UNIVERSIDAD CULTURAL
Dra. Roselina Sarmiento Lic. Juan Ramírez
CONCEPTOS
Neutralidad: Tiene que ver con la posición del analista en el tratamiento con un
paciente. En la dirección de una cura, el analista tiene que ser neutral. El analista
no debe emitir juicios sobre los valores morales, ideales religiosos o de cualquier
otro tipo, que tenga un paciente. El analista debe abstenerse de dar consejos. La
neutralidad implica también la cuestión transferencial. El analista debe ser neutral
en la transferencia. El analista debe ser neutral en cuanto a los dichos del
paciente; es decir, debe escuchar atentamente el discurso del paciente. A mí me
gusta decir que el analista en esa «atención flotante» de la que nos habla Freud,
debe escuchar la enunciación, lo que el paciente dice sin decir, lo que corre por
debajo de la línea de los dichos y los hechos que cuenta un paciente en la sesión.
Regla de la Abstinencia: Freud introduce la idea de la abstinencia en el artículo
citado, remarcando que el médico debe negar a la paciente el amor que ansía
recibir, la satisfacción que demanda, o sea llevar el tratamiento desde la
abstinencia (3). Para Killingmo, en ese contexto, la regla actúa más como un
recordatorio para el analista (el subrayado es mío) de no rendirse ante las
tentaciones provenientes de su relación con la paciente, al correcto manejo de las
fuertes pasiones y las reivindicaciones eróticas que pueden surgir en la
transferencia. Pero, nos señala el autor, en el artículo de 1919, la abstinencia ya
adquiere el estatus de principio de primer orden y al prever los tipos de
intervenciones activas que puedan ser incluidas en el psicoanálisis futuro, Freud
insiste en que el tratamiento debe ser llevado desde la privación, afirmando que el
paciente busca satisfacciones sustitutivas, por lo tanto en la relación transferencial
podrá tratar de compensarse de otras privaciones que padece (4). Aclara que
Freud admite que puedan hacerse ciertas concesiones a algunas demandas ya
que la deprivación total no sería tolerable, pero su conclusión es que en el
tratamiento analítico debe evitarse todo consentimiento y mantenerse al paciente
con abundantes deseos insatisfechos, especialmente sobre aquello que desea
más intensamente y es expresado de manera inoportuna. Es esta formulación la
que se ha hecho objeto de innumerables críticas en los últimos años.
Los tres pilares:
1) Una cierta concepción de las fuerzas pulsionales en la vida psíquica
Se refiere a la consideración económica de una energía psíquica que
siendo la que asegura la motivación hacia el trabajo analítico, debe mantener su
nivel óptimo de tensión pulsional para impulsar al paciente hacia su recuperación.
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2) Una especial concepción de la causalidad en la neurosis.
Alude a la noción básica de conflicto en la vida psíquica, ya que lo que se
pone de manifiesto en la neurosis es la resistencia interna que impide la
satisfacción de las pulsiones. De allí que en el proceso psicoanalítico se
explorarían "las raíces infantiles del amor" (Freud, 1915), de modo que la cuestión
no estaría en satisfacer las necesidades del paciente sino en ofrecerle capacidad
de satisfacción.
3) Una determinada visión del objetivo del tratamiento.
Apunta a la diferencia entre una concepción real de la satisfacción en
contraposición a la satisfacción sustitutiva, respecto a lo cual Freud sostendría que
"el analista se alegra de evitar dar consejos y estimular en cambio el potencial de
iniciativa del paciente"
Atención Flotante: La atención flotante es la contrapartida de la asociación libre
propuesta al paciente. Freud formula esta técnica explícitamente: “No debemos
otorgar una importancia particular a nada de lo que oímos y conviene que le
prestemos a todo la misma atención flotante”. Le indica al inconsciente del analista
comportarse, respecto del inconsciente del paciente, “como el auricular telefónico
respecto del micrófono” (lo que más tarde Theodor Reik llamaría “escuchar con el
tercer oído”). La atención flotante implica, de parte del profesional, la supresión
momentánea de sus prejuicios conscientes y de sus defensas inconscientes. Debe
haber una suspensión, tan completa como sea posible, de todo lo que
habitualmente focaliza la atención: prejuicios, inclinaciones personales, incluso los
mejor fundados supuestos teóricos. A partir de Freud, esta regla le permitiría al
analista descubrir las conexiones inconscientes en el discurso del paciente,
conservando en su memoria gran cantidad de elementos aparentemente
insignificantes, cuyas correlaciones se pondrán de manifiesto más tarde. La
atención flotante plantea serios problemas teóricos y prácticos. Por un lado, sería
la única actitud “objetiva”, ya que se adapta a un objeto esencialmente deformado.
Pero ¿cómo elimina verdaderamente el analista la influencia que ejercen sobre su
atención sus prejuicios conscientes y sus defensas inconscientes? Para eso,
Freud aconseja el análisis didáctico. Pero Freud exige más que todo esto: el fin
sería conseguir una verdadera comunicación de inconsciente a inconsciente. En
realidad, la regla de la atención flotante debe comprenderse como una regla ideal
que, en la práctica, se topa con duras exigencias y dificultades a veces
irresolubles. Por ejemplo: ¿cómo se daría el paso a la interpretación y a la
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construcción sin que, en un momento dado, el analista conceda una importancia
privilegiada a un determinado material, lo compare, lo esquematice, etc.? De
hecho, lo fundamental del diálogo psicoanalítico tiene lugar de yo a yo. Algunos
autores posteriores, siguiendo a Reik, tienden a identificar la atención flotante con
una forma de empatía que tendría lugar esencialmente en un nivel infraverbal.
Para los lacanianos, la clave está en la analogía que existe entre los mecanismos
del inconsciente y los del lenguaje: en la escucha psicoanalítica, se trata de hacer
funcionar lo más libremente posible esta similitud estructural entre los fenómenos
inconscientes.
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