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La ópera de dos centavos: Brecht y Weill

El resumen describe la obra de teatro La ópera de dos centavos de Bertolt Brecht. Introduce a los personajes principales como Jonatán Jeremías Peachum, quien dirige un negocio de préstamos para mendigos en Londres, y a su rival Mackie Navaja. El primer acto muestra a Peachum tratando de encontrar nuevas formas de conmover a la gente y obtener más donaciones, mientras admite a un nuevo mendigo, Carlos Filch, en su negocio.

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La ópera de dos centavos: Brecht y Weill

El resumen describe la obra de teatro La ópera de dos centavos de Bertolt Brecht. Introduce a los personajes principales como Jonatán Jeremías Peachum, quien dirige un negocio de préstamos para mendigos en Londres, y a su rival Mackie Navaja. El primer acto muestra a Peachum tratando de encontrar nuevas formas de conmover a la gente y obtener más donaciones, mientras admite a un nuevo mendigo, Carlos Filch, en su negocio.

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La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LA ÓPERA DE DOS CENTAVOS

LA ÓPERA DE DOS CENTAVOS fue estrenada, en 1928, en el


"Schiffbauerdamm-Theater", de Berlín, bajo la dirección del propio
Brecht, con música de Kurt Weill. Su primera versión en castellano
será ofrecida en Buenos Aires en abril de 1957, y estará a cargo del
Teatro de los Independientes, que la pondrá en escena bajo la
dirección de Onofre Lovero, con decorados de Gastón Breyer y
vestuario de Eduardo Fasulo. Serán sus intérpretes: Bernardo
Jobson, Walter Santa Ana, Sonia Silver, Haydée Padilla, Enrique
Herrera, José C. Caruso, Emilio Jordá, Miguel Serge, Daniel Roca,
Joaquín Sokolowicz, Germán O. Agosti, Mario Balagna, Ernesto
Vega, Martín Romain, Mercedes Fussi, Clotilde Achával, Ana María
Caso, Anita Ojeda, Gracia Reina, Enriqueta Pallarés, Graciela
Ensinck, Susana Payró, Darío Codar, Mario Storelli, Luis Míguez,
Antonio Gallardo, Emilio Lelez, Alfredo Pert, Maruja Mirza, Juan
González y A. J. Vispo (ayudante de dirección).

~1~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PERSONAJES

UN CANTOR AMBULANTE

JONATÁN JEREMÍAS PEACHUM, empresario de los mendigos de


Londres
SEÑORA PEACHUM, SU esposa
POLLY PEACHUM, SU hija

CARLOS FILCH

MACHEATH, alias MACKIE NAVAJA

Componentes de la banda de MACHEATH:


MATÍAS, alias MONEDA FALSA
JACOBO, alias GANZÚA
ROBERTO, alias SERRUCHO
EDE
JIMMY
WALTER, alias SAUCE LLORÓN

REVERENDO KIMBALL

BROWN, alias BROWN, EL TIGRE, jefe supremo de la policía


londinense
LUCY, su hija

Pupilas de un lupanar de Turnbridge


LA ZORRA
JENNY, LA DE LOS BODEGONES
DOLLY
BETTY
OTRAS PROSTITUTAS

SMITH, policía
OTROS POLICÍAS Y MENDIGOS

~2~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PRÓLOGO

LA VERÍDICA HISTORIA DE MACKIE NAVAJA

Feria anual en el barrio de Soho. Los mendigos mendigan, los


ladrones roban, las prostitutas circulan. Un cantor ambulante canta
una de sus canciones:
Los caimanes tienen dientes
que no tratan de esconder;
pero Mackie no nos muestra
su navaja, bien lo sé.

Los caimanes cuando matan


rojos quedan por demás;
pero Mackie lleva guantes,
¿quién su crimen notará?

En la margen de los ríos


gente muere por doquier
¿Es la peste? ¡Quién lo sabe!
¡Si anda Mackie hay que ver!

En un día de verano
un cadáver se encontró;
nadie supo de esa muerte,
sólo Mackie se enteró.

Samuel Maier y otros ricos


nadie sabe dónde están;
Mackie tiene sus riquezas,
¿pero quién lo probará?

Peachum, con su esposa y su hija, atraviesa la escena de izquierda a


derecha.
Jenny Towler fue encontrada
con herida de puñal.
¿Quién su muerte produjera?
¡Sólo Mackie lo sabrá!
¿Y de Glite, carruajero,
sabe alguien qué decir?
"Hace tiempo no lo veo",
dice Mackie sin mentir.
Y el incendio donde un niño
hace días pereció,
¿sabe usted quién lo produjo?
~3~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

No lo diga: ¡Mackie no!


la viuda jovencita,
cuyo nombre saben bien,
despertose ya violada;
¿Mackie, cómo pudo ser?

Estallido de risas entre las prostitutas; de su grupo se desprende un


hombre y se aleja rápidamente, atravesando toda la plaza.
JENNY, LA DE LOS BODEGONES. — ¡Ese era Mackie Navaja!

~4~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

ACTO PRIMERO
I

PARA CONTRARRESTAR EL ENDURECIMIENTO DE LOS


CORAZONES HUMANOS, EL COMERCIANTE PEACHUM HABÍA
ABIERTO UN NEGOCIO, EN EL CUAL LOS MÁS MISERABLES
ENTRE LOS MISERABLES PODÍAN PROCURARSE UN ASPECTO
CAPAZ DE CONMOVER LOS CORAZONES MÁS RECALCITRANTES
La ropería para mendigos de Jonatán Jeremías Peachum.

CORAL MATUTINO DE PEACHUM


¡Despierta, oh vil pecador!
¡Comienza tu diario vivir!
Demuestra tu picara acción,
que Dios sabrá hacerte sufrir.

Entrega tu hija, rufián,


y vende tu hermano, también.
¿No existe un Dios para ti?
¡Verás en el juicio final!

PEACHUM (al público). — Hay que encontrar algo nuevo. Mi negocio


es demasiado difícil, pues mi negocio consiste en excitar la
compasión humana. Es verdad que hay algunas cosas que
estremecen al hombre —unas pocas cosas—; pero lo malo es que,
apenas aplicadas unas cuantas veces, ya no surten efecto. Porque el
hombre tiene esa tremenda capacidad de hacerse insensible en
cuanto lo desea. Ocurre, por ejemplo, que un hombre que ve a otro
hombre en una esquina, exhibiendo el muñón de su brazo, la
primera vez, por el susto, le da diez peniques; la segunda, solamente
cinco, y la tercera vez lo entrega sin contemplaciones a la policía. Lo
mismo ocurre con los remedios espirituales. (Desde lo alto del
escenario baja un cartel que dice: "Dar es más hermoso que recibir".)
¿Para qué sirven los más hermosos, los más inflamados proverbios
pintados sobre atractivos carteles, si se gastan con tanta rapidez? En
la Biblia hay cuatro o cinco proverbios capaces de conmover el
corazón; pero en cuanto se acaba su eficacia, uno se queda en la
calle. Miren, por ejemplo, éste: "Dad, y os será dado". Hace apenas
tres semanas que está colgado aquí, y ya está gastado. Hay que
ofrecer siempre algo nuevo. Hay que hurgar más en la Biblia. ¿Pero
hasta cuándo será posible?

Llaman a la puerta. Peachum abre y entra un joven llamado Filch.

FILCH. — ¿Peachum & Cº?

~5~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PEACHUM. — Peachum.

FILCH. — ¿Es usted el propietario de la empresa "El protector del


mendigo"? Me lo han recomendado. ¡Estos sí que son proverbios!
¡Esto sí que es un capital! Dígame, ¿tiene una biblioteca entera de
estas cosas? ¡Esto es diferente! Uno como yo..., ¿cómo quiere que se
me ocurra? ¡Sin instrucción! ¿Cómo quiere que progrese mi negocio?

PEACHUM. — ¿Su nombre?

FILCH. — Vea usted, señor Peachum, desde pequeño me persiguió la


desgracia. Mi madre era una borracha; mi padre, un jugador.
Desamparado desde mis primeros años, careciendo hasta de la mano
amorosa de una madre, me fui hundiendo cada vez más en el
pantano de la gran ciudad, jamás conocí cuidados paternales, ni los
beneficios de un hogar acogedor. Y aquí me ve usted...

PEACHUM. — Aquí lo veo...

FILCH (confuso).— ...exento de medios, presa fácil de mis bajos


instintos...

PEACHUM. — Como un casco a la deriva, etcétera, etcétera. Y ahora


dígame, estimado casco a la deriva, ¿en qué distrito declama usted
esa fábula de niños?

FILCH. — ¿Cómo, señor Peachum?

PEACHUM. — Porque eso lo interpreta en público, ¿verdad?

FILCH. — Vea usted, señor Peachum, ayer se produjo un pequeño


incidente en Highland Street. Estaba tranquilamente parado en una
esquina, abatido y desdichado, sombrero en mano, sin pensar nada
malo...

PEACHUM (consultando una libreta de notas).— ¿Highland Street?


Sí, sí, ya veo. Tú eres el cochino a quien Honey y Sam sorprendieron
ayer: tuviste el descaro de molestar a los transeúntes en el 10º
distrito. Esta vez nos hemos contentado con una paliza, porque
suponemos que tú desconoces las reglas de la urbanidad. Pero si
vuelves a mostrarte por allí, usaremos la guadaña. ¿Entendido?

FILCH. — Sí, sí, señor Peachum. ¿Pero dígame, por favor, qué debo
hacer ahora? Esos dos señores, después de haberme dejado negro de
moretones, me entregaron su tarjeta comercial. Si me quitase el
saco, le parecería estar viendo un bacalao.

~6~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PEACHUM. — Hijo mío, mientras no tengas aspecto de picadillo,


seguiré pensando que mi gente ha sido demasiado considerada
contigo. ¡Mire un poco¡ Llega aquí un mocoso y cree que con sólo
tender la mano tendrá asegurado su bife, jugoso y bien servido. ¿Qué
dirías si de tu estanque te sacasen los mejores peces?

FILCH. — Pero mire, señor Peachum, yo no tengo estanque.

PEACHUM. — En resumen, la licencia sólo se concede a los


profesionales. (Señala, afectando gravedad, un plano metropolitano.)
Londres se divide en catorce distritos. Quien tenga intención de
ejercer en alguno de ellos la profesión de mendigo, necesita una
licencia otorgada por Jonatán Jeremías Peachum & Cº. ¡No faltaba
más! De otro modo podrían intentarlo todos, ¡todos!, con la historia
de ser presa fácil de sus bajos instintos...

FILCH. — Señor Peachum, sólo pocos chelines me separan de la


ruina absoluta. Tengo que hacer algo, pues con dos chelines en el
bolsillo...

PEACHUM. — ¡ Veinte chelines!

FILCH.— ¡Señor Peachum! (Indica con gesto implorante un cartel en el


que se lee: "No cerréis vuestros oídos al lamento del mísero". Peachum
señala la cortina de un armario, donde está escrito: "Dad, y os será
dado".) ¡Diez chelines!

PEACHUM. — Y el cincuenta por ciento, con rendimiento semanal de


cuentas. Con equipo, setenta por ciento.

FILCH. — ¿Y en qué consiste el equipo?

PEACHUM. — Eso lo decide la empresa

FILCH. — ¿Y en qué distrito podría ser admitido?

PEACHUM. — Baker Street 2-104. Allí hasta es más barato: sólo el


cincuenta por ciento, incluido el equipo.

FILCH. — Sírvase. (Paga.)

PEACHUM. — ¿Su nombre?

FILCH. — Carlos Filch.

PEACHUM. — Está bien. (Grita.) Señora Peachum. (Entra la señora


Peachum.) Este es Filch. Número trescientos catorce. Distrito Baker
Street. Yo mismo haré la inscripción en el registro. Naturalmente,
querrá empezar el trabajo en seguida, antes de los festejos de la

~7~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

coronación: la única época en que se puede ganar algo. ¡Equipo C!


(Descorre la cortina de un armario, y aparecen cinco maniquíes de
cera.) Estos son los cinco prototipos de la miseria, que tienen la
facultad de conmover el corazón humano. Su vista provoca en el
hombre ese estado de ánimo antinatural en que se muestra
dispuesto a soltar dinero. Equipo A: Víctima del intenso tránsito. El
alegre paralítico, siempre de buen humor (lo imita), siempre
despreocupado; el efecto se aumenta con un muñón. Equipo B:
Víctima del arte bélico. El insoportable hombre del tembleque,
horroriza a los transeúntes, trabaja mediante el asco (lo imita); el
efecto se mitiga merced a las condecoraciones al valor. Equipo C:
Víctima del desarrollo industrial. El ciego digno de compasión, o sea
la alta escuela de la mendicidad. (Lo imita, caminando vacilante hacia
Filch. En el momento en que va a tropezar con el joven, éste lanza un
grito angustioso. Peachum se detiene, lo mira con asombro y, de
inmediato, se pone a rugir.) ¡Tiene compasión! ¡Jamás llegarás a ser
un mendigo! Un hombre como tú sólo sirve para transeúnte. ¡Bueno,
veamos el equipo D! (A la .mujer.) Celia, otra vez has bebido, y ahora
ni puedes abrir los ojos. El número ciento treinta y seis ha
protestado por su traje. ¿Cuántas veces tendré que decirte que un
caballero no se pone cosas tan mugrientas? El ciento treinta y seis
pagó por un equipo completamente nuevo, sin uso, Las manchas
indicadas para despertar compasión debían hacerse con cera de
velas y una plancha caliente. ¡Claro, nadie piensa! ¡Todo tiene que
hacerlo uno mismo! (A Filch.) Desvístete y ponte ésto, pero cuídalo
bien.

FILCH. — ¿Y qué será de mis cosas?

PEACHUM. — Quedan en la empresa. Equipo E: Jovencito que ha


visto tiempos mejores; o, en otros términos, al que no se le dijo en la
cuna que caería tan bajo.

FILCH . — ¡De modo que usted vuelve a usar mis cosas! ¿Y por qué,
entonces, no puedo hacer yo mismo de ése que ha visto tiempos
mejores?

PEACHUM. — Porque, querido mío, si muestras tu verdadera


miseria, nadie te creerá. Si te duele la barriga y lo dices, sólo eres
repugnante. Además, pregunta menos y ponte enseguida estas
cosas.

FILCH. — ¿No le parece que están algo sucias? (Después de una


penetrante mirada de Peachum.) Perdóneme, se lo ruego; perdóneme.

SEÑORA PEACHUM. — Muévete un poco, muchacho; no voy a estar


aquí teniéndote los pantalones hasta Navidad.

~8~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

FILCH (de pronto con violencia). — ¡Pero los zapatos no me los quito!
¡De ningún modo! Antes renuncio a todo. Son el único regalo de mi
pobre madre, y nunca, nunca jamás, por más bajo que pueda caer...

SEÑORA PEACHUM. — Déjate de historias, sé perfectamente que


tienes los pies mugrientos.

FILCH. — ¿Y cómo quiere que me lave los pies, en pleno invierno? La


señora Peachum conduce a Filch detrás de un biombo, luego vuelve
a primer plano izquierda y plancha estearina sobre un traje.

PEACHUM. — ¿Dónde está tu hija?

SEÑORA PEACHUM. — ¿Polly? Está arriba.

PEACHUM. — Dime, ¿volvió ayer ese tipo? Ese que siempre viene
cuando yo no estoy en casa.

SEÑORA PEACHUM. — No seas tan desconfiado, Jonatán; es un


"gentleman" distinguidísimo el señor capitán, y siente mucha
simpatía por nuestra Polly.

PEACHUM.— ¡Ah!

SEÑORA PEACHUM. — Y si aún crees que tengo dos dedos de frente,


descuenta que también Polly le ha echado el ojo.

PEACHUM. — Celia, estás despilfarrando nuestra hija como si yo


fuera millonario. ¿Acaso quieres que se case? ¿Te parece que este
negocio iría adelante una sola semana más, si estos asquerosos
clientes no viesen otras piernas que las nuestras? ¡Un novio! ¡De
inmediato nos tendría en sus garras! Así nos tendría, así. ¿Crees que
tu hija, en la cama, sabrá tener la boca cerrada mejor que tú?

SEÑORA PEACHUM. — ¡Buen concepto tienes de tu hija!

PEACHUM. — El peor. El peor de los peores conceptos. No es más


que un montón de sensualidad.

SEÑORA PEACHUM. — De ti no lo habrá heredado.

PEACHUM.—.¡Casarse! Mi hija debe ser para mí, lo que el pan es


para el hambriento... (Hojea la Biblia.) Hasta la Biblia lo dice, pero no
sé muy bien dónde. ¡ Casarse! Después de todo, una de las peores
porquerías. Ya le quitaré yo de la cabeza eso de casarse.

SEÑORA PEACHUM. — Jonatán, eres simplemente un ignorante.

PEACHUM. — ¡Ignorante! ¿Cómo se llama ese capitán?

~9~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

SEÑORA PEACHUM. — Bueno, todos lo llaman "capitán".

PEACHUM. — ¿De modo que ni siquiera le han preguntado el


nombre? ¡Muy interesante!

SEÑORA PEACHUM. — ¿No pretenderías que fuésemos tan groseras


como para pedirle sus documentos, siendo él tan gentil al invitarnos
a las dos a una reunión danzante en el Hotel del Pulpo?

PEACHUM. — ¿Dónde?

SEÑORA PEACHUM. — En el Hotel del Pulpo.

PEACHUM. — ¿Capitán? ¿Hotel del Pulpo? A ver, a ver, a ver...

SEÑORA PEACHUM. — Y en lo que respecta al trato, siempre nos ha


tratado, a mi hija y a mí, con guantes.

PEACHUM. — ¿De modo que con guantes?

SEÑORA PEACHUM. — Sí, y además él siempre lleva guantes:


guantes blancos de cabritilla.

PEACHUM. — Guantes blancos, y bastón con empuñadura de marfil,


y polainas, y zapatos de charol, y aire de dominador, y una cicatriz...

SEÑORA PEACHUM. — ... en el cuello. ¿Cómo es que ya lo conoces?

FILCH (escurriéndose por detrás del biombo). — Señor Peachum, ¿no


podría darme algunas indicaciones? Soy partidario de las cosas
hechas con método: no soporto las improvisaciones.

SEÑORA PEACHUM. — ¡ Quiere el método, ése!

PEACHUM. — Va a hacer de idiota. Vuelve esta tarde a las seis, y te


enseñarán todo lo que necesites. ¡Márchate!

FILCH. — Muchas gracias, señor Peachum; muchas gracias. (Se va.)

PEACHUM. — ¡ Cincuenta por ciento! Y ahora te diré quién es ese


caballero de los guantes: ¡es Mackie Navaja! (Corre escaleras arriba
hacia la habitación de Polly.)

SEÑORA PEACHUM. — ¡ Por amor de Dios! ¡ Mackie Navaja! ¡Jesús!


¡Ven, dulce Jesús, sé nuestro huésped!... ¡Polly! ¿Dónde está Polly?

PEACHUM (descendiendo lentamente las escaleras). — ¿Polly? Polly


no ha vuelto a casa. Su lecho está intacto.

~ 10 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

SEÑORA PEACHUM. — Entonces, seguro que se fue a cenar con el


comerciante en lanas. Seguro que sí, Jonatán.

PEACHUM. — ¡Quiera Dios que haya sido el comerciante en lanas!

Peachum y su esposa se ubican delante del telón y cantan. Luz


dorada. Se ilumina un organito. Desde lo alto bajan tres lámparas
sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

CANCIÓN DEL "EN VEZ DE..."

PEACHUM:
En vez de
en la cama de su casa dormir bien,
¡quieren juerga!,
como si debiesen todos sus caprichos imponer.

SEÑORA PEACHUM:
Eso es la luna sobre Soho,
eso es el maldito "¿Sientes latir mi corazón?",
eso es el "Adonde vas tú, yo también voy; oh, Johnny".
¡Si la luna creció y el amor nació!

PEACHUM:
En vez de
hacer algo que posea una razón,
¡quieren juerga!,
y terminan en mitad del lodazal.
A dúo

SEÑORA PEACHUM:
Eso es la luna sobre Soho,
eso es el maldito "¿Sientes latir mi corazón?",
eso es el "Adonde vas tú, yo también voy; oh, Johnny".
¡Si la luna creció y el amor nació!

PEACHUM:
¿Dónde está la luna sobre Soho?
¿Qué queda del maldito "¿Sientes latir mi corazón?"? ¿Dónde
está el "Adonde vas tú, yo también voy; oh, Johnny"? ¡Si la luna
creció y el amor nació!

~ 11 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

II

EN EL MISMO CORAZÓN DE SOHO, EL BANDIDO MACKIE NAVAJA


CELEBRA SU CASAMIENTO CON POLLY PEACHUM, LA HIJA DEL
EMPRESARIO DE LOS MENDIGOS

Caballeriza vacía.

MATÍAS (ilumina la caballeriza, tiene una pistola en la mano). —


¡Arriba las manos si hay alguien aquí adentro!

MACHEATH (entra y recorre el proscenio felinamente).— ¿Y, hay


alguien?

MATÍAS. — Ni un alma. Aquí podremos festejar el casamiento


tranquilamente.

POLLY (entra vestida de novia).— ¡Pero esto es una caballeriza!

MACHEATH. — Espera, Polly, siéntate un momento en el pesebre.


(Dirigiéndose al público.) En esta caballeriza se celebrará hoy mi
casamiento con la señorita Peachum, que por amor me ha seguido
hasta aquí, para compartir conmigo, de ahora en adelante, los azares
de mi vida.

