La lectura como fenómeno cultural: del gusto personal a la práctica social
El propósito de esta clase es que:
Las distintas perspectivas que desde la teoría literaria se ocupan de la lectura se interrogan
fundamentalmente acerca del rol de los lectores en el establecimiento del sentido global de un texto.
Como bien sintetiza Compagnon, la cuestión central de cualquier reflexión sobre la lectura radica
en la libertad que el texto le deja al lector (2004: 107). En este sentido, los objetivos de la se
orientarán a determinar:
é restricciones le impone el texto al lector;
Hasta hace poco tiempo la práctica de la lectura aparecía asociada fundamentalmente al
texto impreso. En los últimos veinte años esto se ha modificado de manera drástica. Son múltiples
las herramientas y soportes que en el presente le disputan al libro esa primacía trastocando los
modos en que tradicionalmente se leía o escribía. Asistimos, en efecto, a una transformación
profunda de las prácticas de escritura y de lectura que se pone de relieve no solo con la aparición de
nuevos soportes, géneros discursivos y modos de narrar sino, también, en los niveles mínimos del
relato, con la conformación de una gramática y un léxico nuevos a caballo entre la lengua oral y la
escrita. En un chat no basta con usar los tradicionales signos gráficos sino que estos deben ir
acompañados de logogramas, como los emoticones, y toda clase de interjecciones y onomatopeyas.
De igual modo, cada nueva invención informática trae aparejados nuevos términos y tópicos que
van organizando verdaderas redes semánticas en las que, conjuntamente con la descripción de las
acciones que estos dispositivos habilitan, se modelan nuevas subjetividades (el blogger, el youtuber,
etc.).
Una economía inédita parece regir estas nuevas prácticas escriturarias que tienden a
reducirse a su más mínima expresión para poder ajustarse a los pequeños avatares de la vida
cotidiana. Toma unos pocos segundos comunicarle a un amigo o a varios al mismo tiempo algo que
nos acaba de ocurrir y recibir una respuesta de su parte. Uno puede estar en el trabajo, en medio de
una clase o subiendo a un colectivo y enviando simultáneamente un mensaje de texto, una
fotografía o reenviando una noticia, cosa impensable cuando el diálogo todavía implicaba al cuerpo
de manera sustancial.
Al igual que ocurre con la tecnología del transporte, la escritura y la lectura también se van
poco a poco emancipando de las limitaciones que impone el espacio, acortando así el tiempo entre
la experiencia y la anotación, por un lado, y la anotación y la recepción, por otro. Basta comparar el
tiempo que demoraba en llegar una carta a su destinatario, que debía viajar literalmente de un sitio a
otro, y el que demora un correo electrónico, cuyo recorrido involucra dimensiones que, a excepción
de los programadores, suelen resultarnos incomprensibles e incluso inimaginables.
Este desligamiento del acto de leer y de escribir de un lugar habilitado específicamente o al
menos propicio para ello no comenzó con el desarrollo de la informática en el siglo XX sino mucho
antes, hace al menos tres siglos, cuando se consolida y generaliza la lectura silenciosa. Aunque hoy
cueste creerlo, como afirma Michel de Certeau, “(…) leer sin pronunciar en voz alta o a media voz
es una experiencia ‘moderna’, desconocida durante miles de años” (1997: 188). La técnica de la
lectura como acción fundamentalmente del ojo y no de la voz también implicó en su momento un
retiro del cuerpo y un distanciamiento del texto que proporcionaron una mayor libertad de
movimiento a los lectores, libertad que en el presente se ha visto potenciada por los nuevos
dispositivos y soportes digitales.
La adaptación de la escritura al ritmo y los tiempos de la oralidad suele, sin embargo,
jugarnos malas pasadas: mails que se envían al destinatario inadecuado, chistes que son
interpretados como ofensas o comentarios desafortunados, reclamos que cobran de pronto una
trascendencia desmedida, efectos todos que escapan a nuestra intención. Porque, no debemos
olvidarlo, si a las palabras se las lleva el viento, la escritura, por el contrario, nos permite volver una
y otra vez sobre el mismo mensaje para reconstruir lo que nos quisieron decir a distancia. El
malentendido es un riesgo propio de la lengua escrita precisamente porque lo que caracteriza a la
escritura es que se da en ausencia, fuera de contexto, incluso cuando se comporta a la manera de la
conversación oral. Ahora bien, ¿a qué responden los malentendidos? ¿Son un problema del
enunciado? ¿El enunciado no fue lo suficientemente explícito como para no dar lugar a la
confusión? ¿Son un problema de lectura? ¿El lector no decodificó bien las señales presentes en el
texto como para reconstruir la información del modo previsto por el otro interlocutor?
