Los Astronautas Harapientos - Bob Shaw PDF
Los Astronautas Harapientos - Bob Shaw PDF
HARAPIENTOS
Bob Shaw
Titulo del original: The Ragged Astronauts
Traducción: Pilar Alba
© 1986 by Bob Shaw
© 1987 by Ediciones Acervo
Julio Verne 5 - Barcelona
ISBN 84-7002-203
Edición electrónica de Carlos Palazón
R6 04/01
PARTE I - SOMBRA A MEDIODÍA
Capítulo 1
Para Toller Maraquine y algunos más que observaban desde tierra, era obvio que la
aeronave se precipitaba hacia el peligro pero, increíblemente, su capitán parecía no darse
cuenta.
- ¿Qué se cree ese imbécil que está haciendo? - dijo Toller en voz alta, aunque no
había nadie cerca que pudiera oírlo.
Se protegió los ojos del sol para divisar mejor lo que estaba ocurriendo. El paisaje era
familiar para cualquiera que viviese en aquellas longitudes de Land; el impecable mar añil,
un cielo azul pálido con pinceladas blancas y la brumosa vastedad del mundo hermano,
Overland, suspendido inmóvil junto al cenit, con su disco atravesado una y otra vez por
franjas de nubes. A pesar de la claridad del antedía, se podía distinguir algunas estrellas,
incluso las nueve más brillantes que constituían la constelación del Árbol.
Con ese telón de fondo, la nave se dejaba arrastrar por una leve brisa marina; el piloto
reservaba los cristales de energía. El vehículo se dirigía directamente hacia la costa; su
envoltura azul grisácea se redujo a un círculo, un diminuto eco visual de Overland.
Avanzaba de forma ininterrumpida, pero su capitán aparentemente ignoraba que aquella
brisa en la que viajaba hacia tierra era muy superficial, con una profundidad de no más de
noventa metros. Sobre ésta, y en dirección opuesta, soplaba un viento de poniente
procedente de la meseta Haffanger.
Toller pudo deducir con precisión las corrientes y contracorrientes de aire porque las
columnas de vapor de los crisoles del pikon a lo largo de la costa eran arrastradas hacia
tierra sólo una corta distancia antes de elevarse y volver hacia el mar. Entre esas bandas
de niebla producidas por el hombre había jirones de nubes procedentes de la cumbre del
altiplano; ahí se encontraba el peligro para la aeronave.
Toller sacó de su bolsillo un pequeño telescopio que llevaba desde su infancia y
examinó las capas de nubes. Como más o menos esperaba, le bastaron unos pocos
segundos para distinguir varias manchas difusas de color azul y magenta suspendidas en
la matriz de un vapor blanco. Un observador casual no las habría advertido o las habría
despreciado creyendo que las vagas motas eran sin efecto óptico, pero la sensación de
alarma de Toller se hizo mucho más intensa. El hecho de haber sido capaz de reconocer
algunos pterthas tan deprisa, significaba que toda la nube debía de estar plagada de ellos,
llevando ocultamente cientos de criaturas hacia la nave.
- Usen un luminógrafo - gritó con toda la fuerza de sus pulmones -. Digan a ese loco
que dé la vuelta, o que suba, o que baje, o...
Profiriendo incoherencias por las prisas, Toller miraba a un lado y a otro, intentando
decidir una manera de actuar. Las únicas personas visibles entre los crisoles
rectangulares y los bidones de combustible, eran los fogoneros y rastrilladores
semidesnudos. Parecía que todos los capataces y funcionarios se hallaban en el interior
de los edificios de anchos alerones característicos de la estación, huyendo del creciente
calor del día. Las estructuras bajas eran típicas del estilo kolkorroniano (ladrillos amarillos
y naranjas dispuestos en complejas configuraciones romboidales, revestidos con arenisca
roja en todos los cantos y esquinas) y en cierto modo recordaban a serpientes
adormecidas bajo la intensa luz del sol. Toller ni siquiera pudo avistar a un oficial en las
estrechas ventanas verticales. Sujetando con una mano la espada, salió corriendo hacia
el edificio de los supervisores.
Era excepcionalmente alto y musculoso para ser un miembro de las órdenes filosofales,
y los trabajadores que cuidaban los crisoles de pikon se apartaron rápidamente para no
cortarle el paso. Justo cuando llegaba al edificio de una planta, un controlador subalterno,
Comdac Gurra, salía llevando un luminógrafo. Al ver a Toller dirigiéndose
apresuradamente hacia él, retrocedió e hizo como si fuera a entregarle el instrumento.
Toller lo apartó.
- Hágalo usted - dijo con impaciencia, disimulando que también él habría sido
demasiado lento para ensartar las palabras de un mensaje -. Usted ya lo tiene en sus
manos; ¿a qué espera?
- Lo siento, Toller.
Gurra apuntó con el luminógrafo a la aeronave que se acercaba y las tablillas de vidrio
de su interior empezaron a castañear al accionar el gatillo.
Toller saltaba de un pie a otro buscando alguna señal de que el piloto recibía y atendía
el aviso del haz luminoso. La nave se desplazaba a la deriva hacia delante,
despreocupada y serena. Toller alzó su telescopio y concentró su mirada en la barquilla
pintada de azul, sorprendiéndose al ver que llevaba el símbolo de la espada y la pluma,
que indicaba que la nave era un mensajero real. ¿Qué razón podría tener el rey para
comunicarse con una de las más remotas estaciones experimentales del gran Filósofo?
Después de lo que pareció una eternidad, su visión incrementada le permitió distinguir
apresurados movimientos en la baranda de la plataforma delantera. Unos segundos más
tarde había una humareda gris a la izquierda de la barquilla, que delataba que los tubos
de propulsión laterales entraban en ignición. La envoltura de la aeronave se agitaba y
todo el conjunto se inclinó cuando el aparato viró hacia la derecha. Durante la maniobra
perdió altura rápidamente, pero para entonces ya estaba rozando la nube,
desapareciendo de la vista de vez en cuando al ser envuelta por los zarcillos vaporosos.
Un gemido de terror, minimizado por la distancia y la corriente de aire, llegó hasta los
silenciosos espectadores de la costa, haciendo que algunos hombres se inquietasen.
Toller supuso que alguien en la nave había encontrado un ptertha, y sintió un escalofrío
de pánico. Era algo que le había sobrecogido muchas veces en malos sueños. La esencia
de la pesadilla no estaba en las visiones de muerte, sino en la sensación de absoluta
desesperación, en la inutilidad de intentar resistirse después de que un ptertha había
conseguido aproximarse, situando a su víctima dentro de su radio destructivo. Enfrentado
a asesinos o a animales feroces, un hombre podía, con independencia de lo arrolladora
que fuese la fuerza, luchar y de esa forma aspirar a una extraña reconciliación con la
muerte, pero cuando llegaban las burbujas lívidas rastreando y trepidando, no habría
nada que hacer.
- ¿Qué pasa aquí?
El que hablaba era Vorndal Sisstt, jefe de la estación, que había aparecido en la
entrada principal del edificio de los supervisores. Era un hombre maduro, con una cabeza
redonda y calva y la postura severamente erguida de una persona acomplejada por tener
una estatura menor de lo normal. Sus pulcras y bronceadas facciones mostraban una
mezcla de enojo y aprensión.
Toller señaló la nave que descendía.
- Algún idiota ha hecho todo este recorrido para suicidarse.
- ¿Hemos enviado un aviso?
- Sí, pero creo que demasiado tarde - dijo Toller -. Hace un minuto había pterthas
alrededor de la nave.
- Eso es terrible - dijo Sisstt con voz temblorosa, pasándose el dorso de la mano por la
frente -. Daré la orden de que eleven las pantallas.
- No es necesario; la base de la nube no baja más y las burbujas no vendrán hacia
nosotros a través del campo abierto y a plena luz del día.
- No voy a arriesgarme. ¿Quién sabe lo que...? - Sisstt se interrumpió y lanzó una
mirada feroz a Toller, satisfecho de encontrar la forma de dar salida a su irritación -.
Exactamente, ¿cuándo se le autorizó a tomar decisiones aquí, en lo que yo creía que
era mi estación? ¿Le ha ascendido el gran Glo sin informaren,,?
- Nadie necesita ascender en lo que a usted respecta - dijo Toller, reaccionando
maliciosamente al sarcasmo del jefe, con su mirada fija en la aeronave que ahora
descendía hacia la costa.
Sisstt aflojó la mandíbula y sus ojos se estrecharon, al tiempo que intentaba deducir si
el comentario se refería a su estatura o a sus facultades.
- Eso es una insolencia - le recriminó -. Una insolencia y una insubordinación, y haré
que llegue a oídos de ciertas personas.
- Deje de gimotear - dijo Toller, dándose la vuelta.
Bajó corriendo la suave pendiente de la playa hasta donde un grupo de trabajadores se
había reunido para ayudar al aterrizaje. Las múltiples anclas de la nave surcaron la
espuma y subieron sobre la arena, dejando su rastro oscuro que contrastaba con la
blanca superficie. Los hombres asieron las cuerdas, intentando con su peso contrarrestar
los caprichosos intentos de la nave de alzarse con las corrientes. Toller podía ver al
capitán inclinado sobre la baranda delantera de la barquilla dirigiendo las operaciones -
Parecía que en la nave había cierta confusión y varios hombres de la tripulación
forcejeaban entre sí. Posiblemente alguien, que había tenido la mala fortuna de
encontrarse con un ptertha demasiado cerca, habría enloquecido, como a veces ocurría, y
estaría siendo reducido a la fuerza por sus compañeros.
Toller avanzó, agarró un cabo suelto y lo mantuvo tenso, ayudando a dirigir la nave
hacia las estacas de amarre que bordeaban la costa. Al final, la quilla de la barquilla crujió
contra la arena y los hombres de camisas amarillentas saltaron por el costado para
asegurarla. Estaba claro que la proximidad del peligro los había desconcertado. Sudaban
copiosamente mientras apartaban a los trabajadores del pikon con excesiva fuerza, y
empezaban a amarrar la nave. Toller comprendía sus sentimientos y sonrió con simpatía
al ofrecer su cuerda a un tripulante que se acercaba; un hombre de hombros caídos con
la piel de color terroso.
- ¿Por qué sonríe, comemierda? - gruñó el hombre alcanzando la soga.
Toller tiró de la cuerda y, con el mismo movimiento, formó un lazo, apresando el pulgar
del tripulante.
- ¡Discúlpese!
- ¿Pero qué...?
El tripulante hizo ademán de atacar a Toller con su brazo libre, y sus ojos se abrieron
con asombro al descubrir que no se enfrentaba a un técnico científico normal. Volvió la
cabeza para pedir ayuda a otros hombres de la tripulación, pero Toller lo atrajo hacia sí
tirando bruscamente de la cuerda.
- Esto es algo entre usted y yo - dijo tranquilamente, incrementando la fuerza de su
brazo para tensar la cuerda -. ¿Va a disculparse o prefiere que convierta su pulgar en un
desecho?
- Se arrepentirá de esto... - Su voz se apagó y se derrumbó jadeante, con el rostro
empalidecido, cuando una articulación de su pulgar crujió sonoramente -. Pido disculpas.
¡Suélteme! Pido disculpas.
- Eso está mejor - dijo Toller, soltando la cuerda -. Ahora podemos ser amigos.
Sonrió con cordialidad burlona, sin dar señales del desaliento que sentía crecer en su
interior. ¡De nuevo había ocurrido! La respuesta más sensata a un insulto era ignorarlo o
responder amablemente, pero su temperamento se había apoderado de su cuerpo en un
instante, colocándolo a la altura de un ser primitivo gobernado por sus impulsos. El
enfrentamiento con el tripulante no había sido una decisión consciente y, sin embargo,
habría estado dispuesto a lisiarlo si la disculpa no hubiera llegado. Y lo que aún era peor,
se sabía incapaz de echarse atrás. El trivial incidente podía haberse transformado en algo
muy peligroso para todos.
- ¡Amigos! - farfulló el tripulante, apretándose la mano lastimada contra el estómago,
con el rostro contraído por el dolor y el odio -. En cuanto pueda volver a coger una
espada...
Interrumpió su amenaza cuando un hombre barbudo, con un chaleco bordado de
capitán, se dirigió a grandes pasos hacia él. El capitán, de unos cuarenta años, respiraba
ruidosamente y el tejido de color azafrán de su chaleco presentaba unas húmedas
manchas marrones bajo las axilas.
- ¿Qué le pasa, Kaprin? - dijo, mirando con enojo al tripulante.
Los ojos de Kaprin parpadearon funestamente señalando a Toller, después inclinó la
cabeza.
- Me enganché un dedo en la cuerda, señor. Me he dislocado el pulgar, señor.
- Trabaje el doble con la otra mano - dijo el capitán, despidiéndolo con un gesto y
volviéndose hacia Toller -. Soy el capitán Hlawnvert. Usted no es Sisstt. ¿Dónde está él?
- Allí.
Toller señaló al jefe de la estación, que avanzaba torpemente por la ladera de la playa,
llevando una túnica gris que se confundía con las rocas.
- Así que ese loco es el responsable.
- ¿Responsable de qué? - dijo Toller frunciendo el ceño.
- De cegarme con el humo de esas malditas calderas - respondió Hlawnvert, reflejando
su enojo y desprecio y recorriendo con la mirada todo el conjunto de crisoles de pikon y
las columnas de vapor que ascendían hacia el cielo -. Me han dicho que aquí están
intentando fabricar cristales de energía. ¿Es verdad o es un chiste?
Toller, que apenas había recobrado la calma tras el incidente potencialmente
desastroso, se sintió molesto por el tono de Hlawnvert. Lo que más lamentaba en su vida
era haber nacido en una familia de filósofos en vez de en una casta militar, y pasaba gran
parte de su tiempo burlándose de su situación, pero le disgustaba que los forasteros lo
hicieran. Observó al capitán fríamente durante unos segundos, alargando la pausa hasta
casi convertirla en una clara falta de respeto, después habló como si se dirigiese a un
niño.
- Nadie puede fabricar cristales - dijo -. Sólo puede hacerse que se formen; si la
disolución es lo bastante pura.
- Entonces, ¿para qué todo esto?
- Hay buenos depósitos de pikon en esta zona. Estamos extrayéndolo del suelo y
tratando de encontrar una forma de refinarlos hasta lograr la pureza suficiente para que la
reacción se produzca.
- Una pérdida de tiempo - dijo Hlawnvert con repentina seguridad, abandonando el
tema y volviéndose hacia Vorndal Sisstt.
- Buen antedía, capitán - dijo Sisstt -. Me alegro de que haya aterrizado sin problemas.
Di órdenes para que sacaran de inmediato las pantallas anti - ptertha s.
Hlawnvert negó con la cabeza.
- No son necesarias. Además, ya ha logrado hacer bastante daño.
- Yo... - Los ojos azules de Sisstt parpadearon con ansiedad -. No le entiendo, capitán.
- Esa niebla y esos humos pestilentes que están arrojando al cielo enmascaran la nube
natural. Habrá muertos en mi tripulación; y le acuso de ser personalmente responsable.
- Pero... - Sisstt miró con indignación a la línea de acantilados que se perdía en la
lejanía, desde la cual, en una distancia que abarcaba muchos kilómetros, jirones tras
jirones de nubes serpenteaban hacia el mar -. Pero esa clase de nubes es característica
de toda esta costa. No entiendo por qué tiene que culparme...
