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Kant y la Ilustración: Razonamiento y Progreso

Kant se identificó plenamente con los ideales de la Ilustración europea como la razón crítica y el progreso. Definió la Ilustración como la salida del hombre de su culpable minoría de edad a través del uso autónomo de la razón. Esta razón debe ser analítica y crítica para evitar el dogmatismo, estableciendo sus propios límites. Kant creía en una ilustración religiosa y un monarca ilustrado que permitiera la libertad religiosa y legislativa.

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Kant y la Ilustración: Razonamiento y Progreso

Kant se identificó plenamente con los ideales de la Ilustración europea como la razón crítica y el progreso. Definió la Ilustración como la salida del hombre de su culpable minoría de edad a través del uso autónomo de la razón. Esta razón debe ser analítica y crítica para evitar el dogmatismo, estableciendo sus propios límites. Kant creía en una ilustración religiosa y un monarca ilustrado que permitiera la libertad religiosa y legislativa.

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Kant y la Ilustración

1. Contexto cultural

La vida de Kant (1724-1804) transcurrió durante gran parte del siglo XVIII, el siglo de la
Ilustración, es decir, la ideología y la cultura elaborada por la burguesía europea en su lucha
con el absolutismo y el sistema feudal estamental.

La Ilustración trataba de”iluminar” a la sociedad del momento, que se encontraba sumida en la


oscuridad de la ignorancia, a través de la ciencia.

Las características de la Ilustración como movimiento cultural e ideológico pueden resumirse


en las siguientes:

1.- El racionalismo

Se da enorme importancia a la razón: el hombre puede comprenderlo todo a través de su


inteligencia; sólo es real lo que puede ser entendido por la razón. Aquello que no sea racional
debe ser rechazado como falso e inútil.

2.- Búsqueda de la felicidad

Se considera que la Naturaleza ha creado al hombre para que sea feliz. Pero de acuerdo con la
mentalidad burguesa, esta felicidad para que sea auténtica debe basarse en la propiedad
privada, la libertad y la igualdad.

3.- Creencia en la bondad natural del hombre

Los filósofos de la época piensan que el hombre es bueno por naturaleza.

4.- El optimismo

Se considera que la historia supone la evolución progresiva de la humanidad, es decir, que el


hombre con el transcurso de los siglos se va perfeccionando continuamente; así llegará el
momento en que se logrará construir la sociedad perfecta, una especie de paraíso en la tierra.

5.- El laicismo

La religión sigue presente pero se transforma profundamente, al menos entre los intelectuales
de la época. Se propone un modelo de “religión natural”, desprovista de dogmas y abierta a la
tolerancia y al respeto a las opiniones ajenas. Se asiste, pues, a un proceso general de
“secularización”: el mundo ya no es considerado como un producto misterioso de lo divino
sino como el campo de acción idóneo para la razón humana, que se basta a sí misma para
comprenderlo y transformarlo.

El ambiente cultural a finales de siglo derivó en la creación de la primera Enciclopedia.


Representantes de la fe en el progreso humano son Diderot, Montesquieu o Voltaire. En
Alemania se pone en marcha un movimiento anti-eclesiástico encabezado por Wolf y destacan
escritores como Goethe o músicos como Beethoven, representante del Romanticismo alemán.

1
En lo referente al arte, se van sucediendo numerosos estilos distintos que destacan en parte
por la búsqueda de originalidad; así, nos encontramos con el rococó, el neoclasicismo y uno de
los que más de cerca vivió Kant: el romanticismo. En pintura destaca principalmente Goya, y
en literatura despuntan escritores como J. Swift en Gran Bretaña. Newton había asentado las
bases para un estudio mecanicista de la naturaleza basado en la razón y la observación.

Contexto Filosófico

El pensamiento de Kant es el resultado de un trabajoso esfuerzo dialéctico a través del


cual se van transformando las ideas de toda una época. Esas líneas de fuerza
fundamentales son:

1. El pensamiento ilustrado
Como prueba de esa sintonía puede citarse:
a) El interés por cuestiones científicas y el recurso a la filosofía de Newton como
modelo de conocimiento racional
b) El espíritu "antidogmático" (Kant no admite nada que no pase por el filtro de la
razón). "Secularizador" (la única religión valida, para él, será la que le dicte su
conciencia y no la revelación) y "crítico".
c) La vocación "antitiránica y liberal" (Kant creía en los derechos del hombre,
en la libertad, en la igualdad civil.
d) La preocupación por el bienestar público.
e) La defensa de la idea de "progreso basado en la razón".

f) El espíritu de "independencia y autonomía" resumiéndose en la consigna


"atrévete a saber".
2. La Física de Newton.
Ejerce sobre Kant una doble influencia. Por una parte, le sirve de pauta en algunas
investigaciones científicas. Por otra parte, la física de Newton, por su misma
perfección indiscutible, la plantea a Kant problemas estrictamente filosóficos que no
tiene más remedio que abordar. Como ejemplos citamos dos:
1º) ¿Cuál es la "teoría del conocimiento" que subyace en la ciencia de Newton?, y, al ser la
física newtoniana el paradigma de toda ciencia, es lo mismo que indagar cuál
es el fundamento cognoscitivo de cualquier ciencia. Kant se dará cuenta de que
Newton se ha limitado, de hecho, a "unir las matemáticas con la experiencia". Es la
mente la que se encarga de unificar los datos dispersos y inconexos de la
experiencia, según unas leyes necesarias.

2º) Si todo ocurre según un entramado de leyes deterministas, como la física newtoniana
establece, ¿Cómo conciliar ese determinismo cósmico con la existencia de la
libertad humana? Kant se verá obligado a intentar la reconciliación entre el
mundo de la necesidad y el de la libertad.
El hombre habrá de considerarse desde dos puntos de vista: como perteneciente al
mundo físico sensorial estará sometido a las leyes naturales (deterministas), pero en
cuanto ser inteligente y libre no.
3. El Racionalismo de Wolff.
Es heredero de la tradición de Leibniz, Kant defendió un dogmatismo racionalista que revela

2
un claro influjo de la filosofía de Wolff. Como éste, empleó en exclusiva procedimientos "a
priori" de los conceptos, que le llevaron a defender que podemos tener un conocimiento
global de la totalidad cósmica y demostrar la existencia de Dios o las relaciones de Dios
con el mundo.
Pero a medida que iba madurando intelectualmente, y a medida que iba haciéndose
permeable a la filosofía inglesa de la experiencia, empezó a concebir serias dudas. Kant
rechazará la filosofía de Wolff como una forma inaceptable de "dogmatismo".
4. El empirismo de Hume.
Kant nos describe la crisis intelectual que le produjo la lectura de Hume como una especie
de sacudida mental que le hace "despertar de un sueño dogmático".Fue Hume quien abrió
los ojos a Kant respecto a las insuficiencias de la metafísica racionalista que ve de
Descartes a Wolff, haciéndole ver que dicha metafísica no es más que "pura
ilusión".Kant encontrará pues, en Hume un aliado formidable para combatir las
pretensiones racionalistas de llegar a descubrir realidades prescindiendo de la experiencia.
Pero Kant se da cuenta de que Hume es un aliado muy peligroso, porque si se lleva su
doctrina a sus últimas consecuencias no puede evitarse el escepticismo. Kant no está
dispuesto a seguir a Hume en ese escepticismo radical, que comporta la destrucción de la
ciencia en lo que tiene de universal y necesaria.
Kant razona de forma distinta: La experiencia, en efecto, no ofrece necesidad. Pero el
principio de causalidad sí que es necesario como fundamento de la ciencia, este principio
"no tiene su origen en la experiencia". El nexo causal se apoya en ciertos moldes mentales
(formas a priori) necesarios y universales, aunque no procedan de la experiencia, son la
condición de posibilidad de la experiencia misma.
Kant intentará superar a Hume partiendo de las pistas que éste mismo le suministra.
Hume había llegado a la conclusión de que el nexo que establecemos entre los fenómenos no
es nada "objetivo", no es algo que se de en las cosas, sino algo que el sujeto cognoscente
"pone" en su conocer. Esto le sugiere a Kant la dirección en que debe investigar para
salvar la ciencia y superar a Hume: habrá que buscaren el sujeto (en sus estructuras
mentales) la explicación de esos nexos causales.
Ese es el sentido del "giro copernicano" que Kant introduce: "Hasta ahora se admitía que
todo nuestro conocimiento tenía que regirse por los objetos... Ahora, los objetos tiene que
regirse por nuestro conocimiento".

