Medea: Venganza y Desamor en Corinto
Medea: Venganza y Desamor en Corinto
Eurípides
Adaptación
11.1
MEDEA DE EURÍPIDES
Medea, hija del rey de la Cólquida, con cuya poderosa ayuda pudieron los
argonautas conquistar el vellocino de oro, se había desposado con Jasón, dando a
luz dos hijos, siguiéndole a Grecia, y estableciéndose con él en Corinto. Jasón, sin
embargo, en vez de corresponder a los sacrificios que había hecho en su obsequio,
ya cediendo al amor que le inspirara la hija de Creonte, rey de Corinto, ya por
motivos de conveniencia personal, pretendió la mano de ésta, y logró el
asentamiento de su padre para celebrar sus segundas nupcias; pero Creonte
entonces, conociendo el carácter vindicativo y vehemente de Medea, ya famosa por
su crueldad y sus mágicas artes, decretó su destierro inmediato con sus hijos, y sólo
a sus ruegos consintió en aplazarlo, señalándole un nuevo término. Medea
aprovechó este descanso para fingir su reconciliación con su esposo, y llevó su
aparente docilidad hasta el punto de regalar a la nueva desposada una corona de
oro y un riquísimo peplo. Desgraciadamente ambos dones estaban envueltos en
eficacísimo veneno, que estalló en el momento de ponérselos la hija del rey,
devorándola juntamente con su padre. No contenta con esto, se vengó también de
Jasón matando a sus hijos, y huyó impune a la corte de Egeo, rey de Atenas,
atravesando los aires en un carro tirado por dragones.
PERSONAJES
ESCENA 3
Jasón visita a Medea tras enterarse de la noticia de su destierro. Discuten por las
decesiones tomadas por el joven aventurero.
LOCACIÓN: PALACIO DE MEDEA.
ESCENA 4
Medea se encuentra con Egeo, rey de Atenas, y tras contarle sus penas pide
refugio en sus terrenos, este accede a cambio de un importante favor.
LOCACIÓN: CALLE DE CORINTIO
EGEO Salve, Medea; no hay más bello exordio para hablar a los que amamos.
MEDEA Salve tú también, Egeo, hijo del prudente Pandión; ¿de dónde vienes?
EGEO De visitar el antiguo oráculo de Febo.
MEDEA ¿A qué has ido al fatídico centro de la tierra?
EGEO (Mira al suelo, y tarda en responder la pregunta) Llevado de mí deseo de
tener hijos.
MEDEA Por los dioses, ¿todavía arrastras sin ellos la vida?
EGEO Sin hijos seguimos por decreto de algún dios.
MEDEA ¿Y estando casado vives sin tu esposa?
EGEO No carecemos de tálamo conyugal.
MEDEA ¿Y qué te ha dicho Febo?
EGEO Palabras demasiado sublimes para que un hombre las entienda.
MEDEA ¿Podría yo conocer el oráculo del dios?
EGEO Sin duda, y con tanta más razón cuanto que se necesita para comprenderlo
ingenio sagaz. Pero ¿Qué ha nublado tus ojos y consumido tu cuerpo?
MEDEA (Con tono de desgracia) ¡Oh Egeo mi esposo es el más malvado de todos
los hombres!
EGEO ¿Qué dices? Cuéntame con franqueza tus penas
MEDEA Ha tomado otra esposa para que gobierne su casa, y además me destierran
de este país.
EGEO ¿Quién?
MEDEA Creonte me destierra de Corinto.
EGEO ¿Y Jasón lo consiente? No alabo su conducta.
MEDEA (Acercándose al rey y tomando su mano) Si le oyes, no es así; pero en su
corazón lo desea. Imploro, pues, tu ayuda; por estas barbas y por estas rodillas te
suplico; compadécete, compadécete de mí desventura, no me veas desterrada y sin
amigos; dame un asilo en tu reino y hospitalidad en tu palacio.
