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Tlayacapan

Este documento describe el pueblo de San Juan de Tlayacapan en Morelos, México. Explica que Tlayacapan tiene una rica historia cultural y tradiciones que se remontan a la época prehispánica. También describe los cambios recientes en Tlayacapan desde su designación como "Pueblo Mágico", incluyendo un aumento en el turismo. Finalmente, discute un proyecto de desarrollo social y comunitario en la historia de Tlayacapan que ha contribuido a su "magia".

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Tlayacapan

Este documento describe el pueblo de San Juan de Tlayacapan en Morelos, México. Explica que Tlayacapan tiene una rica historia cultural y tradiciones que se remontan a la época prehispánica. También describe los cambios recientes en Tlayacapan desde su designación como "Pueblo Mágico", incluyendo un aumento en el turismo. Finalmente, discute un proyecto de desarrollo social y comunitario en la historia de Tlayacapan que ha contribuido a su "magia".

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San Juan de Tlayacapan, Morelos

La magia como utopía

María Elena Figueroa Díaz*

E n los Altos de Morelos, hacia el norte del estado, y a 1 660 metros sobre
el nivel del mar, se ubica Tlayacapan, que cuenta con 84 140 km2 de
extensión territorial. El pueblo de San Juan de Tlayacapan es la cabecera
municipal. Al norte colinda con los municipios de Tlalnepantla y Totolapan;
al sur, con Cuautla y Yautepec; al este, limita con Totolapan y, al oeste, con
Pontepec y Tepoztlán. Tlayacapan es un nombre náhuatl cuyo significado
es en la nariz de la tierra, o en la punta de la tierra; se puede entender también
como en los linderos de la tierra (tlal-li significa tierra; yaka-tl significa nariz,
punta, lindero o límite; pan es el locativo).
La región de Tlayacapan es una superficie emplazada en una cadena de
cerros, que comparte con el municipio de Tepoztlán. Al sur se ubican los
cerros de La Ventanilla y El Sombrerito; al oeste se encuentran el Huixtlaltzin,
el Tlatoani y el Ziuapapalotzin; al noroeste, el Tezontlala, el Cuitlazimpa, el
Tepozoco y Tonantzin; en el norte se ubica la loma de Amiztepec. El municipio
siempre se ha caracterizado por escasez de agua. No tiene ni ríos ni arroyos
naturales; sólo corrientes fluviales intermitentes en las barrancas que forma la

* Secretaria académica del Posgrado en Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México.

S A N J U A N D E T L AYA C A PA N • M O R E L O S 225
cadena de cerros. Durante muchos años se utilizaron jagüeyes para recolectar
agua de lluvia. Cuenta con una temperatura media de 16 °C.
Su nombramiento como “pueblo mágico”, hace poco más de dos años,
trae expectativas e ilusiones respecto de su posible desarrollo como polo
de turismo. Como veremos en este texto, dicho desarrollo se confronta en
cierta medida con su historia y su riqueza cultural.1 Hay un Tlayacapan que
frecuentemente escapa al turista, al viajero; sin embargo, está ahí, listo para
contarnos historias y leyendas con una gran carga simbólica.
En este texto se desarrolla, por un lado, una caracterización de Tlayacapan
como pueblo mágico, poniendo énfasis en los cambios sufridos a partir de
su nombramiento como tal, así como en la construcción de la magia y en las
contradicciones que se generan al traslapar lógicas distintas, correspondientes
a dimensiones diferentes de la realidad. Por otro lado, se desarrolla un tema
relevante a la historia del pueblo: su entrada a la “modernidad” a partir de
la puesta en marcha de un proyecto transformador, la utopía del desarrollo
social y comunitario que un grupo de personas, cercanas al obispo Sergio
Méndez Arceo, 2 construyeron en Tlayacapan. Aquí se sostiene que ese
proyecto transformador ha sido parte de la magia del pueblo; sin esa historia,
Tlayacapan no sería lo que es, y su potencial sería otro distinto. Se trata del
proyecto más importante en toda la historia del pueblo, cuyo impacto no se
ha igualado a ningún otro.

Riqueza cultural en el sentido de “densidad” cultural, en la medida en que está formada por
1

una enorme variedad de elementos culturales que pertenecen a distintos momentos históricos
y a diversas configuraciones culturales, que se mezclan o que forman capas que se sobreponen
y coexisten al mismo tiempo. Esta riqueza o “densidad” es propia del mestizaje en nuestro
país. El ejemplo más claro es la construcción de templos católicos sobre centros ceremoniales
prehispánicos.
2
Obispo de Cuernavaca, Morelos, de 1952 a 1983.

