0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas410 páginas

VASCONCELOSulisesCriollo OCRed

del escritor mexicano Vasconcelos

Cargado por

listname
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas410 páginas

VASCONCELOSulisesCriollo OCRed

del escritor mexicano Vasconcelos

Cargado por

listname
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

JOSÉ VASCONCELOS

ULISES CRIOLLO

PRÓLOGO
SERGIO PITOL

Tercera edición
Primera edición en la colección "Sepan cuantos...' 2001

Copyright © 2006

Esta edición y sus características son propiedad dc


EDITORIAL PORRÚA, SA de CV 4
Av. República Argentina 15 altos, col. Centro,
06020, México, DF
www.porrua.com

Queda hecho el depósito que marca la ley

Derechos reservados

ISBN 970-07-6361-7 (Rústica)


ISBN 970-07-6765-5 (Tela)

I MPRESO EN MÉXICO
PRINTED IN MEXICO
PRÓLOGO

Debo haber tenido once o doce años cuando oí mencionar por prime-
ra vez el nombre de José Vasconcelos. En una ocasión, durante unas
vacaciones pasadas en la ciudad de México, en casa de una de mis
tías por el lado paterno, tomé un libro que alguien había dejado so-
bre un sillón, y distraídamente comencé a hojearlo. Se trataba de La
tormenta. Pasaba las páginas de manera mecánica sin mayor interés,
casi por inercia, cuando apareció mi tía —su generosidad me había
proporcionado las lecturas canónicas correspondientes a mis cambios
de edad: cuentos de hadas, Verne, London, Stevenson, Dickens; me
parece que en la época a la que me refiero andábamos ya por Tols-
toi —, quien pareció asombrarse al ver aquel volumen en mis manos.
Sin parecer darle importancia al asunto me sugirió cambiar de lectu-
ra; ese libro trataba de asuntos demasiado complejos me dijo—, y

al no conocer bien la historia de México no lograría sino aburrirme.


Agradecí su consejo. En mi casa me habían tratado de interesar en el
voluminoso México a través de los siglos, donde, desde la inicial ex-
posición de motivos, me sentí perdido. Todo habría quedado ahí si
por la noche, durante la cena, mi tía no hubiera referido aquel inci-
dente, añadiendo alguna misteriosa alusión a mi precocidad. Comen-
tó haberme encontrado embebido en uno de los pasajes más escabro-
sos del libro; lo que, de haber sido cierto, me había pasado por
entero inadvertido. Ese comentario dio lugar a una conversación aca-
lorada. Un médico, amigo íntimo de la familia, manifestó estruendo-
samente su admiración por el Maestro y su repulsa a la inicua mane-
ra con que el país había pagado sus esfuerzos. Sus libros
proclamaban no una sino muchas verdades que nadie había tenido el
valor de pronunciar en México, y añadió que a él no le escandaliza-
ba, como a tantos hipocritones y mojigatos, que el Maestro —duran-
te años siempre que alguien mencionaba el nombre de Vasconcelos
anteponía la palabra "Maestro", término que al instante se teñía de
una pátina de grandeza y martirio— hubiera descrito en forma tan
descarnada sus pasiones. El Maestro podía darse el lujo de hablar de
sus amantes y de cualquier otro asunto como le diera su real gana.
VII
VIII PRÓLOGO

"Léelo", me dijo, "no permitas que te oculten nada; léelo, te va a


hacer bien. Vas a saber lo que es un hombre de verdad caído en me-
dio de una bola de lacayos y pendejos." Luego la conversación se
animó aún más con anécdotas sobre el personaje, su pasado, sus vie-
jas, su campaña presidencial, su derrota y su fe en México, que la
nación no había sabido apreciar.
Al regresar de vacaciones, encontré en casa el Ulises criollo y La
tormenta. Obras que, me imagino, figuraban obligatoriamente en los
libreros de toda la clase media ilustrada del país. Comenté la diverti-
da discusión que había tenido lugar en México y, para mi sorpresa,
mi tío (mi tutor), no la encontró tan divertida. La mención de Vas-
concelos imponía de inmediato un tono de respeto sombrío. Corro-
boró la extraordinaria calidad del personaje, la admiración que se le
debía, y añadió que, en efecto, aún no estaba yo en edad de leer esos
libros, no, sobre todo La tormenta, que trataba cuestiones personales
de las que no tenía sentido enterarme. Por supuesto deduje que esas
cuestiones eran "las viejas" del Maestro. Mi abuela pasaba buena
pa rt e de su tiempo refugiada en las novelas. No compartía el criterio
de lecturas progresivas en virtud de la edad; cualquiera de sus libros
estaba a mi disposición. Si había leído la Naná, de Zolá y, en cam-
bio, no era posible asomarme a las páginas de La tormenta eso debía
significar que contendrían escenas verdaderamente apocalípticas. Tal
vez se tratara de un libro parecido a los de Peral o de El Caballero
Audaz, dos vulgarísimos pornógrafos de la época que un compañero
de escuela había descubierto en el dormitorio de su hermano mayor,
y que leíamos a escondidas con más desconcierto que regocijo.
Sólo tres o cuatro años más tarde, ya estudiante en preparatoria,
puede devorar —con pasión y deslumbramiento— aquellos dos pri-
meros volúmenes autobiográficos, y más tarde, ya en la Universidad,
continué con los otros dos restantes, pero entonces lo hice con inte-
rés más bien decaído y a menudo ganado por la exasperación y el
disgusto. En ninguna pa rt e tropecé con las escenas de alto riesgo que
aguardaba. La figura de Vasconcelos me era ya bien conocida; había
leído y oído comentarios nada entusiastas sobre él, algunos feroces,
otros desganados; todos desacralizadores. Por ejemplo, ya no se le
llamaba Maestro, a menos que la palabra se cargara de un retintín de
ironía o desdén.
Al leer Ulises criollo y La tormenta me sentí galvanizado por la
energía de la prosa. La lectura se convertía en una experiencia ex-
traordinariamente sensual. Vasconcelos, en sus mejores momentos,
es un escritor de los sentidos. Su voluptuosidad penetra el lenguaje.
Veía yo imágenes, sí, pero también compartía sabores de dulces y
PRÓLOGO IX

platillos deliciosos, percibía aromas que iban desde el sudor de los


caballos en que se movía la tropa hasta el perfume de las mujeres lu-
josas evocadas en algunos pasajes. Me imagino que de haber leído a
Mme. Blavatski, en ese periodo ávido de iniciaciones, no hubiese
caído en trances tan intensos. Reconocía el temple heroico del perso-
naje; pero, afortunadamente, se trataba de un héroe que en cada línea
se negaba a la parálisis estatuaria. A menudo me perdía en los deta-
lles. Conocía el periodo revolucionario sólo a grandes rasgos y la
trepidante sucesión de acontecimientos y de personajes me mareaba.
La historia de su amor apasionado, tumultuoso y desdichado por una
tal Adriana no me resultaba de ninguna manera inusual; cosas más o
menos parecidas había leído con frecuencia en las novelas y otras
peores había visto en el cine, al grado que pensaba que eso era lo
normal, lo cotidiano, lo que tranquilamente tendría uno que pasar al
alcanzar la edad adecuada. Me parecía inconcebible que algunos lec-
tores se escandalizaran ante determinados pasajes de su vida porque,
claro, entonces no lograba comprender, y sólo me fue posible hacer-
lo en una lectura muy posterior, hasta qué grado la historia personal
que narraba Vasconcelos vulneraba el concepto tradicional del deco-
ro mexicano. Que un hombre de su prestigio se pronunciara abierta-
mente contra el matrimonio, que abominara de la relación conyugal
como institución, se gozara en la insoportabilidad de su esposa y
prefiriera vivir durante varios años acompañado de una mujer con
quien los extremos de exaltación, de pasión, de desprecio, odio y aun
asco se atropellaban a cada momento, consciente de que esa mujer lo
engañaba, a veces con amigos muy cercanos, y que, además, cono-
ciendo sus infidelidades saliera en su búsqueda para hacerla volver a
su lado con ruegos y amenazas, y que después de insultarla la tran-
quilizara, le preparara los alimentos y le lavara la ropa; que en su ju-
ventud se hubiese enamorado de una muchacha de la vida airada y
aceptara de ella dinero para pagar paseos y borracheras; en fin, que
anduviera como loco por los desplantes de semejantes güilas y que
como loco siguiera sus huellas por fondas y tabernas para luego im-
plorar su perdón. Aquello, que con tanta frecuencia podía uno ver en
la pantalla o leer tranquilamente en una novela de cualquier naciona-
lidad y cualquier tiempo, un hombre mexicano, un caballero que a la
vez era un macho, lo podía vivir —y eso sería lamentable, triste,
aunque no pasara de ser una tragedia personal—, pero nunca confe-
sarlo, y menos en letra de imprenta. El hecho de que quien mostrara
al mundo intimidades tan lamentables, sus zonas de penumbra, fuera
un hombre que había conocido de cerca el olor de la pólvora y ocu-
pado posiciones públicas prominentes y fuera reconocido por los jó-
PRÓLOGO

yenes del Continente como Maestro de América, significaba una


transgresión a las formas dificilmente perdonable. La presión social
acabó por triunfar. En la última edición de las Memorias, publicada
en vida del autor por una editorial católica, Vasconcelos suprimió
esos pasajes. Las familias pudieron dormir tranquilas.
En una lectura adolescente aquello carecía de significación, no
existía. Lo deslumbrante, en cambio, era compartir de algún modo el
destino de un hombre excepcional y su capacidad de aventura; un
hombre nacido para no acatar órdenes que no hubiese aprobado pre-
viamente su conciencia, que había conocido la cárcel, la miseria, el
triunfo, participado en conspiraciones y levantamientos; un hombre
capaz de relatar las proezas y vicisitudes de su actividad política con
la misma intensa aura mística con que hablaba de sus descubrimien-
tos filosóficos y de sus raptos amorosos.
Me conmovía saber, por ejemplo, que Vasconcelos había atrave-
sado a caballo buena pa rt e del país, acompañado por un minúsculo
puñado de leales y una mujer, Adriana, su amante, quien en aque-
llas circunstancias resultó peor que la más dañina plaga que fuera
posible imaginar, aventurándose durante días y días por los más ries-
gosos senderos de la Sierra Madre, huyendo de sus enemigos, siem-
pre al borde de sucumbir a una celada, hasta cruzar el río Bravo y
saber que, por el momento, la vida estaba salvada, y encontrarlo casi
de inmediato en la biblioteca de San Antonio, Texas, reuniendo ma-
teriales para su Estética y unas semanas después, en París, asistiendo
al histórico estreno de La consagración de la primavera, de Stra-
vinsky. Tal era su vida y eso resultaba prodigioso, que conspirara un
día a favor o en contra de Pancho Villa para en el capítulo siguiente
saberlo estudiando a Plotino o a Pitágoras en Nueva York, o reco-
rriendo las salas del museo Metropolitano después de repasar aplica-
damente su Burckhardt para mejor comprender a los pintores italia-
nos del Renacimiento. Los sobresaltos de México y las visiones del
amplio mundo se alteran y sobreponen constantemente. La pasión
sexual, la avidez intelectual y el propósito de transformar el país por
medio del espíritu son las constantes del joven Vasconcelos. Otra,
que abarca todas, es la noción de "gloria" que considera inmanente
a su persona; la intuye desde la niñez, la prepara en la juventud y la
defiende a como de lugar en los momentos posteriores al desastre.
Esa primera lectura, desde luego, fue parcial, y no podía ser de
otra manera. Pero me dejó la impresión de haber entrado en contacto
con un hombre de sorprendente originalidad y de visión múltiple.
Otras han afinado, estilizado o modificado esa visión. No comparto
la mayoría de las opiniones que Vasconcelos sustenta pero, a pesar
PRÓLOGO XI

de ello, subsisten el asombro, la admiración, el reconocimiento a su


valentía para enfrentarse al mundo y, sobre todo, su irreductibilidad
a formar manada,
En 1956, enviado por el editor Rafael Giménez Siles, visité un par
de veces a Vasconcelos en la Biblioteca México para consultarle
ciertas dudas surgidas en la corrección de planas del primer volumen
de sus Obras completas, que una de las tantas empresas editoriales
de don Rafael preparaba, Se me había encomendado el cuidado del
volumen inicial. Se trataba, si no mal recuerdo, de unificar la grafía
de algunos nombres propios que el autor empleaba de manera arbi-
traria. En ambas ocasiones me recibió en su despacho, acompañado
del embajador de la República Dominicana. Era Vasconcelos en esos
años finales un hombre muy amable, muy sonriente y al mismo
tiempo muy distante. Parecía no interesarse mayormente en la suer-
te de esa edición que finalmente reuniría todos sus libros, algunos de
ellos fuera de circulación desde hacía treinta o cuarenta años. Le señalé
la conveniencia de unificar las distintas maneras en que había escrito
algunos nombres geográficos o biográficos y, sobre todo, la variable
grafía en los nombres rusos y orientales, a veces copiados en algu-
na transcripción francesa o inglesa, así como evidentes errores de
imprenta de las ediciones originales. Me pidió que le dejara las pla-
nas y la lista de posibles correcciones y volviese un par de días des-
pués a recogerlas. Pasé a verlo por segunda vez y volví a encontrarlo
conversando con el mismo diplomático. Se excusó por no haber po-
dido revisar los papeles. Luego comenzó a examinar conmigo las
planas y la lista que el corrector de pruebas había enviado. Ante
cada una de las dudas se quedaba un momento pensativo, continuaba
luego su interrumpida conversación con el embajador de Trujillo y al
fin expresaba su opinión; después de cinco o seis consultas sobre
una lista relativamente larga, dijo que no tenía sentido preocuparse
por semejantes minucias, que la editorial decidiera por él, que tenía
plena confianza en Giménez Siles y que a fin de cuentas lo único
que importaba era el pensamiento y no esas insignificantes quisqui-
llas.
Había dejado desde hacía tiempo de admirarlo. Sus artículos en la
prensa me parecían nefastos. Su defensa del franquismo, de los re-
gímenes totalitarios de Amé rica Latina, su acercamiento a los sectores
más reaccionarios del país, su antindigenismo delirante, su antisemi-
tismo, su desdén por la literatura moderna, todo eso predicado de
manera machacona y sin gracia convertía su lectura en una empresa
bastante fastidiosa. Sus libros filosóficos, de los que tanto se había
vanagloriado, no interesaban ya a nadie; los de historia de México
XII PRÓLOGO

sólo convencían a los conservadores más recalcitrantes. Sus cuentos


y meditaciones literarias habían envejecido. Los jóvenes le habían
dado la espalda, al grado de que hasta sus libros de memorias pasa-
ban en esa época por un periodo de oscura penitencia. Nada de eso
parecía desalentarlo. Por el contrario, se gozaba en la pelea. Si du-
rante un cuarto de siglo no había dejado de decir que el de México
era un pueblo envilecido y que todos los gobiernos de la revolución
posteriores a Madero habían estado integrados por ladrones y sinver-
güenzas, él aceptaba como un reconocimiento a su integridad los es-
cupitajos que ese pueblo y ese puñado de pillos e incompetentes des-
cargaban sobre su persona. Parecía que fuera consciente del papel
que representaba: si la sociedad mexicana no lo había apoyado y se-
guía gozándose en su envilecimiento, si le había dado la espalda
cuando él estuvo dispuesto a redimirla, si los políticos y sus secua-
ces lo consideraban como un payaso (término que parecía ofenderlo
más que ninguno, pues lo repetía a menudo), él se permitía compor-
tarse como le daba la gana, para demostrar lo que los políticos ha-
bían logrado hacer del país y hasta de él mismo. Si el mundo se ha-
bía envilecido y desquiciado, si la razón se había extraviado, él
jugaría un papel acorde con las circunstancias. El verdadero respon-
sable no era el individuo sino el engranaje de corrupción urdido por
los gobiernos de la revolución traicionada.
Para comprender Ulises criollo y los otros libros de memorias es
necesario recordar algunas cosas. Vasconcelos inicia la escritura del
primer volumen en 1931, dos años después de su derrota en las elec-
ciones para la presidencia de la República. Nunca reconoció los
resultados oficiales. Durante la campaña electoral él y sus partidarios
fueron reiteradamente vejados y escarnecidos. Algunos vasconcelis-
tas fueron asesinados, muchos otros encarcelados. José Vasconcelos
había sido la gran carta de prestigio nacional e internacional de la
Revolución: el educador de la nación, el apóstol del libro, el pensa-
dor y, por encima de todo, el creador de un auténtico y extraordina-
rio Renacimiento cultural en el país, esfuerzo donde se conjuntaron
todos los dones y prestigios que el personaje poseía. Aun ahora,
nuestra deuda con el movimiento de renovación cultural emprendido
por él hace setenta años sigue siendo inmensa. La educación en to-
dos los niveles y la difusión del libro se convirtieron en causa nacio-
nal durante ese periodo. "Los años del águila", los denominó Claude
Fell en un libro excelente sobre ese periodo, utilizando una frase de
exhortación del propio Vasconcelos a los maestros. Aunque inmen-
so, aquél fue el único triunfo en su vida política. Las tres veces que
aspiró a un puesto de elección fue derrotado. Primero, como precan-
didato a una diputación en el periodo de Francisco Madero; después,
en 1924, terminado apenas su brillante periodo en la Secretaría de
Educación, como aspirante a gobernador del estado de Oaxaca, y fi-
nalmente en 1929 como candidato a la presidencia de la República.
Lo demás es de todos sabido: largos años de destierro, intentos ini-
ciales e infructuosos para mantener desde el extranjero una presencia
política en México, estancias largas en España, giras de conferencias
por Sudamérica, invitación a los Estados Unidos, donde varias uni-
versidades le abrieron sus puertas. Paulatinamente, la política activa
fue retrocediendo a un segundo plano y el espacio que esa preocupa-
ción dejó libre fue ocupado por la que él consideraba su vocación
esencial: la filosofía. En ese periodo, al mismo tiempo que trabajaba
en su Estética, escribió los libros autobiográficos, a los que atribuía
un carácter más bien utilitario. En ellos se defendía de la campaña
de desprestigio orquestada por sus detractores y, al mismo tiempo,
pasaba a la ofensiva y combatía con ferocidad a sus enemigos, a los
de siempre y a los nuevos, aquellos que de repente habían cambiado
de casaca. En el afán detractor cometió más de una injusticia, a ve-
ces por mero capricho, o por desacuerdos personales y aun por dis-
crepancias estéticas.
Los años de desencanto, de frustraciones y rencores, los posterio-
res a la derrota electoral de 1929, cuentan determinantemente en la
gestación y el contenido del relato que poco después emprendería de
su vida. Al salir de México descubrió que su figura intelectual no te-
nía las dimensiones que él le atribuía, engañado por la soberbia con-
vicción de su grandeza, la ciega devoción que le rendían sus discípu-
los y colaboradores más cercanos y, también, por el elogio de
algunos intelectuales extranjeros invitados a México durante su ges-
tión ministerial.
Su fuerte no era el diálogo, no lo había sido nunca. Uno de los
pocos amigos de juventud que osó tratarlo en el momento de sus
grandes triunfos con la familiaridad de años atrás, cuando las legen-
darias reuniones del Ateneo de la Juventud, fue Alfonso Reyes,
quien en un breve periodo de correspondencia especialmente activa,
se permitió aconsejarle: "...entretanto estoy en conversación conti-
go; estoy releyendo cosas tuyas, pues quiero empaparme de un golpe
en todo lo que has publicado, antes de continuar con los estudios in-
dostánicos. Debo hacerte dos advertencias que mi experiencia de lector
me dicta: primera, procura ser más claro en la definición de tus ideas
filosóficas, a veces sólo hablas a medias. Ponte por encima de ti mis-
mo: léete objetivamente, no te dejes arrastrar ni envolver por el cur-
so de tus sentimientos. Para escribir hay que pensar con la mano
XIV PRÓLOGO

también, no sólo con la cabeza y el corazón; segunda, pon en orden


sucesivo tus ideas: no incrustes la una en la otra. Hay párrafos tuyos
que son confusos a fuerza de tratar cosas totalmente distintas, y que
ni siquiera parecen estar escritos en serio. Uno es el orden vital de
las ideas, el orden en que ellas se engendran en cada mente (y ése
sólo le interesa al psicólogo para sus experiencias), y otro el orden
literario de las ideas: el que debe usarse, corno un lenguaje o común
denominador, cuando lo que queremos es comunicarlas a los de-
más". A partir de esos consejos directos y cordiales, comunicados en
una carta del 25 de mayo de 1921, la correspondencia baja de tem-
peratura, hasta reducirse por muchos años a un intercambio de tarje-
tas formalmente amistosas.
En España, ya en el exilio, visita a José O rtega y Gasset, quien lo
recibe en su despacho acompañado de algunos discípulos cercanos.
Poco antes de morir, Vasconcelos expresó su decepción ante el en-
cuentro: "No me hizo buena impresión ni yo a él". No podía haber
diálogo: el instrumental filosófico del mexicano, un compuesto de
vitalismo, energía irracionalista, Bergson, hinduismo, Schopenhauer,
refutaciones a Nietzsche, mesianismo, exaltación dionisiaca, concep-
ciones todas ellas decirnonónicas, extraídas a veces de tratados de
segunda clase, de ninguna manera se conciliaba con el discurso filo-
sófico que Ortega se había propuesto introducir en España a través
de la Revista de Occidente. En Buenos Aires, una de sus otrora pla-
zas fuertes, fue considerado por los escritores modernos como figura
del todo prescindible, personaje pintoresco, atrabiliario y obsoleto.
Sus viejos amigos liberales y socialistas ya no le interesaban y el
grupo de Sur, donde se movían como peces en el agua sus compañe-
ros del Ateneo, Reyes y Henríquez Ureña, representaba para él esa
casta de literatos "preocupados por las quisquillas del estilo", a
quienes detestaba. Comenzó a recorrer el mundo como un fantasma,
y ese sentimiento tiñe vivamente la carga emocional y conceptual
que reproducen las memorias.
A medida que se aleja del presente, Ulises criollo adquiere una lu-
minosidad, una pasión y una inocencia que no volverán a aparecer
en los siguientes volúmenes. Se trata, de principio a fin, del relato de
una educación sentimental y de una múltiple experiencia iniciática.
Es la transcripción de la mirada asombrada de un niño que se ocupa
en la tarea de conocer y reconocer el mundo; tarea que se re-
nueva en cada uno de los cambios biológicos del personaje. El mun-
do es real, eso parece cierto; lo que cambia, y ahí se finca uno de los
mayores enigmas de este libro formidable, son las percepciones que
el autor le atribuye al personaje, al niño, al adolescente, joven estu-
diante, profesionista exitoso y, más tarde aún, revolucionario que fue
el autor en tiempos anteriores a la creación del libro. No sólo las
opiniones no coinciden sino que a menudo son radicalmente opues-
tas a las sostenidas por él en cartas, libros, discursos y entrevistas
antes de 1929.
La única explicación que se me ocurre es que Ulises criollo perte-
nece a un género diferente al de los otros tres libros que integran las
llamadas Memorias. ¿Es realmente una autobiografía'? Ulises criollo
aparece normalmente incluido en las recopilaciones de la novela de
la revolución, y en las historias literarias se les estudia en la misma
sección donde se encuentran La sombra del caudillo, de Martín Luis
Guzmán, y Los de abajo, de Mariano Azuela. Los historiadores de la
literatura y los críticos están en lo cierto. Ulises criollo puede ser
una novela cuyo protagonista se llama José Vasconcelos, como el
personaje central de En busca del tiempo perdido se llama Marcel.
Ambos autores novelan sus circunstancias, su atmósfera, se detienen
en el amor a la madre y en otros amores, narran su iniciación en un
universo estético, la pasión por Bergson y mil otras situaciones. De
haberse conocido, jamás se habrían tratado; lo más seguro es que se
hubieran detestado. Aun sin conocerse, a VasconceIos le repelían
visceralmente la figura y el estilo de Proust. De la misma manera
que El camino de Swann es una obra de ficción ligada íntimamente a
las circunstancias reales de Proust, sólo que en el libro aparecen esti-
lizadas, deformadas, creadas con la libertad que caracteriza a la crea-
ción novelística, libertad que el historiador o el memorialista no pue-
den permitirse, en Ulises criollo, el autor mexicano recrea y modela
según su voluntad una serie de acontecimientos por él vividos. El
personaje José Vasconcelos hereda del autor José Vasconcelos su
temperamento y su visión mesiánica, así como muchas otras coinci-
dencias: fecha de nacimiento, padres y hermanos, viajes por el país y
por las ciudades del mundo, una esposa insoportable y una amante
llamada Adriana que a diario lo enloquece, estudios y amigos cornu-
nes, y una misma revolución en la que ambos, autor y protagonista,
combaten y triunfan para finalmente resultar derrotados. Las circuns-
tancias objetivas podrán ser idénticas, pero el novelista puede permi-
tirse insuflar en su creatura sentimientos, emociones, ideas, filias y
fobias radicalmente diferentes a los suyos. ¡Para eso se ha hecho la
novela! Con el fin de establecer el carácter novelístico de su perso-
naje, Vasconcelos lo hace proferir opiniones que él, el autor, no sos-
tuvo en la época en que las sitúa. Para ello, "concibe una teoría del
resentimiento social que aplica a sus recuerdos más tempranos",
como señala el argentino Noé Jitrik.
XVI PRÓLOGO

Si algo da unidad al relato es el proceso de construcción de una


voluntad y el ejercicio incesante de esa voluntad en la conformación
de un destino. "La voluntad puede mover montañas" es el lema del
Peer Gynt ibseniano, personaje con el cual en más de una ocasión se
identifica Vasconcelos. La aplicación de una energía sobrehumana
en la forja de un destino los emparenta. Ambos se conciben como
hacedores de un futuro personal fuera de lo normal, donde hasta el
azar resulta producto de la propia energía. "El arte de ser capaz de
verdaderas hazañas consiste en poseer la libertad de opción en medio
de las emboscadas de la vida." Esa declaración de Gynt parece regir
la existencia toda de nuestro Ulises, y él la emplea de manera cons-
ciente en la organización de sus recuerdos.
Como los personajes de Stendhal, autor a quien detestaba con la
misma intensidad con que despreciaba a Proust, a Flaube rt y a Ma-
llarmé, Vasconcelos supo, desde muy temprano, que la voluntad es
todo aquello que se opone a la realidad, por más acerada e impene-
trable que ésta pretendiera ser. Y en torno a esa convicción constru-
yó su vida. Si la realidad lo vence, su voluntad ignora la derrota. El
resultado: una personalidad imprevisible aun para sí mismo. Nunca
imaginó, por ejemplo, que sus libros autobiográficos redujeran a ce-
nizas, desde el instante de su aparición, al resto de su obra. Su Esté-
tica sale a la luz el mismo año que Ulises criollo. Está convencido
de que aquel tratado es la culminación de su pensamiento filosófico.
Toda su fe está puesta en él y no en Ulises. Sin embargo, el libro au-
tobiográfico convirtió en letra muerta aquel legajo de reflexiones so-
bre el arte y su naturaleza. No podía ser de otra manera: un egotista
de sus dimensiones sólo podía plasmar todos sus poderes en el relato
de su existencia.
"La biografía de Vasconcelos —escribe Jorge Cuesta en un ar-
tículo publicado poco después de la aparición de Ulises— es la bio-
grafia de sus ideas. Este hombre ha tenido ideas que viven, ideas que
aman, que sufren, que gozan, que sienten, que odian y se embriagan;
las ideas que solamente piensan le son indiferentes y hasta odiosas.
Ulises criollo es, por esta causa, el libro en que la filosofia de Vas-
concelos encuentra su genuina, su auténtica expresión. Aquellos en
que la ha expuesto de un modo puramente doctrinal son casi ilegi-
bles" —y luego añade—: "Tan inconsistente, tan pobre y tan confu-
sa como es su doctrina cuando se la mira pensando, es vigorosa, im-
ponente y fascinadora cuando se la mira viviendo".
En la advertencia inicial a Ulises criollo el autor no sólo aclara las
razones del título sino que además avanza un tema que va a conver-
tirse en una constante a lo largo de la tetralogía, y que terminará por
PRÓLOGO XVII

constituirse en eje y asumirse en obsesión de todo su quehacer poste-


rior: el criollismo como única zona posible de regeneración de la na-
ción mexicana:
"El nombre que se ha dado a la obra entera se explica por su con-
tenido. Un destino corneta, que de pronto refulge, luego se apaga en
largos trechos de sombra, y el ambiente turbio del México actual,
justifican la analogía con la clásica Odisea. Por su parte, el calificati-
vo criollo lo elegí como símbolo del ideal vencido en nuestra pa-
tria... El criollismo, o sea la cultura de tipo hispánico, en el fervor
de su pelea desigual contra un indigenismo falsificado y un sajonis-
mo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficiente
que conoce la historia; tales son los elementos que han librado com-
bate en el alma de este Ulises criollo, lo mismo que en la de cada
uno de sus compatriotas."
Ulises criollo recoge la vida del personaje desde sus primeros días
hasta el golpe militar de Victoriano Huert a, y los preparativos de
Vasconcelos para integrarse una vez más a la acción revolucionaria.
Es el relato de una larga marcha hacia el fondo de sí mismo; que
part e del estado inmediatamente posnatal, de donde emergen sus más
viejos recuerdos, envueltos "en una sensación acariciante y melodio-
sa, prolongación física, porción apenas seccionada de una presencia
tibia y protectora, casi divina. La voz entrañable de mi madre orien-
taba mis pensamientos, determinaba mis impulsos. Se diría que un
cordón umbilical invisible y de carácter volitivo me ataba a ella y
perduraba muchos años después de la ruptura del lazo fisiológico",
hasta los momentos de afirmación de una personalidad indepen-
diente. La ruptura del cordón aludido tardó en el personaje más tiem-
po del necesario en producirse, casi todo el que comprenden las pá-
ginas del libro. Fueron años marcados por el amor a la madre y la
desesperación de su pérdida; por la tentación, a su debido momento,
de la came y la sensación posterior de condena, de abyección, de ho-
rror al cuerpo, expiación sólo mitigada por la certidumbre de que la
"gloria" lo esperaba en un futuro aún impreciso; años marcados ade-
más, por el deslumbramiento que le produce el conocimiento del
país a través de los viajes, y también por la incorporación a una vida
política que le hace descubrir el agobio de la dictadura porfirista y
los caminos para combatirla y derrotarla. Todo eso no es sino la vis-
lumbre, el preámbulo del esplendor al que llegaría más tarde. Es-
plendor en la acción, en el pensamiento. Y, también, esplendor de la
carne.
Eso y más alimenta este primer volumen, sugerido como punto de
partida y compás de espera antes de que se presente la revelación fa-
\`.III PRÓLOGO

tal. aquélla cuyo desarrollo y ejemplificación se convertirá en obse-


sión al final de las memorias y que ya no lo abandonará por el resto
de su vida: la amarga convicción de que México es un país envileci-
do e irredimible. En el juego de opciones elaboradas por Sarmiento
para nuestro continente, Vasconcelos había apostado con toda la
energía de que fue capaz en favor de la civilización y contra la bar-
barie. Había creído de manera feroz, delirante y mesiánica que la vo-
luntad, la suya en part icular, podía mover no sólo las trilladas mon-
tañas, sino también a las almas, empresa que resultó mucho más
ardua y compleja de lo que esperaba, Luchó por convertirse en el
Quetzalcóatl que había de derrotar para siempre de Huitzilopochtli,
en el águila que terminaría por fin de devorar a la serpiente. Por su-
puesto, no lo logró.
Al recrear su pasado cincuenta años después, teniendo a sus espal-
das la reciente derrota política, encontramos que Ulises, el niño, es
consciente ya de que la nación tiene dos enemigos, uno externo: los
yanquis; otro interno: los indios. Los primeros recuerdos están situa-
dos en Sasabe, algo menos que una aldea, un enclave en el desierto
de Sonora, punto fronterizo con los Estados Unidos, donde la vida
transcurre en perpetuo temor, ora de los norteamericanos que apare-
cen sorpresivamente para arriar la bandera mexicana e izar la de las
barras y las estrellas, obligando a los mexicanos a replegarse y acep-
tar la imposición de una nueva línea fronteriza, ora de los apaches
que suelen aparecer de tiempo en tiempo para saquear y destruir los
escasos poblados. La única salvación, el puerto, la esperanza, los va
a vislumbrar después, al entrar en contacto con la tierra firme, allí
donde la presencia hispánica se hace visible.
Al evocar su adolescencia en Campeche, apunta: "En el hermoso
jardín tropical todavía la banda convocaba a las familias para las re-
tretas, pero cada día eran menos las bellas de porte lánguido, pálida
tez y ojos negros. La casta linda de tipo sensual cedía a los rudos in-
dígenas del interior que en callados grupos escuchaban el concierto a
distancia y como si aguardaran el momento de ocupar las casas que
abandonaban los blancos". En el universo de Vasconcelos el indio
está por doquier, acecha a toda hora. Está a la vuelta de la casa, en
la maleza del jardín, bajo las piedras, convertido en liana, en agua,
en trueno. Es el atraso, encarnación de dioses brutales, es la pacien-
cia artera, el cálculo maligno, el rayo y el castigo. "Dentro de Du-
rango y en las principales cabeceras de los distritos --escribe, más
adelante--, la población es criolla; pero apenas se sale de los límites
urbanos, el indio aparece en condiciones semejantes a las que guar-
daban en tiempos de los aztecas. Es por falta de ánimo y de sistema
PRÓLOGO XIX

que perdura el indio en su atraso." El tono se vuelve casi frenético


en los últimos volúmenes. Sobre los descubrimientos arqueológicos
en Uxmal y en Chichén Itzá llevados a cabo durante el periodo en
que fue titular de la Secretaría de Educación, asienta años después:
"Según avanza la piqueta del desenterrador van apareciendo año tras
año prodigios nuevos: pero todo es uniformemente bárbaro, cruel y
grotesco. Ningún sentido de belleza; en el decorado, siemple labor
paleográfica. Como no tuvieron alfabeto eficaz usaron el dibujo y el
relieve como lenguaje, lo que fuerza y aleja la línea de su desarrollo
musical desinteresado que es la esencia del a rte. Decoración utilitaria
que, por lo mismo, no nos causa emoción estética alguna; sólo el
asombro de los tanteos y aberraciones del alma humana". Llegó a
detestar a los arqueólogos, a los estudiosos de cualquier aspecto de
las culturas prehispánicas. "Canailitas" al servicio de los intereses
yanquis para disminuir la huella de la cultura europea en el continen-
te, fruto de un mestizaje aborrecible, resultado del cruce de dos razas
detestables: la india y la judía.
"El vigor de la raza en Veracruz y Campeche se había reblandeci-
do tanto que permitió que indios y negros se sumaran a la savia de
Europa", afirma y al reseñar un viaje a Oaxaca y la visita que hace
allí a dos ancianas hermanas de su madre, le dolió "la suerte de
aquellas viejecitas, despojo de una generación agotada por su propio
esfuerzo creador y al fin vencida por el medio inclemente, absorbida
por razas notoriamente inferiores". En la decadencia de aquellas an-
cianas advierte "todo el drama de la derrota del blanco de raza espa-
ñola sustituido gradualmente por el mestizo y amenazado por el re-
torno de lo indígena".
Es demasiado, lo sé. Sin embargo, Vasconcelos nunca emitió esas
sinrazones en la época en que las sitúa en su novela autobiográfica.
La prueba mayor nos la ofrece su obra. En 1920, en Estudios in-
dostánicos, afirma rotundamente que sólo las razas mestizas eran
capaces de grandes creaciones; en 1925, en La raza cósmica, vis-
lumbró el futuro de la humanidad en la eclosión del mestizaje que
conformaba a la América Latina. Esa región del mundo era la depo-
sitaria de una nueva energía del espíritu, la que volvía nuevos los
antiguos mitos, la que recreaba el espíritu dionisiaco. En 1926, en
Indología, una confesión suya refuta el rencor racial que cada vez lo
fue ganando con mayor virulencia: "Desgraciadamente —decía— yo
no tengo sangre negra, pero cargo una corta porción de sangre in-
dígena y creo que a ella debo una amplitud de sentimiento mayor
que la de la mayoría de los blancos y un grano de una cultura que era
ya ilustre cuando Europa era aún bárbara".
XX PRÓLOGO

Ulises criollo es también el registro de una iniciación en el mundo


de la cultura, de un trato con las ideas, de una trayectoria espiritual,
del camino, en fin, hacia las estrellas. Si en otros temas una concep-
ción puede tener a menudo efectos retroactivos y él la hace parecer
como válida en periodos anteriores, hubo uno en que su pensamiento
fue coherente siempre, en el desprecio a lo que consideraba como in-
necesarias florituras del estilo. Comenta al inicio de Ulises que desde
que aprendió a leer sólo le preocupó el contenido y no la forma. Esa
declaración se convertirá en un principio sin refutación posible, for-
talecido por la certeza de que su destino estaba infaliblemente mar-
cado para alcanzar la gloria. "A los diez años me sentía solo y único
y llamado a guiar... Una predisposición temperamental y también el
hábito de traducir desde la infancia me ha dejado esta indiferencia e
incapacidad para la forma."
Sobre su pertenencia al grupo de intelectuales que constituyó el
Ateneo de la Juventud (Antonio Caso, Alfonso Reyes, Ma rt ín Luis
Guzmán, Pedro Henríquez Ureña y Julio Torri, entre otros), él ante-
pone serias reservas: "Por mi parte nunca estimé el saber por el sa-
ber. Al contrario: saber como medio de alcance de la suprema esen-
cia; moralidad como escala para la gloria, sin vacío estoicismo, tales
mis normas, encaminadas francamente a la conquista de la dicha.
Ningún género de culto a lo que sólo es medio e intermedio, y sí
toda la vehemencia dispuesta para la conquista de lo esencial y abso-
luto [...] Mis colegas leían, citaban, cotejaban por el solo amor del
saber, yo egoístamente atisbaba en cada conocimiento, en cada infor-
mación, el material útil para organizar un concepto del ser en su to-
talidad. Usando una expresión botánica muy en boga en nuestro me-
dio, tomaba de la crítica únicamente lo que podía contribuir a la
eclosión de mi personalidad. Yo mismo era brote inmergido en los
elementos y ansioso de florecer". Credo que equivale a llevar con
arrogante placer una pesada piedra atada al cuello. Las limitaciones
de algunos textos filosóficos provienen de esa permanente ceguera
de la que se enorgullecía. No hay nunca en él una actitud desintere-
sada, contemplativa, hacia el lenguaje, ni siquiera hacia las ideas.
Tampoco hay emoción ni sorpresa ante el hallazgo literario. Hay
más bien algo que se parece al atropello en ese desdén por la forma,
en el no reconocimiento del valor intrínseco de la palabra o el pensa-
miento, y en cambio sí una vocación manifiesta a utilizar cualquier
elemento que le permita alcanzar poderío, salvación y gloria. "Por
contagio del ambiente literatesco me metí a la tarea ingrata de escri-
bir descripciones de cada una de esas danzas [las de Isadora Dun-
can]. Leía esos trozos en el Ateneo y resultaban pobres, defectuosos
de estilo. No revelaban lo que había querido poner dentro de la tra-
ma verbal. No me hubiera bastado ninguna literatura para una corn-
posición en la que yo vertía las resonancias del Cosmos. Hubo uno
que dijo: `tu asunto requeriría el estilo de Mallarmé. Imposible con-
vencerlos de que un Pater, un Mallarmé, intérpretes de decadencias,
no pueden con el peso de una visión nueva, vigorosa y cabal del
mundo. No era estilo lo que me faltaba, sino precisión, claridad de
concepto. Pues mi concepto resultaba de tal magnitud que al desen-
volverse crearía un estilo, construiría su propia arquitectura. En des-
quite pensaba: estos colegas míos literatos van a salirme un día con
que los fragmentos de Pitágoras necesitan el retoque de algún Flau-
bert [...] Muchos de ellos fueron avanzados de los que hoy desdeñan
a Balzac por sus descuidos de forma y, en cambio, soportan neceda-
des de Gide o de Proust, como que eternamente los profesionales del
estilo ignoran el ritmo del relámpago de los mensajes que contienen
espíritu."
Vasconcelos se enamora de sus carencias, se obceca en ellas. Ese
tipo de personalidades acostumbra por lo general imponer sus con-
cepciones a los demás. Sin embargo, a él de ninguna manera le es-
torbaron para realizar el programa de cultura que delineó y llevó a
cabo cuando fue designado Secretario de Educación. Un programa
que, sin eufemismos, puede uno considerar como titánico. Por sólo
ese periodo de prodigios podría su nombre pasar a la historia. Cierta
prensa norteamericana y todos los grupos conservadores del país lo
acusaron de aplicar un programa educativo y cultural sovietizante, de
corte bolchevique, para desacreditarlo. La brillante reforma educati-
va y el renacimiento cultural que emprendió estuvieron siempre, en
su momento y aún durante muchos años después, cercados por la in-
comprensión, minados por la suspicacia, la envidia y el recelo de los
mediocres. Sin embargo, se impuso su energía. Para lograrlo, se
rodeó de todos los escritores de talento del país, igual los compro-
metidos con sus ideales educativos que los empeñados en el culto de
la forma, así como de músicos, pintores y arquitectos de todas las
edades y tendencias, aun de aquellas que admitía no comprender, o
que abiertamente no compartía. En ese sentido fue absolutamente
ecuménico. Con él se iniciaron casi todos los escritores que confor-
maron nuestra vanguardia literaria, y se pintaron, ante el pasmo ho-
rrorizado de la gente de razón, los primeros murales. Llamó a todos
los artistas a colaborar con él y no los convirtió en burócratas. Y ya
en sí eso es un milagro.
;.XII PRÓLOGO

Se ha escrito ampliamente sobre la Cruzada educativa y cultural


de Vasconcelos. Me conformo con citar unas líneas de Daniel Cosío
Villegas, un intelectual a quien caracterizaba el escepticismo, y aun
cierta frialdad hacia sus pares: "Entonces sí que hubo ambiente
evangélico para enseñar a leer y a escribir al prójimo; entonces sí se
sentía en el pecho y en el corazón de cada mexicano que la acción
educadora era tan apremiante como saciar la sed o matar el hambre.
Entonces comenzaron las grandes pinturas murales, monumentos que
aspiraban a fijar por siglos las angustias del país, sus problemas y
sus esperanzas. Entonces se sentía fe en el libro, y en el libro de ca-
lidad perenne..."
Ulises criollo cubre los treinta y tres primeros años del autor. Lo
cierra el asesinato de Francisco Madero. Durante largos años el trato
con las mujeres y el trato con las ideas le había resultado incómo-
do, incompleto. Mucho más dificil, sin embargo, le era prescindir de
ellas. El comercio con las primeras se manchaba con posteriores sen-
ti mientos de abyección. El trato con las ideas se le había presentado
hasta entonces sólo como un revulsivo necesario para deshacerse del
pensamiento positivista que impregnaba la época. Parecería que todo
lo vivido, de la niñez al fin de los estudios universitarios, estuviese a
la espera de algo que lo unificara. La concordia sólo se daría en él
con la Revolución: el acercamiento a Madero, la actividad en la
campaña antirreeleccionista, la victoria sobre el porfirismo, el ama-
necer de un México nuevo y, al final, la primera derrota. Ese periodo
de actividad política alcanza en el libro un resplandor, un aura de
epifanías inigualables en nuestra literatura. Allí se vislumbra al fin la
buscada armonía. Todos los hilos tienden a la unidad del ser: el
triunfo de la carne, libre ya de agonías y recriminaciones, el éxito
político, el vínculo cósmico. "Por mucho que sorprenda y siga sor-
prendiendo -dice Cuesta—, y por incomprensibles que sean las
causas que lo motivaron, el pensamiento de Vasconcelos aparece tan
íntimamente ligado al movimiento revolucionario, que no es posible
considerar al uno separado del otro".
Han pasado treinta y cinco años desde la muerte de nuestro Uli-
ses. En los últimos de su vida fue una especie de sombra de sí mis-
mo. De su pensamiento filosófico queda poca huella; sus batallas, su
cólera, sus contradicciones, sus imprevisibles cambios de bandera
han dejado de avivar las pasiones. Queda de él, sobre todo, el testi-
monio de una insumisión. El ejemplo de una individualidad que se
resistió a cualquier regla impuesta desde el exterior. Queda la es-
pléndida fe de un apóstol que vislumbró la salvación por el espíritu y
que convirtió al libro en su instrumento predilecto. Queda el esplen-
dor de su prosa, que ilumina todo Ulises criollo y muchos frag-
mentos en los otros libros de Memorias. Queda la imagen de un
hombre que al querer salvarlo todo se pierde por entero. Queda el re-
cuerdo de su energía redentora. Y todo eso, en un mundo donde la
sumisión ha sido regla, nunca se lo acabaremos de agradecer sufi-
cientemente.
ULISES CRIOLLO
ADVERTENCIA

La presente obra no ha menester de prólogo; requiere, a lo sumo, la


advertencia de que no está escrita —no lo está ningún libro de su gé-
nero— para caer en manos inocentes. Contiene la experiencia de un
hombre y no aspira a la ejemplaridad, sino al conocimiento. El mis-
terio de cada vida no se explica nunca, y apenas si nosotros mismos
podemos rescatar del olvido unas cuantas escenas del panorama in-
tenso en que se desarrolló nuestro momento. Las del presente volu-
men [Ulises criollo] componen la primera etapa de un curriculum
vitae prolongado. Se cierra esta primera pa rte con la muerte del Pre-
sidente Madero.
El nombre que se ha dado a la obra entera se explica por su con-
tenido. Un destino cometa, que de pronto refulge, luego se apaga en
largos trechos de sombra, y el ambiente turbio del México actual,
justifican la analogía con la clásica Odisea. Por su parte, el calificati-
vo criollo lo elegí como símbolo del ideal vencido en nuestra patria
desde los días de Poinsett, cuando traicionamos a Alamán. Mi caso
es el de un segundo Alamán hecho a un lado para complacer a un
Morrow. El criollismo, o sea la cultura de tipo hispánico, en el fer-
vor de su pelea desigual contra un indigenismo falsificado y un sajo-
nismo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficien-
te que conoce la historia; tales son los elementos que han librado
combate en el alma de este Ulises criollo, lo mismo que en la de
cada uno de sus compatriotas.
EL COMIENZO

Mis primeros recuerdos emergen de una sensación acariciante y me-


lodiosa. Era yo un retozo en el regazo materno. Sentíame prolonga-
ción física, porción apenas seccionada de una presencia tibia y pro-
tectora, casi divina. La voz entrañable de mi madre orientaba mis
pensamientos, determinaba mis impulsos. Se diría que un cordón
umbilical invisible y de carácter volitivo me ataba a ella y perduraba
muchos años después de la ruptura del lazo fisiológico. Sin voluntad
segura, invariablemente volvía al refugio de la zona amparada por
sus brazos. Rememoro con efusiva complacencia aquel mundo pro-
visional del complejo madre-hijo. Una misma sensibilidad con cinco
sentidos expertos y cinco sentidos nuevos y ávidos, penetrando jun-
tos en el misterio renovado cada día.
En seguida, imágenes precursoras de las ideas inician un desfile
confuso. Visión de llanuras elementales, casas blancas, humildes; las
estampas de un libro; y así se van integrando las piezas de la estruc-
tura en que lentamente plasmamos. Brota el relato de los labios ma-
ternos, y apenas nos interesa y más bien nos atemoriza descubrir
algo más que la dichosa convivencia hogareña. Por circunstancias
especiales, el relato solía tomar aspectos temerosos. La vida no era
estarse tranquilos al lado de la madre benéfica. Podía ocurrir que los
niños se perdiesen pasando a manos de gentes crueles. Una de las
estampas de la Historia Sagrada representaba al pequeño Moisés
abandonado en su cesta de mimbre entre las cañas de la vega del
Nilo. Asomaba una esclava atraída por el lloro para entregarlo a la
hija del Faraón. Insistía mi madre en la aventura del niño extraviado,
porque vivíamos en el Sásabe, menos que una aldea, un puerto en el
desierto de Sonora, en los límites con Arizona. Estábamos en el año
85, quizás 86, del pasado siglo. El Gobierno mexicano mandaba sus
empleados, sus agencias, al encuentro de las avanzadas, los outposts
del yankee. Pero, en torno, la región vastísima de arenas y serranías
seguía dominada por los apaches, enemigo común de las dos castas
blancas dominadoras: la hispánica y la anglosajona. Al consumar sus
asaltos, los salvajes mataban a los hombres, vejaban a las mujeres;
a los niños pequeños los estrellaban contra el suelo y a los mayorci-
tos los reservaban para la guerra; los adiestraban y utilizaban como
5
6 ULISES CRIOLLO

combatientes. "Si llegan a venir —aleccionaba mi madre—, no te


preocupes: a nosotros nos matarán, pero a ti te vestirán de gamuza y
plumas, te darán tu caballo, te enseñarán a pelear, y un día podrás li-
berarte."
En vano trato de representarme cómo era el pueblo del Sásabe
primitivo. La memoria objetiva nunca me ha sido fiel. En cambio, la
memoria emocional me revive fácilmente. La emoción del desierto
me envolvía. Por donde mirásemos se extendía polvorienta la llanura
sembrada de chaparros y de cactos. Mirándola en perspectiva, se
combaba casi como rival del cielo. Anegados de inmensidad nos
acogíamos al punto firme de unas cuantas casas blanqueadas. En los
interiores desmantelados habitaban familias de pequeños funciona-
rios. La aduana, más grande que las otras casas, tenía un torreón.
Una senda sobre el arenal hacía veces de calle y de camino. Algunos
mezquites indicaban el rumbo de la única noria de la comarca.
Perdido todo, inmergido en la luz de los días y en la sombra rutilan-
te de los cielos nocturnos. De noche, de día, el silencio y la soledad
en equilibrio sobrecogedor y grandioso.
Una noche se me quedó grabada para siempre. Entorno al umbral
de la puerta familiar disfrutábamos la dulce compañía de los que se
aman. Discurría la luna en un cielo tranquilo; se apagaban en el vas-
to silencio las voces. A poca distancia, los vecinos, sentados también
frente a sus puertas, conversaban, callaban. Por el extremo de la de-
recha los mezquites se confundían con sus sombras. Acariciada por
la luz, se plateaba la lejanía, y de pronto clamó una voz: "Vi la lum-
bre de un cigarro y unas sombras por la noria..." Se alzaron todos
de sus asientos, cundió la alarma y de boca en boca el grito aterido:
"Los indios...; allí vienen los indios..."
Rápidamente nos encerramos dentro de la casa. Unos "celado-
res", después de ayudar al refuerzo de la puerta con trancas, subie-
ron con mi padre a la azotea, llevando cada uno rifle y canana. Cun-
dió el estrépito de otras puertas que se cerraban en el villorrio entero
y empezaron a tronar los disparos; primero, intermitentes; después
enconados, como de quien ha hallado el blanco. Mientras arriba sil-
baban las balas, en nuestra alcoba se encendieron velas frente a una
i magen de la Virgen. Aparte ardía un cirio de la "Perpetua", reliquia
de mi abuela. De hinojos, niños y mujeres rezábamos. Después del
padre nuestro, las avemarías. En seguida, y dada la gravedad del ins-
tante, la plegaria del peligro: "La Magnífica", como decían en casa.
El Magnificat latino que, castellanizado, clamaba: "Glorifica mi
alma al Señor, y se regocija mi espíritu en Dios mi Salvador..."
EL COMIENZO 7

"Cuyo nombre es santo... y su misericordia, por los siglos de los si-


glos, protege a quien lo teme..."
No fue largo el tiroteo; pronto bajó mi padre con sus hombres.
"Son contrabandistas —afirmaron--, y van ya de huida; ensillare-
mos para ir a perseguirlos." Se dirigieron a la Aduana para pertre-
charse, y a poco pasó frente a la casa el tropel, a la cabeza mi padre
en su oficio de Comandante del Resguardo. Regresó de madrugada,
triunfante. En su fuga, los contrabandistas habían soltado varios bul-
tos de mercancías.
Igual que una película, interrumpida porque se han velado largos
trechos, mi panorama del Sásabe se corta a menudo; bórranse días
sin relieve y aparece una tarde de domingo. Almuerzo en el campo,
varias personas aparte de la familia. Sobre el suelo reseco, papeles
arrugados, latas vacías, botellas, restos de comida. Los comensales,
dispersos o en grupos, contemplan el tiro al blanco. Mi padre alza la
barda negra, robusta; lanza al aire una botella vacía; dispara el Win-
chester y vuelan los trozos de vidrio, una, dos, tres veces. Otros
aciertan también; algunos fallan. Por la extensión amarillenta y de-
sierta se pierden las detonaciones y las risas.
Gira el rollo deteriorado de las células de mi memoria; pasan zo-
nas ya invisibles y, de pronto, una visión imborrable. Mi madre re-
tiene sobre las rodillas el tomo de Historia Sagrada. Comenta la lec-
tura y cómo el Señor hizo al mundo de la nada, creando primero la
luz, en seguida la Tierra con los peces, las aves y el hombre. Un
solo Dios único y la primera pareja en el Paraíso. Después, la caída,
el largo destierro y la salvación por obra de Jesucristo; reconocer al
Cristo, alabarlo; he ahí el propósito del hombre sobre la Tierra. Dar
a conocer su doctrina entre los gentiles, los salvajes; tal es la supre-
ma misión.
"Si vienen los apaches y te llevan consigo, tú nada temas, vive
con ellos y sírvelos, aprende su lengua y háblales de Nuestro Señor
Jesucristo, que murió por nosotros y por ellos, por todos los hom-
bres. Lo impo rtante es que no olvides: hay un Dios Todopoderoso y
Jesucristo, su único hijo. Lo demás se irá arreglando solo. Cuando
crezcas un poco más y aprendas a reconocer los caminos, toma hacia
el Sur, llega hasta México, pregunta allí por tu abuelo, se llama Es-
teban... Sí; Esteban Calderón, de Oaxaca; en México le conocen; te
presentas, le dará gusto verte; le cuentas cómo escapaste cuando nos
mataron a nosotros... Ahora bien: si no puedes escapar o pasan los
años y prefieres quedarte con los indios, puedes hacerlo; únicamente
no olvides que hay un solo Dios Padre y Jesucristo, su único hijo;
eso mismo dirás entre los indios..." Las lágrimas cortaron el discur-
ULISES CRIOLLO

SO y afirmó: "Con el favor de Dios, nada de eso ha de ocurrir...; ya


an siendo pocos los insumisos..."
Me llevan estos recuerdos al de una misa al aire libre, en altar im-
brovisado, entre los mezquites, el día que pasó por allí un cura con-
sumando bautizos.
No sé cuánto tiempo estuvimos en aquel paraje; únicamente re-
. uerdo el motivo de nuestra salida de allí.
Fue un extraño amanecer. Desde nuestras camas, a través de la
ventana abierta, vimos sobre una ondulación del terreno próximo un
grupo extranjero de uniforme azul claro. Sobre la tienda que levanta-
ron flotaba la bandera de las barras y las estrellas. De sus pliegues
fluía un propósito hostil. Vagamente supe que los recién llegados
pertenecían a la comisión norteamericana de límites. Habían decidi-
do que nuestro campamento, con su noria, caían bajo la jurisdicción
i ankee, y nos echaban: "Tenemos que irnos" —exclamaban los
nuestros—. "Y lo peor —añadían— es que no hay en las cercanías
una sola noria; será menester internarse hasta encontrar agua."
Perdíamos las casa, los cercados. Era forzoso buscar dónde esta-
blecernos, fundar un pueblo nuevo...
Los hombres de uniforme azul no se acercaron a hablamos; reser-
vados y distantes esperaban nuestra partida para apoderarse de lo
que les conviniese. El telégrafo funcionó; pero de México ordenaron
nuestra retirada; éramos los débiles y resultaba inútil resistir. Los in-
vasores no se apresuraban; en su pequeño campamento fumaban, es-
peraban con la serenidad del poderoso.
Ignoro lo que hicimos en el nuevo Sásabe, que es el de hoy, ni sé
cómo lo dejamos. La más próxima visión que me descubro es una
tarde, en Ciudad Juárez, o sea El Paso del Norte; frondas tembloro-
sas de álamos, paseo a la orilla de canales, llenos de agua corriente,
fangosa; casas de blanco y azul, aroma de tierra mojada. Mi madre
camina, adelantándose con paso nervioso; en su voz hay temor y
congoja. No llegan noticias de mi padre, que fue con negocio a Mé-
xico; en vano acudimos al correo. Nos quedamos mirando los cana-
les; hallaron en ellos a un chino ahogado por esos días y yo pensaba
con insistencia molesta: agua de chino ahogado.
Nada más descubro de ese periodo infantil. El hilo tenue de la
personalidad se va rompiendo sin que logre reanudarlo la memoria;
sin embargo, algo aflora del río subterráneo de repente y nos descu-
bre otro remoto paisaje. De nuestra estancia en el Paso quedó en el
hogar un documento valioso: la fotografía de etiqueta norteamerica-
na que nos retrató el día de fiesta. Mi padre, de levita negra, pechera
blanca y puños flamantes. En el vientre, una leontina de oro; en el
MI PUEBLO 9

pecho, barbas rizosas. Mi madre luce sombrero de plumas, aire me-


lancólico, faja de seda esponjada, mitones de punto y encajes negros
al cuello. La abuela, sentada, sonríe entre sus arrugas y sus velos de
estilo mantilla andaluza. Siguen tres niñas gorditas, risueñas, vesti-
das de corto y lazos de listón en el cabello, y por fin, mi persona,
frente bombeada pero aspecto insignificante, metido en el cuello al-
midonado, redondo y ridículo, a pesar de la corbata de poeta. Los
hermanos éramos entonces cinco. El primogénito murió en Oaxaca,
antes de que la familia emigrara. Yo, como segundo, heredé el "ma-
yorazgo", y seguían Concha, Lola, Carmen e Ignacio. Nos cayó este
último no sé exactamente en cuál estación de la ruta, y nos dejó a
poco en otra, muriéndose pequeño. Cuando preguntaban a mi madre
por su preferido, respondía:
"—Son como los dedos de la mano: se les quiere a todos por
igual."
Se me pierde mi yo y vuelvo a hallarlo en las gradas de una esca-
lera espaciosa. Baja un señor de perilla blanca; se ve pálido y alto,
viste de negro, me toma de los brazos, me alza y me besa; oigo de-
cir:
"—El abuelo; tu abuelo..."
A poco nos despedimos, nos metemos en nuestra casa. Nuestra vi-
vienda disfrutaba la mitad de un patio con corredores y maceta. Y
un dia llegaron en cantidad ramos y coronas de flores. Se nos prohi-
bió la entrada a una de las habitaciones. Advertimos rumor de llan-
tos. Aprovechando un descuido materno, me asomé al cuarto del
misterio. Sobre una mesa enflorada vi un cuerpecito envuelto en en-
cajes blancos. Un dedito asomaba y lo palpé muy tieso. Nunca supe
más de este hermano. Mi padre salió llorando con la cajita blanca al
brazo. Lo acompañaban algunos amigos y se alejaron todos en co-
ches. En la familia se solía recordar a Nachito... "Cuando murió
Nachito."
Parece que durante los meses de aquella estancia nuestra en la ca-
pital estuve en el departamento de párvulos en la Escuela Normal,
por la Encarnación. Recuerdo un patio que es, probablemente, el
mismo en que después fundé la editorial de la Universidad.

MI PUEBLO

Habitábamos una casa de pueblo. Sala, con mecedoras, mesa al cen-


tro, sillas adosadas a la pared; a la vuelta, una serie de alcobas en
fila. En la primera dormían mis padres; en seguida, mis hermanas;
lo ULISES CRIOLLO

luego, en otra, la abuela, y al final estaba la mía, pequeña pero con


salida al patio principal. Las puertas interiores quedaban abiertas
en largo paso que mi madre podía recorrer con la vista desde su ha-
bitación.
Una lámpara de petróleo ardía en el dintel de mi puerta iluminan-
do toda la noche el pasillo interior. Me tocaba dormir solo porque
era ya, según decían, un hombre; padecía, sin embargo, los más ex-
traños terrores de mi vida. Nuestros vecinos eran pacíficos, nada ha-
bía que temer de ellos; pero el pavor me lo causaban ciertos poderes
invisibles sensibles sólo al tacto. Me andaban por las pantorrillas,
me helaban la espina, me atemorizaban con sus murmullos y saltos.
Apenas me cubría con las ropas de la cama, y no obstante las oracio-
nes previamente recitadas de hinojos, los pequeños monstruos co-
menzaban a agitarse, desarrollando holgorios y peleas.
Al cobijarme con su beso de despedida, mi madre me encomenda-
ba al "ángel de la guarda"; pero su protección valiosa en las regio-
nes altas no impedía que por el suelo y por debajo de la cama se
mantuviese autónomo el reino de sombras y engendros. Mientras
más me encubría y acurrucaba, mayor era el estrépito, más insolen-
tes las burlas de los seres subhumanos, enanitos ridículos, pero de
brazos tan fuertes que podían cogerle a uno por el tobillo y sujetarlo,
deshacerlo casi, dentro de la cámara a media luz. Algunas noches mi
espanto era tan vivo, que no podía reprimir algún grito; pedía más
luz y afirmaba que algo andaba por debajo de la cama.
Mi padre se mostraba irritado con mis aprensiones, las calificaba
de patrañas y miedo. Mi madre, más paciente, me tomaba la mano,
la ponía en la señal de cruz, me persignaba.
"—Así los espanto —decía—; contra esto no pueden los malos
espíritus. Basta enseñarles los dedos en cruz; piensa en la cruz."
Aliviado interiormente y apretado a mi signo mágico, acababa
durmiendo tranquilo y en paz. Pero noches después volvía el sobre-
salto. Soportaba sin queja los terrores que daban sudor frío. Me fa-
llaban todas las tentativas de imponer serenidad, hasta que acudí a
un remedio violento. Desde por la tarde, en secreto, elegí un palo
grueso y lo escondí en un rincón. Al primer rumor nocturno empren-
dería una batida por toda la casa. Disimulé hasta que todos se hubie-
ran dormido, y ya casi lamentaba que fueran a fallarme los apareci-
dos; pero no tardaron en comenzar sus pláticas confusas. Al instante
brinqué fuera de la cama, tomé el palo y echándome boca abajo ba-
rrí a garrotazos por debajo del lecho, picando por el ángulo oscuro.
Contra lo que esperaba, no se oyó chillido ni queja: únicamente en
direcciáh de la puerta del patio una como carrera precipitada. ...Tras
VOCACIÓN DESATENDIDA 11

de ella salí con mi garrote en una mano y nuestra lámpara en la otra.


