Los Contratos Conexos en el nuevo Código Civil y
Comercial de la Nación.
Publicado en revista de Derecho Comercial y de las
Obligaciones, Número 272 –mayo/junio2015- Ed.
AbeledoPerrot. Pág 699 y Stes.
Por Héctor Osvaldo Chomer1
I. Caracterización del sistema e identificación del problema:
1. Caracterización introductiva:
[Link]:
Para efectuar una sencilla introducción al tema, bien podría sostenerse que los contratos
conexos satisfacen la necesidad de quien teniendo la sana ambición de conseguir una
cosa u obtener la prestación de un servicio, no puede cumplir tal deseo por falta de
recursos suficientes.
De modo que la justificación de los llamados contratos conexos, redes contractuales,
conectados o vinculados, se encuentra en la necesidad de financiar una operación que,
de otro modo, fracasaría por la limitada capacidad económica del consumidor
interesado en formalizar tal negocio.
En una visión algo más técnica, se ha dicho que los contratos conexos son la unión de
dos o más tipos estructurales, mediante los cuales los efectos de uno pueden propagarse
a los otros.2
En otra aproximación se ha afirmado que son una pluralidad de contratos que sin
perjuicio de su autonomía como tales, se encuentran estrechamente vinculados entre sí.3
Por fin, algún autor los ha definido como "una organización autorreferente de elementos
relacionados de un modo autónomo..." y en el que "su orden interno es generado a partir
de la interacción de sus propios elementos que se reproducen a sí mismos, son
funcionalmente diferenciados, y buscan una estabilidad dinámica".4
[Link] falta de una identificación del fenómeno:
1
Juez Nacional en lo Comercial. Profesor Titular Regular UBA. Profesor Titular UMSA y UCSE.
Investigador UBA.
2
Nicolau, Noemí Lidia, “Algunas Cuestiones en Rorno a los Contratos Conexos, con especial referencia a
la Subcontratación y a las cadenas contractuales dependientes e independientes
3
Tobias, Jose W., “Los contratos conexos y el crédito al consumo”, LL, Derecho Comercial Doctrinas
Esenciales Tomo II , 485
4
LORENZETTI, Ricardo Luis, "Esquema de una Teoría Sistémica del Contrato", LA LEY, 1999-E, 1168.
El legislador no suele adoptar delineaciones muy precisas ni incorporar definiciones a
los textos legales.
Por simple tradición se pensaba que las definiciones no eran propias de una ley, menos
de un Código.
El fenómeno de la conexidad contractual no estaba regulado en el derecho argentino
vigente, por lo que, sin perjuicio de la caracterización producida doctrinariamente,
faltaba una clara tipificación o encuadre que atrapara los supuestos por regularse
legalmente.
Es por eso que la adopción de una definición se presentaba necesaria a fin de aventar
equívocos o lagunas que permitieran eludir las nuevas reglas.
Por ello la clara identificación que se formula en el artículo 1073 supone exponer las
características de una situación otrora confusa e importa superar eventuales dudas.
Es relevantísimo que se haya adoptado una definición que fije la concreta significación
del fenómeno de la conexidad y haya acotado sus límites o contornos claros e
inequívocos para eludir confusiones con otros supuestos.
Porque eso depara seguridad jurídica, facilita la aplicación de la ley y consecuente
solución de controversias.
[Link] tipificación de la nueva ley. La pluralidad:
La definición netamente descriptiva que propone el artículo 1073, se integra con dos
elementos: la pluralidad (dos o más contratos autónomos) y la finalidad económica
común (el objetivo supracontractual).
El primero de los requisitos se centra en que existan dos o más contratos coligados o
dependientes.
Si bien la norma no lo establece, es claro que tales contratos han de ser actos jurídicos
válidos, según fuera el tipo adoptado y, además, que todos se encuentren vinculados.
Esto significa que aun cuando se trata de negocios aparentemente autónomos, todos
tienden o procuran el logro de un resultado común o negocio único, que no se podría
alcanzar sin la interacción de cada uno de dichos contratos.
No se exige simultaneidad temporal ni instrumentación única.
Por lo general la instrumentación es sucesiva o casi simultánea (se firma el contrato de
compraventa e inmediatamente después o simultáneamente, el mutuo conectado que la
posibilita), es variada o múltiple y, como luego veremos, esto último es lo que presenta
dificultades.
