II.
Ciudad y territorio
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CIUDAD Y ESPACIO PÚBLICO, PERSPECTIVAS COMPLEMENTARIAS / 69
Ciudad y espacio
público, perspectivas
complementarias y nuevos
desafíos
DANIEL GÓMEZ LÓPEZ
[Link]@[Link]
Artículo recibido 24/02/2007
Evaluación par externo 30/04/2007
Evaluación par interno 21/03/2007
Resumen
La ciudad y los procesos que ésta desencadena en su entorno territorial han
variado, de acuerdo con el momento histórico y contexto geográfico donde ocurrió,
está ocurriendo o sucederá, por lo tanto, lo primero y lo segundo, son tan
cambiantes, como lo son los elementos constitutivos de ese espacio ocupado,
apropiado y gobernado.
Son pocos los asuntos sobre los cuales coinciden las distintas comunidades
académicas y disciplinas que se encargan del estudio de los procesos urbanos,
como urbanistas, arquitectos, geógrafos, sociólogos, politólogos, ingenieros o
planificadores; por ejemplo, con relación a la definición de lo urbano o lo qué
podemos entender por ciudad; tal vez hay mayor acuerdo por lo que no es,
como se constata con los espacios dedicados, exclusiva o principalmente a las
actividades productivas agropecuarias. De la misma manera, sobre lo que se
considera como espacio público, ya que algunos le dan un énfasis estructural y
físico, como uno de los elementos rígidos que constituyen el espacio ocupado,
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mientras que otros, además de lo físico, rescatan de él referentes históricos,
culturales y simbólicos.
En la actualidad viene ganando audiencia la postura que combina lo físico y
material de la ciudad y el espacio público, con lo inmaterial y simbólico de los
mismos, lo que le confiere un nuevo sentido. De este tipo de convergencias,
surge el escenario que contribuye a construir el ciudadano que requiere y de-
manda la ciudad.
De acuerdo con lo anterior, el análisis que aquí se presenta se aborda a partir
de tres aspectos relevantes: en primer lugar, se reiteran algunos de los caminos
andados, para esbozar algunas de las nuevas perspectivas sobre la ciudad y el
espacio público, tal como se sugiere en el título del artículo; en segundo lugar,
relacionar aspectos históricos, conceptuales y aplicados sobre la ciudad y de
esta con el espacio público, con base en el caso de Bogotá y finalmente plantear
algunos de los desafíos que surgen de esta interacción, a partir de algunas
reflexiones que buscan vincular esta temática con las ciencias sociales y en
particular con la ciencia política.
Palabras clave: ciudad, espacio público, perspectivas complementarias,
construyendo ciudadanía, ciudadanía, cultura ciudadana.
Abstract
The city and the processes triggered by the city in its territorial environment
have changed, according to the historical moment and the geographical context
in which it happened, is happening, or will happen; therefore, the former and
the latter are as changing as the elements of that occupied, appropriated, and
governed space.
There are very few subjects on which there is an agreement among the different
academic communities and disciplines that study urban processes, such as town
planners, architects, geographers, sociologists, political scientists, engineers, or
planners. For example, regarding the definition of the urban matters or what
we may understand as a city, a greater agreement may be found on what it is
not, as shown with spaces exclusively or mainly dedicated to the productive
agricultural/livestock activities. Likewise, regarding what is deemed as public
space, because some people stress the structural and physical aspect as one of
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the rigid elements that comprise the occupied space, while others rescue, in
addition to the physical, the historical, cultural, and symbolic references.
The position that considers the physical and material city and public space
combined with their immaterial and symbolic aspects has been gaining terrain
lately, providing them with a whole new sense. From these convergences arises
the scenario that contributes to the building of the citizenship required and
demanded by the city.
According to the foregoing, the analysis presented here is addressed from three
relevant aspects: First, reiterating some of the already treated topics to outline
some new perspectives on the city and the public space, as suggested in the title
of this article; second, relating historical, conceptual, and applied aspects of
the city and such aspects of the city related to the public space, based on the
case of Bogotá; and finally, formulating some challenges arising form this
interaction, based on certain thoughts that seek to link this topic with the
Social Sciences and, in particular, with the Political Sciences.
Key words: city, public space, complementary perspectives, building
citizenship, citizenship culture.
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Introducción
Con relación a la ciudad y los procesos urbanos, tal como lo men-
cionara el profesor Teran, “(…) todo lo que se intente en el análisis
de las características de lo urbano no será vana especulación, sino
esfuerzos encaminados a dar respuesta a una legítima aspiración
del saber”.1
Dos motivos principales orientan el presente artículo: en primer
lugar, el interés por sistematizar algunas notas de clase que se ela-
boraron con ocasión del curso sobre territorio y espacio urbano,
puesto en marcha en el pregrado en gestión y desarrollo urbanos,
por parte de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno de la Uni-
versidad del Rosario, en Bogotá. El segundo, se refiere a la puesta
en escena de un marco de referencia para perfilar una línea de in-
vestigación sobe la temática, que contribuya a orientar trabajos
posteriores.
El escrito está estructurado en tres partes: la primera se refiere a las
distintas perspectivas que contribuyen a comprender la ciudad, ta-
les como, la histórica, física funcional y sicológica y en cada una de
ellas se rescatan los aspectos clave sobre la manera como ha sido
considerado el espacio público; la segunda, realiza una revisión so-
bre la manera como se ha concebido y administrado el espacio pú-
blico en Bogotá; por último, la tercera, comprende las conclusiones,
referidas principalmente a los desafíos que sugiere una perspectiva
integrada.
1. La ciudad y espacio público,
perspectivas complementarias
1.1. Perspectiva histórica
Los primeros asentamientos humanos de que se tiene noticia, como
Jericó en Palestina y Catal Huyuc en Turquía, datan de unos 8.000
1
Manuel Teran, citado por Horacio Capel, En la definición de lo urbano. Dibujar el mundo.
Borges, la ciudad y la geografía del siglo XXI, Ediciones del Serbal, España, 2001.
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años a.C., sin embargo, para algunos autores, no se pueden consi-
derar propiamente como ciudades, debido a que sus actividades
fueron principalmente de tipo agrícola.
Por eso prefieren referirse al proceso urbano a partir del neolítico o
primera “revolución urbana”, coincidente con el inicio de las civiliza-
ciones; por lo tanto, para ellos las primeras ciudades son aquellas perte-
necientes al Imperio Sumerio, civilización establecida en los valles del
Tigris y del Eufrates en Mesopotamia. Hacia el 4.000 a.C. se en-
cuentran Ur, Uruk, Eridú, Erich, Lagash y Kish, asentamientos re-
lativamente extensos, ocupados por varios miles de habitantes, con
sus respectivos cementerios, tumbas, tablillas cuneiformes y templos.
Posteriormente, hacia el 2500 a.C., se conocen hallazgos pertene-
cientes a la civilización del Valle del Indo, actual Pakistán y occiden-
te, como Harappa, Mahenjo Daro, reconocidas como las primeras
ciudades fortificadas, con calles reticulares, lo que indica que fue-
ron planificadas, posiblemente para su reconstrucción, ya que fueron
destruidas por fenómenos naturales o por invasiones, situación que
se repite en todas las del Valle Indo.
Mil años después (1.500 a.C.) se reconoce la existencia de ciudades en
China, en los valles del Río Amarillo, la capital de la Dinastía Shang,
las cuales se consideran las precursoras de las ciudades actuales.
En este mismo período, en el actual México y en Centro América se
habían formado asentamientos con importantes centros ceremo-
niales, edificios, pirámides, zonas residenciales, templos palacios y
zonas dedicadas a la producción, ocupadas por grupos poblacionales
de entre 30 mil y 200 mil habitantes, pertenecientes a civilizacio-
nes como los Olmecas, Zapotecas, Mayas y Aztecas. De estas se
destacan, tanto en México, como en los actuales Guatemala y Hon-
duras, ciudades como Uaxactún, Tical, Palenque, Yaxchilan,
Mayapan, Chichén Itza y Exmal.
