Historia de la Antigua Grecia
Historia de la Antigua Grecia
800 a.C. Los poemas homéricos adquieren forma final. Se conforma el alfabeto griego. Se inician
los Juegos Olímpicos (776 a.C., año "0" del calendario griego). Hombres de Corinto crean la
colonia de Siracusa, en Sicilia (734 a.C.).
700 a.C. Invento de la lucha en falange (falanx), una formación cerrada de soldados de infantería,
fuertemente acorazados, conocidos como hoplitas —de soldado (oplítis), armamento (oplismós),
arma (óplon), armería (oplopolíon)—. El poder de esos soldados acaba con muchos gobiernos
aristocráticos (aristokratikós, de aristós, elemento prefijal que entra en la formación de palabras
con el significado de "excelente", el "mejor", ykratos, "poder") y oligárquías (singular, oligarjía,
de olígo, elemento prefijal que entra en la formación de palabras con el significado de "pocos",
y arjís, autoridad, o sea "el gobierno de unos pocos") en las ciudades griegas. Nuevos gobernantes,
llamados "tiranos", campeones de los hoplitas, gobiernan muchas ciudades entre los años 650 y 500
a.C.
621 a.C. Dracón de Atenas redacta un código, famoso por su extrema sveridad.
600 a.C. Los griegos usan por primera vez la acuñación de monedas, un invento (no griego) de los
lidios, en Asia Menor.
Siglo VI a.C. (principios de los años 500). Se inicia la colonización griega en España. Fundación
de Empórion (Ampurias). Safo, una mujer de Lesbos, escribe poesía exquisita que todavía podemos
leer hoy. Se crea la filosofía. Pitágoras explora las matemáticas. Se trazan los primeros mapas
griegos. Se plantean inteligentes especulaciones sobre astronomía y física que emanan de la
llamada escuela jónica de filosofía.
530.A.C. El griego masaliota ("marsellés") Eutímenes navega por el Atlántico y la costa occidental
de África donde encuentra a un río infestado de cocodrilos.
Década del 490 a.C. Atenas contribuye al inútil intento de los griegos de Asia Menor por librarse
del gobierno persa. Atenienses y jonios incendian Sardes (498). En venganza, la Persia
Aqueménida saquea Mileto (494) y ataca a Atenas. Es el comienzo de la Primera Guerra Médica.
En Maratón (a menos de 40 km de Atenas), el 13 de septiembre del año 490 a.C., los persas de
Darío I fueron derrotados completamente por los hoplitas atenienses al mando del estratega
Milcíades (540-489 a.C.) que, entonados por sus cantos de guerra (peán) y el ritmo de las flautas,
no esperaron los refuerzos espartanos para entrar en batalla. Murieron 6.400 persas, mientras que
los atenienses sólo perdieron 192 hombres. Un mensajero especial, el veloz hoplita Filípedes, corrió
hasta Atenas con las noticias de la victoria para evitar la autodestrucción de la ciudad —planeada
en caso de derrota—. ¡Fue la primera maratón! Nacimiento de Zenón de Elea y Empedócles de
Agrigento.
480-479 a.C. Segunda Guerra Médica. La gran invasión de Jerjes I al mando de unos ciento
ochenta mil hombres y 800 naves es aplastada por mar en Salamina y por tierra en Platea.
477-455 a.C. Tercera Guerra Médica. Comienza cuando Atenas dirige una nueva alianza contra
Persia y finaliza cuando una flota ateniense intenta dominar Egipto, pero queda varada y es
capturada cuando los persas cortan el agua que le permite flotar en el delta del Nilo.
461 a.C. Pericles inicia su brillante carrera como estratega y gobernante de Atenas la que durará
más de treinta años.
460-446.a.C. Primera Guerra del Peloponeso, que termina en empate, entre Esparta y Atenas, cada
uno con sus aliados.
Mediados y finales de los años 400 a.C. Era de los grandes dramaturgos atenienses. Atenas obliga
o anima a muchos aliados a adoptar ladimokratía.
449-448 a.C. La segunda Guerra del Peloponeso comenzó cuando Esparta arrebató Delfos a Focea
y la hizo independiente. Atenas rápidamente la reconquistó para los focenses.
447 a.C. Se inicia la construcción del Partenón y poco después la de los Propileos, o entrada
monumental de mármol, todavía más impresionante.
431-404 a.C. Esparta, al ver la debilidad militar de Atenas, inicia nuevas hostilidades. Tucídides
consideró la guerra del 431-421 (la guerra comenzada por el rey espartano Arquídamos II) y la del
414-404 (la guerra decelia o guerra jónica) como si en realidad formaran una sola y a ésta la llamó
Gran Guerra del Peloponeso. La historia incompleta de Tucídides cubre el período hasta 410.
Luego del gran esfuerzo de Atenas contra Sicilia (415), pierde su fuerza de invasión (413) y
Esparta y sus aliados la obligan a capitular (404).
401-400 a.C. Hegemonía espartana en Grecia. Darío II de Persia fue sucedido en el 404 por su hijo
mayor Artajerjes II. Ciro, uno de los hijos menores, reclutó diez mil mercenarios (eparatoi) griegos
en Asia Menor y marchó contra sus hermanos. En la batalla de Cunaxa cayó muerto, y los griegos,
uno de cuyos jefe era el ateniense Jenofonte, con grandes dificultades regresaron al Ponto Euxino
(mar Negro) hacia el 400.