MATÍAS . — Muchos habitantes de Londres dirán que el haberle


arrebatado su única hija al señor Peachum ha sido la más grande de
tus hazañas.

MACHEATH. — ¿Quién es el señor Peachum?

MATÍAS. — El, por su cuenta, te dirá que es el hombre más pobre de


Londres.

POLLY. — ¿Pero no querrás celebrar aquí nuestro casamiento, Mac?


Esta es una vulgar caballeriza. No puedes hacer venir aquí al señor
pastor. ¡Y ni siquiera es nuestra! De veras, Mac, no deberíamos
comenzar nuestra nueva existencia con una violación de domicilio.
Justamente hoy, ¡el día más hermoso de nuestra vida!

MACHEATH. — Querida niña, todo se hará como tú lo deseas. Tu pie


no tropezará con ninguna piedra. Ya van a traer todo lo necesario.

MATÍAS.— Aquí llegan los muebles.

Se oyen llegar pesados carros; entra una media docena de personas,


llevando alfombras, muebles, vajilla, etc., con lo que convierten la
caballeriza en un ambiente de exagerada elegancia (1).
~ 12 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — ¡ Porquerías! Los recién llegados dejan los regalos a


la izquierda, felicitan a la esposa e informan al esposo (2).

JACOBO. — ¡ Felicitaciones! En el 14 de Ginger Street había gente


en el primer piso. Tuvimos que prender un fueguito para hacerlos
salir.

ROBERTO (alias SERRUCHO). — ¡Felicitaciones! En el Strand


reventó un policía.

MACHEATH. — ¡Aficionados!

EDE. — Se hizo lo que se pudo; pero fue imposible salvar a tres


personas en el West End. ¡Felicitaciones!

MACHEATH. — Aficionados. Chapuceros.

JIMMY. — Un señor anciano recibió algo. Pero nada serio, supongo.


¡Felicitaciones!

MACHEATH. — Mi orden era terminante: evitar a toda costa


derramamiento de sangre. Me pongo de mal humor sólo al pensarlo.
¡Jamás serán hombres de negocios! ¡Caníbales sí, pero no gente de
negocios!

WALTER (alias SAUCE LLORÓN) . — ¡Felicitaciones! Este clavicordio,


señora mía, hace apenas media hora pertenecía a la duquesa de
Somersetshire.

POLLY. — ¿Qué muebles son éstos?

MACHEATH. — ¿Te gustan los muebles, Polly?

POLLY (llora).—¡Toda esa pobre gente por estos pocos muebles!

MACHEATH.— ¡Y qué muebles! ¡Porquerías! Tienes toda la razón del


mundo de estar enojada. Un clavicordio de palo de rosa y un sofá
renacimiento. ¡Imperdonable! ¿Y una mesa? ¿Ni siquiera hay una
mesa?

WALTER. — ¿Una mesa?

Ponen algunos tablones sobre los pesebres.

POLLY. — ¡ Oh, Mac, qué desdichada soy! Que al menos no venga el


señor pastor.

MATÍAS. — Sí que vendrá. Le hemos descrito el camino con gran


precisión.

~ 13 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

WALTER (trayendo hacia adelante la mesa). — ¡La mesa!

MACHEATH (viendo llorar a Polly). — Mi esposa está fuera de sí.


¿Dónde están las sillas? ¡Un clavicordio y nada de sillas! Son
incapaces de pensar. ¡Al menos la única vez que celebro mi
casamiento! ¡Cállate, Sauce Llorón! ¿Cuántas veces ocurre, me
pregunto, que yo les haga un encargo? Desde el comienzo están
haciendo desdichada a mi esposa.
EDE. — Querida Polly...
MACHEATH (de un manotón le hace volar el sombrero de la cabeza
(3)). — ¡"Querida Polly"! ¡Te empujaré la cabeza hasta las tripas si
vuelves a repetir eso de "Querida Polly", salpicón de barro! ¿Alguna
vez se ha oído cosa semejante? ¡"Querida Polly"! ¿Alguna vez te
acostaste con ella?

POLLY. — Pero, Mac...

EDE. — Te juro...

WALTER. — Estimada señora, si faltasen algunas piezas del ajuar,


no dude que...

MACHEATH. — Un clavicordio de palo de rosa y ninguna silla. (Ríe.)


¿Qué dice de esto mi mujercita?

POLLY. — Si eso fuera lo peor.

MACHEATH (áspero). — ¡Cortar las patas del clavicordio! ¡Rápido!


¡Rápido!

Cuatro hombres serruchan las patas del clavicordio y cantan:


Bill Lawgen y Mary Syer
son al fin marido y mujer.
Y hasta ayer, en que fueron al civil,
ella de él nada pudo conocer,
mientras Bill de su Mary el nombre preguntó.
¡Viva!

WALTER. — Y así, gentil señora, el clavicordio se convierte en


asiento.

MACHEATH. — ¿Y ahora podría pedirles a los caballeros que se


quitasen esos trapos mugrientos y se vistiesen decentemente? Al fin
de cuentas, éste no es una matrimonio cualquiera. ¿Y tú, Polly,
podrías hacerte cargo de las viandas que contienen esas cestas?

POLLY. — ¿Es la comida nupcial? ¿Todo robado, Mac?


~ 14 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — Por supuesto, por supuesto.

POLLY. — ¿Y qué harás si llaman a la puerta y entra la policía?

MACHEATH. — En tal caso, ya verás lo que hace tu marido.

MATÍAS. — Hoy es absolutamente imposible que eso ocurra. Toda la


policía a caballo está en Daventry. El viernes escoltarán a la reina
hasta Londres, para la coronación.

POLLY.— ¡Dos cuchillos y catorce tenedores!

MACHEATH.— ¡Qué mal han trabajado! ¡Esto es cosa de


principiantes, no de gente madura! ¿No tienen idea de lo que es un
estilo? Hay que saber distinguir el Chippendale del Louis Quatorze.

Vuelve la banda, cuyos miembros visten ahora elegantes trajes de


noche; pero, por desgracia, su comportamiento no está de acuerdo
con su vestimenta.

WALTER. — Lo que queríamos era traer los objetos de mayor precio.


Mira un poco qué madera. Material de primer orden.

MATÍAS. — ¡Chist! ¡Chist! Permítame, capitán...

MACHEATH, — Polly, ven aquí.

La pareja asume la actitud propia de quienes van a recibir las


felicitaciones de los circunstantes.

MATÍAS. — Permítame, capitán, que en el día más hermoso de su


vida, en pleno florecimiento de su carrera; quiero decir, en esta
circunstancia decisiva, permítame que nosotros le ofrezcamos los
más cordiales y los más intensos deseos de felicidad, y todo lo
demás. Dios mío, qué asco este tono solemne. Bueno, en una
palabra (estrecha la mano de Mac), ¡alta la frente, viejo!

MACHEATH. — Gracias, Matías; es muy simpático de tu parte.

MATÍAS (estrechando la mano de Polly, después de haber abrazado


conmovido a Mac). — ¡Es la voz del corazón! Bueno, entonces,
siempre alta la frente, viejo; quiero decir (guiñando), alta la frente y...
también alguna otra cosita.

Los invitados rugen de entusiasmo. De pronto, Mac, con un golpe


fulminante, acuesta a Matías en el suelo.

~ 15 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — Cierra el pico, estúpido. Guarda tus porquerías para


esa cochina de Kitty.

POLLY. — No seas ordinario, Mac.

MATÍAS. — Bueno, protesto por llamar cochina a Kitty. (Se levanta


con esfuerzo.)

MACHEATH. — ¿Conque protestas?

MATÍAS.— Y para que lo sepas, ante ella jamás digo porquerías: la


estimo demasiado. Pero eso no podrás entenderlo nunca, porque tú
sí que eres incapaz de hablar sin decir porquerías. ¿Crees que Lucy
no me ha contado lo que le dijiste a ella? Comparado con eso, yo soy
todo un caballero.

Mac mira a Matías fijamente.

JACOBO.—Vamos, vamos; no agüemos la fiesta. (Se lleva consigo a


Matías.)

MACHEATH. — Lindo casamiento, ¿verdad, Polly? Gente de esta


catadura tienes que ver a tu alrededor en el día de tu matrimonio.
Dime la verdad, jamás hubieses esperado que tu marido fuese
plantado así por sus amigos. ¡ Mira y aprende!

POLLY. — A mí me divierten mucho.

ROBERTO. — Tonterías, no es cuestión de dejarte plantado. Una


divergencia de opiniones siempre debe admitirse. Su Kitty vale tanto
como cualquier otra. Bueno, y ahora, Moneda Falsa, venga tu regalo
de bodas.

TODOS. — Sí, pronto, pronto.

MATÍAS (ofendido). — Aquí está.

POLLY.— ¡Oh, un regalo de bodas! Usted es muy gentil, querido


señor Moneda Falsa.

Mira, Mac, qué hermoso camisón.

MATÍAS.— ¿Acaso también esto es una obscenidad; eh, capitán?

MACHEATH. — Está bien, está bien; no tenía intención de ofenderte


en este solemne día.

WALTER. — ¿Y qué me dicen de esto? ¡ Chippendale! (desenvuelve


un gigantesco reloj a péndulo, Chippendale.)

~ 16 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — ¡Louis Quatorze!

POLLY. — ¡Maravilloso! ¡Qué belleza! Me siento tan feliz que no


encuentro palabras para agradecerles. Son todos tan corteses. Qué
pecado no tener una casa para todo esto, ¿verdad, Mac?

MACHEATH. — Considéralo un comienzo. Todos los comienzos son


difíciles. Te agradezco mucho, Walter. Y ahora saquen estas cosas de
aquí. ¡A comer!

JACOBO (mientras los demás tienden la mesa). — No pude traer


nada... (A Polly, con empeño.) Créame, joven señora, me resulta muy
desagradable...

POLLY. —. Querido señor Ganzúa, no tiene ninguna importancia.

JACOBO. — Todos los otros la colman de regalos, y yo con las manos


vacías. ¡Póngase en mi lugar! Así me pasa siempre. Podría contarle
tantas cosas parecidas... Es para no creerlo. El otro día, por ejemplo,
me encuentro con Jenny, la de los bodegones, y le digo: "Bueno, vieja
puerca...." (de pronto advierte que Mac está detrás de él, y desaparece
sin decir palabra.)
MACHEATH (conduce a Polly a su asiento). — Esta es la mejor
comida que podrías probar en un día como éste, Polly. Siéntate.
(Todos se sientan a la mesa (4).)

EDE (indicando los platos). — ¡Lindos platos! ¡Hotel Savoy!

JACOBO. — Los huevos a la mayonesa son de Selfridge. Había


también un tarro de pasta de hígado de ganso; pero Jimmy se la
comió por el camino, porque tenía un agujero...

WALTER. — Entre gente fina no se habla de agujeros.

JIMMY. — ¡No te tragues así los huevos, Ede, en una ocasión como
ésta!

MACHEATH. — ¿No hay nadie que cante algo? ¿Algo divertido?

MATÍAS (estallando en una carcajada que lo hace atragantar).—


¿Divertido? ¡Qué palabra primorosa! (Ante la mirada aniquiladora de
Mac, vuelve a sentarse cohibido.)

MACHEATH (de un manotón le hace caer el plato a uno). — Hubiese


querido que no se empezase a comer en seguida. Cuánto más me
hubiese gustado que, en lugar de asaltar la mesa y meter de
inmediato los hocicos en las fuentes, se hubiese preparado algo

~ 17 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

solemne. En un día como éste, la gente siempre prepara algo


solemne.

JACOBO. — ¿Por ejemplo?

MACHEATH. — ¿Es que tengo que inventarlo todo? No les pido que
me canten una ópera. Pero algo, algo que no fuese solamente
llenarse las tripas y decir porquerías; algo podrían haber preparado.
Bueno, en un día como éste uno se da cuenta qué puede esperar de
sus amigos.

POLLY. — Este salmón es excelente, Mac.

EDE. — Sí, estoy seguro que jamás ha probado usted cosa


semejante. En lo de Mackie Navaja ésta es comida de todos los días.
Usted se ha acostado en un lecho de rosas, estimada señora.
Siempre lo he dicho: Mac es el marido ideal para una chica
ambiciosa. Ayer mismo se lo decía a Lucy.

POLLY. — ¿Lucy? ¿Quién es Lucy, Mac?

JACOBO (embarazado). — ¿Lucy? Ah... eso no tiene ninguna


importancia.

Matías, poniéndose de pie a espaldas de Polly, hace grandes gestos


para hacer callar a Jacobo.

POLLY (que advierte la maniobra de Matías). — ¿Qué le ocurre?


¿Desea algo? ¿Qué es lo que usted quería decir, señor Jacobo?

JACOBO. — Oh, nada, nada... En realidad, no quería decir nada.


Sólo iba a meter la pata, ni más ni menos.

MACHEATH. — ¿Qué tienes en la mano, Jacobo?

JACOBO. — Un cuchillo, capitán.

MACHEATH. — ¿Y qué tienes en el plato?

JACOBO. — Una trucha, capitán.

MACHEATH. — Ah, y comes la trucha con el cuchillo, ¿verdad?


¡Jacobo, es inaudito! Quien así se comporta no es otra cosa que un
cerdo, ¿entiendes, Jacobo? ¡Mira y aprende! Querida Polly, te saldrán
canas verdes antes de convertir en gente a este hato de malandrines.
Delicadeza, ¿se dan cuenta, ustedes, qué significa eso?

WALTER. — Significa mariconada.

~ 18 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

POLLY. — ¡ Qué vergüenza, señor Walter!

MACHEATH. — ¿De modo que no quieren cantar ninguna canción,


algo que haga más hermoso este día? ¡Será un día como los de
siempre! ¡Tan triste, tan común, tan condenado y sucio como
siempre! ¿Por lo menos hay alguien en la puerta? ¿O acaso en un día
como éste también debo ser yo quien haga de centinela, mientras
ustedes se llenan tranquilamente el estómago a mis expensas?

WALTER (malhumorado). — ¿Qué significa eso de "a mis expensas"?

JIMMY.— ¡Pero cállate, Waltercito! Voy yo a la puerta. Y además,


¡quién quieren que venga! (Sale.)

JACOBO. — ¡Qué broma sería si nos metiesen presos a todos!

JIMMY (entra corriendo). — ¡La policía, capitán!

WALTER. — ¡ Brown, el Tigre!

MATÍAS. — No digan estupideces, es el reverendo Kimball.

Entra Kimball.

TODOS (rugiendo en coro). —Buenas noches, reverendo.

KIMBALL. — Por fin os encuentro, hijos míos. Es un ambiente


modesto, pero por lo menos es suelo propio.

MACHEATH. — Sí, del duque de Devonshire.

POLLY. — Qué feliz me siento, reverendo, al ver que usted, en el día


más hermoso de nuestra vida...

MACHEATH. — Bueno, pero ahora exijo que se cante algo en honor


del reverendo Kimball.

MATÍAS. — ¿Qué te parece lo de Bill Lawgen y Mary Syer?

JACOBO. — Sí, creo que es lo indicado.

KIMBALL. — Bueno, bueno; cantad, hijos míos.

MATÍAS. — Empecemos, señores.

Tres hombres se levantan y cantan, vacilantes, desganados,


inseguros:
Bill Lawgen y Mary Syer
son al fin marido y mujer.

~ 19 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

¡Que sean felices!


¡Viva! ¡Viva!
Y hasta ayer, en que fueron al civil,
ella de él nada pudo conocer;
mientras Bill de su Mary el nombre preguntó.
¡Viva!
¿Sabe usted lo que hace su mujer? ¡No!
¿Deja usted su vida de rufián? ¡No!
¡Que sean felices!
¡Viva! ¡Viva!
Billy Lawgen dijo anteayer:
"De ella un trozo me conforma a mí".
¡Bribón!
¡Viva!

MACHEATH. — ¿Y eso es todo? ¡Qué mezquindad!

MATÍAS (atragantándose de nuevo). — ¡Mezquindad! Esa es la


palabra justa, señores míos. ¡Mezquindad!

MACHEATH. — ¡Tú te callas!

MATÍAS. — Es lo que yo digo: no hay entusiasmo, no hay fuego, no


haya nada.

POLLY. — Señores, si ninguno de ustedes quiere hacerse ver en algo,


entonces seré yo quien cante: imitaré a una muchacha que vi una
vez en una taberna de ínfima categoría, en Soho. Trabajaba de
lavacopas, y debo aclararles que todos los parroquianos se reían de
ella, y entonces ella les hablaba, diciéndoles las cosas que yo les voy
a cantar en seguida. Hagamos, pues, que esto sea el pequeño
mostrador detrás del cual ella se lo pasaba de la mañana a la noche
(tienen que imaginárselo horriblemente sucio), que esto sea el tacho
y esto el trapo con que fregaba las copas. Donde ustedes están
sentados, estaban sentados los clientes que se reían de ella. También
ustedes pueden reír, para que la escena sea aún más fiel; pero si no
quieren, da lo mismo. (Comienza a imitar las actitudes de una
lavacopas, al tiempo que murmura para sí.) Y ahora uno de ustedes
(indicando a Walter), por ejemplo usted, dice: "¿Y cuándo llegará tu
barco, Jenny?".

WALTER. — ¿Y cuándo llegará tu barco, Jenny?

POLLY.— Y otro (a Matías), por ejemplo usted, dice: "¿Por qué sigues
lavando copas, Jenny, si eres la novia del pirata?".

MATÍAS. — ¿Por qué sigues lavando copas, Jenny, si eres la novia


del pirata?
~ 20 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

POLLY. — Bueno, y ahora empiezo yo.

Luz dorada. Se ilumina el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas


sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

JENNY, LA DE LOS PIRATAS


Soy sirvienta, señores míos,
no paro de lavar copas todo el día;
si me dan un penique,
yo muchas gracias doy.
Y mis sucios harapos vean ustedes,
y este sórdido hotel.
¡Y no saben quién es esta muchacha!
Pero cierta noche en el puerto habrá gritos,
y preguntarán:
"¿Sabes tú qué pasará?".
Y en silencio sonreiré junto a mis copas,
y dirán:
"¿De qué se sonreirá?".
Y un navío velero
con cincuenta cañones
en el puerto está.
2
"Vete a lavar, hija mía"
—repiten sin cesar—; "Y las camas tiende",
y el penique me dan.
Las camas se tenderán,
pero yo pienso:
"¿Para qué tenderlas si ninguno dormirá?".
¡Y no saben todavía quién soy!
Pero cierta noche en el puerto habrá ruidos,
y preguntarán:
"¿Sabes tú qué pasará?".
Y verán cómo me acerco a mi ventana, y dirán:
"¿De qué se sonreirá?".
Y un novio velero
con cincuenta cañones
ataca sin piedad.
3
Centenares de hombres bien pronto han de bajar
furtivamente a la ciudad.
Entonces en las casas entrarán.
Llegarán aquí,
mirarán, me verán
y dirán:
"¿A cuántos quiere usted que matemos?".
~ 21 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

Mientras pienso me sonreiré,


contemplando sin cesar
miedo y terror.
Y sin lástima
diré muy alto: "¡Todos!".
Y cuando cada cabeza caiga, exclamaré: "¡Hop!"
Y el novio velero
con cincuenta cañones
me lleva de aquí,

MATÍAS. — Qué cómico, ¿verdad? ¡ Qué bien representa la señora!

MACHEATH. — ¡ Cómico! ¿Qué quiere decir cómico? ¡ Esto no es


cómico, idiota, es arte! Polly, lo has hecho magnífico. Pero esta piara
de cerdos —perdóneme, reverendo— de ninguna manera merecía
tanta molestia de tu parte. (Por lo bajo, a Polly.) Y, además, no me
gusta nada que des semejantes espectáculos. Otra vez evítalo, te lo
ruego. (En la mesa se oyen risas. La banda se mofa del pastor.)

MACHEATH. — ¿Qué tiene en la mano, reverendo?

JACOBO. — Dos cuchillos, capitán.

MACHEATH. — ¿Y qué tiene en el plato, reverendo?

KIMBALL. — Creo que es salmón.

MACHEATH. — Ah, y come el salmón con el cuchillo, ¿verdad?

JACOBO.— ¿Se ha visto alguna vez cosa semejante? Come el


pescado con cuchillo... Quien así se comporta no es otra cosa que un
...

MACHEATH. — ...cerdo. ¿Entiendes, Jacobo? ¡Mira y aprende!

JIMMY (entrando a la carrera). La policía, capitán, la policía. ¡El


mismo jefe en persona!

WALTER. — ¡Brown! ¡ Brown, el Tigre!

MACHEATH. — Así es, Brown, el Tigre en persona. Brown, el Tigre,


el jefe supremo de la policía de Londres, el pilar de Old Bailey, es
quien ahora entrará en la miserable casucha del capitán Macheath.
¡Miren y aprendan!

Los bandidos se esconden.

JACOBO. — ¡Esto es la horca!

~ 22 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

Entra Brown.

MACHEATH. — ¡ Hola, Jackie!

BROWN. — ¡ Hola, Mac! No dispongo de mucho tiempo, debo irme en


seguida. ¿Era necesario una caballeriza ajena? ¡Otra violación de
domicilio!

MACHEATH. — Pero, Jackie, es tan cómoda.... Me alegro que hayas


venido a festejar las nupcias de tu viejo Mac. Quiero presentarte en
seguida a mi esposa, de soltera señorita Peachum. Polly, éste es
Brown, el Tigre. ¿Y, viejo, qué me dices? (le palmea la espalda.) Y
éstos, Jackie, son mis amigos: a todos debes haberlos visto alguna
vez.