En los Andes bolivianos, se encontró Tiahuanaco, ciudad preincaica
y centro ceremonial importante de los Aymara, localizada cerca del
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lago Titicaca. Igualmente, en Colombia, había asentamientos pre-
colombinos, como Abra y Tequendama en la Sabana de Bogotá y
Monsú en Cartagena.
En síntesis, el origen de las ciudades corresponde a la presencia
de las diversas civilizaciones urbanas localizadas en siete regio-
nes diferentes del mundo: la llanura del valle del Río Hoang-ho, el
Valle del Indo, los valles del Tigris y el Éufrates, el Valle del Nilo,
el Valle del Níger, las altas mesetas mesoamericanas y las alturas
peruanas, todas situadas en llanuras aluviales, con buenas posibi-
lidades para la agricultura, lo que demuestra la enorme dependen-
cia de la ciudad de su entorno inmediato,2 donde se destacan los
centros ceremoniales y lugares públicos como elementos de con-
fluencia de sus habitantes.
Con relación al Espacio Público (E.P.), de acuerdo con los plantea-
mientos anteriores, la constatación sobre el origen de la ciudad parte
de la investigación, principalmente de tipo arqueológica, la cual se
orienta por la pregunta sobre cuáles son los elementos que un in-
vestigador debe encontrar en un asentamiento humano para asegu-
rar que en ese lugar existió una ciudad.
Si bien es cierto que en los lugares señalados se han encontrado ves-
tigios de viviendas individuales y colectivas, lo que más se destaca
corresponde a los espacios reconocidos como públicos, tales como
templos y lugares sagrados, tumbas, cementerios y zonas residen-
ciales, principalmente. Con el paso del tiempo, las civilizaciones
cambian y con ellas también lo hacen las ciudades, ya que éstas
están en función de las dinámicas económicas y la estructura social
que revela las huellas en el espacio que ocuparon.
De acuerdo con lo anterior es posible identificar y caracterizar, a
partir de los rasgos dejados en los espacios públicos las huellas re-
flejada en las estructuras físicas, como los trazados de las calles, las
2
<http//club. Telepolis. Com/geógrafo/urbana/historia. Htm.>, Historia del urbanismo,
Consulta de enero de 2007.
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fortificaciones y edificios públicos; su personalidad legal, cuando
se plasmó y su situación geográfica (Morris, 1984).
Con la evolución de las civilizaciones se le da paso a la denominada
ciudad clásica, la cual se constituye principalmente como una ciudad-
Estado, con cierta especialización y morfología en sus espacios inter-
nos y los circundantes, modelo urbanístico que se replica en latitudes
distintas, como producto de las invasiones y conquistas.
De esta manera, la ciudad griega se traslada a Roma, donde es dota-
da de los elementos adecuados para facilitar la vida en comunidad;
así surge la necesidad de la infraestructura básica: acueducto; alcan-
tarillado; caminos, vías y pavimento; puentes; mercados; edificios
públicos para el gobierno, el culto y la diversión; palacios; templos;
foros; basílicas; teatros; anfiteatros y circos, entre otros de los espa-
cios interiores especializados.
Con las invasiones y la expansión de los imperios, a partir del siglo III
las ciudades se amurallaron y concentraron mayor cantidad de pobla-
ción, lo que condujo a la congestión y disminución de las condicio-
nes de vida, en cuanto a seguridad y servicios básicos. Debido a la
congestión, los señores hacendados comenzaron a construir casas en
el campo, tales como las villas romanas, dotadas de los elementos
básicos, e inclusive infraestructura para su propia defensa.
Este punto de inflexión conduce a la ruralización de la sociedad, de
acuerdo con las dinámicas que imponen los señores feudales de la
Edad Media, lo que imprime nuevas características a la ciudad en
función de las nuevas estructuras: económica, social y geográfica.
En la plenitud de la Edad Media se producen hechos sociales tras-
cendentales que redefinen la configuración de la ciudad. Algunos de
ellos se refieren a la caída del Imperio romano y a las invasiones
bárbaras, de donde surge, de un lado, la religión y la cultura como pun-
tos focales de las civilizaciones; de otro lado, la necesidad de la forti-
ficación de la ciudad para defenderse de los invasores y enemigos.
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Desde la perspectiva cultural se establecen dos concepciones dife-
rentes de ciudad: la del mundo cristiano y la del mundo islámico.
Del primero surge el ayuntamiento, constituido alrededor de la ca-
tedral, y los establecimientos del gobierno, los cuales son contro-
lados por la burguesía urbana y feudal. Del segundo surgen las
ciudades musulmanas, cuya característica es la segregación funcional
del espacio, que de acuerdo con los oficios establece la especializa-
ción de calles y barrios de productores, artesanos, alfareros, textileros
y comerciantes, y entre otros de los lugares importantes, se confi-
gura el mercado y la plaza, como espacios de encuentro y realiza-
ción de mercancías.
En cuanto a la fortificación, consistente en el establecimiento de
barreras de defensa frente a las posibles invasiones, hacia el 1270,
con Alfonso X, El Sabio, se generalizó el uso de las murallas, tanto
para la defensa, como para otras funciones complementarias, ya
que dichos cercados empiezan a cumplir la función de control para
el recaudo de impuestos y el ingreso y salida de productos y perso-
nas, ya que es una época en la que se dinamiza el comercio.
Con la intensificación del intercambio de mercancías entre pueblos
y ciudades amuralladas, en los albores del capitalismo mercantil
surgen algunas ciudades espontáneas en los cruces de caminos o en
los parajes donde concluía la navegabilidad de los ríos, como lo
sucedido en los ríos Sena y Rhin.
De esta manera, se abre la posibilidad de que los mercaderes pro-
muevan el intercambio de productos entre núcleos poblados y distin-
tos ámbitos geográficos, lo cual genera el escenario para que las
dinámicas, económicas y sociales se amplíen, dando paso a una
nueva época, que, “supone una nueva concepción de la ciudad como
un lugar donde relacionarse y un punto organizador del espacio re-
gional. La ciudad es el centro del mercado sobre la que confluyen
las mercancías, pero pierden poder político y las influencias que
tuvieron en la Edad Media”.3
3
Idem.
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Los espacios urbanos con una identidad pública explícita se encuen-
tran en el ágora y el teatro griego, creados con la finalidad de ser
utilizados por la sociedad para aportar más a sus gobiernos ya que
buscaban involucrar a los ciudadanos con lo público a partir de la
utilización de los escenarios construidos.4
Si bien es cierto que el E.P. aparece desde el mismo surgimiento de
la civilización, con los albores de la política, éste adquiere una conno-
tación social y política, tal como lo menciona Padua, en el siguiente
sentido: “(…) ese espacio vital y humanizante donde la sociedad se
reunía para compartir sus opiniones, evaluar propuestas y elegir la
mejor decisión”.5 Esta sociedad, que para la época estaba confor-
mada por los ciudadanos, es decir los miembros de la polis o “pri-
vilegiados”, quienes podían tener ratos de ocio, alejados de sus
labores cotidianas, para dedicarle tiempo a los asuntos de la políti-
ca. El E.P. se concibe como un elemento importante para la partici-
pación directa de los ciudadanos en el desenvolvimiento político
de sus Estados.
Es el principio de la Edad Moderna, caracterizada por innovacio-
nes importantes como la creación del Estado moderno y el Estado-
Nación, que el régimen jurídico imperante en las ciudades se
extiende a todo el territorio circundante, e inclusive hacia los terri-
torios conquistados, como fue el caso de América.