5. El sentimentalismo de Rousseau.
Cuando Kant defiende la primacía de la razón Práctica no hace más que erigir en
principio filosófico lo que ya está presente en Rousseau: "Decir lo que sea cierto, haced
lo que sea bueno". El valor del hombre no está tanto en el saber como en el obrar.
Debes saber para poder actuar bien. Kant considera a la conciencia moral como un
"absoluto" del que depende la vida moral, como algo autónomo que legisla la esfera ética.
Kant declara que el único fundamento de las certezas metafísicas reside también en
esa conciencia y no en la razón teórica. "Creo que el mundo está gobernado por una
voluntad poderosa y sabia; Lo veo así o, más bien, lo siento". "siento mi alma, la
conozco por el sentimiento y por el pensamiento y sé que existe".
Rousseau va a tener mucho que ver con una "segunda revolución", la de la Critica de la
Razón Práctica.
6. La teología luterana y el pietismo.
De la teología luterana Kant recoge la idea del "libre examen"

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2. TEMA

Kant se identificó plenamente con los ideales de la Ilustración europea: la razón (empírica y
crítica) y el progreso. Según nuestro filósofo, es necesaria tanto una ilustración religiosa, como
la presencia de un monarca ilustrado que no sólo permita la libertad en el ámbito religioso sino
que también lo permita en materia de legislación.

En este sentido es en el que hay que entender la definición kantiana de la ilustración: salida
del hombre de su culpable minoría de edad. La minoría de edad no es más que la falta de
autonomía en el pensamiento, o en el uso de la propia razón. Aparece aquí uno de los
conceptos marco del pensamiento ilustrado.

Esta razón hay que entenderla desde la perspectiva analítica (empirista) que la aleja del
dogmatismo racionalista, y que por tanto la convierte en crítica, no sólo de cualquier
conocimiento o actuación no justificable, sino también de sí misma, tratando de dejar claro
cuáles son sus propios límites y hasta dónde puede llegar. Esto es lo que hace Kant en su
“Crítica de la razón pura”, desmontando la pretensión de saber de la metafísica tradicional
como conocimiento a priori de las Ideas de Dios, Alma y Mundo.

Kant comienza su investigación con una pregunta difícil de contestar: ¿es posible la metafísica
como ciencia? Es decir, ¿se puede tener un conocimiento racional, científico, de aquellas
realidades de las que no poseemos ningún conocimiento sensible? El problema residía en que
para los racionalistas era necesario que se llegara, por intuición, a las ideas innatas para
después poder desarrollar el resto del conocimiento, mientras que para los empiristas no se
podía ir más allá de la experiencia si se quería tener certeza en el conocimiento. Kant intentará
solucionar esta problemática realizando una síntesis de ambos planteamientos, en lo que se
conocerá como idealismo trascendental. Aceptará parte de la teoría de ambas corrientes: para
Kant existen conceptos que no derivan de la experiencia (en esto está en la línea de los
racionalistas) pero que solo se pueden aplicar dentro de la propia experiencia (dando así parte
de razón también a los empiristas).

Una de las claves principales para superar ambos planteamientos fue lo que se denominó el
giro copernicano del conocimiento. Para Kant, el sujeto se limita a conocer lo que se aparece
(el fenómeno) y nada más allá. De modo que el objeto se adapta a la forma de conocer que
tiene el sujeto, que conoce a través de su sensibilidad. Por lo tanto, podemos decir que la
sensibilidad es pasiva, pues recibe impresiones y las estructura haciendo uso del espacio y el
tiempo, que son propiedades que aporta el sujeto.

El entendimiento es el encargado de conceptualizar los datos sensibles. Por eso, la suma de las
intuiciones sensibles y los conceptos es tan importante, porque de ella nace el conocimiento;
en este sentido, Kant llegó a afirmar que las intuiciones sin conceptos son ciegas y los
conceptos sin intuiciones son vacíos.

Kant demuestra que la metafísica no puede ser una ciencia porque sus juicios no añaden
ningún tipo de conocimiento, pues están más allá de la experiencia. A este error Kant lo
denomina la ilusión trascendental. Las ideas con las que trabaja la razón no pueden tener

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contenidos reales, sino que deben más bien permanecer como ideas unificadoras. Estas ideas,
por lo tanto, no son fuente de conocimiento, sino más bien entes que son pensados.

Volviendo de nuevo al tema de la ilustración, esta minoría de la que hablamos antes está
ocasionada por el propio sujeto, de ahí que Kant hable de auto-culpabilidad, ya que estamos
dotados por la naturaleza para el uso autónomo de la razón, y si no lo hacemos es por pereza o
por cobardía. Esta situación es aprovechada por algunos que intentan dirigir nuestro
pensamiento y nuestra conducta, con lo que se dificulta conseguir la ilustración.

La tutoría intelectual se ejerce, entre otros, en el ámbito político y religioso. Kant considera, la
minoría de edad en materia religiosa como las más humillante y más perjudicial, debido a que
las religiones ejercen su poder eliminando de las personas aquello que es más genuino: el
comportamiento responsable no guiado por el miedo. Las religiones prescriben una serie de
ritos externos, en los cuales el individuo no manifiesta su intencional compromiso religioso,
sino el mero cumplimiento externo, muchas veces guiado por el miedo y no por el
cumplimiento del deber. Las otras razones que Kant considera, la falta de interés por otros
temas (artes y ciencias) en la dirección del pensamiento, se explica por una parte por la falta
de competencia de los tutores en estos temas y porque no son temas con los que se manipula
bien al sujeto como sucede con la religión que se funda en el miedo del individuo.

Por tanto, es necesario una ilustración religiosa, pero esto sólo es posible a través de una
religión racional (en ello coinciden casi todos los ilustrados), despreciando cualquier tipo de
religión revelada. La ilustración religiosa es una ilustración moral, mediante la cual llegamos a
que el individuo respete una serie de normas apoyado únicamente en el cumplimiento del
deber, y mediante esta conducta voluntaria y bien intencionada consigue el individúo cumplir
la voluntad divina. Así en la ilustración religiosa, moral y religión se identifican, ya que lo que la
religión racional propugna es el cumplimiento por el mero hecho del deber de las normas
morales.

En este sentido, Kant plantea una ética autónoma en la que el individuo auto-determine su
voluntad sin imposiciones exteriores. Kant pretende añadir la de ser una ética categórica, es
que sea absoluta, que no tenga necesidad de poner condicionantes. Lo importante no es tanto
qué es lo que debo hacer, sino más bien cómo lo debo hacer.

Kant define tres tipos de acciones en la conducta humana:

 Las contrarias al deber: son acciones que no deben realizarse porque van en contra de
una ética universal.
 Las conformes al deber: son acciones que repercuten de manera positiva pero se
realizan por miedo a las consecuencias del incumplimiento (normas de las religiones
positivas).
 Por último están las acciones por deber: son las que se realizan exclusivamente por
deber. Para Kant, la solución será la búsqueda de un imperativo o mandato que haga
que el sujeto, a través de su propia voluntad y sin estar determinado por ningún
agente externo o condicionante, actúe en plena libertad.

Kant formula el llamado imperativo categórico: obra de tal modo que desees que tu modo de
actuar se pueda convertir en un modo de actuar universal. Otra de las maneras en la que Kant

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formula este imperativo categórico: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu
persona en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y solamente
como medio». Es decir, para Kant las personas, por el simple hecho de ser personas, son fines
en sí mismos; no son medios que se puedan utilizar herramientas para lograr otros fines.

