La Doctrina Monroe
La Doctrina Monroe
LA DOCTRINA MONROE
Jorge G. Paredes M.
Profesor de Historia y Geografía por la UNMSM
Lima-Perú
Índice
La doctrina Monroe
Anexos:
-Texto de la Doctrina Monroe
-Propuesta de declaración conjunta británico-norteamericana sobre las colonias
de España en América (dirigida por el ministro Jorge Canning al embajador
norteamericano en Londres, Ricardo Rush, el 16 de agosto de 1823)
-Carta de Jefferson a Monroe el 24 de octubre de 1823.
-Reunión del 7 de noviembre de 1823 del Gabinete norteamericano según el
Secretario de Estado, Juan Quincy Adams.
Bibliografía
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En 1803 volvería a Francia, esta vez por encargo de Jefferson, y nada menos como
ministro plenipotenciario, con la especial misión de asesorar a Robert R. Livingston –el ministro
residente en dicho país- en las negociaciones para la adquisición de la Luisiana, así como
también para cooperar con Charles Pinckney, embajador en España, en el caso de la cesión de la
parte oriental y occidental de Florida.
Entre 1803 y 1807 Monroe se desempeñó como ministro plenipotenciario en Gran
Bretaña. En 1811 el presidente Madison le encargó la Secretaría de Estado, cargo que
desempeñaría hasta marzo de 1817. Le cupo desempeñar un papel más o menos relevante en la
guerra angloestadounidense en su calidad de Secretario de Guerra, la cual concluyó con la firma
del Tratado de Gante, en diciembre de 1814.
En 1816 la convención republicana eligió a Monroe como candidato para las elecciones
presidenciales, ganando en éstas por aplastante mayoría (183 votos electorales contra 34) a su
oponente federalista Rufus King. Sería Presidente por dos Períodos (1817-1825), teniendo el
privilegio, en 1820, de ser reelegido para el periodo 1821-1825, por todos los votos electorales,
salvo uno, el de John Quincy Adams, elector de New Hampshire, que deseaba que ese honor
sólo lo gozase G. Washington.
En su primer gobierno adoptó una política conciliatoria con la denominada “Era de los
Buenos Sentimientos” (Era of Good Feelings), la cual concluiría hacia 1820 como consecuencia
del problema de la esclavitud., al cual brevemente nos referiremos más adelante.
El acontecimiento de su administración que hizo inmortal su nombre fue la formulación
de la llamada Doctrina Monroe.
Durante su gobierno el problema de la esclavitud llegó a cierto equilibrio al firmarse el
denominado “Compromiso de Misuri”. La esclavitud había crecido rápidamente, “como un
repique de campanas que anuncia un incendio”, según las expresivas palabras de Jefferson.
En 1818, cuando Illinois fue admitido en la Unión, había 10 Estados esclavistas y 11
libres. En 1819 Alabama y Misuri gestionaron su admisión. Alabama sería Estado esclavista; su
admisión restablecería el equilibrio entre Estados esclavistas y libres, por lo que en el norte
surgió oposición al ingreso de Misuri si es que no era con la condición de Estado libre. Fue
necesaria una enmienda a la ley de admisión, en virtud de la cual Misuri adoptaría gradualmente
la emancipación. Como el Congreso tenía mayoría de representantes de Estados libres, se creó
una situación de parálisis política y se temía el estallido de una guerra intestina. Pero se
solucionó el problema mediante el “Compromiso de Misuri” por el cual Misuri era admitido en
la Unión como Estado esclavista, pero al mismo tiempo Maine ingresaba como Estado libre. El
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La doctrina Monroe
En 1822 Estados Unidos fue el primer estado que reconoció las nuevas naciones que en
Hispanoamérica acababan de separarse de España. Aquel mismo año inquietaron a los Estados
Unidos dos iniciativas procedentes de Europa y dirigidas hacia el Nuevo Mundo:
El zar Alejandro I proclamó los derechos de Rusia sobre la costa del Pacífico y las aguas
vecinas desde Alaska, que pertenecían entonces a Rusia hasta el paralelo 51, es decir
hasta la parte norte de la isla de Vancouver.
