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Juego Sucio - George R. R. Martin PDF

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A Laura Mixon.

Todos te extrañamos.
Nota del editor
♣♦♠♥

Wild Cards es una obra de ficción ubicada en un mundo completamente imaginario, cuya historia
avanza de manera paralela a la nuestra. Los nombres, personajes, lugares e incidentes abordados en
Wild Cards son ficticios o fueron usados dentro de una ficción. Cualquier parecido a hechos
actuales, lugares o personas reales, vivas o muertas es mera coincidencia. Por ejemplo, los ensayos,
artículos y otros escritos contenidos en esta antología son completamente ficticios, y no existe la
intención de implicar a escritores actuales, o afirmar que alguna de esas personas alguna vez
escribió, publicó o participó en los ensayos, artículos u otros textos ficticios contenidos en esta
antología.
Nota al lector
♣♦♠♥

En la vida real siempre se dan miles de historias al mismo tiempo. Hemos tratado de que el mundo
de los Wild Cards se parezca a la realidad hasta donde sea posible.
El anterior volumen de la serie de Wild Cards, llamado El viaje de los ases, narraba lo sucedido
en la gira global de la Organización Mundial de la Salud, que partió de Nueva York el 1 de
diciembre de 1986 y regresó el 29 de abril de 1987.
La primera parte del presente volumen contiene la narración de lo sucedido en Manhattan a partir
del comienzo de octubre hasta el final de abril, o sea, desde antes del inicio de la gira y durante sus
trabajosos recorridos por diversas regiones del mundo.
Los relatos que cierran el mosaico cuentan hechos acaecidos en mayo y junio, tras el regreso de
los viajeros.

EL EDITOR
Agradecimientos
♣♦♠♥

El editor desea extender su gratitud y aprecio a Melinda M. Snodgrass, su mano derecha incansable,
generosa y plena de energía, que ha aportado largas y difíciles horas como abogada de marca, madre
confesora, negociadora, coordinadora de cenas, ayudante del editor, cuidadora de niños, diplomática
y la voz de la razón en medio de la lluvia de flechas y otros proyectiles. Sin su cordura, diligencia e
imaginación el mundo de Wild Card sería mucho menos interesante, si acaso lograra existir…
OCTUBRE DE 1986 -
ABRIL DE 1987
Sólo los muertos conocen Jokertown
♣♦♠♥
por John J. Miller

B rennan se movía en las sombras de la noche otoñal como si formara parte de ellas, o como si
ellas fuesen parte de él.
El otoño ponía un acento frío en el aire que vagamente traía a Brennan recuerdos de las Catskills.
Echaba de menos esas montañas más que a ninguna otra cosa, pero mientras Kien siguiese libre, eran
tan inalcanzables como los fantasmas de sus amantes y amigos muertos que en las últimas noches
perturbaban sus sueños. Amaba las montañas, igual que amaba a todas las personas a quienes había
fallado a lo largo de los años, pero ¿cómo amar la sucia extensión de la ciudad? ¿Quién podía
siquiera conocer la ciudad, conocer Jokertown? Él, desde luego, no. Sin embargo, la presencia de
Kien lo ataba a Jokertown con cadenas de acero adamantino.
Cruzó la calle y se internó por media cuadra de escombros urbanos alrededor del Palacio de
Cristal. Con un sexto sentido de cazador percibía que las miradas lo seguían al pasar entre todos los
desechos. Colocó la bolsa de lona en que llevaba su arco desarmado en posición más cómoda,
mientras se preguntaba –y no por primera vez– quiénes serían esas criaturas capaces de hacer su
hogar entre montones de basura. Una o dos veces oyó susurros que no eran del viento, y pudo ver
destellos de movimientos que no eran sombras de la luz de la luna, pero nadie interfirió mientras
trepaba por la escalera de emergencia oxidada que colgaba de la pared trasera del palacio. Subió al
techo sin hacer ruido, burló al sistema de seguridad, que le hubiera dado dificultades si no fuera
porque Chrysalis le había indicado cómo manipularlo, y abrió la trampa que daba acceso al tercer
piso del palacio, el dominio privado de Chrysalis. El corredor estaba totalmente a oscuras, pero
gracias a su memoria pudo sortear las delicadas estanterías llenas de accesorios antiguos para
ingresar a la recámara. Chrysalis estaba despierta. Sentada sobre su sofá afelpado color vino,
desnuda del todo, jugaba solitario con un mazo de cartas antiguas.
Brennan la contempló un momento. Su esqueleto, su musculatura fantasmal, sus órganos internos y
la retícula de vasos sanguíneos dibujaban una filigrana por todo su cuerpo, iluminada con delicadeza
por una lámpara Tiffany’s que colgaba sobre el sofá en donde tendía sus cartas. Miró el esqueleto
articulado de la mano repasar las cartas y sacar el as de espadas.
Ella alzó la cara, sonriendo, y lo miró.
La sonrisa de Chrysalis, como su misma persona, era un enigma. Difícil de interpretar, porque de
su cara se veían solamente los labios y algunos indicios de músculos espectrales sobre los pómulos y
las mandíbulas; su sonrisa podía significar cualquiera de las mil cosas que puede comunicar una
sonrisa. Brennan decidió interpretarla como bienvenida.
—Ha pasado mucho tiempo –le lanzó una mirada crítica–. Suficiente para que te hayas dejado
crecer la barba.
Brennan cerró la puerta y apoyó en la pared el estuche de su arco.
—He tenido que atender asuntos –respondió, con voz de sonido suave y profundo.
—Sí –añadió ella–. Algunos de tus asuntos interfieren con los míos.
Era indudable a qué se refería. Varias semanas antes, en el Día Wild Card, Brennan había
disuelto una reunión en el Palacio, en que Chrysalis negociaba la venta de un conjunto de libros muy
valiosos en el cual se incluía el diario personal de Kien. Brennan, con la esperanza de hallar
suficiente evidencia para clavar el despreciable pellejo de Kien a la pared, obtuvo ese volumen, que
a fin de cuentas le resultó inútil. Todo lo escrito ahí había sido destruido.
—Lo siento mucho –se disculpó–. Yo necesitaba ese diario.
—Sí –volvió a decir Chrysalis, mientras los músculos espectrales se plegaban, lo que indicaba
que fruncía el ceño–. ¿Ya lo has leído?
Brennan titubeó un instante antes de responder.
—Sí.
—¿Y no tendrás reparos en compartir la información que contiene?
Eso era más una exigencia que una solicitud. De nada serviría, pensó Brennan, decirle la verdad.
Pensaría que él quería quedarse con todo.
—Es posible.
—En tal caso, supongo que podré perdonarte –declaró ella, aunque el tono de voz no era de quien
otorga perdones.
Reunió despacio sus cartas, con los cuidados debidos a objetos antiguos y valiosos, y las puso
sobre una mesita de patas de araña junto al sofá. Enseguida se recostó, lánguida, y mostró dos
pezones que oscilaban sobre pechos invisibles, cuya firmeza y calor Brennan conocía muy bien.
—Te he traído algo –anunció Brennan en tono conciliador–. No es información, pero te ha de
gustar casi lo mismo.
Se sentó al borde del sofá, y sacó del bolsillo de la chamarra de mezclilla un sobre pequeño y
translúcido. Al tomarlo de sus manos, un muslo invisible y cálido tocó el de Brennan y se apoyó en
él.
—Es una Penny Black –dijo él, mientras ella alzaba el sobre para verlo a la luz–. La primera
estampilla de correos de la historia. En estado impecable. Rara y valiosa, sobre todo por estar tan
bien conservada. El retrato es la reina Victoria.
—Qué bonita –mostró su enigmática sonrisa–. No te preguntaré dónde la conseguiste.
Por respuesta, Brennan se limitó a sonreír. Sabía de sobra que ella sabía perfectamente de dónde
la había sacado. Se la había pedido a Espectro cuando inspeccionaban los álbumes llenos de
estampillas raras que había robado de la caja fuerte de Kien, la misma de la cual ella había extraído
el diario en las primeras horas del Día Wild Card. A Espectro la había conmovido que Brennan no
consiguiera lo que buscaba en ese diario sin ningún valor, y le había obsequiado gustosamente la
estampilla cuando se la pidió.
—Bueno, espero que te guste –Brennan se puso de pie y se desperezó, mientras Chrysalis ponía el
sobrecito al lado del mazo de cartas.
Fue a la mesa de noche junto a la cama de postes y cortinas de Chrysalis, y tomó de ahí la garrafa
de whisky irlandés que ella tenía para él. La alzó, la miró, frunció el ceño y la volvió a dejar sobre
la mesa. Volvió a sentarse en el sofá con ella.
Con un movimiento flexible ella se inclinó hasta cubrir el cuerpo de Brennan con el suyo. Él
aspiró el aroma almizclado y sexual de su perfume, miró su sangre correr por la arteria carótida del
cuello.
—¿Cambiaste de opinión sobre tomar un trago? –le preguntó ella, con suavidad.
—La garrafa está vacía.
Chrysalis se alejó un poquito para mirar sus ojos, en los que se agitaba una pregunta.
—Tú no bebes más que amaretto –enunció Brennan, y ella asintió.
—Cuando por primera vez vine a ti –suspiró–, sólo buscaba información. No quería que se diese
algo personal entre nosotros. Fuiste tú quien empezó esto. Para poder continuar y que tenga sentido,
es preciso que sea yo el único que se acuesta en tu cama. Yo soy así. Es la única forma en que puedo
entregarme a alguien.
Chrysalis se le quedó mirando varios segundos antes de responderle.
—A ti qué te importa con quién me acuesto –repuso al fin, con un acento británico que Brennan,
con su oído fino para los idiomas, supo que era fingido.
—Será mejor, entonces, que me vaya –asintió Brennan.
Se puso de pie y se dio la vuelta.
—Espera –le conminó ella, poniéndose de pie también.
Se miraron uno al otro durante un largo momento. Cuando al fin habló ella, su voz tenía tono
conciliador.
—Por lo menos, bébete tu whisky. Iré abajo a llenar la botella. Te lo tomas, y luego… luego
podemos hablar.
Brennan estaba cansado, y no había ningún otro sitio en Jokertown donde quisiera estar.
—Está bien –aceptó, con voz suave.
Chrysalis se echó encima un kimono de seda estampado con figuras de humo que asumían formas
de caballos al galope, y salió de la habitación, con una sonrisa que resultaba más tímida que
enigmática.
Brennan se echó a andar dentro del cuarto, miró su propia imagen reflejada en los innumerables
espejos antiguos que decoraban las paredes de la recámara de Chrysalis. Sería mejor irse de ahí,
pensaba, y dejar que las cosas quedaran así, pero Chrysalis le resultaba fascinante tanto en la cama
como fuera de ella. A pesar de sus buenas intenciones. Brennan sabía que necesitaba de su compañía
y, admitió ante sí mismo, su amor.
Habían pasado más de diez años desde que se había permitido amar a una mujer. Sin embargo,
desde su llegada a Jokertown descubrió que se permitía menos emociones de las que en realidad
experimentaba. No podía vivir sintiendo solamente odio. No sabía si le era posible amar a Chrysalis
como había querido a la esposa francovietnamita, perdida a manos de los asesinos que trabajaban
para Kien. Su voluntad era no amar a ninguna mujer mientras siguiera las huellas de Kien, pero a
pesar de una gran fijeza de propósitos, y a pesar de su adiestramiento Zen, lo que su voluntad
mandaba y lo que le sucedía a menudo eran cosas del todo diferentes.
Se quedó de pie en el silencio del aposento de Chrysalis, haciendo un esfuerzo bien estudiado por
no pensar en el pasado. Pasaron varios minutos antes de que, de pronto, se diera cuenta de que
Chrysalis tardaba más de la cuenta en volver.
Arrugó el entrecejo. Resultaba casi inconcebible que le sucediera algo a Chrysalis en el Palacio
de Cristal, pero los hábitos de precaución que le habían salvado la vida a Brennan más veces de las
que quería recordar le sugirieron ensamblar el arco antes de ir en su busca. Si se tropezaba con ella
en la oscuridad se sentiría tonto, pero ya se había sentido tonto en otras ocasiones. Eso era mejor que
sentirse muerto, otra sensación que conocía con mayor intimidad de lo que consideraba deseable.
Chrysalis no estaba en los corredores del tercer piso, ni tampoco en las escaleras que bajaban al
salón de cerveza, pero al bajar calladamente logró distinguir un murmullo de voces.
Tomó una flecha, la puso en la cuerda del arco y se asomó por el borde del cubo de la escalera,
desde donde podía verse la parte trasera del salón de cerveza. Hizo rechinar los dientes. ¡Su cautela
estaba justificada!
Chrysalis estaba de pie frente a la larga barra de madera pulida que iba casi de un lado a otro del
salón. A su lado, sobre la barra, la garrafa de whisky aún vacía se había quedado olvidada.
Connotando enfado, ella tenía los brazos cruzados y apretaba las mandíbulas, para formar con los
labios comprimidos una línea delgada.
Dos hombres la estaban sujetando, mientras un tercero se sentaba junto a una mesa, encarándola,
frente a la barra. En la penumbra de la luz de noche encendida sobre la barra, Brennan apenas pudo
discernir los detalles de la escena, pero vio que los tres hombres tenían caras de expresión dura. El
que la miraba desde la silla hacía tamborilear los dedos sobre la superficie de la mesa, al lado de
una pistola de cachas cromadas.
—¡Venga! –exclamó el sujeto, en una voz suave pero amenazante–. No queremos más que un poco
de información. Nada más. Ni siquiera diremos quién nos la suministró. Habrá guerra pronto, pero no
sabemos a quién golpear.
Se reclinó en la silla, en espera.
—¿Y creen que acaso yo lo sé?
Brennan reconoció el tono de rabia en la voz de Chrysalis, pero también que tras la rabia había
miedo.
—Pero nosotros sabemos que tú sí sabes, linda. Tú sabes todo lo que pasa en este hoyo de
mierda que es Jokertown. Lo único que tenemos por cierto es que hay alguien atrás de estas pandillas
miserables que se nombran el Puño de Sombra. Invaden nuestro territorio, nos quitan clientes y nos
cortan ganancias. Tienen que parar.
—Si supiera de quién se trata –advirtió Chrysalis, con énfasis en la palabra “si”–, el dato les
costaría más de lo que pueden pagar.
El hombre sentado a la mesa meneó la cabeza.
—No me estás entendiendo, linda. Si mantienes cerrada la boca, te va a costar más de lo que tú
puedes pagar –amenazó, y marcó una pausa volviendo a golpear la mesa con los dedos, después de lo
cual desvió su mirada hacia al hombre parado a la derecha de Chrysalis–. Sal, ¿tú crees que se
formarán cicatrices en su famosa piel invisible?
Sal ponderó la pregunta.
—Podemos averiguarlo –dijo.
Se oyó un chasquido, y Brennan distinguió el destello de la hoja de un cuchillo. Sal lo puso frente
al rostro de Chrysalis y lo movió de un lado a otro. Ella trató de retroceder hacia la barra. Abrió la
boca para dar un grito, pero el hombre que estaba a la izquierda le puso una mano enguantada sobre
la boca. Sal soltó una carcajada al mismo tiempo que Brennan dejó ir la flecha que tenía en el arco
tensado. Dio en la espalda de Sal y el impacto lo lanzó sobre la barra, como impulsado por una
catapulta. Con la posible excepción de Chrysalis, nadie comprendió lo que acababa de pasar. El
hombre sentado a la mesa agarró la pistola y se puso de pie de un salto. Con la mayor tranquilidad,
Brennan le metió la flecha siguiente a través de la garganta. El matón que tenía agarrada a Chrysalis
soltó un chorro verbal de obscenidades y quiso sacar una pistola de debajo de la chaqueta, en una
funda colgada del hombro. Brennan le lanzó una flecha que se le clavó en el brazo derecho. Soltó la
pistola y giró para alejarse de Chrysalis, al tiempo que miraba la flecha cazadora de aluminio
hundida en la carne de su brazo.
—¡Ay, Jesús! ¡Ay, Jesús! –farfullaba el matón, mientras trataba de inclinarse para recoger la
pistola.
—Si la tocas te meto la siguiente flecha en el ojo derecho –advirtió Brennan desde la oscuridad.
El matón tuvo la sensatez de erguirse. Retrocedió hacia la barra, sin dejar de gemir mientras
sostenía el brazo que sangraba.
Brennan avanzó hacia la luz difusa que arrojaba la lamparita de noche sobre la barra. El hombre
herido miraba fijamente la flecha con punta de navaja colocada en el arco.
—¿Quiénes son? –preguntó Brennan a Chrysalis en tono rudo, recortando las sílabas.
—Mafia –replicó ella, con una voz quebrada por la tensión y el miedo.
Brennan asintió, sin quitar los ojos del mafioso que, por su parte, no dejaba de mirar la flecha que
apuntaba a su garganta.
—Tú ¿sabes quién soy?
El mafioso asintió con movimientos bruscos de la cabeza.
—Sí. Eres Yeoman, el que mata con arco y flecha. Siempre leo todo lo que sale sobre ti en el
Post.
Las palabras brotaban de su boca en un torrente repleto de terror.
—Cierto –repuso Brennan.
Echó un vistazo rápido al hombre que había estado sentado a la mesa. Estaba hecho un ovillo en
el suelo sobre un charco de sangre que aumentaba de tamaño, y del cuello sobresalían unos treinta
centímetros de flecha. No se molestó en verificar a Sal, a quien la flecha había perforado
limpiamente el corazón.
—Tienes suerte –continuó Brennan, con la misma voz de muerto–. ¿Sabes por qué?
El hombre meneó la cabeza vigorosamente, y suspiró aliviado cuando vio a Brennan aflojar la
tensión en la cuerda y dejar el arco a un lado.
—Te necesito para que lleves un mensaje de mi parte. Alguien tiene que decirle a tu jefe que con
Chrysalis nadie se mete. Dile que tengo una flecha donde he escrito su nombre, una flecha que le
entregaré en el mismo momento que oiga que algo le ha pasado a Chrysalis. ¿Piensas que podrás
llevar el recado?
—Claro, desde luego que puedo.
—Qué bueno –Brennan sacó una carta de su bolsillo trasero y se la mostró al mafioso: el as de
espadas–. Esto es para que él vea que le dices la verdad.
Agarró al hombre por el brazo y se lo enderezó de un tirón. El hombre soltó un gemido cuando
Brennan clavó la carta en la flecha.
—Esto es para asegurarme de que no la pierdas –le explicó Brennan, con los dientes apretados.
Con un jalón repentino y fuerte, ensartó la flecha en el otro brazo del pandillero. El mafioso soltó
un grito al sentir dolor agudo e inesperado. Cayó de rodillas, y Brennan dobló el tallo de aluminio de
la flecha alrededor de ambos brazos, por debajo, fijándolos como si le hubiera puesto unas esposas.
A continuación, lo hizo ponerse de pie. El hombre sollozaba de dolor y miedo, y no se atrevía a
mirar a Brennan a los ojos.
—Si te vuelvo a ver en cualquier otra ocasión –le avisó Brennan–, date por muerto.
El matón se alejó tambaleándose, entre sollozos e imprecaciones incomprensibles. Brennan lo
siguió con la mirada hasta que lo vio salir por la puerta principal, y sólo entonces se volvió a
Chrysalis. Ella lo miraba con miedo en los ojos, y Brennan entendió que en parte él mismo era la
causa.
—¿Estás bien? –le preguntó con voz suave.
—Sí… sí, creo.
—Te pedirán que respondas muchas preguntas –le dijo Brennan–, a menos que nos deshagamos
de los cuerpos.
—Sí –asintió con la cabeza firmemente, mientras intentaba retomar el control de la situación–.
Voy a llamar a Elmo. Él se encargará de esto.
Hizo una pausa y lo miró a los ojos, antes de añadir:
—Te debo.
—¡Créditos y débitos! –suspiró Brennan–. ¿Es necesario que tu vida se conforme a esa tabulación
tan rígida?
Ella se mostró sorprendida al oírlo, pero enseguida asintió.
—Sí –afirmó enérgicamente–. Sí que lo es. No hay otra manera de llevar la cuenta, de asegurarte
de que…
Su voz se fue apagando, y dándose la vuelta se dirigió al otro lado de la barra.
Miró el cuerpo de Sal, y cuando volvió a hablar sus pensamientos seguían un nuevo curso.
—Sabes, Tachyon me ha invitado a ir a esa gira mundial que ha armado. Creo que le voy a tomar
la palabra. Vaya a saber cuánta información obtendré si me codeo con todos esos políticos. Y si se
va a desatar la guerra entre la Mafia y los Puños de Sombra de Kien –miró a Brennan a los ojos por
primera vez–, entonces estaré más segura en el viaje que en cualquier otro lugar.
Se miraron largamente varios segundos. Brennan hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
—Será mejor que me vaya.
—Pero ¿tu whisky?
Brennan soltó un prolongado suspiro.
—No –desvió la mirada hacia el cadáver a sus pies–. Beber me trae recuerdos, y esta noche no
los necesito para nada.
Alzó los ojos hacia ella, y agregó:
—En las próximas semanas… voy a estar… indispuesto. Es probable que no te vea antes de que
salgas de viaje. Adiós, Chrysalis.
Lo miró partir, mientras una lágrima cristalina le bajaba por la mejilla. Él se fue sin volver nunca
la cabeza, y por eso no se dio cuenta.

II

El dragón retorcido se ubicaba en algún lugar dentro de las nebulosas fronteras donde Jokertown se
entretejía con Chinatown. Uno de los informantes callejeros de Brennan le había dicho que ese bar
era el habitual de Danny Mao, un hombre que gozaba de una posición más o menos elevada en la
Sociedad del Puño de Sombra. Se decía que se encargaba de labores de reclutamiento.
Brennan vigiló un rato la entrada. Los copos de nieve arremolinados que no se detenían en el ala
de su sombrero vaquero negro se prendían de su bigote grueso de puntas caídas y de sus largas
patillas. Un buen número de Hombres Lobo –ese mes llevaban máscaras de Richard Nixon– entraba
y salía del bar. Había visto también varios Garzas, aunque en general los de Chinatown se creían
demasiado selectos para frecuentar un bar al que iban jokers.
Sonrió, y se alisó las puntas del bigote en un gesto que ya se le había hecho costumbre. Había
llegado la hora de ver si su plan era tan genial como a veces creía; más a menudo le parecía sólo un
rápido camino hacia una muerte difícil.
Dentro del Dragón hacía calor. Brennan supuso que la temperatura se debía más a los cuerpos
apretujados que a la calefacción del establecimiento. Un momento después localizó a Mao en donde
su informante le había dicho que estaría, sentado en un apartado al fondo del salón. Brennan se
aproximó abriéndose paso entre mesas repletas de clientes, meseras con bandejas, borrachos
tambaleantes y varios buscapleitos que cruzaban su camino al apartado.
Junto a Mao se sentaba una chica joven y rubia, con aspecto de estar algo embriagada. En el
banco frente a él se apretujaban tres hombres. Uno era un Hombre Lobo con máscara de Nixon, otro
un joven de raza oriental y el que estaba al centro era un hombre delgado y pálido que se veía
nervioso. Antes de que Brennan pudiese hablar, un bravucón callejero le cerró el paso.
El sujeto medía algo más de un metro noventa, así que su altura sobrepasaba a Brennan, a pesar
de que las botas vaqueras alzaban su estatura varios centímetros. El grandulón vestía pantalones de
cuero manchado y una enorme chamarra de piel de la que colgaban tramos de cadena. Los pelos
peinados de punta agregaban más altura a su talla aparente, y las cicatrices que le cruzaban el rostro,
unas de color escarlata y otras negras, acentuaban un aire de ferocidad en su persona, al igual que el
hueso –un hueso de dedo humano, notó Brennan– que le atravesaba la nariz.
Las cicatrices que le cubrían mejillas, frente y mandíbulas eran insignia de los Caníbales
Cazadores de Cabezas, una pandilla callejera, antes muy temida, que se había desintegrado al matar
Brennan al líder, un as llamado Cicatriz. Los miembros de la pandilla que sobrevivieron a la
sangrienta lucha por el poder después de la desaparición de Cicatriz fueron atraídos por otras
asociaciones de criminales, como la Sociedad del Puño de Sombra.
—¿Qué quieres? –inquirió el Cazador de Cabezas, con una voz que trataba de ser amenazante a
pesar de su sonido aflautado.
—Ver a Danny Mao –Brennan respondió con lentitud y en un tono suave que recordaba bien de
sus años de infancia. El Cazador de Cabezas se inclinó para oír mejor a Brennan sobre la cacofonía
de música, risas maniáticas y medio centenar de conversaciones que inundaban el ambiente.
—¿Para qué?
—Para lo que no te importa, muchacho.
Con el rabillo del ojo, Brennan pudo ver que la conversación en el apartado había cesado, y que
todos los ojos estaban mirándolos.
—Yo decido lo que me importa –replicó el Cazador de Cabezas, gesticulando mediante una
sonrisa que creía de ferocidad, pues enseñaba dientes afilados con una lima.
Brennan soltó una carcajada.
—¿De qué te ríes, cabrón? –preguntó el Cazador de Cabezas con el entrecejo fruncido.
Brennan, sin dejar de reír, agarró el hueso que perforaba la nariz del Cazador de Cabezas y le dio
un fuerte tirón. El Cazador de Cabezas pegó un grito y se agarró con ambas manos la nariz
desgarrada, cosa que Brennan aprovechó para colocarle una patada en la entrepierna. Su opositor
cayó al suelo, ahogando sus quejas, y Brennan dejó caer sobre su cuerpo encogido el hueso
sanguinolento que le había arrancado de la nariz.
—Me río de ti –le respondió Brennan y se sentó en el apartado junto a la chica rubia, que lo
miraba atónita desde su embriaguez.
Dos de los tres hombres en la banca frente a ellos empezaron a levantarse, pero Danny Mao hizo
un gesto de negligencia con la mano y se volvieron a sentar; murmuraban entre ellos y miraban a
Brennan.
Después de quitarse el sombrero y ponerlo sobre la mesa, Brennan se volvió a Danny Mao, que le
devolvió la mirada mostrando interés.
—¿Tu nombre? –preguntó Mao.
—Cowboy –dijo Brennan en voz suave.
Mao tomó el vaso que tenía enfrente y tomó un sorbo breve. Miró a Brennan como a un bicho
raro, con el entrecejo arrugado.
—¿Eres de verdad? Nunca antes vi un vaquero chino.
Brennan sonrió. Los pliegues orientales que la habilidad quirúrgica del doctor Tachyon había
añadido a sus ojos se combinaban con el pelo grueso y lacio y complexión morena para crear la
apariencia asiática. Esa ligera alteración de sus rasgos, con la barba recién crecida y su estilo
occidental de vestir y hablar, formaban un disfraz sencillo pero eficaz. No podría engañar a alguien
que lo conociese bien, pero era poco probable que tal situación sucediera.
La ironía del disfraz, pensaba Brennan, consistía en que todos los aspectos de su nueva identidad,
excepto los ojos creados por Tachyon, resultaban auténticos. A su padre le gustaba decir que los
Brennan eran irlandeses, chinos, españoles, indios de diversas tribus y norteamericanos de pura
cepa.
—Mis ancestros asiáticos ayudaron a construir los ferrocarriles. Yo nací en Nuevo México, pero
encontré que el ambiente me limitaba.
Eso también era verdad.
—¿Así que viniste a la ciudad en busca de emociones?
—Hace tiempo –asintió Brennan.
—¿Tus emociones te obligan a usar un alias?
Brennan se encogió de hombros y permaneció callado.
Mao dio otro sorbo a su vaso.
—¿Qué quieres?
—Dicen en las calles –Brennan disimuló su excitación mediante su acento sureño– que tu gente ha
iniciado una guerra contra la mafia. Ya dieron el primer golpe: don Picchietti fue asesinado hace dos
semanas por un as invisible que le metió un picahielos por el oído mientras cenaba en su propio
restaurante. Tengo la certeza de que el atentado vino del Puño de Sombra. La Mafia va a
contraatacar, y el Puño necesitará más soldados.
—¿Por qué íbamos a querer contratarte a ti?
—¿Y por qué no? Sé manejarme por mi cuenta.
Mao echó un vistazo a su guardaespaldas de ocasión, que había logrado ponerse de rodillas con
la frente apoyada en el suelo.
—Eso puede ser –reflexionó–. Me pregunto si tendrás el estómago lo bastante fuerte.
Se quedó observando a los tres hombres sentados frente a él. Brennan también los miró con
atención.
El Hombre Lobo estaba sentado del lado externo, y el hombre oriental, que probablemente sería
de las Garzas Inmaculadas, en el interior. El hombre sentado entre ambos, en cambio, no parecía un
peleador callejero.
Era pequeño, pálido y delgado. Las manos lucían suaves y débiles; los ojos, oscuros y brillantes.
Muchos de los matones de la calle incorporaban rasgos de locura, pero aun a primera vista Brennan
supo que ese sujeto estaba más que tocado por la demencia.
—Estos hombres –le informó Mao– están por iniciar una misión. ¿Quieres unirte a ellos?
—¿Qué clase de misión? –inquirió Brennan.
—Si necesitas preguntar, tal vez no seas el tipo de hombre que necesitamos.
—Tal vez –sonrió Brennan– soy cauteloso.
—La cautela es una virtud admirable –dijo con blandura Mao–. También son admirables la
obediencia y la fe en los superiores.
Brennan se puso el sombrero.
—Bueno. ¿Adónde vamos?
El hombre pálido en medio de los otros dos se rio. No fue un sonido agradable.
—A la morgue –dijo, gozoso.
Brennan alzó una ceja y miró a Mao.
—La morgue –le confirmó–, como dice Deadhead.
—¿Tienes automóvil? –le preguntó el Hombre Lobo a Brennan, con una voz que era un gruñido
tras la máscara de Nixon.
Brennan meneó la cabeza.
—Tendré que robar uno –concluyó el Hombre Lobo.
—¡Entonces podremos ir a la ventanilla de servicio en el auto! –exclamó entusiasmado el hombre
al que llamaban Deadhead.
El hombre asiático sentado junto a él hizo un leve gesto de repugnancia, pero no dijo nada.
—¡Vamos! –insistió Deadhead y empujó al Hombre Lobo para que saliera del apartado.
Brennan hizo una pausa para mirar a Mao, que lo observaba con atención.
—Patillas –Mao inclinó la cabeza hacia el Hombre Lobo– tiene el mando. Él te dirá lo que
necesitas saber. Estás a prueba, Cowboy. Ten cuidado.
Brennan asintió y siguió al extraño trío hacia la calle. El Hombre Lobo se volvió a mirar a
Brennan.
—Soy Patillas –gruñó–. Como dijo Danny, éste es Deadhead, y el otro es Lazy Dragon.
Brennan hizo una inclinación de cabeza hacia el oriental. Se dio cuenta de que su primera
apreciación de este individuo era errónea. No era Garza. No llevaba los colores de las Garzas, ni se
conducía como miembro de esa pandilla. Era joven, de algo más de veinte años, no muy alto, tal vez
de un metro con sesenta y cinco centímetros, y delgado hasta el grado en que sus pantalones colgaban
flojos de sus estrechas caderas. La cara era ovalada, la nariz un poco ancha, el pelo más bien largo y
peinado de cualquier manera. No tenía la actitud agresiva del bravucón callejero, sino un aire de
reserva, casi de un pensador melancólico.
Patillas los dejó esperando en la esquina. Lazy Dragon permanecía en silencio, pero Deadhead
emitía un río de charla continua, la mayor parte sin ningún sentido. Lazy Dragon no le prestaba
atención, y al poco tiempo Brennan adoptó la misma indiferencia, pero eso no afectaba en absoluto a
Deadhead. Seguía parloteando, y Brennan lo ignoró lo mejor que pudo. En una ocasión Deadhead se
sacó del bolsillo de su chamarra mugrosa un frasco de píldoras de distintos tamaños y colores, lo
sacudió sobre la mano y se echó un puñado de ellas a la boca. Las masticó y se las tragó
ruidosamente, sonriendo a Brennan.
—¿Tú tomas vitaminas?
Brennan no sabía si Deadhead le ofrecía de las suyas o si nada más preguntaba sobre sus hábitos.
Asintiendo sin compromiso se dio vuelta.
Al fin apareció Patillas con un auto. Era un Buick de tono oscuro, modelo reciente. Brennan se
subió al asiento delantero, y Deadhead y Lazy Dragon se sentaron detrás.
—Buena suspensión. Fácil de manejar –comentó Patillas al alejarse de la acera.
A través del espejo retrovisor Brennan vio que Lazy Dragon había sacado del bolsillo una
pequeña navaja plegable y un bloque de un material blanco y suave, que parecía jabón. Abrió la
navaja y se puso a tallar el bloque.
Deadhead mantenía la producción del chorro de palabras a las que nadie prestaba atención.
Patillas conducía bien, maldecía en su voz apagada baches, semáforos y a otros conductores, y
miraba de continuo en el espejo retrovisor para seguir los adelantos de Lazy Dragon, que seguía
tallando con cuidado el pequeño bloque de jabón con sus manos pequeñas y delicadas.
Brennan no sabía dónde se ubicaba la morgue ni qué aspecto tenía, pero el edificio oscuro e
intimidante frente al que se detuvieron colmaba toda expectativa.
—Es aquí –anunció sin necesidad Patillas.
Observaron el edificio unos momentos.
—Demasiada actividad todavía –volvió a gruñir.
En la estructura de muchos pisos había ventanas aún iluminadas, y vieron entrar y salir a varias
personas por la puerta principal.
—¿Ya estás listo? –Patillas miró por el espejo.
—Casi –replicó Lazy Dragon sin alzar la vista.
—Listo ¿para qué? –preguntó Brennan, y Patillas se volvió a él.
—Tienes que llevar a Deadhead al depósito que usan para guardar cadáveres a largo plazo. Está
en el sótano. Deadhead sabe qué hacer. Tú lo proteges en caso de que algo no ande bien.
—¿Y tú?
Tuvo la impresión de que Patillas sonreía bajo la máscara, pero Brennan no estaba seguro.
—Como ya estás tú aquí, yo sólo los espero en el auto.
A Brennan no le gustaba esa manera de hacer las cosas, pero era obvio que lo ponían a prueba.
Igual de obvia resultaba la circunstancia de que no había elección. Hizo un intento más de obtener
información.
—¿Qué vamos a buscar?
—Eso lo sabe Deadhead –respondió Patillas, mientras Brennan oía su inquietante parloteo en el
asiento de atrás–. Dragon conoce la distribución general. Tú te encargas de que nadie interfiera.
¿Listo?
Lazy Dragon alzó la mirada.
—Listo –dijo, con la mayor calma.
Plegó la navaja, se la guardó y contempló críticamente lo que había hecho. Brennan, confuso y
lleno de curiosidad, se volvió para mirarlo mejor, y vio que se trataba de un ratón pequeño pero
creíble. Lazy Dragon lo estudió con cuidado, asintió satisfecho, se lo puso en el regazo, se arrellanó
en el asiento y cerró los ojos. Nada pasó durante unos instantes, y a continuación el cuerpo de Dragon
se aflojó, como si se hubiera dormido o perdido la conciencia, y la pieza tallada empezó a agitarse.
La cola dio un latigazo, las orejas se irguieron y enseguida, al principio con titubeos pero con
fluidez cada vez mayor, el objeto se desperezó. Se detuvo un momento para atusarse el pelaje, y de
un salto trepó al respaldo del asiento del conductor. Brennan lo observó, y el objeto lo miró de
vuelta. ¡Era un maldito ratón vivo! Brennan echó un vistazo al asiento de atrás, donde Lazy Dragon
dormía, al parecer. Enseguida miró a Patillas, que observaba tras su máscara de Nixon.
—Bonito truco –Brennan arrastró las palabras.
—No está mal –concurrió Patillas–. Tú lo llevas.
Lazy Dragon, pues era él quien daba vida y poseía a la pequeña figura que había tallado, se trepó
al hombro de Brennan, bajó por su pecho y se escondió en el bolsillo de su chaleco. Se asomaba,
sosteniendo la lengüeta del bolsillo con sus pequeñas garras. Esto sobrepasaba toda rareza
aceptable, pero Brennan tenía la impresión de que la noche reservaba rarezas aún mayores.
—Bueno –dijo–. Hagámoslo.
Lo que fuese.
Ingresaron a la morgue por una puerta lateral de servicio en un callejón, y bajaron por la escalera
al sótano. Lazy Dragon saltó del bolsillo de Brennan, descendió por el chaleco y la pierna del
pantalón y se adelantó corriendo por el pasillo en que se encontraban. Deadhead se lanzó tras él,
pero el Cowboy lo detuvo.
—Vamos a esperar a que vuelva el rat… a que vuelva Lazy Dragon.
Los ojos de Deadhead brillaban, y se mostraba más inquieto. Le temblaban las manos cuando
volvió a sacar el frasco de píldoras y se tragó otro puñado, dejó caer una docena de pastillas al
suelo, que hicieron ruido de guijarros. Sonreía como maniático, con la esquina de la boca
convulsionada en un gesto tortuoso.
¿Qué diablos, pensó Brennan, estoy haciendo en un corredor de la morgue junto a un loco y un
ratón vivo hecho de un trozo de jabón?
Antes de encontrar una respuesta satisfactoria a su perturbadora pregunta, Lazy Dragon estaba de
regreso, moviendo las patitas como si lo persiguiera el gato más voraz del mundo. Se detuvo a los
pies de Brennan, danzando agitadamente. Brennan suspiró, se agachó y le ofreció la mano. Lazy
Dragon saltó sobre la palma abierta y Brennan, todavía agachado, se acercó el ratón a la cara.
Lazy Dragon se sentó sobre las ancas. Sus ojuelos brillaban con inteligencia. Hizo un movimiento
pasándose la garra derecha por la garganta repetidas veces. Brennan volvió a suspirar. Odiaba los
acertijos.
—¿Qué pasa? –le preguntó al ratón–. ¿Hay peligro? ¿Alguien en el corredor?
El ratón asintió con la cabeza y alzó una garra.
—¿Un hombre? –inquirió, y de nuevo el ratón asintió–. ¿Armado?
El ratón se encogió de hombros, un gesto de lo más humano que expresaba incertidumbre.
—Entendido –Brennan se incorporó después de poner al ratón en el suelo–. Tú sígueme.
Enseguida se volvió a Deadhead:
—Tú espérame aquí.
Deadhead hizo un gesto que significaba asentimiento, y Brennan se fue por el corredor, con Lazy
Dragon a sus talones. No tenía la menor confianza en Deadhead, y se preguntó qué tarea de la misión
podría desempeñar. Es difícil, pensó, si el hombre más confiable resulta ser un ratón. Al dar la
vuelta al corredor vio a un hombre sentado en una silla, que comía un sándwich leyendo un libro de
bolsillo. Alzó los ojos al sentir que Brennan se acercaba.
—¿En qué puedo ayudarle? –preguntó.
Era de edad mediana, gordo y se estaba quedando calvo. El libro que leía era Vengador As 49,
Misión en Irán.
—Tengo un envío que entregar.
El hombre frunció el ceño.
—No sé nada de esas cosas. Soy el conserje de noche. Las entregas se hacen de día.
Brennan asintió, con un gesto de comprensión.
—Es entrega inmediata –le advirtió.
Cuando se aproximó lo suficiente, sacó de sus espaldas un estilete que llevaba en una funda del
cinturón bajo el chaleco, y puso la punta del cuchillo en la garganta del conserje, lo tocó con
suavidad. Los labios del hombre hicieron una O de asombro y dejó caer el libro.
—¡Santo Jesús, señor! ¿Qué hace usted? –exclamó el conserje con voz ahogada, tratando de no
mover la garganta al hablar.
—¿Dónde está el depósito a largo plazo?
—Allá, es por allá –indicó moviendo los ojos el conserje, aterrado de mover un solo músculo.
—Ve por Deadhead.
—¡Pero no conozco a nadie de ese nombre! –pretextó el conserje, con gotas de sudor
escurriéndole por la frente.
—No te hablo a ti, sino al ratón.
—¡Dios mío! –el conserje, incoherente, se puso a rezar, pensando que Brennan era un orate en
plena crisis que de seguro lo asesinaría.
Brennan esperó con paciencia a que regresara Lazy Dragon con Deadhead.
—¿Hay alguien más en este piso? –interrogó Brennan al conserje, con un leve movimiento de
muñeca para que sintiera la punta del estilete.
El conserje, que comprendió de pronto lo que se requería, se puso inmediatamente de pie.
—Nadie. A estas horas no hay nadie más.
—¿No hay guardias?
El conserje estuvo a punto de menear la cabeza, pero la proximidad del cuchillo a su garganta lo
detuvo.
—No son necesarios. Hace meses que nadie ha querido entrar a la fuerza en la morgue.
—Bueno –aceptó Brennan, y enseguida separó el cuchillo de la garganta del hombre, que dio
muestras de serenarse un poco.
—Llévanos al depósito. No hagas ningún ruido ni otros chistecitos.
Para acentuar la amenaza, Brennan le tocó la punta de la nariz con el estilete, y el conserje, con un
movimiento cauteloso, asintió.
Brennan se puso en cuclillas y tendió la mano a Lazy Dragon, que enseguida trepó a ella. Se puso
el ratón en el bolsillo del chaleco, refrenando una sonrisa que le provocaban los ojos desorbitados
del conserje, que parecía querer preguntar algo, pero lo pensaba mejor y se quedaba callado.
—Es por aquí –el hombre dio un paso.
Deadhead y Brennan, con Lazy Dragon asomado en el bolsillo, lo siguieron.
El conserje abrió la puerta del depósito con su llave y los dejó pasar. Era una sala deprimente,
oscura y fría, con gavetas a lo largo de los muros que llegaban del suelo al techo, el lugar donde la
ciudad guardaba los cadáveres que nadie reclamaba ni identificaba, antes de ser enterrados en la fosa
común.
La sonrisa espasmódica de Deadhead se hizo más pronunciada al entrar al depósito, y se puso a
dar saltitos sobre uno y otro pie, sin poder reprimir su excitación.
—¡Ayúdenme a encontrarlo! –ordenó–. ¡Ayúdenme a encontrarlo!
—¿Encontrar qué? –preguntó Brennan, del todo desconcertado.
—El cadáver. El cadáver frío y gordo de Gruber.
Miraba frenético a todas las gavetas, y se movía en una suerte de danza macabra recorriendo el
depósito a lo largo del muro.
Brennan arrugó el entrecejo y, arreando al conserje por delante de él, empezó a buscar en las
gavetas del muro de enfrente. Casi todas las etiquetas de los casilleros, metidas en sus pequeños
sujetadores de metal, tenían solamente números, lo que significaba que el cadáver que guardaban era
anónimo. Había algunas excepciones.
—Oiga, ¿es esto lo que buscan?
El dócil conserje, que precedía a Brennan, se volvió a mirarlo queriendo ayudar. Brennan avanzó
hasta situarse a su lado. La gaveta que señalaba el empleado de la morgue era la tercera a partir del
suelo, no más alta que su cintura. La etiqueta rezaba: Leon Gruber 16 de septiembre.
—Aquí está –le indicó Brennan a Deadhead, quien cruzó el depósito con pasitos rápidos y cortos.
Tenía que haber algún mensaje en el cadáver, algo que solamente Deadhead podría descifrar, dedujo
Brennan. Tal vez Gruber había ocultado algo, metido de contrabando en una de sus cavidades
corporales… Pero de ser así, pensó, una cosa de esa índole la descubrirían antes los técnicos de la
morgue.
—El cadáver lleva bastante tiempo aquí –comentó Brennan, a la vez que Deadhead tiraba de la
gaveta para sacar la mesa movible en que yacía el cuerpo.
—Sí, en efecto, mucho tiempo –Deadhead miró la pobre sábana que cubría el cadáver–. Usaron
palancas, movieron influencias para que lo conservasen aquí hasta… hasta que yo pudiera salir.
—¿Salir?
Deadhead retiró la sábana y expuso la cara y el pecho de Gruber. En vida había sido un hombre
joven y gordo, con un cuerpo blando y pastoso. La expresión de miedo y terror en su rostro era la
más grave que Brennan había visto jamás en la cara de un cadáver. El pecho ostentaba una colección
de orificios de bala, de pequeño calibre, a juzgar por su aspecto.
—Sí –admitió Deadhead, sin quitar la vista de los ojos abiertos y sin vida de Gruber–. Yo estaba
preso… en realidad, estaba en un hospital.
Sacó de alguna parte de su persona una pequeña sierra de metal brillante. Los labios se le
agitaban sin cesar con movimientos súbitos, y de la esquina de la boca le escurría un hilillo de baba.
—Por abuso de cadáveres –confesó Deadhead.
—¿Tenemos que llevarnos el cuerpo? –preguntó Brennan, con los labios apretados.
—No, gracias –aclaró Deadhead con singular alegría–. Me lo como aquí.
Se puso a serrar el cráneo de Gruber. La hoja cortaba con facilidad en el hueso. Horrorizados,
Brennan y el conserje lo observaron retirar la parte superior del cráneo. Deadhead, con un gusto
maniaco y un poco furtivo, se puso a arrancar trozos de los sesos de Gruber y metérselos en la boca;
masticaba ruidosamente.
Brennan sintió que Lazy Dragon se ocultaba al fondo del bolsillo. El conserje vomitó, y el
Cowboy tuvo que reprimir las oleadas de náuseas que subían a su garganta, controló sus reacciones y
apretó los labios.