Nada hallé en el primer patio y me metí por el corral. La linterna
trazaba un largo reflejo móvil; la oscuridad era densa. Súbitamente
me estremeció una sombra confusa; concentrando toda mi energía
levanté el palo y pegué con fuerza. Algo se vino al suelo; en seguida
saltó cacareando. Las otras gallinas se removieron en el árbol que
les servía de abrigo. La risa me venció; después, el bochorno; pero
dormí esa noche a pierna suelta y ya no volví a pensar en los duen-
des. En cambio, días y meses me persiguieron mis hermanas con
burlas por la aventura de las gallinas.
Mi padre se había asomado a la escuela del lugar; vio los bancos
desvencijados, el piso de tierra y un maestro de palmeta y pañuelo
amarrado a la cabeza, y desistió. Más tarde empezó a darme clases
particulares un maestro Calderón. No era nuestro pariente, sino sólo
un homónimo. De buena presencia, barba negra y rostro pálido, nos
dio las primeras nociones sobre el artículo y el sustantivo, el verbo y
el pa rt icipio. También nos puso a hacer sumas y divisiones; pero nos
aburría y no adelantábamos. Mucho más nos divertían ciertas lectu-
ras que escogía mi madre. Como ejercicio de memoria nos puso una
fábula de José María Samaniego:
A un panal de rica miel
dos mil moscas acudieron,
que, por golosas, murieron
presas de patas en él.
No garantizo la fidelidad de la poética. Desde entonces me preo-
cupaba el contenido y no la forma. Leíamos también un compendio
de Historia de México, deteniéndonos en la tarea de los españoles
que vinieron a cristianizar a los indios y a extirparles su idolatría.
Que hubiera habido adoradores de ídolos, me parecía estúpido; el
concepto del espíritu me era más familiar, más evidente que cual-
quier plástica humana.

VOCACIÓN DESATENDIDA

Por otra parte, mi politécnica estaba en esa época en el corral de


nuestra casa. Para nada me ocupaba de gallinas y gallos; ni teníamos
perro ni experimenté jamás la afición a las bestias domesticadas.
Pero el "solar" abandonado tenía uno que otro mezquite y una ex-
tensión salvaje, resquebrajada por las lluvias. En el verano se descu-
brían hormigueros que en vano exploré con pica y chorros de agua
12 ULISES CRIOLLO

hirviendo. Nunca concluían las galerías subterráneas; mas en casa


amenguaba la plaga después de mis batidas. Socavando estos hoyos
del campo, di una vez con un nido de arañas grandes, tal vez tarán-
tulas. La madre me lanzó un líquido lechoso, pero logré destriparla.
Me desconsolaba no hallar en mis acometidas heroicas ni una de las
tan temidas serpientes de cascabel, que abundaban en la comarca.
Así que el terreno y sus grietas quedaron libres de misterio y de
alimañas, decidí emprender algo grande. En el rincón más resguarda-
do aplané varios metros en cuadro. Luego marqué con estacas y cor-
deles el trazo de unos cimientos. Cavé las zanjas, las rellené de pe-
dacería con arena y cal. Acumulé en seguida pequeños bloques de
barro batido y secado al sol y comencé a construir. En silencio, casi
en secreto, me dedicaba horas y horas a la tarea fascinante. Lo que
salía de mis manos no era copia de casa vista, ni en el pueblo había
nada que pudiera orientarme. Poseíamos un estereoscopio con gran-
des vistas de Oaxaca, y ése fue, sin duda, mi texto. Aunque yo ima-
ginaba que todo lo que pudiera haber en Oaxaca quedaba superado
en mi creación. Leyendo no sé dónde, saqué la idea de unas armazo-
nes de madera de caja de puros para sostener el material todavía
fresco de las numerosas arcadas que ornamentaban el primer cuerpo.
En el segundo abrí grandes ventanas con balcón volado. Encima y al
centro puse un tercer piso ligero. Por ambos lados, las azoteas del
segundo piso servían de terraza. Antes de terminar la obra hube de
reparar no pocas cuarteaduras. Pero el conjunto resultó firme; lo dejé
blanqueado con cal y enfrente le tracé un remedo de andenes embal-
dosados, recuerdo seguramente o imitación inconsciente de lo que vi
de pequeño en los atrios de las iglesias de la capital.
Varios meses de trabajo costó la obra que aseguraba mi fama en
el pueblo. Venían a verla los chicos y los mayores. Mi padre quiso
dedicarle una inauguración formal. Compró paquetes de triquitraques
chinos, dulces y refrescos. Yo estuve nada más atento a que nadie
tocase o pusiese en peligro el prodigio.

LAURA: DAME UN BESO

En nuestro pueblo todos éramos más o menos forasteros. Se vivía


del comercio internacional y de los empleos del Gobierno, la adua-
na, el correo, el cuartel. También la empresa del ferrocarril mantenía
allí un gran taller, pero quedaban algunos pequeños propietarios, he-
rederos de los primitivos colonizadores del desierto.
NOTICIAS PRETÉRITAS 13

Una de esas familias, vecina nuestra, tenía una hija, Laura, de


ocho a diez años; lindos ojos maliciosos y piernas ágiles. La encon-
traba a menudo, sin hablarle, hasta que una vez di con ella estando
yo en compañía de Tocho. Este Tocho era un niño rico, atrevido y
buen mocito. Al ver a Laura gritó:
—Dame un beso.
La chiquilla lo miró con descaro, le hizo un dengue y echó a co-
rrer, riéndose y agitando la mano en amenaza vaga. Otra vez, ya
solo, tropecé casi con Laura. Llevaba yo en la mano unos caramelos.
Sin darme tiempo a ocultarlos, me miró y dijo:
—Pepe: dame un caramelo...
—Toma —repuse ofreciéndole—; pero tú, dame un beso.
Cogió ella el dulce y escapó. No recuerdo que el incidente me de-
jara mayor impresión, y quizá la hubiera olvidado de no haber tenido
consecuencias. Días después, ya metido en cama, escuché que nos
visitaba, según su costumbre, el viejo caballero padre de Laura. Con-
versó de cosas indiferentes; pero de pronto exclamó, dirigiéndose a
mi padre:
—¿Qué cree usted que hizo el otro día su Pepillo? ...Pues le pidió
un beso a Laurita...en plena calle...
—¿Será posible? —comentó mi padre.
—Habría que castigar a ese muchacho —afirmó, severa, mi ma-
dre. Luego cambiaron de asunto y me quedé esperando el regaño
que seguiría a la despedida de nuestro vecino. Al marcharse éste,
fingí un sueño profundo, y con sorpresa vi que no me despertaban.
—Miren la mosquita muerta, pidiendo un beso; y vaya que es bo-
nita la chica —dijo únicamente mi padre.

NOTICIAS PRETÉRITAS

La mayor parte de las noches, la tertulia era íntima. Mi madre se po-


nía a leer; mi padre fumaba y "Gan" nos platicaba. Eso de "Gan"
era en el mundo una oscura, humilde viejecita: doña Perfecta Varela.
Y como ya empezaba a estar anciana, le asediaban los recuerdos. En
su infancia había hecho un viaje a España. Aunque nacida ella en
México, el decreto de expulsión de los españoles, por el año treinta
y tres, había afectado a sus padres. Cinco semanas o más viajaron en
un velero. Varias ocasiones, decía, estuvieron a punto de naufragar.
Se rezaba la "Magnífica", se prendía la vela de la "Perpetua", y el
barco seguía adelante. Nada recordaba de lo visto en España. Siendo
ella todavía una niña, volvió con los suyos a Oaxaca.
14 ULISES CRIOLLO

El tema de los viajes era, por lo demás, un leit motiv familiar. No


tenía yo dos años cuando salimos de Oaxaca en caballos hasta el
tren de Tehuacán. Fueron duras las jornadas del Cañón de Tomellín,
entre las cuestas y el río. Cuando Clara, la criada mestiza que toda-
vía nos acompañaba en Piedras Negras, se vio arrellanada en el va-
gón del primer ferrocarril que nos transportaba, cuentan que dijo:
"Este caballito sí me gusta..." En la capital, mi padre obtuvo un
puesto en la Aduana de Soconusco. Lo que nos obligó a un viaje in-
creíble, creo hasta Puerto Ángel, donde tomamos un barco. Un tem-
poral nos llevó de arribada forzosa a Champerico, de Guatemala.
Allí encontraron mulas para atravesar la frontera por Tapachula. En
plena estación de aguas, apenas avanzaban las bestias, resbalando en
las pendientes. "Tú ibas —recordaba mi abuela, mirándome— den-
tro de un cesto atado al costado de la mula. La lluvia te escurría por
las sienes, atravesando el sombrerito de palma. Estabas tan flaquito
y amarillo, que llegamos a darte por perdido."
Por huir del paludismo, mi padre aceptó el cargo aquel del Sása-
be, en el otro extremo del sistema aduanal mexicano. Los relatos de
mi hogar empezaban, pues, con una advertencia geográfica. "Cuan-
do estábamos en Chiapas", "cuando pasamos por México", "una
vez en Oaxaca..." y el castigo, cuando éramos todavía muy niños,
consistía en obligarnos a extender la mano para recibir los polvos de
quinina que servía el doble objeto de enderezar la conducta y curar
de paso el cuerpo prematuramente debilitado por las fiebres.

GASTRONOMÍA COSMOPOLITA

En Piedras Negras, el clima extremoso resulta saludable. Se vive la


mayor pa rt e del año puertas afuera y no había entonces otra diver-
sión que los convites entre los amigos. Aparte de solemnidades
como la Navidad y Semana Santa, festejábamos los días de San Ig-
nacio y el Carmen. La cocina fronteriza era muy primitiva, y aunque
después nos quedó el gusto de las to rt illas de harina, en casa no se
escuchaban sino quejas de la crudeza de los guisos locales. En cam-
bio, el comercio próspero de un puerto internacional suministraba
los productos de toda la Tierra. Al "otro lado", es decir, en Eagle
Pass, se conseguía lo norteamericano, y el servicio de transpo rt es
por express nos surtía los productos de toda la República hasta el
Sur. Cuando llegaba la encomienda de Oaxaca, entraba en funciones
la abuela, especialista en pipianes y moles, garbanzos y arroces.
En la deshollejada del garbanzo nos empleaban en grupo y llenába-
mos bandejas de grano pelado que servía a mis gentes no sólo para
el cocido y los guisos usuales, sino también para un dulce de pilon-
cillo y yerbas de olor, estilo oaxaqueño.
El plato de lujo de mi abuela era un estofado de pollo que tragaba
pasas, almendras y alcaparras; todo el Oriente, en especias. La fruta
escaseaba, pero llegaban del Sur piñas y aguacates. De Oaxaca nos
enviaban turrones, tortas de coco y naranjas, limones cristalizados. Y
el laterío abundaba. Algunas veces, acompañando a mi madre en sus
despachos de Vista, veíamos salir de las cajas ciruelas de Francia o
pasas de Málaga. El comercio local retenía su fracción de los tesoros
que después absorbía el país entero.
Los regalos de Navidad que recibía mi padre no eran costosos,
pero sí variados. Destripando los grandes cestos decorados de cintas,
extraíamos latas de espárragos y atunes, con la etiqueta dorada de
Burdeos, y frascos de frutas en almíbar, a la española. Otro amigo
mandaba la caja de champaña o el encargo de vinos gruesos de Bor-
goña. Mi padre, que no gustaba de bebidas fuertes, experimentaba
arrobos frente a las botellas con marca de Chateaux y de Cotes.
Nos complacía especialmente a los chicos el regalo anual de un
importador chino de Torreón. Su paquete contenía bulbos de azuce-
na asiática y ollas de loza con asa de mimbres, repletas de frutas en
miel; además, cajas con nueces de lichee y frutas cristalizadas.

LA PRIMERA ORFANDAD

Sospecho que la suerte nos fue benigna en los primeros años de es-
tancia en la frontera. El niño aprecia estas circunstancias, aunque no
las comprende. Mi madre se vestía de claro, andaba alegre y parecía
más joven. Se puso un día de luto, pero no indagué la causa. Pasó el
tiempo, y una tarde, a la hora de la lectura, me hizo repetir un pasaje
del libro de José Rosas titulado: Un hombre honrado. Se celebra en
él la ejemplaridad del que sirve a su patria en los días adversos; se
retira a la vida privada en la época normal y en ella conquista la es-
timación de los buenos y muere venerado y tranquilo.
Los sollozos de mi madre interrumpieron mi lectura. En seguida,
rehaciéndose, preguntó:
—¿A quién se puede aplicar este elogio...?
Vacilé y respondí:
—A Juárez.
—Sí; y también a tu abuelo —afirmó ella.
16 ULISES CRIOLLO

No volvió a mencionar su pena. No era dada a estar rumiando una


congoja. La sufría violenta, la padecía, para en seguida entregarse a
la obligación de una actividad provechosa y alegre.

LA HERENCIA

Mi padre llegó un día a la casa con varias talegas de a mil pesos, en


plata. Venían de Oaxaca, por el express, y procedían de la venta de
un rancho de las cercanías de Tlaxiaco.
No eran de allí mis antepasados, pero se refugiaron en dicho pue-
blo durante la revolución de la Reforma, mientras mi abuelo, perse-
guido por Santa Anna, tuvo que abandonar no sólo Oaxaca, sino el
país. Mi abuelo empezó de médico pobre, casado con una señorita
Conde, de familia acomodada, pero ya en decadencia económica.
Tan ricos habían sido los Conde, que sacaban "la plata a asolear".
Negociaban, según creo, la cochinilla, y quebraron por el invento
alemán de las anilinas. En su destierro, mi abuelo estuvo con Juárez
en Nueva Orleáns; después, durante la guerra contra los franceses,
se estableció en Tlaxiaco, donde tuvo oculto a Porfirio Díaz y le
curó una herida. Al triunfo del oaxaqueñismo se retiró de la política
para seguir al lerdismo vencido; pero años después don Porfirio vol-
vió a hacerlo senador. Al morir, no dejó patrimonio. Si no me equi-
voco, el rancho de Tlaxiaco lo administraba para los hijos de su pri-
mera esposa. AI enviudar, contrajo en Tlaxiaco segundas nupcias
con una Adelita que le dio una docena de hijos, mis medios tíos, los
Calderón.
Los dineros del rancho no los quiso tocar mi padre. Los llevó a
casa y los puso en el ropero de mi madre. Lo indicado hubiera sido
emplearlos en la compra de algún solar que a los pocos años le hu-
biera duplicado la inversión; pero ninguno de los dos tenía cabeza
para los negocios. Mi padre, por orgullo, ni adelantó opinión, y la
dueña, incorregiblemente despilfarrada, empezó a recorrer las tien-
das y almacenes de los pueblos rivales. De cada excursión volvía
con el coche cargado de cajas y envoltorios. A mis hermanas, vesti-
dos; a mi padre, un anillo; a mí, ropas y libros; a la viejita, un corte
de vestido negro, de seda.
Y a medida que el dinero se iba alada y gloriosamente, los recuer-
dos de Tlaxiaco animaban las veladas. Exhumaba mi madre de lo
profundo del baúl un vestido negro de gro —seda gruesa— adorna-
do con lentejuelas; su primer lujo mundano, lucido en los bailes de
la pequeña y orgullosa ciudad criolla. Sus días más alegres los pasó
PROSPERIDAD 17

allí. Con todo, al final se le amargó la estancia por el segundo matri-


monio y la madrastra. Más tarde regresaron todos a Oaxaca, y des-
pués de algunos años de acudir a la misa y estar a la ventana, mi
madre se enamoró frenéticamente de mi padre, un pobre empleado
de botica...
Protestó el abuelo y negó su consentimiento al enlace; pero se
efectuó éste en un amanecer y en presencia de algunos parientes. Eu-
genésicamente, la pareja estaba bien concertada. Rubia y pálida, de-
licada, mi madre; y su marido, sanguíneo, robusto. Criollos puros los
dos. Con los años, el cutis blanco de mi madre tomó el color de la
cera de los cirios. A mi padre lo pusieron rojo tostado los soles, los
años y la cerveza. Sólo en derredor del cuello se le veía el círculo
lechoso.
—Mamá: y cuando se casaron, ¿adónde se fueron a vivir tú y mi
papá?
Respondiendo a las preguntas de la indiscreción infantil se nos
daban detalles que por cierto no retengo con mucha exactitud.
—¿Y por qué se enojaba mi abuelo? ¿Porque era pobre mi
papá...?
Lo cierto es que mi madre prescindió de los suyos para siempre y
se atuvo a la suerte humilde de su esposo. Vivieron uno o dos años
del sueldo escaso de la botica; pero era la época en que Oaxaca se
despoblaba. A nadie le faltaba un pariente ministro o general capaz
de conseguir un empleo, así fuese en el quinto infierno. El deseo de
sacudir el complejo social de quien viene a menos y el gusto de la
aventura y el cambio deben de haber decidido a mis padres. Y el tío
protector se presentó en la persona, distinguida, por cierto, del gene-
ral Mariscal. Pariente, según creo, bastante próximo de la familia de
mi madre, bajo la administración lerdista o con Juárez ocupó el
puesto de gobernador de Yucatán; después había contribuido a una
de las derrotas de Porfirio Díaz, persiguiéndolo como desleal por el
Istmo; retirado a la vida privada cuando Tuxtepec, conservaba, sin
embargo, influencia.
Entiendo que él fue mi padrino de bautizo y también quien dio a
mi padre cartas de recomendación para un puesto en Aduanas.

PROSPERIDAD

Ahora, en Piedras Negras, nuestra fortuna corría pareja con la del


pueblo, que acrecentaba sus recursos y, según se repetía sin cesar
con orgullo, progresaba.
18 ULISES CRIOLLO

Los ingresos de mi padre fijos y suficientes en cuanto al sueldo;


variables y a veces espléndidos, con el aditamento de los porcentajes
sobre las multas por contrabandos. Con frecuencia pasaban de mil
pesos sus ingresos mensuales en una época en que el peso valía lige-
ramente más que el dólar. Pero en lo administrativo mis padres se
apegaban a la Escritura en lo que concierne al creced y multiplicaos,
y al Evangelio por lo que hace al vestido y al sustento, conforme a
las aves y los lirios, "más bellos que Salomón en toda su pompa"...;
acaso el "Padre Nuestro" que rezábamos diario no se conformaba
con pedir el pan de cada día? Del ahorro, decía mi padre que era
propio de avaros; una hipoteca era usura y pecado, y un negocio casi
una deshonestidad. Comentarios parecidos circulaban de sobremesa
a propósito de operaciones ventajosas realizadas por algunos colegas
de mi padre, con el producto de sus ahorros, sin deshonestidad.
En aquella región se desconocía la miseria. Los cocheros, los
aguadores, entraban en la misma cantina que el funcionario y el pro-
pietario. Gracias a la zona libre internacional, las mercancías extran-
jeras, exentas de derechos, se obtenían a precio reducido. Las dos
poblaciones rivales, la mexicana y la norteamericana, separadas úni-
camente por el río, ofrecían las ventajas de dos modos de vida. Y
cada cual ponía su orgullo en divertirse y gastar dinero.

UN BAILE

Toda la población gastaba lujos desproporcionados a su categoría.


Los ingresos aduanales, administrados con probidad, dejaban para
construir uno que otro palacio al lado de la casa fronteriza, común-
mente miserable y más bien por barbarie que por miseria. La inaugu-
ración del edificio de la Aduana se festejó con un baile suntuoso.
Estilo francés, fin de siglo; piedra rosada en los llenos y blanca en
las esquinas, las cornisas y los dinteles. Encima, una de esas mansar-
das grises que afearon toda una época. Toda la planta baja se acon-
dicionó para la recepción. Al fondo de una gran sala ornada de corti-
nas rojas y espejos, se puso una tela blanca corrediza. En torno se
instaló doble sillería, quedando libre el centro para los bailadores.
Desde las afueras, una banda militar anunciaba la solemnidad, alter-
nando la Marcha de Zacatecas con el vals Sobre las olas. Pronto se
llenaron los pasillos y salones con damas engalanadas y caballeros
de negro. Las plumas de los abanicos acariciaban rostros hermosos.
Algunos asistentes despreocupados se presentaban cargando hasta
con los niños. Tendría yo a lo sumo nueve años, y había logrado co-
larme.
UN BAILE 19

En el estrado, frente a la cortina blanca, se instalaron: el Adminis-


trador, el Jefe de las Armas, el Jefe Político, sustituto de alcaldes
que ya se había desistido de intentar elegir.
Corrió por las salas el estremecimiento de lo solemne. Todas las
miradas se volvieron hacia el dosel. El jefe de la Aduana descorrió
la cortina y apareció ante la pública veneración el retrato de cuerpo
entero del Caudillo. Encendido el rostro mestizo, hinchado el busto
de galones, cordones, medallas y cintajos; severa la mirada, y bajo el
brazo el sombrero de Divisionario del Ejército; plumas y tiras como
toca de odalisca. La concurrencia entera, de pie, aplaudió largamente
a su jefe máximo, el Padre de la Patria, soldado desleal de Tuxtepec
y burlador de la Constitución que cada seis años juraba cumplir.
"¡Viva Porfirio Díaz!", gritó tres veces el maestro de ceremonias. Y
el pobre rebaño bien bañado —acababa de inaugurarse el servicio de
agua entubada— respondía: "¡Viva...!" Concluido el descubrimien-
to de "Nuestro Amo", del altar cívico, la religión de la patria —de-
cían los laicos—, el manso rebaño de ropas acabadas de estrenar se
repartió por las salas, y unos bailaron y otros comieron del "ambigú"
con champaña. Si el cuerpo come y baila, ¡qué importa el afán de
las almas!
La ceremonia del retrato me dejó preocupación. Un día, en la
mesa, pregunté:
—Papá, ¿y por qué le dicen Caudillo...?
Mi padre rió. Después, reflexionando, expresó:
—Pues será por aquello de "mátalos en caliente".
El episodio de Veracruz era tema de secreteo en toda la Repúbli-
ca. Para deshacerse de políticos enemigos, el Caudillo realizó una
modesta hecatombe; diez o doce cayeron bajo las balas del Ejército
heroico. El general Mier y Terán, ejecutor de las órdenes, paseaba
pocos días después por las calles del puerto, y una madre, levantan-
do en brazos a su hijo pequeño gritó:
—Conoce al asesino de tu padre.
El general Mier y Terán, no del todo encallecido, acabó en un
manicomio; su amo se reeligió Presidente. Las matanzas del porfiris-
mo nos parecen hoy juego de niños malos. Si los de hoy se volvie-
ran locos por los que "despachan", ya habría más manicomios que
ministerios...
—Pero entonces, mamá, ¿por qué tú hacías vendas para curar al
"caudillo" en Tlaxiaco, y por qué tú papá le sanaba las heridas...?
—Hijo, entonces peleaba contra un invasor extranjero...Además,
hijo mío, Lerdo tuvo la culpa; era honrado, inteligente; pero le metió
20 ULISES CRIOLLO

el diablo la manía de perseguir monjas; expulsó a las hermanas de la


caridad, que Juárez mismo había perdonado, y el país sintió alivio al
verlo partir...

EN LA ESCUELA

En Piedras Negras prosperaban los negocios. Se construían edificios


públicos, se desarrollaba la mecánica en los talleres extranjeros de
reparación de locomotoras; abundaban los comercios de lujo, alma-
cenes y joyerías; pero no había una escuela aceptable. Del otro lado,
los yankees no tenían un caudillo napoleónico ni Leyes de Reforma
a lo Juárez; sin embargo, acompañaban su progreso material acelera-
do, de una esmerada atención a la escuela. Libres de la amenaza del
militar, los vecinos de Eagle Pass construían casas modernas y có-
modas, mientras nosotros, en Piedras Negras, seguíamos viviendo a
lo bárbaro. Los mismos mexicanos que lograban reunir algún capital
preferían invertirlo del lado norteamericano para ponerlo a salvo de
gobiernistas del momento y revolucionarios del futuro. También los
temperamentos rebeldes —la levadura mejor del progreso— escapa-
ban cuando podían al lado yankee, bendito de paz alimentada en li-
bertades públicas.
Nosotros, en busca de escuela, nos trasladamos una temporada a
la vecina Eagle Pass o, como decían en casa, con total ignorancia y
desdén del idioma extranjero, "El Paso del Águila".
El río se cruzaba en balsas. Avanzaban éstas por medio de poleas
deslizadas sobre un cable tendido de una a otra ribera. A la chalana
se entraba con todo y el coche de caballos. Para el tráfico ligero ha-
bía esquifes de remo. Estando nosotros en Eagle Pass presenciamos
la inauguración del puente internacional para peatones y carruajes.
Larga estructura metálica de seis o más armaduras, apoyadas en do-
bles pilastras de hormigón armado. Al centro pasan los carruajes, y
por ambos lados andadores de entarimados y barandal de hierro. Los
habitantes de las dos ciudades se congregaron cada cual en su propio
extremo del nuevo viaducto. Las comitivas oficiales partieron de su
territorio para encontrarse a medio río, estrecharse las manos y cor-
tar las cintas simbólicas que rompían barreras y dejaban libre el paso
entre las dos naciones. No eran tiempos de espionaje oficial y pasa-
portes. El tránsito costaba una moneda para la empresa del puente, y
los guardas de ambas aduanas se limitaban a revisar los bultos sin
inquirir la identidad de los transeúntes. Un sinnúmero de carruajes,
algunos enflorados, cruzó en irrupción de visitas recíprocas. El pue-
EN LA ESCUELA 21

blo se mantuvo reservado. Ni los de Piedras Negras pasaron en gru-


pos al "Paso del Águila" ni los de Eagle Pass se aventuraron a cru-
zar hacia la tierra de los greasers. En aquella época, cuando bajaba
el agua del río, en ocasión de las sequías, que estrechaban el cauce,
librábanse verdaderos combates a honda entre el populacho de las
villas ribereñas. El odio de raza, los recuerdos del cuarenta y siete,
mantenían el rencor. Sin motivo y sólo por el grito de greasers o de
gringo, solían producirse choques sangrientos.
Mi primera experiencia en la escuela de Eagle Pass fue amarga.
Vi niños norteamericanos y mexicanos sentados frente a una maestra
cuyo idioma no comprendía. Súbitamente mi vecino más próximo,
tejanito bilingüe dándome un codazo interpela:
,

—Oye ¿y tú a cuántos de éstos les pegas?—. Me quedé sin com-


prender, pero el otro insiste: —¿Le puedes a Jack? —y señala a un
muchacho rubicundo.
Después de examinarlo, respondí modestamente que no.
—¿Y a Johnny, y a Bill?
Por fin, irritado de tanta insistencia, contesté al azar que sí. El se-
ñalado era un chico pecoso más o menos de mi estatura. Imaginé
que ya no había más que hacer.
Pero luego que salimos al recreo, se formó el ruedo. Se acercaban
unos a verme de cerca; otros requirieron mis libros; alguno me dio
la mano y varios me empujaron. Entonces mi vecino de banco gritó:
—Éste dice que le pega a Tom...
En seguida nos enfrentaron: marcaron en el suelo una raya entre
los dos; el que primero la pisara era el más hombre. Nos lanzamos,
no ya a la raya, sino uno sobre otro, y nos pegamos; volvimos a con-
templamos y otra vez a reñir; por fin nos apartaron.
—Bueno —exclamó mi vecino—, puedes quedar; en seguida de
éste... —. Luego, volviéndose a mí: —A éste le toca el número siete.
Muy extrañado y ofendido, no tuve, sin embargo, más remedio
que someterme. Pocas semanas después otro nuevo, un pequeño ba-
rrigoncito, que no quiso reñir, fue entre todos zarandeado y cache-
teado hasta que lo hicieron llorar. Me indignó el episodio y acentué
mi retraimiento. Era yo tímido y triste, pero sujeto a accesos de có-
lera, que por lo menos, me salvaban de transigir con lo que ya se me
aparecía como una ignominia ambiente.
Por lo demás, me sentía la conciencia entre sombras: me asalta-
ban miedos angustiosos; me ponía profundamente triste, sin motivo;
me quedaba solo largas horas, hurgando en el interior de mi propia
tiniebla. Me sobrecogían temores casi paralizantes, y de pronto se
ULISES CRIOLLO

me soltaban impulsos arrojados, frenéticos. Padecía la esclavitud de


mis propias decisiones triviales. Cierta vez que mis padres proyecta-
ron un paseo dominical y a última hora lo suspendieron, hice un dis-
gusto casi lúgubre. No acepté ninguna distracción en reemplazo, y
me estuve todo el día repitiendo:
—Mamá, dijiste que íbamos... Papá, dijiste que íbamos...
Mi madre, aburrida, dijo por fin:
—Te voy a poner a ti "dijiste", "dijiste"; no seas testarudo, vete
a jugar.
Y no es que me importara tanto el paseo; me dolía y me descon-
certaba el cambio del plan ya convenido. De mi madre heredaba la
resistencia a contrariar una resolución ya concertada. Era ella capaz
de los mayores sacrificios por llevar adelante cualquier convenio, no
tanto por el honor de la palabra empeñada, sino porque la voluntad
es temple que se quebranta si no le respetamos sus decisiones. Falta
de flexibilidad, comentará alguien; y, en efecto, la vida nos obliga a
los cambios; por eso mismo hay que ser muy respetuoso de las reso-
luciones que libremente adoptamos.
"Cuídate de tomar una decisión, porque en seguida serás su escla-
vo." Si alguien me hubiera susurrado al oído este consejo, en mucho
se habría aligerado mi carga. Oscuridad, desamparo, terrible pavor y
comprensión vanidosa, tal es el resumen emocional de mi infancia.

FRENTE A LA PLAZA

Tan pronto como encontramos habitación aceptable, regresamos a


Piedras Negras. Para entonces, la familia se había enriquecido con
Carlos, Samuel y Chole. Ocupamos unos bajos, esquina de la plaza,
sobre la calle donde comienza el puente. Para llegar a mi escuela
bastaba atravesar éste y caminar después dos o tres cuadras en los
suburbios de Eagle Pass. En esta casa se inicia mi vida consciente.
Tendría diez años de edad. Me veo comiendo higos negros, pasados,
especialidad de la frontera; los pies recogidos sobre el asiento a cau-
sa de los pisos recién lavados. Mi madre, de pañuelo blanco en la
cabeza, contempla satisfecha sus nuevas habitaciones, flamantes de
limpias. Desde nuestra pequeña sala veíamos las bancas, los arboli-
llos del jardín público. En el lado opuesto quedaba la iglesia, y por
la derecha mirábamos el cuartel y la casa municipal: doble construc-
ción larga de un solo piso blanquedo y techado con tejas. A la vuel-
ta, a media cuadra, teníamos la entrada del puente sobre el barranco
y el río.
¿QUIÉN SOY? 23

Nos alegraba dar por terminada la permanencia en Eagle Pass. Mi


madre había estado allí muy enferma de unas neuralgias. Atormenta-
da, además, por una de esas preocupaciones que degeneraron en ce-
los y recriminaciones.
Mi padre no faltaba nunca a dormir, pero empezó a llegar tarde en
las noches.
Se hallaba de visita con nosotros un tío Esteban, el hermano ma-
yor de mi madre, que conseguía calmarla. Acababa de recibirse de
ingeniero y manejaba muchos libros. Mirando su frente leída, creía
yo descubrir la ilimitada sabiduría. Con mi madre discutía de reli-
gión, y ambos se apasionaban. Otra vez lo oí desde una habitación
contigua referirse a mí...
—Pobrecito; no sabe lo que le espera.
Hablaba en general de la vida y sus problemas: pero el "pobreci-
to" me molestó. Del porvenir yo poseía ya algunas certidumbres
...La vida mía no iba a ser cosa corriente. Una serie de alternativas
magníficas se agitaban en mis presentimientos, en nada acreedoras
de aquel "pobrecito". Con todo, en aquella época me iba por algún
rincón del traspatio a llorar de angustia sin causa y cavilaba, pensaba
hasta sentir fuego en las sienes.
El tío volvió pronto a la capital. Llevaba planes lisonjeros y acabó
metiéndose en Aduanas, con puestos de categoría; pero, al fin y al
cabo, impropios de un profesionista. A los pocos días de su partida,
mi madre me mandó hacer una fogata en el co rral. Junté la leña,
prendí un gran fuego y luego ayudé a echar sobre él un gran número
de libros empastados y sin cubierta. Toda una pira de letra impresa
se consumió entre las llamas...
—S on libros —explicó mi madre—; libros herejes...

¿QUIÉN SOY?

Cierto día, comprando confites en Eagle Pass, me vi el rostro refleja-


do en una de esas vidrieras convexas que defienden los dulces del
polvo. Antes me había visto en espejos distraídamente; pero en
aquella ocasión el verme sin buscarlo me ocasionó sorpresa, perpleji-
dad. La imagen semiapagada de mi propia figura planteaba pregun-
tas inquietantes: ¿Soy eso? ¿Qué es eso? ¿Qué es un ser humano?
¿Qué soy? y ¿Qué es mi madre? ¿Por qué mi cara ya no es la de mi
madre? ¿Por qué es preciso que ella tenga un rostro y yo otro? ¿La
división así acrecentada en dos y en millares de personas obedece a
un propósito? ¿Qué objeto puede tener semejante multiplicación?
24 ULISES CRIOLLO

¿No hubiera bastado con quedarme metido dentro del ser de mi ma-
dre viendo por sus ojos? ¿Añoraba la unidad perdida o me dolía de
mi futuro andar suelto entre las cosas, los seres? Si una mariposa re-
flexionase, ¿anhelaría regresar al capullo? En suma: no quería ser
yo. Y al retornar cerca de mi madre, abrazábame a ella y la oprimía
con desesperanza. ¿Es que hay un útero moral del que se sale forzo-
samente, así como del otro?
Los inviernos eran crudos. A pesar de las estufas de carbón, en-
cendidas al rojo, calaba el viento helado. El frasco de la leche de al-
mendras de droguería pasaba de mano en mano, aliviando partiduras
de rostro y manos. Vientos del Norte, ululantes, soplaban veinticua-
tro horas sin parar, levantaban remolinos de polvo y de basura, sacu-
dían las puertas. Tras del huracán venía la helada. Congelábase
el agua en las vasijas a la intemperie, reventaban las cañerías. Si el
tiempo era lluvioso, formábanse en los ramajes sin hojas cangilones
y estalactitas de nieve que llamábamos "candelilla". Raras veces ne-
vaba, y cuando ocurría, se congregaban los muchachos para perse-
guirse con bolas blancas inofensivas.
Las mañanas me resultaban particularmente duras, por tener que
atravesar el puente. Era casi un kilómetro de marcha sobre el largo
columpio de aceros temblantes, azotados por el vendaval. Por mo-
mentos parecía que todo iba a quebrarse. La racha conmovía el acero
y amenazaba lanzarme al vacío. Encogido, me cobijaba un instante
contra las varas de hierro; luego adelantaba corriendo. Una mañana,
para probar mi resistencia, dejé la mano derecha fuera del paletó;
cortaba el viento helado, pero la mantuve expuesta hasta que se puso
insensible. Al entrar en clase advertí que no podía moverla. Viólo la
maestra y mandó que me dieran frotaciones con nieve, sin las que
pude perder el miembro. En aquel ambiente de wild west y de cow-
boys anteriores a la fase del cine, hacerse duros era la consigna, y
provocaba emulación. Una vez gané la apuesta del que bebiera más
agua. Otros apostaban a recibir puñetazos en las mandíbulas.
Los recreos degeneraban a menudo en batallas campales. Nos dis-
persábamos por los barrancos arcillosos de la margen del río. Se co-
menzaba a marchar entre los matorrales, subiendo y bajando, según
las anfractuosidades del terreno. Uno hacía de jefe y era menester
seguirlo; follow the leader llamaban al juego que encabezaba el mu-
chacho más diestro y más audaz... Al principio no se trataba sino de
proezas deportivas: trepar un talud ayudándonos de las raíces de los
mezquites, o saltar sobre zanjas; pero el encuentro de grupos rivales
provocaba peleas a pedradas. Se convenía en tirar sólo a los pies,
pero nunca faltaba algún descalabrado. La lucha enconábase si por
EL ESTUDIO 25

azar predominaba en alguno de los bandos el elemento de una sola


raza, ya mexicanos o bien yankees.
El más inocente de los juegos, y también el más cultivado era el
base ball. Nunca me sedujo. Me apartaba de los jugadores o me con-
cretaba a mirarlos. Sólo por excepción, si no había otro, me compro-
metía como fielder para recoger las pelotas lanzadas fuera del cam-
po. Por lo común, mientras se jugaba me echaba en la arena, la
colaba entre los dedos, en tanto reflexionaba largamente. Escarbando
así bajo el sol, me encontré un pellejo de una víbora de cascabel.
Otras veces perseguíamos éstas con vara hasta dejarlas inertes des-
pués de aplastarles la cabeza. Me apasionaba también el juego de ca-
nicas a pares o nones sobre un hoyo en la tierra. Las jugaba por inte-
rés disputando las más hermosas de vidrio o de ágata.

EL ESTUDIO

La escuela me había ido ganando lentamente. Ahora no la hubiera


cambiado por la mejor diversión. Ni faltaba nunca a clase. Uno de
los maestros nos puso expeditos en sumas, restas, multiplicaciones,
consumadas en grupo en voz alta, gritando el resultado el primero
que lo obtenía. En la misma forma nos ejercitaba en el deletreo o
spelling, que constituye disciplina aparte en la lengua inglesa. Perió-
dicamente se celebraban concursos.
Gané uno de nombres geográficos, pero con cierto dolo. Mis cole-
gas norteamericanos fallaban a la hora de deletrear Tenochtitlan y
Popocatépet1. Y como protestaran, expuse:
—¿Creen que Washington no me cuesta a mí trabajo?
En todo, la escuela era muy libre y los maestros justicieros. El
año que nos tocó una señorita recibí mi primer castigo. No recuerdo
por qué falta, se me obligó a extender la mano; en ella cayó un vara-
zo dado con ganas. Sin embargo, sin ira. Una vez azotado se me
dijo:
—Ahora, a sentarse.
A poco rato, la misma maestra me hizo alguna pregunta como a
los demás; el asunto se había liquidado. Hay algo de noble en un
castigo así, severo y honrado. Se paga la falta y se sigue viviendo ya
sin carga alguna de remordimiento. Nunca he sido partidario de la
blandura de cierta pedagogía posterior que suele conve rtir al maestro
en juguete del niño y al estudiante en censor del catedrático. Un ma-
nazo justo en la infancia, una explicación oportuna en el colegio, en
la Universidad, producen un efecto de saneamiento, de higiene indis-
26 ULISES CRIOLLO

pensable de toda labor colectiva. La condición de eficacia está no


más en ejercer la autoridad sin odio.
La ecuanimidad de la profesora se hacía patente en las disputas
que originaba la historia de Texas... Los mexicanos del curso no
éramos muchos, pero sí resueltos. La independencia de Texas y la
guerra del cuarenta y siete dividían la clase en campos rivales. Al
hablar de mexicanos incluyo a muchos que aun viviendo en Texas y
teniendo sus padres la ciudadanía, hacían causa común conmigo por
razones de sangre. Y si no hubiesen querido era lo mismo, porque
los yankees los mantienen clasificados. Mexicanos completos no íba-
mos allí sino por excepción. Durante varios años fui el único perma-
nente. Los temas de clase se discutían democráticamente, limitándo-
se la maestra a dirigir los debates. Constantemente se recordaba El
Álamo, la matanza azteca consumada por Santa Anna, en prisioneros
de guerra. Nunca me creí obligado a presentar excusas; la patria
mexicana debe condenar también la traición miliciana de nuestros
generales, asesinos que se emboscan en batalla y después se ensañan
con los vencidos. Pero cuando se afirmaba en clase que cien yankees
podían hacer correr a mil mexicanos, yo me levantaba a decir:
—Eso no es cierto.
Y peor me irritaba si al hablar de las costumbres de los mexica-
nos junto con las de los esquimales, algún alumno decía:
—Mexicans are a semi-civilized people.
En mi hogar se afirmaba, al contrario, que los yankees eran recién
venidos a la cultura. Me levantaba, pues, a repetir:
—Tuvimos imprenta antes que vosotros.
Intervenía la maestra aplacándonos y diciendo:
—But look at Joe, he is a mexican, isn't he civilized?, isn't he a
gentleman?
Por el momento, la observación justiciera restablecía cordialidad.
Pero era sólo hasta nueva orden, hasta la próxima lección en que
volviéramos a leer en el propio texto frases y juicios que me hacían
pedir la palabra para rebatir. Se encendían de nuevo las pasiones.
Nos hacíamos señas de reto para la hora de recreo. Al principio me
bastaba con estar atento en clase para la defensa verbal. Los otros
mexicanos me estimulaban, me apoyaban; durante el asueto se en-
frentaban a mis contradictores, se cambiaban puñetazos. Pero la pug-
na fue creciendo y llegó a personalizarse. Un rubio sanguíneo, agre-
sivo, gringo acabado, la tomó directamente conmigo. La consabida
discusión sobre el valor de los mexicanos concluyó con un:
—Eso lo veremos a la salida.
EL ESTUDIO 27

Apenas terminó la lección nos dirijimos al extremo del llano in-


mediato a la escuela. Un numeroso grupo nos seguía. Se hizo el co-
rro. Empezamos a pegarnos con saña. Desde el principio llevé la
peor parte. Para quitarme de la cara sus puños no hallaba mejor re-
curso que enlazarme con él, para pretender derribarlo. Lograba él sa-
cudirme; volvíamos al frente a frente y otra vez hasta sacarme san-
gre de las narices. Perdí la serenidad y empecé a lanzar arañazos,
patadas. El otro me castigaba con método. Era costumbre que el
vencido exclamase "basta"; en ese instante se suspendía el combate
y los adversarios se estrechaban las manos, como en el ring. Los
amigos me gritaban:
—Ríndete, basta.
Pero la ira me hacía olvidar las heridas; no sentía el dolor, aunque
me desangraba; por fin vino el maestro a separarnos. Y como no
hubo shake hands, quedó pendiente el encuentro. Pero mi estado era
lamentable. Escoriaciones, hinchazón, rasguños; de todo había en mi
rostro. Al cruzar el puente rumbo a mi casa iba ideando la fábula
que urdiría para explicar mi condición. Una caída desde la altura de
un barranco. Mi madre me curó, escuchó la historia y la creyó o
hizo como que la creía. Pero al llegar mi padre se armó el escánda-
lo... "Seguramente se trataba de uno más grande que yo...; era una
salvajada, cómo me habían puesto; reclamaría, acudiría al Consula-
do... no volvería a la escuela."
En la mañana siguiente, sin embargo, nadie me dijo "no vayas".
Tomé solo el rumbo de siempre. La comida del mediodía solíamos
llevarla en la mochila de los libros, y a pleno campo, solos o en gru-
pos, devorábamos los sandwiches, los huevos duros, la fruta. A esa
hora no había riñas; todas se aplazaban para el atardecer. Y mientras
comía rumiando con el pan la amargura de mi derrota de la víspera,
se me acercó un condiscípulo mexicano, de los nacidos y criados a
orillas del río.
—Toma —me dijo, enseñándome una potente navaja—; te la
presto. Estos gringos le tienen miedo al "fierro". Guárdala para la
tarde.
Volvimos al aula. La maestra eludió gentilmente toda referencia
al tema de la discusión enojosa. La clase volvió a sentirse alegre,
distraída en sus asuntos. Yo acariciaba dentro de la bolsa del panta-
lón aquel instrumento que en ocasiones me había servido para cortar
madera, para afirmar las "horquetas" con que se cazan a liga los pá-
jaros.
Al salir de clase, Jim, mi vencedor, se plantó ante su grupo. Yo
me acerqué con los míos. Le hice una seña, invitándole a pelear, a la
ULISES CRIOLLO

ez que exhibía en la mano derecha y abierta la hoja, la navaja del


compatriota.
—No; así no —dijo Jim.
—Busca tú otra —le dije.
—No; así no, Joe... Si quieres, como ayer.
—No, como ayer no; como ahora.
—Ya ves, ya ves —me dijo mi aliado acercándose a recoger su
instrumento—; cómprate una... que sepan que siempre la traes con-
tigo, y no te volverán a molestar estos gringos...
Fue una fortuna que así lograra hacerme respetar, porque las cla-
ses me fascinaban. Aparte los libros que se nos daban a leer, con
frecuencia se hacían lecturas comentadas. Uno de los libros que me
removió el interés fue el titulado The Fair God. "El Dios Blanco, el
Dios Hermoso", una especie de novela a propósito de la llegada de
los españoles para la conquista de México... Y era singular que
aquellos norteamericanos, tan celosos del privilegio de su casta blan-
ca, tratándose de México siempre simpatizaban con los indios, nunca
con los españoles. La tesis del español bárbaro y el indio noble
no sólo se daba en las escuelas de México; también en las yankees. No
sospechaba, por supuesto, entonces, que nuestros propios textos
no eran otra cosa que una paráfrasis de los textos yankees y un ins-
trumento de penetración de la nueva influencia.
La he recordado siempre. Una de las más fuertes sacudidas espiri-
tuales de mi infancia: La Ilíada, con notas y explicaciones al verso
inglés. Me la prestaron. Esforzándome para traducirla, captaba, no
obstante la maraña bilingüe, la acción maravillosa, el río de elocuen-
cia del inmortal poeta.
El alumno que presentaba una composition acerca del libro leído
tenía derecho a otro préstamo. Cortas se me hacían las horas em-
pleadas en borronear unas notas para pedir otro libro, raro artificio
de recreación de sucesos maravillosos pretéritos.

EL MES DE MARÍA

La primavera comienza temprano en las tierras bajas de Coahuila y


Texas. Casi un desierto Coahuila; sin embargo, en las vegas de sus
ríos, las nogaleras gigantescas, los cañaverales altos, los sembrados
de trigo, de alfalfa, de maíz y sandías, adquieren fragancias acentua-
das por el contraste de los arenales del contorno. Cerca de Piedras
Negras se vierte en la corriente abundante y cenagosa del Bravo el
torrente cristalino del río de la Villita. La comarca de la confluencia
EL MES DE MARÍA 29

es un vergel, y la misma margen del Río Grande, adelante de la casa


que habitábamos, se convertía por primavera en un extenso prado de
amapolas, violetas silvestres y margaritas.
Nos levantábamos al amanecer y partíamos, en ayunas, al campo.
Desde antes de salir del pueblo, sobre los tapiales de los suburbios,
contemplamos los quiebraplatos —especie de azucenas blancas y
azules— que forman enredaderas. Sobre las corolas delicadas, el ro-
cío brillaba un instante, luego se difundía en el aire luminoso y cáli-
do. El llano baja florecido hacia la vega. El río sinuoso refulge sere-
no y ancho. A distancia, por ambas riberas, la tierra se parte en
grietas, asciende levemente ondulada, arcillosa, salpicada con el gris
de los arbustos.
A campo traviesa, por llanos ilimitados que parecen no tener due-
ño, los aromas de la tierra estimulan el paso, nos vuelven ágiles las
piernas. En el ambiente, humedad ligera; yerba y flores silvestres en
el prado, y en el cielo, remoto el Sol, ensayando su poderío sobre las
gasas de la niebla del alba que parecen refrescarle el rostro y le tamizan
audazmente los rayos de su esplendor implacable. Mientras recoge-
mos, repartidos por la llanura, brazadas de azucenas, se va iluminan-
do la punta de los postes del telégrafo, única eminencia de la tierra
devastada. Iniciamos el retorno, envueltos en la fragancia del botín.
En un ángulo de la sala, tiras de tela azul celeste y blanco, y unas
gradas sobre la mesa revestida de paños claros forman altar a la ima-
gen de la Virgen. Con las flores del campo llenamos los vasos, apo-
yamos algunos ramos al pie del marco sagrado. Y una vez adornado
el altar, corremos al comedor donde esperan el chocolate y el pan
dulce, las tortillas de harina con natas. En seguida, mi madre y mis
hermanas se iban a la misa de enfrente y yo corría a mi escuela del
otro lado; escuela laica, en realidad protestante y cristiana, pero sin
apariencia prosélita.
Por la tarde, al regresar de clase, encontraba a mi madre con la
mantilla puesta y en la mano el devocionario de los días de fiesta.
pastas de concha nácar y rosario engarzado en hilo de plata. Entre
velos blancos vaporosos, mis hermanas lucían sus encantos de niñas
pulcras. Concha, sus mejillas de rosa; Lola, sus cabellos de oro, y
Carmen, sus ojos claros bajo las cejas negras.
Las flores puestas en el altar por la mañana eran rociadas de agua
fresca, y transportándolas en cestos con pétalos de rosas, atravesába-
mos la plaza iluminada con los resplandores del atardecer.
La iglesia era una pequeña nave a medio techar.
En la portada barroca, humildísima, se quedaron vacíos unos ni-
chos que yo en mis delirios de futuras grandezas me proponía llenar
{J ULISES CRIOLLO

comprándoles imágenes de talla increíble. A la izquierda, un arquito


sostenía la única campana. En tan sencillo escenario pasaron horas
de embeleso inefable. Un pequeño órgano acompañaba la misa de
os domingos. Un confesionario despintado recibió mis primeras du-
das, y no recuerdo cuántas veces me acerqué al modesto altar donde
nos daban la comunión.
—¿Cómo es que la hostia puede contener a Dios? —pregunté una
v ez al confesor, no tanto porque dudara, sino por oírle argumentos
decisivos; pero repuso:
—Dile a tu madre que te explique todo eso.
Las tardes de mayo no iba allí para descifrar problemas, sino para
gozar la dicha del ofertorio de nuestras vidas, todavía no marcadas
por el dolor. Fingía gorjeo de pájaros el murmullo de niñas de blan-
co y niños de negro sentados en bancas próximas a la alfombra del
altar. Gemía dulcemente el órgano, y unas voces ingenuas alababan
cantando el misterio santo, mientras subían las niñas de blanco, de
dos en dos, arrodillándose a intervalos, regando fl ores sueltas por las
gradas, depositando los ramos en el altar de una Virgen azul.
Volvían luego a sus asientos ligeras y contentas. Cesaba el canto
y se reanudaba el rezo, y así varias veces. Al final el sacerdote, de
casulla de oro, incensando, se postraba y descubría la hostia y la ha-
cía radiar entre los lirios. Las niñas, arrodilladas, ofrendaban su
blancura intacta; doblábamos todos la cabeza reverente y subía al
cielo la plegaria sincera y melodiosa. Al salir al viento de la noche,
una ventura dulce embriagaba los corazones.
Trapos azul y blanco, humilde imagen, vasos con agua de color,
fl ores campestres, incienso ritual, ofrenda de corazones sencillos,
¿qué magia, ni la más complicada, podría igualar el milagro que
consumabais en mi conciencia? Contento sacábamos de allí para
todo el día siguiente y aun para el año entero hasta que otra vez los
prados florecieran en honor de la inmaculada. "Dios te salve María,
llena eres de gracia..."
La devoción popular no se conformaba con un solo mes de plega-
rias. Golosa de poesías, entraba en junio, el mes de Jesús, dedicado a
los hombres, como el de mayo a las mujeres. Y más rosarios con le-
tanía cantada y ora pro nobis en coro de fieles cada uno de los días
del mes.

EL CALOR

El verano fronterizo es polvoriento y sofocante. No alivian los baños


diarios, ya no en bañera como en invierno, sino al aire libre, en el
EL CALOR 31

patio, con la ducha de una manguera destinada al riego del jardín.


Luego, al caer la tarde por las calles recién regadas y olientes a tie-
rra humedecida, rodaban carruajes de tiro, alquilables por hora. En
alguno de ellos íbamos al otro lado, a las neverías o en excursiones
más largas hasta el río de la Villita. En familia, después del remojo
en las aguas cristalinas y fluentes, nos sentábamos en la grama, se-
mienvueltos en toallas o ya vestidos para devorar una de esas enor-
mes sandías, orgullo de la frontera. Tomábamos cada quien su reba-
nada, grande, encendida y jugosa. Después, el corazón colorado, casi
quebradizo y dulce, era repartido en trozos entre gritos pedigüeños y
risas de contento.
También eran agradables las cenas improvisadas en las mesas po-
pulares de la Plaza del Comercio, vulgarmente la Plaza del Cabrito,
por el guiso predilecto que allí se servía. Aparte del cordero, daban
tamales delgados, rellenos de pollo y de pasas y almendras, todo con
café de olla, sobre manteles de hule y luz de quinqué. La clientela
heterogénea, numerosa, comprendía obreros de la maestranza en
overol y señoritas bien polveadas, niños con los papás, y gringos del
otro lado.
Después de la cena, el fronterizo goza del fresco a la puerta de su
casa. Juega la brisa con las cortinas de encaje blanco y trabajan las
mecedoras, en tanto languidece la charla. Enfrente, la plaza ilumina-
da bulle de paseantes. Una o dos veces por semana, la banda militar
toca en el quiosco marchas y sones cargados con imágenes de la ciu-
dad, sus luchas y victorias. Al cruzarse, sonríen los vecinos. Es un
hermoso milagro vivir. Por delante, la senda ofrece muchos años, re-
pletos de dones apenas concebibles. En un espacio inmaterial se pal-
pa el futuro semejante al desarrollo de la música con alzas y bajas,
dulzuras y abismos. Una borrachera de pensamientos marea la cabe-
za. Cada pieza de la banda es como la copa de un ajenjo vagamente
adivinatorio, que sugiere vislumbres del porvenir. Y en vez de ir a
mezclarse al correteo de los menores, quedábame sentado a borde de
la acera: próximo a la conversación de los mayores, pero sin oírla.
Me conturbaba lo mío: se me deshacía el corazón como con llanto,
me pesaba sobre los hombros la tarea que sólo el transcurso de los
años va haciendo factible y ligera.
Algunas noches, cuando el calor arreciaba y no había serenata, así
que las cometas del cuartel vecino tocaban la retreta, sacábamos al
patio los catres de lona. Encima una sábana y otra más para envol-
vernos, sobre la bata, y a estarse en cama contemplando las estrellas
antes de dormir. De todos los goces del verano fronterizo ninguno es
más profundo. El clima caliente y seco invita a pernoctar bajo la bó-
. ULISES CRIOLLO

veda celeste. En aquella topografía de llanuras devastadas, el cielo


es más ancho que en otros sitios de la Tierra, y las constelaciones
efulgen dentro de una inmensidad engalanada de bólidos. Algo se-
mejante observó Reclus en las noches de Persia, cuya magnética in-
citación al sueño produjo los cuentos de Las mil y una noches. Pala-
bras cargadas de esplendor y de virtud mágica que construyen con la
fantasía todo lo que el esfuerzo humano jamás podrá cumplir en la
Tierra.
En aquellos cielos nuestros, desprovistos de literatura, la mente
sondea, libre de sugerencias, como si recién descubriese el cosmos.
El alma se va por los espacios, y divagando capta un maná de gracia
más eficaz que el de Moisés. La memoria distraída repite sin aten-
ción los nombres de la media docena de constelaciones que la abuela
conocía: la Osa y el Abanico; las Siete Cabrillas y el Lucero. En la
dulzura de la noche, perdida toda la noción finita, el tiempo ya no
corre porque se hizo eternidad. Reclinado el rostro sobre la almoha-
da y al cerrar los ojos para dormir, una lágrima dichosa escurre por
la mejilla. Después, no se llora así. El llanto se vuelve ácido a medi-
da que se agria el vino interior.

RIPALDA Y RELOJ

En verano, con motivo de las vacaciones, se relajaba un tanto la dis-


ciplina de nuestra casa; pero no lo bastante para prescindir de una
Dictadura: la del reloj, ni del código vigente, el Catecismo de Ripal-
da. Con los metodistas norteamericanos tenía mi madre ese punto de
contacto, sin saberlo; la división del día en horas para quehaceres en
serie. Hora para levantarse, hora para el aseo, hora para el paseo,
hora para la lectura, y así para las comidas y faenas ordinarias.
Todavía después de la cena, y tras el rato de libre conversación,
escuchábamos la voz autoritaria y querida: "Niños, a estudiar..."
Nunca dejarnos sin algo que hacer era su empeño, pues ya lo decía
el Ripalda: "La ociosidad es madre de todos los vicios."
Esta última palabra ya la había buscado en el gran Diccionario de
la Lengua, junto con otras acerca de las cuales la malicia infantil se
cuida bien de interrogar. Jugando una tarde en el jardín de enfrente
con mis hermanas y sus amiguitas, una de éstas, al saltar de un ban-
co, dejó ver algo más de lo normal, que no llevaba calzones. La
fuerte impresión recibida me hizo pensar en los vicios de que habla
Ripalda. No es que a los diez u once años tuviera inquietud erótica;
pero la imaginación se adelanta a la fisiología. Tampoco me preocu-
RIPALDA Y RELOJ 33

paba ninguna jovencita. Mi ilusión, ya que no mi ambición, apunta-


ba más alto.
Contigua a nuestra casa se estableció la administración del Tim-
bre. La familia del director ocupaba unos altos y el patio nos era co-
mún. La agencia del Timbre, espléndidamente retribuida, rivalizaba
con el cargo más alto de la Aduana.
La esposa y las hermanas del director vestían con elegancia, anda-
ban en carruaje propio y visitaban frecuentemente a sus parientes de
la capital. La hermana más joven, María, era una rubia esbelta y de-
licada. La recuerdo de túnica rosa y sombrero de paja veraniego. Los
jóvenes de la localidad la festejaban con serenatas, la proclamaban
reina de los carn avales, por lo que muchas veces la vi llegar en
triunfo. Cierta ocasión la contemplé subiendo la escalera del patio:
caderas largas, busto delicado y un color como de porcelana clara.
No puedo decir que me incitaba, pero sí me fascinaba. Involuntaria-
mente asociaba su figura a todo lo que hay de amable y glorioso en
el mundo. El diario choque sentimental de la escuela del otro lado
me producía fiebres patrióticas y marciales. Me pasaba horas frente
al mapa recorriendo con la mente los caminos por donde un ejército
mexicano, por mí dirigido, llegaría alguna vez hasta Washington
para vengar la afrenta del cuarenta y siete y reconquistar lo perdido.
Y en sueños me veía atravesando nuestra aldea de regreso de la con-
quista al frente de una cabalgata victoriosa. Hervían las calles de
multitud con banderas y gritos, y en su balcón, sobre la plaza, aso-
maba sonriente María del Timbre, obligándome a refrenar el caballo
para saludarla.
Después de tales visiones, la encontraba y me decía indiferente y
afable como buena vecina:
—¡Hola! ¿Qué tal, Pepe?
Sudando frío la escapaba.
El asunto erótico no me hería en la carne, pero ya saturaba nues-
tro ambiente; incluso con sus aberraciones y brutalidades. Cuando
caía en la escuela uno de esos niños apegados a la falda materna:
mama 's boy, en seguida alguno de los grandes lo molestaba amena-
zándolo con inmundas vejaciones si no daba señas de rebelarse. Un
hábito de brutalidad alejaba de nuestra escuela a los niños llegados
del interior. Se presentaron en una ocasión tres jovencitos elegantes
que por ser hijos del contador de la Aduana me fueron encomenda-
dos. El verlos llegar en coche, acompañados de una institutriz, tra-
jeados con esmero que obliga a cuidar la ropa, bastó para que se
concitaran animadversiones. Cuando aconsejé al mayor que se arma-
ra de su navaja, me contestó que él era niño decente. Por fin, un día
34 ULISES CRIOLLO

lo golpearon y ninguno volvió a presentarse. Me envaneció entonces


sentirme duro, curtido de soles y nieves, puñetazos, descalabraduras,
sustos y victorias. Así serían, pensaba yo, como aquellos de los pu-
ños de camisa flamantes, todos los decentitos de la capital. Pues yo
era un bárbaro contento.
Sólo uno nos mandó la metrópoli que puso a raya a los gringos.
Era hijo del administrador de la Aduana, Manuel Bauche. A los doce
o catorce años tiraba esgrima y boxeo. Desde el primer día se plantó
en el recreo desafiante y varios sintieron su puño en el rostro. Las
girls le sonreían y los más se le acercaban con respeto.
—¿A quién quieres que le pegue, Pepe? —decía dirigiéndose a
mí—; ¿a cuál le pego?
Las niñas que se coeducaban a nuestro lado en clase usaban para
el recreo un patio anexo aislado por unas tablas. Desde mi asiento
observaba un par de morenas, hijas de un judío del Banco. Una de
ellas, sensual y flexible, anticipaba el tipo femenino de mis predesti-
naciones disparatadas.
Ciertas miradas alentadoras me llevaron a escribirle unas pala-
bras; le hice seña que tenía para ella un recado. A la hora del recreo
se lo entregué por las junturas del cercado. Pasó por mí un deleite
nuevo al sentir que sus dedos tiraban del papel doblado, y me enva-
neció tener novia, como los otros. Pero las consabidas secreciones
glandulares específicas no teñían aún mi pensamiento. Ninguna agua
sucia enturbiaba mis claros conceptos de dicha, entusiasmo y amor.

