Lío en la clase de ciencias
Pedro Pablo Sacristán
El profesor de ciencias, don Estudiete, había pedido a sus
alumnos que estudiaran algún animal, hicieran una pequeña
redacción, y contaran sus conclusiones al resto de la clase.
Unos hablaron de los perros, otros de los caballos o los peces,
pero el descubrimiento más interesante fue el de la pequeña
Sofía:
—He descubierto que las moscas son unas gruñonas histéricas
—dijo segurísima. Todos sonrieron, esperando que continuara.
Entonces Sofía siguió contando:
—Estuve observando una mosca en mi casa durante dos horas.
Cuando volaba tranquilamente, todo iba bien; pero en cuanto
encontraba algún cristal, la mosca empezaba a zumbar. Siem-
pre había creído que ese ruido lo hacían con las alas, pero no.
Con los prismáticos de mi papá miré de cerca y vi que lo que
hacía era gruñir y protestar: se ponía tan histérica, que era
incapaz de cruzar una ventana, y se daba de golpes una y otra
vez: ¡pom!, ¡pom!, ¡pom! Si solo hubiera mirado a la mariposa
que pasaba a su lado, habría visto que había un hueco en la
ventana... La mariposa incluso trató de hablarle y ayudarle,
pero nada, allí seguía protestando y gruñendo.
Don Estudiete les explicó divertido que aquella forma de ac-
tuar no tenía tanto que ver con los enfados, sino que era un
ejemplo de los distintos niveles de inteligencia y reflexión que
tenían los animales, y acordaron llevar al día siguiente una
lista con los animales ordenados por su nivel de inteligencia.
Y así fue cómo se armó el gran lío de la clase de ciencias,
cuando un montón de papás protestaron porque sus hijos... ¡les
habían puesto entre los menos inteligentes de los animales!
Según los niños, porque no hacían más que protestar y no es-
cuchaban a nadie.
Y aunque don Estudiete tuvo que hacer muchas aclaraciones y
calmar a unos cuantos padres, aquello sirvió para que algunos
se dieran cuenta de que por muy listos que fueran, muchas
veces se comportaban de forma poco inteligente.
Tomado de https://goo.gl/2ZXjvf (01/03/2018)
Pedro Pablo Sacristán (1973). Escritor español de cuentos infantiles. Fundador de
la página web Cuentos para dormir, en la que se puede encontrar audiocuentos,
cuentos ilustrados, artículos educativos. Creador de Cuentopía Educativa.
El origen del monte Yana Urcu
Tradición oral
Se dice que en tiempos muy lejanos, junto al cerro hoy cono-
cido con el nombre de Cotacachi, había una llanura que cons-
tituía una enorme hacienda. Se dice que tenía vacas lecheras,
cerdos, ovejas y toda clase de animales de los cuales se pudie-
ra tener necesidad.
En medio de la hacienda había un corral de ganado y, en me-
dio de este, una pequeña piedra que apenas asomaba sobre la
tierra, y que con el paso de los días crecía cada vez más.
Cuando el señor de las tierras notó que había adquirido un
tamaño considerable, ordenó que la quitaran de allí. Sin em-
bargo, la piedra estaba ya tan enraizada que fue imposible
desalojarla.
Los días pasaron y el tamaño de la piedra seguía en aumento,
y poco a poco iba apoderándose del corral. Ante el asombro
del señor, la piedra aumentaba de tamaño, lo que le hacía vivir
en continua zozobra.
En los días y en las noches siguientes, la piedra continuó cre-
ciendo e impidió que el ganado continuara en el corral. El ha-
cendado, al mirar esto, preparó otro corral, y también mudó su
casa, dejando crecer tranquilamente a la piedra.
Ahora a esta piedra se la conoce con el nombre de Yana Urcu.
Tomado de Moya, A. (2009). Arte oral del Ecuador. Quito: Ministerio de Cultura.
