrisa, que de vez en cuando se transforma en una mueca
de inquietud, ¿qué significan exactamente? Temo que el golpe de Rod me
haya atontado más de lo que estoy dispuesta a admitir. Entretanto, el profe
encuentra algodón y agua oxigenada, no recordaba que estaban ahí.
—Escocerá un poco, pero es necesario —sentencia, por fin. Se inclina
hacia mí como si quisiera hacerlo él, pero no se lo permito. No estoy tan
aturdida. Bueno, puede que lo esté, pero precisamente por eso debo
reaccionar. Le arranco el algodón de los dedos.
—No necesito ayuda —repito—. Lo haré sola. —Paso el algodón por la
piel, la herida aún está fresca, se fríe, crepita, sufre, pero no me inmuto.
—Apenas te quedará marca —comenta sin dejar de mirarme—, pero si
quieres, mañana podemos ir a ver a mi médico para que te recete una crema
que acelere la cicatrización y…
—Prefiero no decirte dónde puedes meterte la crema —replico tirando
el algodón a la taza.
—He hecho café —prosigue él.
—¿Qué?
—He curioseado en la cocina. Un poco de café caliente te sentará bien.
Calma la náusea.
—Oye, ya has hecho tu buena acción del día. Ahora esfúmate y…
—¿Vienes a tomarte un café? Luego me marcharé.
Su insistencia tiene algo de arrogante, pero también es delicada. No sé
cómo es posible que en ella se mezclen las dos cosas. Lo miro y noto de
nuevo su herida.
—Esto… —murmuro sin pensar, señalándome la nariz y luego a él—, si
quieres, puedes enjuagarte y…
Acepta y sonríe. Pero ¿este hombre sonríe siempre? Se acerca al lavabo
y se inclina hacia él: el agua fresca resbala entre sus dedos. Es insólito tener a
alguien en casa, en el cuarto de baño, tener a alguien cerca que no sea un
recuerdo ni un dolor. Guiño los ojos pensando que cuando los abra quizá
descubra que estoy borracha, sonámbula o algo peor. En cambio, cuando
vuelvo a abrirlos, él sigue aquí, se ha lavado también la cara, el agua gotea
entre su piel y su barba, resbala hacia el cuello. Se recoge bien el pelo y luego
me señala la puerta haciendo un ademán con el brazo, cortés y firme al
mismo tiempo.
—El café está listo —repite.
Vamos a la salita, casi vacía, donde hay una cocina minúscula pegada a
la pared. Me tiende una taza llena de un líquido oscuro, caliente y aromático.
Bebo el café sin rechistar.
—Ahora vete —le ordeno, por fin, y al decirlo me siento extraña, como
si la casa suspirase en mi lugar.
—Está bien, pero descansa. El lunes nos vemos en clase.
—Puede —replico en tono vago.
—¿Puedes decirme tu nombre?
—No.
—Como prefieras, no me costará nada descubrirlo.
—¿Se puede saber qué quieres de mí?
—Yo nada. Pregúntaselo al destino, que hace que nos encontremos en
los mismos sitios con demasiada frecuencia. Quizá eres tú la que quiere algo
de mí.
—El destino es la coartada de quienes no quieren mover el culo. No
creo en las cosas que suceden sin más. Creo en las acciones de los que las
hacen suceder. Por ejemplo, creo en esto: si no te vas, en un minuto, esa
bonita naricita que he maltratado ya perderá su belleza para siempre.
«No es verdad, jamás lo haría, me gusta tu nariz.»
—¿Por qué estás siempre tan cabreada? Ok, esta noche tienes razones
de sobra, pero me da la impresión de que siempre lo estás, no solo hoy y no
solo por culpa de Rod. ¿Por qué? —me pregunta, con esa sonrisa blanca, algo
inquieta, que se adhiere a sus labios y le roza las comisuras de los párpados.
Podría no contestarle, podría callar y mostrarle la salida de la manera
más elocuente, pero, de nuevo, la extraña Fran de esta noche me toma la
delantera.
—Para sobrevivir.
—Es la segunda vez que te oigo emplear esa palabra. Supervivencia.
Así que necesitas la poesía y la rabia para sobrevivir. Has despertado mi
curiosidad, me intriga saber qué secretos escondes.
—Jamás descubrirás mis secretos.
—Quién sabe, ojos de petróleo. Quién sabe. Jamás es un concepto
sobrevalorado.
Con estas palabras, sin darme siquiera tiempo a replicar, se marcha
dejándome de nuevo sola.
Me despierto de repente, sudada. Me quedé dormida con la ropa y los
zapatos puestos, después de tragarme una aspirina. Falta poco para que
amanezca, lo comprendo por la luz que se filtra por las ventanas, una luz
pálida y sucia, como agua fangosa.
He tenido una pesadilla espantosa, aunque no la recuerdo bien: me ha
dejado una sensación de ahogo. Me incorporo y me quedo sentada en la cama
con la cabeza entre las manos. El corazón me late en las sienes.
En la mesilla hay un paquete de Camel y un encendedor. Saco un
cigarrillo, lo enciendo y doy una calada.
Como hago en ciertos momentos de forma instintiva, acaricio la pulsera
que me regaló Marcus.
La desnuda aspereza de la cicatriz que tengo en la muñeca me
sobresalta. Me pongo de pie de un salto a la vez que me subo la manga hasta
el codo. La pulsera no está. Apago el cigarrillo en el mármol del alféizar y
busco afanosamente entre las sábanas, bajo la cama, en el cuarto de baño, por
todas partes. No está. De repente, me siento como si estuviera encerrada en
una caja, no, peor aún, en una tumba. Jadeo con las manos metidas en el pelo,
los labios entre los dientes, y tengo miedo, un miedo pueril y feroz. La
pulsera era como un amuleto, con ella me sentía protegida. Y ahora la he
perdido, la he perdido, ¿qué haré si…?
De golpe, recuerdo la pelea y comprendo lo que ha sucedido. Debió de
caérseme en el local.
Me precipito hacia la puerta, resuelta a volver allí, pero me detengo a un
paso de la salida.
«El destino quiere algo de ti.»
No existe el destino. No existe. Iré al Dirty Rhymes y buscaré mi
pulsera, punto final.
«Pero esa pulsera no solo te protege, además te aprisiona. Te recuerda
sin cesar a él. Te impide volver a empezar. Y quizá, digo quizá, la hayas
perdido por algún motivo, puede que tu historia haya llegado a una
encrucijada, puede que sea como en la poesía de Robert Frost. Debes elegir el
camino menos transitado y debes hacerlo sin talismanes.»
Así que me paro y me dejo caer al suelo, resbalando por una pared. Me
siento más sola que cuando me encerraron en la cárcel, que cuando salí de allí
y vi en los ojos grises de Marcus el amor que sentía por otra, que cuando traté
de retenerlo como pude, chantajeando a la conciencia de Penny.
Doblo las piernas y apoyo la frente en las rodillas, pero no lloro. Tengo
dos posibilidades: buscar la pulsera o no buscarla. Y solo puedo elegir una.
CAPÍTULO 6
«Ojos de petróleo, labios de coral rojo. Dios mío, qué guapa que es».
Byron gruñó desabridamente contra sí mismo. Tenía que dejar de pensar
en ella. No era un hombre de flechazos. Jamás había sentido ningún flechazo,
ni siquiera por Isobel.
Había adquirido el local hacía casi un año y nunca se había acostado
con una clienta. Solo había cometido un error con una alumna hacía un año y
medio, movido por unos impulsos que nada tenían que ver con la pasión, y lo
había pagado muy caro. No debía volver a ocurrir.
Sin embargo, a pesar de que podría haber llamado a un taxi, había
insistido en acompañarla a casa. No lograba entender por qué.
¿Porque la habían agredido en su local? ¿Porque su belleza lo dejaba sin
aliento? ¿Porque era alumna suya? Un poco por todo, la verdad.
Pero también porque le transmitía cierta melancolía. Era muy
malhablada, pero parecía infeliz. Sus ojos emanaban tristeza y no una tristeza
fútil, como la de una niña que se ha roto una uña, sino profunda, antigua, la
tristeza de un iceberg que se está derritiendo, de un lobo enjaulado, de un
árbol talado.
«Si tuviera dieciséis años, pensaría que me he enamorado. Pero no
tengo dieciséis años y soy bastante insensible a esas cosas.»
No obstante, el lunes siguiente, después de haber pasado el domingo
rumiando y prohibiéndose visitarla para ver cómo estaba, apenas entró en
clase se dio cuenta de que la estaba buscando con la mirada. En vano.
La lección fue, sin lugar a dudas, interesante, hubo muchas preguntas y,
al terminar la hora, los poemas de sus alumnos formaban una pila ordenada
encima de la mesa. Byron ni siquiera los miró.
¿Dónde estaba ojos de petróleo?
«No es asunto tuyo, no es una niña.»
Con todo, a última hora de la mañana, cuando llegó al local para hacer
de una vez por todas la contabilidad de mitad de mes, Eve le dijo algo que le
recordó los ojos oscuros nadase-infantiles.
—La chica que partió la cara a Rod, esa morena que está tan buena,
¿sabes a quién me refiero? Sí que lo sabes, la mirabas como si fuera una
cereza y tú un mirlo muerto de hambre. Sea como sea, ha pasado por aquí. —
Byron se sobresaltó de tal forma que Eve soltó una risita irónica—. Vaya, veo
que te acuerdas muy bien de ella.
—¿Ha venido? ¿Cuándo?
—Ayer, a primera hora de la mañana. Vine a poner un poco de orden y
la encontré esperando fuera. Farfulló algo sobre algo que perdió el sábado por
la noche. Buscó como una loca por todas partes, en los servicios, en el
pasillo, incluso en tu oficina, pero no encontró nada. Por la cara que tenía
cuando se marchó, no sé si se habrá tirado a un precipicio o si habrá arrasado
una ciudad. ¿No la acompañaste a casa el sábado? ¿No te dijo nada entre una
cosa y otra? —Se rio de nuevo a la vez que colocaba unos vasos en un
estante.
—No teníamos nada de qué hablar. ¿Te dejó, qué se yo, un número de
móvil al que llamarla en caso de que…?
—Por lo que veo tampoco te lo dio a ti. En cualquier caso, no, no me
dijo casi nada, dos palabras para poder entrar y luego ni siquiera adiós. Es
guapa, pero no ganará el premio a la simpatía.
Byron no hizo ningún comentario. Presa de un extraño frenesí, se puso a
buscar en los mismos lugares sin saber qué. Al final, volvió al tramo del
pasillo que llevaba a los servicios. Miró alrededor, pero no había ningún
hueco donde pudiera ocultarse un objeto perdido. En ese punto las paredes
eran lisas, de color amatista, sin recovecos. El único elemento llamativo era
el dragón de hierro. Movido por un impulso, metió una mano en las fauces de
la lámpara y allí, dentro de la boca metálica, encontró algo.
Parecía un cordoncito de colores hecho por un niño, viejo y medio roto.
Lo observó intrigado. En un lado se veían con dificultad unas palabras. Tardó
un poco en descifrarlas, pero al final leyó: «MARCUS Y FRAN PARA
SIEMPRE».
Por la razón que fuera, la frase lo encolerizó, sintió una especie
calambre agudo en medio del esternón y, por más que se fue con la misma
rapidez con la que había llegado, le dejó una sensación dolorosa. Seguro que
era de esa chica. Se llamaba Fran. ¿Marcus era su novio? ¿Su padre? ¿Su
hijo?
No, sentía que era su compañero, su novio, su marido o su amante.
Debería haberse alegrado de que aquella joven tuviera un hombre. Uno al
que, además, estaba unida para siempre. Uno tan importante que la había
hecho correr hasta el local para buscar una baratija que carecía por completo
de valor, excluyendo el sentimental. Nadie se molesta tanto si no es por amor.
Debería haberse sentido aliviado, pero no era así. Una sola palabra le
zumbaba en la cabeza como una mosca, como un gruñido ahogado: «Coño».
En casa de la chica no había nadie. Llamó varias veces, pero solo le
respondió el silencio. Su ausencia le produjo una ansiedad que podía parecer
absurda en un hombre con un pasado diferente del suyo. Pero Byron tenía a
sus espaldas una larga experiencia de silencios de significados aterradores y,
a pesar de que no la conocía mucho, mejor dicho, no la conocía en absoluto,
estaba seguro de que Fran —qué extraño llamarla así, seguía pensando que
«ojos de petróleo» era su verdadero nombre— necesitaba ayuda.
Cuando salió de nuevo a la calle, la vio a lo lejos.
Caminaba hacia la parada del autobús. Llevaba una mochila en un
hombro y fumaba un cigarrillo que luego apagó, tirándolo a un canal de
desagüe, antes de subir.
Perseverando en su inexplicable locura, Byron la siguió y subió
también. Era un autobús de rutas cortas, de manera que ella no se dirigía a
ningún lugar extraño. Lo más probable es que fuera al salón de té donde
trabajaba por las tardes.
«Me apeo en la próxima parada y dejo de meterme donde no me llaman.
»Le daré la pulsera cuando sea posible.
»No morirá sin esta baratija de cuerda.
»No morirá sin el tal Marcus, que, no sé por qué, me cae gordo.»
Pero Byron no se apeó en la siguiente parada. Ella tampoco. Se había
sentado delante, cerca de la ventanilla y miraba por ella. La había visto antes:
vestía una sudadera verde descolorida, con una capucha que parecía una
cabeza cortada, unos vaqueros viejos que le quedaban grandes y unas botas
de aspecto más que desgastado y, pese a todo, su belleza resplandecía como
una luz imposible de apagar. También su melancolía: incluso a seis filas de
distancia y separados por una docena de personas, sentía su inquietud, la
notaba en el gesto repetitivo con el que se metía el pelo detrás de una oreja,
en el cigarrillo apagado que tenía en la boca, en la manera en que se quitaba y
se ponía sin cesar la capucha de la sudadera.
Byron desvió por un momento la mirada y se asustó al comprender
adónde se dirigía Francisca. No porque fuera un lugar terrible, al contrario,
era maravilloso. Ese destino la hacía aún más atractiva a sus ojos. Porque ya
no tenía ganas de volver atrás cuando llegaran al final de la línea, cada vez
estaba más tentado de seguirla más tiempo y, de alguna manera, acercarse a
ella y hablarle.
Su experiencia como profesor de Poesía que ha elegido Amherst,
Massachusetts, como lugar donde enseñar, pese a tener la posibilidad de optar
entre Harvard o Yale, le permitía afirmar con conocimiento de causa que no
muchos estudiantes habían comprendido la importancia que revestía ese
lugar. Para él había sido una decisión casi mágica, para muchos era tan solo
una buena universidad y solo de forma marginal el lugar donde había vivido
y muerto Emily Dickinson.
Que Fran estuvieran yendo allí, a Homestead, la casa museo de la
extraordinaria poetisa estadounidense, tenía el sabor de una señal, de un
indicio.
«¿Indicio de qué?»
No lo sabía, pero no por eso se desanimó. En la parada esperó a que
Fran se apease y prosiguió su absurda persecución.
Por desgracia, las visitas guiadas debían reservarse con antelación y
Fran no parecía haberlo hecho. Al otro lado de la verja, un pequeño grupo de
menos diez turistas, seguía a una guía fotografiando cada arbusto. Ella
contempló la escena a través de los barrotes, apretándolos como una niña que
mira cómo se divierte un grupo de coetáneos sin poder participar. Luego echó
a andar por la calle, en dirección a un pequeño parque próximo a la casa. Una
vez allí, se sentó en un banco que estaba entre los árboles, los setos y los
carteles indicadores, se puso unos auriculares, se encendió un cigarrillo y se
puso a leer. Bueno, en realidad, abrió un libro y dejó la señal entre las
páginas, a veces cerraba los ojos, se concentraba en la música que estaba
escuchando, daba fuertes caladas al cigarrillo y parecía levitar fuera de aquel
jardín, de aquel banco, de la ciudad y del mundo. De repente, Byron tuvo la
impresión de que estaba llorando. ¿Eran lágrimas?
La simple sospecha lo indujo a acercarse a ella.
Pero si pensaba que la actitud meditabunda de Fran la distraía del
espacio circunstante, se equivocaba de medio a medio. De hecho, apenas le
posó una mano en un brazo, la joven reaccionó de forma, como poco,
impetuosa: le agarró la muñeca y se la torció con violencia. Acto seguido,
abrió los ojos y lo miró fijamente, apretando el cigarrillo con los labios y
quitándose los auriculares con la otra.
—¿Qué…? —dijo con rabia y estupor. Pero luego lo reconoció y lo
soltó, no como si se arrepintiera de haberle hecho daño, sino como si no
quisiera tocarlo—. ¿Qué haces aquí? —dijo.
—Lo mismo que tú, supongo. Visito el museo de Emily Dickinson.
¿Cómo estás?
Se acarició una mejilla, como si pretendiera decir: «Tu mejilla, tu piel,
tu herida». Ella se llevó instintivamente una mano a la cara, pero no le
respondió. Se puso de nuevo los auriculares, como si quisiera aislarlo y
aislarse con ese gesto firme.
Entonces, él se sentó a su lado en el banco. Desde allí podía ver la
herida y comprobó aliviado que era una herida limpia: cicatrizaría sin dejar
marca. Además, también podía verle los ojos. Las pupilas no, porque los
había vuelto a cerrar, pero sí los párpados: estaban hinchados, rodeados de
unas profundas ojeras. ¿Había llorado? ¿Había pasado una, varias noches sin
dormir? ¿Por una pulsera de cuerda? ¿Tan importante era el tal Marcus para
ella? Cada vez lo detestaba más.
Por un instante, sintió la tentación infantil de quedársela, pero
después…, después le pareció tan frágil e infeliz que no pudo resistir el deseo
de consolarla. Mientras ella seguía con los ojos cerrados, con el libro abierto
apoyado en las piernas —una antología de poemas de Dickinson— y el
cigarrillo agonizando en sus labios, consumido por el aire, Byron se metió
una mano en un bolsillo, sacó la pulsera y esperó, con ella encima de la
palma, a que Fran abriera los ojos cuando quisiera.
De repente, como si su presencia la inquietara, Fran abrió los párpados.
Apenas vio la pulsera, el cigarrillo se le resbaló de la boca y fue a parar al
banco como una hoja quemada. Lo mismo sucedió con el libro. Cayó de
golpe en la hierba como una piedra.
Sin decir una palabra, le arrancó la pulsera de la mano. La apretó en el
puño. Pese a su obstinado silencio, Byron notó que su cuerpo temblaba
ligeramente y esta vez tuvo que dominar una tentación aún más arrebatadora:
la de abrazarla.
—De manera que te llamas Fran.
—¡Francisca! —corrigió ella casi con rabia.
Byron intuyó que Fran era el diminutivo que le había puesto el dichoso
Marcus y la antipatía irracional que sentía por él se acentuó.
—Estaba dentro de la boca del dragón. La lámpara de la pared, me
refiero. La guardé para dártela, pero cuando te he visto… —le explicó, a
pesar de que ella no le había preguntado nada.
Por primera vez, Francisca se volvió y lo miró. Sus ojos revelaban un
profundo cansancio, parecían anidar siglos de dolor acurrucado en el blanco
cándido, en el negro corvino, en el bronce. Si bien estaban tan secos como la
arena más apartada del mar, el cansancio era evidente. Vistos de cerca,
parecían aún más unas joyas de gran valor: ónix y obsidiana, oro líquido y
una punta de topacio.
—Oye, no sé por qué estás aquí. Si quieres que te dé las gracias, ok,
muchas gracias —dijo Francisca—, pero deja de seguirme.
—Prueba en sentido contrario, eres tú la que me sigue —replicó él
sonriendo—. Te has apuntado a mis clases y has venido a mi local. Yo no te
invité.
—Ni yo tampoco te invité al salón de té donde trabajo, ni aquí.
—En ese caso, digamos que estamos empatados —replicó Byron, a
pesar de no estar allí por casualidad—. Pero, bueno, ¿has entrado en la casa?
—preguntó señalándole la verja cerrada, que se encontraba a unos cincuenta
metros de ellos.
—No —masculló ella.
—¿Nunca?
—Hay que reservar y siempre me olvido —admitió Francisca en tono
inexpresivo encogiéndose también ligeramente de hombros. Uno de los
auriculares le colgaba al lado de la oreja y del micrófono llegaba una canción
a todo volumen, como el grito de un minúsculo grupo aprisionado. Byron
reconoció enseguida Don’t Cry, de Guns N’Roses. Por alguna razón, tan
incomprensible como muchas otras en los últimos días, la elección de esa
pieza le hizo sentir deseos de hacer algo por ella.
—¿Te apetece ir ahora? La visita turística ha terminado, pero conozco a
una persona que hará una excepción.
—Ve tú, yo me quedo aquí.
—No te preocupes, si aceptas, no te pediré nada a cambio. No puedes
vivir en Amherst y no haber visitado el museo.
«Como Isobel, que no metió el pie en él en cuatro años».
—Ya vendré otra vez, sola.
Byron hizo entonces algo de lo que podría haberse arrepentido: cogió a
Francisca de la mano. Fue un contacto sin malicia, el ademán protector de un
padre que estrecha la mano de su hijo para acompañarlo a algún lugar, pero,
aun así, lo dejó sin aliento. Por un instante, tuvo la loca certeza de que se
había transformado en un niño y de que sentía todas las mariposas del
Amazonas revoloteando entre sus costillas. Arrastró a Francisca casi
corriendo hacia un hombrecito bajo y bigotudo, tan parecido a Super Mario
que no les habría sorprendido que sacara de un bolsillo las tenazas de
fontanero y una gorra roja, pero aquel hombrecito llevaba en la mano una
llave grande con la que se disponía a cerrar la verja.
—Hola, Jonas, ¿puedes hacer un favor a mi amiga? Le gustaría visitar el
museo, pero trabaja todo el día todos los días y solo tiene tiempo a esta hora.
Adora a nuestra Emily —dijo al hombrecito agitando en el aire el libro que
había recogido del suelo un segundo antes de iniciar aquella especie de fuga.
Entretanto, Francisca reaccionó de forma muy extraña. Byron había temido
que se soltara de él con un ademán iracundo, pero la joven lo sorprendió. No
mantuvo su mano asida a la de él, eso no, se soltó, pero lo hizo con
languidez, con una suerte de estupor.
Jonas sonrió bajo la capa de leves arrugas.
—Si me lo pide usted, profesor, no puedo negarme. No puedo olvidar lo
que hace por el museo.
—No tardaremos mucho, se lo prometo.
—Los esperaré aquí, estoy cansado de ir de un lado para otro con los
grupos de visitantes. Estoy seguro de que no tocarán nada.
—Tranquilo.
Byron se volvió de nuevo hacia Francisca. Al ver que la joven parecía
casi atemorizada, sintió una inmensa ternura. Le sonrió.
—¿Entramos, ojos de petróleo?
Francisca no dijo una palabra durante la visita. Sus ojos hablaban por
ella. Transmitían emoción, avidez. Miraban alrededor como si estuvieran
buscando algo y Byron sabía de qué se trataba: todos buscaban lo mismo
cuando cruzaban el umbral de aquella casa, sobre todo las mujeres
apasionadas por la poesía. Una afinidad. Un vínculo con Emily, hasta el color
de una cortina, de un vestido, de un pájaro inexistente en la época de la
escritora, de un jacinto florecido después. Algo que alimentase en su corazón
la esperanza de parecerse a ella.
A pesar de que Francisca debía de saber ya todo lo que había que saber,
Byron le hizo de cicerone. Le enseñó todas las habitaciones y después la casa
del hermano de Emily, Evergreens, que se encontraba a pocos metros de
distancia, en el mismo jardín. Ella lo escuchaba en silencio. Observaba todo,
apretando los labios en un gesto enfurruñado que, sin embargo, no
manifestaba resentimiento, sino reflexión. De vez en cuando, mirando sus
labios, Byron se olvidaba de respirar. Luego volvía en sí, salía de la apnea y
fingía que no había sucedido nada. Fingía que las mariposas habían alzado el
vuelo rumbo a otros corazones, pero tenía la sensación de que alguna seguía
anidando en su pecho.
No volvió a tocar la mano de Francisca ni siquiera por error, se limitó a
hablar y a sonreír; ella, por el contrario, no sonreía en absoluto. Se quedaron
sentados unos minutos en el jardín, en dos bancos de piedra gemelos,
colocados uno enfrente del otro. En cada uno de ellos se erigía una estilizada
escultura de hierro. En uno había una mujer, Emily Dickinson; en el otro, un
hombre, Robert Frost. Parecían conversar mirándose a los ojos.
—Francisca… ¿qué más? —preguntó Byron de buenas a primeras
rompiendo el silencio—. No tiene nada de malo que…
—López. Francisca López —contestó ella sin volverse—. Sé que soy
una cabrona, profe, pero no debes justificarte siempre. A veces…, a veces
estoy nerviosa, pero…, bueno, hasta ahora no has hecho nada malo, pero te
advierto que seré peligrosa si intentas algo.
—¿Por qué no has venido a clase esta mañana? —La observó sentado
en el banco, el suyo un peldaño más bajo que el de enfrente, junto a la
escultura del poeta inmerso en una conversación poética, y se preguntó qué
impresión produciría él visto desde fuera, si no parecería inclinado, casi
hincado de rodillas, y enamorado.
Y no porque lo estuviera, desde luego.
En su opinión, solo sentía una simple atracción, además del influjo que
ejercía sobre él aquel lugar y los espejismos que le causaba la poesía.
Era fácil creer que uno estaba experimentando ciertas emociones, pero
aquello era una cuestión de sensibilidad, no de sentimiento.
Con todo, quería saber algo de ella. Por ejemplo, ¿quién era el tal
Marcus? Mientras deambulaban por el museo, rodeados de cosas muertas y
vivas, pensó que, al igual que Isobel, Marcus también había desaparecido.
—Tenía otra cosa que hacer —contestó Francisca haciendo amago de
encenderse un cigarrillo. Pero luego cambió de opinión, suspiró y lo metió de
nuevo en un bolsillo.
—¿Qué?
—No sabía que en la universidad hay que justificar las ausencias como
en el colegio.
—No, es que…
—Es que quieres follar conmigo. Llamemos a las cosas por su nombre.
Eres delicado, no lo niego, pero, hablando en plata, es eso. Sea como sea, te
aconsejo que te olvides del tema. Dedícate a cualquier otra alumna, he notado
que varias estarían más que dispuestas a abrirse de piernas, con ellas no te
costará tanto.
Byron arqueó una ceja y en sus labios se dibujó una extraña mueca, una
mezcla de indignación e hilaridad.
La última salió vencedora, así que soltó una carcajada.
—¡No tienes pelos en la lengua, desde luego! —exclamó—. En
cualquier caso, te equivocas de medio a medio. El hecho de que seas guapa,
mejor dicho, guapísima, no significa que todos los hombres quieran acostarse
contigo.
Esta vez fue ella la que se echó a reír. De repente, su voz se esparció
como polvo de oro y Byron tuvo que reconocer que a Francisca no le faltaba
razón, que sus románticos pueblos meridionales eran menos románticos de lo
que cabía esperar y funcionaban como relojes, que deseaba estrecharla entre
sus brazos, desnuda como una Proserpina morena, pues, a fin de cuentas, su
deseo era el de un hombre cualquiera. Pero si ella supiera hasta qué punto
todo aquello era inusual en él…
—¿Me estás diciendo que eres homosexual? —soltó Francisca divertida
—. O, no, espera, has intuido que tengo un pasado turbulento, unos secretos
tremendos, y quieres salvarme. No te lo aconsejo, porque la verdad es que
tengo unos secretos tremendos, ¿sabes? Más terribles de lo que te imaginas.
Si te acercas a mí, te harás daño, porque te verás obligado a entrar en mi
infierno.
Él la escrutó un instante y sintió verdadero miedo, pero no de ella ni de
sus misteriosas palabras, sino del hecho de que nada de todo eso le asustaba.
—Si crees que eres la única propietaria de una historia atormentada y de
un pasado que es mejor olvidar, cometes un gran error —murmuró Byron—.
Todos hemos estado en el infierno, unos más, otros menos. Lo único que nos
diferencia es la manera en que tratamos de salir de él.
—Vaya manera de gastar saliva en balde. ¿Y todo para follar conmigo?
¿Cuál es el próximo paso? ¿Dedicarme una canción? Reconozco que me
siento halagada. Jamás he conocido a nadie que se molestara tanto.
—¿Ni siquiera Marcus? —La pregunta se le escapó sin querer.
Francisca dejó de reírse. Se puso en pie y dijo en tono tajante:
—Me voy a casa.
En ese momento, se oyó sonar el móvil en la mochila Francisca. La
joven rebuscó en el interior y sacó un teléfono que sonaba y se iluminaba con
cada nota. Byron vio que sus mejillas se encendían.
Francisca se dio media vuelta y se alejó por el césped para responder. Él
la observó: se había detenido a unos veinte metros con el móvil pegado a una
oreja, retorciéndose con la otra mano un mechón de pelo seco. Al cabo de un
cuarto de hora y un minuto después de colgar —estaba seguro—, se
aproximó de nuevo a él lentamente, con los brazos apoyados en los costados,
con aire de muñeca hibernada, la cabeza gacha, los ojos vidriosos. Metió de
mala manera en la mochila la pulserita de cuerda, que había llevado entre los
dedos hasta hacía poco. Tras hacer ese ademán de disgusto, se dirigió hacia la
verja. A pesar de no saber nada, Byron comprendió el motivo de su
abatimiento, leyó un dolor profundo en su silencio y decidió que no la dejaría
sola, aunque quedarse lo convirtiera en blanco de todos sus insultos.
CAPÍTULO 7
FRANCISCA
Sophia puede ser un auténtico coñazo cuando tienes ganas de zanjar el
asunto con dos palabras y marcharte. Le pregunto si puede cubrirme con la
Reina de Corazones y ella no hace más que preguntarme cómo estoy, si
necesito ayuda, un médico, un termómetro o un paño fresco en la frente.
Debería agradecerle su amabilidad, pero la verdad es que no me ayuda a
sentirme mejor.
—¿Qué te pasa? Ayer te marchaste de repente y esta mañana no me has
contestado al teléfono. ¿No estás bien? —sigue preguntándome, ansiosa.
No quiero entrar en detalles, decirle que, en lugar de perder el sueño por
la agresión y la herida que me escuece en la cara, no he pegado ojo porque
extravié una pulsera que no vale nada y que significa aún menos. No le
cuento que esta mañana, después de darle muchas vueltas, volví a ese local y
que ahora tengo la intención de coger el tren para llegar a Connecticut antes
de que anochezca.
La sonrisa de Annie es peor que una puñalada. Cuando estás tratando de
mantenerte a flote, una sonrisa puede ser un enemigo mortal. Así que pongo
cara de estar muy segura o, al menos, lo intento. Me pregunta cómo estoy, a
qué me dedico, cómo van el trabajo y los estudios. Mis respuestas son vagas
y muy convencionales. Todo es perfecto, he cambiado de casa, sigo
trabajando en el mismo sitio, la universidad va viento en popa y tengo incluso
una amiga. ¿La herida? ¿Cómo me la hice? En el Mad Hatter. Estaba
cortando una tarta y, no sé cómo, se me resbaló el cuchillo de la mano y, cosa
rara, me herí en la cara. Pero no es nada, pasará. Todo va viento en popa y…
«Y llevo varios días sin comer bien.
»Y anoche di una paliza a un cabrón en una discoteca.
»Y me fumé un paquete de cigarrillos.
»Y me siento sola y…»
—Por cierto, ¿tienes el nuevo número de móvil de Marcus? He llamado
al viejo, pero está desconectado.
La sonrisa de Annie se desvanece.
—Cariño… —murmura con tristeza—. ¿Algo va mal?
—¿Por qué debería ir algo mal? —contesto y noto demasiado tarde que
lo he dicho con el tono agresivo del que se defiende porque algo-va-
rematadamente-mal.
—No sé… A qué viene pedirme esto ahora. Cuando se marchó dijiste
que querías volver a empezar, que no querías volver a verlo, que estabas
mejor sin él, que querías olvidar el pasado. ¿Y ahora?
Me observa con la mirada de antes, la mirada que decía y sigue
diciendo: «No podéis estar juntos, es una pésima idea. Jamás hicisteis nada
bueno. Solo os hostigabais el rencor que sentíais. Os consolasteis
alimentando el odio. Cuando estabais juntos, todo era un desastre. Él está
bien con Penny y tú deberías encontrar también a alguien que saque la luz
que llevas dentro».
Sé lo que piensa. Detesto que lo piense. La detesto porque lo piensa.
—He cambiado de idea —contesto con brusquedad—. ¿No puedo?
¿Dónde está escrito que uno, cuando dice una cosa, deba mantenerla hasta la
muerte? No se puede borrar de un plumazo a la gente después de tantos años.
Me gustaría hablar con él. Saber cómo está. ¿Acaso es un pecado mortal? Si
lo hiciera, ¿ofendería al algún dios?
—De acuerdo —me responde ladeando la cabeza como un pájaro.
—Entonces, ¿habláis con él?
—Monty lo llama de vez en cuando. Es feliz, cariño, es feliz con Penny.
—No quiero desbaratar una vida tan perfecta, ¡jamás! Lo único que
quiero es hablar con él. Estuvimos juntos mucho tiempo. Lo esperé durante
años. Volvió y me dijo: «Adiós, jódete». Lo sé, no me dijo exactamente eso,
pero ¿qué más da si las palabras fueron más amables? El sentido era ese. Dejé
que se marchara. No le di la tabarra. En estos dos años y medio he terminado
el bachiller, me he matriculado en la universidad y he cambiado de ciudad.
He hecho muchas cosas. Me gustaría saber qué ha hecho él. ¡Ni siquiera sé
dónde está! Lo único que sé es que está con carita de jodido ángel.
Annie me mira en silencio con aire desolado. No quería ser agresiva,
pero si te muestras un poco débil con ella, te sientes como si estuvieras
derribando un muro de goma. Sus ojos tiernos, su voz dulce y sus ademanes
parsimoniosos te hipnotizan, te enredan en una red de «por favor» y «buenas
noches» y acabas trabajando en un salón de té, vestida como una imbécil, sin
saber cómo has ido a parar ahí. Que quede claro que se lo agradezco mucho,
a ella y a su marido. Me han querido. Me han protegido. Pero creo que tengo
derecho a saber dónde está Marcus. ¡No tengo una orden de alejamiento!
—¿Te pidió él que no me dieras el número? —le pregunto abriendo
desmesuradamente los ojos.
—No, claro que no.
—¿Fue Penny?
—Por supuesto que no —contesta casi escandalizada de mi conclusión
—. Ninguno de los dos nos prohibió nada de eso.
—Pero tampoco se han molestado en pedir mi número de teléfono ni en
preguntar cómo estoy.
—Marcus siempre pregunta por ti cuando habla con Monty, pero nunca
ha nos ha pedido tu número, eso sí.
—¿Por qué? ¿No está seguro de lo que siente por Penny? ¿Teme que, si
me vuelve a ver…?
—Puede que tema que pierdas otra vez la cabeza si vuelves a verlo y,
por lo que veo, no anda muy desencaminado. Estás fuera de ti, cariño. ¿Qué
ha ocurrido? Estabas mucho mejor.
No estaba mucho mejor. Representaba un papel. Pero cuando una
tontería desencadena los recuerdos, el dolor y una necesidad que es casi una
agonía, significa que la cuenta atrás de la bomba que llevas dentro ha
terminado. Siento que voy a estallar. No obstante, si quiero conseguir algo,
debo mantener la calma, debo mantener la calma, debo mantener la calma.
«No estalles, sonríe, pórtate bien, cuenta hasta
unmillóntrescientosmilveintisiete.»
—No ha ocurrido nada. Solo…, bueno, he pensado que hablar con él
podría ser un nuevo paso en mi nueva vida. No veo que tenga nada de malo.
Siento haber perdido los estribos, pero estoy estudiando mucho, duermo muy
poco y… esos cisnes de cristal son nuevos, ¿verdad?
Por unos minutos intento desviar su atención de la ansiedad que siento.
Sé que le chifla esa estúpida colección, su pequeño mundo de cisnes, solo
cisnes, solo criaturas blancas y agraciadas que parecen ángeles. Se distrae, me
cuenta lo que ha comprado últimamente y reconoce con timidez que ha
pensado incluir a los albatros en la colección. ¿Qué me parece?
No le digo lo que pienso de verdad, por descontado. Le digo que hace
bien, que tarde o temprano ya no encontrará más cisnes y que es mejor tener
otro objetivo.
—Por eso mismo me gustaría tener el teléfono de Marcus. He dado
muchos pasos hacia delante y creo que estoy preparada para este. También
estoy preparada para hablar con Penny y desearle lo mejor, que tengan
muchos hijos y… —De repente, siento una arcada—. ¿Tienen hijos? —Se me
ha vuelto a caer la máscara. A duras penas he contado hasta veintisiete, luego
me he rendido—. No, es imposible. No han tenido tiempo. Pero ¿esa tipa está
embarazada?
—¿Te refieres a Penny, cariño?
La idea de que pueda tener un hijo con Marcus me mata. No había
pensado en esa posibilidad, se me ha ocurrido ahora, de golpe, entre los
cisnes, los albatros y la voz quejumbrosa de Annie. La imagen hace que me
sienta aún más sola y superflua. Me dejo caer en el sofá, me encojo como un
cojín de plumas maltratado. No lloro, eso no, no lloro, pero me tapo la cara
con las manos, que están rígidas y frías.
Annie se acerca a mí y me abraza con afecto.
—No, cariño. —Me tranquiliza y comprendo que su ternura equivale a
la pena que siente por mí—. Nada de eso. Pero se quieren, están bien juntos
y… ¿crees que podrás soportarlo?
No respondo, me siento como si estuviera de hecha de pétalos pegados
por baba de araña.
—Monty no tardará en llegar y volveremos a hablar del tema. ¿Por qué
no te quedas a cenar? ¿A dormir? ¿Tienes clase mañana?
—No —mascullo, aunque no es verdad. Pero tengo que quedarme,
tratar de recuperarme y conseguir ese maldito número de teléfono. Necesito
oír su voz, lo echo de menos, lo echo de menos, lo echo de menos de una
forma espantosa.
Si pasas la velada tragándote un sermón porque, según parece, no estás
preparada para toda una serie de cosas, no te queda más remedio que hacer
una tontería para conseguir lo que quieres y, así, en plena noche, mientras los
demás duermen, voy al despacho de Monty y echo un vistazo a su agenda.
Viví casi dos años en esta casa, sé dónde guardan todo, al igual que sé que
Monty tiene los números y las direcciones en una agenda de aspecto
anticuado.
La hojeo en silencio iluminándola con la linterna del móvil.
Montgomery Malkovich es un hombre metódico, sin tendencia artística
alguna, de manera que Marcus Drake estará en la M si lo considera un amigo
y en la D si la relación le parece más formal.
Lo encuentro en la M. Al lado, entre paréntesis, veo escrito el nombre
de Penny. A continuación «Vermont». Ninguna dirección, solo el número
fijo.
De manera que viven en Vermont. ¿Qué hacen allí?
Copio el número. Trato de dejar todo como estaba, pero tengo la
sensación de haber desbaratado las cosas. Qué más da, me importa un comino
si se dan cuenta o no.
Encerrada en mi habitación, observo las cifras como si fueran un código
secreto. Me muero de ganas de que llegue mañana para llamarlo.
Aunque, podría intentarlo ahora, por qué no.
Compongo el número en la penumbra de la habitación, mi corazón late,
explota, parece hecho de magma. Tras unas cuantas llamadas, responde una
voz.
—¿Dígame?
Es Penny. Es ella, no me cabe la menor duda. Cuelgo sobresaltada,
como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. Miro la pantalla, me muerdo
los labios, siento que me ahogo. Fumo un cigarrillo a escondidas, al lado de
la ventana, como una adolescente rebelde.
Al final, me pongo los auriculares y me dejo invadir por la música. Con
el volumen al máximo, sacude todas mis células, llena todos los rincones,
estrangula los miedos y las dudas. A pesar del estruendo, mejor dicho, gracias
a él, empiezo a adormecerme y, mientras voy cediendo al sueño, un extraño
juego mental me trae a la mente al profesor de los ojos verdes. El recuerdo de
su voz ronca cantando en la penumbra del Dirty Rhymes frena mi
respiración, relaja mis músculos y me quita las ganas de llorar.
A la mañana siguiente, mientras regreso a Amherst en el tren, vuelvo a
marcar el maldito número. Me siento menos inquieta y más optimista que
ayer. Quizá solo necesitaba dormir, el sueño retrasado me había vuelto
paranoica y más agresiva. He dormido como un tronco, envuelta por los
sonidos, como si estuviera metida en un saco de dormir de cachemira.
—¿Dígame?
La voz de Penny vuelve a sobresaltarme, al punto que casi lanzo un
grito, pero ¿es que nunca sale de casa? ¿Hablo con ella? ¿Le pregunto por él?
¿Y si me manda al infierno?
En medio minuto pienso en un sinfín de cosas, pero después hago una
sola. Cuelgo de nuevo.
Siento el corazón en la garganta. Miro el móvil como si fuera un pájaro
decapitado.
Por suerte, anoche activé el número oculto. Tardo unos minutos en
recuperar el aliento, el corazón deja de azotar los bordes de mi cuerpo, el
ruido del tren ahoga de nuevo el estruendo de la sangre.
No puedo seguir así, voy a enloquecer. Tengo que tranquilizarme. Debo
anular por completo las horribles emociones de los últimos dos días.
Cuando estoy más nerviosa de lo habitual, voy siempre al mismo lugar.
Cuando siento que el pánico trepa serpenteando por mi cuerpo, subo a un
autobús y voy a la casa de Emily Dickinson. Llevo siempre una antología de
sus poemas. Sus versos concisos, mordaces, solitarios y excéntricos me hacen
más compañía que una persona de carne y hueso. Son un salvoconducto para
la tierra de la belleza cuando el mal oscuro ensombrece el mundo.
Tenía intención de relajarme, pero la presencia del profesor hace que
todo sea más tempestuoso de lo que esperaba. No sé qué hace aquí ni lo que
quiere de mí, solo sé que me turba. Cuando me enseña la pulsera debo estar
atenta para no caerme del banco con el cigarrillo y el libro.
Me pregunto si será una señal del destino que la haya encontrado, lo
mismo que pensé cuando la perdí.
Ah, claro, había olvidado que el destino no existe.
Mientras visito Homestead y observo las cosas de Emily, sus espacios,
su ventana, su cama, el verde que la rodeaba, me siento pequeña. Durante el
recorrido, mientras el profesor habla con una voz que es una lengua y una
caricia, me pregunto qué quedará de mí cuando muera, quién sentirá mi
ausencia.
Al igual que Emily, me pregunto «con cuánta discreción podría morir».
Lo sé después de la llamada telefónica de Marcus.
—¿Has comido algo hoy? —me pregunta el profesor mientras el
autobús atraviesa las calles de la ciudad.
El ocaso llega poco a poco, abraza las casas, alarga las sombras, fatiga
mis párpados. No quiero pensar en Marcus. No quiero, no quiero, no quiero.
Preferiría gritar, cantar, contar, taparme las orejas, acurrucarme contra algo.
Contra alguien.
El profesor está sentado a mi lado, su muslo me toca, su codo confina
con el mío. Lo miro con el rabillo del ojo. Sus piernas, enfundadas en unos
vaqueros oscuros, chocan con el respaldo del asiento que tiene delante. Su
melena larga y abundante, cobriza a la luz del autobús, roza mi mejilla. Huele
bien, he sentido su aroma a miel y jengibre toda la tarde. A partir de ahora,
cuando lea un poema de Emily Dickinson, me volverá a la mente esta
fragancia dulce y especiada. Y las palabras de Marcus.
—No tengo hambre —contesto y vuelvo a mirar fijamente por la
ventanilla.
—Da igual, vas a comer de todas formas —comenta él—. Hemos
llegado.
Al igual que hizo en las inmediaciones de Homestead, agarra mi mano.
Al igual que antes, siento vértigo. Me suelto, pero tengo la absurda impresión
de que mi mano no quiere hacerlo. Tengo la impresión de que debo obligarla
a soltarse.
«¿Puedo acurrucarme contra tu cuerpo?
»¿Me dices que soy importante, aunque no sea verdad?
»¿Me prometes que nunca me olvidarás?»
—¿Me sueltas la mano? —le digo, en cambio.
—Ni lo sueñes. Vamos a hacer la compra.
—¿Qué?
—He visto una tienda debajo de tu casa. Pediremos una pizza, pero
compraremos algo más, porque estoy seguro de que en la nevera no hay
siquiera un huevo podrido. Tienes ojeras y no estás bien. Si sigues así, te
pondrás fea.
Cuando me dispongo a soltarle una respuesta sarcástica, él empieza a
arrastrarme por el pasillo del autobús, en dirección a la salida. Me aferra la
mano y me sonríe como jamás he visto sonreír a nadie en toda mi vida: con
una luz interior sincera. A pesar de que sé que no es así, según me dio a
entender en Homestead, parece una persona que no conoce el dolor. Además,
no existe un alma en el mundo que no se haya roto. Por lo visto, tiene una
fuerza interior superior a la mía y eso que yo parezco un tigre. Él, que parece
un ángel, debe de ser, en realidad, un tigre.
Hacemos la compra.
«¿Hacemos la compra?»
Y no compramos cerveza ni cigarrillos, ni mantequilla de cacahuetes
para excavarla con los dedos, ni papas, ni kétchup. Jamás he entrado en esta
tienda, todo es demasiado caro para mí, demasiado refinado. Auténtica
comida italiana, en lugar de imitaciones made in USA.
Elige salsas envasadas en tarros minúsculos, galletas que parecen
lenguas de oro, huevos en recipientes que cuestan más que el contenido… y
entiendo hasta qué punto somos diferentes.
«Se ve que eres un duque, Byron Lord, se ve que has crecido entre
cojines de seda y carrillones de plata, se ve que, a pesar de que los fines de
semana luces un anillo de vampiro perverso mientras cantas las palabras
sangrientas de los espíritus roqueros, te crearon con el molde de un rey. Tus
rasgos, que tratas de endurecer con la barba, tienen la perfección del mármol
esculpido. La amabilidad que demuestras, a pesar de que me comporto como
una capulla, es digna de un premio Nobel de la Paz.»
Lo miro casi hipnotizada y, de repente, él me mira también y no sé lo
que ve, porque parece alarmado.
—¿Cuánto tiempo hace que no descansas? —me pregunta—. Da la
impresión de que llevas varias noches sin pegar ojo.
—Qué quieres que te diga, tengo una vida sexual muy movida —
contesto, pero no resulto creíble, por la voz parece que estoy bromeando, y él
hace una mueca. Alarga un brazo y apoya un dedo en mis labios. Un dedo en
mis labios. Un índice tibio y liso.
—Chsss —susurra—. A veces no es necesario combatir, ¿sabes? No soy
tu enemigo. Solo quiero ayudarte.
Se me escapa una risita tan afilada como una espada.
—¿Por qué? No me conoces.
—No como me gustaría, pero me recuerdas a una persona que conocía.
—Siempre se empieza así, buscando parecidos, y se termina con un
puñal en la espalda. Porque nadie se queda contigo para siempre. Nadie.
Todos se marchan al final.
Espero que me contradiga, pero, en lugar de eso, guarda silencio unos
minutos, bajando los párpados con lentitud, como si estuviera acompañando
un suspiro meditabundo en su salida.
—Puede que tengas razón, pero «la esperanza es esa cosa con plumas
que se posa en el alma y entona melodías sin palabras y no se detiene para
nada».
—¿Hablas con las palabras de Emily Dickinson?
—Hablo con las palabras de quien, a pesar de todo, no ha dejado de
confiar en el futuro.
Sonrío cansada.
—En ese caso, permite que yo también lo haga: «¡Es triste! Todo es una
ilusión: el futuro nos engaña desde lejos». Creo que tu homónimo no estaba
de acuerdo contigo.
—Mi homónimo no tenía un tiramisù. Cuando te lo comas, empezarás a
reconsiderar la esperanza, hazme caso.
—¿Tú crees? ¿Y dónde encuentro un tiramisù?
—Te lo haré yo, ojos de petróleo. Entretanto, escribe el poema que
debías entregarme en clase. El hecho de que sea simpático, de que piense que
eres la mujer más guapa que he visto en mi vida y de que me caigas bien no
significa que te vaya a hacer favores como profesor. Hoy es el último día, así
que tienes tiempo hasta medianoche. A las doce y un minuto estarás
suspendida.
Todo es tan absurdo que seguro que cuando me dé la vuelta en el
colchón chocaré con el canto de la mesilla y me despertaré.
No obstante, los pellizcos no funcionan. Pese a que me hago daño, él
sigue preparándome un dulce italiano que huele muy bien. Chocolate, café,
queso cremoso y las galletas doradas.
De cuando en cuando, lo provoco: «Profe, me molesta que estés aquí,
¿sabes?». O: «Estás organizando un lío espantoso, espero que luego lo
limpies todo». También: «Si piensas que te daré algo a cambio, te equivocas
de medio a medio».
Él me responde siempre como corresponde, sin dejar de sonreír: «Tú
también me molestas. Deberías estar escribiendo el poema, ¿no?». O: «De lío
nada, esto es puro arte». Por último: «Por supuesto que quiero algo a cambio.
Debes comer».
Al pronunciar la última frase me mira de una manera que, si fuera un
poco más tonta, mis piernas se derretirían como la cera. Sin querer, pienso
que sus ojos son como caramelos de menta. Me gustaría metérmelos en la
boca. No solo los ojos.
«Para ya, Fran, el cansancio y el ayuno te hacen delirar.»
Al final limpia y todo, pero ¿este hombre tiene algún defecto? Vamos a
ver… Seguro que la tiene pequeña. No puede ser de otra manera. El engaño
debe estar oculto en alguna parte.
Mientras cenamos me siento aturdida, como si fuera una niña a bordo de
un barco de galletas que surca el río de chocolate de la fábrica de Willy
Wonka. No sé qué está pasando, qué quiere, qué quiero, pero el resultado es
formidable: la presuntuosa amabilidad de este cabrón que pide pizzas, pone la
mesa y llena el espacio con sus hombros, su pelo y sus hoyuelos, velados por
la barba, acorrala la angustia. La tentación de encerrarme en la habitación y
odiar al mundo persiste, pero ya pensaré en eso después, cuando se marche,
cuando me quede de nuevo a solas con el silencio, las paredes vacías y mi
cabeza rebosante.
Entretanto, debo ocuparme de este extraño tipo que ha invadido mi casa
y que hasta ahora no ha intentado meterme mano.
«¿Será de verdad homosexual?»
—¿Has escrito el poema, ojos de petróleo? —me pregunta mientras
muerde un pedazo de pizza.
Como solo tengo un viejo sillón, para usarlo deberíamos hacer turnos o
sentarnos abrazados, así que estamos sentados en el suelo. Sea homosexual o
no, prefiero evitar todo roce.
—Lo escribí el sábado por la noche.
—Entonces estará cargado de rabia, más de la habitual, que ya es decir.
No mires la pizza como si fuera un ratón muerto. Come o tendré que recurrir
a la fuerza.
—Inténtalo y veremos quién sale con vida.
Me mira mientras se traga un trozo de mozzarella y, a pesar de que le
sostengo la mirada como si estuviera empuñando una espada, siento la
inexplicable tentación de desviarla y posarla en mis rodillas.
—¿Puedo leerlo? Me refiero al poema —insiste lamiéndose un dedo.
—¡No!
—Debo leerlo, resígnate. Dada la situación actual no se diría, pero soy
tu profesor.
—Lo leerás en tu despacho, en tu casa, encerrado en el cuarto de baño,
donde quieras, salvo aquí.
—¿Por qué no me hablas de ti?
—Ni lo sueñes.
—¿No te fías de mí?
—Ni lo sueñes. ¿Quién eres? ¿Desde cuándo te conozco? Pero, sobre
todo, como tú mismo acabas de decir: tú eres mi profesor. No deberías estar
aquí haciéndome dulces y metiéndote en mis asuntos. Deberías limitarte a
juzgar mi preparación y olvidar el resto.
—En cambio, estoy aquí y me muero de ganas de ocuparme del resto,
pero me portaré bien, te lo prometo. —Se ríe sin dejar de comer, de manera
que yo también como: así no tendré que hablarle ni responderle. Puedo
concentrarme en el pedazo de pizza.
Guardamos silencio y, sin querer, sin comprender cómo, me doy cuenta
de que tengo hambre. Mi estómago es un lobo. Devoro todo y, cuando llega
el momento del postre, no me hago de rogar. Dios mío, qué bueno está.
Voluptuoso. Orgásmico.
Me ruborizo con la mente, como jamás me había ocurrido. Nunca me he
considerado una princesa pudorosa con las mejillas de color rosa. Me he visto
como una niña muerta demasiado pronto, una presa silenciosa, una puta, una
idiota que ni siquiera logra suicidarse, una asesina, una que te corta las
piernas si intentas robarle a su hombre. Una que se siente tan sola que hace
gilipolleces clamorosas —robar un número de teléfono, llamar a alguien al
que le importa un comino que lo llamen—, pero jamás una idiota que se
enrojece al pensar en la palabra «orgasmo» solo porque tiene delante a un
tipo con dos ojos que parecen hechos de azúcar y hojas de menta.
Me odio por esta debilidad.
Me odio, pero no puedo por menos que notar que todo esto me está
ayudando. No he vuelto a pensar en Marcus. Lo que ha sucedido en los
últimos dos días —la pelea, la pérdida de la pulsera, el pánico, el viaje, la
llamada telefónica, sobre todo la llamada telefónica— se transforma en un
disgusto difuminado, en una música desagradable, pero remota.
El profe me impide dedicarme al dolor. Su presencia me hace pensar en
la palabra «orgasmo». No sé cómo erradicar el mal, pero sé cómo hacerlo a
un lado durante un rato.
Entonces, como si el dulce italiano me hubiera drogado, alzo los ojos, lo
miro y oigo que mi voz le pregunta: «¿Te apetece follar?».
¿De verdad he dicho esto?
Lo he dicho y no me arrepiento.
Para aplacar la nostalgia tengo que acostarme con otro hombre.
Si quiero que los recuerdos cambien, necesito tener un archivo
abundante de cosas en que pensar. Si solo plantas rododendros en un jardín,
no puedes esperar que broten rosas. Así es como se renueva la memoria.
Creando hechos, eventos, situaciones y emociones. Cambiando los archivos,
sobrescribiendo los textos.
Incluso Annie se está hartando de los cisnes de cristal y está pensando
en abrirse a nuevos horizontes.
Necesito un albatros.
Acostarme con él podría ser un buen inicio. A fin de cuentas, podía
haberme ocurrido algo peor que un tipo con el aspecto de un vikingo, el
refinamiento de un rey y una voz sexi. También tiene las manos bonitas. Será
agradable tocarle el pelo: Marcus lo tenía muy corto, solo eso sería ya una
gran diferencia. Marcus no tenía barba ni llevaba pendientes, ni anillos. Dudo
de que Marcus haya leído o escrito un solo poema en su vida. Además, no
sabía cocinar. Y desentonaba como una campana. Pero, por encima de todo,
el profe sonríe siempre. No puede ser más diferente, desde luego.
Aunque, a decir verdad, en este momento no está sonriendo en absoluto.
No creo haber dicho nada malo, es evidente que le gusto. Gusto a todos.
Pero se levanta, se limpia los dedos con una servilleta de papel y
retrocede como si, de repente, yo tuviera garras y veneno.
—No —contesta con una firmeza similar al esfuerzo hercúleo que
debería hacer un hombre para levantar con las manos la montaña que se ha
desmoronado sobre él—. Mejor dicho, sí, por eso te respondo que no. Y
ahora me voy.
Me aproximo a él. Estamos uno frente al otro. Lo escruto y le sonrío,
pero mi sonrisa no es dulce, es mordaz, una promesa de malicia.
Por toda respuesta, él sigue retrocediendo como un niño.
—¿Tienes miedo de mí?
—No, tengo miedo por ti.
—No tengo doce años, nadie te acusará de corrupción de menores ni de
otras memeces por el estilo. Tengo veinticinco años, soy adulta y estoy más
que vacunada.
—Pero sigues siendo alumna mía.
—Si querías guardar las distancias, deberías haberlo hecho desde el
primer momento y, en lugar de alejarte, hace varios días que te encuentro por
todas partes. Y no me digas que solo has venido para mostrarme tus
habilidades como chef: lo que quieres es follar conmigo. No te preocupes, no
quiero que lo hagamos por las notas ni por el aprobado. No te chantajearé ni
pretenderé nada a lo que no tenga derecho.
—En ese caso, ¿por qué motivo?
—Qué más da el motivo. Lo importante es que no tengas problemas con
nadie y que nadie lo sepa. El resto es pura diversión.
—Me gustabas más cuando me decías que desapareciera de tu vista.
—Tu cabeza lo prefería, estoy segura, pero tengo la sensación de que tu
cuerpo aprecia el cambio. ¿Tienes un preservativo? —Niega con la cabeza,
cada vez más turbado—. No eres muy previsor. Tendremos que adaptarnos.
Me acerco un poco más a él. El corazón me va a estallar. ¿Qué estoy
haciendo? ¿Qué estoy diciendo? No lo sé, lo único que sé es que debo actuar.
Si me echo atrás, seguiré pensando en Marcus hasta mañana, hasta el mes que
viene, en los próximos trescientos jodidos años o… pensaré en algo peor.
«Lánzate, Francisca. Prueba, cambia, crece, vive. Olvida.»
Sí, el paso del pensamiento a la acción es breve. Comparado con él, el
aleteo de una mariposa es un tornado.
Lo empujo contra el único sillón que hay en la casa. Se sienta
bruscamente con la mirada perdida, aturdida. Me observa, rendido y excitado,
mientras, arrodillada entre sus piernas, le bajo la cremallera de los vaqueros.
El silbido metálico casi parece una voz invitando al silencio.
