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Tráfico de Influencias en el Caso Pastor

Este documento resume un caso de tráfico de influencias en el que el exministro Aurelio Pastor fue acusado. Aunque fue condenado en las instancias inferiores, la Corte Suprema lo absolvió al considerar que sus acciones constituían "actos de abogacía". El autor argumenta que esto legaliza actos de corrupción y viola principios como la igualdad ante la ley. También explica cómo el tráfico de influencias vulnera derechos humanos y contradice tratados internacionales contra la corrupción ratificados por el Perú.
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Tráfico de Influencias en el Caso Pastor

Este documento resume un caso de tráfico de influencias en el que el exministro Aurelio Pastor fue acusado. Aunque fue condenado en las instancias inferiores, la Corte Suprema lo absolvió al considerar que sus acciones constituían "actos de abogacía". El autor argumenta que esto legaliza actos de corrupción y viola principios como la igualdad ante la ley. También explica cómo el tráfico de influencias vulnera derechos humanos y contradice tratados internacionales contra la corrupción ratificados por el Perú.
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Caso Aurelio Pastor: Tráfico de

Influencias para abogados


Francisco Macedo Bravo Magíster en Derechos Humanos
Ideele Revista Nº 256
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(Foto: Andina)

Como varios miles de peruanos, estudié Derecho y soy abogado. Como, presumo, un
significativo porcentaje de aquellos miles, tomé esa decisión porque pensaba que así
podría contribuir con la edificación de una sociedad más justa.

Mis primeros encuentros con el mundo jurídico —especialmente con el sistema


judicial— me llevaron a pensar que en la decisión vocacional hubo mucho más ilusión
—y ficción— que conocimiento de la realidad. Y, muy probablemente, fue así. Sin
embargo, encontré una forma de intentar aportar: el estudio y la defensa de los derechos
humanos, y la prevención y lucha contra la corrupción1.

Esta suerte de entrada personal es útil para sostener que cada persona halla y desarrolla
su ruta y manera de contribución. En el caso de todos los que estudiamos en una
facultad de Derecho, no podemos perder de vista que nuestro aporte se brinda en el
marco del rol que cumple el abogado dentro de la sociedad democrática —otros
profesionales tienen, naturalmente, distintas funciones y asignaciones.

Según la Organización de Naciones Unidas, en sus Principios Básicos sobre la Función


de los Abogados (La Habana, 1990), tenemos como deberes:
[p] roteger los derechos de […] clientes y defender la causa de la justicia, […] apoyar
los derechos humanos y las libertades fundamentales reconocidos por el derecho
nacional e internacional, y en todo momento actuar […] con libertad y diligencia, de
conformidad con la ley y las reglas y normas éticas reconocidas […]
No planteo una reflexión ético-teórica ni deontológico-forense. Menciono los deberes y
funciones del abogado, para referirme a la Casación 229-2015, a través de la cual la
Sala Penal Permanente de la Corte Suprema de Justicia se pronunció, en forma
definitiva, acerca de la denuncia sobre Tráfico de Influencias planteada contra el
exministro Aurelio Pastor Valdiviezo, por Corina de la Cruz Yupanqui, exalcaldesa de
Tocache, San Martín. La sentencia fue emitida el 10 de noviembre de 2015.

Dicha resolución judicial sostiene que acciones que, a mi consideración, configuran el


delito de Tráfico de Influencias y por las cuales Pastor fue condenado en primera y
segunda instancia —y cumplía pena privativa de libertad—: « […] se realizaron en
ejercicio de actos de abogacía» (Considerando 25° de la Casación).

La conducta que requiere el delito Tráfico de Influencias dista profundamente de


aquellos preceptos de búsqueda de la justicia, de respeto y protección de los derechos
humanos, y de desempeño acorde con la ley y consonante con la Ética Pública. Están
muy alejadas, estimo, del ejercicio profesional del Derecho y de cualquier acción propia
de los integrantes de una sociedad democrática.