Por otro lado, y en relación con la política, Kant quiere mostrar que el verdadero monarca
ilustrado trasciende la ilustración religiosa, permitiendo una libertad de expresión en el ámbito
político, que permitirá a la larga la trasformación de un Estado monárquico en un Estado
republicano, es decir a un modelo de organización política basado en el parlamentarismo
burgués tal y como había sido defendido por Locke, Montesquieu o Rousseau.

Esta trasformación sólo se puede llevar a cabo mediante el ejercicio de la libre expresión que
permita transformar las instancias legislativas y la ley misma en pro de una mayor
participación autónoma y racional de los ciudadanos que permita su autogobierno. Esto es
posible gracias a la convicción ilustrada de Federico II de Prusia y a su capacidad o poder para
garantizar el orden necesario y la obediencia en el ámbito privado de todo miembro del
Estado. Por tanto la libertad de expresión no sólo no es peligrosa, no genera desórdenes, sino
que además potencia y permite el desarrollo del espíritu de la ilustración.

3. COMENTARIO

Introducción

Publicado en 1784, ¿Qué es la Ilustración? es uno de los textos fundamentales para


comprender el llamado «Siglo de las Luces», así como la corriente intelectual que habría de
convertirse en uno de los pilares del mundo moderno. En él Immanuel Kant hizo frente al
fanatismo y la superstición, realizando la propuesta de que cada cual ha de acostumbrarse a
pensar por sí mismo, según su propia razón, sin aferrarse puerilmente a la cómoda tutela de
los prejuicios y dogmas del momento.

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Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo
responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su
entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de
edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y
valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para
servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.

1. Definición de Ilustración y minoría de edad.

Kant ofrece en este párrafo la definición más conocida de Ilustración: ¡piensa por ti mismo!
o lo que es lo mismo, no dejes que otros piensen por ti. Del mismo modo que la ciencia había
conseguido progresar al desvincularse del dogmatismo religioso y la filosofía griega
(Aristóteles), así también la Ilustración como movimiento cultural aspira a extender esa idea a
todas las artes y ámbitos del saber. Mientras el pensamiento y los individuos continúen
sometidos a dogmas religiosos o políticos y no sigan su propio camino permanecerán en
minoría de edad, una condición de la que son culpables y están obligados a remediar. Un

6
ejemplo especialmente significativo de este “pensar por ti mismo” fue la labor que llevó a cabo
la Enciclopedia de Diderot, D’Alambert, Voltaire, Rousseau.. Su objetivo final era la
emancipación política y el progreso moral del género humano a través de la difusión del saber.

¡Piensa por ti mismo! ¡Sapere aude!

Pereza y cobardía son las causas merced a las cuales tantos hombres continúan siendo con
gusto, menores de edad durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya liberado hace
ya tiempo de una conducción ajena (haciéndoles físicamente adultos); y por eso les ha
resultado tan fácil a otros el erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser menor de edad. Basta
con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien que vele por mi alma y haga las veces
de mi conciencia moral, a un médico que me prescriba la dieta, etc., para que yo no tenga que
tomarme tales molestias. No me hace falta pensar, siempre que pueda pagar; otros asumirán
por mí tan engorrosa tarea.

2. Causas de la minoría de edad: pereza y cobardía

Kant atribuye la causa de la minoría de edad a la “pereza” y la “cobardía” de los individuos. Por
un lado el dogmatismo acrítico resulta cómodo, pues nos permite no cuestionar nada del
mundo que nos rodea. Podemos, por ejemplo, vivir eternamente hipnotizados por el televisor.
Por otro lado, renunciar a los prejuicios y las consignas heredadas es una tarea que requiere
cierto valor. Es natural que el vacío de la libertad inspire un cierto temor. Por pereza
preferimos que un libro piense por nosotros antes que pensar por nosotros mismos. Esta idea
tiene mucha vigencia hoy día pues vemos cómo la mayoría no es crítica con la información que
recibe, ya sea a través de los libros, de la televisión o Internet. Por cobardía pagamos al
sacerdote para que nos garantice el cielo y así no tener que preocuparnos de una muerte
cierta. y al médico para que nos garantice la salud cuando lo único realmente eficaz es
mantenerse “moderado en el goce y paciente en la enfermedad”.

Pereza y cobardía

Este párrafo guarda cierto parecido con la opinión que Platón expone en La República donde
afirma que una sociedad en la que abunden médicos y abogados es una sociedad en segura
decadencia. La incapacidad de los mortales para acceder al saber está también presente en la
diatriba de Parménides contra los “mortales bicéfalos”.

Un ejemplo más reciente del estudio de la cobardía del hombre común ante la libertad y el
librepensamiento es El miedo a la libertad de Erich Fromm.

3. Intereses políticos en mantener a los hombres en minoría de edad. Sexismo.

El que la mayor parte de los hombres (incluyendo a todo el bello sexo) consideren el paso
hacia la mayoría de edad como algo harto peligroso, además de muy molesto, es algo por lo
cual velan aquellos tutores que tan amablemente han echado sobre sí esa labor de
superintendencia. Tras entontecer primero a su rebaño e impedir cuidadosamente que esas
mansas criaturas se atrevan a dar un solo paso fuera de las andaderas donde han sido
confinados, les muestran luego el peligro que les acecha cuando intentan caminar solos por su
cuenta y riesgo. Mas ese peligro no es ciertamente tan enorme, puesto que finalmente

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aprenderían a caminar bien después de dar unos cuantos tropezones; pero el ejemplo de un
simple tropiezo basta para intimidar y suele servir como escarmiento para volver a intentarlo
de nuevo.

Los tutores que permanecen interesados en mantener a la humanidad en su minoría de edad


en realidad tienen una clara motivación política. Kant se refiere irónicamente a médicos,
abogados y sacerdotes como instrumentos del gobierno para manejar a sus administrados. Los
peligros inevitables de comenzar a pensar por uno mismo son calificados por dichos tutores
como obstáculos insalvables mientras que Kant ve en ellos tropiezos necesarios en el camino a
la libertad.

Tutores y medios de comunicación de masas.

En realidad hacían bien esos tutores, esos administradores del Estado, en luchar contra la
expansión de la consigna “piensa por ti mismo” pues en poco tiempo esta sería el germen de
revoluciones y desórdenes sociales que cambiarían el mapa de Europa.

El papel de esos tutores es análogo al que desempeñan los sofistas en el mito de la caverna de
Platón.

Nota también el toque sexista que atribuye a algunos hombres la posibilidad de abandonar la
minoría de edad pero excluye de esta proeza a la mayoría de los hombres y a todo el “bello
sexo”.

4. Dificultades del individuo solitario para liberarse de los grilletes que lo encadenan a la
minoría de edad.

Así pues, resulta difícil para cualquier individuo el zafarse de una minoría de edad que casi se
ha convertido en algo connatural. Incluso se ha encariñado con ella y eso le hace sentirse
realmente incapaz de utilizar su propio entendimiento, dado que nunca se le ha dejado hacer
ese intento. Reglamentos y fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso racional –o más bien
abuso- de sus dotes naturales, constituyen los grilletes de una permanente minoría de edad.
Quien lograra quitárselos acabaría dando un salto inseguro para salvar la más pequeña zanja,
al no estar habituado a semejante libertad de movimientos. De ahí que sean muy pocos
quienes han conseguido, gracias al cultivo de su propio ingenio, desenredar las ataduras que
les ligaban a esta minoría de edad y caminar con paso seguro.

En este párrafo Kant compara a los individuos en minoría de edad con los personajes
encadenados del mito de la caverna, tan acostumbrados a la oscuridad y las sombras, que de
ningún modo desean abrirse paso hasta la luz. Al individuo solitario le resulta
extraordinariamente difícil “pensar por sí mismo”, abrirse paso hacia la verdad y la libertad,
pues durante toda su vida ha tenido el entendimiento constreñido por dogmas políticos y
religiosos. Son muy pocos los que han conseguido abandonar la minoría de edad y guiarse sólo
por su propio ingenio.