«Eres realmente perfecto, profe, ni siquiera la tienes pequeña. No podría
pedir nada mejor.»
Después de todos los años en que solo he tenido a Marcus en la boca,
este sabor, esta piel, este hombre me resultan extraños, condenadamente
extraños. Me gustaría parar, ir a mi habitación, dar la espalda al techo y
perder la memoria para siempre, pero no lo hago, en lugar de eso me quedo
aquí y lo lamo como si con cada golpe de lengua las paredes de la tumba que
me aprisiona se fueran alejando.
Apoyado en el respaldo, me mira fijamente. Siento sus ojos en el pelo,
su respiración es áspera y dulce a la vez, su sabor es áspero y dulce a la vez.
Justo antes de correrse me acaricia un mechón. No lo hace para empujarme,
tampoco para forzarme. Solo me acaricia. Gime y se estremece en el sillón
mientras me acaricia.
—Ojos de petróleo… —susurra.
«Mírame como si te diera asco.
»No me sonrías.»
Apenas me levanto, me agarra una mano y me atrae hacia él. Caigo de
golpe entre sus piernas. Mi cara está tan cerca de la suya que tengo verdadero
miedo. Su polla no me ha dado miedo, pero ahora tengo miedo de su boca.
Siento una de sus manos en una mejilla, cerca de la herida.
—¿Te duele? —me pregunta.
No le respondo. Me siento incómoda. Mi corazón late enloquecido y
tengo la impresión de que las costillas no consiguen contener el galope.
¿Cómo es posible que sea capaz de hacer una mamada a un hombre que casi
no conozco y, al mismo tiempo, no pueda soportar el peso de su mirada
afable? ¿Soy tan repugnante? Soy una puta, soy una puta, soy una…
Me besa. Me besa. Me besa. Sin decirlo ni pedirlo, su boca está en la
mía. Jamás he besado a un hombre con barba, pero la suya es tan ligera y
suave que no me molesta. Me acaricia la piel. Su piel es un retal de
terciopelo. Mi cabeza una fragua donde saltan mil chispas. Me sujeta la nuca
con una mano. Apoya la otra en mi seno, en la barriga, entre las piernas.
Algo, en el residuo de razón que me queda, me sugiere vagamente que
lo obligue a pararse, pero no puedo. No puedo obedecerme.
Es la primera vez que un hombre distinto de Marcus me toca en muchos
años. La delicadeza con la que sus dedos se hunden en mi cuerpo me
desconcierta más que la brutalidad. Me acaricia la barriga con el pulgar
mientras se mueve dentro, al principio con un ritmo lento, luego, cada vez
más excitado. Mientras me corro, su lengua lame la mía. Lanzo un grito de
asombro en su boca, que sabe a chocolate.
—Eres preciosa, ojos de petróleo —me dice.
Permanezco unos instantes así, apoyada en su pecho, en silencio. Tengo
la sensación de que lo que hemos hecho es más íntimo y peligroso que un
auténtico polvo. Si hubiéramos forcejeado en el suelo gritando palabras
obscenas a las paredes, tendría menos miedo.
Debo estar atenta, debo impedir que los nuevos recuerdos me hagan
daño. No debo permitir que su dulzura me engañe, tampoco la mía. Debo
interpretar esta cosa, este sexo fugaz, como lo que es: una manera más de
gozar después de varios años en los que, como mucho, me he acariciado sola
en la oscuridad.
Me pongo en pie y me arreglo con rapidez. Lo miro, aún tiene los
pantalones en las rodillas y el suéter subido por la barriga. La tentación de
inclinarme de nuevo entre sus muslos es tan fuerte que me veo obligada a
cambiar de habitación, tengo que llevar mis piernas y mis intenciones a otra
parte.
Entro en el dormitorio. El espejo pequeño, una raya vertical en la que
me reflejo tan poco que cada vez me veo distinta, me devuelve un
espectáculo inquietante. Estoy pálida, tengo unas ojeras azuladas, el pelo
desgreñado y los labios húmedos e hinchados.
«Nadie te querrá nunca precisamente por esto. Las que son como tú solo
sirven para chuparla. Cuando el fango te cubre una vez, ya no puedes
quitártelo de encima, te entra en el alma y se convierte en cola adhesiva.»
Necesito fumar. Busco mis cigarrillos en la mochila. Mientras hurgo, mi
mano toca la pulsera de Marcus. Entonces, movida por un impulso, hago algo
de lo que quizá luego me arrepienta. La quemo con el mechero. Como si
estuviera participando en un rito: la llama alta, roja e índigo lame y devora el
cordoncito desgastado por el que, hace tiempo, habría dado la vida que ahora
le estoy quitando.
Observo el triste rectángulo mientras se retuerce y muere en un abrir y
cerrar de ojos, tan rápido que no me da tiempo a cambiar de opinión.
Enseguida se convierte en un halo chamuscado en el suelo.
Cuando alzo la mirada, fumando iracunda, lo veo de pie al lado de la
puerta. Se ha vestido de nuevo y me está escrutando.
—No volverá a suceder —afirma entrando en la habitación—. He sido
demasiado débil. El problema es que eres irresistible y yo no soy perfecto. —
Alarga un brazo y me vuelve a acariciar el pelo—. No quiero hacerte daño,
Francisca.
—No me has hecho daño —digo, estremeciéndome al oír que me ha
llamado por mi nombre. Me encojo de hombros como si lo que acaba de
ocurrir no fuera nada, solo una costumbre, algo incluso aburrido. Como si el
corazón no me latiera a una velocidad absurda. Como si no sintiera este
maldito miedo. Me dirijo hacia la cama y agarro el libro que hay encima. Tess
la de los d’Uberville. Lo abro y saco un folio—. Aquí tienes el poema. Aún
no es medianoche.
Lo agarra y le echa un vistazo.
—¡No lo leas ahora! —exclamo, más apurada por esta eventualidad que
por la de arrodillarme de nuevo entre sus piernas.
—Está escrito a mano —comenta esbozando una sonrisa. Me sonríe por
enésima vez.
—No tengo impresora.
—¿Te has desinfectado otra vez la herida? —pregunta señalando mi
mejilla.
—No te preocupes por mí, no te sientas obligado a decir algo educado
porque me la he metido en la boca.
—Estoy muy preocupado por ti.
—Sí, ya me imagino lo preocupado que estás —replico con sarcasmo,
fumando como una carretera, mientras el humo se va adensando en la
habitación.
—Me gustas mucho y, después de lo que ha pasado, no lo digo solo por
ser educado. Tienes algo en los ojos que me atrajo desde el primer momento,
algo que no sé descifrar.
«No trates de seducirme con palabras bonitas. He leído muchas.
También las he imaginado. Creo que solo son cuentos que deben permanecer
encerrados en los libros, en la mente de un poeta, en la rabia de un roquero.
Las personas de verdad no pueden usarlas en la vida cotidiana.»
—Has dicho que te recuerdo a alguien. ¿A quién? —La pregunta se me
escapa sin querer con un aro de humo.
Él se queda unos segundos perplejo, frunce el ceño y en sus ojos
primaverales cae un velo.
—A mi mujer —admite al final.
Me estremezco.
—¿Estás casado?
La verdad es que no tiene mucha importancia, pero no me lo esperaba y
reconozco que estoy sorprendida, puede que también un tanto alterada.
—Lo estaba, soy viudo.
Permanezco con los labios entreabiertos un tiempo que puede ser tanto
eterno como fugaz, con el cigarrillo entre dos dedos, consumiéndose cada vez
más cerca de la piel, a tal punto que corro el riesgo de quemarme. No sé si
decirle que lo siento, preguntarle cuándo sucedió o cabrearme porque no
quiero parecerme a nadie, no quiero recordarle a su mujer muerta, quiero
gustarle como soy y no como el eco involuntario de alguien a quien quiso y a
quien perdió.
«¿Quiero gustarle? Menuda gilipollez. ¡Ojalá no le guste!»
De manera que, para castigar mi pecado de ingenuidad y el deseo de
acercarme a él y acariciarle una mejilla como él hizo antes, recurro a mi
característico arsenal de insolencia, el mismo que en los casos tan arriesgados
como este me protege del peligro de ponerme sentimental.
—Si quieres, cuando follemos, puedes llamarme con su nombre. No
seré yo la que se niegue a hacer una buena acción.
—Nosotros no follaremos más, hemos cometido un gran error. En
cualquier caso, ha sido estupendo y tú eres…
—Completa la frase, no me escandalizo. ¿Una furcia?
—Un ángel. Un ángel duro de roer cuando quieres, pero un ángel en
todo caso.
El cigarrillo, que se ha consumido hasta el filtro, me quema los dedos.
Sacudo la mano y lo dejo caer al suelo, al lado de los restos de la pulsera.
Observo al profesor Byron Lord mientras se marcha, estoy confusa, atónita,
me pregunto por qué, en lugar de sentirme por fin libre, tengo la impresión de
que sin él el espacio se ha achicado.
CAPÍTULO 8
EN V ERMONT
Aún no había nieve, pero el aire vespertino ya era tan cortante como una
cuchilla. Alrededor de la casa, los árboles se balanceaban perezosos, movidos
por el viento de octubre. Ningún ruido interrumpía la hipnótica fusión de
sonidos naturales, salvo el de la escudería: de allí, acompañado del débil
relincho de caballos, llegaba un repique de pasos y herramientas y una
respiración humana poderosa.
Penny abrió la puerta ciñendo su cuerpo con los brazos, rodeando un
vestido de color glicinia, frívolo y nada rural. Tampoco sus zapatos eran los
más adecuados para caminar por la tierra húmeda, en ciertas partes embarrada
o irregular debido a la grava, aquellos zapatos casaban mejor con una
abigarrada sala de charlestón, también eran de color malva pálido. Llevaba la
melena suelta, larga hasta la espalda, sujeta hacia detrás con una trenza fina
que le ceñía las sienes como una coronita de bronce.
Miró alrededor, observó el cielo plomizo e inspiró, el aire sabía a
invierno próximo, a leña ardiendo en la chimenea y a Marcus haciendo el
amor con ella en la alfombra patchwork que había delante de la chimenea. A
Marcus, que hacía el amor con ella en todas partes, todas las noches que Dios
regalaba a esa tierra con aroma a arce y manzanas. Sonrió instintivamente,
titiritando. Lo llamó, vuelta hacia la cuadra. «Voy», respondió él y esa
palabra bastó para que su corazón se acelerase.
Al cabo de unos minutos, Marcus salió de la cuadra. Vestía unos
vaqueros desgastados y calzaba botas de cuero también desgastadas. Un
chaquetón de fibra polar de color verde bosque envolvía sus hombros y sus
brazos, a los que el trabajo en el campo había dado una mayor majestuosidad,
de manera que parecía más alto. Más colosal, desde luego. El velo de barba y
el sombrero Stetson decorado con apliques metálicos le daban aire de
vaquero.
Se acercó a ella con unas cuantas zancadas y la abrazó en el umbral. Sus
abrazos tenían bien poco de románticos. Su cuerpo, sus besos y sus caricias
eran siempre peligrosos por su sensualidad. Peligrosos cuando, como en ese
caso, llegaban tarde a una cita que no podían anular. Con todo, mientras la
besaba, la cita ineludible quedó en un segundo plano en la escena, como un
fondo de papel de seda. Penny se dejó arrebatar por sus brazos y su lengua,
por su aroma a cuero y a heno, y sus pensamientos se difuminaron como
fantasmas. Cuando el reloj que estaba sobre la repisa de la chimenea dio la
hora, el recuerdo de la cita volvió a abrirse paso a codazos. Avanzó entre los
suspiros y el suave roce de las lenguas.
—Marcus… —susurró ella—. Llegamos tarde y aún debes cambiarte.
Sin decir nada, se apartó con una rapidez impropia en él, incluso parecía
algo irritado. Entró en casa, se quitó las botas y dejó caer al suelo el sombrero
y el chaquetón. Debajo de este, una camiseta de manga corta, poco apropiada
para el frío otoñal, dejaba a la vista los tatuajes tribales que tenía en los
brazos y en el cuello. Miró alrededor y vio el paquete con lazos encima de la
mesa. Guiñó sus ojos plateados en una expresión de fastidio. Se acercó a la
mesa, sopesó la caja e hizo ademán de lanzarla contra la pared, pero se
contuvo.
—No seas tan trágico. No vamos a que nos corten las piernas —le dijo
Penny cerrando la puerta. Su terrible, arisco y salvaje amor… Podía pasarse
un día entero cortando leña y volver a casa sonriente, pero sacaba lo peor de
él, la parte más pendenciera e incluso infantil, cuando debía hacer algo banal
como festejar un cumpleaños. Si debía recoger estiércol con la pala, salía de
casa lleno de energía; si debía estrechar una mano y ser cortés con un grupo
de personas inocuas, pero mortalmente aburridas, en su opinión, se ponía la
máscara de la furia.
—Podría ser peor —gruñó. Mientras hablaba se quitó la camiseta y
Penny no pudo por menos que quedarse absorta en la lenta flexión del
mosaico de músculos pintados—. Podría ser yo quien corte piernas hoy —
añadió cada vez más crispado. Se dirigió hacia el cuarto de baño y, una vez
allí, se desvistió dejando caer la ropa al suelo.
No lograba acostumbrarse a su belleza. Cada vez era como pararse
delante de una obra de arte que le provocaba una especie de éxtasis. Mareo,
taquicardia, una excitada confusión. Con el agravante de que podía tocarla,
besarla y lamerla, entre otras cosas.
«Llegáis tarde a la cita. No lo mires como si nunca lo hubieras visto.»
Marcus entró en la ducha sin abandonar la expresión ruda, por no decir
homicida. El agua cayó fragorosamente por su cuerpo y Penny desvió la
mirada del magnífico perfil que se entreveía a través del cristal a la vez que
emitía un gemido de sutil deseo. Agarró el cepillo y se peinó la melena
castaña. Durante unos minutos, el sonido hipnótico del agua, un tierno vapor
y el aroma a jabón de sándalo llenaron el espacio de aquella pequeña
habitación. Cuando el estruendo de la ducha se interrumpió, Penny le tendió
una toalla grande sin dejar de cepillarse el pelo. Él la miró, chorreando como
un árbol empapado por la lluvia, y se secó sin dejar de observarla.
A continuación, se acercó a ella, que estaba entre el lavabo y la puerta.
—Quieres volverme loco, ¿verdad? —exclamó—. Sabes que no me
importa cómo te vistes, que me apetece follar contigo incluso mientras
limpias la caballeriza, pero no puedo evitar excitarme cuando te veo
cepillándote el pelo. O cuando se te despeina mientras gozas. Y lo haces justo
ahora, cuando debemos ir a esa mierda de fiesta. —Le levantó la falda y
empezó a acariciarle los muslos—. Debo castigarte por haberme provocado.
La obligó a volverse y Penny quedó delante del espejo, con los brazos
apoyados en el lavabo. Sintió el roce de las medias deslizándose hasta las
rodillas y el calor de las manos de él en la piel. Vio su imagen reflejada, las
pupilas húmedas de deseo, el anhelo de tenerlo dentro enseguida, sin esperar
un solo instante. Vio su cuerpo imponente cerniéndose sobre su espalda y la
misma necesidad en sus ojos. Se mordió los labios mientras él la penetraba
sin dulzura, con el ímpetu de un hambriento que roba comida para sobrevivir.
Cuando Marcus se corrió, a la vez que le apretaba los costados y la
levantaba atrayéndola hacia su cuerpo, ella, con las piernas que ya no tocaban
el suelo, ligera como un alma que ha alzado el vuelo, lo siguió, excitada por
la voz de él, expresando el placer ciego y absoluto del orgasmo.
—Eres mía. Si alguien te toca, lo mato —le dijo al oído en un susurro
aún ronco, estrechándola contra su pecho—. Jacob, por ejemplo. Si lo pillo
mirándote otra vez con esa expresión de capullo, le romperé las piernas. Será
mi regalo de cumpleaños.
—No me mira con expresión de capullo —precisó Penny.
—No, es cierto, no es de capullo, es de idiota. Un tipo que mira así a mi
mujer no puede definirse de otra manera.
Penny hizo una mueca de disgusto.
—Jacob es amable y educado.
—Qué pérfida eres. Sabes que tengo razón.
—Puede que le guste, sí, pero jamás se ha pasado conmigo ni ha sido
vulgar. Es el único que, al principio, nos ayudó a mí y a la abuela a
instalarnos. Luego, cuando ella murió, me consoló como un hermano.
—Eso espero, porque sino tendrá que buscar a alguien que consuele a su
familia.
—Le caigo bien, eso es todo. Si fuera como dices, ¿por qué no lo
intentó hace meses? Salimos juntos un poco y en una ocasión…
Los ojos de Marcus relampaguearon.
—¡Dime que lo haces a propósito! ¡No quiero saber lo que hicisteis
hace seis meses! Te lo repito: de vez en cuando aún siento la tentación de
matar a alguien. Si lo pillo regalándote más cosas, me lo cepillo. Sabes que
no bromeo.
—Solo me regaló unas espigas el día de la cosecha y una vez me prestó
un libro, que luego le devolví. Pero sé que debo decirle que deje de hacerlo,
podría acostumbrarme y notar la diferencia, ya que hay alguien que no me
regala nada, ni siquiera una flor arrancada de un parterre sucio de estiércol.
Marcus emitió un gruñido ahogado. Penny lo empujó fuera del cuarto
de baño y se encerró en él para arreglarse. Cuando salió, él ya se había
vestido: lucía unos vaqueros oscuros y un suéter de color gris antracita.
Estaba plantado delante de la puerta, como si la estuviera esperando. Le
agarró una muñeca y la atrajo hacia él.
—No soy ese tipo de hombre, lo sabes. No hago regalos, no te digo que
te quiero todos los días y odio hacer planes con mucha antelación, pero estoy
aquí.
—Lo sé, tonto. Me gustas así, pero, a veces…
—¿A veces qué?
—Nada, se ha hecho tarde.
—No, dímelo.
—No quiero.
—Si no me lo dices, pensaré un montón de cosas espantosas hasta que
hables.
—Puede que alguna sea cierta.
—Estoy empezando a ponerme nervioso.
—Ya sabes que no me asustas y, ahora, vamos.
—Penny, cariño… —La abrazó y le besó el pelo—. Dime qué te pasa
por la cabeza o echaremos otro polvo y al final no saldremos de casa.
Ella se desasió y le dedicó una sonrisa afable. Se puso un abrigo azul
oscuro con el cuello alto y un gorro suave con una mariposa de lana cosida a
un lado.
—Nada. Todo va bien. Me he enamorado de un cabrón y me tengo que
conformar.
—Si fuera un cabrón como es debido, no te acompañaría a la fiesta.
—Sabes de sobra que iría sola y, como estás celoso de Jacob, tienes que
venir, al menos para mirarlo con tu cara de jefe de la manada cabreado.
—¿Qué se supone que debo hacer con uno que alarga las manos en
cuanto te descuidas? ¿Qué excusa puso la última vez? ¿Tenías una abeja en el
pelo?
—Tenía una abeja en el pelo, sí, y tú casi le torciste la muñeca.
—Quien se ocupa de tu pelo soy yo, coño.
—Ahora, vamos. Cuanto antes acabemos, mejor. Yo llevaré el paquete
para Jacob. Eres capaz de dejarlo caer a propósito, pisotearlo con las botas y
después decirme que ha sido sin querer.
—¿Qué le has comprado?
—Un sextante.
—¿Un sextante? ¿Qué hace un campesino de Vermont con un sextante?
—No todo ha de servir para algo, Marcus. A veces es bonito tener algo
inútil que te gusta y te hace a soñar.
Marcus frunció el ceño de forma amenazadora mientras se ponía el
chaquetón.
—Y tú, claro está, lo sabes todo sobre sus sueños.
—Todo no, no soy tan presuntuosa, pero algo sí. Quería ser marinero.
Cuando salimos juntos…
—Entiendo —afirmó él abriendo la puerta de golpe con las llaves de la
camioneta en una mano—. Como sueña con el agua, creo que lo ahogaré.
A pesar de que los jóvenes de Vermont eran altos, robustos y fuertes y
fuera raro, sobre todo en los pueblos del interior, tropezar con muchachos
esmirriados que no sabían cómo cortar la leña o arar un campo, Marcus los
superaba a todos. Con sus casi dos metros de músculos, sobresalía entre los
hombres presentes en el local. Como siempre, llamaba la atención de las
jóvenes y Penny se había acostumbrado ya a las miradas ardientes que le
lanzaban las mujeres, pero no se preocupaba: no pasaban de ahí y eran buena
gente. Se sentía bien en la pequeña población que festejaba los cumpleaños
de sus miembros como si fueran los de sus hijos.
La granja donde vivía con Marcus se encontraba a varios kilómetros de
distancia y ellos no iban al pueblo más que para cargar con provisiones, de
manera que, cuando aparecían por algún motivo —un cumpleaños, como en
este caso, la fiesta de la cosecha, el día en que caía la primera nieve, la fiesta
del sirope de arce y otras sencillas celebraciones mundanas que habrían
maravillado a un neoyorquino— debían resignarse a ser objeto de una gran
curiosidad.
El pub estaba abarrotado, debían de haber acudido casi todos los
habitantes. Hacía unos años aquel pequeño pueblo había crecido de forma
extraordinaria: una serie de nacimientos y la llegada de un par de familias
amantes de la vida aislada había aumentado la población hasta la increíble
cifra de trescientos habitantes. Por desgracia, el invierno siguiente, el frío
intenso, un alud, el centenario de varios ilustres residentes y la partida de
aquellas dos familias —ambas habían comprendido que no estaban hechas
para una vida tan aislada— habían reducido de forma drástica aquella
imprevista aglomeración. Ahora, contando a Penny y Marcus, la población
ascendía a 269 almas. Además, no todos vivían en el pueblo, sino
desperdigados en las granjas: en pocas palabras, ver un grupo numeroso de
personas era bastante inusual.
No obstante, esa noche se había reunido una auténtica muchedumbre.
Penny sabía cuánto las odiaba Marcus: no tanto la multitud como la gente que
él consideraba entrometida y cargante. Cada vez que los veían los
acribillaban a preguntas y no se limitaban a querer saber cómo iba el trabajo
en la granja, la cosecha de trigo, de manzanas, de fresas o de frambuesas, qué
había ocurrido con el rayo que había incendiado el granero viejo, qué había
ocurrido con la inundación o qué había dejado el puente cubierto
impracticable; también había preguntas personales como por qué no se os ve
más a menudo, me pregunto qué hacéis todo el tiempo juntos, cómo os
conocisteis y otras cosas por el estilo, afectuosas, sí, pero que manifestaban
también el carácter en cierta medida despótico de dicha curiosidad.
Tal y como era Marcus, el hecho de que soportara todo eso sin diezmar
la población era toda una demostración del amor que sentía por ella. Penny lo
comprendía y se lo agradecía.
La velada se desarrolló como cabía esperar. Jacob recibió las
felicitaciones de los asistentes, brindó y abrió los regalos con entusiasmo,
como si estuvieran en Navidad. Cuando vio el sextante, abrazó a Penny
emocionado. Marcus, que estaba al otro lado de la sala bebiendo una cerveza
mientras conversaba con un conocido menos fisgón que el resto, dejó
plantado a su interlocutor, se acercó a Penny y le rodeó los hombros con
ademán protector.
—Dime, Jacob, ¿qué se siente al cumplir años, envejecer, vivir y poder
ir por ahí con la nariz y los dientes en su sitio?
Jacob era un muchacho atractivo con el pelo rubio y el aire sano típico
de los jóvenes estadounidenses. Se había criado en el pueblo y, a pesar de que
apenas había viajado, poseía una mente brillante algo burlona.
—Es agradable estar vivo —respondió soltando una carcajada—. Le
estaba dando las gracias a Penny por el regalo.
—Ya he notado cómo le dabas las gracias. ¿Qué te parece si de ahora
en adelante te las ahorras? Además, ¿por qué? ¿Puedes explicarme para qué
te sirve un sextante?
—Siempre he soñado con ser marinero y Penny se ha acordado —
explicó el joven.
Ella terció con gracia.
—Me has contado muchas cosas de tu infancia, que, por ejemplo, leías
Veinte mil leguas de viaje submarino y soñabas con convertirte en capitán de
un sumergible.
—Qué recuerdos tan conmovedores —observó Marcus en un tono que
daba a entender justo lo contrario—. ¿Piensas embarcarte pronto?
—No, nada de eso, me basta con soñarlo.
—Si te conformas con los sueños y no mueves el culo para realizarlos,
deben de ser de chicha y nabo.
Era evidente que Marcus quería provocarlo: tenía intención de
contradecirlo en todo. Jacob sacudió la cabeza con determinación.
—Hay sueños que nunca pasan de ser sueños, pero no por eso pierden
su intensidad. Al contrario. Sucede lo mismo con el amor: cuanto menos lo
vives, más lo idealizas. Una historia de amor no vivida se convierte en una
historia perfecta que jamás se olvida pero, si se materializa, puede acabar
siendo banal. La cotidianidad es una enemiga terrible, incluso las historias
que comienzan con fuegos artificiales acaban resultando aburridas. Por eso
me conformo con el sueño, porque realizarlo sería complicado, puede que
imposible y puede que ni siquiera me gustara.
Por un trágico instante, que pareció el preludio de la transformación de
la fiesta de cumpleaños en una matanza, la frente de Marcus se convirtió en
un camino lleno de surcos. La mano con la que sujetaba una botella de
Budweiser parecía estar a punto de hacer añicos el cristal, pero, al final,
asumió una expresión burlona, casi compasiva.
—En resumen, que no tienes huevos. Si te conformas con eso… Te
felicito, Jacob, sueña con lo que te parezca, salvo con mi mujer, o podrías
encontrarte soñando con el par de piernas que aún te funcionan.
En ese momento, el grupo que los había rodeado para escuchar la
animada discusión que se había entablado entre ellos empezó a hacer
comentarios.
La señora Maple, una cuarentona soltera que trataba de echar el lazo a
todos los recién llegados, pero que jamás lograba llegar a las amonestaciones,
afirmó juntando las manos:
—¡Es cierto! ¡Los amores no vividos son los más románticos! ¡Sé muy
bien de qué hablo! ¡Ahí están Romeo y Julieta! ¿Acaso no eran adorables?
—En parte tienes razón, Jacob —admitió un hombretón con las mejillas
sonrosadas propias de los bebedores habituales—. De niño quería ser bailarín
y ahora lo recuerdo con mucha nostalgia.
—¡Vaya una estupidez! Habrías sido un bailarín horrendo, un buey
disfrazado de bailarín o un bailarín con la gracia de un buey —objetó la
señora Mansell, una viuda anciana que dirigía la oficina postal y que llamaba
siempre al pan, pan, y al vino, vino, aunque a menudo metía cuchillas en el
pan y alargaba el vino con ácido—. Además, morir a los catorce años como
Julieta no tiene nada de adorable ni de romántico. Todas las parejas tienen el
deber de casarse, sobrevivir y traer hijos al mundo.
Un clamor de aplausos interrumpió la conversación. En otro lado de la
sala estaba teniendo lugar un espectáculo diferente.
—¿Qué pasa? —preguntó Penny, encantada de que algo o alguien, lo
que fuera, desviase la mirada de Marcus de la cara de Jacob.
Extasiada, la señora Maple casi se desmaya.
—¡Vernon, el guardabosque, está pidiendo la mano de Grace, la hija del
camarero! ¿No os parecen guapísimos?
Delante de la barra del bar, Vernon, un joven alto y robusto, se había
arrodillado como había podido, debido a su mole, y en ese momento
mostraba en la palma de una mano, a modo de trofeo, el clásico estuche con
un anillo de compromiso dentro. Como en las mejores coreografías de las
películas en las que él-le-pide-a-ella-que-se-case-con-él-y-ella-suelta-unas-
lagrimitas, lloraba también a moco tendido. Al fondo, alguien había
cambiado la música country por un cedé de ABBA, que ahora sonaba a un
volumen, cuando menos, elevado. A pesar de que no fue posible oír lo que se
decían los futuros esposos, quedó claro que la propuesta había sido aceptada,
porque el anillo pasó del estuche al dedo regordete de Grace. Penny se sintió
pérfida, ya que, en lugar de concentrarse en la romántica escena, solo se le
ocurrió pensar: «Vernon no va a poder levantarse, se quedará de rodillas para
siempre y tendrá que casarse en esa posición».
La señora Mansell la agarró del brazo en ese instante y, borrando la
sonrisa de su cara y haciendo una mueca, le preguntó a bocajarro:
—¿Y vosotros cuándo pensáis casaros? Vivís juntos desde hace varios
meses, ya no tenéis dieciséis años, ¿no creéis que ha llegado la hora de hacer
respetable vuestra situación? ¿O es que no estáis bastante seguros de vuestros
sentimientos? ¿Cuándo le vas a pedir que se case contigo, Marcus? ¿Hay una
pizca de sensatez entre todos esos músculos?
Penny volvió a mirar a Marcus a los ojos y vio tanta rabia en ellos que
temió estar viviendo el momento previo a lo que pasaría a la historia de
Green Prairie como el-asesinato-de-la-vieja-Mansell-durante-la-fiesta-de-
cumpleaños-de-Jacob. Así pues, para desdramatizar, exclamó alegremente.
—No queremos casarnos. Nos gusta el sabor de la libertad. Me temo
que tendréis que conformaros con la próxima boda de Grace y Vernon.
¿Podréis sobrevivir a un escándalo así? —Lo dijo en tono de broma, aunque
un poco agresivo, lanzando a Marcus una mirada que significaba: «No digas
nada, te lo ruego». Por cómo se movió su nuez, él debió de tragarse un
bocado bien amargo, pero guardó silencio—. Y ahora, si no os importa, nos
vamos. Tenemos que recorrer varios kilómetros y creo que está lloviendo.
Felicidades de nuevo, Jacob.
A continuación, agarró la mano de Marcus y abandonaron el local.
Había empezado a llover, en efecto. Era una lluvia ligera, dispersa, de
esas que calan hasta los huesos, muy fría. Corrieron hacia la camioneta. Una
vez dentro, Marcus se quedó quieto delante del volante, una estatua húmeda
escrutando la oscuridad a través del cristal.
—Una comunidad de hienas disfrazadas de cervatillos —murmuró casi
para sus adentros.
Penny le posó una mano en el brazo.
—Como cualquier comunidad. A las viejecitas les gusta hablar de bodas
y lo hacen con más o menos delicadeza. La señora Mansell es así, una
provocadora, pero lo hace con todos. No se lo tengas en cuenta, por favor.
Además…
—Además, ¿qué?
—Lo que dije sobre el sabor de la libertad es cierto. Tú…, Marcus… Si
no te gusta algo de esta vida, de este pueblo, incluso de mí, recuerda que no
estás en una jaula, que puedes alzar el vuelo cuando quieras.
—¿Me estás dando el pasaporte?
—¡No! —exclamó ella sacudiendo la cabeza, apretándole el brazo con
fuerza—. ¡Yo te quiero! Solo que… A veces me digo que este es mi sueño,
no el tuyo. Tú te has adaptado para poder estar conmigo, pero si un día te
parece que no es suficiente, si algo te llama a estar en otra parte, me gustaría
que no te preocuparas por mí. Me las arreglaré.
—¿Con la ayuda de Jacob, quizá?
—No tengo el menor interés en Jacob, solo es un amigo, me atrae como
una infusión de ruibarbo. Lo único que pretendía decir es que puedo
arreglármelas sola.
—¿Es una manera amable de explicarme que, si me marchase, te
importaría un carajo?
—Uf, qué puntilloso te estás haciendo, mi querido oso marrón. Es una
manera de decirte que no hagas caso de esas viejas brujas cuando hablan de
matrimonio. ¿De qué tienes miedo? ¿Temes que te pida que te pongas
corbata, que te conviertas en un ciudadano ejemplar y que me compres un
anillo de diamantes? ¡De eso nada! No tengo ningunas ganas de casarme, de
vestirme de tarta de nata y de escuchar a los ABBA cantando Love Isn’t Easy.
Estaremos juntos mientras queramos, sin necesidad de dar explicaciones.
Al oír esas tristes palabras, Marcus arrancó el coche sin rechistar. Como
única reacción rezongó un poco, pero en el silencio su gruñido retumbó como
si fuera el lúgubre aullido de un lobo.
A decir verdad, la mera idea de perderlo le hacía añicos el corazón. Lo
quería más de lo que era posible querer a alguien. Lo quería más que antes y,
en ciertos momentos, ese sentimiento absoluto, que se mofaba de sus
proclamaciones de independencia, la asustaba mucho. Amaba sus ceños, sus
miradas cargadas, sus maneras bruscas, su manera hambrienta y tirana de
hacer el amor. Amaba todo en Marcus y cada día le regalaba la certeza de que
ya no podía prescindir de él.
Pero últimamente no estaba serena.
Por una misteriosa razón, le volvían a la mente las palabras de
Francisca.
«Si lo quieres, no lo aprisionarás. Su mayor sueño es ser libre. ¿Quieres
destrozar su sueño? Él tiene fuego bajo los zapatos. Quiere que siempre haya
una ventana abierta, una vía de escape.»
A pesar de que entonces había hablado así para asustarla, Penny
pensaba que en sus palabras había una buena dosis de verdad. Estaba segura
de que, por encima de todo, había una cosa cierta: debía procurar que no se
sintiera enjaulado, juzgado ni esposado. No dudaba de que esa vida le
gustaba —la tierra, los árboles, el viento—, pero ¿por cuánto tiempo sería
así?
Sabía que la quería, aunque fuera de una manera poco romántica y nada
convencional, pero cada vez recordaba con más frecuencia esas palabras.
Además, no olvidaba aquel sueño. Desde hacía un par de semanas
soñaba casi todas las noches la misma escena, con pocas variantes. En su
sueño, Francisca regresaba, feroz y arrebatadoramente guapa, y se lo llevaba
de allí. Se marchaban juntos, sin remordimientos, tan iguales y perfectos que
parecían haber nacido uno de la costilla del otro. En el sueño, Penny volvía a
tener el pelo corto y un mechón de color verde esperanza, que se desteñía de
repente volviéndose tan negro como las alas de los cuervos. Los veía alejarse
sin poder moverse, preguntándose cómo había podido pensar que la
monotonía de la paz podía gustarle más que la excitante imprevisibilidad de
la guerra.
No conseguía entender qué había desencadenado esas pesadillas.
«O quizá lo has entendido de sobra y finges no saberlo porque tienes
miedo.»
Montgomery Malkovich llamaba a menudo. Marcus le preguntaba
siempre por Francisca. Peggy sabía, con la razón y el corazón, que eso era
normal, justo, humano. No lo habría querido si hubiera sido capaz de correr
un velo cruel sobre una persona que había sido tan importante en su vida.
Con todo, en los últimos tiempos, desde que había sabido que Francisca se
había marchado de Connecticut y se había instalado en Massachusetts para ir
a la universidad, Marcus había empezado a interesarse más por ella. Le hacía
un sinfín de preguntas, estaba turbado y nervioso y Penny tenía la impresión
de que quería llamarla.
A veces sentía la tentación de decírselo: «Marca su número, habla con
ella, ella ha sido parte de ti y, cuando uno es parte de ti de esa forma, lo es
para siempre», pero estaba aterrorizada, el sueño alimentaba su pánico, en su
corazón combatían el miedo y la rabia y al final vencía el egoísmo y no le
decía nada.
Con frecuencia pensaba que era una estúpida visionaria y se decía que
Marcus la quería, que se lo demostraba todos los días, incluso sin usar las
clásicas palabras del amor, pero, después, su lado práctico le recordaba que
solo llevaban seis meses juntos. Seis meses no eran suficientes para crear un
pasado digno de ese nombre. Seis meses no eran nada comparados con los
años que había estado con Francisca.
«¿Y si ha comprendido que la echa de menos más de lo que debería
echar de menos a una amiga, a un antiguo amor, a un recuerdo?
»¿Y si la desea de nuevo?
»¿Y si mi sueño no fuera solo fruto del miedo, sino un presagio?»
Pese a todo, lo quería demasiado como para aprisionarlo. Lo quería
demasiado como para asustarlo. Así que le decía esas cosas. No quiero
casarme. Viva la libertad. Puedes marcharte cuando quieras.
«Pero no lo hagas, telosuplicotelosuplico.»
Nada más regresar, Marcus murmuró: «Voy a ver si todo está en su
sitio» y, acto seguido, salió dando casi un portazo. Penny se sentó en el sofá y
acarició el gato.
«Creo que las palabras de esa bruja lo han sacado de sus casillas»,
comentó en voz alta a Tigre, que ronroneaba. «Qué idiota. A mí me basta
esto.» Besó el anillo en forma de cocodrilo y exhaló un suspiro. El gato se
restregó contra un lado del mueble y la escrutó con sus ojos de color canela,
que parecían contener una provocación. «De acuerdo, no es del todo cierto,
me casaría con él mañana mismo, incluso dentro de un segundo, pero esto
solo lo sabemos tú y yo. Y tú no me traicionarás, ¿verdad, pequeño?»
El teléfono de casa sonó en ese momento. ¿Quién podía llamar a esa
hora?
En la pantalla no aparecía ningún nombre, solo las palabras NÚMERO
OCULTO. Respondió experimentando una pésima sensación.
—¿Dígame?
Silencio, solo oyó una vaga respiración humana y la línea se cortó
enseguida.
¿Quién podía ser?
¿Alguien que se había equivocado de número?
¿Alguien que buscaba a Marcus y que no esperaba oír su voz?
«¿Eras tú, Francisca?»
Cuando se acostó, Marcus aún no había vuelto. Penny se cambió deprisa
y se metió entre las sábanas. Por un instante, había tenido la sensación de que
era ella, Francisca, de que la respiración ocultaba su voz, pero se trataba de
una convicción irracional, dictada únicamente por el pánico, por la sospecha,
por las últimas dos semanas en las que Marcus, más nervioso de lo habitual,
había preguntado a Monty por Francisca bajando la voz como nunca lo había
hecho, y en las que a veces parecía más ensimismado.
Seguro que no era ella.
¿Y si, en cambio, sí era ella?
¿Y si los dos se estaban buscando?
«¿Qué significa esto? ¿Debo considerarlo una señal? ¿Debo empezar a
preocuparme seriamente?»
Estaba tan inmersa en sus tormentos apocalípticos que no oyó que
Marcus entraba y se metía en la cama. Al sentir sus manos en su cuerpo lanzó
un pequeño grito.
—¿Ahora también te doy miedo? —preguntó él.
Penny se volvió sonriendo.
—Eres tan feo y tan malo que el miedo está más que justificado —dijo
tratando de adoptar un tono tranquilo.
Marcus le acarició la espalda, el pecho, el cuello. La abrazó y Penny
oyó los latidos de su corazón en un oído. Eran fuertes, fortísimos,
ensordecedores. Besó su piel, en el punto en que pulsaba su corazón, debajo
del tatuaje atravesado por una corona de espinas.
—Jamás seré bueno, ya lo sabes. —Su voz era una extraña y
tempestuosa mezcla de melancolía y acritud—. A veces me gustaría matar a
alguien, no puedo evitarlo, sobre todo a Jacob y a esa vieja cabrona. Nunca
seré un imbécil que se arrodilla mientras una música idiota le rompe los
tímpanos.
—No deseo nada así. La señora Mansell siempre hace comentarios
mordaces. ¿Por qué te ha dolido más esta noche?
Él no respondió: la estrechó contra su cuerpo en la penumbra de la
habitación, junto a una ventana velada por unas cortinas de algodón basto,
con un sinfín de soles bordados, que estaban allí por deseo de Barbie. Fuera,
la lluvia había arreciado.
—Penny —le dijo en tono anhelante, como si se dispusiera a iniciar un
discurso más largo.
—¿Qué?
Marcus guardó silencio unos segundos, parecía estar sopesando las
palabras y, al final, optó por callar. La besó en la boca. Dentro de la boca. Y
después lejos de la boca. Por todas partes. Al final la tomó, con el ruido de la
lluvia al fondo.
Mientras estaba encima de ella, inmenso y hermoso, tan brusco como un
león, tan dentro que ella que la colmaba, se detuvo. Permaneció así un
instante, sin moverse, contemplando los ojos, los labios, las piernas de ella.
Después volvió a moverse, sin cesar, con los brazos extendidos como pilares
pintados, con el ímpetu de un ariete medieval, hasta que lanzó el grito salvaje
y sagrado del orgasmo.
Tener una granja supone mucho trabajo, pero a Penny le gustaba
cansarse. Se levantaba temprano, tan temprano que, a menudo, el sol era solo
un espejismo. Los animales que debía cuidar, limpiar, alimentar, los establos,
la leña que había que cortar, la tierra por arar, la cosecha, la casa. Todo era
igual y diferente a la vez. Lo había hecho sola y ahora lo hacía con Marcus.
Él se levantaba incluso antes que ella y se deslomaba bajo el sol y el agua.
Esa mañana seguía lloviendo y el viento silbaba detrás de los postigos y
en los resquicios.
—Hoy me ocuparé de todo. Quédate dentro —le dijo Marcus—, estás
pálida y pareces cansada.
—Quizá sea culpa de alguien que no me ha dejado pegar ojo esta
noche… —bromeó ella. A pesar del mal tiempo, del frío y de la sensación de
cansancio, se sentía bien, feliz, satisfecha. No había vuelto a pensar en la
extraña llamada ni en Francisca. Por primera vez en varias semanas, esa
noche no había tenido ningún sueño. Quizá porque, en efecto, no había
descansado mucho: habían hecho el amor durante horas e incluso cuando no
parecía que lo estuvieran haciendo —besos, piernas entrelazadas, caricias en
el pelo, te miro mientras duermes, olfateo tu piel, bajo los párpados apoyado
en tu mejilla—, lo hacían de verdad.
—¿Solo esta noche? —le dijo Marcus con aire ofendido. Después
sonrió, se puso una cazadora impermeable y unas botas de goma y salió justo
cuando iniciaba la tormenta.
Penny trabajó en casa toda la mañana y a medida que pasaban las horas
y que el sol salía victorioso, la angustia de la noche anterior y de las últimas
dos semanas de absurdos presentimientos se iba disipando como las nubes.
Poco antes de la hora de comer, mientras entraba en casa con los brazos
cargados de leña, oyó sonar el teléfono. Podía ser cualquiera, pero su corazón
empezó a latir con fuerza al percibir el peligro.
Alzó el auricular como si fuera el tentáculo de un monstruo, quizá
muerto, quizá dispuesto a morderla.
—¿Dígame?
Llamada anónima y silencio. Maldito silencio. Y una respiración al
fondo. Y una nueva interrupción.
Esta vez estaba segura, tan segura que estuvo en un tris de pronunciar su
nombre. Era ella, no tenía la menor duda, era Francisca. Había emitido una
especie de grito de irritación en el auricular: a Penny le bastó poquísimo, dos
notas lejanas, para reconocerla.
Se sentó de golpe en el sofá, presa del pánico. Sintió una arcada.
¿Qué quería? Si solo quería hablar, cómo-estás-cómo-estoy-quizá-un-
día-volvamos-a-vernos, no tenía ningún motivo para colgar de esa forma.
No, si era Francisca —habría puesto una mano en el fuego—, mejor
dicho, era Francisca, buscaba a Marcus. Lo quería de nuevo.
«¿Y tú? ¿Tú qué quieres, Marcus?»
Se quedó sentada en el sofá, quieta como en un cuadro, hasta que
Marcus regresó. No le dijo una palabra. Comieron como si nada hubiera
ocurrido. Más o menos.
—¿No te encuentras bien? —le preguntó él de repente—. No has tocado
la comida. No querrás que te dé de comer, ¿verdad? —Le acarició la frente
con el dorso de la mano. Una de sus bonitas y grandes manos.
«Cuánto me gustan tus manos. Nunca dejes de tocarme.»
—Estás caliente. Ve a tumbarte.
—No me pasa nada, no estoy hecha de aire —dijo tratando de
minimizar—. Tenemos que ir al prado del norte, ¿recuerdas? Para ver si
puede servirnos para…
En ese momento sonó el teléfono. Penny lo miró con una expresión de
auténtico terror. Marcus estaba más cerca del aparato y, cuando agarró el
auricular y respondió, ella tuvo la impresión de que se abría un abismo bajo
sus pies.
—¿Dígame? Ah, hola, Monty.
El corazón de Penny volvió a latir, pero solo por un momento.
—Sí, todo va bien. Penny está bien, pero ¿qué…?
Marcus frunció el ceño y apretó los labios.
—No, no ha llamado.
Penny tuvo la certeza de que estaban hablando de Francisca.
—¿Qué ha pasado?
Monty le contó algo en un tono agitado que se difundió por el aire y
llegó a Penny, a pesar de que esta no conseguía entender lo que decía. La
expresión de Marcus era cada vez más tensa. Antes de que terminase la
conversación, Penny sintió la necesidad de salir de la habitación. Mientras se
alejaba, tuvo la impresión de que Marcus la seguía con los ojos sin dejar de
fruncir el ceño.
Se sentó en la cama con los dedos entrelazados y, de nuevo, tuvo una
arcada. Oyó que Marcus se despedía de Monty y luego se hizo el silencio. Él
tardó un rato en entrar en el dormitorio. Se sentó a su lado y por un
interminable y atroz minuto se frotó con nerviosismo la frente y las sienes.
Por fin, le dijo:
—Monty quería saber si Francisca ha llamado aquí. Por lo visto ayer fue
a casa de ellos y consiguió, aún no acabo de entender cómo, este número. Ha
dicho que… no estaba bien —Silencio, silencio, silencio y a continuación—:
Coño.
Penny exhaló un suspiro íntimo, secreto, que solo oyó su alma. Por fin,
con la voz menos rota que logró sacar de su garganta, le confió:
—Creo que ha intentado llamar. Anoche y esta mañana. Bueno, no sé si
era ella, pero han llamado dos veces y quien fuera que llamara colgó en
cuanto oyó mi voz.
Se encogió de hombros, fingiendo desenvoltura, pero ese pequeño gesto
casi hizo que se derrumbara.
Sin hacer el menor comentario, Marcus le tendió un pequeño folio.
—Monty insistió en darme su número. Quiere que la llame para
tranquilizarla.
—¿Para tranquilizarla? ¿En qué…? ¿En qué sentido? ¿Qué le pasa?
—No lo sé, no lo he entendido bien. Annie ha dicho que la vio…
extraña. Como hacía tiempo que no la veía.
—¿La has llamado?
—No, antes quería hablar contigo.
—¿Conmigo? ¿Por qué?
—Para saber si estás de acuerdo, me parece obvio. Si fuera al contrario,
me gustaría saberlo. Me gustaría que antes hablaras conmigo. Soy un cabrón,
pero no hasta ese punto.
Penny sintió deseos de darle unos cuantos puñetazos. Si Francisca le
diera igual, todo ese rollo sobraba. Toda esa delicadeza, como si le estuviera
pidiendo permiso para hacer una simple llamada telefónica, ocultaba un
tumulto interior y el temor de herirla.
«Solo me herirás si aún sientes algo por Francisca.»
Habría preferido que la llamase sin tantas historias y que luego se lo
dijera con plácida indiferencia, pero en ese momento no tenía nada de
plácido. Ni de indiferente. Marcus estaba profundamente turbado.
—Eres un auténtico idiota, Marcus Drake.
Él se sobresaltó y la escrutó estupefacto. Penny sintió que las lágrimas
se le saltaban de los ojos, pero las obligó a retroceder lo más lejos posible.
—¿Qué dijimos? Debemos hacer lo que nos apetece, siempre. Se ve a la
legua que tienes ganas de hablar con ella. Estás preocupado por ella. Así que
levanta el auricular y llámala. ¡Estuvisteis juntos muchos años! ¿Crees que
soy tan capulla como para pretender que la borres de un plumazo?
—Yo lo pretendería —dijo Marcus, cada vez más enfurruñado—. Yo te
ordenaría que no volvieras a hablar ni a ver a nadie. Yo me cabrearía como
una bestia y rompería esta nota en mil pedazos.
—Pero yo no soy como tú. —Penny se puso de pie y se dirigió hacia la
puerta—. Voy a ver a Cleo.
Se puso una chaqueta y salió seguida de Tigre, tendido al sol. Apenas
cerró la puerta, tuvo que apoyarse en un montón de leña para no desplomarse.
Cleo, la vieja y dulcísima yegua que Penny había salvado del matadero,
deambulaba por el recinto mordiendo los manojos de hierba que aún estaban
frescos. Marcus solía decir bromeando que la granja era un asilo para
animales desgraciados: entre sus habitantes había, por ejemplo, un burro cojo
y un antiguo corderito ciego, que se había convertido en un carnero enorme y
antojadizo.
Mientras Cleo movía con parsimonia su suave cola y Tigre
holgazaneaba en lo alto de un palo, en una posición que solo podía adoptar un
gato imprudente, Penny apoyó la espalda en la valla. Cerró los ojos buscando
el calor del sol, que, a esas alturas, bien entrado el mes de octubre, era cada
vez más pálido. La temperatura no tardaría en bajar y llegaría la nieve.
Primero una leve salpicadura y luego una manta.
Penny trató de pensar en Marcus llamando por teléfono a Francisca.
¿Qué se dirían después de varios meses sin hablar?
¿Insistiría ella en volver a verlo?
«Concéntrate en el sol, en Cleo, que ahora parece sonreír, en los
manzanos y en los arces altos, en el viento y en el aroma del aire.»
Mientras estaba con los ojos cerrados, sintió que una mano se apoyaba
en su hombro. Marcus saltó la valla y se plantó delante de ella. Por primera
vez en varios meses, fumaba un cigarrillo. El corazón de Penny se retorció
como si quisiera escapar de su pecho. No le preguntó nada, guardó absoluto
silencio, mientras él apuraba su Chesterfield.
De improviso, Marcus le agarró una mano.
—No volverá a llamar —dijo.
—¿Qué…?
—La he llamado y le he dicho que no vuelva a hacerlo.
—Pero ¿por qué?
—Porque no quiero ver esa expresión en tu cara.
Ella no lo miró, siguió con los ojos clavados en Cleo, que comía y
disfrutaba de la vida. Por fin, se alejó de la valla y se encaminó hacia la casa.
«Respuesta incorrecta», pensó, pero no dijo nada.
CAPÍTULO 9
MARCUS
Tengo que tomar una decisión importante, una de esas que te cambian la
vida y te hacen avanzar o caer, y estos capullos me distraen. Necesito pensar,
entender y poner en orden las cosas absurdas que siento, pero no puedo,
porque, según parece, todo el pueblo se ha puesto de acuerdo para sacarme de
mis casillas. Odio esas reuniones, las fiestas, las ferias demierdadeloquesea,
las caras risueñas, las sonrisas de mandíbula desencajada. No soy sociable, no
consigo fingir que esta gente me gusta. Bueno, alguno me gusta. Los
agricultores, porque se dedican a la tierra y, cuando los veo, me explican
todo, incluso la manera de hacer florecer un tronco quemado. También las
ancianas que te sonríen sin soltarte el rollo. Y los que te invitan a beber en
silencio y los que no te hacen el tercer grado sobre todos esos tatuajes. En
fin, que a algunos los soporto. Pero Jacob, ese tipo me provoca, sí, me
provoca diciendo gilipolleces sobre Penny e inventando cada vez nuevas
excusas para alargar la mano, se merece que lo espere en la parte trasera de su
tienda por la noche, cuando en la calle solo quedan, como mucho, las
garduñas y los murciélagos, que le dé una buena tunda y le meta el sextante
por el culo. También daría un buen puñetazo a la hiena de Mansell, porque
siempre se mete donde no la llaman. Esta gente no hace otra cosa que juzgar
y vomitar idioteces.
Pero no quiero que Penny sufra, así que me contengo, me porto bien,
estoy callado y quietecito. Toda esta bondad me está provocando una úlcera,
pero no soportaría ver la tristeza en su cara. Porque a ella le gusta esta gente
o, en todo caso, no le disgusta. Ella está bien aquí. Se conmovió incluso
durante la ridícula escena de la proposición de matrimonio, me di cuenta.
Espero que no se le ocurran extrañas ideas, porque yo no hago esas cosas. Ni
siquiera por ella. No puedes cambiar tu manera de ser de esa forma, algunas
cosas son inmutables.
Maldita sea, tengo que pensar, comprender, decidir, y estos cabrones no
dejan de montar jaleo.
Así que, nada más volver de la fiesta de cumpleaños, voy a la parte
posterior del establo y desahogo mi frustración. Engancho un saco de boxeo
en una viga robusta, debajo de una marquesina. No voy vestido como
debería, no puedo moverme como me gustaría, pero no renuncio a dar unos
cuantos golpes.
Tengo que volver a ver a Francisca y esta es una de las razones de la
confusión que tengo en la cabeza. No he hablado con ella desde hace meses,
necesito verla. Penny no lo sabe, temo que la cosa no le guste o, peor aún,
que me pida que lo haga, porque el dolor se leería en sus ojos. Eso es lo peor.
No quiero que sufra, prefiero cortarme una mano.
Aun así, tendré que hacerlo. Tarde o temprano tendré que hacerlo. En
las últimas semanas, la expresión valiente pero triste que puso Fran cuando se
despidió de mí en casa de Malkovich me tortura como el cadáver de alguien
al que has matado sin querer y luego has escondido en una tumba de
cemento.
Entretanto, golpeo el saco una y otra vez, con la impresión de tener un
siglo de energía reprimida que debo descargar.
Y no es cierto. Trabajo como un condenado, no estoy quieto un instante.
Además, Penny y yo follamos mucho. En todo este lío, lo único seguro es que
la quiero. Las cosas solo han mejorado. A veces me basta una menudencia,
un detalle insignificante —la manera en que se toca el pelo, en que parpadea,
incluso cómo se inclina para recoger algo del suelo— para perder la razón.
Hace meses que toma la píldora, así puedo correrme dentro, y esto me excita
de una manera que no creía posible. No importa si estoy agotado después de
haber trabajado varias horas en el campo, en los establos, en la leñera o con el
saco, la miro y la deseo.
Como esta noche. Antes me hizo perder los estribos, pero eso a mi polla
le da igual. Mi polla es una capulla insensible, le basta el olor de Penny para
sentir hambre. De repente, la tentación de decirlo todo, absolutamente todo,
me sofoca. Lo que me está sucediendo, lo que querría hacer, las dudas que
tengo, las decisiones definitivas que me gustaría tomar. Unas decisiones que
me asustan, pero a las que no puedo resistirme, lo sé, porque ciertas cosas
solo van en una dirección.
Pero no digo una palabra. Follo con ella como un condenado, la penetro
hasta el fondo. Me enloquece ver el placer en sus ojos. Suceda lo que suceda,
Penny, la cara que pones cuando gozas es la octava maravilla del mundo.
—¿Marcus? Soy Monty. ¿Cómo va? ¿Penny está bien? Tengo que
hablarte de… Y no sé cómo…
—Ah, hola, Monty. Si, todo en orden. Penny está bien. Pero ¿qué…?
—Annie ha insistido mucho, no hace otra cosa que repetirme que…
¿Por casualidad te ha llamado Francisca?
—No, no ha llamado.
—Ah, bueno, creo que lo hará.
—¿Qué ha pasado?
—No estoy muy seguro, pero… Bueno, ayer nos visitó, llegó mientras
yo no estaba y Annie asegura que estaba trastornada. Triste, eso es. Triste.
Ok, Annie, se lo estoy diciendo. Estaba triste. Se quedó a cenar y a dormir.
Por la tarde le había pedido varias veces tu número a Annie. Ella se negó a
dárselo. Ya sabes, no le parecía correcto hacerlo sin tu consentimiento. Pero
creo que luego lo consiguió sola. He encontrado el cajón revuelto y mis cosas
desordenadas y yo soy muy ordenado, así que he pensado… Creo que te
llamará. Annie jura y rejura que estaba muy triste, aunque a mí no me dio esa
impresión, pero ya sabes que las mujeres notan mejor ciertas cosas, así que…
¿por qué no la llamas tú? Le darías una alegría a Annie, porque quiere mucho
a Francisca. Sí, Annie, le estoy diciendo que la llame, ¿no me oyes? Ok,
Marcus, perdona. Solo para preguntarle cómo está, si le pasa algo. Te doy su
número. ¿Tienes algo para escribir?
—¿Qué? Ah, sí, ok, espera.
—Quiso ir a Massachusetts y está sola. No conoce a nadie allí. Se le
metió esa idea en la cabeza, podría haber ido a la Universidad de
Connecticut, pero ya sabes lo testaruda que es. No digo que la de
Massachusetts no sea una buena universidad, al contrario, es una de las
mejores, y ella sacó muy buenas notas, es una chica inteligente, se pasa la
vida leyendo. Siempre la hemos juzgado mal, no es superficial ni insensible,
en absoluto. Temo que, al contrario, sea demasiado sensible. Estoy seguro de
que al final todo irá bien, pero… no es bueno estar solo y ella no es sociable.
Bueno, en eso sois iguales. Así que eres la persona más adecuada para
averiguar qué sucede. No quiero que Penny sufra, por descontado. Ese
pensamiento me ha torturado. Annie y yo queremos mucho a Penny y
seguimos pensando que es la mujer ideal para ti, pero Francisca vivió con
nosotros dos años, aprendimos a conocerla, comprendimos que debajo del
caparazón tiene el corazón más frágil del mundo. El corazón de Penny es más
resistente. Estamos seguros de que lo entenderá. La llamarás, ¿verdad? Jamás
habría imaginado que un día te diría esto, antes insistía justo en lo contrario,
pero ahora… sería bueno si, al menos, pudierais ser amigos y llamaros de vez
en cuando. Sería bueno para todos, también para ti.
Nunca he creído en el destino, así que ¿cómo se llama esto?
Piensas durante semanas en una persona y luego…
Piensas en volver a hablar con ella, en volver a verla, en comprender, y
es ella la que te busca.
Pero… pero Penny tiene esa mirada de pesar.
No quiero que sufra, no quiero.