1.4. La tipificación de la nueva ley. La finalidad común:
El sistema de conexos necesita también que se verifique una finalidad económica
común previamente tenida en miras por los contratantes y determinante de la
celebración encadenada de contratos.
Esa finalidad económica supracontractual, es distinta de la causa fuente y causa fin de
cada contrato conectado.
Porque cada contrato tendrá un objeto diferente y supuestamente autónomo.
Pero paralelamente a tales objetivos individuales existirá un motivo generalmente
recóndito o, por lo menos, diferente al de cada negocio individual, que lleva a las partes
a buscar una interrelación o establecer un sistema o red para alcanzar un único y
diferente objetivo al de cada negocio individual.
Es por ello que la ley busca regular la situación de aquellos contratos
independientemente celebrados pero que confluyen en la búsqueda de una finalidad
inicialmente preestablecida, cuya persecución supone que la celebración de uno será
determinante de la celebración del otro u otros contratos.
En general, la conexidad será correlativa con el grado de funcionalidad que cada
contrato tenga respecto de los otros a fin de alcanzar el objetivo común.
Para graficar ese comunión, bien puede acudirse a la idea de una maquinaria, en la que
cada contrato individual hará las veces de los distintos engranajes o piezas mecánicas
cuya función primaria será diferente, más siempre encaminada a que la máquina
funcione adecuadamente y, por fin, fabrique el producto planeado, que, en el caso, será
alcanzar la finalidad común preestablecida (facilitar la compraventa o prestación de un
servicio que, de otro modo, sería económicamente inalcanzable).
[Link] falta de una regla general y coexistencia de algunas especiales.
Consecuencias y posibilidades futuras:
Es de notar que antes de esta nueva regulación, la problemática de los contratos conexos
no tenía una regulación general y propia del fenómeno.
La cuestión concerniente a los llamados contratos conexos o los vínculos contractuales
provocados por la cadena de comercialización, no presentaban una solución propia que
amparara suficientemente los derechos de los consumidores contratantes ni reparara los
eventuales perjuicios que, en casos, se proyectaban por consecuencia de la conexión
contractual.
En puridad, coexistían (a) algunas regulaciones enfocadas a la defensa del consumidor
pero en otros planos más proyectados al campo de la responsabilidad (ley 24.240: 40) y
(b) cierta normativa especial que regula otro sistema contractual y el vínculo de
responsabilidad que asume uno de sus protagonistas (ley 25.065: 43).
La regla del artículo 40 de la ley 24.240 (sancionada por la 24.999), objetivizó y hasta
cierto punto extendió, beneficiando al consumidor, la responsabilidad solidaria del
fabricante, importador, mayorista y minorista. Lo cual fue una construcción novedosa
para ese tiempo, pues se alejaba del tradicional principio francés adoptado por el
artículo 1197 del Código Civil de Vélez Sarsfield, en cuanto imponía el efecto relativo
de los contratos. Esto es, que los efectos del contrato celebrado sólo alcanzaban a las
partes contratantes y no a los terceros ajenos a ese vínculo y, por tanto, en caso de
controversia, el consumidor encontraba una valla infranqueable para demandar al
fabricante, pues, usualmente, no contrataba con él directamente, sino con un minorista.
Otra regla relevante fue la establecida en el artículo 43 de la ley 25.065 de Tarjeta de
Crédito. Por ella el emisor de la tarjeta es ajeno a las controversias que pudieran
suscitarse entre el usuario y comerciante o prestador, salvo y esto es lo que nos importa,
que el emisor hubiera promovido el producto o servicio. Como se ve la exoneración que
se establece como principio general cede luego ante la actividad promocional del emisor
tendiente a suscitar la adhesión del usuario convenciéndolo de que contrate de un modo
determinado.
Esas reglas no alcanzaron para frenar los abusos o dificultades que se presentaban en la
conexidad contractual.
Sea porque conciernen a un tipo contractual de responsabilidad objetiva (básicamente la
responsabilidad por productos elaborados) o sea porque se limitan a un supuesto
excepcional y cuyos límites son dudosos (la llamada “promoción” que no se define
concretamente, lo cual dificulta la aplicación de la regla), lo cierto es que el problema
más general y amplio de los contratos conexos no tenía previsión legal ni consecuente
solución las dificultades que tal operatoria podía suscitar.
De allí la importancia de esta normativa nueva que irrumpe en nuestro derecho, pues se
trata de una novedad que teñirá, en mayor o menor medida, todas las legislaciones
vigentes.