Observa que la metáfora de los grilletes nos remiten de nuevo al mito de la caverna de Platón.
La dificultad para adentrarse en los caminos del saber también estaba presente, por ejemplo,

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en Heráclito, cuando decía que no están los hombres más cerca del logos antes que después
de haberle escuchado.

La caverna de Platón

5. Posibilidad de que la Ilustración tenga lugar en una sociedad en la que haya libertad de
expresión.

Sin embargo, hay más posibilidades de que un público se ilustre a sí mismo; algo que casi es
inevitable, con tal de que se le conceda libertad. Pues ahí siempre nos encontraremos con
algunos que piensen por cuenta propia incluso entre quienes han sido erigidos como tutores de
la gente, los cuales, tras haberse desprendido ellos mismos del yugo de la minoría de edad,
difundirán en torno suyo el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la vocación
a pensar por sí mismo. Pero aquí se da una circunstancia muy especial: aquel público, que
previamente había sido sometido a tal yugo por ellos mismos, les obliga luego a permanecer
bajo él, cuando se ve instigado a ello por algunos de sus tutores que son de suyo incapaces de
toda ilustración; así de perjudicial resulta inculcar prejuicios, pues éstos acaban por vengarse
de quienes fueron sus antecesores o sus autores. De ahí que un público sólo pueda conseguir
lentamente la ilustración. Mediante una revolución acaso se logre derrocar un despotismo
personal y la opresión generada por la codicia o la ambición, pero nunca logrará establecer una
auténtica reforma del modo de pensar; bien al contrario, tanto los nuevos prejuicios como los
antiguos servirán de rienda para esa enorme muchedumbre sin pensamiento alguno.

Sin embargo, si no pensamos en un individuo sino en un colectivo social en el que los


gobernantes autoricen la libertad de expresión siempre es posible que algunos que hayan
superado el “yugo” de la minoría de edad eduquen al resto para liberarlos. Los que un día
fueron “tutores”, es decir, administradores del Estado, pueden inspirar la libertad de
pensamiento en los demás. Pero, dice Kant, “aquí se da una circunstancia muy especial”: es
posible que ese mismo público les obligue a restablecer los antiguos prejuicios porque
depende completamente de ellos. Este fragmento es similar a aquel en que los prisioneros de
la caverna calumnian y persiguen hasta la muerte al filósofo que intenta enseñarles el camino
hacia la luz.

Parodia del período jacobino de la Revolución Francesa

Si lo exponemos en términos políticos diríamos que es posible inspirar a un pueblo para que
busque su libertad pero también es probable que ese mismo pueblo exija luego que se
restaure el orden. Así de vengativos son los viejos prejuicios. Kant, por tanto, rechaza de plano
la posibilidad de una revolución que probablemente termine en un nuevo despotismo. Sólo es
posible una reforma política y del pensar si se avanza poco a poco. El pensamiento político de
Kant es contradictorio: por un lado estimula el librepensamiento y por otro sus ideas políticas
son extremadamente conservadoras. En realidad, Kant confía en que el monarca, su idolatrado
Federico II, irá introduciendo las reformas paulatinas para que la sociedad progrese
lentamente hacia el la constitución republicana caracterizada por el principio de
representatividad y la separación de poderes.

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Los prejuicios de Kant contra las posibilidades de la revolución representan una gran diferencia
con el pensamiento de Marx. Observa que para Marx la revolución es el único modo de dar
paso a una sociedad postclasista.

6. La Ilustración sólo requiere de una condición, la libertad entendida como el uso público de la
razón en todos los terrenos. Esta libertad ha de tener límites bien definidos en el caso del uso
privado de la razón.

Para esta ilustración tan sólo se requiere libertad y, a decir verdad, la más inofensiva de
cuantas pueden llamarse así: el hacer uso público de la propia razón en todos los terrenos.
Actualmente oigo clamar por doquier: ¡No razones!. El oficial ordena: ¡No razones, adiéstrate!
El asesor fiscal: ¡no razones y limítate a pagar tus impuestos! El consejero espiritual: ¡No
razones, ten fe! (Sólo un único señor en el mundo dice: razonad cuanto queráis y sobre todo lo
que gustéis, mas no dejéis de obedecer.) Impera por doquier una restricción de la libertad.
Pero, ¿cuál es el límite que la obstaculiza y cuál es el que, bien al contrario, la promueve? He
aquí mi respuesta: el uso público de su razón tiene que ser siempre libre y es el único que puede
procurar ilustración entre los hombres; en cambio muy a menudo cabe restringir su uso
privado, sin que por ello quede particularmente obstaculizado el progreso de la ilustración. Por
uso público de la propia razón entiendo aquél que cualquiera puede hacer, como alguien docto,
ante todo ese público que configura el universo de los lectores. Denomino uso privado al que
cabe hacer de la propia razón en una determinada función o puesto civil que se le haya
confiado. En algunos asuntos encaminados al interés de la comunidad se hace necesario un
cierto automatismo, merced al cual ciertos miembros de la comunidad tienen que comportarse
pasivamente para verse orientados por el gobierno hacia fines públicos mediante una
unanimidad artificial o, cuando menos, para que no perturben la consecución de tales metas.
Desde luego, aquí no cabe razonar, sino que uno ha de obedecer. Sin embargo, en cuanto esta
parte de la maquinaria sea considerada como miembro de una comunidad global e incluso
cosmopolita y, por lo tanto, se considere su condición de alguien instruido que se dirige
sensatamente a un público mediante sus escritos, entonces resulta obvio que puede razonar sin
afectar con ello a esos asuntos en donde se vea parcialmente concernido como miembro
pasivo.

La ilustración sólo requiere de la forma más sencilla e inofensiva de libertad: la libertad política
negativa. Los administradores del Estado, los tutores, (el ejército, Hacienda y el clero) no cesan
de dar órdenes y además prohíben a todos razonar. Ven en el librepensamiento un peligro
para el orden social y no una condición necesaria para el progreso de la Humanidad.

Sólo un hombre invita a su pueblo a razonar, Federico II, aunque, por otro lado, también le
exige obediencia. Así, el uso público de la razón debe ser limitado por su uso privado. Todo el
que forme parte de la maquinaria del Estado debe obedecer. El soldado ha de cumplir órdenes
y el ciudadano pagar impuestos. Posteriormente, en cuanto miembros de una comunidad
cosmopolita pueden hacer públicas sus quejas y observaciones mediante sus escritos. Pero
siempre han de obedecer primero.

El filósofo Hamman (1730-1788) fue muy crítico con esta distinción kantiana pues limitaba
mucho el “atrévete a pensar” del comienzo. “¿Para qué me sirve el traje de fiesta de la
libertad, si en casa tengo que llevar el delantal de la esclavitud?”

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Para Kant la distinción tiene un uso importante que es el evitar el recurso a la revolución.
Tanto en La metafísica de las costumbres como Teoría y práctica Kant es taxativo: cualquier
tipo de desobediencia al soberano está injustificada, es un absurdo jurídico. Para Kant el
progreso hacia una constitución republicana no habría de realizarse mediante revolución sino
mediante paulatinas reformas constitucionales realizadas por el soberano.

Sin embargo, como filósofo de la historia, en El conflicto de las facultades, cuando Kant sugiere
una prueba empírica de que el ser humano progresa hacia lo mejor usa como ejemplo la
Revolución Francesa. Pero aunque se deje llevar por el entusiasmo de la revolución al mismo
tiempo prefiere mantenerla alejada de Prusia. Insiste en que Federico II implementará las
reformas necesarias para alcanzar el republicanismo. El pueblo, por tanto, sólo necesita la
libertad de pluma y no las armas.

Esta contradicción entre en el entusiasmo por la Revolución Francesa y los límites que impone
el uso privado de la razón pudo deberse al miedo a la censura. Kant ya había tenido problemas
en la publicación de La religión dentro de los límites de la mera razón donde somete los
dogmas religiosos al tribunal de la razón.