- ¡Silencio! - Hlawnvert asió con una mano su espada, dio un paso al frente y empujó
con la palma de la otra mano el pecho de Sisstt, haciéndole caer despatarrado -. ¿Está
poniendo en duda mi capacidad? ¿Insinúa que he sido negligente?
- Claro que no. - Sisstt se levantó gateando y se sacudió la arena de la ropa -. Perdone,
capitán. Ahora que llama usted mi atención sobre el tema, me doy cuenta de que el vapor
de nuestras calderas puede ser peligroso para las tripulaciones en ciertas circunstancias.
- Debería instalar balizas de alerta.
- Inmediatamente dispondré que lo hagan - dijo Sisstt -. Hace tiempo que debería
habérsenos ocurrido.
Toller, que presenciaba la escena, sintió en su rostro un calor hormigueante. El capitán
Hlawnvert era corpulento, cosa habitual en los círculos militares, pero también fofo y
obeso, e incluso alguien de la talla de Sissu hubiera podido derribarlo con la ayuda de
unos músculos rápidos y fortalecidos por la rabia. Además, Hlawnvert había sido
incompetente hasta la criminalidad dirigiendo la aeronave, hecho que intentaba ocultar
con sus fanfarronerías; por tanto, un ataque contra él quedaría justificado ante un tribunal.
Pero nada de eso le importaba a Sisstt. De acuerdo con su carácter, el jefe de la estación
se inclinaba servilmente sobre la misma mano que lo había injuriado. Más tarde, se
excusaría de su actitud cobarde con bromas e intentaría compensarla maltratando a sus
subordinados más jóvenes.
A pesar de su curiosidad por el motivo de la visita de Hlawnvert, Toller se sintió
obligado a alejarse, para disociarse del abyecto comportamiento de Sisstt. Cuando estaba
a punto de hacerlo, un tripulante de cabeza rapada, con la insignia blanca de teniente,
pasó rozándolo y se dirigió a Hlawnvert.
- La tripulación está lista para su inspección, señor - dijo con voz que denotaba
eficiencia.
Hlawnvert asintió y dirigió la mirada a la fila de hombres de camisas amarillas, que
esperaban junto a la nave.
- ¿Cuántos han tenido contacto con el polvo?
- Sólo dos, señor. Hemos tenido suerte.
- ¿Suerte?
- Quiero decir, señor, que si no fuera por su gran habilidad, nuestras pérdidas habrían
sido mucho mayores.
Hlawnvert asintió de nuevo, con gesto complacido.
- ¿Quiénes han sido?
- Pouksale y Lague, señor - dijo el teniente -. Pero Lague no lo admite.
- ¿Se ha comprobado el contacto?
- Lo vi yo mismo, señor. El ptertha estaba solo a un paso de él cuando explotó. Tragó el
polvo.
- Entonces, ¿por qué no lo confiesa abiertamente como un hombre? - dijo Hlawnvert
irritado -. Un solo pusilánime como ése puede trastornar a toda la tripulación.
Con el ceño fruncido, miró hacia los hombres que esperaban; después, se volvió hacia
Sissn.
- Tengo un mensaje para usted del gran Glo, pero hay ciertas formalidades que debo
atender antes. Usted esperará aquí.
El color se esfumó del rostro de Sisstt.
- Capitán, sería mejor que le recibiera en mi despacho. Además, tengo algo urgente...
- Usted esperará aquí. - Le interrumpió Hlawnvert, apoyando con fuerza un dedo contra
su pecho y haciendo que el hombrecillo se tambalease -. Será beneficioso para usted
conocer qué daños ha causado la polución del cielo.
Pese al desprecio que sentía por el comportamiento de Sisstt, Toller empezó a desear
intervenir de algún modo para acabar con aquella humillación, pero existía un protocolo
estricto que regía tales asuntos en la sociedad kolkorroniana. Tomar partido por alguien
en un enfrentamiento sin haber sido invitado, constituía una injuria adicional, porque
implicaba que el defendido era un cobarde. Guardando las formas en lo posible, cuando el
capitán se dio la vuelta para dirigirse a la nave, Toller permaneció en su sitio
interrumpiéndole el paso. Pero el desafío implícito pasó inadvertido. Hlawnvert lo esquivó,
volviendo su rostro hacia el cielo, donde el sol se acercaba a Overland.
- Acabemos con este asunto antes de que llegue la noche breve - dijo Hlawnvert a su
teniente -. Ya hemos perdido demasiado tiempo aquí.
- Sí, señor.
El teniente marchó precediéndolo hacia los hombres, alineados al abrigo de la
aeronave que se agitaba continuamente, y alzó la voz.
- Den un paso al frente todos aquellos que tengan motivos para creer que pronto serán
incapaces de cumplir con sus obligaciones.
Tras un momento de duda, un joven de cabello oscuro dio dos pasos al frente. Su cara
triangular estaba tan pálida que casi parecía luminosa, pero su postura era firme e
indicaba que mantenía el control de sí mismo. El capitán Hlawnvert se acercó y colocó
sus manos sobre los hombros del joven.
- Tripulante Pouksale - dijo con calma -, ¿ha inhalado el polvo?
- Así es, señor.
La voz de Pouksale era triste, resignada.
- Usted ha servido a su país con valentía y honestidad, y su nombre llegará hasta el
rey. Ahora, ¿prefiere la Vía Brillante o la Vía Oscura?
- La Vía Brillante, señor.
- Buen chico. Completaremos su sueldo, como si hubiera llegado hasta el final del viaje,
y será enviado a sus parientes más cercanos. Puede retirarse.
- Gracias, señor.
Pouksale saludó y dio la vuelta alrededor de la barquilla de la aeronave, hasta la parte
más alejada. Se colocó allí, oculto a la mirada de sus anteriores compañeros, de acuerdo
a la costumbre, pero el verdugo que se acercó hasta él, fue claramente visto por Toller,
Sisstt y muchos de los trabajadores del pikon situados a lo largo de la costa. La espada
del verdugo era grande y pesada, y su hoja de madera de brakka totalmente negra, sin las
incrustaciones de esmalte con que normalmente se decoraban las armas kolcorronianas.
Pouksale se arrodilló sumisamente. Apenas habían tocado el suelo sus rodillas, cuando
el verdugo, actuando con misericordiosa prontitud, lo despachó por la Vía Brillante. El
escenario que se desplegaba ante Toller, de amarillo ocre y sombras azuladas, tenía
ahora un punto focal rojo vivo.
Al flotar en el aire el sonido de la muerte, un murmullo de inquietud recorrió la fila de
hombres. Varios de ellos alzaron los ojos para contemplar Overland y el apenas
perceptible movimiento de sus labios revelaba que estaban deseando al alma de su
compañero muerto un buen viaje hasta el planeta hermano. Pero, sin embargo, la mayoría
miraban tristemente hacia el suelo. Habían sido reclutados en las bulliciosas ciudades del
imperio, donde existía un considerable escepticismo hacia las enseñanzas de la Iglesia de
que las almas de los hombres eran inmortales y alternaban eternamente entre Land y
Overland. Para ellos, la muerte significaba muerte; no un agradable paseo por el místico
Camino de las Alturas que unía los dos mundos. Toller oyó un tenue sonido ahogado a su
izquierda y, al volverse, vio a Sisstt tapándose la boca con ambas manos. El jefe de la
estación estaba temblando y daba la sensación de que iba a desmayarse en cualquier
momento.
- Si se cae nos llamarán viejas - susurró Toller ferozmente -. ¿Qué le pasa?
- Esta barbarie... - Las palabras de Sisstt apenas se entendían -. Esta terrible
barbarie... ¿Qué esperanza nos queda?
- El tripulante eligió; e hizo lo que debía hacer.
- Usted no es mejor que...
Sisstt dejó de hablar al oír el alboroto que había estallado junto a la nave. Dos
tripulantes agarraban a un tercero por los brazos y, a pesar de sus forcejeos, lo
arrastraron hasta Hlawnvert. El prisionero era alto y delgado, con una incongruente
barriga redonda.
- ...no pudo verme, señor - gritaba -. Yo estaba en la dirección contraria al viento, por
eso el polvo no me llegó. Lo juro, señor; no he tragado el polvo.
Hlawnvert apoyó las manos sobre sus anchas caderas y miró hacia el cielo durante un
momento, denotando su escepticismo; después habló.
- Tripulante Lague, las ordenanzas me exigen que acepte su declaración. Pero deje
que le aclare la situación en que se encuentra. No se le volverá a ofrecer la Vía Brillante.
A los primeros síntomas de fiebre o parálisis será arrojado por la borda. Vivo. Su paga por
todo el viaje será retenida y su nombre se eliminará del registro real. ¿Entiende estos
términos?
- Sí, señor. Gracias, señor.
Lague trató de arrojarse a los pies de Hlawnvert, pero los hombres de los lados se lo
impidieron.
- No hay por qué preocuparse, señor; no he tragado el polvo.
A una orden del teniente, los dos hombres soltaron a Lague y éste, con lentitud, volvió
caminando para unirse a la fila. Los hombres alineados se apartaron para hacerle un sitio,
dejando un espacio mayor de lo necesario, creando una barrera intangible. Toller supuso
que Lague encontraría poco consuelo en los próximos dos días, el tiempo necesario para
que se mostraran los primeros efectos del veneno ptertha.
El capitán Hlawnvert saludó a su teniente entregándole el mando y de nuevo subió por
la ladera hasta donde estaban Sisstt y Toller. Por encima de los rizos de su barba se
apreciaban muestras de sofoco, y las manchas de sudor de su chaleco se habían
agrandado. Levantó la vista hacia la alta cúpula del cielo, donde el borde oriental de
Overland había empezado a iluminarse al ir escondiéndose el sol detrás, e hizo un gesto
de impaciencia, como ordenando al sol que desapareciera más deprisa.
- Hace demasiado calor para esta clase de contratiempos - gruñó -. Tengo que recorrer
un largo camino y la tripulación estará inservible hasta que ese cobarde de Lague sea
eliminado. Deberán cambiarse los reglamentos de seguridad si esos nuevos rumores no
desaparecen pronto.
- Ah... - exclamó Sisstt con un sobresalto, tratando de mantener la compostura -.
¿Nuevos rumores, capitán?
- Se comenta que ciertos soldados murieron en Sorka por tocar víctimas de los
pterthas.
- Pero la pterthacosis no es contagiosa.
- Lo sé - dijo Hlawnvert -. Sólo un cretino pusilánime pensaría dos veces en ello, pero
eso es lo que está haciendo la tripulación ahora. Pouksale era uno de los pocos hombres
de confianza; y lo hemos perdido por culpa de su maldita neblina.
Toller, que había estado observando los pormenores del entierro de los restos de
Pouksale, se sintió nuevamente molesto ante la repetición de la acusación y la
complacencia de su jefe.
- No debe seguir culpando a nuestra neblina, capitán - dijo, dirigiendo una significativa
mirada a Sisstt -. Nadie con autoridad está discutiendo los hechos.
Hlawnvert se volvió hacia él súbitamente.
- ¿Qué quiere decir?
Toller le dedicó una breve y amable sonrisa.
- Quiero decir que todos vimos claramente lo ocurrido.
- ¿Cuál es su nombre, soldado?
- Toller Maraquine; y no soy soldado.
- Usted no es... - La mirada furiosa de Hlawnvert se transformó en una maliciosa burla -
¿Qué es esto? ¿Qué tenemos aquí?
Toller permaneció impasible ante la mirada del capitán que tomaba nota de los
aspectos anómalos de su apariencia: cabello largo y ropas grises de filósofo combinados
con una altura y una musculatura típicas de guerrero. La espada que portaba también lo
distinguía del resto de su familia. Sólo el hecho de que no presentase cicatrices ni tatuajes
lo diferenciaba físicamente de los corpulentos militares.
También él examinó a Hlawnvert, incrementando su hostilidad al seguir el proceso de
los pensamientos claramente reflejados en el sonrojado rostro del capitán. Hlawnvert no
hubiera sido capaz de ocultar su temor ante una posible acusación de negligencia y ahora
se tranquilizaba al comprobar que estaba a salvo. Una simple alusión a la estirpe de su
rival era toda la defensa que necesitaría en la jerarquía de Kolkorron, fundamentada en el
linaje. Sus labios formaron una mueca mientras intentaba escoger entre la multitud de
sarcasmos que tenía a mano.
Adelante, pensó Toller, proyectando el mensaje mudo con toda la fuerza de su ser. Di
las palabras que acabarán con tu vida.
Hlawnvert dudó, como si presintiera el peligro, y nuevamente la correlación de sus
pensamientos se vio con claridad. Quería humillar y desacreditar al advenedizo de dudoso
abolengo que había osado contradecirle, pero sin que implicase un riesgo importante. Y
pedir ayuda sería un paso para convertir un hecho trivial en un serio incidente, que podría
llamar la atención precisamente sobre el asunto que deseaba ocultar. Al fin, decidió su
táctica y forzó una risita.
- Si usted no es soldado, debería tener cuidado llevando esa espada - dijo jovialmente -
Podría sentarse sobre ella y lastimarse.
Toller se negó a facilitarle las cosas al capitán.
- El arma no me amenaza a mí.
- Recordaré su nombre, Maraquine - dijo Hlawnvert en voz baja.
En ese momento el reloj de la estación anunció la noche breve, tañendo el toque
convenido cuando la actividad de los pterthas era alta. Esto produjo un movimiento
general entre los trabajadores del pikon para ponerse a salvo en los edificios. Hlawnvert
dio la espalda a Toller, pasó un brazo sobre el hombro de Sissu y lo condujo hacia la
aeronave amarrada.
- Venga a bordo a beber una copa en mi cabina - dijo -. Se sentirá a gusto y cómodo
allí con la escotilla cerrada y podrá recibir el mensaje del gran Glo en privado.
Toller se encogió de hombros y sacudió la cabeza al ver alejarse a los dos hombres. La
excesiva familiaridad del capitán era una violación de cualquier norma de conducta, y su
descarada hipocresía al abrazar a un hombre a quien acababa de derribar, sólo podía
considerarse un insulto. Trataba a Sisstt como a un perro que podía ser azotado o
mimado según el capricho de su amo. Pero, a la vista de los hechos, al jefe de la estación
parecía no importarle. Una repentina carcajada de Hlawnvert evidenció que Sisstt había
empezado con sus chistecitos, preparando el terreno para la versión del encuentro que
más tarde relataría a sus ayudantes y que esperaba que creyesen. Al capitán le gusta que
la gente piense que es un auténtico ogro; pero cuando se le llega a conocer como yo...
De nuevo, Toller se preguntó sobre el carácter de la misión de Hlawnvert. ¿Qué
órdenes podían ser tan urgentes e importantes para que el gran Glo decidiese enviarlas
con un mensajero especial en vez de esperar a un transporte cotidiano? ¿Existía la
posibilidad de que ocurriera algo que interrumpiese la mortal monotonía de la vida en la
apartada estación? ¿O era esperar demasiado?
Cuando la oscuridad cubrió el oeste, Toller miró hacia el cielo y vio la última esquirla
ardiente del sol desvaneciéndose tras la creciente inmensidad de Overland. Mientras la
luz desaparecía bruscamente, las zonas sin nubes del cielo aparecían atestadas de
estrellas, cometas y espirales de brumosas radiaciones. La noche breve comenzaba y,
bajo su cobertura, las silenciosas burbujas de los pterthas pronto abandonarían las nubes
y, arrastradas por el viento, bajarían hasta la tierra en busca de sus víctimas naturales.