LA LECTURA

Mi pasión de entonces era la lectura, y me poseía con avidez. Devo-


raba lo que en la escuela nos daban y cada año nos ampliaban el
círculo de clásicos ingleses y norteamericanos. Leía por mi cuenta
en la casa todos los libros hallados a mano. Acogido al umbral de mi
puerta, frente a la calle arenosa, todavía sin pavimento, pero ya de
bombilla eléctrica en lo alto de un poste, recapacitaba una noche so-
bre mi saber, y al consumar el recuento de libros leídos pensaba:
"Ningún niño en los dos pueblos ha leído tanto como yo." Tal vez
entre los niños de la capital habría alguno que hubiese leído igual;
pero de todas maneras, era evidente que estaba yo llamado a manejar
ideas. Sería uno a quien se consulta y a quien se sigue.
Antes que la lujuria conocí la soberbia. A los diez años ya me
sentía solo y único y llamado a guiar.
LA LECTURA 35

Mi salud no correspondía a mis ambiciones; me hallaba condena-


do a las cucharadas de hígado de bacalao. Ciertas recaídas febriles
nos recordaban que el paludismo infantil no se había extinguido.
Con frecuencia padecía jaquecas. Era ésta una afección familiar; la
padecía mi madre, la padecían mis hermanas. Las atribuíamos a de-
bilidad; para curarlas nos daban ración doble y el dolor nos volvía
locos. Nunca hacía cama ni faltaba a la escuela; pero rara vez me
sentía con vigor pleno. Sin embargo, la enfermedad no nos preocu-
paba.
—Domínala, olvídala —aconsejaba mi madre.
Mi pasión de viajero por el mundo del conocimiento no conocía
preferencias. Imaginaba misterios mágicos en la tabla de Pitágoras.
Las lecciones orales de geografía con mapas de ríos, de montañas y
relatos etnográficos equivalían a la más amena literatura. Libertad de
imaginación y disciplina para estimar sus resultados, precisión y
aseo en la faena; todo esto exigía la humilde escuela texana de los
remotos años del 94.
El afán de protegerme contra la absorción por pa rt e de la cultura
extraña acentuó en mis padres el propósito de familiarizarme con las
cosas de mi nación; obras extensas como el México a través de los
siglos y la Geografía y los Atlas de García Cubas estuvieron en mis
manos desde pequeño. Ninguno de los aspectos de lo mexicano falta
en esta segunda obra admirable. Ninguna editorial española produjo
nada comparable al García Cubas, hoy agotado. El Atlas histórico
es, además, una joya de litografía a colores. La carta etnográfica de-
talla las razas anteriores a la Conquista, con los sitios de su ubica-
ción, sus trabajos y sus fi estas. El mapa arquitectónico reproduce las
principales catedrales y monumentos de la Colonia, desde el Santo
Domingo de Oaxaca hasta las catedrales de Durango y Chihuahua.
Enseña también el García Cubas, gráficamente, el desastre de
nuestra historia independiente. Describe las expediciones de Cortés
hasta La Paz, en la Baja California; las de Albuquerque por Nuevo
México y la cadena de Misiones que llegaron hasta encontrarse con
las avanzadas rusas, más allá de San Francisco. Señala en seguida las
pérdidas sucesivas. Un patriotismo desviado proclamaba como victo-
ria inaudita nuestra emancipación de España; pero era evidente que
se consumó por desintegración, no por creación. Las cartas geo-
gráficas abrían los ojos, revelaban no sólo nuestra debilidad, sino
también la de España, expulsada de la Florida. Media nación sacrifi-
cada y millones de mexicanos suplantados por el extranjero en su
propio territorio, tal era el resultado del gobierno militarista de los
Guerrero y los Santa Anna y los Porfirio Díaz. Con todo, llegaba el
36 ULISES CRIOLLO

quince de septiembre y a gritar, junto con los yankees, mueras al pa-


sado y vivas a la América de Benito Juárez, agente al fin y al cabo
de la penetración sajona. La evidencia más irritante la da el mapa de
la cesión del Gila, consumada por diez millones de pesos, que Santa
Anna se jugó a los gallos o gastó en uniformes para los verdugos
que desfilan en las ceremonias patrias. En vez de una frontera natu-
ral, una línea en el desierto que por sí sola nos obliga a concesiones
futuras, pues compromete la cuenca del Colorado. Por encima de los
mentirosos compendios de historia patria, los mapas de García Cu-
bas demostraban los estragos del caudillaje militarista.
El episodio de Su Alteza Serenísima Santa Anna rindiéndose a un
sargento yankee nos era restregado en la clase de Historia texana, y
un dolor mezclado de vergüenza enturbiaba el placer de hojear nues-
tro Atlas querido. Mientras nosotros, ufanos de la "Independencia y
de la Reforma", olvidábamos el pasado glorioso, los yankees, viendo
claras las cosas, decían en nuestra escuela de Eagle Pass: When Me-
xico was the largest nation of the continent... frente al mapa anti-
guo, y después sin comentarios: Present Mexico.
Mi padre no aceptaba ni siquiera que ahora fuésemos inferiores al
yankee.
—Es que los fronterizos no conocen el interior ni la capital... Se
van a gastar su dinero a San Antonio... Ven allí casas muy altas...
Yo las prefiero bajas para no subir tanta escalera... No niego que
nos han traído ferrocarriles, pero eso no quita que sean unos bárba-
ros... Nos han ganado porque son muchos.
Yo, interiormente, pensaba: "Es que a mí me han pegado y fue
uno solo..." No; cobardes no eran... Bárbaros, quizá; en esto mi
madre también estaba de acuerdo. Sus ideas sobre la cultura del
Norte casi no habían cambiado desde que tomó unos apuntes en su
escuela particular de Tlaxiaco. Escritos en papel amarillento, los re-
visé poco después de su muerte. "Al Sur de México, decían, está
Guatemala, nación que en cierto modo estuvo unida a la nuestra, y al
Norte habitaban unos hombres rudos y pelirrojos que suben los pies
a la mesa cuando se sientan a conversar y profesan todos la herejía
protestante."
El prejuicio patriótico cegaba a mi padre. Mi madre tenía motivos
más hondos para desconfiar del progreso del Norte: los yankees eran
protestantes, y el verme obligado a tratarlos extremaba su afán de
arraigar en mí la fe católica. Su pequeña biblioteca ambulante conte-
nía los dramas de Calderón en cantos dorados, un Balmes, un San
Agustín y un volumen de Tertuliano. De este último me leía trozos
polémicos. Alguna vez me hizo leerle La vida es sueño; pero el libro
LA LECTURA 37

preferido de nuestras veladas de Piedras Negras era la Historia de


Jesucristo, de Louis Veillont, con láminas a colores. El pasaje que
entonces ponía reflexiva a mi madre era el corro de los doctores. Ya
no le preocupaba la posibilidad de mi pérdida física, como en los
tiempos angustiosos del Sásabe; pero ahora estaba atenta al peligro
del alma, lanzada ocho horas al día entre herejes de escuela extranje-
ra. Interpretando el pasaje de la disputa con los doctores, mi madre
afirmaba que un niño cualquiera, si poseía el tesoro de la doctrina
verdadera, podía poner en confusión a los sabios.
Nuestra escuela de Eagle Pass era sinceramente democrática y tra-
taba la religión con simpatía respetuosa. Discípulos y maestros acu-
dían el domingo cada cual a su iglesia. Pero mi madre temía esa es-
pecie de saturación de ambiente que crea cada doctrina, y me
acorazaba contra el peligro de lo protestante.
Reforzaba no sólo la teoría, también la práctica. Aparte de la misa
en domingo y fiestas de guardar, además de la confesión y comunión
por cuaresma y otras solemnidades y añadido a las oraciones de la
mañana y de la noche, cada tarde al oscurecer nos reunía, sin excep-
ción de los criados, para el rezo del Rosario. Primero el Padre Nues-
tro en coro...
—Dilo bien, pronuncia claro: Padre Nuestro...—. Luego las Ave
Marías prolongadas en los cinco misterios. —Por tu hijo suplicámos-
te, Señora, que nos des un corazón limpio y puro. Dios te Salve, Ma-
ría... que se alumbren las tinieblas de nuestras almas...—. Según el
rezo avanzaba, crecía el fervor; las Ave Marías alcanzaban acentos
de triunfo:
—Abrid, Señor, mis labios, y mi lengua cantará vuestras alaban-
zas...
Y como si el soplo celeste plasmase, por fin, en su forma adecua-
da, llegando a la letanía se entonaban alabanzas latinas. Mater dolo-
rosa, mater misericordia, refugium pecatorum, turris eburnea, stella
matutina. Cada vez respondíamos: Ora pro nobis. Por el aburrimien-
to y el olvido, por las rodillas que dolían de estar hincadas. ... Ora
pro nobis. También sabíamos que el ardiente amor que nos envolvía
en su llama solía lanzar el castigo de un cuartazo o de un pellizco, si
por fatiga inoportuna alguien se permitía un retozo o cabezada de
sueño. Cierta dureza acompaña siempre a la pasión, y mi madre se
desesperaba si advertía frialdad, indiferencia en los suyos, para asun-
tos que estimaba supremos. En mis reflexiones más íntimas yo com-
partía sus preferencias. El patriotismo y la historia, bien vistos, eran
vicisitudes secundarias de los pueblos. Las playas que cuentan, pen-
saba, no son las del Golfo de México ni las del Mar de Cortés, sino
38 ULISES CRIOLLO

aquellas del Norte de África, en que el angelito se apareció a San


Agustín para disuadirlo del empeño de explicar los misterios de la
fe. Cogía en su cántaro agua del mar y la echaba en un pequeño agu-
jero.
—¿Qué haces? —preguntó el santo.
—Lo mismo que tú —replicó el ángel—; estoy echando el mar en
este agujero.
—Mamá: ¿Qué es un filósofo? —indagaba yo; y ella, lacónica
como el catecismo, respondía:
—Filósofo es el que se atiene a las luces de la razón para indagar
la verdad. Sofista es el que defiende lo falso, por interés o por sim-
ple soberbia y ufanía.
La palabra filósofo me sonaba cargada de complacencia y miste-
rio. Yo quería ser un filósofo. ¿Cuándo llegaría a ser un filósofo?

LA SORDA PUGNA

Durante mucho tiempo, el tono social lo dio Piedras Negras. Nuestra


superioridad era notoria en el refinamiento de las maneras y el brillo
de las fiestas patrióticas, carnavales y batallas de flores en primave-
ra. Pero, gradualmente, Eagle Pass adelantaba. Casi de la noche a la
mañana se erguían edificios de cuatro y cinco pisos, se asfaltaban
avenidas. Entre tanto, Piedras Negras entregábase a las conmemora-
ciones y holgorios sobre el basurero de las calles y las ruinas de una
construcción urbana elemental. Inseguros del mañana, olvidados del
ayer, los nuestros derrochaban con desprecio de la previsión, indife-
rentes aun al aseo. En cambio, Eagle Pass se pulía y hermoseaba tal
y como las bellas rubias que recorrían nuestra calles abandonadas,
manejando ellas mismas las riendas del caballo de sus buggies de lu-
ciente barniz. Y empezó a estar de moda vestirse en las tiendas del
otro lado. Resultaba también más económico que encargar las ropas
a México. Y a medida que las mesas de comidas de la Plaza del Ca-
brito se iban quedando solas, en Eagle Pass se abrían restaurantes de
manteles albos y vajillas plateadas.
Antiguamente, las tabernas del pueblo servían a la clientela sen-
dos vasos de vino tinto, extraídos de barricas procedentes de España
y de Francia por Galveston. En los hogares se bebían los vinos blan-
cos de Burdeos. Pronto venció, sin embargo, la cerveza. Cantinas o
bares, mostradores de caoba, espejos biselados, fina cristalería, hielo
picado y brebajes de mezclas bárbaras, whiskeys y bocks. Al princi-
pio, el gusto educado les hacía un gesto; preferían los nuestros el
LA SORDA PUGNA 39

buen Madera, el Oporto o Jerez. Pero la baratura y la abundancia, la


facilidad para obtener el cocktail, los obsequios de vasos a propósito
para la cerveza, la complicidad del calor, todo concurría a la derrota
del vino. Pronto, aun en los hogares, iniciaba la comida, aparecía la
criada que, de vuelta de la esquina, traía la jarra de cristal rebosante
de espumas, exudadas por el frío de un líquido que parece oro y que
sabe a cocimiento sin endulzar.
En la escuela se observaba el desarrollo urbano de las ciudades
vecinas. En la distribución de las tareas de clase de Geografía me
tocó levantar el plano de Piedras Negras. Observé, con este motivo,
mi pueblo en la amplitud y en el detalle. Visto desde Eagle Pass,
luce ventajosamente, asentado sobre el más alto barranco de la mar-
gen meridional del río. Sobre las arboledas de mezquites asoman te-
javanas y azoteas, molinos de viento de las norias. A la izquierda,
las chimeneas siempre humeantes de la Maestranza prolongan el pa-
norama del otro lado del puente del ferrocarril. Este puente y el de
los peatones limitan casi la extensión urbana. Por la derecha, unos
cuantos solares con cercas de madera o tapial invaden la vega. El ta-
lud arcilloso se desgaja a trechos y descubre cuestas o en otro senti-
do "bajadas", que todavía utilizan aguadores con sus burros y que
antes de los puentes eran como calles hacia la ribera. Tal recuerdo el
conjunto; pero mi tarea me obligó a trazar las avenidas y los cuadros
de casas.
Entrando por el puente de a pie, salvadas las garitas aduanales,
hallábase a la derecha la casa de los Riddle. Un solo cuerpo blan-
queado, anchas ventanas, y mirando al río, un tejadillo con barandal
de madera. Constituía aquel mirador sitio privilegiado para contem-
plar las avenidas. Los Riddle, familia bilingüe, padre tejano, madre
mexicana, eran gente afable, que invitaba a los vecinos al espectácu-
lo de la estación otoñal si el máximo de la creciente coincidía con el
atardecer. Marqué, pues, sobre mi plano, después de trazar la línea
del río, el talud y los dos puentes y como primera indicación urbana:
Riddle's home. Media cuadra adelante señalé mi esquina, con la ad-
ministración del Timbre al lado. Luego, el rectángulo del jardín mu-
nicipal, con el Cuartel y el Municipio, y enfrente la iglesia; en la
misma acera de ésta y sobre la avenida principal, un caserón en rui-
nas, de techo apizarrado, de dos aguas, muros desportillados y venta-
nas sin vidrieras. Lo llamaban "la casa de los murciélagos", porque
los vomitaba revoloteando cada atardecer.
El costado izquierdo de la plaza no lo advertía; lo encubrían los
chopos del jardín, y quedaba separado del tráfico. Sin embargo, ha-
bía allí entre otros comercios una joyería. En mi plano asenté única-
40 ULISES CRIOLLO

mente esa palabra. En realidad, aquella casa me evocaba una emo-


ción confusa. Cediendo a la costumbre norteamericana de hacer tra-
bajar a los jóvenes en comercio o en oficio durante el periodo de va-
caciones, mi padre me había puesto un mes como ayudante gratuito
de aquel su amigo joyero. Me ocupaba en clasificar, por tamaños, las
argollas de oro para los matrimonios o en sacar brillo al chapeado de
los relojes con la gamuza amarilla. Con frecuencia, tras de un simu-
lacro de faena, se me mandaba a jugar con los hijos del patrón, por
las habitaciones y el patio. Cierto día, al recoger un trompo que en-
tre todos hacíamos bailar, mis ojos se quedaron atónitos. Sentada en
la alfombrilla del suelo, componía la señora su máquina de costura.
Levantaba la pierna sobre el pedal y mostraba, no obstante las finas
ropas, la parte más delicada y secreta de su belleza rubia, judía y ju-
venil. A pesar de una ignorancia cabal aún, semejante visión me pro-
dujo desconcierto y sobresalto ardiente.
Al trabajar sobre mi plano la imagen se encendía, y de haber deja-
do libre la voz de la sinceridad, en lugar del letrero "Joyería", que
acababa de anotar, hubiera escrito: "Bella señora."
En aquel comercio adquirió mi padre un reloj de mesa. Peana lar-
ga de metal barnizado de negro, y encima la carátula de un semici-
lindro bronceado. Al otro extremo una mujer de metal dorado: cabe-
za griega, hombros desnudos, pechos firmes. Pegado al talle, un
manto le ciñe la cintura y baja cubriendo los muslos en posición se-
dente; una pierna recogida apoya unas tablas; la otra luce el torneo
de una pantorrilla suntuosa. Sostiene la mano izquierda el borde su-
perior del libro abierto, y la otra mano, caída, tiene un lápiz en espe-
ra de las órdenes de la mente que lo hará escribir. Era la ciencia, de-
cían en casa, y su frente despejada contagiaba la serenidad; pero los
muslos, aun siendo de bronce, recordaban los de la judía.
Decididamente, era cosa pobre el plano en que trabajaba. Un ári-
do conjunto de líneas y letras, inepto para sugerir lo mejor de cada
sitio: como jaula sin pájaros se veía cada manzana de trazo.
Calle del Comercio, creo que se llamaba toda la avenida larga que
parte de la iglesia y remata en la estación del ferrocarril. A cierta al-
tura la Plaza del Comercio se engalanaba con la tienda de ropa de
los Miranda, veracruzanos, bien trajeados y afables, y con almacenes
de maquinaria agrícola, bares de mexicanos y yankees. Cerraba el
costado opuesto la tienda de ultramarinos Trueba Hermanos, rica en
sardinas en lata, pasas y almendras, aceitunas y vinos generosos.
Después de la Plaza del Comercio seguían calles con tiendas y ten-
dajos y hospederías. Ya en su extremo, la avenida se ensanchaba. De
un lado a la derecha, el edificio de la Aduana, circundado de su jar-
EL PUENTE 41

dincillo; enfrente un doble piso de madera pintada de rojo con porta-


lillos, el hotel Internacional. Al fondo, el tejamanil de la modestísi-
ma estación de ferrocarril. Detrás los talleres, los almacenes de la
Aduana, la pequeña urbe de la Maestranza.
Muchas horas me tomó el plano, pero al fin lo vi limpio y amplia-
do con noticias suburbanas como el Cementerio y el camino de la
Villita al sudoeste. Lo contemplaba ya listo para ser desprendido del
restirador y no me complacía. Por instinto repudiaba mi obra como
un caso de falsificación de la realidad: la falsificaba por causa de la
abstracción y las matemáticas. Acaso la más deshonesta y petulante
de todas las falsificaciones que perpetra el ingenio. En vez de pintar
la vida del pueblo y proyectar su alegría, yo fijaba las perogrulladas
de un trazo que da cuenta del número y la extensión del alineamien-
to urbano.
Quedaba fuera, ya no digo lo esencial; también el talle amable. La
realidad pintoresca, el calor y el olor, todo era sacrificado, conver-
tido en perfil y traicionado. Una pueril abstracción de la realidad,
eso era la geometría.

EL PUENTE

Los sucesos notables giraban en Piedras Negras en torno al puente.


Arteria internacional, salto audaz sobre el abismo de dos naciones,
ruta suspendida en el aire. Por abajo corren aguas abundantes de alu-
vión, jugando en remolinos que son trampas mortales para el nada-
dor. Nunca se agota el caudal líquido aunque disminuya en verano.
Varios afluentes, como el Pecos caudaloso y riachuelos y arroyos,
mantienen el correr milenario. En el otoño se producen frecuentes y
peligrosas avenidas. Dos veces han sido arrastrados tramos enteros
del puente con todo y pilastras de hormigón armado. La primera ca-
tástrofe ocurrió uno o dos años después de la inauguración.
Para contemplar de cerca la corriente, numerosos vecinos de los
dos pueblos pagaron el acceso a fin de instalarse en los barandales
interiores sobre el avance de las aguas. Desde la aparente seguridad
de los entarimados, era emocionante observar el torrente. Imponía el
oleaje formado en torno de las dobles y gruesas pilastras; conmovía
los hierros de la estructura. Nadie advirtió que las ramazones aca-
rreadas por la corriente se acumulaban en ciertos sitios, aumentando
enormemente la presión. Inesperadamente crujieron las junturas, se
desgarró la madera y cayó un tramo a la corriente, luego otro, arras-
trando ambos centenares de personas que se hundieron en el agua
42 ULISES CRIOLLO

para siempre o reaparecieron a corta distancia luchando en el tur-


bión. Desde las secciones intactas, algunos buenos vecinos tiraban
cables que salvaron a contados náufragos. La mayor parte de los que
cayeron al agua pereció al instante. Nos hallábamos nosotros en el
extremo tejano del viaducto, a donde casi no llegó el pánico, pero sí
el horror del espectáculo. Los daños materiales se repararon rápida-
mente, pero el público quedó desconfiado y el tráfico se interrumpía
durante las horas de las máximas avenidas.
Desde que nos instalamos en Piedras Negras atravesaba yo el
puente a diario, por la mañana temprano y al atardecer, por eso, la
época de las crecientes solía dejarme impresiones dramáticas. Una
mañana vi que se alzaba la corriente tan impetuosa y atronadora, que
a medio puente pensé regresarme sin cruzarlo. Vacilé diciéndome
que posiblemente se trataba de una avenida ordinaria y que sería ri-
dículo quedarme en casa para mirar a los que la pasarían después;
hice un esfuerzo y seguí adelante. Apretado el gabán contra la cintu-
ra, eché a correr. Tras de mis pisadas subía el crujido de los maderos
del andén. La corriente engendraba abajo un oleaje que, al partirse
en los pilares, sacudía todos los hierros de la estructura. El miedo
me puso alas en los pies. Corría como si ya el andador hubiese sido
separado del puente y yo saltara eludiendo el abismo. Jadeante, su-
doroso contaba los tramos: uno, dos, tres; el peligro había pasado, la
corriente cedía al derramarse el agua por la llanura del lado america-
no. Casi me desilusioné mirando que atrás de mí el puente seguía in-
móvil. Y empecé a sonrojarme de mi pánico. Pero en fin, estaba
vencido el obstáculo. En la escuela no se diría que faltaba por miedo
a la corriente.
Si la avenida era de las extraordinarias, comúnmente engrosaba a
mediodía para volverse imponente en el atardecer. Estruendos de ca-
tástrofe distante conmueven el espacio antes que las avalanchas del
líquido. Huyen los ganados de las márgenes. Corren los boteros ase-
gurando los esquifes, se suspende el tráfico en el puente y sólo algu-
nos curiosos asoman hasta el primero, hasta el segundo tramo; la
porción central queda desierta. Una tras otra y como cataratas a ni-
vel se van ensanchando las ondas. El poste marcador va indicando
por minutos, un pie, dos pies de altura después de cada golpe de la
creciente. El clamor de las aguas resuena ahora próximo, avasallan-
te. Retiembla el suelo bajo los pies y con alarma se recuerda que los
terrenos de aluvión en que se asienta el poblado no están a salvo de
deslizamientos desastrosos. Sobre las aguas mugientes flotan troncos
de árboles, ramajes que giran a medio hundir como cadáveres del
¿ALUCINACIÓN? 43

bosque; vacas hinchadas al ahogarse, perros muertos, cerdos, carne-


ros; todo se confunde en el barro fluido; igual que si una región de
la tierra se hubiese de pronto licuado. Adelantando para ver la co-
rriente un poco de lleno, compruébase el valor de la frase común "la
fuerza de los elementos". El hombre se reconoce despavorido, débil
aún, frente a los cambios primarios. El día que se inventase la mane-
ra de no ahogarse, la manera de no morir, habría comenzado el pro-
greso como fin humano. Mientras tanto seguiremos padeciendo te-
rrores, desconcierto y pasmo. Salvo que entre en juego otro instinto,
desdeñoso y resuelto a convivir con la catástrofe, más aún, empeña-
do en sacarle partido. Nunca he olvidado el beneplácito con que to-
dos vimos, desdeñando los peligros y sorpresas del instante, los es-
fuerzos del nadador que, en un remanso, un poco más allá de la casa
de los Riddle, desvió del torrente una hermosa sandía y la fue lle -

vando hacia la orilla, donde logró recogerla y ponerse a salvo.

¿ALUCINACIÓN?

Regresábamos de un paseo "al otro lado". La mañana estaba lumi-


nosa y tibia. Leves gasas de niebla borraban el confín, se esparcían
por la llanura. Serían las once de la mañana y comenzaba a quemar
el sol. Desde el puente contemplábamos la margen arenosa, mancha-
da de grama y mezquites, cortada de arroyos secos. En suave ondu-
lación baja el terreno hacia la cuenca del río que corre manso. De
pronto, nacidos del seno humoso del ambiente, empezaron a brillar
unos puntos de luz que avanzando, ensanchándose, tornábanse discos
de vivísima coloración bermeja o dorada. Con mi madre y mis her-
manas éramos cinco para atestiguar el prodigio. Al principio creía-
mos que se trataba de manchas producidas por el deslumbramiento
de ver el sol. Nos restregábamos los ojos, nos consultábamos y vol-
víamos a mirar. No cabía duda; los discos giraban, se hacían esferas
de luz; se levantaban de la llanura y subían, se acercaban casi hasta
el barandal en que nos apoyábamos. Como trompo que zumbara
en el aire, las esferas luminosas rasgaban el tenue vapor ambiente.
Hubiérase dicho que la niebla misma cristalizaba, se acrisolaba para
engendrar forma, movimiento y color. Asistíamos al nacimiento de
seres de luz. Conmovidos comentábamos, emitíamos gritos de asom-
bro, gozábamos como quien asiste a una revelación.
En tantos años de lecturas diversas no he topado con una explica-
ción del caso, ni siquiera con un relato semejante, y todavía no sé si
44 ULISES CRIOLLO

vimos algo que nace del concierto de las fuerzas físicas o padecimos
una alucinación colectiva de las que estudian los psicólogos.

PRIMER FRACASO

Ciertos triunfos escolares y el aislamiento a que obligaba el trabajo,


habían hecho de mí no sólo el chico más leído del pueblo; también
el más famoso como "aplicado". Y en uno de los aniversarios na-
cionales, la Junta Patriótica resolvió incluirme en el torneo de los
oradores.
De pantalón corto y con unos pliegos en la mano, marché con el
cortejo oficial, junto con mi padre, sintiéndome importante. Me pa-
recía obvio que al llegar a la edad de los que me rodeaban, los so-
brepasaría a todos desmesuradamente. Por lo pronto, y aun como
niño, era yo cosa aparte. Asomaban y se perdían visiones de gloria
futura en el polvo de nuestros pasos. La resonancia marcial de la
banda que nos precedía comunicaba resoluciones y ardor de heroís-
mo. Cuando asomé a la plataforma de las ceremonias, cl aspecto de
nuestra desmantelada Plaza del Comercio era tan distinto del ordina-
rio, que no pude evitar un deslumbramiento. Una multitud compacta
llenaba la extensión empavesada de banderolas y estandartes. Risas
y voces fingían oleajes. En el templete, las autoridades, bajo un do-
sel de águila con bandera tricolor, dirigían el programa; piezas de
banda militar y discursos. Se acercaba la hora decisiva de mi debut;
me sentía las manos frías y una sensación molesta en la garganta. Se
adelantó al barandal un orador de levita negra y bigotes, ademán de
arenga, y llovieron nombres de héroes invictos con mucha libertad e
independencia, gloria y loor... Lo cierto es que los héroes, aun sién-
dolo, no tenían nada de invictos, dado que murieron fusilados por el
enemigo; la verdad era que de libertades no habíamos sabido nunca
y que nuestra independencia dependía de las indicaciones de Was-
hington desde que Juárez abrazó el monroísmo para matar a Maxi-
miliano. Pero, igual que los enfermos, los pueblos en decadencia se
complacen en la mentira que les sirve para ir tirando.
A esa misma hora, con idéntico aparato cívico, la misma oratoria
y el mismo "entusiasmo" popular, se celebraban festejos iguales en
cada aldea y en cada ciudad del país. Nada extraño es que yo tam-
bién me sintiera conmovido, arrebatado casi por los acentos de la
elocuencia patriótica. Tan intensamente me había distraído la cere-
monia, que cuando me tocó leer ya tenía olvidado mi texto con sus
frases sentenciosas. Comencé con desgano la lectura. Mi voz escasa
CAMINO DE DURANGO 45

y opaca estaba contra mí. Una exagerada timidez para lo externo


volvía encogidos mis movimientos y contrastaba penosamente con
mi convicción interna acerca del valor de mi pieza escrita. El públi-
co atribuyó mi atrojamiento al temor que causa enfrentársele. En rea-
lidad, no me preocupaba el público, sino que gradualmente, al leer
mi composición, perdía interés en ella, le encontraba defectos y
mentalmente corregía. Me daban ganas de decir: Esto no está bien
y hay que hacerlo de nuevo. Pero seguía leyendo de cualquier
modo y con prisa de concluir, y como nadie oía, comenzaron los si-
seos. Mi padre empezó a hacer señas de que acortara, pero no halla-
ba el modo. En cada oreja sentía arder una llama. Por fin, terminé.
No era demasiado largo lo escrito, sino que no había sabido decla-
marlo; quizá tampoco estaba en estilo declamable. Lo cierto es que
pasé mi rato de agonía. Los demás se olvidaron pronto de mí pero
yo seguía rumiando mi fracaso. La claridad de la tarde de fiesta se
me llenó de humosidad gris. Mi padre estaba irritado. Sólo mi ma-
dre, horas después, me dio la solución consoladora: "—No eres tú
para la oratoria: serás escritor, y vale más."

CAMINO DE DURANGO

A mi padre le habían asegurado que Durango se parecía a Oaxaca.


Esto bastó a decidirlo. Además, yéndose a Durango contrariaba la
corriente de los que empleaban las vacaciones en San Antonio, Te-
xas. Tomando la ruta del Sur, le volvía la espalda ostentosamente al
progreso, a lo yankee. A fuer de entendido, él se iba adonde la ver-
dadera civilización. La piedra labrada siempre valdría más que el ce-
mento, por más que se lo dieran superpuesto en pisos. Con mi padre
iba yo por derecho de mayoría. El viaje le hubiera correspondido en
seguida a Concha, pero no quiso separarse de mi madre y cedió el
lugar a Lola, que ahora completaba el terceto. Quedó mi madre al
cuidado de su prole, aumentada ya con el nacimiento de la pequeña
Chole.
Mi hermana Lola tenía tal vez siete años y yo no más de once.
Lola era voluntariosa y decidora; el abuso de los dulces, charamus-
cas rellenas de nueces, pastas de leche y calabazates, la tenía pálida;
pero era nerviosa y despierta. En los ocios forzados del vagón mi
padre explicaba por anticipado lo que veríamos; nos describía las ce-
remonias de la Semana Santa; el porqué de los altares enlutados; la
seña y los maitines; el Stabat Mater y la Misa de gloria. No era igle-
siero ni rezador, sino más bien un creyente tibio. Sin embargo, ado-
46 ULISES CRIOLLO

raba el rito que era para él la mejor forma de arte. Lo que llamaba
"funciones" de la iglesia le reemplazaban las satisfacciones del tea-
tro y del concierto de que disponen los modernos.
En la vida fronteriza echaba de menos el encanto de nuestras ciu-
dades con arquitectura y naves espaciosas, el fausto de las procesio-
nes y las voces de los coros. Dentro de tal arte alentó su juventud
oaxaqueña y no era posible que así permeado de una cultura secular
se rindiese de súbito a la novedad nórdica del ferrocarril y el agua
entubada.
Con avidez retornaba a la zona en que comienza nuestra cultura
criolla.
Pasamos el primer día tragando el polvo de las llanuras ilimitadas,
visión de palmeras enanas, arena y sol hasta cansar los ojos. Sólo
más allá de Torreón experimenta un cambio el paisaje. Poderosas y
serenas aparecen de pronto las cordilleras precedidas de valles rien-
tes de verdor y ganados, torres y caseríos. Pegado el rostro a la ven-
tanilla del vagón, contemplamos el huir de paisajes que invitan a
quedarse en ellos. La frescura de los campos colma una sed estética
subconsciente, largo tiempo reprimida en nuestra árida estepa coa-
huilense. A las paradas en las estaciones acude gente de tipo exótico;
más bronceado el rostro que en el Norte, menos garbo en el porte;
muchos hombres van de calzón blanco en lugar del pantalón azul del
obrero, y una increíble abundancia de sombreros redondos estilo
charro nos recuerda las estampas típicas del texto de geografía de la
escuela texana. Pasmados de novedad, dichosos de verdor campestre,
apenas advertíamos la carrera del tren que tragaba kilómetros. Con
cierto desencanto porque terminaba el panorama, bajamos en la esta-
ción y nos metimos en el coche que nos llevó al hotel. Una impre-
sión de bienestar con amplitud caracterizaba aquella célebre hospe-
dería provinciana. Ornaban el patio jazmines en medias barricas, y
comunicaba el doble cuerpo mediante escalera de ladrillos de tono
rojo. Dentro de las habitaciones resbalaba el paso en esteras tejidas
allí dentro al tamaño del piso. En el lavabo relucían las palanganas,
y las toallas invitaban a enjabonar el pelo y rostro transidos de pol-
vo. Concluido apenas el aseo, nos llamaron para la cena. Ocupaba el
comedor un extenso salón frente al patio. Sobre las mesas de blanco
se apilaba la vajilla modesta y bien limpia. En grandes soperas los
mozos repartían el caldo de arroz; sirvieron después huevos y guisos,
pollo frito y ensalada, más fruta y dulce.
Tan molidos estábamos de dos días de tren, que desistimos de
asomarnos a la ciudad nueva. Mi padre insistió en que durmiéramos
para aprovechar bien el día siguiente. La sábanas albeantes, olorosas
CAMINO DE DURANGO 47

de aseo, crujían levemente al separarse para recibir al cuerpo fatiga-


do. La bombilla eléctrica antes de apagarse bruñía con sus reflejos
de estera del piso, el barniz nogal de los muebles. Los techos altos
aseguraban una respiración tranquila; nos sentíamos en los brazos de
la mismísima comodidad.
Nos despertó un clamor alborozado, casi marcial. Descorriendo
los visillos del balcón descubrimos el vagoncito amarillo que pasa
ruidoso tras el estruendo rimado de los cascos de las mulas y las ca-
denas de las guarniciones; el tranvía de mulitas. En cada esquina el
conductor toca la trompetilla que invita a salir a gozar el día. Por
el balcón abierto entró una onda de fragancia y de luz. Enfrente, la
avenida ostenta casas de dos pisos, de piedra pulida o enjalbegado,
todas con pocos vanos; rejas y balcones de hierro forjado, en el sa-
liente, macetas con flores o pájaros suspendidos de sus jaulas de
bronce dorado. Arriba, cornisas y perfiles de azoteas. Más alto, un
cielo azul profundo. Abajo, el empedrado antiguo deja brotar escasa
yerba entre la doble fila de aceras embaldosadas y pulcros umbrales
de las viejas casas lujosas de espacio. Una atmósfera benigna despe-
jada, balsámica, parecía posarse sobre la mano tendida a palparla.
¡Durango! ¡Estábamos, por fin, en Durango!
Asomó también al balcón mi padre, y ejercitando su ojo crítico en
tanto continuaba la faena laboriosa de ajustar las mancuernillas al
puño almidonado, calmó nuestro delirio expresando:
—En efecto, se parece a Oaxaca; está bien, ya veremos...
La Semana Santa se celebraba con pompa en el Durango del
ochocientos noventa y tantos. Las Leyes de Reforma vedaban "ma-
nifestaciones externas" del culto, pero no lograban disminuir el fer-
vor, la curiosidad, el contento de la multitud. Las calles principales
invadidas de forasteros simulaban el tráfico de una metrópoli. Paisa-
nos de todas las clases sociales y ropas comunes mezclábanse a los
indios descendidos de las serranías próximas, con su colorida indu-
mentaria. Las fondas y los cafés rebosaban de clientes. A veces la
masa de la gente anónima se apartaba para contemplar el paso de
mujeres delicadas, tacón alto, mantilla y peineta a la española. Pasa-
ban otras como divinidades metidas en sus carrozas tiradas por caba-
llos de lujo. Por su pa rt e, la muchedumbre se apretaba a la entrada
de la iglesia, se sofocaba debajo de las naves alumbradas con cirios
y rayos de sol.
Eje de todo el bullicio era la Catedral. Portada insignificante a pe-
sar de sus tres puertas, su conjunto es hermoso a causa de las torres
de tres cuerpos esbeltos. Desde sus arquitos de piedra tallada, amari-
48 ULISES CRIOLLO

llenta, campanas de bronce verdoso emiten claras sonoridades. En el


interior, la triple nave ligada por bóveda de cañón engendra una cú-
pula que derrama su paz sobre un recinto desnudo. Mis ojos no re-
cordaban maravilla mayor y se recrearon.
Las ceremonias sobre un fondo de paños negros y candelabros en-
cendidos impresionaban por el canto solemne. Hasta afuera del tem-
plo, en el atrio de anchas baldosas y aun sobre la ciudad misma, gra-
vitaba el poder de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica
Romana. Ningún visitante inquiría el nombre del gobernador, lacayo
más o menos tolerable de la dictadura imperante; pero todos ob-
servaban curiosos el birrete morado del obispo y se apretujaban para
escuchar la elocuencia de los sermones en los oficios.
Largos plantones en los templos nos dejaban extenuados. Descan-
sábamos en la plaza de arbolillos frondosos y plantas recién lavadas,
ocupando los bancos de hierro pintados de verdad, frente a los anda-
dores de ladrillo colorado. Entre las casas laterales había algunas de
cantería dorada y grandes ventanas de reja. Desde algún zaguán es-
pacioso se advertían las arcadas de los patios embaldosados y las
macetas de fl ores. De cuando en cuando, al descorrerse una persiana,
aparecía una silueta pálida de ojos grandes y cabellera negra, tesoro
semiescondido al extraño. Venciendo la fatiga recorríamos después
los jardines y aun los suburbios pintorescos. Terminaban algunas
avenidas en tapiales cubiertos de enredaderas sombreados de árboles.
A trechos, alguna quinta añosa, olvidada entre los jardines rústi-
cos, invita al retiro acomodado. Al pie del embanquetado corre el
caño de agua cristalina que le deja lama en los bordes.
Después de estas excursiones, al caer la tarde, a la hora de la me-
rienda, nos dedicábamos a disputar el sitio en la nevería cerca de
nuestro hotel, célebre por sus helados de frutas. En nuestro pueblo
era un lujo pasar al otro lado para empinarse en la soda fountain, es-
pecie de abrevadero de rebaños "distinguidos". En él bebíamos re-
frescos de jarabes industriales, con Seltz o con crema helada y desa-
brida. En cambio, el arte delicado del nevero durangueño, italiano de
origen, nos causaba efectos de revelación. En sus copas de varios
colores se distinguía el aroma del durazno tierno, del chabacano o el
plátano. Las nieves de limón y de naranja guardaban su sabor autén-
tico. Recorriendo la gama de las frutas para terminar en el biscuit
tortoni, nos parecía asistir a la aparición de sensaciones insospecha-
das y placenteras.
Entre sus satisfacciones y añoranzas, mi padre solía exclamar:
—jQtiiero oír campanas!
EL TEATRO 49

No las habían tocado a causa de la Semana Santa. Por fin, el sá-


bado escuchamos la gloria dentro de la Catedral; pero no era eso —de-
cía mi padre—, no era eso.
—Esperen a que nos despierten al amanecer.
Y llegó el domingo de Pascua. Nos despertó primero un tañido
cantante, repentino, que se propagaba según iban saludando el alba
los distintos campanarios de la ciudad. Aumentó luego el estruendo
metálico, melodioso y potente, hasta llegar al repique. Próximas a
nuestro hotel, las campanas de la Catedral eran el alma del glorioso
estrépito. Por el balcón entreabierto penetraba el cielo diáfano y es-
tremecido de sonoridades victoriosas. Semicerrados aún los párpa-
dos, la imaginación adivinaba en la altura claros por donde bajan los
querubines, y en el ambiente trinos de pájaros y risas de juventud.
Almas desnudas en el baño de la aurora.
Todavía no nos íbamos y ya se producía confusión en los recuer-
dos. Piedras pulimentadas, patios en arquerías, torres valientes, par-
ques dichosos, arboledas de rumores, cielos de cristal: mediodías ca-
lurosos que luego a la brisa de la tarde apacigua, fausto de la iglesia,
tierno sabor de la nieve del italiano, ímpetu de la serranía que asalta
el firmamento; sonoras trompetillas de los tranvías, caricaturas de
fanfarrias heroicas; solemne, melodioso repique de campanas en la
portada del Paraíso. Nunca olvidaríamos la primera ciudad que rega-
ló nuestra apetencia de hermosura. Otras muchas he visto después,
en la meseta mexicana y en otras mesetas, más arquitecturales, más
populosas y ufanas de historia y de arte, pero ninguna igualó aquella
primera lección de belleza obtenida en Durango.
Dejamos al México secular, aletargado en su encanto podrido de
males que ya nadie advertía, y volvimos al otro México, el de nues-
tra frontera acometiva, intoxicada de un progreso que también lleva-
ba dentro la ponzoña de la rápida decadencia que hoy palpamos. Y
así, entre un pasado decrépito y un futuro ni eficaz ni nuestro, la ca-
beza se emborrachaba de idealismos falsos y el apetito se abría al
goce indiferente, a la amenaza y, acaso, la certeza de nuestra perdi-
ción.

EL TEATRO

Se llamaban los Delahaunty y habían llegado a Piedras Negras al


amparo de un cargo de la Aduana o del Timbre. El mayor, Luis, a
los catorce años se constituyó nuestro jefe y director de escena; el
pueblo se alborozo con la noticia de que representaríamos el Teno-
50 ULISES CRIOLLO

rio. Se reservó Luis el papel de Don Juan; no sé si Manuel Bauche


hizo de Don Luis, y a mí me tocó enharinarme para el platón de Co-
mendador en el cementerio. Mi hermana Lola era tan pequeña toda-
vía que hizo reír al público pronunciando: "Lechina la celalula."
Nos seducía el poema zorrillense, atrevido y fácil, lo mismo en
los raptos que en el recitado de noches serenas y lunas claras. Des-
pertaba secreta envidia el lamento de las infames aventuras en las
noches puras. En general, el verso me atraía sólo momentáneamente.
Más bien padecía angustia si alguien soltaba un recitado de memo-
ria. Y vaya que leía poemas en dos idiomas. La Evangelina, de
Longfellow, era obligatoria del otro lado, y, en desquite, me hacían
leer en casa a Peza y a Núñez de Arce. Pero me pasaba con la poe-
sía lo que me pasó más tarde con la música: me servía de excitante
para pensar mis temas, sin seguirla en su propio desarrollo. Si me
esforzaba en hacerlo, ya no experimentaba placer ni estímulo espiri-
tual. El verso, aun aceptándolo como magia —quizá por eso mis-
mo—, no me decía nada en sí; pero me provocaba ideaciones inten-
sas. Podía seducirme el amor virginal de Evangelina y las peripecias
de la vida en la Arcadia nórdica, símbolo del destino en el Continen-
te nuevo; pero lo mismo me hubiera dado que la obra estuviese es-
crita en prosa, o haberla leído en alguna traducción castellana. Sin
duda, una predisposición temperamental, y también el hábito de
traducir desde la infancia, me ha dejado esta indiferencia e incapaci-
dad para la forma.
Los versos del teatro español fatigan por el énfasis y la lógica.
Una poesía de por qués aburre como una dialéctica; sin embargo, in-
teresa el tono espiritual de ciertas obras. Con todo prefería leer los
versos ya ingleses, ya españoles, pues me exasperaba el sonsonete
del recitado. Cierto convencionalismo de la declamación de cada
lengua revela su ridiculez cuando lo escucha un extranjero que no
está viciado por el hábito.
En el poema leído se revela una emoción independiente del efecto
prosódico. Además, lo que en materia de español nos llegaba por el
pueblo creaba un contraste doloroso con el Shakespeare y los clási-
cos siempre vivos en la literatura de nuestros vecinos.
Una de las compañías de tránsito representó la Flor de un dia, de
Camprodón. La tirada pegajosa de los "árboles gigantes" del paisaje
americano evocada en nosotros, habitantes de la planicie árida, la vi-
sión de un trópico fértil, desconocido aunque formaba pa rt e de nues-
tra patria.
La empresa del ferrocarril había organizado un domingo una ex-
cursión a Sabinas. Allí pudimos ver unos nogales en la vega del río,
LA PARTIDA 51

que justificaban la alusión del poeta. Y también entre las vistas de


nuestra colección oaxaqueña figuraba el árbol del tule, que pasa en-
tre nosotros por el tronco más grueso de la Tierra. Por la literatura
penetraba en el mundo, pero tomando los libros a saco, buscando en
ellos el material de mis tareas futuras. Me hubiera encerrado en una
biblioteca —lo he hecho después en muchas ocasiones—, pero sólo
para salir de allí equipado y dispuesto a la aventura del destino espi-
ritual egregio. Para darle principio era menester andar, caminar por
el ancho territorio. Apenas entreví una oportunidad, quise aprove-
charla. El ambiente de mi aldea era limitado como su panorama y,
como éste, vacío. A la esquina de nuestra plaza llegó una vez un
yankee explotando el primer fonógrafo conocido en los contornos.
Era del tipo primitivo, con auriculares de goma que alquilaba a cin-
co centavos la pieza. El yankee ganaba dinero y decidió internarse
en México; pero no sabía una palabra de castellano. De cliente suyo
pasé a confidente y, por fin, me propuso que lo siguiera como intér-
prete; compartiríamos las ganancias, recorreríamos a pie o en tren el
interior del país. Al oír su propuesta, el corazón me dio un vuelco y
el mirar se me ensanchó en panoramas dichosos.
Y sólo la violenta, decisiva prohibición paternal, me quitó la fie-
bre del viaje. Pero en las tenebrosidades de mi solitaria meditación
acusaba a mis padres de haberme cortado el destino.

LA PARTIDA

Salir de allí, salir sin motivo, parecía ser la consigna tácita en el


seno de la familia. El pretexto puede haberlo dado un disgusto con
el nuevo administrador; pero el motivo determinante era el deseo de
encontrar colegios adecuados para mis hermanas y prepararme a una
carrera profesional. Aprovechando los dos meses de vacaciones con
sueldo, otorgados por el reglamento, después de no sé cuántos de
trabajo, se decidió la partida aun antes de saber exactamente dónde
nos estableceríamos. Ambicionábamos una aduana en población que
tuviese colegios de segurída enseñanza. De esa manera, la familia se-
guiría reunida sin perjuicio de nuestro adelanto educativo. Y revisan-
do la geografía de García Cubas, descubrimos sólo dos puertos que
llenaban el requisito: Veracruz y Campeche. En Veracruz no había
que pensar, porque allí iban los favoritos del régimen. Mi padre no
lo era ni poseía aptitudes para serlo. No quedaba otra solución que
Campeche. Y con rara convicción, como si ya contara con la aquies-
cencia del ministro, mi padre comenzó a afirmar:
52 ULISES CRIOLLO

—Nos vamos a Campeche...


A falta de influencias recurrió al sacrificio de sus propios medios.
Empezó a gestionar lo que en lenguaje burocrático se llama una per-
muta. La propuso con primas a los empleados aduanales de Campe-
che, de categoría equivalente. Nos favorecía la circunstancia de
Campeche, de menor importancia fiscal que Piedras Negras y el te-
rror que los nativos de la meseta sienten por la tierra caliente.
Existía, asimismo, posibilidad de permutar empleo, mediante sa-
crificio de los ingresos, con alguno de los que en la capital trabaja-
ban en los ministerios. Pobre rebaño que acude a horas fijas a fumar,
escribir minutas y cobrar nóminas. El carácter de mi padre, sin em-
bargo, no se amoldaba a semejante rutina. Prefería arrastrar la nieve
y el viento de los despachos aduanales en los almacenes y platafor-
mas de ferrocarril o derretirse bajo un sol ardiente cualquiera, en el
páramo fronterizo, o en la manigua de la costa. En cada una de estas
ocasiones la hacía de amo y siempre ofrecía alguna sorpresa la aper-
tura de las cajas y de los embalajes. Si a veces trabajaba duro y a
deshoras, también podía aplazar el despacho cuando le viniera en
gana. No intentó, pues, la incorporación al burocratismo de la metró-
poli.
Comenzó el remate de nuestro mobiliario, apartándose únicamen-
te algo de lo mejor para remitirlo a la capital. De mi pa rte la metró-
poli era una ambición. Imaginaba que en sus escuelas me anegaría
de saber; soñaba en las bellezas de su arquitectura. Pero me entró la
melancolía de arrancarme de Piedras Negras. Las bajadas del río, an-
tiguo paso de aguadores, parecían retener jirones de mi personalidad.
El puente, la plaza, cada sitio estaba ligado a horas intensas de mi
vivir. Yéndome del pueblo disminuía. Llegaría a la capital desgarra-
do y como incompleto por lo que de mí dejaba en el pueblo, igual
que crustáceo sin carapacho. Y un vago temor angustiaba el júbilo
de la próxima partida. En mi tierra era yo el primero por el prestigio
del saber. Entre la multitud de aquellos niños metropolitanos, bien
trajeados y ágiles, seguramente que no todos eran del tipo inútil que
había visto desfilar por la escuela de Eagle Pass. Era muy posible
que hubiese otros con más letras que las mías y seguramente me de-
jarían deslucido.
Y aunque quería vivamente irme por ensanchar mi destino, por
las noches solía despertar llorando; me soñaba de retorno a Piedras
Negras después de muchos años de ausencia. Veía las calles trans-
formadas; gentes desconocidas que miraban con indiferencia. En las
tertulias del umbral de las puertas ni una cara amiga. Más prolonga-
das y altas las edificaciones; apenas reconocía los sitios amados. Lu-
NOSTALGIA 53

josos los edificios, terso el pavimento, un nuevo Piedras Negras sun-


tuoso, pero ya no mío, remplazaba la ciudad infantil, parte ya irreco-
brable de mi alma...

NOSTALGIA

Nostalgia anticipada me desgarraba y mantenía en trance de llanto.


No sospechaba la alegría que con los años se aprende, alegría de de-
sechar, desdeñar etapas enteras de nuestra modalidad, no sólo la
imagen exterior de las cosas queridas que luego se vuelven indife-
rentes. Tan atada tenía el alma a mi ambiente, que me dolía poco de-
jar a las gentes y mucho más separarme de la visión exterior cotidia-
na. El viaje me permitía presentarme ufano ante los conocidos como
uno que se va a la capital en busca de su destino glorioso. Pero
¿quién me devolvería jamás la realidad de la pequeña urbe y la hue-
lla de mi sensibilidad sobre sus cosas? Con los del pueblo no sería
ingrato; mis ojos iban a ver por todos ellos el esplendor de las tierras
patrias. La conciencia misma del pueblo iba conmigo para ensan-
charse y retomar alguna ocasión a devolver, en experiencia y servi-
cio, la deuda de amor que nos ligaba. Nunca había querido a mi ciu-
dad como en el instante de dejarla.
Una extraña saudade me invadía al echar las últimas miradas de
adiós a mi escuela de Eagle Pass. La gratitud y el afecto me ablan-
daban el ánimo. Imposible consumar el recuento de lo que debía al
plantel; y una cierta acidez se mezclaba a mi añoranza, por las hue-
llas de los conflictos raciales patrióticos que allí había padecido. Los
campos devastados de nuestros juegos y peleas me harían menos fal-
ta que los salones de clase donde la curiosidad robó tesoros. Sin em-
bargo, advertía que me iba después de haber sacado todo el fruto po-
sible de aquellos años ingenuos. Por delante se hallaba una serie de
épocas fecundas; la vida entera se me aparecía como tarea explota-
ble con miras de eternidad.
Al concluir las clases, una tarde, me llamó el director de la escue-
la, gringo alto, correcto, grave y bondadoso. Caminando a pie lo se-
guí varias cuadras rumbo a su casa.
—Es sensible que te vayas —decía—, dejando interrumpida tu ca-
rrera entre nosotros. Si tu padre quisiera dejarte al cuidado de alguna
familia... Tienes ahora trece años... al cumplir los catorce, conclui-
do el curso primario, podría obtenerse para ti una beca en la Univer-
sidad del Estado, en Austin. Háblale a tu padre; si está conforme,
dile que me vea. Será fácil arreglarlo.
54 ULISES CRIOLLO

Mi padre se ofendió primero; después comprendió que la desinte-


resada oferta merecía una negativa cortés, agradecida, y se fue a dar-
la. Mi madre no necesitó intervenir, pero tampoco hubiera consenti-
do entregarme con personas excelentes, mas de otra religión. En la
frontera se nos había acentuado el prejuicio y el sentido de la raza;
por combatida y amenazada, por débil y vencida, yo me debía a ella.
En suma: dejé pasar la oportunidad de convertirme en filósofo yan-
kee. ¿ Un Santayana de México y Texas?
Los Estados Unidos eran entonces país abierto al esfuerzo de to-
das las gentes. The land of the free. ¿Los años maduros me hubieran
visto de profesor de Universidad enseñando filosofas?
No estaba entonces por los destinos modestos. El futuro me son-
reía ilimitado de dichas y éxitos. Tan intenso lo soñaba, que a menu-
do la cabeza me ardía de esperanza y anticipadas certidumbres. Ho-
ras de exaltación desmedida, que alternaba con estados de anulación
y pesimismo, claudicaciones del albedrío.
Entre los de Las Mil y Una Noches, el episodio que me obsesio-
naba era el de los compañeros que se reparten por los cuatro rumbos
del horizonte, tomando camino según el viento que sopla. Lo urgente
era caminar, tomar rumbo, trasponer horizontes. ¿No era yo un alma
caída al mundo? Pues urgía lanzarse a explorar toda la extensión de
la temporal morada.
Por fin; una mañana, desde la ventanilla del tren, dijimos adiós a
la pradera de la Villita, y con el pecho sobresaltado nos internamos
luego en el arenal sobre los rieles y entre las nubes de tierra.
Periódicamente, en el llano, los remolinos del aire cavan el suelo,
levantan el polvo y lo bailan en espirales, dispersándolo en la altura.
Las estaciones, muy distantes unas de otras, constan apenas de un
tejadillo que abriga la sala de boletos y el telégrafo. Al lado, la cho-
za de adobe de algún pastor, unas cuantas gallinas desmedradas, ni
una brizna de hierba y en torno leguas y leguas de páramo. Sólo al
día siguiente, por la Laguna, vimos los primeros pastos reverdecidos,
bajo el sol caliente. Luego, al atardecer, la tierra empezó a ponerse
roja, y muy altas montañas dibujaron estupendos perfiles. Los valles
empezaron a poblarse de rebaños. Un sol encendido iluminó un oca-
so bermejo, como metal de fundición. En los riscos, sobre la monta-
ña, se adivina también el cobre, el oro en bruto, el óxido de plata.
Un airecillo frío y una sordera parcial advierten la entrada en el
altiplano. Y los valles se ensanchan circundados de serranías. La vía
férrea corre a la falda de los montes y serpea en las gargantas. Es fa-
mosa la cuesta que conduce a Zacatecas. Trepa jadeante la locomo-
tora por una serie de curvas que periódicamente ocasionan descarri-
NOSTALGIA 55

lamientos. El viajero desde un vagón se asoma a la noche y de pron-


to descubre un enjambre de luces que aparecen y desaparecen al fon-
do de un abismo. Aproximándose, adviértese el trazo irregular de la
ciudad cuyo nombre evoca historias de mineros enriquecidos o fra-
casados. Al detenernos en la parada subieron al convoy damas y ca-
balleros de porte distinguido. Empezaba el México de los refina-
mientos castizos. Al deseo de habernos quedado un día para conocer
a Zacatecas se mezclaba la impaciencia de ver pronto las maravillas
del interior de la patria. Sobre camas improvisadas con mantas nos
fue cogiendo el sueño al ritmo del acero en fuga estrepitosa.
Amanecimos más allá de Aguascalientes. El paisaje había cambia-
do; pero sólo después de León, por Irapuato y Celaya, comienza el
deslumbramiento de los campos verdes de alfalfa y los trigales que
la brisa agita en la distancia. Bajo un cielo azul diáfano y en el mar-
co de montañas violeta, aparece el milagro de ciudades en ocre,
blanco y rosa. Cúpulas de vidriado, amarillo, que fingen el esplendor
del oro, y campanarios de cantería en tonos claros, se levantan como
aleluya perenne. Los caminos, arbolados, conducen a quintas de re-
creo y a santuarios con leyendas piadosas. Todo engendraba dichoso
contraste con los páramos de nuestra frontera.
En cada parada consumábamos pequeñas compras. Abundaba la
tentación en forma de golosinas y frutas. Varas de limas y cestos de
fresas o de higos y aguacates de pulpa aceitosa; cajetas de leche en
Celaya; camotes en Querétaro y turrones de espuma blanca y azuca-
rada; deshilados en linos y mantas o sarapes de colorido detonante;
manufacturas de cerda que recuerdan la paciencia china; por ejem-
plo: cestitos de colores, trenzados, que embonan en orden descen-
dente o sombreritos minúsculos; pequeñas cajas de secreto, incrusta-
das; sobre papel negro docenas de ópalos de llama o de celaje claro.
No alcanzaba el tiempo ni el dinero para elegir. Los vendedores de
comestibles ofrecen también a gritos tacos de aguacate, pollo con
arroz, enchiladas de mole, frijoles, cerveza y café. Y del seno de la
algarabía, tímidamente y, sin embargo, perméandola toda, la voz del
ciego ambulante, que improvisa corridos, tañe la guitarra y recoge li-
mosnas.
Docenas de chiquillos descalzos, trigueños, piden: "Un centavito,
niño; un centavito, jefe".
Con el cuerpo fuera de la ventanilla, todo lo vemos, deseándolo;
adquirimos baratijas y dulces, repartimos cobres. Mucho he viajado
después, pero nunca he visto en las paradas de ningún ferrocarril se-
mejante animación abigarrada y fascinante. En México mismo, las
gentes visten cada día con más uniformidad; las artes menores de-
56 ULISES CRIOLLO

caen, el estilo de comer se americaniza, el traje se vuelve uniforme y


el viajero ya no asoma la cabeza a la ventana; la hunde en la partida
de póker o, por excepción, en la revista recién entintada. El prejuicio
sanitario veda el gusto de los platos populares y el comercio ambu-
lante decae.
Corría el tren por las comarcas feraces del Bajío; la frescura del
campo nos penetraba en todas las fibras, nos colmaba la sed orgáni-
ca de los años pasados en sitios resecos. Propiamente, veíamos cam-
po por primera vez. Unas cuantas vacas enterradas en el pasto basta-
ban a darnos sensación de plenitud agrícola. Las nubes adoptan allá
no sé qué distinción barroca, muy blancas y bien recortadas en el
azul. Ya al oscurecer pasamos a la orilla de un río, quizá el Lerma.
Sus aguas cristalinas corrían entre arboledas, se perdían en el cauce
pedregoso. Lápiz en mano, intenté fijar en mi cuaderno siquiera al-
gunas de las impresiones tumultuosas del día. No me guiaba la vani-
dad, sino el deseo de guardar de algún modo la emoción venturosa
del viaje. Pero me estorbaban los adjetivos. En vez de apuntar las
cosas, me empeñaba en calificarlas. Cada montaña tenía que ser alta;
las ciudades me merecían el mismo epíteto de bonitas y cada paisaje
resultaba encantador. Con plena conciencia de que traicionaba mi
sentir, escribía y acusaba al lenguaje de llevarnos por sus caminos
trillados, pese a la virginidad de la percepción. El caso es que mi en-
sayo me dejaba triste. No correspondía al intenso vivir. ¿Qué iba a
ser de mí en la capital sabia? Recordaba las narraciones amenas de
un libro de viajes alrededor del mundo, que en Piedras Negras leye-
ra, y me sentía apocado. Era yo el grano de arena que se pierde en la
sabana, brizna de muchedumbre. Así de humilde penetré al carrico-
che que nos condujo al hotel. La iluminación suntuosa de las aveni-
das producía estupor. Los cascos de docenas de caballos de tiro re-
percutían en la atmósfera urbana, ornada de piedra, esplendor y paz.

EN LA CAPITAL

Vagos son los recuerdos de esta mi primera estancia consciente en la


metrópoli mexicana. Buscando en las aguas profundas y oscurecidas
de mi pasado, extraigo: un doble corredor de columnas esbeltas en
torno a un patio con palmeras pequeñas, sillones de mimbre y un co-
medor extenso con mesas blancas y cristalería, ¿Fue el hotel "Ba-
zar"? Luego, como si el tapete maravilloso nos hubiese transportado
allí, veo una vivienda en la calle del Indio Triste. Farol de vidrio so-
bre una escalera angosta de piedra con barandal de hierro. Llega de
EN LA CAPITAL 57

afuera el olor de alquitrán sobre el asfalto nuevo. Mil circunstancias


se pierden igual que si meses enteros y aun años de nuestro vivir
muriesen antes que nosotros, sin que logremos resucitarlas. Y me
pregunto: ¿Qué hay de común entre el jovenzuelo que se quedaba
absorto ante las fachadas de los palacios citadinos y éste que soy
ahora incapaz de reconstruirme en lo que fui? Los mismos afectos
que parecen determinar modalidades perennes, se descargan de su
vehemencia y fluyen con lo que pasó.
Me es más fácil rememorar lo que era mi madre entonces, que lo
que fui yo mismo. ¿Acaso porque era persona ella y yo todavía un
conato? Sin embargo, en vano imagino lo que haya sido como perso-
na social y sólo la concibo como una especie de divinidad que cum-
plía conmigo una tarea misteriosa. ¿Qué queda, pues, de cada uno?;
¿qué queda del todo? La única respuesta que da mi experiencia es
que la pregunta conmueve, preocupa nada más en la juventud. Más
tarde se alcanza la indiferencia dulce que nos acerca casi con agrado
a la muerte común. Cama bien tendida del hospedaje que nos abriga
tras la jornada penosa. Buena cama la muerte si en ella despertamos
a mejor ventura que estas otras pequeñeces que se nos deshacen en
la atención, aunque nos duela perderlas.
Vivía, y por el hecho de vivir me estaba muriendo a diario; pero
no me acongojaba, ni siquiera lo advertía. Muy distante aún, la
muerte física no me preocupaba. Ímpetus tensos aguzaban mis senti-
dos y los saciaban de belleza urbana. Con sólo asomarse al balcón,
en la acera de enfrente nos embobaba un palacio de piedra blanca,
persianas verdes, zaguán con arco, entresuelo proporcionado y prin-
cipal con balcones regios. De la noble mansión salía todas las tardes
un carruaje flamante tirado por caballos magníficos. Asombrados lo
mirábamos torcer por la calle de la Moneda. En ésta, el Museo Ar-
queológico al costado de Palacio, la Escuela de Bellas Artes y la cú-
pula de Santa Inés al fondo y la saliente de la Catedral en el otro ex-
tremo componen la más hermosa y singular perspectiva del México
castizo. A menudo atravesábamos la Moneda con rumbo a Jesús Ma-
ría, de estilo neoclásico y columnas de acantos revestidas de oro.
Todas las tardes rezábamos allí el rosario y cada mañana la misa en
el altar del Perdón de la Catedral; "la mejor Catedral de América",
recalcaba mi padre, mirándola. Y con doble placer de artista y de pa-
triota nos paseaba delante de la cortina oriental del Sagrario churri-
gueresco. Tallas y encajes de piedra caliza entre dos tableros de rojo
tezontle volcánico. Encima, una cornisa de curvas que recuerdan la
gracia de un manto. Al lado, la Catedral majestuosa con su par de
58 ULISES CRIOLLO

torres robustas que encuadran la fachada neoclásica de Tolsá, sobria


y proporcionada. Nunca hubo construcción más severa y grandiosa.
Entrando por el Sagrario, las naves se reparten espaciosas en tor-
no a una cúpula circular. El ábside ve rt ical levanta el empuje de las
bóvedas. A la izquierda, una magnífica nave liga las curvas arredon-
dadas de este primer recinto con las perspectivas majestuosas de las
naves y columnas de la Catedral. En los costados de ésta hay capi-
llas con enrejado de maderas olorosas; lujosa talla de bronce circun-
da en barandal el coro adornado de estatuas, candelabros y tubos de
órgano. Al centro, el altar mayor bajo un cimborrio atrevido. Detrás,
en el ábside, uno de los mejores retablos del barroco del mundo: el
altar de los Reyes, todo de oro, imágenes desmaquinas, columnas sa-
lomónicas, marcos suntuosos y óleos oscurecidos por el incienso. El
corazón saltaba primero, se sobrecogía después y se sumaba al coro
de las celestes alabanzas.
El atrio enverjado del costado poniente dejaba ver un jardín lateral
con el mercado de flores, anexo sobre la calle de las Escalerillas.
Ramos de claveles, manojos de rosas recién abiertas, refrescadas con
finas gotas de agua que semejan el rocío; gardenias de carne blanca
y aroma intenso, violetas fragantes, amapolas como llamas, lirios de
rojo y gualda o de azul violáceo, begonias en macetas, tulipanes vis-
tosos, pensamientos aterciopelados, dalias cárdenas, crisantemos y
azucenas; flora de todos los climas gracias a la meseta sin estaciones
y a la inexhausta fecundidad de la costa inmediata.
Apartándose de los puestos de los vendedores, se prolonga el jar-
dín. Andadores irregulares de cemento en cuadros afirman el borde
metálico de camellones de césped y plantas. Al centro de una fuente
circular y asentada en planta de piedra, una mujer de mármol vierte
una jarra de agua cristalina que en su caer incesante le ha desgastado
un pie de blancura lustrosa. Serena la cabeza griega, finos los hom-
bros, firmes las maternales pomas bajo la tela simulada de mármol y
el talle opulento, la divinidad anónima se inclina alargando los mus-
los castos bajo los pliegues de la piedra y sonríe a los niños que jue-
gan en torno. Encima, el ramaje siempre verde difunde fragancias,
serena la alegría del cambio en la inmutable perennidad.