En cualquier caso, hay una enorme diferencia con las ideas revolucionarias que expondrá más
tarde Marx. Este decía que los filósofos no habían venido al mundo para hacer teorías o
escribir libros sino para transformarlo.

Kant aplica la distinción entre uso privado y uso público de la razón a tres casos concretos. El
oficial del ejército que recibe una orden ha de obedecer aunque luego pueda hacer públicas las
observaciones que considere convenientes sobre los defectos del servicio militar. El ciudadano
no puede negarse a pagar sus impuestos pues podría llevar a la quiebra al Estado. Pero en
tanto persona docta puede publicar su opinión contraria respecto a la conveniencia tales
impuestos. En el caso de un pastor religioso que habla a su comunidad tiene que atenerse a los
dogmas de su religión. Sin embargo, como miembro de la comunidad tiene libertad ilimitada
para hacer uso de su razón y comunicar los resultados de sus pensamientos. Los tutores del
pueblo en asuntos espirituales no pueden ser “menores de edad” pues eso significa un gran
lastre para el progreso social.

En este fragmento Kant sigue haciendo equilibrios entre Rousseau (libertad para el libre uso de
la razón) y Hobbes (siempre obedecer).

7. El uso privado de la razón en los casos del oficial del ejército, el ciudadano que paga sus
impuestos y el pastor religioso.

Ciertamente, resultaría muy pernicioso que un oficial, a quien sus superiores le hayan
ordenado algo, pretendiese sutilizar en voz alta y durante el servicio sobre la conveniencia o la
utilidad de tal orden; tiene que obedecer. Pero en justicia no se le puede prohibir que, como
experto, haga observaciones acerca de los defectos del servicio militar y los presente ante su
público para ser enjuiciados. El ciudadano no puede negarse a pagar los impuestos que se le
hayan asignado; e incluso una indiscreta crítica hacia tales tributos al ir a satisfacerlos
quedaría penalizada como un escándalo (pues podría originar una insubordinación
generalizada). A pesar de lo cual, él mismo no actuará contra el deber de un ciudadano si, en

11
tanto que especialista, expresa públicamente sus tesis contra la inconveniencia o la injusticia de
tales impuestos. Igualmente, un sacerdote está obligado a hacer sus homilías, dirigidas a sus
catecúmenos y feligreses, con arreglo al credo de aquella Iglesia a la que sirve; puesto que fue
aceptado en ella bajo esa condición. Pero en cuanto persona docta tiene plena libertad,
además de la vocación para hacerlo así, de participar al público todos sus bienintencionados y
cuidadosamente revisados pensamientos sobre las deficiencias de aquel credo, así como sus
propuestas tendentes a mejorar la implantación de la religión y la comunidad eclesiástica. En
esto tampoco hay nada que pudiese originar un cargo de conciencia. Pues lo que enseña en
función de su puesto, como encargado de los asuntos de la Iglesia, será presentado como algo
con respecto a lo cual él no tiene libre potestad para enseñarlo según su buen parecer, sino que
ha sido emplazado a exponerlo según una prescripción ajena y en nombre de otro. Dirá:
nuestra Iglesia enseña esto o aquello; he ahí los argumentos de que se sirve. Luego extraerá
para su parroquia todos los beneficios prácticos de unos dogmas que él mismo no suscribiría
con plena convicción, pero a cuya exposición sí puede comprometerse, porque no es del todo
imposible que la verdad subyazca escondida en ellos o, cuando menos, en cualquier caso no
haya nada contradictorio con la religión íntima. Pues si creyese encontrar esto último en dichos
dogmas, no podría desempeñar su cargo en conciencia; tendría que dimitir. Por consiguiente, el
uso de su razón que un predicador comisionado a tal efecto hace ante su comunidad es
meramente un uso privado; porque, por muy grande que sea ese auditorio, siempre constituirá
una reunión doméstica; y bajo este respecto él, en cuanto sacerdote, no es libre, ni tampoco le
cabe serlo, al estar ejecutando un encargo ajeno. En cambio, como alguien docto que habla
mediante sus escritos al público en general, es decir, al mundo, dicho sacerdote disfruta de una
libertad ilimitada en el uso público de su razón, para servirse de su propia razón y hablar en
nombre de su propia persona. Que los tutores del pueblo (en asuntos espirituales) deban ser a
su vez menores de edad constituye un absurdo que termina por perpetuar toda suerte de
disparates.

Kant aplica la distinción entre uso privado y uso público de la razón a tres casos concretos. El
oficial del ejército que recibe una orden ha de obedecer aunque luego pueda hacer públicas las
observaciones que considere convenientes sobre los defectos del servicio militar. El ciudadano
no puede negarse a pagar sus impuestos pues podría llevar a la quiebra al Estado. Pero en
tanto persona docta puede publicar su opinión contraria respecto a la conveniencia tales
impuestos. En el caso de un pastor religioso que habla a su comunidad tiene que atenerse a los
dogmas de su religión. Sin embargo, como miembro de la comunidad tiene libertad ilimitada
para hacer uso de su razón y comunicar los resultados de sus pensamientos. Los tutores del
pueblo en asuntos espirituales no pueden ser “menores de edad” pues eso significa un gran
lastre para el progreso social.

Hamman: “¿Para qué me sirve el traje de fiesta de la libertad, si en casa tengo que llevar el
delantal de la esclavitud?”

En este fragmento Kant sigue haciendo equilibrios entre Rousseau (libertad para el libre uso de
la razón) y Hobbes (siempre obedecer).

8. Un monarca sólo puede imponer las leyes que el pueblo esté dispuesto a darse a sí mismo.

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Ahora bien, ¿acaso una asociación eclesiástica –cual una especie de sínodo o (como se
autodenomina entre los holandeses) grupo venerable- no debiera estar autorizada a
juramentarse sobre cierto credo inmutable, para ejercer una suprema e incesante tutela sobre
cada uno de sus miembros y, a través suyo, sobre el pueblo, á fin de eternizarse? Yo mantengo
que tal cosa es completamente imposible. Semejante contrato, que daría por cancelada para
siempre cualquier ilustración ulterior del género humano, es absolutamente nulo e inválido; y
seguiría siendo así, aun cuando quedase ratificado por el poder supremo, la dieta imperial y los
más solemnes tratados de paz. Una época no puede aliarse y conjurarse para dejar a la
siguiente en un estado en que no le haya de ser posible ampliar sus conocimientos (sobre todo
los más apremiantes), rectificar sus errores y en general seguir avanzando hacia la ilustración.
Tal cosa supondría un crimen contra la naturaleza humana, cuyo destino primordial consiste
justamente en ese progresar; y la posteridad estaría por lo tanto perfectamente legitimada
para recusar aquel acuerdo adoptado de un modo tan incompetente como ultrajante. La piedra
de toque de todo cuanto puede acordarse como ley para un pueblo se cifra en esta cuestión:
¿acaso podría un pueblo imponerse a sí mismo semejante ley? En orden a establecer cierta
regulación podría quedar estipulada esta ley, a la espera de que haya una mejor lo antes
posible: que todo ciudadano y especialmente los clérigos sean libres en cuanto expertos para
expresar públicamente, o sea, mediante escritos, sus observaciones sobre los defectos de la
actual institución; mientras tanto el orden establecido perdurará hasta que la comprensión
sobre la índole de tales cuestiones se haya extendido y acreditado públicamente tanto como
para lograr, mediante la unión de sus voces (aunque no sea unánime), elevar hasta el trono
una propuesta para proteger a esos colectivos que, con arreglo a sus nociones de una mejor
comprensión, se hayan reunido para emprender una reforma institucional en materia de
religión, sin molestar a quienes prefieran conformarse con el antiguo orden establecido. Pero
es absolutamente ilícito ponerse de acuerdo sobre la persistencia de una constitución religiosa
que nadie pudiera poner en duda públicamente, ni tan siquiera para el lapso que dura la vida
de un hombre, porque con ello se anula y esteriliza un período en el curso de la humanidad
hacia su mejora, causándose así un grave perjuicio a la posteridad. Un hombre puede
postergar la ilustración para su propia persona y sólo por algún tiempo en aquello que le
incumbe saber; pero renunciar a ella significa por lo que atañe a su persona, pero todavía más
por lo que concierne a la posteridad, vulnerar y pisotear los sagrados derechos de la
humanidad. Mas lo que a un pueblo no le resulta lícito decidir sobre sí mismo, menos aún le
cabe decidirlo a un monarca sobre el pueblo; porque su autoridad legislativa descansa
precisamente en que reúne la voluntad íntegra del pueblo en la suya propia. A este respecto, si
ese monarca se limita a hacer coexistir con el ordenamiento civil cualquier mejora presunta o
auténtica, entonces dejará que los súbditos hagan cuanto encuentren necesario para la
salvación de su alma; esto es algo que no le incumbe en absoluto, pero en cambio sí le compete
impedir que unos perturben violentamente a otros, al emplear toda su capacidad en la
determinación y promoción de dicha salvación. El monarca daña su propia majestad cuando se
inmiscuye sometiendo al control gubernamental los escritos en que sus súbditos intentan
clarificar sus opiniones, tanto si lo hace por considerar superior su propio criterio, con lo cual se
hace acreedor del reproche: Caesar non est supra Grammaticos, como -mucho más todavía- si
humilla su poder supremo al amparar, dentro de su Estado, el despotismo espiritual de algunos
tiranos frente al resto de sus súbditos.

