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Lección 1, Objeto y Definición de La Teología Espiritual.

Este documento presenta el objeto y definición de la Teología Espiritual. Explica que estudia la vida espiritual cristiana o la dimensión espiritual de la existencia cristiana. Define la vida espiritual como la vida propia del espíritu, la vida propia de quienes están animados por un alma espiritual. Finalmente, argumenta que la vida espiritual cristiana implica la participación en la vida trinitaria de Dios a través de Cristo y el Espíritu Santo.

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Lección 1, Objeto y Definición de La Teología Espiritual.

Este documento presenta el objeto y definición de la Teología Espiritual. Explica que estudia la vida espiritual cristiana o la dimensión espiritual de la existencia cristiana. Define la vida espiritual como la vida propia del espíritu, la vida propia de quienes están animados por un alma espiritual. Finalmente, argumenta que la vida espiritual cristiana implica la participación en la vida trinitaria de Dios a través de Cristo y el Espíritu Santo.

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Lección I Objeto y Definición de la

Teología Espiritual
Con el nombre de "Teología Espiritual" se designa esa disciplina teológica, es decir, esa parte de la
Teología que centra su atención en la vida espiritual cristiana o, lo que es lo mismo en palabras quizá
más precisas, en la dimensión espiritual de la existencia cristiana. A precisar el contenido, la
naturaleza científica, la historia y el método de esta disciplina está destinada la primera parte del
tratado en el que seguiremos un itinerario que comprende tres etapas o pasos:

a) primero, precisaremos cuál es el objeto o realidad sobre la que versa la Teología Espiritual y
ofreceremos algunos intentos de definición (Lección I);

b) después, analizaremos los hechos que condujeron a la aparición, a través de una historia no
exenta de avatares, de esta rama de la Teología (Lección II);

c) y finalmente, procederemos a situar a la Teología Espiritual en el conjunto del saber


teológico, exponiendo sus diferencias y relaciones respecto a otras especializaciones
teológicas y describiendo sus fuentes y su método, para concluir con una referencia al
esquema que seguiremos en el resto del tratado (Lección III).

Al introducir esta primera parte de la asignatura hemos ofrecido ya una definición de Teología
Espiritual: la rama de la Teología que estudia la vida espiritual. En el presente capítulo aspiramos a
precisar esa caracterización. Para ello analizaremos ante todo qué se entiende por lo que hemos
presentado como objeto o contenido de la disciplina (la vida espiritual). Luego prolongaremos la
exposición haciendo referencia a otros modos de presentar el objeto de le Teología Espiritual
ofrecidas a lo largo de la historia. Concluiremos esbozando una definición de la disciplina.

I.- El objeto de la Teología Espiritual

La afirmación según la cual la Teología Espiritual se ocupa de la vida espiritual o vida según el
espíritu, es compartida por la casi totalidad de autores, aunque, como acabamos de señalar, no han
faltado históricamente otras formulaciones, a las que haremos referencia más adelante. Ahora
centremos la atención en la formulación del objeto de la disciplina que consideramos más adecuada:
la vida espiritual.

1.- La vida según el espíritu en cuanto objeto de la Teología Espiritual

¿Qué se entiende por vida y, más concretamente, por vida espiritual? Tal debe ser nuestro primer
interrogante1.
a) La palabra vida y su diversidad de niveles o significados

Vida significa actividad. Más concretamente, actividad que nace de dentro del sujeto que la realiza.
El idioma griego posee dos vocablos para designar la vida: zoè, que hace referencia a lavida como
cualidad o condición poseída por el sujeto al que se califica de vivo; y bíos, que designa en cambio
el despliegue temporal de ese vivir. En castellano, y en latín del que el castellano deriva, se cuenta
con un sólo vocablo: vida. En todo caso, y sin necesidad de introducir ahora más precisiones,
reiteremos que la vida designa la realidad de un sujeto que posee actividad en sí y por sí, que está
dotado de capacidad para reaccionar ante el ambiente, adaptándose a él o modificándolo, así como,
en mayor o menor grado, de capacidad para un movimiento que, como decíamos hace un momento,
proceda de su interior, nazca de él (el ser vivo, a diferencia de lo que ocurre con los seres
inanimados, no sólo puede ser movido por otro, sino que se mueve por sí mismo).

La breve descripción que acabamos de realizar pone de manifiesto que la vida presupone la
existencia de un principio interior (alma, espíritu), del que procede esa actividad que es la vida. Pero
si la vida, toda vida, implica actividad que fluye del interior del sujeto, la expresión “vida espiritual”
significa algo más, connotado precisamente por la distinción entre los dos vocablos (alma, espíritu)
que acabamos de emplear. La vida espiritual es la vida propia del espíritu, la vida propia de quienes
están animados por un alma espiritual. Surge así un nuevo interrogante: ¿qué entendemos por
espíritu?

Entre las diversas vías para responder a esa pregunta acudamos a la etimología, ya que, en este
caso, nos lleva al núcleo de la realidad a la que la palabra remite. El término latino spiritus, del que
proviene el castellano "espíritu", significan aire en movimiento, sea en forma de brisa, sea en forma
de viento fuerte, y, por extensión, aliento, vida2. Aplicado al hombre dice referencia al hecho de que
el ser humano posee no sólo aliento y vida, sino, además, una fuerza interior en virtud de la que
goza de superioridad tanto respecto a los seres puramente materiales o inanimados como respecto
a los meramente animados. En suma, se dice del hombre que es espíritu, para indicar que es capaz
de una actividad que no sólo nace de su interior, sino que trasciende los condicionamientos
inmediatos, para ir más allá de lo tangible y desplegarse en comunicación con los demás y en
enriquecimiento interior.

