Ejercicios Espirituales 2009: Circunscripciones de América Latina
Ejercicios Espirituales 2009: Circunscripciones de América Latina
LEMA PARA EL PRIMER DIA: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados y yo los
aliviaré” (Mt 11, 28).
Santa Misa.
DIA SEGUNDO:
LEMA PARA EL SEGUNDO DIA: “Maestro ¿Dónde vives? Vengan y lo verán… y desde aquel día se
quedaron a vivir con Él.” (Jn 1, 38 – 39).
Oración para comenzar el Segundo día de retiro, tomada del Ritual Agustiniano.
Rezo de Laudes.
Para la reflexión personal el Tercer Tema: El llamado como Agustinos a retomar el espíritu
misionero de nuestros antepasados para responder a la realidad actual del continente
Latinoamericano.
Cuarto tema: Los consagrados y Consagradas, discípulos misioneros de Jesús, testigos del Padre.
Para la Reflexión Personal el texto: “Misioneros para el Siglo XXI” (Anexo 1).
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DIA TERCERO:
LEMA PARA EL TERCER DIA: “Padre, que sean uno para que el mundo crea que Tú me enviaste”
(Jn 17, 21).
Oración para comenzar el tercer día de retiro tomada del Ritual Agustiniano.
Rezo de Laudes.
DIA CUARTO:
LEMA PARA EL CUARTO DIA: “La llevaré al desierto y le hablaré al oído con ternura, para que se
vuelva a enamorar de mí”. (Os 2,16).
Oración para comenzar el cuarto día de retiro tomada del Ritual Agustiniano.
Rezo de Laudes.
Mañana de Desierto: Lectura meditativa de uno de los Santos Evangelios a elección (Ver pauta
para el desierto en anexo 3).
Lectura y trabajo Grupal del Octavo Tema: Primera área de formación de los discípulos
misioneros: La dimensión humana y comunitaria.
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DIA QUINTO:
LEMA PARA EL QUINTO DIA: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mi, que soy manso y
humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. (Mt 11, 29).
Noveno Tema: Segunda área de formación de los discípulos misioneros: La dimensión espiritual.
Décimo Tema: Tercera área de formación de los discípulos misioneros: La dimensión intelectual.
Lectura y trabajo Grupal Undécimo Tema: Cuarta área de formación de los discípulos misioneros:
La Dimensión pastoral y misionera.
DIA SEXTO:
LEMA PARA EL SEXTO DIA: “Os he destinado a que vayáis y deis fruto y vuestro fruto
permanezca” (Jn 15, 16).
Misa de Clausura.
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Temario
Primera Sección: VOLVIENDO LA MIRADA A JESUCRISTO
PARA ABRIRNOS A LA ACCIÓN DE SU ESPÍRITU
(MOTIVACIÓN).
1º RETOMANDO EL CAMINO COMO LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS. Volver al origen de nuestro estilo de
vida y espiritualidad (Constituciones Cap. I, nº 2 – 3; II, 16), a nuestra naturaleza y carisma (Const. I, 4 –
12). Desde nuestra realidad, como agustinos en América Latina, volver al Espíritu de Conocoto.
Acogiendo la voz del mismo Espíritu en Aparecida: El llamado a ser discípulos misioneros (Aparecida Cap.
1).
2º EL REENCUENTRO CON JESUCRISTO. Testimonio personal del encuentro con el Señor. Contenido de la
Evangelización: Testimonio del encuentro con la persona de Jesús y su proclamación fundamental: el
Reino. Testimonio y fin de nuestra Orden (Const. I, 13 – 15). Aspecto evangélico y eclesial de nuestra
espiritualidad (Constituciones Cap. II, nº 17 – 21). Búsqueda de Dios e interioridad – Encuentro con el
Maestro Interior (Const. II, 22 – 24). La vocación de los discípulos misioneros a la santidad (Aparecida
Cap. 4 y Const. I, 1). La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo
(Aparecida Cap. 3).
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6º COMUNIDADES AGUSTINAS INCULTURADAS EN NUESTROS PUEBLOS Y SU CULTURA. (Aparecida Cap.
10). Valoración de la riqueza de las diferentes culturas, asumiendo el paso de Dios en cada una de ellas.
Nuestra actividad misionera debe responder a la necesidad de la inculturación (Const. VIII, 168). Diálogo
ecuménico e interreligioso para que el mundo crea (Aparecida 227 – 239). Diálogo ecuménico,
interreligioso e intercultural (Const. VIII, 176 – 181).
7º EL ITINERARIO FORMATIVO DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS (Aparecida Cap. 6). Aspectos del
proceso. Criterios generales. La Espiritualidad de la Acción Misionera. Urge la necesidad de promover en
nuestros candidatos ya desde el comienzo el espíritu misionero, para fomentar y nutrir en ellos y en
todos los hermanos una conciencia misional (Const. VIII, 169 - 170). La dimensión misionera en la
formación de los miembros de la Orden (Constituciones Cap. IX, nº 186 – 217).
12º REINO DE DIOS Y PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA (Aparecida Caps. 8 y 9). Nuestro auténtico
testimonio y servicio al Reino (Const. VIII, 146). El fin específico de nuestros centros educativos es la
promoción de la persona humana (Const. VIII, 162). El compromiso Social (Const. VIII, 182 – 185).
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13º LA MISIÓN COMUNITARIA DE LOS DISCÍPULOS AL SERVICIO DE LA VIDA (Aparecida Cap. 7). “Diálogo
de vida” con otras culturas, tradiciones e ideologías en la común solicitud por la vida humana (Const. VIII,
180). Escuchar con atención las preocupaciones de la Iglesia y la sociedad, con el propósito de colaborar
en la identificación y solución de los problemas que cuestionan a las sociedades donde trabajamos. Por
ejemplo: la defensa de la vida, los derechos humanos, la dignidad de la mujer, los inmigrantes, la defensa
de los menores, la justicia y la paz, un orden económico más equitativo, la conservación de la naturaleza,
etc. (Const. VIII, 185).
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TEMAS DESARROLLADOS
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Primera Sección:
“VOLVIENDO LA MIRADA A JESUCRISTO
PARA ABRIRNOS A LA ACCIÓN DE SU ESPÍRITU”
(MOTIVACIÓN).
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TEMA N°1:
RETOMANDO EL CAMINO COMO LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS.
Volver al origen de nuestro estilo de vida y espiritualidad (Constituciones Cap. I, nº 2 – 3; II, 16), a
nuestra naturaleza y carisma (Const. I, 4 – 12). Desde nuestra realidad, como agustinos en América
Latina, volver al Espíritu de Conocoto. Acogiendo la voz del mismo Espíritu en Aparecida: El llamado a ser
discípulos misioneros (Aparecida Introducción y Cap. 1).
Hace 15 años (1993 – 2008) los Agustinos presentes en América Latina iniciamos un Proceso de
Renovación que comenzó en Conocoto (Ecuador) con desinterés de algunos y resistencias de otros al
comienzo, pero también con expectativas y esperanzas de renovarnos y tener una vida nueva en todas
nuestras comunidades.
Todo el proceso fue como un acontecimiento pascual de tener que morir a muchas cosas para que
tuviera lugar la vida nueva. Sin embargo, a pesar de que al final aparentemente no se vieron ciertos
cambios, este proceso ha terminado en la Asamblea de Buenos Aires el año 2007.
Así nosotros, los que participamos en esa asamblea nos volvimos a nuestra casa como los discípulos de
Emaús con una sensación de que algo importante quedo sin llegar a su plena manifestación.
Este Retiro tiene que ser un sentarse a la mesa con Jesús, el Señor, al final de la tarde. Para que Él nos
explique las escrituras con minúscula, nuestras escrituras, el Documento de Aparecida y el texto
renovado de nuestras Constituciones, que para nosotros es prestar atención a lo que el Espíritu está
diciendo a las Iglesias.
“Y sucedió que cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo
iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado (Lc 24, 13 –
35). He querido iniciar esta exposición con este hermoso texto de San Lucas porque el fundamento de
esta propuesta está implícito a través de todo este capítulo. Es el Señor que se hace presente en la vida
de dos seres humanos que buscan resignificar su existencia a partir de un fracaso en sus ideales más
profundos. “Nosotros esperábamos que sería Él, el que iba a liberar a Israel, pero con todas estas cosas,
llevamos ya tres días desde que esto pasó”. La historia de todo hombre está llena de estos episodios. El
adulto tiene una historia pública y otra privada: “Hay mucho que decir y contar”. (También llorar)”.
[Abello Aguayo, Charles. “Una catequesis para la vida” Una Propuesta de catequesis para Adultos,
Revista Servicio Nº 168/ Octubre 1992, Pág. 20]. Nosotros también a lo largo de este proceso tenemos
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mucho que decir y que contar con todo lo que vivimos, pero también mucho que llorar con los
obstáculos y problemas para llevarlo adelante en las diferentes Circunscripciones.
Lo esperanzador es que después de este encuentro con el Señor los discípulos vuelven corriendo a
Jerusalén, donde habían comenzado todos estos acontecimientos: “Y, levantándose al momento, se
volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos” (Lc 24, 33).
Nosotros, al igual que ellos, tendremos que volver, no espacialmente sino temporalmente hasta 1993,
donde todo comenzó; y de igual manera, nos encontraremos con una asamblea: aquella Asamblea
reunida en la pequeñez y humildad del Gran Conocoto.
El Proyecto Hipona Corazón Nuevo, que se derivó posteriormente y como consecuencia de este
encuentro, tenía como meta el que los agustinos presentes en América Latina tuviéramos una Vida
Nueva por la adquisición de un Espíritu Nuevo, que es siempre don de Dios. Ese Espíritu nos fue regalado
en Conocoto, el que sentimos para nosotros como un “Pequeño Pentecostés”. Hoy tenemos que rescatar
ese espíritu, que es expresión del Espíritu de Dios, releyéndolo, sobre todo a partir de la escucha atenta
de lo que actualmente el Espíritu está diciendo a las Iglesias.
La quinta Conferencia del Episcopado Latino Americano y del Caribe nos dice al respecto:
“Acogemos la realidad entera del continente como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza
de humanidad que se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas del Continente. Sobre todo
nos ha sido dado Jesucristo, la plenitud de la Revelación de Dios, un tesoro incalculable, la “perla
preciosa” (cf. Mt 13, 45 – 46), el Verbo de Dios hecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres y
mujeres a quienes abre un destino de plena justicia y felicidad. Él es el único Liberador y Salvador que,
con su muerte y resurrección, rompió las cadenas opresivas del pecado y la muerte, que revela el amor
misericordioso del Padre y la vocación, dignidad y destino de la persona humana”. (Aparecida 6).
“Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de sus palabras, por la bondad de su trato y por el poder
de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona, acogieron el don de la fe y
llegaron a ser discípulos de Jesús. Al salir de las tinieblas y sombras de muerte (cf. Lc 1,79), su vida
adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre. Vivieron la
historia de su pueblo y de su tiempo y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el
encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el
encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida.” (Aparecida 21).
“Así nos ocurre también a nosotros al mirar la realidad de nuestros pueblos y de nuestra Iglesia, con sus
valores, sus limitaciones, sus angustias y sus esperanzas. Mientras sufrimos y nos alegramos,
permanecemos en el amor de Cristo viendo nuestro mundo, tratamos de discernir sus caminos con la
gozosa esperanza y la indecible gratitud de creer en Jesucristo. Él es el Hijo de Dios Verdadero, el único
Salvador de la humanidad. La importancia única e insustituible de Cristo para nosotros, para la
humanidad, consiste en que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. “Si no conocemos a Dios en Cristo y
con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber
camino, no hay vida ni verdad” (DI 3). En el clima cultural relativista que nos circunda se hace siempre
más importante y urgente radicar y hacer madurar en todo el cuerpo eclesial la certeza que Cristo, el
Dios de rostro humano, es nuestro verdadero y único Salvador.” (Aparecida 22).
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“En el rostro de Jesucristo, muerto y resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el
Padre, en ese rostro doliente y glorioso, podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de
tantos hombres y mujeres de nuestros pueblos y, al mismo tiempo, su vocación a la libertad de los hijos
de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la fraternidad entre todos. La Iglesia está al
servicio de todos los seres humanos, hijos e hijas de Dios.” (Aparecida 32).
“Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los
demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado. Con los ojos iluminados por
la luz de Jesucristo resucitado, podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a nuestros
pueblos de América Latina y el Caribe, y a cada una de sus personas.” (Aparecida 18).
En cuanto a la Reflexión, los Obispos reunidos en Aparecida do Norte (Brasil), nos señalan:
“Nuestra reflexión acerca del camino de las Iglesias de América Latina y El Caribe tiene lugar en medio de
luces y sombras de nuestro tiempo. Nos afligen pero no nos desconciertan, los grandes cambios que
experimentamos. Hemos recibido dones inapreciables, que nos ayudan a mirar la realidad como
discípulos misioneros de Jesucristo.” (Aparecida 20).
“La iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las
nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo ven
confusión, peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones
con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y
revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y
comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes
programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad,
como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América
Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu.” (Aparecida 11).
El método de reflexión que nos sugiere Aparecida, y en continuidad con las anteriores Conferencias
Generales del Episcopado Latinoamericano, es el método de ver, juzgar y actuar.
Este método implica:
contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su Palabra revelada y el contacto vivificante de los
Sacramentos, a fin de que, en la vida cotidiana, veamos la realidad que nos circunda a la luz de su
providencia,
la juzguemos según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida,
y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento universal de salvación en la
propagación del reino de Dios, que se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el Cielo.
Este método ha colaborado a vivir más intensamente nuestra vocación y misión en la Iglesia, ha
enriquecido el trabajo teológico y pastoral, y, en general, ha motivado a asumir nuestras
responsabilidades ante las situaciones concretas de nuestro continente.
Este método nos permite articular de modo sistemático: a) la perspectiva creyente de ver la realidad; b)
la asunción de criterios que provienen de la fe y de la razón para su discernimiento con sentido crítico; y,
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c) en consecuencia la proyección del actuar como discípulos misioneros de Jesucristo.” (cf. Aparecida
19).
“Iluminados por Cristo, el sufrimiento, la injusticia y la cruz nos interpelan a vivir como Iglesia samaritana
(cf. Lc 10, 25 – 37), recordando que “la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a
la auténtica liberación cristiana”. Damos gracias a Dios y nos alegramos por la fe, la solidaridad y la
alegría, características de nuestros pueblos trasmitidas a lo largo del tiempo por las abuelas y los
abuelos, las madres y los padres, los catequistas, los rezadores y tantas personas anónimas cuya caridad
ha mantenido viva la esperanza en medio de las injusticias y adversidades.” (Aparecida 26).
“Damos gracias a Dios que nos ha dado el don de la palabra, con la cual nos podemos comunicar con Él
por medio de su Hijo, que es su Palabra (cf. Jn 1, 1), y entre nosotros. Damos gracias a Él que por su gran
amor nos ha hablado como a amigos (cf. Jn 15, 14 – 15). Bendecimos a Dios que se nos da en la
celebración de la fe, especialmente en la Eucaristía, pan de vida eterna. La acción de gracias a Dios, por
los numerosos y admirables dones que nos ha otorgado, culmina en la celebración central de la Iglesia,
que es la Eucaristía, alimento sustancial de los discípulos y misioneros. También por el Sacramento del
Perdón que Cristo nos ha alcanzado en la cruz. Alabamos al Señor Jesús por el regalo de su Madre
Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia en América Latina y El Caribe, estrella de la
evangelización renovada, primera discípula y gran misionera de nuestros pueblos” (cf. Aparecida 25).
“Bendecimos a Dios con ánimo agradecido, porque nos ha llamado a ser instrumentos de su Reino de
amor y de vida, de justicia y de paz, por el cual tantos se sacrificaron. El mismo nos ha encomendado la
obra de sus manos para que la cuidemos y la pongamos al servicio de todos. Agradecemos a Dios por
habernos hechos sus colaboradores para que seamos solidarios con su creación de la cual somos
responsables. Bendecimos a Dios que nos ha dado la naturaleza creada que es su primer libro para poder
conocerle y vivir nosotros en ella como en nuestra casa.” (Aparecida 24).
“La Biblia muestra reiteradamente que, cuando Dios creó el mundo con su Palabra, expresó satisfacción
diciendo que era “bueno” (Gn 1, 21), y, cuando creó al ser humano con el aliento de su boca, varón y
mujer, dijo que “era muy bueno” (Gn 1, 31). El mundo creado por Dios es hermoso. Procedemos de un
designio divino de sabiduría y amor. Pero, por el pecado, se mancilló esta belleza originaria y fue herida
esta bondad. Dios por nuestro Señor Jesucristo en su misterio pascual ha recreado al hombre haciéndolo
hijo y le ha dado la garantía de unos cielos nuevos y de una tierra nueva (cf. Ap 21). Llevamos la imagen
del primer Adán, pero estamos llamados también, desde el principio, a realizar la imagen de Jesucristo,
nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45). La creación lleva la marca del Creador y desea ser liberada y “participar en
la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 21).” (Aparecida 27).
“Desde la primera evangelización hasta los tiempos recientes, la Iglesia ha experimentado luces y
sombras. Escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió también tiempos
difíciles, tanto por acoso y persecuciones, como por las debilidades, compromisos mundanos e
incoherencias, en otras palabras, por el pecado de sus hijos, que desdibujaron la novedad del Evangelio,
la luminosidad de la verdad y la práctica de la justicia y de la caridad. Sin embargo, lo más decisivo en la
Iglesia es siempre la acción santa de su Señor.” (Aparecida 5).
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en la que abunda el pecado – descuido de Dios, conductas viciosas, opresión, violencia, ingratitudes y
miserias – pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual. Nuestra Iglesia goza no obstante las
debilidades y miserias humanas, de un alto índice de confianza y de credibilidad por parte del pueblo. Es
morada de pueblos hermanos y casa de los pobres.” (Aparecida 8).
Entre las sombras que necesitan convertirse en luz, señalan los obispos: “Reconocemos que, en
ocasiones, algunos católicos se han apartado del Evangelio, que requiere un estilo de vida más fiel a la
verdad y a la caridad, más sencillo, austero y solidario, como también nos ha faltado valentía,
persistencia y docilidad a la gracia para proseguir, fiel a la Iglesia de siempre, la renovación iniciada por el
Concilio Vaticano II, impulsada por las anteriores Conferencias Generales, y para asegurar el rostro
latinoamericano y caribeño de nuestra Iglesia. Nos reconocemos como comunidad de pobres pecadores,
mendicantes de la misericordia de Dios, congregada, reconciliada, unida y enviada por la fuerza de la
resurrección de su Hijo y la gracia de conversión del Espíritu Santo.” (Aparecida 100h).
Por eso dentro de los cuatro ejes que hay que reforzar en la Iglesia, el primero es el eje de la experiencia
religiosa: “En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con
Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio
personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral.”
(Aparecida 226a).
“No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y
prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades
de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a
moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza es
el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con
normalidad pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad. A todos nos toca
recomenzar desde Cristo, reconociendo que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una
gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la
vida y, con ello, una orientación decisiva.” (Aparecida 12).
Por eso, “En esta hora, en que renovamos la esperanza, queremos hacer nuestras las palabras de SS.
Benedicto XVI al inicio de su Pontificado, haciendo eco de su predecesor, el Siervo de Dios, Juan Pablo II,
y proclamarlas para toda América Latina: ¡No teman! ¡Abran más todavía, abran de par en par las
puertas a Cristo!... quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que
hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta
amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad
experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo
da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Si, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y
encontrarán la verdadera vida.” (Aparecida 15).
Los obispos en Aparecida nos recuerdan: “Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su vida y ponerse
al servicio de la vida. Lo vemos cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10, 46 – 52), cuando
dignifica a la samaritana (cf. Jn 4, 7 – 26), cuando sana a los enfermos (cf. Mt 11, 2 – 6), cuando alimenta
al pueblo hambriento (cf. Mc 6, 30 – 44), cuando libera a los endemoniados (cf. Mc 5, 1 – 20). En su
Reino de vida, Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2, 16), sin importarle que lo
traten de comilón y borracho (cf. Mt 11, 19); toca leprosos (cf. Lc 5, 13), deja que una mujer prostituta
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unja sus pies (cf. Lc 7, 36 – 50) y, de noche recibe a Nicodemo para invitarlo a nacer de nuevo (cf. Jn 3, 1
– 15). Igualmente invita a sus discípulos a la reconciliación (cf. Mt 5, 24), al amor a los enemigos (cf. Mt 5,
44), a optar por los más pobres (cf. Lc 14, 15 – 24).” (Aparecida 353).
“La Iglesia tiene que animar a cada pueblo para construir en su patria una casa de hermanos donde
todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad. Esa vocación requiere la alegría de querer
ser y hacer una nación, un proyecto histórico – sugerente de vida en común. La Iglesia ha de educar y
conducir cada vez más a la reconciliación con Dios y los hermanos. Hay que sumar y no dividir. Importa
cicatrizar heridas, evitar maniqueísmos, peligrosas exasperaciones y polarizaciones. Los dinamismos de
integración digna, justa y equitativa en el seno de cada uno de los países favorece la integración regional
y, a la vez, es incentivada por ella.” (Aparecida 534).
“Descubrimos, así, una ley profunda de la realidad: la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión
fraterna y justa. Porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las
relaciones sociales entre los seres humanos”. Ante diversas situaciones que manifiestan la ruptura entre
hermanos, nos apremia que la fe católica de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños se
manifieste en una vida más digna para todos. El rico magisterio social de la Iglesia nos indica que no
podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de
humanización, de reconciliación y de inserción social.” (Aparecida 359).
“Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y caminos de reconciliación
y amistad social, de cooperación e integración. La comunión alcanzada en la sangre reconciliadora de
Cristo nos da la fuerza para ser constructores de puentes, anunciadores de verdad, bálsamo para las
heridas. La reconciliación está en el corazón de la vida cristiana. Es iniciativa propia de Dios en busca de
nuestra amistad, que comporta consigo la necesaria reconciliación con el hermano. Se trata de una
reconciliación que necesitamos en los diversos ámbitos y en todos y entre todos nuestros países. Esta
reconciliación fraterna presupone la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón, que
alcanza su expresión y realización en el sacramento de la penitencia que Dios nos regala a través de la
Iglesia.” (Aparecida 535).
“La fe en Dios amor y la tradición católica en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores
riquezas. Se manifiesta en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular que expresa el
amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la reconciliación (…) – el amor al Señor
presente en la Eucaristía (…), – el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, – la profunda devoción a
la Santísima Virgen de Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y locales. Se
expresa también en la caridad que anima por doquier gestos, obras y caminos de solidaridad con los más
necesitados y desamparados. Está vigente también en la conciencia de la dignidad de la persona, la
sabiduría ante la vida, la pasión por la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la alegría de vivir
aún en condiciones muy difíciles que mueven el corazón de nuestras gentes. Las raíces católicas
permanecen en su arte, lenguaje, tradiciones y estilo de vida, a la vez dramático y festivo, en el
afrontamiento de la realidad. Por eso, el Santo Padre nos responsabilizó más aún, como Iglesia, en “la
gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios”.” (Aparecida 7).
Esta misión, nos dice Aparecida, ha de colocar en ejercicio nuestra dimensión profética reciba en el
bautismo; así como el profetismo esperado por nuestra opción de Vida Consagrada (Confrontar también
Const. 1):
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“Los Cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y
participan de las funciones de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan según su condición, la
misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo. Son hombres de la Iglesia en el corazón del
mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia.” (Cf. Aparecida 209).
“En la actualidad de América Latina y el Caribe, la vida consagrada está llamada a ser una vida discipular,
apasionada por Jesús – Camino al Padre misericordioso, por lo mismo de carácter profundamente
místico y comunitario. Está llamada a ser una vida misionera, apasionada por el anuncio de Jesús –
Verdad del Padre, por lo mismo, radicalmente profética, capaz de mostrar a la luz de Cristo las sombras
del mundo actual y los senderos de vida nueva, para lo que se requiere un profetismo que aspire hasta la
entrega de la vida, en continuidad con la tradición de santidad y martirio de tantas y tantos consagrados
a lo largo de la historia del Continente. Y al servicio del mundo, apasionada por Jesús – Vida del Padre,
que se hace presente en los más pequeños y en los últimos a quienes sirve desde el propio carisma y
espiritualidad.” (Aparecida 220).
En cuanto a nosotros como agustinos: “Por su origen histórico, la Orden adquiere estos elementos
esenciales, que constituyen su carisma: los principios fundamentales procedentes de la herencia
monástica del obispo de Hipona; las raíces eremíticas; los nexos peculiares provenientes de la
intervención de la Sede Apostólica; la condición de Orden mendicante. Estos elementos se fundieron tan
estrechamente entre sí que constituyen la esencia misma de nuestra fraternidad apostólica.” (Const. 4).
“Agustín, “miembro eminente del cuerpo del Señor”, en compañía de unos amigos, instituyó un tipo de
vida religiosa inspirado en la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén, primero en Tagaste, todavía
laico, luego en Hipona, ya presbítero, y después siendo obispo, “según la regla establecida por los santos
apóstoles”. Este ideal de los siervos de Dios, constituido por ciencia, continencia y auténtica pobreza,
proliferó especialmente por el norte de África, donde muchos hermanos fueron llamados a desempeñar
el ministerio pastoral en las comunidades cristianas. La formulación de este proyecto de vida, que el
mismo experimentó, es conocida a través de sus escritos – sobre todo la Regla para los siervos de Dios –,
en los que trata ampliamente de la vida monástica. Por eso nuestra Orden lo reconoce desde sus inicios
como padre, maestro y guía espiritual, ya que de él recibe su Regla, nombre, doctrina y espiritualidad.”
(Const. 2).
“En el siglo XIII, por las necesidades de aquella época, la Sede Apostólica favoreció activa y
diligentemente el nacimiento de las Órdenes Mendicantes. Entre otras cosas el Papa Inocencio IV,
teniendo como fundamento la Regla de San Agustín, estableció unas normas según las cuales se
pudieran unir y gobernar ciertos grupos de ermitaños que habitaban en la Toscana. De aquí surgió
jurídicamente la Orden de ermitaños de San Agustín, en el mes de marzo del año 1244. Este primer
núcleo creció y se consolidó con la agregación de otros grupos semejantes, que se fundieron en la Gran
Unión, promovida por el Papa Alejandro IV, el 9 de abril de 1256. La atención que la Sede Apostólica
dispensó a la Orden en su nacimiento marcó clarísimamente su actividad, en cuanto se consideró
destinada al servicio de la Iglesia universal. De aquí nace también la fidelidad de la Orden a los Sumos
Pontífices.” (Const. 3).
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sí mismo para unirse a Él. Sin embargo este ocio santo no llegue a ser tal, que se abandone el amor al
prójimo, porque, según el pensamiento de San Agustín, el amor al prójimo y el amor a Dios forman una
unidad indivisible.” (Const. 5).
“Perteneciendo a las Órdenes Mendicantes, nuestra Orden tiene por ello unas características
particulares:
a. régimen bajo una sola cabeza, el Prior General, que es signo y vínculo de la unidad de la Orden, en
cuyas manos emite cada uno la profesión religiosa;
b. una disponibilidad de servicio, que no queda reducida por estrechas limitaciones, sino que está
pronta a acudir a dondequiera que las necesidades de la Iglesia o de la Orden lo pidan;
c. un cultivo del estudio orientado a la evangelización de la cultura actual;
d. una forma de vida que sea testimonio de sobriedad y solidaridad.
Con todas estas disposiciones los Hermanos pueden entregarse al servicio de la sociedad, conviviendo
con ella y proponiéndole un estilo de vida en que sobresale la fraternidad.” (Const. 9). Por eso
precisamente “el escudo, que será nuestro símbolo, muestra un libro abierto, sobre el que se encuentra
un corazón atravesado por el dardo de la caridad.” (cf. Const. 15).
Después de leer estos números de nuestras Constituciones, creo que queda claro que a partir de nuestra
naturaleza como agustinos, estamos llamados a ser profetas de la interioridad, o sea, de la búsqueda y
contemplación de Dios en el mundo de hoy, así como del cultivo del estudio y de la ciencia para
evangelizar la cultura; llamados a ser profetas del amor fiel a la Iglesia y de la libre disponibilidad de
servicio a donde quiera que ella nos necesite; pero sobre todo llamados a ser profetas de la fraternidad,
de la comunión entre todos los hombres de la tierra. Profetas de la comunión de los hombres con Dios y
de los hombres entre sí (cf. LG 1).
“La historia de la humanidad a la que Dios nunca abandona, transcurre bajo su mirada compasiva. Dios
ha amado tanto a nuestro mundo que nos ha dado a su Hijo. Él anuncia la buena noticia del Reino a los
pobres y a los pecadores. Por esto, nosotros, como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y
debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos
ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y
liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente nuestra
esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la
humanidad y no profetas de desventuras”. (Aparecida 30).
Igualmente, “En América Latina y El Caribe, se está tomando conciencia de la naturaleza como una
herencia gratuita que recibimos para proteger, como espacio precioso de la convivencia humana y como
responsabilidad del señorío del hombre para bien de todos. Esta herencia se manifiesta muchas veces
frágil e indefensa ante los poderes económicos y tecnológicos. Por eso, como profetas de la vida,
queremos insistir que en las intervenciones sobre los recursos naturales no predominen los intereses de
grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida, en perjuicios de naciones enteras y
de la misma humanidad. Las generaciones que nos sucedan tienen derecho a recibir un mundo habitable
y no un planeta con aire contaminado. Felizmente en algunas escuelas católicas, se ha comenzado a
introducir entre las disciplinas una educación a la responsabilidad ecológica.” (Aparecida 471).
Aparecida nos recuerda que: “La vocación al discipulado misionero es con – vocación a la comunión en
su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. Ante la tentación muy presente en la cultura actual, de ser
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cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo
nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella “nos da una familia, la familia universal de Dios en la
Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión”. Esto significa
que una dimensión constitutiva del acontecimiento cristiano es la pertenencia a una comunidad
concreta, en la que podemos vivir una experiencia permanente de discipulado y de comunión con los
sucesores de los apóstoles y con el Papa.” (Aparecida 156).
Por eso mismo los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, para celebrar la V Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano y El Caribe declaran que lo hacen como pastores, para motivarnos a ser
discípulos y misioneros de Cristo con tal de que nuestros pueblos tengan vida en Él; y expresan
claramente, que lo hacen en comunión con todas las Iglesias particulares de América (Cf. Aparecida 1).
Con alegría manifiestan que estuvieron reunidos con el Sucesor de Pedro, Cabeza del colegio Episcopal,
su Santidad Benedicto XVI a quien reconocen el confirmarlos en el primado de la fe, la verdad y el amor,
y le agradecen sus enseñanzas, especialmente su discurso inaugural (Cf. Aparecida 2).
De la misma manera declaran que se han sentido acompañados por la oración del pueblo creyente
católico, representado visiblemente por la compañía del pastor y los fieles de la Iglesia de Dios en
Aparecida, y por la multitud de peregrinos de todo Brasil y otros países de América al Santuario, los
cuales los edificaron y evangelizaron. También expresan que: “En la comunión de los santos, tuvimos
presentes a todos los que nos han precedido como discípulos y misioneros en la viña del Señor y
especialmente a nuestros santos latinoamericanos, entre ellos a Santo Toribio de Mogrovejo, patrono
del Episcopado latinoamericano.” (Cf. Aparecida 3). Comunión con las demás Iglesias, comunión con el
Papa, comunión con todos los fieles católicos representados en los fieles locales y peregrinos, comunión
con los santos a través de la Comunión de los Santos. Aparecida fue vivida como la instancia de una gran
comunión eclesial.
“La Iglesia, como “comunidad de amor”, está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es
comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por
Jesús, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se sienten convocados y recorren la hermosa aventura
de la fe. “Que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea” (Jn 17, 21). La Iglesia crece
no por proselitismo sino por “atracción”: como Cristo “atrae a todos hacia sí” con la fuerza de su amor.
La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los
unos a los otros como Él nos amó (cf. Rm 12, 4 – 13; Jn 13, 34).” (Aparecida 159).
Para nosotros como religiosos precisamente nuestro carisma es la comunión de vida: “El fundamento de
la vida agustiniana es la vida en común, en la cual todos los Hermanos, donándose a sí mismos,
construyen el camino hacia Dios mientras sirven a los demás, comunicándoles todos sus bienes y
perfeccionándose a la vez a sí mismos con el don de la gracia divina. Así se refleja el misterio trinitario y
eclesial en la vida de los Hermanos y éstos pregustan, ya en la tierra, lo que desean gozar finalmente en
la casa del Padre.” (Const. 6).
Comunidad donde todo se comparte: “La fraternidad en la Orden debe manifestarse principalmente en
que todos los Hermanos sean tratados de la misma manera, no admitiéndose ningún privilegio por
razones sociales o económicas; por eso, así como todos están obligados a aportar a la comunidad todos
sus bienes materiales y todas sus cualidades personales (cf. Hch 4, 32 – 35), igualmente se les han de dar
las mismas posibilidades de formación humana, intelectual, moral y religiosa, con las que puedan hacer
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fructificar los dones que Dios les ha concedido, teniendo siempre en cuenta el bien común y las
necesidades de cada Hermano.” (Const. 7).
La comunidad es el lugar y el medio desde donde se trabaja al servicio del Pueblo de Dios: “Pero la
comunidad no es sólo la Casa donde uno habita, o la Circunscripción a la que pertenece, sino que nuestra
familia es la Orden misma, y por ello tanto la Institución como cada uno de los Hermanos han de saber
que están llamados al servicio de la Iglesia universal. Por esta razón, para que resulte más fácil un
servicio pastoral que verdaderamente responda a las necesidades del Pueblo de Dios, los Sumos
Pontífices nos colocaron bajo su directa autoridad, concediéndonos la exención.” (Const. 8).
“La Iglesia de Dios en América Latina y El Caribe es sacramento de comunión de sus pueblos. Es morada
de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega a todos en su misterio de comunión,
sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia nacional.
Cuanto más la Iglesia refleja, vive y comunica ese don de inaudita unidad, encuentra en la comunión
trinitaria su fuente, modelo y destino, resulta más significativo e incisivo su operar como sujeto de
reconciliación y comunión en la vida de nuestros pueblos. María Santísima es la presencia materna
indispensable y decisiva en la gestación de un pueblo de hijos y hermanos, de discípulos y misioneros de
su Hijo.” (Aparecida 524).
En el pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es
misionera y la misión es para la comunión”. En las Iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de
Dios, según sus vocaciones específicas, estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión.”
(Aparecida 163).
Nuestros obispos, reunidos en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, nos dicen: “La conversión
de los pastores nos lleve también a vivir y promover una espiritualidad de comunión y participación,
proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano,
donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales donde se
construyen las familias y las comunidades. La Conversión pastoral requiere que las comunidades
eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí,
nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y
participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas. Hoy, más que nunca, el
testimonio de comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral. La programación pastoral ha de
inspirarse en el mandamiento nuevo del amor (cf. Jn 13, 35)”. (Aparecida 368).
En cuanto a la comunión y a la participación, nuestra Orden tiene mucho que decir. Pues, por su
naturaleza misma, el gobierno de ésta se cimienta en el Capítulo, en la reunión de los hermanos, como
instancia de participación y comunión. A este respecto nuestras Constituciones señalan: “La estructura
jurídica de la Orden expresa bien la fraternidad. La potestad suprema de gobierno reside en el Capítulo
General, que representa a todos los hermanos. De esta potestad participan a tenor de las Constituciones
y en sus respectivos ámbitos, los Capítulos Provinciales, Vicariales y locales. En consecuencia, atendiendo
al bien común, la libre manifestación de la voluntad a través del voto y la representación personal de las
Circunscripciones son derechos y deberes fundamentales e inalienables de los Hermanos de la
Orden.”(cf. Const. 10).
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Sin la participación de todos los hermanos, la Orden no podría alcanzar su objetivo, su finalidad, según lo
establecen nuestras Constituciones: “El fin de la Orden consiste en que, unidos concordemente en
fraternidad y amistad espiritual, busquemos y honremos a Dios, y trabajemos al servicio de su pueblo.
De este modo, participamos en la obra de la evangelización de la Iglesia, llevando la Buena Nueva “a
todos los grupos humanos, para que, al transformarlos interiormente por su propia eficacia, haga nueva
a la misma humanidad”. Este es nuestro principal testimonio.” (Const. 13).
El Proyecto de Espiritualidad Agustiniana que se estaba iniciando tenía precisamente como objetivo
intermedio lo siguiente: “Las comunidades agustinianas de América Latina, animadas por el espíritu de
Conocoto, realizan un proceso de diálogo y reflexión para profundizar y asumir las líneas teológico –
pastorales del Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo y los documentos de la Orden, que
promueva una urgente renovación comunitaria desde las exigencias de la Nueva Evangelización de
América Latina.”
El objetivo General era que, después de realizado este proceso, se pudiera decir con propiedad: “Todas
las comunidades agustinianas de América Latina a través de una experiencia significativa de diálogo,
reconciliación y comunión, sintonizan con la Nueva Evangelización y con las vivencias y aspiraciones de la
Iglesia en Latinoamérica y están preparadas para un nuevo proyecto de vida en seguimiento de Cristo,
basado en la Palabra de Dios, el carisma propio de la Orden y en el clamor de los pobres.”
Hoy, los agustinos presentes en América Latina y El Caribe, tenemos que sintonizar con toda la Iglesia del
Continente que ha dado un nuevo paso en este camino: “La V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y Caribeño es un nuevo paso en el camino de la Iglesia, especialmente desde el Concilio
Ecuménico Vaticano II. Ella da continuidad y, a la vez, recapitula el camino de fidelidad, renovación y
evangelización de la Iglesia latinoamericana al servicio de sus pueblos, que se expresó oportunamente en
las anteriores Conferencias Generales del Episcopado (Río, 1955; Medellín, 1968; Puebla, 1979; Santo
Domingo, 1992). En todo ello reconocemos la acción del Espíritu. También tenemos presente la
Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América (1997).” (Aparecida 9).
“El Evangelio llegó a nuestras tierras en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y
culturas. Las “semillas del Verbo”, presentes en las culturas autóctonas, facilitaron a nuestros hermanos
indígenas encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas: “Cristo era el
Salvador que anhelaban silenciosamente”. La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue
acontecimiento decisivo para el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación
de la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio.” (Aparecida 4).
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“En América Latina y El Caribe, cuando muchos de nuestros pueblos se preparan para celebrar el
bicentenario de su independencia, nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo de ser
católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la fe cristiana arraigue más
profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento
fundante y encuentro vivificante con Cristo. Él se manifiesta como novedad de vida y de misión en todas
las dimensiones de la existencia personal y social. Esto requiere, desde nuestra identidad católica, una
nueva evangelización mucho más misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los
hombres. De lo contrario, “el rico tesoro del Continente Americano… su patrimonio más valioso: la fe en
Dios amor…” corre el riesgo de seguir erosionándose y diluyéndose de manera creciente en diversos
sectores de la población. Hoy se plantea elegir entre caminos que conducen a la vida o caminos que
conducen a la muerte (cf. Dt 30, 15). Caminos de muerte son los que llevan a dilapidar los bienes
recibidos de Dios, a través de quienes nos precedieron en la fe. Son caminos que trazan una cultura sin
Dios y sin sus mandamientos o incluso contra Dios, animada por los ídolos del poder, la riqueza y el
placer efímero, la cual termina siendo una cultura contra el ser humano y contra el bien de los pueblos
latinoamericanos. Caminos de vida verdadera y plena para todos, caminos de vida eterna, son aquellos
abiertos por la fe que conducen a “la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: con esta vida divina se
desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y
cultural”. Esa es la vida que Dios nos participa por su amor gratuito, porque “es el amor que da la vida”.
Estos caminos de vida fructifican en los dones de verdad y de amor que nos han sido dados en Cristo en
la comunión de los discípulos y misioneros del Señor, para que América Latina y El Caribe sean
efectivamente un continente en el cual la fe, la esperanza y el amor renuevan la vida de las personas y
transformen las culturas de los pueblos.” (Aparecida 13).
Por eso, “Esta V Conferencia General se celebra en continuidad con las otra cuatro que la precedieron en
Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo espíritu que las animó, los pastores
quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y
madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con su propia vida. Como pastores
de la Iglesia, somos conscientes de que, después de la IV Conferencia General, en Santo Domingo,
muchas cosas han cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las
penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este periodo de tantos desafíos, para
infundirles siempre esperanza y consuelo.” (Aparecida 16).
“La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35 –
36). Él siendo el Señor se hizo servidor y obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil 2, 8); siendo rico, eligió
ser pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra cocción de discípulos y
misioneros. En el Evangelio aprendemos la sublime lección de ser pobres siguiendo a Jesús pobre (cf. Lc
6, 20; 9, 58), y la de anunciar el Evangelio de la paz sin bolsa ni alforja, sin poner nuestra confianza en el
dinero ni en el poder de este mundo (cf. Lc 10, 4ss). En la generosidad de los misioneros se manifiesta la
generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio.” (Aparecida
31). Este es el camino, el itinerario, que nos trazó el Señor.
9. El espíritu de Conocoto era, en fin, Manifestación del Espíritu de Dios que nos impulsaba, nos
despertaba y nos animaba con el amor-peso que llevó a Agustín a entregarse a Dios y a la Iglesia, para
que supiéramos responder hoy a los desafíos de la Nueva Evangelización
Los Obispos en Aparecida nos dicen: “Esta V Conferencia se propone “la gran tarea de custodiar y
alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su
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bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”. Se abre paso un nuevo periodo de
la historia con desafíos y exigencias, caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por
nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana y hostil a la tradición
cristiana, por la emergencia de variadas ofertas religiosas, que tratan de responder, a su manera, a la sed
de Dios que manifiestan nuestros pueblos.” (Aparecida 10).
“El Señor nos dice: “No tengan miedo” (Mt 28, 5). Como a las mujeres en la mañana de la Resurrección,
nos repite: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5). Nos alientan los signos de la
victoria de Cristo resucitado, mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la
esperanza que no defrauda. Lo que nos define no son las circunstancias dramáticas de la vida, ni los
desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, sino ante todo el amor recibido del Padre
gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo. Esta prioridad fundamental es la que ha presidido
todos nuestros trabajos, ofreciéndolos a Dios, a nuestra Iglesia, a nuestro pueblo, a cada uno de los
latinoamericanos, mientras elevamos al Espíritu Santo nuestra súplica confiada para que redescubramos
la belleza y la alegría de ser cristianos.” (cf. Aparecida 14).
“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de
bendiciones en la persona de Cristo (cf. Ef 1, 3). El Dios de la Alianza, rico en misericordia, nos ha amado
primero, inmerecidamente nos ha amado a cada uno de nosotros; por eso, lo bendecimos, animados por
el Espíritu Santo. Espíritu vivificador, alma y vida de la Iglesia. Él, que ha sido derramado en nuestros
corazones, gime e intercede por nosotros y nos fortalece con sus dones en nuestro camino de discípulos
y misioneros.” (Aparecida 23).
“Nuestra alegría, pues, se basa en el amor del Padre, en la participación en el misterio pascual de
Jesucristo quien, por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del
absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda. Esta alegría no
es un sentimiento artificialmente provocado ni un estado de ánimo pasajero. El amor del Padre nos ha
sido revelado en Cristo que nos ha invitado a entrar en su reino. El nos ha enseñado a orar diciendo
“Abba, Padre” (Rm 6, 15; cf. Mc 6, 9).” (Aparecida 17).
“La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de
Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las
adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del
pecado y de la muerte llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión
(cf. Lc 10, 29 – 37; 18, 25 – 43). La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino
una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor
de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado
nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestras palabras y obras es
nuestro gozo.” (Aparecida 29).
“En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido
enviados con el tesoro del evangelio. Ser cristianos no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha
bendecido en Jesucristo su Hijo Salvador del mundo.” (Aparecida 28). “Aquí está el reto fundamental que
afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que
respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don
del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad
que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en la Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido,
amado, adorado, anunciado y comunicado a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Este
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es el mejor servicio – ¡su servicio! – que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones.” (Cf.
Aparecida 14).
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TEMA N°2:
EL REENCUENTRO CON JESUCRISTO.
Testimonio personal del encuentro con el Señor. Contenido de la Evangelización: Testimonio del
encuentro con la persona de Jesús y su proclamación fundamental: el Reino. Testimonio y fin de nuestra
Orden (Const. I, 13 – 15). Aspecto evangélico y eclesial de nuestra espiritualidad (Constituciones Cap. II,
nº 17 – 21). Búsqueda de Dios e interioridad – Encuentro con el Maestro Interior (Const. II, 22 – 24). La
vocación de los discípulos misioneros a la santidad (Aparecida Cap. 4 y Const. I, 1). La alegría de ser
discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo (Aparecida Cap. 3).
En secuencia con el primer tema, que nos invitó a retomar el camino de los discípulos de Emaús, el tema
2° nos apremia a un “Re-Encuentro” con Jesucristo. Damos por supuesto que todos los presentes hemos
encontrado a Jesucristo, incluso desde niños. Pero nos acecha de continuo un serio riesgo: La rutina y el
formalismo. Permanecemos conectados con Cristo desde nuestras ideas y creencias (cabeza), y desde
nuestra lengua; pero se nos disuelve sutilmente la conexión del corazón. Y entonces, mantenemos quizá
una respetable “cáscara”, pero vacíos por dentro.
Por otra parte, el presente tema hace particular énfasis en la necesidad del “Testimonio”. Como
Agustinos, nos urge hablar, ante todo, con nuestra vida, tanto personal como comunitaria, más allá de
las palabras, las estructuras y las normas, por lo demás siempre necesarias. A ello apunta el apremio al
“reencuentro” con Jesucristo; no sólo por el conocimiento y aceptación de su mensaje, sino por la
conexión con su “Espíritu”: son sus sentimientos, actitudes y rumbos de conducta; y a través de Él, con
Dios mismo.
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Nunca podemos dar por concluido y ya logrado el Encuentro con Jesucristo. “Somos caminantes,
peregrinos en ruta” (Serm. 169, 15,18), afirma San Agustín ( ), en pos de una utopía que siempre nos
desborda, y por ello, hemos de mantenernos en “constante tensión hacia Dios” y en cotidiana “re-
conexión” con Él. Se ha escrito mucho sobre el “Silencio y Ausencia de Dios”, que nos confunde y
descorazona. Pero cabe sospechar que, para Dios, somos los seres humanos los eternamente ausentes:
Él nos habla, llama, ofrece y apremia. Pero ni nos damos por enterados, ocupados, en el mejor de los
casos, en hablarle, pedirle y expresarle lo que nosotros queremos y esperamos de Él.
San Agustín nos explica el verdadero problema de Dios: Que lo que Dios quiere para nosotros, con
frecuencia ni siquiera lo deseamos; y es el deseo, o aspiración, el que abre nuestras puertas a Dios y nos
conecta con Él (cf. In Jo.Ev.40, 10). Los fariseos no acataron el mensaje de Jesucristo, porque no lo
deseaban: “no se la abrió porque no llamaron, pues está escrito: «llamad y se os abrirá». Más aún, no
solo no llamaron, sino que tapiaron la puerta misma en contra suya" (Com. al Ev. de San Juan, 2,9). Y
desarrolla ampliamente la mística del deseo, declarando que “Hay una oración que no cesa nunca: Es el
deseo. No interrumpas, pues, tu deseo y no interrumpirás tu oración. Mantén vivo tu deseo: tu deseo
continuado es tu oración ininterrumpida”. (In ps. 37, 14).
Nos ocurre con Dios lo que pasa con la central eléctrica: Esta envía su luz y su fuerza a través de un cable,
que llamamos positivo. Pero el bombillo no se enciende, ni el motor se pone en marcha, mientras el
cable de regreso, que llamamos negativo, no los conecte con su Fuente.
Nuestras Constituciones, recién reeditadas, definen ya desde los primeros números, el objetivo y meta
de nuestra vida agustiniana, y el testimonio que estamos llamados a ofrecer, como Agustinos, al mundo
en que vivimos. En el número 13 se sientan los tres pilares básicos de nuestra vida y testimonio:
1.- La vida en comunidad, en fraternidad y amistad.
2.- La búsqueda de Dios, en el estudio y la oración.
3.- El servicio evangelizador al pueblo de Dios.
Textualmente:
“El fin de la Orden consiste en que, unidos concordemente en fraternidad y amistad espiritual,
busquemos y honremos a Dios y trabajemos al servicio de su pueblo De este modo, participamos
en la obra de evangelización de la Iglesia, llevando la Buena Nueva “a todos los grupos humanos,
para que, al transformarlos interiormente por su propia eficacia, haga nueva a la misma
humanidad”. Este es nuestro principal testimonio” (Const. 13).
Los dos primeros capítulos de las Constituciones (nn. 1-39) girarán reiterativamente en torno a estos
tres pilares, desarrollando sus implicaciones y buscando la necesaria armonía entre los mismos.
En realidad, son los tres referentes céntricos de la vida agustiniana, desde los orígenes de la Orden, y que
han mantenido todas las reediciones de las Constituciones, desde las primeras –las de Ratisbona-
redactadas 34 años después (1290) de la Gran Unión.
Sin embargo, esos tres aspectos se constituyen espontáneamente en binomios bipolares, en los que
cada uno de los términos tiende a marginar o excluir al otro: “Contemplación-Acción”; “Vida
comunitaria-Apostolado”; “Persona-Comunidad”. De hecho, la búsqueda del justo equilibrio entre
ambos términos, constituyó una piedra de tropieza a lo largo de toda la historia de la Orden.
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La Gran Unión del 1256 integró siete grupos de orientación eremítico-monástica; algunos de los cuales ni
siquiera tenían la Regla de San Agustín, y otros la habían adoptado recientemente; y todos fuertemente
marcados por el estilo de vida benedictina y cisterciense, pues Carlomagno había impuesto la Regla de
San Benito en todos los monasterios de su imperio (768-814). Las mismas Constituciones de Ratisbona
no fueron de nueva creación, sino adoptadas, con algunos retoques, de los agustinos de Toscana,
también de orientación cisterciense; hasta el punto de que el carácter eremítico-monástico quedará
plasmado en la denominación de la nueva Orden: “Orden de Ermitaños de San Agustín”, hasta las
Constituciones de 1968, recién finalizado el Concilio Vaticano II, en las que se eliminó el concepto de
“ermitaños”. Pese a la nueva orientación y objetivo de la Orden, como “Orden Mendicante”, y por ello,
evangelizadora.
No es extraño, por ello, que muchos de los antiguos eremitas –ahora agustinos- encajaran muy
difícilmente la dimensión apostólica, y varios grupos regresaron a su antigua autonomía, abandonando la
Orden. San Agustín vivió una crisis similar, al saltar de la vida monástico-contemplativa, que soñó al
principio, a la vida apostólica a la que fue empujado después. Y buscará decididamente la justa armonía
entre acción y contemplación (cf. Ciud. de D. 19,19; Carta 48,2), y entre apostolado y vida comunitaria.
Y tampoco es extraño que, tres siglos más tarde (siglo XVI), frente a la relajación generalizada de la vida
cristiana y religiosa, resurgiera en muchos la añoranza de la antigua vida eremítico-monástica, dando
lugar a las divisiones religiosas, tanto en la vida agustiniana (Movimiento de la Recolección), como en
otras varias Congregaciones.
Hemos enfatizado este aspecto de nuestra experiencia histórica, porque a partir de las Constituciones
de 1581, reeditadas a la luz del Concilio de Trento, los Agustinos nos fuimos abriendo más y más a la
acción misionera, apostólica y colegial. Y hoy reconocemos que nos fuimos pasando al polo contrario:
Las actividades nos fueron absorbiendo de tal modo que la vida comunitaria, y la espiritualidad que
conlleva, quedaron más y más marginadas. Es el aspecto nuclear que afrontó nuestro “Proceso de
Revitalización” frente a hechos de experiencia, confirmados por las estadísticas llevadas a cabo para su
preparación:
Que para un notable porcentaje de Agustinos de A.L. (entre un 11.81 y un 22.57%), el carisma y
espiritualidad agustinianos eran incompatibles con la actividad parroquial, las misiones y los colegios.
Que para muchos religiosos, la comunidad era una simple pensión donde llegan para dormir, y no
siempre para comer. Efectiva y afectivamente se autorrealizaban fuera.
Que en muchas comunidades, ni siquiera se celebraba ya el Capítulo Local.
Que las actividades de los religiosos son, por sistema individuales, sin implicación alguna de la
Comunidad en cuanto tal. No existía planificación, evaluación, ni responsabilidad comunitarias.
Que los mismos fieles, en los más de los casos, no logran ver diferencia entre un grupo de religiosos
agustinos y un grupo de curas diocesanos. Valoran al individuo, pero es irrelevante para ellos su carácter
comunitario.
En síntesis, la identidad agustiniana fue desdibujándose hasta el extremo, derivando hacia un marcado
individualismo. De ahí el énfasis de las Nuevas Constituciones en la recuperación del carisma y
espiritualidad agustinianos, que han de marcar también el estilo y modelo de nuestra misión pastoral,
misionera y educativa. En el número 14, las nuevas Constituciones señalan los medios que hemos de
emprender para recuperar la justa armonía:
“Para lograr lo que nos proponemos, es necesario observar cuidadosamente:
a) Poner siempre en primer lugar la consagración a Dios por medio de los votos religiosos, de donde
proceden, como de su fuente, la vida común y la actividad apostólica.
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b) Cuidar con esmero del culto divino, porque es la manifestación de la fe de que participan los
Hermanos que buscan a Dios.
c) Observar la perfecta vida común.
d) Fomentar la experiencia de Dios dedicándose al estudio y al desarrollo de la vida interior.
e) Ejercer la actividad apostólica según las necesidades de la Iglesia y de la sociedad.
f) Entregarse diligentemente al trabajo, tanto manual como intelectual, para el bien de la comunidad”
(n.14).
En referencia a la espiritualidad que los agustinos hemos de encarnar, las Constituciones sienten un
principio fundamental, que no podemos olvidar: Que la fuente y referente de toda espiritualidad
cristiana es Jesucristo. Hablamos de gran diversidad de “espiritualidades”, entre ellas de la agustiniana.
Pero todas ellas no son sino un particular cable de conexión con el Espíritu de Jesucristo.
“La norma fundamental de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo’, como aparece en el Evangelio
que nos impulsa al amor según nuestra personal consagración. Por eso, ante todo, amemos a Dios y
luego al prójimo (cf. Mt 22,4O) como Jesús mandó a sus discípulos y que es la ley suprema del
Evangelio, a semejanza de la primitiva comunidad cristiana constituida bajo los santos apóstoles en
Jerusalén” (cf. Hch 2,42-47).- Const. N.17.
San Agustín es enfático en prevenir la tendencia generalizada a vivir de “fragmentos”, perdiendo de vista
la “globalidad”, de la que forman parte. También en la vivencia de una espiritualidad. Cuando en
cualquier realidad, vemos sólo una parte, y no el Todo –afirma Agustín- malentendemos fácilmente esa
parte. Y pone varios ejemplos. Para comprender debidamente:
- La belleza de un coro, no basta escuchar una voz (Serm. 112°, 9)
- La grandeza de un edificio, no basta con ver una esquina del mismo.
- La belleza de una persona, no basta con ver sólo sus cabellos.
- La calidad de un orador, no basta con ver el movimiento de sus dedos.
-“Si queremos juzgar con rectitud todas estas cosas, que son ínfimas, han de considerarse en relación
a la TOTALIDAD" (De Vera Relig.XL, 76).
Decimos que la espiritualidad cristiana es “Cristocéntrica”. Y nadie lo duda. Pero se nos pasa con
frecuencia por alto, que toda la vida y mensaje de Cristo gira en torno al Padre. Por lo que la verdadera
espiritualidad cristiana ha de ser, al mismo tiempo “Patricéntrica”. Pero no solo eso: Tanto Jesucristo
como el Dios que Él nos revela, giran en su amor y preocupación en torno a sus criaturas humanas, por la
acción de su Espíritu. Por lo que la espiritualidad cristiana ha de ser necesariamente “Antropocéntrica”.
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Con San Agustín hacia Cristo;
Con Cristo hacia el Padre;
Con Dios (El Padre, el Hijo y el Espíritu), hacia nuestros prójimos (fraternidad).
En el amor afectivo y efectivo.
Las Constituciones enumeran cuatro expresiones de nuestra conexión con Jesucristo, muy enfáticas en la
espiritualidad de San Agustín:
a) El amor a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que es su Cabeza (Núm. 18). Y entendemos aquí la Iglesia, como
la comunión de todos los creyentes, miembros de Cristo.
En la Palabra Bíblica, es Dios el que nos habla, manifestándonos lo que Él es y lo que espera de nosotros.
Pero somos, con frecuencia, deficientes en escucharle. Hoy se trata de recuperar la “Lectio Divina” de la
tradición monástica, que implica cuatro momentos:
1°. Lectura reposada del texto (“Lectio”).
2°. Meditación.- Exponer la propia vida a la interpelación del mensaje.
3°. Oración.- Que no es sólo pedir, “escuchar” lo que Dios quiere decirme y espera de mí.
4°. Acción y compromiso.- Dios ofrece y propone; pero no impone. Espera mi libre respuesta y decisión.
a) La Eucaristía, “signo y causa de la unidad de la Iglesia, en la armonía de la Caridad” (n. 20). Y, por
ello, Escuela de Fraternidad y de compromiso apostólico.
b) Con María, que “dio a luz corporalmente a la Cabeza de ese Cuerpo”, que es la Iglesia, y es ejemplo y
modelo de “fe íntegra, firme esperanza y sincera caridad” (n. 21).
Abordamos ahora una de las connotaciones más determinantes de la experiencia y el espíritu de Agustín:
La INTERIORIDAD. Un concepto muy frecuentemente malentendido, particularmente por quienes sólo
conocen a San Agustín por textos fragmentarios, y el énfasis en la interioridad les suena a un intimismo
peligroso y opuesto a la invitación de Cristo: “El que quiera seguirme renuncie (u olvídese) de sí
mismo…” (Mt.16, 24). Se olvida que, cuando San Agustín, amonesta, en el texto mil veces citado: “No
quieras andar fuera; entra dentro de ti mismo…” (De Vera Rel. 39,72), no es para quedarse acurrucado
en sí mismo, sino para el “trasciéndete a ti mismo”: Para elevarse a Dios y, desde Dios, entregarse a los
demás desde la propia autenticidad.
Las Constituciones (nn. 22-24) abordan este tema en su relación con la búsqueda de Dios. Y cuando
buscamos a Dios, lo que buscamos es la felicidad: una vida imperecedera, plena y rebosante; un Bien y
una Verdad seguros que den sentido a nuestra vida. Precisamente las cualidades con las que definimos a
Dios. Por ello,
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corazón está inquieto hasta que descanse en Él” (Const., 22). “Sólo en Dios encontramos la
felicidad plena y definitiva, ya que hemos sido creados a su imagen y semejanza. A través del
camino de la interioridad se adquiere el conocimiento y el amor de Dios y de él nos hacemos
partícipes” (Ibid.23).
Todo ser humano, en efecto, busca y necesita, en algún modo, a Dios, consciente o inconscientemente.
Es decir, un Bien pleno y total, y una Felicidad sin recortes. De tal modo que, si no encontramos ese Dios
Verdadero, nos lo inventamos construyéndonos “ídolos”. Y así, afirma Agustín: “Todos quieren ser
felices; pero no todos quieren el camino y los medios para alcanzarlo” (Conf. X, 23, 33). Y por ello,
“todos los que son felices tienen lo que quieren; pero no todos los que tienen lo que quieren son
felices” (De Trinit. XIII, 5,8).
Las Constituciones sintetizan, en realidad, la experiencia de Agustín. El confiesa que, durante una larga
etapa de su vida, buscó la felicidad, la verdad, el bien que anhelaba, incluso a Dios, en simples
exterioridades, terminando por sistema en la frustración: “Yo me he dispersado en tiempos cuyo orden
desconozco, y con tumultuosas variedades” (Conf. XI, 29,39). “Caminaba por tinieblas y resbaladeros, y
te buscaba fuera de mí, y no te hallaba, ¡oh Dios de mi corazón!”; y había venido a dar en lo profundo
del mar; y desconfiaba y desesperaba de hallar la Verdad” (Conf.VI, 1,1). Cuando, al fin, radiografiando
su propia interioridad, descubre que el Dios que buscó fuera, estaba dentro “más interior a mí mismo
que yo mismo” (Conf.III, 6,11), con el gozo extático del encuentro, invierte radicalmente los rumbos de
su vida:
- De las exterioridades a la interioridad.- “Dentro del corazón soy lo que soy” (Conf.X,3,4)
- De la multiplicidad caótica a la unidad ;
- De las emociones a las convicciones;
- Del los amores al Amor;
- De las criaturas al Creador.
- De los maestros exteriores al “Maestro Interior”.
Subrayamos este último aspecto por su relevancia en la experiencia de Agustín: De los maestros
exteriores al “Maestro Interior”. Relata Agustín, en sus Confesiones, el largo listado de maestros y
modelos que marcaron su vida y le impulsaron al seguimiento. Algunos le aportaron luces muy valiosas;
otros le llevaron de confusión en confusión. Todos necesitamos, sin duda, de maestros. Pero lo que está
siempre en juego son los criterios, o falta de criterios, por los que personalmente optamos por unos o
por otros.
Agustín encontró la clave al encontrarse con el “Maestro Interior”, que le habla desde su propia
interioridad. Es, en realidad, la voz de la honesta conciencia y de la correcta razón, que no permite
discernir lo verdadero y lo malo; lo bueno y lo malo; lo justo y lo injusto; y que Agustín identifica,
citando a San Juan (Jn 8, 25), con el “Verbo de Dios, que ilumina a todo hombre que viene a este
mundo”. (Cfr. Conf. XI, 8,10; VI, 8). Al tema dedica una de sus primeras obras: “De Magistro”. Y en ella
reconoce que hay multitud de maestros, que nos enseñan desde fuera y enriquecen nuestra memoria;
pero un “Único Maestro”, que nos permite comprender, discernir, interiorizar y hacer propio, lo que nos
llega desde fuera.
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porque la comunidad es, para cada uno, una exterioridad; y ella se renovará en la medida en que cada
uno de sus miembros cultive su propia calidad interior, y desde ella, su propio espíritu comunitario.
Las Constituciones sientan el principio de que “Todos los cristianos, por el bautismo, están llamados a la
santidad (cf. 1 Ts 4,3) de la que Cristo es autor y meta’. Sin embargo, el camino que conduce a la
plenitud de la vida cristiana y a la caridad perfecta no es único, porque son varios los carismas” (Const.
I,1). Y, al hablar de ella, San Agustín aclarará, en sintonía con San Juan (1Jn.1, 8), que todos, incluidos
los santos, somos pecadores. Lo que significa que santidad y perfección no son sinónimos.
