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e intercultural en Colombia
En este sentido, consideramos conveniente reflexionar sobre la tarea educativa de cada uno de
esos modelos de ciudadanía. “Si es verdad que la ciudadanía no se construye apenas con la educación,
también es verdad que sin ella no se construye la ciudadanía” (Freire, 2003).
Para desarrollar una ciudadanía multicultural, a la educación le corresponde, según Kymlicka (2004,
pp. 93-94), llevar a cabo, en primera instancia, políticas educativas que promuevan el desarrollo de progre-
mas de discriminación positiva que, según el autor, son innegablemente integracionistas, en la medida que
pretenden que se incremente el número de personas pertenecientes a las minorías étnicas que participen en
las instituciones educativas.
No obstante, Tubino (2003, p. 65) manifiesta que no se trata de luchar solamente para ampliar
numéricamente, cada vez más, las representaciones de los grupos menos favorecidos. Más importante que
la cantidad de representantes es la calidad de los mismos, su capacidad para sustentar propuestas
transformativas y generar mejoras hacia dentro y hacia fuera de los grupos discriminados.
En segunda instancia, es importante hacer una revisión del currículo escolar público, en relación con
las materias de historia y literatura, a fin de otorgar un mayor reconocimiento a las contribuciones históricas
y culturales de las minorías etnoculturales; desarrollar programas educativos antirracistas; programas de
prevención de declaraciones (sexistas u homófobas); y programas de educación bilingüe. Estas políticas
educativas buscan que las personas de los grupos étnicos se sientan cómodas en las instituciones de la
sociedad, una vez que han conseguido involucrarse en ellas.
Estamos de acuerdo con Kymlicka (2004, pp. 101-102) en que estas políticas suscitan que desde las
escuelas trabajemos por crear atmósferas de bienvenida para las personas de cualquier grupo étnico,
origen racial y religión prohibiendo todo discurso o manifestación ofensiva hacia ellas. Estas acciones
permiten a las personas pertenecientes a grupos étnicos minoritarios participar en las instituciones educati-
vas y en otras destacadas de la sociedad existente.
Sin embargo, nos recuerda Tubino (2003, p. 53), es menester estar atentos para evitar la formación
de “islas étnicas” que fortalecen la exclusión social y los prejuicios socioculturales. Y ello supone abordar los
problemas de inequidad educativa, y de discriminación social y cultural pendientes.
En este contexto, la tarea educativa para formar ciudadanos interculturales apunta, según Essomba
(2006, p. 60), a hacer frente a la globalidad de las dimensiones que implica la desigualdad por motivos
relacionados con la diversidad cultural, y para ello, los principios que la sustentan deberán dirigirse en esa
dirección, intentando contextualizar los valores que la configuran en los factores determinantes de la
sociedad donde se desarrolla.
En este contexto, somos conscientes de que la puesta en marcha de la educación para la ciuda-
danía intercultural requiere enfrentar una serie de dificultades político-económicas devastadoras, relativismo
cultural, ausencia de una formación intercultural del profesorado, propuestas curriculares concebidas desde
una visión etnocéntrica, etc., lo cual exige tomar medidas educativas que, además de urgentes, sean
congruentes con los contextos locales y globales. Ello significa, según Candau (2004, p. 260), que desde la
educación podemos trabajar por el reconocimiento del derecho a la diferencia y a la lucha contra todas las
formas de discriminación y desigualdad social que intentan promover relaciones dialógicas e igualitarias
entre personas y grupos que pertenecen a universos culturales distintos y trabajar conflictos presentes en
estos escenarios diversos. Una educación que desarrolla procesos interculturales no ignora las relaciones de
poder presentes en los contextos multiculturales. Antes por el contrario, los identifica y procura las
estrategias adecuadas para abordarlos. Se trata de un proceso permanente, siempre inacabado, marcado
por la deliberada intención de promover relaciones democráticas entre personas y grupos de identidades
culturales distintas y no solamente una coexistencia pacífica.