III

Brennan amordazó al conserje con su pañuelo, y lo ató por las muñecas y tobillos con cinta de
empacar que había encontrado Lazy Dragon en un rincón del depósito. Tuvo que hacer el trabajo él
solo, porque Deadhead, después de devorar el cerebro de Gruber, estaba medio desmayado contra la
pared y no hacía sino farfullar incoherencias. Una vez resuelto el asunto del conserje, se llevó al loco
parlanchín del depósito de cadáveres, y deseó que Lazy Dragon pudiera explicarle qué demonios
pasaba ahí.
—¿Qué tal les fue? –preguntó Patillas cuando Brennan abrió con violencia la portezuela trasera
del Buick y metió a Deadhead de un empellón al coche.
Antes de responder, Brennan azotó la puerta y se metió al asiento delantero.
—Bien, supongo. Deadhead se comió su bocado.
Patillas asintió. Encendió el motor y enseguida se alejó de la acera. Lazy Dragon salió del
bolsillo de Brennan, se equilibró precariamente en el respaldo del asiento y de ahí pegó un brinco
para aterrizar en el regazo de su cuerpo humano, el cual después de un momento se despertó, bostezó
y estiró los brazos. El ratón experimentó una transformación un poco análoga a la de la mujer de Lot
y volvió a ser un bloque de jabón.
—¿Qué tal les fue? –volvió a preguntar Patillas. Miraba por el espejo retrovisor mientras
conducía.
Lazy Dragon guardó la escultura del ratón en el bolsillo de su chaqueta y asintió.
—Todo conforme al plan. Encontramos el cadáver, y Deadhead… ha cenado. El Cowboy se
portó bien.
—Bien. Hay que llevar a Deadhead con el patrón mientras digiere.
—Ahora que ya somos compañeros –propuso Brennan–, tal vez quieran contarme qué es lo que
pasa.
Patillas hizo una señal obscena a un conductor que se le había cerrado al frente.
—Bueno… Supongo que está bien. Este tipo Deadhead es un as, o algo similar. Puede apropiarse
de la memoria de la gente comiéndose su cerebro.
Brennan hizo una mueca.
—¡Dios! De modo que Mao necesita algo que Gruber sabía.
Patillas asintió, y presionó el acelerador al pasarse una luz roja.
—Eso pensamos. O esperamos, mejor dicho. Mira, el jefe de Mao en este asunto es un tipo que se
llama Fundido, y necesita encontrar a una as a la que llaman Espectro. Gruber era su agente, hasta
que ella lo liquidó. Mao piensa que Gruber poseía suficiente información para que, a través de su
memoria, podamos seguir sus huellas.
Brennan apretó los labios para refrenar una sonrisa. Sabía más del asunto que todos esos tipos.
Fundido era uno de los ases de Kien que había tratado, sin éxito, de capturar a Brennan y a Espectro
el Día Wild Card. Espectro le había contado que alguien –que no era ella– había matado ese mismo
día a su agente.
—¿Por qué esperaron tanto tiempo para tomar el cadáver de Gruber? –quiso saber Brennan.
Patillas se encogió de hombros.
—Deadhead estaba en un hospital. La policía lo sorprendió haciendo lo que hace con un cadáver
que se encontró en la calle el Día Wild Card. Los abogados tardaron un par de meses en sacarlo de
ahí.
Brennan asintió. Para seguir en el papel de un recién llegado ignorante, hizo una pregunta cuya
respuesta conocía de antemano.
—¿Y por qué quiere Fundido encontrar a Espectro?
La respuesta debía consistir en que ella se había robado el diario privado de Kien en las
primeras horas de la mañana del más loco Día Wild Card de la historia, según sabía Brennan, pero
era evidente que el Hombre Lobo no tenía esa información.
—¡Eh! –exclamó Patillas–. ¿Acaso piensas que soy el confidente de Fundido, o qué?
Brennan asintió. Trataba de no caer en introspecciones. Sus recuerdos del pasado a menudo eran
dolorosos, pero Espectro –Jennifer Maloy– aparecía con frecuencia en sus pensamientos desde que
la había conocido el septiembre anterior. Iba más allá de la aventura que habían compartido el Día
Wild Card, era más que la camaradería fácil y una confianza recelosa entre ambos, y más que su
cuerpo alto y atlético. Brennan no podía ni quería admitir las razones, pero sabía que intentaría
agregarse a la fuerza operativa de los Puños de Sombra encargada de darle cacería. De ese modo
estaría en posición de ayudarla en el caso de que los Puños se le acercaran demasiado.
No creía que la memoria de Gruber les sirviera para localizarla. Aunque Espectro no le había
dicho el nombre de su agente a Brennan, había mencionado que no le inspiraba confianza y que no
sabía cómo se llamaba ella en realidad.
Siguieron avanzando en silencio. Patillas por fin estacionó el auto y apagó el motor frente a un
edificio de piedra de tres pisos en el corazón de Jokertown.
—Cowboy, tú y Lazy Dragon ayuden a Deadhead. No puede hacer casi nada por sí solo mientras
digiere.
Brennan lo tomó del brazo izquierdo y Lazy Dragon del derecho y se lo llevaron a rastras sobre la
acera y por las escaleras hasta la entrada al edificio, donde Patillas se encontraba hablando con uno
de los Garzas que estaban de pie en el área de recepción. Pasaron junto a ellos hacia el interior,
donde otro guardia Garza habló brevemente en un intercomunicador y enseguida les dijo que
subieran. Llevar a Deadhead hasta el segundo piso fue como cargar un saco de cemento, pero Patillas
no ofreció ayuda alguna. Al llegar al tercero, otro Garza les abrió paso con un movimiento de cabeza.
Avanzaron por un pasillo sobre un tapete raído, y Patillas dio varios golpecitos en la puerta al final
del corredor. Se oyó la voz de un hombre diciendo que pasaran, y Patillas abrió la puerta y entró,
seguido por Brennan, Lazy Dragon y Deadhead.
La habitación estaba cómodamente dispuesta, en contraste con lo que Brennan había percibido en
el resto del edificio. Un hombre de unos treinta años, apuesto, bien vestido y en buena forma física,
estaba de pie frente a un carrito de bebidas bien surtido. Por lo visto, acababa de prepararse un
trago.
—¿Qué tal salió?
—Muy bien, Fundido, todo salió bien.
Brennan no pudo reconocerlo. Lo había visto por última vez el Día Wild Card, pero en aquella
ocasión Fundido permaneció invisible hasta que Espectro lo derribó de un golpe en la cabeza con la
tapa de un bote de basura, y lo dejó inconsciente en la calle. Mientras ella lo despachaba, Brennan
lidiaba a manos llenas con Garzas, y apenas le había echado un breve vistazo al as caído. Era
evidente que Fundido tampoco podía reconocer a Brennan, que durante aquel encuentro llevaba
máscara.
—Ése, ¿quién es? –inquirió el as, moviendo la cabeza en dirección a Brennan.
—Uno nuevo. Se llama Cowboy. Es confiable.
—Más le vale –Fundido se alejó del carrito y se acomodó en un sillón–. Sírvanse lo que quieran.
Patillas se adelantó, voraz. Brennan y Lazy Dragon giraron para soltar al casi comatoso
Deadhead, que hablaba de gastos de operación y del precio exagerado de la cocaína, sobre un sillón
cómodo, cuando una explosión terrorífica y ensordecedora se dejó oír de pronto resonando por todo
el edificio, que se estremeció hasta los cimientos. Al parecer, había detonado en la azotea.
El trago de Fundido se derramó en su sillón. Patillas cayó sobre el carrito de bebidas, y Brennan
y Lazy Dragon soltaron a Deadhead.
—¡Por Jesucristo! –juró Fundido, y se levantó de un salto.
El as se dirigió tambaleante hacia la puerta mientras se oía fuego proveniente de armas
automáticas en los pisos inferiores.
Brennan siguió a Fundido y se enfrentó a tres hombres armados con Uzis, quienes habían entrado
a través del hoyo abierto por la explosión en el techo. Fundido se quedó paralizado por el miedo.
Brennan, en una respuesta instintiva, derribó al as justo antes de que una ráfaga de proyectiles salidos
de las ametralladoras compactas de los asaltantes se incrustara en la pared por encima de ellos.
Brennan llevaba su Browning Hi Power en una funda junto al sobaco, y se dio cuenta de que no le
quedaba tiempo para echarle mano y responder al fuego: supo que la siguiente ráfaga de balas lo
clavaría al suelo. Maldiciendo el destino que lo obligaba a morir en medio de sus enemigos, de
cualquier modo echó mano a la pistola.
Algo lanzado desde el interior de la habitación revoloteó por el pasillo, una pequeña hoja de
papel con dobleces intrincados. Antes de que Brennan lograra sacar la automática, y antes de que los
invasores pudiesen disparar otra ráfaga, se produjo un remolino brillante en el aire mientras el papel
cambiaba, se transformaba, crecía para convertirse en un tigre vivo, que respiraba y rugía, se lanzaba
por el corredor con ojos enrojecidos por la rabia, mostrando una boca llena de dientes largos y
afilados.
Recibió el impacto de las balas, pero no lo detuvieron. Se lanzó sobre los tres hombres que
estaban al fondo del corredor, y Brennan oyó tronar sus huesos al caer la fiera en medio de ellos.
Brennan se puso de rodillas, sacó la Browning y tomó puntería.
Lazy Dragon tenía las garras delanteras sobre uno de los hombres, a quien degolló limpiamente
con un solo movimiento de fauces. Un chorro de sangre salpicó el pasillo al tiempo que otro aterrado
pistolero descargaba a boca de jarro una larga ráfaga de balas en el cuerpo del tigre. El punto rojo
del mecanismo del visor de la pistola de Brennan apareció en la frente del asaltante, y Brennan
disparó al tiempo que el tigre se desplomaba, cayendo con todo su peso sobre el tercero de los
invasores.
Fundido, haciendo honor a su nombre, se había esfumado. Brennan se irguió a medias y corrió
como un cangrejo por el corredor. Metió una bala en la cabeza del hombre que hacía esfuerzos
desesperados por librarse del peso de Lazy Dragon, y entonces se arrodilló frente al enorme felino.
Estaba cubierto de sangre, aunque Brennan no sabía si provenía de los hombres muertos en torno a él
o de su propio cuerpo, que estaba perforado por docenas de heridas. La fiera respiraba con
dificultad. Brennan conocía los síntomas de las criaturas heridas de muerte, y supo que Dragon se
moría. No tenía idea de qué hacer, ni lo que esto significaba para la forma humana de Lazy Dragon.
Dio unas palmadas cariñosas al tigre, y se movió de ahí con rapidez.
En los pisos inferiores seguían sonando las armas automáticas. Brennan fue bajando con cautela
hacia el segundo piso, y se asomó por el barandal hacia la planta baja.
Ambas puertas del área de recepción estaban abiertas. En el piso de mármol manchado de
charcos yacían media docena de Garzas, hechos pedazos por armas de fuego automático. Mientras
miraba Brennan, los pocos sobrevivientes del equipo de asalto retrocedieron de mala gana hacia la
salida, e intercambiaban disparos con los guardias Garzas y sus refuerzos. En unos cuantos segundos,
el combate se desplazó a la calle, donde resonaron los ecos de las explosiones.
Brennan se puso de pie.
—Malditos italianos –gruñó.
Miró sobre el hombro derecho. Un par de ojos azules, terminaciones nerviosas y fragmentos de
tejido conectivo que colgaban de ellos estaban suspendidos en el aire, a metro y medio de altura
sobre el suelo. Fundido parpadeó y volvió a la existencia. Con su apariencia un poco desarreglada,
lucía iracundo.
—¿Mafia? –le preguntó Brennan.
—Así es, Cowboy. Gente de Rico Covello. Reconocí lo que queda de sus feas caras en nuestros
archivos.
Hizo una pausa. Su ira de pronto fue reemplazada por la gratitud.
—Estoy en deuda contigo –agregó–. Me habrían liquidado si tú no me tiras al suelo.
—De no ser por Lazy Dragon –comentó Brennan, encogiéndose de hombros– nos habrían hecho
picadillo a los dos. Habría que ver cómo está él. Su tigre quedó acribillado.
—Ya veo.
Volvieron a subir por la escalera. Brennan sintió alivio –aunque enseguida se enojó consigo
mismo por tal sentimiento– de ver que Dragon estaba sentado con la mayor tranquilidad en uno de los
cómodos sillones de Fundido. Dragon alzó la vista cuando entraron.
—¿Todo bien? –les preguntó.
—Yo no lo pondría así –replicó Fundido, que seguía rabioso–. Esos hijos de puta entraron como
en su casa y casi me matan.
Se volvió a Patillas, que estaba de pie en medio del cuarto, en actitud insegura. Fundido lo
increpó:
—¿En qué andabas tú, joker de mierda?
—Yo… pensé que alguien debía quedarse con Deadhead –levantó los hombros.
—¡Quítate esa porquería de máscara cuando hables conmigo! –ordenó, furioso, Fundido–. Estoy
harto de mirarle la jeta a Nixon. No me importa lo feo que estés, no será peor.
Lazy Dragon contemplaba a Patillas con interés, calculando su probable reacción, y la mano de
Brennan se acercó a la funda donde tenía su pistola. Se contaba que los Hombres Lobo sufrían
accesos de ira asesina cuando se les desenmascaraba, aunque Patillas, como venía demostrando, no
era uno de los más feroces. Se quitó la máscara y se quedó de pie, a disgusto en el centro de la
habitación, desplazaba su peso de un pie a otro.
Cada centímetro de la cara lo tenía cubierto de pelo áspero y grueso, menos los ojos. Aun la
lengua con la que se lamía nervioso los labios era peluda. Con razón hablaba con tanta torpeza,
pensó Brennan.
Fundido gruñó, diciendo algo en voz baja que Brennan no pudo oír, pero que incluía las palabras
“joker bastardo”, y giró apartándose del Hombre Lobo.
—Tenemos que irnos de aquí. La policía llegará en cualquier momento. Dragon, tú y Patillas
llévense a ese monstruo –ordenó Fundido, e indicó con la cabeza a Deadhead, que seguía hundido en
un sillón, murmurando–. Vayan por el auto y me recogen en la entrada. Cowboy, tú ven conmigo.
Tengo que hacer una valoración de los daños.
Dragón se puso de pie. Brennan se detuvo frente a él, y se miraron uno al otro un rato. Algo raro
había respecto a Lazy Dragon, pensó de repente Brennan, algo oculto, por completo insondable, más
allá de su poco usual poder de as. Este hombre le había salvado la vida.
—¡Qué suerte que tuvieras un tigre!
—Me gusta tener apoyo a mano –explicó Dragon, sonriente–. Algo más mortífero que un ratón.
—Te la debo –asintió Brennan.
—No se me olvidará –prometió Dragon, y se puso a ayudar a Patillas con Deadhead.
Abajo había cinco Garzas muertos, y media docena de cadáveres de mafiosos. Los Garzas
sobrevivientes zumbaban como abejas enfurecidas.
—¡Maldita sea, van en aumento! –exclamó Fundido, meneando la cabeza–. A la Madrecita esto
no le va a gustar.
Brennan apagó la expresión de interés repentino que empezaba a asomar a su rostro. No dijo
nada, pues temía que lo traicionara la voz. La Madrecita, Sin Ma, era la líder de las Garzas
Inmaculadas. En la organización de Kien, si Fundido era un teniente, ella tenía jerarquía de coronel,
por lo menos. A lo largo de meses de investigación, Brennan había descubierto que era una
descendiente de chinos procedente de Vietnam, que había viajado en la década de los sesenta a
Estados Unidos para casarse con Nathan Chow, el líder de una pandilla callejera cuyos miembros se
hacían llamar Garzas Inmaculadas. Su llegada coincidió con un súbito ascenso en la fortuna de los
Garzas, que apenas pudo disfrutar Chow, pues murió en 1971 en circunstancias no especificadas,
pero misteriosas, a partir de lo cual Sin Ma se puso al frente de la pandilla, haciéndola crecer y
prosperar todavía más. Kien, que en aquel entonces era todavía un general del Ejército de la
República de Vietnam, la utilizó para introducir heroína a Estados Unidos. No cabía duda de que Sin
Ma ocupaba un lugar muy alto en la organización de Kien, uno de los más altos.
—Hay que irnos antes de que lleguen los policías –dijo Fundido, y se volvió a un Garza que
cargaba un Ingram–. Váyanse de aquí. Llévense todos los archivos y todas las cosas de valor.
El Garza asintió, hizo un saludo informal con la mano y se puso a dar órdenes en chino, a gritos.
—Vámonos –Fundido avanzó con cuidado entre los cadáveres.
—¿Adónde? –Brennan trató de no traicionarse en el tono de voz.
—Al lugar de la Madrecita en Chinatown. Tengo que contarle lo sucedido.
Una limusina se acercó a la acera. Patillas iba al volante. En el asiento de atrás Deadhead se
agitaba al lado de Lazy Dragon. Fundido se metió al auto, seguido por Brennan, sintiendo que las
emociones le recorrían el cuerpo como si fuera un alambre tensado al máximo.
Observó con atención la ruta que seguía Patillas; a pesar de eso, no tenía ni idea de dónde se
encontraban cuando a fin de cuentas la limusina se detuvo en un pequeño y desvencijado garaje, en un
callejón sucio y lleno de basura. Brennan se sentía irritado por no conocer la zona, pues eso afectaba
su afinado sentido de control. En los últimos tiempos se había sentido indefenso, y aunque odiaba la
sensación, no quedaba otro remedio que aguantarse y seguir.
Patillas, que había vuelto a ponerse la máscara, y Lazy Dragon sacaron a rastras a Deadhead de la
limusina, una vez que Fundido así lo ordenó. El significado de la distribución de tareas no se le
escapaba a Brennan, quien se daba cuenta de que había ascendido uno o dos peldaños en la
estimación de Fundido. Tal era exactamente su propósito. Mientras más lograra acercarse al centro
de la organización de Kien, con mayor facilidad podría él derribarla como un castillo de barajas.
La puerta a la que se acercaron no era tan frágil como aparentaba. Estaba vigilada y cerrada con
llave, pero el centinela abrió después de asomar un ojo por la mirilla.
—Sin Ma está durmiendo –les advirtió el guardia.
El centinela era un chino grandulón, vestido con los tradicionales pantalones bombachos, un
ancho cinturón de cuero y una túnica. La pistola automática enfundada en el cinturón era un estridente
anacronismo con el resto de su indumentaria. Brennan suponía que era un sensato término medio en lo
que Sin Ma manifestaba como su fuerte apego a las tradiciones.
—Ella deseará vernos –repuso Fundido en tono muy grave–. La esperaremos en la cámara de
audiencias.
El guardia asintió, se volvió a un sistema ultramoderno de intercomunicación y habló en chino,
demasiado rápido para que Brennan lograra entender. La sala de audiencias era tan lujosa como el
exterior del edificio. El motivo de decoración era la China dinástica. Alfombras lujosas, biombos
laqueados de mucha hermosura, porcelanas delicadas, un par de demonios templarios de bronce y
adornos –sin duda muy valiosos– de marfil, jade y otras piedras preciosas y semipreciosas
dispuestas sobre mesas de teca, ébano y diversas maderas raras. A Espectro, pensó Brennan, este
lugar le encantaría.
Aunque el ambiente resultaba abrumador, el efecto total era muy agradable: un museo viviente en
que las piezas habían sido elegidas con discernimiento y el mejor sentido del gusto.
Sin Ma los estaba esperando cuando entraron. Sentada en una silla dorada que dominaba el muro
del fondo de la cámara, se frotaba los ojos para despertarse del todo. Era menuda de cuerpo, con
cara rechoncha, ojos oscuros rodeados de pestañas largas y cabellos negros y lustrosos. Aparentaba
poco más de los treinta años. Disimuló un bostezo con una mano regordeta y miró a Fundido
arrugando el entrecejo.
—Más vale que sea importante lo que te ha traído –clavó la vista en Fundido y sus acompañantes
con disgusto, una mirada que al posarse en Brennan expresó también curiosidad. Hablaba inglés a la
perfección, con apenas una traza de acento francés.
—Así es –declaró Fundido, y pasó a contarle del ataque de la Mafia contra su edificio.
Mientras él hablaba, una jovencita con una bandeja entró a la habitación y sirvió una tacita de té,
que Sin Ma empezó a beber a sorbos breves, al tiempo que escuchaba con expresión de gravedad
más y más profunda.
—Esto es intolerable –sentenció cuando Fundido terminó de relatar los hechos–. Tenemos que
dar a esos criminales de historieta una lección que jamás olvidarán.
—Estoy de acuerdo –aceptó Fundido–. Sin embargo, según nuestros espías, Covello se ha
retirado a sus propiedades en los Hampton. Es una de las fortalezas con mejores defensas que posee
la Mafia. La protegen dos murallas: la exterior, blindada, rodea toda la propiedad, y la interior,
electrificada, protege el edificio principal. Covello se ha refugiado allí con una compañía de
matones armados hasta los dientes.
Sin Ma miró a Fundido con frialdad. Brennan percibió en sus ojos negros una fuerza que no
conocía el escrúpulo.
—Los Shadow Fists también tienen armas –anunció, mientras Fundido asentía con la cabeza–,
pero no deseamos desperdiciar a nuestros hombres en un intento fútil de vengarnos. Hay que pensar
en la indeseable atención que un ataque de esa naturaleza suscitaría en las autoridades.
Se hizo un silencio incómodo. Sin Ma sorbía su té mirando con frialdad a Fundido. Brennan sintió
que se presentaba una oportunidad para él.
—Perdón por interrumpir –arrastró las palabras–, pero a menudo un hombre solo puede entrar
donde muchos no serían recibidos.
Fundido se volvió hacia él, con un gesto agrio.
—¿Qué quieres decir? –inquirió.
—Una incursión de un solo hombre podría lograr lo que un ataque de muchas fuerzas nunca
conseguiría –Brennan alzó los hombros en un gesto despectivo.
Brennan sintió que los ojos de Sin Ma lo taladraban.
—¿Quién es este hombre? –preguntó la dama.
—Se llama Cowboy –informó Fundido, distraídamente–. Es nuevo.
Sin Ma terminó el té y puso la taza sobre la bandeja.
—Al parecer, tiene una cabeza sobre los hombros. Dime –se dirigió a Brennan por vez primera–:
¿te ofreces de voluntario para ser ese hombre solo?
Brennan inclinó la cabeza con respeto.
—Sí, Dama.
Ella sonrió, complacida por el respeto implicado en esa manera de hablar.
—Pero será peligroso –objetó Fundido, con cautela–. Es un gran riesgo.
—Cuando se trata de una venganza –expuso Sin Ma, volviendo los ojos al que hablaba de
riesgos–, uno no se para a contemplar el peligro.
Brennan disimuló una sonrisa. Sin Ma era una mujer hecha a su medida.

IV

En el helipuerto de la Calle Treinta Oeste hacía un frío que cortaba hasta el hueso. Un viento helado
y penetrante azotaba el manchado overol que vestía Brennan. El aire olía a una nevada inminente,
aunque eso era difícil de distinguir entre los aromas a grasa y combustibles del helipuerto en donde,
disfrazado de mecánico, aguardaba armado de paciencia.
Brennan sabía esperar. Había pasado dos días con sus noches en espera, metido en un puesto de
observación oculto al otro lado del camino que pasaba frente a las propiedades de Covello en
Southampton. Por lo visto, Covello prefería la discreción sobre la valentía y se había atrincherado
ahí mientras se desarrollaba la guerra entre la Mafia y el Puño de Sombra. Estaba rodeado por una
compañía de golpeadores mafiosos armados a conciencia, y lo protegían muros capaces de resistir
todo menos un ataque a gran escala. Los únicos vehículos a los que se permitía acceso a los terrenos
interiores eran los que traían alimentos para el capo y sus esbirros. Y aun éstos eran revisados muy a
conciencia en la entrada.
El otro acceso a la propiedad era el helipuerto situado en la azotea de la mansión. Brennan había
visto que el helicóptero de Covello iba y venía varias veces al día, y en distintas ocasiones sus
pasajeros eran mujeres de apariencia lujosa y hombres con trajes oscuros. Los hombres fueron
identificados, gracias a las instantáneas que Brennan sacó de ellos con un teleobjetivo, como
dirigentes de alto rango de otras familias de la Mafia. Las mujeres tenían aspecto de prostitutas.
Una vez terminado su reconocimiento del lugar, Brennan esperó con paciencia en el helipuerto
que servía de base en Manhattan para los movimientos del helicóptero de Covello. Ya que no podía
atravesar los muros que protegían a Covello, Brennan decidió que era preferible pasar por encima de
ellos, volando en el mismo helicóptero del mafioso.
La noche había caído ya cuando el piloto del helicóptero apareció con tres mujeres envueltas en
sendos abrigos de pieles que temblaban de frío. No había nadie más cerca de la máquina. Brennan se
aproximó mientras el piloto hacía descender la escalerilla a la cabina. Una de ellas intentaba subir,
pero la tarea se le dificultaba por llevar botas de tacón alto.
Resultó casi demasiado fácil. Brennan le dio un golpe al piloto, que se tambaleó y estrelló contra
el costado del helicóptero, para luego resbalarse al suelo. La chica que se apoyaba en su brazo
perdió el equilibrio y se puso a mover los brazos como aspas de molino, pero Brennan la ayudó
poniéndole la mano en la grupa.
—¡Ey! –protestó, bien porque la mano de Brennan le agarraba el trasero, o por la manera en que
había tratado al piloto.
—Hay cambio de planes –les anunció Brennan–. Váyanse a casa.
La que estaba en la escalerilla habló:
—Pero todavía no nos han pagado.
—Pero tampoco las han matado aún –les explicó Brennan con su mejor sonrisa, aunque sacó todo
el efectivo de la cartera para dárselo–. Aquí hay dinero para el taxi.
Las tres se miraron unas a otras, enseguida a Brennan y luego otra vez entre sí. La que estaba en la
escalerilla bajó, y encogiéndose por el frío se alejó, murmurando, y las otras dos se fueron tras ella.
Brennan echó al piloto dentro de la cabina del aparato. Estaba del todo inconsciente, aunque con
pulso estable y fuerte. Este hombre, después de todo, no significaba nada para Brennan; ni siquiera lo
consideraba un enemigo. No era sino un tipo que se cruzaba en su camino. Brennan tomó un ovillo de
cordel resistente del bolsillo de su overol, ató al piloto, lo amordazó y lo dejó en el piso de la
cabina. Se quitó su traje de mecánico, y lo echó enrollado a un rincón. Se fue a la sección de mando
de la cabina y se acomodó en el asiento del piloto.
—Vámonos –anunció al aire vacío, pero los que lo escuchaban en la frecuencia escogida de
antemano iniciaron sus propios trayectos hacia Southampton.
Brennan tenía más de diez años de no pilotar un helicóptero, y el modelo en que estaba era del
tipo comercial, no militar, pero las manos no tardaron en recuperar su vieja habilidad. Pidió y
recibió permiso para despegar, y atendiendo escrupulosamente al plan de vuelo que encontró en una
hoja de papel sujeta a una tabla, no tardó en dejar lejos el millón de joyas brillantes que formaba
Nueva York.
El vuelo sobre Long Island en esa noche fría y clara le produjo un sentimiento de frescura al que
se abandonó. Sin embargo, el helipuerto privado de Covello con sus luces brillantes no tardó en
aparecer debajo de él.
Se posó con la suavidad de una pluma, y recibió un saludo con la mano de un guardia que llevaba
un rifle de asalto. Brennan suspiró. Se sacudió del cerebro la sensación de limpieza del cielo
nocturno. Era hora de volver al trabajo.
El guardia, sin preocupación alguna, se echó andar hacia el helicóptero. Brennan esperó hasta
tenerlo a unos pasos de distancia, y entonces se asomó por la ventanilla y le disparó en la cabeza con
la Browning, que tenía puesto un silenciador. Nadie lo vio entrar a la mansión por la puerta de la
azotea, y su figura, yendo de un cuarto a otro en silencio, con la voluntad inamovible de un espíritu
encantado, pasó desapercibida.
Se encontró a Covello en una biblioteca repleta de estanterías de libros que nadie leía,
comprados por el decorador de interiores sólo por los colores de encuadernación. El padrone, fácil
de reconocer por sus fotos en los archivos de Fundido, jugaba al billar con uno de sus asesores, bajo
la mirada silenciosa de un hombre con aspecto de guardaespaldas.
Covello falló un tiro fácil, soltó un juramento y entonces alzó la mirada.
—¿Quién diablos eres tú? –inquirió, con expresión de enojo.
Por toda respuesta, Brennan alzó la pistola y le disparó al guardia atónito. Covello se puso a
gritar en una voz de timbre muy alto, como de mujer, y el asesor lanzó un golpe a Brennan con su taco
de billar. Brennan lo esquivó agachándose y le metió tres tiros en el pecho, que lo lanzaron sobre la
mesa de billar. Mientras el capo corría hacia la puerta, le disparó por la espalda.
Covello aún respiraba cuando Brennan se paró a su lado. En sus ojos había una súplica, e intentó
hablar. Brennan quería liquidarlo de un balazo en la cabeza, pero no podía. Tenía órdenes estrictas.
De su bolsillo posterior extrajo un pequeño saco de nylon y de una funda en el cinturón bajo la
espalda un cuchillo, mucho más grande y pesado que el habitual.
El reloj corría. Sin duda los gritos de Covello habían dado la alarma en la casa. No quedaba
mucho tiempo antes de que llegaran los otros matones. Se inclinó sobre el mafioso moribundo, quien
al ver el cuchillo en las manos de Brennan cerró los ojos con horror indecible.
Este hombre no era su enemigo, pero su muerte no significaba una gran pérdida para la sociedad.
De cualquier modo, mientras le cortaba la garganta a Covello, poniendo su peso sobre el cuchillo
para seccionar la columna vertebral, Brennan no pudo menos que sentir que ese hombre merecía una
muerte menos horrible. Que nadie se merecía morir así.
Alzó la cabeza de Covello por su pelo aceitoso y la echó a la bolsa de nylon. Con movimientos
rápidos y silenciosos volvió por los pasillos que llevaban a la azotea y al helicóptero que lo
aguardaba. Sin embargo, lo habían visto.
Un soldado de la Mafia disparó una ráfaga violenta de balas y gritó a sus compañeros. Los
impactos ni siquiera se acercaron a Brennan, pero ya lo tenían ubicado. Avanzó más rápido,
corriendo por los pasillos y las escaleras. Al dar una vuelta, tropezó con un grupo de hombres. No
tenía idea de quiénes eran, y ellos por su parte se mostraron sorprendidos y algo confusos en medio
de esa conmoción. Vació el cargador de la Browning sobre ellos sin dejar de correr, y los hombres
se dispersaron mientras los ruidos de los perseguidores sonaban cada vez más cerca.
Habló para oídos invisibles:
—Tengo el paquete y voy al camino de regreso. Necesito apoyo.
Sacó algo del bolsillo del chaleco y lo tiró sobre la alfombra, sin detener su carrera.
De su mano cayó una hoja de papel delicado, que había sido doblada hasta adoptar una forma
pequeña y rebuscada. No miró hacia atrás, pero pudo oír el rugido de un gran felino, que resonó en el
espacio cerrado del corredor, y se mezcló con ruidos de disparos y alaridos de terror.
La ruta que siguió Brennan en el helicóptero hacia el pequeño aeropuerto del Condado Suffolk no
se apegaba a ningún plan de vuelo autorizado. El viaje transcurrió sin la exaltación experimentada
poco antes, pues su compañero de viaje en el asiento del copiloto era una bolsa negra que chorreaba
sangre.
En el aeropuerto lo esperaban Fundido y Patillas con una limusina.
—¿Qué tal salió?
—Conforme al plan –repuso Brennan y le dio la bolsa a Patillas.
Fundido asintió y dio instrucciones:
—Envuélvela en una cobija o en algo y guárdala en la cajuela.
Al notar la mirada de repugnancia que Brennan dirigía a Patillas mientras se alejaba, se encogió
de hombros.
—A mí también me puede, a veces –admitió–. Pero Deadhead es un instrumento útil. Nada más
piensa en toda la información que va a sacar del cerebro de Covello.
—Creí que Deadhead estaba ocupado en otro asunto –Brennan trató de sonar despreocupado–.
Una as que le dicen Espectro, ¿no?
—Ah, eso –Fundido agitó una mano–. Ya lo resolvió. Por lo visto, Espectro no tenía mucha
confianza en Gruber. Ni siquiera le dijo su nombre real. Pero sí se le escapó la fecha de su
cumpleaños. Y Deadhead es un dibujante de talento, aunque resulta difícil pensar en él como una
persona capaz de poseer cualidades humanas. Tenemos muchos contactos en agencias del gobierno,
como por ejemplo, los departamentos de tránsito. Con su fecha de nacimiento y el dibujo de
Deadhead, pronto tendremos a esa zorra clavada en la pared.
Una ola de miedo recorrió el alma de Brennan, barriendo con la fatiga que le abrumaba en cuerpo
y espíritu. Para ocultarla se frotó la cara y fingió un enorme bostezo.
—¿Ah, sí? –logró darle a su voz un tono informal buscado con desesperación–. Eso suena
importante. Me gustaría tomar parte.
Fundido lo miró de cerca, pero acabó por aceptar.
—Claro que sí, Cowboy. Te lo has ganado. No habrá nada antes de uno o dos días. Te ves como
si te hiciera falta dormir durante todo ese tiempo.
Brennan se forzó a sonreír.
—Ya lo creo que sí.
Dejaron a Brennan en su apartamento de Jokertown, donde se hundió en el sueño una vuelta
completa del reloj. Pasó otro día, y se preocupó por no recibir ninguna llamada. Al fin fue de Patillas
la voz pastosa que sonó al otro lado de la línea.
—Tenemos su nombre, Cowboy, y su dirección.
—¿Quiénes vamos?
—Tú y yo, además de un par de Hombres Lobo amigos míos. Ellos tienen la casa vigilada ahora
mismo.
Brennan asintió. Resultaba satisfactorio que Lazy Dragon no formara parte de la expedición.
Tenía gran respeto por la adaptabilidad y potencia de su as.
—Hay un problema, te lo advierto –añadió Patillas–. Ella se puede convertir en fantasma o algo,
y atravesar paredes y otras mierdas, así que no se le puede amenazar, en realidad.
Brennan se sonrió. Jennifer era una contrincante de lo más difícil.
—Sin embargo, Fundido tiene un plan –prosiguió el Hombre Lobo–. Nos metemos a su casa y
buscamos ese libro que él quiere. Si no podemos dar con él, podemos tratar de negociar con ella.
Tratar de comprarlo, o algo así.
Hizo una pausa, en la que se llenó de satisfacción.
—Y en el curso de las negociaciones, siempre se le podrá meter una bala por la nuca en el
momento adecuado. No se puede ser fantasma todo el tiempo.
—Buen plan –se obligó a decir Brennan.
Lo era, en efecto. Sabían su nombre. Sabían dónde encontrarla. Tenía que entrar en acción, pues
de lo contrario ella no llegaría viva a fin de mes, aun si encontraban el diario. Su mente corría a toda
velocidad.
—Te veo dentro de una hora, en su casa. Dame la dirección.
—Muy bien, Cowboy. ¿Sabes?, es una lástima que se pueda volver fantasma, porque es guapa de
verdad. De no ser así, montábamos toda una fiesta con ella.
—Sí, toda una fiesta –repitió Brennan, y colgó una vez que Patillas le dijo cómo llegar al
apartamento.
Se quedó con la vista fija en el vacío unos momentos, mientras echaba mano de las disciplinas
zen para serenar su mente y recuperar un ritmo normal de pulso. Se precisaba tranquilidad, no un
cerebro empapado de odio, rabia y miedo. Parte de su persona se extrañó por estar reaccionando tan
intensamente a las noticias de Patillas. Otra parte conocía bien la razón, pero se dijo que era
necesario olvidar eso; enterrarlo para examinarlo más adelante. Lo importante era encontrar solución
a este lío tan feo… ¡tenía que encontrarla!
Hundió la conciencia en las profundidades del ser para encontrar conocimiento a través de una
tranquilidad perfecta y, cuando su mente salió de zazen, tenía la respuesta. Era Kien, y lo que ya
sabía sobre ese hombre, sus miedos, sus puntos fuertes y sus debilidades.
Algunos detalles presentaban dificultades y aspectos de riesgo. Tomó el teléfono y marcó un
número. Después de varias señales, oyó el sonido de la voz de Espectro en su oído.
—¿Hola?
Él apretó la mano en torno al teléfono. Se daba cuenta de cuánto había extrañado oír esa voz, y
cómo, a pesar de las circunstancias, se alegraba de oírla de nuevo.
—¿Hola? –insistió ella.
—Hola, Jennifer. Tenemos que hablar…
La nieve caía en oleadas cegadoras movidas por un viento que aullaba como las almas en pena a
través de los cañones de la ciudad gris. Por alguna extraña razón, el frío del invierno se sentía más
en la ciudad que en las montañas, pensó Brennan, más frío, más sucio y más solitario. Los Hombres
Lobo sin máscara, vestidos con uniformes de personal de mantenimiento, estaban en el vestíbulo del
edificio de apartamentos de Jennifer. Uno era alto y delgado, con las mejillas llenas de cicatrices de
acné. Sus deformidades de joker se ocultaban bajo un overol de gran tamaño. El otro era también
delgado, pero de poca estatura. Su deformidad quedaba de manifiesto en su espina dorsal, con un
doblez drástico que hacía rotar el torso sobre las caderas de manera anormal. Patillas y Brennan,
también vestidos con overoles, daban patadas en el suelo para quitarse la nieve de las botas.
—Hace un frío del demonio. ¿Ya se ha ido? –preguntó Patillas en voz baja.
El que era alto y flaco asintió.
—Hace menos de diez minutos. Tomó un taxi.
—Bueno, manos a la obra.
Nadie los vio subir al apartamento de Jennifer. Su puerta no ofreció resistencia a las herramientas
de ladrón de los Hombres Lobo. Brennan hizo un recordatorio de hablarle a Espectro sobre el tema,
en caso, añadió en su pensamiento, de que ambos siguieran vivos cuando terminara el sainete.
—Hay que comenzar por la recámara –dijo Patillas no bien se vieron dentro del apartamento.
Miró las paredes forradas de estanterías con libros.
—¡Mierda! –exclamó–. Encontrar aquí un libro es dar con una maldita aguja en un pajar.
Los condujo a una recámara pequeña, que contenía una cama sencilla, un buró con una lámpara,
un viejo armario y más estantes de libros.
—Hay que revisar todos esos malditos libros –volvió a quejarse Patillas–. Uno podría estar
hueco, por ejemplo, un falso libro.
—Carajo, Patillas –dijo el Hombre Lobo flaco y chaparro–. Ves demasiadas pelícu…
Se interrumpió y se quedó mirando a la rubia alta, esbelta y hermosa, ataviada en un bikini negro
de cordones, recién brotada de la pared. Onduló un poco antes de solidificarse, y les apuntó una
pistola con silenciador.
—No se muevan –dijo, sonriendo.
Se quedaron congelados, más por la sorpresa que por el temor.
—¡Ey! –Patillas tragó saliva–. Sólo queremos hablar. Nos enviaron personas importantes.
—Ya lo sé –asintió la mujer.
—¿Lo sabes? –preguntó Patillas, desconcertado.
—Yo se lo dije.
Todos se volvieron a mirar a Brennan. Había abierto el cajón de la mesilla de noche y él también
sostenía una pistola. Un arma de aspecto peculiar, con cañón muy largo. Apuntó a Patillas. Los ojos
de la cara del joker parecían querer saltar de su peludo rostro.
—¿Qué diablos haces, Cowboy? ¿Qué está pasando?
Brennan lo miró sin expresión alguna en la cara. Movió la muñeca y apretó dos veces el gatillo.
Hubo dos pequeñas explosiones en el aire, que casi no hicieron ningún ruido, y los Hombres Lobo
miraron con asombro los dardos que se les habían clavado en el pecho, El que era más alto abrió la
boca para decir algo, pero se limitó a suspirar, después de lo cual cerró los ojos y se desplomó en el
suelo. El otro ni siquiera hizo el intento por hablar.
—¡Cowboy!
Brennan meneó la cabeza.
—Cowboy no es mi nombre. Tampoco lo es Yeoman, pero ése es mejor.
En el rostro de Patillas apareció una mueca de terror casi cómica.
—Miren, déjenme ir. Por favor. No se lo diré a nadie, de verdad. Pueden confiar en mí.
Se puso de rodillas, uniendo las manos en imploración, el rostro cubierto de lágrimas. La pistola
de aire de Brennan escupió otro dardo, y Patillas cayó boca abajo sobre la alfombra. Brennan se
volvió a Jennifer:
—Hola, Espectro.
Ella dejó caer la pistola sobre la cama.
—¿No puedes…? ¿No puedes dejarlos ir?
—Bien sabes que eso es imposible –negó Brennan, sacudiendo la cabeza–. Se han enterado de
quién soy. Me delatarían. Además, eso arruinaría el plan.
—Pero ¿tienen que morir?
Se acercó para estar al alcance de ella, pero se obligó a dejar los brazos al lado de su propio
cuerpo.
—Estamos metidos en un asunto de vida o muerte –indicó a los Hombres Lobo drogados–. De
aquí nadie puede salir andando, excepto yo, si quieres seguir viviendo. Aun así, no hay garantía de
nada.
—Sus muertes caerán sobre mi cabeza –suspiró Jennifer.
—Son ellos quienes tomaron las decisiones que los trajeron a esto. Sus deseos eran de violarte,
mutilarte, matarte. Sin embargo…
Brennan apartó los ojos de Jennifer y se miró introspectivamente.
—Sin embargo…
Su voz se perdió en el silencio. Jennifer le puso la mano en la mejilla, y él la miró. Sus ojos
oscuros estaban embrujados por recuerdos de muerte y destrucción que, pese a su adiestramiento zen
y a su tenaz concentración, nunca permanecían bajo la superficie de su mente.
Jennifer esbozó una sonrisa.
—Me gustan tus ojos nuevos –le dijo a Brennan, quien, casi sin querer, la tomó de la mano.
—Tengo que irme. Pronto oscurecerá y tengo que encargarme de éstos –Brennan señaló con la
cabeza a los Hombres Lobo inconscientes–. Además de… otros detalles.
Jennifer asintió.
—¿Te volveré a ver? –inquirió–. Digo, verte pronto.
Brennan retiró la mano y se alzó de hombros.
—¿No te basta con los problemas que tienes encima?
—¡Vaya! ¡Si el rey del crimen de Nueva York me ha señalado con la marca de la muerte! ¡No
puede ser mucho peor!
—Ni siquiera puedes comenzar a imaginártelo. Mira, lo mejor es que desaparezcas. Tengo que
cumplir mis tareas.
Jennifer lo miró, callada.
—Te llamaré –propuso él.
—¿Me lo prometes?
Brennan asintió con la cabeza. Ella miró a los Hombres Lobo una vez más, con los ojos turbados,
y volvió a salir atravesando la pared. Brennan no tenía ninguna intención de cumplir su promesa. En
absoluto. Pero cuando se echó a la espalda al primero de los jokers inconscientes, su determinación
ya iba perdiendo firmeza.

Fundido, Sin Ma y Deadhead estaban reunidos cuando se permitió la entrada de Brennan a la cámara
de audiencias. Deadhead enunciaba una lista de nombres, direcciones, números de teléfono, cuentas
bancarias y contactos con el gobierno. Todo lo que Covello guardaba en las bodegas de su cerebro
era propiedad de Deadhead. Todo lo que el padrone había conocido…
Una idea surgió en la mente de Brennan. Sólo los muertos, pensó, lo saben todo. Ellos habían
terminado, y desde su punto de vista todo estaba finalizado. Sus vidas se habían completado. Sólo los
muertos podían conocer del todo Jokertown, pues no tenían necesidad de conocimiento. Al igual que
Brennan, cuando vivía en las montañas. Su vida era pacífica, invariable y serena. Y era una vida
muerta. Pero había vuelto a vivir. El precio de volver a vivir era la sensación de incertidumbre y
pérdida de control que lo invadía cada vez más. Un precio muy alto, pero se daba cuenta de que
podía pagarlo por lo menos hasta ese momento del juego.
Fundido y Sin Ma intercambiaron miradas de preocupación cuando lo vieron entrar a solas.
—¿Qué pasó? –preguntó Fundido.
—Una emboscada. Ese loco hijo de puta, Yeoman, mató a Patillas y a los otros Hombres Lobo.
Me clavó una mano a la pared –relató Brennan con la mano derecha alzada, envuelta en un pedazo
ensangrentado de su camisa.
Le había dolido como mil demonios atravesarse la mano con una flecha. Venía a ser, reflexionó
Brennan, una suerte de penitencia por las acciones cometidas desde su llegada a la ciudad.
—¿Y a ti te dejó vivo? –inquirió Sin Ma.
—Quería que les entregara esto. Dijo que a él de nada le servía –replicó Brennan, y les mostró el
diario de Kien, que se había quedado en blanco al sacarlo de modo fantasmal Jennifer de la caja
fuerte empotrada en la pared de Kien; le desagradaba sobremanera devolverlo y dar a Kien la
satisfacción de saber que los secretos consignados a su diario estaban a salvo, pero necesitaba darle
algo a Kien para que dejara de perseguir a Jennifer.
Fundido tomó el diario y, confuso, pasó las páginas en blanco.
—¿Fue Yeoman… quien hizo esto?
Brennan meneó la cabeza:
—Dijo que esto pasó cuando se lo robó Espectro.
—Genial –exclamó Fundido y se sonrió–. En verdad genial.
Hasta Sin Ma se mostró complacida.
—Hay algo más –Brennan se obligó a hablar en el tono desapasionado de un simple mensajero.
Su propósito era grabar a fuego sus palabras en la frente de Fundido, para que Kien pudiese notar
que tras ellas había una voluntad férrea.
Fundido y Sin Ma se le quedaron mirando, a la espera.
—Dijo que les diera un mensaje. Que le digan a Kien, porque ese fue el nombre que usó, que él
sabe en dónde vive Kien, así como Kien sabe dónde vive Espectro. Que le digan que su conflicto va
más allá de la vida y la muerte, que es cuestión de honor y retribución, pero que se dará por
satisfecho con la muerte de Kien si le sucede algo a Espectro. Dice que tiene esperando una flecha
con el nombre de Kien… sólo esperando.
Unos meses atrás había entregado un mensaje similar, en beneficio de otra mujer. Pero, tal vez
justificadamente, ella se había rehusado a aceptar su protección, prefiriendo alejarse. En cambio,
Jennifer había aceptado su plan como si tuviera una confianza total y verdadera en él.
—Ya veo –Fundido intercambió miradas de preocupación con Sin Ma–. Bueno, pues le daré el
mensaje. Claro que se lo daré.
Movía la cabeza afirmativamente, al tiempo que se tiraba del labio inferior con los dedos.
Sin Ma se puso de pie.
—Has demostrado tu valor –le declaró a Brennan–. Espero que tu asociación con los Puños de
Sombra sea larga y próspera.
Brennan fijó en ella los ojos y se permitió una sonrisa.
—Estoy seguro de que así será –afirmó–. No lo dudo.