Para Agustín, la santidad no está tanto en las metas ya logradas, cuanto en la fidelidad al camino que a
ellas conduce: En la “tensión constante hacia Dios”. De modo que la verdadera clasificación de los seres
humanos no es “perfectos y pecadores”, sino “los que caminan y los que se estancan”; muy
frecuentemente, en la rutina y el formalismo. Veamos sus palabras:
“Los santos están revestidos de justicia, unos más y otros menos. Y nadie vive acá sin pecado, pero
unos más y otros menos. Y quien peca lo mínimo, ese es el óptimo” (Carta 167, 3,13). "Puede ser
perfecto caminante quien aún no es perfecto por no haber alcanzado la meta. El perfecto caminante
marcha bien, camina bien y se mantiene en el camino” (Serm. 360, B, 3). “El bueno transita
ciertamente por el camino de los pecadores, naciendo como ellos, mas no se estacionó, porque no le
retuvieron los atractivos mundanos (In ps. 1,1).
Sin embargo, tanto en éste como en el siguiente apartado, queremos dirigir nuestra mirada al
Documento de Aparecida, que concreta las cuatro implicaciones fundamentales de la santidad cristiana:
En Jesucristo, “Dios nos ha revelado su Proyecto de Vida”, para los seres humanos (129). Seguir a
Jesucristo, es por ello, “vincularse estrechamente con Él, porque es la fuente de la vida…; asumir su
mismo estilo de vida y sus mismas motivaciones; correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión
de hacer nuevas todas las cosas”. Y, en Jesucristo, el discípulo se vincula con “la Vida salida de las
entrañas del Padre” (131).
Pero Jesús “no quiere una vinculación de siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor. Sino una
vinculación de “amigos” y de “hermanos”. “El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida
(Jesucristo) en la propia existencia (cf. Jn 15, 14), marcando la relación con todos (cf. Jn 15, 12). El
“hermano” de Jesús (cf. Jn 20, 17) participa de la vida del Resucitado” (n.131). “Jesús hace a sus
discípulos familiares suyos, porque comparte la misma vida que viene del Padre” (n.133).
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- A madurar nuestra respuesta de amor a quien “nos amó hasta el extremo”: “Te seguiré adonde
quiera que vayas” (Lc 9, 57).
- A amar como él amó: En “su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y
a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida” (nn. 136
y 139).
La identificación con Jesucristo nos dispone también a compartir su destino: “Donde yo esté estará
también el que me sirve” (Jn 12, 26). El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz
(…). Nos alienta el testimonio de tantos misioneros y mártires de ayer y de hoy en nuestros pueblos que
han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida” (n.140) Modelo de este amor e
identificación es la Virgen María (n.141).
Jesús encarga a los suyos anunciar el Evangelio del Reino a todos los pueblos. “Por esto, todo discípulo es
misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y
hermano” (n. 144). Y Benedicto XVI declara: Discipulado y misión son como las dos caras de una misma
medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él
nos salva (cf. Hch 4, 12) (n. 146). Y concluye el Documento este apartado:
“Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad. Vivirla en la misión lo lleva al
corazón del mundo. Por eso, la santidad no es una fuga hacia el intimismo o hacia el
individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas
económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo y, mucho menos, una fuga de la
realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual” (n. 148).
Jesús formó a sus discípulos, desde el principio, en el Espíritu Santo. Hoy, en la Iglesia, es “el Maestro
Interior el que conduce al conocimiento de la Verdad total, formando discípulos y misioneros. Esta es la
razón por la cual los seguidores de Jesús deben dejarse guiar constantemente por el Espíritu (cf.Gal.5,
25)” (n.152).
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5.- LA ALEGRÍA DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS
El Documento de Aparecida inicia su tercer capítulo con el tema de la Alegría de ser Discípulos y
Misioneros de Jesucristo. Un tema reiterativo en el Documento, pues hay referencia directa a la alegría
en 39 de la totalidad de sus números. Énfasis significativo y oportuno porque, en la praxis cristiana
generalizada, no siempre hemos logrado conjugar debidamente la espiritualidad de la cruz y la
espiritualidad de la resurrección; los sufrimientos del camino y la felicidad de la meta, que tenemos
garantizada.
La alegría habría de ser parte esencial e insustituible de nuestro testimonio cristiano. Jesús mismo
reclama reiteradamente a sus discípulos: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? (Mt. 8, 26). “¡No
temáis! (Mt 10,26); “No temas, pequeño rebaño, porque el Padre ha decidido daros el Reino” (Lc 12,
32). “No tengáis miedo a los que solo pueden matar el cuerpo” (Lc.12, 4). “Alégrense y estén contentos,
porque su nombre está escrito en el cielo” (Mt. 5,11-12). “Ustedes llorarán y estarán tristes, mientras el
mundo se alegra. Pero su tristeza se convertirá en alegría. Y esa alegría nadie se la podrá quitar” (Jn
16, 20 y 22). En el mismo tono, San Agustín nos emplaza: “Tenéis padre, tenéis patria, tenéis
patrimonio. ¿Quién es este padre? Carísimos, ¡somos hijos de Dios! (In ps. 84, 9). Tenemos Padre;
tenemos Hogar; tenemos Herencia; ¿qué más podemos desear?
El Documento de Aparecida insiste en los fundamentos de la alegría cristiana. Tenemos motivos sólidos
para vivir ALEGRES, porque somos portadores de la “BUENA NUEVA”, la Gran Noticia revelada en
Jesucristo. Todos, en efecto, anhelamos más que nada ser felices: vivir en paz; ser respetados, valorados
y queridos; gozar de una vida digna, rebosante y con sentido; integrar una sociedad armónica, justa,
solidaria y fraterna. Pero parecemos ignorar el Camino. Jesucristo nos ha anunciado la “Buena Nueva”,
que responde cabalmente a nuestros más profundos anhelos:
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3.- La Buena Nueva de la Familia (114-119)
“Dios es Amor” y nuestra conexión con El genera espontáneamente Comunión y Familia:
-La Familia es la primera y más decisiva experiencia de amor, para los seres humanos.
-“Ha sido escuela de fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en que la vida humana nace y se
acoge generosa y responsablemente”.
- “Bendecimos a Dios por haber creado al hombre “varón y mujer”, aunque hoy se quiera confundir esta
verdad”.
-“En el seno de la familia, la persona descubre (por experiencia) los motivos para pertenecer a la Familia
de Dios”.
- El gran Sueño de Dios es que todos los humanos constituyamos una única Familia: Su Familia.
El Documento termina esta parte con una alabanza a Dios por Latinoamérica, “Continente de la
Esperanza y del Amor (127-128). Alabanza:
- Por la Fe Cristiana de las mayorías del Continente Latinoamericano.
- Por la profunda religiosidad de nuestros pueblos, su amor a Cristo y a su Madre bendita, y su
veneración por los santos.
- Por la vitalidad de la iglesia que peregrina en América Latina y el Caribe.
- Porque el Señor ha hecho que este Continente sea un espacio de comunión y comunicación de pueblos
y culturas indígenas.
Nada hay tan contagioso como la alegría. Ningún mensaje tan estimulante y convincente como el del
rostro feliz de quien ha encontrado el secreto de la verdadera alegría de vivir, en sus diversos matices:
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paz, serenidad, fascinación, encanto, plenitud de ser, seguridad, optimismo, felicidad, y esperanza
segura. Lamentablemente, también es contagioso el rostro del amargado, ingresado o absorbido por la
desoladora “familia-tristeza”: pesadumbre, depresión, frustración, desencanto, vacío existencial,
desolación, aburrimiento, melancolía, abatimiento, amargura, desesperanza, y otros parientes más.
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TEMA N°3:
EL LLAMADO COMO AGUSTINOS A RETOMAR EL ESPÍRITU MISIONERO
DE NUESTROS ANTEPASADOS PARA RESPONDER A LA REALIDAD ACTUAL
DEL CONTINENTE LATINOAMERICANO
El espíritu de las Órdenes Mendicantes en la Evangelización de las ciudades (Const. I, 9) y de los primeros
misioneros en América. Mirada de los discípulos misioneros sobre la Realidad (Aparecida Cap. 2).
No es el momento para disertar sobre nuestra identidad, hoy bastante discernida, sino sencillamente
para recordar con agradecimiento que un día cada uno de nosotros fue llamado por su nombre para ir al
encuentro del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por el camino que caminó Agustín. Lo que supone una
predilección inexplicable y un mimo amoroso por parte de Dios. ¿Por qué yo sí y otros, sin duda más
capaces que yo, no? Para concluir que, cuanto al llamado, hemos sido objeto gratuito y exclusivo de la
bondad, la predilección y la misericordia de Dios. Y esto siempre ha de ser motivo para nuestro espanto y
nuestro agradecimiento.
Pero es preciso ponderar que al llamarnos a la vida religiosa nos especificó que debíamos hacerlo no por
el camino de Francisco, Domingo o Ignacio u otros, sino – ya lo hemos dicho – por el camino de Agustín.
¿Cuál es la especificidad, el carisma de ese camino agustiniano para llegar a Dios? Lo sabemos:
fundamentalmente el camino de la fraternidad; o dicho de otra manera: “Cor unum in Deum”.
Sin duda, este es un camino de santidad y por el que transita a la santidad. En primer lugar “ad intra”, o
sea, la santidad solidaria: yo te santifico y tú me santificas. Entre los agustinos la vida comunitaria es el
laboratorio de la comunidad comunitaria. Nos santificamos en colmena. Paro además, ese camino
agustiniano, esa matriz de santidad de santidad no es egoísta, no es para transitarlo solamente de muros
adentro, sino que Dios quiere extraditarlo, proyectarlo “ad extra”. ¿En qué sentido? Nuestro carisma es
un servicio a la Comunidad: a la comunidad eclesial y a la comunidad universal. No sólo porque con
nuestra santidad enriquecemos subterráneamente al Cuerpo de la Iglesia, sino porque somos – somos
llamados a ser - iconos de fraternidad y expertos en la creación y vivencia de comunidades.
En la cultura egoística, individualista y gélida en que nos toca vivir, el mejor servicio eclesial que le
podemos ofrecer es el paradigma vivencial de comunidades pluriculturales y pluriétnicas en una
armoniosa convivencia enriquecedora, alegre y plenificante. Ante el grito neoliberal e insolidario del
“sálvese quien pueda”, con la vivencia de la fraternidad en camino ofrecemos nuestra propuesta de que
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la comunidad, la creación de comunidades aún es posible. Será esta nuestra mejor llamada y respuesta
como agustinos “a que se renueve la sociedad humana” (Const. I,1).
“Vuelta a las fuentes” es el grito desengañado que en lo político, en lo social y en lo religioso, se escucha
un poco por todas partes. Como si nos sintiéramos desilusionados y cansados de beber en tantas aguas
revueltas y contaminadas, la verdad es que añoramos aguas más transparentes, originales y
fundacionales. Exigimos transparencia y cristalinidad; allí donde el manantial está más cerca del
Evangelio.
Todo Fundador le pidió a Jesús que le diera a beber directamente del Pozo de la Samaritana y así se
tornó un samaritano para nosotros. Del pozo, sin intermediarios, queremos nosotros beber
directamente. En cada época, como ley de sobrevivencia, se impone retomar el cauce en busca de la
fuente.
Pues bien, en este momento histórico – la Iglesia Misionera -, a los agustinos se nos pide “retomar el
espíritu misionero de nuestros antepasados”. Ciertamente que la Iglesia entera está hoy día en pie de
misión total: primero para misionarse a sí misma – automisión - , y después para misionar a los de fuera.
Pero aquí habrá que aplicarse también el cuento: ¿La Orden Agustiniana está en pie de Misión, en
“estado de Misión”, primero para misionarse a sí misma y luego para misionar a los de fuera? Y cada uno
de los agustinos, primero misionero de sí mismo para luego, con autoridad, con coherencia, misionar a
los demás.
Sin embargo, en su talante misionero cada Orden y Familia religiosa tiene su “modus operandi” propio y
particular. Hay una impronta misionera de cada Fundador típica, intransferible, a manera de herencia
sagrada, que los hijos celosamente deben guardar y cultivar.
Que nuestra Orden sea misionera lo confirma palmariamente la historia. Agustín arrancó proyectando un
poderoso foco de luz sobre la Iglesia africana y europea con su doctrina robusta y meridiana. Y también
batiendo espadas contra la corrupción de costumbres y las herejías peligrosas y deletéreas de la época.
Le siguieron el ejército bien formado de monjes que él fundó, sobre todo en la diáspora a que se vieron
forzados por motivo de las invasiones bárbaras. Italia, Francia y España fueron las primeras tierras
beneficiadas con las misiones agustinianas “ad extra”. En este sentido la difusión de la Orden y la misión
agustiniana sigue un paralelo perfecto y providencial con la primitiva Iglesia en actitud de diáspora.
Y si es cierto que se pierde la pista en el túnel de la Edad Media, reaparece en el siglo XIII con el
acontecimiento de la Gran Unión, respondiendo a los expresos deseos de los Papas, para evangelizar las
ciudades de la época.
Pero, cuando florece desbordante el espíritu misionero agustiniano es en el siglo XVI con el
descubrimiento y la colonización de América, cuando santo Tomás de Villanueva envía a los “12
apóstoles” a fundar la primera Misión en México. De ahí en adelante fluyó un río de aguas misioneras
agustinianas, que ya no terminó más.; pero ahora extendiendo su abanico por todos los Continentes en
un alarde de generosidad y eclesialidad.
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¿Podríamos intuir, para retomarlo, “el espíritu misionero de nuestros antepasados”? Tal vez consigamos
ensayar algunas pistas:
. Su pronta respuesta y disponibilidad en el siglo XIII, al llamado y a las necesidades de la Iglesia, aunque
fuera sacrificando estructuras muy queridas (vida cenobítica a vida apostólica);
. Como “mendicantes”, su compromiso a una insinuación de la Sede Apostólica para predicar y
evangelizar las ciudades;
. Como pioneros, abrir nuevos caminos en la selva del paganismo o de la descristianización, sobre todo
en el Nuevo Mundo;
. Su evangelización, además de catequística era comprometida y liberadora, poniéndose decididamente
al lado de los nativos para defender sus derechos;
. Su preocupación para formar clero nativo; de tal manera que ya al poco tiempo fundaron Provincias
propias;
. Su preocupación por la educación y la cultura (Alonso de la Veracruz funda en México la primera
Biblioteca de América);
. Su vocación martirial: ¡Cuánta sangre agustina derramada en América! (El Venerable Diego de Ortiz,
primer mártir del Perú);
. Tolerancia e inculturación con los ritos y costumbres de los nativos.
Nos preguntamos: ¿Tenemos los agustinos de hoy alma misionera y disposición misionera como
nuestros antepasados de ayer?
Hoy más que nunca, a los religiosos se les pide que sean expertos para responder a las demandas que
están latentes en la sociedad actual, y que sean profetas y atalayas para otear con clarividencia la
sociedad que se viene. No hay misión si no hay liberación y solución de problemas.
Nos pide Aparecida que en este momento salgamos “en búsqueda de los católicos alejados y de los que
poco o nada conocen a Jesucristo” (Mensaje Final de la V Conferencia General a los pueblos de América
Latina y El Caribe).
¿Será exagerado decir que estamos ante una nueva cultura misionera? De una manera fue la acción
misionera de los tiempos apostólicos; de otra manera en la Edad Media; de otra en la Edad Moderna y
de otra lo tiene que ser, obviamente, en la Edad Contemporánea y Posmoderna. Esto sobre todo,
teniendo en cuenta los múltiples movimientos migratorios, la fiebre consumista, la angustia por el futuro
y el estrés de las personas. Necesariamente, las exigencias, las preguntas y las respuestas tienen que ser
distintas. No atender a los gritos de la nueva cultura, en nuestro caso de una nueva cultura misionera,
sería un fracaso personal y un suicidio eclesial.
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¿En qué sentido? El servicio de misionar se entendía hasta hace poco tiempo como el servicio “ad
gentes”, a los paganos, a los físicamente lejanos o a los sociológicamente desheredados. Parece que hoy
la Iglesia misionera, si quiere ir al corazón del Reino y evangelizar con fruto, tiene que cambiar de
estrategia y llevar la cultura misionera allí donde se fragua la cultura laica. Y ciertamente, no es en los
campos bucólicos ni en las selvas lejanas, sino en la selva de los rascacielos, en los clubes y en las fábricas
donde el misionero del siglo XXI tiene marcada la cita de su misión. Son esos los campos que están listos
para las nuevas sementeras, porque es ahí donde se encuentran los nuevos paganos. Y si la Iglesia –
nuestra Orden – por miedo, por comodismo o por omisión – siempre serán más gratificantes y menos
peligrosas las misiones selváticas y rurales – llega tarde o no llega para imponer esta cultura misionera,
su estrategia estará fuera de foco y el avance del Reino quedará comprometido y bajo sospecha.
El Espíritu tiene sus tiempos, sus reglas y sus movimientos para llegar, a través de sus misioneros, al
corazón de las gentes en el momento, cultura y lugar oportunos. En lugar de las misiones rurales – y sin
desmerecerlas -, las misiones urbanas constituyen hoy los nuevos tiempos, los nuevos campos y la nueva
cultura misionera.
La idea viene de Aparecida: “La ciudad se ha convertido en el lugar propio de nuevas culturas que se
están gestando e imponiendo con un nuevo lenguaje y una nueva simbología” (Ap. 513). Por tanto, la
ciudad es hoy el lugar teológico de la convocatoria propia de la Misión.
De momento pareciera que los “nuevos misioneros” para los nuevos tiempos quedarían paralizados por
la impotencia ante tamaña empresa: ¿Po dónde empezar? ¿Cómo seguir? ¿Cómo irá a terminar? ¿No es
una utopía? Pero si hay disponibilidad, el Espíritu sabe abrir caminos en la selva y ánimo para responder
al desafío y no desmayar. Al fin y al cabo, ¿no fue en las ciudades que comenzaron Agustín y nuestros
antepasados, los mendicantes?
3. ¿Somos misioneros a manera de “bomberos” que responden con prontitud y fidelidad a la Iglesia para
extinguir los focos de incendio en los lugares más comprometidos? ¿A dónde se gestan hoy las batallas
del Reino?
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Segunda Sección:
“ASUMIENDO COMUNITARIAMENTE NUESTRA MISIÓN
EVANGELIZADORA
EN LAS DIFERENTES CULTURAS”
(LOS AGENTES).
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TEMA N°4:
LOS CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS,
DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESÚS, TESTIGOS DEL PADRE
(APARECIDA 216 – 224).
“Nuestra profesión testimonia la vida divina de la Trinidad. Nuestra vida en común está modelada según
el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que hace de la comunidad agustiniana un auténtica
“escuela de caridad”. Por ello, cuando respondemos fielmente a nuestra profesión, aparecemos ante el
pueblo de Dios como un signo profético.” (Const. 55).
Así rezan nuestras Constituciones; y EL Documento de Aparecida siguiendo este mismo espíritu
explicitan esa vinculación testimonial con cada una de las personas de la Santísima Trinidad:
CON EL PADRE: “La vida consagrada es un don del Padre por medio del Espíritu a su Iglesia, y constituye
un elemento decisivo para su misión. Se expresa en la vida monástica, contemplativa y activa, los
institutos seculares, a los que se añaden las sociedades de vida apostólica y otras nuevas formas.” (cf.
Aparecida 216). Todos los consagrados y consagradas tendrán que ser Testigos del Padre.
CON EL HIJO: “Es (la vida consagrada) un camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él
con un corazón indiviso, y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de la humanidad, sumiendo la forma de
vida que Cristo escogió para venir a este mundo: una vida virginal, pobre y obediente.” (cf. Aparecida
216).
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Está llamada a ser una vida misionera, apasionada por el anuncio de Jesús – Verdad del Padre, por lo
mismo, radicalmente profética, capaz de mostrar a la luz de Cristo las sombras del mundo actual y los
senderos de vida nueva, para lo que se requiere un profetismo que aspire hasta la entrega de la vida, en
continuidad con la tradición de santidad y martirio de tantas y tantos consagrados a lo largo de la
historia del Continente.
Y al servicio del mundo, apasionada por Jesús – Vida del Padre, que se hace presente en los más
pequeños y en los últimos a quienes sirve desde el propio carisma y espiritualidad.” (cf. Aparecida 220).
“Ese seguir a Cristo es el sentido auténtico y genuino de la vida religiosa y constituye, por tanto, su
norma definitiva. Y puesto que la fiel imitación de Cristo entraña una profunda vida espiritual, debemos
acompañarle principalmente por el camino de la humildad hasta nuestro anonadamiento en Cristo: “Este
es el camino: vete por la humildad para llegar a la eternidad”.” (Const. 56).
“La consagración religiosa se fortalece por el desarrollo de un espíritu de entrega amorosa que nos invita
a compartir la misión de Cristo “completando en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo, a
favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Cargar con la cruz todos los días (Lc 9,23) en común se
extiende también a las peticiones inesperadas de la vida común y del apostolado, que deben ser
abrazadas generosa y fielmente.” (Const. 57).
CON EL ESPÍRITU SANTO: “El Espíritu Santo sigue suscitando nuevas formas de vida consagrada en la
Iglesia, las cuales necesitan ser acogidas y acompañadas en su crecimiento y desarrollo en el interior de
las Iglesias locales. El Obispo ha de hacer un discernimiento serio y ponderado sobre su sentido,
necesidad y autenticidad. Los Pastores valoran como un inestimable don la virginidad consagrada, de
quienes se entregan a Cristo y a su Iglesia con generosidad y corazón indiviso, y se proponen velar por su
formación, inicial y permanente.” (Aparecida 222).
“Desde su ser la vida consagrada está llamada a ser experta en comunión, tanto al interior de la Iglesia
como de la sociedad. Su vida y su misión deben estar insertas en la Iglesia particular y en comunión con
el Obispo. Para ello, es necesario crear cauces comunes e iniciativas de colaboración, que lleven a un
conocimiento y valoración mutuos y a un compartir la misión con todos los llamados a seguir a Jesús.”
(Aparecida 218).
En este sentido, “Las Confederaciones de Institutos seculares (CISAL) y de religiosas y religiosos (CLAR) y
las Conferencias Nacionales son estructuras de servicio y de animación que, en auténtica comunión con
los Pastores y bajo su orientación, en un diálogo fecundo y amistoso, están llamadas a estimular a sus
miembros a realizar la misión como discípulos y misioneros al servicio del Reino de Dios.” (Aparecida
223).
Además como veíamos en el primer tema de este retiro: “La Iglesia, como “comunidad de amor”, está
llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que, es comunión, y así atraer a las personas y a los pueblos
hacia Cristo. En el ejercicio de la unidad querida por Jesús, los hombres y mujeres de nuestro tiempo se
sienten convocados y recorren la hermosa aventura de la fe. “Que también ellos vivan unidos a nosotros
para que el mundo crea” (Jn 17, 21). La Iglesia crece no por proselitismo sino por “atracción”: como
Cristo “atrae a todos hacia si” con la fuerza de su amor. La Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues
los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó (cf. Rm 12, 4 –
13; Jn 13, 34).” (Aparecida 159).
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Para nosotros como Agustinos precisamente nuestro carisma es la comunión de vida: “El fundamento de
la vida agustiniana es la vida en común, en la cual todos los Hermanos, donándose a sí mismos,
construyen el camino hacia Dios mientras sirven a los demás, comunicándoles todos sus bienes y
perfeccionándose a la vez a sí mismos con el don de la gracia divina. Así se refleja el misterio trinitario y
eclesial en la vida de los Hermanos y éstos pregustan, ya en la tierra, lo que desean gozar finalmente en
la casa del Padre.” (Const. 6).
“Nuestra propia espiritualidad y la Iglesia Latinoamericana nos exigen evangelizar con un claro estilo
comunitario, recordando que las obras apostólicas están confiadas a la comunidad y que debemos crear
comunidades eclesiales e impregnar de espíritu comunitario todas nuestras obras pastorales. Por lo
mismo, como pastores queremos ser servidores de la gran familia del Pueblo de Dios, con claro estilo de
fraternidad y sin paternalismos ni clericalismos. El servicio es el don de Dios en nosotros, no un privilegio.
Pastorear es experimentar la Paternidad de Dios y dejarla fluir de nosotros a los hermanos. Es preciso
promover el carisma de cada bautizado y el protagonismo de los laicos en la Nueva Evangelización,
insertándonos en la pastoral de conjunto de la Iglesia particular” (Espíritu Nuevo, Principio Específico
VII).
“Esto nos exige a los agustinos de América Latina un fuerte impulso a la oración y al estudio, con un
decidido y evidente talante comunitario: vivir en comunidad, orar comunitariamente – sin conformarnos,
simplemente con “rezar juntos”- , hacer realidad una auténtica comunión de bienes frente al egoísmo
individualista de la propiedad privada, evangelizar con un claro sello comunitario (los agustinos
deberíamos ser especialistas en crear comunidad y comunidades vivas en nuestra acción pastoral…),
abrirnos comunitariamente a los laicos y a los jóvenes, y especialmente ser sensibles al desafío de las
“nuevas fronteras” e impulsar la colaboración fraterna entre circunscripciones en proyectos comunes”
(Espíritu Nuevo, Principio General IV).
En el pueblo de Dios, “la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es
misionera y la misión es para la comunión”. En las Iglesias particulares, todos los miembros del pueblo de
Dios, según sus vocaciones específicas, estamos convocados a la santidad en la comunión y la misión.”
(Aparecida 163).
“De manera especial, América Latina y El Caribe necesitan de la vida contemplativa, testigo de que solo
Dios basta para llenar la vida de sentido y de gozo.
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y es testigo de una entrega en el amor radical y libre a Dios y a la humanidad frente a la erotización y
banalización de las relaciones (Castidad).” (Aparecida 219).
“El agustino manifiesta su consagración a Dios con la práctica de los votos. San Agustín nos enseña que
nuestros votos de castidad, pobreza y obediencia están especialmente marcados por la vida común: “En
primer término –ya que con este fin os habéis congregado en comunidad-, vivid en la casa unánimes y
tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios”. La impronta del amor da a la observancia
de los votos su distintiva identidad agustiniana.” (Const. 59). Este es el ideal Agustiniano.
“Los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia se profesan en nuestra Orden con votos
públicos, que son simples o temporales, solemnes o perpetuos. Los votos simples hacen ilícitos, pero no
inválidos los actos contrarios, a no ser que expresamente se determine; los votos solemnes hacen
también inválidos los actos capaces de invalidación (cf. CIC, 668,5; 1088; 1192).” (Const. 60).
“Por el sacramento del Bautismo morimos al pecado, resucitamos a una vida nueva y nos consagramos a
Dios (cf. Rom 6,4-10). Las palabras de san Pablo “revestíos de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 13,14)
indican no solamente la vocación de san Agustín al bautismo, sino también la vocación a vivir como
siervo de Dios. Por la profesión de los consejos evangélicos, con la que respondemos libremente a la
llamada divina, no sólo se confirma nuestra consagración bautismal, sino que se expresa con mayor
abundancia sus frutos al consagrarnos más íntimamente al servicio de Dios. La índole radical de esta
entrega en qué consiste la consagración religiosa es la “oferta viva” (Rom 12,1), es decir el ofrecimiento
total de sí mismo a Dios: la misma Iglesia lo proclama así en su acción litúrgica asociando la oblación
religiosa al sacrificio eucarístico.” (Const. 53).
“Asumimos el voto de castidad por el Reino de los Cielos (Mt 19,12). A la luz de la enseñanza de Jesús, la
Iglesia ha dado siempre un especial significado escatológico a este voto, al mismo tiempo que ve en él un
amor universal y eterno; reconociéndolo como una bendición especial para el Pueblo de Dios, un
testimonio de la unión extraordinaria entre Cristo y su Iglesia (cf. Ef 5,23-32), que se manifestará
plenamente en el mundo futuro. De modo parecido, a través de la castidad, nuestros corazones son
capaces de un profundo amor de Dios, son libres para ser disponibles a los demás, y disponen nuestra
voluntad a una entrega completa (cf. 1 Cor 7,32) al servicio de Cristo y de la Iglesia en todas las formas
de apostolado.” (Const. 61).
“San Agustín revela con franqueza en las Confesiones su propia lucha para permanecer casto. Dado que
llevamos el tesoro de la castidad en vasos de barro, mientras estamos en el exilio lejos del Señor (cf. 2
Cor 5,6), no debemos confiar en nuestras fuerzas, sino siempre en la ayuda del Señor. Con humildad,
debemos utilizar los recursos espirituales y naturales para preservar nuestra entrega, siempre
recordando la insistente enseñanza de Agustín, que la dignidad y el valor de la castidad no consisten en
la mera continencia, sino en la consagración fiel y amorosa a Dios.” (Const. 62).
“Nuestra castidad está, además, vivamente unida a la fraternidad que compartimos. Es, de hecho, una
manifestación de nuestro amor fraterno, y es salvaguardada por la comunidad donde el verdadero amor
fraterno crece entre sus miembros, protegidos por la vigilancia recíproca y por el vínculo de la amistad
entre los hermanos, como prescribe la Regla: “Guardad mutuamente vuestra pureza, pues Dios, que
habita en vosotros, os guardará también de este modo por vosotros mismos”. Se trata, por tanto, de una
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responsabilidad compartida por todos los hermanos y que debe ser una especial preocupación de los
Superiores.” (Const. 63).
“San Agustín, con la prescripción de no considerar nada como propio, sino de tener todo en común,
pretendió proponer de nuevo el ideal de la comunión de bienes vigente entre los primeros cristianos (cf.
Hech 4,32ss). Él vio en esta comunión un medio particularmente apropiado para alcanzar la perfecta
caridad cristiana en la Comunidad fraterna, en la que tengamos “una sola alma y un solo corazón
orientados hacia Dios”. Esta comunión de bienes, tan profundamente apreciada por Agustín, da la nota
distintiva a nuestra pobreza, una pobreza evangélica que sigue las huellas del Cristo pobre. Este
seguimiento de la pobreza de Cristo nunca debe hacernos olvidar de que no se trata una mera condición
económica, sino que tiene sus raíces en el misterio de su profundo anonadamiento (cf. 2 Cor 8:9; Fil 2:7).
Nuestra pobreza, por consiguiente, no se reduce a una mera renuncia de bienes temporales, sino de
todo lo que huele a soberbia, como la vanidad, los honores personales, y cosas semejantes. De ello se
sigue que la pobreza poco vale si no va unidad a la humildad de mente y de corazón.” (Const. 64).
“Nosotros vivimos la pobreza, no sólo compartiendo todos los bienes con los hermanos y sin tener nada
propio, sino que nuestra pobreza requiere también que los corazones estén libres de los deseos de cosas
materiales. La Regla nos invita a la práctica de la sencillez respecto a los bienes materiales, para poder
ser más libres para dedicarnos al servicio del prójimo, especialmente del pobre: “más vale necesitar poco
que tener mucho”. Esta sencillez favorecerá nuestros esfuerzos por conseguir una sociedad más justa.”
(Const. 65)
“A través de la comunión de bienes en la vida agustiniana ponemos de manifiesto que estamos inmersos
en aquel amor que no busca lo que es propio, sino más bien el bien común, y antepone el interés de la
mayoría al propio. La mayor riqueza de la comunidad agustiniana es la “grande y abundantísima riqueza
común que es Dios”. Debemos, por tanto, cultivar sinceramente la pobreza y expresarla en formas
nuevas y más adecuadas a la sociedad moderna y a las culturas particulares. No basta depender del
permiso del Superior en el uso de los bienes, sino que se necesita ser pobres “efectiva y afectivamente”
(cf. Mt 5, 3), ya que nuestro tesoro está en el cielo (cf. Mt 6,20).” (Const. 66).
“Competencia de la Comunidad es, siguiendo las normas de la Casa y de la Circunscripción, proveer a los
Hermanos de lo necesario y conveniente. Pero la acumulación y la posesión de dinero y bienes, como si
fuera en propiedad, se opone enteramente al voto de pobreza y a la esencia de la vida común. Por tanto,
las remuneraciones obtenidas por el trabajo y los donativos, aunque sean en especie, entréguense de
hecho a la Comunidad y no deben ser consideradas privadas, aunque el uso personal se consiente en
casos particulares.” (Const. 67).
“Los Hermanos, pues, como amadores sinceros de la pobreza, examinen su conciencia para ver si poseen
algo como propio. Y en las cosas usadas por todos se mantenga la sencillez y la moderación, evitando
abusos y gastos superfluos. Los Superiores y oficiales provean a cada uno con benignidad y comprensión,
teniendo en cuenta las circunstancias de edad y la condición de los Hermanos. Procuren también que
nuestras Casas sean acogedoras, de modo que resulte agradable vivir en ellas y favorezcan la
fraternidad.” (Const. 68).
“Puesto que las excesivas desigualdades económicas son motivo de escándalo, cuando en una sociedad
se dan juntos el lujo y la miseria, la abundancia y el hambre, nuestro compromiso de pobreza evangélica
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urge con una obligación más apremiante a ser ante el mundo signo de Cristo pobre contra la
desenfrenada avaricia de riquezas y a observar fielmente las obligaciones de la pobreza según la
naturaleza de la Orden, los preceptos de la Regla y los ejemplos de San Agustín. Nuestra espiritualidad de
comunión ofrece al mundo una voz profética frente a estas desigualdades.” (Const. 69).
“Recordando las palabras del Apóstol: “El que no quiera trabajar que no coma” (2 Tes 3,10), y en cuanto
hombres que se afanan por ser pobres, no podemos eludir el trabajo, sino, al contrario, debemos cumplir
generosamente con nuestros deberes, especialmente con los apostólicos. Y todo ello no hay que hacerlo
por sórdido lucro, sino para someternos humildemente a la ley común del trabajo, siguiendo el ejemplo
de Cristo, que “vino no a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28). Por otra parte, el sentido fraterno exige
que todos nos ayudemos y sirvamos mutuamente, estimulados por la misma responsabilidad y solicitud
hacia los Hermanos.” (Const. 70).
“La Iglesia y los hombres exigen de nosotros un testimonio de pobreza tanto individual como colectivo.
Por lo mismo, los Hermanos, las Casas y las Circunscripciones eviten toda apariencia de lujo y lucro
inmoderado. Promuevan actividades principalmente entre los pobres; a saber: en las misiones, en las
parroquias modestas y en las obras sociales, de modo que reconozcamos entre los necesitados a Cristo
pobre y nos afanemos en servirle. Además, dado que con el ejemplo debemos predicar la justicia social,
es necesario retribuir justa y generosamente a todos cuantos, mediante un contrato, trabajan con
nosotros. Por último, es propio del espíritu fraterno agustiniano que las Comunidades y Provincias
compartan los bienes temporales, de modo que las que tienen más ayuden a las que padecen
necesidad.” (Const. 71).
“Procuren, además, los Superiores que los Hermanos de votos solemnes hagan, en cuanto sea viable, un
documento civilmente válido (cf. CIC 668,1) en el que expresamente declaren que, como religiosos de
votos solemnes, no tienen propiedad alguna sobre los bienes o derechos temporales y que todos los
bienes temporales que retienen por cualquier título pertenecen a la Orden, a la Circunscripción o a la
Casa, y en caso de muerte a ellas corresponden.” (Const. 72).
Hay que destacar aquí que, en nuestras Constituciones al tratar el tema de la pobreza, se agrega un título
especial: la OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES.
“Agustín dice que ningún texto evangélico le conmueve tanto como Mt 25,31-46: “... tuve hambre y me
disteis de comer...”. Consecuentemente, afirma que lo que damos al pobre lo damos a Cristo, lo que
rechazamos al pobre, lo rechazamos a Cristo. Así, según el ejemplo de Agustín, debemos dar un
testimonio coherente y profético de la opción preferencial por los pobres y hacer un esfuerzo serio en
imitar a Cristo (cf. 1 Cor 11,1), que manifestó gran solidaridad hacia los pobres y quienes viven al margen
de la sociedad. Esta opción profética nos exige examinar nuestro estilo de vida, y también las decisiones
prácticas sobre el uso de los bienes materiales, para manifestar claramente nuestra concreta solidaridad
con las víctimas de la injusticia, que nace de estructuras sociales de pecado. “Este amor de preferencia
por el pobre, y las decisiones que inspira en nosotros, debe abrazar la multitud inmensa de hambrientos,
necesitados, sin alojamiento, sin cuidados médicos, y, sobre todo, sin esperanza de un mejor futuro. Es
imposible no tener en cuenta la existencia de esta realidad. Ignorarlos significaría ser como el hombre
rico que fingía ignorar al pordiosero Lázaro que yacía a su puerta (cf. Lc 16,19-31)”.” (Const. 73).
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OBEDIENCIA RELIGIOSA COMO LIBERTAD PARA SERVIR
“Según la enseñanza de Agustín, la obediencia es un acto de amor. Por la obediencia religiosa ofrecemos
a Dios la entrega de nuestra voluntad, nos unimos a su voluntad salvífica e imitamos más plenamente a
Cristo, que se hizo por nosotros obediente hasta la muerte (Fil 2,8). Movidos por el Espíritu Santo, los
religiosos obedecen con amor a los Superiores y son orientados por ellos al servicio de todos los
hermanos y hermanas en Cristo, como el mismo Cristo, por su sumisión al Padre, sirvió a los Hermanos.
Esta obediencia apoyada en la fe, robustecida por la humildad y por la entrega personal, es expresión
eficaz del amor a Dios y al Superior, y es perfección y no pérdida de la libertad. “Bajo el Señor la
servidumbre es libre; libre servidumbre, cuando no se sirve por necesidad, sino por caridad... Hágate
siervo la caridad, pues te hizo libre la verdad”. Por eso la Regla exalta la dignidad de la obediencia al
invitarnos a obedecer “no como siervos bajo la ley, sino como personas libres bajo la gracia”. Esta
libertad bajo la gracia encuentra amplio apoyo si vivimos una obediencia y una autoridad que se
fomenten mutuamente, y se expresan en un espíritu de común discernimiento, corresponsabilidad y
diálogo fraterno por parte de todos en la búsqueda de la voluntad de Dios.” (Const. 74).
“Como N. P. San Agustín, debemos estimar el valor de la obediencia religiosa en bien de nuestra
Comunidad fraterna. Porque la “ordenada armonía en el mandar y en el obedecer de los que conviven”
es condición necesaria para que surja la paz doméstica en toda la Comunidad. Así pues, obedézcase al
Prior como a un padre, guardándole el debido respeto para que no se ofenda en él a Dios. Obligación del
Prior es mirar solícitamente por el bien de los Hermanos, hacer que se cumplan las leyes, y, si alguna no
lo fuere, no se transija por negligencia, sino que se cuide de enmendar y corregir. “Y no se sienta feliz por
mandar con potestad, sino por servir con caridad”. Se considere sobre todo hermano y siervo de los
siervos de Dios. Porque también los Superiores obedecen al gobernar, ya que no gobiernan a su arbitrio,
sino según las normas de la Regla y de las Constituciones, y de las determinaciones de los Capítulos,
tratando de conocer y de realizar por medio de la oración y del diálogo fraterno la voluntad de Dios
sobre los Hermanos.” (Const. 75).
“Así pues, cuando los Hermanos prestan humildemente el obsequio de la obediencia y los Superiores
favorecen la colaboración voluntaria, conscientes los unos y los otros de su mutua responsabilidad,
logran mediante un mayor espíritu de unión y armonía de voluntades, una Comunidad más fuerte. Por
eso la armonía que se deriva, debe aparecer ante los hombres como un signo del amor que ha de reinar
entre los discípulos de Cristo (cf. Jn 17,23; Hech 4,32), y como un signo especial de la gracia de Dios.”
(Const. 76).
“Procuren, pues, los Priores ejercer en favor de los Hermanos la autoridad que han recibido en virtud de
su cargo; escucharlos gustosa y sinceramente, sin restar por ello firmeza a su autoridad; promover sus
iniciativas en favor de la Orden; imponer sólo determinaciones justas y razonables, de modo que la
obediencia de los Hermanos pueda ser verdaderamente activa y racional. Los Hermanos, por su parte,
esmérense en cumplir esas normas con espíritu de fe y de amor a la voluntad de Dios, según la Regla, y
las Constituciones, no mirando el talento del que diserta, sino la autoridad del que manda. “Así la
obediencia religiosa, lejos de menoscabar la dignidad de la persona humana, la lleva a su madurez,
acrecentando la libertad de los hijos de Dios”. Al comportarse así, la obediencia y la autoridad serán
vistas como corresponsabilidad por parte de todos.” (Const. 77).
“Si alguna vez ocurre que la ejecución de algún mandato resulta tan gravosa y difícil a un Hermano que la
estima razonablemente superior a sus fuerzas, exponga sus dificultades y argumentos al Superior con
respeto, franqueza y sinceridad. Piense, sin embargo, que tal vez hay aspectos que desconoce o no ve
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con suficiente claridad. Y para formar su propia conciencia considere el compromiso total de la vida
religiosa y la naturaleza misma de la obediencia. Si aún persiste la duda y se trata de un asunto
realmente importante, el Hermano puede recurrir al Superior Mayor y a su Consejo y pedir la solución.
Pero este recurso no suspende en modo alguno la ejecución de la decisión tomada por la autoridad
inferior.” (Const. 78).
“Sepan, pues, los Superiores, cuando en casos particulares dispensan los preceptos de la ley dentro de
los límites de su jurisdicción, que únicamente deben tener en cuenta la voluntad de Dios y el misterio de
la salvación, no la relajación de la disciplina. Por eso nuestra obediencia se manifiesta claramente como
un vínculo firme y espiritual entre los Hermanos, por el cual “quien preside trata de ser de provecho a los
demás”.” (Const. 79).
“Los pueblos latinoamericanos y caribeños esperan mucho de la vida consagrada, especialmente del
testimonio y aporte de las religiosas contemplativas y de vida apostólica que, junto a los demás
hermanos religiosos, miembros de Institutos Seculares y sociedades de Vida Apostólica, muestran el
rostro materno de la Iglesia. Su anhelo de escucha, acogida y servicio, y su testimonio de los valores
alternativos del Reino, muestran que una nueva sociedad latinoamericana y caribeña, fundada en Cristo,
es posible” (Aparecida 224).
A la vez de mostrar el amor de la Iglesia como madre, suscitar el amor a la madre Iglesia: “Por la
profesión religiosa, aceptada y aprobada por la Iglesia, nos dedicamos también a su servicio. Siguiendo el
ejemplo de San Agustín, debemos amar a la Iglesia como madre, de un modo especial, demostrándole
una peculiar fidelidad y anteponiendo sus necesidades a nuestra conveniencia personal.” (Const. 54).
“Amar a Cristo significa amar a la Iglesia, que es su cuerpo, madre de los cristianos y depositaria de la
verdad revelada. En ella “nos hemos convertido en Cristo. Pues si él es la cabeza, nosotros somos sus
miembros”, siendo “el Cristo total la cabeza y el cuerpo”. Seamos, por tanto, testigos de la unión íntima
con Dios y fermento de unidad con todo el género humano.” (Const. 18).
“Siguiendo el ejemplo de san Agustín, el amor a la Iglesia nos lleva a una total disponibilidad a sus
necesidades, aceptando las tareas nos pide, según el carisma de la Orden. Esta disponibilidad al servicio
de la Iglesia constituye una de las características esenciales de la espiritualidad agustiniana. Además, la
apertura al mundo nos hace sentirnos verdaderamente solidarios de toda la familia humana e implicados
en su historia, especialmente abiertos a las necesidades de los pobres y los que sufren, sabiendo que
cuanto más unidos estemos a Cristo tanto más fecundo será nuestro apostolado.” (Const. 35).
“La norma fundamental de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo, propuesto en el Evangelio, que
nos impulsa a vivir en el amor según nuestra particular consagración. Por eso, ante todo, guardemos el
amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,40), norma suprema del Evangelio y mandato de Jesús a sus
discípulos, a semejanza de la primitiva comunidad cristiana, constituida bajo los santos Apóstoles en
Jerusalén (cf. Act 2,42-47).” (Const. 17).
“La vida cristiana se renovará cada día en nosotros y florecerá en la Orden, si estudiamos y meditamos
asiduamente la Sagrada Escritura, sobre todo el Nuevo Testamento ya que “casi en cada página no suena
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otra cosa que Cristo y la Iglesia”. Recuérdese de igual modo que “a la lectura de la Sagrada Escritura
debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre”.” (Const. 19).
“La Eucaristía es el sacrificio cotidiano de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que se ofrece a sí misma en él. Por
consiguiente, todos cuantos nos hemos consagrado a Cristo, amado sobre todas las cosas, debemos
experimentar el amor que inflamó a san Agustín hacia tan sublime misterio que significa y realiza la
unidad de la Iglesia en la armonía de la caridad e impulsa la actividad apostólica y la implicación en el
mundo y en la historia.” (Const. 20).
“Según la tradición constante de la Iglesia y de la Orden, tanto las comunidades como los religiosos
deben manifestar un espíritu de penitencia y de conversión, en especial durante los adecuados tiempos
litúrgicos. Este debe llevarse a cabo según el espíritu moderado de la Regla. De tal modo seremos para el
mundo una señal de la permanente conversión a Dios, y un testimonio de la llamada universal a la
santidad.” (Const. 58).
Pero la Conferencia General de los Obispos de América Latina y El Caribe reunidos en Aparecida nos pide
algo más, muy sencillo pero a la vez comprometedor: “En comunión con los Pastores, los consagrados y
consagradas son llamados a hacer de sus lugares de presencia, de su vida fraterna en comunión y de sus
obras, espacios de ANUNCIO EXPLÍCITO DEL EVANGELIO, principalmente a los más pobres, como lo han
hecho en nuestro continente desde el inicio de la evangelización. De este modo, colaboran, según sus
carismas fundacionales, con la gestación de una nueva generación de cristianos discípulos y misioneros,
y de una sociedad donde se respete la justicia y la dignidad de la persona humana.” (Aparecida 217).
“Los miembros del Cristo Total estamos íntimamente unidos con María, la madre de Jesús. María es
signo de la Iglesia: “ella engendró corporalmente la cabeza de este cuerpo, la Iglesia da a luz
espiritualmente a sus miembros”. Por su fe íntegra, firme esperanza y sincera caridad, María nos
acompaña siempre mientras peregrinamos en esta vida y sostiene nuestra actividad apostólica.” (Const.
21).
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TEMA N°5:
UNA COMUNIDAD QUE EVANGELIZA
La comunión de vida: características de la Comunidad que anuncia el mensaje; actitudes de los hermanos
que la componen; misionar desde la Santidad Comunitaria (Const. II, 25 – 34). En comunión con los
demás miembros de la familia agustiniana (Constituciones Cap. III, nº 40 – 52; VIII, 174 en especial).
Servicio a la Iglesia y evangelización (Const. II, 35 – 39). La Comunión de los discípulos misioneros en la
Iglesia (Aparecida Cap. 5). Cuatro ejes que hay que reforzar como comunidad eclesial: La experiencia
religiosa; la vivencia comunitaria; la formación bíblico doctrinal y el compromiso misionero (Aparecida
226).
Todo comienza con la comunión; su fundamento teológico se sitúa en el seno de la Trinidad, la comunión
existente entre Padre, Hijo y el Espíritu Santo. La vocación humana, su misión, es vivir en comunión, con
las hermanas y los hermanos, con la naturaleza y con Dios.
La Trinidad es el origen de la comunión eclesial que camina históricamente hacia la comunión definitiva y
plena. En el camino, la Iglesia busca servir de señal inteligible e instrumento a través del cual la
humanidad hace presente en la historia su vocación fundamental. Y la vida religiosa, dentro de la Iglesia,
sirve a esta misma misión, desde la particularidad de su carisma, y ofreciendo singular testimonio de la
comunión fraterna en medio del mundo cada vez más fragmentado o atomizado, desmembrándose con
la fuerza centrípeta de la búsqueda desordenada del bienestar personal.
La Trinidad, como comunión perfecta, no sólo es la fuente y modelo para la Iglesia y, por tanto, para la
vida religiosa, es también la meta escatológica hacia la cual tiende. En el camino hacia el ideal de la
comunión perfecta, la comunidad agustiniana en América Latina ha intentado vivir un proceso de
revitalización para ser más fiel a su identidad y a su misión. Para eso, la Orden de San Agustín ha
señalado a la santidad comunitaria como el dinamismo integrador del proceso de revitalización hacia la
comunidad agustiniana ideal, en servicio de la nueva evangelización en comunión con la Iglesia
particular. Por santidad comunitaria se entiende la participación en la comunión trinitaria, por medio de
la vivencia de la espiritualidad de comunión y el uso de medios eficaces por vivir la eclesiología de
comunión promovida por el Concilio Vaticano II.
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1. AGUSTÍN Y LOS AGUSTINOS AL SERVICIO DE LA IGLESIA
Agustín fue un hombre de la Iglesia y para la Iglesia, y al servicio de la Iglesia como siervo, pastor y
teólogo.
Al convertirse Agustín, no se hizo simplemente cristiano, sino que quiso dedicarse plenamente al servicio
del Señor. Comenzó a llamarse “siervo de Dios” en comunión con los que lo rodeaban en la búsqueda de
Dios. Se trasladó a África, tierra de su nacimiento, “donde te podríamos servir con más provecho” según
él mismo relata en sus Confesiones1, dando testimonio desde esta etapa inicial de su vida en Cristo de la
importancia de descubrir las necesidades de la Iglesia antes que pensar en la conveniencia personal.
Agustín fundó su primer monasterio en Tagaste, donde había nacido, “renunciando sus bienes, en
compañía de los que se le habían unido, vivía para Dios, con ayunos, oración y buenas obras, meditando
día y noche en la divina ley. Comunicaba a los demás lo que recibía del cielo con su estudio y oración,
enseñando a presentes y ausentes con su palabra y escritos”2. Luego, llegaría a fundar muchos otros
monasterios, personalmente o por medio de los que se habían formado a su lado en su escuela de
santidad, el monasterio de Hipona.
Agustín cuenta en sus propias palabras los próximos pasos decisivos de su vida:
“Yo, en quien por misericordia de Dios veis a vuestro obispo, vine siendo joven a esta ciudad. Vine para
ver a un amigo al que pensaba que podría ganar para Dios viviendo con nosotros en el monasterio. Vine
tranquilo, porque la ciudad tenía obispo, pero me apresaron, fui hecho sacerdote,… Comencé a reunir
hermanos con el mismo buen propósito, pobres y sin nada como yo, que me imitasen. Como yo había
vendido mi escaso patrimonio y dado a los pobres su valor, así debían hacerlo quienes quisiesen estar
conmigo, viviendo todos de lo común. Dios sería para nosotros nuestro grande, rico y común
patrimonio. Llegué al episcopado…”3.
Ordenado sacerdote (391) y después obispo (396), Agustín desarrolló toda una teología eclesiológica que
ha llegado hasta nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II (que cita a Agustín más que a cualquier otra
fuente, excepto las sagradas escrituras) en la constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia,
hunde reiteradamente sus raíces en el pensamiento de san Agustín4.
Notable fue el cambio en su vida a raíz de la ordenación al servicio de la Iglesia. Así es cómo, desde un
fuerte arraigo en la dimensión contemplativa, básico para él en la vida religiosa y a la cual nunca
renunció, Agustín descubrió y asumió la dimensión activa que le demandaba el servicio de la Iglesia. Es
1
AGUSTÍN. Las Confesiones. Obras completa de San Agustín. 8 ed. Madrid : BAC, 1991. IX,8, 17. p. 364.
2
POSIDIO. Vida de San Agustín. En : Obras de San Agustín. 5 ed. Madrid: BAC, 1970. p. 307.
3
AGUSTÍN. Sermón 355. En: Obras completas de San Agustín. Madrid: BAC, 1985. p.246.
4
LANGA, Pedro. San Agustín en el Concilio Vaticano II. En: JIMENEZ, José Demetrio. San Agustín, un hombre para
hoy. Buenos Aires: Tradición y Cultura. 2006. p.239-240. Langa señala 61 citaciones de Agustín en los documentos
conciliares, 24 en Lumen gentium.
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una característica que también se repetirá en la historia de la Orden que lleva su nombre. El mismo
amor que le impulsaba a buscar a Dios en su interior, apoyado por la tranquilidad del monasterio, le
incitó a trabajar sin desfallecer a favor de los demás. No hay que pensar que Agustín se dedicase
exclusivamente al ocio santo o una vida enteramente contemplativa en algún periodo de su vida. Más
bien, se trata de una cuestión de proporción o de preponderancia, más no de exclusividad. En su primer
monasterio, el de Tagaste, al llegar recién de nuevo a África después de su conversión, lleva una vida de
oración y estudio, pero sin desatenderse de las necesidades del pueblo, enseñando con explicaciones a
los presentes y escritos a los ausentes5.
No obstante su preferencia personal por la contemplación, Agustín aceptó el “fardo” del apostolado, que
él entiende como la misión de extender el evangelio confiado por Cristo a los apóstoles y a sus
sucesores. El es consciente de ser el embajador de Cristo y de su evangelio, sea como presbítero, sea
como obispo, y enseñó a los demás ministros a hacer lo mismo, respondiendo así con humildad a la
llamada de la Iglesia madre. Para él, ser pastor, más que un honor o privilegio, es una carga y significa
servir, ser ministro de Cristo y ministro de la Iglesia. Agustín se reconoce como “obispo servidor de
Cristo y por él siervo de sus siervos”6.
Lo que es más, Agustín reconoce que no es un ministro para sí mismo, ni mucho menos: él es un obispo
para los demás, esencialmente para el pueblo de Dios. “Vivimos aquí con vosotros y por vosotros”7. El
predicaba incansablemente, todos los domingos, los sábados y las vísperas de las fiestas8. Además,
visitaba “a las viudas y pupilos que padecían tribulación. Si algún enfermo le pedía que rogase por él y le
impusiese las manos, lo cumplía sin dilación”9.
Esta verdad se deriva del hecho que Agustín estaba convencido de que sólo Dios puede colmar el
corazón inquieto del ser humano y Jesucristo es el camino para llegar a la plenitud de sentido y felicidad
que Dios ofrece a la humanidad en su Hijo encarnado. Amar y servir a Jesucristo, para Agustín, es amar y
servir a sus miembros, los hombres y mujeres que conforman con él el Cristo total, en la Iglesia, cuerpo
de Cristo que continúa su misión en la historia, pensamiento clave para su comprensión de la Iglesia.
“No hay más que una unidad de Cristo y una única Iglesia”11 y por tanto, si un miembro sufre, todos
5
JARAMILLO, Roberto. Huellas agustinianas. México: OALA, 2002. p.7.
6
AGUSTÍN. Carta 217. Obras de San Agustín. Madrid: BAC. 3 ed. Vol. II b. 1991. p. 280.
7
AGUSTIN. Sermón 355, 1. Obras de San Agustín. Madrid: BAC. 1985. p. 244.
8
MANRIQUE, Andrés y SALAS, Antonio. Evangelio y comunidad. Madrid: Biblia y Fe. 1978. p. 199.
9
POSIDIO. Vida de San Agustín. 32, 56. En: Obras de San Agustín. Madrid: BAC. 6 ed. Vol. 1. 1994. p. 342-343.
10
LANGA, Pedro. La Iglesia en la espiritualidad agustiniana. En: En camino hacia Dios. Roma: Pubblicazioni
Agostiniane, 2005. p. 191.
11
AGUSTÍN. Sermon 356, 10. Obras de San Agustín. Madrid: BAC. Vol. XXVI, 1985. p. 263.
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51
sufren. Así los miembros de su comunidad religiosa están unidos en solidaridad a todo el Cuerpo de
Cristo, a toda la Iglesia, unidos en particular en solidaridad a los miembros que sufren. “Ved, por tanto,
hermanos, lo que debéis amar ante todo y a lo que debéis adheriros firmemente. El Señor, glorificado en
su resurrección, nos recomienda la Iglesia; glorificado en su ascensión, nos recomienda otra vez la
Iglesia; enviando al Espíritu Santo desde el cielo, nos recomienda de nuevo la Iglesia”12. La Iglesia, por
tanto, necesita del servicio de los cristianos comprometidos de la comunidad religiosa que no anteponen
su comodidad a las necesidades de la Iglesia. “Siervos somos de la Iglesia, máxime de sus miembros más
débiles”13 dirá Agustín, empleando esta expresión oportuna para animar a los religiosos a quienes él
inculcaba esta actitud incesantemente.
De Agustín, como guía espiritual, la Orden ha recibido el valor de la vida común. El primer servicio que
los religiosos agustinos pueden ofrecer a la Iglesia es el testimonio de la vida común y, desde esa fuente,
el apostolado comunitario. Agustín puso dos condiciones al obispo Valerio para aceptar la carga pastoral
del presbiterado: concederle unos meses de preparación y permitirle seguir viviendo en comunidad. Vivir
sólo, sin amigos, le era repugnante; además estaba convencido de que el primer y mayor servicio que
podía prestar a la Iglesia era vivir en una comunidad monástica que sirviera de ejemplo a la comunidad
cristiana entera. Es un punto fundamental del carisma agustiniano, que se manifestará en el apostolado
comunitario.
Desde su conversión, Agustín concibió el monacato como una entrega completa a Dios en compañía de
los amigos. Vio en este ideal la expresión más perfecta de la vida cristiana, según los primeros tiempos
de la Iglesia. Optó radicalmente por la unión de almas y corazones hacia Dios, encontrando la fórmula
evangélica perfecta en la vivencia descrita en los Hechos de los Apóstoles, con la consecuente comunión
de bienes, y adoptó sin vacilación ese ideal.
Precisamente aquí radica un elemento esencial y característico de la vida religiosa agustiniana: la vida
común íntimamente unida al apostolado comunitario como proyección pastoral al servicio de la Iglesia.
Agustín ciertamente no fue el único en instituir la vida común como manera de seguir radicalmente a
Cristo, pero supo orientarla mediante una peculiar proyección eclesial, que hace al mismo tiempo de sus
monasterios el modelo de toda la comunidad cristiana, como pequeñas iglesias, e incluso una imagen
anticipada de la ciudad celestial de Dios.
Esto sería un carisma específico de la vida religiosa agustiniana, su mejor servicio y contribución
primordial a la comunidad cristiana: ser Iglesia, constituir una comunidad particularmente entusiasta y
unida, con la expresa intención de vivir más intensamente en la caridad de Cristo que configura a la
Iglesia como cuerpo de Cristo, templo de Dios e imagen de la Trinidad y de la Jerusalén celestial14.
Para Agustín, la comunidad religiosa es la misma Iglesia en una forma real y radical, en el sentido de ser
“los que tienen un propósito más elevado, es decir, los que tienen un lugar más destacado en el mismo
cuerpo de Cristo, por don suyo, no por méritos propios, y poseen la castidad, que los ha donado Dios”15.
Son los que se comprometen a encarnar de modo ejemplar el Cuerpo de Cristo, a realizar en toda su
12
AGUSTÍN. Sermón 265, 12. Obras de San Agustín. Madrid: BAC. Vol. XXIV, 1983. p. 691.
13
AGUSTÍN. Del trabajo de los monjes 29, 37. En: Obras de San Agustín. Madrid: BAC. Vol. XII 1954, p.763.
14
KELLER, Miguel Ángel. La vida religiosa como servicio eclesial. En: Vida Religiosa. Madrid. Vol. 60, No. 3 (may.
1986); p. 219- 220.
15
AGUSTÍN.. Sermón 354, 3. En: Obras completas de San Agustín. Madrid: BAC. 1985, Vol. XXVI p.233.
52
52
profundidad la comunión en caridad, o en otras palabras, ser cristianos, ser Iglesia, no para ellos mismos,
sino más bien, para los demás.
La vida de comunidad es normativa para el religioso agustino; es precisamente en este punto que pone
énfasis especial Agustín en el seguimiento de Cristo, la marcada insistencia en la genuina vida de
comunidad, hasta el punto de que las almas y los corazones de muchos que viven juntos se fundan en
uno por la caridad y se centran hacia Dios16. Esto quiere decir que la comunidad es el lugar privilegiado
para encontrar a Cristo. Así escribió Agustín: “Confieso que con facilidad me entrego totalmente a la
caridad de los que me son más íntimos y familiares… En esta caridad descanso sin preocupación alguna,
porque allí siento que está Dios, a quien me entrego seguro y en quien descanso seguro”17.
La edificación de una buena comunidad equivale a poner en práctica el mandamiento nuevo del amor a
Dios y al prójimo. Esta vida en comunidad abarca el conjunto de la existencia humana concreta,
poniendo en común la fe, la esperanza, los afectos, los ideales, los sentimientos, los pensamientos, las
actividades, las responsabilidades a igual que las fallas, las limitaciones y los pecados. La posibilidad de
compartir todo esto supone apertura a los demás, un sentido de pertenencia, de aceptación, de
confianza y de apoyo mutuo así como una sensibilidad y una preocupación por los demás.
Para san Agustín, la vida de comunidad tiene sentido por sí misma. No puede ser considerada como un
mero medio para otro fin, útil o conveniente para algún trabajo21. “La comunidad en sí misma es un
16
TACK, Theodore. La comunidad agustiniana y el apostolado. En: Libres bajo la gracia. Vol. 1, Roma: Pubblicazioni
Agostiniane, 1979. p. 149.
17
AGUSTÍN. Carta 73, En: Obras completas de San Agustín. Vol. VIII. 3 ed. Madrid : BAC, 1986. p. 444-445.
18
AGUSTÍN. De la fe en lo que no se ve. En: Obras completas de San Agustín. Vol. IV 3 ed. Madrid : BAC, 1962 p. 681
19
AGUSTÍN. Sermón 17, 2. En: Obras completas de San Agustín. Vol. VII. Madrid: BAC, 1981. p. 285.
20
KELLER, Miguel Ángel. Temas de espiritualidad agustiniana. México: Provincia Agustiniana de Michoacán, 2004.
p. 39.
21
BAVEL, Tarcisio van. Carisma: comunidad. Madrid: Religión y Cultura. 2004. p. 15.
53
53
apostolado de primer orden”, asegura el prior general Theodore Tack en un mensaje a toda la Orden
(1974), es “nuestro primer apostolado, hasta el punto de que ninguna comunidad agustiniana será
efectivamente apostólica, en cuanto comunidad en relación con las demás, si ante todo no se esfuerza
seriamente en poner su familia en orden y en hacerse a sí misma una comunidad cristiana ejemplar”22.
Compartir la vida en comunidad va más allá de sólo la comunión de bienes espirituales; más bien,
compartir los bienes materiales es para Agustín el primer requisito y la primera condición para formar
una auténtica comunidad de hermanos que viven unidos en armonía en la misma casa. Tampoco se
puede limitar el concepto de comunión de bienes materiales a los miembros de la comunidad según el
pensamiento agustiniano. Más bien, este desprendimiento y austeridad de vida debe extenderse a la
realización de una sociedad más justa. Más aún, la vida en comunidad es una alternativa evangélica, un
contrapeso al mal del individualismo y de la soledad crecientes en la sociedad contemporánea23.
El aporte mendicante a esta característica netamente agustiniana se hace sentir también, ya que los
ermitaños de Tuscia se habían establecido en comunidades, no viviendo en absoluta soledad sino
formando pequeños grupos que se demostraban cada vez más abiertos al apostolado. La vida
comunitaria no les era tan esencial en estos primeros agustinos pero, paulatinamente, les iba asumiendo
una progresiva importancia. El estilo de vida de los mendicantes se diferencia mucho de la concepción
de la comunidad vivida por san Agustín y sus comunidades en el norte de África en el siglo V, aunque el
obispo santo ejerce una influencia decisiva. Frente a la vida monástica del siglo XIII, los mendicantes se
caracterizan por la gran movilidad, cambiándose fácilmente de convento según las necesidades del
apostolado24. Por otra parte, los mendicantes intentaban volver a la radicalidad evangélica en la
imitación de Cristo pobre, aplicando la pobreza no sólo a individuos sino también a la comunidad
misma25.