En este punto, es necesario tener certeza respecto de qué acciones sanciona el delito
llamado Tráfico de Influencias (artículo 400 del Código Penal), a saber: a) invocar
influencias reales o simuladas; b) recibir, dar o prometer para sí —quien actúa— o para
tercero un donativo, una promesa o cualquier otra ventaja o beneficio; y c) ofrecer
interceder ante el funcionario o servidor que vaya a conocer, conozca, o haya conocido
un caso judicial o administrativo.
El Tráfico de Influencias es señalado como acto de corrupción por la Convención de las
Naciones Unidas contra la Corrupción (CNUCC), en su artículo 18. Ello implica que la
comunidad internacional, también, lo reconoce así.

Los Hechos
De la Cruz denunció a Pastor por ofrecer, a cambio de 60 mil soles, su intermediación
con miembros del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y magistrados de la Corte
Suprema de Justicia y el Ministerio Público, destinada a evitar que se consume un
proceso de vacancia desarrollado en su contra.

Ello consta en audios grabados por De la Cruz en diálogos con Pastor que fueron
alcanzados al Ministerio Público (MP) y contienen muchos elementos que, desde mi
perspectiva, demuestran el Tráfico de Influencias.
• La «invocación de influencias reales o simuladas» es constante en el diálogo.
Pastor: [Y]o no llego al Jurado con temas de que hay que darle [sic]. ¡No, no, no!. A mí
me escuchan porque soy amigo, y porque soy conocido y porque confían en mí. Me
escuchan, me reciben. Converso con ellos […]2
Durante el proceso judicial, el miembro del JNE, Hugo Sivina, y el fiscal supremo,
Pablo Sánchez, negaron influencia alguna de Pastor, por lo que se estimó que existían
evidencias suficientes de invocación a influencias, pero que eran simuladas.
• Pastor hizo prometer un beneficio para sí: solicitó el pago de 60 mil soles. De la Cruz
aceptó.
Pastor: [T]e propongo 30 mil soles de entrada y 30 mil de salida. [t] e voy a ayudar.
Vamos a dejar este tema de los honorarios pendiente. [Y]a te puse el número [sic], me
lo pagarás cuando regreses a la alcaldía, en la medida en que regreses [...]
De la Cruz: Si es así que tú me esperas.3
• Pastor ofreció interceder ante funcionarios públicos que estaban conociendo casos
judiciales o administrativos: la denuncia judicial por difamación y la solicitud de
vacancia contra De la Cruz.
Pastor: [Y]o voy a ver tu tema en el Jurado. Y voy a ver tu tema nuevamente porque ya
lo he estado viendo en el Jurado [sic]. Quiero que tengas presente que esa resolución
[…] salió de la Fiscalía […] por la gestión que yo hice […]4

Desde mi apreciación, el acusado invocó influencias simuladas con el propósito de


recibir 60 mil soles —notorio beneficio— tras el ofrecimiento de interceder ante los
miembros del JNE y los magistrados del MP y el Poder Judicial (PJ) por los casos de la
denunciante. Se produjo un Tráfico de Influencias.

No obstante, la Sala Penal Permanente asevera que la conducta no es delictiva porque


tienen una causa de justificación: el ejercicio « […] de actos de abogacía».

¿La Corte Suprema considera, entonces, que los abogados podemos traficar influencias
(artículo 200 del CP) y alegar que es parte de nuestra función (la abogacía)?.

