ANTES, DURANTE Y DESPUES DE LA INDEPENDENCIA DEL PERU
Antes de la Independencia
Podemos empezar desde la insurrección de Tupac Amaru II, revolución indígena Inca de
1780, y la de Pumacahua, lamentablemente fueron reprimidas por el gobierno del Virrey
Abascal.
Las primeras rebeliones autónomas peruanas surgieron desde 1811, el gran movimiento
independista en América del Sur, liderado por algunos próceres como Antonio José de Sucre
y Simón Bolívar estaba revolucionado, siendo de inspiración para la lucha por la
independencia total del yugo español y las batallas empezaron a surgir en el Alto Perú que
era el nombre que se tenía de la actual llamada Bolivia. Existía mucha esclavitud, lo que
desencadenó una división racial que no dejaba avanzar el movimiento independentista.
Es en 1820, cuando la Expedición que venía de liberar a Chile desembarcó en el Perú bajo el
mando del general José de San Martín y fue que se pudo consolidar bien el movimiento
independentista junto con Bolívar, Sucre y otros más (todos extranjeros, a diferencia de otros
países).
Durante la Independencia
La independencia del Perú se proclamó el 28 de Julio de 1821. Perú había permanecido junto
a España con el virrey José Fernando de Abascal, quien incluso envió tropas y dinero a
otros puntos donde la insurrección había aparecido.
A partir de 1810, el virrey tuvo que enfrentarse a diversas insurrecciones, casi todas surgidas
en Alto Perú (hoy Bolivia).
Abascal advirtió la debilidad de la Junta Central de 1810 e interpretó el movimiento
independentista como un complot perpetrado desde Buenos Aires. Mantuvo de 1808 a 1813
una política hostil, pero diplomática, contra las nuevas ideas procedentes de España. A pesar
de ello, tuvo que admitir, el 24 de septiembre de 1810, la convocatoria para la elección de
diputados. Abascal contaba con la colaboración de los liberales peruanos y españoles, a los
que no interesaba que la mayoría nativa accediera a sufragio y a la representación política.
Las promesas de los liberales encendieron las esperanzas de poder de los criollos, pero como
no se llevaron a cabo algunos sectores criollistas empezaron a atacarlos. Sin embargo, no se
atrevieron a sublevarse, pues tenían muy presente la reacción del gobierno virreinal ante la
insurrección de Tupac Amaru II (1780) y la de Pumacahua, violentamente reprimidas. Las
revueltas indígenas peruanas, lejos de estimular el proceso revolucionario, lo estancaron.
Hubo que aguardar a que dos líderes militares lo dirigieran: San Martín y Bolívar, ambos
extranjeros.
Perú se encontraba densamente poblado, con sólo un 5 por 100 de blancos y un predominio
de indígenas (58 por 100) sobre los mestizos (29 por 100) y los negros (8 por 100: 4 por 100
esclavos y 4 por 100 libres). Las divisiones raciales fomentaron la jerarquización social y
establecieron una sociedad de castas.
La clase dominante, de raza blanca, la constituían españoles y criollos aristócratas, quienes
originaron una nobleza rural privilegiada e inmovilista que detentaba el poder económico.
Los españoles acaparaban casi todos los cargos públicos y burocráticos.
Otro sector lo formaban los criollos liberales, que tan sólo pretendían reformar el armazón
colonial y alcanzar unas reivindicaciones sociales y jurídicas mediante su representación en
los cabildos.
Los intelectuales peruanos como José Hipólito Unanue, José Baquíjano y otros
colaboradores del periódico El Mercurio peruano impregnados del pensamiento de
la Ilustración.
abogaban por una libertad y una igualdad, pero español y no se plasmaban en un movimiento
de independencia.
La clase más oprimida y mayoritaria, la de los indígenas, no consiguió representación en los
cabildos, al negársela los criollos aristócratas y liberales.
La economía peruana del siglo XVIII sufría una crisis que arrastraba desde el siglo anterior.
Perú había sido la máxima potencia americana gracias a su comercio trasatlántico y a la
explotación de los metales preciosos. Víctima de las reformas imperiales de 1776-1778, que
acabaron con el monopolio comercial, perdió la exclusividad en su comercio con España. La
situación empeoró en 1808 cuando Chile y Buenos Aires, rivales económicos de Perú,
lograron la libertad de comercio. El gobierno español decretó en 1812 la abolición del tributo
indio y de la mita. Con la restauración de Fernando VII en 1814, la presión española se
acentuó bajo el virreinato de Joaquín de la Pezuela, quien derogó las medidas liberales.
La ofensiva revolucionaria de carácter militar la inició el general San Martín, engrosando
sus filas algunos patriotas alistados en la guarnición hispánica que destacaron por sus ideas
liberales y lucharon a favor de los independentistas.
Desde que San Martín liberara Chile, gozaba de un enorme prestigio militar.
Estratégicamente advirtió la necesidad de asestar el primer golpe contra la metrópoli por mar
y para bloquear la flota española contrató los servicios del almirante inglés Thomas
Cochrane, en cuyas manos cayeron las ciudades más ricas de la costa del Pacífico. San Martín
decidió negociar un arreglo con los realistas, quizá para ganar tiempo y comprometer a todos
los patriotas a su causa.