226 PUEBLOS MÁGICOS


Tlayacapan, mágico desde siempre

Una breve caracterización

Desde la época prehispánica, Tlayacapan era un lugar de tránsito, sobre todo


comercial. Pasaron por ahí olmecas, toltecas, xochimilcas y mexicas. Era
camino obligado de Tenochtitlan hacia Oaxtepec, desde siempre valioso por
sus aguas, sus hierbas medicinales y su potencial curativo. Después dejó de
ser lugar de paso, puesto que las carretas que se comenzaron a usar no servían
en los escarpados caminos.
Durante el siglo XVI, nos cuenta Claudio Favier (2004:14), “[...] fue parte
mínima del marquesado del Valle de Oaxaca, tierras propiedad de Hernán
Cortés”. Con los años se fue aislando y, durante mucho tiempo, Tepoztlán,
pueblo vecino, ha tenido más afluencia de gente y más movimiento. En
años recientes, “con la carretera nueva, Tlayacapan ha cambiado, de nuevo
es lugar transitado. Al borde del camino se han instalado muchas taquerías,
algunas venden tlazcales y atole. Los alfareros se han vuelto comerciantes”
(Favier, 2004:271). Sin embargo, es hasta hace relativamente pocos años que
Tlayacapan ha sido de nuevo visitado y se ha convertido en centro turístico.
El estado de Morelos se caracteriza por tener varios centros turísticos y
vacacionales; el clima, la vegetación, la cercanía con el Distrito Federal, hacen
que sus pueblos y su capital sean visitados continuamente. No obstante,
muchas de estas localidades son pequeñas, han tenido poco desarrollo, y no
se han beneficiado realmente de la derrama económica que supone el turismo.
La migración es un factor añadido que afecta su crecimiento poblacional.
Según la Secretaría de Desarrollo Social (2010), el municipio de
Tlayacapan contaba en 2010 con 16 545 habitantes, de los cuales sólo 692
eran hablantes de alguna lengua indígena. Como municipio, tiene un nivel
de marginación medio; sin embargo, la mayoría de las localidades de dicho
municipio presentan un nivel alto de marginación. No obstante, se calculó
para ese año que 8.22% de la población, equivalente a 1 575 personas, estaban

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en condiciones de pobreza extrema; aun así, no es considerado dentro de la
Cruzada nacional contra el hambre.
De las 51 localidades del municipio, sólo la cabecera es considerada
localidad urbana; las demás son rurales. En 2010, la cabecera presenta un nivel
de marginación bajo. En ese año había 7 399 habitantes, con una fecundidad
promedio de 2.24% por mujer. Sólo 5.01% de la población era analfabeta en
ese momento; sin embargo, la diferencia entre mujeres y hombres se encontró
bastante marcada: mientras que 3.38% de los hombres eran analfabetos, lo
era 6.58% de las mujeres. El grado de escolaridad promedio en ese año fue
de 8.28 años (8.62 años entre los hombres, y 7.95 años entre las mujeres).
Como veremos, para una buena parte de la población la educación se ha
vuelto un capital importante, deseable y valioso. También el desarrollo y la
modernización, pero sin que ello atente contra las tradiciones, sobre todo
aquellas que versan sobre la fiesta, en particular sobre la fiesta ritual.

La riqueza cultural de Tlayacapan

La riqueza cultural de Tlayacapan se expresa de muchas maneras. Sin embargo,


su manifestación más fuerte es una suerte de superposición de lo místico
prehispánico con lo místico cristiano-colonial, que podemos encontrar, sin
lugar a dudas, en otros muchos lugares del país. Sólo que en este lugar se da
la particularidad de que las diversas místicas están vivas, forman parte del
imaginario, de las prácticas, de la vida cotidiana de la población. La fuerza
mística prehispánica se preserva principalmente en la carga simbólica otorgada
a los cerros que rodean al pueblo, en donde se han encontrado restos de
teocalis. “La serranía que se extiende de un lado y de otro de Tepoztlán [que
es la misma que la de Tlayacapan] constituye el escenario de numerosos mitos
que siguen vivos entre la población del municipio y más allá de sus fronteras”
(Neff, 2012:457).
En consonancia con el entorno sagrado, se construyó una ciudad ritual.
En Tlayacapan todas las construcciones prehispánicas y coloniales tienen

228 PUEBLOS MÁGICOS


medidas específicas, que hablan de un orden perfecto, matemático: el plano de
la ciudad, con una cruz en medio que divide cuatro barrios; la ubicación de las
capillas; la plaza central; las dimensiones y medidas del convento, de la iglesia
y de su atrio. Todo trazo y edificio respeta la proporción áurea.3 Tlayacapan
no sólo tiene una historia relevante, prácticas culturales preservadas en ritos
y fiestas, supervivencias prehispánicas y coloniales, leyendas y mitos, sino que
la estructura misma de la localidad, el trazo urbano, los principales edificios,
guardan una consonancia con el orden geométrico que, para muchos, es el
orden universal. La ciudad, entendida como centro urbano del pueblo, está
estructurada en forma de espiral prehispánica. Claudio Favier, quien hizo un
estudio exhaustivo sobre San Juan de Tlayacapan, explica que, originalmente,
era una ciudad mesoamericana, que consistía en un centro ritual; en él,
“la fiesta, con cargado acento religioso, ritualizaba los espacios lúdicos y
comerciales” (2004:45). Era más un centro sagrado que un lugar densamente
poblado.
La estructura arquitectónica del Tlayacapan prehispánico fue, en buena
medida, respetada y aprovechada durante la Nueva España por los nuevos
pobladores. El alarife, fraile encargado de los diseños arquitectónicos y las
construcciones, en este caso fray Juan de Ávila, estuvo a cargo del conjunto
monástico del lugar; tenía, como todo constructor de la época, amplios
conocimientos de geometría sagrada, y quizás, siguiendo a Favier (2004),

3
Se trata de un número irracional que expresa una proporción o relación entre los segmentos
de una recta, por lo que da cuenta de una construcción geométrica. Está presente en varias
manifestaciones de la naturaleza (nervaduras de hojas, pétalos de flores, caracoles, grosor de las
ramas, cuerpo humano), así como ha sido utilizada en expresiones artísticas. Genera un equilibrio
estético percibido a simple vista. Se le ha adjudicado a veces un poder místico. “Euclides, en su
libro Los Elementos, define una proporción basada en la división de un segmento en su ‘razón
extrema y media’. La definición de Euclides es: un segmento se dice que está dividido en su
razón extrema y media cuando el total del segmento es la parte mayor como la parte mayor a
la menor” (libro IV, definición 3). Matemáticas visuales. “La proporción áurea” [[Link]
[Link]/html/geometria/proporcionaurea/[Link]].

