LAS VOCACIONES
ENCONTRARLAS, EXAMINARLAS,
PROBARLAS
(SEGUNDA EDICION)
Autor: EMVIN BUSUTTIL, S.I.
Traducción del italiano: por el P. RUFO
MENDIZABAL. S.I.
Edición:EL MENSAJERO DEL CORAZON
DE JESUS.
Apartado 73- BILBAO- 1961
INTRODUCCION A LA TRADUCCION
ESPAÑOLA
Con la bendición de Dios ha sido
recibido este trabajito con mucha
comprensión por parte del público italiano,
especialmente por el clero al cual estaba
destinado de modo particular.
He recibido muchos testimonios de
reconocimiento y aprobación. Un Rector de
Seminario me decía que, después de la lectura
del libro, se dolía de no haberlo leído antes
porque, por falta de método, había dejado
escapar probablemente veinte vocaciones,
salidas entre los jóvenes de su Asociación.
Una Madre maestra de novicias me dijo que
más de cinco novicias, débiles en su vocación,
se afirmaron y salvaron gracias a la lectura de
este libro. Un Padre jesuíta me decía que
bastantes almas dirigidas espiritualmente por
él, han encontrado en su lectura el empujón
más seguro para decidir su vocación. Un
Monseñor reunía semanalmente a una docena
de almas atraídas por la vida religiosa, para
explicarles poco a poco lo que se decía en mi
librito, considerando este método como el
mejor para darse plena y sólida cuenta de la
propia vocación.
No cito otros hechos para no
alargarme demasiado. Todo esto nos da a
conocer que Dios ha sido generoso en su
bendición y que se quiere servir de este libro
para ayudar eficazmente no sólo a los jóvenes
que tienen vocación sino también a sus
Directores espirituales.
Así pues, con gran gozo veo mi
trabajito traducido en lengua española. De
hecho, tal traducción le abrirá las puertas de
esa noble nación donde las vocaciones
florecen de una manera admirable y donde
otras almas podrán acudir a mis
insignificantes experiencias personales en él
descritas, y en alguna manera ser ayudadas en
el descubrimiento y fomento de las
vocaciones.
Aunque no tenía en la mente, cuando
escribi estas páginas, de un modo particular y
específico, el ambiente español, estoy seguro
de que se adaptarán completamente a la
juventud de esa nación, no sólo porque los
jóvenes son todos iguales en nobleza y
generosidad, y por una cierta afinidad entre la
mayoría de los países latinos, sino
principalmente porque el que infunde la
gracia de la vocación es el mismo Dios; uno
es el Espíritu vivificador que ilumina y mueve
las almas de los predilectos de Cristo,
elegidos para ser los continuadores e íntimos
colaboradores de la obra de la Redención.
De todo corazón doy las gracias a los
que han trabajado en esta edición española de
mi libro, especialmente a mi caro Traductor
que ha sostenido con constancia y sacrificio el
peso mayor de todo el trabajo y se ha
entregado con desinterés verdaderamente
ejemplar.
Quiera el Corazón de Jesús, por cuya
gloria únicamente se ha emprendido esta obra,
bendecirnos a todos e infundir en aquellos que
querrán leernos, un poco de su puro amor y el
sincero deseo de ayudar a las vocaciones
religiosas y sacerdotales.
Roma, fiesta de Santa Margarita María de
Alacoque, 17 octubre 1952.
Emvin Busuttil, S.I.
APUNTES DE EXPERIENCIA
PERSONAL
Este libro es un conglomerado de
experiencias personales. Por consiguiente es
inútil buscar un orden matemático o una
división clara o citas eruditas. Por ello
también tendré que hablar muchas veces de
mí mismo y de cosas relacionadas conmigo.
Expondré al lector, llana y
sencillamente, ideas, cosas y juicios sin
pretensión de hacer un texto ni de enseñar
ningún método, sino con el sincero deseo de
que estos apuntes puedan aprovechar para el
incremento de las vocaciones y para hacer
felices a tantos y tan queridos jóvenes que son
llamados por Dios a cosas grandes.
Por lo general hablo de jóvenes, pero
todo el conjunto vale también para las
jóvenes.
No nombraré a aquellos de quienes a lo largo
del libro voy hablando o citando sus cartas,
porque son contemporáneos y viven todavía.
Agradezco en todo lo que vale a los
jóvenes que fiándose de mí me han tratado
como un verdadero amigo, revelándome sus
más íntimos sentimientos y escogiéndome por
guía en el camino hacia Dios. A ellos debo mi
experiencia y se lo agradezco en nombre mío
y en el de mis lectores por haberme dado
plena libertad para publicar estos retratos de
vida que constituyen los gozos y las angustias
más íntimas de su juventud.
El título que he escogido quizá dé la
impresión de que la materia va a ser tratada
amplia y científicamente. No; no tiene el libro
la pretensión de tratar todas las cuestiones y
de agotar una materia tan vasta y compleja
como son las vocaciones. Repito: mi intención
es la de exponer llana y sencillamente algunas
experiencias personales con la esperanza de
que ayuden a aquellos educadores o jóvenes
que quieran leerme.
He tratado principalmente a jóvenes de
Bachillerato y a otros, pertenecientes a varias
asociaciones religiosas. Así pues, quede claro
que los hechos que narraré casi siempre
oscilarán entre esta clase de personas; sin
embargo, las cosas que digo pueden servir
también para los mayores.
Mi intención es la de hablar de la
vocación in genere, y así como la vocación
puede ser: 1) sacerdotal, 2) sacerdotal y
religiosa a la vez, 3) religiosa para Hermano
coadjutor, 4) religiosa femenina (para
Hermana o Madre), y 5 ) también para
algunos de los modernos institutos religiosos
laicos últimamente aprobados por la Iglesia;
sin embargo, me detendré bien sobre una clase
de vocaciones bien sobre otra. Muchas veces
no hago distinciones porque hablo de lo que
es común a cualquiera vocación o sea a la
llamada. No obstante, el lector podrá entender
sin dificultad cuándo se habla de vocación
sacerdotal, cuánde de vocación religiosa y
sacerdotal y cuándo se alude a vocaciones
femeninas, etc.
No he querido dividir y subdividir
demasiado la materia para dar al libro aquella
frescura y variedad que, al par que gusto, dé
una idea completa del problema.
Ruego a mis queridos lectores tengan
a bien avisarme de cualquier error o
exageración que encontraren, y ayudarme, si
así les parece, a desarrollar mejor alguna
página o cualquier punto en especial, a
informarme sobre sus impresiones; en una
palabra, a darme nuevos materiales para una
posible reedición.
INTRODUCCION:
¿A QUIENES VAN DIRIGIDAS ESTAS
PAGINAS?
- A todos
- Sin embargo, principalmente y más
en partícular, a los sacerdotes, religiosos,
religiosas y promotores de vocaciones, para
que con sagacidad, sinceridad y seriedad
sepan distinguir las almas que son llamadas
por Dios a su Casa y Santuario.
- Pero este librito también será útil a
los jóvenes que se encuentran en el momento
de decidir lo que será su vida terrena. Podrán
descubrir “su vida”. Si son de los llamados y
escogidos por Jesús para ser los Amigos
íntimos de su Corazón en la vida religiosa, no
les será difícil a través de estas páginas
asegurarse de su vocación divina.
- Los padres también encontrarán
materia en la lectura de este libro. Puede
suceder que Dios llame a la vida religiosa a
alguno de sus hijos. Sí así fuere tendrán
noticia de lo que es la vocación, sabrán
comprender a sus hijos y estarán en
condiciones de examinar y hacerse cargo de si
son o no realmente “llamados”. Además, si
desean que el Señor honre a su familia con
una vocación, en este librito aprenderán a
preparar el terreno al divino Sembrador, a fin
de que el germen de la vocación que Dios
quisiere poner en el corazón de su hijo,
encuentre el calor y el ambiente propicio que
lo haga primero germinar y más tarde
fructificar.
En estas páginas el lector se dará
cuenta de que no solamente me dirijo a los
sacerdotes, sino que a menudo lo hago a los
mismos jóvenes; y eso porque no quiero que
este libro vaya dirigido exclusivamente a los
sacerdotes; y así, dirigiéndome directamente
al alma del joven, doy a mi idea mucha más
claridad y espontaneidad y pongo en boca del
sacerdote las mismas frases que él pudiera
usar en parecidas circunstancias.
TENGAMOS IDEAS CLARAS
Bien pronto nos daremos cuenta de
que todos pueden y con facilidad ser apóstoles
de las vocaciones porque, las más de las
veces, el gran trabajo de “suscitar” vocaciones
consiste en dar a conocer al joven que él tiene
señales de vocación. Erróneamente solemos
decir que es necesario suscitar vocaciones
cuando más bien debiera decirse que lo que
importa es descubrir las vocaciones y
revelarlas a los jóvenes, los cuales
muchísimas veces la llevan en el corazón sin
darse ellos cuenta.
Por lo tanto, nuestro trabajo no es el de
“fabricar”, por decirlo así, las vocaciones o el
de atrapar a los jóvenes o el de saberlos atraer,
conducir o dominar.¡Nada de eso!
Para trabajar en este campo lo primero
que se necesita es sinceridad. De ninguna
manera queremos al que no es llamado,
porque tal vez obtendríamos un apóstata o un
infeliz. E1 que no es llamado por Dios no será
nunca un buen sacerdote ni podrá ayudar
eficazmente a la Iglesia en su divina misión,
sino que servirá de estorbo a los demás
sacerdotes o a sus compañeros religiosos, y de
escándalo a las almas.
¡Ojalá no conociéramos las
consecuencias de falsas vocaciones que no
vienen de Dios!
Por tanto, es ridículo darnos el tono de
personas que saben lo que se hacen, de
propagandistas influyentes o de padres de
vocaciones. E1 único Padre y Creador de
vocaciones es el Señor de la mies, Dios, que
un día pudo decir a sus apóstoles: “No me
elegisteis vosotros a Mi, sino que Yo soy el
que os he elegido a vosotros”. Nosotros
podremos ser simplemente los ayudantes del
joven para que él, iluminado por Dios y
sostenido por E1 y un poco por nosotros,
pueda advertir y caer en la cuenta de que es
un llamarla
Pongamos en juego nuestra pobre
inteligencia y juzguemos cada caso según lo
que dicte la prudencia, pero recordemos que
estas dos luces son lucecillas en la presente
materia; y sobre todo apoyémonos en la
oración y en la humildad pensando que los
caminos de Dios son muy distintos de los
nuestros y que la luz de Dios confunde
nuestra prudencia que, en su comparación, es
necedad.
Sé de un joven que quería hacerse
religioso pero sus superiores no querían
admitirle porque les parecía que tenía poca
firmeza de carácter. En cambio fue admitido
un compañero suyo que mostraba más
entusiasmo, habilidad y firmeza. Muchos
Padres muy serios y graves decían de él: “Si
éste no tiene vocación no la tiene nadie”.
Y no obstante, al cabo de tres meses,
el joven volvió a su casa. Tristezas;
melancolías terribles, el estar lejos de su
madre... no lo pudo soportar. Rogó, se
aconsejó, se esforzó... todo fue inútil .
Volvió de nuevo al colegio. Me asusté
por el otro, no fuese que perdiera también él
la vocación. Sonrió a mis temores y me dijo:
“Ciertamente, si el Señor no me ayuda, me
pasará lo mismo, pero rogaré. Por lo demás no
me ha afectado nada la defección de mi
amigo”.
Al final del año volvió a insistir y esta
vez fue admitido pero no quería mandársele
solo al Noviciado. Se temía que le
sobreviniese cualquier crisis. Aún no les
parecía bastante fuerte y decidido. Por lo
tanto, los superiores introdujeron esta vez una
novedad en las costumbres y admitieron al
Noviciado a otro joven de 4.° de Bachiller de
15 años, brioso, vivo, tenaz.
“Así—se decían—dará ánimos al otro y le
asegurará la perseverancia”.
A los tres meses de Noviciado éste
último enfermó y tuvo que abandonar la
religión. Y aquel del que todos temían ha
perseverado; han pasado ya diez años y no da
señal alguna de vacilación.
¡TODO ESTO PARA DEMOSTRARNOS QUE
NUESTRA “PRUDENCIA” PUEDE
EQUIVOCARSE!!!
Cuando uno no es llamado, es
completamente inútil insistir. No basta decir:
“Aquél sería un óptimo párroco; qué carácter
para misionero; tiene cara de santito; es
inteligente, reposado, bien formado: ¡sería un
sacerdote...!; ¡una vocación estupenda !”.
Dirigía a un joven: carácter
maravilloso, voluntad firme, serio pero al
mismo tiempo alegre. Los que le conocían
pensaban, mejor dicho, estaban persuadidos
de que al final se haría religioso. Era sincero
y con toda sinceridad y lealtad hizo sus
Ejercicios Espirituales para conocer si
realmente Dios le llamaba. Oró, se aconsejó
con bastantes Padres, todos estimados por su
santidad y don de consejo: ¡nada! No sintió
absolutamente nada, o mejor, no acertaba a
convencerse de que fuese llamado a la vida
religiosa. “ Si Dios me llama —decía—, yo le
sigo en seguida y sería feliz; más aún, todos
los días ruego mucho para hacer bien la
elección de estado pero no puedo
convencerme de que tengo vocación”.
Le respondí sonriendo: "Está
tranquilo; has hecho lo que debías hacer;
continúa rogando para que Dios te ilumine. Y
si Él te quiere, ya te lo dará a conocer de un
modo claro”
Conozco a un señor buenísimo,
casado, verdadero militante de la Iglesia.
Siendo joven tuvo sus inquietudes acerca del
problema de la vocación. Cierto director
espiritual suyo estaba convencido de que tenía
vocación, pero no obstante el joven con toda
sinceridad no acababa de convencerse. Oró y
comprendió que no se le llamaba por aquel
camino. Se casó y Dios le bendijo y le
continúa bendiciendo.
¡ES INÚTIL! LA VOCACIÓN ES OBRA DE
DIOS, y como en todas las demás obras de la
gracia cuando ya parece que se ha hecho todo
y la cosa va bien, hemos de confesar que
"somos siervos inútiles". Y decimos esto por
no quedar por mentirosos.
Por esta razón es vano el querer
atribuirse el mérito de cualquier vocación, es
injusto exagerar, forzar o empujar con
razonamientos puramente humanos. Es
ridículo insistir en que un joven ha de hacerse
religioso aunque no tenga ganas por el sólo
hecho de que de otra forma haria quedarme
mal.
Seamos sinceros y desinteresados; no
trabajamos por nosotros sino por Dios, por la
felicidad del joven y por la salvación de las
almas. Si no hay vocación no la podremos
inventar, y si hay vocación no podemos
prescindir de ella, ni aun cuando se trate de un
joven que quizá le tengamos poca simpatía o
no parece que sea el tipo que responde a la
idea que nos hemos formado en nuestra
cabecita, que muchas veces es muy pequeña.
IDEAS FIRMES QUE DEBEN TENER
LOS QUE TRABAJAN POR LAS
VOCACIONES
1. Su propia vocación es una cosa bellísima
Un sacerdote, un religioso que no ama
su vocación, que no tiene aprecio a su estado
y casi como que va tascando el freno, nunca
podrá trabajar por las vocaciones. Más aún,
obstaculizará semejante trabajo.
Un día me dijo un religioso que él
nunca había animado a un joven a seguir su
modo de vida, y lo decía gloriándose de ello.
Yo, que todavía era jovencito, me dije para
mis adentros: “¡Y se gloría! Se ve que no ama
su vocación”, y como consecuencia me
guardé mucho de hablarle de mi ideal que
acariciaba hacía ya tiempo.
Otra vez, sin ser visto, oí el coloquio
de dos seminaristas: «Tú, querido X, puedes
trabajar por las vocaciones porque eres un
entusiasta de la tuya, la amas y la vives
intensamente, pero para mí es un tormento,
una infelicidad. ¿Cómo puedo decir a los
demás que me sigan?”
Después supe que el seminarista que
habló de aquella manera era víctima de una
crisis espiritual y que estaba atravesando un
período de tentaciones grandísimas. Después,
por su oración y, especialmente por la de su
madre, venció. Hoy es un fervoroso sacerdote
y misionero.
Si no se ama la propia vocación, si la
vivimos con tibieza y casi como soportándola
por algún temor o esperanza humana, ¿cómo
se puede hacer sentir o hacer ver a los demás
lo bello que es el servir a Dios?... Ni siquiera
seríamos sinceros si lo hiciésemos así.
Dios se sirve de instrumentos aptos: el
que es ciego no puede guiar, el frío no puede
calentar, el triste no puede sembrar alegría.
2. Son muchos los que tienen vocación
No es preciso ir a buscarlos muy lejos
o a otros sitios. Los tenemos entre nosotros.
No nos damos cuenta porque la vocación es
un tesoro escondido que se ha de descubrir y
por regla general en un ambiente favorable
sale a la superficie y se da a conocer.
Jesús, ciertamente, no puede dejar a su
Iglesia sin sacerdotes, y a la par que Ella se
desarrolla, ellos han de aumentar. Y con todo,
sucede lo contrario. Los católicos crecen y los
sacerdotes disminuyen. Faltan vocaciones.
¿Es que tal vez Dios no llama? ¡Sería
absurdo! Dios que quiere el fin (la salvación
del mundo) ha de dar también los medios (las
vocaciones).
Pues entonces querrá decir que
muchas vocaciones quedan estériles,
ahogadas, no seguidas, y sin embargo, hay,
debe de haber, vocaciones. San Juan Bosco
decía que más del 30 por ciento de nuestros
jóvenes católicos tienen vocación.
Una vez quise comprobar si San Juan
Bosco exageraba. Era Profesor en una clase de
Bachiller. Enseñaba, entre otras materias,
italiano y tenía dieciocho alumnos. Les dí
como composición el tema “Mi porvenir”.
Pues bien, de dieciocho, doce me hablaron de
vocación sacerdotal, religiosa o misionera.
Existe otra cosa cierta, y es que si el
Señor ha de llamar jóvenes a su escuela y a su
sacerdocio, ciertamente no irá a buscarlos
entre los paganos o herejes sino entre los
católicos. No hay que maravillarse, pues, si
alguna vez los seminarios o los noviciados
parecen demasiado llenos. “¿Qué haremos con
tantos sacerdotes?”, se oye decir. Estos tales
no creen sino que los sacerdotes únicamente
van a ser necesarios en su tierra. ¿Y para todo
el resto del mundo que todavía es esclavo del
demonio y que es el gran “ciego del
camino”?.
Son muchos y aún diría muchísimos
los jóvenes católicos que son llamados a la
vida religiosa pero (y estamos frente a otra
convicción necesaria) pocos conocen que la
tienen y poquísimos los que la siguen. Sobre
esta convicción se basa principalmente el
trabajo que se ha de hacer en este terreno.
La vocación, como las demás
inspiraciones de Dios, puede pasar inadvertida
sin dejar un profundo surco, puede no ser
entendida porque el corazón del joven está
distraído, puede ser ahogada por tentaciones
o pecados, puede ser desechada por egoísmo
o por creer que es demasiado difícil.
De hecho, los jóvenes buenos, todos
aman al sacerdote y muchos comprenden que
su existencia es necesaria para las almas y
para la Iglesia. Saben que Jesús llama a los
jóvenes para seguirle y comprenden que estos
tales son afortunados, pero frecuentemente no
pasan de estas ideas teóricas al juicio práctico
que concluye: “¿Y por qué no me hago yo
sacerdote?” y de esa manera llegar por lo
menos a la SOSPECHA de que en ellos puede
darse la vocación. Y cuando esa pregunta les
está hecha por otros, la mayoría de las veces
se azoran y después dicen: “¡No lo he pensado
nunca!” o “Para el sacerdocio Dios llama a los
santos”, o también: “No tengo vocación”. Y si
se les insiste preguntando: “¿Pero tú sabes lo
que es vocación?”, muchas veces no se
obtiene respuesta alguna.
Me encontraba en un colegio y vi a un
joven. Un ángel de muchacho, tanto que me
pregunté sinceramente si le podía comparar a
San Luis Gonzaga. Estudiaba el 5.° de
Bachiller y tenía quince años. Le pregunté qué
quería ser. La respuesta fue que nunca lo
había pensado.
“Bien—terminé—, piénsalo. Puede darse que
Jesús te llame a su servicio”.
Pasados seis meses volví a la carga.
Aún no lo había pensado. Y mientras tanto
continuaba comulgando cada día, hacía su
meditación, su lectura espiritual y también su
poco de apostolado.
“Pero, hijo, piénsalo; ¡es la cosa más
importante!”
Finalmente se decidió a hacer los
Ejercicios Espirituales. Piensa y, como
esperábamos, se da cuenta que tenía vocación.
Antes de partir para el Noviciado me dijo: “Si
usted no me hubiese dicho nada no hubiera
pensado nunca”.
HE AQUÍ, PUES, NUESTRO TRABAJO:
1 ) Preparar el ambiente, para que en él se
pueda desarrollar la vocación si Dios se digna
darla.
2 ) Saber individualizar a los jóvenes que
probablemente son llamados, y darles a
conocer su vocación de tal manera, sin
embargo, que los dejemos libres, que sean
ellos y no nosotros los que decidan.
3) Examinar y probar su vocación y asistirles
hasta que hayan llegado a alcanzar su ideal
Ésto es lo que iremos diciendo en este
pequeño trabajo. Están en un error los que
piensan que ha de ser el joven el primero que
ha de hablar de la vocación. Alguna vez, y
quizá muchas veces, he de ser yo sacerdote,
yo religioso, yo amigo, el que rompa el hielo
y estimule al joven a darse cuenta del tesoro
latente que lleva en su corazón.
LA INTENCION QUE HEMOS DE
TENER EN ESTE TRABAJO DIVINO
Quiero decir que no hemos de trabajar
por las vocaciones para hacernos ver, para ser
beneméritos de nuestra Orden o para aumentar
el número de nuestros sucesores, los cuales
deberán después continuar nuestro trabajo;
muchísimo menos nos ha de animar a este
trabajo la idea de querer situar en la vída a
nuestros penitentes o a nuestros familiares y
procurarles por medio de la vocación un
medio para poder estudiar o hacer carrera en
el mundo.
Nuestro único ideal al emprender este
apostolado ha de ser Jesús y el alma del
joven.
He de desear únicamente ayudar al Señor a
encontrar otro corredentor que continúe su
trabajo (no el mío). Y porque conozco el gozo
del Corazón de Jesús al poder tener un nuevo
amigo íntimo, al ser servido por un alma
sincera, al recibir el holocausto completo de
un corazón generoso y puro, me daré al
trabajo y arremeteré con cualquier
contratiempo para acercar a Jesús esas almas
y ayudarlas a consagrarse a El. Y, finalmente,
será el amor a las almas el que me empuje a
trabajar por las vocaciones. Será el amor
espiritual y sincero por el joven llamado el
que me conduzca a ayudarle para que alcance
aquella felicidad que yo ya poseo, la
seguridad de salvar su alma y la embriaguez
de poder amar a Jesús, vivir en su Casa y
tocarle en el Santo Sacrificio.
No seremos nosotros los que tracemos
al joven el camino que ha de seguir, ya que no
se trata de hacer salesianos, jesuítas o
dominicos. No trabajaremos en favor de esta
o de aquella Orden. Queremos trabajar por
Dios al cual pertenecen todas las Ordenes
religiosas, por el alma del joven que podrá
encontrar su santificación y la voluntad de
Dios en cualquier Orden o Congregación
religiosa.
Así pues, ¡al trabajo!
PRIMERA PARTE:
EN BUSCA DE LAS VOCACIONES
LO PRIMERO
¡Oración!. Es inútil insistir. Estamos todos
persuadidos y no hay necesidad de repetir
mucho la misma cosa. Sería como querer
convencer a alguien de que para vivir es
necesario respirar.
Se trata de una cosa eminentemente
sobrenatural que tiene algo de misterioso y
que no se puede ver o juzgar con los cálculos
humanos por más que éstos estén basados
sobre el dogma o la moral cristiana. Cada uno
de nosotros debería ofrecer cada dia alguna
oración para tener la luz y la posibilidad de
ayudar a alguien en su vocación.
A menudo se dice: "Entre mis jóvenes
no hay esperanza". ¡No es verdad! ¡Ora!
Otros dicen: "Acerca de esta materia
no entiendo nada; temo equivocarme." Ora y
no temerás... y ademas empezarás a entender.
Y a la oración es necesario añadir el
ayuno, es decir, la penitencia, la
mortificación, querida y aceptada.
Como bien se ve, estamos muy lejos
del ejercicio de una ocupación o de una
carrera. El que quiera obstinarse en ver en
nosotros personas hábiles en hacer caer a los
jóvenes en la red de nuestros engaños, gente
que quiere hacer proselitismo, no
comprenderá este nuestro lenguaje que mira a
la preparación sobrenatural. Estamos en un
plano totalmente diferente.
PARA ORIENTARNOS
Para empezar desde algo lejos veamos
un poco de cuán diversos modos puede nacer
una vocación, o mejor, cómo empieza a
manifestarse en el individuo.
Es preciso que nosotros conozcamos
estas formas, porque bien puede darse que
cualquier joven, confiado a nosotros, esté en
alguno de esos caminos.
No se trata por ahora del método de
examinar las vocaciones sino de ver los
modos cómo pueden empezar a manifestarse.
Estamos aún muy lejos de poder juzgar si una
vocación es verdadera o no.
1) Manera casi natural.
O sea, sin ningún influjo extrínseco,
una vocación que estamos tentados de llamar
congénita, en la que no aparece un verdadero
momento de decisión, pero el joven... siempre
la ha sentido así, él mismo no recuerda haber
tenido una idea diversa de aquella de hacerse
religíoso.
Tenemos un ejemplo en Santiago
Tutain, nacido en Mans el año 1922. Juan, el
hermanito mayor, un día le declaro:
—Yo seré doctor.
—Pues yo —respondió Santiago— seré
sacerdote, porque es lo mejor del mundo.
—Cierto, —respondió el otro— pero se
necesitan también buenos médicos, ellos
pueden hacer mucho bien hablando de Dios a
los enfermos.
Nos sorprenderá saber que este
diálogo lo sostuvieron dos niños, el uno de
seis y el otro (el curita) de cuatro años. Aquí
tenemos un niño que a los cuatro años habla
de su deseo de ser sacerdote. Y se trata de una
cosa pensada y escogida porque para él es "lo
mejor del mundo".
Dos años más tarde ante sus
persistentes deseos, su mamá le pregunta:
—¿Pero sabes, por lo menos, por qué quieres
ser sacerdote?
—¡Oh! por muchas razones; antes que nada
para hacer amar a Jesús, para mandar muchas
almas al cielo... y para tener a Jesús en mis
manos durante la Misa.
Este pensamiento le venía
frecuentemente a la mente aun en medio de
los juegos.
Un día, mientras jugaba con Juan,
encuentra en la papelera unas matrices de
cheques. Juan se queda con la matriz más
gruesa y da la pequeña a su hermano. Y
Santiago explica a su madre:
—Juan ha de ser doctor y ganará mucho
dinero, por eso debe quedarse con el paquetito
más grueso de cheques; en cambio yo me
contento con el más pequeño, porque como he
de ser sacerdote solamente tendré necesidad
de un poco de dinero para mis obras y para
mis pobres.
Y cuando juega con su autito se
imagina que lleva a sus futuros alumnos en
peregrinación y corre gritando:
—¡Llevo a mis alumnos en peregrinación!
En el Colegio es el primero en clase de
Religión, y pregunta:
—¿Si continúo así, cree usted que podré ser
sacerdote?
Más tarde, llegado a su casa, cuenta:
—Esta mañana, de los alumnos externos sólo
hemos comulgado Juan y yo. Pero es natural
que yo comulgase, pues soy Cruzado de la
Eucaristía y futuro sacerdote.
Y cuando en el colegio entra a formar parte
del coro confía a su madre:
—¡Si supieses cuánto me gusta vestir mi
sotanita (de monaguillo) mientras espero la
otra (la de sacerdote)... ¡Pero aquélla será
larga, larga!
Otra vez su madre le oye hablar en voz
alta, solo en su aposento.
—¿Qué haces ahí? —pregunta—. ¿Estás
quizá repitiendo la lección?
Y Santiago, que está acostdmbrado a
responder siempre con franqueza, le explica:
—No, sino que cuando estoy solo me ensayo
a echar sermones.
—Echame uno —dice sonriendo su madre.
—Todavia no, aún no sé bastante.
Con estos pensamientos y sentimientos
Santiago continuó hasta los dieciséis años,
edad en que le sorprendió la muerte, que fue
la de un santo1.
¡Cuántas veces entre los niños de
nuestras asociaciones o de nuestros colegios
encontramos los mismos sentimientos!
2) Otras veces, en cambio, se manifiesta de un
modo casi baladí.
1 De Ma Jeunesse au Christ., Julio l947, n.° 103, p. 2.
La estima por un religioso llega a
hacerle decir: Quiero ser como él... La madre
empuja y el hijo, primero sufre, después
comprende y desea y quiere, y es capaz de
combatir contra quien sea para obtener lo que
ya se ha transformado en su ideal. Otras veces
es el hábito de una determinada Orden
religiosa que gusta y atrae; otras son cosas de
nada que suscitan en el corazón una especie
de atracción que termina con una verdadera
vocación.
Dos jóvenes polacos encontraron
buenísimo un plato de arroz con leche que el
Padre les dio para premiarles el haberle
ayudado una Misa cantada. Preguntan si
también los otros Padres de la Orden comían
por la mañana aquel arroz. A la respuesta
afirmativa se ponen de acuerdo, y terminados
los estudios medios entraron en la Orden.
Cuando después hicieron los Ejercicios
Espirituales y examinaron si habían tenido
recta intención en su vocación, se fueron
llorando al P. Maestro confesando que su
intención no había sido del todo muy
espiritual. E1 Padre quedó maravillado,
después preguntó con calma:
—¿Pero teníais también el deseo de salvar las
almas y de ser santos?
—Sí—fue la tímida respuesta.
—Bien, hijitos, el arroz con leche fue el
anzuelo con el cual Dios os pescó; ahora
pensad en el verdadero fin de vuestra
vocación.
Hoy aquellos dos Padres hacen un gran bien
con su ferviente apostolado.
Sé de uno que entró como Hermano
lego en una Orden porque creía que los
cubiertos eran todos de plata y él pues... los
quería robar. Una vez dentro tomó parte en las
pláticas, sermones, lectura espiritual y todo lo
de la vida de comunidad. Le pareció
encontrarse en un paraíso, se arrepintió de su
proyecto, se confesó y sigue en la religión y
es feliz.
Un día recibí una carta de un Padre
jesuíta que me hablaba de un joven que
pertenecía a la Congregación Mariana que yo
dirigía en Palermo, asegurándome que el tal
joven le había manifestado su deseo de ser
jesuíta y le había pedido ayuda y dirección.
E1 joven se encontraba enfermo. Corrí
a visitarle pero no pude hablar claramente
porque su madre estuvo delante todo el
tiempo. Me limité a decirle que me había
escrito el P. Z... y que me había dicho alguna
cosilla que se refería a él. Después le eché una
mirada significativa y reí con toda el alma. E1
sonrió y bajó los ojos enrojeciendo
ligeramente. "Me ha entendido", dije entre mí.
Y durante toda la conversación nos cruzamos
miradas y sonrisas, se entiende, siempre
significativas.
Después de una semana se repuso y
volvió al colegio. Le llamé: sentía fiebre por
hablarle claro. Entró en mi aposento y se
sentó. Le miré con una mirada larga,
escrutadora. Un joven óptimo, quince años,
serio, comunión diaria, meditación, lectura
espiritual, bastante estudioso... en fin, algo de
vocación seguro que tenía.
—Bueno —dije rompiendo el fuego—.
¿Sabes quc cosa me escribió el P. Z...?
—¿Qué? —sonrió frío-, pero yo estaba
convencido que lo hacía por disimular.
—Me dice que tú le hablaste de vocación y
que quieres una dirección adecuada.
—¿Yo?—dijo levantándose de un salto.
—¿Cómo? —dije yo—. ¿No es verdad? Mira
la carta. No creas que lo he hecho a propósito
para hacerte caer en la trampa.
La leyó. ¡Maravilla de las maravillas!
—Padre, le aseguro que no me acuerdo
absolutamente de nada. Quién sabe qué habrá
entendido. Pero ciertamente yo no le he
hablado nunca de vocación.
Reímos los dos. La cosa era cómica. Le conté
todas las miradas "significativas" y todos los
"quid pro quo".
Cuando nos íbamos a despedir me dijo:
—Y sin embargo es una cosa en la que
debiera pensar. El año que viene terminaré el
Bachiller y aún no sé lo que haré.
—Aún hay tiempo—conclui—, ruega y piensa
un poco de vez en cuando, pero con calma.
—Mire, Padre —dijo—, yo ahora no tengo
nada que hacer, ¿me podría dar una pequeña
instrucción o dirección para ver si tengo
vocación o no?
Yo, que no deseaba otra cosa, me resigne a
hacerle un coloquio que duró una hora y
media. Después de aquél siguieron otros, los
cuales fueron coronados por una seria
decisión de abrazar el estado religioso.
¿Podia esta vocación nacer de una forma más
baladí?
3) Ver a un muerto
Todos conocen la historia de la
vocación de San Francisco de Borja, tercer
General de la Compañía de Jesús. Se había ya
entregado a una vida intensamente cristiana,
pero el golpe de gracia se lo dió la vista del
cadáver de la emperatriz Isabel deshecho por
la muerte. Había conocido a aquella joven
soberana y también él se había unido al coro
que unánimemente alababa su maravillosa
belleza. Y ahora ¿qué?. Le hirió un sentido
tan profundo de la vanidad de las cosas de la
tierra que de Duque de Gandía se transformó
en un ferviente religioso y después en un
Santo.
Dos amigos se citaron en una iglesia.
Era domingo; oirían Misa juntos y después
saldrían de paseo. José fue al templo pero su
amigo no daba señales de vida. Terminó la
Misa y... ¡nada! Se acercó a una señora
conocida:
—Perdone, ¿ha visto a Juan?
—¿Cómo? —respondió ésta—. ¿No sabes que
murió ayer?
—¿Muerto?
—Sí, ayer, yendo con la bicicleta fue lanzado
contra la pared por un auto. Le llevaron a su
casa y ya era cadáver.
José corre a ver a su amigo. En la casa
silencio, sollozos, luto. Permaneció largo rato
delante del féretro. ¡Ayer lleno de vida y de
esperanzas! ¡Todo vanidad! ¡Cuánto más vale
servir a Dios, y a El solo! Dejó carrera y
familia y hoy José es religioso y sacerdote.
Lelio, en cambio, un compañero mío
de colegio, se decidió a hacerse religioso
después de haber visto muerta en Catania a
una compañera suya de universidad.
Despidióse de su novia y abrazó la vida
religiosa.
La muerte con su predicación
silenciosa es una óptima consejera. Aun San
Ignacio aconseja al joven que hace la elección
de estado el imaginarse que está en el lecho de
muerte y que piense cómo desearía en aquel
momento haber vivido toda su vida.
4) Muchas veces es una frase misteriosa,
dicha quizá con un fin no religioso, la que
hace pensar y conduce al joven a la
convicción de que Dios le llama.
Me acuerdo, de cuando fui Prefecto en
un colegio, que escribí unas palabras de
felicitación en el dorso de una estampa a un
joven que celebraba su santo. Era un
muchacho que sentía demasiado su
personalidad, que buscaba el hacerse ver y
darse importancia. Quería corregirle de este
defecto y dirigirle ese sentimiento a un ideal
superior.
Entre otras cosas le escribí que Dios
esperaba de él cosas grandes. Fue la única
frase que le hirió. Vino a mí y quiso que le
diese explicaciones. No sabía qué responderle,
porque había escrito aquella frase sin ningún
fin preciso. Me limité a decirle que rogase a
Dios para que le iluminase. A los pocos días
me dijo que ya lo había entendido. Se hizo
más devoto, más humilde, más bueno. Le
pregunté
—¿Qué hay?
—Quizá el Señor quiere que sea misionero.
Otra vez di un día de retiro a jóvenes
de Acción Católica. Hablaba del Reino de
Jesucristo y durante la meditación dije esta
frase:
«Aquí podría hacer algunas explicaciones
para aquellos que quisieran hacer la elección
de estado, pero para vosotros no hay caso.
Quiero en cambio hacer estas otras
aplicaciones..."—y continué hablando de otras
cosas.
Después del retiro me despedí de los
jóvenes y mientras uno de ellos me besaba la
mano le dije bromeando:
—Eres un " mal sujeto ".
—¿Por qué? —me preguntó serio.
No le respondía porque me rodearon otros que
me querían saludar y dar las gracias. Cuando
todos se fueron me veo delante al... «mal
sujeto».
—¿Todavía estás aquí?—le dije maravillado.
—Sí, y no me marcharé mientras no me
explique por qué me ha llamado «mal sujeto".
—Pero si no es nada —dije sonriendo—, fue
sólo una broma.
—No, usted quería decirme algo. Quizás... se
paró y se puso colorado.
—¿ Quizás ... ? —pregunté animándole.
—¿Quizás usted cree que yo no amo a Jesús
porque no quiero ser sacerdote? Es verdad que
cuando era pequeño tuve esa intención.
—¿Y ahora, no?
—Qué quiere, ahora ya no tengo vocacíón.
Le llevé a mi aposento y hablamos
durante dos horas; cuando nos despedimos
estaba convencido que aún tenía vocación.
Cuando estuve en Sicilia, entre los
chicos del colegio vi a uno muy devoto, serio,
amable, buen tipo, pero no me gustaba que
fuese a la iglesia con camiseta de mangas
cortas y además que llevase unos
pantaloncitos demasiado cortos.
Un día le paré mientras salía de la
iglesia donde había comulgado. Iba con su
hermanito... el cual siempre llevaba mangas
largas.
—Este sí que es bueno —le dije señalando a
su hermano—; va a la iglesia vestido
decentemente. Tú, en cambio, comulgas con
mangas cortas. No está eso tan bien.
Sonrió un poco disgustado y se fue sin
responderme.
Durante dos días cambió de camiseta
pero poco a poco volvió a empezar. En cuanto
a los pantalones demasiado cortos no quise
decirle nada por no turbar su ingenua
inocencia. Por su mirada me di cuenta de que
debía de ser un ángel. No obstante, se lo dije
a su madre.
—Padre —me respondió—, ya se lo he dicho.
No me quiere escuchar. Dice que los
pantalones que llegan hasta la rodilla no son
elegantes. Cuando le hago un traje nuevo me
recomiencla siempre hacerle los pantalones
bien cortos.
Quedé mal. Y sin embargo el chico era
buenisimo, bueno de veras.
Pasaron tres meses. El seguía siempre
lo mismo con la moda, pero asiduo a la
comunión diaria, correctísimo en el hablar y,
con todo... frío espiritualmente. ¡Le hubiera
zarandeado!
Un día le encuentro en la sacristía.
—Querido Salvador, dime, ¿estás contento?.
Te veo tan bueno, comulgas cada día, sirves
de eiemplo a los demás, en los estudios vas
discretamente... pero ¿no te parece que te falta
algo? Me das la impresión de que no estás
contento de ti mismo.
Me miró con sus ojos puros, se sonrió un poco
y después afirmó:
—Es verdad, no estoy contento, me falta algo.
Pero ¿qué es?
Me venía tan bien el decirle que le faltaba aún
una cosa, la misma que le faltaba al joven del
Evangelio que había preguntado a Jesús: Quid
adhuc mihi deest? Pero no quería. Quería que
llegase él solo bajo la moción de la gracia. Me
limité a decirle: —Sí, te falta algo, yo sé qué
es, pero no te lo quiero decir. Ruega, te lo dirá
Jesús... y no tardará mucho.
Algunos meses más tarde se preparaba
para hacer los Ejercicios Espirituales. Un
Prefecto le preguntó a quemarropa:
—Si Jesús te llamase, ¿serías capaz de
responderle que sí?
Durante los Ejercicios lo pensó. Creyó
atisbar la vocación. De vuelta al colegio le
llamó otro Padre y con unas y con otras la
conversación recayó sobre la vocación.
—Tú tienes señales de tener verdadera
vocación —concluyó el Padre-
A los tres días me lo veo entrar en mi
aposento.
—Padre, quizás tengo vocación.
Me contó las conversaciones tenidas
con los Padres. Le impresionaba que tantos
desde fuera se diesen cuenta de que él tenía
vocación mientras que él no notaba nada.
Haciendo oración se le ocurrió que aquel
"algo" que le faltaba y del que ya le habia
hablado yo debía de ser la vocación.
Hoy es religioso y ríe a gusto cuando
le recuerdo su manía por los pantaloncitos
cortos.
Cuando yo era un muchacho todavía,
tuve un amigo buenísimo, de una bondad
sólida y seria sin sombra de dulzonería ni
femenismo. Era capaz de luchar por sus ideas.
Tenía un carácter que me gustaba. Nos
hicimos íntimos y conociéndole cada día más
llegué a la conclusión de que probablemente
Dios le quería para El. Por aquellos días vino
al colegio el R. P. Provincial a visitar a los
Padres. Fui a verle para hablarle de mí y de mi
vocación. Pero no pude resistir a la tentación
de hablarle de mi amigo describiéndoselo
como un carácter perfectamente apto para ser
jesuíta. Excité la curiosidad del P. Provincial
el cual me dijo que le gustaría conocerle.
Se lo dije en un recreo desfigurando
un poco la verdad histórica.
—¿Sabes? Le he dicho al P. Provincial que tú
le quieres hablar.
—¿Yo? ¿Quién te ha dicho eso? ¡No voy!
—¿Me harás quedar mal? ¡Le he hablado tan
bien de ti! le he dicho que eres muy serio,
sólido, amigo mío... y ahora si no vas no me
creerá más cuando le hable otras veces de
otras cosas.
Un poco la amistad, otro poco el amor
propio y otro poco la curiosidad... allá que se
fue. Hablaron de cosas sin importancia pero al
fin la conversación recayó donde debía recaer.
Mi amigo resistió a todo "atentado" del P.
Provincial. Volvio con aire de triunfo,
vencedor.
Fui corriendo al P. Provincial para
conocer el éxito del "atentado" .
—¡Nada! —me dijo—. Tu amigo no quiere
olr nada de vocación! Pero su modo de obrar
no es inteligente. ¡No quiere razonar, no
quiere pensar, y dice no por el gusto de decir
que no, porque de hecho no tendría ningún
inconveniente y él mísmo me dijo que no
tenía ninguna razón para decir que no. Por lo
tanto, lo suyo es tozudez. Ha tomado una
posición muy poco razonable.
Rogué mucho después de la entrevista
con el P. Porvincial; aunque hacía ya meses
que rogaba por él.
En el recreo siguiente fue él el primero que
me habló.
—No habéis salido con la vuestra de
pescarme.
—¡Ciertamente —le contesté—, obras de una
manera irrazonable! Exactamente eso es lo
que me ha dicho el P. Provincial: eres un
muchacho poco inteligente, bromeas con la
gracia de Dios. Espero que no acabes mal. Lo
siento por mí —concluí— porque me has
dejado en mal lugar.
Eramos vecinos en el dormitorio. Me
di cuenta que por la noche él no podia dormir.
Al día siguiente le pregunté qué le pasaba. No
contestó.
A la noche siguiente procuré no
dormirme para vigilarle. Al cabo de una hora
le miré. Tenía los ojos abiertos.
—¿Por qué no duermes?
—¡Déjame en paz!
Cómo rogué por él aquella noche y todo el día
siguiente!
A las tres noches se decidió y antes de
que partiese el P. Provincial fue a él para
pedirle que le admitiese. Esperó aún seis
meses y después de duras luchas con su
familia entró en religión. Hoy es Rector de
uno de nuestros colegios.
5) Muchas veces la ocasión que delata la
presencia de una vocación es el ejemplo de un
compañero.
Traigo aquí estos casos no porque
ellos prueben si una vocación es verdadera o
no, sino porque nos hacen conocer cómo Dios
se puede manifestar. Todo esto sirve para
ensanchar nuestro horizonte y puede
sugerirnos modos prácticos de insinuación en
el corazón del joven.
Cuando dirigía una Congregación
Mariana en Palermo, uno de los congregantes
antes de partir para el Noviciado quiso hacer
un discurso de despedida a sus compañeros.
