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El Cielo: Promesas y Santidad Eterna

El documento describe las características del cielo según la Biblia. Indica que el cielo es un lugar real y santo donde Dios, los ángeles y los santos vivirán eternamente en gloria y felicidad sin pecado ni sufrimiento. Para llegar al cielo, las personas deben nacer de nuevo a través de la fe en Jesucristo, quien es el único camino al reino celestial.
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El Cielo: Promesas y Santidad Eterna

El documento describe las características del cielo según la Biblia. Indica que el cielo es un lugar real y santo donde Dios, los ángeles y los santos vivirán eternamente en gloria y felicidad sin pecado ni sufrimiento. Para llegar al cielo, las personas deben nacer de nuevo a través de la fe en Jesucristo, quien es el único camino al reino celestial.
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El cielo

CAPÍTULO 60

“Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mateo 5.12).

Dios nos bendice aquí en la tierra con muchos favores que en realidad no merecemos. Pero por
más agradable que sea nuestra vida, siempre enfrentamos muchas frustraciones y tristezas que a
veces no entendemos. No obstante, hay un lugar preparado para el cristiano donde no hay
pecado ni tristeza. En aquel lugar abunda la bienaventuranza y la gloria. Ese lugar se llama el
cielo.

Cómo Dios describe al cielo

1. El ceilo es un “lugar” (Juan 14.1–3)

Cristo consoló a sus discípulos al decirles: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me
fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo.” De este pasaje bíblico y de
otros más nosotros entendemos que el cielo no es una condición, sino un lugar. Es la morada
eterna de Dios. Allí vive Dios, nuestro Salvador, y los santos junto a los ángeles estarán
eternamente con él.

2. Es un lugar de “altura y (...) santidad” (Isaías 57.15)

Esto nos enseña que de todos los lugares el cielo es el más alto y el más santo. Es alto porque
está encima de todo; es santo porque sólo los que son santos habitan allí. El serafín clamó:
“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos” (Isaías 6.3).

Si queremos entrar al cielo tenemos que hacer caso al mandamiento de Dios: “Sed santos,
porque yo soy santo” (1 Pedro 1.16). Ningún pecador entrará allá porque la Biblia dice que “no
entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que
están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21.27). Sin la paz y la santidad
“nadie verá al Señor” (Hebreos 12.14). El cielo es santo. La morada de Dios es eternamente
santa.

3. Es una patria mejor (Hebreos 11.14–16)

Para mucha gente este mundo es la mejor patria. Esto lo sabemos por la importancia que ellos
les dan a las cosas del mundo y el amor que le tienen. Pero los que por fe han visto el cielo saben
que el mismo es la mejor patria que hay porque:

“Todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de
la vida”, pasará; pero las cosas del cielo durarán eternamente (1 Juan 2.15–17).

Aquí los tesoros están expuestos al peligro de la polilla, la oxidación y los ladrones. Allá en el
cielo están seguros. Los mismos durarán y serán preservados eternamente (Mateo 6.19–20).
Aquí toda carne, como la hierba, se seca; allá viviremos para siempre (1 Pedro 1.24; 1 Corintios
15.54; Apocalipsis 21.4).

Aquí tenemos enfermedades, tristezas, dolores, frustraciones y muerte. En el cielo no habrá


enfermedad ni dolor ni muerte, y toda lágrima será enjugada eternamente (Apocalipsis 21.4).

Aquí los pobres son oprimidos. Por todos lados hay asesinato, guerras, disolución, orgullo y
corrupción; allá tales cosas no se conocen (Apocalipsis 7.16–17; 21; 22).

4. Es un lugar de “muchas moradas” (Juan 14.2)

De la manera que Dios provee para el bienestar de su pueblo aquí, así también lo hará en el
mundo venidero. La pregunta no es, ¿ha preparado Dios una morada allá? La pregunta debe ser:
¿Acaso estamos nosotros preparados para vivir allá?

5. Es un “granero” (Mateo 3.12)

Dios “recogerá su trigo en el granero”. Esto quiere decir que Dios enviará a sus segadores (Mateo
13.39) a traer las gavillas. Él echará la cizaña al fuego, pero recogerá su trigo en el granero.
Todas estas palabras son simbólicas, pero no son difíciles de entender.

6. Es un lugar donde hay placeres eternos

Los mundanos se entregan a la locura de los placeres. Sin embargo, los placeres mundanos sólo
duran poco tiempo y terminan en miseria y desilusión. Y los que se entregan a ellos serán
condenados al infierno. Mas los cristianos estarán en la presencia del Rey en la gloria y
participarán de placeres eternos. “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los
cielos” (Mateo 5.12).