BROWN (embarazado). — Mac, la mía es una visita privada.

MACHEATH. — La de ellos también. (Los llama. Ellos acuden,


manteniendo sus manos en alto.) ¡Eh, Jacobo!

BROWN. — Este es Ganzúa, un verdadero granuja.

MACHEATH. — ¡ Eh, Jimmy! ¡ Roberto, Walter!

BROWN. — Bueno, por hoy cerremos los ojos.

MACHEATH. — ¡Y tú, Ede! ¡Y tú, Matías!

BROWN. — ¡Siéntense, señores, siéntense!

TODOS. — Muchas gracias, señor.

BROWN. — Estoy encantado de conocer a la graciosa esposa de mi


viejo amigo Mac.

POLLY. — Es usted muy gentil, señor.

MACHEATH. — ¡Siéntate, vieja corbeta, y navega en el whisky a todo


trapo! Polly, amigos míos: Entre ustedes se encuentra hoy un
hombre a quien el inescrutable designio del rey ha colocado muy por
encima de sus semejantes y que, sin embargo, ha permanecido
amigo fiel a través de todos los peligros y de todas las tempestades,
etcétera, etcétera. Ustedes saben a quién me refiero, y también lo
sabes tú, Brown. ¿Recuerdas, Jackie, los tiempos en que, tú soldado
y yo soldado, servimos en la armada de la India? ¡Ven, Jackie,
cantemos la "Canción de los cañones"!

~ 23 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

Macheath y Brown se sientan sobre la mesa. Luz dorada. Se ilumina


el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas sostenidas por un
varal, y un cartel que dice:

CANCIÓN DE LOS CAÑONES


1
John era nuestro y también lo era Jim,
sargento fue nombrado Georgie.
¡Pues nadie sabe allí quién eres tú!
¡Y te mandan al frente marchando!
Viajad soldados
en los cañones
del Polo al Ecuador,
que allí se tostarán
y allí se encontrarán
con una nueva raza
de muy distinta traza,
y sin pensarlo se la comerán al
gratén.
2
Johnny el whisky tibio encontró
y a Jimmy le faltaron las mantas.
Pero Georgie a los dos reunió
y les dijo que la Armada nunca muere.
Viajad soldados
en los cañones
del Polo al Ecuador,
que allí se tostarán
y allí se encontrarán
con una nueva raza
de muy distinta traza,
y sin pensarlo se la comerán al
gratén.
3
John se mató y Jimmy murió,
y Georgie nunca fue encontrado.
¡Pero la sangre aún roja es!
¡Y los soldados aún se recluían!

Los que están sentados a la mesa marcan con sus pies el ritmo de
marcha.
Viajad soldados
en los cañones
del Polo al Ecuador,
que allí se tostarán

~ 24 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

y allí se encontrarán
con una nueva raza
de muy distinta traza,
y sin pensarlo se la comerán al
gratén.

MACHEATH. — Aunque la vida con sus oleadas tempestuosas nos


haya empujado —a nosotros, viejos amigos de juventud— en
direcciones totalmente opuestas; aunque nuestros intereses
profesionales sean del todo distintos, y hasta podría decirse que
están perfectamente contrastados, nuestra amistad ha sobrevivido a
todo. ¡Miren y aprendan! Castor y Pólux, Héctor y Andrómaca,
etcétera, etcétera. Muy rara vez ha sucedido que yo, humilde
bandido (ya saben lo que quiero decir), haya dado un golpecito sin
hacerle llegar a él, a mi amigo, una parte de las ganancias —¡una
parte considerable, Brown!— en calidad de ofrenda y testimonio de
mi inmutable fidelidad. Y muy rara vez ha sucedido —sácate el
cuchillo de la boca, Jacobo— que él, el omnipotente jefe de policía,
haya dispuesto una batida sin antes hacerme llegar a mí, a su amigo
de juventud, un disimulado aviso. Esto y cosas parecidas siempre
han sido recíprocas. ¡Miren y aprendan! (Toma a Brown del brazo.)
Bueno, viejo Jackie, estoy encantado de que hayas venido: ha sido
una gran prueba de amistad.

Pausa. Brown observa con aire apenado un tapiz colgado en el fondo.

MACHEATH. — Un Shira legítimo.

BROWN. — De la Compañía Oriental de Tapices.

MACHEATH. — Sí, allí nos servimos siempre. Sabes, Jackie, tenía


verdadera necesidad de que hoy vinieses; espero que no te haya
resultado demasiado violento, considerando tu situación.

BROWN. — Mac, sabes perfectamente que a ti nada puedo irme,


estoy preocupadísimo: si durante la coronación de la reina ocurriese
el más mínimo incidente...

MACHEATH. — Escucha, Jackie: mi suegro es un viejo asqueroso. Si


tratase de meterme en líos, ¿hay algo contra mí en Scotland Yard?

BROWN. — En Scotland Yard no hay absolutamente nada contra ti.

MACHEATH. — Naturalmente.

BROWN. — Ya lo he arreglado todo. Buenas noches.

~ 25 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH (dirigiéndose a los componentes de su banda). ¿Quieren


levantarse o no?

BROWN (a Polly).— ¡Muchas felicidades! (Sale acompañado por Mac.)

JACOBO (que, entretanto, junto con Matías y Walter, ha conversando


con Polly). — Debo confesar que, cuando oí que llegaba Brown, el
Tigre, no pude reprimir ciertos temores.

MATÍAS. — Es una suerte, señora, que estemos en buenas relaciones


con las altas autoridades.

WALTER. — Sí, Mac siempre tiene una carta en reserva que nosotros
ni siquiera suponemos que existe. Pero también nosotros tenemos
algo en reserva. Señores, son las nueve y media.

MATÍAS. — Y ahora viene lo más hermoso.

Todos se dirigen hacia el fondo, a la izquierda, y se ubican detrás del


tapiz. Entra Mac.

MACHEATH.—Bueno, ¿qué hay?

MATÍAS. — Una última sorpresa, capitán.

Detrás de la cortina los bandidos vuelven a cantar la canción de Bill


Lawgen, pero esta vez en voz baja y con expresión sentimental. A las
palabras de "el nombre preguntó", Matías arranca el tapiz y todos
prosiguen cantando, rugiendo y dando palmadas sobre una cama
que estaba allí oculta.

MACHEATH. — Gracias, camaradas; les agradezco de todo corazón.

WALTER. — Y ahora nos esfumamos sin hacer ruido.

Todos los componentes de la banda hacen mutis.

MACHEATH. — Y ahora los sentimientos deben tener su parte. De lo


contrario, el hombre se convierte en un esclavo de su profesión.
¡Siéntate, Polly! (Música.) ¿Ves la luna sobre Soho?

POLLY. — La veo, amor. ¿Sientes latir mi corazón, querido?

MACHEATH. — Lo siento, amada.

POLLY. — Donde tú vayas, también yo iré.

MACHEATH. — Y donde tú te quedes, también yo me quedaré.

~ 26 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

Polly y Macheath cantan a dúo.


Teniendo libreta o sin ella aún,
con o sin flores sobre el altar,
y aún sin saber de quién tu [mi] velo es,
y aún cuando no lleves azahar;
el plato en que comes tu trozo de pan
pronto tíralo, sin pensar.
Tu amor podrá o no podrá durar,
aquí o en cualquier lugar.

~ 27 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

III

PARA PEACHUM, QUE CONOCE LA CRUELDAD DEL MUNDO,


LA PÉRDIDA DE SU HIJA EQUIVALE A LA RUINA COMPLETA

La ropería de Peachum. A la derecha, Peachum y señora. En el vano


de la puerta, Polly, con tapado y sombrero, un bolso de viaje en la
mano.

SEÑORA PEACHUM. — ¿Casada? Primero se la cubre de vestidos y


sombreros y guantes y sombrillas, se la emperifolla de pies a cabeza,
y cuando una ha gastado lo suficiente como para equipar una
fragata, ¡zas!, ella misma se tira a la basura como si fuese una pera
podrida. ¿De modo que es verdad que te casaste?

Luz dorada. Se ilumina el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas


sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

CON UÑA CANCIONCITA POLLY ANUNCIA A SUS PADRES SU


CASAMIENTO CON EL BANDIDO MACHEATH
1
Del tiempo en que aún mi candor era grande
—pues tuve candor como tú—
recuerdo muy bien que pensaba:
"Un día un novio tendré y sabré qué hacer".
Y aunque rico,
y aunque guapo,
y aunque su camisa limpia esté,
y aunque sepa tratar a una dama...
Pues.. . ¡le diré que no!
La cabeza no habrá que perder:
¡la distancia conservar!
Claro que la luna brillará
y que el barco de la costa zarpará;
pero más no pasará.
No se debe fácilmente acceder:
el secreto es la frialdad;
mucho puede acontecemos,
mas se puede decir que no.

2
Y de Kent llegó quien seria primero,
y fue como debía ser.
El otro tenía un barco velero,
y aún otro enloqueció por mí.
Y aunque ricos, y aunque guapos,
~ 28 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

y aunque sus camisas limpias estaban,


y aunque sabían tratar a una dama...
Pues... yo les dije "¡No!".
La cabeza no perdí jamás,
y distante me quedé.
Y la luna nos iluminó
y el navío de la costa se alejó;
pero nada más pasó.
No podía acceder tan pronto yo:
mi secreto ha sido la frialdad.
Mucho pudo acontecemos,
mas siempre les he dicho "¡No!".

3
Y cierta mañana, mañana azul
como pocas, un hombre llegó.
Colgó su sombrero en mi cuarto,
sin nada decir, y quedé prendada de él.
Y aunque no era rico,
y aunque no era guapo,
y aunque su camisa limpia no estaba,
y aunque no sabía tratar a una dama...
Pues... no le dije "¡No!".
La cabeza yo perdí:
¡distancia ya no pude conservar!
Y la luna nos iluminó
y el novio en la costa se quedó,
pero así debía ser.
Pues ya no era cosa de no acceder,
y tampoco era cosa de frialdad.
Mucho iría a sucedemos,
mas nunca ya diría "¡No!".

PEACHUM. — De modo que se ha hecho concubina de un pillo. ¡Qué


bueno! ¡Pero qué bueno!

SEÑORA PEACHUM. — Ya que habías decidido cometer la


inmoralidad de casarte, ¿por qué tuviste que hacerlo con un ladrón
de caballos, con un salteador de caminos? ¡Ya me las pagarás! Debí
estar ciega para no darme cuenta. Desde chica tuvo siempre más
pretensiones que la reina de Inglaterra.

PEACHUM. — ¿De modo que se casó de verdad?

SEÑORA PEACHUM. — Sí, ayer a las cinco.

~ 29 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PEACHUM. — ¡ Un delincuente notorio! Si lo pienso bien, ha dado


prueba de gran valor ese hombre. Pero si pierdo a mi hija, el último
recurso de mi vejez, mi casa se derrumbará y ni siquiera un perro
me permanecerá fiel. Para mí, regalar la mugre de una uña equivale
a desafiar la muerte por inanición. Si pudiésemos sobrellevar el
invierno con un único tronco, quizá llegaríamos a ver el año próximo.
¡Quizá, repito!

SEÑORA PEACHUM. — ¡ Pero qué se ha creído ésta! ¡ Mira cómo nos


recompensa, Jonatán! ¡Creo que me vuelvo loca! ¡Me da vueltas la
cabeza! ¡No puedo sostenerme en pie! ¡Oh! (se desmaya) ¡Un coñac
del bueno!

PEACHUM. — ¡ Mira lo que le pasa a tu madre por tu culpa! ¡Pronto!


(Mutis de Polly.) ¡Concubina de un delincuente! ¡Qué bueno! ¡Pero
qué bueno! ¡Y qué interesante es ver cómo mi pobre esposa se lo ha
tomado a pecho! (Polly regresa con una botella de coñac.) ¡Este es el
único consuelo que le queda a tu pobre madre!

POLLY. — Puedes darle dos copas, sin miedo. Mi madre, sobre todo
cuando se desmaya, soporta perfectamente las dosis dobles. Volverá
en sí de inmediato. (Polly, durante toda esta escena, denota un
aspecto radiante de felicidad.)

SEÑORA PEACHUM (volviendo en sí). — ¡Oh, qué hipócrita es su aire


de preocupación!

Entran cinco mendigos (5).

MENDIGO PRIMERO. — Quiero dejar constancia de que esta


empresa es una porquería, y que se me ha dado un palo de escoba
en lugar de un muñón como la gente, y que no estoy dispuesto a
tirar mi dinero en semejante adefesio.

PEACHUM. — ¿Pero qué quieres? Es un muñón tan bueno como


cualquier otro, sólo que tú no lo cuidas.

MENDIGO PRIMERO. — ¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué no gano tanto


como los otros? Para tener una porquería como ésa, prefiero
cortarme mi propia pierna.

PEACHUM. — Pero, en definitiva, ¿qué quieren de mí? ¿Qué puedo


hacer yo, si el corazón de la gente es duro como una piedra? ¡No les
puedo dar cinco muñones a cada uno! En pocos minutos soy capaz
de transformar un hombre cualquiera en una piltrafa tan miserable
que hasta un perro se pondría a llorar si lo viese. ¿Pero qué puedo
hacer yo si los hombres no lloran? Aquí tienes este muñón, si el otro
no te agrada, ¡pero aprende a cuidar tus cosas!

~ 30 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MENDIGO PRIMERO. — Tal vez éste sirva.

PEACHUM (revisando el miembro artificial de otro mendigo). —El


cuero no sirve, Celia; la goma es más repugnante. (Al tercero.) Esta
llaga también se está curando, ¡y es la última! Habrá que empezar de
nuevo. (Examina al cuarto.) Los furúnculos naturales no son lo
mismo que los artificiales, ¡entiéndelo! (Al quinto.) ¡Oh, tienes muy
buen aspecto! Has vuelto a comer demasiado, ¿eh? Habrá que
escarmentarte.

MENDIGO QUINTO. — Señor Peachum, le juro que apenas como lo


imprescindible: es un trastorno glandular. ¡Yo no tengo la culpa!

PEACHUM. — ¡Y yo tampoco! Estás despedido. (Volviéndose hacia el


segundo mendigo.) Entre "conmover" y "fastidiar", estimado
muchacho, hay una gran diferencia. Lo que yo necesito son artistas.
En la actualidad, sólo los artistas son capaces de conmover a la
gente. Si trabajasen como es debido, el público los aplaudiría; pero a
ti jamás se te ocurre nada. No puedo renovar tu contrato.

Los mendigos hacen mutis.

POLLY. — No entiendo qué tienen contra él: Mac me asegura una


existencia decorosa. Es un timador de primer orden, además de
asaltante experto y con grandes perspectivas. Sé exactamente a
cuánto ascienden sus ahorros: podría darles la cifra precisa. Algunas
felices empresas más, y podremos retirarnos a una casa de campo,
ni más ni menos que como el señor Shakespeare, a quien nuestro
padre aprecia tanto.

PEACHUM. — Pero si ésta es la cosa más sencilla del mundo. ¡Te has
casado! ¿Y qué se hace cuando uno se ha casado? ¡Ah, cabeza
hueca! Uno se separa, ¿no? ¿Es tan difícil eso?

POLLY. — No sé qué quieres decir.

SEÑORA PEACHUM. .— Divorcio.

POLLY. — ¡Pero si lo quiero! ¿Cómo puedo pensar en divorciarme?

SEÑORA PEACHUM. — Pero dime, ¿ni siquiera te queda un poco de


vergüenza?

POLLY. — Mamá, tú nunca estuviste enamorada...

SEÑORA PEACHUM. — ¡ Enamorada! Esos condenados libros que


has leído te dieron vuelta la cabeza. ¡Pero, Polly, si todas lo hacen!
POLLY. — Pues, entonces, yo seré la excepción.

~ 31 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

SEÑORA PEACHUM. — Y yo te calentaré las nalgas a palmadas.

POLLY. — Sí, lo mismo hacen todas las madres; pero no sirve para
nada. Porque el amor es más fuerte que las palmadas en las nalgas.

SEÑORA PEACHUM. — Polly, no colmes la medida.

POLLY.— No dejaré que me arrebaten mi amor.

SEÑORA PEACHUM. — Si dices una sola palabra más, te doy una


cachetada.

POLLY. — El amor, sin embargo, seguirá dominando el mundo.

SEÑORA PEACHUM. — ¡Además, ese bribón tiene varias mujeres! Si


lo ahorcasen, por lo menos una docena de pelanduscas se
presentarían como sus viudas, y quizá cada una con un bastardo en
brazos. ¡Ay de mí, Jonatán!

PEACHUM. — ¿Ahorcarlo? ¿Cómo diablos se te ocurrió eso? ¡Es una


buena idea! Vete un momento, Polly. (Polly sale.) ¡Perfecto! Nos
producirá cuarenta libras.

SEÑORA PEACHUM. — Ya entiendo: quieres denunciarlo a la policía.

PEACHUM. —Por supuesto. Y de yapa, nos lo ahorcarán... ¡Dos


pájaros de un tiro¡ Sólo hay que averiguar dónde se ha metido.

SEÑORA PEACHUM. — Te lo diré exactamente, querido mío: está


escondido entre sus mujerzuelas.

PEACHUM. — Pero ellas no van a denunciarlo.

SEÑORA PEACHUM.— Déjame a mí. El dinero todo lo puede. Iré de


inmediato a Turnbridge y hablaré con las muchachas. Basta con que
nuestro amigo, dentro de las dos próximas horas, se encuentre con
alguna de ellas, y todo habrá terminado.

POLLY (que ha escuchado detrás de la puerta). — Querida mamá,


ahórrate el camino. Antes de encontrarse con una de esas señoras,
Mac preferiría ir por su propia cuenta a la cárcel de Old Bailey. Pero
aunque fuese a Old Bailey, el jefe de policía le ofrecería un cóctel,
fumarían un cigarro juntos y hablarían de cierta empresa que está
en esta calle, donde no todo va según la ley. Porque, querido papá,
justamente el jefe de policía se ha alegrado muchísimo por mi
matrimonio.

PEACHUM. — ¿Cómo se llama el jefe de policía?

~ 32 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

POLLY. — Se llama Brown. Pero tú debes conocerlo por Brown, el


Tigre; porque quienes tienen motivos para temerle lo llaman así. En
cambio, mi marido —fíjate un poco— lo llama Jackie. Porque para él
es simplemente su querido Jackie. Son amigos de juventud.

PEACHUM. — De modo que son amigos. El jefe de policía y el


delincuente más audaz, ¡quizá los únicos verdaderos amigos en toda
la ciudad!

POLLY (poética). — Cada vez que tomaban juntos un cóctel, se


acariciaban mutuamente las mejillas, y decían: "Si tú tomas un trago
más, yo también tomaré otro". Y cada vez que uno de los dos salía, al
otro se le humedecían los ojos y decía: "Si tú vas al fondo, yo
también quiero ir". No hay absolutamente nada contra Mac en
Scotland Yard.

PEACHUM. — ¿Ah, no? Pues entre el martes y el jueves, el señor


Macheath, hombre seguramente casado varias veces, sacó de la casa
paterna a mi hija Polly Peachum, mediante promesa de matrimonio.
Antes que la semana haya terminado lo conducirán por ese motivo al
patíbulo, que bien se merece. "Señor Macheath, en un tiempo usted
usaba guantes blancos de cabritilla, bastón con empuñadura de
marfil, tenía una cicatriz en el cuello y frecuentaba el Hotel del
Pulpo. No le ha quedado más que la cicatriz, que, entre sus señas
particulares, es sin duda lo de menor valor; no frecuenta otros
lugares que las prisiones, y probablemente dentro de poco ni
siquiera ésos".

SEÑORA PEACHUM. — Ah, Jonatán, no creo que puedas con él. Se


trata de Mackie Navaja: dicen que es el malhechor más astuto de
Londres. ¡Siempre hace lo que quiere!

PEACHUM. — ¿Quién es Mackie Navaja? Arréglate, vamos a lo del


jefe de policía de Londres. Y tú te vas a Turnbridge.

SEÑORA PEACHUM. — A ver a las muchachas.

PEACHUM. — Puesto que el mundo es tan canalla, que es necesario


gastarse los zapatos dando vueltas para que no te los quiten de los
pies.

POLLY. — Papá, me sentiré tan feliz de volver a estrechar la mano


del señor Brown.

Los tres avanzan hacia el proscenio, iluminado con luz dorada, y


cantan el primer final de dos centavos.

En el cartel se lee:

~ 33 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

DE LAS CONTRADICCIONES PROPIAS DE LA VIDA HUMANA

POLLY:
¿Lo que quiero tanto es?
¡En mi pobre y triste vida,
una vez enamorarme!
¿Es acaso tanto ajan?

PEACHUM:
El hombre debe hallar en este mundo
(la vida es breve) su felicidad.
Que goce los placeres de la tierra
y que en lugar de piedras pueda comer pan.
Son éstos sus derechos primordiales,
¿mas quién ha visto nunca que eso pase?
¡No es justo pretender que se los den!
Ya sé que todos tienen sus derechos...
¡Mas cada cosa va según su ley!

SEÑORA PEACHUM:
Tú eres carne de mi ser,
todo, todo te daría;
porque aún cuando porfías,
sé que a mí me quieres bien.

PEACHUM:
Ser bueno, ¿quién no lo desea ser?
Limosnas a los pobres, ¿por qué no?
Si somos buenos llegará Su luz
y el reino de los cielos llegará.
Ser bueno, ¿quién no lo desea ser?
Mas la desgracia es que en esta tierra
la gente y los medios malos son.
¿Pues quién no aspira a vivir en calma?
¡Mas cada cosa va según su ley!

