EL ENUNCIADO SEGÚN M.
BAJTIN
En la lingüística de Humboldt, luego de Vossler, la expresión se reduce al mundo
individual del hablante. El lenguaje se reduce a la necesidad del hombre de expresarse y
objetivarse a sí mismo. La esencia del lenguaje se restringe a la creatividad espiritual del
individuo. Se desvaloriza por completo la función comunicativa de la lengua que se analiza
desde el punto de vista del hablante. El papel del otro sólo se toma en cuenta en función de
ser un oyente pasivo a quien tan sólo se le asigna el papel de comprender al hablante.
Estos esquemas son una ficción científica pues se ignora que el oyente, al percibir y
comprender el significado del discurso, simultáneamente toma con respecto a éste una
activa postura de respuesta: está o no de acuerdo con el discurso, lo completa, lo aplica, se
prepara para una acción, etc. Toda comprensión de un discurso vivo, de un enunciado
viviente, tiene un carácter de respuesta; toda comprensión está preñada de respuesta y, de
una manera u otra, la genera: el oyente se convierte en hablante.
También el hablante mismo cuenta con esta activa comprensión preñada de
respuesta: no espera una idea en la cabeza ajena sino que quiere una contestación,
participación, objeción, cumplimiento; no es un primer hablante, además, cuenta con la
presencia de ciertos enunciados anteriores, suyos y ajenos, con los cuales su enunciado
establece toda suerte de relaciones. Todo enunciado es un eslabón en la cadena de otros
enunciados.
Bajtín encuentra que la palabra discurso, que puede designar tanto a la lengua como
al proceso del discurso, es decir, al habla, tanto a un enunciado separado como a toda una
serie indeterminada de enunciados, y asimismo, a todo un género discursivo (“pronunciar
un discurso”), resulta todavía un término poco estricto y determinado. Esto se explica por
estar poco elaborado el problema del enunciado y de los géneros discursivos. El discurso
sólo puede existir en la realidad en forma de enunciados concretos pertenecientes a los
hablantes o sujetos del discurso.
Las fronteras de cada enunciado como unidad de la comunicación discursiva se
determinan por el cambio de los sujetos discursivos, es decir, por la alternación de los
hablantes. Todo enunciado, desde una breve réplica de diálogo cotidiano hasta una novela o
tratado científico, posee, por así decirlo, un principio absoluto y un final absoluto. Antes del
comienzo están los enunciados de otros, después del final están los enunciados respuestas
de otros. Un hablante termina su enunciado para ceder la palabra a otro o para dar lugar a
su comprensión activa como respuesta. El enunciado no es una unidad convencional sino
real, delimitada con precisión por el cambio de los sujetos discursivos y que termina con el
hecho de ceder la palabra a otro.
La oración, como unidad de la lengua, es neutra y no posee ningún aspecto
expresivo: lo obtiene únicamente dentro de un enunciado concreto. La entonación expresiva
es un rasgo constitutivo del enunciado. No existe fuera del enunciado. Tanto la palabra
como la oración, como unidades de la lengua, carecen de entonación expresiva. Si una
palabra aislada se pronuncia con una entonación expresiva, ya no se trata de una palabra
sino de un enunciado concluso realizado en una sola palabra.
El enunciado, sus estilo y su composición, se determinan por el aspecto temático (de
objeto y de sentido) y por el aspecto expresivo, o sea por la actitud valorativa del hablante
hacia el momento temático.
El hablante, con su visión del mundo, sus valores y emociones, por una parte, y el
objeto de su discurso y el sistema de la lengua (los recursos lingüísticos), por otra, son los
aspectos que definen al enunciado, su estilo y composición.
El discurso ajeno posee una expresividad doble: la propia, que es precisamente la
ajena y la expresividad del enunciado que acoge al discurso ajeno. En todo enunciado
podemos descubrir toda una serie de discursos ajenos, semiocultos implícitos y con
diferente grado de otredad.
Un signo importante, constitutivo del enunciado, es su orientación hacia alguien, sus
propiedad de estar destinado. A diferencia de las palabras y oraciones que son
impersonales, no pertenecen a nadie y a nadie están dirigidas, el enunciado tiene autor y,
por consiguiente, una expresividad y destinatario.
La composición y estilo de un enunciado dependen de a quién está destinado, cómo
el hablante o escritor percibe o se imagina a sus destinatarios, cuál es la fuerza de su
influencia sobre el enunciado. Todo género discursivo en cada esfera de la comunicación
discursiva posee su propia concepción del destinatario, la cual lo determina como tal.
Los enunciados reflejan las condiciones y el objeto de cada una de las esferas de la
actividad humana por su contenido temático, por su estilo verbal y por la composición.
Estos tres aspectos están determinados por la especificidad de una esfera dada de
comunicación. Cada esfera del uso de la lengua elabora sus tipos de enunciados que Bajtín
llama géneros discursivos. La variedad de éstos es tan grande como la misma actividad
humana ya que en cada esfera de la praxis hay todo un repertorio de géneros discursivos los
cuales abarcan desde un diálogo cotidiano, una carta, un decreto, las manifestaciones
científicas, los géneros literarios. Estos últimos han sido objeto de estudio desde la
antigüedad en su especificidad literaria pero no se ha estudiado la naturaleza lingüística
común del enunciado que es dificultosa dada la extraña heterogeneidad de los géneros
discursivos.
Todo enunciado es individual y refleja, consecuentemente, la individualidad del
hablante, es decir, puede poseer un estilo individual. Al respecto, los géneros literarios son
los que mejor representan el estilo individual pues ésta es una de las finalidades principales
del enunciado. Los distintos géneros ofrecen distintas posibilidades para expresar lo
individual del lenguaje y varios aspectos de la individualidad
Bibliografía
Bajtín, Mijail, “El problema de los géneros discursivos” en Estética de la creación verbal,
México, Siglo XXI, 1985
Bajtín, Mijail y Tzvetan Todorov, “Théorie de l’énoncé” en Le principe dialogique, Paris,
Du Seuil, 1981