S A N J U A N D E T L AYA C A PA N • M O R E L O S 229
podemos decir que tuvo la sensibilidad para saber que se debía aprovechar
la estructura trazada, puesto que había una similitud en las mediciones que
respetaban las proporciones y las formas de la naturaleza. Por supuesto, para
fines religiosos, era también importante la ubicación de los centros sagrados
“paganos”. Nos dice Favier (2004:163-166) que “los constructores de la con-
quista espiritual destruyeron los templos, pero respetaron su antigua ubicación
urbana. Esto favoreció el mantenimiento de la concepción antigua de la ciudad
que reproducía el espacio-tiempo cósmico”. Así como en los cerros se han
encontrado teocalis, en la ciudad hay restos de centros sagrados o adoratorios,
ahora justo debajo de las capillas construidas durante el Virreinato. Hay una
consonancia entre el teocali y el santo patrono de la capilla ubicada encima
de él. Todas se encuentran en lugares estratégicos (los lugares de los teocalis,
antiguamente), que tienen un sentido especial en la geometría, también
mística, de una arquitectura simbólica. Aunque no se han preservado todas, se
han detectado 26 capillas, ubicadas en 26 lugares asociados con los calendarios
agrícolas y zodiacales de los mexicas (26 es la mitad de 52, que simboliza el
Fuego Nuevo) (Figura 1).
Como hemos dicho, el trazo urbano, sagrado en su estructura, de origen
prehispánico pero conservado y respetado por los frailes agustinos que
estuvieron a cargo del lugar, se liga orgánicamente con el Ex Convento de
San Juan Bautista, edificado en el siglo XVI y que contiene hermosas pinturas
renacentistas, que se pueden apreciar en la iglesia y en el refectorio donde
se localiza el museo. Este convento, construido por fray Jorge de Ávila, fue
nombrado Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1996 por la Unesco. El
trazo urbano sagrado se vincula también con las 26 capillas mencionadas, de
las cuales, enteras, existen 18. En palabras de Guillermo de la Peña, los frailes
fueron “[...] utópicos constructores de grandes monasterios, quienes en las
viejas estructuras urbanas prehispánicas encontraron un universo familiar”
(1994:96).
De estas capillas, cuatro están ubicadas en los puntos cardinales: Santa
Ana en el norte; Señor Santiago, en el este; La Exaltación, en el sur, y Nuestra
Señora del Rosario, en el oeste. Otras cuatro vinculan a Tlayacapan con los

230 PUEBLOS MÁGICOS


Figura 1
Ubicación de las principales capillas del pueblo

Fuente: Favier (2004:175).

municipios y poblados vecinos: San Pedro con Totolapan; San Lucas con el
pueblo de San Agustín; San Pablo con el pueblo de San Andrés; Nuestra Señora
del Tránsito con Tepoztlán. Una más, perdida ya, Las Ánimas, conectaba
también con Tepoztlán. Las demás capillas rodean el pueblo. Cada una tiene
su historia, sus leyendas y su naturaleza particular. Una de ellas está dedicada
a María Magdalena, que además (y al mismo tiempo) de ser un personaje
bíblico, fue una jovencita tlayacapense de inigualable belleza, de la cual dos
jóvenes, Santiago y Martín, se enamoraron. Estos jóvenes, tlayacapenses, son
también, al mismo tiempo, dos santos rivales en su amor por Magdalena que,
todavía, en las noches, se oyen cabalgando por las calles. Ambos cuentan con
sus respectivas capillas en el pueblo. La historia se cristaliza en leyendas locales
que le dan vida y sentido a los habitantes. Las leyendas se superponen y se
territorializan para darles un mayor sentido en el contexto local. El mito, como
acto inaugural, se actualiza cada día y cada noche, con su poder afirmante de