♣♦♠♥
Todos los caballos del rey
I
♣♦♠♥
por George R. R. Martin

T om encontró el último número de ¡Ases! en la oficina exterior, mientras esperaba a que lo


recibiera la ejecutiva de préstamos.
En la portada, la Tortuga volaba sobre el río Hudson a contraluz de un espectacular crepúsculo.
La primera vez que vio esa foto, en Life, Tom había sentido tentación de ponerla en un marco. Pero
eso había sido mucho antes. Ni siquiera el caparazón que mostraba la foto estaba ya en ese lugar,
pues los mismos seres de otro planeta que lo habían capturado la primavera anterior lo habían
propulsado a algún lugar del espacio.
Debajo de la foto de la portada, en letras negras que resaltaban sobre las nubes de matices
escarlatas, el titular preguntaba: “¿La Tortuga: vivo o muerto?”.
—¡Joder! –exclamó Tom en voz alta, muy molesto.
La secretaria le lanzó una mirada de desaprobación. La ignoró y se puso a buscar el artículo
pasando las hojas. ¿Cómo diablos se les ocurría preguntar si estaba muerto? Lo abatieron con una
bomba de napalm, eso era verdad, y a la vista de media ciudad se estrelló en el Hudson. ¿Y qué?
Había vuelto, ¿o no? Metido en un viejo caparazón, había cruzado el río para volar sobre Jokertown
al amanecer siguiente al Día Wild Card. Miles tenían que haberle visto. ¿Qué más debía hacer?
Encontró el artículo. El autor se basaba en el hecho de que nadie había visto a la Tortuga durante
meses. La revista sugería que quizás habría muerto, y su aparición al amanecer era sólo una
alucinación colectiva provocada por el deseo de verlo, opinaba un experto entrevistado. Un globo
aerostático, proponía otro. O quizás el planeta Venus.
—¡Venus! –dijo Tom, indignado.
El viejo caparazón utilizado aquella mañana era un Volkswagen sedán con blindaje. ¿Cómo
diablos podían sugerir que era Venus? Dio vuelta a la página y se topó con una fotografía imprecisa
de un fragmento de caparazón sacado del agua. El metal estaba doblado hacia fuera, retorcido por
una terrible explosión, los bordes desgarrados y afilados como una sierra. Ni todos los caballos ni
todos los hombres del rey pudieron armar a la Tortuga otra vez, decía el letrero.
Tom aborrecía a los periodistas que se pasaban de listos.
—Miss Trent lo recibirá ahora –anunció la secretaria.
Miss Trent no contribuyó a mejorar su malhumor. Era una mujer delgada, joven, que llevaba gafas
con aros de carey demasiado grandes y un pelo oscuro con rayos rubios. Bonita, y por lo menos diez
años más joven que Tom.
—Mr. Tudbury –le comunicó, desde atrás de un escritorio impecable de acero y cromo, tan
pronto como cruzó la puerta–, el comité de préstamos ha revisado su solicitud. Tiene usted un
excelente registro de crédito.
—Sí –confirmó Tom, y se sentó, permitiéndose abrigar alguna esperanza–. ¿Significa eso que me
prestarán el dinero?
Miss Trent sonrió con expresión de pena.
—Me temo que no.
Ya se lo esperaba, de algún modo. Trató de reaccionar como si no le importara; los bancos nunca
prestan dinero cuando se dan cuenta de que uno lo necesita.
—¿Y mi evaluación de crédito? –preguntó.
—Tenemos un excelente registro de pagos puntuales de sus préstamos, y lo hemos tomado en
cuenta. Pero el comité piensa que su deuda total es ya demasiado alta, si se consideran sus ingresos
actuales. No podemos justificar una extensión sin garantías. Lo siento mucho. Quizás otra institución
de crédito tenga una opinión diferente.
—¡Otra institución de crédito! –repitió Tom, en tono de agotamiento.
¡Menuda oportunidad! Ese banco era ya el cuarto que había intentado. Todos le decían lo mismo.
—Sí, claro –dijo Tom, ya de camino a la puerta cuando vio el diploma enmarcado en la pared de
la oficina y giró sobre los talones.
—¡Rutgers! –dijo–. Yo me salí de Rutgers. Tenía cosas más interesantes que hacer. Más
importantes que acabar la universidad.
Ella lo miró, callada, con expresión de desconcierto en su linda y joven cara. Por un momento,
Tom sintió el impulso de volver, sentarse y contárselo todo. Su rostro era comprensivo, tomando en
cuenta que se trataba de una banquera.
—No importa –renunció.
El camino al automóvil se le hizo largo.
Faltaba poco para la medianoche cuando Joey lo encontró, apoyado en un barandal oxidado y
mirando a la luz de la luna las aguas del Kill Van Kull. El parque quedaba al otro lado de su casa,
cerca de los conjuntos de vivienda popular en donde se había criado. Desde sus tiempos de niño,
había hallado solaz en ese lugar, con sus aguas negras y quietas como aceite, mirando las luces de
Staten Island a lo lejos, viendo pasar en la noche los enormes buques tanques. Joey lo sabía, porque
su amistad se remontaba a los primeros años de escuela. Uno y otro: tan diferentes como la noche y
el día, pero hermanos en todo menos el nombre.
Tom oyó pasos detrás de él, miró sobre el hombro, y al darse cuenta de que sólo era Joey se
volvió a mirar el Kill. Joey se acercó y se quedó de pie a su lado, con los brazos apoyados en el
barandal.
—No te concedieron el préstamo –adivinó Joey.
—No. Lo mismo de siempre.
—Que los jodan.
—No –interpuso Tom–. Tienen razón. Debo demasiado.
—¿Estás bien, Tuds? –quiso saber Joey–. ¿Cuánto hace que estás aquí?
—Un rato. Quería pensar un poco.
—Odio que te pongas a pensar.
—Sí, ya lo sé –dijo Tom con una sonrisa y apartó la vista del agua–. Borrón y cuenta nueva, Joey.
—¿Qué carajos quieres decir con eso?
Tom no hizo caso de la pregunta.
—Me entró nostalgia del último caparazón. Lentes zoom infrarrojos, cuatro monitores grandes y
veinte pequeños, tocacintas, ecualizador gráfico, refrigerador, todo en la punta de los dedos, por
computadora, la mejor tecnología existente. Trabajé para crear esa cosa cuatro años, fines de
semana, noches, vacaciones, lo que digas. Ahorré cada centavo para meterlo ahí. Y ¿qué pasa? El
maldito aparato me da servicio unos cuantos meses y me lo avientan al espacio los parientes de
mierda de Tachyon.
—Qué carajos importa –protestó Joey–. Todavía tienes caparazones viejos en el deshuesadero,
usa uno de ellos.
Tom quiso ser paciente.
—El caparazón que los taquisianos lanzaron al espacio es el quinto que hago. Después de
perderlo, volví al número cuatro. Ése es el que derribaron con napalm. Si quieres ver sus pedazos,
compra la revista ¡Ases!, hay una buena foto ahí. Hace años que canibalizamos las partes útiles del
dos y el tres. El único que está más o menos intacto es el uno.
—¿Y qué? –insistió Joey.
—¿Y qué? Tiene cables, Joey, no circuitos, sino cables de hace veinte años. Cámaras obsoletas
con pocas capacidades de seguir objetos, puntos ciegos, monitores en blanco y negro, un mugre
calentador de gas y el peor sistema de ventilación que hayas visto.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Todavía no sé cómo fui capaz de llevarlo a Jokertown en septiembre, pero he de haber estado
en shock por el golpe, o nunca se me hubiese ocurrido lanzarme a algo tan estúpido. Explotaron
tantos bulbos que iba volando casi a ciegas antes de regresar.
—Podemos arreglar todas esas cosas.
—Ni lo pienses –dijo Tom con más vehemencia de la que creía sentir–. Esos caparazones son
míos, son una suerte de símbolo de toda mi maldita vida. Aquí estoy pensando en todo eso, y me pone
enfermo. El dinero invertido, las horas interminables, el trabajo, todo. En una vida real el mismo
esfuerzo habría hecho de mí otra persona. Mírame, Joey. Tengo cuarenta y tres años. Vivo solo. Soy
dueño de una casa y un depósito de chatarra, pero ambas propiedades hipotecadas hasta por los
pelos. Trabajo cuarenta horas a la semana vendiendo videograbadoras y equipos de cómputo, y, sí,
he logrado adquirir una tercera parte del negocio, lo malo es que el negocio ya no es negocio, ja, ja,
qué buena broma me han gastado. La mujer que me atendió hoy en el banco tenía diez años menos que
yo, y seguramente gana tres veces más. Bonita, además, sin anillo de casada, Miss Trent, decía la
secretaria, y me hubiera gustado invitarla a salir conmigo, pero ¿sabes qué? La miré a los ojos y pude
ver que le daba lástima.
—Oye, no se vale perder la forma nada más porque una estúpida te mira con desprecio –observó
Joey.
—No –dijo Tom–. Tiene razón. Soy mejor de lo que ella sabe de mí, pero eso queda fuera de su
conocimiento. Lo mejor de mi persona se me ha ido en crear la Tortuga. El Astrónomo y sus rufianes
han estado a punto de matarme. A la mierda, Joey. Arrojaron napalm a mi caparazón, y uno de los
impactos me puso tan mal que me desmayé. Pude haber muerto.
—No moriste.
—Tuve suerte –Tom hablaba con fervor–. Mucha puta suerte. Con todos los instrumentos
reventados, atado a esa cosa que iba cayendo derechita al fondo del río. Aunque hubiese estado
consciente, que no era el caso, me resultaba imposible llegar hasta la portezuela y abrirla
manualmente, porque me habría ahogado antes. ¡Eso suponiendo que pudiera tan siquiera encontrar la
portezuela, con todas las luces apagadas y el caparazón llenándose de agua!
—Creí que no te acordabas de esa mierda –señaló Joey.
—No es que pueda recordarlo –Tom se frotó las sienes–. Al menos no de manera consciente. A
veces tengo sueños que… no, a la mierda con eso, la conclusión radica en que fui hombre muerto.
Pero tuve suerte, una suerte increíble, porque algo hizo volar el maldito caparazón en pedazos, me
lanzó de él sin matarme, y logré alcanzar la superficie. De lo contrario, estaría en una tumba de acero
en el fondo del Hudson, con las anguilas entrando y saliéndome por los ojos.
—¿Y qué? –volvió a decir Joey–. No estás muerto, ¿o sí?
—¿Y la próxima vez? Me estoy rompiendo la espalda para encontrar el modo de financiar un
caparazón nuevo. Vender mi participación en la tienda, pensé, o quizá vender la casa y mudarme a un
apartamento. Pero entonces pienso: fantástico, vendo la casa y construyo un caparazón nuevo y
entonces los malditos taquisianos vuelven a aparecer, o resulta que el Astrónomo tenía un hermano
que está furioso, o cualquier otra mierda, los detalles son lo de menos, pero algo sucede y yo acabo
muerto. O a lo mejor sobrevivo, y el caparazón nuevo se va a la basura, como los últimos dos, y me
encuentro justo donde empezamos, con la diferencia de que ya ni casa tendría. ¿Para qué demonios
hacer todo esto?
Joey lo miró a los ojos. Había crecido a su lado y conocía a Tom como nadie.
—Sí, quizás –acabó por decir–. Pero, entonces, ¿por qué pienso que hay algo que no me quieres
decir?
—De niño, era yo muy listo –insistió Tom, apartando claramente la mirada–, pero al hacerme
mayor me volví tonto. Esto de la doble vida es una mierda. Vivir una vida es ya bastante difícil para
la mayoría de la gente, ¿cómo diablos pude pensar que podría darme el lujo de tener dos?
Se interrumpió un momento, meneó la cabeza.
—Al diablo con todo –concluyó–. Se acabó. Aprendí mi lección, Joey. ¿Piensan que la Tortuga
ha muerto? Me parece bien. Que descanse en paz.
—Tú mandas, Tuds –aceptó Joey, poniéndole una mano en el hombro–. Pero es una vergüenza, de
todos modos. Harás llorar a mi hijo. La Tortuga es su héroe.
—Pues sí: Jetboy fue mi héroe. Pero murió, también él. Eso forma parte de crecer. Tarde o
temprano, todos tus héroes se mueren.

♣♦♠♥
Concierto para sirena y serotonina
I
♣♦♠♥
por Roger Zelazny

E nvuelto por las sombras, sentado en un apartado del restaurante italiano de Vito, callado y a
deshora, dedicado a reducir un promontorio de linguini y el nivel de líquido de una botella
encestada en paja, con pelos negros entiesados con fijador o tónico, el único comensal en el
establecimiento había llamado la atención de los empleados, lo que había dado lugar a varias
apuestas cruzadas, pues iba ya por el séptimo platillo principal consumido, cuando un hombre alto
como una torre, vestido de civil, con una mano que más parecía un garrote, entró desde la calle, se
puso de pie cerca de él y lo miró con ojos enrojecidos.
El hombre mantuvo la vista sobre el comensal, quien por fin le devolvió la mirada, con los ojos
cubiertos por gafas reflejantes.
—¿Eres tú a quien ando buscando? –inquirió el recién llegado.
—Es posible –replicó el que cenaba, bajando el tenedor–, si se trata de dinero y ciertas
habilidades especiales.
El grandote se sonrió. A continuación, alzó la mano derecha y la dejó caer. El golpe dio en la
orilla de la mesa, arrancó la esquina, desgarró el mantel y lo alzó hacia delante. Los linguini se
derramaron sobre el regazo del hombre de pelo negro, que al reaccionar con un movimiento brusco
desplazó sus gafas y descubrió un par de ojos relucientes, con muchas facetas.
—¡Cabrón! –echó las manos hacia delante, en paralelo con la extremidad garrotera del otro.
—¡Hijo de puta! –gritó el gigante, y retiró de inmediato la mano–. ¡Carajo, me has quemado!
—Carajo, te he soltado una descarga,–corrigió el otro–. Tienes suerte de que no te haya freído.
¿Qué es esto? ¿Por qué destruyes mi mesa?
—Tú eres el que contrata ases, ¿no? Quería enseñarte lo que yo sé hacer.
—No contrato ases. Pensé que eras tú quien andaba buscando uno, por los modos que tienes.
—¡Diablos, no! ¡Cabrón, ojos de insecto!
El otro se movió y ajustó con prontitud las gafas.
—Estoy sufriendo –afirmó– por mirar dos mil dieciséis imágenes de un miserable imbécil.
—¡Te voy a meter tus palabras por el culo! –exclamó el gigante y volvió a alzar la mano.
—Tú lo has querido –repuso el otro, al tiempo que una tormenta eléctrica surgía de entre las
palmas de sus manos.
El gigante dio un paso hacia atrás. La tormenta pasó, y el hombre bajó las manos.
—Si no fuera por los linguini en las piernas –comentó–, esto tendría gracia. Siéntate. Podemos
esperar juntos.
—¿Gracia?
—Piénsatelo mientras voy a lavarme –sugirió–. Por cierto, el nombre es Croyd.
—¿Croyd Crenson?
—Sí, el mismo. Y tú has de ser Garrote, ¿verdad?
—Sí, pero ¿qué es lo que tiene gracia?
—Equívocos de identidad –le explicó Croyd–. Dos sujetos que piensan que el otro es lo que no
es, ¿entiendes?
La frente de Garrote se fue llenando de surcos a lo largo de varios segundos antes de que sus
labios dieran forma a una sonrisa incierta. Enseguida se rio, cuatro ladridos que sonaban a toses.
—¡Ya, ya, un montón de gracia! –expresó y ladró de nuevo.
Garrote se metió al apartado, riendo, mientras Croyd salía deslizándose sobre la banca. Croyd se
alejó hacia el baño de hombres, y Garrote le pidió a la mesera, que se acercaba para limpiar el
tiradero, que le trajera una jarra de cerveza.
Poco después, un hombre de traje negro ingresó al área del comedor desde la puerta de la cocina
y se quedó de pie, ceñudo, con los pulgares prendidos del cinturón. Movía un palillo en la boca.
Avanzó hacia el apartado.
—Creo que te conozco –dijo, parado junto al asiento.
—Soy Garrote –replicó el otro, y alzó la mano.
—Chris Mazzucchelli. Sí, he oído contar cosas sobre ti. Dicen que sabes abrirte camino a través
de lo que sea con ese guante tuyo.
Garrote se sonrió.
—Joder, es verdad –aceptó.
La boca de Mazzucchelli formó una sonrisa alrededor del palillo. Se sentó en el lugar de Croyd.
—Y tú, ¿sabes quién soy? –inquirió.
—Me lleva el diablo, claro que sí. Tú eres el Hombre.
—Es cierto. Supongo que estarás enterado de que se aproximan dificultades, y que yo necesito
algunos soldados especiales.
—Mierda, necesitas romper muchas cabezas. Y, mierda, yo soy el mejor en eso –presumió
Garrote.
—Lo has dicho muy bien –lo elogió Mazzucchelli, mientras se metía la mano al interior de la
chaqueta. Cuando la sacó, tenía un sobre en ella, que arrojó sobre la mesa.
—Un anticipo.
Garrote lo tomó, lo abrió y contó despacio los billetes, moviendo los labios.
—El precio es correcto –anunció una vez terminada la suma–. Ahora ¿qué?
—En el sobre hay también una dirección. Esta noche, a las ocho en punto, vas ahí y recibes tus
órdenes. ¿De acuerdo?
—Muy de acuerdo.
Garrote se guardó el sobre y se levantó, al tiempo que estiraba el brazo hacia la jarra de cerveza.
La alzó a su rostro, la vació de un trago y eructó.
—¿Quién es el otro, el que está en el baño?
—¿Ése? ¡Mierda! ¡Él es de los nuestros! –replicó Garrote–. Se llama Croyd Crenson. No es
buena idea meterse con él, pero tiene mucho sentido del humor.
Mazzucchelli asintió.
—Que pases buen día.
Garrote eructó de nuevo, movió afirmativamente la cabeza, agitó el garrote que tenía por mano y
se fue.
Croyd titubeó un breve instante al ver a Mazzucchelli sentado en su sitio. Avanzó, alzó dos dedos
en una parodia de saludo y dijo:
—Soy Croyd. ¿Eres el reclutador?
Mazzucchelli lo miró de arriba abajo y detuvo la vista en una gran mancha mojada al frente del
pantalón.
—¿Te asustó algo? –le preguntó.
—Sí, es que he visto la cocina –replicó Croyd–. ¿Buscas talento?
—¿Qué tipo de talento tienes tú?
Croyd agarró una lámpara pequeña que estaba en una mesa cercana. Desatornilló el foco y lo
tomó con los dedos, lo alzó frente a él. El foco no tardó en empezar a brillar. Entonces se puso más
brillante, soltó un destello y se fundió.
—¡Vaya! Se me pasó un poco la mano.
—Puedo comprar una linterna –observó Mazzucchelli– por un dólar y medio.
—Te falta imaginación –replicó Croyd–. Puedo hacer trabajo pesado con alarmas para robo, con
computadoras y teléfonos, por no mencionar descargas sobre cualquiera a quien dé la mano. Pero si
no te interesa, tampoco soy un muerto de hambre.
Se dio la vuelta para irse.
—¡Siéntate, siéntate! –le pidió Mazzucchelli–. Me han hablado de tu sentido del humor. Me gusta
lo que me cuentas, y creo que puedo usarte para un trabajo. Necesito reunir de prisa gente eficiente.
—¿Por qué? ¿Te asustó algo? –preguntó Croyd, metiéndose al asiento que acababa de abandonar
Garrote.
Mazzucchelli gruñó, de mal humor, haciendo sonreír a Croyd.
—Es mi sentido del humor –explicó–. ¿Para qué soy bueno?
—Crenson –enunció el otro–, ése es tu apellido. Ya ves, sé quién eres. Sé muchas cosas de ti. Te
he estado tomando el pelo. Es mi sentido del humor. Sé que eres bastante bueno en lo que haces, y
que acostumbras cumplir lo que prometes. Pero tenemos que hablar de algunas cosas antes de otras.
¿Sabes a qué me refiero?
—No. Pero cuéntame.
—¿Quieres comer algo mientras hablamos?
—Me gustaría probar de nuevo los linguini –propuso Croyd– y otra botella de Chianti.
Mazzucchelli alzó la mano y chasqueó los dedos. Un mesero entró corriendo al comedor.
— Linguini, e una bottiglia –pidió–. Chianti.
El mesero se fue apresuradamente. Croyd se frotó las manos, haciendo un ruido de estática.
—El que acaba de irse –dijo Mazzucchelli después de un silencio–, Garrote…
—¿Sí? –insistió Croyd, viendo que el otro alargaba la pausa.
—Hará un buen soldado –terminó Mazzucchelli.
Croyd afirmó con la cabeza.
—Eso me parece.
—Pero tú, tú tienes otras habilidades, además de lo que te dio el virus. Entiendo que eres hábil
para robar segundos pisos. Conociste al viejo Bentley.
—Fue mi maestro –volvió a asentir Croyd–. Lo conocí cuando él todavía era perro. Por lo que
oigo, sabes más de mí que la mayoría de la gente.
Mazzucchelli se quitó el palillo de la boca y dio un trago a su cerveza.
—Ése es mi trabajo –dijo, tras un momento–: saber cosas. Por eso no me interesa mandarte a
hacer trabajos de soldado.
El mesero volvió con un plato de linguini, un vaso y una botella, que enseguida descorchó. Puso
frente a Croyd cubiertos que tomó del apartado de al lado, y éste de inmediato se puso a comer con
un gusto maniático que afectaba un poco el sentido de equilibrio de Mazzucchelli.
Croyd hizo una pausa suficiente para preguntar:
—¿Qué tienes pensado para mí?
—Algo más sutil, si resultas ser la persona adecuada.
—Sutil, ¿eh? –comentó Croyd–. Es lo mío: lo sutil.
—Primero –Mazzucchelli alzó un dedo– es preciso que hablemos de una de esas cosas que se
dicen antes de hablar de las otras.
Observando la rapidez con que se vaciaba el plato de Croyd, volvió a tronar los dedos y el
mesero se apresuró en traer otro plato de linguini.
—¿Qué es eso? –preguntó Croyd, haciendo a un lado el plato vacío mientras le ponían uno lleno
enfrente.
Mazzucchelli puso la mano sobre el brazo izquierdo de Croyd, casi como si fuera su padre, y se
inclinó hacia él.
—Sé que andas en problemas –declaró.
—¿Qué quieres decir?
—Se dice que usas anfetaminas–observó Mazzucchelli–, y que de cuando en cuando te vuelves un
loco peligroso, matas gente, destruyes propiedades y creas un caos general hasta que se te acaba el
vapor, o hasta que algún as amigo tuyo se apiada de ti y te saca de acción por un rato.
Croyd dejó el tenedor y se bebió un vaso de vino.
—Es cierto –aceptó–, aunque no me gusta hablar del tema.
Mazzucchelli se alzó de hombros.
—Todo el mundo tiene derecho a divertirse, a veces –concedió–. Te lo pregunto por razones
profesionales. No me agradaría que actuaras de esa manera mientras trabajas para mí en asuntos
delicados.
—Esa conducta a la que te refieres no está motivada por la diversión –explicó Croyd–. Lo que
pasa es que después de estar despierto un determinado periodo de tiempo, se vuelve una necesidad.
—Uh. ¿Andas cerca de ese punto?
—Para nada –repuso Croyd–. No hay de qué preocuparse por un buen lapso.
—Si te contrato, no quiero preocuparme en absoluto de ese asunto. Es inútil pedirle a nadie que
no use drogas. Pero lo que quiero saber es lo siguiente. Si empiezas a usar anfetas, ¿tendrás
suficiente sentido para no revolverlo con mi encargo? ¿Irte a estrellar y quemar cosas en algún sitio
que no tenga nada que ver con lo que estés haciendo para mí?
Croyd se le quedó mirando antes de asentir lentamente.
—Veo a qué vas. Si eso es lo que me pide la tarea, claro que puedo. No tendría el menor
problema.
—Si eso está entendido, entonces quiero contratar tus servicios. Se trata de una tarea más sutil
que andar rompiendo cabezas. Tampoco es un robo sencillo de ejecutar.
—He hecho muchas cosas raras –señaló Croyd–. Sutiles, también. Algunas incluso legales.
Ambos sonrieron.
—En esta ocasión, puede ser mejor evitar toda violencia –dijo Mazzucchelli–. Como ya te dije,
mi trabajo consiste en saber cosas. Quiero que me consigas cierta información. La mejor manera de
obtenerla es cuando ni siquiera se entera nadie de que uno la ha conseguido. Por otra parte, si se
requiere causar angustias a alguien, de cualquier modo habrá que sacar la información. Pero al final
es preciso hacer la limpieza, y hacerla muy bien.
—Ya me hago una idea. ¿Qué es lo que necesitas saber y dónde lo encuentro?
Mazzucchelli soltó una risa breve, como ladrido.
—Al parecer hay otra empresa haciendo negocios en esta ciudad –le confió, al fin–. ¿Sabes a qué
me refiero?
—Sí –repuso Croyd–, y no hay lugar para dos tiendas de abarrotes en la misma cuadra.
—Exacto –declaró Mazzucchelli.
—Por lo tanto, estás aumentando el personal para tener más peso que la competencia.
—Has resumido bien la situación. Ahora bien, como ya te dije, existe determinada información
que me es necesaria sobre esa otra empresa. Te pagaré bien por traérmela.
Croyd asintió.
—Estoy dispuesto a hacer el intento. ¿Qué información buscas, en particular?
Mazzucchelli se inclinó hacia delante y habló sin apenas mover los labios.
—El presidente del consejo. Necesito saber quién está al mando.
—¿El jefe? ¿Quieres decir que ni siquiera te ha mandado un pez muerto en los pantalones de
alguno? Pensé que se acostumbraba observar ciertos modales en estas cosas.
Mazzucchelli se encogió de hombros.
—Esta gentuza no tiene sentido de la etiqueta. Igual se trata de extranjeros.
—¿Tienes alguna pista, o me lo das en frío?
—Tendrás que ser quien abra el terreno. Te puedo facilitar una lista de lugares que usan para
operar. Tengo también un par de nombres de gente que tal vez trabaje para ellos.
—¿Y por qué no atrapas a uno de ellos y se lo preguntas?
—Son operadores independientes, como tú, no miembros de la familia.
—Ya veo.
—Eso no sería el único rasgo común que tienen contigo –añadió a continuación.
—¿Ases? –preguntó Croyd.
Mazzucchelli asintió.
—Si debo lidiar con ases, cuesta más que con los civiles.
—Estoy preparado –Mazzucchelli se sacó un nuevo sobre del bolsillo interior–. Aquí hay un
anticipo y la lista. Puedes considerar el anticipo como un diez por ciento del precio total del trabajo.
Croyd abrió el sobre y contó el dinero con rapidez. Al terminar, sonreía.
—¿Dónde recibes resultados? –inquirió.
—El gerente de este lugar siempre sabe dónde encontrarme.
—¿Cómo se llama?
—Theotocopolos. Theo es suficiente.
—Muy bien –anunció Croyd–. Acabas de contratar sutileza.
—Cuando te duermes te conviertes en otra persona, ¿verdad?
—Sí.
—Bueno, si eso sucede antes de que termines el trabajo, el nuevo sujeto sigue bajo contrato
conmigo.
—Siempre y cuando le pagues lo convenido.
—Creo que nos entendemos.
Se dieron la mano. Croyd se levantó, salió del apartado y cruzó el salón. Al salir por la puerta,
entraron algunos copos de nieve del tamaño de mariposas. Mazzucchelli tomó un nuevo palillo de
dientes. Afuera, Croyd se metió a la boca una píldora negra.


Vestido de pantalón gris, blazer azul y corbata color coágulo, con el pelo bien cortado, gafas
plateadas y uñas de manicure, Croyd estaba sentado él solo en una pequeña mesa junto a la ventana
de Aces High contemplando las luces de la ciudad a través de una nevada azotada por el viento, más
allá del plato de salmón al horno. Daba sorbitos a una copa de Chateau d’Yquem mientras pensaba
en el paso siguiente de sus indagaciones y flirteaba con Jane Dow, que había pasado ya dos veces a
su lado y en ese preciso instante se le aproximaba de nuevo, algo que él consideraba pura
coincidencia, y un buen signo, pues con diversos corazones –varios de ellos múltiples– la había
deseado en varias ocasiones. Esperando que la ocasión respondiera a sus sentimientos, alzó una
mano cuando ella se acercaba y le tocó un brazo.
Se produjo una pequeña chispa y se oyó un chasquido.
—¡Ay! –dijo ella.
Hizo un alto y se frotó el lugar donde había recibido la descarga.
—Cómo lo siento… –empezó a decir Croyd.
—Ha de ser electricidad estática –opinó ella.
—Eso ha de ser –concurrió él–. Sólo quería decirte que tú me conoces, pero no me identificas en
esta encarnación. Soy Croyd Crenson. Nos hemos encontrado aquí y allá, siempre de paso, y siempre
he querido quedarme un rato contigo, sentarme a platicar un poco, pero por algún motivo nuestros
caminos nunca coinciden lo suficiente en el momento preciso.
—Una estrategia interesante –se pasó un dedo por la frente húmeda–, digo, nombrar al as sobre
quien nadie puede estar segura. Supongo que semejante artimaña sirve para ligarte a muchas
admiradoras.
—Es verdad –Croyd sonrió y abrió el compás de los brazos–. Pero si me esperas medio minuto
puedo hacerte una demostración.
—¿Por qué? ¿Qué estás haciendo?
—Lleno el aire de iones negativos –le explicó–, para producir esa deliciosa y estimulante
sensación antes de la tormenta. No es más que una muestra de que podríamos pasarlo muy bien si
quisieres estar conmigo…
—¡Basta! ¡Ahora mismo! –retrocedió–. A veces hace disparar…
Las manos y la cara de Croyd estaban empapadas. El pelo se colapsó y empezó a gotear sobre la
frente.
—Lo siento mucho –se disculpó.
—¡Qué diablos! –se echó a reír, con relámpagos en la punta de los dedos–. Que sea una tormenta
de rayos.
Los otros clientes del restaurante lo miraban.
—Por favor –le suplicó–, no sigas.
—Siéntate un poco conmigo y pararé.
—Bueno.
—Te pido perdón –le dijo–. Es culpa mía. Debiera tomar precauciones con los efectos de las
tormentas en la proximidad de alguien llamado Water Lily.
Ella sonrió.
—Tienes las gafas todas mojadas –observó ella, al tiempo que se inclinó y se las quitó de la
cara–. Voy a limpiar…
—Contemplo dos mil dieciséis aspectos de hermosura húmeda –declaró él mientras ella fijaba
los ojos en su rostro–. Como es costumbre, el virus me ha sobredotado en varios sentidos.
—¿En verdad ves tantas imágenes de mí?
—Estas peripecias de joker a veces aparecen entre mis cambios –asintió–. Espero que no te
repugne.
—Al contrario, tus ojos me parecen magníficos.
—Qué amable eres. Ahora devuélveme las gafas.
—Un momento –limpió los cristales con el mantel antes de devolverlas.
—Gracias –le dijo y volvió a ponérselas–. ¿Puedo ofrecerte algo de beber? ¿De cenar? ¿Un perro
de agua?
—Gracias, pero estoy de servicio. Quizás en otra ocasión.
—Bueno, yo también estoy trabajando. Pero si hablas en serio, quisiera dejarte un par de números
de teléfono y mi dirección. Es posible que no me encuentres, pero recibo mensajes.
—Dámelos.
Él garrapateó en una pequeña libreta, arrancó una hoja y se la pasó.
—¿Qué clase de trabajo estás haciendo? –preguntó ella.
—Investigaciones sutiles. Tiene que ver con guerras entre pandillas.
—¿De verdad? He oído que eres más o menos honrado, y que estás más o menos loco.
—No les falta razón –aceptó–. Llámame, o ven a visitarme. Rentaremos equipo de buceo y haré
que te lo pases bien.
Ella se sonrió y empezó a levantarse.
—Pues tal vez te tome la palabra.
Él se sacó un sobre del bolsillo, lo abrió, hizo a un lado un rollo de billetes y tomó un trocito de
papel que tenía algo escrito.
—Eh, antes de que te vayas, ¿te dice algo el nombre de James Spector?
Ella se quedó helada y su rostro empalideció. Croyd se estaba volviendo a mojar.
—¿Qué he dicho? –le preguntó.
—¿Hablas en serio? ¿De verdad no lo sabes?
—No. Va en serio.
—Ya conoces la cancioncita de los ases.
—En parte.
—Ni mañana ni hoy es feliz Golden Boy –recitó–. Los ojos de Deceso liquidan al más cabrón.
Ése es él. James Spector es el nombre de Deceso.
—No lo sabía –comentó–. No he oído nunca mi refrán.
—Tampoco yo.
—Oh, dímelo. Siempre he tenido curiosidad.
—Cuando el Durmiente despierta –dijo ella, despacio–, lo veremos comiendo. Cuando el
Durmiente se droga, habrá sangre corriendo.
—Ya veo.
—Si te llamo y estás metido en esa fase…
—Cuando estoy en esa fase no devuelvo las llamadas.
—Deja que te consiga un par de servilletas secas –le ofreció–. Siento lo de la tormenta.
—No te disculpes, no hace falta. ¿Ya te han dicho qué adorable luces cuando exudas humedades?
Lo miró en silencio y luego propuso:
—Pediré que te traigan un pescado seco.
Croyd alzó la mano para soplar un beso en dirección a ella y se dio una descarga eléctrica.

♣♦♠♥
El derrumbe
♣♦♠♥
por Leanne C. Harper

L os primeros en salir de Giovanni’s fueron dos de los guardaespaldas. De inmediato se pusieron


a escudriñar la calle a través de sus lentes oscuros, en busca de indicios de peligro. El que
estaba a la derecha agitó la mano, y enseguida otro guardaespaldas precedió a don Tomasso, cabeza
de la familia Anselmi, en el proceso de salir a la calle. El capo necesitaba ayuda para andar. Viejo,
encorvado y en manifiesto trance de dolor, llevaba un traje hecho a mano y a su medida, planchado
para destacar los pliegues. Él también quiso examinar la calle, haciendo girar la cabeza trémula en
medio de los hombros vencidos, como una vieja tortuga. Las luces de neón del restaurante, rojas y
verdes, revelaban y ocultaban por turnos su rostro marcado por la edad.
La limusina Mercedes negra de don Tomasso ya estaba parada en doble fila frente a la entrada de
Giovanni’s. Rodeado por sus hombres, el padrone se aproximó al auto llevando la cabeza lo más alto
que podía, en un gesto de desafío dirigido a espectadores invisibles. Detrás del Mercedes de
Tomasso se detuvo un BMW oscuro. El anciano hizo un saludo con la cabeza al reconocer al
conductor antes de agacharse y entrar a la limusina. Uno de los guardias siguió. Los otros se subieron
a l BMW, y ambos vehículos se pusieron en movimiento antes de que se cerraran las puertas del
segundo.
Bajo la luz mortecina de un farol anaranjado, dos niños se hallaban jugando sobre la acera frente
a un edificio de piedra situado en la misma calle del restaurante, a media cuadra. El chico arrojaba la
pelota de beisbol a la niña en el momento en que el Mercedes explotó, seguido de la destrucción
instantánea del BMW. Las dos bolas de fuego florecieron y se unieron mientras trozos de los autos y
tabiques de los edificios cercanos se estrellaban en el suelo.
Rosemary Muldoon siguió observando las llamas en la pantalla grande de video frente a ella. Se
mantuvo en silencio, aunque la cinta no mostraba ya más que ruido de estática. Permanecía inmóvil,
sentada en la silla labrada de castaño negro, a la cabecera de una larga mesa, pero sus manos
crispadas se aferraban a los brazos de la silla hasta quedar blancos los nudillos.
Chris Mazzucchelli se levantó de la silla a su lado para sacar la cinta de la videograbadora.
Rosemary miró en torno de ella la biblioteca de su padre, donde siempre se efectuaban las reuniones
de su propia familia, los Gambione. Las cosas del penthouse se conservaban tal como estaban antes;
ella se limitó a traer algo de equipo de alta tecnología, sobre todo de video y cómputo, para ayudarse
a gobernar el imperio que heredaba. En ese preciso momento, sentía un vacío en la habitación, como
si incluso su padre la hubiese abandonado.
Cuando Chris volvió a la mesa de reuniones, dejó en ella la cinta y acarició el pelo castaño
oscuro de la mujer. Después, le puso la mano en la cara, y Rosemary volvió a ser consciente de sus
alrededores.
—Sólo quedamos dos de nosotros, ahora. Don Calvino y yo –Rosemary meneó la cabeza–. En
unas cuantas semanas, han matado a tres cabezas de Familias, y ni siquiera sabemos quiénes nos
están destruyendo. Sólo sabemos a quiénes usan. Las Cinco Familias no han enfrentado nunca una
amenaza parecida. No estamos preparados para combatir a esta escala. Hemos perdido el control de
la mayor parte de las drogas en Jokertown. Harlem ha dejado de pagar lo que nos corresponde por
las apuestas. Nos pegan por arriba y por abajo. Nos arrebataron la mayor fábrica de drogas que
teníamos en Brooklyn.
—Necesitamos prepararnos –recomendó Chris–. Tú eres la única dirigente activa que nos queda.
Hablé con los capos de Tomasso; están todos con nosotros, al igual que los demás. Sólo quisiera
poderles decir qué dirección seguir. Por ahora, sólo trato de mantener el negocio funcionando para
tener dinero, sobrevivir y responder a los ataques. Calvino ha intentado negociar. Hasta ahora, no ha
servido de nada. Los dos jefes que quedaban han estado vigilados todo el tiempo; por eso tenemos
esta grabación.
Chris agarró la cinta y la lanzó al aire antes de continuar:
—Explosivos controlados a distancia, suponemos que de emulsión. Es posible que tuvieran los
automóviles a la vista, para asegurarse de que liquidaban a don Tomasso.
—Entonces sabían de los niños –dedujo Rosemary y alzó la mirada.
—Es probable –Chris alzó los hombros–. Hasta ahora no se han preocupado por no causar
víctimas civiles. Son terroristas.
—Son unos hijos de puta.
Chris asintió, y Rosemary supo que su inteligencia se concentraba en averiguar el origen de los
explosivos. Una de las cosas que había aprendido desde que trabajaba con él consistía en que nadie
se esforzaba tanto para lograr los deseos y objetivos que ella exponía, gracias a su posición como su
representante ante las Familias. Rosemary estaba consciente de que los capos no la aceptarían nunca
como cabeza de los Gambione. Requerían de la presencia de una figura de poder masculina. Por eso
decidió que en público Chris se encargaría de todo, mientras ella, Maria Gambione, tiraba de los
hilos. Aunque en la realidad las cosas eran de otro modo. Chris parecía capaz de leer sus
pensamientos. Tenía la experiencia práctica que a ella le faltaba. Formaban un gran equipo. Sin su
ayuda, ella nunca habría logrado salir adelante.
—Los Puños de Sombra nos han dado problemas, pero nunca imaginé que tendrían la
organización para lograr algo así. Por otra parte, sabemos que trabajan con las Garzas Inmaculadas y
con los Hombres Lobo de Jokertown. Entre todos ellos, nos están haciendo mucho daño. Pero eso no
es más que un montón de pandillas…
—Con el líder adecuado –indicó Rosemary, y extendió las manos–. Con un buen líder todo es
posible. Pero a estas alturas ya tendríamos que saber algo sobre él. ¿Cómo han podido mantenerlo en
secreto?
—Voy a intentar averiguarlo –propuso Chris, mientras se encogía de hombros–, pero no esperes
resultados pronto. Yo tenía otra idea. Piensa en el asesinato de Tomasso. Esos vehículos tienen que
haber estado bajo vigilancia de sus hombres más confiables veinticuatro horas al día. ¿Cómo diablos
crees que pudieron plantar ahí las bombas?
Chris tiró de una silla y tras darle la vuelta se apoyó en el respaldo.
—¿Cómo?
Rosemary había aprendido a no impacientarse cuando en ocasiones Chris utilizaba el método
socrático. Al igual que en la escuela de derecho, el método enseñaba mucho.
—De nuevo, ases. Igual que con don Picchietti. Si no, ¿quién podría entrar y salir sin ser visto?
Nadie en realidad sabe cuántos o quiénes son, ni lo que pueden hacer. ¿Y si algunos de ellos han
decidido que es una estupidez llevar trajes estrambóticos y comportarse con altruismo? También los
jokers. Mira a los Hombres Lobo. Quieren desquitarse con los norms. Estamos hablando de un
ejército de gran ferocidad. Fíjate en dónde se desarrollan casi siempre las acciones: Jokertown. A lo
mejor es porque ese territorio está controlado por nosotros, a menos que los jokers hayan resuelto
que van a actuar por cuenta propia.
Chris se inclinó hacia delante para dar más énfasis a sus palabras. Continuó:
—Si estos sujetos no son todos ases, es indudable que tienen ases que trabajan para ellos. Creo
que ése es el camino a seguir. Si no contamos con ases de nuestro lado, nos llevarán al matadero. No
podemos competir.
—Me agrada el plan. Puedo recurrir a la oficina del fiscal del distrito para reclutar voluntarios.
Eso ayudaría a conducir sus esfuerzos, y varios problemas quedarían resueltos. De ese modo
podremos conseguir ases de mayor calidad. Qué pena que haya tantos de los grandes en la gira de la
OMS.
Aunque Rosemary se lamentaba, movía la cabeza demostrando más entusiasmo por el plan de lo
que se le había visto en mucho tiempo.
—Está muy bien –aprobó–. ¿Puedes conseguir algunos?
—Para ser sincero contigo, ya me puse a ello. Tenemos un detective que se llama Croyd haciendo
averiguaciones, y un peso pesado, Garrote, que nos vendrá bien en cualquier pelea. Desde luego, no
son de la más alta calidad, pues provienen del elemento criminal, como yo.
Chris se enderezó y la miró bajando la cabeza, tratando de ocultar su sonrisa.
—Los encuentro muy satisfactorios. El elemento criminal no es del todo malo –Rosemary
extendió los brazos y lo jaló para darle un beso.


Bagabond andaba por una calle repleta de gente del East Village, tratando de no impacientarse con la
afición de C. C. Ryder por mirar escaparates. Por lo visto, cada tres metros, la pelirroja –con su
peinado de púas– veía algo que quería tener, siempre y cuando eso no la obligase a entrar a la tienda
y hablar con los dependientes. Bagabond estaba por sugerir que volvieran a la bodega de la
compositora cuando oyó tras ella una voz con acento de Nueva Orleans.
—Ey, ustedes, ¿qué pasa?
El cuerpo de adolescente hiperactiva envuelto en un leotardo de rayas de tigre, con zapatillas de
lamé dorado, pertenecía a Cordelia, la sobrina de Jack. De un salto, rebotó del restaurante al que
estaba a punto de entrar y, tras tomar por los codos a Bagabond y a C. C. Ryder, las hizo entrar con
ella al Riviera antes de que ninguna pudiera formular una protesta. Una vez adentro, C. C. enseguida
se desasió, pero ninguna de las mujeres se opuso cuando Cordelia consiguió de inmediato una mesa.
Bagabond sabía que era inútil resistir, a menos que una quisiera encararse con una adolescente
excesivamente sentimental.
—¿Ya vieron en televisión a Rosemary haciendo un llamado a todos los ases? –Cordelia abrió y
cerró el menú con el mismo movimiento–. ¿Te vas a apuntar, Bagabond?
—Nadie me lo ha pedido –Bagabond decidió examinar despacio el menú–. ¿Y tú?
Al mirar por encima del menú, Bagabond se llevó una sorpresa al ver la cara de repugnancia en
el rostro de Cordelia. Por primera vez, quizás, había logrado parar en seco a Cordelia.
—Yo, uh, ya no hago cosas de ésas –declinó Cordelia, y abrió de nuevo el menú para clavar la
vista en él–. ¿Sabes?, podría lastimar a alguien. Nunca más haré cosas así. No está bien.
—No estoy segura de que sea una buena idea –C. C. miró a Cordelia y a Bagabond mientras se
levantaba de su asiento–. Un cuerpo de ases justicieros no es lo que la ciudad necesita.
—¿No has visto a Jack últimamente? –Cordelia observó con fijeza a C. C. avanzar hacia la parte
trasera del restaurante, y a continuación volvió los ojos a Bagabond, con expresión de inocencia.
—Sí lo he visto. Me preguntó si sabía algo de ti. ¿Nunca piensas en llamar de cuando en cuando a
tu tío? –reclamó Bagabond, irritada.
—Es que he estado muy ocupada con Global Fun and Games y todas esas cosas.
—Por no mencionar que prefieres no hablarle, de cualquier modo, ¿verdad?
—No sé qué decir –se sonrojó Cordelia–. ¿Sabes?, es como si ya no lo conociera. No puedes
comprender. Yo fui educada en la iglesia. Me enseñaron que uno de los peores pecados consiste en
ser homosexual, como Jack.
—Pero eso no se contagia, y además es tu tío –declaró Bagabond, y sin darse cuenta hizo un gesto
despectivo con la mano a la chica–. Se ha jugado la vida por ayudarte, y ni siquiera te molestas en
llamarle. Qué bueno que tengas un sentido tan claro del bien y del mal. Michael le hace bien. Nunca
he visto a Jack tan feliz.
—Sí, bueno, ¡el tal Michael es un hijo de puta! Estaba en un antro del Village la semana pasada,
con alguien que no era el tío Jack.
Cordelia estaba furiosa.
—¿Todo bien por acá? –preguntó C. C. mientras se sentaba y las examinaba.
—Ey, no hay problema –Cordelia le indicó a la mesera que se alejara con un ademán de la
mano–. Oye, ¿vas a participar en mi función de beneficencia o qué?
—¡Como insistes en pedírmelo!; pero sigo diciendo que no –C. C. menó la cabeza, en señal de
afecto y exasperación a la vez–. Yo me he limitado a escribir mis canciones y hacer mis grabaciones
en casa. Te aseguro que ni quiero ni necesito tener público.
—C. C., el público te necesita a ti. Es una beneficencia para víctimas de wild card, además de
sida. Entre toda la gente, tú deberías sentir solidaridad por la causa.
Bagabond notó que el rostro de C. C. se endurecía al oír mencionar el virus de wild card. Para
hacerla regresar a la condición de ser humano, fueron necesarios años de medicamentos, terapias y
Dios sabe qué más. La pesadilla real de C. C. consistía en volver a convertirse en un vagón viviente
del metro, formado tan sólo por el odio. O algo mucho peor. C. C. había hablado del asunto con
Bagabond.
C. C. Ryder sometía a sus emociones al más rígido control, sin permitir jamás que excediesen de
un determinado nivel, bastante bajo. Si tomaba los calmantes y antidepresivos que le habían
recetado, entonces ya no podía escribir. No ser capaz de componer sus canciones era mucho peor que
correr el riesgo de volver a transformarse. Por tanto, evitaba toda situación que pudiese sobrepasar
su capacidad de control. Ni siquiera Tachyon podía decirle qué detonaría la serie de cambios
interiores que resultarían en una nueva transformación. Bagabond no sabía cómo podía C. C. vivir en
un estado de miedo permanente y aún crear su música, pero entendía y aprobaba sus deseos de
mantenerse a distancia de la mayor parte de los seres humanos.
—¡Podría ser tu gran regreso a los escenarios!
—Cordelia, ¿cómo voy a regresar si, en primer lugar, nunca he estado en ellos? –objetó C. C.,
con una sonrisa forzada–. Seguro que habrá mucho mejores candidatos por ahí.
—Pero los más grandes músicos graban tus canciones. Peter Gabriel –enumeró Cordelia, apenas
haciendo una pausa en su diatriba por la llegada de las hamburguesas–, Simple Minds, U2… Ya es
hora de que todos vean lo que puedes hacer.
Aburrida por la discusión, y sintiéndose segura de que C. C. podía defenderse ella sola,
Bagabond extendió su mente por la ciudad, percibiendo los destellos de inteligencias ferales.
Oscuridad, luz brillante, hambre, satisfacción, la tensa anticipación del cazador, el miedo frío y
trémulo de los acechados; muerte, nacimiento, dolor. Tanto dolor en cada minuto de existencia; ¿por
qué insistían estos humanos locos en crear todavía más sufrimiento con sus jueguitos? Jugaban a
vivir. Hizo contacto con una ardilla que tenía la espalda rota. La había atropellado un auto en
movimiento cerca del Washington Park, y Bagabond hizo detener al mismo tiempo su corazón y su
cerebro. En el Central Park, el hijo gris del gato negro y la pinta alcanzó un grupo de robles y,
protegido por la maleza, giró y pegó un zarpazo en la nariz al doberman que lo había perseguido.
Bagabond compartió la breve sensación de triunfo del gato, antes de que el animal reconociera la
presencia de ella y bufase, enfadado. Sin sentir necesidad de forzar el contacto, se movió a otras
cosas. Se permitió un momento más para verificar que la más reciente camada del negro y la pinta se
hallaba bien, en los tibios túneles de servicio bajo la Calle Cuarenta y dos.
Cuando logró bajar los ojos, Bagabond se dio cuenta de que la conversación de Cordelia con C.
C. se había suspendido.
—Suzanne, ¿te encuentras bien?
C. C. posó los ojos sobre la cara de Bagabond, quien movió despacio la cabeza, afirmando.
—Está bien, Cordelia –C. C. atrajo la atención de la jovencita para darle a Bagabond tiempo de
volver.
A veces, le resultaba difícil volver al mundo humano, con su ruidosa lentitud. Llegaría un día,
pensó ella, mirando a C. C. Ryder, en que no volvería más. La única que entendía eso entre toda la
gente que conocía era C. C. Tenía ganas de preguntarle un día a C. C. qué era lo que sentía el Otro.
C. C. casi no hablaba de ello, pero cuando lo hacía Bagabond había percibido que detrás de sus ojos
aún quedaba una expresión de necesidad encantada.
—Um, bueno. De cualquier modo, GF & G, sabes, estarían felices de ser tu banda para tu
reintroducción. La Casa de los Horrores es un lugar íntimo. El mejor para ti y tu música –aseguró
Cordelia, extendiendo la mano hacia C. C.–. Ya sabes que Xavier Desmond es uno de tus grandes
admiradores.
—Por Dios, chica, estás hecha una representante –protestó C. C., reclinándose en el sillón
forrado de plástico de los años cincuenta–. Y ya tengo uno. Con eso es más que suficiente.
—Bueno, eh. Tengo que irme a casa. Es tarde. Gusto de verlas, chicas –se despidió Cordelia.
Puso unos billetes sobre la mesa y se levantó. Tomó su bolsa de piel de armadillo del sillón y se
la colgó del hombro, pero al notar la mirada de Bagabond sobre el animal muerto la desplazó a su
espalda, y retrocedió hacia la puerta, sin dejar de insistirle a C. C.
—Tienes unas cuantas semanas para decidirte. El concierto no será hasta fines de mayo. Bono
dice que tiene grandes deseos de conocerte. Lo mismo que Little Steven.
— Buenas noches, Cordelia –replicó C. C., que mostraba signos de haber agotado su paciencia–.
Suzanne, estoy demasiado vieja para esto.