Tráfico de Influencias: Corrupción y Derechos Humanos


El Derecho Penal es el instrumento jurídico que usan los Estados para reprimir
conductas que la sociedad no puede ni desea soportar —según el parecer del legislador,
obviamente—. Dicha rama del Derecho protege «bienes jurídicos» que son los
intereses, relaciones y posiciones que garantizan la subsistencia de la propia sociedad.5

• Tráfico de Influencias como Acto de Corrupción


El bien jurídico que tutela el delito llamado Tráfico de Influencias es el asignado a los
denominados «Delitos contra la Administración Pública» del Código Penal (Título
XVIII del Libro Segundo), es decir, el correcto desempeño de las funciones asignadas a
ciertas personas para el bienestar de los ciudadanos dentro de un Estado Social y
Democrático de Derecho.6

El Tráfico de Influencias, así como gran parte de los mencionados Delitos contra la
Administración Pública, son actos corruptos, delitos de corrupción, de conformidad con
lo establecido por la CNUCC y la Convención Interamericana contra la Corrupción
(CICC), y las definiciones más avanzadas sobre el fenómeno.

Tales definiciones consideran que la corrupción es el mal uso del poder encomendado,
público o privado, que implican la violación de un deber, con el propósito de obtener un
beneficio indebido. Añado a ellas: los actos de corrupción siempre vulneran derechos
humanos —más adelante, volveré al punto—.

Mi opinión es que el acusado violó sus deberes como abogado y, en consecuencia,


aquellos que le encomienda el sistema democrático con el fin de lograr un beneficio
indebido: 60 mil soles. Esa conducta encaja perfectamente con las definiciones de
corrupción.

Y El Estado Peruano tiene el propósito explícito de enfrentar a la corrupción. Por


ejemplo, el Tribunal Constitucional, en jurisprudencia reiterada, sostiene que el « […]
combate contra toda forma de Corrupción goza […] de protección constitucional […]»
(Sentencia del Expediente 00017-2011-PI/TC del 3 de mayo de 2012).
El compromiso —y la consecuente obligación del Estado de luchar contra la
corrupción— es mostrado, también, con la ratificación de dos tratados internacionales
sobre la materia: las mencionadas CNUCC y la CICC.

Tráfico de Influencias y Derechos Humanos


Aunque el bien jurídico protegido por el delito de Tráfico de Influencias es el adecuado
desempeño de las labores asignadas a las personas responsables de administrar el Estado
para el bienestar de los ciudadanos, urge apuntar que es un delito común, es decir, lo
puede cometer cualquier persona que tenga, o se jacte de tener, influencias y que persiga
un beneficio a través de la intermediación en causas administrativas o judiciales.

Ello lleva a reflexionar respecto de los derechos humanos que son violados cuando se
comete el delito Tráfico de Influencias, en general, y, en el caso observado.

Muy brevemente, señalaré que he adoptado las nociones doctrinarias según las cuales
las violaciones de derechos humanos pueden ser directas o indirectas. Las directas son
aquellas en las cuales el acto de corrupción supone, de por sí, la vulneración de uno o
más derechos. Las llamadas violaciones indirectas se producen cuando el acto de
corrupción conduce a acontecimientos que generan la vulneración de —uno o más—
derechos. El vínculo de causalidad debe ser evidente.7

En primer término y aunque no se efectúe expresamente, tiene la nefasta consecuencia


de legalizar actos que configuran el delito de Tráfico de Influencias, al calificarlos como
actos de abogacía

La violación de un derecho humano —no está demás recordar— implica el


incumplimiento de las obligaciones de respetarlo, protegerlo y contribuir con su
realización. El derecho a la igualdad y no discriminación, sostengo, siempre es afectado
por la intención o resultado discriminatorio —trato diferenciado no justificado— de
todo acto de corrupción —al respecto, revisar la Observación 18 del Comité de
Derechos Humanos de la ONU—.
Cuando uno o más sujetos cometen el delito de Tráfico de Influencias, se produce la
vulneración, directa o indirecta, de varios derechos humanos o fundamentales debido a
que —incluso, cuando la capacidad de influir es simulada—, se mina la legitimidad,
credibilidad y así el correcto accionar de los operadores administrativos y judiciales que
deben declarar y reconocer tales derechos.

Y, así, debe descartarse que el delito afecte el Principio de Lesividad, es decir, que sea
innecesario sancionar la conducta porque no existe daño. Al afectar su imagen, se
produce un perjuicio en la adecuada justicia administrativa y judicial.