Siguiendo las instrucciones de Monroe, John Quincy Adams informó al ministro de
Rusia que los Estados Unidos “debían discutir el derecho de Rusia a cualquier
establecimiento territorial en este continente y debían afirmar claramente que el
continente americano no se hallaba ya supeditado a cualquier nuevo establecimiento
colonial europeo”. El Secretario de Estado escribió al Ministro de los Estados Unidos en
Rusia: “tal vez no haya momento más favorable para decir franca y explícitamente al
gobierno ruso que la paz futura y el interés de la propia Rusia no pueden verse
facilitados por el establecimiento de Rusia en una parte cualquiera del continente
americano”.
En otoño de 1822, en el Congreso de Verona, Francia y las potencias de la Santa Alianza
(Austria, Rusia y Prusia) decidieron intervenir en España, donde una revolución había
obligado a Fernando VII a aceptar una Constitución liberal. En 1823 Luis XVIII envió
un ejército al otro lado de los Pirineos para ayudar al monarca español a restaurar su
poder absoluto. Los Estados Unidos temieron que las potencias de la Santa Alianza, se
ocupasen luego de sus antiguas colonias hispanoamericanas.
había sido obligado a aceptar una monarquía constitucional. Luis XVIII brindó auxilio militar a
Fernando VII y con ello se pudo restablecer el absolutismo en España. ¿Acaso no podía Francia,
como agente de la Santa Alianza y con el beneplácito de Fernando VII, hacer lo propio en
Hispanoamérica?
Ya hemos señalado que en 1822 los Estados Unidos fueron la primera potencia en
reconocer a los nacientes estados hispanoamericanos.
Pero en Europa, Inglaterra también manifestaba cierta inquietud y aunque había visto con
simpatía, por todo lo favorable para sus intereses económicos, la independencia de los estados
hispanoamericanos, sin embargo aún no se había decidido por reconocer formalmente esta
independencia. George Canning, Secretario inglés de Relaciones Exteriores, propuso una acción
conjunta anglo-estadounidense contra una posible intervención de la Santa Alianza en América.
Hasta aquí lo que comúnmente se sostiene. Pero, según historiadores como Paul Kossok,
Inglaterra en realidad creó la leyenda de la posible intervención de la Santa Alianza en
Hispanoamérica, por así convenirle a sus intereses económicos y financieros, toda vez que
Hispanoamérica, fundamentalmente, se le presentaba como un mercado gigantesco y apetecible.
Jefferson y Madison, asesores no oficiales del presidente Monroe, se manifestaron en
favor de establecer una cooperación íntima con los británicos. Pero el Secretario de Estado, John
Quincy Adams consideró que los Estados Unidos debían mantener su independencia y su fuerza
actuando por sí solos. Monroe se decidió por esto último y bajo esta óptica presentó su mensaje
al Congreso el 2 de diciembre de 1823. Esta actitud de actuar solos la defendía Adams
argumentando que era más sincero y más digno “reconocer nuestros motivos, en forma
explícita, ante Rusia y Francia, que aparecer como una barquilla que sigue la estela del barco
de guerra británico”.
El informe o mensaje al Congreso dado por Monroe, en su mayor parte -en cuanto se
refiere a asuntos exteriores- fue obra de J.Q. Adams, quien, con anterioridad, en una nota
enviada a Rusia el diecisiete de julio de 1823, había enunciado la doctrina de oponerse a futuras
colonizaciones europeas en el continente americano.
El problema realmente es más complejo de lo que comúnmente aparece en los análisis
simplistas. Hay que tener en cuenta que Estados Unidos reaccionó frente a las pretensiones de
Rusia al territorio sur de Alaska, que se extendía hasta el paralelo 51, pretensiones que se
oponían a las norteamericanas e inglesas en los territorios del noroeste costero del Pacífico.
Tanto es así, que en el Mensaje se dice en forma explícita que los Estados Unidos, a propuesta
de Rusia, ha dado plenos poderes a su Ministro en San Petersburgo “para arreglar en términos
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amistosos los derechos e intereses respectivos de las dos naciones en la costa noroccidental de
este continente”.