Guásinton
(Historia de un lagarto montubio)
José de la Cuadra
Yo he encontrado a los lagarteros, esto es, a los cazadores de
lagartos, en los sitios más diversos e inesperados. Me topé con
ellos cierta vez cuando hacía a caballo el crucero de Garaycoa
a Yaguachi. Estaban dos entonces. El uno era cojo; el otro ca-
zador, mucho más joven parecía su hijo o su sobrino. Tenía con
el baldado ese inconfundible aire de familia. Era mozo fuerte,
tórax ancho y recia complexión.
Cuando los cazadores pasaron camino adelante, pregunté a mi
compañero de viaje:
—¿Cómo se llama el viejo?
—Celestino Rosado —me respondió; ¿no ha oído hablar de él?
—No. ¿Quién es?
—Pues… Celestino Rosado… Me creo que es el de los lados de
Balzar o del Congo.
—Este fue uno de los que mató a Guásinton.
—¿A Guásinton? ¿Y quién era Guásinton…?
—Guásinton era, pues, Guásinton… Un lagarto asisote…
—¡Grandísimo!
Y esta fue la primera vez en mi vida que oí hablar de Guásin-
ton. No sabía bien, todavía, quién eras tú, Guásinton, lagarto
cebado…
Recuerdo que otra vez me encontré con los cazadores de la-
gartos en Samborondón, entre ellos, don Macario Arriaga, ga-
monal montubio, personaje de edad y de letras y según me
enteré muy luego fue otro de los que mató a Guásinton.
Sí; ya lo sabía yo de tiempos; Guásinton era un gigantesco
lagarto cebado, cuyo centro de fechorías era el río Babahoyo,
desde los bajos de Samborondón hasta las reservas del puer-
tecillo Alfaro, al frente mismo de Guayaquil.
Don Macario Arriaga me refirió cómo Guásinton quedó manco.
Fue una vez que Guásinton venía río abajo, con su novia sobre
una palizada. Un vapor de ruedas (creo que fue “Sangay”, sí, fue
el “Sangay”) chocó con la palizada. Guásinton se enfureció y
partió contra el barco. Claro, una de las ruedas lo arrastró en
su remolino, y no sé cómo no lo destrozó: pero la punta de un
aspa lo cortó la mano derecha. Intentó chocar de nuevo; pero el
piloto desvió hábilmente el “Sangay” sobre su banda, y lo evitó.
Quienes presenciaron la escena dicen que fue algo extraña-
mente emocionante. Nadie en el barco se atrevió a disparar
sobre Guásinton sus armas, y fíjese que pudieron haberlo ma-
tado ahí, sin esfuerzo, a dos metros de él; pero la bravura del
animal los paralizó, porque nada hay que conmueva tanto, se-
ñor, como el arrojo. Dejaron nomás escapar a Guásinton, quien
fue a juntarse con su hembra en la palizada.
Se aproximaron a nosotros dos individuos que no había visto
antes. Don Macario me los presentó:
—Jerónimo Pita… Sebastián Vizuete… El señor… Y vea, señor, la
casualidad: estos también estuvieron en la cacería de Guásin-
ton, cuando lo acabamos… con Celestino Rosado, con Manuelón
Torres, con… Éramos catorce, ¿sabe?, la partida. Y anduvimos
con suerte: solo hubo un muerto y un herido. Nada más. Andu-
vimos con suerte, de veras.
Pita y Vizuete eran cazadores profesionales de lagartos. Para
ellos, la verde fiera de los ríos, el lagarto de las calientes aguas
tropicales, no era vulgar pieza de caza, sino un enemigo, a pe-
sar de su fama de torpe, en realidad astuto y, además, valiente.
Pita y Vizuete, corroborados en ocasiones por don Macario,
relataron esas hazañas sueltas de aquel héroe fluvial, a quien
alguno, se ignora cuándo y por qué, bautizó con el nombre
amontubiado de Guásinton.
