Página 12 Lunes 20 de Febrero 2012
DIALOGOS › EL INVESTIGADOR HUGO SPINELLI EXPLICA LA IDEA DE “SALUD COLECTIVA”
“La salud tiene que ver con montones de cosas que no son los médicos”
Es médico de la UBA y se doctoró en “salud colectiva” en Brasil. Aquí analiza ese concepto, que incorpora
al campo de la salud variables hasta ahora excluidas. Como ejemplo, plantea tomar las muertes por armas de
fuego dentro del área de la salud. Provocador y riguroso, Spinelli esboza una visión diferente del sistema
sanitario argentino. Por Verónica Engler
–Usted es médico por la Universidad de Buenos Aires, pero se doctoró en Brasil en Salud Colectiva,
¿podría explicar este concepto de salud?
–La gran discusión sobre qué concepción se tiene de la salud, a nivel individual o a nivel colectivo, es una
discusión vieja, que encuentra antecedentes en este país. Los higienistas a fines del siglo XIX y principios
del XX van a plantear básicamente la visión de los conjuntos sociales. Emilio Coni se definía a sí mismo no
como médico de personas sino de ciudades, y veía la acción en salud cómo construir redes de agua y cloacas,
por ejemplo. Esta tensión entre lo individual y colectivo es una tensión que atraviesa todo el desarrollo
científico del campo biomédico y del campo de la salud. El concepto de medicina social es tomado en
América latina a partir de los años ’60, donde hay una figura que es central, muy poco conocida en la
Argentina, que es Juan César García, un médico nacido en Necochea. García va a ser un actor muy
importante en la construcción de lo que fue el movimiento de medicina social en América latina. Ese
movimiento va a traer la idea de la dimensión social, que es una cuestión que hoy la Organización Mundial
de la Salud (OMS) ha recuperado. Pero en ese momento ese abordaje se hacía desde una matriz claramente
marxista, de un marxismo estructuralista, y entraba en discusión con algunos planteos que se hacían desde
los Estados Unidos, que es por donde entra la idea de lo comunitario.
–¿Cómo es este modelo comunitario que viene desde el Norte?
–Esta idea de lo comunitario trataba de escapar al modelo flexneriano. (Abraham) Flexner es alguien que
organiza una reforma en el sistema de salud de los Estados Unidos. A principios de 1900 en Estados Unidos
la alopatía y la homeopatía convivían sin distinciones. El modelo que va a formular Flexner define como
científica a la medicina alopática y destierra a la medicina homeopática al rol de no científica. Como se dan
cuenta de que esa medicina no es posible para todos empiezan a buscarse formas de incluir algunas
dimensiones de lo social, con todo el temor que había en el marco de la Guerra Fría de incluir lo social.
Entonces aparece la cuestión de la medicina preventiva, de los abordajes comunitarios, que entran
básicamente por la influencia de fundaciones americanas, en competencia con todo el movimiento de la
medicina social. En Brasil, la medicina social en parte es reformulada como salud colectiva, en parte porque
no podían usar lo social, en parte porque tenían que salir de esa medicina que parecía que hablaba solamente
de los médicos. Y realmente la salud tiene que ver con montones de cosas que no tienen que ver con los
médicos: tiene que ver con el trabajo, con la alimentación, con los contaminantes. La salud colectiva es un
movimiento que crean los brasileños, básicamente una de las figuras centrales ahí es María Cecilia
Donnangelo. Lo que va a plantear la salud colectiva brasileña es que es un movimiento en el cual hay
articulación de cuestiones teóricas y cuestiones prácticas, con tres ejes: la epidemiología, que es ver la
distribución y las causas de lo que se enferma y muere la gente; el tema de la política, la planificación y la
gestión; y la relación entre ciencias sociales y salud.
–¿Cómo ve la configuración del campo de la salud en la Argentina? ¿Cuáles son los actores y los
capitales en juego?
