LO POLÍTICO Y SUS NEGACIONES
Si el concepto de hegemonía permite comprender la estructura elemental de la dominación
ideológica, la pregunta que cabe hacer es entonces la siguiente: ¿estamos condenados a
movernos exclusivamente dentro del espacio de la hegemonía o podemos, al menos
provisionalmente, interrumpir su mecanismo? Según Jacques Ranciere, este tipo de
subversión no sólo suele darse, sino que constituye el núcleo mismo de la política, del
acontecimiento verdaderamente político.
Pero, ¿qué es, para Ranciere, lo verdaderamente político?' Un fenómeno que apareció, por
primera vez, en la Antigua Grecia, cuando los pertenecientes al demos (aquellos sin un
lugar claramente definido en la jerarquía de la estructura social) no sólo exigieron que su
voz se oyera frente a los gobernantes, frente a los que ejercían el control social; esto es, no
sólo protestaron contra la injusticia (le tort) que padecían y exigieron ser oídos, formar
parte de la esfera pública en pie de igualdad con la oligarquía y la aristocracia dominantes,
sino que, ellos, los excluidos, los que no tenían un lugar fijo en el entramado social, se
postularon como los representantes, los portavoces, de la sociedad en su conjunto, de la
verdadera Universalidad ("nosotros, la 'nada' que no cuenta en el orden social, sarrios el
pueblo y Todos juntos nos oponemos a aquellos que sólo defienden sus propios intereses y
privilegios"). El conflicto político, en suma, designa la tensión entre el cuerpo social
estructurado, en el que cada parte tiene su sitio, y la "parte sin parte", que desajusta ese
orden en nombre de un vacío principio de universalidad, de aquello que Balibar llama la
égaliberté, el principio de que todos los hombres son iguales en cuanto seres dotados de
palabra. La verdadera política, por tanto, trae siempre consigo una suerte de cortocircuito
entre el Universal y el Particular: la paradoja de un singulier universel, de un singular que
aparece ocupando el Universal y desestabilizando el orden operativo "natural" de las
relaciones en el cuerpo social. Esta identificación de la no-parte con el Todo, de la parte de
la sociedad sin un verdadero lugar (o que rechaza la subordinación que le ha sido asignada),
con el Universal, es el ademán elemental de la politización, que reaparece en todos los
grandes acontecimientos democráticos, desde la Revolución francesa (cuando el Tercer
Estado se proclamó idéntico a la nación, frente a la aristocracia y el clero), hasta la caída
del socialismo europeo (cuando los "foros" disidentes se proclamaron representantes de
toda la sociedad, frente a la nomenklatura del partido). En este sentido, "política" y
"democracia" son sinónimos: el objetivo principal de la política antidemocrática es y
siempre ha sido, por definición, la despolitización, es decir, la exigencia innegociable de
que las cosas "vuelvan a la normalidad", que cada cual ocupe su lugar... La verdadera lucha
política, como explica Ranciere contrastando a Habermas, no consiste en una discusión
racional entre intereses múltiples, sino que es la lucha paralela por conseguir hacer oír la
propia voz y que sea reconocida como la voz de un interlocutor legítimo. Cuando los
"excluidos", ya sean demos griego u obreros polacos, protestan contra la élite dominante
(aristocracia o nomenklatura), la verdadera apuesta no está en las reivindicaciones
explícitas (aumentos salariales, mejores condiciones de trabajo...), sino en el derecho
fundamental a ser escuchados y reconocidos como iguales en la discusión. (En Polonia, la
nomenklatura perdió el pulso cuando reconoció a Solidaridad como interlocutor legítimo.)
Estas repentinas intrusiones de la verdadera política comprometen aquello que Ranciere
llama el orden policial, el orden social preconstituido en el que cada parte tiene un sitio
asignado. Ciertamente, como señala Ranciere, la línea de demarcación entre policía y
política es siempre difusa y controvertida: en la tradición marxista, por ejemplo, el
proletariado puede entenderse como la subjetivación de la "parte sin-parte", que hace de la
injusticia sufrida ocupación de Universal y, al mismo tiempo, también puede verse como la
fuerza que hará posible la llegada de la sociedad racional post-política.
De ahí que las sociedades tribales, pre-estatales, no obstante todos sus procesos de decisión
auténticamente protodemocráticos (asamblea de todo el pueblo, deliberación, discusión y
voto colectivos) no sean aún democráticas: no porque la política suponga la auto-alienación
de la sociedad, esto es, no porque la política sea una esfera que se erige por encima de los
antagonismos sociales (como sostiene el argumento marxista clásico), sino porque la
discusión en las asambleas tribales pre-políticas procede sin la presencia de la paradoja
verdaderamente política del singulier universel, de la "parte sin parte" que se postule como
sustituto inmediato de la universalidad como tal.
