LOS PELACARAS
El viejo Jacinto, iba muchas veces a la laguna de Pahuachiro, para colocar su red de pesca;
aquella mañana como siempre, lo colocó debajo del árbol palometa huayo y, unos metros más
adelante se dispuso a preparar el anzuelo para pescar, como siempre lo hacía por más de 40
años.
Estaba en eso, ya habían picado algunos bujurquis, lizas y palometas. Era un día prometedor,
pues el árbol de palometa huayo, estaba con los frutos. El viejo Jacinto, estaba haciendo planes
en su mente de preparar patarashca de palometa, el día estaba prometedor.
Pasaron las horas en aquel silencioso lago y, el viejo Jacinto estaba muy contento, pues, esta
vez, el día de pesca estaba dando buenos resultados, a diferencia de otros días que ningún pez
pica el anzuelo. Y, la red trampa, también había atrapado varias palometas, boquichicos y
bujurquis. Se entusiasmó tanto que el día pasó como volando, pero aún quería pescar más para
tener alimento suficiente a fin de deshierbar el arrozal con la ayuda prestada por los vecinos.
Estaba minga de deshierbe se iba gestando prometedoramente.
En algún momento, cuando el sol comenzaba a descender por el oeste, observó que habían
llegado unos hombres en un bote motor. Lo extraño era que hacía rato que solamente se
dedicaban a conversar en voz baja sin realizar acción alguna que se asemejara a la actividad de
la pesca. El viejo siguió pescando. En otros lugares de la laguna había otros pescadores haciendo
lo mismo que él, en algún momento saludó a dos de ellos, aquellos hombres regresaron a casa
más temprano de lo habitual. Al parecer ya habían pescado lo suficiente.
De pronto, en la laguna se quedaron los hombres del bote motor y el viejo Jacinto. El viejo siguió
pescando. Pero, de pronto aquellos hombres bajaron una canoa del bote y se preparaban como
para salir a pescar. La sorpresa para el viejo Jacinto era que se dirigían hacia él. Cuando estaban
frente a frente se saludaron, pero sus rostros decían que no tenían buenas intenciones, y era
cierto, en un descuido del viejo lo atacaron, lo asesinaron a cuchillo.
Pasó el día, igual la noche, entonces Julio, el hijo mayor del viejo, se preocupó mucho y se
dispuso ir en busca de su padre.
Cuando llegó divisó por todos los lados de la laguna y no había rastro alguno de su padre, aún
más preocupado, ya no buscaba la canoa de su padre, sino iba observando el contorno del lago,
pues, sospechaba lo peor, que su padre se había ahogado o algo más terrible que eso. La
sospecha del inicio se vio confirmada después de ver unos gallinazos que sobrevolaban por uno
de los lados del lago. Aquella inicial sospecha iba ganando en su mente mientras remaba hacia
aquel lugar.
Llegando se dio con la triste sorpresa que había un cuerpo humano rebalsando en el lago. Acto
seguido comprobó que el hombre llevaba la ropa con la que vio a su padre la última vez cuando
salió a despedirse de él. No pudo más, se puso a llorar. Pero, inicialmente, no cayó en la cuenta
que su padre no tenía la piel del rostro. Empezó a gritar y, los pescaban se acercaron,
rápidamente comprobaron que el viejo no tenía la piel del rostro ni su canosa cabellera. Los
pelacaras lo habían asesinado. Dicen que una piel del rostro humano, vale mucho. Hasta el día
de hoy, ningún poblador de la selva, sabe lo que realmente hacen aquellos asesinos con la piel
del rostro humano.
Es así como los pobladores de la rivera amazónica, se explicar, cierto tipo de asesinatos que
nunca llegan a ser resueltos ni por la policía, ni por nadie.
Luis Arirama