EGEO Por muchas razones, ¡oh mujer!, estoy dispuesto a otorgarte ese favor, ya
por honrar a los dioses, ya por tener los hijos que me prometes, perdida ya por
completo la esperanza de engendrarlos. Siendo éste mi mayor anhelo, si vas a mi
reino te hospedaré, porque soy justo. Sólo te advierto, ¡Oh mujer!, que no quiero
llevarte de aquí; pero si te refugias en mi palacio estarás allí segura, y a nadie te
entregaré. Sal de este territorio, que no quiero faltar a los que me dan hospitalidad.
MEDEA Así lo haré; jura cumplir lo que has prometido y me colmarás de júbilo.
EGEO ¿No tienes en mi palabra confianza? ¿Qué temes?
MEDEA No desconfío de ella; pero la familia de Pelias y Creonte son mis enemigas.
No consentirás, pues, si te obligas con juramento, que éstos, cuando quieran, me
arranquen de tu reino; pero si sólo me das tu palabra y no me lo juras por los dioses,
podrás hacerte amigo de los que me odian, termines cediendo a los ruegos de sus
heraldos; yo tengo poco, ellos riquezas y reales palacios.
EGEO Gran previsión revelan tus palabras, ¡oh mujer!; así no rehusaré complacerte.
¿Por qué dioses he de jurar?
MEDEA Jura por la Tierra, que pisamos, y por el Sol, padre de mi padre, y al mismo
tiempo por todos los dioses.
EGEO ¿Qué he de hacer o no he de hacer? Dilo.
MEDEA Que nunca me expulsarás de tu territorio, y que, si alguno de mis enemigos
quiere arrancarme de él, tú, mientras vivas, no lo consentirás.
EGEO Juro por la Tierra, por la brillante luz del Sol y por- todos los dioses que haré
lo que dices.
MEDEA: Basta; ¿qué males sufrirás si no cumplieres tu juramento?
EGEO: Los que merecen los mortales impíos.
MEDEA Vete contento; todo va bien; pronto iré a tu ciudad, así que ejecute lo que
medito y consiga lo que deseo.
EL CORO Que te acompañe a tu palacio el hijo de Maya, regio guía, y logres lo
que ahora te preocupa, porque tú, Egeo, eres conmigo generoso.
MEDEA (Se ubica en el centro del espacio, mira con profunda alegría a las mujeres
del coro; emplea un tono de regocijo) ¡Oh Júpiter, oh Justicia, hija de Jove y del Sol!
Ahora, ¡oh amigas!, venceremos con gloria a nuestros adversarios y entraremos en
el camino recto; ahora espero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha
aparecido en medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos realizar
nuestros proyectos; en él ataré los cables de mi nave cuando vaya a la ciudad y a
alcázar de Minerva. Ahora ya te descubriré mi propósito: oye, pues, mis palabras,
no ordenadas para deleitar. Rogaré a Jasón, enviando uno de mis siervos, que
venga a verme, y cuando llegue, le recibiré con frases halagüeñas y le diré que me
agrada cuanto ha hecho, le suplicaré que me deje aquí con mis hijos, para matar
dolosamente a la hija del rey. Llevarán presentes a la esposa, le pedirán que no los
expulse de aquí, y le ofrecerán un finísimo vestido y una corona de oro. Y cuando
se ponga estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan
poderoso y eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga ahora a
disfrazar mis pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en la atroz maldad que he
de cometer: mataré a mis hijos, nadie me los arrebatará, y después que arruine el
palacio de Jasón, me iré de aquí y expiaré en el destierro la muerte de seres tan
queridos, ya que he de atreverme a consumar el más impío de los crímenes. No es
tolerable, ¡oh amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos.
EL CORO Ya que nos has participado tus proyectos, queremos servirte y defender
las leyes a que obedecen los mortales, y te exhortamos, por tanto, a que no los
realices.
MEDEA No es posible hacer otra cosa; pero te perdono tus palabras, ya que no
padeces mis males.
EL CORO (Preguntan con indignación) ¿Pero te atreverás a matar tus hijos?
MEDEA Así atormentaré horriblemente a mi esposo.
EL CORO Y tú serás al mismo tiempo la madre más desventurada.
MEDEA Así sea; ve, pues, tú, y haz venir a Jasón, que me sirves en todo fielmente.
No le dirás nada de lo que he pensado, si es cierto que amas a tu señora y que eres
mujer.
