Monseñor Tulio Botero Salazar: Arzobispo de Medellín
Carlos Ángel Arboleda Mora
Introducción
La Conferencia General de los obispos latinoamericanos en Medellín, Colombia, en
1968, es la fecha más importante para la iglesia latinoamericana del siglo XX pues se funda
una iglesia que no es copia de Europa, sino que tiene su propia identidad. Aparece una
pléyade de obispos fundantes que pueden ser llamados "Padres de la Iglesia
latinoamericana” (Hoornaert 2016; Boff 1981).
La década 1960-1970 fue para el mundo y la iglesia un tiempo de cambios, protestas
y anhelos de otro mundo. En este ambiente se da la llegada a la Arquidiócesis de Medellín
(Colombia) de Monseñor Tulio Botero Salazar (“Nos Tulio” como lo llamábamos todos y
como nos referiremos a él en este artículo) como arzobispo donde estuvo desde el 2 de
febrero de 1958 hasta el 2 de junio de 1979. La hipótesis de este trabajo es mostrar cómo
Nos Tulio hace una aplicación del Concilio Vaticano II, un aggiornamento, que le permite
navegar en esas aguas revueltas ayudado de tres actitudes fundamentales: comprensión de
los cambios, testimonio personal y tolerancia hacia las personas. No era una tarea fácil pues
él mismo sufrió interiormente, pero enfrentó los retos con actitud muy evangélica
comprendiendo que era necesario cambiar, aunque no se viera con claridad inmediata la
bondad de esos cambios.
Hay un proceso en él que requirió fortaleza espiritual para seguir adelante en medio
de la tempestad, dando pasos progresivos y, otras veces, muy prudentes. Sufrió en su
interior y padeció la cruz de la crítica de su propio clero y la dificultad para implementar
cambios en una Arquidiócesis que tenía una tradición cristiana conservadora pero también
un clero joven y un laicado cada vez más preparados y, en los términos de la época, “de
avanzada”. Por esto, unos lo califican de innovador o equilibrista y otros de tradicionalista.
“Castigos, juicios, amonestaciones, fueron pasando a segundo plano y llegó la tolerancia”,
así se expresaba un sacerdote de la época (Bronx 1983, 11). Pero Nos Tulio decía: “Es
preciso montar a la iglesia en jet, cuando andaba a buey en muchas cuestiones” (Bronx
1983, 13). Había un famoso Grupo de reflexión, constituido por sacerdotes, que criticaba
por cualquier razón y era realmente un grupo que constituía un dolor de cabeza para Nos
Tulio. Él les contestaba, pero nunca tuvo una acción agresiva contra ellos. Algunos
sacerdotes optaron por tener un trabajo secular para sostenerse, y Nos Tulio los aprobó y
toleró, aunque no estaba de acuerdo con su decisión. 1
Nos Tulio interiormente era golpeado por la tensión entre ruptura y continuidad en
la iglesia, pero tenía la conciencia de que había que hacer cambios con continuidad según el
espíritu del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín como quien está
consciente de la hora de la renovación de la iglesia auscultando los signos de los tiempos
con un enfoque plenamente evangélico. No era un cambio organizacional o corporativo,
sino una respuesta a una renovación según el evangelio. Así, hay un proceso en él desde la
iglesia preconciliar a la iglesia posconciliar, en un trabajo de recepción fiel en su
Arquidiócesis contextualizado en las experiencias del Concilio Vaticano II, el Pacto de las
catacumbas, Medellín 1968 y el Sínodo arquidiocesano. Internamente sufrió por los
cambios, pero reconocía que eran necesarios y pertinentes para el valor vital en la vida,
1
AAM. 1974. Carta del 2 de Febrero de 1974.
organización y misión de la iglesia. Es decir, fue una recepción ejecutada con decisión por
parte del arzobispo, consciente de que aceptar el concilio era dar el consentimiento interno
a un bien para el pueblo cristiano.