–El campo de la salud en la Argentina, como el campo de la salud en todos los países del mundo, es
sumamente complejo. Es un campo que maneja casi el 10 por ciento del PBI, eso representa una cifra por
año muy importante, y ahí concurren distintos agentes en busca de distintos capitales. Hay gente que
concurre a ese campo en busca de capitales claramente económicos, su prioridad es la rentabilidad
económica, hacen de eso una industria, y también concurren abnegados trabajadores que siguen el juramento
hipocrático. Me parece que la sociedad tiene muy poco problematizada la complejidad del campo, y lo
imagina como un campo neutro en el que confluyen clones de San Francisco y Santa Teresa, pero el campo
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es sumamente complejo. Existe lo que se llama el complejo médico-industrial, los laboratorios que producen
medicamentos así como los que venden tecnología. Son necesarios los medicamentos y las tecnologías, pero
a veces hay un sobredimensionamiento de esto. En el país, en el campo de la salud ha habido una
proletarización de un conjunto grande de trabajadores y profesionales, en el sentido de que hay
concentración de la rentabilidad, hay nichos de altísima rentabilidad y cuestiones de baja rentabilidad. Lo
paradojal es que las zonas de baja rentabilidad son las que producen salud. Es decir, un trabajador
comunitario que tiene cercanía con las poblaciones produce mucha más salud que alguien que está en el
punto final atendiendo algo que se podría haber evitado. Pero el premio está en el uso de la alta tecnología y
no en el trabajador que pueda estar previniendo, trabajando con poblaciones que puedan estar siendo
vulnerables a determinadas cuestiones. Pero éste no es un problema sólo nuestro, es un problema de todos los
países y tiene que ver con cómo se estructura la lógica del campo de la salud. La estructura de la lógica del
campo está determinada por esta composición del complejo médico-industrial, que a su vez tiene fuerte
influencia en muchas de las entidades que regulan a los propios profesionales o forman en las facultades a
los profesionales.
–¿Cómo considera que es el gasto en salud en Argentina en relación con los indicadores de salud a
nivel poblacional?
–Por el gasto que tiene, Argentina tendría que tener mejores indicadores. Argentina tiene un porcentaje de
PBI alto en salud, sin embargo hay indicadores de rendimiento malo. Es decir, seguir midiendo solamente la
mortalidad infantil es engañarnos. Nosotros gastamos mucho más en salud que en educación, y mucho más
en salud que en ciencia y tecnología. Sin embargo, cualquier profesional de la salud va a decir que el gran
determinante en los problemas de salud muchas veces son los niveles educacionales. Sin embargo, el
Gobierno puede intervenir muy poco en contener el gasto en salud, porque está por fuera de las estructuras
del Gobierno, y sí puede regular mucho mejor el gasto en educación y en ciencia y tecnología. Contener el
gasto en salud es una cuestión que no es propiedad sólo del Gobierno, independientemente de la complejidad
y la cantidad de actores. Estamos hablando de un sector que maneja cientos de miles de trabajadores, y que
no es regulado con una simple ley. Construir legalidad no implica construir legitimidad. Hay prácticas que
son medicalizantes, que tienen fuertes componentes de control social, y que se caracterizan por tener alto
consenso en la sociedad. Las prácticas del campo de la biomedicina tienen alto consenso en los usuarios, de
tal manera que aquel profesional que quiere correrse de una prescripción de medicamentos porque lo
considera innecesario, no pocas veces se encuentra con que es la población la que le pide el medicamento. Y
ahí aparecen todas las concepciones mágicas del efecto de la cura. Hay muy poca problematización sobre las
cuestiones de empleo, de medio ambiente, porque en definitiva la enfermedad tiene que ver con esas cosas,
con lo que comemos, con el aire que respiramos. Y en este sentido vuelvo a Coni, a esa concepción que
tenían los higienistas que, más allá de cierto positivismo que había en muchos de ellos, implica una mirada
mucho más apropiada a la realidad que esa concepción que tenemos cuando festejamos la compra de un
tomógrafo, como si eso fuera la gran conquista para la salud de la población.