400-394 a.C. Escaramuzas entre griegos y persas que concluye con un contundente ataque de
Agesilao, rey de Esparta que asola el territorio persa.
370-362 a.C. Guerra entre Tebas y Esparta que finalizan con la batalla de Mantinea y la muerte del
estratega tebano Epaminondas. Aunque la victoria fue para Esparta, ésta queda muy debilitada.
351 a.C. Demóstenes, el mejor orador de Grecia, pronuncia su Primera Filípica contra el
imperialismo macedónico de Filipo II (382-338 a.C.).
336 a.C. Alejandro III hereda Macedonia y Grecia. Tiene 20 años y mide 1,50 m de estatura (unos
centímetros menos que Bonaparte). «Sólo es un muchacho», se burlaron sus enemigos griegos y
persas.
333-331 a.C. El rey persa Darío III es derrotado en Isos y Arbela (Gaugamela) y alejandro se
apodera del Imperio persa y funda decenas de ciudades que llevarán su nombre, entre ellas la
Alejandría de Egipto.
326 a.C. Alejandro conquista el Punjab en el noroeste de la India y vence al rey Poro en la batalla
del río Hidaspes (mayo).
323. A.C. Alejandro muere en Babilonia, poco tiempo después de regresar de la India. Sus
generales se dividen el imperio. Seleuco y sus descendientes consiguieron Asia; Ptolomeo y su
familia Egipto y la esplendorosa Alejandría. Helenización del Oriente.
230 a.C. Eratóstenes calcula la circunferencia terrestre, hace un mapa del mundo y perfecciona el
calendario. Muere Aristarco de Samos.
134 a.C. El astrónomo Hiparco de Nicea (190-120) elabora un detallado mapa estelar y un catálogo
de ochocientos cincuenta estrellas.
Décadas 40-30 a.C. Cleopatra VII, última descendiente de los Ptolomeos, pierde su reino a manos
de Roma.
LA DEMOCRACIA ATENIENSE
Los tiranos
Las tiranías griegas no se pueden comparar con las contemporáneas suscitadas en Asia, África o
América Latina. Por el contrario, la era de los tiranos griegos (650-500) destaca por los avances
logrados en la civilización helénica. El título de tirano (tírannos, tirannikós) implicaba el acceso
ilegal al poder, no el abuso del mismo. En general, tiranos como Periandro de Corinto (reinó entre
627-586), que fue uno de los Siete Sabios de Grecia, Gelón de Siracusa y Polícrates de Samos
(reinó entre 535-522) fueron gobernantes sabios y populares.
La Atenas de Pericles
Pericles (495-429 a.C.), político ateniense y paradigma demócratico, tuvo una importancia tan
grande en la historia de Atenas que con frecuencia se denomina el siglo de Pericles al período de su
mandato.
Su padre, Jantipo, fue comandante del Ejército y venció a los persas en Micala en el 479 a.C. Los
dos profesores de Pericles, el sofista y maestro de música ateniense Damón y el filósofo jonio
Anaxágoras, influyeron de forma destacada en su formación.
Durante toda su vida estuvo patente su dignidad y reserva, pero obtuvo el reconocimiento de la
mayoría de los atenienses a través de su elocuencia, sagacidad, honradez y patriotismo. Entre sus
amigos se encontraban el dramaturgo Sófocles, el historiador Heródoto, el escultor Fidias y el
sofista Protágoras; su amante fue Aspasía de Mileto, una mujer famosa por su cultura.
Desde su cargo de estratega, magistratura para la que fue reiteradamente elegido como jefe de los
demócratas, Pericles intentó que todos los ciudadanos atenienses participaran en el gobierno.
Introdujo el pago a cambio de los servicios al Estado y que se eligiera a los miembros del consejo
por sorteo entre todos los ciudadanos atenienses. También contribuyó a consolidar y extender la
hegemonía ateniense. Bajo la Liga de Delos, formada como defensa contra las agresiones de Persia,
los atenienses fueron los líderes de la gran fuerza naval que se creó, incluyendo bien como aliados
o como súbditos a casi todas las islas importantes del mar Egeo y muchas ciudades del norte.
Cuando el líder aristocrático Cimón, quien prefirió la amistad de Esparta, fue condenado al
ostracismo en el 461 a.C., Pericles se convirtió en líder indiscutible de Atenas durante quince años.
Levantó a ésta a expensas de las ciudades-estado súbditas.
Con la gran riqueza que entró en la tesorería, Pericles restauró los templos destruidos por los persas
y construyó muchos edificios nuevos, el más espléndido de los cuales fue el Partenón, en la
Acrópolis. Este edificio proporcionó trabajo a los ciudadanos más pobres e hizo de Atenas la
ciudad más magnífica de su época.
Bajo el mando de Pericles, Atenas se convirtió en un centro importante para la literatura y el arte.
Su supremacía despertó los celos de otras ciudades-estado griegas, en particular de Esparta, gran
enemiga de Atenas. Las ciudades temían el proyecto hegemónico de Pericles y trataron de derribar
la dominación ateniense. Después de estallar la gran guerra del Peloponeso en el 431 a.C., Pericles
reunió a los residentes del Ática en Atenas y permitió que el Ejército peloponesio asolara las
distintas zonas del país.
