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Predica Los 10 Leprosos, Borrador 2

Este documento resume un pasaje del Evangelio de San Lucas sobre la curación de diez leprosos por Jesús. Solo uno de los leprosos regresa para dar gracias a Jesús, mientras que los otros nueve se van sin mostrar gratitud. El documento luego analiza cómo esta historia refleja la ingratitud humana hacia Dios a pesar de Sus muchas bendiciones, y cómo solo unos pocos asisten a misa hoy en día para dar gracias.
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Predica Los 10 Leprosos, Borrador 2

Este documento resume un pasaje del Evangelio de San Lucas sobre la curación de diez leprosos por Jesús. Solo uno de los leprosos regresa para dar gracias a Jesús, mientras que los otros nueve se van sin mostrar gratitud. El documento luego analiza cómo esta historia refleja la ingratitud humana hacia Dios a pesar de Sus muchas bendiciones, y cómo solo unos pocos asisten a misa hoy en día para dar gracias.
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«En una ocasión a un lobo, se le atravesó un hueso en la garganta

mientras comía, viéndose en semejante apuro, rogó con mil promesas


a una cigüeña que se lo sacara.

Oye- le dijo- tú que tienes un pico tan largo, bien podrías quitarme este
hueso que me ahoga. Hazlo por favor, que yo recompensaré tu
servicio. La cigüeña se compadeció por los ruegos del lobo y confiada
en sus promesas, le sacó el hueso con suma habilidad; luego,
1 terminada la operación, le pidió el pago por sus servicios, a lo cual, el
lobo mostrándole los dientes contestó:

¡Cómo eres de necia! Después de que he tenido tu cabeza entre mis


dientes, te he perdonado la vida, te he dejado libre, ¿Aún me pides
premio? Ante la insólita respuesta, para evitar mayores desengaños,
se marchó la cigüeña sin decir nada»

Muchas veces nosotros los cristianos somos malagradecidos con Dios


por todas sus bendiciones.

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 17, 11-19

“¿No quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde


están?”
En el evangelio, vemos a un grupo de diez leprosos se acercan a Jesús a
pedirle la curación; luego de hablar con Él, mientras se dirigen al templo para
cumplir con las ofrendas, quedan curados en el camino. De los diez, sólo uno
se muestra agradecido y vuelve sobre sus pasos, para postrarse con el rostro
en tierra y dar gracias a Jesús. Del resto, los otros nueve, ninguno se acuerda
de Jesús, y no son agradecidos, y en esa actitud de desagradecimiento lo que
provoca la pregunta: “¿No quedaron sanos los diez? Los otros nueve, ¿dónde
están?”.

La escena evangélica es simbolo de una realidad sobrenatural: la lepra,


enfermedad corporal que lesiona el cuerpo y que en algunos casos termina
siendo mortal, es una figura de una realidad espiritual que, atacando al alma,
puede terminar con su muerte, y es el pecado mortal. El pecado es al alma lo
que la lepra es al cuerpo: así como la lepra termina matando al cuerpo, así el
pecado mortal mata al alma, quitándole la vida de la gracia. También la
curación que Jesús hace a los leprosos, es figura de una curación espiritual: la
curación del alma por medio de la gracia, ya sea en el bautismo, en la
confesión sacramental, o en la comunión eucarística. El hecho de que Jesús les
diga a los leprosos que deben ir al templo a presentar sus ofrendas a los
sacerdotes, también es una figura de una realidad sobrenatural: el papel de la
Iglesia, del sacerdocio ministerial, y de los sacramentos, como dispensadores
de la gracia divina.

Sin Iglesia, sin sacerdocio ministerial, y sin sacramentos, no hay curación por
parte de Jesús, porque Jesús quiso explícitamente que su Iglesia, su
2 sacerdocio y sus sacramentos, fueran los mediadores de la gracia.

Un aspecto central en este evangelio es la realidad del pecado, que incide en el


alma así como la lepra incide en el cuerpo. Así como el cuerpo queda lacerado
y herido por la lepra, así el alma queda lacerada y herida por el pecado, pero
es Cristo quien asume esas heridas, para curar las heridas de los hombres con
sus propias heridas: "y por sus llagas hemos sido sanados”, dice el profeta
Isaías (Isaías53, 5).

Es Jesús quien se presenta ante el Padre como un leproso, con su cuerpo todo
llagado y cubierto de heridas sangrantes, no por la lepra, sino porque Él, como
Cordero Inmaculado e Inocente, sube a la cruz para ser castigado por la
justicia divina en nuestro lugar: éramos nosotros los que debíamos ser
crucificados, justamente, por nuestros pecados, sin esperanza alguna de
resurrección, y Jesucristo decide ponerse en lugar nuestro, para recibir Él, el
Cordero Inocente, el castigo que nosotros merecíamos recibir de parte de la
justicia divina.

Es así como la curación de las llagas de los leprosos, o más bien, lo que estas
representan, la curación del alma, que se ve libre de las heridas purulentas del
pecado, se debe a los centenares y centenares de heridas, llagas, golpes,
hematomas, flagelaciones, trompadas, cachetazos, que recibe Jesús en la
Pasión: Jesús se presenta ante el Padre cubierto de llagas, para que nuestras
almas, cubiertas de llagas, reciban misericordia y perdón, en vez de justicia y
castigo.

La escena del evangelio nos muestra así la inmensa misericordia de Dios, que
libremente, y por amor, por un amor sin límites, eterno e infinito, decide
ocupar nuestro lugar ante la justicia divina, y ser castigado Él, el Cordero
Inocente, en lugar nuestro, pecadores y merecedores de toda clase de
castigos.