Habló con entusiasmo y, diríamos aun mejor,
todos lo hemos dicho, se superó a sí mismo. A
las dos semanas un Congregante de 3.° de
Bachiller vino a hablarme de su vocación.
—¿Cuándo has pensado en ello?
—Mientras hablaba X
A mí me pasó lo mismo. Antes de
despedirme de mi familia para ir al Noviciado
quise hacer un discurso de despedida a los
jóvenes que formaban parte de una
Asociación fundada por nosotros mismos. Yo,
en cambio, no era capaz de hablar sin leer
como lo hizo X, y asi lo leí. Ya sea por la
emoción ya por un vientecillo malicioso que
me daba en la pupila, una lágrima “furtiva”
me cayó por el rostro. A1 cabo de algunos
días recibí una carta de uno de los “socios” en
la que me confesaba que durante mi discurso
había comprendido que el camino escogido
por mi era el mejor y que aquella lágrima
había sido más elocuente que todos mis
argumentos.
Vino a verme, decidióse también él y
al cabo de tres años me siguió. Hoy es un
óptimo misionero entre los Santal.
El ejemplo hace mucho especialmente
en la elección de la Orden, por eso hacen muy
bien los superiores que permiten a sus
novicios la correspondencia con sus antiguos
compañeros y amigos.
La vocación a la Compañía de Jesús
de San Bernardino Realino la decidió la
vista de dos novicios que iban modestamente
por las calles de Nápoles.
Leamos cómo habla el P. Germier en la Vida
que escribió con ocasión de la canonización
del Santo (páginas 153-154):
“Un día paseaba con dos amigos suyos
por cierta callejuela napolitana, menos
rumorosa que las demás, cuando se cruzó con
dos jóvenes religiosos, modestos en la vista,
graves en su porte, recogidos con sus amplios
manteos, totalmente identificados con la
santidad del hábito que vestían. Ocurrió a
aquellos dos hombres dedicados al servicio de
Dios lo mismo que le pasó un día al seráfico
San Francisco, cuando yendo junto con su
querido compañero Fray León atravesaba las
calles de Asís con la humildad reflejada en su
rostro y en su hábito. Con su devoto
recogimiento habían predicado pero, en vez
de recoger insultos de los golfillos como le
pasó al Santo de Asis, merecieron la más
ponderada admiración de aquel hombre,
entonces ya maduro de edad, de juicio y de
virtud.
“...Los siguió largo rato con la vista y
fue tanta su admiración que preguntó a sus
compañeros de paseo si sabían a qué
Institución religiosa pertenecían. Por fortuna
sus amigos pudieron satisfacer su deseo
informándole que eran novicios de la
Compañia de Jesús.
“...Aquellos dos religiosos que
conmovieron a San Bernardino Realino
realizaban el ideal del Santo Fundador de la
Compañía de Jesús. Y en nuestro Santo se
encendió el deseo de volverlos a ver”.
San Romualdo se batió en duelo. Para
huir de la justicia se refugió en un monasterio
que gozaba del derecho de asilo. Alli tuvo
ocasión de ver a los monjes y de conocer su
vida de entrega y santidad. La vista de éstos le
trocó, empezó a cambiar interiormente y
salido de alli fundó los monjes
Camaldulenses.
6) Otras veces es un fracaso el que hace ver la
vanidad de las cosas de la tierra y orienta el
alma hacia la vocación.
- Leemos del Beato Tomás Pound, el cual
era bailarin, que un día bailó delante de la
reina Isabel de Inglaterra. Fue un cuarto de
hora de embriaguez para los espectadores. Los
fragorosos ap]ausos ]e enjugaron el sudor de
la fatiga y sostuvieron sus miembros
cansados.
¡Y todo esto no era nada! ¡La Reina se
levantó del trono, le abrazó y le besó! Le
parecía que tocaba el cielo con el dedo. ¿Qué
más podía desear en esta vida? La Reina pidió
un bis. Y aunque estaba cansado no pudo
negarse.
Empezó con todo entusiasmo, pero en
medio de las vertiginosas vueltas y saltos
tropieza con sus mlsmos pies y cae. La Reina
se levantó, pero no para ayudarle a levantarse
con piedad y comprensión, sino para ponerle
torpemente el pie en la espalda y lanzarle un
insulto atroz:
—¡Levántate, buey!
Pound se levantó, su corazón era un mar de
amargura. ¿Por qué ese insulto? ¿Qué valian
las alabanzas, borradas por un insulto
humillante... e injusto? ¡Mundo infame! «Sic
transit gloria mundi", murmura.
Se hace católico, después religioso,
sacerdote y mártir.
- Ramón de Peñafort se hizo religioso
porque dio un consejo equivocado a un joven.
¡Quiso reparar!
- Se sabe de San Alfonso Maria de Ligorio
que dejó el mundo después de un solemne
fracaso en la defensa de una causa.
Y si contásemos las vocaciones
manifestadas después de una desilusión en el
amor Algún escéptico sonreirá. Algunos
“modernos” sonríen al oir hablar de vocación
después de un fracaso amoroso, muchas veces
se piensa en estas almas con desprecio y
dureza como si fueran de los insolentes que
quieren seguir a Dios después que las
criaturas los han echado lejos de si. No
queremos decir que todo lo que reluce es oro
ni es necesario aprobar en seguida estas
decisiones tomadas en un momento de
depresión, pero lo que si queremos decir es
que nadie sustituya al Espiritu Santo, dando
sentencias a priori, despreciando lo que no
conoce y lo que no ha examinado.
Dios no tiene limites en sus métodos y
medios que usa en la elección de las almas; en
sus manos divinas todo se transforma en
gracia. ¿Qué importa si el escalón es de oro o
de mosaico, de mármol o de piedra, de madera
o de barro? Si conduce arriba a la perfección
allí está el dedo de Dios cubierto por el guante
de su misericordia que supera todo nuestro
soberbio entendimiento.
San Ignacio de Loyola necesitó un
golpe que le deshizo la pierna y estar echado
en una cama durante meses enteros para
comprender y seguir la voluntad de Dios.
San Camilo de Lelis necesitó perder
en el juego todos sus haberes, hasta la camisa,
y aun esto muchas veces para al fin ver que
Dios le llamaba.
¡Sepamos apreciar los momentos del
dolor, de la desilusión, del abandono, cuando
el mundo aparece desnudo de su vanidad y
cruel en sus necios juicios !
Pero —se dice— la vida religiosa no está
hecha para los ilusos ni para los
desilusionados. Y respondo que la vida
religiosa está hecha para el que es llamado por
Dios y que Dios llama a quien quiere, cuando
quiere y como quiere. Y que ciertamente no
seremos nosotros los que enseñemos al Señor
qué camino ha de escoger para llamar a un
alma.
POR CONSIGUIENTE...
De todo lo que se ha dicho aparece
claro que la vocación puede empezar a
manifestarse de mil maneras diversas y que
cualquier argumento o suceso puede servir
para manifestarnos la voluntad de Dios.
Preguntar a un joven cómo “le vino” la
vocación, podrá servir para conocer mejor al
muchacho y su carácter, pero generalmente no
nos podrá dar ninguna luz para juzgar si la
vocación es verdadera o no. El primer impulso
es una ocasión que orienta al joven hacia la
vida religiosa no una razón decisiva que le
convenza definitivamente.
Casi siempre en el primer capítulo de
la historia de una vocación encontramos una
palabra dicha por un amigo o un educador, un
folleto o un sermón, un ejemplo o una carta.
¡Cuántas veces ha bastado para "suscitar" una
vocación el revelar en secreto a un amigo la
propia vocación!
—Mira, te lo digo en secreto, no lo dígas a
nadie. Te lo digo porque quiero que ruegues
por mí... ¡Quiero hacerme sacerdote!
Estupor, maravilla, felicitaciones,
explicaciones... Y después se piensa en serio.
Y la pregunta es espontánea: —"¿Y yo, por
qué no?"
Conformémonos con la convicción de
que se requiere nuestra cooperación. En todas
las cosas espirituales Dios se sirve de sus
ministros o de algún alma buena. ¿Por qué
cuando se trata de vocación tantos saccrdotes
se echan atrás casi con temor? No quieren
entrometerse: "Es asunto de Nuestro Señor",
dicen. ¡Eso es una exageración! ¡Una posición
completamente errónea!
¡Dios quiere nuestra cooperación y nuestra
ayuda!
D E S C R I B I E N D O
PSICOLÓGICAMENTE UNA
VOCACIÓN
No sé si saldré con mi intento. Con
todo probaré. Tal vez sea como tantas
definiciones que lo dicen todo y después se
aprieta, se aprieta y no dicen casi nada.
No daré una definición sino trazaré
una descripción discutible pero quizá no
inútil. Hablo de una vocación nacida
tranquilamente como una perla que se forma
poco a poco, con tiempo, sin ruídos ni
empujones bruscos, y no de aquellas
ínstantáneas o violentas que caen como una
cascada.
Vamos paso a paso.
1) E1 alma empieza a sentir un sentimiento
indefinido de una como felicidad desconocida.
Ella misma no sabe lo que siente, pero no
obstante ve que no está hecha para pegarse a
la tierra, comprende que hay otras felicidades
muy superiores a aquellas mezquindades tras
las cuales corren ávidamente tantas almas.
Todo lo que le rodea le parece
pequeño, insignificante, ni siquiera lo piensa,
porque sabe que es capaz de gozos más
intensos y de felicidades más embriagadoras
pero también más puras.
2) A1 mismo tiempo le rodea otro
sentimiento, y es el de no querer ser una
persona vulgar, "uno más" que pierde el
tiempo, sino que quiere sobresalir, quiere
hacer sentir su personalidad, distinguirse en
algo, separarse del común de los hombres para
vivir una vida más noble y para hacer algo
grande.
Son pocos los jóvenes que pensando
en su porvenir se resignan a ser simples
unidades de una masa insignificante que han
de sufrir las influencias de otros sin imponer
las propias. La mayoría se imagina que
llegarán a ser jefes, centro de irradiación,
acogidos con aplausos, circundados de
admiración, de estima, bendecidos de muchos
por ellos protegidos.
"Hacer bien; repartir felicidad"; es el
ideal acariciado en los momentos de soledad
y de calma: vivir una vida que valga la pena
vivirla.
3) Mientras tanto esos pensamientos y
sentimientos -que podrán ser iguales a los de
cualquier ambicioso o presuntuoso- empiezan
a unirse con el pensamiento del mártir, del
misionero, del santo.
Y he aquí a nuestro joven que se siente
soldado de Cristo, que quiere militar bajo la
bandera del Gran Capitán; para él las cosas
grandes no son la caducidad de la tierra, a la
cual ya desprecia, sino las cosas eternas, las
gestas de los Santos. Eso le entusiasma y
alguna vez se sorprende representándose
como un mártir que confiesa con valor su fe,
o un héroe que defiende a un inocente o que
salva perdonando.
4) Pero no para en la imaginación. En este
momento comprende que ha de hacer oración,
que debe rogar más que los otros, que ha de
entregarse a una vida cristiana no común. Aun
el sacrificio y la mortificación se le convierten
en una necesidad, o mejor, en un placer.
Piensa con gusto en las cosas del cielo, tiene
hambre de la palabra de Dios, quiere ser
familiar con los sacerdotes, asistir a las
funciones religiosas y a todas las otras cosas
de la Iglesia.
5) A1 mismo tiempo se va posesionando de él
un acentuado sentido de desprecio de todo lo
que le habla de mundo. Las riquezas y los
honores son para él cosas vacías y sin sentido.
No encuentran sitio en su corazón. Y en
cambio crece el estado de "búsqueda". El
joven desea encontrar "algo" que él mismo no
sabe lo que es, su alma busca (como el joven
del Evangelio) y está sumergida en un estado
de continua ansiedad.
Hablad a este joven del ideal religioso
y sacerdotal y el noventa y nueve por ciento
dirá en su corazón: "¡Exactamente es eso lo
que yo buscaba! ¡Eso es lo que me conviene!"
Encontré en tal estado a un joven de
trece años. A la segunda entrevista le aprieto
fuerte la mano. El ve en este apretón de manos
a un amigo que le quiere bien y con sinceridad
y la primera cosa que me dice en aquel
momento es: "¡Le quiero decir un secreto!"
Seguro de mí mismo le respondí: "Ya conozco
tu secreto. Más aún, en tus oios leo cierta cosa
que tienes dentro y que tú mismo no conoces
todavía".
Todo acabó ahí. Pero al cabo de dos
semanas le escribí una carta para suscitarle de
nuevo aquella tempestad espiritual, por si
acaso se le había calmado. Copio algún
fragmento de sus respuestas traduciéndolas
del inglés:
"Con su primera carta ha roto usted el
hielo, y me dice además que tenga el grifo
siempre abierto para que el agua continúe
corriendo. La verdad es que no ha parado
todavía.
"El 'secreto' y aquel 'algo' que le quería
decir se refería a la elección de mi estado. Por
eso le pedí de modo especial sus oraciones.
Estoy en la edad crítica y debo elegir, y ruego
mucho para que elija lo que más le guste al
Sagrado Corazón de Jesús."
Y en la carta siguiente:
"No estoy ofendido con usted porque
quería conocer mi secreto a todo trance; al
contrario, estoy contento por el paso dado por
usted y me fío de usted como un verdadero
amigo y aún como si fuera mi padre.
"Me maravilla cómo usted supo
conocer mi secreto y me gustaría saber qué es
aquella 'cierta cosa' que usted leyó en mis
ojos.
"Estoy atravesando un punto crítico
(mi elección de estado); soy guiado primero
por el Sagrado Corazón de Jesús, después por
las oraciones mías y de mis amigos, por los
consejos de mi director espiYitual y por los
consejos de usted, reverendo Padre, al que
aprecio muchísimo.
"En un tema que hice hace tres años
expuse mis deseos de ser sacerdote y puse
también las razones que me empujaban a
hacer esa elección, las cuales eran
precisamente las mismas que usted me
escribía en su última carta. El tema era: "¿Qué
carrera quieres abrazar? ¿Por qué?"
"Desde aquel año empecé a tener ese
deseo y oigo continuamente las palabras: Ven,
sígueme. ¡Sacerdote... Misionero! Si todo eso
es verdad, si Jesús ha llamado, entonces he de
abrir a pesar de los obstáculos que ciertamente
encontraré."
Veamos otra carta de otro joven que también
se encontraba en esta situación psicológica y
que en un retiro, por una palabra dicha sin
intención, encontró lo que tanto tiempo hacía
que buscaba.
"Queridísimo Padre, las bellísimas
palabras pronunciadas por usted en el día de
retiro viven aún en mí. La vocación de ser
misionero y el amor hacia el Niño Jesús
crecen cada día más en mí. Ruego muchísimo
para que el Señor me haga la gracia de ser
misionero. Tengo grande confianza en el
Sagrado Corazón de Jesús porque El ha dicho:
"Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad
y se os abrirá".
"Cada mañana, como suelo, voy a
comulgar. Padre, siento mucho la separación
de usted (sic) y de sus compañeros, o mejor,
Hermanos, los otros Padres del colegio. Deseo
muchísimo oír y llenarme de sus santas
palabras.
"Padre, estoy seguro que Dios
escuchará mi oración y que me hará la gracia
de ser misionero para poder ser más puro,
amar más al Sagrado Corazón de Jesús y
predicar su santo nombre en tierras paganas.
"Siendo Misionero tendré la mente en
Dios y podré amarle mucho más. Mi alma se
hará una sola con Jesús. Padre, mándeme por
escrito sus santas palabras, mándeme también,
si le es posible, libros sobre misioneros, etc.
Sólo quiero llenarme de amor de Dios.
Roguemos juntos y estoy cierto de que el
Señor nos oirá.
"Estoy contento y soy feliz."
La mayoria de las veces estas
vocaciones nacidas de esta manera van
acompañadas de períodos llenos de afecto y
de entusiasmo, llenos de eso que nosotros
solemos llamar consolación espiritual. Estos
jóvenes sienten la vocación y ven que la
tienen sin necesidad de muchos
razonamientos. Sin embargo, no podemos
afirmar que el joven movido por estos
sentimientos está cierto de tener vocación.
Todavía estamos a los principios y tal vez
remotos. Aún falta mucho por andar.
Antes de dar un juicio exacto y
concreto es preciso que se manifiesten en el
joven algunas señales más objetivas y sólidas
que revelen un alma capaz de ser llamada a
esa misión tan noble.
SEÑALES DE VERDADERA VOCACIÓN
1) Miedo del mundo y de sus peligros.
No se trata de cobardía, o sea, miedo
de ser maltratados o de no poder hacer una
vida burguesa y tranquila. Se trata más bien
de un verdadero conocimiento de la malicia
espiritual y moral del mundo y de la dificultad
seria de permanecer fieles a la Ley de Dios.
Y si somos sinceros:
- ¡qué difícil es permanecer puros en el mundo
con tantos incentivos, ejemplos y tentaciones
provenientes de toda clase de personas,
compañías, lecturas y circunstancias de vida!
- ¡qué difícil es llevar una vida conyugal que
no traspase los límites prescritos por Dios,
que no intente contrarrestar o eliminar los
fines del Creador!
- ¡qué difícil es ser buenos padres que sepan y
quieran educar bien a sus hijos!
- ¡qué difícil es vivir honestamente sin
cometer injusticias, sin hacer trampas, sin
recurrir a la detracción, a la calumnia, al
engaño cruel!
- ¡a cuántos excesos pueden llevar las
amistades, las recomendaciones, las
posiciones que es preciso sostener para no ser
destrozado por los buenos "fuera de la Ley"!
¿Cómo ser buenos en un mundo en el
cual es tontería ser leal, motivo de aversión
ser cristiano, anormal el no ser bestialmente
inmundo, fácil presa ser concienzudo?
Es verdad que en el mundo hay también
santos, pero ¿a qué costo? ¿Qué temple de
cristianos han de tener? Sin contar que
muchas veces llegan sí, a un cierto grado de
bondad, pero después de mil caídas y
desórdenes y por un golpe brusco de la gracia.
¿Y yo me sentiré tan fuerte? ¿Creo
posible para mí atravesar ese barrizal sin
llenarme de barro?
Muchos jóvenes a la vista de este
espectáculo tan nefando del mundo no se
conmueven. No piensan o no aspiran a ser
buenos. Otros, en cambio se sienten agitados
y movidos; esto quiere decir que llevan en el
corazón el germen de un camino elevado y
santo, o sea, la vocación.
2) Atracción a la pureza.
Bienaventurados los limpios de
corazón porque ellos verán a Dios, y aún
muchas veces... le tocarán en los divinos
misterios. A veces uno se encuentra con
jóvenes que son una excepción, pasan a través
de un mundo de pecado y parece que no
sienten nada, viven en ciertas situaciones
escabrosas y van como ciegos, están llenos de
vida y de fuerza y completamente dueños de
sí mismos.
Se ve que para ellos existe una
Providencia especial. Mientras otros en
ocasiones menos peligrosas caen, ellos...
nada, y muchas veces sin gran esfuerzo. Dios
los conserva intactos; el Angel de la Pureza
pone el escudo de sus alas delante de sus ojos
y no ven, oyen y no entienden, saben pero no
caen en la cuenta.
¿Por qué razón Dios los mantiene
intactos? Ciertamente por alguna causa. Dios
obra siempre por algún fin. Muy
probablemente porque los quiere por el
camino que no se puede andar sin pureza. Y
más aún si se trata de un joven que sabe, que
ha visto, que comprende y que quizás ha
sentido en sí las pasiones más violentas pero
que ha encontrado en la gracia y un poco en
su carácter la fuerza y la energía para no caer.
Entonces se ve claro que ahí está el dedo de
Dios y que estamos frente a un joven llamado
a la perfección.
Clarísimo además cuando existe lo que
los ascetas llaman el “instinto” de la pureza.
Es algo que no se puede definir ni describir,
pero que no obstante hace al alma tan delicada
que esquiva cualquier sombra de impureza, y
aun quizá sin saber siquiera qué significa
pureza. Como sucede a los párpados que se
cierran instintivamente apenas se acerca al ojo
cualquier inoportuno mosquito. Es como un
instinto hacia la virginidad, una como
aversión casi natural hacia el pecado impuro.
Como Santa Margarita María
Alacoque, que a los tres años, sin saber nada
de lo que significaba, hace voto de virginidad.
Santa Rosa de Lima hace lo mismo a los cinco
años. San Luis Gonzaga a los ocho años, y en
esta materia es tan delicado que llega a
prevenir a la misma tentación. ¡Un privilegio
especial de Dios!
Encontré a un joven de dieciséis años
en un pueblo donde los muchachos de doce
años son ya casi mozos: bien desarrollado,
fogoso, inteligente, en plena posesión de sus
facultades y completamente abierto a la
primavera de la vida. Simpático, deportista,
exuberante y de una pureza que quiero
llamarla completa. No permitía a sí mismo
sentir ni siquiera el álito de la tentación. Sabía
guardarse maravillosamente bien, era recatado
en medio de su vida llena de juventud, era
admirable. Y sin embargo, su ambiente no le
era favorable, ni falto de dificultades como
cualquier otro ambiente, ya que en materia de
pureza basta estar revestido de cuerpo para ser
molestado.
Otro joven vivía en otro ambiente
completamente diverso. Tenía un hermano
públicamente deshonesto, su mismo padre
llevaba una vida que dejaba mucho que
desear. El era de un temperamento fogoso,
sabia menear los puños que era un primor, y
¡ay de los mayores que se ponían debajo de
ellos! Deportista, desarrollado
extraordinariamente, popularísimo entre sus
compañeros. Ciertamente no se trataba de un
anormal... y, con todo, era de una pureza
extraordinaria. Nunca un deseo desordenado;
contaba aquello que estaba obligado a ver,
pero de una manera sobria y cercenando las
palabras. Se notaba que todo aquello no le
tocaba. Viendo que entre sus problemas
espirituales no asomaba nunca el de la pureza,
procuré con cautela y con la máxima
prudencia hacer alguna mención, pero con
media palabra lo desviaba todo. Iba muy bien
y lo daba a entender con toda certeza.
Nunca como entre estos jóvenes
entendí el significado de aquella frase de San
Pablo (Eph.5,3) a propósito del pecado
impuro: Nec nominetur in nobis. Sólo el
nombrarlo ya desentonaba. E n c o n t r é
también otro joven, un tarambana como se
suele decir, incapaz de estarse quieto cinco
minutos, movido, allá donde estuviese, aún en
la iglesia, y no entregado ni mucho menos a
una vida espiritual; al contrario, las compañías
que frecuentaba no eran del todo
recomendables y las conversaciones que
tenían no eran serias, ni mucho menos, pero
tenía un como disgusto y una aversión natural
contra “el pecado feo”; le manifesté mi
admiración y aun se lo escribí. Veamos cómo
me respondió hablándome de su carácter.
"No puedo hacer menos que sentirme superior
a todo lo que puede ofender mi moral no sólo
cristiana sino humana, ya que el hombre ha de
tener su moral; pues de otra manera no es
hombre, y eso es lo que voy repitiendo
inútilmente a todos mis compañeros y amigos,
que se las dan de "gente corrida" y "superior".
Cuando se encuentra una gracia tan
sublime en un alma, está demasiado claro que
Dios no la quiere para que haga una vida
común y casi sin sentido. Ciertamente quiere
que se distinga en la vida de santidad y que
haga grandes cosas por su gloria.
3) Desear tener vocación.
¡Cuántas veces ocurre al ver pasar
algún religioso por la calle, decir en lo intimo
del corazón "¡Feliz él! ¡Si tuviese también yo
vocación; la gracia de ser como él!".
Este deseo seguramente no proviene
del demonio ni tan siquiera de la propia
naturaleza, porque todos sabemos que la vida
del religioso es una vida llena de sacrificios y
de renuncias.
Por eso hay algo de sobrenatural en eso que
gusta y atrae.
Cuando un joven empieza a tener ese
secreto deseo, bien puede sospechar que se
halla bajo la acción de Dios. Aunque este
deseo no exista actualmente, si se ha tenido
alguna vez en la vida no debe despreciarse,
sino que ha de ser examinado y ver cuáles
hayan sido las causas por que se abandonó.
Quizás se trate de una gracia de Dios que se
ha perdido por causa de una conducta indigna,
quizás solamente se tiene dormida y entonces
puede ser que se despierte con la oración.
Es un deseo que se siente de cuando en
cuando y que revive en la oración o después
de la Sagrada Comunión o en los días de
calma y de Ejercicios Espirituales. Cuando el
alma se pone en contacto con Dios, Dios le
habla más claramente.
Y muchas veces este deseo indefinido
llega a la certeza de la convicción: "Sí, me
haré religioso; lo demás no vale nada; es lo
que me conviene...".
Aquí Dios llama claramente.
Un jovencito de quince años se me presenta
un dia:
—Padre, necesito oraciones. ¡Ruegue por mi!
Tenia los ojos llenos de lágrimas.
—¡Bueno! ¿Pero qué es lo que quieres
conseguir?
—Tengo un deseo grande de hacerme
sacerdote, pero temo que no llegaré. Temo
que no tenga vocación. Pero la quiero tener.
No sé si eso es pecado, pero ¡yo quiero de
veras esa gracia!
Sonreí. ¿Qué señal más clara quería este
muchacho para estar seguro de que Dios le
llamaba?
E1 P. Doyle dice: ¿Te ha ocurrido
alguna vez preguntarte a ti mismo: ¿Cómo
podré saber si tengo vocación o no? Bastaría
esto para tener una señal cierta de vocación2.
¡Pero podría ser una veleidad! Cierto.
Por eso precisamente es necesario cultivar ese
deseo, pedirlo y después esperar a que el
tiempo hable. Un deseo que dura tres meses
no puede ser una cosa pasajera. Y si en un
joven de quince años dura un año, bien
podemos decir que se trata de una cosa muy
seria.
4) Conciencia de la vanidad de las cosas de
las cosas de la tierra
Ya hemos hablado algo. Completemos
el cuadro. Empieza con sentimiento de temor
y de decaimiento. Ven a sus compañeros que
2
F. WILLIAM DOYLE, S.I., Vocations, p. 3
corren alocados tras las quimeras
inconscientes. ¡Pobres!; son dignos de
compasión, son pobres ilusos que no
comprenden. Para nosotros, en cambio, ¡es tan
evidente!
¡Todo acaba, todo es vano! ¿Vale la
pena de emplear toda una vida para conseguir
estos bienes caducos que no valen, que no son
capaces de dar un minuto de serena alegría?
Y este sentimiento se introduce de un
modo particular durante las diversiones o
poco después de ellas. ¡Qué necio es el modo
de pensar y de obrar de los hombres! ¡Todo
artificial, todo pasajero!
Arturo Bonardi en una novela reciente,
"E1 Viejo Presbiterio", describe la desilusión
de la señorita Sand, mientras tomaba parte
activa en una reunión del Conde de
Castelrosso. "Sand se refugió en su aposento.
¡No podía más! ¿Qué era aquel conjunto de
gente con blasones, galones, toda
emperejilada? Un mundo de ficción y de
miserias. ¡Oh! El otro mundo de la luz que
había atisbado en el viejo presbiterio y que
siempre comprendió mucho mejor a través de
las armonías de "María de Jesús" era mucho
más superior y deseable "3.
Me hallé presente en una conversación
entre dos muchachos. El uno hablaba de sus
proyectos de carrera, riquezas y nombradía. El
otro de vez en cuando intercalaba el discurso
con un: "¡Bah!, ¿y qué vale todo eso? ¿Para
qué te sirve todo eso? ¿Qué harás con los
aplausos y la estima de todo el mundo?".
Me impresionó y quise preguntarle a solas.
—¿Y tú qué serás?
—No sé; confío en que Dios me haga la
gracia de ser sacerdote. ¡Yo no deseo tonterías
3
A. BONARDI, Il Vecchio Presbiterio, S. A, S.,
n. 32
como mi amigo! ¡Es un iluso! No entiendo
qué gusto encuentra en querer ser rico y
poderoso...
Y después añadió:
—¡Aquello no es la grandeza!
Me acordé del epitafio que el senador
Spínola compuso para su sepulcro, y que
después fue puesto en su tumba:
"Aquí yace Juan Pedro Spínola (senador),
que, puesto por la Providencia en próspera
fortuna, juzgó máxima desgracia no haber
podido vivir en una Compañía4 tan santa
como la de Jesús, y a la hora de la muerte
deseó como un gran favor le enterrasen entre
los últimos hermanos de ella: para que
aprenda el que vive, a estimar en vida
4
Habla de la Compañía de Jesús; de los jesuitas.
solamente lo que ha de querer en el punto de
la muerte, a la cual se llega muy presto"5.
Todavía es reciente el caso de Eva
Lavalliere. Aquella tarde la hicieron salir al
tablado varias veces para saludarla
efusivamente. Los aplausos del público
delirante demostraban que veían en ella a la
diva, a la reina del escenario. Pero a poco de
la representación se cambia rápidamente sus
vestidos y por un camino solitario se dirige al
Sena. La vista extraviada, el paso incierto, la
frente rugosa, indicaban claramente que sufría
una tempestad en el corazón. ¡Exacto! Era la
amargura desesperada que deja en el corazón
la mentirosa gloria humana que únicamente es
capaz de saciar a los que no tienen
sentimientos nobles. Eva Lavalliere pensaba
arrojarse al río y terminar para siempre con
5
GONZALEZ, El Coadjutor perfecto.
aquella vida que no sabía darle lo que
necesitaba. Y al barquero que la detuvo le
gritó fuera de sí:
—¡Déjame en paz! ¡Soy la mujer más infeliz
de este mundo! ¡Estoy desesperada!
Más tarde, cuando después del
Noviciado pronunció sus votos religiosos en
un monasterio, dijo a los periodistas que la
querían entrevistar para publicar los
pormenores emocionantes de aquel cambio
tan extraordinario:
---¡Digan a todos que soy la mujer más feliz
del mundo!
A veces este desprecio del mundo
confina con el odio; sentimiento que Jesús
mismo tuvo, pues maldijo al mundo y no
quiso rogar por él. Fijémonos en que no es un
odio hacia los hombres sino más bien hacia el
modo de pensar, de obrar y de considerar las
cosas que tienen los que viven según las
máximas del mundo.
5) Atracción a la oración
Un deseo indecible de sentirse unido
con Dios, de conversar con El, de orar. Querer
estar solo, casi diría escondido; amar, pensar
y orar. El joven siente que quiere hacer
oración, le asalta el temor de que no ruega
bastante, y en la oración encuentra calma y
gozo porque reza o porque ha rezado.
¿No habéis entrado nunca en alguna
iglesia hacia el atardecer? Entrad y no será
raro que veáis a cualquier jovencito en algún
ángulo rezando.
Conocí a un muchacho de trece años
que podía darme lecciones en materia de
oración. Exterior, recogido pero nada
afectado. Impresionaba hasta a sus
compañeros. Su padre me decía: “Yo no sé
qué tiene este pequeño. Apenas le llamo por la
mañana, en un instante pasa, y sin ningún
esfuerzo, del sueño más profundo a un estado
de oración recogidísimo. Mi esposa y yo
estamos admirados”.
Le quise conocer y vino cuando yo
estaba solo en mi aposento:
—¿Comulgas cada día? —le pregunté.
---¡Claro que sí!
—¿Visitas a Jesús Sacramentado?
---¡Naturalmente!
---¿Te gusta hacer oración?
— Sí, pero no sé cómo arreglármelas para no
distraerme.
En resumen, este joven no estaba
contento si no hacía la Comunión diaria, si no
ayudaba a Misa, hacía una visita á Jesús en
cada iglesia que encontraba a su paso y decía
dos o tres Rosarios diarios. Y era el alumno
más vivo y más "diablillo" de todo el Colegio.
—¿ qué quieres ser cuando seas mayor?
Me miró, sonrió, volviendo la cabeza a otro
sitio.
—¡Como usted! —dijo.
La vida eucarística se intensifica de un
modo casi natural. De los jóvenes a los que he
ayudado en su vocación puedo afirmar que no
había uno solo que no comulgase diariamente.
Sin embargo, no es necesario que
comulgue cada día para poder decir que un
joven se siente atraído hacia la oración.
Cuando se ve que uno va pasando de la
Comunión mensual a la semanal o de la falta
casi total de oración a la convicción o a la
necesidad de orar mucho, puede ser señal de
que Dios se quiere hacer oír.
Un día tuve un coloquio con un joven
de catorce años y lo que más llamó mi
atención fue su preocupación, porque decía
que rezaba poco y que no sabía hacer oración.
Aquello era su problema. A los tres meses ya
tenía vocación.
Otro me decía que recitaba seis
Rosarios diarios.
—¿Y cómo puedes hacerlo? ¿Durante la clase
?
—¡No! Por la calle, yendo a casa, durante las
filas, esperando al profesor, y al fin digo dos
con toda calma en casa o en la iglesia.
Inútil es decir que el ideal de la vocación
estaba ya alto y esplendente en el horizonte
cle su alma.
Con frecuencia todo esto va
acompañado del gusto por la oración y por las
consolaciones espirituales. E1 muchacho que
siente estos gozos no irá a otro sitio a buscar
su felicidad; sin más comprenderá que la vida
religiosa debe ser una vida de paraíso y
verdadera felicidad.
Tuve otro joven que no sabía separarse
de Dios. Media hora de meditación, otra
media de lectura espiritual, todo el Oficio de
la Virgen (que suele durar más de media
hora), Comunión y Rosario. Y no obstante,
llevaba adelante todas sus lecciones y demás
composiciones. Su madre, preocupada, me
pidió que le dijese que pusiese un poco de
freno a aquella vida. Le prohibí todo excepto
la Comunión y un cuarto de hora de
meditación. ¡Pobre! No podía darse paz, y
eran tales sus insistencias, sus promesas y
lágrimas, que a la semana me vi obligado a
darle plena libertad.
Pero, como decía, no es preciso
conocer estos ejemplos excepcionales para ver
clara una vocación.
6) Deseo de sufrir
Nos parece injusto el saber que Jesús
sufrió por nosotros mientras gozamos de
tantas pequeñas comodidades. El pensamiento
de tantos pecados y de tanta ingratitud para
con Dios de parte de los hombres deja, es
cierto, indiferentes a los más, pero hiere a
otros en lo más vivo y les hace sentir el deber
de sufrir y sacrificarse para asemejarse a Jesús
y para reparar lo que hacen tantos pecadores.
Muchas veces no piensan en los
porqués. Su amor a Dios los empuja a ello.
Puede darse que se trate de un penitente
sincero; alguna vez, en cambio, es como una
necesidad del corazón que comprende no
poder amar a Dios sin sufrir. Entonces es
cuando se ve a estas almas entregarse al
sacrificio, renunciar voluntariamente a tantos
devaneos y aun diversiones lícitas, procurarse
instrumentos de penitencia para hacer sufrir al
cuerpo y así encontrar el gozo y la paz del
alma y sentir la sensación de que empiezan en
serio a amar a Dios.
Crece por lo tanto la devoción al
Sagrado Corazón, devoción de amor y
reparación, admiran a los religiosos porque
llevan una vida de sacrificio y practican la
compunción del corazón que conduce a la
mortificación no sólo interna sino externa.
Conocí dos jovencitos que durante el
recreo, después de haber rezado un poco,
buscaban un sitio escondido y... andaban de
rodillas sobre las piedras... para sufrir. Un
muchacho de trece años ponía una tabla sobre
un colchón disimulando y diciendo que
dormía más cómodo; otro, como San Luis,
atormentaba su sueño con piedrecillas metidas
entre las sábanas. Vi a otros que dormian
sobre el desnudo suelo, ¡y cuántos otros me
han pedido, no en vano, instrumentos de
penitencia!
Esta es una de las señales más
sólidas y seguras de vocación, y desde estas
páginas quisiera decir a todos que hemos de
presentar la vida religiosa tal como ella es
en realidad, o sea, vida de renuncia y de
sacrificio. Es inútil procurar mitigar este
lado incómodo de la vida religiosa. No seria
sincero y, por lo demás, esconderíamos lo
que la vida religiosa tiene de más atrayente.
Precisamente hace pocos días una
joven, a quien yo dirijo espiritualmente, se
presentó a las Hermanas Franciscanas
Misioneras de María para ser admitida en su
Congregación. Por primera providencia las
Hermanas empezaron a desanimarla
diciéndole que su Regla era muy rígida y
difícil, que pocas llegaban a resistir y que la
mayoría tenía que volverse atrás. Al principio
quedó un poco angustiada, pero luego quiso ir
al Noviciado de Grottaterta para ver y probar
cómo era la realidad. La Madre Maestra de
novicias la acogió con un: “¡Ni pensarlo!
¡Nuestra Regla es muy dura; Usted no podrá
resistir!”.
Alabé el modo de obrar de estas
religiosas, que demostraban ser muy serias en
su reclutamiento. No obstante, sobre la joven
produjo el efecto contrario, pues me dijo:
—Si hay que sufrir, tanto mejor. Yo no quiero
hacerme religiosa para estar bien, sino para
crucificarme con Jesús.
Y es que el que tiene verdadera
vocación no teme al sacrificio; en cambio, si
un joven pide abrazar la vida religiosa y
permanece perplejo al pensamiento de que
tendrá que sufrir y renunciar a todo, conviene
ir despacio y hacerle esperar un poco más v
mientras no empiece a querer el sufrimiento,
seamos poco entusiastas de su vocación.
E1 biógrafo de Santa Margarita María
de Alacoque, hablando de la vocación de esta
predilecta del Sagrado Corazón, muestra muy
al vivo esta renuncia dolorosa:
“Brillaba en el mundo y Jesús la quería
humilde y escondida tras una reja; le gustaba
adornarsede rosas y Jesús quería lacerarla con
espinas; corría tras los placeres y Jesús la
quería para el sacrificio y la humillación. Una
vida fácil y feliz se abría a sus pies y Jesús
quería que muriese a todo lo que da la tierra:
sueños del porvenir, adornos, belleza, salud,
afectos; Jesús quería el sacrificio de todo por
amor de El”.
La vida religiosa es un paraíso, pero
porque es una continua crucifixión: no es
alegría según el mundo, sino lo contrario de
aquella del mundo.
Cuando Ermano Cohen se convirtió
del judaísmo y fue al P. Lacordaire, para
manifestarle su deseo de ser religioso y de ser
dirigido por él en su vocación, el Padre le
dijo:
—¿Tiene usted valor para que le escupan en
la cara sin decir nada? Si es así, puede hacerse
religioso.
No queremos vocaciones de agua de
rosas, de jóvenes que quieren darse a Dios...
hasta cierto punto. ¡Váyanse en buena hora!
La vida religiosa necesita héroes y
únicamente el que quiere sufrir y seguir a un
Rey coronado de espinas y cubierto de
salivazos, puede que llegue a ser un verdadero
religioso, y con esto, santo, feliz y llamado de
Dios.
7) Espíritu de generosidad para con Dios.
No estar nunca satisfecho de lo que
uno hace por Dios, no decir nunca basta,
querer hacer siempre más. Si se empieza a
experimentar una cierta inquietud, una santa
impaciencia de hacer siempre más por Dios,
estamos frente a un amor genuino hacia Jesús,
frente a la comprensión práctica de lo que E1
ha hecho por nosotros, y a la nulidad y
debilidad de nuestros esfuerzos para amarle y
para pagar su exquisita bondad y
condescendencia. Y mientras, estas almas que,
en amor de Dios, pueden darnos lecciones a
nosotros los religiosos, no saben considerarse
de otra manera que como siervos inútiles.
Si se les dice que aman a Dios, en
seguida enrojecen de vergüenza y aún lloran
porque se ven muy lejos del ideal acariciado
en sus mentes y con frecuencia creen que se
burlan de ellos, y si no se ofenden... es porque
son almas de Dios.
Aquel querer amar a Jesús hasta la
locura, aquel atormentarse continuamente
porque no aman a Dios como quisieran, aquel
querer hacer no se sabe qué para demostrar su
amor, empuja a estas almas a verdaderos
heroísmos de generosidad. El amor de Dios
les es alegría y tormento al mismo tiempo;
alegría porque lo tiene de veras, tormento
porque no es como y cuanto quisieran.
¿Estado místico? No, precisamente.
He visto almas así y les he hablado de
vocación. La mayoría nunca habían pensado,
pero mi proposición les parecía tan natural
que no dudaban de que Dios las llamaba para
ser todas suyas y para siempre.
8) Horror al pecado.
Es un miedo saludable del pecado, al
que se considera como el verdadero y único
mal del alma. Mientras ven sumergirse a
amigos y conocidos en la corrupción y en la
ruina espiritual, ellos desean un medio que los
aleje de tantos peligros. Buscan un modo de
vivir en el que el pecado sea imposible.
9) Deseo de consagrar la vida por la
conversión o salvación de una persona
querida.
Como la hija del rey Luis XV, la cual
se hizo religiosa para salvar el alma de su
padre, que llevaba una vida poco edificante.
Tuve a un joven de sentimientos
delicadamente afectuosos que ofreció su
vocación por la salvación eterna de su madre,
y a los tres meses su hermano decidió hacerse
religioso y ofreció su “elección” por la
salvación de su padre. Hoy son los dos
religiosos; la madre voló al cielo y el padre
lleva una vida verdaderamente cristiana.
10) Delicadeza de conciencia.
Se encuentran almas muy sensibles al
toque de la gracia y a la vida espiritual, las
cuales se guardan aún de las más leves faltas.
El solo temor de ofender a Jesús, al cual
quieren tanto, los impele a realizar cualquier
renuncia. Son delicados y fieles y se
descubren las más pequeñas faltas con una
destreza sorprendente. Son almas llamadas a
la perfección, prontas a las más altas
aspiraciones.
Vino a verme un alumno vivaracho de
segundo de Bachiller.
—Padre, ¿es pecado hablar en clase durante el
estudio?
—No —respondí—, es sólo cuestión de
disciplina.
—Pero —insistió—, ¿Jesús estaría más
contento si yo no hablase?
—¡Claro! ¡Es más perfecto! Por lo menos una
buena mortificación.
Bastó esto para que el joven ( hoy
religioso fervoroso ) no dijese nunca más una
palabra en clase, desdeñando las burlas y un
poco la cólera de sus compañeros que,
frecuentemente, necesitaban su ayuda de
“sugeridor” para salir salvos de ciertas
preguntas.
Y de chiquillo poco disciplinado se
convirtió en un modelo... sólo porque así
estaría más contento Jesús.
11) Temor de tener vocación.
A veces se tiene miedo de tener
vocación, se quita todo pensamiento sobre esa
materia, el cual vuelve con insistencia, se reza
por no tenerla. “Que Dios tenga lejana de mí
semejante invitación, la cual destruiría tantos
castillos ideados y acariciados”. Se recela
continuamente de que éste o el otro quieren
“pescarme” para la vida religiosa, se evita el
peligro de ir con religiosos o con jóvenes que
tienen vocación por temor de que la
conversación recaiga sobre aquella materia
tan peligrosa, se temen los Ejercicios
Espirituales, el ser demasiado buenos y
frecuentar los Sacramentos y con todo no
quieren hacerse malos porque el alma es recta
con Dios.
Todo esto, dice el P. Doyle6, a veces es
señal de verdadera vocación.
E1 demonio, que es muy inteligente,
puede prever con cierta probabilidad que, si
llegan a ser sacerdotes o misioneros, harán
muchísimo bien, y por eso procura poner en
sus corazones esos temores infundados para
alejarlos del camino que sería su salvación y
santificación y la salvación de tantas almas.
Los ejemplos de vocaciones
empezadas en este terreno, contrario y huído
a propósito, son muchísimos.
- En la vida del Beato Claudio de la
Colombière se cuenta de una cierta María de
6
Vocations, p.7.
Lyonne de la que el Sagrado Corazón de Jesús
había hablado a Santa Margarita María de
Alacoque y le había dicho que la quería por
esposa. Pero no había manera de hablarle a la
tal señorita; no permitía ese argumento ni
quería pensar: decía que nunca se realizaría
semejante cosa. Poco a poco la gracia se abrió
paso, y después de haber recibido una gran
humillación en público, entendió que era
inútil resistir a Dios. Se resignó, pero al entrar
en el convento dijo:
--- “Si aquí cerca estuviese la puerta del
Purgatorio, preferiría entrar en ella antes que
enterrarme en esta cárcel”.