Algunas de esas normativas podrían ser hasta corroboradas en su lineal aplicación, más
es posible que otras sean apartadas o desdibujadas por las nuevas reglas del Código
Unificado.
II. Identificación del problema:
[Link] casos:
Aceptando que la ventaja de estas nuevas reglas reside fundamentalmente en la
tipificación y regulación de un sistema negocial adoptado para la financiación de
compra de diferentes productos, que van desde electrodomésticos hasta automotores o
viviendas o para permitir o facilitar que el consumidor alcance la prestación de un
servicio, nos resta identificar los eventuales inconvenientes que en tal proceder podrían
suscitarse5.
La pluralidad contractual conectada por una finalidad común preestablecida y a cuya
consecución tienden todos los vínculos, se caracteriza por esa atadura o ligazón
inescindible, por la cual, si bien cada contrato es aparentemente autónomo, en rigor,
existe o se ha celebrado teniendo en miras a otro contrato usualmente simultáneo que
procura facilitar.
Entre los casos típicos por describir podría señalarse al contrato de compraventa que es
facilitado por el mutuo que permite dicha adquisición. Este supuesto es instrumentado
en variedad de modos que van desde la compraventa inmobiliaria asegurada o facilitada
por el mutuo hipotecario o la compraventa de automotores cuyo mutuo aparece
garantizado por una prenda. Claro que también existen otros negocios, si se quiere
ciertamente menores comparativamente con aquellos; como podrían ser la adquisición
de un electrodoméstico o la contratación de cualquier servicio (turismo, locaciones de
servicios varias, etc.).
Otro supuesto usual de conexidad se da en el contrato de tarjeta de crédito, en cuyo
sistema se viabilizan diversas contrataciones (compraventas, locaciones, etc),
permitiendo al tarjetahabiente o usuario titular efectuar dichas operaciones a crédito o
difiriendo los pagos por un plazo preestablecido con el emisor.
[Link] ejemplos:
En tren de identificar problemáticas, se advierte que uno de los graves inconvenientes
que se presentan es la múltiple instrumentación que en muchos casos se impone al
comprador, al que el tercero financiador le exige no solo la firma de un mutuo, a veces
incluso reclamándole un fiador, sino que también se le impone la firma de tantos
pagarés como cuotas tenga el préstamo.
La característica abstracción de esos títulos de crédito lleva a que, en muchos casos, el
consumidor pueda padecer dos diferentes problemas.
El primer problema es que si el financiador endosa tales títulos, en caso de que el
producto o prestación no sea la adecuada o previamente acordada y se resuelva la
compraventa u otro contrato, es obvio que el consumidor no tendrá ya la cosa ni
disfrutará del servicio, más queda el riesgo de que el endosatario de los pagarés
igualmente le reclame el pago de aquellos, pues, desde una óptica puramente cartular, es
ajeno al negocio subyacente y a su resolución.
5
No se trata de establecer meras hipótesis de laboratorio, sino de relatar padecimientos reales que
acontecen en la vida diaria y afectan a miles de personas. No hay estadísticas ni proyecciones, más bien
podría afirmarse que se trata de problemas cotidianos, que son causados por el uso desviado que, en
casos, se da a la conexidad contractual o, en otros, por consecuencia de una insuficiente o
contradictoria regulación.
De modo que si bien el consumidor no tendrá negocio vigente que le reporte beneficio
(no tendrá disponible la cosa ni el servicio), igualmente tendría que atender (pagar) los
pagarés que haya librado en beneficio del endosante, sin perjuicio de las tortuosas
acciones y reclamos que en un muy largo tiempo pudieran darle una muy dudosa
solución.
El segundo problema es similar.
Puede suceder que en parecida situación (los pagarés fueron endosados), el consumidor
no resuelva el contrato, sino que disfrute del bien adquirido sin ningún tipo de
problemas ni vicios. Mas es posible que, luego de pagadas todas las cuotas del mutuo,
se presente el endosatario reclamando el pago de dichos títulos (que, obviamente, no
fueron restituidos al librador tras el pago del precio).
De modo que el consumidor que ha pagado el mutuo, se verá igualmente obligado, dada
la ya mencionada abstracción cambiaria, a pagar los pagarés que instrumentaban las
sucesivas cuotas de dicho préstamo de consumo. En definitiva: el comprador pagará dos
veces; una, el precio de la cosa reflejado en el mutuo pagadero en sucesivas cuotas y
otra, el monto de los vencimientos instrumentados en los pagarés.