Historiadores como J. Fred Rippy y T.H. Tatum consideran que la Doctrina Monroe
realmente estuvo dirigida contra Inglaterra y no solo, o no tanto, contra Francia o Rusia. Que la
presunta amenaza de la Santa Alianza a América, en 1823, fue una invención británica, pero que
ni Adams ni Monroe cayeron en el engaño. Que si bien en el Mensaje se habla que los Estados
Unidos no admite la intromisión de ninguna potencia extranjera en el hemisferio occidental, sin
embargo esta alusión estaba dirigida principalmente contra Inglaterra y sobre todo contra los
designios que Inglaterra tenía en cuanto a Cuba. En carta a Rush, de 22 de julio de 1823 Adams
le señalaba: Si “los miembros de la Santa Alianza sometieran a la América hispana, el
resultado final sería recolonizarla, para dividirla entre ellos. Rusia tomaría California, Perú y
Chile; Francia se apoderaría de México, en donde sabemos que ha estado tramando conseguir
una monarquía encabezada por un príncipe de la Casa de Borbón, lo mismo que en Buenos
Aires. Gran Bretaña, como último recurso, si no pudiera oponerse a estos acontecimientos,
tomaría por lo menos la isla de Cuba como su porción en la repartija…” (Rippy, 1967, p. 72).
Adams, precisa Rippy, temía que Gran Bretaña, dadas ciertas circunstancias, pudiera tomar
posesión de parte o aún del conjunto de las colonias españolas.
Lo cierto es que, en 1823, en los Estados Unidos imperaba un sentimiento fuertemente
antibritánico, porque se sospechaba que Inglaterra intentaba colaborar con la Santa Alianza,
aparte de que Inglaterra mostraba cierta indiferencia e incluso antagonismo hacia los Estados
Unidos.
“En las guerras que han sostenido las potencias europeas en asuntos que sólo a ellas
corresponden, nunca hemos intervenido, ni se compadece con nuestras normas el obrar de otro
modo
[…]. No nos hemos inmiscuido, ni lo haremos, en las colonias o dependencias que ya poseen
algunas naciones europeas. Pero tratándose de los gobiernos que han declarado y mantenido
su independencia y la cual hemos reconocido…no podríamos contemplar la intervención de
ninguna potencia europea que tendiera a oprimirlos, o a controlar de cualquier otro modo, sino
como demostración de sentimientos posos amistosos hacia los Estados Unidos […]. Es
imposible que las potencias aliadas extiendan su sistema político a cualquier parte del
continente americano sin poner en peligro nuestra paz y felicidad […]. Por consiguiente no nos
es posible contemplar con indiferencia cualquier forma de intromisión […]”.
La consecuencia más importante fue la creación de la teoría de las dos esferas y de allí
que se hable de la doctrina Monroe como de la doctrina de América para los americanos o, un
tanto sarcásticamente, de América para los norteamericanos.
Si bien es cierto que esta doctrina sirvió, en cierta forma, como freno a las pretensiones
coloniales europeas en suelo americano, sin embargo dejó a las recientes naciones
independientes libres pero con el león en casa, listo para atacar cuando lo desease.
Señaló el nacimiento de una diplomacia propiamente usamericana, resultado de la toma
de conciencia inmediatamente posterior a los acontecimientos revolucionarios.
Logró detener una doble amenaza: la de los rusos que trataban de extenderse por la costa
del Pacífico y excluir todos los navíos extranjeros al norte del paralelo 51, y la de las potencias
de la Santa Alianza, deseosas o susceptibles de inclinarse a socorrer a España en sus posesiones
americanas.
Fue recibida con entusiasmo en los Estados Unidos, pero en Europa pasó inadvertida o
provocó cierta exasperación, porque, como han demostrado diversos historiadores, las potencias
europeas en realidad no tenían intención alguna de intervenir en la América española.
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Fue letra muerta, por lo menos durante 20 años. La doctrina, con relación a
Latinoamérica, se tradujo en una política de no-alianza sistemática (negativa a intervenir en el
Congreso de Panamá de 1826).