En América Latina, la educación en el marco intercultural, a nuestro parecer, tiene vacíos importan-
tes en la medida en que se desarrolla específicamente en los proyectos de Educación Intercultural Bilingüe 1 ,
los cuales se llevan a cabo en comunidades indígenas, afroamericanas, específicamente en áreas rurales.
Esto ha conducido a que estos proyectos se orienten especialmente a los grupos étnicos mencionados.
Como consecuencia de ello, la educación para formar ciudadanos interculturales no ha llegado a los
escenarios urbanos marginales de las ciudades, donde se concentra población diversa culturalmente y en
situación de vulnerabilidad socioeconómica. Creemos que debemos ampliar el radio de acción del enfoque
intercultural en el sistema educativo de América Latina.
Por consiguiente, un primer paso para desarrollar una educación para la ciudadanía democrática
es recuperar la fe de la comunidad educativa para solucionar los problemas locales y mundiales. Si no
estamos convencidos de que la educación puede cambiar las cosas, difícilmente podremos tener las
condiciones ideales para afrontar las tendencias hegemónicas actuales, tan preocupantes. (Mayor, 2003, p. 6).
Un segundo paso es formar ciudadanos democráticos de la comunidad local y del mundo, capaces
de reflexionar sobre las grandes cuestiones y problemáticas de la humanidad, pero también de cuestiones
personales, que son esenciales, y poseer argumentos propios, que sepamos expresar y defender con un
léxico abundante, capaz de reflejar con toda intensidad lo que se piensa o se siente.
Un tercer paso, es comprender que la educación para la ciudadanía democrática tiene que estar en
sintonía con el contexto social, político y cultural en la que se orienta. Es decir, responder a los aconteci-
mientos del entorno social, político y cultural, con lo que la escuela debe estar vinculada.
Equidad y participación protagónica de los sectores marginados. Gimeno y Henríquez (2002, p. 24)
nos señalan que la educación para la ciudadanía democrática radical debe fomentar el desarrollo de los
1
Recordemos que en Colombia la modalidad recibe la denominación de Etnoeducación y las dimensiones bilingüe e
intercultural constituyen solo dos de varios factores que intervienen en su definición. Además, la propuesta de Etnoeducación trasciende
el ámbito indígena para hacerse extensiva a la población afrocolombiana y a la población rom o gitana.
valores de la igualdad, la justicia, la libertad, el manejo del conflicto. Así mismo, valorar y tener en cuenta las
identidades y los derechos de los distintos grupos en una sociedad. La educación debe empezar por el
reconocimiento y valoración de los derechos; igualmente debe desarrollar capacidades y generar algunas
condiciones para su ejercicio en aras de una sociedad más justa y equitativa.
Para propiciar la construcción democrática radical en América Latina, es menester tener perseve-
rancia para transformar las dificultades en un campo de posibilidades. En términos de Freire (2003) “La
perseverancia hay que colocarla antes de una actitud, en la paciente impaciencia de transformar al mundo”.
El hecho de trabajar por y desde una educación que contribuya a la construcción de una
democracia que promueva la participación protagónica de las personas y colectivos marginados y excluidos
en la construcción de su contexto más inmediato y la sociedad en general, nos hace sentir la necesidad de
tener perseverancia. De saber escuchar, que está más allá de oír. “Tratar de escuchar lo que el otro está
queriéndonos decir…” (Freire). De dialogar para resolver pacíficamente los conflictos. Freire nos decía que el
diálogo, como el conflicto, son factores constitutivos de un proceso de construcción democrática.
Propiciar una educación que tenga en cuenta los anteriores aspectos, merece a su vez tener pre-
sente el contexto, las personas y grupos que están asentados allí, estar en sintonía con sus necesidades,
intereses y expectativas y responder a ellos de cara a tener una educación que pueda transformar ese
contexto.
Entendemos la acción revolucionaria en el sentido de apostar con vigor por la formación de sujetos
políticos, que trabajen por la construcción del bien público de su comunidad deseada. Entonces, la
educación es una vía importante para fomentar espacios democráticos que animen a construir democracias
verdaderas, donde el alumnado se implique en la participación popular directa para la solución de los
problemas de la institución y la comunidad donde está ubicada la escuela.