–Usted suele decir que hay una medicina para pobres que se oculta bajo la “progresista”
denominación de Atención Primaria de la Salud, ¿a qué se refiere con esta distinción?
–El tema de la Atención Primaria de la Salud es una declaración que se hace en el año 1978 en Alma-Ata (en
la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de la Salud, realizada en Kazajistán). En Argentina
había experiencias muy interesantes, con anterioridad a eso. Se podría recuperar la experiencia de (Carlos)
Alvarado en Jujuy en los años ’60, y antes también, cuando (Ramón) Carrillo fue ministro de Salud de la
Nación. La declaración que implicaba, por ejemplo, un nuevo orden económico internacional y el desarme,
luego devino en algo bien distinto, en una medicina pobre para pobres, algo que había advertido Mario Testa.
Lo que se ve hoy es una cuestión que tiene un amplio abanico de posibilidades. No todo lo público es igual,
no todas las obras sociales son iguales, hay asimetrías entre los sectores y hay asimetrías hacia el interior de
los sectores. Entonces, lo que hay es una fragmentación. El sistema público en nuestro país, generalmente, se
hace cargo de todo lo que es urgencias y no lo cobra. Y además el sector público financia las grandes
prestaciones de psiquiatría, diálisis, discapacidad y trasplante. Otra perversión que tiene el sistema es lo que
se llama la solidaridad invertida, en la que el pobre aparece financiando al rico, el hospital financia a la
prepaga, porque cuando una persona con cobertura de prepaga tiene un accidente en la calle lo termina
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atendiendo el hospital, con lo cual la prepaga se libera de ese gasto. Estos mecanismos de solidaridad
invertida son muy comunes en el sistema de salud.
–A propósito de la preponderancia que comienza a darse en la salud pública a las Políticas Basadas en
Evidencia, usted retoma en uno de sus textos una de las zonceras planteadas por Arturo Jauretche en
la que se contrapone “políticas criollas versus políticas científicas”, donde lo “científico” siempre viene
de afuera. ¿Cuál sería la zoncera encerrada en las políticas basadas en la evidencia científica?
–Oscar Varsavsky ya planteaba en los años ’70, en Ciencia, política y cientificismo, que en la medida en que
la ciencia se fundaba sobre el modelo de verdad universal también existía la necesidad de plantear alguna
otra pregunta más allá de la verdad. Por ejemplo, acerca de la importancia, es decir, si era importante o no.
Con lo cual, cambiaba la lógica. Hay todo un movimiento generado en los países centrales de medicina
basada en la evidencia, lo cual es lógico, ya que la medicina no puede ser un hecho mágico, pero la trampa
está en quién produce las evidencias. Entonces, cuando uno va a analizarlo, las evidencias las producen
determinadas publicaciones científicas, lo cual no estaría mal porque sería producto de investigaciones. Lo
que uno se pregunta es quiénes son los dueños de esas publicaciones científicas, quiénes son los dueños que
están detrás de las grandes editoriales, dueños de esas grandes bases de datos. Y son, en general, las grandes
multinacionales del medicamento. Por eso, publicar en una revista de punta, en las que son de más alto
impacto, un trabajo que demuestre que un medicamento no es eficaz es entre raro e imposible. Y en esto hay
profundas denuncias, hay por ejemplo un texto muy fuerte de Marcia Angell (The Truth About the Drug
Companies: How They Deceive Us and What to Do About It) en el que realizó una serie de denuncias sobre
las trampas que hay en las publicaciones científicas. Angell fue durante diecisiete años editora de la revista
The New England Journal of Medicine. Entonces, se supone que yo tengo que tomar definiciones sobre una
cuestión en base a intereses no explícitos de una farmacéutica que me dice cómo medicar a un paciente. A
eso nosotros nos oponemos, lo cual no significa renunciar a la ciencia. Varsavsky planteaba la idea de
“ciencia contextualizada”, y creo que en Argentina se está haciendo una fuerte apuesta en el desarrollo de la
ciencia y la tecnología que debe volver sobre esos referentes que tuvo la Argentina, como Varsavsky, Amílcar
Herrera, (Jorge) Sabato. Son aquellos referentes que planteaban el desarrollo, pero contextualizado.