Llevaba encima un poco de dinero y lo dió
una amiga suya diciéndole:
--- “Ya es mucho que estas Hermanas se
queden con mi persona... No han de tener ni
diez céntimos de mis haberes”
Pero cuando pasado un mes el P.
Claudio de la Colombière fue a visitarla, le
saludó con estas palabras:
--- “Padre, ¡qué feliz soy! Estoy en el Paraíso;
no hago otra cosa que besar los santos muros
de este convento que me hace tan feliz y
contenta”.
Era el demonio que le puso toda
aquella repugnancia. Una vez dado el paso y
aplastada la cabeza a la tentación, encontró la
alegría.
- También se lee del P. Miguel Agustín Pro,
S. J., que no podía ver de ninguna manera a
los jesuitas. Estaba enfadado con ellos porque,
siendo Directores Espirituales de sus
hermanas, las dirigieron hacia el claustro. Una
gran melancolía se adueñó de él y huyó a la
lejana floresta; no quería ver a nadie.
Su madre le buscó, le encontró, le
condujo a casa y le convenció para que
hiciese los Ejercicios Espirituales... con los
odiados jesuitas.
Fue... temiendo encontrarse con la
vocación Sería una grande afrenta para él. Y
precisamente, Dios le llamó, y suerte de él que
siguió la voz del Señor. Fue sacerdote y
mártir, gloria de Méjico, de la Compañía de
Jesús y de la Iglesia.
Sucedióme un caso un poco cómico.
Uno de mis congregantes decidió hacerse
jesuita. Tenía un íntimo amigo, un óptimo
joven bajo todos aspectos.
—Padre —me dice un día—, mi amigo X
debe de tener algo de vocación.
—También creo yo eso, pero ni tan siquíera lo
sabe.
—Ya se lo haré saber yo.
—¿Y cómo te las vas a arreglar?
—Le diré mi decisión; veamos qué efecto le
hace.
Al día siguiente me veo venir hacia mí a X,
todo agitado. Se sienta y empieza
bruscamente:
—Padre, ¿ sabe la noticia ?
---¿ Cuál?
—¡Z, se hace jesuita !
—¿De veras? —dije haciendo como que no
sabía nada. En seguida le dije —-¿Te lo ha
dicho él?. Pues... sí, ya lo sabía. Es un chico
tan bueno que podíamos esperar eso de él.
—Pero eso es un milagro. ¡Nunca lo hubiera
dicho! ¡Un joven así, tan vivo y alegre!
Después de una pausa añadió:
—Realmente es bueno, especialmente esta
última temporada... Me lo dijo ayer... Pero
¿cómo puede ser?
Mientras tanto me miraba y se removía en la
silla.
—Pero, Padre, ¿ y Usted se queda igual ante
una noticia así?
—Pero, hijo mío, ¿y por qué has de agitarte de
esa manera? Además, ¿qué te va a ti? ¿Te ha
dicho que tú tienes vocación? ¿Por qué te lo
tomas tan trágicamente?
—¡Esta noche no he podido dormir nada!
No pude reprimir una sonrisa pensando que el
golpe había salido maravillosamente.
—Padre, ¿por qué se ríe? ¡La cosa me parece
muy seria!
—Querido X —empecé con calma—, la
impresión que te ha causado la noticia de la
vocación de Z es como para preocupar. Puede
ser una señal...
—¡No, Padre! —interrumpió—. ¡Yo no tengo
vocación! Cada día rezo para no tenerla. Con
todo, esta noche temía que me viniese.
Al cabo de un año, X no rezaba más
para no tener vocación, era más reposado, y
cuando al año le dejé, había hecho con calma
los Ejercicios Espirituales para ver si Dios le
llamaba, rezaba cada día por hacer bien la
elección de estado y una vez me dijo que, si
hubiese visto que Dios le llamaba, no hubiera
dudado ni un momento en hacerse religioso.
Casi, casi deseaba tener vocación.
E1 P. Gratry intentó describir al vivo
su estado de ánimo y la lucha interna que tuvo
contra el llamamiento de Dios.
“Pensaba consagrar todo lazo que hubiera
podido sujetarme...; mas en un instante percibí
por vez primera que mi amor era una atadura
y un obstáculo ( amor de puro sentimiento y
por lo demás honesto). A la vista de esto
quedé consternado y sentí mi impotencia
absoluta para romper esa cadena viviente de
mi corazón. ¡No quería! ¡En cuanto a eso, no
y no!.
“"Pero he aquí que una especie de soplo
vivificante me circundaba... y una voz
misteriosa me decía con un acento de
insondable profundidad: ‘¡Ah! ¡Si tú
quisieras!’ — ‘No puedo querer —respondí
con mucha dulzura y respeto—. Eso es
imposible’. — ‘Por lo tanto, ¡si tú quisieras!’
—volvía la dulce voz siempre acariciadora y
vivificante. Y yo le daba la misma respuesta,
y llamaba en mi testimonio al cielo para
probar que aquello era imposible.
‘No estás enteramente obligado a esto
-parecía que me dijese la voz- pero sin
embargo, ¡si tú quisieras!’. Eran siempre las
mismas palabras, pero cada vez con una
fuerza más irresistible...
Y la maravillosa conversación seguía siempre
así, con la misma pregunta e idéntica
respuesta.
“Después yo no quería querer. A1
cabo de un tiempo quería querer, pero sin
querer todavía. Siempre se me figuraba
imposible. Pero bajo la creciente insistencia
de la voz... llegué a decir...: ‘No puedo, pero
no me opongo; obra por tu cuenta, toma,
hiere’. Entonces, como si me hubieran puesto
en la mano un hierro candente, o mejor, como
si me hubieran sacudido el brazo y cogido la
mano, herí yo mismo la arteria principal de mi
corazón. Todavía me parece sentir el frío de
aquel golpe.
“Todo se acabó. A1 día siguiente entré
en una iglesia, era el día de la Asunción, e
hice voto de seguir los conseios evangélicos"7.
12) Celo de las almas.
La narración de la lejana misión nos
encanta y conmueve. E1 pensamiento de
millones de almas que aún no conocen a Jesús
nos hace llorar. Mientras otros quedan fríos,
como si fuera cosa que no los toca, nosotros
sentimos una viva repercusión. Nos parece
7
Souvenirs de une jeunesse, 6ª ed., pp. 85-88.
que tenemos obligaciones por esas almas, que
debemos hacer algo para ayudarlas, que no
podemos permanecer tranquilamente mano
sobre mano, limitándonos a estériles palabras
de compasión.
Algunas veces este pensamiento
parece como que nos persigue y nos
representa viva en la imaginación la vista de
un río de almas que van a la deriva y que nos
tienden las manos implorando socorro.
Otras, en cambio, este celo apostólico
se desarrolla y concreta alrededor de nosotros
mismos, lo ejercitamos en nuestro ambiente
en las Asociaciones, de tú a tú, de alma a
alma. Otras veces se desfoga en la oración o
en el estudio de los problemas del apostolado
católico.
La imagen de Jesús Crucificado que
grita: ¡Sitio! nos parte el alma y
comprendemos el profundo significado del
lamento del Salvador: “Quae utilitas in
sanguine meo?”.
Este sentimiento altruísta, flor de la
caridad cristiana, se encuentra con frecuencia
en almas juveniles y es una señal evidente de
que Dios llama al ideal de la paternidad
espiritual, que es la expresión más genuina de
la caridad y de la vida consagrada al bien de
los demás.
13) Fuga del egoísmo.
Sentir la fraternidad universal, el amor
a los pobres, a los que buscan dar una ayuda
con la limosna, defender a los compañeros
más débiles e injustamente molestados por los
muchachos mal educados.
14) Sentir una santa envidia de los religiosos.
A1 verlos pasar nos viene un secreto
deseo: “¡Felices! ¡Si yo fuera como ellos!
¡Qué felices deben de ser!”.
15) Fuga de la mediocridad.
Espíritu cristiano combativo. Siempre
a punto para defender su propia fe, gustar el
honor de ser soldados de Cristo. Querer
ofrecer a Jesús cosas grandes.
(*)Y podríamos continuar todavía esta lista,
pero bástenos esto por ahora.
Diciendo que todo eso son “señales de
vocación” no quiero decir que, teniendo
alguna de estas convicciones o deseos, se
tenga todo lo que se requiere para poder
deducir la presencia de una verdadera
vocación, sino quiero decir solamente que
algunas de esas “señales” es ya indicio para
mí, sacerdote o educador, para argüir con
cierta seguridad que Dios ha puesto los ojos
sobre el alma de aquel joven para darle la
vocación, la cual, para que sea
verdaderamente genuina y cierta, ha de tener
otras dotes, como diremos más adelante8.
8
Para comodidad de los sacerdotes transcribimos lo que sucintamente dice el Padre Iorio, S. J., en su
Compendium Theologiae Moralis, vol. II, n.° 157:
Quaenam sint signa Vocationis Religiosae?
Resp. Generatim loquendo seu iuxta providentiam ordinariam duo requiruntur et sufficiunt ad vocationem divinam
probandam, scilicet debita aptitudo et voluntas.
1. Aptitudo intelligitur idoneitas ad statum religiosum in genere, et in particulari ad observantiam talis Ordinis aut
Congregationis propriam. Consistit autem in recto praesertim iudicio, in indole bona, in animo submisso obedientiae
iugo, in scientia relative sufficienti, et in carentia defectuum corporis et animi, qui rationi huius vitae repugnant.
2. Voluntas constans, quae proinde non sit frequentibus mutationibus obnoxia, non obstante alioquin quapiam
praeterita tergiversatione ex daemonis tentationibus exorta, vel ex quadam naturae repugnantia. Non tamen requiritur
ut voluntas ex spontaneitate seu propensione magis quam ex intima animi persuasione procedat. Porro voluntas illa
recta esse debet, procedere scilicet ex intentione pura, ex mero desiderio salutem facilius consequendi, maiorem Dei
gloriam vel etiam animarum salutem procurandi, etc.
Dixi generatim loquendo seu in providentia ordinaria: quia adsunt evidentiora vocationis signa, nempe 1°)
divina revelatio, ut vocatus est S. Paulus, S. Aloysius Gonzaga, S. Stanislaus Kostka, etc... 2º) inspiratio singularis,
quae consistit in interno motu, quo quis vehementer ad vitam perfectionem impellitur, et quasi attrahitur.
¿PODEMOS INFLUIR FORMANDO
AMBIENTE, SIN PELIGRO DE ROZAR
LA LIBERTAD Y ESPONTANEIDAD?
¡Sí!
Por lo dicho hasta aquí podemos
comprender cuál sea la atmósfera, por así
decir, de las vocaciones y el aire sobrenatural
que respiran los que son llamados a la vida
religiosa.
Yo sacerdote, yo educador, yo
profesor, ciertamente, puedo ayudar al joven
a llegar al conocimiento de su vocación
preparándole y formándole un ambiente en el
que pueda fácilmente entender, sentir, gustar,
desarrollar y mantener y después seguir su
vocación si Dios se digna dársela.
La actividad de la gracia varía según
los individuos, pero podemos establecer cierto
proceso de convicciones y deseos que,
fundados bien en el joven, le hacen apto y
sensible al toque de la gracia apenas Dios le
quiera llamar.
He aquí, pues, definido nuestro trabajo
de educadores y de celadores de vocaciones.
Es necesario que en el ambiente de nuestra
clase, asociación o colegio, reine:
1 ) La convicción de la vanidad de las cosas
de la tierra.
2 ) E1 deseo de hacer cosas grandes por Dios
y por la Iglesia
3 ) La admiración por los héroes, pero dando
bien a entender que los verdaderos héroes son
los mártires, los santos y los que se sacrifican
por los otros.
4) Afecto y estima por las cosas que miran a
Dios y a las almas.
5 ) Celo apostólico, especialmente misionero.
6 ) Frecuencia de Sacramentos.
7) Ambiente sano en todo lo que se refiere a
pureza, decencia y modestia cristiana.
8 ) Formación cristiana combativa, según la
frase de la Imitación de Cristo: “Militia est
vita hominis super terram”9.
Pero para llegar a esto no es preciso
limitarse a pláticas o cursos especializados; es
necesario trabajar en este sentido poco a poco,
tomando ocasión de los sencillos
acontecimientos de la vida cotidiana.
Por ejemplo:
1 ) Un muchacho se esfuerza por hacer bien
un deber. Pero no puede y se le da un mal
punto. ¡Se le llama!
“Mira, nosotros somos unos pobres hombres
y tenemos que juzgar por lo exterior. Dios ha
visto tu esfuerzo y te premiará. ¿Ves cómo
tienen razón los religiosos para abandonar
9
Job, 7,1.
este mundo tan injusto en juzgar y servir a
Dios que sabe ver y premiar?”
2) Se reza la oración y alguno que otro está
distraído. ¡Se le llama!
“¡Realmente somos afortunados! Tantos y
tantos niños que no saben ni tan siquiera que
Jesús ha venido para salvarnos y nosotros que
poseemos la verdadera fe la despreciamos así.
Recemos bien y ofrezcamos nuestras
oraciones por los niños infieles”.
3 ) Orientar algunos temas de clase en ese
sentido. “¿Qué sentimientos sientes ante la
muerte de un amigo?” “Después de una
diversión mundana (cine, teatro o baile), ¿qué
pienso, qué siento?” “¿Cuál es, según tú, la
verdadera grandeza?” “¿Qué heroísmo
desearías haber hecho?”. Y así otras cosas,
bien entendido lo de “ne quid nimis”.
4 ) Corregir ideas cuando en las Antologías
se habla de héroes que no tienen nada de
heroico y presentar a los verdaderos héroes:
los mártires que no se inclinan ante el tirano,
los santos que supieron cumplir con su deber
aún a costa de su vida, los misioneros que se
consagran desinteresadamente al bien de los
demás. No faltarán al educador cristiano
ejemplos de héroes verdaderos.
5) ¿Los muchachos se han portado bien
durante toda la hora? Entonces es necesario
darles un premio, contándoles cualquier cosa.
¿Qué escogeremos?. E1 que quiere trabajar
por las vocaciones no tiene necesidad de mi
sugerimíento. Hay multitud de episodios de
aventuras en las vidas de los santos, de los
mártires, de los misioneros y de los católicos
militantes.
6 ) A un muchacho le traiciona un amigo
suyo. ¡Cuántas veces sucede! ¡Qué ocasión
tan magnífica para inculcar la idea de la
vanidad de las cosas de la tierra! ¡Hasta las
amistades fallan! ¡Para que veamos cuán
grande es la ingratitud de los hombres hacia el
Corazón de Jesús! ¡Para que inculquemos el
amor de Dios, que es el verdadero Amigo que
no sabe traicionar!
“¿Ves por qué los religiosos son felices? Por
que han encontrado al Amigo”.
7 ) No nos limitemos a hablar únicamente de
los santos o de gente que vivió hace ya
muchos años o está muy lejos de nosotros;
hemos de hablar también de cualquier
sacerdote, obispo o religioso que los
muchachos conozcan y darles a conocer el
lado apostólico de su vida, su generosidad con
Dios, su heroísmo por las almas.
“¿ Sabes ?, aquél es Conde, su familia
es riquísima. Pues, mira, lo ha dejado todo...
por Dios. Le ha dado un puntapié al mundo...
y no ha perdido nada”.
“Oigan, conocen al P. X. . . Quiero
decirles un poco cómo pasa el día... qué hace
por los pobres... cuánto predica, confiesa,
etc...”
De este modo el joven conoce el ideal
sacerdotal y apostólico, vivo, latente, y cada
vez que vea a aquel Padre se acordará... y
sentirá algo en su corazón.
8) Si entre los jóvenes se ha madurado ya
alguna vocación, si alguno de ellos ya ha
vestido el hábito religioso o la sotana de
seminarista, sería muy oportuno animar a
hacerse visitas mutuas (no frecuentes ),
organizar alguna pequeña velada en su honor,
invitarle a que dé alguna charla sobre su
vocación y que les explique cómo oyó la voz
de Dios, las dificultades que tuvo, su decisión,
etcétera. . .
9) Poner al joven dentro del apostolado. Y
para ello no es necesario que pertenezca a
ninguna Asociación, pues más que todo se
trata de que haga el apostolado de alma a
alma, el personal.
“Tú eres amigo de X... ¿Por qué no le
dices que esté mejor en la capilla?” “ Mira, tú
eres bueno y estoy muy contento de que Z...
sea tu amigo, te lo recomiendo y espero que
me lo transformes. Veremos si lo consigues;
yo te ayudaré cuando encuentres alguna
dificultad”.
Y aquel jovencito se pondrá a trabajar
y nos tendrá al corriente de lo que hace, de las
respuestas que le dan y de los progresos que
obtiene, y mientras nosotros, educadores,
tenemos continua ocasión de hacerle ver la
alegría del apostolado, la fealdad del pecado
y de la indiferencia religiosa en la cual caen
los que viven demasiado según las máximas
del mundo, etcétera.
10 ) Ante todo, el educador debe amar su
propia vocación; que vean externamente su
felicidad, su gratitud al Señor que le ha
concedido la gracia inmensa de llamarle a su
servicio. Y no olvide expresar estos
sentimientos en cada ocasión que se le
presente. Con todo, tenga muy en cuenta que
todo ha de hacerse con naturalidad y con la
máxima sinceridad.
1] ) Y mientras tanto estudiemos a los
muchachos y veamos si en ellos se encuentra
alguna de aquellas señales de vocación de que
hemos hablado. No es necesario que las
tengan todas. Bastarán dos o tres y algunas
veces aún una sola. Ni es necesario que las
tengan en aquel grado tan perfecto como las
encontré yo en los jóvenes a que me he
referido.
Está de más decir que he escogido los
mejores ejemplos para hacer resaltar todo el
alcance de ciertos sentimientos.
Encontrado el joven o jóvenes con
tales señales podemos ir adelante con la casi
seguridad de dar en el blanco. Y no tengamos
miedo de hablar claro. Pero de esto diremos
otras cosas más adelante
12 ) El final de este trabajo no será que todos
los chicos de la clase o Asociación se harán
por fuerza religiosos, como cualquier
malicioso estará tentado de decir, sino lo
siguiente:
El que tiene vocación, esto es, el que es
llamado por Dios, sentirá fácilmente su voz y
no encontrará dificultad en seguirla; en
cambio, el que no es llamado obtendrá el
beneficio de formarse seria y profundamente
en el verdadero espíritu del cristianismo, el
cual es espíritu de desprecio hacia el mundo,
de generosidad para con Dios, de apostolado
y de combate heroico.
SEGUNDA PARTE
EXAMINANDO UNA VOCACION
¿QUÉ ES?
Para poderla examinar es preciso ante
todo saber qué es.Y, sin más, hemos de
declarar que es un acto de misterioso amor
de predilección por parte de Jesús hacia un
alma a la cual É1 llama al sacerdocio o a la
vida religiosa.
- Esencialmente es un acto de amor. Lo dice
el Evangelio cuando habla del joven que
asegura al Maestro Divino el haber observado
siempre los Mandamientos, pero que con todo
siente que todavía le falta algo. Entonces, dice
San Lucas, el Salvador “intuitus eum dilexit
eum”, posó sobre él su mirada, mirada divina,
escrutadora y creadora, y en aquella mirada
puso todo su Corazón.
Fue una mirada de amor... Nos
recuerda un poco a aquella otra frase del
Evangelio, a propósito de otro llamamiento:
“Rexpexit humilitatem Ancillae suae”.
- Es un acto de amor misterioso, porque
siempre será verdad que nadie sabe por qué
Jesús
llama a este joven más bien que a aquel otro.
No son los méritos o la bondad del individuo
los que determinan su llamamiento; depende
únicamente de la libre elección hecha por el
Redentor. “Non vos me eligistis, sed
ego...”Sólo Él obra en este negocio; É1 llama
a quien quiere y porque quiere.
- El que es llamado, pues, es un elegido, un
predilecto, un privilegiado. Para él está
preparado el trato de una intimidad divina con
el Redentor. E1 se pondrá a Sí mismo en sus
manos, obedecerá a su palabra, le confiará lo
que le es más querido: las almas.
¡Qué tonto fue el joven del Evangelio
en no aceptar aquel acto de predilección! Y
todo... “porque poseía muchas riquezas”. No
importa si quizá pecó o no rechazando la
propuesta; lo que Sí es cierto es que lo perdió
todo, se quedó siendo uno de tantos y por
añadidura se fue con la tristeza: “abiit tristis!”.
UN POCO DE TEOLOGIA
Veamos un poco la definición de
vocación, o mejor, lo que según los teólogos
se debe tener y basta tener para estar ciertos
de ser llamados por Dios. Distingamos varios
puntos.
Vocación general
Sería la invitación a la perfección que
Jesús dirige a todos los fieles, pero que no
implica necesariamente un estado de vida
particular. De hecho todos somos llamados a
santificarnos, cada cual en su propio estado.
Algunos, sin embargo, insisten
diciendo que existe un llamamiento general
que se refiere a los consejos evangélicos y,
por lo tanto, a la vida religinsa, y aducen
como prueba de su aserto las palabras de
Jesús al joven del Evangelio: “Si quieres ser
perfecto, ve, vende lo que tienes... y ven,
sígueme”. Y como estas frases de Jesús, bien
que dichas a un individuo en particular, suele
dirigirlas el Maestro Divino para enseñanza
de todos, se puede también pensar que E1
haya querido dar a todos aquellos “que desean
ser perfectos” el consejo de venderlo todo y
de seguirle en la pobreza, castidad y
obediencia.
Por lo demás, también otras frases del
Evangelio (como por ejemplo: “Tu fe te ha
salvado; Siervo fiel, entra en el gozo de tu
Señor; Mucho se le ha perdonado porque ha
amado mucho; Sed perfectos como es perfecto
vuestro Padre; Si comiéreis mi carne, tendréis
la vida en vosotros ) aunque dichas a
determinadas personas, son aplicadas a todas
las demás. Tanto más existiendo otras
palabras de Jesús aún más genéricas, con las
cuales promete el ciento en esta vida y
también la vida eterna a todos los que dejaren
padre, madre, hermanos, hermanas, campos,
hijos, etc., “propter nomen meum”. Y aquí,
ciertamente, se habla de vocación.
De donde nació la sentencia de
algunos teólogos que afirman que, en cierta
manera, todos estamos llamados a la vida
religiosa; basta que queramos ser perfectos10.
10
También el P. Ferreres parece ser de esta opinión. De hecho, en su obra Compendium Theologiae Moralis,
vol. II, n.° 177, dive que para tener verdadera vocación bastaría esta invitación general con tal que concurran la recta
intención, la falta de impedimento de parte del candidato y que tenga las dotes requeridas por el Instituto que quiere
abrazar.
No queremos insistir sobre esta
conclusión; bástenos saber que muchos
sostienen esta sentencia. No sería oportuno
aquí hacer una defensa o una refutación.
Vocación particular
Es el llamamiento individual que Dios
hace solamente a quien Él quiere llamar al
estado sacerdotal o religioso. Especialmente
consiste:
a) en dotar al llamado de aquellas dotes
morales, espirituales y físicas que le hacen
apto para tal estado de vida,y
b) en darle una gracia interna, mediante la
cual el joven llegue a juzgar la vida religiosa
como un estado más perfecto que el estado
laico y que más fácilmente conduce a la
salvación eterna; pero este juicio no ha de ser
únicamente teórico y efectuado considerando
los dos estados en sí mismos y objetivamente,
sino que ha de llegar a la persuasión y a la
convicción de que prácticamente y para él la
vida religiosa es mejor, más perfecta en orden
a su santificación y más segura en orden a su
salvación eterna. Sin esa gracia interna y
sobrenatural el joven podrá llegar a entender
que la vida religiosa es más perfecta que la
vida laica como lo llegan a comprender aun
los no católicos, pero no llegarán nunca a la
convicción práctica de que para él (con su
carácter, dotes, circunstancias de vida y
aspiraciones) la vida religiosa es el camino
que mejor que cualquier otro le conducirá a la
consecución perfecta y completa del fin por el
cual Dios le ha creado11.
11
Todos los moralistas dicen que la vocación particular consiste en un llamamiento o invitación hecha
internamente por el Señor, el cual da juntamente las dotes y las otras gracias actuales necesarias para poner en
práctica su llamamiento, pero ninguno se esfuerza en decir en qué consiste ese “llamamiento” o bien cómo se
manifiesta interiormente en e joven.
Nosotros creemos poderla definir dieiendo que es esa convicción cierta o juicio práctico hecho a la luz de
Esta sería la vocación interna ya que la
ha hecho Dios privada, individual y
particularmente en el interior del alma.
Vocación externa
Es la definitiva admisión del
candidato hecha por la legítima autoridad en
nombre de la Iglesia. Realizada esta admisión
la vocación no es ya de carácter interno y
privado, sino que se completa y sanciona
definitivamente y, casi diría, se concreta por
la autoridad competente.
la influencia de la gracia y de la cual luego proviene la decisión definitiva. La gracia, pues, ilumina la inteligencia
y mueve la voluntad y el joven queda convencido de que Dios le llama.
Frecuentemente Dios concede también atractivos, certezas sentidas y deseos llenos de consolaciones
sensibles, todo lo cual son ayudas sumamente apreciables pero no constituyen elementos eseneiales de la vocación
misma, la cual más bien se cimenta en la voluntad iluminada por la sana razón y sostenida por la gracia.
Alguien ha dicho que la vocación
propiamente dicha consiste sólo en esta
vocación externa, pero los más sostienen que
se requiere también aquella interna; de otro
modo tendríamos la “forma” pero no la
“materia”12.
Ciertamente es necesaria la admisión
por parte del superior de modo que “ninguno
tiene derecho a ser ordenado
antecedentemente a la libre elección del
obispo”13, pero esto sería más bien un
“completar la vocación exteriormente y de
frente a la Iglesia”14.
12
En nuestro caso, la “forma” sería la aceptación hecha por la autoridad competente y la “materia” el candidato
teniendo la vocación particular e interna .
13
Cfr. A. A. S., IV, 485; 9 julio 1912.
14
Tummolo-Iorio, Theol. Mor., vol. II, n. 703, en nota.
De aquí no se sigue que la vocación
esencial y adecuadamente (esto es
completamente) se reduzca a la sola
aceptación por parte del obispo o del superior
religioso. De hecho éstos no pueden hacer
apto al individuo ni infundirle la recta
intención, porque sólo Dios es el que puede
dar estas dos condiciones necesarias.
Ni se ha de pensar que el obispo o el
superior religioso esté directa e infaliblemente
iluminado por Dios para saber quiénes son los
escogidos para el ministerio divino. Antes de
dar su consentimiento debe investigar y
examinar para ver si Dios, cuyo representante
es, llama o no al joven que se le presenta.
Así, pues, en resumen, la vocación se
constituye de estos tres elementos:
1º) Que el joven tenga recta intención, la cual
consiste en que esté convencido de que para
él el estado religioso o la vida sacerdotal le
conducirá mejor, más perfecta y seguramente
a la consecución de su último fin. Por
consiguiente, escogerá el estado religioso o
sacerdotal por motivos sobrenaturales no por
motivos de interés material o natural.
2º) Que esté adornado de aquellas dotes
intelectuales, morales y físicas necesarias al
estado que quiere abrazar.
3º) Que sea admitido por el superior de la
diócesis o de la religión en la cual quiere
entrar.
Nada más parece que pida el Derecho
Canónico que, en el canon 538 dice:
“Puede ser admitido en la religión cualquier
católico que esté libre de impedimentos, que
esté movido de recta intención y que sea
idóneo para satisfacer las obligaciones de la
religión” (esto es, que sea capaz de observar
las reglas, penitencias y demás deberes)15.
15
In Religionem admitti potest quilibet catholicus, qui nullo legitimo detineatur impedimento rectaque intentione
moveatur, et ad religionis onera ferenda sit idoneus (can. 538) .
Pero ¿quién ha de juzgar la idoneidad
del candidato? Aquellos que tienen el poder
de admitirle en la religión o en la diócesis, o
sea los superiores (Cf. Canon 543)16.
¿Y EL SENTIMIENTO?
Por todo lo dicho se ve que todo es
cuestión de voluntad y de entendimiento con
el cual se comprende y juzga lo que nos
conviene para la santificación, perfección y
salvación del alma, que busca su camino, y el
16
Será util saber algunas definiciones que los moralistas dan de la vocación. El P, Arregui en su summarium
Theol. Mor., en el n. 490, hacia la mitad, da la siguiente: “Iure divino sive naturali sive positivo, requiritur in
omnibus (qui religionem ingredi volunt), vocatio divina, sive speciali, seu individua invitatio per congrua auxilia
singulis a Deo collata, sive generalis, seu communis omnibus a Christo iacta ad consilia evangelica servanda (Mt.,
Ig, 21); sed utraque animi corporisque dotibus coniuncta”. Tummulo-Iorio,Theol. Mor., vol. II, n. 703, da esta otra:
“Vocatio adaequate sumpta potest definiri: Subiecti idonei individua invitatio ad statum clericalem (vel religiosum)
a Christo facta per internam inspirationem, et a legitimo Ecclesiae ministro approbata”.
del prójimo al que también quiere ayudar a
salvarse.
Jesús dice: “Si quieres”, y no: “Si te
sientes atraído”.
Están, pues, en un error los que exigen
que el alma sienta una cierta atracción hacia
el estado religioso, que vea claramente y se
convenza sensiblemente de que Dios la quiere
en la religión.
Este fervor sensible y este sentimiento
de certeza mezclada con entusiasmo
acompañan muchas veces a una vocación
verdadera, pero no son necesarios. Muchas
veces Dios los concede para que el alma se
fortifique y supere una serie de luchas internas
o externas por las que deberá pasar para llegar
a alcanzar su ideal. De hecho, el que tiene la
vocación ha de sacrificar familia, haberes,
amistades, quizá cualquier amor o ideal
humano, porvenir en el mundo, el propio
querer y comodidad; debe dejarse a sí
mismo... Sin una gracia que ayude a la
naturaleza con las consolaciones espirituales,
con un entusiasmo sensible, con una certeza y
seguridad llenas de gozo, muchos no serían
capaces de dar el gran paso y romper
completamente con todo lo sensible y
brillante para darse a lo que realmente vale
más, pero que no nos es posible ni tangible
porque es espiritual.
Me acuerdo de un compañero mío de
Noviciado. Siempre estaba pletórico de
felicidad sensible y de consolaciones
espirituales. Sentía a Jesús cerca de su alma,
sentía la belleza de la vocación, la poesía
divina del amor de Dios.
Pasado un mes le pregunté:
—¿Aún tiene consolación?
—¡Sí! Y si no, ¿cómo podría resistir todos
estos sacrificios?
Para él estas consolaciones eran
necesarias; muchos, en cambio, no las
tuvieron y perseveraron lo mismo en el
propósito de servir a Dios hasta la muerte.
No se trata, por consiguiente, de sentir
sino más bien de entender con el
entendimiento, iluminado y elevado por la
gracia, que, para mí, con todos mis defectos,
debilidades, exigencias, deseos espirituales,
carácter y circunstancias, la vida religiosa es
lo más apto para salvarme, para ser santo o
para vivir una vida digna de ser vivida.
Lo dijo Jesús a San Pedro cuando éste,
viendo que el Maestro había colocado el
matrimonio en su primitiva seriedad y rigidez,
exclamó: ¡Entonces no trae cuenta el casarse!
—No todos entienden esto—le respondió
Jesús—, “sed quibus datum est”, sino a
aquellos a los cuales les es dada mi gracia. Y
fue entonces precisamente cuando Jesús habló
del voto de castidad, elemento esencial en la
vida religiosa.
A primera vista parecerá que este libro
está hecho para meter religiosos a todos sus
lectores; ciertas pláticas sobre la vocación
parece que no dejan ni una salida por donde
poder escapar y, sin embargo, ¿cuántos se
quedan fríos, escépticos, simples admiradores
y por nada secuaces? Son aquellos “quibus
datum non est”.
E1 que en cambio entiende que nuestra
manera de razonar es exacta y que nuestra
vida de religiosos es la más bella y juntamente
ve que precisannente para él es lo que se
requiere para hacerle feliz, ponerle a seguro,
hacerle un bienhechor de las almas, etc.,
quiere decir que es uno de aquellos “quibus
datum est”, ¡es un llamado! ¡Y feliz él !
Por lo tanto, podemos concluir
afirmando que: se tiene vocación cuando se
está convencido (moralmente) de que la vida
religiosa es la vida que mejor nos conducirá al
fin por el cual Dios nos ha creado, con tal de
que tengamos las condiciones requeridas y
seamos admitidos por los superiores.
LAS OTRAS CONDICIONES
Hemos hablado de la convicción. Ahora
hablemos de las dotes que le son necesarias a
uno que quiere consagrarse a Dios.
1) Dotes de inteligencia
Que sea capaz para hacer los estudios
requeridos por la Orden que quiere abrazar. Y
¡por Dios! no exageremos aquí ni en un
sentido ni en otro. Hay superiores religiosos
que si les escasean las vocaciones admiten
con suma facilidad al primero que se les
presenta. Lo mismo sucede a veces en ciertos
seminarios con consecuencias poco
recomendables para la Iglesia de Dios. Eso
aleja las almas de la dirección espiritual y de
aquel respeto que se debe tener en todo lo
tocante a la religión.
E1 sacerdocio es una responsabilidad.
Ha de ser faro de luz, guía en el camino,
consejo en la duda. Muchas veces el sacerdote
habrá de solventar cuestiones escabrosas,
dirigir almas extraordinatias y difíciles,
estudiar cuestiones intrincadísimas y casi
siempre ser un dirigente, ser jefe.
No todos están capacitados para ello.
Pero tampoco hemos de caer en el otro
extremo y hacer creer que para ser religiosos
es preciso estar dotados de una inteligencia
extraordinaria y que casi toque con el genio.
Muchos fieles tienen esa idea y aún quizá no
sólo los fieles. Por consiguiente se ven
jóvenes dotados de todas las cualidades
necesarias y a los que se les cierra la puerta de
la religión, se les priva injustamente de un
bien tan excelso y se hace derrochar
inútilmente uma gracia tan grande de Dios.
Una inteligencia corriente puede
bastar; como máximo puede pedirse que sea
un poco superior a la mediocridad. Exigir
más no sería justo. Frecuentemente el buen
sentido común vale más que la mucha
inteligencia.
2) Dotes de voluntad
No precisa fijarse exagerada o
exclusivamente en la inteligencia. Muchas
veces esos inteligentísimos han dado mucho
que hacer, y otras muchas han perdido la
vocación por soberbia; o bien, ordenados de
sacerdotes, se han entregado a una vida
cómoda huyendo del sacrificio y del celo. Lo
que más vale es la voluntad, la índole buena
del muchacho, su espíritu de sacrificio, la
fuerza de vencerse a sí mismo, la victoria del
respeto humano, la docilidad en la
obediencia, la sincera estima de su nulidad.
Esas cualidades son una buena señal de un
carácter serio y muestran un conjunto de
madurez espiritual que es segura garantía de
perseverancia y seriedad en el futuro trabajo
sacerdotal.
Si un muchacho es dócil, tiene
voluntad para el estudio (aún cuando quizá le
cueste), tiene buen carácter, es sincero, tiene
verdadero espíritu de oración, influye entre
sus compañeros, sabe hacer apostolado, ofrece
sacrificios a Dios y por su vida espiritual, es
puro... todas estas dotes reunidas en una
inteligencia más bien mediocre obtendrán un
óptimo religioso.
Es necesario recordar que en la vida
religiosa hay muchas mansiones, y que al lado
de los genios que dan un impulso
extraordinario a las obras religiosas y hacen
cosas grandiosas, se requiere quienes
mantengan en el silencio de una vida sin
pretensiones el trabajo constante de la
salvación y santificación de las almas que se
alimenta de confesiones catecismo y dirección
espiritual.
Sin estos sujetos humildes, de
posibilidades más bien limitadas, las obras
más bellas, las asociaciones más florecientes,
estarían condenadas a eclipsarse después de
un pequeño período de apogeo, porque un
religioso muy inteligente difícilmente se
prestará a hacer de simple ayudante de otro
aunque dirija de un modo genial.
Y por lo demás, ¿no estamos viendo
cuántos jóvenes rechazados de alguna Orden
porque parecían poco inteligentes han ido a
llamar a las puertas de otra Orden y una vez
admitidos se han convertido más tarde en
famosos oradores, directores de almas o
prelados de mucha responsabilidad? Lo cual
demuestra que existe la Providencia de Dios
que sabe encontrar sus caminos aún
prescindiendo de nosotros y demuestra al
mismo tiempo que podemos equivocarnos
soberanamente, precisamente cuando
queremos hacernos los inteligentes y los
prudentes.
No estará de más notar aquí que no es
fácil dar un juicio exacto de la inteligencia de
un joven de unos dieciséis años. No es raro
que todavía no se haya desarrollado
completamente su inteligencia; algunas veces
si no pueden con el Bachiller es por falta de
base, por desgana o porque no tienen
profesores aptos. ¡Cuántas veces estos jóvenes
admitidos a prueba se han revelado más tarde
inteligentes en la Filosofía y en la Teología!
En cambio, de la voluntad se puede
juzgar con un poco más de seguridad. Basta
conocer al muchacho, oír hablar de él, verle
mientras juega o mientras hace lo ordinario.
Se ve en seguida si se tiene delante a un
hombre o a un afeminado; a un caudillo o a un
merengue; a un joven que tiene carácter y
personalidad o a un adocenado.
*Quisiera recomendar a los que se les ha
confiado la misión de aceptar a los
candidatos en la religión que no teman
nunca a los sujetos que son movidos o
díscolos, a aquellos que ejercitan sobre sus
amigos una influencia extraordinaria, a los
que no pueden estarse ni un momento quietos
y se les señala por su demasiada vivacidad.
Se quiere objetar que es medida de prudencia
el no admitirlos poque difícilmente serán
obedientes o no se podrán adaptar a nuestra
vida.¡Falsísimo! Estos sujetos, muy al
contrario, dan pruebas de ser obedientes y
maleables, llenos de buena voluntad, sinceros
y leales, y son los que el día de mañana serán
capaces de empezar un movimiento social, ser
unos óptimos misioneros o unos insuperables
educadores de la juventud.
¡Cuántas vocaciones se echan a
perder por nuestra falta de tacto que
muchas veces no tiene su fundamento sino
en la ausencia de vista sobrenatural y de
humildad!.¡Y después nos quejamos de la
escasez de vocaciones!. Es el caso de
preguntarnos si tal escasez no es un castigo
del Señor por tantas vocaciones que hemos
culpablemente desechado.
El criterio de la elección no ha de ser
nuestro provecho en un próximo futuro, sino
que hemos de considerar también y estimar y
aceptar el trabajo de la gracia y el verdadero
llamamiento de Dios.
Oremos antes de tomar una decisión,
convencidos de que en esta materia somos
pobres inexpertos que tenemos verdadera
necesidad de la luz de lo alto para saber
buscar con sinceridad y pureza de intención,
no a nosotros mismos ni nuestro pequeño
ambiente, sino la gloria de Dios y el bien de la
Iglesia y de las almas.
En cambio es necesario excluir a los
inconstantes a los que durante tres días son
buenos y quince son malos para luego volver
a ser buenos durante otros tantos dias. Los
jóvenes que no están seguros de su vocación
cambian de idea cada semana y a veces
mucho más a menudo. Los que son esclavos
del vicio no tienen reservas ni energías para
dominarse. Y poco más o menos así son los
afeminados, corrientemente demasiado
melosos, que tienen necesidad del afecto de
cualquier criatura, que corren tras simpatías
ridículas y humillantes.
3) Dotes físicas
Se necesita un cuerpo sano, libre de
enfermedades hereditarias o graves que dejan
alguna perturbación en el organismo como la
tisis, enfermedades nerviosas y otras
semejantes. Los jóvenes destinados al
sacerdocio deberían estar libres de ciertas
deformidades del cuerpo que impiden el
cumplimiento de su oficio sacerdotal y alejan
de los fieles aquella estima y confianza con la
que debe estar aureolado el sacerdocio
católico.
En general se puede decir que una
salud ordinaria, o sea, la que gozan los
jóvenes que “están bien”, es suficiente. No es
necesaria una robustez especialísima, un
absoluto dominio de los nervios, una
naturaleza completamente libre de cualquier
debilidad física. Por más sano que se esté,
alguna pequeña anomalía, alguna
predisposición, algún defecto en las funciones
orgánicas, casi siempre se encontrará.
Con todo, si uno quiere abrazar alguna
Orden religiosa de vida más austera y
penitente, se le exigirá una salud más fuerte y
en esto mídanse bien las fuerzas para no sufrir
después una desilusión.
—Es una pena —me decía un religioso de
vida muy austera—ver jóvenes tan buenos,
robustos y llenos de buena voluntad entrar en
el Noviciado y de diez sólo llega uno.
—¿Y los otros? —pregunté.
—No resisten. Nuestra vida es demasiado
dura. Se han de levantar a media noche, hacer
tres cuaresmas de ayunos, mucho silencio,
mucho estudio, y las generaciones modernas
no pueden con todo esto.
Y una superiora religiosa me clecía:
—¡Ay, Padre! Muchas de nuestras novicias se
vuelven neurasténicas y las tenemos que
mandar a sus casas.
—¿Cómo es eso?—pregunté sorprendido.
—Tenemos demasiado silencio. Las
naturalezas vivaces no resisten, empiezan a
tener muchos escrúpulos y después... a hacer
rarezas.
Y me contó el caso de varias jóvenes, llenas
de esperanza para su Congregación, que
tuvieron que volverse a sus casas... con los
nervios deshechos.
Pero por fortuna no todas las órdenes
religiosas presentan esas dificultades
particulares. En general sus reglas se adaptan
a los tiempos y a las fuerzas de cada miembro
de la comunidad.
Lo que tendría se que mirar bien es
que el joven no sea admitido si no está todavía
bien desarrollado no sólo físicamente sino
también moralmente. En otras palabras, es
necesario que el joven sea un joven y no un
chiquillo; que tenga ya su poquillo de bigote
y un juicio un poco maduro, que dé verdadera
garantía de comprender el paso que da y a lo
que renuncia. Se necesita que comprenda de
cuantas enrgías es capaz y dé el paso a
sabiendas, no con los ojos cerrados. No quiero
decir que conozca o haya experimentado el
mal. La juventud no se manifiesta sólo en el
pecado o en ciertos impulsos peligrosos, sino
en otras muchas cosas que dan al individuo
aún más vivaz una cierta seriedad y madurez.
No es cuestión de edad. En algunos
sitios los chicos a los trece años son ya
jóvenes; en cambio, en otros de la misma
región a los dieciséis aún son niños, tanto
física como moralmente.
Estos jóvenes así preparados sabrán
superar las tentaciones del Noviciado,
comprenderán la importancia de aquellos años
de formación y serán capaces de formarse
personalmente; no se maravillarán de las
defecciones de otros compañeros; no serán
artificiales o exteriores en su formación y
ciertamente no saldrán con aquella frase
insulsa en que se refugian con frecuencia los
que han perdido la vocación: “¡Nunca tuve
vocación! ¡No sabía qué era vocación!”.
PERO NO BASTA
Todo lo que hemos dicho hasta aquí
no basta para darnos seguridad en una
vocación. El joven que tiene algunas de estas
señales y todas las dotes requeridas tampoco
puede decir que lo tiene todo. Se requiere
todavía que él, conociendo su estado y
convencido de la Voluntad de Dios, sostenido
por la gracia divina, libre y conscientemente
con un acto de voluntad diga: “¡Quiero!”.
Jesús no se impone a la fuerza sino
que quiere voluntarios, quiere generosos que
le sigan por amor y no por la fuerza o porque
no pueden hacer otra cosa.
El que trabaja por las vocaciones
guárdese siempre de influir directamente
sobre la voluntad del joven. Podrá
iluminarle, quitarle las dificultades que
nazcan de cualqiuer error de juicio, conducirle
paso a paso durante todo el período de su
decisión, pero en el punto decisivo el joven
debe quedarse solo con Dios. Debe tener la
convicción de que es él el que decide, que la
vocación la debe únicamente a Dios y a su
voluntad. Así será su vocación no la vocación
del Padre tal o del Hermano cual.
Sucedióme una vez con un joven que
vino a hacer los Ejercicios Espirituales para la
elección de estado y solía venir a verme para
aconsejarse. Un día me lo vi entrar
completamente abatido.