Las anteriores tareas educativas de los modelos de ciudadanía, nos suscitan trabajar por una
educación para la ciudadanía en Colombia que tenga en cuenta sus principales aportaciones, pues la
educación no puede seguir de espaldas, hoy en día, en la localidad, la ciudad, la región, la nación, el estado
multinacional y el mundo, donde personas y grupos de personas están atravesando por diversas y
complejas situaciones de injusticia y desigualdad social. Sus derechos económicos, sociales y culturales son
violados de manera perversa por acciones indignas visibles a los ojos de la mayoría y de manera oculta por
su invisibilidad y silencio, desarrollándose por los caminos de la ignorancia y de la inconsciencia también de
la mayoría. Ambas son reprochables e inadmisibles bajo el paraguas de los derechos humanos que
protegen y “garantizan” los Estados nación.
Sin embargo, continúa avanzando la brecha entre el norte y el sur, entre ricos y pobres, entre un
grupo étnico o cultural distinto y otro, entre un hombre y una mujer, etc. Fenómenos que se evidencian en la
inmigración del sur al norte, en los conflictos armados internos de varios países, desplazamientos forzados
de la población, en el racismo, la xenofobia y la inequitativa distribución de la riqueza, etc.
De esta manera, los contextos locales y el mundo cada día son más diversos, más plurales, son
más multiculturales.
Sin embargo, las comunidades políticas, aunque diversas, son desiguales, falta reconocimiento
entre las personas que las habitan, no hay respeto activo y no hay convivencia plena.
Ante esa realidad en el orden local y mundial, estamos llamadas las personas, en nuestro diario
acontecer, a aprender a vivir juntos para tener fuerzas y perdurar firmemente. En estos tiempos ya no sirve
asumir el papel de espectador que observa desde fuera el discurrir de los acontecimientos. Según Ortega,
Touriñan y Escámez (2005, p. 1), tal actitud constituye una tentación y un riesgo que no se debería correr.
Quizás sea esta la tarea más urgente que tenga la sociedad actual: educar, equipar a las jóvenes
generaciones para afrontar los inevitables riesgos del cambio social y cultural, y orientar el rumbo de las
transformaciones hacia modelos de una sociedad justa, incluyente, intercultural y democrática.
En este sentido, creemos que los modelos de educación para la ciudadanía abordados, necesitan
coadyuvarse y unirse para constituir un modelo más dinámico, que promueva una formación para la
ciudadanía desde la escuela, y que haga que la educación encerrada en las aulas, de un paso hacia una
educación que, en términos de Ortega, Touriñan y Escámez (2005, pp. 1-2), “…implica necesariamente un
compromiso de cambio y transformación de la propia sociedad”.
Ese modelo de educación para la ciudadanía dinámico que buscamos, ha de promover que toda
acción educativa sea inseparable de la proyección política y social; hacerla participe en la gran tarea y el
compromiso de construcción de una sociedad fundada en valores como la justicia, la equidad y la paz.
Buscamos un modelo de formación para la ciudadanía en el que haya relación entre la educación para la
ciudadanía y el modelo de sociedad deseada. Un modelo dinámico de formación para la ciudadanía que
aborde de manera amplia los diferentes aspectos que nos indican los modelos anteriores pero que a la vez,
promueva una identidad cívica compartida en el crisol de múltiples colores en que nos encontramos, es
decir, que haya proyectos comunes desarrollados por personas distintas.
Los modelos de educación para la ciudadanía que hemos abordado, creemos que apuntan a
formar personas responsables, participativas, críticas e interculturales, pero no es suficiente, ya que es
necesario que estos modelos opten por el desarrollo de una identidad que mueva a las personas hacía
posiciones participativas, de compromiso y responsabilidad cívica. Lo que Bartolomé (2004, p. 51) denomina
“desarrollo del sentimiento de pertenencia a una comunidad política”, que se hace más complejo en
sociedades multiculturales, en la medida que aun reconociendo la oportunidad de la heterogeneidad
cultural para nuestro crecimiento como sociedad, es incuestionable que nuestras interacciones se hacen
más complejas cuando deben armonizarse diferentes tradiciones, culturas, religiones, lenguas, códigos de
comportamientos, etc. Sin duda, crear una identidad cívica a partir de distintas identidades culturales, que
pueden incluso encontrarse enfrentadas, supone un gran reto para las personas, los colectivos y para las
instituciones democráticas que deben promoverla.