En el año 1968 se conmemoran los 100 años de la erección de la Diócesis de
Medellín y coincide esa celebración con la realización de la Conferencia de Medellín. Nos
Tulio, en consecuencia, promovió y llevó a cabo el programa pastoral para la segunda
centuria de la Arquidiócesis de Medellín que es todo un programa de aggiornamento
integral en el diálogo:
Según las exigencias del tiempo en que nos ha tocado vivir nos corresponde
ahora, tal como lo determina el Concilio Vaticano II, promover una
renovación de la estructura cristiana, poner al día a la Iglesia arquidiocesana,
como lo está haciendo la Iglesia universal, y hacer una transformación en
todos los campos… ¿Cuál será el instrumento indicado para tan importante
labor? La doctrina del Concilio Vaticano II necesita una aplicación local, de
acuerdo con los problemas y necesidades de nuestra Arquidiócesis. Por otra
parte, la II Conferencia Episcopal de la América Latina, reunida
recientemente en Medellín y ya definitivamente aprobada por el Romano
Pontífice, ha estudiado concienzudamente la problemática de nuestro
continente y nos ha dejado un material de valor inapreciable, que debemos
aprovechar.
El cauce indicado para esta tarea de renovación es el Sínodo
Arquidiocesano. Por eso hemos señalado su iniciación como acto principal
de la celebración del primer centenario. Nos incumbe, además, dilatar la
mirada y poner oído atento para captar los signos de los tiempos, pues, así
como cada día trae su afán, de la misma manera cada época trae sus
preocupaciones, a las cuales debe la Iglesia –enclavada en el tiempo y en el
espacio- dar una respuesta adecuada. Necesitamos conocer la situación real
de nuestra Arquidiócesis y a ello se dirige la investigación socio-religiosa,
que se ha estado llevando a cabo.
Es preciso saber lo que tenemos y, consecuentemente, lo que nos hace falta.
Descubrir las necesidades, no sólo las presentes, sino en cuanto es posible
con prudente previsión y atendiendo a los cambios que hoy se suceden unos
a otros con vertiginosa celeridad, las de un futuro próximo. Discernir los
obstáculos que interfieren la evangelización. Estudiar los interrogantes que
el hombre actual se hace acerca de su origen, de su destino terreno y del que
tendrá después de su muerte; del sentido del dolor y de la finalidad de los
bienes materiales; interpretar las tensiones humanas, nacidas de la aspiración
a una mayor justicia política y social; dar una respuesta a quienes preguntan
si Dios todavía es un valor para la salvación personal y la de la sociedad; y
cómo puede compaginarse una fe sobrenatural con los adelantos científicos
y técnicos. (Botero Salazar 1968, 288-290)
De esta manera, Nos Tulio nos presenta un lenguaje y un plan evangélicos que
movilizarían y transformarían a su comunidad más allá de lo que el mismo visualizaba y
que marcarían los años venideros.
Opción por los Pobres y Testimonio de la Pobreza
El CVII no elaboró un documento sobre el don o sobre la pobreza de la Iglesia, no
fue su preocupación central (Descalzo 1964, 326ss; Betazzi 2015, 37). Sin embargo, existió
un grupo llamado de la “Iglesia de los pobres” que se reunía en Roma y que el 16 de
noviembre de 1965 celebró una eucaristía en las catacumbas de Santa Domitila. Eran unos
40 obispos y algunos sacerdotes y religiosos que suscribieron el Pacto de las Catacumbas;
por Colombia firmaron Tulio Botero Salazar, Antonio Medina, Aníbal Muñoz Duque, Raúl
Zambrano y Angelo Cuniberti que allí se comprometieron a vivir como pobres y para los
pobres (Fesquet 1966, 1110-1113). Lo que los obispos latinoamericanos no lograron hacer
en el concilio, lo comienzan a realizar desde la firma de este pacto y se consolidará en el
Documento de Medellín. Históricamente es importante pues se considera como el
espaldarazo a la teología de la liberación latinoamericana en una versión no violenta, al
inicio de una verdadera iglesia propia, latina, con identidad, y a mostrar un rostro de la
iglesia pobre para los pobres. En Medellín, los obispos tienen la oportunidad y libertad de
hablar de lo propio latinoamericano: pobreza, desigualdad, injusticia, regímenes militares,
pluriculturalidad, haciendo una recepción contextualizada de los documentos conciliares
para un continente donde lo esencial no era el sentido de la existencia, sino que la pregunta
de Medellín es acerca de la vida del hombre pobre latinoamericano.