De forma que creo que he tomado varias de las decisiones que debía
tomar y no sabía cómo. Con Francisca se acabó. No quiero saber nada de ella,
necesito verla y hablar con ella, hace varias semanas que la veo con
frecuencia en sueños, pero se acabó.
—¿Di…dígame?
—¿Fran? Soy yo.
—Marcus…
—¿Cómo estás?
—Bien, estupendamente. ¿Y tú?
—Yo también. Y también Penny.
—No te he preguntado por ella.
—Lo sé, pero te lo digo de todas formas. Sé que has llamado. ¿Lo
hiciste esta noche, hace unas horas?
—Yo…, bueno…, sí
—¿Por qué colgaste si querías hablar conmigo?
—Porque contestó ella. Quería hablar contigo, no con ella. ¿No tienes
un número de móvil?
—No y, si tuviera, no te lo daría.
—Sigues siendo un cabrón.
—Nunca he dejado de serlo. ¿Qué quieres, Fran? ¿Qué sucede?
—Sucede que…, sucede algo elemental. Sucede que te quiero. Jamás te
lo he dicho, pero te quiero. He comprendido más cosas en estos seis meses
que en todos los años pasados. Te quiero. Tú y yo estamos hechos para vivir
juntos.
—…
—No saltes de alegría, por favor, tanta felicidad me trastorna.
—No me vuelvas a llamar.
—¿Qué?
—Olvida este número, olvida que existo. No me gusta tener que decirte
esto, Fran. No me gusta nada, pero en ciertos momentos hay que tomar una
decisión definitiva.
—¿Y tu decisión definitiva es borrarme de tu vida?
—Creía que no, pero no me queda otra alternativa.
—¿Que no te queda otra alternativa? ¡Siempre hay otra alternativa!
¿Qué ocurre? ¿Carita de jodido ángel te ha esposado? ¿Haces todo lo que te
ordena? ¿Te has convertido en su marioneta?
—Para ya.
—¿Que pare? ¿De qué, de decir la verdad? ¿Significa eso que eres
feliz? ¿Estás bien con ella, no tardaréis en tener una bonita familia con
muchos hijos, un perro y un gato e iréis a la iglesia los domingos? ¿Qué vida
es esa? No puedo creer que te guste, me niego a creerlo. Cuando te dejé
marchar, hace seis meses, lo hice porque, entre otras cosas, sabía que, si no
metías el dedo en la llaga, no te convencerías. Habías perdido la cabeza, no
entendías nada. Pensé: quizá, viviendo con ella una temporada, comprenda
que esa vida no le va, se le pasará y volverá conmigo. En el fondo, nunca te
ordené que metieras la polla en un solo sitio. Siempre has sido libre, ¿no?
¿Eres igual de libre con ella? ¡Seguro que no! ¡Vuelve conmigo, Marcus, te
lo ruego! Estamos hechos para vivir juntos y…
—Fran.
—Estoy en Amherst, ven. O iré allí, a tu casa, y…
—Estudia. ¿Me lo prometes?
—¿Qué?
—Estudia, vive y trata de estar bien, pero no vuelvas a llamarme y
resiste a la tentación de venir. Estás alterada y lo siento, por mucho que te
parezca extraño, dado lo que te estoy diciendo, lo siento. Más de lo que te
imaginas. Pero no quiero volver a verte ni hablar contigo.
—Te arrepentirás, más adelante te arrepentirás. Me echarás de menos.
—Te echo ya de menos. Jamás he dejado de hacerlo, pero he decidido
que sea así y no cambiaré de idea.
—¿Qué es esto? ¿Te sientes obligado hacia Penny? ¿Te sientes
culpable?
—Cuando aprendes a sentirlo, el sentimiento de culpa te jode el alma, te
lo garantizo.
—No puedes seguir con ella si ya no la quieres, es ridículo. ¿Qué eres,
un sacrificio humano? ¿Habéis firmado un pacto de sangre?
—Algo así.
—Ya no eres el mismo, es evidente que ya no eres el mismo.
—Todos cambian. Puede que aún no te hayas dado cuenta, pero tú
tampoco eres la misma persona de antes. Y ahora…
—¡No, espera! ¡Espera! No puedes… ¿Cómo voy a vivir sin ti?
—Día a día. Es un magnífico sistema. Deja de pensar en la eternidad, en
el ejército que te está esperando ahí fuera para joderte y afronta a tus
enemigos uno a uno. Así dan menos miedo.
—No sé si podré. No sé si…
—Tengo que marcharme, Fran. No vuelvas a llamarme. No lo hagas.
Cuando digo adiós es adiós. Y lo he dicho.
Lo he dicho y me siento un pedazo de mierda. Un cabrón redomado.
No quería hacerle daño.
Voy a necesitar algo más que cortar troncos hasta la primavera para
cansarme lo suficiente y dejar de pensar lo peor de mí mismo.
Pero si hiciera daño a Penny, no podría seguir viviendo.
CAPÍTULO 10
Si fuera un objeto, sería una taza con una grieta tan larga
como el dibujo de una garza real, un lápiz con la
mina rota por la zancadilla de un abridor de cartas,
una lámpara de petróleo que quema su corazón de
estopa, un libro con las páginas desgastadas por
generaciones de manos sucias.
Si fuera una flor, sería una campanilla de invierno en una
traslúcida capa de hielo, un girasol jorobado
consagrado a la tierra, una orquídea empapada por
una lluvia de sangre, un narciso que ya no logra ver
sus estambres en el lago.
Si fuera un animal, sería una orca encerrada en una caja de
música, una golondrina que ha dejado caer la brújula
en el vuelo, un caballo con los tendones cortados por
un arbusto de astillas, un tigre que maúlla en la rama
más alta de un árbol extinguido.
Si yo fuera tú, sabría cómo platear la grieta, vengarme del
abridor de cartas, hendir la oscuridad sin quemarme y
solo permitiría que me acariciara el viento de tus
dedos.
Si tú me quisieras, rompería la capa de hielo, inclinaría el
cuello hacia la luz, dejaría que me purificara el agua
de las montañas, transmutaría todo el mundo en un
espejo.
Si me acariciases, el mar se tiraría a la caja, las cometas
trazarían el rumbo, mis piernas saltarían por encima
de la copa de un baobab, mi rugido despertaría a una
quagga.
Pero tú no estás ni me quieres, ni me tocas, has segregado
mi valor en un cajón, se lo has robado a mis ojos y a
mis manos y me has dejado en prenda un cubo de
ceniza.
Si no fuera yo, sería, sin duda, otra, y, fuera quien fuera,
sería mejor que yo, porque yo soy una manera de
decir muerte, porque yo soy una manera de no decir
nada.
No debía mirarla, no debía interesarse en lo que hacía, en dónde estaba
sentada, en cómo iba vestida ni en la expresión de su cara. Debía dar la clase
como si nada. Como si el recuerdo de lo que había sucedido y el dolor
tridimensional de sus versos no llevaran tres días atormentándolo.
¿Cómo era posible que una joven dueña de un lenguaje tan violento y
una belleza tan deslumbrante fuese capaz de escribir unas palabras que
parecían haber nacido en un corazón de cristal y haber crecido en un cuerpo
deforme?
Esa contradicción lo atraía, lo turbaba, pero se había prometido que no
se pondría en contacto con ella de ninguna forma, se lo había impuesto de tal
manera que hasta se lo había dicho en voz alta. Para convencerse se había
repetido varios discursos, el primero de los cuales no era solo «es una
estudiante, te has equivocado, te has comportado como un crío en celo». A él
se había añadido un argumento mucho más persuasivo: «No está bien, salta a
la vista que esa chica no está bien, es infeliz, está deprimida, pero tú no eres
su médico ni Dios. Tampoco eres su novio ni su hermano ni, sobre todo,
Marcus». Quienquiera que fuese Marcus. A todas luces, era una causa, una de
las muchas causas de su malestar.
Francisca estaba casi en la última fila, no tenía a nadie demasiado cerca,
era una flor apartada. Byron leía la maravillosa poesía Mar negro, de Mark
Strand.
E imaginé que te acercabas,
las oscuras ondas de tu cabello enredándose con el mar
y la oscuridad se convirtió en deseo.
¿Cómo podía recitar esos versos sin pensar en la manera en que lo había
tirado de un empujón al sillón, en su pelo, que parecía realmente hecho de
mar nocturno, en el deseo que lo había invadido? No habían hecho siquiera el
amor, no como dos adultos: parecían dos adolescentes descubriéndose en una
habitación precaria, sin cerrar con llave. Con todo, se había sentido como si
se hubieran devorado durante horas y en todas partes.
Al final de la clase había llegado a una conclusión peligrosa. Casi
parecía el estribillo de un alcohólico, de un jugador, de un loco.
«Hablaré con ella por última vez, solo una vez más.»
—¿Le ha gustado mi poema, profesor? —le preguntó arrastrando la voz
la rubita con pestañas postizas que se sentaba en primera fila y cruzaba las
piernas con más frecuencia de la que cualquier ser humano que no padeciera
un gravísimo tic debería cruzarlas. Y, como ella siempre llevaba faldas muy
cortas, el panorama quedaba casi bajo su nariz y él se veía obligado a hacer
eslalon con los ojos.
A decir verdad, aún no había leído los versos de los demás estudiantes.
No había hecho otra cosa que releer los de Francisca y ver una y otra vez con
la mente, a la que no conseguía obligar a hacer un eslalon, la boca de ella
entre sus piernas, su lengua sedosa, la suavidad de su carne. Su gemido de
placer, ligero, casi aprisionado. La rubita lo miró como si no se esperase tanta
indiferencia. Byron cabeceó y cerró el libro.
—Aún no he tenido tiempo de leer nada —explicó con aire distraído—.
Y, ahora, si no le importa… —Fingió que se concentraba en la redacción de
algo, escribió unas líneas sin ton ni son en una agenda, ignorándola por
completo, hasta que, por fin, la alumna salió enfurruñada del aula.
Cuando se quedó solo, se dio cuenta de que Francisca seguía allí.
Sentada en la parte alta del aula, lejos de él. Como si lo estuviera esperando.
—¿Señorita López? —exclamó en tono formal—. ¿Puede acercarse?
Tengo algo que decirle.
Mientras Francisca bajaba, se esforzó para no mirarla. Clavó los ojos en
el folio que tenía delante y solo cuando ella estuvo cerca notó que había
contenido la respiración durante todo el descenso.
—¿Le ha gustado mi poema, profesor? —repitió en un tono similar, por
la cantilena y los suspiros, al de la rubia.
—¿Cómo estás? —le preguntó él bajando un poco la voz y haciendo
caso omiso de la provocación.
Francisca ignoró a su vez la pregunta.
—Veo que tienes mucho éxito con las alumnas, mi querido profesor. —
Parecía alegre, pero esa mampara de ironía traslucía cierta histeria. Su mirada
tenía un reflejo metálico. Movía las manos con nerviosismo—. ¿Cómo te
organizas? ¿Tienes una lista? ¿Haces turnos? ¿Das un numerito, como en
correos? ¿Preparas tiramisù para todas o cambias el tipo de dulce?
Byron sintió ganas de apretarle una mano para sacudirla, para obligarla
a callarse. Para abrazarla. Después de haber leído su poema, su necesidad
más inmediata era esa: abrazarla. Pero no podía. Miró alrededor como un
ladrón, mientras Francisca se acomodaba en el borde del escritorio donde él
se sentaba durante las clases
—¿Cómo estás? —le preguntó de nuevo y, con cierta ansiedad, añadió
—: Esos versos…
—¿Qué pasa? ¿Haces como los maestros, que miran los dibujos de sus
alumnos y los interpretan a su manera? Un niño puede dibujar a uno de sus
padres empuñando una espada en una mano enorme y en la otra una cabeza
de conejo sin que eso signifique que se trata de un psicópata que degüella
animales indefensos y pega a sus hijos con un palo, puede que solo haya
jugado al béisbol con un guante y que haya cosido la cabeza de un conejo de
peluche usando una aguja grande de lana. Las cosas no siempre son lo que
parecen.
—¿Y cómo son?
—Eso no es asunto tuyo. Solo debes valorar si el poema te transmite
algo, si te emociona, no tienes que psicoanalizarme. ¿Te ha emocionado?
—Me ha asustado.
—Supongo que eso es bueno. Sería peor que te hubiera entristecido. La
tristeza es un derroche. A propósito de cosas que no deben derrocharse…
¿Cuándo follamos?
Byron la fulminó con la mirada.
—Al menos baja la voz —silbó entre dientes.
—Oh, por supuesto, disculpa, no vaya a ser que se descubra que te tiras
a tus alumnas y tu fama de príncipe del ateneo se vea salpicada.
—Fue un error, te lo dije y te lo repito. No volverá a suceder. Y no me
tiro a mis alumnas.
«No demasiado a menudo, al menos.»
—En ese caso, ¿qué quieres de mí? ¿Por qué me has llamado? ¿Solo
querías saber si mi padre me pega con un palo y mata a todos mis pobres
conejitos?
—¿Cómo estás?
—No dejas de preguntarme cómo estoy. ¿A qué te refieres en concreto?
La herida que tengo en la cara está cicatrizando bien, por lo visto no me
convertiré en un monstruo. Solo he fumado tres cigarrillos. He corrido una
hora y he descubierto un quiosco donde venden unas tortitas de guayaba
exquisitas, parecidas a las que me hacía mi madre cuando era niña. Si quieres
te doy la receta, así se las podrás hacer a Miss Pestañas-Que-Aletean. Aunque
puede que no te interese nada de esto, puede que solo quieras saber cómo me
sentí después de lo que hicimos hace tres días. Diría que bien, fue muy
relajante. Por eso me gustaría repetir la experiencia. Siento curiosidad y me
gustaría profundizar.
Byron se acercó a ella, olvidando el lugar en que se encontraban y el
riesgo que estaba corriendo. Por una parte, estaba enfurecido, pero por otra su
deseo era casi doloroso. Si hubiera podido plegarse a los alaridos de su lado
animal, se la habría tirado enseguida, en el escritorio. Esa mañana Francisca
llevaba un abrigo de color verde bosque encima de una falda vaquera
acampanada y calzaba unas botas planas. Una indumentaria nada sensual. Y,
sin embargo, lo atraía, lo intrigaba, endurecía sus miembros y ablandaba su
corazón. Quería levantarle la falda hasta la cintura y entrelazar sus dedos con
los de ella mientras se corrían. Pero estas eran, claro está, unas ideas
absurdas. No debía y no podía enredarse en una historia con una alumna, por
si fuera poco, tan problemática: ya había tenido una mujer mucho más que
problemática durante diez años y la cosa había acabado como había acabado.
Tampoco podía permitirse polvos sin historia, así que lo mejor era hacerse a
una de las clientas del Dirty Rhymes. No, no, debía volver al sitio que le
correspondía. No volvería a preguntarle siquiera cómo estaba. No volvería a
pensar en ella y… ¡Maldita sea! Se le había puesto dura en la universidad. Se
ajustó la chaqueta todo lo que pudo. Si le hubieran dicho que se iba a
transformar en el héroe permanentemente excitado de una novelita rosa, no se
lo habría creído. Y ahí estaba, vencido por una erección vergonzosa en un
aula de la universidad: poco faltaba para que le desgarrase la ropa y él la
aferrase como en un paso de tango. Ridículo, era ridículo. Hambriento, estaba
hambriento.
—¿Se encuentra bien, profesor? Por la cara que pones, se diría que
tienes ganas de que follemos, pero finges que no es así. No debes temer que
se lo diga a alguien ni que pretenda la exclusividad. Podrás seguir haciendo
dulces para todas las tipas que quieras. Solo necesito desahogarme un poco.
Y tú eres un encanto, pareces sano y estoy segura de que eres bueno, así que
¿cuándo y dónde?
—Jamás, en ninguna parte —respondió él con rudeza—. Te lo repito
por última vez: este asunto debe terminar como empezó. He comprobado que
estás bien y me alegro. Puedes marcharte.
Ella se encogió de hombros, envuelta en el abrigo. Sonrió con aire de
capulla, desdeñosa.
—Como quieras. Da igual, encontraré a otro enseguida.
Sus palabras, en lugar de tranquilizarlo, le atravesaron el pecho y
trituraron algo indefinido entre sus costillas. Con un ademán impulsivo, justo
como había evitado hacer hasta ese momento, le agarró una mano. Francisca,
que había hecho amago de salir, casi chocó con su tórax. Al final la había
aferrado como en un paso de tango.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó en un tono diferente, más ronco y
menos regio.
—No me expreso con dibujos. Digo lo que pienso. ¿Crees que me
costará mucho encontrar a otro que quiera acostarse conmigo?
—No digas gilipolleces —murmuró él.
Francisca se desasió de él, recuperó el brazo, los dedos, el espacio.
Retrocedió y lo miró con una expresión mordaz.
—Digo y hago lo que me parece.
—En cambio, no…
Una voz interrumpió de repente la conversación, que ya no era una
conversación: aquello era, sobre todo, un desafío. Detrás de ellos, en el
umbral, con expresión suspicaz, estaba Claire, la rubia que tenía una voz
nasal.
—¿Byron?
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? —preguntó él, a todas luces contrariado.
Aunque no sabía a ciencia cierta por qué, si por la aparición repentina de esa
pelma insoportable o porque Francisca le estaba susurrando: «Por lo visto, tú
también te consolarás, pero te aconsejo que te pongas tapones en los oídos».
A continuación, ella salió del aula, pero Clarice no la reconoció, porque la
tarde en que se habían visto en el salón de té ni siquiera la había mirado a la
cara; en cambio, en ese momento sí que la observó, vaya si lo hizo, como si
quisiera memorizar hasta el menor detalle.
—Perdona que no te haya llamado antes. Mejor dicho, te he llamado un
montón de veces, pero debes de tener un problema con el móvil, porque la
línea se interrumpía a la primera llamada. Por lo visto no has recibido mis
mensajes, porque no me has contestado. He venido para preguntarte si te
apetece comer conmigo. No hemos vuelto a hablar y… Pero quizá tengas
algo que hacer. ¿Te molesto? —pronunció esta última frase de forma extraña,
recelosa, irritante.
—No tengo nada que hacer, así que comeré muy a gusto contigo —
afirmó él, pensando en todas las veces que había rechazado sus llamadas y en
los trece mensajes llenos de puntitos suspensivos que había ignorado.
Pensando en Francisca. Preguntándose cuáles serían sus intenciones.
Sintiéndose como si le hubieran robado algo.
El destino era vil.
«Dime que lo haces a propósito.»
Habían decidido comer en un restaurante del campus y, estando allí,
sentados a una mesa, mientras un camarero respondía a las preguntas
puntillosas de Clarice, Byron vio entrar a Francisca con un chico. Era
evidente que se trataba de un estudiante, no tenía más de veinte años. Tenía el
pelo y la piel oscuros, lo que demostraba un mismo origen latino.
La mente de Byron formuló dos preguntas a toda velocidad: «¿Quién
es? ¿Qué quiere este ahora?».
No era uno de sus estudiantes y se veía a la legua lo que quería.
¿Qué se puede querer de una joven con una cara y un cuerpo como los
de ella?
«Lo mismo que quieres tú, canalla.»
Vio que se paraban en el bar y que pedían algo. Ella mostraba una
actitud seductora, se mordía los labios, se acariciaba el pelo, bajaba los
párpados con la lentitud de un cisne.
«No quiero que la toque.»
Ahí estaba otra vez, el héroe de la novelita. ¿Pronunciaría ahora
mentalmente más frases propias de un duque tirano, de un millonario
dominador y de un pirata? ¿Se levantaría de la silla y daría unos cuantos
puñetazos al desafortunado estudiante?
«Ni se me pasa por la cabeza.
»Bueno, se me pasa, pero no lo hago.
»Me quedo aquí, soportando el parloteo de Clarice.
»Y no miro hacia la cafetería.»
—¿Vendrás a la fiesta de Acción de Gracias que ha organizado tu
abuela? —le preguntó su exasperante compañera de mesa—. Será el 26 de
noviembre en Martha’s Vineyard, pero seguro que ya lo sabes.
—Me da la impresión de que estás más informada que yo sobre los
eventos mundanos que organiza mi abuela.
«No mires, no mires, no mires. Pero ¿qué hace ese tipo? ¿Le está
mirando el pecho?»
—¿Estás bien, Byron? —Clarice lo despertó de la especie de catalepsia,
cargada de propósitos homicidas hacia el pobre estudiante, que se parecía a
Bruno Mars, que sonreía con trescientos mil dientes, igual que él, y que, a fin
de cuentas, solo era culpable de tener buen gusto en cuestión de mujeres.
¿Cómo podía reprocharle que se hubiera dejado encadenar por su belleza, por
mirarla con esa expresión de incredulidad? ¿Qué hombre joven y sano no
haría lo mismo?
«Puede que sea cierto, pero detesto cómo la mira. Y odio que se estén
riendo. Bueno, para ser más exacto, es él quien se ríe, parece una reacción a
un comentario de ella. ¿También tienes gracia, ojos de petróleo?».
Por desgracia, Clarice también lo estaba escrutando y, por su mirada, no
parecía nada divertida.
—Sí, estoy bien. ¿Y tú? Háblame de ti —murmuró tratando de
secundarla.
Por desagradable que fuera escucharla o incluso fingir que la escuchaba,
mientras hablaba de sí misma al menos no le hacía preguntas. Se esforzó para
que pareciera que participaba un poco en la conversación, asintiendo a
intervalos, y, por lo visto, la prueba de interpretación debió de funcionar
mejor de lo previsto, porque Clarice alargó un brazo por encima de la mesa,
le agarró una mano y susurró con una pasión casi ridícula: «Eres un hombre
comprensivo, gracias».
«Soy un hombre que ahora va a levantarse y a acercarse a ese
jovenzuelo para decirle que tenga las manos quietas. ¡Le ha tocado el pelo!»
Solo se contuvo porque se sintió más ridículo que Clarice. No tenía
ninguna razón para sentirse tan despechado. Al menos, ninguna razón propia
de un ser humano que piensa con el cerebro y no con ciertas partes del cuerpo
situadas abajo.
Así que, dado que sentía que estaba perdiendo el equilibrio y la lucidez,
decidió dejar de mirar a Francisca por completo. Aprovechando la ráfaga de
viento que se insinuaba por la puerta principal cada vez que alguien entraba
en el local, propuso a Clarice que cambiaran de sitio. De esta manera, dio la
espalda a aquella irritante parejita. El único momento en que no pudo por
menos que notarlos fue cuando se levantaron para marcharse. Los vio salir,
ella delante, alta, ágil, sensual incluso cuando no hacía nada para serlo que no
fuese respirar y existir, y el chico detrás, eufórico como un pavo real; por un
instante tuvo la impresión de que Francisca lo miraba al cerrar la puerta, pero
fue un intervalo de tiempo tan breve y él estaba tan agitado por el difuso
palpitar de emociones arcanas que pensó que debía de haberse equivocado.
—¿Estás ahí, Byron? —le preguntó Eve mirándolo extrañada.
Era por la tarde y él estaba bebiendo una cerveza en el bar del Dirty
Rhymes, que aún no había abierto. Bebía cerveza a las cinco, una hora
inusual para él. Bebía cerveza y callaba, con los ojos clavados en la rica
exposición de botellas que tenía delante, alineadas en unas repisas entre
discos de vinilo, como si fuera el interior de una vieja gramola.
—¿By?
Se sobresaltó y alzó la mirada hacia Eve, que tenía una caja de cartón en
las manos y estaba sacando de ella latas de Guinness de color alquitrán. Hasta
la cerveza le recordaba ahora los ojos de ella.
—Perdona, estaba pensando —se justificó.
—Ya me he dado cuenta. Más que pensando parecía que estuvieras en
trance. ¿Algo va mal?
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No.
—No sabes si algo va mal —repitió Eve perpleja—. Pareces
trastornado. ¿No será que al final has cedido a la tentación de liarte un buen
canuto? No te iría mal. No puedes pasar la juventud bebiendo agua mineral y,
como mucho, una cerveza cuando estás abatido. Haz una locura de vez en
cuando. Si alguien te ve el sábado por la noche, quién sabe qué pensará. Es
cierto que el hábito no hace al monje y, en tu caso, no hace al cabrón.
—¿Te tranquilizarías si te dijera que tengo ganas de patear a un tipo que
no ha hecho nada y que ni siquiera conozco?
Eve dejó la caja encima de la mesa y se aproximó a él, cada vez más
intrigada.
—Se trata de una chica —afirmó con una chispa de excitación en sus
ojos claros.
—No. Bueno, sí, pero no es nada… Solo que hoy me parece más grave
de lo previsto. Seguro que es porque no he estado con una mujer en mucho
tiempo, así que me basta una tontería para perder la cabeza y creer que…
—¿Que te has enamorado? —En los labios de Eve la sonrisa parecía un
tatuaje impertinente.
—Disculpa, creo que, dada la hora, la cerveza se me ha subido a la
cabeza. Creo que para el alcohol vale la misma regla que para el sexo: basta
con poco y, ahora, después de media botella de Widmer tengo la impresión
de haber bebido un litro de whisky.
—Siempre te he dicho que deberías esforzarte más. Si entraras en
política, como quiere tu abuela, tus adversarios no encontrarían un escándalo,
aunque excavaran hasta el centro de la Tierra. ¿No será que aspiras a ser
presidente? Uno de los raros presidentes de la historia estadounidense que no
tiene nada que esconder: qué sé yo, un porro, una raya de coca, una violación,
un robo, un poco de sexo debajo de un escritorio con una becaria.
—No soy tan perfecto, te lo aseguro. Tengo muchos esqueletos en el
armario.
Byron no se sentía un santo, en absoluto, pero eso no lo ayudaba a estar
mejor. Hacía horas que pensaba en ella, preguntándose qué habría hecho con
el sosia de Bruno Mars. Se respondía que, en cualquier caso, aquello no era
asunto suyo. Se decía que esa chica era un mosaico desordenado, seguro que
en su interior combatía un millón de guerras, quién sabe qué heridas llevaba
sobre sus espaldas, y él, en lo tocante a relaciones complicadas con mujeres
complicadas, desesperadas, divididas en uno, ninguno y cien mil, había
contribuido ya para esa vida y la sucesiva.
Eve pareció leerle el pensamiento.
—¿Y la morena tan guapa de hace unas noches? ¿Os habéis vuelto a
ver?
Byron gruñó:
—Es alumna mía.
—Mmm… Eso es un problema.
—No es el más grave.
—¿Qué puede ser peor?
—Además de que sigue terriblemente obsesionada por un tal Marcus, a
quien espero no conocer jamás, es una chica confundida, herida, tan sensible
que necesita una armadura para que no la apuñale el primer soplo de viento.
Y yo…
—Debería haberte bastado con todas las rarezas de Isobel.
—Sí, no quiero volver a ser el psiquiatra, el enfermero, el confesor, el
chivo expiatorio y el recogedor de los pedazos rotos de nadie. Aún estoy
recogiendo los míos.
—Lo entiendo, pero…
—¿Pero qué?
—¿Te gusta? ¿Ella te gusta? Quiero decir de verdad. Si le das tantas
vueltas y te pasas la tarde mirando las botellas como si fueran obras de arte
moderno que no te transmiten nada, significa que no solo quieres tirártela,
¿verdad? Si fuera así, te daría igual quien fuera.
—Ese es justo el problema. Me gusta. No sé muy bien en qué sentido,
de qué manera, con qué intensidad. Después de todo, apenas la conozco. Solo
sé que me gustaría conocerla mejor y que, a la vez, la idea de conocerla mejor
me aterroriza.
—Tú también eres complicado.
—Lo sé, así que beber cerveza me parece una solución magnífica para
distraerme.
—Hay otra.
—¿Cuál?
—Dejar entrar a esos pobres que están esperando fuera para la prueba.
Al menos, llevan media hora ahí.
—¿Es hoy? –exclamó Byron dándose una palmada en la frente—. Me
había olvidado por completo. Veamos lo inútiles que son.
—Cuando quieres, tú también sabes ser un cabrón —dijo Eve riéndose.
—Solo soy realista. Aunque no creo que nadie pueda ser peor que Rod.
Bastará con que toque discretamente y que no sea un violador en potencia.
Había llegado también Corky, con su consabido cigarrillo apagado en
los labios. Byron y él pasaron varias horas escuchando a un número
disparatado de músicos o sedicentes músicos. Dado que muchos de ellos
habían acudido acompañados, la sala estaba casi tan abarrotada como un
sábado por la noche. En la pared que hacía las veces de pizarra, en el rincón
en alto destinado a la banda, había un nuevo mensaje escrito con tiza roja:
«SOLO LA MÚSICA ESTÁ A LA ALTURA DEL MAR, ALBERT
CAMUS».
De repente, mientras un veinteañero con el pelo negro y aire
atemorizado subía al escenario, una chica que estaba entre el público aplaudió
entusiasmada para animarlo. Byron notó aquel movimiento frenético con aire
distraído.
Era una rubita bastante mona, vestida como una señora mayor, con un
traje elegante, de color rosa pálido, que no habría desentonado en una comida
con su abuela y varios diputados.
Mientras el guitarrista empezaba a tocar, Byron se preguntó dónde la
había visto. Su cara le resultaba familiar. ¿Era una clienta habitual? Lo
dudaba. No daba la impresión de tener espíritu roquero. Además, tampoco se
parecía a ninguna de sus alumnas. Por alguna extraña razón, averiguar quién
era se convirtió en algo más que un simple ejercicio de memoria. ¿Por qué
motivo? No era su tipo, no podía haberle llamado la atención por su aspecto
ni por sus maneras, ni por…
Le vino a la mente como una sacudida repentina.
La había visto en el salón de té, la tarde en que había quedado con
Clarice. No era una clienta, era camarera. Trabajaba con Francisca.
Y el músico, a pesar de que solo le había echado una ojeada rápida, era
el tipo vestido de Sombrerero Loco que estaba sentado a la mesa del rincón o
su hermano gemelo sin el traje de pingüino.
Eran ellos, sin duda.
«El destino se vuelve a entrometer.
»Como si en Amherst solo vivieran dos almas.
»¿Qué quieres de mí, fortuna canalla?
»¿Por qué te empeñas en unirme a ojos de petróleo?»
Era muy fácil cortar el hilo de ese destino que, de forma directa o
zigzagueante, parecía afanarse para que a él no le quedase más remedio que
verla. No era improbable que, si esos dos tipos eran sus amigos, incluso solo
conocidos, Francisca, a saber cuándo, cómo y por qué los acompañara al
Dirty Rhymes.
«Una razón más para despedirlo y pasar al próximo.
»Así reduces las ocasiones de verla.
»Empieza a distanciarte y…»
—¿Puedes tocar una pieza contemporánea? —preguntó, en su lugar, al
Sombrerero Loco.
El joven asintió con la cabeza y se concentró en una melodía de Jaco
Pastorius. Corky siguió el ritmo con el pie.
—No está mal, ¿no? —preguntó a Byron al oído—. Comparado con
Rod es Carlos Santana. A los demás les sobra algo. Él es el único decente.
Pero, sobre todo, he quedado a las ocho y tengo que marcharme enseguida.
¿Qué hacemos?
Byron frunció el ceño con el aire extenuado de un médico que debe
tomar una decisión irrevocable.
—El tipo que antes interpretó a Eric Clapton me parece más de nuestro
estilo —murmuró en tono inexpresivo.
No lo pensaba de verdad, solo quería dar una patada a los huevos al
destino. Tenía la impresión de que todo, hasta los detalles más
insignificantes, se estaba precipitando. No lograba pensar en otra cosa que no
fuera en Francisca entrando en el local y mirándolo con sus ojos, colmados
con la oscuridad del fondo marino y la luz de las estrellas. No lograba pensar
en otra cosa.
—De acuerdo, di que estás agilipollado y acabemos de una vez —
protestó Corky—. Media docena de gatos deben de haberse suicidado en la
calle mientras tocaba. Nunca seremos los nuevos Dire Straits, By, pero no lo
hacemos tan mal, así que nos merecemos un guitarrista decente, uno que no
masacre las cuerdas y que no se mee en las guitarras durante el espectáculo.
No pondría la mano en el fuego por el tipo de antes: considerando su edad, es
posible que tenga problemas de próstata. Tendremos que interrumpir los
conciertos cada cinco minutos para que pueda ir al retrete.
Byron esbozó una leve sonrisa y pensó que, al menos, lo había
intentado.
«Destino, cabrón, ¿has visto cómo lo he intentado?»
Así que hizo un ademán al Sombrerero Loco y le dijo que el puesto en
la banda era suyo.
CAPÍTULO 11
FRANCISCA
En el curso de Literatura latinoamericana hay un chico que hace todo lo
posible para conocerme y hablar conmigo. Me di cuenta al principio, pero he
hecho como si nada.
Hoy inspiro y espiro como una saltadora a punto de lanzarse del
trampolín. Inspiro y espiro y me siento a su lado. Haré todo lo posible para
que los pensamientos tristes no ocupen más espacio que un puñado de granos
de arena. Olvidaré lo que merece ser olvidado sumergiéndome por completo
en otra yo. El sexo puede ser un antídoto magnífico, puede ser como la flor
de loto. En el pasado fue un remedio para escapar de la vida. Ahora será un
remedio para escapar del primer remedio.
Cuando aparece esa oca chillona con el bolso de cinco mil dólares y el
cerebro en oferta, salgo furibunda del aula de Poesía. Además, me aborrezco,
porque oigo a Axl en la cabeza diciéndome que no llore. No tiene sentido que
se vea obligado a decirme que contenga las lágrimas. No tengo ninguna
lágrima que contener. Que el profe no me quiera no es un problema real: es
una herida superficial, mejor dicho, ni siquiera es una herida, es un hematoma
pequeño, insignificante, que desaparecerá enseguida.
Mi compañero de universidad y yo bebemos algo juntos. Es un encanto,
pero no deja de mirarme el pecho entre un sorbo de cóctel sin alcohol y otro.
Estoy segura de que, una vez lejos de las miradas indiscretas, se mete en el
cuerpo bebidas muy distintas a esta mezcla cenagosa de zumo de zanahoria y
nata, pero en este momento se las da de abstemio r. Me cuenta algo sobre él y
hago un esfuerzo para demostrar interés: tiene veinte años, se llama Erik y es
originario de las islas Hawai.
—¿Y tú? ¿De dónde eres? —me pregunta sin apartar la mirada de mi
escote.
—Ellas viven conmigo —contesto en tono irónico.
—¿Quiénes? —pregunta de nuevo, sin acabar de entender.
—Las tetas. ¿No estabas hablando con ellas?
Se ríe y, por fin, me mira a la cara. No digo que me guste, preferiría que
no me mirara en absoluto, pero, a fin de cuentas, no se puede hacer una
tortilla sin romper huevos.
—Eres guapa y simpática. Apuesto a que eres mexicana.
—Noruega —contesto con aire casi ofendido.
Él pone los ojos en blanco.
—¿Noruega?
—Por parte de madre. Mi padre era finlandés y mis abuelos eran
originarios de Estocolmo. —Por un instante parece confuso, pero luego capta
la ironía y se echa a reír de nuevo—. Mis padres eran portorriqueños, pero yo
siempre he vivido en Estados Unidos.
—Ya me parecía extraño. Tienes un pelo oscuro precioso, de noruego
nada.
Me acaricia un mechón y debo recurrir a lo mejor de mí misma para no
romper un vaso en la barra y cortarle la muñeca con un pedazo de cristal.
—¿Te apetece venir a una fiesta el sábado que viene?
«No, no me apetece.
»No quiero acabar rodeada de una turba de borrachos y porreros.
»He visto demasiados sitios así y me repugnaban, a pesar de que los
frecuentaba pensando que me gustaban.»
Pero, cuando me dispongo a contestarle que no, el profe y esa bruja se
dan la mano. Me da igual, por mí puede agarrarle la mano a un pulpo: esos
dos me importan un comino, que se ahorquen con la cadena del bolso de
Chanel de voz-de-imbécil-con-vegetaciones. Inmediatamente después,
cambian de mesa y él me da la espalda, como si no soportara la mera idea de
verme, ni siquiera de lejos.
Esta acción desencadena una reacción.
Acepto.
Iré a esa fiesta, cueste lo que cueste.
Miro a Sophia con los ojos desmesuradamente abiertos. Por suerte, solo
piensa en contarme el éxito de su Willy y no nota mi expresión. Tengo la
bandeja llena de tazas y he de procurar que no se me caiga al suelo.
—Vamos a ver, ¿me estás diciendo que lo han aceptado en esa banda?
—¡Sí! Despidieron al guitarrista de antes, no sé por qué.
Gruño entre dientes. Yo sé por qué. ¿De manera que lo ha despedido?
Bueno, seguro que esta novedad no me hará cambiar de opinión. No volveré
jamás a ese absurdo local.
—El sábado dan una fiesta para inaugurar la nueva banda. Tú vendrás,
claro, y…
—El sábado he quedado ya —contesto satisfecha. Sin especificar que,
en caso de que no fuera así, no volvería al Dirty Rhymes ni muerta.
—¿En serio? ¿Adónde vas?
—No me mires como si me hubiera vuelto fluorescente. He quedado
con un chico.
—¿De verdad?
—¿Te sorprende tanto?
—No sueles salir con nadie. Un montón de chicos lo intentan, Willy
incluido, pero tú nada. ¿Quién es el afortunado? ¿Adónde vais a ir? ¿Y…?
—No te entusiasmes tanto. No me voy a casar, Sophia. Solo es una
fiesta de Halloween en el campus.
—Ah, entonces, ¿es una fiesta de disfraces?
—Eso me han dicho, pero no pienso disfrazarme.
—Así llamarás más la atención y, no sé por qué, creo que no te gusta
llamar la atención. Si eres la única que no se disfraza, cantarás como si fueras
vestida a un campo de nudistas. Y te sentirás más desnuda que ellos. ¿La
fiesta tiene un tema?
—Sí, los malos de las películas.
—¡Qué bonito! ¡Podrías vestirte de Maléfica! Que, en el fondo, no era
tan mala, tenía sus motivos, sus secretos, y tú eres así: detrás de la fachada de
Jessica Alba, aunque la verdad es que eres más alta y más arisca que ella,
tienes un corazón de oro.
—No me pondré cuernos en la cabeza, ni hablar. Además, no tengo un
corazón de oro.
—En ese caso, ¿qué te parece Bellatrix Restringa? Lo único que
deberías hacer es rizarte el pelo y…
—No voy a vestirme de Madame Mim.
—¿Y qué me dices de Mística? Con el cuerpo que tienes darías el golpe.
Solo tendrías que ponerte un vestido ceñido de color azul, una peluca
pelirroja y…
Le echó otro jarro de agua fría.
—No insistas, no pienso disfrazarme.
—Uf, qué complicada eres.
—No soy complicada. Soy sencilla.
—Entonces, ¿por qué vas?
«Porque el profe agarró la mano de su amiguita vestida de oro.
»Y porque debo recomenzar por alguna parte.
»Y porque no lo sé.»
Me encojo de hombros con indiferencia.
—¿No te pondrías, al menos, una peluca? Nada de maquillaje ni de
vestidos extraños, solo una peluca. Si quieres pasar desapercibida, debes
hacer algo. O, en el peor de los casos, puedes venir conmigo y con Willy al
Dirty Rhymes. —Sophia sonríe esperanzada.
Ni muerta.
—¿Qué peluca? Si es de color rosa y con mariposas pegadas, ni hablar.
—Es rubia, sencilla, sin adornos extraños.
—¿Dónde está la trampa? ¿Tendré que ponerme una trompa en el culo?
—Nada de trompas, solo una peluca y otro detalle insignificante.
—¿De qué me quieres disfrazar? Soy toda oídos.
—No te lo digo, será una sorpresa. —Sophia aplaude, entusiasmada
como una niña—. A cambio, necesito que me hagas un favor.
—El favor te lo hago poniéndome una peluca rubia sin mandarte a la
mierda.
—Eres terrible, pero me haces reír. Si fuera lesbiana, me enamoraría de
ti. Pero, como no lo soy, me gusta Willy. Solo que él no me hace ni caso.
Bueno, me considera su amiga, quiso que lo acompañara a la prueba, pero me
temo que cuando me mira ve una figurita de porcelana de Dresde, una de esas
que se hace añicos cuando la tocas. Así que he pensado que… ¿puedes
ayudarme a cambiar mi estilo? Como Sandy, en Grease. Al menos para el
sábado por la noche. Yo te ayudo a ti y tú me ayudas a mí. Quiero llegar al
Dirty Rhymes vestida de furcia, con aire de cabrona, y dejarlo estupefacto.
—¿Me estás diciendo que sé vestirme de furcia?
—No, ¡pero tienes pinta de ser una cabrona!
No puedo contener la risa. No se equivoca.
—De acuerdo. Te transformaré en la furcia más cabrona que hayas visto
en tu vida.
—¡Delicioso!
—Las furcias cabronas no dicen «delicioso», pero ya arreglaremos eso.
—Entonces nos vemos en tu casa el sábado por la tarde, ¡nos
divertiremos jugando a las muñecas!
—Si apareces con dos Barbies, te juro que te tiraré por la ventana. Y
ahora vamos a servir este té o se enfriará y la Reina de Corazones nos echará
una buena bronca.
No llega con dos Barbies, pero sí exultante como una niña. Disfrazarla
de furcia cabrona no es fácil, porque lo que cuenta no es la ropa ni el
maquillaje, sino la actitud. No basta con ponerse gel en el pelo, una sombra
fuerte en los ojos y un pintalabios de color sangre oxidada para convertirse en
una chica mala. Tampoco basta con ponerse una cazadora de piel cuando
caminas como una dama, ni botas negras de tacón y plataforma si te
tambaleas dentro de ellas como un flamenco cojo.
—Deberías gustarle a Willy como eres, incluida la porcelana de Dresde
—le digo—. Y, si no le gustas, que se vaya a la mierda.
—Lo sé, pero aún no he entrado en esa fase. Llegaré a ella, espero. Por
el momento solo quiero que ese capullo se dé cuenta de que existo.
—Bueno, que lo llames «capullo» es un avance. Al menos no has dicho
«tesoro».
—Pero ¡pienso que es un tesoro! Sea como sea, eso es lo que haces tú,
¿verdad? Eres tú misma y lo demás a la mierda. No sabes cuánto te admiro.
¿Te has enamorado alguna vez?
Me estremezco.
Me estremezco porque, apenas su pregunta se deposita en mi mente con
el peso de un yunque, pienso instintivamente en Marcus, sí, pero también en
el profesor. Suelto una risita sarcástica.
—El amor es un camelo, no caeré de nuevo en la trampa —digo
notando que, más que a ella, me lo estoy diciendo a mí misma.
—¿Has sufrido mucho?
Prefiero cambiar de tema.
—Entonces, ¿de qué me vas a disfrazar? Menos mal que en esa bolsa
tan pequeña no cabe nada voluminoso.
Por toda respuesta, Sophia saca la tristemente célebre peluca rubia y un
retal de tela de color negro.
—¿Eso es el vestido?
Ella se ríe guiñándome un ojo.
—Te vistes como siempre, luego te pones la peluca y la venda en el ojo
derecho y ya está, convertida en una perfecta Elle Driver, la de Kill Bill 2.
Además de este pensé en el vestido de enfermera sexi de la primera película,
pero luego me dije que no te iba a gustar. ¿Qué te parece?
Me parece genial. Me pongo la peluca y la venda, me pinto los labios
con color rojo fuerte y ya estoy lista. No necesito mucho para parecer otra.
Me gusta no parecerme a mí misma, llevar el pelo falso, de un tono amarillo
tirando a cedro escarchado, y la venda de pirata. Sophia tiene razón:
disfrazada pasaré desapercibida. La gente no me verá a mí, no verá a la
cabrona asesina de Francisca López, sino a la cabrona asesina de Elle Driver.
Nos arreglamos en un santiamén. Mientras bajamos la escalera, Sophia
se tambalea en sus tacones.
—Por suerte tengo el coche —dice sujetándose a la barandilla—. ¿Tu
novio viene a recogerte?
—No es mi novio y no, no viene a recogerme. El campus está cerca. Iré
sola.
—¿Quieres que te acompañe?
—¿Te parezco una tipa que quiere que la acompañen? Además, con
esos tacones estoy segura de que acabarás tropezando con una farola.
—Es verdad, quizá sea mejor que me descalce y… ¿Estás bien? ¿Qué te
pasa?
Acabamos de salir a la calle, el viento es frío y yo me tambaleo más que
Sophia con sus tacones. Mis ojos abiertos parecen dos bocas gritando. Un
grupo de niños disfrazados de brujos, con las mochilas llenas de dulces, pasa
por delante de nosotras riéndose.
Algo más lejos, una pareja disfrazada de ángel y de demonio, habla
ruidosamente por el móvil.
Pero no los miro, miro la figura que hay al fondo, al lado de la farola,
varios metros detrás de Sophia, que me observa preocupada.
Mientras el corazón bombardea mi pecho, miro una alucinación o, al
menos, espero que lo sea.
«Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego, que lo sea.»
Miro al peor monstruo con el que podía tropezar en una noche dedicada
a los monstruos.
Mi padrastro.
Es una alucinación.
Es una alucinación.
Es una alucinación.
Si lo repito un sinfín de veces, ¿será más probable?
Si es una alucinación, ¿desaparecerá cuando guiñe los ojos y ordene a
mi cerebro que pulse la tecla RESET? Porque lo he hecho, he cerrado los
párpados, me he obligado a imaginarme a mí misma pasando un rodillo
empapado de pintura blanca por el mundo, pero él sigue ahí. Cerca de la
farola, inmerso en una luz amarilla y cruel.
Cualquiera que lo vea ahora no podrá creer todo lo que fue capaz de
hacer.
Yo tampoco me lo creería si no fuera porque soy un testigo más que
fiable de lo que ocurrió.
Solo es un viejo. Un hombre bajo, reseco y viejo, que se enciende un
Marlboro. De niña me parecía más alto. Me parecía que tocaba el techo con la
cabeza y que tenía garras, pero no medirá más de un metro setenta y no tiene
garras. ¿Las habrá perdido por el camino, se le habrán caído, como mis
dientes de leche? ¿Y qué ha sido del pelo oscuro y ralo que parecía una crin?
¿Lo habrá perdido con las garras? Si no supiera lo que sé, si no lo supiera tan
bien, a tal punto que he llegado desear la muerte para no saberlo, casi me
daría pena.
Pero no me da ninguna pena.
Le doy la espalda y echo a andar hacia el otro lado, después de
despedirme de Sophia. Sé que no corre peligro, a él no le gustan las mujeres.
De hecho, ni siquiera me ha mirado. Gracias al pelo rubio y a la venda
en el ojo, no me ha reconocido. Además, una niña cambia mucho en trece
años, en cambio, un cerdo solo se convierte en un viejo cerdo.
¿Qué hace aquí? No creo en las coincidencias, así que debe de haber
venido para verme. ¿Cómo habrá conseguido mi dirección?
Aprieto el paso y me alejo de él enseguida, pero luego una sensación de
terror me frena.
Es la noche de Halloween y hay muchas niñas en la calle. ¿Y si intenta
hacer daño a alguna?
«No, no te lo permitiré.»
Doy media vuelta y deshago el camino andado. Elle Driver jamás ha
sentido el odio que siento en este momento. Elle Driver no tenía una razón
tan sólida como la mía para matar. No bastará con una serpiente venenosa
para detenerme.
Pero él se ha marchado. La farola solo ilumina la calle. Lo busco dentro
del edificio, subo incluso a mi apartamento para comprobar si, quién sabe
cómo, ha entrado y me acecha. No encuentro a nadie, solo oigo mi
respiración entrecortada, que retumba como si estuviera dentro de un tugurio
muy profundo. Después vuelvo a buscarlo fuera, por la manzana, por todas
partes, y cuando me cruzo con los grupos de niños quisiera decirles que
vuelvan a casa, que se pongan a salvo, pero después pienso que quizá en casa
tampoco estén a salvo, yo no lo estaba. No puedo protegerlos a todos, a estos
niños que pasan como enjambres, no puedo matarlos a todos. Bueno, a todos
no, pero a uno sí. Lástima que haya desaparecido.
Quizá era de verdad una alucinación.
Quizá me esté volviendo loca.
La tentación de volver a casa y alejarme de todo con unas copas y unos
cigarrillos e inyectarme música en los oídos es fuerte, pero la mantengo
sumergida en el agua. Tengo que ir a una fiesta e iré a una fiesta.
Dado el frenesí que se ha apoderado de mí, llego enseguida a mi
destino. La sede de la confraternidad se reconoce fácilmente en esa ciudad, en
la ciudad que es el campus universitario y, en caso de que no fuera así,
bastaría con la música, el vaivén de gente con vestidos extraños y pelucas de
colores.
Si he de ser franca, no me esperaba que Erik me esperara a la entrada,
pero me sorprende: lo identifico casi enseguida gracias a su flamante sonrisa,
porque el resto del disfraz es perfecto. Se ha vestido y maquillado como
Joker en El caballero oscuro: un chaleco verde debajo de la chaqueta
morada, una peluca de color amarillo desvaído, la cara cubierta de pintura
blanca, los ojos muy negros y los labios perfilados de rojo.
Tampoco él me reconoce, al menos hasta que no ve mi escote. Apenas
su mirada resbala de la peluca a la cara vendada y luego sigue hasta la
sencilla chaqueta negra, debajo de la cual llevo una camisa blanca cruzada en
el pecho, reconoce las tetas.
—¡Francisca! —exclama—. ¡Eres Elle Driver en Kill Bill! Te falta la
catana.
Se equivoca. No, no llevo una catana, pero solo porque habría abultado
mucho y, por encima de todo, porque habría sido falsa. Detesto las armas
falsas. En el bolsillo de los vaqueros negros llevo una auténtica navaja. Puede
que le baste como catana. Garantizo que corta y mata. Después de haber
pasado cuatro años en la cárcel por complicidad en un homicidio
preterintencional, no debería llevarla, pero en ciertos momentos la necesidad
prevalece sobre la prudencia. La cogí al vuelo cuando subí de nuevo a casa
para ver si el monstruo me esperaba emboscado en la oscuridad. La he
escondido bien y solo la usaré si es necesario.
Espero que no lo sea.
Tanto si era una alucinación como si no, me ha turbado más de lo que
estoy dispuesta a admitir. Miro alrededor como si, entre estos falsos
monstruos que bailan, beben y se divierten, fuera a aparecer el verdadero. Si
no era una alucinación, es imposible que esté aquí. Nadie me siguió, estuve
muy atenta. Si lo era, no puede hacerme nada malo. Así que… ¿de qué tengo
miedo, salvo de estar enloqueciendo?
No lo sé, pero tengo miedo. No estoy tranquila, cada codo que me roza
me parece el suyo, cada máscara podría ocultar su cara pálida y surcada de
arrugas. Preferiría toparme con los auténticos Freddy Krueger, Hannibal
Lecter e It. Estaría menos tensa, menos aterrorizada. De vez en cuando, las
habitaciones de la casa de la confraternidad, que no tiene nada de misterioso
ni de mefítico, parecen arremolinarse como si estuviera encerrada en un
gigantesco cubo de Rubik.
Será una alucinación, lo único que puedo hacer para borrarla de mi
mente es distraerme. Y para distraerse no hay nada como beber. Así que bebo
y, después de beber, me río por fin. Río y bailo y me siento libre. Tengo la
impresión de retroceder en el tiempo, a la época en que era una adolescente
gamberra que se emborrachaba todas las noches, no iba al colegio durante
semanas y fumaba canutos.
La casa está cada vez más llena. La fiesta es cada vez más ruidosa. La
música suena a todo volumen.
Gente que se divierte.
Yo y una botella de cerveza.
Yo y una botella de Jack Daniel’s que bebemos a turnos entre cuatro.
Yo bailando encima de una mesa.
No, no soy yo, es Elle Driver.
Aplausos alrededor.
Carcajadas.
Monstruos exaltados.
No sé dónde está Erik.
Las caras se confunden bajo mis ojos, se mezclan en un fundido lento y
ofuscado. Luego, mientras bailo como baila quien tiene algo que olvidar, con
la desesperada voluntad de reír para no llorar, con el estómago fluctuando
como un submarino mientras una tormenta arrecia en la superficie, luego…
pierdo por completo el equilibrio.
No en sentido figurado o, al menos, no solo en sentido figurado. La
mesa es más pequeña de lo que debería ser y no es nada resistente. De
repente, caemos juntos.
Estruendo. Vuelo. El submarino que llevo dentro se balancea sin cesar.
Ahora aterrizaré y me romperé o quizá me disolveré. Como las estrellas
marinas cuando las dejas morir.
Pero no me caigo al suelo ni me muero. Alguien detiene mi caída.
Alguien me abraza.
Me vuelvo, convencida de que voy a toparme con un Joker que sonríe
como un hawaiano, pero, en lugar de eso, me encuentro cara a cara con la
máscara de Guy Fawkes en V de Vendetta.
—Te has equivocado —le digo riéndome—. Él no era malo.
—Lo sé, pero el tipo que me la dio por cincuenta dólares no era de la
misma opinión. Ahora vámonos —me responde con la voz rota por la
máscara, pero no por eso menos tranquilizadora, el profesor Byron Lord.
—¿Puedes sostenerte en pie? —me pregunta mientras nos dirigimos
hacia la salida. Estoy aturdida, me apoyo en su hombro. Supongo que el
estruendo de la fiesta es igual que antes, pero sobre mí ha caído un silencio
de nieve.
No respondo a su pregunta, no con las palabras. Corro el riesgo de
perder el equilibrio. Por un instante, el suelo me parece ondulado. Él lo nota y
murmura:
—Tranquila, no te soltaré.
—No me trates como…, como…
No sé cómo, las palabras se enredan en mi lengua, se enmarañan en mi
cabeza, se tambalean al mismo ritmo que mis piernas.
«¿Una estúpida?
»¿Una borracha?
»¿Una inválida?»
Lógicamente, soy todas estas cosas, dado que solo una idiota podría
emborracharse al punto de no poder mantenerse de pie sin la ayuda de sus
brazos.
Pero otras preguntas bailan entrelazándose en mi boca. Son muchas,
pero no logro pronunciar ninguna.
Franqueamos una puerta acristalada y salimos. El aire fresco es como
un cubo de agua helada, me aturde y me sacude al mismo tiempo. Entreveo
una fuente en un rincón: un angelito de estilo barroco, una imitación grosera
de algún clásico europeo escupe agua por los labios, que aprieta formando
una pequeña o, como si estuviera dando un beso. Señalo la fuente y lanzo un
gemido.
—¿Quieres beber? —me pregunta.
—No, yo…
Antes de que pueda concluir la frase imito al ángel: solo que de mi
garganta no sale agua fresca. Vomito en la palangana que rodea los pies
descalzos y rechonchos de la estatua. Me doblo hacia delante pensando que
voy a caer de rodillas, pero no sucede eso. El profe sigue sosteniéndome,
aunque con un solo brazo, para que yo pueda inclinarme.
«Cómo va a querer acostarse conmigo, siempre vomito delante de él.
»Seguro que Clarice no vomita.
»Y, en caso de que lo haga, suelta orquídeas y burbujas de jabón por la
boca.»
Qué situación tan absurda y ridícula. Elle Driver vomita hasta las
entrañas con la ayuda de Guy Fawkes, que sigue sonriendo bajo el bigote.
Ninguno de los dos nos hemos quitado el disfraz. Observo las puntas de mi
falsa melena rubia y me quito la venda.
—¿Vamos? —me vuelve a preguntar.
—¿Adónde?
—Te acompaño a casa.
Asiento, confusa. Seguimos caminando y noto que no se quita la
máscara de la cara hasta que no salimos del campus. No quiere que nos vean
juntos, claro. Pero, entonces…
La pregunta que quería hacerle desde el primer momento salta como
una chispa entre dos pedernales.
—¿Qué haces aquí?
Él calla y señala su moto, que está aparcada a unos metros de nosotros,
en el camino de entrada. La moto Guzzi Nevada Aquila Nera. Después se
quita la máscara y sus ojos me observan, turbados y furiosos. Lleva la misma
ropa que se pone los fines de semana en el Dirty Rhymes, cuando canta. El
pelo suelto, el pendiente con la calavera, un chaquetón de cuero negro encima
de una camiseta del mismo color, con el dibujo de cuatro osos panda con los
ojos tan negros como los de los Kiss. Lleva una pulsera, una gruesa cadena
de plata, que le resbala por la muñeca, y un anillo en un pulgar en forma de
collar para perros feroces, con tres pequeñas puntas agudas.
—Te llevo a casa —repite.
—Pero ¿qué…?
«¿Qué más te da lo que hago?
»¿Por qué no me dejas en paz?
»Me estaba divirtiendo y…»
Un grito ahogado destroza mis pensamientos. Byron me escruta
asustado. Aún estoy apoyada en él, en su hombro, como una niña patética e
idiota. Me acaricia la peluca, pero su toque se filtra, se expande hasta
alcanzar el pelo de verdad, la piel, el interior de mi cuerpo.
—A casa no, por favor.
—¿Por qué no?
—Porque el monstruo está ahí —mascullo. No estoy del todo lúcida,
estoy mejor que antes, pero aún no me he recuperado por completo. Vuelvo a
ver una criatura enorme y perversa, con garras y el cuerpo cubierto de cerdas,
que aguarda mi regreso ovillado delante de la puerta.
—¿El monstruo?
—No quiero ir a casa. No ahora, que…, que no sabría defenderme.
—Me quedo contigo.
Tiemblo un poco. Por un instante tengo la sensación de tener las alas de
un pájaro y el corazón más grande que mi garganta. Me siento vulnerable. No
quiero que entre en casa. Si el monstruo no es una alucinación, si es real, si le
cuenta todo sobre mí, si le revela que estoy sucia y maldita, que no me
salvarían ni cien bautismos, le repugnaré aún más.
No sé muy bien por qué, pero me gustaría no parecerle repugnante. No
demasiado, al menos. Me gustaría que, dentro de unos años, no me recuerde
como la alumna un poco salida que se metía siempre en líos y vomitaba en
sus zapatos.