Este gigante verde y obscuro acorazado como un barco de ba-
talla o como un caballero medieval, medía diez varas de punta
de trompa a punta de cola…
Tomado de De la Cuadra, J. (1995). Guásinton (Historia de un lagarto montubio).
Riobamba: Publicaciones Educativas “EDIPCENTRO”.
José de la Cuadra (1903-1941). Escritor ecuatoriano. Podría considerarse como el
mejor exponente del realismo mágico del Ecuador, y el primero de Latinoamérica,
en especial por sus obras sobre la vida del campesino costeño.
Un cuento que no es cuento
María Teresa Di Dio
Un día despertó y lo que conocía de su entorno ya no estaba.
La gran arboleda de altos y majestuosos ejemplares había sido
talada para su posterior venta. El arroyuelo que cruzaba la
ciudad, al que antaño concurrían las familias con sus niños a
bañarse y sentarse al sol, ahora era un cauce lleno de basura
y plásticos. Al mar que bañaba las costas de la bahía, hacía
muchos años que nadie podía acercarse. Sus playas estaban
contaminadas con petróleo, desechos químicos y basura.
Los cangrejales con sus tierras arcillosas habían sido las de-
licias de los alfareros; en el presente, contenían gran cantidad
de metales pesados, y el agua que yacía en el subsuelo y de la
que se habían abastecido muchas familias de la ciudad, salía
a altas temperaturas. Los ríos se contaminaron con los dese-
chos de fábricas y petroquímicas… El calentamiento global es
un mito… dicen los que no salen de sus palacios refrigerados o
calefaccionados, según la estación.
No le vio solución, los personajes siniestros con sus guerras,
hambrunas, contaminación… no daban tregua.
Debería volver a dormir… pensó ¿Qué será de las futuras gene-
raciones? ¿Serán tan inconscientes como nosotros?
¡Por eso se durmió deseando despertar en mil años!
Tomado de https://goo.gl/eVbiw1 (19/03/2018)
María Teresa Di Dio (1954). Escritora argentina ganadora del Premio Hans Chris-
tian Andersen en 2012. Es además artista plástica y Embajadora Universal por la
Paz en Argentina y UHE.
El último día que llovió
Lucrecia Maldonado
Algunas personas todavía lo recuerdan. Entonces aún era el
tiempo de la esperanza, o eso se creía, aunque cada vez las
nubes se veían más ralas y esporádicas en un cielo amari-
llento y desvaído. Algunos animales, los más viejos, ya habían
comenzado a resignarse a su suerte, y se iban tumbando bajo
los cactus y los árboles calcinados que aún se sostenían sobre
el suelo resquebrajado.
En aquel entonces, tampoco se recordaba la última vez que
había llovido. Lo que sí sabían era que el tiempo se medía en
meses, por lo menos. Algunos niños pequeños no entendían
las palabras relacionadas con lluvia: tal vez nube sí, porque de
vez en cuando una especie de resto de algodón deshilachado
transitaba por el cielo; pero nada de nubarrón, ni de llovizna,
peor de chubasco o aguacero. Esas eran cosas que pertenecían
al pasado, a un remoto tiempo en donde ocurrían hechos más
allá de lo normal, como la aparición de duendes que ayudaban
a encontrar objetos perdidos, o de hadas que cumplían deseos,
cualquier clase de deseo, menos que lloviera.
Se sabía que en otras partes la falta de lluvia había hecho que
la gente se volviera agresiva. Eso contaban los viajeros: había
quien mataba por un poco de agua encontrada en el fondo de
un pozo, quien chantajeaba con goteros a madres desespera-
das, y aun quien vendía su llanto o su sudor.
Sin embargo, entre nosotros la falta de agua ha degenerado en
apatía: esto de acomodarse a la sombra de los cactus gigantes
que comenzaron a proliferar aquí y allá, chupando con sus
raíces el agua subterránea. Pero ojo, estaba más que prohibido
atacar los cactus para obtener el líquido de sus ramas, eso solo
se podía hacer en caso de extrema emergencia, si se quería
conservar la vida, aunque había quien, en su desesperación,
había llegado a morir acribillado por acercarse provisto de una
hoz a un cactus en la oscuridad de la noche. E incluso las au-
toridades más severas llegaron a rodear los cactus con cercas
electrificadas que solo se podían desactivar por los servicios
de primeros auxilios urgentes y por nadie más.