Las aplicaciones de la doctrina en la primera mitad del siglo XIX fueron raras (intento
anglo-francés cuando la cuestión de Texas, en 1845, o la amenaza inglesa y española sobre
Yucatán en 1848). Los Estados Unidos, por ejemplo, no la invocaron y no se opusieron a la
ocupación de las islas Falkland, en 1833. Sin embargo, es bueno recordar que el Presidente
James K. Polk reiteró los principios de la Doctrina Monore, en 1845 y 1848, como una
advertencia para que Gran Bretaña y España no se inmiscuyeran en el caso de Oregon,
California y la Península de Yucatán. Su informe anual de 2 de diciembre de 1845 es
considerado por ello un documento ratificatorio de la Doctrina Monroe. En dicho informe
leemos:
“[…]Los Estados Unidos, con el deseo sincero de conservar relaciones de armonía con todos
los países, no pueden pasar inadvertida cualquiera intromisión europea en el Continente
norteamericano y, en el caso de que se intentara, los Estados Unidos estarán prontos a
resistirla, no obstante los riesgos que tuvieran que afrontar.
[…]
Hace casi un cuarto de siglo, al rendir su informe anual uno de mis predecesores, anunció al
mundo esta doctrina en términos muy claros:
[…]
En las circunstancias que confronta el mundo de nuestros días consideramos que ésta es la
ocasión adecuada para reiterar y ratificar la tesis enunciada por el señor Monroe y para
manifestar mi cordial cooperación con la sabiduría y firmeza de esta doctrina […] (Morris,
Richard B., 1962, pp.177-179).
.La verdadera historia de la aplicación de la doctrina Monroe comienza a fines del s. XIX
cuando se transformó en ofensiva y sirvió para justificar las anexiones usamericanas.
Es preciso, sin embargo, señalar que los orígenes de la tendencia expansionista
estadounidense, que bien merecen un análisis geopolítico que explore sus causas más profundas,
se remontan a los inicios mismo de los Estados Unidos como tal, como se ilustra palpablemente
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en actitudes netamente expansionistas de Jefferson, para citar un ejemplo. En una misiva escrita
desde París, leemos:
“Nuestra Confederación debe ser considerada como el nido desde el cual toda América, así la
del Norte como la del Sur, habrá de ser poblada. Mas cuidémonos de creer que interesa a este
gran Continente expulsar a los españoles de inmediato. Por el momento aquellos países se
encuentran en las mejores manos (las de España) y solo temo que éstas resulten demasiado
débiles para mantener sus colonias sujetas hasta que nuestra población progrese lo suficiente
para ir arrebatándoselas parte por parte”.
Lo propio en cuanto a su inocultable pretensión de anexarse Cuba, aspiración que
Thomas Jefferson, en 1809, expresa en una misiva dirigida a James Madison: “Confieso
francamente que siempre he visto en Cuba la más interesante adición que se puede hacer a
nuestro sistema de estados”.
Pocos años después, justamente en el año de la formulación de la que dos década
después pasaría a ser conocida como la Doctrina Monroe, 1823, el entonces Secretario de
Estado, John Quincy Adams, formula la denominada “doctrina de la fruta madura”, al sostener,
con argumentos de un pretendido cientificismo geopolítico, la existencia de leyes de gravitación
política semejantes a los de la gravitación física:
“Así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera,
dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial
que la liga a ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia
la Unión Norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en
virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno” (Alzugaray Treto,
Carlos).
Como se puede fácilmente colegir, la denominada Doctrina Monroe no es sino la
expresión más clara de una tendencia expansionista e imperialista que caracterizan a los Estados
Unidos desde sus inicios como estado independiente. Sin embargo, como lo ha señalado David
Fieldhouse, “Los Estados Unidos fueron la última potencia occidental en conquistar un imperio
colonial, y la que menos de todas presentó las características formales del imperialismo”.
Según el citado especialista, el imperio americano se forma en 1898, año hasta el cual todos los
territorios norteamericanos se hallaban en el continente americano, con excepción del puerto
carbonero de Midway. A partir de 1898 comienza a ocupar Cuba y otras regiones caribeñas y de
América central, forjándose un imperio pero sin perder los ideales republicanos y casi sin desear
la conformación de colonias.
