El perfecto neocón
Peter Stephan Jungk
El americano perfecto. Tras la pista de Walt
Disney
Madrid, Turner, 2012
Trad. de Cristina Núñez
204 pp. 19,90 €
Walt Disney estaba convencido de que,
después de muerto, su nombre dejaría de
identificarse con él –un ser humano con
sus sueños, sus obsesiones y sus logros–
para pasar a ser, simplemente, el nombre
de una empresa. Era algo que le
inquietaba: creía haber logrado tantas
cosas como individuo que diluirle bajo el
nombre de una marca comercial sería una
tremenda injusticia. No es que no se
identificara con lo que nació como Disney
Brothers Cartoon Studio y hoy es The Walt
Disney Company: de hecho, aunque en
ocasiones se distanciara del día a día de la compañía para refugiarse en
los trenecitos eléctricos, creía que toda esa gran maquinaria empresarial
no era más que una prolongación de su imaginación (disciplinada, eso sí,
por el control financiero de su hermano Roy). Él había hecho el primer
esbozo de Mickey Mouse, él había representado ante sus dibujantes
todos los papeles de Blancanieves y los siete enanitos para que estos
supieran cómo quería que hablaran y se movieran sus personajes, él
subía a las atracciones de su parque temático en Los Ángeles para
cronometrar la duración de los viajes y asegurarse de que la experiencia
era perfecta. Pero estaba seguro de que era algo más que un artista y un
patrón de empresa (la ambivalencia entre las dos cosas también le
atormentó): creía ser un visionario tecnológico, un gran ideólogo, el
fundador de toda una cultura.