Si dando por supuestas estas indicaciones etimológicas intentamos prolongar el análisis de lo que
se quiere decir cuando se habla de vida espiritual, cabe establecer lo siguiente:

a) La expresión “vida espiritual” hace referencia a una vida que implica no sólo actividad, sino
inmanencia, conciencia de sí, conocimiento, amor. Tal es la vida propia del hombre, ser dotado de
una fuerza interior que va más allá de lo sensible y de lo inmediato, y le abre al conocimiento de la
realidad en cuanto distinta de él mismo y, en última instancia, al amor, a la plena comunicación con
los demás seres espirituales. El hombre –y en esto se distingue de los animales- no sólo tiene
ambiente (umwelt, por expresarnos con el lenguaje de los autores alemanes que esbozaron esta
consideración), realidad circundante ante la que se reacciona, sino mundo (welt), realidad que se
perciben, de la se captan el orden, la bondad y la belleza y sobre valor y sentido el sujeto se
interroga. Realidad de la que ese sujeto, en algún modo se apropia, haciendo de ella el mundo en el
que vive, y a la vez a la que se abre, aspirando a entrar en comunión con lo que ve y con la plenitud
que, a través de lo que ve, se capta, se intuye o se adivina.

b) Hablar de vida espiritual, es, por eso, referirse a un hecho y a la vez a un valor, a un ideal, a un
bien que debe ser alcanzado. Todo hombre es espíritu, pero precisamente porque el espíritu implica
riqueza, dominio, capacidad de crecimiento y de apertura, todo hombre, siendo espíritu, está a la
vez llamado a realizar su espiritualidad. El hombre que no trasciende el nivel de lo inmediato, de
lo meramente sensible, de lo auto-referencial, que vive de modo superficial o frívolo, que se deja
arrastrar por la pura sensualidad o se encierra en el egoísmo, es un hombre que no alcanza el nivel
de lo verdadera y propiamente humano. En él hay vida, pero no, propiamente hablando, vida
espiritual. Se trata, en suma, de un hombre que decae de la condición, plenitud y riqueza a la que
está llamado. Por el contrario el hombre, que, con ocasión de cuanto entraña el ordinario vivir, es
capaz de interrogarse, de volver sobre sí mismo hasta percibir la hondura o amplitud de su espíritu
y, a la vez, la riqueza de cuanto le rodea, es un hombre que se realiza precisamente en cuanto tal,
es decir, según lo que reclama su humanidad.

La expresión “vida espiritual” remite, pues, no al mero hecho de vivir, sino, más propia y
exactamente, a la vida humana auténtica y profundamente vivida, a la vida que alcanza el hombre
que actúa y se desarrolla como hombre, poniendo en acto esa capacidad de enriquecimiento, de
autodominio y de amor, de la que está dotado. La vida espiritual es, en suma vida que implica el
reconocimiento tanto del propio espíritu como de la hondura de lo real y, de modo muy particular,
la realidad de los demás seres humanos como personas, como sujetos que, dotados también de
dignidad, reclaman ser amados.

Una vida –demos un paso más- que se despliega plenamente cuando el ser humano, siguiendo el
dinamismo propio de la inteligencia, al conocimiento de Dios y se abre, por el amor, a la relación
con Él. No es este el momento de analizar las vías que conducen conocimiento de Dios, ni tampoco
el de considerar los matices y, en ocasiones, las deformaciones que la vida espiritual reviste en las
diversas tradiciones religiosas. Situémonos de lleno en la realidad cristiana. Y,, situados ya en ese
contexto, evoquemos dos datos fundamentales:

a) La fe cristiana afirma una plena y radical trascendencia divina respecto de cuanto nos rodea. Dios
no es un elemento del mundo, sino su creador, y, en consecuencia, ser dotado de una vida que es
plena en sí misma, absolutamente trascendente. Dios es, en suma, espíritu en el sentido más hondo
y radical de la palabra: ser que no sólo trasciende la materia, sino que no está condicionado en modo
alguno; ser que tiene vida, y vida plena, vida en sí y por sí de manera absoluta. Una vida –y la
revelación cristiana llega aquí a su culmen- que es vida trinitaria, vida espiritual llevada a plenitud,
vida de conocimiento y amor vividos en unidad de esencia y trinidad de personas, en la íntima,
constante y consubstancial comunicación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo.

b) La fe cristiana afirma a la vez que el Dios trascendente, no necesitado de nada, ha, por así decir,
salido de sí, se ha entregado; no sólo mediante la creación del mundo y, en él, del hombre, sino
comunicando su propio vivir. Dios no sólo ha creado al ser humano, dotándolo de capacidad de
conocer y de amar, de percibir el bien y la belleza, de entrar en comunión con los otros seres
mediante el amor, sino que se ha hecho presente Él mismo en el mundo y en la historia; se ha
acercado al hombre, comunicándole su propia vida e invitándole a participar de su amistad. Dios
Padre, fuente y origen de toda la Trinidad, se ha acercado a los hombres mediante la Encarnación
del Hijo y el envío del Espíritu Santo y, a través de la acción de Cristo y del Espíritu, los atrae hacia
su intimidad.