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Anexos:
[…] A propuesta del gobierno imperial ruso, comunicada por conducto del ministro del
Emperador, acreditado en nuestro país, se han transmitido un poder amplio e instrucciones al
ministro de los Estados Unidos en san Petersburgo, para arreglar en términos amistosos los
derechos e intereses respectivos de las dos naciones situadas en la costa noroccidental de este
continente. Con anterioridad, el gobierno de Su Majestad Imperial hizo una propuesta
semejante al de la Gran Bretaña, el cual también ha accedido a ella. Los Estados Unidos, al
intervenir en estos trámites amistosos, han tenido la oportunidad de manifestar el gran valor que
atribuyen indiscutiblemente a la amistad del Emperador y su solicitud para cultivar la mejor
comprensión con su gobierno. Los debates a que han dado lugar este asunto y las disposiciones
para concluirlo, se han estimado como ocasión propicia para sustentar, como un principio en el
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cual se involucran los derechos e intereses de los Estados Unidos, el hecho de que los
continentes americanos, por las condiciones de libertad e independencia que han asumido y
mantenido, no deben ser considerados, de hoy en adelante, como entidades sometidas a una
colonización futura por parte de cualquier potencia europea […].
Al celebrarse la última sesión, se expuso que España y Portugal estaban haciendo grandes
esfuerzos para mejorar la condición de los pueblos de esos países, lo cual parecía llevarse con
moderación extraordinaria. Apenas se debe hacerse notar el hecho de que el resultado ha sido
tan diferente de lo que entonces se anticipó. Ante los acontecimientos que han tenido lugar en
esa parte del globo con la cual mantenemos gran intercambio y de la que procedemos, siempre
nos hemos comportado como espectadores inquietos e interesados. Los ciudadanos de los
Estados Unidos abrigan los sentimientos más amistosos en favor de la libertad y de la felicidad
de sus congéneres que radican al otro lado del Atlántico. En las guerras que han sostenido las
potencias europeas en asuntos que solo a ellas corresponden, nunca hemos intervenido, ni se
compadece con nuestras normas el obrar de otro modo. Únicamente cuando nuestros derechos
son invadidos o amenazados seriamente, es cuando resentimos los agravios o nos preparamos
para defendernos. Necesariamente, nos sentimos más ligados con los movimientos que tienen
lugar en este hemisferio, y por causas que resultan evidentes para todo observador civilizado e
imparcial. A este respecto, el sistema político de las potencias aliadas es esencialmente distinto
del que en América. Esta diferencia procede de lo que existe en sus gobiernos respectivos. Toda
nuestra nación se ha consagrado a la defensa de nuestro gobierno, logrado mediante la pérdida
de mucha sangre y oro, madurado por la sabiduría de sus ciudadanos más civilizados y bajo el
cual hemos disfrutado de una felicidad que no tiene ejemplos y la cual debemos, en
consecuencia, a la sinceridad y a las relaciones amistosas que privan entre los Estados Unidos y
esas potencias, manifestando que debemos considerar cualquier esfuerzo que éstas hagan para
extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y
seguridad. No nos hemos inmiscuido, ni lo haremos, en las colonias o dependencias que ya
poseen algunas naciones europeas. Pero tratándose de los gobiernos que han declarado y
mantenido su independencia y la cual hemos reconocido al considera la justo de sus principios,
no podríamos contemplar la intervención de ninguna potencia europea que tendiera a oprimirlos,
o a controlar de cualquier otro modo su destino, sino como una demostración de sentimientos
pocos amistoso hacia los Estados Unidos. En la guerra que han sostenido esos nuevos gobiernos
y España, hicimos patente nuestra neutralidad, al mismo tiempo de su reconocimiento, y a esta
actitud nos hemos adherido, y nos seguiremos adhiriendo, siempre y cuando no surja algún
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cambio que, a juicio de las autoridades competentes de este gobierno, produzca un cambio
correspondiente por parte de los Estados Unidos, e indispensable para su seguridad.
Los últimos acontecimientos en España y Portugal demuestran que Europa está aún
revuelta. De este hecho tan importante no puede aducirse prueba más fehaciente que la de que
las potencias aliadas deben haber estimado conveniente, basándose en cualquier principio
satisfactorio para ellas, intervenir por la fuerza en los asuntos internos de España. El grado hasta
el cual esa intromisión puede llevarse a cabo, fundada en el mismo principio, es un problema en
el cual están interesadas todas las potencias independientes, cuyos gobiernos difieren de los de
ella, aun los más distantes, y sin duda, ninguno más que los Estados Unidos. Nuestra política
con respecto a Europa, adoptada en una fase inicial de las guerras que por tanto tiempo han
agitado a esa parte del mundo, no ha variado, esto es, sigue la misma conducta de no intervenir
en los asuntos internos de ninguna de las potencias europeas; considerar al gobierno de hecho
como el legítimo para nosotros; mantener relaciones cordiales con él, y conservarlas mediante
una política franca, sólida y viril, satisfaciendo en cualquier caso las reclamaciones justas de
toda nación, sin conformarse con los agravios de ninguna de ellas.