Para Nos Tulio el testimonio de pobreza no fue resultado de las reflexiones en el CV
II, ni de “El pacto de las catacumbas”, sino que ya desde el año 1962 se había despojado del
Palacio Arzobispal, de parte de sus bienes y de su anillo episcopal de oro y se fue a vivir a
un barrio periférico, en una sencilla casa del sector de Los Caunces. Su vida era sencilla y,
a pesar de pertenecer a una familia pudiente de la ciudad de Manizales, no se apegó a sus
bienes, sino que siempre vivió con austeridad. Con su propio peculio pagaba matrículas de
los seminaristas, ayudaba a personas pobres, repartió mucho de su patrimonio, hasta que al
momento de morir sólo tenía unas pocas pertenencias.
Monseñor Tulio debió afrontar los problemas más graves cuando se presentaban los
casos de sacerdotes que querían una opción por los pobres acompañada de actos de
violencia y de intervención en política. En una ciudad con un millón de habitantes
aproximadamente había más de 2.000 tugurios construidos por los desplazados de la
famosa “Época de la violencia” que afectó a Colombia desde 1948. Monseñor creó
parroquias en esos sectores y allí hubo sacerdotes de gran calidad como Federico
Carrasquilla, Gabriel Díaz, Hernando Barrientos, Iván Moreno, Gonzalo Rivera, que
convivieron con los más pobres compartiendo evangélicamente con ellos. Hubo otros
sacerdotes que pedían una labor más agresiva impulsando actos contra las autoridades y
esto fue un dolor de cabeza para Nos Tulio como cuando se formó el grupo de Golconda en
diciembre de 1968 y se radicalizaron las posiciones al hacerse una lectura revolucionaria
del Documento de Medellín, lo que motivó el rechazo nacional y eclesial a ese grupo. Es de
notar la tolerancia de monseñor con todos los sacerdotes de orientación más radical pues
siempre habló con ellos, los cambió de campo pastoral y a los que tuvo que suspender sus
licencias sacerdotales, después los reincorporó a la Arquidiócesis. No procedió
directamente con respuestas coercitivas, sino que siempre procedió con paciencia pastoral.
Fue una época convulsionada en la que se llegó a hablar de la formación de dos
iglesias en Colombia: la iglesia popular y la iglesia institucional, la iglesia de los pobres y
la de los ricos. Monseñor sufría cuando se decía esto y contestaba que sólo había la iglesia
de Jesucristo que no era violenta ni revolucionaria. Se encontraba en una encrucijada pues
había formadores, sacerdotes y laicos que pedían una acción social más decidida y aún
revolucionaria. Por otro lado, había otro sector social y clerical que pedía seguir con lo
tradicional. Su opción fue atender integralmente el reto que presentaba la ciudad y los
nuevos tiempos. Así el plan pastoral para la segunda centuria de la arquidiócesis implicaba
la renovación de la vida cristiana y la atención a los problemas sociales mediante la pastoral
social dinámica, la pastoral de conjunto, la formación intelectual y moral de todos, la
reforma de las estructuras arquidiocesanas, la multiplicación de las parroquias y el uso de
los medios modernos que la ciencia y la técnica aportaban. Era un plan ambicioso, pero él
contaba con un clero preparado y vocacionado, unos laicos competentes, unos recursos
suficientes y bien ejecutados y un pueblo con una confianza grande en sus pastores.
Lógicamente no había unanimidad en todos, pero monseñor logró poner en marcha su
proyecto sabiendo manejar el barco en aguas tormentosas ayudado de una espiritualidad
que le hacía mirar con esperanza el futuro.
