La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo
que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde.
Miguel de Cervantes
___________________________
¿Qué es la gramática?
Distintos tipos de gramática
Gramática
Niveles en el estudio de la gramática
Clases de gramática
Historia de la gramática
Gramática tradicional
Gramática Generativa
Gramatica clásica
Gramática medieval
Gramática humanística
Gramática racionalista
Gramática comparada
Temas de gramática
Recursos didácitos gratis
Mapa de la web
___________________________
Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado.
Francisco de Quevedo
___________________________
¿Qué es la Gramática?
Lingüística, filología, lengua, expresión, trivio, dicción, sintaxis, ortografía
El término "gramática" hace referencia a distintos conceptos, según la visión
que de él se tenga. En un sentido estricto, la gramática es una rama de la
lingüística que estudia, mediante un método de análisis sistemático, la
estructura de una determinada lengua. Las dos disciplinas básicas que la
integran son la morfología (que se ocupa de la forma y estructura de las
palabras) y la sintaxis (que analiza las relaciones mutuas de las palabras
dentro de las oraciones). En un sentido más general y extendido, la gramática
se identifica con la lingüística, y por tanto engloba la fonología, la morfología,
la sintaxis y la semántica como sistemas interrelacionados dentro de una
jerarquía global en las lenguas humanas. Por último, en su sentido más
genérico (ajeno ya al marco del lenguaje humano), una gramática es cualquier
sistema de símbolos organizados y estructurados, en particular los que se
emplean para programar ordenadores y comunicarse con ellos.
Volver al inicio de Gramática española
Distintos tipos de gramática
Se distinguen numerosas modalidades de gramática, según su mayor o menor
enfoque en diferentes aspectos del lenguaje. Una primera distinción es la que
se establece entre gramática descriptiva, que únicamente se limita a reflejar
de forma precisa el uso que los hablantes hacen de su lengua, y gramática
normativa (o prescriptiva), que intenta establecer reglas para el correcto uso
de ésta. En un sentido más amplio, la gramática descriptiva estudia
igualmente la modalidad concreta de una lengua en una determinada fase de
su evolución, y por tanto se opone a la gramática histórica, que se ocupa de
su desarrollo a lo largo del tiempo. La gramática comparada busca establecer
las diferencias y semejanzas entre distintos idiomas o variedades lingüísticas.
La gramática estructural (o funcional) estudia las lenguas en sí mismas como
sistemas que son, tratando de explicar el funcionamiento y estructura de los
elementos que las componen. La gramática teórica (o general) va más allá de
la observación de lenguas individuales, y se propone descubrir la naturaleza
misma del lenguaje mediante la recogida de datos lingüísticos.
La gramática generativa (o transformativa) es un sistema teórico que se
propone para describir y explicar las oraciones de una lengua a partir de un
número limitado de reglas. A diferencia de las anteriores gramáticas, que
consideran el lenguaje en su aspecto visible de sistema estructural, la
generativa lo ve como una capacidad mental del ser humano para adquirir una
determinada lengua. Existen una serie de reglas lingüísticas universales y
subyacentes mediante las que se construyen los distintos sistemas lingüísticos
utilizados por todos los hablantes del mundo, reglas que no se aprenden a
través de la experiencia sino que son innatas.
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA
1. Arte de hablar y escribir correctamente una lengua: las academias romanas
enseñaban gramática y retórica como parte de una formación humanista
integral. [Por especialización] Libro en el que se enseña gramática: necesito
una gramática del neerlandés.
2. [Lingüística] Disciplina lingüística que estudia los elementos de una lengua
y sus combinaciones: la gramática generativa trata de formular una serie de
reglas capaces de producir o generar todas las oraciones posibles y aceptables
de un idioma.
El término "gramática" hace referencia a distintos conceptos, según la visión
que de él se tenga. En un sentido estricto, la gramática es una rama de la
lingüística que estudia, mediante un método de análisis sistemático, la
estructura de una determinada lengua. Las dos disciplinas básicas que la
integran son la morfología (que se ocupa de la forma y estructura de las
palabras) y la sintaxis (que analiza las relaciones mutuas de las palabras
dentro de las oraciones). En un sentido más general y extendido, la gramática
se identifica con la lingüística, y por tanto engloba la fonología, la morfología,
la sintaxis y la semántica como sistemas interrelacionados dentro de una
jerarquía global en las lenguas humanas. Por último, en su sentido más
genérico (ajeno ya al marco del lenguaje humano), una gramática es cualquier
sistema de símbolos organizados y estructurados, en particular los que se
emplean para programar ordenadores y comunicarse con ellos.
Volver al inicio de Gramática española
Niveles en el estudio de la gramática
Se dice que el lenguaje es "articulado" porque está compuesto por cuatro
sistemas lingüísticos (fonología, morfología, sintaxis y semántica) que se
articulan o conectan entre sí de forma ordenada y jerárquica: los sonidos se
combinan formando morfemas, que son las unidades más pequeñas de la
lengua con significado propio; a su vez, los morfemas se unen para formar
palabras, unidades básicas de la gramática; la combinación de las palabras a
través de sintagmas da lugar a oraciones, que se utilizan para comunicar
significados.
En primer lugar, la fonología tiene como objetivo la descripción de los sonidos
de una lengua como unidades contrastivas dentro del sistema lingüístico
general, que constituyen los elementos más básicos de la gramática (no debe
confundirse esta disciplina con la fonética, que estudia los sonidos en su
realización material o fónica). En el siguiente nivel se halla la morfología, que
es el estudio de la formación de las palabras (unidades con sentido pleno) a
partir de los sonidos (unidades carentes de significado), así como sus
modificaciones gramaticales. A continuación, la sintaxis se ocupa de agrupar
estas unidades léxicas mediante reglas de combinación para formar sintagmas
y oraciones, que son las unidades superiores de la gramática. Por último, la
semántica es la disciplina encargada de clasificar y estructurar los diferentes
significados que se pueden expresar mediante las oraciones de una lengua (no
debe confundirse con la lexicología, que estudia el léxico o conjunto de
palabras de cada una de las diferentes lenguas y sus relaciones contrastivas en
un determinado momento de su evolución, ni con la lexicografía, aplicación
práctica de la anterior disciplina lingüística destinada a la composición de
diccionarios).
Volver al inicio de Gramática española
CLASES DE GRAMÁTICA
Se distinguen numerosas modalidades de gramática, según su mayor o menor
enfoque en diferentes aspectos del lenguaje. Una primera distinción es la que
se establece entre gramática descriptiva, que únicamente se limita a reflejar
de forma precisa el uso que los hablantes hacen de su lengua, y gramática
normativa (o prescriptiva), que intenta establecer reglas para el correcto uso
de ésta. En un sentido más amplio, la gramática descriptiva estudia
igualmente la modalidad concreta de una lengua en una determinada fase de
su evolución, y por tanto se opone a la gramática histórica, que se ocupa de
su desarrollo a lo largo del tiempo. La gramática comparada busca establecer
las diferencias y semejanzas entre distintos idiomas o variedades lingüísticas.
La gramática estructural (o funcional) estudia las lenguas en sí mismas como
sistemas que son, tratando de explicar el funcionamiento y estructura de los
elementos que las componen. La gramática teórica (o general) va más allá de
la observación de lenguas individuales, y se propone descubrir la naturaleza
misma del lenguaje mediante la recogida de datos lingüísticos.
La gramática generativa (o transformativa) es un sistema teórico que se
propone para describir y explicar las oraciones de una lengua a partir de un
número limitado de reglas. A diferencia de las anteriores gramáticas, que
consideran el lenguaje en su aspecto visible de sistema estructural, la
generativa lo ve como una capacidad mental del ser humano para adquirir una
determinada lengua. Existen una serie de reglas lingüísticas universales y
subyacentes mediante las que se construyen los distintos sistemas lingüísticos
utilizados por todos los hablantes del mundo, reglas que no se aprenden a
través de la experiencia sino que son innatas.
Volver al inicio de Gramática española
HISTORIA DE LA GRAMÁTICA
En el estudio del lenguaje a lo largo de los años se puede hablar de tres
grandes corrientes gramaticales: gramática tradicional, gramática estructural
y gramática generativa.
GRAMÁTICA TRADICIONAL
Las primeras reflexiones acerca del lenguaje las llevaron a cabo los filósofos
de la Grecia clásica, alrededor del siglo IV a.C. Preocupados básicamente por
cuestiones generales acerca de la naturaleza de los seres humanos y el
universo, y con la firme creencia de que debían existir verdades eternas e
inmutables, estos filósofos se aproximaron al lenguaje (una capacidad única
de los hombres, como creían) con la esperanza de poder hallar en él las
respuestas a algunos de los grandes misterios de la vida. Pensaban que los
dioses habían otorgado a los hombres el don divino del lenguaje, y que por lo
tanto representaba la perfección suma. Por supuesto, dado que se tenía
conocimiento de pocas culturas más aparte de la helénica, sólo el griego era
digno de estudio; el resto de lenguas eran consideradas como hablas
degeneradas o "bárbaras".
Platón opinaba que las palabras mantenían una relación inherente, natural y
lógica con los entes o conceptos que representaban. A partir de esta idea,
construyó un sistema gramatical (posiblemente el primero del mundo
occidental) formado por dos clases de palabras: ×noma y »Åma. Las primeras
designan la entidad que lleva a cabo una acción o aquélla de la que se afirma
algo. Los elementos de la segunda clase representan la realización de la
acción o la afirmación que se hace del ×noma. Puede verse que esta
diferenciación está muy próxima a la actual entre nombre y verbo.
Aristóteles, el discípulo más aventajado de Platón, continuó las
investigaciones lingüísticas de su maestro. Entre sus más importantes
contribuciones al estudio del lenguaje destacan: la definición de una tercera
clase de palabras, sÝndesmoj (conjunción), que englobaba a todas aquéllas
que no eran ni ×noma ni »Åma; el descubrimiento de determinados rasgos
estructurales de las palabras (como por ejemplo el hecho de que los nombres
poseyeran caso y los verbos tiempo); la que posiblemente es la primera
definición del término "palabra": la más pequeña unidad lingüística con
significado pleno. Sin embargo, su principal contribución fue un sistema de
lógica natural cuidadosamente desarrollado, basado en el silogismo.
Aristóteles defendía que el razonamiento mental de este esquema de
proposiciones reflejaba perfectamente el pensamiento del ser humano, y por
lo tanto consideraba el lenguaje como un proceso mental de naturaleza
lógica.
La siguiente escuela de pensamiento que se ocupó del lenguaje fueron los
estoicos (alrededor del año 300 a.C.). Ampliaron la clasificación gramatical de
Aristóteles a cuatro elementos con la adición de la categoría "artículo" y
subdividieron los nombres en comunes y propios. Por otra parte, llevaron a
cabo detallados estudios acerca del tiempo y la concordancia verbal, y
llegaron a la conclusión de que el nombre poseía cinco casos: nominativo,
acusativo, dativo, genitivo y vocativo.
Alrededor del siglo II a.C., Dionisio de Tracia amplió a ocho las clases de
palabras, dando lugar a una clasificación que perduró en el mundo occidental
hasta bien entrada la época moderna: nombre, pronombre, verbo, participio,
artículo, adverbio, conjunción y preposición.
Posteriormente, los romanos recogieron esta tradición gramatical griega
prácticamente en su integridad. Advirtieron que el latín (a diferencia del
griego) poseía un sexto caso, el ablativo, y se preocuparon por la conservación
del lenguaje en toda su pureza.
Durante la Edad Media se continúan en gran medida los estudios clásicos de la
gramática. Por otro lado, las distintas escuelas filosóficas empiezan a sentir
interés por las relaciones existentes entre el significante (o forma material de
las palabras) y el significado (o sentido de las mismas). Con la llegada del
Renacimiento y el descubrimiento de nuevas culturas, los gramáticos se
muestran muy interesados en conocer la genealogía de las lenguas. La
creencia general es que todas son variantes lingüísticas de un único conjunto
de principios universales originarios, comunes a todas las lenguas humanas.
Tras una primera etapa de devoción cultural hacia las lenguas clásicas
(especialmente el latín y el griego), las lenguas vernáculas van incrementando
su importancia y es entonces cuando se escriben las primeras gramáticas
autóctonas de cada nación. La Gramática de la lengua castellana (1492), de
Antonio de Nebrija, constituye el primer intento serio de clasificación
gramatical del español.
Los estudios gramaticales durante los siglos XVII y XVIII se polarizan en torno
al gran debate filosófico del momento entre racionalismo (cuyo máximo
representante era Descartes) y empirismo (basado en las doctrinas de Locke y
Hume). Los racionalistas sostenían que ciertas ideas y capacidades mentales
de los seres humanos (la principal de las cuales es el lenguaje) eran innatas.
Los empiristas, en cambio, defendían que todo conocimiento humano
(incluido el lenguaje) se puede explicar como conocimiento adquirido a través
de la experiencia mediante los sentidos. Los gramáticos de la escuela
racionalista retomaron las teorías lingüísticas del mundo griego y propusieron
una serie de postulados generales: la universalidad del pensamiento se refleja
en el lenguaje humano; el gramático ha de ocuparse únicamente de describir,
lo más precisa y objetivamente posible, la lengua hablada por una comunidad
tal cual es, sin basarse en criterios prescriptivos; la unidad básica no es la
palabra, sino el sintagma, representante de un pensamiento o idea
subyacente; en el lenguaje existen dos niveles complementarios: una
estructura profunda, formada por el conjunto de ideas abstractas y relaciones
mentales comunes a todo el pensamiento humano, y una estructura
superficial, que representa la forma gramatical que adopta la primera en las
diferentes lenguas habladas en el mundo.
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA ESTRUCTURAL
Durante el siglo XIX se empieza a investigar con especial interés acerca del
origen de las lenguas y sus relaciones mutuas, lo que da lugar al nacimiento
de la gramática histórica y la gramática comparada. El método principal
empleado por estas dos disciplinas consistía en reunir gran cantidad de datos
lingüísticos (especialmente de carácter fonológico y textual) y extraer
conclusiones a partir de ellos. Gracias a estos estudios se consiguió desarrollar
auténticas genealogías de las lenguas y clasificar el mapa lingüístico mundial.
A comienzos del siglo XX, la gramática estructural abandonó esta dependencia
de los testimonios escritos y se centró en el estudio de las lenguas en sí
mismas, como sistemas autocontenidos y vivos. Para ello, los estructuralistas
tomaron como base de todas sus investigaciones la morfología, disciplina
lingüística que se ocupa de la estructura formal de las palabras. Su método de
análisis de la lengua se basa en la observación cuidadosa de un corpus
lingüístico (o conjunto de datos) tomado del habla de una comunidad para
llegar al conocimiento del sistema subyacente a tal manifestación externa. En
palabras del lingüista suizo Ferdinand de Saussure, considerado como uno de
los padres del estructuralismo, la gramática debe describir la langue ‘lengua’,
el sistema de signos lingüísticos comunes a una comunidad de hablantes, en
lugar de la parole ‘habla’, realización concreta de la lengua que en sí misma
no constituye un sistema organizado. Todo individuo posee un conocimiento
interno y subconsciente de la lengua, aunque su habla particular no tiene por
qué reflejarlo fielmente debido a causas externas (como pueden ser lapsos de
memoria o incapacidad articulatoria). La gramática estructural considera que
cada lengua es un "metasistema" compuesto por varios otros sistemas
organizados en niveles interrelacionados: en la escala más baja se encuentran
los sonidos, que se combinan para formar palabras, que a su vez se combinan
para formar oraciones, cuya agrupación se usa para comunicar significados.
De esta forma, las distintas disciplinas que estudian estos elementos
anteriores (fonología, morfología, sintaxis y semántica) constituyen la
gramática en su sentido más general.
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA GENERATIVA
En 1957, el lingüista americano Noam Chomsky publica Estructuras sintácticas,
obra de clara inspiración matemática en la que critica los métodos empleados
por la gramática estructural. Para él, el estudio de la gramática debe
centrarse en el lenguaje mismo como capacidad cognitiva del ser humano, y
no en la simple recogida y análisis de datos formales, que no son más que una
manifestación externa de aquél. De esta forma, la gramática se equipara a las
hipótesis científicas, ya que pasa a definirse como una teoría o sistema que se
propone para describir y explicar las oraciones de una lengua específica, no
como elementos aislados, sino como reflejo de la capacidad mental del
lenguaje común a todas las personas. Una gramática adecuada será aquélla
que sea capaz de generar oraciones gramaticales (es decir, ajustadas a una
serie de reglas formales y comprensibles por parte de un hablante nativo) y
descartar las que no lo sean; pero, sobre todo, ha de ser capaz de generar
todas las posibles oraciones gramaticales de una lengua. Por lo tanto, la
gramática debe basarse no en la semántica (como hacía la gramática
tradicional) ni en la morfología (como hacía la gramática estructural), sino en
la sintaxis. Para Chomsky, la sintaxis descansa sobre el principio de la
recursividad, un proceso formal mediante el cual se pueden crear infinitas
oraciones a partir de la aplicación de un número finito de reglas a un número
también limitado de constituyentes sintácticos. En última instancia, la
gramática generativa retoma las teorías mentalistas del racionalismo del siglo
XVIII, en la medida en que considera el lenguaje como una capacidad innata
de las personas cuyas reglas formales reflejan el mecanismo del pensamiento
humano.
La gramática transformativa (o transformacional) es un desarrollo posterior de
la generativa en la que se establece que el paso de un esquema oracional a
otro se lleva a cabo mediante la aplicación de determinadas reglas o
transformaciones (por ejemplo, la que se aplica a una oración cualquiera para
convertirla en interrogativa o formar su correspondiente estructura pasiva).
Dos modelos en el estudio de las lenguas: gramática comparada y gramática
formal
A continuación se presentan dos perspectivas gramaticales distintas —aunque
en muchos aspectos complementarias: gramática comparada y gramática
formal. La primera, que se engloba dentro de la corriente estructuralista
anteriormente explicada, surgió a raíz de las inquietudes de los lingüistas del
siglo XIX por encontrar las semejanzas que pudieran existir entre las distintas
lenguas conocidas hasta entonces; su estudio se mueve en el doble eje
diacrónico y sincrónico, ya que basa sus supuestos en la evolución histórica de
las variedades lingüísticas y en sus cambios formales (fundamentalmente de
carácter fonológico). La gramática formal, por su parte, se originó tras las
investigaciones de la gramática generativa, y busca categorizar las lenguas en
base a reglas formales de carácter matemático; su orientación computacional
es evidente, en el sentido de que emplea una sintaxis "comprensible" para las
máquinas (amén de una terminología básicamente informática). Como puede
verse, la gramática comparada y la gramática formal se asemejan en el hecho
de que ambas buscan establecer reglas fijas, aunque la primera se basa en el
cotejo de varias lenguas y la segunda se centra en el sistema propio de cada
una. S. Velasco Sol - ENCICLONET
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA CLÁSICA
& Con este nombre se denomina el conjunto de estudios y observaciones
acerca del lenguaje que se desarrollaron en el mundo grecolatino de la
antigüedad. Dado que durante aquel período histórico se conocían pocas
lenguas, únicamente el latín y el griego (las llamadas "lenguas clásicas") eran
objeto de estudio en Occidente.
Introducción
Una de las consecuencias metodológicas más interesantes que se pueden
extraer de los gramáticos clásicos, especialmente los latinos, para la
enseñanza de la Lingüística, es precisamente lo que podríamos titular "cómo
se hace una gramática".
Es imprescindible la Introducción, en la que se plantea la cuestión de si el
lenguaje se origina por naturaleza, convención, analogía o anomalía y se
discuten las interpretaciones de Platón y Aristóteles. La línea propiamente
tradicional es aristotélica, convencionalista, y se mueve entre un analogismo
mitigado y el anomalismo.
La Gramática clásica se divide en sus partes tradicionales: Prosodia,
Etimología, Analogía y Sintaxis. Los gramáticos anomalistas, más tarde,
construyen una Etimología de tipo morfológico y lexicológico, que pierde sus
aspectos analógicos de justificación semántica y engloba a la antigua
Analogía. Lo esencial del tratamiento de esta parte, que pasará a llamarse
Morfología, es el tratamiento de las ocho partes de la oración: nombre, verbo,
participio, pronombre, adverbio, preposición, interjección, conjunción. El
adjetivo sustituirá al participio (o convivirá con él), y lo mismo ocurrirá entre
interjección y artículo. De este modo, el número de partes de la oración
oscilará entre ocho y diez durante unos dieciséis siglos.
Las partes de la oración son básicas en toda gramática no sólo para la
Morfología, sino también para la Sintaxis. En el análisis morfológico se tienen
en cuenta:
1) La categoría.
2) Sus consecuencias y accidentes, en las clases de nombre y verbo:
Nombre: género, número, caso, especie (para la clasificación de primitivos y
derivados) y figura (para la división en simples o compuestos).
Verbo: modo, tiempo, número, persona, género, especie y figura.
La Sintaxis tradicional sigue una concepción sintagmática, de unión de un
vocablo con el antecedente o el siguiente. Las nociones fundamentales son las
de régimen, que desarrollará Alexander de Villa Dei, en 1199, y concordancia.
La importancia de la Retórica impone un apéndice en el que, según el modelo
de Donato, se habla de barbarismo, solecismo, metaplasmo, esquemas
oracionales y tropos. Su finalidad es prioritariamente normativa, más que
estética.
Gramática clásica: visión panorámica
A partir del siglo V a.C. tenemos ya noticias de una preocupación acerca del
lenguaje en el mundo griego. Esta preocupación está naturalmente vinculada
a la especulación filosófica que, como se sabe, nace en la civilización helénica
con mucha fuerza y tiene ya en el siglo IV a.C. con la figura de Platón (427-
347 a.C.), a uno de los filósofos más notables de todos los tiempos. Al mismo
tiempo, esta corriente de preocupación por el lenguaje se va plasmando en
otro tipo de actividades, ahora no de carácter especulativo y teórico, sino de
índole más práctica y dominio más restringido: nos referimos a la acción de
todos los conservadores, transmisores y correctores de textos literarios,
ocupados en fijar por escrito la gran literatura griega, transmitida
originariamente por vía oral. No hay Literatura sin texto y, puesto que éste
requiere para su interpretación una labor previa de fijación, o sea, de crítica
textual, podemos decir que no hay Literatura sin Filología, en el sentido más
amplio del término. Ya en el siglo I a.C., Dionisio el Tracio, al estudiar las
partes de la Gramática, en la línea de su maestro, el célebre filólogo
alejandrino Aristarco de Samotracia afirma que la sexta parte es la dedicada a
examinar críticamente los poemas y la considera la culminación de las cinco
anteriores.
Tampoco olvidemos, porque está en el nombre mismo de la nueva técnica,
que el nombre Gramática está directamente relacionado con la capacidad de
escribir: gramma es una palabra griega que significa 'letra'.