La propiedad del sentido: en defensa de una visión subjetiva de la lectura
En una sociedad como la nuestra, organizada por modelos escriturarios y textos de toda
índole (jurídicos, literarios, científicos, administrativos, políticos, periodísticos, publicitarios,
artísticos, etc.) que ya forman parte en muchos casos del paisaje urbano, la lectura ocupa,
necesariamente, un lugar central. Sin embargo, la dimensión de la recepción de los textos y sus
efectos desempeñó tradicionalmente un papel menor en los estudios literarios. A pesar del
reconocimiento del rol activo que desempeñan lectores, espectadores y oyentes en la vida de un
texto, se le suele prestar escasa atención a esta instancia. Habría al menos dos razones para ello, una
de orden epistemológico y otra de índole política.
En relación con la primera, la prioridad de la instancia de producción por sobre la recepción
parece responder a la dificultad de constituir en objeto de estudio una práctica que es en rigor
individual, solitaria e íntima. Por este motivo, hay teóricos que equiparan el texto a una lengua o a
una partitura que se actualizaría siempre de modo incompleto en la lectura, a la que se asocia con el
habla o con la ejecución de una pieza musical; en definitiva, con la puesta en uso de un determinado
código. En palabras de Antoine Compagnon, “(…) en términos saussureanos, se podría decir que si
el texto se presenta como habla [parole] en relación con los códigos y convenciones de la literatura,
también se ofrece a la lectura como un sistema del lenguaje [langue] con el cual él asociará su
propio discurso” (2004: 225; la traducción es nuestra). Y, en este mismo sentido, Hans Robert Jauss
establece la analogía entre la interpretación musical y la lectura –“[La obra literaria] es más bien
como una partitura adaptada a la resonancia siempre renovada de la lectura, que redime el texto de
la materia de las palabras y lo trae a la existencia actual” (2013: 175). Si la lectura de un texto, al
igual que el habla, constituye una manifestación individual, momentánea y voluntaria que involucra
tanto aspectos psíquicos como físicos, un abordaje sistemático del fenómeno se vuelve inviable.
La razón política, por su parte, resulta indisociable de la lógica de la lectura, que como
sostiene Roland Barthes, (…) es diferente de las reglas de la composición. Estas últimas, heredadas
de la retórica, siempre pasan por la referencia a un modelo deductivo, es decir, racional: como en el
silogismo, se trata de forzar al lector a un sentido o a una conclusión: la composición canaliza; por
el contrario, la lectura (ese texto que escribimos en nuestro propio interior cuando leemos) dispersa,
disemina. (…) Esta lógica no es deductiva, sino asociativa: asocia al texto material (a cada una de
sus frases) otras ideas, otras imágenes, otras significaciones” (1994, pp. 36-37).
Frente a una actividad heterogénea, singular y contingente como la lectura, que amenaza
siempre con transgredir o trascender la coherencia (o “intención”) del texto, el énfasis puesto en la
producción de mensajes constituiría un modo de salvaguardar las jerarquías e instituciones sociales
que condicionan las relaciones de los lectores con los textos en detrimento de la productividad y
creatividad de la lectura. La escisión tajante entre la escritura y la lectura responde, desde esta
perspectiva, antes a una cuestión de relaciones de poder y mecanismos de control social que a
aspectos formales inherentes a ambas prácticas. La preponderancia del punto de partida de la obra
determina, siguiendo a Barthes, una economía peculiar según la cual el autor constituye el eterno
propietario de su texto y los lectores simples usufructuadores que deben elucidar un sentido
“verdadero” ya fijado por el autor.
Llevada a un extremo, la concepción de una producción eficaz presupone, por un lado, un
público inerte que es modelado por medio de textos; por otro, promueve la asimetría entre maestros
y alumnos, autores y consumidores, intelectuales y reproductores acríticos en la medida en que solo
algunos pocos, verdaderos conocedores del código lingüístico, estarían en condiciones de
decodificar su “sentido”; por último, la jerarquización de la producción instituye normatividades
que propician la estabilidad del signo al reprimir el mecanismo metafórico según el cual el
significado de un término se desplaza con relativa libertad o solvencia a otros significantes
diseminados en el texto. Michel de Certeau describe la política de la lectura de la siguiente manera:
La lectura se situaría entonces en la conjunción de una estratificación social (de relaciones
de clase) y de operaciones poéticas (construcción del texto por medio de su practicante): una
jerarquización social trabaja para conformar al lector a “la información” distribuida por una élite (o
semi-élite); las operaciones lectoras se las ingenian con la primera al insinuar su inventividad en las
fallas de una ortodoxia cultural (1997, p. 185).