La Pastoral Social
Nos Tulio al llegar a Medellín, inició labores en la pastoral social pero no
simplemente como acción caritativa sino como plan organizado a partir de estudios socio-
religiosos con un objetivo de fondo. Para ello invitó a Medellín al canónigo Boulard y al
padre Motte para implantar la pastoral de conjunto con la ayuda de los métodos de la
sociografía religiosa organizando la diócesis en zonas pastorales y vicarías, con un modelo
de organización sinodal que hacía equipos de revisión de vida en los distintos niveles y
donde se afrontaban todos los problemas de sacerdotes, religiosos y seglares con el método
Ver-Juzgar y Actuar. También llegó el padre Houtart, estudioso de la realidad
latinoamericana; el padre Lombardi del proyecto “Por un mundo mejor”; y el padre Lebret
del centro Economía y humanismo con el fin de estudiar las realidades sociales y proponer
soluciones a las condiciones de miseria. Lebret, es importante resaltar, en 1958 elaboró el
informe “Estudio sobre las condiciones del desarrollo en Colombia” que sirvió para que el
gobierno y la iglesia cayeran en cuenta de la necesidad de una acción social eficaz.
Nos Tulio convocó profesores y conferencistas extranjeros para motivar y formar a
laicos y sacerdotes: al moralista Antonio Hortelano y al padre Eugenio Lákatos para
conferencias al clero y que luego contribuyeron a la creación de centros de estudio como el
Instituto de Estudios bíblicos en la Universidad de Antioquia. Estuvieron ofreciendo
conferencias y formación el Hermano Arturo Paoli, Gustavo Gutiérrez y Enrique Dussel.
Algo inaudito para la época que se invirtiera tanto esfuerzo en el conocimiento de la
realidad con métodos científicos y en formación del laicado, el clero y de los seminaristas
sin temores o suspicacias. El movimiento intelectual era serio y profundo, sin cortapisas o
miedos. Para la renovación mística hizo contactos con Thomas Merton, al no lograrse,
animó la llegada de benedictinos y camaldulenses.
Este ambiente de apertura intelectual y de preocupación por la aplicación del
Concilio preparó el camino para la renovación pastoral en la Arquidiócesis. Así, en el año
1962, a partir del Concilio Vaticano II, Nos Tulio transforma la antigua Organización
Católica Social Arquidiocesana (OCSA) en el Secretariado de la Pastoral Social Medellín.
En el año 1969, se unifican las acciones formativas del Secretariado de la Pastoral Social
Medellín y las acciones asistencialistas de la Pastoral Caritativa, consolidando la Vicaría
Episcopal de la Pastoral Social, que en adelante se encargaría del trabajo con obreros,
marginados y campesinos, así como de las obras sociales y de asistencia. Digno de resaltar,
es el trabajo del P. Hernando Barrientos Cadavid para dirigir la pastoral social con sentido
ejecutivo y con orientación hacia los más pobres. Se tenían panaderías, servicios médicos,
farmacia, cooperativa de crédito, distribución de máquinas de coser a familias pobres,
almacén con productos a precios favorables y reparto de alimentos para atender a personas
necesitadas, cursos de artesanías y publicaciones sobre doctrina social. Nos Tulio les dijo a
los párrocos que el que no apoyara esto era mejor que renunciara.
En 1962 fue creado el Instituto Social de Líderes Apóstoles (ISLA) con la fortuna
personal de Nos Tulio. En el mismo año fue creado el Bachillerato Femenino, se abrieron
casas para las “mujeres caídas”, el Hogar de paso de la Asociación católica internacional”,
los Equipos de Apostolado social y los Equipos universitarios como estrategia novedosa y
llamativa de pastoral universitaria con el método de ver, juzgar, actuar.
Curia Arquidiocesana
Desde su arribo, Nos Tulio pensó en la reforma de la Curia Arquidiocesana tanto en
el campo administrativo como en el pastoral. La inclusión de organismos pastorales en ella
era una novedad para la época pues sólo aparecen normados en el código de derecho
canónico de 1983 y para ayudar a manejar eficientemente los dineros de la arquidiócesis
creó el ICAP (Instituto Corporativo de Acción Pastoral). En esta línea pastoral se creó el
SEPAM (Servicio Pastoral Arquidiocesano de Medellín) con la finalidad de formar los
miembros de las CEB´s (Comunidades Eclesiales de Base) y a los laicos y sacerdotes de la
provincia a través de las Semanas de pastoral arquidiocesana. Dentro de estas actividades se
fomentaron las comunidades de base coordinadas por el padre José Manuel Segura, la
formación litúrgica con los padres Hilario Raguer y Alvaro Quevedo, la formación social y
la pastoral obrera con el padre Guillermo Vega. Consciente de la necesidad de las
comunicaciones en los tiempos modernos estableció el IMECSO (Instituto para las
Comunicaciones Sociales) y las revistas Diálogo y el Informador Arquidiocesano.
