INTRODUCCIÓN
Delimitando el concepto de acto jurídico en el significado y
sentido con los que ha sido incorporado a nuestra codificación
civil, resulta imprescindible, como lo hemos ya indicado, trazar
un paralelo con el concepto de negocio jurídico, puesto que
ambos, para nuestro sistema de derecho privado, llegan a tener
una relación de sinonimia conceptual. De este modo nuestro
sistema de derecho privado, al igual que el de los países en los
que la codificación civil mantiene el “nomen iuris” de acto
jurídico y no ha adoptado el de negocio jurídico, se afilia a la
posición unitarista del concepto.
La doctrina, por iniciativa de los autores alemanes y
posteriormente seguida por los italianos y españoles, ha
planteado el concepto de negocio jurídico como la declaración
de voluntad orientada a conseguir una finalidad práctica, licita y
amparada por el ordenamiento legal, el que lo reconoce como
un factor voluntario eficiente para entablar relaciones jurídicas
reguladas, modificadas o extinguidas, presentándosele, como
una especie del acto jurídico, que viene a ser el género, y
dejando librada su noción, a todo hecho voluntario que
produce efectos jurídicos, sean lícitos o ilícitos.
Las teorías del acto y del negocio jurídico
La doctrina francesa:
El acto jurídico fue el resultado de una elaboración de la
doctrina francesa, pues el acto jurídico no fue una elaboración
legislativa ni con esa nomenclatura fue incorporado al código
Napoleón, que lo ignoró. La doctrina francesa conceptuó el acto
jurídico como toda manifestación de voluntad con la finalidad
de producir efectos jurídico y así lo definen, por ejemplo,
Josserand y los Mazeaud, calificados exponentes de la doctrina
francesa de las últimas décadas.
El “nomen iuris” de acto jurídico, como aparece en la
traducción de la obras de algunos autores franceses, parece ser
que presenta una confusión lingüística. Luis Alcala – Alzamora y
Castillo, traductor de la obra de los Mazeaud, advierte, con
relación a la observación de estos autores franceses en cuanto
a que no debe confundirse el acto jurídico como toda
manifestación de voluntad hecha por una o varias personas con
la intención de crear, modificar o extinguir un derecho y que
designa al negocio jurídico, con el acto jurídico en el sentido de
instrumentos de prueba de la operación. Además advierte, el
mismo autor, de una posible confusión lingüística que se deriva
de los vocablos acto y acta, pues este último en la lengua
francesa es de género masculino y así, por defecto de
traducción, se habría equiparado, en el texto de los Mazeaud,
acto con negocio jurídico para distinguirlos del acta
(documento).
Doctrina alemana:
El concepto de negocio jurídico fue incorporado al código
alemán.
Enneccerus, uno de los más calificados comentaristas, explica el
concepto de negocio jurídico exponiendo que las consecuencias
jurídicas tienen su elemento principal en los hechos jurídicos,
en los cuales, cuando participa la voluntad, se derivan los actos,
jurídicos, a los cuales distingue en declaraciones de voluntad,
en actos conformes al derecho y en actos contrarios al derecho:
las primeras, cuando están dirigidas a producir un efecto
jurídico generan el negocio jurídico, pues en los actos
conformes al derecho los efectos son determinados por la ley y,
en los contrarios al derecho, por su ilicitud, también la ley
determina sus efectos. De este modo para el tratadista alemán,
el negocio jurídico es el acto jurídico en el que el contenido de
la declaración de voluntad da lugar a las consecuencias jurídicas
en cuanto a la creación, modificación o extinción de derechos.
Larenz, otro calificado exponente de la doctrina alemana,
explica el concepto de negocio jurídico incorporado al código
civil alemán como “un acto, o una pluralidad de actos entre sí
relacionados, ya sean de una o de varias personas, cuyo fin es
producir un efecto jurídico en el ámbito del derecho privado,
esto es, una modificación en las relaciones jurídicas entre
particulares”. Por medio del negocio jurídico, según el
tratadista alemán, el individuo configura por si sus relaciones
jurídicas con otros, siendo este el medio para la realización de
la autonomía privada. Según Larenz, la autonomía privada
requiere de una manifestación, esto es, de una declaración de
voluntad, para dar a conocer que el efecto jurídico debe
originarse según esa voluntad, pues la declaración de voluntad
viene a ser, al mismo tiempo, manifestación y actuación de la
voluntad dirigida a la producción del efecto jurídico,
conformándose así el negocio jurídico, que se distingue del acto
jurídico, en cuanto que este puede ser lícito o ilícito y por ello
sus efectos están previstos en la ley, mientras que en aquel es
la declaración de voluntad la que genera los efectos jurídicos.