Pero paralelamente, la escena evangélica nos muestra, además de la


inmensidad de la misericordia, la inmensidad de la ingratitud humana, porque
sólo uno de diez vuelve a dar gracias a Jesucristo. La misma escena se repite
hoy, y la misma ingratitud e indiferencia hacia Jesucristo es mostrada hoy por
la inmensa mayoría de los católicos: ¿cuántos son los que prefieren un partido
de fútbol, las carreras, las compras en el supermercado, el paseo, el descanso,
las charlas con los amigos, los encuentros con los conocidos, es decir, la
vagancia, la nada, antes que asistir a la Misa dominical a dar gracias, a
postrarse ante Cristo Eucaristía en el altar, por tantas gracias, por tantos
dones, por tantos bienes recibidos?

La escena del evangelio, en donde queda reflejada la ingratitud humana –sólo


3 uno de diez se vuelve a dar gracias a Jesús- se repite hoy, porque hay países
en donde asiste a Misa dominical de 10 bautizados, solo asisten 3 a la misa.

Y no sólo la asistencia a Misa de domingo ha disminuido, sino que ha


aumentado la afluencia de bautizados a otras religiones y a otras iglesias, y
también a sectas.

A medida que la Misa disminuye en cantidad de bautizados, aumenta el


número de los integrantes de las sectas, por ejemplo la Nueva Era –hoy hay
más brujos en el mundo que en toda la historia de la humanidad-, de las
iglesias separadas –las cismáticas, las que se alejan del Papa-, y de los que
dicen que Dios está en todas partes y que por eso no hace falta entrar en
ninguna iglesia –los ateos, los agnósticos, los materialistas, que niegan a Dios
en la teoría y en la práctica-.

Es de este abandono de la Iglesia, de esta ingratitud que quema el corazón


humano, de lo que se queja amargamente la Virgen de La Salette:

2-El no tomar el domingo como día de descanso y asistencia a la Santa Misa.

La Salette es una de las apariciones que fueron aprobadas en el siglo XIX. Por
San Juan Pablo II el cual dice así:

"En este lugar, María, la madre siempre amorosa, mostró su dolor por el mal
moral causado por la humanidad. Sus lágrimas nos ayudan a entender la
gravedad del pecado y del rechazo a Dios, mientras que manifiestan al mismo
tiempo la apasionante fidelidad que su Hijo mantiene para con cada persona,
aunque su amor redentivo está marcado con las heridas de la traición y
abandono de los hombres." Son palabras de San Juan Pablo II.

“Sólo van algunas mujeres un poco ancianas a Misa; los demás trabajan en
domingo, cuando no saben qué hacer sólo van a Misa para burlarse de la
religión.
La ingratitud humana, o más bien, la ingratitud de los bautizados en la
Iglesia Católica, que abandonan en masa la Iglesia de Cristo, que huyen de
Cristo como si Él fuera la peste, y el vuelco de estos bautizados a la adoración
de los ídolos demoníacos, el dinero, el poder, la sensualidad, el esoterismo, el
satanismo.

Lo que se ve en el evangelio entonces, es la recompensa que da Dios a quienes


son agradecidos, y esto se ve en la doble recompensa del leproso agradecido:
es curado en su cuerpo, y es curado en su alma, porque recibe el don de la fe,
4 que es lo que lo hace postrarse delante de Jesús y adorarlo.

“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió a dar gracias”. Al igual
que el leproso, que recibió una muestra del infinito amor misericordioso de
Jesús y fue curado en su cuerpo, también nosotros hemos recibido abundantes
muestras de ese amor misericordioso, y todavía más grandes, porque no sólo
hemos recibido el perdón de los pecados, en el bautismo y en la confesión
sacramental, sino que hemos recibido, por Amor suyo, el ser hijos adoptivos
por el bautismo, y hemos recibido, en la comunión sacramental, el don del Ser
divino, contenido en la apariencia de pan y de vino.

¿No es acaso este don eucarístico, un don infinitamente más grande y


maravilloso, que el recibir la curación de una enfermedad corporal? ¿No
debemos nosotros, mucho más que el samaritano del evangelio, postrarnos de
rodillas, y con el rostro en tierra, para adorar y dar gracias a Dios Uno y Trino
por el don de la Santa Misa y de la Eucaristía?

En el evangelio, de diez que fueron curados, sólo uno volvió a dar gracias. En
el día de hoy, la ingratitud y la indiferencia hostil hacia Dios es mucho más
grande: hay países que fueron cristianos, en los que sólo asisten a misa un 2%
de los bautizados.

Comparativamente, sería como si de los diez leprosos del evangelio, no


hubiera vuelto ninguno de ellos a dar gracias. Y hoy no sólo no se agradece a
Dios Trino por su infinito amor para con los hombres, sino que se lo ofende con
toda clase de maldades, de olvidos, de indiferencias, de ingratitudes, y hasta
incluso se comete la abominación de la desolación, la adoración de Lucifer, el
ángel caído, en el puesto de Dios Uno y Trino, el único que merece ser
adorado.

No seamos como los leprosos desagradecidos, y adoremos “en espíritu y en


verdad” (cfr. Jn 4, 23-24) a Cristo Dios en la Eucaristía, y demostremos esa
gratitud recibiéndolo con un corazón contrito y humillado, y obrando la caridad
y la compasión para con nuestro prójimo.

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