La Gran Misión
El papa Juan XXIII había recomendado a los obispos la realización de misiones
masivas para revitalizar la fe de los creyentes. Nos Tulio consciente de la necesidad de
cambio interior y de revitalización de la vida cristiana, impulsó la llamada Gran Misión en
1961. Era una revitalización masiva y de gran calidad pastoral e intelectual para responder
a las exigencias de los grupos intelectuales y universitarios de la ciudad que pedían una
exposición del mensaje cristiano más acorde con los tiempos, y para llegar a los grupos y
clases alejados de la fe.
Llamó al padre Enrique Huelin para dirigirla. El primer paso, como lo indicaba el
uso de las ciencias sociales en la pastoral, era conocer la realidad de la Arquidiócesis y para
ello trajo a las misioneras cruzadas de la iglesia con la tarea de realizar el Censo
Arquidiocesano que mostró las necesidades del momento (Piedrahita 1969, 216 y ss). Esto
llevó a Nos Tulio a motivar a los sacerdotes a que salieran de la sacristía y del templo y
fueran a los lugares donde la gente necesitaba de su predicación y su ayuda. Para lograr que
el sacerdote estuviera más cerca de la gente decidió crear nuevas parroquias con gran
disgusto de los párrocos que veían mermados sus diezmos, perder poder social y que ya no
tendrían coadjutores que, entonces, eran tratados como peones. A los párrocos que se
rebelaron, les dijo que ser párroco no era tener una escritura pública sobre un vasto
territorio (Piedrahíta 1969, 214). Así creó 57 parroquias en 16 meses.
El 11 de junio de 1961, 250 sacerdotes extranjeros, especialmente españoles,
inspirados en la propuesta del Padre Ricardo Lombardi de construir un mundo mejor y de
recristianizar la sociedad, comenzaron la Gran Misión, tal vez la más organizada, planeada,
bien financiada, exigente y seria que se ha realizado en la historia de la Arquidiócesis y con
resultados tangibles. Se hacían actos colectivos como procesiones, celebraciones
eucarísticas y sacramentales, conferencias y diálogos. Esta misión duró un mes y, en su
momento, algunos la criticaron llamándola “catolicismo de pandereta”. De todos modos,
fue la oportunidad de crear más parroquias en barrios marginados, abrirse a nuevas ideas y
métodos pastorales, propiciar la concientización sobre la realidad de la pobreza manifestada
por la presencia de tugurios en la ciudad y de situaciones humanas miserables, cambiar la
mentalidad de los párrocos tradicionales y abrir el camino a obras sociales de la iglesia. Sin
embargo, los grandes resultados de la Gran Misión fueron la adopción de la pastoral de
conjunto, la colaboración entre las parroquias para el desarrollo de los planes pastorales, la
fundación de obras de pastoral social, el arribo de nuevos movimientos pastorales y de
comunidades religiosas, el interés por la preparación intelectual, la motivación para invertir
fondos económicos en la acción pastoral y perder el miedo a métodos novedosos en la
evangelización. La Gran Misión nos sacó de la premodernidad y nos llevó a la Modernidad
pastoral o al aggiornamento.
Aggiornamiento Intelectual
Nos Tulio era consciente de que la formación intelectual actualizada del clero era
clave para una evangelización que comprendiera el ambiente cultural de la época. Una de
sus preocupaciones fue enviar sacerdotes a estudiar a Europa, especialmente a Bélgica,
Francia, Italia, Alemania, España. El Seminario de Medellín se fue perfilando desde inicios
del siglo XX como un centro de excelencia académica al cual ingresaban alumnos, incluso
sin mucha vocación, por la calidad de sus estudios. Sin embargo, en la época de la II guerra
mundial, se presentaron dificultades para el estudio en Europa. Nos Tulio toma la decisión
de volver a enviar seminaristas y sacerdotes a realizar especializaciones en teología,
pastoral, liturgia, biblia, sociología y filosofía, aprovechando los fondos de la Fundación
Pedro Estrada.