Los griegos supieron construir unos esquemas rigurosos, unos modelos que
pudieron aplicarse, no sólo a las lenguas indoeuropeas, como el latín, las
lenguas germánicas, bálticas o eslavas, sino a las lenguas indoamericanas, más
tarde. Téngase en cuenta que no hablamos ahora de que ese modelo fuera
perfecto y definitivo, desde el punto de vista científico, sino de que se tomó
como tal y se mantuvo, básicamente, hasta nuestro siglo.
Arranca de los griegos un modelo teórico, lógico-filosófico, especulativo,
junto con un modelo aplicado, normativo, escolar, vigente en lo fundamental
hasta mediados del siglo XX y todavía no sustituido por completo. El primer
modelo se preocupa por la conexión del lenguaje con el pensamiento, por las
categorías universales, las partes de la gramática, mientras que el segundo se
preocupa de la corrección, a partir del ejemplo que ofrecen las autoridades
del idioma, los grandes autores, en un momento en el que todo lo que se
escribe se considera en conjunto, sin establecer diferencias entre un texto
científico y un texto literario. La obligación de cualquier escritor era hacerlo
bien y para ello tenía que seguir unas normas, impuestas en la escuela. Roma
heredará esta concepción y la transmitirá a las escuelas medievales. Aprender
a leer será aprender también a conocer un texto modelo, una manera
ejemplar de escribir y unas construcciones que se deben copiar. Los autores
imitables, las autoridades del idioma, son los clásicos. No significa esto que el
modelo especulativo no tuviera un carácter también aplicativo. Ni los
conocimientos científicos de la época ni el modelo de sociedad permitían el
desarrollo de un pensamiento teórico en el sentido de una lingüística
inmanente, que, de hecho, será una de las grandes innovaciones de Saussure
en el segundo decenio del siglo XX. La Filosofía, el Foro y la Literatura son los
tres ejes en torno a los cuales gira esta especulación gramatical.
Se trataba de una gramática, por una parte, de contenido, de relación de
categorías mentales y categorías lingüísticas, y por otro lado de expresión.
Para cumplir estas finalidades se dividía en cuatro partes:
1) La Prosodia trataba de los sonidos y lo significativo de las diferencias entre
ellos, pero sin estudiar la oposición de unos a otros para aislar unidades,
innovación que habrá de esperar hasta después de 1920, con la Fonología
estructural. Podríamos definirla como un tipo de Fonética con algunos puntos
de pre-fonología.
2) La Etimología se ocupaba del origen de las palabras; pero no en el sentido
que tiene ahora esta definición, sino en el de la relación entre los nombres y
las cosas. Abarcaba así los problemas de la convención o motivación, anomalía
y analogía en la relación entre el objeto, la cosa, y el nombre, así como el de
las derivaciones, aunque de manera muy poco fiel, por falta de mecanismos
de análisis.
3) La Sintaxis trataba de las frases en lo que hoy llamaríamos su estructura
superficial: construcción de la oración y clases de oraciones. Es una sintaxis
de tipo muy morfológico, a lo que ayuda también la estructura de la lengua
griega, con la posibilidad de asignar funciones sintácticas a las formas
gramaticales de los casos. No se trata de lo que podemos entender hoy por
Sintaxis, que es más bien un sistema de reglas y principios.
4) La Analogía, por último, aunque está relacionada con las construcciones
morfológicas y, con el paso del tiempo, será la ciencia que corresponde a la
Morfología tradicional, no era en principio lo mismo. Ya desde el nombre
arrancaba de un intento de explicar ciertos elementos lingüísticos de modo
analógico, no convencional. Se trataba en ella de acercarse a los elementos o
características motivados de la lengua natural a través del estudio de las
partes de la oración, o sea, por la caracterización formal y funcional de los
distintos elementos oracionales. No olvidemos que el problema fundamental
era el del origen del lenguaje y el estudio de las estructuras lingüísticas era
un modo de buscar una respuesta a esa pregunta.
Más que de partes de la oración tendríamos que hablar de partes de la
proposición lógica que enuncia un juicio: Ps, "predicado se da en sujeto",
"Leónidas es hombre: la hombría se da en Leónidas". Todavía hoy se conserva
esta notación en Lógica. De acuerdo con ello, Platón distingue ónoma 'nombre'
de rhêma 'verbo', como sujeto y predicado lógicos. Aristóteles (384-322 a.C.),
en su Poética, nos permite comprobar también que esa distinción es más
lógica que morfológica: ónoma es el nombre como sujeto y rhêma es "siempre
la expresión de aquello que se dice de otro, es decir, de un sujeto (sustrato) o
de aquello que está en el sujeto".
Los griegos no llegan a establecer unidades estrictamente lingüísticas, como
habían hecho los gramáticos del indoario antiguo, quienes ya podían analizar
una unidad mínima dotada de significado, es decir, un monema o morfema,
que podían dividir en dos tipos, uno con significado léxico, o raíz, y otro con
significado gramatical (flexivo), o desinencia. Los griegos, en cambio, tenían
como unidades dos, procedentes del análisis de la lengua escrita: la letra y la
palabra.
La demostración de la propiedad de las palabras se consigue, según los
interlocutores, aplicando el método etimológico. Estas etimologías, que llegan
hasta la ciencia etimológica actual de modo mucho más científico y depurado,
son en la Edad Antigua y Media, y todavía en la Moderna, una mezcla de
suposiciones, supersticiones y confusiones.
En la Lógica de Aristóteles se plantea ya de otra manera la relación entre el
objeto y su expresión lingüística. Por un lado se advierte que las impresiones
psíquicas, como imágenes de las cosas, "son las mismas en todos", la base que
permite que todas las lenguas humanas sean intertraducibles. Los signos de
esas impresiones psíquicas son las expresiones lingüísticas. La relación entre
expresión lingüística e impresión psíquica, que se refiere a la cosa, es
convencional, negándose expresamente el significado de los componentes.
Como ciencia, la gramática efectúa pocos progresos, aunque en la Poética
(cap. III especialmente) se desarrollan algunos puntos. No se divide la
Gramática; pero sí se deslindan algunas categorías: "Las partes de toda suerte
de habla son éstas: elemento, sílaba, nombre, verbo, palabra de enlace,
artículo, caso, palabra". Una gran heterogeneidad preside la enumeración
anterior. En ella, elemento viene a coincidir con "letra", sílaba es la
combinación de vocal y semivocal o muda, sin significación.
En lo que concierne a la definición de las voces, la conjunción o palabra de
enlace es voz no significativa que une voces significativas, mientras que
"artículo es una voz no significativa, la cual muestra el principio o el fin, o la
distinción de la palabra; v. g.: Lo dicho, acerca de esto, etcétera". Ésta
categoría sólo aparece en la Poética y en la Retórica, por lo que ya desde
antiguo la crítica ha negado que fuera formulada por Aristóteles (Steinthal, en
1890). El nombre es voz significativa sin tiempo y compuesta de varios
elementos, que no mantienen su significación separados. El verbo es voz
significativa con tiempo, también compuesta. El caso (ptôsis) no es
exactamente la flexión nominal y verbal, aunque así es como podemos
interpretarlo; se refiere sencillamente a las variaciones que sufre la forma
fundamental de una palabra, no solamente por flexión, sino también por
traslación o cambio de categoría, la adverbialización por ejemplo, o por
composición lexicológica. En cuanto a la palabra, definida como "voz
compuesta significativa, de cuyas partes algunas significan por sí, más no
siempre con tiempo, porque no toda palabra se compone de nombres y
verbos", se trata en realidad de una definición sintagmática, que corresponde
a una extensión amplia entre la unidad léxica y la unidad sintáctica.
Volver al inicio de Gramática española
Desarrollo de los modelos y categorías gramaticales
Nombre, verbo y palabra de enlace o conjunción (syndesmoi) son las
categorías que parecen más claras en Aristóteles. Las cuatro partes, con el
artículo, no aparecerán con claridad hasta los estoicos. A la generación
anterior a su fundador pertenece Epicuro (341-270 a.C.), interesado en la
discusión sobre el origen del lenguaje.
El movimiento estoico corresponde a la época política postalejandrina. Su
fundador, Zenón de Citio, era de origen semítico, fenicio y bilingüe. Autores
como Robins han señalado el interés que este bilingüismo, con una lengua no
indoeuropea, por otra parte, pudiera tener y su influencia en el desarrollo de
su gramática. Desgraciadamente, los testimonios que tenemos de los estoicos
son posteriores e indirectos, a través de la obra de Diógenes Laercio, De vitis
philosophorum.
Con todo, sabemos que su especulación etimológica los lleva al origen natural
del lenguaje, aunque son anomalistas para explicar la relación entre palabra o
expresión lingüística y cosa u objeto en las lenguas humanas que conocen. El
movimiento estoico, como las otras escuelas griegas posteriores, repercutirá
además en la gramática latina.
Si repasamos brevemente sus aportaciones, vemos enseguida que son mucho
más concretas que las de Aristóteles. Restringen la flexión a los cinco casos
del nombre, frente a la pluralidad de mutaciones que señalábamos en
Aristóteles, por ejemplo, y se ocupan de las clases de verbos y sus accidentes,
especialmente la voz, a la que se dedicaron Diógenes Babilonio y Crisipo (II
a.C.). En el siglo I a.C., Antípater de Tarso añadió la voz media.
Con ellos quedan configuradas, por tanto, las categorías morfológicas, de un
lado, y las partes de la oración, de otro. A las primeras, para el sustantivo,
corresponden número, género, caso, mientras que en las segundas tenemos el
nombre, que es el nombre propio, para expresión de la cualidad individual,
"ser Sócrates", el apelativo, para expresar la cualidad general, "ser un
caballo", el verbo, la conjunción y el artículo, categoría a la que corresponden
el artículo determinante del griego así como los personales y los posesivos.
Lo que se va desarrollando, en consecuencia, es un modelo de análisis del
lenguaje, más interpretativo que creativo. Este aspecto se completa en la
parte especulativa con el desarrollo de las intuiciones aristotélicas en una
primera posible teoría del signo, en la que por un lado se distingue el objeto y
por otra el designador y lo designado, como significante-significado. Así se
transmite esta diferencia ya en la obra de un pensador escéptico, Sexto
Empírico, Adversus mathematicos, quien nos transmite los puntos de vista de
los estoicos para discutir sobre ellos. El desarrollo del pensamiento de
Aristóteles corresponde sin embargo más a otra escuela, la de los
neoplatónicos, uno de cuyos representantes más ilustres, Porfirio, compuso
uno de los libros más influyentes en ciertas corrientes de pensamiento
medieval, la Eisagoge (introducción) a la teoría de las categorías de
Aristóteles. Este libro, difundido gracias al comentario medieval de Boecio, es
la base de la disputa de los universales.
Paralelamente al desarrollo del movimiento estoico y el neoplatónico va
evolucionando el movimiento helenístico. Sus dos escuelas principales, la de
Alejandría y la de Pérgamo, difieren en que los primeros son analogistas,
consideran esencial la regularidad del lenguaje humano, mientras que los
segundos son anomalistas, más preocupados por la irregularidad. Téngase en
cuenta que los filólogos, en la crítica textual, se enfrentaban con una gran
variedad de formas, en principio merecedoras de atención y crítica, por
formar parte de la tradición. Ante ellas no cabía propiamente el modelo
normativo, sino que era necesario realizar una previa labor de recogida y
clasificación. Se origina así el modelo descriptivo, que tan extraordinaria
importancia tendrá en la evolución de la gramática y cuya validez todavía hoy
es indiscutible.
Aunque parece ser que los principios de esta escuela estaban ya establecidos
en la obra de Aristarco de Samotracia, la Gramática de Dionisio el Tracio,
donde ya aparece el título de Têchne ("arte" en la versión latina, pero claro
antecedente de "técnica"), es la primera gran obra específica y
explícitamente gramatical, al menos que conozcamos.
Encontramos en esta obra seis apartados básicos, que corresponden a la
lectura con pronunciación correcta, la explicación de giros, la transmisión de
glosas y ejemplos mitológicos, la etimología, la analogía y el examen crítico
de los poemas. Se presenta lo gramatical, pues, en relación con la crítica
textual, o sea, lo filológico, dentro de una preocupación por la corrección que
nos sitúa en los primeros desarrollos completos del modelo prescriptivo o
normativo.
Las partes de la oración son ya ocho: a las cuatro que conocemos —nombre,
verbo, palabras de enlace y artículo— se añaden adverbio (epírrêma),
preposición (próthesis), participio (metochê) y pronombre (antinymía). En lo
que se refiere al artículo, ya desde los estoicos se encuentra la distinción
entre definidos (risména) e indefinidos (aoristides). Entre los primeros se
incluyen los personales, entre los segundos los relativos.
El concepto de adverbio parece en principio una de las adiciones más
interesantes; pero se queda en un cajón de sastre, por la excesiva amplitud
de su definición: "adición al predicado". Tampoco queda muy clara la
distinción entre preposición y relacionantes, que se interfieren
continuamente. Gramáticos alejandrinos posteriores, como Apolonio Díscolo
(s. II d.C.), en su Sintaxis, llegarán a establecer diecinueve tipos de
relacionantes. El concepto de pronombre, por su parte, surge confundido con
el de artículo, originariamente. Se distinguen los deícticos y los anafóricos.
También se tenía en cuenta una forma que no se consideraba parte de la
oración, la interjección, a la que llamaban álogoi 'excluida del discurso', si
bien algunas de ellas, en la obra de Dionisio, figuraban entre los adverbios.
Dionisio el Tracio y Apolonio, cuya obra fue continuada por su hijo Herodiano,
influyeron directamente en la gramática latina. A partir de este momento nos
movemos ya en una continuidad de tratadistas y de influencias. Habrán de
pasar muchos siglos para que los tres modelos se alteren, y la gramática sea
mayoritariamente especulativa o normativa; pero no faltarán muestras
interesantes del modelo descriptivo. Será necesario esperar al siglo XIX, con
antecedentes en el XVIII, para la incorporación del modelo comparativo y el
tipológico tras él, sin que ninguno de los que desarrollaron los griegos
desaparezca.
Volver al inicio de Gramática española
La continuación de la gramática griega en Roma y su desarrollo
El tratado De lingua latina de Varrón (116-27 a.C.), la primera muestra de la
gramática latina, recoge influencias helenísticas, aunque no el influjo, al
menos destacable, de su casi coetáneo Dionisio el Tracio. Para encontrar una
versión completa adaptada al latín de la obra de éste habrá que esperar al
siglo I d.C., con la obra también perdida, pero conocida, de Remmio Palemón.
De los veinticinco libros del tratado de Varrón se nos conservan seis (5-10),
suficientes para hacer lamentar la pérdida de los restantes, no sólo por su
relativa, aunque interesante, originalidad, sino por las muchas noticias de
otros gramáticos que, gracias a él, se nos conservan. Sabemos que dividió su
obra en Etimología, Analogía y Sintaxis, aunque la última no se nos ha
conservado.
En lo que concierne a las partes de la oración, Varrón muestra su originalidad.
Las divide, con un criterio morfológico que el lingüista danés Jespersen,
muchos siglos después, encontrará ingenioso, en cuatro grupos, según la
inflexión de caso y tiempo:
a) Palabras con caso (nombres), categoría a la que corresponden el sustantivo,
el pronombre y el adjetivo.
b) Palabras con tiempo (verbos).
c) Palabras con caso y tiempo (participios).
d) Palabras sin caso ni tiempo (adverbios y partículas).
Esta originalidad se extiende también a la terminología. Así, por ejemplo,
para resolver la incomodidad del uso polisémico de verbum, que en latín
significa tanto 'palabra' como 'verbo', acuñará el término verbum temporale,
que hará fortuna, como muestra el alemán Zeitwort, que es su transposición
exacta.
Aunque los retóricos, como Quintiliano (I d.C.) y los padres de la Iglesia,
posteriormente (como San Gregorio Niceno o San Agustín), se ocupan de
cuestiones gramaticales, su importancia en este terreno es mucho menor que
la de las dos grandes figuras que constituyen la transición de la Edad Antigua
a la Media, Ælio Donato (IV d.C.) y el bizantino Prisciano (VI d.C.), en los que
se realiza también la síntesis de la gramática greco-latina.
La Ars Grammatica de Donato se convirtió en el manual elemental durante los
siglos en los que —no lo olvidemos— aprender a leer era aprender a leer en
latín y por tanto, cuando éste ya no era la lengua hablada, significaba
"aprender latín". Cuando se habla del Donato se quiere significar,
generalmente, la versión abreviada, la Ars minor, donde se ocupa de las ocho
partes de la oración, con sus paradigmas, en forma de preguntas y respuestas,
frente a la Ars maior o versión completa, menos reproducida. La primera
parte se dedica a vox, littera, syllaba, pedes, toni, posituræ, es decir, a la
noción de palabra y las bases prosódicas necesarias para la métrica. En la
segunda se tratan las clases de palabras (nombre, pronombre, verbo,
adverbio, participio, conjunción, preposición, interjección); pero se suprimen
los paradigmas y se amplía la discusión de problemas teóricos, bien sobre
clasificaciones, o sobre cuestiones formales, como los comparativos
irregulares. La tercera parte es una retórica y se dedica a barbarismos y
solecismos, así como a tropos y otras figuras. Como incluye citas para
ejemplificar cada punto estudiado se convirtió en un resumen de autoridades.
El gran modelo, a partir del siglo VI y hasta las Institutiones Latinæ de Elio
Antonio de Nebrija (nótese el nombre latino inicial igual a Donato), serían las
Institutiones rerum grammaticarum de Prisciano, cuyos dieciséis primeros
libros forman el Priscianus maior y los dos últimos, dedicados a la constructio,
se llaman Priscianus minor y se reprodujeron con frecuencia
independientemente, como tratados de Sintaxis. Inicialmente tuvo más
relevancia otra obra, la Institutio de nomine et pronomine et verbo, porque,
entre otros méritos, clasifica con claridad las declinaciones, abandonando el
complejo y oscuro sistema de géneros de Donato.
Volver al inicio de Gramática española
LA GRAMÁTICA MEDIEVAL
Para establecer unas líneas básicas de la gramática medieval es preciso tener
en cuenta que muchas de las preocupaciones lingüísticas de la época son
comunes a cristianos, musulmanes y judíos, aunque, en el caso de los
primeros, irán tomando una dimensión propia, que conduce a la gramática
humanística y al Renacimiento. De los tres aspectos que resumen, a
continuación, la evolución general, sólo el tercero es específico de las
sociedades cristianas.
· La Gramática todavía sigue siendo "arte" en ese sentido de "técnica" que
domina todavía la semántica de esta palabra. Por ello, es una época de
producción de gramáticas siguiendo las líneas generales perfectamente
establecidas por el modelo grecolatino.
· El desarrollo de la Filosofía y, sobre todo, de la Teología, propicia una serie
de discusiones sobre el signo y la relación entre expresión y contenido,
caracterizadas por la preocupación por los "modos de significar". Esta
corriente constituye una línea teórica especulativa, con originalidad en
muchos aspectos.
· El desarrollo de las lenguas vernáculas, con la fragmentación del latín en las
lenguas románicas, por un lado, y la alfabetización de las lenguas germánicas,
celtas, bálticas y eslavas, por otro, provoca una actuación que podemos
considerar dentro del ámbito de la planificación lingüística en el apartado de
la "reforma" de las lenguas.
Recordemos que el estudio de la gramática era el estudio del latín según el
modelo de los clásicos: "latín clásico" y "gramática" eran todavía sinónimos
para Dante. Esta gramática se estudia además con las de los autores latinos,
como Ælio Donato y Prisciano, además de las que se van escribiendo nuevas.
Los gramáticos medievales utilizan su ciencia en función de la Lógica y esta
última como fundamento de su Metafísica, encaminada a su vez hacia la
Teología. Gramática, Lógica o Dialéctica y Retórica constituyen, en la
organización cristiana de la enseñanza, el Triuium, primer grado de la
enseñanza.
Esta ciencia gramatical, que para griegos y romanos había sido una arte
humanística, pasa a convertirse en fundamento de la Teología, en un mundo
cuyo esquema de conocimiento enciclopédico coloca a Dios en el inicio de
todo, hasta de los diccionarios: las verdades gramaticales se pondrán en
relación con los misterios teológicos y se llegará a parangonar las tres
personas del verbo con las Tres Divinas Personas, en un ms. anónimo del s. IX,
o a hablar de las ocho partes de la oración en relación probablemente con las
ocho órdenes (ostiario, lector, exorcista, acólito, subdiácono, diácono,
presbítero, obispo) en la obra del abad de Verdún Esmaragdo (805-824),
aunque el mismo autor no se muestra totalmente convencido y se remite al
carácter sagrado del número 8 en los libros sagrados.
En relación con la Etimología, tal vez el punto que menos nos dice hoy, se
debe señalar, para los primeros siglos sobre todo, la presencia de una
gramática medieval de abolengo latino, frecuentemente versificada, junto a
la corriente lógico-dialéctica. Así lo testimonian la obra de Remigio de
Auxerre, en el siglo X o, en el XII, el Doctrinale, gramática rimada de
Alexander de Villa Dei, o Villedieu, y el Graecismus de Eberardo de Béthune,
también en verso, que llegó hasta el siglo XV y fue estudiado por el Erasmo
joven de Davenrer.
Hasta el Doctrinale, en lo que respecta a la división de la Gramática (también
en el Imperio Bizantino), seguía en vigor la distinción de Prosodia, Etimología,
Analogía y Sintaxis, establecida en el siglo II a.C. en la Gramática de Dionisio
de Tracia. Con la sustitución de la Etimología por la Ortografía y la
consideración crecientemente morfológica de la Analogía, dicha división ha
llegado hasta el siglo XX.
La obra de Alexander de Villa Dei (1199) supone ya un cambio en este sentido,
con su división en Orthographia, Etymologia, Dyasistastica y Prosodia, en la
cual la Etymologia era el estudio formal de las partes de la oración, la flexión
y la formación de palabras, mientras que la Dyasintastica era una
protosintaxis, es decir, un análisis sintagmático o del discurso, en el que se
incluían las partes de la oración en conjunto.
Todas estas gramáticas se hacen acreedoras de un reproche común, el de que
el estudio del uso, entendido como uso correcto, predomina sobre la
concepción especulativa y la investigación, ante todo, de las causas: lo
normativo se impone a lo especulativo y etiológico.