El año siguiente estalló la peste en la superpoblada ciudad, lo que acabó con la confianza popular.
Pericles fue destituido de su cargo, juzgado y multado por malversación de fondos públicos, pero
fue reelegido estratega en el 429 a.C. Poco después murió a causa de la propia peste.
LOS RIGORES DE LA SOCIEDAD ESPARTANA
Esparta, también Lacedemonia, la ciudad griega más importante del Peloponeso durante la
Antigüedad, estaba situada en la orilla derecha del río Eurotas, a 32,5 km del mar, en las laderas del
monte Taigeto. La antigua ciudad, incluso en sus días más prósperos, sólo era un grupo de cinco
pueblos con casas simples y algunos edificios públicos. Los pasos que conducían al valle del
Eurotas se defendían con facilidad y Esparta no tuvo murallas hasta finales del siglo IV a.C. Por
eso, los espartanos se ufanaban diciendo que las únicas murallas que tenía Esparta eran los escudos
de sus guerreros.
Los espartanos despreciaban las comodidades, las comidas elaboradas y sabrosas, las prendas de
vestir suaves, las palabras inútiles y las nuevas ideas llegadas de Jonia y el Ática, no cultivando
ningún arte. En Occidente, Roma, primero, y Prusia, mucho más tarde, heredaron esa tradición que
habla de la "vida espartana", sinónimo de vida rigurosa y disciplinada, y del orador lacónico
(lakonikós)", aquel que es breve, conciso, que expresa el pensamiento con pocas palabras. Laconia
y Lacedemonia, lacónico y lacedemón son sinónimos de la misma región sureña del Peloponeso.
Los habitantes de Esparta estaban divididos en ilotas (esclavos), quienes realizaban todos los
trabajos agrícolas; periecos, una clase sometida de hombres libres pero sin derechos políticos, que
principalmente eran comerciantes; y los ciudadanos espartanos (homoioi o iguales), la clase
gobernante política y militar, descendientes de los dorios que invadieron la zona en el 1100 a.C.
A los niños espartanos se los criaba severamente para que fueran los soldados más fuertes y
valientes de Grecia. También a las niñas se las entrenaba para que fueran resistentes y tuvieran
hijos guerreros. Los espartanos estaban concientizados de que el ejército era el instrumento
principal de su supervivencia tanto para enfrentar al peligro externo (invasiones de Atenas, Tebas o
Persia) como al interno (rebeliones de ilotas o periecos) y, en consecuencia, no había nada más
importante que la vida militar.
El riguroso entrenamiento de un espartano comenzaba antes del nacimiento, pues las madres en
gestación debían realizar duros ejercicios para conseguir que sus hijos fueran robustos y bien
formados. A los niños que nacían con defectos físicos se los mataba inmediatamente arrojándolos
desde las laderas del Taigeto. Se fomentaban las peleas entre niños desde la más temprana infancia,
siempre que no fuera por odio sino como una forma de deporte o entretenimiento. La pelea debía
interrumpirse cuando así lo ordenaba un ciudadano. Si un chico se quejaba de que otro le había
pegado, su padre le daba una paliza.
Los niños eran enviados a los siete años a una escuela de entrenamiento del ejército y no volverían
más a sus casas durante décadas. En esa reclusión aprendían a leer y a escribir, pero manejar las
armas era lo más importante. También recibían lecciones de danza para mantenerse ágiles y fuertes.
Los niños reclutas no recibían suficiente comida y salían a robarla de las granjas cercanas. Si eran
descubiertos, eran castigados por sus preceptores, no por robar sino por dejarse atrapar. Esto
también formaba parte del entrenamiento de los cadetes, para que de soldados supieran soportar el
hambre y buscarse provisiones.
Descalzos, cubiertos con una fina túnica, tanto en verano como en invierno, aprendían a dominar el
sufrimiento, el hambre, el intenso frío y el intenso calor. Las marchas de instrucción y las
maniobras bélicas eran agotadoras y sólo un individuo forjado en los rigores desde la niñez era
capaz de salir con vida de ellas.
Entraban en las filas del ejército a los veinte. Aunque podían casarse, estaban obligados a vivir en
los cuarteles hasta los treinta años; desde los veinte años hasta los sesenta, todos los espartanos
tenían que servir como hoplitas (soldados de a pie) y comer en la fiditia (comedor público).
Los hoplitas lacedemonios llevaban yelmo (cubría la cara exceptos los ojos y una angosta franja
central por debajo de la nariz para respirar), grebas y escudo de bronce y coraza de lienzo, e iban
armados con la larga lanza de carga, una espada corta, un manto escarlata —símbolo del
militarismo espartano—, y descalzos (sus pies curtidos en miles de marchas a la intemperie en
verano e invierno desde los siete años eran más resistentes que el calzado más sólido).