EL CORO ¿Cómo, pues, la ciudad de los sagrados arroyos, ¿cómo la región que
tanto favorece a sus amigos, podrá acogerte como a los demás si matas impíamente
a tus hijos? Piensa en su muerte, considera el castigo que mereces. No; todas te
suplicamos, abrazadas a tus rodillas y con toda nuestra alma, que no mates a tus
hijos. ¿Cómo tu ánimo o tu mano serán tan audaces, cómo tu corazón podrá
revolverse a hacer daño a tus hijos y cometer tan horrible maldad? ¿Cómo podrás
mirarlos y presenciar sin lágrimas su martirio? No será posible, cuando caigan ante
ti suplicantes, matarlos sin piedad, y manchar en su sangre tu mortífera mano.
ESCENA 5
Medea pone en marcha su escabroso plan; recibe nuevamente la visita de Jasón,
para lograr “reconciliarse”; levó su aparente docilidad hasta el punto de regalar a la
nueva desposada una corona de oro y un riquísimo peplo, envueltos en veneno.
LOCACIÓN: PALACIO DE MEDEA EN CORINTO
JASÓN A ruego tuyo vengo, aunque seas mi enemiga; no te faltaré en esto: te oiré,
¡oh mujer!, si tienes algo nuevo que decirme.
MEDEA (Con actitud de arrepentimiento, actuando de manera cariñosa con los
hijos) Suplícate, Jasón, que perdones mis anteriores palabras; justo es que
disimules mi ira, ya que tanto te he servido. He reflexionado más tranquila, y me he
dicho lo siguiente: ¿Por qué soy tan miserable que me enfurezco contra los que a
mi bien atienden, y soy enemiga de los reyes de esta región, y de mí mismo esposo,
que por nosotros hace lo que más nos conviene, Ahora te alabo, y me parece
prudente que te cases en beneficio nuestro; y yo me tengo por insensata, porque
debía haber aprobado tus proyectos, y ayudar a tu esposa, y asistirla en su lecho, y
servirla contenta. ¡Oh hijos, hijos míos! Venid aquí, dejad vuestra habitación,
saludad y hablad a vuestro padre, y reconciliaos con él al mismo tiempo que vuestra
madre, por el odio que antes tuvimos a los que nos amaban: la paz sea con
nosotros, lejos la ira.
EL CORO Una lágrima brota también de mis ojos, y ojalá que no deplore otro mal
mayor.
JASÓN Alabo tu conducta presente, ¡oh mujer!, y no puedo vituperar la pasada; es
natural que las mujeres se enfurezcan contra su marido si se casa con otra. Pero tu
corazón ha cambiado favorablemente, y al fin conociste que era el mejor mi
proyecto. Así es como obran las prudentes. Vuestro padre, ¡oh hijos!, no ha
vacilado, con ayuda de los dioses, en mirar por vuestra futura suerte, pues creo que
con vuestros hermanos seréis algún día señores de Corinto. Lo demás, obra es de
vuestro padre y del dios que os favorezca.
MEDEA (Responde con desconcierto) No es nada; pensaba en estos hijos míos.
JASÓN (Pone su mano en el hombro de Medea) Ten confianza en mí; yo miraré
por ellos.
MEDEA (Asiente) Así lo haré, y no desconfiaré de tus promesas. Reyes de esta
ciudad desterrarme de ella, me parece mejor, bien lo conozco, para no servirte de
impedimento, ni a los que aquí mandan, pues me miran como a enemiga de tu
conyugal reposo, obedecer sus órdenes: pero, a fin, de que mis hijos se eduquen
bajo tu vigilancia, ruega a Creonte que no compartan mi pena.
JASÓN No sé si podré persuadirlo; probaremos, sin embargo.
MEDEA Al menos rogarás a tu esposa que lo pida a su padre.
JASÓN Sin duda alguna, y espero conseguirlo, si es una mujer como tantas otras.