Los cambios mencionados, entre ellos la llegada del Barroco, propi-
cian las condiciones para que la ciudad sufra importantes transfor-
maciones. En ella se acometen operaciones de “cirugía urbana”, a
partir del modelo ortogonal, que sirve de base para el ensancha-
miento de calles, el establecimiento de arboledas y paseos urbanos,
el señalamiento de diversos edificios como emblemáticos y que
reflejan la grandeza del Estado y la monarquía.
4
<[Link] consulta de enero
de 2007.
5
Ver: “Conceptualización del espacio público”, en: <[Link]
saje/doc4/[Link]>, consulta del 12 de septiembre de 2006.
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Para esta época, de acuerdo con Habermas, el E.P., fue concebido
“como la esfera intermediaria que se constituyó históricamente, en
la época de las Luces, entre la sociedad civil y el Estado. Es el
lugar, accesible a todos los ciudadanos, donde un público se junta
para formular una opinión pública”.6 De esta manera, se liga el E.P.
a una finalidad pública y colectiva.
La ciudad típica de este modelo es Versalles, que luego es imitada en
otros lugares como Aranjuez y Sierra Morena, de donde se difunde y
replica el plano ortogonal a otros Estados, tanto de Europa, como
del territorio americano, a raíz de la conquista y colonización, por
parte de los españoles entre los siglos XV y XIX.
Durante el siglo XIX surge la ciudad contemporánea, marcada por un
cambio radical de la economía que afecta a toda la sociedad. Apa-
rece el capitalismo industrial y la sociedad de clases. Desde la Re-
volución Francesa y las revoluciones burguesas del 38, 48 y 68,
la burguesía ostenta el poder político y económico, por la vía de la
apropiación de los excedentes del trabajo proletario y la concentra-
ción de la propiedad.
Las ciudades, antes de la revolución industrial, según Toynbee,
eran lugares excepcionales en la superficie terrestre; hasta las ciu-
dades mercados eran pocas y distantes unas de otras, pero la re-
volución industrial ha puesto en marcha el ladrillo y el mortero.
En las ciudades tradicionales los habitantes tenían que circular a
pie, sólo una pequeña minoría lo hacia a caballo y luego en ca-
rruajes de tracción animal, por lo tanto es de suponer que se vivía
en forma “aglomerada”, hasta cuando se introduce la máquina,
tanto para la movilización, como para la industrialización, lo cual
hace parte de las mayores tragedias que el hombre ha creado para
sí, la creación de un ambiente artificial, con base en sus proezas
tecnológicas.7
6
Ver: “Espacio público”, en <[Link]
consulta del 12 de septiembre de 2006.
7
Arnold, Toynbee, Ciudades en marcha, 1968, p. 48.
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La marcha incesante que va desde Jericó hasta Londres, New York,
Bogotá o cualquiera de las medianas y grandes ciudades del mundo,
además de la marcha del ladrillo y el mortero,8 se produce la marcha
de los habitantes del campo hacia la ciudad.
Los distintos tipos de marchas presionan para que se provean los
soportes físicos que permitan la ocupación de los lugares en forma
densa, como es el requerimiento de un proceso de industrialización
y urbanización concomitante.
La migración rural-urbana, como dinámica demográfica se produce
tanto en los países desarrollados, como en los que se encuentran en
proceso de desarrollo, pero por razones distintas y tipo de pobla-
ción distinta. Mientras que en los primeros se da por procesos in-
tensos de tecnificación del campo y por lo tanto de mayores niveles
de rendimiento que crean las condiciones para que los granjeros
cambien de lugar de residencia, en los segundos, por que a pesar de
la incertidumbre que les pueda generar la ciudad, la pobreza, la
violencia, (como la que impera en Colombia desde hace 40 años) y
el no futuro en la aldea los expulsa irremediablemente.
Otro hecho trascendental para la construcción de la nueva ciudad
es la “desamortización de los bienes de manos muertas” (expropia-
ción del suelo, tanto urbano, como rural que la Iglesia había osten-
tado, a través de la historia y en varios continentes), que conduce a
la ampliación del mercado del suelo y posibilita la especulación por
parte de la burguesía.
La ciudad cambia radicalmente, se hace industrial y burguesa gravi-
tando en torno al mercado y la creación del centro urbano. El pro-
totipo de este periodo es París, en donde las reformas implantadas
por Haussmann y financiadas por el Estado, bajo el gobierno de
Napoleón III propician importantes actuaciones de “cirugía urba-
na”. Estos reformadores se proponen construir una ciudad ordena-
da; a partir de un plano se orienta la eliminación de lo viejo, se
8
Ibíd.
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construye el alcantarillado, las calles iluminadas, anchas y arbola-
das y lugares vistosos y amplios.
Se crea la “gran vía” y el centro urbano como zona de realización de
negocios, en torno al cual se disponen las demás funciones de la
ciudad y por lo tanto es el punto focal, para la segregación social
del espacio y de la localización de las actividades económicas, tan-
to de tipo comercial, como de servicios regidas por los diferentes
precios del suelo.
Alrededor del centro urbano surge la industria urbana, con el apoyo
del ferrocarril, aspectos característicos de la ciudad del siglo XIX.
Estos dos factores son los causantes de la contaminación que pre-
siona la relocalización de dichas actividades, en favor de la función
residencial y terciaria; así, la industria se reubica en zonas alejadas
del centro a medida que crece la ciudad.
Con el tiempo, la burguesía fue trasladándose hacia las zonas de
expansión con el consecuente abandono del centro, el cual fue de-
gradado socialmente. Sólo hasta años recientes surge el renovado
interés por conservar los testimonios del pasado y restablecer su
función como lugar de ocio y turismo, lo que conduce a la necesi-
dad de rescatarlos para la ciudad, y de paso se impone la necesidad
de expulsar de éstos a las clases marginadas.
La nueva economía capitalista industrial urbana, en todos los paí-
ses del mundo genera el proceso de migración rural-urbana, de tal
manera que las ciudades crecen y se expanden hacia su entorno
circundante, procesos que le dan preponderancia al transporte ur-
bano como factor clave para la movilidad. Así, el tranvía se consti-
tuye en el símbolo de la ciudad decimonónica y el coche privado de
la ciudad actual.
El automóvil privado es uno de los principales factores de la conges-
tión, lo que sugiere la necesidad de las carreteras de circunvalación,
la construcción de vías rápidas y la peatonalización de las zonas an-
tiguas y cascos históricos. Estos procesos vienen acompañados, en
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muchas ciudades del mundo, de la discriminación entre espacios
residenciales estratificados, con construcciones de edificios de va-
rios pisos y rascacielos Estos asentamientos, algunos cada vez más
densificados, otros más extendidos (o las dos dinámicas simultáneas,
como sucede en Bogotá y en varias ciudades latinoamericanas), ade-
más de demandar nueva y sofisticada infraestructura, requieren de la
localización de la misma en lugares especializados.
Así, el ordenamiento urbano se constituye en una prioridad para la
planificación y discriminación de espacios residenciales, para la loca-
lización de los hospitales, los cementerios, y la construcción de vías
circunvalares para la conectividad de este tipo de servicios con el
resto de la ciudad; en general, una de infraestructura de alta tecnolo-
gía sin la cual la ciudad no podría funcionar en forma adecuada y
constituirse en lugar adecuado para vivir en condiciones dignas.
Las ciudades, en la medida que crecen, involucran en sus dinámi-
cas a una serie de centros poblados de menor tamaño que se en-
cuentran en su área de influencia, generando la conurbación; o en
forma más amplia, vinculando a otras ciudades o entidades territo-
riales para dar paso a las denominadas áreas metropolitanas o con-
formación de “megalópolis” como conglomerados que agrupan
poblaciones superiores a los 10 millones de habitantes.