POLLY Y SEÑORA PEACHUM:


Es triste: suya es la razón.
¡Y ofrézcanos Dios su perdón!

PEACHUM:
Es triste: tengo yo razón.
¡Y ofrézcanos Dios su perdón!
¿Quién no quisiera en un edén vivir?
¿Puede alguien recordar que ocurra así? ¡No!
Siempre ocurre al revés.
Tu hermano, que te quiere bien,

~ 34 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

¿no tiene un plato para ti?


¡Sin más te pega un puntapié!
¿Y hay quién quiera ser infiel?
A ti te adora tu mujer,
¿pero eso no le basta ya?
¡Sin más te pega un puntapié!
¡Qué bella es la gratitud!
Y tu hija, que te quiere bien,
¿fastidiase con tu chochez?
¡Sin más te pega un puntapié!
¡Qué hermoso es piadoso ser!

POLLY Y SEÑORA PEACHUM:


Es ésa la gran pena,
y eso es el gran asco.
¡Y ofrézcanos Dios su perdón!
Es triste: suya es la razón.

PEACHUM:
Es triste: tengo yo razón.
¡Y ofrézcanos Dios su perdón!
¡Ser bueno en lugar de cruel!
¡Mas cada cosa va según su ley!

POLLY Y SEÑORA PEACHUM:


¡Ya nada nos podrá salvar,
pues todo echóse a rodar!

PEACHUM:
¡Y ofrézcanos Dios su perdón!
Es triste: tengo yo razón.

LOS TRES:
Es ésa la gran pena
y eso es el gran asco.
¡Ya nada nos podrá salvar,
pues todo echóse a rodar!

~ 35 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

ACTO SEGUNDO
IV

JUEVES POR LA TARDE: MACKIE NAVAJA SE DESPIDE DE SU


ESPOSA, PUES SUPONE QUE AVENTARÁ LA AMENAZA DE SU
SUEGRO HUYENDO AL PANTANO DE HIGHGATE

La caballeriza.

POLLY (entrando). — ¡Mac! ¡Mac, no te asustes!

MACHEATH (echado en la cama) — Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa


cara, Polly?

POLLY. — Estuve con Brown, y también fue mi padre, y se han


puesto de acuerdo para prenderte: mi padre lo amenazó con algo
terrible, y Brown primero estuvo de tu parte, pero luego flaqueó, y
ahora también él opina que debieras desaparecer por algún tiempo.
Mac, prepara inmediatamente las valijas.

MACHEATH. — Pero qué valijas ni valijas. Ven aquí, Polly. Tengo


muchas ganas de hacer contigo otra cosa, y no valijas.

POLLY. — No, no es momento para eso. Estoy tan asustada. Todo el


tiempo se habló de la horca.

MACHEATH___Polly, no me gustas cuando te pones caprichosa. Bien


sabes que en Scotland Yard no hay nada contra mí.

POLLY. — Puede ser que hasta ayer no hubiese nada; pero hoy, de
pronto, ha surgido un montón de cosas. Mira, traje la orden de
captura: no sé si lo recuerdo todo, es una lista que no termina
nunca. Dicen que mataste a dos comerciantes, que hiciste treinta
robos con fractura, veintitrés asaltos a mano armada, incendios,
asesinatos alevosos, falsificaciones, perjurios: ¡y todo en un año y
medio! Eres un hombre terrible, Mac. Y en Winchester sedujiste a
dos hermanas menores de edad.

MACHEATH. — Pues me habían asegurado que eran mayores. ¿Y


qué dijo Brown? (Se levanta lentamente de la cama y recorre el
proscenio, silbando pensativo.)

POLLY. — Me alcanzó en el corredor cuando yo salía, y me dijo que


ahora ya nada podía hacer por ti. ¡Oh, Mac! (Se le cuelga al cuello.)

MACHEATH. — Bueno, si tengo que esconderme, tú deberás hacerte


cargo del negocio.

~ 36 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

POLLY. — No hables ahora de negocios, Mac, no puedo oírte. Mejor


es que le des un último beso a tu pobre Polly, y que le jures que
nunca, nunca...

Mac la interrumpe bruscamente y la lleva junto a la mesa,


obligándola a que se siente en una silla.

MACHEATH. — Este es el libro mayor. Escucha bien lo que voy a


decirte. Esta es la lista del personal. (Lee.) Aquí tenemos a Jacobo,
por otro nombre Ganzúa; hace un año y medio que lo empleamos.
Veamos qué ha producido: uno, dos, tres, cuatro, cinco relojes de
oro. No es mucho, pero es trabajo limpio. No te sientes sobre mis
rodillas, Polly, no estoy para eso. Aquí está Walter Sauce Llorón, un
tipo sospechoso: vende el botín por su cuenta. Tres semanas de
plazo y... ¡afuera! Lo denuncias a Brown.

POLLY (sollozando). — Lo denuncio a Brown.

MACHEATH. — Jimmy II, un granuja sinvergüenza; rendidor, pero


sinvergüenza. Les quita la sábana debajo del cuerpo a las damas de
la mejor sociedad. A éste le das un adelanto.

POLLY. — Le doy un adelanto.

MACHEATH. — Roberto Serrucho. Se ocupa de menudencias. No


tiene ni una pizca de talento: no irá a la horca, pero no dejará
ninguna herencia. POLLY. — No dejará ninguna herencia.

MACHEATH. — En cuanto a lo demás, seguirás viviendo


exactamente como hasta ahora: te levantas a las siete, te lavas, cada
tanto te das un baño, etcétera.

POLLY. — Tienes razón, hay que hacer un esfuerzo y ocuparse del


negocio. Lo que es tuyo, también es mío, ¿verdad, Mackie? ¿Y qué
hacemos con tus habitaciones, Mac? ¿No sería mejor entregarlas?
¡Es una pena continuar pagando el alquiler!

MACHEATH. — No, aún las necesito.

POLLY. — ¿Pero para qué? ¡ Es un gasto inútil!


MACHEATH. — Juraría que crees que no regresaré nunca.
POLLY. — ¿Qué dices? ¡Luego podrás alquilar otras! (6) Mac... Mac,
no puedo más. Estoy mirando tu boca mientras hablas, y no
comprendo lo que dices. ¿Me serás siempre fiel, Mac?

MACHEATH. — Claro que te seré fiel: te pagaré con la misma


moneda. ¿Crees acaso que no te amo? Sólo que veo más lejos que tú.

~ 37 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

POLLY. —. Te estoy tan agradecida, Mac. Tú te preocupas tanto por


mí, mientras los otros te persiguen como perros de presa...

Al oír las palabras "perros de presa", Mac se estremece; después, se


levanta, va hacia la derecha, se despoja del saco y lo tira lejos, se
lava las manos.

MACHEATH (presuroso). — Las utilidades netas las envías, de ahora


en adelante, al Banco Jack Poole, en Manchester. Dicho sea entre
nosotros: es sólo cuestión de semanas, y después transfiero todo al
ramo bancario. Es más seguro y, además, más rendidor. Dentro de
dos semanas como máximo, todo nuestro dinero debe ser retirado
del negocio; luego vas a ver a Brown, y le entregas la lista del
personal. Dentro de cuatro semanas como máximo, toda esta escoria
de la humanidad habrá desaparecido en las celdas de Old Bailey.

POLLY. — Pero, Mac, ¿cómo puedes mirarlos a los ojos después de


haberlos traicionado y, casi podría decirse, ahorcados? ¿Todavía les
puedes estrechar la mano?

MACHEATH. — ¿A quién? ¿A Roberto Serrucho, a Moneda Falsa, al


Ganzúa? ¿A esos pájaros de patíbulo? (Entra la banda.) Señores, me
alegra verlos.

POLLY. — Buen día, señores.

MATÍAS. — Capitán, he conseguido la lista de los festejos de la


coronación. Les aseguro que nos esperan días de trabajo
intensísimo. Dentro de media hora llegará el arzobispo de
Canterbury.

MACHEATH. — ¿Cuándo?

MATÍAS. — A las cinco y media. Tenemos que salir en seguida,


capitán.

MACHEATH. — Sí, deben salir en seguida.

ROBERTO. — ¿Qué quiere decir "deben"?

MACHEATH. — Sí, ustedes; porque en lo que a mí respecta, me veo


obligado a emprender un viajecito.

ROBERTO. — ¡Dios santo! ¿Es que acaso quieren encerrarlo?

MATÍAS. — ¡Justamente ahora! La coronación, sin usted, es como


una sopa sin cuchara.

~ 38 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — ¡Cierra el pico! Precisamente por eso delego por corto


tiempo en mi esposa la dirección de la empresa. ¡Polly! (La ubica en
su lugar, y se retira hacia el fondo, observándola desde allí.)

POLLY. — Muchachos, estoy segura que nuestro capitán puede


partir tranquilo. Nosotros tiraremos del carro. Y en buena forma,
¿verdad, muchachos?

MATÍAS. — No soy yo el más indicado para hablar; pero no sé si una


mujer, en un momento como éste... Naturalmente, eso no va por
usted, estimada señora.

MACHEATH (desde el fondo). — ¿Qué le contestas, Polly?

POLLY. — Pedazo de cochino, ¡ bien empiezas! (Grita.) ¡Claro que eso


no va por mí! De lo contrario, estos señores te hubiesen bajado los
pantalones y te hubiesen molido el trasero a patadas. ¿No es cierto,
señores?

Breve pausa Luego, todos aplauden como endemoniados.

JACOBO. — Sí, tiene condiciones, pueden creerme.

WALTER. — ¡ Bravo! La señora capitana sabe hallar la palabra justa.


¡Viva Polly!

MACHEATH. — Es un contratiempo que yo no pueda asistir a la


coronación. Un negocio cien por ciento. Durante el día, todas las
casas desiertas; y por la noche, toda la alta sociedad borracha. A
propósito, tú bebes demasiado, Matías. La semana pasada has dado
a entender nuevamente que el incendio del hospital de niños de
Greenwich era obra tuya. Si vuelve a suceder algo parecido, quedas
despedido. ¿Quién prendió fuego al hospital de niños?

MATÍAS. — ¡Pero si fui yo!

MACHEATH. — ¿Quién lo incendió?

LOS OTROS. — Usted, señor Macheath.

MACHEATH. — ¿Quién, entonces?

MATÍAS (malhumorado). — Usted, señor Macheath. Así ninguno de


nosotros podrá llegar alto.

MACHEATH (con un gesto significativo). — Oh, no te aflijas, llegarás


bien alto si se te mete en la cabeza hacerme la competencia. ¿Acaso
se ha oído alguna vez que un profesor de Oxford permita a sus
ayudantes hacerse cargo de sus errores? Se hace cargo él mismo.
~ 39 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

ROBERTO. — Gentil señora, disponga usted de nosotros mientras el


capitán esté ausente.

Rendición de cuentas todos los Jueves, gentil señora.

POLLY. — Todos los jueves, muchachos.

La banda hace mutis.

MACHEATH. — Y ahora adiós, corazón mío. Cúidate mucho y no


olvides pintarte todos los días, tal como si yo estuviese. ¡Eso es muy
importante, Polly!

POLLY. — Y tú, Mac, prométeme que no verás a ninguna mujer y que


partirás en seguida. Créelo, tu pequeña Polly no te lo dice por celos,
sino porque eso tiene mucha importancia.

MACHEATH. — Pero, Polly, ¿por qué debería ocuparme de los trastos


viejos? Sabes muy bien que sólo a ti te amo. Apenas el crepúsculo se
haga más denso, sacaré mi alazán de cualquier caballeriza, y antes
que tú veas desde la ventana la luna en el cielo, estaré más allá del
pantano de Highgate.

POLLY. — ¡ Oh, Mac, no me desgarres el corazón! ¡ Quédate conmigo,


y seamos felices juntos!

MACHEATH. — Soy yo quien se desgarra el corazón, pues debo


partir y nadie sabe cuándo podré regresar.

POLLY. — ¡ Ha sido tan breve, Mac!

MACHEATH. — ¿Pero es que ha terminado, acaso?

POLLY. — Sabes, anoche tuve un sueño muy triste. Soñé que miraba
a través de la ventana, y desde la calle llegaba una risa, y mientras
me disponía a mirar vi nuestra luna, y la luna era delgada, delgada,
como una moneda muy gastada. No me olvides, Mac, en las ciudades
lejanas.

MACHEATH. — Claro que no te olvidaré, Polly. ¡Bésame, Polly!

POLLY.— Adiós, Mac.

MACHEATH. — Adiós, Polly. (Mutis.)

Música. Se escucha a lo lejos la voz de Mac:


Tu amor podrá o no podrá durar,
aquí o en cualquier lugar.
~ 40 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

POLLY (sola). — ¡Y no volverá más!


Comienzan a sonar las campanas, y Polly dice:
Y ahora la reina en Londres entrará.
¿Qué será de nosotros? ¿Qué nos sucederá?

~ 41 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

INTERMEDIO

Las campanas continúan sonando. La señora Peachum y Jenny de


los bodegones aparecen delante del telón corrido.

SEÑORA PEACHUM. — Asunto arreglado. Si alguna de ustedes ve a


Mackie Navaja en estos días, que corra al guardia más próximo y lo
denuncie: recibirá diez chelines de premio.

JENNY. — ¿Pero cómo vamos a verlo, si la policía le pisa los talones?


Si lo persiguen, no va a perder tiempo con nosotras.

SEÑORA PEACHUM. — Créeme, Jenny, aunque lo persiguiese todo


Londres, Macheath no es tipo de cambiar sus costumbres por eso.

El sonido de las campanas se hace cada vez más intenso.

NO SE HABÍA APAGADO AÚN EL ECO DE LAS CAMPANAS DE LA


CORONACIÓN, Y YA MACHEATH SE HALLABA EN EL PROSTÍBULO
DE TURNBRIDGE. LAS PROSTITUTAS LO TRAICIONAN. ES JUEVES
POR LA NOCHE

Lupanar en Turnbridge. El trajín acostumbrado de la siesta; las


chicas, casi todas en camisa, se planchan la ropa, juegan a las
damas, se lavan: idilio burgués (7). Jacobo Ganzúa está sentado
leyendo un diario, sin que nadie le haga caso: da la impresión de que
estorbase.

JACOBO. — Hoy no viene.

UNA PROSTITUTA. — ¿De veras?

JACOBO. — Creo que ya no vendrá nunca más.

UNA PROSTITUTA. — Sería una lástima.

JACOBO. — ¿De veras? Me equivoco mucho si no está ya fuera de la


ciudad. Esta vez las cosas están que arden.

Entra Macheath, cuelga su sombrero en la pared y se sienta en el


sofá, junto a la mesa.

MACHEATH. — ¡El café!

LA ZORRA (repite con admiración).— ¡El café!


~ 42 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

JACOBO (aterrorizado). — Pero cómo, ¿no estás en Highgate?

MACHEATH.—Hoy es jueves, mi día. Semejantes bagatelas jamás


alterarán mis costumbres. (Tira al suelo la orden de captura.)
Además, llueve.

JENNY (recoge y lee). — En nombre del rey, se acusa al capitán


Macheath por el delito de...

JACOBO (quitándole el papel). — ¿Me nombran también a mí?

MACHEATH. — Por supuesto, a todo el personal.

JENNY (a otra prostituta). — Mira, ésa es la orden de captura.


(Pausa.) Mac, dame tu mano.

Mac le tiende la mano.

DOLLY. — Sí, Jenny, dile la buenaventura: tú lo sabes hacer muy


bien. (Alumbra con una lámpara a petróleo.)

MACHEATH. — ¿Alguna herencia?

JENNY. — No, ninguna herencia.

BETTY. — ¿Por qué pones esa cara, Jenny? ¡Das miedo!

MACHEATH. — ¿Acaso un viaje?

JENNY. — No, tampoco un viaje.

LA ZORRA. — ¿Qué es lo que ves?

MACHEATH.—¡Te recomiendo, di sólo lo bueno; lo malo, no!

JENNY. — Oh, veo un lugar estrecho y sórdido, y poca luz. Y


después veo una gran T, que quiere decir traición por parte de una
mujer. Después veo...

MACHEATH. — Alto, alto. Me gustaría saber algo más con respecto a


ese lugar estrecho y sórdido, y a la traición; por ejemplo, el nombre
de la mujer que me traiciona.

JENNY. — Veo solamente que empieza con J.

MACHEATH. — Entonces te equivocas. Empieza con P.

JENNY. — Mac, cuando en Westminster suenen las campanas de la


coronación, pasarás momentos muy amargos.

~ 43 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — ¡Explícate mejor! (Jacobo ríe exageradamente.) ¿Qué


te pasa? (Corre junto a Jacobo, y lee con él.) ¡Falso! ¡Fueron solamente
tres!

JACOBO (ríe).—¡Es lo que yo digo!

MACHEATH (a una prostituta). — Linda ropa la que llevas.

UNA PROSTITUTA. — Desde la cuna al ataúd, lo más importante es


siempre la ropa interior.

VIEJA PROSTITUTA. — Yo nunca uso seda. Los clientes suponen de


inmediato que una está enferma.

Jenny se acerca furtivamente a la puerta.

UNA PROSTITUTA (a Jenny). — ¿Dónde vas, Jenny?

JENNY.— Ya lo verás. (Sale.)

DOLLY. — Pero las prendas de hilo no son atractivas.

VIEJA PROSTITUTA. — Yo con el hilo obtengo muy buenos


resultados.

LA ZORRA. — Sí, los clientes en seguida se sienten como en su casa.

MACHEATH (a Betty). — ¿Siempre prefieres e] encaje negro?

BETTY. — Sí, siempre.

MACHEATH. — ¿Y qué ropa usas tú?

UNA PROSTITUTA. — ¿Yo? Ni caso le hago. A mi cuarto no puedo


llevar a nadie, pues vivo con una tía que se vuelve loca por los
hombres... Y se imaginan que en los zaguanes la ropa interior tiene
muy poca importancia.

Jacobo ríe.

MACHEATH. — ¿Terminaste?

JACOBO. — No, estoy en el capítulo de los estupros.

MACHEATH (sentado nuevamente en el sofá).— ¿Pero dónde se metió


Jenny? Mis queridas señoras, ya mucho antes que mi estrella se
elevase sobre esta ciudad ...

~ 44 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LA ZORRA. — Ya mucho antes que mi estrella se elevase sobre esta


ciudad...

MACHEATH.— ...vivía en condiciones miserables con una de


ustedes, hermosas señoras. Y aunque hoy sea el famoso Mackie
Navaja, jamás en mi esplendor podré olvidar a las compañeras de los
días oscuros, y menos que a ninguna a Jenny, quien entre todas las
muchachas fue la preferida. ¡Atención!

Mientras Mac canta, se ve a través de la ventana de la derecha como


Jenny, con un gesto, llama al policía Smith. Luego, se acerca a ella la
señora Peachum Los tres permanecen debajo de un farol, mirando
hacia el interior del prostíbulo.

BALADA DEL RUFIÁN MAC:


Hermoso fue el tiempo que pasó,
en que vivimos juntos ella y yo.
Y cada cual lo suyo utilizó:
el cuerpo ella, la cabeza yo.
¡La quise mucho, pues ella me nutrió!
Y si llegaba un cliente me iba al bodegón,
tomaba allí una copa y volvía yo,
diciéndole al buen hombre: "Mi señor,
ésta es su casa; soy su servidor".
¡Y el tiempo así alegre transcurrió,
pues todo en el prostíbulo pasó!

JENNY:
Hermoso fue el tiempo que pasó,
pues del amor los goces me enseñó.
Al no llevarle plata, me gritó:
"No te descuides: ¡Venderé tu camisón!"
(¡Qué gracia, sin él ocurre todo igual!)
Y entonces me pesqué tal desmedido enojo
que lo traté de imbécil y de andrajoso.
Y entonces él me dio paliza tal
que me mandó derecho al hospital.

LOS DOS:
¡Y el tiempo así alegre transcurrió,
pues todo en el prostíbulo pasó!

Baile. Mac toma el bastón, Jenny le alcanza el sombrero Mac sigue


bailando hasta que Smith le pone una mano sobre el hombro.

SMITH. — Bueno, es hora de irnos.

~ 45 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — ¿No hay más que una sola salida en esta maldita
cueva?

Smith intenta ponerle las esposas, pero Mac le da un golpe en el


pecho. Smith retrocede tambaleante Mac da un brinco hacia la
ventana, pero allí lo ataja la señora Pechum con otros policías.

MACHEATH (resignado, muy cortés). — Señora, mis respetos.

SEÑORA PEACHUM. — ¡Querido señor Macheath! Mi marido


siempre dice que los más grandes héroes de la historia han
tropezado en los umbrales de casas como ésta.

MACHEATH. — ¿Puedo preguntarle cómo se encuentra su señor


esposo?

SEÑORA PEACHUM.— Está mejor, gracias. Siento infinitamente que


usted deba despedirse de estas encantadoras señoritas. Agentes,
acompañen al señor a su nueva residencia. (Mac sale con los policías
y la señora Peachum; ésta se asoma por la ventana, desde el exterior.)
Hermosas señoras, si desean visitarlo, lo hallarán siempre en casa:
de ahora en adelante el señor se aloja en Oíd Bailey. Bien sabía yo
que iba a encontrarlo entre sus mujerzuelas. Yo me hago cargo de la
cuenta. Que les vaya bien, encantadoras señoras. (Se retira.)

JENNY. — ¡ En, Jacobo, ha sucedido algo!

JACOBO (que ha continuado leyendo, sin advertir nada).— ¿Dónde


está Mac?