Encontrarse con Dios es un proceso continuo, con dificultades, adversidades y desánimos, sin duda. Pero
san Agustín tenía la firme convicción de que Dios actúa a través de los seres humanos y afirma en su
Regla que podemos encontrar a Dios en las personas (“honren los unos en los otros a Dios, de quien han
sido hechos templos”)26. La inquietud por encontrar a Dios y orientar la vida hacia la unidad en él con los
hermanos desemboca, necesariamente, en el tema de la interioridad o la búsqueda de la propia vida
interior. Esta unión de corazones y almas tiene su fundamento en la belleza de la persona interior
producida por la inhabitación divina que impulsa al ser humano hacia la plenitud, y es un segundo
elemento esencial del carisma agustiniano.
“No andes por fuera, entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad” 27 es uno
de los muchos textos clásicos de Agustín que invita a volver al corazón, a entrar dentro de sí mismo, a la
profundidad y a la interioridad. Esta interioridad es la nota que caracteriza toda la obra de san Agustín,
abriendo los fundamentos de la moralidad y ofreciendo la posibilidad de desenmascarar soluciones
engañosas. Conocerse a si mismo depende de la capacidad de escuchar lo que Dios ha de decir sobre
22
TACK, Op. cit., p. 152.
23
BAVEL. Op. cit., p. 95.
24
MARÍN, Luis. La espiritualidad de la Orden de San Agustín. En: JIMENEZ, José Demetrio. San Agustín, un hombre
para hoy. Buenos Aires: Tradición y Cultura. 2006. p. 318-320.
25
Ibid., p. 322.
26
BAVEL, Comentario, Op. cit., p.104.
27
AGUSTÍN, De la verdadera religión. 39, 72. En: Obras de San Agustín. Vol. IV, Madrid: BAC, 1948. p. 159.
54
54
uno mismo. Pero el objetivo de la interioridad no es descubrir sólo a Dios, sino también a los otros en
Dios. Para Agustín, mirar a Dios nunca significa dar la espalda a los hermanos ni a los problemas del
mundo. De hecho, el camino de la interioridad lleva necesariamente a la solidaridad con los que sufren o
los excluidos, asumiendo voluntariamente su causa, su dolor, su pasión, su cruz.
Para Agustín, la búsqueda de Dios es una obra comunitaria y sus frutos son para poner en común.
Tenemos el testimonio de Posidio28 de la manera en que Agustín mismo se apresuraba para comunicar a
sus hermanos todo lo que Dios le revelaba en la oración. Nada más normal que compartir con la
comunidad, donde se encuentra a Dios, y ayudar a los demás miembros a conocer mejor al Padre
común. Así también el testimonio de Agustín mismo en la comunidad originaria aunque transitoria de
Casiciaco, donde ha expresado la voluntad de que cada uno comparta con los otros todo lo que fuera
hallando en la búsqueda de Dios29.
El cultivo de la vida interior es una constante desde los orígenes de la Orden de san Agustín, presente en
el ambiente de la Edad Media, época en que algunos la interpretaban en la línea de la fuga mundi,
buscando la soledad y el encuentro personal con Dios, abandonando el apostolado directo. Los
agustinos han evitado la identificación entre interioridad y soledad, colocando la vida contemplativa
directamente dentro de la vida comunitaria con el apostolado pastoral30.
Esta tercera característica del carisma agustiniano, la del apostolado comunitario al servicio de la Iglesia,
igual que las dos anteriores, tiene su fundamento tanto en la inspiración agustiniana originaria como en
el hecho fundacional histórico.
Agustín vivió en carne propia la contienda existencial entre la contemplación y la acción. Su intención fue
vivir una vida religiosa eminentemente contemplativa, dedicado al ocio santo. En cambio, fue elegido
sorpresivamente para ser ordenado presbítero, obligado por tanto a reformular su santo propósito de
una vida mayormente contemplativa. Más tarde, Agustín mismo recomienda a los religiosos no preferir
la propia comodidad a las necesidades de la Iglesia31. Para el obispo de Hipona, que se ha reconocido
como obispo no para sí sino para los demás, la comunidad religiosa no puede quedar cerrada en sí
misma, sino tiene como misión y tarea estar al servicio de toda la comunidad de la Iglesia32.
La expresión “las necesidades de la Iglesia” puede resultar muy vaga, pero a la vez permite a los
agustinos no identificarse con cierta tarea apostólica en particular, mientras les permite estar abiertos a
responder con generosidad a las nuevas necesidades apostólicas que surgen con el correr del tiempo. El
principio de fondo es que las necesidades de los demás determinan las formas del apostolado
agustiniano y exigen, por tanto, la sensibilidad ante las situaciones emergentes y cambiantes de la
sociedad y de la Iglesia. El servicio a la Iglesia es así también uno de los ejes fundamentales en el
pensamiento de san Agustín. Para él, la Iglesia es el Cristo total, cabeza y miembros, y la incorporación a
esta unidad se realiza en el bautismo33.
28
POSIDIO. Vida de San Agustín. 3. En: Obras de San Agustín, Vol. 1. 2 ed. Madrid: BAC, 1979. p. 307
29
AGUSTÍN. Soliloquios 1, 12, 20; 13, 22 En: Obras de San Agustín, Vol. 1. 2 ed. Madrid: BAC, 1979. p.460-463
30
MARIN, Luis. La espiritualidad de la Orden de San Agustín. Op. Cit., p. 312.
31
AGUSTÍN. Carta 48, 2. En: Obras completas de San Agustín. Vol. VIII. 3 ed. Madrid : BAC, 1986. p. 313-314.
32
BAVEL, T. Op. cit. p. 40.
33
AGUSTÍN. Sermón 341, 1. En: Obras completas de San Agustín. Vol. XXVI. Madrid: BAC, 1985. p. 42-43.
55
55
A partir de la fundación histórica a través de los papas Inocencio IV y Alejandro IV, la Orden de San
Agustín ha sido llamada a constituirse para aplicar el carisma agustiniano a las necesidades de la Iglesia
en aquel momento y en todos los tiempos y lugares. El punto de partida de las órdenes mendicantes fue
el intento de restauración de los valores evangélicos, entre los cuales ocupan lugares principales la vida
común y la pobreza. Junto a ellas se encuentra otro rasgo en la vida de los apóstoles e incluso del mismo
Cristo, que es la predicación o ministerio apostólico34. La dedicación al ministerio apostólico y a la cura
de almas obligó a una presencia más significativa en las ciudades donde los principales conventos de la
época fueron levantados.
Así se demuestra que el apostolado es en sí parte integral de la vocación agustiniana de acuerdo con sus
orígenes, tanto de inspiración agustiniana como de fundación histórica en la época de los mendicantes.
Queda claro que siempre existe la necesidad de examinar el empeño apostólico para averiguar si está
respondiendo a las verdaderas exigencias actuales. La comunidad, a ejemplo de Agustín, busca el lugar y
el modo de ser más útil en el servicio de Dios, a la Iglesia y a la sociedad35.
38. Por el apostolado participamos en la misión universal de la Iglesia que anuncia el Reino a todas las
criaturas37. Movidos por la caridad y las exigencias de la fraternidad, mediante la vida y el trabajo,
comunicamos a otros lo que Dios se ha dignado obrar en nosotros y en nuestra comunidad38, recordando
que la obra fundamental del apostolado consiste en cuidar lo que somos dentro de la Iglesia39. Por ello,
recuérdese siempre que la vida comunitaria en sí misma es el valor evangélico esencial y que pide nuestra
total entrega40. En ella encontramos el fundamento y el apoyo para servir a la Iglesia y al mundo.
149. Los trabajos apostólicos, aunque sean asignados a la autoridad y responsabilidad individual,
considérense como encomendados a la Comunidad41. Por tanto, todos deben sentirse responsables y
colaborar al bien común, según sus fuerzas y cualidades. Por lo mismo, escúchese a todos los que se
dedican al apostolado en lo referente a los métodos y normas de realizarlo, salvo el derecho de los
Superiores de la Orden en lo relativo a los asuntos a tratar con las autoridades externas, sean
eclesiásticas o civiles.
34
MARIN, La espiritualidad agustiniana. Op. cit., p. 963.
35
AGUSTÍN. Las confesiones. 8.12. 29-30. En: Obras de San Agustín. Vol. II, 8 ed. Madrid: BAC, p.364.
36
BAVEL, Comentario, Op. cit., p.109.
37
Cf. LG 1; EN pássim.
38
POSSIDIUS 3,1.
39
Cf. RD 15.
40
Cf. T. TACK, La comunità agostiniana e l’apostolato: Acta Ord. 19 (1974) 27-36; VFC 2,54.
41
Cf. PAULUS VI, carta Ordo Fratrum, Acta Ord. 13 (1968) 4*-7*.
56
56
Según las Constituciones de 2007, la comunidad en sí misma es un apostolado de primer orden para el
carisma agustiniano; el primer apostolado en el interior de la Iglesia es la realización de la comunidad
basada en el amor. El apostolado de cara al exterior no puede ir en contra de esta inspiración
fundamental. Por tanto, al hablar del apostolado agustiniano, según el espíritu originario y la letra de sus
Constituciones, es necesario hablar del apostolado de la comunidad agustiniana y no sólo del agustino en
particular. De hecho, el impacto de cualquier actividad apostólica sería diverso al tratarse de un
apostolado comunitario y no solamente la actividad de una persona en particular, por demostrar, de
modo palpable, la viabilidad de una auténtica comunidad y la propuesta profética de un modo de
convivencia alternativa para la sociedad cada vez más individualista. La vida común, como base de la
herencia agustiniana, está llamada a ser no solamente testimonio vivo y vital de la presencia de Dios en
los religiosos sino también una invitación a los demás para buscar a Dios entre ellos mismos. Por tanto,
la vida comunitaria agustiniana sirve de modelo que atrae, estimula, y anima a otros a vivir y actuar de
igual manera.
Ahora bien, es importante señalar el aporte eclesial de la santidad comunitaria justamente dentro de la
presentación del carisma agustiniano. Así como la santidad comunitaria no se refiere sencillamente a la
suma de la santidad de los individuos que componen la comunidad, al tratar ahora del apostolado
comunitario tampoco se está refiriendo a la suma de la actividad pastoral de los miembros de la
comunidad, sino al servicio que ofrece la comunidad misma, como comunidad. Se trata del testimonio de
la posibilidad de vivir en comunión dentro de un mundo desigual, sujeto a la injusticia institucionalizada
y las divisiones que causa en la sociedad circundante, en medio de la masificación que provoca una
sensación de anonimato, de no valer nada, de no ser nadie. El apostolado comunitario va mucho más allá
de la suma o del conjunto de servicios que ofrecen los miembros de la comunidad religiosa. Se refiere
más bien a otra concepción del apostolado, a otra manera de concebirlo y vivirlo.
Una rica vida interior es la fuente de una rica actividad pastoral, y el agustino está llamado a compartir
con los hermanos de comunidad el fruto de la vida interior en el proceso de la búsqueda de Dios. El
apostolado que fluye de la comunidad que vive esa rica experiencia compartida de encuentro con Cristo,
resulta más eficaz al brotar y ser producto de una comunidad fuerte y sana que naturalmente desea
compartir con los demás sus frutos. Una vez más se ve que para la Orden de San Agustín la interioridad,
la comunión de vida y el servicio a la Iglesia son tres dimensiones inseparables de su expresión de vida
consagrada.
Por eso, no es cuestión de escoger entre comunidad y apostolado, sino de ser una comunidad apostólica
que, al mismo tiempo, desarrolla un apostolado orientado a construir comunidad. Cualquier empeño o
compromiso apostólico que hace imposible la vida comunitaria de sus actores, miembros de la
comunidad agustiniana, mermaría el testimonio y la razón de ser de la misma comunidad, disminuyendo
así la fuerza del propio carisma.
Si el primer aporte a la Iglesia de la familia religiosa agustiniana consiste en ofrecer testimonio de vida
comunitaria conforme al carisma, entonces, además de esforzarse por vivir en comunión, supone saber
57
57
compartir de forma regular entre hermanos de casa la elaboración de objetivos apostólicos de los
miembros de la comunidad, la participación al menos ocasional de parte de los miembros de la
comunidad en la actividad, la revisión periódica, y la realización de una evaluación ulterior.
En el ámbito de una parroquia significa promover y sostener a las comunidades eclesiales de base y
comunidades menores, creando y utilizando las estructuras mínimas de comunión como son el consejo
pastoral parroquial y el consejo de asuntos económicos, trabajando como equipo pastoral, insertados en
la pastoral de conjunto de la Iglesia particular, en comunión plena con el obispo.
Al emplear medios más comunitarios para planificar, ejecutar y evaluar el trabajo pastoral, como son el
trabajo en equipo, el diálogo y discernimiento comunitarios, la planificación participativa, y al tomar en
cuenta el plan pastoral de conjunto de la Iglesia particular donde se sitúa, las comunidades agustinas
podrán vivir más plenamente su propio carisma, su vocación al servicio – como comunidad – a la Iglesia.
Mientras tanto, la Iglesia misma se hace beneficiaria de una comunidad religiosa comprometida a poner
su carisma al servicio de la Iglesia particular en función de forjar mayor comunión.
San Agustín ha sido muy realista. Tenía ideales, evidentemente, y muy explícitamente quería vivir el ideal
de la comunidad primitiva de Jerusalén, donde la comunión se vibraba en la unión de corazones y almas,
en la comunión de bienes materiales y espirituales. Pero para hacer realidad ese ideal, Agustín ha tenido
que ser muy realista. Su brevísima Regla de sólo ocho capítulos cortos reconoce en múltiples renglones
la peculiaridad, la particularidad, la unicidad de la identidad de cada religioso, con sus limitaciones y
defectos, mientras les pedía a todos poner por delante el bien común, el bien de los demás. Pretendía
ser una comunidad no perfecta sino en camino con tendencia consciente y firme hacia la perfección,
hacia la comunión.
Hablar de comunión como algo más concreto que una sensación vaga de tinte literario romántico exige
pensar en la manera concreta de visibilizar la fraternidad, una meta urgente para la humanidad. Forjar la
comunión de manera concreta es construir Iglesia en América Latina. Vivir la comunión, modelarla, ser
testigos de ella, con todas sus limitaciones debido a la debilidad humana, favorecer la creación y
58
58
promoción de comunidades con espíritu comunitario, en círculos concéntricos cada vez más amplios, es
el papel del apostolado comunitario.
La utilización de los medios que dan corporeidad a la santidad comunitaria es de mayor significado que la
naturaleza de uno u otro compromiso apostólico, sea una parroquia o un colegio, o cualquier otro
servicio. La manera de asumir el trabajo, de llevarlo y evaluarlo, en diálogo constante, según criterios
identificados por la comunidad agustina local, todo eso son los indicadores más seguros de haber
asumido la santidad comunitaria como el dinamismo de renovación constante en el proyecto de
revitalización de la Orden de San Agustín en América Latina.
Vivir la comunión, como luz, como semilla, no con grandes revoluciones; así el aporte agustiniano es
justamente vivir su carisma plenamente: el apostolado comunitario al servicio de la nueva
evangelización. Se requiere vivir actualmente una espiritualidad de comunión en una Iglesia de
comunión. Esto se vive en la Iglesia particular donde el carisma se inserta para estar al servicio del
pueblo de Dios con mutuas relaciones de caridad y colaboración con el obispo. Juan Pablo II, al inicio del
nuevo milenio, propuso la santidad como una urgencia y una gran prioridad pastoral para lograr la
comunión desde Cristo en la Iglesia (NMI n. 31 - 42).
La vida religiosa cumple una función profética, ejerciendo una actitud crítica frente al mundo, una cierta
contracultura, por fidelidad a los valores compatibles con el reino. Si hoy se vive el individualismo con
especial énfasis en un sentido de autonomía, exagerando la promoción y defensa de la dignidad y
derechos personales de por encima de cualquier otro bien, entonces mayor necesidad existe para una
sana correctiva del valor englobante desde el punto de vista eclesiológica, justamente la comunión. La
humanidad busca mayor sentido de comunión, está intrínsecamente unida con su ser, creada a imagen y
semejanza de la Trinidad. La fragmentación y la atomización que son tan característicos de la época post-
moderna claman y gritan al cielo abrir el espacio para vivir y promover el valor evangélico de la unidad
en la diversidad, centrándose en la esencia trinitaria del ser humano.
Agustín ha afirmado públicamente no querer ser un obispo para sí mismo, sino para los demás. De
forma análoga, los agustinos no pueden ser cristianos para sí mismo, en beneficio de su propia
comunidad. Todo lo que han recibido es para compartir con los demás, con el mundo; así se entiende el
carisma al servicio de la nueva evangelización para un mundo mejor.
59
59
TEMA Nº 6
COMUNIDADES AGUSTINAS INCULTURADAS EN NUESTROS PUEBLOS Y SU CULTURA
(Aparecida Cap. 10). Valoración de la riqueza de las diferentes culturas, asumiendo el paso de Dios en
cada una de ellas. Nuestra actividad misionera debe responder a la necesidad de la inculturación (Const.
VIII, 168). Diálogo ecuménico e interreligioso para que el mundo crea (Aparecida 227 – 239). Diálogo
ecuménico, interreligioso e intercultural (Const. VIII, 176 – 181).
Desarrollo:
Nota para el predicador: el desarrollo del tema tiene dos momentos, uno de reflexión bíblica (o sea
con Biblia en mano todos) a cargo del predicador, y otra de trabajo en grupo con un texto de
antropología cultural) y algunas preguntas.
Los evangelios no son para nada impermeables a estos temas, por el contrario, los afrontan con valentía
y no temen manifestar los problemas que estas situaciones de la interculturalidad creaban en medio de
las comunidades. De hecho la invención del primer ministerio que la comunidad eclesial se “auto-
provee” responde a un problema intercultural: las viudas judías de procedencia griega se quejan de no
ser bien atendidas en relación a la calidad y la disposición de la provisión de bienes que, en cambio, las
60
60
viudas judías de origen hebreo si reciben. Los apóstoles crean entonces el Diaconado como intento de
respuesta al problema de la provisión (Hechos 6,1-7). San Pablo (Saulo de Tarso que se transculturiza en
Pablo) dará respuesta luego al problema de la fe que trasciende y supera el asunto de la raza y la cultura
hebrea: el primer gran problema que la comunidad eclesial debió superar para crecer y perdurar es de fe
e interculturalidad (es algo más que un asunto de raza).
La comunidad a la que Mateo escribe abordará explícitamente el tema al hablar de las correrías
apostólicas itinerantes de Jesús por el territorio de Tiro y Sidón, buscando “las ovejas perdidas de la casa
de Israel” (Mateo 15,21-28). Una mujer cananea enseña a Jesús que si bien la espera mesiánica de Israel
priorizaba el ministerio del Mesías sólo para la casa de Israel, la salvación que este trae es para todos y
por una persona se puede “saltar” la profecía en una excepción… que el amor de Dios llegue a todos es
primero a que llegue en el orden que se esperaba de acuerdo a la mentalidad hebrea… Es la mujer, su fe
la que le enseña a Jesús (le abre la cabeza y el corazón… porque el Hijo de Dios aprende como hombre…).
Si bien Israel esperaba que el Mesías se manifestara sólo a ellos y después en un segundo momento se
misionara en nombre del Mesías en otros territorios se ve superado por la fe de una mujer extranjera…
¡otra vez: mujer y extranjera! Cuánta excepción… ¿o no será más bien que lo evangélico es excepcional?
Esta es la manera que los sinópticos tratan el tema…
Sin olvidar los numerosos textos donde aparecen los samaritanos como ejemplos vivientes de personas
diferentes en raza, cultura y religión a pesar de la cercanía geográfica que se abren a la fe en Jesús.
1. Pero sin lugar a dudas el texto definitivo es aportado por la comunidad joánica. El encuentro descrito
en el capítulo 4 entre Jesús y la Samaritana del 4º Evangelio nos ofrece una ingente cantidad de luz y nos
ayuda a pensar el tema de nuestra reflexión abriendo nuestros horizontes de comprensión y dejándonos
cuestionar. (Es importante que todos tengan el texto del Evangelio (Juan 4, 4-42) delante en este
momento, leerlo en público invitando a marcar por escrito lo que llama la atención, para que el relato
esté fresco en todos sus detalles que puedan ayudar a la reflexión).
4 Para eso tenía que atravesar Samaría.
5 Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
6 Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la
hora del mediodía. 7 Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». 8 Sus
discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. 9 La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que
eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los
samaritanos. 10 Jesús le respondió:
«Si conocieras el don de Dios
y quién es el que te dice:
“Dame de beber”,
tú misma se lo hubieras pedido,
y él te habría dado agua viva».
11 «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa
agua viva? 12 ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él
bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?». 13 Jesús le respondió:
«El que beba de esta agua
tendrá nuevamente sed,
14 pero el que beba del agua que yo le daré,
nunca más volverá a tener sed.
El agua que yo le daré
se convertirá en él en manantial
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que brotará hasta la Vida eterna».
15 «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a
sacarla». 16 Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». 17 La mujer respondió: «No tengo
marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, 18 porque has tenido cinco y el
que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad». 19 La mujer le dijo: «Señor, veo que eres
un profeta. 20 Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se
debe adorar». 21 Jesús le respondió:
«Créeme, mujer, llega la hora
en que ni en esta montaña ni en Jerusalén
se adorará al Padre.
22 Ustedes adoran lo que no conocen;
nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos.
23 Pero la hora se acerca, y ya ha llegado,
en que los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad,
porque esos son los adoradores
que quiere el Padre.
24 Dios es espíritu,
y los que lo adoran
deben hacerlo en espíritu y en verdad».
25 La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará
todo». 26 Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo». 27 En ese momento llegaron sus
discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó:
«¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?». 28 La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la
ciudad y dijo a la gente: 29 «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el
Mesías?». 30 Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
31 Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro». 32 Pero él les dijo: «Yo
tengo para comer un alimento que ustedes no conocen». 33 Los discípulos se preguntaban entre sí:
«¿Alguien le habrá traído de comer?». 34 Jesús les respondió:
«Mi comida
es hacer la voluntad de aquel que me envió
y llevar a cabo su obra.
35 Ustedes dicen
que aún faltan cuatro meses
para la cosecha.
Pero yo les digo:
Levanten los ojos y miren los campos:
ya están madurando para la siega.
36 Ya el segador recibe su salario
y recoge el grano para la Vida eterna;
así el que siembra y el que cosecha
comparten una misma alegría.
37 Porque en esto se cumple el proverbio:
“Uno siembra y otro cosecha”.
38 Yo los envié a cosechar
adonde ustedes no han trabajado;
otros han trabajado,
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y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos».
39 Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba:
«Me ha dicho todo lo que hice». 40 Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que
se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. 41 Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
42 Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y
sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».
Jesús va a saltar en el relato por lo menos tres prejuicios y va a dar pasos en el diálogo personal,
intercultural e interreligioso:
Mujer Samaritana Casada por 6ª vez
Un hombre no habla con una mujer en el cercano Oriente. Una mujer no tiene capacidad de decir
algo significativo de acuerdo a la cultura imperante. El machismo llega a negar la posibilidad de que su
testimonio en alguna causa sea tenido en cuenta (son las testigos de la tumba vacía y de las palabras de
los ángeles pero no sirve ese testimonio para los apóstoles Lucas 24,22-23).
2. Al respecto, de que Jesús hable con una mujer, dice Carmiña Navia Velasco (La mujer en la Biblia:
opresión y liberación. Ediciones en papel en: Indoamerican Press Service, en Bogotá Verbo Divino, en
Cuenca/Quito Dabar, en Méjico Ediciones Paulinas, en São Paulo (portugués):
"Quiero recoger aquí algunas cosas que pienso, que son obvias en el texto aunque durante mucho
tiempo se silenciaron, pero que lecturas recientes (Raymond Brown: “El Evangelio según Juan”,
Tepedino: “As discípulas de Jesús”) están ya destacando:
El evangelista nos narra este encuentro con la samaritana con intención paradigmática, se trata -como
en otras oportunidades en el evangelio de Juan- de un relato condensadamente simbólico, un relato
cuyos mensajes se multiplican. Hay un juego de actores interesante: JESUS/LA MUJER/ LOS DISCIPULOS/
LOS HABITANTES DE SAMARIA, en el cual se esclarece la significación última del texto. En este momento
vamos a señalar únicamente algunos aspectos que hacen referencia al problema de la mujer, a su papel
en la práctica de Jesús de Nazaret:
* Jesús al iniciar el diálogo con esta mujer de Samaría, rompe sin más al menos dos tabúes vigentes en su
pueblo; los rompe a su manera, de una forma sencilla, sin estridencias pero sin vacilaciones. Esta ruptura
es fruto claro de una actitud interior que ha madurado en la reflexión y en la opción: Dirige la palabra a
una mujer en público y charla amigablemente con ella a los ojos de todos, sin que medie para ello
ninguna necesidad imperante; se trata de un diálogo prolongado, distensionado. Toma además, la
iniciativa en el diálogo con un pueblo despreciado y marginado por los judíos del sur, un pueblo
considerado infiel, traidor e ignorante. Esta iniciativa es seria, conlleva extender a ese pueblo su misión.
Pero es importante señalar que ese diálogo Jesús lo realiza a través de una mujer, es la actitud femenina
de acogida, sencillez y transparencia la que le permite entrar en ese pueblo, en esa cultura, en esa
religiosidad. La mujer entonces no es simplemente la destinataria de las primeras palabras de Jesús, es
también su condición de posibilidad, es un puente en ese acercamiento.
La prohibición de hablar a una mujer en público era tajante, mucho más tratándose de un maestro y
Jesús lo era. La llegada de la mujer a sacar agua del pozo se convierte para Jesús en una llamada, una
interpelación, y a su vez la actitud de Jesús se va a convertir en una llamada al pueblo judío para la
conversión, para el encuentro. Esta práctica de Jesús, que podemos llamar “diálogo con los
samaritanos”, se sostiene y origina en una actividad fundamentalmente femenina; los hombres no iban
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al pozo a sacar agua y es aquí, en este hecho: sacar agua, en donde el relato enraíza ese encuentro entre
Jesús y la samaritana, tantas veces “romantizado” en nuestras tradiciones.
Tenemos otra vez aquí al Jesús de las rupturas, de las subversiones. No es sólo que con las mujeres no se
habla en la calle, es que con las mujeres no se discute la escritura, no se discute la torá, porque ellas son
ignorantes, y es además que en la Galilea del siglo I una mujer que ha tenido varios maridos es
considerada adúltera, pecadora, excluida. Pues bien a esta mujer, “excluida”, rechazada por la ley y por
el templo, Jesús considera y HACE digna de un diálogo teológico, de una revelación directa. (El mismo
realiza su palabra: “los publicanos y las prostitutas irán delante de ustedes en el reino”).
En este aspecto hay que tener en cuenta la actitud de Jesús, pero también de la mujer:
La mujer no asume pasivamente un rol “silente”, de esperar a que le sea dada la revelación, la mujer
confronta, pregunta, discute. El texto nos presenta el diálogo entre dos tradiciones, la una representada
en un hombre, la otra en una mujer; ambas tradiciones conscientes de sí, ambas tradiciones
racionalizadas, ambas tradiciones en capacidad de confrontación. No se trata tampoco de una “dádiva
generosa” de Jesús; la mujer con la que El se encuentra es una mujer que es capaz de reflexión, de
interrogación (la interrogación es la primera condición indispensable para el conocimiento).
Finalmente este diálogo teológico entre Jesús y la mujer echa por tierra cualquier argumentación de
discriminación sexual en la Iglesia. Son contadas las ocasiones (y muy significativas) en que el Evangelio
nos habla de una revelación clara y directa de Jesús y ésta es una de ellas:
“La mujer le dijo:
- Sé que va a venir el Mesías.
Jesús le contestó:
- Soy yo, el que hablo contigo”.
Y se trata de una revelación hecha a una mujer.
Finalmente la mujer se convierte en apóstol y da a otro testimonio de Jesús. La samaritana en el diálogo,
en la confrontación, en el encuentro personal con Jesús lo descubre como profeta, como Mesías, como
Liberador y así lo transmite a sus coterráneos.
En este sentido también ella tiene una práctica de ruptura, porque anuncia a los samaritanos un mensaje
de salvación que viene de un judío. Por su testimonio los hombres creen y vienen a ver, posteriormente
su experiencia es directa, pero ella ha sido vehículo inicial.
Remitiéndonos al simbolismo que hemos dicho encierra este relato es necesario anotar, que en el
evangelio de Juan, el testimonio es la condición clara del discípulo, en Juan: “discípulo” es el mayor título
de gloria que un seguidor de Jesús puede tener. Cuando se muestra a la samaritana dando testimonio,
un testimonio que da frutos inmediatos, se le está ubicando en un marco preciso: los discípulos del
Señor.
Hagamos un descanso de la interesante cita de Navia y contemplemos con una mirada serena lo que el
texto nos transmite de un modo…. sugestivo, sin lugar a dudas. Se nos invita a repensar muchas de
nuestras praxis pastorales y misioneras. Jesús se acerca no como quien sabe y va a enseñar la verdad,
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sino como quien quiere ser compañero en la búsqueda de la verdad del otro. La samaritana le
cuestiona a Jesús y al mismo tiempo lo invita a resituar algunos de sus conceptos… si bien “la salvación
viene de los judíos” la presencia y la urgencia de la mujer le hace adelantar la hora en que los adoradores
lo son en espíritu y en verdad. Esa hora es ahora.
No solo hay un salto temporal (cronos) sino un salto conceptual fundamental y cualitativo: kairos (el
tiempo en que Dios actúa salvíficamente), si bien ciertamente las promesas anticipaban y legitimaban
que la salvación viene a través de los judíos, la acción de la samaritana precipita un salto hacia la
dimensión y el plano de la interioridad donde ya no cuenta la raza sino la actitud interna del buscador.
Jesús oferta salvación, y lo hace con la humildad de quien sabe puede ser rechazado y con todo se
expone y se hace vulnerable pero primero a escuchado y se ha dejado cuestionar por la samaritana.
Se trata de descubrir que misionar es escuchar al otro primordialmente y con anterioridad a comunicarle
lo propio… cuando el otro ha entrado en nuestro corazón y sus angustias son las nuestras le estamos
anunciando al Mesías! No de forma explícita si no, más bien vitalmente. El anuncio explícito es una
consecuencia de esta actitud de acogida de amoldarse al ritmo y al tiempo del otro… si has entrado en
mi corazón es porque el Mesías Jesús me educó el corazón para hacerte un lugar en él. Jesús me enseñó
a amar me aceptó como era y me invitó a ser su Pueblo… por eso no puedo más que hacer lo mismo
contigo: un lugar en mi corazón, como yo lo tengo en el Corazón de Jesús, haciendo mías tus preguntas y
angustias más profundas (como Jesús lo ha hecho conmigo y lo quiere, si tú lo dejas hacer contigo).
Porque el anuncio es el amor que vitalmente Jesús tiene por el otro, es concreto, es un hecho no una
expresión bonita, “políticamente correcta”… Lo que importa es que experimentes el amor que Dios te
tiene, no que YO o NOSOTROS (que somos los mensajeros te lo hagamos saber).
Este paradigma: Jesús / la mujer de Samaría, se puede contrastar y reflejar en otro paradigma del que
dan testimonio todos los evangelios, pero que trabaja más el de Juan: Jesús/María de Magdala. La
relación entre Jesús y María Magdalena (tan mal interpretada desde casi todos los ángulos), puede ser
vista a través de un texto-síntesis: Juan 20, 1-18. No podemos ignorar, porque no es gratuito, que en la
tradición Joánica esta mujer es el primer testigo de la resurrección, la testigo por excelencia, la que
conduce a los apóstoles a esta experiencia.
Tantos años de tradición andrógina, han ocultado las cosas, han silenciado muchas verdades. Rastreando
en los primeros siglos de la Iglesia, confrontando textos apócrifos, uno puede darse cuenta de que la
figura de María Magdalena fue mucho más importante, de lo que pensamos, en los primeros años de la
Iglesia. Fue tan importante el papel que jugó, que hasta existió un “Evangelio de María Magdalena”,
descubierto hace poco entre los textos gnósticos. Y los evangelios, especialmente el de Juan, nos dan
elementos para descubrir esa importancia:
Jesús envía a María a anunciar su resurrección, no es ni siquiera iniciativa de ella (como en el caso de la
samaritana):
“Anda, ve a decirles a mis hermanos” (versículo 17). Posteriormente en el libro de los Hechos, se habla
de una condición para ser apóstol: haber acompañado a Jesús en su vida y haber sido testigo de su
resurrección. María de Magdala, cumple a cabalidad tal condición.
La Iglesia, durante muchos años, para quitarse de encima este problema molesto, la llamó: “apóstol de
los apóstoles”, pero eso puede llegar a ser un eufemismo: María Magdalena, fue compañera de Jesús,
fue su seguidora, y su apóstol, el evangelio de Juan lo testimonia así.
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Estas dos mujeres: La mujer del pozo de Samaría y María de Magdala, nos presentan un comportamiento
de Jesús con las mujeres muy preciso: en ruptura con las costumbres culturales y en perspectiva de
igualdad en lo que a “misterios” se refiere." (fin cita de Navia)
3. Algunos elementos más para nuestra reflexión tienen que ver con:
3.1 En el mundo de la Biblia, las mujeres solteras van a buscar agua a los pozos en las horas de menos
calor. La mujer samaritana al no ser soltera (casada múltiples veces) y no tener quien le busque agua lo
hace ella misma y en un horario donde evita el encuentro con las jóvenes que le dirigirían miradas
reprobatorias… Los patriarcas iban a buscar mujer para casarse a los pozos (Génesis 24,1ss.; 29,1ss.;
etc.). El varón ofrecía matrimonio en el pozo a la mujer disponible.
¡Jesús ofrece matrimonio a la samaritana! Esto es lo que llama la atención de sus discípulos… Ser el
marido es metáfora de ser el Dios de la persona. Jesús se ofrece como Dios de la Samaritana esa es su
oferta en el pozo… ¿Me quieres recibir por tu Dios? Tómame… yo te daré agua viva que impele hasta la
Vida Eterna… Los 5 maridos anteriores de la mujer son sus Baales (Señores…) ninguno es el legítimo,
Jesús se oferta en legitimidad.
3.2. Cuando se habla del lugar del culto, ¿en qué monte, en qué templo? Jesús afirma con claridad que el
culto legítimo hasta ahora es en Jerusalén la salvación viene de los judíos (anuncio) pero lo matiza,
después del diálogo con la mujer, y lo expone a una expresión mayor: llega la hora… estamos en ella…
que los verdaderos adoradores serán en espíritu y en verdad… hay una invitación a la libertad religiosa
y a la libertad de conciencia. Jesús en su propuesta pone las raíces de nuestra reflexión sobre ¡la
interculturalidad y el diálogo religioso! Es la mujer samaritana quien ha provocado esta honda reflexión
teológica que Juan nos plantea.
3.3. No deja de llamar la atención el respeto de Jesús por su interlocutor y su realidad. No sólo la escucha
sino que sus aportes le van obligando a dar a conocer el plan de Dios con mayor hondura cada vez… esto
es, por otro lado, una característica típica del 4º evangelio… un tema va tomando mayor profundidad y
multiplicando los sentidos y resonancias: agua… agua viva… no tener más sed… agua que salta a la vida
eterna (Espíritu). Al punto que este conocimiento hace que la mujer deje el cántaro que es el objeto
necesario para sacar agua del pozo y que Jesús carecía…
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3.5. Finalmente la samaritana deja el cántaro al pie del pozo mientras se va a anunciar a sus vecinos lo
que Jesús le ha dicho sobre su historia… ya no lleva el cántaro sobre su cabeza o sobre sus brazos, ella se
ha convertido en el nuevo cántaro que lleva el agua viva que salta hasta la vida eterna y que comparte
con sus vecinos… ella es un vaso nuevo en manos de Jesús maestro alfarero de nueva humanidad…
II Momento:
Acá termina la exposición y se invita a leer en grupos apuntes de Antropología Cultural y de Inculturación
del Evangelio que ayuden a contestar por ejemplo…
¿Por qué cree Ud. que en el Vº Centenario del Descubrimiento y la Evangelización de América Latina y el
Caribe, y antes de la Conferencia de Santo Domingo, algunos caciques indígenas devolvieron el Evangelio
a Juan Pablo II?
¿Cuánto se permite leer y cuestionarse sobre estos temas sin que afloren y lo emboten sus prejuicios?
¿Es capaz de reconocer sus prejuicios? Trate de poner sobre la mesa común en diálogo formas
culturales, frases hechas, costumbres, etc., que denotan que necesitamos revisarnos, reconocernos y
convertirnos en el sentido del diálogo intercultural e interreligioso, pues los prejuicios raciales,
culturales, etnocéntricos están mucho más presente en nuestra vida cotidiana y en nuestras
conversaciones de lo que nos damos cuenta. No olvide rastrear sus pensamientos sobre; pobres,
“ignorantes”, “negros”; “indios”… mujeres, folclore popular, y tan nutrido bagaje de expresiones que
guardan y alimentan prejuicios que entorpecen el diálogo…
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Tercera Sección: “EL PROCESO DE FORMACIÓN
MISIONERA” (LA METODOLOGÍA).
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TEMA N° 7
EL ITINERARIO FORMATIVO DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS
(Aparecida Cap. 6).
Aspectos del proceso. Criterios generales. La Espiritualidad de la Acción Misionera. Urge la necesidad de
promover en nuestros candidatos ya desde el comienzo el espíritu misionero, para fomentar y nutrir en
ellos y en todos los hermanos una conciencia misional (Const. VIII, 169 - 170). La dimensión misionera en
la formación de los miembros de la Orden (Constituciones Cap. IX, nº 186 – 217).
Para examinar el tema de los discípulos misioneros en Aparecida hay que subrayar que su opción
fundamental es: Convertir a la Iglesia en una comunidad más misionera que se expresa en el deseo para
un Nuevo Pentecostés:
“Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el continente, que nos exigirá profundizar y
enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo
misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una
fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen
del sufrimiento de los pobres del continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en
un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de
la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente, una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y
nuestra esperanza. Por eso se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que
alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que
el mundo crea” (Jn 17, 21).” (n. 362)
La Iglesia existe para continuar la misión de Jesucristo, por eso Ad Gentes proclama que la Iglesia es por
naturaleza misionera (#2). No existe por ningún otro motivo que continuar la misión de Jesucristo que es
la proclamación y realización del Reino de Dios. Por eso se puede decir que la Iglesia no tiene una misión,
más bien la Misión tiene una Iglesia. La Iglesia existe para la misión de Jesucristo y la Orden existe para
ayudar a la Iglesia en cumplir fielmente esta misión de Cristo.
La misión se ve manifestada en las opciones básicas de las Conferencias Episcopales desde Medellín
hasta Aparecida.
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1. Destinatarios
Aparecida reafirma las opciones principales de Medellín, Puebla y Santo Domingo y en cuanto a los
destinatarios, hay que comenzar con la opción preferencial por los pobres (Cap. 8 El Reino de Dios y la
Promoción de la Dignidad Humana) enfatizando que son los excluidos de la sociedad “Nos
comprometemos a trabajar para que nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña siga siendo, con mayor
ahínco, compañera de camino de nuestros hermanos más pobres, incluso hasta el martirio. Hoy
queremos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres hecha en las Conferencias
anteriores42. Que sea preferencial implica que debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades
pastorales. La Iglesia latinoamericana está llamada a ser sacramento de amor, solidaridad y justicia
entre nuestros pueblos” (n. 396)
Dicha opción está basada principalmente en razones teológicas y cristológicas. La razón teológica está
basada en la gracia gratuita de Dios de optar por el pueblo pequeño, pobre y esclavo de Israel para ser su
instrumento de salvación para toda la humanidad. Fue una decisión gratuita de Dios y así marca la
misión tanto de su Hijo como de la animación del Espíritu Santo en la Iglesia.
La razón cristológica fue subrayada en Aparecida a la luz del discurso inaugural de Benedicto XVI. Como
Jesús nació pobre, como su ministerio mostraba una mirada especial a los enfermos, los publícanos, los
marginados, (todos ellos fueron considerados los excluidos de la sociedad en aquel tiempo), y como
murió sin nada, fuera de Jerusalén (lugar de los marginados), todo reafirma esta opción preferencial de
Jesús y consecuentemente de su Iglesia.
Otra dimensión de las conferencias episcopales anteriores son sus enfoques para promover una
evangelización integral. Aparecida menciona la evangelización integral como una exigencia que brota de
la Eucaristía (176). Estos enfoques o hilos conductores de las conferencias anteriores son:
- Comunión y Participación (que Aparecida dice requiere un cambio de actitud). “La conversión de los
pastores nos lleva también a vivir y promover una espiritualidad de comunión y participación” 368}
- Liberación de estructuras injustas (pecado social) {El rico Magisterio social de la Iglesia nos indica que
no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de
humanización, de reconciliación y de inserción social. 359}
- “El Evangelio de los Derechos Humanos”(expresión de Sto. Domingo que Aparecida reafirma en la
“buena nueva de los dignidad humana”. Capítulo 3.1)
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Medellín 14, 4-11; DP 1134-1165; SD 178-181.
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- Inculturación del Evangelio (Aparecida subraya las dimensiones de la Religiosidad Popular y las culturas
(Cap. 10 Nuestros Pueblos y la Cultura)
- Comunidades Eclesiales de Base (en Aparecida en Capitulo 5.2)
Aparecida enfatiza mucho la necesidad de un encuentro personal con Jesucristo como fuerza
transformadora en la vida de los bautizados. Con esta transformación ellos se puedan convertirse en
discípulos y misioneros. “A todos nos toca “recomenzar desde Cristo”43, reconociendo que “no se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva”44.” (n. 12) También: “La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la
experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a
persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo (cf. Hch 1, 8).” (n.
145)
1. En la Palabra de Dios, donde Aparecida hace muchas referencias, comentando: “Sentimos la urgencia
de desarrollar en nuestras comunidades un proceso de iniciación en la vida cristiana que comience por el
kerygma y, guiado por la Palabra de Dios, conduzca un encuentro personal, cada vez mayor, con
Jesucristo…” (n. 289). Ciertamente este es una dimensión que históricamente ha sido descuidado en la
acción pastoral de la Iglesia y a pesar de la exigencia del Vaticano II que la celebración de todos los
sacramentos subrayan la importancia de la Palabra de Dios, todavía esto es lejos de ser la realidad
pastoral. Una de las principales causas del aumento del número de hermanos a las “sectas” es
precisamente porque encuentran allá un enfoque sobre la Palabra de Dios. El hecho de que este
movimiento desde la Iglesia Católica hacia estos nuevos movimientos religiosos consiste de millones y
millones de personas nos exige reflexionar más sobre lo que nos hace falta hacer para subrayar más la
importancia de la Palabra de Dios en nuestra fe y liturgias.
Inspirándose en S. Agustín, el biblista Carlos Mesters sitúa a la Biblia como el libro segundo de Dios. El
libro primeo es la vida, la historia, la realidad humana y la naturaleza. Entonces la Biblia no es fin en sí
mismo pero existe en función del primer libro--la vida humana y su historia. El recurso del pueblo a la
Biblia tiene como objetivo último no el mero instruirse, sino el interpretar la vida
43
Cf. NMI 28-29.
44
DCE 1.
71
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nacido en este continente, lo cierto es que la metodología Ver-Juzgar-Actuar ha sido identificada con
América Latina. Tanto en las Comunidades Eclesiales de Base, como en los encuentros diocesanos y
publicaciones teológicos de América Latina, esta metodología ha sido identificada con el continente de
Esperanza. La decisión de usarla en Aparecida ofreció la oportunidad de dirigir el dialogar para que
refleje concretamente sobre la realidad actual de América Latina y como la Iglesia misionera pueda
responder a esta realidad.
El objetivo en el primer momento (Ver) es “entender” lo que pasa en el mundo o nuestro entorno. Para
esto, es preciso estar en diálogo con las ciencias sociales porque dichas disciplinas, cada uno siguiendo su
legítima autonomía (declarado en Gaudium et Spes, 59), ofrece información y compresiones sobre el ser
humano, sus culturas, y sobre las estructuras de la sociedad que son indispensables para una
comprensión de la realidad. A la vez, dicha lectura, para un creyente, nunca puede estar divorciada de la
VERDAD que es revelada en plenitud por Jesucristo. Entonces el VER no puede ser puramente
“sociológico” tanto como no puede prescindir de la sociología, la psicología, la antropología cultural,
ciencias económicas, políticas, etc.
La segunda etapa es JUZGAR y aquí uno quiere hacer un contraste entre lo que es la realidad y lo que
debe ser. El debe ser de la realidad es revelado por Cristo que vino para proclamar y hacer presente el
Reino. Es aquí donde la Biblia tiene su aplicación más plena ya que nos presenta como Dios ha hecho
presente su Reino por medio de su Hijo Jesucristo y como él es la plena realización del plan salvífica del
Padre desde la creación.
Entonces, habiendo comparado la realidad con lo que “debe ser”, es decir la plenitud del Reino, nos
damos cuenta de la brecha que hay entre lo uno y el otro. La realidad está marcada por el pecado, tanto
personal como social, es decir “estructuras del pecado” (Santo Domingo, 243), que hacen brotar en
nuestra sociedad la injusticia, la pobreza, la violencia en todas sus formas, etc. Por tanto, el cristiano está
llamado a ACTUAR, es decir, tomar acciones para que la realidad cambie, para que la realidad sea más la
manifestación de la “cultura de la vida” en vez de la “cultura de la muerte” (frases usadas muchas veces
por Juan Pablo II). Por consiguiente, esta tercera etapa tiene como objetivo llevar las personas a la
acción ya que no es suficiente saber que la realidad está lejos de lo que debe ser según el plan de Dios,
porque el discípulo-misionero de Cristo está llamado a hacer algo para que la realidad sea precisamente
como Dios quiere.
Nuestros documentos también subraya la necesidad de comprender la realidad desde el marco de la fe.
“Si los agustinos queremos continuar nuestra misión de servidores de la humanidad, hemos de ser
capaces de estar en contacto con la realidad, para escuchar cuidadosamente la voz de un mundo en
cambio. Pues ‘si nuestras propuestas no sintonizan con los desafíos del presente, el diálogo resulta
imposible y nuestra presencia irrelevante’ (CGI ’98 Doc. 24).” (Cap. General 2001, B-4)
“Toda la vida de nuestros pueblos fundada en Cristo y redimida por El puede mirar al futuro con
esperanza y alegría acogiendo el llamado del Papa Benedicto XVI: “¡sólo de la Eucaristía brotará la
civilización del amor que transformará Latino América y El Caribe para que además de ser el continente
de la esperanza, sea también el continente del amor!”. (n. 128)
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Pablo enfatizaba mucho la exigencia de la Eucaristía para promover la unidad del cuerpo de Cristo, la
Iglesia y así Aparecida vincula la Eucarística al concepto de la evangelización integral. En Pablo (1 Cor 10,
3-4; 1 Cor 10, 16-22; 1 Cor 11, 17-34.) podemos subrayar las siguientes dimensiones:
- Invitar a la Mesa
Invitar a alguien a comer era un honor. Fue una oferta de paz, confianza, fraternidad y perdón; al fin y al
cabo compartir en la mesa significaba compartir la vida.
La fraternidad de la mesa significa fraternidad ante el Señor, porque comer del pan partido por todos
quienes comparten la mesa subraya que todos tienen una parte en la bendición dicho por el maestro de
la casa sobre el pan entero en la cena pascual.
Entonces la comida no eran solamente un compartir de pan sino un compartir de la vida. El Pan ofrecido
a todos es signo de la disponibilidad y entrega de Cristo. En la Cena Pascua tenía estas palabras: "Este es
el pan de la aflicción y de la amargura". Aceptar el pan de la Eucaristía es aceptar la necesidad de ser pan
por los pobres del mundo. Significa cruzar al reino divino con ellos para alimentarlos.
- Un Solo Pan
"Como hay un solo pan, aun siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos y cada uno
participamos de ese único pan."
El pan partido en trozos pequeños, la copa distribuida entre los comensales son al mismo tiempo un solo
pan y una sola copa que todos comparten para formar un solo cuerpo. La eucaristía es fuente de unión.
Relacionado con la comida cuando el padre parte el pan, esto significa compartir de vida, vinculo de
amistad. Este pan y copa (Pablo nunca habla de vino) muestra koinonia, es decir solidaridad o comunión
entre uno y otro.
La comunidad forma un solo cuerpo porque se alimenta de una misma comida sagrada identificada con
el cuerpo de Cristo.
Igualmente, la copa tiene una gran significación bíblica. Jesús invita a sus discípulos a compartir
directamente la sangre de la copa. La sangre y la copa están unidas.
En la Biblia una copa ofrecida representaba la unión de distintos elementos, experiencia y emociones y la
copa sirvió para transmitir estas diversas cosas a otros. En la Ultima Cena la copa tenía dos significados,
copa de sufrimiento y copa de bendición.
- la Copa de Sufrimiento
La copa que ofrece Jesús es una copa que reúne su destino y sus sufrimientos. "Pueden uds beber la
copa que yo tengo que beber" (Mt 20,22) "Que esta copa sea alejada" en el jardín (Mt 26,39; Lc 22,42)
Al aceptar la copa, Jesús recibe el destino de su sufrimiento y al ofrecer esta copa a sus discípulos ofrece
una copa de sufrimiento. Convertirse en discípulo de Jesús es aceptar el sufrimiento, algo que ellos
pronto comprenderán.
Compartir este copa es unirse en la lucha contra Satanás y las fuerzas de mal y injusticia entonces no se
tomo a la ligera.
Al ofrecer la copa a la gente tenemos que preguntarnos si reunimos verdaderamente los sufrimientos del
actual cuerpo viviente de Cristo, su pueblo. Recibir la copa es comprometerse a compartir en la
solidaridad más profunda con las víctimas de este mundo. Nosotros hacemos algo muy conmovedor--
sostener la copa del sufrimiento de Cristo y co-partir la copa entre nosotros.
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Una acción de gracias por la alianza. Ahora es celebración de la nueva alianza y de la vida que
pronostica. Un reino donde la justicia prevalecerá y todas las lágrimas serán enjugados.
La copa de bendición une la profunda alegría y felicidad que produce ser discípulo del Señor. Es una
reafirmación de los lazos que unen una comunidad en sí; tanto el dolor como el orgullo de un pueblo.
Reconocer sus alegrías, sus obras del amor, su santidad profunda y agradece a Dios. ¿Somos capaces de
reconocer las bendiciones y alegrías del pueblo? ¿Criticamos más que felicitamos? Quizás por esto
Aparecida enfatiza mucho “las buenas nuevas” (Cap. 3) como perspectiva central de los discípulos
misioneros, que es distinto que los profetas de condenación y desesperanza.
Uno debe aprender a aceptar la copa: una copa de sufrimiento y una copa de bendición. En ella se
mezcla el dolor y los sueños del mundo. De allí viene la fortaleza para luchar contra el dolor y la
injusticia, y de allí viene el desafío para trabajar y poder traer el Reino de Dios. La copa de la sangre de
Jesús nos hace participes tanto de la vida de Dios como de la lucha en contra del sufrimiento en el
mundo.
Estamos llamados de ser "calices vivantes" para ser recipientes dignos de las experiencias y emociones
del mundo.
3. En los pobres (mencionado arriba en las opciones): “El encuentro con Jesucristo en los pobres es una
dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos y
del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge
nuestra opción por ellos.”(n. 257. El subrayo es mío). La palabra “constitutiva” es importante ya que
significa que sin esto no hay la cosa por lo cual es una dimensión constitutiva. Por eso, si el encuentro
con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de la fe, la conclusión es que no hay un
encuentro con Jesucristo sin no lo encontramos en los pobres. La palabra “constitutiva” es usada muy
pocas veces en los documentos eclesiales. La primera vez que fue usada era en el documento del Sínodo
de los Obispos de 1971 (que es el último Sínodo de producir un documento propio. Posteriormente los
Papas han escrito Cartas Apostólicas después de recibir las conclusiones del Sínodo). En el documento
del Sínodo, titulado Justicia en el Mundo, el no. 6 dice: “La acción en favor de la justicia y la participación
en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la
predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la
liberación de toda situación opresiva.” Entonces ambos usos de esta palabra se enfoca sobre la misión
de la Iglesia que encuentra el rostro de Jesucristo en los pobres. Como dice Aparecida “los cristianos
como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros
hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos”(393). La frase Rostros de Cristo aplicado a
los pobres se encuentra primeramente en Puebla #31-39, luego Santo Domingo #178, y Aparecida #402.
Para Agustín la identificación de Cristo con los pobres es un tema fundamental de su teología y forma
parte de su doctrina sobre el “Cristo Total”45. Van Bavel comenta que por Agustín, “El sufrimiento y la
pobreza de Jesucristo se refleja sin parar en la vida y en la historia del sufrimiento y de la opresión de los
seres humanos.”46
45
Tarcisius VAN BAVEL, La Opción por los Pobres de San Agustín: Predicación y Práctica (Roma: Secretariado de
Justicia y Paz, Curia Agustiniana, 1992), 18.
46
VAN BAVEL, La Opción por los Pobres, 19.
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Agustín identifica a Cristo con sus miembros, usando como punto de partida de su reflexión, la imagen
paulina del Cuerpo de Cristo. Frente a este sufrimiento histórico de los miembros de Cristo, para Agustín,
todos entre sí han de ser solidarios con el padecer individual de cada uno, particularmente hacia los que
son más pobres
Vemos en estas descripciones de los Rostros de los Pobres en los documentos latinoamericanos una
clara aplicación de la idea del Christus-Totus de San Agustín.
“Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el
santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un
encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la
cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve,
derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la
mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada
puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual. Allí, el peregrino vive la experiencia de
un misterio que lo supera, no sólo de la trascendencia de Dios, sino también de la Iglesia, que trasciende
su familia y su barrio. En los santuarios muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas
paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos que millones podrían
contar”. (no. 259-260)
Desde Medellín y Evangelii Nuntiandi la reflexión sobre los elementos positivos de la religiosidad popular
han aumentado en comparación con la evaluación más negativa y europea de los años durante el
Concilio. Un logro en Medellín fue mencionar que todas las formas de expresión religiosa y no sólo la
expresión popular de los pobres, necesitan un proceso de conversión o purificación ya que en “el
fenómeno religioso existen motivaciones distintas que, por ser humanas, son mixtas…” (6,4). Pero la
tendencia ha sido de usar la palabra “purificar” mayormente en referencia a la religiosidad popular. Se
ve en Aparecida un aprecio mucho más profundo y que casi desaparece la palabra “purificar”. En un
número está usado, pero con una explicación que casi rechaza la forma como fue interpretada la palabra
en los otros documentos: “Cuando afirmamos que hay que evangelizarla o purificarla, no queremos decir
que esté privada de riqueza evangélica. Simplemente deseamos que todos los miembros del pueblo fiel,
reconociendo el testimonio de María, traten de imitarla cada día más. Así procurarán un contacto más
directo con la Biblia y una mayor participación en los sacramentos.” (no. 262). Para subrayar este
aprecio, el siguiente número dice: “No podemos devaluar la espiritualidad popular, o considerarla un
modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar el primado de la acción del Espíritu y la
iniciativa gratuita del amor de Dios... Es también una expresión de sabiduría sobrenatural...” El número
termina con esta observación que pone en claro que la fe del pueblo pobre no puede ser considerada
inferior a otras expresiones de fe, sino que brota de la misma cultura del pueblo: “Es una espiritualidad
encarnada en la cultura de los sencillos, que no por eso es menos espiritual, sino que lo es de otra
manera.” (no. 263)
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Otras dimensiones repetidas en otras conferencias son el papel decisivo en la evangelización de la Virgen
de Guadalupe quien es “pedagogía y signo de inculturación de la fe” (no. 4, también 265; ve Puebla 282,
446; Santo Domingo 15, 289) que hace recordar las observaciones de Juan Pablo II al abrir la Conferencia
en Santo Domingo cuando dijo que ella “ofrece un gran ejemplo de Evangelización perfectamente
inculturada” (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 24). Igualmente subraya la observación de Puebla que la
religiosidad popular es fuerza evangelizadora y no sólo recipiente de la evangelización. Aparecida repite
esto diciendo: “es en sí mismo un gesto evangelizador por el cual el pueblo cristiano se evangeliza a sí
mismo.” (no. 264) Igualmente subraya la relación de la fe popular con la cultura misma del pueblo
diciendo que “contiene la dimensión más valiosa de la cultura latinoamericana.”(no. 258)
La necesidad de preparar a nuestros formandos en un “espíritu misionera” ha sido subrayada por varios
Capítulos Generales. Podemos ver esto en dos Capítulos últimos:
“Que las circunscripciones fomenten el intercambio de experiencias para que los formandos puedan
tener una formación pastoral integral, incluyendo la experiencia pastoral con los más pobres,
preferiblemente en nuestras propias misiones o entre los pobres de las áreas urbanas marginales. (Cap.
Gen 2007, Programa no. 8)
a) Que las circunscripciones fomenten el intercambio de experiencias para que los formandos puedan
tener una experiencia pastoral entre los más pobres.
b) Que los Superiores Mayores apoyen proyectos que fomenten y animen a los religiosos a estar en luga-
res de nuevas fronteras pastorales, en particular entre los más pobres en las zonas urbanas y en nuestras
Circunscripciones de Misión. (Cap. Gen 95, no. 26)
Igualmente el Ratio Institutionis, subraya la dimensión de Misión como un hilo conductor de la formación
agustiniana:
“La fidelidad a un carisma obliga a leer los signos de los tiempos y a encontrar en la propia espiritualidad
las orientaciones que resultan más válidas y significativas para el momento presente. De ese modo, la
interioridad, la comunidad y la misión, como componentes esenciales de nuestra identidad agustiniana,
mantienen su validez permanente porque adquieren una expresión actual por medio de la vuelta a San
Agustín.”47
Lo cierto es que una formación integral requiere atención a esta dimensión de espiritualidad misionera
que no siempre está presente en nuestros programas. El documento de Aparecida también menciona
47
Carta de Introducción de Ratio Instit. Miguel Angel Orcasitas.
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esto: “La formación abarca diversas dimensiones que deberán ser integradas armónicamente a lo largo
de todo el proceso formativo. Se trata de la dimensión humana, espiritual, intelectual, comunitaria y
pastoral-misionera.” #280 Aparecida
Mientras que los documento subrayan la dimensión misionera la tentación es siempre de mirar a las
necesidades de la propia circunscripción y no lanzar una mirada a las necesidades más allá de mi propio
circunscripción. Mientras que es cierta que “aquí tenemos mucha necesidad” esto es una verdad que
nunca va a ser saciado. Es por eso que estamos llamados de “dar desde nuestra pobreza” como se
expresa tanto Puebla como Aparecida:
“Nuestro anhelo es que esta V Conferencia sea un estímulo para que muchos discípulos de nuestras
Iglesias vayan y evangelicen en la “otra orilla”. La fe se fortifica dándola y es preciso que entremos en
nuestro continente en una nueva primavera de la misión “ad gentes”. Somos Iglesias pobres, pero
“debemos dar desde nuestra pobreza y desde la alegría de nuestra fe”48 y esto sin descargar en unos
pocos enviados el compromiso que es de toda la comunidad cristiana. Nuestra capacidad de compartir
nuestros dones espirituales, humanos y materiales con otras Iglesias, confirmará la autenticidad de
nuestra nueva apertura misionera.” (Aparecida 379).
Hemos caído mucho en la Orden en esta mirada cercana y nos hemos faltado una mirada más allá de
nuestras propias necesidades que requiere un sacrificio que los hechos sugieren que estamos más
dispuestos evitar que enfrentar. Es por eso que Aparecida llama la Iglesia a un cambio significativo, lo
que el último Congreso Misionero (COMLA 8, Quito donde lanzó la Gran Misión Continental), llamó “una
conversión”, diciendo que esta necesidad “implica una conversión personal y el cambio de estructuras
pastorales” (Conclusiones n° 1).
La formación de los discípulos-misioneros tienen que comenzar en las casas de formación de la Orden,
pero como los documento señalan esta formación no es principalmente académica, sino de una
experiencia pastoral en las zonas de misión o los lugares más abandonados.
48
DP 368.
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Tema Nº 8
PRIMERA ÁREA DE FORMACIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS:
LA DIMENSIÓN HUMANA Y COMUNITARIA
(Aparecida 280a).
La comunión de vida con los hermanos (Constituciones Cap. VI, nº 108 – 113). Exigencias de la Vida
fraterna (Const. VI, 114 – 119). Orden de precedencia (Const. VI, 120). Cuidado de los enfermos (Const.
VI, 121 – 122).
La Cristología en Aparecida presenta bellamente a Cristo el Hijo de Dios, solidario con los hombre a los
cuales se les presentar como Maestro, Camino, Verdad y Vida para todos los pueblo.
Por ello al hablar de la humanidad debemos entenderla bajo la estructura teológica – catequética del
Discípulo – Misionero. Esta es la novedad del documento: Anunciar la Buena Nueva del Amor de Dios
experimentada, anunciada y proyectada en la vida. Esa es la “prioridad de prioridades”, la prioridad
originaria y permanente que la Iglesia está llamada a anunciar sin descanso.
La Humanidad.
Cristo es en Aparecida el centro de la Humanidad y por ello el hombre se concibe como discípulo y
misionero49. El hombre es creado por Dios y por el pecado se mancilla esta belleza originaria50, pero es
en Cristo donde se restaura e establece una nueva creación.
El hombre al ser discípulo y misionero irradia esta alegría que brota del corazón que cree, como don
dado por el mismo Padre. Es aquí cuando se da una doble dimensión de hombre. Por un lado aquello que
viven la alegría del resucitado y los otros a los cuales va dirigido el anuncio que van por los caminos de la
violencia y el odio51.
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Por ello a los hombre se les considera como o discípulos misioneros y aquellos que deben recibir la
alegría y la buena nuevo de estos primeros. Por ello la predicación con la vida debe ser el primer
anuncio.
A este respecto el anuncio de la Buena Nueva debe ser global, en relación a la era de información que
vivimos. Este anuncio nos hace cada vez más humildes frente pluralidad del mundo que vivimos donde la
realidad se presenta de forma fragmentada. Pero en América Latina. Esta fragmentación no se da con
tanta profundidad, ya que la identidad religiosa – cultural es más viva que en otros lugares, la cual hay
que cuidar ya que lo tecnológico por su masividad puede ir minando estas tradiciones.52
En este cambio cultural el aprecio por el hombre, la persona, nos dice el documento, de su conciencia y
experiencia en la búsqueda de la vida y la trascendencia son fundamentales. La necesidad de construir su
propio destino y de hace comunidad frente al desconcierto del mundo son fundamentales.53
Esto nos recuerda el fin de nosotros como agustinos: La vida en comunidad es desde el inicio de la Regla
nuestra misión: “Ante todas las cosas, queridísimos Hermanos, amemos a Dios y después al prójimo,
porque estos son los mandamientos principales que nos han sido dados”54.