En el hombre justificado por la gracia divina hay, en consecuencia, una vida que es expresión o fruto
no sólo de su espíritu, sino de su espíritu en cuanto que vivificado por la comunicación que Dios ha
querido hacer de su propio vivir. La expresión vida espiritual significa, pues, en contexto cristiano,
la vida que se despliega y desarrolla cuando el hombre que se sabe interpelado por Dios, más aún,
habitado por el Espíritu, responde a la llamada divina, se deja conducir por el Espíritu que,
incorporándolo a Cristo, lo conduce hasta la comunión con Dios Padre. Por eso puede decir San
Pablo que el hombre está compuesto de "carne", "alma" y "espíritu", con expresión en la que el
término "carne" hace referencia a nuestra condición corporal y terrena, el vocablo "alma" a nuestra
capacidad de sentir y conocer, y el "espíritu" al vivir del hombre en cuanto que unido a Dios y atraído
y vivificado por El3.

Esta vida, la vida espiritual propia del cristiano de la que estamos ahora hablando presupone y
asume cuanto antes se afirmaba al hablar en términos genéricos de vida espiritual; más aún, lo
potencia, situándolo en el contexto de cuánto la fe revela respecto a Dios y a la llamada dirigida al
hombre a entrar en comunión con Dios. Ni que decir tiene, por lo demás, que, también respecto a
la vida espiritual cristiana, se aplica lo que hace un momento decíamos hablando de la vida espiritual
en general: que es una realidad llamada a crecer. Por eso si antes afirmábamos que vida espiritual
significa lo mismo que vida humana integral, es decir, vida verdadera y profundamente vivida,
ahora, en el nivel en que nos encontramos, podemos retomar esa consideración para concluir que
la vida espiritual cristiana no es otra cosa que la vida cristiana plena, consciente y coherentemente
vivida. En otros términos, aquel modo de vivir en el que las virtudes cristianas por excelencia —o
sea, la fe, la esperanza y la caridad— manifiestan, bajo la acción del Espíritu Santo, todas sus
virtualidades, dando origen a todo un conjunto de convicciones de la inteligencia, decisiones de la
voluntad y actitudes del corazón que, nacidas del encuentro con Cristo y suscitadas por el Espíritu
Santo, dotan de fisonomía acabada a la existencia del cristiano que se sabe llamado a vivir como lo
que realmente es: criatura e hijo de Dios.

De la vida que de ahí resulta, es decir, de la "vida según el Espíritu", en expresión de San Pablo (Cfr.
Rm 8, 9), se ocupa la Teología Espiritual. Por Teología Espiritual se entiende, pues —podemos decir,
dotando de sentido más concreto las palabras que antes empleábamos—, aquella disciplina
teológica que estudia la existencia cristiana en cuanto proceso de encuentro y comunicación entre
el hombre y Dios, en cuanto desarrollo de la vida que, incoada por el Bautismo, se despliega en el
tiempo hasta alcanzar su culminación en la plenitud de los cielos. La Teología Espiritual es, en suma,
aquella rama o parte de la Teología que, presuponiendo el sustrato ontológico del ser cristiano —
objeto en cuanto tal de la Dogmática—, considera y analiza su despliegue vital, su apropiación
efectiva y existencial por parte del cristiano. En otras palabras, la Teología Espiritual tiene como
objeto de estudio la vivencia real y concreta de la vida cristiana, el progresivo irse configurando del
sujeto cristiano mediante esa fe, esa esperanza y ese amor que, viniendo de Dios, transforman del
hombre hasta hacerle participar, en virtud de la gracia, de la vida misma de Dios4.
b) El ritmo de la vivencia espiritual

Antes de seguir adelante, será oportuno prolongar un poco la reflexión sobre el concepto mismo de
vida espiritual. Conviene en efecto subrayar que la vida espiritual da lugar, en su despliegue, a un
movimiento en el que se integran dos aspectos a los que podemos aludir con los vocablos
interioridad y exterioridad o, mejor, interioridad e historicidad.

a) La vida espiritual implica —y, por cierto, de modo necesario, como condición básica e
indispensable— interioridad, disposición para ir hasta el interior del propio espíritu para trascender
lo periférico y lo pasajero y percibir lo profundo y, en consecuencia, ir a la raíz de lo bello y de lo
verdadero. Lo que, como atestigua la experiencia, reclama superación de la superficialidad, de la
dispersión, del atolondramiento, y, en consecuencia, silencio, en el sentido profundo del vocablo,
detención del ritmo acelerado, tumultuoso e incluso desordenado al que está expuesto nuestro
vivir. En otras palabras, capacidad de interiorización, y —a nivel propiamente cristiano— capacidad
de apropiación real y viva de lo confesado en la fe, conciencia de la presencia de Dios en el propio
corazón, y por tanto oración, sin la que no hay cristianismo auténtico.

b) Pero si el hombre necesita de la interioridad y del silencio para advertir la hondura de su propio
ser —y, en un cristiano, la hondura y riqueza de la fe—, es cierto a la vez que, en ese proceso de
interiorización, el hombre, a la vez que toma conciencia de su personal capacidad de riqueza,
percibe que es un ser que no sólo existe en el mundo, sino que está referido al mundo. El hombre
no alcanza su perfección por la vía de la pura introspección, sino por el conocimiento de cuanto le
rodea y, radical y últimamente, por el amor.