Pensaba Monseñor Tulio en reformar el Seminario Mayor y así nombró al P.
Eugenio Restrepo Uribe como rector con tres funciones claras: construir un edificio
moderno para el seminario, mejorar el clima de convivencia dentro del mismo y actualizar
las normas y estructuras a los tiempos modernos. En 1967 se enviaron los alumnos del
seminario a la Universidad Pontificia Bolivariana a la Facultad de Filosofía y Letras, y en el
Seminario Mayor se constituyó el Centro de Estudios Teológicos unido al centro del mismo
nombre en la UPB con el padre Fabio Moreno Narváez como director. 2 Este centro
aprovechó como profesores a los sacerdotes que iban llegando de Europa exonerándoles de
otros trabajos ministeriales para que se dedicaran sólo a investigación, docencia y
orientación científica de los estudiantes. Fue una época en que la iglesia de Medellín
iluminaba académicamente la ciudad.
Fue también tiempo de tempestades en el seminario por el choque entre las
mentalidades preconciliares y las nuevas ideas que llegaban de otras latitudes. Pero Nos
Tulio impidió que se cerrara el seminario como pedían algunos. Los choques se daban entre
los “pastoralistas” (que pedían una formación para la pastoral y un regreso a la disciplina
tradicional) y los “intelectualistas” (que favorecían las labores de investigación con una
disciplina de libertad y responsabilidad). Afortunadamente los rectores de la época eran
personas cultas y calificadas intelectualmente que supieron sortear la situación.
La Conferencia de Medellín
Nos Tulio acogió en el Seminario de Medellín del 26 de agosto al 6 de septiembre
de 1968 a las 249 personas participantes de la II Conferencia general del episcopado
latinoamericano. Para él, el concilio fue un tiempo oportuno, un signo de los tiempos, un
Kairós, que había que asumir aterrizándolo en América Latina y por eso, asumió la
2
AAM. Carta de Botero Salazar del 26 de Abril de 1967
Conferencia de Medellín como la forma de hacerlo en un ambiente donde ya no estaban
presionados por la Iglesia centro-europea que les colocó algunas limitaciones durante el
Concilio (Broucker 1977, 152). Después se dará cuenta de que también hay que aterrizarlo
en su diócesis y por eso convocó el Sínodo Arquidiocesano de Medellín.
La II Conferencia tenía algunas ventajas antes de iniciar.3 Por una parte, era la única
conferencia que ya tenía su organización de carácter colegial (el CELAM) desde antes del
Concilio. En segundo lugar, antes de la conferencia en Medellín, se había preparado el
camino con varias reuniones especializadas: Baños (Ecuador 1966), reunión episcopal
sobre educación, laicos y acción social; Mar del Plata (Argentina 1966) reunión del Celam
sobre desarrollo e integración latinoamericana; Buga (Colombia, 1967) encuentro sobre
universidades católicas; Lima (Perú, 1967), encuentro sobre vocaciones; Melgar
(Colombia, 1968), encuentro sobre pastoral misionera; Itapuã (Brasil, 1968), encuentro
sobre pastoral social; San Miguel (Argentina, 1968), encuentro sobre diaconado
permanente; Medellín (Colombia, 1968), congreso sobre catequesis.
Estos encuentros favorecieron tener una línea común y criterios semejantes con
miras a la II Conferencia que fue fundamental para abrir las puertas a una nueva manera de
ser iglesia, de entender la pastoral, de testimoniar la vida evangélica y de tener una relación
abierta con el mundo. Se trataba de superar la visión tridentina y moderna de una iglesia
encerrada, clerical, ritualista y doctrinal. Los teólogos allí presentes estaban en la línea del
aggiornamento y de la pastoral de la liberación (Cecilio de Lora, Gustavo Gutiérrez, José
Marins) (Ramírez 2012, 162-173). Para la iglesia latinoamericana tuvo consecuencias
enormes como son el reconocimiento de la identidad de la iglesia latinoamericana que
3
Para una visión muy interesante de la II Conferencia puede verse Beozzo, José Oscar. Medellín: inspiração e
raízes. Revista Eclesiástica Brasileira, v. 58, n.232, 1998, Petrópolis. p. 823-850.
incluye el profetismo, la religiosidad popular, la vida comunitaria, la acción social
liberadora, la preocupación por los pobres; y se adopta un camino pastoral: estilo de vida
pobre, pastoral de conjunto, diálogo con el mundo, eclesiología de comunión, comunidades
de base, opción por los pobres, evangelización liberadora.