Mirando alrededor, Toller se dio cuenta de que era el único que quedaba fuera. Todo el
personal de la estación se había retirado, y la tripulación de la aeronave estaba encerrada
a salvo en la cubierta inferior. Podía ser acusado de temeridad por permanecer tanto
tiempo en el exterior, pero era algo que solía hacer a menudo. Los flirteos con el peligro
añadían interés a su monótona existencia y era una forma de demostrar la diferencia
esencial entre él y un típico miembro de una familia de filósofos. Subió la suave pendiente
hacia el edificio de los supervisores con paso más lento y despreocupado que nunca. Era
probable que alguien lo hubiese visto, pero su norma de conducta particular le dictaba que
cuanto mayor fuese el riesgo de encontrarse con pterthas menos temor debía demostrar.
Al llegar a la puerta, a pesar de la sensación de hormigueo que sentía en la espalda, se
detuvo un momento antes de levantar la falleba y entrar.
Tras él, dominando la parte sur del cielo, las nueve estrellas brillantes del Árbol
declinaban hacia el horizonte.
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
La residencia oficial del rey Prad Neldeever llamaba más la atención por sus
dimensiones que por su calidad arquitectónica. Las sucesivas generaciones de
gobernantes habían ido añadiendo alas, torres y cúpulas, de acuerdo con sus caprichos
personales, generalmente según el estilo de la época. Como resultado, el edificio parecía
un coral o una de esas estructuras crecientes que fabrican ciertos tipos de insectos. En un
principio, un jardinero paisajista había intentado imponer un cierto grado de orden con
plantaciones sincrónicas de árboles del tipo parbel y rafter, pero a lo largo de los siglos se
habían ido infiltrando otras variedades. El palacio, ya abigarrado por las distintas obras de
albañilería, estaba ahora rodeado por una vegetación igualmente arbitraria en los colores,
que desde cierta distancia resultaba difícil identificar.
Toller Maraquine, sin embargo, no pensaba precisamente en los detalles estéticos
mientras descendía de Monteverde en la retaguardia del modesto séquito de su hermano.
Había llovido antes del amanecer y el aire de la mañana era limpio y tonificante, cargado
del espíritu radiante de los nuevos comienzos. El enorme disco de Overland resplandecía
en lo alto con un brillo claro y muchas estrellas cubrían el azul circundante del cielo. La
ciudad era un conjunto increíblemente diseminado de manchas multicolores que se
extendían a lo largo del curso azul plateado del Borann, donde los veleros dentelleaban
como partículas de nieve.
La alegría de haber vuelto a Ro-Atabri, de haber escapado de la desolación de
Haffanger, había borrado su acostumbrada insatisfacción por su vida como miembro
importante de la orden filosofal. Tras el desafortunado inicio del día, el péndulo de su
humor volvía a elevarse. Su cabeza estaba llena de propósitos para mejorar su habilidad
en la lectura, para buscar aspectos interesantes en el trabajo de la orden y dedicar todas
sus energías a que Lain se sintiese orgulloso de él. Reflexionando, reconoció que Gesalla
tenía todo el derecho a enfurecerse por su comportamiento. No sería más que una simple
cortesía que al volver a casa sacase a Fera de su apartamento.
El tenaz cuernoazul que le había asignado el jefe de cuadras era un animal tranquilo
que parecía conocer por sí solo el camino a palacio. Abandonándolo a sus propios
recursos, dejando que se abriese paso por las calles de bullicio creciente, Toller trató de
elaborar una imagen más clara de su futuro inmediato, una imagen que impresionara a
Lain. Había oído hablar de un grupo de investigadores que trataban de fabricar un
material formado por una mezcla de cerámica y vidrio que sería lo suficientemente
resistente para sustituir al brakka en la fabricación de espadas y armaduras. Era probable
que nunca lo lograran, pero esto le atraía más que tareas como medir la caída de la lluvia,
y a Lain le gustaría saber que él apoyaba el movimiento conservacionista. El siguiente
paso era pensar cómo ganarse la aprobación de Gesalla...
En el momento en que la delegación de los filósofos atravesó el centro de la ciudad y
cruzó el puente Bytran, el palacio y sus tierras se convirtieron en su único panorama. La
comitiva franqueó los cuatro fosos concéntricos adornados con flores, cuya
ornamentación enmascaraba su cometido. Se detuvieron ante la entrada principal del
palacio. Varios guardianes, que parecían enormes escarabajos negros ataviados con sus
pesadas armaduras, se adelantaron con paso perezoso. Mientras el jefe verificaba
laboriosamente el nombre de los visitantes en una lista, uno de sus lanceros se acercó a
Toller y, sin hablar, empezó a revolver con brusquedad entre los planos enrollados en sus
serones. Cuando hubo terminado, se detuvo para escupir en el suelo y luego trasladó su
atención al caballete plegado que iba amarrado sobre la grupa del animal. Tiró tan
fuertemente de los codales de madera brillante, que el cuernoazul dio un paso de costado
hacia él.
- ¿Qué te pasa? - gruñó, lanzando una mirada envenenada a Toller -. ¿No puedes
controlar a este saco de pulgas?
Soy una persona nueva, se juró Toller, y no voy a meterme en líos.
- ¿Puede insultarlo por querer acercarse a usted? - le preguntó sonriendo.
Los labios del lancero articularon algo en silencio mientras se aproximaba a Toller, pero
en ese instante el jefe dio la señal para que la comitiva prosiguiera. Toller instó al animal a
que avanzase y se colocó de nuevo tras el carruaje de Lain. El ligero incidente con el
guardián le había irritado un poco, aunque sin afectarle demasiado, y se sentía contento
de su comportamiento. Había sido un valioso ejercicio para evitar problemas innecesarios,
el arte que pretendía practicar el resto de su vida. Sentado cómodamente en la montura,
disfrutando del paso rítmico y constante del cuernoazul, trasladó sus pensamientos al
asunto que ahora iban a tratar.
Sólo una vez antes había estado en el Palacio Principal, siendo un niño, y tenía un
vago recuerdo de la abovedada Sala del Arco Iris, donde tendría lugar la reunión del
consejo. Dudaba que fuese tan grande e impresionante como la recordaba, pero era el
salón de recepciones más importante del palacio, y actualmente se usaba con frecuencia
para las reuniones. Era evidente que el rey Prad consideraba importante la reunión, algo
que a Toller le asombraba en cierto modo. Toda su vida había escuchado a los
conservacionistas como su hermano proclamando avisos lúgubres sobre las decrecientes
reservas de brakka, pero la vida en Kolkorron seguía más o menos como siempre. Era
cierto que en los últimos años se habían producido restricciones de cristales de energía y
de madera negra, y que su precio subía constantemente, pero siempre se habían
encontrado nuevas reservas. Toller no podía imaginarse que las reservas naturales de
todo el planeta no lograran cubrir las necesidades de sus habitantes.
Cuando la delegación filosofal llegó hasta el montículo sobre el que estaba situado el
palacio, vio que había muchos carruajes reunidos en el patio principal, ante el edificio.
Entre ellos se encontraba el flamante faetón rojo y anaranjado del gran Glo. Tres hombres
con las ropas grises de filósofo estaban allí de pie, y cuando divisaron el carruaje de Lain
avanzaron para detenerlo. Toller reconoció primero la figura rechoncha de Vorndal Sisstt;
después a Duthoon líder de la sección del halvell; y el contorno anguloso de Borreat
Hargeth, jefe de la investigación de armas. Los tres parecían nerviosos y preocupados, y
se acercaron a Lain en cuanto éste bajó de su carruaje.
- Tenemos un problema, Lain - dijo Hargeth, señalando con la cabeza hacia el faetón
de Glo - Será mejor que eches un vistazo a nuestro estimado líder.
Lain frunció el ceño.
- ¿Está enfermo?
- No, no está enfermo; yo diría que nunca se ha sentido mejor.
- No me digas que ha estado...
Lain se dirigió al faetón y abrió la puerta con brusquedad. El gran Glo, que se hallaba
con la cabeza hundida en el pecho, se irguió de golpe, levantando la vista hacia él,
sobresaltado. Sus pálidos ojos azules se fijaron en Lain, después sonrió mostrando sus
dientes inferiores.
- ¡Me alegro de verte, muchacho! - exclamó -. Te dije que éste iba a ser nuestro...
hummm... día. Vamos a arrasar con todo.
Toller saltó también de su montura y la ató en la parte posterior del carruaje, dando la
espalda a los otros para ocultar su risa. Había visto a Glo muy borracho en varias
ocasiones, pero nunca tan obviamente, tan cómicamente incapacitado. El contraste entre
las mejillas rubicundas del eufórico Glo y los semblantes cenicientos de sus
escandalizados colaboradores, hacía la situación aún más divertida. Repasaban ahora a
toda prisa las ideas que tenían sobre la forma de exponer adecuadamente sus planes en
la reunión. Toller no podía prestarles ninguna ayuda, pero le hacía gracia que otra
persona atrajese el tipo de censura que normalmente le estaba reservado a él,
especialmente si el infractor era el propio gran Glo.
- Señor, la reunión empezará enseguida - dijo Lain -. Pero si se encuentra indispuesto,
quizá nosotros...
- ¡Indispuesto! ¿Qué manera de hablar es ésa? - Glo estiró la cabeza y descendió del
vehículo, reposando de pie con una estabilidad forzada -. ¿A qué esperan? Vamos a
ocupar nuestros puestos.
- Muy bien, señor. - Lain se acercó a Toller con una enigmática expresión -. Quate y
Locranan cogerán los planos y el caballete. Quiero que te quedes aquí, junto al carruaje, y
vigiles... ¿Qué es lo que te parece tan gracioso?
- Nada - dijo Toller rápidamente -. Nada, nada.
- No tienes ni idea de la importancia de esta reunión, ¿verdad?
- La conservación también es importante para mí - respondió Toller, intentando infundir
a su voz un tono sincero -. Yo sólo...
- ¡Toller Maraquine! - El gran Glo se acercó con los brazos abiertos, mostrando en sus
ojos la emoción -. No sabía que estuvieras aquí. ¿Cómo estás, muchacho?
Toller se quedó asombrado de que el gran Glo lo reconociera y más aún de que se
mostrase tan efusivo.
- Me encuentro muy bien, señor.
- Ya lo veo. - Glo pasó un brazo sobre los hombros de Toller y se dirigió a los demás -.
Observen qué magnífica figura de hombre; me recuerda la mía cuando yo era... hummm...
joven.
- Deberíamos ir ya a ocupar nuestros puestos - dijo Lain -. No quisiera apremiarle,
pero...
- Tienes razón; no debemos retrasar nuestro momento de... hummm... gloria. - Glo dio
a Toller un afectuoso abrazo, exhalando el aliento del vino -. Vamos, Toller; tienes que
contarme qué has estado haciendo en Haffanger.
Lain se adelantó ansioso.
- Mi hermano no forma parte de la delegación, señor. Se supone que debe esperar
aquí.
- ¡Qué tontería! Vayamos todos.
- Pero no va vestido de gris.
- Eso no importa si está en mi comitiva personal - dijo Glo, con una suavidad que
anulaba cualquier argumento -. Vamos ya.
Toller miró a Lain, levantando las cejas en señal de resignación, mientras el grupo
avanzaba hacia la entrada principal del palacio. Se alegraba de que toda aquella serie de
acontecimientos inesperados le hubieran salvado de lo que prometía ser una espera
enormemente aburrida, pero continuaba decidido a conservar la buena relación con su
hermano. Para él era vital no entorpecer en absoluto la reunión y, en particular, mostrarse
impasible fuera cual fuese el comportamiento del gran Glo durante su celebración.
Ignorando las miradas curiosas de los que se cruzaban con ellos, caminó hacia el palacio
con Glo cogido de su brazo, intentando responder correcta pero concisamente a las
preguntas del anciano, aunque su atención era atraída por el ambiente que los rodeaba.
El palacio también era la sede de la administración kolkorroniana y le dio la impresión
de ser una ciudad dentro de otra. Sus pasillos y vestíbulos estaban abarrotados de
hombres con caras lúgubres cuyo comportamiento revelaba que sus preocupaciones no
eran las de los ciudadanos corrientes. Toller fue incapaz de imaginar cuáles debían ser
sus ocupaciones o los temas de las conversaciones que susurraban. Sus sentidos
estaban inundados por la opulencia de las alfombras y tapices, pinturas y esculturas, por
los recargados techos abovedados. Incluso las puertas menos importantes parecían
talladas en tablas de una pieza de parette, elvart o madera vidriada, representando cada
una de ellas, quizás un año de trabajo de un maestro artesano.
El gran Glo parecía ajeno al ambiente del palacio, pero Lain y el resto de la comitiva se
mostraban visiblemente subyugados. Avanzaban en un grupo unido, como soldados en
un territorio hostil. Tras un largo recorrido, llegaron a una enorme puerta doble guardada
por dos ostiarios de armaduras negras. Glo se abrió paso hasta la gran sala elíptica que
había tras ellos. Toller se apartó para dejar que su hermano le precediera, y casi se quedó
sin respiración al ver, por primera vez siendo adulto, la famosa Sala del Arco Iris. La
bóveda de su techo estaba totalmente compuesta por paneles cuadrados de vidrio
sostenidos por una intrincada celosía de brakka. La mayoría de los paneles eran de color
azul pálido o blanco, representando el cielo y las nubes, pero a un lado había siete franjas
curvas que reproducían los colores del arco iris. La luz que se filtraba por la cúpula teñía
toda la sala de un resplandor encendido.
En el punto más lejano de la elipse, había un trono grande y sobrio sobre la parte más
alta de un estrado. En el segundo nivel se encontraban alineados otros tres tronos de
menor tamaño, que serían ocupados por los príncipes cuando apareciesen.
Antiguamente, todos los príncipes debían ser hijos del reinante, pero la expansión y el
desarrollo del país había hecho más conveniente aceptar que algunos puestos del
gobierno los ocupasen descendientes colaterales. Éstos eran numerosos, gracias a la
licencia sexual autorizada para la nobleza, y generalmente era posible adjudicar
responsabilidades importantes a hombres apropiados. En esta monarquía, sólo
Leddravohr y el apático Pouche, controlador de las finanzas públicas, eran reconocidos
como hijos del rey.
Enfrentados a los tronos estaban los asientos dispuestos en secciones radiales para
las órdenes relacionadas con temas que iban desde las artes y la medicina a la religión y
la educación proletaria. La orden de filosofía ocupaba el sector central, de acuerdo con la
tradición que databa de la época de Bytran IV, quien creía que el conocimiento científico
era la base sobre la que se construiría el imperio mundial futuro. En los siglos siguientes
había llegado a parecer que la ciencia había alcanzado ya todo el saber relativo al
funcionamiento del universo, y la influencia del pensamiento de Bytran decayó. Pero la
orden de los filósofos continuaba manteniendo muchos de los privilegios de su anterior
relevancia, a pesar de la oposición de aquellos cuyo pensamiento era más pragmático.