Estos procesos denotan que las tradicionales delimitaciones políticas
administrativas de las ciudades se quedan cortas, en la medida que
ellas se producen en una dimensión territorial-regional, abriendo una
perspectiva, referida a la ciudad como un “continuo urbano”, como se
puede percibir en Tokio-Yokohama, Liverpool-Manchester, Washing-
ton-Boston, la región del Ruhr y también en Bogotá-Sabana norte y
occidente.9
Las tendencias mencionadas se ven complementadas por cambios
importantes como: la economía deja de ser exclusivamente interna,
9
Vicent Gousêt, Luis M. Cuervo, Tierry Lule y Henri Coiné, Hacer metrópoli, Bogotá,
Universidad Externado de Colombia, 2005, p. 27.
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para vincularse a procesos más globales; el proceso de planifica-
ción, si bien no puede descuidar las localidades y centralidades in-
ternas, tampoco puede dejar de lado su entorno territorial, lo cual
demanda políticas públicas distintas, una nueva manera de plani-
ficar y de interactuar con los actores incidentes en el desarrollo,
entre ellos los ciudadanos.
1.2. Perspectiva física y funcional de la ciudad y del
espacio público
La morfología urbana ha sido una preocupación constante, tanto
por parte de las organizaciones sociales, como de los gobernantes.
En este sentido, el urbanismo considera que no hay espacio urbano
sin una forma determinada; sin bordes y límites arquitectóni-
cos; sin los edificios vernáculos ubicados dentro de la retícula y al
interior de la muralla perimetral donde se localizaban, entre otras,
las calles y la plaza, que además de darle forma a la ciudad, se
constituyeron en hechos físicos que permitieron reunir varias fun-
ciones en un mismo espacio.
El estudio de la forma urbana permite dar una visión dinámica y
comprensiva de las transformaciones de los paisajes urbanos. Tal
como lo afirma Villagrasa, “Se trata, por lo tanto, de comprender
las causas sociales que fomentan los cambios —o las permanen-
cias— del plano, de la edificación y de la propia imagen urbana
entendida como paisaje global”.10
Los planos de las ciudades permiten diferenciar entre tramas planifi-
cadas —regulares— o no planificadas; los elementos topográficos de
influencia en la formación, el papel orientador de las vías de comunica-
ción y principales características de repercusión transhistórica (ciudad
catedralicia, ciudad mercado, ciudad defensiva) o sus distintas etapas
de crecimiento, las formas y características de sus edificaciones, estilos
10
Joan Villagrasa, El estudio de la morfología urbana: una aproximación, Universidad de Barce-
lona, Año XVI, Número: 92, marzo de 1991.
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arquitectónicos; es decir, permiten la lectura dinámica e histórica de
la ciudad, en la medida que esta se expande.11
La expansión modifica el plano urbano con relación a los medios y
formas de transporte. Según lo plantea Adams (citado por Villagrasa)
hasta fines de 1880 la gente se movilizaba a pie o por tracción animal;
de 1880 a 1918, en tranvía; de 1920 a 1941, “autorecreational era” y a
partir de 1945, “freeway era”. Con estas dinámicas, surge el concep-
to de franja periférica, o bordes entre lo urbano y lo rural, como una
barrera al crecimiento de las ciudades.
En síntesis, el paisaje urbano y su forma arquitectónica son mol-
deados por los procesos sociales y la innovación tecnológica, que
va desde la ubicación en el espacio de los elementos materiales
primarios de soporte para la vida de las personas y las organizacio-
nes, pasando por los medios de movilidad y transporte, para
posicionarlos como aspectos funcionales de destacada importancia
en la estructura urbano-regional.
Surgen así las nuevas demandas por servicios e infraestructura ur-
bana para atender problemas de movilidad, salud pública, y en ge-
neral para la amortiguación de las externalidades de la aglomeración
en marcha. Dichas presiones conducen a las intervenciones urba-
nas, como un imperativo para paliar dichos problemas; así, emergen
obras importantes como El Victoria Park de Londres en 1841 y el
Birkenhead Park Mersey de Liverpool en 1847, los cuales se cons-
tituyeron en los referentes del desarrollo de los espacios públicos.
Pero es a partir de la transformación urbanística emprendida por
Haussmann, Napoleón III y Alphan, que en veinte años se trans-
forma París, al quedar dotada del equipamiento urbano funcional
y de servicio para el ciudadano. Adicionalmente, estos E.P. fueron
clasificados en: parques periféricos, parques interurbanos, plazas
públicas, jardines, paseos urbanos y espacios lineales arbolados,
lo cual configuró una nueva tendencia para la construcción de
11
Joan Villagrasa, op. cit.
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espacios significativos, como referentes urbanísticos de las ciuda-
des del mundo.
Esta experiencia es seguida en los grandes parques londinenses, la
red de espacios verdes públicos de París, el Ring vienes y el System
Park de Boston, los cuales se constituyen en espacios urbanos de
invaluable significado para la estructura de sus respectivas ciudades
y en la actualidad siguen siendo una referencia obligada para pensar y
construir el espacio colectivo, recrear la noción de ciudadanía y la cons-
trucción de ciudad.12
Las marchas emprendidas por las ciudades europeas, siglo y medio
atrás, se presentan también en las ciudades latinoamericanas; por
lo tanto, Bogotá no es ajena a su influencia, tanto respecto del cre-
cimiento desbordado de las ciudades, como frente a la necesidad
del E.P. como aspecto clave frente a demandas colectivas de los
habitantes, pero en la práctica, se le confiere mayor preponderancia
a la perspectiva material y funcional, dejando de lado el sentido
político, inmaterial y simbólico que se le confirió tempranamente
en la historia.
1.2.1. Morfología urbana, ciudad planificada con énfasis
en sus funciones
La combinación entre forma y función es una preocupación plan-
teada por Le Corbusier, a partir de los efectos negativos generados
por los procesos tecnológicos y el uso de la máquina que domina la
vida urbana moderna. Dicho autor analiza en 1.933 lo que estaba
ocurriendo en 33 ciudades del mundo, en las cuales identifica como
problemas centrales la congestión —por la densificación de los
asentamientos— y el uso intensivo del automóvil privado.
Esta problemática fue abordada por Le Corbusier en los siguientes
términos:
12
“Espacio público” en: <[Link]
consulta del 12 de septiembre de 2006.
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El advenimiento de la era del maquinismo ha provocado inmensas
perturbaciones en el comportamiento de los hombres, en su distri-
bución sobre la tierra y en sus actividades (…); movimiento
irrefrenado de concentración en las ciudades al amparo de las
velocidades mecánicas: evolución brutal y universal sin preceden-
tes (...) El caos ha hecho su entrada en las ciudades. La mayoría
presenta una imagen caótica no respondena su destino, que de-
bería consistir en satisfacer las necesidades primordiales, biológi-
cas y psicológicas, de su población.13
Con base en la anterior caracterización de problemas se plasma
en la Carta de Atenas la ciudad planificada a partir cuatro funcio-
nes básicas, a saber: habitación, trabajo, esparcimiento y circula-
ción. Para cada una de éstas se identifica una serie de problemas
que de no ser atacados por la planificación conducen a la genera-
ción de lugares sin futuro y sin esperanza.
A partir de las funciones se determinan los principales problemas,
tal como se expresa a continuación:
• Habitar (hábitat) es la principal función de la ciudad y sus prin-
cipales problemas se refieren a: hacinamiento; excesiva densi-
dad; ausencia de zonas verdes, deficiente higiene; ubicación en
zonas de riesgo; ubicación cerca de contaminantes y lejos de los
equipamientos.
• Esparcimiento: insuficiencia y baja funcionalidad; escasas zo-
nas verdes y de esparcimiento; poca presencia de bosques y te-
rrenos deportivos.