Inquieta bajo los hombros afelpados del traje sastre que le había comprado Rosemary, Bagabond
salió del ascensor en el piso de aquélla. La recepcionista la reconoció al instante.
—Buenos días, señora Melotti. Permítame avisar a Ms. Muldoon.
—Gracias, Donnis –repuso Bagabond, y se sentó con incomodidad en uno de los sillones de la
sala de espera.
—Me temo que ya no alcanzó a Mr. Goldberg. Se acaba de ir hace unos minutos a sus
comparecencias en tribunales.
La mujer mayor tras el procesador de palabras sonrió con indulgencia a Bagabond, al tiempo que
marcaba el número de Rosemary en el intercomunicador para anunciarla.
—Para variar, todo anda a tiempo el día de hoy. Pase usted.
Bagabond asintió y se irguió de nuevo sobre sus altos tacones. Dando la espalda a la
recepcionista, hizo un gesto de dolor dirigido a sus pies. Odiaba los días que le exigían disfrazarse
para hablar con Rosemary. Tocó dos veces la puerta cerrada y al entrar vio a la fiscal asistente con
el teléfono apoyado en el hombro. Como era su costumbre, Bagabond se sentó en el escritorio de
Rosemary. Se puso a oír la conversación.
—¡Qué bueno, teniente! Me alegra saber que la pista sobre la fábrica de drogas de diseño resultó
auténtica.
Rosemary hablaba firmando papeles mientras mantenía equilibrado el teléfono, y rodó los ojos
hacia Bagabond.
—Ah, ¿resultó que esa operación no era de la Mafia? ¿No tiene indicios sobre los propietarios?
Si pudiésemos detectar quién se mueve tras esta guerra sin sentido contra la Mafia, avanzaríamos
mucho para ponerle un alto –Rosemary gesticulaba con la cabeza a su interlocutor invisible y casi
tiró el teléfono–. Es cierto, pero a la vez que se exterminan unos a otros, hacen daño a personas
inocentes… Sí, tenga la seguridad de que de inmediato enviaré a todos los ases que se declaren
voluntarios. Tiene toda la razón, la falta de coordinación es un riesgo para todos. Me da mucho gusto
poder ayudarle. Claro que sí, estaremos al habla. Adiós.
Rosemary colgó el aparato.
—Anoche suprimimos una planta de fabricación de drogas –explicó Rosemary sonriendo, con la
barbilla apoyada en la mano–. Estoy contenta.
Bagabond asintió, mirando, al otro lado de la oficina, la puerta de madera oscura.
—Algo me da curiosidad –retomó Rosemary, mientras se levantaba y se aseguraba de que la
puerta estuviera bien cerrada–. ¿Por qué no te has hecho voluntaria?
Bagabond se daba cuenta, como otras cien veces, de que Rosemary andaba sin la menor dificultad
con sus zapatos de tacones de aguja. Al alzar la vista, Rosemary la miraba fijamente, y a lo largo de
su mandíbula se agitaba un músculo.
—Nunca me lo pediste –explicó Bagabond, sin sentirse a gusto, pues odiaba el tema de la culpa.
La culpa era cosa de los seres humamos. O sus mascotas.
—No creí que fuese necesario. Pensé que éramos amigas.
Se miraron como dos gatos en disputa territorial.
—Y claro que somos amigas –prosiguió Rosemary, interrumpiendo la confrontación.
La fiscal se sentó y reclinó en su sillón.
—De acuerdo –admitió–, debí pedírtelo, y te lo estoy pidiendo ahora. Necesito que me ayudes.
La sonrisa de Rosemary le recordaba a Bagabond el bostezo de un tigre. ¡Cuántos dientes, Señor!
De pronto a Bagabond le dio frío.
—¿Y qué puedo hacer yo? Yo hablo con las palomas –Bagabond buscó signos de duplicidad en
el rostro de Rosemary.
—Las palomas también ven cosas. Sin duda, a veces cosas interesantes. Me gustaría enterarme de
esas cosas.
—¿Cuál de tus personalidades? ¿La de fiscal o la de cabeza de la Mafia?
Los ojos de Rosemary lanzaron un destello a la puerta y volvieron a mirar a Bagabond. Después
de un momento de vacilación, volvió a sonreír a la mujer sentada en su escritorio.
—Te sorprendería saber cómo sus intereses están trenzados.
—Te creo –Bagabond meneó la cabeza–. No, creo que no te puedo ayudar.
—Vamos, Suzanne. Están haciendo daño a la gente. Podemos poner un alto a eso –insistió
Rosemary y alargó un brazo hacia su ventana.
—Personas que matan a otras personas –observó Bagabond, asintiendo–. Qué bueno. Mientras
menos seres humanos haya, estaré más a gusto.
—Ya veo que hoy te has propuesto ser caso difícil –concluyó Rosemary, relajada en su sillón–.
Esa historia ya te la he oído.
—Lo digo en serio –ratificó Bagabond, mientras miraba desde lo alto a su vieja amiga.
—Ya lo sé. Pero te necesito de verdad. Tus contactos. Tu información. Además, las víctimas no
son sólo seres humanos –expuso Rosemary, abriendo las manos sobre los papeles que cubrían el
escritorio.
Las dos mujeres miraron el temblor de los dedos hasta que las manos se cerraron en puños, y
Rosemary continuó:
—Don Picchietti y don Covello han muerto ya. Acaban de liquidar a don Tomasso. Era mi
padrino. Por favor, Bagabond. Ayúdame.
Rosemary puso sus ojos sobre Bagabond, con expresión de súplica en la voz y en la cara.
—A Picchietti lo mataron metiéndole un picahielos en el oído. Nadie de quienes lo rodeaban vio
nada –añadió, con una sonrisa torcida–. Por una vez, no mentían.
—No sabes lo que estás haciendo. Pero mi ayuda no puede hacer daño a nada, tampoco –accedió
Bagabond, con un gusto amargo en la boca y enfadada por haberse rendido. Sentía que no podía
abandonar a su amiga.
—Gracias –resopló Rosemary, relajándose y agarrando la pluma, con la que sus dedos
empezaron a jugar–. ¿Has hablado con Jack a últimas fechas?
—Casi nunca hablo con él –Bagabond dejó que una parte de su conciencia viajase a la rata que
tenía dispuesta para observar a Jack mientras él trabajaba abriéndose camino en los túneles del
metro.
Primero percibió su olor. Enseguida, volviendo la cabeza de la rata hacia Jack Robicheaux, lo
percibió con la débil visión de las ratas, en blanco y negro.
—Tal vez puedas hacerle llegar el recado de que me gustaría hablar con él.
Era evidente que Rosemary estaba fatigada de forcejear con Bagabond.
—Puedo dárselo. Pero no prometo nada. ¿A cuál de tus subalternos tengo que dar mis informes?
—No seas ridícula, Suzanne. Me darás a mí directamente cualquier cosa que encuentres.
Cuando Rosemary la miró a los ojos, Bagabond no encontró en ellos ninguna expresión de
amistad.


Con las manos cerradas sobre una pila de cajas con expedientes, Rosemary miraba por la ventana de
la oficina. Sentía temor por Chris. Hasta saber quiénes estaban tras la guerra contra las Familias, él
corría los mayores riesgos al actuar en público como jefe de los Gambione. Tenían pocas pistas,
aunque diariamente la Mafia sufría nuevas pérdidas. Para conseguir pistas sobre los líderes, habían
podido encontrar e interrogar a casi todos los corredores de apuestas, vendedores de droga,
criminales a pequeña escala y extorsionadores, pero sin obtener resultados en ningún caso. Las
células de los criminales de bajo nivel no tenían información alguna sobre las células situadas por
encima de ellos. Alguna mente brillante había organizado todo y estaba destruyendo a su gente. Sin
darse cuenta, meneaba la cabeza, preocupada en parte por las Familias y en parte por la carga de
trabajo de su despacho. Cada vez dependía más de sus asistentes para avanzar en las acusaciones de
los casos que unos cuantos meses antes resolvía en persona. Se preguntó si alguien se habría dado
cuenta de ese hecho, y mentalmente tomó nota de ser más precavida. Pero resultaba muy difícil
mantener el equilibrio, mucho más de lo que ella nunca imaginó.
La voz serena de Donnis interrumpió el curso de sus pensamientos de manera tan abrupta que la
hizo brincar.
—Alguien desea verla, Ms. Muldoon.
—¿De quién se trata, Donnis? Sabes que tengo cajas de expedientes.
—Bueno, Ms. Muldoon, dice que se llama Jane Dow.
El nombre le resultó conocido a Rosemary, pero de momento no lograba ubicarlo. Al fin se
acordó: Water Lily. ¿Qué querría esa chica?
—La veré. Hazla pasar.
Tan pronto entró la chica –no, la joven mujer, se corrigió Rosemary–, cerró con cuidado la
puerta.
—Gracias por recibirme, Ms. Muldoon.
—Siéntese, se lo suplico, Ms. Dow. ¿En qué puedo servirle?
Water Lily miró sus manos entrelazadas, y Rosemary observó que se formaban en su frente gotitas
de líquido.
—Bueno, en realidad pensé que tal vez yo podría servirle de algo. Sé que buscan ases, y aunque
no soy un as principal, creo que podría trabajar para usted. Para ayudar.
Por vez primera, Water Lily miró a la cara a Rosemary y se alzó de hombros.
—En caso de que tuviera algún quehacer para mí –añadió.
Rosemary no podía imaginar qué, pero a esas alturas no desechaba ningún ofrecimiento de
auxilio.
—Es posible –suspiró Rosemary–. Dígame antes, con precisión, el alcance de sus poderes.
—Puedo controlar el agua. Soy muy eficaz para crear inundaciones.
Water Lily se sonrojó, e hizo brillar el agua que cubría su rostro. Se veía muy jovencita.
Rosemary oyó cómo goteaba el agua, pero prefirió hacer caso omiso de ello.
—¿Toda el agua, en cualquier sitio? Quiero decir, ¿hasta dónde llega su poder? ¿La genera usted
misma, o puede usar el agua a su alrededor? –preguntó sucesivamente Rosemary, y enseguida se
interrumpió, para disculparse con una sonrisa–. Perdón por el interrogatorio. Es que intento
determinar en dónde podríamos usarla.
—Tiene que estar más o menos cerca, pero puedo usar toda el agua de las inmediaciones y
controlar la fuerza de su correr. También puedo cambiar el balance de electrolitos de una persona y
causarle un desmayo.
Al ser tomada en serio, Water Lily se iba tranquilizando. Ya no oía Rosemary el goteo. La joven
continuó:
—He pensado que podría ser útil para controlar multitudes, haciendo perder pie a la gente sin
dañarla, mediante una pequeña inundación, o para crear distracciones, según se requiera.
—¿Y también con otros estados del agua, como, por ejemplo, vapor a alta presión?
—No lo sé. Jamás lo he intentado –declaró Water Lily, aunque manifestaba interés en la
posibilidad.
—Bueno, todo eso parece ser utilizable. Bienvenida a bordo, Water Lily. ¿O prefiere que le digan
Jane?
Rosemary pensaba ya en las redadas que intentaba organizar en contra de algunas de las
operaciones del Puño de Sombra. Hacer estallar unas cuantas tuberías causaría daños de asombrosa
magnitud. Ofreció una amplia sonrisa a la joven mujer, sin verla.
—Jane, por favor. Me puedes encontrar en Aces High. Traje una tarjeta. Sólo tienes que decirme
qué quieres que haga.
Jane se veía muy contenta de haber sido aceptada.
Rosemary se robó media hora de su tiempo para familiarizarse con los casos amontonados frente
a ella antes de llamar a Paul Goldberg. Había elegido a ese hombre por ser claramente el mejor para
el puesto de su asistente inmediato, con una gran experiencia que Rosemary podía aprovechar.
Paul entró en la oficina y se sentó sin necesitar que nadie lo invitara. Traía en la mano un legajo
gordo de reportes, que dejó caer sonoramente sobre el escritorio.
—¡Los últimos informes sobre los casos en tribunal! Ganamos el caso contra Malerucci.
Al oír el nombre, Rosemary alzó la vista.
—Sé que no tenías buena opinión sobre las acusaciones ni las pruebas, pero decidí ir adelante
con el juicio. Salió bien. Tal vez no te hayas dado cuenta, pero nos están cuestionando por el número
de casos contra la Mafia que hemos llevado a juicio. O, mejor dicho, que no hemos llevado. En
varias ocasiones he recibido quejas de policías: dicen que hacen todo el trabajo sin recibir apoyo de
la oficina de la fiscalía.
—Los policías se quejan siempre, tú lo sabes, Paul. No entienden que existe algo llamado
Constitución que es preciso atender cuando se arrastra a alguien a los tribunales. Felicidades por tu
trabajo en el caso de Malerucci, pero corriste un riesgo. Con la evidencia que tenías, el jurado pudo
haber formado cualquier veredicto.
—Sobre todo después de que alguien logró meterse al Laboratorio de Evidencia de la Policía y
logró destruir la mayor parte de la cocaína –indicó Paul, reclinado en el sillón, poniendo las piernas
cruzadas sobre el escritorio de Rosemary–. Aún no hemos podido localizar esa filtración.
—En el futuro, te pido por favor que te apegues a mis instrucciones sobre los casos a perseguir.
Hablando estrictamente como tu jefa, apreciaría que así fuera –ordenó Rosemary con una sonrisa,
mientras se arrellanaba en su propio sillón.
—Jefa, hay una tendencia en los casos que autorizas, y no soy el único que lo ha observado. ¿Por
qué no estamos atacando a la Mafia? En el estado actual de guerra, podemos aprovechar y meter a
mucha gente maligna en prisión. Están sin suficientes recursos para proteger a toda su gente.
Extendió el brazo y dio varios golpecitos sobre el montón de papeles sobre el escritorio.
—Todo está aquí. Incluso tenemos un caso de evasión fiscal contra Chris Mazzucchelli. ¿Qué
opinas? ¡Déjame caer sobre él!
—No –respondió Rosemary, cuyo rostro asumió su mejor expresión de madona inescrutable–.
Quiero esperar hasta que la guerra haya llegado un poco más lejos. Por lo visto, la Mafia se
autodestruye. Podemos ahorrarnos el trabajo.
—¿Sabes? –Paul la observó con la mayor atención, lo que la hizo sentirse incómoda–, si ponemos
tras las rejas a algunas de esas personas, podríamos estarles salvando la vida.
—Aquí quien toma las decisiones soy yo.
El tono de su voz iba destinado a que Paul se callara, y funcionó, pero a ella no le agradó la
expresión en sus ojos al escuchar sus palabras.
Después de establecer estrategias para los veinte casos más urgentes, Rosemary había recuperado
la serenidad, al igual que Paul. En el trabajo, él le recordaba mucho a Chris. Ella proponía un plan y
él se encargaba de ejecutarlo. Sólo que en el caso de Paul todo era del lado de la ley. Ya habían
dado las seis, y cuando conducía a Paul y su montón de cajas con papeles hacia la puerta, él se
volvió para hablarle una vez más.
—¿Estuviste alguna vez en los Santos Inocentes? –le preguntó, refiriéndose a su educación
primaria católica en tono despreocupado.
—¿Yo? ¡Bromeas! Esa escuela es para niños italianos ricos. Fui a una primaria común y
corriente, la ciento noventa y dos, de Brooklyn –Rosemary estudió el rostro de su asistente.
—Ya me lo parecía. Un amigo mío sí estudió ahí, y la otra noche dijo algo loquísimo. Pensó que
te veías igual a Rosa Maria Gambione, pero de adulta. ¡Qué disparate!, ¿eh? Ella murió en los
primeros años de la década de los setenta. Nos vemos en la mañana.
Paul se despidió, y Rosemary se preguntó si en sus ojos había una advertencia o una acusación.


Bagabond se movía con rapidez por los túneles de mantenimiento del metro, acompañada por el
negro y una de sus gatitas. La gatita, con pelaje de manchas rojizas, era aún más grande que su padre.
Había visto volver a Jack a su viejo hogar, situado en una estación abandonada del siglo diecinueve,
a través de los ojos de una sucesión de ratas. Bagabond prefería encontrárselo bajo tierra. Siempre
resultaba más natural hablar con él ahí. Cuando lo veía arriba, era diferente. Los dos eran otras
personas. Alzó un poco más su abrigo azul sobre las rodillas y se dio prisa para dar con él antes de
que se fuera. El negro iba a su lado, manteniendo el paso, mientras su hija se adelantaba para detectar
riesgos.
Bagabond llegó a la puerta y la abrió en el momento en que Jack estaba por agarrar la manija. El
hombre pálido y compacto sonrió sorprendido.
—¡Hola, tú!
Puso en el suelo la caja que tenía en brazos y se arrodilló para dejar que el negro le oliera el
dorso de la mano. La gata se mantenía a distancia, de pie frente a Bagabond a fin de protegerla.
—Hace mucho que no te he visto. Ya me tenías algo preocupado –dijo Jack cuando se levantó
para encarar a la mujer ataviada de harapos–. Pasa y siéntate.
—Has estado ocupado –explicó Bagabond, que se había echado el pelo sobre la cara,
encogiéndose dentro de la pila de vestidos y pantalones que llevaba puestos. Ninguna prenda era de
su talla; era consciente de que con la voz áspera y modales trémulos pasaba por tener no menos de
sesenta años.
—Igual que tú –replicó Jack mientras la miraba bajar con pasos vacilantes los escalones
alfombrados, y con una amplia sonrisa en su rostro–. Sólo por esto te ganarías el premio Tony de
actuación. Conocí a un productor de Broadway que anda buscando una actriz.
—¿Un amigo de Michael?
Una vez sentada al borde de un sofá victoriano de pelo de caballo, Bagabond se enderezó. La gata
color rojizo se sentó a sus pies, sin relajarse. El gato negro se apoyó en la pierna de Jack y alzó los
ojos a su cara.
—Sí, un amigo de Michael. ¿Por qué no vienes de visita a pasar un rato con nosotros? Para que
conozcas mejor a Michael. Seguro que te gustará.
—¿Por qué no quieres tú conocer a Paul?
Bagabond recogió los pies y los puso en el asiento. Miraba a Jack, sentado en otro sillón antiguo
frente a ella.
—No creo que un yuppie tenga ningún aprecio por un trabajador de tránsito que hace tareas
manuales.
—Tampoco creo que él apruebe mi sentido del estilo –señaló Bagabond, y extendía las capas de
sus ropas mal reunidas sobre el sofá.
—¡Así las cosas! –sentenció él, un poco triste–. No me gusta más que a ti, pero nuestras vidas
secretas están aprisionadas por las que llevamos como gente normal. ¿No has visto a Cordelia?
—Sí –Bagabond se encogió de hombros, pensando en que seguían evadiendo responsabilidades–.
Hice el intento, pero no sé.
Jack se frotó las palmas de las manos en sus pantalones de mezclilla, planchados con una raya
impecable.
—Cuando vuelvas a verla dile que… dile que la entiendo. Después de todo, yo crecí en el mismo
ambiente que ella. En fin, ya me has localizado. ¿Para qué soy bueno?
Jack se inclinó para rascarle las orejas al negro, y ambos lo oyeron ronronear por unos
momentos.
—Rosemary te quiere ver.
Bagabond había doblado las rodillas. Se había envuelto de nuevo en su armadura y evitaba mirar
a Jack a los ojos.
—No.
—Jack, ella trata de mantener las cosas en calma. Necesita ayuda.
—Por Dios santo, Bagabond, está del lado de los malos. ¡Es la jefa de la asquerosa Mafia!
Se levantó y se puso a caminar sobre las alfombras orientales. El negro se levantó para
acompañarlo, pero después de echar un vistazo a Bagabond, volvió a quedarse acostado. Bagabond
recibió un destello de advertencia del gato. No sabía si se refería a ella o a Jack.
—¿Para qué diablos me quiere, de cualquier modo?
—Bueno, puedes ayudarla con la vigilancia. Mantener los oídos abiertos a ver si notas algo raro.
Jack se volvió para encararse con Bagabond.
—Ah sí, claro. ¿Se supone que debo ser su oreja dentro de la comunidad gay? No, tal vez piense
que también los reptiles están en su contra. O quizá sólo quiera que arranque de un mordisco uno o
dos pies estratégicos. La respuesta es no, carajo.
—Jack, ella necesita que alguien esté de su lado.
—¿Alguien de su lado? Tiene a toda la Mafia de su lado. Me parece un poco difícil de creer que
un hombre cocodrilo pueda cambiar las cosas.
Jack se aproximó al sofá y miró desde arriba a Bagabond. Ella se negaba a devolverle la mirada.
—Suzanne, no te metas en esto. Ella ya no siente nada por ti. Sólo te quiere usar. Hará que te
maten. Ni siquiera parpadearía.
El negro se levantó y se colocó entre Jack y Bagabond. La gata pelirroja soltó un gruñido
profundo y se le erizaron los pelos del lomo. Jack retrocedió unos pasos.
Bagabond se salió del sofá, se puso de pie y miró directamente los ojos verdes de Jack.
—Es mi amiga. Supongo que es la única amiga que tengo.
Se fue hacia las escaleras. Los gatos la siguieron, pero la roja no le quitaba los ojos de encima a
Jack mientras retrocedía. El negro dio unos cuantos pasos antes de detenerse para vigilarlo.
Enseguida dio un salto para alcanzarlas.


—Bueno, quienesquiera que sean, los mantienes ocupados –Chris se sirvió un bocado del atún asado
de Rosemary.
—Dijiste que no tenías hambre –objetó Rosemary y le lanzó un golpe al tenedor.
—Era mentira. Está claro que no son la Yakuza, pues ellos están siendo golpeados también.
Perdieron a uno de sus principales aquí mismo, en la ciudad. Por lo visto, a nuestros amigos
desconocidos no les importa perseguir a quien sea si no pueden comerse a la Mafia de desayuno. Tu
programa de líos autorizados empieza a hacer efecto. Tal vez no estén liquidados, pero es indudable
que les has hecho daño. ¿Tienes objeciones a eso?
—No. Ahora que los capos siguen nuestras instrucciones, sé todo lo que pasa en cada Familia.
Resulta más fácil.
—Odio decir esto, pero convendría organizar un golpe en contra nuestra. No demasiado severo,
sólo algo para desviar las sospechas.
Chris miró a su alrededor la cocina bien iluminada. Era el único lugar alegre en ese penthouse
oscuro y deprimido. Hizo una pregunta:
—¿No tienes galletas?
—Me temo que no. ¿Sabes algo que yo ignore?
—No, pero creo que es preciso prevenirse. No quiero que nadie vea una pauta en las acciones de
tus ases.
—Estaré bien. ¿Quién podría relacionar a la fiscal asistente con la Familia Gambione? Tú me
preocupas más.
Hizo su plato a un lado. No quería mencionar a Chris las sospechas de Paul, porque ya sabía lo
que diría. Quiso saber algo:
—¿Qué clase de seguridad llevas contigo?
—Mi Beretta, desde luego –respondió Chris, abriendo su chamarra de cuero negro.
—No me refiero a esa seguridad.
—Bueno, bueno. Hay veces en que no tienes ningún sentido del humor. Tengo algunos tipos de
toda confianza. Están a mi lado las veinticuatro horas del día. Ahora mismo, hay uno de ellos aquí
afuera. Tengo otros tres abajo. Protección suficiente, nena. Estos hombres están en deuda conmigo,
soy dueño de sus almas.
A Rosemary la enfadaba que fuese tan posesivo con una escuadra formada por hombres de ella,
pero decidió que no era más que un poco de su paranoia congénita. Cambió de tema:
—Dime cómo andan nuestras operaciones regulares.
—Nada de qué preocuparse. Todo bajo control. Cada una de las otras familias tiene un hombre
designado para estar en contacto conmigo. Si hay problemas, yo me encargo. Tú ocúpate de averiguar
contra quién estamos peleando y cómo podemos ganarles. Sabes – añadió, sonriéndole al techo,
feliz–, creo que a esos chicos sigue sin gustarles mi cola de rata.
—Sigo trabajando en ese asunto. ¿No has investigado a los vietnamitas? La pandilla de Puños de
Sombra en Jokertown anda metida en esto, en alguna forma. Eso al menos ha quedado claro.
Rosemary decidió no insistir sobre el tema de su informe regular. Chris tenía razón: había que
pensar en cosas más importantes.
—Intento encontrar a alguien capaz de infiltrarlos. ¿Tienes idea de la dificultad que significa
encontrar tipos de aspecto oriental en la Mafia? –suspiró Chris en forma dramática–. Voy a ver si la
Yakuza me presta a alguien.
—Buena idea. Mira, Chris, si no te importa, voy a necesitar estar sola esta noche, ¿sabes? Para
hacer planes.
Rosemary titubeaba al hablar, y se preocupó al ver el gesto de desagrado en la cara de Chris.
—Encontraré el modo de entretenerme, entonces.
—No te metas en problemas. No sé qué haría si te perdiera.
—Tampoco yo –repuso Chris, y en el acto se levantó y le dio un beso a Rosemary arriba de la
cabeza–. Puede que no ande por aquí durante unos cuantos días. No te preocupes. Sólo cuestiones del
negocio.
Una vez que Chris se marchó, Rosemary entró a la biblioteca. Intentaba mantener ordenadas sus
dos vidas, pero cada vez resultaba más complicado. Se había prometido a sí misma que retiraría a la
Mafia de las drogas y la prostitución. Pero una vez desatada la guerra, era imposible cumplir aquel
propósito. Necesitaban el dinero con desesperación. Aparecían dificultades en la fiscalía por
proteger a su gente. Paul Goldberg le había pedido directamente que sus informantes consiguieran
más datos incriminatorios sobre la Mafia. ¡Ese comentario sobre Maria Gambione! ¡Dios Santo!
Tenía que existir alguna manera de resolver eso. ¿Matarlo, antes de que pudiera hablar con otros de
sus sospechas? Lo malo estaba en que era novio de Suzanne. ¿Qué hacer?
Le pareció que sería fácil llevar las cosas a espaldas de Chris. En cambio, él era quien estaba
controlando más y más todo lo que sucedía en la calle. Nada pasaba conforme a los planes de ella.
Rosemary apoyó la cabeza sobre la mesa, entre los brazos extendidos.
Sabía que no estaba haciendo su trabajo en la oficina del fiscal. Pero era sólo cuestión de tiempo,
hasta que terminara esa maldita guerra. Entonces podría volver a lo que se había propuesto antes.
Podría limpiar la Mafia de las drogas, la prostitución y la corrupción. Tan pronto como ganasen la
guerra.
Se despertó de una pesadilla y dio un breve grito, que fue absorbido por la pesada atmósfera de
la biblioteca. Soñó que estaba dentro de una pintura medieval que había visto de niña, una
crucifixión. Pero en la cruz de en medio estaba su propio cuerpo, todo roto, mientras que Cristo
estaba a su derecha y su padre a su izquierda. Rosemary tuvo que abrazarse a sí misma para parar de
temblar.


Bagabond se despertó en un instante, sintiendo una señal de peligro tan insistente como las uñas de un
gato sobre la piel. Separó las corrientes de pensamientos que entraban en su propia mente y encontró
el envío que contenía un grito pidiendo ayuda. Sintió un choque al reconocer a Jack Robicheaux
abajo en el callejón. La fuerza y la claridad del envío le bastaron para saber que la criatura que
observaba la escena era el negro. ¡Ahí había estado, entonces, durante los últimos días! Cuando
desapareció el gato, ella no lo había seguido mentalmente más que para asegurarse de que estaba
vivo y bien.
En silencio, le mandó que volviera a casa. El gato se enfureció. Él y Jack habían hecho buenas
migas cuando se conocieron. La curiosidad del gato sobre este ser que era hombre y también un gran
lagarto había creado un vínculo. El negro se enfocaba sobre la escena al término del callejón
iluminado a trechos por los faroles. Jack enfrentaba a un hombre de mucho mayor tamaño que él, que
lo desafiaba y no lo dejaba moverse. A pesar de sí misma, Bagabond dejaba al negro transmitir más
para entrar en la situación.
—¡Ey, puto de mierda! ¿Te creías muy listo metiéndote en este callejón, eh?
El gigante que amenazaba a Jack era feo. Sus ojos estaban muy juntos, y tenía la frente muy
inclinada. De pronto, Bagabond lo reconoció: Garrote. Lo había visto en alguna ocasión en las
Tumbas, con Rosemary. Por lo visto, era tan maligno y estúpido como parecía. Jack estaba en
dificultades, pero podía defenderse a sí mismo.
—¡Sólo quiero jugar un poco contigo! ¡A los putos como tú les gusta el trato rudo!
—No te metas conmigo, hombre –advirtió Jack, aplastado contra la barda que cegaba el
callejón–. Soy un peligro mucho peor de lo que aparento.
—Ay, pero es que quiero dejarte hecho mierda, precioso. Comienzo por tu cara, y de ahí hacia
abajo, pervertido. Cuando termine contigo, ya nadie te va a querer.
Garrote quiso agarrar a Jack, pero el hombre más pequeño pudo agacharse y esquivar la manaza.
—Mira, por favor, no quiero lastimarte –dijo Jack, con voz trémula–. No te va a gustar lo que
veas.
Bagabond se preguntó de qué tenía tanto miedo Jack.
—¿Crees que sabes de esas cosas de artes marciales de los chinos, eh? –se rio Garrote, y hasta
Bagabond hizo un gesto de dolor al oír ese ruido, parecido a una caja de velocidades sin embrague–.
No te apures. Ahora soy parte de la Familia. Tengo mi plan de seguro.
El negro insistía al sentir la reticencia de Bagabond para ayudar a su único amigo entre los
humanos. En la mente de Bagabond eso tomaba la forma de dolor. Envió desde su propia mente el
rechazo por parte de él a la petición de ayuda de ella y Rosemary, pero el gato no se apartaba de lo
suyo. Fatigada de ver forcejear a los dos hombres, Bagabond pidió al gato que volviera, y le mostró
la transformación en cocodrilo de Jack. Si él no quería ayudar, estaba en su derecho. Ella no lo iba a
forzar. Él pensaba que no la necesitaba para nada, de cualquier modo.
La rabia salvaje del negro sobre su posición la inundó, y tuvo que cortar la comunicación. Ya no
era problema suyo. Alzó las manos para tocarse con suavidad las sienes adoloridas. El negro había
superado sus defensas porque ella no esperaba esa respuesta. Dios santo, ¿Qué les pasaba a todos?
¿Por qué todos la odiaban de pronto a ella ?


Acurrucada sobre un montón de trapos en un túnel de vapor varios metros bajo la superficie,
Bagabond había dormido unas cuantas horas. A pesar de sus esfuerzos, la jaqueca persistía. No pudo
hacer contacto con el negro, aunque sabía que no había muerto. Como necesitaba saber la hora, buscó
entre las capas de su ropa hasta encontrar el reloj de pulsera sin correa que guardaba con esa
finalidad. Le quedaba menos de una hora para llegar a la cita con Paul. Iba a llegar tarde. Le tomaría
treinta minutos llegar a la casa de C. C., que era donde guardaba sus trajes y vestidos que tenían que
estar colgados. ¡Qué juego más estúpido el de la ropa! Con suerte, C. C. estaría en el estudio,
trabajando, y ni siquiera se enteraría de que Bagabond había estado ahí.
Le llegó al fin, de hecho, el único favor de la suerte esa semana: la luz roja estaba encendida en
el estudio de C. C., de modo que Bagabond entró y salió sin distracciones. Así y todo, Paul, que
siempre era quien llegaba tarde, ya estaba esperándola de pie en el bar de la Calle Cuatro Oeste,
donde se habían citado para cenar antes de ir al cine. La cena fue agradable, pero Bagabond se dio
cuenta de que Paul no estaba del todo allí con ella, aun mientras la divertía con cuentos de las
últimas peripecias y juicios que le había tocado conocer durante la semana.
—Entonces este sujeto se pone a afirmar que su, cómo se llama, su antiguo contacto persa le
comunicó que el otro pobre hombre era un griego antiguo, y su enemigo personal. Y se pone a
canalizarlo, ahí mismo en el tribunal. Gruñó, rodó por el suelo, habló en lenguas, quién sabe, a lo
mejor en parsi. El juez rompió dos mazos pidiendo orden a gritos, mientras que el abogado defensor
de este estúpido pide un doctor para su cliente, y al siguiente momento está tratando de armar su
defensa sobre la base de ese acceso. Al menos logró posponer la audiencia. Eso significa que la
semana entrante tendré que estar otra vez ahí con esos idiotas. Oy vey, como decía mi santa madre.
Paul Goldberg le sonrió por encima de su pastel de queso, y le preguntó:
—Y tu semana ¿qué tal?
—Los animales están bien. No hubo problemas graves.
—Qué ciudad para una veterinaria. Entre los poodles y los rottweilers, no sé cómo te las
arreglas.
—Por eso prefiero los gatos, o en ocasiones la rata exótica o el mapache.
Bagabond le sonrió de regreso, en tanto se preguntaba por qué se le habría ocurrido a ella todo
ese cuento. El humor de Paul cambió de repente.
—Mira, tengo que hablar contigo. ¿Puedes quedarte sin ir al cine esta noche?
Paul miraba su taza de café como si los remolinos de la crema pudiesen revelarle su futuro.
—Suena a un asunto grave.
—Lo es. Al menos, eso creo. Tú eres una persona sensata. Tú me dirás si te parece que estoy
loco.
—Mientras no te pongas a hablar en parsi.
—Claro –aceptó, y recogió la cuenta–. Esta vez pago yo. No discutas.
Tomaron un taxi al enorme apartamento de Paul, que tenía dos niveles, situado en los números
superiores del Lado Este. Él no le dijo casi nada, sólo examinó sus manos con las uñas cortas y
bromeó sobre su carencia de garras. Una vez en el apartamento preparó café y puso un disco de Paul
Simon. Cuando por fin se sentó, fue sobre una silla que puso frente a ella, no en el sofá a su lado.
—Están pasando cosas en la oficina. Cosas raras, y necesito de una segunda opinión. Por varias
razones, tú no eres la más adecuada para mis preguntas, pero eres mi amiga, y eso es lo que necesito
ahora mismo.
Hizo girar la taza de café entre las palmas de las manos.
—Aquí estoy –afirmó Bagabond, pero sabía que no le iba a gustar lo que él estaba por decir.
—Creo que alguien se ha podrido. Tengo gente en la calle, delatores, todos tenemos algunos.
Circulan rumores sobre la oficina del fiscal. Rumores sobre conexiones con la Mafia.
—¿Qué tipo de conexiones con la Mafia?
Bagabond se levantó y echó a andar por la habitación.
—Nada específico. Sólo sé que las últimas tres redadas contra operaciones de la Mafia no
lograron nada, apenas unos cuantos soldados insignificantes. Nada de drogas ni armas. Nos están
dando suficiente para mantenernos contentos, pero no para causarles daño de verdad.
Paul alzó los ojos a Bagabond y, después de una pausa, continuó:
—Nos están utilizando. Las redadas contra los rivales de la Mafia siempre provienen de buenos
informes y resultan efectivas para dañar a la oposición. Y creo que sé por qué.
—¿Qué vas a hacer al respecto? –preguntó Bagabond y le dio un sorbo a su café mientras
ponderaba las posibilidades.
Si lo mataba ahí mismo, la habían visto entrar y sería sospechosa. Rosemary podría protegerla o
no.
—No puedo confiar en nadie en la fiscalía. Y tampoco estoy seguro de la oficina del alcalde.
Paul dejó su taza y se puso a andar frente a la chimenea. Agregó:
—Quiero acudir a los periódicos. Al Times.
—¿Estás seguro sobre tu información? –inquirió ella.
Bagabond miró las llamas, más allá de Paul. Rosemary había creado esa circunstancia, por no
tener suficiente cuidado.
—Por completo. Puedo corroborar todo lo que he dicho.
Paul le dio la espalda para calentarse las manos sobre el fuego. Bagabond puso los ojos sobre la
parte de atrás de su cabeza.
—Sin embargo, espero poder rescatar la situación –prosiguió Paul–. Si la persona en cuestión
recupera su sensatez, tal vez pueda evitarse todo esto. Pasan otras cosas raras en esto. Parte de la
información que tengo al parecer proviene de la Mafia. Es lo que no entiendo.
Bagabond se acordó de Chris Mazzucchelli. Nunca había podido confiar en ese hombre, a quien
Rosemary tanto se apegaba. ¿La estaría traicionando?
—Tendrás que hacer lo que te dicte tu conciencia. Pero tratándose de la Mafia, ¿no es peligroso?
Bagabond tenía el recuerdo de Rosemary hablándole de que todo iba a ser diferente a partir de
que ella tomara el mando. Pero Rosemary había tomado sus propias decisiones.
—En verdad lo es. Y ésa es una de las razones por las que te estoy contando todo esto. He
hablado con otros y les he dado las pruebas. Porque no quiero ponerte a ti en riesgo.
Paul se mostraba aliviado de que ella no hubiese reconocido abiertamente a Rosemary en la
descripción, pero Bagabond se preguntó si la conversación no era una especie de trampa. ¿Habría
caído o no?
Paul puso sus brazos alrededor de ella y la atrajo hacia sí. Bagabond no ofrecía resistencia, pero
tampoco lo alentaba. Con torpeza, le devolvió el abrazo.
—Puedes quedarte aquí esta noche –Paul le besó la frente.
—No, Paul, no estoy todavía lista para involucrarme de ese modo. Soy anticuada, supongo –
afirmó Bagabond, mientras lo empujaba para deshacer el abrazo–. Necesito más tiempo.
—Llevamos meses de salir juntos. Todavía no sé dónde vives. ¿Qué tengo yo para que desconfíes
de mí?
Paul se paró frente a ella, los brazos colgando a los lados.
—No eres tú. Soy yo –respondió Bagabond, sin mirarlo a los ojos–. Dame tiempo. O no: tú
decides.
—¿Yo decido? –reviró Paul, y meneó la cabeza, resignado–. Sería más fácil si no me provocaras
tanta curiosidad. El viernes que viene cenamos y, lo prometo, cine después. ¿Nos vemos aquí?
—De acuerdo. Buena suerte. En lo de tu trabajo.
Bagabond no sabía si tal deseo se refería a Paul o a Rosemary.


Bagabond distinguió los relámpagos de los disparos y oyó el ruido de pistolas, rifles y escopetas que
destruían la noche mientras rodeaba el edificio. Acompañada de un pequeño ejército de gatos, ratas y
algunos perros salvajes, se dedicaba a patrullar el perímetro, en las palabras usadas por Rosemary
en la reunión dos días antes. Cuando alguien intentaba escaparse, ella y los animales lo conducían de
regreso a los policías que ya estaban esperando.
Estuvo a punto de tropezar con un cadáver cuya cara había sido desbaratada por un escopetazo.
Al retroceder, chocó con un policía negro, que la sostuvo con delicadeza y le ayudó a recobrar el
equilibro.
—Señora, será mejor que encuentre otro lugar para dormir esta noche.
Con sus grandes manos la hizo girar para dirigirla a las calles tranquilas de los alrededores y
alejarla de la batalla. Esas manos le recordaron las de Garrote cuando intentaba asir a Jack. Se
retorció para librarse, dejó al policía agarrando una chamarra sucia de cuero y se alejó cojeando con
rapidez.
Cuando volvió a encontrarse de nuevo escondida en las sombras, hizo contacto con sus animales.
La roja permanecía con ella todo el tiempo, pero los demás estaban dispersos en torno al edificio.
Con los ojos de una rata agazapada sobre un montón de basuras, vigiló los pasos de un joven oriental
que trataba de huir de la pelea. Iba dejando huellas de sangre que manaba de la pierna derecha. La
rata olfateaba la sangre, al igual que un rottweiler prófugo que de repente apareció en la boca del
callejón. El hombre vietnamita ahogó un grito y empezó a retroceder despacio. Bagabond retuvo al
perro, lo hizo sentarse sobre las ancas y el perro aulló su convocatoria al cielo.
Había agua en todas partes. Rosemary había dicho que una as nueva llamada Water Lily
participaría esa noche en las acciones. Bagabond estaba harta de pisar charcos. Tenía empapados los
seis centímetros inferiores de su abrigo y sus faldas, y también sus botas. ¿De dónde venía tanta
agua? Deseó que esa noche no hubiera ningún incendio en Jokertown.
Aunque con eso delataba su presencia, Bagabond formó una hilera de gatos ferales para evitar
que ningún joker pudiera aproximarse a menos de dos cuadras del frente de batalla. La bodega que
estaba al centro del anillo de protección en Jokertown, según Rosemary, funcionaba como uno de los
principales depósitos de armas de los Puños de Sombra. La concentración de Bagabond se
debilitaba. Rosemary no había pensado en la duración en que su as favorita podía mantenerse en
contacto con las mentes de los animales y controlar a centenares de ellos en acciones coordinadas.
La gata roja bufó y sacudió a Bagabond de sus ensueños. Se enderezó de la pared en que se
apoyaba para conservar su fuerza. Con la Uzi lista para abrir fuego, otro vietnamita intentaba abrirse
paso por la calle oscura, amparado por las sombras sin hacer el menor ruido. Bagabond se concentró
en él y enseguida llamó a las ratas. En unos cuantos segundos, centenares de ratas atacaron al hombre
y lo obligaron a retroceder. Saltaban sobre sus pantalones y corrían por sus brazos, que el hombre
sacudía, mordiéndolo en la cara y el cuello. Por la fuerza de sus números, las ratas lo hicieron
tropezar, pues cubrían todo el suelo alrededor de él. Se puso a gritar, mientras disparaba la Uzi sin
pausa, de modo que los ecos de las ráfagas daban un ritmo macabro a sus aullidos. La escala de los
sonidos iba ascendiendo hasta que se le acabaron las balas de la Uzi y la garganta del hombre ya no
era capaz de gritar. El silencio lo interrumpían sólo los movimientos de las ratas. Bagabond las
envió a que ocuparan una nueva posición. Le perturbaba ver al hombre tirado en un charco de sangre;
no debió haber luchado.
Varios rayos láser se arquearon en el cielo y lo cortaron cual bisturís. Cuando daban en los
charcos de Water Lily, levantaban nubes de vapor. La escena, con sus luces intermitentes, evocaba
para Bagabond la escenografía del infierno diseñada por Ken Russell.
Rosemary la llamó por medio de la gatita que Bagabond le había dejado para tener comunicación.
Bagabond se dio la vuelta y abandonó el cadáver. Ese hombre nada le había hecho. No sería alimento
para ella ni para los animales. ¿Qué derecho tenía de matarlo?
Cuando Bagabond arribó, Rosemary se hundió en un portal oscuro y profundo para esperarla. La
mendiga avanzaba pegada a la pared, como había visto hacer al vietnamita poco antes. Nadie la vio.
—¿Qué ves? –preguntó de inmediato Rosemary, pues no había tiempo para asuntos preliminares.
—Los tenemos a todos. Nadie ha escapado según mis ojos.
—Bien, bien. Estos hijos de puta no se olvidarán de esto en bastante tiempo –aprobó Rosemary,
aunque sus pensamientos estaban en otra cosa–. Ya ves, yo sabía que podías hacer mucho por mí.
Rosemary volvió a la calle al advertir que se acercaba un policía para saludarla.
—¡Qué gran éxito! Esos ases suyos realmente hacen toda la diferencia, aunque me cueste
aceptarlo. ¿El negro ése, el Martillo? ¡Es harina de otro costal! Me daban escalofríos con sólo andar
cerca de él y su capote.
El capitán extendió la mano para felicitarla.
—Me da mucho gusto poder ayudar, Capitán. Pero el Martillo de Harlem sigue fuera del país.
¿No sería alguno de los suyos, bajo un disfraz? –informó sonriente Rosemary mientras le estrechaba
la mano–. Por cierto, ¿no podría alguno de sus oficiales ayudar a esta señora a salir del área? Parece
que anda un poco perdida.
Indicaba con la cabeza a Bagabond, que esperaba en el umbral.
Antes de que el policía pudiese echarle el guante, Bagabond se alejó por la acera y se metió por
un callejón. Se tomó un momento para dispersar a sus animales, y enseguida siguió a la roja, que se
introdujo en el acceso subterráneo que había dejado destapado de antemano. En la noche húmeda
bajo las calles se puso a considerar lo que se había logrado. ¿Con qué fin? ¿Para que la Mafia de
Rosemary pudiera seguir actuando? Había perdido no menos de veinte ratas, un gato y uno de los
perros. Nunca más, Rosemary. Tus juegos no valen estas pérdidas . Cuando distinguió el brillo en
los ojos de la roja, la siguió a casa por los túneles.


Cuando Rosemary llegó al penthouse de los Gambione, Chris estaba ahí, sentado en el sillón a la
cabeza de la mesa de conferencias dentro de la biblioteca de su padre. Permaneció callado mientras
ella tomaba asiento al lado de él.
—Hay problemas –anunció Chris con el brazo extendido para tomarla de la mano–. Paul
Goldberg sabe quién eres.
—¿Cómo?
Sintió miedo, pero también tuvo una sensación de alivio de que la mascarada tocara a su fin.
—No sabemos cómo, pero eso no importa demasiado a estas alturas, ¿no crees? Hemos tenido tu
oficina bajo vigilancia, sólo por principio, y mira lo que encontramos en su apartamento.
Chris empujó hacia ella un sobre que descansaba en la mesa. Al abrirlo descubrió que adentro
había fotos de ella con su padre, documentos, todo lo que se necesitaba para clavarla en la pared.
—Tenemos que librarnos de él –Chris tamborileó con los dedos sobre la mesa–, pero quise que
me autorizaras antes. Se trata de uno de tus empleados, después de todo.
—Por supuesto, de inmediato –aprobó Rosemary, que miraba las fotografías y las movía de un
lugar a otro–. ¿Se lo ha dado a alguien? ¿Quiénes más saben de esto?
—Pienso que lo hemos detectado a tiempo –opinó Chris y tomó una de las fotografías para
mirarla casi con pereza–. Te sugiero que verifiques con tu buena amiga Suzanne, sin embargo. Se les
ha visto juntos.
—Santo Dios, ella y Paul salen juntos. No sé qué hará ella si lo despachamos. A veces no es muy
estable.
—¿Quieres esperar, entonces? Es tu vida o la de él –indicó Chris al tiempo que inclinaba del
pesado sillón sobre las patas traseras.
—No, liquídalo. Mátalo cuanto antes –Rosemary miró a los lados como si buscara por dónde
huir–. Si aún no ha tenido tiempo de hablar con nadie, estaré a salvo.
—Es la única decisión sensata. Me encargo yo. A menos que…
Chris hizo una pausa al tiempo que dejaba caer las patas del sillón con un pequeño estruendo
amortiguado por la alfombra gruesa.
—No, no. Hazlo tú, por favor –pidió ella y lo miró con gratitud–. Gracias.
—No es nada –sonrió él, y después de inclinarse hacia ella le dio un beso–. Para eso estoy aquí.


