SANTO DOMINGO DE VAL
Patrono de los monaguillos
Todas las mañanas, al salir el sol, Dominguito, con sus apuntes bajo el brazo, recorre presuroso el camino que hay desde
el barrio de San Miguel hasta la catedral. En la catedral cumple primero su oficio de monaguillo. Ayuda a misa con la misma
gracia con que hubiera podido ayudar San Juan Evangelista; cuando en las procesiones lleva los cirios, se diría que la
verdadera luz brilla en su frente; cuando toca la campanilla, parece como si hubiera aprendido a tocar en la misma gloria.
Pero su placer más grande era cantar en el coro, alabar a Dios con aquella voz tan fresca, tan dulce, tan inocente, que
parecía traer en las alas blancas de sus vibraciones ecos y añoranzas de un mundo donde no existe el pecado.
Después, el pequeño artista bajaba al claustro, y allí se encontraba con sus compañeros. A la sombra de las arcadas
elegantes, o entre los arbustos del jardín capitular, los niños charlaban, jugaban y corrían, hasta que llegaba el capiscol o
el maestro de canto para llamarles a las tareas cotidianas. Entonces Domingo cogía las tablillas o los pergaminos y se
sentaba a estudiar: se esforzaba por retener en la memoria los salmos, aprendía a leer, a contar, a escribir, empezaba a
penetrar en las primeras dificultades de la gramática latina y se adiestraba con particular deleite en la música de la Iglesia.
Esta era su vida mañana y tarde. En casa, unas veces seguía trabajando y leyendo en alta voz; otras pasaba el rato contando
a su madre lo que le ocurría con sus condiscípulos o repitiendo las muchas cosas de que se iba llenando su rubia cabecita.
No siempre llegaba solo: sucedíale ver que algún compañero suyo, pobre o huérfano acaso, se quedaba jugando en la
calle, y le decía: « ¿Por qué no vas a comer?» Pronto se daba cuenta de la realidad: era que en casa no tenía nada, o tenía
una madrastra iracunda y cruel, o bien el padre se había ido a trabajar lejos; teniendo que cerrar la puerta hasta la noche.
«Ven conmigo—decía entonces el bondadoso muchacho—; mi comida servirá para los dos.» Una tarde, según iba a su
casa, vio un niño que tiritaba junto a la Cruz de los Mártires. Lleno de compasión, se acercó a él y le dijo: « ¿Tienes padres?
«Sí—respondió el desconocido—; pero mi padre está en la cárcel, donde le metió un judío, porque le debía unos sueldos
y no podía pagar, y mi madre se quedó enferma en la cama.» « ¡Pobrecillo! Ven a mi casa; mi padre podrá hacer algo por
ti.» Así dijo el amable muchacho, derramando casi lágrimas de sentimiento y cogiendo de la mano a aquel infeliz.
Dominguito conocía bien aquellas calles de la Verónica, de los Callizos, de la Sartén, del Cíngulo, de los Graneros, donde
se escondía la población de los circuncisos. A veces, atravesaba por ellas cuando volvía de la catedral a su casa, porque
era un camino más corto. Lo que más le repugnaba en aquellas gentes era el odio que tenían a la cruz, que llevaba en su
corazón, en su cuerpo y en su escudo. Muchas veces veía a los hebreos entregados a sus ritos y abluciones, o escuchaba
los sonidos guturales de sus rezos, pronunciados en un lenguaje desconocido para él. Entonces sus sentimientos cristianos
se exacerbaban, y, como una protesta para todo aquello, se ponía a cantar las cosas que le enseñaban en la catedral:
antífonas, motetes, himnos a la Virgen y a los santos.
Un sábado celebraban los judíos su función semanal bajo las bóvedas de la sinagoga. Comenzó, como de costumbre, con
el cántico de los salmos; después, uno de los ancianos que presidían leyó varios capítulos de la Torah; cantóse
nuevamente, y a continuación otro anciano, perteneciente a la tribu de Leví, dio comienzo a la lectura de los profetas.
Levantóse, finalmente, el gran rabino, y gravemente, reposadamente, empezó a comentar los textos que se acababan de
leer. Tal vez en su discurso hubo alguna alusión al odiado notario de San Miguel; tal vez habló de la audacia de su hijo, que
se atrevía a turbar las calles del ghetto con los himnos litúrgicos de los cristianos. «Además —dijo—, necesitamos sangre
cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Yahvé podrá echarnos en cara nuestra negligencia.» Este argumento
convenció a toda la asamblea. Para mantener vivo el odio contra los discípulos del Crucificado, los judíos solían amasar los
panes ázimos con la sangre de un niño robado a los cristianos.