JENNY. — ¡ Vino la policía!

JACOBO. — Por amor de Dios, y yo leyendo, y leyendo, y leyendo... ¡


Qué distraído, qué distraído! (Mutis.)

~ 46 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

VI

TRAICIONADO POR LAS PROSTITUTAS, MACHEATH ES


LIBERADO DE LA CÁRCEL GRACIAS AL AMOR DE OTRA MUJER

Prisión de Old Bailey. Una gran jaula en el centro de la escena. Entra


Brown.

BROWN. — Quiera Dios que mi gente no lo capture. Daría lo que no


tengo porque ahora galopase más allá del pantano de Highgate y
pensase en su Jackie. Pero es tan irreflexivo... como todos los
hombres de talento, por otra parte. Si ahora lo traen aquí y me mira
con sus fieles ojos de amigo, ¿cómo podré soportarlo? Gracias a Dios,
hay luna llena; si en este momento está atravesando el pantano, por
lo menos no perderá el sendero. (Ruido afuera.) ¿Qué es eso? ¡Oh,
Dios mío, aquí lo traen!

MACHEATH (maniatado con fuertes sogas y escoltado por seis


policías, entra con porte orgulloso).— ¡Salud, ilustres guardianes del
orden! Gracias a Dios, aquí estamos de nuevo en nuestro viejo
chalet. (Advierte a Brown, que huye al ángulo más retirado del lugar.)

BROWN (después de una larga pausa, vacilante ante la terrible


mirada del viejo amigo). — Oh, Mac, no he sido yo... Hice todo lo que
pude... Mac, no me mires así... no lo soporto... Tu silencio es una
tortura. (A un policía, rugiendo.) No tires de la cuerda, estúpido...
Dime algo, Mac. Dile algo a tu viejo Jackie... Concédele una palabra
en su triste... (No puede continuar: apoya la cabeza en la pared y
llora.) Ni siquiera me ha considerado digno de una palabra. (Mutis.)

MACHEATH. — Pobre Brown. Es el remordimiento en persona. Y un


tipo así pretende ser jefe de policía. Hice bien en no gritarle. Primero
me lo propuse, pero luego pensé que una mirada profunda y
despreciativa le haría correr frío por los huesos. Di en el clavo. Lo
miré, y se puso a llorar amargamente. Es un truco que aprendí en la
Biblia. (Entra Smith con las esposas.) Oiga, señor carcelero, ¿me trae
las más pesadas? Con su permiso, quisiera pedirle unas más
cómodas. (Saca su libreta de cheques.)

SMITH.—Pero, mi capitán, las hay de todo precio. Sólo depende de lo


que usted quiera invertir. De una a diez libras.

MACHEATH. — ¿Y cuánto cuesta no ponerme ninguna?

SMITH. — Cincuenta.

MACHEATH (mientras extiende un cheque). — Lo peor de todo esto es


que ahora saltará el asunto de Lucy. Si Brown se entera de lo que he

~ 47 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

hecho con su hija, a sus espaldas de amigo, entonces sí que se


convertirá en un tigre.

SMITH. — Y, ya se sabe, el que las hace las paga.

MACHEATH. — Seguro que esa pegajosa muchacha ya está


esperando afuera. ¡Lindos días me esperan hasta la ejecución!

Luz dorada. Se ilumina el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas


sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

BALADA DE LA VIDA AGRADABLE


Diga un poco, señor, ¿es esto vida?
Ningún sabor le puedo ya encontrar.
Desde pequeño tuve por divisa
"Debemos defender el bienestar".
1
Nos hablan de filósofos famosos,
los que devoran libros —no comida—
en medio de la mugre y los ratones.
¡Al diablo con tal género de vida!
La vida austera déjale al simplón,
que a mí me dejen ir viviendo en paz,
yo vivo en haragán, en comilón,
y los ideales dejo a los demás.
¡Lograr ser libre mucho ha de costar!
Debemos defender el bienestar.

2
El valeroso héroe que se arriesga
y goza en el peligro cotidiano,
diciendo de a puñados las verdades
que luego leeremos en los diarios.
Al verlo diariamente enflaquecer
y con su esposa siempre pernoctar,
sin otro anhelo que llegar a ver
un mundo nuevo que no llegará,
le preguntamos: "¿Héroe, para qué?".
Debemos defender el bienestar.

3
A mí me hubiera sido muy posible
llegar a ser un verdadero sabio,
mas viendo qué terrible es esa vida
opté por el camino más amable.
Pobreza siempre implica el gran saber,
~ 48 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

y el pobre sólo sabe de dolor.


¿Has sido héroe, sabio, pobre, tú?
¡Entonces ya sabrás lo que es sufrir!
Y la divisa debes recordar:
"Debemos defender el bienestar".

Entra Lucy.

LUCY. — ¡ Eres el último de los canallas! ¿Cómo te atreves a


mirarme en la cara, después de todo lo que ha pasado entre
nosotros?

MACHEATH. — Lucy, ¿pero no tienes corazón? ¿No ves en qué


situación se encuentra tu marido?

LUCY. — ¡ Mi marido! ¡ Eres un monstruo! ¡ Crees que no sé nada del


asunto con la señorita Peachum! ¡Te sacaré los ojos con las uñas!

MACHEATH. — Lucy, hablando seriamente, ¿no serás tan tonta


como para tener celos de Polly?

LUCY. — ¿Acaso no te casaste con ella, bruta bestia?

MACHEATH. — ¡Casarme! ¡Esto sí que es lindo! Frecuento su casa,


le hablo, de vez en cuando le doy algo así como un beso, y ahora esa
tonta cuenta por ahí que estamos casados. Querida Lucy, estoy
dispuesto a hacer lo que quieras para tranquilizarte. Y si crees que te
tranquilizarías casándote conmigo, ni una palabra más. ¿Qué más
puede decir un caballero? No puede decir nada más.

LUCY.— ¡Oh, Mac, yo sólo quiero ser una mujer decente!

MACHEATH. — Si crees que lo conseguirás casándote conmigo, ni


una palabra más.

¿Qué más puede decir un caballero? No puede decir nada más.

Entra Polly.

POLLY. — ¿Dónde está mi marido? ¡Oh, Mac, estás aquí! No


escondas la cara, no tienes por qué avergonzarte. ¡Soy tu esposa!

LUCY. — ¡ Oh, pedazo de canalla!

POLLY. — ¡Mi Mackie entre rejas! ¿Por qué no huiste a través del
pantano? Me dijiste que no irías a lo de tus mujeres. Sabía muy bien
lo que iban a hacerte; pero no te dije nada, porque tenía fe en ti.
Mac, te seré fiel hasta la muerte... ¿Ni una palabra, Mac? ¿Ni una
mirada? ¡Oh, Mac, piensa en lo que sufre tu Polly al verte así!
~ 49 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LUCY. — ¡Qué mujerzuela barata!

POLLY. — ¿Qué significa esto, Mac? ¿Quién es ésta? Dile, al menos,


quién soy yo. Por favor, dile que soy tu esposa. ¿Acaso no soy tu
esposa? Mírame, ¿acaso no soy tu esposa?

LUCY.— Canalla, falso, hipócrita, ¿de modo que tienes dos mujeres?
¡Monstruo!

POLLY. — Pero dime, Mac, ¿acaso no soy tu esposa? ¿No lo he


dejado todo por ti? Llegué inocente y pura al tálamo nupcial, tú bien
lo sabes. Además, me delegaste el mando de la banda, e hice todo
como me lo indicaste, y debo decirte de parte de Jacobo que...

MACHEATH. — Si pudiesen cerrar el pico sólo por dos minutos, todo


quedaría aclarado.

LUCY. — No, no quiero cerrar el pico, no lo soporto. Un ser de carne


y hueso no puede soportar semejante cosa.

POLLY. — Querida mía, es natural que la esposa...

LUCY.— ¡La esposa!

POLLY.— ...que la esposa tenga en este caso una cierta natural


precedencia. Por lo menos, querida mía, en lo que respecta a las
formas. Pobrecito, se volverá loco con tantos disgustos.

LUCY. — ¡ Disgustos! ¡ Esto sí que es bueno! ¿Cómo pudiste elegir a


una tipa como ésta, a esta mocosa mugrienta? ¿Esta es tu gran
conquista? ¿Esta es la famosa belleza de Soho?

Luz dorada. Se ilumina el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas


sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

DÚO DE LOS CELOS

LUCY:
Ven aquí, belleza de Soho,
muéstrame tu cara tan hermosa,
¡me han repetido ya muchas veces
que en tu barrio eres muy famosa!
¡Y gran impresión le has causado a mi marido!

POLLY:
¡Es así! ¡Es así!

~ 50 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LUCY:
¡Pues te juro que eso me da risa!

POLLY:
¿Risa, sí? ¿Risa, sí?

LUCY:
¡Pero qué ridiculez!

POLLY:
¿Cómo qué ridiculez?

LUCY:
¿Que de ti se enamoró?

POLLY:
¡Sí, de mí se enamoró!

LUCY:
Ja, ja, ja. ¿Pues no querrás que crea
que hay quien se fije en ti?

POLLY:
¡Pues tal cosa se verá!

LUCY:
¡Claro que eso se verá!
Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja...

LAS DOS:
Mackie y yo seremos siempre tortolitos,
y nadie me lo quitará ya.
Jamás dejó de amarme,
su amor no ha de pasar
por haber llegado ésta.
¡Ridículo!

MACHEATH. — Querida Lucy, tranquilízate. Esto no es ni más ni


menos que una artimaña de Polly. Lo que ella pretende es
separarnos; y una vez que me ahorcasen, iría por ahí proclamándose
mi viuda. En verdad, Polly, no es éste el momento indicado.

POLLY. — ¿Tienes el descaro de repudiarme?

MACHEATH. — ¿Y tú tienes el descaro de seguir insinuando que


estamos casados? Polly, ¿por qué quieres aumentar mis desgracias?
(Sacude la cabeza con aire de reproche). ¡Polly, Polly!

~ 51 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LUCY. — En realidad, señorita Peachum, él se está comprometiendo


por su culpa. Y, además, es monstruoso de su parte poner nervioso a
un hombre que se encuentra en esta situación.

POLLY. — Me parece que es usted, querida señorita, quien debiera


aprender las más elementales reglas de decencia, que prescriben que
un hombre debe ser tratado con más recato delante de su esposa.

MACHEATH. — En serio, Polly, tú llevas la broma demasiado lejos.

LUCY. — Y si lo que usted pretende, querida mía, es hacer un


escándalo aquí, me veré obligada a llamar a un guardia para que le
enseñe dónde está la puerta. Lo sentiría mucho, querida señorita.

POLLY.— ¡Señora! ¡Señora! ¡Señora! Y permítame que todavía le diga


una cosa: Querida señorita, esos aires que usted se da le quedan
muy mal. Mi deber me obliga a permanecer junto a mi esposo.

LUCY. — ¿Y tú qué dices? ¿Qué dices? ¡No quiere irse! ¡La echamos,
y no quiere irse! ¿Debo hablar más claro, aún?

POLLY. — Oye, pedazo de porquería, cállate la boca si no quieres que


te haga callar yo de un puñetazo, ¡señorita!

LUCY.— ¿Te vas o no, chinche pegajosa? Contigo hace falta hablar
claro. Tú no entiendes lo que es delicadeza.

POLLY.— ¡Delicadeza! Si sólo por el hecho de hablarte me estoy


rebajando. Comprometo mi dignidad... (Se echa a llorar.)

LUCY. — Pero mira un poco mi vientre, estúpida. ¿Crees que es


humo lo que tengo adentro? ¿No es suficiente para que te des
cuenta?

POLLY. — ¿Así que estás embarazada? ¡ Y todavía tienes la


desfachatez de hacerte la señora! ¿Y quién dejó que él entrara en tu
cuarto, se puede saber?

MACHEATH. — ¡ Polly!

POLLY (llorando). — Esto es demasiado, Mac. No tendría que haber


sucedido. Ya no sé más qué hacer.

Entra la señora Peachum.

SEÑORA PEACHUM. — Lo sabía. Estaba con su amante. Ven aquí


en seguida, sinvergüenza, perdida. Cuando lo manden a la horca,
cuélgate a su lado, ¿sabes? Obligar a una honrada mujer como es tu

~ 52 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

madre a venir a buscarte en la cárcel. ¡Y no le basta una, tiene dos


mujeres a su lado este Nerón!

POLLY. — Déjame, mamá; tú no sabes...

SEÑORA PEACHUM.—A casa ahora mismo.

LUCY. — ¿Lo oye? Su mamá le enseña cómo debe comportarse.

SEÑORA PEACHUM. — ¡ March!

POLLY. — Voy, mamá. Sólo debo... decirle algo, todavía... De veras...


Es muy importante, ¿sabes?

SEÑORA PEACHUM (dándole un bofetón). — ¡También esto es


importante! ¡Vamos!

POLLY — ¡ Oh, Mac! (La señora Peachum la arrastra afuera.)

MACHEATH. — Lucy, te has portado magníficamente. A mí me daba


lástima, por eso no la traté como se merecía. ¿Verdad que primero
pensaste que había algo de cierto en lo que ella decía? ¿Tengo razón?

LUCY. — Sí, lo pensé, amor mío,

MACHEATH. — Si hubiese pasado algo, su madre no me habría


arrastrado a esta situación. ¿Oíste cómo se expresó de mí? Una
madre puede tratar así a un seductor, pero jamás al propio yerno.

LUCY. — Soy tan feliz al oírte hablar con ese acento de verdad. Te
quiero tanto, que casi preferiría verte suspendido de una cuerda que
en brazos de otra mujer. ¿No es extraño?

MACHEATH. — Lucy, a ti quisiera deberte la vida.

LUCY. — Es maravilloso oírtelo decir: repítelo otra vez.

MACHEATH. — Lucy, a tí quisiera deberte la vida.

LUCY. — ¿Debo huir contigo, tesoro?

MACHEATH -— Sabes, si huimos juntos será más fácil que nos


descubran; en cambio, apenas dejen de buscarme te mandaré
llamar, ¡y sin pérdida de tiempo, puedes imaginártelo !

LUCY. — ¿Cómo puedo ayudarte?

MACHEATH.— ¡Alcánzame el sombrero y el bastón! (Lucy regresa con


el sombrero y el bastón, que entrega a Mac a través de las rejas.)

~ 53 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

Lucy, el fruto de nuestro amor, que tú llevas en el vientre, nos unirá


eternamente.

Lucy se va y aparece Smith.

SMITH (entrando en la jaula). — Venga ese bastón.

Después de una breve caza, que Smith lleva adelante con una silla y
su propio bastón de policía, y durante la cual Mac se desplaza al
estilo de las fieras acosadas por el domador, el bandido salta fuera
de la jaula y huye perseguido por otros guardias.

BROWN (fuera de escena).— ¡Mac! ¡Mac! ¡Mac!... Por favor, Mac,


respóndeme, es Jackie que te llama. Mac, por favor, respóndeme, no
lo puedo resistir más. (Entra) ¡Mackie! ¿Qué ha pasado? ¡Oh, logró
escapar! ¡Dios sea loado! (Se sienta en el banco.)

Entra Peachum.

PEACHUM (a Smith). — Me llamo Peachum. Vengo a cobrar las


cuarenta libras de premio por la captura del bandido Macheath.
(Frente a la jaula.) Hola, ¿está el señor Macheath, aquí? (Brown
calla.) ¡Ah, pero muy bien! ¿El otro caballero se ha ido de juerga?
Espero encontrar a un bandolero, ¿y a quien veo? ¡Al señor Brown!
Brown, el Tigre está en la jaula, y su amigo Macheath se ha ido.

BROWN (gimiendo). — Oh, señor Peachum, no es culpa mía.

PEACHUM.— ¡ Por supuesto que no! ¿Cómo va a ser culpa de usted?


¡ No se iba a meter usted mismo en una... situación como ésta!
¡Imposible, Brown!

BROWN. — Señor Peachum, estoy fuera de mí.

PEACHUM. — Le creo. Su situación es terrible.

BROWN. — Sí, es esta sensación de impotencia lo que me paraliza.


¡Estos sinvergüenzas hacen lo que quieren! Es tremendo, tremendo.

PEACHUM. — ¿No quiere recostarse un poco? Cierre los ojos aunque


más no sea, y haga como si nada hubiese ocurrido. Imagínese estar
en un hermoso prado, bajo un cielo azul de nubes blancas, y sobre
todo quítese de la cabeza todas estas cosas desagradables. Las que
han sucedido, y las que están por llegar.

BROWN (inquieto). — ¿Qué quiere decir?

~ 54 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PEACHUM. — Usted tiene mucha entereza. Yo, en su lugar, estaría


por el suelo, me metería en la cama y tomaría un té caliente. Y sólo
me preocuparía de que alguien me pusiese una mano tranquilizadora
sobre la frente.

BROWN. — Pero, demonios, qué culpa tengo yo si ese granuja se ha


hecho humo. La policía no puede hacer nada.

PEACHUM. — ¿Así que la policía no puede hacer nada? ¿Usted no


cree que volveremos a ver por aquí al señor Macheath? (Brown hace
un gesto de duda.) Entonces, tendrá que soportar una terrible
injusticia. Por supuesto, se dirá de nuevo que la policía no debió
dejarlo escapar. Y, además, tengo mis dudas acerca de si el brillante
desfile de la coronación se realizará como es debido.

BROWN. — ¿Qué significa eso?

PEACHUM: — Me permito recordarle un precedente histórico, que si


bien en su época — mil cuatrocientos años antes de Cristo— hizo
mucho ruido, hoy es casi totalmente desconocido. Cuando murió el
rey Ramsés II de Egipto, el jefe de policía de Nínive, hoy Cairo,
incurrió en una pequeña falta contra las capas inferiores de la
población local. Ya en aquel entonces las consecuencias fueron
terribles. Según puede leerse en los libros de historia, el cortejo de la
coronación de Semíramis, heredera del trono, se convirtió a causa de
la vivísima participación de las capas inferiores de la población, en
una cadena de catástrofes. Los historiadores se muestran
horrorizados por el terrible castigo reservado por Semíramis al jefe de
policía. Sólo tengo un vago recuerdo, pero sé que se trataba de
serpientes a las que ella alimentaba con su propio seno.

BROWN. — ¿De veras?

PEACHUM. — Que Dios lo ampare, Brown. (Sale.)

BROWN. — Ahora ya no nos queda otro recurso que el puño de


hierro. ¡Atención, sargentos! ¡Alarma!

Macheath y Jenny de los bodegones aparecen delante del telón y


cantan el

~ 55 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

FINAL DEL SEGUNDO ACTO


MAC:
Señores que pretenden reformarnos,
venciendo nuestro instinto criminal;
primero traten de alimentarnos:
¡comer primero, luego la moral!
Ustedes que no olvidan nuestro honor cuidar,
sin que por ello dejen de engordar,
escuchen esto: Por más vueltas que le den,
¡comer primero, luego la moral!
¡Posible debe ser que hasta el más pobre
del pan del mundo corte su pedazo!

VOCES DESDE ADENTRO:


¿De qué vive el hombre?

MAC:
Sí, ¿de qué vive, pues?
De lo que a diario
engaña, muerde, mata y consigue robar.
Y así podrá vivir: si bien del todo
logra olvidar que aún un hombre es.

CORO:
Señores, no se hagan ilusión,
el hombre sólo vive haciendo el mal.

JENNY:
Señores que pretenden enseñarnos
en qué momento debe darse el sí,
primero traten de alimentarnos:
¡comer primero, luego la moral!
Ustedes que decencia nos exigen hoy,
aunque mañana vengan a gozar,
escuchen esto: Por más vueltas que le den,
¡comer primero, luego la moral!
¡Posible debe ser que hasta el más pobre
del pan del mundo corte su pedazo!

VOCES DESDE ADENTRO:


¿De qué vive el hombre?

~ 56 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

JENNY:
Sí, ¿de qué vive, pues?
De lo que a diario
engaña, muerde, mata y consigue robar.
Y así podrá vivir: si bien del todo
logra olvidar que aún un hombre es.

CORO:
Señores, no se hagan ilusión,
el hombre sólo vive haciendo el mal.

~ 57 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

ACTO TERCERO

VII

ESA MISMA NOCHE, PEACHUM SE PREPARA PARA LIBRAR


COMBATE. CON UNA MANIFESTACIÓN DE LOS MISERABLES
PROYECTA PERTURBAR EL CORTEJO DE LA CORONACIÓN

La ropería de Peachum. Los mendigos pintan carteles con leyendas


como "He dado mis ojos al rey", "Víctima de la violencia militar",
etcétera.

PEACHUM. — Señores, en nuestras once sucursales —desde Drury


Lañe hasta Turnbridge— mil cuatrocientas treinta y dos personas
trabajan, como ustedes lo están haciendo aquí, en la preparación de
carteles que nos servirán para asistir a la coronación de nuestra
reina.

SEÑORA PEACHUM. — ¡ Vamos! ¡ Vamos! Si no tienen ganas de


trabajar, no pretendan ser mendigos. ¿Quieres ser ciego y no eres
capaz de hacer una "O" como la gente? Este cartel hay que escribirlo
con letra infantil, es un viejo quien lo lleva.

Redoble de tambor.

MENDIGO. — En este momento se forma la guardia de la


coronación. ¡El día más hermoso de su vida militar! Y ni siquiera se
imaginan que justamente hoy tendrán que vérselas con nosotros.

FILCH (entra y anuncia con tono oficial). — Señor Peachum, aquí llega
una docena de pollitas trasnochadas. Dicen que vienen por su
dinero.