MEDEA También yo te ayudaré en esa empresa: le enviaré presentes que excedan
en belleza a todos los humanos que he visto; a saber: un sutil vestido y una corona
de oro, que llevarán mis hijos. Conviene, pues, que cuanto antes traiga aquí algún
criado estas galas. Tu esposa será feliz, e incomparable en su dicha, no sólo porque
se casa contigo, que tanto vales, sino porque poseerá ese don, que en otro tiempo
hizo el Sol a mis ascendientes. Tomad en vuestras manos estos nupciales dones,
¡oh hijos!, y llevadlos a la afortunada esposa, a quien debéis obedecer. (Entrega en
manos la corona y el peplo, mientras sonríe tranquilamente)
JASÓN (Espeta con extrañeza) ¿Por qué, ¡oh insensata!, te desprendes así de
ellos? ¿Crees que faltarán vestidos en el palacio del rey? ¿Crees que faltará oro?
Guárdalos, no los des. Mi esposa me estima; me preferirá, sin duda, a todas las
riquezas.
MEDEA No me digas eso; dícese que hasta los dioses se aplacan con dones; el oro
entre los hombres vale más que infinitos discursos; favorécele la fortuna, el cielo le
es propicio; mi vida daría gustosa porque no fuesen desterrados mis hijos, no ya
oro. Id cuanto antes; traed a vuestra madre el feliz mensaje de que ha logrado lo
que deseaba. (Retírase Jasón con sus hijos).
EL CORO Ya no tengo esperanza de que vivan sus hijos, ya no; ya caminan a la
muerte. Daño recibirá la esposa de la diadema de oro; daño recibirá la desdichada.
Ella con sus manos adornará con el letal presente su blonda cabellera. Su belleza
y divino brillo la invitarán a ponerse el vestido y la artística corona de oro, y después
acabará su tocado en los infiernos. En tal lazo caerá y tal muerte sufrirá la
infortunada; no, no evitará el daño que le amenaza. Y tú, ¡oh mísero, funesto
esposo, yerno de reyes!; tú contribuyes también, sin saberlo, a la ruina de tus hijos
y a la muerte deplorable de tu esposa. ¡Oh desdichado, qué distinta de lo que
piensas será tu suerte! Pero también me hacen gemir tus dolores, ¡oh madre de
hijos sin ventura!, que les darás muerte por vengar la injusta traición que se hace a
tu lecho conyugal, y la infidelidad de tu esposo, que te deja por vivir con otra esposa.
ESCENA 6
Medea recibe la noticia del fatal destino de Creonte y su hija, viendo materializado
sus pasionales deseos de venganza tal como lo había planeado. Acaba con la
vida de sus hijos mientras discuten acerca de sus miserables existencias con
Jasón.
LOCACIÓN: PALACIO DE MEDEA EN CREONTE.
EL PEDAGOGO (Con los hijos de Medea.) Libres, ¡oh señora!, están ya tus hijos
del destierro, y la regia consorte recibió en sus manos los presentes: paz hay ya
para tus hijos.
MEDEA (Grita con especial desasosiego) ¡Ay de mí!
EL PEDAGOGO ¿A qué viene ahora tu tristeza, cuando la fortuna te es favorable?
¿A qué ocultas tu rostro y no me oyes con alegría?
MEDEA (Dirige su mirada al cielo, después al suelo, sin cruzar mirada con el
pedagogo) ¡Ay, ay de mí!
EL PEDAGOGO No es así como debes recibir mi grata nueva.
MEDEA ¡Ay, ay de mí otra vez!
EL PEDAGOGO ¿Acaso, sin saberlo, he anunciado alguna desdicha, creyendo
falsamente que era alegre mi mensaje?
MEDEA Anunciaste lo que anunciaste; tú has hecho bien.
EL PEDAGOGO (Acercándose para dar consuelo a Medea, conmovido) ¿Por qué
bajas tus ojos y rompes en lágrimas?
MEDEA Mucho lo necesito, ¡oh anciano!; yo, extraviada, y los dioses, conmigo, han
pensado así.
EL PEDAGOGO (Esboza una sonrisa y con su cabeza hace énfasis al hablar) No
eres tú la primera que se separa de sus hijos. Los mortales han de sufrir con
paciencia las desdichas.