La vida espiritual implica, en suma, interioridad, autoposesión, pero también exterioridad o, por
mejor decir, historicidad, salida de sí, entrega, amor efectiva e históricamente vivido. Realidades
que en el vivir cristiano se ven no sólo recogidas, sino reforzadas, ya que el Evangelio nos da a
conocer que Dios es un Dios que no sólo ama sino que llama a participar de su amor y, por tanto, a
amarle a Él y a amar cuanto Él ama y con la efectividad con que Él ama. Sin oración no hay
cristianismo, pero tampoco lo hay sin vivencia concreta y comprometida de la caridad, entendida
aquí como amor del otro, de aquellos otros con quienes nos pone en comunicación el despliegue
concreto del vivir.

Dicho con otras palabras, la vida espiritual no es una vida al margen de la vida ordinaria humana,
sino, mucho más sencilla y profundamente, esa misma vida humana en cuanto que vivida con
conciencia de la cercanía de Dios y de cuanto esa cercanía implica. Ciertamente, como señalábamos
hace un momento, no hay profundización espiritual sin un esfuerzo de interiorización, de
apropiación personal y viva de la fe y, por tanto, sin momentos de reflexión y de silencio, pero esos
momentos no constituyen –no deben constituir- una huida hacia un mundo etéreo y desencarnado,
sino una profundización existencial en el trasfondo último, teologal, de la realidad concreta y, por
tanto, revierten en esa realidad. Es por eso ahí, precisamente ahí, en la realidad concreta, donde la
vivencia espiritual, alimentada en la oración, adquiere cuerpo y consistencia5.
2. La vida espiritual en cuanto a objeto de diversas ciencias.

Todo saber se define por relación no sólo a la realidad sobre la que versa, sino también por la
perspectiva desde la que procede a su consideración. Y así la vida espiritual puede ser objeto de
consideración por parte de diversas ciencias, cada una de las cuales la analizará de acuerdo con el
enfoque y la metodología que sean propias.

La Teología Espiritual es, como su nombre indica, Teología, tiene pues una finalidad
especulativa: aspira a comprender la experiencia espiritual cristiana captando sus elementos
esenciales y constitutivos. Y se propone esa finalidad a la luz de la fe, valorando las experiencias
espirituales desde la verdad que la fe cristiana manifiesta sobre Dios y sobre el hombre. De ahí que
se distinga de otros ciencias que pueden también tomar como objeto la vida espiritual, sea en
general, sea en concreto la vida espiritual cristiana, pero con otras finalidades. Tal es el caso, ante
todo, de la Historia de la Espiritualidad, que analiza las manifestaciones de la vida espiritual a lo
largo de los siglos, reconstruyendo y describiendo la experiencia y la doctrina espirituales de
personas y épocas6. Pero también de otras disciplinas, como, por ejemplo:

—la Filosofía y la Teología de la religión, que analizan sea la dimensión religiosa del ser humano,
sea las diversas religiones históricas en orden a profundizar en esas realidades y a ofrecer una
valoración del fenómeno religioso en general;

—la Historia comparada de las Religiones, que considera la experiencia espiritual en las diversas
religiones, intentando mostrar tanto puntos comunes como diferencias;

—la Sociología, que estudia el influjo que las circunstancias ambientales puedan tener en la vivencia
religiosa y espiritual, así como las implicaciones o consecuencias sociales de unas u otras
espiritualidades;

—la Psicología, que centra su atención en las manifestaciones anímicas de la experiencia espiritual,
con el deseo sea de describir el proceso vivido por un sujeto singular, sea de poner de manifiesto
las implicaciones psicológicas de la experiencia espiritual considerada en toda su amplitud.

Los saberes que acabamos de mencionar son, primariamente, e incluso, en algún caso,
exclusivamente, descriptivos. La Teología Espiritual tiene, en cambio –como decíamos hace un
momento- una finalidad especulativa. Su metodología será por eso, como corresponde a toda
reflexión sobre una vida, en parte descriptiva y en pare analítica, en parte encaminada a describir
realidades y experiencias vitales y en parte orientada a detectar principios, leyes y constantes, pero
siempre —es lo propio de la Teología— movida por la intención de comprender el núcleo esencial
de la realidad sobre la que versa y expresar, en consecuencia, sus características constitutivas.
¿Cómo se realiza el encuentro entre el hombre y Dios?, ¿qué rasgos definen la vivencia espiritual
cristiana?, ¿qué factores condicionan o determinan su despliegue? ¿qué etapas o fases atraviesa?
Esas, y otras análogas, son las cuestiones que contribuyen a estructurarla como disciplina7.
II.- Otros modos de presentar el objeto de la Teología Espiritual

En los manuales y tratados, tanto de etapas anteriores, como de la época contemporánea, se ha


descrito el objeto de la Teología Espiritual acudiendo a diversas expresiones: santidad, ascética y
mística, perfección cristiana, experiencia espiritual, vida interior, etc. Vamos a detenernos
brevemente en tres de ellas: santidad, experiencia espiritual, espiritualidad.

a) Santidad

Con frecuencia —especialmente en los tratados teológico-espirituales aparecidos a fines del


siglo XVI y comienzos del XVII, pero también otros posteriores, hasta nuestros días8— la Teología
Espiritual es descrita como la disciplina que considera y estudia la santidad en cuanto rasgo
distintivo y meta del vivir cristiano. El cristiano está llamado a ser santo y el estudio de cuánto esa
llamada presupone y trae consigo define y estructura a la Teología Espiritual. ¿Qué implicaciones
tiene para la Teología Espiritual el hecho de acudir para caracterizarla precisamente a la santidad?
Para contestar esta pregunta, conviene antes formular otra: ¿qué se entiende por santidad?9.