El valor antiguo de la etimología se ejemplifica en la magna obra del
hispanogodo Isidoro de Sevilla (m. 636 y santo de la Iglesia cristiana),
conocida como Isidori Hispalensis episcopi etymologiarum siue originum libri
XX, ampliamente difundida a partir del año 636. Todavía es estudio del origen
de las palabras, vinculado al del origen del lenguaje, antes de pasar a estudio
morfológico, de las formas de las palabras, en las gramáticas relacionadas con
la filosofía escolástica. La etimología así concebida, de escaso o nulo valor
científico, según nuestros conocimientos, sirve para transmitirnos un mundo
cultural, el de la lejana Edad Media, y sirvió también para hacer llegar a su
época parte, inevitablemente deturpada, de la cultura clásica. Además, las
Etimologías son aún buena muestra de la interpretación del origen del
lenguaje por razones naturales, no convencionales y de la tendencia
analogista en la formación de las palabras, revitalizada por el neoplatonismo
agustiniano, pues buscan algún tipo de motivación en la relación nombre-
cosa. Veamos una, a partir de la relación de la lechuga con la leche, llamada
por la semejanza formal:
17.10.11. lactura dicta est quod abundantia lactis exuberet, seu quia lacte
nutrientes feminas implet ... lactuca agrestis est quam sarraliam nominamus,
quod dorsus eius in modum serrae est.
("se llama lechuga porque está colmada por la abundancia de leche, o porque
llena de leche a las nodrizas ... la lechuga silvestre es la que denominamos
sarraja, porque su dorso tiene forma de sierra".)
El libro primero contiene un sumario de gramática latina, muy breve y
dedicado sobre todo a la discusión de problemas terminológicos. Su brevedad
y la rapidez con la que circuló convirtieron este compendio en una obra
sumamente citada, junto con las Artes de Donato y la Institutio de nomine de
Prisciano. Las Etimologías son también, en buena medida, ejemplo de
glosario. Los glosarios son las manifestaciones lexicográficas características
del mundo latino medieval y tienen, incluso, importancia notable en la
Península Ibérica.
Quintiliano había definido las glosas como "interpretaciones de una expresión
algo enrevesada", y también "explicación de voces poco usadas". Se trata de
una labor de filólogo, por tanto, y corresponde a esa continuidad de la
corriente de depuración de textos, comprensión y fijación de modelos con los
que incrementar las autoridades del idioma. La nómina de glosadores es
amplia y va de Elio Estilón, Ateyo Filólogo y Varrón a Verrio Flaco, en el siglo I
d.C. y Nonio Marcelo para alcanzar una cima sobresaliente en los siglos IV-VI
con las glosas de Plácido Gramático o los Synonima Ciceronis, cuya influencia
en San Isidoro está bien comprobada.
Después de la obra isidoriana, en el sur de Francia o norte de Italia, en el siglo
VIII, probablemente, se compiló el Liber Glossarum o Glosario de Ansileubo.
Este libro refleja la huella de San Isidoro e incluso permite rastrear la
existencia de obras isidorianas perdidas, como un Liber Artium, Safficum o
Saffica, cuyas referencias lo acercan a las Etimologías, y un libro sin nombre
del que se rastrean huellas en otras gramáticas medievales. También debemos
citar la obra de Paulo Diácono, autor del siglo VIII perteneciente al monasterio
de Monte Cassino y, en el siglo XI, el Elementarium del erudito lombardo
Papías, para llegar, en 1286, al Catholicon de Johannes Balbi de Janua
(genovés).
En la Península Ibérica son célebres las Glosas Emilianenses y las Glosas
Silenses, compiladas respectivamente en los monasterios riojano-burgaleses
de San Millán y Santo Domingo de Silos, cuya fecha se discute entre los siglos
X y XI. Estas glosas no son sólo latinas, sino romances, del incipiente
castellano e incluso vascas. Más abundantes son las glosas latinas conservadas,
como los glosarios editados por Américo Castro (1936). Lugar destacadísimo
ocupan los glosarios latino arábigos, como el Latino-Arabicum de Leiden, el
Vocabulista atribuido a Ramón Martí y la culminación romance de todos ellos,
en la obra de Pedro de Alcalá, Arte para ligeramente saber la lengua aráuiga o
Vocabulista aráuigo (1505).
Volver al inicio de Gramática española
El modelo árabe y el grecolatino en la Edad Media
La transición de la Edad Antigua a la Media no podría estar completa sin
referirnos a un modelo lingüístico que convivió con el grecolatino durante
estos siglos y que, en buena medida, es una variante de éste, aunque con
diferencias debidas a haber bebido en fuentes a veces desconocidas de
Occidente y aplicarse a una lengua no indoeuropea que convive con otra
indoeuropea que le proporciona buen número de tratadistas. Nos referimos,
como es fácil adivinar, al árabe y al persa, respectivamente.
Volver al inicio de Gramática española
Gramática, texto y diccionario en el mundo islámico
Un dicho árabe tardío, que adaptamos ligeramente, dice lo que sigue: "La
Sabiduría brilla en el cerebro de los europeos, las manos de los chinos y la
lengua de los árabes". El foco del Islam es un libro, el Alcorán, o sea, 'la
lectura', es lo que Dios, por medio de Gabriel, lee al Profeta Muhammad de la
madre del Libro, es decir, del arquetipo celestial, que fue dictado, según los
musulmanes, palabra por palabra. Así se dice taxativamente:
Él se encuentra en la Madre del Libro, cerca de Nos, es sublime, sabio (43:
3/4)
El término árabe correspondiente a nuestra ciencia es Qilm; pero Qilm sólo
significa 'conocimiento' o 'aprendizaje'. El verbo Qalama significa 'saber,
conocer'. La Lingüística sería así Qilm al-luga 'conocimiento de la lengua'; pero
este término designa, sobre todo, a la Lexicografía, mientras que la Filología
es fiqh al-luga, 'inteligencia de la lengua'.
La preocupación por el idioma está unida, en los árabes, tradicionalmente, a
dos cuestiones: la lectura correcta del Alcorán y la interpretación de la
poesía, especialmente las casidas, que iluminan los "tiempos de ignorancia", o
sea, la poesía preislámica, de extraordinario interés e influjo básico en toda
su literatura.
Volver al inicio de Gramática española
Problemas comunes a las tres religiones: los universales
La gramática medieval, tanto del mundo cristiano como del judío o el
islámico, está inmersa en la gran discusión filosófica de la época, la de los
universales, entre los dos realismos (extremo y moderado) y el nominalismo,
problema planteado en el comentario de Boecio al neoplatónico Porfirio y que
se tiende a ver en Lingüística de una manera excesivamente simplificada,
diciendo que los realistas creen que las palabras son el reflejo de las Ideas o
que, para los nominalistas, los nombres se han dado arbitrariamente a las
cosas.
El planteamiento de Porfirio (h.233-305 d.C.), según la Introducción a la
Teoría de las Categorías de Aristóteles, I, citada según la versión de Patricio
de Azcárate, en el primer tomo de las Obras de Aristóteles, es el siguiente:
"Por lo pronto, en lo que respecta a los géneros y a las especies, no me
meteré a indagar si existen en sí mismos, o si sólo existen como puras
nociones del espíritu: y, admitiendo que existen por sí mismos, si son
corporales o incorporales; y, en fin, si están separados, o si sólo existen en las
cosas sensibles de que se componen".
Si se postula una congruencia entre la palabra y la cosa, partiendo de que la
idea se hace palabra, se llega a un triángulo de motivación en el que la
palabra da existencia al concepto. Este es el planteamiento básico del
realismo.
Los nominalistas, en cambio, con Guillermo de Ockham (1270-1347) a la
cabeza, defenderán que el conocimiento experimental es la base de la
categorización y, en consecuencia, de la ciencia: sólo existen las cosas, los
conceptos son productos de la mente; los términos del lenguaje humano no
tienen valor fuera del mismo, son sólo términos generales o universales que
usan los hablantes.
La línea convencionalista, generalmente también anomalista, podía contar
con la nueva filosofía de Tomás de Aquino (1221-1274), en lo que concierne a
las relaciones entre la palabra y la significación con el objeto, aunque ello no
impidiera el surgimiento de matices heréticos que obligaron al Venerabilis
Inceptor, como se conoce a Ockham, a escapar de la sede papal de Aviñón
(estamos en pleno Cisma de Occidente), huyendo de Juan XXII, para refugiarse
en Múnich, en 1329, en la corte de Luis de Baviera.
De manera esquemática, se han reducido a tres las soluciones del problema
de los universales; dos de ellas son mejor recibidas por los gramáticos, desde
el punto de vista de su actividad. El realismo extremo cree que los términos
del lenguaje humano corresponden a universales reales, diferentes de los
particulares. Así, para una cierta corriente de interpretación del mundo
cultural islámico, existe realmente un arquetipo celestial alcoránico, la
"Madre del Libro", y existe también, por ello, una forma perfecta de la lengua
árabe, que es la que se encuentra en el Alcorán. En un mundo en el que la
controversia religiosa era básicamente entre el Islam y el Cristianismo, nada
tiene de extraño que se quisiera responder con el texto bíblico y se
defendiera una interpretación literal, aunque no sea ésta la única causa.
Nos parece más interesante y gramaticalmente productiva la tesis del
realismo moderado, según el cual los términos del lenguaje existen como
propiedades o caracteres de los particulares: la Belleza se da en los objetos
bellos y a través de ellos tiene existencia, no en sí. Su repercusión retórica,
por ejemplo en la adjetivación, lleva a la especialización de la categoría del
epíteto, como adjetivo que expresa la propiedad esencial en un sustantivo. El
nominalismo, como hemos indicado, separa la realidad de las denominaciones
de los objetos: poder dar un nombre no implica realidad, salvo en el interior
del lenguaje.
Con estas definiciones tan simples es difícil precisar los autores que
pertenecen a las distintas tendencias, si bien parece aceptable considerar a
Duns Scoto (h. 1274-1308) en el realismo moderado que tiende hacia el
realismo extremo, pero sin entrar en él; mientras que Santo Tomás estaría en
el realismo moderado que tiende hacia el nominalismo. Los realistas, por su
creencia, en distintos grados, de que las ideas tienen una cierta existencia
real, al menos, son también llamados "idealistas", concepto aplicado
especialmente en Literatura.
La idea de una grammatica universalis, vinculada a un planteamiento
científico y racionalista, se conecta con el interés por las reglas y propiedades
generales y debe buena parte de su contenido a los tratadistas musulmanes.
Tomás de Erfurt cita al Commentator, es decir, a Averroes, Ibn Ruxd, y
precisaba que "los nominalistas del siglo XIV renovaron muchas de las
doctrinas de los filósofos árabes, como la teoría de los tres estados de
Avicena, según la cual los universales son un producto del entendimiento,
pues únicamente existen en los individuos". La universalidad de la gramática
ha de establecerse mediante principios generales. A mediados de ese siglo,
Robertus Kilwardby afirmaba que "los modos de pronunciar sustanciales de los
elementos y de manera similar los modos de significar y cosignificar
generales".
La preocupación por la significación y la cosignificación, las referencias al
objeto y al concepto, dentro de cada corriente, es algo común a los
modalistas o modistas y a los nominalistas; pero la aportación de estos últimos
es importante, al aparecer en ellos precedentes de la Semántica, como la
interpretación significativa del concepto. No obstante, la aparición de estos
valores semánticos, más o menos diferenciados, destacables porque la
Semántica, como tal ciencia, no recibe un nombre y unos límites hasta fines
del XIX, no está vinculada sólo al nominalismo. Los nominalistas, sin embargo,
dan al concepto de suposición una interpretación y un desarrollo dentro de su
doctrina. La suposición es un concepto fundamental; pero no es exclusivo de
los nominalistas.
Para el desarrollo de la Gramática era necesario separarla de la Lógica. Este
proceso se inicia en el siglo XII con Hugo de San Víctor y se consolida en el XIII
con los modistas o modalistas: se distingue un sermo congruus, objeto de
estudio gramatical, de un sermo uerus, objeto de la Lógica. Lo que sea
propiamente gramatical aparece ya en el gramático danés Boecius Dacus,
profesor de la Sorbona en la década de 1270, en quien encontramos ya la
posibilidad de distinguir el significado léxico del gramatical, cuya combinación
dentro de una palabra "es una capacidad inherente y creadora del lenguaje".
La teoría de la suposición
Desde el punto de vista semántico, sin limitarnos a los modalistas, se puede
llegar a decir que lo especialmente interesante de los estudios de gramática
en la Edad Media es la teoría de la suposición.
En Petrus Hispanus, un gramático del siglo XIII que llegó a ser Juan XXI, se
encuentra ya la distinción entre la significatio y la suppositio. La primera es la
relación entre el signo o palabra y lo que significa, mientras que la suppositio
es la aceptación de un concepto en lugar de un objeto o clase, por la relación
significativa, o sea, como elemento del contenido. La significatio es anterior a
la suppositio o, lo que es lo mismo, la segunda presupone la primera. La
suppositio puede ser formal, cuando tomamos la palabra por el término
referido:
Juan es mi vecino
donde Juan se refiere a un objeto concreto, 'Juan', del que predico la
vecindad. Puede ser también material, cuando tomamos la palabra por sí
misma, convirtiéndola entonces en referido, dentro del metalenguaje
utilizado, o sea, hablando de la lengua mediante la propia lengua, por
ejemplo:
"Juan" es un nombre propio
donde "Juan" se refiere a un elemento lingüístico, no a un objeto concreto.
Nótese la innovación que suponen dos aspectos de la teoría: la distinción
entre materia y forma y la diferencia entre lo que hoy designamos como
lengua y metalengua. El concepto de suposición adquiere importancia capital
en el nominalismo de Guillermo de Ockham, en el cual, frente a los
tratadistas anteriores, como Guillermo de Shyreswood y Petrus Hispanus,
quienes consideraban la suposición como "propiedad de los términos y de los
términos arbitrarios, y de éstos en una situación extraproposicional o, al
menos, proposicional", Ockham defiende la suposición de modo
exclusivamente proposicional al afirmar que "es propiedad que conviene al
término [también y sobre todo al mental] pero nunca salvo en la proposición".
El significado, por tanto, no se considera aisladamente, sino que se habla del
valor contextual que puede adquirir el empleo de un término, con su relación
significativa, dentro de una oración. El arte de la lengua se convierte en
puerta de las ciencias, afirmación que llegará a ser generalmente admitida en
el humanismo y que encontraremos mucho más tarde formulada en autores
como Cervantes.
La doble división de la suposición, formal y material que dimos
anteriormente, se complica, en su inicio, en una división triple: material,
personal y simple.
En la suposición material, como acabamos de ver, se emplea un signo
lingüístico en lugar de otro signo lingüístico, pero no conceptual, sino
arbitrario, es decir, sin referencia a un objeto exterior a la lengua. Se trata
de la significación metalingüística de un signo, como en homo est nomen, que
es, en realidad "homo" est nomen.
La suposición personal o lógica "es la plena actuación proposicional de la
significación de un signo lingüístico, en cuanto que éste ocupa en la
proposición el lugar de los existentes como "cosas en sí". Puesto que Ockham
rechaza el concepto de "naturaleza", la referencia del signo homo en
omnis homo est animal
se hace a algo común a ellos, a una "naturaleza humana", no a "ellos-en-sí".
Cada uno de los hombres y todos ellos conjuntamente admiten la predicación
animal.
La suposición simple se da cuando el signo lingüístico reemplaza a otro signo
lingüístico, sin posibilidad de que sea a la cosa, sino a la clase, es decir, a un
signo lingüístico conceptual, como en
homo est species
donde no se puede predicar de algún hombre que sea especie, sino sólo de la
totalidad, que es la que constituye una especie, la humana.
Lo mismo cuando decimos
Colón introdujo el caballo en América
donde es imposible tomar caballo para decir algo como:
Me gustaría montar el caballo que introdujo Colón en América
ya que, en el primer ejemplo, se habla de la clase y en el segundo de un
individuo de la misma.
Kukenheim habla también de una suppositio singularis:
homo mihi taedium est
que supone la existencia de un hombre que me fastidia, y de una suppositio
distributiva:
homo terram habitat
con lo cual no se agota la taxonomía.
La planificación de las nuevas lenguas
El mundo latino se fragmentó política y lingüísticamente, al mismo tiempo
que la cultura clásica llegó a tierras muy distantes de la influencia de Roma y
hablantes de lenguas muy dispersas. La conciencia de la diferencia y de las
posibilidades de representación es a veces sorprendente, como en el caso del
anónimo islandés del siglo XII que emprendió una reforma del alfabeto,
extremadamente minuciosa, con el objeto de representar adecuadamente el
islandés. Más cerca de nosotros, la Castilla medieval, donde en el siglo XIII
especialmente se produce el gran movimiento científico y cultural de trasvase
de la cultura árabe sobre todo al castellano, en vez de al latín, nos permite
observar, en la figura de Alfonso X el Sabio, un proceso de reforma y
modernización de la lengua.
Todo ello no surgió de la nada; al contrario, el rey actuó dentro de una
tradición que le ofrecía ya una serie de textos, especialmente traducciones,
en alguno de los cuales había tenido parte decidida con anterioridad a 1252,
cuando aún era infante.
Se habla también mucho de la labor alfonsí sobre el romance y con ello se da
la falsa impresión de que su actitud fue negativa hacia el latín, lo cual es
inexacto. No cabe duda de que, al impulsar las traducciones del árabe hacia
el castellano y no hacia el latín, se convirtió en el motor de un cambio
sustancial, que no culminaría hasta el siglo XVIII, por lo menos; pero,
simultáneamente, sabemos cómo, preocupado por la degradación del latín,
también se ocupó activamente de esta lengua.
Toledo, desde su reconquista por Alfonso VI en 1085, se había convertido en
un destacado centro cultural. Allí pudo el Rey Sabio perfeccionar el sistema
de estudio, traducción y trabajo, creando una auténtica escuela, a la que se
debe una de las contribuciones más importantes de España a la cultura de
Occidente, una vez más sirviendo a su función específica de enlace entre
Oriente y Europa.
Su actitud, así como la de sus colaboradores, se plasma en textos como el de
la General Estoria que citamos:
"El Rey faze un libro, non porquel escriua con sus manos, mas porque
compone las razones del, e las enmienda e yegua [iguala] e enderça
[endereza], e muestra la manera de como se deuen fazer, e desi [según esta
manera] escriuelas qui el manda: pero [sin embargo] dezimos por esta razon
que el faze el libro".
Las traducciones eran imprescindibles entonces como hoy y más si se tiene en
cuenta que el concepto de originalidad medieval, muy distinto del nuestro,
había de incluir el obligado tratamiento de los temas de los grandes autores,
el respeto a las fuentes, para permitir el escaso margen entre la abreviación y
la amplificación.
Por eso es muy importante saber cómo trabajaba el taller alfonsí y quiénes
eran los encargados de las distintas misiones, mencionados con frecuencia en
los prólogos, cuya lectura nos transmite una sorprendente idea de equipo.
Bastarán como ejemplo los ordenamientos que preceden al prólogo de los IV
Libros de las Estrellas de la Ochava Esfera:
"En nombre de Dios amen. Este es el libro de las figuras de las estrellas fixas
que son en ell ochavo cielo, que mando trasladar de caldeo e de arabigo en
lenguage castellano el Rey D. Alfonso, ...; et trasladolo por su mandado Yhuda
el Coheneso, su alfaquin, et Guillen Arremon d'Aspa, so clerigo".
"Et despues lo endreço [corrigió] et lo mando conponer este rey sobredicho,
et tollo [quitó] las razones [expresiones] que entendio eran sobejanas
[sobradas] et dobladas et que non eran en castellano drecho et puso las otras
que entendio que cunplian; et quanto en el lenguage, endreçolo el por sise
[por sí mismo].
"Et en los otros saberes hobo por ayuntadores a maestre Joan de Mesina et a
maestre Joan de Cremona et a Yhuda el sobredicho et a Samuel".
El texto citado y lo que sabemos del proceso nos permite recomponerlo del
modo siguiente: dos trasladadores hicieron una primera traducción, en 1256;
el rey, luego, mandó componerlo e intervino junto con los enmendadores y,
finalmente intervinieron los ayuntadores, de modo que se terminó el libro en
1276, veinte años después.
La intervención del rey, por su parte, tiene dos aspectos: hacer que el texto
fuera inteligible, eliminando el sobrante, es decir, una labor de tipo
filológico, de corrección textual y enmienda, y hacer un texto correcto, en el
sentido normativo, para lo cual tenía que fijar una norma, la que se ha
llamado alfonsí, que perduró hasta fines del siglo XV y, en muchos aspectos,
hasta la reforma académica de principios del siglo XVIII, reforzada por los
gramáticos clásicos. Los historiadores del XVI y sus continuadores han querido
plasmar esa diferenciación de normas en la forma de un decreto en el que el
todavía infante habría dispuesto que los documentos públicos de los notarios
reales se escribieran en castellano y no en latín.
Las investigaciones de F. González Ollé en 1978 nos permiten considerar estas
afirmaciones como legendarias: ahora bien, la ausencia de una disposición
legal concreta no es óbice para que interpretemos en este sentido toda la
actividad lingüística del rey, para quien la lengua de su reino, en todas las
esferas, era el castellano, aunque escribiera en gallego su propia producción
poética.
Las reformas del castellano emprendidas por el rey afectan a la ortografía, la
morfología, la sintaxis y el léxico.
El sistema gráfico, que atiende a las diferencias entre significados que se
expresan mediante variantes gráficas en la lengua medieval, como dezir
"decir" y deçir "bajar", con un criterio de tipo fonemático, en suma, fue
mantenido, con raras excepciones, por los gramáticos clásicos, como
servidumbre a la ortografía establecida, aunque las grafías ya no tuvieran
valor distintivo (como se ve en el ejemplo citado).
En el aspecto morfológico las preferencias apuntadas (conjugación palatal en
-IR con predominio sobre -ER, tendencia a la distinción entre "persona" y "no
persona" en el sistema pronominal, en lucha con la etimología), configurarán
una lengua coherente.
Esta coherencia se notará también en el aspecto sintáctico, donde la
influencia de la prosa árabe no rompe una estractura sintáctica románica, sino
que refuerza en ocasiones tendencias que en latín no se reflejaban
generalmente en la prosa culta, como la tendencia a la colocación del verbo
en posición inicial, o la redundancia pronominal, especialmente del objeto
indirecto y en las construcciones de relativo, ligadas a la necesidad de crear
una prosa científica, con unos esquemas retóricos diferentes de la poesía, con
soluciones capaces de perdurar durante siglos.
En el aspecto léxico, por su parte, el interés de la escuela alfonsí, en la que el
rey tenía ese destacado papel, refleja una doble actitud, la de recepción y
creación. No sólo se crea introduciendo un nuevo léxico técnico y científico a
partir del latín (además de lo que se recibe directamente, sobre todo del
árabe), sino que se busca una cuidadosa distribución en campos conceptuales,
donde se desarrollan escalas completas: ninnez, moçedat, mançebia, omne
con seso, veiedat, fallescimiento, decrepitud.