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identidad; en los habitantes, de ser únicos, especiales, distintos, de tener una
razón de ser en el universo.
Tlayacapan está dividido en barrios; algunas capillas los señalan, como
hemos dicho. El barrio de arriba es opulento frente al barrio de abajo. Nos
relata Claudio Favier (2004:205 y ss.) que el barrio alto, Santa Ana, alberga
las familias propietarias de tierras; en el barrio bajo, la Exaltación, habitan los
peones y los inmigrantes. Los de arriba son generosos: hacen fiestas ostentosas;
dan trabajo; los del barrio bajo tienen menos recursos y se emplean. Por su
parte, el barrio del Rosario, que queda justo hacia el camino a la ciudad de
México, da cabida a los comerciantes; el barrio de Santiago, camino a tierra
caliente, es habitado por alfareros y ganaderos. Cada barrio cuenta con seis o
siete capillas. Cada uno organiza determinadas fiestas; en un complejo sistema
de mayordomías y compromisos familiares y comunitarios, pocas son las veces
que los párrocos tienen autoridad y capacidad de decisión.
En buena medida, la estructura de la ciudad, del pueblo de San Juan
Tlayacapan, respeta un orden sagrado, y eso le imprime, aunque la gente no
lo tenga del todo consciente, un sello místico, que se expresa en la ritualidad
que cubre todos los días, a partir de las innumerables fiestas y sus preparativos.
Existen otros edificios de carácter seglar. Uno de éstos, ocupado por la
actual Casa de Cultura, es la Cerería, que fue la casa del Encomendador
de la Nueva España, cuartel de Emiliano Zapata, y después fábrica de velas
y cirios. Existen muchas casas vernáculas, de ladrillos de adobe y tejas de
barro, con vigas de madera y rodapié de piedra de texcal. Llaman la atención
las proporciones estéticas de las estructuras arquitectónicas y, sobre todo, la
austeridad del estilo mestizo, carente de adornos excesivos. Tlayacapan es un
pueblo estético y armónico, cuya austeridad y deterioro le confieren cierto
encanto; la gracia y la desgracia de no haber sido tocado por la modernidad
se tornan patentes en sus calles, en sus trazos y en sus muros.
Como hemos dicho, parte de la magia que viven los habitantes del pueblo se
vincula con la religiosidad expresada en las fiestas. La cantidad de celebraciones
anuales nos habla de una entrada continua a los tiempos sagrados, cíclicos,
distintos a los tiempos seculares, de la facilidad con que los habitantes entran

232 PUEBLOS MÁGICOS


y salen del tiempo-espacio ritual. Tlayacapan está de fiesta gran parte del año.
Varias celebraciones se condensan alrededor de la Semana Santa (tres viernes
de Cuaresma), la Navidad, el día de Reyes y la Candelaria. Además, se festeja
la Santa Cruz; el Santo Patrono del pueblo, San Juan Bautista; los patronos
de los barrios; diferentes vírgenes; el día de Muertos. Aparte encontramos
las fiestas civiles, como la Independencia y la Revolución Mexicana. Por otro
lado, se debe considerar que “[...] las ceremonias tienen una dimensión política
intrínseca en cuanto proporcionan modos específicos de controlar recursos
que son importantes en términos locales” (Peña, 1994:287). La fiesta es el
gran repartidor de la riqueza, es estrategia de comunión y de consolidación
de posiciones de poder.
De todas las fiestas, las más relevantes son el Carnaval y la Navidad. El
primero se festeja tres días antes del miércoles de ceniza, y surge porque,
antiguamente, los patronos daban tres días de descanso a los trabajadores,
que aprovechaban para hacer un carnaval. En esta fiesta es central la figura del
chinelo, cuya danza, el “brinco”, se hace en parejas, con movimientos extremos
que hablan de libertad, de ruptura con el orden; al chinelo se le da permiso
para burlarse, para molestar, para dejar a un lado el orden, la decencia y las
buenas maneras. El disfraz de chinelo alude al español, del que se burlan los
habitantes locales. Por su parte, el 24 de Diciembre es una fiesta importante,
en la que, como en otras celebraciones, interviene el mayordomo del año. La
gente se apunta para ser mayordomo del Niño Dios 40 o 50 años antes de
poder tener ese privilegio. Durante todo el año, el mayordomo tiene al Niño,
lo cuida, lo viste, y atiende a todo aquel que lo va a visitar con regalos. La
noche del 24 de diciembre se hace la “arrullada del niño”, para después asistir
a la “Misa de gallo”. Ya hay futuros mayordomos anotados para esta festividad
hasta el año 2066.
Por toda la riqueza cultural del pueblo, los tlayacapenses no se cansan
de afirmar que “Tlayacapan es mágico desde siempre”; saben bien con qué
cuentan, y no requieren de ojos externos para valorar su patrimonio. El turista
se asoma y ve parcialmente una realidad enorme, vivida plenamente por los
tlayacapenses.

S A N J U A N D E T L AYA C A PA N • M O R E L O S 233
Tlayacapan, pueblo mágico

El 16 de agosto de 2011, Tlayacapan es designado pueblo mágico, bajo la


presidencia municipal de Rodolfo Juan Ramírez Martínez, y con Marco
Adame Castillo como gobernador del estado. El Comité de Pueblos Mágicos,
según relata el presidente del mismo, Honorato Alarcón, estuvo conformado
por él como presidente; Rogelio Rojas Torres como suplente; Roberto
Saldaña como secretario; Isabel Rojas Ávila como tesorera. Como vocales
quedaron: Saturnino Navarrete, Abraham Alarcón y Librada Tlalzicapa. El
presidente, quien también es guía de turistas, es un activo promotor tanto del
pueblo como del programa y sus beneficios. A pesar de la labor de Honorato
Alarcón, el Comité se disolvió después de lograr el nombramiento. Según
un restaurantero, hubo muchos esfuerzos infructuosos para formar una
asociación de prestadores de servicios turísticos. La Dirección de Turismo
y la Presidencia Municipal llevan todo lo concerniente al programa. En ese
contexto, Honorato Alarcón, cronista y guía de turistas, parece ser más bien
una figura honoraria, desligada de los actores que toman las decisiones.
Velarde explica que, en Morelos, “uno de los objetivos sectoriales durante el
periodo gubernamental de 2001 a 2006 fue destinar recursos presupuestales
federales para detonar el desarrollo turístico estatal, municipal y regional”
(Velarde et al., 2009). De ese modo inicia el Programa Pueblos Mágicos (PPM),
que otorga apoyo a poblados típicos con atractivos turísticos y fomenta la
conservación y el mejoramiento de su imagen urbana. En poco más de dos
años ha habido dos obras para mejorar la zona céntrica, y hay un proyecto
para mejorar el mercado.
A decir de José Luis Alarcón, guía de turistas y comerciante, desde que
Tlayacapan es pueblo mágico, hay más turismo, pero los servicios son los
mismos. No se percibe el cambio en la infraestructura: hay cables por todas
partes, las calles están deterioradas. Si bien hay un programa de limpieza, es
anterior al PPM. Por su parte, para Honorato Alarcón, el programa ha sido
benéfico para el comercio; no obstante, hay oposición de los “caciques”, que
quieren acaparar todos los recursos.