Pero las circunstancias son eminente y notoriamente distintas con respecto a estos
continentes. Es imposible que las potencias aliadas extiendan su sistema político a cualquier
parte del Continente Americano sin poner en peligro nuestra paz y felicidad; nadie puede creer,
tampoco, que nuestros hermanos del sur lo adoptaran por ellos mismos, de buen grado. Por
consiguiente, no nos es posible contemplar con indiferencia cualquier forma de intromisión. Si
establecemos una comparación entre la fuerza y los recursos de España y los que poseen los
nuevos gobiernos, así como la distancia que hay entre una y otros, resulta evidente que España
no debe sojuzgar a éstos. Los Estados Unidos sustentan como su verdadera política la de dejar
que las partes interesadas resuelvan sus propios asuntos, confiando en que otras potencias
imitarán ese proceder […]” (Morris, Richard B., 1962, pp. 158-162).
Antes de dejar la Ciudad, deseo traer a su atención de una manera más concreta, pero aún de
manera no oficial y confidencial, la cuestión que comentamos brevemente la última vez que tuve
el placer de verle.
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¿No es llegado el momento cuando nuestros dos Gobiernos puedan entenderse con respecto a las
Colonias de España en América? Y si podemos llegar a un entendimiento así, no sería oportuno
para nosotros y beneficioso para el resto del mundo, que sus principios queden claramente
fijados y simplemente expuestos
3. No estamos, sin embargo, dispuestos a poner ningún impedimento a un arreglo entre ellas y la
madre patria por medio de negociaciones amistosas.
Si hay otra potencia europea que abriga otros proyectos, que mira a una empresa bélica para
subyugar a las Colonias, por parte o en nombre de España, o que medita la adquisición para sí
de alguna parte de ellas, por cesión o por conquista; tal declaración por parte de su gobierno y
del nuestro sería el modo, a la vez el más efectivo y menos ofensivo, de intimar nuestra
desaprobación conjunta de tales proyectos.
Ello a la vez pondría fin a todos los celos de España respecto de las Colonias que le quedan, y a
la agitación que prevalece en esas Colonias, una agitación que no sería sino humano calmar;
estando decididos (como estamos) a no beneficiarnos de alentarla.
¿Concibe Ud. que esté autorizado, bajo los poderes que ha recibido recientemente, para entrar en
negociaciones y firmar alguna Convención sobre este asunto? ¿Concibe que, si no está dentro de
sus competencias, pueda Ud. intercambiar conmigo notas ministeriales sobre el tema?
Nada podría ser más satisfactorio para mí que unirme a Ud. en tal trabajo, y estoy persuadido
que en la historia del mundo rara vez ha habido la oportunidad para que tal pequeño esfuerzo de
dos Gobiernos amigos pueda producir un bien tan inequívoco y evitar unas calamidades tan
amplias.
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Yo estaré ausente de Londres no más de tres semanas a lo sumo: pero nunca tan distante que no
pueda recibir y responder a cualquier comunicación, antes de tres o cuatro días.»