La voz santidad pertenece al lenguaje cristiano desde sus orígenes, ya que se encuentra en la
Sagrada Escritura. Tanto la palabra hebrea qadosh, como la latina sanctus, provienen de una raíz
que significa cortar e indica, por tanto, originalmente lo distinto, lo separado. De ahí que pasara a
significar la infinita perfección y la absoluta trascendencia de Dios, alejado de todo pecado y de toda
imperfección: "no hay Santo como Yahvéh" (1 S 2, 2). Pero la Escritura y la tradición cristiana
enseñan a la vez que el Dios trascendente, se acerca y comunica al hombre, del que puede y debe
predicarse la santidad en la medida en que, por la gracia, es introducido en la esfera de lo divino.

La palabra santidad resume, pues, en gran medida, el mensaje bíblico y, más concretamente, la
condición cristiana: el cristiano es alguien que ha sido santificado en Cristo y que, en Cristo y por
el Espíritu Santo, está llamado a la comunión con la santidad de Dios. Más aún, invitado a una
progresiva santidad, es decir, a un radicarse cada vez más en Dios, participando cada vez más de su
vivir. Esta riqueza de significado explica la importancia que el vocablo santidad tiene en la
predicación y en la teología cristianas, y el hecho de que se haya acudido y se acuda a él para indicar
el objeto de la Teología Espiritual. Resulta claro a la vez –y respondemos de esta forma a la pregunta
antes formulada- que presentar a la Teología Espiritual como aquella rama de la Teología que
estudia la santidad, implica poner el acento en la consideración de la vida cristiana como vida
marcada por el dinamismo de la santidad; en otras palabras, como vida llamada a crecer. Es por eso
una noción a la que se acude con frecuencia cuando se aspira a describir la vida espiritual desde la
perspectiva de su crecimiento.

b) Experiencia espiritual

La palabra "experiencia", de amplio uso, ya desde antiguo, en autores espirituales, que aluden con
frecuencia a lo que ellos mismos han vivido o experimentado10, no fue objeto de especial
consideración en los tratados recientes de Teología Espiritual como consecuencia, en parte al
menos, de las discusiones que se suscitaron a principios del siglo XX, con ocasión del modernismo,
sobre el alcance que cabe atribuir al vocablo “experiencia”, sea sobre la experiencia en cuanto tal.
En la segunda mitad de ese mismo siglo se volvió, incluso con profusión, sobre este concepto,
presentándolo incluso como categoría apta para definir el objeto de la disciplina11.

El término "experiencia" hace referencia a un conocimiento adquirido gracias a un contacto


inmediato, directo, con la realidad así conocida12. Es precisamente esa referencia a la proximidad
o cercanía que connota el vocablo, con la fuerza existencial y evocadora que de ahí deriva, lo que
hace que diversos autores hayan acudido a ese término para designar el objeto de la Teología
Espiritual.

Presentar esta disciplina como reflexión sobre la experiencia cristiana equivale, en efecto, no sólo a
presentarla como orientada a describir el itinerario espiritual cristiano, y por tanto los pasos y las
vías por las que el creyente configura, bajo la acción del Espíritu, su vida con la de Cristo, sino
comprometerse a proceder a esa descripción teniendo muy en cuenta la existencia concretamente
vivida, es decir, realmente experimentada.

Conviene señalar, para precisar el alcance de lo que acabamos de decir, que el vocablo "experiencia"
posee una amplia gama de significados, de los que aquí interesa recordar especialmente dos:

a) En ocasiones hablamos de experiencia para indicar que hemos visto o tocado de forma directa
e inmediata una realidad individual determinada, de la que por tanto conocemos con claridad sus
cualidades, o al menos algunas de ellas, ya que nos ha producido satisfacción, dolor o cualquier otra
sensación o impresión análoga.

b) En otros momentos empleamos esa misma palabra para indicar algo diverso: el hecho de haber
vivido una determinada situación o según un determinado estilo de vida; así ocurre cuando alguien
dice, por ejemplo, que conoce por experiencia la vida militar, el trabajo en un hospital u otra realidad
análoga.

En ambos casos la palabra connota, pues, proximidad, pero, en el primero, dice referencia a un
objeto o ser concreto, en el segundo a una situación o condición multidimensional y distendida en
el tiempo. De esos dos sentidos del vocablo es al segundo al que se acude, en principio, cuando se
afirma que la Teología Espiritual estudia la experiencia cristiana. Al afirmar que la Teología Espiritual
estudia la experiencia cristiana no se quiere, pues, decir que esa rama de la Teología considere sola
y exclusivamente –y ni siquiera preponderantemente- la experiencia de Dios entendida como
contacto inmediato con la sustancia divina (si un contacto así es o no posible, y en qué modo o
grado, es algo que, en todo caso, deberá ser dilucidado), sino más bien que estudia la experiencia
que implica el existir creyente, la vida de quien vive de fe con todo lo que ese vivir comporta. En ese
sentido, esta presentación del objeto de la Teología Espiritual se identifica con la que hemos
adoptado al afirmar que el objeto de esta disciplina es la vida espiritual, aunque subrayando la
importancia metodológica de la referencia a la experiencia concreta13.

c) Espiritualidad

La Sagrada Escritura emplea no sólo el sustantivo "espíritu", sino también el adjetivo "espiritual"
para, de ordinario —concretamente en San Pablo—, hacer referencia al cristiano que se deja llevar
del Espíritu hasta tener un modo de pensar y de actuar no superficial o infantil, sino maduro,
coherente con la conciencia de filiación divina que de la fe deriva (cfr. por ejemplo, 1 Co 2, 15 y 3, 1
y Ga 6, 1). A partir de ese uso paulino surgió, en la antigüedad latina tardía, el
vocablo spiritualitas —del que procede el castellano espiritualidad—, que aparece por primera vez
en un texto de principios del siglo V, en el que significa lo mismo que vida según el Espíritu, y, más
concretamente, vida cristiana intensa.