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El turismo de Tlayacapan es sobre todo nacional. La mayoría proviene del
Distrito Federal y, en segundo lugar, de otros lugares de Morelos. También
hay turismo extranjero, estadounidense y, en menor medida, europeo.
Primo Vidal, ex presidente municipal y director del Colegio de Ciencias y
Humanidades del lugar, comenta que antes llegaba cada año un grupo grande
de estadounidenses, se quedaban varias semanas y dejaban muchos recursos,
pero que ahora prefieren quedarse en Tepoztlán. Es probable que una buena
parte de los turistas potenciales se queden en Tepoztlán, que queda de camino
a Tlayacapan desde la Ciudad de México y desde Cuernavaca, y que es más
conocido y frecuentado, además de ser pueblo mágico desde hace más tiempo.
Si bien la oferta turística tlayacapense es limitada, cuenta con opciones
tanto económicas como costosas (desde posadas y comedores económicos
hasta spas de lujo). Actualmente las autoridades y los empresarios hacen una
labor intensa para atraer más turismo, y para generar opciones alternativas,
tales como deportes extremos (en los alrededores donde sólo se practica
por el momento senderismo), y turismo cultural (mediante talleres de barro,
del “brinco” del chinelo y visitas al ex convento). Para el director de turismo
municipal, la postura es de apertura total hacia el turismo; no se piensa en
un turismo de bajo impacto, con el fin de preservar el patrimonio natural y
el cultural. Lo que sí se espera es poder lograr que los operadores turísticos
sean tlayacapenses, para poder contrarrestar el flujo de personas que llegan
de otros lugares y que aprovechan la oportunidad de hacer negocios y dinero.
La gente está dividida con respecto a si el nombramiento ha traído o no
beneficios a la comunidad. Para unos, sólo ha servido a los comerciantes, pero
parcialmente, ya que venden sus productos a alto costo, y los turistas dejan de
comprar. “Hay [ turistas], pero no compran por caro, en vez de dar barato y
que lleguen más”, comenta un habitante, dueño de un hotel, que desde hace
años casi no tiene huéspedes; “los hoteles grandes y caros tienen más éxito,
aunque cobren una fortuna”.
El carnaval y algunas otras fiestas atraen a muchos turistas, pero el resto
del tiempo no son suficientes. A pesar de su cercanía con ciudades grandes,
y de su riqueza cultural, a veces los fines de semana llegan sólo unos cuantos

S A N J U A N D E T L AYA C A PA N • M O R E L O S 235
visitantes. Pero no hay que olvidar a los residentes de fin de semana, que hacen
las veces de turistas-habitantes, que dejan recursos, y que son bien vistos y bien
recibidos si participan económicamente en los preparativos para las fiestas.
En términos generales, podemos decir que existen muchos proyectos
interesantes, deseos de mejorar diversos aspectos del pueblo y de su patri-
monio, pero faltan recursos económicos y humanos, orientación sobre cómo
proceder, capacidad de decidir adecuadamente, por ejemplo, sobre cómo tratar
documentos antiguos, sobre cómo difundir una propuesta turística, sobre
cómo realmente acabar con los problemas ambientales. Hay una suerte de
abandono, manifiesta en la larga historia de saqueos a las iglesias y capillas, y en
el deterioro de los edificios, que algunos actores desean revertir; lo importante
es que están haciendo cosas para lograrlo.

La magia en Tlayacapan

Según varias entrevistas realizadas con habitantes del lugar, Tlayacapan, para su
gente, ha sido siempre mágico. ¿En qué consiste esta magia para sus habitantes?
La magia reside, antes que nada, en los cerros que rodean el pueblo; albergan
antiguos centros sagrados prehispánicos, así como cuevas con pinturas
rupestres. Algunos parecen contener formas humanas, y por ello se piensa que
tienen una energía especial. Para los tlayacapenses y la gente que ha llegado de
fuera a vivir ahí, la energía que emana de los cerros tiene una fuerza poderosa;
hay un cerro con rostro y torso de mujer: Malintzin; otro parece un guerrero
acostado: Tlatoani. Son guardianes del pueblo, de la región, de secretos y
leyendas. La belleza de la cordillera, que es parte de un área natural protegida
fortalece la idea de que es mágica. Nos dice Françoise Neff que “el patrimonio
de los habitantes de esta región es el paisaje; ahí se inscribe la memoria de
sus antepasados, cada peña puede volverse una unidad significativa que, al
ordenarse con otra, marca el inicio de una narración” (2012:457).