7. Es un lugar de verdadera pureza y lleno de gloria

El pecado no será admitido en el cielo. La Biblia dice que “los perros estarán fuera, y los
hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira”
(Apocalipsis 22.15). “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios
y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y
azufre” (Apocalipsis 21.8). ¿Quién puede comprender la profundidad de la santidad y la pureza
del cielo? Allí los hijos redimidos de Dios estarán libres de la presencia de todo pecado, tentación
y corrupción. La gloria que experimentaremos allá es más de lo que la lengua humana puede
describir. Hace más de dos mil años apareció una multitud de las huestes celestiales
proclamando la gloria de Dios, diciendo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena
voluntad para con los hombres!” (Lucas 2.14). Los santos y los ángeles de Dios todavía
proclaman esta gloria. En nuestros días miramos más allá de este mundo de lágrimas, y con el
ojo de la fe vemos al Rey en su trono rodeado por una multitud innumerable de santos y ángeles.
Allí esperamos ver la gloria que envuelve el trono de Dios. Anhelamos contemplar la majestad, el
poder, la bondad, la pureza, la sabiduría y el dominio del omnipotente Rey de reyes y Señor de
señores. Uniremos nuestras voces a las de los santos de Dios y a los innumerables ángeles,
adorando y glorificando el santo y altísimo nombre de Dios. Cantaremos el himno de la redención
eterna. Disfrutaremos el espacio sin límite, la hermosura inexplicable, la pureza incomparable y la
felicidad perfecta del cielo. Nos regocijaremos en la luz celestial que brilla más que el sol del
mediodía, la luz que viene por medio del Cordero (Apocalipsis 21.23).

Cómo llegar al cielo

Sólo los que hacen lo que Dios manda pueden llegar al cielo. Los que toman su propio camino
nunca llegarán allá. Entramos al reino celestial por medio de:

1. La inocencia

Jesús dijo que los niños son aptos para entrar en el reino de los cielos (Mateo 18.1–3, 10; 19.14).
Los niños son inocentes. Los “niños” de Dios son también todas aquellas personas que han sido
lavadas por medio de la sangre de Jesús; ellos son inocentes. Por eso pueden entrar al reino
celestial.

2. El nuevo nacimiento

“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3.3). Nadie puede entrar al
cielo sin ser un hijo de Dios. Es necesario nacer de nuevo. “En Cristo Jesús ni la circuncisión vale
nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gálatas 6.15).

3. El camino, Cristo

Cualquiera que se arrepiente de todos sus pecados y los abandona puede entrar al cielo por
medio del Señor Jesucristo, quien sufrió en la cruz. Él es “la puerta” (Juan 10.7) por la cual
entramos (Hechos 4.12). Cuando Tomás preguntó: “¿Cómo, pues, podemos saber el camino?”
Jesús le respondió: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”
(Juan 14.5–6). Cristo Jesús “nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y
redención” (1 Corintios 1.30).

4. La “puerta estrecha” (Mateo 7.13–14)

Cristo nos amonesta de la siguiente manera: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la
puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;
porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la
hallan” (Mateo 7.13–14). Lucas 13.24 dice: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os
digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”. Cristo les advirtió a sus discípulos acerca de
las enseñanzas de los falsos profetas. Ellos engañan a muchos de modo que viajan por el camino
espacioso donde pueden llevar consigo su orgullo, lujuria, codicia, diversiones, falsedad, egoísmo
y cosas semejantes. El camino angosto es demasiado angosto para admitir cualquiera de estos
pecados. Sin embargo, es suficientemente ancho para todo ser humano que quiere seguir a Dios.
El camino al cielo es tan ancho como la verdad; ni más ancho, ni más angosto. ¡Cuánto debemos
procurar saber la verdad y obedecerla por completo!

5. La santidad

“Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él”
(Isaías 35.8). Si no estamos en el Camino de Santidad cuando la muerte nos alcance, en la
eternidad estaremos fuera del cielo. Sólo la gente santa puede caminar en el camino santo. “Pero
si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de
Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1.7). Los que andan por este camino verán
al Señor (Hebreos 12.14).

Los habitantes del cielo

1. Dios

Dios está en el cielo; él estará allí eternamente con poder y gloria (Salmo 11.4; 1 Reyes 8.27, 30;
Mateo 11.25). El cielo es el trono de Dios Padre, y él llena el cielo y la tierra (Jeremías 23.24).
Cristo entró en el cielo (Hechos 3.20–21) donde él es Todopoderoso (Mateo 28.18). La presencia
y el poder de Dios en su totalidad es lo que hace que el cielo sea un lugar de gloria y felicidad
infinita.