–El año pasado se publicó un estudio dirigido por usted titulado Mortalidad por armas de fuego en
Argentina, 1990-2008. ¿Cómo es que decide encarar el tema de la mortalidad por armas de fuego
desde el punto de vista de la salud pública y no, por ejemplo, desde una dimensión delictiva?
–Porque nosotros intentamos provocar siempre el campo de la salud, haciendo esas preguntas que el campo
no se hace. Como trabajador de la salud, mi preocupación es de qué se muere y de qué se enferma la gente,
no qué bacteria causa muerte. Entonces, si la gente se muere por disparos de armas de fuego, yo quiero
estudiar las armas de fuego, y si la respuesta no queda en el campo de la salud, la verdad es que a mí no me
preocupa. Nuestro objetivo es la salud de los conjuntos poblacionales, no la medicina en los conjuntos
poblacionales.
–A partir de esta investigación, ¿cuáles son los indicios que aparecen sobre las muertes producidas por
la intervención de armas de fuego en nuestro país?
–En comparación con otros países de América latina, Argentina no tiene indicadores de violencia altos. En la
investigación, el hallazgo más curioso es que hay entre 2001 y 2003 un incremento de las muertes por
homicidios y por armas de fuego. Estos resultados se dan prácticamente en todo el país, excepto la región del
noroeste (NOA). ¿Por qué hay un incremento a partir del 2000 y una caída a partir del 2003 de las muertes
por armas de fuego en todo el país? Esto es algo que no está problematizado, no fue noticia, lo que quedó en
la historia hasta ahora fueron los muertos del 20 y 21 de diciembre de 2001. Pero hay un incremento notable
en ese período, tomando las estadísticas del Ministerio de Salud. ¿Fueron las políticas de gatillo fácil, fue la
política de la mano dura, fue una liberación como forma de enfrentar a la crisis, hubo una situación de
anomia en la sociedad? Son algunas de las preguntas que uno podría plantearse, pero el dato es evidente y
está ahí. Luego las muertes por armas de fuego fueron bajando en el país, y no solamente aquí, también
bajaron en otros países. Por ejemplo, ciudades de Brasil que tenían tasas de homicidio altas, como Río de
Janeiro y San Pablo, han bajado notablemente, en algunas ciudades de Colombia también. No está claro por
qué son esas bajas, no hay una explicación, los que estudian estos temas tienen distintas hipótesis pero nadie
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puede verificar esta cuestión. La pregunta es: ¿es posible sostener una política de desarme total, de prohibir
la venta y la portación de armas? Brasil hizo un plebiscito hace unos años y se perdió. Ahí hay intereses
económicos fuertes que juegan con el sentido común y tratan de construir la idea de que tener un arma es una
forma de protegerse, cuando en realidad está comprobado que tener un arma en la casa lo único que aumenta
es la probabilidad de ser víctima de esa propia arma. Los poseedores de armas tienen cuarenta y tres veces
más probabilidades de matarse o de matar a alguien de su familia que de disparar contra un delincuente.
–En este gran grupo de “muertes por violencia”, ¿cómo hicieron este corte de “muertes por armas de
fuego”?
–Generalmente las muertes por violencias se clasifican por accidentes, homicidios, suicidios o causas
desconocidas. Nosotros lo que hicimos fue reordenar esa lógica y poner “armas de fuego”, que es una
circunstancia. Entonces, la tomamos y a partir de ahí reordenamos todo, cambiamos la lógica clasificatoria.