Sin añadir nada, saca el casco plateado de la otra vez y me lo pone. Se
mueve con delicadeza. Querría dormirme con este recuerdo bajo los
párpados. Sus ojos ya no parecen furiosos, solo afables. Sus manos trajinan
moviéndose como mariposas.
—Luego te quitarás la peluca, ahora sube a la moto.
—No quiero ir a mi casa —repito.
—Sujétate fuerte. No quiero que te caigas, mientras conduzco no puedo
sujetarte.
Monta delante de mí y, al ver la manera en que se inclina un poco hacia
delante, agarrando con fuerza el manillar, me estremezco. No es la moto que
arranca, tampoco el zumbido, el aire, la velocidad, no es la borrachera, es
algo que llevo dentro, algo que seguiría sintiendo, aunque estuviera quieta y
sobria.
Espero equivocarme y que, al final, la culpa la tenga el Jack Daniel’s.
—¡No quiero ir a casa, déjame donde te parezca, pero en casa no! —le
repito por enésima vez al oído. Ciño su cuerpo con fuerza, apoyo la boca en
su espalda, mientras el viento lava mis pensamientos.
Al cabo de un rato, como si hubiera decidido secundarme, frena y se
para en una calle que desconozco, delante de un edificio que recuerda a los
que se ven en Greenwich Village, en Nueva York. Pocos pisos, fachada de
color pizarra, escalera de incendios en espiral y ventanas cuadriculadas.
Se dirige a lo que, a todas luces, es un garaje situado en la planta baja
del edificio, al lado de una cafetería italiana. El cierre metálico sube
lentamente, como por obra de magia. Después veo que el profe tiene un
mando a distancia en la mano. Entramos en un espacio lleno de cajas apiladas
junto a una pared, apenas hay sitio para la moto. En el muro de enfrente hay
enganchada una bicicleta de carreras.
—Baja, ojos de petróleo —me dice después de apagar el motor.
—¿Dónde…? ¿Dónde estamos?
—En mi casa, claro —contesta mientras me ayuda de nuevo con el
casco—. Ahora tenemos que subir cinco pisos por la escalera. ¿Podrás? Estos
edificios viejos no tienen ascensor.
Asiento con la cabeza, mientras él me coge del brazo y me lleva hacia
una puerta que está justo delante de la pared tapizada de cajas hasta el techo.
No sé por qué, puede que debido al alcohol que aún circula por mis venas,
pero, por un inquietante segundo, tengo la impresión de que las cajas se
transforman en un hocico con los dientes afilados y se ríen de mí como si
fueran hienas.
El ambiente del apartamento, que está en el último piso, es muy
masculino, aunque también es confortable. Los ventanales con recuadros se
extienden a lo largo de tres paredes y son tan numerosos y altos que da la
impresión de estar en una habitación de cristal que, por si fuera poco, no tiene
cortinas. Entre estos ojos, las paredes son de ladrillos a la vista toscamente
blanqueadas. El suelo es de madera oscura, buena, pero desgastada, los pocos
muebles que decoran el apartamento parecen simples prolongaciones
cromáticas de este, pues también son oscuros y están vividos. No hay
habitaciones, se trata de un único espacio, similar a un loft, con dos sofás de
piel de color chocolate, un equipo de música, una librería, una escalera de
mano de hierro, que lleva al altillo y, detrás de un muro bajo construido con
los mismos ladrillos blanqueados de las paredes, una cocina pequeña pero
vistosa, pintada en un color insólito, un intenso verde bosque.
Enseguida advierto dos cuadros grandes: uno está compuesto por una
mezcla de colores fuertes, parecen pedazos de arcoíris arrancados al cielo y
enmarcados. El otro es mucho más extraño: lo integran un centenar de cedés
pegados directamente a la pared, formando un rectángulo coloreado y
resplandeciente. Me acerco a él y compruebo que son cedés de música de
verdad, viejos, tendrán al menos veinte años, con los nombres de los artistas
y las decoraciones originales. Es el triunfo de los contrastes: por ejemplo, al
lado de un cedé verde y amarillo de Bob Marley, hay uno blanco y negro con
un concierto de Brahms.
—Te presento mi casa —dice.
¿Y, ahora, qué hago?
¿Celebro el momento vomitando otra vez en el cuarto de baño?
Suponiendo que adivine dónde se encuentra. Aunque enseguida me doy
cuenta de que está casi en medio del loft, con las piezas dispuestas entre dos
ventanas y la pared, en función de la intimidad que requiere cada elemento.
Hay una bañera cincada pegada a la pared, un mueblecito con toallas y sales
de baño junto a una ventana, un lavabo con un espejo delante de otra porción
de pared y un gran cesto de mimbre expuesto a la luz. El retrete, situado en el
ángulo siguiente, se puede aislar mediante un biombo de madera y cañas de
bambú.
—¿Qué pasa cuando tienes invitados y a uno le entran ganas? ¿Lo hace
ahí, donde todos pueden oírlo y verlo? —pregunto.
—No suelo recibir a nadie. No veo mucho a mis viejos amigos, casi
todos viven en Washington o en Maryland. Cuando vienen, lo hacen detrás
del biombo sin problemas. Con los amigos pasajeros, la verdad, no sé qué
hacer. ¿Quieres sentarte? Te prepararé un café.
—No haces más que prepararme cafés.
Me sonríe y se acerca a mí. No sé lo que quiere hacer, avanza, avanza,
avanza, alarga los brazos hacia mí y… me quita la peluca.
Me acaricia el pelo de verdad y siento que un estremecimiento dulce
recorre mi cuerpo hasta llegar a las piernas.
—Me gustas más morena. Si quieres usar el baño, hazlo, desde la cocina
no puedo ver nada, aunque quiera. En cualquier caso, te aseguro que soy una
persona educada. Solo miraría si me lo pidieras.
—No…, no…, eso nunca… sucederá —protesto, farfullando debido a
un incipiente dolor de cabeza.
—Ya te he dicho que nunca es un concepto sobrevalorado. Yo también
cometí el error de atribuirle demasiada importancia. —Me sonríe y, por un
instante, apoya un dedo en mi mejilla, en la herida que me hizo Rod. Acaricia
el perfil con delicadeza, de manera que, aunque la cicatriz es reciente, no me
hace daño.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunto.
—Porque no querías volver a tu casa, ¿no te acuerdas?
—Sí, pero aquí…, no es una buena idea.
—Ciertas batallas están perdidas de antemano —comenta de forma
enigmática—. Ahora te prepararé el café. No te daré el remedio para la resaca
de mis años universitarios. Solo te diré que contenía salsa Worcestershire y
huevos crudos. Temo que vomites de nuevo.
Sacudo la cabeza y siento en el cráneo un tintineo similar al de las
canicas. Tengo la boca seca y envenenada y, cuando me acerco al espejo del
extraño cuarto de baño al aire libre, me quedo espantada. Estoy pálida, tengo
el pelo enmarañado, se me ha corrido el maquillaje: parezco Joker en El
caballero oscuro. Eso me recuerda a Erik. Me pregunto si habrá notado mi
ausencia. Quizá debería llamarlo para…
«Pero ¿qué más da Erik?
»Quiero estar aquí.
»Maldita sea, quiero estar aquí con el profe.
»Vaya pedal tengo, desde luego.»
Me enjabono la cara y me la enjuago. Debo hacer pipí, pero me da
vergüenza. Qué idiota soy. ¿A qué viene este pudor de virgencita? ¿Acaso no
ha visto ya todo lo que hay que ver en esas partes? Me lo metí en la boca y le
dejé hurgar en mi interior, de manera que no entiendo el motivo de tanto
apuro. Así que miro el biombo, lo dejo como está y hago lo que debo hacer.
Me gustaría curiosear por todas partes, no sé por qué, pero quizá sea
mejor que me siente y deje de mirar alrededor como si hubiera entrado en el
País de las Maravillas. Solo es una casa y no me interesa descubrir nada más
sobre el hombre que vive en ella.
«No es cierto, pero hago que sí lo sea.»
Además, estoy mareada. Me siento en el sofá, de espaldas a él. Habría
podido sentarme enfrente y mirarlo, pero prefiero no hacerlo. Oigo que se
mueve en la pequeña cocina de color verde oscuro. Me gusta hasta su
silencio, el ruido de las cosas que toca, sus pasos en la madera. Me gusta que
exista.
Espero no recordar mañana siquiera uno de estos pensamientos. Espero
que mañana todo me guste mucho menos. Mañana notaré lo esnob que es esta
casa; lo antipático que es él, con su aire de príncipe rebelde, de roquero con
toallas que huelen a jabón de Marsella y a lavanda; lo anacrónica, artificial y,
sin duda, falsa que es su vida hecha de contrastes de moda, anillos de colgado
hasta las cejas y biombos japoneses, recopilaciones de cedés de Led Zeppelin
y colecciones enteras de la Royal Philharmonic Orchestra.
«¿Qué tipo eres, profe?»
Mientras me lo pregunto, odiándome porque me lo pregunto, apoyo la
cabeza en el brazo del sofá. Qué cómodo es, caramba. Otro contraste. Moto
Guzzi Nevada Aquila Nera, sexi, rápida y rompeculos y sofás propios de
familia numerosa que se despachurra como una medusa delante de la
televisión.
A propósito, no tiene televisión.
Mientras pienso en todo esto, temo que me quedo dormida.
CAPÍTULO 12
La buscó con los ojos y con la ansiedad propia de un quinceañero, pero
solo vio llegar a Willy, excitado y trémulo, pensando en la inminente
exhibición, y a Sophia, vestida de una forma tan diferente a la anterior vez
que al principio no la reconoció. Por un momento fingió que no sentía un
golpe sangrante en el pecho. Deambuló por el local, bromeó con varias
personas, sirvió en el bar. Sin embargo, en su interior había estallado un
mortero. Cada vez que entreveía la espalda de una joven alta y morena
confiaba en que fuera ella, pero nunca lo era. No comprendía por qué motivo
lo agitaba tanto la idea de ver a alguien al que había decidido borrar de su
vida. La última vez, después de la clase, había sido cristalino. Tan cristalino
como había sido consigo mismo. Incluso demasiado cristalino. Ella había
captado el mensaje, que era fuerte y claro. Tan fuerte y tan claro que, con
toda probabilidad, se había acostado con su compañero de universidad.
Esa idea le envenenó las horas.
Estaba tan nervioso como un animal en ayunas.
Así que, poco antes del espectáculo, se acercó a Sophia. Lo hizo de
forma involuntaria, casi maquinal.
—¿No viene Francisca? —le preguntó sin andarse por las ramas. Sophia
se sobresaltó sorprendida.
—¿La conoces? —le preguntó—. Bueno, la verdad es que creo que te
conozco de algo. Me he preguntado varias veces dónde te he visto ya.
Quizá… Claro, eres el tipo al que ella no quitaba ojo una tarde, en el Mad
Hatter.
—¿Me miraba mucho?
—Sí, aunque fingía que no lo hacía. Te miraba por el espejo. En
cualquier caso, esta noche no va a venir. Tenía otro compromiso.
—¿Qué compromiso? —La pregunta fue impulsiva, entrometida,
además la pronunció en un tono un tanto colérico, pero no pudo contenerse.
Sophia sacudió la cabeza con una extraña expresión.
—Debía ir con un chico a una fiesta de disfraces de no sé qué
confraternidad, pero…
—¿Pero qué?
—¿Sois amigos?
—En cierto sentido. Puedes hablar con tranquilidad.
—Es que tengo una sensación desagradable. He intentado llamarla al
móvil, después de que se marchó, pero no me ha contestado.
—¿Por qué no me lo explicas? ¿El chico con el que salía la ha
molestado? —le preguntó, pensando con rabia en el estudiante moreno que le
había tocado el pelo y que, quizá, era más cabrón de lo que parecía.
—No, no creo que sea eso. Estaba serena… bueno, todo lo serena que
puede estar Francisca. Jamás se ríe, tampoco sonríe. A veces tengo la
impresión de que sus pensamientos son bombas de relojería que pueden
estallar en cualquier momento. Sea como sea, el chico no fue a buscarla,
habían quedado en verse en el campus. Solo que, cuando salimos a la calle,
ella… puso una cara terrible, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Había alguien en la calle?
—No, nadie o, al menos, eso me pareció a mí. La gente que suele salir
la noche de Halloween. Pero ella tenía el terror reflejado en los ojos. Nunca la
había visto así. Le pregunté si todo iba bien, me dijo que sí y echó a andar tan
deprisa que enseguida la perdí de vista. Luego…, bueno, me dije que debían
ser imaginaciones mías. Ella sabe cuidar de sí misma, ¿no?
—Sin duda —murmuró Byron, pero el motero que había explotado en
su corazón se convirtió en una guerra.
Sucedió mientras cantaba Nací para amarte, de Queen.
Nací para amarte
con cada latido de mi corazón.
Sí, nací para cuidar de ti
cada día de mi vida.
Eres la única para mí
y soy el hombre para ti.
Eres la única para mí,
eres mi éxtasis.
Si tuviese la oportunidad,
mataría por tu amor,
así que dame una oportunidad.
No podía seguir parado. Sentía un terremoto en las piernas. Apenas
terminó la pieza, bajó del pequeño escenario apresurado como un loco, a
pesar de que no había prevista ninguna pausa, y, bajo la mirada de
perplejidad de los presentes, se acercó de nuevo a Sophia.
—¿De qué iba disfrazada? —le preguntó gritando en medio del
estruendo.
—¿Qué?
—Francisca, me dijiste que iba a una fiesta de disfraces en el campus.
La joven lo miró estupefacta y se lo dijo.
—Ok, voy a ver cómo está.
—Pero… el concierto…
—Diles que toquen unas canciones, las que quieran. No sé si volveré.
Tras decir estas palabras, sin avisar a nadie más y mientras se ponía con
furia un anorak, Byron salió del Dirty Rhymes con el deseo loco, violento y
solemne de cuidarla.
Seguro que no le había ocurrido nada, Sophia era una visionaria y él se
estaba volviendo impulsivo, pero debía disolver el nudo que se le había
formado en la garganta hacía una hora, un mes. Desde que había visto sus
ojos entre los demás ojos del mundo.
Ignoraba adónde le llevaría esa decisión, al igual que los animales
ignoran que la vida tiene un final, pero sabía que no tenía otra alternativa.
Nunca había conducido la moto de manera tan imprudente. A pesar de
que le gustaban los vehículos rápidos y potentes, pensaba que era mejor
llegar cinco minutos tarde en este mundo que cinco minutos antes en el otro.
Con todo, esta vez voló, con el viento azotándole la cara, las manos
agarrando el manillar, las piernas apretadas, como si la moto fuera una
criatura viva a la que quería transmitir con el lenguaje del cuerpo toda la
urgencia que lo atormentaba. Como si pudiera comprender y acelerar sola
para aplacar lo antes posible su ansiedad.
Aparcó fuera del campus y allí, delante de ese lugar familiar, se dio
cuenta de que no podía presentarse así: el profesor Byron Lord se cuela en la
sede de la confraternidad durante una fiesta estudiantil, busca una chica y se
la lleva. Era justo lo que quería hacer —mandar el sentido común al infierno
—, pero no podía.
Así pues, apenas vio un joven en un sendero, lo bastante borracho como
para no hacerle preguntas, le compró la máscara que llevaba: le puso en la
mano cincuenta dólares sin que el otro protestara, solo soltó una leve
carcajada, y se tapó la cara con la de Guy Fawkes.
Entró en la casa y miró alrededor buscándola. De repente, vio a Erik,
que estaba bebiendo cerveza de un barril, riéndose como un loco, con otras
personas, pero Francisca no estaba con ellos. Cuando se disponía a acercarse
al grupo para preguntar por ella, el instinto lo empujó a dirigirse hacia otra
sala, de la que procedía un estruendo infernal. Música, gritos, aplausos,
carcajadas.
La reconoció enseguida y el corazón le dio un vuelco.
Era Francisca, sin duda, vestida como le había explicado Sophia. Una
peluca rubia la camuflaba y la hacía aparecer distinta, extraña, llamativa. Era
ella, pero no era ella: era otra que bailaba encima de una mesa, con unos
movimientos sensuales que atraían la mirada de numerosos jóvenes. Tacones
altísimos, pantalón ceñido, una camiseta que se había salido de su sitio y que
ahora dejaba a la vista parte del pecho, los brazos resbalaban por el cuerpo
acariciándolo: si no hubiera estado tan alterado, se habría parado también allí
abajo para contemplar esa belleza tan seductora.
Pero estaba alterado.
«Celoso. Reconoce que estás celoso. ¿Cómo llamar, si no, la furia que
te incita a masacrar a estos espectadores hambrientos?»
En ese momento, la mesa sobre la que estaba bailando Francisca se
inclinó como un tronco cortado y cayó al suelo. Francisca ni siquiera gritó,
parecía aturdida. Solo emitió una risa ahogada y se abandonó como si no le
importara hacerse daño, como si ni siquiera se diera cuenta de que se estaba
cayendo.
Él la agarró al vuelo.
La sostuvo en brazos con tanta firmeza que nadie se acercó para
preguntar, aclarar, hacer algo. Todos siguieron riéndose, pensando en sí
mismos, en su ofuscada alegría, alguno apartó la mesa mientras Byron salía y
otros se ponían a bailar en otro lado. Erik no se dio cuenta de nada, estaba
demasiado ocupado bebiendo cerveza.
Y él, con el ángel herido, que parecía reír para no llorar, con el cuerpo
que parecía hecho para estar allí, entre sus brazos, perfectamente encajado,
salió de la casa sintiéndose como si esa noche Freddy Mercury hubiera
querido mandarle un mensaje preciso que no lo asustaba.
Una vez más, no porque fuera terrible, al contrario, porque era
maravilloso.
Pensando que ella estaba allí, en su sofá, acurrucada como un gato
callejero que por fin ha encontrado un rincón caliente, cerró los ojos solo por
error, entre una pesadilla y un sueño. Habría podido irse a la cama, pero se
quedó a su lado en el otro sofá, después de haberla tapado con una manta. De
vez en cuando se incorporaba y la miraba, acodado a los muslos, con la
cabeza entre las manos, haciéndose preguntas, demasiadas preguntas. Por
ejemplo, se preguntaba por qué se sentía así, qué eran esos latidos, si no
estaría experimentando con retraso sensaciones que debería haber vivido
cuando era un muchacho y que había dejado atrás con un salto olímpico
debido a un matrimonio apresurado. ¿Sería el sentimentalismo adolescente,
que volvía a la carga porque no lo había aprovechado lo suficiente en su
momento? ¿Sería un baúl lleno, que, de improviso, rompe los propios sellos
para derramar un botín de emociones reprimidas? ¿Acaso, entonces,
Francisca no era la verdadera causa de aquella locura? ¿Cualquier mujer
habría causado el mismo resultado?
Fuera como fuera, debía hacer todo lo posible para alejarla.
«Me estoy esforzando mucho, se ve, lo he demostrado.
»Ahora duerme en mi casa, bajo mi manta.
»Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano.»
Sin embargo, debía conseguirlo. El problema era cómo hacerlo.
De esta forma, reflexionando, entre un sueño y un despertar agitado,
entre la estúpida, pueril felicidad que lo abrazaba cuando la veía a su lado y el
fulmíneo y absoluto pánico que se apoderaba de él cuando la veía a su lado,
amaneció, se hizo de día.
Antes de que ella se despertara, Byron se cambió, se puso ropa más
cómoda, casera, dominical. Unos vaqueros, una camisa y un suéter. Nada en
los pies. Mientras se estaba afeitando delante del espejo, la vio reflejada en él.
Estaba sentada en el sofá y miraba alrededor.
—¡Buenos días! —le dijo en tono alegre, tratando de dominar tanto la
felicidad como el pánico.
Francisca se volvió, perpleja. A pesar de que acababa de despertarse y
de la noche de perros que había pasado, estaba muy guapa. Pese a las ojeras,
sus ojos transmitían algo límpido y sincero, tan parecido al ónix fundido con
el topacio que parecían dos gemas recién inventadas. Y los labios, los
labios… mejor que no los mirase si quería mantener su palabra. Parecían aún
más suaves y carnosos y rosados y…
«No lo pienses, no lo pienses, no lo pienses.»
—¿No era un sueño? —le preguntó poniéndose de pie. Se tambaleó un
instante y abrió los brazos. A continuación, se llevó una mano a la sien a la
vez que guiñaba los ojos como si fuera presa de un doloroso vértigo.
—Creo que no. ¿Cómo te encuentras?
—Como alguien que recuerda poco o nada de lo que ocurrió ayer. ¿Por
casualidad hicimos…?
—¡No! —exclamó él, quizá demasiado deprisa.
—Ok, no te pongas nervioso, no pienso abalanzarme sobre ti.
«Yo sí, maldita sea.»
Francisca llevaba una camisa sin mangas con un escote bastante
pronunciado. Mientras dormía se le había arrugado y se le había salido de los
pantalones. Además, se le veía el borde del sujetador. Era de color rosa
pálido. Llevaba un sujetador de color rosa pálido. La otra vez había entrevisto
uno blanco. Dado su aspecto salvaje y sensual, cabía pensar que era la típica
mujer que prefiere la ropa interior negra, roja, dorada, con encaje y adornos,
en lugar de esa tan sencilla e inocente.
Byron tuvo la confirmación oficial de que se había convertido en el
protagonista de un remake de La invasión de los ultracuerpos. Un
extraterrestre en plena adolescencia y permanentemente excitado se había
adueñado de su ropa. Le había bastado con entrever su sujetador para que se
desencadenase el recuerdo de sus dedos en la carne de ella. Y de su
encantadora lengua.
—Así que esta es tu casa —comentó Francisca—. Eres un auténtico
misterio, profe.
—¿A qué te refieres?
—¿Quién eres? ¿El tipo que enseña vestido con una chaqueta y unas
gafas o el que canta luciendo anillos y pendientes? ¿El que escucha a Led
Zeppelin o a Mozart?
Deslizó un dedo por los lomos de los cedés apilados y Byron deseó estar
en lugar de ellos. Le dio la espalda y siguió trajinando delante del espejo. Se
pasó los dedos húmedos por el pelo, tirándoselo hacia atrás, y exhaló un
suspiro de frustración.
—Los dos —le respondió con la esperanza de que su absurda excitación
se calmase—. Nadie tiene una sola cara. En mí hay un niño que viajaba por
Europa con su madre para visitar los museos y los teatros, un muchacho que
dormía en un saco de dormir y que orinaba en una botella para escuchar
conciertos rock, un hombre que adora viajar con la mochila en la espalda y un
fajo de billetes y dormir en moteles sin pretensiones y otro que, cuando es
necesario, usa la tarjeta de crédito y contempla el mundo desde la última
planta de un rascacielos en Kuala Lumpur. Soy el que me apetece ser. ¿Y tú?
¿Eres una sola persona?
—No tengo tanto dinero como para ser tan multiforme. No puedo elegir
entre el motel y el rascacielos de Kuala Lumpur. Y, cuando era niña, mi
madre me llevaba como mucho al Taco Bell. Y, ahora, si me dices dónde está
mi chaqueta, me largo.
—No, espera —dijo él, esforzándose para no imprimir a sus palabras un
tono suplicante—. Te propongo una cosa: bajo un momento a la cafetería y
compro cruasanes y capuchino. Entretanto, tú…, tú te refrescas un poco,
bueno, haces lo que te parezca. La casa es tuya. Te prometo que tardaré al
menos media hora en volver. Te dejaré el tiempo necesario. Puedes darte una
ducha si quieres. Hay agua caliente, ahí están las toallas y en el cajón hay un
cepillo de dientes nuevo.
—¿Guardas cepillos para cuando traes chicas?
—No traigo chicas.
Francisca lo observó con atención, con los párpados aún entreabiertos.
Parecía estar reflexionando, sopesando unas cuantas variables. Después se
mordió los labios, se puso un mechón de pelo detrás de una oreja y murmuró:
—Ok, pero no te esperes propuestas extrañas. Has tenido tus
oportunidades y las has malgastado.
Byron soltó una risita que solo pretendía ser simpática y relajada, a la
vez que levantaba los brazos en ademán de rendición. A continuación, agarró
al vuelo las llaves de casa, una cazadora y se encaminó hacia la puerta.
—¿Qué hacías allí ayer? —le preguntó ella antes de que él saliera.
—¿Qué?
—En la fiesta del campus. ¿Invitan también a los profesores?
—No creo, desde luego.
—¿Entonces?
Mientras cerraba la puerta, Byron le reveló la verdad:
—Fui por ti, ojos de petróleo. —Dicho esto la dejó sola en casa, mucho
más confusa que antes.
Como había prometido, estuvo fuera unos treinta minutos. Los pasó
bebiendo café y mirando el reloj, radiante al pensar que la encontraría en casa
cuando volviera. Cuando transcurrió el tiempo que habían acordado, subió de
nuevo la escalera cargado con unas bolsas de papel. El aroma de los dulces,
de la leche y del café era maravilloso y aún más maravilloso iba a ser
desayunar con ella. Hacía siglos que no desayunaba con una mujer. Como
también hacia siglos que no devoraba a una mujer.
En los últimos tiempos, Isobel apenas comía, se había convertido en la
sombra de sí misma, y, cuando lo hacía, nunca estaba serena, convertía cada
comida en un calvario salpicado de obstáculos que debía sortear y de
decisiones difíciles de tomar, aunque solo fuera para responder a un
argumento cualquiera. En un clima así era imposible que desayunaran juntos
con tranquilidad. Al igual que era imposible hacer el amor. O tener ganas de
hacerlo, para ser franco.
Byron abrió la puerta y exclamó:
—¿Puedo entrar?
No le respondió ni el eco.
Miró alrededor y no la vio. El temor a que se hubiera marchado durante
su ausencia se desvaneció enseguida: su ropa estaba en el sofá, la ropa
interior en un brazo y los zapatos en el suelo. No podía haber salido desnuda
de casa. Por lo visto había usado la ducha, el aire estaba impregnado con el
aroma a miel y jengibre de su gel de baño. Una de las toallas que estaban
colgadas al lado de la bañera había desaparecido.
Byron sintió un latigazo en el corazón cuando vio en el suelo de madera
las huellas mojadas de sus pasos que se dirigían hacia la escalera. Dejó las
bolsas de papel en la mesa de la cocina y la llamó con cautela.
—¿Francisca?
De nuevo, no le respondió nadie e, inspirando como quien se prepara
para una larga apnea, se dispuso a subir al altillo donde se encontraba el
dormitorio. Pisó uno a uno los peldaños, con absoluta calma, como si se
estuviera frenando. No sabía qué pensar y la espera era una tortura, sentía
hormigueo en las manos y estremecimientos en la garganta, se imaginó un
sinfín de cosas en los quince minutos exactos que tardó en llegar a lo alto. No
sabía qué pensar, pero, en cualquier caso, no se esperaba lo que vio.
Francisca estaba ovillada en la cama, envuelta en la toalla. Allí arriba no
había ventanas y la penumbra le impedía ver bien, pero era evidente que
estaba temblando. Parecía una pequeña duna vibrante. No daba la impresión
de que estuviera improvisando una escena de seducción. Apretaba una de las
almohadas contra el pecho, como si quisiera estrangularla o que la salvaran
de ella.
Byron se quedó quieto y la escrutó un momento, realmente asustado.
Después se aproximó a ella.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
Ella le dirigió una mirada que revelaba un miedo casi atávico,
primordial, el miedo a la muerte infligida de forma lenta y atroz. Byron se
inclinó hacia la cama y le acarició el pelo. El agua había trazado en sus
hombros un dibujo transparente formado por pequeñas gotas.
—¿Estás bien?
—No enciendas la luz, por favor.
—No, tranquila… ¿No estás bien?
—Dentro de nada estaré de maravilla.
Mientras le acariciaba del pelo, el pánico se evaporó de sus ojos. El
terror, casi infantil, la abandonó.
—Disculpa, estaba mareada y me tumbé. Te estoy mojando la cama. Me
visto y me voy enseguida.
—Quédate, no hay ningún problema. Voy a coger tu ropa.
Ella lo retuvo agarrando el borde de su camisa.
—No, espera, no te vayas.
El gesto fluido —un entrelazamiento de los dedos que no habría podido
retenerlo si hubiera querido marcharse de verdad— le produjo el efecto de
una piedra que tiraba de él hacia abajo, mientras tenía la cabeza sumergida en
un estanque. Algo que le impedía emerger y respirar.
Luego, Francisca lo ahogó por completo.
Dejó caer al suelo la almohada y abrió la toalla que la cubría. Se quedó
así, húmeda y desnuda, encima de la toalla abierta, invitándolo con los ojos y
con el cuerpo. Mejor dicho, suplicándolo.
Le susurró, confirmándole que no se equivocaba:
—Fóllame, por favor. He cambiado de idea, fóllame.
Su voz era un susurro, el velo de sensual provocación había caído, no lo
estaba desafiando: era como si estuviera agarrada con los dedos al borde de
un pozo, mientras él estaba en tierra firme, y le implorase que la sacara de
allí. Como si le estuviera diciendo: «Ayúdame, sálvame».
Byron se tragó el corazón, que había invadido ya todas sus células, y la
salvó. Era imposible resistirse.
Excitado como un crío, el mismo crío que hacía semanas que soñaba
con recitarle sonetos y lamerla, el mismo crío que quería aferrar su mano y,
sencillamente, tomarla, se quitó la camisa y el pantalón tratando de dominar
su ardor. Debía de tener preservativos en alguna parte, en un cajón. Los
buscó con movimientos febriles. Cuando encontró un par, el alivio le dilató
los pulmones y todo lo demás.
El Himno a la belleza de Baudelaire le sugería palabras inmensas
cuanto más la miraba.
Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora,
tú esparces perfumes como una tarde tempestuosa,
tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
que tornan al héroe flojo y al niño valiente.
¿Surges tú del abismo negro o desciendes de los astros?
En los antebrazos tenía unos tatuajes negros, de estilo tribal: un delfín,
una tortuga, el perfil estilizado de un lobo y un colibrí que chupaba néctar de
una flor. Alrededor de las muñecas destacaban dos serpientes de color
esmeralda y, un poco debajo del ombligo, una flor rosa y azul, parecida a un
nenúfar. Esos dibujos, entrelazados en el bronce de su piel, aumentaron su
frenesí.
La besó y fue como si tuviera cien lenguas. Cien lenguas en su boca.
Cien manos en su cuerpo, liso y brillante como raso dorado. La voz de ella,
su respiración, su pecho de color ámbar, todo, todo parecía creado para
hacerlo enloquecer. Se sentía hecho de sangre y esperma y pensamientos
licuados.
Cuando entró en su cuerpo, lo hizo con lentitud, saboreando cada chispa
de placer. Tenía ganas de moverse, moverse, moverse, de empujar como
quien desea follar, pero lo hizo con delicadeza, como un hombre que quiere
hacer el amor. Como un hombre que, además de querer llegar a una meta,
quiere gozar del esplendor del viaje.
De repente, tuvo la impresión de que Francisca se tensaba. Con los
labios pegados a los de ella, susurró:
—¿Ocurre algo? —Ella negó con la cabeza, pero en sus ojos había
vuelto a aparecer la angustia de antes—. ¿Quieres que me pare? ¿Quieres
que…?
Francisca volvió a negar, su pelo ondeó en la almohada blanca. Le
apretó los brazos, se aferró a él para volver a subir por el pozo que parecía
querer engullirla.
—No, no te pares —insistió.
Y Byron no se paró. Olvidó la sensación de momentánea inquietud, la
duda, olvidó todo salvo la rosa que lo aprisionaba. El palpitante calor del
orgasmo le arrancó un gemido de goce puro y primitivo.
Por fin, se derrumbó sobre su cuerpo, que olía a sexo y a miel. Besó el
perfil de su mandíbula, en el punto donde tenía la herida, lamió la cicatriz con
delicadeza, el lóbulo de una oreja, una sien tibia y perfumada. Aún estaba
dentro de ella, sus piernas le rodeaban la espalda, apretándola. Dios mío, qué
guapa era, qué abierta y suave, sensual y dulce, erótica y hada. Deseó poder
follar y hacer el amor con ella cien años más. Tomarla en todas partes, bajo
cualquier luz, al alba, al anochecer, en las sombras vespertinas, en el sofá, en
el suelo, en la mesa, en la cima bermeja del arcoíris. En todas partes, sin más
pausa que la necesaria para recuperar el aliento.
—Llámame Byron —le susurró.
Francisca se quedó pensativa unos segundos.
—No.
—¿Por qué? —No le respondió, se desasió del abrazo. Él se tumbó a su
lado sin dejar de mirarla—. Llámame Byron —le repitió en tono más firme.
Ella le hizo la misma pregunta.
—¿Por qué?
«Porque ya te echo de menos.
»Porque no sé lo que estás pensando en este momento y me parece
miserable, mediocre, preguntarte cómo te sientes, si te ha gustado.
»Si me llamas por mi nombre, si puedes hacerlo, quizá signifique algo.»
Le respondió, en cambio, con un mayor dominio de sí mismo:
—Porque me llamo así.
—No, no puedo… Suena a una intimidad que…
—¿No somos ya bastante íntimos? —le preguntó él frunciendo el ceño.
—El sexo no es suficiente para crear intimidad.
—Pero puede ser un punto de partida.
—¿Para qué? No me digas que te has enamorado locamente de mí,
porque te daré otro codazo y me marcharé. No creo en esas memeces.
—¿En qué no crees? ¿En que me he enamorado de ti o en el amor en
general?
—En ninguna de las dos cosas. Solo somos dos personas que se están
ayudando. Yo… tengo la sensación de que los dos necesitamos olvidar.
Usamos el sexo para provocar la amnesia, eso es, pero no hay nada más.
Byron contuvo la impelente tentación de decirle que se equivocaba, que
no debía olvidar nada, pero después comprendió que tenía razón, un poco de
amnesia también le vendría bien a él.
—¿Tú qué debes olvidar? —se apresuró a preguntarle.
—Lo repugnante que es la vida.
—No es repugnante, Francisca. Si fuera repugnante, no existirían la
poesía ni la música, ni los colores, no existiría el océano ni el chocolate.
Sonrió, a la vez que le acariciaba el pecho. Movida por el instinto, ella
se volvió a tapar con la toalla.
—Eres muy raro. ¿Dices que no es repugnante? ¿Justo tú, que perdiste a
tu mujer cuando aún era muy joven? ¿No te bastó eso para pensar que todo es
una mierda? ¿O te da igual que esté muerta?
Byron se estremeció.
—Claro que me importa —respondió en tono grave—. ¿Quieres
preguntarme algo sobre ella?
Siendo franco, esperaba que no lo hiciera. La verdad, toda la verdad, era
difícil de comprender para los que no habían estado en su lugar durante diez
años. Sin embargo, a pesar de ese pasado veteado de gris, seguía pensando
que la vida no era repugnante. A pesar de lo que habían visto sus ojos y lo
que habían oído sus oídos —y estos no solo habían visto obras de arte ni
habían escuchado únicamente música y poesía—, la vida le parecía un regalo.
Habría olvidado de buena gana los detalles más oscuros, pero olvidarlo todo
no. Maldecir la vida, jamás.
—¡No! ¿Por qué debería hacerlo? Es asunto tuyo —contestó Francisca
irritada, con firmeza.
Byron exhaló un suspiro de alivio imperceptible. Detestaba mentir y, en
caso de que hubiera debido contarle algo, no le habría quedado más remedio
que mentir u omitir algo.
—Yo no soy tan filósofo. Me gustaría saber algo de…, bueno, de
Marcus.
Francisca le lanzó otra mirada impetuosa. Se sentó en la cama,
retándolo con los ojos.
—No tienes derecho a hacerlo. No te diré nada de él. No somos dos
novios que se cuentan sus experiencias anteriores. No te entrometas.
—En ese caso, cuéntame algo de los tatuajes. ¿Tienen una historia?
La mueca que hizo ella enseguida le dio a entender que la respuesta era
la misma y que la historia de los tatuajes y la de Marcus se entrelazaban de
manera indisoluble. Byron experimentó cierto fastidio —¿un ramalazo de
celos?, ¿una vulnerabilidad terrible e imprevista?—, pero intentó ignorarla y
comportarse como un hombre.
Así que le sonrió también con aire desafiante.
—Has ganado esta batalla, pero no la guerra. Y la has ganado por una
sola razón.
—¿Cuál?
—Tengo más ganas de ti que de hablar contigo.
Apartó la toalla con la que ella se había tapado y le abrió las piernas.
Francisca no opuso resistencia. Sus labios y su lengua la abrieron con ternura.
La necesitaba, necesitaba su cuerpo ondulado, secreto, salado, húmedo. Ella
se corrió con un estremecimiento en su boca. Y otra vez entre sus dedos. Era
tan maravilloso hacerla gozar, ver su seno agitándose con el ímpetu de la
respiración, el balanceo de sus costados era tan seductor que se olvidó de sí
mismo. Estaba cautivado por su belleza, por la manera en que el placer
parecía liberarla. De repente, de forma imperiosa, Francisca se volvió y le
ofreció la curva seductora de su espalda. Entre los omóplatos tenía un dragón
maorí tatuado. Byron se dio cuenta entonces de que iba a explotar. Mientras
la penetraba con el ímpetu de un salvaje y sentía que el orgasmo invadía por
completo su piel, cada molécula, cada gota de sudor y de esperma, pensó que
esas sensaciones, que esas curvas morenas y esos dibujos, que parecían
cobrar vida con el temblor de su piel, con su voz femenina, que gemía ya sin
freno, eran lo más parecido a la poesía, a la eternidad y al sentido de la vida
que podía experimentar un ser humano.
CAPÍTULO 13
FRANCISCA
Esperaba que hoy lo detestaría, que la resaca me haría madurar
pensamientos pérfidos sobre él, pero no es así. Me duele la cabeza, tengo la
boca envenenada, pero sigo encontrándome bien en esta casa, continúa
alegrándome que él exista, porque está muy cerca de mí, porque se ha
marchado, pero luego volverá. Me miro al espejo. Estoy alterada, espantosa,
como si acabara de salir de una pesadilla interminable. Me encantaría darme
una ducha, pero…
Pero qué más da, lo hago y basta.
No obstante, esto es extraño: es extraño estar en casa de un hombre,
usar su bañera, su jabón, su agua, que se desliza cálida por mi cansancio.
Mientras cierro los ojos y una nube de vapor me envuelve entre dos ventanas
sin cortinas por las que se filtran unos conos paralelos de luz, tengo la
impresión de estar segura, protegida, sin monstruos al acecho.
Salgo de la bañera y me tapo con una de sus toallas. Elijo la que está
usada. Es como si sus brazos me estrecharan.
Puede que aún esté un poco borracha.
Miro alrededor, vuelvo a curiosear entre los cedés, echo un vistazo a los
armarios de la cocina, a la nevera. Por lo visto, el profesor es un apasionado
de la comida italiana, de las verduras crudas y de la fruta fresca, pero
después, detrás de una puerta lacada de color verde, me vuelvo a tropezar con
su mitad gamberra: papas, palomitas, galletas de chocolate y un tarro de
mantequilla de cacahuete.
Este hombre es un mosaico, una mezcla de contrastes: me lo imagino en
una cena elegante y al lado de una hoguera en la playa, en la Scala de Milán y
en el Yankee Stadium. A saber qué se siente cuando te encuentras a gusto en
cualquier lugar. Jamás he experimentado esa sensación y una parte de mí lo
envidia.
De repente, siento curiosidad por saber algo de su mujer, pero no veo
siquiera un pedazo arrancado de una foto amarillenta. Alargando la oreja, por
si se oye algún ruido fuera de la puerta, rebusco en los cajones. Lo sé, eso no
se hace, pero la tentación es como un imán. Encuentro libros, facturas,
recibos, un ordenador portátil y un Kindle, bolígrafos y papelitos amarillos.
Diarios, calendarios, agendas. Encuentro incluso una cajetilla de Lucky Strike
casi entera y un encendedor de plata: ¿tú también cedes al vicio de vez en
cuando, profe?
No encuentro ninguna foto de nadie. ¿Será posible que no haya
guardado nada de ella? ¿Será posible que esté encerrada en las cajas que he
entrevisto en el garaje?
Mientras pienso, suena el móvil. Lo metí en el bolsillo interno de la
chaqueta, pero ¿dónde está la chaqueta? Deambulo por la casa y la encuentro
a los pies del sofá, unida al resto en un montón que parece un cuerpo
pisoteado. Palpo y rebusco, noto la forma fría de la navaja en los pantalones
y, después, el teléfono. En la pantalla aparece el número de Montgomery
Malkovich, pero no tengo ganas de hablar con él. Temo que me eche otro
sermón afectuoso, más insoportable cuanto más afectuoso, de manera que no
respondo.
Con el teléfono aún en la mano, subo la escalera que lleva al altillo.
Para entrar en el dormitorio hay que bajar tres peldaños, el espacio no tiene
ventanas, es profundo, como un enorme cajón, y unas vigas de madera oscura
dividen el techo en varios rectángulos blancos. El colchón, cubierto por un
edredón de color crema, parece estar apoyado en el suelo de madera. No hay
ventanas ni tragaluces y la luz del día, que se filtra por los amplios ventanales
del piso de abajo, no alcanza esta especie de papelera encajada. La penumbra
reposa y consuela, pero yo no quiero reposar. Veo una mesilla y, ya
superados todos los límites de la decencia, la abro sin que la conciencia me lo
reproche ni por asomo.
Encuentro un álbum de fotografías y me acerco al lado exterior del
altillo para mirarlo mejor. La primera parte está llena de imágenes de la
infancia del profesor. Era tan guapo como los niños que se ven en los
anuncios. Tenía los ojos aún más verdes y el pelo aún más claro, entre
castaño y dorado, y ya por aquel entonces lo llevaba largo. Ya por aquel
entonces, el duque y el gamberro se enfrentaban en su alma. En algunas fotos
aparece, cuando no debía de tener más de ocho años, vestido como un
perfecto caballero y con una expresión seria en la cara, a lomos de un caballo
soberbio, con la crin trenzada; en otras, más o menos a la misma edad, en el
campo, acariciando la grupa de un burro mucho menos altivo que el caballo
de antes, un animalito descarnado con dos grandes ojos. Mientras lo acaricia,
los ojos del niño, que viste unos vaqueros y una camisa de cuadros rojos,
también tienen una expresión dulce y serena. Otras imágenes inmortalizan,
creo, a su madre: una mujer alta y fina, con el pelo cobrizo, los ojos azules y
un aire tan insólito como el de su hijo, un aire culto y mesurado y, al mismo
tiempo, excéntrico, desdeñoso e inquieto. Encuentro fotos de varios
parientes: el padre, creo, un hombre guapísimo, con los mismos ojos verdes y
la misma nariz regia del hijo, pero con una expresión un tanto sombría que
parece capaz de cosas que prefiero no saber. La abuela, quizá, guapa y altiva,
tan rígida como una columna dórica, con la mirada resuelta de una estatua de
Minerva. Después hay más fotografías de Byron creciendo, del instituto a la
universidad: sin la barba la perfección de sus rasgos emerge como una
orquídea de color rojo sangre en una placa de hielo.
En cierto momento, se ve a una joven a su lado. Rubia, con la tez muy
blanca y los ojos claros, entre el avellana y el verde. Debe de ser ella, porque
aparece muchas otras veces: en la fiesta de graduación, los dos con birrete y
capa azul adornada con borlas grises; a orillas del océano en traje de baño,
donde se ve que ella es delgada, espigada, casi huesuda. Por último,
encuentro las fotografías de la boda. Se casaron jóvenes, quizá después de
licenciarse, ante un funcionario del registro civil. No veo cortejos nupciales
ni damas de honor, ni tartas altas como torres, solo ellos dos, mostrando los
dedos con las alianzas al fotógrafo. Algo me llama enseguida la atención en
ella: nunca sonríe, jamás. En todas las imágenes, incluida la única foto de la
boda, estira los labios intentando remedar una sonrisa, pero sus ojos están
apagados, como los de los animales embalsamados. En cualquier caso, no
parece soberbia, no da la impresión de ser alguien que debiera hacer un
esfuerzo para sonreír por considerar que el mundo es una sombra hedionda de
su grandeza, solo parece frágil. No sé por qué, pero pensaba que me iba a
encontrar con el recuerdo de una criatura magnífica, fuerte, segura e
inolvidable. Esta mujer menuda a la que, si no hubiera visto las fotos de la
graduación, no echaría más de dieciséis años, pasa tan desapercibida que me
hace temblar.
«¿Temblar?
»¿Por qué temblar?»
Porque, si se casó con ella, debió de quererla muchísimo. En la foto de
la boda la abraza con aire protector.
No entiendo por qué esta suposición me molesta tanto, por qué me hace
sentirme tan extraña y un poco fuera de lugar.
Cuando me dispongo a seguir hojeando el álbum con todo descaro, el
móvil vuelve a sonar. Es Monty de nuevo. Jamás ha insistido tanto. Por lo
general, cuando no le respondo, vuelve a intentarlo al cabo de unos días, no al
cabo de diez minutos. Esta novedad me alarma. ¿Le habrá sucedido algo a
Marcus?
Sin razonar demasiado, respondo de forma frenética:
—Dígame.
—¡Francisca, por fin! Estábamos preocupados, ¿sabes? —exclama en
tono afable, aunque angustiado—. Hace varios días que no llamas.
—Nunca he llamado todas las noches.
—Sí, pero esta vez…, después de que… —Calla, se contiene, oigo un
suspiro agitado—. ¿Cómo estás?
—Estoy bien, aún estoy viva, no os preocupéis por mí.
—Sí.
—Esto… ¿Te ha llamado Marcus?
Vacilo un instante antes de contestarle.
—¡Ah, estupendo! ¿Y va bien entre vosotros?
—Sí.
—Nos alegramos. Annie, sobre todo. Queremos que os llevéis bien.
—Nos llevamos de maravilla.
—Eso me alivia. No es bueno aislarse demasiado, no es bueno olvidar a
los seres que hemos querido y, cuando el amor se transforma en algo
diferente, bueno, el corazón es un gran camaleón, ¿sabes?
«¿Un animal solitario, estrábico y agresivo, que mata con la lengua y
cambia de color cuando tiene miedo?»
—Monty, ¿podemos hablar en otro momento? Estoy ocupada.
—De acuerdo, cariño. Pero antes…, me olvidaba. Tu padrastro llamó
hace unos días.
Silencio.
Frío.
El álbum de fotografías cae abierto al suelo, las fotos se despegan y las
páginas se quedan blancas, parecen caras sin ojos.
Me miro las manos, tiemblan.
Me duelen las cicatrices de las muñecas.
No era una alucinación.
Es la maldita realidad.
Monty no lo sabe. Nadie lo sabe, solo Marcus. La gente piensa que
merecía que mi padrastro me abandonara, porque le golpeé la cabeza con un
bate de béisbol e incendié su casa mientras él estaba dentro. Una niña que
hace esas cosas es un monstruo en ciernes, la raíz de una hiedra venenosa. No
se puede pretender que un pobre hombre, por animado que esté por las
mejores intenciones después de la muerte de su mujer, se interese por la
suerte de una adolescente tan problemática, a la que ni siquiera le une una
relación sanguínea. Al contrario, pobre, no se ensañó, no la denunció, al
contrario, la justificó y la perdonó. Pero desapareció de su vida. Y que ahora,
después de muchos años, vuelva a dar señales de vida, ¿no demuestra su
bondad?
—No sé cómo consiguió mi número, pero supongo que era bastante
fácil encontrarnos a Marcus, a ti y a mí —sigue Monty ajeno a la tempestad
que se ha desencadenado en mi interior—. Me permití darle tu dirección. Me
pareció un buen tipo, no dijo una sola palabra rencorosa sobre ti. Te llama
«hija» en todo momento, no dejaba de repetir «tengo que conseguir que mi
hija me perdone». Annie me regañó luego, dijo que antes debería haberte
pedido permiso y pensé que, quizá, había sido un poco impulsivo. ¿He
cometido un error?
No, no es un error, es instigación al homicidio.
No lo sabes, pero tendré que matarlo.
Si un día lo veo, no incendiaré su casa. Lo incendiaré a él.
Me lo he jurado a mí misma: si vuelvo a verlo, le impediré que ensucie
el aire con su respiración.
Así que, mi querido Monty, no es un error, es el principio del final.
Y él no es un buen tipo, es perverso.
—Tengo que marcharme —digo sin hacer ningún comentario, porque
no quiero mentir. No quiero respirar, no digamos hacer algo que me cueste
más esfuerzo.
De forma maquinal, recojo el álbum del suelo y lo vuelvo a meter en el
cajón sin volver poner siquiera en su sitio las fotos que se han despegado de
las páginas. No me miro al espejo, me da miedo hacerlo, me da miedo lo que
puedo ver: una asesina o una niña.
Me tumbo en la cama. Huelo el aroma de Byron en el edredón.
Byron, Byron, Byron, lo llamo varias veces y, a medida que lo hago, mi
corazón se va calmando, se relaja, aminora el ritmo y deja de parecer un
caballo corriendo hacia el abismo.
El miedo dura apenas un instante e incluso en ese instante no es nada
convincente. Necesito una dosis letal de flores de loto.
No me pidas nada más, fóllame y basta, solo así llegará el olvido como
una dulcísima niebla.
Estoy exhausta, deshidratada, muerta.
Pero, por encima de todo, estoy viva.
No puedo pensar en otra cosa.
No deseo otra cosa.
Quiero que me tome una y otra vez.
Quiero ofrecerle todos los espacios, todos los rincones: invade todo lo
que tengo con todo lo que tienes.
Te lo ruego, te lo ruego, te lo ruego.
Bébeme.
Ábreme.
Devórame hasta tu última gota de vida, hasta mi última gota de vida.
Me siento fluida y sudada y palpitante.
No sabía que era capaz de tanto.
Casi puedo volar, jamás he sido tan libre como ahora, cuando su cuerpo
me tiene anclada a la tierra.
Solo me doy cuenta de que me he quedado dormida cuando me
despierto. Más que un sueño, debo de haber perdido el conocimiento. Al abrir
los ojos, veo que fuera ya no hay luz. Dado lo escuro que está, debe de ser
muy tarde, es posible que esté anocheciendo.
¿Pero dónde me encuentro?
Estoy en la cama de Byron. Ahora recuerdo que me metí entre las
sábanas, no me sorprende: estaba extenuada, destrozada, hecha polvo. El
edredón envuelve mi cuerpo desnudo y caliente. Y él me envuelve más que el
edredón.
Bajo el mismo cobertor, su tibieza parece una prolongación de la mía.
Estoy echada sobre un costado y Byron está detrás de mí, con el tórax pegado
a mi espalda y las piernas entrelazadas con las mías. Duerme, su respiración
me acaricia el cuello. Me rodea la cintura con un brazo, el otro yace debajo
de mi nuca.
Jamás me había sucedido. Marcus nunca me abrazó. Nunca durmió
conmigo. Nunca durmió encima de mí ni a mi lado. Ni yo quise que lo
hiciera. Después del sexo, nos transformábamos en dos líneas paralelas llenas
de rabia: yo aquí, tú allí, hasta la próxima vez, entretanto, masticaremos
nuestro odio secreto, tú el tuyo, yo el mío. Era agradable estar juntos durante,
pero era infernal estar juntos después. Porque los dos estábamos a punto de
reventar por un sinfín de cosas no dichas. Porque solo veíamos en el otro un
brazo más con que apoyarnos en nuestra guerra privada. Porque él era la
primera persona a la que no consideraba enemiga. Pero lo nuestro no era
amor.
Tampoco lo es con Byron.
Pero, al menos, ahora lo sé, lo tengo muy claro.
Creía que mi pasado me impediría acostarme con otro hombre, pero me
equivocaba. Temo que mi pasado ha producido un efecto aún más grave.
Jamás podré querer a nadie.
A fin de cuentas, el sexo es fácil, más fácil de lo que pensaba. El amor
es el verdadero reto. Y no pienso afrontarlo. No quiero correr más riesgos ni
combatir más batallas. Solo quiero recuperar el tiempo que ha perdido mi
cuerpo, quiero dejar que el placer borre mi pasado más remoto y también el
más cercano, pero no permitiré que mi alma goce de la misma forma. El
corazón debe quedar al margen de este juego.
Mientras me abraza y respira pegado a mí, me lo repito al menos una
docena de veces.
«Nunca te querré, olvídalo.
»Nos usaremos sin invitar a los sentimientos al banquete.
»A pesar de que pareces un príncipe, de que adoro cómo hueles, de que
tu voz me encanta, de que tu sonrisa me hace pensar en las estrellas, de que tu
existencia hace que la Tierra resulte más acogedora, no debo quererte.
»No debo quererte, no debo quererte, no debo quererte.»
Los latidos que siento solo se deben a la ansiedad que me produce tener
que marcharme, porque no sé cómo separarme de él sin despertarlo. ¿Cómo
se permite inmovilizarme así? ¿Quién se ha creído que es?
—Pequeña… —me susurra de improviso al oído—. ¿Adónde vas?
—Tengo que…
—No te vayas. —Su voz, aún somnolienta, es ronca, como cuando
canta canciones tristes en el Dirty Rhymes.
«No debo pensar en su voz.
»No debo concentrarme en el estremecimiento que siento en la nuca.»
—No te vayas —repite.
Me abraza aún más fuerte, me besa entre la oreja y el hombro. Cierro
los párpados. Suspiro sin suspirar. Tengo miedo. Tengo miedo de él.
Tengo un miedo maldito.
Miedo de lo mucho que me tienta quedarme.
—Tengo que marcharme —digo en tono firme, casi decidido, bueno, lo
más decidido que puedo.
—Ni se te ocurra. Te prohíbo que te muevas.
Eso es, hazme enfadar, así se me pasa esta languidez.
—No puedes prohibirme nada. No lo digas ni en broma.
Él se incorpora apoyándose en un codo y el edredón resbala dejando a la
vista su pecho. Y el mío. Se inclina, mira la hora en el viejo y gracioso
despertador de color rojo, anticuado, con los números y las letras
fluorescentes, que está encima de la mesilla.
—Son casi las seis —me informa—. Jamás había pasado un domingo
tan agradable.
«Anda ya, a otra con ese cuento.»
—Con todo, ahora tenemos que comer. Estás en ayunas desde hace
veinticuatro horas, ojos de petróleo. Además, te emborrachaste. Tienes que
meterte algo en el estómago.
—Nadie te ha pedido que te preocupes por mi estómago.
—Quiero cuidarte, no me preocupo. Cuidar tu estómago y tus
sentimientos. Quiero saber cómo estás.
«Estoy bien, maldita sea, pero nunca te lo diré, no quiero que se te
metan extrañas ideas en la cabeza.»
—Tengo que hacer pis.
Se ríe y su risa retumba en mis costillas como una música sagrada bajo
la cúpula de una catedral.
—Esperaba algo más poético. ¿Quieres que te acompañe?
—¡No! Bueno, no recuerdo dónde puse mi ropa.
—¿Qué más da? Desnuda estás guapísima. No digamos cuando haces el
amor, eres una obra de arte.
—Deja de decir tonterías.
«Además, no hemos hecho el amor. Hemos follado. Punto final. Basta.
Paz. Amén. Resígnate a esta cruda y sudorosa realidad.»
—No son tonterías. —Al decirlo aparta el edredón de una patada y nos
quedamos completamente desnudos en la cama. A estas horas está tan oscuro,
no hay ninguna luz en la casa, que solo se entrevén nuestros perfiles, opacos
como sombras. Su sombra abraza la mía, la sombra de sus labios besa la
sombra de mi pelo. La sombra de mi corazón está aterrorizada—. En
cualquier caso, no se ve nada. Además, si, a pesar de la oscuridad y del
detalle, nada irrelevante, de que ya te he visto con los tatuajes como única
ropa, aún sientes cierto pudor, has de saber que soy miope.
—No es pudor, es que…
—Es que te sientes más expuesta y vulnerable, más indefensa, pero no
debes defenderte de mí. No debes defenderte de mí, Francisca. Dime que me
crees.
—No solo no te creo, no quiero creerte. Te lo repito, no me engañarás
con las palabras. Puede que te sirvan para tirarte a otras alumnas, pero no te
valen conmigo.
—No me tiro a otras alumnas.
—Bueno, pero ahora apártate, quiero bajar. Ah, la próxima vez que
compres una casa busca una que tenga el retrete con una puerta como Dios
manda.
—No me tiro a otras alumnas —repitió él, testarudo—. Está bien, la
próxima vez la elegirás tú.
Si hubiera luz, vería el fuego de la rabia en mis ojos. Lo miro, pese a no
ver nada, lo miro y me gustaría darle unos cuantos puñetazos. Detesto a los
que bromean con cosas que hacen temblar las heridas de mis muñecas. Las
heridas que, estoy segura, no ha visto ni verá nunca. Las heridas que
simbolizan mi muerte y mi renacimiento. Mi voluntad absoluta, sacrosanta,
de no volver a creer a nadie.
Así que me pongo de pie envuelta en una oscuridad tan densa como la
cola.
—Espera, toma esta. —Oigo decir a su voz a mi espalda.
—¿A qué te refieres?
Su camisa, me está tendiendo su camisa.
—Póntela, así puedo encender alguna luz, si no te darás contra una
pared.
Su camisa… huele a él.
—No te vayas ya, comamos algo antes. Te lo ruego.
Su camisa… ha acariciado su piel.
—Me quedaré aquí hasta que me digas que puedo bajar, ¿ok?
Su camisa… en la que me gustaría vivir para siempre.
Me estoy haciendo vieja y ridícula, esa es la única explicación. En lugar
de vestirme de nuevo y de marcharme sin decir una palabra, me quedo. Me
quedo en su camisa. Para bajar, él solo se pone unos vaqueros. Ha encendido
las luces, tenues, pero nítidas, de manera que, debido a los pantalones de
cintura baja, los pies descalzos y el tórax, que me recuerda a la estatua pulida
de un dios —Marte y Apolo a la vez—, me cuesta mucho no mirarlo como
una quinceañera que jamás ha visto un cuerpo masculino. Lo que más me
desconcierta no es su belleza, la curva viril de los hombros, la elegancia de
los brazos, la espalda poderosa y el sugestivo vello castaño que le acaricia la
piel del ombligo a la ingle. No es eso o, cuando menos, no es solo eso. Es lo
que hace, cómo se mueve, cómo habla, incluso la forma en que se lava las
manos me hace jadear en vergonzoso secreto. Ningún hombre me ha
producido este efecto. Ninguno me ha hecho sentir tan peligrosamente
inocente después de haberme follado con tanta furia.