LOS PARIENTES

El difunto abuelo dejó viuda y seis hijos. Vivían en Tacubaya. Por el


García Cubas conocía de memoria la portada suntuosa del jardín
frontero de la Ermita. Portada neoclásica rematada por una cornisa
LOS PARIENTES 59

inútil, y por ambos lados la verja desbordada por la arboleda. Allí


dejábamos el "tranvía de mulitas", y tomando a la derecha subíamos
por el arrabal bendito. No recuerdo la calle exactamente, pero sí que
los visitamos en tribu.
Padecían estrechez que me pasó inadvertida por no tener el hábito
de dividir la humanidad en ricos y pobres. Una curiosidad intacta,
una inclinación a lo afectuoso, me predisponía para querer a los pa-
rientes sin examen de su condición ni reservas en cuanto a su idio-
sincrasia. Además, no era fácil precisar comparaciones, puesto que
no frecuentábamos casas de ricos. El trato llano, familiar estableció
corrientes de simpatía sincera y también oposiciones que el curso de
los años va volviendo enconadas. Casi todos mis medios tíos eran de
más edad que la mía, pero también los había menores. Luis, ya casi
abogado, y María, en vísperas de graduarse normalista, me impusie-
ron, desde luego, su autoridad en asuntos de saber. Luis, impecable
en su vida privada, era de índole agria y burlona sin dejar de mos-
trarse servicial con los suyos y, sobre todo, esclavo de toda clase de
convencionalismos y prejuicios familiares, sociales, patrióticos. Era
el hermano mayor sacrificado al interés común, pero celoso de auto-
ridad y acostumbrado a imponerse. Yendo con él una tarde y al pa-
sar por Guardiola, frente a la casa de los Leones (Atlas de García
Cubas), me removí el sombrero de bola recién comprado que me
oprimía en la frente.
—No te descubras —me dijo socarrón—, no es iglesia.
No perdía de esta suerte ocasión para hacerme notar su supe-
rioridad de citadino, sus ventajas de hombre ya hecho en contraste
con fatalidades adversas de todo género que en mí descubría...
—Bueno, ¿y de qué te sirve saber inglés si ahora, lejos del Norte,
lo vas a olvidar...? No, no te creas aunque te hayan dicho que tienes
talento: "no te la eches".
Pronto logró irritarme.
La tía María me provocaba a discusiones que me dejaban pensati-
vo. Atravesaba ella su periodo librepensadorista. La doctrina comtia-
na se había infiltrado en las normales, combinándose curiosamente
con las lecciones de cosas estilo Rébsamen, el modernizador de
nuestra enseñanza primaria y de las escuelas de maestros. Yo acepta-
ba sin discusiones la divinidad de Jesucristo. Mi tía escuchaba y pa-
recía compadecerme. Discretamente puso en mis manos el libro que
era la Biblia de su gremio: La Educación, de Spencer. Me excitó a
leer también el Emilio, de Rousseau. El libro de Spencer me interesó
profundamente, quizá por su carácter sistemático. La forma novelada
del Emilio me predispuso en su contra. A propósito del tema religio-
60 ULISES CRIOLLO

so entablamos María y yo vivas polémicas... Mi madre escuchaba y


me apoyaba siempre, reforzando mis ingenuos argumentos. La tía,
firme en su erudición de colegiala, nos agobiaba de citas y datos. Mi
madre se quedaba preocupada; probablemente consultó algún confe-
sor; lo cierto es que ella entonces también empezó a proveerse de li-
bros y creo que entonces revisó un Balmes que anduvo en sus manos
y luego fue herencia mía que no llegué a disfrutar porque me abu-
rría. Más tarde he comprendido que las discusiones con la tía le sir-
vieron para enterarse de la clase de doctrinas que yo tendría que
afrontar en la escuela y se ilustró en ellas para mejor aconsejarme.
El trato con la tía me descubrió temas desconocidos por Piedras
Negras y me redujo la vanidad. No sólo me convenció de que igno-
raba muchas cosas; también mis talentos quedaban maltrechos en el
roce con la sabiduría metropolitana. La indiscreción de alguna
de mis hermanas hizo caer mi libro de apuntes de viaje en manos de
la normalista. Lo leyeron no sé cuántos, comentándolo regocijada-
mente.
Mis frases más desventuradas eran repetidas con sorna: me toma-
ron a su cargo por causa de un adjetivo: ¡encantador! y comentaban:
—Mira ese árbol, esa casa; como diría Pepe: ¡encantador!...
Tales burlas me quemaban el rostro y me producían después
amargura, porque íntimamente las reconocía merecidas. En mi fami-
lia, quizá por los frecuentes viajes, el espíritu de clan se había debi-
litado por obra de esa simpatía y sociabilidad que se extiende a los
compañeros de ruta. Además, operan en el parentesco ciertas repul-
siones de lo semejante; defensa contra el incesto, diría un freudiano.
Lo cierto es que siendo en mis afectos excesivo, nunca experimenté
viva atracción por ninguno de mis parientes. Luis, comprendiéndolo,
me llamaba despegado. Mis recuerdos de aquella época son más
bien una mezcla de impresiones arquitectónicas, panoramas, liturgia
y cierta angustia determinada por nuestro aislamiento en la gran ciu-
dad indiferente. Por ejemplo: recuerdo la cuaresma que allí pasamos,
cumpliendo todo su rito cabal. La edad no nos había permitido ejer-
citar el ayuno. Por primera vez mi madre, que lo acostumbraba, lo
hizo extensivo a mi hermana Concha y a mí. Confundido con el
montón . de beatas de escapulario azul, me acerqué a recibir la ceniza
de miércoles inicial: polvis eris, etc..., que tanto impresionaba. El
día entero se empleaba en las devociones rituales, ejercitadas con
efusión. Cada templo era un orgullo nuestro y una fiesta. Entrába-
mos al oficio presurosos y salíamos de él fortalecidos y alegres. Ni
la misma luz del sol me parecía tan bella como los oros de los reta-
blos tras la llama de los cirios.
LOS PARIENTES 61

Sorda a los reproches paternos, mi madre prolongaba sus ayunos;


las rodillas se le habían encallecido de hincarse, siempre en lo duro,
sobre las baldosas, rechazando reclinatorios y cojines. A nosotros
nos postraba a su lado, y si alguno, urgido de descanso, se echaba
sobre los talones, ella, advirtiéndolo, ordenaba:
Niño, no seas flojo —y otra vez el "Contempla alma en esta
estación..."
Y en familia, solos o unidos a los grupos de los peregrinos, desfi-
lábamos rezando frente a cada uno de los retablos de viacrucis.
Fueron como vacaciones consagradas por entero a la Iglesia. Los
rosarios resultaban solemnes en Jesús María; sonoros en el buen ór-
gano de Santa Inés. Progresan con la letanía los coros angélicos; es-
tremece los ámbitos el órgano; refulgen las imágenes dentro de sus
camarines, esparce el incienso nebulosidad misteriosa. La misma fa-
tiga del cuerpo, entrecerrados los ojos de sueño, doloridos los riño-
nes por la postura en oración, todo se vuelve ofrenda de la materia a
los poderes celestes. La privación de dulces, los largos exámenes de
conciencia, las penitencias una hora hincado meditando, todo purifi-
caba. El dulce tormento crecía al acercarse la Semana Mayor. En
ella se acentuaba la austeridad, menos horas de sueño, frugalidad ex-
trema en la comida, lecturas sagradas con exclusión de distracciones
profanas, misa por la mañana, viacrucis, sermón y rosario hasta el
atardecer; luego, meditación.
Cada viernes de aquella Cuaresma comulgamos en Jesús María;
previa la confesión: "Acúsome de haber desobedecido, acúsome
de soberbia, acúsome de hacer berrinches..." Después, en la misa de
alba, un trozo de hostia que enciende el alma por dentro y sosiega el
ánimo, asegura la dicha de todo el día.
La tarde del Jueves Santo en La Profesa se me ha quedado como
uno de esos momentos de ventura cabal que ocurren una o dos veces
en toda la vida. Las columnas altas y acanaladas alejan el peso de
las bóvedas. Sobre un banco gastado por el uso, mi madre, envuelto
su rostro claro en la mantilla negra, pensaba y sonreía. Un piano em-
pezó a tocar en el coro; caían dulcemente las notas, volaban entre
los follajes de una decoración destinada a la visita nocturna del mo-
numento. Unos cuantos fieles entraban o salían bajo las naves de-
siertas momentáneamente durante la hora de la siesta.
El piano, sustituyendo por excepción al órgano, creaba cierta viva
intimidad y certidumbre de la dicha aun sobre la tierra, por la obra
de la fe. Transcurría el tiempo sin acontecer, puro y tranquilo como
antesala de lo eterno. Durante el minuto de arrobamiento, los dones
del alma ejercitaron su poderío, se esparcieron en la dulzura de un
62 ULISES CRIOLLO

espacio inundado de claridades. Exhalaron fragancia las plantas y


todo un episodio del cosmos pareció consumarse en paz y ventura.
Y nos quedó la sensación de haber tocado un remanso en la co-
rriente que nos arrastraba. Bien podía el destino al día siguiente ne-
garnos el plan, lanzarnos a buscarlo por cualquiera de los rumbos
del viento; en el ánimo llevábamos un instante de revelación, una
gota de la Gracia que fortalece y salva...
Otras veces durante mi vida sobresaltada, he tenido la convicción
de ser feliz; sin embargo, en el recuento de mis venturas, no hallo
una hora más despejada y serena, de mayor certidumbre humedecida
de lágrimas dichosas.
Se explica que aquella noche de Jueves Santo nos sintiésemos
dueños de la ciudad iluminada. Dirigidos por mi padre, y en compa-
ñía de algunos de los parientes, cumplimos la visita de los monu-
mentos desde San Francisco hasta la Catedral, y luego por Jesús Ma-
ría, la Soledad y la Santísima. Magullados por la multitud nos
acercábamos a la pirámide de luces y fl ores; nos quedábamos un ins-
tante arrobados; en seguida, en voz baja, comparábamos, comentába-
mos las bellezas de la ornamentación.
La calle de Plateros suspendía el tráfico de carruajes para el Jue-
ves Santo. Pero no daba lugar a los gritos y al aguardiente de los en-
tusiasmos cívicos.
A las once, y terminado el recorrido de los templos más notables,
nos llevaron a cenar. El restaurante de moda —La Concordia— lla-
maba la atención de los forasteros por el juego de espejos adosados
al muro que parecían prolongar sus ya amplios salones. Nos instala-
mos en una larga mesa de manteles blancos, y unos comieron y
otros probamos helados de vainilla y de fresa. Desde el asiento, vi-
driera de por medio, observábamos el desfile abigarrado de una po-
blación momentáneamente alegre, confundidos elegantes con hara-
pientos.
El sábado nos llevaron a la quema de los Judas, por la calle de
Tacuba. Enormes monigotes de pasta y papel, representando ya
monstruos, ya personajes legendarios, eran reventados con pólvora y
triquitraques a tiempo que en la Catedral repicaba la Gloria.

EN TOLUCA

El traslado de Piedras Negras encontraba tropiezos; la licencia de


dos meses con sueldo había sido prorrogada sin sueldo y ya no le
quedó a mi padre otro recurso que volver a su empleo para esperar
EN TOLUCA 63

el lento desarrollo de las gestiones emprendidas. Pero, como no de-


sistía de ellas, resolvió emprender solo el regreso. Y tampoco le pa-
reció prudente dejarnos pasar la espera en una ciudad grande como
México, sin amistades de valor y con recursos escasos. Próxima a la
capital, reflexionó, está Toluca; su Instituto era famoso. Además, el
Gobernador porfirista, Villada, acababa de renovar la enseñanza en
su ínsula. Por excepción se daba el caso de un gobernante preocupa-
do por el mejoramiento escolar. Añádase la ventaja de la baratura de
habitaciones y comestibles. El hecho es que nos dejó allí instalados
y se embarcó para el Norte. Un hielo como el clima de la ciudad se
nos metió en el alma, desde el primer día, no obstante las hermosas
casas con patio, en cuadro, y balcones decorados con macetas. Una
pequeña fue nuestra en la calle principal, cerca de la Alameda. Des-
de su balcón mirábamos la calle solitaria con yerba nacida en las
junturas del empedrado. Las baldosas de la acera casi no necesitaban
los servicios municipales, porque el llover a menudo las dejaba lava-
das casi cada tarde. Las mañanas, en cambio, eran siempre diáfanas.
Una luz ofuscante llenaba la soledad de las calles y la perspectiva
desierta de las montañas próximas revestidas de pinares. Un gran nú-
mero de indios vestidos de azul y blanco, trigueña la piel y un andar
de trote bajo la carga sobre los hombros, pasaba temprano rumbo al
mercado. Los criollos salían también para la misa, pero luego se en-
cerraban tras de sus vidrieras. Únicamente los domingos a mediodía
asomaban por los portales, muy bien vestidos, para dar vueltas al
son de la banda militar. Sobresalían unos cuantos terratenientes que
frecuentan la capital y llegan hasta Europa, pero ni conocen ni salu-
dan al vecino. Familias de empleados se mezclan con ellos en el pa-
seo, sin que se entable la más elemental relación. La misma distan-
cia, otro abismo, separa a la clase media, "pobre, pero decente", del
indio que circula por el arroyo y se arrima a la música, pero lejos de
los que usan el traje europeo. Extraños al mundo aquel de castas
bien definidas, nosotros nos manteníamos aparte, nos divertíamos
por las iglesias y los paseos y tomábamos por asalto las alacenas de
dulces de los portales. No acababan nuestros hartazgos de naranjas
cristalizadas o rellenas, limones azucarados, duraznos, tunas y bizna-
gas en dulce y conse rvas de membrillo y de manzana, melados de
caña, jamoncillos de leche y confites; grageas de azúcar de color, al-
mendras garapiñadas, todo en profusión y baratura que provocaba
entusiasmo. Mi pobre mamá, tan frugal en todo, caía en la tentación
tratándose de golosinas, de suerte que en el portal dejábamos los pe-
queños ahorros, y creo que a veces aun parte del diario reservado a
los alimentos.
64 ULISES CRIOLLO

La ausencia de mi padre, el desgarramiento de la despedida, me


hacían pensar en él de una manera que antes no sospechara. Ahora
la reflexión proyectaba su imagen querida, pero como extraña de mi
naturaleza. También él se había llevado los ojos velados de llanto. Y
a menudo lo soñaba, ya triste como partió, ya alborozado por un re-
torno repentino. Su rostro se me aparecía aureolado y poderoso, di-
ferente de todas las demás caras humanas. Su mirada de amor y pro-
tección aquietaba toda angustia. Al despertar de soñarlo me hallaba
con la almohada húmeda de llanto. Al concluir las tareas del día y
en las fiestas se acentuaba nuestro desamparo. Para aliviarlo nos íba-
mos por los parques y las iglesias caminando con lentitud en la tarde
que no concluía. Demoraba el retorno ansiado y padecíamos soledad
y melancolía como de huérfanos.
Se me había inscrito en el Instituto. Mis hermanos varones entra-
ron también a la sección infantil anexa. Las escuelas que dependían
directamente de Villada disfrutaban de buenos locales y personal
apto. El Instituto, en cambio, daba una enseñanza tan deficiente que
me descorazonó enseguida. Cursaba, según creo, el último año de la
primaria superior. Éramos cuarenta o cincuenta en una clase de piso
de ladrillo, en su mayor parte ya levantado sobre la tierra floja. Los
bancos sin pintar denunciaban el roce de muchas generaciones ante-
riores. El maestro, un semi-indio, desaliñado y malhumorado, se
ocupaba de hacernos sentir su superioridad. Desde las primeras lec-
ciones me convencí de que la pedagogía vigente corría pareja con el
mobiliario; algunos textos eran de preguntas y respuestas y no pocos
temas se nos tomaban de memoria. Pretendí rebelarme sin conseguir
más que la ojeriza del dómine. Humillaba mi patriotismo haber de
reconocer la superioridad de la escuelita pueblerina de Eagle Pass.
¿Sería posible que una escuela de aldea norteamericana fuera mejor
que la anexa a un Instituto ufano de haber prohijado de Ignacio Ra-
mírez, a Ignacio Altamirano?
Aproveché, sin embargo, la ocasión de afirmarme en el castellano
escrito. Tanto ejercicio en un idioma extranjero me causaba entorpe-
cimientos en el propio. Me complacía meterme en México, y sentir
cómo caía la cascarilla de barniz extranjero. Otras materias: geogra-
fía, historia, religión, creía yo saberlas mejor que el maestrito me-
chudo; lo acataba en lengua nacional y lo respetaba por temor de
que me declarase suspenso.
La semana transcurría rápida, pero el domingo era nuestro día pe-
sado. La mañana se dedicaba a la misa; pero la tarde se volvía un
martirio. Salíamos en grupo: la abuela, mi madre, los chicos; nos
sentábamos por las bancas de la Alameda húmeda, o caminábamos
EN TOLUCA 65

por la calzada casi lúgubre, que a imitación de la Reforma en Méxi-


co se empezaba a ornamentar. Llegábamos hasta las ruinas de un
templo que se quedó sin concluir; comprábamos los dulces de cala-
baza o de biznaga del dulcero ambulante y padecíamos la lentitud
del atardecer vacío. Población inhospitalaria, ni aldea ni metrópoli.
pero con los defectos de ambas. ¡Cómo echábamos de menos la des-
preocupada alegría de nuestro pueblo fronterizo donde rico y pobre
se trataban de iguales! Por el paseo toluqueño desfilaban indios em-
brutecidos bajo el peso de sus cargamentos, que no saludan por timi-
dez, y propietarios en coches, que no saludan por arrogancia.
Entre ambos, una clase media desconfiada, reservada, silenciosa.
empobrecida.
Resultaban mucho más animados los paseos que comencé a dar
por los campos anexos al Instituto. En Eagle Pass cada tarde de cla-
se era una fiesta. En nuestro Instituto la rutina nos ponía somnolien-
tos y escapábamos en grupos, nos dispersábamos por los llanos; nos
escondíamos entre el maíz ya crecido cuando el Prefecto desde la to-
rre del observatorio meteorológico nos echaba encima el catalejo
para anotar en seguida nuestras tarjetas. La pradera toluqueña está
surcada de "acequias", zanjones de agua clara y fría que se cubre de
una lentejuela verde o dorada que engaña al neófito. Si el paso res-
bala o el salto resulta corto, es fácil hundirse hasta el pecho en una
agua que pica como alfileres. Pero siguiendo los pasos, es grato mi-
rar alfalfares donde pasta el ganado lechero, milpas que ondulan mu-
sicales o feos magueyes que, en filas paralelas, trepan sobre las lade-
ras. Comíamos la caña del maíz tierno o nos íbamos rumbo del
cementerio a los puestos de fruta, en busca de jícamas y quesos de
tuna, condumios de cacahuate y tamales de capulín, naranjas y pláta-
nos.
Durante estos paseos trabé amistad con un condiscípulo: Palacios.
Imaginábamos alianzas eternas. Ocurre la separación, pasan los años,
vuelve a producirse un encuentro y se advierte tal discrepancia que
no se sabría decir la pa rt e que ha cambiado el amigo y lo que uno
mismo ha dejado de ser lo que fue.
Desde cualquier sitio despejado se goza en Toluca el panorama
del extinto Nevado. Verdes pinos tipo oyamel, visten la serranía cir-
cundante y suben por el cono quebrado hasta el límite de las arenas.
En seguida, sobre los riscos se posan nieves perpetuas. Por un costa-
do aparece la desgarradura del cráter extinto. En todo el valle, un so-
plo frío justifica el ademán del indio, embozado en su frazada...
Rostros inexpresivos bajo el sombrero de alas anchas; silencio y
^6 ULISES CRIOLLO

cautela; población que no ríe. Sólo en la sátira a media voz subraya


el más leve desliz del prójimo, con sorna despiadada.
Atmósfera enrarecida que amortigua el impulso y refrena el pen-
sar, se diría que también en lo espiritual y biológico determina, des-
de el valle, una mengua de la vida antes de suprimirla del todo a la
altura de las arenas volcánicas.

LA CORONACIÓN DE LA VIRGEN

Y, sin embargo, la vida devota de Toluca era intensa. Iglesias en ba-


rroco del dieciocho y fines del diecinueve, multiplican el lujo inte-
rior de oros auténticos sobre los capiteles y los frisos. Naves espa-
ciosas y sólidas cobijan altares y capillas neoclásicas, ricas de
mármoles, imágenes mediocres y candelabros de plata y bronce. Una
multitud de lamparillas eléctricas realza los dorados a la hora del ro-
sario, que ya no rezábamos en casa, sino en la parroquia o donde
más nos agradaba la arquitectura.
A menudo nos deleitaba el órgano, y una voz que cantaba las leta-
nías guiaba las nuestras, sumadas al ora pro nobis.
En las vísperas de los días de guardar, después del rosario, se can-
taba el Tantum Ergo, melodioso y sublime. Doblada la cabeza ante
la custodia radiante, fluía del corazón ventura sobrehumana.
Entre el rumor de los largos rezos revivo la imagen de mi tía
Concha, hija menor del primer matrimonio de mi abuelo. Estaría en
sus treinta entonces y se adornaba con unos lazos anchos de listón.
Su corta herencia la había puesto a rédito y pasaba con nosotros una
temporada. Era bajita, de cara muy ancha y de un blanco mate lleno
de arrugas prematuras. Unos ojos claros inexpresivos ayudaban a
darle aspecto de máscara, pero de movimiento, porque la acometía
un leve temblor de cuello cada vez que se quedaba inmóvil. La que-
ríamos por buena, pero era tan lela que la hubiéramos cansado a bur-
las si no fuese porque había en la casa un jefe amado y temido: mi
madre, que no entendía de bromas y aplicaba un azote cada vez que
era menester. Al concluir la misa de los domingos la tía se iba a la
Alameda con los pequeños y mi madre y yo nos quedábamos a cum-
plir alguna manda, que nunca faltaba. Por ejemplo: para que mi pa-
dre regresase antes de Navidad, y siempre con la advertencia de
"Dios disponga lo que más nos convenga". "Señor, apiádate de nues-
tro dolor y concédenos tu misericordia..."
—No pidas lo que quieres —aleccionaba mi madre—; pide lo que
convenga a tu alma. El Señor sabe mejor que tú lo que te conviene.
La iglesia estaba decorada en blanco y azul, y si no recuerdo mal
se llamaba del Carmen. El público endomingado en misa de doce
abandonaba el local apenas concluido el oficio. Nos arrodillábamos
entonces frente a un altar del costado derecho dedicado a una ima-
gen de la Inmaculada. Iniciaba mi madre los rezos: "Dios te salve,
María..." En voz baja yo también oraba fervorosamente. Un vigor
nuevo me enderezaba la espalda, ya fatigada de toda la misa. Un
bienestar inefable fluía de lo profundo de mi ánimo. Fijos los ojos
en la imagen santa empecé a descubrir efluvios de gracia infinita.
Las palabras bondad, misericordia, vagamente formuladas por el
pensamiento, se convertían en realidad sosegada y venturosa. Y era
como si todo el poder de los cielos se licuase en ternura. Mater mi-
sericordis, Madre del Eterno. De pronto, sentí que los ojos de la
imagen se movían; su rostro también descendía levemente. Una son-
risa de infinita dulzura estremeció el ambiente. La Virgen sonreía.
No me atreví a moverme. No comuniqué ni siquiera a mi madre
aquella evidencia, tan superior a mis merecimientos. Yo era obstina-
do, rencoroso y colérico; pero aquella sonrisa deshacía todos los nu-
dos de los reptiles internos. Mater misericordis: esta invocación era
mi eterno sésamo. Esforzándome oculté el llanto que nublaba mis
ojos. Mi madre, absorta en su oración, no advirtió lo que había ocu-
rrido. Salí de allí con mi secreto, para siempre... Más bien dicho,
hasta que pocos años más tarde, unos pedantillos miopes lograron
convencerme, en nombre de la ciencia, de que no había hecho sino
experimentar una alucinación... El caso es que no he vuelto a tener-
las, como no las tienen ellos. Nos falta la pureza del ánimo.
Un estremecimiento fervoroso recorría la ciudad. Las parroquias y
los barrios, el Obispado y el comercio, el pueblo todo se aprestaba
para la fiesta de la Virgen de Guadalupe en el cuarto centenario de
su aparición. Iba a ser coronada de diamantes y rubíes. La magnífica
joya labrada en Francia, toda de oro y gemas valiosas, estaba ya dis-
puesta. Cada uno de los creyentes había contribuido con unos cuan-
tos centavos, depositados en el cepo de cada iglesia del país. Prohi-
bida por la ley toda manifestación externa, había, sin embargo,
bastante tolerancia para no impedir que las familias, a su antojo, de-
coraran las fachadas, iluminasen balcones y azoteas. Con anticipa-
ción a la gran solemnidad nos dedicamos en casa a pegar papel de
China en banderolas y farolillos. Con ramas de pino tejíamos guir-
naldas que, enfloradas, se colgaban de los dinteles. En el barandal
del balcón pusimos una tela tricolor con la estampa de la Guadalupa-
na en marco dorado. Sobre el balaustre, vasos de agua teñida que en
la noche, con una capa de aceite y una mecha, se volvían lámparas.
68 ULISES CRIOLLO

En las calles del centro de la ciudad el adorno resultó fastuoso. Lu-


nas de espejo y tapices cubrían los tableros de las fachadas y sobre
el balcón tápalos de seda y mantones de Manila. En las cornisas una
hilera de vasos de color para la iluminación nocturna. Flores
en abundancia, en coronas o guías y en tiestos, pájaros en jaulas do-
radas.
Las avenidas, habitualmente silenciosas y casi desiertas, comenza-
ron a llenarse de peregrinos venidos de los distritos; también de un
gran número de indígenas de serranías próximas. Repletas las posa-
das, los más humildes pasaban la noche en el parque o en el atrio de
los templos. Y amaneció el día glorioso con repiques de campanas y
cohetes. El sol de otoño iluminó un cielo sin nubes. Pulimentó las
montañas y los edificios. La brisa del volcán refrescaba los rostros
alborozados. A las once ya no cabía gente en la Catedral. Entre nu-
bes de incienso y polvo y vaho de la multitud, fosforecían las bom-
billas eléctricas, desvanecidas por el sol que entraba a raudales. A
las doce, las campanas a vuelo y el clamor de los fieles glorificaban
el instante en que el arzobispo en la Basílica de Guadalupe desco-
rría el velo sobre la imagen coronada: Reina de los Mexicanos. En
los lienzos de las paredes y en los frisos, escrito con luces o con flo-
res; resplandeció la leyenda célebre: Non fecit talliter omni nationi.
Afuera, como en día de fiesta patriótica, una multitud abigarrada
rebasa las aceras, circula por el pavimento. Los puestos de frutas y
las "fritangas" atraen forasteros; atruenan los gritos de los vendedo-
res; indias bien lavadas, detrás de sus ollas de barro, invitan a probar
las aguas frescas de jamaica y de chía, la horchata de melón y el
agua de cebada, la limonada.
Luz, calor y colores, confusión de castas, dialectos indígenas, tra-
jes bizarros; todo el México misterioso y complejo que el sentimien-
to religioso, hábilmente ligado a la idea de patria, unificaba un ins-
tante. El Non fecit talliter, a través de nuestra historia angustiosa,
podría parecer irónico a un juez imparcial; pero a nosotros nos con-
firmaba la promesa de un augusto destino colectivo.
La tarde se empleó en recorrer las iglesias ornamentadas para la
ocasión. Tenían todas fragancias como de camelias o de jazmines,
azaleas y azucenas. En torno a las columnas se habían puesto pal-
mas, y en los frisos guías de laurel o de pino enflorado. El púlpito y
los frontales de los altares lucían paños bordados. Pendientes de las
arañas de la iluminación se veían bolas de vidrio de color y naranjas
ensartadas de banderitas de papel de oro temblante. En las gradas de
algunos altares se habían puesto tiestos de trigo crecido a la sombra,
de un verde pálido misterioso. Una orquesta humilde pero melodiosa
y voces dulces se esparcían desde el coro; en la transición del cre-
púsculo se apagó afuera el día; pero los cirios y las lámparas eléctri-
cas prolongaron por dentro la solemnidad que se hubiera deseado
inacabable.

LOS JACOBINOS

No habían pasado tres días de la fiesta cuando una mañana fuimos


sacados de clase a gritos y empellones. Reunidos desordenadamente
en el patio del Instituto se nos agrupó a la cola de los estudiantes
,

formales, a la vez que corría la orden gregariamente acatada: mar-


charíamos en manifestación contra el clero. Se nos repartieron ban-
deras. Inició el desfile el portaestandarte del colegio; lo seguimos en
número de cien o doscientos. En la calle tomó nuestra retaguardia un
grupo de enlevitados, suerte de frailes del laicismo. A la entrada de
la ciudad se nos unió una porción del populacho y comenzaron los
discursos. En cada bocacalle hacíamos alto. Sobre el techo de un co-
che algún orador gesticulaba; en coro respondíamos: "¡Muera, mue-
ra!" Se me quedó el nombre de uno de los que arengaban: Lalan-
ne... Raúl Lalanne, bien parecido, abogado joven y no sé si diputado
al Congreso por... don Porfirio... Su fama se asentaba en simpatía
personal y en la gloria de su padre, general de Juárez en la lucha
contra el Imperio. Con ademán resuelto increpaba a los frailes y
amenazaba los "conventículos". Detrás de algunas ventanas que la
persiana velaba imaginábamos monjitas asustadas de las amenazas
de nuestros conductores. Éramos el rebaño que lanzaban las logias
como advertencia a la población católica que se atrevió a estar con-
tenta el día de la coronación. Y de los gritos no pasamos, a causa de
que los conventículos estaban bien protegidos por la policía porfiris-
ta, y nuestros liberales, valientes contra las reclusas, se mantenían
respetuosísimos frente al último gendarme del régimen.
Llegamos hasta la Alameda gritando: "¡Vivan las leyes de Refor-
ma...; mueran los curas...!" Los caballos de la policía, apostados en
las bocacalles, hacían patente la farsa de aquel entusiasmo libertino
que de ser sincero hubiera dado contra el Dictador. Obligados a gri-
tar "¡Viva Porfirio Díaz!" junto con Juárez, desahogaban su despe-
cho de serviles increpando a un clero ya sin poder, confiscado en sus
bienes, tolerado apenas por el poder público. Y ante la estatua de
Juárez se formulaban juramentos en nombre de esta heroica juven-
tud liberal del Instituto que incubó el genio de Ramírez.
ULISES CRIOLLO

Tan poca importancia se daba a semejantes escándalos, que mi


madre no se alarmó de mi intervención en ellos ni nadie habló del
asunto al día siguiente. Se sabía que don Porfirio dejaba ladrar, de
cuando en cuando, sus perros; pero no les permitía morder. Tan
Poco influyó sobre mí el plantel toluqueño, que lo dejé sin sospechar
:l conflicto de la doctrina aprendida en mi casa y la que en México
:mpone el Estado.

LIBERACIÓN

Las fiestas guadalupanas terminaron el doce de diciembre —,año


1895?—. La Navidad la pasamos triste y, si no me equivoco, días
antes de Reyes llegó el telegrama largamente esperado en que mi pa-
dre nos anunció su nombramiento de contador o segundo jefe de la
Aduana de Campeche. A las noches de ensueños con lágrimas suce-
dían ahora insomnios de ilusión ardiente. Pronto volvería a ver aquel
rostro que irradiaba protección casi divina. Contando los días y las
horas del trayecto en ferrocarril adornábamos la casa. Desde la vís-
pera quedó decorado el comedor y dispuesta la mesa del desayuno.
Y, por fin, nos despertó temprano el rodar de un coche a la puerta.
Subió mi padre seguido de cargadores con bultos. Batió el corazón
grandemente sobresaltado en tanto que los abrazos confirmaban el
júbilo. Después, a destapar envoltorios con los obsequios, a enrique-
cer la mesa con las golosinas compradas al paso del tren por el Ba-
j lo.
Tan regocijados nos traía la marcha a Campeche, que no recuerdo
detalles de mi despedida del Instituto. El paso rápido por la capital
me renovó la impresión del alquitrán sobre el asfalto, olor de chapo-
pote que extendía su alfombra de lujo nuevo al pie de los antiguos
palacios de la Colonia.
Muchas veces he contemplado el panorama famoso del descenso
de la meseta por el Ferrocarril Mexicano a Veracruz, o viceversa. He
recorrido el camino en tiempo lluvioso y en la época de las sequías.
Lo he observado de noche bajo la luna y más frecuentemente a ple-
no sol; pero nunca experimenté deslumbramiento parecido al de
aquel primer tránsito por nuestra tierra cálida. Desde la víspera, ima-
ginábamos el esplendor de los parajes más célebres: las Cumbres de
Maltrata y el Puente de Atoyac. ¡Las veces que el Atlas ilustrado
de García Cubas nos había anticipado tales goces! Me sobresaltaba,
también, saber que, por fin veríamos el mar. Sólo quien ha pasado
LIBERACIÓN 71

sus primeros años en la meseta, lejos de la costa, comprende la an-


gustia de tener que estarlo imaginando sin esperanzas de verlo.
Desde la madrugada, horas antes de la partida del tren, estuvimos
en pie, aseados y empacando lo que debía ir a mano. En la estación
de Buenavista ocupamos un vagón de segunda apenas estuvo dis-
puesto, porque cada cual quería ganar asiento de la derecha, donde
se obtienen las vistas mejores; perder una sola equivalía a privarse
de un plato del banquete con que regalaríamos el alma sedienta del
vino de las visiones hermosas.
Los llanos de Apan son feos con sus arenales pedregosos y la
cuadrícula interminable de los magueyes; sin embargo, toman aspec-
to de castillo las construcciones robustas de las haciendas, y las al-
deas seducen por el encanto singular de sus iglesias de portada ba-
rroca y campanarios ligeros. Un sol implacable calienta el páramo, y
en el confin azul se engendran mirajes caprichosos. Nombres de
epopeya como Otumba míranse decaídos sirviendo de rótulo al des-
pacho de boletos del ferrocarril.
En cada estación se llenan los andenes de vendedores de esos ex-
traños comestibles deliciosos únicamente para los iniciados: gusanos
de maguey y pulque, to rtillas de maíz y aguacate.
La emoción del viaje comienza en Esperanza. Cambia el clima al
iniciarse el descenso y se modifica la topografia. En vez de llanuras
devastadas, montes reverdecidos y húmedos de lluvia reciente. A di-
ferencia del aire seco y transparente de la meseta, una atmósfera car-
gada de aromas vegetales, acariciada de nublados que dejan lustroso
el añil del cielo. Y en las laderas, sobre los prados, vacas gordas y
apacibles; una impresión de comodidad favorable a la vida; disten-
sión sedante tras de la vaga angustia latente del altiplano.
Como por los pasos de una complicada arquitectura el convoy pe-
netra por la hendidura de las montañas, a la vera de los cantiles.
Frescas orquídeas decoran un risco. Al fondo de un abismo corren
aguas en perpetua efervescencia. Luego cañón rocoso y luego, en las
abras, la amplitud del cielo sobre el océano de la serranía. En luz
viva refulgen peñas y plantas que exhalan fragancias. En el vagón ha
cesado el bullicio; los viajeros aplican el rostro a las ventanillas.
Tiembla en el aire el ritmo de allegro que acelera el paso lento de la
meseta. No sólo los ojos, los sentidos todos despiertan a la llamada
de la armonía.
Cuando en los precipicios se asoma la cabeza al filo del terraplén,
el vago terror se calma advirtiendo la solidez de los durmientes de
acero y el seguro declinar del rodaje, la blandura de los muelles. Fe-
ULISES CRIOLLO

rrovía construida por el sesenta, por ingenieros ingleses y mexica-


nos, es todavía la mejor de la nación y hace contraste con las más
recientes entregadas por el porfirismo a concesionarios norteameri-
canos, que a la mala técnica sumaron el abuso de excluir al nacional
de toda colaboración. Un tono de orgullo patriótico acrecentaba el
efecto exorbitante de los panoramas.
Y hace falta proveerse de buen acopio de don admirativo, porque
una tras de otra emergen perspectivas sublimes.
Sólo a caballo o a pie se las podría apreciar cumplidamente. Rápi-
dos y deslumbrantes van quedando atrás vislumbres de picos ne-
vados y valles feraces. Al lado de la vía, las grietas del granito rezu-
man humedad cristalina y se revisten de musgo. En las cañadas la
vegetación teje malezas lujuriantes. A la orilla de un precipicio, los
basaltos verticales dan testimonio del trabajo milenario de un torren-
te que a escalofriante profundidad se derrumba todavía más abajo y
serena su caer con el rayo de luz que irisa las espumas.
Los túneles nos producían sobresalto divertido: no hay uno solo
en nuestras rutas de los desiertos fronterizos; ahora, casi en cada
vuelta, la locomotora taladra la montaña; la respiración se corta en la
negra oscuridad humosa, y el ruido de la marcha ensordece; hay un
minuto de zozobra y luego se inicia al frente una claridad que va en
aumento; en seguida luce de nuevo la tarde espléndida. Los ojos se
esfuerzan por captar las visiones maravillosas que se nos pierden
para siempre. Pero otras más vienen a calmar la avidez. Privada de
belleza el alma mientras ignora el trópico, ahora, por fin, se sacia y
goza.
Avanzamos sobre un corte elevadísimo; las nubes al alcance de la
mano se posan sobre abismos. De pronto, un claro en las gasas de
la bruma nos descubre el llano de la sima amarillo de mieses, cua-
driculado de riegos, salpicado de caserío de muros blancos y techos
rojos. Impacientes, los espectadores gritan: "¡Maltrata!" Bajamos
por la famosa pendiente que los guías del turismo titulan las Cum-
bres de Maltrata.
Al nivel del llano y por las cercanías de Orizaba, el territorio se
ensancha, la serranía se aleja y la brisa adquiere tersura de velos, ca-
ricia de aromas. Sobre la tierra feraz tejen enramada los cafetos, más
altos que un hombre. Lustrosos y ubérrimos ondulan los platanares.
Surcan el valle corrientes cristalinas y rápidas, sugiriendo la fuerza
que moverá turbinas. Apenas distantes, las montañas apretadas de
vegetación parecen abrigar los frutos y los animales del paraíso.
Hurga el tren por la entraña de una manigua domesticada, embe-
llecida con la humana tarea. Torres y chimeneas marcan la ubicación
LIBERACIÓN 73

de las fábricas de Río Blanco y Nogales. Más allá, y emergiendo de


la espesura verde, campanarios blancos, cúpulas rosadas, pórticos lu-
minosos de Orizaba, la Pluviosilla, que nos pareció la bien lavada
porque constantemente las brumas le pulen el firmamento azul y los
aguaceros le lustran el empedrado de las calles, y las vidrieras de sus
ventanas, sus fachadas y azoteas. Nutridos de aire fresco y balsámi-
co, entramos bajo el cobertizo de la estación.
Público abigarrado de tierra intermedia, visten unos paños y otros
lino. Una infinidad de vendedores se acerca ofreciendo racimos de
plátanos; los hay grandes para freír, medianos para alimento y pe-
queños "dedos de dama" que ya son golosinas. Llaman la atención
piñas de rabo lustroso sin garfios y leve rugosidad encendida, gran-
des como antebrazo y dulces, tiernas, sin una fibra. En cestos se ven
naranjas ardidas de piel fina, jugosas. Casi se las desdeña ante el
prodigio de los mangos, tipo Manila, gruesos y amarillos, moteados
de negro por la maduración, jugosos y dulces hasta el hueso, de lá-
mina transparente, color de ámbar. Abundan igualmente mameyes
y chicozapotes, anonas y ciruelas. Fiesta de las frutas; si nada más
eso nos diera el trópico bastaría para hacerlo región privilegiada del
globo.
Lo que se ve a poco de traspuesta la estación de Orizaba es una
de esas maravillas que justifican la afición de los viajes. Tan rápido
resulta el encanto, que se quisiera deshacer el camino andado. Sa-
liendo de un túnel, resbala el convoy sobre un puente ancho y pro-
longado pasmosamente sobre el abismo. Elegancia en el alarde téc-
nico, sorpresa de no haber caído en la sima que nos circunda, serena
marcha de los carros ligeramente frenados. Vasto panorama de la ca-
ñada y las selvas, todo compone una suerte de sublime armonía. Un
barandal de hierro protege el estrecho andén; por encima miramos
las pilastras, mitad mampostería, mitad entramado de acero. Esbeltas
y macizas, describen leve curva y apoyándose sobre el lecho pedre-
goso del río sostienen el viaducto entre los flancos de la anchísima
barranca. Salto entre dos sierras ornadas de vegetación lujuriosa y
tupida. Ni una huella de camino, ni siquiera de veredas. Pronto en el
otro extremo del puente nos traga la boca de un túnel. Durante un
instante nos vimos suspendidos en el espacio intermedio, maravilla-
dos e inquietos por atinar con la única salida del abismo, la oquedad
minúscula y oscura por donde hemos taladrado la peña para ganar
terreno sólido después de la proeza del salto. El túnel se abre a poca
distancia sobre el flanco de otra cordillera, desde la cual vemos en
perspectiva el conjunto del puente y la barranca famosa de Metlac.
} ULISES CRIOLLO

EL MAR

Paramos en el Hotel Oriente, desde cuyas ventanas, nos dijeron, ve-


ríamos de mañana el mar. Comenzaba la noche y soplaba viento
"norte", caía llovizna. La oscuridad lóbrega que a esa hora envolvía
las ventanas por la dirección de la costa nos produjo desilusión. Y
como no admitía plazos nuestra impaciencia, después de rápido aseo,
nos echamos a la calle por los almacenes de la Aduana y el muelle
fiscal. La verja de hierro estaba todavía abierta y nos fue fácil avan-
zar unos pasos hacia afuera del cobertizo. Una ráfaga huracanada y
acuosa nos azotó el rostro; la luz del farol eléctrico se perdía en una
masa de sombras. De pronto, un retumbo del piso levantó espumas
que brillaron un instante en el reflejo del foco eléctrico. Azotó en se-
guida la ola casi delante de nosotros y barrió la anchura del espolón.
Habíamos visto el mar terrible, o mejor todavía, lo acabábamos de
sentir, hosco, inexorable.
Dentro del puerto la lluvia cesaba a ratos y el aire se ponía oloro-
so, con ese olor peculiar de la putrefacción y la vida combinadas;
mezcla de algas, yodo y detritus, vaho tonificante que seduce al re-
cién llegado aunque los habitantes de la costa ya no lo adviertan...
Tras de callejas ahumadas y sombrías desembocamos frente a la to-
rre del faro Benito Juárez. En la farola giraban los espejos; destellos
cambiantes, firmes, triunfaban de la sombra del viento. Y era como
un ojo auxiliar de la conciencia del hombre, metido dentro del caos
y la furia de los elementos.
El caudal de los recuerdos no es precisamente la cinta del cinema
que se desenvuelve rápida o lenta, sino más bien una muchedumbre
de brotes arbitrarios, parecidos a las explosiones de la cohetería noc-
turna que unas veces revienta en ramillete de luces y otras falta de-
jando sólo humo. Así las imágenes en el juego del recordar acuden o
se pierden según motivos que nos escapan y sin que la importancia
de la ocasión suela ser decisiva para fijarlas. No es extraño que entre
tantas otras me venga a la mente, clara como la vez primera, la vi-
sión de aquel mar verde y rizado que a poco de amanecer contem-
plamos desde la ventana de nuestro humilde cuarto de la vieja hos-
pedería veracruzana.
Los buques no atracaban al muelle en la época anterior al drenaje
de la bahía. Los pasajeros se transportaban en bote de remos hasta el
barco fondeado a una milla de la costa. Y en tardes de "norte" como
aquella en que por primera vez bogamos en el mar, solía ser más pe-
ligroso el embarque que todo el resto de la travesía... Sobresaltados,
nos apretábamos dentro del barquillo que ya se clavaba en las líqui-
das simas, ya trepaba a la cresta del oleaje amenazando volcarse. El
viento arrebataba nuestros gritos, mezcla de terror y de juego. Los
bogas, con puños firmes, impulsaban, y el timonel atento a los gol-
pes de mar los esquivaba sin evitar que, a ratos, azotaran la banda y
nos bañaran el rostro o la espalda. Fueron unos diez minutos de an-
gustia, seguidos del consuelo de pisar la escala, levantados casi en
peso por la marinería, hasta los encerados de un vapor flamante de
aseo. Apenas instalados nos hicieron ver, en la torre de las señales,
la bandera negra que indicaba el cierre del puerto para las embarca-
ciones menores, precaución indispensable cuando arreciaba el tem-
poral. Orgullosos del riesgo que habíamos corrido, prolongábamos
los comentarios: que si Fulano mostró menos temor que Mengano;
que si tal ola fue la más imponente y pegó más fuerte que todas las
demás.
Pero el entusiasmo marinero se cortó en seguida; el barco se hizo
a la mar en pleno vendaval, y un mareo desesperado nos echó al ca-
marote, a contemplar la claraboya ya opaca, ya clara, según el azote
de las olas.
Cedió el viento al amanecer y el sol en pleno golfo nos deparó un
día espléndido. No se veía la costa, pero nos sabíamos en la ruta de
Grijalba. En el mapa de mi geografía escolar aquel rincón de Tabas-
co estaba señalado como el sitio de la tierra en que es más gruesa la
capa vegetal. Cincuenta metros de humus para las raíces de una sel-
va que imaginábamos hermosa y terrible. Al llegar la noche la luna
iluminó el mar. Avanzaba el barco dentro de un halo y removiendo
el silencio infinito, con el eco regulado de los pistones del motor.
Una estela de viva luz marca el paso de la nave y la extensión líqui-
da tiembla y cabrilea, irreal como las figuras de un sueño. Permea el
ambiente dulce y misteriosa paz. Hablan las almas en diálogo lento
mientras el cuerpo se entrega al reposo:
—¿Y es cierto, mamá, que algunos han visto cara a cara a
Dios...?
—¿Por qué no? Es tan grande su poder que, sin empequeñecerse,
sin dejar de ser infinito, puede revelarse a los limpios y justos de co-
razón...
Por el ojo del camarote entra todavía un rayo de luz; contagiada
del cuerpo, la mente se adormece y el ritmo vibratorio del barco en-
vuelve a sus habitantes y los transpo rta por la apacible, luminosa in-
mensidad.
7
6 ULISES CRIOLLO

CAMPECHE

Nuestra casa de Campeche tenía un balcón grande y dos laterales,


sobre la playa y sobre el mar. Desde los barandales mirábamos a la
derecha el muelle fi scal, sólido espolón de mampostería y cobertizo
de teja colorada. Al frente, un mar de aceite poblado de velas y más-
tiles; barcas airosas de Noruega de cinco palos, veleros de tres y go-
letas; además, lanchones diversos, y el vaporcito de la Aduana; botes
de remo amarrados a sus anchas. En la lejanía, un confin azul sin
término y una que otra vela de pescadores remotos.
Por la línea de tierra un caserío reducido de dos cuerpos con teja-
dos y azoteas, se cierra en los extremos con el macizo mamposteado
de dos fortines batidos de olas. Uno de ellos guarda todavía el cañón
quitado al Lord pirata inglés que fracasó en sus intentos de rapiña.
El saliente opuesto se usa como torre de señales.
Los bajos de nuestra casa servían de almacén de maderas y el pa-
tio albergaba un aljibe. Periódicamente la marinería extranjera se
surtía en él de agua potable para sus barriles de a bordo. Ocasional-
mente los tablones de pino del Norte salían de las calas noruegas
para ser almacenados en el bodegón de nuestro primer piso inferior.
Lanchones repletos del valioso palo de tinte —palo de Campeche—
vaciaban sus cargas al vientre de los navíos.
Fuerte olor de humedad marina exhalaba desde el zaguán todo el
departamento bajo de nuestra morada. Una escalera espaciosa de
gradas bajas y anchas siempre oreadas, facilitaba el acceso a un am-
plio corredor, pavimentado de mármol a cuadros negros y blancos.
Igual pavimento lucía en el salón ancho y con vista al mar, situado
entre dos alcobas también con balcón y techos altos, paredes encala-
das. Por todo moblaje un ajuar austriaco de bejuco, sofá, mecedoras
y silla, una mesita; y en las puertas cortinajes largos de punto blanco
eficaces para mitigar la luz sin mengua de la brisa. En escuadra se-
guían otras habitaciones hasta el comedor opuesto a la sala.
Por camas teníamos catres de lona con mosquitero, según el uso
en toda la costa; pero pronto los chicos aprendimos a disfrutar de la
hamaca, suspendida dentro de la alcoba. Tan bien me acomodé en
ella, que muchos años después he podido recobrar sin esfuerzo la ha-
bilidad necesaria para sentarse, recostarse y dormir sin desasosiego.
El uso de la hamaca sugiere un aspecto general de rusticidad y aglo-
meración de bohíos; sin embargo, Campeche posee abundancia de
casas señoriales, sólidas y enjalbegadas de ocre o de rosa, o de azul,
con balcones y rejas. Los interiores suelen estar espléndidamente pa-
CAMPECHE 77

vimentados con mármol hasta el patio, decorados con plantas. El


empleo frecuente del pavimento de mármol en pequeñas baldosas
cuadradas blancas y negras, se explica por los veleros italianos que
lo llevaban casi de lastre, cuando acudían a cargar el palo de tinte.
Por la misma razón abundan también en el puerto el ladrillo rojo y
la teja de Marsella. El jardín público, las casas mejores, la Catedral,
tienen el piso de mármol. Ciudad bien calzada, pues, y anchamente
construida para una población doble o triple de la que había enton-
ces. Me complacía confirmar esta última observación que ante-
riormente leyera en un diccionario de geografía escrito en inglés y
que formaba parte de nuestra pequeña biblioteca familiar ambulante.
La Aduana y el edificio del lado opuesto de la plaza desplegaban
galerías de soportales a la italiana. En el jardín del centro había
bancos de azulejos y camellones de follajes con jazmines de fuerte
aroma. Fachadas en ocre vivo, luz intensa y azul profundo, calor y
soledad.
El panorama desde nuestro balcón era para colmar horas contem-
plativas. Las velas pequeñas, perdidas con el horizonte, habituaban
el ojo al mirar largo, distante y total. Soplos de brisa traen el gusto
de la vida exúbera del mar, especie de prana acuático que entona y
complace. En la playa una cinta de arena blanquecina refulge casi
hiriendo la vista; el azul, en cambio, la reposa, claro en el firmamen-
to, verdoso en la extensión del agua.
Diáfanas lejanías ensanchan el pensar y lo serenan. Cuando el sol
llega al cenit y no queda una sola sombra ni en la tierra ni en el mar,
todo lo que tiene vida busca el refugio de un techo o de un toldo.
Los bogas de piel tostada y recia musculatura trasudan la camiseta
de punto, suspenden sus faenas y, tras del almuerzo, duermen. El co-
mer abundante derrama el sudor sobre la piel bien bañada; pero lue-
go la hamaca, al mecernos, finge una brisa. La imaginación, en tan-
to, trabaja con fiebre. Se producen dinamismos parecidos al que
determina la acción de los explosivos. Irrumpen los ensueños desor-
bitados y, a veces, la naturaleza también saca de su calma comprimi-
da el drama que la desfoga.
De la nada de un cielo claro surgen de pronto gasas y en seguida
nubarrones densos; el viento, minutos antes quieto, se torna huraca-
nado; cuaja la lluvia en chorros. Rápidamente el cielo de azul se
pone oscuro y las olas barridas por el vendaval se miran turbias,
se rizan primero, después levantan crestas, se agitan los barcos, sa-
cuden sus mástiles, corre la marinería arriando velas, afianzando las
anclas, apuntando las proas sobre la marea. Los relámpagos ya muy
ULISES CRIOLLO

próximos comienzan a coincidir con el trueno; deslumbra el zizag de


una descarga próxima. El firmamento se vacía en cascadas, los cana-
les vomitan alegres chorros, inundan las baldosas de las aceras.
Pronto y sin metáfora las calles son arroyos. En seguida, súbita,
como vino, se va la tempestad y el cielo se abre lavado y azul, puli-
do y luminoso. Las casas mojadas, el empedrado lustroso, hacen
marco a una prolongación riente, aliviada un instante del bochorno;
anegada de luz después del baño de agua y de viento.

EL INSTITUTO CAMPECHANO

Ocupa el local de un antiguo convento, anexo a una iglesia, de torre


barroca y portada en blanco y azul. Un moho de humedad mancha el
encalado del doble piso con balcones. El patio lo cierran arcadas de
cantería y sus baldosas están verdes de lama. Contiene la planta baja
el gimnasio, la biblioteca y algunas aulas.
Arriba, contra los muros del corredor, había unas bancas destina-
das al ocio. En lo alto de la pared, unos pergaminos en sus marcos
recuerdan la hazaña de los alumnos del primer premio. Una puerta
conduce al salón de actos decorado de cortinas en terciopelo carme-
sí, sobre los balcones de la calle y en el dosel que ocupa el fondo.
En otro extremo la Rectoría, el gabinete de física y, en torno, las au-
las. Modesto y reducido el plantel, no daba la impresión de abando-
no del Instituto toluqueño. Se veía animado de alumnos y bien cui-
dado en sus distintos servicios.
Al principio, la Institución me rechazó. Mis papeles no iban en
regla, faltaban cinco meses para los exámenes; debía yo ir a la pri-
maria superior, establecida en la acera de enfrente, para refrendar en
ella mis estudios y poder ingresar al colegio en el próximo curso.
Aunque es usual olvidar los dolores y guardar memoria únicamente
de las alegrías, hay contrariedades que se recuerdan toda la vida. Me
condenaban a un año de atraso. Mis padres insinuaron que había que
someterse y esto acabó de obstinarme. Casi ni comía ni dormía y les
amargaba el reposo. Hablé inclusive de que me mandaran a la capi-
tal para iniciar allí mis estudios definitivos. Se trataba de mi porve-
nir; no había ido a provincia para ser rebajado de categoría... ¡qué
se creían los del Instituto!, etc. Y así fastidié horas y días. En el pe-
cho se me clavaba un dolor y en la garganta una congoja y en la vis-
ta me cegaba una sombra. Tanto angustiaron mis quejas que mi pa-
dre movió desconocidos y amigos hasta lograr que me admitiesen de
EL INSTITUTO CAMPECHANO 79

oyente, de supernumerario, pero no con derecho al examen de doble


tiempo que se imponía a los extraños.
En Campeche comencé a asistir a cátedras especializadas. Los
profesores eran, en general, superiores a todo lo que antes había co-
nocido. Reclutados entre los profesionistas distinguidos de la locali-
dad, cada uno trabajaba por afición, ya que el sueldo era mísero. No
pocos prestaban sus servicios gratuitamente, según tradición honrosa
de amor a la cultura y servicio de la localidad. Sin tan patriótica de-
cisión de los particulares, el Estado, siempre en bancarrota, no ha-
bría podido remplazar a las comunidades en el servicio de la ense-
ñanza secundaria que les arrebata en la Reforma.
En el colegio campechano, además, y por lo mismo que no había
de por medio gajes oficiales ni partidarismo político, no existía la
pasión jacobinizante y anticatólica del Instituto de la Toluca helada.
Los de Campeche, fáciles de trato, "campechanos", no eran para es-
tarse cultivando rencores ni de religión ni de política. Inclinados a la
buena vida, despreocupados, bromistas, poetas más bien que teori-
zantes, ponían más orgullo en un buen decir que en el dogma cre-
yente o partidarista. Por ejemplo: nuestro profesor de Gramática,
apellidado Aznar, abogado, poeta y lechuguino, redactaba con énfa-
sis largos párrafos del texto de otro Aznar yucateco, pariente suyo:
"No acierto a comprender", etc., etc. El "no acierto" me dejaba im-
presión de suprema elegancia retórica.
Don Joaquín Maury se llamaba, si mal no recuerdo, el catedrático
de Historia Antigua y de Grecia. Al texto francés de Dury agregaba
unas notas de geografia antigua con mapas a pluma y léxico erudito;
el Ponto Euxino y el Hellesponto, el Chersonese y la Thracia. De
una gramática latino-francesa y del Nebrija, copiábamos los ejerci-
cios del rosa, rosae, rosam. Según mis recuerdos, nunca pasamos, ni
en el segundo año, de la primera conjugación; amabo, amabis, ama-
bit. El estudio se nos hacía pesado porque casi no traducíamos, y
sólo se nos exigía de memoria el recitado de los casos y las conjuga-
ciones.
En general, se abusaba de nuestra memoria y lo atribuía yo al
atraso del plantel, infatuado como estaba por mi experiencia moder-
nizante de la escuela de Eagle Pass. En esta última, la memoria que-
daba circunscrita a la aritmética y el deletreo. Y aun en estas disci-
plinas se procuraba desarrollar la destreza más bien que la retentiva.
A pesar, pues, de mi mala memoria y de mi resistencia, logré gra-
barme en la mente ciertos conocimientos útiles como las conjugacio-
nes francesas, J'ai, tu as, il a, y la sintaxis de la y, con párrafos del
so ULISES CRIOLLO

Telémaco: Calipso ne pouvait se consoler du départ d'Ulysse, etc.,


etc. No éramos capaces de dialogar un minuto en francés, pero repe-
tíamos versos y tiradas de prosa pronunciando a la manera de Car-
cassone, ou toutes les letres sonnent, y, peor aún, conforme a nues-
tra nativa prosodia castellana, modificada apenas con una que otra
regla no muy fija como la de que al suena e y por lo mismo se dice
pen para pedir pan, aunque luego resulta que en París pronuncian
pan.
En la clase de geografia estalló mi protesta. Bien estaba que en
latín o en gramática se nos recargase la memoria; por lo menos, yo
no conocía otro sistema; pero en geografia, magistralmente enseñada
en Eagle Pass, no me sentía sumiso. Me agobiaba tener que repetir
la lista de los nombres de los departamentos de Francia: Sena; Sena
y Oise; Sena y Marne, ochenta y tantos títulos castellanizados por
nosotros, es verdad, pero no por eso menos inútiles. Lo dije así en
clase negándome a dar la lección. Quise aducir razones para mi ne-
gativa, pero el profesor se irritó echándome un regaño de esos que
hacen época en un curso. Se llamaba el profesor don Evaristo Díez,
y aunque mucho más tarde había de encontrar en él un afectuoso y
desinteresado amigo, por aquel entonces se me convirtió en obse-
sión. Por muy injusto que haya sido su reproche, reconozco el bien
que me hizo llamándome pedante, porque lo era. Humillado, pero
advertido del peligro, decía: —Perderé más tiempo aún, ya no sólo
en la clase de don Evaristo, sino también en la de historia, en la que
nos exigían la lista de los reyes de Francia y de los emperadores az-
tecas, con la dinastía tlaxcalteca de Nezahualcóyotl. Por fortuna, ol-
vidamos todo eso en el instante de concluir el examen. Lo que pro-
curé retener con precisión, por desgracia corrió igual suerte de
olvido: los personajes y los episodios de la mitología griega. Más in-
teresantes, sin duda, que la genealogía de los Capetos y los Luises,
hacen falta para leer a Homero. Y menos mal que comprendía nues-
tro curso de historia griega un texto francés de Mitología. Aparte de
que el Telémaco, texto obligado de la clase de francés, nos exigía re-
pasar la epopeya helénica; sin embargo, nunca me sentí harto de me-
ditar los sentidos y pormenores del mito.
El santuario del Instituto era la Biblioteca. Entraba a ella con
emoción parecida a la que me producían las iglesias. El relente de
los viejos infolios sugería el incienso, y la manera de ensanchar el
alma con los libros se parecía al despliegue de la oración. No era
muy grande la sala, pero sí acogedora. Una estantería de madera de
zapote, morena y olorosa, cubría casi las paredes y encerraba perga-
minos que fueron de conventos y volúmenes de pasta francesa ad-
EL INSTITUTO CAMPECHANO 81

quiridos por la dirección. En algunos tableros sin estante y en el fri-


so había figuras en honor de la Ciencia. Según recuerdo, una Astro-
nomía, grave matrona con su astrolabio. Una turgente Geometría, ar-
mada de compás y en los festones, letreros alusivos al sistema de
Copérnico, al principio de Lavoisier. Equivalía aquello a las imáge-
nes que dan vida a los templos. Desde entonces me quedó la idea de
hacer, alguna vez, una biblioteca más grande según el mismo plan.
El derecho de usar de aquella biblioteca fue para mí don mayor
que el de asistencia a las clases. Nunca había tenido a mi alcance tal
número de libros. Lo leía todo con la avidez del que va adquiriendo
un vicio que subyuga. Un asunto que me llevaba a otro. El conoci-
miento del francés escrito era como haber obtenido el sésamo de
nuevos mundos del espíritu. Me cayó en las manos una historia de la
astronomía, desde los caldeos y Tolomeo hasta Leverrier y el descu-
brimiento de Neptuno. De allí pasé a hojear volúmenes de astrología
y de magia. No me interesaba la técnica de cada ciencia, sino las
conclusiones en cada caso alcanzadas. Por ejemplo: a la astronomía
le hubiera pedido exclusivamente que me explicase los prodigios de
la estrella de los Reyes y a la física el mandato que partió en dos el
Mar Rojo. Desde entonces buscaba en la ciencia, no la tesis abstrac-
ta ni la receta del práctico, sino el testimonio y camino de la verdad
total concreta y viviente.
Con la terminación de los exámenes y tranquilizado por un éxito
fácil, pude aumentar las horas destinadas a la lectura. Por lo común
pasaba las mañanas encerrado en la biblioteca. La tarde calurosa se
dedicaba a la siesta y el baño. Por la noche, mientras mi madre aten-
día a preparar la cena en la cocina misma, donde auxiliaba a la cria-
da, le hacía yo el relato de lo leído en el día o le leía en voz alta al-
gún volumen. No sé si por accidente y curiosidad o por indicaciones
suyas revisé obras tan abstractas como los dos volúmenes de Augus-
to Nicolás, sobre la Inmaculada Concepción; pero con ella leía mis
clásicos escolares. Traduciéndole de una edición inglesa, la informé
de Hamlet y de Lady Macbeth. Aparte de uno que otro de Calderón
y de Lope, o Moratín, no había leído ella otros dramas; pero Shakes-
peare le desagradaba.
—Es muy feo eso de que todos acaban matándose —comentaba.
Regía mis lecturas el azar de los hallazgos en la Biblioteca, pero
también me orientaban los diálogos que sobre toda clase de materias
sostenía con mi madre. Cuando me quedé solo poco tiempo después,
mi afición de lector decayó tanto que no escapé ni a las aventuras de
un Hagard Reed ni al propio Ponson du Terrail. En cambio, al lado
suyo mantuve un nivel de lector elevado y asiduo. Y fue ella quien
82 ULISES CRIOLLO

puso en mis manos el acontecimiento libresco de todo aquel periodo


de mi vida: El genio del cristianismo, de Chateaubriand. Para tomar
reposo en la ardiente polémica, leíamos Los mártires, Atala, René y
El último Ahencerraje. Adquirimos así aun Los Natches, que no lle-
gué a leer. Pero al Genio del cristianismo volvíamos como a un leit
motiv. Después he comprendido que, viéndome leerlo, mi madre se
tranquilizaba. No podía evitar que me ganara el ambiente incrédulo
y afirmaba mi creencia volviéndola combativa en previsión de los
riesgos que no tardarían en presentarse.
Por lo pronto, el intelectualismo de Campeche era indiferente más
bien que irreligioso. Los profesores del Instituto toluqueño se hubie-
ran sentido deshonrados si alguien los hubiese visto en misa. Mu-
chos profesores del Instituto campechano iban el domingo a la Cate-
dral, pero se quedaban casi siempre a la puerta, para ver salir a las
señoras. Y habrían sido incapaces de interesarse por una disputa teo-
lógica. Sus preocupaciones mentales no iban más allá de la frase ga-
lana y la ironía. Sus ambiciones no sobrepasaban el deseo de bienes-
tar y la sensualidad.