Es decir, las formas de clasificación son formas también de mostrar una información, que puede estar
alterada si yo cambio la lógica de clasificación. Siempre depende de lo que se quiera problematizar. Si se
presenta siempre como “accidentes, homicidios, suicidios”, el tema armas de fuego queda diluido.
–En relación con el período 2001-2003, en el que se produce un aumento notorio en las muertes por armas de
fuego, en la investigación señalan que una proporción importante de esas muertes corresponde a diferentes
abusos por parte del Estado, como los casos de gatillo fácil y violencia institucional.
–No podemos afirmar eso, pero son hipótesis a trabajar. El certificado técnico de defunción pierde mucha
información en el proceso de análisis. Nosotros lo que estamos viendo es muy reducido, porque vemos a la
víctima, por ejemplo, pero no sabemos nada del victimario. Ahí lo que habría que reconstruir es el proceso
relacional víctima-victimario. Por ejemplo, uno puede levantar hipótesis como la de gatillo fácil, pero no
tenemos datos para afirmar las causas de esas cuestiones. Lo que sí podemos afirmar es la matanza, que es lo
que muestran las estadísticas que se reflejan con regularidad en todas las provincias, menos en el NOA. Eso
tiene que ser discutido, porque no fueron solamente los muertos de Plaza de Mayo del 20 y 21 de diciembre
de 2001. Acá hubo otro fenómeno que escapa a esa circunstancia. Acá parece que hubiera habido una
indicación, una acción de liberar ciertas cuestiones para un ejercicio más libre de disparar, o una situación de
anomia. Yo creo menos en la cuestión de anomia. Este período se da cuando hay ministros de seguridad que
planteaban claramente el tema de la mano dura.
Jueves, 02 de febrero de 2012 PSICOLOGIA › RESPONSABILIDAD DE TRABAJADORES Y
PROFESIONALES
Violencias del manicomio
El autor examina la “indignidad” de las instituciones psiquiátricas, especialmente en la ciudad de Buenos
Aires, poniendo el acento en quienes trabajan en ellas: en “la lógica discursiva que sustenta sus prácticas
disciplinarias, la formación que recibieron y sostienen, la relación jerárquica entre ellos, la falta de una
movilización organizada”.
Por Santiago Gómez *
Cada vez que se trata el asunto de la salud mental en la CABA, lo primero que se menciona es el
incumplimiento de la Ley 448, sancionada el 27 de julio de 2000. La 448 es una de las leyes más progresistas
de la Argentina pero, al no existir una importante movilización social que propicie su cumplimiento, es letra
muerta. En 2010 (“A diez años de la ley”. Página/12, 13 de mayo de ese año), la organización Colectivo 448
recordó que esa norma promueve la “desinstitucionalización progresiva, implementación de camas de
internaciones breves y guardias interdisciplinarias en hospitales generales, casas de medio camino, hospitales
de día, emprendimientos sociales y otros dispositivos sustitutivos”, advirtió que “las pautas incluidas en la
Constitución de la ciudad de Buenos Aires habían generado una gran expectativa de transformación de un
modelo de características asilares-custodiales, que históricamente ha sentenciado a la internación crónica y al
trato indigno y alienante a miles de seres humanos”, y observó que “esta indignidad institucional también se
proyecta sobre los trabajadores de la salud mental que intervienen en la atención, generando daños a su salud
física y psíquica”.
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El problema de la salud mental en la ciudad no es centralmente una cuestión de normas legales. El principal
problema en el campo de la salud mental está entre los trabajadores, por el tipo de trabajo que realizan: la
objetivación como método, la lógica discursiva en la que se sostienen sus prácticas disciplinarias, la
formación que recibieron y sostienen, la relación jerárquica que entre ellos se establece, la falta de una
movilización organizada con poder real de transformación de las condiciones institucionales, y todo esto en
un contexto cultural donde la ciencia tiene poder de verdad.