Valor y cobardía
Los espartanos consideraban el valor como la mayor de las virtudes y la cobardía como el peor de
los vicios. Este principio se inculcaba a los niños desde su más tierna edad. La madre espartana,
concientizada de este deber sagrado, acostumbraba a despedir a su hijo que iba hacia la batalla con
esta frase: «Con esto (el escudo) o sobre esto». Si un hoplita se veía obligado a huir del combate, lo
primero que abandonaba era su pesado escudo redondo de origen dorio.; en cambio, cuando se
retiraba a los muertos del campo de batalla, se los transportaba de vuelta a Esparta sobre su propio
escudo.
Organización militar
Según Jenofonte, los hoplitas espartanos estaban organizados en companías. Cada companía
(enomotía) estaba mandada por un enomotarca (enomotárjis). Las companías se juntaban para
formar grupos de cincuenta (pendikostíes), cada uno con su propio jefe (pendekonter). Dos grupos
de cincuenta formaban un lójos, la unidad táctica más pequeña del ejército. Ellójos estaba mandado
por un lojagós (en el ejército griego moderno este grado es equivalente al de capitán). El ejército
espartano se componía de seis divisiones. Cada división (mora) estaba mandada por un polemarca
(polemárjis) y constataba de cuatro lóji.
Herodoto de Halicarnaso, escribió sus nueve libros que son una especie de historia universal,
centrada en la civilización de Persia y constituyen la principal fuente para el estudio de las guerras
médicas y de los pueblos involucrados en ellas. Esta obra parece escrita más por un etnógrafo que
por un historiador. Sin embargo, gracias al llamado «padre de la historia» conocemos aspectos
elementales de la cultura del antiguo Irán, ya que los anales aqueménidas son escasos e
irrelevantes.
Las tres guerras entre los persas —llamados midoi, medos en griego— produjo una abundante y
riquísima literatura que se prolongó hasta el siglo XX.
El intercambio entre griegos y persas durante los siglos V y IV a.C. fue muy fluído. Arquitectos,
eruditos y médicos de todas las ciudades de la Hélade estuvieron al servicio de la corte
aqueménida, y la participación de soldados griegos en el ejército persa no fue menos importante.
Recordemos a Demarato, rey de Esparta (510-491 a.C.) que acompañó a Jerjes en calidad de asesor
militar durante la segunda guerra médica (481-480). En esa misma campaña, la reina Artemisia de
Halicarnaso y Kos se unió a los persas con su flota y combatió tan valerosamente en la batalla naval
de Salamina que Jerjes se vio obligado a reconocer que aquel día «los hombres habían luchado
como mujeres y las mujeres como hombres». En su honor y memoria, varios navíos de la marina
iraní han ostentado el nombre de «Artemiz» hasta nuestros días.
A través de dos obras fundamentales del historiador y filósofo Xenofón o Jenofonte (430-355)
podemos evaluar el patrimonio común de griegos y persas. En su «Anábasis» (en griego: el
remontar, en sentido de expedición) narra su experiencia personal junto a trece mil mercenarios
griegos que se unieron al ejército persa de Ciro el Joven en su lucha por el trono contra su hermano
mayor Artajerjes, la batalla de Cunaxa, y su conversión de simple soldado a experimentado
estratega logrando la milagrosa retirada ("de los diez mil") que trajo de vuelta a casa a unos siete
mil supervivientes. En su «Ciropedia» Jenofonte alaba las virtudes y méritos de Ciro el Grande y
las características de la civilización persa brindando noticias bastantes precisas de un mundo poco
conocido aún hoy día.
Jerjes era el segundo déspota persa que invadía Grecia. Diez años antes, en 490 a.C., Darío, padre
de Jerjes, había enviado una expedición para castigar a Atenas por su participación en la fracasada
sublevación de las ciudades griegas de Jonia, poco tiempo antes avasalladas por el Imperio persa.
Los atenienses conjuraron la amenaza en la batalla de Maratón, empujando al Ejército de Darío
hacia el mar. Ahora, Jerjes se disponía a vengar la afrenta al orgullo de su desaparecido padre. Para
realizar la invasión con una fuerza poderosa Jerjes echó mano de todos los recursos de su reino.
«Durante cuatro años —dice Heródoto— se reclutaron tropas y se prepararon provisiones y
equipos». Instaló depósitos de abastecimientos a lo largo de la ruta que proyectaba seguir. Miles de
súbditos trabajaron bajo el látigo abriendo un canal en el istmo de Athos. Envió delegados a todas
las ciudades griegas, menos Atenas y Esparta, para exigir las habituales pruebas de sometimiento:
tierra y agua.
Jerjes reunió unos 180.000 hombres y 800 trirremes. Cuando todo estuvo listo Jerjes condujo sus
legiones desde Asia a Europa a través de dos puentes flotantes tendidos sobre el Helesponto. Los
puentes tendidos medían más de 1.500 metros. Uno fue construido por los egipcios y el otro por los
fenicios. Apenas terminados, una violenta tempestad los deshizo. Jerjes se irritó sobremanera y
ordenó que el estrecho del Helesponto recibiera 300 azotes y que se arrojaran en él dos grilletes.
Ordenó también que los responsables de la construcción fueran decapitados. La insensata orden fue
cumplida, y otros ingenieros se encargaron d elas obras. Esta vez unieron las barcazas con cuerdas
dobles, y los puentes se mantuvieron firmes. Entonces, Jerjes tomó una copa de oro, vertió vino en
el mar y, vuelto el rostro hacia el sol naciente, oró para que nada impidiera cosnumar la conquista
de Europa. Arrojó luego la copa a las aguas y el Ejército comenzó a cruzar el estrecho.