• Trabajo: la industria, por el uso intensivo de las máquinas y com-
bustibles contamina las zonas residenciales; localización de zo-
nas de trabajo en la periferia, obligando a los trabajadores a
realizar largos recorridos; la especulación inmobiliaria de las ofi-
cinas y centros de negocios.
13
Le Corbusier, Principios de urbanismo: La Carta de Atenas, Barcelona, Planeta de Agostini,
1.993, p. 33.
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• Circulación: sistemas de transporte a base de combustibles fósi-
les y contaminantes, poco funcionales; presencia de vías sin cla-
sificación adecuada, en función de su naturaleza y destino,
intersecciones de vías que generan riesgos para los habitantes.
Desarrollos posteriores, que asumen la dinámica urbana como una
resultante de la acción conjunta de la evolución histórica, de las
funciones, de la estructura demográfica y de la morfología de la ciu-
dad, por lo tanto matizan las funciones propuestas por Le Corbusier,
en el siguiente sentido.
En cuanto al habitar, la ciudad se ve matizada con la connotación
que tiene ésta como lugar de residencia preferido por los habi-
tantes, cerca del 72% de la población del mundo reside en las ciu-
dades, por lo tanto este volumen poblacional presiona por la
expansión física y ocupa cada vez más su territorio circundante, el
cual conquista, organiza y ordena. Este ha sido un instrumento básico
para transformar el entorno de la ciudad, tanto extendido como
compacto, y define la manera como se usa el espacio interno y su
región circundante.
El esparcimiento se matiza desde el punto de vista cultural, ya
que es en las ciudades donde se encuentran los principales cen-
tros de ocio y difusión de ideas; es a su vez cosmopolita, en tanto
lugar de encuentro de habitantes de distintas latitudes del plane-
ta, debido a la migración, que es una constante en la historia de
las dinámicas urbanas.
Otra de las funciones de capital importancia es la comercial, que
junto con los servicios y el sector terciario están presentes en la ma-
yor parte de las ciudades del mundo, e inclusive, en varias ha pasado
a ser una razón fundamental del hecho urbano.
Respecto de la función del gobierno y del ejercicio del poder, la
ciudad que surge desde la modernidad concentra los poderes de
decisión tanto públicos como privados, junto con los distintos refe-
rentes físicos del poder político.
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En general, las dinámicas urbanas agrupan la mayor cantidad de
funciones para la vida en comunidad, implican a la mayor parte de la
población del mundo, e interpelan al ejercicio del poder. Estos
distintos y complejos asuntos han sido interpretados por Sasquia
Sassen como la necesidad de “urbanizar las Ciencias Sociales”14 y
por consiguiente es necesario asumir la ciudad, el espacio público y su
territorio circundante, como un tema relevante, también para la Cien-
cia Política.
1.3. Perspectiva sociológica de la ciudad y del espacio público
Esta perspectiva parte de la pregunta de si en las ciudades es posi-
ble caracterizar un modo de vida, exclusivamente urbano, diferente
al que se presenta en el contexto rural. Esta inquietud fue compar-
tida por L. Wirth, en su obra El urbanismo como modo de vida en 1.938
y R. E. Park, fundador de la Escuela de Chicago, a principios del
siglo XX, cuando el fenómeno urbano empezaba a extenderse en
todas las latitudes, como consecuencia de la segunda revolución
industrial.
La sociología sistematiza estas preocupaciones a partir del enfo-
que de la cultura urbana, desde donde se propone superar los cri-
terios físicos y economicistas dominantes en el análisis de los
asentamientos humanos, al centrarse en aspectos como la identi-
ficación y caracterización de los comportamientos de las perso-
nas y el modo de relacionarse entre ellas; las actividades económicas
más características de los habitantes de los centros urbanos, prin-
cipalmente, los cuales compara con los habitantes del campo.
Para estos efectos, L. Wirth define la ciudad como: “(…) un esta-
blecimiento, relativamente grande, denso y permanente de indivi-
duos socialmente heterogéneo”. En este sentido, la vida urbana
estaría en función, principalmente de tres criterios, dos de los cuales
14
Saskia Sassen, entrevista concedida a Miguel Lara, febrero de 2004. Con relación a
“urbanizar las ciencias sociales” se refiere a darle mayor peso a lo que está sucediendo en los
centros urbanos desde esta perspectiva, ya que cada vez concentran en éstos la mayor parte
de la población del mundo.
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presentan un énfasis físico y el otro de tipo social, a saber: el tama-
ño del asentamiento; la densidad de la ocupación y la heterogenei-
dad de la población.
El tamaño influye en el modo de vida y las relaciones sociales, debi-
do a que genera segregación espacial; disminuye el sentido de vecin-
dad; dificulta el conocimiento entre las personas y las relaciones
impersonales, las cuales son anónimas y utilitaristas. De la misma
manera, contribuye con el debilitamiento de los lazos comunitarios,
los cuales son reemplazados por mecanismo de control formal y me-
canismos de representación.
Por su parte, la densidad de la ocupación aumenta la complejidad
de la estructura social, conduciendo a que los contactos físicos en-
tre los pobladores sean más estrechos, mientras que los sociales
sean más distantes; los espacios presentan mayores niveles de com-
petencia, situación que se manifiesta en usos más intensos y especia-
lizados, como expresión de la renta del suelo. Esta conduce a mayor
segregación espacial, e inclusive cierta incompatibilidad entre algu-
nos usos y modos de ocupación, por ejemplo entre el comercial y el
residencial.
Con relación a la cantidad de individuos, en la medida que el asenta-
miento es de mayor tamaño, la heterogeneidad social es más evidente
y por lo tanto mayor estratificación social. Algunas de las conse-
cuencias de esta situación son: incremento de la inseguridad; alta
movilidad social; mayor demanda por servicios masivos; intereses
individuales subordinados a los colectivos, y por ende, las instancias
culturales deben operar como mecanismos de nivelación.
De los análisis sociológicos se derivan algunos enfoques que relacio-
nan sociedad y medio natural, para estudiar las influencias que las
relaciones sociales, económicas y políticas de los habitantes tienen
sobre la estructura física del territorio. De esta manera pretende ex-
plicar las razones de la localización de las actividades económicas y
de la vivienda en un asentamiento humano.
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Con base en esta última perspectiva, gana preponderancia la es-
tructura ecológica principal de las ciudades como parte constituti-
va del E.P. y en consecuencia la necesidad de la recuperación de
las zonas verdes, conservación de las fuentes de agua, manejo de las
aguas residuales, entre otros de los aspectos clave de la relación
hombre-naturaleza.
1.3.1. Cultura ciudadana, un enfoque con énfasis en el espacio público
Desde la perspectiva sociológica, pero a partir de consideraciones
críticas, como la insuficiencia de los planteamientos tanto para in-
terpretar como para proponer cambios importantes en la vida de las
ciudades, surgen nuevas propuestas que centran su análisis en la
intensidad de las interrelaciones que se desarrollan en el espacio
urbano. Estas propuestas han sido compartidas por representantes
de distintas escuelas sociológicas, como los belgas (Jean, Remy),
franceses (R., Ledrut) y geógrafos franceses (P. Claval), norteame-
ricanos (R. Albert y J. S. Adams).15
En esta línea de pensamiento coinciden Hannah Arendt y Martin
Heidegger16 al considerar al E.P., como “el espacio de relaciones, en
donde, por medio de las acciones y de los discursos de los ciudada-
nos, se crea un espacio de entendimiento entre las personas” y “el
espacio donde todos los seres humanos, (…), tienen un acceso co-
tidiano a lo de todos”.