El problema de la violencia de la objetivación, tan bien planteado tanto por Basaglia como por Foucault, es
el mismo hoy que cuando se sancionó la ley, y será el de la gestión siguiente si no hay, por parte de los
trabajadores, una voluntad sincera de poner en cuestión el trabajo que vienen realizando. ¿O fue un
funcionario del Ejecutivo el que ató a la cama, hace más de tres años, a la nena que murió ahogada en su
propio vómito en el Tobar García? ¿Por qué siempre son “el Borda y el Moyano”? ¿Por qué del Tobar no se
habla? Porque, si se prestara atención al Hospital Infanto Juvenil Doctora Carolina Tobar García, habría que
cerrar todo ya, y tendríamos que ir todos a declarar ante los tribunales internacionales de derechos humanos.
Pero, ¿acaso hay órdenes precisas del Ministerio de Salud porteño de “contener” –el sinónimo cínico de atar–
a los pacientes? ¿La violencia de las prácticas se explica por cuestiones político-coyunturales o por la lógica
del poder médico y psiquiátrico, en su forma de poder disciplinario?
¿Qué lleva a los trabajadores a naturalizar la violencia aplicada sobre los cuerpos de quienes están internados
en instituciones psiquiátricas? Hasta el momento, creo, no hay denuncias hechas por trabajadores contra
trabajadores por haber vulnerado derechos humanos de aquellos que padecen una internación. ¿O la
responsabilidad subjetiva sólo es tema de los no profesionales? Escuché a varios muy preocupados por lo
establecido en la nueva Ley Nacional de Salud Mental, respecto de la posibilidad de los trabajadores y
familiares de presentar denuncias ante el Organo de Revisión. Recordemos que éste estará integrado por
representantes ministeriales, trabajadores, familiares y asociaciones, y, de acuerdo con el artículo 40, inciso
C de la ley, tendrá como función supervisar de oficio o por denuncia de particulares las condiciones de
internación por razones de salud mental, en el ámbito público y privado.
En este conflicto, la obediencia es un factor fundamental. Ya antes de los controles a las internaciones que
plantea la Ley Nacional de Salud Mental, las convenciones internacionales sobre derechos humanos eran
herramientas legales que estaban a disposición de quien quisiera para exigir su aplicación. Es el caso de la
Convención sobre los Derechos de Personas con Discapacidad, la Convención Interamericana para la
Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra las Personas con Discapacidad, las convenciones
sobre derechos de los Niños y todas aquellas que actualmente tienen rango constitucional. Quien escribe esto
padeció haber sido expulsado del Servicio de Internación en Crisis de Open Door, por haberse servido de
esas convenciones y denunciado que compañeros trabajadores dejaron tres días atado a un hombre a una
cama, produciéndole un cuadro de deshidratación que requirió una intervención clínica urgente. Otro hecho,
cotidiano, de igual o mayor gravedad, era que los pedidos de informes periciales realizados por jueces fuesen
directamente considerados como pedidos de internación, ampliándose así la cantidad de internos en el
manicomio.
La mayoría de los trabajadores de la salud mental no piensa a quienes atienden como iguales. ¿En nombre de
qué deben ser sometidos los trabajadores a realizar sus tareas bajo condiciones de violencia? ¿Cómo es
posible que una jovencita o jovencito que comienza a trabajar reciba la violencia como herramienta de
trabajo y que tantos la agarren y tan pocos la abandonen? No creo que sea una cuestión de malas intenciones,
no ingresan todos con ese tipo de disciplinamiento. ¿Cómo es posible que tengan que ser testigos del
aplastamiento de los cuerpos por el peso de la violencia institucional? Si nos pensamos iguales, tenemos que
pelear y reclamar por los derechos de todos aquellos que se encuentran bajo el edificio manicomial. Acabar
con la institucionalización de la violencia; con el arrasador peso de la autoridad.