Desde esos presupuestos, se sustenta nuestro modelo de educación para la ciudadanía demo-
crática e intercultural.
No obstante, el presente modelo se centra principalmente en la ciudadanía como proceso, sin dejar
de reconocer la importancia de la dimensión legal de la misma. La ciudadanía como proceso supone, así
mismo, el desarrollo del sentimiento de pertenencia a la comunidad política en cuyo seno se lleva a cabo el
ejercicio ciudadano.
FIGURA 1
Dimensiones de la educación para la ciudadanía democrática e intercultural
Competencia
ciudadana
La participación ciudadana
La solidaridad y cooperación
El debate
La participación en la gobernabilidad
Escuela – comunidad un equipo
Ciudadanía como proceso eje transversal El empowerment
Participación popular directa
El sentimiento de pertenencia
Hoy en día las identidades colectivas necesitan animarse a pasar la dificultad que impide afianzar el
sentimiento de pertenencia. Lo cual supone luchar por su propio reconocimiento en el marco de la
diversidad de grupos, cualidad a favor e indispensable para el desarrollo de su identidad. Podemos
Es aquel que nos permite sentirnos identificados con las diferentes jurisdicciones en las cuales
interactuamos, el barrio, el distrito, el municipio, el Departamento (Comunidad autónoma), el Estado, el
continente y el mundo. Y el sentirnos identificados quiere decir que deseamos participar y trabajar activa-
mente en los asuntos públicos de una de estas jurisdicciones, de algunas o de todas a la vez, que nos
preocupamos por el bienestar común de nuestra sociedad. Puede decirse que un individuo posee
sentimiento de pertenencia a una comunidad política si trabaja asuntos públicos en su barrio o distrito y no
con las otras jurisdicciones mayores, es un sentimiento de pertenencia a una comunidad política local, pero
lo es. Claro está que uno de los objetivos de la ciudadanía intercultural es que las personas construyan su
sentimiento de pertenencia con múltiples lealtades y sin fronteras, pero el primer paso es lo local, luego se
va escalando o ampliando.
Si bien lo étnico y su diversidad constituyen posibilidades para los países multiculturales más que
problemas para la gestión, sobre dicho reconocimiento podemos construir un fundamento para la equidad y
la distribución de la riqueza; la cultura y su diversidad pueden potenciarse como un buen recurso para la
construcción del sentimiento de pertenencia a la comunidad local, regional y nacional, la unidad y la paz.
Creemos entonces, que el sentimiento de pertenencia cultural debe partir de la inclusión al sistema
social y político local, regional, nacional y mundial de personas y grupos de personas de las distintas etnias y
culturas, para que se sientan cómodos con sus diferencias o particularidades, para que puedan sentirse
pertenecientes a su grupo de referencia y a otros más amplios.
En términos de Bartolomé (2002, p. 138), esta pedagogía supone un cambio en la concepción del
valor de la solidaridad, animándonos a descubrir que “la causa del otro es también mí propia causa”. En
palabras de la autora, los elementos clave que creemos, podría desarrollar esta pedagogía son: El
conocimiento mutuo como base; la aceptación como condición (mutua aceptación); pedagogía de la
equidad; la valoración como impulso; la cohesión social y el desarrollo de la persona como horizonte; y
la ciudadanía intercultural como proceso. Es importante que pensemos en como cambiar los valores que
excluyen a las personas y comunidades dentro de un contexto multicultural y diverso por valores que se
fundamenten en la inclusión y el respeto, asumir y construir la diversidad.