Entran las prostitutas.

JENNY. — Señora mía...

SEÑORA PEACHUM. — ¿Supongo que quieren el dinero por lo de


Macheath, no? Pues no recibirán ni un penique, ¿entienden? ¡Ni un
penique!

JENNY. — ¿Qué quiere decir con eso?

SEÑORA PEACHUM: — ¡ Irrumpir en mi casa en mitad de la noche!


¡En una casa decente a las tres de la mañana! Hubieran hecho mejor
en irse a descansar del trajín de tan agitada profesión. ¡Tienen cara
de leche vomitada!

~ 58 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

JENNY. — ¿De modo, señora, que no recibiremos el honorario


estipulado por entregar al señor Macheath a la justicia?

SEÑORA PEACHUM. — Precisamente. ¡ Y les daré un palo en la


cabeza en vez del premio a la traición!

JENNY. — ¿Y por qué, estimada señora?

SEÑORA PEACHUM. — Porque ese distinguidísimo señor Macheath


se ha escapado de

nuevo. Por eso. Y ahora fuera de esta casa honorable, queridas


señoritas.

JENNY.—¡Esto es el colmo! Con nosotras no se juega. Se lo advierto:


¡no se juega!

SEÑORA PEACHUM. — Filch, estas damas desearían que se las


acompañase hasta la puerta.

Filch se dirige hacia las mujeres, Jenny lo aparta de un empujón.

JENNY. — Le ruego que sujete su maldita lengua, de otro modo


pudiera suceder que...

Entra Peachum.

PEACHUM. — ¿Qué ha pasado? Espero que no le habrás dado ni un


solo penique. Y bien, señoritas, ¿cómo están ustedes? ¿Está preso el
señor Macheath, o no?

JENNY. — Por qué no la termina con el señor Macheath. Usted ni


siquiera es digno de besarle los pies. Anoche mismo no pude atender
a un cliente de tanto que mojé mi almohada, con lágrimas de
arrepentimiento, por haber vendido así a ese caballero. Sí, queridas
mías, ¿y saben qué sucedió esta madrugada? Hace apenas una hora
me había dormido a fuerza de llorar, cuando oigo un silbido, ¿y
quién estaba en la calle? Justamente el hombre por el cual lloraba, y
me pide que le tire la llave. En mis brazos quiso olvidar la traición
que yo había cometido. Es el caballero más distinguido de Londres,
queridas mías. Y si nuestra colega Suky Tawdry no está ahora junto
a nosotras, es porque él, después de haberme consolado, fue a
consolarla también a ella.

PEACHUM (meditabundo).— Suky Tawdry...

JENNY. — Exacto. Y ahora dígame si no es verdad que usted ni


siquiera es digno de besarle los pies. ¡Vil delator!

~ 59 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

PEACHUM. — Filch, vete corriendo a la comisaría más próxima y


diles que el señor Macheath está con la señorita Suky Tawdry. (Filch
sale.) Pero, queridas señoras, ¿por qué peleamos? Ustedes recibirán
su dinero, qué duda cabe. Querida Celia, harías mejor yendo a
preparar café para estas señoritas, en lugar de estar ahí
insolentándote.

SEÑORA PEACHUM (saliendo).— ¡Suky Tawdry!

PEACHUM (a los mendigos). — ¡ Vamos! ¡ Vamos! Todos ustedes


hubiesen reventados en las cloacas de Turnbridge, si en mis noches
de insomnio yo no hubiese descubierto el método para hacer nacer
peniques de vuestra pobreza. Pues me he dado cuenta que los
poderosos pueden, sí, provocar la miseria; pero no pueden
contemplarla. Porque son unos débiles y unos imbéciles como
ustedes. Y aunque se llenen las tripas hasta el fin de sus días, y
aunque puedan untar el piso con manteca, para que queden
engrasadas hasta las migas que caen de sus mesas, todavía no son
capaces de soportar con indiferencia a un hombre que desfallece ¡de
hambre; pero es imprescindible, eso sí, que el hombre se desmaye
delante mismo de sus ventanas.

Entra la señora Peachum con una bandeja llena de tazas de café.

SEÑORA PEACHUM. — Mañana pueden pasar por aquí a retirar el


dinero; pero después de la coronación, ¿eh?

JENNY. — Señora Peachum, no tengo palabras...

PEACHUM. — ¡Atención! Dentro de una hora nos reuniremos frente


al palacio de Buckingham. ¡March!

Los mendigos forman fila.

FILCH (entra corriendo).—¡La policía! Ni siquiera pude llegar hasta la


comisaría. ¡Ya están aquí!

PEACHUM.— ¡A esconderse! (A la Señora Peachum.) Avisa a los


músicos, rápido. Y cuando me oigas decir "inofensivo", ¿entiendes?,
i-no-fen-si-vo...

SEÑORA PEACHUM. — ¿Inofensivo? No entiendo nada.

PEACHUM. — Ya sé que no entiendes nada. De modo que cuando


diga "inofensivo"... (Llaman a la puerta.) Gracias a Dios tenemos la
solución... "inofensivo", atacan una música cualquiera. ¡Vete!

~ 60 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

La señora Peachum sale con los mendigos. Estos, menos la


muchacha del cartel "Víctima de la violencia militar", se esconden
con todos sus útiles de trabajo detrás del ropero de la derecha. Entra
Brown y sus guardias.

BROWN. — Bueno, comportémonos ahora como gente seria, señor


protector del mendigo. ¡Esposarlo en seguida, Smith! ¡Oh, aquí
tenemos algunos encantadores carteles! (A la muchacha) "Víctima de
la violencia militar". ¿Eso es usted acaso?

PEACHUM. — Buen día, Brown, buen día, ¿ha descansado bien?

BROWN. — ¿Cómo?

PEACHUM. — Buenas, Brown.

BROWN. — ¿Me lo dice a mí? ¿Acaso los conoce a ustedes? No creo


tener el placer de conocerlo.

PEACHUM. — ¿De veras que no? Buenas, Brown.

BROWN. — Quítenle el sombrero de la cabeza.

Smith lo hace.

PEACHUM. — Vea, Brown, aprovechando la oportunidad de que


usted esté de paso por aquí —digo "de paso", Brown —, voy a pedirle
que de una vez por todas ponga a buen recaudo a un tal Macheath.

BROWN. — Este hombre está loco. No se ría, Smith. Dígame, Smith,


¿cómo es posible que ese notorio delincuente circule libremente por
Londres?

PEACHUM. — Porque es amigo suyo, Brown.

BROWN. — ¿Quién?

PEACHUM. — Mackie Navaja. Yo no, por supuesto. Yo no soy un


delincuente, soy un pobre diablo. Pero usted no puede hacerme
daño. Brown, usted está por pasar el peor momento de su existencia.
¿Quiere un café? (A las prostitutas) Muchachas, den un poco de café
al señor jefe de policía, ¿acaso no saben comportarse? Pongámonos
de acuerdo. ¡Atengámonos todos a la ley! La ley se ha hecho pura y
exclusivamente para explotar a aquellos que no la entienden, o a
quienes la miseria impide respetarla. Y quien quiera obtener su
mendrugo de esa explotación, debe atenerse estrictamente a la ley.

~ 61 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

BROWN. — ¿De modo que usted considera que nuestros jueces son
corruptibles?

PEACHUM. — ¡Al contrario, señor mío, al contrario! Nuestros jueces


son absolutamente incorruptibles: ninguna suma puede inducirlos a
hacer justicia. (Segundo redoble de tambor.) Las tropas destinadas a
guardar el orden se ponen en marcha. Los más miserables entre los
miserables se pondrán en marcha media hora más tarde.

BROWN. — Sí, señor Peachum, perfectamente. Dentro de media hora


los más miserables entre los miserables se pondrán en marcha hacia
Old Bailey, para la prisión, a cuarteles de invierno. (A los guardias.)
Adelante, muchachos, llévense a todos los que están aquí. Llévense a
todos los patriotas que encuentren aquí adentro. (A los mendigos.)
¿Habían oído hablar alguna vez de Brown, el Tigre? Esta misma
noche, Peachum, encontré la solución y, lo digo verdaderamente
satisfecho, he salvado a un amigo del peligro de muerte. Simplísimo,
no hago más que fumigar el hormiguero. Y los encierro a todos... —
¿por qué supone usted?— ...los encierro a todos por mendicidad. Si
no me equivoco, usted insinuó que nos echaría encima, a mí y a la
reina, justamente hoy, todos los mendigos de Londres. Y yo arresto a
esos mendigos. ¡Mira y aprende!

PEACHUM. — Muy bien, ¿pero qué mendigos?

BROWN. — Todos estos estropeados.

PEACHUM. — Brown, permítame que lo ponga en guardia contra su


precipitación: por fortuna, Brown, usted ha llegado hasta mí. Vea,
Brown, usted puede arrestar a estos dos o tres pobrecitos; por
supuesto que puede hacerlo; son inofensivos, i-no-fen-si-vos...

La música ataca. A manera de preludio, se escuchan los primeros


compases de la "Canción de la inutilidad de los esfuerzos humanos".

BROWN. — ¿Qué es eso?

PEACHUM. — Música. Tocan como pueden, por supuesto. La


"Canción de la inutilidad de los esfuerzos humanos". ¿No la conoce?
¡Escuche y aprenda!

Luz dorada. Se ilumina el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas


sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

~ 62 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

CANCIÓN DE LA INUTILIDAD
DE LOS ESFUERZOS HUMANOS

1
Cabeza hay que tener,
mas no te bastará;
pues hoy de tu cabeza
sólo el piojo vivirá.
Para aquí poder vivir
astucia has de tener;
pues si tú no la tienes
te vas a chasquear.

2
Planeas todo bien,
pues sabio eres tú,
y haces nuevos planes;
pero todo sale mal.
Para aquí poder vivir
malvado debes ser;
pues los que tienen honradez,
mueren sin más.
3

¡Correr! ¡Correr! ¡Correr!


La dicha escapará,
pues todos corren tras de ella
y ella queda atrás.
Para aquí poder vivir
los miramientos dejarás;
¡si cuidas el honor,
tú nunca has de llegar!

PEACHUM. — Su plan, Brown, era genial, pero irrealizable. Aquí


podrá arrestar como máximo un par de muchachos, quienes para
poner de manifiesto su alegría por la coronación de su reina
preparaban un baile de máscaras. Si llegasen los auténticos
miserables (aquí ni siquiera hay uno solo), vendrían por millares. Esa
es la cuestión: usted se olvidó de la inmensa cantidad de pobres que
hay en Londres. Si se ubican delante de la iglesia, no será
ciertamente un hermoso espectáculo. ¿Sabe usted lo que es una
eczema en flor? ¿Y si fuesen ciento veinte eczemas florecidas?
Nuestra graciosa majestad tiene debilidad por las flores, pero no por
las eczemas florecidas. ¿Y una fila de mutilados en el atrio de la
iglesia? Mejor evitarlo, Brown. Claro que usted puede decir que la
policía los disolverá fácilmente. ¿Pero qué impresión causaría si, en
medio de la coronación, seiscientos pobres estropeados fuesen
~ 63 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

tomados a golpes? ¡Oh, muy mala impresión! ¡Daría asco! ¡Sería para
descomponerse! Oh, Brown, me desmayo al sólo pensarlo. Una
sillita, por favor.

BROWN (a Smith). — Esto es una amenaza. Smith, esto es un


chantaje. Nada podemos hacer contra este hombre si pretendemos
mantener el orden público. ¡Absolutamente nada! Algo nunca visto.

PEACHUM. — Pues ahora se ve. Quiero decirle una cosa: en lo que


respecta a la reina de Inglaterra, usted puede comportarse como le
plazca; pero en cuanto le pise un pie al más miserable de los
habitantes de Londres, mi querido señor Brown, el Tigre, habrá
terminado de rugir para siempre.

BROWN. — De modo, entonces, que debo arrestar a Mackie Navaja.

¿Arrestarlo? Se dice muy pronto. Pero para arrestar a un hombre,


primero en necesario tenerlo.

PEACHUM. — En eso estoy de acuerdo con usted. Pero yo le


conseguiré el hombre; y veremos, entonces, si hay moral todavía.
Jenny, ¿dónde se encuentra el señor Macheath?

JENNY.— Oxford Street, 21; en lo de Suky Tawdry.

BROWN. — Smith, vaya en seguida a lo de Suky Tawdry, número 21


de Oxford Street. Arreste a Macheath y llévelo a Old Bailey.
Entretanto iré a ponerme el uniforme de gala. Justamente hoy tengo
que ponerme el uniforme de gala.

PEACHUM. — Brown, si a las seis no está ahorcado...

BROWN. — ¡ Oh, Mac, no hay caso! (Sale con los guardias.)

PEACHUM (mientras sale Brown le grita).— ¿Aprendió algo, Brown?


(Tercer redoble de tambor.) Tercer redoble de tambor. Se cambia el
plan de marcha. Nuevo rumbo: prisión de Old Bailey. ¡March!

Los mendigos salen Peachum canta


Al hombre y su maldad
se deben castigar,
y nunca unos golpes
en la nuca le hacen mal.
Para aquí poder vivir
el hombre ha de saber
que una paliza cada tanto...
¡cae muy bien!

~ 64 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

VIII

LUCHA POR LA PROPIEDAD (8)

Habitación de doncella en Old Bailey

SMITH. — Señorita, la señora Polly Macheath quisiera hablarle.

LUCY. — ¿La señora Macheth? Dile que entre.

Entra Polly.

POLLY. — Buen día, señora. Mis respetos, señora.

LUCY. — ¿En qué puedo servirla?

POLLY. — ¿Me reconoce?

LUCY. — Naturalmente.

POLLY. — Vengo a pedirle perdón por mi comportamiento de ayer.

LUCY. — Muy interesante.

POLLY. —. En verdad, mi comportamiento de ayer no puede


justificarse... si no se tiene en cuenta mi propia desgracia.

LUCY. — Claro, claro.

POLLY. — Estimada señora, debe perdonarme. Ayer estaba


enormemente irritada por la conducta del señor Macheath.
Realmente, él no debiera habernos llevado a una situación como
ésta, ¿verdad? Puede también decírselo, si lo ve.

LUCY. — Yo... yo... no lo veo.

POLLY. — Sí que lo ve.

LUCY. — No, no lo veo.

POLLY. — Perdóneme.

LUCY. — A usted la quiere mucho.

POLLY .— Oh, no; sólo la quiere a usted. Ahora estoy segura.

LUCY. — Muy gentil.

POLLY. — Pero un hombre, señora, siempre teme a la mujer que lo


ama demasiado. Y por eso sucede que luego descuida y evita a tal

~ 65 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

mujer. Me di cuenta en seguida que él tenía con usted ciertas


obligaciones, que yo realmente no podía prever.

LUCY. — ¿Lo dice sinceramente?

POLLY. — Por supuesto, sincerísimamente, gentil señora. Le ruego...

LUCY. — Querida señorita Polly, las dos lo hemos querido


demasiado.

POLLY. — Quizá sea eso. (Pausa.) Y ahora, señora, quiero contarle


cómo sucedió todo. Hace diez días vi por primera vez al señor
Macheath en el Hotel del Pulpo. También estaba mi madre. Cinco
días más tarde — es decir, más o menos anteayer— nos casamos.
Ayer supe que la policía lo buscaba por varios delitos. Y hoy no sé
qué sucederá. De donde surge, señora, que hace solamente doce días
ni siquiera hubiese soñado que llegaría a depender tanto de un
hombre.

Pausa.

LUCY. — La entiendo, señorita Peachum.

POLLY. — Señora Macheath.

LUCY. — Señora Macheath.

POLLY. — Además, en las últimas horas he pensado mucho en ese


hombre. No es fácil, por supuesto. Vea, señorita, por el
comportamiento que él tuvo ayer con usted, debo envidiarla
sinceramente. Cuando, obligada por mi madre, tuve que
abandonarlo, ni siquiera una sombra de pesar atravesó su rostro.
Acaso no tenga corazón, y en su lugar haya una piedra. ¿Qué opina
usted, Lucy?

LUCY. — Sí, querida señorita; pero no sé si toda la culpa debe


atribuírsele al señor Macheath. Usted tendría que haber
permanecido en su ambiente, querida señorita.

POLLY. — Señora Macheath.

LUCY. — Señora Macheath.

POLLY. — Sí, es verdad. O por lo menos hubiese tenido que escuchar


a papá, y basar todas nuestras relaciones en un acuerdo comercial.

LUCY. — Por supuesto.

POLLY (llora). — Pero si él es todo lo que tengo.

~ 66 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LUCY. — Querida mía, es una desgracia que puede sucederle hasta a


la más inteligente de las mujeres. Pero dado que usted es
oficialmente su esposa, eso debería tranquilizarla. Pobrecita, no
puedo soportar su abatimiento. ¿Quiere alguna cosita?

POLLY. — ¿Cómo?

LUCY. — ¡ Comer algo!

POLLY. — Oh, sí, gracias; comer algo.

Lucy sale.

POLLY (para sí)—¡Qué canalla!

LUCY (vuelve con café y masas). — Bueno, esto le hará bien.

POLLY. — Cuánta molestia, señora. (Pausa. Comen.) ¡Qué lindo


retrato tiene usted de él! ¿Cuándo se lo trajo?

LUCY. — ¿Cómo "trajo"?

POLLY (inocente). — Quiero decir, cuándo se lo trajo él aquí.

LUCY. — Pero si no me lo trajo.

POLLY. — Ah, se lo dio personalmente en esta habitación.

LUCY. — Jamás estuvo en esta habitación.

POLLY. — Ah, comprendo. ¿Pero qué importancia hubiese tenido?


¡Las sendas del destino son tan intrincadas!

LUCY. — ¡Déjese de tantos desatinos! ¿Ha venido aquí sólo por


curiosear?

POLLY. — Usted sabe dónde está, ¿no es cierto?

LUCY. — ¿Yo? ¿Cómo, no lo sabe usted?

POLLY. — Dígame en seguida dónde está.

LUCY. — No tengo la menor idea.

POLLY. — Entonces, ¿no sabe dónde está? ¿Palabra de honor?

LUCY. — No, no lo sé. ¿Y usted tampoco lo sabe?

POLLY. — No, eso es lo increíble. (Polly ríe. Lucy llora.) Tiene líos con
dos mujeres, y levanta vuelo.

~ 67 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

LUCY. — No lo soporto más. Ah, Polly, es terrible.

POLLY (alegremente). — Estoy tan contenta de haber encontrado, en


medio de toda esta tragedia, una amiga como tú. Algo es algo.
¿Quieres comer un poco de esta torta?

LUCY. — ¡ Esta torta! Oh, Polly, no seas tan buena conmigo. De


veras, no me lo merezco. Oh, Polly, los hombres no son dignos de las
penas que nos causan.

POLLY. — De acuerdo, los hombres no son dignos, ¿pero qué le


vamos a hacer?

LUCY (deteniendo a Polly, que intenta arreglar algunas cosas). — No,


deja, luego acomodo yo. Polly, ¿no te lo tomarás a mal?

POLLY. — ¿Qué cosa?

LUCY.— ¡Esto! (Se señala el propio vientre.) Y todo lo hice por ese
delincuente.

POLLY (riendo). — ¡ Ah, esto sí que es grandioso! ¡De modo que era
postizo! ¡Oh, qué canalla eres! Pues bien... ¿quieres a tu Mackie? Te
lo regalo. ¡ Si lo encuentras, te lo guardas! (Se oyen voces y pasos en
el corredor.) ¿Qué pasa?

LUCY (mirando por la ventana). — ¡Mackie! ¡Lo han prendido de


nuevo!

POLLY (desplomándose en tierra). — Ahora todo ha terminado.

Entra la señora Peachum.

SEÑORA PEACHUM. — Oh, Polly, por fin te encuentro. Cámbiate,


están por ajusticiar a tu marido. Te traje un vestido de luto. (Polly se
pone el vestido negro.) Lucirás muy linda como viuda. Bueno. .. ¡ pero
no pongas esa cara tan triste!

~ 68 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

IX

VIERNES POR LA MAÑANA, A LAS 5: MACKIE NAVAJA, QUE OTRA


VEZ HA IDO AL PROSTÍBULO, HA VUELTO A SER TRAICIONADO
POR LAS PROSTITUTAS. SU MUERTE AHORA YA ES SEGURA

Celda mortuoria Se oyen sonar las campanas de Westminster. Los


guardias traen a Macheath encadenado

SMITH. — Póngalo aquí. Las campanas de Westminster están


tocando por primera vez. Quédese derecho, como se debe; no quiero
saber por qué tiene ese aire fúnebre. Supongo que será de vergüenza.
(A los guardias.) Cuando las campanas toquen por tercera vez, y eso
ocurrirá a las seis, tendrá que estar ahorcado. Preparen todo.

GUARDIA. — Hace ya un cuarto de hora que todas las calles de


Newgate están atestadas de gente de toda clase, al punto de no poder
pasar.

SMITH.— ¡Qué raro! ¿Cómo lo supieron?

GUARDIA. — Si sigue así, dentro de un cuarto de hora lo sabrá todo


Londres. Y todos los que se aprestaban a formar parte del cortejo de
la coronación, vendrán aquí. Y la carroza de la reina pasará por
calles desiertas.

SMITH. — Debemos actuar a todo vapor. Si a las seis hemos


terminado, la gente tendrá tiempo de estar en el cortejo para las
siete. En marcha, pues.

MACHEATH. — Oiga, Smith, ¿qué hora es?

SMITH.— ¿No tiene ojos? Las cinco y cuatro minutos.