Y él, maldita sea, me sonríe, se obstina en cocinar otra vez para mí, de
nuevo trajina entre los fogones y me hace probar cosas exquisitas.
—Háblame de tus tatuajes —me repite, de repente—. Son preciosos.
Sobre todo, el dragón que tienes en la espalda. Es como si hubieran nacido
con tu piel.
—Y tú dime por qué no tienes siquiera uno.
Se vuelve y me escruta.
—¿Quién te ha dicho que no tengo ninguno?
—No me ha parecido que…
Se acerca a mí y se da media vuelta. Inclina un poco la cabeza hacia
delante y me señala el pelo. Lo levanto y allí, entre el cuello y la espalda, veo
tres rayas paralelas, finas, como trazadas con un lápiz. Creo que es italiano.
He bajado,
de tu brazo,
al menos un millón de escaleras.
Desconozco el idioma, pero el español me ayuda a comprender, al
menos, su significado.
—¿Es el verso de un poeta? —pregunto. Mi conocimiento de la poesía
no llega tan lejos. Aún debo colmar varias lagunas.
—Sí, de Eugenio Montale. Se lo dedicó a su mujer muerta.
Me lo recita entero, me lo traduce y me lo explica.
Trago un bocado lleno de espinas imaginarias, que hacen tanto daño
como si fueran de verdad.
Solo tiene un tatuaje y ese tatuaje lo mantiene unido al amor de su vida.
A la insignificante muchacha rubia con la piel diáfana y la sonrisa de quienes
no saben qué es una sonrisa.
«¿Por qué te parece eso un problema? Mis tatuajes son similares a los
de Marcus.»
Similares, pero no iguales. Nos hicimos muchos a la vez, pero cada uno
eligió los suyos. Estos tatuajes expresan nuestra batalla común, nuestra rabia
gemela, nuestro dolor afín, pero ninguno de estos signos es un homenaje a
alguien que no sea yo misma y mi vida. No llevo su nombre grabado en el
cuerpo. Él no lleva mi nombre grabado en el suyo.
Un poema dedicado a una esposa enferma, cuya ausencia hace que hasta
los peldaños parezcan vacíos, solo significa una cosa: que siempre la echará
de menos. Es muy probable que rehaga su vida, que eche adelante, pero el
tatuaje siempre le recordará que la eternidad está compuesta por momentos
mortales.
Dejo caer el pelo, escondo las tres líneas escritas en italiano y me limito
a decirle:
—Lo siento.
—Pregúntame lo que quieras —murmura él, pero está turbado, eso es
evidente. Sigue cocinando y ahora su espalda recuerda más a la de Marte que
a la de Apolo. Está tensa, contraída. Casi parece que en su perfección regia se
haya insinuado una grieta. Con todo, insiste en que le pregunte lo que quiera
y yo, que finjo no querer saber nada, pese a que me mata la curiosidad, mejor
dicho, a que necesito saber todo, me encojo de hombros y digo, casi como si
le estuviera haciendo el favor a él, más que a mí misma:
—¿Cuándo murió? Y… ¿por qué?
Responde de un tirón, como si quisiera quitarse el pensamiento de
encima:
—Hace un año. Hacía tiempo que estaba enferma y… empeoró de
repente.
—Lo siento —repito, porque es lo único que se me ocurre.
—Se llamaba Isobel —sigue él de forma espontánea—. Estuvimos
casados casi diez años.
Diez años son una buena parte de la historia de un hombre. Debió de ser
su primer amor. El primero, el único y puede que el último, porque, aunque
vuelva a enamorarse, ninguna mujer podrá competir con el recuerdo de una
muerta.
—Los tatuajes maoríes son los símbolos de los guerreros —digo sin
saber muy bien por qué. Puede que para impedirle que me cuente más cosas
sobre Isobel. No quiero saber nada más de ella ni de ellos—. Y dado que en
mi vida siempre he estado bastante cabreada, me hice tatuar unos signos que
expresaran mi rabia y, a la vez, la fuerza que necesitaba y la sabiduría que
nunca he tenido. Mis tatuajes son todo para mí, jamás se los he dedicado a
nadie.
—¿Y la flor que tienes delante?
—Es una flor de cactus. Siempre me han gustado las plantas con
espinas. Sus flores son las más bonitas.
Asiente sin dejar de observarme.
—Tienes razón. Además, es increíble que pueda brotar algo tan
espléndido de un montón de púas. El asombro multiplica la belleza. En las
muñecas, tienes dos serpientes de colores, que tampoco son maoríes.
—No, pero ¿debemos hablar todo el tiempo de mis tatuajes? Toda esta
cháchara y yo con un agujero en el estómago.
Sonríe y, de nuevo, se parece más a Apolo que a Marte. Mientras
comemos me cuenta cosas de él. De su mujer no. Me habla de cuando era
niño y viajaba por el mundo con su madre. De cuando ella desapareció siendo
él muy joven. De su padre, que quería ser gobernador y que murió de infarto
a los cuarenta años por el exceso de esfuerzos que le acarreaba su desmedida
ambición.
—Un motivo más para no imitarlo —comenta.
—Entonces, ¿no te queda ningún pariente?
—No, aún está muy abuela y te garantizo que vale por cien. Su sueño es
que un día sea presidente de Estados Unidos. La primera vez que me vio con
unos pantalones de cuero, un pendiente y media docena de anillos fue una de
las pocas ocasiones en que perdió su calma proverbial. Reconozco que me
divierte sacarla de sus casillas de cuando en cuando. Cuando me hice con el
local, quería impedirme que tocara el dinero de mi fondo fiduciario. No lo
consiguió, así que se vengó de manera más sutil.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, animó a Clarice a darme caza. Le gustaría que me
casara con una mujer que estuviera a la altura de ser un día la primera dama.
—Si quieres presentarte como candidato con Clarice a tu lado, antes
tendrás que cortarle la lengua. Solo te servirá muda.
Se ríe. Esquivo su mirada para que no lea en mi interior.
Cada vez más a menudo, me pregunto qué hago con este hombre. No
nos une nada. Nuestros orígenes y nuestras historias ni siquiera se rozan.
«¿Qué más da? Solo es un tipo con el que me acuesto. Y para él solo
soy una excitante variación. Le gusto porque soy distinta de las mujeres que
suele frecuentar. No me presentaría a la tirana de su abuela ni muerta, solo lo
haría para hacerle un desaire, para descomponerla. Eso es, soy como la furcia
de los bajos fondos que el señorito lleva a cenar a su casa para dar un
disgusto a su familia.»
No deseo nada más, así que está bien así.
—¿Cómo conociste a Marcus?
Casi me atraganto.
—Si te apetece hablar, hazlo, pero no me pidas que yo también lo haga
—mascullo.
—Es una pregunta inofensiva.
De inofensiva nada, Marcus y yo nos conocimos en un instituto para
jóvenes problemáticos, un centro a medias entre un orfanato y un
reformatorio, y no quiero que él lo sepa.
—En el instituto —miento, a fin de cuentas, jamás sabrá la verdad.
—Guau, el primer amor, desde luego.
—Desde luego.
—¿Y qué más?
—¿Qué más quieres saber?
—¿Por qué os dejasteis?
—Porque, como tú mismo has dicho, «nunca» es un concepto
sobrevalorado. Los caminos se bifurcan y los «tú y yo jamás romperemos» no
tardan en convertirse en «no vuelvas a llamarme». Crecemos, cambiamos,
sucede.
Me observa, tiene algo en la punta de la lengua, se lo leo en los ojos,
quizá no me guste. Al final, decide no correr el riesgo, da un bandazo y suelta
una pregunta algo menos impertinente o, al menos, eso es lo que le parece a
él.
—¿Por qué te matriculaste tan tarde en la universidad? ¿Qué pasó entre
el instituto y ahora?
«Estuve por ahí con Marcus, tocando los cojones a la gente, y luego
cuatro años en la cárcel, porque contribuí a mandar a un capullo al Creador.»
—Trabajé. Ocupaba un… un puesto estatal. No me concedieron la beca
y, bueno, no todos tenemos fondos fiduciarios. Luego, este año, la conseguí.
—No te rendiste.
—Solo me rindo cuando no queda ninguna esperanza.
—¿Y con Marcus no quedaba ninguna esperanza?
—No, pero basta ya.
—¿Y tú aún lo quieres? —insiste, seguro que esta es la pregunta que
quería hacerme antes.
—Basta —repito.
—Solo me gustaría saber si aún lo quieres.
—Y yo no te responderé. Gracias por la cena, por el día, por el sexo:
ahora me vestiré y volveré a casa.
Me levanto de la mesa, pero me retiene con una mano.
—Quédate.
—Estás loco.
—Es probable, pero deseo que te quedes.
—No te hagas ilusiones conmigo, profesor, soy justo lo que parezco,
una putita buena para hacer unas cuantas cabriolas, pero que no se queda a
pasar la noche. Lo de ayer no vale, porque estaba borracha. Si aún te quedan
ganas de divertirte, mañana encontrarás en clase a unas cuantas dispuestas a
abrirse de piernas. En eso quedamos al principio, ¿no?
Me dirijo al sofá, envuelta aún en su camisa, que me llega a la mitad del
muslo. Recupero mi ropa, toda ella hecha una bola, y la aprieto en un puño.
¿Dónde demonios puedo vestirme en esta maldita casa sin puertas? Oigo un
ruido sordo. La navaja que guardé en un bolsillo del pantalón cae al suelo.
Me inclino para recogerla y esconderla, pero ya es demasiado tarde.
Byron se ha acercado a mí y me está mirando. Tiene una ceja arqueada
y parece preocupado.
—No te he robado nada —declaro—. Es mía.
—¿La llevas siempre encima?
—Cuando quiero.
—No la llevabas la noche en que pegaste a Rod.
—No.
—¿Y por qué esta noche sí? Ese joven, ese estudiante, ¿se comportó
mal?
—Erik es amable e inocente.
—Pero el otro día, en el restaurante, no te quitaba la vista de encima.
—Tú, en cambio, me diste la espalda para poder lanzar dulces miradas a
tu futura primera dama. Cada uno mira lo que se merece.
—Soy un profesor de la Universidad de Massachusetts, no puedo mirar
fijamente a un alumno, así que lo hice para no sentir la tentación.
—¿De qué?
—Odio cuando un hombre te mira de esa manera.
«Y yo odio cuando el corazón me estalla de esta manera.»
—No soy idiota, te lo ruego. ¿Crees que me siento halagada? ¡Qué
emoción, además de guapo, mi profe es rico y celoso! ¿Se habrá enamorado
de mí? ¿Me pondrá un bonito anillo en el dedo y me llevará con él a la Casa
Blanca? Ahórrate esos giros patéticos o vomitaré de nuevo. Y, ahora, ¿puedo
tener un poco de intimidad?
—No quiero adularte, no quiero hacer nada, no tengo ningún proyecto,
ningún objetivo, ni siquiera acabo de entender lo que me está sucediendo.
Solo sé que me gustas y que te deseo.
—Muy bien, pues ponte a la cola, no eres el único.
Lo miro con aire desafiante.
Ahora recuerda más a Marte que a Apolo. Bueno, solo a Marte. En sus
ojos se combate una extraña guerra.
—¿Vas a volver a ver a ese chico? —Se acerca, se muerde los labios,
sus pupilas parecen charcos llenos de hiel.
—¡Por supuesto! —respondo, aunque Erik me importa un comino.
—No estoy de acuerdo.
—Ah, no estás de acuerdo. Bien, he registrado la sentencia y te dedico
una frase sumamente poética: que te den por culo. No tienes ningún derecho
sobre mí. Me acostaré con quien me parezca.
Está tan cerca que nuestras sombras casi se superponen.
En realidad, no deseo a nadie más.
En realidad, me gustaría que me abrazara.
Me gustaría quedarme.
Y volver a hacer el amor.
Y poder llorar, por fin.
Y un montón más de gilipolleces tan letales como serpientes agazapadas
debajo de las piedras.
Justo por eso, debo buscar mi lado más pérfido y hacerlo emerger,
porque si dejo que salga ganando el desfallecimiento que siento en este
momento, puedo hacerme daño, mucho daño.
Más daño que nunca.
Así que doy media vuelta y me dirijo hacia el biombo de bambú con la
ropa en la mano. Lo escucho mientras me cambio. Sus palabras me
confirman que tenía razón, que siempre tengo razón.
—Está bien, haz lo que quieras.
Mi corazón cae al parqué dejando una huella de sangre.
En cualquier caso, insiste en acompañarme y, como me opongo y
decido ir a pie, me sigue en silencio, puede que me odie porque la educación
de principito que ha recibido lo obliga a ser cortés, pero salta a la vista que le
gustaría estar en otro lugar. Ha entendido todo lo que debe entender. Me
desprecia. No puedo pretender que me trate como a una reina, ¿no? Las
reinas son como Clarice e Isobel, no como yo.
Entretanto, en la calle, el silencio no bromea. No hablamos ni nos
miramos. La mera idea de volver a casa, entre esas paredes vacías, me
destroza, pero debo ser más fuerte que la angustia. Puedo logarlo. Si
sobreviví después de que Marcus se marchara, si me sobrepuse a su última
llamada telefónica, ¿qué puede hacerme su ausencia?
No vivimos muy lejos, así que en unos minutos llego al edificio. Entro
en el portal y él me sigue.
—¿Qué quieres?
—Subo contigo a tu casa.
—¿Te he dado la impresión de no ser capaz de cuidar de mí misma?
—No, pero esta noche llevas una navaja y estás enfadada. Quiero
asegurarme de que no la usas a menos que sea necesario.
—Ok, hemos llegado, ahora puedes marcharte.
Meto la llave en la cerradura, me tiembla la mano.
Tengo ganas de llorar.
Pienso en cosas que me asustan.
Por ejemplo: «Te necesito».
No es cierto, no necesito a nadie.
—Adiós, profe.
Me observa enfurruñado, tan serio que parece otro hombre. Se acaricia
el pelo. Sus ojos parecen suspirar. Después, sacude la cabeza y se marcha.
Me encierro en casa y me aprieto las sienes con las manos. Debo de
tener una aspirina en alguna parte. Y cigarrillos. Mientras busco, oigo que
llaman a la puerta.
El corazón me salta en la garganta y en la boca, una sonrisa demente
estira mis labios.
Solo se me ocurre un nombre.
Byron.
Abro la puerta sintiéndome como la protagonista insulsa, torpe, mema y
fatalmente enamorada de una novela.
Pero mi amor se desmorona en la puerta, la esperanza arde y la vida se
detiene.
No es Byron.
Es una pesadilla con los ojos abiertos.
CAPÍTULO 14
—De acuerdo, haz lo que quieras.
Lo dijo, aunque no lo pensara de verdad.
No obstante, mientras sentía que los celos asaltaban sus pensamientos,
comprendió que Francisca lo atemorizaba, pero, por encima de todo, lo
asustaba lo que sentía por ella. Un sentimiento que llega y te destroza a esa
velocidad es como un huracán: jamás deja íntegro el mundo al que azota.
No estaba preparado. No estaba preparado para la tormenta. Había
permitido que el viento sacudiese sus cimientos y ahora yacía en el suelo, con
los restos del alma esparcidos por todas partes. Era evidente que no era capaz
de manejar esa cosa, fuera aquello lo que fuera.
«Tengo que concederme una pausa para pensar y razonar. Para
comprender qué estoy haciendo, en qué berenjenal me estoy metiendo. Para
frenar estos celos irracionales.»
Sí, era mejor que ella volviera a su casa.
Era mejor que dejara de desearla como un extraterrestre excitado.
O como un hombre resucitado.
Era mejor distanciarse de esa joven extraña, provocadora, que en ciertos
momentos emanaba una melancolía tan profunda que le dejaba entrever un
parecido más que superficial con Isobel.
«No podría enfrentarme a todo eso de nuevo.»
Así que debía guardar las distancias, a pesar de que lo atraía con una
fuerza que no le parecía posible.
A pesar de que volver a casa y no tenerla a su lado hacía temblar todas
sus ideas poéticas sobre la esperanza y la belleza del futuro.
Una vez más, Francisca no había ido a clase. Dos horas y ella no había
aparecido ni siquiera al final. ¿Y si hubiera decidido dejar el curso?
Ese pensamiento lo torturó.
«No tengo ninguna responsabilidad sobre ella.»
Es una mujer adulta.
«Puede hacer lo que quiera, no soy su guardián.
»No tengo ninguna responsabilidad sobre ella.»
Mientras se repetía esas frases colmadas de odiosa sabiduría, una voz lo
devolvió a la realidad.
—Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma.
Byron se volvió de golpe alarmado, más que sorprendido.
Que la señora Margery Lord estuviera allí, por si fuera poco, por la
mañana, era un hecho como poco insólito. Que, en lugar de llamarlo para
citarlo en un lugar preciso —por lo general, un local pretencioso, después del
anochecer—, se hubiera tomado la molestia de esperarlo fuera del aula, era
casi inquietante. Sin embargo, no cabía la menor duda: había abandonado su
espléndida residencia de Capitol Hill, en el corazón de Washington, y había
hecho casi siete horas de viaje para ir a verlo. A pesar de que era dueña de un
espacioso Lincoln Continental de 1998 y de que tenía un buen chófer a su
disposición las veinticuatro horas del día, jamás había querido sufrir
semejante incomodidad: ni siquiera para acudir al funeral de Isobel. Le había
enviado flores y un telegrama con una frase bíblica sobre la muerte que, por
si fuera poco, tenía un posible significado insultante: «Muchos de los que
duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y
otros para vergüenza y confusión perpetua».
—¿Qué haces aquí? —le preguntó sin la menor intención de mostrarse
amable y acogedor.
—Tu educación es proverbial, idéntica a la de tu madre —contestó su
abuela con frialdad—. ¿Has terminado la clase? —Mientras hablaba miraba
alrededor, observando a los estudiantes que estaban saliendo al pasillo.
—¿A qué viene tanta preocupación? ¿Qué ha pasado? ¿Se trata de un
golpe de Estado? ¿Te han embargado la casa? ¿Quieres borrarme del
testamento y has venido para avisarme?
—He estado en Martha’s Vineyard para ver cómo van los preparativos
de la recepción de finales de noviembre y, al volver, se me ocurrió venir a
verte.
—Nunca lo has hecho, supervisas no sé cuántas recepciones en la isla
sin moverte de la ciudad. ¿A qué se debe esta visita tan especial?
—He reservado una mesa en 30 Boltwood para las doce. Hoy comerás
conmigo.
Byron hizo una mueca que no tenía nada de impenetrable.
—Estoy ocupado —murmuró irritado.
—¿Qué tienes que hacer?
Francisca se materializó enseguida en su mente. El instinto le gritaba,
incitándolo: «Está bien, se acabaron todas estas paranoias, siento algo por ti,
a pesar de que no sé muy bien qué es, quiero estar contigo».
Comprendió que era absurdo. No podía iniciar una relación con una
alumna. No debería haberse acostado con ella, no digamos salir con ella.
«Francisca tiene razón cuando te devuelve a la realidad con su cortante
ironía. ¿Qué piensas hacer? ¿Cuál será el paso siguiente, pedirle que se vaya
a vivir contigo?»
No, no, no, debía encontrar una vía de escape. Una vía de escape de sí
mismo.
Entretanto, ir a comer con su abuela podía ser un comienzo.
La comida fue mucho más estresante de lo que había previsto. Su abuela
habló casi todo el tiempo, contándole cosas irrelevantes. Los eventos de la
capital, las fiestas de beneficencia, una carrera política que acababa de
despegar, una carrera política truncada, las personas a las que había invitado
al próximo Día de Acción de Gracias.
Cuando le preguntó si iba a llevar a alguien a aquella tristemente
célebre cena y aguardó la respuesta con el tenedor suspendido en el aire, de
manera que la vieira volvió a caer en el plato salpicándole de salsa Mornay
una manga de seda, Byron empezó a sentir con toda claridad que algo no
encajaba, algo le olía a chamusquina. Un comportamiento extraño podía
pasar inobservado, pero dos podían ser presagio de una desgracia.
—¿Qué quieres saber en concreto?
—Te lo acabo de decir.
—Ya sabes que no asisto a tus pomposas cenas de Acción de Gracias.
—Algunas cosas pueden cambiar.
—Por supuesto, como, por ejemplo, que tú vengas a Amherst para
preguntarme si iré a tu fiesta. Antes solías llamarme por teléfono. Además,
por lo que sé, jamás ibas a la isla antes del miércoles anterior a la cena.
Tienes un numeroso grupo de pequeños esclavos que ejecutan tus órdenes y
te evitan agotadoras idas y venidas. ¿No eras tú la que decía que los
verdaderos ricos delegan?
—No se pueden delegar las relaciones con los parientes.
—Salvo las llamadas para dar órdenes categóricas, esas siempre las has
hecho en persona, he hablado más con tu secretario que contigo.
—En eso nos parecemos un poco.
—De eso nada, permite que te contradiga. Yo no delego cuando trato de
ignorarte por todos los medios. No pido a nadie que lo haga por mí. No lo
hago y basta. Supongo que conoces el motivo.
—Esa mujer no te convenía y lo sabes. Siempre lo supiste, pero es más
fácil acusarme de crueldad que aceptar que cometiste un error garrafal.
Cuando permites que personas inadecuadas entren en el círculo familiar,
debes tener en cuenta los daños colaterales.
—Personas inadecuadas. Daños colaterales. No puede ser más frío y
aséptico. Para ti los matrimonios son contratos comerciales.
—Y para ti cuentos de buenas noches. Pero reconoce que, de las dos
opciones, es más probable sufrir una decepción con la tuya. Todos los
matrimonios de conveniencia sabiamente acordados que conozco han ido de
maravilla, nadie ha padecido. En cambio, los matrimonios por eso que llaman
amor fracasan siempre. Por no mencionar un hecho sustancial sobre el que
nunca quisiste reflexionar: ni siquiera querías a Isobel. Tuviste todas las
desventajas de un matrimonio forzado sin los breves placeres del matrimonio
por amor. Eres una nulidad, querido.
La mirada de Byron se ensombreció. Empezaba a comprender. Uno de
los fallos de Margery Lord era su previsibilidad. Se creía muy astuta, pero, en
el fondo, se movía siempre por los mismos imperativos. Jamás habría viajado
hasta Massachusetts veinte días antes de la fiesta de Acción de Gracias solo
para recordarle el error que había cometido casándose con Isobel. No, el
motivo que la había llevado hasta allí era otro. Un motivo nuevo, pero
siempre idéntico.
Al comprender de qué se trataba, Byron sintió por un instante la
tentación de escupir las vieiras a la mesa. Lo vio con tanta claridad que tuvo
una arcada. El problema ya no era Isobel. Isobel había muerto, sí, era un
episodio trágico, pero estaba archivado.
—¿Por qué no me dices de una vez por qué has venido hasta aquí,
abuelita? —le preguntó en tono mordaz.
Margery Lord lo fulminó con la mirada. Según se decía, sus miradas
habían hecho temblar a más de un gobernador de Estado.
—Sería conveniente aprender de los errores, pero, por lo visto, tú te
empeñas en cometer siempre los mismos, así que, mientras siga con vida,
trataré de impedírtelo.
Byron se inclinó hacia ella bajando la voz.
—La franqueza siempre ha sido tu punto fuerte. Hoy, en cambio, estás
siendo bastante vaga. ¿Qué quieres exactamente de mí?
—Si quieres echar una cana al aire, hazlo, no soy tan anticuada como
para pensar que un hombre debe estar a pan y agua, pero ten cuidado. Las
alumnas no son una buena elección, corres el riesgo de echar a perder tu
mediocre carrera universitaria. Diviértete con prudencia, no te enredes en
relaciones con jóvenes a las que basta con verlas para saber de dónde vienen
y cuál es su nivel de moralidad.
— Clarice y tú sois una auténtica asociación criminal —dijo Byron
echando chispas por los ojos—. ¿Me espía y luego te cuenta lo que hago?
—No hace falta espiarte, te comportas de forma imprudente en público.
Byron recordó el día en que Clarice entró en el aula para invitarlo a
comer. Por lo visto, había notado el tono, a todas luces íntimo, de la
conversación que estaba teniendo con Francisca y, como buena bruja que era,
había sacado las debidas conclusiones. Las conclusiones correctas, la verdad.
El instinto le pedía que empujara la mesa, que intimara a su abuela a no
pronunciar una palabra más sobre Francisca, que se marchara de allí y cortara
para siempre con lo que quedaba de su monstruosa familia. Además de serlo
con Isobel, Margery Lord también había sido cáustica con su madre: ninguna
de las mujeres de los Lord le habían parecido adecuadas. Salvo ella, claro
está. La tentación de mandarla al infierno para siempre, de cortar hasta los
hilos más sutiles que seguían uniéndolos, era irrefrenable, pero debía ser
prudente. Si reaccionaba así, entraría en su juego. Le demostraría que quería
de verdad a Francisca y eso desencadenaría la natural predisposición de su
abuela para la caza. Se pondría a indagar sobre su pasado y haría todo lo que
fuera para perjudicarla. Lo había hecho ya con Isobel para que él se
divorciara de ella, aunque no había conseguido nada, porque Byron era
demasiado maduro como para abandonar a una mujer que no tenía ninguna
culpa y completamente inmaduro como para no obstinarse en hacer justo lo
contrario por puro despecho. En cualquier caso, no iba a permitir que se
ensañara con Francisca. Estaba seguro de que, por el momento, su abuela
apenas sabía nada de ella, quizá Clarice le había hecho una breve descripción,
que, de todas formas, había sido suficiente para alarmarla. Había ido con la
intención de verla en persona. Pensó agradecido que, por suerte, Francisca no
estaba allí ese día.
Así que, recurriendo a los restos de crueldad e hipocresía que debían
anidar en el ADN familiar, asumió una expresión sarcástica, se inclinó hacia
ella y dijo en voz baja:
—El hecho de que Clarice me repugne no significa que no tenga ojos
para apreciar la belleza de otras mujeres. Como has dicho, no estoy a pan y
agua y, algo que, seguro, te tranquilizará bastante, no soy homosexual. Me
gustan las mujeres, en especial las alumnas, reconozco mi debilidad, pero
¿quién no las tiene? ¿Acaso mi padre no estaba obsesionado con las
secretarias de rasgos asiáticos? Y el abuelo tampoco se quedaba corto, solo
que su objetivo eran tus mejores amigas, si mal no recuerdo. No pongas esa
cara, no he contratado a ningún detective privado para sacar a la luz vuestros
trapos sucios, pero los niños ven y memorizan todos y, en caso de que no lo
entiendan al principio, lo entienden al crecer, así que, como ves, todos
tenemos esqueletos en los armarios. Estoy seguro de que tú también tienes
alguno.
Margery Lord se movió nerviosamente en la silla. Bajo sus pesados
párpados, sus ojos parecían dos piezas de cristal de color gris azulado. El
local en que se encontraban tenía unos ventanales grandes y la luz que
entraba por ellos iluminaba sin piedad su vejez, que ya no conseguía ocultar,
pero Byron no sintió la menor ternura por ella.
«Una vieja bruja agria no merece piedad, aunque sea tu abuela.»
Así que se levantó, dejó la servilleta en la mesa y dijo en tono tajante:
—Me marcho, no sin antes pedirte que no vuelvas a visitarme. Ah, no
iré a tu fiesta de Acción de Gracias, ni solo ni acompañado. ¿Para qué
cambiar lo que funciona tan bien?
Por suerte no tenía su número de móvil —«¿Por qué no lo tengo?»—,
porque, de ser así, la habría llamado. Pero no, debía resistir, como un
drogadicto resiste a una raya de cocaína blanca y reluciente.
«Ella tampoco tiene mi número.
¿Por qué no le di mi número de móvil?»
Pasó parte de la tarde en una reunión de profesores en la universidad y
parte en el Dirty Rhymes, haciendo pedidos a los proveedores, pero estaba
ausente. No dejaba de pensar en sus ojos tristes. En sus palabras mordaces,
que parecían lágrimas ocultas tras las injurias. Pétalos de amapola disfrazados
de espinas.
Jamás había pensado con tanta intensidad en los ojos tristes de Isobel.
Esa reflexión lo hizo sentirse horrible, malvado, y lo convenció de que
debía olvidarla.
«No puedes sentir una pasión tan desgarradora por una mujer que
apenas conoces.
»No puedes querer consolar su melancolía más de lo que quisiste
consolar la desesperación de tu mujer.
»No es normal, no es honesto, no es sano.»
Y decidió recurrir a un tratamiento de choque. Si, como esperaba, esa
maraña de sentimientos solo respondía a un deseo físico insatisfecho durante
demasiado tiempo, lo único que debía hacer era curar su frustración. Para ello
le valdría cualquier mujer, siempre que fuera agraciada. El ayuno prolongado
lo podía llevar a confundir los garabatos de colores de un niño con una obra
de Rembrandt.
Había llegado el momento de abandonar el luto y volver a la vida.
Como todos los hombres. En pocas palabras, debía acostarse con cualquier
mujer que fuera mona y que estuviera disponible. Aquello era una locura,
fruto de una guerra entre el corazón y el instinto, pero decidió no oponerse a
ella y lanzarse al ruedo.
El local le ofrecía un sinfín de posibilidades. Eve tenía razón. Si no
hubiera sido un gran señor, se habría acostado con 365 mujeres al año.
Esa noche, mientras estaba en el bar con Eve e Ian, identificó enseguida
a una posible candidata. Era una joven de unos veinticinco años, bastante
guapa, con una melena pelirroja, larga, una Venus de Botticelli
contemporánea. La invitó a un Singapore Sling y le sonrió como habría
sonreído un camarero amable y cabrón a la vez, decidido a acostarse con la
que fuera. La joven le devolvió la sonrisa sin oponer resistencia. Tenía los
ojos azules y un escote pronunciado, que dejaba a la vista esos pechos
pequeños propios de las modelos. Lucía un top con la espalda al aire y unos
vaqueros muy ceñidos, una segunda piel en un cuerpo que no tenía nada que
envidiar al de Kate Moss.
Conversaron un poco, en la medida en que era posible hacerlo en una
sala abarrotada de clientes, que se agolpaban alrededor del bar como termitas.
Hablaron de esto y lo otro —la música, el calor, cuál era el mejor cóctel— y,
de repente, ella le dijo:
—Este local sería perfecto si tuviera un reservado donde se pudiera
hablar con más calma. —Si le quedaba un poco de intuición, esa frase, unida
a las miradas y a las sonrisas, era una invitación tácita a perderse en un rincón
apartado.
—Si quieres hablar, podemos ir a mi despacho —le dijo mirándola con
aire atrayente.
—Lo estoy deseando —contestó ella bajando poco a poco sus largas
pestañas. En las comisuras internas de los ojos tenía dos brillantes diminutos.
Byron miró a Eve como si le dijera: «Hasta luego».
Eve parecía extrañamente contrariada.
Aunque, quizá no lo estaba, quizá era él quien estaba contrariado y
atribuía a los demás sus absurdos humores.
«No tienes ninguna razón para estar contrariado, no seas imbécil y
ponte manos a la obra.»
Aferró al vuelo un par de botellas de Guinness frías y señaló el camino
a la joven. Mientras ella caminaba, contoneándose sobre los tacones
vertiginosos de sus zapatos rojos, le miró el trasero. Encantador.
«¿Pero qué clase de hombre eres? ¿Encantador?»
Una vez en el despacho, cayó en la cuenta de que aún no le había
preguntado cómo se llamaba. Cuando se disponía a hacerlo, pensó que no,
que no quería saberlo. No le apetecía hablar demasiado.
Ella se sentó con desenvoltura en el sofá y bebió de la botella. Cada vez
que daba un sorbo, lo miraba con aire malicioso, como si no tuviera muchas
ganas de perder tiempo en preliminares y estuviera deseando pasar de
inmediato a la fase siguiente. La luz, menos tenue que la del local, hacía que
su cutis resultara extraño, le confería un tono dorado poco natural. La
profundidad de su mirada, que le había parecido intrigante en la penumbra,
era solo fruto del exceso de maquillaje en los párpados.
Se sentó también en el sofá y, en un abrir y cerrar de ojos —el tiempo
justo para dejar la botella—, la joven le confirmó que no tenía la menor
intención de entretenerse charlando. Se abalanzó literalmente sobre él. Lo
besó, su lengua sabía a ginebra, licor de cereza y cerveza. Sus besos eran
voraces, sus manos no titubeaban. Le sacó la camiseta por la cabeza y, con un
gesto experimentado, deshizo el nudo de su top. El corsé resbaló hacia
delante desnudando su pecho blanco, pequeño, atrayente. En un pezón tenía
un piercing en forma de herradura.
—Te deseo —le susurró—, desde que vine por primera vez al local. Me
excita oírte cantar. Hace semanas que tengo fantasías sobre ti.
Poca poesía, pero mucha acción.
No podía pedir más.
Sexo a voluntad.
«Entonces, ¿por qué me siento un pedazo de mierda?
»¿Por qué tengo la impresión de que estoy participando en una
mediocre representación?
»¿Por qué la miro y me digo, ok, eres guapa y ardiente y el piercing del
pezón es excitante, y puede que, si bebo un poco más, se me ponga dura, pero
sobrio no consigo que se mueva?
»Cuando estoy sobrio, solo pienso en ella, en sus besos, en su lengua,
en sus piernas, en su espalda tatuada. Sobrio solo deseo a Francisca.»
—Oye…
La joven debió de notar que algo no iba bien y lo miró enfurruñada. El
pintalabios se le había corrido formando una especie de charco de tinta roja.
—Tú no tienes la culpa, de verdad —prosiguió Byron—. Eres muy sexi,
pero yo… creo que estoy jodidamente enamorado de otra.
«No sirvo para los polvos sin amor.
»Me dejan un regusto a veneno.
»Quizá nací en una época equivocada.»
—Disculpa —repitió.
—Ok —murmuró la joven después de mirarlo un buen rato,
encogiéndose de hombros. Se levantó y se ató de nuevo el top. Agarró la
botella de cerveza y la apuró. Antes de salir de la habitación, dijo en voz baja:
—Esa capulla tiene suerte. Estás como un tren.
Byron se quedó quieto unos segundos, sin poder dar crédito. Con los
codos apoyados en las piernas y la cabeza entre las manos, escrutaba un
punto indefinido en el suelo. Se sentía hueco, aturdido e irremediablemente
idiota.
«¿Qué me está sucediendo?»
—Estaba segura de que acabaría así. —La voz de Eve quebró su
meditabundo silencio.
Byron alzó la cabeza de golpe y la miró. Eve tenía una expresión
divertida.
—¿Cómo?
—Sabía que no harías nada.
—¿Eres vidente? Porque yo no tenía ni idea.
—En ese caso, te conozco mejor que tú.
—¿No me has dicho siempre que debía, bueno, divertirme un poco?
—Sí, claro, divertirte, pero mientras venías aquí con esa chica parecías
estar yendo al patíbulo. Casi daba la impresión de que era un deber o una
prueba. ¿Por qué te torturas así, By? Si te has enamorado de esa chica,
Francisca, ¿por qué no lo admites y basta? ¿Qué tiene de raro?
Byron sacudió la cabeza sujetándola aún con las manos.
—Porque no está bien. No es posible. Tampoco es justo.
—¿Qué es lo que no es justo?
Él la miró con aire extraviado. En el último año, había vivido hundido
en el sentimiento de culpa. Había sido como tratar de caminar por arenas
movedizas: cada vez que daba un paso, fuera cual fuera la dirección, se
hundía. Lo peor era no poder hablar con nadie: un tormento enterrado se
convierte en una semilla de la que puede brotar una planta carnívora. Desde
que Francisca había aparecido y lo había deslumbrado de una forma poco
menos que milagrosa, como si los uniera algo que ningún razonamiento
humano podría explicar, el sentimiento de culpa se había agudizado y casi lo
había sofocado. Y cuanto más intentaba alejarla sin conseguirlo, más le
parecía ser un hombre sin honor.
Eve se sentó a su lado y le apoyó una mano en un brazo.
—Soy tu amiga, By, ya sabes que puedes fiarte de mí, siempre. ¿Qué te
atormenta tanto que te impide vivir un sentimiento nuevo? No puede ser solo
el hecho de que ella sea tu alumna, eso es una complicación, sí, pero no es un
obstáculo insuperable. No eres un profesor de instituto enamorado de una
quinceañera. ¿Por qué te parece mal lo que sientes?
—Está mal sentir por una desconocida, por una mujer de la que casi no
sé nada, emociones más fuertes de las que nunca experimenté por Isobel.
Siento que es una deslealtad hacia ella.
Eve estrechó su abrazo.
—Para ser un hombre que vive rodeado de poesía, canciones y música,
eres todo un matemático. Creía que los versos que enseñas y las estrofas que
cantas te habían ayudado a comprender que no puedes hacer cálculos con los
sentimientos, que llegan sin pedirte permiso. Y tú quieres privarte de ellos,
¿por qué? ¿Por lealtad hacia Isobel? Si puedo ser franca, fuiste muy leal con
ella.
—Tú no sabes que…
—Es verdad, no lo sé todo, pero sí lo suficiente. Sé que estaba enferma,
que era poco menos que intratable, que habrías podido encerrarla en una
institución o que, peor aún, habrías podido hacer como Edward Rochester en
Jane Eyre. La mujer loca en el desván y el marido por ahí, acostándose con
bailarinas francesas para olvidarlo todo. Pero tú no hiciste eso, tú estuviste a
su lado hasta el último día, la cuidaste, le diste de comer, la lavaste y vestiste
como una madre, un padre y una enfermera a la vez. ¿Qué puedes
reprocharte?
Byron se restregó la frente con los dedos de forma frenética.
—No lo entiendes, Eve.
—En ese caso, explícamelo, por favor.
Byron la miró fijamente. Sus ojos brillaban y revelaban un cansancio
mortal, como si el tiempo estuviera viajando al pasado para devolverlo a esos
días trágicos. La locura de aquella noche —el intento absurdo de remediar los
tormentos del presente acostándose con una mujer desconocida— encendió
en él la necesidad de purificarse confesando los tormentos del pasado.
—Ella murió por mi culpa —afirmó.
—¿La mataste tú?
Él sacudió la cabeza con determinación.
—¡No! O, al menos, no en sentido literal. Isobel padecía un trastorno
paranoide. Cuando nos conocimos, no lo comprendí, no podía, solo era una
joven emotiva, con un carácter voluble y una profunda inseguridad. ¿Cómo
se distingue la hipersensibilidad de una auténtica patología mental? Era
encantadora, hacía que me sintiera importante, demostraba que me quería por
lo que era y no por mi apellido y eso era ya más de lo que nunca había tenido.
Después se quedó embarazada y nos casamos. El embarazo fue determinante,
pero aún lo fue más la oposición de mi abuela.
—¿Te casaste con Isobel para darle un disgusto?
—No exactamente. Esperaba un hijo y ya sabes que siempre he sido un
caballero con la armadura resplandeciente, era incapaz de dejarla sola en un
momento así. El aborto estaba excluido, cuando sin más pronuncié la palabra,
como una simple posibilidad, se puso hecha una furia y me acusó de querer
que muriera, de que me había puesto de acuerdo con su madre, que siempre
había querido verla muerta, y de otras cosas por el estilo. Creí que hablaba así
debido a lo difícil de la situación y me dije que, a fin de cuentas, yo era
responsable y debía casarme con ella.
—Pero después perdió el niño.
—Sí, fue un aborto espontáneo. —La mirada de Byron se veló con
nuevas sombras al recordar—. Mi abuela insistió entonces para que me
divorciara de ella y, cuanto más insistía, más me obstinaba yo en hacer durar
el matrimonio hasta las bodas de oro, a pesar de que no era feliz y de que
Isobel cada vez estaba más rara, obsesionada, pero aún no lo había entendido:
en el fondo, era cierto que mi abuela le ponía la zancadilla como podía, así
que sus afirmaciones sobre misteriosos enemigos que querían atacarla,
hacerle daño, no carecían de fundamento. Cuando mi abuela me enseñó el
informe que habían escrito sus investigadores privados, en el que se
señalaban la enfermedad que padecía Isobel y los médicos que la habían
diagnosticado cuando era niña, y comprendí que mi suegra me lo había
ocultado, habría podido conseguir la nulidad del matrimonio sin grandes
dificultades. En el fondo, me había casado con ella sin ser muy consciente de
lo que me esperaba. Podía hacerlo e Isobel lo comprendió. Se volvió más
vulnerable, desesperada, obsesiva, celosa.
—¿Dónde está la deslealtad? ¿No te quedaste con ella a pesar de todo?
—Sí, me quedé con ella. Me daba lástima. Entretanto, su madre había
muerto de cáncer. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Abandonarla? No tuve
fuerzas. Mi padre lo habría hecho, yo no —lo afirmó con firmeza, como si la
mera posibilidad de que lo compararan con sus maléficos parientes ofendiera
todo aquello en que creía—. Mientras tanto, el tiempo pasaba, los días se
convertían en semanas, las semanas en meses y los meses en años. No era
feliz, no la quería, pero sentía cariño por ella y la cuidaba. Entonces trabajaba
como profesor auxiliar en la Universidad de Georgetown. Cuando conseguí la
cátedra en la de Massachusetts y nos instalamos en Amherst, sus obsesiones
llegaron al máximo. Debes de saber que tenía una amiga en Washington, una
única amiga de la infancia, puede que la única persona del mundo en la que
confiaba. Isobel nunca admitió que estaba enferma, siempre se negó a ir a un
psicólogo, pero la presencia de esa chica, Valery, la ayudaba. Temo que,
después del traslado, el hecho de alejarse de su amiga contribuyó a que
empeorase: no le gustaba la nueva casa, detestaba la ciudad, incluso me
impedía escuchar mi música preferida. Sentía celos de todo. Después, una
gota colmó el vaso.
—¿Qué ocurrió?
Byron apretó los labios y los puños y dijo de golpe:
—La engañé, de verdad. Me había acusado durante años sin motivo y,
al final, lo hice.
Eve no pareció escandalizarse. Le sonrió con indulgencia.
—Bueno, me sorprende que no lo hicieras antes. ¿Cómo era la vida
matrimonial?
—¿Quieres saber si hacíamos el amor? Durante algunos años sí, pero
luego empezó a suceder de forma cada vez más discontinua. Piensa que
quería tener otro hijo y que se negaba a que usara el preservativo, era
imposible razonar con ella, incluso un simple no se convertía en causa de
peleas y de ataques de pánico, así que empecé a hacer algo horrible. No lo
sabe nadie.
—Aunque me confieses que la envenenaste poco a poco, no saldrá una
palabra de esta habitación.
Byron bajó un poco la voz, como si sus palabras lo atemorizasen.
—No llegué a tanto, pero… me comporté mal con ella. Ya te he dicho
que nunca quiso aceptar que estaba enferma y que siempre se negó a tomar
los medicamentos que requería su patología. No obstante, tomaba unos
comprimidos de valeriana y melisa que le preparaba Valery, que era una
fanática de la medicina alternativa. Cuando nos trasladamos aquí, empezó a
enviárselos todos los meses e Isobel se los tomaba antes de dormir sin
saltarse una noche. Pues bien, sustituí esos comprimidos por la píldora
anticonceptiva durante varios años. Por aquel entonces, yo también había
perdido el control. Estaba consumido hasta el alma. Era monstruoso.
—Monstruosamente humano, querrás decir.
—Eso me hizo sentir más culpable por ella. Me sentía culpable por
todo. Porque no la quería, porque la soportaba, porque a veces llegaba a
odiarla, porque comprendía que, en el fondo, no le faltaba razón cuando se
sentía rodeada de enemigos. Más tarde, cuando viví esa historia con una
alumna, mi sentimiento de culpa se hizo más concreto. No fue nada
importante, una miserable historia de sexo en mi despacho de la universidad.
Estaba exhausto, frustrado, cansado. No estaba enamorado de esa chica, no
me importaba nada, ni siquiera recuerdo su cara. Solo quería sentir un poco
de placer para olvidar que mi vida estaba destrozada. Creía que había
conseguido mantenerlo oculto, pero fue como si Isobel hubiera entendido
todo. Lo más raro es que dejó de atacarme, de pedirme explicaciones, de
someterme al tercer grado: justo cuando habría podido acusarme de
infidelidad, empezó a encerrarse en sí misma. Empezó a apagarse. La
infelicidad pudo con la paranoia. Parecía un tigre enjaulado, macilento,
cansado de vivir. Un día, el año pasado, salí a comprar, porque quería
cocinarle algo para que me perdonara y, cuando volví, me la encontré
ahorcada.
La mano de Eve se hundió en el brazo de Byron. Sus ojos azules
brillaron, sinceramente horrorizados.
—¡Dios mío! ¡No lo sabía!
—Nadie lo sabe. Ella murió sola. Sola. Peor que un animal. Ni siquiera
un perro debería morir sin una caricia. Debió de sentirse desesperada al
comprender que la había engañado de verdad, en todos los sentidos, y yo no
estaba. Yo la había abandonado mentalmente hacía mucho tiempo.
Comprendí que el monstruoso ADN de mi familia me había fagocitado. Lo
pude confirmar cuando acepté el consejo de mi abuela de que ocultara todo.
Ser miembro de una familia influyente tiene unas ventajas aterradoras. La
versión oficial fue que había fallecido de muerte natural, nadie preguntó
nada, nadie hizo averiguaciones, todo concluyó con el más absoluto y gélido
olvido, pero para mí se abrieron las puertas del infierno. Antes mi conciencia
no era agua cristalina, pero desde hace un año me persigue Satanás en
persona. Piensa que incluso me hice un tatuaje en recuerdo de ella, para
acallar los remordimientos. —Calló, hundió la cara entre las manos y exhaló
un suspiro que parecía la parte final de un grito—. Luego… luego apareció
Francisca y, bueno, me dejó de piedra. Es guapísima, interesante, misteriosa,
pero también vulnerable. Detrás de su aire agresivo es de cristal, estoy
convencido. ¿Será que me atraen ese tipo de mujeres?
—Ningún ser humano es inmune a las debilidades, Byron, todos somos
de cristal, cada uno a su manera. Todos tenemos recuerdos, secretos,
pensamientos que nos asustan. Hasta Superman pierde sus poderes por culpa
de la kryptonita, ¿no? No existe ningún ser inquebrantable, ni humano ni
extraterrestre, pero ese no es el problema.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿cuál es?
—Ya te lo he preguntado en una ocasión: ¿hasta qué punto te gusta?
¿Qué sientes realmente por ella? La otra vez no me respondiste.
—Temo que tampoco lo haré ahora. Estoy muy confundido. Sufro por
Isobel, por no haberla querido, por haberla abandonado, incluso por no
haberla protegido de las garras de mi abuela. Cuando acepté que se ocultara
todo, pensé que lo hacía por ella. Para que no se convirtiera en objeto de
investigaciones, artículos periodísticos y maldades de todo tipo, incluso
después de muerta, ella, que había vivido aterrorizada por enemigos
imaginarios. No obstante, a veces me destrozaba la duda de haberlo hecho
sobre todo por mí. Aún me pregunto si no me movieron razones tan egoístas
como las de mi abuela, si lo único que quería era acallar el posible escándalo
y cerrar la puerta a un largo episodio de vida que me había consumido. Justo
por eso, por todo eso, si me enamorara de otra mujer, si la quisiera de verdad,
tendría la impresión de estar apretando un segundo nudo corredizo alrededor
del cuello de Isobel, de manera que prefiero decirme que no es nada, que lo
que siento por Francisca es pura atracción física, algo un poco menos
miserable que lo que sentí por la alumna de la que no recuerdo ni la cara. O
quizá solo sea una propensión patológica a las mujeres complicadas, afligidas
por tristes secretos, a las que hay que proteger como hijas, más que como
compañeras, pero no es amor, no puede ser amor.
—Eso solo puedes saberlo tú.
—Por desgracia.
—¿Por eso esta noche viniste con esa tipa aquí? ¿Para ponerte a prueba?
—Algo así. Qué idea más brillante. Cuando no se piensa con lucidez, se
hacen unas tonterías enormes.
—¿Has entendido algo? ¿El experimento estúpido ha servido, al menos,
para algo?
Por enésima vez, Byron la miró turbado.
—Ha servido para que comprenda de una vez por todas que debo
combatir mis sentimientos. Será suficiente estar alejado de ella y…
Eve tenía los ojos brillantes: mientras escuchaba la triste historia, no
había podido impedir que las lágrimas le corrieran el rímel y le borraran la
alegría, pero le sonrió y le dijo una frase afectuosa antes de volver al trabajo.
—En cualquier caso, después te desplomarás como un soldado víctima,
no de un golpe de lanza, de espada o de lanzacohetes, sino de una caricia
angelical y de un maldito beso.
Acto seguido, lo dejó solo en la habitación.
Lo dejó con una lista de frases drásticas en la cabeza.
«Hice una promesa a Isobel mientras la enterraba.
»Que nunca me volvería a casar.
»Que nunca volvería a querer a otra mujer.
»Que pagaría por no haberla salvado.
»Mantendré mi palabra, aunque me cueste la vida.»
Volvió a casa cuando estaba a punto de amanecer. Olía a hierba y a
alcohol como si hubiera fumado y bebido, a pesar de que había pasado casi
todo el tiempo en su despacho, rumiando sus pensamientos, sin dar una sola
calada y haber dado apenas un par de sorbos a una cerveza antes de dar el
gatillazo con la pelirroja.
Aparcó la moto en el garaje y subió la escalera. Quería acostarse y
dormir.
Pero, nada más llegar a la puerta, temió estar ya dormido y haber
empezado a soñar.
Al lado de una mochila y de una pequeña planta crasa, vio a Francisca
sentada en el suelo con las piernas dobladas, la cabeza apoyada en la pared y
los ojos cerrados.
CAPÍTULO 15
FRANCISCA
El diablo me observa al otro lado de la puerta.
Me da igual que sea más bajo que yo, que haya adelgazado, que esté tan
arrugado y tan débil como un árbol quemado.
Por un instante vuelvo a verlo como en aquella época, la época del
infierno, del dolor, de las noches pasadas implorando a Dios que apareciera,
pero Dios nunca apareció. Lo veo de nuevo, alto, fuerte, diabólico, dotado de
garras.
Se queda en el umbral, vestido con un traje miserablemente desgastado,
cuatro pelos en la cabeza y los ojos azules, casi transparentes, en contraste
con el blanco, que se ha vuelto casi ambarino. Su cara es un cementerio de
arrugas, sus manos tiemblan mientras un cigarrillo se consume entre sus
dedos esqueléticos, también amarillentos.
—¿Francisca? —pregunta—. ¿Eres tú?
Debería tirarlo de una patada.
Podría tirarlo de una patada.
Soy fuerte, he doblegado y herido a hombres más jóvenes y robustos.
Pero no consigo moverme, estoy paralizada. Tengo la impresión de
sentir alrededor el viejo calor de las llamas, el olor a ceniza y a sangre y el
peso de sus manos en mi boca. Tengo que rehacerme, que reaccionar, que
impedir que el miedo me bloquee.
Con un esfuerzo casi titánico, como si estuviera sacando un brazo del
cemento sólido, extraigo el cuchillo del bolsillo.
Empuño mi catana sedienta de muerte.
La apunto contra él y veo que palidece aún más delante de la puerta
abierta.
—No quiero hacerte daño —murmura alargando las manos, como si
quisiera detener un obstáculo.
—No puedes hacerme daño —asevero.
Guiña los ojos. Como si debiera borrar de su mente la voz sutil de una
niña desesperada llorando en la oscuridad para sustituirla por este tono
adulto, firme y amenazador.
—No quiero hacerte daño —repite—. Al contrario, he venido para
disculparme por todo.
«¿Disculparme por todo?»
¿Qué cree, que es suficiente disculparse para borrar todo lo que hizo?
¿En qué mundo vive? ¿En un universo paralelo, donde basta apoyar una
rodilla en el suelo para obtener perdón? Los dolores que no se pueden olvidar
tampoco se pueden perdonar.
Se puede perdonar una broma, un agravio pueril, un juego que ha
acabado mal. Que te hurten la mermelada, te corten el pelo mientras duermes,
te roben juguetes, un empujón que te araña un codo o incluso te parte un
diente, pero eso no.
Si se pudiera viajar en el tiempo y él corriera hacia detrás y aterrizase en
una noche de marzo para impedir que su otro yo masacrase a los ángeles,
quizá podría dejar de sentir la repugnancia que siento.
Pero el pasado es un diamante.
Lo que fue es lo que siempre tendremos.
Y yo nunca lo perdonaré. Es más, pienso matarlo. Voy a matarlo.
Ahora, en este rellano, en esta casa vacía.
—¿Has venido para morir? —le pregunto.
Su respuesta me estremece.
—Sí —afirma, sin que parezca una provocación ni una burla—. Me
estoy muriendo —prosigue—. Tengo cáncer y estoy en la fase terminal.
Como mucho me quedan tres meses de vida.
Lo miro y comprendo que está diciendo la verdad. Parece un hombre
que pasea con la negra señora, eso sin tenerme en cuenta a mí ni las
intenciones de mi navaja.
—Los médicos dicen que es por los cigarrillos —añade—. Siempre he
fumado mucho. No tengo un solo órgano que no sea ya una madriguera de
gusanos.
—¿Qué quieres?
—Pedirte disculpas antes de que me entierren. No digo que así moriré
en paz, pero, al menos, lo haré sin combatir demasiado. Llevo mucho tiempo
buscándote, quería concluir el viaje de manera decente.
Es el monstruo de siempre. ¿Ha venido para pedirme perdón? ¿Para
serenar su alma? ¿Acaso espera que un querubín benévolo crea en su
arrepentimiento y hable bien de él a Belcebú?
Le importa un carajo cómo estoy, en qué me he convertido, si un día
seré un ser sin pesadillas, si podré llevar una vida normal. Lo que cuenta es
conseguir un poco de indulgencia antes de que los enterradores cierren su
ataúd.
—No pretendo que me perdones, Francisca —continúa entre dos
catarrosos golpes de tos.
—No te perdonaría, aunque hubieras entrado llorando y arrastrándote
—digo y mi voz es una hoja más afilada que la de la navaja que sigo
blandiendo.
—Te he evitado todos estos años con la esperanza de que pudieras
olvidarlo.
—Me has evitado porque tenías miedo de acabar en la cárcel o en el
depósito de cadáveres. Y ahora que estás enfermo has venido para ver si te
mato.
—Si lo hicieras, lo comprendería.
En un instante, como, supongo, sucede en los momentos previos a la
muerte, la película en blanco y negro y púrpura de mi infancia pasa por mi
mente. Una ráfaga de imágenes terribles que me producen arcadas. Y ganas
de matarlo, como Marcus y yo pensábamos hacer.
No obstante, ahora comprendo que esa no es la solución adecuada. Y no
porque me dé pena ni porque perdone al monstruo que fue. Tampoco porque
la adulta que veo en el espejo haya olvidado las lágrimas de la niña que nunca
se miraba. Yo estaba allí con ella, ¿cómo puedo olvidar su miedo, su cabeza
guarecida bajo la almohada, su pequeño corazón aprisionado en la garganta,
sus ruegos a un Dios que jamás apareció? No, matarlo sería demasiado fácil.
Así que lo miro y, mientras lo hago, siento que una sonrisa mordaz
transforma mis labios.
—¿Sabes qué? —digo—. No te mataré. Quiero que sufras mucho, que
el cáncer te devore y que el sentimiento de culpa, en caso de que sepas lo que
es, consuma la pizca de alma que te quede. No quiero salvarte matándote,
quiero que sigas vivo hasta que exhales el último suspiro, imaginando al
demonio esperándote con los brazos abiertos. Espero que tus huesos sirvan de
alimento a los demás condenados. Y ahora esfúmate, ya te he concedido
demasiado tiempo.
Dicho esto, doy un portazo.
La puerta se cierra en su cara, retumbando como una explosión, y lo
deja fuera, fuera de mi casa y de mi vida para siempre.
Qué noche tan extraña y patética.
Qué noche tan espantosa y patética.
No pego ojo, mi corazón late acelerado y me tiemblan las manos.
Estoy tan cansada que debería meterme en la cama y dormir, dormir,
dormir, y no pensar en nada que no sea un sueño oscuro sin sueños, pero, en
lugar de eso, cometo una auténtica locura. No puedo seguir en casa, tengo la
impresión de que su respiración venenosa la ha contaminado. A pesar de que
no pasó del umbral, siento que ha emponzoñado mi espacio vital.
De manera que me pongo una cazadora y me aíslo en la terraza, al lado
de Escila, la única planta que poseo, la primera que me gustaría tener de la
jungla amazónica. Un muro alto, gris, hace las veces de parapeto, apoyo la
espalda en él, me curvo como una hoja seca. Hoy no ha hecho frío, pero la
noche siempre es la noche y noviembre no es junio. En cualquier caso, no me
importa, prefiero congelarme a volver a entrar. Es como si el frío me
purificara. Todo está hibernando, envuelto en una pátina blanca, no veo nada,
no recuerdo nada de lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas: mi
padrastro y sus palabras hipócritas y su falso arrepentimiento de moribundo;
Byron, que me mira como si fuera de oro y me usa como si fuera de plástico;
Francisca, una cabrona, una traidora que no ha conseguido follar, que no ha
podido, a pesar de que se ha engañado, se ha forzado, se ha obligado y se ha
maldecido, no ha podido. Entre sus brazos solo ha logrado hacer el amor.
Me abrazo y me quedo en esta terraza de juguete, con mi pequeña
Escila, de color verde pálido y jaspeado, a mi lado, aguardando una floración
que, tal vez, nunca llegará a producirse. No sé si me adormezco o si me
quedo de verdad congelada, lo único que sé es que cuando amanece estoy
titiritando. Cuando el sol aclara el aire, entro de nuevo en casa y sigo
haciendo locuras.