Quiero que apreciemos la estructura que está a la base en la formulación de la humanidad y comunidad
en Aparecida:
1. Un Dios que nos ama y envía a su hijo como redentor.
2. La Iglesia por años anuncia su evangelio en estas tierras.
3. La existencia de un mundo de cambio, en un continente golpeado y lleno de esperanzas.
4. La necesidad de volver a Anunciar el mensaje de Cristo a un pueblo que tiene ansias de su anuncio.
5. Para dar respuesta a un hombre lleno de búsquedas que desea compartir con otros.
6. El enamorarse de Cristo Camino, Verdad y Vida.
7. El anuncio, la formación, el compartir, el testimonio, la vivencia sacramental
8. Hace de nuestro continente un reflejo del amor de Dios para que en Él Tengamos vida.
Este esquema que está casi al inicio del documento se asemeja a la formación de las Primeras
Comunidades de Hch 2 y 4. Este tiene que ser un punto de reflexión nuestra. Por ello nuestro cello como
Agustinos en esta misión que nos pide la Iglesia sería el de rescatar la Idea de Persona como hombres y
mujeres inquietas y buscadores de la verdad y de ser maestro de comunión y comunidad. Invitando al
mundo entero a esa conversión que nos lleva a clamar “Abba, Padre”.
Frente a esto Aparecida para describir a las comunidades indígenas usa una frase casi tomada de
nuestras constituciones: Las Comunidades Indígenas se caracterizan sobre todo, por su apego profundo
de la tierra y por la vida comunitaria, y por una cierta búsqueda de Dios.
Pero a la hora de analizar nuestro mundo se pueden ver algunas notas características de nuestra propia
humanidad hoy en día como son:
a. Hoy las personas buscan por muchos lados experiencias que den sentido a sus vidas, por ello se cae
en el desaliento y la frustración. La economía, la tectología, el hedonismo. No llena la vida del hombre55.
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b. Surgen las ideologías de género y la desorientación sexual que destruye los planes originarios de la
creación y sexualidad querida por Dios. 56
c. Existe una sobrevaloración de la subjetividad individual. La muerte de los metarelatos. Este
individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del
espacio, dando un papel primordial a la imaginación.
d. El hombre pasa a ser valorado por la técnica en cuanto a su rentabilidad y su funcionalidad, como una
nueva visión de la realidad.
e. También se verifica una tendencia hacia la afirmación exasperada de derechos individuales y
subjetivos. Donde todo vale lo mismo. Eliminando el bien común por el bien individual. Mis gustos.57
f. Se ve en especial en América Latina y el Caribe la precariedad de vida de la Mujer: maltrato,
violencia, etc. en resumen perdida de su dignidad.
g. Se crece de la mano del mundo del mercado en la lógica del individualismo y el pragmatismo
narcisista.
h. La pobreza desde el mundo globalizado no deja de ser carencia de incluso hasta lo más básico para
vivir, pero hoy tiene una nueva cara. La pobreza es de conocimiento y acceso a las nuevas tecnologías.
i. Los rostros de los que sufren se ve reflejado en los separados de la sociedad: indígenas,
afroamericanos. Entre otros.
Todas estas posturas hacen clamar al hombre en Latinoamérica por unas ansias de afirmar su libertad
personal. Para lograr ser verdadero ser humano.
En Aparecida, la verdadera humanidad es aquella que “reconoce a Dios, conoce la realidad y puede
responder a ella de modo adecuado” y así esta persona llena de Dios que es su camino, su verdad y su
vida. Busca siempre la verdad de su ser, ya que esta verdad ilumina la realidad de tal modo que puede
desenvolverse en ella con libertad y alegría, con gozo y esperanza.
Para llegara a este hombre verdadero el texto nos dice que el ser humano, su imagen viviente, es
siempre sagrado, desde su concepción hasta su muerte natural; en todas las circunstancias y condiciones
de su vida. Este es el fundamento de la dignidad de todo hombre. Su fundamento esta en Cristo. Nuestro
hermano mayor. La propia vocación, la propia libertad y la propia originalidad son dones de Dios para la
plenitud y el servicio del mundo.58
Por ello frente a los graves conflictos que vive el hombre hoy está la luz de Cristo el Maestro y Señor.
Ante el subjetivismo hedonista, Jesús propone entregar la vida para ganarla, porque “quien aprecie su
vida terrena, la perderá” (Jn 12, 25). Es propio del discípulo de Cristo gastar su vida como sal de la tierra
y luz del mundo. Ante el individualismo, Jesús convoca a vivir y caminar juntos. La vida cristiana sólo se
profundiza y se desarrolla en la comunión fraterna. Jesús nos dice “uno es su maestro, y todos ustedes
son hermanos” (Mt 23, 8). Ante la despersonalización, Jesús ayuda a construir identidades integradas.59
La Comunidad.
¿Qué papel cumple la comunidad frente a este hombre que desea alcanzar a Cristo y anunciarlo?
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En Aparecida el papel de la comunidad se encuentra bajo la óptica de la comunidad de los creyentes.
Somos Iglesia y es esta Iglesia comunidad de comunidades desde la cual se debe anunciar a Cristo. Ahora
bien se dan al interior de esta Iglesia diferentes forma de ser o de expresar de esta misma comunidad. A
cada una de ella Aparecida les tiene una palabra y un aprecio: la Iglesia Universal, La Diócesis, la
Conferencia Episcopal, La Parroquia60, Las Comunidades de Base, los Comunidades de fieles Católicos, La
vida Religiosa y Consagrada, etc. Ellos son los que forman comunidad.
A este respecto Aparecida nos dice que:
La vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana. El discipulado y la misión siempre suponen la
pertenencia a una comunidad. Dios no quiso salvarnos aisladamente, sino formando un Pueblo77. Este
es un aspecto que distingue la vivencia de la vocación cristiana de un simple sentimiento religioso
individual. Por eso, la experiencia de fe siempre se vive en una Iglesia Particular.61
El fin de esta comunidad es extender el ministerio salvífico del Señor hasta que Él de nuevo se manifieste
al final de los tiempos (cf. 1 Co 1, 6-7). El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como
Pedro (cf. Hch 4, 13) y Pablo (cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a
quiénes deben hacerlo (cf. Hch 13, 2).
La Iglesia en Aparecida no se cansa en comunicarnos que la vida en Comunión. Teniendo un solo fin que
es Jesucristo es la forma como se debe hacer Iglesia. “Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para
descansar un poco” (Mc 6, 31-32). Hoy, también el encuentro de los discípulos con Jesús en la intimidad
es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera.62
Pero esta forma de hacer comunidad y comunión debe darse Al igual que las primeras comunidades de
cristianos, hoy nos reunimos asiduamente para “escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivir unidos y
participar en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). La comunión de la Iglesia se nutre con el
Pan de la Palabra de Dios y con el Pan del Cuerpo de Cristo.
Desde esta óptica la Iglesia en América no se puede entender sino como “Comunidad de amor”63. Deseo
notar la importancia del anuncio que esta frase implica. La Iglesia en América, no es que deje de ser
institución, o sacramento al estilo de Lumen Gentium. Sino que va a lo profundo que nutre esta unión de
las personas. El amor a Dios y a los hombres y porque la única forma que los demás aman a Dios y se
llenen de su amor es por medio del anuncio. Así entendida el amor y el anuncio deben ser elementos
unidos en la labor de la Iglesia.
La comunidad desde Aparecida debe vivir bajo el alero y la protección del Espíritu Santo no solo desde el
espíritu de Santidad que esto representa sino que para descubrir e integrar los talentos escondidos y
silenciosos que el Espíritu regala a los fieles.64
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la comunidad parroquial se reúne para partir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y perseverar en la catequesis,
en la vida sacramental y la práctica de la caridad. Conf N ° 175.
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Las comunidades Eclesiales de base.
Las comunidades eclesiales de base que tiene su origen en la renovada acción Teológica Pastoral de
Vaticano Segundo65 y el apoyo recibido en Medellín y Puebla. Tiene en Aparecida un renovado impulso
como una real foco de expansión del Evangelio. Formador de discípulos y creador de comunidad.
Las CEB han sido escuelas que han ayudado a formar cristianos comprometidos con su fe, discípulos y
misioneros del Señor, como testimonia la entrega generosa, hasta derramar su sangre, de tantos
miembros suyos. Ellas recogen la experiencia de las primeras comunidades, como están descritas en los
Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2, 42-47). Medellín reconoció en ellas una célula inicial de
estructuración eclesial y foco de fe y evangelización88. Puebla constató que las pequeñas comunidades,
sobre todo las comunidades eclesiales de base, permitieron al pueblo acceder a un conocimiento mayor
de la Palabra de Dios, al compromiso social en nombre del Evangelio, al surgimiento de nuevos servicios
laicales y a la educación de la fe de los adultos, sin embargo, también constató “que no han faltado
miembros de comunidad o comunidades enteras que, atraídas por instituciones puramente laica o
radicalizadas ideológicamente, fueron perdiendo el sentido eclesial”66
Para que estas estructuras eclesiales tengan una real fuerza para el anuncio del Evangelio Aparecida no
se cansa en resaltar la importancia de la Eucaristía para este fin.
Todas las comunidades y grupos eclesiales darán fruto en la medida en que la Eucaristía sea el centro de
su vida y la Palabra de Dios sea faro de su camino y su actuación en la única Iglesia de Cristo.67
Aquí nace un elemento de gran importancia en Aparecida que es la formación de los creyentes para ser
en Cristo Discípulos y Misioneros. La comunidad con Aparecida debe transformarse en esta grupo de
creyentes que escuchan las enseñanzas de los apóstoles, las ponen en práctica y a la vez dan testimonio
de Cristo resucitado en medio de las gentes y ellos a su vez perciben: Miren como se amán. Este es el
sentido profundo de Aparecida y por ello la importancia de que la formación lleve a esta finalidad. El
tener cristianos unidos a Cristo y dispuesto a anunciarlo con su testimonio y de palabra.
En este proceso de formación se marcan pasos a seguir como un real Itinerario Formativo. Los que son:
1. Todo proceso de formación debe nacer desde el interior de la vida Intratinitaria, desde Jesucristo. Se
nace con el bautismo y se conoce a la trinidad que nos ayuda a superar nuestro egoísmo y activismo
particular y nos habla de la vida en la misma comunidad trinitaria.
2. El encuentro con Jesucristo. No todo el que dice Señor, Señor se va al cielo. Ser discípulo de Cristo no
es solo orar a Dios como Trinidad, sino hacer y decir lo que Cristo dijo e hizo. Este es la esencia de todo
discípulo que ha tenido experiencia con su maestro.
3. Propiciar lugares de encuentro con Cristo: la Iglesia debe ser el lugar propicio para este encuentro.
Esto es necesario frente a la mundanización de los espacios. Se debe volver a los lugares sagrados como
lugares de encuentro con Dios. Aquí la Sagrada Escritura, la Lectio Divina, la Sagrada Liturgia, las obras
de misericordia y de acción social, junto con una auténtica y sincera conversión deben ayudar a lograr
este fin.
4. La Eucaristía debe ser el lugar importante en la formación. Cristo Pan y Vino. Bebida de salvación.
5. El sacramento de la reconciliación
6. La Oración Personal y Comunitaria
65
GS. nº 40, Pablo VI. E.N. n. 58.
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N 180.
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7. Una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno. Allí Él cumple su promesa: “Donde están dos o
tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).
8. Y la dimensión martirial que no debe perderse de vista: Está en los que dan testimonio de lucha por la
justicia, por la paz y por el bien común, algunas veces llegando a entregar la propia vida, en todos los
acontecimientos de la vida de nuestros pueblos, que nos invitan a buscar un mundo más justo y más
fraterno, en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian.68
9. Y los Pobres como lugar privilegiado y primero para el encuentro con Cristo.
Ahora bien este proceso formativo posee las siguientes etapas que ya hemos mencionado pero son:
a) El Encuentro con Jesucristo. Quienes serán sus discípulos ya lo buscan (cf. Jn 1, 38), pero es el Señor
quien los llama: “Sígueme” (Mc 1, 14; Mt 9, 9). Se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda,
y se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana. Este encuentro debe
renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del kerygma y la acción misionera de la
comunidad. El kerygma no sólo es una etapa, sino el hilo conductor de un proceso que culmina en la
madurez del discípulo de Jesucristo. Sin el kerygma, los demás aspectos de este proceso están
condenados a la esterilidad, sin corazones verdaderamente convertidos al Señor. Sólo desde el kerygma
se da la posibilidad de una iniciación cristiana verdadera. Por eso, la Iglesia ha de tenerlo presente en
todas sus acciones.
b) La Conversión: Es la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en Él por la
acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir,
aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida. En el Bautismo y en el
sacramento de la Reconciliación, se actualiza para nosotros la redención de Cristo.
d) La Comunión: No puede haber vida cristiana sino en comunidad: en las familias, las parroquias, las
comunidades de vida consagrada, las comunidades de base, otras pequeñas comunidades y
movimientos.
Como los primeros cristianos, que se reunían en comunidad, el discípulo participa en la vida de la Iglesia
y en el encuentro con los hermanos, viviendo el amor de Cristo en la vida fraterna solidaria. También es
acompañado y estimulado por la comunidad y sus pastores para madurar en la vida del Espíritu.
e) La Misión: El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir
con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer
realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino
de Dios. La misión es inseparable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa
posterior a la formación, aunque se la realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al
momento de la maduración humana y cristiana en que se encuentre la persona.
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N° 256
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1. La Dimensión Comunitaria.
La vida en comunidad es desde el inicio de la Regla nuestra misión: “Ante todas las cosas, queridísimos
Hermanos, amemos a Dios y después al prójimo, porque estos son los mandamientos principales que nos
han sido dados”69.
Para nadie es un misterio que el tipo de hermanos que viven en una comunidad forma esa comunidad. Si
se desea tener una comunidad santa, hay que tener hermanos comprometidos y con una cierta madurez
humana. Sino ¿cómo se puede cumplir este sueño? Por eso adquiere un valor tan alto lo que nos dice
Aparecida sobre el itinerario formativo de los discípulos de Cristo en el n° 280: “Tiende a acompañar
proceso de formación que lleven a asumir la propia historia y a sanarla, en orden a volverse capaces de
vivir como cristianos en un mundo plural, con equilibrio, fortaleza, serenidad y libertad interior. Se trata
de desarrollar personalidades que maduren en el contacto con la realidad y abiertas al Misterio.”70
Dentro de este proceso es importante asumir nuestra propia vida. Luchar por ser fieles a nuestra
vocación. Evitando salir siempre con nuestra idea y desechando la idea de los otros, a lo que San Agustín
nos dirá: la verdad no es tuya, ni mía sino nuestra.
Otro de los puntos que es importante mencionar es l crecimiento en la humildad. Solo por medio de este
camino se puede llegar a la verdadera perfección.
De todos los caminos que conducen a la perfección, éste es el primero: la humildad; el segundo, la
humildad; el tercero, la humildad; y cuantas veces me lo preguntes, te diré lo mismo. No porque no
exista otros preceptos, sino porque si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas
obras, para que miremos a ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando se nos allega y nos
dejemos subyugar por ella cuando se nos impone, el orgullo nos lo arrancará todo de las manos71.
Este texto sorprende por su claridad. La única forma de ser perfectos es por medio de la humildad y el
máximo enemigo de la humildad es el orgullo y la soberbia.
¿Qué pasa si mi superior me pide hacer una labor que yo considero poco digna de mí? O ¿qué pasa con
una comunidad donde cada uno sigue sus proyectos, sin tener al otro como hermano?. Y no se les
ocurra decirme algo a mí ¿ya que yo también tengo algo que decirles a ustedes?. Donde queda la caridad
y la humildad aquí.
Cuando pienso en la vida común y en lo difícil que muchas veces es tener una vida santa con los
hermanos me recuerdo de la siguiente lectura (Mateo 20, 21 – 28) y como el mismo Cristo lidió con los
intereses de sus propios discípulos frente al Poder y la reputación.
De seguro era ya tarde mientras iban caminando y la madre la madre de los hijos de Zebedeo se acercó
con sus hijos a Jesús para pedirle algo. Él le dijo: “¿Qué quieres?” Dícele ella: “Manda que estos dos hijos
míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.”
En primer lugar fíjense en el tenor de la pregunta. Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos,
pero esto es el colmo. En primer lugar el Reino de esta Madre es Reino de Hombre y no el Reino de Dios.
Ella está pensando en una gran corte, administradores reales, consejeros reales, etc. Frente a tamaña
pregunta y tal pretensión de poder de esta madre para con sus hijos y la falta de comprensión de lo que
69
Regla I,1
70
Documento de Aparecida, n° 280 a
71
Epist. CXVIII, 3, 21: Pl 33, 442
84
84
realmente era el reino Jesús dice - “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?”
Dícenle: “Sí, podemos.”. Hasta aquí la cosa iba bien, pero al escudriñar mejor la frase, ello dice. Sí
podemos beber el cáliz que tu vas a beber. Ese mismo cáliz del cual Cristo afirma en el momento más
doloroso que ha tenido que pasar hombre alguno: “Aparta de mí este Cáliz, pero que se hago tu
Voluntad y no la nuestra”. Ellos, en verdad, bebieron el cáliz de Cristo. Recibieron su misma muerte, pero
en ese momento no saben lo que dicen. Es el espíritu el que les reveló todas las cosas.
Jesús vuelve a dirigirles la palabra pero esta vez para recordarle lo que han pedido y precisar cuál es su
misión y la de todo discípulo: “Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es
cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.
Es en este punto cuando estalla una bomba a nivel comunitario: Al oír esto los otros diez, se indignaron
contra los dos hermanos. Y es que en nuestras comunidades muchas veces no ha pasado lo mismo. Ya
sea por el poder de tener una chequera, las llaves del auto, el mejor computador, el aprecio o
reconocimiento de los otros o simplemente porque sí, los hermanos no se indignas unos con otros.
Esta es una gran realidad. En una comunidad muchas veces hay conflictos y malos entendidos que a
veces el tiempo ha podido convertirlos en verdaderas piedras de tropiezo para la vida común. Pero ¿cuál
es la actitud del maestro frente a este problema? Mas Jesús los llamó y dijo: “Sabéis que los jefes de las
naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así
entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que
quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo.
Lo primero que hace el maestro es conocer a sus discípulos. Esta debe ser la primera misión de todo
superior. Conocer a sus hermanos. Luego el Señor, el Maestro los llama y los sienta a conversar. Dos
actitudes importantísimas en la vida en común y posteriormente predica con su mismo ejemplo. No
habla de Teorías, ni de formulas. No exalta la virtud moral. Sino que les ofrece su misma vida como
ejemplo: de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su
vida como rescate por muchos72 .
Este es Cristo frente a nuestra propia humanidad llena de ambiciones y que deja de lado el plan de Dios,
pero ¿Qué nos pide Cristo para nuestra Comunidad hoy?
Siguiendo el texto del Capítulo General intermedio de Septiembre de 199273, este nos dice que hoy una
comunidad debe ser:
a) Una Comunidad que acoge: Fundamentada en una interrelación transparente, afable, amistosa,
dialogante, afectuosa y tolerante entre todos sus miembros; expresiva del mutuo aprecio, valoración y
respeto. Abierta y hospitalaria, al mismo tiempo, con los extraños. Y abierta, por fin, a nuevas fronteras.
Esto no es otra cosa sino lo que las nuestras Constituciones nos dice sobre la Vida en Comunidad:
La verdadera unión de corazones exige una vida común auténtica y sincera, conforme con el espíritu de
la Orden, para que todos nosotros, como miembros de una misma fraternidad, participemos del mismo
tenor de vida en la oración y en el apostolado, en el trabajo y en el recreo, en el dolor y en el gozo, en el
espíritu agustiniano de caridad, que “es tolerante en las adversidades, moderada en la prosperidad;
72
Mateo 20, 21 – 28
73
Documento preparatorio para el Capítulo General intermedio de 1992
85
85
fuerte en los duros padecimientos, alegre en las buenas obras; segurísima en la tentación, espléndida en
la hospitalidad; llena de júbilo con los verdaderos Hermanos y llena de paciencia con los falsos”. Según
esto, nuestras comunidades deben gozar de estructuras y condiciones verdaderamente humanas, de
suerte que se fomenten profundas relaciones personales entre los Hermanos74.
La acogida desde la propia trasparencia de un corazón que ama no es solo la fórmula para tener una
buena comunidad, sino que también para que nuestras comunidades sean lugares atractivos para
muchos jóvenes que desean seguir nuestros propios pasos. La acogida es la puerta de entrada, para que
los otros nos conozcan y sepan de nosotros. Puede aquí existir una excelente promoción vocacional,
pero sino una vez dentro los candidatos no se sienten acogidos por la comunidad. ¿Qué más les
podemos pedir?.
b. Una Comunidad que promueve: Tanto a la comunidad como a cada una de las personas que la
integran. Escuela de hombres autorrealizados y maduros: sujetos y protagonistas autodeterminantes de
sus propias opciones, corresponsables y solidarios. Es buena la comunidad que propicia el que cada uno
pueda dar lo mejor de sí mismo, de acuerdo a su carisma personal. Es buena la persona que, en todas sus
actitudes y comportamientos, hace comunidad.
Una de las características que más adquiere sentido en este punto es la diversidad. La unidad debe darse
en la diversidad, no como siervos bajo la ley sino como hombres libres bajo la gracia. Esta es una
hermosa forma de ir consolidad nuestra esencia de vida en comunidad. Donde la promoción de los
valores y los dones de los hermanos debe ser una realidad no solo desde los superiores, sino realizada
por cada hermano.
c. Una Comunidad que propone: Amor, amistad, fraternidad solidaria entre las personas. Se trata así de
estimular y dinamizar en el mundo, la solidaridad, la coparticipación, el diálogo, la amistad y fraternidad
que nosotros testimoniamos.
La pregunta es esencial en este momento pero la respuesta es tan antigua como la misma experiencia de
hombre frente a la Fe.
No podemos lograr ninguna de estas acciones sino estamos apoyados en la Oración. Es amando a Dios y
pasando tiempo frente a Él como podemos lograr esta visión de Dios. Alcanzar la perfección por medio
de la Humildad y lograr que las heridas propias y comunitarias se sanen.
Dentro de esto los tiempos de Retiro personales y comunitarios deben ser de gran importancia. es el
momento donde Jesús mismo nos invita a “Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para
descansar un poco.” Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y
se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario.75
Tener una auténtica Vida Sacramental donde la Eucaristía sea el inicio, centro y fin de nuestra vida.
Acompañada esto con la adoración al santísimo y la vivencia comunitaria de la oración y adoración como
diálogo de hermanos que desean alabar al mismo Dios.
74
Constituciones Capítulo VI, n° 180.
75
Marcos 6, 31 – 32.
86
86
Otro de los puntos que no debemos descuidar son los tiempos fraternos, como nos dicen Las
Constituciones: En todas las Casas, en el tiempo que determine el Capítulo Local, téngase en común la
recreación, con la que se consolidan los vínculos de la comunidad mediante el trato familiar y gozoso.76
¿Cómo podemos ver si nuestra vida está siendo signo del querer de Dios?
Esta es la forma de evaluar nuestra vida común siendo verdaderos signos del amor de Dios para el
mundo, no hay otra forma. Gritar al mundo que a pesar de nosotros mismos. De nuestras incoherencias.
Dios puede darnos su amor y ese amor debe ser transparentado a los demás.
76
Constituciones n° 115.
77
Lumen Gentium n° 44
87
87
TEMA 9:
SEGUNDA ÁREA DE FORMACIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS:
LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL
(Aparecida 280b).
La comunicación con Dios (Constituciones Cap. V nº 80 – 83). La vida de oración: La oración personal y
comunitaria (Const. V, 84 – 86). La liturgia de las horas (Const. V, 87 – 90). La Lectio divina (Const. V, 91).
La vida sacramental: El Misterio Eucarístico: Celebración y participación de la Eucaristía, adoración
eucarística (Const. V, 92 – 95). El Sacramento de la Reconciliación (Const. V, 96 – 98). La Unción de los
enfermos (Const. V, 99 – 100). El sufragio por los difuntos (Const. V, 101). El cuidado de la vida espiritual:
Los medios de renovación (Const. V, 102). Las devociones (Const. V, 103 – 107).
Objetivo general:
Generar en el discípulo misionero agustiniano la inquietud por buscar establecer con Dios una
comunicación permanente y fructífera.
Objetivos específicos:
1. Promover una valorización, cuidado, respeto y gusto por la práctica de la vida litúrgico-sacramental,
junto a las demás prácticas de piedad.
2. Motivar la adhesión a las prácticas devocionales, propias de nuestra consagración, como vehículos de
acercamiento a Dios.
3. Generar una clara preocupación por la vivencia libre y responsable del pilar “Búsqueda de Dios e
Interioridad”.
Introducción
El tema que trataremos de desarrollar a continuación dice relación con la segunda etapa de formación
del discípulo misionero, a saber: “La Dimensión Espiritual”. En el desarrollo de esta etapa procuraremos
hacer consiente la necesidad de que toda persona humana, particularmente el discípulo misionero de
Jesucristo, más aún el consagrado, beba de todos los “riachuelos” que nacen a partir del mar de la gracia
88
88
que proviene de Dios.
Veremos también aquellas prácticas que nos sugiere el mismo Documento de Aparecida, aquellas vías o
canales de comunicación con que podemos llegar a relacionarnos con Dios.
A modo de Preámbulo
El Hombre, es decir, el varón y la mujer, ambos pertenecen a Dios, pues, Él nos hizo y somos suyos,
somos su pueblo y ovejas de su rebaño (Cfr. Sal 99 [100], 3). En su “corazón inquieto”, el Hombre tiene
un deseo profundo de sentido y trascendencia, y cómo no, si fuimos formados por Dios a su imagen y
semejanza (Cfr. Gn 1, 27.31), siendo creados para la incorruptibilidad, nos hizo a imagen de su misma
naturaleza (Cfr. Sab 2, 23). Este deseo de trascendencia existe en todo ser humano, y todos, consciente o
inconscientemente, tendemos hacia nuestro Creador. Es así como le buscamos de forma incesante y
permanente, aunque no siempre de los modos más aptos.
“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del Hombre, porque el Hombre ha sido creado por Dios y
para Dios; y Dios no cesa de atraer al Hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el Hombre la verdad y la
dicha que no cesa de buscar”.
Como vemos, el Hombre fue creado por Dios para entrar en comunión con Él, para relacionarse con Él,
participando de la misma vida intratrinitaria. Si nosotros no entramos en ese necesario contacto, en esa
comunicación, entonces nos alejamos de la posibilidad real de encontrar el sentido último de nuestra
existencia y, por lo tanto, de la obtención de la verdadera felicidad, de la verdadera plenitud que se nos
ofrece.
Ahora bien, la persona humana, que busca de forma incesante llegar a la plenitud de sentido o, en
último término, a la satisfacción máxima de todos sus deseos, se esmera por encontrarse con aquella
fuente que satisfaga su insaciable sed, pero, en tan desesperada búsqueda, muchas veces se ha
desviado, perdiendo, en variadas ocasiones el rumbo, alejándose de aquello que busca con tanta
insistencia y desesperación.
Nuestras búsquedas las realizamos saliendo fuera de nosotros mismos, volcándonos al mundo y
participando de todas las luces que, en mera apariencia, parecen mostrar algo de esa fuente tan deseada
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89
por todos, quedándonos solamente con la punta del iceberg.
Hoy es muy escuchado, tanto en los medios de comunicación social como en nuestros coloquios
fraternos, sobre lo difícil de los tiempos que vivimos, lo apresurado y vertiginoso que se ha vuelto el
ritmo de vida de las personas. Lo preocupada y angustiada que está viviendo la gente, ya por sus deudas,
por la falta de trabajo, por malos tratos e injusticias, ya por los muchos quehaceres o por las
preocupaciones básicas de la vida. Resulta penoso observar esta realidad, presente no sólo en adultos
sino también en jóvenes e, incluso, en algunos niños. Se ha hecho común escuchar charlas sobre el
stress, medicamentos para el stress, terapias para el stress. Está de moda la medicina naturista, los
compilados de música ambiental para facilitar la concentración y relajación, propuestas por la New Age,
las terapias psicológicas, el esoterismo, la brujería y quizás cuántas otras cosas más...
Existe un número ya casi inconmensurable de personas que vive en continuas rencillas con su entorno,
desmotivadas y desencantadas con la vida, frustradas y angustiadas. Muchos encuentran la salida a sus
problemas sólo en aquellos lugares a los que han podido llegar, otros, simplemente, deciden terminar
con su existencia en este mundo.
Como vemos, el diagnóstico de nuestra sociedad post-moderna es complejo, delicado y nebuloso. Esta
realidad, vivida por las personas a las que acompañamos, demanda de parte nuestra una respuesta clara,
enérgica y coherente con nuestra consagración. No podemos permanecer impávidos frente al dolor de
nuestros hermanos, frente al sufrimiento y sin sentido de la porción del Pueblo de Dios que se nos ha
encomendado. Debemos hacer algo, debemos hacerlo juntos, y debemos hacerlo bien.
Nuestra Orden, servidora de la Iglesia en el mundo y presente por voluntad de Dios en este nuevo siglo,
siempre ha procurado responder a los distintos desafíos que la sociedad de cada tiempo le ha ido
presentando. Ante los más variados escenarios, hemos tratado de dar lo mejor de nosotros mismos,
buscando aquellas formas más estratégicas, prudentes e innovadoras a cada situación (consideremos
como ejemplo de esto, y sólo como botón de muestra, la evangelización del Nuevo Mundo). No
obstante, no podemos seguir respondiendo con las mismas herramientas que utilizaron nuestros
Hermanos mayores en la sociedad del siglo pasado.
90
90
Ciertamente, debemos conservar, preservar y seguir promoviendo lo concerniente a las enseñanzas
predicadas por Jesucristo, aquellas mismas que transmitió, tanto de palabra como de obra; lo mismo
debemos hacer con nuestra espiritualidad, pues, asumimos que el carisma de San Agustín, fruto de la
acción renovadora del Espíritu Santo, sigue siendo hoy, igual que ayer, testimonio elocuente de la
presencia de Dios en el mundo. Sin embargo, debemos presentar renovadas formas de evangelización,
de la mano, por cierto, con la propuesta que nació en el “nuevo Pentecostés” acaecido en Aparecida, y
anticipado para nosotros en Conocoto. Debemos estar abiertos a la acción del Espíritu Santo y a la
novedad que Él quiere, por medio nuestro, ofrecer a todo nuestro continente.
Nuestra sociedad, desde los infantes, está cambiando a un ritmo aterrador. Si queremos ser verdaderos
discípulos misioneros, que aporten de verdad a la realidad en que vivimos, debemos hacerlo no con lo
que nosotros “queremos o creemos que debemos aportar”, sino “con lo que nuestros pueblos
necesitan” que nosotros les aportemos. No podemos dar solamente lo que tenemos, si queremos
revertir verdadera y efectivamente el dolor de nuestros hermanos. Debemos dar aquello que realmente
ellos están necesitando, y si no tenemos eso que necesitan, entonces debemos buscar entre todos,
liderados y animados por nuestros Priores respectivos, donde sea necesario hacerlo, para ser un real
aporte a las necesidades de este nuestro tiempo.
Para conseguir esto, se hace necesario tener una apertura sincera del corazón; debemos “querer” salir
de nuestras propias comodidades, asumiendo la actitud de “Cristo Diácono”, servidor de todos, y
reconocer en nuestros hermanos, en todos y cada uno en particular, la presencia viva y real del Dios
hecho Hombre, del Dios con nosotros. Debemos actuar con la misma caridad y solidaridad con que actuó
en bien todo el género humano, Aquél que se encarnó y se hizo uno de nosotros. Debemos, a ejemplo de
nuestro Hermano y Maestro, compadecernos de la triste y dura realidad que muchos de nuestros
hermanos sufren, pues, hombres somos, entre hombre vivimos, y nada de los humano “debería” sernos
ajeno.
Esta tarea, sin lugar a dudas, resulta compleja y difícil de llevar a efecto, sin embargo, si queremos ser un
signo elocuente de Dios entre los Hombres y con la Santa Madre Iglesia ser luz para todos los pueblos,
entonces, debemos tomar con valentía este desafío, que el mismo Dios pone frente a todos nosotros.
Considero que, si nuestra Familia Religiosa no es capaz de responder a los nuevos desafíos de nuestro
tiempo, desde el testimonio personal y comunitario, no podrá seguir existiendo, pues, la existencia de
muchas congregaciones, lo sabemos por la historia, que por uno u otro motivo se instalaron o relajaron
en la vivencia de su consagración, finalmente terminaron por desaparecer, pues, su existencia en la
Iglesia ya no se justificaba. No apaguemos el don de Dios en nosotros, no coartemos la acción del Espíritu
Santo que nos ha bendecido tan grandemente con nuestro carisma. “¡Hagamos lo que debemos!,
¡hagámoslo juntos! y ¡hagámoslo bien!”.
Queridísimos hermanos, para poder realizar toda esta gran e impostergable tarea, luego de poner en
práctica lo que ha sido señalado hasta el momento, debemos revisar nuestra propia vida. Revisándola,
nos daremos cuenta de que no estamos tan alejados de la realidad de las personas a las que
acompañamos. Hagamos un pequeño análisis introspectivo de nuestra realidad.
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En todas nuestras circunscripciones, en cual más en cual menos, también, al igual que en nuestra
sociedad, contamos con la presencia de algunos Hermanos en los que existe mucho dolor. Tenemos
Hermanos que están profundamente dañados, dolidos interiormente, ya con la comunidad ya con ellos
mismos. Algunos se sienten solos, a pesar de vivir en comunidad compartiendo un mismo techo. La
vivencia de los votos se les hace cuesta arriba, difícil y, a veces, sin sentido. Muchos han caído en el
alcoholismo, en una negatividad casi absoluta, en el consumismo y acumulación de bienes temporales, y
en quizás cuantas otras cosas más que no conocemos o no queremos conocer.
También contamos con Hermanos estresados, sobrecargados de trabajo, sin la posibilidad de descansar
lo suficiente para reparar sus fuerzas. Vemos cómo el apostolado nos ha ido absorbiendo. Se ha hecho
frecuente, ya desde hace tiempo, pero más aún hoy en día, la aparición de “frailes pulpos”, si se me
permite la expresión que, debido al mucho quehacer pastoral, y a la falta de Hermanos, han debido
asumir más responsabilidades de las que son o somos capaces de enfrentar. A esto hay que sumarle,
producto del mismo activismo religioso, la falta de tiempos que, aunque establecidos en capítulos
locales, estén destinados para la oración y el ocio santo. Esto ha traído por consecuencia en nosotros la
aparición de ciertas neurosis y angustias, propias de la incapacidad de asumir, como corresponde, las
actividades que nos han sido encomendadas o que hemos, nosotros mismos, agregado a nuestra lista de
quehaceres.
Otro fenómeno, muy común en algunas circunscripciones, debido a la falta de Hermanos de votos
solemnes, es la encomienda temprana, por parte de los Priores, de tareas a los Hermanos que, aun
estando en formación inicial o, recién emitidos los votos perpetuos, han debido asumir tareas de alto
grado de responsabilidad sin haber culminado, en algunos casos, siquiera los estudios teológicos,
teniendo, por tanto, que estudiar y trabajar al mismo tiempo. Sumado a esto, está la evidente
inexperiencia, propia de la edad, así como la falta de ciertos conocimientos elementales para las
funciones que deben ser desempeñadas. El riesgo que se corre con estas experiencias, lamentablemente
inevitables en algunos casos, por la falta de Hermanos, como hemos dicho, es muy alto. Se está ante la
posibilidad de estar formando hermanos hiperactivos desde temprana edad, y no sólo eso, se está
incurriendo en el gran riesgo de llenar de poder a quienes, quizás, por la corta edad aún no tienen el
criterio suficiente como para relacionarse con él y sus efectos. Sumado a esto, tenemos casos en donde
el servicio realizado a la comunidad, una vez más por la falta de más Hermanos, es más allá del tiempo
recomendado por nuestras constituciones, pasando por ciertos cargos dos, tres o más períodos. Esto,
ciertamente, desgasta a cualquiera.
Se observa también una clara huída de los momentos de oración, un manifiesto abandono de las
prácticas religiosas, propias de nuestra consagración, unas veces por cansancio, otras por desmotivación
y, más preocupante aún, por falta de sentido. Muchas veces, por los indicadores señalados, no
aprovechamos de buena manera lo que, por tantos siglos, ha sido nuestro tesoro espiritual: devociones
personales y comunitarias, rezo de novenas y triduos, rezo del Santo Rosario y cuantas otras
manifestaciones de piedad que hemos heredado de la Iglesia o de nuestros Hermanos mayores.
Vemos también cómo los computadores y otro tipo de máquinas, producidas particularmente en esta
“era tecnológica”, han ido absorbiéndonos cada vez más. Si bien, los computadores son un bien material
que utilizamos en pro de la evangelización muchas veces ocurre que capturan toda nuestra atención e
interés, y los tiempos que podríamos utilizar para orar, meditar o compartir con los Hermanos, los
utilizamos más bien en el entretenimiento u otras actividades, realizadas con estas máquinas.
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Cada vez que incrementa el interés por la tecnología disminuye la atención por las cosas de Dios y los
Hermanos, pues, sucede que a veces, el uso de estas máquinas se vuelve desordenado, y en algunos
casos, compulsivo. Por medio de ellas, se van viendo compensadas una serie de cosas, ciertos vacíos
internos, causados probablemente por el activismo y la falta de comunicación con Dios en la oración y la
meditación.
Nuestra Orden -como toda la vida religiosa- por su fin y testimonio, ha contribuido grandemente a dar
un paso más allá en nuestra consagración bautismal, pues, por esta consagración a Dios, mediante “el
agua regeneradora” del Bautismo, todos los bautizados hemos sido llamados a la santidad (Cfr. 1 Ts 4, 3).
Nuestra Familia Religiosa, como muchas otras, movidas por el Espíritu Santo y aprobadas por la legítima
autoridad de la Iglesia, resulta ser un camino peculiar que conduce a la plenitud de la vida cristiana y a la
caridad perfecta. Consagrados a Dios, mediante la vivencia de los votos religiosos y la práctica diligente
de nuestra Santa Regla, los religiosos agustinos podemos contribuir a que el misterio y la misión de la
Iglesia se hagan más patente y así se renueve la sociedad humana (Cfr. Primera Parte, Espíritu de la
Orden, Cap. I, Origen, Naturaleza y Carisma, Fin y Testimonio de la Orden, n° 1).
Ya desde sus inicios, la Orden adquiere ciertos elementos esenciales que van configurando su identidad y
constituyen su carisma. Estos elementos, descritos en las nuevas Constituciones, son los siguientes:
1. Los principios fundamentales procedentes de la herencia monástica del Obispo de Hipona;
2. Las raíces eremíticas;
3. Los nexos peculiares provenientes de la intervención de la Sede Apostólica y
4. La condición de Orden Mendicante.
Estos elementos, se fundieron tan estrechamente entre sí, que constituyeron la esencia misma de
nuestra fraternidad apostólica (cfr. Ibídem n° 4, Naturaleza y Carisma).
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fundada en la doctrina de San Agustín y en plena consonancia con las raíces eremíticas, que con razón
debe ser aceptada y venerada como patrimonio de la tradición agustiniana. Nuestro santo Padre enseña
que el religioso, buscando continuamente el ocio santo, no deseando otra cosa que amar con un
corazón indiviso a Dios, que habita en el hombre interior, reconociéndose imagen de Dios, se ha de
trascender a sí mismo para unirse a Él. Sin embargo, este ocio santo no llegue a ser tal -se nos dice- que
se abandone el amor al prójimo, porque, según el pensamiento de San Agustín, el amor al prójimo y el
amor a Dios forman una unidad indivisa (Cfr. Ibídem, n° 5).
Para poder lograr y dar forma concreta a nuestro “Fin y Testimonio” debemos observar ciertas
cuestiones prácticas. Entre ellas destaca, además de la consagración a Dios en la vivencia diligente de los
votos, de la perfecta vida común, del estudio y del trabajo apostólico, fundamentalmente el cuidado con
esmero del culto divino, porque es la manifestación de la fe de que participan los Hermanos que
buscan a Dios (Cfr. Ibídem, n° 14).
Poner siempre en primer lugar la consagración a Dios por medio de los votos religiosos, de donde
proceden, como de su fuente, la vida común y la actividad apostólica, es el primer punto que se nos pide
observar para lograr lo que como Orden nos proponemos (n° 14). Seguido a esto, se nos señala la
importancia que tiene el cuidar con esmero del culto divino, pues, sabemos que, para llegar a vivir
nuestra consagración más plenamente, y desde ella, la vida común y la actividad apostólica, antes
debemos nutrirnos de la fuente inagotable de la que dimana la gracia, para poder estar siempre
conectados, comunicados y adheridos al Autor de nuestra santa vocación. Sin esta necesaria adhesión de
la que hablamos, que ha de ser “cuidada con esmero”, corremos el riesgo de vaciarnos a tal punto en el
ejercicio del apostolado, que todo nuestro servicio se transforme en una detestable rutina, sin sentido
trascendente.
En el capítulo II, de la primera parte de las Constituciones de nuestra Orden, se nos habla acerca de
nuestra Espiritualidad. Allí se nos dice:
16. La espiritualidad de la Orden, cuyos elementos principales aquí se presentan, procede del seguimiento
de Cristo según los preceptos evangélicos y de la acción del Espíritu Santo. Tiene como principal punto de
referencia el ejemplo y magisterio de San Agustín y la tradición de la misma Orden. El código
fundamental de esta espiritualidad es la Regla, que debe regir nuestra vida y actividad. La espiritualidad
agustiniana, desarrollada a través de la historia y enriquecida por el ejemplo y la doctrina de nuestros
mayores, debe vivirse conforme a las circunstancias de tiempo, lugar y cultura, en consonancia con el
carisma de la Orden.
Pues bien, los elementos principales de los que se nos habla en el número 16, que se presentan como
“aquellos principales” que constituyen la práctica de nuestra espiritualidad, son estos que se mencionan
a continuación:
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94
Notemos que la “Búsqueda de Dios e Interioridad” están puestos en un segundo lugar, justo después del
“Aspecto Evangélico y Eclesial”. Ante esto, podemos decir que, si bien, todos y cada uno de los
elementos constitutivos de nuestra espiritualidad son importantes, no por nada, el pilar de “Búsqueda
de Dios e Interioridad” está puesto en un lugar tan eminente. No obstante esto, considero debemos
hacer un alcance cuantitativo o de proporciones.
El primer pilar, está compuesto por 5 números explicativos; el tercero, por 10; el cuarto, al igual que el
primero, por 5, y el segundo, que es el que aquí estamos tocando, solamente está compuesto por 3
números, aunque esto se ve de alguna manera compensado en la amplitud del desarrollo de esos tres
números. Es decir, si por la cantidad de números desarrollados en cada pilar, tuviéramos que definir sus
grados de importancia, este sería el orden:
1. Comunión de Vida,
2. Aspecto Evangélico y Eclesial - Servicio a la Iglesia y Evangelización,
3. Búsqueda de Dios e Interioridad.
Por lo tanto, la “Búsqueda de Dios e Interioridad” pasa al último lugar en la organización y presentación
de los pilares de nuestra espiritualidad ¿Qué puede significar esto?
Mediante este sencillísimo análisis, si es que se le puede llamar así, mi motivación no es en lo absoluto
criticar al equipo redactor de nuestras Constituciones -nada más alejado de mi intención- simplemente,
por este improvisado ejercicio, quisiera “invitarnos” a que tomemos consciencia, personal y comunitaria,
de lo que frecuentemente nos ocurre.
Sucede que, por nuestras muchas ocupaciones pastorales como por nuestras propias búsquedas
personales, este segundo pilar, tan importante en nuestra práctica agustiniana, queda relegado al final
de nuestras preocupaciones y prioridades y, el primer lugar, lo toman otras cosas que, quizás, podrían ir
en otro orden.
Vemos con cierta tristeza cómo la dimensión espiritual de nuestras comunidades, que ha sido tan
bellamente tratada, tanto por nuestro Padre como por nuestros Hermanos mayores, resulta estar en
boca de todos, ya por temas ya por reflexiones bien elaboradas, pero, en la práctica, no se observa con la
misma fuerza y nitidez que debiera. Esto, quizás, porque lo concerniente al ámbito espiritual, de lo que
hemos bebido tantas veces, todavía no ha irrigado por completo nuestros corazones, postergándose con
ello incluso varias posibles conversiones que se mantengan en el tiempo.
Nuestra espiritualidad, al igual que la figura geométrica de un cuadrado, tiene también cuatro ángulos, y,
según pienso, ninguno debería ser más largo o grueso que el otro, pues, “nuestra figura geométrica” se
vería alterada en su forma; ya no sería más un cuadrado, pues, carecería de su forma original. La
cuestión es, entonces, que vayamos descubriendo juntos cómo podemos vivir de la forma más
equilibrada posible todos y cada uno de los ángulos o pilares de nuestra espiritualidad.
Sobre el pilar “Búsqueda de Dios e Interioridad”, en los números 22 al 24 de las nuevas Constituciones,
se nos dice:
95
95
22. Consciente o inconscientemente, tendemos de modo continuo e insaciable a Dios para gozar del bien
infinito con que se sacie nuestro deseo de felicidad, porque nos hizo para Él y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en Él. Así, nuestra principal dedicación común es buscar a Dios sin límites, ya
que sin límites debe ser amado. Pero no podemos buscar juntos a Dios, sino en Cristo Jesús, Verbo que se
ha hecho carne por nosotros para hacerse camino, verdad y vida para nosotros, de modo que,
comenzando por la carne visible, seamos llevados al Dios invisible. La oración personal y comunitaria, el
estudio y cultivo de la ciencia, la investigación sobre la realidad actual y la misma actividad apostólica
son dimensiones necesarias en esta búsqueda, que nos acerca a las preocupaciones de nuestra sociedad.
En efecto, nada humano nos es ajeno, sino que nos implica más en el mundo, ámbito del amor de Dios
(cf. Jn 3,16) y del encuentro con Él.
23. Sólo en Dios encontramos la felicidad plena y definitiva, ya que hemos sido creados a su imagen y
semejanza. A través del camino de la interioridad se adquiere el conocimiento y el amor de Dios y de él
nos hacemos partícipes. Es, por tanto, necesario que nos volvamos siempre a nosotros mismos y,
entrando en nuestro interior, pongamos todo el esfuerzo en perfeccionar el corazón para que, orando con
deseo ininterrumpido, lleguemos a Dios: “No salgas fuera, retorna a ti mismo, en el hombre interior mora
la verdad. Y si encontrares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete también a ti mismo... Tiende, por
tanto, allí donde se enciende la misma razón". La luz del maestro interior ilumina entonces la realidad
temporal y se hace posible la auténtica contemplación agustiniana, que descubre en el hombre la imagen
de Dios, en la Iglesia total, en la historia la esperanza de tornar a la paz de la patria.
24. Es necesario que cada cual trabaje cuidadosamente en la renovación del hombre interior, porque -
como dice Agustín- “quien te hizo sin ti no te justifica sin ti". Esta renovación por la gracia del Bautismo,
por la que, "al revestimos del hombre nuevo, también nos revestimos de Cristo por medio de la fe" y nos
hacemos hijos de Dios. Esta renovación se perfecciona luego a lo largo de la vida, y será tanto más
perfecta cuanto más se adhiera a Dios por el conocimiento y sobre todo por el amor. De este modo su
imagen se renueva continuamente en nosotros y nos acercamos al Padre llevados por la verdad de Cristo
e impulsados por el Espíritu Santo, que nos hace a todos uno mientras peregrinamos hacia Dios.
El Hombre debe asumir que no se basta a sí mismo, que es pecador y, por tanto, imperfecto. Debe
asumir que necesita ser amado, y amado por el mejor de los amores, por el amor de Dios. Y no sólo eso,
debe asumir que únicamente en Dios podrá encontrar el perdón, el consuelo y la paz; debe asumir que
para él también es posible el perdón, aunque tenga muchos y graves pecados, y que haga lo que haga,
nunca carecerá del amor de Dios, pues, Dios es amor.
Quien se cree autosuficiente, y cree saberlo todo, y no considera que necesita de los demás para su
propio crecimiento, no puede acoger a Dios en su corazón, pues, allí no hay espacio para Él, mucho
menos, para comunicarse con Él. Quien se deja llevar por la soberbia y la altanería, por la vanidad, la
prepotencia y la egolatría, ése no es “capaz” de Dios, pues, se ha construido su propio reino, y en un
reino no puede haber dos señores.
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Para poder comunicarse con Dios, primeramente, hay que amarlo, desearlo entrañablemente, pues, sólo
así se tendrá necesidad de Él y se querrá estar en comunicación permanentemente con Él. Quien dice
amar a Dios a quien no ve, nos dice san Juan, y no ama a su hermano a quien si ve, ése es un mentiroso.
Pues aquí podemos decir: quien dice amar a Dios y no se comunica constantemente con Él, ¡es un
hipócrita!, pues, cuando se ama de verdad, todo aquello que no es el ser amado, resulta estar demás,
resulta ser un impedimento para llegar al ser amado.
Ya nos lo decía nuestro Padre en su Santa Regla, cuando nos exhortaba a la perseverancia en las
oraciones fijadas para horas y tiempos de cada día; y no sólo eso, nos invitaba a que, cuando orásemos a
Dios con salmos e himnos, lo hiciéramos con tal delicadeza y cuidado, que nuestro corazón sintiera
aquello que profiere la voz, es decir, se llenara de las alabanzas a nuestro Creador, y quedase -todo
nuestro corazón- envuelto de la palabra pronunciada por nuestros labios, para que no sea sólo la boca la
que le alabe, sino el corazón y el alma, de manera tal que evitemos, como en otro tiempo, alabarlo solo
con la boca y con el corazón desconectado; y así no se nos digiera a nosotros, como se hizo en otro
tiempo con el pueblo de Israel: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me
honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 7-8).
Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó… y vio
Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien (Cfr. Gn 1, 27.31). Le formó con polvo del suelo, e
insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente (cfr. Gn 2, 7).
Dios, creó, pues, al ser humano, y lo proveyó de todas las características necesarias para subsistir. Dio
forma a sus miembros, a cada uno de ellos, creando su ser para la incorruptibilidad, haciéndole a imagen
de su misma naturaleza (cfr. Sab 2, 23). Él nos ha formado con todo lo que tenemos, nos ha tejido en el
vientre materno (Cfr. Salmo 139 [138]; Job 31, 14); y del vientre materno nos ha sacado (cfr. 22 [21], 9).
Nos concedió la forma presente, y a cada miembro le dio su justa función, pues, puso cada uno de los
miembros en el cuerpo según su voluntad (cfr. 1cor 12, 18).
Así ocurre también con la boca, creada por Dios junto a todos los demás miembros del cuerpo, y como
todos los demás miembros del cuerpo, fue creada también con amor, cuidado y delicadeza. Con todos
ellos, la boca no forma más que un solo cuerpo, pues, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo (cfr.
1 cor 12, 20). Entre todos los miembros formados (cfr. Ex 4, 11) destaca la boca, que por ser creada por
Dios, resulta ser “muy buena”, sin embargo, su condición no le viene dada por sí misma, sino por
participación, es decir, por estar unida al cuerpo, de quien es miembro, el cual, con el alma y el espíritu
forman una sola cosa, una sola unidad: al Hombre; y del Hombre, dijo Dios, una vez que lo hubo creado
que era “muy bueno” (Cfr. Gn 1, 31), luego, la boca, miembro eminentísimo del cuerpo, resulta ser “muy
buena”.
Por medio de la boca podemos nosotros alimentarnos, ingerir medicinas, hidratarnos; podemos
comunicarnos con nuestro entorno y manifestar nuestros afectos. En una situación “normal”, la boca
juega un papel fundamental, es importante en el desarrollo y bienestar de todo el cuerpo, y no solo del
cuerpo, también del alma. En esta misma línea, la boca, junto a todos los sentidos, resulta ser una
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ventana abierta a la realidad, y junto con todos los sentidos, la boca nos comunica con el mundo y lo que
hay en él. Por la cavidad bucal -asistida de todo el engranaje del que está compuesta- y junto a todos los
sentidos, podemos decodificar toda la información que está suspendida en la realidad que nos circunda.
Como vemos, la boca, puede llegar a ser y es en verdad muy necesaria; sin embargo, así como es usada
por nosotros diariamente para muchas cosas buenas, y otras no tanto, también puede llegar a servirnos
para realizar cosas realmente santas. Sí, y a pesar de que el justo Job nos recomienda callar la boca para
alcanzar sabiduría (cfr. Job 13, 5), muchas veces, por la misma boca, podemos conseguir comunicar
cosas maravillosas. De hecho, la mismísima Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Palabra eterna
“pronunciada” por el Padre, asumió nuestra propia naturaleza, encarnándose en el vientre puro y
virginal de Santa María Virgen; Él tuvo, por generación humana, un cuerpo como el nuestro y se sirvió
también de las funciones de la boca para revelarnos, mediante su predicación, la inminencia del Reino.
Fue por medio de su boca que Jesús, el Hijo, nos habló del Padre y del Espíritu Santo; por medio de ella
nos enseñó a orar; fue por su vocalización que pudimos conocer el Evangelio, y por su boca fue que
muchos se convirtieron y escucharon su llamado.
Ocurre que por la boca salen muchas cosas pecaminosas, sin embargo, no es ella la que las produce;
vienen de otro miembro, creado también por Dios, en donde se anidan toda suerte de emociones y
sentimientos: el corazón. Sobre el corazón nos dice el Señor:
El les dijo: «¿Con que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera
entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al
excusado?» -así declaraba puros todos los alimentos-. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que
contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas:
fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria,
insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.» (Mc 7, 18-
23).
Nos encontramos frente a un texto clave para abordar lo concerniente al corazón del Hombre.
Jesucristo, el Señor, afirma con vehemencia que todo lo que entra por la boca del Hombre, en verdad no
es lo que hace impuro Hombre. Es decir, no es la boca la que le lleva al pecado, pues, lo que por la boca
entra, llega al cuerpo y pasa luego al excusado; sin embargo, lo que de su corazón sale, eso sí lo hace
impuro. Frente a esto cabe preguntarse, ¿cómo y de qué cosas se llena el corazón entonces, para luego
sacar de sí esas cosas impuras de las que habla Jesús?, ¿de dónde le vienen esas cosas que le conducen
al pecado?
Alcemos nuestro corazón y nuestras manos al Dios que está en los cielos. Nosotros hemos sido rebeldes y
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traidores: ¡Tú no has perdonado! (Lam 3, 41-42).
Vendrán y quitarán de ella todos sus monstruos y abominaciones; yo les daré un solo corazón y pondré en
ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que
caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo
sea su Dios. En cuanto a aquellos cuyo corazón va en pos de sus monstruos y abominaciones, yo haré
recaer su conducta sobre su cabeza, oráculo del Señor.» (Ez 11, 18-21).
Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mt 6, 21).
María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón (Lc 2, 19).
La boca habla de lo que está lleno el corazón, se afirma en el Evangelio, pero ¿cómo se llena el corazón?,
¿a partir de qué lo hace? Creo que aquí corresponde hablar sobre la función que cumplen los sentidos.
Muchas veces nos encontramos con personas altamente escandalizadas por la excesiva “promoción” del
cuerpo que hacen programas de televisión en todo el mundo, todos con un alto contenido inmoral. El
cuerpo se muestra de forma provocativa, y sin ningún respeto por la dignidad de la persona. Pasa a ser
considerado un producto comerciable, con el que se puede generar dinero y otros “beneficios”. La
creación de Dios se vuelve un producto del cual podemos sacar provecho a nuestro antojo.
Dice la Escritura:
Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón hasta una impureza tal que deshonraron entre sí
sus cuerpos; a ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura
en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén (Rom 1, 24-25).
Somos espectadores de ciertas situaciones que nos generan rabias, celos, envidias y toda clase de
sentimientos, contrarios todos a la acción del Santo Espíritu. En este sentido, creo que todo lo que se
genera en el corazón parte desde fuera del Hombre, por el proceso interno que éste hace al verse
confrontado con la realidad que el mundo le presenta.
Con frecuencia nos encontramos cara a cara con obras que son propias de la carne, ante las cuales no
hacemos ningún atisbo de rechazo y, peor aún, por nuestras muchas ocupaciones, nos alejamos de la
posibilidad de llenarnos de las obras propias del Espíritu y de llenar nuestro corazón con cosas realmente
santas.
En otras palabras, la fuente de la que a diario bebamos es de donde nos vendrán las cosas que nos hacen
puros o impuros; de las cosas que decodifiquemos en nuestro interno es de donde nos vendrán, a modo
de reacciones o efectos, los muchos actos o sentimientos que nacen en el corazón, actos y sentimientos,
por cierto, congruentes con las cosas que capturamos con los sentidos.
En consecuencia, si nos dejamos llenar por la obras de la luz, nuestras re-acciones, provenientes de
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nuestro corazón, serán propias de la luz, y si nos dejamos llenar o invadir por las obras de las tinieblas,
entonces nuestros corazones decodificarán cosas propias de las tinieblas y nos harán impuros ante Dios.
Hemos sido hechos libres y con voluntad, sin embargo, muchas veces sucumbimos ante las cosas que el
mundo quiere que devoremos con nuestros sentidos, tal como sucedió con Eleasar, uno de los
principales escribas, cuando le obligaron a comer carne de cerdo (2 Mac 6, 18), sin embargo, con la
ayuda de Dios, si es que estamos tomados fuertemente de su mano, podremos vencer fácil en esto y en
más, pues, ¿quién podrá estar en contra de nosotros? (Rom 8, 31). Nadie, pues todo lo podemos en
Cristo que nos conforta (Flp 4, 13).
No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y
hacer el bien a los que os escuchen. (Ef 4, 29)
Mas ahora, desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y palabras groseras,
lejos de vuestra boca (Col 3, 8).
Por lo tanto, queridísimos Hermanos lo que debemos hacer, pienso yo, es valernos de todas las
herramientas que nos entrega el mismísimo Dios para poder evadir las obras que son propias de las
tinieblas. Ocupemos nuestra boca, por tanto, y todos los miembros de nuestro cuerpo -partiendo por el
corazón- en alabar, bendecir y glorificar a nuestro divino Hacedor, pues, siendo todos creados por Él, a Él
pertenecemos y todo lo que somos -todos y cada uno de nuestros miembros- han de ser para su misma
gloria y alabanza.
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14).
Y en el Nuevo Testamento:
Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe
que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que
Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y
con la boca se confiesa para conseguir la salvación (Rom 10, 8-10).
Cuidado hemos de tener con nuestra lengua, pues, aunque pequeña, puede llegar a hacer mucho bien
pero también mucho mal. Sobre ella se nos dice:
Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño
fuego abrasa un bosque tan grande. Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es
uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la
rueda de la vida desde sus comienzos. Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser
domados y de hecho han sido domados por el hombre; en cambio ningún hombre ha podido domar la
lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con
ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios; de una misma boca proceden la bendición y la
maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así. (St 3, 5-10).
Sumado a todo lo anterior, nos recuerda nuestro Padre que el oratorio está hecho sólo y exclusivamente
para orar, de donde le viene el nombre, para que, si alguno, teniendo tiempo, quisiera orar fuera de las
horas establecidas, no se lo impida quien pensara hacer allí otra cosa. ¡Qué sabiduría la de nuestro
Padre, que sabiduría! Muy bien sabía él que nuestra oración debe ser no sólo en los tiempos fijados por
el capítulo local, sino que ha de ser tal y como la evangelización, es decir, a tiempo y a destiempo, en
todo momento y circunstancia.
2. Necesidad y urgencia del cultivo dedicado y permanente de la dimensión espiritual del discípulo
misionero
Asumiendo mi sencilla y, por qué no decirlo, pobre experiencia, creo que la débil práctica y carente
cultivo de la dimensión espiritual en nuestras comunidades se debe a la disminución en el número de los
Hermanos, lo que ha traído consigo, de forma instantánea, un aumento de actividades en la agenda de
cada fraile. Esto, a su vez, hace presente un evidente desgano en la vivencia de las cuestiones propias a
nuestra consagración. Se manifiesta una clara desmotivación e, incluso, un cambio en el estado de
ánimo.
La falta de oración y el activismo pastoral, pueden llegar a secarnos por dentro y alterar nuestra
conducta. Nos volvemos más tirantes en nuestras relaciones fraternas, actuamos más desde la razón,
midiendo todo a partir de causas y efectos, invalidando o ridiculizando en ocasiones las experiencias de
fe de nuestros Hermanos.
Las restricciones y los sacrificios parecen no tener sentido, todo se vuelve rutinario, pesado y difícil. Nos
volvemos criticadores y jueces de todo y de todos. Nos cuesta reírnos, no nos gusta que bromeen con
nosotros, menos aun de nosotros. Comienza a hacerse difícil la vida comunitaria y comenzamos a visitar
con mayor frecuencia a otras personas: amigos, compañeros, familias amigas, etc. Comenzamos a llevar
una vida doble, utilizando nuestros conventos, muchas veces, solo como lugares de pernoctación. Con
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otros disfrutamos con nuestra comunidad cumplimos. En fin, todo se hace feo a los ojos del que ha
perdido la sintonía con Dios.
El Religioso de la Orden de San Agustín, por su consagración bautismal y la emisión de los votos
religiosos -hechos a Dios en el seno de la Santa Madre Iglesia- ha de asumir, de forma integral e
integradora el llamado que hicieron nuestros Pastores en Aparecida, a todos los discípulos de Jesucristo.
Hemos de ir y evangelizar nuestro continente, empezando primero por nosotros mismos, retomando
una vez más el mensaje de la Buena Noticia predicada por el Señor Jesús; debemos esforzarnos por ser
fieles “discípulos misioneros”, sin olvidar nuestra propia identidad religiosa, asumida el día de nuestra
primera Profesión.
Para ello, hemos de pasar, en primer lugar, por un proceso de formación adecuado y renovado,
dejándonos impregnar, como todos los buenos discípulos, de las distintas áreas de la formación
misionera, sin desconsiderar ni un solo nivel. Esto hemos de hacerlo considerando, evidentemente,
nuestra espiritualidad y carisma, es decir, debemos formarnos desde lo que somos.
“La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El
Caribe, requieren una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras
comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia.”
El itinerario formativo del discípulo misionero comprende cinco aspectos fundamentales que aparecen
de diversa manera en cada etapa del camino, pero que se compenetran íntimamente y se alimentan
entre sí:
Tenemos:
a) El Encuentro con Jesucristo,
b) La Conversión,
c) El Discipulado,
d) La Comunión y
e) La Misión.