Toller sintió una admiración benevolente por el gran Glo, cuando el hombrecillo
rechoncho, con su gran cabeza inclinada hacia atrás y su estómago prominente, avanzó
por la sala para ocupar su puesto ante los tronos. El resto de la delegación de los filósofos
se acomodó en silencio detrás de él, intercambiando miradas de tanteo con sus
oponentes de los sectores vecinos. Había más personas de las que esperaba Toller,
quizá cien en total, contando a los secretarios y consejeros además de los miembros de
las otras órdenes. Toller, ahora profundamente agradecido por su posición de
supernumerario, se colocó en una fila detrás de los asistentes de cálculo de Lain y esperó
a que el acto comenzara.
Se oía un murmullo general punteado por toses y Glguna ocasional risa nerviosa, hasta
que sonó la corneta ceremonial y el rey Prad y los tres príncipes entraron en la sala por
una puerta privada junio al estrado.
A sus más de sesenta años, el soberano, alto y delgado, se conservaba bien a pesar
de su ojo blanco lechoso que se negaba a cubrir. Aunque la figura de Prad era
impresionante y majestuosa, ataviado con sus ropas de color carmín, la atención de Toller
fue atraída por la potente y corpulenta apariencia del príncipe Leddravohr. Vestía una
coraza blanca hecha de múltiples capas de lino aprestado, moldeado con la forma de un
perfecto torso masculino; y era evidente, por lo que podía verse de sus brazos y piernas,
que la coraza no falseaba lo que cubría. Su rostro afeitado de cejas oscuras sugería un
poder innato y su comportamiento delataba claramente que no tenía ningún interés en
estar presente en la reunión del consejo. Toller sabía que había participado en centenares
de conflictos sangrientos y sintió una punzada de envidia al advertir el desdén con que
Leddravohr contempló a la asamblea antes de ocupar el trono central en la segunda fila.
Él soñaba con desempeñar el mismo papel, el de un príncipe guerrero, que abandonaba
de mala gana las fronteras peligrosas para atender a las trivialidades de la existencia civil.
Un oficial golpeó el suelo tres veces con su bastón para indicar el comienzo de la
reunión del consejo. Prad, conocido por la informalidad con que presidía la corte, empezó
a hablar inmediatamente.
- Les agradezco su asistencia hoy aquí - dijo, usando las inflexiones del kolkorroniano
formal -. Como saben, el tema a tratar es la creciente escasez de brakka y de cristales de
energía. Pero antes de escuchar sus opiniones, es mi deseo comentar otro asunto,
aunque sólo sea para que quede clara su relativa insignificancia para la seguridad del
imperio. No me refiero a los informes de distintas fuentes de que los pterthas se han
incrementado notablemente durante el curso de este año. Según mi meditada opinión, el
incremento aparente puede atribuirse al hecho de que nuestros ejércitos, por primera vez,
están operando en regiones de Land donde, a causa de las condiciones naturales,
siempre han abundado los pterthas. He dado instrucciones al gran Glo para que organice
un reconocimiento completo que proporcionará datos más fiables, pero en cualquier caso
no hay ninguna razón para alarmarse. El príncipe Leddravohr me asegura que los
procedimientos existentes y las armas anti - ptertha s son más que adecuados para
cualquier urgencia. Más preocupantes son los rumores de que han muerto soldados como
resultado del contagio por víctimas de pterthas. Los rumores provienen de unidades del
Segundo Ejército del frente de Sorka, y se han extendido rápidamente, como suele pasar
con las falsedades dañinas, hasta Loongl en el este y Yalrofac en el oeste.
Prad se interrumpió inclinándose hacia delante; su ojo ciego brillaba.
- El efecto desmoralizador de esa clase de alarmas es una amenaza mayor para
nuestros intereses nacionales que un incremento del doble o el triple en la población de
pterthas. Todos los que estamos en esta sala sabemos que la pterthacosis no puede
transmitirse por contacto corporal o por cualquier otro medio. Es deber de todos los que
estamos aquí que estas dañinas historias sean erradicadas rápida y eficazmente.
Debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para promover un sano escepticismo
en las mentes del proletariado; y me refiero particularmente a los profesores, poetas y
sacerdotes.
Toller dirigió una mirada a cada lado y vio a los líderes de las distintas delegaciones
asintiendo con la cabeza, mientras tomaban sus notas. Le resultó sorprendente que el rey
tuviera que tratar asuntos tan triviales personalmente, y durante unos segundos consideró
la alarmante idea de que realmente podría haber algo de verdad en aquellos extraños
rumores. Los soldados rasos, marinos y tripulantes aéreos, mantenían la impasibilidad
reglamentaria; pero, por otra parte, tendían a ser ignorantes y crédulos. Sopesando, no
veía ninguna razón para creer que hubiese algo más que temer de los pterthas de lo que
se había demostrado en la era anterior de la larga historia de Kolkorron.
- ...tema principal de discusión - decía el rey Prad -. Los informes de la Autoridad
Portuaria muestran en el año 2625 nuestras importaciones de brakka desde las seis
provincias ascendieron sólo a 118.426 toneladas. Éste es el duodécimo año sucesivo en
que el total desciende. La producción de pikon y halvell también ha sufrido la
correspondiente bajada. No existen datos sobre la producción de aquí, pero las
estimaciones preliminares son menos alentadoras de lo normal.
»La situación está agravada por el hecho de que el consumo militar e industrial,
especialmente de cristales, continúa creciendo. Parece que nos aproximamos a un
período crucial para la prosperidad de nuestro país, y que debemos desarrollar
estrategias de largo alcance para tratar el problema. Ahora consideraremos vuestras
propuestas.
El príncipe Leddravohr, que había permanecido en silencio durante la introducción de
su padre, se puso de pie inmediatamente.
- Majestad, no es mi intención mostrarme discrepante, pero confieso que crece mi
impaciencia ante toda esta charla sobre la escasez y disminución de los recursos. La
verdad es que existe abundancia de brakka; suficiente para satisfacer nuestras
necesidades durante los siglos venideros. Hay grandes bosques de brakkas que aún
están intactos. La verdadera deficiencia está en nosotros mismos. Nos falta resolución
para apartar nuestros ojos de los grandes días de Land y avanzar reclamando lo que nos
corresponde por derecho.
Una ráfaga de excitación recorrió la sala, lo que hizo que Prad levantase su mano para
calmarla. Toller se incorporó en el asiento, alertado.
- No toleraré que se hable de ir contra Chamteth - dijo Prad, con una voz más grave y
fuerte que antes.
Leddravohr volvió su rostro hacia él.
- Tarde o temprano sucederá, ¿por qué esperar?
- Repito que no toleraré que se hable de una guerra mayor.
- En ese caso, majestad, solicito su permiso para retirarme - dijo Leddravohr con un
ligero tono de insolencia -. No puedo participar en una discusión que está privada de toda
lógica.
Prad sacudió la cabeza como un pájaro.
- Vuelve a ocupar tu asiento y reprime tu impaciencia; tu nuevo interés por la lógica
puede que pronto te resulte útil. - Sonrió al resto de la reunión, como diciendo: incluso un
rey tiene problemas con los hijos rebeldes, e invitó al príncipe Chakkell a exponer sus
ideas sobre la reducción del consumo industrial de cristales de energía.
Toller se relajó mientras Chakkell hablaba, pero no podía apartar sus ojos de
Leddravohr, que ahora permanecía recostado, mostrando un exagerado aburrimiento.
Estaba intrigado, inquieto y extrañamente interesado por el descubrimiento de que el
príncipe militar consideraba la guerra con Chamteth como algo deseable e inevitable a la
vez. Poco se sabía sobre la exótica tierra que, en la parte más alejada del mundo, no era
alcanzada por la sombra de Overland y, por tanto, tenía un día ininterrumpido.
Los mapas de que se disponía eran muy antiguos y de dudosa exactitud, pero
mostraban a Chamteth tan grande como el imperio kolkorroniano e igualmente poblado.
Pocos viajeros de los que penetraron allí habían vuelto, pero sus informes eran unánimes
en lo referente a la descripción de los enormes bosques de brakkas. Sus reservas no se
habían reducido, porque los chamtethanos consideraban un grave pecado interrumpir el
ciclo de vida del árbol de brakka. Conseguían cantidades limitadas de cristales perforando
agujeros en las cámaras de combustión, y restringían el uso de la madera negra a la que
podían obtener de los árboles muertos por causas naturales.
La existencia de tan fabulosa mina había atraído el interés de los gobernantes
kolkorronianos del pasado, pero nunca se había llevado a cabo ninguna acción guerrera
verdaderamente importante. Una de las causas era lo apartado que estaba el país; la otra
que los chamtethanos tenían fama de guerreros feroces, tenaces y bien dotados. Se
pensaba que su ejército era el único consumidor de cristales en el país y, ciertamente, los
chamtethanos eran conocidos por su empleo excesivo del cañón; una de las formas más
extravagantes de derrochar cristales. Se encontraban también totalmente aislados,
rechazando toda relación comercial o cultural con otras naciones.
- El coste de la invasión de Chamteth, por una u otra causa, siempre se había
considerado excesivo, y Toller siempre había creído que esta situación era una parte
inamovible del orden natural de las cosas. Pero acababa de oír hablar de cambio, y tenía
un gran interés personal en esa posibilidad.
Las divisiones sociales en Kolkorron eran tales que, en circunstancias normales, a un
miembro de la gran familia de familias vocacionales no le estaba permitido cruzar las
barreras. Toller, inquieto y resentido por haber nacido en la orden de los filósofos, había
realizado muchos intentos inútiles para lograr ser aceptado en el servicio militar. Lo que
más le exasperaba de su fracaso era saber que no habría encontrado ningún obstáculo
para entrar en el ejército si hubiera formado parte de las masas proletarias. Podría
haberse preparado para servir como soldado de línea en los puestos más inhóspitos del
imperio, si no fuese porque su rango social le impedía ocupar un estatus inferior al de
oficial; un honor celosamente guardado por la casta de los militares.
Todo aquello, comprendía ahora Toller, era similar a lo que ocurría en otros asuntos del
país que seguían una tradición familiar de siglos de antigüedad. Una guerra con Chamteth
obligaría a profundos cambios en Kolkorron; sin embargo, el rey Prad no ocuparía el trono
indefinidamente. Era probable que fuese sustituido por Leddravohr en un futuro no
demasiado remoto; y cuando eso ocurriese, el antiguo sistema sería barrido. Parecía
como si la fortuna de Toller dependiera directamente de la de Leddravohr y la simple
esperanza era suficiente para producir en su conciencia una corriente de oscura
excitación. La reunión del consejo, que él esperaba rutinaria y aburrida, estaba resultando
ser una de las oportunidades más interesantes de su vida.
Sobre el estrado, el príncipe Chakkell, moreno, calvo y barrigón, terminaba de exponer
sus comentarios introductorios, afirmando que se necesitaba el doble del suministro actual
de pikon y halvell para las excavaciones, en caso de que se continuasen llevando a cabo
los proyectos de construcción.
- Creo que tus intereses no coinciden con los de los aquí reunidos - comentó Prad,
empezando a mostrarse un poco exasperado -. ¿Puedo recordarte que esperábamos tus
ideas sobre cómo reducir la demanda?
- Discúlpeme, majestad - dijo Chakkell, contradiciendo con su tono obstinado esas
palabras.
Era hijo de un noble de oscura procedencia y había ganado su rango mediante una
combinación de energía, astucia y controlada ambición, y no era ningún secreto para las
jerarquías superiores de la sociedad kolkorroniana que abrigaba esperanzas de ver un
cambio en las reglas de sucesión que pudieran permitir a uno de sus hijos ascender al
trono. Aquellas aspiraciones, junto con el hecho de que era el principal competidor de
Leddravohr respecto a los productos de brakka, significaba que existía un candente
antagonismo entre ellos; pero en esta ocasión, ambos estaban de acuerdo. Chakkell se
sentó y cruzó los brazos, haciendo notar que cualquier opinión que tuviese respecto al
tema de la conservación no sería del agrado del rey.
- Parece ser que hay una falta de entendimiento sobre un problema extremadamente
serio - dijo Prad severamente -. Debo resaltar que el país se enfrenta a una serie de años
de grandes restricciones en las comodidades básicas, y espero una actitud más positiva
por parte de mis administradores y consejeros en lo que queda de esta reunión. Quizá
quede clara la gravedad de la situación si el gran Glo nos informa de los progresos que se
han logrado en los intentos por producir pikon y halvell por medios artificiales. Aunque
nuestras expectativas son grandes respecto a eso, hay, como ahora oirán, todavía mucho
que hacer y nos corresponde urdir un plan de acuerdo a ello. Háganos saber sin demora y
concisamente lo que tiene que decir, gran Glo.
Se produjo un silencio durante el cual no ocurrió nada; después, Borreat Hargeth,
situado en la segunda fila del sector de los filósofos, se inclinó hacia delante y golpeó el
hombre de Glo. Éste, inmediatamente, saltó en su asiento, obviamente sobresaltado, y
alguien al otro lado del pasillo, a la derecha de Toller, dejó escapar una risa ahogada.
- Perdone, majestad, estaba reflexionando - dijo el gran Glo, en un tono
innecesariamente alto -. ¿Cuál era su... hummm... pregunta?
Sobre el estrado, el príncipe Leddravohr se cubrió el rostro con una mano, para ocultar
su vergüenza y el mismo hombre situado a la derecha de Toller, soltó una nueva
carcajada. Toller se volvió en aquella dirección, frunciendo el ceño, y el hombre, un oficial
de la delegación médica del gran Tunsfo, enmudeció en el acto al advertirlo.
El rey suspiró con tolerancia.
- Mi pregunta, si puede usted hacernos el honor de fijar su mente en ella, estaba
relacionada con los experimentos realizados con el pikon y en halvell. ¿Cuál es el estado
de las cosas?
- ¡Ah! Sí, majestad, de hecho la situación está... hummm... como le informé en nuestra
última entrevista. Hemos realizado grandes avances... avances sin precedentes... en la
extracción y purificación del verde y el púrpura. Debemos estar orgullosos. Lo que aún
nos queda por conseguir en esta... Fase es perfeccionar el método para eliminar los
contaminantes que impiden que los cristales reaccionen unos con otros. Esto resulta...
hummm... difícil.
- Se está contradiciendo, Glo. ¿Están haciendo progresos en la purificación o no?
- Nuestros progresos son excelentes, majestad. Es decir, hasta donde se ha llegado.
Sólo es una cuestión de disolventes y temperaturas y... hummm... reacciones químicas
complejas. Nos encontramos entorpecidos en la marcha por no encontrar el disolvente
adecuado.
- A lo mejor se lo ha bebido el viejo loco - dijo Leddravohr a Chakkell, sin hacer el
menor esfuerzo por modular su voz. La risa que secundó sus palabras estaba
acompañada de una cierta inquietud. La mayoría de los presentes no había presenciado
nunca que un hombre de la categoría de Glo fuese insultado tan directamente.
- ¡Basta! - El ojo lechoso de Prad se dilató y se estrechó varias veces; algo que podía
considerarse como una advertencia -. Gran Glo, cuando hablé con usted hace unos días
me dio a entender que podían empezar a producir cristales puros de aquí a dos o tres
años. ¿Está diciendo otra cosa ahora?
- No sabe lo que está diciendo - comentó irónicamente Leddravohr, dirigiendo una
mirada desdeñosa al sector de los filósofos.
Toller, imposibilitado para reaccionar de otra forma, irguió los hombros tanto como le
fue posible, sosteniendo la mirada de Leddravohr, mientras una voz en su interior le
recordaba sus nuevos propósitos de ser sensato y no meterse en problemas.