Otro de los problemas muy usualmente presentados, es el que acaece cuando tras una
compra efectuada por medio de una tarjeta de crédito, la cosa adquirida presenta algún
vicio.
El usuario de tarjeta deberá pagar el saldo de tal operación cuando corresponda según
resumen. Bien podría sostenerse que eso no es linealmente así, pues asiste al
consumidor el derecho de impugnar el resumen y no pagar6.
Eso es cierto pero vale una aclaración: el problema del vicio de la cosa o defecto que la
hace impropia para su uso, no necesariamente se revela a los treinta días de la compra.
Y el plazo para impugnar el resumen no será más extenso que eso, por lo que es
probable que la imputación de esa compraventa u otro negocio no pueda ser impugnada
y sea acreditada como saldo a pagar7.
En definitiva, el usuario de tarjeta muy probablemente pague el saldo adeudado por el
uso de la tarjeta antes de detectar el defecto, por lo que el inconveniente se presenta
porque, en definitiva y similarmente al caso comentado antes, el consumidor pagará por
aquello que no sirve o no responde al uso que se anunció, cuando bien podría, en una
6
Chomer, Héctor Osvaldo. “Ley de Tarjeta de Crédito. Comentada…”, página 104 y stes. La Ley, Buenos
Aires, 2009.
7
En definitiva; es probable sino seguro que el vicio usualmente se revele después de haberse ya pagado
el resumen, porque los defectos son advertidos con el uso continuado de la cosa y generalmente tras un
no tan breve tiempo. De modo que los treinta días para impugnar el resumen que expresa el saldo
deudor por la compra o servicio vencerán, el usuario pagará y solo luego de eso encontrará el defecto,
mas ya no podrá reclamarle a la emisora que ha cobrado. Y si el defecto se revela antes del vencimiento
y el usuario impugna el resumen con fundamento en el defecto detectado, la respuesta del emisor
encontrará basamento en el artículo 43, porque ha sido ajeno a la operación concreta que sólo financió.
Salvo es claro, que haya “promovido” el producto o servicio.
compra directa no financiada por medio de tarjeta, pedir una reducción de precio y hasta
la resolución.
Más, enfocándonos en el tema de los conexos, el problema que aquí sobreviene es a
quién puede demandarse. Porque el artículo 43 de la ley 25.065 establece la ajenidad del
emisor respecto de los conflictos que eventualmente se suscitaran entre usuario y el
vendedor, salvo hipótesis de que el emisor hubiere “promovido” el producto. Por lo que,
dado el contexto usual en que se presentan las cosas, el usuario de tarjeta adquirente de
un producto cualquiera (no promovido por el emisor), pagará el saldo deudor expresado
en el resumen y luego sólo podría demandar judicialmente al vendedor.
Una triste expresión del pague primero y reclame después.
III: Las soluciones que sobrevendrían con la novedad legislativa:
[Link] instrumentación con títulos de crédito:
Tanto en el caso de resolución del negocio fundamental en el que se exige el pago de los
pagarés cuando el librador no disfruta del servicio o no tiene la cosa, como en el caso de
que una vez pagado el precio de la compraventa igualmente se reclame el pago de los
títulos, la solución pasa por interpretar si prevalece la teoría de los títulos de crédito o,
alternativamente, corresponde aplicar el Código Civil y Comercial de la Nación.
Si el caso se resolviese por aplicación de los principios de la teoría de los títulos de
crédito, el librador, independientemente de la resolución o pago, sería
irremediablemente ejecutado si no pagara voluntariamente.
Porque se sostendría que los títulos son ajenos al negocio subyacente y la abstracción
propia de dichos papeles impediría analizar la causa de su libramiento. Y, además, se
enarbolaría el principio procesal de que en la ejecución serían inaudibles las defensas
fundadas en la causa (ver, por ejemplo, Cpr 544, 4to).
No necesito citar jurisprudencia, porque creo son conocidos por todos los cientos de
miles de casos así resueltos durante décadas por los distintos tribunales competentes.
La injusticia de esas soluciones no necesita ser resaltada.
Porque es claro que no es justo que el comprador que resolvió la compraventa y ya no
tiene la cosa o el comprador que ya pagó el precio abonando el mutuo, nunca tendrían
que pagar los títulos, porque ello constituye una indebida duplicación de lo otrora
adeudado y posteriormente cancelado o ya no adeudado.