13
Si dentro de una comunidad religiosa sus dirigentes decidieran por el bien de los fieles
congelar cualquier tipo de discusión acerca de sus creencias, este sería un contrato “nulo e
ilícito” pues supondría vulnerar el sagrado derecho de la humanidad a la libertad en el uso de
la razón e impediría completamente el progreso hacia la Ilustración. Lo que determina si una
norma puede convertirse en ley dentro de una comunidad es plantearse si esa comunidad se
impondría a sí misma esa norma y una censura de este tipo sería un atentado contra la
Humanidad. En una constitución republicana como la que Kant propone en el primer artículo
definitivo de Hacia la paz perpetua, los ciudadanos tienen garantizado el papel de co-
legisladores.

En el caso de la formación de variantes no ortodoxas del cristianismo Kant sugiere que exista
libertad para que estas sean de conocimiento público pues ello no perjudica a quienes
prefieran continuar con la religión oficial. Es totalmente ilícita la prohibición de poner en duda
las creencias religiosas pues implica pisotear el derecho a la libertad.

Lo mismo que vale para una comunidad religiosa vale para el Estado. El monarca no puede
imponer ninguna ley que el pueblo no se impondría a sí mismo. Es su misión alentar el uso
público de la razón en materia religiosa al tiempo que impide cualquier tipo de enfrentamiento
violento entre sus súbditos. Paradójicamente, cuanto mayor sea su ejército para defender el
orden mayor podrá ser la libertad de pensamiento de la que disfruten los ciudadanos. Esta era,
como veremos, la naturaleza del régimen de Federico II.

La constitución republicana propuesta por Kant toma elementos de Rousseau, Locke y Hobbes:
somos colegisladores, es decir, el contrato social debe garantizar la libertad de los ciudadanos
para participar en la elaboración de las leyes. Esta libertad no es la de la democracia directa
propuesta por Rousseau sino el modo representativo sugerido por Locke. Sin embargo, Kant
concluye que la libertad de pensamiento será tanto mayor cuanto más poderoso sea el ejército
del monarca para imponer la ley. Esta es la influencia de Hobbes en Kant.

¿Hemos alcanzado la mayoría de edad de la Ilustración? Por supuesto que no, la mayoría de
los hombres está todavía muy lejos de pensar sin guías sobre todo en materias como la
religión. Pero sí está claro al mismo tiempo que el progreso de la sociedad depende del
mantenimiento de la libertad de expresión. Para Kant el gobierno de Federico II, que
combinaba una absoluta libertad de pensamiento en materia religiosa y un rígido orden social
era el mejor camino hacia la Ilustración.

El verdadero Federico II no era tan perfecto como lo pintaba Kant. Estas alabanzas a Federico
fueron criticadas por Hamman. Se dice que Federico es un príncipe de la libertad pero en
realidad lo respalda un ejército incontable y bien disciplinado. Federico no era en realidad el
monarca filósofo que Kant pensaba o decía pensar. En realidad, no dudaba, por ejemplo, en
admitir como válida la mentira de Estado tal y como hiciera Platón en La República.

¿Cómo está Kant tan seguro del progreso moral y social de la humanidad a pesar de las estado
de guerra permanente en que vive la Humanidad? Este pensamiento de Kant está relacionado
con La fábula de las abejas de Mandeville, la mano invisible de Adam Smith y la Providencia de
los estoicos. Por ejemplo, según Adam Smith, los instintos egoístas de los empresarios son la

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garantía del aumento de la riqueza de las naciones. Así también para Kant, la insociable
sociabilidad del hombre es la garantía del progreso moral y social.

¿Es este el resultado final de que el monarca no impone al pueblo leyes que no se impondría a
sí mismo?

9. Vivimos en una época de Ilustración pero no una época ilustrada

Si ahora nos preguntáramos: ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?, la


respuesta sería: ¡No!, pero sí vivimos en una época de Ilustración. Tal como están ahora las
cosas todavía falta mucho para que los hombres, tomados en su conjunto, puedan llegar a ser
capaces o estén ya en situación de utilizar su propio entendimiento sin la guía de algún otro en
materia de religión. Pero sí tenemos claros indicios de que ahora se les ha abierto el campo
para trabajar libremente en esa dirección y que también van disminuyendo paulatinamente los
obstáculos para una ilustración generalizada o el abandono de una minoría de edad de la cual
es responsable uno mismo. Bajo tal mirada esta época nuestra puede ser llamada «época de la
Ilustración» o también «el Siglo de Federico».

¿Hemos alcanzado la mayoría de edad de la Ilustración? Por supuesto que no, la mayoría de
los hombres está todavía muy lejos de pensar sin guías sobre todo en materias como la
religión. Pero sí está claro al mismo tiempo que el progreso de la sociedad depende del
mantenimiento de la libertad de expresión. Para Kant el gobierno de Federico II, que
combinaba una absoluta libertad de pensamiento en materia religiosa y un rígido orden social
era el mejor camino hacia la Ilustración.

Anton Graff: Federico II, 1871

El verdadero Federico II no era tan perfecto como lo pintaba Kant. Estas alabanzas a Federico
fueron criticadas por Hamman. Se dice que Federico es un príncipe de la libertad pero en
realidad lo respalda un ejército incontable y bien disciplinado. Federico no era en realidad el
monarca filósofo que Kant pensaba o decía pensar. En realidad, no dudaba, por ejemplo, en
admitir como válida la mentira de Estado tal y como hiciera Platón en La República.

¿Cómo está Kant tan seguro del progreso moral y social de la humanidad a pesar del estado de
guerra permanente en que vive la Humanidad? Este pensamiento de Kant está relacionado con
La fábula de las abejas de Mandeville, la mano invisible de Adam Smith y la Providencia de los
estoicos. Por ejemplo, según Adam Smith, los instintos egoístas de los empresarios son la
garantía del aumento de la riqueza de las naciones. Así también para Kant, la insociable
sociabilidad del hombre es la garantía del progreso moral y social.

10. El uso público de la razón garantizado por Federico II no es un peligro para el orden del
Estado ni tampoco una mala influencia para otras naciones.