Estos autores afirman que la ciudad es un escenario de intercam-
bios, de elección e innovación, posibilitado por los equipamientos
materiales de ésta; es el lugar de producción colectiva de bienes y
servicios para suplir necesidades y demandas sociales, lo que sugie-
re que son consumidos de la misma manera. Estas circunstancias
crean un escenario de interrelaciones sociales y económicas perma-
nentes, para el máximo beneficio colectivo.
15
Capel, 2001, p. 75.
16
Gabriel Murillo y Victoria Gómez, Redefinición del espacio público, eslabonamiento conceptual
y seguimiento de las políticas públicas en Colombia, 2005.
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Son las interrelaciones permanentes las que permiten el soste-
nimiento de la industria, el comercio, los servicios, la organización
social y el uso intenso y eficaz de la infraestructura dispuesta para
estas distintas funciones, que en efecto caracterizan un modo de
vida dependiente de la cultura y el estatuto jurídico imperante en
los diversos países.
La cultura ciudadana ha orientado la acción de distintos gobernan-
tes en el mundo, entre ellos a varios de Bogotá, a partir de la com-
binación de sus principales postulados con la teoría comunicativa
de Habermas,17 en el caso de la administración del Alcalde Antanas
Mockus, quien la asumió como: “El conjunto de costumbres, ac-
ciones y reglas mínimas compartidas que generan sentido de perte-
nencia; facilitan la convivencia urbana y conducen al respeto del
patrimonio común y al reconocimiento de los derechos y los deberes
ciudadanos”. La ley, la moral y la cultura son sistemas reguladores de
la interacción en las sociedades democráticas, los cuales en forma ideal
tienden a ser congruentes ya que todo comportamiento moralmen-
te válido a la luz del juicio moral individual, suele ser culturalmente
válido y legalmente permitido.
La teoría parte de la hipótesis de que en las sociedades con déficit de
democracia existe un divorcio entre los tres sistemas reguladores del
comportamiento humano, evidenciándose incongruencia, expresa-
da como acciones ilegales aprobadas moral y culturalmente; accio-
nes ilegales desaprobadas culturalmente, pero moralmente juzgadas
como aceptables; acciones ilegales moralmente inaceptables, pero
culturalmente toleradas y aceptadas, así como obligaciones mora-
les que en ciertos medios sociales no son incorporadas como obli-
gaciones culturalmente aceptadas.
La interacción de los postulados, dinamizados a través de la comu-
nicación intensificada, permite acercar los tres sistemas; facilita la
relación entre los derechos individuales y los derechos de los demás,
permitiendo la articulación de los derechos con el cumplimiento
17
Habermas, La teoría comunicativa.
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de los deberes, tanto individuales, como colectivos. Así, anima a la
sociedad a adherir a la ley por razones de interés propio y permite
incorporar la óptica igualitaria y redistributiva.
Estos marcos orientaron las acciones de planificación, gobierno y
administración de la ciudad de Bogotá —capital del país— durante
el período del Alcalde Antanas Mockus, cuya aplicación condujo a
la obtención de logros importantes en cuanto al debilitamiento de
comportamientos contrarios a la ley, que se venían incorporando
en la cultura de los habitantes, y fueron deslegitimados; por lo
tanto, la gente en la actualidad se acoge por su conveniencia indi-
vidual y colectiva a la regulación de la ley.18
2. Espacio público en el caso de Bogotá,
distrito capital de Colombia, desde las perspectivas
más recurrentes
Colombia ha sido reconocido como un país de regiones, entre otras
razones por las condiciones topográficas y físicas de su territorio, la
existencia de tres cordilleras separadas por los valles interandinos,
con la presencia de enormes desfiladeros, conformados por los dos
principales ríos que cruzan el territorio de sur a norte, el Magdalena
y el Cauca. Dicha conformación influyó para que el país, durante
cerca de tres siglos, permaneciera desintegrado física, política y
socialmente, y por consiguiente para que su capital también lo
fuera, a pesar de haberse localizado en ella, desde la colonia espa-
ñola, los principales referentes de poder.
La ciudad colonial, tipo español, conformada por la plaza central y
en su alrededor la iglesia católica, regimiento militar, el ayuntamiento
y poder civil y los pobladores más connotados, permaneció, sin
mayores modificaciones, durante la mayor parte del siglo XIX. En
ella, el desarrollo urbano se paralizó, a pesar de haberse quintuplicado
la población que ocupó, en forma reticular, los alrededores del borde
18
Antánas Mockus, citado por Hernán David Escobedo y Angélica Camargo, La investiga-
ción, op. cit.
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colonial, en un proceso de densificación y hacinamiento, que llegó
a 412,6 hab/ha.
Según Luis Mauricio Cuervo, era un casco urbano denso y se podía
cruzar a pie,19 como la mayor parte de las ciudades tradicionales,
que por mucho tiempo prácticamente permanecieron estáticas.
Es hasta bien entrado el siglo XX cuando el estilo de vida empieza
a cambiar, la dirigencia económica, política y religiosa recibe el
influjo externo y se implanta en nuestro medio la emulación de las
refinadas costumbres europeas, algunas de corte humanista, que
buscaban reproducir la imagen del aristócrata europeo. Un viaje a
estas tierras formaba parte de las aspiraciones de este grupo social
y la educación entra a ser parte importante en la vida de dichas
familias y de sus miembros. Éstos se impregnan del interés por la
política y los asuntos colectivos, los cuales son puestos en práctica
tanto por los “refinados” como por la clase trabajadora, quienes le
dedican bastante tiempo a la política, asisten a reuniones de esta
índole, combinadas con actividades religiosas.
A raíz de este tipo de interacciones se introduce el tranvía —primero
de carácter privado—, el cual configura un primer alargamiento de
la ciudad, a partir del cual irrumpen las edificaciones, como peque-
ñas réplicas de construcciones republicanas europeas, griegas, ro-
manas, como el Capitolio, la gobernación de Cundinamarca, el
Edificio Hernández, la estación del ferrocarril de la Sabana, el Gim-
nasio Moderno y las plazas se convierten en parques, al quitarles
los cerramientos , y se introduce la idea de avenida (calle con pa-
seos, descansos, con estatuas y símbolos).
Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, la ciudad, con una
población cercana a los 100 mil habitantes, presentaba condiciones
de higiene bastante precarias; el agua de consumo se tomaba de
pilas públicas; las aguas servidas cruzaban por las vías produciendo,
19
Luis Mauricio Cuervo, Génesis, historia y constitución de Bogotá, como ciudad moderna, Corpo-
ración SOS Colombia y Viva la Ciudadanía, 1.995 (material impreso).
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no sólo malos olores y contaminación ambiental, sino epidemias de
importantes proporciones. Son famosas la epidemia de tifoidea
de San Victorino y luego la de gripe en 1918 que enfermó a 40 mil
personas y causó la muerte de 1.100, en menos de dos semanas.
Esta situación presionó para que se estableciera la distribución de agua
entubada —primero privada— por parte de la Compañía de Acue-
ducto de Bogotá, empresa que a partir de 1924, con el plan integra-
do de expansión de redes y la clorificación, emprende la modernización
del acueducto de la capital.
Paralelamente, se introducen nuevas rutas del tranvía como las
del Paseo Bolívar hasta San Diego, a lo largo de la Carrera 7ª;
luego a la Carrera 13, hasta Chapinero, y hacia la Estación de la
Sabana, lo que condujo a la ampliación del trazado urbano norte-
sur, en forma alargada. Este servicio de transporte es prestado por
particulares, hasta que por problemas de congestión retrasos y des-
aseo se presentan manifestaciones y presiones populares que obli-
gan a la venta de la compañía y el establecimiento del tranvía
eléctrico público; los agentes privados introducen el automóvil para
transporte público, como una actividad empresarial.