MACHEATH. — Las cinco y cuatro minutos.

Cuando Smith cierra la puerta exterior de la celda, llega Brown.

BROWN (a Smith, de espaldas a la celda). — ¿Está adentro?

SMITH. — ¿Quiere verlo?

BROWN. — No, no, no; por amor de Dios, arréglese usted solo.
(Mutis.)

MACHEATH (de pronto, en un rapidísimo susurro). — Bueno, Smith,


no le diré nada; ninguna tentativa de soborno, no tenga miedo. Lo sé
todo. Si usted aceptase algo, debería, por lo menos, abandonar el
país. Por supuesto, no podría hacer otra cosa. Para eso necesitaría
~ 69 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

tanto dinero como para atender a sus necesidades por vida. ¿Mil
libras, verdad? No diga nada. Dentro de veinte minutos le diré si
podrá tener esas mil libras hoy a mediodía. Nada de
sentimentalismos. Salga y piénselo seriamente. La vida es corta y el
dinero escaso. Ni siquiera estoy seguro de poder conseguirlas. Pero
deje entrar aquí a todos los que quieran verme.

SMITH (lentamente). — Tonterías, señor Macheath. (Mutis.)

MACHEATH (en voz baja, rapidísimo):


¡Escuchen cómo claman por piedad!
Macheath no está tendido en el verdor:
en una horrible fosa quedará,
adonde el cruel destino lo llevó.
¡Dios quiera que se escuche tal clamor,
pues altos muros hay en derredor!
Amigos, ¿no preguntan dónde está?
A la salud de un muerto brindarán
si pronto no lo ayudan a escapar.
¿Harán que eterno sea su sufrir? (9)

Matías y Jacobo aparecen en el corredor: quieren ver a Macheath.


Smith los interpela.

SMITH. — ¿Qué te pasa, muchacho? Pareces un arenque lavado.

MATÍAS. — Desde que el capitán se fue, tengo que embarazar a


todas nuestras mujeres para que lo puedan esgrimir como
atenuante. ¡Necesitaría ser un padrillo para cumplir bien con esa
obligación! Tengo que hablar con el capitán.

Entran los dos en lo de Macheath.

MACHEATH. — Las cinco y veinticinco. Han tardado bastante.


JACOBO. — Al fin y el cabo... (10)

MACHEATH. — Al fin y al cabo, al fin y al cabo, ¿sabes que estoy por


ser ahorcado? Pero ni tiempo me queda para enojarme con ustedes.
Las cinco y veintiocho. Pronto, ¿cuánto pueden sacar en seguida de
sus depósitos personales?

MATÍAS.— ¿De nuestros...? ¿A las cinco de la mañana?

JACOBO. — ¿Pero en serio hemos llegado a eso?

MACHEATH. — ¿Cuatrocientas libras, sería posible?

~ 70 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

JACOBO. — ¿Ah, y nosotros? Eso es todo lo que hay.

MACHEATH. — ¿Son ustedes los que van a ser ahorcados, o yo?

MATÍAS (asperamente). — ¿Y quién se quedó con Suky Tawdry, en


vez de esfumarse de una vez por todas? ¿Nosotros o tú?

MACHEATH. — Cierra tu condenado pico. Pronto me encontraré en


un lecho muy distinto al de esa pelandusca. Las cinco y media.

JACOBO. — Bueno, debemos hacerlo, Matías.

SMITH. — El señor Brown me manda preguntar qué quiere para la


úl... qué quiere de comer.

MACHEATH. — Déjenme en paz. (A Matías.) En definitiva, ¿estás de


acuerdo o no? (A Smith.) Espárragos.

MATÍAS. — No te permito que me grites.

MACHEATH. — Pero si no te grito. Sólo que... Bueno, Matías,


¿dejarás que me ahorquen?

M ATÍAS. — Por supuesto que no dejaré que te ahorquen. ¿Quién


dice eso? Pero es todo lo que tenemos. Cuatrocientas libras es todo lo
que hay. Al menos puedo decirlo, ¿no?

MACHEATH. — Las cinco y treinta y ocho...

JACOBO. — Bueno, Matías, ahora apurémonos. Si no, ya no harán


falta.

MATÍAS. —Siempre que podamos pasar: hay tanta gente. ¡Qué


chusma!

MACHEATH. — Si no están aquí dentro de cinco o seis minutos, ya


no me volverán a ver. (Grita.) No me volverán a ver...

SMITH. — Ya se han ido. Bueno, ¿cómo va la cosa? (Hace como si


contase dinero.)

MACHEATH. — Cuatrocientas. (Smith se va haciendo un gesto de


desprecio. Mac grita.) Tengo que hablar con Brown.

SMITH (vuelve con los guardias). — ¿Tienen el jabón?

GUARDIA. — Sí, pero no es del bueno.

SMITH. — Espero que en diez minutos hayan armado aquello...

~ 71 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

GUARDIA. — Sí, pero la trampa no funciona bien.

SMITH. — Es necesario que todo esté en orden. Las campanas han


tocado ya por segunda vez.

GUARDIA. — ¡ Qué asco!

MACHEATH (canta):
¡Qué mal lo está pasando hoy Macheath!
¡Ahora sí que todo se acabó!
Ustedes, cuyo único ideal
la asquerosa plata siempre fue,
eviten que en la fosa quede él.
Existe un remedio eficaz:
ver a la reina y pedir perdón.
Si todos corren a peticionar,
lo que se pide no podrá negar.
¿Harán que eterno sea su sufrir?

SMITH. — No puedo dejarla entrar. Usted tiene el número dieciséis.


No le ha llegado el turno, todavía.

POLLY. — Pero qué número dieciséis, ni número dieciséis. No haga el


burócrata. Soy su esposa y tengo que hablarle.

SMITH. — Pero nada más que cinco minutos, ¿eh?

POLLY. — Pero qué cinco minutos, ni cinco minutos. ¡ Estupideces!


¡Cinco minutos! Lo que tenemos que decirnos no se puede decir así
nomás. Tenemos que despedirnos para siempre. Y eso siempre exige
largos discursos entre marido y mujer... ¿Pero dónde está?

SMITH. — ¿Cómo, no lo ve?

POLLY. — Pero claro, naturalmente. Gracias.

MACHEATH. — ¡ Polly!

POLLY. — Sí, Mackie, soy yo.

MACHEATH. — Pero claro, naturalmente.

POLLY — ¿Cómo estás? ¿Estás muy abatido? No es para menos,


claro.

MACHEATH. — Claro, ¿y tú qué harás ahora? ¿Qué será de ti?

POLLY. — Sabes, los negocios van muy bien. Eso sería lo de menos.
Mackie, dime, ¿estás muy nervioso?... ¿Puedo saber de qué se

~ 72 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

ocupaba tu padre? Nunca me has contado nada de ti. Es


incomprensible. Pero tu salud siempre ha sido buena.

MACHEATH. — Dime, Polly, ¿puedes ayudarme a salir de aquí?

POLLY. — Claro, naturalmente.

MACHEATH. — Se necesita dinero, ¿entiendes? Le dije al carcelero...

POLLY (lentamente). — El dinero ha partido para Southampton.

MACHEATH. — ¿Y aquí no tienes nada?

POLLY. — No, no tengo nada. Pero sabes, Mackie, quizá pudiera


hablar con alguien... tal vez dirigirme a la reina en persona... (Se
desploma en tierra.) ¡Oh, Mackie!

SMITH (llevándose a Polly). — ¿Y... reunió ya sus mil libras?

POLLY. — Muchas felicidades, Mackie; que te vaya bien... ¡y no me


olvides! (Sale.)

Smith y los guardias entran con una mesa servida con espárragos.

SMITH. — ¿Son tiernos los espárragos?

GUARDIA. — Sí, señor. (Sale.)

BROWN (entra y se dirige a Smith). — Smith, ¿qué quiere él de mí?


Ha hecho bien en esperarme aquí con la mesa. Ahora, cuando
entremos, se la llevaremos allí; así se dará cuenta que somos sus
amigos. (Entran con la mesa en la celda. Smith se retira. Pausa.) Hola,
Mac. Aquí tienes los espárragos. ¿No quieres comer un poquito?

MACHEATH. — No se moleste, señor Brown: otros me rendirán los


últimos honores (11).

BROWN. — ¡ Oh, Mackie!

MACHEATH. — ¡ Las cuentas, por favor! Y entretanto permítame


alimentarme un poco: es mi última comida.

BROWN. — Buen provecho. Oh, Mac, me lastimas como un hierro


caliente.

MACHEATH. — Las cuentas, señor; por favor, las cuentas. Nada de


sentimentalismos.

BROWN (suspirando, saca del bolsillo una libreta).— Las he traído


conmigo, Mac; éstas son las cuentas del último semestre.
~ 73 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH (cortante). — Ah, de modo que sólo ha venido a buscar


su dinero.

BROWN. — Bien sabes que no es así...

MACHEATH. — Por favor, no quiero que usted se perjudique en


nada. ¿Cuánto le debo? Sólo le pido que me rinda cuentas
detalladas. La vida me ha enseñado a ser cauteloso. Nadie mejor que
usted puede comprenderlo.

BROWN. — Mac, si hablas así, ni siquiera puedo pensar.

Fuertes martillazos Juera de escena.

SMITH (desde afuera). — Sí, ahora está firme.

MACHEATH. — Las cuentas, Brown.

BROWN. — Pues bien, si insistes tanto... Primero están las


recompensas por las capturas facilitadas por ti o por tus socios. El
gobierno te pagó en total...

MACHEATH. — Por tres capturas, a cuarenta libras cada una, total


ciento veinte libras, de las cuales a usted le corresponde el
veinticinco por ciento, o sea treinta libras. Suma de la cual le somos
deudores.

BROWN. — Sí... sí... pero, Mac, en verdad no sé si justamente en los


últimos minutos...

MACHEATH. — Déjese de tonterías, ¿quiere? Treinta libras. Y por el


asunto de Dover, ocho libras.

BROWN. — ¿Cómo, solamente ocho? Pero si eran...

MACHEATH. — ¿Me cree o no me cree? Al cierre de las cuentas del


último semestre, a usted le corresponden treinta y ocho libras.

BROWN (estallando en lágrimas). — Toda la vida... fuimos ...

MACHEATH Y BROWN (a la vez). —... ¡ amigos inseparables!

MACHEATH. — Tres años en la India —John era nuestro y también


lo era Jim—, cinco años en Londres, y éste es el agradecimiento.
(Imita su aspecto después de ahorcado.) Aquí yace Macheath, reo sin
culpa: un falso amigo le tendió un ardid. Ahora pende su cuerpo de
un rígida cuerda, y siente en el pescuezo lo que el trasero pesa.

~ 74 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

BROWN. — Mac, si lo tomas así... quien atenta contra mi honor,


atenta contra mí mismo. (Enfurecido, sale corriendo de la celda.)

MACHEATH. — Tu honor...

BROWN. — Sí, mi honor. Smith, ¡ empecemos! ¡ Que entre el público!


(A Mac.) Con tu permiso.

SMITH (rápidamente, a Macheath). — Todavía ahora puedo dejarlo


huir, dentro de un minuto sería demasiado tarde. ¿Ha reunido el
dinero? MACHEATH. — Lo tendré cuando vuelva mi gente.

SMITH. — Pues no han aparecido. De modo que... ¡ terminado !

Entra el público: Peachum, Señora Peachum, Polly, Lucy, las


prostitutas, el pastor, Matías y Jacobo.

JENNY. — No querían dejarnos entrar. Pero yo les dije: "O sacan del
camino esos tachos de basura que son sus sucios cuerpos, o tendrán
que vérselas con Jenny de los bodegones".

PEACHUM. — Soy el suegro. ¿Alguno de los presentes tendría la


gentileza de indicarme quién es el señor Macheath?

MACHEATH (presentándose). — Macheath.

Peachum pasa delante de la celda y se ubica a la derecha, como


todos los que siguen.

PEACHUM. — El destino ha querido, señor Macheath, que usted


fuese mi yerno sin que yo lo conociese. Las circunstancias en que lo
veo por primera vez son muy dolorosas. Señor Macheath, en un
tiempo usted usaba guantes blancos de cabritilla, bastón con
empuñadura de marfil, tenía una cicatriz en el cuello y frecuentaba
el Hotel del Pulpo. No le ha quedado más que la cicatriz, que, entre
sus señas particulares, es sin duda lo de menor valor; no frecuenta
otros lugares que las prisiones, y probablemente dentro de poco ni
siquiera ésos.

Polly pasa llorando delante de la celda, y se ubica a la derecha.

MACHEATH. — ¡Qué hermoso vestido llevas!

Matías y Jacobo pasan delante de la celda y se ubican a la derecha.

MATÍAS. — No fue posible pasar por entre la muchedumbre.


Corrimos tanto que tuve miedo de que a Jacobo le diese un ataque.
Si no nos crees...

~ 75 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

MACHEATH. — ¿Qué dice mi gente? ¿Están bien ubicados?

MATÍAS. — Vea, capitán, hemos pensado, sabe... Vea, una


coronación no es cosa de todos los días. Los muchachos tienen que
ganar algo, cuando pueden. Mandan muchos saludos.

JACOBO. — ¡De todo corazón!

SEÑORA PEACHUM. — Señor Macheath, ¿quién lo hubiera dicho,


una semana atrás, cuando fuimos al baile en el Hotel del Pulpo?

MACHEATH. — ¡Y qué baile!

SEÑORA PEACHUM. — Pero aquí abajo el destino es demasiado


cruel.

BROWN (en el fondo, al pastor). — Y pensar que he compartido con


este hombre los peligros de la campaña de la India.

JENNY (acercándose a la celda). — En Drury Lane todas las chicas


están fuera de sí. Ni siquiera una ha ido a la coronación. Todas
quieren verte a ti. (Va a ubicarse a la derecha.)

MACHEATH. — Verme a mí.

SMITH. — Bueno, vamos. Son las seis. (Hace salir a Mac de la celda.)

MACHEATH. — No debemos hacer esperar a este magnífico público.


Señoras y señores, ante ustedes ven, en vísperas de desaparecer, al
representante de una clase que también va desapareciendo.
Nosotros, pequeños artesanos burgueses, nosotros que abrimos con
nuestras honradas ganzúas las niqueladas cajas registradoras de los
pequeños negocios, nosotros somos devorados por los grandes
empresarios, detrás de los cuales están las grandes instituciones
bancarias. ¿Qué es una llave maestra comparada con un título
accionario? ¿Qué es el asalto a un banco comparado con la
fundación de un banco? ¿Qué es el asesinato comparado con el
trabajo de oficina? Conciudadanos, me despido para siempre. Les
agradezco que viniesen. Algunos de ustedes me han sido muy
queridos. Que Jenny me haya traicionado es una cosa que me
sorprende mucho. Prueba evidente de que el mundo no cambia
nunca. El concurso de algunas desgraciadas circunstancias hacen
que yo sucumba. Pues bien, sucumbiré.

Luz dorada. Se ilumina el organito. Desde lo alto bajan tres lámparas


sostenidas por un varal, y un cartel que dice:

~ 76 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

BALADA EN LA QUE MACHEATH PIDE PERDÓN A TODOS


Hermanos que nos sobreviviréis,
tratadnos con debida compasión,
y cuando nos ahorquen no riáis,
pues nadie sabe cuál será su fin.
Y no nos insultéis por el fracaso,
y no seáis tan crueles como el juez.
Ninguno de nosotros santo es,
que cada uno piense en sus pecados.
¡Sirvamos a vosotros de lección,
y quiera Dios brindarnos su perdón!

La lluvia nuestra carne lavará,


y con la carne todo lo carnal;
los ojos, siempre llenos de avidez,
los cuervos de sus cuencas sacarán.
Es la soberbia que nos puso en lo alto,
y así colgados todos nos verán.
Bandadas de aves nos picotearán,
igual que picotean el estiércol.
¡Sirvamos a vosotros de lección,
y quiera Dios brindarnos su perdón!

A las muchachas que conquistan


varones con sus lindos senos,
a los muchachos que hacen guiños
a chicas que han de mantenerlos,
a las rameras y bribones,
sin los matones olvidar,
a los ladrones y asesinos,
a todos les pido perdón.

A los malditos policías,


que cada día y cada noche
me daban sólo pan y agua
y tanto me han fastidiado,
podría ahora maldecirlos;
mas ni siquiera eso haré,
pues no deseo más cuestiones:
a todos les pido perdón.

Las caras hay que aplastarles


a martillazos, sin piedad.
Ningún rencor de todos modos:
a todos les pido perdón.

~ 77 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

SMITH. — Le ruego, señor Macheath.

SEÑORA PEACHUM. — Polly y Lucy, asistid a vuestro marido en su


última hora.

MACHEATH. — Señoras mías, a pesar de todo lo ocurrido...

SMITH (lo saca afuera).— ¡Vamos!

MARCHA AL PATÍBULO

Todos salen por la puerta de la izquierda. Estas puertas están en el


plano de proyección. Luego, todos vuelven a entrar por el otro lado
del escenario, con teas encendidas. Cuando Macheath está ya en el
patíbulo, habla Peachum:

Estimadísimo público, el momento ha llegado


en que el señor Macheath deberá ser ahorcado:
y nadie tan barato pudo haber sacado
el pago de sus crímenes aquí.

Pero para que no nos atribuyan el pecado


de hacer oídos sordos a su mal,
el señor Macheath no será ahorcado
y hemos imaginado un distinto final.

Y aunque sólo sea en este ámbito estrecho


la piedad ocupa el lugar del derecho.
Y para que todo quede bien probado,
se aproxima a nosotros del rey ecuestre enviado.

Tercer final de dos centavos. Un cartel que dice:

APARICIÓN DEL MENSAJERO REAL A CABALLO CORO:


¡Oíd! ¿Quién va?
¡Del rey ecuestre enviado!
¡Oíd! ¿Quién va?
¡El mensajero ya viene acá!

Caballero en un corcel, aparece Brown como mensajero real.

BROWN. — La reina ha ordenado, en su coronación, dejar libre en


seguida al capitán

Macheath (júbilo general). También se le confiere, desde ahora, un


grado nobiliario (júbilo), y un castillo tendrá, y diez mil libras de renta,

~ 78 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

además, hasta el fin de sus días alcanzar. A los nuevos esposos la


reina les envía, por mi intermedio, felicidades.

MACHEATH. — ¡Salvado! ¡Salvado! ¡Yo lo presentí! Dios aprieta


mucho, pero nunca ahorca.

POLLY. — ¡Salvado! ¡Salvado! ¡Querido Mackie, te has salvado! ¡Estoy


contenta!

SEÑORA PEACHUM. — Y así se alcanza un final feliz. ¡ Qué grata y


fácil puede ser la vida si el real mensajero a tiempo siempre llega!

PEACHUM. — Por eso, quédense donde se encuentran y canten el


coral de los miserables, cuya vida difícil aquí se ha mostrado hoy. En
la realidad no siempre ocurre así, pues los mensajeros reales raro es
que lleguen, y el humillado clamará venganza. ¡Y no hay que hacer
escarnio de los pecadores!

Todos cantan, acompañados en órgano, mientras desfilan por el


proscenio:
No os encarnicéis con el pecado,
pues en su propio hielo morirá.
Pensad en las tinieblas y el invierno
de este valle de desolación.

~ 79 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

OBSERVACIONES SOBRE "LA ÓPERA DE DOS CENTAVOS"

LA LECTURA DE LOS DRAMAS

No hay ninguna razón en modificar para La ópera de dos centavos el


epígrafe utilizado por John Gay en su Beggar's Opera: "Nos haec
novimus esse nihil". En cuanto a su edición, en substancia no es
otra cosa que la copia para el apuntador de una obra exclusivamente
consignada al teatro, y se dirige más bien al técnico que al
aficionado. A propósito de lo cual puede observarse que una
transformación lo más amplia posible de los espectadores y de los
lectores en técnicos, es un objetivo que debe perseguirse
activamente, y ya ha comenzado a hacerse.

La ópera de dos centavos plantea la discusión de los conceptos


burgueses no sólo por su contenido, en cuanto los representa, sino
también por la forma en que los representa. Es una especie de
referéndum acerca de lo que el espectador desea que el teatro le
muestre de la vida. Pero como el espectador también ve, al mismo
tiempo, algunas cosas que no desea ver, ya que ve sus deseos no
solamente realizados sino también criticados (se ve a sí mismo no
como sujeto sino como objeto), se halla en condiciones para asignar
al teatro una nueva función. Puesto que el teatro mismo opone
resistencia a un cambio de sus funciones, es importante que los
espectadores puedan leer esas obras que no sólo persiguen el fin de
ser representadas, sino también el de transformar el teatro, y es
bueno que las lean por desconfianza hacia el teatro. Existe en la
actualidad una preeminencia absoluta del teatro sobre la literatura
dramática. Esta preeminencia del aparato teatral es la preeminencia
de los medios de producción. El aparato teatral se opone a su
renovación para otras finalidades, transformando de inmediato el
drama con que se enfrenta, de tal modo que de ninguna manera
constituya un cuerpo extraño respecto a dicho aparato, salvo en los
puntos en que el drama pierde su fuerza propia. La necesidad de
interpretar correctamente el nuevo arte dramático —más importante
para el teatro y menos para el arte dramático— se debilita por el
hecho de que el teatro puede representarlo todo: lo "teatraliza" todo.
Naturalmente, tal preeminencia tiene sus bases en la economía.

TÍTULOS Y CARTELES

Los carteles en que se proyectan los títulos de las escenas


constituyen un primer comienzo para la "literarización del teatro": a
esta literarización, como a todas las cosas de interés público, hay
que darle el máximo impulso.