La gente más anciana relataba historias de cuando en tu propia
casa girabas una llave y caía agua de un tubo. De cómo las
ciudades se adornaban con grandes fuentes en donde el agua
fluía incesantemente solo para el deleite de los transeúntes.
Hablaban de cómo el agua de los ríos y cascadas producía
energía eléctrica y movía molinos y otro tipo de maquinarias.
Ahora sabemos que esas cosas aún ocurren, pero demasiado
lejos de aquí como para que se puedan ver. Son unos pocos
los que gozan de esos privilegios y sus mansiones se encuen-
tran fuertemente vigiladas por guardianes armados hasta los
dientes y perros asesinos que huelen la sedienta presencia a
kilómetros de distancia.
Pero algunas personas todavía recuerdan con nostalgia el últi-
mo día de lluvia que se ha conocido: nadie puede explicar bien
cómo en medio de la desolación de la sequía, entre esqueletos
de animales, plantas raquíticas y niños polvorientos que poco
a poco iban decayendo a causa de la sed, las hilachas que
eventualmente paseaban por el cielo comenzaron a amonto-
narse. Los más viejos no quisieron tentar ningún tipo de espe-
ranza y repitieron que, como ya había ocurrido muchas otras
veces, era solo un engaño de la naturaleza, el agua residual
que después se dispersaba en el aire y venía en forma de rocío
a la madrugada. Y les creímos.
Es mejor no tener ilusiones. Después de todo, fuimos apren-
diendo ya a vivir así: a recoger las gotas acumuladas en el
cáliz de una flor de cactus y cuidarlas como un tesoro. No
importa que tengamos la lengua cubierta de tierra, la piel cos-
trosa y descamada, el cabello grasiento y reseco a un tiempo:
el agua es un bien precioso, se guarda solo para tomar un
sorbito leve cuando la sed atenaza, para dárselo a los niños o
a los más viejos si es el caso. Las gotas que produce el cuerpo,
como sudor, lágrimas e incluso orina también se han conver-
tido en bienes de valor incalculable, y mucha gente recoge,
sobre todo sus lágrimas, aun en medio de la perturbación del
llanto, para conservarlas y utilizarlas en caso de emergencia.
Pero de un tiempo a esta parte vamos descubriendo que al llo-
rar nos salen menos lágrimas y nos preguntamos si algún rato
ellas también se acabarán.
El último día que llovió dicen que todavía quedaban por ahí
uno que otro perro, de esos que lustros antes se llamaban fal-
deros y que quién sabe cuándo se les podía bañar cada quince
días. En aquel entonces ya se veían desharrapados y cubiertos
de sarnas y costras que se rascaban en medio de las calles
polvorientas de lo que antes fuera una bella ciudad con cana-
les y fuentes. Cuentan que las nubes se fueron amontonando,
parsimoniosamente, durante ocho, diez días, hasta que el sol
quedó totalmente cubierto.
Dicen que una luz alargada las rasgó como una rajadura in-
candescente, que en seguida se escuchó el retumbar del cielo,
y otra vez, y otra, y otra más, y que nadie pudo creer cuando
las primeras gotas empezaron a cubrir el suelo de circulitos
oscuros.
Dicen que los ancianos lloraron de alivio y de nostalgia. Las
madres y la gente práctica sacaron recipientes para recoger
la mayor cantidad posible de agua, y dicen que los niños más
pequeños al principio tuvieron miedo, pero los más grandeci-
tos y los adolescentes salieron a recoger la lluvia en las manos
y a danzar, abrazarse y besarse en medio del agua que venía
del cielo durante el medio día que duró el aguacero, y des-
pués hasta los bebés se quedaron chapoteando en los charcos
fangosos mientras se pudo. En ese breve tiempo, dicen, todos
fueron muy felices.