MEDEA (Volviéndose hacia las mujeres del coro, para después disponerse a
esperar al mensajero) Ya, amigas, gira veloz la rueda de la fortuna; ya veo
claramente el término de todo esto. Paréceme desde aquí que se acerca un servidor
de Jasón; diríase, por su aspecto, que viene conmovido, como a anunciar alguna
desdicha.
EL MENSAJERO ¡Qué cruel y nefanda maldad has cometido!, ¡oh Medea! Huye,
huye, ya en nave que como carro surque las ondas, ya en otro cualquier vehículo
que huelle la tierra.
MEDEA (Pregunta con desconcierto) ¿Qué ha sucedido digno de tal destierro?
EL MENSAJERO (Anuncia con tono acusador) Han muerto ahora poco, la princesa
real y Creonte, su padre, envenenados por ti.
MEDEA Me anuncias gratísima nueva, y en adelante serás uno de mis
bienhechores y amigos.
EL MENSAJERO (Pregunta con preocupación, asustado por el comportamiento de
Medea) ¿Qué dices? ¿Estás en tu cabal juicio? ¿No deliras, ¡oh mujer!? ¿Te alegras
al saber la ruina del real palacio? ¿No temes las consecuencias?
MEDEA Algo podría replicarte; pero no te exasperes demasiado, ¡oh amigo!, sino
cuéntame cómo han perecido; doblado será nuestro deleite sí fue su muerte la más
horrible.
EL MENSAJERO (Describe los hechos con tono de retrospectiva; mientras habla
en pantalla aparece el dramatizado de lo que narra) Cuando llegaron tus dos hijos
con su padre y entra-ron en el palacio conyugal, nos alegramos todos los servidores,
que deplorábamos tus desdichas; de uno en otro circuló de repente el rumor de que
te habías reconcilia-do con tu esposo. El uno besaba la mano, el otro la blonda
cabellera de tus hijos; y yo, lleno de alegría, los acompañé hasta el aposento de las
mujeres. La dueña a quien ahora servimos en tu lugar, antes de venir tus dos hijos
miraba a Jasón con amor; después veló su rostro, y volvió a otro lado sus cándidas
mejillas, mostrando su disgusto al entrar tus hijos. Pero tu esposo se esforzaba en
aplacar el mal humor y la cólera de la doncella, diciéndole: "No seas enemiga de los
que me aman; mitiga tu ira y vuelve hacia aquí tu cabeza, y ten por amigos a los
que lo son de tu esposo; acepta estos presentes, y ruega a tu padre que por mí
revoque el destierro de mis hijos". Ella, al ver tu regalo, no persistió en su propósito,
sino prometió a Jasón hacer cuanto deseaba, y antes que saliesen los tres del
palacio, tomó en sus manos el gentil vestido y se lo puso, y adornó sus rizos con la
corona de oro, sonriéndose el contemplar en el espejo su bella imagen. Y después,
descendiendo del solio, se paseaba por el palacio y andaba lenta y
majestuosamente, satisfecha de los dones, y mirándose y remirándose desee los
pies a la cabeza. Al poco tiempo presenciamos un espectáculo horrible: alterósele
el calor, retrocedió vacilante, templó todo su cuerpo y apenas pudo llegar al solio,
cayendo en seguida en tierra. Una de sus viejas servidoras, creyendo que le
acometía el furor de Pan o de algún otro dios, dio un grito cuando observó que
arrojaba por la boca blanca espuma, y que se extraviaban sus ojos y la sangre
desaparecía del cuerpo, y prorrumpió en terribles clamores. Una corrió en seguida
al palacio de su padre, otra en busca de su esposo, a anunciarles esta desdicha;
todo era confusión, voces y carreras. La corona de oro, que llevaba en la cabeza,
despedía llamas sobrenaturales que todo lo devoraban, y los sutiles vestidos,
presente de tus hijos, se cebaban en las blancas carnes de la desventurada. Huyó,
por fin, levantándose del solio ardiendo, y sacudía sus cabellos a uno y otro lado,
pugnando por arrojar la corona; pero el oro, firmemente adherido a ella, no cedía, y
el fuego, después de agitar sus cabellos, estallaba con doble fuerza. Cayó, por
último, en tierra, vencida por el mal y horrible-mente desfigurada, hasta el punto de
que sólo su padre podía conocerla. No se distinguían bien sus ojos; su rostro había
perdido toda su gracia; de su cabeza corría sangre mezclada con fuego, y la carne,
como gotas de pez, se desprendía a pedazos de los huesos por la eficacia invisible
del veneno, ofreciendo un espectáculo horrendo. Nadie osaba tocar el cadáver,
temiendo participar de su desdicha. Pero su infortunado padre, que nada sabía de
su mal, entró en el aposento de repente y se abalanzó a la muerta, y dio grandes
alaridos y abrazándola y besándola, decía: "¡Oh hija desventurada! ¿Qué dios te ha
perdido tan miserablemente? ¿Quién acompañará a tu viejo padre a la pira, si tú
mueres? ¡Ay de mí! ¡Perezca yo contigo, oh hija!".