La formación abarca diversas dimensiones que deberán ser integradas armónicamente a lo largo de todo
el proceso formativo. Estas dimensiones son las siguientes:
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3. Dimensión Espiritual del Discípulo Misionero de Jesucristo
(La dimensión espiritual) “es la dimensión formativa que funda el ser cristiano en la experiencia de Dios
manifestado en Jesús y que lo conduce por el Espíritu a través de los senderos de una maduración
profunda. Por medio de los diversos carismas se arraiga la persona en el camino de vida y de servicio
propuesto por Cristo, con un estilo personal. Permite adherirse de corazón por la fe, como la Virgen
María, a los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su Maestro y Señor”.
A continuación presentamos aquellos lugares que Aparecida presenta como “lugares de encuentro con
Jesucristo”. Justo después de los elementos aportados por la V Conferencia, pondremos en letra cursiva
aquellos elementos que aportan las nuevas Constituciones como vías de “Comunicación con Dios”.
Como vemos, ambos títulos intentan manifestar una acción o movimiento en donde Dios y el Hombre
pueden llegar a establecer una comunión perfecta.
1. La Sagrada Escritura, leída en la Iglesia: La Sagrada Escritura, “Palabra de Dios escrita por
inspiración del Espíritu Santo”, es -con la Tradición- fuente de vida para la Iglesia y alma de su
acción evangelizadora. Desconocer la Escritura es desconocer a Jesucristo y renunciar a anunciarlo
(…) Los discípulos de Jesús anhelan nutrirse con el Pan de la Palabra: quieren acceder a la
interpretación adecuada de los textos bíblicos, a emplearlos como mediación de diálogo con
Jesucristo, y a que sean alma de la propia evangelización y del anuncio de Jesús a todos (…).
Entre las muchas formas de acercarse a la Sagrada Escritura hay una privilegiada al que todos
estamos invitados: la Lectio divina o ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura. Esta lectura
orante, bien practicada, conduce al encuentro con Jesús-Maestro, al conocimiento del misterio de
Jesús-Mesías, a la comunión con Jesús-Hijo de Dios, y al testimonio de Jesús-Señor del universo.
Con sus cuatro momentos (lectura, meditación, oración, contemplación), la lectura orante
favorece el encuentro personal con Jesucristo al modo de tantos personajes del evangelio (…).
Al igual que san Agustín se inspiró en la Sagrada Escritura para orientar su vida, así también
nosotros debemos estar atentos para percibir la voz de Dios en el libro inspirado, para que su
Palabra transforme nuestros corazones y nos convirtamos a una vida renovada. Por eso se
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recomienda a todos los Hermanos la asidua lectura y meditación de la Palabra de Dios, que nos
libera de esclavitudes, denuncia nuestras deficiencias y, en fin, nos revela el amor de Dios: "habías
herido nuestro corazón con las flechas de tu amor y llevábamos tus palabras clavadas en las
entrañas".
Tenemos tres números referentes al acceso a Dios mediante la Sagrada Liturgia. Nos dicen las
Constituciones en los números 81 al 83:
Tenemos acceso a Dios a través de su Verbo visible, porque "no existe otro misterio de Dios sino
Cristo". Cuando celebramos los sacramentos, la Iglesia, cuerpo de Cristo y sacramento universal de
salvación, se sirve de símbolos y obra eficazmente la presencia del Cristo total en los
acontecimientos fundamentales de nuestra vida cristiana.
Debemos fomentar el trato asiduo con Dios mediante la oración y la vida litúrgica. La adhesión fiel
a quien "es más íntimo que la propia intimidad", exige fidelidad a los tiempos de oración, tanto
personal como comunitaria. Por tanto, siendo la vida litúrgica la cumbre a la que se dirige la
acción de la Iglesia y fuente a la vez de donde dimana todo su vigor, debe ser también el culmen y
la fuente principal de toda nuestra vida espiritual y apostólica.
3. La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo: Con este
Sacramento Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el
prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer,
celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo, que la existencia cristiana adquiera
verdaderamente una forma eucarística. En cada Eucaristía los cristianos celebran y asumen el
misterio pascual, participando en él. Por tanto, los fieles deben vivir su fe en la centralidad del
misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más
vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo,
fuente inextinguible del impulso misionero. Allí el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo
y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y
vivido. Se entiende así la gran importancia del precepto dominical, del “vivir según el domingo”,
como una necesidad interior del creyente (…).
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Las Constituciones de la Orden reafirman la visión de Aparecida cuando se refieren a la Eucaristía
como lugar de encuentro con Jesucristo. Para ello, se formularon cuatro números: 92, 93, 94 y 95.
Estando Cristo continuamente presente en el Sacramento del altar para auxilio y consuelo nuestro,
debemos responder con gratitud al don de Sí mismo, gozar de su íntima familiaridad y abrir
nuestro corazón en pro de la unidad de la Iglesia y de la paz y salvación del mundo. Aunque
siempre tributamos el culto debido al Santísimo Sacramento mediante nuestras oraciones, sobre
todo las litúrgicas, se recomienda especialmente la adoración eucarística.
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Ténganse celebraciones comunitarias de la Reconciliación, donde la proclamación de la Palabra de
Dios invite a la conversión y a la renovación de vida. Estas celebraciones expresan la dimensión
eclesial de la penitencia y pueden resultar apropiadas con motivo de los Capítulos de renovación.
Los Hermanos que han obtenido del propio Ordinario la facultad de oír confesiones, pueden, sin
más, ejercerla en todas las comunidades de la Orden.
Nuestra Orden considera, también como lugar de encuentro con Jesucristo, la Santa Unción. Dicho
elemento no lo formula Aparecida, por lo menos en la sección correspondiente a “los lugares de
encuentro con Jesucristo”.
Los Hermanos ancianos o enfermos en nuestras comunidades, constituyen con sus sufrimientos un
signo especial del seguimiento de Cristo en el camino de la cruz. Necesitan nuestro apoyo tanto
físico, como moral y espiritual. Para que vivan desde la fe la situación en que se encuentran,
ayúdeseles para que se unan a Cristo paciente por medio de la gracia del sacramento de la Unción
de los enfermos.
Cuando peligre gravemente la salud de un enfermo, el Prior Local avisará al Superior Mayor para
que en todas las comunidades de la Circunscripción se ore por él. Cuídese de que en el momento
oportuno el enfermo reciba el sacramento de la Unción y los demás auxilios espirituales, estando
presentes, en cuanto sea posible, los demás Hermanos agustinos y los familiares y amigos del
enfermo. Fallecido el Hermano, comuníquese de inmediato a los Hermanos de la Circunscripción.
Sumado a los tres números que nos hablan sobre la Santa Unción, las nuevas Constituciones
consideran, además, algunos elementos concernientes a la muerte de los Hermanos y algo
respecto a la comunión espiritual que ha de establecerse con ellos, una vez sepultados. Se nos dan
seis recomendaciones con las cuales podemos regular nuestro procedimiento frente a nuestros
difuntos.
Como dice san Agustín, honrar la memoria de los difuntos es más bien consuelo para los vivos, ya
que su recuerdo nos invita a llevar una vida honrada para ser su memoria viva, y fortalece nuestra
fe en la resurrección. "Órese y recuérdese que el Sacrificio eucarístico se ofrece también por los
que, muertos en la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, son recordados en el lugar señalado
al celebrar el mismo Sacrificio".
a) Por tanto, fallecido un profeso, novicio o alguno de los que conviven habitualmente con
nosotros, la comunidad a la que pertenecía recuérdelo en las oraciones, ofrezca por él el sacrificio
eucarístico y cuide fraternalmente del funeral.
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b) En cada una de las comunidades de la Circunscripción a la que el Hermano difunto estaba
afiliado o adscrito, aunque haya muerto en otra Circunscripción, se celebrará cuanto antes una
Misa por él; además, todos los sacerdotes de la Circunscripción aplicarán una Misa, y los demás
participarán en ella por la misma intención. En la Casa a cuya comunidad pertenecía el difunto se
ofrecerá también una Misa en el primer aniversario de su muerte.
c) A la muerte del Sumo Pontífice se ofrecerá una Misa en todas las comunidades. Lo mismo se hará
por el Prior General en ejercicio o emérito.
d) Conocida la muerte de los padres o de un hermano o hermana de algún religioso, profeso o
novicio, se ofrecerá al menos una Misa por el difunto o difunta, según determinen los Estatutos.
Igualmente, se celebrará una Misa por los difuntos afiliados a la Orden en la Casa que solicitó su afi-
liación, de acuerdo con los Estatutos.
e) Todos los años, y en todas las comunidades, en los días señalados en el Calendario de la Orden,
se ofrecerá una Misa por las intenciones siguientes:
1) por todos los Hermanos y Hermanas difuntos de nuestra Orden;
2) por nuestros padres, hermanos, hermanas, parientes y familiares difuntos;
3) por nuestros bienhechores difuntos.
En estos días todos los sacerdotes aplicarán la Misa por esa intención; los demás Hermanos
participarán en ella.
f) Todos los meses en que no ocurra un aniversario de la Orden, se ofrecerá una Misa en todas las
Casas por los Hermanos y bienhechores difuntos.
Aparecida nos presenta también como vía de comunicación con Dios la oración personal y
comunitaria. Se nos dice:
Nuestras nuevas Constituciones hablan acerca de la oración también hecha de forma personal y
comunitaria. Se nos dice en los números 84 al 86:
La oración, que Agustín frecuentemente llama "deseo" o "clamor del corazón", es la expresión
habitual de nuestra vida de fe, esperanza y caridad. Como consecuencia, debemos cuidar la armonía
entre la oración y la totalidad de la vida. La oración se manifiesta en la vida y la vida se hace
oración: "Alabad a Dios con todo vuestro ser, esto es, que no sólo la lengua y vuestra voz alaben a
Dios, sino también vuestra conciencia, vuestra vida, vuestros obras".
Nuestra oración personal debe tener como punto de referencia constante la Sagrada Escritura y la
oración del mismo Cristo, con la que ora el Cristo total, cabeza y miembros, cuyo Espíritu viene en
nuestra ayuda: "ora por nosotros, ora en nosotros, es orado por nosotros", y bajo su guía, nuestras
plegarias suben hasta Dios Padre (cf. Rm 8,15; Ga 4,6).
Compartir la vida en la comunidad agustiniana requiere que se destinen lugares y tiempos para
compartir igualmente la fe, porque una vida común que carezca de oración en común apenas
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puede llamarse vida común. Por lo tanto, además de que todos los Hermanos dediquen al menos
media hora a la oración personal (meditación, contemplación, etcétera), provean las comunidades
para que a los Hermanos les quede tiempo suficiente que dedicar a la oración en común, según las
distintas sensibilidades y culturas (lectio divina, meditación en común, diálogo espiritual, lectura
comunitaria de la Palabra de Dios, etcétera). Asimismo, como el valor de la oración en común
proviene del sentido eclesial que san Agustín pretendió para sus comunidades, se recomienda
también compartir nuestra oración comunitaria con los fieles laicos que participan de nuestra
espiritualidad y quieren celebrar su fe con nosotros.
Sumado a esto, se nos presenta además la Liturgia de las Horas como medio para llegar a Dios
como signo de la oración de la Iglesia por todo el género humano. Se formularon cuatro números,
del 87 al 90:
Puesto que el ejemplo de la primitiva comunidad cristiana afecta de un modo particular a nuestra
vida (cf. Hch 4,32), todos los Hermanos han de celebrar la oración litúrgica en común. Con esta
oración se expresa la Iglesia como Cristo total y se afianzan la unanimidad y concordia de los
Hermanos. Con frecuencia Agustín se refiere a la forma externa de esta oración cuando habla de
las lecturas o del canto de salmos e himnos16. Con esta forma de oración la Iglesia cumple también
el precepto de Cristo de orar sin interrupción (cf. Le 18,1). Nosotros la celebramos unidos a la voz y
a la dignidad de la Iglesia que peregrina: "ahora canta el amor hambriento, entonces cantará
clamor gozoso".
Este sentido comunitario de la oración litúrgica hace que, en Cristo, nos unamos a toda la
humanidad, porque en Cristo la humanidad entera está presente en la oración. Mediante esta ora-
ción de la comunidad eclesial el Espíritu Santo acerca al hombre y al mundo a Dios: es Él quien ora
en nosotros, pues la dinámica que impulsa a la oración es el amor.
En casos particulares y por causa justa, los Superiores Mayores pueden dispensar a los Hermanos
de la obligación de recitar todo o parte del Oficio, incluso en común, o también conmutarlo; los
Superiores locales, en cambio, sólo pueden dispensar.
La Liturgia de las Horas se celebrará según las normas de la Iglesia (cf. CIC 276 § 2 n. 3; 663 § 3). En
todas las comunidades ha de darse la debida importancia a la recitación en común de Laudes y
Vísperas. La Liturgia de las Horas debe recitarse de ordinario en la iglesia o en el oratorio. Al recitar
el Oficio divino, en común o individualmente, debemos procurar ante todo que "sienta el corazón lo
que profiere la voz", como nos advierte la Regla. Para dar al pueblo de Dios un testimonio eficaz
de oración y de comunión, invítese a los fieles a que participen con nosotros en esta oración
pública de la Iglesia, siempre que se haga con reverencia y dignidad.
8. Jesús está presente en medio de una comunidad viva en la fe y en el amor fraterno. Allí Él
cumple su promesa: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos” (Mt 18, 20). Está en todos los discípulos que procuran hacer suya la existencia de Jesús, y
vivir su propia vida escondida en la vida de Cristo (cf. Col 3, 3). Ellos experimentan la fuerza de su
resurrección hasta identificarse profundamente con Él: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien
vive en mí” (Gal 2, 20). Está en los Pastores, que representan a Cristo mismo (cf. Mt 10, 40; Lc 10,
108
108
16). “Los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como Pastores de la Iglesia,
de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a
quien le envío” (Lumen Gentium, 20). Está en los que dan testimonio de lucha por la justicia, por la
paz y por el bien común, algunas veces llegando a entregar la propia vida, en todos los
acontecimientos de la vida de nuestros pueblos, que nos invitan a buscar un mundo más justo y
más fraterno, en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian.
9. También lo encontramos de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos (cf. Mt 25,
37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento
y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos
evangelizan! En el reconocimiento de esta presencia y cercanía, y en la defensa de los derechos de
los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo. El encuentro con Jesucristo en los
pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro
sufriente en ellos y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él
mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos
hace amigos de los pobres y solidarios con su destino.
Sobre estos lugares de encuentro, no se especifica nada en las nuevas Constituciones, por lo
menos en la parte: “Comunicación con Dios”.
Destacamos las peregrinaciones, donde se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí el
creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos
hacia Dios que los espera. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la
ternura y la cercanía de Dios. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de
sus sueños.
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La piedad popular es un “imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo
madure y se haga más fecunda”. Por eso, el discípulo misionero tiene que ser “sensible a ella,
saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables”. Cuando afirmamos que hay
que evangelizarla o purificarla, no queremos decir que esté privada de riqueza evangélica.
Simplemente deseamos que todos los miembros del pueblo fiel, reconociendo el testimonio de
María y también de los santos, traten de imitarles cada día más. No podemos devaluar la
espiritualidad popular, o considerarla un modo secundario de la vida cristiana, porque sería olvidar
el primado de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del amor de Dios. En la piedad popular se
contiene y expresa un intenso sentido de la trascendencia, una capacidad espontánea de apoyarse
en Dios y una verdadera experiencia de amor teologal. Es también una expresión de sabiduría
sobrenatural, porque la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente
sino de la acción interna de la gracia. Por eso, la llamamos espiritualidad popular. Es decir, una
espiritualidad cristiana que, siendo un encuentro personal con el Señor, integra mucho lo
corpóreo, lo sensible, lo simbólico, y las necesidades más concretas de las personas. Es una
espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos, que no por eso es menos espiritual, sino
que lo es de otra manera.
Nuestras Constituciones también nos presentan las Devociones como medios de comunicación con
Dios. Son presentadas en tres números, del 103 al 105:
También son de gran provecho en nuestra vida espiritual los ejercicios de piedad, realizados
conforme a las normas de la Iglesia y a la tradición de nuestra Orden, pero es preciso regularlos de
modo que concuerden con la sagrada liturgia, se deriven en cierto modo de ella y a ella conduzcan.
Durante la formación inicial, los Maestros o Formadores deben procurar que los Hermanos tomen
conciencia del valor de las prácticas de piedad para alimentar la vida espiritual. Los Priores, por su
parte, provean que todos dispongan de tiempo suficiente para cultivar la vida interior con
ejercicios de piedad, ya sea individualmente o en común.
Todos los días, a la hora más oportuna, hágase oración en común por toda la Orden y por
nuestros bienhechores, bien según la fórmula prescrita en el Ritual o durante la celebración de la
Eucaristía o en la Liturgia de las Horas. Anualmente, en todas las comunidades, en los días
señalados en el Calendario de la Orden, se ofrecerá una Misa por los bienhechores vivos, a quienes
conviene invitar para que participen.
En el número 102 de la nuevas Constituciones se nos propone, para alcanzar una adecuada
renovación de la vida espiritual, establecer la realización de retiros.
Para que nuestra espiritualidad pueda revitalizarse continuamente, es preciso establecer en cada
Casa varias veces al año, según los Estatutos, unos días de retiro o recogimiento espiritual en los
tiempos litúrgicos más señalados. En esos días, o con mayor frecuencia según los Estatutos, se
recomienda celebrar el Capítulo de renovación. El Prior Local aprovechará la oportunidad para
fomentar la vida religiosa y apostólica de los Hermanos con palabras de exhortación. A
continuación propondrá al examen de los Hermanos lo que parezca necesario o útil para promover
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110
el espíritu de comunión y evitar los defectos y transgresiones, de modo que en diálogo fraterno y
responsable se subsanen las dificultades y se consolide la vida común. Todos los años se tendrán al
menos cinco días de ejercicios espirituales, en los que conviene recordar la espiritualidad
agustiniana y afianzar y acrecentar nuestro seguimiento de Jesús, haciendo la renovación de los
votos.
Sobre este medio en particular no se hace mención en el documento de Aparecida, por lo menos en la
sección que nos ocupa.
Aparecida nos presenta a la Santísima Virgen Mará como vía especialísima de acceso a Jesucristo,
su Hijo. Rescatamos, esencialmente, los números 268, 269 y 270.
Como en la familia humana, la Iglesia-familia se genera en torno a una madre, quien confiere
“alma” y ternura a la convivencia familiar. María, Madre de la Iglesia, además de modelo y
paradigma de humanidad, es artífice de comunión. Uno de los eventos fundamentales de la Iglesia
es cuando el “sí” brotó de María. Ella atrae multitudes a la comunión con Jesús y su Iglesia, como
experimentamos a menudo en los santuarios marianos. Por eso la Iglesia, como la Virgen María, es
madre. Esta visión mariana de la Iglesia es el mejor remedio para una Iglesia meramente funcional
o burocrática.
Nuestra Orden, en las nuevas Constituciones, también considera a la Santa Madre como camino
que conduce a su Hijo. Resalta esta realidad en el número 106:
El ejemplo de la Santísima Virgen María fortalece nuestra consagración religiosa. Debemos honrar
a la Madre de Dios con amor filial, según la práctica de la Iglesia y la tradición de la Orden, que
desde antiguo la venera bajo las advocaciones de Nuestra Señora de Gracia, Nuestra Señora del
Socorro, Madre de la Consolación y Madre del Buen Consejo. Nuestra devoción debe expresarse de
acuerdo con el Calendario y el Ritual de la Orden y las costumbres de cada nación o región.
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También, como elemento de comunicación con Dios, la Orden presenta la veneración de la
memoria de los Santos y Beatos de nuestra Familia Religiosa. Esto lo presenta en el número 107:
Conforme al Calendario litúrgico y al Misal de la Orden, en todas las Casas deben celebrarse las
memorias y fiestas de nuestros santos y beatos, especialmente la Solemnidad de nuestro Padre
san Agustín. Asimismo debe promoverse con diligencia su devoción entre los fieles como maestros
y testigos que son de nuestra espiritualidad, aprovechando las formas de la piedad popular y las
tradiciones locales y orientándolas oportunamente.
En suma, podemos decir, como muchos de nuestros Obispos lo hacen mediante sus lemas
episcopales: “A Jesús (llegamos) por María”; y cómo no, si la Santa Madre siempre perseveró en
las oraciones con los discípulos de su Hijo y además, seguramente, con ellos compartió aquellas
cosas que guardaba en su corazón sobre la obra redentora del que es nuestro Hermano y
Maestro, con el fin de animarles y confirmarles en la fe. María es, pues, una de las vías más
seguras y expeditas para llegar a Jesús; ella, como perfecta discípula misionera de su Hijo, siempre
nos hace tender al autor de nuestra santa vocación.
A MODO DE CONCLUSIÓN
Como hemos visto, el D.A. y nuestras nuevas Constituciones nos presentan una serie de
“riachuelos” con los que podemos “comunicarnos-encontrarnos” con el Dios hecho Hombre. Son
más de 10 caminos (12, en total) los que se nos presentan para acceder a la fuente de la que
dimana toda gracia.
Con todos estos medios, caminos o “riachuelos”, que dimanan del mar de la gracia, como hemos
dicho, podemos nosotros, como discípulos misioneros de Jesucristo, en nuestra condición de
consagrados, acceder a Dios y dejarnos llenar por su presencia que todo lo renueva. Es pues, a
partir de estas vías que podemos ser reconfortados y animados por el mismo Dios.
Sólo en Dios podremos encontrar “el descanso en el trabajo” y “la alegría en nuestro llanto”. Sólo
estando unidos a Él es que podremos dar fruto, y un fruto que permanezca en el tiempo. Sólo
estando “bajo su amparo” y “a la sombra de sus alas” podremos “cantar con júbilo” las alabanzas
a nuestro Dios.
Considero que el mejor resumen que versa sobre la dimensión espiritual del discípulo misionero
de Jesucristo es aquel que hace San Juan evangelista, cuando nos dice:
«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta,
y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la
Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento
no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no
permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es
arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si
permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.
La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
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Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis
mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi
Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro
gozo sea colmado.
Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene
mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os
mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he
llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para
que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre
en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.» «Si el mundo
os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría
lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os
odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me
han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la
vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que
me ha enviado. Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora
no tienen excusa de su pecado. El que me odia, odia también a mi Padre. Si no hubiera hecho entre
ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian
a mí y a mi Padre. Pero es para que se cumpla lo que está escrito en su Ley: Me han odiado sin
motivo.
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que
procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque
estáis conmigo desde el principio (Jn 15, 1-27).
En síntesis, queridísimos hermanos, todos los que estemos cansados o agobiados, vayamos al
Señor, para ser reconfortados y aliviados por Él (Cfr. Mt 11, 28).
Que nuestra comunicación con Dios llegue a ser sincera, dispuesta, permanente, respetuosa,
responsable, cercana, cariñosa, fiel, sencilla y abierta a la novedad.
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Tema Nº 10
TERCERA ÁREA DE FORMACIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS:
LA DIMENSIÓN INTELECTUAL
(Aparecida 280c).
El cultivo de la ciencia en la Orden (Const. Cap. VII). Importancia de los estudios (Const. VII, 123 –
130). La formación Intelectual y su organización (Const. VII, 131 – 135). Medios para promover los
estudios (Const. VII, 136 – 139). Iniciativas especiales para fomentar los estudios (Const. VII, 140 –
143).
Cristo es la fuente de la verdad para todos, por ello se acerca a quienes no la conoce
encarnándose y compartiendo nuestra propia sed, incluso le pide de beber a una mujer,
aunque si en realidad siendo Él el pozo, no sólo la fuente, todos lo conocen pues a él se
acercan, aunque luego, no lo reconocen por la situación de la propia situación de pecado
(nn. 2-4; 7-8).
El agua viva es el don del Espíritu Santo que Cristo viene a comunicar como un Maestro a la
Iglesia y poco a poco le enseña hasta que el estudio y la indagación de la mujer que
contempla el misterio, se revela en plenitud hasta quedar al descubierto de su miseria y ser
justificada (nn. 12-18). El llamar al marido de la mujer significa que el Maestro habla al
intelecto pero el alma piensa a lo material (insistir del n. 19 al 22).
114
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La conversión suscitada por Cristo nos hace ser generosos para donarnos como templos
vivos del espíritu y profetas en la sociedad, de manera que el Maestro nos comparte su
misión de enseñar a los demás, es decir a evangelizar (nn.23-32).
La amistad es el mejor vehículo para invitar a conocer el Evangelio y a Jesucristo, pues Jesús
permaneció con los Samaritanos dos días para mostrar los preceptos de la caridad (n. 33).
Preámbulo
En efecto, la evangelización agustiniana del pasado fue consciente de éste aspecto. Ejemplos los
tenemos en los Agustinos de México y Michoacán, Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, Perú,
Bolivia y Chile de los siglos XVI al XVIII cuando el estudio fue realmente el mejor instrumento de
evangelización y las bibliotecas conventuales la celda donde el religioso, no sólo se preparaba
aprendiendo lenguas indígenas, sino que meditaba la Palabra de Dios para predicarla y donde
asimilaba la teología orando para transmitir con generosidad sus conocimientos en la catequesis y
en el aula escolástica, haciendo íntegra su preparación misionera. Dice un historiador Jesuita sobre
los Agustinos: «una buena biblioteca, no era sólo el ornamento, sino como el dinamismo
intelectual de las comunidades (agustinianas). La corrupción y las dificultades de carácter rijoso
tuvieron lugar en las comunidades donde no había una buena biblioteca o donde la biblioteca no
era asimilada»78
78
115
Cuevas, Mariano, Orígenes del humanismo en México, México 1933, pp. 24-25.
115
d) Las iniciativas especiales para fomentar los estudios en y entre las Circunscripciones (Const. 140
– 143).
El Capítulo General intermedio del 1998 ya había enfatizado la importancia de los estudios para
una actividad apostólica con mayor eficacia: «Si la acción pastoral no se basa en el estudio, ni los
evangelizadores ni los evangelizados podrán comprender el contenido del mensaje evangélico y
las exigencias de las diversas situaciones... Abandonar el estudio entendido como investigación y
como actitud de reflexión, de interrogación y de búsqueda, lleva como consecuencia la
incapacidad de dar un juicio sobre el presente, y lo que es más grave, conlleva la renuncia a
presentar alternativas vitales para el futuro. La imagen de ir a la fuente agustiniana hace venir a la
mente la frescura y la novedad del agua que brota día con día y nos invita a abrirnos a lo inédito...”
(CGI’98, doc. N 16).
Así mismo el documento Caminar desde Cristo – del año 2002 -, engloba este mismo pensamiento
cuando afirma que «La formación... deberá tener las características de la iniciación al seguimiento
radical de Cristo. Si el fin de la vida consagrada consiste en la conformación con el Señor Jesús, es
necesario poner en marcha un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo
hacia el Padre. Esto ayudará a integrar conocimientos teológicos, humanísticos y técnicos con la
vida espiritual y apostólica del Instituto y conservará siempre la característica de escuela de
santidad» (n. 18). En efecto, el estudio como un medio de nuestra propia santificación, nos
permite vivir con la conciencia que «el anuncio cristiano de la vida como vocación, nacida de un
proyecto de amor del Padre y necesitada de un encuentro personal y salvífico con Cristo en la
Iglesia, se debe confrontar con concepciones y proyectos dominados por culturas e historias
sociales extremamente diversificadas. Existe el riesgo de que las elecciones subjetivas, los
proyectos individuales y las orientaciones locales se sobrepongan a la Regla, al estilo de vida
comunitaria y al proyecto apostólico del Instituto (la Orden). Es necesario poner en práctica un
diálogo formativo capaz de acoger las características humanas, sociales y espirituales de las que
cada uno es portador, de distinguir en ellas los límites humanos, que piden una superación, y las
invitaciones del Espíritu, que pueden renovar la vida del individuo y del Instituto. En un tiempo de
profundas transformaciones, la formación (inicial y permanente) deberá estar atenta a arraigar en
el corazón de los consagrados los valores humanos, espirituales y carismáticos necesarios, que los
hagan aptos para vivir una fidelidad dinámica, en la estela de la tradición espiritual y apostólica del
Instituto» (ibíd.).
En este contexto, nuestra Ratio formationis afirma categóricamente que: «la lectura y el estudio
eran para Agustín aspectos esenciales de la contemplación, tanto en las comunidades de hombres
como en las de mujeres. Pero, al mismo tiempo, la lectura, el estudio y la contemplación son
requisitos indispensables para el apostolado así como para la vida de comunidad. Si nuestra
relación con Dios no es alimentada, no podemos esperar que nuestra relación con la gente sea
fructífera. La primera implica vivir en la presencia de Dios; la segunda subraya nuestro deber de
comunicar a los demás los frutos de nuestra contemplación y nuestro estudio: “A Pedro le gustó la
soledad de la montaña y sintió repugnancia de estar entre la multitud... Pero el Señor le contestó:
¡Baja Pedro! Puede que te guste descansar en la montaña, pero baja y predica la Buena Nueva. Te
reciban o no, insiste. Refuta la mentira, reprende y corrige, pero hazlo todo con paciencia y siempre
para enseñar. Trabaja con el sudor de tu frente, padece tortura de modo que por el ejemplo y
belleza de tu trabajo lleno de amor puedas obtener lo que has contemplado en las blancas
116
116
vestiduras del Señor” (Serm. 78, 3-6)» (n. 65). En realidad, esta cita no es otra cosa que constatar
que nuestro apostolado como agustinos se enfrenta ante la diversidad natural de la conformación
de nuestras comunidades locales, que para nosotros lejos de crearnos problemas nos debería
llevar a valorar nuestro carácter de búsqueda inquietante de nuestro estudio de Dios en el amor al
prójimo, como invita el prólogo de la Regla, el llamado Ordo Monaterii: Ante omnia fratres
carissimi, diligatur Deus, deinde et proximus, quia ista sunt praecepta principaliter nobis data...
En este sentido, el estudio es el vehículo que nos lleva a la santidad, pues nos conduce a la fuente
del agua viva, que es el mismo Cristo ya que «la interculturalidad, las diferencias de edad y el
diverso planteamiento que caracterizan cada vez más a los Institutos de vida consagrada, la
formación - inicial y permanente - deberá educar al diálogo comunitario en la cordialidad y en la
caridad de Cristo, enseñando a acoger las diversidades como riqueza y a integrar los diversos
modos de ver y sentir. Así la búsqueda constante de la unidad en la caridad se convertirá en
escuela de comunión para las comunidades cristianas y propuesta de fraterna convivencia entre
los pueblos» (Caminar desde Cristo, n. 18).
En pocas palabras, beber del agua de vida, es aprender a vivir en comunidad como schola amoris,
es decir, asumir la responsabilidad de ser escuela de santidad y comunión, a través del estudio y la
investigación, la búsqueda del sentido profundo de la vocación común de seguir radicalmente a
Jesucristo, o como dicen nuestros obispos: ¡Recomenzar desde Cristo! (cf. Doc. Aparecida, n. 12).
A cuarenta años del decreto Perfectae Caritatis hoy somos más conscientes de algunos elementos
que tenemos que promover a nivel de formación de los discípulos y/o de renovación de la vida
religiosa. No a caso hemos invertido los años del 1993 al 2007 en recursos, tiempo, viajes,
encuentros, etc. del Proyecto Hipona-Corazón nuevo. Hemos sido capaces de iniciar un camino de
verificación de nuestra identidad carismática: lo que somos y lo que debemos ser; lo que hacemos
y lo que debiéramos hacer. Los resultados se pueden ver: algunos aprovechamos este tiempo,
otros pareciera que fracasaron. Sin embargo, los caminos de Dios son de Dios, y no de los
hombres. Por eso, no obstante los múltiples aspectos positivos, nuestra América Latina se ha
quedado estancada en una fantasía de la «Iglesia de la Esperanza», de los años 70’s-80’s y con ella,
posiblemente nuestras Circunscripciones y comunidades. El CELAM reunido en Aparecida nos
invita a regresar a la realidad y a poner los pies en la tierra, exhortándonos al estudio de las
ciencias eclesiásticas y humanas que abran nuestra inteligencia a la luz de la fe, para propiciar el
juicio crítico y el diálogo con la cultura, principio muy agustiniano, el equilibrio de la fe y la razón
del Sermón 43, 7: «crede ut intelligas, intellige ut credas».
Por su parte, en un buen ejercicio de nuestra situación, el Capítulo General de 2007 insistió en
algunos elementos que obstaculizan la renovación de nuestra Orden, particularmente incidentes
en el ámbito intelectual de la formación y estudios de los Agustinos en América Latina:
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derechos, mejora de salarios, amenazada por la inseguridad y la impunidad. El CGO’07 afirma al
respecto, que «un individualismo que se traduce en actitudes egocéntricas y de falta de sentido de
pertenencia y compromiso definitivo, dificultad para asumir responsabilidades comunitarias,
conflictos por la pertenencia a nuevos movimientos eclesiales» (2.1.1.) Desde luego que todo ello
conlleva a un estudio en sentido inverso a la contemplación de Dios y del amor al prójimo como
sería deseable, ya que se trata de una mera justificación de apostolados y de empresas personales,
obstaculizando gravemente la colaboración intercircunscripcional en momentos concretos de
aplicación de proyectos comunitarios.
b) Falta de auténtica comunión de bienes (2.1.2.): considerando que nuestro único Bien es la
Sabiduría y la búsqueda de la verdad, el estudio se ve grandemente lacerado cuando no hay
verdadera corresponsabilidad en la economía del salario, pensemos en algunos catedráticos que
sólo ellos saben cuánto ganan y todavía esperan la mensualidad de parte del ecónomo local, como
si el estudio fuera una empresa de provecho personal. Pero también, pensando en los proyectos
formativos, todos partimos del imperante deber de sostener nuestros estudios y estudiantes,
aunque al momento de la acción, sea muy difícil sostenerlos, ya que no retribuyen como un
Colegio lo puede hacer. Por el contrario, los criterios del consumismo en el que nuestras
comunidades se desarrollan, crean una cierta mentalidad materialista que busca la satisfacción en
el último PC, el último modelo del celular o móvil, TV, Sky, HD, por nombrar algunos de los
“accesorios” tan comunes a los agustinos latinoamericanos, del norte, centro, sud y caribeño
incluidos. El placer egoísta, hoy más que nunca se transforma en comodidad y se justifica
intelectualmente en la necesidad personal y profesional del consagrado a Dios, una fantasía del
mundo virtual de poseer más y más, de la cultura “sostenible” de que el estudio de calidad es
nuestra mejor inversión, aunque la mayor de las veces, lo hagamos a costa de lo que sea e incluso
en contra de la vida común.
c) Divisiones internas (2.1.3.): siendo el estudio un imperativo que la Iglesia y la Orden nos exigen
para nuestra misión apostólica, éste en algunos casos, se ha visto sólo como el requisito para
sentirse útil en la estructura de la Circunscripción, es decir, como mero recurso intelectual para
obtener bienes económicos de “inversión nacional” o de “fuga de capital” para Europa,
provocando profundas heridas a nivel interior y consecuentemente a la fraternidad de la
comunidad. Pero no sólo, por su parte, la frustración de no haber estudiado lo que la vocación
personal le proponía, ha sido objeto de resentimientos que afloran a nivel inconsciente en contra
de un grupo dominante o determinante en el futuro de la Circunscripción, bloqueando las
relaciones humanas e incrementando la disfunción del capítulo local y la colaboración mutua en la
desigualdad de estudiosos e ignorantes.
d) Miedo al cambio, actitud de rutina e instalación (2.1.4.): “los valores eternos” aprendidos en
nuestra especialidad de los estudios realizados pueden llevarnos a la tentación de no renovarnos
académicamente, pues con el paso del tiempo, las personas y las instituciones tienden al
inmovilismo, a instalarnos en nuestro ámbito de enseñanza o docencia, en el Colegio o la
Parroquia, y de esta forma, perdemos la capacidad de escrutar los signos de los tiempos y,
consecuentemente, la ilusión y la creatividad en la misión. Esta es la lente en la que todavía hoy,
se puede releer el pesimismo del Proyecto Hipona-Corazón nuevo, ya que renovó los documentos
pero no cambió los corazones...
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3. Juzgar: Vengan a ver uno que me ha dicho la verdad, ¿no será el Mesías?
(Jn 4, 29; Comentario 15, 30-32)
El breve panorama descrito nos lleva a mirar el presente con ojos críticos, pero maduros, ya que
«la preocupación por responder adecuadamente a los problemas y angustias que inquietan a los
hombres de cada época ha de inspirar nuestros estudios» (Const. n. 126), pues como dice San
Agustín: «no es verdad lo que se dice, que una cosa bien hecha una vez no puede ser cambiada en
modo alguno. Varían las condiciones del tiempo. Y la misma recta norma exige que se cambie lo
que con anterioridad estaba bien hecho. De tal manera que, mientras que algunos dicen que no se
obraría bien si se cambiase, la verdad proclama por el contrario que se haría mal en no cambiar;
así pues, ambas cosas estarían bien hechas, teniendo en cuenta que han cambiado porque también
son distintos los tiempos» (Carta 138, 1, 4).
El discernimiento agustiniano nos dirige a considerar los desafíos también con una visión
providencial de la historia. En este sentido somos protagonistas ante el primer desafío que nos
interpela, y que el mismo Capítulo General de 2007 ha señalado: las estructuras de formación, el
cual permea los demás retos de nuestras circunscripciones en América Latina, tales como la
perseverancia de los neo-profesos y los neo-ordenados, el liderazgo espiritual y la formación para
los diversos oficios comunitarios, la calidad de vida de las comunidades locales, la pastoral
vocacional, la promoción de la espiritualidad o cultura agustiniana, y la misión compartida con
nuestros laicos.
En efecto, las Constituciones en su Capítulo VII sobre el cultivo, la organización y promoción de los
estudios en la Orden, nos exige hacer una serie de consideraciones importantes sobre las que
tendríamos que reflexionar primero y luego discutirlas para renovar seriamente nuestras
comunidades locales y el ambiente de la Circunscripción (n. 127), especialmente al valorar
nuestros esfuerzos por promover los estudios en nuestras casas (n. 136), incluso para preparar
una homilía (n. 143), por no hablar de la biblioteca local (n. 137), formación permanente (nn. 140-
141), estudio personal (n. 142), colaboración en proyectos de formación comunes (nn. 130; 132-
133; 135), etc..
Sin embargo, en este ámbito de reflexión y renovación espiritual, me parece que pueda ayudarnos
más una consideración positiva de nuestra vida comunitaria en búsqueda de la verdad para
educarnos mutuamente con el ejemplo (nn. 123-125). La propia experiencia de San Agustín partió
de una simple inquietud por la verdad. En efecto, su historia de búsqueda de la verdad y de
estudio, también puede ser entendida como una historia de conversión. A partir de la lectura del
Hortencio de Cicerón, Agustín se esforzó por encontrar la Verdad aún a costa de caer en el error.
Buscó en la Sagrada Escritura, pero a los 18 años no le convenció el estilo rudo y tosco de la
traducción latina. Más tarde, intentó entre los Maniqueos que lo seducían por el uso de la
elocuencia, sin embargo, se convenció que estos hacían un abuso del texto bíblico y de la ciencia
de la época, manipulando ambos conocimientos según la conveniencia de la secta, dando como
resultado una verdad falseada. Intentó buscarla entre gente más seria y erudita, así tuvo un
acercamiento a la filosofía de la llamada Academia platónica, pero su actitud obstinadamente
escéptica sobre el conocimiento de la verdad y la certeza lo invitaron a criticar su método de la
búsqueda, pues una vida incierta provoca desaliento y desesperanza con un profundo estudio
Contra Académicos. Su encuentro con un círculo filosófico de Milán que simpatizaba con el Neo-
platonismo, el cual tenía una tendencia casi mística y donde participaban un buen número de
cristianos como el obispo Ambrosio y el presbítero Simpliciano, lo llevó a reconocer que la sola
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posesión racional de la verdad, no era suficiente, sin la práctica de una vida ascética; y que la
búsqueda es difícil y fatigosa si se hace solitariamente, casi en forma exclusivista y egoísta, por
tanto, también lo ayudó a valorar suficientemente el grupo de pertenencia, un grupo de amigos,
una comunidad donde «juntos puedan esforzarse en la búsqueda de la Verdad y donde el primero
que llegue a su posesión enseñe a los demás el camino para llegar a ella» (Soliloquios I, 12, 20).
En su continuo estudio y búsqueda de la verdad, que es Dios mismo, Agustín pudo aprender que
«el error de cada uno consiste en que, confesando y proclamando que no desea otra cosa que
llegar a la felicidad, no sigue, sin embargo, el camino de la vida que a ella conduce. El error está,
pues, en que siguiendo un camino, seguimos aquel que no conduce a donde deseamos llegar. Y
cuanto más uno yerra en el camino de la vida, tanto menos sabe, porque tanto está más distante
de la verdad, en cuya contemplación y posesión consiste el sumo bien» (El libre albedrío II, 9, 26).
Su vida es un itinerario inquieto de búsqueda (Confesiones I, 1, 1), pues el hombre ha sido creado
para descansar en Dios, y por ello busca la verdad. Afirma categóricamente: «Dios es la verdad, y
la verdad no es cuadrada, ni redonda, ni alargada. En todo lugar está presente si el ojo del corazón
está abierto para ella» (Comentario al Salmo 30, II, s. 1, 7). Como en su tiempo, «hoy tenemos que
infundir a los hombres, a quienes la teoría de los académicos con su ingenioso modo de hablar
apartó de la comprensión de la verdad, la esperanza de encontrarla» (Carta 1, 1).
Por otra parte, el estudio de la verdad, en esta dimensión comunitaria, no puede sino partir de
cada uno de nosotros que formamos la comunidad local (cf. Const. n. 124; CGO’07 3.1), pues todo
hombre lleva en su interior como de manera impresa en su alma, una tendencia hacia esta verdad-
sabiduría-divinidad, ya que «Señor nos hiciste para Tí y nuestro corazón estará inquieto hasta
descansar en Tí» (Confesiones I, 1, 1), como dice Agustín, y podemos añadir: «así como antes de
ser felices, tenemos impresa en nuestra mente la noción de felicidad, puesto que en su virtud
sabemos ser dichosos, así también antes de ser sabios, tenemos en nuestra mente la noción de
sabiduría, en virtud de la cual cada uno de nosotros, si se le pregunta si quiere ser sabio, responde
sin sombra de duda que sí, que lo quiere» (El libre albedrío II, 9, 26). Pero aún, en este nivel de
comprensión, felicidad y sabiduría encuentran una indisoluble distinción, ya que «nadie es
bienaventurado sin la posesión del sumo bien, que consiste en el conocimiento y posesión de
aquella verdad que llamamos sabiduría» (Ibídem).
Con estos criterios podemos mirar con optimismo nuestra realidad, y llegar a beber del agua viva,
ya que en este difícil trabajo de estudio y búsqueda de la Verdad (Dios-Cristo), no basta
encontrarla, ya que el hombre es insatisfecho, sobre todo en nuestra época y en nuestra sociedad,
cansadas de tantas palabras aparentemente verdaderas, como bien sugiere el n. 123 de las
Constituciones. A la Verdad (Dios-Cristo) se llega para gozar y compartir con la vida a través del
amor, porque como bien ha afirmado Agustín en la Carta 147: «me parece que en esta
investigación vale más el modo de vivir que el modo de hablar».
Que la verdad está en la conciencia del hombre es una idea que nadie puede negar, mucho menos
a nivel teológico, pues el Espíritu de Dios habita en nuestros corazones por el Bautismo, según
expresión de San Pablo, y en el corazón escuchamos al Maestro interior. La verdad misma, la suma
verdad «es lo más íntimo de mí y lo más profundo de nuestro ser» (Confesiones III, 6, 11; cf. La
120
120
verdadera religión 39, 72; El Maestro 11, 38). Efectivamente, «es dentro de mí, dice Agustín, sí
dentro, en la morada del pensamiento, donde la Verdad, que no es ni hebrea, ni griega, ni latina, ni
bárbara, sin ruido de sílabas, me diría: “dice verdad”» (Confesiones XI, 3, 5).
En última instancia, es la Verdad misma a la que se deben conformar todas las costumbres de
todas las costumbres de todas las culturas y pueblos, así como el actuar del hombre en la sociedad
y en la cultura: «ame en mí el alma fraterna lo que enseñas que se debe amar y deplore en mí lo
que enseñas que se debe deplorar» (Confesiones X, 4, 5; cf. Naturaleza y origen del alma II, 17, 23).
Desde este presupuesto, desde la verdad interior, Agustín propone un criterio de confrontación,
diálogo y complementación, enmarcando sus resultados dentro del ordo amoris: «Nuestra forma
de actuar con los hombres, dice, es primero saber qué saben ya de cierto para conducirlos de ahí a
las verdades que aún no conocen o que no quieren creer. Mostrando la secuencia lógica de estas
verdades con las admitidas por ellos están obligados a probar otras verdades antes negadas. De
este modo la verdad, que antes tenían por falsa, se distingue la falsedad porque es vista en
armonía con la verdad» (Réplica al gramático Cresconio donatista I, 15, 19). El mismo Agustín,
añade en otra de sus obras, que «si encontramos cualquier elemento de verdad incluso en los
hombres peores, corregimos la perversidad sin alterar lo que en ellos hay de recto y justo. Así en el
mismo hombre enmendamos falsas opiniones a partir a partir de de las verdades admitidas por él,
evitando destruir las convicciones verdaderas con las críticas falsas» (El único bautismo V,7).
Este presupuesto teológico tiene que ver con la voluntad salvífica universal de Dios y la pretensión
exclusiva de Jesucristo, de ser el único mediador: «Mediador por ser hombre, y por eso también
camino. Hay un sólo camino que excluye todo error: que sea uno mismo Dios y hombre: a donde se
camina, Dios, y por donde se camina, el hombre» (La Ciudad de Dios XI, 2). En realidad, la verdad
interior evolucionó en Agustín en clave cristológica. Así lo podemos apreciar en los Comentarios al
Evangelio de Juan: «Vuelve al corazón; mira allí qué es lo que tal vez sientes de Dios: allí está la
imagen de Dios. En el hombre interior habita Cristo, y en el hombre interior serás renovado según
la imagen de Dios…» (tratado 18, 10). Invitando a Licencio a seguir a Jesús, afirma: «No dice lo
verdadero sino la verdad: Cristo es la verdad y vamos a él para no ser fatigados» (Carta 26, 6).
121
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excesiva superficialidad de las propuestas que propone la sociedad latinoamericana y nuestros
políticos, no terminan de convencer las exigencias de la vida interior, pues como trata de explicar
Agustín, «la verdadera y divina filosofía nos invita a frenar y moderar el amor sumamente dañino y
lleno de fatigas, para que el alma, aún mientras gobierna este cuerpo sea atraída y anhele hacia
las realidades que permanecen siempre del mismo modo y no agradan por una belleza pasajera.
Siendo esto así y aunque mi mente dentro de sí te vea verdadero y simple, de modo que puedas ser
amado sin preocupación alguna» (Carta 2).
Agustín ofrece un método práctico que podríamos explotar más como discípulos del divino
Maestro, ya que progresivamente, a través del estudio, nos introduce en las esferas más altas de
lo auténticamente válido y perdurable. En efecto, su método de la interioridad tiene como
resultado un hombre inquieto que se encuentra en búsqueda de los valores superiores y
trascendentes a través del estudio constante de la Verdad, de Dios y de Cristo: «vigorizado con él,
cuando después de pedir auxilio de Dios, comienzo a elevarme hacia El y hacia las realidades que
verdaderamente son verdaderas, me siento invadido a veces de tal evidencia de esas realidades
permanentes, que a veces me sorprende que tenga que recurrir a ese raciocinio para creer que
tales realidades son: pues aparecen con tan viva presencia como aquella por la que cada uno es
presente a sí mismo» (Carta 4, 2).
Por lo tanto, habría que pedirle a Dios que permanezca con nosotros siempre, no sólo como
objeto intelectual en nuestra vida, ya que como hemos afirmado antes, el estudio «debe ser
ejercido de tal modo que penetre, inspire y perfeccione toda la actividad apostólica» (Const. n.
143) de la Orden y como testimonio cultural en nuestras sociedades latinoamericanas. Por ello,
hoy más que nunca debemos recordar que la Comunidad agustiniana es una escuela de amor, de
comunión y santidad a través del estudio.
Todos conocemos los famosos Consejos de San Agustín a los jóvenes estudiantes, difundido
especialmente en nuestros Colegios, pero que en realidad es una adaptación bien traducida del
texto del Diálogo sobre el orden II, 8, 25. Meditarlos y ponerlos en práctica nosotros mismos
cuando estemos estudiando, nos ayudarán a conservarnos renovados interiormente y con nuestro
buen trato del que emana el perfume de Cristo (Regla n. 48), renovaremos nuestra Comunidad
local, nuestro Colegio o Parroquia, y desde luego nuestra Circunscripción, con agua viva que
refresca y sacia la inquietud de nosotros y de nuestros pueblos. He aquí una versión de estos
Consejos:
SI TE DEDICAS AL ESTUDIO,
debes mantenerte limpio de cuerpo y espíritu, alimentarte de comida sana, vestirte con
sencillez, y no derrochar con exceso.
A la moderación en las costumbres le corresponde la compostura en las actitudes, la
tolerancia en el trato, la honradez en el comportamiento y la exigencia para contigo mismo.
Ten siempre presente que la obsesión por el dinero es veneno que mata toda esperanza.
No actúes con debilidad, ni tampoco con audacia.
Aleja de ti toda ira, o trata de controlarla, cuando corrijas las faltas de los demás.
Sé el centinela de ti mismo: vigila tus sentimientos y tus deseos para que no te traicionen.
Reconoce tus defectos y procura corregirlos.
No seas excesivo en el castigo, ni tacaño en el perdón.
Sé tolerante con los que tienden a mejorar, y precavido con los que tienden a empeorar.
Ten como a miembros de la familia a los que están bajo tu potestad.
122
122
Sirve a todos de tal modo que te avergüence dominar, y domina de modo que te agrade
servir.
No insistas ni molestes a los que no quieran corregirse.
Evita cuidadosamente las enemistades, sopórtalas alegremente y termínalas
inmediatamente.
En el trato y en la conversación con los demás, sigue siempre el mismo proverbio: «No
hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti».
No busques puestos de mando si no estás dispuesto a servir.
Procura progresar siempre, sin importar la edad y las circunstancias en las que te
encuentres.
Durante toda tu vida, en todo tiempo y en todo lugar, procura tener amigos de verdad, o
búscalos.
Da honor a quien honor merece, aunque él no lo desee.
Aléjate de los soberbios, y esfuérzate por no serlo tú.
Vive con dignidad y armonía con todos y con todo.
Busca a Dios; que su conocimiento llene tu existencia, y su amor colme tu corazón.
Desea la tranquilidad y el orden para perfeccionar tu estudio y el de tus hermanos.
Pide para ti y para todos una mente sana, un espíritu sosegado y una vida llena de paz.
A estos prácticos Consejos del Diálogo sobre el orden, habría que añadir la siguiente Oración de
todo estudioso agustino, pues una carga de humilde honestidad con los demás y una buena carga
de sincero reconocimiento de los dones que Dios nos ha dado, nos concedan la gracia de
comprender y admirar mejor el Misterio de Dios que día tras día vamos profundizando a través del
estudio de las ciencias teológicas y bíblicas o de las artes y las ciencias (cf. Soliloquios I, 3-6):
Te invoco, oh Dios Verdad, en quien, de quien y por quien son verdaderas todas las cosas
verdaderas.
Dios Sabiduría, en ti y por ti saben todos lo que saben.
Dios, verdadera y suma vida, en quién y por quien viven las cosas que suma y
verdaderamente viven.
Dios bienaventuranza, en quién y por quien son bienaventurados cuantos hay
bienaventurados.
Dios, Bondad y Hermosura, principio, causa y fuente de todo lo bueno y hermoso.
Dios, luz espiritual, en ti, de ti y por ti se hacen comprensibles las cosas que echan rayos de
claridad.
Dios, cuyo reino es todo el mundo, que no alcanzan los sentidos.
Dios, que gobiernas los imperios con leyes que se derivan a los reinos de la tierra.
Dios, separarse de ti es caer; volverse a ti, levantarse; permanecer en ti es hallarse firme.
Dios, darte a ti la espalda es morir, convertirse a ti es revivir, morar en ti es vivir.
Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie
haya sino purificado.
Dios, dejarte a ti es ir a la muerte; seguirte a ti es amar; verte es poseerte.
Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad.
Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo.
Dios, por cuyo favor nos hemos parecido nosotros totalmente.
Dios que nos exhortas a la vigilancia. Dios, por quien discernimos los bienes de los males.
Dios, con tu gracia evitamos el mal y hacemos el bien.
Dios, por quien no sucumbimos a las adversidades.
123
123
Dios, a quien se debe nuestra buena obediencia y buen gobierno.
Dios, por quien aprendemos que es ajeno lo que alguna vez creímos nuestro y que es
nuestro lo que alguna vez creímos ajeno.
Dios, gracias a ti superamos los estímulos y halagos de los malos.
Dios, por quien las cosas pequeñas no nos empequeñecen.
Dios, por quien nuestra porción superior no está sujeta a la inferior.
Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria.
Dios, que nos conviertes.
Dios que nos desnudas de lo que no es y vistes de lo que es.
Dios, que nos haces dignos de ser oídos.
Dios, que nos guías a toda verdad. Dios , que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y
librándonos de la estulticia ajena.
Dios, que nos vuelves al camino.
Dios, que nos traes a la puerta.
Dios, que haces que sea abierta a los que llaman...
Ahora te amo a ti solo, a ti solo sigo y busco, a ti solo estoy dispuesto a servir...
Basta ya de ser juguete de las apariencias falaces...
Enséñame el camino para llegar hasta ti.
Sólo tengo voluntad; sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de lo
seguro y eterno.
Esto hago, Padre, porque esto sólo sé
y todavía no conozco el camino que lleva hasta ti.
Enséñamelo tú, dame tú la fuerza para el viaje.
Si con la fe llegan a ti los que te buscan, no me niegues la fe;
si con la virtud, dame la virtud;
si con la ciencia, dame la ciencia.
Aumenta en mí la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad.
¡Oh cuán admirable y singular es tu bondad!
A ti vuelvo y torno a pedirte los medios para llegar hasta ti.
Si tú abandonas, luego la muerte se cierne sobre mí; pero tú no abandonas, porque eres el
sumo Bien, y nadie te buscó debidamente sin hallarte.
Y debidamente te buscó el que recibió de ti el don de buscarte como se debe.
Que te busque, Padre mío, sin caer en ningún error;
que al buscarte a ti, nadie me salga al encuentro en vez de ti,
y si ves en mí algún apetito superfluo, límpiame para que pueda verte.
Amén, amén.
Todo grupo humano tiene una riqueza cultural que lo lleva a identificarse como tal y a tener un
sentido de pertenencia a ese pueblo, riqueza que puede denominarse tradición, y es a su vez, el
elemento constitutivo de la “sabiduría popular”. Nuestros pueblos con quienes son sentimos
124
124
misioneros, según el espíritu de Aparecida, nos apremia a conocerlos y amarlos, en este sentido,
también el CGO’07, 3.4 nos invita a renovar nuestra misión promoviendo el estudio y
conocimiento de los mismos ¿Quién ha influido en mi itinerario de estudio en manera
significativa? ¿Por qué?
125
125
TEMA N° 11
CUARTA ÁREA DE FORMACIÓN DE LOS DISCÍPULOS MISIONEROS:
LA DIMENSIÓN PASTORAL Y MISIONERA
CONSTITUCIONES
CAPÍTULO VIII. EVANGELIZACIÓN Y ACTIVIDAD APOSTÓLICA
APOSTOLADO EN GENERAL (Const. VIII, 144 – 150).
144. "La Iglesia está vinculada a la evangelizarían de la manera más íntima"79. Esta fue también la
experiencia de san Agustín cuando, después de su conversión y retorno a África, fue llamado por la
Iglesia a ser predicador de la Palabra de Dios y dispensador de sus sacramentos80. De igual manera,
y como realidad eclesial, el sentido de misión de la Orden es parte esencial de su identidad y
vocación81. Y por ello, el apostolado, con el que tratamos de anunciar a todo el mundo el
Evangelio de Cristo y de hacer partícipes de su redención a todos los hombres82, abarca toda
79
EN 15.
80
Cf. conf. 10, 43,70; 11, 1,1.
81
Cf. VC III, 72; 1,3.29.
82
126
Cf. AA 3; PC 2.
126
nuestra vida, es decir, la oración, el estudio y la actividad, pero en las formas acordes a la
naturaleza y espíritu de la Orden83.
145. Dado que la actividad apostólica es la manifestación de nuestra consagración total a Dios y el
modo de vivir el misterio de Cristo 84, la misma actividad apostólica se convierte en medio excelso de
nuestra santificación. Y por tanto, es preciso que brote de la íntima unión con Cristo y esté siempre
orientada hacia Él85.
146. Nuestro apostolado ofrece un auténtico testimonio y servicio al Reino de Dios si, a ejemplo
del Señor, también nosotros nos hacemos partícipes de las preocupaciones de la familia humana.
Así pues, debemos esforzarnos por adquirir oportunamente un conocimiento adecuado de las
necesidades del mundo actual y probar camino s para manifestar a los necesitados nuestra
solidaridad. Obrando así, ayudaremos a hombres y mujeres con ardiente celo apostólico86.
147. Las Circunscripciones, individualmente o agrupadas, pongan todos los medios, cooperando
incluso con otros religiosos, con el clero diocesano, con los laicos87, con organizaciones de voluntariado
y otras semejantes, para poder atender más eficazmente a las necesidades de la Iglesia. Conviene
también, con el permiso y estímulo del Superior Mayor, que se promuevan iniciativas apostólicas
según las exigencias de cada nación o región88.
148. Fomenten los Superiores de buen grado el celo de todos los Hermanos, según su aptitud y
formación. Acojan con benevolencia sus iniciativas y diríjanlas dejándoles la libertad realmente
necesaria en la ejecución del trabajo apostólico; y ellos mismos den buen ejemplo con su constante
trabajo89. Para aceptar un apostolado que afecte a la comunidad, se requiere el consentimiento de
la misma y el del Superior Local.
149. Los trabajos apostólicos, aunque sean asignados a la autoridad y responsabilidad individual,
considérense como encomendados a la Comunidad90. Por tanto, todos deben sentirse responsables
y colaborar al bien común, según sus fuerzas y cualidades. Por lo mismo, escúchese a todos los que
se dedican al apostolado en lo referente a los métodos y normas de realizarlo, salvo el derecho de
los Superiores de la Orden en lo relativo a los asuntos a tratar con las autoridades externas, sean
eclesiásticas o civiles.
83
Cf. PC 5; ep. 48,2; s. 78, 3,6.
84
Cf. VCI.16.
85
Cf. LG 5.41; civ. 19, 19.
86
Cf. PC 2.
87
Cf. PC 23; CD 34.
88
Cf. ES 1,28.
89
Cf. PO 8.
90
Cf. PAULUS VI, carta Ordo Fratrum, Acta Ord. 13 (1968) 4*-7*.
91
Cf. RM 33-34.
127
127
ACTIVIDAD PASTORAL Y PARROQUIAL (Const. VIII, 151 – 160).
151. Ejérzase el ministerio pastoral con incansable celo apostólico en las iglesias, santuarios,
centros de espiritualidad, parroquias y en todos los servicios que nos pida la Iglesia. La actividad
pastoral se llevará a cabo siguiendo las directrices de la Iglesia local aportando la riqueza de la
espiritualidad agustiniana, ofreciendo a los fieles el testimonio de nuestra vida común. Nuestra vida
y presencia pastoral deben tener un claro estilo agustiniano, caracterizado por la reflexión común
y compartida de la Palabra de Dios y su aplicación al mundo actual.
155. Los Hermanos sacerdotes consideren como principal obligación la proclamación de la Palabra
de Dios a los hombres, acomodando el lenguaje y la exposición a la capacitad del auditorio 93;
ofrezcan la Eucaristía, santifiquen a los hombres con los sacramentos, promuevan la actividad
litúrgica, reúnan y acrecient en el pueblo de Dios94 en la unidad y en la caridad y condúzcanlo al
Padre95.
156. Foméntese con singular empeño la atención pastoral, catequética y litúrgica de los jóvenes96,
a los que se ha de animar personalmente y en grupo al seguimiento generoso de Cristo, siguiendo
el ejemplo y espiritualidad de nuestro Padre san Agustín. Para conseguir este fin promuévanse
encuentros de jóvenes, tanto a nivel local y circunscripcional como a nivel internacional.
157. Según las normas del derecho (cf. CIC 614), préstese la colaboración a los monasterios de
monjas de nuestra a los Institutos agustinianos de vida apostólica, ofreciéndoles con la mayor
solicitud los servicios que nos pidan, en bien de la Iglesia y de la Orden97.
158. Cuídese especialmente de las Fraternidades seculares agustinianas, a fin de que cultivemos
juntos una vida cristiana más intensa y puedan ejercer dentro de la sociedad humana la actividad
apostólica conforme a su condición98.
92
Cf. PO 6; PDV 17.
93
Cf. GS 44. 62; EN 43-45.
94
Cf. PO4; PDV 16-18.
95
Cf. PO 4-6; PDV 15; CGI 1998, Documentum Capitulum. 23-26, Acta Ord. 48 (1998) 86-87.
96
Cf. ChL 46; CGO 2001. Documentum Capituli C16-17, Acta Ord. 52 (2001) 192.
97
Cf. Const.. 43, 48; CGO 2001 Documentum Capituli, CU, Acta Ord. 52 (2001) 191.
98
128
Cf. Const. 45-47; CGO 2001, Documentum Capituli, C13-15, Acta Ord. 52 (2001) 191-192.
128
159. De acuerdo con la mente de la Iglesia99, foméntese la cooperación con los laicos, para que
asuman responsabilidades en actividad apostólica y participen en la toma de decisiones.
Promuévanse asociaciones de actividad apostólica según las características de cada región100.
160. Además de todas las otras funciones de religión y culto que se han de cumplir siempre con
especial reverencia, celo y devoción, a todos se encomiendan de modo particular los pobres y los
más débiles, "siendo sobre todo solícitos con los enfermos y moribundos, visitándolos y
confortándolos en el Señor"101.
163. Como agustinos, debemos promover que la comunidad educativa en nuestros colegios viva los
valores del evangelio, a la luz de la espiritualidad y pedagogía agustinianas. Conscientes de esta tarea
común, pondremos especial cuidado en formar a los profesores en los aspectos espirituales y
agustinianos de la educación. Con este fin, promuévanse asociaciones regionales de educadores
agustinianos para compartir nuestro ideario educativo y lograr una más eficaz formación de nuestros
alumnos.
164. La idónea formación de la personalidad de los alumnos depende, en gran medida, del influjo
comunitario y de los modelos personales106. Por tanto, los responsables de la educación deben procurar
que exista un ambiente de amistosa armonía en la comunidad educativa107, y que todos trabajen con
unidad de criterios en el desempeño de las labores educativas.
99
Cf. PO 6; PDV 58.
100
Cf. CGO 2001, Documentum Capituli, C11, Acta Ord. 52 (2001) 191.
101
Cf. PO 6; LG 30; AA passim; ChL 20,23,26-29,32-35,45,51.
102
GE 5; VC 96; Cf. M.A. ORCASITAS, Láteme ad omnes Fratres missae de promotione institutionis ex parte
Ordinis et de nova evangelitatione, Act. Ord. 42 (1994) 31-35.