A veces, el paso desde lo verdaderamente político a lo policial puede consistir tan sólo en
sustituir un artículo determinado por otro indeterminado, como en el caso de las masas
germano-orientales que se manifestaban contra el régimen comunista en los últimos días de
la RDA: primero gritaron "¡Nosotros somos EL pueblo!" ("Wir sind das Volk!"), realizando
así el acto de la politización en su forma más pura (ellos, los excluidos, el "residuo"
contrarrevolucionario excluido del Pueblo oficial, sin hueco en el espacio oficial -o, mejor
dicho, con el que les asignaba el poder oficial con epítetos como "contrarrevolucionarios",
"hooligans" o, en el mejor de los casos, "víctimas de la propaganda burguesa"-, ellos,
precisamente, reivindicaron la representación DEL pueblo, de "todos"); pero, al cabo de
unos días, el eslogan pasó a ser" ¡Nosotros somos UN pueblo!" ("Wir sind ein Volk!"),
marcando así el rápido cierre de esa apertura hacia la verdadera política; el empuje
democrático quedaba reconducido hacia el proyecto de reunificación alemana y se
adentraba así en el orden policiaco/político liberal-capitalista de la Alemania occidental.
Son varias las negaciones que de este momento político, de esta verdadera lógica del
conflicto político, pueden darse:
-La archi-política: los intentos "comunitaristas" de definir un espacio social orgánicamente
estructurado, tradicional y homogéneo que no deje resquicios desde los que pueda emerger
el momento/acontecimiento político.
-La para-política: el intento de despolitizar la política (llevándola a la lógica policiaca): se
acepta el conflicto político pero se reformula como una competición entre partidos y/o
actores autorizados que, dentro del espacio de la representatividad, aspiran a ocupar
(temporalmente) el poder ejecutivo (esta para-política ha conocido, como es sabido,
sucesivas versiones a lo largo de la historia: la principal ruptura es aquella entre su
formulación clásica y la moderna u hobbesiana centrada en la problemática del contrato
social, de la alienación de los derechos individuales ante la emergencia del poder soberano.
(La ética de Habermas o la de Rawls representan, quizás, los últimos vestigios filosóficos
de esta actitud: el intento de eliminar el antagonismo de la política ciñéndose a unas reglas
claras que permitirían evitar que el proceso de discusión llegue a ser verdaderamente
político);
-La meta-política marxista (o socialista utópica): reconoce plenamente la existencia del
conflicto político, pero como un teatro de sombras chinas en el que se reflejan
acontecimientos que en verdad pertenecerían a otro escenario (el de los procesos
económicos): el fin último de la "verdadera" política sería, por tanto, su auto-anulación, la
transformación de la "administración de los pueblos" en una "administración de las cosas"
dentro de un orden racional absolutamente autotransparente regido por la Voluntad
colectiva. (El marxismo, en realidad, es más ambiguo, porque el concepto de "economía
política" permite el ademán opuesto de introducir la política en el corazón mismo de la
economía, es decir, denunciar el 'carácter "apolítico" de los procesos económicos como la
máxima ilusión ideológica. La lucha de clases no "expresa" ninguna contradicción
económica objetiva, sino que es la forma de existencia de estas contradicciones);
-Podríamos definir la cuarta forma de negación, la más insidiosa y radical (y que Ranciere
no menciona), como ultrapolítica: el intento de despolitizar el conflicto extremándolo
mediante la militarización directa de la política, es decir, reformulando la política como una
guerra entre "nosotros" y "ellos", nuestro Enemigo, eliminando cualquier terreno
compartido en el que desarrollar el conflicto simbólico (resulta muy significativo que, en
lugar de lucha de clase, la derecha radical hable de guerra entre clases (o entre los sexos).
Cada uno de estos cuatro supuestos representan otros tantos intemos de neurralizar la
dimensión propiamente traumática de lo político: eso que apareció en la Antigua Grecia
con el nombre de demos para reclamar sus derechos. La filosofía política, desde su origen
(desde La República de Platón) hasta el reciente renacer de la "filosofía política" liberal, ha
venido siendo un esfuerzo por anular la fuerza desestabilizadora de lo político, por negarla
y/o regularla de una manera u otra y favorecer así el retomo a un cuerpo social pre-político,
por fijar las reglas de la competición política, etc.
El marco metafórico que usemos para comprender el proceso político no es, por tanto"
nunca inocente o neutral: "esquematiza" el significado concreto de la política. La ultra-
política recurre al modelo bélico: la política es entonces una forma de guerra social, una
relación con el enemigo, con "ellos". La archi-política opta por el modelo médico: la
sociedad es entonces un cuerpo compuesto, un organismo, y las divisiones sociales son las
enfermedades de ese organismo, aquello contra lo que hay que luchar; nuestro enemigo es
una intrusión cancerígena, un parásito pestilente, que debe ser exterminado para recuperar
la salud del cuerpo social. La para-política usa el modelo de la competición agonística, que,
como en una manifestación deportiva, se rige por determinadas normas aceptadas por
todos. La meta-política recurre al modelo del procedimiento instrumental técnico-científico,
mientras que la post-política acude al modelo de la negociación empresarial y del
compromiso estratégico.