Es como si, al igual que las letras de su nombre, del alfa a la omega, el rey
hubiera querido abarcar del principio al fin. Esta ambición, lejana en nuestro
tiempo de especialización, es muy propia de la mentalidad medieval y
proseguirá durante la época siguiente, época dorada en muchas culturas
europeas, empezando por la española.
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA HUMANÍSTICA
& Con todas las novedades que el humanismo, el renacimiento y el barroco
trajeron al mundo cultural latino-germánico, no hay, en esta primera etapa,
una alteración sustancial del modelo de gramática, con una excepción,
precisamente española, aunque de mayor influencia fuera de nuestras
fronteras, constituida por la figura de Sanctius, "el Brocense".
La aportación del humanismo, en el terreno gramatical, fue la extensión de la
construcción de gramáticas a las lenguas vulgares. Con el mundo nuevo
descubierto, esta ampliación fue mucho mayor de lo originariamente
previsible. El esquema, sin embargo, comparado con la estructura de las
gramáticas medievales (véase más arriba), poco varía. Dado que, hasta la
segunda mitad del siglo XVII, la lengua española ocupa un lugar de privilegio,
tanto en los tratados escritos para el conocimiento de ella como en los
dedicados a la enseñanza a extranjeros, hemos decidido convertirla en una
muestra de lo que sucedía, en general, en la Europa de aquel tiempo y en un
espejo reflector del mundo que la circundaba.
A menudo se repite que los gramáticos renacentistas hacen las gramáticas
vulgares calcando los moldes latinos. Esto es cierto sólo en parte, puesto que
veremos la aparición de innovaciones en un sentido o en otro. Lo que es cierto
y conviene no olvidar es que la tradición gramatical es una de las más
persistentes y una de las que más favorece, con citas y glosas, la persistencia
de los argumentos de autoridad.
Nebrija
En nuestra selección de gramáticos españoles de la primera época de los siglos
de oro (fines del XV y principios del XVI) corresponde el primer lugar a Elio
Antonio de Nebrija o Lebrixa, tanto por sus Introductiones Latinae (1480)
como por su Gramática Castellana (1492) o sus Diccionario latino-español
(1492) o el Vocabulario de romance en latín (1495?).
Nebrija, entre las dos divisiones medievales de la Gramática, se inclina por la
de Analogía, Sintaxis, Prosodia y Ortografía. En cuanto a las partes de la
oración, en las Introductiones mantiene las ocho latinas tradicionales, aunque
en las glosas añade dos: gerundia y supina. En la Gramática, en cambio, en
lugar de las ocho latinas distingue diez, a las que llega tras agrupar en una
adverbio e interjección, añadir gerundio y artículo y desdoblar el participio
pasivo en dos: participio variable y nombre participial infinito, invariable, que
es la forma participial de los tiempos compuestos. Ni la diferenciación de la
gramática en cuatro partes ni la diferenciación de la Sintaxis son novedad.
Algunas novedades hay, por supuesto, en las teorías del gramático sevillano,
como el estudio del artículo, en el que señala la distinción entre éste y el
pronombre (él, la, lo) sintagmáticamente; la descripción de los sonidos y su
relación con el latín, así como un adelanto de la teoría de la elipsis, que luego
aparecerá, mucho más desarrollada, en la Minerva de Francisco Sánchez de
las Brozas. En Nebrija, en el capítulo VII del libro IV de la Gramática (fol. g.
iiii), donde se habla de las figuras, dice así:
"Eclipsi es defecto de alguna palabra necessaria para hinchir la sentencia:
como diziendo buenos dias. falta el verbo que alli se puede entender & suplir:
el cual es aiais. o vos de Dios. Esso mesmo se comete eclipsi: & falta en verbo
en todos los sobre escriptos delas cartas mensajeras: donde se entiende sean
dadas. tan bieñ falta el verbo en la primera copla del laberinto de Juan de
Mena que comiença. Al mui prepoteñte don Juañ el Seguñdo A el las rodillas
hincadas por suelo. entieñde se este verbo sean. & llamase eclipsi que quiere
dezir desfallecimiento".
Poco es, evidentemente, para una construcción cuya importancia no quedará
plenamente de manifiesto hasta 1587.
Nebrija fue también muy consciente de la necesidad del apoyo oficial para el
establecimiento de una gramática normativa, convencido de las escasas
posibilidades de que el simple acuerdo de los doctos fuera bastante. Los
tiempos no eran adecuados y la reforma del español en el siglo XVI se haría sin
intervenciones oficiales y, por ello, en los aspectos formales, como, por
ejemplo, la ortografía, no lograría establecer ningún estándar. Esta
preocupación puede vincularse con la que tuvo por la lengua de la enseñanza:
inicialmente partidario del latín, acaba traduciendo sus Instituciones al
castellano, por especial empeño de la reina Católica. No debe verse en su
confesión de error y en su satisfacción por dar la razón a la reina una muestra
de servilismo, sino un resultado de su actitud de búsqueda de la norma y su
convencimiento de que sólo por la acción de los poderes políticos pueden
consolidarse las reformas. En él debe buscarse también la razón de por qué
seis años más tarde de esa traducción publica la Gramática de la Lengua
Castellana. Su insistencia en la publicación de las Reglas de Orthographía en
la Lengua Castellana, para al menos rescatar esa parte de la Gramática de la
indiferencia, demuestra su interés como reformador. Al mismo tiempo, el
hecho de que estas normas sean la primera codificación fonémico grafémica
de una lengua vulgar occidental es prueba de su innegable capacidad.
Paradójicamente, la suerte no le acompañó en lo que más certeramente podía
haber reformado, mientras que su obra gramatical latina, por circunstancias
ajenas al autor, ocupó un lugar de excesivo privilegio en la enseñanza del
latín y, por ende, de la gramática en las tierras de la Corona española.
La gramática latina de Nebrija tuvo el privilegio de ser declarada de
obligatoria enseñanza en las universidades, como texto único a partir de una
real orden de fines del siglo XVI, la cual daba también privilegio de impresión
al Hospital General. La pervivencia del Antonio, como fue conocido este libro,
se vio favorecida por la incuria científica general y por la exclusividad
concedida a la compañía de Jesús para enseñar el latín en varias
universidades, como las de Zaragoza y Valencia, con los comentarios de la
gramática del sevillano en obras como la del P. Álvarez, S.I., por ejemplo.
Sanctius
Francisco Sánchez de las Brozas ha sido, probablemente, el gramático español
más perjudicado por un predecesor: un predecesor del que además se
considera de algún modo sucesor, como puede leerse en el prólogo-
dedicatoria: "me dejó lo que entonces no pudo terminar para que yo lo llevara
a buen término". Toda su vida se vio obligado a sufrir las consecuencias
académicas de la preferencia oficial por el Antonio, que debieron causarle
innegables padecimientos morales. Debió de sumarse a su postergación su
condición de converso, con la constante persecución inquisitorial que padeció.
Tal vez se deba asimismo a esta circunstancia la falta de apoyo de los
estudiantes salmantinos, por la que, a la muerte de León de Castro, no pudo
conseguir la cátedra de prima de Salamanca. Sus reformas gramaticales, para
las que contaba con el apoyo de otro gran converso, Fray Luis de León,
tampoco tuvieron éxito y, por último, su fama, tras su muerte, fue muy
superior en el extranjero, hasta la edición de las Opera Omnia por Mayans
(1766).
El oscurecimiento de la Minerva, que así se titula la gramática latina de
Sanctius, por el Antonio o, mejor, por el favor oficial que se otorgó a éste, no
debe llevarnos a falsas interpretaciones. No hubo, en primer lugar, posibilidad
de contacto personal, Nebrija vivió entre 1444 y 1522, el Brocense entre 1523
y 1601, aunque sí hubo relación de conocimiento a través del padre de
Sanctius, quien contó a éste las circunstancias de la muerte del lebrijano. La
obra de Sánchez de las Brozas, por tanto, se puede situar en una línea que
prolongara la actividad del primero, como en parte ocurre: ambos fueron
reformadores de la enseñanza del latín. Nebrija renovó desde el criterio de
autoridad, mientras que el Brocense hizo una investigación, a lo largo de toda
su vida, sobre las causas de las construcciones gramaticales. Si del primero se
ha dicho que fue el primer gramático español, del segundo se ha reiterado
que fue el primer gramático general.
No nos interesa la etopeya, sino el cambio de modelo. Más en este segundo
caso, porque durante algunas etapas de la lingüística contemporánea, como la
generativa de la década de 1965 a 1975, Sanctius ha sido citado y discutido y
también aceptado como precursor, especialmente por su teoría central, la
teoría de la elipsis.
El libro fundamental de Francisco Sánchez de las Brozas es la Minerva sive de
Causis Latinae linguae Commentarius, que vio la luz en Salamanca en 1587 en
su forma definitiva (usaremos Sánchez: 1664); pero de la que hubo una
edición primera, mucho más breve, en 1562.
A diferencia de Scaligero, quien había dedicado una parte interesante a la
Prosodia, en 1540, al escribir sus De causis linguae latinae libri XIII, el
Brocense no toca los aspectos fonéticos, pese a haber mantenido la división
tradicional de la Gramática en cuatro partes: Ortografía, Prosodia, Etimología
y Sintaxis, desde 1562 hasta 1587. La parte principal de la Gramática, a su
juicio, es la Sintaxis, que comprende el estudio de las partes de la oración.
Ahora bien, la Sintaxis de la Minerva es mucho más compleja que las
anteriores, pues no se limita a ser expositiva de la constructio, sino que trata
de ser explicativa, una de las razones por la que los gramáticos
transformacionales h. 1970 lo consideraban precursor de sus estudios y su
método. Su preocupación por una gramática sintáctica, o sintáctico-
morfológica, pese al mantenimiento de la división cuatripartita en las obras,
le llevó a eliminar dicha división desde el capítulo II de la Minerva, que lleva
el expresivo título de "Que la Gramática no se divide en histórica y metódica,
ni en ortografía, prosodia, etimología y sintaxis", y que se justifica por la
anteposición de la razón al argumento de autoridad. De este modo se le
puede considerar con justicia el creador (no sin precedentes) de una
gramática racional, explicativa. También es formalista constructivista: "Para
mí, el perfecto y consumado gramático es aquél que en los libros de Cicerón o
Virgilio entienda qué vocabulario (dictio) es nombre, cuál verbo, y las
restantes cosas que competen sólo a la gramática, incluso si no comprende el
sentido de los verbos (verborum, 'las palabras')".
No es de extrañar, en consecuencia, que considere que la Sintaxis no es una
parte de la Gramática, sino un fin en sí misma, lo que, apoyándose en Cicerón
(Fin. 5) le lleva a afirmar: "Otros dividen la gramática en letra, sílaba, palabra
y oración, o lo que es lo mismo, en ortografía, prosodia, etimología y sintaxis.
Pero la oración o sintaxis es el fin de la gramática, por tanto no es parte de
ella". (Estamos citando del capítulo II según la traducción de Riveras; las
observaciones entre paréntesis son nuestras).
La Gramática, finalmente, es el arte de expresarse correctamente cuyo fin es
la oración bien construida, en latín congruens, o sea 'conforme' (a las reglas
del arte gramatical). El arte es disciplina, es decir, ciencia adquirida por el
discente, u objeto de estudio.
Para las partes de la oración, en principio, una vez negada la validez de las
clasificaciones anteriores, arranca de las cinco partes de los estoicos, según
Diógenes Laercio: nomen, appelationem (o sea, nombre propio y nombre
común o apelativo), verbum, coniunctionem, & articulum. Rechaza la
interjección y el pronombre, así como el participio, que se engloba con el
nombre. La categoría nombre queda formada por las antiguas de nombre
propio, apelativo, pronombre y participio y se opone a verbo, mientras que las
partes invariables se agrupan como partículas, aunque se añadan precisiones
muy interesantes desde el punto de vista de la rección y la modificación: así,
la preposición es partícula ligada al nombre, mientras que el adverbio es
partícula ligada al verbo; la conjunción tiene un valor amplio de nexo.
El esquema sanctiano anticipa los esquemas de la gramática de
constituyentes, al establecer dos grandes grupos, nominal y verbal, que se
relacionan con las dos estructuras oracionales básicas, sujeto y predicado. La
triple división en nombre, verbo y partículas refleja la usual en las gramáticas
de las lenguas semíticas, árabe y hebreo. Pudo conocer el De Rudimentis
Hebraicis de J. Reuchlin publicado en Pforzheim en 1506, libro en el que se
destaca la triple clasificación de los gramáticos hebreos, cuyas relaciones con
los gramáticos árabes hace tiempo que quedaron bien planteadas (Hirschfeld:
1926, Wechter: 1964.)
Uno de los aspectos que todos los investigadores coinciden en señalar como
muy interesante en el pensamiento de nuestro autor, es la teoría de la elipsis;
revitalizada por el influjo de Port Royal esta tesis se mantiene hasta principios
del siglo XX, para eclipsarse durante un tiempo por el predominio del
estructuralismo taxonómico y volver con pujanza en las versiones
transformacionales de la gramática. Las necesidades de la lingüística
computacional, especialmente en el terreno de la traducción por ordenador y
de las aplicaciones de lengua natural en inteligencia artificial (sistemas
expertos), han vuelto a traerla a primer plano a finales de los ochenta.
En el libro cuarto de la Minerva se define la elipsis como "la falta de una
palabra o varias en construcción correcta", donde el autor se ve en la
precisión de ampliar el concepto clásico que, a partir de Prisciano,
consideraba la elipsis como construcción correspondiente a la figura que los
retóricos llamaban aposiopesis. La aportación del Brocense consiste en
desarrollar teóricamente la construcción de oraciones faltas de un elemento
de los tradicionalmente considerados necesarios, nombre o verbo y en mostrar
cómo ese elemento está incluido en otro de los presentes en la oración.
Cuando se dice, por ejemplo, pœnitet, se entiende pœna pœnitet.
La doctrina culmina con tres máximas generales: 1) Los elementos de la
oración son nombre y verbo. Si no aparece el verbo, está sobrentendido: es lo
que luego se ha expresado como ausencia de verbo en la estructura patente o
de superficie pero necesidad de él en la latente o profunda y más tarde como
necesidad de su presencia en la estructura-d para poder asignar una forma
lógica a la oración. 2) Todo verbo tiene su nominativo, expreso o elíptico.
Principio de rección propio de una gramática de constituyentes, que exige un
constituyente nominal sujeto del núcleo de la frase verbal. 3) Si hay presente
un adjetivo hay un sustantivo, expreso o elíptico, al que ese adjetivo
modifica: es necesario postular un nivel lógico en el que el adjetivo exige su
regente.
Su enfoque es claramente formal y funcional, con una semántica secundaria,
relegada y, nos atreveríamos a decir, interpretativa. Otro de los puntos en los
que su influencia es manifiesta es la aplicación de su concepción racional de
la gramática a la gramática universal.
En cuanto a la influencia de nuestro autor, ya hemos indicado que fracasó en
España su intención pedagógica, al no ser tomado en consideración como
texto. En el resto de Europa ocupó, durante muchos años y con glosas de
Gaspar Scioppius y Jacobo Perizonius, el primer lugar entre los textos de
gramática latina en la enseñanza. Su influencia como gramático, sin adjetivos,
sin necesidad de ir precisado como "gramático latino", ha sido mayor y llegó a
los gramáticos del castellano. En la Gramática General se le considera
antecedente de los italianos, hasta Vico, e incluso B. Croce, y de los franceses
de Port Royal, especialmente Lancelot. En Inglaterra, ya en el siglo XVIII,
ejerció una apreciable influencia a través del Hermes de Harris, quien conoció
la Minerva gracias a la recomendación de su hijo y se sirvió bien de ella.
Algunos gramáticos del español
Las gramáticas de la lengua española florecieron en los siglos XVI y XVII, no
sólo en España, sino muy principalmente en los restantes países europeos, de
Italia a Inglaterra o Dinamarca. Por ello la tradición de enseñanza del español
se vincula desde sus orígenes con la de la enseñanza de una segunda lengua,
del mismo modo que proliferan los diccionarios bilingües e incluso trilingües
(con el latín) o plurilingües. La Biblioteca Histórica de la Filología Castellana
de don Cipriano Muñoz y Manzano, Conde de la Viñaza (1893), sigue siendo
todavía hoy obra de consulta imprescindible para estos estudios, aunque en
los últimos años el número de gramáticas clásicas españolas re-editadas ha
crecido notablemente.
Los gramáticos españoles del Siglo de Oro se sitúan en la línea de
"autoridades" más que en la lógica, especulativa o analítica que representa el
Brocense. En la Gramática castellana de Cristóbal de Villalón (Amberes, 1558)
las partes de la Gramática se reducen a Ortografía, Morfología y Sintaxis, no
incluye la Prosodia, como el Brocense y basa la gramática en la norma, como
Nebrija en las Instituciones, aunque no explica quiénes sean los sabios en cuya
autoridad esta norma se basa. Pese a la división teórica, no hay una diferencia
marcada entre Morfología y Sintaxis, pues en una parte se ocupa del nombre,
en otra del verbo y en otra de la Sintaxis, que se sigue entendiendo como
constructio, de lo que colegimos que su morfología se apoya en la
consideración, cada vez más frecuente, del sintagma nominal y el sintagma
verbal, como constituyentes inmediatos de la oración.
En cuanto a las partes de esta última, en las líneas iniciales del capítulo
primero las divide en nombre, verbo y palabras indeclinables, que llama
artículos, para más adelante emplear la clasificación tradicional y hablar de
adverbios, preposiciones, conjunciones e interjecciones, aunque, pese a
haber llamado "artículos" a las partículas, no se ocupa del artículo, en el
sentido actual del término. En la Ortografía, por último, se ocupa de la
descripción de algunos sonidos cuando habla de su representación, si bien de
modo confuso.
La Gramática de la Lengua Vulgar de España, anónima (Lovaina, 1559), es un
texto interesante por varios motivos: por las noticias sobre pronunciación, por
los comentarios acerca del nombre de la lengua española y por el entusiasmo
personal de su desconocido autor. Sobre este último poco pudieron añadir
Balbín y Roldán al editarla, sólo negar su atribución a Francisco Villalobos. En
el contenido distinguiremos dos partes: la primera se ocupa de las lenguas de
España (vascuence, árabe, catalán y la lengua 'vulgar', es decir, 'común',
salvando así la necesidad de usar castellano o español, lo que pudiera
hacernos pensar que el autor era aragonés o catalán, indicio reforzado por la
Ortografía, donde se presta especial atención a las sibilantes (letras
'culebrinas'), dentro de la minuciosa descripción de los sonidos); la segunda
parte es la propiamente gramatical.
De su división podemos deducir que clasificaba las partes de la Gramática en
Ortografía, Etimología, Sintaxis y Prosodia, aunque no trata de las dos
últimas, que deja "al uso común, de donde se aprenderán mejor i mas
facilmente". Al entender que la Etimología se ha de ocupar del origen de las
palabras y de los elementos flexivos, sólo se ocupa de las partes flexivas de la
oración: artículo, nombre, pronombre y verbo, en cuya exposición está muy
cerca de Nebrija.
Poseemos una buena edición, con extenso estudio preliminar, de las
Instituciones de la Gramática Española de Bartolomé Jiménez Patón (cuya
edición primera conocida no tiene ni año ni lugar, aunque es de 1614). Junto
al libro en sí, nos interesa hoy la existencia de una escuela de gramáticos
manchego-jiennenses, con centro en la cátedra del maestro Jiménez Patón,
en Villanueva de los Infantes, con su Mercurius Trimegistus como texto de
Retórica y con cátedras destacables en Ciudad Real, Albacete y Jaén (Úbeda y
Baeza). Las Instituciones no son un tratado, sino un bosquejo, reducido y
conciso para que resalten sus nuevos puntos de vista. No son una gramática
completa, sino sólo la exposición de una parte de ella: la Etimología, que
tiene un valor terminológico de Morfología, al ocuparse del estudio
paradigmático de las partes de la oración, que, para el autor, son cinco:
nombre, verbo, preposición, adverbio y conjunción. Aunque el gramático
pretenda separarse del Brocense y afirme que, según éste, son seis, lo cierto
es que repite la clasificación en nombre, verbo y partículas, en el fondo, pues
en el desarrollo de su exposición se va desvelando que la preposición se
caracteriza funcionalmente por unirse al nombre, el adverbio al verbo y que
las oraciones, "que constan de las quatro cosas dichas", se unen entre sí
mediante la conjunción. El modelo de constituyentes, que es más claro en la
Minerva que en ninguna otra obra de las que comentamos, es el que ahorma
esta división.
Nos ocuparemos finalmente de la gramática, en sus dos versiones, del maestro
Gonzalo Correas, sobre todo del que su autor llamaba Arte Grande, cuya
edición, en 1954, gracias a Emilio Alarcos García, sirvió de modelo a las de
otros gramáticos de la época. Correas no vio impreso el Arte, aunque sí su
resumen, el Arte Kastellana (1627) reeditado en 1984 por Manuel Taboada y
que no es más que un compendio, por lo que no nos entretendremos en
aquilatar posibles matices.
Correas coincide con los gramáticos anteriores y con el espíritu de la época en
el punto de partida pedagógico. La gramática es un auxiliar imprescindible,
una puerta de entrada a las demás ciencias, incluyendo el latín y el griego, ya
que nuestro autor es también innovador en la propuesta de que la enseñanza
gramatical se inicie en la lengua castellana.
En sus obras gramaticales adopta la cuádruple división de la Gramática que ya
hemos repetido: Ortografía, Prosodia, Etimología y Sintaxis. Su carácter de
fonetista, casi de fonólogo, se aprecia claramente en las reformas
ortográficas propuestas por él, en general muy avanzadas, que llevó a la
imprenta; pero que no tuvieron éxito. De haber triunfado la reforma de la
lengua española en el siglo XVI habría culminado, como la alfonsí, en una
reforma ortográfica drástica.
En el resto de la doctrina, aunque presume de no aceptar el argumento de
autoridad, no es un gran innovador, aunque para él tiene cierta importancia
el uso, rasgo en el que coincide con Jiménez Patón, hasta el punto de
inclinarse por la lengua de "la xente de mediana i menor talla" como norma
lingüística, para defender el uso tradicional.
Las primeras páginas del Arte se dedican a una cuestión que tuvo gran
incidencia en la gramática del siglo XVII y de la que sólo haremos una
referencia rápida, la del origen autónomo del castellano. Se suma así, como
Jiménez Patón, a la tesis del doctor Gregorio López Madera, para quien el
castellano, anterior al latín, sería nada menos que una de las setenta y dos
lenguas que nacieron en la torre de Babel. Esta tesis se sustentó en el
descubrimiento de los plomos del Sacromonte, en Granada, donde, en
castellano, se fingían textos del primer siglo de la evangelización que
favorecían el sincretismo cristiano islámico, textos forjados por los moriscos
Alonso del Castillo y Juan de Luna para evitar la persecución, tras la
reconquista de Granada y las sublevaciones que llevaron a la expulsión de este
pueblo.