Al dar vuelta a la esquina del edificio de Paul, Bagabond trataba de bajarse la falda al mismo tiempo
que pretendía esquivar los charcos que había dejado la lluvia del día anterior. El portero abrió con
un gesto mal disimulado que manifestaba haberla espiado mientras hacía sus arreglos. Ella consideró
por un momento ponerle una paloma sobre la cabeza para estropearle un poco más la vida, pero no
valía la pena. Tenía en la mente cosas más importantes. No era una decisión definitiva, pero según se
presentaran las cosas podría consentir en pasar la noche con Paul. Todavía sentía reparos.
Saludó a Marty con un ademán, y vio cómo marcaba su nombre en el registro de visitantes. Como
de costumbre, el ruido de sus tacones sobre el piso de mármol la ponía nerviosa. El ascensor tardó
una eternidad en bajar, y cuando por fin llegó, ella creía que todos los que la habían visto entrar
sabían lo que estaba pensando sobre Paul. Se sintió ridícula; por Dios, era adulta. Respiró
profundamente y entró al ascensor para subir al piso treinta y dos, donde se ubicaba del apartamento
de Paul.
Por fortuna, no había nadie en el corredor cuando salió del ascensor. La alfombra parecía tener
diez centímetros de grueso, y sus pasos no hacían ningún ruido al andar. Se detuvo ante la puerta de
Paul y llamó al timbre. Dejó pasar unos minutos, y volvió a llamar, prestó atención a cualquier ruido
que se oyera en el interior, pero no escuchó nada. Escudriñó mentalmente la presencia de animales,
como un ratón o una rata, pero el edificio de Paul era demasiado elegante para esas criaturas. Al no
encontrar animales adentro, Bagabond metió una paloma por una de las ventanas. Había un par de
luces encendidas, pero no logró ver a Paul.
¡Vaya! Qué noche para dejarla plantada. Qué sentido de la oportunidad, Paul. Bagabond dio el
primer paso de vuelta al ascensor, sintiendo un sombrío alivio arrumbado en algún rincón de su
mente.
Mientras bajaba, se dio cuenta de que forzosamente Paul la esperaba; de lo contrario, el guardia
de seguridad no le habría permitido la entrada. Por primera vez, sintió preocupación por él.
Marty, el guardia, había visto llegar a Paul varias horas antes: se había detenido a charlar un
poco con él sobre el hecho de que, para variar, venía de ganar uno de sus casos y regresaba temprano
para descansar un poco antes de que Bagabond llegase. Marty se sonrojó al mencionar que Paul
Goldberg le había encargado estar muy pendiente de su llegada. Incluso había mencionado su
propósito de celebrar juntos ella y él. El registro no mostraba ningún movimiento posterior de Paul;
ninguno de los porteros lo había visto salir. Marty llamó a otro guardia para que ocupara su sitio y
sacó una llave maestra para el apartamento de Paul.
Tan pronto abrió la puerta, Bagabond supo que algo andaba mal. Siguió su sensación de temor y
condujo a Marty al baño. Paul estaba desnudo en el jacuzzi de mármol negro. En el agua burbujeante
la sangre formaba remolinos alrededor de él. Le habían disparado en el ojo a boca de jarro. Se le
quedó mirando mientras Marty, frenético, marcaba el número de la policía.
Los policías se la llevaron a la estación y la estuvieron interrogando durante varias horas. Al
comenzar estaban decididos a hacerla confesar el asesinato. Cuando se recibió el informe inicial
forense, abandonaron esa línea y se pusieron a atosigarla sobre lo que sabía de las actividades de
Paul. ¿Quiénes deseaban su muerte? Ella pensaba todo el tiempo en Rosemary, pero se limitaba a
negar cualquier conocimiento sobre el tema.
¿Sería capaz Rosemary de ordenar que lo matasen? ¡Ella sabía que Bagabond quería a Paul!
Además, había promovido su relación. ¿Sería capaz de asesinar a alguien a quien respetaba, un
compañero de trabajo? Bagabond no se permitía responderse tales preguntas.
Eran casi las seis de la mañana cuando por fin C. C. obtuvo permiso de llevarse a Bagabond a
casa. Bagabond permaneció en silencio mientras iban en el taxi hacia el loft de C. C. Buscó a los
gatos y en un impulso instintivo los abrazó mentalmente, temblando. C. C. recogió del suelo el
periódico de la mañana frente a su edificio, y se lo metió bajo el brazo mientras guiaba a Bagabond
hacia el ascensor. Dentro del loft, Bagabond fijó una mirada ciega sobre la pared de enfrente al
tiempo que C. C. preparaba té.
De pronto Bagabond se dio cuenta de que C. C. estaba repitiendo su nombre, y volvió en sí.
Prefería extender su conciencia a lo largo de la ciudad, porque así se dispersaba su dolor. Sólo el
tono de alarma en la voz de C. C. la hizo concentrarse en el periódico que su amiga había desplegado
frente a ella.
Una cuarta parte de la primera plana ostentaba la foto de Rosemary Gambione Muldoon.


Rosemary mantenía una fría tranquilidad. El aviso se lo había dado un escritor de obituarios que
debía una fortuna en Las Vegas, una deuda que ella había comprado tiempo atrás. Hoy se la había
pagado. Al oír el alboroto en la sala de reporteros se había asomado para ver de qué se trataba. Le
bastó con ver la foto en la maqueta de la primera plana. Hizo la llamada a su contacto con la Familia.
A las dos de la mañana Chris había despertado a Rosemary llamando a la puerta, y juntos habían
metido ropas en una maleta.
Chris había traído a cuatro de sus mejores hombres para que la protegieran veinticuatro horas al
día. Los seis estaban sentados en la limusina negra que los llevaba a una de las casas de seguridad de
los Gambione. Rosemary no hablaba. ¿Qué se podía decir? Una parte de su vida quedaba atrás,
destruida. Sólo le quedaba la Familia. Acabaría en lo mismo en que había empezado.
Rosemary estaba sentada a solas dentro de la casa. Los guardias vigilaban el exterior y
observaban todas las ventanas y puertas. Chris había salido para organizar un retiro más seguro
desde donde ella pudiera seguir dirigiendo a los Gambione. Se sentía más libre y viva que en su
doble vida. En la cabeza le nadaban planes para mantener la viabilidad de las Familias. Una vez
recuperada su capacidad de concentrarse en los problemas que enfrentaba, todo iba a ser diferente.
Paul le había hecho un favor. Una pena que tuviera que morir por eso, pero no se podía arriesgar a la
apariencia de debilidad. Se preguntó si Chris tardaría en regresar. Era menester dialogar con él
sobre muchas cosas.

♣♦♠♥
Todos los caballos del rey
II
♣♦♠♥

E l agua gorgoteaba sordamente en ese lugar oscuro, cerrado, caliente. El mundo se hundía, giraba
y se retorcía. Se sentía demasiado débil y mareado para moverse. Algo helado hacía contacto
con las piernas, subiendo cada vez más, y hubo un choque repentino al alcanzar la entrepierna el
agua, cuya fuerza lo hizo volver en sí. Se arrancó el arnés que lo sujetaba al asiento, pero era
demasiado tarde. El frío le acarició el pecho y, al tratar de alzarse, el piso se movió y le hizo perder
pie, y el agua le cubrió la cabeza, y ya no podía respirar, y todo se puso oscuro, muy oscuro, negro
como la tumba, y tenía que salir de ahí, debía salir de ahí…
Tom se despertó con el aliento cortado, un grito atorado en la garganta.
En el primer momento de conciencia, aún en la niebla del sueño, alcanzó a oír el tintineo de un
vidrio desprendido del marco de la ventana, que se quebraba en el suelo de la recámara. Cerró los
ojos y trató de calmarse. En el pecho el corazón le martilleaba, y tenía la camiseta pegada a la piel
sudorosa. Sólo un sueño, se decía, pero permanecía la sensación de caer: ciego e indefenso,
encerrado en un ataúd de acero en llamas, mientras se precipitaba a las aguas del río que luego se
cerraban sobre él. Sólo un sueño, se repitió. Rescatado por su suerte: algo había hecho explotar el
caparazón y él había escapado, y eso era todo, estaba vivo y a salvo. Aspiró en profundidad y contó
hasta diez, y cuando iba por el siete ya no temblaba. Abrió los ojos.
Su cama era un colchón tirado en el piso de un cuarto vacío. Se incorporó, enredado en las
cobijas. En un rayo de luz filtrado por la ventana, varias plumas provenientes de una almohada
desgarrada flotaban perezosamente hacia el suelo. El reloj despertador adquirido una semana antes
había sido arrojado al otro lado de la habitación, y había rebotado en la pared. En la pantalla digital
LED parpadeó una serie aleatoria de números antes de quedar oscura. Las paredes verde pálido
estaban del todo desnudas y ostentaban una red de grietas en forma de telaraña. Del techo se
desprendió un pedazo de yeso. Tom hizo un gesto de dolor, se liberó de las cobijas y se puso de pie.
Cualquier noche de ésas su jodido subconsciente iba a derrumbar la casa sobre su cabeza. Se
preguntó lo que opinarían los vecinos al respecto. Ya había reducido a leña casi todos los muebles
de la recámara, y los muros de tabla estucada no resistirían mucho más. Tampoco él, en realidad.
En el baño, Tom tiró al cesto su camiseta empapada y se contempló en el espejo encima del
lavabo. Le pareció que lucía diez años mayor que su edad. Un par de meses de pesadillas recurrentes
tienen tal efecto, pensó.
Se metió a la regadera y corrió la cortina. En la jabonera una pastilla medio disuelta de Safeguard
flotaba en un charquito de agua. Tom se concentró. El jabón se alzó en vertical y flotó hasta su mano.
Estaba viscoso. Ceñudo, le dio vuelta a la llave del agua fría con la mente y contrajo los músculos en
cuanto sintió el chorro de agua helada. Usando la mano, abrió la llave del agua caliente y se
estremeció, aliviado, al entibiarse la regadera.
Iba mucho mejor, reflexionó Tom mientras se enjabonaba. Después de veintitantos años de ser la
Tortuga, sus capacidades telequinésicas estaban casi por completo atrofiadas, excepto cuando se
encerraba en su caparazón, pero con la ayuda del doctor Tachyon había entendido que se trataba de
un bloqueo psicológico, no físico. Desde entonces había estado ejercitándolas y había alcanzado el
punto en que mover el jabón y la llave del agua eran pan comido.
Tom metió la cabeza bajo la regadera y sonrió al sentir que el agua caliente cayendo en cascada
sobre él le lavaba los últimos residuos de la pesadilla. Era una lástima que su subconsciente se
negara a aceptar límites; si pudiera, se sentiría más seguro al ir a dormir, y tal vez su recámara no
estuviera hecha pedazos al despertar. Pero en el sueño él era la Tortuga. Débil, mareado, caído y a
punto de ahogarse, pero era la Gran y Poderosa Tortuga, capaz de jugar con locomotoras y aplastar
tanques con su mente.
La difunta Gran Tortuga. ¡Ni todos los caballos ni todos los hombres del rey!, pensó Tom,
recordando la rima infantil.
Cerró las llaves del agua, se estremeció al sentir frío y salió de la tina para secarse.
En la cocina se preparó una taza de café y un plato de cereal de salvado. Su doctor decía que
necesitaba comer más fibra, pero el cereal de salvado siempre le había sabido a cartón mojado; los
nuevos cereales de salvado ultrasaludables sabían a virutas de madera. Debería también reducir el
consumo de café, pero ese caso no tenía esperanza: a esas alturas, era un adicto.
Encendió el pequeño televisor situado a un lado del horno de microondas y miró el canal de CNN,
sentado a la mesa de la cocina. La ciudad había armado una investigación a conciencia sobre el caso
de corrupción en la oficina de la fiscalía de Manhattan; era lo menos que podían hacer dada la
revelación de que una de las fiscales asistentes era cabeza de la Mafia. Habría acusaciones,
prometían. Rosa Maria Gambione, alias Rosemary Muldoon, estaba siendo buscada por la policía
para someterla a un interrogatorio, pero se había esfumado, escondida bajo tierra en algún sitio. Tom
pensaba que no se le vería demasiado pronto.
Se sintió culpable cuando no hizo caso de la convocatoria de Muldoon para intervenir en la
guerra de pandillas que asolaba la ciudad. El carácter de la Tortuga no le permitía ignorar los
pedidos de ayuda; en la circunstancia de tener un caparazón en funciones o el dinero para construirlo,
su resolución se habría ablandado, haciendo resucitar a la Tortuga de entre los muertos. Pero no fue
el caso, así que se negó, y estaba contento de eso. Pulso, Water Lily, Mister Magneto y los demás
ases participantes se habían jugado la vida y la reputación; en recompensa, los políticos especialistas
en acoso y derribo aparecían en las noticias, exigiendo que se les investigara a todos ellos por sus
vínculos con el crimen organizado.
En situaciones como ésa, Tom se alegraba de que la Tortuga ya hubiese muerto.
En la pantalla del televisor apareció un reportaje internacional sobre las últimas novedades de la
gira de ases. El embarazo de Peregrine era ya noticia vieja, y no se habían producido nuevos actos
violentos como el incidente de Siria, gracias a Dios. Tom miró escenas del aterrizaje del Carta
Marcada en Japón con algo de resentimiento vago. Siempre quiso viajar, visitar tierras exóticas, ver
todas las ciudades fabulosas sobre las que había leído tanto de niño, pero nunca tuvo suficiente
dinero. En una ocasión, la tienda lo había enviado a Chicago, a una feria comercial, pero un fin de
semana en el Conrad Hilton con otros tres mil vendedores de equipo electrónico no habían logrado
satisfacer los sueños de su infancia.
Debían haber invitado a la Tortuga a la gira. Claro que el transporte del caparazón podría
presentar problemas, y no le darían pasaporte si no revelaba su nombre verdadero, cosa que no
estaba preparado a hacer. Sin embargo, esos problemas se resolverían si alguien se tomara la
molestia. Tal vez de verdad pensaban que la Tortuga había muerto, aunque por lo menos el doctor
Tachyon estaba al tanto de que no era así.
Ahí estaba, por lo tanto, en Bayonne, con la boca repleta de salvado alto en fibras, al tiempo que
Mistral y Fatman y Peregrine se encontrarían sentados en alguna pagoda, tomando un desayuno
japonés, ¡quién sabe qué desayunarían los japoneses! Se puso a rabiar. No tenía nada en contra de
Peri ni Mistral, pero nadie había tenido que pasar las dificultades superadas por él. Dios Santo,
habían invitado incluso al asqueroso de Jack Braun. Pero no a él, oh, no, eso era un montón de
jodidos problemas, se tenían que hacer disposiciones especiales, y tenían asignados tantos asientos
para los ases, y otros tantos para los jokers, y nadie sabía en qué categoría poner a la Tortuga.
Tom se bebió un trago de café, se levantó y apagó el televisor. A la mierda con todo, pensó.
Habiendo decidido que la Tortuga permaneciera muerta, tal vez llegaba el momento de incinerar los
restos mortales. Tenía un par de ideas al respecto. Si se manejaba bien, tal vez dentro de un año él
también podría darle la vuelta al mundo.

♣♦♠♥
Concierto para sirena y serotonina
II
♣♦♠♥

D espués de verificar que nadie lo observaba, Croyd dejó caer en su espresso un par de Bellezas
Negras. El suspiro que soltó iba precedido por una maldición pronunciada en voz baja. Las
cosas no estaban saliendo conforme a lo previsto. Todas las pistas seguidas de los últimos diez días
habían terminado en nada, y estaba ya más adentrado en el panorama de las anfetaminas de lo que
resultaba deseable. En una situación ordinaria eso no le preocupaba, pero por vez primera había
formulado por separado dos promesas respecto a las drogas y sus acciones. Como una era de
negocios y la otra personal, reflexionó, tales promesas lo ataban de ida y vuelta. No quedaba otro
remedio: debía mantener el ojo, o por lo menos varias de sus facetas, sobre su propia persona, a fin
de no estropear su trabajo, y no quería que Water Lily perdiera interés por él desde su primera cita.
Pero como lo habitual era sentir la paranoia antes de que se manifestara, decidió que ése sería su
indicador del grado de irracionalidad en el ciclo en que estaba.
Había recorrido toda la ciudad siguiendo dos pistas que terminaron por esfumarse, al parecer.
Había verificado cada una de las direcciones de la lista, para alcanzar la conclusión de que habían
sido puntos de encuentro escogidos al azar. Lo siguiente era James Spector. Aunque no hubiera
reconocido el nombre, sí conocía a Deceso. En varias ocasiones había estado con él. Ese hombre
siempre le pareció uno de los ases más sucios. “Los ojos de Deceso liquidan al más cabrón”, recitó
en voz baja, haciendo una señal al mesero.
—¿Sí, señor?
—Otro espresso, pero en una taza más grande, por favor.
—Sí, señor.
—Mire, de una vez traiga toda la cafetera.
—De acuerdo.
Se puso a tararear en voz más alta, llevando el compás con el pie.
—Los ojos de Deceso. El Deceso con ojos –entonaba.
Dio un salto cuando el mesero puso una taza frente a él.
—¡No trate de tomarme por sorpresa!
—Disculpe. No fue mi intención perturbarlo –murmuró el hombre y empezó a llenar la taza.
—Oiga, no se ponga detrás de mí para servir. Hágase a un lado, adonde yo pueda verlo.
—Seguro.
El mesero se movió a la derecha de Croyd. Dejó la jarra de café en la mesa y se alejó.
Al beber una tras otra taza de café, Croyd se puso a fijarse en pensamientos que no había tenido
en mucho tiempo, sobre dormir, la mortalidad, la transfiguración. Después de un rato, pidió otra jarra
de café. Sus problemas sin duda merecían dos jarras.
La nevada del anochecer ya había cesado. Sobre las aceras, la capa de dos o tres centímetros
relucía bajo los faroles, y un viento tan helado que sus latigazos quemaban formaba remolinos
brillantes a lo largo de la Calle Diez. El hombre alto y delgado, cubierto por un pesado abrigo negro,
andaba con cuidado, y antes de doblar la esquina miró sobre su hombro, mientras su respiración
formaba una nube de vapor. Desde la salida del negocio de paquetería tuvo la sensación de estar
bajo vigilancia. Y había una figura, a unos cien metros de distancia, andando por la acera de enfrente,
al mismo paso que él. James Spector pensó que podía valer la pena esperar a ese hombre y matarlo,
sólo por evitarse molestias más adelante. Después de todo, en su mochila tenía dos botellas de
setecientos mililitros de Jack Daniels y seis latas de cerveza Schlitz. Si alguien lo atacara de repente
sobre esta acera helada… Contrajo el rostro en una mueca al imaginar las botellas rotas y el
prospecto de tener que regresar a la tienda.
Por otra parte, esperar al hombre para matarlo ahí mismo, mientras cargaba el paquete, podía
causar un resbalón, aunque fuera solamente por inclinarse a revisar los bolsillos del muerto. Lo
mejor sería encontrar un lugar en donde dejar las cosas. Se puso a mirar a su alrededor.
Un poco más adelante, unos escalones conducían a un portal. Se dirigió ahí y puso su paquete en
el tercero de ellos, apoyado en un barandal de hierro. Se sacudió el cuello del abrigo y lo dobló
hacia arriba, pescó en su bolsillo una cajetilla de cigarros que sacudió para sacar uno de ellos y lo
encendió, formando un hueco con las manos. Se recargó en el barandal y esperó, con los ojos puestos
en la esquina. En unos segundos, un hombre de pantalones grises y blazer azul entró a su campo de
visión. Con la corbata azotada por el viento y el pelo revuelto, se detuvo un momento para mirar,
hizo movimientos afirmativos con la cabeza y avanzó. Más de cerca, Spector se dio cuenta de que el
hombre llevaba gafas reflejantes, y sintió de pronto un filo de pánico, al ver que el otro contaba con
una primera línea defensiva muy adecuada. Y no era casualidad, en la mitad de la noche. Por lo tanto,
su perseguidor tenía el aspecto de ser un golpeador. Le dio una larga chupada a su cigarro, y subió de
espaldas varios escalones más, sin darse prisa, para alcanzar una altura desde donde patear la cabeza
del otro para tumbarle los malditos anteojos.
—¡Ea, Deceso! –gritó el hombre–. ¡Tengo que hablar contigo!
Deceso lo observó y trató de ubicarlo. Nada le resultaba conocido en él, ni siquiera la voz.
El hombre se aproximó y se le quedó mirando, sonriente.
—Sólo te quitaré un minuto de tu tiempo –le prometió–. Es importante. Tengo mucha prisa, pero
al mismo tiempo necesito cierta medida de sutileza. No es fácil.
—¿Te conozco de algo? –le preguntó Deceso.
—Hemos cruzado caminos. En otras vidas, por decirlo así. O sea, mis vidas. Además, creo que
alguna vez llevaste las cuentas para la empresa de mi cuñado, allá en Jersey. Mi nombre es Croyd.
—¿Qué quieres?
—Necesito saber quién encabeza los esfuerzos por arrebatar sus operaciones a la antigua y
benévola Mafia, que lleva más o menos medio siglo de controlar la ciudad.
—Bromeas –dijo Deceso, al tiempo que dejaba caer la colilla y la aplastaba con la punta del pie.
—No –declaró Croyd–. Me es indispensable conseguir ese nombre para poder descansar en paz.
Según tengo entendido, además de la contabilidad, haces otro tipo de trabajos para esa gente. Así que
dime quién es el mandamás, y me pondré en camino.
—No puedo –repuso Deceso.
—Ya te dije que trato de ser sutil. Prefiero no resolver la cuestión por la fuerza.
Deceso le aplicó una patada en la cara. Las gafas de Croyd salieron volando sobre su hombro, y
Deceso puso sus ojos sobre doscientas dieciséis relucientes facetas oculares. No logró cerrar su
mirada sobre esos puntitos de luz.
—Eres un as –dedujo–, o joker.
—Soy el Durmiente –Croyd tomó el brazo derecho de Deceso y lo quebró en el barandal–. Era
mejor el método sutil. No duele tanto.
Deceso se alzó de hombros, con el rostro contraído por el dolor.
—Puedes romperme el otro, si quieres. Pero no te puedo decir lo que no sé.
Croyd miró el brazo que colgaba del hombro de Deceso. Éste lo agarró con la otra mano, puso el
hueso en su sitio y lo sostuvo.
—Te curas muy rápido, ¿verdad? Hasta en unos cuantos minutos, según recuerdo –interrogó
Croyd.
—Así es.
—Si te arranco un brazo, ¿te crecería uno nuevo?
—No lo sé, y prefiero no tener que averiguarlo. Mira, se dice que eres un psicópata, y veo que es
cierto. Te lo diría si lo supiese. No me gusta esto de las regeneraciones. Pero lo único que hice fue
un miserable golpe por encargo. No tengo ni idea de quién está arriba.
Croyd extendió las dos manos y aferró a Deceso por las muñecas.
—Por lo visto, romperte los huesos no sirve de mucho –observó–, pero puedo ser más sutil.
¿Nunca has probado la terapia de electrochoque? A ver qué te parece.
Cuando Deceso dejó de convulsionarse, Croyd soltó sus muñecas. Cuando el primero recuperó el
uso de la palabra, insistió:
—No puedo decirte nada. No lo conozco.
—Bueno, vamos a tronarte más las neuronas –sugirió Croyd.
—Espera un poco –interpuso Deceso–. No tengo ni idea de los nombres de los de hasta arriba.
No quise nunca averiguarlo, ni me importa un carajo. Sólo sé de un tipo llamado Ojo, un joker. Tiene
un solo ojo, enorme, y se pone un monóculo encima. Lo vi una vez en Times Square, me dio el
trabajo y me pagó. Eso es lo único que importa. Ya sabes cómo es esto. Tú mismo aceptas encargos.
—¿Ojo? –suspiró Croyd–. Creo que he oído hablar de él en algún lado. ¿Dónde puedo encontrar
a este tipo?
—Según sé, suele estar en el Club Dead Nicholas. Juega cartas ahí los viernes en la noche. He
querido ir por ahí y matar al muy cabrón, pero no lo he hecho. Me costó un pie.
—¿Club Dead Nicholas? –repitió Croyd–. Creo que no lo conozco.
—Antes era la Funeraria de Nicholas King, cerca de Jokertown. Sirven de comer y de beber,
música, pista de baile, y en el cuarto de atrás se juega. Lo abrieron no hace mucho. La decoración se
basa en motivos de Halloween. Demasiado morboso para mi gusto.
—Conforme –aceptó Croyd–. Espero que no me estés queriendo joder, Deceso.
—Es todo lo que tengo.
Croyd asintió con movimientos pausados.
—De algo servirá –dijo Croyd con movimientos afirmativos de cabeza, y soltó al otro para
retroceder–. A ver si entonces puedo descansar.
Recogió el paquete de Deceso y se lo dio en los brazos.
—Ten. No se te vaya a olvidar. Y ten cuidado al andar. Está muy resbaloso.
Andaba en retroceso mientras murmuraba sin cesar, y así llegó a la esquina. Ahí se dio vuelta y
desapareció.
Deceso se hundió hasta sentarse en un escalón. Enseguida abrió una de las botellas y se tomó un
largo trago.

♣♦♠♥
Jesús era un as
♣♦♠♥
por Arthur Byron Cover

En estos tiempos de dificultades y de aflicción oscura, en esta


fértil tierra donde el trabajo de Satanás está a punto de arrojar
sus frutos, ya no es necesario merodear en Marx ni meter las
narices en Freud; no se requiere la ayuda de liberales como
Tachyon; no se requiere abrirse a nadie que no sea Jesús,
¡porque él fue el primero y el más grande de todos los ases!
REVERENDO LEO BARNETT

E ntre Jokertown y la parte baja del East Side hay varias manzanas que tanto la gente normal
como las víctimas del virus llaman la Orilla. Nadie sabe qué grupo acuñó el término, pero se
usa con el mismo significado en ambos lados. Para un joker es la orilla de Nueva York; para un norm
es la orilla de Jokertown.
La gente acude a la Orilla por las mismas razones que va al cine a ver películas sangrientas, o a
un buen concierto de heavy metal con anfetas, o se mete a la más reciente moda en las drogas de
diseño. A la Orilla uno va en busca de la ilusión de peligro, una ilusión segura, pasajera, de la cual
puede luego hablar en fiestas donde hay gente demasiado tímida para atreverse a ir a la Orilla.
Eso pensaba el joven predicador mientras contemplaba a través de la ventana del baño al equipo
de los noticieros de la televisión que deambulaba por la calle. El joven predicador se encontraba en
el cuarto de un hotelucho que había alquilado a precio bajo para pasar la noche, aunque no intentaba
usarlo más de unas cuantas horas. El equipo del noticiero constaba de un reportero vestido de saco y
corbata, un operador de Minicam y un sonidista. El reportero paraba a los transeúntes, bien fueran
norms o jokers, y les metía el micrófono bajo las narices, pidiéndoles que dijeran algo. Por un
momento largo y tortuoso, el joven predicador se preocupó de que su encuentro con Belinda May
fuese el objeto de la curiosidad de los reporteros, pero se tranquilizó pensando en que éstos tendrían
la rutina de recorrer el vecindario. A fin de cuentas, ¿dónde más tenían la oportunidad de encontrar
un inicio llamativo para las noticias de las once de la noche? Al joven predicador no le agradaban
los pensamientos pecaminosos, pero bajo las circunstancias abrigaba la esperanza de que el equipo
del noticiero se distrajera por algún accidente espectacular de tránsito a unas cuadras de distancia,
con mucha atracción visual en forma de fuego y autos destruidos, pero ningún herido fatal, por
supuesto.
El joven predicador dejó caer la raída cortina blanca. Terminó de hacer lo que tenía, y enseguida
se lavó las manos con movimientos rápidos y eficientes mientras observaba su reflejo cadavérico en
el espejo sobre el lavabo oxidado. ¿Estaría tan mal de salud, o era esa complexión amarillenta y
pálida consecuencia de la luz desnuda de los dos focos sobre el espejo? El joven predicador era un
hombre rubio, de ojos azules, treinta y cinco años recién cumplidos, rasgos apuestos dominados por
pómulos altos y un mentón cuadrado con hoyuelo al centro. Por el momento se había quitado la ropa y
vestía sólo una camiseta blanca, calzoncillos bóxer color azul claro y calcetines. Sudaba
profusamente. Hacía mucho calor, aunque esperaba ponerse mucho más caliente en pocos minutos.
Pese a todo, no podía menos que sentirse fuera de lugar en el miserable cuarto de hotel, en
particular con esta mujer que casualmente era una de las participantes clave de su nueva misión en
Jokertown. No por faltarle a él experiencia. Lo había hecho muchas veces antes, con las más
variadas clases de mujeres, en cuartos parecidos a ése. Las mujeres lo hacían porque él era famoso,
o por sentirse bien al oír sus sermones, o queriendo sentirse más cerca de Dios. En ocasiones en que
él tenía sus propias dificultades para acercarse a Dios, lo habían hecho por dinero, y los pagos
habían sido realizados por un miembro confiable de su círculo más íntimo. Unas pocas tontas habían
creído enamorarse de él, una ilusión que él destrozaba sin la menor dificultad, pero tan solo después
de saciar sus deseos carnales.
Pero nada en la experiencia del joven predicador podía haberlo preparado para una mujer como
Belinda May, que por lo visto estaba ahí por el puro gusto. Se preguntó si la actitud de Belinda May
era típica de mujeres cristianas solteras que vivían en ciudades grandes. ¿De dónde podrá venir
Jesús, pensaba, cuando llegue el momento de su regreso? Abrió la puerta de la recámara y, antes de
dar un solo paso, se llevó el susto de su vida. Belinda May estaba sentada en la cama con las piernas
cruzadas fumándose un cigarro, tan linda como es imaginable, pero desnuda como un pajarito.
Esperaba verla desnuda, por supuesto, pero no tan pronto. Y bajo las sábanas, con discreción.
—Ya era hora de que aparecieras –dijo ella.
Apagó el cigarro y se metió a sus brazos antes de que él tuviera tiempo de respirar. De pronto
supo lo que sentía el sartén sobre el fuego de una estufa. Se le adhería como si quisiese meterse en su
cuerpo. La sensación de los pechos apretados contra el cuerpo del joven predicador lo excitaba
sobremanera, y también el modo en que se le montó en el muslo para frotarse contra él, como si
quisiera sentarse en el hueso. Su lengua parecía una anguila que le exploraba la boca. Le había
metido una mano bajo la camiseta mientras le acariciaba las nalgas con la otra.
—Mmm, qué bien sabes –musitó Belinda May en su oreja después de lo que a él le pareció una
eternidad transcurrida en un ambiente misterioso que combinaba las estratósferas del cielo con los
más bajos niveles del infierno. Sin lugar a dudas, Belinda May era más agresiva sexualmente que las
mujeres a las que estaba acostumbrado.
—Anda, vamos a la cama –le susurró, y lo tomó de las dos manos para conducirlo. Se trepó al
lecho, se puso de rodillas y lo colocó de pie frente a ella, le tomó una mano y la puso directamente
sobre su pubis.
Aunque el joven predicador se llenaba de una satisfacción profunda y duradera cada vez que sus
caricias le causaban orgasmo a la mujer, experimentaba una extraña distancia respecto de todo lo que
sucedía, como si estuviese presenciando la escena a través de un espejo unidireccional en la pared.
Muy consciente de sí mismo, volvió a preguntarse qué hacía en semejante cuartucho, con la pintura
pelada de las paredes mal aplanadas, las lámparas vulgares, la cama de resortes quejumbrosos y el
televisor que los contemplaba con un ojo que no dormía. Se arrepintió de haber cedido al deseo de
Belinda May, que le pidió que el encuentro tuviera lugar en un hotel de la Orilla. Le molestaba
pensar que alguna parte de su alma se parecía tanto a la de la gente que visitaba por rutina la Orilla
en busca de alguna aventura sin riesgo. El joven predicador prefería creer que Dios había llenado ya
los vacíos importantes de su corazón.
No obstante, la hermosura accesible de Belinda May lo perturbaba en niveles más hondos que sus
dudas intrusivas sobre sí mismo. La empujó con suavidad sobre la cama, y con una emoción rara, no
muy diferente de la que había sentido en su juventud la primera vez que se arrodilló frente a un altar,
vio que sus cabellos rubios se extendían sobre la almohada como las alas de un ángel. Ella se movió
seductoramente cuando él la besó en la oreja y le lamió el cuello. A continuación quiso besarle los
pechos, y sintió una ola renovada de calor en el cuero cabelludo, pues ella le pasaba la mano por el
pelo y gemía con suavidad, mostrando su pasión. Enseguida lo besaba en el estómago y recorría los
bordes de su ombligo –que estaba volteado hacia fuera– con la punta de la lengua, a fin de añadir un
detalle magistral. Se sintió gratificado más allá de su capacidad de entendimiento cuando ella al fin
abrió las piernas en una invitación que fue aceptada casi al instante, de manera que enterró su rostro
y lamió con ferocidad de pagano. Nunca había conocido a una mujer de sabor tan delicioso. Nunca
había deseado con mayor fervor servir a otra persona, en lugar de que lo sirvieran a él. Nunca había
adorado con tanta humildad en el altar del amor. Nunca se había rebajado tan a gusto, ni con un
abandono así…
—¿Leo? –Belinda se incorporó–. ¿Te pasa algo?
El joven predicador se apoyó en los codos y se miró entre las piernas, donde el miembro
masculino colgaba tan flácido como un hombre suspendido de la horca. Señor, ¿por qué me has
abandonado?, pensó con la mayor melancolía, mientras dominaba un impulso infantil de pánico.
Sonrió como borrego y alzó la vista del altar, que seguía invitándolo abierto de par en par, también
de su cuerpo cubierto de sudor y los pechos relucientes, hasta posarla en su rostro, que le sonreía con
dulzura.
—No lo sé. Tal vez no estoy concentrado esta noche.
Belinda May hizo un mohín y se desperezó con la misma inocencia y naturalidad que si estuviese
a solas.
—¡Qué mal! ¿Puedo ayudarte?
Durante los siguientes segundos, el joven predicador ponderó varios factores, casi todos
relacionados con lograr un equilibrio entre la franqueza y la diplomacia delicada. Concluyó que ella
respondería mejor a la franqueza, pero no sabía hasta donde podía ir. Su sonrisa era de lobo.
—¿Te apetece comer algo?
Su vida entera pasó ante sus ojos cuando ella le pasó la pierna izquierda por encima de la cabeza,
saltó de la cama y exclamó:
—¡Qué buena idea! ¡Hay un bar de sushi al otro lado de la calle! ¡Invítame a cenar!
Se fue hacia el baño, y sus nalgas temblaban, tentadoras, con sus pasos. Cerró la puerta y se oyó
que abría la llave del agua, pero, antes de hacer lo que necesitaba, volvió a abrir la puerta y asomó
la cabeza para decir:
—Podemos volver luego e intentarlo de nuevo.
El joven predicador se quedó sin palabras. Rodó sobre la cama y se puso a mirar el techo. Las
grietas formaban pautas aleatorias, un símbolo enigmático de toda su existencia en esa encrucijada.
Soltó un largo suspiro. Por lo menos, ser descubierto por el equipo ambulante del noticiero ya no era
lo peor que podría sucederle.
Lo peor sería que descubrieran que no había logrado que se le parara.
Si se diera tal caso, el daño a sus ambiciones políticas resultaría incalculable. El pueblo
norteamericano era capaz de perdonar cualquier cantidad de pecados en un candidato a la
presidencia, pero como requisito mínimo exigía que los pecadores cometieran bien sus pecados.
—Tienes un buen par de manos, de verdad, ¿sabes? –comentó Belinda May desde el otro lado de
la puerta.
¡Formidable!, pensó Leo Barnett, sintiendo que lo abandonaban las fuerzas con que estaba
aferrado a los bordes del abismo de la desesperación. ¡Adiós a la Casa Blanca! ¡Hola, Cielo!

II

Esa noche sentía la ciudad dentro de él, sí, en la misma medida en que él se encontraba dentro de la
ciudad. Sentía el acero y el mortero, y los tabiques, la piedra, el mármol y el vidrio, sentía cómo sus
órganos tanteaban los diversos edificios y sitios de Jokertown cuando sus átomos entraban (y salían)
en fase recorriendo (de ida y vuelta) los planos de la realidad. Las moléculas de su cuerpo se
frotaban con las nubes que se arremolinaban en dirección a la ciudad como si fuesen una marea de
algodones negros; se mezclaban con el aire preñado de humedad, con la promesa de la llegada de
más agua, y temblaban con las vibraciones de truenos distantes. Esa noche se sentía inexorablemente
ligado al pasado y el futuro de Jokertown. La tormenta de lluvia que se aproximaba no difería en
ningún aspecto de la anterior, y sería exactamente como la siguiente. También el acero y el mortero
eran constantes, el tabique y la piedra para siempre, el mármol y el vidrio inmortales. En la medida
en que la ciudad permaneciese igual, aunque de manera tenue, él seguiría siendo el mismo.
Se llamaba Quasimán. Alguna vez había tenido otro nombre, pero lo único que recordaba sobre
su yo anterior al virus se reducía a haber sido experto en explosivos. Por el momento era el cuidador
de la Iglesia de Nuestra Señora de la Perpetua Miseria. De él solía decir el padre Calamar: “La
pérdida para el escuadrón de explosivos ha sido ganancia para el escuadrón de Dios”.
Quasimán no podía hacer nada más que recordar esos hechos escuetos, porque los átomos de su
cerebro, como los del resto de su cuerpo, variaban sus fases de manera constante y aleatoria,
ingresaban y salían de la realidad, se elevaban a reinos extradimensionales y de un tirón regresaban a
los habituales. El efecto de esa condición era doble: hacía de él algo más que un genio y algo menos
que un idiota. Casi todos los días, para Quasimán era un triunfo mantenerse entero, en una sola pieza.
Aquella noche, ese modesto objetivo prometía ser más difícil de alcanzar. El aire se hallaba
cargado de sangre y trueno. Aquella noche Quasimán iría a la Orilla.
Al llegar a la puerta al final de las escaleras que llevaban a la azotea del pobre edificio donde
vivía, varias porciones de su cerebro se asomaron al futuro inmediato. Ya podía sentir el aire fresco
de la noche, veía relámpagos distantes, oía el crujido de la grava bajo sus suelas y distinguía la
forma de una vagabunda, una joker, dormida al lado de un ducto de aire caliente, con sus posesiones
embolsadas y metidas en un carrito de mercado que había subido por la escalera de incendios.
Las intersecciones entre presente y futuro se hicieron más fuertes y vívidas en el instante en que
asió la manija de la puerta, y crecieron en intensidad cuando la hizo girar. A esas alturas, Quasimán
ya se había acostumbrado a esa clase de precognición, pues para él los niveles diferentes del tiempo
chocaban de continuo entre sí, como címbalos discordes. Tiempo atrás había aceptado la única
conclusión posible para existir en semejante universo mental: la realidad no era sino un montón de
fragmentos de un sueño que se había hecho añicos antes del amanecer del ser.
Futuro y presente se fundieron en la misma substancia en cuanto cruzó la puerta. Ahí estaban los
relámpagos, la grava bajo los pies y la mendiga dormida, como él ya lo sabía. Lo que no había
percibido era el ruido de los goznes oxidados de la puerta, que chirriaron como una sierra que
cortaba el zumbido estable del tránsito de automóviles en la calle. La vieja despertó de su intranquilo
sueño. Tenía la piel color café llena de escamas, y su rostro era el de una rata sin pelo. Apartó los
labios y dejó ver unos afilados colmillos blancos.
—¿Se puede saber quién demonios eres tú? –inquirió, en un tono de coraje fingido.
Hizo caso omiso de ella. Con la gracia eficiente de un bailarín que ejecuta de manera permanente
una coreografía cómica, de humorismo mórbido, desplazó su cuerpo jorobado con la cadera
izquierda tiesa hacia el borde del edificio.
Sin el menor titubeo, dio un paso más allá del borde.
La vieja, creyendo que se suicidaba, pegó un grito. Quasimán no le hizo caso.
Estaba demasiado ocupado en lo que siempre hacía después de dar un paso al vacío desde un
edificio: dirigir su voluntad a donde deseaba estar. El tiempo y el espacio se plegaron en torno suyo.
Al siguiente momento su intelecto, que se desvanecía rápidamente, luchó con todas sus fuerzas por
aferrarse a la imagen de su propio yo. Durante un largo nanosegundo estuvo a punto de perderse en el
fluir del cosmos. Pero lograba sostenerse, y pasado ese trance se encontró en un callejón de la Orilla.
Se acercaba un segundo más al trueno, daba un paso hacia la sangre, entraba a un nuevo suceso que lo
aproximaría a la oscuridad final.

III

Aquella noche era la gran oportunidad para vito. El Hombre jamás le habría dado instrucciones para
hacer esa excursión a la Orilla si él no hubiese indicado su capacidad de lidiar con la
responsabilidad. Por supuesto, eso mismo significaba que Vito era un poquitín sacrificable, pero eso
no le importaba, era algo que venía junto con el territorio. Para poder ascender en la Familia Calvino
era necesario correr riesgos.
A últimas fechas se habían abierto oportunidades en la jerarquía de la Familia. Vito, un joven
ambicioso, esperaba sobrevivir lo necesario para subir algunos escaños, los suficientes para poder
delegar en otros los riesgos más obvios.
Por desgracia, la tregua era probable, si había algo de verdad en las palabras oídas entre la
charla de los muchachos mientras se ocupaba de encerar la limusina del Hombre. Estaba claro que el
Hombre pretendía conducir algunos asuntos de la mayor importancia con uno de los asquerosos
jokers de alto nivel que manejaban los hilos de todos los atentados que estaban diezmando a las
Cinco Familias en los últimos tiempos.
Un joker llamado Wyrm, sí, así se llama, pensó Vito, mientras caminaba, tenso, por una acera en
medio de la Orilla, y se mezclaba en una inundación de turistas y jokers y tal vez unos cuantos ases.
Escudriñó la calle, en busca de posibles dificultades. Ése no era su trabajo –que en realidad
consistía en entrar al vestíbulo del hotel de mala muerte y recoger la llave del cuarto en donde el
Hombre y el joker se habían citado–, pero no pudo evitar la esperanza de quizás observar algo de
importancia en el área de seguridad, para que tal vez el Hombre y sus muchachos lo considerasen un
poco menos sacrificable.
No obstante, al pisar el vestíbulo Vito se sentía como un oso ciego que entrara a un campamento
lleno de cazadores. Tratando de mantener una postura erecta y la mandíbula firme, como veía hacer a
los muchachos cuando intimidaban a algún pícaro, se acercó al mostrador de recepción y le dio un
golpe con la palma de la mano, a la espera de dar la impresión de autoridad.
—Estoy aquí de parte de uno de sus, ah, clientes más importantes –declaró, pero por desgracia
se le quebró la voz.
El encargado, un hombre viejo y sucio de pelo blanco con un ojo tapado por un parche,
probablemente un joker queriendo pasar por persona normal, apenas alzó los ojos de la revista
pornográfica que leía. En la contraportada, esa publicación ostentaba un artículo sobre el joker como
fetiche sexual, ilustrado con una foto borrosa de un fortachón sobre las ancas de una criatura con ojos
bellos y lujuriosos, pero que por lo demás tenía el aspecto de un gigantesco helado de vainilla con
brazos y piernas raquíticos y diminutos pies y manos. El hombre, sin hacer caso de nada, le dio
vuelta a la hoja.
Vito carraspeó.
El encargado carraspeó también. Después de una larga pausa, se dignó a alzar la mirada y
explicó:
—Aquí tenemos muchos clientes importantes, jovencito. ¿A cuál de ellos representas?
—Al que tantos favores le debes.
Las palabras apenas habían salido de los labios de Vito cuando el viejo pegó un brinco, agarró
una llave de los casilleros y se la presentó a Vito.
—Todo está listo, señor –dijo–. Espero que nuestras instalaciones sean de su agrado.
—No es mi opinión la que cuenta –Vito tomó la llave que le ofrecía el otro–. Ten cuidado, o se te
van a pegar las páginas.
Se dio vuelta hacia la salida. Por un momento se preguntó si debería verificar el cuarto, pero se
acordó de que sus instrucciones eran sucintas y concretas: Vas al vestíbulo, recoges la llave y nos la
traes. Sus observaciones le habían enseñado a Vito, que había presenciado cómo otros aprendían por
el camino duro, que a los muchachos no les agradaban los tipos con iniciativa.
Volvió al aire fresco exterior y bajó la cabeza como si anduviera contra un viento fuerte, aunque
apenas soplaba, y en esa postura su pelo negro y grasiento le tapaba los ojos. Sus expectativas de que
esa noche las cosas le favorecerían, sobre la base de lo que había sucedido hasta ese punto,
perdieron toda su confianza al percibir por todas partes la presencia en ambos lados de la calle de
hombres que le eran conocidos. Algunos de pie, otros sentados en las mesas de comida chatarra,
otros más metidos en automóviles estacionados. Las únicas ocasiones en que tantos miembros de
familias con sus esbirros se juntaban solían ser los funerales. La única diferencia era que, en lugar de
llamar la atención con su vestuario de luto, intentaban pasar desapercibidos. Vito no reconoció a
algunos personajes a quienes los muchachos acompañaban, pero la confianza comunicada por sus
actitudes emanaba un aire de crueldad retenida, que producía inseguridad aun en los más curtidos.
Con cien preguntas en la mente, Vito aceleró el paso hacia la esquina en donde Ralphy lo
esperaba. Ralphy era uno de los ayudantes de mayor confianza del Hombre. Se rumoraba que su
talento de gatillero era insuperable, y que en una ocasión le había pegado un tiro a un candidato a la
alcaldía a doscientos metros de distancia, y a continuación se había perdido en la multitud, frente a
las cámaras de los noticieros. Vito no dudaba que eso fuera posible. A sus ojos, Ralphy era una
fuerza, más que una persona. Así que al pararse Vito a la distancia respetuosa de unos metros de
Ralphy, miró los ojos fríos color marrón sobre mejillas picadas de viruelas y supo que veía a un
hombre capaz de matarlo con la misma indiferencia con la que se pisa un bicho. Vito exhibió la llave.
—¡Aquí la tengo!
—Muy bien –dijo Ralphy con su voz pedregosa, sin hacer ningún ademán de tomar la llave–.
¿Examinaste la habitación?
—No. No me ordenaron que lo hiciera.
—Así es. Ve ahora mismo y examínala.
—¿Qué está pasando? –barbotó Vito–. Me dijeron que era una reunión de paz.
—Tú no has oído nada. Sólo tomamos precauciones y te hemos nombrado voluntario.
—¿Qué debo buscar?
—Lo sabrás cuando lo encuentres. De prisa, muévete.
Vito se movió. No sabía si estar eufórico o preocupado por que se le hubiera confiado esta parte
de las operaciones. Su línea de pensamiento se vio interrumpida al chocar contra un joker jorobado
con una cadera tiesa, que surgió de un callejón.
—¡Eh, ten cuidado! –ladró, y le dio un empujón al joker.
El joker se detuvo, asustado, y miró a Vito asintiendo y babeando. Un destello momentáneo
apareció en sus ojos, y el joker se puso a abrir y cerrar el puño. Durante ese momento el joker se
enderezó, y Vito tuvo la más clara imagen de que podría romper granito con ese enorme puño.
Enseguida, el joker se desinfló, volvió a babear un poco y se volvió a meter al callejón donde
chocó con un bote de basura. Sin hacer caso de Vito, se puso a buscar en la basura, de donde extrajo
un pollo seco a medio comer, le dio un gran bocado con sus dientes blancos y rectos y masticó
furiosamente.
Asqueado, Vito giró sobre sus talones y se apresuró a volver al hotel. Sólo después de entrar por
las puertas giratorias al vestíbulo pensó Vito que las ropas del joker –una camisa de leñador y unos
blue jeans– estaban muy limpias y atildadas. No recordaba nunca haber visto mendigos que
rebuscaban comida en la basura con parches recién cosidos en las rodillas.
Vito encogió los hombros y apartó la imagen de ese hombre. Pasó frente al mostrador, donde el
encargado seguía con la nariz hundida en la revista, y pensando que podría verse atrapado en el
ascensor junto a alguien desagradable, un encuentro que podría reducir a cero su probabilidad de
sobrevivir la reunión de la paz, prefirió subir los seis tramos de escaleras hasta el tercer piso. El
pasillo estaba en penumbra, y las débiles luces fluorescentes iluminaban a la par que confundían la
vista, y apenas se reflejaba su luz en las paredes sucias color canela, que creaba un resplandor
desagradable.
Encontró el cuarto. Miró a ambos lados del pasillo. No había nadie ahí. Podían escucharse los
sonidos apagados de algunos televisores dentro de otras habitaciones, y lo que parecía ser las
cañerías de una habitación al otro lado del pasillo. Todo esto, en la opinión de Vito, era congruente
con las actividades de un hotel, pero de cualquier modo se sentía incómodo por dentro, con esos
pinchazos que siempre acompañan la sensación de estar siendo vigilado. Temblándole los dedos
insertó la llave en la cerradura y abrió la puerta.
Y se encontró cara a cara con un hombre feo como el demonio. Le faltaba casi toda la mandíbula;
tenía dos agujeros en lugar de nariz y una lengua bifurcada que entraba y salía de la boca. La sonrisa
que se formó en el rostro del joker mientras miraba a Vito con ojos amarillos de depredador era de
la más pura maldad. Vito estaba habituado a versiones del mal más banales o convencionales. El
joker disfrutaba al percibir que había asustado a Vito hasta la médula.
—Veo que losss Calvino han puesssto a trabajar a losss niñosss –ironizó el joker–. Di a tu jefe
que puede entrar. Estoy sssolo.