Desde un trono de mármol, en lo alto de la colina, observó Jerjes la marcha del Ejército. El cruce
requirió siete días con sus noches. El Elército de Jerjes ofrecía un espectáculo impresionante al
bajar por las montañas de Asia para ganar la costa, cruzar el puente de barcas y penetrar en Europa.
Toda la humanidad parecía haberse unido para destruir Grecia. Iban juntos medos y persas tocados
con blandos sombreros redondos; escitas del Caspio, la cabeza cubierta con puntiagudos sombreros
de cuero y blandiendo hachas; árabes en sus camellos; guerreros de Tracia con gorros d epiel de
zorro; indios armados con arcos de caña y flechas; etíopes de tez oscura cubiertos con pieles de
leopardo. Pero entre todos esos guerreros, los persas eran los mejores y los mejor equipados.
Relumbrantes con sus adornos de oro, traían consigo a sus mujeres y sus servidores en carruajes
provistos de todo lo necesario para el viaje, y los acompañaban camellos y mulas con alimentos
especiales.
Ya en la orilla opuesta, el monarca persa ordenó un desfile general de sus tropas, y tal fue su
emoción que llamando a Demaratos, renegado espartano adscripto a su séquito, le dijo: Dime, ¿se
atreverán los griegos a levantar la mano contra mí? Demaratos le contestó: Señor, bajo ninguna
circunstancia aceptarán los espartanos condiciones que signifiquen su esclavitud; combatirán
contra vuestro Ejército aunque el resto del país se someta. Son libres, sí, pero no enteramente:
tienen un señor, y ese señor es la ley, a la que temen mucho más de lo que os temen vuestros
súbditos. Sin inquietarse por estas serias advertencias, Jerjes inició su larga marcha a través de
Grecia. Avanzando a la par, la Armada navegaba cerca de la costa y el Ejército seguía por la ribera.
Sin hallar resistencia atravesaron Tracia, que ya era parte de los dominios de Jerjes, y cruzaron
Macedonia y Tesalia.
El Oráculo de Delfos, centro principal de la predicción del futuro, aconsejó a los atenienses que
depositaran su confianza en la "muralla de madera". Algunos lo interpretaron como una ausión a la
Acrópolis, que había estado rodeada de un cerco de troncos espinosos, pero otros, incluido el nuevo
líder ateniense Temístocles, convencidos de que la muralla de madera aludía a las naves, decidieron
alistar la flota.
En el istmo de Corinto, la lengua de tierra que une a la península del Peloponeso con el resto de
Grecia, los representantes de 31 ciudades-estados, entre ellas Atenas y Esparta, formaron una
alianza. Convinieron presentar batalla en el desfiladero de las Termópilas, donde las montañas caen
a plomo hacia el mar, y en enviar una flota a Artemisium, junto a la isla de Eubea, para interceptar
a la Armada persa. El comando de la alianza fue confiado a los espartanos, pero en lo íntimo de su
corazón éstos solo pensaban en salvar el Peloponeso. Sólo como un gesto enviaron a uno de sus
reyes, Leónidas I, con 1.400 hombres, de los cuales sólo 300 eran espartanos.
Antes de salir de Esparta, los trescientos lacedemonios celebraron sus propios funerales con juegos
solemnes. Al despedirse de Leónidas, le preguntó su mujer: ¿Qué encargo me dejas? —Te dejo,
respondió, el de casarte con un valiente digno de mí, y que te haga madre de hijos que mueran por
la patria.
Asombrado que algunos griegos se preparaban para resistir en las Termópilas, Jerjes envió a un
espía persa para que vigilara al enemigo. Las tropas que éste vio resultaron ser los espartanos,
algunos de los cuales hacían ejercicios y otros se peinaban, según lo hacían siempre los espartanos
antes de enfrentar la muerte.
Las novedades confundieron a Jerjes, que no podía comprender que una fuerza tan pequeña pudiera
oponerse a su Ejército. Envió el rey de reyes un mensajero a los espartanos con esta frase
: Entreguen las armas. Leónidas respondió: Ven a tomarlas. Jerjes aguardó cuatro días a la espera
de que los griegos cambiasen de actitud y huyeran; finalmente el quinto día hizo avanzar a sus
tropas con la orden de capturar vivos a los griegos y traerlos a su presencia.
Los centinelas anunciaron entonces a Leónidas: Ya tenemos a los persas encima. —Antes
bien, repuso el rey espartano, los tenemos debajo. Los espartanos, tespios y otros aliados repelieron
todos los asaltos, incluso el de los "diez mil inmortales", el cuerpo de élite de Jerjes considerado
"invencible", e hicieron ver claramente al orgulloso monarca persa, que tenía en su Ejército muchos
hombres pero pocos soldados. Una y otra vez durante dos largos días los batallones de Jerjes
atacaron a los defensores del paso sin lograr romper sus líneas.
Al séptimo día un traidor griego, Efialtes, explicó a Jerjes cómo sorprender a los espartanos por la
retaguardia. Supo entonces el déspota persa de un sendero secreto que atravesaba la montaña, y en
horas de la noche envió a guerreros escogidos para que atacaran a los espartanos por la retaguardia.