La primera parte de su gramática es la Ortografía, tema predilecto de sus
escritos y que muestra su concepción clara de una unidad que llama "letra" y
que tiene rasgos próximos a nuestro concepto de "fonema". Dentro de la
Ortografía se incluye el tratado de las sílabas, desde el folio 35v. al 40r. En
cuanto a la Prosodia, tan relacionada con el problema silábico, nuestro autor
cree (fol. 58r.) que es más parte del Arte Poética que de la Gramática. Por
ello da una definición de oración que es de tipo sintáctico: "la rrazon i sentido
ò habla conzertada que se haze con nonbre y verbo de un mesmo numero i
persona, el nonbre en nominativo, i el verbo en cadenzia ò persona finita, no
infinitivo, i se adorna con la particula si quiere i con otros casos destas partes,
i con ellas mesmas rrepetidas. Las partes forzosas desta orazion son el nonbre
i el verbo. La particula es azesoria" (fol. 58v.). También en él aparece, por
tanto, el análisis de la oración en lo que llamaríamos sintagma nominal y
verbal. La triple división de las partes de la oración coincide, en el fondo, con
el Brocense y Jiménez Patón y no ha de extrañar en un catedrático de hebreo.
Él mismo se encarga de aclarárnoslo (fol. 59r):
"todos los vocablos son en tres maneras, i se dividen en tres partes ò
montones, i se rreduzen à estos tres xeneros dichos nonbre, verbo, i
particula, como está llano i asentado en Hebreo, Caldeo i Aravigo, i en todas
las lenguas Orientales i de Africa, i todas las del mundo convienen a esto; i
era ansi claro i asentado antiguamente en Griego i Latin como lo rrefiere Iuan
Issak en su Arte Hebrea del otro Rrabino que dize en el Libro que escrivió
contra el Rrei Cosdroas, que antes en Griego, i Latin no avia mas de tres
partes de orazion".
Todas las otras partes de la oración se reducen a éstas: las que tienen singular
y plural, así como casos en otras lenguas, son nombres, por lo que esta
categoría incluye otra vez el pronombre y el participio; las que, además de
singular y plural, tienen personas y tiempos son verbos y las invariables
(adverbio, conjunción, preposición e interjección) partículas. El artículo, que
no había aparecido hasta ahora como tal, figura, en el fol. 60v., entre los
morfemas nominales. La gran novedad de este apartado, casi medio siglo
antes que en los gramáticos de Port Royal, es la oposición el/un. A este
segundo llama indefinito (fol. 61v.):
"si dixesemos dame un libro, un rrei, un leon, una rraposa, se entiende uno
qualquiera sin determinazion zierta: lo mesmo si no se pusiese articulo, ni el
indefinito un, una."
A partir del folio 131r. se ocupa, específicamente, de la Sintaxis, entendida,
según costumbre, como construcción: concordancias y formación de sintagmas
y oraciones. La bipartición sintagmática y por ende su adscripción a un
modelo de constituyentes quedan claras en los capítulos distintos que dedica
a la construcción del nombre y del verbo, a los que añade el de construcción
de las partículas, muy breve, que no encaja bien en el texto y que parece
reiterativo al mismo autor.
El resto del libro está dedicado a figuras, métrica y una comparación final
entre el latín y el castellano, con ventaja para este último.
En estas obras se fue modificando un modelo que, aunque arrancaba de la
concepción clásica, fue incorporando elementos nuevos. Efectivamente, se
siguieron haciendo gramáticas como en el modelo de Donato y Prisciano; pero
se fue perfilando, poco a poco, la fundamentación sintáctica, que condujo a
un esquematismo basado en la reducción de la oración a sus dos
constituyentes básicos, el sintagma nominal y el verbal. La Morfología fue
incorporando abundantes elementos sintácticos, aunque sin llegar a cuajar la
mezcla teórica de una Morfosintaxis. En este sentido, estos gramáticos nos
dan una útil lección metodológica: aunque Morfología y Sintaxis tengan un
límite borroso y confuso, como es natural, si tenemos en cuenta la unicidad
del proceso lingüístico, es posible mantener la separación convencionalmente,
como criterio científico, para proceder a un estudio más minucioso. La razón
radica en la posibilidad de estudiar paradigmáticamente las relaciones de esas
partes básicas de la oración con sus propios constituyentes, llamados, con
terminología tradicional, lógica, accidentes, pero que, en algunos gramáticos,
como Correas, son concebidos como auténticos morfemas gramaticales. Este
estudio se sitúa frente al sintagmático o de la combinación lineal de esas
partes, previamente estudiadas en su paradigma. La distinción entre
Morfología y Sintaxis es, por supuesto, más metodológica que lingüística.
Una nueva etapa de la Gramática, en la que los escritos del Brocense tendrán
una importancia radical, dejará de ocuparse de la discusión, entonces estéril,
sobre el origen del lenguaje o de la relación con el latín, para tener una
mayor preocupación por las categorías y por los procesos mentales
subyacentes a las operaciones lingüísticas, dentro del pensamiento
racionalista (véase más adelante).
La frontera entre lo que llamamos Gramática y la Lingüística, a partir de los
escritos del Brocense y de la Gramática de Port Royal, es decir, el mundo de
los estudios lingüísticos a partir del Brocense es muy difícil de establecer ya
con total claridad.
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA RACIONALISTA
& Después de los desarrollos anteriores de la corriente humanística en
material gramatical (véase gramática humanística), los grandes nombres de
los siglos XV y XVI, como Nebrija y Sanctius (el Brocense) dan paso a una
corriente de pensamiento que enlaza con la Filosofía y se mueve en el terreno
intermedio que conducirá a la Lingüística Contemporánea.
No es curioso, sino natural, que el reflejo de los planteamientos racionalistas
que Chomsky (véase gramática generativa-transformativa) intentaba ver en su
obra haya sido tan discutido y negado. Hoy, con muchos años de perspectiva,
queda más patente que lo que el autor norteamericano buscaba era situar su
modelo gramatical en una línea de trabajo y de pensamiento, sin reclamar
una paternidad exclusiva. Ahora que el tiempo va colocando a cada uno en su
lugar y que es innegable —sin necesidad de trabajar en la metodología
generativa— que desde 1957 a 1965, especialmente, se produjo un cambio
decisivo en la Lingüística, es de justicia reconocer que en ese planteamiento,
por inexacto que pareciera a especialistas en campos bien delimitados, se
recogía una ambición que sólo puede adjetivarse de positiva.
Port-Royal
La gramática francesa, aunque de nacimiento tardío y ligada a la enseñanza
del francés a extranjeros, especialmente ingleses, cuenta, desde el principio,
con manifestaciones enjundiosas, que conducirán a una de las gramáticas más
influyentes de todos los tiempos, la Grammaire Générale et Raisonnée de
Lancelot y Arnauld o de Port-Royal. Téngase en cuenta que Francia ha sido
uno de los países románicos que más ha tardado en hacer oficial la lengua de
su literatura y sus ciudadanos: hasta 1510, reinando Luis XII, no se introdujo el
francés en los tribunales de justicia y hasta 1539, por la famosa disposición de
Villers-Cotterets, no se convirtió, de derecho, en lengua administrativa
oficial. Sin embargo, los primeros textos escritos en francés remontan al siglo
IX.
La gramática de Port-Royal no fue un fruto espontáneo e imprevisible, sino la
culminación de una serie de obras, entre las que deben incluirse algunas no
francesas, como la Minerva del Brocense, y el justo resultado de una etapa de
inquietudes filosóficas acerca de la actividad racional. Antes de la Grammaire
hubo, por tanto, una corriente gramatical y otra filosófica a las que es
conveniente dedicar unas líneas.
Pierre de la Ramée, o Petrus Ramus, es el nombre que marca el hito entre la
gramática medieval y la moderna en Francia. Fue un gramático notable; pero,
sobre todo, fue un luchador de la independencia intelectual. Nacido hacia
1515, fue asesinado en la de San Bartolomé (1572). Se opuso a Aristóteles y al
escolasticismo medieval aristotélico, por lo que se enfrentó con los
modalistas. Basó la enseñanza gramatical en el criterio de autoridades, en su
caso un criterio normativo apoyado en las grandes figuras literarias, por lo
que se le puede considerar precursor del "buen gusto" del clasicismo francés y
de su espíritu selectivo. Prestó atención especial a la Fonética, alteró el
esquema de la Morfología, al basar el estudio de las partes de la oración en el
número y no en el caso, lo que hacía de la morfología latina un modelo válido
para la francesa; pero siguió siendo medieval en su Sintaxis, basada en la
concordancia y la rección.
La fundamentación filosófica de la gramática racionalista se encuentra en la
obra de Renato Descartes (La Haya de Turena, 1596-Estocolmo, 1650). Si se
nos permitiera reunir en una sola idea el origen de su preocupación filosófica,
diríamos que ésta parte del problema de la distinción entre verdad y falsedad.
Se trata de la duda absoluta, que exige un replanteamiento desde el
comienzo, con la razón como auxiliar, sin que ello implique el abandono de
sus creencias cristianas. Hay en Descartes, como corresponde a un gran
pensador, afirmaciones de importancia general que permiten remontar hasta
él muchas corrientes de pensamiento, lingüístico o no. Aunque la concepción
cartesiana de Chomsky, en los trabajos publicados entre 1966 y 1969, como se
le ha observado, sea parcial e interesada, no podemos dudar de una
coincidencia metodológica extraordinariamente importante: para la gramática
generativa, la introspección permite al individuo el estudio de la lengua por
su propia competencia lingüística; para Descartes, la introspección permite
solucionar la duda inicial y sentar el primer postulado de su Filosofía del
Método (Discurso del Método, IV, 3):
"Mientras quería pensar de este modo que todo era falso, era necesario que
yo, que lo pensaba, fuese algo, y dándome cuenta de que esta verdad: pienso,
luego existo era tan firme y tan segura que todas las más extravagantes
supersticiones de los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que
podía recibirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que yo
buscaba".
Del mismo modo que hay un Descartes matemático que puede servir de
modelo ideal a los matemáticos que construyen modelos lingüísticos, Chomsky
buscó un cordón umbilical que nutriera los fundamentos de la gramática
generativa con nociones como la introspección o la necesidad de formalizar la
lógica para que la intuición no quede en pura imaginación.
Otra concepción cartesiana básica es la de las ideas innatas, que no hay que
entender, como a veces se sigue intentando, como algo distinto de la
capacidad de pensar, sino como "datos de conciencia" que no se originan por
el mundo exterior, por los objetos, ni por la voluntad del individuo. Las ideas
innatas del pensador francés llegan a nosotros por la vía de las "verdades de
razón" de Leibniz, empalman con los aprioris y están siempre presentes en
discusiones filosóficas de singular interés para los lingüistas, como las de la
forma interior y las formas simbólicas.
Se trata de una concepción fundamental de la lingüística de la segunda mitad
del siglo XX, como veremos, que ha buscado sus orígenes en la filosofía del
XVII, por lo que conviene detenerse en ello.
Algunas ideas, como la de Dios, lo infinito, la substancia, no pueden
explicarse empíricamente de modo satisfactorio; por ello la escuela
racionalista supone que se trata de algo que está en la mente del hombre,
como rasgo específico humano y que no puede descubrirse o analizarse por
medios experimentales.
Frente a ello está el principio básico del empirismo de que nada hay en el
entendimiento que no haya pasado antes por los sentidos. Los empiristas no
aceptan las ideas innatas, porque no pueden aceptar ese origen del
conocimiento: todo conocimiento procede de sensación y reflexión.
Descartes, aunque sólo fuera metodológicamente, separó la razón de la fe,
consiguiendo, a continuación, construir un cuerpo coherente de doctrina a
partir de la sola razón. Aunque no le hayan faltado precedentes desde los
orígenes del pensamiento occidental, las circunstancias particulares de su
época hicieron que su influencia pudiera extenderse y universalizarse.
Lo anterior, aunque sea breve, permite hacerse una idea de cómo se produjo
en el XVII una línea de pensamiento innovador basado en la razón de la que la
gramática de Port-Royal, crítica e innovadora, no fue sino un avance más. Hay
un componente de ruptura y otro de continuidad: la huella medieval en
Descartes no es despreciable, mientras que la corriente racionalista, por su
lado, influía en la gramática antes de la publicación del Discurso del Método
(1637), muy posterior al De causis linguae latinae libri tredecim (1540) de J.
J. Escalígero y a la Minerva del Brocense (1587), libros cuya base racionalista
influyó en gramáticos precartesianos. Incluso se puede señalar que uno de los
dos autores de Port-Royal, Arnauld, objetó varios puntos de la filosofía de
Descartes. Teorías como la de la introspección, por otra parte, podían verse
favorecidas por movimientos espirituales de la época. Vossler, tras hablar de
restos de religiosidad medieval en las penitencias de los jansenistas de Port-
Royal, precisa: "La significación del movimiento jansenista hay que buscarla,
no obstante, menos en esa renuncia violenta a las cosas sensibles que en el
retorno a sí mismo".
La primera edición de la Grammaire Générale et Raisonnée fue impresa en
París, Chez Pierre Le Petit, Imprimeur et Libraire ordinaire du Roy, ruë S.
Iacques, à la Croix d'Or, [Link]. La segunda edición (1664) se incrementó
con el capítulo de los verbos impersonales. La tercera y definitiva (1676)
corrigió y modificó algunos puntos. El pensamiento y la evolución de sus dos
autores son conocidos y pueden sintetizarse.
Claude Lancelot fue, además de conocido helenista, autor de métodos para la
enseñanza del latín, el griego, el italiano y el español. En el terreno de su
formación lingüística merece destacarse su profundo conocimiento de la obra
del Brocense y la de dos de los gramáticos en quienes más se aprecia la
influencia de este último, pues editaron la Minerva anotándola: Scioppius y
Vossius, influencia que confiesa paladinamente en la quinta edición de su
Método para aprender el latín (1656). El gramático que se menciona
constantemente en otro de sus métodos, el de griego en este caso (1655), es
Petrus Ramus.
El segundo de los autores, Antoine Arnauld, era lógico, autor, junto con Pierre
Nicole, de una Lógica de gran influencia, publicada en 1662, dos años después
de la Gramática. Pese al prefacio, en el que Lancelot le atribuye casi todas
las ideas de la obra, su contribución hubo de ser menor. Su influjo, en
cualquier caso, fue decisivo en la orientación del libro, marcada por la
relación de pensamiento y lenguaje, fundamental para un lógico, y por la
mayor preocupación por los conceptos y la relación entre conceptos y formas
lingüísticas que por estas últimas.
En su teoría del signo (3ª ed. p. 5) continúan una bifacialidad que arranca de
los gramáticos estoicos y consideran dos facetas:
"La primera lo que son ellos por su naturaleza; es decir, en tanto que sonidos
y caracteres.
"La segunda, su significación; es decir, la manera como los hombres se sirven
de ellos para significar sus pensamientos"
Pese a otras muchas novedades en distintos lugares, la división de la
gramática sigue siendo la tradicional: ortografía, prosodia, analogía (o
etimología) y sintaxis. En lo que concierne a las partes de la oración, en
cambio, la novedad es que estamos ante una división en dos clases, que no
tienen que ver con los constituyentes oracionales, sino con el pensamiento.
Nombre, artículo, pronombre, participio, preposición y adverbio pertenecen a
una clase porque significan el objeto del pensamiento, mientras que el verbo,
la conjunción y la interjección pertenecen a la segunda clase, porque
significan según la forma del pensamiento.
El criterio de clasificación es novedoso, aunque las partes sólo tengan la
pequeña variación de ser nueve, en vez de las ocho tradicionales; pero ya
hemos visto en distintos gramáticos que el número de ocho es relativamente
variable.
Entre las puntualizaciones concretas, podemos destacar la inclusión de "un"
como artículo y la división de esta parte de la oración en definido e
indefinido. Ésta es la auténtica novedad, pues ya se ha visto que, treinta y
cinco años antes, Correas oponía "el" y "un" en la gramática española; en la
francesa lo había hecho J. Palsgrave, en su Esclarcissement de la Langue
Françoyse de 1530.
La oración gramatical se estudia, en la línea logicista, como proposición,
expresión de un juicio lógico. Como todavía mantienen unidas las relaciones
sintácticas a las partes de la oración, su sintaxis no puede ser, propiamente,
una teoría de las relaciones. En cambio, en el estudio de las proposiciones
complejas aparecen ya consideraciones que tendrán un claro eco en las
versiones racionalistas de la gramática posterior, hasta Chomsky. Así, por
ejemplo, una oración compuesta como Dios invisible ha creado el mundo
visible es expresión de tres juicios:
1. Dios es invisible
2. Dios ha creado el mundo
3. El mundo es visible
La gramática de Port-Royal es, metodológicamente, un gran paso, al utilizar
el método demostrativo, que supone la autocrítica de toda afirmación, para lo
que dispone del recurso a la argumentación lógica.
Distingue la gramática general de la particular y ambas de la gramática del
uso, que se apoya en el criterio de autoridades y conduce al criterio
normativo. Por eso, al tratar de aplicar reglas de validez general en la
gramática particular del francés y encontrarse con que el uso autoriza
construcciones que escapan a las reglas, señala esas excepciones y advierte
que no se pueden reducir todos los ejemplos a una norma.
Por otro lado, al ser una gramática preocupada por la fundamentación de la
ciencia, más que por la descripción de una lengua concreta, sobrepasa los
límites de ésta, estableciendo principios comunes a todas las lenguas:
1. No hay nominativo sin verbo,
2. ni verbo sin nominativo,
3. ni adjetivo sin sustantivo.
4. El genitivo es regido por el nombre, no por el verbo.
5. La determinación del régimen tras los verbos es más cuestión de uso que de
relación específica.
Estas preocupaciones estaban en buena medida en la Minerva, como se ve en
los tres principios comunes que acabamos de enunciar, para cuya explicación
es preciso aplicar la teoría de la elipsis. Lo que confiere una nueva luz es la
relación con el pensamiento cartesiano, en el inicio de un camino de
fundamentación diferente de la ciencia lingüística, el de los principios
matemáticos, en ese momento todavía muy dependientes de la Lógica, que
sigue siendo la ciencia fundamental.
La polémica del racionalismo
La discusión entre empirismo y racionalismo puede explicarse desde la síntesis
de las ideas de dos pensadores que vivieron en el siglo XVII casi toda su vida;
pero que ejercieron su mayor influencia a partir del siglo de la Ilustración:
John Locke y Gottfried Wilhelm Leibniz. También en sus vidas hay elementos
comunes: ambos viajaron mucho, aunque en el caso de Locke (Wrington,
Inglaterra, 1632-Oates, 1704) el alejamiento de su patria, a la que regresó,
fue en parte por estudios y en parte por razones políticas. Sus escritos se
concentran en temas religiosos, filosóficos y educativos. Leibniz (Leipzig,
1646-Hannover, 1716), en cambio, trabajó en campos tan diversos como el
cálculo infinitesimal (que descubrió poco después que Newton, sin previa
noticia de éste) y la historia. El Essay Concerning Human Understanding
'Ensayo sobre el entendimiento humano' de Locke fue escrito en 1687 y
publicado en 1690. Los "Nuevos ensayos" Nouveaux essais sur l'entendement
humain, de Leibniz, escritos en 1704, no fueron publicados hasta 1765.
El primero de estos dos autores representa la corriente empirista, el segundo
la racionalista, lo que no significa la total ausencia de puntos comunes. Nos
limitaremos a cuestiones relacionadas directamente con la Lingüística,
aunque ya hemos señalado cómo nuestra disciplina ha adquirido una nueva
fundamentación y está desarrollando una nueva metodología en esta época.
Podemos partir de una coincidencia relativa entre ambos autores: la relación
arbitraria entre la expresión y lo designado por ella. A partir de ahí empieza
una serie de innegables divergencias, que no se plantean por primera vez,
sino que resultan de la necesaria síntesis del pensamiento anterior. Locke, p.
ej., niega la existencia de las ideas innatas: se ha hecho famosa la
comparación de la mente del niño con una tabla rasa en la que la experiencia
va dejando impresiones sucesivas, en conformidad con Aristóteles. Leibniz, en
quien es patente la influencia platónica, cree en estas ideas innatas, en estas
impresiones de conceptos y principios que están ya en el hombre y que la
experiencia despierta: para evitar los errores que en la aprehensión de la
esencia de las cosas causaría la materia, tenemos esta representación innata
de las esencias, como verdades primitivas de la razón. En consecuencia, la
noción de "idea" varía en ambos autores. Locke es partidario de que es un
resultado de la percepción, o puede ser objeto de la percepción: la idea,
cree, precisa la previa experiencia para formarse en nuestro entendimiento,
porque las ideas son representaciones sensibles.
Puede llegarse, por ello, a un concepto dualista de la relación entre lenguaje
y pensamiento. En la mente las ideas funcionan atomísticamente, asociando
fragmentos de la experiencia que se obtienen por medio de la abstracción. El
proceso del conocimiento exige, previamente, una experiencia mediante la
cual la mente configura los conceptos gracias a la aprehensión de lo
perceptible. La mente elabora sobre estas ideas en el proceso cognoscitivo,
estableciendo correspondencias que han de ser de identidad, relación,
coexistencia y existencia. Como las ideas de nuestra mente proceden de la
impresión dejada por la aprehensión de los objetos en la experiencia, existe
una relación entre la realidad y el concepto. En este punto Locke se aparta
del nominalismo, con el que está relacionado en otras cuestiones, como su
creencia en que el lenguaje no tiene influencia constitutiva en el proceso
racional.
Locke es un filósofo eminentemente moderado, tanto en su realismo como en
lo que, aparentemente, sería contradictorio, su nominalismo. Esto último se
puede observar en el tratamiento que hace de algunas cuestiones, como la de
la sustancia, en la que no cree, mientras que el realismo moderado y crítico
predomina en otros puntos, como puede ser la representación mental del
mundo objetivo.
Aunque no se puede hablar, en su caso, de que el proceso racionalizador
carezca de importancia, su gnoseología se apoya antes en la intuición que en
la demostración. Y esta intuición es mucho menos "racional", valga la
expresión, que la que podemos apreciar en Descartes.
La huella del filósofo francés es mucho mayor en el filósofo alemán que en el
británico. Aunque los dos arranquen del principio de la arbitrariedad del
signo, de la relación arbitraria entre sus constituyentes, hay dos diferencias
esenciales entre ellos en lo que concierne a los puntos que estamos tratando
aquí: Leibniz parte de la existencia de ideas innatas y cree que el lenguaje es
imprescindible para el proceso racional, puesto que es elemento constitutivo
del mismo, al darse una total interdependencia del pensamiento y el
lenguaje.