—Padre, no sé qué decir: estaría contento si
Dios me llamase a la vida religiosa pero
también estaría contento si me quisiera dejar
en el mundo. No tengo inclinación ni a una
parte ni a otra. Dígame usted lo que debo
hacer y haré lo que me diga como si me lo
dijese Dios mismo.
Le miré fijamente. Era sincero. Pero
pensé en el futuro. Mañana le vendrá
cualquier tentación y él se dirá a sí mismo:
“No escogí yo. Fui un estúpido sin voluntad
que me dejé enredar”.
—No —respondí—, no se puede hacer así.
Has de ser tú el que escojas. Haz más oración.
Piénsalo mejor todavía. Yo ya sé lo que Dios
quiere de ti pero no te lo diré nunca; has de
ser tú el que lo descubras, tú eres el que has
de escoger.
Hablamos todavía durante una hora
pero la luz no vino: quedóse en su estado de
vacilación. Antes de volver a su casa vino de
nuevo.
—En resumen, no he cambiado nada: ¿cómo
me las arreglo? Y el caso es que no quiero
estar así, quiero tomar una decisión.
Le calmé y hablamos largo rato.
Finalmente tomó esta decisión: volvería a
casa con la idea de que se tenía que hacer
religioso. Así debía estar durante un mes,
rogando y obrando como si tuviese vocación.
En este tiempo Dios tenía que manifestarse o
dándole algún deseo o de algún otro modo.
No obstante, no vendría a verme en este
período sino que me escribiría a los quince
días para decirme si había encontrado algo
nuevo.
A los quince días me escribió. Lo
mismo que al principio, no se había movido ni
una hoja; calma, equilibrio perfecto entre las
dos partes.
Le respondía que tuviese paciencia,
que rogase todavía más. Pero a la semana le
escribí nuevamente diciéndole que creía que
él no era de los llamados; le exhortaba a
deponer todo pensamiento de vocación y que
empezase a ver otro ideal menos sublime.
Me escribió en seguida. Se
maravillaba de mis palabras... mi carta fue una
espina; así pues, ¿Dios no lo quería? ¿Y por
qué? Terminaba diciendo que se resignaba...
pero de mala gana. Dios con esto se hizo oir.
Le escribí con urgencia diciéndole que
mi carta era un truco para sondear el terreno y
que por su respuesta comprendía que Dios le
daba a entender ciertamente que le llamaba.
Y asi se decidió. ¡El sólo!.
Y ahora veamos unos párrafos de una
carta mandada en el período de su formación
religiosa. Se trata de una de esas crisis por que
atraviesan casi todos los religiosos. É1
permaneció firme en su vocación, pero
¿hubiera tenido esa firmeza si en vez de
escoger él mismo hubiera decidido yo su
vocación?
“Busco hacer de la santidad mi ambición,
espero ser un santo de cuerpo entero, un santo
moderno. Aunque todavía no he abandonado
la lucha, con todo dudo si creo en mi ideal.
Siento el peso del deber, la responsabilidad de
mi trabajo y la necesidad de desarrollar mis
cualidades; además soy enemigo de la
mediocridad.
“Pero esa lucha por vivir según este ideal me
agota y me deja cansado, deshecho y lleno de
ansia. Eso me hace amar un poco mi vida aquí
(alude a la casa en la que se encontraba),
siento que me encuentro fuera de sitio pero
me agarro a mi vocación hasta la muerte
porque estoy convencido de que Dios (lo
subraya tres veces) me quiere aquí. Por favor,
no vaya usted a crcer que esté incierto o
indeciso acerca de mi vocación. Nunca he
dudado ni un solo instante de la certeza de mi
elección, pero desde la muerte de mi padre no
he estado nunca contento, excepto algún que
otro momento luminoso”.
Por fortuna, la crisis (como toda crisis)
pasó y fue felizmente superada. Tres meses
después me escribía: “Gracias por sus largas
cartas, algunas veces las leo como lectura
espiritual y como meditación. Estoy muy
contento y he encontrado el camino de la
confianza y del abandono en Dios”.
¿ ES DIFÍCIL DECIDIR UNA
VOCACIÓN ?
Si oímos hablar a ciertos seglares y
personas del mundo, parece que para poder
decir que uno es llamado por Dios ha de ser
una cosa extraordinaria. Tienen una idea tan
alta de los religiosos, que piensan que sólo los
Santos pueden aspirar a una tal vida y que
Dios llama a esos pocos de una manera
extraordinaria. Se imaginan que el muchacho
que tiene vocación ha de estar completamente
entregado a la oración, a una vida retirada y
eminentemente santa y con frecuencia
excluyen categóricamente la posibilidad de
una vocación en ciertos jóvenes: “¡Tú no eres
hombre para vocación ! ¡ Se necesita ser santo
para tener esas aspiraciones ! ¡Sí . . .
precisamente Dios te va a llamar a ti!”.Es una
idea equivocada! Si no es que hay malicia.
Otros, en cambio, piden años de
prueba y de ponderación, quieren que el joven
esté al corriente de todo lo que el mundo le
puede dar, creen que no puede decidir su
vocación si antes no ha gustado la vida y
tocado casi con la mano la vanidad de las
cosas, sostienen que es muy difícil entender si
Dios llama o no y alguna vez aun piden por
añadidura alguna revelación de lo alto.
En cambio es preciso que se
convenzan de que la cosa no es tan difícil
aunque no se ha de tomar a la ligera.
¡Dios ciertamente llama! Y su
llamamiento requiere que el joven se ponga en
un cierto estado de para toda la vida, un
estado del cual dependerá todo su porvenir así
en este mundo como en el otro. Por tanto,
Dios no puede pretender que el joven haga esa
elección si no está seguro de lo que hace. Y
por eso también le ha de dar una cierta
facilidad para conocer su voluntad con
seguridad.
¿Quién de nosotros se hubiera atrevido
a hacerse religioso o sacerdote si no hubiese
comprendido con una cierta seguridad que
Dios le llamaba? Tanto más cuanto que existe
el aviso de San Pablo: “Nadie ose acercarse
sino el que es llamado como Aarón”.
Además, si fuesen necesarias esas
pruebas y tan dificil conocer la voluntad de
Dios, serían muy pocos los jóvenes que se
pondrían al servicio del Señor y éstos lo
harían con temor y ansiedad dudando
continuamente si se encuentran o no en el
recto sendero.
Dios suele dar cierta facilidad para
ayudarnos a hacer las cosas necesarias y así es
fácil el comer, respirar o rezar. Pues escoger
bien el estado de nuestra vida es una cosa
necesaria para nosotros, para la Iglesia y para
las almas, por lo tanto Dios ha de hacer en
cierto modo fácil tal elección.
E1 P. Lessio pide poquisimo. Dice: “Si
alguno llega a la determinación de abrazar la
religión y está resuelto a observar las reglas y
sus obligaciones, no hay duda que esa
resolución, esa vocación, viene de Dios; no
importa qué circunstancias la hayan
producido”.
“No importa cómo empezamos -dice
San Francisco de Sales- con tal de que
estemos determinados a perseverar y terminar
bien”. Y Santo Tomás de Aquino
atrevidamente afirma que “no importa de qué
fuente venga nuestro propósito de entrar en la
religión; éste viene de Dios”; mientras que el
P. Suárez concluye que “generalmente el
deseo de una vida religiosa viene del Espfritu
Santo y como tal lo tenemos que recibir”.
No está de más notar aquí que Santo
Tomás dice que si uno se hace religioso
creyendo que ésta es la voluntad de Dios,
mientras en realidad no lo es, y después éste
tal llega a hacer los votos de buena fe, Dios le
dará con seguridad la vocación.
Por todo lo cual no tengamos
demasiado miedo.
Lo mismo se prueba también por la
experiencia. Muchas veces basta cualquier
ejemplo o pocas consideraciones corroboradas
por la gracia y asoma luego una vocación y el
joven se siente seguro de sí mismo y lucha por
conservar su ideal como si se tratase de un
verdadero tesoro que es ya suyo.
Sin embargo, nunca se le ha de
permitir al joven la precipitación. La
vocación se examina bien, se pondera, se
prueba con calma y constancia, con seriedad
y con inteligencia. No se permita que el futuro
de un joven se funde sobre un “quizás”.
¿CÓMO SUELE MANIFESTARSE EL
SEÑOR?
De diversas formas.
1) Directamente: o sea, cuando Dios mismo
mediante una visión o con una clarísima
inspiración da a entender de modo que no
admite ningún género de dudas el camino que
debe seguirse. Así hizo Dios con San Pablo
llamándole de una manera milagrosa y
clarísima en el camino de Damasco. Así
sucedió también a Santa Margarita, a la que
el Señor dijo claramente que la quería
Religiosa, y más tarde le decía que avisase a
la señorita de Lyonne porque también a ella la
quería religiosa.
Lo mismo pasó a San Estanislao de
Kostka, el cual curado milagrosarnente por la
Virgen, oyó que le decía: “Te quiero en la
Compañía de Jesús”. También de San Luis
(Gonzaga) se dice que recibió una inspiración
muy clara y fuerte que le reveló su vocación
a la Compañía de Jesús.
Pero no se vaya a creer que
únicamente a los Santos se les llama así. Dios
se complace en comunicarse a muchas almas
que quizá quedarán para siempre escondidas
en la humildad pero que reciben de El un trato
de misericordia inefable.
Cuando fui Prefecto de colegio, una
noche antes de meterme en cama, quise dar
una vuelta por el dormitorio para ver si todos
los muchachos de mi brigada dormían. Vi a
uno que se movía en la cama. Me acerco...
tenía los oios abiertos de par en par.
—¿Aún no te has dormido?—le dije con un
tono de admiración y de reproche.
Por toda respuesta me enseñó el rosario entre
sus dedos.
—No, no—dije contrariado—, no son éstas
horas de rezar. iA dormir!
—No puedo —me respondió con dulzura y
nada ofendido de mis palabras.
No supe qué responderle ni tenía ganas de
echarle un sermón a aquella hora y en aquel
sitio. Paseé un poco... Por lo demás se trataba
de un óptimo muchacho del que no podía
temer ninguna travesura de mal género... aún
más, era uno de los que tenían vocación.
Podía, pues, irme a dormir tranquilo.
Cuando me preparaba para entrar en mi
aposento, me lo veo venir en pijama y todo
sonriente.
—La Virgen me ha dicho que iré al Noviciado
este año.
—¡Sueñas! —le dije— ¡Eres muy pequeño
todavía! No será posible..., de todos modos,
ahora ve a dormir.
Aún estaba estudiando el tercero de
Bachiller, tenía quince años y no estaba
desarrollado del todo; no había, pues, que
pensar en que los superiores hiciesen una
excepción.
Después de aquella noche estaba tranquilo y
seguro de sí mismo. Y la cosa salió, como él
dijo, contra toda esperanza y con gran
maravilla por parte de todos los Padres del
colegio. Su padre, que ya estaba un poco
disgustado porque su hijo mayor le había
dejado el año anterior precisamente para irse
al Noviciado, no sólo no hizo al pequeño
ninguna dificultad sino que fue a suplicar él
en persona al P. Provincial que le aceptase y
dándole a entender que se ofendería si no le
admitían aquel mismo año.
2) Sin embargo, con más frecuencia, se hace
sentir el Señor dando al joven mucha claridad
y seguridad proveniente de consolaciones y
convicciones que hacen de la vocación una
cosa sentida. Esta es la manera más frecuente
como da a conocer Dios la vocación. E1 joven
se siente fuertemente atraído hacia la vida
religiosa; para él no existe otro ideal, no
puede dudar de que aquél es su camino;
cuando piensa en la vocación se siente feliz,
se llena de entusiasmo y está pronto a
cualquier lucha o sacrificio con tal de llegar a
ser religioso, salvador de almas.
Tendrán tentaciones, momentos de duda y de
desaliento, pero él comprenderá que son
tentaciones que pasarán pronto para dejar tras
sí nuevamente la calma, la luz y la plena
seguridad.
Veamos lo que dice un joven. Lo pongo todo
tal como lo escribió, aun con sus faltas; quiero
que sea él solo quien hable.
“Amadísimo Padre: Ayer tarde cuandó fui al
Círculo (de Acción Católica) recibí su
bellísima carta que me puso más contento que
nunca. Usted me ha dicho que el demonio
querrá vengarse ahora; bien, yo estoy
preparado para recibir el desafío y
defenderme. No le tengo miedo porque tengo
como aliado al Sagrado Corazón Jesús. Jesús
me ama y yo le amo a E1. Mi corazón se ha
hecho una misma cosa con el del Sagrado
Corazón. Me siento inflamado de su amor. La
vocación crece en mí siempre más y más, y
desearía partir... hoy mismo para empezar en
seguida mi apostolado.
“Padre, no pasa ni un minuto que no recuerde
la vocación y al Sagrado Corazón de Jesús. En
la calle, en clase, en todos sitios pienso en E1
y le digo jaculatorias. Y no le digo cuántas
veces he besado su estampa. Yo no puedo
entender cómo en estos pocos días me ha
favorecido tanto el Sagrado Corazón de Jesús.
Le doy las gracias continuamente: ‘Jesús, haz
lo que quieras de mí, yo estoy dispuesto hasta
morir, hasta martirizarme por tu amor.
Bendíceme y acrecienta siempre en mí el
amor hacia Ti y la gracia tan estupenda de
hacerme jesuíta misionero...’”
Y termina con un grito de alegría: “¡Viva el
Sagrado Corazón de Jesús y de María! ¡Viva!
; Viva por siempre!”.
Estos jóvenes ya están decididos, no
tienen necesidad de hacer la elección de
estado; para ellos, escribir los pros y los
contras para ver cuál sea la voluntad de Dios
es perder el tiempo y cosa inútil, pues nadie
podrá hacerles cambiar de idea.
Y con todo... es el caso de decir: No se
puede uno fiar del sentimiento. No que
únicamente se trate aquí de sentimiento pues
hay mucha gracia de Dios, pero hay también
mucho fervor y con frecuencia fervor sensible
el cual con el tiempo podrá disminuir y aún
desaparecer; y si la vocación se funda sólo
sobre ésto y no más bien sobre convicciones
que sean fruto de razonamiento y de
experiencia, podrá ser fuertemente zarandeada
en momentos de crisis o tentación y aún
alguna vez puede miserablemente perderse.
Por lo tanto, al mismo tiempo que se
les anima y se les muestra confianza en su
sinceridad y en la gracia que Dios les da,
debemos exigirles que hagan por escrito su
elección, que escritan los motivos por los
cuales escogen el estado religioso y que se
convenzan con la inteligencia de que tienen
razones para escoger este estado tan sublime.
Y ese escrito, fruto de meditación,
reflexión y luces espirituales, se ha de
conservar, para que en el momento de la
tentación o vacilación el joven pueda releerlo
y volver así a las fuentes de su vocación y no
dejarse conducir por otros caminos más o
menos turbios que quizá se atraviesen en el
suvo.
3) Tiempo de calma. Decisión funndada sobre
el raciocinio. Es el estado de aquellos que no
se sienten movidos sensiblemente por la
gracia sino que se hallan en un estado de
tranquilidad absoluta. Una cosa así como
aquel joven que quería que decidiese yo por
él. Estos no por eso han de creer que no tienen
vocación, como suelen pensar tantos seglares,
sino que deben también ellos hacer su
elección y considerar con la lógica para qué
han sido creados, cuál es el fin de su vida en
la tierra, qué camino es el más a propósito
para ellos para alcanzar mejor, con más
facilidad v con mayor seguridad su último fin.
Muchos Santos han tenido que recurrir
a este sistema para conocer y encontrar su
vocación. Así del Beato Claudio de la
Colombière se lee que, llegado a la edad de
tener que abandonar el colegio y los estudios
inferiores y teniendo que elegir su camino,
después de haber encomendado el asunto al
Señor, se puso a pensar y a considerar sus
inclinaciones, dotes, posibilidades, el fin de su
vida, etc., y aunque no le atraía la religión la
escogió porque le parecía más apta para
consegoir su salvación eterna y el fin para que
Dios le había creado o sea servirle y amarle.
Que escogió bien y que fue una
verdadera vocación divina lo prueba el hecho
de que fue un perfecto religioso y que por este
camino escogido solamente con el
razonamiento llegó a la santidad y al honor de
los altares.
¿ CÓMO HEMOS DE COMPORTARNOS
CUANDO SE NOS HABLA DE
VOCACION
POR PRIMERA VEZ?
Algunos sacerdotes y religiosos
cuando se les presenta algún joven que
manifiesta algún germen de vocación se
limitan a acogerle con grandes fiestas, a ser
sus amigos, a alabarle delante de conocidos y
parientes como un “buen chico” o “un ángel”,
a colmarle de caricias y al final, como digno
colofón de sus deseos y conclusión de
aquellas aspiraciones, le hacen su sacristanito,
el monaguillo que le ayudará su Misa o tal vez
el criadito de la casa parroquial y el
compañero del acostumbrado paseíto
vespertino del señor párroco.
¿ Y después ? . . . ¡Todo termina ahí!.
Así, pues, la vocación para aquel
muchacho querrá decir ayudar a Misa, estar
en la casa parroquial, barrer la iglesia y... ser
el policía de los otros chicos que no son tan
angelitos como él.
Y aquel muchacho seguirá adelante
diciendo que quiere ser cura o religioso sin
entender qué cosa es vocación. Habrá tenido
un deseo verdadero y aún una verdadera
vocación, pero este deseo debiera haber sido
cultivado, desarrollado, iluminado, reforzado,
hasta que se hubiese convertido en una
convicción, en una cosa querida
conscientemente ya que se vio en toda su
belleza y entidad. Es más que natural que al
cabo de pocos meses estos muchachos suelen
cansarse de su “vocación” aún antes de haber
tenido la oportunidad de entender qué
significaba tal palabra.
Estoy completamente de acuerdo en
que es necesario animar al muchacho antes de
nada, pero no hemos de contentarnos con
palabras bonitas de alabanza; han de seguirse
después las instrucciones serias y sólidas del
significado de la vocación y de la manera de
ver si realmente Dios llama o no.
He dicho que antes de nada tenemos
que animar al muchacho.
Temo que muchos no comprendan el daño que
hacen cuando, encontrándose con uno que les
habla de vocación, acto seguido toman una
postura de aguafiestas, de gente que está
dispuesta a echar jarros de agua fría en los
entusiasmos juveniles y que quizás acaban por
ahogar verdaderas vocaciones, gloriándose
después de que no son unos tontos que creen
fácilmente en los ideales juveniles.
¡No! Se equivoca el que obra de esta
manera y más, precisamente, al principio. No
se puede pretender de una vocación en
germen, de una plantita apenas nacida, que
sea capaz de aguantar un huracán o una ducha
fría. Examinemos primero, probemos el
terreno, reforcemos la vocación... y después
ya vendrá el momento de la prueba. Pero no al
principio.
Animar, pues, pero con seriedad,
dando una idea clara de lo que es la vocación,
de las consolaciones y sacrificios que lleva
consigo y explicando al joven cómo se puede
llegar a ver si tiene o no vocación verdadera.
—¿De veras? ¿Tienes vocación? ¡Es una
gracia inmensa!, serás muy feliz. ¡Bravo! Te
deseo eso, que llegues a alcanzar esa meta.
Pero oye, dime un poco, ¿cómo te ha venido
esa idea?
Y se escucha:
—Mira, mañana te diré qué significa ser
sacerdote.
No todo de una vez. Demos tiempo a
la gracia de penetrar y saturar el terreno. Más
adelante hablaremos de las señales de la
vocación y luego del modo cómo se hace la
elección. Y mientras, que pida y ore mucho.
LA ELECCION
1) Preparación remota
No es conveniente hacer en seguida la
elección. Antes conviene que el joven sepa las
ventajas de la vida religiosa, el alcance de los
santos votos, la obediencia, la castidad, etc.
Sepa cuáles son los deberes del sacerdote, la
belleza de esa excelsa dignidad; debe entender
un poco lo que deja y también la belleza del
sacramento del matrimonio que es un gran
sacramento lleno de significados místicos e
instrumento en las manos de Dios Creador.
Y para decirle todo ésto no debe haber
prisas. No hay razón para dárselo todo de una
vez sino poco a poco, frenando tal vez las
prisas del joven. De esta forma tendrá tiempo
de gustar, de caer en la cuenta, de ponderarlo
todo, y cuando a continuación haga la
elección, habrá adquirido ya una cierta
madurez.
2) Preparación próxima
Una vez hecho lo anterior va bien fijar
la fecha en la que se ha de hacer la elección y
mientras se prepara, haga una novena al
Sagrado Corazón o a la Santísima Virgen.
Mucho mejor si puede hacer los Ejercicios
Espirituales en el silencio y recogimiento.
Esos días de preparación han de ser días de
oración, de lectura espiritual, de retiro y de
penitencia. Se trata de obtener de Dios que se
haga oír con su gracia y con sus luces.
No se va a hacer una cosa material
sino un acto sobrenatural, y si no viene la
ayuda de Dios es casi seguro que nos
equivocaremos.
Otra cosa que se ha de hacer es
apartar de su mente toda clase de dificultades
que se le presenten. E1 demonio suele turbar
al joven e impedirle que haga bien su elección
de estado, presentándole dificultades
insuperables de modo que, en vez de buscar
con sinceridad la voluntad de Dios, se
convenza antes de tiempo de que no podrá ser
nunca sacerdote o que la vida religiosa no se
ha hecho para él. “Aún no sabes si te llama
Dios o no a la vida religiosa. Primero mira si
esa es para ti la voluntad de Dios y después
examinarás las dificultades y verás si son tales
que debiliten tu decisión”.
No se empieza nunca negativamente,
ni se enseña una doctrina proponiendo
primero las dificultades, sino que antes se da
la doctrina sólida y después se sopesan las
dificultades y si todas ellas desaparecen
quiere decir que la doctrina es verdadera y, si
no, que aquélla está equivocada.
Antes de hacer la elección se ha de
fijar bien el objeto de la elección misma.
Primero: ¿He de seguir el camino ordinario
quedándome en el mundo o de apartarme y
entregarme a una vida perfecta? Segundo: ¿He
de ser sacerdote secular o religioso? Si decido
hacerme religioso puede darse que quede
indeciso sobre “qué Orden elegiré”, y
entonces ha de hacerse otra elección.
E1 punto capital es el primero; los
demás, la mayoría de las veces, suelen
decidirse de una manera más bien natural y no
presentan gran dificultad.
Algunos, por ejemplo, no pueden
soportar el pensamiento de que han de hacerse
sacerdotes seculares, otros en cambio tienen
esa aversión natural por los religiosos, y lo
mismo sucede muchas veces en escoger una
Orden u otra. Eso puede provenir de una
cierta simpatía, inclinación o convicción que
se lleva dentro del corazón.
Me ha pasado bastantes veces el tener
que oírme de jóvenes que nunca habían
pensado en vocación: “Si yo me tuviese que
hacer religioso me haría cualquier cosa antes
que jesuíta”. Otros están convencidos de que
“la vida religiosa no es para ellos pero se
harían sacerdotes seculares”.
Son diversos modos de ver que hemos
de respetar (a menos que no sean frutos de
engaño). Dios llama adonde quiere y todas las
Ordenes y Congregaciones religiosas tienen el
derecho y la gracia de obtener vocaciones
para ellas.
Lo que nos importa ahora es el punto
neurálgico, o sea, ver si el joven es llamado a
la vida de perfección y de apostolado en el
sacerdocio o en la religión o si, al contrario,
debe continuar en el mundo y seguir el
camino ordinario del matrimonio.
En este momento decisivo y solemne
de su vida el joven ha de convencerse de que
no puede seguir adelante sin un Padre
espiritual, sin un guía experto desinteresado y
que busque su verdadero bien. Naturalmente
este guía habrá de ser un sacerdote o un
religioso. Son ellos, antes que nadie, los que
reciben de Dios la misión de dirigir a las
almas y por tanto los que están provistos de la
gracia de estado para conocer la voluntad de
Dios.
E1 demonio, el mundo y las pasiones
se pondrán de acuerdo para que no veamos
claro y para no dejarnos escoger lo que
verdaderamente sea voluntad de Dios. Pensad
un poco si el diablo va a ser tan memo que va
a estarse mano sobre mano precisamente en el
momento en que un joven se prepara para ver
si ha de ser un capitán del ejército militante
que combatirá para aplastarle la cabeza.
Lo que hará será exagerar las
dificultades, hacer ver como insoportable el
yugo suave del servicio divino, al convento lo
convertirá en cárcel y a los religiosos en
desesperados, y al contrario, al mundo lo
presentará con todo su encanto, y ciertas
tonterías nos parecerán como indispensables.
¡Cuántas ilusiones sabe poner el
demonio en esos momentos! Un joven no
quiso decidirse a ser religioso porque no se
sentía con fuerzas para dejar el mundo y ese
mundo para él no consistía en la familia (no
estaba tan apegado a ella), no era el pecado
(era un buen muchacho y sabía mantenerse),
ni el amor (no le atraían las muchachas), ni las
riquezas... sino un no sé qué que él mismo no
sabía explicar ni definir, tal vez era aquella
especie de libertad de sus propias acciones,
aquel poder oír la radio y no estar sujeto a
hacer una cosa más bien que otra. Y mientras,
en su casa estaba sujeto a un horario y a un
régimen más bien rígido. Como se ve, este
mundo se reducía a un fantasma, a una
nonada.
¡Renunciar a la vida religiosa por tal
bagatela! Y sin embargo, aquel joven aun hoy
hace los Ejercicios Espirituales para ver si
tiene vocación o no y su Padre espiritual no
puede hacer otra cosa que... sonreír.
Otro creía que no podía aspirar al
sacerdocio porque siendo niño, a los doce
años, se habían cruzado unas miradas y cartas
con una chiquilla más pequeña que él.
Otro excluía a priori la posibilidad de
ser llamado a la vida religiosa porque una vez
hizo un pecado.
Otros creen que no pueden ni hablar
de vocación porque no tienen ningún
antepasado que haya sido eclesiástico. Dicen:
“Se ve que no somos de raza, y claro no
llegaremos por ese camino”.
Alguien pensaba que para ser religioso
era de todo punto necesario odiar a su madre.
Y la lista no acabaría nunca.
¡Ideas equivocadas, exageraciones,
ilusiones! Se requiere un guía que haga caer
todos esos fantasmas y que disipe todas esas
nubes que nos parecen tempestades pero que
no son sino pompas de jabón.
METODO PARA HACER LA ELECCION
Y llegamos a la elección propiamente
dicha.
Conviene que el joven se ponga
delante de Jesús Crucificado y recapacite con
toda seriedad para qué le ha creado Dios. Que
pondere bien la primera frase del catecismo:
“Dios me ha creado para amarle, servirle y
salvar mi alma”.
Coja después un papel y escriba: 1 )
¿Qué ventajas encuentro en la vida religiosa
para conseguir este fin mío? Naturalmente, ha
de considerar también sus circunstancias de
vida, su carácter, etc. Y después siga
escribiendo: 2) ¿Qué desventajas encuentro en
la vida religiosa para conseguir este fin mío?.
Después tome otro papel donde
anotará las ventajas y desventajas que
encontrará para conseguir el fin supremo
quedándose en el mundo.
Pensando y orando encontrará
bastantes cosas que poner en el papel.
Después, junto con su Padre espiritual, hará el
balance de las ventajas v desventajas y
conforme a éste decidirá. Se cae de su peso
que este balance no ha de ser simplemente
numérico sino moral. Algunas veces una sola
desventaja puede anular todas las ventajas y
viceversa.
Este método es muy útil para los que
se encuentran en el período de tranquilidad y
de calma o para los que no se sienten atraídos
o inclinados hacia ningún estado de vida en
particular.
En cambio, para los que ya desean la
vida religiosa pero que, no obstante, deben
hacer la elección por las razones arriba
indicadas, este método no será tan apto. Para
éstos bastará que escriban con sinceridad
cuáles son las razones que los mueven a
desear el sacerdocio o la vida religiosa. Por
la lista que hagan se podrá ver si tienen o no
recta intención y consecuentemente si la
vocación viene de Dios y es verdadera o si es
fruto de razones e intereses humanos y por
consiguiente no verdadera.
Para utilidad de unos y otros
quisiéramos dar una lista de motivos
sobrenaturales y buenos por los cuales se
puede desear y escoger la vida religiosa. Estos
motivos pueden considerarse también como
ventajas que se encuentran en la vida
religiosa.
A) MOTIVOS QUE TOCAN A MI
UTILIDAD ESPIRITUAL
1) Estoy seguro de salvar mi alma
Se está alejado de los peligros y
tentaciones del mundo. Existe la promesa de
Jesús: “Recibiréis el ciento por uno en esta
vida y después la vida eterna”, sin enumerar a
tantas Órdenes religiosas que han tenido
promesas especiales y privadas que aseguran
a sus miembros la salvación eterna o una
asistencia especial en la hora de la muerte.
Por lo demás, Jesús, que prometió el
premio aún por un vaso de agua, ¿cómo podrá
dejar sin el premio eterno a los que lo han
dejado todo por su amor y le siguen
entregados en una vida de renunciamiento y
de sacrificio?
Si el paraíso se conquista por la fuerza
y sólo los esforzados llegan a alcanzarlo, ¿no
es el caso de afirmar que esos esforzados del
espíritu son los religiosos?
2) Se está casi libre del pecado mortal
E1 religioso vive siempre bajo la
mirada ete Dios; tiene las reglas que le sirven
de barrera contra las tentaciones; tiene a los
superiores y compañeros que velan porque
toda ocasión de ofensa a Dios esté bien lejos
de la religión y del religioso El religioso
generosamente se liga a Dios con los santos
votos pero también Dios se ata a él y se
empeña a derramarle gracias de fortaleza
abundantísimas en los momentos de prueba.
Además vive lejos del mundo. El
mundo es visto por el religioso como si
estuviese encima de una alta torre sin peligro
alguno de contagiarse. Los que están abajo
son arrollados fácilmente por el ruido, por las
seducciones, por los malos ejemplos: el
religioso, en cambio, está en un sitio donde no
le es permitida la entrada al mundo.
Veamos cómo San Bernardo describe
las ventajas espirituales del religioso: “Vive
más puramente, cae raramente, se levanta
prontamenre, muere confiadamente, se le libra
del purgatorio más prestamente y es
remunerado más abundantemente”.
Podemos decir con seguridad que un
buen religioso fácilmente puede pasar toda su
vida sin cometer un pecado mortal.
3) Se llega a la perfección
Como el joven del Evangelio. Había
observado los Mandamientos de Dios pero
entendía que aquello era poco. Su alma
anhelaba algo mucho más alto, quería hacer
alguna cosa grande por Dios que era tan
bueno, no se contentaba con lo estrictamente
necesario, y Jesús le dijo: “Si quieres ser
perfecto, vende todo lo que tienes, y ven,
sígueme”.
El religioso está en un estado que
tiende continuamente a la perfección, la busca
y la procura por todos los medios. La Iglesia
aprueba las reglas de las Ordenes religiosas
para decir que, quien las observe, con
seguridad alcanzará la perfección.
4) Se alcanza fácilmente la santidad
Que es la perfección llevada al
heroísmo. Aquel obedecer siempre negando la
propia voluntad, aquel vivir siempre sujetos a
una Regla, a una vida común, haciendo
siempre lo que gusta a los demás,
mortificando todo deseo propio, convierte al
religioso en un héroe escondido. Después
vienen las ayudas espirituales: una dirección
espiritual constante, una sólida y robusta
formación ascética, una abundante dosis de
oración, lecturas espirituales, pláticas y
conferencias ascéticas, frecuentes visitas al
Santísimo; en una palabra, se vive en la
misma casa con Jesús, el cual está siempre a
nuestra disposición.
De hecho la gran mayoría de los
Santos canonizados pertenecen a familias
religiosas y al clero secular y alguien se ha
maravillado de que haya un Beato Contardo
Ferrini (seglar) porque siempre había creído
que los Santos eran únicamente religiosos o
sacerdotes.
5) Quiero vivir únicamente por los bienes
eternos, que son los únicos que estimo
¿Pero es posible -me decía un joven-
que Dios me haya creado para las tonterías de
esta tierra? ¿Mi vida tan noble y alta he de
vivirla corriendo tras las boberias de acá
abajo?
Este se hacía eco de las palabras de
San Estanislao de Kostka “No he nacido para
las cosas de la tierra sino para las del cielo, y
éstas he de vivir y no aquéllas”.
Para algunos sería una terrible
humillación, un imperdonable contrasentido
vivir para las cosas de la tierra. Tienen sed de
los bienes del espíritu, ven que sólo éstos
pueden saciar el corazón, y la consecuencia es
que conciben un verdadero desprecio del
mundo y ven que trae cuenta el vivir
únicamente para los bienes del cielo.
No puedo resistir a la tentación de
copiar una página de San Bernardino Realino.
Disgustado del mundo y de su vaciedad, lo
apostrofa así:
“Bien, se dice de aquello que es bueno, o sea,
que hace feliz al que lo posee. ¿Esta felicidad
nace de tí? Veámoslo. Pongamos aquí en
medio un hombre de los tuyos. Adornémosle
de todos tus bienes. Sea más rico que Mida,
más bello que Nereo, más fuerte que Aquiles,
más victorioso que Alejandro, más grande que
Pompeyo, más feliz que Sila; en fin, que tenga
el cuerpo de Amalco por la mano, que todo el
mundo le admire, le señale con el dedo, le
erija estatuas, todos le exalten, todos se
inclinen: “quid inde?” ¡Ay de mi! El día de la
partida nunca se le podrá llamar feliz. Aquel
mismo que quiso ser llamado feliz conoció la
miseria de su felicidad cuando al fin de su
vida mandó que su cuerpo fuese incinerado
temiendo quedase insepulto.
“Conoce, ¡oh mundo!, las manifiestas
vanidades pero antes conócete a ti mismo ¡oh,
miserable!, sujeta los deseos malos, no te
dejes llevar del engañoso amor, abre los ojos
de la inteligencia y cierra un poco aquellos del
cuerpo, levanta, que ya es tiempo, los
pensamientos de la oscuridad a la luz, de los
cuerpos a las almas, de las almas a los
ángeles, de los ángeles a Dios”17.
6) Tengo miedo del infierno
No se trata de cobardía o de vileza
sino de un sentimiento santo que no se tendría
sin una verdadera gracia de Dios y que ella
sola es capaz de hacer Santos. Sabemos que la
vocación de San Bruno, fundador de los
cartujos, se debió a un gran temor del
infierno.
Cuando era todavía doctor parisino
tuvo que asistir a unas exequias del célebre
profesor Raimundo Diocrés, doctor de la
Universidad. Durante la función, a las
palabras del sacerdote: “Responde mihi
quantas habeo iniquitates et peccata, scelera
17
GERMIER, S. J., Vita di S. Bernardino Realino, 1942 p. 141.
mea et delicta ostende mihi”, el cadáver,
desde el féretro, dijo: “Por justo juicio de Dios
he sido acusado”.
E1 miedo de los presentes se resolvió
en una huída general, llenos de terror. Se
suspendió la función creyendo que aún vivía
el profesor, pero viendo que realmente estaba
muerto, se pensó que aquella voz procedía de
una ilusión colectiva.
Empezóse de nuevo la ceremonia
religiosa; esta vez la iglesia estaba abarrotada
de gente. Y cuando llegaron a las palabras
anteriores, de nuevo el cadáver se mueve, se
incorpora y dice: “Por justo juicio de Dios he
sido juzgado”.
Otra vez se repiten las carreras y se
suspende el rito; con todo, hay algunos que no
encuentran nada de particular en el
significado de aquellas palabras: “Bien, dicen,
todos seremos acusados y juzgados por el
justo juicio de Dios; no es de extrañar, pues
que el cadáver diga esto; podemos seguir
adelante en las exequias”.
Se empieza otra vez. Llegados a la
frase provocativa, el cadáver se sienta de
nuevo y esta vez habla mucho más
explícitamente:
“Por justo juicio de Dios he sido condenado a
las penas del infierno”.
La lección fue clara y Bruno encontró
su vocación. Es un óptimo motivo hacerse
religioso porque se teme caer en el infierno.
7) Haré una muerte santa
Para cuántos jóvenes ha sido el
pensamiento de la muerte el que ha decidido
su elección a la vida religiosa. Nos lo dice
también San Ignacio cuando aconseja al joven
que hace la elección de estado que se
considere en el lecho de muerte con el
sacerdote al lado y a los familiares llorando;
que piense: ¿Qué hubiera preferido escoger en
la hora de la muerte? ¿Moriré más contento y
tranquilo, más confiado y sereno si escojo la
religión o si vivo en el mundo? Y entonces,
concluye San Ignacio, escoge ahora lo que
hubieras deseado haber escogido en la hora de
la muerte.
Del religioso se puede decir: “Beati
mortui qui in Domino moriuntur”. Ha vivido
para Dios, muere en El y por El. “Opera enim
illorum sequuntur illos”, sus obras hechas
únicamente por Dios y por las almas les
seguirán. Ellos son los que han acumulado
verdaderas riquezas que no podrán ser
robadas por los ladrones ni destruídas por la
polilla.
8) Se vive una vida espiritualmente
organizada
Es la teoría del máximo rendimiento
espiritual. Algunos querrían hacer muchísimas
cosas pero luego en la práctica resulta que no
hacen nada porque o no son ordenados o se
dejan llevar de mil ocupaciones y
preocupaciones. En cambio el religioso hace
una vida regulada por un horario que
periódicamente le trae el anuncio de una
nueva obra que ha de hacer por Dios; la
campana le señala todos sus movimientos,
llega a ser como una máquina espiritual que le
ayuda a no separarse nunca de su deber.
Éste era el motivo principal que
animaba a un joven universitario a escoger la
vida religiosa.
“Pertenezco a la Federación Universitaria y
deseo hacer muchísimo bien, pero pierdo el
tiempo y todo el día se me pasa sin haber
hecho nada. No estudio, no rezo y ni siquiera
tengo tiempo para hacer el bien. No hay
manera de regular mi tiempo; soy un
desordenado. Tengo necesidad de una vida
metódica, una vida de horario en la que tenga
tiempo para todo”
9) Está uno cierto de que hace siempre la
Voluntad de Dios
Eso se obtiene por medio de la
obediencia. E1 superior religioso, en virtud de
su autoridad, me representa a Dios, y lo que
me dice que haga, ciertamente es la voluntad
de Dios a menos que no se trate de algo
pecaminoso.
Este privilegio únicamente lo gozan
los religiosos. Los demás podrían saber que
hacen la voluntad de Dios en algunas cosas
más importantes, pero el religioso aun en las
más mínímas, en la más pequeña acción: un
sermón, un paseo, cualquier cosa que haga por
orden o con el permiso de sus superiores es
ciertamente la voluntad de Dios.
Cuando decimos en el Padrenuestro:
“Hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo”, en la tierra, donde se hace la
voluntad de Dios perfectamente como en el
cielo, es en la casa religiosa.
Me llaman para asistir a un moribundo
y el superior me dice que vaya: es la Voluntad
de Dios. Me dan un encargo: es la Voluntad
de Dios. Me dicen que vaya de vacaciones
para descansar: no hay que discutir, es la
Voluntad de Dios.
Y si no obedezco estoy también seguro
de que no cumplo la Voluntad de Dios.
Esta ventaja es inmensa para quien
comprende que la única cosa necesaria es
hacer la Voluntad de Dios. Jesús mismo puso
en ésto el fin de su vida mortal: “hacer la
Voluntad de Aquel que rne ha enviado”.
Por eso precisamente no pocos
seminaristas y aún sacerdotes piden ser
admitidos en la religión, para tener esa
seguridad de que aún en las cosas más
pequeñas encuentran la senda de la voluntad
de Dios.
10) Felicidad de la vida religiosa
¡Entendámonos! No se trata de una
felicidad natural y humana. ¿Tengo quizá en
el mundo la familia que me aburre, los
compañeros que me ‘toman el pelo’ porque
soy medio tonto? Pues me hago religioso y así
seré tratado con caridad por mis compañeros,
tendré asegurado el pan y vivire sin
preocupaciones”. Eso no sería vocación sino
cálculo comercial que no resistirá ni a las
primeras dificultades y sufrimientos de la vida
religiosa.
Es otra felicidad la que se busca. Es
aquella felicidad que notaba San Agustín
cuando decía: “Señor, nos has hecho para Ti
y nuestro corazón está inquieto hasta que no
reposa en Ti”. Es la felicidad de la conciencia
tranquila, del amor de Dios, de la convicción
de ser amigos de Jesús en la casa del Padre.
“Quam dilecta tabernacula tua, Domine
virtutum; concupiscit et deficit anima mea in
atria Domini”.
“Ustedes son felices—me decía un
Bachiller que venía a verme en vacaciones—,
no hacen otra cosa que reír, pero su risa es
especial. Sale del alma. ¡Nunca he visto reir
así!”. Y venía, decía él, para gozar un poco de
nuestra alegría celestial.
Y otro, al que escribía de vocación no
negándole el temor de que se habría reído de
mi ingenuidad por escribir a un
despreocupado como él sobre un tema tan
sublime, me respondió: “Esté cierto de que no
me reiré por lo que usted me escribe sobre la
vida religiosa; envidio a los religiosos, que
son felices en esta tierra porque saben que
después de la muerte los espera Dios, el
premio”. Y yo añado que nuestra felicidad no
sólo es una respuesta a la esperanza en el
futuro sino a la gozosa realidad del presente.
Es una felicidad que proviene de la
certidumbre de la amistad con Dios, de la
compañía de religiosos santos, de la
mortificación, de la pureza y de un complejo
de cosas que dan al religioso una juventud
espiritual.
Copio la carta de un joven religioso
enfermo y con el pronóstico de una larga
enfermedad que podía tener consecuencias y,
no obstante, está lleno de alegría; cada página
de su carta rebosa felicidad.
“21-XII-1943. Ayer precisamente recibí sus
apreciadísimas cartas y sin pérdida de tiempo
le respondo para darle mis últimas noticias.
Antes que nada ha de saber que hace pocos
días fui a Turín. Allí, bajo la observación de
óptimos doctores, pasé por varios exámenes
de sangre y del líquido raquidiano, extraído de
la espina dorsal. Durante mi larga
permanencia de veinte días, fuimos visitados
por la aviación; dos bombarderos dieron muy
cerca de aquí. La primera noche de las
incursiones me transportaron al refugio, pero
después me quedaba en la cama. He estado en
una clínica estupenda, bastante moderna,
dirigida por las buenísimas Hermanas de la
Sabiduría, muy virtuosas y ejemplares. Su
ejemplo, su unión continua con Dios, la recta
intención que manifiestan con las más
pequeñas acciones, su gran caridad y el asiduo
y perfecto cuidado de los enfermos me ha
consolado mucho y me ha enseñado con
cuánta generosidad y perfección he de servir
al Sagrado Corazón y cuánto le debo amar.
Las horas del día se me hacían un poco largas,
sobre todo a la caída de la tarde cuando todo
se iba haciendo oscuro, pero me entretenía
con la lectura de bonitísimos libros que me
traía el buen P. Socio: Mis Prisiones, Los
deberes de los hombres, la Vida de León
XIII...y vidas cortas de nuestros Santos que en
aquellos momentos de soledad me daban
mucho consuelo, mucho entusiasmo por la
gloria del Sagrado Corazón, del Cristianismo,
de la Iglesia y me llenaban de amor a las
almas.
“Además una alegría indescriptible
por mi vocación.
“Leía y meditaba; mi rostro brillaba de
gozo. Cuando por la noche oía los gritos o las
quejas de los enfermos vecinos, me entraba
mucha compasión de ellos. ¡Oh! ¡Qué
pequeños son mis sacrificios, decía, en
comparación de los de ellos, qué poco sufro
por el Señor!. Jesús, haz que sus sufrimientos
no se pierdan. La alegría que he sentido
algunos días es indecible; alegría que
provenía de todas aquellas lecturas de vidas
de almas que se habían consagrado al Señor.
Aquella alegría que sentía entonces la querría
transmitir a los demás. ¡Ah! decía entre mí, ¡si
supiesen las almas cuánta alegría concede el
Señor a los que le quieren servir y le aman. Sí,
ésta es mi misión: llevar mi alegría a
tantísimas almas que no la tienen y que en
muy poco tiempo la podrían recibir.