Por orden de Leónidas la mayoría de las tropas confederadas se dispersaron, y sólo quedaron 700
tespios para apoyar a sus 300 espartanos en la resistencia final. La ley decía a los espartanos: Morid
primero que abandonar el puesto de batalla. Como era su costumbre, éstos se prepararon para la
muerte en absoluta calma y tuvieron su última comida cerca del amanecer: Entonces Leónidas les
dijo: Esta noche estaremos cenando con Hades.
La refriega comenzó con una lluvia de dardos y flechas provenientes de los arqueros persas. Un
hoplita exclamó en ese momento de desolación: Los persas lanzan tantas flechas que obscurecerán
al sol. Leónidas contestó lacónicamente: Mejor, así combatiremos a la sombra.
El Ejército persa se adelantó para atacar, sabiendo que los griegos no tenían escapatoria. Los
comandantes persas descargaban los látigos, azuzando a sus hombres sin misericordia. Muchos
cayeron al amr y se ahogaron; muchos más fueron arrollados y muertos a pisotones por sus
compañeros. Nadie pudo contar el número de muertos.
Los griegos lucharon con temeraria desesperación. Con casi todas sus lanzas quebradas, mataban a
los persas con la espada. Léonidas cayó tras luchar como un héroe. Sucedió una enconada pugna
por la posesión de su cadáver; cuatro veces rechazaron los griegos al enemigo y finalmente, gracias
a su arrojo lograron rescatarlo. Y así continuó el combate hasta que llegaron tropas persas de
refresco.
Los griegos se retiraron hasta la parte más estrecha del desfiladero, donde formaron un único y
compacto grupo de combatientes. Allí resistieron hasta el último hombre, con la espada si aún la
tenían, y si no con manos y dientes, hasta que finalmente, los persas los aplastaron.
Los muertos fueron enterrados donde habían caído, y más tarde los griegos colocaron sobre la
tumba un epitafio que decía así: «Extranjero, ve a decir a Esparta que aquí yacemos por obedecer
sus leyes».
A pesar de haberse escrito miles de libros y biografías en occidente sobre el estratega macedonio
Alejandro el Grande o Magno (356-323), llamado en griego O Megas Alexandrou «O Mégas
Aléxandros» (El Gran Alejandro), en casi ninguno podemos encontrar que los musulmanes
reconocen en él a un profeta de Allah (Dios).
Efectivamente, numerosos y prestigiosos sabios islámicos persas como el médico y filósofo
Avicena (980-1037), los teólogos al-Zamjshari (1074-1144) y Fajruddín ar-Razi (1150-1210), el
médico y filósofo andalusí Ibn al-Jatib (1313-1375) y el historiador tunecino Ibn Jaldún (1332-
1406) señalan en sus tratados que el pasaje contenido en el Sagrado Corán, capítulo 18 «La
caverna», versículos 83 y 98, protagonizado por Dulqarnain (El Bicorne), se refiere a Alejandro el
Macedonio.
El islamólogo español Emilio García Gómez (1905-1995) da once explicaciones por las cuales los
musulmanes tienden a dar el epíteto de Dulqarnain (Bicorne) a Alejandro, entre ellas: «1) Porque
llegó al Oriente y al Occidente»... «5) Porque al predicar el monoteísmo le hirieron en un lado de la
cabeza y luego en otro, dejándole dos cicatrices», etc. Dulqarnain significa «el poseedor de dos
cuernos», o sea de dos extremos, o de dos imperios que, según muchos historiadores e
investigadores musulmanes y occidentales, son el de los persas y el de los griegos unidos por
Alejandro. Estos mismos especialistas aluden a la construcción por Alejandro, con la ayuda de
Dios, de una muralla férrea destinada a impedir el paso de Gog y Magog, esas personificaciones
apocalípticas de las fuerzas del mal citadas tanto en el Corán (18-94 y 21-96) como en la Biblia
(Génesis, 10-2; Ezequiel 38 y 39; Apocalipsis 20-8). Por otra parte, es muy conocida la tradición
sobre Alejandro contenida en la Biblia (Daniel, 8 al 11) que ha sido objeto de extensos comentarios
de los exégetas judíos y cristianos. Igualmente, la tradición acerca de Alejandro dentro de la
literatura judía antigua y medieval es copiosa, y ella ha sido preservada merced a escritores como
Yacob de Serugh (m. 521 d.C.) y al poeta y filósofo Ibn Gabirol (1022-1070).
Los musulmanes llaman a Alejandro en árabe y persa Iskandar. Ese nombre denomina ciudades
musulmanas, como la Alejandría de Egipto (Al-Iskandariya), la antigua Alejandreta de Siria —hoy
Iskenderum, Turquía— o la Alejandría de Aracosia —hoy Kandahar, Afganistán—, que son
algunas de las setenta metrópolis construidas desde el Nilo al Indo por el rubio y joven general
durante su marcha hacia el Oriente de veintisiete mil kilómetros, a través de la cual conquistó un
territorio de diez millones de km2 en apenas dos lustros, una hazaña jamás repetida en la historia.
También muchos historiadores y analistas suelen equivocarse al presentar los logros de Alejandro
como meras conquistas por el poder y la ambición.