Nos Tulio puso las fuerzas de la Arquidiócesis a trabajar para que todo saliera bien:
sacerdotes, laicos, religiosos, organizaron toda la logística del encuentro que implicaba no
sólo la vida interna de la misma, sino las salidas a conferencias y a visitar las parroquias.
Esta era una motivación para ver a los obispos participantes que ya eran conocidos por los
medios de comunicación. Fue la oportunidad de que la conferencia se convirtiera en
acontecimiento para toda la gente. No hay que olvidar el gesto ecuménico de una
intercomunión eucarística que se realizó con los representantes cristianos no católicos. Fue
para los participantes una experiencia única ver en la eucaristía final el 6 de septiembre de
1968 presidida por Nos Tulio, acercarse al altar al obispo David Reed, obispo anglicano y
al Hno. Roger Schutz, de la comunidad ecuménica de Taizé y otros invitados.
Sínodo de Medellín
El Sínodo fue uno de los objetivos centrales del trabajo de Nos Tulio y lo que él
consideraba como su testamento espiritual, ya que era la forma de hacer la recepción del
Concilio y del II CELAM en el contexto de la Arquidiócesis. Al inicio de 1968 comienzan
los preparativos como Sínodo Arquidiocesano Provincial. Siete años duraron los estudios
con muchas dificultades. 4 En 1969 se redujeron las 30 comisiones a sólo 16 que estudiarían
4
Prácticamente el único estudio histórico sobre el Sínodo es el de Piedrahíta, Javier.El sínodo diocesano de
1976, Arquidiócesis de Medellín. 1993 (s.d). Hay dos ediciones del Sínodo pastoral de la Arquidiócesis de
Medellín: la de 1976 y la de 2002.
los mismos 16 documentos de Medellín, y desde ahí se decidió no hacerlo provincial sino
arquidiocesano. El 15 de febrero de 1973 inicia la etapa definitiva con estudios e
investigaciones, pero el clero ya estaba escéptico frente al proceso. A pesar de esto, el
arzobispo ayudado del Padre Absalón Martínez decide realizarlo con los estudios y
reflexiones que había hasta el momento y por decreto del 30 de marzo de 1975 convoca a
los que debían participar en él. El Padre Alberto Ramírez elabora toda la parte teológica del
Sínodo. Del 9 al 13 de noviembre de 1976 se llevaron a cabo las asambleas sinodales. El 8
de diciembre dentro de una concelebración se promulgaron las conclusiones y se colocó el
2 de febrero de 1977 como fecha de inicio de ellas como ley de la arquidiócesis. El
documento final habla de los compromisos sinodales generales: trabajar con planeación
pastoral y establecer la pastoral de conjunto; reestructurar pastoralmente la arquidiócesis
(vicarías episcopales de pastoral y 6 zonas pastorales), metodologías para la acción pastoral
(unir pastoral de masas y pastoral de base, lucha por la liberación integral del hombre,
conversión radical de todos, atención especial a la catequesis) (Ramírez 1976, 43-72).
Conclusión
Nos Tulio fue para la iglesia de Medellín y de América Latina un testimonio de
Jesús con su acción y su vida. “Fue un hombre bueno en el pleno sentido de la palabra”
dice el padre Federico Carrasquilla. 5 Muy humano y a la vez muy divino. Un hombre,
testigo íntegro con sus falencias, pero también, y, sobre todo, con sus sufrimientos
interiores por tratar de ser fiel al presente sin afectar a la iglesia. Logró objetivos que aún
perduran en su arquidiócesis: sectorización por vicarías pastorales, planes de pastoral de
5
Entrevista al padre Federico Carrasquilla. Medellín. 16 Noviembre de 2017.