Otra diferencia destacable radica en la valoración de la experiencia: para
Locke la experiencia era la puerta de las ideas, pues sin la previa etapa
empírica no podían éstas formarse en la mente. Para Leibniz, por el contrario,
es posible que utilicemos los datos de la experiencia gracias a que poseemos
en nuestra mente las ideas innatas que nos permiten estructurar
"racionalmente" ese mundo exterior. Las ideas innatas, sin embargo —y aquí
conviene precisar para no caer en un error comúnmente extendido—, no son
los conceptos mismos, sino una facultad activa de configuración mental de lo
aprehendido. La misma posibilidad de que se dé la relación circular entre
actividad y producto caracterizará a Guillermo de Humboldt.
La crítica que Leibniz pudo hacer del empirismo puede parangonarse con la
que los generativistas han podido hacer al estructuralismo taxonómico: la
experiencia permite acumular gran número de datos, sin que nunca se llegue
a la totalidad. La razón, en cambio, permite establecer reglas de necesidad y
validez universales, superando así el particularismo empírico. En cierto modo,
esto no es sino un aspecto de la lucha entre el método deductivo (racional) y
el inductivo (empírico). La preferencia por el método deductivo, propia de las
matemáticas y la gramática generativa, no supone la negación del inductivo,
epistemológicamente válido, sino el reconocimiento de un fallo inicial de
éste, defecto constitutivo enunciado así por Bertrand Russell:
"El principio inductivo, no obstante, es igualmente incapaz de ser probado
recurriendo a la experiencia. Es posible que la experiencia confirme el
principio inductivo en relación con los casos que han sido ya examinados; pero
en lo que se refiere a los casos no examinados, sólo el principio inductivo
puede justificar una inferencia de lo que ha sido examinado a lo que no lo ha
sido todavía. Todos los argumentos que, sobre la base de la experiencia, se
refieren al futuro o a las partes no experimentadas del pasado o del presente
suponen el principio de la inducción, de tal modo que no podemos usar jamás
la experiencia para demostrar el principio inductivo sin incurrir en una
petición de principio".
Volver al inicio de Gramática española
Gramática General y Teoría del Conocimiento
Las tesis empíricas de Locke encontraron en Inglaterra una serie de opositores
entre los que destacan los "platónicos de Cambridge", con quienes se
relaciona James Harris Lord Malmesbury, en quien se da, además de esta
formación, un influjo fundamental de Aristóteles, por lo que se le puede
adscribir a un realismo moderado. Se une a los racionalistas, con quienes lo
situamos, por su concepción de una gramática general y la teoría del
conocimiento que la sustenta.
El Hermes or a Philosophical Enquiry Concerning Language and Universal
Grammar, de 1751, nos presenta una doctrina de interés. Cree Harris, su
autor, que las lenguas individuales distintas de cada comunidad de hablantes
tienen peculiaridades específicas, son particulares, lo que no impide la
existencia de principios comunes, que justifican la búsqueda de una gramática
general. Buscando estos principios arranca de una distinción que se puede
retrotraer hasta Aristóteles, la de materia-forma. Las unidades lingüísticas se
dividirían en dos clases, según pertenecieran a la materia —como el sonido,
que es sólo materia— o a la forma —como la palabra, unidad mínima, o la
oración.
Al eliminar lo material, como algo que atañe exclusivamente al significante,
corresponden a lo formal los dos tipos de significación, la gramatical, con
todo lo relativo a las funciones de las palabras, y la léxica. En su definición de
palabra como "sonido significativo que no se puede dividir en partes
significativas por sí mismas" observamos la coincidencia de los significados,
pues la definición está presidida, en Harris, por el criterio formal. Vemos
claramente este aspecto funcionalista de su gramática en su división de las
palabras, clases de palabras o partes de la oración, realizada con un criterio
funcional que llega a ser absoluto en algunos puntos. Puesto que, en su
estudio, corresponde a la forma lo que algunos gramáticos actuales llamarían
forma, función y significación, hay que pensar, como hace Antonio Llorente,
que no se justifica en él una diferencia entre Morfología y Sintaxis.
En lo que concierne a las partes de la oración, se destacan dos partes
principales, los sustantivos, definidos lógicamente y que incluyen nombre y
pronombre, y los atributivos, que a su vez comprenden dos órdenes. Al primer
orden de atributivos corresponden verbos, participios y adjetivos
(diferenciados por su condición de modificadores de los sustantivos); el
segundo orden corresponde a los atributivos de otros atributivos, o sea, a los
adverbios. Tras esas dos partes principales tenemos dos accesorias: los
definitivos, que abarcan artículos y algunos pronombres, como los personales,
son los que se construyen con una palabra (el artículo con el sustantivo, los
personales con el verbo), mientras que las conjunciones, que sirven de nexo
entre regente y regido y que abarcan tanto las conjunciones tradicionales
como las preposiciones, se construyen con dos palabras.
Aunque Harris puede quedar adscrito a la corriente racionalista, nos muestra
con bastante claridad cómo se pueden establecer puntos de contacto entre
esta corriente y la empirista. Su creencia en las ideas innatas y su concepción
de la existencia de ideas generales comunes a toda la humanidad lo sitúan
entre los racionalistas, así como su uso de la distinción entre materia y forma,
frente a los empiristas. No es por ello extraño que Herder alabara su obra,
que puede considerarse uno de los precedentes de las teorías lingüísticas de
Guillermo de Humboldt y puente entre éste y Sánchez de las Brozas, gracias al
conocimiento de la Minerva que tuvo Harris, por intervención y afortunada
idea de su hijo. Este pre-humboldtismo es bastante claro en algunos puntos
del Hermes, como las relaciones que en él se establecen entre lenguaje e
historia de los pueblos.
Otros aspectos del autor inglés no son tan claramente racionalistas y se puede
apreciar en ellos cierto compromiso con un empirismo moderado. En su
concepción de los universales, en su creencia en ideas generales y en la
relación de las palabras, de los términos, con las ideas, dentro del realismo
moderado, se une a Condillac y también a Herder. Precisamente es éste uno
de los puntos en los que el vacilante sensualista francés se manifiesta
seguidor de Locke, aunque, de todos modos, este último no es en ello muy
empirista. Los empiristas extremos posteriores, como Berkeley y Hume, por
ejemplo, sólo hablarán de palabras generales, no de ideas, se referirán a los
términos sólo, no a los conceptos, con una actitud más nominalista.
A pesar de esta aproximación relativa, el distanciamiento es mayor en otros
puntos, en los que Harris llega casi al extremo de la corriente analogista de la
que arranca el racionalismo, como su afirmación de que existe una "cierta
analogía", entre la palabra y el objeto, que lleva hasta postular que, por ello,
el sol parece exigir el masculino y la luna el femenino, por ejemplo, hecho
absolutamente falso (en alemán, verbigracia, es al contrario), afirmación que
en él procede de un conocimiento imperfecto de realidades lingüísticas
concretas, lo cual le fue reprochado duramente por los críticos.
Con todo, a partir de la difusión del Hermes, especialmente en la traducción
francesa de 1795, cuyas primeras páginas son, tal vez, la primera historia de
la gramática, la concepción racionalista y el adjetivo "general" se unen a una
de las corrientes de ésta, propiciando un cambio de modelo. Su criterio
formal y su clasificación funcional entran en lo que hoy llamaríamos
tratamiento gramatical de los datos lingüísticos, mientras que su amplia
perspectiva filosófica y su búsqueda de afirmaciones cuya validez se extienda
más allá de las lenguas particulares lo sitúan en una línea de fundamentación
teórica basada en la teoría del conocimiento.
Volver al inicio de Gramática española
GRAMÁTICA COMPARADA
Disciplina de la gramática que estudia las relaciones genéticas y lingüísticas
que se establecen entre las distintas lenguas.
Comparatistas y neogramáticos
La fecha tópica para el inicio del comparatismo lingüístico es el año 1786,
cuando sir William Jones (1746-1794) leyó su discurso presidencial ante la
Asiatic Society en Calcuta y afirmó la afinidad entre el sánscrito, el griego y el
latín, así como con el gótico (es decir, el germánico), el celta y el persa. Su
teoría fue publicada en 1788 en la nueva revista Asiatic Researches y tuvo una
repercusión científica definitiva, al sistematizar observaciones que, si bien
parcialmente, ya habían sido hechas anteriormente por viajeros y estudiosos.
No se trataba, en sí mismo, de ninguna novedad, pues desde el contacto de
los europeos con la India, a partir del siglo XVI, había observaciones aisladas e
incluso estudios más completos, aunque no vieron la luz sino más tarde.
Tópicos aparte, los avances de las ciencias, especialmente las naturales, a lo
largo del XVIII, el desarrollo de las teorías evolucionistas en Biología, así como
el fin del ciclo natural de la discusión especulativa original en gramática,
hasta que pudiera ser reavivada con nuevos datos y perspectivas, crearon unas
circunstancias especiales en las que se pudo desarrollar un modelo lingüístico
que podemos considerar nuevo, por la nueva metodología que desarrolló. Este
modelo es la gramática histórica y comparada y se mueve originariamente en
torno al estudio de dos «familias» lingüísticas: la indoeuropea y la finougria.
Las similitudes entre elementos léxicos de diversas lenguas habían sido
señaladas en numerosas ocasiones y no suponen ninguna novedad. La
construcción de patrones más completos, como el de los numerales en las
lenguas indoeuropeas, permite algún avance en una línea más prometedora:
No es difícil extraer de la tabla anterior algunas reglas sencillas, como la
aspiración de la /s/ inicial indoeuropea en griego, testimoniada por los
numerales '6' y '7'. Podríamos formular este hecho incluso en forma de regla y
decir:
s- indoeuropea >> h- griega
Esta posibilidad de expresar los fenómenos mediante reglas es una de las
primeras características de la gramática comparada. La evolución fonética se
regula según leyes. El concepto de ley fonética como regularidad en el
desarrollo de una evolución fonética en una lengua o grupo de lenguas ha sido
considerado de modo diverso por los tratadistas. Inicialmente, en los
comparatistas, como son denominados a partir de la obra de Federico von
Schlegel, Über die Sprache und Weisheit der Indier 'Sobre la lengua y la
sabiduría de los indostánicos', con nombres como Franz Bopp, Rasmus Rask y
Jakob Grimm, cuyos libros fundamentales datan de 1816, 1818 y 1819,
respectivamente, se trata de tendencias a la regularidad, tan generales que
han podido ser fácilmente criticadas, como hace Jespersen. Son leyes
similares a las leyes naturales, que constituyen entonces el paradigma
epistemológico.
El programa del comparatismo puede extraerse de la Gramática Comparada
de Franz Bopp, aunque no todos sus puntos fueron desarrollados por él. En
primer lugar se situó la exposición detallada de los rasgos de parentesco de
las lenguas indoeuropeas, un largo proceso en el que al sánscrito, iranio,
latín, báltico, griego y germánico se fueron añadiendo el antiguo eslavo, el
armenio, el celta (por Schleicher) y posteriormente el albanés, el ilirio, o las
lenguas indoeuropeas descubiertas en el siglo XX como el hetita y el tocario.
El segundo punto, la «investigación de sus leyes físicas y mecánicas», tendría
su expresión en la ley fonética. El punto tercero, el descubrimiento del origen
de las formas gramaticales, desarrollado por el propio Bopp, conduciría al
preciso estudio paradigmático y a las detalladas fonética y morfología
históricas que caracterizan a esta corriente científica.
Más tarde, para los neogramáticos, se pasa a una concepción más rigurosa, al
defenderse su similitud con las leyes físicas, como hacen August Schleicher
(1821-68) y August Leskien (1840-1916).
August Schleicher, aunque formado inicialmente en la filosofía hegeliana, fue
atraído por las tesis evolucionistas darwinianas y, desde esta nueva
perspectiva de la ciencia, propone una nueva metodología lingüística que se
impone en los centros de estudio del siglo XIX europeo. Su planteamiento
supondrá una crítica del sistema humboldtiano e instaurará una época de
signo positivista, en la que las preocupaciones teóricas estarán bastante
alejadas de los supuestos de la gramática racionalista que todavía pervivieron
en Humboldt.
Las leyes fonéticas no conocen excepción, aunque esta aseveración debe
explicarse: el concepto de regularidad sin excepciones (Ausnahmslosigkeit
'unexcepcionalidad') de la ley fonética fue efectivamente expuesto por los
principales neogramáticos, W. Scherer (1875), H. Osthoff y K. Brugmann
(1878); pero requiere precisiones.
Las leyes fonéticas son leyes históricas, mientras que la excepción no es un
hecho histórico, sino sincrónico, por lo que resulta contradictorio con el
carácter diacrónico de la lengua. Para resolver esta contradicción es preciso
considerar que la excepción aparente está también sujeta a la ley, aunque
esta ley puede no ser la general, sino una segunda o tercera ley de variación.
Es natural que a medida que se iban abandonando los fundamentos
metodológicos y epistemológicos extraídos de las ciencias naturales o físicas
se fuera abandonando esta concepción de la ley fonética, que ya en autores
como H. Paul se presenta como un procedimiento para dar cuenta de
regularidades, no para hacer predicciones.
El método histórico-comparativo estaba bien establecido; pero los
neogramáticos le dieron rigor, precisando la ley fonética y desarrollando un
concepto esencial junto a ella, el de analogía. Antes de estudiar este segundo
mecanismo podemos volver al planteamiento de la ley, para ver cómo se
diferencia la formulación comparatista de la neogramática.
Volver al inicio de Gramática española
La ley fonética
El ejemplo más claro, a nuestro juicio, para entender la diferencia entre los
dos criterios de «ley fonética» es la llamada ley de Grimm, o ley de las
mutaciones consonánticas de las lenguas germánicas (véase germánico). Es
muy conocido que Jacobo Grimm no habló de «ley», y señaló que esta
mutación, como él la llama, no se cumple en todos los casos particulares,
aunque sí en general (advertencia que debe tenerse en cuenta para matizar
las observaciones que siguen.)
La mutación fonética se presenta como una tabla en la que se comparan el
griego, el gótico y el alto alemán antiguo (nótese que CH es la fricativa velar
'aspirada' /x/).
gr. P B F T D TH K G CH
gót. F P B TH T D H K G
aaa. B(V) F P D Z T G CH K
Si reconvertimos el cuadro y la explicación de Grimm a la relación entre
indoeuropeo, germánico y antiguo alto alemán, el resultado será:
ie. p b bh t d dh k g gh
germ. f p b þ t d x k g
aaa. B(V) F P D Z T G CH K
Las inconsistencias de esta formulación son demasiadas: gr. poûs got. fotus es
en alemán fuss y no */bus/ ni /vus/; lo que corresponde al griego kardía no es
*/gertz/, sino herz [hertz], gót. hairto. Estas inconsistencias no se producen
sólo entre el gótico y el alto alemán antiguo o (luego) el alemán moderno,
sino también en el paso del indoeuropeo al germánico: ie. frater >> germ.
braþar es regular, frente a pater >> fadar. Las formas modernas Bruder, Vater
muestran resultados diferentes también.
La solución requiere un planteamiento sin excepciones, es decir, un
planteamiento neogramático, que obtiene parcialmente, para el paso del
indoeuropeo al germánico, con la ley de Verner (1877), aunque tampoco su
autor habló de ley, sino de «una excepción de la primera mutación
consonántica».
Su punto de partida es que «debe existir [cuando los casos de mutación
irregular en el interior son casi tan frecuentes como los de la mutación
regular] una regla para la irregularidad; sólo hace falta descubrirla.»
La regla se formula de este modo:
Indoeuropeo k t p pasan, en todo el territorio, primero a h þ f; las fricativas
sordas así originadas, juntamente con la sorda s heredada del indoeuropeo, se
convirtieron después, en posición interior y en la proximidad de sonoras
también en sonoras, pero se mantuvieron como sordas en sonido que sigue a
sílabas acentuadas.
La explicación que se da a esta regla es una causa física: en el grupo
acentuado hay una presión del aire superior a la del grupo átono, por eso la
sorda tras grupo tónico se ve reforzada por esa tensión y se conserva.
La libre formulación inicial de Grimm se ha convertido en una compleja regla
contextual, que tiene en cuenta el tipo de acento del indoeuropeo, la
posición de intervocálica o no de la consonante del germánico, así como su
posición respecto del acento de la palabra. Hoy día es muy discutido que ése
pudiera ser el sistema de las oclusivas del indoeuropeo y el presentarlo aquí
de este modo no hace sino seguir el planteamiento de los comparatistas y
neogramáticos, sin recoger la discusión actual.
Las leyes fonéticas pueden ser válidas para una lengua o un grupo; pero no
son necesariamente universales. En 1876 formuló A. Darmesteter una ley
según la cual la vocal protónica interna evoluciona igual que la final, salvo
interferencias analógicas. Esta ley no es válida para el español ni el
portugués. En español la vocal final se reduce a los timbres [a, e, o] o se
pierde [0] tras m, n, s, d, z, x, j, l, r, mientras que la protónica se pierde en
todos los casos, excepto si se trata de una [a] o si es forma de verbo, donde
se apoya en la alternancia tónica / átona: recíbo / recibír; castígo / castigár;
aunque cambie de timbre repíto / repetír.
Volver al inicio de Gramática española
La analogía
Un estudio de las regularidades de la evolución de las lenguas debe,
ineludiblemente, dar cuenta también de las irregularidades o excepciones. La
intervención de factores de tipo psicológico produce asociaciones, relaciones
entre formas que se interfieren en la evolución esperable según los patrones
reglados.
Las dos fuerzas que actúan en la evolución de las lenguas, para los
neogramáticos, son el cambio fonético y la analogía. La segunda es
necesariamente un proceso sincrónico, pues se trata del restablecimiento de
un sistema de relaciones o valores que se dirige a mantener la cohesión del
sistema; por eso algunos autores, como Grammont, señalan que puede ser
gramatical, cuando se da en un conjunto de variaciones gramaticales, como el
paradigma verbal, por poner un ejemplo corriente, o léxica, cuando se da
entre formas o unidades léxicas que pertenecen a distintas categorías
gramaticales o «clases de palabras».
No es sencillo establecer los principios de la analogía, como no lo es
establecer los de las leyes fonéticas. Buena prueba de ello es la discusión de
Kuryáowicz y Maczak, entre 1949 y 1958, de la que, dado el enfrentamiento
entre las posturas, parecería imposible extraer más conclusión que el carácter
de «tendencias» que tienen los cambios analógicos, la principal de las cuales
sería, naturalmente, reducir en lo posible las alternancias de los radicales,
tanto en la analogía gramatical como en la léxica.
Dentro de la romanística, como rama de la gramática comparada en la que
hay que señalar los nombres de Friedrich Diez (1794-1876), Wilhelm Meyer-
Lübke (1861-1936) o Américo Castro (1885-1972), se sitúa la hispanística, cuyo
magisterio recae históricamente en la figura de Ramón Menéndez Pidal (1869-
1968).
El Manual de Gramática Histórica Española de este último es una obra que se
considera en general representativa de la metodología neogramática. Si bien
esta afirmación no es del todo exacta, porque ya hay en este libro
componentes que proceden de la crítica de las posturas extremas de esta
escuela, como la introducción de elementos de Historia de la Lengua,
podemos aceptar aquí ese neogramatismo, porque la discusión de ese punto
no es esencial para nuestro propósito actual.
Aunque un repaso al contenido de la obra deja traslucir inmediatamente que
la mayor preocupación de la misma va hacia los fenómenos regulares,
constantemente afloran aspectos de lo que se puede definir como analógico.
Así lo advierte García de Diego a propósito de fenómenos como la
equivalencia acústica.
Este último autor, por su parte, dedica un capítulo entero a la analogía, que,
con criterio más riguroso que el citado de Grammont, divide en fonética,
morfológica y sintáctica.
En el prólogo señala que «no pueden entrar los ejemplos de la analogía en el
campo de la fonética, porque son dos mundos distintos»; pero ello no impide
considerar esos casos de equivalencia acústica, como la fácil confusión de [f]
y [q], que explica los ejemplos de Celipe por Felipe y que, en el caso de un
célebre locutor español, de origen cordobés y seseante, Matías Prats, fue el
procedimiento de que tuvo que valerse para poder avanzar en su profesión, en
una época en la que el seseo no estaba ni siquiera tolerado en la radio
española de dimensión nacional. (Tomo la anécdota directamente del Sr.
Prats.)
La analogía morfológica es para García de Diego analogía formal, no se trata
necesariamente del mismo paradigma, ni del mismo lexema: «Haz de facie y
de fasce atrajo a az de acie, aplicándole su h aspirada». La analogía de
prefijos es de excepcional interés en la historia del léxico. Offocare ha
evolucionado a ahogar por interpretación falsa del principio de la palabra
como el prefijo a-. En esconder es ex- el que ha sustituido a ab- en
abscondere. Lo mismo sucede en los sufijos. Es imprescindible en este terreno
citar la obra extensísima de Yakov Malkiel.
La analogía sintáctica sería así la responsable de fenómenos bien conocidos,
como el paso de transitivos a intransitivos y el aumento o la pérdida de
pronominales, cfr. suspendí por me suspendieron. El dequeísmo no es más que
un fenómeno de analogía sintáctica, y tantos otros.
Volver al inicio de Gramática española
La clasificación de las lenguas: familias y tipos
El siglo XIX se abre con la versión definitiva, en español, del Catálogo de las
lenguas de L. Hervás y Panduro. Si, hasta entonces, los criterios para
establecer las similitudes lingüísticas habían sido obtenidos mediante la
comparación del léxico, a partir de Hervás y gracias al desarrollo de sus
puntos de vista en la obra de Humboldt los gramáticos plantearán la
clasificación lingüística con criterios gramaticales, es decir, mediante la
comparación de los paradigmas. Los seis volúmenes de Hervás, todavía
necesitados de un estudio adecuado a su importancia, no se originan por
preocupaciones propiamente lingüísticas, sino que toman la lengua como base
para la clasificación de los pueblos. Este criterio etnológico sigue vigente e
introduce elementos de perturbación en los planteamientos sociolingüísticos.
Así, en la República Popular de China, se produce constantemente una mezcla
de conceptos entre lenguas minoritarias y poblaciones minoritarias o
«minorías» y son muchas las lenguas que se designan por el pueblo que las
habla, es decir, por su nombre étnico, en vez de por su denominación
lingüística, por su nombre como lenguas.
La obra de Hervás no habría pasado de ser una contribución al estudio de la
raza humana y su distribución si Humboldt no hubiera encontrado interesantes
sus planteamientos gramaticales, que, en lo general, aparecen también en
investigadores germánicos, como Johann Ch. Adelung (1732-1806). Los
gramáticos fueron conscientes de algo que escapaba al planteamiento
meramente naturalista: que un pueblo puede dejar de hablar una lengua y
pasar a hablar otra, como ha ocurrido con mucha frecuencia, lo que debe
llevar a la conclusión de que las lenguas no están sustancialmente vinculadas
a los pueblos que las hablan. Desgraciadamente, la interpretación romántica
de conceptos como «el espíritu de los pueblos» y su pretensión de
identificarlo con las lenguas que éstos hablan se convirtió en un pretexto para
los nacionalismos y el racismo, de tan tristes consecuencias en la historia
europea del siglo XX.