Mal podía el alumno de Aristóteles y mensajero del monoteísmo judío, cristiano y musulmán
perseguir tales fines, insignificantes y ruines. Desde los primeros momentos y pese a confrontar
bélicamente en encuentros memorables (Gránico, Issos, Arbela) simpatiza con los persas que le
acogen cual un segundo Ciro. En Jerusalén, Menfis, Damasco, Babilonia, en Susa, en Ecbatana
(Hamadán) embriágase de grandeza mística y de esplendor oriental. Allí germina en su
pensamiento las intenciones más nobles: quiere unir —hasta con los lazos de la sangre— las
naciones y las razas, fundir dos mundos en uno solo. Su deseo de establecer una República
Universal fusionando los modelos griegos y persas no tiene parangón en la historia de la
humanidad. Sin duda, fue el mayor esfuerzo para establecer la concordia y la paz, procurando
multiplicar las comunicaciones y el diálogo entre los pueblos para asegurar su bienestar y erradicar
la violencia y los malentendimientos. Fue un intento de globalización pero a la inversa de la que
hoy conocemos, en la que el aparente vencedor adoptaba las tradiciones de los vencidos, lejos de
rechazarlas o demonizarlas. Adelantándose a las doctrinas de la justicia social generalizada,
Alejandro proclamó que nada grande puede hacerse en la tierra si no existen entre los hombres la
igualdad y la fraternidad, y tan inquietante cuanto novedosa y alentadora idea echó raíces firmes en
el corazón de los humildes.
En un célebre banquete multitudinario ofrecido en Opis (antigua ciudad asiria sobre la ribera
occidental del Tigris, al norte de la actual Bagdad) en el verano de 324, «con los macedonios
sentados alrededor suyo y próximos a éstos los persas, después de los cuales seguían hombres de
otras naciones», Alejandro pronunció estas palabras registradas por el historiador Flavio Arriano
(105-180): «Ahora que las guerras tocaron a su fin, os deseo que seáis felices en la paz. Que en
adelante todos los mortales vivan como un solo pueblo, unidos en procura de la felicidad general.
Considerad al mundo entero como vuestra patria, regida por leyes comunes, donde han de
gobernar los excelentes sin distingo de razas. No separo a los hombres, según hacen los estrechos
de mente, en helenos y bárbaros. No me importa el origen de los ciudadanos ni la raza en que
nacieron, sino los distribuyo con el único criterio de sus merecimientos. Para mí cada buen
extranjero es un heleno y cada mal heleno es peor que un bárbaro. Cuando entre vosotros surjan
las desavenencias, no recurráis jamás a las armas, mas resolvedlas pacíficamente y, cada vez que
sea necesario, yo os serviré de árbitro. A Dios no debéis concebirlo como un gobernante
autoritario, sino como el Padre común de todos, para que así vuestro comportamiento se asemeje a
la convivencia de hermanos en el seno de una familia. Por mi parte, os tengo a todos por iguales, a
blancos y morenos, y me gustaría que no fuerais meros súbditos de mi estado comunitario, sino
más bien miembros participantes de él. En todo cuanto de mí dependa procuraré que se cumplan
estas cosas que os prometo, y el juramento que esta noche hicimos, conservadlo cual símbolo de
amor».
Es muy evidente que para Alejandro no tenía ningún sentido la clásica discriminación entre griegos
y bárbaros. En efecto, «él, primero entre todos los hombres, trascendió el estado nacional, y
trascender los estados significó trascender los cultos nacionales», tanto politeístas como
monoteístas, y con el hecho de amalgamar las religiones de Grecia, Egipto, Israel, Persia y las de
otros pueblos de Asia, preparó la sensibilidad de la gente para la recepción de la divinidad única y
común que había de ser proclamada por Jesús el Cristo que dijo: «Amad a vuestros enemigos,
haced bien y prestad sin esperanza de remuneración, y será vuestra recompensa, y seréis hijos del
Altísimo, porque El es bondadoso para con los ingratos y los malos. Sed misericordiosos, como
vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6, 27-38); y por Muhammad que ratificó el mensaje de
todos los profetas de Dios y que oportunamente aconsejó a los árabes de su tiempo: «Todos los
hombres son iguales, como los dientes de un peine; no hay superioridad del blanco sobre el negro
ni del árabe sobre el no árabe... y el mejor es el más piadoso».
Estas ideas humanitarias de Alejandro y su proyecto de fusión étnica entre griegos y persas
tuvieron su apogeo con los esponsales que se celebraron en la milenaria ciudad de Susa (Shush).
Allí se unieron Alejandro y sus amigos más íntimos con mujeres nobles persas, Alejandro desposó
a Estatira, hija del último gran rey aqueménida Darío Codomano; Hefestión con su hermana, otros
ochenta macedonios distinguidos se unieron con hijas de sangre persa e irania, y no menos de diez
mil macedonios recibieron entonces regalos de boda de manos de Alejandro. También éstos tenían
ya mujeres persas o se casaron con ellas en ocasión del matrimonio en masa. A partir de entonces,
se puede decir que la historia de Alejandro es una historia persa cuya continuación normal es el
período helenístico.