Pero se terminó. Aunque mucha gente aún lo relata, nadie pue-
de dar una fecha, un día de la semana, una hora exacta. Al-
gunos ni siquiera saben si fue de día o de noche, y se mezclan
las anécdotas sobre la luz de las estrellas apareciendo poco a
poco en medio de las nubes que se iban desgastando con el
paso de la lluvia con las anécdotas de cómo finalmente regre-
saron la luz y el calor y el eterno verano infernal sin solución
hasta el día de hoy.
Dicen que en otras partes, allá, lejos, los científicos ya están
buscando maneras de hacer llover de nuevo; pero dicen tam-
bién que venden caro sus secretos, como lo hicieron desde
siempre con sus medicinas y sus descubrimientos de toda clase.
Hoy por hoy, desde aquí no se ve más que el cielo amarillento,
con un gigantesco sol inmisericorde que se enciende desde
muy temprano y ya no se va nunca. Aunque dicen también que
así fue hace mucho tiempo atrás, tan solo unas pocas sema-
nas, unos pocos días, quizá dos o tres horas antes de la última
vez que llovió.
Tomado de https://goo.gl/FPDtZJ (05/03/2018)
Lucrecia Maldonado (1962). Escritora ecuatoriana de cuentos y novelas de ficción,
además de libros de ensayo y poesía. Ha ganado el Premio Aurelio Espinosa Pólit.
El zoo
Alberto Zarza
—¡Por este aparato no logro ver nada, hijo! —dijo la señora con
desaliento.
—Aguarda un momento, te voy a explicar —le contestó el joven
con una mueca de infinita paciencia. Primero hay que colocar
una ficha por esta ranura, ¿ves? —dijo señalando con su ín-
dice una pequeña incisión en la parte superior del reluciente
aparato. Al lado de la misma, una pequeña luz roja titilaba. Un
zumbido acompañó la operación del joven, y poco después una
luz verde ocupó el lugar de la intermitente.
—Bien —dijo el muchacho con satisfacción. En su rostro po-
día advertirse una cierta ansiedad. Ahora solo resta enfocar
el lente hacia el objetivo, hasta la zona que uno quiere ver, y
después, muuuy despacito —dijo acompañando su explicación
con ademanes, para que su madre comprendiera mejor—, lo
vas regulando hasta poder distinguir con claridad las imáge-
nes, ¿me entendés? Ahí está, perfecto, ¡perfecto! —repitió el
muchacho. ¡Qué buena imagen tenemos! Y creo que tenemos
mucha suerte. Parece que están todos afuera —dijo, emociona-
do. Haz el favor de mirar, mami —dijo invitándola a observar
por el aparato.
—Parece que están de fiesta —dijo ella. Estos seres diminutos
sí que saben moverse, no como tu padre, que para el baile es
todo un patadura.
—Mejor que no te escuche, mami. Él siempre se creyó un gran
bailarín —dijo el joven, riéndose a más no poder.
—Es el único que se lo cree, te lo aseguro. Oye, ¿puedo agran-
dar un poco más la imagen? Son tan chiquitos.
—No, mamá, tienen un tamaño parecido al nuestro. Un poco
más bajos, tal vez. Lo que ocurre es que nosotros los obser-
vamos a gran distancia, para que no sepan que estamos aquí.
Sería catastrófico si se dieran cuenta. Son bastante inteligen-
tes y cambiarían sus costumbres. Se esconderían, por ejemplo,
y entonces —dijo, haciendo una pausa para tomar aire—, ¡adiós
a la diversión!
—Bueno, me gustaría observarlos más de cerca para saber, por
ejemplo, lo que tienen servido en esas mesas tan largas. ¿De
qué se alimentarán?