Las técnicas de comparatistas, primero, y neogramáticos después, permitirán
ir precisando al aplicarse en el establecimiento de criterios que, en un
principio, en línea con el modelo de las ciencias naturales, son de tipo
genético. El modelo estrictamente lingüístico, o tipológico, hará también su
aparición en la obra humboldtiana, en la cual llegarán a una formulación
precisa ideas que se rastrean desde Johann G. Herder (1744-1803) o, en el
ámbito del inglés, con conocida repercusión en el propio Herder, en James
Burnett, Lord Monboddo (1714-99), parcialmente traducido al alemán por
encargo del propio Herder, quien trata ya de establecer una tipología de las
lenguas indoamericanas conocidas por él, o en Augusto Guillermo von Schlegel
(1767-1845) y Federico von Schlegel (1772-1829).
Hoy nos resulta difícil concebir que uno de los obstáculos para la clasificación
de las lengua y su comparación fuera la creencia en el hebreo como lengua
primitiva del hombre. Aunque muchos gramáticos, especialmente a partir del
siglo XVI, buscaron otras soluciones, apoyados en general también en la
nefasta interpretación literal del texto bíblico, como la idea de que la lengua
primitiva desapareció tras la confusión de Babel, lo cierto es que hasta
Leibniz no se impuso el convencimiento de que el hebreo era una lengua como
las otras y se podían buscar también sus parientes. Por ello vale la pena
señalar que el propio Hervás, jesuita, fue el primero que presentó con
bastante exactitud, en una obra general, la relación del hebreo con las otras
lenguas de la familia semítica, dando unas precisiones sobre las relaciones de
estas lenguas que resultan, a grandes rasgos, sumamente acertadas.
El establecimiento de familias lingüísticas se vincula en los comparatistas a la
reconstrucción y se expone metodológicamente en forma de árboles
genealógicos cuyos prototipos y estereotipos aparecen en la obra de
Schleicher.
Jeffers y Lehiste presentan con claridad el problema de la reconstrucción y
sus consecuencias; para el español y las lenguas románicas es muy interesante
el planteamiento de Ferguson. Por nuestra parte, utilizaremos un ejemplo no
indoeuropeo, sino de tres lenguas finougrias de la rama baltofínica: el livonio,
hablado en Letonia, el estonio y el finés. Es preciso advertir que en estonio
/g/ y /d/ son consonantes lenes sordas. En cuanto a la notación, dos puntos
tras una vocal indican que es larga.
Livonio Finés Estonio
1. säv savi savi 'arcilla'
2. tämm tammi tamm 'roble'
3. säpp sappi sapp 'bilis'
4. lüm lumi lumi 'nieve'
5. o:da hauta haud 'tumba'
6. umal humala humal 'lúpulo'
7. ja:lga jalka jalg 'pie'
8. ne:l'a neljä neli 'cuatro'
9. ä:ga härkä härg 'buey'
10. o:r'a harja hari 'cepillo'
La reconstrucción (indicada con un asterisco ante la palabra) nos daría las
formas siguientes:
1. *savi, en livonio la -i final se perdió tras inflexionar la vocal a >> ä.
2. tammi, no requiere otra explicación para el livonio; pero para el estonio es
preciso tener en cuenta que de toda la lista sólo se conserva la vocal final en
estonio en 1 y 4. Se pierde tras doble consonante (consonante larga), en 2, 3;
tras grupo consonántico (7, 8, 9, 10); tras dos sílabas (6) o tras una sílaba
cuya vocal no es corta, p. ej. el diptongo de 5.
3. *sappi obedece a la regla anterior.
4. *lumi como 1.
5. *hauta, se reconstruye a partir de la dental sorda del finés y el estonio (en
éste escrita d). El livonio sonoriza, como en 7, la oclusiva sorda (t, k,
respectivamente). h- inicial se pierde en livonio, cfr. tb. 6, 9, 10. Suponemos
que el livonio monoptonga au en o:, aunque la evidencia de estos ejemplos no
es concluyente.
6. *humala está aclarado por reglas de 2 y 5.
7. *jalka, con explicación para el livonio, como en 8 y 9, de alargamiento de
vocal ante líquida (l, r).
8. *nelja exige para el finés una asimilación vocálica progresiva, que
palataliza la -a en -ä, mientras que en estonio la -j vocaliza al quedar en
posición final como consecuencia de la pérdida de -i. Lo mismo sucede en 10.
En livonio la j detrás de líquida se pierde después de palatalizarla, como
también ocurre en 10.
9. *härka, con fenómenos de pérdida de vocal final, sonorización y pérdida de
h inicial ya conocidos.
10. *harja plantea problemas en livonio, nos obliga a postular una regla que
diga que a evoluciona a o: en sílaba libre.
El desarrollo de la fonología, especialmente de los universales fonológicos,
nos permite hoy ser mucho más rigurosos en la reconstrucción; pero con la
metodología comparatista se alcanzaron resultados notables.
Nuestro contexto cultural nos lleva a elegir el árbol genealógico del
indoeuropeo como ejemplo de este tipo de representaciones. Para conseguir
una mayor claridad iremos distribuyendo las ramificaciones por estratos,
aunque así se pierde una cierta visión de conjunto, nada difícil de obtener
consultando cualquier obra introductoria o enciclopédica. No incluimos el
ilirio, sobre cuya caracterización hay mucha controversia.
Al grupo anatolio, extinguido, perteneció el hetita o hitita. El grupo tocario se
divide en dos ramas, llamadas simplemente A y B, mientras que el indoiranio
comprende al índico (al que pertenecen, entre otras, la lengua llamada en
Pakistán urdú y en India hindí, el romaní o lengua original de los gitanos, y el
bengalí de Bangla Desh) y al iranio, (que comprende al tayiquí de Tayijistán y
el vají y saricolí de China, al pasto de Afganistán, al curdo del Kurdistán, zona
fronteriza entre Turquía, Irán e Iraq, al avéstico de los antiguos textos
zoroastrianos y al persa). Al grupo helénico corresponde el griego; al armenio
el armenio, con numerosa población dispersa por el mundo, además de en la
República de Armenia y zonas caucásicas entre Armenia, Turquía y el
Azerbaiyán. También el albanés es el único representante de la rama albanesa
del protoindoeuropeo. (Véase lenguas indoeuropeas).
Naturalmente, esta síntesis reduce a la nada las variaciones de las lenguas
diatópica o diastráticamente, es decir, los dialectos geográficos y sociales, así
como diacrónicamente, o sea, las variantes que una lengua ha podido tener,
como el griego clásico, el bizantino y el moderno.
Para establecer la relación con las lenguas románicas, nos detendremos en el
árbol genealógico del grupo itálico.
En el conjunto de las lenguas románicas caben dos consideraciones generales:
el dálmata está extinguido, por un lado; por otro, habría que incluir los
dialectos románicos, como el asturleonés, el aragonés, el franco-provenzal,
las variantes réticas, italianas o rumanas.
Más complejas son las ramificaciones, que obviamos, de las lenguas celtas,
germánicas o balto-eslavas, éstas con sus dos grandes grupos, las lenguas
bálticas, por un lado y las eslavas, por otro, subdivididas a su vez en
occidentales, del sur y del este (donde se sitúa el ruso).
Las posibilidades de reconstrucción no se agotan en el siglo XIX, ni tampoco la
vitalidad de la gramática comparada, aunque, por supuesto, ésta se beneficia
de los nuevos desarrollos metodológicos que iremos estudiando y de otros
planteamientos, menos restrictivos. Greenberg presenta en esta línea sus
conclusiones sobre la reconstrucción de una familia euroasiática, integrada
por nueve grupos lingüísticos, alguno de ellos está formado por varias lenguas,
con relaciones bien establecidas, otros, en cambio, sólo por una:
indoeuropeo; uralo-yucaguiro; altaico (es decir, túrquico, mongólico y
manchú-tungúsico); coreano; japonés; ainú; nivejí; chucoto y esquimo-
aleutiano. Esta clasificación supone sumarse a la separación de las lenguas
altaicas y las urálicas y de éstas últimas y el coreano, que formaría
probablemente un subgrupo con el japonés y el ainú. El planteamiento no
supone que haya existido alguna vez una lengua llamada «altaica», en el
sentido que habitualmente entendemos por «lengua».
En 1872 Johannes Schmidt (1843-1901) propuso un nuevo modelo de
reconstrucción, que no tiene por qué ser excluyente del anterior y que, de
hecho, tampoco supone la aportación fundamental de su autor a la lingüística
histórica. Nos referimos a la teoría de las ondas, en busca de la explicación de
fenómenos compartidos por lenguas vecinas, que no se deben a un antecesor
común. La propagación de un fenómeno en una lengua, al avanzar, más que
como una onda, como en un plano inclinado (concepto que recuerda
inmediatamente lo que, h. 1920, constituirá la deriva, drift de Sapir), se
extiende a lenguas y dialectos vecinos, donde no se pueden explicar por
evoluciones propias de su antecesor. El fenómeno más característico, según
esta teoría, sería el umlaut: la inflexión y palatalización de las vocales
alemanas, que no aparece en la lengua germánica más antigua atestiguada, el
gótico, único testimonio de la rama oriental del germánico. Se trataría de un
cambio originado en lenguas norgermánicas o germánicas occidentales y
extendido desde allí.
La consecuencia más llamativa, pero no la más importante, fue la negación de
la posibilidad de reconstruir un estadio anterior de una lengua, como el
indoeuropeo, a partir de las lenguas derivadas de él, sin otros testimonios. Las
formas reconstruidas (es decir, las marcadas con asterisco) serían simples
suposiciones, sin posibilidad alguna de comprobación. El conjunto de
caracteres de cualquier lengua es incomprensible a partir de los supuestos
metodológicos de la teoría del árbol genealógico, si no se amplía con otros.
Otro concepto que se resquebraja, en este caso, creemos, por las limitaciones
de la notación, en buena parte, es el de ley fonética. Hermann Paul (1846-
1921), a quien Arens (I, 460) presenta como el «sistemático oficial de la
escuela neogramática», es en realidad mucho más que eso. En el capítulo 3,
párrafo 46 de sus Prinzipien der Sprachgeschichte (1880/1970, 74) afirma:
La noción de «ley fonética» no debe comprenderse en el sentido que damos a
ley en física o en química, o sea, en el sentido que tuve presente cuando
opuse las ciencias exactas a las ciencias históricas. La ley fonética no afirma
lo que debe repetirse siempre bajo determinadas condiciones generales, sino
que verifica solamente la regularidad dentro de un grupo de determinados
fenómenos históricos.
La ley es, por tanto, la verificación de una regularidad. El problema de saber
hasta qué punto las leyes fonéticas deben ser consideradas sin excepción no
se puede resolver directamente (§ 49), porque en la lengua se pueden obtener
los mismos resultados por alteraciones que son totalmente diferentes de la
fonética.
El mecanismo arranca del empleo individual, que se torna usual poco a poco,
al extenderse dentro de la comunidad de hablantes. Nunca ocurre que varios
individuos creen nada en conjunto, en el terreno lingüístico, a diferencia de
lo que ocurre en el plano político o económico, la creación lingüística es
siempre individual, aunque varios individuos creen lo mismo. Esta comunidad
no tiene nada que ver con conceptos como «psicología de los pueblos» y otras
nociones igualmente vagas, que son explícitamente rechazadas. Se opone así
a Moritz Lazarus y Heyman (Hajim) Steinthal y a su Zeitschrift für
Völkerpsychologie und Sprachwissenschaft, 'Revista de Psicología de los
Pueblos y Lingüística', en la que se puede ver una de las posibles ramas
derivadas de ideas de G. de Humboldt, aun con su parte crítica, que es
precisamente la que hoy puede interesarnos menos, al tratar de buscar
explicaciones en la línea de las percepciones y no de la forma interior, sobre
todo en el Steinthal de la segunda época. Francisco A. Marcos Marín -
ENCICLONET
Volver al inicio de Gramática española
TÉRMINOS GRAMATICALES
Adjetivo
adjetivo. 1. Palabra cuya función propia es la de modificar al sustantivo —con
el que concuerda en género y número—, bien directamente: casa pequeña;
magníficas vistas; aquel avión; bien a través de un verbo, caso en el que el
adjetivo funciona como atributo (→ atributo) o como predicativo (→
predicativo): La casa es pequeña; Los niños comen tranquilos. Los adjetivos se
dividen en dos grandes clases:
a) adjetivos calificativos. Son los que expresan cualidades, propiedades,
estados o características de las entidades a las que modifican, como suave,
valiente, nervioso, conductivo, magnético, u otras nociones, como relación o
pertenencia, origen, etc.: materno, policial, químico, aristócrata, americano,
siguiente, presunto. Los que expresan relación o pertenencia, como materno,
policial o químico, se denominan, más específicamente, adjetivos
relacionales; y los que expresan nacionalidad u origen, como americano o
cordobés, se llaman adjetivos gentilicios (→ gentilicio).
b) adjetivos determinativos. Son los que tienen como función básica introducir
el sustantivo en la oración y delimitar su alcance, expresando a cuáles o
cuántas de las entidades designadas por el nombre se refiere el que habla:
este coche, algunos amigos, tres días.
2. adjetivos gentilicios. → 1a.
3. adjetivos relacionales. → 1a.
Artículo
Clase de palabras que se antepone al sustantivo e indica si lo designado por
este es o no conocido o consabido por los interlocutores, señalando, además,
su género y su número: el árbol, unas mujeres, lo que me preocupa. Se
distinguen dos clases de artículo:
a) artículo definido o determinado. Es átono e indica que la entidad a la que
se refiere el sustantivo es conocida o consabida, esto es, identificable por el
receptor del mensaje. Sus formas son el, la, lo, los, las.
b) artículo indefinido o indeterminado. Es tónico e indica que la entidad a la
que se refiere el sustantivo no es conocida o consabida y, por tanto, no
necesariamente identificable por el receptor del mensaje. Sus formas son un,
una, unos, unas.
Volver al inicio de Gramática española
Adverbio
adverbio. 1. Palabra invariable cuya función propia es la de complementar a
un verbo (Hablaba pausadamente), a un adjetivo (menos interesante) o a otro
adverbio (bastante lejos, aquí cerca); también puede incidir sobre grupos
nominales (solamente los jueves), preposicionales (incluso sin tu ayuda) o
sobre toda una oración (Desgraciadamente, no pudo llegar a tiempo). Aportan
significados muy diversos: lugar (aquí, cerca, dónde), tiempo (hoy, luego,
recién, cuándo), modo (así, bien, cortésmente, cómo), negación (no,
tampoco), afirmación (sí, efectivamente), duda (quizá, posiblemente), deseo
(ojalá), cantidad o grado (mucho, casi, más, cuánto), inclusión o exclusión
(incluso, inclusive, exclusive, salvo, excepto, menos), oposición (sin embargo,
no obstante) u orden (primeramente), entre otras nociones.
2. adverbio comparativo. → comparativo.
3. adverbio exclamativo. → exclamativo.
4. adverbio interrogativo. → interrogativo.
5. adverbio relativo. → relativo.
adversativo -va. 1. Que denota o implica contraste u oposición de sentido.
2. conjunción adversativa. → conjunción, 2.
3. oración adversativa. → oración, 5.
Volver al inicio de Gramática española
Categoría gramatical
categoría gramatical. Cada una de las clases de palabras establecidas en
función de sus propiedades gramaticales. Las categorías fundamentales son el
artículo, el sustantivo, el adjetivo, el pronombre, el verbo, el adverbio, la
preposición, la conjunción y la interjección.
causal. 1. Que denota o expresa causa.
2. conjunción causal. → conjunción, 3.
3. oración causal. → oración, 6.
Causativo -va. Se dice de un verbo que tiene sentido o valor causativo cuando
la entidad designada por el sujeto no realiza por sí misma la acción de la que
se habla, sino que la ordena o la encarga a otros: El dictador fusiló a miles de
opositores; Me he cortado el pelo en una peluquería nueva. También se aplica
a los verbos intransitivos que tienen variantes transitivas, como en Herví la
leche durante diez minutos (transitivo y causativo), frente a La leche hirvió
durante diez minutos (intransitivo). Los verbos causativos admiten paráfrasis
con «hacer + infinitivo» o «hacer que + verbo en subjuntivo»: Hice hervir la
leche durante diez minutos; El dictador hizo que fusilaran a miles de
opositores.
Clítico
clítico, ca.
1. adj. Gram. Dicho de un elemento gramatical átono: Que se liga
morfológicamente a una forma anterior o posterior. U. m. c. s. m.
Compuesto
3. adj. Gram. Dicho de un vocablo: Formado por composición de dos o más
voces simples; p. ej., cortaplumas, vaivén.
Complemento
1. Palabra o grupo de palabras que depende sintácticamente de otro
elemento de la oración.
2. complemento agente. El que en una oración pasiva (→ pasivo, 1) aparece
encabezado por la preposición por e indica la persona, animal o cosa que
realiza la acción denotada por el verbo (→ agente): La ciudad fue destruida
por los romanos. También puede complementar a un sustantivo, si este
implica una acción verbal: El texto describe la destrucción de la ciudad por
los romanos.
3. complemento circunstancial. Complemento del verbo no exigido por el
significado de este y que expresa las circunstancias de lugar, tiempo, modo,
instrumento, medio, causa, finalidad, cantidad, etc., relacionadas con la
acción verbal: Trabajo en un banco; Amanece a las cinco; Llovía
intensamente; Cavé la zanja con una pala; Te llamaré por teléfono; Ahorro
para las vacaciones.
4. complemento de régimen. Complemento encabezado siempre por una
preposición y exigido por el verbo, de forma que, si se suprime, la oración
resulta anómala o adquiere otro significado: La victoria depende de los
jugadores; Se empeñó en hacerlo; Me conformo con esto. También pueden
llevar complementos de régimen algunos sustantivos y adjetivos: Su renuncia
al cargo sorprendió a todos; Es propenso a los resfriados.
5. complemento directo. El que está exigido por el verbo y completa su
significación al designar la entidad a la que afecta directamente la acción
verbal. Se construye sin preposición o, en determinadas circunstancias, con la
preposición a (→ a2, en el cuerpo del diccionario): El editor aún no ha leído
tu última novela; Cómprate esas; No creo que venga; Estoy esperando a mis
padres. Puede sustituirse, y a veces coaparecer, con los pronombres átonos de
acusativo (→ acusativo), que en tercera persona adoptan las formas lo(s),
la(s): La he leído; Cómpratelas; No lo creo; A mis padres los estoy esperando.
En la versión pasiva (→ pasivo) de la oración, cuando esta es posible, el
complemento directo desempeña la función de sujeto: Tu última novela aún
no ha sido leída por el editor.
6. complemento indirecto. Complemento del verbo que, si es un nombre o un
grupo nominal, va precedido siempre de la preposición a y puede sustituirse o
coaparecer con los pronombres átonos de dativo (→ dativo), que en tercera
persona adoptan las formas le, les (o se, si el pronombre de dativo precede a
otro de acusativo): (Le) di el paquete a tu hermano; Le di el paquete; Se lo
di. Según el significado del verbo al que complementa, puede designar al
destinatario de la acción: Le hablé de ti a mi jefe; al que resulta beneficiado
o perjudicado por ella: Te he limpiado la casa o Le han roto la bicicleta a mi
hermano; al que experimenta la noción que el verbo denota: Le cuesta pedir
disculpas; o a la persona o cosa afectadas positiva o negativamente por las
características de algo: Los pantalones le están grandes.
7. complemento partitivo. → partitivo.
8. complemento predicativo. → predicativo.
Conjugación
Conjunción
Conjunto de todas las formas de un verbo, correspondientes a los distintos
modos, tiempos, números y personas. También, cada uno de los grupos a los
que pertenece un verbo según la terminación de su infinitivo y que determina
el modo en que se conjuga; así, los verbos terminados en -ar son de la
primera conjugación, los terminados en -er son de la segunda y los terminados
en -ir son de la tercera.
conjunción. 1. Palabra invariable que introduce diversos tipos de oraciones
subordinadas (conjunción subordinante) o que une vocablos o secuencias
sintácticamente equivalentes (conjunción coordinante).
2. conjunción adversativa. La que une palabras u oraciones cuyos sentidos se
oponen parcial o totalmente. Son pero, mas y sino.
3. conjunción causal. La que introduce oraciones subordinadas causales (→
oración, 6). Las más representativas son porque y pues.
4. conjunción comparativa. La que introduce el segundo término de
comparación en las construcciones u oraciones comparativas (→ oración, 7).
Son que y como.
5. conjunción completiva. La que introduce oraciones subordinadas
sustantivas (→ oración, 35). Son que (a veces, también como) y, en cierto
tipo de oraciones interrogativas indirectas, si.
6. conjunción concesiva. La que introduce oraciones subordinadas concesivas
(→ concesivo, 1). La más representativa es aunque.
7. conjunción condicional. La que introduce oraciones subordinadas
condicionales (→ oración, 10). La más representativa es si.
8. conjunción consecutiva. a) La que une oraciones o enunciados entre los que
se establece una relación de causa-deducción o causa-consecuencia, como
conque, luego o la locución así que, llamadas también conjunciones ilativas:
Pienso, luego existo; Tengo mucho trabajo, así que este año no me voy de
vacaciones.
b) En las llamadas construcciones consecutivas intensivas, la que introduce la
subordinada que expresa la consecuencia o el efecto de lo denotado en la
principal a través de los intensificadores, tácitos o expresos, tan(to) o tal (o
de los determinantes un o cada): Puso tanta sal en la ensalada que no había
quien se la comiera; Canta que da gusto; Hace un frío que pela; Dice cada
tontería que es imposible hacerle caso.
9. conjunción coordinante. → 1.
10. conjunción copulativa. La que une palabras, oraciones y otros grupos
sintácticos estableciendo entre ellos relaciones de adición o de agregación.
Son y, e, ni.
11. conjunción distributiva. La que se antepone a los diferentes miembros de
una coordinación distributiva, que es aquella en la que se presenta una
sucesión de alternativas o situaciones contrapuestas. Se construyen
generalmente estas secuencias con adverbios usados correlativamente con
valor de conjunciones, los cuales se anteponen a los diferentes términos que
aparecen como opciones: bien..., bien...; ya..., ya...; ora..., ora...
12. conjunción disyuntiva. La que expresa al ternancia o elección entre
palabras u oraciones. Son o, u.
13. conjunción final. La que introduce oraciones subordinadas finales (→
oración, 25). Las más representativas son las locuciones para que y a fin de
que.
14. conjunción ilativa. → 8a.