«¿Creías que volver a ver al monstruo te dejaría indemne?
»¿Esperabas que fuera posible seguir viviendo con normalidad?
»¿Confiabas en poder seguir yendo a la universidad, comer, beber y
respirar como siempre?»
Meto mis escasas pertenencias en una mochila, cojo a la pequeña y
desorientada Escila, que no entiende lo que sucede, y salimos.
Ni siquiera yo sé adónde vamos. No tengo a nadie que pueda acoger a
esta viandante. Marcus y Penny no me querrán. No sé por qué pienso en
Penny: de repente, al imaginar un lugar en que encontrar reposo y calor, no se
me ha ocurrido solo él, sino los dos. Puede que incluso más ella que él.
¿Por qué?
Jamás la he considerado mi amiga.
Es una ladrona de hombres, una asesina de historias. Apareció en mi
vida y se lo llevó. Debería odiarla a muerte. Sin embargo, en este momento,
mientras vago por las calles de Amherst como si estuviera borracha, no siento
odio ni rencor, tampoco la esperanza de toparme con ella un día y poder
partir su cara de jodido angelito. Solo siento melancolía.
Pero, entretanto, ¿adónde puedo ir?
Creo que dejaré el curso de Poesía contemporánea, no tengo ganas de
volver a ver al profesor y fingir que no deseo que sus brazos ciñan mi cuerpo
y que su cuerpo entre en el mío un millón de veces cada día, cada hora, cada
minuto, cada segundo.
No pienso volver a Connecticut, a casa de los Malkovich. Preguntarían
por Marcus, por mi padrastro, preguntarían por mí y no podría soportarlo.
Me acuerdo de Sophia y la llamo.
A la primera llamada recuerdo, sin embargo, que durante el día asiste a
un curso fuera de la universidad, en alguna parte, pero no sé sobre qué
materia.
Vaya amiga estoy hecha: ni siquiera sé qué estudia.
Bueno, a decir verdad, no soy su amiga, nunca lo he sido siquiera de mí
misma, no digamos de los demás. No tengo la presunción de mostrarme
mejor de lo que soy en la intimidad.
De manera que sigo deambulando por la ciudad. Después de haber
pasado la noche en la terraza, tengo los huesos entumecidos y busco
cualquier posible rayo de sol. Escila pesa un poco, su cabeza verde se
balancea, a veces tengo la aberrante impresión de que mira alrededor para
comprender dónde estamos.
Cuando, caminando sin rumbo fijo, llego a Pleasant Street, a la puerta
entornada del West Cemetery, no resisto la tentación. No es un sitio lúgubre
ni un camposanto monumental que inspire temor. Es un parque verdísimo
donde reposan las almas: las pequeñas lápidas encajadas en la tierra, blancas
y grises, parecen las chimeneas de unas casitas enterradas.
Me acerco a la tumba de Emily Dickinson. La gente deja siempre
pequeños objetos en la estela, recuerdos de su paso por ella: bolígrafos,
lápices, folios enrollados, flores de seda, un peine de niña, velas, piedrecitas,
un caracol minúsculo de plata, hasta un mechón de pelo. Yo nunca he dejado
nada, solo me he llevado de allí energía, valor y esperanza.
Si tú exististe, el mundo no puede ser un lugar tan terrible.
El profesor también lo dijo: si la vida fuera repugnante, no existiría la
poesía.
Hoy, con el sol en la espalda, la hierba cortada brillando alrededor,
salpicada aquí y allí de manojos de espigas espinosas, una iglesia al fondo y
el tañido apacible de una campana, decido dejar algo por primera vez. Dos
prendas opuestas, dos sentimientos antitéticos, de los que debo separarme
para vivir.
El rencor que siento por mi padrastro.
La necesidad de Marcus.
Agarro el fardo, más o menos pesado, y lo apoyo de forma simbólica en
la lápida.
Escila se estremece con un soplo de viento.
«No temas, no te dejaré, niña mía, tú te quedarás conmigo. Solo estoy
abandonando las cosas superfluas.»
A un lado del amplio espacio, junto al muro de recinto, está el mural
que he visto un sinfín de veces y que no me canso de mirar. Los fantasmas de
Amherst. No son unos fantasmas inquietantes, solo son los retratos naifs de
varios personajes célebres de la ciudad, muertos e inmortalizados aquí. Como
no podía ser menos, en el centro, se encuentra el de Emily.
Me encamino hacia ese punto del muro con la mochila y la planta. El
calor es muy agradable, me hace sentir viva, limpia, hormigueante, como si
estuviera hecha de arena de mar y de infancia no robada.
No sé cuándo me vence el cansancio. Lo único que sé es que, de
repente, con la mochila a modo de almohada y abrazada a Escila, me duermo
bajo el retrato de Emily, que aparece encerrada en una gigantesca margarita
amarilla. Mi último pensamiento es un nombre susurrado: «Byron».
Me despierto sintiendo que alguien me está tocando un brazo. Agarro
una muñeca huesuda y la aprieto. Veo un hombre de mediana edad que,
inclinado hacia mí, me sacude. Debe de haberme zarandeado un poco antes
de que me despertara.
—Oye, chica, aquí no se puede dormir. Además, el cementerio está a
punto de cerrar —me comunica.
Me incorporo tan aturdida como un viejo oso hormiguero y miro
alrededor. La tarde debe de estar muy avanzada. ¿He dormido ocho horas
tumbada en la hierba de un camposanto? ¿Tan cansada, tan destrozada
estaba? ¿Tanto necesitaba aniquilarme?
Al levantarme, siento uno de los efectos colaterales de dormir al raso un
día de noviembre. El sol que me calentó un poco ha desaparecido, me he
quedado a solas con los fantasmas de Amherst y los huesos doloridos.
Me temo que tengo fiebre.
Me estoy convirtiendo en una estatuilla de agua helada que se disuelve
con nada. Antes no era tan débil de constitución, resistía a cualquier
temperatura, a cualquier golpe: he dormido en todas partes, he sufrido la
lluvia y la nieve, me he deslizado descalza por el hielo, pero ahora me basta
con dar una cabezada al lado de un muro húmedo, después del anochecer,
para sentirme como si estuviera hecha de bastoncitos Shanghai tirados a la
buena de Dios en un grácil montón.
El teléfono suena mientras trato de ordenar mis ideas: Sophia. Le
preguntaré si puedo dormir en su casa. No quiero volver a mi apartamento,
buscaré otro, un cambio es un cambio. Quiero encontrar un lugar donde mi
nueva yo pueda volver a empezar desde cero.
—¡Francisca! —exclama con una vocecita alegre, que me anima
enseguida—. Perdona que no te haya llamado antes, pero esta mañana, en el
curso de cocina, estábamos preparando un suflé de chocolate y no quería que
el mío se deshinchase. Mi vecina de pupitre es una antipática, a veces creo
que estropea a propósito lo que yo preparo, debo vigilarla. Habría podido
llamarte después, pero ¡he salido a comer con Willy! ¿A que es increíble? Y
creo que…, ¡creo que esta noche quizá suceda algo! Le gustó mi nuevo estilo,
¿sabes? Los tacones no se me dan muy bien, pero él me sostiene cuando me
tambaleo. ¿No es maravilloso?
—Es fantástico, Sophia, en serio. Estoy segura de que cuando te
conozca mejor, le gustarás también sin tacones.
Al otro lado de la línea se produce un instante de silencio.
—Francisca… ¿estás bien?
—Sí —miento.
—No sé, pareces distinta. No has dicho: «Si no le gustas, dale unas
cuantas patadas. Búscate otro que esté más bueno. Pásale el suflé por la cara a
esa cabrona antipática y métele la manga pastelera por el culo». ¿Cómo fue la
fiesta del sábado? Byron estaba preocupado por ti, cuando le dije que estabas
rara, no paró hasta que no fue a recogerte. ¿Te encontró?
—Me encontró.
—Creo que le gustas mucho y pienso… que podrían contratarte en su
local. A la Reina de Corazones no le ha gustado que hoy no hayas venido. No
sabía qué hacer, le dije que tenías mucha fiebre, pero me contestó
refunfuñando que ya había hecho una buena acción contratándote y, bueno,
quiere despedirte. Siento darte esta noticia.
—Da igual.
—¿Te da igual?
—Siempre he odiado ese trabajo, el té, los vestidos de imbécil, las
diademas y todo el resto, ya lo sabes. Debía suceder tarde o temprano. Mejor
que te despidan por ese motivo que por haberla obligado a tragarse sus
queridas galletas de pasa de uva.
—Sí, pero… no estás bien, ¿verdad?
—Creo que tengo mucha fiebre.
—Oh, bueno, ¡en ese caso dejo a Willy y voy enseguida a tu casa!
—No es necesario. Yo… ya tengo quien se ocupe de mí.
—¿De verdad? ¿Quién? ¿Byron?
—Esto… Sí, él. —Enrojezco, aunque puede que sea la fiebre.
—Eso es fantástico. ¿Sabes qué, Francisca? Creo que está enamorado
de ti.
—No te pases.
—Si no está ya enamorado, no tardará en estarlo. A veces el amor es
como…, como una bolita de masa para pizza que debe fermentar. Dentro
están todos los ingredientes, pero por el momento es como un ladrillo
minúsculo, aún no es lo que será, solo lo que puede llegar a ser. Debes
guardarlo en un lugar caliente, ni mucho ni poco calor, sin mirarlo demasiado
para que no se estrese, porque ya se sabe que la cocina requiere paciencia, y
si dejas que la sabiduría del cocinero y el tiempo hagan su labor, no tardarás
en verlo convertido en una suave nube de masa blanca con un sabor
suculento. En fin, que creo que vosotros dos sois… dos ingredientes que
combinan a la perfección.
—Creo que nunca te convertirás en una putita capulla, Sophia.
—Digamos que me conformaré con ser un término medio. Zapatos de
tacón, cazadoras de piel y debajo una camiseta roja con un lazo. Y tú, bueno,
apuesto a que tú también tienes un lazo escondido en alguna parte. ¿Seguro
que no me necesitas? Puedo ir a verte.
—Tranquila, estoy bien y, en todo caso…
—Byron te cuidará. Es un auténtico príncipe, ¿no te parece?
—Me voy. —Prefiero interrumpirla. Prefiero dejarla con su felicidad,
con sus suflés, con su certeza de que el amor solo necesita levadura tibia para
crecer.
Esta noche puedo quedarme en un hotel y mañana, cuando me
encuentre mejor, pensaré qué hacer. Pensaré en la universidad, en el trabajo,
en la manera de organizar de nuevo las cosas para que no implosionen como
rascacielos rodeados de dinamita. Entretanto, necesito una bañera y una cama
calientes y dormir como Dios manda. Nada de terrazas ventosas, nada de
jergones improvisados entre fantasmas, con la mochila a modo de almohada
y una tímida planta haciendo la guardia.
Camino y, mientras camino, me doy cuenta de que mis condenados pies
tienen una meta. Van donde quieren ellos y puede que no me sienta lo
suficientemente bien como para oponerles mi voluntad y la dirección que
quiero seguir. Los sigo.
Cuando llegamos delante de la casa de Byron, el edificio de color
galleta, que parece copiado de una película neoyorquina con música de jazz
en la banda sonora, me pregunto qué sentido tiene haber vuelto al lugar de
donde me marché hace dos días con la intención de no volver. ¿Por qué estoy
aquí?
Pero no me da tiempo a reflexionar, ya que veo que alguien sale por la
puerta y me apresuro a aprovechar la ocasión para entrar. Escila y yo somos
muy extrañas, subimos la escalera poco a poco con la esperanza de no llamar
la atención, a pesar de saber ambas que eso es imposible. Estoy segura de que
tengo la cara descompuesta, los vaqueros manchados de musgo, los ojos
febriles, una mochila que pesa un quintal después de haber dado un millón de
pasos y a Escila, balanceándose en su maceta de plástico.
Estoy segura de que Byron no está en casa y no me equivoco.
Por suerte.
Bajamos de nuevo la escalera y buscamos un hotel. Nadie sabrá nunca
que hemos estado aquí.
Un instante, un solo instante y nos marchamos de aquí.
Me siento un momento en el último peldaño para recuperar el aliento.
Me arde la frente, dormir al aire libre no fue una buena idea.
Creo que estoy envejeciendo. Creo que necesito que alguien me advierta
alguna vez de que estoy haciendo una tontería. Alguien que me zarandee, que
me dé una patada, que me insulte, que me diga: «Oye, guapa, así te vas a
meter en un buen lío». Una parte de mí lo sabe ya, sabe que el hecho de haber
llegado hasta aquí es una trampa inmensa que puede causarnos heridas
incurables, pero no puedo ir a otro sitio. Y no solo porque me siento débil y
cansada, además temo estar justo donde quiero estar.
En el cementerio de Amherst he dejado muchas cosas, remanentes y
residuos de mí misma, pero no he logrado liberarme de una cosa: la increíble
y espantosa sensación de haberme enamorado de Byron.
—¿Francisca?
Su voz me despierta. En un primer momento, me cuesta encuadrarlo en
la penumbra del rellano, mis ojos arden de fiebre y mi cuerpo implora alivio
después de la serie de posiciones incómodas a las que lo he forzado estas
horas.
Mirándolo bien, su expresión no es más relajada que la mía. Sus ojos
también revelan un cansancio milenario. Lleva el pelo recogido, pero
desgreñado, tiene ojeras y… manchas de pintalabios alrededor de la boca,
entre la barba y la piel. Sin saber por qué, me siento como un vampiro que
husmea olores enterrados, como un perro que persigue estelas de fragancias
invisibles: noto el aroma de un perfume femenino intenso.
Ha estado con una mujer.
La ha besado.
Se ha acostado con ella, seguro.
Me siento tan estúpida que me gustaría darme unas cuantas patadas,
pero me fallan las fuerzas. Me tambaleo cuando trato de ponerme en pie. Él
me sujeta.
Como dijo Sophia, qué bonito es que la persona que te quiere te aferre
cuando vas a caerte, pero no quiero que lo haga después de haber tocado a
esa otra, sea quien sea. No, no siente nada por mí. Puede que le dé pena, sí,
soy una golfa patética, una que se hiere, que pierde el equilibrio, que se
emborracha, que vomita, que vuelve a vomitar, que abre las piernas, escapa y,
con toda probabilidad, vuelve para abrirlas otra vez.
«No me toques, no me toques, no me toques.»
Lo pienso, pero no lo digo, a estas alturas es inútil, le daría a entender
que estoy mal, que imaginármelo con otra no solo me hiere: me roba la tierra
que hay bajo mis zapatos, hace temblar el suelo, convoca demonios y
lágrimas. No quiero que lo entienda, que sepa que me gustaría entregarle el
corazón.
«Toma, agárralo, destrózalo, cómetelo y escúpelo, haz lo que quieras
con él.»
No debe saber, ni ahora ni nunca, lo que siento de verdad.
—No sé por qué he venido aquí, he bebido y no sabía adónde iba —le
digo. Mejor que piense que estoy borracha, colocada, loca, que crea que soy
una fulana, lo que sea salvo que estoy enamorada.
—Ya que estás aquí, entra un momento. Pareces descompuesta.
—No, me marcho. Salí con unos tipos y no sé por qué les dije que me
dejaran aquí.
Me agarra un brazo mientras abre la puerta. Frunce el ceño. Parecería
casi enfurecido si no fuera por el pintalabios, por el perfume, que huele a
polvo rápido con una tipa cualquiera contra la pared de una habitación
cualquiera.
—¿Tipos? ¿Qué tipos?
—Y yo qué sé. Los conocí en un local, nos divertimos un poco, no
recuerdo nada más.
—¿Por qué llevas la mochila y esa planta?
—Ya te he dicho que no lo sé. ¿Tú te acuerdas de todo cuando bebes?
—No bebo tanto.
«Ya, la polla la usas cuando estás sobrio.»
—Bueno, me marcho.
—No estás en condiciones de ir a ninguna parte. ¿Qué has hecho?
Entra. —Se acerca a mí, me roza una sien con los labios. Los labios que han
besado a una desconocida que, además, llevaba un pintalabios horrendo.
Reculo de golpe. Odio el perfume que emana de él. Floral, ordinario,
repugnante—. Tienes fiebre. ¿Dónde has estado? ¡Ni siquiera has ido a la
universidad! —Su tono es duro, grave, su voz ronca, como cuando canta.
«A saber cómo se llamaba, a saber si le gustó hacerlo con ella. A saber
si volverá a verla. Se habrán conocido en el local, seguro.»
—La juerga empezó muy pronto, me olvidé de la clase —contesto
encogiéndome de hombros con expresión desafiante.
Se vuelve. Me observa guiñando los ojos, con las aletas de su maldita
nariz perfecta un poco dilatadas. Respira de forma extraña, como alguien que
ha retenido el aire y luego lo suelta de golpe. Me aferra una muñeca, me
obliga a entrar y cierra la puerta.
—Aún vas vestida como el otro día. ¿Puedes decirme qué ha pasado? —
Agarra a Escila y la deja en el suelo, después me lleva al sofá. Lo sigo como
un cachorro anhelante de caricias.
«Te odio por hacer que me sienta así.»
—¿Puedes contármelo todo, por favor?
—No hay nada que contar, no recuerdo casi nada. ¿Tienes una aspirina?
O un poco de hierba, mejor aún.
—Debes darte un baño caliente, comer algo y dormir.
—El falso papá que llevas dentro vuelve al ataque, pero creo que en el
frente desnúdate y cocino para ti ya hemos hecho nuestros pinitos.
—¿Llevas algo para cambiarte en la mochila? Pondré el biombo delante
de la bañera, así podrás lavarte.
—Todo ese pudor está fuera de lugar. No necesito el biombo.
Me observa mientras me pongo de pie y me quito la cazadora. Hace una
mueca que no logro descifrar.
—Yo sí que lo necesito —murmura.
—¿Porque podrías abalanzarte sobre mí? No, seguro que esta noche ya
has hecho bastante por mí.
Arquea una ceja, entreabre los labios como si quisiera hacerme una
pregunta, que, sin embargo, muere en su boca.
—Te espero en la cocina. Entretanto, te prepararé una sopa caliente.
—¿Así que nada de hierba?
—Como mucho, albahaca.
—¿Y de beber?
—Si te apetece, tengo leche con cacao.
—Sopa y leche, menuda juerga.
—Ya te has divertido bastante.
—Nunca es suficiente.
Me desnudo delante de él, como si no sintiera nada al hacerlo. Mi pobre
corazón es un pájaro torturado. Byron vuelve a respirar hondo, casi con
ferocidad. Luego, mientras me desprendo de la camiseta, se levanta, pone le
biombo delante de la bañera y se refugia en la cocina como si estuviera
huyendo de un peligro casi mortal.
Me lavo con el agua más caliente del mundo, me cambio y me pongo
unos vaqueros y una camiseta limpia. Byron no sale de la cocina, como si se
hubiera relegado allí dentro castigado. Cuando me reúno con él, está de pie,
con la espalda apoyada en la pila, bebiendo una taza enorme de café. Ha
puesto la mesa para mí, solo para mí. Un cuenco de cerámica blanco y una
cuchara. Sopa caliente. Un vaso de leche con cacao.
—Me daré una ducha mientras comes —dice.
«Así me gusta, lávate ese pintalabios asqueroso.»
Sale de la cocina y se dirige hacia el altillo. Trajina con algo, ropa
limpia, luego vuelve. Me concentro en la sopa, como un poco, está buena, es
cremosa, y, a medida que voy comiendo, me parece que el calor vital va
invadiendo una a una mis moléculas cansadas. Cuando oigo correr el agua,
me trago un bocado invisible: no es sopa, tampoco leche, solo la necesidad de
hacer algo que no debería hacer.
Espiarlo.
Lentamente, me asomo a la puerta de la cocina. Un poco, para que no
me vea, solo un ojo, un temerario y famélico ojo. Estoy segura de que él no lo
hizo antes, él es un señor, un duque y un caballero y, además, habrá tenido
suficiente con la puta del pintalabios.
El biombo sigue allí, pero se entrevé algo.
«Dios mío, cuánto te deseo.»
Me basta con mirarlo, ver un pedazo de su cuerpo entre la pared y la
cortina, una sombra de piel, el agua resbalando por su melena y su espalda, la
columna vertebral, los muslos, para sentirme líquida y empezar a jadear.
Exhalo un suspiro de frustración, de angustia. Jamás me he sentido así,
jamás, en mi inútil vida. Lo deseo más de lo que nunca he deseado a nadie, a
nada —el cielo, las estrellas, el aire, la libertad y la venganza— en
veinticinco años de vacío. Lo deseo ahora y lo desearé mañana y pasado
mañana y un día futuro, un día no programado. Deseo ese cuerpo que escruto
con nostalgia, deseo su voz, su risa, su respiración, sus manos, que me tocan
y que cocinan para mí, sus ojos verdes como el mar cuando está verde, su
lengua, que sabe a poesía.
Yo
te
quiero.
Retrocedo justo a tiempo. Byron cierra el grifo y agarra la toalla.
Vuelvo a mi cubil, apuro la leche. Tiemblo como una ladrona a la que han
pillado in fragranti.
Entra en la cocina al rato. Viste unos pantalones de chándal azul oscuro
y una camiseta blanca. Va descalzo y está acalorado, mojado.
—¿Te lo has comido todo? —me pregunta.
—Mmm —respondo de manera confusa.
—Necesito descansar un poco antes de ir a la facultad. Si quieres
reposar tú también, me tumbaré en el sofá. Tú puedes hacerlo en la cama.
—No, esta es tu casa. La invitada soy yo. Estaré bien en el sofá.
Hace amago de protestar, pero después asiente.
—Ok, te daré una manta.
Cuesta creer que hace solo veinticuatro horas fue mío. Y yo suya. Es
evidente que ha interpretado mis palabras al pie de la letra, que ha
comprendido hasta qué punto eran sensatas, a pesar del sarcasmo; es evidente
que, una vez superado el aturdimiento del deseo, ha entendido lo absurdas
que eran sus palabras, su temeraria dulzura, sus falsos celos. Ha visto lo
único que es posible ver: una joven atractiva que no vale un pensamiento más
profundo ni el riesgo de acabar en la picota por la relación profesor-alumna,
pero, por encima de todo, que jamás resistirá la comparación con Isobel-
blanca-como-el-mármol.
Saca una manta de cuadros de un cajón. Me ofrece una de sus
almohadas. Me pregunta si necesito algo. Respondo que no, pero, mientras
sube la escalera que lleva al altillo, no puedo contenerme y le digo de forma
impulsiva:
—Eres un buen maestro, profesor Lord. Echaré de menos tus clases.
Se detiene, se vuelve y me mira alarmado.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho. Eres un profesor extraordinario. A pesar de que no
he ido a muchas, tus clases eran…
Me interrumpe con brusquedad:
—¿No piensas ir más?
—No.
—¿Por qué? Si lo haces por lo que ha sucedido, te aseguro que no
sucederá más. Será como al principio. No puedes abandonar por tan poca
cosa.
«Lo que es poco para ti, para mí es todo.
»En la lápida del cementerio renuncié también a mi orgullo.
»No me gusta lo que soy ahora, pero supongo que no puedo hacer nada
para remediarlo.
»Un cambio es un cambio, aunque le deje a uno desprotegido.»
—No soy tan idiota —replico, odiándolo porque lo amo—. La beca solo
incluye las tasas universitarias, de la comida y la casa me ocupo yo. He
perdido el trabajo y el apartamento, así que no…
—¿Qué ha pasado? —me interrumpe otra vez mientras se acerca de
nuevo a mí—. ¿En qué lío te has metido hoy?
—Eso no te concierne. Solo quería decirte que eres un buen profesor,
punto final. El resto es asunto mío. Descansaré una hora y luego me
marcharé.
—¿Adónde? ¿Adónde narices vas a ir? —Su voz es ahora alta y áspera,
como si hubiera perdido el aplomo en la escalera.
—¿Qué más te da?
—¿Cómo has podido perder la casa y el trabajo en veinticuatro horas?
—Soy capaz de hacer muchas cosas en poco tiempo. En todo caso, te
repito que es asunto mío. Es más, dado que hoy estás muy simpático, me voy
enseguida. No quiero molestarle más, excelencia. —Meto a toda prisa en la
mochila mis pocas y miserables pertenencias y me inclino para coger a
Escila.
«Volvemos a salir de viaje, pequeña.»
Me dirijo hacia la puerta y casi me doy contra la pared: Byron me
sujeta, me obliga a apoyar la espalda en ella; la mochila en un brazo y la
planta en el otro nos separan como una muralla de espinas.
—Escucha… —susurra abriendo los brazos y dando un paso hacia
detrás, como si estuviera haciendo un esfuerzo para no tocarme, como si
tocarme le disgustara—. No seas idiota, Francisca. No sé qué ha pasado, pero
deja de pensar en marcharte, olvídalo. Dices que soy un buen profesor. Ok,
gracias. Pero tú también eres buena. Tu poesía… es una de las cosas más
bonitas que he leído en mi vida. Y tú… tienes algo, una sensibilidad, un
talento, una inteligencia que no puedes echar a perder. Tú te quedas, no se
hable más. Lo que ocurrió entre nosotros es agua pasada, está archivado.
Viniste a Amherst para estudiar y estudiarás. Puedes quedarte aquí hasta que
encuentres otro apartamento y un nuevo trabajo. No te tocará ni mi sombra.
Seremos unos coinquilinos que se ignoran. Pero no debes marcharte, si lo
haces te arrepentirás amargamente. —Mientras me habla me mira con tanta
intensidad que sus ojos parecen penetrarme.
Lo mejor sería escapar, no dejar solo sus clases, sino la universidad.
Podría volver a Connecticut, vivir con Monty y con Annie y asistir a
algún curso allí. Con su ayuda será más fácil encontrar trabajo.
Así no te veré más, profe, y dejaré de sentirme como me siento ahora.
Como si tuviera una pierna menos, un brazo roto y una insulsa colada de miel
entre las costillas.
Aunque también podría optar por una vía intermedia: quedarme en casa
de Sophia una temporada, estoy segura de que me recibiría encantada.
Pero eso no es lo que quiero.
«Te quiero a ti, no consigo estar lejos de ti, me conformo con poder
espiarte desde detrás de un biombo.»
De manera que digo con un hilo de voz:
—De acuerdo, pero solo por unos días.
—Solo por unos días.
—Entretanto, yo dormiré en el sofá.
—Y estableceremos turnos para el cuarto de baño.
—Y no quiero que cocines para mí —declaro en tono categórico.
—No lo haré.
—Ok.
—Bien, ahora deja esa planta y descansa un poco.
—Se llama Escila.
—Dile a Escila que eche una cabezadita y túmbate en el sofá. Sea lo que
sea lo que hiciste ayer, estás hecha polvo.
—Lo mismo se puede decir de ti.
—Nos gusta pasárnoslo bien, por lo visto.
—Eso parece.
Nos observamos en una especie de provocación recíproca. Después,
Byron agarra a Escila y la deja al lado de una ventana, en un rectángulo
soleado de color naranja. Acto seguido, en silencio, se encamina hacia la
escalera y esta vez desaparece de verdad en el altillo sin añadir una palabra.
CAPÍTULO 16
¿Era esa la guerra que combatían los poetas mientras componían versos
llenos de pasión? ¿El tormento del alma y del cuerpo? ¿El deseo sangrante de
retenerla, de decirle «Quédate ahora, después, para siempre», contrarrestado
por el deber de aparecer indiferente, fríamente cortés e incluso un poco
cabrón?
Puede que sí, puede que no, lo único seguro era que no le resultaba nada
fácil.
Le habría gustado preguntarle qué había ocurrido, por qué y cómo y
cuándo había perdido el trabajo, por qué y cómo y cuándo había dejado su
apartamento.
«¿Con quién has estado todo el día?
»¿A qué se debe esa palidez, casi cadavérica?
»Pero, sobre todo, ¿por qué has venido a mi casa, ojos de petróleo?»
Le parecía aún más frágil, más lánguida, más indefensa y seductora.
Isobel nunca le había parecido seductora, ni siquiera en sus momentos más
delicados y vulnerables.
Debía resistir, ahogar a la bestia hambrienta que anidaba en él,
recuperar al distinguido profesor que guardaba las distancias, que no se
acostaba con sus alumnas ni las acogía en su casa.
Ok, había perdido en el último punto, pero no pensaba dejarse vencer
también en los demás.
Así que fingió que ella no estaba allí.
Descansó un par de horas y fue a la universidad.
Francisca llegó poco después y se sentó en una de las últimas filas. El
profesor serio que habitaba en él supo ignorarla.
Esa determinación duró tan poco que resultó casi grotesca. De hecho, al
cabo de cinco minutos, el joven y sonriente Erik, con sus dientes y su
descaro, entró en el aula, miró alrededor y se sentó al lado de ella.
Hablaron, se dieron la mano y un beso en la mejilla. Y Erik se quedó
allí, al lado de Francisca, tan joven y luminoso que obcecaba la luz de razón
de Byron.
«Vamos, cálmate, concéntrate en la clase y pasa de todo.»
No le resultó fácil mostrar el consabido aire cortés y académico, hablar
de poesía y leer los versos románticos de Leonard Cohen mientras, en
realidad, tenía ganas de lanzar un libro a sus alumnos, bajar de un salto de la
tarima y moler a puñetazos a ese capullo.
Sentir celos y ganas de pelear era una experiencia nueva para él, del
todo inexplorada. Jamás le había ocurrido. Ese impulso bárbaro lo sorprendía
tanto que no sabía cómo comportarse. Y, como no podía hacer lo que
deseaba, se concentró en los muslos de la alumna con pestañas de cepillo, que
estaba bien a la vista en primera fila, para ver si se distraía.
Toda esa atención, sin embargo, produjo un resultado indeseado: al
terminar la hora, mientras se dirigía hacia su despacho para alejarse de
Francisca y Erik, que habían salido juntos, la alumna lo siguió. Entró en el
despacho, cerró la puerta y se apoyó en ella como si fuera a saltar a la
entrepierna de sus pantalones.
—Abra la puerta —le ordenó Byron dejando los libros y los apuntes en
el escritorio.
—He tenido la impresión de que hoy había mucha sintonía entre
nosotros —murmuró la joven—. Los versos de Leonard Cohen no podían ser
más adecuados para la situación: «He oído hablar de un hombre de voz tan
bella que con tan solo decir sus nombres las mujeres se entregan a él». Es
justo así, profesor Lord. Recita tan bien que…
—Abra la puerta.
La alumna se sobresaltó al oír su tono grosero, además de imperativo.
—Creía que…
—Le pido disculpas si le he dado falsas esperanzas. Mi voz no es tan
hermosa y no espero que las mujeres se entreguen a mí y, menos, las
alumnas.
Los ojos azules de la joven se convirtieron en unas ranuras entre los
párpados entornados, mientras lo miraba con aire irónico.
—Qué raro, según se dice, es justo lo contrario —afirmó—. Usted no
parece un santo, desde luego. Bueno, después de verlo y oírlo cantar en su
local el sábado por la noche, vestido como un demonio condenadamente sexi,
no se diría que haga ascos a una chica guapa. El año pasado, de hecho, corrió
el rumor de que… Se decía que en este despacho repasaba los temas por la
noche.
Byron trató de conservar la calma. El recuerdo de los tres encuentros, ni
uno más, con la joven que había contribuido, sin que él tuviera la menor
culpa, a acelerar el descenso de Isobel a una absoluta necesidad de
aniquilación, lo hizo sentirse como si estuviera caminando por una alfombra
de brasas, en lugar de estar haciéndolo por una de Tabriz, adornada con
arabescos rojos y dorados. De hecho, sus tête-à-tête habían tenido lugar
siempre nada más anochecer, cuando la facultad estaba desierta, aunque, por
lo visto, no lo estaba tanto.
Con todo, lo único que podía hacer era mostrar una sarcástica
indignación.
—Si tuviera que dar crédito a esas cosas, no tendría tiempo para
ninguna otra cosa —dijo Byron con aparente naturalidad—. Me sorprende
que solo corrieran rumores el año pasado y no antes. El chismorreo es el
bostezo de los imbéciles que se aburren. En cualquier caso, si no tiene que
hacerme ninguna pregunta relacionada con el curso, puede marcharse.
La alumna, con la cara encendida y la rabia de quien considera que la
vergüenza de ser rechazada es la peor que puede sufrir una mujer en su vida,
salió del despacho con paso marcial.
Byron se dejó caer en el silloncito de respaldo alto. Solo le faltaba esa
maldita historia. No le sorprendía, incluso si no hubiera sucedido nada,
habrían corrido los rumores. Un profesor joven, atractivo, que, además,
alterna la sobria vida académica con una vida nocturna digna de un vampiro,
en la que abundan la música rock y las cazadoras de piel, habría sido objeto
de chismorreo incluso si se hubiera comportado siempre de manera
irreprochable. En cierto sentido, agradecía esa aureola rebelde que, si bien lo
exponía más a las malas lenguas, a la vez generaba tantas falsedades que la
verdad podía anidar cómodamente en ellas sin riesgo de ser descubierta. «El
mejor lugar para esconder un árbol es un bosque», decía un famoso proverbio
judío.
Confiaba en que el bosque lograra ocultar también al mundo que estaba
cobijando a una alumna en su casa. Sobre todo, esperaba que consiguiera
disimular sus sentimientos. Estaba seguro de que se había comportado con
discreción, salvo la mañana en que había aparecido Clarice, pero Clarice
estaba manipulada por su abuela y no tenía el menor interés en difundir la
noticia. Por el momento, no. Mientras siguiera teniendo la esperanza de
echarle el lazo.
Mientras tanto, lo torturaba sobre todo una pregunta elemental, vulgar,
casi animalesca: ¿dónde demonios había ido Francisca con ese chico?
No lo supo hasta última hora de la tarde. Volvió a casa y comió un
poco, pero ella no apareció. Byron solía salir a correr a esa hora y, cuando le
sobraba tiempo, hacía también unos cuantos largos en la piscina del campus,
pero ese día no tenía ganas de nada.
Esa mañana, antes de salir, había dado a Francisca una copia de sus
llaves. Hacía varias horas que no había tenido noticias de ella y estaba tan
nervioso que caminaba por la casa como un loco atado con una cadena
cortísima.
Había hecho el mismo recorrido un sinfín de veces, imaginando escenas
terribles en las que veía a Francisca en brazos de ese tipo y oía, a todo
volumen, la áspera, dura y penetrante Iron Man de los Black Sabbath. La
música atravesaba su mente, vibraba en su pecho, desencadenaba en él unos
instintos homicidas idénticos a los de la canción.
¿Ha perdido la razón?
¿Puede ver o está ciego?
¿Puede caminar?
¿O si se mueve se caerá?
Nadie lo quiere.
No hace más que mirar al mundo,
proyectando su venganza.
Se sentía como un monstruo de acero, tenía celos, estaba furioso y
herido.
«Estos sentimientos me están haciendo retroceder.
»Antes podía decirse cualquier cosa de mí, salvo que fuera un
pendenciero impulsivo, uno de esos hombretones tatuados que solo saben
decir polla y culo.
»En cambio, ahora suelto palabrotas mentales y me gustaría matar a
alguien, a Erik en especial.»
De repente, a pesar del estruendo que hacían el bajo, la guitarra y la
batería, oyó un ruido al otro lado de la puerta. Agarró un libro al vuelo, se
sentó a toda prisa en el sofá y fingió que estaba concentrado en la lectura.
Cuando ya era demasiado tarde, se dio cuenta de que era una antología de los
Cantos de la creación de los indios americanos, un texto poético, casi
místico, que contrastaba con la música.
Francisca entró en casa en ese momento. Con el rabillo del ojo vio que
dejaba las llaves encima de la mesita que había junto a la puerta, al lado de
las suyas, y se sintió como un auténtico idiota, porque ese gesto íntimo lo
hizo temblar de excitación. Era innegable que estaba en las últimas. Un
hombre de treinta y dos años no puede turbarse porque dos manojos de llaves
se tocan, a menos que tenga el cerebro fundido.
Alzó la cabeza como si solo entonces hubiera notado su presencia y la
saludó con un ademán vago, luego fingió que se concentraba de nuevo en el
libro.
Francisca se detuvo unos instantes en la entrada del espacioso ático; a
continuación, se acercó al sofá y se sentó también.
—¿Puedo hablar contigo? —le dijo alzando la voz debido a la música.
Byron asintió, bajó el volumen con el mando a distancia y cerró el libro.
«¿Dónde has estado?
»¿Qué has hecho?
»¿Sabes que estoy enloqueciendo por tu culpa?»
—¿Qué pasa? —le preguntó, en cambio, con gran frialdad.
—No quiero molestarte más —dijo ella con igual displicencia—. Sé que
soy un coñazo.
—No tanto.
—No tanto es ya mucho en mi pueblo. En cualquier caso, hoy he
hablado con Erik y me ha dicho que en una de las cafeterías de la facultad de
Derecho están buscando una camarera. Hemos ido juntos y he presentado una
solicitud. Además, su prima alquila apartamentos a buen precio a los
estudiantes que no han podido encontrar nada en el campus. En cuanto me
organice, me marcharé.
—Qué maravilla, así que Erik es tu héroe —murmuró Byron en un tono
que pretendía ser alegre, pero que no podía ser más cáustico.
—No necesito héroes. Me echó una mano, lo reconozco, pero me las
habría arreglado también sola. Sea como sea, eso no es asunto tuyo.
Preocúpate por tus heroínas.
Se levantó con una furia luminosa, casi febril, en sus ojos negros, y fue
a la cocina. Byron oyó que sacaba un vaso y dejaba correr el agua del grifo
antes de llenarlo.
«Maldita sea, maldita sea, maldita sea.»
No debía seguirla y hacer lo que, en realidad, deseaba: abrazarla,
estrecharla contra su cuerpo, respirar el aire de sus labios. No debía. Así que,
para resistir a ese deseo abrumador, caminó en sentido contrario.
Cazadora, llaves y fuera de casa.
Estuvieron así varios días. Apenas se veían. Él pasaba todas las noches
en el Dirty Rhymes y, cuando volvía a casa, casi al amanecer, la encontraba
dormida en el sofá. A veces se detenía a mirarla, inmóvil como un drogadicto
ante una tentación. Estaba preciosa cuando dormía. Francisca llevaba unos
pantalones cortos y una camiseta de manga larga a modo de pijama y, a
veces, la manta resbalaba hacia un lado y mostraba a los ojos cargados de
imágenes carnales de él sus largas piernas, las curvas de su pecho, las
clavículas onduladas o una oreja acariciada por un mechón castaño. Después
de haber reaccionado a las adulaciones de decenas de mujeres en el local sin
que su cuerpo diese muestras de sentir el menor deseo, esos detalles inocentes
lo obligaban cada mañana, entre la noche y el alba, a refugiarse en el altillo
para esconder el ser prehistórico que se asentaba en sus pantalones. Ni
siquiera podía aplacarlo, por temor a que ella lo oyera, de manera que debía
esperar a que el cansancio y la desesperación lo domaran.
Más tarde, mientras él seguía durmiendo, Francisca salía. Había
encontrado trabajo en la cafetería y hacía un turno agotador entre las seis y
las nueve de la mañana. Después, asistía a media docena de clases y a las tres
de la tarde volvía a la cafetería hasta la noche. Byron había ido a verla al
local en una ocasión. Había entrado con aire indiferente, había pedido algo y
al final había salido con un café americano aguado en un vaso de plástico,
conteniendo los gritos de rabia por haber comprobado cuántos capullos la
importunaban. No era solo Erik: cualquier hombre de más de dieciocho años
y algún que otro profesor anciano con aire de sentir nostalgia de épocas más
disolutas, no perdían una sola ocasión de hacer comentarios halagadores e
hipócritas mientras admiraban a aquella maravilla morena, alta, esbelta,
curvilínea y sensual. Había tirado el café al suelo, como le habría gustado
hacer con Erik y el resto, y no había vuelto por allí: ¿de qué servía
atormentarse? La imaginación era más que suficiente, ¿por qué debía permitir
que la realidad acabase con su vida?
No obstante, un día, su decisión de resistir y combatir contra él mismo
sufrió un golpe casi fatal. Mientras corría al anochecer por las avenidas
rodeadas de césped del campus, tratando de cansarse para no pensar, no le
quedó más remedio que hacerlo: Francisca y Erik estaban sentados en un
banco, en una zona en penumbra. Hablaban en tono íntimo y tuvo la
impresión de que se estaban besando.
«Ahora lo mato.»
Recorrió el centenar de metros que lo separaba de ellos con el paso
marcial de un guerrero armado con una lanza, dispuesto a clavársela en el
pecho a su enemigo hasta que saliera sangre, pero se detuvo. No podía
montar una escena absurda en el campus. Su reputación le daba igual, no era
eso. Pero apreciaba a Francisca. Si lo hacía, se chismorrearía sobre ella y
saldría perjudicada. Nadie debía criticarla, nadie debía hacer insinuaciones.
Así que se contuvo. Se paró a diez metros de sus nucas, que estaban cerca,
demasiado cerca, apretó los puños, maldijo al universo en silencio y se
marchó.
Sin embargo, esa noche, en el local, creyó que se iba a volver loco. Por
su mente no dejaba de pasar la imagen de ella recibiendo al sonriente
muchachito y tirándoselo en el sofá. Presa de una locura casi irrefrenable,
salió del local y volvió a su casa sin avisarla. Se sentía estúpido, como uno de
esos maridos cornudos que regresan antes de hora a casa obligando a su
mujer a esconder al amante en el armario, y entró sin llamar.
En el estéreo había un cedé, pero no era suyo. Francisca estaba
escuchando y cantando a voz en grito una canción de Cindy Lauper: True
Colors.
Pero veo tus colores verdaderos
brillando,
veo tus colores verdaderos
y es por eso por lo que te amo,
así que no temas demostrar
tus colores verdaderos.
Los colores verdaderos son hermosos
como un arcoíris.
Entonces, enséñame una sonrisa.
No estés triste, no puedo recordar
la última vez que te vi reír.
Si este mundo te vuelve loco
y has tomado todo lo que puedes soportar,
llámame,
Porque yo estaré allí.
Cantaba de forma enérgica, como si su voz saliera de lo más hondo de
su corazón, a la vez que cocinaba. Estaba descalza, llevaba los pantalones
cortos que se ponía para dormir y una camiseta deformada que le colgaba en
un hombro, dejando a la vista la curva del antebrazo, la sinuosidad angulosa
de un omóplato y un ala del dragón maorí tatuado en la espalda. Encima de la
mesa de la cocina había un libro abierto, un texto universitario. De espaldas a
todo, mezclaba algo en un cuenco de cerámica, cantando y dando pasos de
baile lentos y lánguidos. Estaba sola, en el apartamento no había nadie más.
Byron se quedó parado en el centro del ático, observándola en silencio.
Notó que había empezado a jadear y que su corazón palpitaba a un ritmo tan
vertiginoso que los latidos sonaban como un poderoso trueno.
En ese instante, como si hubiera percibido una presencia, una sombra,
Francisca se volvió de golpe asustada; formando un abanico, su pelo siguió la
flexión fulminante de su cuello y el cuenco se le cayó de las manos. Su
contenido, de consistencia cremosa, se esparció por todas partes, ensuciando
el suelo, los muebles y las piernas desnudas de ella.
—Maldita sea —dijo Francisca inclinándose para recoger aquel fangoso
desastre. Parecía agitada, incómoda, y, cuando Byron se acercó a ella y se
arrodilló para echarle una mano, le dijo con la respiración entrecortada—:
¡Me has asustado! Estaba tratando de hacer un tiramisù como el que hiciste
tú, no quería manchar nada, creo que el cuenco se ha roto, te lo pagaré y…
Byron le agarró un brazo y apoyó dos dedos de la otra mano en sus
labios. Permanecieron así unos segundos, observándose, entre el aparador y
la mesa, inclinados como gatos, rodeados de aromáticas salpicaduras de
azúcar y cacao. Los movimientos febriles habían hecho resbalar la camiseta
de Francisca a un lado y uno de sus pechos asomaba por el borde arrugado,
mostrando un pezón suave y rosáceo. Sus ojos, de color negro líquido y verde
sólido, se miraron fijamente y Byron comprendió que había vencido una serie
de batallas irrelevantes y que, al final, había perdido la guerra.
La cabeza le decía: «Levántate, vete, déjala, sálvate», pero se resistía a
escucharla. Para evitar que otras palabras le hicieran cambiar de idea,
mientras Cindy Lauper seguía cantando y la mera presencia de Francisca le
inflamaba el olfato, el oído, la vista, el tacto y el gusto, la besó con la
violencia de un loco. Apoyando una mano alrededor del cuello y la otra en el
pecho, que asomaba como una dalia carnosa, la atrajo hacia él y lamió su
boca. Por un instante pensó: «Si me rechaza, me muero», pero ella respondió
a su beso con una lengua igualmente voraz.
Acabaron en el suelo, tocándose con una furia espasmódica. Tumbado
boca arriba, vio como ella se erigía sobre su cuerpo, se quitaba la camiseta
ceñida y los pantalones cortos, dejando a la vista su suntuosa desnudez,
mientras su pecho se balanceaba con languidez. Vio que sus manos le
desabrochaban el cinturón y le bajaban los pantalones hasta los muslos. Vio
que se abría encima de él, moviéndose con el ardor de una puta y la gracia de
un ángel.
De improviso, Byron se movió, la aferró y le dio la vuelta. Ella quedó
tumbada en el suelo, manchada de chocolate. La levantó un poco y la penetró
hasta desaparecer por completo en su cuerpo, hundido en su vientre.
Cuando la oyó suplicar que no se detuviera, con los brazos levantados
alrededor de la cabeza, estuvo a punto de perder la razón y de correrse dentro
de ella, pero no se había puesto un preservativo y tuvo miedo por ella. Por él
no. Si hubiera podido secundar su deseo, habría tenido el orgasmo allí, en la
parte más secreta de su cuerpo, habría derramado hasta la última gota, pero
debía conservar un atisbo de razón y, cuando tuvo la seguridad de que ella
había gozado, porque no quería privarla de un solo rayo de placer, abandonó
su calor justo antes de estallar. Se corrió enseguida en su piel, entre el
ombligo y el pecho, jadeando, con un grito tan salvaje como intensa había
sido la excitación que había acumulado esos días.
Después, se abandonó encima de su cuerpo y la besó. Sujetando la cara
de Francisca entre sus manos, dedicó un tiempo infinito al beso. Oía una voz
en su interior, en un primer momento era casi inaudible, después se fue
haciendo leve, cada vez más aguda, susurrándole, diciéndole, gritándole dos
simples palabras sin doblez: «Te quiero».
Dos simples palabras que, sin embargo, no dijo, que guardó en lo más
profundo de su corazón. Tenía miedo de asustarla con una verdad de la que
ya no podía escapar. Siguió besándola y, después, su boca se deslizó por su
garganta, por su pecho, por sus pezones puntiagudos como húmedas puntas
de flecha, por su ombligo, por su flor tatuada, por la flor que había debajo de
la flor tatuada. Besos y más besos, mientras ella arqueaba la espalda, lanzaba
gemidos al aire, se corría, tan erótica en medio de aquel caos que instigaba su
alma y sus sentidos. De nuevo, la inundó de un calor fluido, gritando su
nombre a la casa, a la luna, a la vida, mientras el orgasmo lo sacudía de pies a
cabeza.
Después, se desplomaron en el suelo, desfallecidos.
Guardaron silencio abrazados, sudados, casi disueltos. Al cabo de un
rato, Francisca susurró en tono malicioso:
—¿Volviste antes para follar conmigo?
—No, volví antes porque me aterrorizaba que estuvieras follando con
Erik.
—No soy tan maleducada, jamás me acostaría con alguien en casa de la
persona que me alberga.
—No soy la persona que te alberga.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿quién eres?
—Soy el único hombre con el que harás el amor a partir de ahora, sin
excepciones. ¿Qué has querido decir? ¿Lo has hecho con él en otra parte? —
habló con voz alarmada y el simple hecho de imaginársela unida a otro le
contrajo el estómago y le hizo sentir de nuevo el deseo de clavar una lanza a
sus enemigos y romperles los dientes, la nariz y los huevos. Se incorporó,
apoyándose en un codo, y la miró con ojos brillantes, enfurecidos, pero
también afligidos.
Francisca no respondió a su pregunta. En lugar de eso, le dijo:
—Si tú puedes acostarte con alumnas con las pestañas de muñequita que
se pasan la clase enseñándote el conejo, yo puedo tirarme a quien quiera y
donde quiera.
—Escúchame, capulla —dijo él con voz firme, casi glacial—. Primero:
jamás me he tirado a una alumna con pestañas de muñequita. No niego que
esa chica no quisiera, pero le dije que se marchara. Segundo: mirarla a ella
era la única manera de no mirarte a ti y de no asesinar a Erik en mitad de la
clase. Tercero: solo quiero un conejo, el tuyo, maldita sea. Y te garantizo que
podría tener todos los que quisiera, he intentado convencer a mi amigo de
abajo de que debe buscarse otro, pero, por lo visto, a los dos solo nos gusta el
tuyo. Cuarto: debes quitarte de encima a ese chico. Dile que no te interesa,
dile lo que quieras, no te falta fantasía ni vehemencia.
—Ha sido muy amable conmigo, me ha encontrado un trabajo y un
apartamento y creo que le gusto mucho —murmuró Francisca esbozando una
leve sonrisa arrogante.
—¡Me importa un comino! ¡Dile lo que pasa!
—¿Qué debo decirle en concreto? Oye, Erik, tenemos que romper,
porque por el momento follo con el profesor Lord y él quiere la exclusiva.
—Tú no follas conmigo por el momento. Es mucho más que eso, ya lo
sabes. Estamos juntos, punto final. Es mejor que no lo sepa nadie hasta que
no termine el semestre, pero ya te inventarás algo. En cualquier caso, no
necesitas un nuevo apartamento. Te quedarás aquí, no se hable más.
—Eso es imposible, no me gusta que me mantengan.
—¡Tienes la cabeza más dura que el acero! ¡No eres mi mantenida, eres
mi mujer! Pero, si eso te tranquiliza, puedes contribuir a pagar los gastos de
la casa, ¿ok?
—Mmm… Sí, quizá, pero eso no resuelve el otro problema. La gente se
enterará. No puedo vivir aquí hasta enero esperando que nadie lo note.
—Tendremos cuidado. No me acercaré a ti en público. Saldremos y
entraremos en casa por separado, pero quiero que estés aquí.
—¿Para tenerme a mano cada vez que te entren ganas de divertirte un
poco? ¿Quieres que sea tu putita personal?
—Para encontrarte aquí, para saber que estás aquí, para olerte, para ver
tus ojos, para besarte, para hacer el amor. Y no hables así, no eres mi puta
personal, te he dicho que eres mi mujer. Pero, ahora, basta de gilipolleces. No
me acostaré con nadie más y tú harás lo mismo. Además, le dirás a Erik que
desaparezca.
—¿Cuánto durará este acuerdo? ¿Tú y tu amigo de abajo volveréis a
tener derecho a buscaros a otra pasado cierto plazo?
«Dile que la quieres, dile que no existe un plazo, dile que solo piensas
en ella, que su mera presencia te hace sentir de carne y hueso, que basta que
un átomo de su respiración te roce para echarte a temblar; que cuando oyes su
voz te excitas mortalmente, incluso cuando canta esas canciones espantosas
de Cyndi Lauper; dile que se ha convertido en tu droga, a pesar de no haberte
drogado nunca; que nada más verla sentiste que se había producido un
prodigio, que un cupido travieso se había escondido detrás de la pared para
clavarte una flecha de cobre y sangre; que el destino te habló a través de sus
ojos; que pasarías horas y horas mirándola, besándola, lamiéndola; que
cuando gozas, gozas porque estás con ella, porque estás entre sus piernas, las
suyas, solo las suyas, encima de su piel del color de la miel de castaño; que
no quieres ni querrás a otra mientras vivas.»
Pero, no se lo dijo, una vez más, temía asustarla. Temía que, si ella no
sentía lo mismo por él, escaparía. Y no quería que volviera a escapar.
—Durará hasta que sintamos que ya no estamos bien así, pero aún no sé
si quieres, es decir, ¿quieres estar conmigo? ¿Ser solo mía?
Francisca le dirigió una larga y profunda mirada. Al final, bajó los
párpados y susurró:
—Sí.
—Háblame de… Marcus —murmuró Byron varios días más tarde, al
amanecer. Su vida transcurría entre esas cuatro paredes, esas sábanas, esa
cama herida por los golpes de una pasión desenfrenada. Iban a trabajar todos
los días, coincidían de lejos en la universidad, fuera se ignoraban y en casa
vivían desnudos. Con la puerta cerrada al mundo, hacían el amor una y otra
vez. Byron dejó de ir al local por la noche, salvo el sábado. El resto del
tiempo se lo dedicaba a Francisca. Era maravilloso estar juntos y aún lo era
más estar abrazados en la oscuridad y hablar de cosas insignificantes al
despertarse, antes de que ella saliera para ir a la cafetería, donde trabajaba en
el turno de mañana.
Ese día, sin embargo, Byron decidió hacerle esa pregunta. Sintió que
ella se tensaba entre sus brazos, pero él quería saber. Estaba incluso dispuesto
a hablarle también un poco de Isobel, pero Francisca no parecía interesada.
Eso lo hería, le causaba la trágica impresión de que a ella no le importaba
mucho, de que solo quería vivir el presente, ignorando el pasado y olvidando
el futuro. Byron, en cambio, pensaba en él. No veía la hora de que terminase
el primer semestre para poder vivir ese amor sin disimulos ni miedos, en
público. Como era un hombre honesto, había pedido a un compañero que lo
sustituyera en el examen final. Se inventaría algo, debía conseguir que otro
evaluara a los estudiantes. Que otro juzgara a Francisca como alumna.
Dudaba de que pudiera ser imparcial. Ya en el aula era muy difícil no hablar
solo con ella, no leer y comentar versos o contar la vida de los poetas y la
simbología de sus palabras sin mirarla a los ojos.
—Fíate de mí, te lo ruego —insistió estrechándola con más fuerza—.
Háblame de él, de vosotros. Fue importante para ti. Quiero saber.
Ella guardó silencio unos minutos.
—Marcus me salvó la vida —dijo, por fin.
—¿En qué sentido?
—En todos los sentidos. Yo… era una niña problemática, con cierta
tendencia a meterme en líos.
En la oscuridad, Byron esbozó una sonrisa llena de melancolía. Se la
había imaginado justo así: impetuosa, rebelde, al borde del precipicio.
—¿Y él te salvó enseñándote a respetar las reglas?
Francisca se rio de forma impulsiva y sincera.
—¿Marcus? ¿Respetuoso de las leyes? ¡De eso nada, él era como yo!
Éramos dos locos. Me salvó porque me hizo sentir menos sola. No tenía a
nadie, él fue mi única familia. Luego terminó. No hay mucho más que decir.
—¿Por qué terminó?
—Ya te lo he dicho. Sus sentimientos cambiaron. Se enamoró de otra.
Se enamoró de verdad, quiero decir. Yo solo era una compañera de batallas.
Una red de seguridad. Algo que te resulta indispensable en cierto momento
de tu vida. Pero después aprendes a hacer solo el triple salto mortal, o, mejor,
con otra trapecista de la que te fías ciegamente, y ya no necesitas la red.
¿Aún lo quieres?
¿Lo echas de menos?
La duda lo estremeció y decidió no preguntarle nada más. Hasta que no
comprendiera lo que sentía por él, no quería saber cuánto había querido a otro
o si aún lo quería.
—¿Qué quieres hacer cuando seas mayor? —le preguntó, en cambio—.
Después de la universidad, claro.
Esta vez Francisca no se lo pensó dos veces.
—Me gustaría escribir una historia que llevo en la cabeza. Aún no me
he atrevido a hacerlo.
—Eso sería estupendo. Tienes talento. Tienes corazón. ¿Puedo ser tu
primer lector?
—No lo sé. Temo que mi historia no te gustará. Está llena de violencia,
de sangre y de venganza. Es como yo.
—Tú eres mucho más que eso, pero estoy seguro de que me gustará.
—Quién sabe.
—Ya verás.
Francisca se volvió a reír.
—¿Crees que aún estarás conmigo cuando acabe de escribir mi historia?
Necesitaré un poco de tiempo, para entonces tú también habrás encontrado
otra trapecista.
—Eso nunca sucederá.
Francisca se liberó de sus brazos. Pese a que no podía verla con
claridad, estaba seguro de que ella lo observaba con la mirada encendida.
—No lo hagas —le intimó—. Sé lo que vas a decir. Promesas de para
siempre, pero para siempre no existe. Ya he oído ese cuento, solo se lo creen
los niños. Yo hace tiempo que crecí. Hablemos de otra cosa, por favor.
Le costó mucho complacerla, le dolió. El deseo de decirle que la quería
era casi más imperioso que el de hacer el amor. Y el deseo de hacer el amor
era muy imperioso. Si ella hubiera sabido cuántos proyectos había hecho,
cómo imaginaba sus próximos seis meses, el año y el año siguiente. Quería
vender el apartamento, comprar uno más grande, una verdadera casa con
«malditas» puertas. Quería que ella tuviera un jardín lleno de plantas, quizá
hasta un invernadero. Y, ahora, en el plan concebido por su febril
imaginación, veía también una habitación donde pudiera escribir. Quería
viajar, llevarla a todas partes, dormir en saco en el Gran Cañón o en el ático
del rascacielos más alto de Kuala Lumpur. Ir a Europa. Tener hijos. Y
quererla hasta el final de su vida terrenal.
«Si pudiera leerme el pensamiento, creería que estoy loco.
»Y puede que lo esté, loco.
»Estoy locamente enamorado y solo veo mi vida llena de ella.»