Nadie en su sano juicio, esto es: ningún ciudadano o persona de bien, podría justificar
que se intente cobrar una deuda inexistente o dos veces la existente, porque nada,
ningún principio de derecho, podría justificarlo.
Pero esto que la comunidad no aceptaría, ha sido aceptado incontables veces y, lo que es
peor aún, justificado por la aplicación desviada de ciertas reglas de derecho.
No repetiré aquello que sabiamente advirtió Velez en la nota al artículo 31368, pero
vaya este recuerdo para procurar que ya no se apliquen mecánicamente teorías o
doctrinas que afectan a la parte contractual más débil.
La particularidad de la instrumentación múltiple que incluye títulos de crédito reside en
que con las reglas contractuales confluye otra regulación como es la propia de los títulos
de crédito, que a su vez impone la abstracción e independencia de la causa que los
genera.
Pero es necesario aclarar que tal problema sólo se presentaría en caso de endoso de los
pagarés, porque la abstracción no podría invocarse entre obligados directos (cual prevé
el artículo 18 del decreto ley 5965/63).
En caso de haberse endosado los pagarés, pareciera prevalecer lo previsto por el artículo
1075 y al consumidor deudor del mutuo que necesitara oponer defensas o accionar, le
bastaría, eso es lo complejo, probar la conexidad. En el caso, debiera probar la causa de
emisión de los títulos para encontrarse legitimado a efectuar la defensa que se habilita
en esta regla.
Y es en este punto cuando cobra suma importancia la interpretación reglada en el CCyC
1074.
Es que la protección del artículo 1075 se habilita cuando exista evidencia de que se está
en presencia de un sistema contractual conectado.
Y las reglas de interpretación son relevantes porque no siempre será declarada la
conexidad, o no siempre la finalidad será fácilmente perceptible, a más de otras
dificultades que pudieran surgir por la propia característica sistemática de los coligados.
Es por eso valiosa la regla que extiende al caso el principio contextual aplicable a la
interpretación de los contratos en general (artículo 1064). Es ésta la reedición del
principio de interpretación anteriormente plasmado por el artículo 218 del Código de
Comercio de la Nación.
La interpretación contextual por medio de la cual se exige analizar el acto en su
conjunto, remite al análisis e interpretación de las cláusulas de un contrato
confrontándolas con las restantes que lo componen y establece que cabe efectuar un
análisis del contexto en que ha sido celebrado y debería ser cumplido.
Igual principio se plasma para los contratos conexos, al disponer que su interpretación
deberá efectuarse uno por medio de los otros, atendiendo a su función y resultado
económico general, o sea que será necesaria una apreciación dentro de un marco global
y no meramente individual que, por escaso, no reflejará la verdad objetiva.
8
Dijo Velez que “…sería un deshonor de la ley, que los jueces cerrasen sus ojos ante una conducta
fraudulenta y permitieran que ésta triunfara…”.
La posibilidad de contextualizar permitirá develar si efectivamente existe un
encadenamiento contractual y un contrato se sirve del otro e, incluso, si la
instrumentación del contrato se ha servido de pagarés para asegurar el cobro.
Tarea ardua la probatoria, pero el principio contextual tiende a facilitar la evidencia.
De todos modos, es necesario advertir que en el caso de interpretación ahora
comentado, confluyen reglas generales y otras especiales (por ejemplo: decreto ley
5965/63; Ley 25.065, artículo 43); más, en cualquier caso y de existir un consumidor
como protagonista de la relación contractual conectada, en caso de duda sobre la
aplicación de uno u otro criterio, deberá prevalecer la interpretación más favorable a
dicho consumidor (artículo 1094 del Código Civil y Comercial de la Nación).
[Link] responsabilidad del emisor:
El caso de la responsabilidad del emisor constituye otro supuesto de confluencia de
normas que se superponen contradictoriamente al legislar un mismo aspecto de modo
diferente.
Como se ha explicado antes el artículo 43 de la ley 25.065 de Tarjeta de Crédito dispone
que el emisor de la tarjeta será ajeno a las eventuales controversias que pudieran
sobrevenir entre el usuario y comerciante o prestador, salvo que el emisor hubiera
promovido el producto o servicio.
La exoneración de responsabilidad establecida como principio general sólo se disiparía
ante la actividad promocional del emisor orientada a suscitar la adhesión del usuario.
La cuestión aún no definida con exactitud es qué significa la acepción “promocionar”.