103
Cf. GE, 4.8; Congregación para la educación católica, La scuola cattolica alle soglie del terzo millennio, Roma
1997.
104
Cf. ep. Io. tr. 7,8; cat. rud. 3,6; ep. 193,13.
105
Cf. GE 8; VC 96.
106
Cf. doctr. chr. 4, 29, 61; mag. 14,46; en. Ps. 14,3.
107
129
Cf. s. 101,39.
129
165. Ya que en la educación integral de los alumnos concurren muchos factores, como la familia, la
sociedad y la escuela108, y que la formación no termina en los años escolares, promuévanse las
relaciones con los padres de los alumnos y las asociaciones de antiguos alumnos.
168. Es esencial a la actividad misionera no sólo "la evangelización y la plantación de la Iglesia en los
pueblos o grupos humanos en los que no ha arraigado todavía"112, sino también la ayuda a "las
iglesias, fundadas hace ya tiempo, que se hallan en cierto estado de retroceso o debilidad"113.
Nuestra actividad misionera debe responder a las exigencias de la inculturación114. Los temas
específicos de inculturación, a saber, la encarnación del evangelio y de la vida consagrada, la
adaptación de nuestra espiritualidad y apostolado, el modo de ejercer la autoridad y de orientar la
formación, el uso de los recursos y bienes materiales, deben ser parte integrante de nuestro talante
misionero115. En consecuencia, debemos respetar todas las culturas, promoviendo un auténtico
diálogo y una colaboración sincera con ellas.
169. Por esto urge la necesidad de promover en los jóvenes ya desde el comienzo el espíritu
misionero, con oraciones, sacrificios, estudios, informaciones y demás medios adecuados116, para
fomentar y nutrir en ellos y en todos los Hermanos la conciencia de la misión.
170. Los Hermanos enviados a las misiones han de estar dotados de carácter adecuado, aptitud y
otras cualidades necesarias117; prepárense convenientemente en el espíritu, práctica misional,
historia de las misiones, en especial de las nuestras, y dedíquense al estudio de la lengua y cultura
de los pueblos a los que se les va a enviar, porque quien va a ir a otro pueblo debe tener en gran
estima su patrimonio118. Esta formación se ha de complementar, en la medida de lo posible, en las
regiones a que son destinados los misioneros; y a nadie se encomiende la dirección de una misión
determinada sino después de una probada experiencia y suficiente madurez.
108
GS 52; AA, 11.
109
GE 10.
110
AG 6.
111
AG 9; cf. 6.
112
AG 6.
113
AG 19.
114
NMI 40; cf. VC 79.
115
Cf. RdC 19.
116
Cf. ES III,3.
117
Cf. AG 23.
118
130
Cf. AG 26.
130
171. Como agustinos, nuestras labores misioneras no deben descuidar el fortalecimiento de la vida
consagrada, especialmente en zonas de mayor necesidad. Esto lleva consigo que los Hermanos
deban intercambiarse, para que las circunscripciones más necesitadas reciban ayuda con el fin de
poder mantener las tareas del apostolado comunitario.
172. Para que una o más Circunscripciones abran un nuevo campo de misión, conforme al nº 167, se
requiere:
a) la petición de una o varias Circunscripciones en colaboración;
b) la aceptación del Prior General con el consentimiento de su Consejo;
c) el acuerdo con la autoridad eclesiástica competente y, donde se requiera, con la autoridad civil.
173. Procúrese con toda diligencia que en cada misión haya una Casa-residencia a la que los
misioneros puedan retirarse en los tiempos determinados para restablecer sus fuerzas, para los
ejercicios espirituales, para convivencias, etcétera.
174. Encomiéndese en cada Circunscripción a uno o a varios Hermanos la tarea de promover las
misiones de la Orden, colaborando con los Superiores, tanto para hallar nuevos obreros para la
mies como para procurar ayudas espirituales y materiales, ya por sí mismos, ya con la colaboración
de los fieles119. En las Misiones, a poder ser, procúrese la colaboración de las Hermanas agustinas y
promuévase el voluntariado. Para llevar a la práctica concreta estas determinaciones provean los
Estatutos de modo más preciso.
175. Dado que la finalidad de toda misión es la fundación y desarrollo de una nueva comunidad
cristiana que, en lo posible, consiga valerse por sí misma, los misioneros no escatimen esfuerzos
para suscitar con la gracia de Dios vocaciones autóctonas tanto para el clero diocesano como para la
Orden. Cuídese de que los candidatos reciban una adecuada formación para asegurar la permanencia
de la Iglesia y de la Orden en el futuro120.
Quizás la mejor forma de empezar sea plantearnos una pregunta fundamental. Y esto en el
sentido etimológico de la palabra ¿cuál es el fundamento de la acción pastoral? La pregunta nos
obliga a volver a la fuente y esa fuente de la que emana toda nuestra acción es la persona, el
misterio, las opciones y acciones de Jesús de Nazaret.
Es importante descubrir desde el mismo Evangelio la motivación del Señor: la voluntad del Padre…
que no se pierda ninguno de los que Él le ha dado….(Jn 6,39). Y viendo a la multitud Jesús tuvo
compasión de ella porque estaban como ovejas sin pastor… (Mc 6,34).
Hay correlatividad entre el motivo teologal “Dios, el Padre los quiere” eso es lo que Jesús “el Hijo
quiere” y la reacción anímica, psicológica de Jesús: sintió compasión de la multitud… Es una
consecuencia producto de la Encarnación: si Jesús siente compasión es porque está explicitando
119
Cf. LG23.
120
131
Cf. AG 15-18.
131
en lenguaje afectivo humano la Voluntad de Dios. Dejarse conmover por el dolor, la carencia de
los hombres, sus hermanos, es sentir y querer como su Padre.
Es necesario hacer hincapié en esta verdad que es una consecuencia correlativa: La obediencia de
Jesús al Padre, a su voluntad, se expresa en su psicología y toma la forma de compasión
(etimológicamente padecer con: sentir con los otros). Jesús comenzará a actuar en favor de la
gente, por un sentimiento que lo identifica y pone en sintonía con el dolor de la gente. Podríamos
decir que sólo sintiendo realmente con la gente, Jesús comienza a hacer pastoral y cumplir la
misión que el Padre le ha encomendado.
Se podrían multiplicar los casos, con estos como muestra, se puede observar un nuevo sesgo para
la pastoral de la Orden en la Iglesia y el mundo.
Querer a las personas por con-naturalidad no por obligación. Sentir con ellos, son sus anhelos y
deseos más profundos recordando GS en el espíritu de la letra que dice: “Los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los
pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos
de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (Nº 1).
132
132
Por eso deberíamos plantearnos si realmente todos nosotros podemos hacer pastoral, seguro que
todos debemos, no es tan claro que todos podamos, pues hay una serie de carencias no
diagnosticadas y por lo tanto menos tratadas que nos incapacitan a varios de nosotros para, hoy
por hoy, ejercer Pastoral.
Llegamos a un punto que en la Iglesia latinoamericana hoy más que nunca se hace evidente: que
uno de los pilares donde se apoya la Pastoral, como continuación del querer del corazón de Dios y
de Jesús, es la Palabra de Dios. Ella se constituye en escuela para el creyente y lo acompaña en su
proceso de crecimiento e identificación con el Señor.
La iglesia latinoamericana afirma cada vez con mayor claridad dicha importancia y acuña la
animación bíblica de la pastoral, transversalidad que da sentido y fundamentación a la tarea
pastoral y misionera de la Iglesia (Aparecida Nº 99; 248). Estos esquemas nos ayudan a entender
su importancia en todo el proceso de discipulado y formación de agentes de la Pastoral y la
Misión121:
121
Orientaciones para la Animación Bíblica de la Pastoral de la Iglesia en Chile. CECH- Comisión Nacional de
Animación Bíblica de la Pastoral, Santiago, 2006, p 80-81.
133
133
Dimensión Dimensión Dimensión
sapiencial: dialogal: misional:
Encuentro con la Verdad Encuentro con la Vida en el Anuncio gozoso del encuentro
plena Espíritu, camino de unidad… con el Señor, camino de
y sus sentidos conversión y solidaridad…
trascendentes…
en diálogo evangelizador en diálogo evangelizador en diálogo evangelizador
con una cultura con una cultura
con una cultura
multiétnica y pluricultural. globalizada y secularista.
tecnificada y de masas.
La Palabra de Dios deberá estar en el centro de la acción de la Iglesia pues ella es fuente de la
Revelación y nos permite conocer a Jesús, su persona y el Reino que predicó. Los verdaderos
discípulos encuentran en la Palabra, especialmente en el Evangelio, al Señor de sus vidas y su
voluntad que es expresión de la voluntad del Padre.
La Escritura, Palabra de Dios sale por su Palabra inspirada al encuentro El encuentro con Jesús, Palabra del
Dios escrita en lenguaje de los hombres y revela su Misterio, Padre, transforma la vida e incorpora a la
humano, necesita invitándolos al diálogo y a la comunión con él. Iglesia que existe para evangelizar, para
interpretarse proclamar a Jesucristo, Hombre Nuevo.
adecuadamente para
aprehender sus sentidos
verdaderos.
Por tanto, la animación bíblica está llamada a ser ESCUELA que enseñe a :
134
134
Interpretar Actualizar Actuar o Testimoniar
la Sagrada Escritura la Sagrada Escritura la Sagrada Escritura
para descubrir lo que Dios para interpelar la vida personal y comunitaria para conducir la vida según los criterios
nos revela mediante lo que a la luz de la Palabra inspirada y entrar en de Jesús (conversión) y hacerse testigos
los autores bíblicos dijeron diálogo de comunión con Dios, su autor. de su Reino y solidarios con todos
conforme al lenguaje de (anunciar).
aquel tiempo y cultura.
He aquí algunas interpelaciones que nos podemos hacer con José Comblin122, que si bien se
escribieron para la época de Santo Domingo, y no para Aparecida, tienen profunda actualidad y
procuran destacar problemas esenciales a la formación de los religiosos como agentes de la
Pastoral y la Misión que podrían quedar olvidados.
¿Por qué los religiosos, aparentemente al menos, manifiestan menos convicción, menos
entusiasmo, o están menos cautivados por su misión que los pastores pentecostales, los mediums
espiritistas o incluso los «padres de santo» y «madres de santo» de los cultos afrobrasileños? ¿Por
qué dedican tanto tiempo a los problemas internos de los institutos religiosos y mucho menos a
los problemas de la misión? ¿Por qué hay en los noviciados y en los juniorados tantas personas
preocupadas en primer lugar por su propia persona, a la búsqueda de su propia identidad o de su
vocación personal?
Si los institutos vuelven la mirada a los tiempos de su fundación, podrán percibir que eso no
ocurría entonces. ¿Qué es lo que ha cambiado? Pienso que para los fundadores la conciencia de
los fines era siempre más fuerte. Los medios eran vistos como medios, no como fines. Los votos
eran medios, no fines. Los fundadores estaban cautivados por una forma concreta de buscar a
Jesucristo en su vida. Los votos eran meros medios, y no objeto de atención; no eran un fin, no
eran la preocupación.
Después, poco a poco la visión de los fines quedó menos clara y con menos atractivo. La vida del
instituto tiende a asimilarse a un modelo abstracto y uniforme, el modelo llamado «vida religiosa»
en el que los medios llaman más la atención que el fin. Los jóvenes novicios reciben una iniciación
para los medios, pero no saben cuál es el fin. Entran en «la vida religiosa» en general. No tienen un
proyecto concreto, claro, específico. Se puede incluso decir que muchos han entrado en tal
instituto en lugar de otro por casualidad: no buscaron una vocación específica, sino el modelo
general de «vida religiosa». En el caso de los varones, peor todavía: algunos entran en un instituto
«para ser sacerdotes» en general, y no tienen la menor idea del fin por el que existe su instituto.
122
Algunas interpelaciones a los religiosos «Diakonía» 68(diciembre 94)81-91
135
135
Hoy día es muy difícil ser cautivado por «la vida religiosa» en sí, como fórmula abstracta.
Solamente pueden cautivar objetivos concretos, precisos, conscientes, siempre presentes en la
mente.
Entre vida religiosa y estructura uniforme, entre vida religiosa y ley hay un antagonismo
permanente. El carisma es siempre algo nuevo, imprevisible, propio, relacionado con una situación
histórica única, y que no tendría significado fuera de esta circunstancia. Una vez que se pretende
generalizar lo único, universalizar lo que está relacionado con una circunstancia histórica, el
entusiasmo disminuye.
Una renovación de la vida religiosa solamente puede proceder de una invitación a escuchar la voz
del Espíritu y descubrir los llamados que surgen de las situaciones concretas, específicas de cada
lugar, de cada conjunto cultural, sin modelo preestablecido.
En cuanto a la cultura moderna, el llamado a la libertad del Espíritu ha de ser más libre todavía,
porque no hay cultura tan mal atendida por nosotros como la cultura moderna. Los jóvenes de las
grandes ciudades están casi totalmente abandonados. En su medio, las estructuras prefijadas de la
vida religiosa son totalmente incomprensibles. No obstante, hay muchos llamados a una vida
mejor, más dedicada, una vida de búsqueda de Dios.
¿Cómo se sitúan los religiosos en la nueva sociedad nacida de la tercera revolución capitalista?
¿Cómo se sitúan los religiosos en esta sociedad en que la nueva burguesía (que los
norteamericanos llaman «clase media») impone su cultura, su egoísmo, su consumismo (y el resto
del mundo «que se aguante»)? En Estados Unidos bajo Reagan, en Europa occidental bajo el
tratado de Maastricht, en América Latina bajo el triunfo neoliberal, la nueva burguesía impone su
«cultura de la satisfacción», como dice Galbraith. Se aísla en su consumo privilegiado, se reserva
para sí misma todos los recursos del mundo, se niega a prever el futuro y a afrontar los males
actuales de las inmensas multitudes de miserables. La nueva burguesía cultiva una euforia artificial
porque puede consumir cada vez más, e ignora el resto: la destrucción de la naturaleza y la
destrucción de las masas pobres de la humanidad. Por un lado estamos ante una minoría cerrada
en su propio egoísmo integral; por otro lado yace una inmensa mayoría sin poder, sin recursos, los
«nuevos bárbaros».
Santo Domingo no está en capacidad para hacerse intérprete de la verdadera situación del mundo
actual, ni de América Latina en particular. No solamente la Curia romana, sino también un buen
136
136
sector de iglesias locales fueron engañadas por las ilusiones de la nueva burguesía. Creen en el
«milagro» mexicano, o chileno, o argentino, confundidos por la asociación de esos falsos milagros
con las nuevas democracias. Se dejaron seducir. Pero nuestra pregunta es: ¿cómo van a reaccionar
los religiosos ante el triunfo actual de la nueva burguesía, burguesía inconscientemente mucho
más cruel que todas las anteriores, porque está decidida a dejar morir de inanición a la mayor
parte de la humanidad sin mover un dedo, para no sacrificar nada de sus bienes egoístamente
conquistados?
Hay que recordar que Aparecida en su redacción inicial condenaba el neoliberalismo económico,
pero estos párrafos fueron modificados en la redacción final que vino “pulida” por Roma.
La interpelación es: ¿cuál será la actitud de los religiosos ante la nueva situación mundial? Muchos
ya están contaminados al entrar en la vida religiosa, han adoptado inconscientemente las
aspiraciones de la nueva burguesía. ¿Estarán siendo llevados por su inconsciente? ¿Sabrán
descubrir los llamados del Espíritu ante la sociedad monstruosa que la nueva burguesía está
construyendo en América Latina?
Los economistas actuales practican la adulación sistemática y ofrecen a las burguesías triunfantes
la ayuda de sus especulaciones y de sus juegos de palabras. Los gobernantes son inconscientes y
se han entregado a los que dominan. El grito para rechazar la sociedad que se está implantando
actualmente y para buscar una alternativa ha de salir del pueblo. ¿Dónde se sitúan los religiosos
en este drama de la humanidad actual? ¿Se refugiarán en la tranquilidad de sus residencias,
ignorando los problemas del mundo? ¿Se dejarán intimidar por las voces de los falsos profetas?
Da miedo la debilidad de la reacción en Chile o en México, países que están en la vanguardia del
modelo neoliberal y de la implantación de la cultura de la satisfacción. ¿Cómo es posible que una
Iglesia que ya estuvo en la vanguardia de las luchas de la Iglesia latinoamericana, como es la Iglesia
de Chile, se quede tan callada, tan conforme? ¿Estará realmente tan engañada? ¿Estará
confundida debido a que el gobierno que preside esa implantación del sistema neoliberal es
mayoritariamente «demócrata-cristiano»? ¿O la Curia romana habrá sido capaz de imponerle el
modelo de la mediocridad? ¿Habrá cedido la Iglesia de México a las voces de sirena que a cambio
del silencio le ofrecieron la abolición de las antiguas leyes anticlericales y la reanudación de las
relaciones diplomáticas con la Santa Sede?
Lo que se espera de los religiosos no es que hagan documentos o declaraciones, sino que en su
modo de vivir sean signos de otra sociedad. Que su vida sea una protesta contra la sociedad nueva
que se está implantado en las ciudades actuales, y el anuncio de otra sociedad.
Hoy día los discursos han perdido toda eficacia. Los peores adversarios de los pobres hablan el
lenguaje de la opción por los pobres, y los peores depredadores de la naturaleza hacen profesión
de ecología. Las palabras sirven para engañar, no para informar. Lo que se espera no son actos
simbólicos, sino una vida nueva, una vivencia diferente.
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137
Los pobres quedan confundidos y aclaman a sus mayores opresores. No consiguen ver la luz. ¿Por
qué? ¿No será porque la luz no fue puesta en el candelero? ¿No será porque la luz no fue puesta
encima de la ciudad para iluminar al país entero?
Los nuevos burgueses están cada vez más encerrados en un mundo artificial que ellos mismos se
construyen y que queda rodeado con unos muros cada vez más altos. Se protegen contra
cualquier contacto que pudiera recordarles que en el mundo no están solamente ellos, y que fuera
de la cerca hay cinco mil millones de creaturas humanas que vegetan porque ellos no quieren
compartir ni sacrificar algo de sus privilegios.
Hace tres años era posible creer en una «liberación» a corto plazo. Todos los problemas parecían
fáciles de solucionar. Hoy día sabemos mejor hasta qué punto la sociedad mundial entera está en
un estado de corrupción y todos nosotros estamos contaminados. Ya no se puede pensar en un
simple movimiento de liberación, porque se trata de regenerar todo el tejido de la sociedad y de
construir un nuevo modelo social.
En la Edad Media los cristianos en general y los monjes en particular (con los frailes a partir del
siglo XIII) fueron los mayores constructores de una nueva sociedad sobre las ruinas de las
invasiones bárbaras.
Respecto a la Edad Media hay dos grandes diferencias. La primera: hoy día no estamos ante las
ruinas provocadas por los bárbaros sino ante el triunfo de una minoría que se atribuye todos los
poderes y todos los bienes y se prepara para luchar contra cualquier pedido de las multitudes de
hambrientos.
Segunda diferencia: en aquel tiempo la Iglesia formaba la clase privilegiada y construyó una
sociedad a partir del poder y con los otros poderosos. La Iglesia formó una cultura nueva a partir
de una situación de cristiandad. Algunos tienen nostalgia de aquellos tiempos, pero ya no estamos
en tiempos de cristiandad. En el mundo actual el poder de la Iglesia es más simbólico que real.
Pero aparece una alternativa que nunca fue experimentada hasta ahora: construir una sociedad
nueva y una cultura alternativa a partir de los rechazados, de los marginados.
Este es un desafío que los monjes de antaño no conocieron y que exige una creatividad infinita y
una siempre renovada capacidad de invención. ¿Están los religiosos de hoy dispuestos a aceptar el
desafío?
En América Latina la Iglesia hizo una opción por los pobres en Medellín. En Puebla y en Santo
Domingo las conferencias episcopales renovaron esa opción con mucha solemnidad y énfasis. Hoy
en día, sin embargo, percibimos toda la distancia que hay entre la proclamación de esa opción y la
vida de cada día. Hace 20 años la opción por los pobres podía tener un contenido concreto:
participar en la lucha por la liberación de los pueblos dependientes. Se pensaba que tal
participación podría darse sin cambiar radicalmente nuestro modo de vivir cada día. Hoy día
sabemos que no existe ya ninguna «política de liberación de los pobres». Lo que está ahí es el
triunfo de los ricos y poderosos. No es ninguna novedad, porque siempre fue así: siempre
triunfaron los fuertes. Sin embargo, habíamos tenido la ilusión de que los pobres podrían vencer
en pocos años, tras una o dos décadas.
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En esta situación actual, ¿dónde se sitúan los religiosos?
Desde Constantino, todos los monjes y religiosos, después de un período heroico de fundación han
acabado estando al lado de los ricos y poderosos. Basta considerar su modo de vivir. Hoy día los
religiosos y religiosas, en su gran mayoría, adoptan un modo de vivir que los asimila a la nueva
burguesía. Adoptan la cultura de la nueva burguesía, practican los mismos modelos de
consumismo: vehículos, alimentación, vivienda, turismo y ocio (en forma de años sabáticos,
capítulos generales, encuentros, cursos de reciclaje, etc., que en realidad son una forma de
turismo).
¿Cómo hacer opción por los pobres viviendo dentro del mundo de la clase media que se aísla de
los pobres?
Hacer la opción por los pobres es hoy día un desafío casi imposible, porque supone una ruptura
con la cultura dominante y no hay ningún signo de que la Iglesia católica quiera distanciarse de la
cultura dominante.
Como es sabido, la fórmula «opción por los pobres» fue inmediatamente corregida por el
magisterio. Dijeron: «opción preferencial, no exclusiva, por los pobres». ¿Qué se quiere decir con
la expresión «no exclusiva»? En la práctica quiere decir: no hasta el punto de que tengamos que
cambiar nuestros comportamientos, nuestras estructuras fundamentales, que son de clase media.
Hoy en día la presión de la cultura dominante de clase media es más fuerte que nunca. Invade la
Iglesia por todos los costados. Con los pretextos de la eficacia, de la modernización, de la
adaptación, etc., la cultura dominante informa a la Iglesia y la separa de la masa de los nuevos
bárbaros. Los pequeños grupos y las pequeñas comunidades que se insertan en medio de los
pobres se sienten cercados, presionados, atraídos hacia fuera de su opción.
La opción por los pobres todavía es una invención que está por ser puesta en práctica. No
podemos imaginar toda la transformación que implica para una Iglesia tan acostumbrada a
adaptarse a las clases dominantes. La interpelación es: ¿quieren los religiosos hacer suya esa
opción por los pobres, y arriesgarse por consiguiente a la aventura de vivir en relación con el
mundo de los nuevos bárbaros?
Es muy posible que si los religiosos se dejan asimilar totalmente por la cultura de la nueva
burguesía, no tendrán mucha fuerza de atracción sobre la juventud de la propia clase media y
quedarán aislados del mundo de los marginados.
¿Por qué en las asambleas eclesiásticas y también en las religiosas hay siempre dos partes? En la
primera parte se expone una ideología utópica maravillosa, capaz de usar los últimos tópicos de la
última teología. Después hace su entrada el ecónomo o la ecónoma y comienza a hablarse de
asuntos concretos, prácticos, incluso del problema del dinero. En ese momento desaparece toda la
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teología, se olvida la ideología. Todo sucede como si en ese momento todo el mundo despertase
del sueño y volviese a la realidad. Y esa realidad es la continuación de las cosas de siempre, del
modo de vivir establecido. No hay relación entre la teoría y la práctica.
¿Por qué resulta a los cristianos tan difícil relacionar la teoría y la práctica? ¿Será porque los
cristianos son idealistas y piensan que ya se ha hecho lo principal una vez que se han evocado
todas las ideas bonitas? ¿Por qué hablar de cosas tan hermosas cuando no se tiene intención de
cambiar la realidad?
¿Será que la práctica depende de la cultura y se refiere inmediatamente a la cultura, mientras que
la teoría sólo mueve las ideas, los movimientos superficiales del pensamiento? Hoy en día ¿no
exige la vida religiosa una opción por una cultura, la invención de una nueva cultura? ¿Pueden los
religiosos adoptar la cultura dominante que probablemente asimilaron en su familia, por lo menos
en forma de deseo, a través de los mensajes de la televisión y de la comunicación ínter-juvenil?
¿Por qué tantos documentos eclesiásticos provocan tan pocos cambios reales? No será porque los
documentos permanecen en el mundo de las ideas, del pensamiento, y ese mundo del
pensamiento no consigue penetrar la cultura?
Hasta el Concilio Vaticano II, la rigidez de las normas tridentinas, reforzada por las luchas
antimodernas del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, mantuvo a los religiosos
prácticamente aislados de toda la cultura moderna. Los religiosos, como los sacerdotes,
conservaron la visión objetivista del mundo y de la vida de la Edad Media. Aceptaron las
estructuras eclesiásticas como parte del orden perenne del mundo y se sometieron a ellas con
toda naturalidad, tal como los seres se someten a las leyes físicas de la tierra. Tenían pocos
problemas psicológicos, pocos problemas de conciencia. Obedecían al orden establecido como a
un orden natural, sin dramatismos, sin crisis de personalidad. Los religiosos permanecían sin
problema en el lugar que les fuera asignado por los superiores, como se acepta la familia, el clima
de la región, la lengua materna o la nacionalidad.
Los religiosos integraban actividad dentro de la actuación común del instituto y no tenían
ambición de desempeñar un papel personal: eran como habían sido todos los hombres de todas
las civilizaciones hasta el advenimiento de la modernidad.
Hoy en día, en cambio, la modernidad y su subjetivismo han entrado en los institutos religiosos.
Cada uno ha aprendido a considerarse sujeto, es decir, a mirar a sí mismo más que a su instituto, y
a su realización personal más que a los fines de su instituto. Cada uno ha descubierto que es una
personalidad, que tiene un destino individual. Ha entrado esa convicción moderna de que el ser
humano debe «realizarse», como sujeto, desarrollar su personalidad, sentirse feliz y realizado. Han
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aparecido los problemas personales, los problemas de conciencia, y, todavía más, los problemas
psicológicos. La obediencia ha dejado de ser la solución universal que resuelve todos los
problemas. El religioso quiere «ser» sujeto antes que ser religioso.
Es claro que esta mentalidad moderna subjetivista está en conflicto con las estructuras de la vida
religiosa tal como fueron definidas al final de la Edad Media y al inicio de los tiempos modernos. El
derecho canónico de los religiosos todavía tiene una inspiración medieval, objetivista, y no tiene
en cuenta la situación real. Por eso, los problemas quedan encubiertos, se esconden detrás de
pseudoproblemas teológicos. En la realidad la teología no tiene ninguna solución para la vida
religiosa. El problema es: cómo traducir a la vida moderna el equivalente a las grandes opciones de
los monjes y de los frailes antiguos, de las mujeres consagradas del pasado, qué significa el
evangelio para personas cuya primera preocupación es su realización personal, su felicidad
subjetivamente percibida.
El advenimiento del subjetivismo moderno cuestiona todos los aspectos de la vida religiosa tal
como ha sido vivida en el pasado objetivista de la Edad Media (prolongada hasta 1950).
Por ejemplo, la sexualidad. Durante los tiempos de la objetividad, la vivencia del voto de castidad
era algo simple: bastaba ignorar la sexualidad, vivir apartado del otro sexo. La vida quedaba
absorbida por otros intereses y la sexualidad dejaba de ser problema. Permanecía latente.
Millones de religiosos vivieron el voto de la castidad sin problemas mayores. Permanecieron
ajenos a la sexualidad, y no sufrieron por ello.
Ahora bien, cuando el sujeto se contempla a sí mismo, la sexualidad se convierte en una realidad
evidente. En la subjetividad moderna es imposible ignorar la sexualidad. Ella se expresa, se
manifiesta, penetra la sociedad. La separación de los sexos se torna impensable, aparece como un
resto de tiempos superados. Los religiosos no viven ya apartados del otro sexo. Lo encuentran
normalmente en muchas circunstancias. Su cultura no les permite ignorar que tienen un sexo,
pues la cultura ambiental despierta constantemente la sexualidad.
¿Cómo en esas condiciones vivir el voto de castidad? ¿Con qué medios, bajo qué condiciones?
¿Cómo compatibilizar la continencia sexual con el proyecto de realización personal? Es claro que
no basta el entrenamiento tradicional del noviciado concebido en función de una sociedad
objetivista en la que los sexos permanecen separados. ¿Cómo conciliar la cultura de la televisión
con la castidad? Parece que se están dando pocas respuestas a este desafío.
El caso del voto de pobreza es más patente todavía. El subjetivismo moderno busca más confort
cada vez, cada vez más facilidades, menos cansancio, más salud y mejores condiciones materiales.
La persona moderna concentra su atención en el mejoramiento constante de las condiciones
materiales de vida.
¿Cómo conciliar el voto de pobreza con la tendencia a mejorar siempre el nivel de vida? Mirando a
las casas religiosas es fácil observar que en su gran mayoría las condiciones materiales de vida
mejoran cada año. Cada año más confort, más comodidades, más máquinas, más servicios
auxiliares, más objetos, más consumo. La mentalidad y la cultura moderna han entrado.
De hecho, la gran mayoría de las casas religiosas ha adoptado un nivel de vida de la clase media, lo
que las sitúa dentro de una cultura determinada. Dentro de la clase media podrán aparecer como
141
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de un nivel modesto, pero dentro del conjunto de la humanidad es claro que los religiosos, como
los sacerdotes, pertenecen al mundo cultural de los «ricos». El pueblo dice: «la Iglesia es rica».
Para el pueblo la Iglesia son los sacerdotes y los religiosos. Y para el pueblo la realidad es obvia: los
sacerdotes y los religiosos pertenecen por su modo de vivir, comer, beber, vestirse y transportarse
al mundo de los ricos.
¿Cómo conciliar estos hechos con el voto de pobreza? ¿Cuál puede ser el contenido de este voto?
Antiguamente los canonistas hacían distinción entre pobreza individual y pobreza institucional. El
individuo religioso podría ser pobre aunque la congregación fuese rica. De hecho así era hasta
cierto punto: muchos religiosos recibían pocos bienes de consumo de sus superiores y la riqueza
de la congregación servía para gastos suntuarios: templos grandes, objetos litúrgicos caros,
conventos inmensos, etc. Hoy día la mentalidad moderna sólo puede ver hipocresía en esa
distinción entre pobreza individual y colectiva y en la ilusión de vivir pobre dentro de un instituto
rico.
No insistiré en el voto de obediencia porque el conflicto con la cultura moderna es tan obvio que
fue expuesto millares de veces a propósito de la vida religiosa en el mundo moderno.
La Curia romana tiene una respuesta simple y simplista: retorno al mundo objetivista de la Edad
Media. Retorno a las estructuras, a las formas y a la cultura de la Edad Media.
Un ejemplo típico es la cuestión del hábito religioso. Dicen que el hábito es un signo. Pero un signo
¿de qué? En otro tiempo, cuando los monjes se vestían como los campesinos pobres, su hábito
tenía un significado: expresaba su voluntad de ser contados entre los pobres. Cuando el clero
adoptó la toga romana en forma de sotana, el signo era claro: significaba que el sacerdote no
trabaja manualmente, sino que ejerce una profesión intelectual como los jueces o los abogados.
Hoy en día, para el mundo moderno, el hábito religioso tiene un significado claro: para nuestros
contemporáneos el hábito significa huida ante el sexo, negación del sexo. ¿Será esto un anuncio
de buena noticia para nuestros contemporáneos? ¿Qué es lo que se ha de manifestar en el modo
de vestir de los religiosos y las religiosas? ¿Qué es lo que se pretende mostrar? Tampoco tenemos
respuestas muy claras ni convincentes. En la realidad, la cultura moderna que Santo Domingo
asume como su primer desafío, cuestiona muchas cosas.
Esta interpelación retoma un aspecto de la anterior. Se trata de las técnicas modernas, que
proporcionan medios de acción cada vez más eficaces, por lo menos aparentemente. La cuestión
es la siguiente: ¿los medios son independientes de los fines? ¿Son buenos todos los medios para
cualquier fin?
La vida religiosa tiene sus fines propios y específicos. Pero, ¿son compatibles estos fines con todos
los medios que ofrecen las técnicas modernas?
Los medios técnicos más usados son: medios de transporte, medios de comunicación, informática,
mass-media. ¿Son estos medios susceptibles de servir a la evangelización? ¿La facilitan realmente?
Ocurre que las técnicas modernas son caras, cada vez más caras. Exigen cada vez más recursos.
Los cristianos que las usan necesitan cada vez más dinero. ¿Cómo compatibilizar esta necesidad
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creciente de dinero con las finalidades de la vida religiosa? ¿Es posible vivir la vida religiosa y a la
vez estar buscando cada vez más dinero (aunque sea con un fin santo)?
¿Estamos seguros de que los medios no contaminan a los fines, de que los medios no desvían de
los fines? No estarán algunos fines implícitos en los mismos medios? ¿Se puede consumir cada vez
más medios técnicos sin adoptar una ideología consumista?
Los medios incluyen una cultura: valores, lenguaje, preocupaciones, constituyen un mundo
interior y exterior. Ahora bien, esa cultura no es común a todos los hombres. En el mundo de hoy
es el privilegio de una minoría. Esa minoría que aprovecha las técnicas modernas siempre
crecientes margina a las grandes masas para poder concentrar en sus manos las gigantescas
cantidades de dinero que dichas técnicas exigen. Los que usan dichas técnicas participan de un
mundo que oprime y rechaza a la gran masa de la humanidad. ¿Quedarían los religiosos libres de
ese pecado gracias a sus buenas intenciones? ¿O los religiosos, como los demás cristianos de clase
media, viven cada vez más de una moral de intenciones que oculta su participación real aunque
escondida en la opresión de las grandes multitudes?
He ahí algunos planteamientos que probablemente no estarán en la pauta del Sínodo sobre los
religiosos. Sin embargo, son preguntas que se imponen, sobre todo después de que en Santo
Domingo se haya proclamado la intención de responder a los desafíos de la cultura moderna.
La mayoría de los institutos religiosos han sido fundados en los tiempos de objetividad de la
cristiandad. Todos se han adaptado a la modernidad. Para realizar esa adaptación, ¿han
conseguido realmente renovar su proyecto de perfección evangélica, o han dejado que la cultura
moderna los penetre subrepticiamente, dejando que la apariencia de las formas exteriores sea
desmentida por la realidad?
Concretamente en América Latina: ¿qué significa la opción por los pobres para personas que
insensiblemente han adoptado el modo de vida y la cultura de los ricos? ¿La cultura es
independiente de las opciones?
La distancia crece cada vez más entre ricos y pobres. Las dos culturas se apartan cada vez más. ¿Es
indiferente este hecho para los religiosos? ¿Podemos buscar la perfección evangélica sin
preguntarnos cuál es nuestro lugar en la sociedad humana, cómo nos ven nuestros hermanos?
Estas cosas son dichas de modo abstracto para no citar ejemplos concretos, lo que podría ser
interpretado como agresión personal o como juicio temerario. En la realidad los problemas son
concretos y particulares. Corresponde a cada uno la tarea de orientar la propia existencia de
acuerdo con la inspiración del Espíritu Santo.
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PREGUNTAS:
1. Dicen los maestros espirituales: purifica la intención (Ignacio de Loyola), ordena los amores
(Agustín de Hipona). Trata de hacer una escala personal y sincera de orden en tu amor al ejercer el
apostolado y la misión:
amor a tu statu quo, “tengo que hacer algunas cosas pastorales” porque es parte de mi función
(gerenciar)
amor a la Iglesia y a la Orden
amor a las personas en sus necesidades
amor a mi fama (los fieles tienen que quedar “contentos” con lo que ofrezco)
Etc. etc. agrega otras opciones desde tu reflexión
2. ¿Qué lugar y que uso le damos a la Palabra de Dios en nuestra Pastoral?, ¿qué hemos hecho
para actualizar nuestra formación bíblica como agentes de pastoral? ¿Y para acompañar la
formación de los agentes evangelizadores y misioneros de nuestras obras apostólicas?
144
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TEMA Nº 12
REINO DE DIOS Y PROMOCIÓN DE LA DIGNIDAD HUMANA
(Aparecida Caps. 8 y 9).
Nuestro auténtico testimonio y servicio al Reino (Const. VIII, 146). El fin específico de nuestros
centros educativos es la promoción de la persona humana (Const. VIII, 162). El compromiso Social
(Const. VIII, 182 – 185).
El Reino de Dios y la Santidad comunitaria constituían los dos fines últimos del Proyecto Hipona –
Corazón nuevo: ser testigos y constructores del Reino con nuestra comunión fraterna es sin duda
la misión y el carisma que queremos revitalizar y hacer realidad los agustinos de América Latina y
el Caribe. Y la Conferencia de Aparecida es un llamado eclesial que nos acaba de recordar la
urgencia y la actualidad de este compromiso.
El concepto bíblico de “Reino de Dios” hunde sus raíces desde el A. Testamento en la experiencia
histórica y religiosa del pueblo elegido. La liberación de Egipto le hace reconocer como rey a Yahvé
: “¡Reina, Señor, por siempre jamás” (Ex 15,18), lo que no impide que con el tiempo desee también
tener un rey como otros pueblos, aunque entendiéndolo como el “ungido del Señor” capaz de
gobernar con justicia y conseguir la paz para su pueblo.
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No obstante, si exceptuamos los periodos más gloriosos de la época de David y Salomón, la
realidad de la monarquía quedó muy lejos de las esperanzas del pueblo, tanto en el orden
sociopolítico (derrotas y destierros) como en el religioso (infidelidad a Yahvé y distanciamiento del
ideal de justicia y paz). Por eso los profetas se enfrentarán con los reyes y anunciarán la venida de
un tiempo mesiánico, en el que Dios concederá a su pueblo un mesías-rey capaz de colmar sus
esperanzas: el “príncipe de la paz” que hará realidad las promesas hechas a David, instaurando
para siempre el derecho y la justicia, constituyéndose en el defensor de los pobres (ver Is 9,6 y
11,1-9; Jer 23,5-6; Dan 7,14.27). Con esta promesa y esperanza mesiánica (entendida de modo
diverso, en sentido mayoritariamente político-militar pero también en otro más espiritual)
entronca Jesús de Nazaret.
Los evangelios sinópticos dejan claro en efecto (aunque Mt hable de “reino de los cielos”) que la
causa del Reino de Dios es la causa de Jesús: comenzará su ministerio anunciando la llegada del
Reino, explicará su naturaleza con hermosas parábolas, confirmará su presencia con signos
portentosos, llamará incesantemente a la conversión para entrar en él, consagrará su vida a su
servicio hasta la muerte cumpliendo así la voluntad del Padre.
“Conviértanse porque está llegando el Reino de Dios” (Mc 1,14; Mt 4,17; Lc 14-15) es la buena
noticia con la que Jesús inicia su ministerio. Reino (basileia) de Dios es una fórmula abstracta, pero
que, para ser interpretada de forma concreta de acuerdo al sentido de la lengua y la mentalidad
hebrea, es preciso entender en forma activa = reinado de Dios o Dios reina. No se trata de un lugar
o territorio sino de un acontecimiento: de hecho, Dios está reinando, al fin se comienzan a cumplir
sus promesas, está llegando la justicia y la paz. Lo que, sorpresivamente para muchos judíos
contemporáneos y sobre todo para los discípulos del Bautista, no va a ocurrir según Jesús desde el
poder y la amenaza, sino desde la humildad y la misericordia. El Dios que empieza a reinar es
PADRE, y la irrupción de su poder está al servicio de su revelarse como Padre. Y como no hay
padre sin hijos, su acción consiste en crear un mundo nuevo, de HIJOS Y HERMANOS, que acepten
libremente esta nueva relación salvadora con Él. Es necesario para eso convertirse, cambiar el
corazón, apostar por el amor, la fraternidad, la justicia, la solidaridad, la paz, el perdón, la verdad,
la libertad…:¡los valores del Reino!
Eso explica la actuación de Jesús, incomprensible para mucho de sus contemporáneos: proclama la
llegada del reino de Dios, pero en lugar de amenazar a los pecadores con el fuego de la ira divina,
se dirige a ellos para ofrecerles el perdón de Dios, come con ellos y les invita a seguirle. Este
dinamismo salvador implica la liberación integral de toda la persona y de todas las personas. Y
como signos de esta realidad que Jesús proclama con su palabra, Él libera a los endemoniados,
cura enfermos y revivifica a los muertos.
Detengámonos todavía para subrayar brevemente cuatro características básicas de la “teología del
Reino” que hemos intentado resumir:
El Reino es una realidad COMUNITARIA: Significativamente, lo primero que hace Jesús tras
anunciar la llegada del Reino es llamar a los primeros discípulos, esa es su primera acción-signo del
Reino (Mc 1,16-20 y par.). Porque se trata de iniciar un nuevo pueblo, una nueva comunidad de
salvación en la que Dios reine. No en vano después elegirá a los Doce, en clara correspondencia
con las tribus de Israel, entre quienes además se encuentran representantes de diversas corrientes
y actitudes, sin excluir siquiera a un publicano.
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El Reino es una realidad ESCATOLÓGICA: Jesús anuncia que el Reino ha llagado, pero al mismo
tiempo nos invita a orar para que llegue…Una tensión permanente entre el ya y el todavía no que
Jesús experimentará hasta morir. El misterio del Reino consiste en que ya está aquí, pero todavía
no en plenitud (ver Mt 13): es una pequeña semilla que crece con dificultades y despacio, pero
irresistiblemente; es un tesoro para quien lo entiende y lo acoge. La Iglesia está llamada a vivir en
esa tensión, no es el Reino sino su semilla y testimonio en la historia.
El Reino implica y exige una NUEVA ÉTICA: Para que Dios reine en nuestra vida y en la historia
es preciso cambiar y convertirnos, reconocer la propia pobreza y abrirnos a Jesús y su obra que
implica una nueva ética (bienaventuranzas). La ética de la fraternidad y la filiación, el discipulado
de la acogida del Reino. La entrada en él se juega en nuestros comportamientos cotidianos: “lo
que hicieron Ustedes con uno de estos mis hermanos más pequeños…” (Mt 25,40). Porque la
filiación y la fraternidad se hace real cuando nos hacemos niños, compartimos los bienes,
servimos… (Mt 5-7; Mc 10,15; 10,21.18; 10,43ss.). Y es imposible cuando escandalizamos,
deformamos el amor por la dureza del corazón, nos dejamos llevar por el afán de poseer y
dominar…(Mc 9,47; 10,2-12; 10,17-27; 9,23-36; 10,41-45)…
El Reino es de DIOS, y por eso mismo del HOMBRE y de los POBRES: Optar por el Reino es optar
por Dios, por un Dios que es Padre y es Amor. Es imposible por ello sin optar por los hermanos,
por la fraternidad y el compartir (el único y doble mandamiento del amor). Y es imposible por lo
tanto igualmente, en la realidad de la vida y la historia, sin optar por el hermano pobre, marginado
y necesitado, que es el primero en el corazón paternal-maternal de Dios como Jesús demostró con
su conducta, que es el primero en el Reino. He aquí la raíz evangélica y auténtica de la opción
preferencial por los pobres, encarnación histórica de la primera bienaventuranza, el mandamiento
del amor según la parábola del buen samaritano, los criterios de entrada al Reino; ¡toda la
conducta y la enseñanza de Jesús! (ver Mt 5,3; Lc 10, 25-37; Mt 25, 31 ss.…).
2. Reflexión agustiniana
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- El esfuerzo es inseparable de la condición del caminante. Nadie avanza sentado al borde del
camino, es preciso esforzarse, superar la fatiga y seguir adelante. “Para sentirse peregrino, hay
que sufrir en el camino para poder avanzar” (Com. al s. 122,2).
- La confianza en poder alcanzar la meta u objetivo deseado es fundamental para no caer en la
desesperación y renunciar al esfuerzo. “El caminante trabaja andando, pero la esperanza de llegar
alivia su fatiga. Quítale la esperanza de llegar y se le vienen al suelo todas las fuerzas para
continuar su viaje” (Serm 158,8).
“La ciudad peregrina” es seguramente el modo más exacto de definir a la Iglesia según el
pensamiento agustiniano, especialmente en su hora de madurez de "La ciudad de Dios" (citamos
con las siglas CD). La Iglesia es el pueblo de Dios peregrino en la historia, junto a toda la
humanidad, insatisfecha de su situación actual y anhelando la consumación escatológica. Y es
precisamente la esperanza la que sostiene e impulsa la peregrinación de la Iglesia. En este mundo,
mientras peregrina, la Iglesia debe luchar especialmente contra los enemigos que la persiguen y
atacan desde fuera, contra los herejes que la desgarran desde dentro, y por supuesto contra el
pecado que se opone al Reino de Dios que ella quiere anunciar y construir (cfr. CD 15,15,1; 18,
51,1-2; 15,6). De algún modo, la Iglesia está así "como cautiva" en este mundo, navegando en el
mar turbulento y proceloso de la historia (ib. 19,17; 20,16). Es una Iglesia exiliada, caminante,
peregrina, que vive en la esperanza.
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Pero esta esperanza no es algo utópico y etéreo. Es firme y ciertísima, porque se apoya en la
misma resurrección de Cristo, en quien la felicidad y triunfo escatológico de la Iglesia son ya una
realidad inconmovible a la que nos acercamos a pasos agigantados (cfr. CD 15, 18-19).Por eso la
esperanza -y la paciencia en ella- hace que, aún en medio de "este valle de debilidad y miseria"
(CD 19,10), la Ciudad peregrina viva gozosa e incluso ya feliz. En la "Iglesia gozosa sólo en la
esperanza" (CD 18,49), los ciudadanos viven "gozosos en la esperanza, pacientes en la tribulación”
(CD 18,32). El que espera con certeza, en efecto, puede considerarse ya feliz en la esperanza (ib.
19,20). Ahora ya estamos salvados, aunque todavía peregrinamos. He aquí el misterio profundo y
consolador de la esperanza cristiana, que inunda de felicidad nuestro caminar hacia la Patria. Y
que los creyentes estamos llamados a compartir y testimoniar con todos los que luchan por un
mundo mejor, más justo, más fraterno, más humano, ¡por el Reino de Dios!
El tema de la pobreza y la solidaridad –lo que hoy llamamos justicia social- es evidentemente
práctico, por lo que no tiene nada de extraño que aparezca preferente y frecuentemente en los
escritos pastorales de Agustín, especialmente en sus Sermones. En ellos y en relación con nuestro
tema, el Obispo de Hipona hace alusión repetidamente a tres significativos textos bíblicos, que
indican ya las líneas básicas del pensamiento agustiniano sobre la justicia social: Lc 16, 19-31
(parábola del rico comilón y el pobre Lázaro), Mt 25,31ss. (el juicio final y la atención a los pobres,
texto que comenta más de 300 veces) y Tim. 6,7-19 (peligros de la avaricia y exhortación a los
ricos).
Agustín conocía de cerca la realidad de su pueblo: al lado de la minoría de los que son más ricos,
sabe descubrir a los innumerables mendigos, masas de pobres, que pasan hambre y a diario le
piden ayuda (ver Serm. 9, 19; Serm. 14,1; Serm. 355,5). Dios hizo el mundo para todos –comenta
Agustín-, pero el orgullo humano hace buscar y acumular las riquezas: aunque la piel de todos es
igual, no lo son sus vestidos; todos nacieron desnudos, pero ahora unos nadan en la abundancia
mientras otros no tienen nada… (Ver Serm 39,4; Serm. 61,2; Serm 177, 6-7).
Por eso Agustín se preocupaba continuamente por los más pobres. Llegó hasta vender los vasos
sagrados para poder ayudarles, eran sus invitados especiales en el aniversario de su ordenación
episcopal, intercedía continuamente por ellos ante la comunidad. Hecho “mendigo de los
mendigos” (Serm. 66, 8), el Obispo de Hipona incluía casi siempre al final de su predicación las
mismas palabras: “no desprecien a los pobres”, piensen en los pobres”, “entreguen a los pobres lo
que han reunido” (ver Serm. 41,6; Serm. 25, 8; Serm. 122, 6…).
POBREZA Y RIQUEZA
Pero la visión agustiniana del tema pobreza/riqueza no se queda por supuesto en el análisis de la
realidad y la solidaridad inmediata con los más pobres. Con frecuencia, invita también al
discernimiento de las causas de la situación, y critica abiertamente lo que hoy nosotros
llamaríamos el materialismo y la sociedad de consumo.
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Aunque valen menos que las riquezas interiores, no son malos los bienes y las riquezas de este
mundo –reflexionaba Agustín frente a sus oyentes-: son buenos, pero no pueden hacer buenos ni
felices a los seres humanos. Son, en cambio, extraordinariamente peligrosos, porque conducen a
la soberbia y la avaricia. “La soberbia es el gusano de las riquezas: es muy difícil que quien es rico
no sea también soberbio” (Serm 39, 4). Y la avaricia corrompe el corazón humano: no sólo usa los
bienes materiales sino que se deja esclavizar por ellos e induce a traicionar el amor a Dios y al
hermano (ver Serm 50, 5-8; Serm 61,2; Serm 177, 3ss; Serm 162,3).
En la visión agustiniana, podríamos decir que el problema no está en ser rico, sino en querer
serlo: en el deseo, la avaricia, la codicia, la soberbia…El egoísmo materialista que se olvida de Dios,
desprecia al hermano pobre, es incapaz de compartir, es capaz de todo con tal de ganar y
acumular (ver Serm. 39,3; Serm. 61,10; Serm. 14, 4; Serm. 85 y 86).
Es la actitud radicalmente opuesta al Reino de Dios, en el que los pobres y los humildes son los
primeros, simbolizada en el rico comilón de la parábola: Dios no le escucha, porque él no escuchó
al pobre Lázaro hambriento; le despreció y se reía de los profetas, no quiso compartir los bienes
de la tierra, por eso tampoco compartirá la felicidad del cielo; en él se unen la soberbia, la
incredulidad, la codicia y la falta de misericordia solidaria, comenta Agustín (ver Serm. 41, 4ss.;
Serm. 367,2).
Muy diferente, desde luego, es la actitud correcta desde el punto de vista humano y cristiano,
como incansablemente recordaba a todos Agustín: dar, repartir, compartir…”Si tienes dinero,
compártelo”, “no descanse la mano de dar”, “da cuanto puedas”: “si tienes mucho, con mayor
motivo”, si tienes poco da lo que puedas (Serm. 61,3; Serm. 389,1; Serm. 86,17; Serm. 60,6; Serm.
359 A,12).
Por otra parte, no se trata sólo de dar algo de lo que sobra, sino de compartir realmente lo que se
tiene. Una actitud exigente de Agustín, que él fundamenta en una peculiar e interesantísima
forma de entender la propiedad privada. Siempre en sentido relativo, de acuerdo a toda la
tradición de los Padres de la Iglesia, y gravada por una hipoteca social, como hoy subraya la
Doctrina social católica.
Sólo Dios es dueño absoluto de todo, sólo Él puede decir con todo derecho “mío es el oro y la
plata”: los demás somos administradores de lo que Dios nos ha dado, y en tanto tenemos derecho
a poseerlo en cuanto lo usemos correctamente (Serm. 50,2). “Lo que tienes de superfluo es
necesario para otro”, “lo que a ti te sobra es necesario para los pobres”, subraya Agustín, que
llegará a afirmar con claridad que “se poseen cosas ajenas cuando se poseen cosas superfluas” y
que “es una especie de robo el no dar al necesitado lo que sobra” (Serm. 39,6; Serm. 61,12; Com.
al s. 147,12; Serm. 206, 10).
En este como en otros temas, el fino análisis psicológico de Agustín va siempre unido sin duda a
una sólida profundización teológica, inspirada en este caso en la reflexión sobre Mt 25,31ss. y en
la concepción del Cristo total. Cristo se hizo pobre y está en los pobres, que son los miembros
preferidos de su Cuerpo o Iglesia. Cristo es a la vez rico y pobre: rico como Dios ya en el cielo;
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pobre como hombre y entre nosotros, todavía pasando hambre y necesidades, porque “aquí es
pobre y está en los pobres” (Serm 123,4).
Hoy Cristo pasa hambre en los pobres (ver Serm. 390,2; Serm. 32, 20). “Das, pues, a Cristo cuando
das a un necesitado”, concluye Agustín: “Escuchen, pues, los hombres por un momento y
reflexionen como se debe qué gran mérito es haber alimentado a Cristo y qué crimen tan grande
es haberse desentendido de Cristo hambriento” (Serm. 389, 6).
Por eso, desde la visión agustiniana, se puede afirmar que no es posible ser cristiano y vivir de
espaldas a los problemas y los sufrimientos de las más necesitados: “el sacrificio del cristiano es el
socorro del pobre”, y “las grandes riquezas de los cristianos son las necesidades de los pobres, si
es que comprendemos donde debemos guardar lo que poseemos” (Serm 42, 1; Serm 302, 8).
No en vano el mismo Agustín consideró como el modelo perfecto de vida cristiana la praxis de la
primera comunidad de Jerusalén (Hch 4, 31-35), que incluía la superación de la pobreza por medio
de la comunión de bienes: un ideal que siempre propuso a su comunidad cristiana y que quiso
practicar ejemplarmente en su propia comunidad monástica.
Así titula el DA el capítulo VIII (nn.380ss.). Ante una realidad, anteriormente analizada, que
contradice el Reino de Jesucristo (el Reino de la vida plena para todos) Aparecida llama a construir
una Iglesia en permanente estado de misión, promotora de la vida en plenitud para cada persona
y para todas las personas, lo que exige la conversión pastoral y la renovación eclesial.
La conversión pastoral –desde una visión clara de la relación entre Reino de Dios, justicia social y
caridad cristiana (382-86)- “nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino
las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con
los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano” (384), colaborando con misericordia
en la lucha por la justicia y la creación de nuevas estructuras. Urge por eso, ante los estilos de vida
dominados por los ídolos del poder, la riqueza y el placer efímero (387) “proclamar en todos los
areópagos públicos y privados del mundo de hoy, y desde todas las instancias de la vida y misión
de la Iglesia, la verdad sobre el ser humano y la dignidad de toda persona humana” (390).
Tal compromiso quedaría en bellas palabras sin una sincera y práctica opción preferencial por los
pobres (391-98): uno de los rasgos que caracteriza a la Iglesia latinoamericana y caribeña, basada
en la fe cristológica que nos lleva a reconocer el rostro del Señor en el rostro sufriente de los
pobres y que, por ser preferencial “debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades
pastorales” y hacer de la Iglesia la “abogada de la justicia y defensora de los pobres” (396 y395).
Aparecida ratifica con fuerza y claridad esta opción preferencial por los pobres hecha en las
anteriores Conferencias, profundizando su raíz cristológica y denunciando “el riesgo de quedarse
en un plano teórico o meramente emotivo, sin verdadera incidencia en nuestros comportamientos
y decisiones” (397). “A la luz de del Evangelio reconocemos la inmensa dignidad de los pobres y su
valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre y excluido como ellos” (398), por eso queremos dedicarles
tiempo, compartir con ellos la cercanía y la amistad, defender sus derechos.
Se requiere para eso una renovada y orgánica pastoral social para la promoción humana integral
(399-405): es parte imprescindible de todo proceso evangelizador, urgida por las consecuencias
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negativas de la globalización y que implica diálogo con los Estados y empresarios, creatividad
pastoral y atención a los grupos más vulnerables y cuya vida está más amenazada.
Aparecida actualiza el listado de “rostros sufrientes” de las anteriores Conferencias, en una larga y
trágica enumeración (ver 402) dentro de la cual destaca a continuación cinco situaciones
especialmente dolorosas (407-27):
El pueblo de la calle, la gente que, cada vez en mayor número, vive en la calle de las grandes
urbes.
Los migrantes, millones de personas que por diversos motivos salen de su patria o incluso están
en constante movilidad.
Los enfermos, especialmente de SIDA.
Los drogadictos o adictos dependientes, flagelo alarmante y sin fronteras, que clama por
acciones de prevención (educación en los valores), acompañamiento (búsqueda de superación de
la enfermedad) y apoyo a las políticas de represión de la epidemia.
Los presos, frecuentemente en cárceles inhumanas y verdaderas escuelas de delincuencia.
El reto es para TODA la Iglesia. Por eso, acertadamente, Aparecida recuerda la necesidad de
formar cristianos y sensibilizarlos con respecto a los grandes problemas de la justicia social. Para
ello propone: a)apoyar la participación de la sociedad civil en la reorientación y rehabilitación ética
de la política; b)formar en la ética cristiana de la búsqueda del bien común, la creación de
oportunidades para todos, la lucha contra la corrupción, el respeto a los derechos laborales y
sindicales, la creación de fuentes de trabajo para sectores marginados como mujeres y jóvenes;
c)promover la justa regulación de la economía, del sistema financiero y del comercio mundial, sin
que el endeudamiento externo impida el desarrollo de políticas sociales; d)examinar atentamente
los tratados internacionales relativos al libre comercio, alertando de las eventuales consecuencias
negativas para los grupos más vulnerables de la población (406).
Por último, y ante la imposibilidad de analizar todos los temas, Aparecida enumera algunos puntos
de actualidad que merecen la atención de la Iglesia en la defensa de la familia, las personas y la
vida, por lo que deben plantearse más concretamente en las Iglesias locales (ver cap. IX, 431- 475):
el matrimonio y la familia, los niños, los adolescentes y jóvenes, el bien de los ancianos, la dignidad
y participación de las mujeres, la responsabilidad del varón y padre de familia, la proclamación y
defensa de la cultura de la vida, el cuidado del medio ambiente. En relación con cada uno de ellos
se ofrecen orientaciones y se sugieren acciones pastorales, para que la construcción del Reino y la
defensa de la dignidad humana sea real y concreta en las comunidades cristianas.
El llamado a ser discípulos y misioneros al servicio del Reino con una vida renovada y una acción
pastoral comprometida es para todos los miembros de la Iglesia en América Latina y el Caribe.
Afecta por supuesto a la vida religiosa (DA 216-24) y es un desafío para los Agustinos.
Providencialmente, la Conferencia de Aparecida coincidió prácticamente con la etapa final del
Proyecto Hipona-Corazón nuevo y con la celebración de Capítulo General Ordinario dedicado
prioritariamente a la renovación de las dos primeras partes de nuestras Constituciones (cap. I-IX)
que tratan sobre el fundamento teológico de nuestra espiritualidad y nuestra vida. En relación con
el tema que nos ocupa, sugerimos para la lectura, para la reflexión personal o grupal y para el
diálogo fraterno, los siguientes números del texto renovado de las Constituciones (Roma 2008):
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C 35: AL SERVICIO DE LA IGLESIA Y SOLIDARIOS CON LA FAMILIA HUMANA. La “disponibilidad al
servicio de la Iglesia constituye una de las características esenciales que distingue nuestra
espiritualidad”…Además “nos sentiremos solidarios con toda la familia humana e implicados en
sus avatares, atentos sobre todo a las necesidades de los pobres y de los que padecen gravísimos
males”. ¿Es cierto? ¿No estamos demasiado encerrados en nosotros mismos y nuestros problemas?
¿Somos solidarios y atentos a las necesidades de los demás, especialmente de los más pobres?
C 73: POBREZA Y OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES. “Siguiendo el ejemplo de S. Agustín,
tenemos que dar un testimonio coherente y profético de la opción preferencial por los pobres”;
esto “nos exige examinar nuestro estilo de vida y tomar decisiones prácticas sobre los bienes de
que disponemos, y manifestar así una concreta solidaridad con las víctimas de la injusticia, que
nace de estructuras sociales de pecado…En otro caso, seremos semejantes a aquel hombre rico de
la parábola, que fingía ignorar al pobre Lázaro”. Al final del Proyecto Hipona muchos hermanos
reconocieron que nuestra opción preferencial por los pobres es insuficiente, ¿estamos de acuerdo o
no, y por qué? ¿En qué rostros sufrientes de los pobres deberíamos reconocer a Cristo en nuestra
realidad concreta? ¿Qué podemos hacer para ser más coherentes y proféticos?
C 182-85: APOSTOLADO SOCIAL. Toda acción pastoral implica un compromiso social y más aún
desde la fraternidad agustiniana, a ejemplo de S. Agustín que “se compromete con la persona
humana no por solidaridad o por ascesis, sino por justicia”. Nuestra Orden asume por eso la
opción preferencial por los pobres y se comprometerá con ellos “de manera permanente y
concreta”. Para impulsar la pastoral social debemos (ver C 184):
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a) Inculcar desde la formación inicial “que la fraternidad se extiende más allá de los límites de la
Orden; b) Enseñar la Doctrina social de la Iglesia y las ciencias sociales en el curriculum filosófico-
teológico; c) Hacer realidad en nuestra acción pastoral la opción preferencial por los pobres; d)
Formar en la comunidad y entre nuestros fieles y alumnos grupos no sólo asistenciales de
compromiso social agustiniano; e) Constituir en cada Circunscripción un fondo de solidaridad, con
dedicación de bienes y personas.
¿La pastoral social es para nosotros un apéndice opcional o verdadera parte integrante de la
evangelización? ¿La entendemos y procuramos organizar en línea con el Documento de Aparecida?
¿Qué presencia tiene el compromiso social en nuestra vida, en nuestros programas de formación,
en la economía de las comunidades y de la circunscripción? ¿En qué podemos estar satisfechos y en
qué podemos y debemos mejorar (señalar dos/tres aspectos bien concretos…)?
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TEMA N° 13
LA MISIÓN COMUNITARIA DE LOS DISCÍPULOS
AL SERVICIO DE LA VIDA PLENA
(Aparecida Cap. 7).
“Diálogo de vida” con otras culturas, tradiciones e ideologías en la común solicitud por la vida
humana (Const. VIII, 180). Escuchar con atención las preocupaciones de la Iglesia y la sociedad,
con el propósito de colaborar en la identificación y solución de los problemas que cuestionan a las
sociedades donde trabajamos. Por ejemplo: la defensa de la vida, los derechos humanos, la
dignidad de la mujer, los inmigrantes, la defensa de los menores, la justicia y la paz, un orden
económico más equitativo, la conservación de la naturaleza, etc. (Const. VIII, 185).
EL ORIGEN DE LA VIDA
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Así nos preguntamos: ¿Qué es la vida? ¿Cómo se hace presente en la marcha del mundo? ¿Cómo
vamos creciendo en el afán de construir la historia, nuestra historia? Son pertinentes estas
preguntas cuando abordamos el sentido del capítulo siete del Documento de Aparecida que lleva
por título La Misión de los Discípulos al servicio de la Vida Plena y de las Constituciones, 180.
Tenemos en cuenta además algunos argumentos que nos han venido ayudando a reflexionar en
estos días de ejercicios espirituales: el Concilio Vaticano II, la doctrina San Agustín y de la Iglesia.
Desde nuestra condición de creyentes, desde nuestra práctica de seguidores del espíritu de San
Agustín, tenemos el deber de situarnos en misión en una comunión de vida con otras culturas, con
pensamientos diferentes, con todas las alteridades (Const. 180).