LAS VACACIONES

El verano de Campeche obliga a bañarse dos veces al día: una en la


madrugada y otra al atardecer. Y aunque en casa había ducha, con
frecuencia usábamos, calle de por medio, la gran piscina del mar.
Uno de los bogas al servicio de la Aduana recibió de mi padre el en-
cargo de darme las primeras lecciones de natación. Los primeros en-
sayos los hicimos de noche. Al entrar en el agua tras del marinero,
el misterio de la fosforescencia, que los pasos levantan del fango
marino, me dejaba suspenso.
El agua tibia del Gulf Stream en pleno trópico temblaba acarician-
te y exhalaba el olor tónico que complace en la sensibilidad. Desde
la línea del horizonte, perceptible, no obstante la sombra, hasta el
extremo firmamento, las estrellas cintilaban suspendidas sobre el es-
tanque inmenso del mar en calma.
Obediente a los consejos del boga, tendía los brazos, los apartaba
y, sin remedio, me hundía; si algo flotaba eran los pies. Paciente, el
marinero me sujetaba del calzón o me tenía la barba; apenas me sol-
taba iba al fondo de cabeza. Avergonzado de sentirme tan torpe,
pronto prescindí del maestro y decidí ensayar yo solo; con el agua a
la rodilla, avanzaba estilo perro. No adelanté mucho más allá, pero
sí lo bastante para presumir de poder dar lecciones a mis hermanas.
A poca distancia de nuestra vivienda había unas casetas, metidas
mar adentro sobre pilotes, ligadas a tierra con andador de madera.
Nos desvestíamos por turnos; me adelantaba de experto con el agua
al cuello, luego seguían mi madre y los chicos remojados dentro de
sus batas de dormir. Empapándonos de frescura, abríamos los ojos,
bajo el agua cristalina con fondo de algas verde pálido. Media hora
después devorábamos un desayuno de chocolate con pan dulce. El
pan de Campeche era entonces una especialidad inimitable. Por toda
la República se vendían unas hojaldras azucaradas con el nombre de
campechanas, pero sin igualar jamás a las legítimas. Tampoco había
en part e alguna mejor pan de huevo ni pechugas y tostadas.
Concluido el desayuno me iba a la Biblioteca del Instituto. Oca-
sionalmente, acompañado de condiscípulos, recorría las huertas de
extramuros, ricas en frutos raros. Pero necio consejo de médico nos
había prohibido comer fruta tropical, que aseguraban produce palu-
dismo y cólicos. Lo cierto es que lavándole la corteza, donde suelen
criarse larvas, la fruta de tierra caliente constituye alimento preventi-
vo y goce, el mayor de los que da el sentido del gusto. A escondidas
me aficioné a los zapotes amarillos y chicozapotes, marañones, ma-
meyes y ciruelas. La novedad me llevaba a la fruta dulce y madura;
pero mis compañeros, hastiados quizá de mieles y aromas, preferían
las ciruelas verdes y el tamarindo en rama. Este último, en punto de
maduración, es de sabor penetrante, ácido y dulce, incomparable.
Poco a poco fue propagándose el contagio, y no sólo mis herma-
nas, también mi madre violó la consigna contra la fruta. La plaza del
mercado nos quedaba a dos cuadras, del otro lado del muelle. Visi-
tándola temprano se podía obtener por unas monedas de cobre una
fuente de las ciruelas más dulces, rojas y doradas de toda la Tierra.
Un montón de chicozapotes deliciosos valía "cuartilla". Los mangos
abundaban tanto, que al final de la estación los echaban en carros
para arrojarlos al mar y librarse de las plagas de la putrefacción. El
hueso del mango contiene una almendra aceitosa que los muchachos
emplean para trazar dibujos obscenos, casi indelebles, sobre el enjal-
begado de las casas más respetables. A fuerza de ver los signos de la
generación así repetidos; la atención pública acaba por no advertir-
los, igual que las desnudeces que se suelen ostentar en las playas.
Mi padre se encerraba en la Aduana; pero a medio día estaba de
vuelta, siempre jovial y afectuoso. Sus únicas exigencias eran las
de la mesa... La cocina campechana goza fama justa de ser la mejor
del país. A los arroces azafranados, las aves y los lechones, añade
peces sin rival en el mundo, como el cazón y el robalo. Además, una
variedad de ostras, cangrejos, langostas, que se traen de la playa ro-
3 ULISES CRIOLLO

callosa, situada al Norte, y aparte los productos nativos, un tráfico


asiduo por mar deja al mercado local buena provisión de latas, con-
servas y vinos a precios reducidos. "El palo de Campeche nos lo de-
vuelven hecho vino", exclamaba mi padre a propósito de un tinto
corriente que se gastaba de diario, inclusive en las mesas de los ma-
rineros. Los burdeos blancos y rojos ya embotellados los reservába-
mos para los días de gran guiso de pescado. La preparación de éste,
según las recetas locales, resultaba estupenda gracias a cierto empleo
del comino. Los escabeches campechanos, a base de ajos, son tam-
bién inconmensurables. Y en materia de dulces nada iguala el mara-
ñón con las pastas de coco y de guanábana, auténticas maravillas del
trópico.

EL CLIMA

En materia de calor, Campeche tiene de qué ufanarse. Después de


los veranos de Piedras Negras, nosotros nos creíamos curtidos; pero
aquella estufa del Golfo, con vapor en vez de aire, nos resultaba a
ratos agobiadora. Las tardes de agosto son largas, preñadas de un
"bochorno" que desespera. Ni el libro, ni la tarea distraen, ni el sue-
ño alivia; sólo el sudor corre sin término. Se mece la hamaca en las
largas siestas. Por el balcón se derrama el sol hecho fuego. La vista
se entrecierra, herida por la reverberación de la playa de arena blan-
quizca. Por nuestra entraña las solicitaciones lujuriosas de la puber-
tad, estimuladas con algún folleto obsceno leído a escondidas, pren-
dían su propio fuego. Al caer la tarde unas indias metían sus muslos
bronceados en las ondas, recogiendo la falda por la entrepierna. De
pronto, interrumpiendo la pesadilla, sonaba la orden dada a la criada
para que fuera por los refrescos de guanábana y de piña que vendían
a media cuadra en una nevería titulada "El Polo Norte".
A menudo divagaba sobre el porvenir. Comiendo plátano endulza-
do al sol, frente a la taza de café y ayudado de alguna lectura de via-
jes, me quedaba mirando al mar quieto, extenso como el mundo.
Imaginaba recorrerlo para asomarme a todos los puertos: en alguno
podría sorprender lindas bañistas, sin temor de los mil ojos que des-
de las casas campechanas observaban la playa. Una tarde leía el Tar-
tarín de Tarastón, de Daudet; sus aventuras tropicales resultaban un
juego al lado de la verdadera selva que rodea a Campeche. Fascina-
ba la posibilidad de penetrar en aquella naturaleza espléndida, correr
las aventuras de un cazador de pumas y jaguares. Los libros de Loti
me gustaban por el bochorno luminoso de algunas páginas suyas
LA GIMNASIA 85

que parecen escritas en nuestro Golfo. Conocí también las novelas


de Bonafoux, concepto derrotista de la vida en la zona cálida, fie-
bre de mulatas y de paludismo, decadencia antillana, que el Campeche
de entonces, criollo casi puro, no compartía.
Un régimen familiar moruno que pone a las mujeres bajo la guar-
dia afectuosa de los jefes de familia y la predicación católica insis-
tente, mantiene un estado social de estricta moralidad. Y apenas si a
mi enemigo don Evaristo se le acusaba de buscar las apreturas de las
iglesias para pellizcar, al disimulo, criadas y aldeanas. Alguna vez,
al regreso de una excursión campestre, pasamos varios condiscípulos
frente al barrio que imaginábamos codiciable y temible sin atrever-
nos a visitarlo. La imaginación, en cambio, durante la vigilia y en el
sueño, agrandaban el misterio de la came que despierta y exige los
espasmos de su índole animal.
De poco me servía la confesión que seguí practicando cada dos o
tres meses... "Anda, reza un padrenuestro" era cuanto obtenía del
confesor. Mucho me hubiera ayudado si me dice: "Debilitas tu cuer-
po, minas tu salud, te robas a ti mismo satisfacciones futuras..." En
fin, libraba desamparado la única lucha en que no podía auxiliarme
mi madre. Y, sin embargo, aun en esto, me dio el remedio relativa-
mente eficaz. La penitencia, que no era para ella una palabra, sino
una práctica. Se la imponía en el rezo de largas horas de rodillas, no
obstante su delicada constitución, y echando sobre sus hombros las
faenas duras de la casa. Nos habituó desde niños al castigo del cuer-
po como mortificación útil al alma. Si un zapato ya comprado lasti-
maba:
—Tómalo de penitencia —decía; y menudeaban las historias de
azotes y cilicios aplicados a la came para su purificación.
Molestias y dolores recomendaba ofrecer en desagravio de los pe-
cados. No era necesario, pues, consultarla en el caso pa rticular;
cuando en las noches me despertaba un deseo violento, me pinchaba
las carnes con el alfiler que previamente ocultaba en la hamaca y
combatía desesperadamente las imágenes de la tentación. Otras ve-
ces, por supuesto, me vencía la naturaleza y me daba a ella con ci-
nismo desconsolado.

LA GIMNASIA

No por preocupaciones de higiene, sino por el deseo de ser fuerte en


la defensa personal y en la actividad cotidiana, me dediqué al ejerci-
cio físico, como quien se administra medicina. En el Instituto nos
`b ULISES CRIOLLO

daban clase de gimnasia con aparatos. El primer año se pasaba en


sentadillas y flexiones de brazos, tendido el cuerpo boca abajo. De
esto se pasaba a ejercicios de paralelas. Además, tenía enfrente la
aran escuela atlética de los marineros que suben a puño por los ca-
bles o trepan escalas hasta la punta del mástil. Aprovechando las
amistades de mi padre, solía meterme a las barcas ancladas para ha-
cer ensayos más o menos torpes en las jarcias y aparejos. Pronto 11e-
gué a ser, en clase, de los que subían en escuadra el cable ve rtical
del gimnasio. La existencia de vigas en cantidad en los bajos de la
casa me dio la idea de un gimnasio privado. Invitando a dos condis-
cípulos comenzamos a desyerbar un segundo patio abandonado que
correspondía a nuestra finca. En el trópico el desyerbe se hace a ma-
chete y cuesta sudor y aun encierra peligros por las víboras, los ala-
cranes y escorpiones que es frecuente encontrar entre las piedras
y las cercas. Limpiamos, pues, con precaución y escrupulosamente
el suelo y la base de las bardas. En seguida, acarreando algas, pro-
veíamos de colchón nuestro gimnasio a la intemperie. Dos vigas ver-
ticales y una atravesada dieron sostén a un trapecio y a un par de ar-
gollas.
Con frecuencia me ocurrió subir al trapecio a pulso, pero sólo
para quedarme sentado leyendo un libro. A pesar de cuanto se dice
en contra de la gimnasia de aparatos, debo a Campeche y a su gim-
nasio antebrazos, bíceps y hombros que me han durado toda la vida,
no obstante largos periodos de completo abandono deportivo. Gra-
cias a la anticuada pedagogía campechana pude más tarde compade-
cer a mis condiscípulos de la capital, condenados a una simulación
de calistenia sueca, bostezando a compás de maestros que un día nos
ponían esgrima, según la última noticia del Liceo Francés, y al día
siguiente nos ejercitaban con clavas. El afán de estar a la última
moda desorganizaba, anulaba todo esfuerzo sincero en cada una de
las ramas de la enseñanza positivista.
Campeche se mantenía apartado de las reformas confusas de la
capital. No padecía el lastre de la masa proletaria que se vuelve ins-
trumento de los demagogos, ni la plaga del niño rico. Los propieta-
rios territoriales mandaban a sus hijos a Europa, y el alumnado de
criollos modestos alternaba con los hijos de los empleados de la Fe-
deración, de los pequeños armadores y capitanes de barcos o comer-
ciantes en pequeño. Los artesanos dueños de taller y no asalariados
convivían en términos de cordialidad con las otras clases. Problemas
de raza tampoco los había, porque aparte los marineros y los labra-
dores de raza indígena, los habitantes blancos jamás hallaron contac-
to con el negro. Raro era el campechano de clase media que no hu-
LA GIMNASIA 87

biera viajado a Mérida y México y a la Habana o Nueva Orleáns. En


la única librería del puerto se vendía L'Illustration, de París, junto
con las novelas de Daudet, Hugo, Lama rtine. Y los hombres no se
clasificaban, como en la meseta envenenada, en dos bandos irrecon-
ciliables, liberales y reaccionarios, católicos y ateos, sino que convi-
vían culta y despreocupadamente los escépticos y el obispo, los cra-
pulosos y los austeros. Cuando yo hablaba de "nosotros los
mexicanos", mis condiscípulos oponían reparos. Ellos eran campe-
chanos y yo era "guacho", es decir, mexicano arribeño, hombre de
la meseta, poco amigo del agua y vagamente turbio en su trato. La
fiesta nacional era para ellos el aniversario de su separación de Yu-
catán. La fiesta del quince de septiembre era la fiesta de los mexi-
canos. El Estado de Campeche tenía su bandera que se desplegaba
en las solemnidades, al lado de la tricolor nacional. Irritado mi pa-
triotismo agresivo, pasaba a imperialista: Si era necesario, por la
fuerza retendríamos a Campeche. ¿Qué iban a hacer ellos solos?
¿Pedir su anexión a los Estados Unidos como lo hizo alguna vez
Yucatán? ¿Resultarían, ellos también, traidores?
El peligro yankee, preocupación de mi niñez, no les afectaba.
Ninguna idea tenían ellos de la vida fronteriza y el tenso conflicto
que provoca el vecino fuerte. Ni lograban fraternizar con el mexica-
no de la frontera, tenaz y varonil, pero de una incultura que linda
con la barbarie; no sólo en la costa también en el centro del país,
juzgábase al fronterizo como habitante de un desierto a donde no al-
canzó la cultura española. Especialmente los establecidos más allá
de Chihuahua, Saltillo y Culiacán, frontera cultural señalada por las
catedrales de la Colonia, parecían vivir en un limbo de donde no
acaban de hacerse yankees ni llegaron a ser católicos. La ambición
de mis condiscípulos y conocidos en Piedras Negras era llegar a ser
conductores del ferrocarril o mecánicos; en todo caso, comerciantes
bilingües y hombres de dinero y de empresa. La ambición de cada
alumno del Instituto campechano era llegar a ser un gran poeta. Con
todo, la posición de combate obligado en que se encontraban los del
Norte les aseguraba una visión patriótica que no poseían los campe-
chanos, desdeñosos.
La lección del nacionalismo llega al corazón de los pueblos sólo
cuando palpan los efectos de la rivalidad económica. A su vez el lo-
calismo prospera sólo mientras dura la bienandanza. El mal gobierno
del centro, al destruir Campeche con sus exacciones y con leyes dis-
paradas como la que dio el cabotaje a las empresas yankees de nave-
gación, determinó el éxodo de más de media población. Centenares
de familias se fueron de esta suerte, a engrosar el proletariado buro-
crático que es apoyo y azote de las tiranías; pero yo ahora procuro
88 ULISES CRIOLLO

anotar el sentir de la época que viví en Campeche. Por ejemplo: al


estallar la guerra entre España y Estados Unidos, y formarse los ban-
dos escolares, la mayoría optó por el partido que llamaban de "los
cubanos". Yo organicé el grupo de "los españoles", pues argumen-
taba:
—Sucederá lo que con Texas, que a pretexto de independencia se
hizo norteamericana—. Y nos batíamos a palos y pedradas por la
playa y por detrás del cuartel, hasta que un oficial, indignado por la
rotura de alguna vidriera, nos echó un caballo y unos soldados que
nos dispersaron a latigazos. Con el cuartel, sin embargo, mantenía-
mos relaciones cordiales. Estaba de jefe de las armas un coronel
enérgico y patriota que se ofreció a darnos instrucción militar gratui-
ta a todos los alumnos del Instituto. Durante varios meses, al caer la
tarde, nos reunía en los llanos de extramuros, enseñándonos a formar
y a romper filas, saludos y marchas y el manejo del mauser con las
posturas elementales del ataque a la bayoneta. La idea de que nos
preparábamos contra posible invasión de los Estados Unidos nos vol-
vía indiferentes a la lluvia y al sol, nos entonaba los músculos en la
fatiga; y aun disculpábamos el brillo de los galones sobre los horn-
bros de nuestro coronel. Tanto empeño puse en la disciplina de las
marchas y evoluciones, que pronto llegué a cabo de mi compañía.
El curso se vio interrumpido por el traslado de aquel buen jefe y
su remplazo con otro que no quiso imponerse obligaciones, pero en
general, me quedó, por entonces, buena impresión de las cosas de la
milicia.

LA BAHÍA

La costa de Campeche, cenagosa y de poco fondo, impide que los


buques se acerquen al muelle. Para encontrarlos a cuatro o cinco mi-
llas del puerto, el vaporcito de la Aduana se movía semanariamente,
seguido de un cortejo de lanchas y pontones para la carga y descar-
ga. Y reinan, en cambio, junto a la playa, los pescadores. Mi padre,
natural de tierra adentro, no tenía gran afición a los deportes del
mar. Con todo, la facilidad para disponer de la hermosa falúa
"del resguardo" y, en caso necesario, también del vaporcito, indujo a
que varios domingos saliéramos de pesca. Reclinados sobre la borda
del bote contemplábamos la hinchazón de las ondas, poderosa aun en
el interior de un mar en calma; gozabamos del empuje lento y
triunfal de las velas o nos extasiábamos ante la fugacidad de las
nubes en el firmamento azul. Al llegar a los sitios elegidos se arria-
ban las velas, recibíamos cada uno su anzuelo, se ensartaba la carna-
LA BAHÍA 89

da, y a probar suerte jalando al sentir el tirón del pez. Tensa la aten-
ción nos sobresaltaba sacar alguna presa pequeña; después me abu-
rría tener el pensamiento en la presa y lo dejaba volar ondulando
como las gaviotas por el espacio sin fin. Ya que entre todos se había
llenado un perol de robalos, los marineros prendían lumbre sobre cu-
bierta, y asaban o freían el pescado. O bien, si la excursión había
sido formal, nos trasladábamos al vaporcito para comer en regla en
el estrecho comedor, bien surtido, sin embargo, de vinos, conse rvas
y pastas. ¡Ay!, sin el mareo, todo hubiera resultado estupendo. Por
desgracia, una o dos horas después de la gran comida, la cabeza cla-
vada en espera otra vez del tirón al anzuelo, empezaba a sentir náu-
seas, dolor en las sienes y una decisión desesperada de vender el
alma a cambio de un metro de tierra firme.
Aunque me recreaba mirar las floraciones de las algas bajo el
agua transparente y dócil a la quilla que la surca, en general prefería
el mar desde mi balcón. Allá, sin trastorno interior del cuerpo, la
imaginación se soltaba, grande como la inmensidad, libre como el
soplo que impulsa las velas o las arrolla al mástil. Me sentía crecer
la conciencia. Confrontaba mi alma con las cosas. Puesto por el azar
en aquella pequeña ciudad de la costa, ¿qué era y de dónde venía?;
¿qué andaba haciendo entre los sucesos? El origen se me cerraba
confuso igual que la maleza inexplorada que está detrás de Campe-
che. Si se supiera el de dónde se sabría el para qué. El para qué, sin
embargo, tomaba las proporciones del mar sin fronteras. Estaba allí
vivo para recrearme en el espectáculo de las aguas y el cielo bajo la
luz. Una vida larga apenas bastaba para correr los caminos que los
barcos abren en el mar. Recorrer, conocer, gozar el planeta, he allí,
por lo pronto, un destino para muchos años por venir.
La serie de los abrazos al mundo. Además, había el otro espacio
que fascina: el de la imaginación y el sentimiento y la vida; el trato
de las gentes de todas las razas; aprender las historias y las fábulas,
la ciencia y la literatura, la filosofía. Por larga que la vida fuese,
apenas había tiempo para asomarse a la inmensidad de lo que es. Ur-
gía, pues, usar intensamente cada uno de los instantes preciosos de
nuestra perduración dentro del milagro ambiente.
Llenas de asombro pasaban las horas; aún quedaba otro mundo de
medianoche que se penetra durmiendo. La conciencia se desnudaba
en el sueño, como el cuerpo para el baño matinal, y esperaba: co-
múnmente el sueño profundo cerraba todas las vías de la sensación y
el alma quedaba insensible. Pero, a ratos, dentro del sueño mismo, la
conciencia enderezándose se echaba a vagar en los sueños.
90 ULISES CRIOLLO

Con frecuencia, el sueño iniciado una noche volvía a anudarse la


noche siguiente, enlazando así una doble vida, por encima de la or-
dinaria; vida libre en la que era natural volar y obtener sin esfuerzo
más de lo que ambiciona el día. La historia de los sueños que cada
noche vamos pasando debiera escribirse, ya que se esfuma incapaz
de dejar huella en las cosas. Un diario de la noche, memorándum
biográfico de la odisea misteriosa del alma en la sombra. Itinerario
del conato de existencia que se produce al soñar. ¿Por qué no escribí
mi noctario, cuando aún soñaba?

MELANCOLÍA

Eran tristes los atardeceres de aquel Campeche que en el noventa y


seis resbalaba la pendiente de una decadencia irremediable. Delante
de nuestros balcones las faenas del puerto mantenían un si-
mulacro de actividad; pero las calles interiores, aun las principales,
se veían solas y abandonadas. Y cuando las cruzaba un transeúnte se
hacía más patente el vacío porque dentro de las casas eran pocos los
ojos a espiar. Un éxodo continuado iba dejando vacías las moradas.
Los vestigios de la antigua prosperidad hacían más punzante la de-
vastación inevitable. Filas de ventanas con rejas y zaguanes suntuo-
sos permanecían cerrados y sin anuncios de alquiler, como si los
dueños se hubiesen cansado de esperar inquilinos. En las barriadas
más pobres, a veces, toda una cuadra de casas se caía por abandono,
rotos ya todos los vidrios, sueltos los quicios de las vidrieras. En las
mansiones principales solían quedar únicamente los viejos. La gente
joven emigraba en busca de quehacer lucrativo. Un puerto que tuvo
astilleros famosos por el buen co rt e, la riqueza de la madera de sus
barcos, dejaba podrir los pilotes de las antiguas defensas. Naves ex-
tranjeras remplazaban el pabellón nacional y los marinos que no se
marchaban descendían de categoría convirtiéndose en pescadores.
Sordo al clamor de los pueblos, el gobierno de los pretorianos encar-
nado en un zafio mandón, rodeado de negociantes se hacía aclamar
como progresista porque otorgaba al extranjero ventajas ruinosas
para cada comarca. Cogida en el silencioso, deliberado desastre, la
clase media se refugiaba en el favor del Ministro campechano que
administraba la limosna de los empleos en la capital. En el hermoso
jardín principal todavía la banda convocaba a las familias para retre-
tas, pero cada día eran menos las bellas de po rt e lánguido, pálida tez
y ojos negros. La casta criolla de lindo tipo sensual cedía a los rudos
indígenas del interior que en callados grupos escuchaban el concierto
a distancia y como si aguardasen el momento de ocupar las casas
MELANCOLÍA 91

que abandonaban los blancos. Una que otra bella de fino linaje, reza-
gada de la emigración colectiva, veía con ademán ausente y como si
sólo se preocupase del novio estudiante que la sacaría de sus lares
en ruina.
Pesaba el silencio del atardecer. Repuesto apenas el ambiente de
la quema a que lo sujeta el sol, ningún murmullo se agita, y los
cuerpos, contagiados del letargo de la iguana durante las horas ca-
niculares, se desperezan apenas se inicia la penumbra. Del desierto
de una barriada remota emerge una voz de timbre en descenso pere-
zoso: "¡Pan de cazón!, ¡pan de cazón!" Al hombro una olla de cala-
baza, moreno y esbelto, el vendedor indígena llama a las puertas.
Un grato olor se expande cuando extrae sus to rt illas de maíz con fri-
tura de cazón con tomate, ligeramente picante, pescado delicioso,
casi un pecado del gusto. Otros, en vez de cazón, venden pozol yu-
cateco, un refresco de masa de maíz o de chocolate batido, según
fórmula azteca.
Los días de novena tañía en la Catedral la campana llamando al
rezo. Tomando por detrás de nuestra casa, entrábamos a la plaza por
el po rt al para comprar, de paso, los jamoncillos de coco más ricos de
toda la costa. Por las calles estrechas se mira el interior de un taller
iluminado con quinqué. El zapatero martilla y canta: "¡Ay, cocol '

ya no te acuerdas cuando eras chimizclán..." La copla en boga que


contenía referencia intencionada de ciertos panes romboidales que
cambiaron de nombre cuando empezaron a rociarles de ajonjolí. La
Catedral, iluminada en su sola nave espaciosa y desnuda, se animaba
un instante con el incienso y las voces cantantes.
Los domingos por la tarde acostumbrábamos excursionar por el
campo. Por la puerta de San Román, dejábamos el circuito amuralla-
do; atravesábamos la pradera rojiza, terrosa y salpicada de yerbal.
con una que otra ceiba desmedrada. Envuelto en los oros del cre-
púsculo refulge el caserío blanco y ocre de la aldea de San Román.
Llegábamos hasta la plaza enverjada de hierro. En un ángulo, la to-
rre con su nave y encima un cielo anegado de rosicleres.
Dentro del enverjado los framboyanes en rojo y gualda estallan
sin reventar. Los tamarindos fingen sombrilla de verde opaco; las
vainas maduras doradas cuelgan incitantes, haciendo agua la boca.
Se metía el sol por el lado de tierra, perdido en la ondulación vege-
tal de la manigua impenetrable, legándonos una hoguera de resplan-
dores suntuosos: un tinte de mayólica bronceada se esparcía sobre e
blanco sucio de las casas humildes. En seguida, por unos minutos, se
ponía bermejo el cielo, y un mar cobrizo respiraba con prolongadas
profundas pausas.
92 ULISES CRIOLLO

Después venía bruscamente el cambio. Un derrumbe oscuro caía


del lado del mar y avanzaban las sombras envolviendo la tierra. A la
luz de los faroles municipales el cazonero vendía su doble to rt illa
grasosa y entomatada, con relleno de picadura de pescado.
Regresábamos ya de noche, cierta ocasión, ya medio camino entre
los ramajes de una marisma empezó a brotar un parpadeo; en segui-
da, un vuelo de luces. Eran como llamitas azules de entonación lu-
nar; se posaban en el follaje; fosforecían y se levantaban en en-
jambres de minúsculas estrellas para volver a caer, más adelante.
Deslumbrados, contemplábamos la aparición; luego, atreviéndonos,
capturamos a capricho docenas de cocuyos. En ciertas regiones de la
costa, los campesinos los embotellan, para improvisar pequeñas lám-
paras de mesa.
Otra vez contemplamos cómo nació del aire el turbión de la lan-
gosta. Avanzó por el lado de tierra una suerte de nube densa. Se
puso la luz del sol como cuando hay eclipse, y un viento cálido,
seco, empezó a regar los voraces ortópteros. Un rumor inquietante
agitaba la sombra en marcha. Despavoridos corrían los animales y
las gentes miraron entristecidas una como aureola amarillenta en tor-
no de las cosas. En el fortín atronó el cañón que usaban para los sa-
ludos del puerto. Arreció el caer de la plaga; recogimos ejemplares
resecos y ásperos.
El tétrico golpear, como de gotas sólidas en plena sequía, duró
varios minutos: se cubrió el suelo de hormigueros monstruosos, y
por fin pasó la plaga. Comentóse después la destrucción de los sem-
brados de los alrededores. El municipio mandó barrer las calles y
desfilaron carretas de langosta muerta en dirección del vertedero de
la playa.
Después de periodos de sequía abrasadora se producen ventarro-
nes preñados de descargas eléctricas, que a menudo hieren en seco,
antes de la lluvia o sin la lluvia. Luego, revientan los aguaceros; tras
de ellos fermenta la humedad y brota el mosquito. Zumbando pican,
inoculan. El estremecimiento de peligro proyecta visiones del vómi-
to negro, y de perniciosa, que en veinticuatro horas manda al pan-
teón a los robustos y sanos. Alternando con la imagen terrible, apa-
rece la visión de una finca con un bosque de cocoteros a la orilla del
mar. Allí pasamos algunas tardes dichosas. Desde el columpio de
una hamaca miro al indio que trepa al cogollo de la palmera apoyán-
dose en los dedos de los pies, arranca y deja caer los cocos, luego
les taja con el machete un boquete, salta el jugo opalino y después,
partida la nuez en dos, se escarba la pulpa tierna haciendo de espátu-
la una astilla de la corteza.
AMAGOS DE ADVERSIDAD 93

AMAGOS DE ADVERSIDAD

Mi madre adelgazaba consumida por el calor excesivo. Le comenza-


ron ataques febriles de los que procuraba desentenderse, porque "no
hay que ocuparse demasiado del cuerpo". Mi hermana Lola empezó
a padecer unos cólicos en apariencia hepáticos, que exigían la apli-
cación inmediata de calmantes. Y en calidad de médico acudió a
nuestra casa don Patricio Trueba, clínico famoso y a la vez director
del Instituto. Más bien alto y grueso, con barba corta semicana
ejemplo sobresaliente de sabiduría y de rectitud. Enciclopedista de
viejo estilo, gozaba fama de poder remplazar en sus faltas lo mismo
al catedrático de matemáticas que al de historia. Durante mucho
tiempo la cultura de nuestras provincias no tuvo otro refugio que la
devoción abnegada de unos cuantos varones ilustres que al margen
de la política y del partidarismo aleccionaron a los jóvenes con el
ejemplo, a la vez que en la cátedra procuraban defender los más ele-
mentales valores contra la mentira de los hipócritas y el atropello del
pretorianismo.
Como médico, don Patricio hablaba poco, pero sabía dejar la im-
presión de que el enfermo tenía que sanar. Con una mano tomaba el
pulso y sostenía en la otra el reloj de oro de precisión. Interrogaba
sobriamente, luego pedía papel y recetaba. Ya para despedirse, tras
de breve conversación, lo llevábamos al lavabo, ofreciendo uno la
toalla, otro el jabón de olor, mientras la tía Conchita derramaba en el
agua de la palangana un chorro de Colonia o de Agua Florida. Ajus-
tándose lentamente los puños postizos de su alba camisa, don Patri-
cio bromeaba y se retiraba caminando con gravedad. A mi madre le
recomendó reposo y cambio de clima. Por lo pronto la mandó a pa-
sar una temporada a la villa de Lerma, famosa por sus mariscos v
por su brisa y sus palmeras, al borde casi de la playa. Unas amista-
des ofrecieron hospedaje, si mal no recuerdo gratuito, y mi madre se
pasó unas semanas leyendo a la vista de las olas. Una o dos veces
fuimos a visitarla, y como pronto se sintió aliviada, volvió con noso-
tros a reanudar la vida acostumbrada.

EL GRANDE HOMBRE

Desembarcó una mañana en nuestro muelle. Lo anunciaron escasos


cohetes y lo seguía una comisión de funcionarios. Por debajo de
nuestros balcones marchó indiferente, quizás afable. Vestía con ele-
gancia, avanzaba con soltura, aunque tenía ya el pelo entrecano. Los
94 ULISES CRIOLLO

provincianos sin duda lo envidiaban al verlo pasar. Los estudiantes


del Instituto, que por cierto no fuimos convocados para aclamarle,
conocíamos su fama de buen orador y aficionado a las aventuras ga-
lantes. Se alababan sus discursos escritos en buen estilo y sus ocu-
rrencias escépticas. Se llamaba don Joaquín Baranda. En otro am-
biente hubiera hecho un gran papel; metido en una administración de
fuerza bruta y papeleo hipócrita, su esfuerzo abortaba. Él lo sabía y
se consolaba gozando las oportunidades del buen vivir.
Observando al hombre célebre pensé desde mi anónimo balcón:
"También yo podría caminar despreocupado a la cabeza de una mul-
titud" Pero no me seducía hacerlo. Más envidia me dieron los ofi-
ciales del cañonero Donato Guerra, que una vez ancló tres días en la
bahía. Visitamos su barco recién construido en Italia.
Le admiramos las máquinas, las piezas de artillería. Por la noche
lanzaron su poderoso fanal sobre el fuerte en ruinas y sobre los co-
bertizos de la Aduana. Desde una azotehuela interior de nuestra casa
vimos también cómo localizaban, iluminándola, la corte de la Cate-
dral.
Envidiaba también la gira que ese año o poco antes consumaba al-
rededor del mundo la corbeta escuela Zaragoza. Las crónicas del
viaje magnífico las leímos en una revista de la capital, recreándonos
en nombres como Shangai y Hong Kong, envueltos de misterio en-
cantado. Se podía sufrir la vida a bordo, el monótono flotar sobre las
aguas, con tal de gozar los desembarcos entre poblaciones exóticas,
y el constante devorar de horizontes hasta el confin de la Tierra.
Estaba seguro de que viajaría, aunque no me hallaba dentro de
ningún uniforme; viajaría en barcas y también en los grandes paque-
botes... ¡Mi porvenir se ocultaba, pero asomó una que otra vez la
punta! Un día, mirando a don Patricio de paso por el corredor del
Instituto para entrar a la Rectoría, me vi, yo también, de Rector,
atravesando las galerías con arcadas de un colegio más grande que el
campechano...

SOFÍA

—Te llama don Patricio a su despacho —me dijeron.


Acudí sobresaltado, y el buen viejo me dijo que su hija estudiaba
desde hacía tiempo el inglés, pero le faltaba la práctica.
—¿Quisieras tú ir por casa, de cuando en cuando, para leer con
ella y conversar?
SOFÍA 95

De haber podido resolver conforme a mi gusto, le contesto que


no. La idea de adoptar estiramientos para visitar a la familia del Rec-
tor me era penosa; sin embargo, dije que iría. Mis padres acogieron
con gusto la invitación. Me presenté pues, la primera tarde, todo en-
cogido, mojado todavía el pelo por el baño y preocupado porque so-
bresalían demasiado los puños de mi camisa. El mismo don Patricio
consumó las presentaciones, conversó un instante y me dejó en me-
dio de dos damas, una joven de no más de dieciocho años, mi futura
discípula, y su madre, entrecana, afable y culta con apellido de ori-
gen irlandés. Un extremo del corredor ensanchado con techo y can-
cel de cristales hacía de sala biblioteca. Todo el patio se abría a la
brisa y a la luz, adornado con palmas decorativas y macetas de hele-
chos. Contra la pared, una estantería de nogal guardaba libros de
lujo. Al centro, una mesa con revistas francesas, inglesas y libros de es-
tampas, incitaba la curiosidad.
La casa toda esparcía agrado; los sillones cómodos y amplios con-
firmaban las maneras sencillas, cordiales, de la acogida.
Examinó la señora mis gustos de lector; su hija poco, pero yo caí
fácilmente en todo género de confidencias espirituales. Con vehe-
mencia me puse a elogiar, criticar, disparatar; sólo de repente, al ad-
vertir mi pantalón corto, mi traza humilde y la belleza singular de la
joven, me sentía confuso, enrojecí sin causa y hubiera querido des-
pedirme para no volver. La buena dama, advirtiendo quizá mi timi-
dez, me tocó la cuerda de Chateaubriand, por ejemplo, y volví a sol-
tar la lengua en entusiastas y complicadas disertaciones.
Gradualmente la conversación a tres y con motivo del plan de las
lecciones inglesas, se fue convirtiendo en práctica de dos. Pronto,
también de las aburridas traducciones pasamos a la lectura en co-
mún, de obras más de acuerdo con la juvenil sensibilidad. No sé si a
propósito de Atala, que yo le di a leer, puso ella en mis manos el
Pablo y Virginia, de Bernardino de Saint-Pierre, clásico de nuestra
gente del trópico. Lo que no leíamos juntos nos lo prestábamos. De
su mesa me llevé la Ilustración Francesa para enterarme de las no-
velas en folletín que traducía a mi madre o leía solo. Una recuerdo
apenas, creo que era de Theuriet y se trataba de un seminarista ator-
mentado por el conflicto de la misión divina y el amor de una mujer.
El asunto, de una infinita poesía, me preocupó hondamente.
Lamart ine era también autor vivo de aquella época. Con mi madre
leía capítulos de Los girondinos. Con la hija del Rector leía o co-
mentaba la Graciela. ¿Qué admirable, seguro instinto, establece estas
divisiones consumadas sin malicia?
ULISES CRIOLLO

Lo cierto es que fue la María, de Jorge Isaacs, el motivo, si no el


pretexto, de mi primera inquietud amorosa en relación con la joven.
Leyendo en voz alta alguna de las páginas que preceden al desenlace
:rágico, se interrumpió ella porque las lágrimas velaban su voz. Con-
:inué yo entonces la lectura con inflexión también entrecortada y sin
pensar ya en el texto y sí turbado por la presencia de aquella María
v iva, de voz bien timbrada y brazos torneados color canela.
Sin darme cuenta me aficionaba al óvalo pálido y los ojos aman-
tes, los labios delgados y la frente pulida; la cabellera negra y abun-
dante con lazo en la nuca, fragancia perfumada de la tierna doncella.
Casi no la miraba cuando estaba con ella; en cambio, a solas, me re-
creaba su imagen, idealizándola. Sus pensamientos y sus gestos me
arrastraban como el son de una música irresistible.
Habituado desde niño al placer de adorar, lo ejercitaba en mi ma-
dre y lo exaltaba en la oración; pero ahora, con el nuevo amor cuyo
nombre no me atrevía a pronunciar, una necesidad de acercamiento
físico se añadía al estado habitual del éxtasis admirativo. Me reco-
rrían estremecimientos sólo de pensar en el roce de aquellos brazos
redondos, y si alguna vez su mano chocaba con mis dedos en la lec-
tura, una sensación de dulzura me colmaba. Sin saberlo, pero fiel al
simbolismo de su nombre, Sofía cumplió conmigo la misión inicia-
dora en el saber humano. De ella recibí el morbo romántico que no
se cura nunca; de ella aprendí el misterio que hace atractivos los
cuerpos, ya sea que anuden o separen las almas. Su recuerdo coinci-
de con mi despertar sentimental. Pendiente de su gusto me metí por
las regiones nuevas de la literatura amorosa y soñé destinos enlaza-
dos a la dulce visión de sus ojos adelantados en mi senda.
Apartándome de las secas lecturas filosóficas y polémicas, supo
comunicarme el gusto de lo conmovido y humano. Soltándome la
pasión difusa ensanchó mi perspectiva del mundo. Y un poco tam-
bién y con toda inocencia, hizo de clásica Eva que nos señala el bien
y el mal, bajo el aspecto fascinante de la tentación.

EL CORDONAZO DE SAN FRANCISCO

Alrededor del cuatro de octubre soplaban los primeros vendavales


anunciando el cambio de estación. Coincidían con el comienzo del
curso en el Instituto. Mi posición se había hecho brillante en el plan-
tel: primer lugar en algunas clases, en otras segundo. Y buen número
de amigos para volar papalotes con colas de vidrio de botellas, para
pelear como los gallos, hasta que alguno, cortado del sostén de la
LAS STEGER 9

cuerda, salta describiendo piruetas. A veces para tomar mayor altura


dejábamos la playa y lanzábamos el papalote desde el terraplén de la
muralla, ancho como de cuatro hombres y protegido con parapetos
de piedra.
En los bancos del colegio se perpetuaban discusiones. Relata un
alumno acomodado los ocios de la vacación en su hacienda de las
cercanías; el palo de tinte ya casi no se corta, pero, en cambio, au-
mentan los cultivos. La mano de obra llega en barcos reclutada
entre los "guachos" miserables de la meseta, mal alimentados, igno-
rantes; los vence el clima, los agobia la tarea. Con el café y el pláta-
no reciben cada mañana el puño de quinina que les reprime la fiebre .
—A veces hay que darles de palos para que trabajen —asegura el
joven propietario.
—Cuando escapan —añade otro—, los cazan por la selva, los
capturan y los ponen al cepo. No pueden dejar la finca, porque nun-
ca acaban de cubrir sus adeudos con el patrón.
Protestando con violencia, los desheredados gritábamos:
—Son los propietarios los que debían ir a los cepos.
Sin tomarnos en cuenta respondían los ricos:
—Es que ustedes no tienen fincas.
Nos desquitábamos de ellos en clase, ganándoles primeros luga-
res. Un Lino Gómez, de humilde familia tabasqueña, era mi rival
para el primer puesto; todas las primeras filas eran de la clase media.
como que a los ricos, ¿qué les importaba el saber? ¡Tenían las tie-
rras, las indias jóvenes, los esclavos viejos!

LAS STEGER

Mis hermanas asistían a la Academia de las Señoritas Steger. Fran-


coalsacianas, emigradas por el setenta, muy jóvenes llegaron a Cam-
peche con el padre, que les creó un pequeño haber. Al quedar huér-
fanas abrieron un colegio de enseñanza general, idiomas y música.
La mayor, Clarita, fungía de directora de la Academia, a la vez que
regenteaba un establo propio que vendía la mejor leche del puerto.
Las Steger enseñaban a sus alumnas modales a la francesa, uso de
guantes y polvos y recitaciones de versos en francés. Profesores au-
xiliares enseñaban castellano y matemáticas. Clarita daba las clases
de música y como el Estado, después de cerrar los colegios, no sos-
tenían uno solo para la educación femenina, las francesitas ejercían
monopolio.
ULISES CRIOLLO

Cuando los del Instituto pasábamos frente a la Academia de las


Seger, el corazón nos palpitaba de prisa. A través de las ventanas
abiertas de par en par, según el uso indiscreto inevitable de la tierra
caliente, veíamos rostros de rosa inclinados en los pupitres o faldas
:aras fugaces en los juegos del patio interior. Ninguna me atraía de
un modo especial, y rara vez prolongué la contemplación; porque ya
me seducían las mujeres hechas más bien que las chiquillas.
Por mis hermanas supimos la vida y milagros de las Steger. Mi
madre solía visitarlas y yo las veía cada domingo en la misa. Clarita,
:a mayor, me parecía muy guapa, con sus trajes ceñidos color de
rosa y sombreros de ala ancha, de playa; redondas y largas caderas,
delicado el porte; casi una de esas heroínas de la literatura en que
Sofia me iniciaba. La más joven se llamaba Antonieta, hermosa de
proporciones, pero con un defecto en el labio. Había otra o no sé si
otras dos, y todas gozaban de reputación intachable y estimación sin
reservas. "Que te enseñen a pronunciar la u francesa", decía yo a
mis hermanas. En el Instituto nadie acertaba y codiciábamos la dic-
ción exacta de una lengua que empezábamos a dominar por escrito.
Salimos todos de Campeche sin sospechar que, pocos años después,
un parentesco inesperado nos ligaría con las Steger.

DIVAGACIONES Y EXÁMENES

Mi madre nunca puso el menor reparo a la influencia que me llegaba


de la casa del Rector. Al contrario, compartía con frecuencia las lec-
turas aconsejadas por Sofia. Y cuando estaba ocupada, me decía:
"Léelo tú y luego me cuentas." Leía yo la novela o el libro y le ha-
cía relatos más o menos compendiados. Ella seguíalos con interés
que me parecía perfecto, manteniéndose al tanto de cada una de mis
preocupaciones.
A pesar del mar y los raros paseos campestres, mi vida era libres-
ca y reconcentrada. Con mi madre hablaba de lecturas o de pro-
blemas. Advertía ella duplicado en mí, su natural reflexivo y grave.
Rara vez me dedicó alguna caricia, pero estaba tan en mí que yo me
sentía su proyección. Mi padre, que era efusivo y dado a expresarlo,
le reprochaba una tarde su gravedad que sólo por momentos en la
discusión solía convertirse en acaloramiento. Estrechándola en sus
brazos, mi padre le dijo: "Ya sé que serías capaz de dar la vida por
mí, pero nunca me abrazas; pareces distante; no seas tan seria." Aun
con nosotros se portaba fría en apariencia; en realidad, su afecto,
como una llama siempre encendida, no necesitaba tocar para mani-
festarse. Y parecía que nos tuviese en cuerpo dentro de su reflexión,
aunque el alma suya fuese una lejanía serena y dulce. ¡Tan cerca de
mí, interiormente, nadie ha llegado a estarlo!
Con frecuencia hablábamos de mi futuro. No le preocupaba deter-
minarme la vocación. Me dejaba vivir libre a condición de tenerme
siempre activo. "Lee de todo, conócelo todo; después serás lo que tú
quieras; querer es poder y el hombre hace su destino, a diferencia de
la mujer cuyo destino se resuelve en el matrimonio."
Conocerlo todo, ensayar de todo; pero los hilos de esta trama apa-
rentemente compleja enlazaban en torno de un eje inmutable: la fe
católica, apostólica, romana. Todo sería legítimo, excusable perdona-
ble o laudable, con tal de que no me apartarse un ápice del dogma
riguroso de la Iglesia.
Salvar el alma, y el destino echarlo a los dados. "Podrá irte bien,
podrá irte mal; nunca escaparás al hecho de que esto es un valle de
lágrimas. Para salir de él no hay otra puerta que la estrecha de la
fe." ¿La doctrina de las obras? Excelente; pero aun para amar y ser-
vir al prójimo era menester hacerlo, no por el prójimo, sino por el
amor superior de Dios. Nada valen las mayores obras en beneficio
del prójimo si no se cumplen en estado de amor a Dios.
Así de precisa era su doctrina; y cuando me oía hablar de filosofia
se interesaba tan sólo en la medida en que pudieran confirmarme la
evidencia de la suprema realidad. Sencilla y terrible la realidad del
vivir.
El drama de la pasión había que vivirlo cada uno en su destino.
Fe, esperanza y caridad, pero primero fe.
Ni confusa ni trágica, la tarea del vivir era simplemente un empe-
ño victorioso sobre el mal en su trilogía: el mundo, el demonio, la
carne. Para librar la batalla era menester lanzarse a la prueba con
alegría. Era una dicha sentir por delante tantas horas, tantos días de
aprendizaje, contemplación y goce.
La muerte se me presentaba distante y parecida a un vuelo; mi
madre no la temía; yo ni siquiera la meditaba. Si por acaso pensaba
en ella, me venía a la memoria el poema de Gutiérrez Nájera, en
boga entonces; lo escuchaba mi madre sonriendo:
Quiero morir cuando decline el día,
en altar mar y con la cara al cielo;
donde parezca un sueño la agonía,
Y el alma un ave que remonta el vuelo.
La obra de la muerte se perdía en una lontanaza, gemela del con-
fin en que se pierden las velas diminutas de los pescadores, desde el
observatorio de nuestro balcón.
100 ULISES CRIOLLO

Por ahora interesaba la vida con sus episodios emocionantes. Se


acercaban los exámenes y con ellos concluía mi último año de Insti-
tuto campechano. El clima nos obligaba a partir. En la pared de los
corredores del colegio releía los pergaminos con los nombres de
los primeros premios de cada curso. Aunque mi ambición era ser as-
tro en la constelación mayor de la Preparatoria de la capital, no que-
ría irme sin dejar huella. Me preocupaba asegurar el primer premio
de aquel año. Mis últimos meses los embargó el estudio. De tanto
meterse en lecturas, el sueño mismo parece prolongar la inmersión
en las profundidades de lo irreal. En el sueño se nos resuelven pro-
blemas que no atina a organizar el día. Junto con las inquietudes del
aprendizaje, me sobresaltaba la proximidad de un nuevo cambio en
nuestra vida familiar. Vendrían ausencias, dolores; sin embargo, el
porvenir en definitiva tendría que resolverse como uno de esos sue-
ños en que el esfuerzo concentrado en el vientre nos levanta del suelo
y nos pone a volar con los pies de propulsores y los brazos de re-
mos, siempre por encima de los abismos y del riesgo. En el vagar de
los sueños recaía en Piedras Negras; pero de paso, igual que un visi-
tante que se siente extraño, pues todo había cambiado, y yo tornaba
a ausentarme. Mi pueblo ya no era mío, y el alma volvía a alzarse en
el viento, llevando a rastras el peso del cuerpo, ya nadando podero-
samente en las aguas, ya suspendiéndolo en el aire para avanzar.
En el curso ya se sabía que el primer premio estaba entre Lino
Gómez y yo. Más aún: se admitía generalmente, y lo reconocía el
propio Lino, que yo le aventajaba en probabilidades. Y si perdí no
fue por exceso de confianza, sino por obra del reglamento. En las
clases principales, cómodamente aseguraba la primacía, pero era re-
quisito añadir a las pruebas teóricas algún conocimiento práctico. El
ejemplo de Norteamérica nos obliga a transformar nuestra cultura de
ideas en una civilización de manos y manufacturas. Mi madre me
había estimulado a aprender la encuadernación, y tenía en casa un
pequeño taller de donde sacamos algunas pastas en percalina. Para
dorar los lomos, la plancha de planchar. Además, podía presentarme
como intérprete y traductor. Gané en cierta ocasión mis primeros
cinco pesos traduciendo unas guías de mercancías procedentes de
Estados Unidos. Guardaba mi madre estos cinco pesos para com-
prarse con ellos sus primeros anteojos, tan pronto como pasase por
la capital. Gozaba yo con la idea de que el primer oro conquistado
por mi esfuerzo se volvería un aro con cristal que aumentaba el po-
der de sus ojos clarividentes. Pero ninguna de estas pruebas era para
ser tenida en cuenta en la escuela. Lo que allí deseaban por el mo-
OTRA VEZ AL GARETE 1 01

mento era crear la banda de música del Instituto. Y se otorgaban no


sé qué tantos puntos suplementarios a los alumnos ejecutantes.
Desde el primer año del Instituto nos habían dado lecciones de
solfeo, cantado y escrito. Mi voz deplorable nunca lograba igualarse
a los tonos; en cambio, la teoría musical me interesó extraordinaria-
mente. Pronto dominé la técnica de las llaves de Sol y de la Fa. Es-
cribí bastantes ejercicios sobre la pauta y creí penetrarme del papel
que desempeñan los sostenidos y los bemoles. Inclusive tratados de
composición me puse a hojear en la biblioteca. Entre tanto, Gómez,
mi colega rival, se aplicaba en la escoleta a los ejercicios de pistón.
Y obtuvo en música la clasificación máxima, quedándome yo con un
decoroso "Bien", a pesar de tan prolijos estudios. A la hora del
cómputo de puntos, el descenso sufrido en música me quitó el dere-
cho a primer premio, que con toda justicia fue a dar a manos de
Lino, otorgándoseme a mí "Mención de Primera Clase".
Y no quedó mi nombre grabado en los pergaminos de la inmorta-
lidad campechana. Únicamente saqué un diploma con dorados y un
paquete de libros. Consumó la entrega el gobernador, desde el estra-
do del Salón de Actos del Colegio, rebosante ese día de familias y
de alumnos que aplauden.
Agobiado del sol que esplendía afuera y de la gloria que acababa
de recoger a la vista de mis familiares, regresé a casa urgido por
destripar el bulto de libros, que contenía las Vidas paralelas, de Plu-
tarco; la Historia Universal, de Duruy, en cinco pequeños tomos, y
no sé qué más.
Durante varias noches se prolongó entonces el placer vivo de
acompañar a Alejandro por rutas de Persia, combinando el orgullo
del descubridor con las satisfacciones del capitán.
Lo que más me conmovió de Julio César fue la inquietud que le
hacía llorar porque corrían los años, se hacía viejo y no había consu-
mado una sola acción ilustre. ¿.Acaso no estaba yo también perdien-
do mi tiempo en aquel oscuro rincón de provincia? ¿Iba a ser eso mi
vida, pasar cursos, sacar premios y llegar de viejo a ser otro don Pa-
tricio, pongo por caso, y en el mejor de los casos? No; por fortuna
allá estaba enfrente el mar que me libertaría. El mar es abismo, pero
también es ruta y es destino. Y mientras sonaba la hora del cambio,
lloraba el conflicto fascinante y trágico de Juliano el Apóstata.

OTRA VEZ AL GARETE

Muchos términos de marino se habían incorporado a nuestro idioma


de arribeños, o sea, de mexicanos del altiplano. Con familiaridad 11e-
102 ULISES CRIOLLO

gamos a usar el "vírate" en vez de vuélvete, y "banda" por lado,


"popa" por trasero; también localismos como "no seas caballo" en
lugar de "no seas tonto". Usando el nuevo léxico comentábamos la
necesidad de abandonar aquel "fondeadero". En realidad, habíamos
pasado año y medio dichoso en Campeche, y quizá presentíamos que
al salir de allí quedaría liquidada para siempre la unidad de la fami-
lia. En adelante no volveríamos a disfrutar de sosiego. Sin embargo,
no nos apenaba la partida. La capital nos fascinaba como a buenos
provincianos. La posibilidad de inscribirme en un colegio metropoli-
tano me causaba sobresalto vanidoso.
La primera que recibió el anuncio de nuestro viaje fue Sofia. Dijo
que nos envidiaba. Ella también deseaba viajar y soñaba con trasla-
darse a la capital. En previsión de la partida formulamos un plan de
lecturas urgentes, y mis visitas se hicieron casi diarias. Una tristeza
dolorosa me llevaba a prolongar las entrevistas.
Alguna porción de mi conciencia anhelaba quedarse. Pero estaba
desprovista de voluntad para resistir el empuje de todo el resto del
ánimo, que ambicionaba pa rt ir. Me descubría un cariño entrañable
para toda aquella familia bondadosa, y aunque nadie me lo pidió,
formulaba promesas de volver a visitarla. Y efusión de ternura lloro-
sa me desmayaba el paso cada vez que salía por el zaguán de la casa
que había llegado a serme querida.
Un vapor pequeño de la Línea Ward nos arrancó al sueño ardiente
del vivir campechano. A los dos días amanecimos bajo un alba glo-
riosa y sobre el mar que bate los murallones semiderruidos del anti-
guo Veracruz. A la popa nos seguían los tiburones. Ávidos y enor-
mes, asomaban el lomo gris, resbalaban ligeros o tragaban los
desperdicios esparcidos por el agua. Tras de larga espera, atracó a
nuestra borda la lancha del práctico. Avanzamos y se acercó la sani-
dad; después un remolcador y lancheros para la descarga. Una mari-
nería moderna, camiseta blanca y pantalón azul, tomó por asalto las
bodegas, las cubiertas, los pasos todos del barco.
Me llamó la atención el espantoso vocabulario que usaban sin
enojo, casi con la sonrisa en los labios. En vez del inocente "no seas
caballo" campechano, injurias soeces y blasfemias que pierden sen-
tido en fuerza de usarse, pero repugnan a quienes las escuchan y en-
vilecen a quienes las pronuncian. En cambio, nos rodeaba el panora-
ma veracruzano de rompientes, azoteas y palmeras. Separando la
costa del agua, subsistían los restos de un murallón lustrado por las
mareas, reverdecido de lama en las bases, prolongado por el contor-
no de antigua ciudad. Y hacia adentro un abigarramiento de coberti-
zos y cúpulas; lienzo de paredes blancas ennegrecidas por la hume-
dad, pilastras techadas sólo de tejaván; construcciones de tres pisos
con balcones de barrotes gruesos de madera, cornisas voladas y mi-
radores. Frente a las casas pobres de las orillas, un tejadillo, y al
lado una palmera, recordaban el clima implacable. Sobresalía entre
los tejados un campanario barroco de azul y blanco, adosado a una
cúpula revestida de azulejos claros; un poco más distante la torre del
faro cubierta de moho. Luego, a la derecha, el rompeolas que remata
en el islote de Ulúa, con su castillo convertido en cárcel; inepto para
defender a la patria contra el inglés, pero ufano porque castiga y
amenaza las libertades del hombre.