Porque la dudosa fórmula adoptada por el legislador, la ambigua acepción utilizada por
la ley, no contribuyen a defender los derechos del consumidor, sino más bien, a
complicar el amparo de los usuarios de tarjeta.
Esta indefinición provoca dudas y aun cuando no se lo admita, se amplía la
exculpación9.
Sin embargo y a partir de la regla del artículo 1075, pareciera que se derogara dicha
limitación, pues en caso de confluencia de reglas o aparente contradicción normativa, tal
conflicto debiera resolverse interpretando que prevalece la solución más favorable al
consumidor (artículo 1094 del Código Civil y Comercial de la Nación).
La solución del mencionado artículo 1094 es decisiva para concluir en el sentido de que
cualquier regla que contradiga la específica protección provista por la secuencia legal
comentada (arts. 1073/1075), es apartada en la medida que importe desproteger al
consumidor o usuario que contrate por medio del sistema de contratos conectados a fin
de alcanzar una finalidad preestablecida.
9
Chomer, Héctor Osvaldo. “Ley de Tarjeta de Crédito. Comentada…”, página 170 y stes. La Ley, Buenos
Aires, 2009.
Podría pensarse que la exoneración de responsabilidad de la ley especial no es
modificada por el Código que, simplemente, permite accionar contra cualquiera de la
cadena contractual, mas nada se predica sobre la responsabilidad y, por ende, la nueva
legislación se trataría de aspecto procesal que no altera la limitación de la ley 25.065:
43, en cuanto favorece al emisor.
Grave yerro de apreciación significaría tal interpretación; pues la permisión del artículo
1075, en cuanto habilita la oposición de ciertas defensas, impone interpretar que, si bien
ellas serán resueltas según su mérito, se ha dejado de lado cualquier exclusión o
exoneración y la atribución de responsabilidad podría alcanzar a cualquier sujeto de la
cadena contractual conectada.
Simplificando las cosas: si hay defensas oponibles, puede haber atribución de
responsabilidad, incluso al emisor.
En un sentido algo más técnico: si no hay limitación en cuanto a los sujetos legitimados
pasivamente, ello también significa que podrá existir atribución de responsabilidad.
[Link]:
La relevancia de la novedad legislativa es evidente y transita por varios
carriles.
En primer lugar, es bueno que se haya identificado inequívocamente un
fenómeno muy extendido en la práctica empresaria y en, segundo lugar, mejor
aún que se lo haya regulado con un adecuado paraguas protector del consumidor
sin perjuicio de los derechos de sus cocontratantes.
La idea de que los efectos contractuales son relativos y sólo se proyectan
respecto de los contratantes cede en estas nuevas reglas destinadas a proteger al
consumidor, el que es el protagonista más débil en todo el sistema contractual
conectado.
La tradicional relatividad es arrasada en beneficio del consumidor y, en esta
materia (los contratos conexos), los efectos se propagarán a todos los
contratantes. Por lógica consecuencia de ello, las defensas podrán ser oponibles
a cualquiera de dichos protagonistas por igual y con solo demostrar la
conexidad.
La única verdad es la realidad, más tal no es fácil de probar.
Y para la operatividad de la protección instituida por el Código unificado será
imprescindible acreditar la conexidad (CCyC 1075).
En ese aspecto el juez deberá actuar con prudencia pero con una flexible mirada,
más bien favorable al consumidor (CCyC 1094), sin desatender los derechos de
terceros involucrados u otros protagonistas del negocio.
Pero ya no podrán enarbolarse como excusa ordenamientos especiales que
impidan defenderse al usuario, pues cualquier aparente contradicción de normas
debe resolverse adoptando la más favorable al consumidor (CCyC 1094/1095).
Los planteos han de ser valientes a la hora de impugnar la red contractual en
defensa del consumidor perjudicado.
Valentía con fundamento de derecho y prueba conducente.
En cualquier caso, si bien se trata de una herramienta que trata de disipar los
abusos, la aplicación de estas reglas ha de ser equilibrada y prudente.
Prudencia y equilibrio jurisdiccional.
Porque ahora que nos ha sido dada la defensa, el desafío que queda a los
operadores jurídicos reside en evitar que esta fantástica protección de avanzada
no se transforme en un bill de indemnidad que destruya fructíferos negocios
empresarios y haga desaparecer las facilidades que por ellos obtiene el
consumidor para alcanzar sus anhelos.