EL CORO No parece sino que un dios ha acumulado en este solo día merecidos
males contra Jasón. ¡Oh hija desventurada de Creonte!, ¡cuánto deploramos tu
desdicha, pues que, por casarte con Jasón, has bajado al palacio del dios de las
tinieblas!
MEDEA (Celebra con enfermizo entusiasmo) He resuelto, ¡oh amigas!, matar
cuanto antes a mis hijos y huir de esta tierra, y no perderé el tiempo en-comendando
su muerte a manos más enemigas; sin remedio deben morir, y como es preciso, yo
que los procreé, los mataré también.
EL CORO Refrénala, ¡oh luz divina!, detenla; arroja de este palacio a la sanguinaria
y mísera furia, inspirada por fatídicas deidades. En vano los dio a luz con dolores,
en vano fuiste tronco de amada prole, ¡oh tú, que atravesaste los escollos
inhospitalarios de las cerúleas Simplégadas! ¡Oh infortunada! ¿Qué grave ira se ha
apoderado de tu corazón, qué rabia fatal, sedienta de sangre, te ha trastornado?
Funesta expiación amenaza a los mortales, cuando riegan la tierra con sangre de
sus parientes, y para castigo de los parricidas el cielo envía a las familias
calamidades proporciona-das a la pena que merecen.
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PRIMER NIÑO (Desde dentro). ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Adónde huiré de mi
madre?
SEGUNDO NIÑO (Grita con desesperación) No lo sé, hermano muy querido;
¡vamos a morir!
EL CORO (A modo de súplica) ¿Oyes, oyes el clamor de sus hijos? ¡Oh mísera e
infeliz mujer! ¿Entraré en el palacio? Salvemos a sus hijos de la muerte. (El coro se
detiene viendo cerradas-las puertas.)
LOS NIÑOS (Se escucha el desespero ante la amenaza de su madre) ¡Pero
socorrednos, por los dioses! ¿Vendréis a tiempo? Ya el puñal nos amenaza de
cerca.
EL CORO ¿Eres, ¡oh miserable!, piedra o hierro, ¿para segar con tu mano
infanticida la vida de los hijos que diste a luz? Sólo sé de una, sólo sé de una mujer
de los pasados tiempos que matase a sus hijos.
JASÓN Mujeres que rodeáis a ese Palacio, ¿está en él esa Medea que ha cometido
tantos horrores? Menester es que se esconda en los abismos de la tierra, o que,
cual ave, se lance a las aéreas regiones, para que no pague la pena que merece
por su delito contra la real familia. (Pregunta con un tono colérico y arrogante) ¿Cree
acaso, después de dar muerte a los soberanos de esta región, que podrá escaparse
impune? Mi objeto es salvar la vida de mis hijos, no se venguen en ellos los
parientes de Creonte, en represalias de la nefanda maldad que ha cometido su
madre.
EL CORO ¡Oh infeliz Jasón!, aún ignoras, Sin duda, las desdichas que te aguardan;
a no ser así, no hablaras como hablas.
JASÓN ¿Qué hay? ¿Quiere matarme también?
EL CORO Tus hijos han muerto a manos, de su madre.
JASÓN ¡Ay de mil! ¿Qué dices? ¡Oh, mujer, cómo me has afligido!
EL CORO No olvides que ya murieron tus hijos.