“El Sagrado Corazón en aquellos días
me facilitaba mucho el ofrecimiento de mis
pequeñas espinas. Veía que aquellos días no
los desperdiciaba sino que estaba haciendo
algo por su amor...
“A1 principio de mi enfermedad, hace
tres meses, la gracia que pedí con más
insistencia fue que mis pequeños sufrimientos
no se perdiesen por mi culpa sino que los
supiese sufrir todos por El. Y parece que el
Sagrado Corazón me ha oído. En estos tres
meses me he sentido más unido a El. Yo tan
indigno y Jesús tan bueno conmigo...
“Espero en el Sagrado Corazón que
sanaré y, si no, hágase su voluntad. De vez en
cuando me vienen ganas de saltar y correr por
todos los sitios y manifestar a todos mi
gratitud al Señor... Pero si esto no me es
posible, si el Corazón de Jesús quiere tenerme
prisionero de su amor por mucho tiempo o por
toda la vida, es que tal vez con mi curación
faltaré a su amor. ¡Oh! É1 me aleje de tamaña
desgracia, porque no tengo ninguna necesidad
de correr ni saltar sino de amarle y hacerle
amar y únicamente por eso he sacrificado
familia, amigos, patria.
“Si he de decirle la verdad, no me
siento solo; el Sagrado Corazón, no obstante
mi indignidad, es muy bueno conmigo y quién
sabe si nos veremos dentro de poco. Pero
dejémoslo todo en sus manos. E1 sabrá
hacerlo todo mejor que nosotros. Sin
embargo, le ruego que no me olvide en sus
oraciones, para que si hasta ahora Dios me ha
hecho la grande gracia de serle un poco fiel,
que no decaiga en los futuros sufrimientos, los
cuales no sé cuándo acabarán...”
Después de leer esta carta no nos
maravillaremos de aquellas palabras de un
monje trapense: “Tan contento estoy aquí que
temo no obtener el paraíso en la otra vida”.
11) Quiero hacer una vida de sacrificio y de
renunciamiento
Y por esa razón muchos escogen la
vida religiosa. El que quiere sacrificio puede
estar seguro de que ama al Señor. No hay
señal más clara y segura del amor a Dios.
¡Con cuánta frecuencia estas almas
generosas quieren ser semejantes en todo a
Jesús, pero especialmente en la cruz! Un
muchacho de doce años escogió una Orden
religiosa más bien que otra por el siguiente
motivo: “Porque en esa Orden la vida es un
continuo martirio”.
Otro muchacho lleno de amor a su
vocación y que hoy es ya sacerdote, me
escribía: “¿Se acuerda, Padre, cuando en
febrero recibí una patada de C. . . ? ( la carta
está fechada en diciembre). Recibí aquella
patada porque pedí al Sagrado Corazón que
me concediese la gracia de sufrir cualquier
cosa por É1. Después oyó mi petición y a las
dos semanas me dió una enfermedad bastante
peligrosa: la bronquitis. Acepté aquellos
dones y le di las gracias y desearía recibir
otras cruces porque sé que por ellas nos viene
mucho bien”.
Este aspecto de la vida religiosa es uno
de los más bellos y de los más deseados por
las almas buenas. Baste citar a Santa
Margarita María de Alacoque, la cual solía
decir a Jesús que no creería en su amor
mientras no la hubiese hecho participe de su
Pasión y de su Cruz. Pero no únicamente los
Santos sentían así. Todas las almas que
quieren amar a Dios con sinceridad son
atraídas por una vida austera y sacrificada.
Cierto joven que pasó por el examen
de su vocación antes de ser admitido, me
informó de lo sucedido en los siguientes
términos:
“El P. Rector... en vez de preguntarme cosas
sobre mi vocación, como hizo con M...,
empezó a hablarme de mil dificultades. Yo
estuve callado, pero ya me las sabía todas y
estaba y estoy dispuesto a enfrentarme con
ellas porque, si no no hubiese dado este paso.
En fin, me dijo que esperase la llegada del R.
P. Provincial y que hablase con él. Padre,
dígale, por favor, que yo sé que haciéndome
religioso y por añadidura misionero, sufriré
mucho, y dígale también que precisamente
eso es lo que yo deseo: sufrir por la gloria del
Sagrado Corazón de Jesús. Por lo demás, esos
sufrimientos soportados por la gloria del
Señor no pueden llamarse sufrimientos,
porque son los medios por los que podremos
conseguir la eterna felicidad y la gloria del
Paraíso. Dígale que sus dificultades no han
disminuído en nada mi vocación, antes la han
afianzado mucho más, y estoy dispuesto a
todo aunque el demonio quiera hacer el tonto
y hacerme enfadar, pues estoy seguro,
segurísimo, que al fin no vencerá él, sino yo;
y seré religioso y misionero”.
Podría multiplicar los ejemplos, pero
no lo creo oportuno. Es preciso decir con
claridad que la vida religiosa es un paraíso,
una alegría, una gracia, pero sólo para los que
la quieren vivir en serio, entregados a la cruz
de su deber y a la observancia exacta de sus
Reglas. E1 que entra en la religión por este
motivo dificilmente perderá la vocación.
12) Quiero vivir una vida de pureza
Muchos, fascinados por esta virtud
angélica, tendrían en nada toda clase de
sacrificios si los vieran coronados por un
premio tan codiciado. Ven que, en el mundo,
llevar una vida de pureza es casi imposible, y
entonces vuelven su mirada a la casa religiosa
donde se cultivan esos lirios del Señor y
donde todo respira pureza y limpieza de
corazón.
13) Aumentaré mis méritos
Y ésto, de una manera fácil y
abundante. Todos los religiosos de una misma
Orden forman un único cuerpo, un cuerpo
moral en el que todo es común, no sólo los
bienes materiales y las limosnas, sino también
los bienes espirituales y los méritos. Por eso
uno que quizá no puede rezar o trabajar por
encontrarse enfermo, recibe un continuo
aumento de gracia por los méritos y las fatigas
de todos sus hermanos que son misioneros,
profesores, predicadores, etc.
Es incalculable el cúmulo de méritos
que se vuelcan sobre el alma de un religioso
en un solo día de vida de religión. Por ello
precisamente un joven al que su madre había
obligado a esperar dos años antes de seguir su
vocación, estaba inconsolable y le decía:
“¿Por qué hacerme perder todos esos méritos
que acumularía en estos dos años? Siempre
serán dos años menos por toda la eternidad”.
Después, cuando ya era religioso, su
madre iba a verle contenta de tener un hijo
consagrado al Señor, él aún le repetía: “Yo,
sin embargo, no me puedo consolar cuando
pienso que por toda la eternidad e
irreparablemente he perdido dos años de vida
religiosa”.
14) Viviré en compañía de almas buenas
En la religión es difícil tener
compañeros malos que arrastren al mal. Muy
al contrario, hay una santa porfia de
edificación mutua. Si es verdad que exempla
trahunt, los religiosos encuentran una ayuda
eficacísima para su vida espiritual hallándose
rodeados de almas llenas de amor de Dios, de
deseos de perfección, de buena voluntad, de
ayuda mutua para ser siempre mejores a los
ojos de Dios.
Se sabe que con frecuencia los
compañeros de San Juan Berchmans
quedaban inflamados de amor de Dios
después de un recreo pasado con él y
apreciaban más un coloquio tenido con él que
una meditación. Sabemos que, muchas veces,
los romanos iban a la iglesia del Jesús no
tanto para asistir a las funciones sacras cuanto
para ver pasar a un joven religioso todavía
estudiante que se llamaba Juan Berchmans.
Si para nosotros es tan saludable la
conversación con un religioso, la visita de un
sacerdote, ¿qué será el vivir continuamente en
un ambiente de generosidad y de caridad?
15) Belleza del sacerdocio
E1 sacerdote, ministro de Dios, que
ofrece al Altísimo el divino Sacrificio por la
salud de la humanidad; el sacerdote que
absuelve, bautiza, reparte el Pan de Vida,
asiste en la última agonía; el sacerdote que
aconseja, consuela, ayuda, bendice en nombre
de Dios; el sacerdote que a través de los siglos
renueva la presencia visible de Cristo en el
mundo es un ideal capaz de fascinar a todo
corazón deseoso de vivir una vida útil y llena.
¿A quién no gusta pasar una vida
haciendo el bien, sanando, repartiendo la
alegría, la paz, la verdadera Vida? ¿A quién
no gusta tener alta la antorcha de la Fe para
iluminar a aquellos que están en las tinieblas
y en las sombras de la muerte, ser una parte
activa en la salvación del mundo?.
No extrañará oír decir: ¡Quiero ser
sacerdote porque quiero tocar a Jesús! Porque
quiero estar siempre cerca de Dios. Porque
quiero ayudar a Dios en su trabajo de
redención y de santificación. En una palabra,
porque quiero vivir una vida realmente digna
de ser vivida.
Así escribe Dom Naddeo, O.S.B., en
un artículo aparecido en la “Revista del Clero
Italiano”: “Con la imposición de las manos
del obispo nos transformamos no sólo en otros
dioses vivientes y visibles, revestidos de la
misión de deificar a la humanidad, hechos
copartícipes como somos por la gracia de la
naturaleza divina sino cual representantes de
la humanidad y custodios de la grey confiada
a nuestros cuidados, a nosotros incumbe el
deber de llevar cada día ante el trono de Dios
las súplicas, los votos y los pecados del
pueblo, porque el cielo no se abrirá ni cerrará
sino a nuestra voz...
“Somos como los plenipotenciarios del
Altísimo, sus confidentes y sus cooperadores
en la obra de la redención”.
Por eso el Santo Cura de Ars
exclamaba: “¡Oh! qué gran cosa es el
sacerdote; sólo en el cielo podremos
comprender bien qué es; si lo
comprendiéramos acá abajo, moriríamos no
de espanto sino de amor”
16) Me uno a Dios con los tres votos
Tres cadenas de oro que unen a Dios,
que redoblan los méritos, que nos hacen los
predilectos, que nos imposibilitan felizmente
de volver atrás y nos obligan casi a
perseverar. Nos transforman en los
voluntarios de primera línea que siguen al
Maestro a donde E1 vaya.
Santa Margarita María escribió el
día de su profesión, con gozo indecible:
“He aquí mis resoluciones, que deben durar
hasta el fin de mi vida, porque están dictadas
por mi Amado. Después de haberle recibido
en mi corazón, me dijo: ‘He aquí la llaga de
mi costado para que hagas en ella tu mansión
actual y perpetua. Aquí podrás conservar la
vestidura de la inocencia con que he revestido
tu alma, a fin de que vivas en adelante la vida
del Hombre-Dios: vive como si no vivieras
ya, para que viva Yo perfectamente en ti; no
pienses en tu cuerpo ni en nada de cuanto te
suceda, como si no existiera ya, sino Yo solo
en ti. Es necesario para esto que tus potencias
y sentidos queden enterrados en Mí y que
estés sorda, muda, ciega e insensible a todas
las cosas terrenas... Has de estar siempre
dispuesta a recibirme, y Yo estaré siempre
dispuesto a darme a ti... Nada temas; te
rodearé con mi poder y seré el premio de tus
servicios... Sea tú divisa amar y sufrir a
ciegas; un solo corazón, un solo amor, un solo
Dios’”.
Después de estas palabras la Santa
escribió con su sangre el propósito de su vida
religiosa:
“Yo, ruin y miserable nada, protesto a mi Dios
que quiero someterme y sacrificarme a todo lo
que É1 pida de mí; inmolar mi corazón al
cumplimiento de su beneplácito, sin
reservarme otro interés que el de su mayor
gloria y su puro amor, al cual consagro y
abandono todo mi ser y todos los momentos
de mi vida. Yo soy para siempre de mi
Amado, su esclava, su sierva y su criatura,
puesto que É1 es todo mío y yo soy su indigna
esposa Sor Margarita María, muerta al mundo.
Todo de Dios y nada mío; todo a Dios y nada
a mí; todo para Dios y nada para mí”18.
Muchos Santos Padres parangonan los
votos a un nuevo bautismo y creen que Dios
perdona completamente el Purgatorio que el
religioso había merecido por los pecados de
su juventud; así que se puede decir en verdad
que empieza una vida nueva y recibe un
nuevo bautismo.
La vida religiosa es un martirio lento
y diario, no menos heroico y meritorio que el
martirio sangriento. Y la profesión religiosa se
equipara a1 martirio por los Santos Padres.
17) Tendré una formación seria y profunda
18
SÁENZ DE TEJADA, Vida y obras completas de Santa Margarita María de Alacoque. Mensajero, 3ª ed.,
p. 206
No es un motivo que debe
despreciarse. Tener una luz esplendente, un
guía seguro, una preparación seria y sólida
para escalar el monte santo de la vida
espiritual, no es cualquier cosa. Algunos,
especialmente entre los jóvenes de la Acción
Católica y Congregaciones Marianas, saben
darse cuenta de todo esto y se orientan hacia
la vida religiosa aún sólo por este inmenso
beneficio.
18) Tendré muchos sufragios cuando muera
Cuando muere un religioso, sus
hermanos en religión piensan en los sufragios
por su alma. Nosotros los jesuitas, por
ejemplo, tenemos: dos Misas cada sacerdote
que pertenece a nuestra misma Provincia
religiosa; los que no son sacerdotes deben
ofrecer por el difunto dos Comuniones, dos
Misas oídas y dos Rosarios. Además, cada
semana en toda la Compañía todos los
sacerdotes deben decir una Misa en sufragio
de todos los jesuitas difuntos, y los que no son
sacerdotes una Misa, una Comunión y un
Rosario.
Otras Órdenes religiosas tienen otras
Reglas y costumbres, pero ciertamente en
todas las Órdenes o Congregaciones religiosas
se reza mucho por los propios difuntos y cada
uno cumple con ese deber con exactitud y
amor, pensando que mañana otros harán lo
mismo por su alma.
B) MOTIVOS QUE SE REFIEREN A DIOS
l) Daré una alegría inmensa al Corazón de
Jesús
Eso por descontado. Jesús se alegra de
ver que un alma generosa y libremente se le
consagra totalmente en pleno entusiasmo de
su juventud Es increíble cuánto gozo da al
Corazón de Jesús un solo acto de amor. Y
aquí se trata no de un acto sino de toda una
vida que se le ofrece.
Para el que ama es una gran cosa
poder dar gusto a la persona amada.
2) Le amaré más y mejor
El religioso es el único en el mundo
que más que cualquier otro tiene derecho a
hablar de amor. Su vida no es, como creen
muchos mundanos, una vida sin poesía, sin
afecto, sin las dulzuras y gozos del amor. É1
renuncia voluntariamente a las alegrías
humanas del amor conyugal, pero recibe en
cambio el afecto delicado y fuerte de Dios,
que es el Esposo de su alma, el Amigo
predilecto, el Perfecto Consolador. Dios
colma el corazón de los religiosos de tanta
embriaguez que Santa Teresa del Niño Jesús
solía decir: “Si los mundanos supieran lo
bueno que es amar a Dios y el gozo que
probamos nosotros los religiosos, asaltarían
los conventos y nuestras casas serían
insuficientes para acoger la multitud de los
que pedirían entrar”.
3) Serviré a Dios con perfección
Algunos solamente tienen ese ideal: el
servicio divino. Quieren ser los siervos de
Dios por excelencia y ven en una vida gastada
para ese fin la razón de su existencia. ¡Y no se
equivocan!.
Para eso y nada más que para eso
fuimos creados, y nuestro deber principal y
natural es el de servir al Creador para cuya
gloria fuimos hechos. Este es el pensamiento
que ha animado a tantos óptimos jóvenes
obreros a hacerse Hermanos coadjutores en
cualquier Congregación religiosa. Ellos, no
habiendo tenido la posibilidad de estudiar y,
por lo tanto, no pudiendo aspirar al
sacerdocio, con todo, quieren dedicar su vida
al servicio divino.
Hacen los votos, son verdaderos
religiosos, tanto como los sacerdotes, y tienen
el consuelo de ser los siervos de Dios, del
único Dueño que se merece todo nuestro
humilde servicio.
Pero también los sacerdotes son
siervos de Dios. ¿Quién mejor que ellos sirve
al Señor haciendo completa y perfectamente
su voluntad como es la de continuar su obra
de salvación iniciada en Belén y consumada
en el Calvario?
4) Quiero glorificar a Dios
Dios no tiene necesidad de nosotros;
lo podría hacer todo por Sí mismo, pero ha
querido en su bondad asociarnos a su obra y
acepta nuestra cooperación para la dilatación
de su Reinoy para la distribución de su gracia
a las almas.
La gloria extrínseca y accidental de
Dios está, de hecho, en esto: en que los
hombres le conozcan siempre más, le amen y
le sirvan; ¿y quién como el religioso conoce
mejor y sirve mejor al Señor? ¿Quién más que
el religioso procura que también los otros
hombres le conozcan bien y le amen más
sinceramente?
E1 religioso no busca su gloria, su
interés o su vanidad, sino que se entrega todo
en procurar el triunfo de Dios y de su Iglesia.
E1 ha consagrado a Jesús su espada y su vida
por el honor de Dios.
Inútil recordar aquí a Ignacio de
Loyola, el soldado de Cristo por excelencia, el
hombre de la Mayor Gloria de Dios, porque
todos los Santos, quién más quién menos,
tenían como mira este deber del hombre,
deber que ennoblece y que al mismo tiempo
es fuente de inmensas riquezas espirituales.
5) Podré reparar mis pecados y dar a Dios una
satisfacción
Es un óptimo motivo, sugerido por un
sincero arrepentimiento y una visión exacta de
la repercusión que tiene el pecado en el
Corazón de Jesús.
Se desea poner de nuevo el equilibrio
donde el pecado ha llevado el desorden; se
quiere ofrecer a Dios alguna satisfacción por
los insultos que recibe de nosotros y de los
otros, y quisiera ponerme delante de É1 para
recibir sobre nuestro pecho los golpes de los
pecadores y ahorrárselos a É1 de alguna
manera. Ser insultado, ultrajado, golpeado yo,
para que E1 sea glorificado y amado.
También puedo tener otro sentido. E1
de cubrir, con mi sacrificio y con mi vida de
amor, a los pecadores, y obtenerles
misericordia y alejarlos de la Justicia divina
que está a punto de descar gar el golpe. Es
amor compasivo que comprende a Jesucristo
y al prójimo. Lo mismo que Santa Gemma
Galgani, la cual insistía por la conversión y
salvación de un pecador; Jesús no quería
ceder y ella, para conmoverle, repetía:
“Bórrame del libro de la Vida, pero salva a
esa alma”.
6) Quiero ser víctima
Es más bien la idea de inmolación, la
cual comprende: dedicación completa,
sufrimiento, especialmente moral, amor,
humildad silenciosa, anonadamiento. Es el
deseo de ofrecerse, la necesidad de darse, de
hacer de la vida una consagración espontánea
y perenne.
7) Podré llegar a ser insigne en cualquier
devoción
¡Cuántos se han hecho carmelitas
atraídos por la idea de llegar a ser insignes en
la devoción a la Virgen; dominicos, porque
eran devotos del Santo Rosario!
Había de venir a hablarme de vocación
un seminarista con el que ya había hablado
otras veces. A la hora convenida me lo veo
entrar con un amigo suyo. Quedé un poco
contrariado...; el otro no tenía vocación..., en
fin, no podria hablar delante de él. Me resigné
a hablar del tiempo y de cosas generales. Poco
a poco la conversacíón recayó sobre la
devoción al Sagrado Corazón y el encargo que
nosotros los jesuitas tenemos de propagar esta
saludable devoción. Hablamos más de una
hora y, cuando los despedí, los tres estábamos
enfervorizados.
A1 día siguiente recibí una carta. Era
del amigo “intruso” que me decía su
admiración por las hermosas cosas que le
había dicho acerca de la devoción al Sagrado
Corazón. Le había impresionado el encargo
dado a los jesuitas de parte de Jesús mismo de
propagar la devoción a su Corazón Santísimo,
y este pensamiento le había hecho nacer la
idea de hacerse jesuita para ser un apóstol del
Sagrado Corazón.
Cuando al cabo de un tiempo entró en
el Noviciado, no podía estar sin hablar del
Sagrado Corazón, y cuando escribía a su casa
no sabía hablar de otra cosa. He aquí lo que
me escribe su hermano a propósito de sus
cartas: “M... ha escrito hace poco. Sus cartas,
dice mi madre, son verdaderos sermones;
están llenas del Sagrado Corazón. Dice
siempre que está muy contento y agradecido
al Sagrado Corazón por las innumerables
gracias que ha recibido de Él. Nombra al
Sagrado Corazón varias veces en un mismo
período...”
C) MOTIVOS QUE MIRAN AL PRÓJIMO
1) Salvaré muchas almas
Es un motivo que no falta casi nunca
en la decisión de un joven que quiere hacerse
religioso o sacerdote. Es la mies dorada que
atrae; es el lamento de Jesús que ve perderse
las almas por las que ha dado su Sangre y su
vida; es la vista de tantos hermanos que se
pierden por toda la eternidad. No podemos
estarnos mano sobre mano, sino que hemos de
sentirnos impelidos a hacer algo para
ayudarles.
Conozco a un joven que arde de celo
y crece en el deseo de trabajar por las almas
cada vez que medita en el infierno. “¡Pensar,
me decía, que aquellas almas tendrán que
estar allí para siempre alejadas de Dios, sin la
posibilidad de hacer jamás un acto de amor de
Dios! No sé qué haría por impedir que una
sola alma cayese en aquellas llamas”.
Es el mismo sentimiento de la pequeña
Ja cinta (de Fátima), que después de haber
visto el infierno con los condenados que se
agitaban y movían, comenzó a hacer
sacrificios heroicos para impedir que las
almas cayesen.
Otros se sienten atraídos por la belleza
de salvar almas, de poder hacer felices para
siempre a tantas personas que por toda una
eternidad le darán las gracias.
Otros, en cambio, lo quieren hacer
para contentar a Jesús o para asegurar sus
almas, según el dicho de San Agustín:
Ani mam s al v a s t i ? A n i mam t uam
praedestinasti. Si has salvado un alma, está
seguro de que has salvado la tuya.
2) Derramaré el bien
Algunas almas delicadas encuentran
un consuelo especial y una consolación
indecible repartiendo el bien a los demás.
Mientras unos encuentran cómodo, y aun
quizás bello, robar, engañar, destrozar, subir
a costa de la ruina de los demás; otros, más
humanos, ven mejor hacer el bien y quisieran
en su generosidad pasar toda la vida
confortando, animando sosteniendo,
defendiendo a los pobres, a los oprimidos, a
los necesitados. Quieren que su vida
transcurra como la del Salvador, del cual se
dice: “Pertransiit benefaciendo”, pasó la vida
haciendo el bien.
Este bien puede hacerse de muchas
maneras. Existe el bien menudo que se hace
en cada ocasión que se presenta, bien a los
muchachos educándolos y divirtiéndolos
sanamente, bien a los pobres y ancianos
socorriéndolos y curándolos. Son las obras de
Misericordia corporales y espirituales
ejercitadas por diversas Órdenes y
Congregaciones religiosas.
3) Quiero ser misionero
No se trata del deseo vago de salvar
almas, sino que se añade un complejo de
renuncias y sacrificios que son abrazados y
escogidos para poder ir en medio de los
salvajes, donde la Iglesia no se ha fundado
todavía, donde las almas se pierden porque
faltan apóstoles. No se trata solamente de
dejar la madre sino la patria, la propia lengua,
las propias costumbres la civilización;
desafiar peligros de bestias y hombres, de
enfermedades y clima, de incomprensiones y
melancolías.
Dios, por su misericordia, da a sentir
a muchos jóvenes este deseo generoso, les
hace ver que es un deber para ellos el
comunicar a otros la fe que poseen, en vez de
gustarla egoística y estérilmente.
Y estos jóvenes ven claro y con
perfecta lógica que nosotros los católicos
hemos de interesarnos por los otros hombres
nuestros hermanos; comprenden que si la
Iglesia ha recibido de Dios el encargo de
propagarse por todo el mundo, han de ser los
jóvenes católicos los que la han de extender
hasta los últimos confines de la tierra.
E1 P. Lievens, S. J., desde
Chota-Nagpur escribía a sus hermanos de
religión de Bélgica: “Mandadme medio
millón de sacerdotes y os prometo que
inmediatamente encontraré trabajo abundante
para cada uno de ellos”.
Y otro escribía desde el Africa negra:
“Por el amor de Dios, venid. Aquí en Africa
he encontrado millares de personas a quienes
solamente les basta oír la palabra y los hechos
de la vida de Jesús para convertirse en buenos
y fieles cristianos”.
Esos gritos dolorosos encuentran eco
felíz en muchos pechos juveniles a quienes
Jesús llama para librar sus santas batallas.
4) Podré defender a la Iglesia
Sabemos que la Iglesia es el Reino de
Díos, el Puerto de salvación para la
humanidad. Esta Iglesia fundada por Jesús es
su Esposa inmaculada, la pupila de sus ojos. Y
esta misma Iglesia es signo de contradicción;
los impíos arrojan contra ella pellas de sucio
barro. ¡Cuántos jóvenes sienten el deseo y el
deber de defenderla!.
Haciéndose religiosos estudiarán a
fondo la doctrina sobre la que se funda: sus
Dogmas y su Credo; estudiarán las
dificultades de sus enemigos y prepararán las
respuestas oportunas para confundir a quien la
insulte.
Podrá parecer extraño y, sin embargo
se encuentran almas que se deciden a ser
religiosos precisamente porque ven que
únicamente así será posible prepararse contra
los enemigos de Dios y ponerse en grado de
lanzarse a la lucha y defender con la pluma y
con la palabra aquella Verdad que es Luz del
mundo.
5) Me vengaré del demonio
¡Ciertamente!. Me ha hecho cometer
muchos pecados, me ha empujado a dar
escándalos llevando a inocentes al pecado, y
ahora me haré religioso, amigo de Jesús y
salvador de almas, y me vengaré arrancándole
al diablo cuantas almas me sea posible; para
quien antes fui motivo de alegría, ahora lo
seré de rabia.
¡Y quién puede imaginar la rabia de
Satanás cuando un joven se hace religioso!.
6) Escojo la vida religiosa para ofrecer este
acto de generosidad por la salvación de un
alma que me es muy querida (padre, madre,
amigo, bienhechor, etc.) .
También este motivo es bueno y
espiritual y es muy probable que sea el Señor
el que anima al alma a concebirlo.
7) Quiero ser padre de las almas
Todos tenemos el instinto de la
paternidad o maternidad. Muchos lo quieren
desarrollar de manera espiritual porque ven
una fecundidad mucho más potente y de
mayor valor. Quieren ser padres “de muchas
gentes” e imitar en alguna manera la
paternidad de Dios, que acoge a todos con
amor poderoso.
El sacerdote, el cual cierra todo
camino al amor natural recibe en cambio una
grande sensibilidad por el amor que es
caridad, y ama verdaderamente a las almas
por las que se da y goza sacrificándose.
VERDADERA VOCACION
El que se decide a ser religioso por
alguno o algunos de estos motivos
sobrenaturales bien puede decir que tiene
recta intención, o sea, el primer requisito
necesario para tener verdadera vocación.
Si a esto se añaden las dotes de
inteligencia, voluntad y pureza requeridas por
la vida que quiere abrazar, tendrá el segundo
requisito necesario para tener verdadera
vocación.
Y finalmente, si habiendo hecho la
petición a los superiores es por ellos
aceptado, tendrá también el tercer requisito
necesario.
Con estos tres requisitos ya se puede
hablar de verdadera vocación en todos sus
elementos. Teniendo como base estas tres
cosas, el joven y su director espiritual pueden
juzgar con seguridad si se trata o no de
verdadera vocación y consecuentemente
tomar una decisión seria, consciente y
ponderada.
Si en vez de motivos sobrenaturales el
candidato sólo tiene motivos naturales e
insiste exclusivamente en éstos, su vocación
no es divina, sino únicamente una cuestión de
interés o una fútil veleidad infantil.
Quizá no esté fuera de sitio desarrollar
también este punto.
MOTIVOS INSUFCIENTES
1) Lo quiere mi madre
Algunas madres muy buenas piden al
Señor la gracia de tener un hijo sacerdote y no
temen manifestar este su deseo al muchacho.
Este crece con esta "forma mentis" y no
piensa en otro camino posible para él. Por otra
parte no osa decir que no a su madre y ni
siquiera se da cuenta de que podría elegir otra
cosa. En este caso el joven no piensa en el
bien que podrá hacer ni en la belleza del
sacerdocio, sino que está todo preocupado en
dar gusto a su madre.
2) Tengo el tío cura o religioso
Para algunos es una tradición de
familia tener un fraile o un cura, y entonces si
el tío ha escogido ese camino, uno de los
sobrinos lo ha de seguir. Este heredará la
biblioteca, el beneficio y otras cosas del tío,
todas de orden puramente natural. Y para no
perder aquellos bienes, la familia es toda
solicitud para que uno de los muchachos coja
la carrera eclesiástica. Mucho peor aun
cuando hay de por medio alguna dignidad
eclesiástica, y la posibilidad de encaminar al
sobrino a tal carrera. Los motivos
sobrenaturales pasan a segunda línea y con
frecuencia faltan totalmente.
3) Seré respetado
Es verdad que el sacerdote es
vilipendiado, despreciado y muchas veces
odiado, pero también es verdad que es amado
y respetado por muchos. Ser considerado
como hombre de Dios, tener el título de
Padre; el hecho de que todos recurran a él
puede ser decisivo para uno que en otro
estado de vida sería uno de tantos por tratarse
de una capacidad más bien mediocre.
Recordemos a don Abundio. Los
buenos le respetan; los malos, muchas veces
por política o por no provocar una lucha
abierta, no osan excitarle, y mientras, él lleva
una vida tranquila y al mismo tiempo no del
todo insignificante19.
Y esa es la manera de pensar de
algunos.
4) Elevaré el nivel social de mi familia
19
Alude el autor a un personaje de la obra clásica italiana I promessi sposi. de A. Manzoni (N. del T).
Una familia de labradores, de simples
trabajadores, de iliteratos se siente elevada si
tiene en casa a uno que ha estudiado Filosofía,
Teología y que quizá ha llegado a doctorarse.
¡Puede darse que durante el seminario venga
cualquier momento de titubeo y aún de
remordimiento: “Yo creo que no soy llamado;
no tengo vocación”. Después se piensa en la
familia: “¿Qué dirán los de casa? Se han
sacrificado para tenerme en el seminario, para
hacerme estudiar...”; y sigue adelante con un:
“Paciencia, sigamos adelante”.
5) Aseguraré una cierta comodidad a mi
madre
¡Pobrecita! ¡Ha trabajado tanto y se ha
sacrificado tanto por mí!. Los otros hermanos
se han casado y yo soy el benjamín; me hago
cura y así estará conmigo. Siempre tendré mis
recursos y la haré descansar hasta el fin.
Sin duda que es un pensamiento
delicado, pero humano. No hay en él nada de
celo de las almas, de amor por la perfección o
por la santidad. ¿Es necesario hacerse
sacerdote para asegurar a la madre un cierto
bienestar? ¿No hay otro camino que escoger?
Eso no es vocación divina.
6) Es que... no sirvo para otra cosa
Así, tan clarito, no hay nadie que se lo
diga a sí mismo porque ninguno se atreve a
confesar que no es capaz de ideales nobles, y
ve en el sacerdote la única salida para situarse
bien y pasar menos mal su pobre vida.
7) Quiero librarme de mi familia
No voy de acuerdo con mi padre, pues
siempre quiere mandar; mi madre no me
quiere muy bien; mi hermana no hace otra
cosa que reñirme; mi hermano siempre se está
burlando de mí. No puedo más; quiero
marcharme o escaparme y vivir a mis anchas.
Además, otra cosa: en mi casa todo se me
hace antipático. Pero... ¿y a dónde voy? Estar
solo es peor; vivir por mi cuenta... es
condenarse a morir de hambre porque todavía
soy muy joven e incapaz de emplearme... ¡Me
hago religioso! Tendré la comida asegurada,
estaré lejos de mi familia y espero que nunca
vengan a verme. Es verdad que tendré que
sujetarme a las reglas, a los superiores...
¡Paciencia!; cualquier cosa con tal de salir de
casa.
Si en su casa este joven encontrase
ocasión continua de escándalo o de pecado y
se decidiese por la vida religiosa por alejarse
de este peligro espiritual, su modo de obrar
sería bueno y su vocación sería sobrenatural;
pero si se trata únicamente de antipatías e
incompatibilidad de caracteres, no es esto
suficiente.
8) Llevaré una vida tranquila
Una Misa, el Breviario recitado a ratos
perdidos entre charla y charla, algún que otro
sermón echado así... salga como saliere y que
se lo han de oír los fieles porque... no hay más
remedio, realmente que no existe otra cosa
mejor. Y por añadidura sin mujer ni
preocupaciones de mantenimiento de hijos,
sin dolores de cabeza con empleados, sin la
preocupación del trabajo cotidiano...
No queremos decir ni mucho menos
que la vida sacerdotal sea ésta, ¡muy al
contrario! Pero algunos se la imaginan así y la
eligen precisamente por eso; con todo,
algunas veces se llega por desgracia a
transformar en una verdadera banalidad: el
cigarrillo, algún que otro vasito de buen vino,
la partidita a las cartas, la prensa, el jardincito,
los intereses... y la charlatanería. Vida beata,
vida sin quebraderos de cabeza.
9) Me gusta el hábito
Esto va especialmente para las
jóvenes, las cuales algunas veces descubren
una elegancia atrayente en las cofias de ciertas
religiosas o en el color o forma del hábito.
Otras, en cambio, sienten una simpatía natural
por una Hermana la cual “¡me quiere tanto!”
“Quisiera estar siempre con ella”.
Todo parece “gracioso”, “bonito”,
“delicado”. Cualquier arrumaco, una sonrisita,
una miradita un poco lánguida... ¡y ya
tenemos una vocación!.
¡No! ¡Eso no es serio! No se ha de
fundar todo un porvenir en esas tonterías. Y
después ¡claro! se vuelve atrás con gran
asombro de todos. “¡Estaba tan bien! ¡Era tan
graciosa! ¡La queríamos tanto! ¡No le faltaba
nada!” ¡Ya lo creo! Lo que le faltaba era todo
porque le faltaba lo principal, o sea, la
vocación divina.
10) No puedo decir que no
“Ese Padre me ha seguido con sincero
interés. Le he dicho que abrazaré su Orden. Es
verdad que se lo dije por complacerle, pero
ahora ya ha convencido a papá para que me dé
el permiso, me ha llevado al Provincial, me ha
llenado de cargos en la Asociación... Si he de
decir la verdad, no me siento con ánimo, o
más bien quisiera entrar en otra Orden que me
gusta más. Pero... ¿cómo se lo digo? ¡Nada!
¡Me conformo! Quiere decir que Dios lo
quiere así”.
Quiere decir que tú no tienes carácter,
que no tienes estima de aquel Padre, el cual
seguramente se alegraría si tú le hablases con
sinceridad y le dijeses lo que realmente
sientes. Y si no se alegra, ¡peor para él! Tú
debes seguir a Dios, no a un Padre que has
conocido. No debes ir adonde Dios no te
quiere, y ello por ninguna razón de este
mundo.
11) No me quiero casar. No me gustan las
chicas de hoy
¡Te gustarán las de mañana! Sigue
célibe si pero no por eso te hagas religioso.
12) Existe una profecía
“Cuando yo era pequeño, un santo
sacerdote le dijo a mi madre que yo sería
cura”.
Antes que nada hay que averiguar y
probar si en realidad se trataba de un santo
que hablaba en sentido profético o más bien
fue un simple augurio hecho por una persona
no inspirada. Y todavía es peor si esa
“profecía” la hizo una vieja hechicera o fue
fruto de algún sueño.
l3) Mi madre hizo voto de consagrarme a Dios
Tu madre debiera haber hecho voto de
dejarte libre, si Dios te llamaba, y de no
obstaculizar tu vocación; y no podía hacer el
voto de obligarte a ser sacerdote
independientemente de tu libre voluntad y
mucho menos podía hacer voto de obligar a
Dios a darte la vocación.
Sin embargo, puede darse que Dios
escuche estos votos, o más bien oraciones de
los padres, y a veces es Él mismo el que las
inspira precisamente porque quiere dar la
vocación al hijo; por eso algunas veces esas
coincidencias pueden ser señal de verdadera
vocación, pero como se trata de votos y
oraciones en las que tiene mucha parte el
sentimiento (amor al hijo, miedo de perderle
por muerte prematura, desaliento, alguna vez
aún desesperación, etc.) y por otra parte la
voluntad del joven no entra para nada, no
sería prudente basarse sólo en tales hechos
para juzgar una vocación.
De suyo sólo esa razón debiera
considerarse más bien como débil e
insuficiente.
Es interesante lo que sucedió a un
joven que conocí hace ya bastantes años.
Cuando nació estuvo enfermo y en peligro de
muerte y entonces su madre, sin decir nada a
su esposo, hizo voto de que si el hijo
sobrevivía a aquel peligro le animaría a
consagrarse a Dios. A los cuatro años estuvo
otra vez en peligro de muerte. Esta vez fue el
padre el que, lleno de dolor, por iniciativa
propia y sin saber nada de lo que cuatro años
antes hizo su esposa, entró en una iglesia e
hizo voto de que si su hijo salía con bien de
aquella enfermedad le consagraría a Dios. E1
hijo sanó y nadie le dijo nada.
Tenía dieciséis años cuando hizo un
retiro espiritual. Pensó en la vocación y creyó
ver en sí señales de verdadera llamada.
Decidióse. Lo dijo en casa y... ¡no hay para
qué decir!
No podíamos entender el porqué de
aquella resistencia por parte de padres
verdaderamente cristianos. E1 hijo luchó, fue
probado, venció, se hizo religioso. E1 padre
quedó triste y al cabo de un año murió. En el
lecho de muerte llamó a un religioso al cual
manifestó su congoja que solía llamar
“remordimiento”.
Estaba convencido de que su hijo
había sido forzado a tener vocación a causa
del voto de sus padres y por lo tanto él había
obligado al hijo a llevar una vida infeliz y
desesperada porque no era verdadera vocación
lo que él tenía sino una imposición divina,
fruto de su voto.
Pero cuando el Padre supo que el voto
lo hicieron en secreto, que el hijo nunca supo
nada y que no le habían animado ni una sola
vez a escoger aquella vida, le tranquilizó. La
vocación del hijo venía de Dios, el Señor
había oído el voto de los padres pero había
dirigido y conducido las cosas de manera que
todo había procedido regularmente y según su
voluntad.
Otras veces, en cambio, estos votos se
hacen con alguna ligereza y después se
pretende por fuerza que el hijo quede obligado
a observar un voto que nunca hizo.
DESVENTAJAS DEL ESTADO
RELIGIOSO
Para ser completos y justos es
necesario que veamos y hagamos ver también
el reverso de la medalla.
A decir verdad, el joven que se pone a
pensar sinceramente y bajo el influjo de la
gracia y luz sobrenatural las desventajas de la
vida religiosa, no encuentra ni siquiera una. Y
hay razón para ello. De suyo no existe
ninguna desventaja abrazando la vida
religiosa. Más aún, es de fe que el estado de
virginidad y celibato sobre el cual se funda la
vida religiosa es más perfecto que el de la
vida conyugal. Lo define el Concilio de
Trento, sesión 24, canon 10, cuando dice: “Si
quis dixerit statum coniugalem anteponendum
esse statui virginitatis vel coelibatus, vel non
esse melius ac beatius manere in virginitate
aut coelibatu, quam iungi matrimonio:
anathema sit”.
Y antes lo dijo ya San Pablo en la
primera carta a los Corintios. A los que no se
han casado dice que permanezcan así: es
mejor que no se casen; pero si uno se casa, no
peca. No da un mandato, sino un consejo:
“bonum est illis si sic permaneant. sicut et
ego”20.
Por lo demás, sería ridículo el pensar
que el estado religioso tenga desventajas
sobrenaturales en sí y objetivamente. Es
estado de perfección reservado a los
predilectos del Señor, a los preelegidos.
Por eso, en vez de hablar de
desventajas del estado religioso hablaremos
más bien de:
20
I Cor.7,8
DIFICULTADES QUE PUEDEN
OBSTACULIZAR AL JOVEN ESCOGER
LA VIDA RELIGIOSA
1) Habré de renunciar al matrimonio
No siempre el joven que decide
hacerse religioso comprende todo el alcance
del matrimonio. En ésto hemos de ser muy
delicados y rechazar con toda energía muchas
teorías modernas que en este campo son
exageraciones, cuando no verdaderas y
propias aberraciones.
Todos saben lo que sustancialmente es
el matrimonio porque han nacido y vivido en
él. Saben, también, cuán agradable es al
hombre tener su compañera que es su sostén,
su fortaleza, y la cual le alivia con su gracia,
comprensión, afecto y atenciones. Todos ven
el gozo y el orgullo santo de los padres
cuando tienen hijos y los ven crecer sanos,
buenos, virtuosos y graciosos. ¿No es éste el
fin principal del matrimonio? ¿La prole, la
educación de los hijos, el mutuo afecto y
ayuda de los padres, el propio nido lleno de
amor y comprensión?
Si además sabe el joven, como lo saben todos,
que el matrimonio no es pecado sino un gran
sacramento bendecido y aún querido por Dios
para la mayoría de los hombres, y que él,
renunciando a aquél, hace un acto de
generosidad sacrificando por amor de Dios y
por un ideal una inclinación que todos
sentimos dentro porque la llevamos impresa
en nuestra misma naturaleza, sin ningún
género de dudas basta ésto para que pueda
decidir con pleno conocimiento de causa.
No es preciso que conozca otras cosas
más íntimas y sutiles, que se refieren a algún
otro fin secundario del matrimonio. Ni podrá
decir el día de mañana que su decisión no fue
válida (o los votos) porque no sabía “todo”.
Aún en los contratos, únicamente el error
sustancial los anula; cualquier ignorancia
secundaria no los anula. ¿Por qué obstinarse
en querer considerar como cosa principal lo
que está en tercer o último lugar?
También en ésto hemos de respetar a
la Providencia divina, la cual muchas veces ha
querido custodiar a estos privilegiados y
elegidos jóvenes teniendo sus cándidas almas
ignorantes aún de la misma sombra de pecado.
¿Por qué hemos de ser nosotros los que
prevengamos o turbemos su serenidad
guardada por Dios con tanto amor?
Nunca erraremos siendo delicados.
Nuestro toque sea siempre angélico.
2) Tendré que llevar una vida de pureza
Para la mayoría de nuestros jóvenes
esto no será una dificultad, pues precisamente
eso es lo que buscan y lo que hasta entonces
han hecho. Esto más que todo vale para el que
es “sano”. Para cualquier otro en el que el
vicio ya ha hecho algún surco, el voto de
castidad perpetua podrá ser un verdadero peso
y aún alguna vez una meta imposible.
Es doloroso ver a esos jóvenes,
muchas veces llenos de buenas cualidades y
de celo sincero, cómo se detienen porque no
logran llevar una vida de pureza. Lo mismo
sucedió al endemoniado de Gerasa poseído de
un espíritu impuro, el cual, convertido, pidió
a Jesús seguirle pero el Maestro se opuso y le
dijo que se contentase con glorificar al Señor
contando lo que había obrado en él.
Con tales sujetos no es prudente seguir
adelante con la esperanza de que una vez
entrados en el Noviciado se corregirán. Es
verdad que el P. Vermeersch, S. J., cree que,
en algunos casos, empezando un nuevo
género de vida en la religión el vicio se
corrige y desaparece, pero es mejor no
fundarse en estas excepciones.
La Iglesia es severísima en este punto
y generalmente desea que el candidato aún
antes de entrar en religión tenga por lo menos
fundada probabilidad de que podrá vivir una
vida de castidad perfecta.
Si no se va con atención sucederá
después que estos pobres jóvenes habrán de
ser rechazados antes de la ordenación
sacerdotal y después que habrán perdido toda
posibilidad de situarse en el mundo... O serán
ordenados entonces y las consecuencias
podrán ser todavía peores.
Ésto se dice para los viciosos, no para
los que esporádicamente han tenido alguna
caída, ni para los que al presente logran
mantenerse en gracia21.