conjunto, organización administrativa, instituciones de ayuda a los pobres y de formación
intelectual, organismos para promoción social y caritativa. Su empeño fue traducir en su
estilo de vida y en su pastoreo lo que pedía la iglesia desde el Concilio Vaticano II hasta el
III Sínodo arquidiocesano. Un hombre de pobreza evangélica y lo mostraba con su pobreza
real. Siendo de familia acaudalada todo lo dio a los pobres, los seminaristas, su familia y a
la arquidiócesis. Al dejar la arquidiócesis dijo: “Espero seguir en el barrio de los Caunces,
en la casa de Barrios de Jesús, entre los pobres de bienes materiales pero ricos en fe y en
amor de Dios” (Piedrahíta 1981, 36). 6
Nos Tulio se erige como un “Padre de la Iglesia de Medellín” al cual se ha de
recurrir en momentos de tormenta y volver a leer sus escritos y a mirar sus obras para
afrontar los tiempos que se viven de secularización, indiferencia y mundanización. Él nos
reclama testimonio de pobreza y de decisión aún en los momentos más difíciles pues se ha
de cuidar la presencia de Dios en el hombre, en la sociedad y en la naturaleza. Audacia,
pobreza, visión de futuro y firmeza evangélica resumen su vida.
En síntesis, se puede decir que Monseñor Tulio se distinguió por:
- Una existencia evangélica plena que demostró en su vida pobre, sencilla y sin
alardes. Teniendo bienes de fortuna heredados de su familia ejerció una caridad
silenciosa pagando matrículas de seminaristas, ayudando a familias y repartiendo
sus bienes con personas necesitadas. Una clara opción por los pobres llevada a cabo
por medio de planes de pastoral social pensados y ejecutados celosamente, sin
aspavientos revolucionarios.
6
Entrevista al padre Sergio Duque. 27 Nov.2017.
- Un compromiso pastoral de llevar a cabo las orientaciones del Concilio Vaticano II
y de la Conferencia de Medellín con toda decisión, aunque esto le ocasionó
desgarramientos interiores y críticas de los más reaccionarios. “Fue creativo y
dinámico para responder, atento siempre al Evangelio, a los signos de los tiempos y
a las llamadas más urgentes de la Iglesia, procurando abrir nuevos caminos y
aplicando medios adaptados a las circunstancias de tiempo y lugar” (Naranjo 2004,
438). Con el Sínodo Arquidiocesano dejó un espíritu, una tarea, un atisbo de cambio
no oscurecido por nubarrones posteriores en la Arquidiócesis de Medellín.
- Una gran claridad para comprender que la formación intelectual amplia y abierta era
necesaria para laicos y sacerdotes en un mundo en cambio.
- Un gran sentido de humanidad para ser misericordioso con los que se equivocaban,
tolerante con los más aguerridos, comprensivo con los más arriesgados e
innovadores, firme cuando había que tomar decisiones. “Prefiero darle cuentas a
Dios de ser tolerante que de ser inflexible y duro con mi clero” (Bronx 1983, 44).
Referencias
Archivos
AAM. (Archivo Arquidiócesis de Medellín). Años 1962-1974.
ACHE. (Academia colombiana de historia eclesiástica). Biblioteca UPB. Medellín.
Bibliografía
Beozzo, José Oscar.
1998 “Medellín: inspiração e raízes.” Revista Eclesiástica Brasileira, 58 (232): 823-850.
Betazzi, Luigi.
2015 “Iglesia de los pobres.” En El Pacto de las Catacumbas. La misión de los pobres en
la Iglesia, editado por Xabier Pikaza y José Antunes da Silva Estella-Navarra:
EVD.
Boff, Clodovis.
1981 La originalidad histórica de Medellín. Revista Electrónica Latinoamericana de
Teología (RELAT). 203. http://servicioskoinonia.org/relat/203.htm
Botero Salazar, Tulio.
1968 “El centenario de la Diócesis de Medellín.” Revista Universidad Pontificia
Bolivariana. 30 (106): 279-292.
Botero Salazar, Tulio.
1974 Documentos pastorales: homenaje de la Arquidiócesis con motivo de las bodas de
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Entrevista al padre Sergio Duque. Medellín, 27 noviembre de 2017.
Entrevista al padre Ignacio Alvarez. Medellín, junio 19 de 2017.
Entrevista al padre Alberto Ramírez. Febrero 22 de 2014.