- Majestad, esto es un asunto de mucha... hummm... complejidad - dijo Glo, ignorando
a Leddravohr -. No podemos considerar el tema de los cristales como algo aislado.
Incluso aunque ahora tuviésemos reservas ilimitadas de cristales... Están los árboles de
brakka... Nuestras
plantaciones... Hacen falta seis siglos para que los árboles se desarrollen y...
- Querrá decir seis décadas, ¿no?
- Creo que dije seis décadas, majestad, pero tengo otra propuesta que desearía que
considerase. - La voz de Glo temblaba mientras seguía hablando con ligeras
interrupciones -. Tengo el honor de presentarle un plan visionario que se adaptará al
futuro de esta gran nación. Dentro de mil años nuestros descendientes mirarán hacia su
reinado con admiración cuando...
- ¡Gran Glo! - Prad parecía atónito e irritado -. ¿Está enfermo o borracho?
- Ni una cosa ni otra, majestad.
- Entonces, deje su charlatanería visionaria y responda a mi pregunta sobre los
cristales.
Glo parecía respirar con dificultad, hinchando el pecho bajo su túnica gris.
- Me temo que estoy algo indispuesto. - Apoyándose en un costado se dejó caer sobre
su asiento con un sonoro golpe -. Mi matemático mayor, Lain Maraquine, expondrá los
hechos... hummm... por mí.
Toller, con ansiedad creciente, observó cómo su hermano se levantaba haciendo una
reverencia hacia el estrado e indicando a sus ayudantes, Quate y Locranan, que
acercaran el caballete y los planos. Éstos obedecieron desplegando el caballete con torpe
nerviosismo, prolongando una tarea que no requería más de un instante. Aún fue
necesario más tiempo para desplegar los planos y colgarlos adecuadamente ante el
estrado. Incluso el apático príncipe Pouche empezaba a impacientarse. Toller se inquietó
al advertir el nerviosismo de su hermano.
- ¿Qué pretendes, Maraquine? - dijo el rey, con tono poco cordial -. ¿Voy a volver a las
clases escolares a mi edad?
- Los gráficos son útiles, majestad - dijo Lain -. Representan los factores que rigen el...
El resto de su explicación, mientras señalaba los factores clave sobre los claros
diagramas, fue inaudible.
- No te oigo - gritó Chakkell con insolencia -. ¡Habla más alto!
- ¿Qué modales son ésos? - dijo Leddravohr, volviéndose hacia él -. ¿Qué forma es
ésa de dirigirse a una jovencita tímida?
Unos cuantos hombres de la sala le corearon con sus carcajadas.
Esto no puede seguir así, pensó Toller, levantándose bruscamente, fuera de sus
casillas. El código de conducta kolkorroniano establecía que responder a una
provocación, y un insulto se consideraba como tal, dirigido a un tercer significaba
aumentar la ofensa inferida a éste. Era como insinuar que el insultado era demasiado
cobarde para defender su propio honor. Lain había declarado en muchas ocasiones que
su deber como filósofo era mantenerse al margen de esos comportamientos irracionales,
que el antiguo código era más apropiado a animales pendencieros que a hombres
racionales. Sabiendo que su hermano no lo haría y no pudiendo él responder a la
provocación de Leddravohr, sabiendo además que estaba excluido de cualquier
intervención activa, Toller optó por la única posibilidad que le quedaba. Permaneció de
pie, diferenciándose de los otros que seguían inmóviles en sus asientos, esperando que
Leddravohr reparase en él y comprendiese su posición física y mental.
- Basta, Leddravohr. - El rey golpeó los brazos de su trono -. Quiero oír lo que el
ponente tiene que decir. Adelante, Maraquine.
- Majestad, yo...
Lain temblaba ahora con tal violencia que sus ropas se agitaban.
- Intenta calmarte, Maraquine. No quiero que se alargue este discurso; bastará con que
me digas cuántos años pasarán, según tu opinión, antes de que podamos producir pikon y
halvell puro.
Lain respiró profundamente, luchando consigo mismo para controlarse.
- Es imposible hacer una predicción de ese tipo.
- Dame tu opinión personal. ¿Dirías que cinco años?
- No, majestad. - Lain observó de reojo al gran Glo y se sobrepuso para hacer su voz
más firme -. Si incrementamos diez veces los gastos de investigación... con suerte...
dentro de veinte años podríamos producir cristales aprovechables. Pero no existe ninguna
garantía de que lo logremos. Sólo hay un camino sensato y lógico para nuestro país y es
prohibir totalmente que se talen brakkas en los próximos veinte o treinta años. De esa
forma...
- Me niego a seguir escuchando más. - Leddravohr se puso en pie y descendió del
estrado -. ¿Dije jovencita? Estaba equivocado; ¡no es más que una vieja! Recoja sus
faldas y lárguese de aquí, vieja, y no olvide sus cachivaches.
Leddravohr avanzó a grandes pasos hacia el caballete apartándolo de un manotazo,
tirándolo al suelo.
Durante el alboroto que se produjo a continuación, Toller abandonó su lugar y, con
paso firme, se acercó a su hermano. En el estrado, el rey ordenaba a Leddravohr que
volviese a su asiento; pero su voz apenas era audible entre los gritos furibundos de
Chakkell y la conmoción general de la sala. Un oficial de la corte golpeaba el suelo con su
bastón, consiguiendo sólo aumentar el ruido. Leddravohr miró directamente hacia Toller
con ojos fríos e iracundos, pero pareció no verlo al volverse en redondo para encarar a su
padre.
- Con su permiso, majestad - gritó con voz que provocó un palpitante silencio en la sala
-. Sus oídos no pueden seguir soportando esta perorata de los llamados pensadores.
- Soy perfectamente capaz de tomar decisiones por mí mismo - respondió Prad
secamente -. Debo recordarte que esto es una reunión del Gran Consejo, no un campo de
reyertas para tus condenadas tropas.
Leddravohr no se contuvo en su desprecio hacia Lain.
- Siento más estima por el más humilde soldado al servicio de Kolkorron que por esta
vieja de rostro lívido.
Su reiterado desacato al rey incrementó el silencio bajo la cúpula de vidrio y, en esa
tensa quietud, Toller dejó escapar su propio desafío. Hubiera sido un delito similar a la
traición, y castigado con la muerte, que cualquier persona de su condición tomase la
iniciativa de retar a un miembro de la monarquía, pero la ley le permitía atacar
indirectamente dentro de unos límites para provocar una respuesta.
- Parece que «vieja» es el epíteto favorito del príncipe Leddravohr - dijo a Vorndal
Sisstt, que se hallaba sentado junto él -. ¿Quiere decir esto que es siempre muy prudente
eligiendo sus adversarios?
Sisstt, traspuesto, se recostó encogiéndose en su asiento, intentando demostrar
nerviosamente su disidencia cuando Leddravohr se volvió para identificar a quien había
hablado. Viendo a Leddravohr de cerca por primera vez, Toller apreció su fuerte
mandíbula, su semblante sin arrugas, caracterizado por una curiosa tersura escultural,
casi como si sus músculos estuviesen enervados e inmóviles. Era un rostro inhumano,
privado de las fluctuaciones comunes en la expresión, donde solamente los ojos bajo
unas cejas espesas delataban sus pensamientos. En este caso, los ojos de Leddravohr
evidenciaban, mientras examinaban con todo detalle al joven, que era mayor su
incredulidad que su furia.
- ¿Quién eres tú? - preguntó al fin -. ¿O debería decir qué eres tú?
- Mi nombre es Toller Maraquine, príncipe, y tengo el honor de ser filósofo.
Leddravohr levantó la vista hacia su padre y sonrió, como para demostrar que cuando
lo consideraba un deber filial, podía aguantar una provocación extrema. A Toller no le
gustó la sonrisa, que desapareció en un instante, como cuando se corre una cortina, sin
afectar a ninguna otra parte de su rostro.
- Bien, Toller Maraquine - dijo Leddravohr -, es una suerte que en la casa de mi padre
no se lleven nunca armas.
Déjalo, trataba Toller de convencerse a sí mismo. Ya has manifestado tu opinión, a
pesar de todo, impunemente.
- ¿Suerte? - dijo tranquilamente -. ¿Para quién?
La sonrisa de Leddravohr no se alteró, pero sus ojos se volvieron opacos, como pulidos
guijarros marrones. Dio un paso hacia delante y Toller se preparó para la lucha física;
pero en ese preciso momento, el delicado eje de la confrontación fue quebrado desde una
dirección inesperada -
- Majestad - dijo el gran Glo, levantándose de repente, con aspecto cadavérico pero
hablando, sorprendentemente, con fluidez y claridad -. Le ruego, por el bien de Kolkorron,
que escuche la propuesta que antes mencioné. Por favor, no permita que una leve
indisposición impida que usted oiga el plan, cuyas implicaciones superan el presente y el
futuro próximo, y a largo plazo atañerán a la propia existencia de nuestra gran nación.
- No se mueva, Glo. - El rey se levantó también y apuntó hacia Leddravohr con los
índices de ambas manos, concentrando en él toda la fuerza de su autoridad -.
Leddravohr, ahora volverás a ocupar tu asiento.
Leddravohr contempló al rey durante unos segundos con expresión impasible, después
dio la espalda a Toller y, lentamente, caminó hacia el estrado. Toller se sobresaltó al notar
que su hermano le apretaba el brazo con la mano.
- ¿Qué pretendes? - murmuró Lain, escudriñando con su mirada aterrada el rostro de
su hermano -. Leddravohr ha matado a muchos por menos.
Toller apartó el brazo.
- Aún estoy vivo.
- No tienes ningún derecho a inmiscuirte.
- Pido perdón por el insulto - dijo Toller -. Pensé que uno más no importaría.
- Sabes lo que pienso de tu infantil...
Lain enmudeció al acercarse el gran Glo.
- El muchacho no puede evitar ser tan impetuoso; yo era igual a su edad - dijo.
El brillo de su frente demostraba que cada poro de su piel destilaba sudor. Bajo los
amplios pliegues de su túnica, su pecho se dilataba y se contraía con inquietante rapidez,
expeliendo el olor del vino.
- Señor, creo que debería sentarse y tranquilizarse - dijo Lain en voz baja -. No es
necesario que se someta a más...
- ¡No! Tú eres el que debe sentarse. - Glo señaló dos asientos cercanos y esperó a que
Lain y Toller se acomodasen en ellos -. Eres un hombre bueno, Lain, pero fue un error de
mi parte confiarte una tarea que es constitucionalmente... hummm... insostenible. Ahora
se precisa valentía, valentía en los cálculos. Eso es lo que nos hizo ganar el respeto de
los antiguos reyes.
Toller, morbosamente interesado por cada movimiento de Leddravohr, advirtió que,
sobre el estrado, el príncipe concluía una conversación murmurada con su padre. Los dos
hombres se sentaron y Leddravohr, inmediatamente, volvió su mirada escrutadora en la
dirección de Toller. A un casi imperceptible asentimiento del rey, un oficial golpeó el suelo
con su bastón para acallar los murmullos que invadían toda la sala.
- ¡Gran Glo! - La voz de Prad parecía ominosamente serena -. Disculpe la descortesía
mostrada hacia los miembros de su delegación, pero también quisiera añadir que no
debemos perder el tiempo de la reunión con sugerencias frívolas. Ahora, si le otorgo el
permiso para que exponga aquí los factores esenciales de su gran plan, ¿podrá llevarlo a
cabo rápida y escuetamente, sin aumentar mis tribulaciones de este día que ya ha tenido
tantas?
- ¡Con mucho gusto!
- Entonces, adelante.
- Enseguida, majestad. - Glo se volvió hacia Lain, guiñándole el ojo y susurrándole -:
¿Recuerdas lo que dijiste de que volaba más alto y veía más lejos? Ahora tendrás
razones para reflexionar sobre esas palabras, muchacho. Tus gráficos hablaban de una
historia que ni si siquiera tú comprendes, pero yo...
- Gran Glo - dijo Prad -, estoy esperando.
Glo le dedicó una complicada reverencia, realizando unas florituras con la mano
acordes con sus palabras altisonantes.
- Majestad, el filósofo tiene muchos deberes, muchas responsabilidades. No sólo debe
abarcar con su mente el pasado y el presente, debe iluminar los múltiples caminos hacia
el futuro. Cuanto más oscuros y... hummm... peligrosos sean estos caminos, más alto...
- ¡Vaya al grano, Glo!
- Muy bien, majestad. Mi análisis de la situación en la que se encuentra Kolkorron hoy
en día, muestra que las dificultades para obtener brakka y cristales de energía están
creciendo hasta un punto en que... hummm..., sólo con medidas enérgicas y previsoras se
evitará el desastre nacional. - La voz de Glo temblaba de emoción -. Mi opinión es que
como los problemas que nos atañen crecen y se multiplican, debemos ampliar nuestra
capacidad de acuerdo a ellos. Si queremos mantener nuestra posición hegemónica en
Land, debemos volver la vista, no hacia las naciones insignificantes que nos rodean, con
sus escasos recursos, sino hacia el cielo. Todo el planeta Overland suspendido sobre
nosotros está aguardando, como un delicioso fruto preparado para ser recogido. Está
dentro de nuestras posibilidades desarrollar un método para ir allí y...
El final de la frase fue ahogado por una corriente exaltada de risas.
Toller, cuya mirada se había quedado fija en la de Leddravohr, se volvió al oír unos
gritos a su derecha. Vio que detrás de la delegación médica de Tunsfo, el gran Prelado
Balountar se había puesto en pie y señalaba al gran Glo con un dedo acusador, con su
pequeña boca desencajada por la excitación.
Borreat Hargeth, sentado junto a Toller, se inclinó sobre su fila y presionó el hombro de
Lain.
- Haz que se siente ese viejo loco - le susurró escandalizado -. ¿Tú sabías que iba a
hacer esto?
- ¡Por supuesto que no! - El enjuto rostro de Lain estaba lívido -. ¿Y cómo voy a
detenerlo?
- Será mejor que hagas algo antes de que todos quedemos como unos idiotas.
- ...hace tiempo se sabe que Land y Overland comparten una atmósfera común -
seguía declamando Glo, totalmente ajeno a la conmoción que había provocado -. Los
archivos de Monteverde contienen dibujos detallados de globos de aire caliente capaces
de ascender a...
- En nombre de la Iglesia, le ordeno que cese esa blasfemia - gritó el gran Prelado,
abandonando su lugar para adelantarse hasta Glo, con la cabeza inclinada hacia delante,
oscilando de un lado a otro como la de las aves zancudas.
Toller, que era anticlerical por instinto, dedujo por la violenta reacción de Balountar que
el prelado era un alternacionista convencido. A diferencia de muchos prelados mayores,
que aparentaban estar de acuerdo con su credo para percibir grandes estipendios,
Balountar creía realmente que después de la muerte el espíritu emigraba a Overland, se
reencarnaba en un nuevo infante recién nacido, y volvía a Land de la misma manera, en
un ciclo de existencia interminable.
Glo hizo un gesto desdeñoso hacia Balountar.
- La dificultad principal está en la región de gravedad... hummm... neutral en el punto
medio de la trayectoria donde, desde luego, la densidad diferencial entre el aire frío y el
caliente no tiene ningún efecto. Este problema puede solucionarse proveyendo a las
naves con tubos de reacción que...