21
Cf. Supra, punto 9).
3) Tendré que dejar la familia
Para algunos es una dificultad no
indiferente. Con todo, es necesario decirles
que el tener que dejar la familia es condición
natural a todo hombre. E1 libro del Génesis
dice claramente que el hombre dejará su casa
y se unirá a su esposa para ser entre ellos una
sola cosa. Por eso, pronto o tarde, o te hagas
religioso o no, tendrás que abandonar tu
familia y tus padres. La diferencia está en que
si te haces religioso tendrás que dejarlos un
poco antes, pero el que se casa tendrá que dar
su corazón a su nueva familia, y en cambio el
religioso tiene intacto su corazón que da a
Dios pero en Dios ama a los padres con amor
más fuerte y completo.
Lo que digo es la experiencia de
muchísimas madres que hablando de su hijo
religioso me dicen: “Es el único que me
escribe..., que se acuerda de mí..., que me
quiere de veras”.
Es la promesa de Jesús que dice:
“Quien dejare el hijo... en nombre mío tendrá
el cien doblado”. Céntuplo de afecto, de
consolación y de satisfacción.
Una madre circundada del afecto de
sus dos hijas ya casadas y felices, escribía a su
hijo religioso: “En el dolor, mi única
consolación es pensar en tí que trabajas por
Dios y recordar que consagré un hijo al
servicio de Dios”.
4) Será un gran dolor para los míos
E1 padre de San Alfonso María de
Ligorio, cuando tuvo que dar el último adiós
a su hijo, le tuvo durante tres horas apretado
contra su corazón y lleno de dolor le gritaba:
“¡Hijo, no me dejes; no me merezco este
trato!”.
Casi lo mismo sucedió a un
compañero mío que partió conmigo al
Noviciado. Ya en el barco, su padre le besó y
le volvió a besar apretándole fuertemente y
llorando como un niño. Después, desatracado
el barco, lleno de dolor, dio orden a los
barqueros que siguieran al buque hasta tanto
no hubiese salido del puerto, y él de pie, no
importándole nada el respeto humano, gritaba
aún el nombre del hijo y le mandaba besos
agitando el pañuelo.
¡Escenas desgarradoras, sin ningún
género de duda! Pero también exageradas,
porque el hijo que se consagra a Dios no se
pierde ni está muerto, ni es robado; además se
le puede visitar, se le puede escribir y alguna
que otra vez pasará él mismo por su casa para
ver a los suyos o, más aún, para pasar juntos
algunos días, como se suele hacer en algunas
Órdenes religiosas.
Con todo, el joven que sigue su
vocación puede decir que no es él el que
provoca aquel dolor. En realidad él no se hace
religioso por capricho o por seguir una
inclinación natural sino porque Dios,
Supremo Dueño de todos y de todo, le llama.
Es, pues, Dios quien inflige aquel
dolor, quien quiere aquella separación, quien
manda aquel sacrificio. A nosotros nos toca
obedecer y bajar la cabeza a su voluntad. No
se puede resistir a la voluntad de Dios sin ser
reos de ingratitud y de injusticia.
E1 hijo debe hacer la voluntad de
Dios, pero también los padres la han de
cumplir.
5) Mi madre no podrá soportar tal dolor
Eso es falso. Así como Dios da la
gracia al hijo para cumplir el sacrificio que Él
mismo le pide, así también da a los padres la
gracia de soportar y aceptar ese sacrificio. Si
en vez de erigirse los padres en enemigos
acérrimos de la vocación del hijo,
humildemente se pusieran de rodillas para
pedir fuerza y luz al cielo, encontrarían la
energía y la alegría de hacer ellos también el
sacrificio y la renuncia como aquel padre
cristiano y juicioso que le decía a su hija que
se quería hacer religiosa: “Mejor es darte a
Dios que a un hombre; éste, mañana te podría
maltratar o traicionar; ¡Dios no!”.
Las madres verdaderamente cristianas
soportan este dolor con verdadera alegría, más
aún, encuentran la fuerza de dar gracias a
Dios porque se ha dignado poner su divina
mirada sobre uno de sus hijos. Sólo el que no
es cristiano encuentra imposible la
resignación.
Conozco una señora viuda, a la cual se
le murió su hija amadísima. Apenas
transcurridos seis meses después del trágico
luto, el único hijo que le quedaba se le
presenta pidiéndole permiso para hacerse
religioso. Le abrazó: hacía trece años que
pedía aquella gracia. Por aquellos mismos
días otro joven pedía a su madre el mismo
permiso, el cual se lo negó con un
contundente: “¡No! ¡No podré vivir sin ti!” ¡Y
sin embargo le quedaban todavía esposo y una
hija!. E1 pobre muchacho no hizo nada
durante un tiempo, pero se enfurecía porque
reconocía que su deber era el seguir la voz de
Dios; y sin el permiso de su madre se fue al
Noviciado. La madre se agitó, lloró, grito,
tentó todos los medios para hacer volver al
hijo, no quería darse paz ni sosiego.
Entonces rogué a la viuda que fuera a
visitarla y aquella pobre madre a la vista de
esta señora que se había quedado
completamente sola quedóse perpleja y
avergonzada: aquélla sí que tenía razón para
rebelarse y en cambio demostraba una alegría
dolorosa ofreciendo a Dios su único hijo, más
aún, todavía tenía la fuerza de sonreír. “Pero
yo no la entiendo—concluyó—; mi modo de
ver es muy diverso del suyo. Comprendo que
usted ama de veras a Dios, pero usted es una
santa”. Y a los pocos días también ella se
caímó.
6) Es que soy yo el que no me enxuentro con
ánimos para dejar a mi madre
¡Natural! Y ésto lo decimos para
aquellos que creen que los religiosos no
tenemos corazón y somos egoístas que vamos
en busca de nuestro bien aún a costa de hacer
morir de dolor a nuestros familiares.
También nosotros somos hijos y
generalmente los que tenemos la vocación no
solemos ser los más díscolos o desobedientes
ni los más inhumanos o menos afectuosos,
somos, muy al contrario, los que respetamos
y amamos a los padres quizá más que los
otros. Los hijos que tienen vocación
generalmente son aquellos de los que se puede
decir lo que una madre decía de un hijo suyo
la víspera de su partida al Noviciado: “Este
hijo mío nunca me ha dado un disgusto”.
¿Qué quieres que te diga, querido
joven?. Mira al buen Jesús que tenía la
Madrecita más dulce y querida de este mundo.
Se querían muchisimo, vivían felicísimos en
Nazaret, el paraíso en la tierra. Y con todo, un
día Jesús rompió aquel encanto, le dió el adiós
y la dejó sola en su casa, llena de dolor, y Él
mismo partió con el corazón destrozado. El
Padre le llamaba para el apostolaelo directo
con las almas: tenía que dejar pueblo, casa y
familia y ser el Hombre sin techo y sin
familia, el Hombre que tenía por padres a
todos aquellos que hacían la voluntad del
Padre que está en los cielos.
¡También El tuvo que dejar a su
Madre por amor nuestro!.
Tú no eres de tu madre ni ella es tuya
sino que todos somos de Dios, el Gran Dueño.
Cuando É1 quiere una cosa es necesario pedir
y rogar para tener la fuerza de dársela...
sonriendo, y si no se la damos... puede que se
la tome El y entonces ¡vienen los dolores!.
Un novicio sufrió una fuerte nostalgia
de su casa. Cuando recibía una carta de su
madre tenía sus lagrimitas de ternura, besaba
y volvía a besar el escrito, lo leía y releía y
por la noche llegaba hasta ponérsela debajo de
la almohada para tenerla bien cerca. En una
palabra, no quería o no llegaba a hacer el
scrificio completo y a separarse viril y
sobrenaturalmente. Un día escribió a los suyos
que no podía más, que volvía a ellos. Su
madre, profundamente cristiana, le escribió
una carta alentadora: “¿Y dejarás a Dios por
mí? ¿No sabes que Dios me puede llamar lo
mismo? Qué remordimiento para mí el saber
que un hijo mío no ha seguido la voz de Dios
por amor mío. Quédate, hijo mío, quédate; eso
es una tentación, vence y sé fiel”.
Pero la tentación fue más fuerte y el
hijo volvió a su casa.
A1 cabo de un año... su madre murió;
el padre se casó nuevamente y los hijos, como
protesta le abandonaron... y así este joven se
quedó sin padre ni madre. ¡Perdemos siempre
resistiendo a la voluntad sacrosanta de Dios!.
Tú, ahora, experimentas la otra frase
de Jesús en el Evangelio: “No vine a traer la
paz sino la espada... Vine a separar al hijo de
la madre y a la hija del padre... y los enemigos
del hombre son los de su familia”.
E1 afecto por tu madre que ahora es el
que te impide seguir la voluntad de Dios es tu
enemigo, el cual quiere hacerte perder tu
misión en el mundo y la salvación de muchas
almas.
También puede darse que tu crisis
signifique sólo que amas poco a Jesús. De
hecho, si encontraras una joven que te fuese
simpática y por la que empezaras a sentir
afecto, no tendrías gran dolor dejando a tu
madre por irte con ella.
Estamos en el caso de que tu amor por
Jesús es menor que tu amor por un afecto
terreno o por la madre misma. Escucha, pues,
la condenación del mismo Jesús: “Quien ama
al padre o a la madre más que a Mí no es
digno de Mí”.
7) Me dicen que si me hago religioso he de
odiar a mis padres
No es ninguna maravilla que digan
eso. ¡Necios y malintencionados siempre los
hay!
No se odia una cosa porque se prefiera otra a
ella. Un enfermo no odia a su pierna porque
permite que se la corten sino que prefiere a la
pierna la vida de todo el organismo. Lo
mismo es aquí: se ama a los padres pero se
ama más a Dios y se prefiere sacrificar aquel
amor por el amor a Dios y a las almas. Y ya
hemos visto cómo el amor a los padres no se
destruye en nada.
¿Cómo se puede admitir, pues, que
Dios nos mande amar y honrar a los padres
(cuarto Mandamiento) y después nos mande
odiarlos?.
8) Mis padres me necesitan
Ese sí que puede ser un obstáculo real
y serio. A menos que no se trate de una
necesidad ridícula. Y así, no basta, por
ejemplo, que la mamá diga que necesita el
afecto de su hijo o que le quiere tener cerca
porque tiene miedo de noche si se queda sola.
Es necesario que se trate de una
necesidad material y grave.
Es preciso que los padres se vean
privados de lo necesario para el sustento si el
hijo los deja; que tal vez tengan que pedir
limosna o ganarse el pan de cada día o que, de
una posición social buena pasen a pobres y
pierdan su grado social. En esos casos el hijo
debe quedarse a menos que los padres le den
generosamente el permiso para seguir su
vocación a pesar de todos los inconvenientes
que les sobrevinieran. Asi hizo una madre
siciliana, la cual después de haber dado a su
hija el permiso para hacerse religiosa tuvo la
valentía de concederlo después a su hijo para
hacerse también religioso, diciéndole: “Yo
pediré limosna pero no quiero obstaculizar ni
tus ideales ni tu felicidad”. Y quedó sola, pero
Dios no permitió que llegase al estado de
tener que pedir limosna.
Si, por el contrario, la necesidad no es
tan grave, pero por causa de tu partida tus
padres se han de ver en la necesidad de
renunciar solamente a un capricho o a un
mayor bienestar, no estarías obligado por eso
a no seguir tu vocación.
Si, por ejemplo, los tuyos tienen un
almacén, y yéndote tú tienen que tomar un
criado o un empleado y pagarle y tener otras
preocupaciones para no ser engañados o para
que el trabajo se haga con interés y
concienzudamente, ¡paciencia!. Tú no estás
obligado a quedarte únicamente por eso.
Si su necesidad es de orden moral,
como sería, por ejemplo, el temer que el dolor
de tu partida fuese causa de cualquier
enfermedad o aún la locura de alguno de los
tuyos, no estarás obligado a nada, porque
estas necesidades la mayoría de las veces no
son otra cosa que fantasías que se pueden
superar con otros medios y con otras formas
que no con la renuncia de tus ideales.
9) He hecho muchos pecados en mi vida
pasada. Es imposible que Dios me llame a una
vida perfecta
Si te has arrepentido y confesado, es
de fe que tus pecados han sido perdonados y
destruídos. Ya no existen. Recuerda a San
Pedro. Después de su gravísimo pecado Jesús
le trató como antes y no sólo no le quitó la
vocación de apóstol sino que le confirió la
dignidad que le había prometido de primer
Papa, fundamento infalible de su Iglesia.
¿Has cometido muchos pecados?.
Razón de más para hacerte religioso y expiar
tu ingratitud. Así hicieron San Agustín, San
Camilo de Lelis, San Ignacio, San Juan
Gualberto y otros muchos.
l0) Es una vida de mucho sacrificio. ¡Me da
miedo!
El que realmente no tenga ganas de
sacrificarse por amor del Corazón de Jesús es
mejor que no se haga religioso. Pero la
inmensa mayoría de las veces este
pensamiento no es indicio de un corazón poco
generoso sino más bien demuestra un alma
atemorizada por la tentación que le representa
los sacrificios de la vida religiosa como una
cosa insoportable.
Estas almas tienen que ser sostenidas
e iluminadas. Santa Teresa presa de tal
tentación se decía a sí misma para animarse:
“E1 purgatorio y el infierno ciertamente serán
peores”. Después de tres meses de lucha cedió
la tentación y la vida religiosa le pareció
ligera y soportable, más aún, dulce y llena de
felicidad.
Con frecuencia con la idea del
sacrificio nos pasa lo mismo que pasa con los
espantapájaros que se ponen en el campo. De
lejos, o vistos a la luz de la luna nos parecen
visiones espantosas, pero de cerca y a la luz
del sol son inocuos fantoches. Así es en la
vida religiosa. Vista de lejos y oída la
descripción por gente del mundo que no la
conoce parece una vida de continuo freno, de
continuo dominio sobre sí mismos, con
superiores rígidos, comidas indigeribles y
poco apetitosas, sin un poco de descanso, sin
afecto, sin respiro. En cambio, vista de cerca
o descrita por quien la vive, es todo lo
contrario.
Por eso hace tanto daño oír las razones
de los que fueron religiosos y que después se
volvieron a sus casas abandonando su
vocación. Estos tales rarísima vez dirán la
verdadera razón por la que fueron infieles a su
ideal que suele ser o la inobservacia de las
reglas, o algún vicio secreto que roía su alma,
o el haber cedido a las tentaciones; y entonces
para excusar su modo de proceder se ponen a
exagerar de tal modo las dificultades de 1a
vida religiosa que la hacen aparecer como
imposible de vivirse y hacen decir a la gente:
“¡Pobrecito!, ha hecho bien en volverse.
¿Cómo podía vivir así?”.
En cambio no se piensa que la mayor
parte se queda en su Orden y con sus reglas y
viven contentísimos.
Con todo, existe realmente el
sacrificio. y aún cuando es soportable y ligero,
siempre es sacrificio que cuesta a nuestra
pobre naturaleza. Pero una mirada al crucifijo
chorreando sangre y agonizando me dice que
no he de ser cobarde siguiendo a Jesús sólo en
el Tabor. He de seguirle también en
Getsemaní y en el Calvario. Su Cruz endulza
la mía y me empuja a abrazar voluntaria y
libremente una vida crucificada para ser como
Él y para ayudarle en su amor doloroso.
11) ¿Y si no perseverase?
Pues tendrías que volver atrás... ¿Y
qué diría Ia gente?. Ciertamente no es muy
halagueño volverse atrás ni es sabio abrazar
un estado de vida que después no se llega a
vivir. Por eso decimos que es necesario hacer
bien la elección de estado e ir despacio y no
moverse si no se está bien seguro de la
vocación.
Pero si tú has hecho bien la elección
de estado, este temor es ridículo, precisamente
porque el perseverar depende de tu voluntad.
Si tú pones toda tu voluntad, Dios no te
negará su gracia y no te sucederá ningún
percance.
E1 hecho de que algunos, a pesar de
haber obrado con sinceridad, han tenido que
dejar la religión antes de terminar el
Noviciado, no ha de considerarse como un
deshonor sino como un honor, porque han
demostrado que tuvieron energía, cosa que a
muchos les falta, para emprender el camino
que les pareció que Dios les señalaba.
Si se abandona el Noviciado porque se
cansa uno en el camino de Dios, entonces sí
que es digno de reprobación, ya que la culpa
es toda de la voluntad que no es viril. Sin
embargo, algunas veces es de los superiores
que no han examinado bien al individuo antes
de aceptarle; otras veces, en cambio, se ve un
secreto misterio de la Providencia de Dios,
como se lee de algunos Santos, pues entrados
en el Noviciado, al que después tuvieron que
dejar, Dios los destinaba a fundar una nueva
Orden religiosa.
12) También podré hacer bien en el mundo.
Más aún, estaré más libre para hacer este bien
que si me hago religioso o sacerdote
Eso es exactamente lo que nos dicen
bastantes jóvenes de ambos sexos que han
hecho un poco de apostolado en la Acción
Católica o en cualquier otra Asociación.
Como aquel que decía: “¡Tantas religiosas!
¿Por qué no se dedican a hacer obras sociales
más modernas con los obreros? No
encontramos quien nos ayude en las
Asociaciones Católicas de Trabajadores. Yo
obligaría a todas esas religiosas a abandonar
el velo y hacer cosas más útiles para la
Iglesia”.
Muy justamente le fue respondido:
—¿Cómo es que no tienes ayuda para tus
obras sociales? iTantas jóvenes como hay en
las asociaciones católicas! Sírvete de ellas.
Pero el otro, levantando la cabeza, dijo:
—La lástima es que no siempre están bien
formadas; les falta sacrificio.
—¿Pues por qué quieres destruir a las
religiosas que precisamente en la vida
religiosa se forman bien y se hacen personas
de sacrificio?
Este coloquio es histórico y no ocurrió entre
personas vulgares.
Nos quedamos maravillados del
apostolado que llega a hacer un buen seglar y
nos parece que es mejor hacer aquello como si
del dicho al hecho no hubiese un buen trecho,
como dice el refrán. Y después, no se piensa
que estas asociaciones de seglares hacen tanto
bien precisamente porque están formadas,
organizadas y son llevadas paso a paso por el
sacerdote o por alguna religiosa. La fuente,
pues, de todo ese bien, es el sacerdote.
Y aunque es verdad que hacen falta en
el mundo buenos seglares, eso no quita que la
vocación al sacerdocio sea superior, de mayor
bien y de mayor gloria de Dios que el
apostolado seglar. Y si el Señor te llama para
lo más y para lo mejor, no es justo escoger el
menos porque es más cómodo o quizá porque
brilla más.
Digamos la verdad: la mayoría de las
veces se aduce tal razón para “camuflar” un
miedo secreto al sacrificio que la vocación
impone; se dice para hacer callar a la
conciencia que exige los derechos de Dios.
Vemos a esos valientes seglares que
realmente son el brazo derecho de la jerarquía
eclesiástica, pero no sabemos cuántos otros
han deseado ser así y quizá han sacrificado
otros ideales para llegar a ser como ellos y en
cambio... no son nada, ni aún siquiera de los
simples buenos cristianos.
Si interrogamos a esos apóstoles del
laicado veremos que la mayoría de las veces
nunca han tenido idea de vocación; otros se
han dado al apostolado después del
matrimonio cuando ya no les era posible
empezar la vida religiosa; y otros son
convertidos.
Vemos, en cambio, los que tuvieron
algún día el ideal de la vocación y que habían
visto en sí mismos señales ciertas de la
llamada del Señor pero que no siguieron aquel
camino porque se fascinaron por un fruto
momentáneo y de más resplandor que
creyeron poder obtener permaneciendo en el
mundo.
¿Qué son hoy? Son la imagen enana
del joven del Evangelio que... abiit tristis; o,
si han llegado a hacer alguna cosa en el
campo del apostolado, probablemente será
demasiado mísero en comparación de sus
esfuerzos y esperanzas, y quizá piensan con
nostalgia en la vocación sacrificada por tan
poca cosa. Un joven doctor, después de una
conferencia dada con solidez de doctrina y
sentimiento, me dijo cuando me acerqué a él
para felicitarle: “¡Esto son tonterías! E1
verdadero bien lo hacen ustedes, los
sacerdotes”.
¿Crees que la Iglesia hubiera ganado
más si San Ignacio, Santo Domingo o San
Francisco de Asís en vez de hacerse religiosos
hubieran seguido siendo buenos seglares para
el apostolado laico?.
Este motivo nunca podrá desvirtuar al
de hacerte religioso. De hecho se dice: “Podré
hacer bien en el mundo”. Respondo: “¿Y
cómo lo sabes? Si eres llamado a la religión y
no sigues tu vocación no harás el bien porque
no harás la voluntad de Dios. Si en cambio
eres llamado por ese camino y no por la vía
religiosa, entonces sí. Pero precisamente eso
es lo que se ha de probar, y no se puede tomar
la conclusión como argumento y prueba de tu
vocación”.
Los buenos nos quieren también en el
mundo y precisamente por eso Dios nos
llama: para se la sal de la tierra y conducir al
bien a los que siguen el camino trillado del
matrimonio. Y no faltarán nunca buenos
seglares mientras no falten santos sacerdotes.
13) Entonces todos se habrán de hacer
religiosos
Tú piensa en ti mismo. Si ves de una
manera clara que ponderadas bien las ventajas
y desventajas el mejor camino para ti es la
religión, quiere decir que el Señor te llama
porque es É1 el que te hace ver las cosas bajo
ese aspecto. De los demás no te preocupes. Si
Jesús los quiere, ya se lo dará a entender de
una manera o de otra. Y si no los llama, ya
pueden leer libros y escuchar sermones acerca
de la vocación, que se quedarán tan fríos y
además con la convicción de que la vida
religiosa no se ha hecho para ellos.
14) No conozco el mundo
Para conocer el mundo no es necesario
haber gustado el pecado. Tú conoces la
alegría de un nido familiar porque has nacido
y vivido en una familia, conoces los goces de
la amistad o de cualquier diversión honesta,
diversión que, por lo demás, no siempre te
faltará en la religión. Quizás no conoces todo
el barro impuro en que está sumergido el
mundo, maldecido por Jesús, y de eso has de
dar gracias a Dios.
Para conocer si un pescado es bueno o
no, no es necesario comérselo y ni tan siquiera
probarlo basta olerlo, y para los peritos basta
verlo. Basta que tú puedas decir como decían
los santos: “Sé que el mundo es tan malo, tan
lleno de pecado, tan tonto y vano que bien
merece que se le abandone”.
La Sagrada Escritura te ayuda a
conocerlo cuando te dice: “E1 mundo está
todo fundado en la malignidad. ¡Ay del
mundo por sus escándalos! Todo lo que hay
en el mundo es concupiscencia de la carne,
concupiscencia de los ojos y soberbia de la
vida... No ruego por el mundo... Yo doy una
paz que el mundo no puede dar... Vosotros no
sois del mundo (porque sois mis amigos ).
¿Quieres más? Abre los ojos y verás
que el mundo es insinceridad, injusticia,
opresión del pobre, exaltación del pecado,
abuso del amor, epicureísmo, anhelo del
placer prohibido, traición, interés, egoísmo,
suntuosidad, vanidad, soberbia.
Como bien ves, poco bueno y bonito.
No entiendo por qué dicen que nosotros los
religiosos hacemos un sacrificio abandonando
el mundo. ¿Hace quizá un sacrificio el que da
un puñado de barro por una perla preciosa?.
15) No podré desarrollar mis dotes naturales
Yo soy inclinado a la música; yo a las
ciencias, a la botánica, a la astronomía, a las
lenguas orientales. Yo, en cambio, me inclino
por el dinamismo, por las obras sociales; yo
por la poesía, la pintura, la escultura.
Esta desventaja que tú encuentras en la
vida religiosa es precisamente una ventaja que
no he puesto porque es más bien de orden
natural. ¡Cuántos en el mundo tienen el genio
de la música, de la poesía, o de otra cosa, pero
no lo pueden mostrar porque la familia les
exige ocupaciones más lucrativas!. En cambio
el religioso, libre de los cuidados del
mantenimiento de una familia, y al cual los
superiores como norma de conducta le
permiten seguir sus inclinaciones naturales
respecto al estudio y al apostolado, se
encuentra precisamente en la posibilidad de
desarrollar el cien por cien sus propias
aptitudes. De hecho podemos contar entre los
religiosos muchísimos científicos,
astrónomos, insignes juristas, pintores y
escultores. Más aún, el religioso emplea como
el mejor su genio, porque lo pone al servicio
de Dios y de la Iglesia, Madre fecunda de
genios y liberal mecenas de todas las bellas
artes e inspiradora de las más bellas obras de
arte de la Humanidad.
Esto querrá decir que has de escoger
una Orden donde puedas desarrollar mejor tus
posibilidades para la gloria de Dios; una
Orden donde se dé importancia al estudio, a la
oratoria o a la contemplación, si eres poeta;
una Orden activa, si eres inclinado a la
organización y al dinamismo, y así de todo lo
demás.
OTRO METODO
Puede darse que considerando y
pensando sólo las ventajas y desventajas el
joven no llegue a una solución satisfactoria y
permanezca aún en la duda.
San Ignacio propone otro método para
conocer la voluntad de Dios. Prácticamente
puede ponerse en ejecución de la siguiente
manera: Escribes una carta a un desconocido
en la que has de procurar describirle fielmente
tu estado de ánimo, tus preocupaciones, tus
deseos, tus ansias, tus temores, cómo se
presenta tu porvenir, las dificultades que
prevés, etc.
Después pondrás la carta en un sitio
cerrado y la dejarás allí por espacio de quince
días. Mientras, intensificarás la oración para
recibir la luz del cielo. Pasados quince días la
cogerás e imaginándote que te la ha mandado
un amigo al cual tú aprecias sinceramente y
para el que quieres todo bien, te esforzarás en
responderle punto por punto, dándole tu juicio
desapasionadamente acerca de lo que él te
escribe y aconsejándole que haga lo que te
parecerá mejor en el Señor. Después
enseñarás tu trabajo a tu director espiritual.
Este método que a primera vista puede
parecer un poco pueril, es al contrario muy
eficaz, especialmente porque obliga al joven
a expresar por escrito lo que tiene y siente. De
esta forma las dificultades y los sentimientos
no quedan en un no sé qué indefinido sino que
toman forma concreta y consistente y se les
puede fácilmente discernir, controlar y ver en
su verdadera luz.
Algunas veces la fantasía presenta
dificultades insuperables, una verdadera mole
de obstáculos que al describirlos y narrarlos
en la carta aparecen lo que en realidad son:
fútiles, banales, exagerados e inconsistentes.
DECISION
Después de iluminar la inteligencia
con meditaciones y exámenes, con
consideraciones y coloquios con el director
espiritual, el joven que cree encontrar en su
corazón el gran don de la vocación con un
acto libre de su voluntad, ha de decidirse a
seguir la vida religiosa.
Llegado a un cierto punto el joven
debe tomar esta posición neta por el sí o por el
no, no puede permanecer eternamente
indeciso ni seguir adelante por la fuerza de la
inercia. Ha de decir triunfalmente y con
seguridad: “He decidido”. Y orientarse
definitivamente hacia su ideal preparándose
interior y exteriormente a la consecución
completa, total y definitiva de su vocación.
¿QUÉ EDAD SE NECESITA?
La decisión puede hacerse en serio y
comprendiendo totalmente su alcance a los
doce años. La Iglesia considera ya jóvenes a
los doce años a las mujeres y a los catorce a
los varones. Pero en algunas naciones ya sea
por un desarrollo precoz físico y moral, ya sea
por la libertad de costumbres, de vida y
conversaciones, ya por el dinamismo del
ambiente, los muchachos son ya maduros
antes de lo que nosotros podemos prever.
No es el caso de fijar una edad para la
decisión Eso se debe dejar a la prudencia del
Padre espiritual y a la moción de la gracia que
sopla cuando quiere y donde quiere22.
22
El P. Ernst, S. J., en un estudio hecho sobre esta materia y publicado en Nouvelle Revue Théologique (tomo
69; 1947, n.° 7), citando a M. Debesse dice que en Francia, según un cuestionario al que han respondido muchísimos
entre religiosos y sacerdotes, la edad de la decisión oscila entre los doce y veintiún años, con una frecueneia
insistente en los dieciséis años, edad de la crisis de la adolescencia.
Pero la edad de la adolescencia varía según los pueblos y las regiones. Si para la Italia Septentrional
podemos aceptar los datos de Debesse, para la Italia meridional, España y otras naciones, tendremos que descender
a los catorce y aún a menos.
Notemos sólo que la edad de la decisión no
debe confundirse con la edad de la entrada en
la religión. La decisión debe tomarse antes de
entrar y por consiguiente para ello se requiere
una edad menor.
ALGUNAS NORMAS PARA EL TIEMPO
DE LA ELECCION Y PARA EL QUE
SIGUE A LA DECISION
1) El joven no debe hablar con nadie de su
vocación excepto con su Padre espiritual. Y
ésto es prudente que se observe aún después
de la decisión con alguna excepción que
indicaremos después.
La razón es obvia. E1 joven ha de ser
libre en su decisión, ha de ser él el que decida
Por lo demás, esto no quiere decir que no se pueden decidir aún antes.
y nadie ha de influir en su búsqueda. Se ha de
fiar de su Padre espiritual porque será el
hombre de conciencia que le guiará con
sinceridad hacia lo que parece ser la voluntad
de Dios.
Además el Rey divino tiene sus
secretos con sus predilectos y no quiere que
sus relaciones de amor se publiquen a los
cuatro vientos, sino que desea que se
custodien celosamente escondidas en el fondo
del corazón.
Todos los demás que lo supieren que
no sea el Padre espiritual no están en
condiciones de aconsejar bien, ya porque no
entienden (como los parientes y amigos), ya
porque no tienen la “gracia de estado”.
2) Procúrese que el muchacho tenga como
director espiritual a un sacerdote o religioso
que sea observante y que ame su vocación y
su misión con las almas.
La razón es obvia: el que no ama su
vocación y no la vive no puede dar de ella una
idea genuina y sincera.
3) Es necesario procurarle libros que traten
de vocación. En los coloquios espirituales no
se puede decir todo y lo que se dice no
siempre puede ponderarse; muchas cosas se
olvidan, otras se dicen sin subrayarlas. En
cambio, el libro se lee despacio, se gusta, se
puede hasta meditar y suple al poco tiempo
que podemos dedicar al joven. Es imposible
estar con él todo el día y hablar siempre de la
misma materia.
Además el libro es impersonal y no
ejerce una fascinación especial, ni inspira un
temor reverencial que disminuye un poco
aquella libertad de decidir que en esta materia
es sumamente necesaria.
4) Tomada la decisión definitiva, es necesario
conducir al joven hacia la perfección. Ha de
empezar a vivir la vida de un alma sacerdotal:
hacer meditación, lectura espiritual,
ejercitarse en la virtud, especialmente en la
oración y mortificación. No nos espantemos
de permitir al joven que ya tiene vocación
algunas penitencias corporales: una pequeña
cadenilla, un poco de disciplina, dormir
alguna que otra vez en el suelo y otras cosillas
así.
El joven que empieza a hacer estas
cosas llega al Noviciado preparado y casi
medio religioso, entenderá mejor las
enseñanzas del Noviciado y no se sentirá
completamente extraño al nuevo género de
vida que emprende.
5) Es necesario convencerle de que puede
perder su vocación y que debe prepararse a
luchar contra el demonio, consigo mismo y
especialmente con sus padres.
Este espíritu combativo, que es el
espíritu genuino del cristianismo vivido, tiene
una eficacia particular para templar el carácter
del joven y para reforzarleen su vocación.
Sabiendo además que la vocación es
un don que se puede perder, procurará alejarse
de todo peligro y se entregará a una oración
humilde y confiada para obtener la
perseverancia en so propósito.
6) Encaminémosle enseguida al apostolado,
no precisamente a un apostolado de gran
estilo que le distraería demasiado, sino aquel
de alma a alma. Sentirá así el gozo de llevar
almas a Dios, de ver a un alma progresar por
su ayuda y por su trabajo. Si gusta la alegría
de hacer el bien, se ligará para siempre a la
idea del apostolado y, por ende, del
sacerdocio.
Par ésto ayudará de un modo
maravilloso la devoción al Sagrado Corazón
de Jesús con sus múltiples formas de
apostolado: consagraciones personales, de las
familias, de los comercios, Primeros Viernes,
poner la imagen del Sagrado Corazón donde
haya almas alejadas de Dios, etc. Os lo digo:
probad y veréis los reultados.
7) No es necesario darle ni demasiada
confianza ni demasiados coloquios sobre la
vocación. Una vez que se ha decidido, ya no
nos necesita continuamente; le hemos de dejar
un poco por su cuenta para que rumie lo que
ha escogido. Ha de acostumbrarse a pensar
por sí solo y así quedará más convencido y
sentirá la vocación como suya.
8) A este punto el joven sentirá tal
entusiasmo, fervor y alegría de su vocación
que tendrá gran necesidad de desfogarse con
alguien. Entonces, cuando ya se ha decidido
con seriedad, se le puede sugerir el que se
haga amigo de algún otro joven que haya
tomado la misma decisión; de esta forma
hablarán entre ellos, alimentarán su fervor
haciendo proyectos y hablando de lo que
harán cuando sean sacerdotes, religiosos o
misioeros.
Y en estos coloquios saldrán fuera
cuestiones y dificultades que solventarán por
sí mismos, ideas exageradas y equivocadas
que corregirán poco a poco, y de esta forma
irán madurando reforzándose entre ellos.
Es increíble lo útil que es una santa
amistad. Los jóvenes se entienden mejor entre
ellos que no con el mismo Padre espiritual.
Mientras tanto dejarán en paz al sacerdote el
cual podrá dedicarse a otros trabajos o a otros
jóvenes que quizás están haciendo la elección.
Basta que una hable de cuando en cuando con
ellos.
Conocía dos chiquillos buenísimos, los
cuales se habían metido en la cabeza el
hacerse eremitas. Pasaban los recreos
contemplando y estudiando mapas para
encontrar desiertos y después escoger uno. No
hacían otra cosa que fantasear sobre lo que
harían; y mientras, se preparaban juntos
rezando y hablando siempre de cosas de Dios.
Tenían once años y aquel período de
su niñez se les imprimió profundamente en
toda su vida espiritual, como me dijo uno de
ellos. Hoy son los dos unos entusiastas
religiosos y trabajan con ardor en la viña del
Señor.
A pesar de todo, antes de permitir una
tal amistad con la revelación mutua de la
vocación es absolutamente necesario:
1) que uno de ellos esté segurísimo y
solidísimo de su vocación;
2) que el otro esté también decidido
seriamente aunque no lo esté en el grado que
el primero.
Si no se hace caso de estas dos cosas,
sucederá que si uno cambia de parecer
arrastrará al otro o se traicionarán
recíprocamente revelando a otros su vocación.
TERCERA PA RTE:
PROBANDO UNA VOCACIÓN
ES NECESARIO PROBAR LAS
VOCACIONES
E1 joven que bajo nuestra dirección y
con nuestra ayuda llegue a decidirse o por la
religión o por el sacerdocio, no ha de ser
abandonado a sí mismo, ni se crea que un
ulterior trabajo por nuestra parte en su alma
ha de ser inútil. Es necesario que la vocación
se asegure, eche raíces profundas de
convicción, se alimente con la oración, la
conversación y el apostolado, y finalmente sea
probada.
Decimos que debe probarse
finalmente, es decir, al fin, cuando ya la
vocación no es una tierna plantita sino que va
convirtiéndose en árbol, o sea, cuando el
joven se ha dado cuenta de lo que hace y el
tiempo le ha dado la posibilidad de asimilar
en su corazón todo el complejo de
obligaciones, gozos espirituales y sacrificios
que tendrá que experimentar en el nuevo
género de vida que libremente ha elegido.
Así pues, se equivocan enteramente
los que acogen los primeros ímpetus del joven
que siente vocación con un jarro de agua fría,
como suele decirse. Estos tales se preocupan
demasiado en hacer ver el lado difícil y lleno
de sacrificios que tiene la vocación y con un
celo digno de mejor causa procuran alejarle de
su propósito.
Algunos sacerdotes obran así para que
se vea que son ajenos a todo espíritu de
proselitismo y que no quieren de ninguna
manera influir en la decisión del joven;
quieren hacer ver que en tal asunto ellos no
están interesados. Sin embargo, no caen en la
cuenta de que su modo de proceder puede ser
contraproducente en el joven, el cual ve en el
sacerdote su amigo y su ideal y obedece con
docilidad a todo lo que le manda. E1
muchacho ciertamente habrá alcanzado una
victoria sobre sí mismo para revelar su secreto
guardado con celo y espera de nuestra parte
una comprensión completa; más aún, se figura
que nos da una alegría manifestándonos su
vocación.
Pensad qué desilusión ha de ser para él
oir que le dice: “¿Tú, religioso? ¡No me hagas
reír ¿Te parece quizá que es cosa fácil llegar
a ser sacerdote? ¡Deja esas tonterías que te
vienen a la cabeza! Eres joven y apuesto,
¿quieres encerrarte en un convento? ¿O
enmohecerte en las sacristías...? ¡Dios llama
a jóvenes santos no a los que son como tú...!
Si quieres un consejo piensa en estudiar y en
ser un buen cristiano en el mundo”.
¡Y éstas son frases auténticas!
No es ésa la manera de probar las
vocaciones. Es inútil decir después que si el
joven resiste a vuestra frialdad inicial
cambiaréis de manera de obrar y lo tomaréis
en serio. E1 joven si es inteligente no volverá
más y hará muy bien, y si llegáis a acercároslo
de nuevo y hablarle animándole, no os creerá;
porque ha visto que no fuisteis sincero con él.
Y con todo eso quedará perplejo,
disgustado y quizá desorientado antes de
tiempo.
Conviene, en cambio, tomar la cosa
seriamente y con gravedad desde el principio,
y eso puede hacerse muy bien sin dar la
sensación de que le queréis influenciar.
“¿De veras? ¿Tienes vocación? Seria
una grandísima gracia de Dios. Te deseo eso,
que puedas llegar, porque, en verdad, serías
un joven feliz. Pero, cuéntame, un poco,
¿cómo te ha venido ese pensamiento?” Y así,
con calma, sale todo fuera con sinceridad y
con un cierto sentido de amistad y confianza
y a la vez puede examinarse el caso con
tranquilidad. E1 joven será vuestro amigo y
viendo vuestra sinceridad se abrirá con
vosotros convencido de que poniéndose en
vuestras manos estará bien guiado.
OBL1GACION DE SEGUIR LA
VOCACION
Antes de seguir adelante es necesario
que tengamos ideas claras sobre este
particular. Podrá parecer inutil porque el que
tiene verdadera vocación piensa seguirla no
porque se le obliga, sino porque él mismo
desea alcanzar lo antes posible su ideal. Pero
el demonio puede asaltarle con fuertes
tentaciones, haciéndole aparecer bellísimas las
diversiones del mundo y terriblemente
insoportables los sacrificios de la vida
religiosa, tanto que muchas veces después de
poco tiempo estos jóvenes sienten la
necesidad de preguntar:
“Padre, ¿es pecado no seguir la
vocación?”.
Si él, andando el tiempo, se va
convenciendo de que su decisión fue tomada
en un momento de entusiasmo y que
realmente la vida religiosa no es para él por
razones que su Padre espiritual aprueba, está
claro que no peca si se retira de su decisión.
En este caso su decisión puesta a prueba
aparece como no bien hecha o equivocada.
Lo peor es cuando el joven,
convencido de tener verdadera vocación, no la
quiere seguir por razones humanas y fútiles o
por capricho: “¡Me gusta el mundo! Me
fastidia ser religioso. Me parece que haré el
ridículo con el hábito. No quiero porque no
quiero”.
Y son hechos reales que suceden.
Conocí a un joven bueno, muy
inclinado a la piedad, amigo sincero de la
gracia de Dios. Hablé con él de vocación y le
encontré ya casi decidido A los pocos días
estaba convencido de que Dios le llamaba y
radiante de alegría hablaba a cada momento
de su vocación. Pasaron dos meses; había
hasta intentado atraer a otros hacia el ideal de
la vida religiosa; meses de apostolado y de
fervor.
Un día vino a mi aposento todo
desencajado. Se sienta y me dice exabrupto:
—¡Ya no quiero ser religioso!
Creí que bromeaba y me reí.
—No; lo digo en serio.
—Pero ¿por qué?—pregunté poniéndome
serio yo también.
—Porque no quiero.
—Pero, ¿es que tienes alguna dificultad en la
vocación? ¿Es que te has dado cuenta ahora
de que Dios no te llama?
—No, estoy convencido y segurísimo de que
tengo vocación, pero no la quiero seguir. No
diré que sí al Señor.
¡Quedé espantado! Procuré hacerle ver
que se trataba de una tentación del demonio,
el cual ciertamente preveía el gran bien que
haría una vez fuese sacerdote.
Todo fue inútil. Se cerró en un
mutismo hermético, ni siquiera me miró una
sola vez a la cara. Cuando le despedí tuvo aún
la preocupación de decirme:
—No me considere más entre los que quieren
hacerse religiosos.
Después, poco a poco, empezó a dejar
la comunión, la oración, hablaba contra los
que se querían hacer religiosos
(probablemente para acallar su conciencia),
después dejó el colegio y ya no se le vió casi
nunca.
¡Misterios del corazón y de la libertad
humana!
Recuerdo otro caso que me sucedió
hace ya quince años. Un muchacho
fuertemente volitivo; tenía trece años y no
siempre fue bueno; conoció el mal y aún fue
corruptor, pero después se arrepintió y era
sinceramente bueno. Entró en la Cruzada
Eucarística y se convirtió en un verdadero
militante del Corazón de Jesús. Impedía las
malas conversaciones, luchaba contra la
prensa indecente buscándola y destruyéndola,
hacía buenos a sus compañeros. Era un
ejemplo para todos; en la capilla serio y
recogido, animoso en todo tiempo y por
añadidura era deportista; lo sabía hacer todo y
todo lo hacía bien.
Todavía recuerdo nuestras
conversaciones. Me daba juicios de todo y de
todos, me decía sus impresiones, en fin,
hablábamos como dos buenos amigos, como
si fuésemos de la misma edad y condición; ni
yo tenía dificultad alguna en charlar con él
como si no se tratase de uno menos maduro
que yo. Y no obstante era su Prefecto y
Profesor.
Quería ser jesuita y también
misionero. Nunca dudamos de su vocación ni
él ni yo. Así perseveró durante un año.
Vinieron las vacaciones y él seguía fiel y
firme. Volvió al colegio. Siempre el mismo.
Pero la noche de Navidad sucedió algo
que me puso en guardia. Estábamos delante
del Belén. Cantos, premios, alegría sana. Veo
a mi pequeño amigo sentado cerca de otros
dos que a juicio de todos eran poco
edificantes y menos devotos. “Quizá quiere
impedirles que tengan malas conversaciones”,
pensé. Pero su modo de reír y de bromear no
me dejaba tranquilo. Me acerqué y oí que
canturreaban entre ellos una tonada poco
edificante. Se apercibieron de mi presencia, se
dieron con el codo y continuaron más fuerte
para que yo lo oyera mejor.
¡Y, sin embargo, no podía ser! ¡No
podía pensarlo! Será una broma que me quiere
hacer. Pero cuanto más le miraba más me
daba cuenta de que realmente pasaba algo por
el alma de mi amigo.
A las 23,30 fueron al dormitorio para
cambiarse el traje y prepararse para la Misa
del Gallo Me acerqué a él:
—Pero, oye, ¿qué te pasa?
—¡Nada!—y sonreía de una manera burlona.
—Es el diablo que te tienta.
Se encogió de hombros. Entonces lo entendí
todo. Me limité a decirle:
—¿Tienes aún vocación?
—He cambiado de idea. No la quiero más.
—Pero ¿dudas que el Señor te llama?
—¡No! Pero no importa; no quiero. Me quiero
divertir.
¡Qué noche de Navidad pasé! Todo lo
ofrecí al Corazón de Jesús; pero no podía
resignarme y después de las tres Misas cuando
no podía conciliar el sueño en la cama y veía
que Jesús quería que me sometiese a aquella
pérdida: “Bien, Señor—le dije—, te lo
sacrifico, pero en vez de él quiero otras cuatro
vocaciones porque él bien las vale”.