LA SABIDURÍA DE LOS GRIEGOS ANTIGUOS
La palabra filosofía es un término griego que significa amante (fílos) de la sabiduría (sofía). La
invención y el sentido de su término se atribuyen a Pitágoras, el cual, interrogado por el rey
Leontas si é era un sabio, contestó: «Yo no soy un sabio (sofos), sino un amante de la sabiduría
(filósofo)». Con ello quería expresar, modestamente, que no poseía la ciencia, pero que trabajaba
para adquirirla, insistiendo más en lo que no sabía que en lo que sabía.
Se llama, por ejemplo, filósofos griegos, antes de Sócrates o presocráticos a una pléyade de
pensadores geniales: Tales (625-546 a.C.), Anaximandro (611-547a.C.), Anaximenes (c. 570-500
a.C.), Parménides (vivió sobre el 500 a.C.), Heráclito (540-475 a.C.), Anaxágoras (500-428 a.C.),
todos ellos de lengua griega, pero que han nacido y trabajan en una satrapía del Imperio
Aqueménida de Persia, en Anatolia (en griego: la tierra de "Oriente"), en Mileto, en Éfeso, y cuyo
pensamiento se nutre de toda la cultura que irradia en torno del Creciente Fértil, y, por añadidura,
de la India.
Cuando surgió esa escuela, el mundo egeo y la península griega se relacionan sin discontinuidad ni
étnica ni cultural: por un lado, con la planicie Anatolia, a través de del collar de perlas de las
Cícladas y las espóradas, y, por el otro, a través de Rodas, Cilicia y la costa norte de Siria, con la
Mesopotamia y el Irán.
Las afinidades entre los pueblos a ambos lados del Egeo eran múltiples y cuando uno se refiere a
ellos no se puede hablar de Oriente y Occidente, ya que ese es un concepto moderno que involucra
intereses más políticos que culturales.
«De todas las miserias del hombre, la más amarga es ésta: saber tanto y no tener dominio sobre
nada.»
«Ningún hombre es tan tonto para desear la guerra y no la paz; pues en la paz, los hijos llevan a sus
padres a la tumba, y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba.»
HERODOTO DE HALICARNASO
«La ley es una telaraña que detiene las moscas y deja pasar a los pájaros.»
ANÁRCASIS
«Escucha a tus enemigos, que son los primeros en advertir tus errores.»
ANTÍSTENES
«El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.»
«La mejor manera de encontrar el hombre la felicidad es no buscarla, sino cumplir su obligación, su
deber, porque el que no busca la felicidad es el que la encuentra.»
«Hay que preferir lo que es imposible pero verosímil a lo que es posible pero inverosímil.»
ARISTÓTELES DE ESTAGIRA
ARQUÍMEDES DE SIRACUSA
«Amigos son los que en las prosperidades acuden al ser llamados y en las adversidades sin serlo.»
DEMETRIO I DE MACEDONIA
«Aunque estés solo no debes decir ni hacer nada malo. Aprende a avergonzarte más de ti que ante
los demás.»
DEMÓCRITO DE ABDERA
«Preguntaron a Tales qué era más difícil para el hombre, y contestó: "Conocerse a sí mismo".»
DIÓGENES LAERTES
«¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia.»
EPICURO DE SAMOS
«Quien siempre cede ante los demás acaba por no tener principios.»
ESOPO
ESQUILO DE ELEUSIS
EPAMINONDAS
«Habla si tienes palabras más fuertes que el silencio; sino, guarda silencio.»
EURÍPIDES DE SALAMINA
«Si después de haber vestido al desnudo le echas en cara el favor, es lo mismo que si le desnudaras
de nuevo.»
FILEMÓN
HESÍODO
«Nuestro organismo está hecho para ser nutrido de modo natural y no drogado artificalmente. Los
mejores medicamentos son nuestros alimentos.»
HIPÓCRATES DE KOS
«El hombre justo no es el que no comete ninguna injusticia, sino el que pudiendo ser injusto no
quiere serlo.»
«Son las costumbres del que habla y no sus palabras las que persuaden.»
MENANDRO
«Para que un imperio esté bien gobernado es necesario que el rey y todos los que ejercen autoridad
obedezcan a las leyes como simples individuos.»
PÍTACO DE MITILENE
«Son nuestros amigos los que nos señalan nuestras faltas, no los que nos adulan.»
«El filósofo siempre va a pie. Prefiere el bastón de la experiencia al carro rápido de la fortuna»
PITÁGORAS
PLATÓN
SÓCRATES
SÓFOCLES DE COLONA
«No aconsejes a los príncipes lo que les agrada, sino lo que les sea útil.»
SOLÓN
«La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los que todo lo han perdido la poseen
aún.»
TALES DE MILETO
TUCÍDIDES
«Recordad que la naturaleza nos ha dado dos oídos y una sola boca, para enseñarnos que más vale
oír que hablar.»
«Dichosa la ciudad donde se admira menos la hermosura de sus edificios que las virtudes de sus
habitantes.»
ZENÓN DE CITIO
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Burton (Alejandro), Frederich March (Filipo II), Harry Andrews (Darío III), Claire Bloom, Stanley Baker, Niall
MacGinnis, Barry Jones, Danielle Darrieux. Color, 135 minutos (ed. Cobi Film, Buenos Aires).