Glo enmudeció bruscamente cuando Balountar se le acercó en una rápida embestida,
con sus ropas negras agitándose, y lo golpeó en la boca. Toller, que no se imaginaba que
el clérigo fuese a usar la fuerza, saltó de su asiento. Agarró las huesudas muñecas de
Balountar e inmovilizó sus brazos a ambos lados. Glo se llevó una mano a la garganta,
enmudeciendo. El clérigo intentó liberarse, pero Toller lo levantó con tanta facilidad como
si fuera un espantapájaros y lo sentó un poco más atrás. Entonces se dio cuenta de que
mientras él se ocupaba de Balountar, el rey había vuelto a ponerse en pie. La risa de la
sala se extinguió para ser reemplazada por un silencio tenso.
- ¡Tú! - la boca de Balountar se movía espasmódicamente mientras miraba a Toller -.
¡Tú me has tocado!
- Actué para defender a mi maestro - dijo Toller, comprendiendo que su acto reflejo
había sido una infracción grave del protocolo.
Oyó un sonido de arcada reprimido y. al volverse, descubrió que Glo estaba vomitando
con las manos alrededor de la boca. Por sus dedos goteaba vino tinto, que ensuciaba sus
vestidos y salpicaba el suelo.
El rey habló en voz alta y clara, cada palabra tan cortante como una navaja.
- Gran Glo, no sé qué es más ofensivo, el contenido de su estómago o el de su cabeza.
Desaparezcan de mi presencia de inmediato usted y su grupo, y les aviso aquí y ahora
que, en cuanto solucione otros problemas más urgentes, voy a pensar seriamente sobre
su futuro.
Glo descubrió su boca e intentó hablar, las piezas marrones de su dentadura se
movían arriba y abajo, pero no fue capaz de producir más que un débil sonido gutural.
- Apártese de mi vista - dijo Prad, volviendo su mirada hacia el gran Prelado -. En
cuanto a usted, Balountar, debe ser censurado por llevar a cabo un ataque físico a uno de
mis ministros, no importa la magnitud de la provocación. Por eso no puede proceder
contra ese joven que le refrenó, aunque, al parecer, anda escaso de discreción. Vuelva a
su sitio y permanezca sin hablar hasta que el gran Filósofo y su séquito de bufones se
hayan retirado.
El rey se sentó mirando al frente, mientras Lain y Borreat Hargeth se acercaron a Glo y
lo llevaron hacia la entrada principal de la sala. Toller caminaba junto Vorndal Sisstt, que
se había arrodillado para limpiar el suelo con el dobladillo de su túnica., y colaboraba con
los dos ayudantes de Lain en la recogida de los planos y el caballete caído. Al levantarse
con el caballete bajo el brazo, pensó que el príncipe Leddravohr debía de haber recibido
una buena reprimenda para permanecer tan silencioso. Echó un vistazo al estrado y vio
que Leddravohr, repantingado en su trono, le observaba con fijeza tratando de mantener
firme la mirada. Toller, oprimido por la vergüenza de su orden, apartó la vista
inmediatamente, pero no antes de ver reaparecer la sonrisa de Leddravohr.
- ¿A qué esperas? - murmuró Sisstt -. Recoge pronto todo esto antes de que el rey
decida desollarnos.
El recorrido por los pasillos y salones del palacio pareció el doble de largo que a la
entrada. Incluso después de que el gran Glo se recuperara lo suficiente como para
rechazar la ayuda que le ofrecían, Toller tenía la sensación de que la noticia de la
deshonra de los filósofos se había extendido mágicamente y que era comentada en voz
baja por cada grupo con que se cruzaban. Desde el comienzo tuvo la impresión de que
Glo sería incapaz de hacer un buen papel en la reunión, pero no había imaginado que
resultaría un desastre de tal magnitud. El rey Prad era conocido por la informalidad y
tolerancia con que manejaba los asuntos reales, pero Glo había logrado excederse hasta
unos límites que el futuro de toda la orden estaba en cuestión. Y además, el plan
embrionario de Toller de entrar en el ejército contando algún día con el favor de
Leddravohr, ya no era posible; el príncipe militar era conocido porque nunca olvidaba y
nunca perdonaba.
Al llegar al patio principal, Glo sacó el estómago hacia fuera y caminó con desenvoltura
hasta su faetón. Se detuvo al llegar, volvió el rostro hacia el resto del grupo y dijo:
- Bueno, no fue tan mal, ¿no? Creo que puedo decir sinceramente que he plantado
una... hummm... semilla en la mente del rey. ¿Qué os parece?
Lain, Hargeth y Duthoon intercambiaron miradas de preocupación, pero Sisstt habló.
- Estoy totalmente de acuerdo, señor.
Glo asintió con la cabeza, satisfecho.
- Ésta es la única manera de hacer avanzar una idea radicalmente nueva, ya sabéis.
Plantar una semilla. Dejémosla... hummm... germinar.
Toller se alejó, ante el peligro inminente de no poder contener la risa a pesar de todo lo
ocurrido, y llevó el caballete hasta su cuernoazul que estaba amarrado. Sujetó con
correas la estructura de madera a la grupa del animal, recobró los planos enrollados que
llevaban Quate y Locranan, y se preparó para partir. El sol se hallaba un poco más allá
del punto medio entre Land y Overland; afortunadamente el humillante espectáculo había
sido breve y tendría tiempo para pedir un desayuno tardío y tratar de enmendar el resto
del día. Había colocado ya un pie en el estribo cuando su hermano apareció a su lado.
- ¿Qué es lo que te desazona? - le pregunto Lain -. Tu comportamiento en el palacio ha
sido asombroso, aun conociendo tu forma de actuar.
Toller retrocedió.
- ¿Mi comportamiento?
- ¡Sí! En pocos minutos has conseguido hacerte enemigo de los dos hombres más
peligrosos del imperio. ¿Cómo lo consigues?
- Es muy sencillo - dijo Toller sin inmutarse -. Me comporto como un hombre.
Lain suspiró exasperado.
- Hablaré contigo después, cuando estemos en Monteverde.
- No lo dudo.
Toller montó el cuernoazul y lo apremió para que marchase sin esperar al carruaje. En
el camino de vuelta hacia la Casa Cuadrada, su enfado con Lain fue desvaneciéndose
poco a poco, mientras pensaba que su hermano se hallaba en una posición poco
envidiable. El gran Filósofo Glo había desacreditado a la orden, pero sólo el rey podía
deponerlo. Cualquier intento de apartarlo sería considerado como sedición y, en cualquier
caso, la lealtad de Lain hacia Glo le impedía incluso criticarlo en privado. Cuando la gente
se enterara de que Glo había propuesto enviar naves a Overland, todos los que tuviesen
alguna relación con él se convertirían en objetivo de burlas; y Lain lo aguantaría todo en
silencio, concentrándose aún más en sus libros y sus gráficos, mientras las posesiones de
los filósofos en Monteverde cada vez estaban menos seguras.
Al llegar a la casa de múltiples gabletes, la mente de Toller estaba ya cansada de
cavilaciones y empezó a ser consciente de su sensación de hambre. No había
desayunado y, además, apenas había comido nada el día anterior. Ahora notaba un vacío
feroz en el estómago. Amarró el cuernoazul en el recinto y, sin descargarlo, se dirigió a la
casa, con la intención de ir directamente a la cocina.
Por segunda vez aquella mañana, se encontró sin esperarlo ante Gesalla, que
atravesaba el vestíbulo de entrada hacia el salón del lado oeste. Se volvió hacia él,
deslumbrada por la luz que entraba por la arcada y sonrió. Pero la sonrisa sólo le duró
unos segundos, hasta que lo reconoció. Pero a Toller le produjo una extraña impresión.
Le pareció que veía a Gesalla por primera vez, como una figura divina de ojos brillantes, y
en ese momento tuvo una inexplicable y dolorosa sensación de despilfarro, no de
posesiones materiales sino de todas las posibilidades que ofrecía la vida. La sensación se
marchó con la misma rapidez con que había llegado, pero lo dejó triste.
- Ah, eres tú - dijo Gesalla con frialdad -. Creí que eras Lain.
Toller sonrió, preguntándose si sería capaz de empezar una relación nueva y más
constructiva con Gesalla.
- Un engaño de la luz.
- ¿Por qué vuelves tan pronto?
- Eh... la reunión no fue como se planeó. Surgieron algunos problemas. Lain te lo
contará todo; viene hacia aquí.
Gesalla inclinó la cabeza para apartarse de la luz.
- ¿Por qué no me lo cuentas tú? ¿Tuvo algo que ver contigo?
- ¿Conmigo?
- Sí. Le aconsejé a Lain que no te permitiera acercarte al palacio.
- Bueno, quizás está empezando a cansarse tanto como yo de ti y de tus consejos
interminables. - Toller intentó callarse, pero la fiebre de las palabras se había adueñado
de él -. Quizás empieza a arrepentirse de tener por esposa una rama estéril en vez de una
mujer auténtica.
- Gracias; transmitiré a Lain todos tus comentarios. - Los labios de Gesalla esbozaron
una débil sonrisa, que demostraba que no estaba herida, sino más bien satisfecha por
haber logrado provocar la respuesta violenta que podría justificar que Toller fuese
expulsado de la Casa Cuadrada -. ¿Debo pensar que la encarnación de una mujer
auténtica es la puta que espera ahora en tu cama?
- Puedes pensar... - Toller frunció el ceño, intentando disimular que había olvidado
completamente a su compañera de la noche anterior -. Refrena tu lengua. Felise no es
una puta.
Los ojos de Gesalla adquirieron un brillo chispeante.
- Su nombre es Fera.
- Felise o Fera, no es una puta.
- No voy a discutir definiciones contigo - dijo Gesalla, ahora con un tono más frío y
exasperado -. El cocinero me dijo que diste instrucciones para que se sirviese a tu...
invitada toda la comida que desease. Y si lo que ha consumido este antedía es su norma
habitual, tienes suerte de no tener que mantenerla como esposa.
- ¡Pues voy a hacerlo! - Toller vio la ocasión de devolver el ataque verbal y contestó
automáticamente, sin tener en cuenta las consecuencias -. Esta mañana, antes de salir,
intenté decirte que he otorgado a Fera la condición de esposa de grado. Supongo que
pronto podrás disfrutar de su compañía en la casa y entonces todos podremos ser
amigos. Ahora, si me excusas...
Sonrió, saboreando la conmoción e incredulidad que se reflejaba en el rostro de
Gesalla, después se giró y se dirigió hacia la escalera principal, procurando esconder su
propia perplejidad por el efecto que unos segundos de furia podían producir en el curso de
su vida. La última cosa que deseaba era la responsabilidad de una mujer, incluso de
cuarto grado, y sólo le quedaba esperar que Fera rehusase la oferta que ahora se veía
obligado a hacerle.
Capítulo 5
El general Risdel Dalacott se despertó con las primeras luces y, siguiendo la rutina que
raramente había variado en los sesenta y ocho años de su vida, se levantó de la cama de
inmediato.
Dio varias vueltas por la habitación, adquiriendo un paso más firme al ir
desapareciendo poco a poco el dolor y la rigidez de su pierna derecha. Habían pasado
casi treinta años desde el postdía, en la primera campaña de Sorka, en que una pesada
lanza merriliana había destrozado el hueso de su muslo por encima de la rodilla. La
lesión, desde entonces, le molestaba de vez en cuando, y los periodos en que se hallaba
libre de dolores eran cada vez más cortos y menos frecuentes.
En cuanto consideró suficiente el ejercicio para su pierna, fue al cuarto de aseo
contiguo y tiró de la palanca de brakka esmaltada situada en una pared. El agua que le
roció desde los orificios del techo estaba caliente; lo que le recordó que no se hallaba en
sus espartanos cuarteles de Trompha. Rechazando un irracional sentimiento de
culpabilidad, se dispuso a disfrutar al máximo del calor que penetraba y confortaba sus
músculos.
Después de secarse, se detuvo ante el espejo de pared, que estaba hecho con dos
capas de vidrio transparente con índices de refracción enormemente distintos, y examinó
su figura. Aunque la edad había producido un inevitable efecto en su cuerpo, fuerte en
otros tiempos, la disciplina austera de su forma de vida había evitado la degeneración de
la obesidad. Su rostro alargado y reflexivo estaba marcado con profundas arrugas, pero
las pocas canas que habían crecido entre sus cortos cabellos rubios apenas se
distinguían, y en conjunto su aspecto era el de una persona sana y fuerte.
Todavía útil pensó. Pero sólo por un año más. Ya he servido demasiado al ejército.
Mientras se vestía con sus ropas informales de color azul, pensó en el día que
empezaba. Era el cumpleaños de su nieto, Hallie, y como parte del ritual que había de
demostrar su preparación para entrar en la academia militar, el chico estaba obligado a
enfrentarse solo a los pterthas. Era una ocasión importante y Dalacott recordaba
claramente el orgullo que sintió al observar a su propio hijo, Oderan, pasar la misma
prueba. La subsiguiente carrera militar de Oderan había sido interrumpida por la muerte
cuando tenía treinta y tres años, a causa del accidente de una aeronave en Yalrofac, y
ahora Dalacott tenía la dolorosa obligación de representarlo en las ceremonias de aquel
día. Terminó de vestirse, salió del dormitorio y bajó las escaleras hasta el comedor,
donde, a pesar de que era temprano, encontró a Conna Dalacott sentada ante una mesa
redonda. Era una mujer alta, de expresión franca en el rostro, cuyas maneras habían
adquirido la seguridad de la primera madurez.
- Buen antedía, Conna - dijo, advirtiendo que estaba sola -. ¿Duerme todavía el joven
Hallie?
- ¿El día de su duodécimo cumpleaños? - Señaló con la cabeza hacia el jardín
amurallado, parte del cual se veía desde el ventanal que iba del suelo al techo -. Está ahí
fuera, practicando. Ni siquiera ha desayunado.
- Es un gran día para él. Para todos nosotros.
- Sí. - Algo en el timbre de la voz de Conna le dijo a Dalacott que ésta estaba
preocupada -. Un día maravilloso.
- Sé que te inquieta - le dijo amablemente -, pero Oderan habría querido que
hiciésemos todo lo posible por el bien de Hallie.
Conna le devolvió una sonrisa serena.
- ¿Sigues desayunando sólo cereales? ¿No puedo tentarte con un poco de pescado?
¿Salchichas? ¿Bizcocho relleno?
- He vivido muchos años siguiendo la dieta de los soldados - replicó, acordando
tácitamente limitarse a una corta conversación.
Conna había mantenido la casa y dirigido su propia vida con bastante habilidad sin
ayuda durante diez años, desde la muerte de Oderan, y sería presuntuoso darle consejos
a aquellas alturas.
- Muy bien - dijo ella, empezando a servirle de una de las fuentes que había sobre la
mesa -, pero en el banquete de la noche breve no habrá menú militar.
- ¡De acuerdo!
Mientras comía los cereales, intercambió algunos comentarios intrascendentes con su
nuera, pero la efervescencia de sus recuerdos no había disminuido y, como le ocurría con
frecuencia últimamente, los pensamientos sobre el hijo que había perdido evocaron otros
sobre el hijo que nunca había reconocido. Mirando hacia atrás en su vida, una vez más,
debía considerar los caminos en los cuales los momentos cruciales eran difícilmente
reconocibles como tales, en los que lo insignificante podía conducir a lo trascendental.