La Trinidad es el principio del amor de Dios en nosotros. En la comunión de amor que es Dios, en la
que las tres personas divinas se aman recíprocamente y son el único Dios, la persona humana y la
comunidad están llamadas a descubrir el origen y la meta de su existencia y de la historia (GS, 24).
La persona humana ha sido salvada en Jesucristo y se realiza entretejiendo múltiples relaciones de
amor, de justicia y de solidaridad con las demás personas y culturas. Pero en la seguridad de que
nuestra fe es la que nos lleva a la verdad, no podemos prescindir de otros estilos, bajo la
arrogancia pretenciosa. No somos más que nadie: somos, como todos los otros, caminantes,
buscadores de la verdad y la vida.
Después del primer big-ban, que fue una expresión de vida, Dios ha hecho que, después de 13 mil
millones de años, a lo largo del proceso de permanente evolución haya ido apareciendo el hombre
en el mundo, como síntesis de todos los elementos de la naturaleza (Gn 1, 26-27). Hombre y mujer
son el primer tú consciente creado por Dios, que sólo en El puede encontrar significado a su vida
personal o comunitaria: son imagen viva del Creador, su cima y perfección más alta. El Creador les
confía la tarea de ordenar la naturaleza creada según su designio (Gn 1,28). San Agustín dice en
sus Confesiones: “¿Qué cosa existe sino porque Tú eres?” (Confesiones 11,5).
Esta visión de la persona humana, de la sociedad y de la historia tiene sus raíces en el Dios de la
vida y se va realizando hasta la consumación del designio de Dios en Jesucristo en la Creación
(Rom 19 ss ).
La Iglesia es por naturaleza misionera. La primera constitución del Concilio Vaticano II nos hace
sentir que nuestra vocación de creyentes, de miembros de la Iglesia, es la comunicación de
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nuestra fe en Jesús, el anuncio, el compartir la verdad y la vida con los demás pueblos y culturas
(LG 1 ss), que nos ayudarán a crecer en nuevas formas de entender la vida y el universo. Iglesia
evangelizadora y evangelizada. De los otros tendremos la humildad de escuchar para dejarnos
transformar, asumiendo nuevas dimensiones de nuestra vida (EN, 19, 20).
Pero de tantas formas como la Iglesia considera como horizonte, su misión está en iluminar con el
mensaje evangélico el fomento de la paz y la promoción de la comunidad fraterna de todos los
pueblos, es decir, reunir en un solo espíritu a los hombres y mujeres de cualquier nación, raza o
cultura (GS 92). “La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la
existencia humana “en su dimensión personal, familiar, social y cultural” (Discurso Inaugural, 202;
Aparecida, 356).
Cabe aquí preguntarse qué paso con los millones y millones de gentes que hubo en América Latina
antes de la llegada del Evangelio; qué ha sucedido con las viejas culturas tan avanzadas del Oriente
(China, India, Japón y otros) con los que solamente se establecieron condiciones de confrontación
colonial; cómo es que los mahometanos que superan al catolicismo en más de un centenar de
millones; por qué, mientras no hay mahometanos que acojan la fe de Jesús, sí existen cientos de
personas que se convierten a la religión de Mahoma. Por otra parte, ¿consideramos evangelizados
a los pueblos sometidos de las colonias? ¿Cómo hemos de interpretar la religión de nuestras
sociedades andinas, con sus achachilas, sus apus, sus lugares sagrados? Según estos parámetros
tendríamos que revisar nuestras posiciones de pensamiento lineal occidental entre religión y
cultura, entre la praxis de la Iglesia fe y ciencia? Hay mucho que cambiar.
Podríamos pensar que después de dos mil años de cristianismo y de 500 de evangelización en
América Latina no existe razón alguna para ser triunfalistas. (SHUPIHUI 84. Ns. 31-32, páginas 341-
342). En su Encíclica Maximum Illud de 1919, Benedicto XV se declaraba “asombrosamente
sorprendido” con la existencia de mil millones de paganos “que viven en las tinieblas y en la
sombra de la muerte” (N.6). Ad Gentes por su parte constataba en 1965 que “hay dos mil millones
de personas que no escucharon nada o muy poco del mensaje evangélico” (AG 10). En 1981 eran
tres mil millones. Según el anuario estadístico del Vaticano en el año 2000 los cristianos de
distintas denominaciones sumaban aproximadamente 2500 millones. Hoy, la población mundial
alcanza 6 757 784 millones de habitantes, entre los cuales apenas un 29 % son siquiera cristianos.
En América Latina se da una invasión de sectas norteamericanas que hoy día se benefician de las
religiones hegemónicas, con apoyo logístico de su país de origen (Const. 181). Paulo Suess ha
dicho: “El tiempo de la cristiandad ha terminado definitivamente y, con él, la esperanza de
incorporar a la Iglesia Católica o al cristianismo a la humanidad entera, con sus religiones y
creencias, con sus civilizaciones y culturas. La Iglesia se vuelve, a nivel mundial, cada vez más
diáspora y “pequeño rebaño” (Lc 12, 32). En América Latina que alcanza una extensión de
19.775.322 kilómetros cuadrados hay una población de 594.447 millones de habitantes. De ellos
unos 420 millones, es decir, el 42 % de la población católica mundial. La posición tradicional de la
Iglesia con relación a las sectas, está en revisión. La nueva etapa del desarrollo de las iglesias está
al menos tomando como un punto de apoyo y aprendizaje en algunos aspectos complementarios:
las conversiones, un lenguaje más próximo a las emociones, ayudan a sentir y acercarse más a las
personas.
De aquí que una pregunta que deba inquietarnos es cómo vamos siendo cada vez menos en el
espectro etnográfico del mundo. David J. Bosch plantea que ser cristiano hoy es más impedimento
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que ventaja. Otro elemento a agregar es que las “grandes religiones del mundo han vuelto a tomar
impulso misionero más que el cristianismo (García, Joaquín. Vida Nueva, n.2405, p. 25 ss).
No nos queda otro camino que el de convertirnos en una comunidad creyente que dialoga con las
diversidades, con vastas expresiones de la fe que están abiertas en otros grupos religiosos que han
emergido en el mundo que ha ido evolucionando en los distintos tiempos de la historia. Nuestro
reto es hacernos valer por nuestra forma de vida, por nuestra coherencia y abrirnos a la escucha
de lo que recibimos del mensaje que nos llega de los demás. “Pero la vida solamente se desarrolla
plenamente en la comunión fraterna y justa” (Aparecida, 359). Hay que pasar de una misión que
se impone como actitud colonizadora, a una teología del encuentro fraterno de reciprocidad
(Const., 182). De la teología de la misión a la teología del encuentro es un camino para compartir
la profunda dimensión de la vida que está en todos. Comunidad de fe que se encuentra con otras
formas de sentir lo trascendente, no ajeno a la realidad creada, sino formando parte de este
universo que poco a poco la ciencia va revelando ante nuestros ojos (Peacocke, Arthur. Los
Caminos de la Ciencia hacia Dios. El final de toda nuestra exploración. Sal Térrea. Santander: 2008)
Refiriéndonos a América Latina, las comunidades indígenas han sido, con frecuencia a través
también de la acción evangelizadora, oprimidas y excluidas. Estas comunidades subsisten en
distintos niveles de integración a las sociedades dominantes. Son más de 50 millones de
habitantes. Dios ha hecho a los hombres y mujeres a su imagen y semejanza (Gen 1, 26 ss). La
presencia de Dios se realiza mediante su palabra, el Verbo, presente en todos desde la Creación,
que unifica a la comunidad, que va sintiendo el desarrollo en la cultura en que encuentran su
identidad. La palabra de Dios es una semilla escondida en el corazón de cada cultura (LG 5), y
muchas veces se encuentra oprimida y deformada por la acción del pecado interior a la
comunidad o impuesto por estructuras externas de opresión (Juan Pablo II, Discurso a los
indígenas en Quetzaltenango,3). Pero Dios continúa presente en la comunidad y en el corazón de
cada cultura (Puebla, 221) amando a la comunidad y con un proyecto salvífico sobre la totalidad
de su vida (Aparecida, 7.3).
JUSTICIA Y PAZ
Antes que un don de Dios al hombre y un proyecto humano conforme al designio divino, la paz es,
ante todo, un atributo esencial de Dios. La Creación es un reflejo de la gloria divina, aspira a la paz,
a la plenitud. (Gn 1, 4, 10, 12, 18, etc. Const. 182).
A lo largo de la Biblia la paz es mucho más que una ausencia de guerra: representa la plenitud de
la vida. La promesa de paz, que recorre el Antiguo Testamento, halla su cumplimiento en la
persona de Jesús.
Opus iustitiae pax (Is.32,17). La paz es un valor y un deber universal (Mensaje para la Jornada
Mundial de la Paz de 1986; Pablo VI, Mensaje para el día mundial de la Paz de 1969, etc.). La paz
es ante todo fruto del amor: “La verdadera paz tiene más de caridad que de justicia, porque a la
justicia corresponde sólo quitar los impedimentos de la paz: la ofensa y el daño; pero la paz misma
es un acto propio y específico de caridad” (Pablo VI, Mensaje en la Jornada Mundial de la Paz,
1969).
Para prevenir conflictos y violencias, es necesario que la paz comience a vivirse como un valor en
el interior de cada persona: así podrá extenderse a las familias y a las diversas formas de
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agregación social, hasta alcanzar a toda la comunidad política. En un dilatado clima de concordia y
respeto de la justicia, puede madurar una cultura de paz, capaz de extenderse a la comunidad
internacional. Este ideal de paz no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la
comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual (GS,
78). La violencia no constituye jamás una respuesta adecuada y justa. “Es un mal, que la violencia
es inaceptable como solución a los problemas, que la violencia es indigna del hombre. La violencia
es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad” (Juan
Pablo II, Discurso en Drogheda, Irlanda el 29 de septiembre de 1979).
Una de las derivaciones más naturales al aplicarlas a la vida es la defensa de los derechos humanos
en sus distintas dimensiones, que pasamos a reflexionar:
El principio de la dignidad humana es el punto de apoyo para la defensa de los derechos de la vida
en que cualquier otro principio y contenido de la doctrina social de la Iglesia encuentra
fundamento. Subsidiariedad y solidaridad son las dos categorías fundamentales en la metodología
de esta realización (Juan XXIII, Mater et Magistra, 453). Tres principios sostienen esta doctrina:
Su origen y significado está en que entre las múltiples implicaciones del bien común, adquiere
especial relieve el destino universal de los bienes. “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella
contiene para el uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia los bienes creados deben
llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad” (GS,
69). He aquí, la raíz del destino de los bienes de la tierra. Mediante el trabajo, el hombre, usando
su inteligencia, logra dominar la tierra y hacerla su digna morada. “De este modo se apropia una
parte de la tierra, la que se ha conquistado con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad
individual” (Juan Pablo II, Centessimus annus, 31). Cuán difícil es que se salven los ricos, nos
recuerda San Agustín, que sienten que la riqueza les da el poder. Pero qué difícil es también que
los pobres eviten la soberbia de su situación (Sermón, 85).
b. El principio de subsidiariedad
Protege a las personas de los abusos de instancias sociales superiores e insta a estas últimas a
ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Buscando los
márgenes máximos de realización de la responsabilidad del ser humano, lo que puede hacer el de
abajo no tiene que realizarlo el de más arriba. Contra este principio están las formas de
centralismo, de asistencialismo, de presencia injustificada y abusiva del Estado y del aparato
público, de muertes extrajudiciales por parte de las fuerzas armadas o paramilitares. “Al intervenir
directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de
energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por las lógicas
burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los
gastos” (Juan Pablo II, Centessimus annus, 48). A la actuación del principio de subsidiariedad
corresponde el respeto y la promoción efectiva del primado de la persona y de la familia.
c. La participación
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Una de las consecuencias de la subsidiariedad es la participación (Pablo VI, Octogésima adveniens,
22, 46). Se trata de la responsabilidad en un modelo de desarrollo, donde desaparece el
colonialismo central que se expande por otros pueblos de la periferia y se convierte en un trabajo
para un desarrollo local, endógeno, es decir, desde abajo y desde adentro: desde abajo porque
supone la intervención directa de cada ciudadano, y desde adentro, porque recoge los saberes y
experiencias de su tradición.
Durante los últimos treinta años se han inyectado a las economías de América Latina, a través de
la cooperación multilateral, bilateral y de las ONGs una gran cantidad de millones, que en su
mayor parte han ido al agua. Una de las peores y más peligrosas concepciones es la de pensar que
las poblaciones marginadas y empobrecidas tenían que incorporarse desde su pobreza a nuestra
calidad de vida, que occidente consideraba superior. Nunca por esta vía se llegará a suprimir la
pobreza. Hay tres cosas en esta percepción que no pueden perderse de vista. Cualquier proyecto
necesita por naturaleza: a) responder a las necesidades reales, pero sentidas, de la población
objetivo; b) requiere la participación de los ciudadanos en todas las dimensiones de su proyecto; c)
lleva consigo recuperar tecnologías, ciencia y saberes de su pasado. Sin estos tres elementos, no
parecería posible ayudar a que las gentes salgan de su “pobreza”, que ha sido “contaminada” por
la aparente riqueza consumista de nuestros mundos occidentales. La Iglesia ha formado parte de
este proceso de colonización mental. Su camino es el del abatimiento de Jesús, tal y como lo dice
Pablo en la carta a los Filipenses (Fil, 2, 3 ss). San Agustín dice en la Regla: “Porque la caridad, de la
cual está escrito que no “busca sus propios intereses” (1 Cor 13,5), se entiende así: que antepone
las cosas comunes a las propias y no las propias a las comunes. Por consiguiente, conocerán que
han adelantado en la perfección tanto más cuanto mejor cuiden de lo que es común que lo que es
propio; de tal modo, que en todas las cosas que utiliza la necesidad transitoria sobresalga la
caridad, que permanece” (Regla, 31).
El mismo Agustín plantea que los pobres son más numerosos que los ricos, pero que el rico
comparado con el camello es cualquiera, rico o pobre, que esté poseído por el ansia de poseer
tales bienes (Quaestiones, 1.26).
Nuestra pretensión es abrir algunos caminos para una interpretación desde la fe de las situaciones
más conflictivas que adelantan señales de muerte y que vienen a ser la expresión de las grandes
angustias del mundo en este momento de la vida en América Latina, donde estamos situados los
agustinos:
a. La dignidad de la mujer
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organización del trabajo, que debe tener en cuenta la dignidad y la vocación de la mujer, cuya
“verdadera promoción exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su
promoción con el abandono del carácter específico propio y el perjuicio de la familia, en la que
como madre tiene un papel insustituible” (Juan Pablo II, Laborem Exercens, 19).
Son promotoras de todas las dimensiones del desarrollo humano: vida laboral, cultural y social.
Los agentes pastorales suponen que existen 85 000 religiosas, mientras que religiosos hay 35 000.
Por otra parte las mujeres de nuestros pueblos están sometidas a distintas formas de
discriminación y de violencia. La pregunta es cómo hacer para que sean ellas mismas las que van
sintiendo la necesidad de un crecimiento del que se sientan protagonistas. ¿Cómo vamos a
conseguirlo? Solamente las mujeres, con sus angustias y sus necesidades pueden ser salvadoras de
las mujeres.
b. Los niños
“El trabajo infantil y de menores, en sus formas intolerables, constituye un tipo de violencia menos
visible, mas no por ello menos terrible” (Juan Pablo II, Familiares Consortio, 24). ¿Cómo puede
considerarse esclavitud al trabajo infantil? Es difícil establecer una clara distinción cuando en otros
pueblos se trata de un buscar el aprendizaje hacia un desarrollo educativo consciente y una
contribución solidaria a la vida de la familia.
Hoy enturbia el paisaje social la aparición de la explotación sexual y el turismo sexual infantil, que
es una de las consecuencias para la salida mágica al desarrollo de nuestros pueblos. Los deterioros
que se están produciendo son dramáticos. ¿Qué hacer? Por un principio general podemos
promover que el mundo sea enriquecido por la mirada de los niños y no sean aspirantes
simplemente a adultos. A esto se agregan las amplias posibilidades que se ofrecen a los pederastas
a través de la internet y la globalización.
Se necesita hoy promover una cultura desde la infancia como relación con las comprensiones de
lectura y como terapia para una liberación de sus tensiones, en medio de un mundo que es para
niños, ciertamente, pero donde poco o nada tienen que ver los niños
c. Jóvenes
Los jóvenes son el futuro, sin duda. No es posible una evangelización renovada sin el protagonismo
de los jóvenes, y sin su generosidad connatural. Santo Domingo pide “que sean una fuerza
renovadora de la Iglesia y esperanza del mundo” (Santo Domingo, 239 y Puebla, 1166 al 1205). En
la perspectiva de lo que ha de ser la pastoral juvenil, se hace patente que los jóvenes serán un
acicate para los cambios que necesita una Iglesia que se ve crecientemente envuelta entre
personas adultas que celebran en sus formas más tradicionales las expresiones litúrgicas.
No podríamos pasar adelante sin revisar las obras educativas en que producimos profesionales al
servicio de las empresas en un sistema liberal. No vale que nos disculpemos con lo que hacemos
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con los excedentes de nuestros centros educativos en la periferia de las ciudades o en el campo,
como una suerte de responsabilidad empresarial. ¿Cómo podremos contribuir desde nuestros
sistemas a que la sociedad del Continente se transforme y encuentre una salida al subdesarrollo?
He ahí el problema. Seguir el Evangelio en la búsqueda de las bienaventuranzas nos exige avanzar
en lo profundo y buscar formas de cambio cualitativo, a partir de las potencialidades de los
marginados. De otro modo, ¿dónde quedará el propósito de la Orden al encargarnos “la opción
preferencial por los pobres? Por esta opción, sin margen a la discriminación de personas, la Orden
se compromete, con solicitud permanente, concreta y prioritaria, por la causa de la parte más
débil y necesitada de mayor ayuda de la sociedad humana” (Constituciones OSA, 180).
Necesitamos nuevas fronteras en nuestro quehacer de agentes de misión.
d. Indígenas y afroamericanos
Los afrodescendientes, herederos de los esclavos que desde el primer momento de la conquista se
trajeron del África, están tomando fuerza y presencia en la mayor parte de los países del
Continente. Han llegado tardíamente a las reivindicaciones de las poblaciones indígenas, pero
están organizándose y logrando niveles de reconocimiento cultural en la convivencia con otros
grupos sociales que en distintas épocas han ingresado a los países de América. “El seguimiento de
Jesús en el Continente pasa también por el reconocimiento de los afroamericanos como un reto
que nos interpela para vivir el verdadero amor a Dios y al prójimo” (Aparecida, 532).
En los últimos años son muchos los hombres y mujeres que están en permanente movilidad.
Cuando las condiciones económicas no se dan en los países del Tercer Mundo, cuando se produce
el desplazamiento de grandes volúmenes de gente, podríamos pensar que se produce una
situación de caos y desorden en los países donde llegan. El desequilibrio entre países ricos y
pobres se agrava y el incremento de la rapidez en las comunicaciones hace que incluso crezcan las
migraciones a grandes distancias. Pudiera parecer una amenaza la llegada de quienes buscan
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mejores condiciones de vida. Sin embargo se hace preciso el respeto a las diferencias y la acogida
a quienes llegan de condiciones de vida menos humanas o en indigencia (Santa Sede, Carta de los
Derechos de la Familia). Estas migraciones no se han de ver solamente como un problema, sino
como una oportunidad, abierta a nuevos modos culturales, a la ocupación de mano de obra que
los locales no asumen, o, incluso, al crecimiento de la población que en los países de Europa está
en niveles bajo cero (Benedicto XVI, Ángelus, del 14 de enero del 2007). Llegará un momento en
que, en virtud de los procesos de globalización podamos hablar de una “ciudadanía universal en
que no haya distinción de personas” (Aparecida, 414).
No deja, sin embargo, de preocupar el hecho de que los envíos de dinero desde los países que
acogen la migración estén haciendo que quienes los reciben se cobijen en la condición de
receptores, relajen sus potencialidades y dejen de poner ilusión en la inversión de empresas
productivas y en la construcción de un desarrollo local.
f. Conservación de la naturaleza
El mundo es también criatura de Dios, a través de la naturaleza, de la historia de los pueblos a los
que ha llevado a vivir el sentido de la plenitud y la aspiración a ser cada día más humanos y desde
lo humano o, junto con ello, transcendentes para vivir más allá de las circunstancias aparentes y
materiales (Aparecida, 470). Mientras Jesús andaba por los caminos de su tierra, se detenía para
contemplar la hermosura de la naturaleza e invitaba a los discípulos a reconocer “el mensaje
escondido en las cosas” (Lc 12, 24-27; Jn 4, 35).
En América Latina, somos conscientes del curso arrasador del paso del tiempo en las manos del
hombre. Tenemos que aprender de los campesinos que diariamente cultivan sus campos; de los
pueblos indígenas que vibran en el respeto a la naturaleza y a la rica diversidad biológica en que
están sumergidos; del bello paisaje en las montañas y en el mar. Estas formas de vida van siendo
irremediablemente arrasadas cuando se ven degradadas por las grandes corporaciones que
invaden el mundo. Aparecida nos habla de “la devastación de nuestros bosques y de la
biodiversidad mediante una actitud depredatoria y egoísta, (que) involucra la responsabilidad
moral de quienes la promueven, porque pone en peligro la vida de millones de personas y en
especial los hábitats de campesinos e indígenas” (Aparecida, 473). Deforestación, contaminación
de las aguas amazónicas a consecuencia del derrame de petróleo, de la caída del mercurio a las
corrientes, de las ciudades crecientes cuyas aguas servidas no son tratadas, de los insumos
utilizados para la elaboración de la cocaína, hacen cada día más insalubre una relación con el
medio que tradicionalmente fue puro, limpio y saludable (Documento de los Obispos de la
Amazonía Peruana, CAAAP, 1997).
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Es urgente, pues, evangelizar para descubrir las maravillas de la creación y profundizar nuestra
presencia de comunión en los lugares donde las poblaciones se sientan afectadas por una
amenaza frente al desarrollo depredatorio de sistemas de pecado que tratan de enriquecerse sin
atender a las futuras generaciones.
En su Encíclica Mater et Magistra dice Juan XIII: “Las naciones, al hallarse necesitadas de ayudas
complementarias y las otras de ulteriores perfeccionamientos, sólo podrán atender a su propia
utilidad mirando al provecho de los demás. Por lo cual, es de todo punto necesario que los Estados
se entiendan bien y se presten ayuda mutua”. El subdesarrollo parece una situación imposible de
eliminar, casi una condena fatal, si se considera que éste no es sólo el fruto de decisiones humanas
equivocadas, sino también el resultado de “mecanismos económicos, financieros y sociales y de
estructuras de pecado que impiden el desarrollo de los pueblos” (Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo
rei socialis, 16, 36-37, 39).
La cooperación de cualquier signo que sea es un deber que debe unir a los pueblos del mundo en
el afán común por alcanzar una sociedad justa que sea más próximo al Reino. Países ricos y pobres
deben unirse en reciprocidad, mostrando que cada uno tiene una riqueza a compartir con el otro:
los países ricos compartirán los avances de su ciencia y la racionalidad lineal de su sistema. Los
pueblos pobres aportarán a los ricos sus valores y modos de ver el mundo, su lengua, su relación
con el medio, su capacidad de vivir en comunidad, su disposición a la admiración. Nadie debe
sentirse más que nadie: ser conscientes y humildes al recibir al otro, al escucharlo, al acogerlo. Lo
más importante en la vida humana es “la verdad, la justicia, el amor, y muy especialmente la
dignidad y los derechos de todos, aun de aquellos que viven al margen del propio mercado
(Aparecida, 61).
Hay algo que los agustinos debemos asumir, distanciados del encerramiento en una educación
diseñada para el desarrollo del sistema socioeconómico que no va a solucionar el problema de la
pobreza. Debemos dedicar mucha más gente a investigar ciencia, a recrear el universo, a descubrir
mundos nuevos, como nuestro hermano Gregorio Méndez que, en la Abadía de Brno, en la
República Cheque, dedicó muchos días y meses a elaborar desde las generaciones de guisantes las
“leyes de la herencia”, por las que se convirtió en Padre de la Genética.
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ANEXO 1
MISIONES PARA
EL SIGLO XXI
A la manera de Jesús
En clave de Aparecida
MISIONAR:
¿Quién?
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¿A quién?
¿Dónde?
¿Cómo?
¿Qué?
“Ha sido para mí motivo de alegría conocer el deseo de realizar una “Misión
Continental”, que las Conferencias Episcopales de cada diócesis están
llamadas a estudiar y llevar a cabo, convocando para ello todas las fuerzas
vivas, de modo que, caminando desde Cristo, se busque su rostro”
(Benedicto XXI, Carta de aprobación del Documento de Aparecida, 29.06.07).
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INTRODUCCIÓN
Rastrear los caminos misioneros de Jesús; hacer una exégesis correcta de lo que dijo y de lo que
quiso decir. Pero, sobre todo, no traicionar la misión y los contenidos del Reino.
Sinceramente creo que se han banalizado y descafeinado los vocablos misión y misionero. Y
cuando las palabras se desgastan y pierden el mordiente, ya nada es nada y todo es indiferente.
Pienso que para una misión eficaz habría que auscultar los signos de los tiempos y enmarcarla en
la cultura que nos toca vivir, o sea, salir al encuentro de los problemas de la gente. Aceptar los
desafíos de la modernidad, leer los signos de la historia con sus luces y sus sombras, bajo la pena
de esterilizar la misión: ¿Qué problemas? ¿Qué desafíos?
Quizás habrá que decir: para una Misión actualizada, será preciso menos parafernalia, tal vez
menos doctrina y más compromiso, más vida entregada.
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MISIONAR, ¿QUIÉN?
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CONVOCATORIA DE LA GRAN MISIÓN
“Convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que, unidos, con entusiasmo
realicemos la Gran Misión Continental: será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de
manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen de
Jesucristo” (Mensaje de la V Conferencia general a los Pueblos de América Latina y El Caribe,
Aparecida, 5)
Gran intuición y apertura la que muestran los obispos en Aparecida al convocar a todos los
hermanos y hermanas para realizar, unidos, una Gran Misión. Ya no serán solamente los
misioneros clásicos: sacerdotes, religiosos, grupos especializados, los protagonistas de la Misión,
sino que, en el acontecimiento queda involucrado todo el pueblo de Dios. Todos sujetos y objetos
al mismo tiempo, como que, automisionándose en un gigantesco esfuerzo de conversión
comunitaria.
La globalización, el “involucramiento” solidario y cósmico, es algo original y necesario, que mucho
tiene que ver con esta Misión. O nos involucramos todos, o la Misión será menos misión.
Habrá quien diga que esto es una utopía, pero sin utopías las ciencias, las letras, la filosofía, y aún
la religión y la vida, son realidades efímeras sin mordiente, sin desafíos, que no valen la pena de
ser vividas. En todo caso, hay que jugarse el tipo haciendo lo posible para que las utopías se tornen
“topías”.
Sin duda que esta postura desafiante lleva consigo un alto voltaje, al mismo tiempo de
voluntarismo, realismo y creatividad. Pero con la graciosa esperanza de que en este nuevo
accionar misionero, tiene fontal importancia el Espíritu de Pentecostés. Él es el Generador de los
nuevos métodos misioneros y el que impulsa el dinamismo para llevarlos adelante.
Los destinatarios están bien especificados en la Convocatoria: “ los católicos alejados y los que
poco o nada conocen de Jesucristo” Es el ancho mundo de los que fueron, de los que por algún
tiempo recorrieron el camino católico y, por un motivo o por otro, se pararon o se desviaron de
Dios y de la Iglesia. Y, por otra parte, el mundo de los analfabetos religiosos, de los que con culpa o
sin ella, “poco o nada conocen de Jesucristo”. La ignorancia religiosa es un mal endémico de los
católicos.
La Gran Misión proyectada es un rocío en la sequía religiosa de los tiempos, y un rayo de
esperanza para la precariedad religiosa del pueblo latinoamericano.
La Convocatoria está servida, se espera una respuesta generosa.
FORMACIÓN DE MISIONEROS
“La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina
y El Caribe, se requieren una clara y decidida opción por la formación de los miembros de
nuestras comunidades en bien de todos los bautizados” (Aparecida, 276).
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la invitación y continuar una vida descafeinada y anodina, o aceptar el desafío y seguir por los
caminos del compromiso y de la utopía.
Y una vez aceptado el compromiso, al percibir la desproporción entre el bagaje preparatorio y la
hondura del Mensaje, no queda otra salida sino abrir cauces a una responsable y exhaustiva
preparación. Primero, por convicción propia: nadie enseña lo que no sabe, nadie puede dar vida si
no la tiene. Está en juego la seriedad y responsabilidad personal del misionero.
Pero la formación de los misioneros también es responsabilidad, y muy directa, de aquellos a
quienes corresponde el “envío”. A los obispos, a los párrocos corresponde tener seguridad de la
integridad de los sembradores como testigos de la bondad de la semilla que se siembra en el
campo. La formación de los misioneros no ha de suponerse a la ligera, sino que, como una
prioridad pastoral, ha de testificarse y exigirse expertos. Invertir en formación no es una inversión
sino un capital. Laicos teólogos y exegetas que sepan “dar razón de su fe”, al mismo tiempo que
con su vida, quieran ser testigos cualificados.
A la Iglesia le sobran “rezadores” y le faltan animadores comprometidos y referentes
incondicionales de la doctrina del Evangelio sin rebajas. Misioneros con la palabra y con la vida son
los que necesita la Gran Misión.
MANDATO MISIONERO
“Jesús invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de brazos cruzados! Ser
misionero es ser anunciador de Jesucristo, con creatividad y audacia, en todos los lugares donde
el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado y acogido” (Mensaje a la V Conferencia
general a los pueblos de América latina y El Caribe, 4).
No es mezquino el Señor cuando pasa la invitación, ni tampoco discrimina. En otro tiempo, los
invitados para misionar eran hombres (y digo varones), generalmente religiosos, con unas
cualidades físicas e intelectuales nada comunes. Un servicio casi aristocrático en la pastoral de la
Iglesia. Hoy, digamos que, el deseo de Jesús, con relación a este servicio, se ha democratizado.
Todo bautizado, por el hecho de serlo, sin distinción de sexo, raza o condición social, está invitado
a ser misionero.
Para Jesucristo no hay rico y pobre, sabio o ignorante, blanco o negro. Todos consagrados como
profetas y candidatos a misioneros. Cada uno a su manera: los padres en el hogar y los políticos en
el Parlamento; el labrador en sus tierras y el estudiante en su escuela; el canillita en la calle y el
gremialista en su gremio; el taxista en su auto y la monja en su convento. Todos pueden anunciar a
Jesucristo y adelantar su Reino. Al final, eso es ser misionero: anunciar a Jesucristo con el
testimonio y las palabras, como diría San Pablo: “a tiempo y contra tiempo” (2 Tim 4,2).
Y una vez concientizados de que todos somos enviados y todos misioneros, nada impide, por el
contrario, especifica y avala, que algunos reciban un mandato concreto, para un lugar concreto,
para un grupo concreto. Aún así, hay que tener la conciencia y la convicción de que, cuando un
grupo es enviado, es toda la comunidad que lo envía; es la comunidad entera que misiona cuando
un grupo está misionando. Digamos que, en tiempo de misión, toda la comunidad de origen está
en “estado” de misión.
Motivo por el que, la temporada que dura la misión, la retaguardia se encuentra en una especie de
tensión mística y está rezando.
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MISIONERO ITINERANTE
“El misterio pascual de Jesús, es el acto de obediencia y amor al Padre y de entrega por todos sus
hermanos, mediante el cual el Mesías dona plenamente aquella vida que ofrecía en los caminos
y aldeas de Palestina” (Aparecida, 143).
Jesús fue un caminante empedernido, refractario a toda actitud sedentaria: “Recorría todas las
ciudades, enseñando en las sinagogas y curando las enfermedades” (Mt 9,35)
Podríamos decir que fue un desarraigado. A su pago de Nazaret volvió una vez y no le quedaron
ganas de volver. No había terminado de predicar la Buena Nueva en una ciudad y ya se estaba
encaminando para otra. Todos los polvorientos caminos de Palestina lo vieron pasar y,
repetidamente, misioneramente, quedaron marcados con sus huellas.
Inauguró un estilo de vida callejero, ágil, movedizo, que difícilmente se encuentra repetido, ni
siquiera por los profetas. La Buena Noticia no se oye en el templo, sino en la calle. Bien lo
entendieron Pablo de Tarso, Francisco Javier, Madre Teresa, incansables trotamundos del
Evangelio.
Una cosa es cierta: Para una nueva evangelización en la época postmoderna pasaron los tiempos
sedentarios en que las sacristías y los despachos parroquiales eran los puntos de referencia para la
entrega del Mensaje. Tiempos de bonanza religiosa en que la idea de Dios y la aceptación de Dios
se daban por supuestas y estaba consubtanciada la identidad cristiana. En ese contexto de
mansedumbre se comprende una pastoral sedentaria, (desde la sede), tranquila, de puertas
adentro, receptiva, pasiva. Hoy, la idea de Dios pasa de largo y el interés por lo religioso se ha
desdibujado a nivel planetario. Hay que caminar, hay que gastar las sandalias y sufrir el cansancio
de las caminatas en un viaje sin retorno. Caminar hasta que duela, posiblemente dejando rojo el
camino.
Los nuevos misioneros, los que necesita la Gran Misión, han de abandonar la cómoda pastoral del
sillón y de la espera, para lanzarse a la fatigosa búsqueda por los pedregosos senderos de la vida.
Salir, correr, nunca encerrarse, siempre avanzar, son “el santo y seña” y los verbos con que hoy
juega el misionero.
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MISIONAR ¿DÓNDE?
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OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES
“No podemos olvidar que la mayor pobreza es no reconocer la presencia del misterio de Dios y
de su amor en la vida del hombre, que es lo único que verdaderamente salva y libera”
(Aparecida, 405).
Pero los nuevos destinatarios de la Misión hoy, son los ricos-pobres, que son los más pobres, si no
poseen a Dios: los aparentemente poderosos, si no cuentan con la fuerza de Dios; los intoxicados
de placeres, sin hambre de Dios; los católicos, sólo de Bautismo; los ateos sin punto de referencia:
los intelectuales hartos de conocimientos, pero ayunos de sabiduría; los llenos de todo, viviendo
en la nada…Todos ellos son la nueva tierra de misión.
Porque, el efecto invernadero de la ausencia de Dios, hoy lo viven acusando - y cada vez más
aceleradamente -, no los analfabetos de las aldeas más distantes, sino las concentraciones masivas
y las megápolis urbanas
Por cierto que sigue siendo más bucólico y reconfortante el acercamiento a los humildes al
compartir sus valores transparentes; pero el mapa de la ausencia de Dios se ha dislocado y los
verdaderos misioneros están convocados, desafiados, a sembrar en los desiertos de las grandes
megápolis, terreno mucho más calcinado, inhóspito, estéril y sediento de Dios.
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En el nuevo ordenamiento cosmológico y sociológico, Dios ha sido declarado prescindente,
“persona non grata” y, por tanto, colocado en el fondo del baúl. La misión de los nuevos
misioneros tiene el enorme desafío de reubicar a Dios y los valores morales donde corresponde,
siempre en vistas de la construcción del Reino: conglomerados humanos, abigarrada floresta de
rascacielos, he ahí el nuevo hábitat y el nuevo campo misionero,
Muchos dioses – materialismo, hedonismo, ateísmo, etc. – han invadido por asalto la ciudad de
los hombres y la han dejado herida, sin esperanza, sin futuro; será preciso que los nuevos
misioneros la recorran de punta a punta, para gritar que sólo el verdadero Dios será capaz de
llenarle el corazón.
LA FAMILIA
“La familia es uno de los tesoros más importantes de los pueblo latinoamericanos y caribeños, y
es patrimonio de la humanidad entera” (Aparecida, 432).
La importancia teológica de la familia le viene por ser imagen de la Trinidad: Dios es familia. De tal
manera que podemos decir: verdaderamente, Dios creó a la familia a su imagen y semejanza. No
solamente porque son tres; Padre, Hijo y Espíritu Santo, sino porque entre las tres Divinas
Personas, como en una espiral de infinita riqueza, circula el Amor.
En este sentido, la familia será tanto más familia cuanto más se parezca y se acerque a la Familia
Trinitaria; lo que vale a decir, cuanto más entre sus miembros circule el amor. De ahí le viene su
más honda dignidad.
Por otra parte, la familia es una institución natural, que remite a Dios. Por eso, todas las
aberraciones antinaturales postmodernas que atentan contra la familia, atentan contra Dios e
intentan caricaturizar la imagen de Dios. Pero esto no se realiza impunemente. Siempre que se
tocó y retocó la dignidad y sacralizad de la familia, el efecto desastroso se ha sentido y resentido a
la manera de búmeran en tres sentidos: a nivel personal los individuos se quedan desgajados, a la
intemperie, psicológicamente dañados, como fuera del nido; familiarmente, suena a violencia y
caen lágrimas: un mundo se ha roto, un fuego se ha apagado; y socialmente habrá que esperar el
caos y la disolución, porque, si la familia es la célula de la sociedad y la célula se disuelve o está
podrida, entonces el organismo está putrefacto y la disolución está servida.
De ahí viene, en este momento, la enorme importancia de la Misión para la familia. Nunca como
hoy sufre los efectos deletéreos de un materialismo asfixiante y un hedonismo desbragado. Por
eso, no hay otra alternativa: o se salva la familia o se destruye la sociedad.
LOS JÓVENES
La Conferencia renueva “la opción preferencial por los jóvenes, en continuidad con las
Conferencias Generales anteriores” (Aparecida, 446).
¿Por qué “opción preferencial por los jóvenes”?. Ciertamente, no porque su vida valga más ni
menos que la de los demás mortales, niños, adultos o viejos. Toda vida es sagrada, no tiene precio.
Sino porque su contextura e identidad son frágiles y están en pleno riesgo. Es mucho lo que se
juega en la juventud; para ellos y para la sociedad.
Si Jesús los ama de una manera especial (opción), no es ciertamente por su belleza o su fuerza
física (flor de un día), ni siquiera porque son “el futuro de la humanidad”, sino, precisamente, por
su vulnerabilidad y porque están en permanente “estado de riesgo”. Sabe que en esa edad se
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fragua su futuro y su eternidad. Por eso se pone serio cuando los usan y los utilizan como carne de
cañón. “¡Ay de aquellos que los escandalizan!” (Lc 17,1-3).
Pero la “opción preferencial por los jóvenes”, también le viene porque son el futuro de la
humanidad y de la Iglesia. ¿Qué humanidad queremos? ¿Qué Iglesia queremos? ¿Qué humanidad
e Iglesia tenemos derecho a esperar? Respuesta: la juventud que formamos, que forma la familia,
la Iglesia y la sociedad.
Una juventud sin valores, sin ideales, sin utopías es la profecía más tenebrosa de una futura
sociedad sin esperanza, vacía, sin salida. Fatalmente, el futuro está hipotecado a la juventud y
sería nefasta la actitud suicida de ignorarlo o hacerse los distraídos mirando para otra orilla en la
hora de los desconciertos de la juventud. Con la certeza de que la juventud, a pesar de las
apariencias, en el fondo odia los vulgarismos, las bajezas, y grita silenciosamente,
desesperadamente por alturas, utopías y desafíos.
Ir al encuentro de los jóvenes, compartir sus problemas y hablar su lenguaje, es el gran reto – y
una gran prioridad – de la Gran Misión, sobre todo, para los misioneros jóvenes.
Salvemos la juventud y habremos salvado el futuro.
El mayor escándalo (Cf. Mc 1,16). ¡Hablar con ellos, comer con ellos! Una verdadera provocación
¿Quiénes eran los pecadores? Los publicanos: pecadores sociales, odiosos, extorsionadores,
conniventes con los romanos.
¿Y su relación con las mujeres, aún las más evidentemente pecadoras públicas? Rompe tabúes.
No justifica el pecado, sino que acoge, ama a la pecadora. Definitivamente, la acogida es que los
salva. Para éstos la Buena Noticia de Jesús es con lo que menos podían esperar. Mejor dicho, ese
hombre que los valora se torna para ellos la personificación de la Buena Noticia. Algo asó como el
acierto de una lotería grande, o el hallazgo feliz de una perla preciosa desesperadamente y por
mucho tiempo buscada. Por fin, alguien los miraba de frente y, sin condenarlos, les dirigía
dulcemente la palabra. Como salido de la esterilidad, un niño les nacía en el corazón, les sonreía y
les encendía una luz de esperanza.
En una palabra, desde Jesús, los pecadores y prostitutas, para Dios cuentan y tienen una cita
marcada. Más: son la oveja descarriada que le quita el sueño al buen pastor, y sale y se fatiga y se
rompe el alma hasta encontrarla. Las noventa y nueve tranquilas y seguras, no necesitan de
misionero, pero sí la díscola y extraviada.
Habrá que ponerse a pensar lo que esta actitud significa para una pastoral misionera del siglo XXI.
Desde luego, no será una pastoral de cristiandad, gregaria, ni tampoco una pastoral de sacristía,
sino una pastoral personal y cercana. Pero también una pastoral selectiva y preferencial. En la
hora del envío, ¿a quién preferir y privilegiar? A las personas, a las comunidades y a los colectivos
más marginados y excluidos de Dios, de la Iglesia y de la sociedad. “Publicanos”, Mateos,
pecadores públicos como los homosexuales, divorciados, pederastas, traficantes de droga,
abortistas, ladrones seriales, saboteadores del bien público, políticos corruptos, jueces vendidos…
Además, prostitutas a sueldo, sirenas en acecho, cuerpos en vitrina, trata de bancas…
Son los nuevos campos de misión. A todos ellos también debe llegar la Buena Noticia, pues son los
que más la necesitan.
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ADICTOS
“La Iglesia no puede permanecer indiferente ante el flagelo que está destruyendo a la
humanidad, especialmente a las nuevas generaciones. En el acompañamiento, la Iglesia está al
lado del drogadicto para ayudarle a recuperar su dignidad y vencer esta enfermedad”
(Aparecida, 422).
El problema de la droga es tanto “cuestión de Estado” como “cuestión eclesial”. Está en juego la
personalidad entera que es cuerpo, que es psiqué y que es espíritu. Y por eso, para conjurarla y
sanarla se necesita echar mano de mecanismos múltiples físicos, psicológicos y espirituales.
Ante todo, reconocer con realismo su existencia y evaluar su dimensión: un terrible cáncer que
extiende sus tentáculos por todos los estratos, y un verdadero flagelo que humilla a la humanidad.
Y también un desafío al progreso y a la ciencia: ¿Es progreso la destrucción del cuerpo y de la
personalidad? ¿Cómo evitar y controlar la dependencia?
Posiblemente, después de haberse experimentado sin eficiencia todos los recursos clínicos,
todavía tenga una palabra la religión. Desde luego, conseguir que el adicto se valore como
persona, y aún más como hijo de Dios. Seguramente será un gran momento y una gran esperanza
cuando descubra que, a pesar de todo, no importa el pozo en que haya caído, Dios, como Padre, lo
sigue amando.
Además, si es creyente, sabe que para Dios no hay nada imposible y desea echarle una mano, en el
sentido de fortalecer su voluntad y ayudarlo a ser libre.
Y, desde luego, la actitud del misionero ante el adicto, siempre será de inmensa e incondicional
comprensión. A veces, paralizados ante la impotencia, sólo será posible el acompañamiento
silencioso y la amistad sonriente. Al fin nos encontramos ante un misterio, donde se dan cita el
destrozo humano y la misericordia de Dios.
Acercamiento, simpatía y amistad con los adictos, al mismo tiempo que se reivindican los derechos
humanos, ¿puede imaginarse más genuína, hermosa y urgente misión?
ENFERMOS DE VIH
“Consideramos de gran prioridad fomentar una pastoral con personas que viven con el VIH Sida:
que se promueva el acompañamiento comprensivo, misericordioso, y la defensa de los derechos
de las personas infectadas” (Aparecida 421)
Jesús, misionero de misioneros, se acercó y tocó a los leprosos (Mt 8,2). Desde luego que no
merecen esa calificación los hermanos que, por uno u otro motivo, lamentablemente, son
portadores del Sida. Si lo traigo a colación es precisamente para criticar la actitud hipócrita de
muchos de nosotros que los conceptuamos, discriminamos y evitamos como si lo fueran. Y no hay
derecho. Sean cuales fueren los caminos por los que han contraído esa enfermedad, son
hermanos que están ahí y no los podemos ignorar.
Precisamente por ser discriminados, por sufrir el estigma de la prevención y del aislamiento, son
los que más necesitan por parte de la Iglesia, que es madre, de comprensión, cercanía y
acompañamiento. Un gran servicio y una gran misión.
A veces no habrá mucho que decir: sencillamente, la presencia, la mirada, la sonrisa, el apretón de
manos, y que sientan en medio de la frialdad de la cultura postmoderna, el calor de alguien que
con su actitud cercana les dice: ¡Te quiero! ¡A pesar de todo, te quiero!
Cuando ya han fallado todos los antibióticos – y es un desafío su descubrimiento – tal vez el único
remedio contra la inmunodeficiencia, el único que queda: el amor. Y a la verdad que la
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comprensión, el cariño y la misericordia es lo que el sicótico más necesita y más espera. Decirle,
samaritanamente que, a pesar de todo, por encima de todo y más allá de todo, Dios, como
padrazo amoroso, al ver la cruz que su hijo carga, sigue estando a su lado y lo sigue amando.
Acercar este mensaje a los afectados del HIV, es la acción misionera más límpida y hermosa que
hoy les puede llevar la Iglesia. De donde se sigue que hoy día los verdaderos destinatarios de la
Misión no se encuentran en un territorio lejano, sino que “la tierra de misión” está a la puerta de
casa y al alcance de la mano.
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
“En nuestro siglo tan influenciado por los medios de comunicación social, no puede prescindir de
esos medios. La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que
la inteligencia humana perfecciona cada vez más” (Aparecida, 485)
“La Internet puede ofrecer magníficas oportunidades de evangelización, si es usada con
competencia y una clara conciencia de sus fortalezas y debilidades” (Aparecida, 488).
Los medios de comunicación social (radio, TV, cine, diarios, Internet, etc.), son, en nuestro tiempo,
no sólo poderosísimos medios de información y pasatiempo, sino también decisivos instrumentos
para la creación de la nueva cultura y los nuevos comportamientos sociales. Estamos crucificados
por los medios. Para bien o para mal, no hay medio de escapar de los “medios”.
¿Una primera valoración? Los medios son el fruto de una chispa de la inteligencia humana,
hermoso regalo de Dios; son criaturas de Dios y entran dentro del proyecto de Dios; “Dominad la
tierra” (Gen 1,28). Como si dijera: “Descubran los maravillosos secretos de la materia y de la
energía que celosamente esconde el universo”.Por tanto, son criaturas buenas en sí mismas. Dios
sonríe cada vez que el hombre descubre el átomo o vislumbra una nueva estrella.
Sin duda que esas “criaturas” son ambivalentes, depende cómo el hombre las utilice; y la tarea
del misionero es rescatar todo lo que ellas tienen de positivo, y neutralizar todo lo que puedan
tener de negatividad; y así ponerlas al servicio del Reino y del propio crecimiento. Precisamente,
usar esos medios y enseñar a usarlos positivamente, es un gran objetivo de la Misión: no dejarse
manipular por los medios; aprender a descubrir los valores y contravalores; programar y elegir lo
que vemos y leemos; atreverse a criticar lo que apreciamos; presentar “agresivamente”, a través
de ellos, todo lo bueno.
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MISIONAR, ¿DÓNDE?
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LUGAR DE LA MISIÓN
“La Iglesia en sus inicios se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para
extenderse. Por eso, podemos realizar con alegría y valentía la evangelización de la ciudad
actual” (Aparecida, 513).
Jesús elige Galilea, la región más pobre y marginada, donde se encuentran los últimos del imperio
y los que más sufren los efectos de la opresión. El Reino tiene que comenzar por la periferia. Pero
aquí puede darse un desplazamiento del problema. Porque, si misionar es sembrar el Reino allí
donde hay antirreino, y hacer presente a Dios allí donde no está Dios, tal vez han llegado los
tiempos en que habrá que dar un giro en el campo de la misión.
Por un lado, sin duda, continuará siendo válido el acercamiento personal a los más débiles,
humildes y carenciados; los que física y socialmente se encuentran más en la periferia y alejados
de la “civilización”; los que calzan ojotas, viven lejos del asfalto y no tienen heladera. Toda Villa
Miseria y todo lugar de sufrimiento, marginación e injusticia social, es lugar de misión. Pero, los
nuevos destinatarios de la misión hoy son los ricos que son los más pobres si no poseen a Dios; los
aparentemente poderosos, si no cuentan con la fuerza de lo alto; los hartos de placeres sin
hambre de Dios; los católicos sólo de bautismo. Todos ellos son el nuevo lugar y la nueva tierra de
misión.
Porque, el efecto invernadero de la ausencia de Dios, hoy lo viene acusando, y cada vez más
aceleradamente, no las altas montañas ni las aldeas más distantes, sino las concentraciones
masivas y las megápolis urbanas. Y no hay duda de que sigue siendo más bucólico y confortante el
acercamiento a los humildes y el compartir sus transcendentes valores; pero el mapa de la
ausencia de Dios se ha dislocado y los verdaderos misioneros están convocados, desafiados, a
sembrar en el desierto de las grandes megápolis, terreno mucho más calcinado, inhóspito, estéril y
sediento de Dios.
En el nuevo ordenamiento cosmológico y sociológico Dios ha sido declarado prescindente y, por
tanto, colocado en el fondo del baúl. La Misión y los nuevos misioneros tienen el enorme desafío
de reubicar a Dios y a los valores morales donde les corresponde, siempre en vistas de la
construcción del Reino. Conglomerados humanos, floresta de rascacielos, he ahí el nuevo hábitat y
el nuevo campo de misión. Muchos dioses - materialismo, hedonismo, ateísmo -, han invadido por
asalto la ciudad de los hombres y la han dejado herida, sin futuro, sin esperanza; será preciso que
los nuevos misioneros la recorran, como Jonás, de punta a punta, para gritar que sólo el Dios
verdadero será capaz de llenarle el corazón.
MISIONES AL BANQUILLO
“La Iglesia debe cumplir su misión, siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes”
(Aparecida, 31)
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desviste una camisa. Sino que, el auténtico misionero tiene alma misionera y está siempre en
estado de misión.
Sin duda, hoy las misiones están de moda. Sobre todo, después del Vaticano II se han
“globalizado”. ¿Qué parroquia o colegio no las tiene? Y esto está bien, pero también hay que
reconocer que se han “banalizado”. Todo es misión y nada es misión. Todos misioneros y nadie
misionero, como si este maravilloso servicio eclesial hubiera quedado descafeinado.
La misión es demasiado seria, demasiado importante como para tomársela a la ligera; y sólo es
genuina, legítima, cuando está en la línea de Jesús de Nazaret, se hace con los métodos de Jesús y
entrega con transparencia el Mensaje de Jesús.
Preguntas: ¿Misionan a la manera de Jesús los grupos que no se preparan intensamente en la
oración? ¿Misionan a la manera de Jesús los que confían demasiado en sus esquemas? ¿Misionan
a la manera de Jesús los que sólo entregan doctrina y no entregan “milagros”? ¿Misionan a la
manera de Jesús los que la toman alegremente como un hobbie?
Ser misionero a la manera de Jesús es dejarse atrapar por el enamoramiento de la causa,
seducidos por la pasión del Reino. Tal vez esto lo defina bien: Misión es pasión, Misión es
enamoramiento. Así aconteció con Jesús, y así quiere a sus misioneros.
NUEVOS CAMPOS
“Su Santidad Benedicto XVI ha confirmado que la misión “ad gentes” se abre a nuevas
dimensiones: El campo de la Misión “ad gentes” se ha ampliado notablemente y no se puede
definir sólo basándose en consideraciones geográficas o jurídicas. En efecto, los verdaderos
destinatarios de la actividad misionera del pueblo de Dios no son solo los pueblos no cristianos y
las tierras lejanas, sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones”
(Aparecida, 375).
Será difícil cambiar la mentalidad, la cultura, en el sentido de que la misión “ad gentes” está
dirigida no sólo a los paganos que viven en tierras lejanas, sino tal vez a los que viven en nuestra
cuadra y a nuestro lado. Las figuras misioneras de Javier en el Japón, Lavigiérie en Argel o de
Teresa de Calcuta en la India, nos atrapan y nos harían pensar que no hay misión si no hay paganos
ni desiertos ni junglas, ni distancias.
El Papa nos hace girar y ampliar el eje de la visión sobre los destinatarios de la acción misionera,
y nos invita a poner los ojos en otros ámbitos socioculturales, propios de nuestro tiempo. Nuevos
campos y campos nuevos , por cierto con menos romanticismo que en el pasado, pero con más
dramáticos desafío: campo de misión en el mundo de los adictos a la droga o al alcohol; campo de
misión son los excluídos como parias del sistema; campos de misión los llenos de problemas
psicológicos, necesitados de que alguien los escuche; campo de misión son los jóvenes sin
perspectivas, sin ideales, sin utopías; campo de misión los matrimonios con el amor a plazos;
campo de misión los abuelos relegados al rincón; campo de misión el progreso sin sensibilidad, sin
alma, sin corazón; campo de misión los medios masivos de comunicación, irredentos, carentes de
valores; campo de misión los que, de cualquier modo, son partidarios de la cultura de la muerte y
no de la vida.
Son estos y otros, los nuevos campos de misión. La Iglesia se juega el futuro si en la Gran Misión,
“con nuevos métodos y nuevo ardor”, y también con nueva audacia y nuevo coraje, no acepta y
evangeliza estos nuevos campos de misión.
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MISIÓN URBANA
“La ciudad se ha convertido en el lugar propio de nuevas culturas que se están gestando e
imponiendo con un nuevo lenguaje y una nueva simbología” (Aparecida, 510)
“Se notan actitudes de miedo a la pastoral urbana; tendencia a encerrarse en los métodos
antiguos y de tomar una actitud de defensa ante la nueva cultura, de sentimientos de
impotencia ante las grandes dificultades de las ciudades” (id. 513).
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MISIONAR, ¿QUÉ?
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LA BUENA NOTICIA
MISIONAR, ¿QUÉ?
“Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la
buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la
solidaridad con la creación” (Aparecida, 103).
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2. Si todos somos hijos de Dios y es nuestro Padre común, entonces somos hermanos y debemos
tratarnos, respetarnos y amarnos como hermanos;
3. En esa condición de hijos de Dios está la raíz de la dignidad humana y se fundamentan – más
que en la ONU - los derechos humanos;
4. De los derechos, la vida, toda vida, desde la concepción hasta la muerte natural, es el primero y
principal de los derechos;
5. La familia, como reflejo de la familia Trinitaria, es el nido sagrado donde se fragua el amor y
florecen los renuevos humanos;
El trabajo se perfila, no como un castigo o como una maldición, sino como el mimo del jardinero
cuidando el jardín;
7. La ciencia y la técnica se ven evolucionando en espirales sin fin, hasta que, finalmente, el
cosmos se transfigure en “los nuevos cielos y la nueva tierra”;
8. En los tiempos ecológicos que corremos, también forma parte de la Misión el Evangelio de la
ecología. La Buena Noticia de que la naturaleza es un regalo de Dios y, por tanto, hay que tratarla
con guantes de seda, oponiéndose tenazmente a todo tipo de depredación.
Toda esta visión transcendente de Dios, de la vida, de la naturaleza y de las actividades humanas,
ha de ser el núcleo y el bagaje de entrega en la Misión. Quizás tenga que ser esta la principal
preocupación del misionero cuando entrega el Mensaje: enseñar a ver con otros ojos y sentir con
otro corazón.
DEFENSORES DE LA VIDA
“De su Maestro el discípulo ha aprendido a hablar contra toda forma de desprecio de la vida y
de explotación de la persona humana. Sólo el señor es autor y dueño de la vida. El ser humano,
su imagen viviente, es siempre sagrado, desde su concepción hasta su muerte natural; en todas
las circunstancias y condiciones de la vida” (Aparecida, 112).
El Dios de Cristo y de los cristianos es el Dios de la vida. Por Él existe cuanto existe y en su
diccionario no existía la palabra muerte hasta que el hombre la inventó. Ser esencialmente vida,
dar generosamente vida, conservar amorosamente la vida y prometer la vida después de esta
vida, es lo propio de Dios. De ahí que todo signo antivida, toda actitud antivida, toda decisión
antivida, todo atentado contra la vida es un atentado contra Dios, que es vida.
Jesús pasó por los caminos de Palestina regalando pedazos de vida a las vidas que la muerte
había dado dentelladas de muerte.
Que lo digan los tullidos, los ciegos, los sordos, los mudos, los paralíticos, los leprosos y hasta los
muertos.
Y en otro orden de cosas, que lo digan los excluidos, los pecadores, las prostitutas y los
epilépticos. Definitivamente, Dios es total partidario de la vida Y Jesucristo pasó por la vida dando
vida, arrebatando pedazos de vida a la muerte.
Por eso, imitando la generosa actitud de Dios y el comportamiento samaritano de Jesús, la
actitud y comportamiento del misionero no puede ser sino de una decidida tomada de posición a
favor de la vida. Aquí la simple sospecha de indefinición o indiferencia, equivaldría a traición.
Sólo el Señor es el autor y dueño de la vida como Él mismo advierte: “Mía es la vida y mía es la
muerte” (Deut 32,39) Y, por tanto, a este respecto, a pesar de la opinión de las mayorías o de la
decisión de los Parlamentos, el misionero tiene una firme decisión tomada, sin posibilidad de
retorno. Es una de las Buenas Noticias que nunca dejará de predicar bien alto, aún a riesgo de
tornarse antipático o exponiendo al peligro la propia vida. Sin eufemismos ni subterfugios, su
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palabra será como espada filosa que no temerá llamar a las cosas por su nombre: al aborto lo
llamará crimen y a los abortistas, criminales
Pero, además, contra los necrófilos de la muerte y contra la manía de apagar velas, siempre será
un chorro de luz y una linda primavera ser como Dios, partidarios de la vida, amadores de la
“cultura de la vida” y nunca de la muerte.
“Evangelizar la cultura, lejos de abandonar la opción preferencial por los pobres, nace del amor
apasionado a Cristo, que acompaña al pueblo de Dios en la misión de incultural el Evangelio en
la historia” (Aparecida, 491)
Entendemos aquí la cultura por la manera de conceptuar y valorar el hombre, el cosmos, la vida,
las costumbres y las creencias a través de los tiempos y de la historia. El mundo en que se mueve y
su sistema de valores y contravalores.
Y esto, naturalmente, cambia, se desplaza, se disloca, avanza y retrocede en un movimiento, no
rectilíneo, sino pendular. En todo caso, para bien o para mal, la cultura siempre es nueva, porque
es siempre cambiante.
A esta filosofía no escapa la acción misionera. De una manera fue la acción misionera en los
tiempos apostólicos, de otra manera en la Edad Media, de otra manera en la era moderna y
posmoderna. Esto, sobre todo, llevando en cuenta los movimientos migratorios y las necesidades
de las personas.
Todo indica que nos encontramos en los tiempos de un nuevo movimiento y de una nueva
cultura, con preguntas y exigencias distintas. No atender a los gritos de la nueva cultura, en
nuestro caso de una nueva cultura misionera, sería un desierto y un suicidio eclesial. ¿En qué
sentido?: La cultura misionera, el servicio de misionar, se entendía hasta hace bien poco tiempo
como el servicio “ad gentes”, a paganos o a los sociológicamente desheredados. Parece que hoy la
Iglesia, si quiere ir al corazón del reino y evangelizar con fruto, tiene que cambiar de táctica y llevar
la cultura misionera allí donde se fragua la cultura laica. Y, ciertamente, no es en los campos
bucólicos ni en las selvas lejanas, sino en la selva de rascacielos, en los clubes y en las fábricas,
donde el misionero del siglo XXI tiene marcada la cita de su misión. Son esos los campos listos para
las nuevas fronteras, porque es ahí donde se encuentran los nuevos paganos.
Y si la Iglesia por miedo, por política o por comodismo – siempre serán más gratificantes las
misiones rurales – llega tarde para imponer esta cultura misionera, su estrategia estará fuera de
foco y el avance del Reino queda comprometido y bajo sospecha.
El Espíritu tiene sus tiempos, sus reglas y sus movimientos para llegar, a través de sus misioneros,
al corazón de la gente en el momento y lugar oportuno. En lugar de las misiones rurales – y sin
desmerecerlas -, las misiones urbanas constituirán los nuevos campos y la nueva cultura
misionera.
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El secreto y la tarea del misionero es acercar a los misionados el nuevo rostro de Dios, que es la
imagen y el rostro que acercó Jesucristo a la humanidad. En el Antiguo Testamento el pueblo de
Dios, los judíos, y con justicia, tenían una idea y una imagen de un Dios omnipotente, poderoso,
victorioso y hasta vengativo; obrador de milagros y prodigios. Esta visión solamente puede
engendrar miedo y temor.
Una cosa es cierta: solamente el rostro del verdadero Dios podrá cautivarnos; y fue lo que vino a
revelarnos Jesucristo. El Dios que Jesús nos revela es el Dios de la Alianza, de la Nueva Alianza; el
Dios “Amante” de Oseas (Os 2,21-22); el Dios mendigo de Isaías (Is 5,4); el Dios Abbá (querido
papá) de Jesús (Mc 14,36); el Dios Amor de San Juan (l Jn 1,8).
Pero además, como el Hijo y el Padre son uno (“Quien me ve, ve al Padre”, Jn l4,9), Jesús es el
rostro del Padre. Y entonces, Dios es debilidad: ¿Hay algo más débil que un niño? Dios es
impotencia: ¿Hay algo más impotente que la cruz? Dios es vulnerabilidad: ¿Hay algo más
indefenso que el Sagrario? Dios es perdón, si alguna vez lo llegáramos a crucificar.
El Dios de Jesús fue demasiado lejos: ama lo no amable, y perdona lo imperdonable. Y arriesgó
con el hombre, hasta el absurdo, lo inimaginable.
Por ejemplo, otorgándole sin restricciones, y no sólo hasta cierto punto, la libertad. Al punto de
escupir, abofetear, coronar de espinas, crucificar, matar, al mismo Dios. Pero todo para respetar
escrupulosamente la libertad que le dio y llegar más allá con su misericordia sin límites. Este es el
Dios que Jesucristo nos revela. Un Dios que ha tomado en serio al hombre y quiere que el hombre
lo tome enserio.
Sin embargo, el nuevo rostro de Dios también lo reveló Jesucristo en los pobres, los excluidos, los
enfermos, los marginados, los que no cuentan, los que no tienen nombre: “Lo que hicisteis con
ellos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Estos son los nuevos rostros de Dios.
Tarea inmensa la del misionero que reclaman los tiempos nuevos: revertir la idea de un Dios que
no es Dios, para dar paso al Dios de Jesús y, a través de los excluidos y estropeados, estrenar el
nuevo rostro de Dios.
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MISIONAR ¿CÓMO?
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SIGUIENDO SUS PASOS
“La Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes”
(Aparecida, 31).