Para esto, es necesario repensar la problemática del poder y discernir de qué discurso se sirve para ejercer esa
violencia: se intenta vestir como terapéuticas prácticas punitivas. Recuerdo a Evaristo Pasquale, director de
Salud Mental de Trieste, angustiado, luego de conocer Open Door, repitiendo: “Hace treinta años que no veía
una persona atada a una cama”.
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Franco Basaglia pidió “rechazar cualquier acto terapéutico siempre que tienda tan sólo a mitigar las
reacciones del excluido hacia el excluyente”. Además, advirtió que la sociedad, ante la posibilidad de que se
visualice su rostro violento, “ha encontrado un nuevo sistema: extender la concesión del poder a los técnicos
que lo ejercerán en su nombre y que seguirán creando –a través de otras formas de violencia: la violencia
técnica– nuevos excluidos. (...) La labor de estos intermediarios consistirá en mistificar la violencia a través
de la técnica, sin llegar a cambiar por ello su naturaleza, de manera que el objeto de la violencia se adapte a
la violencia de la que es objeto. (...) Analizando cuáles son las fuerzas que han podido actuar en profundidad
sobre el enfermo hasta el punto de aniquilarle, se llega a la conclusión de que sólo una es capaz de provocar
un daño tal: la autoridad” (F. Basaglia, La institución negada, Ed. Barral).
Las experiencias de desmanicomialización –como se la llamó en la provincia de Río Negro– o
desinstitucionalización, llevadas adelante en el lugar del mundo que sea, sólo fueron posibles por la decisión
política que tomaron quienes decidieron transformar las condiciones de relación entre sujetos que se
establece con quienes son considerados locos, anormales, enfermos o el nombre que se le quiera poner. El
problema es político, entendiendo la política como una acción de transformación social, y por lo tanto
necesita una solución en ese sentido. La decisión puede no ser tomada por el Ejecutivo, sino por los
trabajadores que, a través de la organización, estén dispuestos a construir el poder de transformar las
prácticas que vienen realizando. Italia, Brasil y las distintas experiencias que se llevan adelante en la
Argentina demuestran que sólo la organización vence al tiempo.
En la provincia de Río Negro, como en la de San Luis, hubo Ejecutivos que acompañaron los reclamos de
actores involucrados en la problemática de la salud mental, que luchaban por una transformación.
En la provincia de Buenos Aires hay municipios que decidieron trabajar desde una perspectiva
antimanicomial, que es perspectiva de proyecto nacional y popular. En el municipio de Moreno –en el cual
me he formado–, desde la creación del primer servicio municipal de atención a la salud mental se combatió
contra toda práctica de tipo objetivante en el abordaje del padecimiento subjetivo. Este municipio fue parte
de la creación de la Red de Salud Mental del Oeste, en la que participan Morón, trabajadores de Tres de
Febrero, Ituzaingó, La Matanza y funcionarios del ámbito nacional y provincial, así como también del Poder
Judicial. Esto se hizo a partir de la conceptualización política de las prácticas en salud mental. No se los trata
porque son enfermos, sino porque son sujetos. Porque son sujetos y ciudadanos no se los puede someter a las
condiciones de existencia manicomiales, así que no se discute: el manicomio se tiene que cerrar: nada de
andar preguntando bajo qué condiciones. ¿Qué puede ser peor para un ser humano que su vida en un
manicomio? Sólo la vida en un campo de concentración puede ser peor. La vida carcelaria no es peor que el
manicomio porque los presos suelen tener fecha de salida. El manicomio es la objetivación de un cuerpo,
sometido a experiencias límite, en manos de la voluntad diaria de diversos trabajadores, de los cuales
algunos son funcionarios.
* Psicoanalista.