La competencia ciudadana
Las personas podemos tener una competencia ciudadana en la medida en que tengamos claro
nuestro papel activo en la construcción de nuestra sociedad. Es decir, que conozcamos entre todos los que
vivimos e interactuamos en una comunidad política, qué sociedad se quiere construir, con qué valores y
derechos humanos como base, qué elementos críticos se requieren para poder exigir, a nosotros mismos y
a los gobiernos, el buen rumbo de nuestro barrio, ciudad, país y comunidades más amplias.
Bartolomé (2002, p. 144) nos manifiesta que la competencia ciudadana requiere desarrollar dos
aspectos claves: primero, la comprensión de los derechos humanos, y segundo; el desarrollo del juicio
crítico.
Los especialistas en el tema hablan de tres generaciones de los derechos humanos, presididas
cada una de ellas por los valores que las configuran. Así, la primera generación de derechos giraría en torno
al valor de la libertad. La segunda generación de derechos se apoya en el valor de la igualdad. La tercera
generación de derechos, en el valor de la solidaridad.
“Hemos ido aprendiendo, al hilo de los siglos, que cualquier ser humano, para serlo plenamente,
debería ser libre y aspirar a la igualdad entre los hombres, debería ser justo, solidario y respetar activamente
su propia persona y a las demás personas, trabajar por la paz y por el desarrollo de los pueblos, conservar
el medio ambiente y entregarlo a las generaciones futuras no peor que lo hemos recibido, hacerse
responsable de aquellos que le han sido encomendados y estar dispuesto a resolver, mediante el diálogo,
los problemas que pueden surgir con aquellos que comparten con él el mundo y la vida” (Cortina, 1997,
p. 229).
La educación para una ciudadanía intercultural necesita incorporar, como eje transversal, a los
derechos humanos. Es hora de avanzar hacia la creación de una cultura global de los derechos humanos.
Para facilitar la formación en los derechos humanos (especialmente los de la tercera generación) es
necesario propiciar desde la escuela:
Para ello, es importante formar al profesorado sobre los derechos humanos y sobre todo para que
posibilite la comprensión de estos al alumnado 2 .
El juicio crítico
“Es la capacidad para argumentar y al tiempo para dejarse persuadir. En una palabra, para
participar activamente en una acción deliberativa” (Bartolomé, 2002, p. 137). “Lo que hace que el ciudadano
pueda participar de lleno, y activamente, en los asuntos de la comunidad es, precisamente, aunque no
exclusivamente, su destreza o habilidad para poder argumentar, rebatir y ser rebatido” (Bárcena, 1997,
p. 243). Desde luego, que el juicio crítico no es solo para mostrar acuerdos y desacuerdos con la ley dictada,
sino es más trascendental en el sentido que implica velar porque se abran espacios de participación y toma
de decisiones para reconstruir la ley o enriquecerla en pro de una sociedad más democrática, justa, que
propicie la diversidad y permita la construcción de un proyecto común en la pluralidad, donde participen
todos y todas, donde se dé paso a la inclusión y se elimine la exclusión.
Para educar en la práctica deliberativa, Bartolomé (2002, pp. 137-189) nos invita a tener en cuenta
dos dimensiones a desarrollar en este ámbito:
2
Muchas publicaciones y también la formación inicial del profesorado han dirigido esta formación en valores hacia el
alumnado, pero es escasa la participación del profesorado. El profesorado antes de desarrollar el discurso pedagógico y de convivir en
el contexto escolar en general necesita antes espacios de reflexión y enseñanza sobre los derechos humanos y su implementación en
el currículo escolar.
• El desarrollo del juicio crítico ante problemas sociales y políticos. El trabajo a realizar puede
transcurrir por causes diversos: estudio de casos, juegos de rol, dilemas éticos, etc. Aunque
algunos autores se inclinan por aconsejar que se utilicen los espacios habituales de la vida
escolar, una asamblea de clase, para transformarlos en espacios formativos.
La participación ciudadana
La participación es, sin lugar a dudas, una de las reglas más importantes para el ejercicio pleno de
la ciudadanía, en la medida en que se basa en que todas las personas tengan la oportunidad de participar
sin condición alguna para desarrollar su sociedad y dar significado a la democracia.