Si no hubiera estado desprevenido durante aquella escaramuza sin importancia en
Sorka hacía tantos años, no habría sido herido en la pierna. La lesión le había obligado a
una larga convalecencia en la tranquila provincia de Redant; y fue allí donde, mientras
caminaba junto al río Bes-Undar, casualmente se encontró con el objeto natural más
extraño que nunca había visto, aquel que llevaba a cualquier sitio que fuese. Hacía un
año que el objeto estaba en su poder, cuando en una visita casual a la capital, tuvo el
impulso de llevarlo al departamento científico de Monteverde para ver si podían explicarle
sus extrañas propiedades.
No le sirvió para averiguar nada sobre el objeto, pero sí encontró algo importante para
él.
Como militar de carrera, había tomado una esposa única casi como un deber de su
condición, para que le proporcionara un heredero y atendiera sus necesidades entre las
campañas. Su relación con Toriane había sido agradable, apacible e incluso cálida; y él la
consideraba satisfactoria, hasta el día en que al llegar a la Casa Cuadrada vio a Aytha
Maraquine. Su encuentro con la joven y esbelta mujer había sido como una mezcla de
verde y púrpura, una violenta explosión de pasión y éxtasis y, al final, un intenso dolor que
no hubiera creído posible...
- El carruaje está aquí, abuelo - gritó Hallie, golpeando el ventanal alargado -. Podemos
ir a la colina.
- Ya voy.
Dalacott hizo un gesto con la mano hacia el chico de rubios cabellos que excitado se
movía de un lado a otro en el patio. Hallie era alto y robusto, perfectamente capaz de
manejar los garrotes anti - ptertha que llevaba en su cinturón.
- Aún no has acabado tus cereales - le dijo Conna cuando se levantó, con un tono
práctico que no disimulaba del todo su emoción interior.
- No hay ninguna razón para que te preocupes - dijo él -. Un ptertha en terreno
descubierto a la luz del día no representa ninguna amenaza. Será un juego de niños; y, en
cualquier caso, yo estaré junto a Hallie todo el tiempo.
- Gracias.
Conna permaneció sentada, mirando hacia su comida intacta, hasta que Dalacott
abandonó la habitación.
Éste salió al jardín que, como era habitual en las zonas rurales, tenía muros altos sobre
los que se alzaban las pantallas anti - ptertha que se cerraban por encima de noche y
cuando había niebla. Hallie fue corriendo hacia él, reproduciendo la imagen de su padre a
su misma edad, y le cogió la mano. Caminaron hasta el carruaje, en donde aguardaban
tres hombres, amigos de la familia, que se precisaban como testigos para la mayoría de
edad del niño. Dalacott, que había reencontrado a sus conocidos la noche anterior,
intercambió saludos con ellos cuando él y Hallie ocuparon sus puestos en los asientos
dentro del gran coche. El cochero hizo crepitar su látigo sobre el grupo de cuatro
cuernoazules y el vehículo empezó a moverse.
- ¡Ajá! ¿Tenemos aquí a un experto guerrero de las campañas? - dijo Gehate, un
comerciante retirado, inclinándose hacia delante para examinar un garrote anti - ptertha
en forma de Y, que se encontraba entre los típicos garrotes cruciformes de Kolkorron que
constituían las armas de Hallie.
- Es ballinniano - dijo Hallie orgullosamente, acariciando la madera pulida y decorada
del arma, que Dalacott le había regalado el año anterior -. Vuela más lejos que los otros.
Es eficaz en treinta metros. Los gethanos también los usan. Los gethanos y los
cissorianos.
Dalacott dedicó una sonrisa indulgente a la exhibición de los conocimientos que había
enseñado al muchacho. El lanzamiento de garrotes de una forma o de otra se venía
practicando desde la antigüedad por casi todas las naciones de Land como defensa
contra los pterthas, y había sido adoptado por su eficacia. Las enigmáticas burbujas
explotaban como pompas de jabón cuando se encontraban dentro del radio en que
podían matar a un hombre, pero, antes de eso, mostraban un sorprendente grado de
elasticidad. Una bala, una flecha o incluso una lanza, podía atravesar un ptertha sin
causarle ningún daño; la burbuja sólo vibraría momentáneamente y repararía las
perforaciones con su piel transparente. Se precisaba un arma arrojadiza rotatoria y
contundente que destruyese la estructura del ptertha y dispersase su polvo tóxico en el
aire.
Las hondas funcionaban bien para matar a los pterthas, pero eran difíciles de manejar y
presentaban el inconveniente de ser demasiado pesadas para transportarlas en grandes
cantidades, mientras que un palo arrojadizo de múltiples hojas era plano y
comparativamente más ligero y fácil de manejar. Dalacott se preguntaba cómo los
hombres de las tribus más primitivas habían aprendido que proporcionando a cada hoja
un borde redondeado y otro afilado, el arma se aguantaba sola en el aire como un pájaro,
volando mucho más deprisa que un proyectil normal. No había duda de que estas
propiedades aparentemente mágicas habían inducido a los ballinnianos a poner tanto
cuidado en el cincelado y la ornamentación de sus garrotes anti - ptertha. Por el contrario,
los pragmáticos kolkorronianos desarrollaron un arma de cuatro hojas de fácil fabricación,
que permitía la producción masiva, ya que se hacía con dos trozos rectos que se pegaban
por el centro.
El carruaje poco a poco dejó atrás los campos de cereales y los huertos de Klinterden y
empezó a ascender por la colina al pie del monte Pharote. De vez en cuando, el camino
desaparecía en algún altiplano cubierto de hierba, después del cual volvía a subir
empinado entre la neblina que aún no había sido despejada por el sol.
- Ya estamos - dijo jovialmente Gehate a Hallie, cuando el vehículo llegó a su destino -.
Estoy impaciente por ver qué efecto produce ese curioso garrote que tienes. ¿Treinta
metros dices?
Thessaro, un banquero de tez rubicunda, frunció el ceño y negó con la cabeza.
- No incites al chico a hacer exhibiciones. No es bueno lanzar el arma demasiado
pronto.
- Creo que él ya sabe lo que debe hacer - dijo Dalacott, saliendo del carruaje con Hallie
y mirando alrededor.
El cielo era una cúpula de brillo nacarado que gradualmente iba tomando un tono azul.
No podían verse las estrellas, e incluso el gran disco de Overland sólo se mostraba
parcialmente, desdibujado y pálido. Dalacott había viajado al sur de la provincia de Kail
para visitar a la familia de su hijo, y en estas latitudes, Overland estaba notablemente
desplazado hacia el norte. El clima era más templado que el del Kolkorron ecuatorial, un
factor que, combinado con una noche breve mucho más corta, hacía que la región fuese
una de las más productivas del imperio.
- ¡Qué cantidad de pterthas! - dijo Gehate, señalando hacia arriba, donde las burbujas
púrpura podían verse flotando en las corrientes de aire que giraban alrededor de, la
montaña.
- Últimamente hay muchos pterthas - comentó Ondobirtre, el tercer testigo -. Juraría
que están aumentando, aunque digan lo contrario. He oído que algunos incluso
penetraron en el centro de Ro-Baccanta hace unos días.
Gehate negó con la cabeza, impaciente.
- Nunca van a las ciudades.
- Yo sólo cuento lo que he oído.
- Eres demasiado crédulo, amigo mío. Escuchas demasiadas habladurías.
- No es momento de discutir - señaló Thessaro -. Éste es un acontecimiento importante.
Abrió el saco de lino que llevaba y enumeró los seis garrotes anti - ptertha para
Dalacott y los demás hombres.
- Ésos no serán necesarios, abuelo - dijo Hallie, mirando ofendido -. No voy a fallar.
- Lo sé, Hallie, pero es la costumbre. Además, algunos de nosotros necesitamos
practicar un poco.
Dalacott puso un brazo sobre los hombros del muchacho y caminó con él hacia la
entrada de un pasillo formado por dos altas redes. Éstas se extendían sobre dos líneas
paralelas de postes que atravesaban el altiplano y subían por la ladera desapareciendo en
un techo de niebla. Era el sistema tradicional que se usaba para hacer que los pterthas
bajasen en grupos pequeños. Hubiera sido fácil para las burbujas escapar flotando hacia
arriba, pero siempre unas cuantas seguían el pasillo hasta el extremo prior, ya que eran
criaturas sensibles motivadas por la curiosidad. Comportamientos como ése eran la razón
principal de la creencia, mantenida por muchos, de que las burbujas poseían cierto grado
de inteligencia, aunque Dalacott nunca lo había aceptado debido a que carecían
totalmente de estructura interna.
- Ya puedes dejarme, abuelo - dijo Hallie -. Estoy preparado.
- Muy bien, hombrecito.
Dalacott retrocedió una docena de pasos, colocándose alineado con los otros hombres.
Era la primera vez que se le ocurría pensar que su nieto era algo más que un niño, pero
Hallie estaba afrontando la prueba con arrojo y dignidad, y nunca volvería a ser aquel niño
que jugaba en el jardín por la mañana. Pensó que al hablar con Conna en el desayuno le
había dado garantías falsas; ella sabía muy bien que el hijo que conocía nunca iba a
volver. Esa idea era algo que Dalacott debería anotar en su diario al anochecer. Las
esposas y madres de los soldados debían superar sus propias pruebas y su adversario
más terrible era el
- Sabía que no tendríamos que esperar demasiado - murmuró Ondobirtre.
Dalacott trasladó su atención desde su nieto a la pared de niebla que había al final de
la cerca formada por la red. A pesar de su confianza en Hallie, sintió un arrebato de miedo
al ver aparecer dos pterthas al mismo tiempo. Las burbujas lívidas, cada una de dos
metros de diámetro, llegaron flotando y oscilando; y al descender por la ladera, con la
hierba como fondo, resultaba más difícil distinguirlas. Hallie, que sostenía en garrote de
cuatro hojas, alteró levemente su postura y se preparó para lanzar.
Todavía no, le ordenó mentalmente Dalacott, sabiendo que la presencia de un segundo
ptertha aumentaba la tentación de destruir uno de ellos desde el máximo alcance. El polvo
que liberaba un ptertha al explotar perdía su toxicidad casi en el momento en que tomaba
contacto con el aire, de modo que el mínimo alcance seguro para matar podía ser de
hasta seis pasos, dependiendo de las condiciones del viento. A esa distancia era
prácticamente imposible fallar, lo que significaba que el ptertha en realidad no era un rival
peligroso para un hombre sensato; pero Dalacott había visto muchos principiantes que de
repente perdían el juicio y el control. Para algunos, aquellas esferas trepidantes tenían
extrañas propiedades hipnóticas y debilitadoras, especialmente cuando, al acercarse a su
presa, dejaban de moverse a la deriva y se aproximaban en silencio con un propósito
destructivo.
Los dos que flotaban hacia Hallie estaban ahora a menos de treinta pasos de él,
planeando sobre la hierba, rastreando a ciegas de una red a la otra. Hallie llevó hacia
atrás un brazo, realizando movimientos de tanteo con la muñeca, pero se abstuvo de
lanzar. Mirando a la figura solitaria y erguida que se mantenía firme a pesar de que los
pterthas cada vez estaban más cerca, Dalacott experimentó una mezcla de orgullo, cariño
y auténtico temor. Él también aguantaba su propio garrote en posición para ser arrojado.
Hallie se acercó a la red de su izquierda, conteniendo aún el primer golpe.
- ¿Sabes lo que va a hacer el pequeño diablo? - susurró Gehate -. Yo creo que...
En ese preciso instante, los bandazos inciertos de los pterthas hicieron que se
juntasen, quedando uno tras otro, y Hallie realizó su tiro. Las hojas del arma cruciforme se
hicieron borrosas en su trayectoria recta y certera, y un instante después las burbujas
púrpuras dejaron de existir.
Hallie volvió a ser un chico, el tiempo de dar un salto de alegría, para recuperar
después su posición expectante al surgir un tercer ptertha de entre la neblina.
Desenganchó un nuevo palo de su cinturón y Dalacott observó que era el arma
ballinniana en forma de Y.
Gehate dio un codazo a Dalacott.
- El primer lanzamiento fue para ti, pero creo que éste me va a ser dedicado; para que
tenga la boca cerrada.
Hallie dejó que el globo se acercase no más de treinta pasos antes de realizar su
segundo lanzamiento. El arma se deslizó rápidamente a través del pasillo, como un pájaro
de vivos colores, sin apenas descender, y cuando empezaba a perder estabilidad
atravesó al ptertha, aniquilándolo. Hallie sonrió al volverse hacia los hombres que
observaban, dedicándoles una complicada reverencia. Había logrado los tres aciertos
necesarios y ahora, oficialmente, entraba en la etapa adulta de su vida.
- El chico ha tenido suerte, pero se la merecía - dijo Gehate -. Oderan tendría que
haberlo visto.
- Sí.
Dalacott, invadido por una sensación agradable y amarga a la vez, no fue capaz de
articular nada más, y se sintió aliviado cuando Gehate y Thessaro se apartaron para
abrazar a Hallie, y Ondobirtre fue a buscar al carruaje el frasco ritual de coñac. Los seis
hombres, incluido el cochero contratado, se reunieron nuevamente cuando Ondobirtre
distribuyó los diminutos vasos semiesféricos cuyos bordes, decorados asimétricamente,
representaban los pterthas vencidos. Dalacott observó de reojo a su nieto mientras éste
tomaba su primer sorbo de licor, y le hizo gracia cuando el chico, que acababa de derrotar
a un enemigo mortal, transformó su cara en una mueca grotesca.
- Supongo - dijo Ondobirtre al rellenar los vasos de los adultos - que todos los
presentes habrán advertido las características inusuales de esta excursión matutina.
Gehate soltó una carcajada
- Sí; me alegro de que no atacases el coñac antes de que nosotros lo probásemos.
- No me refiero a eso - añadió seriamente Ondobirtre, ignorando la ironía -. Todo el
mundo piensa que soy un idiota, pero en todos los años que hemos presenciado este tipo
de acontecimientos, ¿habíais visto alguna vez aparecer a tres pterthas juntos antes de
que los cuernoazules hubiesen terminado de ventosear después de la escalada? Os
aseguro, amigos miopes, que los pterthas están aumentando. De hecho, a menos que el
coñac me esté haciendo ver visiones, tenemos un nuevo par de visitantes.
Sus compañeros se volvieron a mirar el espacio entre las redes y vieron otros dos
pterthas deslizándose hacia abajo desde el oscuro techo neblinoso, rozando las barreras
acordonadas.
- ¡Míos! - gritó Gehate corriendo hacia delante. Después se detuvo, se colocó en
posición y lanzó dos palos casi simultáneamente, destruyendo en el acto ambas burbujas.
El polvo tiznó el aire durante unos segundos.
- ¡Ya está! - exclamó Gehate -. No se necesita ser un soldado para saber defenderse.
Todavía podría enseñarte alguna otra cosa, Hallie.
Hallie devolvió su vaso a Ondobirtre y corrió a unirse con Gehate, ansioso por competir
con él. Después del segundo coñac, Dalacott y Thessaro también sé adelantaron para
retarse en la destrucción de cualquier burbuja que apareciera, hasta que la niebla despejó
el extremo superior del pasillo y los pterthas se retiraron con ella a mayores alturas.
Dalacott estaba impresionado porque en una lesa se habían presentado casi cuarenta,
muchos más de los que hubiera esperado en condiciones normales. Mientras los demás
iban guardando sus palos preparándose marchar, comentó el tema con Ondobirtre.