IV

—Quizá deberías quitarte los calcetines la próxima vez –sugirió en tono travieso Belinda May
cuando el joven predicador volvió a cerrar la puerta.
Se le contrajo la cara al percibir el reto juguetón de sus palabras y probó la manija para
asegurarse de que el cerrojo estaba echado. Con una risita, Belinda May le pasó un brazo.
—Un poco de alegría, reverendo, te tomas demasiado en serio.
Apretó el abrazo, y el corazón del joven predicador latió con violencia, mientras se esforzaba por
sonreír.
—Nada más acuérdate de lo que dice Norman Mailer –le susurró, seductora, al oído–. A veces el
deseo no basta. Eso no te hace ser menos hombre.
—No he leído a Mailer –repuso él mientras iban hacia el ascensor.
—¿Te parecen demasiado cochinos sus libros?
—Eso es lo que dicen.
—No hace más que escribir sobre la vida. La vida es lo que nos pasa ahora mismo.
—La Biblia me dice todo lo que es necesario saber sobre la vida.
—¡Pura mierda!
El joven predicador, escandalizado por su blasfemia, abrió la boca para replicar, pero antes de
que pudiese pronunciar una palabra, ella volvió a hablar:
—Es un poco tarde para hacerte el inocente, Leo.
El joven predicador reprimió su ira. No tenía la costumbre de enfadarse más que frente a sus
congregaciones, ni tampoco de que le respondieran. Pero por encima de todo lo demás, no podía
habituarse a la compañía de una hembra que no creía que fuesen incuestionables las posiciones de él
en términos de los dilemas morales del amor, la vida y la búsqueda de felicidad. Sin embargo, en la
circunstancia del momento se veía obligado a admitir, aunque no frente a Belinda May, que él estaba
equivocado, pues claro que había leído las obras de Norman Mailer, en particular La canción del
verdugo, su estudio exhaustivo de un tormentoso joven as, ejecutado por convertir en pilares de sal a
nueve personas inocentes. El joven predicador aún conservaba un ejemplar del libro, escondido en
un cajón de gabinete en el estudio de su casa en el suroeste de Virginia, un lugar donde no era
probable que nadie más lo viese. En ese mismo cajón, entre varios más, ocultaba muchos otros libros
de dudoso contenido moral, a salvo de la curiosidad de sus más cercanos colaboradores, así como
otros predicadores escondían los contenidos de sus gabinetes de bebidas alcohólicas.
No podía hacer nada sino dejar que Belinda May se aprovechara de él por el momento. A él le
atraía sobre todo el proyecto de aprovechar su cuerpo más adelante. Además, no le interesaba tanto
la mente de ella.
Ella lo volvió a apretar mientras esperaban la llegada del ascensor. La emoción que sintió fue del
doble de fuerza, pues le apretaba una nalga.
—Tienes un culito hermoso para ser candidato presidencial –lo elogió–. Casi todos los
aspirantes parecen perros rastreadores.
Los ojos de él se movían de un lado a otro, en señal de sospecha.
—No te preocupes –le dijo ella y le dio un pellizco–. Aquí no hay nadie.
Al abrirse las puertas del ascensor se encararon con cuatro hombres que tenían rostros impasibles
y ojos de acero. El joven predicador sintió que se le aflojaban las rodillas, y el apretón que le volvió
a dar Belinda May era también un signo primario y directo de miedo y necesidad de ser protegida.
La atención del joven predicador se fijó en los dos hombres situados al centro. Uno era bajito y
gordo, de cara roja con labios gruesos. Sobre la cabeza, varias mechas de pelo blanco trataban sin
éxito de cubrir el cráneo calvo que relucía bajo la lámpara fluorescente. Tenía los ojos grandes y
saltones, como si se le pudieran desprender de la cara con un golpe en la espalda. Los dedos de sus
manos eran gordos y carnosos. A pesar de llevar un traje negro bien cortado, con clavel rojo en la
solapa, camisa blanca y un chaleco gris, su gusto al vestir quedaba en entredicho gracias a una
corbata de un rojo casi fluorescente. Ese hombre fumaba con toda tranquilidad un enorme habano. El
tabaco estaba oscurecido en un extremo por su saliva, lo cual le daba el aspecto de un pedazo de
excremento seco.
El hombre sopló una nube de humo a la cara del joven predicador. Un acto deliberado de
desconsideración, y el joven predicador detuvo su impulso de reaccionar debido a la fría mirada
proveniente de los ojos cafés del hombre alto, picado de viruelas, que estaba parado junto al gordo.
Ese otro tipo tenía labios finos y pálidos, con aspecto de cicatrices. El pelo castaño lo llevaba tan
pegado al cráneo que el joven predicador imaginó que acaso se ponía una media en la cabeza para
dormir. Llevaba una gabardina color beige que mostraba con claridad un bulto en el bolsillo derecho.
Dos hombres corpulentos los franqueaban, con las alas de los sombreros inclinadas, de modo que sus
caras quedaban ocultas por la sombra. Uno tenía los brazos cruzados, mientras que el otro, como el
joven predicador terminó al fin por comprender, agitaba un brazo para indicar a la pareja que les
abriera paso.
La pareja obedeció. Los cuatro hombres abandonaron el ascensor y se fueron por el pasillo sin
mirar atrás. El joven predicador no pudo evitar detenerse para observarlos, aunque Belinda May
quería meterse a la cabina.
—¡Leo! ¡Ven! –susurró, mientras sostenía con el cuerpo las puertas automáticas del ascensor.
El joven predicador se apresuró a entrar.
—¿Quiénes eran?
—¡Ahora no! –le conminó Belinda, y sólo cuando el ascensor iba en camino volvió a hablar–.
Ése es la cabeza de la Familia Calvino. ¡Una vez lo vi en las noticias!
—¿Qué es la Familia Calvino?
—La Mafia.
—Ah, ya veo. Allá de donde vengo no tenemos nada de Mafia.
—La Mafia está en donde quiere estar. En la ciudad hay cinco Familias, aunque por ahora sólo
hay tres cabezas. En los últimos tiempos los asesinatos entre pandillas se han multiplicado.
—Pero si ese tipo es tan poderoso, ¿qué hace aquí?
—Te apuesto a que ha venido por negocios. Calvino Número Uno sin duda mandará incinerar sus
zapatos tan pronto salga de aquí.
Las puertas del ascensor se abrieron al vestíbulo. Sin importarle en absoluto que hubiera varias
personas esperando subir, incluyendo a un joker con cara de rinoceronte, Belinda May se le enganchó
del brazo mientras le preguntaba:
—¿No trajiste por casualidad una caja de profilácticos?
Sintió que la cara se le ponía de un rojo subido. Pero si alguna de estas personas lo reconocía, no
dio el menor signo de ello. Al menos no oyó pronunciar su nombre, ni el chasquido de una cámara.
Al salir por las puertas giratorias, se dio cuenta de que su alivio por no haber sido reconocido era
ilusorio. Si algún periodista de los que escarban en el lodo lo anduviera siguiendo, el joven
predicador no lo sabría hasta que viera las noticias de la tarde o lo leyera en las primeras planas de
los periódicos sensacionalistas que se vendían en los supermercados.
—Belinda, ¿por qué dijiste eso? –demandó.
—¿Qué? ¿Sobre los profilácticos? –preguntó con toda la inocencia del mundo, al tiempo que
sacaba de su bolsa un cigarro y un encendedor–. Sólo te hice una pregunta de lo más razonable. Creo
que es importante que las personas que realizan actividades sexuales estén protegidas por prácticas
seguras, ¿no crees?
—Sí, pero ¿enfrente de todos?
Ella se detuvo al borde de la acera, le dio la espalda un momento, cubrió con la mano el cigarro
que tenía en la boca y lo encendió. Cuando se volvió hacia él, exhalando humo, habló.
—¿Y qué les importa? Además –añadió, con una sonrisa traviesa–, pienso que deberías celebrar
mi optimismo inherente.
El joven predicador se cubrió el rostro con una mano y cerró en un puño la otra. Sentía que los
ojos de todos los individuos que estaban en la calle se ponían sobre él, aunque cualquier observador
casual de la situación lo juzgaría presa de un acceso de paranoia.
—¿Dónde quieres que comamos? –preguntó él.
Belinda May le dio un piquete juguetón en las costillas.
—¡Ánimo, reverendo! Sólo estoy bromeando. Te preocupas demasiado. Si sigues preocupándote
tenemos para varias semanas en ese cuarto. No estoy segura de que mi plástico tenga crédito
suficiente.
—Oh, no te preocupes por eso. Yo dispondré que la Iglesia te reembolse. Entonces, ¿dónde
quieres comer?
—Ese lugar luce bien –apuntó con el dedo al otro lado de la calle–. “Sushi Kosher de Rudy.”
—No se diga más.
La tomó del codo y la condujo a la esquina para cruzar. Miró a ambos lados cuando las luces se
pusieron verdes, no sólo para verificar que todos los automóviles se detenían –algo que los
habitantes de una gran ciudad no daban nunca por sentado–, sino para comprobar que no necesitaba
preocuparse por ninguna presencia particular. El equipo de las noticias acosaba a una mujer joven al
final de la cuadra siguiente, pero no había nadie más. Sintió una seguridad razonable de que para
cuando volvieran los reporteros ya estarían sentados dentro de la protección del restaurante.
Antes de bajar de la acera, alguien que llegó desde su lado ciego le propinó un empellón. En una
noche común y corriente el joven predicador habría vuelto la otra mejilla, pero su frustración no era
común y corriente. Soltó un grito:
—¡Eh! ¡Tú! ¡Mira por dónde andas!
Enseguida, para su horror, se dio cuenta de que estas durísimas palabras se las había lanzado a un
joker.
Se trataba de un joker que mostraba síntomas obvios de retraso mental, con una joroba y ojos
apagados. Tenía el pelo rojo y rizado, y vestía una camisa de leñador y pantalones de mezclilla, todo
recién planchado.
—Perdón –dijo el joker y se metió la punta del dedo en la nariz, aunque enseguida cambió de
parecer y se limitó a limpiarse los morros con el dorso de la mano.
No se sabe por qué motivo el joven predicador sospechó que el gesto era afectado, y se sintió
más seguro de que tal era el caso cuando el joker se inclinó, todo tieso, y dijo:
—Supongo que las preocupaciones de mi propio mundo me distrajeron un poco. Usted me
perdona, ¿verdad?
A continuación el joker se apartó del borde de la acera como si cambiara de opinión sobre el
rumbo de sus pasos. Un hilillo de baba colgaba de los labios, casi como una palabra no dicha.
Abriendo mucho los ojos, el joven predicador, confuso, dio varios pasos tras el hombre. Belinda
May lo detuvo:
—Leo, ¿adónde piensas que vamos?
—Tras él, por supuesto.
—¿Por qué?
El joven predicador se quedó pensando un momento, sintiendo una gran incomodidad.
—Pensé hablarle sobre las misiones. Ver si no se le podría ayudar un poco. Parece necesitarlo.
—Buenos sentimientos, pero no puedes. Andas de incógnito, ¿o no te acuerdas?
—Es cierto. Está bien.
De cualquier modo, el jorobado se había perdido de vista. La lastimosa criatura se mezclaba con
la multitud.
—Vamos, hay que atender a la panza –volvió a insistir ella y lo tomó por el codo. Se abrieron
camino a través de un montón de automóviles embotellados en la intersección.
El joven predicador seguía mirando hacia atrás; trataba de ver al jorobado, cuando se vio
detenido de pronto. Al dar vuelta a la cabeza, se encontró con un micrófono a pocos centímetros de la
cara. El equipo del noticiero de televisión le cerraba el camino.
—Reverendo Leo Barnett –dijo el reportero, un hombre pulcro con pelo negro rizado, que
llevaba gafas y un traje azul de tres piezas–, ¿qué está usted haciendo aquí en la Orilla? ¡Son bien
conocidas sus opiniones sobre los derechos de los jokers!
El joven predicador vio de nuevo su vida pasar ante sus ojos. Formó una sonrisa bastante floja.
—Ah, la señorita y yo estamos paseando y nos dirigimos a comer.
—¿No tiene ningún anuncio para nuestras páginas de sociedad? –preguntó maliciosamente el
reportero.
Las comisuras de la boca del joven predicador se dieron vuelta.
—Mi política consiste en jamás responder preguntas de carácter personal. La joven dama que me
acompaña esta noche trabaja en una misión que mi iglesia ha abierto en Jokertown, y me ha sugerido
que probemos algo de la buena cocina que ofrece la Orilla.
—Algunos comentaristas se extrañarán de que alguien que se ha pronunciado desde el púlpito con
tanta estridencia en contra de los derechos de los jokers se preocupe por sus problemas de cada día.
Parece incluso peculiar. ¿Por qué exactamente abrió usted esta misión?
El joven predicador decidió que le desagradaba la actitud del reportero.
—Tenía que cumplir una promesa, por eso lo hice –declaró en tono cortante, tratando de implicar
que era el fin de la entrevista. Eso era precisamente lo opuesto de su objetivo.
—¿Y de qué promesa se trata? ¿A quién se la hizo usted? ¿A su congregación?
El reportero mordía el anzuelo. De pronto, el problema del predicador era contener la risa. La
información que tenía en mente no se había hecho pública aún. Su instinto le dictaba que las
circunstancias eran favorables para soltarla.
—Bueno, si usted insiste…
—Se han hecho muchas especulaciones sobre el tema, señor, creo que el público tiene el derecho
a saber.
—Sea. Una vez conocí a un joven. Lo había infectado ya el virus de wild card, y en consecuencia
estaba sometido a grandes dificultades. Pidió una entrevista conmigo, y yo acudí a él. Rezamos
juntos, y me dijo que aunque yo no podía hacer nada ya por él, quería que yo le prometiera ayudar a
todos los jokers que me fuese posible, para que no cayeran en problemas como los que él padeció.
Me sentí conmovido e hice la promesa. Unas horas después fue ejecutado por electrocución. Yo miré
cómo la corriente de veinte mil voltios pasaba por su cuerpo y lo dejaba más frito que una tira de
tocino, y supe que tendría que cumplir mi promesa, sin importar lo que nadie pensara al respecto.
—¿Ejecutado? –repitió estúpidamente el reportero.
—Así es. Fue un caso de asesinato en primer grado. Convirtió a varias personas en pilares de sal.
—¿Usted le prometió eso a Gary Gilmore? –preguntó incrédulo el reportero, con la cara color
ceniza.
—Absolutamente, aunque quizá no era un joker, quizás alguien lo podría llamar as, o un individuo
dotado de algunos de los poderes de un as. No sé, en realidad. Apenas estoy empezando a saber
sobre algunas de estas cuestiones.
—Ya lo veo. El hecho de abrir la misión de Jokertown ¿significa que ha modificado usted su
posición con respecto a los derechos de los jokers?
—De ninguna manera. El hombre común debe ser protegido ante todo, pero siempre he insistido
en que tenemos la obligación de tratar compasivamente a las víctimas del virus.
—Ya veo.
El rostro del reportero seguía descompuesto, mientras que el sonidista y el operador de la
Minicam se sonreían uno al otro. Les parecía evidente tanto a ellos como al joven predicador que el
reportero carecía del ingenio y la agilidad mental para hacer la siguiente pregunta lógica.
Sin embargo, el joven predicador tuvo un impulso de misericordia –además de confiar en que ya
había obtenido su nota de sesenta segundos en el noticiero–, y decidió darle una oportunidad al
reportero. Dentro de ciertos límites, por supuesto.
—Mi acompañante y yo tenemos que ir a comer, pero tenemos tiempo para una pregunta más.
—Claro, hay algo más que a nuestros televidentes les gustaría saber. Usted no mantiene en
secreto su ambición de llegar a la presidencia.
—Eso es cierto, pero por el momento no tengo nada que agregar al respecto.
—Sólo una pregunta, señor. Usted acaba de cumplir los treinta y cinco, que es la edad mínima
que la ley dicta para ser presidente. Algunos de sus adversarios potenciales han declarado que a los
treinta y cinco años no se puede tener la suficiente experiencia de la vida que requiere ese puesto.
¿Qué responde usted a esas declaraciones?
—Jesús tenía sólo treinta y tres años cuando cambió el mundo para siempre. Está claro que un
hombre que ha logrado llegar a la avanzada edad de treinta y cinco podrá tener efectos positivos.
Ahora, si ustedes me disculpan…
Tomó a Belinda por el brazo, pasó rozando al reportero y sus asistentes y la llevó al restaurante.
—Lo siento mucho, Leo, no sabía.
—Todo bien, creo que los pude manejar bien y, además, hace tiempo que deseaba contar esa
historia.
—¿Conociste en realidad a Gary Gilmore?
—Es algo que se ha guardado en secreto. No se había presentado ningún motivo para darle
publicidad, pero ahora eso puede ayudar a la misión en el terreno de las relaciones públicas.
—Entonces, ¿conociste a Mailer? Él ha declarado que no pudo confirmar las identidades de todas
las personas que vieron a Gilmore cerca del final.
—Por favor, tenemos que guardar algunos secretos entre nosotros. De lo contrario, ¿qué
descubriremos mañana uno del otro?
—¿Una mesa para dos personas? –inquirió el maître, un hombre en smoking, con cara de pez, que
llevaba una escafandra de agua para poder respirar. Sus palabras en el altavoz de su escafandra
gorgoteaban de modo siniestro.
—Sí, en la parte de atrás, por favor –solicitó el joven predicador.
Cuando se encontraron solos en su apartado, Belinda May encendió un cigarro más y conjeturó:
—Si esos reporteros se enteraran sobre nosotros, ¿serviría de algo decirles que solamente
usaremos la posición del misionero?

Quasimán no le temía a la muerte, pero la muerte no le temía tampoco a él. Quasimán vivía con un
pedacito de muerte en el alma cada día, un trocito de terror y belleza, de sangre y trueno. Fragmentos
de su futuro fallecimiento siempre estaban chocando con imágenes fugaces de su pasado anterior al
virus, que le recorrían el cerebro.
¡Cuán distantes eran esos fragmentos! Quasimán tuvo la clara sensación de que el futuro podría
estar más cerca de lo que él esperaba.
Se arrastró a un puesto de periódicos y se quedó de pie frente a la hilera de revistas porno. Pensó
que algo le era muy familiar en el rostro del hombre con quien se había tropezado, pero lo eludía al
girar partes de su cerebro hacia otras dimensiones. Quasimán habría dado todo por hacer que una
cantidad suficiente de su cerebro se reorganizara en un solo plano para poder recordar, pero por el
momento lo más importante era que su memoria le indicara a qué había ido en primer lugar a la
Orilla.
De pronto, se le enfrió mucho una de las manos. La miró, y se había ido a algún otro universo,
pues su muñeca terminaba en un muñón, como si la mano se hubiese hecho transparente. Sabía que
tenía mano todavía, porque de lo contrario habría sentido mucho dolor, como sucedió en alguna
ocasión, cuando una criatura multidimensional se había comido uno de los dedos del pie que andaba
viajando. El frío extremo le entumía todo el brazo hasta el hombro, pero nada podía hacer al respecto
sino esperar y sufrir hasta que la mano volviera. No tardaría mucho. Eso era lo más probable.
Aun así, no pudo evitar el pensamiento de que Cristo había visitado una sinagoga y curado a un
hombre que tenía la mano seca.
En su corazón, algo parecido a la fe le decía que el padre Calamar lo había enviado a la Orilla
para cumplir una misión. Que la idea de la misión se originara en la mente febril del padre Calamar
era dudoso. Muchas personas provenientes de diversos senderos de la vida pedían ayuda a la Iglesia
de Nuestra Señora de la Perpetua Miseria, y el padre Calamar siempre se alegraba de proveerla,
cuando veía que todo iba hacia un buen fin.
Quasimán arrastraba los pies de un lado a otro de la calle y observaba la escena. Algunos de los
hombres sentados en las mesas sobre las aceras le parecían sospechosos. Las ropas arrugadas de
aquel que estaba absorto en una revista sobre inversiones en el puesto de periódicos, pensándolo
bien, indicaban que no era el tipo de gente que lee artículos para inversionistas. Por último, una
cantidad desusada de hombres atentos, con expresiones agrias, estaban sentados dentro de
automóviles, observando y esperando. En el cerebro de Quasimán se manifestaron algunos trocitos
de muerte, una muerte que apuntaba, gracias a Dios, a los malencarados.
Por un instante, Quasimán vio las calles cubiertas de sangre. Pero al inspeccionar más
atentamente el ambiente se dio cuenta de que se trataba de una ilusión de óptica, creada por las luces
rojas de neón reflejadas en el agua que se juntaba en charcos poco profundos.
Esa revelación, sin embargo, no bastaba para explicar el olor a sangre y miedo que permeaba el
aire, como un recuerdo de lo que aún no había sucedido.
Mientras partes importantes del grupo de músculos del muslo derecho se desplazaban hacia otra
dimensión donde el aire tenía cierta calidad aceda, Quasimán avanzó torpemente hacia una esquina.
Allí, haciéndose pasar por un mendigo, esperaría a que la sangre y el miedo se volvieran reales.
En sus oídos resonaba la memoria del trueno.

VI

—La guerra es mala para los negocios –dijo filosóficamente el Hombre.


Se encontraba sentado, con las piernas cruzadas, en una silla situada en un rincón del cuarto, al
lado de una mesa y de la otra silla. Sin poner atención, hacía girar en los dedos su puro a medio
fumar.
—Essspecialmente mala para los perdedoresss –dijo Wyrm con una sonrisa desde la otra silla.
Vito, que estaba al lado de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho, sintió que algo se
helaba dentro de su persona. Había supuesto, como seguramente lo habían supuesto también el
Hombre y los muchachos, que este joker no era sino un contacto de negocios con intereses fuera de la
ley, como ellos. Pero Vito no podía dejar de sentir que este Wyrm tenía agenda propia.
Si el jefe del clan Calvino se hallaba tan perturbado como Vito, no daba ningún signo de ello. Su
actitud connotaba fuerza, la posición segura de alguien que movía los hilos para mover a los otros
cuatro hombres de la habitación. De ellos, Mike y Frank tenían como recurso la fuerza, y Vito no les
temía en particular, aunque jamás querría estar en conflicto con ninguno de los dos. En cambio, era
prudente tenerle algo de miedo a Ralphy todo el tiempo, aun cuando estaba de buen humor.
A pesar de todo, Vito notaba que el Hombre actuaba con deferencia ante este joker incapaz de
mantener la lengua bífida metida en la boca. Hasta ese momento, cada vez que Wyrm alzaba la voz,
el Hombre se esforzaba por calmar sus emociones. Cuando Wyrm hacía demandas, el Hombre decía
que se pondría a ver qué podían hacer él y los muchachos para atenderlas de manera equilibrada. Y
cada vez que Wyrm retaba al Hombre a cruzar una raya, el Hombre declinaba con la mayor cortesía.
Vito tuvo que admitir que abrigaba preocupaciones por el futuro de las Cinco Familias, si para
sobrevivir iban a tener que agacharse ante los jokers.
—Ademásss, el hombre muere un poco cada día –añadió Wyrm con una sonrisa de astucia–.
¿Acaso hay demasssiada diferencia si muere por completo de una vez?
El Hombre se rio. La sonrisa era condescendiente. Si Wyrm se dio cuenta del insulto que
implicaba, no dio indicación alguna.
—Hubo un tiempo en que yo pensaba igual –declaró el Hombre–. Me deleitaba en los periodos
de violencia, y me daba placer ver caer a mis enemigos. Pero todo eso fue antes de casarme y tener
mi propia familia. A partir de ahí comencé a buscar una manera más ordenada de dirimir diferencias.
Por eso nos hemos encontrado ahora, para dirimir nuestras diferencias como hombres civilizados.
—No soy en particular muy humano.
El Hombre se sonrojó, asintiendo.
—Suplico que me disculpe. No quise ofender.
Vito miró a Ralphy, que se recargaba en la pared a un lado de un escritorio. La mejilla se le
contraía en un tic, un signo de que Ralphy se estaba poniendo nervioso. También los dedos de su
mano derecha se abrían y cerraban. Ralphy y el Hombre se intercambiaron miradas, y cuando el
Hombre volvió a encararse con Wyrm, Ralphy lanzó una mirada significativa a Mike y Frank, que
estaban sentados en la cama observando lo que sucedía con la mayor atención. Mike y Frank
movieron la cabeza afirmativamente.
Vito no estaba seguro del significado exacto de esas miradas, pero no pensaba preguntar.
—Se han efectuado grandes matanzas, y ha corrido demasiada sangre –afirmó el Hombre–. Y
todo ¿para qué? Es una ciudad grande. Es la puerta del resto del país. Sin duda el territorio es
suficiente para todos.
—Usted no entiende. Mis sssocios tienen objetivos más elevados que forrarse los bolsillosss.
—A eso me refiero –replicó el Hombre–, aunque no quisiera ser malinterpretado: la avaricia es
algo noble y bueno. Hace girar al mundo. Pone los mercados al alza.
—Al alza o a la baja, esss lo mismo para el dueño del edificio donde essstá el mercado. Mis
sssocios y yo exigimos tener una porción justa de cada una de las operaciones que ssse efectúan en el
mercado. Lo que ustedes hagan con sus negociosss es asunto suyo, pero tendrán que hacerlo después
de negociar con nosotrosss.
Ralphy se enderezó. Mike y Frank echaron mano a las armas que traían enfundadas bajo sus
sacos, pero la señal que el Hombre les hizo con un dedo los detuvo. El silencio llenó la habitación
como si fuera el olor de una pizza en un horno de microondas. Wyrm se pasó la lengua de dos puntas
sobre el rostro, como si ya estuviera saboreando las delicias del porvenir.
Vito estaba deliberando hacia dónde tirarse al suelo.
El Hombre se le quedó viendo a Wyrm unos segundos. Con expresión meditativa se frotó la
papada. Se puso el puro en la boca, sacó un encendedor del bolsillo y en unos cuantos segundos el
aire del cuarto se llenó del picante aroma del humo de tabaco cubano.
—Vito, tengo hambre.
Se buscó la cartera, que Ralphy tomó de su mano y pasó a Vito.
—Toma mis tarjetas de crédito –dijo el Hombre– y ve a ese bar de sushi al otro lado de la calle.
Ordena una selección generosa. ¡Para seis personas! ¿Quién sabe? Para cuando vuelvas a lo mejor
hemos concluido las negociaciones y nos encontrarás viendo un juego de hockey. ¿Verdad, señor
Wyrm?
Wyrm asintió siseando.
—Es increíble ver cómo el juego se pone más emocionante cada año –comentó el Hombre, y se
arrellanó en su sillón–. Esta noche el partido de los Rangers va estar bueno, ¿no cree usted, mister
Wyrm?
Wyrm se limitó a asentir con la cabeza.
Al echarse a andar por el pasillo hacia el ascensor, Vito se daba cuenta del alivio que significaba
no estar en compañía de Wyrm. Se imaginó que el Hombre tendría los mismos sentimientos que él, y
Vito sintió admiración por la manera en que el Hombre disimulaba su incomodidad. Wyrm parecía
no darse cuenta.
Desde luego, uno nunca sabía con seguridad lo que percibía un joker, o de qué escogía no hacer
el menor caso.

VII

—¿Qué quieren ustedes? –le preguntó el Hombre a Wyrm una vez que Vito había salido–. Somos
gente de negocios. ¿Qué podemos hacer, en medida razonable, para poder vivir juntos?
—Sssí, esssa es la cuestión –repuso Wyrm–. La organización a la que represento, como la que
usted representa, es muy grande. Poseemos influencia considerable. Esss natural que queramos
másss.
El Hombre dio varias fumadas a su puro.
—No se me escapa el tamaño de sus ambiciones –dijo, sarcástico.
—No esssperaba menos de usted –sentenció Wyrm, sonriendo–. Sssólo quiero acentuar que, al
igual que en su cassso, no puedo hacer promesas que involucran a otrosss.
—Eso no es así, yo sí puedo –aclaró el Hombre, al tiempo que indicaba a Ralphy no hacer
ninguna señal a Mike y Frank–. Y presumo que a usted también le han conferido esa capacidad, pues
de lo contrario no se habría tomado la molestia de conferenciar a solas con nosotros. No somos
ingenuos, mister Wyrm. Sin duda, tiene algo de flexibilidad para negociar, porque de no ser así, ¿qué
caso tiene que usted haya venido tan completamente solo a esta reunión?
—Usted está solo, ¿no es así? –dijo Ralphy, sin hacer el menor caso de las miradas iracundas que
el Hombre le lanzaba, al tiempo que iba a la ventana y apartaba la cortina para mirar las calles de
abajo.
—Asssí esss –replicó Wyrm.
De pronto, se oyeron los ruidos de dos hombres que discutían en el pasillo. El tono se puso
violento, y se oyó el sonido de un puño que golpeaba una mandíbula, seguido de un gruñido y un
impacto durísimo contra la pared, que hizo temblar el piso. Uno de los hombres gritó una maldición,
y entonces se impactó, con el doble de estruendo, contra la otra pared.
Ralphy se apartó de la ventana, e instruyó a Mike y Frank:
—Investiguen de qué se trata.
El ruido del altercado en el pasillo proseguía sin señas de abatirse.
Mike y Frank salieron del cuarto. Ralphy los siguió hasta la puerta para cerciorarse de que estaba
echado el cerrojo. Oyeron a Mike decir algo, y en seguida cesaron los ruidos del pasillo.
—No ha respondido aún a mi pregunta –dijo el Hombre.
—¿Qué pregunta? –Wyrm miró a Ralphy que volvía a ocupar su puesto junto a la ventana.
—¿Qué podemos hacer para poder vivir juntos?
—Oh, creo que puedo dar una ressspuesta razonable.
Llamaron a la puerta.
—¿De qué se trata? –gritó Ralphy.
—Será mejor que vengas –respondió Frank.
—Me parece bien –dijo el Hombre, respondiendo al comentario de Wyrm–. Los intereses de los
Calvino buscan ser razonables.
Wyrm hizo ruidos sibilantes, al meter y sacar la lengua.
Ralphy abrió la puerta y soltó un ladrido:
—¿De qué se trata, por Dios?
La respuesta fue un disparo. La bala abrió un agujero del tamaño de un dólar de plata en la
espalda de Ralphy, y salpicó el cuarto de sangre roja, brillante. Ralphy estaba ya muerto antes de
caer al suelo. Tuvo unos espasmos mirando el techo con ojos vacíos.
De pie, en el quicio, había dos tipos duros vestidos con gabardinas. Ocultaban sus rostros bajo
máscaras de plástico, que aun en medio de la sorpresa y el shock, el Hombre consideró que le eran
conocidas de un modo perturbador. Entre ellos estaba Frank, con una pistola apuntada a la cabeza.
Se oyó otro disparo. Una erupción de sangre y sesos salió de la sien de Frank y se estampó en la
puerta. Frank se desplomó en el suelo.
—¿Mike? –inquirió el Hombre en voz baja.
Habían pasado muchos años sin que el Hombre se viera obligado a presenciar actos de violencia
en persona. No porque tuviese miedo, ni porque la edad lo volviera más blando, sino por seguir los
consejos de sus abogados. Por eso sus reacciones fueron un poco más lentas de lo debido, y tardó un
instante en darse cuenta de que estaba cien por ciento solo.
Cuando por fin se irguió con la intención de llamar a sus hombres en la calle, Wyrm ya lo tenía
sujeto. El Hombre se resistió, pero Wyrm era demasiado fuerte. En sus garras, el Hombre se sentía
como una muñeca de trapo.
Lo último que vio el Hombre fue la boca abierta de Wyrm que se le acercaba a la cara. El
Hombre cerró los ojos, lleno de pánico, y no los abrió mientras lo besaba Wyrm. El Hombre trató de
gritar, pero la inconsciencia se apoderó de él al tiempo que Wyrm le arrancaba de un mordisco los
labios y los escupía al suelo.
VIII

—¿Y nuestra comida? –preguntó el joven predicador.


Su tono era de impaciencia, pero también de ejercicio retórico. Vio a la mesera que se les
aproximaba, con una colección de bandejas en brazos que abría demasiado.
Se detuvo primero en un apartado de cuatro personas, y sirvió dos platos de mariscos al vapor en
barquitos de algas, más otro de fideos escarchados con salsa de cacahuate y miso, y uno más de una
variedad de carnes y verduras, fritos al estilo tempura. Un gran tazón de arroz y nuevas bebidas se
añadieron rápidamente para toda la mesa.
La ventilación transportó el aroma de tempura a las narices del joven predicador, y la boca se le
llenó de saliva. En su alma roía el gusano de la envidia mientras echaba un vistazo a esos
afortunados cuya comida ya había llegado. Era un grupo de dos parejas. Tres de ellos, incluyendo un
hombre oriental, tenían aspecto bastante normal, pero no podía apartar los ojos de la víctima del
virus con piel escarlata, una bella mujer con ojos compuestos, como los de las mariposas, color rosa
tenue, y dos antenas rojo sangre que le nacían en la frente. Llevaba un vestido escotado que revelaba
sus formas, y que eran normales, y tal vez por eso más provocadoras. Dedujo que la capa plateada
que relucía colgada en un perchero junto a la mesa le pertenecía.
El área de cenar del bar de sushi tenía forma de L, con la puerta de acceso y la caja registradora
en el ángulo central. El joven predicador y Belinda May estaban en la fila de cabinas en el lugar más
discreto del corredor corto, que no se veía desde las ventanas a la calle a un costado del corredor
largo. El joven predicador distrajo su mirada de las bellezas del as mirando al maître con cabeza de
pez llevar a una mesa a una pareja que venía riéndose de chistes que se decían. La caja registradora
la atendía un joven sombrío, con pelo negro brillante que le daba un aire de delincuente juvenil o un
pandillero de una película de gánsteres.
—Leo, no dejas de mirar a esa chica –acusó Belinda May, con un destello travieso en los ojos.
—No es verdad. Estaba mirando al chico de la caja.
—Mmm. Tiene aspecto de principiante de gánster. Por alguna razón, esta noche todos están en la
calle. ¿Te diste cuenta?
—No noté nada.
—De cualquier modo: hace unos momentos no le quitabas los ojos de encima a esa mujer as.
—Bueno, sí. ¿Quién es?
—Se llama Pesticida. Se ha vuelto famosa, gracias a que escribe una columna de sociales para el
Grito, de Jokertown. A lo que voy es que si te dedicas esta noche a ver a una mujer, tiene que ser a
mí.
El joven predicador alzó su taza de café como si fuese a brindar.
—Trato hecho.
El gusano de la envidia se dio por derrotado cuando la mesera al fin les trajo la comida. En
pocos segundos, los restos de la conversación trivial se desvanecieron. El joven predicador se sirvió
un trozo de robalo hirame, tan atractivo con su color de marfil pulido, como un blanco resplandor. El
arroz frío estaba de verdad rico, y el sabor del robalo era una delicia.
Los dedos de Belinda May revoloteaban en torno a la combinación de sushi y tempura en su plato,
y no tardaron en posarse sobre un trozo de maguro de color rojo profundo. Mordió el atún por la
mitad y masticó con la misma expresión de éxtasis que el joven predicador recordaba demasiado
bien.
Él tomó un camarón de cola de abanico y se lo comió todo menos la punta. El camarón bajaba por
su garganta como un guijarro baja por un tubo demasiado estrecho cuando de pronto una corriente
repentina de aire helado azotó el interior del bar de sushi. Alzó la vista para ver a los clientes en las
demás mesas, incluyendo a Pesticida, volverse hacia la puerta. Acababa de ingresar una pandilla de
jovenzuelos rufianescos, vestidos con abrigos Mackintosh como si fueran uniformados. Era indudable
que los animaba un propósito siniestro.
El joker con cabeza de pez les dirigió algunos gorgoteos a través de su bocina, tal vez exigiendo
que abandonaran de inmediato el restaurante. El rufián bajito que se manifestaba como líder del
grupo respondió con un martillo amenazador, dirigido a la escafandra de agua del joker.
Sus caras, pensó Leo, sintiendo que se apretaban los músculos de las tripas. Apenas percibió al
joven delincuente de la caja salir por la puerta. Algo en sus caras…
Las caras de estos pandilleros eran todas iguales, inmóviles, desprovistas de vida. Con
sobresalto, el joven predicador se dio cuenta de que llevaban máscaras de plástico. El aspecto
familiar –una nariz exageradamente chata y un rizo de pelo rubio sobre una frente amplia– se
distorsionaba de una forma que sería satírica a no ser por la sensación de amenaza que exudaba de
ellos.
El horror súbito lo apresó cuando se dio cuenta de que esas caras eran la suya. ¡Los pandilleros
llevaban máscaras de Leo Barnett!
Apenas sintió el toque de Belinda May para frenarlo al tratar de levantarse para salir.
—¡No te vayas! ¡No atraigas su atención! –le susurró–. ¡Son Hombres Lobo! ¡Una pandilla
callejera de jokers! ¡Ellos saben quién eres tú!
Sus palabras le recordaron que muchos jokers hablaban en público del odio que sentían hacia él
por sus posiciones políticas y morales. Esas reacciones habían fortalecido la creencia entre sus
propios seguidores de que era preciso hacer algo para poner fin al problema del virus de wild card.
Y a su vez, esto último contribuyó a que las víctimas fortalecieran sus creencias respecto a tomar
medidas para poner fin a la represión política. El joven predicador se echó a temblar. ¿Qué hacer si
lo reconocían los Hombres Lobo?
En su cerebro aparecieron pensamientos salvajes, llenos de miedo, que le dieron vergüenza. Unos
segundos antes era un cliente anónimo en un bar de sushi; de pronto se había vuelto un pararrayos que
cualquiera que estuviera en peligro podría señalar para distraer a los pandilleros.
—¡Por Dios santo, siéntate! –dijo en voz muy baja, y tiró de él hacia abajo, hasta hacerlo darse un
ruidoso sentón.
Un escalofrío recorrió todo su ser cuando vio al más próximo de los Hombres Lobo volver la
mirada hacia él. El sentón había hecho suficiente ruido. Por instinto se cubrió la boca con la mano,
como quien quiere esconder un hipo o un comentario inoportuno. Por unos momentos se atrevió a
pensar que su recurso funcionaba, pues el pandillero se limitó a rascarse los pliegues de piel que
colgaban bajo la máscara con su tentáculo.
En el intervalo, el maître se mantenía inmóvil bajo la amenaza del martillo sobre la cabeza. Uno
de los pandilleros sacó una pistola de su gabardina. Al otro extremo del bar de sushi se producía una
conmoción, al reaccionar varios clientes a lo que estaba pasando.
Otro de los pandilleros sacó un machete de su abrigo y lo lanzó al aire. Se dio unos golpecitos en
la frente de la máscara, con el evidente propósito de señalar poderes telequinésicos sobre el arma,
que se perdió de vista volando por el corredor como una versión gigantesca de esas estrellas ninja
que Leo había visto que lanzaban en las películas de kung fu.
Se oyó un fuerte ruido: ¡ssshhhick!
Hubo gritos de gente. Otros dos pandilleros sacaron cuchillos y se movieron al otro lado del bar.
El machete volvió a la mano de quien lo había lanzado como si fuera un búmeran. El pandillero de
los tentáculos hizo una indicación con la cabeza a dos de sus camaradas, señaló a alguien, enseguida
a alguien más y, por último, a Leo. El trío se acercó por el corredor. El joven predicador apenas notó
los gritos que provenían del otro extremo.
Dulce Jesús bendito, haz que no vengan hacia mí, pensó. Aterrado de que su menor movimiento
haría que los Hombres Lobo se fijasen en él, ni siquiera quería limpiarse las gotas de sudor de la
frente. Al margen de lo que pasara a continuación, se iba a poner en el centro de todas las miradas de
la nación. Rezó a Dios, pidiendo ser guiado.
Pero no fue escuchado. Se limitó a esperar. Los siguientes segundos parecieron eones,
extensiones interminables de tiempo puntuadas por los sonidos de disparos que se oían afuera, los
ruidos de frenazos y los gritos de la gente. La Orilla había pasado a ser zona de guerra y estaba en
erupción.
Los pandilleros que se habían ido volvieron, sus cuchillos ensangrentados. El líder gritó a uno de
los que se iban aproximando al joven predicador:
—¿Qué demonios hacen, estúpidos? ¡Hay que largarnos de aquí!
El pandillero con tentáculos volvió la cabeza el tiempo suficiente para decir:
—Un minuto, hombre. Aquí tenemos asuntos pendientes que atender.
Un pandillero obeso con pinzas de langosta en lugar de manos se detuvo en el apartado donde
estaba sentada Pesticida, le puso una pinza bajo la barbilla y le alzó la cara.
—Qué bonita, qué bonita. Si tu cara fuese como la mía, no te atreverías a que te la vieran en
público.
El pandillero de los tentáculos se volvió al joven predicador como para indicarle “en un
momento estoy contigo”.
El pandillero que amenazaba a Pesticida se distrajo un momento por el ruido de ametralladoras
afuera, y ella aprovechó esa oportunidad para apartarle la pinza de un golpe con su mano pequeñita y
se levantó, retadora. Comparada con el hombre a quien encaraba, se veía frágil, pequeña e indefensa.
Mientras tanto, el sentido de iracundia del joven predicador iba creciendo, más allá de los límites
marcados por el miedo y el sentido común.
La alarma del bar de sushi empezó a dar campanadas estridentes, sin la menor señal de parar.
—¡Hiciste una estupidez, cara de pescado! – exclamó el líder de los pandilleros, y le pegó con el
martillo en la escafandra de agua.
El joker empezó a toser de inmediato, al no poder sacar oxígeno del aire. Se cortó las manos en
los fragmentos de vidrio de su escafandra al llevárselas a la garganta, como si quisiera defenderse de
un estrangulador invisible.
Mientras todo el mundo observaba las agonías del maître, una extraña luz amarilla empezó a
brillar dentro del cuerpo de Pesticida. Era de tal intensidad que sus ropas se veían como gasas sobre
un reflector. Se volvió visible su esqueleto, entre la silueta de su piel y las de sus órganos internos,
más débiles.
Se evidenciaba que dentro de ella se acumulaba una fuerza oscura.
Abrió la boca como para gritar. En cambio, de su boca brotó una intensa luz como de rayo láser
que impactó sobre el pandillero con manos de langosta.
La fuerza negra ascendía por su garganta. Y salió por la boca.
Y siguió el camino de la luz.
Consistía en una horda de insectos color escarlata, con alas en la espalda y aspecto terrible, que
chirriaban como el coro incesante de una pesadilla. Cubrieron al pandillero como un enjambre de
langostas antes de que pudiera reaccionar. Los insectos empezaron a masticar de inmediato:
masticaron su abrigo, su máscara, el cascarón de sus extremidades y el interior de su cuerpo en
cuestión de segundos.
El pandillero aulló y cayó de espaldas sobre un apartado vacío. Rodó sobre el asiento y se puso a
darse golpes frenéticos en su propio cuerpo con lo que le quedaba de pinzas, tratando de parar la
horda de insectos que lo devoraban. Pesticida lo miraba de pie, inmóvil, brillante, con ojos sin vida
que envueltos en el resplandor parecían joyas de ébano.
Ella no se dio cuenta de que otro pandillero le apuntaba una pistola a la cabeza. El disparo que
sonó apenas se oyó bajo el ruido de la alarma. Los sesos de Pesticida mancharon la pared y cayeron
sobre el amigo que la acompañaba. Cayó en sus brazos, ya muerta. El pandillero retrocedió,
apuntando el arma a los compañeros de ella para que no intentaran hacer nada.
El líder volvió a gritar:
—¡Ya, con un carajo, vámonos de aquí!
Belinda May también gritaba:
—¡No, Leo, no!
Y es que el joven predicador había cedido a los impulsos de ira y se lanzaba ya contra los dos
pandilleros que permanecían en el corredor. No tenía ni idea de lo que planeaba hacer. Sólo sabía
que el único crimen de Pesticida consistía en haberse defendido de una agresión, aunque fuera de
manera extraña.
Sus planes desorientados fueron abortados por el pandillero con tentáculos: ¡el brazo del Hombre
Lobo se alargaba desde su manga! Se enrolló entorno del cuello del joven predicador y lo alzó del
suelo, como si fuera una muñeca suspendida de una horca. El joven predicador pateaba y agitaba los
brazos, tratando de gritar, pero el tentáculo le apretaba demasiado. Lo único que podía hacer en
realidad era ahogarse. Pasaba suficiente aire para respirar, mas no para gritar. A pesar de todo,
seguía resistiendo y lanzando puntapiés.
Algo duro lo golpeó en la parte posterior de la cabeza. Era el techo. Sintió que el mundo giraba
en torno a él al retraer el pandillero su tentáculo.
El movimiento lo acercó a su agresor. Pudo mirar los extraños ojos grises detrás de la máscara.
—Mira lo que tengo –dijo el pandillero–. ¿Qué se siente mirar tu propia cara, predicador? ¿No es
bonito vivir con miedo, verdad?
Los gritos del joven predicador se le ahogaban en la garganta.
El pandillero se rio de manera muy desagradable.
—Te tengo que dar las gracias por darnos algo con que jugar cuando se acabe la función de esta
noche. No te apures. Te la devolveremos sin lastimarla. Sólo le dañaremos el orgullo.
En un instante, el joven predicador se convirtió en un animal, un animal atrapado y frenético. Sus
débiles puños golpeaban con furia –pero en vano– el tentáculo. Oyó gritar a Belinda May, pero no
percibía lo que estaba sucediendo, pues sintió que lo alzaban de nuevo. Su última visión coherente
fue el pandillero muerto que seguía siendo devorado por los insectos, que actuaban más despacio, ya
que su anfitriona estaba muerta. A pesar de eso, habían consumido ya la mitad del torso, así como la
mayor parte de los brazos y muslos. Los insectos, chirriando, se metían por los ojos del joker y
salían por lo que quedaba de la máscara, para lanzar su último suspiro.
El último pensamiento coherente del joven predicador fue: Oh, bueno, al menos nadie podrá
culparme por desmayarme bajo estas circunstancias.
Su cabeza golpeó una viga y se apagaron las luces.