Pero, por el momento, era mejor proceder con cautela. De esta forma,
haciendo un esfuerzo para no acribillarla a preguntas ni arrancarle un millón
de promesas, se limitó a decirle:
—¿Voy demasiado lejos si te invito a pasar la fiesta de Acción de
Gracias conmigo?
Los músculos de Francisca se relajaron.
—No, se admiten hasta proyectos de una semana.
—En ese caso, ¿te apetece que vayamos a Cape Cod? Tengo una casa
allí, era de mi madre, no he estado en ella desde hace mucho tiempo.
Podríamos ir el miércoles y volver el domingo. Cuatro días solo para
nosotros. No habrá clase y en el local pueden arreglárselas sin mí.
—Nunca he estado allí. Dicen que es un lugar maravilloso.
Su voz delataba tanta emoción, una felicidad casi infantil, que Byron se
sintió conmovido.
«Me excitas y me enterneces como ninguna otra mujer. Es una
combinación milagrosa de sentimientos. Eres mi hechizo personal.»
—Toda la península es muy sugerente. La casa está en Provincetown,
en la playa, te va a encantar.
—¿Y si alguien nos ve?
—Habrá sobre todo turistas. La mayoría de mis conocidos prefiere
Martha’s Vineyard, una localidad para pijos, pero no nos acercaremos a la
isla.
—La verdad es que soy una puta oportunista. Eres tan educado como un
caballero del siglo XIX y tan guapo como un dios vikingo, follas como un
dios vikingo, tienes la voz más sexi del mundo, cocinas como un chef, te
gusta la poesía y también tienes dinero. Si dijera que la primera vez que te vi
me pareciste un repetidor cenizo, drogadicto e incluso poco amante del agua
y que, a pesar de eso, me impresionaste al instante, no se lo creería nadie.
—¿Hablas en serio?
—¿No te crees lo que te he dicho? Sabes que eres guapo, no seas
hipócrita, no me vengas ahora con «Vaya, ¿ese tío tan guay del espejo soy
yo?, ¿esos ojos, esa nariz y ese culo pertenecen a mi majestad?». —Sentada
desnuda en la cama, Francisca habló con voz grave para imitarlo—. Si esto te
ayuda a convencerte, casi todas las estudiantes de la universidad lo piensan.
Byron no pudo contener la risa.
—¿Casi todas? ¿Quieres decir que alguna no está de acuerdo con eso?
—He oído decir a una que eres un rubito descolorido con barba de
cavernícola, pero me pareció una putita que se moría de celos. Para empezar,
tienes el pelo de color bronce, con reflejos cobrizos, y tu barba no es tan
larga, pero, eso sí, he de reconocer que, a pesar de que se nota que te han
educado los mejores maestros, eres un poco cavernícola.
—¿Y eso es malo?
—Para nada, en la cama eres más cavernícola de lo que me imaginaba.
Viéndote con esas gafas de intelectual, nadie diría lo que eres capaz de hacer,
ni, sobre todo, durante cuánto tiempo eres capaz de hacerlo. No sonrías como
un idiota, no te estoy haciendo un cumplido, es verdad.
—¿También cuando dices que te impresioné mucho cuando me viste?
¿Fue en sentido bueno o malo? La verdad que esa mañana daba asco. Me
había despertado tarde, no me había dado tiempo a cambiarme y…
—Y yo no podía dejar de mirarte. La verdad es que me pareciste
bastante antipático. Creo que te odié desde el primer momento. Esa sonrisita
en los labios… Pero ya no te odio. —Calló bajando la mirada hacia la sábana
que tenía enredada en las piernas. Se mordió los labios con verdadera
inocencia, como si estuviera persiguiendo un pensamiento inquieto. Por
último, repitió—: En cualquier caso, todos dirían que soy una puta
oportunista.
—Si alguien se atreve a decir algo así delante de mí, se encontrará con
un testículo menos y una dentadura nueva.
Francisca le dirigió una mirada lenta, lánguida, casi exhausta.
—Tú no lo piensas, ¿verdad? Que soy una oportunista, quiero decir. Me
da igual que pienses que soy una puta.
Byron se inclinó hacia ella, la empujó de nuevo hacia la cama y la
inmovilizó con los brazos y con los ojos.
—No sigas, no quiero que seas la primera que necesita una dentadura
nueva. —Ella calló y ladeo la cabeza hacia el lado opuesto de la almohada.
Byron la besó en los labios con dulzura—. Eres un hada que ha venido a la
Tierra para salvar mi alma.
—¿Tu alma necesita que la salven?
—Ninguna alma es inmune a esa necesidad, salvo la de los niños muy
pequeños. Nadie es perfecto, ni siquiera quienes lo parecen. Por ejemplo, tú
también tienes un defecto terrible.
—¿Solo uno? ¿Cuál?
—Te gusta Cyndi Lauper. Aunque creo que a partir de ahora me gustará
también a mí. Ya no podré oír Time After Time y True Color sin ver la
imagen de tu espléndido cuerpo rodeada de crema de tiramisú.
Francisca soltó una carcajada y él se sintió feliz.
—Me gustaba cuando era pequeña, la escuchaba cuando tenía doce
años. Luego dejé de hacerlo, pero el otro día me entraron ganas de volver a
oírla, no sé por qué. Como si tuviera de nuevo doce años. Antes de que… —
Se interrumpió, lo miró, se volvió a morder los labios y prosiguió—: Bueno,
antes de que murieran mis padres, pero ahora basta de cosas tristes, háblame
de Cape Cod.
Se tumbaron abrazados y Byron habló sin dejar de acariciarle el pelo.
Le contó todo sobre Cape Cod, en especial le habló de Provincetown: las
playas arenosas, los faros, las casas de estilo colonial, las ballenas surcando el
océano, los veleros hendiendo el agua como cuchillos blancos. Le contó
todo… o casi todo. No le reveló lo fundamental. Temía que, si se lo decía,
ella pudiese echarse atrás y negarse a ir.
«Se lo contaré más tarde, cuando esté seguro de que puede entenderlo y
aceptar su sentido profundo.»
De repente, se oyó el timbre insistente del despertador.
Francisca se desentumeció entre sus brazos.
—Tengo que ir a trabajar, profesor.
—Mmm…
—¿Por qué pones esa cara?
—He visto a esos capullos zumbando a tu alrededor.
—A mí se me ha quedado grabado uno en especial. Entró, qué asco me
dio, por Dios, pidió un café y, cuando salió, lo tiró enseguida a una papelera.
¿Qué vino a hacer al bar, entonces? Pero ahora apártate, debo ir a arreglarme,
si no me despedirán también de este trabajo y no puedo permitírmelo.
—Ya sabes que…
—¿Que tengo un pretendiente rico que podría mantenerme y que podría
dejar de trabajar en una cafetería donde todos me miran las tetas? ¿Era eso lo
que querías decir?
—Quería decir que podrías buscar algo mejor.
—Nunca encontraré nada mejor, no existe un local en el mundo donde
me gustaría trabajar como camarera, pero, por el momento, no puedo
permitirme otra cosa. No pongas esa cara, sé lo que vas a decir. Sophia me lo
sugirió también, no trabajaría contigo ni muerta.
—¡Lo has entendido mal, jamás trabajaría contigo! ¡Me han bastado
cinco minutos en esa cafetería para que me salga una úlcera, no quiero ni
pensar si tuviera que soportar a docenas de hombres desnudándote con la
mirada todas las noches!
—Se cuidar de mí misma, no lo olvides.
—Lo sé, pero ese no es el problema. En cualquier caso, espero que no
tengas que clavarle la navaja a ninguno. ¿Llevas siempre encima ese juguete?
—No siempre. Depende de lo que me dice mi sexto sentido. Por el
momento, está enterrada en el fondo de la mochila. A propósito de la
mochila, tengo que decirte algo.
Desnuda como una estatua, bajó de la cama y se arrodilló en el suelo.
Byron miró su espalda, sus glúteos redondos, las plantas de sus pies, y tuvo
que hacer un enorme esfuerzo para no tomarla en esa posición sin
preliminares ni palabras.
—Aquí está —dijo ella volviéndose. En una mano sujetaba un fajo de
billetes—. Es mi contribución para la casa. Te pagaré todos los miércoles. He
hecho un cálculo aproximado y creo que podré darte doscientos cincuenta
dólares a la semana. ¿Te parece bien? —Los dejó en la mesilla y se encaminó
hacia la escalera.
—Si te dijera que no los quiero, ¿qué harías?
—Me marcharía de esta casa y no volvería nunca.
—No se puede negar que eres dura.
—En este momento, el más duro eres tú, pero no tengo tiempo. Tendrás
que resistir hasta esta noche.
Él se echó a reír, mirándose, contemplando la alegría que manifestaba
su cuerpo. Mientras ella desaparecía en el piso de abajo, le dijo en voz alta:
—Una mujer que me deja doscientos cincuenta dólares en la mesilla,
guau, ¡esto sí que es una experiencia nueva! No obstante, como no conozco
las tarifas que se pagan por ciertos servicios, no sé si sentirme complacido u
ofendido.
Se rio y se asomó a la barandilla mientras Francisca, envuelta en la luz
del amanecer, le enseñaba el dedo corazón riéndose también.
Byron miró el cielo. El sol trataba de atravesar un muro de nubes grises
sin conseguirlo. No obstante, de vez en cuando, algunos rayos se filtraban
como si la luz de una antorcha estuviera perforando un saco y, entonces, él
tenía valor para dar otro paso.
Llevaba media hora delante de la verja y no se atrevía a franquearla.
Había dejado a Francisca en casa, contemplando el panorama del océano
Atlántico, que se cernía sobre las habitaciones como si fuera a entrar en ellas
por las ventanas, con la promesa de que salía a comprar algo rápido y de que
no tardaría nada en volver, así que debía apresurarse.
«Date prisa, ella te está esperando.»
El recuerdo de sus ojos embelesados, de su sonrisa extática, similar a la
de una niña que abre un regalo y encuentra en el paquete algo mucho más
bonito de lo que esperaba, la perspectiva de la felicidad que lo aguardaba le
hizo olvidar por un instante la infelicidad que tenía delante.
Contuvo un suspiro y tomó una decisión.
Cruzó la puerta.
Se abrió paso entre lo que parecía un laberinto de espejos de mármol
diseminados a distancias regulares y buscó el que le interesaba. Se sentía
aturdido, febril, pero, al mismo tiempo, tan decidido que sentía miedo de sí
mismo.
Después, la encontró.
Siempre estaba allí.
No había ninguna foto, solo su nombre grabado en la piedra.
ISOBEL JEFFERSON LORD
NACIDA EL 3 DE OCTUBRE DE 1983
MUERTA EL 27 DE NOVIEMBRE DE 2014
QUE LOS ÁNGELES TE CONCEDAN LA PAZ
El recuerdo de ese día terrible lo sacudió, además del temor de haberse
equivocado en todo, incluido ese peregrinaje.
No quería molestar a los muertos ni abatir a los vivos, solo quería
saludarla. Tenía la sensación de que allí, en el único lugar de la Tierra que
Isobel no odiaba, el único en que no se sentía perseguida por todo el mundo y
también el único donde, paradójicamente, después de combatir tantas guerras,
se había concedido el último viaje, era más fácil que lo oyera.
Miró alrededor, el pequeño cementerio de Truro estaba desierto. Estaba
a solas con Isobel, que yacía bajo la lápida cubierta de líquenes.
«Perdóname, pequeña, siempre te he abandonado.»
Se inclinó y dejó en la hierba las gerberas amarillas que había llevado.
Las esparció, sin dejar de leer su nombre. Por su mente solo pasaba esa
palabra, repitiéndose una y otra vez. «Perdóname, perdóname, perdóname.»
La repetía desde hacía un año, se la repetía a sí mismo, a su alma, que
imaginaba envuelta en llamas, al alma de ella, que, sin duda, vivía en una
nube. La había traicionado de mil maneras. Incluso no obligándola a
cuidarse. Debería haber sido más firme, debería haberla querido, debería
haber hecho todo lo posible para que amara la vida. En cambio, se había
limitado a soportarla y se había conformado con la supervivencia. De los dos.
Si ella hubiera tenido a su lado un marido realmente enamorado, las
cosas habrían ido de otra manera. La habría ayudado. No se habría limitado a
socorrerla, la habría apoyado. No la habría tolerado, la habría animado. No la
habría sufrido, la habría deseado.
En cambio, él había sido un muchacho estúpido y luego se había
transformado en un hombre egoísta. Un hombre que creía que acudiendo ese
día y disculpándose de la manera más solemne posible iba a obtener su
perdón. Un hombre que quería vivir.
«No puedo ser peor. En lugar de venir a Cape Cod solo por el
aniversario de tu muerte, he venido con otra mujer.
»La he traído aquí porque quiero contarle todo.
»Le hablaré de ti, le hablaré de mí.
»Agarraré mi corazón, mi historia, mis errores, el pequeño monstruo
mimetizado que llevo dentro y se lo enseñaré todo.
»Debo correr el riesgo.
»Quiero que sepa que no soy el príncipe que cree, que no soy tan buen
partido como se imagina.
»El héroe inmaculado que desconoce el miedo.
»Solo soy un hombre.»
El viento le sacudió el pelo mientras, a lo lejos, una gaviota chillaba
como un niño herido. Una idea extraña pasó por su mente en ese instante.
«¿Me muestras tu perdón?
»¿Me mandas una señal?
»Si tu alma está libre y serena, dentro de diez minutos se oirá el chillido
de otra gaviota.
»Eso querrá decir que estás en paz contigo misma.»
Enseguida comprendió que era el enésimo acuerdo egoísta, que
demostraba poco interés por ella y demasiado por él. Las gaviotas no dejaban
de chillar. Debería haber buscado algo más inverosímil: por ejemplo, que un
dragón sobrevolase las lápidas. Pero ya era demasiado tarde.
Esperó la gaviota.
Los minutos pasaron.
Mucho más de diez minutos.
Fue como si todas las gaviotas del mundo, las de Cape Cod, sobre todo,
hubieran muerto de golpe. El silencio era absoluto, solo se oía el viento
soplando entre las lápidas.
¿Le estaba mostrando Isobel su contrariedad?
El silencio le transmitió la oscura certeza de un peligro. Casi una
amenaza. Era como si Isobel le estuviera diciendo: «No solo no te he
perdonado, tengo intención de vengarme».
Fue presa de una angustia feroz. Sin mirar la lápida por última vez, salió
a toda prisa del cementerio. Los dieciséis kilómetros escasos que separaban
Truro de Provincetown, un cuarto de hora en el coche que había alquilado, le
parecieron diez mil. No había tráfico y no hacía calor, pero la agitación lo
hizo sudar, como si hubiera quedado atrapado en un atasco interminable bajo
un sol abrasador.
Hacía un año también había salido para comprar comida.
Le había dicho a Isobel que lo esperara.
Ella había sonreído sin sonreír.
Cuando había vuelto, ella no estaba en casa, la había buscado por todas
partes y, al final, la había encontrado ahorcada en el faro de Race Point Light.
Colgada de la balaustrada, se balanceaba en el viento frío del anochecer como
una muñeca triste.
No pensaba que Francisca fuera a imitarla, tampoco que el fantasma de
Isobel pudiera urdir una venganza, como en las películas de terror.
Lo único que me tortura es el sentimiento de culpa. Francisca estará
paseando por la playa y, cuando la vea sonreír, sonreiré.
Frenó bruscamente en la arena, al lado de la fachada de la casa de
madera de color gris pizarra y blanco. Se apeó de un salto, con la fogosidad
de un loco.
No le había dado siquiera el regalo. La sorpresa. Algo que había creado
para ella hacía unos días.
«Se lo darás ahora. No te dejes llevar por el pánico.»
Entró en casa gritando su nombre. Ella no le respondió. La buscó por
todas partes. Ni siquiera apareció su hermosa sombra. Se asomó a la
barandilla que daba al océano, buscando a derecha e izquierda, pero no vio
ningún perfil humano.
La llamó al móvil, pero el teléfono estaba apagado.
Su equipaje ya no estaba en casa. Lo único que encontró, al lado de la
ventana, fue un guante de ante. ¿Se había llevado los guantes? ¿Para qué?
Solo entonces, corriendo desesperado, recorrió los casi ochocientos
metros que separaban la casa del faro. Lo divisaba a lo lejos, gris y negro,
erigiéndose perpendicular al mar, rodeado de dunas de arena y malas hierbas
llenas de espinas. Su parte racional, que negaba con rotundidad la posibilidad
de que la historia se hubiera repetido, se había hundido en una ciénaga de
pánico.
El crepúsculo empezaba a sumir al mundo en una melancolía enorme y
Byron se dio cuenta de que estaba llorando. Cuando llegó al faro, buscó la
balaustrada con los ojos. Sus pupilas verdes parecían negras en la penumbra
del sol agonizante.
Pero no había nadie. No había ningún cuerpo colgado ni estrangulado.
El alivio duró un instante.
Porque, aunque no había muerto de esa forma cruel, Francisca había
desaparecido.
La buscó por los alrededores, pero todo fue en vano. Preguntó a todas
las personas con las que se cruzó por la calle en Provincetown. Nadie había
visto a una joven de esas características. ¿Cómo era posible? Francisca
llamaba siempre la atención, era imposible que hubiera pasado desapercibida.
Fue incluso a la policía, pero un agente joven de aire quisquilloso le dijo que
no se podía denunciar la desaparición de una persona mayor de edad cuando
solo llevaba ausente unas horas. Debían pasar, al menos, dos días.
«¿Dos días así? Dios mío, moriré antes.»
Su móvil seguía apagado. En casa no había dejado una sola maleta, así
que, al amanecer, volvió a Amherst.
Durante el viaje guardó un silencio absoluto, que no fue solo una natural
ausencia de palabras, dado que estaba solo, sino también una ausencia de
pensamientos. El miedo le había anestesiado la mente, en lugar de
desatársela. Fue como si, de alguna manera, intentase protegerse del dolor, de
la sospecha, de la certeza de que le había sucedido algo. Vivió en una especie
de burbuja, frenando los latidos del corazón, imponiéndose la esperanza de
que estuviera en casa, de que lo estuviese esperando allí, de que sus acciones
tuvieran una explicación lógica.
Pero tampoco la encontró allí: la casa estaba como la habían dejado esa
mañana antes de salir. Su planta, Escila, estaba en la penumbra, una triste
estampa allí donde le faltaban las flores.
Byron se preguntó si Isobel se sentía así, si vivía así. ¿Sentía siempre
ese pánico incondicional? ¿Esa sensación de ahogo? ¿La opresión propia de
quien está amenazado? Si había vivido en ese estado durante treinta años,
comprendía su dolor, su angustia, su sonrisa apagada y, con frecuencia,
hostil. En cuanto a él, temía volverse loco. No tenía puntos de referencia. No
sabía qué hacer ni dónde buscarla.
De repente, en la confusión del pánico, que le privaba de la lucidez,
recordó a Sophia. Cuando le preguntó si sabía algo de Francisca, le respondió
de forma enigmática e inquietante: «Creía que estaba contigo. Esta mañana la
estáis buscando muchos. ¿Qué ha ocurrido? ¿Debo preocuparme?».
Antes de que pudiera hacer algún comentario, oyó que llamaban con
fuerza a la puerta.
¿Sería ella?
Con el móvil en una mano y el corazón esperanzado, corrió a abrir.
Pero no era Francisca.
Se trataba de un desconocido de dos metros de estatura, con el pelo
corto, los ojos grises y un tatuaje tribal en el cuello. Un desconocido tan
imponente como un árbol, de expresión borrascosa, entró en casa sin más
preámbulos y le preguntó con ferocidad: «¿Dónde está?».
Un desconocido que, a decir verdad, no era tan desconocido.
A pesar de que no lo había visto nunca, Byron tuvo la certeza de que era
Marcus.
CAPÍTULO 17
FRANCISCA
Encuentro a Erik en la clase de Poesía contemporánea. Se alegra de
verme y me dice que él también se ha matriculado de esa asignatura.
—Así nos conoceremos mejor —murmura mientras se sienta a mi lado
—. Perdona por haber desaparecido la otra noche en la fiesta. Creo que bebí
demasiado, vomité hasta el alma en un lavabo y, cuando me recuperé, la
fiesta había terminado. ¿Tú también te pasaste?
—Vaya que sí, yo vomité en la fuente.
Erik se ríe, nada escandalizado. Supongo que vomitar en la fiesta de
disfraces de una confraternidad universitaria es una de esas experiencias que
hay que tener en la universidad.
—¿Con quién te marchaste? Me dijeron que estabas con un tipo
disfrazado de V de Vendetta.
Temiendo que alguien haya reconocido a ese cabrón —no puedo
llamarlo de otra forma, ahora incluso «profe» me parece un apelativo
demasiado generoso e íntimo— mientras compraba la máscara en alguna
parte, prefiero irme por las ramas.
—No sé quién era, solo me sujetó la frente en el jardín, luego volví a
casa sola. Solidaridad entre borrachos.
Le sonrío de la forma más seductora posible, enrollando un mechón de
pelo en un dedo, metiendo la barriga y sacando pecho. Qué previsibles son
los hombres. Si quieres desviar un discurso de un campo minado, no es
necesario que te devanes los sesos buscando temas inocuos: basta enseñar las
tetas. Si llevase una minifalda, podría obligarlo a hacer cualquier cosa.
Como la tipa rubia que está sentada en primera fila. Desde el primer día
es evidente que no frecuenta este curso para llenar la mente sino las bragas.
Se pone siempre en el mismo sitio, lleva unas faldas tan cortas que casi le
llegan al ombligo y no para de revolverse en el asiento: se mueve hacia la
derecha, hacia la izquierda, cruza las piernas, todo con el objetivo nada
subliminal de mostrar su mercancía al profesor.
Él suele ignorarla, debo reconocerlo, pero hoy no le quita ojo. No sé por
qué no bajo la escalera en dos saltos, le doy una patada y le parto los dientes,
porque ganas no me faltan.
Puede que me contenga porque no es asunto mío.
Es decir, si quiere mirar el conejo de esa, que lo haga.
En el fondo, es evidente que le gustan las rubias, también su mujer lo
era, y esa alumna se parece un poco a ella, tiene la misma piel de color
muerta-incluso-estando-viva.
Y estoy segura de que la tipa que se tiró en su local, la de la cara
embadurnada de pintalabios, tiene el pelo claro. Una morena jamás usaría ese
color malva glacial.
No sé por qué rumio estos pensamientos tan agresivos.
Casi parezco tener celos.
Ok, tengo celos.
Pero, por encima de todo, me siento infeliz. Desde que mi corazón se
rindió, me siento infeliz.
De vez en cuando tengo la impresión de que ya no soy yo. Salvo estos
momentos de celos exasperados, me siento como si alguien me hubiera
apagado la luz desde dentro.
Durante la clase recita los versos de Leonard Cohen mientras mira a la
rubita, mi corazón languidece, presa de un dolor que no tiene nada que ver
con la rabia furiosa a la que estoy acostumbrada: es una infelicidad dulce,
devastadora y melancólica.
Esto es para ti,
es todo mi corazón,
es el libro que te habría leído
cuando hubiéramos sido viejos.
Ahora soy una sombra,
estoy sin paz, como un imperio.
Al final de la clase, Erik me invita a beber algo con él antes de que
empiece la clase siguiente y yo acepto. Sé lo que va a suceder mientras
salimos del aula. Byron se encamina hacia su despacho con la capulla de las
pestañas largas pisándole los talones, luego se encierran en él.
—El profesor Lord es un auténtico playboy —dice Erik riéndose.
Ha seguido la dirección de mi mirada y no he tenido tiempo de cambiar
mi expresión de tormento en una mueca de burlona chismosa. Con la barriga
dentro y el pecho fuera, suelto una risita maléfica.
—Se veía a la legua desde el primer día —comento divertida—. Si a
una mujer le gustan los rubios descoloridos con barba de cavernícola…
—Eres la única que habla así —observa Erik satisfecho, orgulloso de su
pelo negro y su total ausencia de barba. Con la barriga dentro, el pecho fuera
y la mirada lánguida, me muerdo los labios para impedir que entienda cuántas
gilipolleces he soltado en un segundo—. Las chicas dicen que está muy
bueno. Que es una mezcla de Ichabod Crane, el de la serie Sleepy Hollow y
Ragnar, el de Vikingos. ¿Sabes que tiene un local donde canta cover rock con
una banda?
—No, caramba. Me imagino lo que se dirá de él por ahí.
—Muchas cosas, sí. Bueno, no hay pruebas, pero muchas chicas juran
que se han acostado con él. Estuvo casado hasta el año pasado, su mujer
murió.
—Vaya, ¿y se sabe cómo?
—Por lo visto tenía una cardiopatía y tuvo un infarto de repente. En
cualquier caso, debía de estar muy enferma, porque nunca la vimos. Algunos
decían que la tenía encerrada por celos.
—¿Estaba… estaba muy enamorado?
—Creo que sí. Antes no se rumoreaba nada sobre él. Cuando ella murió,
él se tomó tres meses de baja. Estaba fatal, volvió a trabajar a principios del
segundo semestre y las chicas empezaron a arrojarse a sus brazos, como la
rubia de hace poco.
Me trago un suspiro. Salgo con Erik del campus, pensando que soy una
masoquista y preguntándome cuánto tiempo podré seguir fingiendo que todo
esto no me está matando.
Erik y yo nos vemos con frecuencia durante unos días. Se ha
matriculado de esa asignatura para verme, no para mirarle el culo al profesor,
como todas esas frescas, incluida una servidora. Asistimos también a otras
clases: en pocas palabras, pasamos mucho tiempo juntos.
Me ayuda incluso a encontrar un trabajo y un nuevo apartamento, pero
enseguida comprendo que es inútil, que todo es inútil. No tiene sentido fingir
que siento algo por él. Es amable, lo reconozco, y sus miradas no me
molestan, no son violentas, son las miradas normales, normalmente
famélicas, quiero decir, de un joven que quiere acostarse contigo, pero sin
agredirte ni tenderte una trampa, solo porque le gustas y porque es natural
que suceda.
Lástima que él no me guste. En ese sentido, no. De manera que,
precisamente porque es buen chico y porque no quiero que sufra ni que
pierda tiempo corriendo detrás de mí, mientras podría tratar de conquistar a
otra más disponible, una tarde se lo digo.
Ha venido a recogerme, como siempre, al final del turno. Nos sentamos
en un banco en silencio. Es la primera vez que trato de atinar con las palabras
para no ofender a un hombre. Él es tan encantador y amable, tan joven, tan
lleno de esperanza, que no quiero echarle por tierra la ilusión de que el
mundo no está lleno de cabrones que intentan engañarte, traicionarte, usarte.
De repente, noto que va a besarme. Me aparto justo cuando sus labios me
rozan.
—¿No quieres? —me pregunta—. ¿He hecho o dicho algo malo?
—No, de verdad. Eres perfecto, pero…
—Odio los peros, siempre ocultan una trampa.
Me vuelvo hacia él sonriéndole.
—Estoy enamorada de otro —declaro.
—¿Sales con otro?
—No, no salgo con nadie. Él no me quiere, pero yo sí.
—Pareces sincera.
—¿Y eso es un problema?
—Lo es en el sentido de que, diga lo que diga para tratar de convencerte
de que soy el hombre adecuado para ti, será inútil.
—Sí, será inútil.
—En cualquier caso, no lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes?
—Que haya alguien que no te quiera. ¿Estás enamorada de uno y el
muy imbécil te deja escapar así?
Me encojo de hombros, mirando la oscuridad.
—No se puede gustar a todos.
—No, perdona, pero es imposible que no le gustes a todos. A todos los
chicos de la confraternidad les habría gustado invitarte a salir, si no lo han
hecho es por respeto hacia mí, y es evidente que medio campus va detrás de
ti. Los alumnos de Derecho van a la cafetería desde que trabajas allí, ¿no te
has dado cuenta? Estás muy buena, Francisca, perdona que sea tan directo,
pero es la pura verdad. ¿Y ese idiota te hace ascos? ¿Quién es? ¿No será
homosexual?
«No lo es, te lo aseguro. No me quiere, eso es todo.»
—Ahora debo marcharme. En cuanto a ese apartamento, no creo que lo
acepte. Por el momento, estoy en casa de una amiga, pero gracias por
haberme ayudado a encontrar trabajo.
—Lo siento de verdad, todo. No sabes cuánto me gustas. No solo eres
guapa, también eres misteriosa, además de una chica decente. Otra en tu lugar
habría salido con toda la universidad, pero tú vas a tu aire e incluso te has
hecho amiga de una nulidad como yo.
—¡No eres una nulidad! Eres un chico estupendo y encontrarás una
chica perfecta para ti. Estoy segura. Es más, si puedo darte una pista, en el
curso de Literatura hispanoamericana hay una pelirroja que no te quita ojo.
—¿De verdad? ¿Cuál? ¿La que va siempre vestida de verde esmeralda?
—Exacto, así que te has dado cuenta. Me alegro.
Se ríe y sus dientes blanquísimos brillan como luciérnagas.
—Es mona, sí. Y me he dado cuenta de que me mira.
—Entonces, ¿a qué esperas? —susurro poniéndome de pie—. Ahora
debo marcharme.
—Te acompaño.
—No, tranquilo, prefiero ir sola. Cogeré el autobús.
—¿No quieres que vaya contigo hasta tu casa?
—Quiero que vayas a divertirte, que encuentres una chica guapa con la
que pasar las noches y que asistas a las clases de Poesía solo porque te gusta
y no por mí.
—En ese caso, creo que dejaré de ir. Sé que el profesor Lord cae bien a
todos, pero yo no lo soporto.
Nos despedimos, finjo que voy a la parada del autobús, pero luego me
desvío hacia casa de Byron.
Vivir con él no es fácil.
Pero, por encima de todo, no es fácil vivir conmigo misma, con estos
sentimientos extraños que brotan en mi interior, con estas emociones que no
reconozco. A veces tengo que hacer un esfuerzo para encontrar palabras
nuevas que me describan, porque me da la impresión de que las justas no
pertenecen al vocabulario de mi vida o que pertenecen con unos significados
completamente diferentes.
Amor, en lugar de apego desesperado para no quedarme sola.
Deseo, en lugar de necesidad animal de ofuscar la memoria.
Miedo, no de morir, sino de tener que vivir sin él.
A veces, la sensación de que él también me quiere, de que me desea y
de que tiene miedo a perderme me ilumina como una luz deslumbradora, pero
luego pienso que no, que no es posible, que solo lo atraigo, que mi aspecto
engaña sus percepciones, le hace creer que la luz de una vela es un cometa. Si
me conociera de verdad, si supiera todo de mí, escaparía. Sus sentimientos se
volverían banales y sus deseos, pedestres.
¿Cómo puedo contarle que soy mercancía podrida desde que tenía doce
años, que he bebido, robado, fumado, herido y matado, que he intentado
suicidarme?
Él es tan respetable, tan honrado, tan regio.
Le seduce el misterio que me rodea, pero, si lo conociera, le repugnaría.
Quizá solo quiera tratar de olvidar el gran amor que ha perdido, su dulce
mujercita de sonrisa exhausta.
No me quedaré mucho más tiempo en esta casa. No puedo. No es que
no me guste, al contrario, me encanta. Cuando vuelvo tengo la impresión de
que es mía. Incluso el cuarto de baño sin paredes empieza a resultarme
simpático. Hay un rincón perfecto para Escila, ahora está más verde y
carnosa. En esta casa a veces tengo la impresión de haber vuelto a la edad de
la inocencia.
Mañana me marcharé, no me queda más remedio, me estoy encariñando
con todo, incluso con las cosas, y, cuanto más fuerte sea el nudo, más
sangraré cuando deba arrancarlo. Tengo que aflojarlo, deshacerlo, o moriré
desangrada. Así que, dado que es la última noche, decido celebrarlo. No sé
qué, pero quiero celebrarlo.
Estoy sola y doy rienda suelta a la alegría. Pongo un viejo cedé, una de
las cosas que he llevado siempre conmigo fuera donde fuera sin saber muy
bien por qué. Ahora lo sé: debía servirme para hoy, para esta noche, para este
momento. Descalza, vestida con los pantalones cortos y una camiseta, decido
hacer un dulce. Después limpiaré todo, él no lo notará. A ver si recuerdo la
receta del tiramisú. El sabor de los ángeles y la pasión. Para mí es así: lo
asocio al sexo y a la ternura, fundidos, como si no pudieran vivir el uno sin el
otro.
Es tan divertido bailar, cantar, ser yo misma sin farsas ni miedo, es tan
infantil y maravilloso que no lo oigo llegar. De repente, noto un movimiento
a mi espalda y me vuelvo. El cuenco se me resbala de las manos y el
contenido cae al suelo. No me puedo sentir más estúpida y vulnerable.
Byron me mira fijamente, como si estuviera hipnotizado. Va vestido
como un vampiro matón: vaqueros negros, camiseta de color púrpura,
cazadora de cuero, un anillo de plata en el pulgar, el pelo suelto y despeinado
casi le roza ya los hombros. Se acerca a mí, nos miramos y, después,
perdemos la noción de todo.
Byron ha alquilado un coche y hemos viajado cuatro horas por
Massachusetts, hasta llegar a la ciudad más septentrional de Cape Cod. Ahora
que hemos llegado, me parece increíble. Contemplo el océano Atlántico
como si fuera un cuadro. Jamás he visto un azul así. En el cielo hay algunas
nubes, pero, aun así, todo resplandece. Cuando viajaba con Marcus vivíamos
de noche, como los murciélagos, de un local a otro, borrachos y cansados, y
dormíamos durante el día. Me he perdido muchos colores y mucha luz.
—Voy a comprar algo de comer —me dice Byron abrazándome. Noto
que un suspiro de preocupación quiebra su voz. Ha sonreído durante todo el
viaje, hemos charlado, hemos escuchado música y hemos guardado un
silencio pacífico, uno de esos silencios que no pesan, que son como palabras,
pero ahora sus ojos verdes se han ensombrecido.
—Te acompaño —le digo.
—No, quédate aquí. Disfruta del panorama. Respira este aire tan bueno.
Vuelvo enseguida.
Me besa en el cuello, sus labios están ardientes. Su barba ligera me hace
cosquillas. Me aferra la cara con las manos, me mira como si fuese la última
vez que me viera.
No puedo convencerlo, dice que debe ir solo y, al final, no insisto. Con
todo, siento un dolor repentino e inexplicable.
Deambulo por la casa mientras él está fuera. Debe de haber pedido a
alguien que limpie un poco, porque, a la luz natural, no se ve una mota de
polvo. Me parece extraño que apenas haya muebles y que todos sean nuevos,
como si los acabaran de comprar. También el colchón está envuelto en
celofán. Es una casa bastante impersonal y un poco fría, pero quizá se deba a
que él no viene nunca.
«Si era de su madre, seguro que vino con Isobel.
»Es probable que diera todos los muebles que había antes, que podían
recordarle a ella.
»También el colchón donde durmió con ella, donde hizo el amor con
ella.»
De repente, odio esta casa. Comprendo que es un odio irracional: si un
hombre ha estado casado y posee una casa de vacaciones desde hace varios
años, es inevitable que su mujer haya pasado tiempo en ella. Es inevitable y
normal, pero eso no impide que me sienta fuera de lugar. El cielo me parece
más oscuro. El mar se ha vuelto gris metálico. Quiero marcharme.
Pero en ese momento oigo que llaman a la puerta.
¿Byron ya ha vuelto?
No, no es él, es una señora que me parece haber visto ya en alguna
parte, a pesar de estar segura de que nunca nos han presentado. Es una mujer
guapa, alta, sin duda mayor de sesenta años, pero vestida y maquillada con tal
habilidad que parece mucho más joven. Luce un sobrio traje de chaqueta de
color beis que debe de costar una fortuna y calza unos zapatos de medio
tacón de piel de cocodrilo o de cualquier otro pobre animal con escamas. Su
figura emana tal arrogancia que, por un instante, me estremezco.
—¿Busca a alguien? —le pregunto perpleja al ver su expresión hostil.
Me escruta con dos ojos de color gris azulado que parecen hechos de cristal
astillado.
—Sí, a usted —contesta—. ¿Puedo entrar?
—No, a menos que me diga quién es y qué demonios quiere —
respondo. Me irrita su mirada de bruja perversa, la seguridad de quien está
acostumbrado a mandar. Me irrita comprobar que, por la razón que sea, me
detesta.
—Veo que la fama sobre su mala educación no es exagerada —replica
—. Soy Margery Lord.
No puedo por menos que sobresaltarme. Ya sé dónde la he visto: en el
álbum de fotos que hay en casa de Byron. Solo que, en esa imagen, la única
que tiene de su abuela, ella era mucho más joven, pero aún conserva el aire
de Minerva sabelotodo.
Me aparto para dejarla pasar, a pesar de que no tengo ningunas ganas de
hacerlo, pero, a fin de cuentas, esta casa es más suya que mía, es su abuela,
yo no soy nadie y no tengo ningún derecho a impedirle el acceso. Si he de ser
franca, me tienta darle un empujón y hacerla caer de culo en la arena,
ordenarle que se esfume, pero trato de contenerme y me obligo a
comportarme bien.
Entra en casa y se mueve con una autoridad que no corresponde a un
invitado. Cuando llega a la sala, se quita los guantes de ante de color
avellana. Me mira de pies a cabeza y a continuación dice:
—No me dijeron que era usted tan guapa.
¿Debería sentirme halagada? No, porque me siento más bien
amenazada. No es un cumplido, suena más bien a un insulto.
—Byron ha salido, pero no tardará en volver —digo haciendo un
esfuerzo sobrehumano para no agarrarla por el cuello de su costosa chaqueta
y tirarla de allí.
—Lo sé, lo vi salir, pero quiero hablar con usted, no con mi nieto.
—¿Conmigo?
—Me han dicho que se ven a menudo.
—¿Quién le dice todas esas cosas? ¿Tiene espías a su servicio?
—Algo así. En cualquier caso, no he venido para perder el tiempo. Solo
quiero comunicarle una necesidad fundamental.
—¿Cuál?
—Esta relación debe terminar. Hoy mismo, mejor dicho, ya.
Me quedo boquiabierta, incluso a mí me turba tanta insolencia.
—Entiendo —digo en tono irónico—, estoy en una película, en la
escena en que la pariente rica y cabrona ofrece dinero a la pobretona de turno
para que deje a su adorado nietecito a fin de que este pueda casarse con una
chica más apropiada, a ser posible rica y de una familia excelente. ¿Me va a
pagar en efectivo o con un cheque?
—No suelo malgastar el dinero. No pienso darle ni un céntimo.
—¡Caramba! ¿Quiere convencerme con su prepotencia? Me parece que
no funcionará, señora, creo que soy más prepotente que usted.
—Lo sé de sobra. Tengo una lista más bien detallada de las denuncias
que hay contra usted, de las peleas en las que se ha visto envuelta, de las
veces en que la han arrestado por poseer marihuana, por molestar en estado
de embriaguez o por vagabundeo, por no hablar del proceso en que la
condenaron a cuatro años de reclusión. Un bonito currículo, lo reconozco.
—¿Usted ha… hecho averiguaciones sobre mí?
—¡No pretenderá que deje a mi único nieto a merced de cualquier
fresca!
Nos miramos con recíproco odio. Ahora la mando a tomar por culo,
ahora la estrangulo, ahora…
—¿Cómo se hizo esas heridas, señora López? —me pregunta con
odiosa frialdad. Me miro las muñecas de forma instintiva. Como siempre, las
he tapado con un suéter grande, además de con mis fieles serpientes tatuadas.
¿Cómo es posible que haya notado esas marcas ya pálidas de hace trece años?
—. No se preocupe, las ha disimulado bien, solo yo sé de su existencia. No he
encontrado documentos oficiales al respecto, pero he podido sacar mis
conclusiones. Su madre muere, la confían a su padrastro, usted intenta
suicidarse, no lo consigue y, a continuación, trata de matar a ese hombre
quemándolo vivo. Solo un burócrata obtuso dejaría de indagar sobre las
relaciones que hay entre todos esos hechos. ¿Su padrastro abusaba de usted?
¿Cuántos años tenía? ¿Diez? ¿Doce?
Toda esa violencia me deja sin aliento. La miro con hostilidad y, al
mismo tiempo, con un dolor irreprimible. Me siento furiosa, pero lo peor es
que, por encima de todo, me siento débil. En la niebla de la cólera, empiezo a
intuir su plan, su trayectoria, su objetivo.
—Márchese, enseguida.
—Lo haré, desde luego, no necesito quedarme mucho más en esta casa.
Siempre ha estado llena de mujeres mediocres. Mi nuera, la mujer de Byron,
unas criaturas ínfimas. Y ahora usted. Pero me temo que también tendrá que
marcharse enseguida. No me mire con esa expresión de enojo. Estoy segura
de que Byron no sabe nada de su pasado. No se lo ha contado porque sabe
que, si lo hiciera, lo perdería. Mi nieto ya ha sufrido bastante. ¿Sabe cómo
murió Isobel? No, seguro que no. Probablemente conoce la versión oficial.
Infarto. En realidad, se ahorcó, a casi un kilómetro de aquí.
—¿Qué? —Me llevo una mano al pecho, mi corazón está a punto de
atravesar mis costillas.
—Veo que Byron tampoco le ha contado nada. Muy bien. Es evidente
que no se fían el uno del otro. Isobel se puso una cuerda alrededor del cuello
y se colgó de la barandilla de un faro. El bonito faro que se divisa desde el
porche. Le hizo un bonito regalo, hace justo un año. Yo estaba cerca y…
—¿Que usted estaba cerca? ¿Acaso la ayudó a apretar el nudo?
—A diferencia de usted, no soy una asesina, señora López. Isobel
estaba fuera de sí. Sufría un auténtico trastorno psiquiátrico. Byron tuvo que
vigilar a la bestia durante diez años. Diez años de su vida, que habría podido
dedicar a una carrera política extraordinaria, malgastados corriendo detrás de
las locuras de una paranoica. Diez años de sufrimiento con una mujer que
vivía casi encerrada y que se ponía hecha una fiera por cualquier menudencia.
¿Puede imaginar cómo vivió? ¿Sabe lo que significa compartir el día y la
noche con una persona insegura y neurótica que se niega incluso a admitir
que está enferma, que no tolera que la contradigan y que se rodea de
enemigos imaginarios? Isobel se suicidó cuando descubrió que él la había
engañado con una alumna. Una como usted. Si es capaz de imaginar hasta
qué punto Byron fue fiel al deber y a los vínculos impuestos por el
matrimonio, a tal punto que asistió durante diez años a una loca furiosa sin
pensar en ningún momento en pedir el divorcio o la anulación, tendrá un
cuadro exacto de lo mal que estuvo. ¿No cree que se merece un poco de paz?
Ya no pretendo nada de él, ¿sabe?, me he resignado al hecho de que quiera
ser profesor toda su vida. Hasta soporto que cante en ese local de dudoso
gusto vestido de drogadicto. Pero no permitiré que usted lo destruya. Usted es
lo más parecido a Isobel que podría encontrar. Quizá por eso lo atrajo: su
infelicidad, su rareza, incluso la violencia que emana. Isobel podía ser muy
agresiva. Igual piensa que salvándola a usted de un mal que ignora, pero
percibe, podría salvar a Isobel. Además, es usted muy guapa. Isobel, en
cambio, parecía una lechuga pasada. El alma atormentada de Isobel y el
cuerpo de una diosa. Una combinación fatal. ¿Qué cree que haría si
descubriera su pasado? Hay dos posibilidades. Por un lado, podría dejarla.
Después de todo, hace unas semanas dijo textualmente: «No estoy a pan y
agua... Me gustan las mujeres, en especial las alumnas, reconozco mi
debilidad». No diría que eso es una declaración de amor apasionada, según
mis anticuados parámetros. O, por otra parte, si las cosas han cambiado más
de lo previsto en tan poco tiempo, podría decidir quedarse a su lado. Pero no
sería feliz, créame, porque usted lleva el infierno en su interior. Recuerdos
dolorosos, autolesiones, depresión y rabia. Byron necesita una mujer que lo
tranquilice, no una que le traiga más tormentos. Ya ha tenido bastantes. Por
no hablar de su carrera, se la arruinaría. El pasado de usted saldría a la luz y
lo dañaría por reflejo.
—Supongo que usted misma se encargaría de darlo a conocer. Igual
que, estoy segura, hizo pasar la muerte de Isobel por un infarto. Tengo la
sensación de que usted está detrás de todo. ¿Cómo supo Isobel que Byron la
había engañado si nunca salía de casa ni veía a nadie?
Margery Lord frunce el ceño, como si mi última deducción la irritase.
Me la imagino enviándole fotografías o mensajes anónimos para enloquecerla
aún más, con la esperanza de inducirla a realizar un gesto definitivo. Ella no
mató a Isobel, pero hay muchas maneras de matar a las personas. Sin contar
con que, si de verdad era tan inestable, quizá habría intentado hacer daño a
Byron. Pero supongo que eso era una especie de riesgo empresarial que
formaba parte del paquete.
—No lo habría podido ocultar todo si Byron no hubiera estado de
acuerdo —continuó—. Estaba tan cansado, deseaba tanto cortar todos los
lazos, que consintió. Esto debería darle una idea más precisa de lo mucho que
quería poner punto final al pasado. Estaba al borde del agotamiento. ¿Quiere
condenarlo a sufrir otra vez por su culpa? Piénselo y saque las conclusiones
que prefiera. Yo me marcho. Haga lo que le parezca. Le he dado elementos
sobre los que reflexionar y le garantizo en nombre de los Lord, en nombre
que me importa por encima de todo, incluso de mí misma, que no he
exagerado el infierno que vivió Byron durante diez años y la necesidad que
tiene de vivir, por fin, sereno.
Con estas palabras, apretando los guantes en un puño menos relajado de
lo que parece, se marcha y me deja a solas con mi infierno personal.
Estoy viviendo una trágica sensación de déjà vu. Solo que esta vez estoy
al otro lado de la trinchera, en el punto exacto en que se dispara y se muere.
Recuerdo cuando, hace casi tres años, traté de alcanzar el mismo
objetivo: separar a Penny de Marcus. Estaba tan desesperada y alterada que
traté de infundirle miedo y presionarla. Actué de manera astuta y mezquina,
pero me sentía tan sola, tan infeliz, que lo hice en legítima defensa.
A pesar de todo, el tiempo y la vida se han vengado. Debo creer en la
existencia del karma.
Margery Lord me ha infligido la misma pena.
Me ha mostrado algo que yo ya sabía: no soy la mujer adecuada para
Byron. Él no está enamorado de mí, solo soy un entretenimiento agradable
que satisface su lado rebelde.
Pero Margery Lord me ha hecho conocer también a alguien de quien no
sabía nada: Isobel.
El descubrimiento de que Byron no la idolatraba no me consuela. Temo
que el sentimiento de culpa puede ser un peligro más fatal que un antiguo
amor imperecedero.
Él mismo me dijo en una ocasión que le recordaba a ella. ¿De verdad
estará tratando de salvarla a través de mí? ¿Intenta recomponer mi fragilidad
por ella? ¿Por eso me ha traído a Cape Cod, para unir de nuevo un hilo? ¿Le
atraigo porque le atraen las mujeres que son combativas por fuera y
desesperadas por dentro? Ella sufría una auténtica enfermedad mental, pero
yo… ¿acaso no estoy loca en cierta medida? ¿Acaso no soy también, a mi
manera, una víctima que se siente perseguida? ¿No he intentado suicidarme
también? ¿No gruño a la humanidad entera? En las pocas fotos en que
aparezco, ¿no muestro una sonrisa apagada como la de Isobel? Diagnóstico
psiquiátrico y aspecto físico aparte, nos parecemos en muchas cosas. En mi
vida nunca ha habido nada normal.
Pero él no se parece en nada a Marcus y, pese a eso, lo quiero. Lo
quiero tanto que hago prevalecer el miedo a hacerle daño sobre el miedo a
perderlo.
Ahora sé lo que se siente, jodido karma, ahora lo sé. No quiero que, por
mi culpa, se condene a una vida que no deseaba de verdad, a la que se
mantiene aferrado por sentido de la responsabilidad, del honor, quién sabe
por qué otro retorcido motivo, pero no por amor.
Miro en derredor, está anocheciendo. El corazón me pesa tanto que
tengo la impresión de que no tardará en desgarrarme el pecho y caer al vacío
del mundo.
Lo quiero como nunca he querido a nadie.
Lo quiero tanto que no trato de retenerlo como sea, a diferencia de lo
que hice con Marcus.
Estoy segura de que estará mejor sin mí. Solo y, un día, con una mujer
radiante.
Yo soy la oscuridad.
Así que es mejor que me vaya.
CAPÍTULO 18
EN V ERMONT
Penny aparcó la camioneta en el sendero que había delante de la casa.
El viaje había sido más largo de lo habitual, había tenido que ir al centro
urbano más próximo a Green Prairie, que se encontraba a unos ochenta
kilómetros al norte. Una ciudad más grande, más poblada, en la que era más
fácil pasar desapercibido. No porque hubiera hecho nada malo, sino porque
quería evitar como fuera a la señora Mansell. Si la hubiera visto, la habría
acribillado a preguntas y las más inocuas habrían sido: «¿Dónde está Marcus?
Hace dos días que lo vi marcharse en el autobús y tenía una cara… ¿Habéis
roto?».
No habían roto, aún no. Pero él se había marchado de verdad sin
explicarle exactamente qué iba a hacer. En los últimos días se había
comportado de forma cada vez más extraña, estaba inquieto, como alguien
que espera una noticia que puede aliviarlo o, por el contrario, atormentarlo.
Además, había comprado un móvil y, Penny estaba segura, había llamado
con él fuera de casa para que ella no lo oyese.
En pocas palabras, los síntomas eran alarmantes, presagiaban lágrimas.
Le había dicho que iba a Connecticut a ver a Sherrie, pero Penny estaba
segura de que no era cierto. Habría podido llamarla para comprobarlo, pero
prefería no saberlo. Prefería engañarse pensando que no le había mentido y
que no se había marchado para buscar a Francisca.
Exhaló un ruidoso suspiro, a la vez que apoyaba los brazos en el volante
y la frente en estos. Bajó los párpados y sintió que la invadía una oleada de
desesperación. Permaneció así unos minutos, alternando una infelicidad y una
sensación de náusea desgarradoras.
Después, decidió que era hora de apearse.
Los días eran cada vez más fríos y el cielo tenía el color de las perlas: la
nieve se avecinaba. Se arrebujó en el anorak y se precipitó hacia la casa.
Todo era tan familiar y tan solitario. Todo parecía oscuro, sin colores:
un blanco y un negro amarillentos, aunque el negro tendía a dominar sobre el
blanco.
Se llevó una mano a la frente y comprendió que debía poner punto final
a una parte de aquella tortura mental. Se quitó el anorak y rebuscó en la
gruesa bolsa de lana. La trenza le resbalaba por un hombro, estaba pálida y
había adelgazado, sus ojos castaños parecían esquirlas de caramelo quemado.
En ese momento, oyó que llamaban a la puerta. Varios golpes
decididos. ¿Quién podía ser?
Mientras iba a abrir, tuvo una fuerte arcada. Abrió la puerta, con la cara
poco menos que verde, y el estupor aumentó la náusea. Mucho, mejor dicho,
muchísimo.
En el umbral, vestida de forma sin duda poco apropiada para el frío de
esas montañas casi nevadas, estaba Francisca.
Tanto abrió los ojos debido a la sorpresa que poco faltó para que se le
cayeran. De hecho, los cerró y los volvió a abrir, pensando que era un error
causado por las largas noches insomnes, el cansancio y los pensamientos
desagradables.
Pero Francisca seguía allí. Vestía unos vaqueros ceñidos y oscuros, una
cazadora de piel encima de una camiseta blanca y unas botas de tacón plano,
del mismo color que los vaqueros, un extraño y agradable cruce entre los
zapatos de una muñeca y los de un cowboy. A un hombro llevaba una
mochila grande de color verde militar.
—¿Qué…? —susurró Penny conteniendo la enésima arcada gracias a un
fuerte ejercicio de autocontrol.
Francisca la miró y Penny notó algo extraño en el fondo de sus ojos.
Lágrimas.
¿Estaba llorando?
Pero lo raro no era solo al agua salada que bordeaba sus párpados: toda
su cara era diferente. Era distinta de la joven que, hacía casi tres años, la
había obligado a dejar a Marcus haciéndole chantaje psicológico. Seguía
siendo guapísima, pero parecía más frágil, extrañamente delicada,
sorprendentemente suave. Penny había dormido demasiado poco las últimas
noches, de manera que reconoció de inmediato en su cara las huellas de haber
pasado muchas horas sin reposo: Francisca tenía unas ojeras profundas,
estaba pálida y no iba maquillada.
—¿Puedo entrar? —le preguntó.
Penny la miró incrédula unos segundos más, luego se hizo a un lado.
—¿No está Marcus? —preguntó Francisca.
—No.
— ¿Pero volverá?
—No lo sé.
—¿Cómo es posible que no lo sepas?
—Creía que lo sabías tú.
—¿Yo?
—Creía que…, bueno, que había ido a verte. Pero, entretanto, tú has
venido aquí. Veo que seguís unidos —afirmó.
—No mucho, dado que él no está —murmuró Francisca. Se dejó caer en
el sofá y se metió un mechón detrás de una oreja. Sus dedos temblaban como
sutiles hilos de hierba—. Perdona que me haya presentado sin avisar, pero no
sabía adónde ir y recordé el número de teléfono y gracias a él di con el
pueblo. El chico de la tienda me dijo dónde vivíais en la parada de autobús.
He andado casi una hora. —Calló, alzó los ojos hacia Penny, dos ojos cada
vez más empañados y extraviados—. He viajado toda la noche, he cambiado
tres veces de tren y luego he cogido un autobús. Esto es precioso. Es muy
salvaje, el horizonte a lo lejos, muy poca gente. El lugar ideal para Marcus.
—Quién sabe —susurró Penny.
Por primera vez desde su llegada, Francisca la escudriñó. Sus pupilas
oscuras se concentraron.
—¿Qué quieres decir?
Jamás habría imaginado que confiaría sus temores a ella. La mujer que
se lo había arrebatado de manera artera; la que, con toda probabilidad, estaba
a punto de arrebatárselo de nuevo. Pero se sentía abrumada por la angustia,
había rumiado siglos de pensamientos trágicos, no dejaba de contener la
respiración tratando de contener, con esta, las terribles conclusiones a las que
había llegado, y necesitaba hablar. Además, no le iba a servir de nada hundir
la cabeza en la arena. La verdad no se desvanece, aunque la niegues. Así
pues, susurró:
—Que no tengo la menor idea de dónde está Marcus. Que se marchó
hace dos días casi a hurtadillas. Lo llamé, pero me pareció que no quería
decirme dónde estaba y oí la voz de una mujer joven. Creía que eras tú. Pero
si tú estás aquí… ¿No os habéis visto, no habéis hablado?
Francisca frunció el ceño.
—Claro que no.
—¿No te ha llamado?
—No he hablado con él desde que me ordenó que no volviera a llamarlo
ni tratara de ponerme en contacto con él.
—Pero entonces… quizá…, quizá haya ido a verte de todas formas.
Estoy segura. Estoy convencida de que me ocultaba algo y eso es lo único
que querría ocultarme. Y tú… ¿qué haces aquí si…?
Francisca apoyó la espalda en el respaldo del sofá, casi hundiendo su
cuerpo cansado.
—Además de que nadie puede obligarme a hacer o a dejar de hacer algo
si no estoy convencida, no he venido por el motivo que piensas. Seré breve:
no quiero a Marcus. Ya no lo quiero. Nunca lo he querido. Fuimos cómplices,
amigos, amantes, pero el amor… Nunca tuvimos la menor idea de lo que es.
—En ese caso…
Penny se interrumpió. La necesidad de vomitar se hizo tan impelente
que tuvo que correr al cuarto de baño. Se arrodilló al lado de la taza y tiró lo
poco que había comido.
Oyó confusamente los pasos de Francisca acercándose a la puerta.
—Suelo ser yo quien vomita —le dijo—, pero por otros motivos. No
pareces bebedora. ¿Estás embarazada?
Penny se sobresaltó, como si le sorprendiera ser tan transparente, como
si hubiera tenido intención de fingir que había comido mal y la pregunta
directa de Francisca la hubiera desconcertado. Alzó la cara, alterada.
—No lo sé.
—¿Tienes algún retraso? ¿Desde cuándo?
Penny se levantó y se enjuagó la cara con expresión de desaliento.
—Hace bastante. Más de lo que podría considerarse un banal retraso.
—Y no le has dicho nada.
—No. El parecía tan extraño, tan huidizo y, la verdad, creo que aún te
quiere. ¿Qué podía decirle? «¿Sabes, Marcus? Creo que estoy embarazada.
Es inútil que pretendas desentenderte, no te queda más remedio que hacer de
padre. Y no tengo la menor intención de deshacerme del niño, así que será
mejor que te resignes.» Tengo la impresión de que se ha cansado de mí. Me
quiere mucho, desde luego, pero la vida lo llama en otro lugar. Lo lleva a ti,
estoy convencida. Últimamente llamaba a escondidas al alguien y a veces era
como si… como si me desaprobara por alguna razón. Como si quisiera
decirme algo y se contuviese. Si supiera que estoy embarazada, quizá se
quedaría a mi lado, pero no quiero obligarlo. No quiero que me compadezca.
Si no me quiere, que le den por culo.
Francisca esbozó una sonrisa.
—Eso está mejor. Que les den por culo a todos los hombres que solo
están con nosotras por compasión. Su compasión nos la metemos en el…
—¿A quién te refieres? No estás hablando de Marcus.
—No, claro, estoy hablando de… Byron.
—¿Quién es Byron? —El interés de Penny aumentó, la miró con los
labios entreabiertos, asombrada.
—El hombre que conoció a la capulla de Fran y la transformó en una
Francisca desesperada.
Si, hace tres años, le hubieran dicho que en un día gris de finales de
noviembre Francisca y ella se iban a sentar en el sofá, al lado de Tigre, que
holgazaneaba, y que iban a hablar, no como enemigas, no como dos duelistas
que quieren arrancarse los ojos de las órbitas, sino como dos almas perdidas,
resentidas por miedos silenciados, Penny jamás se lo habría creído.