Tomás Jefferson, el que fuera tercer presidente de los Estados Unidos (de 1801 a 1809), amigo
desde hacía décadas del entonces presidente, Santiago Monroe, le dirigió con fecha 24 de
octubre de 1823 una carta que traducida dice:
Estimado Señor,
La cuestión presentada por las cartas que me ha enviado Ud. es la más importante que se ha
ofrecido a mi contemplación desde la de Independencia. Ésa nos hizo una nación, ésta fija
nuestro compás y señala el curso que hemos de navegar a través del océano de tiempo que se
abre ante nosotros. Y nunca pudimos embarcarnos bajo circunstancias más favorables. Nuestra
máxima primera y fundamental ha de ser nunca enredarnos en las luchas de Europa. Nuestra
segunda, nunca tolerar que Europa se entremezcle en asuntos cisatlánticos. América, del Norte y
del Sur, tiene un conjunto de intereses diferente al de Europa, y peculiarmente suyo. Debe por
tanto tener un sistema propio, separado y aparte del de Europa. Mientras ésta trabaja para
convertirse en el domicilio del despotismo, nuestro esfuerzo debe ser ciertamente hacer nuestro
hemisferio el de la libertad. Una nación, más que ninguna, podría perturbarnos en esa empresa;
ella ofrece ahora liderar, ayudar y acompañarnos en la misma. Accediendo a su proposición, la
libramos de sus ligaduras, añadimos su poderoso peso a la balanza del gobierno libre, y de un
golpe emancipamos un continente, lo que podría de otra forma prolongarse mucho en dudas y
dificultades. La Gran Bretaña es la nación que puede hacernos más daño que ninguna otra, o que
todas en la tierra; y con ella de nuestro lado no necesitamos temer al mundo entero. Con ella
pues, debemos cultivar sinceramente una amistad cordial; y nada conduciría más a atar nuestros
afectos que luchar de nuevo, lado a lado, por la misma causa. No es que yo comprara hasta su
amistad por el precio de participar en sus guerras. Pero la guerra en la que la proposición actual
nos puede comprometer, si es ésa su consecuencia, no es su guerra sino la nuestra. Su objeto es
introducir y establecer el sistema americano, mantener fuera de nuestra tierras a todas las
potencias extranjeras, nunca permitir a las de Europa interferir en los asuntos de nuestras
naciones. Es mantener nuestros propios principios, no separarnos de ellos. Y si, para facilitar
esto, podemos crear una división en el grupo de las potencias europeas, y atraer a nuestro lado a
su miembro más poderoso, ciertamente debemos hacerlo. Pero soy claramente de la opinión de
Mr. Canning, que evitará la guerra en lugar de provocarla. Con la Gran Bretaña fuera de su
balanza y trasladada a la de nuestros dos continentes, toda Europa combinada no entraría en esa
guerra. Porque, ¿cómo propondrían atacar a cualquier enemigo sin flotas superiores? No es a
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despreciar la ocasión que esta proposición ofrece para declarar nuestra protesta contra las
atroces violaciones del derecho de las naciones, por la interferencia de una en los asuntos
internos de otra, tan escandalosamente iniciada por Bonaparte, y ahora continuada por la
igualmente sin ley Alianza, llamándose a sí misma Santa.
Pero primero debemos hacernos una pregunta. ¿Deseamos adquirir para nuestra propia
confederación una o más de las provincias de España? Confieso cándidamente que siempre he
mirado a Cuba como la adición más interesante que pudiera hacerse nunca a nuestro sistema de
Estados. El control que, con Punta Florida, esta isla nos daría sobre el Golfo de México, y los
países y el istmo limítrofes, además de aquéllos cuyas aguas fluyen a él, colmarían la medida de
nuestro bienestar político. Pero, como soy sensible a que esto no se puede obtener, aun con su
propio consentimiento, sino con guerra; y la independencia, que es nuestro segundo interés, (y
especialmente la independencia de Inglaterra), se puede obtener sin ella, no tengo ninguna duda
en abandonar mi primer deseo a oportunidades futuras, y en aceptar la independencia, con paz y
la amistad de Inglaterra, mejor que la anexión al coste de guerra y de su enemistad.
He estado por tanto tiempo desconectado de temas políticos, y por tanto tiempo he dejado de
interesarme en ellos, que soy consciente de no estar cualificado para ofrecer opiniones sobre
ellos dignas de ninguna atención. Pero la cuestión ahora propuesta es de consecuencias tan
duraderas y efectos tan decisivos sobre nuestros futuros destinos como para reavivar todo el
interés que he sentido hasta ahora en tales ocasiones, e inducirme a aventurar opiniones, que
probarán solamente mi deseo de contribuir aún mi óbolo a cualquier cosa que pueda ser útil a
nuestro país. Y rogándole lo acepte solo por lo que tenga de valor, le añado la seguridad de mi
constante y afectuosa amistad y respeto.»