La ineptitud del virrey Joaquín de la Pezuela provocó su derrocamiento aceptado por
Fernando VII. Su sucesor en 1821, el general José de la Serna conferenció con San Martín,
quien intentó inducirle a unirse a los insurgentes. Al no conseguirlo, San Martín adoptó la
vía militar, logró la victoria, entro en Lima el 10 de julio de 1821 y proclamó la
independencia del Perú el 28 de Julio de 1821. Pero los criollos no le apoyaron porque
temían que los indios libres cometieran desmanes contra ellos y sus propiedades.
A lo largo de toda la campaña, San Martín se había afirmado como un líder pacifista, y así lo
demostró al ocupar Lima.
El 3 de agosto de 1821, asumió el título de Protector del Perú y aplicó reformas sociales,
confirmando la supresión de la mita y del tributo indio abolidos en 1812. Decretó la expulsión
de los españoles y la confiscación de sus bienes, con el afán de atraerse a la aristocracia
criolla y al mismo tiempo, con la creación de la Orden del Sol, favoreció a los militares
criollos.
Sin embargo, los liberales peruanos se oponían a San Martín por considerarlo demasiado
teórico. Carente de apoyo, el general acudió a Guayaquil para conferenciar con Simón
Bolívar, al que pidió la anexión de esta plaza a Perú, su ayuda militar para la causa peruana
y para el establecimiento de una monarquía constitucional en el país (julio 1822). En ella
Bolívar sólo se comprometió a prestar ayuda militar. El fracaso de las negociaciones obligó
a San Martín a dimitir (1822) y marcharse de Perú.
Bolívar consiguió pacificar el país y dominar los reductos españoles del interior con su
ejército y la colaboración de los montoneros (grupos de guerrilleros a caballo).
Finalmente la batalla de Ayacucho (1824) supuso el fin de la dominación española en Perú
y en el continente.
Después de la Independencia
Para la historiografía oficial peruana, el periodo de 1821 a 1842 constituye la primera etapa
de la historia republicana del Perú.
Se inicia oficialmente el 28 de julio de 1821, día en el que el general rioplatense José de San
Martín, jefe de la Expedición Libertadora, proclamó la Independencia del Perú en Lima, la
capital del hasta entonces Virreinato del Perú. Sin embargo, para el historiador Jorge
Basadre el punto de partida del nacimiento de la República del Perú, sería, sensu stricto, la
instalación del Primer Congreso Constituyente del Perú, que se da el 20 de
septiembre de 1822.1
Cierra dicho periodo el año de 1842, cuando se inicia un periodo de anarquía, sucedida tras
la derrota y muerte en Bolivia del presidente Agustín Gamarra.
A este período de veinte años, Basadre ha denominado la Época Fundacional de la
República o la Iniciación de la República, pues fue una etapa en el que el Perú no solo se
libró de la dominación española y definió su sistema de gobierno, sino que consolidó su
espacio territorial, repeliendo los intentos de países vecinos de fracturar su integridad:
Por el Norte, librando una guerra con La Gran Colombia, país que reclamaba los
territorios de Tumbes, Jaén y Maynas (1828-1829). Esta guerra culminó sin que hubiera
un vencedor y se mantuvo la situación territorial previa. Disuelta la Gran Colombia en
1830, esta dio pase a tres países, con dos de los cuales, Ecuador y Nueva
Granada (Colombia), limitó desde entonces el Perú. Desde un inicio, la diplomacia
peruana rechazó con firmeza las pretensiones del Ecuador, país que entre 1841 y 1842,
trató de resucitar el reclamo bolivariano de Tumbes, Jaén y Maynas.
Por el Sur, con Bolivia, país que en 1836, tras una guerra sangrienta, instauró
la Confederación Perú-Boliviana, que aunque su propósito era federar al Perú y Bolivia,
contradictoriamente conspiraba contra la unidad peruana, al dividir al Perú en dos
entidades geopolíticas: El Estado Sud-Peruano y el Estado Nor-Peruano. La
Confederación se disolvió en 1839, tras una guerra victoriosa desatada por los
restauradores peruanos, aliados con los chilenos. Nuevamente, el Perú (unido) y Bolivia
volvieron a ser estados separados. Poco después, en 1841, ocurrió la guerra entre ambos
países, como secuela del conflicto anterior. El Perú, tras invadir Bolivia, sufrió la derrota
de Ingavi y se vio a la vez invadido por los bolivianos, pero estos fueron rechazados por
el pueblo peruano del sur organizado en guerrillas. Finalmente, se firmó en 1842 la paz
entre ambos países, que nunca más volvieron a enfrentarse en conflicto bélico. Se cerró
así una época crucial para la integridad territorial del Perú, en la que el sur peruano
estuvo, en diversas ocasiones, a punto de quedar anexado a Bolivia. Décadas después, se
alzaría otra amenaza para el Perú desde el sur: el expansionismo chileno.