En los siglos posteriores continuó empleándose en ese mismo sentido aunque sin llegar a ser nunca
de uso frecuente. En el siglo XVII, en el contexto de algunas disputas sobre temas espirituales que
tuvieron lugar en la Francia de esa época, se produjo una evolución semántica. En ese siglo se
acudió, en efecto, al vocablo espiritualidad para designar no ya la vida cristiana en cuanto que honda
e intensamente vivida, sino más bien las formas de entender la vida espiritual, frecuentemente con
la intención de valorar su conformidad, o su no conformidad, con el dogma cristiano. Este uso, pero
superando el enfoque polémico con que había nacido, se fue difundiendo, hasta llegar a ser común;
es concretamente la significación que el vocablo tiene en expresiones como "espiritualidad
sacerdotal", "espiritualidad laical", "espiritualidad monástica", "espiritualidad franciscana",
"espiritualidad de San Francisco de Sales", etc. 14.

En la literatura teológica contemporánea, manteniendo el uso difundido a partir del XVII, se ha


vuelto también al anterior, es decir, a la identificación entre espiritualidad y vida espiritual intensa.
En ese sentido diversos autores al tratar del objeto de la Teología Espiritual afirman que ese objeto
es precisamente “la espiritualidad”. Estamos, en suma, ante una formulación que se identifica con
otras anteriores –es decir, con las que hablan de “vida espiritual” o de “experiencia espiritual”-,
aunque acudiendo para ello a un vocablo que sustantiviza el adjetivo presente en esas otras
formulaciones. No es por eso extraño que este modo de hablar se haya difundido sobre todo en
áreas culturales en las que predominan idiomas, como el italiano, el francés o el alemán, en las que
es muy habitual el recurso a substantivos abstractos.

III.- Definición de la Teología Espiritual

La descripción del objeto de la Teología Espiritual que acabamos de realizar permite llegar a una
definición de la disciplina. Todo intento definir una ciencia es fruto de una reflexión sobre sus
características y sobre su naturaleza, de modo que sobre la definición que se ofrezca gravitan las
opciones intelectuales y los planteamientos de fondo que se han ido sucediendo a lo largo de los
siglos, aunque connotando un fondo común. Baste a modo de confirmación, citar algunas
definiciones, concretamente tres, provenientes de autores muy distintos entre sí::

—"La Teología Espiritual es aquella parte de la Teología que, procediendo a partir de los principios
de la revelación divina y de la experiencia religiosa de individuos concretos, define la naturaleza
de la vida sobrenatural, formula directrices para su crecimiento y desarrollo y explica el proceso
a través del cual las almas progresan desde los comienzos de la vida espiritual hasta su plena
perfección"15;
—"La Teología Espiritual es una disciplina teológica que, fundada sobre los principios de la
revelación, estudia la experiencia espiritual cristiana, describe su desarrollo y da a conocer su
estructura y sus leyes"16;

—"La Teología Espiritual es la parte de la Teología que estudia sistemáticamente, a base de la


revelación y de la experiencia cualificada, la realización del misterio de Cristo en la vida del cristiano
y de la Iglesia, que se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo y la colaboración humana, hasta
llegar a la santidad"17.

Las definiciones reproducidas presentan diferencias, como es lógico al provenir de distintos autores,
pero coinciden en los puntos o aspectos fundamentales. Podemos, pues, remitir a ellas, sin
necesidad de acuñar una nueva. Sí convendrá, en cambio, que subrayemos los rasgos que
consideramos decisivos:

a) La Teología Espiritual es una ciencia, un saber. Versa sobre la vida y deberá repercutir sobre la
vida, pero su finalidad directa y específica no es la ordenación de la vida, sino su captación o
comprensión. Dicho en términos técnicos, es un saber especulativo, aunque en ella, como en toda
la Teología, haya una honda continuidad entre lo especulativo y lo práctico.

b) La realidad u objeto que estudia es la vida espiritual cristiana, vista en toda su amplitud, es decir,
teniendo en cuenta la totalidad de sus dimensiones y la totalidad de su despliegue, más aún,
connotando su evolución, crecimiento o desarrollo.

c) Es, finalmente, un saber experiencial, y ello en un doble sentido: en


cuanto que, de una parte, aspira a dar razón de la experiencia
cristiana y en cuanto que, de otra y por consiguiente, toma en
consideración lo realmente experimentado y vivido, cuestión de la
que se hablará más ampliamente, precisando los contornos, al tratar del
método.