~ 80 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

Literarización significa sustituir lo "figurado" por lo "formulado": esto


da al teatro la posibilidad de servir de punto de partida hacia otras
instituciones dedicadas a la actividad espiritual; pero queda como un
hecho unilateral hasta que el público no participe también de ella y,
a través de ella, se temple para problemas más arduos.

El uso de títulos puede ser criticado por la dramática tradicional,


diciendo que el autor teatral debe concentrar en la acción todo lo que
tiene que decir, y que la poesía debe expresarlo todo por sí misma.
Estos argumentos corresponden a la actitud del espectador de no ser
él quien piense en la cosa, sino que la cosa lo haga pensar a él. Pero
esta tendencia a subordinar todo a una idea, la manía de empujar al
espectador hacia una dinámica de sentido obligatorio, en la que no le
está permitido mirar a derecha o a izquierda, arriba o abajo, debe ser
rechazada desde el punto de vista de la nueva dramática.

También en el arte dramático es necesario introducir el uso de la


nota al pie y de la referencia comparativa. Se debe acostumbrar al
espectador a una visión de conjunto, y, en verdad, casi más
importante que pensar en la corriente es pensar por encima de la
corriente. Además, los carteles exigen y hacen posible un nuevo
estilo del actor: el estilo épico. Una vez leídos los títulos proyectados
en los carteles, el espectador asume la actitud del observador que
fuma un cigarrillo. Con esta actitud, él obtiene, forzosamente, una
interpretación mejor, más eficiente. Querer "tener a distancia" a un
hombre que fuma, y que precisamente por eso está bastante
ocupado consigo mismo, es empresa desesperada. Muy pronto se
obtendrían, de este modo, teatros llenos de técnicos, de igual manera
que están llenos de técnicos los campos deportivos, y los actores no
podrían de ninguna manera seguir proporcionando esos dos
centavos de mímica que hoy entregan chapuceramente, después de
pocos ensayos realizados sin ningún criterio. ¡Ya no saldrían a
despachar una mercadería de tan grosera factura, tan mal trabajada!
Pues el actor debería buscar otros caminos para dar relieve a esos
incidentes ya preanunciados en los títulos, y que tienen por eso
descontado desde el comienzo toda burda eficiencia sensacionalista.

Pero, desgraciadamente, subsiste el temor de que títulos y permiso


para fumar no sean suficientes para llevar al público a un más
fecundo comercio con el teatro.

LOS PERSONAJES PRINCIPALES

El personaje de Jonatán Peachum no puede ser clasificado en la


designación genérica de "usurero". Él no tiene para nada en cuenta
el dinero. A él, que duda de todo aquello que pueda despertar una
esperanza, también el dinero le parece un medio de defensa

~ 81 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

absolutamente inadecuado. Es, sin duda, un pillo, y un pillo en el


sentido del viejo teatro. Su delito consiste en la idea que se hace del
mundo. Esta idea, en su monstruosidad, es digna de ser ubicada
junto a los crímenes de cualquier otro delincuente; sin embargo, él,
al considerar la miseria como una mercadería, no hace más que
seguir "la accidentada marcha de los tiempos". He aquí un ejemplo
práctico: Cuando Peachum, en la primera escena, se hace dar dinero
por Filch, no lo guarda en la caja, se lo pone simplemente en el
bolsillo del pantalón: ni éste ni otro dinero podría salvarlo. Es indicio
de escrupulosidad, demostración de una total ausencia de
esperanza, el hecho de no tirarlo abiertamente. Peachum no puede
tirar absolutamente nada. No pensaría distinto frente a un millón de
chelines. Según su concepto, todo es insuficiente, sea su dinero (y
todo el dinero del mundo) como su cabeza (y todas las cabezas del
mundo). Esa es también la razón por la cual no trabaja; pero va de
un lado al otro de su negocio, con el sombrero en la cabeza y las
manos en los bolsillos, sólo atento a controlar que nada se pierda.
Ningún ser que esté realmente angustiado puede trabajar. No es
mezquindad de su parte atar la Biblia al atril con una cadena, por
temor a que se la roben. No toma jamás en consideración a su yerno,
sino cuando lo lleva a la horca: ningún valor personal de ninguna
especie podría determinarlo jamás a una actitud distinta frente al
hombre que le ha sustraído su hija. Los restantes delitos de Mackie
Navaja sólo tienen interés para él en cuanto le dan pretexto para
despacharlo. En lo que se refiere a su hija, ella es para él como la
Biblia: nada más que un medio. El efecto de todo esto no es tanto
repelente cuanto desconcertante, sobre todo si se piensa a qué grado
de desesperación se necesita haber llegado para retener, de todas las
cosas del mundo, sólo aquella pequeñísima porción que esté en
condiciones de salvar a un hombre de la ruina.

La actriz que interprete el papel de Polly Peachum hará bien en


estudiar lo que se expone más arriba acerca de las características del
señor Peachum: es su hija.

El bandido Macheath debe ser presentado por el actor que lo


interprete como un fenómeno burgués. La predilección de la
burguesía por los bandidos tiene su origen en el erróneo prejuicio de
que un bandido no puede ser un burgués. Este juicio desciende en
línea directa de este otro: un burgués no puede ser un bandido. ¿No
existe, entonces, ninguna diferencia? Sí, un bandido a veces no es
un vil. El concepto de "pacífico", inseparable del burgués que va al
teatro, es ratificado por la aversión del hombre de negocios Macheath
por el derramamiento de sangre, siempre que la buena marcha de los
negocios no lo haga indispensable. La limitación al mínimo, la

~ 82 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

racionalización del derramamiento de sangre, es un principio


comercial: en caso de extrema necesidad, Macheath da prueba de
excelentes condiciones de esgrimista. El bien sabe qué es lo que le
debe a su celebridad: cierto romanticismo, cuando uno se preocupa
de difundirlo, resulta beneficioso para aquella racionalización.
Macheath pone la más estrecha atención en que todas las acciones
audaces —o, por lo menos, aptas para despertar temor— de sus
satélites, se le atribuyan a sí mismo, y, como un profesor
universitario, no tolera que sus ayudantes firmen ningún trabajo.
Con las mujeres, su éxito no es tanto el del buen mozo, sino el del
hombre que tiene una buena posición. Dibujos originales ingleses
referentes a la Beggar's Opera lo presentan como un hombre de unos
cuarenta años, rechoncho pero vigoroso, con una cabeza parecida a
un rabanito, un poco calvo, pero no sin dignidad. Es un hombre
reposado, enteramente privado de humour; su solidez se manifiesta
en el hecho de que él endereza sus miras comerciales más que hacia
los salteamientos a mano armada, hacia la explotación de sus
subordinados. Con las autoridades se halla en buenas relaciones,
aunque esto le cueste bastante, y eso no solamente por motivos de
seguridad personal: su sentido práctico le hace comprender la
estrecha unión que existe entre su propia seguridad y la seguridad
de aquella sociedad. Una iniciativa contra el orden público, similar a
la que Peachum amenaza llevar a efecto contra la policía,
horrorizaría a Macheath. Sus relaciones con las señoras de
Turnbridge requieren, sin duda —desde su propio punto de vista —,
un justificación; pero para excusarlas es suficiente el carácter
especial de sus actividades. De estas relaciones puramente
comerciales él se ha valido ocasionalmente con intención recreativa,
a la que lo autorizaba, en cierta medida, su calidad de soltero; pero,
en lo que corresponde a este aspecto íntimo, él aprecia las visitas
que, metódicamente y con pedantesca puntualidad, cumple en un
lupanar de Turnbridge, sobre todo porque constituyen hábitos, y
justamente el cultivar y multiplicar los hábitos representa poco
menos que el principal ideal de su existencia burguesa.

Con todo, en ningún caso el intérprete de Macheath deberá basarse


en las visitas a una casa de tolerancia para la caracterización de su
personaje. Se trata de uno de los no raros, pero siempre
inexplicables casos de satanismo burgués.

Para satisfacer sus exigencias sexuales, Macheath prefiere,


naturalmente, las ocasiones que le permiten conseguir al mismo
tiempo ciertas ventajas de carácter doméstico; elije, para eso,
mujeres que no estén del todo desprovistas de medios. En el
matrimonio, él advierte una garantía para su actividad. Por menos

~ 83 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

que se quiera, su profesión le obliga, inevitablemente, a algunas


temporarias ausencias de la capital, y sus subalternos son muy poco
dignos de confianza. Cuando mira hacia el futuro, nunca se ve
colgado de una horca; sino pescando junto a un tranquilo estanque
de su propiedad.

Brown, el jefe de policía, es una figura muy moderna. Oculta en sí


una doble personalidad: el hombre es muy distinto al funcionario. Y
él vive no a pesar de esa incongruencia, sino gracias a ella. Como
hombre no se prestaría jamás a lo que, como funcionario, entiende
es su deber. Como hombre no podría (ni debiera) matar una mosca...
Su cariño por Macheath es, pues, absolutamente puro; los beneficios
económicos que le reporta no pueden hacerlo sospechoso: la vida, se
sabe, todo lo ensucia.

INDICACIONES PARA LOS ACTORES

Para ser puesto en contacto con la materia del drama, el espectador


no debe ser conducido por el camino de la "sensiblería"; entre él y el
actor debe, por el contrario, verificarse un intercambio: cuanto más
pueda mantenerse el actor en una línea de objetividad y de
alejamiento, mejor podrá entenderse con el espectador. Con este fin,
el actor debe relatar al espectador, en lo que se refiere al personaje a
su cargo, más de lo que está en su "parte". Sin duda, deberá
observar un comportamiento que haga más accesible el desarrollo;
pero también tendrá que poner de manifiesto las posibles relaciones
con otros hechos que escapan a la trama misma, y no deberá, por
eso mismo, limitarse a servir a esta última. Polly, por ejemplo, en
una escena de amor con Macheath, no es solamente la mujer amada
por éste, sino también la hija de Peachum, y no sólo la hija, sino
siempre, también, la empleada de su padre. En sus relaciones con el
espectador, debe poner en evidencia su crítica a los vulgares
conceptos que él se forma acerca de las esposas de los bandidos, las
hijas de los comerciantes, etcétera.

1) Los actores deberán evitar representar a estos bandidos como


una banda de malvados con pañuelos rojos al cuello, que frecuentan
los bajos fondos y con quienes ningún hombre de bien consentiría en
beber un vaso de vino. Estos son, entiéndase bien, hombres
reposados, algunos con tendencia a la gordura y todos, sin
excepción, perfectamente sociables fuera de su actividad profesional.
(Pág. 14.)

2) Los actores pueden dar a entender aquí la utilidad de las


virtudes burguesas, y la íntima relación existente entre suavidad de
ánimo y canallada. (Pág. 14.)

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La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

3) Se deberá mostrar aquí la brutal energía de la que un hombre


debe hacer uso para crear una situación en la cual sea posible
mantener un porte viril (el que corresponde a un esposo. (Pág. 15.)

4) Es preciso dar relieve a la esposa, a su carnalidad, precisamente


cuando ella se muestra definitivamente reservada. En realidad,
justamente en el momento en que la oferta termina, la demanda
debe ser empujada, todavía una vez más, hasta su culminación. La
esposa es objeto de general apetito, y el esposo "gana la carrera". Se
trata, pues, de un hecho puramente teatral. Dar relieve también al
hecho de que la esposa come muy poco. Es muy frecuente ver a las
más dulces criaturas atracarse de pollos y pescados enteros, pero
jamás a las desposadas. (Pág. 18.)

5) Al retratar cosas de este estilo, por ejemplo, de la empresa


Peachum, los actores no deben preocuparse del usual desarrollo de
la acción. En otras palabras, no deben reproducir un ambiente sino
constatar un hecho. El intérprete de uno de estos mendigos, al elegir
una pierna de madera, conveniente y rica de efecto (se prueba una
así, la descarta; se prueba otra, y vuelve a decidirse por la primera),
debe dar a entender su intención de que justamente por esta
escenita el público se proponga volver otra vez al teatro,
precisamente en el momento en que la misma se desarrolla, y nada
impide que el teatro la incluya en los carteles donde se proyectan los
títulos. (Pág. 32.)

6) Es absolutamente deseable que el espectador se forme de la


señorita Peachum un concepto de virtuosa y gentil doncella. Si en la
segunda escena ella ha demostrado el carácter completamente
desinteresado de su amor, ahora es necesario que dé prueba de ese
talento práctico sin el cual dicho amor no sería más que una
mediocre ligereza. (Pág. 40.)

7) Estas señoras gozan de la plena posesión de sus medios de


producción. Exactamente por eso no deben dar la impresión de ser
libres. A ellas la democracia no les concede esa libertad, que en
cambio reconoce a todos aquellos que pueden ser despojados de sus
medios de producción. (Pág. 44.)

8) Esta escena es un inciso para aquellas intérpretes de Polly que


posean el don de la comicidad. (Pág. 68.)

9) Al girar alrededor de la jaula, el actor que personifica a


Macheath podrá repetir todas las actitudes que asumiera hasta este
momento ante el público. El descarado paso del seductor, la

~ 85 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

depresión del hombre perseguido, el arrogante, el experimentado,


etcétera. En este breve paseo, podrá resumir una vez más todos los
aspectos del carácter de Macheath puestos en evidencia durante los
pocos días transcurridos. (Pág. 73.)

10) El actor del teatro épico no deberá, por ejemplo en este


momento, permitir que una exagerada preocupación por destacar el
miedo de morir de Macheath lo induzca a debilitar la subsiguiente
representación de la sincera amistad. (La sincera amistad es tal, en
realidad, sólo cuando es limitada. La victoria moral de los dos más
sinceros amigos de Macheath no disminuye por la cronológicamente
sucesiva derrota moral de los dos señores; puesto que en el momento
en que es necesario entregar sus medios de subsistencia para la
salvación del amigo, no se apresuran demasiado. (Pág. 73.)

11) Quizá el actor hallará el modo de poner en evidencia cuanto


sigue; Macheath tiene la sensación, perfectamente fundada, de que
su caída es consecuencia de un espantoso error judicial. En realidad,
si los bandidos cayesen víctimas de la justicia en número mayor de
lo que en realidad ocurre, la justicia perdería completamente su
carácter. (Pág. 76.)

A PROPÓSITO DE LAS CANCIONES

El actor, cuando canta, lleva a efecto un cambio de función. Nada


hay más fastidioso que un actor que simule no darse cuenta de
haber abandonado ya el terreno de la conversación corriente y de
haber comenzado a cantar. Los tres planos — conversación
corriente, discurso elevado y canto— deben siempre ser distintos uno
del otro: en ningún caso el discurso elevado puede significar una
elevación con respecto a la conversación corriente, y el canto una
elevación con respecto al discurso elevado. En ningún caso,
entonces, debe recurrirse al canto cuando la plenitud del sentimiento
haga que las palabras falten. El actor no debe solamente cantar,
debe también mostrar que canta. No debe esforzarse demasiado por
hacer resaltar el contenido sentimental de la canción (¿se puede
acaso ofrecer a los otros un alimento que ya hemos comido?), pero sí
señalar actitudes que corresponden, por así decir, a los usos y
costumbres del cuerpo. Para lograr esto, en el estudio de las
canciones deberá valerse preferentemente no de las palabras del
texto, sino de locuciones profanas de uso común que signifiquen más
o menos lo mismo, pera en el impertinente lenguaje cotidiano. En lo
que respecta a la melodía, no deberá seguirla ciegamente: existe un
modo de "hablar contra la música" que puede dar grandes
resultados, y a los que puede llegarse merced a una obstinada
sobriedad, independiente e incorruptible de la música y del ritmo. Si
después se desemboca en la melodía, será un acontecimiento: para

~ 86 ~
La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

acentuarlo, el actor podrá manifestar claramente el goce que la


melodía le produce. Es bueno para el actor que, durante su
actuación, los componentes de la orquesta sean visibles; es bueno,
también, que le esté permitido cumplir a la vista los preparativos
(como, por ejemplo, poner una silla junto a la pared, maquillarse,
etcétera) . Especialmente en las canciones es importante que "quien
señale sea señalado".

¿POR QUÉ MACHEATH ES ARRESTADO DOS VECES EN LUGAR DE


UNA SOLA?

Considerada desde el punto de vista de la escuela pseudoclásica


alemana, la primera escena de la cárcel es un inútil alargamiento;
según nosotros es, en cambio, un ejemplo de forma épica primitiva.
Es un alargamiento si, siguiendo el concepto dramático puramente
dinámico que asigna preeminencia a la idea, se hace desear al
espectador una meta siempre más precisa (en nuestro caso, la
muerte del héroe), se crea, por así decir, una siempre más fuerte
demanda por la oferta y, para hacer posible una intensa
participación sentimental del espectador — los sentimientos se
arriesgan sólo en un terreno absolutamente seguro, no admiten
posibles desilusiones —, se aplica un "va sans dire" en línea recta. La
dramática épica, de planteo materialista, escasamente interesada en
inversiones espirituales del espectador, no conoce meta alguna, sino
solamente un fin, y conoce otro "va sans dire" que puede correr no
sólo en línea recta, sino también haciendo curvas, y hasta dando
saltos. La dramática dinámica, de orientación idealista, que maneja
al individuo, al comenzar su camino (es decir, en los isabelinos) fue
más radical en todos los puntos decisivos de cuanto lo es, doscientos
años más tarde, en la escuela pseudoclásica alemana, que ha
cambiado la dinámica del hecho que tiene que ser representado, y de
ese hecho ha "clasificado" al individuo (los actuales descendientes de
los descendientes ya ni siquiera pueden individualizarse: la dinámica
de la representación se ha transformado desde entonces en un
empirismo de efectos acumulados y sabiamente ordenados, y el
individuo, concebido en plena descomposición, se construye siempre
desde el interior, pero ahora ya sólo "en fragmentos caracterizados";
mientras que la novela tardoburguesa por lo menos ha o cree haber
elaborado la psicología que le permite analizar al individuo: como si
esto no se hubiese simplemente caído en pedazos desde hace ya
tiempo). Aquella gran dramática era, sin embargo, no menos radical
en descartar la materia. En sus construcciones dejaba de lado las
desviaciones del individuo de su curso rectilíneo, que derivaban su
origen de la "vida" (en ella juegan aún las más variadas referencias
del exterior al interior, a las otras oportunidades "que no se han
hecho realidad": la cantidad de materia extraída es mucho mayor),
pero se servía de esas desviaciones como de una fuerza motriz de la
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La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

dinámica. Desde el interior mismo de la individualidad llega esa


excitación, y allí es superada. Todo el peso de esa dramática proviene
del reunir contradicciones. Ni la aspiración a un fácil esquema ideal
basta para determinar un preordenamiento de la materia. Allí dentro
vive algo del materialismo baconiano: el individuo mismo es de carne
y hueso, y se resiste al esquema. Pero dondequiera esté el
materialismo, surgen formas épicas de arte dramático, y
especialmente y con mayor frecuencia en el género cómico, que de
por sí es siempre más materialista, más "al alcance de todos". Hoy
que la existencia humana debe ser concebida como "el conjunto de
todas las relaciones sociales", la forma épica es la única que puede
explicar esos procesos que sirven al arte dramático como substancia
de una compresiva visión del mundo. También el hombre, y
justamente el hombre carnal, puede ser entendido sólo a través de
los procesos en que se encuentra y que condicionan su existencia. La
nueva forma dramática debe proponerse como método el acoger
dentro de sí el "ensayo". Debe poder utilizar cada nexo en cada
dirección; necesita, por lo tanto, la estática, y tiene en sí misma una
tensión que gobierna cada una de sus partes y las "carga"
recíprocamente. (Tal forma es, entonces, justamente lo opuesto de
una sucesión de escenas tipo revista.)

¿POR QUÉ EL MENSAJERO REAL DEBE LLEGAR A CABALLO?

La ópera de dos centavos ofrece un cuadro de la sociedad burguesa


(y no sólo de los "elementos del hampa"). Esa sociedad burguesa ha
producido, por su cuenta, un orden burgués del mundo, o sea una
bien precisa Weltanschauung, de la que no puede de ninguna
manera prescindir. La aparición del mensajero real a caballo allí
donde la burguesía ve retratado su propio mundo, es absolutamente
indispensable.

Cuando el señor Peachum explota financieramente la conciencia


sucia de la sociedad, alimenta preocupaciones del mismo orden. A
los expertos en teatro les rogamos reflexionar acerca de que nada
sería más tonto que suprimir el caballo del mensajero — como lo han
hecho casi todos los directores de vanguardia en La ópera de dos
centavos—. En la representación de un homicidio legal, por ejemplo,
el periodista que revela la inocencia del asesinado debería sin duda
hacer su entrada en la sala del tribunal conducido por un cisne,
para que pudiera considerarse cumplida la función del teatro en la
sociedad burguesa. ¿No advierten que sería una gran falta de
delicadeza inducir al público a reír de sí mismo, en caso de que se
expusiese la aparición del mensajero a caballo al riesgo de la
hilaridad? Sin la aparición de un mensajero de uno u otro modo a
caballo, la literatura burguesa se rebajaría a meras exposiciones de
situaciones de hecho. El mensajero a caballo garantiza un goce

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La ópera de dos centavos Bertolt Brecht

realmente sin mácula, aún en situaciones que no se sostienen, y es


por lo tanto conditio sine qua non para una literatura que tiene como
conditio sine qua non no dejar rastro de sí.

No es necesario decir que el final del tercer acto debe ser llevado a
efecto con la máxima seriedad y con absoluta dignidad.

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