Doctrina italiana:
El código civil italiano no ha incorporado a sus textos,
explícitamente, el concepto de negocio jurídico, por lo que la
doctrina italiana lo mantiene como una elaboración doctrinal,
pero tomando de la alemana la distinción entre acto y negocio
jurídico y manteniendo la distinción de género y especie,
justificando también esta distinción en que el negocio está
referido a los de contenido patrimonial.
Messineo explica el negocio jurídico partiendo también de
hecho jurídico a los que califica como aquellos acontecimientos
o situaciones que producen una modificación de la realidad
jurídica y, por eso, son jurídicamente relevantes, ya que sin
ellos el ordenamiento jurídico permanecería inerte y no
nacerían efectos jurídicos. Estos hechos, según el autor italiano,
interesan al derecho en cuanto están referidos al ser humano o
se generan con voluntad humana, calificando el acto jurídico
como un acto de la voluntad realizado conscientemente y del
cual nacen efectos jurídicos, porque el sujeto, al realizarlo,
quiere determinar un resultado y tal resultado es tomado en
consideración por el derecho: este acto puede ser lícito o ilícito.
El negocio jurídico, según el mismo autor italiano es una
especie de acto jurídico que consiste en una declaración de
voluntad o varias, dirigidas a la producción de determinados
efectos jurídicos y que el ordenamiento jurídico reconoce y
garantiza en los límites de la correspondencia o coherencia
entre los efectos y la voluntad que los persigue, peri siempre
que se trate de efectos lícitos.
Barbero, en su desarrollo conceptual para llegar a la
delimitación del negocio jurídico lo distingue del hecho jurídico
y del acto jurídico, señalando que los rasgos característicos de
estas figuras provienen de la relevancia o irrelevancia que en
cada una de ellas adquieran los elementos que denomina como
la “fenomecidad exterior” del evento, la “voluntariedad” de él
y la “intención”. Si la “fenomicidad” es relevante y son
irrelevantes la “voluntariedad” y la “intención”, se tienen el
hecho jurídico ; si son relevantes la “fenomicidad” y la
“voluntariedad” se tiene se tiene el acto jurídico ; y si son
relevantes la “fenomicidad”, “voluntariedad” y la “intención” se
tiene, entonces, el negocio jurídico. El acto jurídico, según el
tratadista italiano, es el comportamiento voluntario de un
sujeto productor de efectos solamente porque ha requerido
causarlos, ya que tales efectos pueden ser también contrarios a
los perseguidos por el sujeto y pueden representar, incluso, una
reacción del orden jurídico contra la intención del sujeto y, así,
define el acto jurídico, no ya como una “manifestación de
voluntad”, sino como una manifestación o un comportamiento
voluntario del sujeto al que el derecho vincula determinados
afectos jurídicos en cuanto solo porque es voluntario. El
negocio jurídico, según el desarrollo de Barbero, es la
manifestación voluntaria de una intención: la “manifestación”
representa el hecho, el evento o el acontecimiento exterios, la
“voluntariedad” determina su configuración en la calidad de
“negocio”, por lo que el negocio jurídico es la “manifestación
voluntaria de la intención a la cual el orden jurídico vincula los
efectos reconocidos o convenientes para su mejor realización
jurídica”.
Para Galgano, el negocio jurídico es, en el mundo de derecho,
el momento final de una secuencia conceptual que parte de la
categoría más amplia de hecho jurídica. El hecho jurídico, para
Galgano, es todo acontecimiento natural o humano, a cuya
realización del derecho atribuye un efecto jurídico constitutivo,
modificativo o extintivo de relaciones jurídicas.
El acto jurídico lo distingue del hecho por tratarse de un hecho
voluntario al que derecho, no atribuye el efecto jurídico a un
acontecimiento material sino al ulterior requisito de la
voluntariedad del acontecimiento, de forma que el efecto
jurídico no se produce s el hecho no consiste en el
comportamiento voluntario y consistente del hombre. El
negocio jurídico lo define sobre la base del papel específico que
cumple la voluntad del hombre, pues el derecho no atribuye el
efecto jurídico, como ocurre en el acto jurídico en general, a la
mera voluntariedad del comportamiento sino al ulterior
extremo de la llamada “voluntad de los efectos”, no bastando,
como para el acto jurídico en general, que el sujeto haya
querido el acto, pues para que el efecto jurídico se produzca
hace falta que el sujeto haya querido también el efecto.