[1]Sobre el concepto y la descripción de la vida espiritual ver J. DE GUIBERT, Lecciones


de Teología Espiritual, Madrid 1953, pp. 17-27; L. BOUYER, Introducción a la vida
espiritual,Barcelona 1964, pp. 17-35; F. RUIZ SALVADOR, Caminos del Espíritu.
Compendio de Teología Espiritual, Madrid 1988, pp. 7-25; J. WEISMAYER, Vida cristiana
en plenitud, Madrid 1990, pp. 15-24; CH. A. BERNARD, Teología Espiritual, Madrid 1994,
pp. 23 ss.; G. MOIOLI, La vita cristiana come oggetto della Teologia Spirituale, en "La
Scuola cattolica" 91 (1963) 101-116, y, en general, todos o casi todos los manuales de
Teología Espiritual.
[2]Para una primera aproximación a la etimología y significados de la palabra "espíritu", sea
en latín sea en griego, pneuma, y en hebreo, ruah, en los que tiene un origen etimológico
similar, puede verse J. FERRATER MORA, Espíritu, espiritual, en Diccionario de
Filosofía, Barcelona 1994, t. 2, pp. 1099-1104, así como, por lo que se refiere al lenguaje
bíblico, las obras que citaremos en nota sucesiva.

[3]El término "espíritu" y sus derivados tienen una amplia presencia en la literatura bíblica,
tanto la vetero como la neotestamentaria. Limitándonos a esta última, los encontramos
referidos tanto a Dios, sea en general (Dios como espíritu) sea en contexto trinitario (el
Espíritu que proviene del Padre y del Hijo); como al hombre. En este último caso, y más
concretamente en San Pablo, predomina la perspectiva soteriológica, y en ese contexto la
contraposición entre carne y espíritu (cfr. Ga 5, 1 ss.; Rm 8, 1 ss.). Es también frecuente el
uso del vocablo derivado "espiritual", sea en forma adjetiva (Rm 1, 11; 7, 14), sea en forma
adverbial (1 Co 2, 14), sea substantivada, especialmente en plural: "espirituales" (Ga 6, 1; 1
Co 2, 15; 3, 1). Sobre el término "espíritu" en el lenguaje bíblico ver
J. GUILLET, Espíritu, en X. LEON-DUFOUR (dir.), Vocabulario de teología
bíblica, Barcelona, 1967, pp. 255-256; J. DE GOITIA, Espíritu, en Enciclopedia de la
Biblia, Barcelona 1963, t. 3, cols. 184-187; P. VAN IMSCHOTT y F.
PROD'HOMME, Espíritu, en Diccionario enciclopédico de la Biblia, Barcelona 1993, pp.
547-549; AA.VV., Pneuma, pneumatikós, en Theologisches Wörterbuch zum Neuen
Testament, t. 6, pp. 350 ss. (especialmente 357-366 y 394-339). Y respecto de la antropología
paulina, F. PUZO, Significado de la palabra "pneuma" en San Pablo¿ en "Estudios Bíblicos"
1 (1942) 437-460; J. FICHNER y E. SCHWEITZER, Fleisch und Geist, en Die Religion in
Geschichte und Gegenwart, t. 2, Tubinga 1958, pp. 974-977; C. SPICQ, Dieu et l'homme
selon le Nouveau Testament, París 1961; R.H. GUNDRY, Soma in Biblical Theology. With
emphasis on Pauline Anthropology, Cambridge 1976; C. BASEVI, La corporalidad y la
sexualidad humana en el "corpus paulinum", en AA.VV., Masculinidad y feminidad en el
mundo de la Biblia, Pamplona 1989, pp. 678-694; A. DÍEZ MACHO, La resurrección de
Jesucristo y la del hombre en la Biblia, Madrid 1977, pp. 102-124.

[4]En las diversas religiones no cristianas puede ciertamente darse una vida espiritual, que
ha sido objeto de numerosos estudios, también teológicos, principalmente desde una
perspectiva fenomenológica (analizando el influjo que la comprensión de la divinidad tiene
en la vivencia espiritual de quienes viven una u otra religión) y desde un punto de vista
metáfisico (considerando si puede darse no sólo un conocimiento sino una experiencia -en el
sentido fuerte de la palabra- puramente natural de la realidad o de la acción divinas). Esas y
otras cuestiones tienen sin duda interés, pero no corresponden a la Teología Espiritual sino a
otras disciplinas como la filosofía o teología de las religiones. De ahí que los tratados de
Teología Espiritual tiendan a omitirlas, o a dedicarles al máximo una breve referencia,
centrándose en su objeto propio: la consideración de la vida espiritual cristiana.

[5]Dediquemos, unas palabras a una expresión ampliamente usada por la literatura espiritual:
"vida interior". Esta expresión tiene su origen en el análisis de la vivencia humana al que
acabamos de hacer referencia, es decir, al hecho de que en ella coexisten interioridad y
exterioridad, desarrollo inmanente y existencia en el mundo. De ahí que pueda darse una
falsa interioridad, como acontece en todo solipsismo individualista, y, en el extremo opuesto,
una exterioridad despersonalizadora y alienante. Este último riesgo ha sido objeto de
frecuente crítica por parte de los autores espirituales, que, en ese contexto, han distinguido
entre una existencia volcada hacia lo exterior, y una existencia que, radicada, en las potencias
espirituales, va hacia lo hondo —y, en ese sentido, hacia lo interior— haciendo posible una
verdadera comunicación con los demás seres espirituales y, en última instancia, con Dios. De
ahí que en bastantes autores la expresión "vida interior" sea usada como sinónimo de vida
espiritual entendida con toda su amplitud, aunque poniendo el acento en la centralidad de la
oración; si bien a veces, particularmente en la literatura devocional, tiene un alcance más
restringido para significar la práctica de la oración y cuanto con ella se relaciona de forma
inmediata, lo que, ciertamente, constituye una parte importante, más aún decisiva, de la vida
espiritual, pero no la agota. Para más detalles, ver A DAGNINO, Vita interiore,
en Dizionario Enciclopedico di Spiritualità, Roma 1990, t. III, pp. 2652-2654 y J.
GUIBERT, Lecciones de Teología Espiritual cit, p. 19.