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Tlayacapan es también mágico por sus fiestas y celebraciones que actualizan
una y otra vez un tiempo sin tiempo, cíclico, distinto del tiempo común y
cotidiano. La fiesta, que siempre es ritual, sagrada de cierta manera, es mágica.
En tercer lugar, Tlayacapan es mágico por su gente, amable y cálida. Además de
estos tres elementos mágicos, algunas personas hacen referencia a los chinelos
y al carnaval, a la comida “oriunda” (el mole de pepita, los tamales de sal y
las “frutas de horno”), a la alfarería y a la banda musical (que en realidad son
varias). Tlayacapan cuenta con una enorme cantidad de elementos culturales
(incluyendo el sentido dado a los cerros, que son también patrimonio natural)
que coexisten y dan lugar a una riqueza cultural que condensa varios mundos:
prehispánico, colonial, moderno; indígena, campesino, semiurbano, urbano.
Aquí, el patrimonio cultural, histórico y mítico eclipsa a la naturaleza, no
por dejarla de lado, o no darle valor, sino por cargarla de un fuerte sentido
cultural. Es por ello que el tema medioambiental es incipiente, y que el turismo
siga centrado en su vertiente cultural e histórica, más que en modalidades
vinculadas con la naturaleza.
Existe en la mayoría de los pobladores una suerte de orgullo por su pueblo.
Aunque no todos estén involucrados en el sector turístico, ni como operadores
ni como beneficiarios de ingresos por turismo, cada vez hay más personas
conscientes de que esta actividad económica puede cubrir las necesidades del
pueblo y potenciar el desarrollo del mismo. Sin embargo, no es el turismo, ni
mucho menos el nombramiento de Tlayacapan como pueblo mágico, lo que
hace conscientes a sus habitantes de la riqueza de su patrimonio; lo mágico
existía antes, desde siempre, y su entrada en el PPM no hace que el pueblo sea
más mágico. De hecho, aunque puedan estar de acuerdo con sus beneficios,
lo sienten ajeno, lejano a lo que el pueblo es verdaderamente. Esta posición
genera una suerte de apatía por parte de la población, que vive su pueblo
de otra manera, con otros ritmos y finalidades; genera esfuerzos, aislados a
veces, por parte de las autoridades para mejorar el patrimonio, pero sin contar
con recursos suficientes y adecuados; genera, finalmente, oportunidades de
desarrollo para el sector turístico, aunque con pocos resultados.

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El proyecto de desarrollo transformador de Tlayacapan

Sergio Méndez Arceo y su proyecto en Morelos

Uno de los puntos de inflexión más decisivos en la historia de Morelos fue la


presencia del sacerdote Sergio Méndez Arceo en esa región del país. Entre 1952
y 1983 fue obispo en Cuernavaca. Además de hacer una intensa labor social
a favor de los sectores más desprotegidos, fue un defensor de los derechos
humanos, de los estudiantes del Movimiento del 68, de los exiliados chilenos,
y de todos aquellos grupos víctimas de injusticias, abusos y pobreza. Ubicado
claramente en contra del capitalismo, asumiendo una posición socialista,
desde el progresismo católico y la teología de la liberación, generó un fuerte
movimiento que resintió la Iglesia, a tal grado que fue separado de la misma.
Al respecto, Ceccon y Flores (2012:38) comentan que en la década de 1960,
“surgieron grupos de apoyo de diversa índole con predominancia contestataria,
que pretendían propiciar vías de desarrollo alternativas a las que planteaba el
Estado [...] Buena parte de los activistas [...] eran personas vinculadas con la
Iglesia progresista, universitarios, profesionistas y ex militantes”. Entre ellos,
un movimiento social que destacó fue iniciado por Méndez Arceo, y operaba
mediante comunidades eclesiales de base. En esa década, después del Concilio
Vaticano II, se da una “[...] diferenciación dentro de la Iglesia. Comenzó a
perfilarse con claridad la propuesta de los grupos más progresistas, entre
los que se encontraban varios obispos latinoamericanos, entre ellos Sergio
Méndez Arceo, comprometidos con las causas de los grupos marginados”
(Hernández, 2012:90). Con la Conferencia de Medellín, en 1968, se consolida
la “experiencia cristiana vivida como compromiso con los oprimidos y
explotados. Fue quedando atrás la defensa de los beneficios producidos por
el desarrollismo y se empezó a hablar de fe y liberación. Poco a poco, una
definición de la identidad cristiana pueblocéntrica comenzó a desplazar la
tradicional visión eclesiocéntrica, lo que significó el abandono de una teología
de la cristiandad para emprender el camino de una teología de la liberación”
(Hernández, 2012:90). La autora explica que la teología de la liberación se

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asumía como una teología de la praxis, del compromiso, liberadora de los
pobres. “La propuesta implicaba una dimensión social y un carácter político,
pues intentaba la transformación de las bases de la sociedad, tenía carácter
estructural, colectivo, transformador, liberador, y estaba directamente
vinculada con la justicia social” (Hernández, 2012:90). Sin lugar a dudas, tal
como lo explica Ashwell (2010), Méndez Arceo y los teólogos Iván Illich y
Gregorio Lemercier, generaron una fuerte reacción de parte del sector más
poderoso de la Iglesia, junto con empresarios y otros sectores, al grado de
generar una “leyenda negra” en torno del “obispo rojo”.
Este movimiento logró radicales cambios en Morelos, a partir de su labor
y de la de amigos y compañeros en el ideal y la acción. Uno de ellos fue el
sacerdote jaliciense Claudio Favier Orendáin, quien radicó varios años en
Tlayacapan, cuya obra ya hemos citado páginas atrás.