Y durante las cortas vacaciones de
Navidad conocí a cuatro jóvenes que bajo mi
dirección y después de algunas
conversaciones decidieron hacerse
religiosos... y misioneros.
En cambio aquél volvió a su vida
primitiva, hizo todo lo posible por no volver
al colegio y lo consiguió. Después supe que su
pobre madre estaba desesperada por causa
suya y que él... se divertía, pero lejísimos de
Dios.
¿Y qué se puede pensar de estos
sujetos? ¿Es posible que no hagan mal y no
cometan pecado desechando de esa manera la
gracia de la vocación?
Es verdad que en teoría y según los
principios racionales se llega a que de suyo no
hay obligación, bajo pena de pecado mortal,
de seguir la vocación porque no es un
mandamiento ni un precepto sino sólo una
invitación para seguir a Jesús más de cerca
viviendo los consejos evangélicos; pero en los
casos particulares, en la práctica, puede haber
circunstancias tales que puedan convertir la
repulsa en gravemente pecaminosa y causa de
la ruina completa y aún quizá eterna del
joven.
* Tenía, pues, razón el P. Iorio en su
Compendium Theologiae Moralis23 de
expresarse sobre este particular de una forma
bastante seria:
23
Vol. II, n.154.
“Se pregunta si peca y cómo peca el
que se siente llamado a la vida religiosa y no
sigue la vocación divina.
“Respondo: 1° Por sí y rigurosamente
hablando no peca en ninguna forma porque
los consejos divinos de suyo no imponen
ninguna obligación dado que precisamente en
ésto se diferencian de los preceptos.
“Respondo: 2° Sin embargo, a duras
penas se puede excusar de algún pecado por el
peligro en que se pone de perderse
eternamente. Más aún, cometería pecado
mortal si estuviese persuadido de que el único
medio que le queda para conseguir la vida
eterna fuese el de huir de los peligros del
mundo haciéndose religioso.
“¿Están, tal vez, también en una mala
posición los que, ciertos de la vocación divina
a la vida religiosa, tratan de persuadirse de
q u e p u e d e n s a l v a r s e i g u a l me n t e
permaneciendo en el siglo o volviendo a él (si,
por ejemplo, están ya en el Noviciado )?. No
parece que se pueda dudar de que éstos se
exponen a un grave peligro de perderse
porque permaneciendo en el siglo contra la
vocación divina se privan de las ayudas
especiales que la providencia de Dios les tiene
preparadas en la religión y por eso
difícilmente resistirán a las tentaciones del
mundo.
“San Alfonso María de Ligorio, con
todo, no osa emitir un juicio cierto sobre este
punto”.
* E1 P. Ferreres, sin embargo, se expresa con
mas energía24
“¿La vocación al sacerdocio obliga al
individuo a seguirla bajo pena de pecado
mortal?
24
Cf. Comp. Theol. Mor., vol. II, n.921.
“A algunos les parece que tienen que
responder afirmativamente cuando existen
señales ciertas de vocación y ésto por
gravísimos peligros de perderse en los que se
encontrará el que, despreciada la vocación
divina, por propia iniciativa abraza cualquier
otro estado en el mundo.
“Por eso San Alfonso María de
Ligorio dice que esta vocación es de tanta
importancia que de ella depende la salvación
del llamado y también la de muchos fieles”.
Y luego, con letra más pequeña, después de
haber emitido esta sentencia que es como
suya, el P. Ferreres continúa:
“Con todo, otros distinguen entre
vocación imperativa, con la que Dios impone
una obligación de obedecer, y vocación
invitativa, por medio de la cual Dios invita al
estado clerical, pero no impone una estrecha
obligación. Estos dicen que la primera especie
de vocación obliga sub gravi, mientras la
segunda no...
Y esta manera de hablar de los
teólogos no nos maravillará si consideramos
cómo en la práctica Dios, muchas veces, hace
pagar terriblemente este no, dicho en el tono
y forma del pequeño rebelde que tira y
desprecia una gracia de predilección que se le
ofrece como una señal de inmenso amor por
parte de su Redentor, y todo esto... por
capricho... o por el secreto deseo de gozar de
la vida, o porque no se quiere lo que parece es
un sacrificio.
Si Dios castiga, quiere decir que aquel
no, no le es una cosa indiferente.
LAS CONSECUENCIAS DE LA
NEGATIVA
Pensemos un poco y veamos cuáles
puedan ser las consecuencias de este no; en
qué posición sitúan al joven y dónde van a
desembocar, por lo común, estas “vocaciones
dejadas por capricho”.
1) Consecuencias para el individuo
Dios me había preparado la vida
religiosa y sembró en mi camino una serie de
gracias, de mociones, de ayudas que me
acompañarían paso a paso, me ayudarían y
finalmente conducirían a la salvación y quién
sabe si a la santidad.
Yo, por mi culpa, por mi propia
voluntad rehuso aquel camino y me pongo en
otro. ¿Cómo me encontraré? Ciertamente,
tendré aquellas gracias suficientes que Dios
no niega a nadie, ni me será absolutamente
imposible el salvarme, pero ¿tendré aquellas
gracias eficaces, sobreabundantes, continuas
que Dios me había preparado en la otra vida y
sin las cuales mi pobre naturaleza, ya tan
débil, probablemente no llegará a salvarse
sino con mucha dificultad y con mucho
esfuerzo?
¡No lo sé! Ciertamente la misericordia
del Corazón de Jesús es muy grande y puede
llegar aún a ese punto. Pero no lo podemos
exigir como lo podríamos pretender si
siguiéramos el camino queÉl mismo nos ha
ofrecido y preparado...
¿Sería quizá exagerado decir que un
joven que tiene vocación, pero que no la
quiere seguir, es como un pez fuera del agua,
el cual se agitará por poco tiempo, pero
acabará por morir o por vivir una vida que no
es vida?
Puede darse que Dios haya previsto
que tú, en el mundo, te condenarás con toda
seguridad, y entonces, para salvarte, te da la
vocación y te aleja del mundo. En tal caso, si
tú no sigues la vocación de Dios, ¿no irías
derecho, por tu culpa, a una ruina segura?.
E1 hecho es que generalmente estos
jóvenes terminan en el pecado y se realiza la
confirmación más exacta y palpable del
conocido proverbio: “Corruptio optimi,
pessima”. Encontrándose sumergidos en un
estado de continuo remordimiento, buscan
ahogarlo dándose, más exageradamente que
los otros, a las diversiones y “distracciones”.
Con frecuencia toman la postura de los
indiferentes en materia de religión. Empiezan
abandonando la oración, después la
Asociación y después... todo lo demás.
Y no sólo eso, sino que ademas serán
los eternos descentrados. No sabrán ser
buenos padres ni buenos maridos ni buenos
cabezas de familia, porque no son hechos para
aquello; su camino era otro. Más aún, muchas
veces el cielo los castiga precisamente en
aquello por lo cual han dejado la vocación
que, casi siempre, es algún amor o el deseo
del matrimonio. Se encontrarán
“desafortunados” precisamente en eso: mujer
displicente, enferma, con frecuencia
sorprendida por una muerte prematura, hijos
e n f e r mo s o d e ma s i a d o d í s c o l o s ,
desobedientes, irrespetuosos y muchas veces
impuros.
Cuántas veces se me ha ocurrido
preguntar después de haber escuchado la
narración de una larga serie de semejantes
dolores:
—¿Y usted, cuando era joven, tuvo vocación?
Y muchas veces me han respondido:
—Sí, Padre, ¿cómo lo ha adivinado? Más aún,
ya estaba en el monasterio y después allí... Yo
hice ya los votos y después me volví a casa.
Dios es bueno y liberal, pero ¡ay del
que desprecia sus dones!
Un día se me presenta un joven que
tendría unos veintiocho años; alto, apuesto,
pero con los ojos inquietos.
Le invito a sentarse.
—Padre, ¿si uno se dispara un tiro en la
espalda, tendrá tiempo de confesarse?
—Depende—respondí—, sería cuestión de
ver si Dios le da la gracia de confesarse a uno
que intenta suicidarse sabiendo que hace mal.
Pareció contrariado. No me dijo nada. Y
después de un buen rato:
—Pero y si uno se confiesa antes de
dispararse, ¿no basta?
—No, hombre; uno confiesa los pecados
hechos, no los que piensa hacer; más aún, ha
de tener el propósito de no hacer pecados.
Pero, vamos a ver, ¿qué le pasa a usted?
—Pues... pensaba suicidarme.
Estuve con él unas dos horas. Le animé, le
hice ver que no todo era negro en su vida. Le
dije que confiase en Dios.
Había sufrido dos fuertes desilusiones
amorosas. La primera muchacha murió de una
manera trágica, dejándole en el corazón un
fortísimo remordimiento; la segunda le dejó
una semana antes del matrimonio, cuando ya
estaba comprado el ajuar, la casa alquilada y
se preparaban los últimos documentos y la
fiesta.
Después de aquel coloquio largo y
penoso se sintió reanimado. Le acompañé
hasta la puerta, y cuando ya estaba en el
umbral, se volvió para decirme:
—Padre, fuera de esta puerta todos están
locos. ¡Felices ustedes que ven las cosas en su
verdadera luz! Fuera es un manicomio. ¡Y
pensar que cuando yo era joven fui
seminarista y salí del seminario
estúpidamente!
Hizo un gesto de disgusto y se fue.
Cuántas veces he tenido que oir:
“Padre, tengo verdaderos deseos de ser
perfecta, pero no puedo; en casa me lo
estorban, en la oficina me tratan mal y yo no
sé resistir al respeto humano; además,
interiormente me parece que Dios está lejos
de mi; yo estoy convencida de que siempre
tendré este deseo, el cual creo que no lo
llegaré a satisfacer”. “Sí—suelo responder—,
no sé qué decirle. Usted no está donde debiera
estar porque Dios la llama a otro sitio;
también creo yo que usted no podrá nunca
estar tranquila y a su gusto”.
En muchas de esas familias desechas
por la traición de uno de los cónyuges,
fácilmente encontraréis la defección de uno de
ellos a la vocación divina.
2) Consecuencias para Jesús
Realmente no debe de ser muy
agradable ofrecer un don de predilección, una
amistad más íntima y confidente y ver que se
la desdeñan... porque se la considera como
una nadería y un peso enojoso y a ella se
prefiere la amistad y el amor de los hombres.
Debe haber sido una gran desilusión para el
Corazón de Jesús que miró al joven del
Evangelio con efusión y amor verle partir...
triste; oir que le dice que no cara a cara.
No digo que el Señor se haya
desanimado, porque É1 no tiene ninguna
necesidad de nosotros; pero eso no obsta para
que quede ofendido y aún dolorido por su
amor desechado y despreciado.
He aquí lo que a propósito de esto me
escribe un joven de catorce años:
“Creo, Padre, que no podemos
imaginarnos cuánto le disgusta al Corazón de
Jesús cuando llama a un joven y éste rehusa
seguirle y no responde a su llamada.
“¡Cuántos son los llamados! ¡Pero qué
pocos los que siguen la voz de Dios! En
cambio, ¡qué contento se ha de poner cuando
encuentra un alma generosa que quiere seguir
sus huellas y le dice: Sí, te seguiré para
amarte siempre, ya que Tú me has amado
tanto! ¡Gracias, Jesús!.
“Sí, Padre, yo quiero sufrir por el
Sagrado Corazón. ¿Y quién no querrá
sacrificarse cuando piensa un poco en el amor
que Jesús nos tiene y todo lo que ha hecho y
hace por amor de sus criaturas? Pues, ¿qué
importa que yo sufra un poco por ese Corazón
que nos ama tanto?”.
3) Consecuencias para la Iglesia y para el
mundo
Decía un libro: Si San Patricio no
hubiera dicho sí a los catorce años, cuando
sintió el llamamiento de Dios, ¿sería hoy
católica Irlanda?. Si San Francisco Javier, que
bautizó centenares de miles de paganos, no
hubiese respondido a su vocación, ¿dónde
hubieran ido a parar todas aquellas almas?.
Y si Don Bosco, Dom Orión, San
Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís y
tantos otros Santos hubiesen dicho no a Jesús,
¿dónde estaría hoy todo el bien que han hecho
sus instituciones y su santidad?.
¡Es que yo no soy San Francisco!
Gracias por la noticia. Cierto que San
Francisco fue el que fue y no está reencarnado
en ti; ¿pero crees quizá que el Santo era ya
Santo cuando aceptó su vocación o que él
sabía entonces lo que Dios quería hacer de él?
San Juan Bosco solía decir que
alrededor de cada sacerdote gravita un cierto
número de almas confiadas a él desde toda la
eternidad y que él tiene que salvarlas. Si él no
corresponde, esas almas se quedarán sin
pastor. Serán llamados otros jóvenes, es
verdad, pero éstos tendrán que salvar “sus”
almas.
Hagamos ver al joven cuánto bien
dependerá de su SI generoso y leal, y al
contrario, cuánta destrucción irreparable
puede provenir de un NO egoísta.
LAS PRUEBAS
Pero la vocación ha de ser probada.
¿Y quién la ha de probar? ¿E1 director
espiritual? No siempre. Ya están las pruebas
ordinarias que con gusto llamo “naturales”; si
éstas faltan, ha de suplirlas el Padre espiritual.
1) El tiempo
El tiempo no sólo es un gran rastrillo
que iguala a todos, sino que además es una de
las mejores cribas de las cosas humanas.
Pasados los primeros fervores de entusiasmo,
pasado el tiempo de la elección y de los
frecuentes coloquios, el joven vuelve a su
vida ordinaria y poco a poco empieza a ver las
cosas según todos los puntos de vista.
Es necesario dar al joven un año desde
la elección hasta su entrada en el Noviciado.
En este año sucederán muchas cosas: estudios,
exámenes, vacaciones, amistades nuevas,
tentaciones, sucesos, lecturas; cosas todas que
darán un nuevo sentido a su vocación, quizá la
harán más sólida, le obligarán a examinarla
desde otros puntos de vista, le confirmarán
más resueltamente en su propósito; puede
ocurrir lo contrario, a saber: que de todo el
conjunto el joven empiece a preocuparse,
tener miedo, temer que el paso dado en su
decisión esté equivocado, y entonces
multiplicará de nuevo los coloquios con el
Padre espiritual y examinará nuevamente su
decisión. Todo este complejo de
acontecimientos y experiencias internas
conseguirán que el joven se dé perfecta cuenta
y con calma de lo que hace y de lo que
libremente ha escogido.
Inútil es decir que en todo este tiempo
hemos de asistir continuamente al joven.
La conclusión será que, si la vocación
es verdadera, quedará mejor fundada, más
amada, más comprendida y más fuerte, y con
tal seguridad que el joven no volverá ya atrás
ni ahora ni nunca. Si, por el contrario, todo
fue un momento de fervor y no era verdadera
vocación, el joven lo verá así y con toda paz
se quedará en su casa.
Generalmente es suficiente un año.
Con todo, para las vocaciones tardías, o sea,
para aquellos que son ya algo mayores y por
ende más maduros y serios, podrán bastar
unos seis meses.
Lo que es preciso evitar a toda costa
son las prisas. No se mande a nadie al
Noviciado apenas haya tomado su decisión,
sino háganse las cosas con calma. E1 joven
generalmente tiene como una manía de
marcharse lo más pronto posible, y eso es una
señal de vocación verdadera, y por su parte él
debe pensar y quererlo así, pero nosotros
hemos de retenerle.
Pero, ne quid nimis! No vayamos a
caer en el otro extremo y hacerle esperar
inútilmente, obligando a todos indistintamente
a sacar el Bachillerato o a doctorarse antes de
entrar en el Noviciado. Un poco de tiempo
hace bien, pero demasiado perjudica. Cuando
nos parezca que ya ha pasado el tiempo
suficiente para ver que el joven tiene
verdadera vocación y está firme en su
decisión, pues... ¡basta! Sería un delito hacerle
esperar todavía inútilmente, privarle de tantos
y tantos méritos y de su ideal; dejarle todavía
un año a merced de tentaciones y dificultades
que, si son frecuentes, pueden enervarle y
arrastrarle fácilmente a la catástrofe.
Quizá no está fuera de sitio
parangonar la vocación a un fruto. Cuando el
fruto está ya maduro se corta y arranca del
árbol, porque, si no, se pudre y se pierde.
¡Cuántas vocaciones ya maduras se marchitan
y pierden porque no se las recoge a tiempo!.
Y después, al final, se dice: “No tenía
vocación”. Y sin embargo, tenía vocación,
pero se perdió por culpa nuestra. Muchísimo
peor todavía si hacemos esperar al joven por
razones puramente humanas.
Convenzámonos de que es muy difícil
mantener una vocación en el mundo E1 joven
que desde un cierto tiempo tiene vocación se
convierte casi en un alma religiosa: delicado,
tendiendo a la perfección y a la santidad. Las
tentaciones hacen más presa en él porque se
hace más delicado y sensible, y ya es medio
religioso Obligad a un religioso a vivir fuera
del convento. Ya hemos visto lo que han
tenido que soportar nuestros queridos
capellanes militares y cómo han tenido que
luchar para mantenerse fieles a su estado, y se
trataba de religiosos ya formados. Aquí, en
cambio, tenemos a un joven poco formado,
muchas veces simpático y apuesto porque es
puro y está en gracia de Dios, en su casa tiene
demasiada libertad, quizá tiene hermanas y ha
de tratar continuamente con sus amigas que
vienen a hablar o a jugar con ellas; en el gran
mundo está circundado por jóvenes poco
delicados con él, poco limpios, en el hervor
del desarrollo y un conjunto de circunstancias
que le hacen casi imposible una vida pura e
íntegra.
Es una verdadera agonía. Si no tuviese
vocación, pasaría por encima de muchas
cosas. pero con ese ideal ha de renunciar a
muchas cosas que se le ponen al alcance de la
mano, no ha de traicionarse, no puede
bromear con la naturaleza, no encuentra a
otros de su mismo ideal... Se necesita haber
pasado por ello. E1 que esto escribe estuvo en
esta agonía durante cinco años antes de
alcanzar el puerto de la religión.
Y aquellos que de nosotros juegan con
las vocaciones y hacen esperar el tan
suspirado día de la admisión, son quizá los
que no han sufrido, los que, apenas estuvieron
prontos y decididos en seguida entraron en la
casa religiosa.
¿Os imagináís a un novicio obligado a
vivir en el mundo?.
2) El demonio
¡Figuraos si estará sin hacer nada para
impedir una vocación! Empezarán las
tentaciones contra la vocación, se verá todo
negro, insoportable, vendrán los temores de si
se ha elegido bien o no, y al mismo tiempo sin
encontrar razones serias para decir que la
elección no estuvo bien hecha, se empezará a
sentir un verdadero pánico del paso que se va
a dar, arrepentimiento de haber sido
demasiado bueno, el mundo aparecerá mucho
más encantador que antes y ejercerá una
fascinación completamente nueva, nacerá
cualquier simpatía impertinente y otras mil
tentaciones.
A un joven le asaltaron tales
tentaciones que una semana antes de empezar
el Noviciado estaba aún lleno de temor.
Lloraba y se entristecía.
—Pero, ¿estás seguro de que Dios no te
quiere?
—No.
—¿Quieres volverte atrás?
—¡De ninguna manera! Me haré religioso,
cueste lo que cueste. Pero tengo miedo... iY si
no tengo vocación?
—Está tranquilo. Esas mismas tentaciones son
prueba de que tienes verdadera vocación.
La verdad es que, si el diablo viese
que uno se hace religioso sin tener verdadera
vocación, sería feliz y más bien le animaría a
ello. Si tienta y obstaculiza, quiere decir que
sabe y ve que se trata de una vocación
verdadera.
Todavía otro testimonio. Se trata de un
joven zarandeado por el demonio. Veamos lo
que escribe:
“Hace dos días una negra nube de
tristeza invadió mi corazón. Pero esta vez,
gracias al Sagrado Corazón, estaba preparado
para el ataque. Me fortifiqué bien por medio
de la oración y vencí. El Corazón de Jesús
estaba conmigo y ahora estoy contentísimo
por haber logrado esta gran victoria sobre el
feo diablo y de haberle mandado de un
puntapié a las llamas eternas del infierno.
“Ahora soy feliz y desde nuestra
última entrevista después de aquel día que
pasé con ustedes en la casa de vacaciones, he
empezado a preparar el ajuar, el cual ya lo
tengo casi todo. E1 venturoso día de la partida
se acerca. La felicidad me espera...”
Diré todavía más. Estas tentaciones
demuestran que tú no serás un religioso
cualquiera que harás poco o nada por la gloria
de Dios, porque de lo contrario el diablo te
dejaría en paz. Si él se afana por tentarte,
quiere decir que prevé que tú, una vez seas
religioso, le darás mucho que hacer, le
quitarás muchas almas y le aplastarás su
nefanda cabeza.
Estas tentaciones, pues, te deben
alegrar.
Pero, ¡atención! El diablo es más
ladino de lo que creemos. Se dará cuenta de
que probablemente no podrá vencerte por
ahora, porque todavía estás demasiado
entusiasmado con tu vocación, y entonces, en
vez de tentarte directamente contra la
vocación, se contentará con sugerirte “espera
aún otro año; así estarás más maduro,
conocerás mejor el mundo...”
¡Atención! Nunca has de ser tú el que
tomes tal decisión. Si te lo dice el Padre
espiritual, entonces obedece, y el Señor te
ayudará a perseverar. Decirlo tú significaría
que no estás decidido, que ya empiezas a
pensar en la posibilidad de volverte atrás, de
casi arrepentirte de tu decisión.
No aflojar. E1 único fin del demonio y sus
satélites es el de hacerte estar otro año en el
mundo a merced de tentaciones y
seducciones. En un año podrán sucederle
muchas cosas favorables y además podrá
tenerte bajo su control con toda atención y
cuidado.
Si Dios llama no se le ha de hacer
esperar. Acuérdate: lo que no te ha sucedido
en dieciséis años te puede suceder en dos
minutos. ¡Cuántos han perdido su vocación
porque quisieron ser “ prudentes”!. E1 diablo
los debilitó poco a poco y finalmente les dio
el golpe de gracia... ¡Y la vocación se esfumó
para siempre!.
3) La familia
He aquí otra terrible fuente de pruebas
para el joven que tiene vocación.
Éste no debe decir en seguida a su
familia que tiene vocación, sino solamente
unos tres meses antes de su entrada en el
Noviciado, y esto por varias razones:
1º) Sus familiares no son los más a propósito
para ayudarle, porque no saben qué cosa es la
vocación y el afecto no les permite considerar
el lado espiritual y, por lo tanto, su verdadero
significado. Por eso, en general, se puede
decir que tenderán a separarle acremente de
sus ideas, le harán la vida imposible con
continuas lamentaciones, riñas, lloros, escenas
y vejaciones. Si habla demasiado pronto,
pueden llegar las cosas a tal punto que ya no
podrá más y le faltará la calma y la libertad
necesaria tanto para los exámenes como para
examinar de nuevo su decisión.
2º) Para los padres será un dolor. ¿Por qué
abrirles la herida antes de tiempo?
3º) La vocación debe fundarse y reforzarse
bien antes de que sea capaz de sostener los
choques de una lucha con las personas más
queridas de este mundo. Por eso se requiere
tiempo.
Pero es necesario también decirlo con
un poco de tiempo: no mucho antes de la
partida, pero tampoco en el último momento,
de tal forma que los padres tengan tiempo de
calmarse, de entrar en este nuevo orden de
ideas y de cicatrizar la terrible llaga abierta en
su corazón. No puede pretenderse que digan
en seguida que sí.
Más aún, es casi mejor que al
principio los padres digan que no. Así el joven
tendrá que luchar, discutir con ellos, rogar,
llorar si es necesario, insistir y convencer. El
joven no ha de ser nunca violento ni ir con
amenazas, sino que ha de procurar cogerlos
uno a uno con calma y razonar con ellos,
trayendo sobre todo argumentos
sobrenaturales acerca de la voluntad de Dios,
la salvación de las almas, etc. En fin, hable
con sinceridad de los verdaderos motivos que
le inducen a hacerse religioso.
Se dirá que ellos no comprenderán su
lenguaje porque será demasiado espiritual,
mientras resulta quizá que son poco religiosos
y practicantes; pero es eso precisamente lo
que se desea. Han de ver que el hijo tiene otra
manera de razonar más sublime, más santa
que la de ellos, que no la comprenden, pero
ven al hijo convencidísimo de lo que dice.
El joven poco a poco ha de atraer a los
padres a su mismo plano de razonamiento.
Únicamente así llegará a convencerlos y sólo
así comprenderán que se trata de una
verdadera vocación.
Todo esto no es fácil en la práctica.
Algunos chicos tienen un verdadero terror a
su padre, el cual alguna vez es violento y poco
cristiano, o, como sucede con frecuencia,
inspira una gran reverencia.
Un joven tuvo que escribir una carta a
su padre para descubrirle su propósito. Le
puso el sobre en la almohada. El padre la leyó,
pensó mucho, discutió un poco y todo se
arregló.
Otras veces ocurre que los padres no
dejan hablar, y lo hacen a propósito para no
decidir nada. Entonces no es tan fácil. Sé de
uno que para hacerse oír tuvo que recurrir a
una represalia.
—Vosotros no me tomáis en serio, pues yo
tampoco a vosotros —y empezó sistemática y
abiertamente a no obedecer en nada.
—Ve por el pan—y se quedaba quieto en su
sitio. Salía sin decir a dónde iba; no
respondía, o si lo hacía salía con un seco: ¡No
quiero!.
Tal situación no podía seguir así. Y el
padre a los dos días perdió los estribos, le dio
una buena paliza, le despachó de casa y armó
mucho ruido.
Al día siguiente fue a hablar con los
Padres. Vio que la cosa era bastante seria y
que él hizo mal en no pensar.
Otro empezó diciéndolo a su hermana,
rogándole que hablase en secreto a su madre.
Es preciso ver caso por caso qué
método sea el mejor, pero lo que no parece
que sea un buen método es el de hablar
nosotros los sacerdotes a los padres para
decirles la vocación de sus hijos. Les parecerá
que somos parte interesada, sin decir que
muchas veces se ofenden porque creen que su
hijo no les tiene bastante confianza. Sin contar
que para el joven no es nada formativo el que
hablemos nosotros por él. La vocación es
asunto suyo y él ha de ser el que ha de
combatir por ella. Es preciso que trabaje él, de
lo contrario tiene el peligro de que sea
influenciado por nosotros y no se dé cuenta de
su vocación. Todo eso supone un conjunto de
preparación, valor, discusiones y emociones
que son una gran prueba para la vocación.
Un joven después de asistir a las
lágrimas, desmayos y consternación de su
madre, vino a verme para que le diese alguna
inyección de ánimo.
—No puedo más—me dijo—. No puedo ver
a mi madre llorar de tal forma por mi culpa.
Tendré que partir lo más pronto posible
porque, si no, no sé si tendré fuerza para
hacerlo.
—Ya verás cómo se le pasa—le dije
animándole—. Tú ahora deja que pase una
semana sin hablar del asunto; luego vuelve a
la carga y ya verás cómo después del primer
golpe tu madre está más razonable.
Otro me decía:—Cada vez que veo a
mi madre se me encoge el corazón; ella lo
sabe y no me dice nada, pero cuando pienso
en cuánto debe estar sufriendo, padezco.
Algunas veces me entran ganas de decirle:
“Mamá, esté tranquila, ¡nunca la
abandonaré!”. Pero no lo puedo decir. ¡Jesús
me llama!.
Si las señoras mamás supiesen qué
agonías tienen que sufrir sus hijos que se ven
precisados a dejarlas por seguir a Jesús,
juzgarían muy diversamente a estos
buenísimos muchachos y se guardarían muy
bien de llamarles crueles, egoístas y asesinos.
He hecho una buena experiencia. He
visto cómo las madres delicadas, aquellas que
aman profundamente a sus hijos, no llegan
nunca a esos excesos, y a pesar de sufrir
cruelmente no dudan ni un instante del amor
de su hijo y se guardan muy bien de dirigirles
frases punzantes y ofensivas. Y al contrario,
las que buscan no el bien del hijo, sino la
necesidad de su afecto o el interés de su futura
vejez, le vejan y aún llegan a pegarle, a no
quererle ver más y a gritarle de una manera
como furiosa. Y a eso le llaman amor.
Esto es doblemente doloroso para el
joven que empieza a entender, precisamente
en aquel momento, que el amor de su madre
hacia él no es sincero ni desinteresado.
Una madre que tenía una joya de hijo
no quería decir el sí a su vocación y, a pesar
de todo, tampoco le decía que no.
—¿Por qué he de hacerle infeliz—me decía—
negándole mi consentimiento? E1 no vivirá
nunca en el mundo; es demasiado bueno este
chico.
Ella veía (y lo decía) que retardarle al
hijo la entrada en el Noviciado significaba
hacerle sufrir mucho. Sabía también que su
hijo se moría de deseos de partir, pero era tan
delicado que no osaba decirle ni una palabra
poco conveniente para que le dejase marchar.
Y yo, recibiendo las lágrimas de uno y otra,
estaba encantado de aquella escena tan
delicada y única, y por añadidura tenía que
hacer de “cruel” con los dos. Cuando el
muchacho entró en el Noviciado, tanto él
como su madre se sentían felicísimos.
En cambio, otro muchacho lloraba por
el dolor de tener que dejar a su madre, y era
tal que le tuve que decir que, si no se
encontraba con ánimos, que lo dejase estar...
Por el momento dudó un poco, pero después
sufrió tales angustias y luchas contra su
vocación de parte de su familia que al año de
batallar se convenció de que su madre no le
amaba de verdad y también él sintió enfriarse
su gran amor hacia ella.
Preparemos al joven a estas pruebas.
Que sepa cómo ha de obrar, que conozca sus
derechos, hasta dónde llega su obligación de
obedecer a sus padres, cuál es el verdadero
amor y la manera como han obrado los Santos
en semejantes ocasiones.
4) DIOS
Muchas veces es Dios mismo el que
prueba al joven en su vocación. Mientras en
los primeros días de su decisión se había
hecho sentir con sus consolaciones
espirituales inflamando el corazón y
haciéndole gustar algo del Paraíso; se había
hecho sentir junto al alma y le había hecho
experimentar qué dulce es amarle y servirle,
he aquí que ahora todo se presenta negro para
el alma: reza el joven y no parece sino que el
cielo es de plomo; quisiera arder de amor y en
cambio todo es frío, la oración un fastidio, los
Sacramentos cosas mecánicas, el apostolado
un peso insoportable y aburrido. El Padre
espiritual aparece como un intruso que no
inspira confianza; sus palabras, que al
principio convencían y entusiasmaban, ahora
son incoloras y... no dicen nada.
Parece como que Dios le haya
abandonado, que camine por un bosque
oscuro sin guía ni sendero. Es un estado de
ánimo muy doloroso, pero utilísimo para
conseguir que el joven obre por convicción y
por razón y no únicamente por sentimiento o
entusiasmo.
5) NOSOTROS
Como se ve, es rarísimo el caso en el
cual el sacerdote mismo haya de ser el que
deba probar la vocación del joven con
métodos extraordinarios, porque es difícil que
no sea probado por algún motivo de los que
hemos ya indicado.
Hablo de pruebas extraordinarias,
porque alguna que otra repulsa o leccioncita
un poco fuerte, eso siempre va bien; y más
aún, a estos jóvenes es necesario que se les dé
una formación varonil y fuerte, no delicada y
afeminada.
Alguna vez sucede que el joven llega
a las puertas del Noviciado tan tranquilo, sin
ninguna lucha, porque todo le ha salido a
pedir de boca. Los padres tan contentos, los
Superiores también; él convencidísimo, sin
tentaciones, dudas ni dificultades. En ese caso
es preciso darle una buena sacudida para
impedir que llegue al Noviciado casi sin darse
cuenta.
Solamente me sucedió con uno.
Cuando su madre supo su vocación vino a
pedirme consejo.
—¡Padre, qué dolor! ¿Qué he de hacer?
—Usted, señora, al principio dígale que no se
lo permite; veamos cómo reacciona. Yo
quiero que luche.
Pero la tal señora era demasiado buena
y no supo hacer comedia. ¡Era tan devota y
ejemplar...! Bastaba una sola frase del hijo y
en seguida capitulaba. Más aún, le ayudó a
conquistar al papá... el cual, a decir verdad, no
puso ningún obstáculo.
Sus hermanos no supieron nada, sus
compañeros tampoco; y él, fresco como una
rosa. El caso me preocupaba y le llamé.
—Oye, ¿tú estás convencido de que realmente
tienes vocación? Yo empiezo a dudar, ¿sabes?
—Pero, ¿por qué, Padre?
—No sé, temo que tú no eres sincero. Tú no
me dices la verdad, no entiendes lo que haces
Eres demasiado chiquillo. Creo que es mejor
que esperes todavía otro año.
Y sin más, le despedí. Estaba todo
rojo, pero no me dijo nada. Únicamente se
detuvo en el umbral y dijo:
—¡Pero, Padre. . . !
—¡Nada, hijo! No estoy convencido. ¡No
vamos bien!
Salió. ¡Pobre hijo! Yo sufría pensando en lo
que estaría pasando. Al día siguiente quise
endulzarle la píldora. Después de la
Comunión vino la sacristía.
—¿Has dormido bien? —le pregunté
sonriendo.
—Realmente, no he podido dormir.
—¿Por qué? ¿Por lo que te dije ayer? Piensa
un poco.
—¡Pero, Padre! ¿Por qué cree que no he sido
sincero?
—No, ya verás; no quería decir precisamente
eso; quizá me equivoqué de frase (la realidad
es que lo hice a propósito). Quería decirte que
aún me pareces un chiquillo; no te das plena
cuenta de lo que haces. Dentro de una semana
volveremos a hablar, pero quiero que pienses
en serio.
Se tranquilizó un poco. Pero resistió.
Si me hubiese dicho: Sí, es mejor esperar, no
le hubiese dejado marchar aquel año. En
cambio, vino a verme de nuevo para
convencerme de que yo estaba en un error, y
cuando al final me puse a reír y le dije que
todo había sido una pura comedia para
probarle, rompió a llorar, un poco por la
alegría y otro poco por todos los íntimos
malos ratos que había pasado.
Recuerdo que también yo lloré... pero
de gozo, viendo una vocación tan
prometedora para la gloria de Dios.
Es preciso probarlos. “¿Te sientes con
ánimos para vivir siempre así, durante toda tu
vida? Mira lo que le ha sucedido a aquel
Padre; después de trabajar tanto en aquella
parroquia, los Superiores le han destinado a
otro sitio donde no conoce a nadie. Así harán
contigo. ¿Te sientes con fuerzas? ¡Fíjate qué
odiados y escarnecidos son los sacerdotes!
Quizás sufran cualquier persecución”.
También va bien, a veces, reñirles en
público y fuerte, por un motivo más bien
pequeño. Y después llamarlos al aposento:
“Mira cómo te tratarán en la religión, ¿estás
dispuesto a eso?”.
Hay que decirles siempre que todo eso
se les hace para probarlos.
OTRAS NORMAS PRACTICAS
1) Mientras tanto, estudiemos bien al joven.
Veamos cómo se vence, cómo se porta en
casa, en el colegio, con sus compañeros, en la
Asociación. Veamos si tiene aptitudes
necesarias, celo, si es sincero, si sabe
vencerse, si es mortificado.
2) Hagámosle trabajar, especialmente en el
campo de las vocaciones. Va bien, si es
posible, confiarle algún muchacho más
pequeño que él y que también tenga la
intención de hacerse sacerdote; digámosle que
le forme él mismo. Podemos servirnos de él
para buscar otras vocaciones, para hacer nacer
este deseo en los otros. Es increíble en esta
materia cuánto mejor que nosotros lo hacen
los jóvenes. Saben hablarles al corazón, saben
“tocarlos” y todo eso es un servicio magnifico
para él mismo, para afianzarle más y más en
su vocación y para que se dé perfecta cuenta
de lo que va a hacer.
Cuántas veces me ha pasado decirle a
uno de éstos
—¿No te parece que aquél también debe de
tener vocación?—y responderme:
—¡Precisamente pensaba decírselo, Padre!.
No puede figurarse cómo he rogado por él. Le
hablaré. A mí me parece imposible que Dios
no le llame.
Y le habla, le pregunta le anima... y florece
otra magnífica vocación.
3) Puede suceder que en todo este trabajo
hayamos ejercido alguna influencia sobre el
muchacho aún sin pretenderlo. Por eso sería
de desear dejarle solo por una temporada
(bastarían unos tres meses). Que vaya a ver a
otros Padres espirituales y que obre un poco
por sus cuenta. Lejos de nosotros, estará libre
de toda influencia, y si sigue en su vocación
quiere decir que es toda suya y no podrá
pensar el día de mañana que nosotros hemos
sido la causa de su elección.
También será bueno hacerle examinar
por otros Padres aunque no sean religiosos, o
también por religiosos de diversa Orden de la
que quiere abrazar.
Y esto no sólo para asegurarnos
nosotros si fuese necesario, sino para asegurar
y afianzar al joven mismo, el cual oyendo
decir a otros que tiene verdadera vocación,
quedará más tranquilo y convencido.
Recuerdo un caso un poco humorístico
que le sucedió a un joven.
Era tímido en demasía, y cuando por
primera vez habó a su madre de la vocación lo
hizo durante media hora seguida, cosa que
maravilló a todos los que le conocían. Con
todo, su madre quiso que el muchacho fuese
examinado por sacerdotes conocidos suyos y
en lo que no había ningún peligro de interés ni
proselitismo.
Así, pues, le examinó un franciscano,
el cual vio en el joven una verdadera
vocación, después un salesiano, el cual le
aconsejó que no retrasase inultilmente el
ingreso de su hijo; luego quiso ver el parecer
de dos Padres Jesuitas que conocía y de toda
su confianza, y los dos le aseguraron que su
hijo era serio y reposado y que su vocación no
era fruto de un entusiasmo momentáneo, sino
que era un verdadero llamamiento de Dios.
Pero la buena señora no se paró allí,
sino que puso a su hijo bajo el régimen y
dirección de su confesor, el cual le dio libros
para leer y le exigió que en días alternos
tuviese con él largos coloquios. Y eso durante
quince días. El sacerdote al final, le aconsejó
que esperase (tenía terminado el Bachiller),
pero el joven se opuso. Entonces le
condujeron a otro Monseñor y éste de nuevo,
vuelta con los exámenes, preguntas,
interrogatorios... ¡El pobre muchacho ya no
podía más!.
Además quería hacerse jesuita y
nosotros a nuestros candidatos los solemos
hacer examinar por cuatro Padres
experimentados. Y, claro está, cuatro nuevos
examinadores. ¡Imagimémonos como estaría
al final!.
Le dije riendo:
-- Nadie debe estar tan seguro de tu vocación
como lo estás después de tantos exámenes.
Aquella madre cumplió con su deber
pero no era necesario tanto, con la mitad
bastaba y sobraba.
4) Y si el joven se retira y después de alguna
tentación o sugestión o miedo u otras causas,
decide no continuar su vocación, ¿qué hemos
de hacer?.
¡Entendámonos! Si solamente se trata
de una tentación más fuerte de lo ordinario y
el joven viene en busca de luz y ayuda porque
de ninguna manera quiere desistir de su
propósito de hacerse religioso, entonces es
preciso ayudarle seriamente y descubrirle los
engaños del demonio y darle a entender que lo
que le pasa no es otra cosa que una simple
tentación y no una señal de falta de vocación.
Si, por el contrario, el muchacho da a
entender que cree de veras que el Padre
espiritual le ha querido atraer por fuerza, se
aleja de él, empieza a buscar las diversiones
del mundo, a rehuir los coloquios sobre la
vocación..., quiere decir que, o no tenía
vocación, o que la ha perdido.
Con estos sujetos es inútil insistir.
Dios no quiere gente a la fuerza. Dejémoslos
en paz y no perdamos el tiempo en querer
atraerlos de nuevo hacia el camino de la
vocación.
“Pero es que es un joven de grandes
dotes; hasta hace poco tenía mucho
entusiasmo; conseguiré convencerle de
nuevo”.
¡Déjalo estar! Si llegas a convencerle,
después saldrá del Noviciado. No es cuestión
de ofrecer a Dios corazones envejecidos que
ya tienen la idea y el propósito de traicionar la
vocación. Perderás el tiempo inútilmente.
Busca otros corazones más generosos y
voluntades más serias.
Un joven al cabo de seis meses de
vocación me decía:
—He cambiado de parecer.
—¿ Por qué ?
—Porque también puedo ser bueno en el
mundo.
¡Jamás! No podía ser esa la verdadera razón
de aquel cambio. Indagué y di con la causa.
Había nacido una simpatía con una muchacha.
Cosa natural; tentación contra la vocación. Le
dije que estaba contento de que hubiese
probado tal cosa, así comprendería mejor lo
que dejaba.
Al día siguiente me dijo que volvía al
primer propósito, o sea, el de continuar con la
vocación y considerar el incidente como una
simple tentación del demonio.
“Demasiado aprisa cambias de idea”,
me dije para mis adentros. Y la cosa no duró.
No se sentía con ánimos. ¡Basta!. Siguió
perteneciendo a mi Asociación; amigo como
al principio, pero jamás ni una palabra de
vocación.
Otro volvió de vacaciones. Comulgaba
menos; poca oración; descuidado.
—¿Y la vocación?—le pregunté.
No respondió, sino que arqueó las cejas como
diciéndome:—”Cosa de otros tiempos”.
—¡Ya! y sin que me lo pidiese, ya no le hablé
más de vocación ni le consideré como un
futuro religioso.
Si en cambio se trata de alguna
tentación, no ha de apagarse aquella vela
indecisa, sino que hemos de sostenerla aunque
todo parezca perdido.
—¿No sabe, Padre? Me han dicho que N... ya
no tiene vocación.
—¿Cómo?—pregunté sorprendido.
—Sí: ha dicho en su casa que esperará todavia
un año más. No quiere hablar con los que
tenemos vocación; tiene miedo de sí mismo.
—¡Imposible! ¡Eso es alguna tentación! Me lo
has de traer aquí, sea como sea.
—Probaré.
A los pocos días vino. Parecía que le
habian dado una paliza. Le di la mano.
—Levanta esos ojos. Los quiero ver.
Y cuando me miró, una sonrisa cordial disipó
todas las nubes.
—Ya entiendo—empecé—, ha sido una
tentación. Por una parte quizá has hecho bien.
Me miró sorprendido.
—¡Claro! Tú ahora necesitas calma, para
hacer bien los exámenes ya que con aquellas
luchas diarias no podías seguir adelante.
—Precisamente fue por eso. Ya no podia más;
no podía estudiar y estoy en peligro de que me
suspendan. No me gustaría después de tanto
estudiar.
Comenzaba a soltársele la lengua.
—Pero ¿por qué no venías a verme ni querías
hablar con tus compañeros?
—Porque me daba verguenza.
—Ahora dinos con toda sinceridad; no me
ofenderé si me dices la verdad. ¿Has
cambiado de idea? ¿Ya no quieres hacerte
religioso? Porque si es así ya no insistiré más
sobre ese punto y no vayas a creer que por eso
ya no seremos amigos.
Se puso a llorar. Esperé; después insistí.
—No—me dijo entre lágrimas—, no he
perdido la vocación; si supiese qué
remordimientos sentía por haberle prometido
a papá esperar un año más... Pero yo quiero
todavía ser religioso!
—Ciertamente que has hecho un... pastel.
Pero todo se puede remediar.
—¿ Cómo?
—Tú dirás a papá que le prometiste aquello
porque querías que te dejasen en paz y así
poder dar los exámenes. Pero ahora que los
has terminado, insiste de nuevo para
marcharte este mismo año.
Respiró. Después sonrió. Le volvió todo el
entusiasmo de antes. Más aún, apenas llegó a
casa
sintió la necesidad de escribirme una carta
rebosante de alegría y gratitud.
Por si acaso (cosa que rarísima vez
sucederá) uno de estos jóvenes ha perdido la
vocación y al poco tiempo vuelve
espontáneamente sobre sus pasos e insiste de
nuevo en que quiere hacerse religioso, será
prudente hacerle hacer de nuevo la elección
como si no la hubiese hecho nunca y tratarle
como cuando se habla a uno que tiene la
vocación por primera vez. Estaría también
bien tratarle como si no hubiese existido
nunca la idea de vocación; no se trata de
reparar sino de reconstruir, de empezar de
nuevo.