Un príncipe que no considera indigno de sí reconocer como un deber suyo el no prescribir a


los hombres nada en cuestiones de religión, sino que les deja plena libertad para ello e incluso
rehúsa el altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado y merece que el mundo y la
posteridad se lo agradezcan, ensalzándolo por haber sido el primero en haber librado al género
humano de la minoría de edad, cuando menos por parte del gobierno, dejando libre a cada cual

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para servirse de su propia razón en todo cuanto tiene que ver con la conciencia. Bajo este
príncipe se permite a venerables clérigos que, como personas doctas, expongan libre y
públicamente al examen del mundo unos juicios y evidencias que se desvían aquí o allá del
credo asumido por ellos sin menoscabar los deberes de su cargo; tanto más aquel otro que no
se halle coartado por obligación profesional alguna. Este espíritu de libertad se propaga
también hacia el exterior, incluso allí donde ha de luchar contra los obstáculos externos de un
gobierno que se comprende mal a sí mismo. Pues ante dicho gobierno resplandece un ejemplo
de que la libertad no conlleva preocupación alguna por la tranquilidad pública y la unidad de la
comunidad. Los hombres van abandonando poco a poco el estado de barbarie gracias a su
propio esfuerzo, con tal de que nadie ponga un particular empeño por mantenerlos en la
barbarie.

Federico II, que garantiza una total libertad de pensamiento en cuestiones religiosas, es un
verdadero príncipe ilustrado al que la humanidad debe estar agradecido pues está
arrancándola de la minoría de edad. Los clérigos pueden explicar públicamente sus opiniones
religiosas sin faltar a su cargo ni sembrar desórdenes sociales. Esta libertad “no conlleva
preocupación alguna por la tranquilidad pública y la unidad de la comunidad”. Es curioso
observar cuánto se equivocaba Kant. La libertad en materia religiosa que Kant reclama no
tardará en extenderse a asuntos políticos y poner las simientes de la Revolución Francesa.

No estamos tan lejos del despotismo ilustrado como creemos.

Por último, señalar la importancia de esa última frase en la que Kant confía en el progreso
natural del hombre desde la barbarie hasta una sociedad cosmopolita. Esa confianza en el
progreso humano es típica del pensamiento ilustrado. Evidentemente, para Kant, el filósofo no
puede predecir el curso de la historia pero sí puede ayudar a modificar su desarrollo
proponiendo utopías.

Kant cree que todos los efectos revolucionarios de permitir la libertad para alcanzar la mayoría
de edad serán limitados si se mantiene un rígido orden social a la manera de Federico II.
Volvemos a ver aquí de nuevo cómo Kant hace equilibrios entre Rousseau y Hobbes.

11. El uso público de la razón no debe limitarse sólo a materia religiosa sino también a asuntos
legislativos.

He colocado el epicentro de la ilustración, o sea, el abandono por parte del hombre de


aquella minoría de edad respecto de la cual es culpable él mismo, en cuestiones religiosas,
porque nuestros mandatarios no suelen tener interés alguno en oficiar como tutores de sus
súbditos en lo que atañe a las artes y las ciencias; y porque además aquella minoría de edad es
asimismo la más nociva e infame de todas ellas. Pero el modo de pensar de un jefe de Estado
que favorece esta primera Ilustración va todavía más lejos y se da cuenta de que, incluso con
respecto a su legislación, tampoco entraña peligro alguno el consentir a sus súbditos que
hagan un uso público de su propia razón y expongan públicamente al mundo sus pensamientos
sobre una mejor concepción de dicha legislación, aun cuando critiquen con toda franqueza la
que ya ha sido promulgada; esto es algo de lo cual poseemos un magnífico ejemplo, por cuanto
ningún monarca ha precedido a ése al que nosotros honramos aquí.

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Kant propone que la libertad en materia religiosa se extienda también a cuestiones legislativas.
Es el ideal político kantiano de la constitución republicana, recogida en el primer artículo
definitivo de Hacia la paz perpetua.

El despotismo ilustrado hoy.

Es evidente la influencia de Locke y Rousseau en esta transformación del ciudadano como


colegislador. El contrato social tiene que respetar de un modo u otro la libertad que el hombre
poseía en estado de naturaleza.

12. Demasiada libertad como la que es posible en democracia es perjudicial para el


crecimiento espiritual de un pueblo pues pone en peligro para el orden social. Un déspota
ilustrado como Federico II puede fomentar el máximo librepensamiento y, al mismo tiempo,
garantizar un rígido orden social.

Pero sólo aquel que, precisamente por ser ilustrado, no teme a las sombras, al tiempo que
tiene a mano un cuantioso y bien disciplinado ejército para tranquilidad pública de los
ciudadanos, puede decir aquello que a un Estado libre no le cabe atreverse a decir: razonad
cuanto queráis y sobre todo cuanto gustéis, ¡con tal de que obedezcáis! Aquí se revela un
extraño e inesperado, curso de las cosas humanas; tal como sucede ordinariamente, cuando
ese decurso es considerado en términos globales, casi todo en él resulta paradójico. Un mayor
grado de libertad civil parece provechosa para la libertad espiritual del pueblo y, pese a ello, le
coloca límites infranqueables; en cambio un grado menor de esa libertad civil procura el ámbito
para que esta libertad espiritual se despliegue con arreglo a toda su potencialidad. Pues,
cuando la naturaleza ha desarrollado bajo tan duro tegumento ese germen que cuida con
extrema ternura, a saber, la propensión y la vocación hacia el pensar libre, ello repercute sobre
la mentalidad del pueblo (merced a lo cual éste va haciéndose cada vez más apto para la
libertad de actuar) y finalmente acaba por tener un efecto retroactivo hasta sobre los principios
del gobierno, el cual incluso termina por encontrar conveniente tratar al hombre, quien ahora
es algo más que una máquina, conforme a su dignidad.

Königsberg (Prusia), 30 de Septiembre de 1784

El republicanismo kantiano implica un difícil equilibrio entre Hobbes y Rousseau. Por un lado,
Kant entiende que la libertad es un derecho natural del hombre que debe ser potenciado en
orden al progreso de la humanidad. Pero, por otro, si dicha libertad no está encauzada por un
rígido orden social donde la autoridad del soberano es inapelable, como ocurría en Hobbes,
puede ser contraproducente.

Kant confía en que la mera libertad de pensamiento transformará a los hombres de tal manera
que llegará el día en que no tengan que ser tratados como súbditos o máquinas sino como
ciudadanos conforme a la dignidad que les otorga la libertad.

Doscientos años después del texto de Kant seguimos sin estar preparados para ser
colegisladores reales. La democracia consiste en votar cada cuatro años y transformarse en
siervos de los mercados mientras tanto.

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La teoría opuesta a esta propuesta kantiana de “libertad bajo control” es el materialismo
histórico de Marx. Según este, son necesarias algo más que palabras para cambiar el orden
social.

4. Contraposición

Kant dijo que se debía imponer el sujeto cognoscente (sus estructuras a priori, categorías e
ideas) al objeto conocido para que el conocimiento de éste sea universal. Además dijo que
sólo habrían de ser científicos los juicios sintéticos a priori que cumplan las condiciones formal
y empírica. Nietzsche negará la objetividad de la ciencia: dirá que al afirmar que el
entendimiento impone sus leyes a la naturaleza Kant tendrá razón, pero el resultado no será
conocimiento empírico, sino un conocimiento que nos hemos inventado para hacer de los
objetos algo útil, pues las leyes no provienen del objeto en sí, provienen de nosotros. La
ciencia no explica las cosas, las hace manipulables e identificables. Es una creencia inveterada,
que tenemos por verdadera porque la necesitamos para vivir y sobrevivir pero «la vida no es
un argumento». Además dirá que no sólo ya la ciencia sino hasta el lenguaje son siempre
subjetivos pues dice que todo pensamiento humano, incluso científico, se expresa, lo que
arruina para siempre su pretensión de objetividad, es decir, al expresar cualquier idea, le
añadimos inconscientemente nuestra particular visión (ya sea simplemente por usar unas
determinadas palabras en lugar de otras) y la objetividad se pierde. Dirá también que el
lenguaje antropomorfiza los conceptos, añadiéndoles parte de las propiedades humanas
(como el género). Llegará incluso a declarar que la verdad es un error del ser humano, pero
que es necesario para su existencia. Así, Nietzsche negará cualquier papel de la razón en pos
de su vitalismo.

Kant dirá que la metafísica no es una ciencia por no cumplir la condición material, pero que es
de interés moral pues el hombre tiende a ella por naturaleza. Nietzsche dirá que precisamente
ese interés moral es el que hace falsa la Metafísica: el hombre la crea para hacer más llevadera
su vida y sentirse acogido bajo un manto de mentiras.