DE NUEVO EN LA CAPITAL

No recuerdo la calle, pero era una casa pequeña en un alto con esca-
lera propia, pisos de ladrillo colorado y dos balcones. Con escasos
muebles nos instalamos a medias; por baño, los próximos del Amor
de Dios, y a corta distancia, la Preparatoria. Aunque reducido a la
categoría de "perro" reservada a los alumnos de primero y segundo
año del patio chico, no cabía de orgullo al sentirme copropietario de
las nobles arcadas, los patios aireados, las aulas y laboratorios. Re-
partióse mi tiempo entre las clases de varios años; por ejemplo: ya
no repetí geografía, pero me atrasaron en matemáticas. No tuve que
cursar inglés, pero me faltaban pruebas de dibujo. El currículum pre-
paratoriano se ajustaba a la síntesis positivista aderezada por Barre-
da. Con la ufanía propia de la edad aceptábamos sin discusión el su-
puesto de que nuestro método era el mejor del mundo. Ni siquiera
sospechábamos que lo mejor del colegio, sus edificios suntuosos, era
obra de una edad negada por nuestra enseñanza, pero más fecunda
que nuestro tiempo. Entraba sin prejuicios a un establecimiento que
mi madre creía laico, pero no sectario. Estaba satisfecho de mi cam-
bio, y si algo echaba de menos eran unos ojos dulces y empañados
de llanto después de ciertas lecturas tiernas. A menudo, desatendien-
do las explicaciones de la cátedra, me descubría escribiendo sobre
las páginas de las portadas de algún texto un nombre, reverenciado
en silencio: Sofia. Nombre simbólico.
Investigando en sus raíces le descubrí el secreto: Sofia, Sabiduría;
no en vano tantas cosas se me habían manifestado por su intermedio.
La dulce imagen reaparecía entre las líneas del texto remplazando su
contenido, engendrando pensares y fantasías que ningún escritor
iguala. Subiendo las escaleras de la Preparatoria, contemplaba en
ocasiones el vitral del descanso. La figura sedente, juvenil y serena
:04 ULISES CRIOLLO

que simboliza la ciencia comtista regida por Amor, Orden y Progre-


so, se convertía de pronto en una imagen morena, de ardientes ojos y
sonrisa cándida. Sin compases ni globos y más bien como una espe-
cie de musa digna de ser invocada en el primer canto de un gran
poema: Sofia, la de Campeche. ¿Fue sugestión de la Jerusalén del
Tasso, que comencé a leer por aquellos días, lo que así exaltaba el
recuerdo de mi ilusión perdida?
Todavía años después, al encontrar su hombre caligrafiado en al-
guno de los libros ya desechados, la sensación punzante y dulce tor-
naba a encarnar una imagen lentamente desvanecida.
El hogar se nos había vuelto triste. La ausencia de mi padre dura-
ba ya varios meses y toda la familia hacía preparativos para reunirse
con él en Piedras Negras, donde consiguió restitución de empleo. Mi
madre disimulaba como podía el dolor de dejarme en la metrópoli.
Por no separarme de ella pensé hasta en renunciar a los estudios. En
la frontera me hubiera sido fácil encontrar trabajo en el ferrocarril o
en el comercio; no lo consintió, ni yo lo propuse muy decidido.
Procurábamos no hablar de un dolor y una inquietud que se trans-
formaban en ráfagas de rezo y fervor del futuro, La iglesia de Jesús
María o el Sagrario nos tuvieron muchas veces arrodillados frente al
altar, pidiendo consuelo al Altísimo para una pena desgarradora irre-
vocable. Con frecuencia, habiendo confesado la víspera, comulgába-
mos en las misas tempranas del altar del Perdón. Me atormentaba lo
fácil que era dar por terminada aquella agonía con sólo cambiar de
decisión, pero sentía dentro de mí la resolución fi rme, y ella, sacrifi-
cada a mi futuro, cuidaba como nunca de infundirme la confianza
magnífica con que entregaba a la Providencia sus angustias y perple-
jidades. Atenta a las almas, seguía descuidando los cuerpos. El tern-
blor frío de la calentura me entraba a mí por las tardes, y le duraba a
ella toda la noche la fiebre. Según suele ocurrir con el cambio de
clima, se me había declarado el paludismo, latente ya en la costa. Lo
de ella era más grave, pero tampoco le preocupaba: nos adminis-
trábamos la quinina y ... "Ya no te ocupes de eso". Y no en el con-
sultorio de los médicos, sino en el altar de la Virgen, es donde ella
reclamaba la salud. También la fuerza necesaria para veneer los peli-
gros del abandono que hacía de mí, en manos de los enemigos del
Cielo...
La preocupaba la situación peligrosa que me crearía una enseñan-
za no sólo laica, sino hostil a la creencia en que me había educado, y
a imitación de la Santa Mónica, extremaba el fervor de sus oraciones
para sostenerme en la prueba. Exaltándose, a ratos me veía como un
nuevo Agustín que ha de conocer el mal para mejor vencerlo. "Co-
DE NUEVO EN LA CAPITAL 105

nociéndoles su ciencia falsa podrás combatirla con la verdad que ya


conoces, y lo que sea útil, aprovéchalo", —recomendaba---. ¡Quién
sabe! Acaso todas aquellas amarguras de nuestra separación eran el
comienzo de un destino importante para el espíritu. ¡Aquel medio
nuestro, empobrecido de ideal, rebajado en su dignidad ciudadana,
está reclamando adalides!
"Eso no es para ti", había dicho refiriéndose a la mejor situación
que podría ofrecerme Piedras Negras.
Yo pensaba lo mismo, y el orgullo de tal certidumbre hacía sopor-
table la crueldad de la separación. Y con voluptuosa amargura con-
templaba los patios de la Preparatoria, pensando: "Se llenarán de
mí." Atravesaba las calles antiguas y reposadas del rumbo universi-
tario, adolorido en lo íntimo, mal comido y peor trajeado, indiferente
a la pompa ajena, pero musitando: "Oiréis hablar de mí..."
Antes de romperse el nudo, nos ahogaba y procurábamos romper
la tensión insufrible convenciéndose ella de que me estaba reservado
un destino heroico; aferrándome yo a la ambición de un éxito bri-
llante y rápido.
No por eso era menos amarga la prueba.
En las últimas semanas, para conversar con más comodidad hasta
las altas horas de la noche, instalé mi cama en la misma alcoba de
mi madre. Como quien se penetra de una música sacra, escuché re-
comendaciones, consejos y pláticas que no sospechaba serían las úl
timas. Hablábamos con pausas para la reflexión y resistiendo la fati-
ga que nos entregaba al sueño.
Cierta mañana me despertó la punzadura de unos sollozos muy
próximos. Una especie de instinto contuvo mis párpados ya libres de
sueño, dejándolos cerrados a tiempo que una leve caricia pasaba so-
bre mi frente. Arreció en seguida el llanto, pero resignado, lacerante.
Con fuerza dominé el ahogo que me subía a la garganta; mis ojos
cerrados contuvieron la explosión del llanto que hube de tragar por
dentro. Luego, como si todavía durmiera, fingí estirarme, pegando a
la almohada el rostro martirizado. Cesaron los sollozos de mi madre.
y unos minutos después hice como que despertaba. Ya ella, incorpo-
rada, secos los ojos enrojecidos, clamó con voz valiente: "A ver ese
muchacho dormilón, que se levante para misa." Evitábamos comen-
tar nuestro dolor y llegamos hasta el fin, eludiendo esos desahogos
desesperados que ponen en peligro las resoluciones más firmes.
Sin embargo, frente al altar, costaba trabajo retener el chorro de
lágrimas.
Todo cuanto vengo refiriendo pasa delante de mi atención objeti-
vado y ya casi indiferente; únicamente los recuerdos de esta separa-
106 ULISES CRIOLLO

ción suya son herida que jamás cicatriza, revive un dolor que me
anuda de nuevo la garganta.
Los últimos días fueron de fiebre y de insomnio, con horas empa-
padas de lágrimas, fiebre de mis "intermitentes" palúdicas y deses-
peración del alma que se desgarraba; tuberculosis en ella y agonía de
saber que no me vería más, según la apariencia del mundo. Sólo su
gran fe de llama sin escorias lograba devolverle la sonrisa tras el
llanto. En el sonambulismo de las emociones postreras, no me que-
daba otra certeza que la punzada en el costado. Y perdido el apetito,
desmayado el andar por la fatiga, perturbado el sueño por los zumbi-
dos de la quinina, no hallaba reposo ni para el cuerpo ni para el
alma.
Llegó el último día; salimos para la misa con las mejillas ardidas
por el sueño atormentado. Concluido en la Catedral el rezo, nos diri-
gimos a las oficinas del ferrocarril para las últimas diligencias del
viaje. La comida de mediodía se pasó fúnebre; callaba todo el mun-
do, salvo la abuelita que dejaba correr el llanto. Al levantarnos de la
mesa, tomé la decisión de partir. Cogí el sombrero sin despedirme
de nadie, sin ver hacia la puerta interior donde mi madre se había re-
tirado un instante a descansar. Sólo Gan se dio cuenta y salió a mi
encuentro. Me hizo arrodillar en la escalera por donde huía y, sollo-
zando, me bendijo. Un torrente de pena bajó sobre mí deshaciéndo-
me. Sin reprimir ya los sollozos eché a correr por la calle solitaria
inundada de sol de la tarde. No tenía adónde ir; sollozando a trechos,
caminando siempre, agobiado de mi condena, anduve calles, atravesé
plazas, intenté calmarme penetrando en iglesias semivacías; de todas
partes me echaba un borbotar de ahogo. Llegué hasta la Reforma y,
extenuado, descansé en uno de los bancos de piedra. El tráfico de
gentes desconocidas, indiferentes, quizá dichosas, aumentaba la
amargura de mi abandono. Si cualquier vago se me hubiera acerca-
do, le cuento en seguida mi pena, rompiendo a llorar. Pero nadie me
dedicaba ni siquiera una mirada. La soledad más completa caía sobre
mí a la par de la tarde que lentamente se apagaba. Al encenderse las
luces volví por el centro de la ciudad. Un remordimiento empezó a
hostigarme: la hora del tren se acercaba y mi madre no tendría quien
la ayudara a vigilar a los chicos, las maletas; por primera vez no me
tendría a su lado en funciones de hijo mayor. Sin duda había hecho
mal escapando antes de tiempo; debía acompañarla hasta el vagón:
quizá todavía era hora de alcanzarlos a todos en el umbral de la
casa. Caminando de prisa, me acercaba a nuestro barrio, sólo para
detenerme a la vista del Zócalo, cambiando en seguida de rumbo...
En realidad no me necesitaban, reflexionaba; presentarme no era
LA GRANADA SE PARTE 107

sino dar ocasión a escenas que además de insufribles eran contrarias


al tono de austeridad que mi madre imponía a sus penas. Y me apos-
trofaba en silencio: "Sé digno de ella, reprime los gestos, ahoga las
lágrimas. ¿De qué te afliges? Dentro de seis meses, en una tarde
como ésta, los verás a todos juntos y alegres de recibirte en la esta-
ción de Piedras Negras." Consolado un instante, miraba en torno la
ciudad como un dominio que ahora me pertenecía por entero. Al
rato, y con pretexto de imágenes triviales, una golosina vista al pasar
en la vidriera de algún estanco y que en otra ocasión comimos jun-
tos, el sitio por donde pasamos unidos, la frase que en tal momento
se dijo, se abría otra vez la herida y corría de nuevo el llanto. Por
los barrios apartados de la ciudad, cualquier interior iluminado me
recordaba de pronto la vida familiar dichosa y apacible; todos los
que se aman, en torno a la mesa dispuesta para la cena; dulce ima-
gen de lo que en ese mismo instante se me perdía.
Y por encima de todo, era ella quien comenzaba a faltarme. Unos
minutos más, y el tren echaría a caminar sin remedio. Ya ningún po-
der humano ni celeste podía evitarlo: partía ella. Dentro de una hora,
dentro de media hora, ya no pisaría tierra de la ciudad. Un frío de
calentura que va en aumento me sacudió la espina; luego, en las me-
jillas se encendieron llamas. Maquinalmente me iba encaminando a
la estación de Buenavista. Eran ya casi las siete y cuarenta, la hora
de salida del tren de Torreón. La vista del doble piso de ladrillo co-
lorado con cobertizos y tumulto de viandantes y vehículos me quitó
el aliento. Jamás he podido volver a pasar por esos andenes sin dis-
gusto, y aunque muchas veces he pasado por allí rara vez lo hago sin
dedicar un recuerdo a la mísera sala de espera. En ella estaba ya mi
madre, siempre puntual. La vi desde una vidriera exterior. Aguarda-
ba sentada en uno de los bancos ordinarios, rodeada de mis herma-
nos; contemplé su rostro enjuto, labios plegados y mirar penetrante.
A pesar del surco doloroso de la frente, una aureola de pensamiento
y de claridad le ennoblecía la expresión. Su tez demacrada tenía algo
de cirio por el extremo que le penetra la llama. El sombrero negro
con velillo le cubría los rizos claros todavía sin canas... Como quien
colma una sed urgente, me embebía de su imagen; luego eché a co-
nèr, me perdí otra vez por la ciudad sombría, prisionero de una con-
dena que no llegaría a levantarse jamás.

LA GRANADA SE PARTE

La tía Conchita había decidido quedarse en la capital en compañía


de unas parientes conocidas entre los oaxaqueños con el nombre de
I 08 ULISES CRIOLLO

las niñas Conde. En la misma casa me arregló mi madre pensión.


Las niñas Conde eran dos solteronas viejas que liquidaron en Oaxa-
ca un pequeño haber para instalarse en la capital con un "estanqui-
llo", pequeño comercio de tabacos, dulces oaxaqueños, sellos de la
renta del timbre y miscelánea. Parientes lejanas de mi madre, por ex-
cepción me hospedaban en un cuarto interior de su establecimiento
de la calle de La Joya, hoy Cinco de Febrero. A eso de las diez, todo
extenuado por tantas horas de vagancia dolorosa, llegué a mi nueva
vivienda. Las amables señoras y mi tía tenían dispuesta una mesa en
mi honor; pero en ese momento la jaqueca me oprimía las sienes.
Cruzando apenas las palabras indispensables a la cortesía, me metí a
la alcoba de piso recién pintado al rojo. El tremendo dolor de cabeza
me tuvo largas horas entre dormido y despierto.
Ya un poco tarde, al día siguiente, asomó la tía Concha anuncián-
dome el chocolate. Era famoso el de las Conde; lo molían en casa al
estilo de Oaxaca, para venderlo en su estanquillo. No sé por qué em-
pezaron a molestarme los cuidados afectuosos que me dedicaban.
Examinaba el rostro de la tía Conchita como si lo viera por primera
vez, y me daba la impresión de una especie de caricatura de mi ma-
dre. Cierto movimiento de la cabeza sobre el cuello que en mi madre
denotaba reflexión profunda, en la tía, exagerándose, tornábase tem-
blor angustioso y lelo. Y en vez del noble mirar despejado, unos
ojos de pasmo gris claro, levemente desviados entre la frente inex-
presiva y la boca ancha; máscara blanquecina con una que otra man-
cha de paño. Añádase a esto las constantes referencias a los ausen-
tes, la sensación de estar en familia sin estarlo, la comparación a que
obliga todo parentesco, y se comprenderá por qué decidí escapar de
aquella casa... "Mira que se va a enojar Carmita", advertían las
buenas señoras intentando retenerme. Pero, imperturbable, mudé el
baúl y los libros al cuarto alquilado en una oscura pensión del barrio
estudiantil.
Las clases me ocupaban todo el día; pero era dificil llenar las ho-
ras crueles del eremita, entre las cinco y las seis en que concluye el
trabajo y la hora de la cena. Concluida ésta, la preparación de las
lecciones me ocupaba hasta medianoche. El problema de las horas
solitarias del crepúsculo me lo resolvió, por fin, la biblioteca de la
Preparatoria. Con sensación de confianza y de orgullo esparcía el
ánimo bajo la nave reposante, recorriendo con la vista la estantería.
Más de veinte mil volúmenes a mi disposición, sin contar con los
seiscientos mil de la Biblioteca Nacional, que también podía consul-
tar a mi antojo. ¡Para eso me hallaba en la metrópoli! Por fin me
sentía incorporado al grupo que disfrutaba el privilegio de los vastos
LA GRANADA SE PARTE 109

recursos del saber. Los libros que en provincia conocíamos de oídas


estaban al alcance de mi mano. Mis penas y mi soledad era el tributo
de aquella participación en la soberanía de la Cultura.
¿Qué diría ahora de mí Sofia, la de Campeche, encerrada en su
pequeña biblioteca privada? Pronto iba a sobrepasarla a tal punto po-
dría deslumbrarla si la encontraba de nuevo.
Los días de fiesta religiosa, las tardes sin clase, me instalaba en
las sillas de la ex iglesia de San Agustín, mal adaptada a Biblioteca
Nacional. Empezaba a contagiarme el entusiasmo científico del pre-
paratoriano, y leía el Humboldt de los viajes a Sudamérica y del En-
sayo de la Nueva España. Leía también a Reclus en El Hombre y la
Tierra. Sus juicios sobre la convivencia de las razas en América fue-
ron el germen de lo que más tarde he escrito sobre el mismo tema.
Me di también en aquella época a Buffon y a Cuvier, con su filoso-
fía derivada del fósil. Más que la narración de los hábitos y las ca-
racterísticas de reino animal, me interesaba su relación con la exis-
tencia humana. Aun en este periodo de enamoramiento científico,
me mantenía anticientífico sin saberlo, en el sentido de no importar-
me el detalle de la investigación, lo que más tarde han llamado "el
comportamiento del reino animal", sino lo que no puede explicar la
ciencia, el significado de la realidad zoológica en relación con el
destino humano. Fácilmente avanzaba en el terreno de la historia na-
tural; en cambio, mis tropiezos y mis disgustos eran cada día mayo-
res con respecto a la disciplina matemática. Estábamos lejos de la
matemática metafisica de estos últimos tiempos de novela cósmica,
basada en el relativismo y los Eddington y los Jeans. La matemática
de nuestra Preparatoria era el seco perogrullismo de las ecuaciones
algebraicas y las raíces. Ni siquiera los teoremas me excitaban la
imaginación. Nunca he comprendido el entusiasmo de los racionalis-
tas ante el hecho obvio de que el cuadrado de la hipotenusa es igual
a la suma de los cuadrados de los catetos. En rigor, entendí el teore-
ma cuando conocí las demostraciones gráficas del discutido método
Terrazas. Era éste una especie de iluminado, propietario de la más
hermosa cabeza de aquellos tiempos.
Terrazas era un excomulgado de la Ecclesia Preparatoria Comtia-
na; sin embargo, sus textos nos servían de consulta al lado de la ári-
da geometría de Contreras. Serie de problemas y fórmulas, como
para alimento de un cerebro que fuese sólo máquina de cálculo.
Ciertas curvas me interesaban tanto como el círculo me era antipáti-
co. En la parábola encontraba un símbolo de alto interés filosófico;
el movimiento que se va al infinito, expresado por el signo co. Las lu-
cubraciones griegas y posteriores alrededor de la fórmula 7t 2 , máxi-
ma aproximación de la rectificación de la circunferencia, me pare-
cían faltas de interés trascendental, porque lo mismo en cuadrado
que en círculo, el movimiento que vuelve sobre sí mismo es como la
vida cotidiana que aburre y entristece. En cambio, la aventura de un
móvil que no está obligado a recorrer elipses, inútil distensión del
círculo, sino que siguiendo audaz trayectoria se lanza a lo ignoto, me
parecía un caso en que el alma interviene en lo físico. Toda una sim-
bología trascendental parecía derivarse de esa relación misteriosa de
la curva con sus ejes, hasta que el movimiento suelta los amarres del
eje y se lanza como nuestro anhelo, satisfecho sólo en la infinitud.
En la teoría de la curva no veía, de esta suerte, una manera de deli-
mitar la realidad para precisarla según cierto tipo de jerarquías, sino
una manera complicada de organizar la materia para llevarla al esta-
do del ser que no conoce los límites. La forma instrumento del espí-
ritu, pero no el espíritu.
Por eso mi temperamento amatemático creyó encontrar su afini-
dad en la mecánica. La esfera de la existencia en que las formas y
las masas pierden su rigidez para reintegrarse a la corriente creadora,
libertándose de la cristalización en lo finito. Ya no una aritmética ni
una analítica, sino una dinámica. Rota la inercia por la masa del im-
pulso, en seguida la masa se identifica con la fuerza.
El solo nombre, fuerza, me producía un arrobo de esencia mística.
Ya no se trataba del obvio razonar que combina elementos en series
equivalentes, como en la ecuación algebraica. En la mecánica inter-
venía el milagro y quedaba abierto el campo para la invención. Ar-
químedes tocó uno de los nervios del cosmos cuando puso la palan-
ca al servicio de la inteligencia que busca propósitos. El mundo no
es una cosa que se explica, sino fundamentalmente una zona de la
que hay que salir. No había, pues, comparación entre una doctrina
meramente matemática que nos explica cómo se distribuyen las can-
tidades dentro del orden espacio y tiempo, y la doctrina dinámica,
que nos indica cómo se puede saltar de las cantidades al movimien-
to. Insertando éste en el ingenio, se produce la transformación de las
cantidades en valores, y las cosas adquieren el temblor de los actos
del espíritu.
Interpretando mi texto francés de mecánica, deducía que el mundo
no es cosa de líneas y sólidos moviéndose en cartesiano espacio de
pura extensión, sino juego de fuerzas. Una dinámica en vez de una
estática y una especie de evolución de lo objetivo, que es acción. El
mundo entero de los objetos dejaba de ser inmutable y geométrico y
adquiría condiciones de provisionalidad. Habría objetos mientras du-
rase el periodo en que el alma los necesita para orientarse en el cos-
mos. Desaparecerían los objetos tan pronto como el alma recobrase,
por el camino de la verdad, su fin excelso y postrero, una especie de
salto de lo objetivo a lo esencial y desde lo humano a lo divino. Tal
era la médula de la enseñanza de la mecánica. Y su símbolo, ya no
la esfera de los pitagóricos, sino la espiral que arranca del hombre o
pasa por el hombre, pero luego se ensancha y progresa hacia lo ab-
soluto.

LA SOGA AL CUELLO

Mi gloriosa libertad duró apenas un mes. Mi madre, alarmada por mi


deserción de la casa de las Conde, se puso en comunicación con
unas amigas suyas, ordenándome que les tomara hospedaje. Me tras-
ladé, así, a la pensión modesta pero casi distinguida que mantenían
en la capital otras solteronas oaxaqueñas: las señoritas Orozco. Calle
de San Lorenzo, a una cuadra del jardín de Santo Domingo. A pesar
de su situación económica estrecha, las Orozco se trataban con el
mundo, poderoso entonces, de la colonia oaxaqueña. La mayor de
ellas, Lupita, frisaba en los cincuenta, pero se mantenía entusiasta y
conversadora. Era su gloria haber asistido al baile dado a Porfirio
Díaz como Gobernador de Oaxaca. De él guardaba un listón que le
manchó con champaña el propio Dictador al tropezarle con el codo
una pareja. "Tiene la huella del héroe", decía. "Del asesino", me
atreví a puntualizar una ocasión; pero ella, sin enfadarse, insistió:
"Tú qué sabes, hijo; es un héroe."
¿Por qué mi violenta reacción contra el caudillo de los mexica-
nos? Ni yo me lo hubiera explicado. Quizá el odio lo absorbía del
ambiente. Jamás se le atacaba en público, pero se respiraba en el
aire la antipatía violenta. Sin embargo, la cosa política no entraba to-
davía en mi sensación ni siquiera en mi léxico. Mi mundo era el del
espíritu y no tenía tiempo para abrir los ojos en derredor. La tertulia
de las señoritas Orozco me aburría. Era mejor la soledad de mi cuar-
to desnudo; sobre la cabecera de la cama de hierro tenía una peque-
ña imagen de la Virgen del Carmen, símbolo conjunto de la madre
terrena y divina. Un montón de libros llenaba la pequeña mesa. Una
humilde palangana de aseo prestaba también servicios para experi-
mentos sobre la refracción de la luz. En los rincones, bajo las sillas,
se acumulaban las tijeras, la hoja de estaño y las sales que había uti-
lizado para construir una pila eléctrica. Con ella ensayaba los descu-
brimientos de Galvani, fascinación capital del recién comenzando
curso de Física.
112 ULISES CRIOLLO

La pasión de la ciencia no menguaba mi fe ardorosa. Sin esfuerzo,


y no sólo por complacerla, cada mes enviaba a mi madre la cédula
de confesión. La obtenía arrodillándome al azar en cualquiera de los
confesonarios abiertos al público en la Catedral. Los días transcu-
rrían ligeros. Rodeado como estaba de compañeros igualmente po-
bres, no me preocupaba la estrechez material.
Las cartas de mi madre empezaron a hacerse raras. Mi padre se
refirió una vez a su enfermedad; con todo, no me pasó por la imagi-
nación la idea de que estuviese en peligro. Atravesaba un periodo de
optimismo igual que si tuviese comprado un destino benévolo: im-
permeable a toda posibilidad de desventuras. El entusiasmo científi-
co me tomaba todo el día, y por las noches la oración me llevaba al
mundo de mi infancia donde mi madre era maestra y ejemplo. Los
domingos, en la misa de la iglesia de la Concepción, los cantos, las
plegarias, el olor de la cera, me restituían a una seguridad de que la
vida es algo santo a lo que hay que entregarse sin inquietud... "Ma-
dre mía Santísima, te pido la salud de mi madre enferma..." una vez
pronunciada en lo íntimo esta diaria oración final después de los pa-
drenuestros y salves, me parecía conjurado todo peligro por grande
que fuese. En torno a mi acción había un fluido protector, y mi ma-
dre era el asiento y el medio, la cumbre de mi exaltado destino.
En la pensión había un huésped que empezaba a distraer mis
ocios. Pariente lejana de Adelita, la madrastra de mi madre, la joven
mixteca Serafina acompañaba en México a sus hermanos estudian-
tes, uno de Leyes, otro de Agricultura. Nacida y criada en un peque-
ño pueblo de los alrededores de Tlaxiaco, había pasado algunos años
en la capital de Oaxaca, y ahora, en México, dedicaba sus largos
ocios a recorrer con alguna de las viejitas Orozco las casas de los
conocidos y los paseos honestos. Su única lectura, las revistas de
moda, fue pretexto para que comenzara nuestro trato. Me traía sus
cuadernos en francés a fin de que se los descifrase antes de cortar
las telas. Y como todas las mujeres en el periodo de la cacería amo-
rosa, aparentaba curiosidad por mis libros, lo mismo que en caso di-
verso hubiese simulado interés por el comercio o por la guerra.
Aparte de cierto barniz social y de una disciplina ética rigurosa,
era un alma primitiva que no ataba ni desataba, ni poseía una letra
de ciencia o de literatura. Una de esas pruebas en que hay que empe-
zar a lo Robinson, trasmitiendo los elementos de la aritmética junto
con las nociones sobre la redondez de la Tierra. La experiencia re-
sultaba tentadora para un pedante de mi género con pretensiones de
enciclopedista. Y si a esta inocencia científica se agrega una morbi-
EL RAYO 113

dez sensual llena de recato y una intimidad de todas las sobremesas,


se comprenderá lo peligroso y absurdo del lazo que allí se ataba.
Comparando mi nueva amiga con la Sofia de mis recuerdos con-
movidos, descubría una como mayor comodidad en las relaciones
mutuas. Con Sofía era menester mantenerse ale rt a por temor de in-
currir en omisión o dislate. Sabía ella tanto como yo y en algunos
asuntos más. En cambio, ahora podía disertar sobre las estrellas o
sobre el funcionamiento de las vísceras internas en la seguridad de
que la misma credulidad, fácil por indiferente, acogería mis discur-
sos sin crítica.
Contribuíamos, yo con mi ciencia y ella con su opulencia fisica.
Y complacíase mi vanidad, a la vez que ciertos rozamientos acciden-
tales, las palabras y los gestos de coquetería femenina excitaban mis
deseos reprimidos. Así fuimos cayendo en una relación ambigua que
pasaba de amistad y no llegaba al amor confesado y franco. Por su
parte, la imaginación enfermiza trabajaba dentro de mí, convirtiendo
a mi honesta compañera de pensión en tema de un idilio incompara-
ble. Y si no es verdad que el hombre pone y Dios dispone, porque
no es justo achacar a la Providencia disparates, sí es verdad que, a
menudo, las circunstancias nos van arrastrando a situaciones en que
la voluntad y el buen sentido cuentan menos que el humo de un ci-
garro en el viento.

EL RAYO

Con la mano derecha manejaba yo la ciencia que lentamente se me


ofrecía sumisa, a través de textos y cátedras; con la izquierda abriga-
ba el recuerdo dulce de una madre en flor de santidad, y ante los
ojos tenía en carne y hueso a la mujer, deliciosa promesa del futuro.
Unos cuantos años de tesón en las aulas y, tras de una serie de éxi-
tos fáciles, la prosperidad y la gloria. La certeza de mi destino me
levantaba en vilo; flameaba dicha mi corazón. Transparente el aire,
luminoso el día, gigantesco el perfil de la cordillera distante, así mi
anhelo ensanchábase ilimitado. Y en una como acción de gracias
inarticulable, paralela del gorjeo de los pájaros en las mañanas del
parque, recorría los senderos floridos, descuidado el libro en las ma-
nos y lanzaba el alma por el firmamento, atenta a la dulzura de estar
vivo y dichoso.
Transcurrieron así las semanas, despreocupadas y laboriosas, has-
ta que súbitamente, sin anunciarse, descargó el infortunio. Entraba
silbando a mi cuarto un anochecer de tantos, cuando la criada me
114 ULISES CRIOLLO

llamó al salón "de parte de las señoritas Orozco". Las encontré re-
servadas y graves; me hicieron sentar y extendieron ante mis ojos un
telegrama: "Avisen Carmita grave, no hay esperanzas." Y como pro-
puse telegrafiar en seguida, pedir más noticias, añadieron: "Ha veni-
do ya otro mensaje... Resígnate... Qué le vamos a hacer... Te
acompañamos en tu pena..." Sin responder casi, me dirigí a mi ha-
bitación. Lo primero que logré concebir fue un reproche desespera-
do, un insulto a mi ceguera; hasta entonces juntaba cabos sueltos,
expresiones de mi madre en sus últimas cartas, avisos velados de mi
padre y aun ciertas alusiones de las mismas señoritas Orozco. Todo
el mundo preveía mi desgracia y sólo yo me había adormecido en la
más estúpida confianza... ¿Y todo por qué?... Y en aquel instante
mi vista se levantó en queja temerosa, desgarradora, hacia la Virgen
a cuya guarda la había confiado. Una sensación de hielo me recorrió
la espina y me eché en la cama tapándome el rostro. Me latían con
tal fuerza las sienes, que las apretaba en las dos manos. Aniquilado,
vencido, sollocé, por fin, sin consuelo.
Pasó una hora y me llamaron a cenar. Me excusé de presentarme
a la mesa, y la criada trajo algún alimento que dejé intocado. Por
toda la casa pesó un silencio de cortesía que me causaba espanto.
Sobre el pupitre, la vela sin despabilar chirriaba con ecos fúnebres.
Vacilaba la flama como las almas en el tránsito sombrío... Estaba,
por fin, delante de la muerte. Y la veía herir allí donde más daño
pudo hacerme. En el vé rtigo del terrible misterio, perdía lo mejor de
mí mismo, pues era ella la pa rte superior de mi ser. El futuro se me
apareció, de pronto, devastado e inútil, como si un golpe en la nuca
me hubiese apagado hasta el último destello de luz.
Una porción de mí mismo se había deshecho para siempre... Ja-
más volvería a ser el de antes... Me hallaba fulminado y hubiera
apetecido la fiebre de algún padecimiento mortal.
Una sensación de oquedad y de páramo interno me cortó la vena
del llanto. No alcanzaba sosiego y sentía odio del pensamiento...
¿Para qué me serviría la inteligencia sino para recordarla en vano?
Ni dentro de mí ni fuera, por toda la extensión de la Tierra, había
nada capaz de suplirla... ¿Para qué, entonces, abrir los ojos, disten-
der la atención? La irrevocable realidad de que no volvería jamás a
verla, tal era la única verdad indudable y también mi condena sin
apelación. ¿A quién, a quién acudir en demanda del ayer en que es-
tuvo viva?
Sólo una voluptuosidad me consolaba: la de sentirme deshecho
del cuerpo y extenuado casi como lo estaba ella en su lecho mortuo-
rio. Cualquier otro consuelo era cobarde. Apenas si una voz, la suya,
EL RAYO 115

clamaba desde la profundidad, y aunque me resistía a prestarle oído:


"No ames lo que se ha de morir", —había dicho ella tantas veces—,
y "sólo al Dios eterno has de amar."
Dios, la palabra temida, me sonaba ahora terrible; ni osaba pro-
nunciarla, temeroso de agravar mi secreto. Pues en mi soberbia le
había pedido el milagro y con él había contado. Seguro de que mis
oraciones la protegerían, ni me había ocupado de las noticias adver-
sas que sobre su mal escuchaba. ¡Dios mismo me volvía ahora el
rostro...! Mi desamparo comenzaba inexorable y total... Ensayé re-
zar; pero, al fin y al cabo, la oración es un ruego y no tenía en aquel
momento nada que pedir, puesto que lo más apetecido se me acaba-
ba de negar sin remisión. Y no quería alivio de mi dolor, sino sufrir-
lo, desmesurado y eterno como la pérdida que lo motivaba. Pedir ali-
vio o aceptarlo era complicarse en una traición. Al contrario, me
comprometía a padecer inconsolable desengaño y odio a la vida: re-
conocimiento de su ponzoña. Y según crecía el tono de mi confusa
indignación exterior, una subcorriente emotiva me apuntaba muy
quedo la terrible advertencia... "Pecado de orgullo cometiste cre-
yéndote virtuoso, a tal punto de merecer el milagro de una curación
imposible." Y ahora, "después del pecado de soberbia, pecas tam-
bién contra la esperanza. Borras del porvenir toda oportunidad de
rehabilitamiento y redención".
Las amas de la casa, los hermanos de mi futura novia y ella mis-
ma se habían asomado a mi pieza para tratar de hacerme compañía;
pronto se habían convencido de que era mejor dejarme entera la
copa de la amargura. Aprovechando un rato de soledad, tomé el
sombrero y me eché a la calle.
Un instinto de condenado me llevó a los sitios por donde más an-
duve con ella. La verja de la Catedral cerrada a tales horas me detu-
vo un instante. Cogido de sus hierros lloré largamente. La quietud de
una medianoche apacible me serenó un instante. Los follajes del jar-
dín, en torno, penetrados del reflejo de las farolas eléctricas, movi-
dos por la brisa, proyectaban sombras fantásticas. Sitio para venturas
de amor, en él me tocaba renegar del hoy y del mañana, pues no se-
ría digno aceptarle a la vida compensaciones ni dichas. Aliviada la
frente con el frío del enverjado, medité. ¿A estas horas su alma bon-
dadosa anda metida en sombras y vaga por florestas desconocidas?
En ese momento, sin embargo, por primera vez vaciló mi fe y no sa-
bía si creer o no creer en el más allá de las almas. Y no sé qué oscu-
ros sarcasmos asomaron a flor de labio sin llegar a formularse. Y
martillaba mi mente la evidencia brutal de que jamás volvería a con-
templar el rostro amado. Nunca volvería ella a penetrar por aquella
puerta de la derecha para la misa temprana en el altar del Perdón.
I I6 ULISES CRIOLLO

Reflexiones elementales de este género me desgarraban o me produ-


cían rebeliones próximas a la blasfemia. Por gracia especial divina
no llegó ésta a plasmar en mi ánimo. Más bien la dureza del golpe
acabó por dejarme humilde. ¿Quién era yo para esperar o merecer
milagros? Mi madre había cumplido su tarea y se iba al cielo. Allí
andaba ya metida en luz como de luna. En torno a su rostro había un
halo de paz. En el instante de la exasperación máxima, en el borde
mismo de la blasfemia que acarrea maldición, su dedo invisible se-
llaba mis labios. Luego me empujó, me echó de nuevo a caminar.
Tomé por el reloj, seguí rumbo a Peralvillo, di no sé cuántas vueltas,
y ya que no podían sostenerme las piernas, regresé a mi pensión. La
llaga abierta en el costado me molestaba menos que la cabeza transi-
da de angustiosos pensamientos.
Pensando en la cama que ofrecía reposo al cuerpo extenuado, pe-
netraba en mi habitación cuando vi, al fondo del corredor, la figura
clara de mi amiga. Se acercó prudentemente y me sentó a su lado en
el único banco del interior del pasillo. Todos los vecinos habían ce-
rrado sus puertas y no había sino luz de luna en torno. Su mano
oprimió la mía tratando de infundirme consuelo. Deshecho yo de
gratitud y ternura, me hice el estúpido juramento de amarla por toda
la eternidad.
Culpo a la necia literatura romántica, sin excusar a mi ingenua
iniciadora, la Sofia de Campeche, de aquel yerro que nos había de
pesar a los dos toda la vida. El hecho es que al sentirme desampara-
do de los poderes celestes, me acogí a la carne que embriaga y hace
olvidar, aunque de hecho nos ate a la cadena de la pasión absurda
que perpetúa las generaciones.

EL NARCÓTICO

Era septiembre y faltaban dos meses para los exámenes. Abandonar-


me y perder el curso hubiera sido traicionar el propósito que motivó
su sacrificio; en cambio, resultaba casi cuestión de honor hacerlo vá-
lido. Al principio no lograba concentrar la atención en el estudio.
Las imágenes de la ventura perdida se proyectaban sobre la página
del texto y removían la pena íntima. Era menester echarse a andar y
castigar de alguna manera la inquietud del cuerpo, o bien distraerlo
y hartarlo. Urgía un cambio total de ocupación y preocupación. Mis
escasos haberes no permitían emprender viajes o ensayar excitantes
experiencias. Recortando aquí y allá junté lo suficiente para el es-
pectáculo de la canción y la pornografía. El "género chico" español,
con decires de ingenio y lindas mujeres, estaba en auge. No pocos
EL NARCÓTICO 117

condiscípulos se pasaban la tarde o la noche en la galería del Princi-


pal, dándose ración de ojos sobre caderas y pantorrillas. Sumándome
al público estudiantil aprendía a combatir mi melancolía con la exci-
tación violenta del desnudo o semidesnudo femenino. No buscaba,
como algunos colegas, las piececillas de aires más agradables, sino
las más atrevidas en la incitación de la sensualidad. Por hábito de lu-
cha contra el deseo había evitado, hasta entonces, las ocasiones de
tentación. Ahora, al contrario, las buscaba, gozándolas con cínico
abandono.
Y lo que antes había hecho por excepción y con desagrado, ren-
dirme al amor callejero, ahora me parecía un goce y lo practicaba
hasta el límite de mis recursos monetarios. Así es que regresaba a mi
alcoba deshecho de cuerpo y estragado de alma. Estudiaba unas ho-
ras para no perder el puesto en la clase y me acogía al sueño como a
una muerte provisional y casi deseando no despertar más. Indeseada,
penetra por las rendijas de nuestra puerta la mañana. No puede ya
traernos ninguna promesa. Y, en cambio, nos confirma en la desgra-
cia. En el sueño, acaso imaginamos que todo ha sido una pesadilla
que se disipará con el alba. Pero el despertar realista y amargo ani-
quila la esperanza. Descuidado en el arreglo físico, desganado en la
mesa del desayuno, desmayado en la marcha por las calles lumino-
sas, pero vacías de contenido de espíritu, únicamente al trasponer el
zaguán del patio grande de la Preparatoria me acogía un soplo del
ímpetu antiguo. Empujaba la ambición. No era posible presentarme
en Piedras Negras con un desastre como final de año. Además, pa-
seando la mirada por las aulas, los laboratorios, las salas de lectura,
recibí la impresión del que abarca un botín. Cada una de las ciencias
allí cultivadas sentirían la garra de mi ingenio; era menester sobresa-
lir en todas...
Cuando recogí mis notas, tragando lágrimas porque ya no tenía a
quién mostrarlas, comprobé ciertas calificaciones máximas con la
naturalidad de quien recibe lo que se le adeuda. No obstante, una
vaga, pueril vanidad susurró para sí misma; "Está visto que no sólo
en Campeche". Más que la sensualidad, la ambición se iba impo-
niendo al quebranto y cámbiaba las imágenes fúnebres por otras de
acierto y de brío. En los sueños su imagen se me aparecía rodeada
de esplendor lunar y sonriéndome. "Estoy de paso —parecía decir-
me—, y para quedar más cerca de vosotros sólo más tarde escalaré
los cielos." Así que ya no la necesitáramos, ella se iría más allá de
la Luna, cielo adentro, a la final beatitud. Desde una penumbra an-
gustiosa mi alma le tendía su anhelo, se apoyaba en su seno. En el
instante en que iba a tocar su túnica negra sobre la rodilla, sedante, y
118 ULISES CRIOLLO

justamente cuando ella extendía también la mano para poner su cari-


cia en mi frente, una sacudida brusca me despertaba. Palpándome el
rostro no hallaba otra huella que la del llanto. ¿Lo ocasionaba la di-
cha del sueño o el despecho del despertar?
El fin del curso determinó cambios de importancia en la vida de
nuestra casa provisional. Durante los meses de vacaciones las señori-
tas Orozco se marchaban a Oaxaca; mis futuros cuñados, con mi no-
via, salieron para su pueblo de la Mixteca. Los últimos días quedé
solo en casa con la criada. Era ésta una vieja cocinera oaxaqueña
que a menudo se asomaba a mi cuarto para darme en su charla un
relato confuso de cosas y personas de la provincia. Citaba nombres
que ya conocía por haberlos oído en mi infancia, y casi ni prestaba
atención a sus cuentos, salvo una vez que me dijo: "Tú debías lla-
marte Castellanos... tu padre es hijo del cura Castellanos..." Tan
inesperado aserto me produjo perplejidad. Me di cuenta de que nun-
ca se habló de mi casa del abuelo paterno. Cierta o falsa la versión,
ni me ha preocupado ni he vuelto a escucharla, me preocupó, y sólo
muchos años después supe la verdad: mi padre había sido un bastar-
do pero no de cura, sino de comerciante español acomodado y aun
noble de estirpe.

EL RETORNO

Con sabor amargo en los labios me acercaba a Piedras Negras, ya no


el pueblo en que se ha soñado, sino el sitio de la más tremenda pena
del ánimo. Temía el encuentro con mis familias... Anticipaba el gol-
pe de verlos de luto. Nos daríamos un abrazo, pero sin apretarlo de-
masiado, por peligro de hacemos daño en la herida interna. No se
produjo ninguna escena dramática: la recepción se desenvolvió rápi-
damente merced a los carricoches que de la estación nos transporta-
ron a la vieja casa de la esquina del parque. En la perspectiva cono-
cida nada había cambiado. Mis hermanas, un poco más crecidas,
redondeadas por la pubertad, se veían más blancas bajo las telas del
luto. La distribución de las habitaciones, el abandono del patio, coin-
cidía con el recuerdo de la época infantil. Y aun podría imaginarse
que no habíamos estado en Campeche ni habían corrido los años y
cambiado los panoramas, si no fuese porque, en el mismo instante
de apuntar la idea optimista, una punzada violenta recordaba la falta
de lo único que realmente nos hubiera complacido hallar intacto y
vivo. Como por tácito acuerdo evitábamos hablar de ella, así nos re-
firiésemos detalles de la vida común. Sólo la abuelita, incapaz de
contener sus ojos cansados, lloraba a menudo sin comentar su llanto.
Otra novedad fue que, a eso de las doce, Concha y Lola empezaron
a asomarse a la puerta, entre inquietas y alborozadas. La abuelita no
vaciló en prevenirme: "Estas niñas, tan jovencitas, andan ya entu-
siasmándose porque unos tipos les pasean la calle."
Y, según el uso de la época, apenas advertí que mis hermanas mi-
raban en dirección del jardín de enfrente, me eché yo a la acera con
aire provocativo. Pasaban, en efecto, dos jóvenes del lugar. Desde
mi puesto a orillas de la acera, los desafié con la mirada; ya podían
venir, si osaban. Ahora mis hermanas tenían quien las defendiese.
Aunque atractivas por su juventud, Concha resultaba fea con su ros-
tro pecoso de frente grande bajo el cabello castaño claro. Sus ojos
inteligentes, pequeños y grises, sus pestañas escasas, la predestina-
ban con claridad para la ciencia, no para el amor. Así me lo advertía
el instinto antes que lo confirmase la experiencia. Se hacía, pues,
más necesario protegerla de un galanteo que serviría únicamente a la
fatuidad de un necio. A puñetazos decidí terminar semejantes rela-
ciones. Por lo pronto, ya tuve ocupación periódica: mantener la
guardia en la puerta en las horas consabidas. Con enojo, las chicas
protestaban, pero puertas adentro. Afuera logré ahuyentar a los im-
portunos. En efecto, en la frontera se reconocía el derecho del her-
mano a inte rv enir, violentamente si era necesario, en defensa de las
de su clan. Tanto, que lejos de tomármelo a mal, cierto día que pasé
junto a un grupo masculino que conversaba en una banca de la pla-
za, alguien me hizo seña invitándome a acercarme; entre otros, reco-
nocí a los que paseaban la calle a mis hermanas. Temeroso de apare-
cer intimidado, me acerqué. "Ven a sentarte con nosotros —dijo una
voz—; soy Fulano de Tal y éste es Zutano", etc. Me acogieron así,
cordialmente, como vecino y paisano.
Lola era una rubia pálida del mismo tipo que mi madre, según lo
comprobaba el retrato juvenil de ésta. Su cuello largo y fino contras-
taba con el muy corto que Concha y yo tenemos. Afilada la nariz,
los ojos claros y rubio el cabello. Lola se parecía poco a Concha, de
ojos grises y pelo desteñido. También por el humor ligero discrepaba
de Concha, reflexiva y apasionada. Lola, en apariencia vehemente,
ponía la cabeza delante del corazón; había nacido para la tierra. La
otra, reprimida y ardiente, acabaría en el renunciamiento.
Apenas en sus doce años, Mela era ya la bonita entre las tres. En
Mela, reducción familiar de Carmela, designaba ya una pequeña be-
lleza de pelo negro y ojos claros. Muy blanca y de temperamento
nervioso. Ya se permitía ensueños mundanos, según el que nos refi-
IZO ULISES CRIOLLO

rió una vez: Bajaba las escaleras de mármol de un palacio en fiesta,


cogida de la mano de un lindo paje.
Seguían en escala cronológica dos varones, Carlos y Samuel, de
once y diez años, y una mujercita de nueve: Soledad. Todos muy
unidos y bulliciosos, no obstante la nube de la materna orfandad.
La plaza había mejorado con un nuevo edificio municipal. Doble
construcción de ladrillo colorado y mansarda negra, estilo texano
francés, resultaba horroroso, a pesar de que había costado un exceso.
Mirándolo en la esquina opuesta de la iglesia, recordaba mi palacio
infantil del corral de nuestra primera casa fronteriza. Cuánto mejor
lo que hice entonces, que el adefesio levantado sin consultarme. Era
doloroso lo que hacían con mi ciudad aquellas autoridades cretinas.
En cambio, al otro lado, dentro de su estilo moderno, mejoraba noto-
riamente, no sólo en cantidad, también en gusto. El contraste humi-
llaba. De un lado la fuerza, el acierto, la libertad. Del lado nuestro la
ruindad, la envidia, el despotismo. Los de Eagle Pass no habrían va-
cilado en abrir un concurso entre los escolares, en busca de alguna
idea aprovechable. Sólo entre nosotros la suficiencia torpe se aliaba
al autoritarismo sombrío.
Bajo una apariencia distraída y mientras iba y venía con mis her-
manas o con mi padre, un deseo me roía el pecho; en nuestras con-
versaciones se eludía el comentario de la reciente desgracia. Se diría
que aplazábamos la escena de echarnos a llorar juntos, con pretexto
de cualquier explicación. En consecuencia, no me atreví a proponer
que alguien me acompañase a la visita del cementerio.
Dada mi condición de autor de un plano de Piedras Negras, no
tuve que interrogar a nadie para llegar a nuestro único Camposanto,
rectángulo a cielo raso, protegido por una verja de madera. Las se-
ñas contenidas en una de las cartas de mi padre decían: "Junto a la
tumba de los Múzquiz"... La puerta cerrada a candado sólo se abría
previo aviso especial; pero rodeando por una esquina descubrí un
trecho donde el terreno bajaba dejando libre un buen espacio entre
los barrotes y el suelo. Por allí penetré; y justamente a poca distan-
cia, dos sepulcros de ladrillo blanqueado ostentaban el nombre de
nuestros antiguos vecinos. Reposaba en uno de ellos precisamente
aquel viejo que me acusara de pedir un beso a su hija pequeña. In-
mediato a estas sepulturas había un túmulo reciente, todavía sin lápi-
da y con sólo una cruz provisional de madera. Frente a él me detuve.
Una fría, terrible sequedad me embargaba. Incapaz de hilar juicio es-
tuve no sé cuánto tiempo primero de pie, después sentado sobre la
tierra todavía sin macicez. Durante meses me había acosado el deseo
de acercarme a la tumba amada y ahora me faltaba la ternura. Una
EL RETORNO 121

suerte de anonadamiento y un pensar como de aguja dentro del crá-


neo me decía: "Lo que está aquí abajo se ha vuelto ya horrible; no
podrías besarlo." Luego, lentamente, un presagio libertador y jubilo-
so clamaba: "Lo que está aquí abajo no tiene nada que ver con ella;
búscala por el alto cielo." En torno la llanura caliza se daba al abra-
zo infecundo de un sol que en vano la calcina: páramo inmenso aba-
jo, y arriba un azul vacío. A distancia un maizal cultivado penosa-
mente y uno que otro mezquite entre chaparros grises. Naturaleza sin
alma; seguramente, ella estaba ya muy lejos de aquella tierra que le
recibió el caparazón sin atender al alma valiosa que lo había anima-
do. Con todo, en honor de la huella de su paso, por los arenales in-
gratos, recé unas Salves, recordando, a la vez, que nada podía com-
placerla más.
Con el rezo empezó a deshacerse mi hielo interno y advertí la
emoción que nos devuelven las cosas por donde ha pasado lo
que amarnos. Y ya no por lo que allí estuviese de ella, sino por lo que
ella misma desechara, por sus ropas para mí queridas, sus huesos en-
trañables, por toda la humilde compañía de su alma, lloré copiosa-
mente, acariciando la tierra que la cubría benigna. Oscureció mien-
tras padecía y llegué a casa cuando ya me esperaban con cierta
alarma. Mi padre imaginó la causa de mi demora, y al procurar con-
testarle, la voz se me anudó, y vencido, me eché a una cama y sollo-
cé sin freno... Mi llanto rompía el compromiso tácito de no comen-
tar nuestra desgracia; mis hermanas me rodearon afligidas y mi
padre, enjugándose las lágrimas, refirió pormenores que me había
estado reservando... Momentos antes del final, y cuando le pusieron
los óleos santos, redactó su testamento... "Que mis hijos se manten-
gan fieles cristianos... A Pepe díganle que nunca olvide a Dios
Nuestro Señor..." A cada uno había renovado el ruego: la abuela.
mi padre, mis hermanos, cada uno me trasmitía idéntico mensaje
póstumo: "A Pepe que nunca olvide a Dios Nuestro Señor", tales
habían sido sus últimas palabras.
—Yo quería llamarte —explicó mi padre—, pero ella se opuso.
no permitió que perdieras el año, no se preocupó del agravamiento
de su estado: "ya le tengo hechas todas mis recomendaciones", afir-
maba.
A su entierro había concurrido una infinidad de personas... —Ahora
quiero a estas gentes de Piedras Negras —insistía mi padre—.
¡Cuántos amigos hemos descubierto entre ellos...!
Deseoso de distraerme, inventaba mi padre paseos, concertaba vi-
sitas.
_1 ULISES CRIOLLO

—¿Te acuerdas de Jimmy? —interrogó una vez—, ¿el gringuito


que te pegó? Trabaja en la Maestranza; me ha preguntado por ti; le
he prometido llevarte a verlo. Y lo visitamos una mañana en su pro-
pio taller. Vestido de caqui azul, vigilaba una máquina perforadora
de láminas de acero; se había vuelto un gigante rubio encendido.
Apenas me vio gritó: "Hello, Joe!..." Respondí: "Hello, Jim!" Me
apretó la mano, me abrazó después levantándome en peso... "Con
razón —pensé—, nunca pude con él..." Me sorprendió hablándome
en español corrientemente y nos despedimos afectuosamente recon-
ciliados.
En la vida fronteriza no es raro que las más enconadas rivalidades
terminen en amistad que se impone a las diferencias de la raza y el
conflicto de las naciones. El amor vence cuando el trato humano se
prolonga en condiciones leales y el nacionalismo se purificaría de
rencor si no se fundase, tan a menudo, en injusticias.
Mi visita al cementerio se había hecho cotidiana; me gustaba sen-
tarme a pensar entre las cruces. Buscando por el rumbo de la vega,
juntaba unas cuantas flores silvestres, mirtos morados y margaritas
fúnebres; colocaba mi ofrenda a los pies del túmulo y en seguida di-
vagaba. No había, no podía haber problema más impo rt ante que el
de la muerte. El breve plazo de la vida con sus alegrías y sus dolo-
res, la ciencia, la experiencia y el mismo bien, sólo adquirían sentido
mediante una tesis cualquiera del más allá. Investigar la realidad
trascendental era la única ocupación digna de un ser ambicioso. Re-
visaría primero todo lo escrito en tal materia, las religiones, las cien-
cias... Ensayaría las pruebas que personalmente pudiese aducir.
El sol poniente caía en el llano, se hundía todo rojo incendiando
un instante el confin. Dejé pasar el crepúsculo, perdiéndome en una
ensoñación distante, sin advertir que la noche comenzaba. De pron-
to, me volvió a la realidad una lumbrada que ardía en el campo in-
mediato al cementerio. Sorprendido, porque sabía que estaba desha-
bitada la comarca, atravesé entre las tumbas, hacia el extremo
opuesto de la verja. Imaginé que algunos pastores habrían hecho fue-
go a la intemperie. Súbitamente, al rodear por algún sepulcro, desa-
pareció la luminaria. En vano me empiné oteando la llanura que difi-
cilmente podía ocultar cosa alguna y no vi fuego ni humo. Pensando
que quizá se había apagado la llama, salté la cerca para buscar las
brasas o la ceniza caliente. Al no encontrar la más leve huella me
entró de pronto un escalofrío de espanto y corrí en la sombra en di-
rección de las casas del suburbio iluminado ya con electricidad.
Cuando ganaba una de las callejas oscuras, bordeadas de cercas de
espinas, salió del arroyo un estruendo y luego un bulto pasó rozán-
EL RETORNO 123

dome; iba a soltar un grito, cuando advertí que se trataba de un cer-


do extraviado.
El nuevo chasco me serenó bastante, pero no logró quitarme la
preocupación de la lumbre que apareció y desapareció sin causa.
La tarde siguiente, dominando mis nervios, me quedé en el cam-
posanto hasta bien entrada la noche. No se produjo nada anormal y
me sentí casi defraudado. Era como si los signos, después de iniciar-
se, tomasen a su reposo mudo. Sin embargo, confundida con otras
cien, una idea explicaba: Semejante a la hoguera que ardía y luego
se tomó invisible, el espíritu se aleja de los lugares estériles. No lo
busques entre gusanos y arenas... vete por el mundo a pelear por su
causa entre los vivos y arde hasta que tu hoguera también ilumine y
se ausente...
Después de la comida de mediodía y antes de salir para su ofici-
na, me habló una tarde mi padre. Estaba apesadumbrado; él tenía la
culpa por no haberme llevado, como era su deber pero le dolían tan-
to semejantes ocasiones que prefería evitarlas; ahora veía que había
hecho mal... un conocido le informó que había visto en el cemente-
rio mis fl ores y deseaba advertirme: no era ésa la tumba, sino preci-
samente la de al lado... si yo quería, el informante me acompañaría
para mostrármela, pero no era necesario; yo encontraría las fl ores ya
cambiadas por la mano amiga...
Es imposible expresar el disgusto que me produjo mi engaño...
De manera que flores, oraciones y lágrimas, todo desperdiciado en la
sepultura de un extraño...; no sólo el destino me la había plagiado
en sus últimos días; también ahora el azar escamoteaba sus restos.
Lo más curioso es que ya no sentía por la tumba auténtica la misma
ternura lúcida que ante la falsa. Imposible revivir momentos que fue-
ron únicos. No era rito de piedad filial lo que me había llevado a
aquel pedazo de tierra, sino pasión desesperada que arde y no vuel-
ve, como no volvió la hoguera que a poca distancia se encendió...
Lo que hice después tuvo ya mucho de rito. Una vez más limpiar de
yerba, renovar las fl ores; en fin, ¿a qué continuar un relato de lo que
tantos han padecido también?
Volvía ella a tener razón: Para no caer engaño, "prescinde de po-
ner odio ni amor en lo que cambia y perece..." No más idolatría de
las tumbas...
Cuando estas resoluciones se recuerdan a distancia de años pare-
cen lógicas y fáciles; sin embargo, cuesta dolor tomarlas en el mo-
mento vivo.
Mis vacaciones estaban a punto de terminar cuando a mi padre le
llegó un ascenso. Lo trasladaban con el mismo cargo de Vista a la
24 ULISES CRIOLLO

Aduana de Ciudad ]uárez, de categoría un grado mayor que Piedras


Negras. Debe de haberle agradado el poder salir con los suyos de un
medio que ya no podría traerle sino recuerdos dolorosos. El viaje de
toda la familia se preparó con precipitación, y juntos salimos otra
vez, pero ahora cabizbajos y diezmados, dejando para siempre en
Piedras Negras la parte más preciosa de nuestras almas. Enlutados
salimos del pueblo que tantas veces nos vio alegres y amantes. En
Torreón, cruce ferroviario, tomé yo rumbo a la capital y siguieron
mis gentes hacia el antiguo Paso del Norte.

EL ESTUDIANTE

No era la primera vez que entraba en la capital y, sin embargo, el


corazón me latía con fuerza a medida que el conductor anunciaba las
estaciones inmediatas: Cuautitlán, Lechería, Tacuba. Periódicamente
el convoy frenaba, reducía la velocidad. Los pasajeros se sacudían
las ropas; reunían sus maletas; en las últimas paradas trepaban los
agentes de equipaje; por las ventanillas lanzaban sus tarjetas de
anuncio los hoteleros. ¡Por fin, la capital! y el frío y la zozobra en-
cogían mis nervios. A la vista estaban las barriadas pobres; los tran-
vías amarillos se deslizaban luminosos. Las farolas bombeadas y
blancas con luz de arco, tipo alemán, difunden claridad discreta, más
poderosa y más serena que el chillón destello de las bombillas incan-
descentes yankees. Era yo uno más que se sumaba al medio millón
de habitantes. ¿Me tragaría la ciudad como a tantos que disuelve en
su vientre insaciable, minados por la enfermedad, el infortunio y la
miseria? ¿O sería, según lo sospechaba, de los llamados a sacudirla
y conmoverla? La angustia de la duda, el agotamiento de mi soledad
entre la multitud, la extensión de aquel organismo multánime, todo
contribuía a turbar, por lo pronto, el ánimo. Tímidamente, y a falta
de señas precisas, me dejé llevar al más próximo hospedaje: el Hotel
Buenavista, frontero a la estación, y próximo a otro, también malo;
el Hotel Dos Repúblicas.
Algo familiar perduraba en aquel barrio cosmopolita frecuentado
por los gringos del ferrocarril con su inevitable acompañamiento de
peluquerías de negros y restaurantes chinos. Parecía un trozo de la
frontera, metido al extremo de la vía férrea que liga las dos nacio-
nes. Después de dos días y dos noches en vagón, resulta un placer
caminar a pie durante horas, sobre todo si se atraviesa una ciudad
como nuestra metrópoli, que cada vez me parecía más espléndida.
EL ESTUDIANTE 125

La mañana siguiente, después de un desayuno a la yankee: fruta,


huevos con jamón y café, pedí el diario para buscar en los avisos de
ocasión un domicilio. Entre largas listas elegí uno que decía: "Lean-
dro Valle 5, estudiantes, Matilde..." El número 5 en la calle de
Leandro Valle era una conocida colmena estudiantil. No sé cuántas
viviendas ocupadas casi todas con pensiones y a un salto de la Es-
cuela de Medicina; raro era el estudiante que no la había visitado,
por lo menos, en busca de algún condiscípulo. Instalarse en ella era
adquirir patente de corso, privilegio pleno en la soberanía del pueblo
escolar de la República.
Por dieciocho pesos, de los treinta de mi pensión, aseguré alimen-
tos y una alcoba grande con balcón a la calle, compartida con dos
camaradas, desconocidos. Con los doce pesos restantes había para
baños y barbería, toros y aventuras.
El único tropiezo de mi nueva vida emancipada se produjo en la
Secretaría de la Escuela. Para el reingreso, aparte de los certificados
del curso anterior, exigían una solicitud firmada por el padre o tutor
de los menores de edad...
—No tengo tutor— declaré al empleado que, sin levantar hacia
mí la vista clavada en algún expediente, gritó:
—Pues búsquese uno...
Irritado de no depender de mí mismo del todo, pedí su firma al tío
Luis, que ya andaba de pasante o de empleado en uno de los juzga-
dos de la capital. Sin vacilar me prestó el servicio; pero apenas pues-
ta en el papel la firma se la cobró echándome encima recomendacio-
nes y advertencias pesimistas...
—¿Pero vas a vivir tú solo?... pero ¿cómo permite don Nacho
que andes así de bala perdida...? Te vas a hundir... vas a estar sin
freno... dirás que no me impo rta, pero, al fin, Carmita era mi herma-
na... y tú nunca vas por casa... eres muy despegado de los parien-
tes... ¿a dónde vas a parar?
Un minuto después no me quedaba ni el eco de sus advertencias.
pero la alegría de haber asegurado el ingreso me tornaba ligero; por
el momento, mi escuela era mi amor.
El comienzo de los cursos era animado. Cada profesor nos endil-
gaba en un discurso inaugural el panorama entero de la materia a su
cargo. Las clases de matemáticas y de física estaban servidas por an-
tiguos y venerados maestros; en el laboratorio disponíamos de mesa
propia, grifo de agua, probetas y tubos. Cada tema del texto se com-
probaba en los aparatos. Las horas de clase transcurrían amenas. En
cambio, el régimen escolar extracátedra era un remedo del cuartel .