Claudio Favier, el grupo Calpulli y su legado

Durante las décadas de 1970 y 1980, el sacerdote jesuita, arquitecto y artista


visual Claudio Favier Orendáin, se establece en San Juan de Tlayacapan
e inicia una dinámica transformadora del lugar. Funda el grupo Calpulli,
conformado por mujeres y hombres comprometidos con la calidad de vida
de los tlayacapenses.

[Estas personas] fundaron una escuela preparatoria, realizaron obras públicas


e influyeron con fuerza en el espíritu comunitario. Eran los años morelenses
de don Sergio Méndez Arceo, Iván Ilich, Gregorio Lemercier, años de
búsqueda de una conciliación entre lo mejor de la tradición y lo verdadero
de la modernidad (Gutiérrez, 2013).

A su vez, el grupo estaba ligado a una de las primeras asociaciones civiles


que trabajaron en México a favor de grupos sociales desprotegidos, el Equipo
Pueblo, fundado en 1977 por Elio Arturo Villaseñor, Alex Morelli y Ángel

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Torres, y también bajo el auspicio del obispo Méndez Arceo y don José
Álvarez de Icaza. Respecto de esta organización, en la página oficial de la
misma se afirma que “los fundadores de Equipo Pueblo, como se llamó desde
su origen, tienen una historia común de participación social y compromiso
con los sectores más desprotegidos y pobres de las zonas rurales, indígenas y
urbano populares en condiciones de marginación” (Equipo Pueblo). Esto se
debe a que “Pueblo surge en la época en que emergía una fuerza laica desde
la Iglesia católica y las llamadas comunidades eclesiales de base (CEB) que se
proponen trabajar para y con los pobres para alcanzar la equidad y el bienestar”
(Equipo Pueblo).
Además del Equipo Pueblo, muchas otras personas vinculadas al obispo
Méndez Arceo, o al propio Claudio Favier, artistas, académicos compro-
metidos, activistas, se involucraron activamente; algunos eran muy jóvenes, y
la inquietud del trabajo social había nacido por experiencias tempranas en la
labor social asociada con la Iglesia, había sido heredada de padres y abuelos,
o bien absorbida por las representaciones y las prácticas que circulaban en
ese entonces: la utopía social de las décadas de 1960 y 1970, cuando se creía
firmemente que el mundo realmente se podía cambiar.
En Tlayacapan, los miembros del grupo Calpulli visitaban casa por casa para
entablar contacto con la gente. Para Gloria Chávez, profesora tlayacapense,
Calpulli ayudó a un cambio radical de las ideas; para ellos, “el campo era
maravilloso porque da alimento, pero también hay que educar al pueblo”.
Gracias a ellos hubo por vez primera agua potable en el pueblo; antes los
habitantes sólo contaban con el agua de los jagüeyes, pero no era potable.
Primo Vidal cuenta que el agua estaba llena de pequeños gusanos, y que debían
colarla para usarla. El grupo también hizo un banco para ahorrar, por medio de
la Caja Popular Calpulli. De esa manera los campesinos podían juntar dinero.
La utopía siguió porque pensaron en los jóvenes. Por un lado, fundaron una
escuela para trabajadores, misma que ya no existe; sin embargo, durante años
sirvió mucho. De ahí salieron profesionales, muchos ahora jubilados. Por
otro lado, los integrantes de Calpulli hicieron un taller de costura para que las

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mujeres tuvieran ingresos e hicieran artesanía de calidad, que fueron vendidas
en la tienda departamental Liverpool.
Primo Vidal cuenta que también abrieron la tienda Tonantzin, con precios
bajos, para la comunidad. El sacerdote Favier tenía amigos en varios lugares que
ayudaron al pueblo: estudiantes de la Universidad Iberoamericana hicieron
su servicio social en Tlayacapan; en la Volkswagen de Puebla, doce alumnos
fueron empleados. Favier construyó casas; coordinó e incentivó procesos
sociales y culturales; estuvo presente durante muchos años en el pueblo. Por
eso, para Vidal, su labor es “una huella invaluable”.

La cristalización del proyecto educativo

En Tlayacapan, a partir del proyecto utópico, la educación se volvió fundamental


para un cierto sector de la población. Es común ver a jóvenes universitarios
que regresan a su pueblo, ya sea los fines de semana y las vacaciones, o bien
después de terminar sus carreras, para trabajar. Es patente su capacidad de
valorar su patrimonio y su cultura. En ese proceso, el Colegio de Ciencias y
Humanidades (CCH) de Tlayacapan (el primero que existió fuera del Distrito
Federal), desempeña un papel importante, al ofrecer educación media superior
a jóvenes que después pueden acceder a una carrera universitaria.
En 2013, el CCH de Tlayacapan festejó su 40 aniversario. Para Primo Vidal,
su director y ex presidente municipal, se trata de “una puertita para mandar a los
jóvenes de Tlayacapan a la Universidad”. Su discurso continúa: “Se nos enviejó
la escuela y es momento de hacerla crecer, con respeto, voluntad y cariño. Hay
profesionales en Tlayacapan gracias al CCH. La escuela es del pueblo”.
El CCH inició en 1973, después de un proyecto anterior, la Escuela Secun-
daria Técnica número 6, que antes era la Escuela Tecnológica Agropecuaria
119. El señor Primo Vidal afirma que hubo un “despertar” que permitió la
valoración del patrimonio cultural e histórico del pueblo, a partir del trabajo
del Padre Claudio Favier y del grupo Calpulli: “Esto fue labor de Claudio
Favier Orendáin, junto con un grupo de profesores comprometidos del