IX

Madre de la Misericordia ¿ha llegado el fin de Vito? , pensó el joven criminal al salir corriendo del
bar de sushi hacia la calle. Por un momento tuvo la esperanza de que todo fuera obra de su
imaginación. Que los Hombres Lobo andarían en una racha insignificante de robos, y que el Hombre
que lo esperaba en el cuarto del hotel se enfadaría porque se había ido del bar de sushi sin ni
siquiera pedir la orden de comida. En ese momento empezaron los disparos.
Vito se echó sobre la acera y rodó hasta quedar debajo de un automóvil. Se dio un golpe con el
concreto en la rodilla y se raspó la frente con el metal, pero exceptuando la incomodidad de la sangre
que goteaba sobre el ojo izquierdo, se encontraba más allá de atender heridas menores. Al considerar
la manera en que se desenvolvían las cosas, pensó que necesitaría mucha suerte para sobrevivir la
noche.
Al otro lado de la calle, dos de los muchachos eran atacados por más miembros de las pandillas
callejeras de Hombres Lobo. Uno de ellos logró apuñalar a un Hombre Lobo en el pecho, y al tiempo
que surgía el chorro de sangre, otro Hombre Lobo lo degollaba de oreja a oreja desde atrás. Era
difícil determinar qué sangre era de quién. El otro muchacho sacó la pistola, pero no hizo más que un
disparo –que atinó a dar entre los ojos de la máscara de plástico de un Hombre Lobo– antes de que
lo dejaran hecho trizas varios atacantes. Los Hombres Lobo, a pesar de que sus víctimas estuvieran
ya muertas sin dejar lugar a dudas, continuaban cortando ambos cuerpos con tal furia que Vito pensó
que serían capaces de arrojar los pedazos de carne al resto de la pandilla.
El resto de los Hombres Lobo, sin embargo, se encontraba un poco demasiado absorto en sus
ocupaciones para darse cuenta. En las calles de la Orilla irrumpió el caos. Los norms y los jokers
corrían en todas direcciones, buscaban cubrirse con lo que fuera sin encontrarlo. Volaban
demasiadas balas por todas partes, y por eso nadie estaba seguro. Los Hombres Lobo que no
participaban en combates personales con los miembros de la Familia Calvino disparaban
indiscriminadamente sus ametralladoras en todas direcciones, a veces derribaban a sus mismos
compañeros en sus esfuerzos por exterminar a todos los que tuvieran aspecto de poder estar con los
Calvino. Los miembros de la Familia Calvino respondían con la misma moneda, menos algunos que
intentaban escapar en sus autos.
Vito se tapó la cabeza con las manos y observó a un Hombre Lobo pararse frente a un automóvil
que venía hacia él y rociar el parabrisas con ráfagas de ametralladora. Vito no supo si el conductor
era acribillado o lograba agacharse. En todo caso, el que iba al lado del conductor perdió la mayor
parte del cerebro. El coche atropelló al Hombre Lobo atacante y se llevó a varios peatones que
aplastó contra un auto estacionado. Algunos sobrevivieron el impacto sólo para pasar sus últimos
segundos esperando que los autos estallaran en llamas. La explosión fue espectacular. Trozos de
metal ardiente y carne quemada volaron por el aire y aterrizaron en el suelo en una suerte de ballet de
violencia en cámara lenta, de esos que Vito pensaba que no se veían sino en las películas.
Arrastrándose hacia la parte de atrás del automóvil bajo el cual estaba, Vito pensaba que lo más
seguro era poner la mayor distancia entre él y todos esos despojos ardientes. Al lado suyo se
desarrollaba una pelea. No podía ver más que las piernas de las personas que luchaban, pero dedujo
que un turista lleno de pánico intentaba arrebatarle a un Hombre Lobo su pistola. La novia del turista
quería detenerlo. Vito no había decidido aún quién llevaba la mejor parte en el altercado cuando el
Hombre Lobo logró derribar al otro, que cayó sobre el trasero, encorvado, pues el último golpe le
había sacado el aire. La novia, una mujer negra que llevaba un vestido verde muy ajustado, se
arrodilló junto a él y le dijo algo que Vito no pudo oír por todo el ruido alrededor suyo. Lo que
fuese, no les sirvió de nada porque dos segundos después ambos estaban tirados en el suelo,
acribillados en un charco de sangre. El estómago de Vito se endureció como una losa al mirar que el
Hombre Lobo se alejaba. Resolvió quedarse en donde estaba hasta que uno de los lados fuera
exterminado o hasta que llegara la policía, lo que primero sucediera. No iba a portarse como esos
tontos que quieren presumir ante la novia, y no tendría nada que presumir sobre sus acciones a
quienes quedaran del clan Calvino el día siguiente. Iba a ocuparse de sobrevivir, nada más. Eso era
bastante.
Al darse vuelta, Vito vio unas piernas conocidas que se arrodillaban junto a la pareja acribillada.
Como bajaba el rostro, pudo verle la cara: era el jorobado, que hacía la señal de la cruz. Vito se
preguntó cuán inteligente sería en realidad este perturbado.
De pronto, el jorobado volvió la cara, y Vito se encontró mirando directamente los ojos del loco.
Creyó ver que en esos ojos sucedían muchas cosas. Se nublaron de pronto, como si estuviesen
fijos en un punto lejano a la vuelta de la esquina. El miedo apareció en la mirada del jorobado. Su
cara se quedó sin color, y abrió la boca como para decir algo.
Pero si tenía algo en mente, era demasiado tarde para decirlo. En un breve segundo antes de que
Vito quedara envuelto en las llamas del coctel Molotov que se estrelló bajo el auto, le pareció
curioso observar que los ojos de jorobado retrocedían bruscamente de algo que aún no sucedía.

El joven predicador despertó tirado en el suelo del bar de sushi. El lugar estaba repleto de personas
que trataban de refugiarse del caos de fuera, que evocaba una de las visiones más horrorosas del
Apocalipsis.
Sin embargo, el lugar donde yacía el joven predicador estaba casi vacío. Sólo contenía varios
cadáveres y muchos insectos muertos.
Belinda May no aparecía por ninguna parte.
El joven predicador se irguió, se sacudió los insectos muertos que colgaban de su saco y sus
pantalones, y se sentó en el más próximo de los apartados para cuidar su doliente cabeza. Se tocó el
lugar donde las punzadas eran más fuertes. Al retirar los dedos, vio que estaban manchados de sangre
seca.
Afuera iba en aumento la estridencia de las sirenas de los autos que se aproximaban. Llegaba la
policía. Esperaba que con ellos trajesen un complemento de paramédicos. Por supuesto, los disparos
y los gritos seguían sonando en las calles, así que la escena del buen libro todavía no llegaba a su
conclusión.
De pronto el bar de sushi se sacudió por la onda de choque de una explosión cerca de ahí. El
joven predicador se metió bajo la mesa y chocó con la cabeza contra el pedestal. No le importó;
después de las cosas por las que había pasado, un poco más de dolor insoportable no cambiaba nada.
Se arrastró sobre el piso entre pilas de insectos muertos, bajo las piernas inertes del cadáver de
Pesticida, sin dejar de preguntarse dónde podría estar Belinda May. Sus procesos de pensamiento no
andaban bien, pero sabía que las nieblas mentales no le impedirían encontrarla. ¿Qué diría la gente?
¿Qué diría Dios, qué dirían los reporteros? Peor aún: ¿qué iba a decir ella si él intentaba volver a
tomarla y descubría que no tenía valor suficiente para desafiar el fuego y el azufre a cambio del
honor de abrirla como si fuera el Mar Rojo?
De manera imprecisa se daba cuenta de que algunas personas trataban de impedirle avanzar
cuando se levantó y fue tambaleando hacia la calle, donde ardían los restos de un automóvil. Menos
personas de lo que él esperaba corrían, llenos de pánico. Las aceras estaban cubiertas de cadáveres,
ensangrentados o carbonizados. El joven predicador alentó la esperanza de que el noticiero de
televisión estuviese grabando todo.
¿Dónde está Belinda May?, se volvió a preguntar.
Entonces vio al pandillero de los tentáculos en medio de la calle. Sostenía en lo alto a Belinda
May y desafiaba a que otros la usaran como práctica de tiro.
El pandillero se acercó a unos mafiosos con ametralladoras que, aunque muy golpeados y
heridos, seguían con vida. Y alzaban sus armas.
El pandillero bajó el cuerpo de Belinda May. ¡La iba a usar como escudo!

XI

Ya era demasiado tarde para que sirviera de nada, pero Quasimán recordó que el padre Calamar lo
había enviado a la Orilla para impedir que Wyrm atacara a un líder de la Mafia.
Por supuesto, ni Quasimán ni el padre Calamar ni tampoco el individuo que les había provisto la
información sobre el atentado que se planeaba habían imaginado que Wyrm iba a cubrir sus huellas
en un mar de sangre. Una idea efectiva, aunque brutal. Quasimán sabía que nadie le echaría la culpa
por no haber prevenido el derramamiento de sangre esa noche, pero a pesar de eso se aborreció a sí
mismo por su incapacidad de impedir tanto sufrimiento.
¡Había visto morir a tanta gente! No conservaba todos los detalles, pues porciones de su cerebro
entraban y salían de la realidad, pero nada podía disminuir el profundo sentimiento de desolación
que lo abrumaba. La peor de las muertes presenciadas era la del chico escondido debajo del
automóvil. Lo había visto convertirse en pasto de las llamas antes de que sucediera. Tal vez por eso
le impresionaba tanto.
Sin embargo, la noche no había terminado aún. Quasimán había visto la sangre, pero faltaba que
llegara el trueno.
Quasimán percibió al fin los sonidos de las sirenas, cada vez más cerca, al tiempo que decidía
que le convendría irse de allí con los demás sobrevivientes. Todavía peleaban en las calles algunos
mafiosos contra varios Hombres Lobo, pero sin duda Wyrm se había largado de ahí tiempo atrás.
Quasimán intentaba visualizar adónde quería ir cuando vio al Hombre Lobo, que cargaba con su
tentáculo a una mujer inconsciente sobre la cabeza, mientras caminaba por el centro de la calle hacia
un par de pistoleros, que a su vez alzaban sus armas.
Quasimán no necesitó de su sentido precognitivo para adivinar lo que pasaría a continuación.
Supo que era preciso salvar a esa mujer, como fuese.
Iba a dar vuelta en el espacio, pero en ese momento vio al hombre de cara conocida que corría
hacia donde estaba el Hombre Lobo con la mujer. Las explosiones que resonaban en la cabeza de
Quasimán no eran exactamente truenos.

XII

Si el joven predicador hubiera podido pensar en serio sobre la situación, se habría arrodillado para
rezar. En cambio, se lanzó contra el Hombre Lobo y lo derribó. El tentáculo del pandillero tronó
como látigo, y Belinda May fue lanzada lejos del peligro. Su cuerpo cayó sobre el techo de un auto.
Al mismo tiempo que el Hombre Lobo y el joven predicador golpeaban el suelo, los dos miembros
del clan Calvino accionaron los gatillos de sus ametralladoras.
El joven predicador se llevó una sorpresa al no tener ningún presentimiento de cómo sería su
futuro inmediato. En cambio, tuvo un curioso sentimiento de compunción, acompañado de una
sensación de alivio particular, lo que no era del todo contradictorio. Recogió su mente dentro de sí
misma, y después de apretarla como una bola psíquica, la arrojó a un lugar que en una ocasión
anterior no se había atrevido a mirar.
Los disparos eran como truenos de tormenta magnificados a una potencia infinita. Casi podía
visualizar cada bala en su carrera dentro del cañón. Si había llegado el último nanosegundo de su
vida, estaba dispuesto a vivirlo plenamente. Todavía tenía mucho tiempo.
Envuelto por el frío, percibió que iba cayendo hacia abajo. Abajo, abajo, abajo, hacia un infierno
mucho más frío que cualquier pesadilla polar. Su alma se disipaba. ¿Era eso la muerte? ¿Se vería
tirado en la calle, rodeado por los que habían muerto antes que él? ¿Sería llevado hacia una luz
blanca que lo llamaba, donde la Virgen María y Jesucristo estaban lado a lado con su propia madre,
esperándolo con los brazos abiertos? ¿Iba a saber lo que era irse al cielo?
¿Por qué, entonces, sentía que su mente se desgarraba en mil direcciones? Cientos de destellos de
calor intenso se alternaban con otros cientos de cero absoluto. Tuvo el súbito entendimiento de que
todos sus conceptos de la eternidad no eran sino relojes vistos en sus sueños, y sus conceptos del
infinito apenas briznas en una caja de arena. El joven predicador no podía escapar a la idea de
haberse fundido con todos los tiempos y lugares concebibles, como preludio a su disolución en los
tiempos y lugares inconcebibles que estaban un poco más allá de los confines de la realidad.
La muerte resultaba ser una experiencia más complicada de lo que nunca imaginó. Se preguntaba
si las balas ya habrían penetrado su cuerpo, si le rompían el cráneo, si su corazón y sus pulmones
estaban ya perforados.
Sintió gratitud porque no había dolor. Todavía. Tal vez le sería concedido librarse de ese aspecto
desagradable de su muerte.
Sin embargo, era extraño sentirse tan entero y completo cuando en realidad se estaba
desbaratando.
Más extraño todavía resultaba que la nada, que al principio era incomprensible e indescriptible,
de pronto se había convertido en una explanada de concreto, con líneas a intervalos, igual a una
acera.
Pero lo más extraño de todo consistía en que en lugar de estar tirado en la calle junto al cadáver
del Hombre Lobo con tentáculos, se encontraba aún vivo. La acera estaba empapada de sangre, pero
no era la suya, gracias a Dios.
Pero ¿qué era lo que pesaba tanto sobre él? ¿Cómo había llegado ahí?
Lo que pesaba se deslizó a la acera, a un lado. Era el joker jorobado a quien había dirigido
palabras duras esa misma noche, un poco antes. El jorobado yacía boca arriba, inerte como un
muerto, y se hundía un centímetro en el concreto. El joven predicador sólo podía formarse conjeturas
al respecto, pero sentía certeza de que el jorobado lo había salvado, y le costaba la vida.
De pronto, alguien le puso un micrófono frente a la cara. Miró hacia arriba y vio al reportero de
televisión, rodeado de sus ayudantes, inclinado sobre él. El sonidista llevaba una venda
ensangrentada sobre la muñeca, y el reportero tenía una herida en la frente. La cámara estaba
encendida. El sonido también. El reportero habló.
—Ey, mister Barnett, ¿cómo se encuentra usted? ¿Tiene algo que decir a sus…?
Antes de que el joven predicador pudiera hablar, un policía dio un fuerte jalón al reportero. Otro
policía tomó al joven predicador y trató de sacarlo de abajo del jorobado. Los aullidos de sirenas
llenaban el aire de vibraciones estridentes, y una multitud de luces rojas y azules en rotación añadían
un nivel adicional de irrealidad a la escena.
—¡Con un carajo, quítese de encima! –gritó el joven predicador y se deshizo del policía.
Oyó indistintamente que el reportero decía en voz baja al micrófono:
—Los primeros con la noticia, Canal Cuatro. Aquí se lo hemos mostrado antes, un ministro del
culto que habla usando palabras obscenas en público. No dudo que muchos de sus feligreses se
pregunten qué pasa con el mundo…
El joven predicador sintió un relámpago de ira por las impertinencias de ese payaso, pero
decidió que sería paciente y pediría la maldición de Dios sobre ese sujeto en algún otro momento. Lo
único que le importaba era el as o joker, o lo que fuera, que le había salvado la vida. Se arrodilló
junto a su cuerpo, que se hundía cada vez más en la acera. Un paramédico estaba hincado también
junto a los otros dos, con una cara que expresaba confusión.
—¡Sálvelo! –imploró el joven predicador–. ¡Tiene que salvar a este hombre!
—¿Cómo? –preguntó el paramédico–. No sé qué le pasa. ¡Ni siquiera puedo tocarlo!
Era verdad. Las manos del paramédico se hundían en el cuerpo del jorobado. El médico soltó un
grito y, tras sacar las manos, se las metió bajo los sobacos, mientras temblaba como si se hubiera
sumergido en un ambiente de congelamiento profundo. El joven predicador recordó haber sentido
frío él también cuando creyó que estaba muriéndose. Una parte pequeña y oscura de ese frío se le
había quedado en el alma, como un amigo no deseado.
Se daba cuenta de que ni el paramédico ni nadie más podrían asistir al jorobado, cuya forma
estaba desvaneciéndose en una silueta de su figura anterior, y mientras lo miraba, su cuerpo se hundió
otro centímetro en el concreto. Los ojos opacos del pobre hombre miraban el cielo, y su respiración
parecía torturarlo, como si el aire que entraba a su garganta fuese poco adecuado para la tarea que
debía hacer.
—¿Quién eres? –preguntó Leo–. ¿Cómo puedo ayudarte?
El hombre abrió y cerró los párpados. No se podía saber si estaba lúcido.
—Me llamo… Quasimán –musitó–. Nunca he transportado tanto peso… tan duro… apenas puedo
sostenerme entero…
Se interrumpió, tosiendo. El joven predicador alzó la vista y ahí estaba Belinda May, de rodillas
junto a él.
—¿Estás bien? –le preguntó él, con brevedad pero emocionado.
—Sí –repuso ella–. ¿Qué te pasó a ti?
—No estoy seguro, pero creo que este hombre es responsable.
—¡Dios mío, ya me acuerdo de él! Leo, tienes que ayudarle.
—Pero ¿cómo? Ni siquiera lo puedo tocar.
Un destello de travesura volvió a aparecer en los ojos de Belinda May.
—Eres predicador –le dijo, en un tono de voz similar al que había usado para decirle que quería
irse a la cama con él–. ¡Cura al pobre hombre!
Muchos años habían pasado desde los actos de curación por la fe realizados por el joven
predicador. Sus asesores decían que era mejor no seguir haciendo tales actos, pues no se veían bien
en la televisión, sobre todo considerando que abrigaba ambiciones presidenciales.
Sin embargo, no podía permitir que ese espíritu noble se extinguiese. No; en su poder… en el
poder de Dios estaba evitarlo. Alzó los ojos al cielo. Las nubes, preñadas de lluvia, se iluminaban
con relámpagos ocasionales, y a lo lejos se oía el rumor de los truenos. Aspiró profundamente.
Extendió los brazos hacia esas nubes, y hacia la tierra bajo la plancha de concreto de la ciudad, y
convocó las oscuras fuerzas de la creación. Juntó todo eso en su espíritu y formó con ello una sola
bola de energía.
Enseguida, metió las manos al interior de Quasimán. La variedad de sensaciones que llegaban a
sus dedos se originaban en un lugar que no podría conocer jamás… Al menos no durante su vida.
Tuvo que forzar su voluntad para mantener la calma, no hacer caso al frío, desasociarse de la
comezón que sentía en las manos y el abrumador entumecimiento de los dedos. Cuando sintió que su
voluntad triunfaba, gritó, metiendo en sus palabras toda la pasión de que era capaz:
—¡Sánate, cabrón hijo de puta! ¡Sánate!
Por fin, cayó la lluvia. El trueno estalló sobre sus cabezas como si un explosivo nuclear
desgarrara el cielo.

XIII

Esa noche murieron más de cincuenta personas en la orilla. Otras cien sufrieron heridas graves. Sin
embargo, esa carnicería no fue la noticia principal en los programas de aquella noche, ni tampoco el
encabezado favorecido en los periódicos a lo largo y ancho del país. A fin de cuentas, la guerra entre
las pandillas llevaba tiempo de estarse desarrollando, y el hecho de que veintenas de inocentes
hubiesen quedado atrapados bajo un horrible fuego cruzado era lamentable, pero no demasiado
importante para los redactores de las noticias de un día a otro.
Entre Nueva York y Los Ángeles hay un lugar muy grande. Se llama Corazón de América, y para
quienes ahí viven, la noticia del momento era que el reverendo Leo Barnett proclamaba su
candidatura a la presidencia de Estados Unidos. Había puesto sus manos sobre el bulto de algún
pobre joker y lo había devuelto al mundo, al sacarlo de un viaje involuntario con destino
desconocido. Hizo lo que nadie había hecho nunca: curar a un joker usando tan sólo el poder de su fe.
Había demostrado que el más grande poder en la tierra era el amor de Dios y de Nuestro Señor
Jesucristo, y había puesto algo de ese amor en una criatura cuyo cuerpo había sido corrompido por
aquel obsceno virus alienígena. Hasta en los medios noticiosos liberales, que habían captado el
suceso en cinta de video para que el mundo lo contemplase a sus anchas, se tuvo que admitir que el
reverendo Leo Barnett había realizado un acto asombroso. Tal vez no lo suficiente para calificarlo
como apto para la presidencia, pero desde luego hacía de él alguien digno de observar.
También contribuyó que, inmediatamente después de curar al joker y ver cómo se lo llevaban los
paramédicos en una camilla, el reverendo Leo Barnett no consultó a sus asesores ni esperó a ver qué
importancia asumía en las noticias de esa noche, ni tampoco se preocupó por las reacciones de la
opinión pública, sino que se acercó con la mayor sencillez al conjunto de cámaras y micrófonos y
proclamó que la palabra de Dios marcaba llegada la hora para declarar su candidatura. Dio una
demostración clara y poderosa de que era capaz de tomar una decisión y actuar en consecuencia.
El lugar del reverendo Leo Barnett en las encuestas ascendió a niveles muy respetables casi de
inmediato. Desde luego, algunos votantes se sentían perturbados por el hecho de que el candidato
anduviera en la Orilla, sobre todo respecto al cuarto que él y la joven misionera habían alquilado,
pero a fin de cuentas ninguno de los dos estaba casado. Y se hablaba, aunque nadie lo confirmó, de
un inminente anuncio de compromiso. Según se dio a conocer, las mujeres del Partido Demócrata
habían recibido una impresión particularmente fuerte de que el reverendo Leo Barnett encontrara su
amor verdadero y su destino político en la misma noche. De ser eso cierto, entonces quizá la matanza
no había sido en vano.

Si Dios no juzga a Estados Unidos, tendrá que disculparse con


Sodoma y Gomorra.
REVERENDO LEO BARNETT,
candidato presidencial.

♣♦♠♥
Todos los caballos del rey
III
♣♦♠♥

E l depósito de chatarra se asentaba con dureza junto a las aceitosas aguas verdes de la bahía de
Nueva York, en el extremo de Hook Road. Tom llegó temprano al lugar, quitó el candado y
abrió las puertas en la cerca de cadena. Dejó estacionado su Honda al lado de la choza con techo de
lámina hundido, en donde otrora Joey Di Angelis viviera con su padre, Dorn, en los días en que el
depósito de chatarra era un negocio activo, y se sentó un momento en el automóvil, con los brazos
cruzados sobre el volante.
Había pasado incontables noches de domingo dentro de esa choza, cuando todavía era habitable,
leyéndole a Joey viejos ejemplares de Jetboy, después de haber rescatado su colección de cómics de
una hoguera encendida por la Asociación de Padres de Familia.
Al otro lado, tras la choza, estaba el sitio donde Joey trabajaba en sus autos, antes de que se
convirtiese en Chatarra Joey Di Angelis, el rey del circuito de los derbis de demolición.
Y más allá, donde nadie iba nunca, tras la montaña de chatarra oxidada, estaba el lugar donde él y
Joey habían soldado planchas blindadas sobre la carrocería de un Volkswagen sedán para fabricar el
primer caparazón. Mucho tiempo después, cuando Dorn ya había muerto y Tom le había comprado el
depósito a Joey para cerrarlo, habían excavado un búnker debajo, aunque al principio sin mucha
sofisticación. No tenían más escondrijo que una lona grasienta.
Tom salió de su coche y se quedó de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su amorfa
chamarra de ante marrón, aspirando el aire salado de la bahía. Hacía frío ese día. Al otro lado del
río una barcaza cargada de basura pasó despacio, con grupos de gaviotas revoloteando en torno a
ella como moscas emplumadas. Se distinguía la vaga silueta de la Estatua de la Libertad, pero
Manhattan se ocultaba tras la neblina de la mañana.
Aunque no se viera, ahí estaba, y en una noche clara podían verse las luces que brillaban en las
torres. Una vista de puta madre. En Hoboken y Jersey City, casas dilapidadas y condominios
apretujados que ofrecían vistas similares se vendían por precios de seis dígitos. Constable Hook era
una reserva para uso industrial, y el terreno de Tom estaba rodeado por una bodega de importaciones
y exportaciones, una vía muerta de tren, una planta de tratamiento de aguas negras y una refinería de
petróleo abandonada, pero Steve Bruder decía que nada de eso importaba.
Ese gran pedazo de terreno junto al agua era materia idónea para un proyecto de desarrollo, había
declarado Bruder cuando Tom le comentó que pensaba vender su viejo depósito de chatarra. Su
opinión tenía autoridad; como especulador de bienes raíces en Hoboken y Weehawken, se había
hecho millonario rehabilitando viejas viviendas en forma de condominios de alto precio que luego
vendía a los yuppies de Manhattan. Lo siguiente sería Bayonne, es lo que decía Steve. En diez años,
este cinturón oxidado desaparecería, y en su lugar se alzarían nuevos desarrollos de viviendas. Si
entraban ellos primero, se llevarían la mejor tajada.
Tom conocía a Steve Bruder desde la infancia y lo aborrecía la mayor parte del tiempo, pero por
una vez sus palabras fueron música en los oídos. Cuando Bruder le ofreció comprarle directamente el
depósito de chatarra, el precio le hizo sentirse mareado, pero resistió la tentación. Ya lo tenía
pensado de antemano.
—No –le había dicho–. No tengo pensado vender. Quiero ser uno de los socios de este proyecto
de desarrollo. Yo aporto el terreno, tú pones el dinero y los conocimientos, y dividimos las
utilidades por partes iguales.
Bruder le había sonreído con boca de tiburón.
—No eres tan tonto como pareces, Tudbury. ¿Te están aconsejando o es idea tuya?
—Quizá por fin me he vuelto listo –replicó Tom–. Bueno, ¿qué dices? ¿Sí o no? ¿Cagas o dejas
cagar?
—No son buenos modales hablarle así a un socio. ¡Llorón! –Bruder extendió la mano.
Apretaba con mucha fuerza, pero Tom hizo un esfuerzo por no fruncir la cara.
Tom miró el reloj. En una hora más Steve estaría ahí con los banqueros. Una mera formalidad,
según él. El préstamo sería un caramelo; la propiedad aullaba su potencial. Una vez que tuvieran la
línea de crédito, procederían a cambiar la situación legal del terreno. Para la primavera habrían
limpiado toda la chatarra, y la tierra se subdividiría en lotes para construcción.
Tom no sabía por qué había llegado tan temprano… tal vez para recordar.
Tenía gracia que tantos recuerdos importantes estuvieran arraigados en el depósito de chatarra.
Sin embargo, al considerar la historia de su vida, resultaba apropiado. Pero todo eso iba a cambiar.
Thomas Tudbury estaba a punto de hacerse rico.
Tom dio una vuelta despacio en torno a la choza, pateó una llanta vieja y enseguida la alzó con la
mente. La sostuvo a metro y medio del suelo, le dio un empujón telequinésico que la puso a girar y
contó. Al llegar a ocho, la llanta empezó a cabecear, a los once, cayó. No estaba mal. En la
adolescencia, antes de que se metiera a un caparazón, podría haber sostenido la llanta todo el día.
Pero en aquella época el poder era de Tom, pues aún no se lo había pasado –igual que le había dado
todo lo demás– a la Tortuga.
—¿Vender el depósito de chatarra? –había preguntado Joey cuando Tom le contó sus planes–.
Hablas en serio, ¿verdad? Vas a quemar un puente muy importante. ¿Qué pasa si encuentran el
búnker?
—No encontrarán más que un maldito hoyo en el suelo. Se preocuparán del asunto no más de
cinco o diez minutos. Lo rellenarán de tierra y eso será todo.
—¿Y qué con los caparazones?
—No hay caparazones –sentenció Tom–. Sólo chatarra de caparazones. “Ni todos los caballos ni
todos los hombres del rey”, ¿te acuerdas? Saldré una de estas noches y seré la Tortuga sólo lo
suficiente para tirarlos a la bahía.
—Qué desperdicio –comentó Joey–. ¿No eres tú el que decía cuánto dinero y sudor habías
invertido en esas estupideces?
Se bebió un trago largo de cerveza y meneó la cabeza. Con cada año que pasaba, Joey se parecía
más a su padre, Dorn. Los mismos brazos flacos, el mismo vientre duro como roca, el mismo pelo
salpimentado. Tom se acordaba de los tiempos en que esos cabellos eran negros del todo, y le caían
sobre los ojos. Esos días anteriores a las anillas en las latas de cerveza, Joey solía llevar colgada
del cuello una llave de la iglesia atada con una tira de cuero, y no se la quitaba nunca, ni siquiera la
vez que se había puesto una máscara de rana para ir a Jokertown con la Tortuga para ayudar a
rescatar al doctor Tachyon de un lapso de alcoholismo.
Habían pasado desde entonces veintitrés años. Tachyon no había envejecido, pero no se podía
decir lo mismo de Joey ni de Tom. Envejecer sin crecer, pero todo eso estaba a punto de cambiar. La
Tortuga había muerto, pero la vida de Tom Tudbury apenas iba a comenzar.
Se apartó de la orilla. Los faros rotos parecían mirarlo como ojos ciegos de montañas de
automóviles muertos; de pronto, sintió una mirada viva sobre él, y al volverse vio una gran rata gris
que se asomaba desde el interior húmedo y podrido de un sofá victoriano sin patas. En las
profundidades del depósito de chatarra pasó entre dos largas filas de refrigeradores antiguos, con
todas las puertas cuidadosamente removidas. Al extremo más apartado había un área plana de tierra
en donde no había nada más que una placa cuadrada de metal incrustada en la tierra. Pesaba mucho,
como Tom sabía por experiencia. Fijó la vista en la anilla grande soldada al metal, se concentró, y al
tercer intento logró apartarla lo suficiente para destapar la oscura boca de un túnel.
Sentado al borde del hoyo, Tom se deslizó para entrar poco a poco en la oscuridad. Al llegar al
fondo, tanteó las paredes hasta encontrar la linterna que había dejado ahí. Avanzó con su luz por el
túnel hasta llegar al búnker. Los viejos caparazones lo esperaban ahí, callados.
Sabía que pronto sería menester deshacerse de ellos. Pero no ese día. Los banqueros no
explorarían esa parte del depósito. No querían sino echarle un vistazo a la propiedad, apreciar la
vista, tal vez firmar unos cuantos papeles. Ya habría tiempo de sobra para tirar esa chatarra a la
bahía; no iría a ninguna parte.
El caparazón dos estaba cubierto por símbolos de la paz y margaritas pintadas, aunque los
colores ya habían perdido su brillo, y lucían deslavados y pelados. Bastaba con mirarlos para
suscitar recuerdos de viejas canciones, viejas causas, viejas convicciones. La marcha sobre
Washington, los altavoces con folk-rock a todo volumen, la leyenda HAZ EL AMOR , NO LA GUERRA
garrapateada sobre su armadura. Gene McCarthy se había trepado a ese caparazón para pronunciar a
lo largo de veinte minutos un discurso con la escueta elocuencia que lo caracterizaba. Chicas
hermosas en jeans y blusas vaporosas hubieran peleado por una oportunidad de subir a su lado. Tom
recordaba una en particular, con ojos del azul de la flor de maíz, bajo una banda para el pelo tipo
indio, y pelo rubio y liso que llegaba más allá del trasero. Ella lo amaba, según le musitaba acostada
sobre el caparazón. Quería que él abriera la portezuela para dejarla entrar; deseaba mirarle a la cara
y ver sus ojos; no le importaba si era un joker, como decían por ahí, ella lo amaba y deseaba que ahí
mismo él se la planchara, en ese momento.
Por causa de ella, su erección había parecido una palanca dentro de sus jeans, pero no por eso
había abierto la portezuela del caparazón. Ni entonces ni nunca. Ella quería a la Tortuga, pero dentro
de la armadura sólo existía Tom Tudbury. Se preguntó qué sería de aquella chica, qué aspecto
tendría, qué recuerdos vendrían a su mente. A esas alturas era probable que tuviese una hija de la
misma edad de ella cuando había querido meterse al caparazón con él.
Tom pasó la mano sobre el metal frío y trazó con el dedo otro símbolo de la paz en la gruesa capa
de polvo que cubría el caparazón. En verdad, en aquellos tiempos pensaba que él podría hacer
cambiar las cosas. Formaba parte de un movimiento para detener la guerra y proteger a los débiles.
El día en que la Tortuga ingresó a la lista de los enemigos de Nixon, se había sentido más orgulloso
que nunca.
Ni todos los caballos ni todos los hombres del rey…
Más allá del caparazón pintarrajeado había otro, menos vistoso y más reciente, que también había
brindado servicios difíciles. Se detuvo a observar la abolladura donde un lunático lo había golpeado
con una bala de cañón; lo había dejado oyendo campanadas durante varias semanas. Debajo, pensó
Tom, si uno sabía dónde buscar, encontraría la huella de una mano humana pequeña, hundida diez
centímetros en la placa de blindaje, un recuerdo dejado por una as malhechora a quien la prensa
llamaba la Escultora. Era un estuche de monerías: el metal y la piedra fluían como agua en sus
manos. Los medios masivos la consintieron hasta que empezó a usar las manos para dar a las puertas
la forma de bóvedas bancarias. La Tortuga la entregó a la policía, mientras se preguntaba qué harían
para impedirle salir de prisión por su propio pie, pero ni siquiera tuvo que hacer el intento, porque
había aceptado un indulto con la condición de trabajar para el Departamento de Justicia. A veces, era
un mundo muy raro.
No quedaba mucho de los caparazones dos y tres, sólo la estructura y las placas de blindaje. Los
interiores habían sido reciclados: cámaras, circuitos electrónicos, calentadores, ventiladores y
muchas otras cosas, todas las cuales costaban dinero, algo que nunca abundaba. Los viejos
caparazones sacrificaban sus piezas para construir los nuevos, siempre que era posible. De cualquier
modo, no servía de mucho: aún costaban una fortuna. Calculaba haber invertido no menos de
cincuenta mil dólares, la mayor parte obtenidos mediante crédito, en el caparazón que los malditos
taquisianos habían tirado por la escotilla. Seguía pagando esas deudas.
En el rincón más oscuro del búnker encontró el más viejo de todos los caparazones. Ni siquiera
las capas de placas blindadas, adheridas con torpe soldadura, ocultaban la línea conocida del primer
Volkswagen sedán con el que habían comenzado esa historia, en el invierno de 1963. Por dentro, el
caparazón era oscuro y poco ventilado; apenas había lugar para moverse, y faltaban todas las
comodidades que se habían incorporado más adelante a los demás caparazones. Pasando la luz de la
linterna por el exterior, observó cuán ingenuo era en aquel tiempo y soltó un suspiro. Pantallas de
televisores en blanco y negro, una carrocería de Volkswagen, cables eléctricos de hacía veinte años,
bulbos. Todo más o menos intacto, por la sencilla razón de ser obsoleto. La sola idea de haber
cruzado la bahía unos meses antes adentro de ese caparazón le hacía estremecerse.
Sin embargo… ¡el primero de los caparazones, y los recuerdos asociados a él eran los más
intensos! Se le quedó mirando un buen rato, repasando su memoria: la construcción, las pruebas, los
vuelos. La primera vez que había cruzado el río a Nueva York. ¡Casi se había cagado de miedo! En
aquella ocasión ubicó el incendio, sacó por telequinesis a la mujer y la puso a salvo. A pesar de los
años transcurridos, todavía podía visualizar el vestido de la mujer, con las llamas lamiendo la tela
mientras la depositaba en la calle.
—Lo intenté –dijo en voz alta, cuyos ecos resonaron en la penumbra del búnker–. Hice algunas
cosas bien.
Tras él sonaron unos ruidos rastreros. Ratas, con toda probabilidad. Había caído a hablar con
ratas. ¿A quién quería convencer? Miró los caparazones, tres de ellos formados en un fila torcida.
¡Cuánta chatarra, destinada al fondo de la bahía! Le pareció triste. Se acordó de lo que decía Joey,
sobre desperdiciar todo eso, y tuvo el chispazo de una idea. Se sacó del bolsillo una libreta y
garrapateó sonriendo una nota como recordatorio para sí mismo. Llevaba veinte años de apostar con
los caparazones en la calle, sin nunca encontrar el frijolito debajo de ninguno de ellos. ¡Tal vez fuera
posible convertir los caparazones viejos en una lata de frijoles!
Veinte minutos después llegó Steve Bruder, con las manos enfundadas en finos guantes de cuero y
un abrigo de Burberry, acompañado por dos banqueros, todos a bordo de un largo Lincoln Town Car.
Tom dejó a Bruder hablar mientras andaban por la propiedad. Los banqueros admiraron las vistas y
demostraron cortesía al no hacer caso de las ratas del depósito de chatarra.
Esa misma tarde firmaron los papeles. Se fueron a cenar a Hendrickson para celebrarlo.

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Concierto para sirena y serotonina
III
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E l viento iba y venía como una marea pesada, hacía vibrar los vidrios de las ventanas y
estrellaba pequeños fragmentos de hielo contra los leones de piedra que flanqueaban la entrada.
Al abrirse la puerta de la Clínica de Jokertown se intensificaron los sonidos. Un hombre se introdujo
por ella y se puso a golpear el suelo con los pies y a sacudirse la nieve de su blazer azul oscuro. No
hizo el menor esfuerzo por cerrar la puerta tras él.
Madeleine Johnson, a quien se le conocía ocasionalmente como la Dama Pata de Gallina, se
encontraba de guardia parcial en el escritorio de recepción, haciendo un favor a su amiga Cock
Robin, con quien estaba viviendo una buena relación. Alzó los ojos del crucigrama que trataba de
resolver, se tocó la carúncula de gallina con el lápiz y gritó:
—¡Oiga! ¡Cierre esa maldita puerta!
El hombre bajó el pañuelo con el que se limpiaba la cara y se le quedó mirando. Ella se dio
cuenta de que sus ojos tenían facetas. En su rostro, los músculos de las mandíbulas se tensaban y
aflojaban.
—Le pido disculpas –dijo, y fue a cerrar la puerta.
El hombre hizo girar su cabeza lentamente, como si estudiara todos los detalles de la sala, aunque
con esos ojos no era fácil determinar qué miraba. Por fin volvió a sonar su voz:
—Es necesario que hable con el doctor Tachyon.
—Pero el doctor no está en la ciudad –le informó ella– y no volverá pronto. ¿Qué necesita?
—Quiero que me ponga a dormir.
—Esto no es clínica veterinaria.
Ella se arrepintió enseguida de sus palabras, porque él se le acercó, envuelto por un halo visible
en torno a él, emitiendo chispas como un generador de electricidad estática. No le parecían signos de
virtud, ya que enseñaba los dientes con ferocidad y abría y cerraba las manos como si se preparase
para alguna actividad agotadora.
—Esto es una emergencia. Mi nombre es Croyd Crenson. Han de tener mi expediente. Es mejor
que lo encuentre. Me pongo violento.
Ella volvió a dar un grito, se levantó y salió a toda prisa; dejó dos plumas que flotaron en el aire
frente a él. El hombre extendió la mano para apoyarse en el escritorio, y a continuación volvió a
secarse la frente. Sus ojos cayeron sobre una taza de café a medio llenar, junto al crucigrama. La
agarró y se la bebió de un trago.
Unos momentos más tarde se oyó un estruendo en el pasillo tras el escritorio. Un joven rubio de
ojos azules se detuvo en el umbral y se le quedó mirando. Llevaba una camisa polo verde y blanca,
un estetoscopio y una sonrisa de playero. De la cintura para abajo, su cuerpo era el de un caballo
palomino, con la cola trenzada de manera muy coqueta. Tras él se agitaba Madeleine.
—Es él –le indicó al centauro–. Dijo “violento”.
Sin dejar de sonreír, el joven cuadrúpedo entró a la sala y extendió una mano.
—Soy el doctor Finn –se presentó–. He pedido su expediente, mister Crenson. Pase a la sala de
consulta, puede irme contando lo que le pasa mientras me lo traen.
Croyd le estrechó la mano, asintiendo.
—¿Tendrán algo de café por ahí? –preguntó.
—Creo que sí. Enseguida le traerán una taza.
Croyd se había echado a andar dentro del cubículo de consulta, bebiendo café, mientras el doctor
Finn leía su expediente, bufando en varias ocasiones y, en una de ellas, haciendo un ruido parecido a
un relincho.
—No me di cuenta de que eras el Durmiente –comentó por fin, cerró el expediente y puso los ojos
sobre Croyd–. Estos materiales de tu expediente han ido a parar a los libros de texto.
Con un dedo de manicure, el doctor tamborileaba sobre los papeles.
—Eso me han dicho –replicó Croyd.
—Es obvio que tienes un problema –observó el doctor Finn– que no puede esperar a ser resuelto
en el próximo ciclo. ¿En qué consiste?
Croyd forzó una débil sonrisa.
—Es cuestión de poder seguir con el juego, de poder dormir.
—¿Cuál es el problema?
—No sé si lo diga el expediente –explicó Croyd–. Estoy aterrado de dormirme.
—Algo menciona sobre la paranoia. Quizás un poco de terapia…
Croyd dio un puñetazo en la pared y dejó un hoyo.
—No es paranoia –interrumpió–, no cuando el peligro es de verdad. Puedo morirme mientras
estoy en hibernación. Puedo despertar convertido en el más asqueroso joker que nadie pueda
imaginarse, y con un ciclo normal de sueño y vigilia, lo cual me dejaría así para siempre. Sólo es
paranoia cuando los temores son infundados, ¿no?
—Bueno –aceptó el doctor Finn–, creo que podríamos denominarlo así cuando el miedo es
desproporcionado, aunque esté justificado. No lo sé; no soy psiquiatra. Pero he visto en el expediente
que tomas anfetaminas para evitar dormir todo el tiempo que te sea posible. Seguro que sabes que
esas drogas añaden un fuerte acento químico a los sentimientos de paranoia que ya están presentes.
Croyd metía el dedo en el hoyo que acababa de hacer en la pared, y sacaba trocitos sueltos de
yeso.
—Por supuesto –continuó el doctor Finn–, en parte es cuestión de semántica. No importa cómo lo
llamemos. Lo fundamental es que te da miedo dormir. Pero esta vez, ¿crees que te debes dormir?
Croyd, sin dejar de andar, se puso a tronarse los nudillos. Fascinado, el doctor Finn contó cada
chasquido. Cuando oyó el número siete, se preguntó qué haría Croyd cuando se le acabaran los
nudillos.
—Ocho, nueve, diez –subvocalizó.
Croyd hizo un nuevo hoyo en la pared de otro puñetazo.
—Uh, ¿quieres un poco más de café?
—Sí, como cuatro litros.
El doctor Finn salió de ahí como si sonara una señal de empezar la carrera.
Un poco después, sin decirle a Croyd que el café que bebía a grandes tragos era descafeinado, el
doctor Finn prosiguió:
—Temo que añadir más medicamentos a las anfetaminas que ya has tomado puede tener efectos
adversos.
—He hecho dos promesas –explicó Croyd–, y ambas implican que trataría de dormir esta vez, sin
resistirme. Pero si no puedes hacerme dormir rápidamente, lo más probable es que me vaya, pues la
ansiedad es insoportable. Si eso sucede, sé que no tardaré en volver a tomar benzis y dexis.
Inyéctame un narcótico. Acepto el riesgo.
El doctor Finn sacudió las crines.
—Preferiría antes intentar algo más sencillo y mucho menos peligroso. ¿Te parece que hagamos
un poco de entrenamiento de ondas cerebrales y sugestión?
—No conozco ese procedimiento –dijo Croyd.
—No es nada traumático. Los rusos llevan años de hacer estos experimentos. Basta con poner
estos audífonos en los oídos –explicó, mientras le humedecía los lóbulos con alguna sustancia–. Te
pondremos en la cabeza una corriente de bajo amperaje, por ejemplo, de cuatro hertzios. Ni siquiera
la sentirás.
Ajustó un control de la caja de la que salían los cables.
—Y ¿ahora qué? –inquirió Croyd.
—Cierra los ojos y relájate un minuto. Tal vez tengas una sensación de estar a la deriva.
—La siento.
—Pero también sientes el peso, adentro. Te pesan los brazos y las piernas.
—Pesan mucho –aceptó Croyd.
—Es difícil pensar en algo en particular. Tu mente va a la deriva.
—Voy a la deriva.
—Y ha de sentirse muy rica esa sensación. No te has sentido mejor en todo el día: por fin, una
oportunidad de descansar. Respira despacio, que el aire entre en todos los lugares donde haya
tensión. Ya casi estás ahí. Vamos muy bien.
Croyd farfulló algo ininteligible.
—Lo estás haciendo bien de verdad. Tienes aptitud para esto. Casi siempre, cuento hacia atrás
desde diez. Contigo, vamos a empezar en ocho, pues ya estás casi dormido. Ocho. Estás lejos, y te
parece bien. Nueve. Ya estás dormido, pero ahora vas a dormir a mayor profundidad aún. Diez.
Duermes tranquilamente, sin miedo ni dolor. Duermes.
Croyd empezó a roncar.
No había camas libres, pero como el cuerpo de Croyd se había endurecido con rigidez de
maniquí un poco antes de tomar un color verde brillante, su pulso y respiración reducidos a un punto
intermedio entre el oso que hiberna y el oso ya muerto, el doctor Finn lo puso, de pie, al fondo del
clóset de las escobas, donde no ocupaba mucho espacio. Clavó en la puerta el papel con el cuadro
clínico, después de haber anotado: “Paciente sugestionable en extremo”.
♣♦♠♥
MAYO DE 1987
Todos los caballos del rey
IV
♣♦♠♥

N ecesito una máscara.