“La fuerza del anuncio de vida será fecunda si la hacemos con el estilo adecuado y con las
actitudes del Maestro” (Aparecida, 263).
Bueno, acontece que la Iglesia no tiene “patas”, pero sí sus hijos, para seguir a Jesús. La Iglesia son
los cristianos, particularmente los misioneros, que quieren tomar con ella un mayor compromiso.
No tienen la Iglesia ni los cristianos un cánon de verdades propias, que a su gusto se hayan
inventado. Su caudal y su herencia le vienen de Cristo; y la fidelidad a ese depósito intocable es la
mayor garantía de su autenticidad. Si en algún momento histórico inventara nuevas doctrinas o se
deshiciera de alguna de las verdades predicadas por Jesús, ya no sería la Iglesia de Jesús.
Precisamente, esa innegociable fidelidad es la piedra de toque de la Iglesia Católica.
Su misión y la de sus misioneros está bien acotada y definida: pasar adelante, nítida y
transparente, la doctrina del Maestro, Jesús de Nazaret. Concretamente: “seguir los pasos de
Jesús y adoptar sus actitudes”. En efecto, Jesús es el Gran Misionero que, por los caminos de
Palestina dejó huellas imborrables, sembrando la Buena Noticia. Y ahora los pequeños misioneros
tienen abierto el camino del cómo, a quién, dónde y cuándo.
En adelante, si no quieren fallar en su misión, solamente tienen que acoplar sus pisadas a las
huellas que Él dejó tan bien marcadas. Por cierto que al decir acoplar no se refiere tanto a una
simple reproducción mimética de las palabras y los acontecimientos, como al contenido, a lo
parabólico y a la significación teológica del misterio. Cuando Juan Pablo II nos habla de “una nueva
evangelización con nuevo ardor y nuevos métodos”, no se refiere al fondo sino a la forma.
En una palabra, lo que el misionero no puede perder nunca de vista y debe acoplarse lo más
perfectamente posible, es a los criterios, a las reacciones y a la mentalidad de Jesús de Nazaret. Y,
ante los nuevos tiempos, los nuevos desafíos y las nuevas exigencias de nuestra cultura
postmoderna, lo único que el misionero debe preguntarse es: ¿ Cómo respondería, cómo actuaría,
cómo reaccionaría hoy Jesús ante esta emergencia, ante este requerimiento? Y entonces, acoplar
escrupulosamente nuestros pies donde Él dejó sus huellas. Aquí está la tarea y el secreto del
seguimiento y misionar a su manera.
ANUNCIAR Y DENUNCIAR
“Es tarea de la Iglesia ayudar con la predicación, la catequesis, la denuncia y el testimonio del
amor y de la justicia, para que se despierten en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y
se desarrollen los valores sociales” (Aparecida, 385).
Anunciar y denunciar fue, en otro tiempo, la misión de los profetas; siguió siendo la misión de
Jesús y ahora es la misión de la Iglesia. Son las dos caras de la misma moneda
La moneda es la Iglesia; las dos caras, el anuncio y la denuncia: anuncio gozoso de que Dios es
Padre, que nos ama entrañablemente, que Jesucristo es nuestro salvador y nuestro hermano; que
el Espíritu Santo mora dentro de nosotros; que estamos destinados a la felicidad; y, por tanto,
que debemos respetarnos y amarnos como hermanos.
La denuncia se refiere a todo tipo de idolatría – léase esclavitud – en la línea del poder, del tener
y del placer; todo lo que atente contra los derechos humanos y los valores sociales.
Con frecuencia se ha tildado a la Iglesia por su ingerencia en la política y en los problemas
humanos, con el argumento, la disculpa de que su ámbito es la sacristía. Habrá que responder que
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las cosas humanas y los problemas humanos, son las cosas y los problemas de Dios. Y, por tanto, la
Iglesia no puede ni debe desentenderse impunemente de esta tarea. Si toda injusticia es injusticia
contra Dios, y todo contravalor lo mortifica, la Iglesia debe gritar alto contra todos los
contravalores e injusticias. De tal manera que la Iglesia no tiene razón de ser si no anuncia y
denuncia.
Pero la Iglesia la constituyen todos los bautizados, con mayor razón todos los misioneros, que son
los cristianos más comprometidos. Su tarea es, digamos, oficializar el anuncio y la denuncia.
Ahora bien, tanto el anuncio como la denuncia, esencialmente pueden realizarse a través de dos
canales: la palabra, la catequesis; y el testimonio, el amor. Si bien, no es comprensible ni creíble la
palabra sin testimonio, como tampoco el testimonio es comprensible sin la palabra.
Eso es evangelizar a la manera de Jesús: anunciar y denunciar, las dos caras, las dos tareas de la
Misión.
“Cristo envió a sus apóstoles a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, verdaderas
catedrales del encuentro con el Señor Jesús” (Aparecida,417).
Decir a la gente que “Dios está cerca” y curar sus enfermedades. Es lo que han visto y oído hacer a
Jesús. Jesús dijo e hizo: predicó e hizo milagros y se lo dirá expresamente a sus discípulos: “Allí
donde lleguéis, curad a los enfermos y decidles: El Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc 10, 8-
9).
Son las dos tareas fundamentales que, imitando a Jesús, no puede eludir el misionero: Anunciar
que “el Reino de Dios está cerca”. Dios está cerca como un padre está cerca. Con la angustia y la
preocupación de un padre por su hijo, con el corazón desbordante de compasión y misericordia. Y
aquí su parábola favorita, una y otra vez repetida, será la del hijo pródigo.
Y más: Dios está tan cerca que está dentro de cada persona, explicando y sustentando el ser. No
hay existencia sin Dios ni tampoco subsistencia. Dice San Agustín que “Dios está más íntimamente
dentro de nosotros que nuestra propia intimidad”.
Pero, lo más lindo es que habita dentro de nosotros, como el que ama, como el Amor. Esto
genera una gran seguridad y un gran consuelo.
Y también, el misionero es enviado a curar, ha de ser médico. No sé si médico de la artritis, del
cáncer o de la lepra – tal vez no sea eso lo principal -, pero sí habrá de curar la enfermedad de la
prepotencia de los que abusan del mando, la enfermedad de la avaricia de los que acumulan
riquezas, la enfermedad de los que son esclavos del sexo, la enfermedad de los adictos a la droga.
Sobre todo, la enfermedad del materialismo, del hedonismo, de los que sueñan tenerlo todo y en
realidad no tienen nada, de los que no encuentran razones para vivir y de los que se les murió la
esperanza.
Concienciar de la cercanía de Dios y sanar la hidropesía de los sedientos de felicidad: misión muy
misionera.
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“ESTAR”
“Invocamos al Espíritu Santo para poder dar un testimonio de proximidad que entraña cercanía
afectuosa, escucha, humildad, compasión y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo”
(Aparecida, 363)
Otra modalidad de las nuevas misiones para el siglo XXI, es la manera de misionar, que tal vez
pudiéramos resumirlo así: Hablar menos y escuchar más. En otros tiempos, el buen misionero
entregaba doctrina y predicaba mucho; los nuevos tiempos misioneros son de mucha escucha y
entrega de la persona.
Es increíble y triste constatar cómo, a pesar de la estridencia de los ruidos y de la verborrea de la
gente expresada en multitudes, las personas se sienten islas, viviendo su soledad o gritando en el
desierto. Acosadas por los discursos, pero solas en su soledad. Es un diálogo de sordos, la cultura
de la verborrea y el drama de la falta de escucha.
Ante esta necesidad psicológica, la misión del misionero no es aumentar la presión elevando con
sus discursos el nivel del agua, sino con el silencio y la escucha, descomprimir la situación. En una
sociedad en que abunda la competencia por la palabra, con frecuencia hay mucha gente que se
queda masticando sus problemas, al margen de ser escuchada. Su salvación comienza por alguien
que se siente a su lado, escuchando con simpatía, sin decir una palabra.
Estar. El secreto de estar. El milagro de estar. El comienzo de la Misión es estar y, en silencio,
escuchar. Hay gritos reprimidos que, en silencio, necesitan ser liberados; hay llantos que ante un
testigo, necesitan ser llorados. Estar y escuchar; muchas personas es lo único que piden y
necesitan; dando por supuesto que ya sería un gran fruto de la Misión: menos discursos y más
escucha.
LA GRAN MISIONERA
Siempre es un gozo reflexionar y escribir sobre María, en este caso como la Gran Misionera.
Primero, “brilla ante nuestros ojos como acabada y fidelísima discípula de Cristo”, al punto de
arrancar de san Agustín la atrevida expresión que “ella es más grande por ser discípula de Cristo
que por ser Madre de Cristo” (De Virg. 2,2). Discípula perfecta. Y, por otra parte, es la primera
misionera. ¿Acaso no lo fue? ¿Qué es misionar sino entregar a Jesús? ¿ Y quién nos lo entregó
como ella? A los treinta años nos lo entrega, generosamente, para que nos introduzca por los
caminos del reino; de tal manera que cuando predica Jesús, es María que predica. Por fin nos lo
entrega, dolorosamente, en el calvario: cuando al pie de la cruz le preguntan si consentía en el
sacrificio de su propio Hijo, como en la Anunciación, dijo que “sí”.
Y si se trata del Continente americano y caribeño, no hay duda que María fue una “Adelantada”,
pues ya en el arranque de la evangelización, apenas a tres décadas del Descubrimiento, tuvo prisa
para marcar su presencia en Guadalupe y reclamar América para su Hijo.
Por todos estos motivos ahora tiene las credenciales perfectas para ser la gran “formadora de
misioneros”. Formar, o sea, dar forma, contornos e identidad a todos aquellos y aquellas que
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quieren echar una mano a Cristo en vistas de la edificación del Reino. Tal vez no sea tan herético
decir que el advenimiento del reino, como por canal obligatorio, pasa hoy por las manos de María.
Y sus manos de seda son las que “moldean” los vasos de barro, que son los nuevos misioneros
americanos y caribeños.
Definitivamente, en la cédula de los que han de participar de la Gran Misión, bajo pena de
fracaso, ha de certificarse que sean misioneros marianos
ÚLTIMO DESEO
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ANEXO 2
Al plantear este último tema nos adentramos en un complejo ámbito de la historia donde
confluyen acontecimientos que tienen diversa intencionalidad, entre los que se encuentra la fe del
creyente en Jesucristo. Al descubrir su complejidad, reconocemos la existencia de dificultades,
queremos volver a tomar conciencia de que la propuesta del kerigma no entra en un terreno
neutral, pasivo e inocente. No desconocemos el aporte y necesitamos pedir la mirada de ayuda de
las ciencias sociales -especialmente de la antropología social-, de las ciencias políticas y de los
estudios socioculturales; así como de la teología, especialmente de la misionología, de la
eclesiología y de la cristología.
Al abordar nuestro tema no ignoramos -bajo ningún concepto podemos hacerlo- la tensión que
provoca el análisis de posturas críticas y que sospechan de lo que subyace a las posturas teóricas,
como la intención de poder o su búsqueda. Este ejercicio espiritual convoca a la conciencia crítica.
Se trata de una permanente gimnasia de diálogo y purificación entre el pensamiento y la praxis de
la Iglesia para poder así reconocer a la “inculturación de la fe”, su autenticidad desde su propia y
originaria condición así como hacerla razonable para el punto de vista “del otro”.
El hombre, su identidad y diferencia, vive en el grupo social, y allí se dan los dominios, las
hegemonías y las contrahegemonías. El poder de unos sobre otros es transversal a todo el orden
humano: sexualidad, saber, mercado, salud, habitabilidad, asociatividad, etc. A su vez, cada uno de
estos espacios es también una posibilidad de ascensión al poder, respecto de los otros... En este
marco, no puede eludirse la fe del creyente, en la medida que es factible de posibilitar el
empoderamiento de unos respecto de otros, como ha ocurrido históricamente.
Por esta razón, nos debemos el conocer y reconocer:
Las condiciones del mundo en que vivimos
Las pugnas de poder en el mundo en que vivimos
Los aspectos específicos de América Latina actual, en sus tensiones sociales
Las propuestas teóricas e ideológicas comprensivas y propositivas
Las oportunidades y los fracasos del diálogo social
Las tensiones y desafíos de un mundo en cambio para el anuncio del kerigma
La autocomprensión de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, como sacramento universal de
salvación en Jesucristo, pone en tensión su concreción histórica, respecto de la simbólica que
opera en las sociedades donde pretende ofrecer su anuncio. Esto porque la propia Iglesia no está
en estado puro respecto de su apropiación del símbolo cristiano, es decir, perdura en ella la
comprensión del primer traspaso cultural en el imaginario filosófico griego –con toda su
complejidad- desde donde se posiciona en relación con occidente, como discurso significativo,
omniabarcante-totalizante, haciendo de occidente, el “mundo cristiano”. Las raíces judías son
subsumidas y, en ocasiones, casi olvidadas, en función de mantener un dominio que, de lo
simbólico, pasará al saber, a lo político y a lo cultural: “la cristiandad”. La expansión del
cristianismo se dará, fuertemente, desde el paradigma de la expansión de los imperios, con un
menor énfasis en el paradigma originario de “anuncio-conversión”. Las conversiones se darán en
el ámbito de una religión imperial. Conversiones por conveniencia no por convicción.
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Reconocer este sustrato -plantearlo y discutirlo- es fundamental para inaugurar una reflexión
dialógica entre la antropología cultural y un honesto anuncio del Evangelio que pretenda dar lugar
a la cuestión de la inculturación de la fe.
El moderno Occidente metropolitano y sus territorios de ultramar, es decir el esfuerzo general
de los europeos por gobernar tierras y pueblos lejanos, “llevar la civilización a...” constituye un
posicionamiento en relación a otros que no son como “nosotros”. Sin embargo, desde el “otro” se
levanta cierta resistencia, que pretende una “descolonización” y “resistencia cultural”, junto a
esfuerzos complejos de identidades nacionales, a partir de la autodeterminación e
independencias.
El esquema general de una cultura imperial y la experiencia de la resistencia, planteados por
Said (1996), nos obligan a pensar el diálogo del hombre (culturalmente constituido) y la fe en el
Evangelio de Jesús.
Cultura, como prácticas diversas y convergentes del hombre y su lenguaje, tiene incidencia en
la formación de actitudes respecto de lo otro. De ahí lo imperial, como ampliación de lo propio a
costa del otro. El imperio tiende a ser universal, pero no todo lo universal se impone como
imperial... La narración de los sujetos, con todas las formas posibles de la narración, indaga los
modos de dar cuenta desde sí de los “territorios” extraños del mundo; pero también, son el modo
de dar cuenta de la resistencia que intenta afirmar su propia identidad, salvando la propia
historia... Narrar implica un poder... se narra desde un poder, desde un posicionamiento... el
imperio es un poder, pero la resistencia también es un poder. Uno y otro pueden buscar o
pretender, con o sin éxito, impedir el que se forme o se constituya el relato del otro... y cada
narración o relato, incide en la configuración del simbólico cultural. Por ejemplo, el Código da Vinci
de Dan Brown es un tipo de narración que pretende imponerse, en el mercado y en la cultura, de
tal manera que se convierte en “desubicado” o “retrógrado” o “cómplice del secreto vaticano”
aquel que lo critica y delata su intencionalidad ideológica.
La cultura es una memoria dinámica de las sociedades, donde se archiva lo mejor, pero no
para descansar inerte en el polvo del olvido, o para ser petrificado como lo exclusivo y
diferenciador, sino para conectar a los sujetos con las significaciones y verse a sí mismos, en su
“asujetarse” de la cotidiana acción simbólica...
Cuando la cultura se confunde con la nación, viene a ser el lugar de la diferenciación con otros,
con diferentes grados de xenofobia y fundamentalismos. Aquí la cultura no es el lugar de
encuentro y diálogo, sino el campo del combate por la supremacía... y, por tanto, del
funcionamiento de las exclusiones, las subordinaciones, etc.
Desde la “metrópoli” se significa el territorio como “lejano”, como “inhóspito”, como
“paradisíaco”, como “no civilizado”, como lugar de “expiación” o de “exilio”.... pero pareciera que
en “esos” territorios no hay nadie digno de ser tenido en cuenta. Esta manera de “mirar”, que Said
(1996) califica de imperial, se va modificando y sofisticando hasta hoy. No solo se significa el
territorio, se significan sus habitantes y el mundo simbólico de estos, lo que Grusinski llama
“colonización del lenguaje”, es decir, el proceso de “traducir” las palabras del otro al propio
mundo de significados. Una reinterpretación que busca imponerse, como dominio del mundo
simbólico del otro.
Con el paso del tiempo, se desarman unos modos o técnicas imperiales, pero se levantan
inmediatamente otros, más complejos y a nivel más simbólico, más sutil, más estratégico. El
dominio en el lenguaje, en el saber, en la academia, en la industria, en la producción cultural, en
los organismos internacionales, en el mercado, en los objetos tecnológicos y las nuevas
tecnologías para la comunicación, etc. El dominio pretende mantener a unos sobre otros: qué se
debe creer, qué se debe comer, qué se debe estudiar, que objetos comprar consumir.... cuál es la
verdad y quién la tiene.
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En la narración del colonizador tiene su lugar el colonizado. El lugar del colonizado en el
colonizador se da al modo como es resignificado por éste. Aquí tiene oportunidad una primera
reflexión respecto del “otro”. ¿Quién es el “otro”? Lo primero que se constata
fenomenológicamente, es que “no es como yo”, por tanto “es inferior, incluso malo”. Por tanto
puedo: Dominarlo, usarlo, cambiarlo, asimilarlo, demonizarlo...
En el plano de la misión evangelizadora, el otro ¿Cómo es significado? Como el “no creyente”,
que es “ateo” y por tanto enemigo de Dios; y el “creyente en otros credos” es un idólatra (fuera de
la Iglesia no hay salvación, en su interpretación restrictiva). Conclusión, el “otro” no ama a Dios, o
ama lo que no es Dios.
Pero el otro no creyente, duda de la verdad declarada por la religión... y el creyente no
cristiano, busca verdaderamente el amor de Dios.
Por su parte, los relatos de “emancipación”, pequeños o grandes, movilizan a las personas y a los
pueblos en una dirección: lograr el espacio de la propia autodeterminación. Del mismo modo que
el imperio, en la medida que mantiene cierto control y poder respecto de qué se está narrando –
en términos de que éste tiende a impedir relatos que pongan en peligro la estabilidad del imperio,
y tolerar relatos que den la impresión de pluralidad- la elaboración de discurso se vincula
estrechamente con la producción cultural y, por tanto, con la dirección simbólica de la cultura,
como “cultura imperante” de la emancipación. En uno y otro lado –imperio y emancipación- se
cuida una suerte de homogenización del discurso, como instalación y producción de un discurso
que gane los espacios sociales, hasta establecerse como normativo. Pero las hegemonías, como ya
vimos, tienen estrategias de sobrevivencia, cambiando los ejes de posicionamiento. Por tanto, la
complejidad de la tensión intercultural es múltiple.
Cultura e imperialismo se vinculan, de tal modo que no es extraño que los relatos y narraciones de
emancipación busquen no solo el “alzamiento” contra el poder del imperio, la resistencia, sino el
desprenderse de la simbólica de su cultura, que lo ha permeado todo.
El “acervo cultural” no solo nos conecta con nuestras “raíces”, con lo mejor de aquellos que nos
antecedieron, que pensaron y produjeron bienes tangibles y no tangibles, sino que nos permite
“vernos a nosotros mismos” bajo las mejores luces. Así generamos un colectivo de pertenencia,
que deviene históricamente en la cuestión de la “nación”, como punto límite de la “diferencia”
social, racial e ideológica. Eso “mejor” antecedente, no valóricamente, sino en términos de
emergencia de lo que logra su cometido de permear la simbólica común.
Como en un teatro, el escenario donde opera la cultura, se producen “enfrentamientos”, que
comprometen posturas de clase social, de causas ideológicas, de percepciones raciales... Se pasa
de la veneración a-crítica de lo propio, “deificado” y superior, a la condición “satanizada” del otro.
Nosotros somos superiores, porque en nuestra cultura hay tal y tal...
Toda producción cultural está traspasada, de una u otra forma, por esta tensión. Ya sea de modo
subyacente, o bien como confesión explícita. No existe un pensamiento puro, que se desligue de
los condicionamientos culturales, y que pueda abordar problemas desde una posición neutral. De
hecho, la conceptualización especializada de las ciencias –en el caso nuestro, de las ciencias
sociales y humanísticas- tiene enormes dificultades para posicionar teorías que provengan de la
“periferia”. Suelen ser los conceptos de los propio europeos y estadounidenses los que se
impongan, a la hora de categorizar los análisis de América Latina, África, Oceanía, Oriente medio....
“La producción de etiquetas que nombran dominantes culturales de nuestro tiempo no es
gratuita” (Lins Ribeiro, 2005). Nombrar, como lo sabe la teología del Antiguo Testamento, es
adueñarse de lo nombrado.
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Traducción Cultural
(en relación a Mercedes López-Baralt, Para decir al otro, 2005)
El acto de “rescribir” los discursos fundacionales de las crónicas de la colonia y los mitos indígenas,
es una función clásica de la antropología. Opera también en un ámbito diferente: el discurso del
otro lo rescribe quien quiere –por medio del recurso al pasado- autoafirmar su propio discurso con
un pasado que lo confirma, esto es, le da su mirada, por medio de la reconstrucción del escenario
descrito como prototípico. Es el ejercicio bíblico; es el ejercicio de la lectura histórica como
comprensión del presente... siempre nos encontramos con una opción hermenéutica y una
propuesta hermenéutica.
La cuestión está en la relación entre lo inicial (pasado) y lo actual, puestos en la comprensión
discursiva. La traducción es siempre una etnografía, una suerte de vértigo del lenguaje puesto en
su posición extrema: decir lo indecible. Decir una cultura, para que sea inteligible a otra. Esto
funda la tarea tanto del dominio como del diálogo.
La traducción cultural, entendida como descripción e interpretación de la cultural, se transforma
disciplinarmente en etnografía y etnología. Pero la cultura no es un objeto apersonal, la cultura es
una abstracción de aquello que viven personas. Traducir culturas es traducir a otro y, por tanto,
ponerse en relación con otro.
Es en este sentido, que la narración, como participación en un diálogo que ya es global, no puede
sino considerar qué lugar se le concede al otro, cuando lo estoy traduciendo. Más aun, cuando
desde una comprensión propia, como la fe, veo e interpreto sus necesidades y el sentido de su
existencia.
La concepción binaria de lo americano, del buen salvaje y el caníbal, que consiste en la
fragmentación de la realidad en dos polos opuestos, parece ser bastante frecuente. Quisiéramos
poder aproximarnos a entender este fenómeno, que apreciamos en el discurso colonial, antiguo y
actual, respecto de América en el viejo continente y sus vecindades. Esta concepción binaria dice
algo respecto del propio europeo, de su mirada y de cómo se posiciona ante el “Nuevo Mundo”;
pero también dice algo respecto de cómo se re-constituye, reflejamente, la identidad y las
identidades del sujeto “americano”.
De alguna manera, en el europeo hay una interacción de terror y de deseo. Es decir, aquello que lo
aterra, le produce un profundo deseo, y aquello que desea le significa afrontar un profundo terror.
“La figura de la bella terrible” (López-Baralt, 2005, p.24), permite lograr un cierto dominio y
control, por medio de la simbólica propia –entiéndase el tabú religioso- de tal modo que alcanza
una categorización en términos de clasificar y, de esta manera, poder aclarar que se trata de algo
“bueno” o “malo”, “sano” o “insano”, “benigno” o “peligroso”, etc... América sin el europeo, es
salvaje y peligrosamente terrible, y por lo mismo tiene un gran atractivo, pues se inscribe en lo
“prohibido” que debe ser “domesticado”. Este fenómeno acontece en la construcción de
significados, es decir, la construcción de significados –entre otras cosas- permite un cierto dominio
del mundo entorno, para que el sujeto se dé a sí mismo el beneficio de la coherencia...
La construcción de significados en el lenguaje y la lingüisticidad. Lévi-Strauss (1987, p.75) entiende
que la lingüística es la “ciencia social” que ha realizado mayores progresos, de tal modo que su
influencia en las demás disciplinas va en la línea de colaborarles en “la ruta que conduce al
conocimiento positivo de los hechos sociales” (p.75). Las etimologías tendrían un correlato con las
costumbres que observa el sociólogo, pero éste viene a ser el punto de vista estructural de Lévi-
Strauss, dado que la lengua no es sólo partículas de palabras, que funcionan en un engranaje de
univocidad. La cuestión del lenguaje tiene, como un “pastel de milhojas”, niveles múltiples de
análisis.
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Los mundos que emergen ante nosotros y en nosotros, provocados y desde el discurso del otro,
presionándonos de alguna manera a que desarrollemos nuestro propio discurso, nuestra propia
narrativa. Decimos, por ejemplo, “el que calla otorga”, “el silencio es aprobación”... Pero ¿cuánto
tiempo demora en desenfundarse de su funda la narración reactiva al discurso del otro, cuando
parece colonizarnos? Si bien es verdad que el silencio otorga, eso es en el plano de la efectividad
histórico política. Si tú no dices tu opinión ahora, después es tarde para poder influir en las
decisiones comunes... Pero desde el punto de vista de la construcción del imaginario colectivo
cultural, es muchísimo más complejo. Las culturas están pobladas de silencios elocuentes, que
llevan a las masas en direcciones que el poder no sospecha....
Acogida y reconocimiento
(en relación a Lluís Duch, Antropología de la vida cotidiana)
Acogida, vínculo y apego, son conceptos que se aproximan en la comprensión del ser humano,
como ser que “es incorporado” por otros, para que llegue a ser lo más propio de sí mismo. Duch
(2002) habla de “estructuras de acogida”, cuando intenta formular el sustento de su discurso
antropológico (Duch, 2002, p. 11).
Algo similar a lo que ya hemos mencionado respecto del origen de lenguaje en la persona, la
situación existencial total de la persona humana se presenta con una dependencia vital, que
marcará la calidad de sus posibilidades de desenvolvimiento efectivo, históricamente hablando. El
nacer del sujeto humano, es lo más contrario a su condición “teórica” de sujeto, por cuanto el
bebé no “asujeta” nada, sino que es totalmente asujetado por los brazos de su madre. Total
fragilidad y dependencia, el hombre y la mujer no tendrán sino muchísimo más tarde las
condiciones de autonomía –al menos ilusoria- para definir su trayectoria subsecuente.
Arrojado a la existencia, en el mundo, deberá desarrollar el trabajo de levantarse, para “pasar del
caos al cosmos” (Berger, 1981). Para pasar de la insistencia a la existencia; de la biopertenencia, a
la logopertenencia y a la tecnopertenencia.
Lo maravilloso, a la vez que pavoroso de la acogida, de los vínculos y del apego, es que apelan –en
su dimensión radical- a la gratuidad-generosidad del otro. El otro también gana cuando acoge,
cuando responde al vínculo y cuando genera un apego seguro... pero su no apertura puede pasar
casi inadvertida, cuando se suma a las miles de experiencias frustrantes de los sujetos, en sus
experiencias primarias y primitivas. Porque “nobleza obliga”, las mamás son buenas con sus bebés.
Pero no siempre es así. Ser acogido en un vínculo, con calidez de apego seguro, es a la vez un don
y un soporte para el despliegue de un potencial incalculable... La frustración del don puede
marchitar prematuramente partes del potencial, sin que lleguemos a saber qué se perdió y con
qué remanente cuenta el sujeto, no solo de ese potencial, sino del “resentimiento” por la
ausencia, de la “nostalgia” por el deseo de llenar el vacío, que muchas veces se manifiestan en los
mecanismos de compensación.
Los mecanismos de compensación tienen múltiples caminos, unos pueden llevarnos por
desarrollos relativamente integrados y adaptativos. Pero otros pueden ser sobre-adaptativos, anti-
adaptativos o, definitivamente, rupturistas....
Las narrativas de los sujetos tienen esta otra dimensión, de provenir de dinámicas internas,
generadas en estos vínculos primitivos y fundantes de las condiciones del sujeto. El imperialismo
de la metrópoli, respecto de la provincia, no es solo cuestión de identificación ideológica, obedece
también a estilos de vínculos primarios, que favorecen determinados estilos de compensación,
que se popularizan y condicionan a los sujetos a compensar como todos lo hacen, en ese
momento histórico y en ese territorio específico...
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Esto marca las Transmisiones culturales, donde el sujeto es acogido y donde llegará a ser
reconocido como tal, en la medida que tiene los rasgos de estilo que son comunes. La calidad
humana de las relaciones –aunque no podamos definir con precisión cómo estas son de calidad-
hace que el sujeto sea lo que es a partir de ellas... solo en el marco de estos vínculos, de este
apego relativo, los sujetos pueden poner en juego una narrativa que pretende dar cuenta de la
realidad; en definitiva, explicar de dónde viene el mundo y qué sentido tiene su existencia... Pues,
cada vez que hace esto, es decir cada vez que narra su versión de la historia, hace de sus vínculos
un intento de proyectar esta narración más allá de su propia mirada.... para tener en el otro, la
seguridad que recibirá reciprocidad (cosmos ordenado) y no desprecio (caos desintegrador).
De modo análogo, la acogida, como vínculo y experiencia de apego, opera en el amplio mundo de
las culturas, como interculturalidad. Las posibilidades de acogida, en este caso, requieren
perspectivas ideológicas y metodológicas diferentes a aquellas disposiciones propias de las
relaciones interpersonales. La construcción simbólica comprometida en toda sociedad humana no
solo pone en tensión la pertenencia del sujeto, sino la “pertinencia” y “consistencia” frente a
construcciones simbólicas de otros grupos sociales. En la confrontación se pone en juego algún
tipo de acogida y, como consecuencia, un modo de valoración que marca, cual huella genética, la
narratividad propia y de “lo otro”. La experiencia de lo diferente puede gatillar la negación de la
acogida, como son el caso de la xenofobia, el exclusivismo imperialista y el exclusivismo sectario.
A diferencia de la relación de persona a persona, donde el sujeto consigue contener en sí su
identidad, como eje desde el cual se vincula con la identidad del otro, las sociedades no pueden
contener de modo tiránico en cada sujeto, el modo como se gestiona la “identidad cultural
común”. La pluralidad de procesos de síntesis es espontánea y se maneja en el juego de
hegemonías y contrahegemonías, es decir, de narrativas que se proponen como comprensión de
mundo… el encuentro con otras culturas, la permeabilidad cultural y toda experiencia de
intercambio simbólico entre culturas, potencia el abanico de pluralidad, permitiendo que cada
sujeto gestione a su modo –modo condicionado por su pertenencia, pero modo propio a fin de
cuentas- introduciendo mayor pluralidad y nuevos puntos de crisis, en la configuración de la
cultura y simbólica de su sociedad.
Desde siempre ha existido esta condición de encuentro-acogida entre culturas, con resultados
siempre diversos. Algunos hablan de diálogo intercultural, otros de colonialismo cultural, otros de
dominio cultural, otros de imposición cultural, otros de asimilación cultural, etc.
En este fenómeno debemos ubicar el proceso que el cristianismo creyente comprende como
evangelización. Y, por tanto, no le puede ser indiferente o de segundo orden al evangelizador en
cómo considere la cultura de su receptor, y ante ella, como considere su propia cultura. Solo en la
medida que potencia la dimensión de mutua acogida, permitirá que se abra aquel “lugar
fundante” desde donde se plantea el preguntar propio del hombre y el sentido de su existencia...
condición de tipo encarnatorio para el despertar de la fe... Lo humano se abre ante el don del
Evangelio... cosa muy distinta si el Evangelio entra con la fuerza de una cultura ajena,
pretendiendo significatividad instantánea.
El kerigma debe ser anunciado por el creyente. El kerigma es el “discurso” de los creyentes en
Jesucristo, que se plasma en narrativas históricas concretas. Éste es lugar de la tensión: las
narrativas que se asumen. Pueden ser narrativas asumidas sin mayor análisis crítico; pueden ser
asumidas como opción estratégica, o bien, pueden ser asumidas como consecuencia de un análisis
de consistencia con el propio kerigma.
Entendemos, en la teoría, que el kerigma puede ser acogido en cada cultura, tal como ocurrió en
los inicios de la historia de la Iglesia, entre judíos y griegos, entre el origen judío y el receptor
griego. Toda cultura está en condiciones de expresar desde sí misma, dentro de las limitaciones
del lenguaje humano, el misterio del amor de Dios. Y toda cultura experimenta una convulsión y
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una crisis en el contacto con la Palabra, dado que es “expuesta” desde sí misma a un proceso de
conversión. Pero es necesario señalar y aclarar que la conversión no se entiende como una
pérdida de la propia identidad, sino que es llevar la propia identidad, por un proceso de
depuración, a su máxima expresión.
La cuestión es que, el que anuncia el kerigma trae su propia cultura, la cual de suyo, por la actual
globalización, ya está en conflicto con la cultura del oyente de la Palabra. Este conflicto
intercultural no es puro producto del momento actual, sino el prolongado camino de la historia de
cómo se ha consolidado “occidente” y su expansión ambivalente en todo el planeta, con el
paradigma moderno.
La visión que tiene Hinkelammert (2003) de esta historia de occidente, es que ésta ha consistido
en la creación de mitos para promover la religión del imperio. Esta promoción opera a partir de
una violencia sacralizada, cuyo protagonista actual es los EEUU, con todas sus intervenciones
militares en el resto del mundo. El mito religioso se reinterpreta actualmente, en función de
modelar el mundo según sus intereses, políticos y económicos. Analizar este problema,
independiente que sean discutibles ciertos puntos de vista del autor, es analizar el conflicto que
nos implica a los creyentes en Jesucristo, en tanto que somos parte de esta cultura occidental, de
cara a la credibilidad de nuestro mensaje. Somos los representantes de este occidente, nos guste o
no. Entonces enterémonos de aquello que llevamos en nuestras espaldas.
¿Por qué occidente necesita crear o recrear mitos para promover la religión del imperio? Hoy
muchos hablan de una crisis de poder, donde lo que está en juego es cómo se mantiene el
monopolio, en plenos cambios y desplazamientos vertiginosos de los ejes de dominio... los
mercados son difíciles de controlar, la política internacional se diversifica, emergen actores
sociales nuevos, se desarrollan tendencias inesperadas y, por si fuera poco, la ciudadanía mundial
está enterada minuto a minuto de lo que pasa en todas partes. Hay un “panóptico” (Foucault,
Vigilar y castigar, 1976) que lo controla todo y que, paradojalmente, ofrece un cierto control a la
masa. La masa, conectada a la televisión y a internet, se instala progresivamente como un
observador crítico, que elabora su descontento, en la medida que se percibe a sí misma como
presa del pavor y de la desilusión utópica. Esta masa, orientada más por la intuición que por el
rigor académico (el pensar llevado a su radical con secuencia), somete a juicio de modo
implacable. ¿Es posible, entonces, una postura ingenua por parte del evangelizador, en relación a
su pertenencia cultural? En lo que sigue, intentaré una conversación con el pensamiento de este
autor, Hinkelammert, confrontado con otro autor, que trata la interculturalidad en relación al
cristianismo, Fornet-Betancourt (2007).
El hecho decisivo es que la fe cristiana se hizo occidental, sin haber nacido en occidente, sino en
Israel, es decir, de cuna semítica. Sin embargo, la hegemonía alcanzada por occidente, instaló un
paradigma de cristianismo que ha venido a ser, en los hechos, la forma oficial y única. Esto vale
tanto para el cristianismo de carácter católico romano, como para el reformado desde Lutero,
Melanchton, Zwinglio y Calvino, que para el caso –con todos los matices- aparecen convergentes.
Habría que dedicar unas líneas a estos matices de diferencia.
La diferenciación entre católicos y reformados en occidente moderno, coincide con el
descubrimiento, conquista y colonización del nuevo continente. No pretendo entrar aquí en la
discusión y defensa de si hubo o no un descubrimiento, que por lo demás está en el núcleo del
posicionarse como hegemónico, de occidente. Es decir, el llamado cisma de occidente tiene lugar
en el momento mismo en que se instalan las colonias occidentales en el “Nuevo Mundo”. El
europeo cristiano es el conquistador, que desde un inicio monopoliza el protagonismo y la
escritura de la historia; en su voz y en sus textos es incorporado el indígena y su tierra. Decimos
que la historia la escriben los que, posicionados estructuralmente como dominantes, narran el
acontecer desde su óptica e intereses, y lo hacen para hacer perdurar sus posiciones.
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El discurso religioso occidental, tanto de reformados como de católicos, consideró el fenómeno
religioso nativo, del colonizado, como un mundo pagano, infiel, llevado por la superstición, por la
superchería y por la fuerza del demonio. No se desconoce que hay múltiples casos en los que se
buscó cierta relación o diálogo, lo que permitió la pervivencia de ciertas creencias, o bien un
sincretismo. Sin embargo, el discurso religioso del conquistador fue y sigue siendo –a pesar de la
muerte de la metafísica clásica- el que domina la verdad sobre lo sagrado y la salvación religiosa.
En síntesis, el cristianismo como verdadera religión implica que las demás tendrían que ser falsas.
Y desde esta verdad religiosa se ha de buscar la conquista y el dominio imperial de los pueblos
(Hinkelammert, 2003).
Ahora bien, en occidente después de la aludida muerte de la metafísica clásica, la situación del
cristianismo tanto católico como reformado, ha resultado en la desapropiación progresiva de su
poder político y social, toda vez que éste fue usado como herramienta de cambio histórico, hasta
que la así llamada “secularización” se lo arrebatara. Es posible afirmar hoy que, después de tantos
siglos de intentos y ajustes de estas comunidades religiosas, cada vez que el símbolo religioso
pretendió volverse vinculante a fuerza de imponerse desde la directividad de un aparato de
gobierno, redujo la elocuencia y expresividad de su sentido último. Católicos y reformados se
encuentran reducidos, a la vez que liberados a la condición de ser una expresión más en el
escenario sociocultural.
Antes de continuar, una breve palabra respecto de la cuestión de la muerte de la metafísica,
conocida como nihilismo, en la versión de Nietzsche. La perspectiva platónica y aristotélica que
está a la base del pensar teológico cristiano, ha llegado, en el pensar occidental, a su momento de
crisis y desvelamiento de un aspecto que deviene dramático para el cristianismo: la metafísica, ha
sido el resultado de la desvirtuación de la pregunta original de la filosofía, que era la pregunta por
el Ser. El resultado, la construcción teórica de un Dios, monarca último del reino de la creación. A
partir de este monarca, se ordenan todos los poderes hacia abajo. Por tanto, a la Iglesia le “debe”
tocar una parte muy importante, y todos deben acatar. Al retomar la pregunta por el Ser, se
abandona esta idea casi mecánica, manejada desde fuera del mundo. El hombre ha de habérselas
con la realidad, con las herramientas propias.
Retomando, esta reducción y liberación en el escenario actual, plantea un problema que,
silenciosa pero implacablemente, van sufriendo o enfrentando tanto católicos como reformados
fuera de Europa: la desoccidentalización del cristianismo. Esta realidad puede ser resistida, sin
embargo parece un problema irrenunciable. La identificación del cristianismo con occidente, aun
entendiendo que hay distintos cristianismos, así como hay distintos occidentes, ha tenido como
consecuencia que la expansión del cristianismo ha sido, en el fondo, una expansión de occidente. Y
en toda expansión de occidente, ha venido –cual caballo de Troya- una versión de cristianismo que
sustentó un modo de imperio. Los conversos eran, al mismo tiempo, los sometidos, los vencidos,
los dominados y, así, hasta versiones muy recientes, donde el modelo ha operado como un
imperio unitario, cuando en su verdad más radical no lo era. Tanto católicos como reformados,
con estrategias comunicacionales diversas, hoy intentan desvincularse de los horrores de los
colonialismos occidentales, a la vez que sumarse a las ventajas de estos mismos.
La vieja Europa queda penando como residuo de lo que no quiere ser el latinoamericano, el
africano, el asiático, etc., o de aquello a lo que aspira pero que le queda siempre como ajeno. Ser
latinoamericano, por ejemplo, es tener el estigma de vivir prestado, sin asumirse en lo más propio,
como si fuera un pecado tener características no coincidentes con la metrópoli. La relación entre
lo católico y lo reformado en todo el mundo no puede soslayar este desafío, que tarde o temprano
mostrará nuevas oportunidades, en la dirección de inculturarse, de hacerse parte de un barro y,
desde él, repensarse como oferta de anuncio religioso.
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Lo que ha sido la confusión de lo cristiano con lo occidental y su metafísica, no solo impidió que los
cristianos occidentales reconocieran de modo efectivo a sus hermanos, los cristianos orientales
(ortodoxos), sino que impidió y sigue impidiendo que los hombres y mujeres de otras culturas,
cuando se convierten en cristianos, sigan siendo agentes activos de su propia cultura y civilización.
Hacerse cristiano ha venido de la mano con hacerse occidental, como un paquete hasta ahora
indisociable. Así el latinoamericano, sea católico o evangélico, es un occidental pero del patio
trasero, que se encuentra en la encrucijada de término de un algo venido del viejo mundo, que le
hace temblar su propia pertenencia y preguntarse ¿cómo seguir siendo cristiano hoy en América
Latina? ¿Cómo seguir siendo cristianos después que la oligarquía criolla se hizo liberal?
Ante este escenario, es posible plantear que lo que realmente está en crisis no es solo ni tanto lo
cristiano como experiencia religiosa, que en tanto tal ha sido siempre marginal, sino occidente,
que como proyecto imperial ha matado su emblema de conquista: el símbolo trascendente.
Occidente, como civilización totalizante y absorbente, tuvo en su momento la ilusión de un
porvenir llamado progreso, que hoy enfrenta serias dificultades en relación a la desilusión del
sujeto contemporáneo, y en relación al desastre ecológico que implicó el nivel de depredación
voraz para sostenerlo. Pero, como se señaló más arriba, el cristianismo no nació en occidente, sino
en Israel, es decir en la periferia, y quizá su única posibilidad –desde el análisis sociocultural- sea el
retorno a la periferia.
Teniendo hasta aquí, que llevamos en nosotros la urgencia existencial del “kerigma”, que llevamos
en nosotros “pertenencias culturales”, y teniendo el hecho ineludible que el otro, el interlocutor y
receptor del kerigma (no pasivo ni víctima, sino libre en su conciencia), tiene sus propias
pertenencias culturales, viene la pregunta todavía no pragmática, sino de sentido, respecto del
encuentro de estas pertenencias ¿Cómo iniciar una reflexión que permita diferenciar sincretismo
de inculturación del Evangelio?
Primero, ciertos presupuestos teóricos a discutir:
Ninguna cultura es absoluta.
Ninguna cultura es un sistema cerrado, sino abierto al “intercambio de información”.
Las culturas se relacionan entre sí, desde siempre y pueden hacerlo de modo respetuoso y
sinérgico, aun cuando exista la tendencia al dominio expansionista y hegemónico.
Las culturas evolucionan a partir de sí mismas y a partir del encuentro con otras.
No es posible estar fuera del ámbito cultural y fuera de la relación entre culturas.
Es posible discutir estos presupuestos, sin embargo, apuntan en una dirección ineludible. Fuera de
esta dirección, la posibilidad la tiene una mirada esencialista, que considerará erróneos todos los
caminos que no recorran los recorridos hechos por el sector social que porta la verdad del
Evangelio. La otra posibilidad, si se acepta la pluralidad, la tiene el convencimiento de “ser los
mejores”, desde una mirada desarrollista, y por tanto, con una suerte de condición natural para
desplegar la hegemonía de esa verdad.
Puestos en esta disyuntiva, es de rigor, una vez que hemos sentado las bases de una comprensión
crítica del fenómeno “intercultural”, abordar la fuente de la experiencia cristiana, el Evangelio.
Aproximarnos a la perspectiva de fondo que nos ofrece el Evangelio, consignado en el Nuevo
Testamento y en la Tradición de la Iglesia. No se trata de evaluar el Proyecto de Jesús, su Reino,
según esta “comprensión crítica”. Tampoco se trata de soslayarla, como si no fuese susceptible de
un análisis riguroso. Se trata de un ejercicio de honestidad intelectual, ¿qué nos ofrece el
Evangelio, para caminar en la dirección donde el kerigma se ofrezca en lo suyo más auténtico y, a
la vez, se reconozca el rostro concreto del ser humano en su condición situada, aquí y ahora?
De cualquier punto que partamos, estaremos recogiendo una perspectiva sancionada (canonizada)
por la fe de la comunidad creyente. En este sentido, no es necesario hacer el clásico recorrido:
Sinópticos, Hechos, Cartas paulinas, Cartas Católicas y Apocalipsis... basta tomar el “paño” desde
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un entrecruzamiento de hilos... Veamos: San Pablo entiende que su vida –y la vida del creyente-
está marcada por el anuncio del Evangelio “ay de mi si no anunciare”. Por este anuncio, por este
buen mensaje, se sabe deudor de todo aquel que tiene rostro humano. En su caso particular, se
sabe apelado a anunciar a quienes nadie les ha anunciado previamente. Se ha hecho todo para
todos (1Cor 9,19-23).
El hombre y la mujer son los destinatarios del Evangelio. Y el ser humano no es igual en todas
partes. Pablo diferencia al hombre que está bajo la Torá y el que existe sin la Torá. Se trata, en
todo caso de una diferencia teológica y no etnológica... 1Cor 1,18-25 y Rom 1,18-2,1-3.20). Se
requiere una comprensión dialéctica... Del ser humano interesa el que está confrontado con el
Evangelio, en cualquier punto en el que se encuentre. Es el encuentro de la persona humana con
el Evangelio.
El Evangelio define al ser humano, lo pone a la luz de Cristo. Cada uno ve en el punto existencial y
salvífico en que se encuentra... hasta que todos sean uno en Cristo (Gal 3,28-29).
El misterio de la “encarnación” da qué pensar. Una cultura, un momento histórico, un pueblo, una
lengua, una mujer... “La humanidad” asumida por el Verbo, por una parte tiene características de
diversidad y, por otra, creemos, según nuestra fe, ha sido asumida por Cristo, en su redención, en
la particularidad o individualidad de Jesús “de Nazaret”.
Además, la cuestión de la encarnación está profundamente emparentada con el misterio de la
“revelación”. El Verbo encarnado es la revelación definitiva del misterio de Dios, su “Padre”.
Entendemos que “lo revelado” de este “misterio” no se confunde con los elementos culturales que
posibilitan su transmisión, por ejemplo, llamarle “Padre”... pero no se da sin ellos. Lo revelado no
acontece en el aire, sino en el lenguaje humano, con una forma lingüística y un idioma. Como los
conceptos de Calcedonia, respecto de la unidad de las dos naturalezas en la persona del Verbo: sin
confusión, sin cambio, sin división, sin separación... cada naturaleza conserva su propiedad... (DZ
148).
La naturaleza humana asumida por el Verbo, en su individualidad, no implica que los demás
humanos no sean asumidos en su naturaleza... por el contrario: “se hizo en todo igual a nosotros”
(Filp 2,5-11). El asumir una cultura, la israelita, no significa que las demás culturas no sean factibles
de haber sido elegidas para su asunción, o bien, que no hayan sido asumidas en la elección de
Israel... por el contrario... Más bien, toda cultura puede actuar conforme a su realidad de cultura,
desde su identidad en construcción, como el lugar de la encarnación-revelación, de tal manera
que, no sólo potencialmente, sino de modo corporativo con la cultura “elegida”, participan de este
misterio... “La seriedad con que Cristo asumió la existencia humana se manifiesta en su aceptación
de las últimas consecuencias de ésta: él se hace obediente ‘hasta la muerte’” (Schnackenburg,
1980, p. 255). La seriedad de este “hasta la muerte”, no indica puramente el fallecimiento, sino los
límites, entre los que se encuentra la diversidad cultural. Jesús asume la “forma de esclavo”, desde
la “forma divina”, lo que implica que está comprometida la condición de deterioro de lo humano, y
de ahí en adelante... porque esta condición es la más incluyente, pues no admite mérito. Como en
el concepto de “opción por los pobres”, máxima inclusión.
Este misterio (revelación y encarnación) debe ser confrontado con otro problema del dogma, que
normalmente se estudia en “gracia y pecado”, que es la total gratuidad de la acción de Dios: al
crear y al salvar. Nada del ser humano obliga a Dios a determinadas acciones. Ninguna cultura
obliga a Dios a darse a conocer por su medio... pero cualquier cultura está, potencialmente, en
condiciones de transmitir la revelación. Revelación-encarnación-gracia, son un “sistema
hermenéutico” que ha emergido de la experiencia creyente de la comunidad primitiva, más que
formulaciones abstractas de la esencialidad del misterio.
Revelación-Encarnación. Debemos detenernos en este punto, pues se juega una discusión de
enorme trascendencia para la fe de la Iglesia. La perspectiva “desde Dios”, que considera la
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revelación como el dato objetivo respecto de aquello que debemos “saber” para nuestra
salvación, cae muy rápidamente en la dificultad de volatilizar “lo que creemos”.
La “encarnación” es un concepto al que la comunidad creyente llega después de la experiencia
pascual. Desde el resucitado, se re-interpreta la persona y la vida de Jesús, como el Cristo, primero
para entender su “misión”, y luego para entender su “pre-existencia”.
La inculturación toca el corazón identitario de la Iglesia, es decir, que la Iglesia al reconocer que su
razón de ser es la evangelización, está reconociendo el lugar central que tiene su encuentro con el
hombre y su cultura. Pero ¿cómo comprender este problema? Ya señalamos que el camino de
reflexión es el misterio de la encarnación y de la revelación. Se trata de ver cuál es el proyecto de
identidad de la Iglesia. Qué origen está reclamando determinados desarrollos... La Iglesia puede
acercarse a todos los pueblos, pero si no tiene clara su propia pertenencia, pierde relevancia.
La identidad de la Iglesia no puede ser una razón cualquiera... se requiere ir al inicio, al momento
fundante: Jesucristo. Entonces ¿quién es Jesucristo? Creer que Jesús es el Cristo, representa un
resumen de fe, “no siendo la cristología otra cosa que la concienzuda exposición de esta
profesión” (Kasper, 1982, p.14).
Cristo como fin anticipado de la historia (Pannenberg, 1974) debe ser pensado más allá de todo
adoctrinamiento, más allá de toda ideología. La experiencia creyente tiene un valor incalculable,
pero no anula el deber de pensar y de darse el trabajo de pensar... Si el final anticipado de la
historia me deja tranquilo, como presumido de que ya tengo todo lo que buscaba.... ay de mí!
La cristología define nuestro ser cristiano, ni más ni menos. El concepto cristiano de la realidad
mundo, de la realidad del ser humano... Ahora bien, el acceso a Jesucristo es solo posible a partir
del encuentro con creyentes en Jesucristo.... de ahí la tensión entre Jesucristo como criterio
primario y la fe de la Iglesia anunciadora como criterio secundario. Agregar que ambos criterios no
pueden ser contrapuestos.
El acceso al Cristo histórico y la realidad inevitable del Cristo de la fe, en el que busca pensar la
cristología. De ahí a la pregunta por qué tan auténtica es la tradición del Nuevo Testamento,
especialmente de los sinópticos. Se nos presenta la figura histórica de Jesús con mucha fuerza,
pero acompañado de su comprensión creyente.
Está en juego la humanización -encarnación-. Los dos grandes errores cristológicos, el arrianismo y
el monofisismo, apuntan a la dificultad de articular un concepto de redención que sea consistente.
Un Mesías que solo es hombre, no deja de ser un nuevo profeta con poder para predicar, pero que
deja al ser humano en su propia condición de pecado. Un Mesías que solo es Dios, ofrece una
salvación extrínseca a la historia humana, de tal modo que evidencia que la creación de Dios está
realmente “mala”... pero resulta que esta creación es obra de Dios ¿se equivocó Dios?
De igual modo, así como el misterio de la encarnación asume el nervio de la redención, la
revelación para que sea tal, debe darse a partir del lenguaje humano, con todas sus condiciones.
Lo humano, todo lo humano, y el mundo en la persona humana, lo vemos asumido en Dios y por
Dios, en su encarnación. Es un acontecimiento y una interpretación, y dan qué pensar. Algo se
puede reconocer en el pensamiento de Hegel, como aquel filósofo que se atrevió a pensar una
teodicea, probablemente la última. Él nos pone ante una dificultad respecto del dato de la fe, tal
como lo entiende la Tradición de la Iglesia; pero, de todos modos, debemos reconocer en su
“filosofía de la historia” una interpelación al pensar contemporáneo. Interpelación no en su
“gráfica”, sino en el intento sereno de abordar la incierta posición del hombre en la existencia
“deveniente”, con los frágiles parámetros e indicadores de los cuales se aferra y cuelga para otear
el horizonte.
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Desde nuestra comprensión creyente
Volvemos al texto de Juan: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos
contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad”
(Jn 1,14). La historia llega a su punto clave, al epicentro de su significación, como rebalse del don
de Dios. El término χάρις es la traducción griega del hebreo hen, (“favor”, “benevolencia”,
“compasión”; etimológicamente, de “inclinarse” – “acampar”) y es sobre todo utilizado por Pablo,
designando el favor gratuito de Dios, que incluye y sobrepasa al mismo tiempo, la aspiración de
bondad propia del hombre, puesto que es un don que manifiesta la gloria del mismo Dios: todo
viene de él y debe volver a él (Ef 1,1-14).
Jesucristo trae un nuevo inicio, digamos que retoma el inicio primigenio, pero no como un retorno
atrás, sino desde la situación concreta e histórica de su encarnación, para dar a la humanidad y a
cada ser humano en particular, parte en su gloria. La historia había mostrado, antes de él, que
todo era bueno y provenía de Dios, que el hombre había pecado y que Dios había procurado los
medios para revertir la situación de pecado, a partir de la Alianza y la entrega de la Ley. Sin
embargo, si la Ley evidenció el pecado y el hombre permaneció como pecador (Rom 5,12-21),
Jesucristo evidencio la sobreabundancia del amor que es compasivo, para que reine su gloria en el
hombre. Así, se oponen pecado y gracia (Rom 6,14) como condiciones de dos momentos distintos
que separa el acontecimiento Jesucristo, el Hijo del dueño de la viña (Mt 21,33ss), que vino a
reconciliar el mundo (Col 1,19-20) y a traer el perdón de los pecados (Mt 26,28).
En Jesucristo se muestra que Dios ha sido fiel, que su “ser compasivo” se ha manifestado de más
en más hasta su venida, y mientras no le veamos cara a cara en su Reino, no alcanzaremos a
dimensionar –pues nos supera inmensamente– su hondura y amplitud.
Para el cristiano la “gracia” es el don por excelencia, el que expresa toda la acción de Dios y toda
acción de Dios. Y la gracia no es una abstracción, sino la persona misma de Jesucristo, Dios mismo
dado a la humanidad. La razón es que el “ser compasivo” de Dios se ha hecho carne, es decir –fiel
al origen etimológico– “acampó” en medio de nosotros: (Fil 2,6-11) implicando el abajamiento, o
despojamiento de sí mismo (αλλά έαυτόν εκένωσεν μoρφήν δούλου λαβών), en que ya no es el
soberano y monarca distante al que no se le puede interrumpir, sino el “pobre de Yahvé”, que de
sus heridas saca vida para el Pueblo, para la humanidad.
El misterio de Cristo es la realización plena del ser compasivo de Dios, que no transforma el
impacto que le produce nuestra miseria en una limosna, para seguir sumido en sus “ocupaciones
celestiales”, sino que se hunde en el fango de la miseria humana, para llegar hasta su raíz: a la
condición de esclavo (consecuencia del pecado). El inclinarse y abajarse (a-no-nada-r-se; hacerse
nada), es el misterio de la bondad incomprensible y de la superación de toda racionalidad posible
(Dios hecho una partícula del mundo), por puro amor gratuito. Pues nada hay en nosotros que
obligue a Dios a algo semejante, como si de pronto tuviésemos derechos sobre él. Y este ser
compasivo hecho carne no se quedó ahí, en el fango, para simplemente ocupar un lugar más, sino
para llegar al lugar donde ese fango se transfigura: la muerte en cruz y la gloria de la resurrección.
El “Siervo de Yahvé” no se alza por encima de nuestras cabezas, sino que las levanta a la dignidad
de hijos en él, para que su Espíritu en nosotros clame “¡Abbá, Padre” (Gal 4,6-7). Dios no “tiene”
compasión con nosotros, sino que “es” compasivo con nosotros; pues si solo “tuviera”, no se
habría encarnado, simplemente nos habría dado algo así como una limosna. En cambio se dio a sí
mismo por nosotros a la muerte, para que en nosotros estuviera la vida.
Todo creyente, y en los creyentes toda la humanidad, hemos sido llamados por la gracia de Cristo
(Gal 1,6; 2Cor 8,9), hemos sido interpelados y traspasados por un don que no es aplastante, como
la mirada de un monarca en toda su pompa –que sin embargo dura un instante– sino lleno de
bondad y sin fecha de vencimiento: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de
Dios” (Lc 6,20).
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Cristo resucitado y ascendido al cielo, no nos ha dejado abandonados. Su ida no es una fuga del
lugar y existencia propia de los seres humanos. El don de Dios en Cristo se sigue desplegando en la
historia, como historia de la salvación, con el protagonismo activo del que ha acogido “el Espíritu
Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
El Espíritu prometido por Jesús (Jn 15,26-27; 16,7-15; Lc 24,49; Cf. Ef 1,13; Gal 3,14) no es un
premio de consuelo, sino parte fundamental del ser compasivo de Dios que se nos ha dado para
nuestra salvación. Mientras Jesús, el Verbo hecho carne, es un “sujeto” otro de nosotros, estará
siempre la posibilidad de “heteronomizar” su Evangelio... y así volvemos a la Ley, algo externo que
debemos cumplir, eventualmente burlar y normalmente infringir. El Espíritu es una fuerza (poder)
de Dios dentro de cada creyente, una fuerza de vida nueva, recibido en la fe (Gal 3,2), que como ya
hemos visto hace vivir a Cristo, el Hijo, en el creyente (Ef 3,16-17; Gal 4,6). La dinámica trinitaria ya
opera en nuestra vida, en la historia que se teje en el mundo de los pueblos... No podemos ser
bienaventurados a punta de esfuerzo, si no tenemos el Espíritu... ¿cómo ser pobres, si la pobreza
mata a multitudes? ¿cómo ser pobres en el mundo del progreso? No es posible el a-no-nada-r-se
si no es en el Espíritu, como fuerza de Dios dentro nuestro, uno con nuestro espíritu. Entonces,
empezamos ya, misteriosamente, a participar de su resurrección... por su Espíritu (Rom 8,11).
Pablo desarrolló de modo más explícito el don gratuito de la gracia (Rom 3,24), poniendo de
relieve que ninguna condición humana garantiza la salvación. En este contexto surge el concepto
de la “justificación”, como imposibilidad desde “las obras” del hombre y como única posibilidad en
la libre decisión de Dios (Rom 11,5-6). En las obras el hombre se reconoce a sí mismo, por tanto
estas mantienen siempre la ambigüedad entre ser búsqueda honesta y ser deseo egocéntrico
velado. Quien es objeto de la gracia de Dios se “halla en gracia” (Cf. Rom 5,2), como estado
existencial que se debe desear y poner todos los medios para no perder, pero que siempre es
iniciativa, don y sostén divino. La gracia no se conquista, se recibe como don; no se merece, es
indebida... la gracia, Cristo, es la autodonación definitiva de Dios al hombre, y en él todo el
cosmos, para incorporarle en su intimidad y dinámica intratrinitaria.
Referencias
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Santiago: Ediciones Lom
Berger, P. L. (1982). Para una teoría sociológica de la religión. Barcelona: Editorial Kairós
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posmoderna. Barcelona: Editorial Gedisa
Duch, Ll. (2002). Antropología de la vida cotidiana. Simbolismo y salud. Madrid: Editorial Trotta
Eichholz, G. (1977). El Evangelio de Pablo. Esbozo de la teología paulina. Salamanca: Ediciones
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Fornet-Betancourt, R. (2007). Interculturalidad y religión. Para una lectura intercultural de la crisis
actual del cristianismo. Quito: Ediciones Abya-Yala
Geertz, C. (2003). Géneros confusos. La refiguración del pensamiento social. En El surgimiento de
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Pannenberg, W. (1974). Fundamentos de cristología. Salamanca: Ediciones Sígueme
Said, E. W. (1996). Cultura e imperio. Barcelona: Editorial Anagrama
Schnackenburg, R. (1980). Cristología del Nuevo Testamento. En Mysterium Salutis, Tomo III.
Madrid: Ediciones Cristiandad.
ANEXO 3
Saludo
Que el amor y la paz,
de parte de nuestro Padre
y de Jesucristo el Señor,
estén con todos ustedes.
Y con tu espíritu.
Motivación 1:
Amados Hermanos: Antes de comenzar con la siguiente etapa del retiro, les invito a que pensemos
en aquellas primeras experiencias de oración que tuvimos de forma personal. Pensemos luego, en
esos “momentos de cielo” que hemos podido, por gracia de Dios, vivenciar a nivel comunitario.
Tratemos de traer a la memoria aquellos sentimientos, emociones y sensaciones que, cada vez
que oramos, nos llenan o invaden.
Motivación 2:
Antes de dirigirnos a Dios y de alabarle como es debido a su dignidad, les invito a que
purifiquemos nuestro corazón de toda inquietud, preocupación y angustia, y de toda aquella
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impureza que se haya apoderado de nosotros mediante nuestros sentidos. “Y como no sabemos
orar”, acojamos en el corazón el consejo del mismo Señor, cuando nos dice: cuando oren, no
multipliquen las palabras… entren en su habitación y oren a su Padre que mora en lo secreto… y
pidan al Espíritu Santo que ore en ustedes, pues, sólo podemos decir, Abba, Padre, por la acción
del Espíritu Santo en nosotros.
Les invito ahora a rezar el siguiente salmo, apoyados de las palabras de nuestro Padre San Agustín:
“Cuando oran a Dios con salmos e himnos, que sienta el corazón lo que profiere la voz”.
Luego, juntos oran este salmo, de forma pausada y meditativa; ojalá en actitud de contemplación.
Salmo 42 (41)
Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua,
así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios.
Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo;
¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?
Yo lo recuerdo,
y derramo dentro de mí mi alma,
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cómo marchaba a la Tienda admirable,
a la Casa de Dios, entre los gritos de júbilo y de loa,
y el gentío festivo.
En mí mi alma desfallece,
por eso te recuerdo desde la tierra del Jordán
y los Hermones, a ti, montaña humilde.
Luego, se invita a repasar el salmo en silencio y, cuando todos lo hayan hecho, se invita a que cada uno,
voluntariamente, rece aquella estrofa o frase que le haya llegado más al corazón.
Oración conclusiva
Dios Padre de bondad,
te suplicamos incrementes en nosotros
el espíritu contemplativo que infundiste en tu siervo San Agustín,
para que nosotros, sus hijos, a ejemplo suyo,
podamos alabarte y bendecirte siempre y en todo lugar
con todo lo que somos y tenemos.
Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Bendición
El Señor esté con ustedes.
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Y con tu espíritu.
Rezo Mariano
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza.
A ti celestial princesa, Virgen sagrada María,
Yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón;
Mírame con compasión, no me dejes Madre mía. Amén.
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