JASÓN (Espeta con dolor y desconcierto en su voz) ¿En dónde los ha asesinado?
¿Dentro o fuera del palacio?
EL CORO Abre las puertas y los verás muertos.
MEDEA (Que aparece en un carro tirado por dragones con los cadáveres de sus
hijos, pregunta con total parsimonia) ¿Por qué sacudes y das golpes en las puertas
buscando los cadáveres de tus hijos, y a mí, que los he asesinado? No te molestes.
Si me necesitas, dime lo que quieres: jamás me tocarán tus manos, porque el Sol,
padre de mi padre, me ha dado un carro que me protegerá contra mis enemigos.
JASÓN (Con rabia en la voz mientras parece estar al borde de llorar) ¡Oh, rabia!
Mujer odiosa, mujer la más detestada de los dioses, de mí y de toda la especie
humana que has osado hundir el puñal en el corazón de tus propios hijos, en los
mismos que diste a luz, y me dejas huérfano, ¡y ves la tierra y el sol a pesar de tu
impiedad maldita! ¡Ojalá que mueras! Ahora te conozco, no cuando de un palacio y
de un país bárbaro te traje a la Grecia, a ti, que eres el más terrible azote, y has
hecho traición a tu padre y a la tierra que te crió. Obra es de los dioses que me
arrastrara tu fatal destino cuando asesinaste a tu hermano junto a los altares y te
embarcaste en la nave Argos, de bella proa. Tales fueron tus primeras hazañas: te
casaste conmigo, y después que diste a luz mis hijos, los mataste llevada de tu odio
y de tu envidia a mi segunda esposa.
MEDEA El destino no podía permitir que, despreciándome, tú y tu real cónyuge
vivierais felices, insultándome ambos, ni tampoco que Creonte, que te dio la mano
de su hija, me desterrara de aquí impune. Si te agrada, llámame, pues, Leona o
Scila, que habita en la costa tirrena, pues te he herido en el corazón como merecías.
JASÓN Tú también sufres, y participas de mis males.
MEDEA Puedes estar seguro de ello; sin embargo, es dolor que me agrada porque
no te ríes.
JASÓN ¡Oh hijos! ¡Qué madre tan perversa os tocó en suerte!
MEDEA ¡Oh hijos! ¡Cómo habéis muerto por culpa de vuestro Padre!
JASÓN Dioses hay vengadores que te castigarán.
MEDEA (Anuncia indolentemente) Ellos saben a quién debe imputarse todo.
MEDEA Te odio, y me burlo de tus palabras amargas.
JASÓN Y yo de las tuyas; fácil es nuestra separación.
MEDEA ¿Con que eso dices? ¿Qué haré yo ahora? También lo deseo
ardientemente.
JASÓN Déjame sepultarlos y llorarlos.
MEDEA De ningún modo; yo los enterraré, y los llevaré al bosque sagrado de Juno,
diosa de Acra.
JASÓN (Señalándola con furia, en medio de llanto) Acabe contigo la furia
vengadora de tus hijos asesinados, y la Justicia castigue tu crimen.
MEDEA ¿Qué dios, qué divinidad podrá escucharte, cuando eres perjuro y traidor
a quienes dieron hospitalidad?
JASÓN ¡Fuera, fuera de aquí, malvada, asesina de tus hijos!
MEDEA Vete al Palacio Y entierra a tu esposa. (Esboza una sonrisa mientras mira
con satisfacción)
JASÓN (Mirándole con ira, pero desconcierto en su tono) Allá voy, huérfano de mis
dos hijos.
MEDEA Aún no has gemido bastante; la vejez te aguarda.
JASÓN ¡Ay de mí, desventurado! Sólo deseo besar a mis hijos queridos.
MEDEA Ahora los llamas, ahora deseas verlos, y antes los rechazabas.
JASÓN Concédeme, por los dioses, que toque siquiera sus infantiles cuerpos.
MEDEA No; vanos son tus ruegos. Júpiter, desde el Olimpo, gobierna al mundo, y
muchas veces hacen los dioses lo que no se espera, y lo que se aguarda no sucede,
y el cielo da a los negocios humanos fin no pensado. Así ha acontecido ahora.