2. Los ángeles

Los ángeles están en el cielo (Mateo 18.10; 24.36). Cuando los santos lleguemos al cielo, allí
conoceremos a aquellos que en esta vida nos fueron “espíritus ministradores” (Hebreos 1.14).

3. Los santos

Los santos también estarán allá. Esto incluye a todos los niños inocentes. También comprende a
los cristianos que por la fe en nuestro Señor Jesucristo experimentaron el nuevo nacimiento y
fueron hechos “herederos de la salvación” (Hebreos 1.14). Los espíritus de los santos que ya
murieron en el Señor están ahora en la presencia de Dios. Cristo traerá consigo a éstos cuando
venga por su esposa, la iglesia. Ellos y todos los justos que aún vivan serán vestidos con cuerpos
glorificados. Juntos recibirán al Señor en el aire (1 Tesalonicenses 4.14–18) y estarán siempre
con él. “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento (...) como las estrellas
a perpetua eternidad” (Daniel 12.3). Esto debe animar a todos los santos en la tierra a ganar otras
almas para Dios.

Conclusión

1. Sólo tenemos un conocimiento limitado del cielo

“Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en
parte; pero entonces conoceré como fui conocido” (1 Corintios 13.12). La Biblia describe cómo
serán algunas cosas en el cielo. Pero hay muchas cosas de las que no sabemos nada, pues a
Dios no le ha agradado revelárnoslas ahora. Eso no debe ser motivo de desánimo. Más bien debe
animarnos a estudiar la Biblia más para conocer a fondo las cosas que Dios nos revela en ella.
También debe servirnos de ánimo saber que Dios nos tiene preparado algo mucho más bello de
lo que nosotros podemos comprender. Hay personas que les encanta hacer preguntas acerca de
cosas que no se pueden contestar con la Biblia. Tales preguntas son de muy poca importancia.
Pero sí hay algunas preguntas que son importantísimas, como por ejemplo: “Si Cristo viniera
ahora, ¿estaría listo para irme con él?”

2. Anhelamos la eternidad en el cielo

Nosotros, quienes por experiencia personal sabemos lo que significa ser salvos del pecado y ser
adoptados en la familia de Dios, nos conmovemos al pensar en la eternidad en el cielo.
Quedamos maravillados ante la gracia de Dios que nos hace herederos de la gloria. Esperamos
con anhelo pasar las edades sin fin en la presencia de Dios en comunión con los santos y los
ángeles. Allí experimentaremos la plenitud de felicidad y gloria. No habrá lágrimas ni tristezas. Al
meditar sobre estas cosas oramos a Dios que nos dé oportunidad de enseñarles a muchos el
camino al cielo. Anhelamos la hora en que podamos ir al cielo, pero mientras tanto queremos
hacer todo lo posible para que otros lleguen allí también.

¡Eternidad, eternidad, eternidad! La hora indica que debemos prepararnos para estar en el reino
bendito donde “los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas” (Job
3.17).

Ya que la eternidad es tan gloriosa para los hijos de Dios podemos entender por qué los
patriarcas se enfocaron en el cielo y buscaron “la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y
constructor es Dios (...) confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra” (Hebreos
11.10, 13). También entendemos por qué los apóstoles glorificaron a Dios con tanto gozo y fervor.
Y, además, por qué exhortaron a otros a estar firmes y fieles en el camino de Dios. Ellos hicieron
todo esto porque por fe veían las cosas maravillosas que Dios ha preparado para los que lo
aman. Nosotros también esperamos la “manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo” (Tito 2.13), quien vendrá para llevarse a los suyos para estar con él eternamente.

Ya casi a punto de culminar con el último capítulo de este libro nuestra sincera oración es que la
esperanza del cielo nos impulse a llevar el evangelio de la salvación eterna a todos los confines
de la tierra. Entonces, teniendo el cielo como nuestra meta, cantemos todos juntos:

Leemos de un sitio en el cielo


Do el alma limpiada estará.
Nos dice el Señor en la Biblia:
¡Qué bella la gloria será!

No habrá el dolor ni tristeza,


Mas gozo perfecto habrá.
La luz del Señor siempre brilla:
¡Qué bella la gloria será!

Las aguas de vida allá fluyen,


Librando al que tomará.
Las joyas cuán resplandecientes:
¡Qué bella la gloria será!

Se oyen angélicos cantos


Al lado del mar de cristal.
Resuenan los ecos hermosos:
¡Qué bella la gloria será!

¡Qué bella la gloria será!


Hogar de los salvos allá.
Cuán dulce descanso del alma:
¡Qué bella la gloria será!

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