De director teníamos a un coronel porfirista auxiliado de una docena


126 ULISES CRIOLLO

de prefectos que hacían veces de sargentos. Jamás se nos permitió


congregarnos ni en los patios ni en los alrededores del colegio, y
cuando se abría el salón de actos se aumentaba la vigilancia de los
empleados. El miedo de las tiranías a las asambleas se manifestaba
vivo, así nos reuniésemos para leer versos o para preparar un festejo.
Si en torno a una columna del corredor se juntaban más de cinco, en
seguida venía el prefecto a disolvernos. Tan oprimidos se hallaban
los ánimos, que apenas, por cualquier motivo, nos íbamos en grupo
al gimnasio o a clase y estallaba lo que llamábamos "gritería"... co-
lectivo alarido irresponsable que en seguida provocaba la venganza.
Nos cercaban los prefectos y nos ponían en fila; luego contaban:
uno, dos, tres, cuatro, cinco, al calabozo... uno... cinco, al calabozo.
Los elegidos en estas quintas eran encerrados en separos oscuros por
cinco o seis horas. A la segunda o tercera captura venía la expulsión
irrevocable...
Cuando entrevistábamos al director para pedir cambios de hora-
rios, ventajas para el aprovechamiento, parecía gozarse en oponer di-
ficultades; empero, si pedíamos asueto lo concedía en seguida, sobre
todo si se trataba del onomástico del ministro o de alguna fecha gra-
ta a los funcionarios.
En cambio, nadie impedía que el alumnado patrocinara cantinas y
tabernas y casas de prostitución y billares establecidos a inmediacio-
nes de las instituciones de enseñanza. El título de don Vidal para el
respeto y el temor de los alumnos era la confianza que le dispensaba
el caudillo. Sin grado universitario, sin autoridad científica o moral,
su poder se asentaba en la obediencia a su amo y en la dureza con
que imponía el orden porfiriano. Versión poco digna de nuestro lema
escolar: Amor, Orden y Progreso, pero perfectamente acatada por to-
das las luminarias del comtismo nacional.
Nuestro amor juvenil se dio sin reservas a la Física y la Química,
la Astronomía y la Mecánica; complementando los cursos ordinarios
asistíamos a las academias o conferencias bisemanales de exposición
general y de historia científica. El conferencista de la Academia de
Física disertaba entre los aparatos de laboratorio. Ejecutaban expe-
riencias los ayudantes, mientras él hacía de animador vestido con
pulcritud, flor en el ojal del jaquet, bien afeitado y limpia la mirada;
su palabra fluía, conmoviéndonos a menudo... Relataba cierta oca-
sión los trabajos que precedieron al descubrimiento de la botella de
Leyden, se extendía en consideraciones sobre la devoción, el espíritu
de sacrificio que demanda esa moderna diosa que es la Ciencia. Ella
era la novia que él ofrecía a nuestra juventud por encima y aun en
oposición a las novias que, decía, nos llevan a comprar docenas de
zapatitos para los nenes... La Ciencia no era un medio de acrecentar
la dicha humana, sino el fin en sí, la verdad neutra y hermosa que
reclama entero nuestro afán. Quien no se entregaba a la Ciencia con
pasión exclusiva, jamás llegaría a la cumbre en la que irradian La-
place y Newton, Lavoisier y Be rthelot... La familia, los amigos, el
amor, todo era secundario ante la epopeya magnífica de nuestro
tiempo, la conquista del progreso que levanta al hombre por encima
de la bestia y a la altura de los dioses de la antigua era teológica.
Tal entusiasmo cientifizante me sedujo. Daba a mi desencanto de
abandonado de la gracia divina, privado del amor materno, ignorante
del amor erótico, una orientación nueva y un objetivo concreto.
El conferenciante de Química era un melenudo, todavía joven, es-
pecie de genio fracasado. Alabando los méritos del descubridor cien-
tífico, exclamaba. "¿Quién sabe si aquí, entre nosotros, esté el genio
que ha de dar gloria a la ciencia mexicana...?" Un estremecimiento
recorría los bancos llenos de alumnos; era forzoso empeñarse, el
porvenir se cargaba de promesas y agradecidos pensábamos: "Acaso
él mismo está a punto de revelarnos algún hallazgo genial." No pasó
el pobre de ayudante de laboratorio, pero le debimos instantes de la
más pura y noble ilusión.
En la cátedra, en cambio, se nos estrangulaba sistemáticamente la
fantasía. "No otorgarás fe sino al testimonio de tus sentidos." "La
observación y la experiencia constituyen las únicas fuentes del sa-
ber." Estos y otros conceptos cotidianos recordados ante cada oca-
sión iban conformando un criterio metódico, rigurosamente científi-
co, según la otra definición positivista: "Sólo adquiere categoría
científica un hecho, un fenómeno cuyas condiciones de producción
conocemos y que se repite, cada vez que esas condiciones vuelven a
reunirse." Dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno producen
agua invariablemente. La distancia más corta entre dos puntos es
siempre la línea recta, y a la inversa.
Cuanto no puede comprobarse de modo experimental carece de
valor científico y pertenece al reino caduco de lo teológico o de lo
metafísico. No hay más verdad que la de la experiencia sensible, ni
otro dogma que el ser todo relativo y condicionado a sus anteceden-
tes. "Lo único absoluto es que todo es relativo."
El aspecto doctrinario de la ciencia era, sin embargo, el único que
me interesaba. Ni por un momento pensé dedicarme a descubrir una
onda o aislar un metal. La conclusión última de cada disciplina y su
alcance con la totalidad del saber, tal era el resultado único que. en
cada ciencia, buscaba. Nuestros textos franceses servían este propó-
sito con bastante eficacia. De haber estado en uso manuales come
I28 ULISES CRIOLLO

los que se acostumbran en los colegios de Norteamérica, todo un


grueso volumen dedicado a enseñar las aplicaciones del hidrógeno y
ni una palabra de teoría atómica, seguramente cambio el estudio de
la ciencia por el del comercio o el del ajedrez. El laboratorio era el
taller del obrero científico. Las leyes allí descubiertas interesaban al
filósofo sólo por su relación con el concepto del universo que a él
corresponde formular. Tal iba a ser mi papel; acumular las conclu-
siones parciales de todas las ciencias a efecto de construir con ellas
una visión coherente del cosmos.
Me decepcionaba, por lo mismo, hurgar en la entraña científica
para recoger tan sólo afirmaciones modestas; "La experiencia no re-
vela otra cosa que ciertas regularidades en el proceso". Sin embargo,
no me dejaba ir, como más tarde, por el lado de la astrología; me
mantuve fiel a Copérnico, sumiso Comte, que prohibe las aventuras
de la mente y las excluye del periodo científico que profesamos.
El desastre de mi amor materno para el cual no aceptaba consue-
los, la negación despiadada del milagro que pudo restituirle la salud,
me mantenían en rebelión antisentimental y antimística. Movido de
dolorosa voluptuosidad me entregaba al dogma agnóstico y comtista:
"No hay otra realidad que la que palpan los sentidos." Después, con
dolorida ironía, repetía el célebre pasaje: "La ciencia acompaña al
buen Dios hasta sus fronteras y allí lo despide dándole las gracias
por sus servicios." Ni quería recordar las anticipaciones del San
Agustín de mi infancia cuando decía, refiriéndose a Dios: "Y no te
acercas sino a los contritos de corazón; ni serás hallado de los sober-
bios, aunque con curiosa pericia cuenten las estrellas del cielo y las
arenas del mar o investiguen el curso de los astros..."
La vanidad de creernos en una era nueva y el esnobismo de una
ciencia entendida a medias me impedían reconocer que el cálculo
maravilloso de la paralaje y el descubrimiento sorprendente de Nep-
tuno eran tan sólo otros casos de cuento y recuento de las estrellas,
vaivén de las olas... conocimiento humano limitado siempre por el
confin del misterio.

EL NÚMERO CINCO

Nuestra vivienda dentro del tumultoso número 5 de Leandro Valle


era de las más pacíficas. Mis compañeros de cuarto estudiaban tanto
o más que yo. Morones pertenecía a mi curso y era de mi edad. El
otro, de veinticuatro, se llamaba Pacheco y estudiaba el último año
de Medicina. Entre Morones y Pacheco había una alianza casi reli-
EL NÚMERO CINCO 129

giosa, siendo Morones el devoto y Pacheco el ídolo. Sin resistencia


me fueron admitiendo a un terceto bastante discreto. Con Morones
solía juntarme para estudiar. Con Pacheco conversábamos, discutía-
mos. y no muy a menudo porque las horas libres las pasaba con la
novia y llegaba ya sólo a ponerse la visera verde para la lectura de
sus gruesos volúmenes de patología, a la luz de su quinqué. La cala-
vera sobre su mesa y el olor a yodoformo de sus instrumentos acaba-
ban de identificarlo con su profesión. Morones era un mestizo de
Xochimilco, de poco talento, gran tenacidad y sólida honradez. Pa-
checo era de familia criolla orizabefia. Esmerado en el vestir, orde-
nado en sus hábitos, fino en su trato. Los tres nos levantábamos tem-
prano, a pesar de que las luces del estudio ardían, a veces, más allá
de las doce. Tras el rápido aseo Pacheco se encaminaba al hospital
donde era practicante. Morones y yo bajábamos al jardincillo de
Santo Domingo para repasar las lecciones del día. El rojo tezontle de
la fachada del templo, su torre garbosa y delicada, la fragancia de la
pequeña plaza, en la hora matinal, nos ponían alegre el ánimo. A
menudo, marco tan poético nos apartaba del estudio y nos entregaba
a la divagación. Por tal de consolarme de la aridez de las ecuaciones
del segundo grado, leía cada mañana el folletín del diario popular de
la época: las interminables aventuras de Rocambole. En seguida, con
el gesto de fumador que arroja la colilla de un mal tabaco, dejaba el
periódico, abría el texto y paseaba. El grato ambiente, la silueta es-
belta y sólida del colorido barroco dominicano, la eterna primavera
de los follajes en aquel clima benigno, todo contribuía a la deliciosa
embriaguez del pensamiento. Tan dichoso parecía el instante, que re-
sultaba pueril toda preocupación del futuro.
¿Para qué el estudio y para qué la acción, si la bella vida podría
ser gustada a sorbos, palpada en el cristal del ambiente? La armonía
de las cosas no se logra para pedirnos expresiones o empeños, sino
para recibirnos en su seno y permearnos de su dicha. No era el mo-
mento de buscarle nombres a las cosas, sino de inmergirse en ellas.
Apetito de convivir, participando de cada latido del cosmos. Nega-
ción de la ciencia ociosa que dilucida oposiciones vanas, inventa
problemas e ignora, en cambio, la alegría del estar y el ser. El ser y
el estar —me decía filosofando—: los dos verbos que encierran el
enigma de la creación: el famoso monólogo de Hamlet me irritaba
como una simpleza o, según dice la palabra insustituible del francés:
una "platitude". Ser o no ser, no es el problema: el problema es el
ser, que en siéndolo de veras no puede dejar de ser. El segundo pro-
blema es el estar, que así goce no se conforma con estar nada más_
130 ULISES CRIOLLO

reclama todo el ser. Decididamente era fácil mejorar a Shakespeare


como filósofo. Satisfecho de este revolcón metafísico al inglés Sha-
kespeare, me entregaba a consideraciones sobre mi porvenir.
Un anhelo que lo mismo hiende los aires o se reparte sobre la tie-
rra sin precisarse me levantaba el talón en cada paso, me emborra-
chaba de posibilidades y certezas, de ambiciones y de alegrías.
Entre el libro abierto y el despejado cielo, en una nebulosidad de
potencias, mi futuro indeciso interrogaba: ¿Dicha o poder? ¿Paz o
gloria...? Antes que nada el poderío, no sobre los hombres: sobre la
existencia; oportunidad de sondear los abismos y de contemplar las
alboradas. Nutrirse de todas las imágenes, devorar emociones, y lue-
go, a semejanza de la naturaleza, engendrar en muchedumbres los
pensamientos, las teorías y las síntesis.
Lo intentaría todo y arrebataría cada ocasión: sería rico y sería
pobre, conocería la derrota y el triunfo, la miseria y la abundancia.
No era verdad lo que afirmaba uno de nuestros maestros, que quien
ha conocido la estrechez y la vence después ya no aventura su buen
pasar; yo jugaría con el éxito, y siempre habría manera de volver a
ganarlo. Conquistar riquezas para tirarlas, en un instante de hartura y
desdén, tal era la norma de una ambición decente. Poseer para des-
pilfarrar y desdeñar lo que se posee. Y para probar que no está nues-
tra medida en la posesión, sino en la capacidad. Quería el placer
pero a costa de haber desafiado el infortunio. Más que la mente, era
mi corazón quien ansiaba la experiencia; más que problemas quería
aventuras. ¿No era yo un minúsculo simulacro de la potencia divina,
echado al mundo por el acontecer? Pues a removerme dentro de mi
ambiente, tratando de estar en todo, mientras era posible volver al
ser lo que ya no está porque es.
Calentada la cabeza con el monólogo, apenas quedaba tiempo
para preparar la lección.
En la mesa nos hacía compañía nuestra patrona, Matildita. Era
una viuda menuda y gruesa, blanca y afable, originaria de Guanajua-
to. Cada domingo, para ir a misa, vestía su traje negro con abalorios.
Era su predilección Pacheco, a cuya novia visitaba y, con todos sus
hábitos de señora, en la casa trabajaba y mantenía el orden rigurosa-
mente. Por las viviendas contiguas solía haber reuniones con entrar y
salir de invitadas sospechosas y botellas de aguardiente. Ella no ad-
mitía sino muchachos "serios y de buenas costumbres". La comida
abundante, en relación a la cortedad de nuestra paga, confirmaba su
fama de mujer de conciencia. Después de la cena y antes de clavar-
nos en los libros, Morones y yo pasábamos un rato en el balcón de
nuestro cuarto. Era el último del segundo piso, rumbo a la espalda
EL NÚMERO CINCO 131

de Santo Domingo. Enfrente, las bóvedas, la cúpula y pa rt e del cos-


tado de la hermosa iglesia nos daban motivo noble de contempla-
ción. Cuando había luna, la arquitectura se agrandaba misteriosa, 11e-
nando de paz el barrio.
Así que habíamos estudiado una o dos horas, por vía de descanso
y entre cigarros y bromas, nos echábamos boca abajo sobre el um-
bral del abierto balcón, para escuchar el diálogo de unos enamora-
dos, que a medianoche se entendían, él desde la calle, ella en un bal-
cón del tercer piso contiguo. Algún cuchicheo, alguna risa mal
reprimida, denunciaba nuestro espionaje provocando comentarios
despectivos de la novia y amenazas del que abajo se fatigaba el pes-
cuezo para escuchar... "Pero ¡di que me quieres, dilo! ... ¿eh?.. no
se oye..., oye dilo otra vez..." Y de nuevo nuestras risas irónicas,
insolentes...
Pacheco trabajaba en el Hospital de Sanidad de la ex Iglesia de la
Santa Veracruz, por Hombres Ilustres, frente a la Alameda. Así que
se cerraban las clases y en los días en preparación de los exámenes,
los estudiantes invadían los jardines públicos, especialmente el de la
Alameda, pero no todos conocían el secreto de las ventanas con reja
del antiguo ex convento. Y aunque Pacheco aplazaba la promesa de
llevarnos a visitarlo, nosotros contábamos ya como propio el goce
de ver aquellas bellezas en la cama sanitaria que las rehabilita para
el ejercicio de la profesión amorosa.
La tala de los árboles de la hermosa Alameda se consumaba con
descaro y a pesar de nuestra sorda indignación. Ciertos rincones del
parque nos brindaban sombra y poesía. Estudiábamos, repasábamos
de memoria los temas del curso, forjábamos ambiciones risueñas.
Después del almuerzo rápido volvíamos a la Alameda. Dormitá-
bamos sobre los bancos en torno de la Venus que sale de su concha.
en el centro de las aguas de una fuente circular. Las turgencias de
aquel bronce fueron durante muchos años el arquetipo de mis ensue-
ños voluptuosos. No imaginaba modelo más seductor de mujer. Y
precisamente por delante de la Venus simbólica pasaban cada miér-
coles las pupilas de las casas de placer de las calles de Dolores, para
la visita de sanidad del otro lado de la Alameda, en el Hospital de
Pacheco. Respondiendo a algún gesto o simplemente al deseo que
ardía en nuestras miradas, solían levantar la falda para mostrar la
pantorrilla, o la ceñían a la cadera desquiciando nuestra voluntad.
Pasaban españolas despampanantes, cubanas sensuales y tapatías de-
licadas y voluptuosas. Caminaban desenvueltas, nos miraban provo-
cativas, nos dejaban inquietos y ofendidos. Para seguirlas sólo hacía
falta un poco de audacia y más dinero que el que tenían nuestras
132 ULISES CRIOLLO

bolsas. Pero fue dulce esperanza la de poder alguna vez abrazarse a


la más insolente y mórbida, la más descarada y linda, con beso de
ternura y ganas de fiera.

SIGLO NUEVO

Una calle larga bordeada de casas de un solo piso; arroyo de tierra


recién regada; aceras de loza o de madera, sobre las cuales rebasan
las mercancías de una serie de comercios, junto a los puestos de za-
patos nuevos y de ropa a la medida, judíos internacionales que asal-
tan ofreciendo "ocasiones". Nadie vendía tanto como la tienda de
"Las tres B." Bueno, Bonito y Barato. De ella salían los labradores
vestidos de nuevo. Los pequeños propietarios de los "partidos" y los
burócratas consumábamos nuestras compras del otro lado, en los al-
macenes de El Paso. Abríamos la boca delante de las casas de cinco
pisos, aparte del sótano, sobre cuyas rejas incrustadas en la acera, se
podía pasar. La metrópoli del desierto, llamaban a El Paso las guías
turísticas. Sobre las arenas, más que un oasis era un triunfo del fe-
rrocarril, la industria, el comercio y la máquina. Calles asfaltadas,
tranvías eléctricos, hoteles de viajeros, espaciosos y flamantes; alma-
cenes de ropa con grandes vitrinas y mercaderías de lujo, coincidía
la ciudad con el ideal de una época: el progreso. Rápidos ascensores
depositaban la clientela en miradores y tenazas, sobre un desierto
cortado en dos por el caudal escaso del Río Grande y salpicado de
chimeneas y fábricas de ladrillo colorado. En los bajos de los gran-
des edificios las "droguerías" congregaban hermosas damas devotas
del soda fountain. Malos helados, peores refrescos, pero mucho bri-
llo de cristales, metal pulido y mármol para embobar a los necios,
que, según se sabe, hacemos siempre multitud. Todo lo nórdico se-
ducía a nuestras gentes, pero todavía no alcanzaba el afecto actual
de fascinación. El refinamiento de las costumbres, el esmero de los
cultivos, la uva y el vino eran privilegio mexicano. El vino dulce de
El Paso era justamente afamado. Las serenatas con banda militar se
llenaban de visitantes anglosajones, deseosos de aprender a vivir con
abandono gozoso y sencillo. Los cowboys semibárbaros, que empe-
zaban a urbanizar en Texas, todavía no construían bibliotecas y clu-
bes; la cultura era entonces cosa de latinos.
La iglesia de Ciudad Juárez atraía devotos y reunía turistas. Le-
vantada como eje de una antigua misión franciscana, se mantenía
como puesto avanzado de lo europeo, en tierra de milenario vacío
espiritual. El envigado del techo y el retablo del altar mayor, de ce-
SIGLO NUEVO 133

dro tallado, simbolizan la civilización que avanzó de Sur a Norte, la-


tina y católica. Para contrariarla, o bien para poder triunfar, allí mis-
mo, Juárez, que hoy da su nombre al sitio, inició la norteamericani-
zación, dejó libre el paso al protestantismo. Desde entonces una
nueva corriente arrasaba de Norte a Sur, torbellino de novedades
manuales, sin mensaje de espíritu. Nos aventajaban, sin embargo, en
lo social y político, pues practicaban la fraternidad si no la igualdad
y eran libres, en tanto que nosotros, supeditados a militarismos bru-
tales, bajábamos a grandes pasos hacia el abismo contemporáneo.
Abigarrado gentío de los dos Pasos del Norte, el antiguo y el yan-
kee, acudió a la misa de medianoche con que la vieja misión francis-
cana despedía el siglo xix y saludaba el xx. La luz eléctrica, símbolo
de la centuria difunta, iluminó la pátina de los cirios sobre las tallas
del xvii. Concluido el rezo nos detuvimos en la terraza del atrio para
contemplar el cielo estrellado. La noche transparente de un aire sin
brumas no reveló ningún signo. Los bólidos caían como caen siem-
pre que se mira el cielo. Un siglo no es más que un minuto para las
estrellas; pero nuestros pobres corazones recordaban y hacían balan-
ces. Cumplía aproximadamente dieciocho años. Los sucesos impor-
tantes de mi vida iban a estar contenidos en el ciclo nuevo. Pero me
alcanzaba el orgullo de la muerta centuria: "El siglo de las luces";
nunca avanzó más la ciencia, declaraba unánime la opinión. Mucho
tendría que afanar el siglo xx si quería mantenerse a tono con la im-
pulsión dada al progreso.
Otra imagen de aquellas vacaciones me descubre la bicicleta, que
me servía para recorrer las calzadas de álamos, a la orilla de los ca-
nales de riego. Un rumor de follajes organiza pautas en la brisa. Por
las aceras recién lavadas marchan enlazadas las amigas para el paseo
del atardecer. A veces encontraba a mi hermana Lola repasando al
piano los ejercicios del Eslava. En la escuela local superior, Concha
consumaba estudios de primer año de normalista.
En los comienzos del siglo me encuentro, poco después, instalado
en la pequeña vivienda de una casa baja del callejón de Tepechichil-
co. Me acompañaba Renato Miranda, estudiante de Medicina, her-
mano menor de los Miranda de la tienda de Piedras Negras. Unos
dos años mayor que yo, compañero excelente y amigo leal, nos liga-
ba una jovial camaradería. A la puerta siguiente, y con su numerosa
familia, habitaba el profesor Daniel Delgadillo, que trabajaba enton-
ces sus textos de Geografía, que más tarde lo hicieron célebre. Visi-
tante asiduo y vecino próximo era también Wenceslao Olvera, indí-
gena puro de Zimapán y alumno de Medicina. Entre Renato, que
tocaba el violín; Delgadillo, buen flautista, y Olvera, mediano acorn-
134 ULISES CRIOLLO

pañante de guitarra, se organizaban escoletas y conciertos que yo es-


cuchaba desde mi cuarto, metido entre libros. Los alimentos los to-
mábamos por abono en alguna de las fondas del barrio estudiantil; el
aseo matinal de la casa lo tomó a su cargo la po rt era. Por fin, éra-
mos libres de ir y venir temprano o tarde sin tiranía de horas fijas
para las comidas y pudiendo cambiar de fonda a discreción.
Cada noche, después de la cena, se reunía la tertulia en el corre-
dor del patio descubierto. Disparatábamos apasionadamente sobre
toda clase de temas. Delgadillo era un producto de la Escuela Nor-
mal: ni Dios, ni templo; sólo el saber y la patria. No alcanzaba a
organizar su descreimiento en un sistema como el comtiano, pero
justificaba su vida con la pedagogía objetiva y el naturalismo senti-
mental. No llegaba como mi tía María, a la Educación de Spencer; le
bastaba Rébsamen. Mi camarada Renato no se ocupaba de metafísi-
cas, porque apenas le dejaban tiempo libre las novias. Y aun el vio-
lín lo cultivaba como un auxiliar de sus faenas amorosas. Ahora
nada menos, de recién llegado, ya le tocaba trozos a una muchacha
de la vivienda de enfrente, que no nos daba la cara ni para el saludo.
El joven poeta jalisciense Campos nos visitaba a diario. Cursaba
Jurisprudencia, hacía versos y se embriagaba. El ídolo de su cenácu-
lo de Guadalajara, un joven apuesto, rico, casi genial, se había suici-
dado "por desdén de la vida"", y Campos lo imitaba a pedazos. No-
sotros envidiábamos a Campos, como él envidiaba al suicida. Le
veíamos desperdiciar el talento divagando en amoríos y borracheras,
a la par que algunas revistas le brindaban la gloria de publicar sus
versos. Al grupo se agregaba con frecuencia otro aspirante a poeta,
bajito y trigueño, apodado el Chango, que, además, cantaba cancio-
nes en la guitarra.
Fue idea de Campos ponernos a contribución hermanable a efecto
de publicar una revista. Sacamos cinco o seis números en formato
pequeño, con unos forros rosados de papel humildísimo. Lo central
de la publicación eran los versos de Campos. Los celebrábamos con
entusiasmo. Él se dejaba admirar como en broma, risueño y estoi-
co... "Qué quieres, hermano... El genio es así, un azar sin importan-
cia", parecía decirnos, al agradecer nuestros elogios, Hermanito...
manito... Simplificaba popularmente el diminutivo cada vez que el
alcohol le ablandaba el sentimentalismo y le enrojecía el blanco de
los ojos.
En su calidad de director indiscutido, Campos me asignó una sec-
ción de la Revista: Filosofia, había ya propuesto, pero Campos recti-
ficó: "Filosofía del A rt e, eso vas a hacer tú..." La aserción de Cam-
SIGLO NUEVO 135

pos me dejó complacido; creí que me iluminaba el camino. En aquel


momento necesitaba de estímulos, porque ya eran varias las noches
perdidas tratando de hacer versos, como veía a todos hacerlos. Y por
más que revisaba la preceptiva y por mucho que confiaba en cierta
definición, creo que del Campillo, líneas iguales rimadas al fin...
pero dentro "hay que poner talento", y yo creía poner talento, las lí-
neas no me salían iguales y la rima se me negaba, pese al Dicciona-
rio de la rima, suplemento de un gran Diccionario Castellano lega-
do de mi padre. Tan pobres vi mis poemas que desistí para siempre
de hacerlos, consolado con mi fama de metafisico y filósofo. Sin ré-
plica quedaban, en este pa rt icular, mis interpretaciones de la teoría
de la unidad de todos los cuerpos en el elemento simple que consti-
tuye el hidrógeno. También disertaba prolijamente sobre el conflicto
de la geología y el Génesis, y de Copérnico y la antigua cosmogonía
metafísica. Lentamente la ciencia iba disipando los prejuicios. En
vez del infierno, el interior de la Tierra contenía una masa ígnea pri-
mitiva, hecha de metales fundidos.
Con pretensiones de investigador científico abordé el estudio de
los fenómenos espiritistas comenzando con Mesmer y rematando
con Allan Kardek, cuyos libros consulté en la Biblioteca Nacional.
Una secreta esperanza me insinuaba que acaso, por la misma vía ex-
perimental, podría volver a encontrar lo perdido, el principio sobre-
natural que resuelve los problemas de más allá.
Tomando como guía el volumen de la Biblioteca Alcan, del doc-
tor Charcot, Hipnotismo y sugestión, empecé a visitar logias espiri-
tistas, aparte de iniciar experiencias en la casa misma que habitába-
mos. En general, mis colegas eran escépticos, y cuando lográbamos
ser admitidos a alguna prueba no era raro que la medium en trance.
incomodada, advirtiese: "Hay influencias hostiles." Nos echaban en-
tonces del recinto mesmerizado y procedíamos a mover mesas por
nuestra cuenta, siempre con resultados pueriles. Lo cierto es que la
disciplina de la prueba científica nos era impuesta de tal modo en
la Preparatoria, que no era posible que prestásemos atención a casos
de simple experimentación incontrolada.
Lo que me preocupaba y aun me atormentaba era mucho más se-
rio y profundo que hablar con muertos que se aparecen a los vivos.
Como el nadador que a medida que penetra en el mar siente que las
ondas lo toman y acaba por perder el pie, así nosotros, avanzando en
el estudio del fenómeno psíquico, en los textos de la psicología em-
pírica perdíamos hasta el último apoyo de la noción querida de lo
sobrenatural. El bien y el mal son productos como el aceite y el vi-
136 ULISES CRIOLLO

triolo, acababa de explicar Taine, y nuestro catedrático, don Ezequiel


Chávez, exponía su materia con celoso apego a la teoría del parale-
lismo psicofísico de Fechner.
Para curarnos de veleidades espiritistas nos recomendó el libro de
Flournoy sobre la medium que, sin conocer más idioma que el pro-
pio, cuando estaba en trance hablaba el lenguaje del planeta Ma rte.
Estudiando sus "mensajes" se descubrió en ellos una mezcla de cier-
tos signos del árabe y palabras de inglés y de francés. Investigó en-
tonces Flournoy todas las lecturas que pudieran haber influido en el
cerebro de la medium aun de modo subconsciente y, en efecto, en la
biblioteca de su padre, antiguo funcionario de Colonias, halló un li-
bro con dedicatoria en árabe. Las supuestas comunicaciones marcia-
nas no tenían de árabe sino los signos contenidos en las líneas de la
dedicatoria; con ellos construía un galimatías suficiente para maravi-
llar a los ingenuos. Cada una de estas tremendas comprobaciones
afirmaba nuestra fe científica, pero nos dejaba sumidos en terror y
melancolía.
Ya lo había dicho el cirujano francés Be rnard, cuya Introducción
a la Medicina leíamos a título de modelo de método científico en
una edición mexicana. No sé si calumnio a Claudio Be rnard, pero,
según mis recuerdos, era suya la frase: "No encuentro el alma bajo
el bisturí..." ¿Qué importaba entonces la ciencia? Si precisamente
yo iba a ella para interrogarla como nueva esfinge: ¿Cuál es el secre-
to del alma? Si por anticipado se negaba a contestar, ¿qué tenía yo
que hacer entre probetas y fórmulas de primer acto de Fausto? Parti-
cularmente irritante resultaba discutir con los alumnos de Medicina.
En general, profesaban la filosofía chabacana del poema de Acuña,
Ante un cadáver: "Disuelto el cuerpo se transforma en flor y el alma
un soplo de viento..." Cortando el enredo de acaloradas disputas
irrumpía de pronto una dulce voz femenina, grito de carne en celo:
Si me pide un beso
le diré que no;
pero no resisto
si me pide dos...
La joven que al principio no nos saludaba se había rendido al vio-
lín y a las corbatas de Renato. Eran ya medio novios y de paso nos
regalaba a todos con canciones a toda hora. La recuerdo en las ma-
ñanas claras, vestida de azul y gorjeando, mientras limpiaba las flo-
res de sus macetas...
Ahí viene la primavera,
sembrando flores
sembrando amores...
Le tirábamos besos y se indignaba; dejaba de saludarnos. Luego,
alguna noche de luna, vencida de coquetería y de afán, tornaba a su
copla favorita:
Si me pide un beso...
Antes de que concluyese atronaban nuestros aplausos, se escondía
ella y otra vez nosotros a caminar de un extremo a otro de nuestra
sección opuesta del corredor, disertando: La humanidad se establece
hoy en el periodo científico y hay que ajustar los viejos modos al ca-
non nuevo de la verdad finalmente lograda... si se descomponen con
la muerte los elementos que nos constituyen, qué puede quedar de
nosotros... queda la memoria, pero no en nosotros, sino en las gene-
raciones venideras y en nuestros deudos... Y así hasta las dos de la
mañana o las tres, igual que poseídos, una noche y otra a la vista del
cielo estrellado y mudo: simple mecánica del alma.
Renato dedicaba poco tiempo a semejantes inquietudes. No era
precisamente buen mozo, pero sí de agradable presencia y buen tra-
to. Aparte de la novia de casa, tenía otra que lo retenía hasta bien
tarde. Los hermanos, comerciantes en ropa de hombre, le surtían ge-
nerosamente el armario, y si él hacía gala de su numerosa selección
de corbatas era con el fin de recordarnos que podíamos disponer de
ellas para ocasiones excepcionales.
Poco intenté yo en materia de noviazgos, porque me resultaron
aburridos. Nos acercábamos a jóvenes, quizá por su extrema pobre-
za, muy ignorantes, así es que sólo podían atraernos por algún en-
canto físico. Si por honestas no nos dejaban gustarlo, no había por
qué volver. En el baile preferíamos a las que se dejaban apretar el ta-
lle. Obtuve una vez una cita de cierta jovencita atractiva, mi compa-
ñera de una noche de baile. Cuando salió a recibirme a su puerta, la
tarde del día siguiente, caminé con ella en derredor de la manzana y
no se me ocurría tema de conversación. La llevé del brazo un cuarto
de hora, luego la devolví a su casa. Noviazgos yo no quería; en cam-
bio, ciertas jamonas de edad mayor me provocaban ahogos de deseo.
El velo blanco y los azahares sólo llegué a desearlos desesperada-
mente muchos años después, cuando adoré a una amante que al co-
nocerla ya no hubiera podido llevarlos.
I38 ULISES CRIOLLO

PESAR INJUSTO

Inesperadamente llegó mi padre a México; se detuvo dos días a fin


de verme, pero iba camino de Campeche y se casaba con la menor
de las Steger: Antonieta, de las bellas caderas y feo labio, que solía
yo ver en misa con perfecta indiferencia. Aunque natural y legítima
aquella decisión, me parecía monstruosa. Mi estúpida educación sen-
ti mental me la representaba como una deslealtad casi criminal, con-
tra el pacto de alma que suponía ligaba a mis padres. Acaso era la
de ultratumba la fidelidad más tierna y necesaria. Precisamente
cuando leía con mi madre Los mártires, de Chateaubriand, en los
días de Campeche, reconocí la idea que distinguía el amor cristiano
del amor pagano. Pesaba sobre mí toda una literatura apoyada en el
supuesto, bien contrario a la letra del Evangelio, del amor, compro-
miso eterno. La noción de inmortalidad transportada al lío de las pa-
rejas me llevaba a confusiones trascendentales, penosas. El morbo
cursi del romanticismo suplantaba en nuestro ánimo las sabias, pru-
dentes y cristianas advertencias de San Pablo, sobre el matrimonio.
Un simple ardid para no quemarse. Una manera de alimentar el ape-
tito sin exponerlo a las contingencias mercenarias y garantía para
la prole. Pero yo veía consumarse la más negra traición al afecto y la
memoria de nuestra muerta, y me constituí secretamente en juez y
acusador. Mi padre destruía el hogar introduciendo en él a una intru-
sa y yo era un mártir de la devoción maternal. Llegaron los desposa-
dos unas semanas después. Los recibí de mal talante por la mañana,
y volví al atardecer para acompañarlos a la estación, donde se em-
barcaban para Ciudad Juárez. A la hora de la despedida me cargaron
con pequeños regalos y paquetes. Entre todo iba un hermoso pan de
Apizaco, bien oliente. Pan de huevos espolvoreado de azúcar. Lo
compraron porque sabían que me gustaba, explicaron al entregárme-
lo. Con un nudo en la garganta sufría sus amabilidades, y con falsa
sonrisa de mueca. Desde la ventanilla me dijeron adiós, pero apenas
anduvo el vagón, mi carga de obsequios me produjo ironía amarga,
subió a los labios una protesta y bajo las ruedas que giraban azoté el
pan y las cajas. En seguida una onda de orgullo me infló el pecho y
en la mente se configuró mi imagen rebelde. El símil que me ayudó
a salir de mi pena y confusión era que, así como el pan despedazado,
quedaba deshecho y divorciado de los viajeros mi valiente corazón.
Es fácil a distancia juzgar con ironía tales realidades. Lo que ex-
cusa la mezquindad de nuestros actos es que cuando los vivimos, pa-
decemos, y es el caudal del dolor sufrido, lo que al cabo determina
la misericordia que liquida la expiación. Sufrir lealmente vale, por lo
menos, tanto como pensar después en frío y condenar con suficien-
cia lo que es y seguirá siendo confusión, angustia y misterio.
Cada una de estas emergencias me dejaba convencido de que ya
pronto iba a estallarme el corazón. No sabía que el pobre diablo, hu-
mano corazón, resiste mil despedazamientos y oprobios y halla
siempre excusa para tornar a la esperanza. Considerándome perdido
para el efecto paterno, abandonado moralmente, ya que no en lo ma-
terial, pues mi pensión modesta llegaba exacta como un reloj, y juz-
gando, por otra pa rt e, que mis dotes excepcionales bien podían dis-
pensarme de tan excesiva dedicación como hasta entonces había
consagrado al estudio, empecé a frecuentar bailes y otras ocasiones
de expansión erótica, mezclada de alcohol y canciones. Entre la grey
estudiantil abundaban los vagos que dormían de día y con guitarras
y mandolinas alborotaban de noche por las ventanas de amigos y no-
vias. Cerca de casa teníamos ahora un compañero originario de Cua-
tro Ciénegas: José Zertuche. De su Escuela de Comercio acababa de
ascender a auxiliar de contador de La Bella Jardinera, gran sucursal
del almacén parisiense. Su sueldo era cuatro o cinco veces mayor
que la pensión de un estudiante. Su vestuario opacaba aun al del
mismo Renato, y en la misma categoría superior fue exhibiéndonos
una serie de amistades femeninas que nos daban impresión de prin-
cesas. Era él buen camarada y aun demostraba cierta respetuosa con-
sideración a nuestra calidad de preparatorianos y aspirantes de médi-
co, ingeniero o abogado. De suerte que, no obstante pagar a veces
los gastos del baile, todavía tenía Zertuche que soportar nuestra pre-
sunción. Las muchachas serias solían preferirlo, sospechando que
podría casarse, y las otras sonreían a sus fluxes nuevos y sus corba-
tas francesas.
Usando sus derechos en la tienda, nos ofrecía Zertuche la oportu-
nidad de adquirir ropa hecha a precios ventajosos; lo malo era que
no podíamos pagarla a ningún precio. Yo me conformaba con el tra-
je que cada año me compraban en El Paso, durante las vacaciones.
sin inve rt ir en él un centavo por razón de planchados o composturas.
Sin más lujo que el baño diario de ducha, mal alimentado y no siem-
pre bien dormido, y nada gallardo de tipo, no puedo decir que entu-
siasmara a las hembras. Sin embargo, no bailaba si no podía hacerlo
con la más bonita, a mi juicio, y siempre quedaba el consuelo de las
copas y la discusión sobre el amor, el vino y la muerte. Ya lo había
dicho Baudelaire, nuestro guía de aquellos años: "Embriágate de
amor, de vino o poesía."
Después de pagar las últimas materias de Preparatoria, había lo-
grado el ingreso en Jurisprudencia. Me urgía presentar el curso de
140 ULISES CRIOLLO

un año en los seis meses restantes. Por la mañana nos daban dos o
tres horas de clase y se pasaba el tiempo restante en la tertulia de los
bancos de la escuela. En seguida transcurre la tarde en visitas aburri-
das a las casas de los compañeros que ya no cuentan con diez centa-
vos para el café. Cierta fatiga originada por el mucho estudio de los
meses anteriores, la alimentación desordenada e insuficiente y los des-
velos, los pequeños excesos sexuales mercenarios y los grandes ex-
cesos imaginativos, me mantenían incapacitado para estudiar algo en
serio. Inconscientemente buscaba en el trato humano un alivio al
surmenage. Pero nuestra pobreza sólo nos permitía el contacto con
la clase venida a menos, casi miserable, que pulula en las zonas po-
bres de las grandes urbes; de no pocas visitas salíamos desagrada-
dos. Alguna vez nos tomaba el furor del ejercicio físico. De tres a
cuatro realizábamos excursiones por alrededores de la Villa o el Pe-
ñón y Tacuba.
Al salir de la Preparatoria nos habíamos llevado a casa los flore-
tes y las caretas de esgrima. Tirábamos una hora o dos sudando y
enconándonos a menudo en los encuentros. Llevaba varios días de
desafio con el güero Garza Aldape, fronterizo noblote y testarudo.
En la pared anotábamos las tocadas recíprocas. Me aventajaba noto-
riamente en destreza y en fuerza, pero yo me obstinaba en demostrar
la tesis dudosa de que la esgrima obedecía a la prontitud de la mente
más que al músculo. Habíamos roto varias hojas y aquel último en-
cuentro lo librábamos con floretes desbotonados, protegido única-
mente el rostro con la careta; se aceptó que sería legítimo toda clase
de golpes. Intenté varias veces uno italiano por el bajo vientre; mi ri-
val pegaba con coraje, o anulaba mi ataque con brazo de roble. En la
seña no advertí un rasgón a lo largo del antebrazo derecho. Cuando
el güero vio que me corría sangre, arrojó su florete y vino a abrazar-
me. En un instante la cólera se le volvía ternura amistosa. "Perdona,
hermano; lo siento."
Por muchos años me quedó la marca de su acero, pero más ha du-
rado nuestra amistad. Nunca he conocido un temperamento más sa-
ñudo y a la vez noble. Por gusto buscaba peleas, que aprovechaba
para demostrarme no sólo su valor, también su lealtad. A veces lo
acompañábamos dos o tres como Estado Mayor. Nos llevaba por la
Alameda: "Desafiaremos a los primeros tres que pasen y el que se
`raje' no es hombre." Si el reto era aceptado, nos ponía a espiar al
gendarme, mientras él peleaba; otras ocasiones concertaba el lance
colectivo: "Tú contra éste; tú contra aquél; a mí déjame éste", reser-
vándose siempre el más peligroso. La ocurrencia se resolvía en el
cambio de unos cuantos puñetazos sin consecuencias. Hasta que una
vez escarmentamos todos en cabeza suya. "Mira, hermano; ese que
viene allí me gusta." Lo detuvo, el otro aceptó con calma... "Son
mis testigos —dijo el güero, señalándonos." "A darle", manifestó el
desconocido, de mediana estatura y apariencia nada temible. Por una
de las callejas menos transitadas de la Alameda, a la hora del oscu-
recer, fue fácil escapar a curiosos. Nuestro deber de testigos era do-
ble: echar un ojo a la policía y estar listos para impedir que se pega-
sen a cuerpo caído. Desde el comienzo del choque empezó el güero
a desconcertarse. Las manos del desconocido poseían un raro tino de
dar con su rostro. Sin embargo, volvió a embestir... Dos o tres veces
se lanzó al ataque, sólo para ser rechazado de nuevo con sangre en
la cara, por la boca, por las narices. Lentamente el castigo aplacaba
los arrestos del güero y, finalmente, le produjo lucidez. Echando en-
tonces mano de su don de simpatía, exclamó: "Oiga, usted me la ha
jugado. ¿Usted es boxeador?" "Para servirlo", repuso el otro, mien-
tras recogía del pasto su saco y se arreglaba la corbata. "Está bien
—asintió el güero—, lo merezco; me ha pegado usted a la buena. Si
quiere, ahí va mi mano." El otro se la tomó cordialmente.
Entre todos llevamos al vencedor a una cantina que había enfren-
te, "La América", famosa por los grandes vasos de cerveza rubia es-
pumosa y los tacos de pollo con aguacate. El pugilista acabó dándo-
nos consejos:
—Miren, muchachos: el brazo izquierdo cubre el estómago; el
hombro protege la cara, y el derecho pega sin alargarse, poniendo
todo el cuerpo en el swing o acercándose para el upper cut en la qui-
jada.
No nos faltaba dinero para unas cuantas copas; pero precisamente
allí, en "La América", entraban y salían vuelos de faldas. Imaginá-
bamos en los reservados caderas y torsos que sobresaltan el pecho
viril. Era fácil poner gusto de vino en los labios, pero la sed de mu-
jer, y mujer hermosa, se aplazaba constantemente. Y nuestro amor,
entre tanto, se envilecía en los rápidos, nauseabundos encuentros ca-
llejeros que entristecen y debilitan. Tras de aquellos canceles de "La
América", vedada a nuestra condición, estaba la dicha plena, el pla-
cer con suavidades de seda, perfumes caros y labios frescos.
Fuera del círculo estudiantil, casi no tenía otros conocidos que los
parientes de Tacubaya. Los visitaba de cuando en tarde y, cosa que
al principio me sorprendió, me atraía Adelita, madrastra de mi ma-
dre, más que sus hijos. Su fortaleza de alma, su cordialidad y buen
juicio reconfortaban. Con los tíos acababa siempre embrollado en
discusiones agrias. Ella encontraba siempre la palabra de paz. De los
desacuerdos era yo, sin duda, el culpable: les hablaba para exhibir
142 ULISES CRIOLLO

mi ciencia reciente, ufana, y no lograba el efecto deseado. En mi


despecho, llegaba a extremos ridículos; por ejemplo: la predisposi-
ción que se me desarrolló contra un lejano pariente letrado que toda-
vía no conocía. Pero lo invocaban para contradecirme o para señalár-
melo como modelo: "Anda, pregúntale a Manuelito; ése si sabe, él
es filósofo." Manuelito era el libre pensador oaxaqueño don Manuel
Brioso y Candiani, autor de una Lógica, catedrático de la Normal de
Oaxaca y metido por aquella época en un cargo abogadesco en la
Suprema Corte de Justicia. Su fama de filósofo se afirmaba con
la caspa que nunca se sacudía del cuello, el mirar distraído y la me-
lena. Varias veces lo había encontrado en casa de los Calderón y,
por fin, acepté su indicación de visitarle. Hallélo rodeado de libros,
soltero y cincuentón. Me examinó de lógica desilusionándose de mí
porque no pude repetirle de memoria reglas y casos del silogismo.
Sin embargo, me dedicó su propio texto que nunca leí. Lo tuve por
atrasado, en vista de que no aceptaba sin reservas a Stuart Mill, ni
era positivista. Los viejos liberales de su género veían con descon-
fianza el avance positivista. El intento comtista de religión nueva les
parecía sospechoso. Estábamos en la era de "las luces" y no había
razón para volver a ocuparse de la religión. Él se decía espiritualista,
pero no disimulaba su odio al católico. Se especializaba en pedago-
gía según direcciones derivadas de Herbert. Yo profesaba un sobera-
no desprecio por la pedagogía, ciencia que ni siquiera figura, refle-
xionaba yo, en el cuadro comtista. Sin embargo, me interesaba el
caso de aquel hombre. Lo sabía un poco pariente de mi madre por su
segundo apellido, Candiani, y él se refería a ella con simpatía: "Te-
nía talento Carmita, —afirmaba—; era metafisica y mística, pero tenía
talento; ya veremos si tú logras algo." Examinábalo con la curiosi-
dad que suscita un brote de estirpe que era casi la mía. Y no me ha-
lagaba demasiado mirarlo. No sé qué pequeñez se escondía en aque-
lla erudición de autores de segunda. Su misma ambición me parecía
mezquina. ¡No sentir la amargura de verse a los cincuenta el autor
de una lógica escolar! Por otra parte, su criterio desentendido de los
grandes, vuelto de espaldas a Kant y a Comte para construir su vida
en tomo de Herberts, Krauses, Pestalozzis, me desilusionaba sobre la
capacidad de mi clan para la filosofia.
Precisamente la mejor lección que debíamos a Justo Sierra, años
antes de que Bernard Shaw la diera, expresaba: "Leed a Homero y
Esquilo, a Platón, Virgilio, Dante, Shakespeare, Goethe y, después,
volved a leer a Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare..." No dedicar
mucho tiempo a segundones más o menos ilustres, enderezar el rum-
bo con la vista en las cumbres. Y he allí quien se pasaba la vida en-
EN JURISPRUDENCIA 143

tre libros y no atinaba a distinguir los jalones, las luminarias de la


ciencia. ¡Los anteojos de aquel lejano primo de mi madre servían
unos ojos miopes del espíritu! Para él, la Lógica era la máxima cien-
cia. Y a mí me interesaba, apenas, por los frutos que pudiera darme
un audaz raciocinio.
También la orientación de nuestros maestros preparatorianos era
contraria al juego de las abstracciones. Para libramos de su vanidad,
había inventado Bacon el Novum Organum, la experiencia que con-
tiene sorpresas y puede conducirnos, quizá, a descifrar el misterio.
La preparatoria de mi tiempo vacilaba ya entre la rígida jerarquiza-
ción comtista y el evolucionismo spenceriano. Le Bon, Worms,
Gumplowitz, empezaban a privar en sociología. De positivistas pasá-
bamos a ser agnósticos, con no poca alarma de la vieja guardia com-
tista.
Otro poder se alzaba enfrente de nosotros, aunque casi no lo ad-
virtiéramos: el colegio jesuita llamado de Mascarones, por la casa
colonial que ocupaba. Nuestro contacto con los alumnos del plantel
católico era ocasional y motivado por los exámenes en común cada
fin de curso. La política porfirista de la conciliación con la Iglesia
había llegado a términos tan civilizados que se reconocían los estu-
dios particulares mediante un examen de tiempo doble, ante los jura-
dos de la escuela oficial. Ninguna animosidad nos distanciaba de los
estudiantes del colegio católico, y más bien les admirábamos su bue-
na preparación en humanidades, aunque en su ciencia resultaban de-
ficientes. Nos separaba de ellos principalmente la jerarquía social.
pues ningún pobre podía con los honorarios de Mascarones.

EN JURISPRUDENCIA

Me había matriculado en la Facultad de Leyes, por eliminación. Sin


aptitud alguna para el cálculo, la carrera de ingeniero me estaba ve-
dada por mi naturaleza. Una larga convivencia con estudiantes de
Medicina me había revelado la exigencia a que se les sometía a
aprender de memoria todos los nombres de los huesos con sus face-
tas y articulaciones. Perdidos, así, en el detalle, y encaminados desde
el comienzo hacia la especialización, lo que menos se preguntaban
era lo único que me hubiera interesado: el secreto de los procesos
del pensamiento; la teoría de la voluntad o la psicología del amor.
Todo ello estaba más bien en los filósofos, y para estudiarlo no ne-
cesitaba volverme impermeable al yodoformo. Hubiera querido ser
oficialmente, formalmente, un filósofo; pero dentro del nuevo régi-
144 ULISES CRIOLLO

men comtiano la filosofía estaba excluida: en su lugar figuraba, en el


curriculum, la sociología. Ni siquiera una cátedra de Historia de la
Filosofía se había querido conservar. Se libraba guerra a muerte con-
tra la Metafisica. Se toleraba apenas la Lógica y eso conforme a
Locke, casi como un capítulo de la Fisiología. Por propia iniciativa,
y al margen de la cátedra, habíamos constituido un grupo decidido a
estudiar a los filósofos. Antonio Caso, dueño de una gran biblioteca
propia, leía por su cuenta y preparaba sus armas para su obra poste-
rior de demolición del positivismo. Yo formaba cuadros de las dis-
tintas épocas del pensamiento, de Tales a Spencer, apoyándome en
las historias de Fouillé, de Weber y de Windelbandt.
La disciplina legal me era antipática, pero ofrecía la ventaja de
asegurar una profesión lucrativa y fácil. En rigor, era mi pobreza la
que me echaba a la abogacía. Si hubiese nacido rico, me quedo de
ayudante del laboratorio de Física y repito el curso entero de cien-
cias. Al entrar a las cátedras de Jurisprudencia advertí como un des-
censo en la categoría de la enseñanza. No era aquello ciencia, sino a
lo sumo lógica aplicada y casuística. La reforma científica no había
llegado al derecho; faltábale un genio filosófico que incorporara el
fenómeno jurídico al complejo de los fenómenos naturales. Spencer,
en su volumen de la Justicia, obra de consulta en nuestro curso, ya
iniciaba tarea semejante; pero entre tanto, el aprendizaje se desarro-
llaba dentro de las disciplinas caducas. Y mientras el célebre maes-
tro Pallares disertaba en su clase de civil, yo me ponía a leer el pe-
riódico en un rincón de la última banca.
Con no hacerme caso me fue ganando el viejo. Enjuto de tez, oji-
llos penetrantes, frente muy blanca, sienes delicadas y cabellos ne-
gros, levemente rizosos, sus fieles lo comparaban con Sócrates por
la fealdad y por unos sarcasmos que yo hallaba crueles. Hablaba
apoyando el mentón en el puño de oro de su bastón y con gala de
impertinencia, exclamaba: "Esto no se los explico porque ustedes no
me entenderían... este país de catorce millones de imbéciles..."
Me irritaba oír todo aquello en labios de un simple abogado. "Sa-
brá su derecho mercantil —reflexionaba—, pero ¿qué sabe de filoso-
fia?" Ignoraba yo las virtudes del hombre; nada sabía de su vida
austera, ni de su constante, firme protesta, contra el despotismo por-
firiano. Generalmente reconocido como el primer abogado de la Re-
pública, vivía, sin embargo, postergado, y se había hecho inmodesto
a fuerza de ser injustamente tratado. A diferencia de tantos otros, de-
bía su cátedra a una oposición y no a nombramiento de la dictadura.
Titulado en Michoacán y ferviente católico, jamás había transigido
ni con su creencia ni con la farsa y abuso de los hombres de la ad-
EN JURISPRUDENCIA 145

ministración. A fuerza de tenacidad inteligente, sostenía un bufete de


buenos ingresos pero en los grandes negocios figuraba, si acaso,
como consultor, y los honorarios gordos iban a las manos de media-
nías complacientes con el régimen, protegidos del déspota. Por expe-
riencia sabía que sus mejores alegatos podía echarlos por tierra una
sugestión, una consigna del Caudillo. Todo esto lo fui averiguando
paulatinamente. Su talento y su ciencia, su íntima bondad bajo la
agria apariencia, se manifestaban tardíamente y como a pesar suyo.
Al principio era yo del bando que lo contrariaba.
Pues, en efecto, había dos bandos. Contra Pallares estábamos los
preparatorianos de la metrópoli, antijuaristas y cientifizantes que nos
sentíamos rebajados de estudiar el Derecho Romano, después de ha-
ber cursado el plan de Comte en la Preparatoria. En el bando de Pa-
llares se afiliaban los que, habiendo hecho su secundaria en los Esta-
dos, conservaban el criterio indeciso entre la ciencia y la ideología
jacobina. Y aunque Pallares no era jacobino, procedía de la provin-
cia y no era afiliado a Comte. Además, era el rival de Justo Sierra, y
los metropolitanos éramos sierristas. Justo Sierra era el poeta, el lite-
rato vulgarizador de la teoría positivista en el arte y en la vida. Su
obra de Ministro de Educación todavía no comenzaba, pero ya era
conocido como el maestro más culto, más elocuente de la época.
Tan elocuente que en su clase de Historia, cada año, arrancaba
aplausos disertando con entusiasmo sobre las libertades de Atenas.
En cambio, jamás abrió los labios para comentar el derrumbe de las
libertades mexicanas. Después de sus discursos helenizantes, el po-
bre se iba a la Corte a firmar sentencias como magistrado del porfi-
rismo.
Uno de los motivos del desprecio de Pallares por sus alumnos era
nuestra ignorancia del latín. Yo había estudiado y olvidado dos años
de latín campechano, pero mis compañeros, en su mayoría, sólo ha-
bían pasado por el curso de "raíces griegas" que nos daba el maes-
tro Ribas, un judío sefardí muy capaz, pero que, desilusionado de lo
poco que podía hacerse en un solo curso, se limitaba a bromear con
sus alumnos. Pallares, con razón, se preguntaba: "¿Qué puedo hacer
con estudiantes incapaces de entender una cita?" y no sólo lo decía
en clase; lo había dicho en los consejos de las facultades y lo había
sostenido en el Congreso.
De allí procedía su choque formal con Justo Sierra. Al discutirse
en el Congreso la reforma de la enseñanza, el asunto del latín se ha-
bía convertido en cuestión de partido. Los liberales estaban contra el
pasado porque era pasado y contra el latín porque es el idioma que
se usa en las misas. Los positivistas se apoyaban en la autoridad de
116 ULISES CRIOLLO

Spencer que elimina las lenguas muertas en favor de las vivas, sin
duda para que poco a poco vaya quedando sólo el inglés. Así como
los liberales eran yankeezantes, los positivistas se creían muy británi-
cos siguiendo a Spencer. Ni unos ni otros se tomaban el trabajo de
informarse de que al latín dedican y dedicaban hasta cuatro años to-
dos los colegios de segunda enseñanza de Inglaterra y los Estados
Unidos. Se daba, pues, el caso de que un país latino suprimía de sus
programas de enseñanza el latín, en tanto que el vecino país sajón
multiplicaba universidades y colegios en que el latín es obligatorio.
Contra este absurdo propósito que recuerda esas estampas de zulúes
descalzos y con sombrero de seda europeo, se levantó Pallares y ha-
bló convincente y firme. Pero los diputados... los diputados de enton-
ces, menos ignorantes que los de ahora, mantenían, sin embargo,
igual tradición de servilismo. Pallares era un independiente; por lo
mismo, un sospechoso. Atender sus razones equivalía casi a traicio-
nar al régimen. Don Justo representaba la opinión oficial; era subse-
cretario; el Gobierno siempre tiene razón para destruir a su contrin-
cante. Al contestarle don Francisco Bulnes, lo designo cambiándole
de intento, el nombre: "el señor Pajares". Irritado éste por las discu-
siones, no advirtió el peal, y quiso rectificar: "Pallares, señor..."
"Pajares", insistió Bulnes volviéndose a su público. Las risas esta-
llan, la votación se apresura y triunfó la consigna abolicionista de las
lenguas muertas. La intelectualidad del régimen proclamó la nueva
victoria obtenida contra "las tinieblas". De su derrota injusta guarda-
ba Pallares un rencor mudo que hacía extensivo a todos los que lle-
gábamos de la Preparatoria.
—Según veis —concluía desde su cátedra el sardónico maestro,
tras de explicar algún precepto jurídico desconocido por una práctica
de abusos—, esto no está al alcance de los catorce millones de imbé-
ciles que componen la República...
—Safo, maestro —se me ocurrió a mí gritar un día desde mi ban-
co.
—¿Qué dices, muchacho?
—Que le ruego haga en mi favor una excepción entre los catorce
millones...
—Pues sin duda eres tú el más presuntuoso de todos —repuso—.
A ver, ¿cómo te llamas...?
Días después, desde su pupitre, para interrogarme improvisó entre
burlón y afectuoso:
En la pálida silueta de los cielos
se destaca tu figura, Vasconcelos.
LA PENDIENTE 147

El hombre áspero ganó fácilmente mi afecto. Pero pasaron mu-


chos años antes de que pudiese apreciar todo el alcance de su lucha
ingrata contra el medio que nos incubaba.

LA PENDIENTE

Hastiados de mal comer en fondas y pensiones baratas, y también


para lograr más libertad, decidimos rentar una vivienda completa ha-
ciendo cocina en casa. Entre cuatro nos instalamos, suprimiendo el
salón, en alcobas individuales y comedor. Un estudiante de ingenie-
ría, Nacho Guzmán, hizo de jefe y tesorero. Mensualmente le entre-
gábamos nuestra cuota y él se entendía con el servicio. Consistía
éste de una vieja criada que hacía de ama de llaves y cocinera, auxi-
liada de una hija fortachona y cacariza, a salvo, según supusimos,
del deseo varonil más desesperado. Ocupábamos un interior del se-
gundo piso de un edificio con ocho viviendas. Las del piso bajo eran
humildísimas, ocupadas por artesanos y lavanderas. Las del frente de
la calle eran habitadas por familias que no veíamos casi ni en la es-
calera. Por arriba éramos dueños de una azotea, cómoda para estu-
diar por las tardes y contemplar desde ella las puestas del sol y los
tejados vecinos. Varias salidas aseguraban a cada quien indepen-
dencia completa. Al principio todo fue bien: comíamos con abun-
dancia, eligiendo los manjares a nuestro antojo. En vez de Renato,
que temporalmente suspendió los estudios, teníamos ahora de com-
pañero a José Santos, también de Piedras Negras o de Sabinas, que
ya cursaba el último año de Medicina. Lo visitaba y convivía a ve-
ces con él una Lola, su amante, y afanadora de un hospital. Ocupaba
otra habitación el Chango, estudiante de leyes, guitarrista y poeta.
Nos visitaban compañeros de diversas facultades, invitados a comer
o simplemente a la charla y la divagación de las canciones y los de-
vaneos amorosos.
Con frecuencia faltaba a clase, aburrido de traducir y comentar las
Pandectas, y acompañaba a Santos o a Olvera a sus prácticas médi-
cas. Llegué a saberme de . memoria todas las salas del espantoso Hos-
pital Juárez, a la vez hospital de sangre para las víctimas de los crí-
menes, los atropellos de la ciudad y asilo general de alcohólicos.
cancerosos, reumáticos, venéreos y hasta leprosos. La cantidad de
horror que allí se podía ver en sólo una mañana, supera a cuanto ha-
yan imaginado las más sombrías literaturas. A tal punto que después
de contemplar los tumores y las llagas, casi no impresionaba el anfi-
teatro, con su media docena de cadáveres despedazados sobre plan-
148 ULISES CRIOLLO

chas impregnadas de la pestilencia inconfundible: la cadaverina...