El practicante individual, antes que priorizar “el” sentido correcto de un texto (su contexto,
sus vínculos con otros textos, su información principal), recorre el texto en función de sus propios
intereses y necesidades sin que en ese acto íntimo de lectura medie instancia alguna de control, de
evaluación, de juicio o de consenso. Este modo de leer –por fuera de cualquier pauta externa- es
empático, proyectivo e identificatorio, y empieza y termina en el mismo lector. Cabría preguntarse
si deja en él alguna huella concreta o efectiva y si es transferible. El escritor francés Marcel Proust
ha expuesto este fenómeno de la participación afectiva del lector en la realidad del libro de la
siguiente manera en el último tomo de su En busca del tiempo perdido (1921):
“En realidad, cada lector es cuando lee el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más
que una especie de instrumento óptico que ofrece al lector para permitirle discernir lo que, sin ese
libro, no hubiera podido ver en sí mismo. El reconocimiento en sí mismo, por el lector, de lo que el
libro dice es la prueba de la verdad de éste, y viceversa, al menos hasta cierto punto, porque la
diferencia entre los dos textos se puede atribuir en muchos casos, no al autor, sino al lector”.(Proust
1998: 263).
En definitiva, en la actividad de lectura -y subsidiariamente en el abordaje de la lectura
como objeto de estudio- se combinan y confunden dos tipos de lectura cuyos vínculos nunca son del
todo claros.
s, las operaciones concretas que realizan
lectores reales cuando se enfrentan a un texto en particular. Entre estas operaciones se deberían
considerar no solo las que implican un alto grado de autocontrol y están destinadas a “extraer” del
texto un “sentido” o “comprender sus ideas principales” sino también las “insignificantes”, como
las acciones de dispersión y de evasión, las asociaciones imprevistas y los blancos, las tretas para
sortear los escollos que presentan los textos y las sensaciones físicas y los movimientos corporales
que acompañan la actividad mental, operaciones todas que también tienen lugar en una lectura.
leer o de la figura de un lector ideal, se orienta a corregir los defectos y errores de los lectores
empíricos de modo que la lectura no “traicione” el texto.
Entre estos dos extremos, se sitúan los distintos estudiosos de la recepción de los textos
literarios. Lo cierto es que a los apologistas de la impertinencia del lector, como Barthes o Certeau,
no se les escapa que no todas las lecturas son igualmente válidas y que hay que ser un gran escritor
para que las identificaciones, proyecciones y distracciones que tienen lugar durante la lectura se
vuelvan productivas y significativas, así como tampoco se les escapa a los defensores de un lector
abstracto, como Umberto Eco, que toda lectura concreta resulta siempre irreductible a un modelo.
El mismo juego de intenciones que habíamos visto a propósito del autor con “su” texto puede
plantearse en relación con el fenómeno de la lectura: el lector viene a disputarle al autor la
atribución del sentido de un texto.
Teorías de la recepción. La lectura como una respuesta individual o como
actualización de una competencia colectiva
La lectura consiste en correlacionar una expresión dada con un contenido por referencia a
determinado código. El lector construye así sintáctica y semánticamente el objeto semiótico al que
se refiere el texto-signo a partir del diccionario y las reglas gramaticales que maneja. Esta operación
requiere, por lo tanto, como sostienen Joseph Courtés y Algirdas Greimas (1990), de un destinatario
con una competencia lingüística análoga a la del productor del texto para poder identificar los
términos y sus funciones recíprocas en el contexto de la oración.
Todo texto contiene, sin embargo, numerosos puntos de indeterminación, problemas y
lagunas que deben ser salvados en la lectura. Incluso si un escritor se propusiera ser lo
suficientemente explícito como para no dar lugar a ambigüedades, jamás podría evitar la
proliferación de interpretaciones inherente a todo signo. La definición de un término proporcionada
por un diccionario no agota en modo alguno sus propiedades semánticas puesto que todo término
admite además de un sentido denotado, un sentido connotado.