—Pero claro, mamá. Estos aparatos son lo último y agrandan
hasta un millón de veces. Solo tienes que regular el zoom con
esa perilla que tienes al lado.
—Ahora sí —dijo la mamá con entusiasmo. ¡Cuántas cosas tie-
nen en la mesa! A ver qué es lo que comen —dijo con evidente
curiosidad. De repente, el rostro de la mujer empezó a tornarse
pálido, y una mueca de profundo asco se delineó en la comi-
sura de su boca. ¡Horror, horror! No puedo creer lo que he vis-
to —dijo abandonando el puesto de observación con un gesto
enérgico. ¿Es posible que mis ojos me hayan engañado? —dijo,
volviendo a tomar el aparato en sus manos, con evidente in-
tención de reanudar lo que estaba haciendo. Mas un gesto del
joven hubo de impedírselo.
—Te pido disculpas, mami. No pensé que iba a hacerte tanto
mal. Papá me recomendó antes de salir que te advirtiera, si
teníamos la ocurrencia de venir a este sector. La verdad que
haber viajado tanto y no ver una de las principales atracciones
me pareció algo tonto. Nunca creí que podría afectarte de esta
forma.
—No te preocupes, hijo. Ya me está volviendo el aire —suspiró
la madre, con evidentes signos de sentirse mejor. Ahora, yo te
pregunto, lo que vi… —dijo sin terminar la frase.
—Sí, mamá, justamente los estuve estudiando en la escuela. En
su hábitat natural son muy belicosos, y siempre se están ma-
tando entre ellos, aunque son muy prolíficos, y por eso la espe-
cie no corre peligro de extinción. Ahora, en cautiverio son bas-
tante pacíficos y agradables, aunque, para asombro de algunos
científicos, parecen haber desarrollado extrañas costumbres,
como la antropofagia, por ejemplo —dijo, mirando con el rabi-
llo del ojo a su madre para ver si la había impresionado con
el uso de una palabra tan difícil—, que consiste en comerse a
los de su misma especie. De todas formas, no sucede todos los
días. Algunos estudiosos han llegado a opinar que puede tra-
tarse de algo ceremonial.
—Se estaban comiendo a sus hijos… —dijo asustada la madre,
sin poder terminar la frase y con evidentes signos de volverse
a descomponer.
—Bueno, ya basta, mami —dijo con ternura el joven. Me es-
toy empezando a arrepentir de haberte pedido que viniéramos.
Pero, aunque no lo creas, esas actitudes los convirtieron en la
principal atracción, mucho más inclusive, que los Mastodon-
tes de Murano, que no es poco. La profe de biología tiene una
hermana que trabaja aquí, en las oficinas, y nos contó durante
la clase que los administradores estuvieron a punto de cerrar
este espacio. Parece que en los últimos tiempos las hembras
desarrollaron algún tipo de enfermedad, y no pueden procrear,
de manera que se estaban quedando sin especie, si a ello tenés
que sumarles los que se mueren naturalmente. Así que deben
ir a buscarlos a sus lugares de origen, y eso es muy costoso,
pues no viven a la vuelta de la esquina precisamente —dijo el
joven para concluir.
—Bien —dijo la señora, francamente admirada de la erudición
demostrada por su hijo—, ya le decía a tu padre, cuando de-
cidimos enviarte a esa escuela, que era de las mejores. Y bien
vale lo que cuesta. Cuando se lo cuente a papá —exclamó or-
gullosa.
—Bueno, mami, ya nos encontramos sobre la hora de cierre y
también me ha dado un hambre espantosa. Es posible que este
espectáculo lo haya provocado, ¿no? —exclamó con un poco
de sorna. ¿Qué te parece si me compras algo rico en alguno
de los puestos?
—Vamos, hijo —dijo ella, tomando con delicadeza a su hijo por
uno de los brazos. Creo que por hoy ha sido suficiente. A mí me
ha sucedido exactamente lo contrario. ¡No sé cuándo regresará
mi apetito! De todas formas te compraré las crías que quieras...