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grupo Calpulli: Javier Cabrera, Paloma Calderón, Ida Rodríguez Prampolini,
y Eduardo Tellez, de la Facultad de Veterinaria, que daba clases los fines de
semana en Tlayacapan”. Otras muchas personas colaboraron para hacer
realidad el proyecto del CCH.4 El señor Bardomiano Chávez, que aún vive,
donó el terreno para la construcción. Gente que creía en la utopía y que ayudó
a hacerla realidad.
La maestra Gloria Chávez afirma que: “Tlayacapan era un pueblo olvidado,
sin educación, sin recursos. Algunos podían ir a Yautepec, pero no la mayoría”.
Junto con el proyecto de activar Tlayacapan, el CCH ha resultado central. De
ahí parten muchos jóvenes a la Universidad Nacional Autónoma de México, o
a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos; la mayoría sigue vinculada
al pueblo. Algunos se vuelven guías de turistas, trabajan en museos, hacen cine,
escriben, y son promotores culturales espontáneos y entusiastas. Ida Rodríguez
Prampolini (2009), quien fuera integrante del grupo, explica claramente cuál
fue el contexto de inicio y de término del proyecto utópico tlayacapense:

Después de la masacre del 68, un grupo de amigos españoles y mexicanos me


invitaron a unirme a un grupo de desarrollo comunitario en el bello pueblo
de Tlayacapan, Morelos. Dotamos de agua al lugar perforando un pozo de
160 metros, y junto con los habitantes construimos una red de agua potable
que llegaba hasta la puerta de cada casa. Abrimos varios talleres: de costura,
alfarería, jardinería, cría de conejos y puercos y una escuela secundaria agro-
pecuaria. Al terminar los jóvenes la secundaria, los padres de familia nos
pidieron un bachillerato para sus hijos. Con el apoyo de la UNAM abrimos un
CCH al que ingresaron 29 alumnos; al graduarse logramos becarlos en la UNAM
y la Universidad Iberoamericana. Casi todos ellos terminaron sus carreras
y regresaron a Tlayacapan, donde actualmente dirigen la escuela. El apoyo
del obispo de Cuernavaca, don Sergio Méndez Arceo, y el entusiasmo de los
integrantes de la comuna Calpulli fundada por el arquitecto de origen jalisciense
Claudio Favier Orendáin fueron decisivos para el desarrollo de Tlayacapan.

Trabajaron en él Ricardo Chipoya, Liborio de la Rosa, Héctor Rojas, Guillermina Murillo,


4

Rosi Caudillo y Mary Herros.

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Rodríguez Prampolini (2009) continúa:

Un buen día, o más bien noche, el gobernador del estado y las autoridades de
Gobernación quemaron la escuela, mataron a un campesino y nos corrieron a
tiros por comunistas, expulsaron a los españoles y acabaron con todo lo que se
había hecho. También se llevaron el agua a los fraccionamientos.

Para Gutiérrez (2013), la utopía de Tlayacapan fue destruida por los caci-
ques locales y estatales. Pero quedó testimonio de la concepción arquitec-
tónica agustiniana y del pensamiento azteca y xochimilca en el libro de
Claudio Favier, Ruinas de utopía. No hubo otro proceso de tal envergadura en
Tlayacapan. El pueblo vive aún las consecuencias de este proyecto utópico;
algunos “utopistas” aún viven en el lugar, colaboran, ayudan, enseñan. Ese
proceso está vivo; ningún otro proyecto de desarrollo local se le compara.

Conclusiones

El pueblo de San Juan de Tlayacapan se ha insertado en el Programa Pueblos


Mágicos, a partir de una “magia” que reside en su riqueza cultural, en una
naturaleza cargada de sentido mítico y espiritual. La magia se encuentra
también en haber sido sede de un proyecto utópico que aún se respira y se
vive en el pueblo.
En términos del desarrollo del lugar, destaca la llegada de la modernidad
al pueblo a partir del trabajo social y comunitario de un grupo de “utópicos”,
inspirados por el sacerdote Claudio Favier Orendáin y, por supuesto, por el
obispo Sergio Méndez Arceo. Dicha labor, que transformó para siempre a
la comunidad tlayacapense, también puede considerarse mágica, mágico-
utópica. Ya que la magia también reside en sacar a la luz la capacidad humana
de desarrollo, de solidaridad y de revaloración de lo propio. Tlayacapan no
ha vuelto a tener ese apoyo incondicional de gente genuinamente interesada
por el bienestar de la comunidad. Por supuesto algunos de los utópicos siguen

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vivos y vinculados al pueblo; muchos otros ya no están, pero han dejado su
legado. Ahora, le toca al pueblo hacerse de otros recursos, saberlos conseguir,
manejar, invertir, pero los retos son muchos, y no siempre se cuenta con el
capital necesario y adecuado. En tanto reciente pueblo mágico, Tlayacapan
se enfrenta a diversos retos que incluyen la inserción de la comunidad local
en procesos de desarrollo que no atenten contra sus prácticas culturales y su
cosmovisión. Queda en la memoria la certeza de que las cosas pueden ser
mejores para todos.

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