Por este motivo, todo texto implica, además, como plantea Eco, “(…) ciertos movimientos
cooperativos, activos y conscientes, por parte del lector” para poder actualizar aquellos elementos
no dichos en el plano de la expresión (2000: 74), elementos que, según este enfoque, el autor prevé
serán rellenados. La iniciativa interpretativa del lector no solo enriquece el texto sino que constituye
la condición de posibilidad de concreción de una obra, una función del propio texto que, como buen
“mecanismo perezoso (o económico)”, “(…) vive de la plusvalía de sentido que el destinatario
introduce en él” (Eco 2000: 76). Ahora bien, el productor también espera que el texto sea
interpretado con un cierto margen de univocidad. Para Eco, la suerte interpretativa de un texto
forma parte de y orienta el propio proceso de composición del texto: el productor despliega distintas
estrategias textuales en función de sus previsiones respecto de los movimientos que efectuará un
lector potencial. De este modo, el autor concibe imaginariamente un “lector modelo” capaz de
interpretar el texto de la manera prevista por él y contribuye a su vez a construirlo. El lector, por su
parte, construye en base a las estrategias y operaciones formales de composición del relato una
imagen del autor que orientará su interpretación de lo que lee.
Rayuela (1963) de Julio Cortázar admite, al menos, dos lecturas posibles, dos modos de
recorrerla: por un lado, la lectura de corrido sin considerar los capítulos prescindibles y, por otro, la
lectura que incorpora intercalados los fragmentos del final de acuerdo con la propuesta del autor.
Ahora bien, el texto no se limita a señalar estas dos alternativas sino que promueve desde el prólogo
y desde la teoría del arte, y de la literatura que desarrolla, fundamentalmente, a partir del personaje
Morelli, un tipo de texto (la novela fragmentaria opuesta a la novela rollo) y un tipo de lector (el
lector cómplice en contraposición al lector-hembra) específicos.
Como no hay modo de determinar si los sentidos previstos en la instancia de producción
coinciden con los recreados en la instancia de recepción, la propuesta de Eco debe fundarse,
necesariamente, sobre la base de las proyecciones que autor y lector hacen del otro. La
interpretación, por lo tanto, implica necesariamente cierto grado de intencionalidad y de
arbitrariedad. No podemos mantenernos dentro de los límites del texto y hacer caso omiso a la
pregunta por la voluntad del autor (¿qué quiso decir?), como tampoco desconocer que esa intención,
esa coherencia interna, es (re)construida en el proceso de lectura a partir de los indicios que
proporciona el texto y también de las propias proyecciones y figuraciones del lector.
- ¿Qué es, entonces, lo que lee un lector?
- ¿Lee lo que él quiere leer, lo que puede leer o lo que el autor quiere que lea?
A pesar de considerar y valorar positivamente la libertad del lector para interpretar un texto, la
teoría de Eco tiende a ceñir ese ejercicio de libertad a aquellos “vacíos” que el autor, de algún
modo, había contemplado, con lo cual el autor continúa jugando un rol preponderante en el
establecimiento de una interpretación.
Por otra parte, independientemente de las intenciones y previsiones del autor, existen otro tipo de
restricciones que condicionan las lecturas posibles de un texto (o que orientan a los lectores en su
tarea interpretativa) y que se vinculan con el medio sociocultural del lector:
Toda lectura deriva de formas transindividuales: las asociaciones engendradas por la
literalidad del texto (por cierto, ¿dónde está esa literalidad?) nunca son, por más que uno se empeñe,
anárquicas; siempre proceden (entresacadas y luego insertadas) de determinados códigos,
determinadas lenguas, determinadas listas de estereotipos (Barthes, 1994, p. 37).
En todo momento, existe un repertorio de convenciones o un sistema de normas
determinadas históricamente que constituyen la competencia del lector y definen, a su vez, un
conjunto de lectores. Es a partir de un saber previo que lo que hay de nuevo en un texto se hace
experimentable o legible y pasa a integrar nuestro conocimiento:
Aunque aparezca como nueva, una obra literaria no se presenta como novedad absoluta en
medio de un vacío informativo, sino que predispone a su público mediante anuncios, señales claras
y ocultas, distintivos familiares o indicaciones para un modo de recepción completamente
determinado (Jauss, 2013, p. 178).
El género discursivo funciona como un esquema de recepción que le indica implícitamente
al lector cómo debe abordar el texto y asegura en cierta medida su comprensión. El sentido último
de un texto resulta, por consiguiente, inseparable de las restricciones genéricas: son las
convenciones históricas propias del género con el que el lector identifica un texto en particular, las
que determinan, entre los distintos recursos y procedimientos diseminados en el texto, aquellos que
serán actualizados en la lectura.