Pero además de estar informado, la participación reclama unos valores que la sustentan. Bárcena
(1997, p. 130) nos dice que “…transmitiendo los valores sociales asociados a la participación en la escena
pública la comunidad educa en la libertad y la justicia”.
Para lograr la participación de esas personas y colectivos menos favorecidos, la idea es que la
educación ha de promover el empoderamiento, de cara a fortalecer las capacidades de la comunidad
educativa, para su afirmación como sujetos en el sentido pleno y para la toma de decisiones en favor de su
calidad de vida.
e hijas de la comunidad, sino que “forma” a sus ciudadanos, les da ánimo, convicción y poder para mejorar
su comunidad y por qué no, el mundo.
Desde esta perspectiva, la participación consiste en tomar parte activa en la construcción social de
las propuestas y estrategias de desarrollo que nos afectan, ya que la verdadera ciudadanía es el desarrollo
de la capacidad de autodeterminación, de expresión y de representación de nuestros intereses y el pleno
ejercicio de nuestros derechos políticos.
Bartolomé (2002, pp. 140-145), nos presenta un magnifico aporte en el desarrollo de la participación
ciudadana desde la escuela. Mediante la clase cooperativa puede proporcionar un espacio en el que se
aprendan las dinámicas participativas y situaciones comunicativas que hacen posible una democracia, a
través de Consejos escolares, de responsabilidades, de la elaboración de leyes y reglas y de su apropiación,
así como de la distribución de responsabilidades.
Los enfoques relacionados con el aprendizaje cooperativo están adquiriendo cada vez más popu-
laridad, a medida que las escuelas prestan mayor atención al incremento del rendimiento del alumnado, así
como a las habilidades sociales. El aprendizaje cooperativo enseña a los niños y niñas a trabajar con sus
compañeros con el fin de alcanzar objetivos comunes.
Hasta aquí hemos reflexionado sobre el modelo de educación que consideramos apunta a la
construcción de una ciudadanía democrática e intercultural en Colombia. Pero creemos conveniente
preguntarnos ¿Qué procesos de formación permanente requiere el profesorado para desarrollar esa
educación? Esta pregunta la intentaremos responder en un próximo artículo.
A modo de conclusión
Hoy en día la educación en y para una ciudadanía democrática e intercultural ha de desarrollarse
en todos los centros e instituciones educativas de Colombia, puesto que es una educación que busca formar
a los ciudadanos del país para que adquieran las competencias que les permitan interactuar con distintas
personas, grupos y el universo cultural del país y del mundo, en un marco de respeto, diálogo, convivencia e
intercambio abierto y sincero de bienes y valores culturales, que promueva la interdependencia consciente e
inconsciente en el diario vivir, que sea parte de los modos de vida de las comunidades grandes y pequeñas,
urbanas y rurales. Procesos interculturales posibles y a nuestro alcance, en la medida en que la sociedad
sea simétrica, impulsada por un sistema democrático participativo, pluralista e inclusivo, que facilite el
desarrollo de competencias que nos permitan vivir juntos en contextos plurales, y suscite un sentimiento de
pertenencia político común, donde mujeres y hombres de diferentes culturas, situación social, partido
político, etc., se identifican por trabajar unidos por su aldea y el mundo. Ciudadanos con juicio crítico ante los
hechos que impiden el bienestar común, que se ponen en el lugar de aquellas personas que aún están
marginadas y excluidas, reconocen y escuchan sus voces y les dan ánimo para que estén dispuestos/as a
luchar colectivamente por su dignidad.
Esto es la utopía de creer que otro mundo es posible y que debemos trabajar por ello, lo cual es la
base para apostar con vigor por la transformación y el cambio social. Estamos seguros que la construcción
de una ciudadanía democrática e intercultural en Colombia se puede hacer desde la educación. Desde
luego que esta gran responsabilidad exige respuestas pedagógicas que ayuden a resolver no solo los
problemas multiculturales y de desigualdad que se presentan en la sociedad, sino los problemas que se
presentan en la práctica educativa en las instituciones educativas.
En este sentido, la figura del profesorado se convierte en el instrumento pedagógico por excelencia,
quienes demandan procesos de formación permanente.
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