Finalmente, el Tráfico de Influencias implica una vulneración del derecho a la igualdad


y no discriminación, reconocido por la Constitución: numeral 2 del artículo 2, el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP): artículos 2 y 26, y la
Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH): artículos 1 y 24.

El delito señala que una persona o más personas busca[n] un beneficio — « […] recibe,
hace dar o prometer para sí o para un tercero, donativo o promesa o cualquier otra
ventaja o beneficio […] »—, a través de una serie de acciones ilícitas que suponen la
vulneración de un deber —el ofrecimiento de interceder—. El propósito del Tráfico de
Influencias es lograr una diferenciación no justificada e indebida y, por ende,
discriminatoria. La violación del derecho, cuando se comete el delito, es indirecta. Y se
produce —reitero— aun cuando se trate de influencias simuladas.

Lo señalado no es una elucubración teórica. En el caso objeto de la sentencia, el


acusado invocó influencias simuladas —en el JNE, el PJ y el MP— con el objetivo de
recibir un beneficio —60 mil soles— tras ofrecer su intercesión —ante funcionarios de
los mencionados órganos—.

El delito de Tráfico de Influencias cometido en el caso afecta la imagen de la justicia


administrativa y judicial, de forma tal que deteriora su capacidad para cumplir con sus
roles vinculados con la garantía de los derechos humanos.
Y, además, el mencionado caso de Tráfico de Influencias tiene el propósito de
diferenciar indebidamente —por el pago de un beneficio económico— y afecta, así, el
derecho a la igualdad y no discriminación.

Efectos de la Sentencia
La sentencia de la Sala Penal de la Corte Suprema no negó los hechos atribuidos al
acusado. En punto alguno. Por el contrario, como se indicó anteriormente, afirmó que
eran acciones que « […] se realizaron en ejercicio de actos de abogacía».

Ello tiene diversos efectos. En primer término y aunque no se efectúe expresamente,


tiene la nefasta consecuencia de legalizar actos que configuran el delito de Tráfico de
Influencias, al calificarlos como actos de abogacía —si el autor es profesional del
Derecho, naturalmente—.

De tal forma, la resolución judicial conspira contra la lucha que desarrolla el Estado
Peruano para repeler la corrupción. La obligación internacional, asumida al ratificar los
tratados internacionales anticorrupción —que, por su estrechísima vinculación con la
vigencia de los derechos, debieran considerarse como instrumentos de derechos
humanos— y el mandato constitucional son ignorados por la máxima instancia judicial,
al permitir el Tráfico de Influencias si lo efectúa un abogado.

Asimismo, el fallo de la Suprema afecta el bien jurídico que protege el tipo penal y el
ejercicio de derechos fundamentales. Mella la imagen de la administración y de la
judicatura para garantizar derechos, y convalida —y, así, incumple el deber de
proteger— la violación del derecho a la igualdad y no discriminación que representó el
delito.

Además, al realizar aquella «excepción» en el Tráfico de Influencias para los abogados,


vulnera, directamente, el mencionado derecho a la igualdad y no discriminación, al
otorgar a un grupo profesional la facultad de realizar determinadas acciones que,
además, son jurídicamente sancionables y éticamente reprochables.

La resolución viola, además, el derecho a las garantías judiciales, específicamente a que


el órgano jurisdiccional emita fallos fundados en el Derecho. Atenta contra la
Constitución (artículo 139, numeral 5), el PIDCP (artículo 14) y la CADH (artículos 8 y
24).

La sentencia vulnera, entonces, instrumentos internacionales de derechos humanos, con


rango constitucional, y los preceptos de la propia Constitución. Es, en pocas palabras —
y en inevitable redundancia—, inconstitucional.