En cuanto al hombre, Kant dirá que es a la vez fenómeno (objeto físico) y noúmeno (dado su
carácter moral y libre) estando determinado por sus tres disposiciones originarias: disposición
a la animalidad, a la humanidad y a la personalidad. En tanto que la primera es un ser
insociable y egoísta, en tanto que las otras dos es un ser ético, moral y social. Nietzsche dirá
que la realidad nouménica del hombre es pura invención: el hombre para él es un intermedio
entre el animal y el superhombre, que para avanzar deberá eliminar esa moral del esclavo, ese
concepto de mundo inteligible, esa concepción dualista del mundo, y obtener la voluntad de
poder haciendo efectiva la muerte de Dios.

La ética kantiana se caracteriza por carecer de contenido y ser una ética formal que se articula
en imperativos categóricos por los que la razón consigue ser heterónoma (pues es ella quien
crea la ley moral). Es una ética racional del deber. Nietzsche dirá que una ética basada en el
deber será una farsa, pues dirá que ese "deber" es en realidad la idea de "Bien en sí" platónica,
universal y perfecta, la cual concibe como una ficción cerebral que expresa la decadencia del
hombre y como una forma de nihilismo pasivo. Así, se posicionará en la postura en la que cada
uno defienda su propio deber frente al concepto de deber en general. Es decir, cada cual ha de
acuerda como crea conveniente y no como "deba", pues este deber ambiguo puede ser

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interpretado de mil formas, al no tener esa universalidad de la que Kant presumía.
Sin embargo, para Nietzsche, al igual que para Kant, la ética que se ha impuesto a lo largo de la
historia es una ética preñada de contenidos, una moral de esclavos, donde los códigos se
imponen del exterior. Frente a esta moral Nietzsche postulara la moral de señores, la
formación de una moral donde sea el superhombre el que forme su propia moral. Ambas
posturas morales parecen acercarse, pues los dos autores parecen decir que la moral tiene que
venir determinada por el propio sujeto sin necesidad imposición exterior.

El ideal político de Kant será el republicanismo que asegure la representatividad del pueblo,
así como la separación de poderes que asegure a los ciudadanos libertad, dependencia de la
legislación e igualdad. Desechará, eso sí los despotismos como la democracia (el despotismo
del pueblo) o cualquier otro sistema en el que el gobierno posea todos los poderes y cree y
ejecute leyes a su antojo (aquel sistema en el que el gobierno posea el Estado). Nietzsche
desecharía rotundamente este sistema ya que él estaba en contra de la igualdad y del
socialismo, pues decía que el superhombre no tiene miedo a las diferencias y que así se
reduciría todo lo que es original y extraordinario a corriente y mediocre. Por ello, separa el
concepto de igualdad del de justicia (pues veía la igualdad predicada por el cristianismo como
algo repugnante). El autor no defendió ninguna postura política concreta, si bien criticó
muchas, pero de su filosofía salieron argumentos para defender desde totalitarismos hasta
anarquismos. Otro tema sería qué legitimidad que le hubiera dado Nietzsche a estos
argumentos si hubiese tenido ocasión.

5. Actualidad

1. Educación ético-cívica

El debate en torno a la necesidad de educar moralmente a la sociedad sigue vigente


actualmente a igual que en la época de Kant, y es que, según nuestro autor, para que se
cumpla el objetivo de autonomía no basta con el “uso público de la razón”. Nuestra sociedad
ha logrado un nivel de de libertad de expresión inimaginable para Kant sin que por ello se haya
logrado aumentar la autonomía del gran público. Es necesaria, por tanto, la educación.

En los últimos años ha existido un debate político en España en torno a la asignatura de


Educación para la Ciudadanía. Los partidarios de dicha asignatura se mostraban a favor de
educar en unos valores determinados que pensaban que estaban en consonancia con la
sociedad del momento. Los detractores de esta asignatura de obligado cumplimiento
defendían que el sistema no tenía el derecho de educar en algunos de estos valores, puesto
que la educación moral no debe pertenecer al sistema educativo, sino que esta es una
responsabilidad de los progenitores. Algunos de ellos llegaron a alegar que la moral del sujeto
no puede estar condicionada por el seguimiento de unos valores, al estilo de la moral material
contra la que tanto había luchado Kant. Este debate, el de la formación moral del individuo,
todavía sigue vigente.

2. Códigos deontológicos

Siguiendo con la herencia que deja Kant sobre todo en el campo de la ética, tenemos que
destacar la creación de los códigos deontológicos de las profesiones. Si bien es cierto que la

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deontología ya existía desde tiempos antiguos, será Kant el que con la construcción de la ética
del deber ponga en auge dichos códigos deontológicos. Los códigos deontológicos son unos
manifiestos compuestos por una serie de valores y de normas que asumen voluntariamente
aquellos que empiezan a formar parte de una actividad profesional. En este sentido, los
códigos deontológicos tienen una herencia kantiana porque no obligan legalmente a que se
tengan que cumplir: el individuo acepta voluntaria y libremente que existe una especie de
código de honor que conlleva el ejercicio de una profesión y que, por tanto, debe actuar así. Es
un deber, no una norma legal ni una obligación profesional impuesta; se trata de una moral del
deber. Es una extensión de la ética kantiana.

3 La ilustración

Del mismo modo, las grandes ideas ilustradas, las de Humanidad y Razón sobre todo, han
perdido su “mágico prestigio” en un mundo como el nuestro, en el que la irracionalidad y la
insolidaridad se camuflan como auténticos motores de la conducta, aunque no aparezcan en
los discursos oficiales, en nuestro lenguaje cotidiano, plagado, eso sí, de expresiones
“políticamente correctas” como “todos los hombres son iguales” y otras por el estilo. Pero, por
otro lado, al menos la actual referencia ética que supone la existencia de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos es una clara herencia del formalismo ético kantiano
(ningún hombre debe ser tratado como un medio sino siempre como un fin) como también lo
son nuestros actuales sistemas democráticos, basados en el principio de representatividad y la
separación de poderes (en los que Kant insistió) que, siendo imperfectos, constituyen sin
embargo un marco de convivencia más humano que el de otras épocas históricas.

Tal vez, la Ilustración sea más un horizonte al que nos vamos acercando sin llegar a abarcarlo
nunca por completo, una referencia a tener en cuenta, un proceso siempre en construcción, e
insatisfecho y autocrítico en su misma raíz. Tal vez, como ya advirtiera Kant, no es lo mismo
una “época de ilustración” que una “época ilustrada”, y a la nuestra, como a la mayoría de las
épocas históricas, le queden aún muchas tareas pendientes: las guerras, la injusticia, la
pervivencia de la explotación, la extensión de la cultura y la igualdad de oportunidades a todos
los hombres, etc.

Por eso, es plenamente actual su valoración de la libertad como medio natural de una
sociedad plenamente humana. Su propuesta de considerar la “libertad negativa”(la potestad
de actuar sin interferencias ni obstáculos) como fundamental para la convivencia está vigente
en las actuales democracias liberales. Su idea de una Federación de estados libres es para
muchos la única salida a la permanente crisis internacional. Algo así como la ONU pero con una
estructura democrática y con más poder de intervención en los conflictos.

Finalmente, cabe destacar que la denominada “crisis del proyecto ilustrado”( ya que la idea
ilustrada de un progreso inacabable de la humanidad ha revelado su carácter precario) ocupa
en la actualidad a no pocos filósofos o intelectuales de la más diversa índole, lo cuales se
mueven entre la condena según el modelo de Rousseau ( que podríamos expresar
gráficamente con el título de la obra de Goya “El sueño de la razón produce monstruos” ), o
entre la defensa de sus valores, y, ¿cómo no hacerlo con una mínima sensatez si aún la
Ilustración es una aspiración y la mayoría de los hombres se perpetúan en una minoría de edad
fomentada por videntes, futurólogos y banales medios de comunicación?

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