Como una consecuencia de lo anterior, van apareciendo los ele-
mentos constitutivos del espacio, que van conformando la piel
urbana: por un lado estructuras provincianas, como chozas en
bahareque, sin ventanas, con imitaciones europeas caracterizadas
por el uso de yeso, baldosín, hierro forjado en balcones; y por otro,
el acueducto, las vías, las plazas públicas que se multiplican y con
ellos la necesidad de ordenarlos en función de la población y el espa-
cio que ocupan.
Hacia 1928, con la creación de la Junta Metropolitana de Obras Pú-
blicas, empieza a dársele importancia al E . P ., como elemento
estructurante de la planeación urbana de la ciudad. Posteriormente,
en 1936, desde la concepción de un plan para el desarrollo urbanís-
tico de Bogotá, se introduce la idea de las vías como parte del E.P.
(avenidas – paseos) propuesta por el arquitecto vienés Karl Bruner.
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En los siguientes veinte años la planeación de la ciudad, en la pers-
pectiva de modernizarla, se contempla el sistema vial, la dotación
de equipamientos en función de los usos de los espacios y el desarro-
llo urbano a través de unidades físicas, delimitadas y con las previ-
siones sobre necesidades de servicios, de acuerdo con la densidad
de ocupación.
Entre 1945 y 1950 el Plan Director para Bogotá, bajo la premisa
de la ciudad hacia el ciudadano, contemplaba aspectos como: un
modelo de ciudad, que resume los principales elementos de la
política a escala urbana, metropolitana y regional; el centro cívico
—y su réplica a escala barrial— como elemento que representa
una nueva función urbana, producto de la reinterpretación del
centro de poder y del E.P. más importante de la ciudad del urbanis-
mo hispanoamericano.20
Con los acontecimientos del 9 de abril de 1.948 (asesinato del líder
político, Jorge Eliécer Gaitán), la ciudad se ve obligada a una rees-
tructuración urbana y de vías, principalmente en el área de la Calle
Real (Carrera 7ª), la zona de la plazoleta de Nariño (San Victorino)
y la principal forma de transporte masivo ‘El Tranvía’.
Estos acontecimientos producen una ruptura con el pasado, a tal
grado que es a partir de esta época que emerge la ciudad moderna
y Bogotá se consolida como capital política y económica del país.
Con esta tendencia viene la planeación urbana, apoyada por
urbanistas como Le Corbusier, Wiesner y Sert, quienes proponen
la zonificación por funciones, por altura y por densidad; el siste-
ma vial jerarquizado; la articulación de la ciudad dentro de un
plan regional de autoabastecimiento; la contención de la expan-
sión indiscriminada hacia el occidente, ordenando los usos exclu-
sivos para vivienda; densidades decrecientes hacia la periferia, y
el plan vial.
20
Doris Tarchópulos, en: <[Link] con-
sulta del primer semestre de 2005.
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Mientras el proceso migratorio continúa y la ciudad sigue su marcha,
se presentan distintas velocidades entre el crecimiento poblacional,
que lo hace a tasas superiores al 5% anual y con ella el incremento en
la demanda por vivienda, servicios, infraestructura, frente a la cual la
institucionalidad no responde en forma adecuada, de tal manera que
el desfase es cada vez mayor.
Desde entonces se percibía la perdida del E.P. como un efecto cada
vez mayor de la densificación en la ocupación, situación que se
intensifica con el impulso dado a la vivienda urbana, como una de
las estrategias puestas en marcha en el gobierno del Presidente Misael
Pastrana Borrero, hacia 1972 —Plan de las Cuatro Estrategias—,
factor que aceleró los flujos migratorios campo-ciudad y ciudad
pequeña e intermedia hacia la capital, lo que contribuyó a configurar
una nueva visión de la ciudad desde una perspectiva inmobiliaria.
Esta dinámica incontrolada desbordó el marco institucional y los
mecanismos formales del urbanismo. Dicha situación fue interpreta-
da por el arquitecto catalán Ricardo Bofill, para las ciudades latinoa-
mericanas, como manchas de aceite que se convertían en auténticas
tragedias urbanas.
El evidente desbordamiento, promovido en la mayoría de los ca-
sos por la construcción de vivienda ilegal y la intensificación de los
flujos poblacionales, significaron para Bogotá un cúmulo de pro-
blemas, agravados por la improvisación, la falta de planificación, la
ausencia de voluntad política para afrontarlos y la inexistencia de
una cultura ciudadana que facilitara su manejo.
Cada vez existe menos E.P. para los habitantes. Bogotá cuenta con
un promedio de 3,67 metros cuadrados por habitante, muy por de-
bajo de otras ciudades como Londres con 20, Miami con 33,86,
Singapur con 19 y Buenos Aires con 22, entre otras, y aun del
estándar internacional establecido por Naciones Unidas con un
mínimo de 10 metros cuadrados por habitante. Como lo planteara
la Nota Económica, “Sus seis millones de habitantes ocupan hoy
32.000 hectáreas, lo que arroja una densidad promedio de 19.000
habitantes por kilómetro cuadrado (...) La ciudad más densa de los
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Estados Unidos es Jersey City que tiene 4.500 habitantes por kiló-
metro cuadrado, mientras que Nueva York tiene 2.900”.22
Frente a los rezagos mencionados, a finales de los años ochenta, los
mandatarios se percatan de la necesidad de establecer una relación
más clara entre la idea de ciudad, el ordenamiento legal y jurídico y
la voluntad política para replantear el desarrollo urbano y el manejo
del E.P. para la Capital.
De ahí en adelante, tres aspectos fundamentales contribuyen al
redimensionamiento del proceso urbano: el primero, la implementa-
ción de la elección popular de alcaldes en Colombia, y con ello la
elección del Alcalde Mayor de Bogotá, a partir de 1988, lo que per-
mite un escenario más favorable, en cuanto a la voluntad política.
El segundo, el fortalecimiento de los fiscos municipales, acompa-
ñados de transferencias del nivel central hacia los entes territoria-
les, lo que permite mejorar la capacidad económica; y el tercero, la
expedición de la Constitución del 91 y con ella, el Estatuto propio
para la capital, plasmado en el Decreto 1421 de 1993, que de acuer-
do con las dinámicas recientes es necesario modificar.
Los aspectos mencionados, sin duda ayudan para que el proceso
gubernamental de la ciudad asuma el E.P., como un elemento im-
portante en la administración de la ciudad, el cual ya en 1989, con
la Ley de Reforma Urbana (Ley 9 de 1989) lo había definido como
“(…) el conjunto de inmuebles públicos y los elementos arquitec-
tónicos y naturales de los inmuebles privados, destinados por su
naturaleza, por su uso o afectación, a la satisfacción de las necesi-
dades urbanas colectivas que trascienden, por tanto, los limites de
los intereses individuales de los habitantes(…)”.22
La Constitución del 91, por su parte determina en el artículo 82,
“Es deber del Estado velar por la protección de la integridad del
21
“Páramo urbanizado”, en La Nota Económica, (octubre de 1997), p. 68.
22
Reforma Urbana, Ley 9 de 1989, Editorial Unión, Bogotá, 1997.