15. conjunción subordinante. → 1.
Género
género1. Esta palabra tiene en español los sentidos generales de ‘conjunto de
seres u objetos establecido en función de características comunes’ y ‘clase o
estilo’: «El citado autor [...] ha clasificado los anuncios por géneros» (Díaz
Radio [Esp. 1992]); «Ese género de vida puede incluso agredir a su salud
mental» (Grande Fábula [Esp. 1991]). En gramática significa ‘propiedad de los
sustantivos y de algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos,
femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros’: «El pronombre él, por
ejemplo, indica género masculino» (Casares Lexicografía [Esp. 1950]). Para
designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son
masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo: «En el mismo
estudio, las personas de sexo femenino adoptaban una conducta diferente»
(Barrera/Kerdel Adolescente [Ven. 1976]). Por tanto, las palabras tienen
género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género). No
obstante, en los años setenta del siglo xx, con el auge de los estudios
feministas, se comenzó a utilizar en el mundo anglosajón el término género
(ingl. gender) con un sentido técnico específico, que se ha extendido a otras
lenguas, entre ellas el español. Así pues, en la teoría feminista, mientras con
la voz sexo se designa una categoría meramente orgánica, biológica, con el
término género se alude a una categoría sociocultural que implica diferencias
o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc. Es en este
sentido en el que cabe interpretar expresiones como estudios de género,
discriminación de género, violencia de género, etc. Dentro del ámbito
específico de los estudios sociológicos, esta distinción puede resultar útil e,
incluso, necesaria. Es inadmisible, sin embargo, el empleo de la palabra
género sin este sentido técnico preciso, como mero sinónimo de sexo, según
se ve en los ejemplos siguientes: «El sistema justo sería aquel que no asigna
premios ni castigos en razón de criterios moralmente irrelevantes (la raza, la
clase social, el género de cada persona)» (País@[Esp.] 28.11.02); «Los mandos
medios de las compañías suelen ver como sus propios ingresos dependen en
gran medida de la diversidad étnica y de género que se da en su plantilla»
(Mundo [Esp.] 15.1.95); en ambos casos debió decirse sexo, y no género. Para
las expresiones discriminación de género y violencia de género existen
alternativas como discriminación o violencia por razón de sexo, discriminación
o violencia contra las mujeres, violencia doméstica, violencia de pareja o
similares.
género2. 1. Los sustantivos en español pueden ser masculinos o femeninos.
Cuando el sustantivo designa seres animados, lo más habitual es que exista
una forma específica para cada uno de los dos géneros gramaticales, en
correspondencia con la distinción biológica de sexos, bien por el uso de
desinencias o sufijos distintivos de género añadidos a una misma raíz, como
ocurre en gato/gata, profesor/profesora, nene/nena, conde/condesa,
zar/zarina; bien por el uso de palabras de distinta raíz según el sexo del
referente (heteronimia), como ocurre en hombre/mujer, caballo/yegua,
yerno/nuera; no obstante, son muchos los casos en que existe una forma
única, válida para referirse a seres de uno u otro sexo: es el caso de los
llamados «sustantivos comunes en cuanto al género» (→ a) y de los llamados
«sustantivos epicenos» (→ b). Si el referente del sustantivo es inanimado, lo
normal es que sea solo masculino (cuadro, césped, día) o solo femenino
(mesa, pared, libido), aunque existe un grupo de sustantivos que poseen
ambos géneros, los denominados tradicionalmente «sustantivos ambiguos en
cuanto al género» (→ c).
a) Sustantivos comunes en cuanto al género. Son los que, designando seres
animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales.
En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con
el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación
genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional.
Los sustantivos comunes se comportan, en este sentido, de forma análoga a
los adjetivos de una sola terminación, como feliz, dócil, confortable, etc.,
que se aplican, sin cambiar de forma, a sustantivos tanto masculinos como
femeninos: un padre/una madre feliz, un perro/una perra dócil, un sillón/una
silla confortable.
b) Sustantivos epicenos. Son los que, designando seres animados, tienen una
forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse,
indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género
gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos
(personaje, vástago, tiburón, lince) y epicenos femeninos (persona, víctima,
hormiga, perdiz). La concordancia debe establecerse siempre en función del
género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del
referente; así, debe decirse La víctima, un hombre joven, fue trasladada al
hospital más cercano, y no La víctima, un hombre joven, fue trasladado al
hospital más cercano. En el caso de los epicenos de animal, se añade la
especificación macho o hembra cuando se desea hacer explícito el sexo del
referente: «La orca macho permanece cerca de la rompiente [...],
zarandeada por las aguas de color verdoso» (Bojorge Aventura [Arg. 1992]).
c) Sustantivos ambiguos en cuanto al género. Son los que, designando
normalmente seres inanimados, admiten su uso en uno u otro género, sin que
ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la dracma, el/la mar,
el/la vodka. Normalmente la elección de uno u otro género va asociada a
diferencias de registro o de nivel de lengua, o tiene que ver con preferencias
dialectales, sectoriales o personales. No deben confundirse los sustantivos
ambiguos en cuanto al género con los casos en que el empleo de una misma
palabra en masculino o en femenino implica cambios de significado: el cólera
(‘enfermedad’) o la cólera (‘ira’); el editorial (‘artículo de fondo no firmado’)
o la editorial (‘casa editora’). De entre los sustantivos ambiguos, tan solo
ánade y cobaya designan seres animados.
2. Uso del masculino en referencia a seres de ambos sexos
2.1. En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical
no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino
también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie,
sin distinción de sexos: El hombre es el único animal racional; El gato es un
buen animal de compañía. Consecuentemente, los nombres apelativos
masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a
seres de uno y otro sexo: Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de
animales; En mi barrio hay muchos gatos (de la referencia no quedan
excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión los
alumnos podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por
alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y
chicas. A pesar de ello, en los últimos tiempos, por razones de corrección
política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre
de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar
ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras» (Excélsior [Méx.] 5.9.96). Se
olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos
mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no
debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley
lingüística de la economía expresiva; así pues, en el ejemplo citado pudo —y
debió— decirse, simplemente, ayudar a sus compañeros. Solo cuando la
oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la
presencia explícita de ambos géneros: La proporción de alumnos y alumnas en
las aulas se ha ido invirtiendo progresivamente; En las actividades deportivas
deberán participar por igual alumnos y alumnas. Por otra parte, el afán por
evitar esa supuesta discriminación lingüística, unido al deseo de mitigar la
pesadez en la expresión provocada por tales repeticiones, ha suscitado la
creación de soluciones artificiosas que contravienen las normas de la
gramática: las y los ciudadanos.
2.2. Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e
innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos
(los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.; → 2.1), ha
comenzado a usarse en carteles y circulares el símbolo de la arroba (@) como
recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y
femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las
vocales a y o: l@s niñ@s. Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo
lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de
vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula
integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como
ocurre en Día del niñ@, donde la contracción del solo es válida para el
masculino niño.
3. Formación del femenino en profesiones, cargos, títulos o actividades
humanas. Aunque en el modo de marcar el género femenino en los sustantivos
que designan profesiones, cargos, títulos o actividades influyen tanto
cuestiones puramente formales —la etimología, la terminación del masculino,
etc.— como condicionamientos de tipo histórico y sociocultural, en especial el
hecho de que se trate o no de profesiones o cargos desempeñados
tradicionalmente por mujeres, se pueden establecer las siguientes normas,
atendiendo únicamente a criterios morfológicos:
a) Aquellos cuya forma masculina acaba en -o forman normalmente el
femenino sustituyendo esta vocal por una -a: bombero/bombera,
médico/médica, ministro/ministra, ginecólogo/ginecóloga. Hay excepciones,
como piloto, modelo o testigo, que funcionan como comunes: el/la piloto,
el/la modelo, el/la testigo (no debe considerarse una excepción el sustantivo
reo, cuyo femenino etimológico y aún vigente en el uso es rea, aunque
funcione asimismo como común: la reo). También funcionan normalmente
como comunes los que proceden de acortamientos: el/la fisio, el/la otorrino.
En algún caso, el femenino presenta la terminación culta -isa (del lat. -issa),
por provenir directamente del femenino latino formado con este sufijo:
diácono/diaconisa; y excepcionalmente hay voces que tienen dos femeninos,
uno en -a y otro con la terminación -esa (variante castellana de -isa): diablo,
fem. diabla o diablesa; vampiro, fem. vampira o vampiresa.
b) Los que acaban en -a funcionan en su inmensa mayoría como comunes:
el/la atleta, el/la cineasta, el/la guía, el/la logopeda, el/la terapeuta, el/la
pediatra. En algunos casos, por razones etimológicas, el femenino presenta la
terminación culta -isa: profetisa, papisa. En el caso de poeta, existen ambas
posibilidades: la poeta/poetisa. También tiene dos femeninos la voz guarda,
aunque con matices significativos diversos (→ guarda): la guarda/guardesa.
Son asimismo comunes en cuanto al género los sustantivos formados con el
sufijo -ista: el/la ascensorista, el/la electricista, el/la taxista. Es excepcional
el caso de modista, que a partir del masculino normal el modista ha generado
el masculino regresivo modisto.
c) Los que acaban en -e tienden a funcionar como comunes, en consonancia
con los adjetivos con esta misma terminación, que suelen tener una única
forma (afable, alegre, pobre, inmune, etc.): el/la amanuense, el/la cicerone,
el/la conserje, el/la orfebre, el/la pinche. Algunos tienen formas femeninas
específicas a través de los sufijos -esa, -isa o -ina: alcalde/alcaldesa,
conde/condesa, duque/duquesa, héroe/heroína, sacerdote/sacerdotisa
(aunque sacerdote también se usa como común: la sacerdote). En unos pocos
casos se han generado femeninos en -a, como en jefe/jefa, sastre/sastra,
cacique/cacica.
Dentro de este grupo están también los sustantivos terminados en -ante o -
ente, procedentes en gran parte de participios de presente latinos, y que
funcionan en su gran mayoría como comunes, en consonancia con la forma
única de los adjetivos con estas mismas terminaciones (complaciente,
inteligente, pedante, etc.): el/la agente, el/la conferenciante, el/la
dibujante, el/la estudiante. No obstante, en algunos casos se han
generalizado en el uso femeninos en -a, como clienta, dependienta o
presidenta. A veces se usan ambas formas, con matices significativos diversos:
la gobernante (‘mujer que dirige un país’) o la gobernanta (en una casa, un
hotel o una institución, ‘mujer que tiene a su cargo el personal de servicio’)
d) Los pocos que terminan en -i o en -u funcionan también como comunes:
el/la maniquí, el/la saltimbanqui, el/la gurú.
e) En cuanto a los terminados en -y, el femenino de rey es reina, mientras que
los que toman modernamente esta terminación funcionan como comunes:
el/la yóquey.
f) Los que acaban en -or forman el femenino añadiendo una -a:
compositor/compositora, escritor/escritora, profesor/profesora,
gobernador/gobernadora. En algunos casos, el femenino presenta la
terminación culta -triz (del lat. -trix, -tricis), por provenir directamente de
femeninos latinos formados con este sufijo: actor/actriz,
emperador/emperatriz.
g) Los que acaban en -ar o -er, así como los pocos que acaban en -ir o -ur,
funcionan hoy normalmente como comunes, aunque en algunos casos existen
también femeninos en -esa o en -a: el/la auxiliar, el/la militar, el/la escolar
(pero el juglar/la juglaresa), el/la líder (raro lideresa), el/la chofer o el/la
chófer (raro choferesa), el/la ujier, el/la sumiller, el/la bachiller (raro hoy
bachillera), el/la mercader (raro hoy mercadera), el/la faquir, el/la augur.
h) Los agudos acabados en -n y en -s forman normalmente el femenino
añadiendo una -a: guardián/guardiana, bailarín/bailarina,
anfitrión/anfitriona, guardés/guardesa, marqués/marquesa, dios/ diosa. Se
exceptúan barón e histrión, cuyos femeninos se forman a través de los sufijos
-esa e -isa, respectivamente: baronesa, histrionisa. También se apartan de
esta regla la palabra rehén, que funciona como epiceno masculino (el rehén)
o como común (el/la rehén), y la voz edecán, que es común en cuanto al
género (el/la edecán; → edecán). Por su parte, las palabras llanas con esta
terminación funcionan como comunes: el/la barman.
i) Los que acaban en -l o -z tienden a funcionar como comunes: el/la cónsul,
el/la corresponsal, el/la timonel, el/la capataz, el/la juez, el/la portavoz, en
consonancia con los adjetivos terminados en estas mismas consonantes, que
tienen, salvo poquísimas excepciones, una única forma, válida tanto para el
masculino como para el femenino: dócil, brutal, soez, feliz (no existen las
formas femeninas *dócila, *brutala, *soeza, *feliza). No obstante, algunos de
estos sustantivos han desarrollado con cierto éxito un femenino en -a, como
es el caso de juez/jueza, aprendiz/aprendiza, concejal/concejala o
bedel/bedela.
j) Los terminados en consonantes distintas de las señaladas en los párrafos
anteriores funcionan como comunes: el/la chef, el/la médium, el/la pívot. Se
exceptúa la voz abad, cuyo femenino es abadesa. Es especial el caso de
huésped, pues aunque hoy se prefiere su uso como común (el/la huésped), su
femenino tradicional es huéspeda.
k) Independientemente de su terminación, funcionan como comunes los
nombres que designan grados de la escala militar: el/la cabo, el/la brigada,
el/la teniente, el/la brigadier, el/la capitán, el/la coronel, el/la alférez; los
sustantivos que designan por el instrumento al músico que lo toca: el/la
batería, el/la corneta, el/la contrabajo; y los sustantivos compuestos que
designan persona: el/la mandamás, el/la sobrecargo, un/una cazatalentos,
un/una sabelotodo, un/una correveidile.
l) Cuando el nombre de una profesión o cargo está formado por un sustantivo
y un adjetivo, ambos elementos deben ir en masculino o femenino
dependiendo del sexo del referente; por tanto, debe decirse la primera
ministra, una intérprete jurada, una detective privada, etc., y no la primera
ministro, una intérprete jurado, una detective privado, etc.: «Me llamo
Patricia Delamo y soy detective privada» (Beccaria Luna [Esp. 2001]).
4. Género de los nombres de países y ciudades. En la asignación de género a
los nombres propios de países y ciudades influye sobre todo la terminación,
aunque son muy frecuentes las vacilaciones. En general puede decirse que los
nombres de países que terminan en -a átona concuerdan en femenino con los
determinantes y adjetivos que los acompañan: «Serán los protagonistas de la
Colombia del próximo siglo» (Tiempo [Col.] 2.1.90); «Hizo que la vieja España
pensara sobre sus colonias» (Salvador Ecuador [Ec. 1994]); mientras que los
que terminan en -a tónica o en otra vocal, así como los terminados en
consonante, suelen concordar en masculino: «Para que [...] construyan juntos
el Panamá del futuro» (Siglo [Pan.] 15.5.97); «El México de hoy ya no es el
México de hace tres años» (Proceso [Méx.] 19.1.97); «La participación de
Rusia en el Iraq que resultará de la guerra dependerá de si adopta una
“postura constructiva” en la ONU» (Razón [Esp.] 9.4.03). En lo que respecta a
las ciudades, las que terminan en -a suelen concordar en femenino: «Hallado
un tercer foro imperial en la Córdoba romana» (Vanguardia [Esp.] 10.3.94);
mientras que las que terminan en otra vocal o en consonante suelen
concordar en masculino, aunque en todos los casos casi siempre es posible la
concordancia en femenino, por influjo del género del sustantivo ciudad: «Puso
como ejemplo de convivencia cultural y religiosa el Toledo medieval»
(Vanguardia [Esp.] 16.10.95); «Ya vuela [...] sobre la Toledo misteriosa»
(Reyes Letras [Méx. 1946]); «El Buenos Aires caótico de frenéticos muñecos
con cuerda» (Sábato Héroes [Arg. 1961]); «Misteriosa Buenos Aires» (Mujica
Buenos Aires [Arg. 1985] tít.). Con el cuantificador todo antepuesto, la
alternancia de género se da con todos los nombres de ciudades,
independientemente de su terminación: «—¿Lo sabías tú? —Bueno, Javier, lo
sabe todo Barcelona» (Mendoza Verdad [Esp. 1975]); «Por toda Barcelona
corre un rumor de llanto y de promesa» (Semprún Autobiografía [Esp. 1977]).
La expresión masculina «el todo + nombre de ciudad» se ha lexicalizado en
países como México y España con el sentido de ‘élite social de una ciudad’:
«Su pequeño bar es el lugar donde se reúne “el todo Barcelona”» (Domingo
Sabor [Esp. 1992])
Volver al inicio de Gramática española
GERUNDIO
DICCIONARIO CLAVE
s.m.
Forma no personal del verbo, que presenta la acción en su curso de desarrollo
y que generalmente tiene una función adverbial: ‘Habiendo comido’ es el
gerundio compuesto del verbo ‘comer’.
ETIMOLOGÍA: Del latín gerundium, y este de gerundus (el que se debe llevar a
cabo).
WIKIPEDIA
En el contexto particular de la gramática,el gerundio es una conjugación del
verbo que demuestra una acción; pero no está definida ni por el tiempo,el
modo,el número ni la persona.( Desinencia o terminaciónes: -ando' para la
primera conjugación (-ar); -iendo para las conjugaciones segunda y tercera (-
er, -ir)).
En castellano deriva del gerundium latino que, inicialmente, era el caso
ablativo del gerundivum (participio de futuro pasivo). Junto con el participio y
el infinitivo, el gerundio es una de las formas no personales del verbo o
verboides. Este tipo de forma no personal del verbo expresa anterioridad o
simultaneidad y, en ocasiones, una posterioridad inmediata. En español, el
verbo está en gerundio cuando tiene el sufijo -ando, -iendo o -yendo, y
muchas veces es precedido por alguna forma del verbo estar. El gerundio
compuesto de determinado verbo se forma con dicho verbo en participio
simple, precedido por el verbo haber en gerundio. Para usarlo se necesita
poner antes un verbo copulativo.
Ejemplos del gerundio:
* Marta estaba ingresando.
* Pedro está escribiendo.
* José estaría leyendo.
Ejemplo del gerundio compuesto:
* Habiendo caminado.
* Habiendo escrito.
IMPERATIVO
DICCIONARIO CLAVE
imperativo, va
adj./s.m.
1 Que manda o que expresa mandato u obligación: ‘Ven aquí’ es una oración
imperativa.
WIKIPEDIA
El modo imperativo es un modo gramatical, empleado para expresar
mandatos, órdenes o solicitudes taxativas. Es frecuente en todas las lenguas
del mundo, entre ellas las lenguas indoeuropeas donde suele realizarse
mediante la el fruto verbal se desnuda sin morfemas de tiempo. Aunque en
algunas lenguas como el latín el imperativo distingue entre formas de
presente (raíz desnuda) y formas de futuro (con sufijos).
En español, el imperativo, es uno de los cuatro modos finitos del español
moderno, junto con el modo indicativo, el subjuntivo y el condicional. Por su
propia naturaleza, el imperativo es normalmente un modo defectivo, vale
decir, no presenta formas para todas las personas y números.
INFINITIVO
DICCIONARIO CLAVE
s.m.
Forma no personal del verbo, que expresa la acción sin matiz temporal:
‘Pensar’, ‘hacer’ y ‘dormir’ son infinitivos.
WIKIPEDIA
En gramática, el infinitivo es una forma verbal no finita que comparte
características propias de un sustantivo; generalmente no distingue persona,
número ni tiempo, aunque por ejemplo en portugués se conjuga según
persona y número. Es una forma apta para expresar la idea de una acción
como noción general, sin especificar las circunstancias de su realización
particular (cómo, cuándo, qué o quién).
El carácter abstracto del acto que evoca el infinitivo explica que en muchos
idiomas lo encontremos como entrada ( lema) en el diccionario para agrupar
todas las formas conjugadas que el verbo engloba. Por esta razón también lo
encontramos frecuentemente en las frases donde se dice algo en general
sobre el acto en el infinitivo.
Ejemplos en español:
* Querer es poder
* El comer y el rascar todo es empezar
* Ver para creer
Dentro de las características del infinitivo en la mayoría de los idiomas, con
algunas excepciones como el portugués, se pueden enumerar:
* Uso del infinitivo como verboide en la mayoría de los casos.
* Cumple la función de otras categorías léxicas -generalmente la de un
sustantivo- en las oraciones en que están incluidas, como por ejemplo como
sujeto de otro verbo.
* No se conjugan de acuerdo a ningún sujeto, y en los casos en que el sujeto
está presente, no presenta caso.
* No cumplen la función de verbo declarativo en los casos en que son el único
verbo presente en la frase.
* Por convención lexicográfica, es la forma verbal considerada como lema,
nombre o forma no conjugada del verbo, y es la forma inicial usual para
referirse a un verbo o investigar sus conjugaciones.
* No presentan tiempo, modo, aspecto, ni voz.
* Son utilizados con verbos auxiliares.
Sin embargo, no siempre el infinitivo presenta todas estas características en
un idioma en particular. Los infinitivos de los idiomas pueden presentar otras
características, incluyendo la ausencia de algunas de las características
listadas previamente. Además, hay idiomas sin un infinitivo estricto, como el
japonés.
INTERJECCIÓN
DICCIONARIO CLAVE
s.f.
En gramática, parte invariable de la oración que equivale a una oración
completa y que, dotada de la entonación apropiada, sirve para expresar un
estado de ánimo o para llamar la atención del oyente: ‘¡Ay!’, ‘¡olé!’ y
‘¡canastos!’ son interjecciones.
ETIMOLOGÍA: Del latín interiectio (intercalación).
ORTOGRAFÍA: Las interjecciones deben escribirse entre signos de admiración.
WIKIPEDIA
Sustantivo femenino
1 Gramática Voz que expresa alguna impresión súbita —como asombro,
sorpresa, dolor, etc.—, sin mostrar conexión sintáctica con el resto del
enunciado, poseyendo sentido holofrástico. Muchas veces muestran
peculiaridades articulatorias, empleando fonemas que no aparecen
regularmente en la lengua, como el chasquido de la lengua, usado para
expresar desagrado o impaciencia
Modificador verbal
Nombre colectivo
Número
Complemento directo
Oración
Partícula modal
Plural
Postposición
Predicado
Predicativo
Preposición
Pronombre
Pronombre personal
Singular
Sintaxis
Sujeto
Superlativo
Sustantivo
Verbo
Verbo auxiliar
Verbo intransitivo
Verbo transitivo
Volver al inicio de Gramática española
___________________________
Recopilado de ENCICLONET: Basada en la Enciclopedia Universal
editada por Micronet brinda acceso a artículos sobre distintas ramas del
conocimiento: artes plásticas, arquitectura, cine. /
[Link]