5) La otra norma práctica que quisiera dar es
de gran importancia.
Pocas semanas antes de que el joven
entre en el Seminario o vaya al Noviciado es
muy bueno darle una idea realista del
ambiente en que se va a encontrar.
“Mira, tú crees que el Noviciado es un
paraíso terrenal. Lo es, pero los novicios no
todos son ángeles. No has de creer que todos
los que están allí tienen la formación que tú
tienes. Algunos no saben ni siquiera si tienen
vocación y van allí solamente para “probar”.
Por eso no te vas a maravillar si ves a alguno
que hace el tonto o que al poco tiempo vuelve
a su casa. Más aún, si tienes un poco de “ojo
clínico” en seguida te darás cuenta de quiénes
son los que no tienen vocación.
“Además has de pensar que todos los
jóvenes que hay allí se encuentran poco más
o menos en las mismas condiciones que tú.
No son aún verdaderos religiosos sino jóvenes
que acaban de llegar del mundo y que quizá
aún llevan alguna que otra herida espiritual.
Son jóvenes que buscan su formación; por
eso, aunque siempre pienses que todos son
mejores que tú, con todo no te has de fiar del
primero que te encuentres y no has de creer
que todas sus maneras de obrar son cosas que
se han de imitar, sino busca el formarte tú
personalmente ayudado del Padre maestro.
“Piensa también que has de ayudar al
Padre maestro en la educación de los otros
novicios y tiende a ser un espejo con tu
ejemplo: uno de los mejores y si te es posible
el primero de todos.
“Por lo tanto, no te maravilles de
cualquier defecto que veas; no tomes todo lo
que veas como oro espiritual; procura dar
buen ejemplo e influenciar tu ambiente con tu
fervor.
“Pero también después del Noviciado,
aunque te encuentres en un ambiente más
escogido y formado, encontrarás alguno que
será infiel al Señor y que poco a poco perderá
su vocación. Dios soporta a estos tales para
prueba y santificación de los buenos. Porque
si todos fuesen santos, ¿quién nos haría
sufrir?. ¿Quién se opondría a nuestro
apostolado? Es preciso que existan estos
sufrimientos si queremos que nuestro trabajo
sea fecundo. Y entonces verás cómo éstos se
te opondrán por envidia de tu buen ejemplo,
por incomprensión, por antipatía. Todo es
posible. Sin embargo, estos sujetos acabarán
por marcharse definitivamente de la Orden.
“Tal vez el Señor permitirá que el
mismo Superior no te comprenda o te tenga
entre cejas. Tú lo has de sufrir todo con
paciencia.
“Sé siempre sincero; no sigas el
ejemplo de los que no te parece que son
buenos religiosos, especialmente de los que te
hablan mal de los demás”.
Y se puede seguir así.
Siempre les he hecho este coloquio a
mis jóvenes, y una vez que han entrado en el
Noviciado me recomendaban de modo
especial: “Padre, no se olvide darles a los que
quieran venir aquí el último coloquio, que es
el más importante. A nosotros no nos extraña
nada y nos sentimos preparados para todo”.
Ven salir algunos novicios, ven hacer algunas
tonterías y siempre siguen firmes y tranquilos.
Sin embargo, todo esto hay que
hacerlo al final, cuando ya el joven tiene
conciencia cierta de su vocación. Si se dice al
principio de la vocación, puede estorbar el
fervor y desilusionar un poco el ideal que
habían concebido con los colores más
paradisíacos. En cambio, hacia el fin, después
de las pruebas y cuando la poesía ya se ha
mezclado con tanta prosa y razonamientos,
estas revelaciones se comprenden con toda su
exactitud y le dan la importancia que tiene. De
hecho ninguno de mis jóvenes se ha
desanimado por esto, sino que después del
primer momento de sorpresa han
comprendido que todo era natural y que tenía
que ser así.
De esta forma no se dejarán arrastrar
en el Noviciado del primero que ven, sino que
seguirán solamente al Padre maestro y sus
enseñanzas y se esforzarán por superar a los
otros convirtiéndose en ayudas magníficas de
los superiores para la buena marcha de todo el
ambiente.
6) Y cuando finalmente el joven entra en el
Noviciado es de todo punto necesario que
nosotros no nos entrometamos en su
formación o en el juicio acerca de su
vocación. Podemos escribirle de vez en
cuando, pero sin pretender que sus superiores
tengan ni sombra de sumisión a nuestro juicio
o que se les concedan privilegios o una
quasi-paternidad espiritual sobre nuestro
candidato. Mucho menos hemos de pretender
que se nos concedan ciertos proteccionismos
que perjudicarían a la formación integral del
joven y pondrían de mal temple a sus
compañeros, además de que con frecuencia
acaban haciendo perder la vocación.
Nuestro trabajo llega hasta el umbral
del Noviciado; pasado éste, hay otros
superiores que han recibido de Dios la gracia
de estado para formar religiosamente al
candidato.
Y dejémoslos a ellos en completa
libertad para juzgar sobre la genuinidad y
veracidad de la vocación del joven. Ni nos
desanimemos por nuestro trabajo si acaso
algún joven de aquellos a quienes hemos
ayudado acaba yéndose a su casa. Puede
ocurrir que no haya tenido vocación y puede
darse también que teniéndola no haya
correspondido y por su culpa merezca ser
descartado por el Señor. Muchos son los
llamados pero pocos los escogidos.
CONCLUSION
Después de todo lo que hemos dicho y
narrado, alguno podrá pensar que le van a
pasar los mismos hechos y ejemplos.
Que se desengañe pronto. Cada alma
es un mundo. Cada alma se encontrará en
tales y tan diversas circunstancias que formará
un nuevo problema y requerirá un trato del
todo especial.
También es erróneo el pensar que se
haya descrito aquí un cierto método o haya
trazado las líneas de un código de normas
seguras que hayan de seguirse so pena de
fracaso en el trabajo de las vocaciones.
Aquí estamos ante el mundo de la
gracia y del libre albedrío. E1 Espíritu Santo
tiene mil maneras de obrar con sus almas y no
podemos pretender que se restrinja a nuestros
pobres métodos. La libertad humana es un
misterio que confunde y muchas veces
reacciona de las maneras más dispares e
inesperadas.
Así pues, nada de métodos precisos.
Nuestro intento era el de hacer simples
consideraciones, aptas para introducirnos en
el clima de las vocaciones y llenarnos de
respeto por la acción de la gracia a la que
nunca nos atreveremos a sustituirla con
nuestras pequeñas miras.
Hemos puesto delante del lector, con
sencillez y claridad, ideas, cosas y juicios sin
pretensión alguna de hacer un texto, sino con
el sincero deseo de que estos apuntes puedan
ayudar al incremento de las vocaciones y
hacer felices a tantos buenos jóvenes que son
llamados por Dios a cosas más grandes y
sublimes.
APÉNDICES
APENDICE I:
LOS PADRES
Ya he hablado, cuando se ha
presentado la ocasión, cómo hay que portarse
con los padres respecto de la vocación. Aquí
quisiera recoger todo lo que no he podido
decir antes y dar a los padres mismos una idea
exacta de la manera cómo deben comportarse
si acaso alguno de sus hijos es llamado por
Dios para su servicio.
Para mayor claridad me dirigiré
directamente a ellos.
LO QUE PODEIS Y DEBEIS HACER
Habéis de daros cuenta y examinar el
caso para ver si es el hijo el que libre y
conscientemente escoge el estado religioso y
no más bien que sufra la influencia de algún
Padre, de sus amigos o del ambiente.
Cuando un hijo os dice que tiene el
propósito de casarse con una muchacha soléis
examinar el caso, pedís informaciones para
ver si se trata de un verdadero amor o no más
bien de intereses, si la muchacha está sana o
no, si su familia está inmune de enfermedades
o deshonor. Pues lo mismo aquí. Conocéis a
vuestro hijo y pronto os daréis cuenta si es
sincero o no.
Habladle con calma; sobre todo
dejadle hablar y después ponedle vuestras
dificultades, presentadle vuestros temores.
Además, examinadle en su modo de obrar. Si
véis que desde hace tiempo se ha hecho
realmente más serio, más devoto, más asiduo
a la iglesia, a los sacramentos, más obediente,
delicado en el hablar, recatado en el
guardarse, podéis ya empezar a sospechar que
es algo real su vocación.
Una madre que no permitió a su hijo
hacerse religioso, después que él se marchó
sin su permiso me decía resignada:
“Realmente se veía que este chico era de los
llamados. De un año a esta parte era más
obediente y sacrificado, siempre estaba en la
Iglesia o con los Padres. En cambio antes
nunca obedecía. ¡Qué distinto era!”.
Pero si por el contrario os dais cuenta
de que vuestro hijo os dice con la boca que
quiere hacerse religioso y luego no comulga,
no renuncia al cine, a ciertas amistades
equívocas, contesta, está disipado todo el
día... tenéis todo el derecho para pensar que
no tiene vocación o que no entiende qué cosa
sea el hacerse religioso.
Un papá me decía de su hijo: “¡Pero si
ni siquiera quiere levantarse por la mañana
para recibir la comunión! He de ser yo el que
le he de incitar recordándole el aniversario de
la muerte de la abuelita, el Primer Viernes o
cosas semejantes”.
Por supuesto que aquel jovencito no
ha entrado en religión; su postura era más
bien un capricho que una verdadera vocación.
Después de escucharle, examinarle y
vigilarle, decidle también vuestro parecer, las
dificultades que os parece tiene la vida
religiosa, la belleza de la vida de familia a la
cual quiere renunciar, vuestra antipatía (si
existe) por la Orden que quiere abrazar, cuál
os gustaría más y por qué, etc. Podéis prestar
una gran ayuda al Padre espiritual para que
vuestro hijo se dé cuenta exacta de lo que deja
y de lo que abraza.
También podéis obligarle a no hacer
una vida demasiado retirada y ponerle en una
posición apta para conocer mejor el mundo.
Con todo, hay que estar atentos para no
ponerle en ocasión de pecado como lo sería el
hacerle asistir a espectáculos de variedades,
cines desaconsejables, obligarle a frecuentar
bailes y sitios inconvenientes, etc.
Pero para dar un juicio exacto sobre
una vocación se requiere un sacerdote o un
religioso, y por eso, después de haberle
probado vosotros, es muy bueno que le
examine un sacerdote de virtud sólida, santo
y desinteresado, en el cual tengáis plena
confianza, y que a ser posible sea amigo de la
familia.
Id a hablar con sus profesores y con su
Padre espiritual; puede darse que le reveléis
alguna angulosidad o debilidad de carácter de
vuestro hijo que él no conozca y que quizá
pesará en el juicio que ha de dar acerca de su
vocación.
Finalmente no paséis por alto la cosa
más importante: que es la de pedir luz a Dios
para ver bien su divina Voluntad y fuerza para
seguirla. Nadie niega que es muy duro para
los padres tener que separarse del hijo y
consagrarle a Dios en la vida religiosa. Si
consideramos la cosa a la luz de la fe, es un
honor para una madre tener entre sus hijos a
un escogido, uno que ha atraído sobre sí las
miradas del Omnipotente. Pero ciertamente,
cuesta al corazón. Y cuesta no porque el hijo
deja a la familia, ya que todos tendrán que
abandonarla para formarse un porvenir, sino
porque la deja antes de tiempo, o sea, a una
edad aún juvenil.
De hecho el esfuerzo de muchas
madres no es el de impedir absolutamente la
vocación del hijo sino el de retrasar cuanto
pueden la fecha de la partida. Y precisamente
el sacrificio consiste en eso, en que Dios
impone la separación... antes del tiempo
ordinario a todos los demás. Los padres no
han gozado bastante de su hijo, más aún, se
les va precisamente en la edad en que les
parece más atractivo y amable porque está en
pleno desarrollo y en la edad más lozana.
Pero es un sacrificio necesario,
porque Dios llama cuando quiere, Dios quiere
el corazón fresco y sano, y no podemos
pretender que los jóvenes empiecen el
Noviciado a los veintiséis años y lleguen al
sacerdocio a los cuarenta.
LO QUE NO PODEIS NI DEBEIS
HACER
1) Así como no podéis forzar al hijo o a la hija
a hacerse religiosos si ellos no tienen
vocación, de la misma manera no podéis
impedirles que sigan la voz de Dios si veis
que tienen verdadera vocación.
Para el joven no es seguro que cometa
pecado mortal si, aún sabiendo que tiene
vocación, se niega a seguirla. Pero si él tiene
vocación y quiere seguirla, quienquiera se lo
impida, ciertamente, comete pecado mortal.
Dios ha creado al hombre libre y
quiere que él ejercite su libertad en todo, pero
especialmente en la elección de su estado y
más cuando se trata de la vocación divina,
porque en tal caso no sólo está en juego la
libertad del joven sino la voluntad misma de
Dios.
Jesús dio a entender claramente que
respecto a su vocación el joven no está
obligado a obedecer a nadie y que ha de gozar
de la máxima libertad. Cuando Él tenía doce
años fue al templo con sus padres, pero
después se quedó sin pedir permiso.
La Virgen y San José a mitad de
camino se dan cuenta de que É1 no está. Le
buscan afanosamente por tres días y tres
noches y finalmente con el corazón partido de
dolor le encuentran en el templo. A la
pregunta y casi dulce reproche de su Madre:
“Hijo, ¿por qué lo hiciste así con nosotros?”
Jesús respondió con un seco: “¿Pues por qué
me buscabais? ¿No sabíais que había yo de
estar en casa de mi Padre?”.
¿Por qué obró Jesús de esta forma sino
para decirnos que cuando se trata de la
Voluntad de Dios el hijo, aunque tenga doce
años, no está obligado a avisar ni a pedir
permiso a sus padres?. ¿Qué le hubiese
costado a E1 avisarles que se quedaría en el
templo?. Ciertamente ni María ni José se
habrían opuesto a su plan. Pero Jesús veía a
través de los siglos que muchos padres
obstaculizarían a sus hijos el seguir el
llamamiento de Dios, y quiso decir a todos
esos hijos que de ninguna manera están
obligados a obedecer o depender de sus
padres cuando se trata de la voluntad de Dios.
He aquí por qué tantos Santos se han
hecho religiosos yéndose a escondidas de su
casa y sin pedir permiso a nadie. ¡Y estaban
en su pleno derecho!. Y la Iglesia ha aprobado
plenamente su modo de obrar sublimándolos
al honor de los altares y poniéndolos de
ejemplo a todo el mundo como modelos de
perfección y perfectos ejecutores de la
voluntad de Dios.
Vuestro hijo, pues, es enteramente
libre y no depende de vosotros respecto de su
vocación. Rigurosamente hablando, él podría
hacer todos sus planes, examinar su vocación
y partir sin deciros nada. E1 hecho de que los
Padres espirituales y los superiores religiosos
aconsejen al joven y con frecuencia requieran
también que informe a los padres y que
obtenga su beneplácito, no significa que
quieran amortiguar o cambiar la doctrina del
Evangelio y disminuir la libertad del
muchacho, sino que lo hacen por deferencia y
respeto hacia los padres para evitar disgustos
y para someter al joven a esa prueba.
Y tampoco se puede objetar que el
joven es completamente libre únicamente
cuando es mayor de edad. Estas son leyes
puramente civiles y hechas para regular las
cosas civiles, no las cosas del alma y mucho
menos la voluntad de Dios. Jesús era todavía
menor de edad cuando se quedó en el templo
sin el permiso de los suyos. Y lo hizo a
propósito para decirnos con todo eso que la
edad no tiene nada que ver.
Por eso el Padre Ballerini, teólogo
eximio, no duda en afirmar: “El muchacho es
libre. Con todo, está bien que pida el permiso
a sus padres. Si ellos se niegan a dárselo, él
podría esperar un poco pero si hay peligro de
que los padres sigan duros, el hijo puede y
debe seguir la vocación sin su permiso”.
Además está la doctrina de la Iglesia,
corroborada con el ejemplo de los Santos.
Más aún, el Concilio de Trento lanza la
excomunión contra todos los que sin alguna
razón impiden con la violencia o engendrando
un gran temor, el ingreso en la religión de
quien tenga vocación.
Vosotros no tenéis ninguna autoridad
ni de parte de Dios, ni de parte de la
naturaleza para decir que no cuando Dios dice
que sí; ni de obstaculizar ni frustar los
designios de Dios; ni de oponeros a la
felicidad y a los ideales santos de vuestros
hijos; que no son vuestros sino de Dios y
solamente os han sido prestados para que los
eduquéis y preparéis a la misión que ellos han
de cumplir según la voluntad de Dios.
2) Otra cosa que de ninguna manera podéis
hacer es la siguiente: exponer a vuestro hijo a
la tentación y al peligro de pecar para
destruir en su corazón toda idea de vocación.
Así hicieron los hermanos de Santo
Tomás de Aquino, al cual le encerraron en
una celda de su castillo y después introdujeron
una mala mujer para que le tentase y
arrastrase al pecado impuro. Por gracia de
Dios resistió y alejó de si aquella fiera
impúdica con un tizón ardiendo.
Eso sería un verdadero delito y
demostraría en los padres un ánimo bestial de
un egoísmo repugnante y de una bajeza sin
límites.
Me acuerdo de lo ocurrido a un amigo
mío. Quería hacerse jesuita, y apenas habló a
su tutor éste pensó que le quitaría en seguida
toda “locura” de vocación. Le haría viajar, le
llevaría a los espectáculos más inmorales, le
pondría en ocasiones equívocas y ya veríamos
si continuaba queriendo hacerse jesuita.
Dicho y hecho. Como meta del viaje
escogió una ciudad fecunda en espectáculos
obscenos y degradantes. Y todo eso... porque
amaba al muchacho y quería quitarle aquella
“chifladura”. La madre, una santa mujer, no
sabía nada. Creía que se trataba de un simple
viaje de recreo.
Imaginad la lucha de aquel buen
muchacho, hecho, como todos, de carne.
Durante ciertos espectáculos apretaba el
rosario, cerraba los ojos, buscaba cómo
defenderse. Y venció heroicamente. A la
vuelta de su viaje me dijo: “¡Si supiera qué
cosas tan feas y sucias me quería hacer ver!
¡Cuánto he tenido que rezar!”.
Después, viendo que todavía persistía
en su idea de hacerse religioso, le echó de
casa y por añadidura le desheredó, y así aquel
joven pudo seguir el llamamiento de Dios.
¡Son verdaderas barbaridades!.
Y de éstos ¡cuántos asesinos de
inocencias! Se busca a un perdido cualquiera
que quiera “enseñar al joven” y menos mal si
no se busca a una bruja; espectáculos
lujuriosos, conversaciones de carretero,
exhibiciones dadas en casa diciendo que son
por casualidad o para distracción. Y luego
pretenden que el joven obedezca y que no se
subleve con todas sus fuerzas y que no se
defienda aún con la misma fuerza.
“Si realmente tiene vocación no la
perderá”. Ésta es la frase que se repite para
justificar cualquier modo de proceder como si
la vocación fuese un alma que desaparece con
la muerte o una durísima montaña que no se
puede partir ni siquiera con la dinamita. La
vocación es una gracia como todas las otras,
que se puede perder como todas las demás;
una gracia a la que se ha de corresponder,
alimentar, guardar y defender, porque de lo
contrario se pierde como se puede perder la
caridad, la fe o la perseverancia en el bien.
No podéis pretender que vuestro hijo,
joven, demuestre tener una madurez y
fortaleza moral que no la tienen ni siquiera
hombres consumados en la virtud.
3) Si veis que vuestro hijo tiene verdadera
vocación, no podéis ni debéis retrasar
inútilmente su entrada en el Noviciado.
“No te digo que no; solamente quiero
que esperes aún otro año”. Ésto equivale a
decirle que no. Y lo demuestro con una
parábola.
Un mendigo estaba a la puerta de la
ciudad pidiendo limosna. Un día pasó por allí
el príncipe heredero, el cual viendo a aquel
pobre lleno de harapos, con paternal solicitud
bajó del coche y le dió una bolsa llena de
monedas de oro. El mendigo, en vez de
alargar la mano y tomar con gratitud la fuerte
limosna, permaneció inmóvil e impasible;
después volvió la cabeza diciendo que no.
—Lo siento—dijo—pero no quiero aceptar la
limosna si no es la semana que viene. Por lo
tanto si quiere de verdad darme la limosna
tiene que volver de nuevo aquí la semana que
viene, bajar del coche y ofrecerme la bolsa, la
cual yo aceptaré.
¿Qué os parece le respondería el
príncipe a aquel mendigo? Que si no era un
loco de remate era un orgulloso que, en vez de
pedir humildemente limosna, quería mandar e
imponer su voluntad. No respondió nada pero
tampoco fue tan tonto como para incomodarse
por dar gusto al mendigo.
La aplicación es clara. Vosotros
pretendéis que vuestro hijo diga así al Señor
que le ofrece su vocación: “Señor, ten
paciencia, a mi mamá no le parece bien.
Vuelve el año que viene y, si a ella le parece
bien, yo te seguiré y haré tu voluntad”. ¡Y de
este modo pretendemos que Dios se someta a
nuestra cómoda voluntad!.
Por lo tanto, obligar al hijo a retrasar
el día, quiere decir negarle el permiso y no
querer que se haga religioso.
Los ejemplos de jóvenes que de esta
manera pierden la vocación no se cuentan, y
sin embargo, están a la orden del día. Pero...
decid la verdad: ¿Por qué queréis que espere
vuestro hijo? ¿No es porque esperáis que en
este espacio de tiempo él cambie de idea, y
por consiguiente lo que en realidad pretendéis
es un verdadero atentado para hacerle perder
la vocación?.
OS ECHÁIS TIERRA A LOS OJOS
Y al final cuando ya os habéis salido
con la vuestra destruyendo la vocación de
vuestro hijo, ¿qué habéis conseguido? Yo os
lo diré:
1) Habéis hecho de vuestro hijo un infeliz, un
“despistado” y aún quizá un condenado.
2) Dios puede cogeros a vuestro hijo de una
manera más trágica.
Una señora se opuso enérgicamente a
la vocación de su hijo. Consecuencias: el
muchacho tuvo que quedarse en casa con
mucho dolor por parte de él pero con gran
alegría por parte de su madre. Pero aquella
alegría no duró mucho. El hijo cayó enfermo
y la declaración de los médicos fue terrible:
tisis. A los pocos meses el joven estaba
moribundo. Su madre, sola en el aposento del
enfermo, desolada tuvo que oír:
“Mamá, tú no has querido dejarme ir a la casa
de Jesús pero Él me lleva lo mismo”.
Estas fueron sus últimas palabras.
¡Qué remordimiento para aquella
madre que había buscado su egoísmo mucho
más que la verdadera felicidad de su hijo!
El padre de un compañero mío, que al
principio se opuso a la vocación de su hijo,
una noche, pensando en el hecho que he
narrado arriba y que sucedió unos años antes
en su misma ciudad, pensó: “¿Y Dios no
podría mandar a mi hijo una pulmonía y
llevárselo lo mismo? ¡Qué remordimiento
tendría entonces!”.
Se levantó de la cama, despertó a su
hijo que estaba durmiendo tranquilamente y
entre lágrimas ]e dijo: “Ve, hijo mío. No
puedo decirte que no. Dios es el Gran Dueño”.
El Padre Grech Cumbo, S. J. misionero en
Santal Parganas (India) cuenta el caso de un
joven de su Misión de nombre Sebastián.
Apenas se había examinado para ingresar en
la universidad confió al misionero su
vocación al sacerdocio.
Imaginad la alegría del Padre, ¡Sería el
primer sacerdote indígena de aquella Misión!
Pero había una gran dificultad: su padre.
A pesar de todos los esfuerzos del
joven y del misionero, el padre no quiso
aflojar y no quiso dar su permiso, y aducía
como justificación de su modo de obrar la
posibilidad de que los futuros hijos de
Sebastián hubiesen podido hacerse todos
curas o monjas, lo cual sería una gran
ganancia para la Iglesia y a él le tendrían que
dar las gracias por haber impedido que su hijo
se hiciese sacerdote.
Viendo que discutir era perder el
tiempo, el misionero terminó la discusión
diciendo: “¡Mira, si tú niegas tu hijo a Dios,
El lo cogerá lo mismo!”.
El joven fue obligado a tomar esposa,
pero el mismo día de su boda se sintió mal, se
le administraron los útlimos sacramentos... y
voló al cielo.
El padre abrió los ojos pero era ya
demasiado tarde. Humillado y dolorido fue al
misionero y echándose rostro por tierra le
pidió perdón por su testarudez25.
La Superiora del Hospital donde
curaban a Jacinta, la pequeña vidente de
Fátima, preguntó un día a la madre de la
enfermita: “¿Y si el Señor llamase a la vida
religiosa a las otras dos hermanas de la
pequeña Jacinta, usted estaría contenta?”.
La madre no se esperaba aquella
pregunta, pero la respuesta no se hizo
esperar:— “¡No lo permita Dios!”.
Jacinta no sabía nada de este diálogo
tenido entre la Superiora y su madre, pero,
después de una visión de la Madre del cielo,
la cual solía visitarla en aquel sitio de dolor,
dijo a la Superiora:
25
Lil Hbiebna. Octubre 1947, p.158.
“La Virgen quiere que mis dos hermanas se
hagan religiosas pero como mi madre no
quiere, por eso la Virgen vendrá dentro de
poco y se las llevará al cielo”.
Y de hecho sus dos hermanitas
murieron poco después de ella26.
3) Hacéis infeliz a vuestro hijo
¡Cuántas veces se repite esta tragedia
de amor! Dios prepara un alma para la vida
religiosa, pero, conociendo a los padres, prevé
con seguridad que impedirán a esa alma que
siga su camino y entonces Él la lleva consigo
para impedir que viva una vida infeliz acá
abajo y ponga en peligro su salvación eterna.
Conocí a una señora buenísima.
Cuando fue joven quiso hacerse religiosa pero
26
DA FONSECA, Las Maravillas de Fátima, S.A.S. p.125.
su madre se opuso tenazmente. La muchacha
se escapó dos veces de su casa y se refugió en
un convento, pero su madre fue a recogerla
violentamente con la fuerza pública
haciéndola aparecer ante los tribunales como
una loca. Naturalmente obligaron a las
religiosas a mandarla a su casa.
La hija tuvo que casarse, y el esposo
se le murió a los pocos años. No puede gozar
del matrimonio quien no es llamado a él.
Tuvo un hijo el cual fue el martirio de
toda su vida y el tormento de su corazón.
Díscolo, desobediente, pronto a responder
ineducadamente, mal estudiante, frío en
materia de religión.
A todo eso añádase un síncope al
corazón que la dejó medio paralizada,
imposibilitada para andar, y si lo hacía, era
con grandísima fatiga; dificultad en el habla:
una ruina de mujer. Su madre vivía aún y un
dÍa su hiJa, llena de dolor, le dijo: “¿Ves a lo
que estoy reducida? Si me hubiese hecho
religiosa quizá no me hubiesen pasado todas
estas cosas”.
Y la respuesta no se hizo esperar:
“¡Mejor es verte así que religiosa!”.
¡Qué amor de madre! Y sin embargo,
¿cuántas, también hoy, dicen lo mismo?.
“Mejor muerto que cura”.
Muchos conocerán el libro titulado:
Una vocación traicionada. Es una
documentación que, a través de cartas y
hechos, sigue a un joven, el cual
obstaculizado por su madre para hacerse
religioso acaba por hacerse pésimo y es
encerrado en una cárcel por asesino. Su madre
quiso verle por última vez antes de ser
ajusticiado, pero él la despachó diciéndole:
“¡Vete! ¡Todo es por cuIpa tuya!”.
En Francia una joven celadora del
Apostolado de la Oración sintió que Jesús le
llamaba para ser su esposa, pero sus padres no
quieren; más aún, se toman la molestia de
buscarle otro esposo a su gusto. Se fijó la
fecha del matrimonio. Ella rogaba al Sagrado
Corazón morir antes que manchar, o peor,
destruir el lirio de su virginidad. Quería ser la
esposa de Jesús y de nadie más.
Mientras la estaban preparando para la
boda se desmayó. El médico declaró el caso
como desesperado y el sacerdote que tenía
que bendecir el matrimonio fue llamado para
que le diese los últimos sacramentos. A las
cuatro de la tarde de aquel mismo día entregó
su alma a Dios. Sus padres quedaron
anonadados bajo el peso de tan merecido
castigo.
Dios es celoso de su amor y ¡ay! de
aquel que se entromete entre Él y las almas
escogidas por su Corazón!.
4) Atraeréis sobre vuestra familia los castigos
de Dios
No sólo no podréis gozar del hijo que
habéis quitado a Dios sino que toda vuestra
familia tendrá que sufrir.
Un religioso me contó la tragedia de
una familia conocida suya.
Los padres se oponían a la vocación
del hijo, pero no llegaron a gozar mucho de su
presencia, porque apenas transcurrido un año
una mala enfermedad se lo llevó a la tumba.
Todavía estaba reciente el dolor de aquellos
dos padres cuando he aquí que el segundo hijo
es presa de otra terrible enfermedad y muere.
El tercer hijo volvía a su casa con permiso;
todos se sentían felices y se preparaban para
hacerle una gran fiesta, pero durante el viaje
el avión en que venía cayó y murió
destrozado. A tan terrible noticia el padre no
resistió más y murió repentinamente. La
madre que tuvo que asistir a tragedia tan
tremenda y cruel perdió el uso de la razón y
tuvo que ser recluída en un manicomio. En
pocos años toda la familia deshecha.
Una religiosa Esclava del Sagrado
Corazón, me contó lo que le sucedió a la
familia de una hermana de su Padre espiritual.
Uno de sus sobrinos entró en la Consolata
para ser misionero. Su madre estaba
inconsolable y casi cada día iba a verle para
que volviese atrás. Tanto le dijo e hizo, que el
joven no pudo resistir más y volvió a su casa.
Siguió sus estudios en la Universidad y se
licenció en Ingeniería. El mismo día de su
Licenciatura tuvo un choque con la bicicleta
y murió.
Imagínese el dolor de aquella madre.
Pero he aquí que a los dos meses se le muere
el segundo hijo. Esta vez la pobre mujer
enloqueció y fue acogida en una casa de
salud, al año se repuso de nuevo y pudo
volver a su casa.
Viendo que Dios la castigaba en sus
hijos, suplicó al último que le quedaba que se
retirase de su carrera de aviador y pasase la
vida tranquilamente en casa, lejos de todo
peligro. Así pensaba quitar a Dios la
posibilidad de castigarla quitándole su último
hijo.
El joven obedeció pero rogó a su
madre que por lo menos le permitiese volar
por última vez antes de dejar definitivamente
su avión. Consintió.
Y precisamente en su último vuelo el
aparato tuvo una avería, no funcionó bien, el
motor se paró y el avión se precipitó,
convirtiendo al piloto en un amasijo de carne.
La Hermana que me contó este hecho
tenía también alguna dificultad por parte de
sus padres, pero su director espiritual, que era
el tío de estos tres jóvenes, le dijo que se
escapase de su casa sin el permiso de sus
padres si no quería que Dios también
castigase tan terriblemente a su familia.
Podría multiplicar los ejemplos, pero
mi intención no es la de escribir un libro de
narraciones y ejemplos. Bastan éstos para
confirmar elocuentemente mis afirmaciones.
Dios está en su pleno derecho para
obrar así porque É1 es el verdadero Dueño de
todos y ha de hacer sentir de alguna manera
este su supremo Dominio y dar a entender que
nunca violaremos impunemente su divina
Voluntad.
LA REALIDAD
En vez de mirar solamente el lado
doloroso de la vocación miremos también los
otros, para tener una idea real y exacta de lo
que quiere decir tener un hijo religioso.
Es un honor para vuestra familia el
que Dios se haya parado precisamente delante
de vuestra casa para escoger, del fruto de
vuestro amor, a uno de sus ministros, un
amigo de su Corazón, un continuador de su
obra redentora, un colaborador suyo en la
salvación de las almas.
Dios de esa manera alaba la
educación cristiana que habéis dado a
vuestros hijos y os pone como ejemplo a todo
el pueblo como familia ejemplar y
profundamente cristiana. De hecho, salvo
raras excepciones, Dios escoge a muchachos
buenos y moralmente sanos y puros, jóvenes
que han sido bien guardados y santamente
guiados.
La vocación de vuestro hijo significa
la bendición de Dios sobre toda vuestra
familia. Si el castigo suele recaer sobre toda la
familia, también la bendición ha de tocar a
toda ella. Y en la práctica vemos que es así.
Preguntad a cualquier madre de sacerdote o
religioso y os dirá que su familia está llena de
la benevolencia de Dios, llena de gracias y
alegría.
Os aseguran el ciento por uno en esta
vida y además la vida eterna. No es
únicamente vuestro hijo el que usufructuará
esa promesa divina que se encuentra en el
Santo Evangelio. Jesús de hecho dijo: “E1 que
dejare padre, madre (y esto va para el hijo que
deja el padre y la madre), hijo, hija (y esto va
para vosotros), haberes, etc., tendrá el ciento
por uno en esta tierra y después la vida
eterna”. Así pues, vuestro hijo, con su
fidelidad a su vocación, os procura la
seguridad de que salvéis vuestra alma y de
que Dios os bendiga en esta vida. Quiere
decir, hacer feliz a vuestro hijo, ponerle en
sitio seguro, donde su alma esté muy lejos de
las tentaciones del mundo. Significa que
siempre tendréis su gratitud, sus oraciones y
su afecto, porque os considerará como los
mejores artífices, después de Dios, de su
felicidad.
APENDICE II:
UNA LLAMADA A LOS SACERDOTES
Y A LOS SUPERIORES RELIGIOSOS
Está introducida entre nosotros la
costumbre y aún quizá la regla de no aceptar
en la religión a los que las leyes civiles
consideran como menores si no tienen el
permiso de sus padres o del que hace sus
veces.
Y con esto, sucede bastante
frecuentemente que jóvenes provistos de
verdadera vocación, prontos, por su parte, a
cualquier sacrificio, aún el de abandonarlo
todo de una manera enérgica, son frenados por
nosotros por causa de ese obstáculo
insuperable: el permiso de los padres. E1
joven batalla, lucha, a veces se supera a sí
mismo, pero todo es inútil: el papá no cede, la
mamá es insensible.
¿Y entonces qué? Pues... ¡ha de
esperar! ¿Y luego, después de un año?,
¡esperar!, ¿y más tarde? ¡esperar todavía! La
mayoría de las veces la voluntad del joven,
antes tan fuerte y llena de entusiasmo,
empieza a debilitarse frente a la desilusión del
fracaso y ante la seguridad de que sus padres
no cederán nunca. De parte de los superiores
no recibe ningún aliento; ve cómo entran sus
compañeros; mientras para él falta todavía
algo que “es necesario”.
Los pocos que resisten llegan al
Noviciado disgustados, cansados de aquella
lucha enervante, sin entusiasmo y muchas
veces son propensos a enfermedades
nerviosas causadas por la tensión que han
tenido que sostener durante meses o años de
su juventud.
La mayoría después de algún año de
lucha, se consideran como engañados por los
superiores que no buscan realmente su bien
sino que quieren antes que nada ahorrarse
fastidios y ponerse a seguro de la oposición de
los padres.
Y sin embargo, se trata de vocaciones
verdaderas y con mucha frecuencia
magníficas. Se trata de jóvenes volitivos,
capaces de defender el propio ideal aún en
una lucha ruda y dolorosísima en su corazón
de hijos.
Y ¿os parece justo todo esto?
¿Os parece justo que, en definitiva, el
joven haya de depender del permiso de sus
padres para poder realizar su vocación?.
En el Evangelio aparece claro que este
permiso no se exije por parte de Dios.
1) Al joven, Jesús le dice sin más: “Si
quieres”. Y no añade: “y te lo permiten tus
padres”.
2) Él mismo, menor de edad, se quedó en el
templo, sin pedir el permiso de los suyos.
3) Uno quería ir a enterrar a su padre, lo cual
quizás significa que quería quedarse en su
casa con su padre hasta que éste muriese, pero
Jesús no se lo permitió.
4) Otro quería ir a saludar a los suyos y
avisarles que iba a irse con Jesús, y el Maestro
le responde: “Ninguno que vuelve la cabeza
atrás después de haber puesto la mano en el
arado es apto para el reino de los cielos”.
5) En todos los llamamientos de los Apóstoles
y de los discípulos no encontramos ni siquiera
una indicación a sus padres. Para ninguno de
ellos el permiso de los padres se consideró
como un requisito, ni la falta de éste un
obstáculo a su llamamiento.
Además vemos cómo muchos Santos
han obrado puramente y según el esíiritu del
Evangelio. Santa Rosalía se escapó de su
casa y fue a vivir en una gruta sobre el monte
Pellegrino (Palermo); San Estanislao de
Kostka ni siquiera pidió permiso... porque
sabía que hubiera sido inútil discutir con los
suyos; San Luis Gonzaga probó una vez a
quedarse en el colegio de los Padres jesuitas
sin el permiso de su progenitor, pero el Padre
Rector, temiendo que el Señor Marqués se
vengase contra la Orden, le mandó atrás y le
obligó a emprender una lucha dolorosísima. Y
a los tres años obtuvo finalmente el tan
suspirado permiso. (Pero no podemos
pretender que todos sean como San Luis).
¿Y cuántas vírgenes no tuvieron que
luchar y sufrir el martirio porque no quisieron
aceptar el matrimonio que sus padres les
imponían? Bástenos nombrar a Santa Inés y
Santa Anastasia.
Séanos lícito preguntar ¿el método
actual nuestro de exigir por fuerza el permiso
de los padres es propiamente según el espíritu
del Evangelio y según la libertad que Dios
quiere dar a los jóvenes respecto de su
vocación?. No quiero decir que todos hayan
de irse sin el permiso de sus padres, pero
quizá sea necesario ser menos rígidos en la
posición tomada y dar a algunos la posibilidad
de renovar los heroísmos de los Santos que
honraron la Iglesia con los ejemplos de su
fortaleza.
Ya sé que está de por medio la ley
civil, pero con un poco de buena voluntad y
de “mano izquierda”, como se suele decir, aun
ésta se podría superar.
He propuesto el problema. No es mi
intención dar una solución; dejo ésta a alguien
más prudente que yo y más versado en
cuestiones de derecho y de ética. Solamente
he querido hacer oír un grito de angustia en
nombre de miles de jóvenes que han perdido
la vocación o que prevén que la perderán por
causa de nuestro proceder.
Si no por otra cosa, tratemos de ayudar
al joven más eficazmente que con decirle
simplemente: “¡Has de rogar y esperar!”. Casi
nunca hacemos nada, no porque no nos
parezca Voluntad de Dios el insistir, sino
porque no tenemos valor para atraernos una
odiosidad o sufrir la humillación de una
derrota.
Alguno dirá: “¡Los jóvenes que entran
en la religión sin el permiso de sus padres no
perseveran !”.
¡Falso! Muchos perseveran y llegan a ser
sacerdotes valerosos que hacen observar las
leyes emanadas por los Obispos y saben
hablar claro cuando explican el Evangelio.
Pero ¿cuántos de los que entran en religión
con todos los permisos y consentimientos no
perseveran?; y hecha la proporción, ¿en qué
categoría se lamenta mayor el número de
defecciones?.
Termino dando un consejo... innocuo.
Nosotros muchas veces hablamos de vocación
a los jóvenes (¡cuando hablamos!) ¿Por qué
no hablamos también al pueblo, a los padres?
Si hablásemos más, poco a poco iría
desapareciendo ese terror que tienen muchos
padres de ver a sus hijos religiosos. Nosotros
solemos preparar a los jóvenes para que
escuchen atentamente la voz de Dios, pero
¿hemos pensado que los padres también
tienen necesidad de ser preparados?
Si hablásemos con más frecuencia,
muchas dificultades e incomprensiones
desaparecerían y los jóvenes serían más
ayudados para hacerse religiosos, sin
necesidad de ser odiados, desheredados o
echados de casa como si fuesen traidores sin
corazón.
¡Por lo menos deberíamos hacer esto!
Pero podemos hacer muchísimo más.
ALGUNOS LIBROS SOBRE
VOCACIONES
* SU SANTIDAD PIO XII, Encíclica Sacra
Virginitas.
* SANTO TOMAS DE AQUINO, El ingreso
en la vida religiosa.
* SAN JUAN CRISOSTOMO, Los seis libros
sobre el sacerdocio.
* SAN FRANCISCO DE SALES, Directorio
de religiosas.
* SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO,
Avisos sobre la vocación religiosa.
* SAN ANTONIO MARIA CLARET, La
vocación de los niños. Cómo se ha de educar
e instruir.
* LUIS DE LA PUENTE, Tratado de la
perfección en todos los estados.Estado
religioso y estado eclesiástico.
* MARTIN LARRAYOZ, La vocación al
sacerdocio según la doctrina del Beato Juan
de Avila.
* ANGEL AYALA, S.I., Diferencia entre el
estado seglar y el religioso.
La elección de
estado en los colegios de religiosos.
* JACQUES LECLERCQ (Pbro.), La
vocación religiosa. Examen amplio y
moderno.
* ENRIQUE BARAGLI, S.I., ¡Bifurcación!.
Reglas para la elección de estado y exposición
del ideal religioso.
* GUILLERMO DOYLE, S.I., Ven sígueme.
Visión certera del llamamiento divino.
¿Seré yo
sacerdote? Orientaciones para quien fluctue
en tema de tanta trascendencia.
* LUIS MAIOCCO, S.I., Defendamos las
vocaciones. Refutación de las principales
objeciones que suelen oponerse a las
vocaciones sacerdotales y religiosas.
*REMIGIO VILARIÑO, S.I., Y ¿sacerdote
no?
* JUAN CARRASCAL, S. I., Orientación
vocacional. Da idea de los diversos Institutos
para poder escoger el que más cuadre.
* JESUS MARIA GRANERO, S.I., ¡Sígueme!
(Buscando la margarita preciosa).
* GONZALO ARISVAR MOROS, Hacia un
ideal. Profundo, variado y ameno.
* LUIS PAROLA, S.I., La mayor gloria de la
familia.
* J. DELBREL, S.I., La vocación de los
jóvenes al estado sacerdotal y religioso.
* THILS LALOUP, Los jóvenes ante el
sacerdocio. Tiene varios libros sobre el tema
sacerdotal.
* CARLOS GRIMAUD, Abate; Futuros
sacerdotes.
* A. BALANGER, S.I., Los desconocidos.
¿Qué son los religiosos? ¿Qué hacen? ¿Para
qué
sirven?.
* G. M. PARNISETTI, S.I., ¿También yo
puedo llegar a la perfección?
Si vis pertectus
esse...
* NATALE, S.I., El paraiso en la tierra,
abierto a quien esté libre y quiere elegir el
estado más seguro en la vida.
* F. G. QUEVEDO, S.I., ¡Dios te quería
sacerdote! ¡Misionero! ¿Quien puede ser
monja?
Y yo ¿por qué
no? Religioso, pero no sacerdote.
* RAMON GABIRA, S.I., Jóvenes, id,
encended el mundo. Lecturas misionales muy
acertadas.
* MANUEL TRULLAS, S.I., ¿Qué quieres
ser?
* BERNARDO CUEVA, S.M., El Maestro te
llama o el problema de la vocación.
* PABLO MANNA, M.A., Los obreros son
pocos.
* JOSE JULIO MARTINEZ, S.I.,
¡Voluntarios!. Lecturas misionales para
jóvenes.
* C. SANCHEZ, Joven... Cristo te llama.
* G. ROLDAN, Quiero ser saeerdote...
quiero ser apóstol.
* PLATTI, El bien del estado religioso.
* A. PEINADOR, C.M.F., Santidad
sacerdotal y perfección religiosa.
* R. GRAF, Vidas para Dios. Exposición de
los consejos evangélicos y de los votos.
También se pueden utilizar con mucho exito
para fomentar y formar vocaciones:
- Las Vidas de santos, beatos y varones
ilustres.
- Las Historias de la Iglesia, Ordenes e
Institutos religiosos,
- Los Folletos que cada Congregaci6n publica
para fomentar sus propias vocaciones.
- Los Tratados de Teología que tratan de este
tema, incluidos los de Ascética y Mistica.