¡oh!, perdón. ¿Qué estoy diciendo? —dijo la mujer poniéndose
colorada. Es que esto último me ha dejado impresionada. Este
zoo espacial será muy lindo, pero hay costumbres que franca-
mente no las entiendo. ¿Qué querés que te diga? —concluyó,
mientras observaba a un grupo de trabajadores de uniforme
azul, tratando de instalar un cartel a la entrada del recinto
donde se encontraban.
—Bonita, ¿no? —la repentina observación de su compañero
pareció sacarlo del ensimismamiento en que parecía haber
caído. El sujeto se había quedado mirando extasiado la salida
de una pareja, que parecía ser de las últimas en retirarse. Una
madre y, seguramente, su hijo. Pero ¡qué hembra! —exclamó
con admiración. De las más bonitas que había visto jamás.
—Toda una beldad, pero del tipo que nunca se fijaría en uno
como nosotros. ¿Viste las joyas que traía puestas? —observó
su socio, mientras lo golpeaba afectuosamente en la espalda.
—¿Qué tiene de malo ser un guardián de parque? ¿Acaso
no ganamos fortunas? —remató socarronamente el soñador.
¿Qué te parece si le echamos una mano a esos operarios para
que terminen de una buena vez con ese trabajo? No me gusta
tener que quedarme después de hora —dijo, mientras se dirigía
hacia el lugar donde algunos sujetos trataban de fijar un enor-
me cartel en lo alto de una explanada.
Con la ayuda prestada por los colaboradores guardias, el pe-
sado letrero pronto quedó instalado sobre los sólidos soportes
que habían erigido para sostenerlo.
—Nunca más volverá a caerse —dijo satisfecho el que parecía
ser el capataz, una vez que colocaron el anuncio. Se veía im-
ponente, a un costado de la entrada principal:
Sector: AB
Especie: Humanum Terranum
Origen: Planeta Tierra
Ubicación: Vía Láctea
Alimentación: Carnívora
Advertencia: Las escenas que puedan observarse en este gru-
po de especies pueden causar trastornos a las personas impre-
sionables. La empresa no se hace responsable por los daños
que los mismos pudieran ocasionar.
GRACIAS POR SU VISITA
Estaba oscureciendo. El frío y el viento de la temporada in-
vernal comenzaban a hacerse notar. Muy abajo, la fiesta de
los terranum parecía continuar, a juzgar por las hogueras que
tenuemente se divisaban a lo lejos.
Tomado de https://goo.gl/LF2dLD (05/03/2018)
Alberto Zarza. Escritor argentino de relatos de ciencia ficción.
El eclipse
Augusto Monterroso
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que
ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo
había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia to-
pográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso
morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento
fijo en la España distante, particularmente en el convento de
los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a
bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo re-
ligioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas
de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un al-
tar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que
descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio
de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que
fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su ta-
lento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de
Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse
total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel cono-
cimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca
en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la
incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño con-
sejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola cho-
rreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios
(brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno
de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa,
una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses
solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya
habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda
de Aristóteles.
Tomado de https://goo.gl/TMsHca(02/03/2018)
Augusto Monterroso (1921-2003). Escritor hondureño nacionalizado guatemalte-
co. Su obra se caracteriza sobre todo por la concisión y el humor, como se puede
apreciar en su libro La oveja negra y demás fábulas.
La tormenta (fragmento)
Andrés Díaz Marrero
Con puño cerrado, el viento,
furioso al techo golpea.
Cae imponente la lluvia,
aúlla feroz la tormenta.
Árboles desgaja en ristras,
rompe techos y cumbreras…
—Calma, nada hay que temer;
calma —nos pide la abuela,
con voz sosegada añade:
—No hay que temer a la lluvia
ni al mar que ruge en la arena
ni al relámpago que alumbra
ni al trueno cuando revienta,
que en la vida todo pasa
aun lo que está escrito en piedra.