En síntesis
Hasta aquí nos hemos referido a lo que el autor espera que el lector lea y a lo que el lector
puede leer en función de sus saberes y experiencias previos. Faltaría, entonces, decir algo respecto
de lo que el lector efectivamente lee en un texto, pero para eso sería necesario que cada cual
interrogase su propia lectura, que cada cual retuviese y registrase ese texto que escribe mentalmente
cuando lee, que cada cual leyese ese libro interior del que habla Marcel Proust. ¿Podemos, en
efecto, decir algo en general del modo en que nos paseamos de un sitio a otro en Internet para
detenernos luego en un fragmento que no sabemos a quién pertenece y que nos recuerda algo que
leímos alguna vez en un libro al tiempo que nos lleva a hacer determinadas proyecciones a futuro?
Difícilmente. Las lecturas concretas continúan siendo refractarias a cualquier encasillamiento
teórico.
Los géneros discursivos
Hemos descrito en esta unidad cómo se desenvuelve la lectura y qué papel tiene el lector en
esta situación comunicativa tan peculiar que se da en el texto literario. Es necesario aclarar que,
antes del acto de lectura, el texto ya prevé al lector, le anticipa qué es lo que va a encontrar en su
interior. Al entrar a una librería, antes de convertirnos propiamente en lectores de un texto, nos
dirigimos a un sector en particular: literatura, poesía, autoayuda, historia, filosofía, economía, etc.
El circuito comercial define de antemano un tipo de lector y un tipo de libro. Recordemos que la
palabra “texto” deriva etimológicamente del término latino “textus” que significa literalmente
“tejido”, “entramado”. Cuando hablamos de telas, el género es el tipo de “tejido” que tengo entre
las manos: buscamos un género específico en función de su entramado, de las características que
dan a la tela una apariencia a los ojos, un brillo o color determinado, una sensación especial al tacto.
Algo similar sucede con los textos: las necesidades del lector definirán lógicamente la búsqueda de
un tipo de texto dentro de un género.
Ya puestos a leer, el texto también ofrece pautas concretas de pertenencia a uno u otro
género, es decir, presenta pautas formales que nos indican qué reglas o patrones rigen la
composición (y en consecuencia la lectura) de ese texto. Si un libro cualquiera comienza con la
frase “Había una vez” sabremos que se trata de un cuento infantil o de un texto que toma en cuenta
y dialoga con ese género ya que esa frase es una típica fórmula de inicio de los cuentos populares
clásicos. Para identificar un género literario debemos tener en cuenta criterios de composición,
estilísticos y temáticos que imprimen rasgos diversos y variables a cada género. Otros críticos, en
cambio, han propuesto clasificar los géneros literarios de acuerdo al público al que están dirigidos
los textos. Como vemos, es complejo (si no imposible) adoptar un criterio único para decidir la
pertenencia o no de un texto a un género dado.
Géneros Literarios
En definitiva, los géneros literarios son las clases en las que pueden clasificarse o agruparse las
obras literarias; un principio de generalización del que no siempre somos del todo conscientes y que
permite vincular cada trabajo individual con los textos canónicos de la literatura nacional o
universal, proporcionándonos, por semejanza, pautas para su abordaje. Hay tres grandes géneros
literarios que, a su vez, conocen múltiples subclases o subdivisiones: el lírico, el narrativo y el
dramático. Dentro del narrativo, podríamos distinguir, en principio, entre novela, novela corta y
cuento, pero a su vez (y en función del argumento, los personajes, las coordenadas
espaciotemporales más que de su forma o composición) distinguiríamos entre policial, fantástico,
maravilloso, realista, etc. Las combinaciones son múltiples, de modo que ninguna clasificación
puede ser exhaustiva sin correr el riesgo de volverse arbitraria.
Así como el sentido global de un texto se determina en virtud de un esfuerzo interpretativo,
la pertenencia a un género también implica un esfuerzo por establecer semejanzas o filiaciones con
otros modelos. Debido a la pluralidad y libertad con que la literatura acopia y reelabora sus
materiales, la atribución a un género no es algo dado de antemano sino que es parte del trabajo
interpretativo y depende en gran medida del bagaje cultural del lector.
Bibliografía citada
, R. (1994) “Escribir la lectura”, en El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la
escritura, Barcelona, Paidós, pp. 35-38.
hacer. México, Universidad Iberoamericana, pp. 177-189.
Press.
onado de la teoría del
lenguaje, Madrid, Gredos, pp. 235-236.
narrativo, Barcelona, Lumen, pp. 73-95.
como provocación de la ciencia literaria”, en La
historia de la literatura como provocación, Madrid, Gredos, pp. 151-207.
Editorial.
Equipo Especialización (2016). Modulo Didáctica de la Teoría Literaria. Clase 3. La lectura como
fenómeno cultural: del gusto personal a la práctica social. Especialización en Enseñanza de
Escritura y Literatura. Ministerio de Educación y Deportes de la Nación.