En cambio, así sucedió. Se sentaron en el sofá de chintz con estampado
de flores, con Tigre en el medio, y hablaron con una calma inaudita. Penny le
contó que había olvidado tomarse la píldora anticonceptiva dos veces sin
querer, sin hacer cálculos mezquinos, porque el estrés que, desde hacía dos
meses, le causaba el extraño comportamiento de Marcus la distraía mucho.
Le dijo que esa mañana había ido a la farmacia a comprar el test, pero que
aún no lo había hecho.
Francisca le contó todo sobre Byron. Penny la miró a los ojos mientras
hablaba, unos ojos velados e indefensos, como corazones arrancados del
pecho y expuestos a la intemperie del mundo. Jamás la había visto así. Estaba
guapísima y rebosaba amor.
Cuando el torrente de palabras cesó, Penny murmuró:
—Byron estará muy preocupado. Has desaparecido. Deberías llamarlo y
decirle que estás bien.
—Nunca lo haré.
—Me parece un comportamiento un poco estúpido.
—No más estúpido que el tuyo, que te guardas la feliz noticia, solo
porque se te ha ocurrido la idiotez de que Marcus quiere dejarte. Si quieres
saberlo, me parece una verdadera gilipollez.
—Si lo hubieras visto…, rumiaba algo, estaba atormentado. Debía
tomar una decisión y vacilaba. Luego, de buenas a primeras, después de pasar
varios días haciendo extrañas llamadas telefónicas en el pajar, para que no
pudiera oírlo, me anunció que tenía que marcharse lo antes posible. Estoy
segura de que ha ido a Massachusetts a buscarte.
—Permíteme que te diga que me parece una memez colosal, pero, si la
cosa te turba tanto, llámalo y pregúntaselo. Tardas un segundo.
—Y tú llama a Byron.
Francisca sacudió la cabeza resoplando.
—Somos dos imbéciles. Jamás me he sentido así.
—Estás enamorada. El amor vuelve imbécil a cualquiera. A todos salvo
a Marcus. Él…, él sigue siendo el cabrón de siempre. Un cabrón adorable, me
gusta así, pero, quizá, cuando se enamore de verdad…
—Llámalo de una vez. Dile: «Mueve el culo y vuelve a casa, tengo que
decirte algo».
—Lo haré si tú llamas a Byron.
—¡Yo no tengo nada que decirle! No estoy embarazada. Tengo apagado
el móvil, así tampoco podrá llamarme él y comprenderá que lo nuestro ha
terminado.
—No ha terminado. Se ve el amor en tus ojos.
—¡Claro que se ve el amor en mis ojos! —Francisca se puso de pie de
un salto y se movió con nerviosismo por la habitación. Penny la imitó, pero
para correr de nuevo al cuarto de baño.
—Ahora hazte el test. Con un retraso de dos meses, diría que está
bastante claro —le gritó Francisca—. Luego lo llamarás. ¿Cuándo piensas
decírselo? ¿Cuándo rompas aguas? Llámalo y pregúntale dónde está. Si ha
ido a buscarme, cosa que dudo, me lo pasas para que lo mande al infierno.
Solo quiero a Byron y, dado que no puedo tenerlo, los hombres se pueden ir
al infierno.
Penny se hizo todos los tests que había en la caja. Tres. Todos fueron
indiscutiblemente positivos. La rayita que indicaba el embarazo era tan nítida
que casi se la podía oír gritar: «¡Eh, tú, no le des más vueltas! ¡Estás
embarazada, no hay la menor duda! ¡Así que no pierdas más tiempo y
muévete!».
Penny se hundió en el sofá aturdida, confundida por la certeza.
—¿Y ahora qué hago? —murmuró como si estuviera hablando sola.
—Lo que te he dicho antes. No tienes otra alternativa.
—Lo llamaré si tú llamas a Byron.
—No pienso hacerlo. Estará mejor sin mí. Su abuela es una vieja
cabrona avinagrada, pero tiene razón. No le convengo.
—Las viejas cabronas avinagradas nunca tienen razón. Lo único que
quiere es que su nieto se case con una que tenga dinero. Si fueras una
psicópata, pero pertenecieses a una familia bien situada y acaudalada, le
gustarías, aunque fueras por ahí con la camisa de fuerza, una soga al cuello y
un hacha clavada en el cráneo. Mi abuela Barbie, que no era una cabrona
avinagrada, todo lo contrario, decía siempre que el amor es un milagro, bajo
cualquier cielo, a cualquier edad e incluso entre personas en apariencia
irreconciliables. Mejor dicho, aún más entre personas en apariencia
irreconciliables. Los milagros son prodigios, ¿no? Criaturas condenadas a la
muerte se curan y renacen de repente. Si puede sucederle al cuerpo, ¿por qué
no al alma? —Sorprendida aún de sí misma y de la sencilla familiaridad con
la que hablaba, Penny le contó la historia de la casa, le habló de Thomas y
Barbie, de su relación, que había sobrevivido al tiempo y a la tempestad—.
Barbie decía que, al principio, el mal hace más ruido, que su estruendo
infernal ahoga el canto más dulce del bien y que su sombra es más larga, pero
solo en apariencia, porque la que manda no es la sombra, sino la luz. La luz
es la que decide cuánto vivirán las sombras. La luz es el director de orquesta
que a veces te pone a prueba, que te obliga a practicar mucho, que hace que te
sangren las yemas de los dedos en las cuerdas del violín o en las teclas del
piano o que te debilita los pulmones con la trompeta, pero que no lo hace por
crueldad, sino para que la música sea al final perfecta. Y nada sucede por
casualidad. Antes de tirar por la ventana la posibilidad de formar parte de un
milagro, conviene reflexionar un poco y dar una oportunidad a la luz.
Francisca había cogido en brazos a Tigre y lo acariciaba con ternura.
—Eso vale para ti —murmuró—. Eres perfecta para Marcus. Por eso te
odiaba. Apenas te vi en la cárcel, comprendí que disiparías la niebla en que
vivía. Carita de jodido ángel.
—¿Te refieres a mí? ¿Carita de jodido ángel?
—Pues sí, a ti, con ese aire de cuadro antiguo, con esos ojos sin la
menor sombra. Te odié a muerte porque sabía que lo harías feliz, así que traté
de engañarte, porque me preocupaba más mi dolor que su esperanza. Quería
que se conformara con mi oscuridad. Creo que el destino se está vengando y
me lo está haciendo pagar con el mismo remedio.
—Puede ser —dijo Penny con firmeza—, pero ahora ya lo has probado,
has probado su sabor y sabes lo malo que es. Has aprendido, te has
arrepentido. El director de orquesta estará satisfecho. Ahora puedes tocar tu
melodía sin miedo, porque has salido de la oscuridad.
—Pero Byron no me quiere, solo le doy… solo le doy pena.
—Eso es lo que piensas y lo que esa bruja trató de hacerte creer, pero no
sabes si es cierto.
—Igual que tú no sabes si es cierto que Marcus ya no te quiere.
—Creo que debemos aclarar las ideas. Vivir instalada en la duda es una
tortura. Si sigo así, adelgazaré cada vez más y el niño nacerá tan pequeño
como un gnomo y tan delgado como el tronco de un ciprés.
—Si es hijo de Marcus, lo dudo. Y si tú eres nieta de Thomas, lo dudo
aún más. Por las fotos que veo en la chimenea, era todo un hombretón. Entre
los dos saldrá un niño bien plantado.
—O una niña como Fiona, la de Shrek.
Se echaron a reír de forma espontánea y luego se miraron estupefactas.
—Creo que ya no te odio —dijo Francisca.
—Yo nunca te he odiado.
—Porque eres un jodido ángel.
Penny se rio de nuevo.
—Te propongo una cosa: yo llamaré a Byron.
—¿Tú?
—Sí, al menos para decirle que estás bien, así dejará de pensar que te
has ahogado en el Atlántico con una piedra atada al del cuello.
—Mmm… Sí, está bien. Aunque no creo que le importe y…
—Eres una cabezota.
—Él también lo dice siempre.
—¿Y luego?
—Luego me besa, cocina para mí, me acaricia el pelo y me estrecha la
mano. Y hace el amor conmigo, no contra el mundo.
—Me parece un buen comienzo. Dame tu móvil. Después llamaré a
Marcus y le diré que mueva el culo y vuelva a casa. —Sonrió apoyando una
mano en la barriga.
Un niño allí, en su cuna de carne.
«Seguro que Marcus ha ido a casa de Sherrie.
»Su comportamiento no tiene nada de misterioso.
»Solo está cansado.
»Francisca le da igual.
»Él me quiere a mí.
»Y será tan feliz como lo soy yo.»
Buscó el número en el móvil de Francisca.
A la primera llamada, le respondió una voz masculina entrecortada. Una
voz realmente bonita. Tan suave y cálida como el jarabe de arce. Atenta,
ardiente. No era la voz de un hombre que solo sentía compasión.
—¡Francisca! ¿Dónde estás?
—Esto… Hola, ¿eres Byron?
—Sí, soy yo, pero tú ¿quién eres? ¿Dónde está Francisca?
—Está aquí conmigo. Está muy bien. Soy Penny.
—¿Penny?
Se oyó un crujido extraño y ruidoso, como si el móvil estuviera pasando
bruscamente de una mano a otra. Después, alguien rugió en el auricular.
—¿Penny? ¿Por qué llamas a este tipo?
La voz colérica de Marcus le demostró de forma inequívoca que ella
tenía razón.
Había ido a Amherst.
Había ido a buscar a Francisca.
De una forma u otra, había encontrado a Byron.
A veces la luz se apaga.
CAPÍTULO 19
MARCUS
—¿Monty? Soy Marcus.
—Dios mío, qué extraña coincidencia. Te iba a llamar. ¿Tienes un
móvil nuevo?
—Sí, pero no quiero hablar de eso ahora. Te he llamado porque necesito
que me hagas un favor.
—Si puedo, será un placer. Como te he dicho, iba a llamarte. Quiero
hablarte de Francisca. Pero tú ¿dónde estás? ¿Estás en Vermont?
—No. Háblame de Francisca.
—Annie y yo estamos muy preocupados. Hace varias semanas que no
sabemos nada de ella. Confiábamos en que hubiera hablado contigo.
—No, no hemos hablado. ¿Por qué estáis preocupados? ¿Solo porque
no ha llamado?
—Por eso y porque no responde al teléfono. Tengo la impresión de
haber cometido un error, Annie no deja de reprocharme mi ligereza.
—¿Qué has hecho?
—Un hombre llamó y fui tan imprudente que le di su dirección, sin
pensar en que antes debería haberle pedido permiso. Fui un incauto, pero
creía que le estaba haciendo un favor.
—¿Qué hombre?
—Su padrastro.
—¿QUÉ?
—No sé cómo me encontró, pero me preguntó si sabía algo de ella y
dónde vivía.
—¿Y tú se lo dijiste? ¡Cuando quieres eres realmente idiota, Monty!
¿Fran desapareció entonces?
—Sí, hace más o menos tres semanas. Creo que fue al día siguiente de
Halloween.
—¿Y me lo dices ahora? ¡Dame enseguida la dirección de Fran! Si
estuvieras aquí, te estrangularía con mis propias manos, Monty.
—No… no pensaba que fuera tan grave.
—El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, ¿no te
lo han dicho nunca? ¡Dime la dirección!
—Ok, pero por prudencia te voy a dar también la del lugar donde
trabaja, pero ¿qué puede haber ocurrido? ¿Debo asustarme?
—No tendrás tiempo para asustarte, porque si le ha sucedido algo a
Fran, iré ahí y te moleré a palos. Estarás demasiado ocupado recogiendo tus
huesos, que te romperé uno a uno, para tener miedo.
Fran no está en la dirección que me dio Malkovich. Ahora vive en otro
sitio, por lo visto dejó el piso hace unos días. El lugar donde trabaja está
cerrado, pero detrás del cristal veo a un chico con un ordenador, sentado a
una mesa minúscula. ¿Cómo puede trabajar Francisca ahí dentro? Debe de
haber cambiado mucho desde que pegó fuego a todo. Llamo al cristal, hago
gestos al chico. Él me observa y se repite el consabido proceso mental, las
historias de siempre, el desconcierto que suele despertar mi aspecto de matón.
Al final, sin embargo, logro convencerlo y me abre.
¿Fran trabaja de verdad en esta jaula? Es todo tan azucarado, tan verde,
rosa y una larga serie de colores que acabarían con la vida de un diabético
que casi siento náuseas. Seguro que me daré un golpe en la cabeza con una de
esas lámparas absurdas en forma de tetera.
El chico, un tipo pequeño y delgado, poco más que un adolescente,
parece alguien corroído siempre por la culpa.
—¿Qué hora es? —me pregunta—. Estaba cargando un cedé y no me he
dado cuenta. Si la Reina de Corazones se entera de que he entrado a
escondidas al amanecer para hacer mis cosas y…
—Tus problemas me importan un carajo. Solo quiero saber dónde está
Fran.
—¿Fran? ¿Te refieres a Francisca?
—Eso es.
—¿Y tú quién eres? —Me observa con el ceño fruncido, ladea la cabeza
y guiña los ojos.
Valiente, el-chico-escobilla-de-retrete. Va vestido de negro, en
contraste con los colores cariogénicos de la sala de té, apenas me llega al
esternón, podría estrangularlo con una sola mano, pero, aun así, me afronta
con aire aguerrido. Mi querida Fran, ¿es este tipo una de las víctimas de tu
belleza diabólica? El único motivo por el que el señor Hormiga chulea
conmigo solo puede ser una grave agitación hormonal.
—¡Quién eres tú! —replico cruzando los brazos en el pecho.
—Un amigo suyo. Bueno, al principio me gustaba, pero después de que
me dijera seis veces que me quitara de en medio, pensé que quizá era mejor
no insistir. Ahora me gusta Sophia.
—No sé quién es Sophia, pero, así, a primera vista, creo que has hecho
bien. ¿Dónde está Fran?
—Con Byron, ¿no? Sé que quieren mantenerlo en secreto, que no debe
saberse, pero es obvio que esos dos están juntos, Sophia me lo ha dicho. Eve
me ha jurado que me hará el culo jirones si se lo digo a alguien.
—A mí puedes decírmelo, o lo haces o seré yo el que te haga el culo
jirones. ¿Quién es Byron? —insisto.
—Byron Lord, el dueño del Dirty Rhymes. Un buen tipo. Yo toco en su
banda y…
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—No sé dónde vive, puede que Sophia lo sepa.
—¿Puedes llamar a Sophia y preguntárselo? Estoy, ¿cómo puedo
explicártelo?, estoy perdiendo la paciencia. No soy enemigo de Fran, no
tengo malas intenciones. Debo decirle una cosa importante.
—Te pareces un poco a ella. No físicamente, ¿eh? Ella es guapísima y
tú eres… bueno, asustas un poco, ¿puedo decirlo? En cualquier caso, parecéis
parientes.
—En cierto sentido lo somos. Llama a Sophia.
La llama, hace un kilométrico y confuso preámbulo tratando de
explicarle quién soy y qué quiero y, cuando ella comprende que me ha
hablado de Fran y de Byron, le riñe. Oigo su voz aguda y ansiosa. No sé
quién es toda esta gente, solo debo encontrar a Francisca, saber si está bien, si
ese pedazo de mierda ha vuelto a aparecer en su vida, así que le arrebato el
teléfono.
—Oye, Sophia, estoy buscando a Fran, es muy importante. Me llamo
Marcus.
Al otro lado de la línea se produce un breve silencio de asombro.
—Marcus. Ese nombre me dice algo. Puede que Francisca te haya
nombrado alguna vez. No habla mucho de ella, pero estoy segura de que…
Ah, sí, un día se le resbaló la pulsera de cuerda en el lavabo. La agarró al
vuelo y la dejó secándose en un estante antes de volver a ponérsela. Curioseé
un poco: vi tu nombre detrás. En cualquier caso, creo que tendrás que
resignarte. Ya no lleva esa pulsera. Ahora está con Byron.
—Si alguien me explica quién es Byron y dónde puedo encontrarla,
todo esto quedará resuelto.
—Es su… novio. Están muy bien juntos.
—¿Tengo que presentar una solicitud por escrito para saber dónde vive?
—Yo… no sé dónde está exactamente su casa. Lo único que sé es que
queda cerca del campus. Puede que Eve lo sepa. Seguro que sí.
—En ese caso, ¿puedes hacerme el favor de llamar a la tal Eve y
preguntárselo? Es muy importante.
—De acuerdo. La llamo y luego te digo. Sea como sea, no los
encontrarás allí, se han ido a pasar unos días fuera. Creo que no volverán
hasta el domingo.
—Solo quiero saber si está bien. Si el tal Byron no le ha tocado un pelo,
conservará la vida y, en caso contrario, a pesar de ser hoy el Día de Acción
de Gracias, tendrá muy poco que agradecer.
Sé que es irracional, pero me siento culpable por no haber estado al lado
de Fran cuando me necesitaba. Buscamos a ese monstruo durante años y no
lo encontramos. Y va y aparece ahora, cuando ella está sola. Sé que sabe
defenderse, pero yo debería haber estado allí. La aparté de mi vida en el
momento menos oportuno, suponiendo que exista un momento oportuno para
borrar de tu vida a alguien al que has querido mucho.
Voy a la dirección que me han dado y enseguida comprendo que el tal
Byron debe de ser rico. El barrio y el edificio dicen con toda claridad:
«Tengo mucha pasta y estoy muy bueno». Un niño bonito engreído. Fran, mi
querida luchadora, ¿cuánto has cambiado? ¿Has perdido la cabeza?
Subo la escalera hasta el último piso. Llamo impetuosamente a la
puerta. A decir verdad, si es cierto que se han ido a pasar fuera el Día de
Acción de Gracias, dudo que haya alguien, pero no quiero dejar nada por
intentar antes de marcharme. Como Francisca se obstina en tener el móvil
apagado y no tengo otros puntos de referencia, solo me resta elegir entre
marcharme o tirar abajo la puerta. Para buscar algo, no sé qué, puede que solo
un indicio que me confirme que está bien.
Pero alguien me abre.
Reconozco que no me lo había imaginado así, al tal Byron, me refiero,
pues, según me dijo Sophia cuando la llamé, también enseña poesía en la
universidad. Me lo imaginaba más aristócrata y altivo, un mujeriego
debilucho. Una buena napia, dientes de caballo, una chaqueta de tweed y aire
de estoy-en-la-cima-del-mundo-pero-si-me-tocas-me-cago-encima, pero, por
encima de todo, un tipo de cincuenta años.
En cambio, no tiene muchos más de treinta, es alto, no me mira directo
a los ojos por una decena de centímetros. No tiene en absoluto el aspecto de
cansarse abriendo un tarro de mermelada. Tiene el pelo largo, la barba y el
aire de motociclista colocado. Sí, parece un tipo que se ha fumado unos
cuarenta canutos o, quizá, solo esté hecho trizas. Lo único seguro es que, en
cuanto me ve, su expresión de alivio se transforma en una mueca de
decepción.
—¿Dónde está ella? —le pregunto.
—¡No lo sé, la estoy buscando por todas partes! —exclama.
Parece sincero, no da la impresión de ser un sucio asesino que la haya
violado, matado y enterrado en algún lugar y que ahora ande buscando una
coartada. Además de que Francisca lo habría destrozado antes de que hubiera
podido tocarle un pelo, este tipo tiene ojos de alguien al que no le llega la
camisa al cuerpo.
«Ok, tu muerte queda aplazada. Antes quiero entender unas cuantas
cosas más.»
—Ahora te tranquilizas y me explicas qué ha sucedido —le digo.
Él me observa enfurruñado. No le doy miedo, no me mira con estupor,
con la habitual desconfianza que muestran quienes no me conocen. Tiene la
mirada de quien me odia a muerte y no teme demostrármelo.
—Tú eres Marcus —afirma—, pero si has venido con intención de
llevártela, olvídalo. Ella es mía. Y si la rozas, aunque solo sea con un dedo, te
romperé los dientes, te lo juro. No me asustas, a pesar de que tienes cara de
condenado a trabajos forzados. El hecho de que hayáis tenido un pasado en
común no es una hipoteca para el futuro. Francisca está ahora conmigo. Yo
me ocuparé de ella, a partir de ahora y para siempre. Punto final.
—Es tan tuya que ni siquiera sabes dónde está. Oye, Byron o como
quiera que te llames, quiero saber si se encuentra bien y, como, por lo visto,
queremos lo mismo, no perdamos tiempo en discusiones estúpidas.
—Me lo dijo.
—¿Qué?
—Que eres como ella. Dos macarras a los que le gusta la pelea. Pero
Francisca no es realmente así, bueno, no es solo así, dentro de ella hay un
millón de emociones que no te imaginas. Nadie la conoce tan bien como yo.
Ni siquiera tú. Vivió mucho tiempo actuando para sobrevivir y defenderse,
pero conmigo no actúa, es auténtica, no necesita defenderse y yo la quiero
por eso.
—¿Estás enamorado de ella?
Me mira con aire desafiante.
—Sí.
—Ok.
—¿Ok?
—Ok, sí, y ahora tratemos de averiguar dónde está.
En unos cuantos minutos me cuenta que fueron a Cape Cod. Que él se
ausentó un rato de la casa donde estaban y que, cuando volvió, Francisca se
había marchado. Creo que ese pedazo de mierda de su padrastro está
intentando envenenarle de nuevo la vida.
—¿Os siguió alguien? —le pregunto.
—¿Quién debía seguirnos?
No pienso contarle cosas que no sé si sabe ya, debe ser ella quien le
revele sus secretos.
—No lo sé, alguien con ganas de meterse con vosotros. ¿La notaste
nerviosa?
—No, estaba feliz, emocionada. No estaba nada nerviosa. Pero…
Calla de repente, persigue un pensamiento, casi una iluminación, que
parece turbarlo.
—¿Pero qué? —insisto.
—Pero ese guante no era suyo y ahora sé de quién era. Apuesto a que la
capulla de mi abuela tiene que ver con esta historia.
¿Su abuela? Bueno, siempre es mejor que el padrastro de Francisca.
Una abuela no me preocupa.
—Creo que ahora entiendo lo que ocurrió —prosigue. Tiene una
expresión que, si yo fuera su abuela, temería que quisiera matarme y echar mi
cuerpo como pasto a los jabalíes—. Estoy casi seguro. Nos han seguido desde
el principio, ella y sus investigadores privados. Debió de hablar con Francisca
aprovechando mi ausencia y la asustó.
—Francisca no tiene miedo de las abuelas, te lo aseguro.
—Pero, puede que de ella, sí, debe de haberle hablado de Isobel.
—¿Y esa quién es? Menudo lío de nombres tengo en la cabeza, esto
parece uno de esos culebrones de mierda.
—Mi mujer. Murió el año pasado.
—¿Y la querida abuelita quiere que sigas unido para siempre a su
fantasma?
—No, la odiaba. A la querida abuelita le gustaría que me casara con
quien dice ella y arrasar la tierra a mi alrededor.
—Una abuelita así sí que se merece que la arrojen a los jabalíes —
comento en voz alta—. Te sugiero que llames a esa bruja y que le preguntes
dónde está Francisca.
—A esta hora estará en Martha’s Vineyard. La llamo enseguida y…
Su móvil suena. Mira la pantalla y exclama con entusiasmo:
—¡Francisca! —Al responder añade—: Francisca, ¿dónde estás?
Frunce el ceño, parece desconcertado.
—Sí, soy yo, pero ¿tú quién eres? ¿Dónde está Francisca?
Vuelve a fruncir el ceño, cada vez más perplejo.
—¿Penny?
Al oír su nombre soy yo el que me quedo perplejo. Le arranco el
teléfono de la mano.
—¿Penny? ¿Por qué has llamado a este tipo?
Su voz, incluso en la distancia, es capaz de hacer a mi corazón cosas
que ninguna voz me ha hecho. Está tan triste que parece que vaya a echarse a
llorar. Me tiemblan las piernas. No tengo miedo de nada, salvo de que sea
infeliz, de que esté mal, del temor de haberla herido, de la sospecha de
haberla perdido.
—Ah, estás ahí —murmura con una frialdad que no me gusta—.
¿Puedes decirle a Byron que no se preocupe? Francisca está aquí conmigo y
está bien.
—Sí, pero ¿tú cómo estás? Tienes una voz que…
—No te preocupes tampoco tú. Ha hecho un largo viaje y está cansada,
pero se encuentra bien.
—¡Quiero saber cómo estás tú!
—Yo… tengo que decirte una cosa. Cuando te dignes volver, te la diré
en persona. No es algo que pueda comunicarse por teléfono.
—¡Penny! Tardaré más de tres horas en volver, cuando llegue tendré el
hígado hecho papilla.
—Fuiste tú el que quiso irse, así que esperarás.
—Dime solo si estás bien.
—Más o menos.
—Maldita sea, Penny, ¿lo haces a propósito para torturarme?
—No quiero torturarte, solo quiero que muevas el culo y lo traigas de
nuevo aquí, porque tengo que hablarte de algo importante.
Su tono es duro, firme, aunque en el fondo noto una amargura tan
oscura como un pozo sin fin.
—Ok, voy enseguida. No tomes ninguna decisión antes de hablar
conmigo.
—Tú tampoco, Marcus, y trae a Byron. Francisca está enamorada de él,
así que me temo que tendrás que resignarte.
—¿Resignarme? ¿A qué te refieres?
—Después de dos días de llamadas misteriosas, ¿de repente tienes ganas
de hablar? Bueno, pues yo no. Por teléfono, no. Nos vemos esta noche.
Dicho esto, cuelga. La conozco, si la llamara, otra vez no me
contestaría.
«Debería haberte dicho que te quiero, maldita sea.
»Debería haberte dicho qué he hecho estos días.
»Debería haberte dicho lo que pienso desde hace dos meses.
»Lo que me tortura.
»Te lo diré en persona, dentro de poco más de tres horas.
»Pero, entretanto, te ruego que no se te ocurra dejarme, porque, si lo
haces, seré hombre muerto.»
CAPÍTULO 20
EN V ERMONT
Viajaron con el coche que Byron había alquilado. No hablaron durante
tres horas, solo se dirigían la palabra cuando Marcus le gritaba a Byron que
acelerase el maldito cacharro y Byron replicaba sin vacilar que quería ver a
Francisca viva y no metido en un ataúd.
Pusieron gasolina una vez, cerca de la frontera, en una gasolinera
abarrotada de gente, y llamaron la atención de casi todas las mujeres
presentes: era imposible que no se quedaran boquiabiertas al ver a dos
hombres con un aspecto tan imponente, muy diferentes, sí, pero con la misma
expresión hosca en la cara. Por la mente de Marcus y Byron pasaban
pensamientos cargados de rabia, atormentados, nostálgicos, que casi se
podían oír.
Se dijeron lo mínimo indispensable —informaciones entre extraños que
recorren cuatrocientos ochenta kilómetros juntos y a los que no les pesa el
silencio— y el resto del tiempo se dedicaron a torturarse por su cuenta.
Cuando el cielo se cerró por completo y los primeros copos de nieve
aterrizaron en el Ford Escape, comprendieron que estaban llegando a su
destino.
Marcus, que ya estaba nervioso, se puso más nervioso. Abrió la puerta
del coche antes de que Byron lo frenase del todo y se apeó a toda prisa. Aún
no había anochecido, pero las nubes densas y la proximidad del invierno
oscurecían de forma lúgubre el paisaje y eso acrecentó su ansia furiosa. Solo
tenía un nombre en la cabeza, Penny, que repetía hasta consumir el cerebro y
hacer estallar el corazón y por un instante se sintió como hacía ocho meses,
cuando había recorrido el mismo camino una mañana de primavera, después
de haber pasado más de dos años sin verla, sin saber si lo acogería o lo
rechazaría al verlo, una duda atroz. A pesar de que solo había estado fuera
dos días, tenía la impresión de que había pasado un siglo y de que en ese
siglo Penny había sacado unas conclusiones espantosas, que lo excluían de su
vida.
A la primera que vio fue a Francisca. Estaba fuera, en la penumbra
helada, arrebujada en una cazadora de piel. Fumaba un cigarrillo bajo el
cobertizo, azotado por remolinos de nieve. Al verlo se estremeció, lo observó
y, a continuación, desvió la mirada buscando a alguien a su espalda. Byron
aún no había aparcado y Francisca escrutó el coche de color azul hielo que
enfilaba el camino, con la mirada de una niña que vacila entre el espanto y la
felicidad desenfrenada.
Al pasar por su lado, alzó la mano izquierda y sus palmas chocaron con
vigor amistoso. Se miraron unos instantes, en medio de los pequeños copos,
que caían como plumas desmenuzadas. Sonreían.
—Penny te está esperando —dijo Francisca—, no seas gilipollas.
—Tú tampoco. Ese capullo parece un buen tío.
A continuación, se separaron, Marcus se dirigió hacia la casa y
Francisca hacia el coche.
—Fran —dijo Marcus antes de cruzar el umbral. Ella se volvió
arrugando un poco la frente—. ¿Has visto a ese pedazo de mierda? Monty me
dijo que le había dado tu dirección.
Francisca inclinó la cabeza lentamente. Sus pestañas parecieron brillar
por un instante con las lágrimas suspendidas, como el rocío.
—Lo vi.
—¿Cómo fue?
—Todo va bien, Marcus. No debes preocuparte por mí. La vida no es la
mierda que pensaba. Siempre se puede renacer.
Otra mirada. La última. Los dos se tocaron el pecho, como si quisieran
decir «El pasado siempre estará aquí», y luego echaron de nuevo a andar,
como si quisieran decir «El futuro está ante nosotros».
Marcus entró en la casa con el paso grave de un hombre enorme afligido
por una duda enorme.
Penny estaba tumbada en el sofá, con Tigre ovillado a sus pies. Se había
dejado la melena suelta y su aspecto era muy seductor. Estaba tan pálida que,
al verla, a Marcus le dio un vuelco el corazón. Se acercó a ella y se inclinó
hacia el sofá.
—¿Qué te pasa, pequeña?
Penny se incorporó. Sus ojos de color caramelo estaban tristes, tenía los
párpados hinchados, como si hubiera llorado o dormido solo lo necesario
para sobrevivir, ni más ni menos.
—¿Dónde has estado? —le preguntó—. No me cuentes mentiras. Solo
quiero oír la verdad. ¿Has visto a Francisca?
—La he visto, sí.
—Me temo que está muy enamorada de ese tipo, de Byron: no hace más
que hablar de él. Lo siento por ti.
Marcus frunció el entrecejo, parecía realmente desconcertado.
—¿Por qué lo sientes por mí?
—No me negarás que has pasado los últimos meses pensando
constantemente en ella.
—Constantemente es excesivo, pero, sí, he pensado en ella.
—Y, ahora, ¿qué vas a hacer?
—Ahora me liberaré, por fin, del sentimiento de culpa.
—¿Qué?
—Cuando aprendes a hacer funcionar la conciencia, esta te jode. He
sufrido mucho por ella los últimos meses, pensando en la expresión de
tristeza que tenía cuando me marché. Estaba preocupado. La quería mucho, la
sigo queriendo, sé hasta qué punto es frágil detrás de esa fachada arrogante.
Quería volver a verla, hablar con ella, asegurarme de que todo iba bien. La
idea de ser tan feliz mientras ella sufría me hacía sentirme repugnante. Pero
luego vi el dolor en tus ojos y, sobre todo, he hablado con ella por teléfono.
No puedes pretender ser amigo de una persona que te quiere o que, al menos,
cree que te quiere, no hasta que haya comprendido que todo era humo en los
ojos y que el amor tiene otra forma, otra cara, otra voz.
—Siendo así, ¿por qué fuiste a buscarla?
—¡No fui a buscarla! Te he dicho que fui a ver a Sherrie y fui a ver a
Sherrie. Pero después llamé a Monty por otro motivo y me dijo que el
padrastro de Fran la estaba buscando, que ella había desaparecido hacía tres
semanas y que Annie y él estaban muy preocupados, así que fui hasta
Massachusetts para averiguar qué había pasado.
—¿Pero antes estuviste en casa de Sherrie?
—Sí, antes estuve en casa de Sherrie.
—¿Qué hacías allí? Perdona, pero, si solo fuiste a ver a Sherrie no
entiendo a qué venía tanto misterio. Ayer por la tarde te llamé y me colgaste a
toda prisa de forma muy extraña. Dime la verdad, si tienes en mente otra
cosa, sea lo que sea, debo saberlo. Me parece rara toda esa preocupación por
Francisca de los últimos tiempos. ¿Qué ha cambiado? ¿Hace seis meses no
sentías culpa por ella?
—Hace seis meses aún no había tomado la decisión más absurda, loca y
peligrosa de mi vida. Me has hecho perder el juicio día a día. He intentado
resistir a esta obsesión, no me resulta fácil aceptar que he cambiado tanto,
pero, al final, no me ha quedado más remedio.
—¿Qué…? ¿Qué has hecho? —preguntó Penny con la voz entrecortada
—. ¿Dónde estabas cuando te llamé? ¿Qué estabas haciendo? Oí a una mujer
que no era Sherrie. Creía que era Francisca, pero, por lo visto, tampoco se
trataba de ella. Yo… no quiero que te sientas obligado a estar conmigo,
Marcus, no quiero que no tengas otra opción. Si hay otra que…
Penny esperaba cualquier cosa, salvo que Marcus soltara una carcajada.
Sentada en el sofá, lo miró como si se hubiera vuelto loco, mientras él se reía
y la observaba con expresión irónica. Cuando dejó de reírse, le agarró la cara
con las manos y la besó.
—Mi pequeña brujita celosa —murmuró, por fin, casi dentro de la boca
de ella, casi en su lengua suave y dulce—. En una cosa tienes razón. Cuando
me llamaste, no quería que supieras dónde estaba, estaba casi desnudo y con
una mujer joven, que me tocaba hasta el fondo.
Mientras hablaba, se apartó de ella y empezó a desnudarse. Penny vio
que se quitaba la chaqueta y se quitaba el suéter y que dejaba caer todo a los
pies del sofá. Su magnífico cuerpo afloró con todo el esplendor de una obra
de arte eternamente perfecta. Cuando se quitó también la camiseta, Penny se
quedó boquiabierta.
—¿Qué…?
Alargó un brazo hacia su tórax. Las lágrimas se agolparon en sus ojos.
—Tú… tú estás loco —murmuró acariciándolo con delicadeza,
abrumada por una emoción sofocante.
La corona de espinas que rodeaba el corazón tatuado que tenía en el
pecho había desaparecido. En su lugar había una guirnalda de rosas rojas.
Entre una rosa y otra, cinco letras del color del fuego componían un nombre:
PENNY. El dibujo aún estaba fresco, cubierto por un ligero velo de crema
cicatrizante.
—¿Te gusta? —le preguntó Marcus.
Penny lloraba ya a lágrima viva. Las lágrimas surcaban sus mejillas, la
boca, lágrimas, lágrimas, lágrimas de amor infinito.
—Te quiero con toda mi alma y también te odio, porque me asustaste y
me hiciste imaginar cosas terribles. ¿Las llamadas que hacías por teléfono, a
escondidas, en el henil, eran para quedar con la tatuadora? ¡Es una imagen
absurda y disparatada! ¿Te lo pensaste bien? ¿Y si…?
—No hay ningún si posible. Aquí estás y aquí te quedarás. En cualquier
caso, no llamaba solo a la tatuadora. La locura a la que me refería no es esta.
Hay otra aún más loca, digna de ingreso en el manicomio con la camisa de
fuerza. Loca e, insisto, peligrosa.
—¿Peligrosa? ¿A qué te refieres?
—Mortal, fatal, letal. Algo que podría matarme.
—No me asustes otra vez.
—Fui a ver a Sherrie, como te he dicho.
—¿Y…?
—Hablamos mucho por teléfono antes de que me marchara.
—¿La llamabas a ella? ¿Por qué te escondías para hacerlo?
—Porque no quería que me oyeras, claro. Cuando estás organizando un
salto en el vacío, un vuelo extraordinario que puede salvarte o matarte, tratas
de prepararlo de forma adecuada.
Penny lanzó un afectuoso gruñido.
—Si no me lo explicas mejor, llamaré enseguida a Sherrie y…
—¿Te acuerdas cuando te conté que, cuando murió, mi madre me dejó
pocas cosas y que yo rechacé muchas porque las había comprado con… con
su trabajo?
—Sí, me dijiste que solo te quedaste con esto. —Acarició el pequeño
anillo en forma de cocodrilo que llevaba siempre.
—Antes de empezar esa vida de mierda, poseía también otra cosa. Por
desgracia, lo empeñó en el Monte de Piedad y nunca lo recuperó. Pues bien,
le pedí a Sherrie que lo buscara. Su ayuda ha sido fundamental, si no hubiera
sido por ella… En cualquier caso, al final, al cabo de varias semanas de
búsqueda y de dar un millón de vueltas, consiguió encontrarlo. Lo tenía un
modesto anticuario.
— ¡Pero eso es estupendo! ¿Qué era?
—Una joya de mi bisabuela. Un objeto muy antiguo y especial.
Recuperarlo ha sido como retroceder en el tiempo.
—¿Por qué dices que es peligroso?
Marcus la miró con los ojos de color gris-plateado que le desbarataban
el alma.
—Lo que quiero hacer con él es peligroso.
Se inclinó y rebuscó en el bolsillo de su chaqueta, que yacía en el suelo.
Sacó una cajita azul. La abrió. Dentro había un anillo. Una pequeña alianza
de oro blanco con un ópalo irisado que parecía encerrar todos los colores del
arcoíris, engastado entre unos brillantes minúsculos.
—Es peligroso porque, si me dices que no, podría morir —prosiguió
Marcus, sacando el anillo de la caja—. Me has repetido una y otra vez que
quieres ser libre, que no quieres ataduras, que podemos marcharnos cuando
queramos, que la idea del matrimonio te revuelve el estómago y otras cosas
tan poco alentadoras como esas. Lo has dicho incluso en público y parecías
convencida. Cuando Jacob hizo ese discurso sobre la cotidianeidad, que
destruye incluso los amores más grandes, tuve miedo de que pensases como
él y de que te hubieras cansado de mí. No me da vergüenza reconocer que
estaba aterrorizado. Ok, admito que no es una manera muy romántica de
entrar en el asunto que me ocupa, pero ya sabes que no soy romántico. Nada
de música de ABBA, nada de violines ni de otras memeces por el estilo.
Nunca seré capaz de eso, nunca seré un hombre que se viste de forma
elegante, se arrodilla, enciende velas perfumadas y esparce pétalos de rosa,
pero te quiero y me muero de ganas de hacer proyectos a largo plazo contigo.
En resumen, ¿quieres casarte conmigo?
La respuesta de Penny no fue la que se esperaba. A pesar de que había
considerado el rechazo entre sus posibles reacciones, jamás había creído de
verdad que este pudiera producirse. Su corazón rebosaba esperanza. Esa
mañana había llamado a Monty por teléfono para pedirle que le facilitara los
documentos necesarios. El comportamiento de Penny lo desconcertó. Lo
miró, los labios le temblaban, se llevó una mano frenética a la boca y corrió
al cuarto de baño para vomitar.
Marcus se quedó estupefacto, herido, casi exánime, de pie en medio de
la habitación, con el anillo en la mano, mientras Penny echaba el alma en el
váter. Estaba demasiado aturdido como para intuir lo que podía estar
sucediendo en realidad.
«No me quiere, no me ama, le repugno.»
Cuando Penny volvió con la cara mojada, él seguía allí, atontado,
jadeando, con la desesperación clavada en los ojos como un puñal. Una
majestuosa estatua tatuada y trastornada. Un niño que ha visto realizarse sus
peores pesadillas.
Esta vez fue Penny la que se rio.
—Digamos que te lo mereces por haberme hecho sufrir, por haberme
hecho imaginar lo peor —dijo—. Yo también te quiero, más que a mí misma.
La mera idea de pasar la vida sin ti apaga todas las luces del mundo. Decía
esas cosas para no asustarte, para que comprendieras que conmigo debes
sentirte siempre libre de hacer lo que sientes y que deberás sentirte siempre
así, pero me habría casado contigo…, ¿sabes?, creo que me habría casado
contigo esa misma noche, hace tres años, cuando apareciste en la penumbra
de la escalera. Fue como si me hubieras entrado de inmediato en la sangre. Tú
dirías que fue un jodido flechazo que jamás ha dejado de arder. Así que, sí,
mil veces sí. A propósito, estoy embarazada.
Marcus abrió la boca, sus ojos parecían llamear. Permaneció así unos
instantes, con el anillo aún en la mano y la frente surcada de arrugas de
inmenso estupor. Después, poco a poco, la expresión de desconcierto, una
especie de paresia en apnea, se transformó en una sonrisa y después en una
auténtica carcajada. Se acercó a Penny, con la risa gorgoteando aún en la
garganta, y le puso el anillo en el dedo.
—¡Hostia! —exclamó—. ¡Tres mil veces hostia!
—No seas tan empalagoso, por favor —bromeó ella.
—¿Vamos a tener un hijo? ¡Hostia!
—Por lo que me ha dicho Francisca, estoy segura de que Byron habría
declamado una poesía.
—¡Yo no soy Byron y digo lo que me parece! ¿Mi brujita embarazada?
¡Dios mío, Penny, estoy loco por ti! —La cogió en brazos, era tan ligera
como una muñeca rellena de plumas, su amor con un niño dentro, su amor
portador de esperanza. La llevó al dormitorio, estrechándola contra su pecho.
—¿Qué hacemos con los dos que aún están fuera? —preguntó Penny
poco convencida—. Me refiero a Francisca y a Byron. ¿No deberíamos
invitarlos a quedarse y…?
—¡Ni hablar! Que se apañen. Que busquen un hotel. —La tumbó en la
cama, la observó un instante, le sonrió y obtuvo una sonrisa a cambio.
Después, se volvió a reír—. ¿Yo… padre? ¡Nos pasará de todo, te lo aseguro!
¿Será trágicamente cómico o cómicamente trágico? No lo sé, pero te quiero,
así que ya nos inventaremos algo. ¿Sabes? Tengo veintiocho años y, por fin,
esta festividad significa algo. Y, ahora, vamos a celebrar Acción de Gracias.
Seré delicado, amor mío, seré dulce, pero debo follar contigo como sea. Se te
pasará incluso la náusea, te lo prometo. Quiero que des las gracias chillando
al menos tres veces.
CAPÍTULO 21
AÚN EN V ERMONT
La nevisca se precipitaba en unos dulces remolinos perlados. Byron
estaba de pie delante del Ford aparcado. Francisca estaba de pie en el
sendero. Se miraron a través de los ligeros remolinos. En unas horas el
paisaje que tenían a sus espaldas había cambiado: se habían observado junto
al mar espumoso y en ese momento se observaban en el interior de una
espumosa cascada de aguanieve, pero ellos eran iguales, querían lo mismo
que antes. Byron fue el primero que tradujo la urgencia en hechos. Con dos
enérgicas zancadas se acercó a ella, la abrazó y la besó esperando, con algo
más que el corazón, algo más profundo —una auténtica raíz del alma—, que
ella no lo rechazase. La estrechó entre sus brazos y su boca, su boca cremosa,
le transmitió la sensación de estar en casa, de pertenecer por primera vez a un
lugar en el mundo y de que ese lugar en el mundo formaba parte de él.
Francisca no lo rechazó. Respondió a su beso con el abandono de quien
hace el amor con los labios. Siguieron besándose bajo la nevisca como dos
ángeles blancos.
Después, como si obedecieran a una orden mental en el mismo mágico
momento, dijeron a la vez: «Hay varias cosas sobre mí que debes…».
—Perdona, habla tú —susurró Francisca.
—No, hazlo tú primero —susurró Byron.
Francisca acarició las mejillas de él con las suyas, como un gato que
ronronea, disfrutando del fresco contacto con su barba. Después aferró los
bordes de su cazadora de cuero, mirándolo a los ojos. Mientras la nevisca
seguía cayendo con unos movimientos similares a los de unas peonzas
lentísimas, le contó la pequeña, grande y violenta historia de su vida terrenal.
En voz baja: no era necesario gritar, alrededor de ellos imperaba el silencio.
De vez en cuando se interrumpía, recuperaba el aliento, él le besaba la frente,
una sien, la punta de la nariz, le acariciaba la espalda, y ella proseguía con el
valor de quien ha decidido tener valor. Al final, se calló de repente, como si
esperara un sermón, una sentencia, hasta un insulto.
Byron la besó en la boca. Fue como si, abriendo sus labios y acariciando
su lengua, quisiera hacerse cargo de parte de sus palabras, de los secretos que
acababa de revelarle.
—Amor mío —le dijo y, acto seguido, le levantó las manos, dejó a la
vista las muñecas y dio dos besos gemelos a las serpientes tatuadas.
Francisca se estremeció ligeramente entre sus brazos.
— ¿Tú… estás enamorado de mí? —le preguntó—. ¿De verdad?
—No hay nada más cierto que eso.
—¿No te horrorizan todas las cosas que…, bueno, que me sucedieron?
¿Las que hice yo? ¿No me consideras un monstruo?
—Una vez te dije que eres un ángel, a veces un ángel un poco cabrón,
pero una criatura celeste en todo caso.
—Y ahora has cambiado de idea.
Él le besó una sien con la ternura de un niño que sopla un diente de
león.
—Ahora lo pienso aún más, porque, a pesar de todo ese horror, de ese
dolor, puedo captar la candidez de tu alma. ¿Cómo es posible que no veas tu
verdadera belleza?
—Siempre he visto un pequeño monstruo herido, nada más.
—Un ángel herido. Y un ser humano. Mírame, Francisca. Mírame a los
ojos, por favor. —Le alzó la cara hacia la suya, deseando poder retroceder en
el tiempo y salvarla. Lo deseó tanto que sintió que se ahogaba, consciente de
que lo único que podía hacer era protegerla en el presente—. Has cometido
errores, pero, por encima de todo, has sido una víctima. Una víctima que ha
aprendido a defenderse. Me gustaría que mis abrazos y mis besos pudieran
curarte, me gustaría mucho. Sé que es imposible, pero…
—Ya lo haces. Me curas todos los días. Tu existencia cura mi alma,
desinfecta mis heridas, hace menos visibles mis cicatrices y me transmite
ganas de vivir, pero… —Se revolvió un poco—. No quiero darte pena porque
soy como Isobel.
—Esa idea te la ha metido en la cabeza mi abuela, ¿verdad? Encontré
uno de sus guantes y comprendí que había estado allí para ver si podía
hacerte escapar. En cuanto sea posible, le diré lo que pienso de ella, puedes
estar segura. Se le irán las ganas de entrometerse en mi vida y venderé la casa
de Cape Cod. Sea como sea, ¿sabes cuál es la verdad? Al principio, algo en tu
forma de ser me recordaba la suya. Pero, además del hecho de que ella estaba
enferma y tú no, de que sois dos personas completamente distintas con dos
historias completamente distintas, la diferencia más profunda y decisiva es
cómo me siento yo. Lo que experimento yo. Yo te quiero. A ella nunca la
quise y siempre fui consciente de que era así, los que me conocen lo saben.
No es una deducción que hago ahora, después de haberte conocido. Me casé
con ella porque estaba embarazada, a pesar de haber perdido al niño. Siempre
me sentí culpable por eso, porque solo la toleraba con una paciencia dictada
por la buena educación, el sentido del honor, la lealtad y la piedad, pero no el
amor. No sentía la necesidad de hacer nada por ella, en realidad lo hacía por
mí Sin el terror de perderla. Cuando murió, que Dios me perdone, además del
espanto que me produjo la forma en que había sucedido y de ese sentimiento
de culpa mío que me resultaba ya tan familiar como el olor de mi piel, sentí
también alivio. Como ves, de los dos, yo soy el verdadero monstruo, no tú.
Yo soy quien debe preguntarte si te horrorizo.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y le susurró al oído:
—Del sentimiento de culpa te curaste al sentirlo. No eres un monstruo,
tú también eres un simple ser humano. Ninguno de los dos quiere convertirse
en un dios. No me horrorizas, en absoluto. Y yo tampoco… he querido a
nadie antes.
—¿Ni siquiera a Marcus?
—No era amor, era instinto de conservación. Éramos como los lobos,
que se reúnen en manada para ser más fuertes y combatir a los enemigos. Lo
quería mucho y lo querré siempre, pero él me ayudaba a huir de la vida. Tú
me haces sentir ganas de salirle al encuentro.
Otro beso y más nieve. Después, Byron le agarró una mano y echó a
andar hacia el coche.
—Subamos. Nos estamos empapando y, además, quiero que escuches
una cosa.
—Espera. —Él se volvió, mientras ella se quedaba parada—. No vendas
la casa de Cape Cod, no lo hagas por mí. Era de tu madre y debes de tener
muchos recuerdos que…
—Los recuerdos están aquí. —Byron se tocó la frente—. Y aquí. —Se
llevó una mano al pecho—. Los lugares son simples contenedores que deben
cambiarse en ciertos momentos de la vida, pero ahora vamos, tienes la nariz
roja y estás aterida. No quiero que te pongas enferma.
Una vez dentro del coche, Byron puso la calefacción, abrió el cajón del
salpicadero y sacó un lector MP3. A continuación, conectó los auriculares y
se los tendió a Francisca.
—Estos últimos días he estado con un amigo que tiene una pequeña sala
de grabación. Las palabras son una reelaboración de algo que conoces, pero
la voz es mía. También la música. De niño tocaba el piano, no era muy
bueno, pero sí lo suficiente como para poder acompañar esta sencilla canción.
Te la dedico.
Francisca se puso los auriculares. Temblaba, pero su temblor transmitía
una emoción positiva, no de angustia. Era el temblor de una niña que espera
un regalo y sabe que va a ser más bonito de lo que pensaba.
Acto seguido, escuchó. La voz dulce, ronca y sensual de Byron entró en
sus oídos, en su mente, invadió su piel, los pulmones, se convirtió en fuerza
absoluta del destino que deseaba. El destino que existía.
Eres mi libro precioso, nuevo y resplandeciente,
la campanilla de nieve que se erige en el hielo,
mi tigre de rugido perenne,
mi eterno diamante bruto y de bronce.
Te lo ruego, ¿puedo ser tu cicatriz de plata?
¿Tu girasol, que mira la luz?
¿Tu Pegaso alado?
¿Tu eterno vestido de oro y cobre?
Solo te quiero a ti, a nadie más.
Otra no sería tú,
porque tú eres una manera de decir vida,
tú eres una manera de decir todo.
Mientras Francisca escuchaba la canción llorando con los ojos cerrados
—porque se puede llorar más de felicidad que de pena—, Byron sonrió.
De repente, algo inesperado lo sobresaltó.
Entreabrió la boca, sorprendido, a la vez que miraba por la ventana. La
nevisca seguía cayendo. Incluso la casa parecía lejana, detrás del gris
vortiginoso.
Quizá estaba enloqueciendo.
O quizá estaba sucediendo de verdad.
Le había parecido oír una gaviota chillando valientemente en la
oscuridad.
EPÍLOGO
FRANCISCA
SIETE MESES DESPUÉS
Contemplo el panorama desde la puerta acristalada de esta casa grande
y vacía. El color verde domina, además del rojo de tres arbustos de rosas que,
a esta distancia, parecen cerezas. Observo el perímetro del jardín, el muro con
la clemátide trepadora a punto de florecer, y me cuesta contener el llanto.
Lo confirmo, la felicidad me hace más propensa a las lágrimas que el
dolor. Quizá porque contra el dolor hay que combatir y no hay tiempo para
lloriquear si quieres permanecer con vida. En la guerra, el instinto de
conservación hace indispensable la frialdad. Pero, en tiempos de paz, cuando
el sol brilla en las flores y no en la sangre, la coraza que te rodeaba y que,
sobre todo, tenías en tu interior, deja de ser un recinto metálico y cae a tus
pies como oro fundido. Me arrebujo en la cazadora de cuero, me balanceo
sobre los tacones, de una pierna a otra, para dominar el temblor que me
produce la emoción. Oigo las voces de Byron y del agente inmobiliario en la
otra habitación. El pacto era este, un pacto firmado con el alma, que Byron
consideraba más vinculante que cualquier acuerdo escrito con tinta.
«La próxima casa la elegirás tú.»
Y ha mantenido su palabra.
Empezamos a buscar una justo después de Navidad, cuando el inicio del
segundo trimestre y el final del curso de Poesía contemporánea conjuraron el
peligro de que nos descubrieran juntos. Vimos varias en Amherst y
alrededores, pero ninguna me llamó tanto como para decirme: «Soy yo, aquí
reposarás tus pensamientos, estas paredes te acogerán, tu pequeña Escila
exhibirá sus tiernas flores de color rosa en el alféizar, escribirás en esa
habitación, harás el amor en todas».
Pero esta mañana me siento como si hubiera alcanzado una meta. Al
final de mi primer cuarto de siglo, tengo la sensación de que todos los
senderos que he recorrido, los caminos accidentados o llenos de zarzas, las
subidas, tan empinadas que me hacían caer hacia detrás, tenían un sentido.
Lo que soy —que, a fin de cuentas, no está tan mal—, depende de cómo
fui. Si al final del camino salpicado de cruces, me esperan estas rosas que
parecen cerezas, acepto incluso las espinas.
No me refiero solo al jardín, a la casa o a la nueva vida. Me refiero a
Byron. Debería haber comprendido todo enseguida por el color de sus ojos:
no puedes tener dos esquirlas de color verde esperanza en las pupilas si no
eres tú mismo la esperanza.
De repente, mientras las lágrimas ofuscan el paisaje, oigo el trino de una
llamada en el móvil. Reconozco el número de Penny.
Hemos hablado a menudo estos meses. Es extraño cómo cambian las
cosas. Alguien a quien odiabas se convierte de repente en alguien con el que
no te importa estar en contacto.
—¿Buenas noticias? —le pregunto.
—Buenísimas y enormes, como estaba previsto —contesta ella,
eufórica.
—¿Cuánto?
—¡Cuatro kilos y cien gramos! En cuanto lo vio, Marcus dijo: «¡Se ve
que es hijo mío!». Pero ahora le da miedo cogerlo en brazos. Tiene miedo de
hacerle daño. —Me río imaginando a ese hombre gigante con su niño
gigante. Ella prosigue en tono burlón—: ¿Te lo imaginabas presa del pánico?
En los últimos días del embarazo, me preguntaba cómo estaba cada tres
minutos y medio. No exagero, te lo juro. Y ahora nos observa, a mí y al
pequeño Thomas, como si fuéramos de cristal y tuviera que impedir que el
mínimo soplo de viento nos haga trizas.
—Cuidará de vosotros sin darse cuenta de que, en realidad, seréis
vosotros los que cuidaréis de él.
—Dejaremos que se lo crea, ¿verdad, Thomas? —El sonido blando de
un bebé atraviesa el aire y llega a mi corazón. Hablamos unos minutos más,
después me despido de ella y la dejo con su nueva vida, que ahora incluye
también ese amor eterno.
Vuelvo a mirar el jardín y después la habitación. Me la imagino pintada
de un tenue color glicina. De nuevo, me entran ganas de llorar. Me estoy
convirtiendo en un grifo que pierde agua, todo me conmociona. Los brazos
fuertes de Byron estrechándome por la espalda, por ejemplo.
—¿Y bien, ojos de petróleo? ¿Qué te parece? —me susurra al oído.
Me vuelvo y le respondo con los ojos. Él me sonríe y me besa. Caricias
en la boca. Dios mío, qué bien sabe.
—Tendrás que aceptar mi contribución —me apresuro a decir después
—. Para los gastos, me refiero.
—Acepto todo lo que proceda de ti, pero…
—Nada de peros. Quiero poner la parte que me corresponde, en
proporción a lo poco que tengo.
—Está bien, no quiero que haya ninguna fricción en este momento.
Aunque, para mí, lo más importante es que escribas. Las primeras páginas
que me has dejado leer prometen maravillas.
—Solo son pensamientos desordenados.
—¿Conoces algún artista en que no haya anidado el caos? Además,
mientras escribes, tan absorta, aún estás más guapa. Eres poesía viva, mi
poesía, mi canción, mi único compás, mi orquídea, mi libro, mi alba, mi
aliento. Viviremos en esta casa, en otras casas, viajaremos por el mundo,
escribiremos versos, plantaremos flores, tendremos hijos, encontraremos
cosas cuya belleza nos inmovilizará y cosas que nos darán miedo, pero
estaremos juntos. Esta es la parte más bonita del viaje: nosotros.
Me estrecho aún más contra su pecho. Estoy hecha de latidos, como si
solo fuera un corazón ofrecido entre manos invisibles. Ya no tengo miedo de
nada y no porque me sienta inmortal, sino porque me siento fuerte. Porque,
como dijo Barbie, a quien no llegué a conocer, en una ocasión, no son las
sombras las que mandan, sino la luz.
AGRADECIMIENTOS
No quiero hacer una lista de nombres, prefiero decir simplemente
gracias.
A los que creen en mí.
A los que siempre han estado y están.
A los que han sonreído y se han conmovido.
A los que aman mis personajes y los consideran amigos.
A los que aún tienen ganas de leer estas pequeñas historias con las que,
cada vez, libero mi corazón en el mundo.
BIBLIOGRAFÍA
Auden, W. H., Parad los relojes y otros poemas, traducción de
Javier Calvo, Mondadori, 1999.
Baudelaire, Charles, Himno a la belleza, Las flores del mal,
versión de Pedro Provencio, Edaf, 2009.
Baudelaire, Charles, Las flores del mal, versión de Antonio
Martínez Sarrión, Alianza Editorial, 2011.
Fuertes, G., Historia de Gloria (amor, humor y desamor), Cátedra,
Madrid 1980.
Montale, Eugenio, Huesos de sepia y otros poemas, versión al
castellano de Carlo Frabetti, Orbis.
Strand, Mark, Mar negro, Hombre y camello, versión de Dámaso
López García, Visor, 2009.