Doctrina española:
Pese a que su código civil hace referencia al acto jurídico,
también ha acogido la figura del negocio jurídico por obra de
Valverde, según apunta Puig Peña, asumiendo así la posición
dualista que distingue el acto del negocio jurídico. Este viene a
ser la declaración, o las declaraciones, de voluntad privada
encaminada a la orientación de un fin práctico jurídico, a las
que el ordenamiento jurídico, bien por sí sola, o en unión de
otros requisitos, reconocen como bases para producir
determinadas consecuencias jurídicas, según acotación de
Espín Canovas. Adicionalmente, los modernos civilistas
españoles enfatizan en el desarrollo de la noción de del
negocio jurídico el poder de autorregulación de los intereses
jurídicos por los propios sujetos y siguen, como ya se ha
indicado, a la doctrina italiana en cuanto a la distinción entre
acto jurídico -como hecho jurídico voluntario- y negocio
jurídico. Así por ejemplo, Manuel García Amigo, Manuel
Albaladejo, y en general los demás civilistas españoles de
nuestros días. Sin embargo, Federico de Castro y Bravo, citado
por Manuel de la Puente, se ha referido a los riesgos de la
utilización del concepto de negocio jurídico en el derecho
español.
Doctrina peruana:
Por obra de Jorge Eugenio Castañeda, a partir de 1972, los
estudios se han inclinado en favor del negocio jurídico. Este
expuso la sospecha de que una desafortunada traducción del
código civil alemán fue la causa de que los juristas brasileros
(autores del código de 1916), y sus seguidores en el Perú,
instalaran en sus respectivos códigos disposiciones sobre acto
jurídico y no sobre negocio jurídico y, por ello, propuso que el
concepto de negocio jurídico y su “nomen iuris” fuera
incorporado en la reforma del código civil de 1936.
Influido por Jorge Eugenio Castañeda, Raúl Ferrero Costa tomo
partido por la denominación de negocio jurídico. Y,
posteriormente, Juan Guillermo Lohmann, quien realizo un
interesante y documentado trabajo sobre la base del Proyecto
de la Comisión Reformadora publicado por la PUCP y el del
proyecto de publicado por el Ministerio de Justicia, para luego,
iniciada la vigencia del código civil de 1984, publicar un
enjundioso estudio, que ha reeditado enriquecido y
actualizado. Lohmann, identificado con la doctrina europea y
particularmente la española, parte de la distinción entre acto
jurídico y negocio jurídico y, en cuanto a este, sostiene que no
está refiriendo exactamente a una institución del derecho sino
a una abstracción jurídica elaborada por la doctrina sobre la
base de un conjunto de normas y caracteres propios y comunes
a cierto tipo de actos jurídicos, aunque esta abstracción o
construcción teórica no se justifique a priori, sino por su
utilidad al sistematizar principio ordenadores, conceptúa el
negocio jurídico como la declaración o declaraciones de
voluntad de derecho privada que, por si o en unión de otros
hechos, están encaminadas a la consecución de un fin práctico,
lícito y admitido por el ordenamiento jurídico, el cual reconoce
a tales declaraciones como el sustento para producir efectos
prácticos queridos y regular relaciones jurídicas, es decir, una
proyección de la voluntad sobre el ámbito del derecho.
No puede soslayarse, sin embargo, la presencia de la idea del
negocio jurídico durante el proceso de reforma del código de
1936 que concluyó en 1984. Lo que ocurrió es que, pese a ello,
la comisión encargada del estudio y revisión del código civil de
1936, llamada comisión reformadora, mantuvo el acto jurídico
y a la plasmación de su normativa dedico un libro especial, que
vino a ser el libro ll por ello, es imprescindible establecer las
fuentes y fundamentos que llevaron al codificador de 1936 a
incorporar el concepto de acto jurídico y, a mantenerlo, al
codificador de 1984.
Como ya se sabe, el código civil de 1852 ignoró la teoría del
acto jurídico por lo que, instalada en 1992 su comisión
reformadora, uno de los planteamientos iniciales más
importantes fue el relativo a su inclusión en el proyecto de que
se convertiría en el código civil de 1936. Consta en las actas de
las sesiones de la comisión reformadora que Manuel Augusto
Olaechea, opinó que, ante todo debía desenvolverse la teoría
referente al acto jurídico, considerado de un modo general
“negotium juris”. De este modo, puede inferirse que en la
mente del codificador de 1936 estuvo la idea de equiparar el
acto jurídico con el “negotium juris”.
Jorge Muñiz, autor de una interesante tesis universitaria, ha
planteado que el término negotium que utilizó el jurista Gayo,
para determinar las acciones procesales, fue ampliado a un
término que implicaba “acciones” en el sentido de actos y
hechos humanos, por juristas del siglo XVI y que, por ello,
también puede considerarse que la referencia de Olaechea
estuvo tomada de la acepción introducida por esos juristas,
concluyendo en que dentro del planteamiento de la comisión
reformadora (código de 1852), la referencia al acto jurídico
implicaba la del negocio jurídico y que, quizás, por la influencia
del código civil brasileño de 1916, nuestro codificador adoptó el
nomen iuris del acto jurídico.