Y sucedió que una tarde cruzaba Domingo por el barrio hebreo, cuando, de súbito, un lienzo cayó sobre su rostro; oyó una
carcajada burlona y sintióse arrastrado por una mano brutal que le oprimía el cuello. Quiso gritar, pero sólo pudo exhalar
un débil quejido: « ¡Madre mía!» El agresor era Mosé Albayucet, un usurero de cara demacrada y cerosa, en la cual era
fácil ver el reflejo de la astucia y la crueldad. Sus ojos, pequeños y escondidos entre enormes pestañas, despedían ese
brillo pálido que parece dejar la contemplación voluptuosa del oro. Su nariz le daba aspecto de ave de presa. Su nido
estaba en un baburril lóbrego de la calle que hoy se llama de Santo Dominguito del Val. En la reunión del último sábado,
Albayucet había prometido aprontar la víctima reclamada por el rabino. Y he aquí que cumplía su palabra. Varios días se
pasó en acecho. Al fin, aquella tarde sintió pasos, pasos de niño. Sacó la nariz para olfatear en la calle. Todo estaba
tranquilo. Como un relámpago, cayó sobre el infeliz rapazuelo, le llevó a su casa y le metió dentro de un cofre, en espera
del momento oportuno para el rito sanguinario. Al principio, el muchacho lloró todo lo que puede llorar un niño; después
pensó en la cruz de su cuerpo y en la de su escudo, y ofreció generosamente su vida.
Aquella misma noche, a favor de las sombras, Domingo fue trasladado a la casa de uno de los rabinos principales, un
edificio suntuoso que se alzaba en aquella misma calle. Allí aguardaban los príncipes de la sinagoga; vientres abultados,
rostros amarillentos, narices ganchudas, luengas barbas, arrugadas frentes, cabezas peladas y ojos rebosantes de alegría
cruel y experiencia maliciosa. Dominguito temblaba, apretando entre sus manos el crucifijo que colgaba de su cuello.
—Querido niño—le dijo una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que
pisar ese Cristo.
—Eso, nunca—dijo Domingo con una energía impropia de sus años—. Es mi Dios.
—Pues tienes que pisar a tu Dios.
—No, no y mil veces no.
Entre tanto, aquellos malvados se impacientaban, «Acabemos pronto», decían, no sin cierta nervosidad. Y empezó la
trágica y sacrílega parodia. Alguien presentó el martillo y los clavos; otro rodeó las sienes del niño con una corona de
zarzas; otro sujetó las tiernas manos, y Mosé Albayucet las clavó al muro de cuatro golpes. Después algunos recibieron el
encargo de abrir las venas y recoger en frascos y copas la sangre que caía. El pequeño cuerpo se estremece en espasmos
de dolor. Domingo reza en voz baja y suspira. Se oyen algunas de su palabras: « ¡Madre mía!... ¡Jesús mío!... ¡Santa
María!... Vuelve a nosotros esos tus ojos...» Los suyos están cerrados; pero de cuando en cuando se abren para dirigirse
suplicantes hacia el Cielo. Su respiración se hacía más débil por momentos, la vida se le escapaba, su cuerpo se iba
quedando sin sangre y sin fuerzas, los vasos estaban llenos, la rubia cabecita colgaba inerte sobre el pecho como una rosa
tronchada. Mientras los demás verdugos se lavaban las manos, Albayucet desclavó el yerto cadáver y le mutiló. Quedóse
él con la cabeza y las manos y entregó el tronco a uno de sus compañeros. Rápidamente desaparecieron las manchas
sanguinolentas del suelo y de la pared, y daban las doce en el reloj de la Seo cuando los rabinos desfilaban silenciosamente
hacia sus casas. Así terminaba en la judería zaragozana el 31 de agosto y empezaba el 1 de septiembre. Era en el año de
gracia de 1250.
Las noches siguientes, llantos en la casa del notario, inquietud en la ciudad, luminarias a orillas del Ebro, y en un patio del
ghetto, junto a un pozo profundo, un perro negro que no cesaba de lanzar alaridos. Era el perro del notario de San Miguel.
Sólo el notario pudo hacerle callar. Se agotó el pozo, y en el fondo aparecieron las dos manilas taladradas y la cabeza
coronada de espinas. Después, unos pescadores vinieron con el cuerpo magullado, truncado y agujereado por las navajas
y los puñales. Todo estaba descubierto. El mismo Albayucet no tenía más que repetir lo que adivinaba el vulgo.
—Sí, yo he sido—decía, agitándose como un poseido—. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el
sueño ha huido de mis ojos.
Era una persecución de amor. El mártir mereció el arrepentimiento para su asesino. Albayucet fue bautizado, y después
subió tranquilo a la horca.