[6]Una buena síntesis de la historia de la espiritualidad se encuentra en J. SESÉ, Historia de


la espiritualidad, Pamplona 2005. Otras obras de síntesis que pueden también consultarse:
D. DE PABLO MAROTO, Historia de la espiritualidad cristiana, Madrid 1990; J.M.
MOLINER, Historia de la espiritualidad, Burgos 1972; A. ROYO MARÍN, Los grandes
maestros de la vida espiritual. Historia de la espiritualidad cristiana, Madrid 2003. Historias
generales amplias: L. BOUYER, E. ANCILLI y B. SECONDIN (dirs.), Storia della
spiritualità cristiana, 16 tomos, Bolonia 1984 ss.; D. GROSSI, L. BORRIELLO y B.
SECONDIN (dirs), Storia della spiritualità cristiana, 9 tomos, Roma 1983 ss.; B.
JIMÉNEZ-DUQUE y L. SALA-BALUST,Historia de la espiritualidad, 4 tomos, Barcelona
1969; L. BOUYER (dir.), Histoire de la spiritualité chrétienne, 4 tomos, París 1960-1966;
P. POURRAT, Spiritualité chrétienne, 4 tomos, París 1947. Las obras mencionadas
consideran preponderantemente la espiritualidad católica, aunque incluyen también, con
mayor o menor amplitud según los casos, apartados o capítulos dedicados a la espiritualidad
ortodoxa y a la protestante.

Las consideraciones esbozadas permiten diferenciar la Teología Espiritual de saberes


[7]
como los que hemos mencionado. Queda abierta la cuestión de cómo se diferencia de otras
ramas de la Teología, de la que nos ocuparemos en el Capítulo III.

[8]Citemos, a modo de ejemplo, entre estos últimos, los dos manuales elaborados por el
teólogo belga Gustave Thils, separados entre ellos por una distancia de veinte años, pero
coincidentes en el punto que ahora señalamos: Sainteté chrétienne, Tielt, 1959, y Existence
et sainteté en Jesus-Christ, París 1982.

[9]De la santidad como ideal cristiano, de la importancia que ese ideal desempeña en la
vivencia espiritual concreta y, por tanto, de llamada universal a la santidad nos ocuparemos
en el Capítulo VI. Aquí nos limitamos, por tanto, a esbozar sólo algunas nociones
fundamentales, remitiendo para su desarrollo, y para la bibliografía, a la exposición posterior.

[10]Así ocurre ya en la época patrística, aunque con otra terminología, y acudiendo ya al


término experiencia en los autores de la época moderna. Ver, a modo de un ejemplo entre
otros muchos, F. DE OSUNA, Tercer abecedario espiritual, ed. de M. Andrés, Madrid 1972,
pp. 223 ss. y p. 343.
[11]Ver al respecto J.M. GARCÍA, La teologia spirituale oggi. Verso una descrizione del suo
statuto epistemologico, en La Teologia Spirituale, Roma 2001, pp. 205-238.

[12]Para una mayor clarificación del concepto de experiencia ver J. FERRATER


MORA, Experiencia, en Diccionario de Filosofía, Barcelona 1994, t. 2, pp. 1181-1188;
J.L. ILLANES, La experiencia cristiana como vida y como fundamento, en "Scripta
Theologica" 18 (1986) 609-613 y, especialmente, J. MOUROUX, L'expérience chrétienne.
Introduction à une théologie,París 1952 (ver al respecto J. ALONSO, Fe y experiencia
cristiana. La perspectiva personalista de Jean Mouroux, Pamplona 2002). En referencia a la
Teología Espiritual, G. MOIOLI,L'esperienza spirituale, Milán 1992; A. GUERRA, Natura
e luoghi dell'esperienza spirituale, en AA.VV., Corso di Spiritualità cit, pp. 25-55 (más
resumidamente en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Madrid 1985, pp. 491-498); L.
BORRIELLO, L'esperienza, en La Teologia Spirituale cit, pp. 593-612.

Sobre este punto volveremos en el Capítulo III, al tratar del método, donde
[13]
completaremos algunas de las consideraciones ahora expuestas.

[14]Más detalles sobre la historia y significación del vocablo espiritualidad en


A. SOLIGNAC, Spiritualité, en Dictionnaire de Spiritualité, t. 15, cols. 1142-1173; de
forma sintética en T.GOFFI y B. SECONDIN, Introduzione generale, en AA.VV. Corso di
Spiritualità, Brescia 1989, pp. 8-10.

[15]J. AUMANN, Spiritual Theology, Londres 1980, p. 22 (hay traducción italiana: Teologia
Spirituale, Roma 1991).

[16] CH. A. BERNARD, Teología Espiritual cit., p. 74

[17]F. RUIZ SALVADOR, Caminos del espíritu cit., p. 33. Otras definiciones en A.
MATANIC, La spiritualità come scienza, Cinisello Balsamo 1990, pp. 39-42; S.
ROS, Definiciones de la Teología Espiritual en el siglo XX y J.M. GARCÍA, La teologia
spirituale oggi, en AA.VV., La Teologia Spirituale cit, pp., pp. 208-210 y 303-318, así como
en varios de los manuales citados en la nota 1.

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