El pedido lo recibió un dependiente tan alto y delgado que resultaba grotesco; sus modales
eran imperiosos, como sugería el rostro del faraón cuya mascarilla mortuoria llevaba puesta.
—Desde luego –le dio a sus ojos el mismo tono dorado de piel de su máscara–. ¿El señor tiene
alguna idea específica?
—Que sea impresionante –formuló Tom.
Por menos de dos dólares, en cualquier tienda de dulces de Jokertown uno podía comprar una
máscara barata de plástico, suficiente para esconder el rostro, pero en Jokertown una máscara barata
era como un traje barato. Tom deseaba ser tomado en serio ese día, y Holbrook’s era la tienda de
máscaras más exclusiva de la ciudad, según la revista New York.
—¿Me permite, señor? –reaccionó el dependiente, con una cinta de medir en la mano.
Tom movió afirmativamente la cabeza y se puso a estudiar la exhibición de máscaras tribales en
el muro más lejano mientras el otro le tomaba medidas a la cabeza.
—Sólo tardo un minuto –prometió el hombre y se desvaneció tras una oscura cortina de
terciopelo que daba a una trastienda.
Tardó más de un minuto. Tom era el único cliente. Era un lugar pequeño, pobremente iluminado
pero con decoraciones de lujo. Tom experimentaba mucha incomodidad. Cuando el dependiente
volvió, llevaba en los brazos media docena de cajas de máscaras. Las puso en el mostrador y abrió
la primera para que Tom la inspeccionara.
En un lecho de pañuelos de papel de color negro descansaba una cabeza de león. La cara estaba
hecha de una piel suave y pálida, tan suave al tacto como el ante más fino. Los rasgos quedaban
encuadrados por un nimbo de melena dorada.
—Nada más impresionante que el rey de las fieras –dijo el dependiente–. El pelo es auténtico;
cada hebra viene de una melena de león genuina. Noté que usa anteojos, señor. Si nos proporciona su
receta, Holbrook’s tendrá el gusto de ajustarle lentes especiales a la máscara.
—Es bonita –Tom pasó los dedos por los pelos–. ¿Cuánto?
El dependiente lo miró con frialdad.
—Mil doscientos dólares, señor. No incluye los lentes.
Tom retiró la mano de modo abrupto. Los ojos dorados de la cara del faraón lo miraron con
cortesía condescendiente, no exenta de diversión. Sin decir una palabra, Tom giró sobre los talones y
salió de Holbrook’s.
Por $6.97 se compró una máscara de rana hecha de hule, en una tienda de periódicos y revistas
del Bowery dentro de una fuente de sodas. Cuando se la puso en la cabeza, la máscara resultó un
poco grande, y necesitaba llevar las gafas balanceadas en unas enormes orejas verdes, pero tenía
cierto valor sentimental. Al diablo con lo impresionante.
Jokertown lo ponía muy nervioso. Una cosa era volar sobre sus calles, pero andar por ellas era
otra proposición. Por fortuna, la Casa de los Horrores estaba ahí mismo en el Bowery. Los policías,
al igual que cualquier otra persona cuerda, evitaban los callejones oscuros de Jokertown, sobre todo
desde que la guerra entre pandillas había comenzado, pero a lo largo del Bowery los norms seguían
frecuentando los cabarets de jokers, y donde había turistas también había patrullas de policía. El
dinero de los norms era el fluido vital de la economía de Jokertown, y estaba escaseando, dada la
situación.
Incluso a una hora tan tardía había actividad en las aceras, y nadie le prestó atención especial a
Tom con su cara de rana mal puesta. Después de la segunda cuadra, se sentía casi cómodo. Durante
veinte años había visto en sus monitores todos los horrores que ofrecía Jokertown; en esos momentos
sólo variaba el ángulo de visión.
En los viejos tiempos la acera de enfrente de la Casa de los Horrores habría estado repleta de
taxis dejando a sus pasajeros, con limusinas estacionadas a la espera de que acabase la segunda
función. Pero aquella noche la acera estaba desierta, y no había ni siquiera un portero. Al entrar, Tom
vio que tampoco había recepcionista. Empujó las puertas dobles, y cien ranas diferentes lo
contemplaron desde las profundidades plateadas de los célebres espejos de la Casa de los Horrores.
El hombre que estaba en el escenario tenía una cabeza del tamaño de una pelota de beisbol, y
enormes bolsas de su propia piel, que parecían contener guijarros, colgaban sobre su torso desnudo y
se inflaban y desinflaban como fuelles de gaitas, lo que llenaba la sala de una música triste y extraña
que surgía de una docena de improbables orificios. Tom lo miró sintiendo una fascinación mórbida
hasta que el maître apareció a su lado.
—¿Desea el señor una mesa?
Era pequeño y rotundo como pingüino, y ocultaba su rostro bajo una máscara de Beethoven.
—Deseo ver a Xavier Desmond –anunció Tom, con voz ahogada por la máscara de rana que
sonaba extraña a sus propios oídos.
—Mister Desmond apenas ha vuelto del extranjero hace unos días –le informó el maître, con tono
orgulloso–. Fue uno de los delegados de la gira mundial del senador Hartmann. Está muy ocupado.
—Esto es importante –interpuso Tom.
El maître asintió.
—¿Quién lo busca?
—Dígale que… –titubeó Tom– …dígale que un viejo amigo.
Cuando el maître los dejó solos, Des se levantó y se acercó rodeando el escritorio. Se movía
despacio y apretaba los delgados labios bajo la trompa que le crecía en el sitio donde debería haber
una nariz en una cara normal. Al verlo ahí, en el mismo cuarto, se notaban muchas cosas que no
aparecían en la pantalla de televisión: lo viejo que era y lo enfermo que estaba. La piel le colgaba
tan flojamente como la ropa, y el dolor se desbordaba de sus ojos.
—¿Qué tal estuvo la gira? –preguntó Tom.
—Agotadora –repuso Des–. Vimos toda la miseria del mundo, todo el sufrimiento, todo el odio, y
experimentamos su violencia en forma directa. Pero no dudo que eso ya lo sepas. Salió en los
periódicos.
Alzó la trompa, y los dedos que crecían en la punta tocaron ligeramente la máscara de Tom.
—Perdón, viejo amigo, pero no puedo recordar tu cara.
—Llevo la cara escondida –indicó Tom.
Des sonrió débilmente.
—Una de las primeras cosas que aprende un joker es mirar bajo la máscara. Soy un joker viejo, y
tu máscara es bastante mala.
—Hace mucho tiempo, tú compraste una máscara igual de barata que ésta.
—Estás en un error –Des frunció el entrecejo–. Me temo que nunca he sentido la necesidad de
ocultar mis rasgos.
—La compraste para el doctor Tachyon. Una máscara de pollo.
Sorprendidos y curiosos, los ojos de Desmond se clavaron en los suyos, aunque conservaban una
expresión cautelosa.
—¿Quién eres?
—Creo que lo sabes –repuso Tom.
El viejo joker guardó silencio durante un prolongado momento. Por fin movió la cabeza
asintiendo y se hundió en el sillón más próximo.
—Se habló de que habías muerto. Veo con gusto que no es cierto.
Ese sencillo enunciado y la sinceridad con que se expresaba Desmond hicieron que Tom se
sintiera torpe y apenado. Por un momento tuvo el impulso de irse sin decir una palabra más.
—Siéntate, por favor –pidió Desmond.
Tom se sentó, se aclaró la garganta y trató de pensar en cómo dar principio a lo que quería decir.
El silencio los cubrió como una atmósfera incómoda.
—Me doy cuenta –abrió Desmond– de que para ti estar sentado aquí en mi oficina ha de ser igual
de raro que para mí. Muy agradable, pero raro. Sin embargo, algo te ha hecho venir, aparte del deseo
de mi compañía. Jokertown te debe mucho. Dime qué puedo hacer por ti.
Tom se lo dijo. No mencionó sus motivos, pero le comunicó que había tomado su decisión y le
contó lo que pensaba hacer con los caparazones. Mientras hablaba, apartó la mirada de Des y dejó
que sus ojos vagaran por todas partes menos el rostro del viejo joker. Pero no dejó de pronunciar
todas las palabras requeridas.
Xavier Desmond lo escuchó con la mayor cortesía. Cuando Tom terminó, Des se veía avejentado,
y más cansado. Asintió con movimientos lentos de cabeza, pero sin decir nada. Los dedos de la
trompa se le abrían y cerraban.
—¿Estás seguro? –preguntó al fin Des.
Tom asintió, y enseguida le preguntó:
—¿Te encuentras bien?
—No –replicó Des, y formó una sonrisa pálida y fatigada–. Soy demasiado viejo, y mi salud no
es buena, y el mundo persiste en decepcionarme. En los últimos días de la gira, sentí un gran anhelo
de volver a Jokertown y la Casa de los Horrores. He venido a casa y ¿qué encuentro? El negocio
peor que nunca, las pandillas haciendo la guerra en las calles de Jokertown, un próximo presidente
que bien puede ser ese charlatán religioso, el que ama tanto a mi gente que la quiere poner en
cuarentena. Ahora, el más viejo de nuestros héroes ha decidido apartarse de la lucha.
Des se pasó los dedos de la trompa por el pelo gris y ralo, y alzó la mirada a Tom.
—Te pido perdón. Eso no fue justo. Has arriesgado mucho, y a lo largo de veinte años estuviste
en tu puesto por todos nosotros. Nadie tiene derecho a pedirte más. Ten por cierto que si necesitas mi
ayuda, puedes contar con ella.
—¿No sabes quién es el dueño? –inquirió Tom.
—Un joker –repuso Des–. ¿Te sorprende? Los dueños originales eran norms, pero él compró su
parte, uh, hace ya bastante tiempo. Es muy rico, pero prefiere no hacerse notar. Un joker rico es una
víctima potencial. Puedo arreglar una reunión, con todo gusto.
—Sí –aceptó Tom–. Muy bien.
Cuando terminaron de hablar, Xavier Desmond lo acompañó a la salida. Tom prometió llamar en
una semana para enterarse de los detalles de la reunión. Afuera, en la acera, Des se paró al lado de
Tom, que trataba de parar un taxi. Uno que pasaba aminoró la marcha, pero al ver a semejante par el
conductor aceleró de nuevo.
—Abrigaba la esperanza de que fueses joker –dijo en voz baja Desmond.
Tom lo miró con intensidad.
—¿Acaso sabes que no lo soy?
Des sonrió, como si la pregunta no fuera digna de respuesta.
—Quería creer, como tantos otros jokers. Escondido en tu caparazón, podías ser cualquiera. Con
todo el prestigio y la fama de que disfrutan los ases, ¿para qué querrías esconder tu cara y mantener
tu nombre en secreto, si no eras uno de los nuestros?
—Tenía mis propias razones –expuso Tom.
—Bueno, ya no importa. Supongo que la lección aquí es que los ases son ases, también tú, y que
los jokers tendremos que aprender a cuidarnos a nosotros mismos. Te deseo buena suerte, viejo
amigo.
Des le estrechó la mano y se alejó.
Pasó otro taxi. Tom le hizo la señal, pero no se detuvo.
—Creen que eres joker –dijo Des desde la entrada de la Casa de los Horrores–. Es por la
máscara. Quítatela y no tendrás ningún problema.
Sus palabras no perdían su tono bondadoso. Des cerró la puerta después de entrar.
Tom miró la calle arriba y abajo. No había nadie. Ninguno podría verle la cara. Con cuidado,
nervioso, alzó las manos y se quitó la cara de rana.
El siguiente taxi frenó de inmediato a su lado.

♣♦♠♥
Lazos de sangre
I
♣♦♠♥
por Melinda M. Snodgrass

–¡R enuncio! ¡renuncio! ¡no necesita tutor, necesita un carcelero! ¡un maldito entrenador de
animales! ¡una temporada en la cárcel!
Al azotarse la puerta, los papeles apilados en su escritorio se estremecieron como los
bastimentos de una fortaleza de celulosa blanca. Tachyon, con un contrato de alquiler flácidamente
suspendido de los dedos, se quedó mirando la puerta con expresión divertida. Se abrió una rendija.
Un par de ojos, que nadaban como lunas azules detrás de lentes gruesos, atisbaba cautelosamente
en torno a la puerta.
—Lo siento –musitó Dita.
—Todo está bien.
—Con éste ¿cuántos van ya? –preguntó ella, mientras asentaba una nalga bien formada en la
esquina del escritorio. Los ojos de Tachyon se deslizaron sobre la extensión de muslo blanco que la
minifalda dejaba al descubierto.
—Tres.
—¿La escuela, quizá?
—De ninguna manera.
Tachyon reprimió un escalofrío al contemplar el caos que su nieto crearía en el mundo de la
escuela pública, con sus normas de lucha de todos contra todos. Con un suspiro, dobló el contrato de
alquiler y se lo metió al bolsillo.
—Tengo que ir a casa y ver cómo está. He de intentar hacer otros arreglos.
—¿Y esta correspondencia?
—Tendrá que esperar.
—Pero…
—Algunas de estas cartas llevan seis meses esperando. Pueden esperar unos cuantos días más.
—¿Y las visitas?
—Volveré a tiempo.
—El doctor Queen…
—No estará contento conmigo. Un suceso común y corriente.
—Luces fatigado.
—Lo estoy.
En efecto, estaba cansado, pensó, mientras bajaba por los escalones de la Clínica Memorial
Blythe van Renssaeler, omitiendo dar las acostumbradas palmaditas en las cabezas de los leones de
piedra que flanqueaban la escalera. En la semana transcurrida desde su regreso de la gira de la
Organización Mundial de la Salud no había encontrado tiempo para descansar. Por todas partes
surgían preocupaciones: su impotencia, que lo dejaba con un sentido cada vez mayor de presiones y
frustración; la candidatura de Leo Barnett, los crímenes de guerra que amenazaban la vida pacífica
(¿pacífica?, ¡ja, ja!) de Jokertown; James Spector, que andaba suelto y seguía…
Sin embargo, todas esas cosas se presentaban a distancia, meras bagatelas si se comparaban con
la llegada de una nueva presencia a su vida. Un niño activo de once años de edad que descomponía
todas sus rutinas y le hacía darse cuenta de lo estrecho que podía resultar un apartamento de una
recámara, qué tardado era encontrar algo de mayor tamaño, y de los costos involucrados en hacer una
mudanza.
Y además había que enfrentar el problema del poder de Blaise. Durante su infancia, Tachyon a
menudo despotricó de su crianza como un señor psi taquisiano. Pero en ese momento deseaba poder
aplicar algunos de esos severos castigos a su rebelde heredero, que se resistía a entender la
enormidad de sus pecados cuando ejercitaba desenfadado sus poderes psi sobre los seres humanos
que lo rodeaban, que eran como ciegos en lo que a la mente se refiere.
Para ser honestos, no era tan sólo cuestión de perdonarle los castigos. En Takis los niños
aprendían a sobrevivir en la atmósfera plena de intriga de las habitaciones de las mujeres. Rodeados
de otros mentalistas, los niños no tardaban en aprender cautela en el ejercicio desenfrenado de sus
poderes. No importaba cuán potente fuese un individuo, siempre había un primo mayor o un padre
con más experiencia y más poder.
Una vez que salían del harem, se asignaba a cada niño un compañero/sirviente escogido entre las
órdenes inferiores. La meta era que se imbuyera al joven señor o señora psi un sentido de deber
hacia las gentes sencillas a quienes gobernaban. Ésa era la teoría; en los hechos, se generaba una
suerte de desprecio indulgente hacia la gran mayoría de la población taquisiana, y una actitud
despreocupada que conducía a considerar poco deportivo o interesante influir sobre los sirvientes.
Pero sucedían tragedias: sirvientes obligados a la autodestrucción por un capricho o berrinche de sus
amos.
Tachyon se frotó la frente con la mano y consideró sus opciones. Seguir pronunciando sermones
sobre la bondad, la responsabilidad y el deber. O convertirse en el elemento más peligroso de la
vida de Blaise.
Pero yo deseo su amor, no su miedo.
El niño le hacía pensar en alguna criatura feral de los bosques. Arrellanado en un sillón grande,
Blaise miraba con cautela a su abuelo y se tiraba del cuello de encajes a la Vandyke que se
derramaba sobre los hombros de su chaqueta blanca de sarga. Unas medias rojas y una faja del
mismo color hacían eco al rojo de sus cabellos. Tach arrojó las llaves a la mesita de café y se sentó
en el brazo del sofá, manteniendo una distancia prudente del niño hostil.
—Diga lo que diga, no fui yo.
—Algo has de haberle hecho.
Hablaban en francés.
—No.
—Blaise, no digas mentiras.
—Es que él no me gusta.
Tach se acercó al piano y tocó varios compases de una sonatina de Scarlatti.
—Tus maestros no necesitan hacerse amigos tuyos. Lo que necesitan es… enseñar.
—Pero yo ya sé todo lo que necesito saber.
—¿Ah, sí? –Tachyon pronunció esas sílabas largamente, en tono frígido.
La barbilla del niño se endureció, y las defensas de Tach repelieron un potente asalto mental.
—Eso es todo lo que necesito saber, al menos respecto a la gente ordinaria –arguyó el jovencito,
sonrojado bajo la mirada de su abuelo–. ¡Yo soy especial!
—Ser un bruto ignorante no es nada especial en el mundo. Tendrás mucha compañía.
—¡Te odio! ¡Quiero irme a casa!
La última palabra se ahogó en un sollozo. Blaise enterró el rostro en la superficie del sillón.
Tach se aproximó a su nieto y lo tomó en brazos.
—Oh, querido mío, no llores. Extrañas tu casa, eso es natural. Pero en Francia no hay nadie que
te cuide, ¡y yo quiero tanto tenerte a mi lado!
—Pero aquí no hay ningún lugar para mí. Me has metido a la fuerza. Igual que metes un libro
entre los demás.
—No es cierto. Tú le das sentido a mi vida.
Ese comentario era tal vez demasiado críptico para que lo entendiese un niño. Tachyon volvió a
intentarlo:
—Creo que he encontrado un apartamento nuevo. Iremos a verlo esta tarde, y me dirás
exactamente cómo vamos a arreglar tu cuarto.
—¿De verdad?
—Claro que sí –le aseguró al niño, y le limpió la cara con un pañuelo–. Pero ahora debo volver
al trabajo, así que te llevaré con Baby, y ella te contará cuentos sobre tu sangre.
—Très bien.
Tach sintió un destello de culpa momentáneo, pues el plan tenía por objeto no darle placer a
Blaise, sino asegurar su buena conducta. Encerrado entre las paredes de la nave taquisiana,
inteligente y con vida propia, Blaise estaría a salvo, y el mundo también.
—Pero solamente en inglés –añadió Tachyon con severidad–. Tant pis.
La expresión en el rostro de Blaise se alargó al oír esa condición.
Una vez de vuelta en la clínica trabajó durante cinco horas frenéticas. Por desgracia, la mayor
parte era trabajo burocrático. Se sobresaltó al acordarse de Blaise, y abrigó la esperanza de que
Baby lo hubiese entretenido lo suficiente. Después de recoger al niño, Tachyon lo llevó
apresuradamente a sus clases de karate. Allí lo esperó en la oficina, leyendo el Times, mientras oía
precavido los ruidos procedentes del dojo. Por lo visto, Blaise se estaba comportando.
Concierto de beneficio wild card/sida en la Casa de los Horrores . Era típico de Des, reflexionó
Tachyon. Resultaba interesante que el evento tuviera lugar en Jokertown. Era probable que ningún
otro local en Nueva York aceptara el espectáculo, pues querrían forrar de plástico los asientos.
Una y otra condiciones presentaban muchas semejanzas. Como bioquímico, él veía otro tipo de
correlación, entre el herpes y el wild card. Pero un concierto de beneficio herpes/wild card/sida
ofrecería demasiadas oportunidades desafortunadas para provocar comentarios sexuales.
Advertencia: las autoridades sanitarias han dictaminado que coger puede ser peligroso para
la salud.
—Bueno, entonces yo debería vivir dos mil años –murmuró Tach, mientras cruzaba las piernas.
Blaise apareció, adorable en su uniforme blanco. Respecto a ese traje, se habían presentado
dificultades con el gerente de la escuela de karate. El color estándar era negro, pero a pesar de haber
vivido en la Tierra más de cuarenta años, Tach conservaba un prejuicio invencible respecto a dicho
color. Eran los trabajadores quienes se vestían de negro, no los aristócratas.
El niño echó sobre los brazos de Tach su ropa.
—¿No te vas a cambiar?
—No –repuso el pequeño, y se trepó a una silla para investigar una exhibición de shurikiens,
kusawagamas y naginatas.
—¿Hay problemas con la barrera del lenguaje? –le preguntó a Tupuola mientras escribía un
cheque.
—No. Incluso en los últimos días su inglés ha mejorado en forma impresionante.
—Es un chico muy brillante.
—Sí, eso es lo que soy –dijo Blaise, y caminó sobre las sillas para abrazarse al cuello de
Tachyon. Tupuola frunció el ceño y se puso a jugar con una pluma.
—Quisiera que me enseñaras a mí tus avances en el inglés –dijo el abuelo.
—Es más fácil hablar francés contigo –explicó Blaise en esa lengua.
Tach pasó la mano por el pelo rojo y lacio de su nieto.
—Creo que tendré que cultivar una sordera selectiva –se rio.
—¿De qué te ríes? –quiso averiguar Blaise, tirando al abuelo del hombro.
—Me acordaba de un incidente de mi niñez. No era yo mucho mayor que tú. Quince años, más o
menos. Había resuelto que el ejercicio físico era aburrido. Lo único que importaba era el boxeo. Se
me hizo la costumbre de ordenar a mis guardaespaldas que hiciesen todos los ejercicios físicos que
me correspondían. Era yo un principito insufrible.
Tupuola se rio, y Tach meneó la cabeza, triste.
—Y ¿qué pasó?
—Mi padre me pescó.
—¿Y? –preguntó Blaise con ansiedad.
—Y me pegó una paliza.
—Sin duda, tus guardaespaldas deben de haber gozado de eso –dijo, entre risas, Tupuola.
—Oh, no, su adiestramiento era demasiado bueno para que mostraran sus emociones, aunque creo
recordar que los traicionaban algunos movimientos reprimidos de los labios. Fue una gran
humillación –suspiró.
—Yo no le hubiera dejado –intervino Blaise, con ojos encendidos.
—Ah, pero yo respetaba a mi padre, y sabía que tenía razón en castigarme. Hubiera violado los
mandamientos del psi entrar en una larga y complicada batalla mental contra mi padre frente a los
sirvientes. Además, podría haber perdido –Tachyon alzó el dedo índice al lado de la nariz del niño–.
Algo que siempre debe tomarse en consideración si se es taquisiano.
—Los mandamientos del psi. Suena a uno de esos libros místicos de los años sesenta –comentó
Tupuola.
—Tal vez debiera escribirlo yo –concluyó Tach, tras lo cual se levantó y se volvió hacia el
pequeño–. Hablando de esos años sesenta, hay alguien a quien quiero que conozcas.
—¿Alguien divertido?
—Sí, además de que es bueno, y gran amigo mío.
—¡Pero no es alguien con quien pueda jugar! –se enfurruñó Blaise, con las esquinas de la boca
hacia abajo.
—No, pero tiene una hija.

—¡Contémplame, Mark, he vuelto! –anunció Tach haciendo girar su sombrero emplumado en la


entrada a la Calabaza Cósmica (“Alimentos para el Cuerpo, la Mente y el Espíritu”), tienda de
delicatessen y accesorios para consumo de drogas.
El doctor Mark Meadows, alias Capitán Trips, se erguía como cigüeña en el mostrador, con un
paquete de tofu recién abierto que equilibraba delicadamente en los dedos.
—¡Vaya, doctor! Qué gusto verte por aquí.
—Mark, éste es mi nieto, Blaise.
Jaló del niño, que se ocultaba tras su abuelo, y le dio un suave empujón al frente.
—Blaise, je te présente monsieur Mark Meadows.
—Enchanté, monsieur.
Mark hizo con la mano un signo de la paz dirigido a Blaise y enfocó la mirada sobre Tach.
—Veo que tienes mucho que contar.
—En efecto, mucho. Y pedir un favor que necesito de ti.
—Lo que sea, hombre, no tienes sino que decirlo.
Tachyon miró significativamente a Blaise.
—Enseguida. Quiero que antes Blaise conozca a Sprout.
—Uh, claro, claro.
Subieron por una escalera empinada hacia el apartamento de Mark, dejaron a Blaise jugando con
la adorable hija de Mark, que era víctima de retraso mental, y se sentaron en el pequeño y caótico
laboratorio del hippie.
—Venga, cuéntame todo.
—En términos generales, fue una pesadilla. Muerte, hambre, enfermedad, pero al final… Blaise,
y eso hace que haya valido la pena.
Tachyon andaba por el laboratorio, pero de pronto detuvo sus pasos.
—Sobre él he enfocado mi vida, Mark, y quiero que él lo tenga todo.
—Hombre, los niños no necesitan todo. Sólo necesitan amor.
Tach puso la mano en el hombro de su amigo.
—Eres tan bueno, mi querido, querido amigo.
—Pero si no me has dicho nada. ¿Cómo lo encontraste? ¿Y qué hay tras toda esa mierda que
sucedió en Siria?
—A eso me refiero con lo de la pesadilla.
Hablaron; Tachyon comentó sobre sus temores respecto a Peregrine y todos los sucesos que
culminaron en el descubrimiento de Blaise. Omitió su confrontación final con Le Miroir, el terrorista
francés que había tenido bajo su control a su nieto, taquisiano en la cuarta parte de su sangre.
Presintió que Mark, un hombre dulce y sensible, se escandalizaría por la frialdad con que Tachyon lo
había ejecutado. El mismo Tachyon no aprobaba su propia conducta. Después de haber vivido años
en la Tierra, casi tantos como los años vividos en Takis, pertenecía más al segundo de esos mundos
que al primero.
Miró el reloj incrustado en su tacón y exclamó:
—¡Arde el cielo! Mira qué hora es.
—¡Oye, qué buenas botas!
—Sí, las encontré en Alemania.
—Oye, algo sobre Alemania…
—A la próxima, Mark, tengo que irme. Pero ¡qué idiota soy! Vine no sólo por el placer de verte,
sino para pedirte que me prestes ocasionalmente a Durg. Es virtualmente inmune a los efectos del
control mental, y yo no puedo tener conmigo a Blaise todo el tiempo, ni tampoco puedo encerrarlo en
Baby cada vez que deba atender mis responsabilidades.
—Durg como niñera. Una idea que detiene la mente.
—Ya lo sé, y puedes creer que me disgusta profundamente que el monstruo de Zabb cuide a mi
nieto, pero Blaise es como una madre de enjambre entre los planetas si lo dejo entre humanos
normales. No tiene la menor autodisciplina, y no veo cómo diablos introducírsela.
Trips pasó el brazo sobre los hombros de Tachyon, y se dirigieron a la puerta del laboratorio.
—Amigo, hay que darle tiempo al tiempo. Y relájate. Nadie es padre de nacimiento.
—Ni tampoco abuelo.
Mark se rio al mirar la cara delicada y juvenil.
—Creo que no le será fácil verte como abuelo. Tendrás que conformarte con…
Lo que sus ojos vieron en la sala cortó las palabras y el aliento de Mark. Sprout se había
desnudado, se había dejado sólo su calzoncito de ositos, y bailaba con refinamiento mientras cantaba
una cancioncita. Riéndose, Blaise brincaba en el sofá y la manejaba como si fuera un títere.
—K’ijdad, ¿no es chistosa? ¡Qué mente más simple!
El poder de Tachyon se desencadenó como látigo, y Germinia, liberada de repente del aterrador
control desde el exterior, estalló en lágrimas, asustada y desorientada. Mark la abrazó.
—¡SIMPLE! ¡TE VOY A ENSEÑAR UNA MENTE SIMPLE!
El niño empezó a moverse por el cuarto como un autómata oxidado bajo el brutal imperativo de
la mente de su abuelo.
—¿TE PARECE AGRADABLE? ¡TE DIVIERTES AHORA!
—¡NO, HOMBRE, NO! ¡DETENTE!
Mark sacudió con dureza el cuerpo de Tachyon.
—Está bien –añadió, en tono más suave, viendo que se desvanecía la máscara diabólica sobre los
rasgos de Tachyon, que ordinariamente eran gratos a la vista.
—¡Cómo lo siento, Mark! –musitó Tach–. De veras, lo siento muchísimo.
—Hombre, está bien. Hay que tranquilizarnos… todos.
Tachyon cayó a lenguaje telepático:
¿Podrás perdonarme alguna vez?
No hay nada que perdonar, hombre.
Meadows hincó una rodilla frente al niño que sollozaba, y lo tomó con suavidad por los hombros.
—Ya lo ves, estás igual de asustado que Sprout. No es divertido estar sometido al poder de otra
persona.
Hizo una pausa antes de agregar:
—Es cierto que la mente de Sprout es débil, y razón de más para que alguien fuerte como tú sea
bueno con ella y la cuide, y también cuide a otros que son como ella. ¿Me entiendes?
Blaise movió la cabeza, afirmando, pero Tachyon no confiaba en la expresión cerrada de esos
ojos de color entre púrpura y negro. Sus sospechas se confirmaron en cuanto salieron a la calle,
frente a la Calabaza Cósmica, y el niño exclamó:
—¡Qué pobre diablo!
—ENTRA EN ESE TAXI.


—¡Ancestros!
Se oyó el vidrio quebrarse bajo tacones de botas. Por un breve instante el tiempo rodó hacia
atrás, y sintió que el pasado le mordía la garganta como un animal.
Los vidrios se estrellan y caen, por todas partes se rompen los espejos, por el aire vuelan
cuchillos plateados… en los espejos quebrados salpica la sangre.
Tachyon se sacudió de la pesadilla con que soñaba despierto y miró la carnicería que llenaba la
Casa de los Horrores. Un conserje con suficientes brazos para manejar tres escobas se ocupaba en
barrer los vidrios rotos tirados en el suelo. Des, con la cara gris y el ceño fruncido, hablaba con un
hombre vestido con traje de negocios. Tachyon se les acercó.
—No estoy del todo seguro de que la póliza…
—¡Claro que no! ¿Por qué me atrevería a pensar que tras veinticuatro años de pagar todas las
primas a tiempo, y no presentar ningún reclamo, se me va a dar derecho a cobertura?
—Lo he de verificar, mister Desmond, y me pondré en contacto con usted.
—¡Por la pureza del Ideal! ¿Qué está pasando aquí?
—¿Quieres un trago?
—Por favor.
Tachyon sacó la cartera, y Des miró los billetes, con los labios torcidos en una sonrisita rara, y
los dedos en el extremo de su incongruente trompa haciendo movimientos nerviosos. El alienígena se
sonrojó, y en tono defensivo quiso explicarse:
—Siempre pago por mis bebidas.
—Ahora.
—Eso fue hace mucho tiempo, Des.
—Es cierto.
Tachyon dio una patada a un fragmento de espejo.
—Aunque Dios sabe que esto lo trae todo de regreso.
—La Nochebuena de 1963. Hace mucho tiempo que murió Mal.
Y pronto morirás tú también.
No, era imposible pronunciar tales palabras. Pero ¿no hablaría Des? Aunque Tachyon respetaba,
por supuesto, el deseo de privacidad en sus preparaciones para morir, le lastimaba que el viejo joker
mantuviera su silencio.
¿Cómo podré despedirme de ti, mi viejo amigo? Pronto será demasiado tarde.
El coñac explotó como una nube ardiente en su garganta, que aniquiló el nudo que se le había
formado ahí. Tachyon dejó el vaso y dijo:
—No has contestado a mi pregunta.
—¿Qué quieres que te responda?
—Des, soy amigo tuyo. Hace más de veinte años que tomo mis copas en este bar. Al verlo
reventado en pedazos, quiero saber por qué.
—¿Por qué?
—¡Porque tal vez pueda yo hacer algo!
Tachyon se bebió el resto de su coñac y miró a Des a los ojos, frunciendo el ceño.
Des agarró el vaso y volvió a llenarlo.
—Durante veinte años pagué protección a los Gambione. Ahora hay una nueva pandilla que
quiere entrar a la fuerza, y tengo que pagar a los dos. Se vuelve difícil cubrir los gastos.
—¿Una pandilla nueva? ¿Qué pandilla?
—Se hacen llamar Puños de Sombra. Son matones de Chinatown.
—¿Cuándo comenzó esto?
—La semana pasada. Supongo que esperaron a que yo regresara a la ciudad.
—Eso significa que han estudiado Jokertown a conciencia.
—¿Y por qué no iban a hacerlo? Son hombres de negocios –replicó el joker, encogiéndose de
hombros.
—Son criminales.
—También –Des alzó los hombros otra vez.
—¿Qué vamos a hacer?
—Seguir pagando a ambos y esperar que me permitan vivir en paz.
—Lo que dure vivir –murmuró Tachyon y se bebió el coñac recién servido.
—¿Qué dices?
—Por todos los diablos, Des, no estoy ciego. Además soy doctor. ¿Qué tienes? ¿Cáncer?
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Muchas razones, todas complicadas –suspiró el viejo–. De las cuales prefiero no hablar ahora
mismo.
—¿O nunca?
—Eso también es posible.
—Te cuento entre mis amigos.
—¿De verdad, Tachy? ¿Amigo mío?
—¿Acaso lo dudas? ¡No! No me contestes. Ya lo he visto, en tus ojos y en tu corazón.
—¿Por qué no en mi mente, Tachyon? ¿Por qué no lees ahí?
—Porque respeto tu privacidad y… –se interrumpió para aspirar una bocanada de aire–… porque
no me atrevo a confrontar lo que podría ver en tu mente.
Hablaba con serenidad. Puso unos billetes más sobre la barra y se echó a andar hacia la puerta.
—Veré qué puedo hacer para que tus esperanzas se hagan realidad –se despidió.
—¿Qué?
—Que puedas terminar en paz tus días.


Era la misma historia de Ernie’s, y de la Delicatessen de los Tragones, y la Lavandería La Mancha y
de tantos otros casos, que asustaba recordarlos a todos. Con el entrecejo arrugado, Tachyon peló una
naranja, y sintió el ardor del jugo sobre una cortada de papel que no había notado antes. Matones
salidos de Chinatown. Matones de la mafia. Y él, un bocón que prometía hacer algo al respecto.
¿Cómo qué?
Terminó de pelar la naranja y se metió un gajo a la boca. Una brisa ligera pasó por sus rizos y
trajo consigo el sonido de la risa dichosa de Blaise. Un llamado en la voz profunda de Jack Braun
hizo que el niño corriera por el parque, lo que dejó un rastro de movimiento con sus medias rojas.
Braun se inclinó hacia atrás, con el balón de futbol americano en su gran mano, y lo lanzó al aire.
Parecía un actor de cine, con el pelo blanqueado por el sol sobre la frente, las piernas tostadas y
musculosas que se proyectaban desde unos shorts de safari y una camisa hawaiana muy atractiva, de
colores brillantes.
Tach echó unas migajas de pan a algunas palomas que mostraban interés. Qué ironía. Domingo en
el parque con Jack. El odiado enemigo transformado en… bueno, tal vez no se le podía considerar
amigo, pero al menos se toleraba su presencia. Ayudaba a ello que el impulso de Jack era ver a
Blaise, y eso lo elevaba en la estimación de Tach. Amar a Blaise era recibir una luz favorable. Y
este paseo había logrado hacer salir a Tachyon de la depresión en que había permanecido varios días
después de su última vista a la Casa de los Horrores.
Tragó el gajo de la naranja, pero su estómago se rebeló. Con una queja, rodó sobre su espalda en
la cobija extendida, tratando de reprimir sus náuseas. Era el precio de la preocupación. En los
últimos días su estómago se había vuelto una bola apretada y dolorida. Repasó su letanía de
problemas.
El miedo que se extendía como una sombra palpable sobre Jokertown. Leo Barnett y su
ofrecimiento de curar a los jokers con el poder de su dios; si no respondían a esa medicina, era
síntoma de la gravedad de sus pecados. ¿Y si lo elegían presidente?
Peregrine: en un mes más nacería su hijo. El ultrasonido que le había hecho dos días antes seguía
indicando un feto viable y normal, pero Tach sabía con un horror que tocaba las honduras de su alma
los daños que podía causar la tensión del parto a un bebé de wild card. Sangre y Línea, que este
pequeñuelo sea normal. De lo contrario, la destruiría a ella.
Y aún no había acudido a la delegación de policía para trabajar con un dibujante en el retrato
hablado de James Spector…
Una chica que hacía ejercicio pasó corriendo a su lado, acompañada de un perro afgano que
saltaba tras sus talones. Sobre su piel el sudor brillaba, y varias mechas de cabellos largos y negros
se habían pegado a su espalda descubierta. Tach miró los músculos de sus piernas y su espalda,
contempló los pechos llenos que se movían debajo de su camiseta, y sintió que se le secaba la boca y
que el pene se apretaba contra la bragueta. Era una visión amarga y seductora de entereza, pues tras
una infinidad de encuentros desesperados ya sabía que el poder lo abandonaría en el momento
preciso.
Furioso, rodó sobre el estómago y dio varios puñetazos al suelo, furioso por su impotencia y por
la indisciplina de su mente, que en cuanto veía un cuerpo de mujer se dejaba distraer de sus
preocupación por un as asesino.
Sintió un dedo de pie en las costillas, y de un salto se puso de pie.
—Ey, ey –Braun le mostró la palma de la mano–. Tranquilo.
—¿Dónde está Blaise? –inquirió Tach, mientras miraba a su alrededor.
—Le di dinero para que se comprara un helado.
—No debiste dejarlo ir solo. Puede pasar algo…
—Ese niño se sabe cuidar solo –opinó Braun y se sentó con las piernas cruzadas sobre la cobija,
encendiendo un cigarro–. ¿Puedo ofrecerte un consejo?
—Sí.
—Ya no estás en Takis. Aquí él no es un príncipe de sangre azul.
Tachyon soltó una breve y amarga risa.
—Ya lo creo que no. Es una abominación. En Takis sería destruido.
—¿Qué?
El alienígena recogió las cáscaras de naranja y las llevó a un bote de basura.
—Las penas más graves se reservan para quienes mezclan su semilla fuera de su clase. ¿Cómo
podríamos gobernar si todos tuviesen nuestros poderes? –explicó, mientras tiraba las cáscaras sobre
el hombro.
—Qué encanto de cultura. Pero así apoyas mi argumentación.
—¿Qué argumentación?
—Lo estás volviendo loco. Demasiada presión. Esperas que se rija por reglas de conducta que no
pueden aplicarse aquí en la Tierra, y al mismo tiempo lo tienes terriblemente consentido. Lecciones
de música, clases de karate, profesores de álgebra, biología y química…
—En eso te equivocas. Su tercer tutor renunció hace varios días, y no puedo encontrar quién lo
sustituya. Por eso tengo que exigirle tanto. Su poder y su crianza lo hacen especial. Al menos,
especial para mí.
—Tachyon, escúchame. No puedes darle a un niño cada juguete y capricho que se le ocurra,
decirle que es especial, especial y especial, y luego molestarte porque es un cabroncito arrogante.
Déjalo ser niño. ¡Fíjate en su ropa!
—¿Qué tiene de malo su ropa? –demandó Tachyon, con una amenaza en el tono de su voz.
—Quítale las calzas, los encajes y los sombreros. Cómprale unos jeans y una gorrita de beisbol.
Él vive en este mundo.
—Yo no he elegido el conformismo.
—Sí, pero tú eres un raro. En tu caso es un espectáculo lo que tienes montado. Además eres
adulto, un hijo de puta increíblemente arrogante, y no te importa un bledo lo que la gente diga de ti.
No quieres que Blaise abuse de su poder, pero casi lo has obligado a hacerlo. Nadie es tan cruel
como los niños, y él se atormenta hasta que suelta la violencia. Entonces tú desapruebas y te
manifiestas decepcionado, y él lo resiente, y qué perfecto círculo vicioso has creado.
—Deberías escribir un libro. Sin duda, tu vasta experiencia te ha dado autoridad sobre la
educación de los niños.
—Con todos los diablos, Tachyon, a mí me cae bien el niño. Incluso a veces tú me caes bien.
Basta con que lo ames, Tachyon. Y te relajes un poco.
—Pero lo amo.
—No lo amas a él, sino lo que él representa. Te obsesionas con él debido a tu im… –se
interrumpió a media palabra y se le puso la cara de un rojo subido–. ¡Diablos! Cómo lo siento. No
era mi intención hablar del tema.
—¿Cómo sabes de eso?
—Fantasy me lo dijo.
—Puta.
—Oye, cálmate también en eso, y ya verás cómo todo encuentra arreglo. No es grave.
—Braun, no puedes ni siquiera concebir lo grave que es. Progenie, continuidad… ¡Con un carajo!
¿Vas a ofrecer terapia psicológica en tu casino nuevo? Haz lo que puedas, Jack: a la deriva, ganando
dinero. ¡Pero a mí déjame en paz!
—¡Con mucho gusto!
Tachyon recogió la canasta del almuerzo y la cobija, y salió de estampida en busca de Blaise.
—¿Y el tío Jack?
—El tío Jack tiene una cita en Atlantic City.
—Se volvieron a pelear. ¿Por qué se pelean tanto ustedes dos?
—Historias antiguas.
—Pues harías mejor en olvidarlas.
—No empieces tú, ahora –lo reprendió Tach, haciendo parar a un taxi.
—¿Adónde vamos?
—A casa de Mark.
—Ah.
—J. J., por favor espérame –instruyó Tachyon cuando llegaron frente a la Calabaza Cósmica.
—Como quieraz, pero el taxímetro zigue corriendo –replicó el conductor, en un acento pesado y
difícil de ubicar.
—No importa.
—Yo también me quedo esperando aquí –dijo Blaise, con un hilo de voz.
Tachyon sintió vergüenza por un instante, al recordar cómo había perdido el control durante su
anterior visita a la Calabaza.
Metió la cabeza por la puerta.
—Mark.
—Hola.
—Una pregunta rápida. ¿Te han molestado emisarios de organizaciones criminales?
Los clientes que estaban comiendo se quedaron mirando al taquisiano con los ojos muy abiertos.
—¿Uh?
—¿No te han pedido que pagues protección? –insistió Tach, con un bufido de irritación.
—Ah, ya sé a qué te refieres. Sí, hombre, hace meses, pero verás… pedí a uno de mis… amigos
que apareciera por aquí, y ya no han vuelto.
—¡Si todos tuviésemos amigos como los tuyos, Mark!
—¿Eso era todo?
—Todo.
—¿Puedo ayudar en algo?
—No lo creo.
Tachyon volvió al taxi y dio la dirección de la clínica.
—Ooooh, Jokertown. ¿Uzté es ese doctore?
—Sí.
—Lo he veído en la televizión. Pere Garina.
—Sí, Peregrine, y sí, era yo.
—¡Zanto Dioz!
La exclamación del taxista desplazó la atención de Tach a lo que pasaba en la calle. Un montón
de patrullas de la policía, con las luces intermitentes encendidas, había taponado la calle Hester. Una
ambulancia con la sirena a todo volumen pasó rápidamente junto a ellos.
—Jodé, ha de zer otro de ezoz, como dicen, atentatos.
—Párese, párese aquí mismo.
Tach saltó del taxi y se metió bajo la cinta de la policía. Los gritos agudos de una mujer llenaban
el aire, y una voz de bajo amplificada por un altavoz ordenaba a la gente apelotonada que circulara.
Tachyon localizó al detective Maseryk y se abrió paso hacia él.
—¿Qué?
—¿Cómo diablos…? Oh, es usted, doctor.
Curioso, el detective miró al niño que observaba con interés los cuerpos que yacían en el
restaurante destrozado.
Tachyon se volvió a Blaise.
—Vuelve al taxi y espérame allí.
—¡Aah!
—¡Ahora mismo!
—Otra fiestecita, al parecer –comentó Maseryk una vez que Blaise se alejó de mala gana–. Sólo
que en esta ocasión hubo un invitado sorpresa.
Indicó con la cabeza a la mujer que lloraba a gritos aferrada a una forma pequeña metida en una
bolsa para cadáveres que metían en una ambulancia.
Tachyon corrió hacia la camilla, abrió la bolsa y miró al niño. Para empezar, no había sido muy
agradable nunca su cuerpo, achaparrado y grueso en el trasero, con aletas anchas, pero se veía mucho
peor con media cabeza arrancada. Dándose vuelta, el taquisiano sujetó a la mujer en un fuerte abrazo.
—¡MI BEBÉ! ¡MI BEBÉ! ¡QUE NO SE LLEVEN A MI BEBÉ!
Un rescatista se acercaba, con la jeringa hipodérmica en la mano. Tachyon contuvo a la mujer con
un leve toque de su poder, y se la pasó al hombre.
—Sean buenos con ella.
—Parecen chicos de los Gambione –comentó Maseryk, con los ojos puestos en uno de los
cadáveres derribados, de cuya boca asomaban varias tiras de espagueti, que le manchaban el mentón
de rojo–. Pasaron los Puños y soltaron una ráfaga. Encontraremos el auto, pero veremos que era
robado, así que otra vez estaremos en un callejón sin salida. Es triste lo del niño, sin embargo. Eso
de estar en el lugar equivocado y en el peor momento.
El detective se dio cuenta de que Tachyon guardaba un silencio obstinado, y miró hacia abajo.
—No quiero callejones sin salida. Quiero a los que hicieron esto –declaró el alienígena.
—Estamos trabajando para detenerlos.
—Quizá me ha llegado la hora de intervenir.
—¡No, por Dios! ¡Lo que menos necesitamos es que vengan civiles a estorbar!
—¡Nadie mata a mi gente en mi pueblo!
—¿Y eso? ¡El alcalde se va a llevar una gran sorpresa cuando se entere de que fuiste tú el que
salió electo en las últimas votaciones! –gritó el detective, pues Tachyon ya le daba la espalda y se
alejaba.


—¡Coñac! –espetó Tachyon a Sascha, el barman ciego del Palacio de Cristal.
Arrojó sobre el bar su sombrero de terciopelo azul, adornado con perlas y lentejuelas y se bebió
de un trago el coñac.
—¡Otro! –puso la copa.
Sintió una oleada del perfume exótico de frangipani. Chrysalis se acomodó en la banca junto a él.
Los ojos azules lo miraron impávidos desde el interior de las cuencas de hueso vacías.
—Se supone que un buen brandy es para saborear, no para tragarlo como un vago
emborrachándose con alcohol barato. A menos que eso andes buscando.
—¡Vaya! Suenas a reclutadora de AA.
Chrysalis acercó la mano para enrollar en el dedo índice un rizo del pelirrojo.
—¿Qué es lo que te pasa, Tachy?
—Es esta absurda guerra entre pandillas. Hoy mataron a un inocente que cayó bajo el fuego
cruzado. Un niño joker. Creo que vivía en esta misma cuadra. Recuerdo que lo vi el septiembre
pasado, el Día Wild Card.
—Oh –replicó ella, todavía jugando con su pelo.
—¡Deja de hacer eso! ¿Es todo lo que tienes que decir?
—¿Y qué debo decir?
—No estaría mal un poco de indignación.
—Yo me dedico a la información, no a la indignación.
—Eres una zorra muy fría, a veces.
—Eso está garantizado por las circunstancias, Tachyon. No pido lásti