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CIUDAD Y ESPACIO PÚBLICO, PERSPECTIVAS COMPLEMENTARIAS / 97
Espacio Público y por su destinación al uso común, el cual prevale-
ce sobre el interés particular”. Posteriormente, se promulga la Ley
388 de 1997, modificatoria de la Ley 9 de 1989, la cual define el
ordenamiento del territorio como una función Pública tendiente a
posibilitar a los habitantes el acceso a las vías públicas a la infraes-
tructura de transporte y demás espacios públicos, y su destinación al
uso común; atender los procesos de cambio en el uso del suelo y
adecuarlo en aras del interés común; preservación del patrimonio cul-
tural y natural; determinar espacios libres para parques y áreas verdes
públicas, en proporción adecuada a las necesidades colectivas.23
Los anteriores elementos, son recogidos en el Plan de Ordenamiento
Territorial (POT), el cual contempla canales por los que se encauzaría
el desarrollo urbano; la localización y dimensionamiento de la in-
fraestructura para el sistema vial, de transporte; la disponibilidad
de redes primarias y secundarias de servicios públicos; localización de
los equipamientos colectivos y espacios libres para parques y zonas
verdes; delimitación de las áreas de conservación y protección de
los recursos naturales, paisajísticos y de conjuntos urbanos, históri-
cos y culturales, entre otros aspectos.24
Adicionalmente, el POT incluye la obligatoriedad de la formulación
de los planes maestros, entre ellos el del E.P., el cual tiene como
objetivos primordiales concretar las políticas, estrategias, programas,
proyectos y metas relacionados con el espacio público del Distrito
Capital, y establecer las normas generales que permitan alcanzar
una regulación sistemática en cuanto a su generación, mantenimiento,
recuperación, aprovechamiento económico y apropiación social.
Con los soportes normativos y la voluntad política de los manda-
tarios, se asume el proceso de la ciudad con mayor sentido y en
forma más ordenada, lo cual empieza a arrojar resultados relevan-
tes. Dentro de estos últimos debe citarse, entre 1992 y 1994, la
administración de Jaime Castro, el Estatuto Orgánico para Bogotá
23
Reforma Urbana, Ley 9 de 1989, 15.
24
Ibíd., 21.
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y el saneamiento de las finanzas públicas; entre 1995 y 1999, la
primera administración de Antanas Mockus, quien focalizó su
gestión desde un punto de vista pedagógico y a partir de la
implementación de la teoría de la cultura ciudadana y los elementos
centrales de la teoría comunicativa de Haberlas, sentando así las
bases para ampliar la ciudadanía.
Luego vino la administración de Enrique Peñalosa, entre 1998- 2000,
quien desarrolla la perspectiva de ciudad con relación al E.P., incrementa
el equipamiento y le confiere una función social al mismo. Poste-
riormente, la segunda administración de Mockus, 2001-2003, articula
el espacio público a la perspectiva cultural.
Si bien es cierto que se registran avances importantes, tanto para la
ciudad, como para el E.P., a éste se le ha dado tratamiento, princi-
palmente de carácter físico y urbanista, a pesar de que en el discur-
so se hayan incorporado intenciones de darle un sentido más amplio
a estas dos dimensiones del proceso urbano.
3. Conclusiones y nuevos desafíos con relación
a la complementariedad entre la ciudad y el
espacio público
Tanto los filósofos clásicos, como los modernos y posmodernos se
ocuparon del E.P. como lugar y referente material constitutivo de la
ciudad, pero sobre todo, llamaron la atención sobre la función social
individual y colectiva que cumple y el sentido que le confieren en
cuanto a la formación de ciudadanía.
Es indudable que el E.P. es un elemento constitutivo de la ciudad y
por lo tanto no es posible considerarlo como un aspecto independiente
y meramente físico, como ha sido tratado por parte de planifica-
dores, urbanistas administradores y políticos. Estos poco lo han
valorado como referente inmaterial y simbólico creador de senti-
do, ciudadanos, ciudadanía y pertenencia al lugar que se habita y
comparte.
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Hoy se hace indisoluble la ecuación de Espacio Público (E.P.)-cul-
tura ciudadana, como eje principal para el desarrollo y consolida-
ción de la ciudad, ya que se ha venido posicionando en el escenario
la preocupación por la ampliación del sentido social del mismo
y la necesidad de evolucionar del espacio público hacia el espacio
colectivo.
De acuerdo con lo anterior, se ha venido construyendo consenso,
por parte de la comunidad académica, consistente en que la ciudad
es mucho más espacio público que vivienda, edificaciones privadas
y servicios públicos institucionales; es a la vez urbs, civitas y polis y
se configura como el espacio contenedor y generador de elementos
tales como civismo, diversidad, heterogeneidad, relacionamiento,
concentración, convivencia, intercambio y gente.25 Todos estos ele-
mentos confluyen en E.P., donde además el poder se hace visible y
se revaloriza el ambiente urbano, la calidad de vida, la dialéctica
barrio-ciudad y el policentrismo de la ciudad moderna.
Así lo ratifica Borja. Para él tres aspectos fundamentales se refieren
al E.P.: el dominio de lo público, entendido como la accesibilidad
que el ciudadano tiene al mismo; el uso social colectivo, que está
en relación directa con la calidad y la generación de relaciones; y en
tercer lugar, su multifuncionalidad, que contribuye a generar unión
e integración entre los diversos grupos sociales y a renglón seguido
acota: la dimensión sociocultural, en la que el espacio público se
transforma en un “lugar de relación y de identificación, de contacto
entre las personas, de animación urbana y a veces de expresión
comunitaria”.26
La dimensión sociocultural mencionada por Borja se vincula con la
propuesta de la cultura ciudadana, que en efecto se refiere a la im-
portancia de la convivencia de los ciudadanos en la ciudad, a partir
de los espacios compartidos, es decir el E.P. Por ende, elementos
25
Jordi Borja, “La ciudad conquistada”, en: <[Link]/esp/banco_del_
conocimiento/documentos/[Link]?idDoc=2420>.
26
Jordi Borja, Ibíd.
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como la acción social, moral y ética del ciudadano, si bien no están
determinadas, sí se ven seriamente influenciadas por la calidad y
cantidad del espacio público, estos últimos son responsabilidad de
la administración de la ciudad está, en unión del componente cívico
de los ciudadanos para el adecuado uso, cuidado y conservación.
En este orden de ideas, no es posible aceptar que las ciudades se
sigan construyendo como se ha venido haciendo, sin planificación
y control gubernamental (manchas de aceite). En ellas es posible
encontrar “Infierno y paraíso. Si hay libertad, igualdad, bienestar y
solidaridad, las ciudades son el paraíso en la tierra, pero si domina
la exclusión, la pobreza, la violencia, la vigilancia y la opresión,
pueden convertirse en el infierno”.27
Lo anterior se ha ratificado en el Forum Universal de las Culturas de
Barcelona, en el que urbanistas, arquitectos, políticos, artistas y filó-
sofos propusieron que en las distintas ciudades del mundo exista,
entre otros asuntos, un “espacio urbano colectivo como encuentro
de culturas y escenario de conflictos, pero a la vez, como símbolo de
la regeneración democrática”,28 pues en la medida que los ciudada-
nos los usen, lo apropian, lo cual es un aspecto neurálgico para el
desarrollo de las ciudades.
Si aceptamos que la ciudadanía se conquista en el E.P.,29 la regenera-
ción democrática de la ciudad se refiere a la re-creación del ciuda-
dano como sujeto de la política urbana, el cual interviene en la
construcción y gestión de la ciudad.
La política urbana, necesariamente debe referirse a la parte mate-
rial y física del E.P., pero también a lo inmaterial y simbólico, que se
expresa en la estética, el sentido, la calidad, que le confiere belleza.
“Para que sea bella la ciudad ha de ser antes confortable, justa, rica,
socialmente equilibrada y políticamente democrática”.
27
Manifiesto elaborado en el Coloquio “El futuro de las ciudades”, Barcelona, Ediciones El
Serbal, 2.005.
28
<www. barcelona [Link]/es/banco del conocimiento/diálogos>.
29
Ver: Borja, op. cit.
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“Para ello es preciso que actúe la política en el sentido amplio de
este término, que el ordenamiento jurídico democrático, la norma-
tiva urbanística y los órganos de gestión defiendan el interés públi-
co (…) Pero también hace falta el compromiso social y la acción
decidida por parte de los ciudadanos”.30
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