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Juan Quincy Adams, hijo del segundo presidente norteamericano (Juan Adams, 1797-1801),
Secretario de Estado durante la presidencia de Monroe, a quien sucedería como sexto presidente,
ha dejado el siguiente relato de la reunión del Gabinete el 7 de noviembre de 1823:
«Washington, 7 de noviembre. Reunión del Gabinete en el despacho del Presidente desde la una
y media hasta las cuatro. Mr. Calhoun, Secretario de Guerra, y Mr. Southard, Secretario de la
Armada, presentes. El asunto a consideración fue la proposición confidencial del Secretario
Británico de Estado, George Canning, a R. Rush, y la correspondencia entre ellos en relación a
los proyectos de la Santa Alianza para Sur América. Hubo mucha conversación sin llegar a una
conclusión definitiva. El objetivo de Canning parece haber sido obtener alguna promesa pública
del Gobierno de los Estados Unidos, ostensiblemente contra la interferencia por la fuerza de la
Santa Alianza entre España y Sur América; pero realmente o especialmente contra la
adquisición por los Estados Unidos mismos de cualquier parte de la posesiones de España en
América.
Mr. Calhoun se inclina a dar poder discrecional a Mr. Rush para unirse en una declaración
contra la interferencia de la Santa Alianza, aunque sea necesario obligarnos a no apoderarnos de
Cuba o de la provincia de Texas; porque el poder de Gran Bretaña es mayor que el nuestro para
apoderarse de ellas, debemos tomar la ventaja de obtener de ella la misma declaración que
debemos hacer nosotros.
Pensé que los casos no son paralelos. No tenemos intención de apoderarnos de Texas o Cuba.
Pero los habitantes de una o ambas pueden hacer uso de sus derechos básicos, y solicitar la
unión con nosotros. Ciertamente no harán eso con la Gran Bretaña. Uniéndonos a ella, por
consiguiente, en su propuesta declaración, le damos una promesa sustancial y quizás
inconveniente contra nosotros mismos, y realmente no obtenemos nada a cambio. Sin entrar
ahora en el estudio de la conveniencia de la anexión de Texas o Cuba a nuestra Unión, debemos
como poco mantenernos libres de actuar según surjan emergencias, y no atarnos a ningún
principio que pueda inmediatamente después ser utilizado en contra nuestra.
Al Presidente le disgustaba cualquier curso que tuviera la apariencia de tomar una posición
subordinada a la de Gran Bretaña…
Yo comenté que la comunicación recibida recientemente del Ministro Ruso, Barón Tuyl,
proveía, tal pensaba yo, una oportunidad adecuada y conveniente para fijar nuestra posición
frente a la Santa Alianza, a la vez que declinábamos la proposición de Gran Bretaña. Sería más
candoroso, y a la vez más digno, exponer de forma explícita nuestros principios ante Rusia y
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Francia, que presentarnos en una barquilla a la estela del buque de guerra inglés.
A esta idea asintieron todos, y se leyó mi borrador de una respuesta a la nota del Barón Tuyl
anunciando la determinación del Emperador de negarse a recibir a ningún Ministro de los
gobiernos de Sur América.
Bibliografía sucinta
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XXI, volumen 29. (México: Siglo Veintiuno Editores, S.A. de C.V., 1986)
-Fohlen, Claude: “La América anglosajona de 1815 a nuestros días” (Barcelona: Editorial
Labor, S.A., 1976)
-Julien, Claude: “El imperio americano”. (Barcelona: Ediciones Grijalbo, S.A., 1969)
-López Portillo y Rojas, José. “La doctrina Monroe”. México. Tipografía Económica, 1912
-Nervins, Allan y Henry Commager: “Breve historia de los Estados Unidos. Biografía de un
pueblo libre” (México. Compañía General de Ediciones S.A., 1963
-Rippy, J.Fred: “La rivalidad entre Estados Unidos y Gran Bretaña por América Latina” (1800-
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América Latina entre España y Estados Unidos (1880-1890). Historia Crítica, núm. 62, octubre-
diciembre, 2016, pp. 13-33 Universidad de Los Andes Bogotá, Colombia.
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-“Doctrine Monroe”. Encyclopædia Britannica, Deluxe Edition 2004. CD-ROM. En línea, en:
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-James Monroe
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-The Avalon Project at Yale Law School: Monroe Doctrine; December 2, 1823
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