Todo es cambio: luz y sombra
son apenas una estela
que Dios, en el firmamento,
traza con mano serena.
Mañana cuando la aurora
cubra las hojas de perlas
y las montañas y mares
sientan del sol la tibieza,
comenzaremos de nuevo
la interrumpida faena.
Tomado de https://goo.gl/ekQ2Bn (19/03/2018)
Andrés Díaz Marrero (1940). Escritor puertorriqueño de literatura infantil y juvenil.
Entre sus obras publicadas se encuentran Coquilín ayuda a sus amigos y Poemas.
El maltratado
Wimpi
Licinio Arboleya estaba de mensual en las casas del viejo
Críspulo Menchaca. Y tanto para un fregado como para un
barrido. Diez pesos por mes y mantenido. Pero la manutención
era, por semana, seis marlos y dos galletas. Los días de fiesta
patria le daban el choclo sin usar y medio chorizo. Y tenía que
acarrear agua, ordeñar, bañar ovejas, envenenar cueros, cortar
leña, matar comadrejas, hacer las camas, darles de comer a los
chanchos, carnear y otro mundo de cosas.
Un día Licinio se encontró con el callejón de los Lópeces con
Estefanía Arguña, y se le quejó del maltrato que el viejo Crís-
pulo le daba. Entonces, Estefanía le dijo:
—¿Y qué hacés que no lo plantás? Si te trata así, plantalo. Yo
que vos, lo plantaba…
Esa tarde, no bien estuvo de vuelta en las casas, Licinio —ani-
mado por el consejo— agarró una pala, hizo un pozo, plantó
al viejo, le puso una estaca al lado, lo ató para que quedara
derecho y lo regó.
A la mañana siguiente, cuando fue a verlo, se lo habían comido
las hormigas.
Tomado de https://goo.gl/2SxPCu (19/03/2018)
Arthur García Núñez, Wimpi (1906-1956). Escritor y periodista humorístico uru-
guayo. Ha publicado Los cuentos de Claudio Machín, El gusano loco, Los cuentos
del viejo Varela, Ventana a la calle, Viaje alrededor del sofá, entre otras obras.
Los colores del maíz (fragmento)
María Eugenia Paz y Miño
Amaru esperaba con ansias el día de la cosecha de maíz. Ya
había ayudado a sus padres a preparar la tierra, a seleccionar
los mejores granos, a deshierbar, a aporcar. Como él siempre
jugaba cerca de la chacra, su mamá le había encomendado
ahuyentar al gusano comilón si lo veía acercarse, pues este era
un peligro para las pequeñas mazorcas que crecían cobijadas
por el sol y por la lluvia.
Todo iba bien hasta que Amaru y su familia debieron ausen-
tarse por unos días. De regreso a casa, el niño fue a inspeccio-
nar el maizal y cuál no fue su sorpresa cuando, al revisar las
mazorcas, notó que los granos habían cambiado de color. “Esto
debe ser obra del gusano comilón”, pensó y corrió a llamar a
su mamá.
—¡Mamá, mamá!, ¡el gusano comilón está acabando con el mai-
zal! —repetía Amaru con voz de susto. La señora salió a ver y
el niño le enseñó las mazorcas de colores.
—Hijito —le dijo—, las mazorcas están bien. Esos son los colo-
res del maíz.
—Pero mamá, yo vi que sembramos solo semillas amarillas,
¿por qué ahora hay mazorcas con granos también rojos, blan-
cos y negros?
—El maíz es como la gente querido Amaru —explicó ella mien-
tras acariciaba con dulzura el cabello del pequeño. Aunque
todos tenemos un mismo origen, nuestra apariencia externa es
diferente, somos de diversos colores al igual que el maíz.
María Eugenia Paz y Miño (1959). Escritora, ensayista y antropóloga ecuatoriana.
Ha publicado Siempre nunca, Golpe a golpe, El uso de la nada, Tras la niebla, entre
otras obras.