Bastaría recordarla para quitarnos toda posibilidad de sensación vo-
luptuosa fundada en la atracción de la carne.
Cuando penetré por primera vez al anfiteatro, un practicante ase-
rraba con calma el cráneo recién rapado de un muerto. La cabeza de
otro cadáver al lado, tenía ya cortada la tapa y se veían en los sesos
las circunvoluciones. Aquella ocasión, de regreso del hospital, no
pude comer. Al día siguiente comí doble. Contra la tenacidad del
cuerpo que insiste en vivir y gozar, hay el disolutivo eficaz de la ca-
daverina. Pero en auxilio de la vida llega el olvido y actúan las ape-
tencias. Con todo, años después, en la voluptuosidad de un amor que
declinaba, sentí de pronto algo como el tufo de la cadaverina. Como
si el interior de la entraña se adelantase y se diese a la muerte antes
que la piel y el rostro, antes de que la muerte se imponga.
La cadaverina: Pero ¿de qué sirven las profundas lecciones a una
juventud en frenesí, sedienta de goce? Con todo y la dosis matinal
de cadaverina, por las noches corríamos tras de las más humildes
faldas.
Cierta mañana curamos a un herido; detrás del practicante iba la
afanadora con la gasa, las bandejas esterilizadas. Recostado sobre
sus pobres almohadas el enfermo descubrió el pecho. Sobre la piel
morena, a la altura de las tetillas, se abrió una especie de boca con
labios violáceos; el practicante pasa un algodón, luego tapa con
gasa. Al concluir el recorrido, pregunto por lo bajo:
—El de la puñalada ¿no está muy mal?
—Pst... -contesta—; si esta noche le entra la fiebre, mañana
está muerto.
En el extremo de los patios, y fuera del pabellón, en unas barran-
cas, moraban los leprosos; uno asomó sin narices...
—¿Los curan? —indago.
—¡Bah! Son incurables; los recoge la policía de las calles cuando
ya están imposibles, y aquí se van deshaciendo despacio.
La sala de operaciones es el sagrario del hospital. Las batas blan-
cas recuerdan el sobrepelliz del sacerdote. Los instrumentos bruñi-
dos, hervidos, reciben honores de reliquia. El operador dirige con la
mirada, los ayudantes trajinan, los alumnos forman grupo reverente.
El enfermo, arrastrado en su camilla, es lo que menos impo rta; re-
presenta un caso en un largo registro de casos. A una señal, aplican
las enfermeras la mascarilla del cloroformo; el olor nauseabundo se
difunde como incienso de aquel ceremonial cuyo objeto es aliviar la
carne, aun a despecho del alma. Empieza el enfermo a divagar; en
LA PENDIENTE 149

seguida, en crescendo patético se lamenta como mártir en el tormen-


to. El sabio operador malhumorado dice a los alumnos:
—Estos alcohólicos consuetudinarios despliegan una sensibilidad
morbosa para el cloroformo. Por fin, y después de que ha chorreado
una o dos veces la cánula de anestésico, se inicia el estertor, se apa-
gan las quejas de enfermo y empieza a rasgar el bisturí. Las manos
del médico se van llenando de sangre; corre sangre por la piel cetri-
na de la víctima; blanquea el tejido sebáceo y aparece el rojo lasti-
mero de la entraña; su palpitar desamparado, desnudo, produce vérti-
go. Una corriente nerviosa quebranta cada coyuntura y muere en los
talones; durante un brevísimo instante tuve necesidad de buscar el
apoyo del brazo de mi compañero de pensión. Todos atentos a la
faena operatoria, nadie advierte mi momentáneo desfallecimiento;
me quedó en la boca un sabor de podredumbre. La cosa no termina;
extráele materia sanguinolenta, se habla de tumores. Las operaciones
siempre terminan bien; ahora que, es claro, el enfermo comúnmente
fallece... de alguna complicación. ¡La cirugía es infalible; el porve-
nir de la Medicina, la cirugía! El coro de los convencidos, nuevos
creyentes de la religión terapéutica, se dispersa por las salas, regresa
al centro de la ciudad.
Ya en el tranvía, el pequeño grupo de estudiantes veteranos se
cuentan historias: Operaba don Tobías... encontró un enfisema; al
revisar la tarjeta del enfermo, rápidamente había observando su pro-
fesión: músico. Con la prueba escondida, don Tobías diserta sobre
las infecciones del diafragma, ocasionadas por los instrumentos de
viento. Concluye la operación, despierta el operado, y don Tobías,
triunfal, pregunta:
—¿Que instrumento tocas, hijo?
—Doctor, la tambora...
No sé cuánto tiempo me duró la obsesión. Quería verlo todo y en-
sayarlo, bajar a todas las cavernas de la miseria biológica. También
revisar el aparato humano en su normalidad. En un año de la escuela
de Medicina, Olvera se pasaba largas horas de la noche practicando
disecciones. A menudo me llevó para encomendarme tirar de un ten-
dón, mientras él ligaba, descubría los haces, las fibras. Ponía en su
tarea un orgullo de artista. La preocupación de la estética se prolon-
ga al terreno de lo macabro.
—Mira qué linda pelvis —exclamaba alguno delante de las vitri-
nas del museo escolar—, buen forro ésta... fea la otra.
Y así entre las osamentas, restablecíanse las categorías del apetito
erótico.
1 50 ULISES CRIOLLO

Y conocí algo peor. La obsesión del practicante de Sanidad, ami-


go de nuestro grupo. Viendo pasar las favoritas del mundo galante,
mezcladas al paseo dominical de Plateros, apreciaba, según detalles
inimprimibles de las partes secretas, mientras los ingenuos admirá-
bamos las pestañas o el talle de las bellas.
Cierto cinismo sentimental, fruto de su hábito de ver únicamente
la came, volvía molesta, en ciertas ocasiones, la compañía de nues-
tros futuros médicos. Había en sus charlas eróticas algo de la crude-
za y desazón del higienista que explica cómo se han de masticar los
alimentos a fin de asegurarles la eficacia nutritiva. Nos quita las ga-
nas de comer.
Sin embargo, me fue preciso recorrer todo el viacrucis médico. La
casa de las locas se hallaba cerca de nuestro domicilio de la calle de
San Lorenzo, en la Canoa, donde hoy está la Beneficencia. Acompa-
ñado del practicante, traspuse el zaguán, atravesé el patio; una grite-
ría confusa, estridente, sacudió mis nervios. "Son las ninfómanas —ex-
plicó el practicante tranquilizador—, apenas ven pantalones y gritan
obscenidades, invitaciones de pesadilla." Por San Fernando, en otro
ex convento, se hallaban instalados los locos. Sala primera, cama sin
patas, los epilépticos. Apariencia normal; de repente, el vértigo, las
contracciones, los gritos acompañados de una angustia que sale a la
boca en espumas.
Departamento de cretinos, dientes enormes, miradas gelatinosas,
babeo. En seguida los melancólicos, pacíficos, pero expuestos a ac-
cesos de furor, perdidos en horizontes irreales. Luego, los enajena-
dos, consumando paseos interminables o entregados a crisis furio-
sas... El que se cree el Emperador Moctezuma, el que quiere
cogerse el índice sujetándolo con la izquierda y arrebatándolo con su
misma mano derecha. En otra sección, los subnormales; pero fuera
de allí, en el éxito y la fama, estaban otros, según Lombroso, según
Nordau, idénticos, por más que la humanidad los venera como ge-
nios. También el genio era un desarreglo, un caso de patología. El
médico, sacerdote de la religión de la ciencia, entraba, con su escala
de temperaturas y su registro de síntomas, en las cámaras más ocul-
tas del laboratorio de la ciencia. Entre el criminal nato y el profeta,
apenas había una barrera accidental. El misticismo de Santa Teresa
era un caso de excitación erótica reprimida. La charlatanería litera-
rio-terapéutica de las glándulas y las secreciones endocrinas, estaba
a punto de iniciarse con Voronoff. Pero todo aquel triunfo de la
Ciencia, triunfo de la carne, con sus ritos de asepsia, sueros y baci-
los de Metchnikoff, se unificaba en estelas de yodoformo.
Era preferible volver donde los locos con las ideas abstractas, si-
tio de reunión en los bancos de la Escuela de Jurisprudencia. Tardes
lluviosas y melancólicas, recargadas de la fragancia del jardín, diva-
gaciones y bostezos. Tristemente fumábamos soñando en las tardes
que vendrían, lluviosas también, pero al abrigo de una alcoba con
cortinajes, donde una amada perversa y hermosa vertería licores des-
pués de las fatigas del amor.

CONATOS DE PASIÓN

La gran necesidad de afecto del joven que vive aislado, complicán-


dose con los deseos eróticos de la adolescencia, conduce inevitable-
mente a enamoramientos disparatados; súbitos ataques de epilepsia
espiritual. Hay quien los evita intoxicando la fantasía con juegos de
pasatiempo como las damas y el dominó. Por ejemplo: el médico
nato, Olvera, se pasaba las tardes del domingo entregado a las corn-
plicaciones del ajedrez. Yo he detestado siempre los juegos. Veo en
ellos la más tonta manera de usar el más precioso tesoro de cada
existencia, su tiempo, limitado, contado y que, por lo mismo, es ne-
cesario exprimir, aprovechar, gozar, en último caso sufrir, pero nun-
ca, jamás, desperdiciar. Alarmado, pues, del tiempo que corría inútil
como si una vena de la propia sangre corriese perdiéndose, arrastrán-
donos al vacío del no ser, me angustiaba de las horas sin empleo va-
lioso. Ensayaba escribir; pero apenas traducía mi pensamiento en
signos, las ideas perdían toda su profundidad; lo escrito me desen-
cantaba, me irritaba como una traición a mi esencia singularmente
valiosa. La charla con los amigos se hacía aburrida. Cada uno en la
discusión buscaba exhibirse. A mí la discusión me exaltaba, me lle-
vaba a proferir enormidades que luego el amor propio impedía recti-
ficar. A veces sentía que un torrente de luz me inundaba el alma.
Era como la evidencia de mi destino, manifestada en júbilo sobera-
no. De un extremo a otro de la habitación caminaba como con alas
en los pies. Mis potencias y mi ser, y aun mis células orgánicas, se
bañaban del esplendor inesperado y se aprestaban a la cita. Todo lo
que me componía y constituía se alzaba fulgurando, listo para la
elección escondida en la entraña del tiempo, desde antes de mi naci-
miento y de mi formación.
Cuando ya la soledad me tenía así, transido de sus visiones, salta-
ba a la habitación donde los compañeros jugaban cartas, fumaban.
"Vamos a algún lado, muchacho", proponía alguien... Se levanta-
ban dos o tres, a veces todos juntos nos íbamos por el barrio, por
152 ULISES CRIOLLO

frente a la novia de alguno o por los sitios de diversión que puede


frecuentar el estudiante.
Nos habían hablado de un café recién abierto, por Santa Brigada.
Lo regenteaba un español que le puso no se sí "La Alhambra", y
consistía su novedad en el servicio a cargo de bonitas meseras. Una
muchedumbre dominical, ruidosa, plebeya, ocupaba ya casi todas las
mesas. Tras de alguna espera, logramos acomodarnos en torno de
una los cuatro amigos. Se acercó a servirnos de uniforme y delantal
una joven agraciada. Después de alguna frase de galantería pedimos
nuestras copas. En derredor observamos la algazara; irrumpió una
orquesta. Entre el humo de la clientela, regresó nuestra camarera, se-
guida de otra que le ayudaba a se rv ir, y seguramente, le quitaba los
admiradores pues, era una morena esbelta de cara oval, ojazos y
trenzas negras... Empezaron mis compañeros a celebrarle la hermo-
sura; sonreía ella complacida. Deslumbrado, la contemplé, a la vez
que un deseo violento, pasión en coup de foudre, me levantó del
asiento... Por entre las sillas logré alcanzarla y le planté un beso tro-
nado en la mejilla. La imprudencia molestó a los parroquianos de al
lado, con quienes acaso tropecé; nos hicimos de palabras, hubo sillas
levantadas en alto, intervino el propietario, nos amenazaron y sisea-
ron; por fin pagamos y nos marchamos despacio para no aparecer
corridos...
Despreocupadamente caminamos varias calles; atravesamos casi
la ciudad para retornar por nuestro rumbo, pero empecé a sentir una
inquietud irrefrenable. La visión de la cara besada a medias me ob-
sesionaba. Apenas cenamos, ya solo, regresé al café. Un público di-
ferente, menos numeroso, sirvió lo suficiente para que pasase inad-
vertida la vuelta que di buscándola, y la señal con que le pedí que
viniera a servirme. Llegó frente a mí toda risueña; la invité a beber,
se sentó a mi lado y dio comienzo una amistad larga y accidentada.
Se llamaba María Sarabia; decía ser de por Guanajuato o por Ja-
lisco. Aseguraba vivir con su madre en el último extremo de la ciu-
dad por las calles del Ferrocarril. A las dos de la mañana, libre ya de
su trabajo, acostumbraba marchar sola a su casa. Sin embargo, yo
podía verla cuando quisiese en el café, y quizá más tarde saldríamos
a pasear juntos. Eran suyas las mañanas y las tardes hasta las seis.
Ni los patios de Jurisprudencia, ni las clases de los amigos volvie-
ron a verme en varias semanas. Dentro del café le hablaba lo menos
posible; pero cuando entraba a su trabajo, yo la acompañaba a la
puerta, y si salía para cenar, la llevaba por las fondas baratas del ba-
rrio. Platicándole, mirándola, se iba veloz el tiempo. A veces, a las
once o doce de la noche, interrumpí la lectura o el estudio para co-
rrer desde mi cuarto hasta el innoble café a fin de verla otra vez.
Pronto dio en visitarme. Su presencia en la casa no llamaba parti-
cularmente la atención, porque todos los compañeros tenían, quién
una novia, quién una amante que solía vernos. A menudo María se
presentaba con una compañera. Organizábamos entonces el cuarteto
con uno de los colegas, y nos marchábamos de paseo, rematando
siempre en alguno de los bares estudiantiles. Su oficio de camarera
la había hecho bebedora. Los estudiantes bebíamos por presumir de
calaveras y de románticos.
Bebíamos por pobreza y por tristeza. Quizá eso mismo ocurría a
nuestras compañeras. A veces, cuando en la casa había quien tocase
la mandolina y la guitarra, improvisábamos bailes que nos dejaban
enardecidos de mujer y quemados de alcohol. Sin embargo, aquello
era vivir; el genio baja a las profundidades del abismo, decía cual-
quier Zaratustra criollo. Echarse a la perdición era un heroísmo... Y
no se era hombre si no se apuraba la copa de la vida "hasta las he-
ces". Así nos curábamos del mal vivir. Todo con versos de Musset y
literatura de Dumas hijo.
La linda perdida de largos cabellos oscuros, labios enloquecedo-
res, talle flexible y largas ancas envueltas en falda roja, era la ima-
gen viva de la angustia que puede tornarse en goce. Bien se podía
prescindir de todas las promesas de una existencia heroica, vencedo-
ra, con tal de pasar un año o unas semanas enredado en su came,
pendiente de sus labios. Sin embargo, no se entregaba. Sonreía, y
una como oleada de tristeza le tornaba pálido el rostro, la mirada
distante. "Sé bueno —insistía—, quiéreme bien..." Con decirlo,
quedaba domeñada la urgencia y una ternura honda enlazaba las ma-
nos, súbitamente tranquilizadas. Nunca ni una palabra de respuesta a
mis preguntas sobre su origen, sus padres, sus amores.
—¿Tienes novio?
—Sí, tú eres mi novio.
—¿Tienes amante?
—No sé, no me preguntes...
Y aunque en distintas ocasiones la acompañé hasta la calle misma
en que vivía, nunca quiso informarme ni del número exacto de su vi-
vienda...
—¿Para qué quieres saber? Yo he de ve rte... mañana a tal hora.
en tal parte... —Y aparecía otra vez jovial, deslumbrante.
A veces, impaciente, dejaba de concurrir a sus citas. Excitado por
mis compañeros me proponía mandarla a paseo. Me vencía, abste-
niéndome de buscarla por el café. De repente, la tarde menos pensa-
154 ULISES CRIOLLO

da, se presentaba en nuestra casa, más bella que nunca, siempre con
su falda de color vivo, ajustada a las más lindas piernas dcl mundo.
Sentada en mi misma cama se soltaba la trenza, se dejaba acari-
ciar. Luego se peinaba, me resistía. Adorándola, le mandaba traer re-
frescos, nieve, jerez, aguardiente, según su capricho. Entonces char-
laba, bromeaba con los compañeros. Nuestra criada le ofrecía de
comer, la agasajaba. Se recostaba para descansar; luego, incorporán-
dose, preguntaba:
—¿Me acompañas?
Y a menudo, por andar recorriendo salas de baile y cantinas, fal-
taba al café; pero después, a medianoche, se despedía y se me volvía
a perder en el misterio.
Entre tanto, yo deliraba. Tras de mucho pensarlo, resolví que mi
deber era salvarla, recogerla del fango, casarme con ella. Un día se
lo propuse y se río, pero dulcemente me apretó la mano...
—Estás loco...
Pero yo lo pensaba en serio. Revestía de abnegación y piedad mi
deseo voluptuoso y me convencía de que era mi deber ligar su desti-
no al mío "tendiéndole la mano". Hice mis cálculos. Buscaría traba-
jo, mandaría al diablo los estudios... Sólo que, pensándolo bien, ha-
bía un pequeño inconveniente: Recontando fechas, resultaba que
tenía yo diecinueve años; el Código exige en estos casos el consenti-
miento paterno... Ni me atrevía a pedirlo, seguro de una terminante
y alarmada negativa. Era mejor esperar; por ella misma era mejor
esperar... pero, mientras tanto, ella debería comprometerse conmigo
en una alianza espiritual.
No obstante que nuestros paseos eran bien modestos, el dinero me
empezó a escasear. Muchos libros y algunos muebles que al instalar-
me me había dejado mi padre, cogieron el camino de la casa de em-
peño. Con la mejor intención de sacarla del fango, yo me iba hun-
diendo. Y empezaba a cansar a los amigos con solicitudes de
préstamo... ¡Era tan bello estar todo el día y también de noche em-
bebido en su hermosura!
El primer contratiempo me lo proporcionó mi impaciencia. Sin
advertirla, me dirigí una tarde al café. Me encontraba yo en la acera
de enfrente, cuando la vi salir del brazo de un tipo robusto y apues-
to. Iba él ufano; ella no me vio. Un pensamiento humillante formuló
dentro de mí esta pregunta: "¿Por qué ahora no la asaltas, como
cuando el beso en público?" La sorpresa me dejó clavado en la ace-
ra y un miedo vil contuvo mis ímpetus. Me sentí despreciable. No
me enojaba contra ella; me doll de mi impotencia; ni dinero para pa-
gar ni fuerza para disputarla. Llegué a la casa sintiéndome como si
CONATOS DE PASIÓN 155

me hubieran golpeado, y a grito abierto conté mi lamentable decep-


ción... "¿Pues qué te habías creído?" prorrumpieron los camara-
das..." ,Para qué te metes de enamorado de p...?",—dijo otro—.
qué derecho tienes para inte rvenir en sus asuntos...", —aclaró
Guzmán. "Además, es una fortuna que no te hayas atrevido a hablarle
—observó el Chango—, porque el sujeto ése te habría dado una gol-
piza con todo derecho, puesto que iba con ella." Me pegaban así,
con saña, llevados de la sana intención de curarme y, también, con
secreta complacencia de mi derrota.
La gran herida me quedó abierta hasta el punto y momento en que
ella se presentó una tarde, cuando ya desesperaba de verla. Iba fres-
ca y jovial... "¡Anda, acompáñame!... mi novio querido..." En vez
de rechazarla, según había ideado, la seguí con mansedumbre. La
idea de que nada podía ofrecerle me volvía juicioso, complaciente.
Más tarde tendría poder y fama; entonces la protegería, la recogería
de donde cayese. Si de pronto estábamos desamparados, seguramen-
te el futuro sería nuestro. Meditando así, a su vera, la acompañaba
sin comunicarle mis fantasías.
Ella no andaba soñando futuros; quería pasar la noche distraída.
Tenía cita con unos amigos: una pareja; conmigo, seríamos cuatro.
para bailar y recorrer tabernas.
Con todo y mi obsesión por ella, María no me gustaba cuando ha-
bía bebido. Su voz adquiría acentos vulgares y desplegaba no sé qué
gesto que me apartaba de su corazón. Viéndome momentáneamente
hastiado, liaba ella un cigarrillo con su manera inimitable, lo chupa-
ba prendiéndolo y, en seguida, me lo ponía en la boca.
En los cafés del barrio la acogían saludándola por su nombre; al
principio me presentaba: "Mi estudiante..." "Hola, el estudiante de
María", me llamaban a mí cuando me presentaba a buscarla, alguna
noche que no había logrado dar con ella.
El compañero de la amiga era un especie de monosabio o de ban-
derillero, trigueño, espigado; me trataba con singular deferencia...
"El señor es un letrado", decía presentándome. Pero se nos juntaban
a menudo ciertos tipos que, así estuviésemos embotados por el alco-
hol, resultaban odiosos. Había que estar alerta a la ocasión siempre
latente de una riña; ponía la mirada en un objeto que en un instante
dado podría se rvir de proyectil. Estando ella conmigo, nadie iba a
permitirse "faltarle". Cada uno que la llamaba simplemente Ma ri a.
se convertía en mi enemigo.
Tirados casi los libros y agobiado de deudas, mis amigos me
amonestaban con insistencia: "Sobre todo, exígele cama, y adiós...
Ya basta de hacer el primo..." Yo no veía las cosas de ese modo y.
en realidad, había cesado de pedirle recompensa inmediata. La que-
:56 ULISES CRIOLLO

ría por completo y para siempre. No volvería a hablarle de amor,


hasta que pudiese ofrecerle cuarto propio y librarla del trabajo en el
café.
Sus gustos de interminable vagabundeo me fatigaban; la bebida
fuerte y copiosa me arruinaba el estómago; las desveladas me consu-
mían. Los ratos que no pasaba con ella los dedicaba a revisar febril-
mente los textos del examen que se aproximaba. Perder el curso hu-
biera sido una catástrofe. Por ella misma y para sacarla del cien, yo
debía esforzarme. En secreto continuaba mis gestiones para conse-
guir trabajo, un empleo. A fin de preparar el terreno, escribí a mi pa-
dre diciéndole que cortaba la carrera y quería trabajar.
Por mi parte inicié gestiones disparatadas. Uno de mis maestros
era concejal, y le escribí solicitando una plaza de inspector de jardi-
nes. Cierto amigo estudiante desempeñaba este cargo de módica re-
muneración y pocas horas de paseo por los parques de la ciudad. Es-
perando una respuesta que nunca llegó, forjé castillos con el sueldo
que iba a ganar; recorrí la Alameda, estudiando ya las medidas que
adoptaría. No más tala de árboles y una renovación de prados cono-
cidos. Nuestra Alameda, trazada según vieja costumbre andaluza, ha-
bía sido después afrancesada con estatuas y fuentes de bronce versa-
llescos. Después de revisar en la biblioteca manuales de jardines,
decidí defender nuestro parque del peligro geométrico a lo Le Notre.
El desorden aparente de las estampas de Aranjuez me parecía más
de acuerdo con la belleza espontánea de las plantas. El estilo inglés
de anchos prados desnudos en torno de un grupo de plantas o de un
monumento estaba bien para la naturaleza pobre de las zonas frías.
Entre nosotros, tal sistema equivalía a la estrangulación de los brotes
más lozanos de la tierra. En final de cuentas, me decidía por un esti-
lo un poco italiano, con abundancias de follajes y estatuas y monu-
mentos, con geometría interior no ostensible. Sobre la mesa de la bi-
blioteca preparatoriana revisaba las reproducciones de los jardines
ilustres del mundo, y la respuesta de mi carta no llegaba. Segura-
mente entre los cuarenta o cincuenta inspectores de a cuatro pesos
diarios no había uno que contase, como yo con ideas y con docu-
mentación y, sin embargo, supe que se llenaba una vacante y mi ges-
tión quedó desairáda.

CHORRO DE CLARIDAD

Vagando desilusionado por el jardín de las Cadenas, costado oriente


de la Catedral, me detenía a menudo en las alacenas de libros de lan-
CHORRO DE CLARIDAD 157

ce. Era aquel sitio casi una academia popular donde se encontraba el
erudito y el vago, el estudiante y el aficionado a lecturas. Por ambas
alas de un largo cobertizo de hierro, seccionadas en particiones, ha-
bía una serie de puestos donde el público hojeaba, sopesaba los vo-
lúmenes, antes del regateo de la compra. En tomo, los jardines late-
rales de la Catedral brindaban sus andadores sombreados, donde era
grato pasearse. Por el extremo que daba a la calle, el cobertizo ter-
minaba en una pequeña terraza donde servían los mejores refrescos
de limón y tamarindo, las mejores horchatas de la capital. En alguna
ocasión, cuando la etapa de Tepechichilco, el güero Garza Aldape y
yo habíamos emprendido un torneo de ayuno forzoso después de
gastarnos la mesada en los toros. Nos levantábamos tarde para aho-
rrar el desayuno y al no cenar o no almorzar le llamábamos saltar
comidas. Cierta víspera de la llegada del giro, tomamos por único
alimento una horchata en el puesto de las Cadenas, con un par de
plátanos del vendedor que se situaba por allí mismo y, como postre,
un pastel de a centavo, relleno de una pasta desabrida como engru-
do. Mi situación no había mejorado gran cosa, pero me quedaba
aquel día un peso en la bolsa raída del pantalón y vacilaba. Vacilaba
porque en una fila de abajo, entre los libros escogidos, cantos de oro
y percalina roja, estaba de venta una Divina Comedia. Sobre la pasta
delantera, en un medallón dorado lucía el perfil conmovedor del vi-
dente insigne. Con los dedos dentro de la bolsa alisaba mi último
peso antes de darlo; por fin, en un arranque de audacia, lo alargué al
librero a la par que ponía el precioso volumen debajo del brazo.
No sé por qué había retardado tanto tan notoria lectura. Conoce-
dor bastante prolijo de Shakespeare y de la Odisea, de Goethe y aun
de Milton, el conocimiento directo de Dante se me había ido que-
dando aplazado. Es claro que no está al alcance de párvulos, pero mi
ambición desmedida me había llevado anteriormente a lecturas más
complicadas. Discípulo infantil de La ciudad de Dios y Las confe-
siones, no me explico por qué mi madre no usó también a Dante de
libro de cabecera. De todas maneras, era lo que más podía haberle
gustado y, leyendo, imaginaba que lo hacía también por ella.
Avanzaba en la lectura, "y así como las florecillas inclinadas y
cerradas por la escarcha se abren erguidas en cuanto el sol las ilumi-
na, así creció mi abatido ánimo, e inundó tal aliento mi corazón". Y
el mío clamaba: Dichoso y bendito. Dichoso de haber nacido a una
vida que ha producido también un Dante. Bendito de su amor y su
llama. Cuán pequeños se veían los contemporáneos al lado de esta
alma espléndida. Y qué asombrosa y justiciera la certeza con que se
coloca a sí mismo entre sus seis más grandes: Homero, Virgilio, Ho-
I 58 ULISES CRIOLLO

racio, Ovidio, Lucano. En rigor, debió citar tres: Homero, Esquilo,


Dante; dejarse en el limbo a los romanos.
Porque el ser, guía y maestro de Dante, me llevó a hojear la Enei-
da, en traducción francesa, es cierto, también es cierto que después
de La Divina Comedia, escrita en presencia de Dios mismo, no se
puede tolerar al poeta servil que alaba a Augusto y el tema lo recibe
prestado y lo aprisiona en una lengua antilírica. Dante no sólo no te-
nía par en toda la literatura, ¡su creación era más que literatura! En
Milton se advierte el artificio; en Shakespeare cansa la vena patética
de ambición herida y siempre humana. Únicamente Dante en cada
verso plasma una porción de realidad eterna. Y a pesar de su tras-
cendentalismo, suele humanizarse en gritos dignos del Prometeo de
Esquilo:
Pueblo malo e ingrato que en un tiempo descendió de Fiésole...
será tu enemigo por lo mismo que le prodigas en bien...
Y en seguida:
La fortuna te reserva tanto honor que los dos partidos anhelarán
poseerte, pero la hierba estará lejos del piso...
Y luego la humilde orgullosa respuesta:
Dispuesto estoy a correr todos los azares de la fortuna con tal que
mi conciencia no me haga reproche. No es la primera vez que escuché
semejante predicción y, así, mueva fortuna su rueda como le plazca y
el campesino su azada.
Exaltado, interrumpía la lectura, poseído de un delirio ideológico.
Con desdén apartaba la jerga filosófica de los contemporáneos, petu-
lante y mezquina, incapaz de engendrar una concepción decorosa del
mundo. ¡De suerte que aquél era el medievo desdeñado por los posi-
tivistas! El mensaje dantesco no es tesis que se discute y se prueba
ni es resumen de hechos concordes que sirven para formular una
ley... La doctrina dantista es una música que penetra y fortalece, de-
jándonos ricos para siempre. Nunca me abandonarían aquellos con-
sejos del Canto Vigésimo Cuarto:
Ahora es preciso que sacudas tu pereza; que no se alcanza la fama
reclinado en blanda pluma..., y el que sin gloria consume su vida deja
en pos de sí la misma huella que el humo en el aire o la espuma en el
agua...Ea, pues, levántate... domina la fatiga con el alma que vence
todos los obstáculos, mientras no se envilece... Tenemos que subir una
escala todavía más larga...
"No basta añadía yo por mi cuenta— estar atravesando por en-
tre los espíritus infe rnales..." "Si me entiendes, deben reanimarme
mis palabras..." "Ea, levántate", y del suelo me levantaba un batir
CHORRO DE CLARIDAD 159

de alas. Y como enfrentándome a la oscuridad de mi destino, men-


talmente le decía: "Seas como fueres, vamos, que me siento fuerte y
atrevido."
Y por muchos días cesó el quebranto de mis dudas y también la
sed de los apetitos insatisfechos.
Jirones, torbellinos de pensamiento, descendían, estremecían las
fibras de mi conciencia, le restituían sus poderes nativos. Y con sar-
casmo dichoso clamaba: "¡De manera que esa alma que estoy a pun-
to de licenciar en nombre de la ciencia es una realidad que tales pro-
digios engendra, cuando la encarna un Dante! ¡Pues vale entonces
más que todos sus negadores!"
"Ea, levántate. ¿Qué impo rta la aflicción si tenemos que subir to-
davía más alto...?", y "No es descansado en blandos cojines como
se llega a alcanzar la gloria..."
Newton, y Comte, y Spencer, catalogadores de hechos... ninguno
merecía el nombre de filósofo. Penetrar la maraña de los hechos
para descubrir el hilo conductor, remover y animar la entraña misma
de la creación, eso es ser un filósofo.
Y hubiera querido tener poder para convocar a la ciudad con dia-
nas y repiques, y una vez reunidas las gentes en las plazas y azoteas.
pregonarles la buena nueva, el leit motiv dantesco: "Un mismo amor
mueve las almas y las estrellas." Y un júbilo resonante gritaría en
todas las bocas: "Así sea" y danzarían los cuerpos danzas de dicha.
Por lo pronto, la sin par lectura me contuvo en el descenso que
me arrastraba. Me desató el poder del vuelo; me hizo ver desdeña-
bles todos los tropiezos.
Al volver a los libros de curso para salvar aquel año de estudios
que se perdía, el contraste hacía sufrir. El Derecho Romano y la Ley
Civil eran círculos infe rnales que debía atravesar sin Virgilios y sin
Beatrices, pero eran peldaños de mi escala y se hacía menester tre-
parlos "con ánimo sereno".
La fecha de los exámenes estaba ya casi encima, y aparte mi poco
estudio, por no haber asistido al sesenta por ciento de las clases, es-
taba obligado a tiempo doble en la prueba. Sacrificando las vacacio-
nes, todavía me era posible aprovechar el segundo periodo de exa-
men por diciembre. A la carta en que le comunicaba mi deseo de
suspender los estudios, mi padre había contestado que tuviera pa-
ciencia y presentara el examen, añadiendo que, de todos modos, a
fin de año hablaríamos en El Paso.
No faltaban entre los camaradas casos desesperados como el mío.
que se resolvían en uno o dos meses de veladas en torno a una mesa
160 ULISES CRIOLLO

con la marmita del café. Comúnmente nos reuníamos varios en la


misma alcoba, aunque alguno estudiase Patología y el otro Química.
Los de sueño más pesado, inmunes al café, dejaban periódicamen-
te el asiento para mojarse la cabeza en la palangana de agua fría. En
seguida, con la toalla al cuello, volvían a clavarse en la lectura.
Mentalmente ordenaba los elementos de mi futuro oficio. Tendría
que ocuparme de las relaciones que se establecen entre el hombre y
la cosa con miras a su posesión y disfrute: distinguía primero las
distintas categorías de la cosa; la res privat, objeto especial del dere-
cho; la res nullius, que escapa a sus normas o se cobra al margen de
ellas; la res publicae y la res sacrae, de normas peculiares que dan
origen a otras tantas ramas de la codificación. Luego, el alcance del
derecho sobre la cosa, el jus utendi y el abutendi. El origen de la
propiedad simbolizado en la lanza del guerrero victorioso. El homi-
cidio como base del sistema jerárquico de los señores y los escla-
vos... La usucapio y después la accesio, el aluvión, la herencia, los
medios naturales del dominio.
En otro acápite, el sujeto del derecho, los distintos grados de au-
tonomía o de capitis diminutio. Y como norma los principios abs-
tractos de la trama económico-política. Justitia est constans et per-
petua voluntas jus suum quique tribuendi. Dos tomos del Ortolán y
no sé cuántas Pandectas reducíanse poco más o menos, sin duda in-
suficiente, a parecido esquema, suficiente quizá para el examen; aña-
dido un poco de historia sobre las Codificaciones de Justiniano, el
Fuero Juzgo y las Partidas.
Cualquiera que fuese la pregunta concreta que el sinodal formula-
se o que la ficha de examen requiriese, buscaría la manera de saltar
hasta las generalidades de la supuesta ciencia y consumiría el tiempo
de la prueba simulando un conocimiento cabal del conjunto. Con eso
y la definición precisa de ciertas modalidades como las servidum-
bres y la prescripción, hubo bastante, después de un trabajo de dos
meses, para aventurarse al riesgo de las tres erres del reprobado. Con
obtener dos notas de mediano, aunque la tercera fuese negativa, se
estaba libre de tener que repetir el curso.
Obtenido un sumario del Romano, resultaba ya muy fácil consu-
mar una síntesis del primer año del Civil, suficiente para el salto al
segundo curso. El índice del Código está indicando por sí solo el
plan del asunto que abarca. Personas, cosas, contratos. En personas
basta considerar la familia ordinaria tal como está constituida en
nuestros días: el padre y su autoridad; la madre y sus derechos; los
hijos, la minoría de edad, la mayoría, la tutela. Luego la desapari-
HACIA LA INDEPENDENCIA 161

ción de la persona y su consecuencia ante los bienes: Testamento o


intestado; codicilos, testamentos y ley hereditaria.
Al abordar en seguida las cosas bastaba, en rigor, recordar las di-
visiones del ingenio romano, entreverado de lectura de los artículos
especiales que determinan las variantes propias de la época o la na-
ción. Las obligaciones constituyen asunto más complicado, pero su
desarrollo estaba relegado al curso siguiente. Lo demás del progra-
ma, la Sociología, por ejemplo, podía calificarse de literatura; de eso
ya traía buen caudal desde la época en que me mataba estudiando en
la Preparatoria. De paso y a propósito de cualquier observación per-
tinente, procuraría insistir en un tema que me parecía decoroso pun-
tualizar. Ya era high time, como dicen los gringos, de salirte al paso
a esa conseja de tradición servil que atribuye a Napoleón la paterni-
dad del Código. El caso era tan monstruoso como el de los adulado-
res vernáculos que atribuían a Porfirio Díaz el desarrollo de los fe-
rrocarriles mexicanos, como si fuese el inventor de la caldera de
vapor o siquiera alguno de los ingenieros que los construían. Lo que
hacía Porfirio Díaz era encarecer el ferrocarril por su régimen de fa-
voritismo y de tiranía, y lo que había hecho Napoleón era volver nu-
gatorios los preceptos del Código, con su política cesárea de fusila-
mientos y confiscaciones. Era, pues, urgente, que una Escuela de
Jurisprudencia celosa de su justicia reconociese, si gloria había en
ello, la gloria de Merlín, el recopilador y redactor del Código llama-
do de Napoleón por textos y generaciones de esclavos. No sé cuán-
tas veces le di vueltas a semejante discurso, que adquiría proporcio-
nes capitales en mi imaginación sobreexcitada por la vigilia, el
hambre, la angustia, la lujuria insatisfecha, la ambición desenfre-
nada.
Y la fortuna estuvo de mi pa rt e: la tentadora, la irresistible María.
se despidió de nosotros un mes antes del examen; marchaba, según
dijo, a visitar a su familia por el Bajío, y regresaría a principios de
año, más o menos para la fecha en que yo estaría de vuelta de mi
viaje de vacaciones a la frontera.

HACIA LA INDEPENDENCIA

Como era de esperarse, me encontré a la familia transformada: Con-


cha, muy formal, se había hecho practicante de normalista en la es-
cuela de la localidad, a cargo de unas buenas señoritas Urrea. Lola
seguía dedicada al piano y sonreía a más de un pretendiente. Mela se
había puesto muy linda; blanca, de pelo negro y ojos claros, la san-
162 ULISES CRIOLLO

gre azul le salía a la piel. Me refiero a esas venillas que azulean bajo
el cutis mate. Una tarde la acompañé con Lola, al otro lado, para una
compra de sombreros. Nunca he dejado de recordar el instante en
que bajando ella del tranvía por delante de mí se volvió para recoger
algo del suelo a tiempo que yo brincaba. El esfuerzo que hice para
no caer sobre ella, lastimándola en su lozanía, me dejó impresión de
que se había evitado una tragedia. Acompañando a mis hermanas
por las droguerías y los almacenes, por sitios flamantes de aseo y
pulcritud, recordaba con pena los lugares sórdidos que en la capital
frecuentaba. Me aliviaba observar a mis hermanas, limpias, inge-
nuas, dichosas con la compra del sombrero de cinco dollars; a fin y
al cabo, ya era mucho tener quien se los comprara. Entre nuestras
conocidas de la capital había tantas que trabajaban todo el día en la
costura o el taller y no juntaban lo suficiente para mantenerse, me-
nos para comprarse adornos. Por lo mismo, aceptaba con gusto cual-
quier responsabilidad que el futuro me reservase. Cuando llegare a
faltar mi padre cumpliría el deber de hermano mayor y aquellas cria-
turas deliciosas seguirían ignorando las humillaciones de la miseria;
la protección empezaban ya a necesitarla, aunque fuese de un orden
moral únicamente, pues vivían a disgusto, dividido el hogar en dos
campos enemigos: el de ellas y el de mi madrastra. Todo, por su-
puesto, por la intransigencia de nosotros, por el necio prejuicio de
que seríamos infieles a mi madre si llegábamos a fraternizar con la
madrastra. En la penosa situación, ella obraba con la mayor pruden-
cia. A pesar de su temperamento imperioso y sensitivo, por amor a
mi padre y también por su bondad nativa, se mostraba paciente y to-
lerante. Vivía encerrada, gastaba poco, todo el dinero sobrante pro-
curaba desviarlo a favor del bien parecer de mis hermanas jóvenes.
A distancia desempeñaba su dificil papel de madre no recompensa-
da. Pero nosotros, ciegos, nada le concedíamos. Únicamente Concha,
metida ya al trabajo y entregada en las horas libres al rezo y al estu-
dio, procuraba iniciar una era de paz. Por su parte, mi padre se había
adelantado a mis deseos de conseguir trabajo; no tendría que inte-
rrumpir los estudios. Su buen amigo don Benigno Frías Camacho,
juez de Distrito de Juárez, me recomendaría a sus amistades de Mé-
xico. La esposa de éste, Amadita, había tomado cariño a mis herma-
nas, las llevaba consigo a las reuniones y bailes del lugar, las pre-
sentaba a los jóvenes o les prohibía amistades. Tenía Amadita cierto
parentesco con un juez de la capital, para quien me dieron cartas. No
había de preocuparme; obtendría una colocación ya en un despacho
jurídico, ya en un juzgado de la metrópoli. El porvenir se presenta-
HACIA LA INDEPENDENCIA 163

ba, pues, fácil y risueño y no había por qué no emplear bien los últi-
mos días de vacaciones.
—Iremos seguido al otro lado —había dicho mi padre.
Empezaba a tratarme como a persona mayor. El otro lado, típica
ciudad yankee, era un vértigo de construcciones, comercio, tráfico.
Cada año se estrenaban nuevos hoteles, nuevos almacenes, y la zona
pavimentada ganaba kilómetros de asfalto. Nuevos barrios de resi-
dencias invadían cerros y valles que antes fueran un páramo. Tam-
bién por arriba, en sentido ve rt ical, la ciudad multiplicaba las venta-
nas, los pisos y miradores.
El lujo de las cervecerías contrastaba con la ruindad de nuestras
pobres antiguas tabernas del territorio mexicano. A tal punto, que los
ricachos de Juárez y aun los empleados cruzaban todos los días la lí-
nea divisoria para tomar el aperitivo, que ya no era el jerez familiar,
sino el cocktail jugado a los dados en el cubilete que circulaba de
mano en mano sobre el tapete verde de las mesas. Mi padre no era
aficionado a las bebidas fuertes, pero se había acostumbrado a la
cerveza. Fluía ésta de los grifos flamantes, rubia y espumosa. Cama-
reros uniformados de blanco impecable depositaban en las mesillas
los vasos empañados por la bebida helada. Grandes sillones acolcho-
nados de cuero rojo aseguraban la comodidad, y el obsequio de pa-
pas tostadas y aceitunas incitaba a beber más. En el espejo que cu-
bría el lienzo del mostrador advertíase la animación de los gabinetes
que un resto de puritanismo ocultaba con el rubro Family entrance.
Súbito flamear de peinados rubios y faldas sedosas sorprendía las
miradas, despertaba la ambición de penetrar los más ocultos recintos
de aquel templo del goce. Adivinando mi padre la inquietud que me
producían aquellas "familias", cuyas risas un poco estruendosas se
mezclaban al choque de la cristalería y las conversaciones, dijo con
el ademán desdeñoso: "Mercenarias." No parecía darse cuenta de
que con eso me las hacía más deseables, las recomendaba. "¿Pues
para qué —preguntábamos nosotros, en los medios de rompe y rasga
estudiantil—, para qué queremos a las honradas?"
La mayor pa rt e del día, y la mejor también, la pasaba en casa, en
compañía de los hermanos. La menor de la familia, Chole, tendría
doce años y era objeto de nuestras preferencias. Jugaba con ella, la
acariciaba como a chiquilla, agasajándola con ternura casi pate rnal.
Los dos hermanos hombres, Carlos y Samuel, se pasaban las horas
en el patio de la casa dedicados a sus animales; tenían un burro pe-
queño y juguetón, al que consagraban cariño casi humano. Era dulce
estar otra vez en el hogar, y qué bien se olvidaban allí todas las an-
l64 ULISES CRIOLLO

áustias,los sobresaltos del tráfago metropolitano. Con pena en el pe-


cho y humedad en los ojos me arranqué al reposo despreocupado.
Era el comienzo del año; los cursos estaban abiertos; un nuevo soplo
de la ambición o del destino me aventaba otra vez hacia la capital.

DESENCANTOS Y ESPERANZAS

La misma casa de San Lorenzo, los mismos compañeros y nuevos li-


bros de curso recién comenzado. Empleo del obsequio paterno en
metálico en desempeño de algunos muebles y en la adquisición de
ciertas obras de texto. Segundo de Civil, segundo de Romano, pri-
mero de Mercantil, Economía Política, Internacional, ni un solo
asunto de interés; por lo mismo, y en previsión de escasez futura, vi-
sita a los libros viejos para comprar la edición completa de Schopen-
hauer que hacía tiempo codiciaba. Aparte de algún dinero, apretaba
ahora sobre mi cartera un pliego salvador, una especie de sésamo de
todas mis dificultades. La carta de don Benigno para el juez Uriarte.
La presenté en seguida. No era dificil ver al juez; al contrario, puerta
abierta a todo el mundo, y acogida un poco brusca pero cordial.
—Vamos, sí, ya lo esperaba, jovencito; ya me había escrito mi
compadre... y ¿cómo está Amada? Mis saludos cuando les escriba...
Sacó una libreta memorándum...
—A ver, déjeme sus señas; por ahora nada puedo ofrecerle, pero
ya veremos, más tarde...
A los tres días estaba otra vez desilusionado y desesperado.
N i se volverá a acordar más de ti —comentaban mis compañeros.
Y es peor dolerse de una ilusión perdida que no haber conocido la
esperanza.
Por complacer a mi padre presenté también una carta que según
entiendo, procedía de alguna relación de mi madrastra. Me obligó
esta misiva a visitar de cuando en cuando, pero siempre los miérco-
les por la tarde, el salón de unas señoritas francesas que vivían con
la mamá y un hermano por la calle que hoy es del Uruguay. En lo de
estar siempre de luto las señoritas parecían mexicanas, pero eran el
tipo acabado de la francesa rubia, gentil, delicada, ni fea ni bonita,
pero perfecta y acogedora en el trato. En su pequeño salón había pia-
no y una consola con espejo, sillas de respaldo dorado y cojines, más
una mesa con ejemplares de L 'Illustration. Mientras conversaba con
la señora o con alguna señorita de la casa, la pasaba complacido;
pero así que empezaban a llegar los habitués, me sentía violentamen-
te incómodo. Muy apretadas en sus corsés las mujeres, muy aci-
calados los hombres. Aunque todos hablaban perfectamente el espa-
DESENCANTOS Y ESPERANZAS 165

ñol, la conversación solía generalizarse en francés; me ponía enton-


ces a escuchar como quien aprovecha una lección práctica, pero a
los pocos instantes me aburría. Por encima de todo me exasperaba el
estilo impertinente de conversar saltando de un asunto a otro y el ex-
ceso de falso interés que se ponía en inquirir pormenores de la salud
y del ánimo de familiares y amigos comunes, para mí perfectamente
desconocidos. Aunque yo procuraba aislarme a fin de escuchar sin
ser advertido, las señoritas de la casa cuidaban de no dejarme entera-
mente apartado. A la hora del té servían unas pastas riquísimas, y a
mí se me había aleccionado lo bastante para enviar con ocasión de
onomásticos o fiestas, algún modesto ramo de flores. Llegué a sentir
afecto y gratitud por aquella familia, pero no lograba vencerme la
pereza de visitas casi protocolarias y las fui espaciando y acabé por
suprimirlas. No les hallaba sentido. Con ese egoísmo crudo, propio
de la juventud, me convencí de que no teniendo para mí objetivo ga-
lante aquellas reuniones, era más sabroso el ejercicio de la inteligen-
cia, discutir larga y apasionadamente en el cenáculo estudiantil don-
de cada tema es desnudado, sondeado, exprimido hasta agotarlo, y
no hay límite ni freno en la elección de los más escabrosos asuntos.
Pronto me liberé, pues, de la tarea de lustrar escrupulosamente el
calzado, de anudar con esmero la corbata y, sin resentimiento, me
entregué a la bohemia propia de nuestra condición abandonada. Ya
Puccini había lanzado a los aires las melodías de su ópera vulgar,
pero simbólica, sentimental, y sin caer en la ingenuidad de algunos
que se vestían a lo pintor y se enamoraban de tísicas, no dejaba de
enternecemos el vals que pronto pasó a los organillos callejeros.
El comienzo del año, lleno de propósitos de enmienda, nos ponía
a todos laboriosos, aplazados los apetitos, estimulada la voluntad.
La mañana transcurre alegre de sol, animada de risas y comenta-
rios de cátedras; los profesores desfilan cada uno a su hora bautiza-
dos por la lengua mordaz de Pallares... "El profesor más elegante de
la escuela", una medianía dorada, con influencias en el régimen; el
tonto X daba Internacional y disertaba una hora entera escuchándose
a sí mismo, sin que nadie le entendiese una palabra; o nos apartába-
mos para dar paso al viejo médico profesor de Medicina Legal, que
llenaba su clase de anécdotas, y a propósito del suicidio, y refirién-
dose al caso de Acuña, el poeta de A Rosario,
¡Pues bien!, yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro...
66 ULISES CRIOLLO

Comentaba, cínico: "¡Habráse visto obsesión! ¡Matarse por una


cuando hay tantas, y bien dispuestas...!"
Era cómodo el transcurso de la mañana rematado con la copa o el
vaso de cerveza en la cantina con free lunch. Pero después del al-
muerzo y la breve siesta, ¡qué melancólico y a la vez qué dulce tor-
nábase el vivir! Semidormidos en el cuarto solitario nos despertaba
el rasgueo de la guitarra en alguna habitación contigua. Cada quien,
desde su rincón, se enderezaba y acudía. "¿Cuánto tienes?" "Un
peso, peso y medio..." "¡Dácalo!" Si se reunían tres o cuatro pesos,
había bastante para organizar un baile. Se invitaba a las de la vuelta,
a las de enfrente; se compraba "catalán con prisco", una mezcla de
aguardiente y jarabe de precio irrisorio y efecto fulminante. Se alqui-
laba una música. Por única indicación al que partía en busca de las
amigas: "No vayas a traer honradas..." Además, nunca las mismas,
por aquello de la Afrodita de Pierre Louys: "Dos veces es ya casi
matrimonio"; palabra aborrecida. No faltaban en nuestras relaciones,
y por nuestro vecindario, la joven que se aburre de estar en la casa
lóbrega con el padre ebrio, la costurera que ya a las cinco bosteza y
anhela esparcimientos y regocijo. Juntábamos, pues, fácilmente unas
cuantas parejas para bailar en la casa o recorrer cafetines, hasta la
una, las dos de la mañana.
Mientras andaba confundido con el vagar de todos, una tristeza
profunda me roía, un despecho... ella no aparecía por ninguna pa rt e.
Ya en el café, las compañeras se cansaban de decir que nada sabían.
Ninguna otra me gustaba; todas me parecían feas o vulgares. Sólo su
imagen me encendía en deseo, me enloquecía de tentación. Si ahora
volvía a encontrarla no la dejaría jamás.
Se presentó de improviso, una tarde. Venía turgente y elástica,
festiva y desenvuelta. Seguramente le había sentado la provincia. Ni
le pedí pormenores de su ausencia ni ella los dio. No había tiempo
que perder; nos esperaban los sitios habituales. Exhibirme con ella
¿no era ya un orgullo? Y volvió la existencia terrible de la época an-
terior, ahora agravada porque mi amiga se había vuelto insaciable al
vino; bebía sin descanso, ya bailando, ya disputando con las conoci-
das. Luego, a otro sitio, a lo mismo. En todas pa rt es hallaba amigos
que nos invitaban, obligándome a corresponder el obsequio. En po-
cos días mi bolsillo quedó otra vez exhausto y la falta de sueño, el
desgaste nervioso, la pasión insatisfecha, me traían malhumorado,
impaciente, irritable.
Una noche, después de pasarla en vilo por comederos y bailes pú-
blicos de mala ralea, se nos ocurrió lanzarnos a la Villa de Guadalu-
DESENCANTOS Y ESPERANZAS 167

pe, para ver salir el sol desde el cerrito. En el tranvía dormitaba, re-
clinada en mi hombro la hermosa cabeza. Minutos después corrimos
por el campo, despreocupados y alegres, olvidados de la noche cana-
lla. Esto nos despertó el apetito. Éramos cuatro con su amiga y el
banderillero sin contrata. Alguien propuso comer por allí unas enchi-
ladas, pero María insistió: "Al Águila de Oro...", y hubo que tomar
coche para regresar de prisa y tomar un verdadero almuerzo en el
café de sus días de lujo. Al pagar el carruaje advertí que se iban mis
últimas monedas, pero confié en que llevaría fondos el ex torero; sin
embargo, aun éste vaciló a la puerta. Sólo María avanzó resuelta
arrastrándonos a todos. Y pidió con garbo huevos fritos, bistec con
papas, cerveza, café. Apenas cesó el hambre, comenzó la inquietud.
La sobremesa se prolongaba, nos observábamos sin hablarnos los
hombres y, por fin, María, por bajo la mesa, disimulada, me pasó su
bolsa de mano... ¿Qué objeto tenía aparentar que rehusaba? Con las
orejas súbitamente encendidas, abrí el bolso; entre varias monedas
encontré un billete de a cinco, lo extraje y lo tendí al camarero...
Nos despedimos momentos después; ella, para dormir y estar lista
a las seis en su trabajo; yo, para sentarme en el banco de la clase a
reflexionar. El disgusto, la humillación, me agobiaban; decididamen-
te, era menester conseguir dinero, en cualquier forma, o concluir
aquella relación. Sin reservas expuse el caso a Guzmán, el compañe-
ro mayor de edad y excelente amigo...
—No sé qué le has visto a esa mujer... Si por lo menos se limita-
ra a no quitarte el tiempo... Resuélvete, no la veas tú más...
Pronto no necesité el esfuerzo de huirla. Desapareció otra vez del
café, y varias semanas estuvo sin presentarse por casa. Me puse de-
solado. Los celos me desgarraban, la soledad se me hacía intolerable
y de nuevo, ahora por desconsuelo, y solo, pasaba la noche reco-
rriendo bailecitos y tabernas con la secreta ambición de encontrarla.
Cuando ya deshecho llegaba a echarme en cama, el insomnio me
tenía largas horas atento a los ruidos de la vecindad. Un chiquillo se
soltaba llorando en la madrugada. Con nuestra ausencia, durante las
vacaciones, las vecinas se habían aplacado, pero, impacientado una
noche con el llanto de la criatura, empecé a lanzar "Pstchs" y por
último grité: "¡Ahógalo!" Al instante voces mujeriles estallaron
amenazantes. Luego, durante el día, nos gritaban nuestros apodos:
Mena era el Chango; Guzmán, el Peligro Amarillo; Zertuche, el Ca-
bezón. Yo había escapado indemne, pero el episodio del chico pro-
vocó a una de ellas que al verme pasar exclamó:
—Ahí va el loco... el Loco Dios...
168 ULISES CRIOLLO

Acababa de estrenarse en esos días el drama de Echegaray: mi


tipo extenuado, pálido y melenudo sugirió el mote que en seguida re-
cogieron mis compañeros de casa: "Oye, Loco Dios... mira..." Una
vez propuse:
—Para saber quién es el cuerdo, los desafio a un concurso; ante
un jurado de amigos discutiremos cualquier tema de Lógica, los que
me llaman loco y yo.
Me molestaba particularmente el apodo porque iba contra mi con-
vicción de poseer una cabeza firme y clara. ¡Un futuro ordenador de
ideas...! ¡Qué equivocados andaban todos aquellos modestos mucha-
chos, buenos camaradas, pero evidentemente medianías condenadas
a no salir jamás del montón...! Eran los años de la vanidad.
Caminando un día con los compañeros por la calle, vi a distancia
una falda colorada; el corazón me dio un salto y eché a correr; dobló
la esquina el revuelo rojo y por allí torcí afanado; me aproximé pal-
pitante. No, no era ella... Los que me vieron exaltado y ridículo ex-
clamaron:
—¿Lo ves? ¿Y dices que no eres loco?
No era ella. ¡Quién sabe! Quizá no la vería más. Y una garra me
apretaba por dentro el costado.
Y se repitieron los crepúsculos de agobiadora tristeza, frente al
patio miserable lleno de chiquillos astrosos y mujeres que lavan ropa
conversando a grandes voces... De repente, en el rincón del Chango,
la guitarra lloriquea y una voz se queja:
Mustia la faz, herido el corazón,
atravesando la existencia mísera,
sin la esperanza de alcanzar...
...su amor.
Y en verdad, en aquellos tiempos el corazón me dolía con dolor
fisico, agudo. Me imaginaba enfermo perdido y a punto de concluir
una vida que, al fin y al cabo, no vale la pena de ser vivida. Aunque
mi cabeza estuviese clara, la sensibilidad la tenía en delirio. Leyendo
las páginas en que Schopenhauer destila amargura, me sentía conta-
giado de negación sublime. Sufrir era una elección. Pues, acaso, ¿no
era yo también un genio? Y examinado mi caso, creí descomponer
mi cerebro, pieza a pieza, como quien limpia un juego de lente y es-
pejos, les corrige la graduación y en seguida prende otra vez la lla-
ma. Y concluía:
—Es el fanal lo que impo rta, y no el juego de los espejos.
DESENCANTOS Y ESPERANZAS 169

A veces la llama ardía tan viva que al andar sentía alas en los ta-
lones; la vida era hermoso, rico, incomparable don. Pero no siempre
la luz interior fulguraba; comúnmente era más la ceniza que la fla-
ma. Entonces me arrastraba, me dejaba llevar de la sensualidad vul-
gar, me hundía en la pena. No sé de dónde había obtenido una
pistola, y en las horas amargas, en la desesperación de las noches in-
somnes, sacaba el arma del cajón del escritorio, la ponía sobre la
mesa, acariciándola, y sonreía. ¿De qué apurarse, si cuando llegue el
momento, aquí está la solución?
Al final de las más desastradas aventuras eróticas, me entraba el
afán de pureza, la urgencia de inventarme novia ideal, y cogía la
pluma para escribir cartas apasionadas a la compañera de mi primera
pensión, la parienta de Adelita, que desde su pueblo de la Mixteca
me había enviado un retrato. Pero Schopenhauer fue mi apoyo me-
jor. De su cinismo fui extrayendo máximas que luego exhibía en le-
treros sobre los muros desnudos de mi habitación mal encalada:
"Animales de cabellos largos e ideas cortas." En rigor, nada me ha-
bían hecho las mujeres; pero el desearlas tanto para caer en expe-
riencias finalmente repulsivas provocaba despecho sentimental apa-
rentemente sincero.
Dentro del círculo de nuestras relaciones ocasionales, no todo era
desecho de mujerío maltrecho. Hurgando por aquellos vecindarios
destartalados, solían encontrarse almas nobles y niñas bonitas, capa-
ces de amar con inocencia. El Chango Mena, inclinado a las efusio-
nes familiares, era especialista en esta clase de hallazgos. Mientras
yo me martirizaba imaginando amores con las celebridades de la
vida galante o del teatro, el Chango se buscaba noviecitas dulces.
Por seguirlo estrechamos amistad con las hijas de un gendarme. La
mayor, Lola, era novia de un estudiante de Medicina. La menor, Jo-
sefina, estaba libre. Las dos, bastante bonitas, no lo lucían a causa
de una extrema pobreza. Nos entretenían honestamente con cancio-
nes y charlas. Pasamos con ellas horas piadosas de simpatía frater-
nal. Ganaba poco el padre, pero, además, solía beber: llegaba y se
metía a dormir. La madre afanaba en la casa; las chicas cosían un
poco. Las visitábamos después de la cena y, presumiendo situaciones
a veces angustiosas, en vez de llevarles dulces o fl ores, nos llenába-
mos las bolsas de nueces o de cacahuates. Nunca averiguamos si los
devoraban por juvenil avidez o porque no habían cenado. Resultaban
tan afables, confiadas y dignas, que las respetábamos unánimemente.
Una noche, Ma rt ínez, el novio de Lola, llamó a mi cuarto cerca
de las dos de la mañana. Despertándome se sentó en mi cama y en-
tre festivo y desolado contó su caso.
l70 ULISES CRIOLLO

—Figúrate, hermano, que Lola...


—A ver, a ver, ¿que pasó...?
—Pues varias veces, por juego, y para probarla, yo le había dicho:
¿A que no te vas conmigo...? Hoy la encontré excitada, y vestida
con su chal.
—Si tú quieres, estoy lista —me dijo...
—Bueno, ¿Y qué? ¿Dónde está? ¿La traes allí?
—Espérate, hermano, aquí va lo bueno... Al decirme ella tal cosa,
yo reflexioné que en el bolsillo llevaba setenta y cinco centavos...
hermano, ni para una noche de hotel...
—¿Y qué hiciste?
—Pues nada; le dije: Ten calma... qué va a decir tu mamá... En
suma, me puse paternal. Le aseguré que más tarde me la llevaría.
En fin, creo que he metido la pata; pero ¿qué hacía yo con setenta y
cinco centavos? ...
En efecto, uno o dos meses después, la pobre Lola huyó con un
oficial del Ejército que salía para Yucatán.
En general, mis conocidos estudiantes se portaban con bastante
prudencia en asuntos femeninos. La tarea de iniciar jovenzuelas la
dejábamos a los profesionales del tenorismo. Por otra pa rt e, con
poco dinero, cualquiera hacía conquistas en aquellas barriadas mise-
rables. De oídas sabíamos de las actividades de la sociedad de los
compadres, célebre institución de cierto grupo de los de Medicina
que se bautizaban los hijos naturales. Me repugnaban usar engaños y
astucias en el trato erótico. Mi moral no andaba ya muy firme, pero
con la solera cristiana y un poco de Schopenhauer, me la había cons-
truido bastante cómoda y decía: "Todo es legítimo si sólo va contra
ti. Nadie podrá reprocharte si toda tu vida la cambias por una sola
hora de placer cabal. Pero es pecado causar dolor. Mientras no hagas
sufrir injustamente, todo te está permitido."
Consumir la vida entera en un instante de placer o en unos cuan-
tos meses intensos, tal había sido el plan del poeta que se moría en
una "colonia" de fronterizos, casa de estudiantes como la nuestra,
establecida en la calle de Tacuba. Tarde y noche veíamos a nuestro
querido Carlos Fernández, bien parecido, melena de vate, ojos gran-
des, bigote pequeño, voz varonil y cordial. Lo hallábamos siempre
generoso, y si la musa lo poseía, nos regalaba con versos de estilo
sentimental y a lo Gutiérrez Nájera. Acababa de declarársele, según
lo afirmaba, una tuberculosis galopante. Además, el peso de su ge-
nio, el dolor de la vida universal, le causaba tal quebranto que se be-
bía los ajenjos uno tras otro.
UN ESCÁNDALO 171

Recibía cercado de escupideras y a distancia. No permitía que al-


guien se sacrificara por amistad; tosía convenientemente y hacía en-
cargos para la preservación de sus últimos versos. Le faltaban unos
cuantos sonetos para concluir el libro que nos lo recordaría perdura-
blemente. Y estando así el objeto de su vida cumplido, no le asusta-
ba su novia la muerte; la esperaba entre tragos y charlas. Con una
señal desde su balcón, hacía subir al chico de la cantina de enfrente;
con una bandeja de vasos con hielo y la taza de plata perforada, la
botella de ajenjo, nos preparaba el brebaje y todos bebíamos, ya no a
su salud, sino en una especie de reto silencioso al destino que arre-
bataba al poeta.
Después de dos o tres copas, la maligna yerba nos trastornaba el
juicio. Acalorados de discutir nos despedíamos. Al salir, nunca falta-
ba un maldiciente que opinase:
—¡Cómo se me figura que este Carlos no tiene nada en el pulmón
y nos toma a todos el pelo, haciéndola de "Caballero de las Came-
lias"!...
Algo de esto hubo, sin duda, porque el mismo Carlos, a quien
acompañamos a la estación igual que se despide a un moribundo,
nos resultó, años después, bien casado y con prole robusta en su ran-
cho de las cercanías de Monclova. Con todo, no dejó de impresio-
narnos el alto ejemplo de Carlos que pretendió liquidar serenamente
una vida que nunca sabría responder a nuestro ideal.

UN ESCÁNDALO

Las vecinas de los bajos nos seguían tratando con hostilidad. Provo-
cadas por nuestro propio olvido del derecho ajeno, durante fiesteci-
llas y charlas, se ponían ellas a conversar a gritos pasada la media-
noche quitándonos el sueño. Para castigarlas ideamos unas visitas de
espantos. Por la escalera interior subimos a la azotea un monigote
improvisado con una sábana y un palo en cruz. Suspendiéndolo de
un cordel tendido de un pretil a otro de la azotea lo deslizamos
avanzada ya la noche. Al principio lo hicimos con tal prudencia que
nadie sospechó de nosotros. El fantasma cruzó apenas y la suspen-
sión momentánea de las conversaciones de abajo nos hizo compren-
der que había sido visto. Sin insistir más, lo recogimos y bajamos a
nuestras habitaciones, absteniéndonos de prender la luz, metiéndonos
en la cama hasta el día siguiente.
Dos o tres días después nos llegó el rumor de que unas mujeres
habían visto un alma en pena que se paseaba por enfrente de la vi-
l 72 ULISES CRIOLLO

vienda de los estudiantes. Ante las criadas de casa y a efecto de que


supiese lo que decíamos, afirmamos que no había tales espantos y
que todo eso eran vulgaridades propias de ignorantes. Y esa misma
noche, con suma cautela, repetimos calladamente la treta, con más
éxito que la vez primera, provocando ahora gritos y exclamaciones
que nos pusieron en peligro de estallar de risa.
Al día siguiente todo el vecindario hablaba de que en la casa se
aparecía un fantasma; sólo nosotros no parecíamos dar importancia
al asunto, aunque alguno afirmaba, casualmente, que después de
todo, no tendría nada de particular... La ciencia misma reconoce que
se han dado casos. En fin, hasta ahora nosotros no habíamos visto
nada; sería conveniente que nos advirtieran si el "fenómeno" se re-
petía. Siguió la diversión unos días más, hasta que nos perdió la con-
fianza. Cada vez bajábamos más el monigote y una mujer percibió
nuestras risas ahogadas. Entonces se armó el griterío. De todas las
puertas salieron a increparnos. Arrastrándonos por la azotea resbalá-
bamos por nuestra escalera. Pretendimos dormir, pero un estruendo
de sartenes golpeadas y de insolencias del mujerío nos tuvo largo
tiempo en vela... Al día siguiente, apenas asomábamos por el corre-
dor o la escalera, llovían sobre nosotros improperios y cuchufletas.
En realidad, no nos querían mal, y aun disputando ocasionalmen-
te, seguían con nosotros las costumbres de l