Posibles Cursos de Acción


Ante una sentencia con tales vicios, se habilita la jurisdicción y los procesos constitucionales (artículo
200 de la Constitución), detallados por el Código Procesal Constitucional (CPC)

En particular, es posible emplear dos recursos: en primer término, la demanda de


amparo contra resoluciones judiciales por la vulneración del derecho a las garantías
judiciales, en su forma de obligación de obtener fallos ajustados al Derecho (CPC,
artículo 4).

Y, en segundo lugar, puede utilizarse el Recurso de Agravio Constitucional (CPC,


artículo 18), que procede contra resolución que desestima una pretensión de manera
definitiva, como la sentencia de la Sala Penal Permanente.
Las dificultades para recurrir a ellos residen en formalidades: plazos y legitimidad para
obrar –capacidad legal para interponer los recursos—.

La legitimidad para obrar, por naturaleza, correspondería al Ministerio Público o a la


Procuraduría correspondiente del Ejecutivo Nacional. Sin embargo, ambos enfrentarían
la prohibición de plantear procesos constitucionales entre entidades públicas que señala
el CPC (numeral 9 del artículo 5)

Otra opción sería que las personas afectadas por la vulneración de derechos asuman la
titularidad. Una posible demandante sería quien denunció el delito.

Finalmente […]
Debo escribir que, aparentemente, los abogados estamos próximos a recibir una licencia para traficar
influencias, «fina cortesía» de la Corte Suprema de Justicia. Presumo, ahora, que un porcentaje
significativo de los miles que estudiamos Derecho, rechazamos esa atribución, no solicitada e indebida.
El ejercicio de una profesión desligado de una clara postura en favor de la Ética Pública
y la real garantía por los derechos de las personas es una inmensa contradicción para un
agente, como el abogado, que cumple un rol en una sociedad democrática, que, por
definición, tutela derechos.

1
Indisolublemente ligados, como procuro explicar en la tesis que me permitió obtener el
grado de magíster en derechos humanos: «Los Actos de Corrupción como Violaciones
de Derechos Humanos. Una Argumentación desde la Teoría del Discurso Racional de
Robert Alexy». Si alguien desea revisarla, se encuentra en el Repositorio Digital de
Tesis de la PUCP.
2
Extraído de la transcripción del audio de la conversación entre Aurelio Pastor y Corina de la Cruz.
3
Extraído de la transcripción del audio de la conversación entre Aurelio Pastor y Corina de la Cruz.
4
Extraído de la transcripción del audio de la conversación entre Aurelio Pastor y Corina de la Cruz.
5
Cf. BERDUGO GÓMEZ DE LA TORRE, Ignacio y otros. Lecciones de Derecho Penal. Parte General.
Barcelona: La Ley, 1999.
6
Cf. MEINI, Iván. Delitos contra la Administración Pública. Panamá: USAID, 2007. p. 9; ABANTO,
Manuel. Los Delitos contra la Administración Pública en el Código Penal Peruano. Lima: Palestra, 2003.
p. 393 y ss; ASUA BATARRITA, Adela. «La Tutela Penal del Correcto Funcionamiento de la
Administración. Cuestiones Político Criminales, Criterios de Interpretación y Delimitación respecto a la
Potestad Disciplinaria». En: ASUA BATARRITA, Adela (ed.). Delitos contra la Administración pública.
Vitoria: IVAP, 1997. p. 22.
7
V DEFENSORÍA DEL PUEBLO DEL PUEBLO. Defensoría del Pueblo, Ética Pública y Prevención de
la Corrupción. Documento Defensorial N° 12. Lima: Defensoría del Pueblo, 2010. p. 6;
INTERNATIONAL COUNCIL ON HUMAN RIGHTS POLICY. La Corrupción y los Derechos
Humanos: Estableciendo el Vínculo. Versoix: International Council on Human Rights Policy, 2009. p. 32;
además, BACIO TERRACINO, Julio. Corruption as a Violation of Human Rights. Versoix: International
Council on Human Rights Policy, 2008. p. 8 y 9

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