Hace tiempo que lo estoy diciendo - remarcó Ondobirtre, que no había parado de beber
coñac y estaba ahora pálido y malhumorado -. Pero todos creen que soy idiota.
Cuando el carruaje estaba llegando a Klinterden, el sol se acercaba ya al extremo
oriental de Overland y la celebración de la noche breve en honor de Hallie estaba a punto
de empezar.
Los vehículos y animales pertenecientes a los invitados estaba reunidos en el patio
anterior a la casa, y varios niñas jugaban en el jardín amurallado. Hallie, el primero en
saltar del carruaje, salió disparado a buscar a su madre. Dalacott fue tras él con paso más
sereno; el dolor de su pierna había vuelto durante el largo trayecto en el carruaje. No le
gustaban mucho las grandes fiestas y no tenía interés por los acontecimientos del resto
del día, pero habría sido descortés por su parte no asistir a la fiesta de la noche. Estaba
dispuesto que la aeronave militar lo recogiera al día siguiente para llevarlo de vuelta al
cuartel federal del quinto ejército en Trompha.
Conna lo recibió con un caluroso abrazo cuando entró en la casa.
- Gracias por cuidar a Hallie - le dijo -. ¿Estuvo tan magnífico como asegura?
- ¡Absolutamente! Hizo una exhibición espléndida.
- Delacott estaba complacido de ver que ahora Conna parecía contenta y tranquila -. Le
dio una buena lección a Gehate, de verdad.
- Me alegro. Ahora, recuerda lo que me prometiste en el desayuno. Quiero verte comer,
nada de picotear esa comida tuya.
- El aire fresco y el ejercicio me han abierto el apetito - mintió Dalacott.
Dejó a Conna recibiendo a los tres testigos y se dirigió a la parte central de la casa,
invadida por hombres y mujeres que charlaban animadamente en pequeños grupos.
Agradecido de que nadie pareciese advertir su llegada, tomó un vaso de zumo de frutas
de la mesa dispuesta para los niños y se acercó a una ventana. Desde aquel lugar
privilegiado podía ver una gran extensión hacia el oeste, las tierras cultivadas que
desaparecían de la vista tras unas pequeñas colinas verdeazuladas. Los campos de
franjas mostraban una sucesión de seis colores, desde el verde pálido de las siembras
recientes al amarillo oscuro de los cereales maduros listos para la cosecha.
Mientras observaba, las colinas y los campos más distantes brillaban de forma
intermitente hasta que bruscamente se oscurecieron. La banda de penumbra producida
por la sombra de Overland iba recorriendo el paisaje a la velocidad de su órbita, seguida
de cerca por la negrura de su propia sombra. Sólo hizo falta una fracción de segundo para
que la presurosa pared de oscuridad alcanzase y envolviese la casa. La noche breve
había comenzado. Era un fenómeno que Dalacott no se cansaba nunca de contemplar.
Sus ojos se adaptaron a las nuevas condiciones y en el cielo aparecieron, como si
hubiesen brotado de golpe, estrellas, espirales de nebulosas y cometas. Se preguntó si
sería posible, como algunos afirmaban, que existiesen otros mundos habitados girando
alrededor de soles lejanos. En los viejos tiempos, el ejército le había absorbido demasiada
energía mental para que pudiera meditar detenidamente sobre tales asuntos; pero en los
últimos tiempos, le agradaba pensar que podrían existir infinidad de mundos y que en uno
de ellos podría haber otro KoIkorron idéntico al que él conocía, excepto en una cosa. ¿Era
posible que hubiese otro Land en donde sus seres queridos desaparecidos aún viviesen?
El olor evocativo de las velas y las lámparas de aceite recién encendidas trajo a sus
pensamientos las pocas y preciadas noches que había pasado con Aytha Maraquine.
Durante las horas embriagadas de pasión, Dalacott creía con absoluta certeza que
superarían todas las dificultades, que saltarían por encima de todos los obstáculos que
impedían su deseado matrimonio. Aytha, que ocupaba el puesto de esposa única, tendría
que enfrentarse a la doble vergüenza de divorciarse de un marido enfermo y casarse
superando una de las mayores divisiones sociales: la que separaba la clase militar de
todas las demás. Él tendría que hacer frente a impedimentos similares, con el problema
adicional de tener que divorciarse de Toriane, hija de un gobernador militar, arriesgando
así su carrera.
Nada de eso disuadió a Dalacott de su ardiente propósito. Después se presentó la
campaña de Padalian, que debía haber sido breve pero que se prolongó, manteniéndolo
separado de Aytha casi un año. Luego llegó la noticia de que ella había muerto al dar a
luz a un hijo varón. El primer impulso atormentado de Dalacott fue reclamar al chico como
suyo, y, de esa forma, mantenerse fiel a Aytha, pero las voces más sensatas de la lógica
y la serenidad intervinieron. ¿Qué sentido tenía ensuciar póstumamente el nombre de
Aytha, perjudicando al mismo tiempo su carrera y trayendo la desgracia a su familia? Ni
siquiera hubiera beneficiado al niño, Toller, a quien sería mejor dejar crecer en el
ambiente agradable que le proporcionarían los parientes de su madre.
- Al final, Dalacott optó por la razón, sin tratar siquiera de ver a su hijo. Los años habían
pasado rápidamente y su destreza le había deparado el rango de general. Ahora, en la
última etapa de su vida, aquel episodio se le presentaba como un sueño y había perdido
su poder de producirle dolor; excepto cuando en sus horas de soledad le asaltaban ciertas
preguntas y dudas. A pesar de todos los contratiempos, ¿había intentado realmente
casarse con Aytha? En el fondo de su conciencia ¿no se había sentido aliviado cuando la
muerte hizo innecesario que tomase una decisión en un sentido o en otro? En resumen,
¿era él, el general Risdel Dalacott, el hombre que siempre había creído ser? ¿O era un...?
- ¡Aquí estás! - dijo Conna, acercándose con un vaso de vino de trigo que le colocó en
la mano con decisión quitándole al mismo tiempo el zumo de frutas -. Deberías hablar con
los invitados. Si no parecerá que te consideras demasiado famoso e importante como
para tratarte con mis amigos.
- Lo siento - sonrió vagamente -. Cuanto más viejo me hago más evoco el pasado.
- ¿Pensabas en Oderan?
- Pensaba en muchas cosas.
Dalacott tomó un sorbo de vino y acompañó a su nuera para charlar con una sucesión
de hombres y mujeres. Observó que muy pocos de ellos tenían relación con el ejército,
posiblemente un indicio de los verdaderos sentimientos de Conna frente a la organización
que se había llevado a su marido y ahora volcaba su atención hacia su hijo. Le resultaba
bastante difícil mantener una conversación con aquellos desconocidos, y casi se sintió
aliviado cuando anunciaron que se podía pasar a la mesa. Ahora tenía el deber de
pronunciar un corto discurso formal sobre la mayoría de edad de su nieto; después
intentaría pasar desapercibido. Caminó rodeando la mesa hasta la silla de alto respaldo
que había sido adornada con flores de lanza en honor de Hallie. Entonces se dio cuenta
de que hacía rato que no veía al chico.
- ¿Dónde está nuestro héroe? - preguntó un hombre -. ¡Que traigan al héroe!
- Debe de estar en su habitación - dijo Conna -. Iré a buscarlo.
Sonrió excusándose y abandonó la sala. Pasaron unos minutos hasta que volvió a
aparecer por la puerta, y al hacerlo su cara estaba extrañamente inerte, congelada. Hizo
una señala Dalacott y volvió a salir sin hablar. Él la siguió, tratando de convencerse a sí
mismo de que la sensación glacial de su estómago no significaba nada, y recorrió todo el
pasillo hasta el dormitorio de Hallie. El chico reposaba de espaldas sobre su pequeño
lecho. Su rostro estaba encendido y cubierto de sudor, y sus miembros realizaban
pequeños movimientos descoordinados.
No puede ser, pensó Dalacott, atónito, al acercarse al lecho. Miró a Hallie y vio el terror
en sus ojos e inmediatamente comprendió que la agitación de sus brazos y piernas
respondían a los intentos tenaces de moverse normalmente. ¡Parálisis y fiebre! No lo
permitiré, gritó Dalacott en su interior, cayendo de rodillas. ¡No puede permitirse!
Colocó su mano sobre el delgado cuerpo de Hallie, justo bajo la caja torácica.
Inmediatamente notó la delatadora hinchazón del bazo, y un lamento de angustia escapó
de sus labios.
- Prometiste que cuidarías de él - dijo Conna con una voz apagada -. ¡Sólo es un niño!
Dalacott se levantó y la cogió por los hombros.
- ¿Hay algún médico aquí?
- ¿Para qué?
- Sé lo que parece, Conna, pero en ningún momento estuvo a menos de veinte pasos
de una burbuja y ni siquiera hacía viento. - Escuchando su propia voz, Dalacott trataba de
persuadirse a sí mismo de la evidencia de los hechos -. Además, hacen falta dos días
para que se desarrolle la pterthacosis. Es imposible. Bueno, ¿dónde está el médico?
- Visigann - murmuró, escrutando su rostro en busca de alguna esperanza -. Iré a
buscarlo.
Se dio la vuelta y salió corriendo del dormitorio.
- Te vas a poner bien, Hallie - le dijo Dalacott al arrodillarse de nuevo junto a la cama.
Usó el borde de la colcha para limpiar el sudor del rostro del chico y se quedó
asombrado al comprobar que podía sentir el calor que irradiaba la piel sudorosa. Hallie
alzó su mirada en silencio y sus labios temblaron cuando intentó sonreír. Dalacott advirtió
que el garrote ballinniano reposaba sobre la cama. Lo cogió y lo colocó en la mano de
Hallie apretando sus dedos crispados alrededor de la madera pulida, después le besó la
frente. Alargó el beso, como intentando trasladar la pirexia devastadora a su propio
cuerpo. Sólo al cabo de un rato se dio cuenta de dos hechos extraños: que Conna estaba
tardando demasiado en volver con el doctor y que una mujer gritaba en la otra parte de la
casa.
- Enseguida vuelvo, soldado - dijo. Se levantó, y totalmente aturdido fue hasta el
comedor. Allí vio a los invitados reunidos alrededor de un hombre que yacía en el suelo.
El hombre era Gehate; y por su aspecto febril y el débil temblor de sus manos era
evidente que se hallaba en estado avanzado de pterthacosis.
Capítulo 6
Fera Rivoo se adaptó bien a su nuevo estilo de vida en la Torre de Monteverde, pero
de nada sirvieron las insistencias de Toller para persuadirla a montar un cuernoazul, ni
siquiera uno de los pequeños cuernoblancos que generalmente eran preferidos por las
mujeres. En consecuencia, cuando Toller salía de la casa a dar un paseo o simplemente a
cambiar de aires, se veía obligado a ir andando. Caminar era una forma de ejercicio y de
desplazarse por la que él sentía poco interés, porque era demasiado aburrida y forzaba a
que los acontecimientos sucediesen con demasiada lentitud, pero para Fera era la única
manera de moverse por los barrios de la ciudad, cuando no disponía de un carruaje.
- Tengo hambre - anunció al llegar a la plaza de los Navegantes, cerca del centro de
Ro-Atabri.
- Claro - dijo Toller -, si ya ha pasado casi media hora desde tu segundo desayuno.
Dándole un fuerte codazo en las costillas, Fera le dedicó una expresiva sonrisa.
- ¿No quieres que conserve mi vitalidad?
- ¿Se te ha ocurrido pensar que en la vida existe algo más que sexo y comida?
- Sí, vino. - Entornó los ojos para protegerse del sol del antedía y examinó los puestos
más cercanos - de vendedores de pasteles que rodeaban toda la plaza -. Creo que
tomaré un pastel de miel y quizás un poco de vino blanco de Kail para regarlo.
Sin dejar de protestar, Toller realizó la operación necesaria y ambos se sentaron en un
banco frente a las estatuas de marinos ilustres del pasado del imperio. La plaza estaba
delimitada por una mezcla de edificios públicos y comerciales, la mayoría de los cuales
presentaban, en diversas muestras de albañilería y enladrillado, el tradicional diseño
kolkorroniano de rombos ensamblados. Los árboles, en contrastadas etapas de su ciclo
de maduración, y el colorido de los vestidos de los transeúntes, potenciaban el claroscuro
de la luz solar. Una brisa que soplaba del oeste hacía el aire agradable y tonificante.
- Debo admitirlo - dijo Toller, bebiendo un poco del fresco vino -, esto es mucho mejor
que trabajar para Hargeth. Nunca he entendido por qué los trabajos de investigación
científica han de estar siempre asociados a esos malditos olores.
- ¡Pobre criatura delicada! - exclamó Fera, limpiándose una miga de su barbilla -. Si
quieres saber lo que es una auténtica pestilencia, tendrías que trabajar en el mercado de
pescado.
- No, gracias, prefiero quedarme donde estoy - respondió Toller.
Habían pasado veinte días desde el repentino ataque de la enfermedad del gran Glo,
pero Toller continuaba agradecido por el cambio resultante de su situación y empleo. Glo
padecía una parálisis que afectaba a la parte izquierda de su cuerpo y se había visto
obligado a tomar un ayudante personal, preferiblemente de fuerte físico. Cuando
ofrecieron a Toller el puesto, lo aceptó de inmediato y se trasladó con Fera a la espaciosa
residencia de Glo en la ladera oeste de Monteverde. Este cambio, además de
proporcionarle un grato alejamiento de los muelles de Mardavan, había resuelto la difícil
situación en el de los Maraquine, y Toller intentaba esforzarse conscientemente por estar
satisfecho. De vez en cuando se cernía sobre él una sombría inquietud, al comparar su
existencia servil con el tipo de vida que hubiese preferido, pero era algo que siempre se
guardaba para sí. Como aspecto positivo, Glo había resultado ser un jefe considerado, y
en cuanto recobró un poco sus fuerzas y movilidad, sus demandas apenas ocuparon
tiempo a Toller.
- Parece que el gran Glo está atareado esta mañana - dijo Fera -. Podría oír los
castañeteos de ese luminógrafo desde donde quiera que vaya.
Toller asintió.
- Últimamente habla mucho con Tunsfo. Creo que está preocupado por los informes de
las provincias.
- No va a haber una plaga, ¿verdad, Toller? - Fera se encogió de hombros con una
expresión de asco, aumentando la hendidura de sus pechos -. No soporto tener personas
enfermas a mi alrededor.
- No te preocupes. Por lo que he oído, no estarán mucho tiempo a tu alrededor. Unas
dos horas parece ser el término medio.
- ¡Toller! - Fera le dirigió una mirada de reproche con la boca abierta, mostrando su
lengua cubierta de una fina capa de pastel de miel.
- No tienes nada que temer - dijo Toller en tono tranquilizador, a pesar de que, según
Glo, algo parecido a una plaga había aparecido simultáneamente en ocho lugares
distantes entre sí. Los primeros informes fueron de brotes en las provincias palatinas de
Kail y Middac; más tarde, en las regiones menos importantes y más remotas de Sorka,
Merrill, Padale, Ballin, Yalrofac y Loongl. Después se había producido una tregua de seis
días, y Toller sabía que las autoridades se aferraban a la esperanza de que el desastre
fuese de naturaleza transitoria, que la enfermedad se hubiese extinguido por sí sola, que
el núcleo de KoIkorron y la capital no llegasen a ser afectados. Toller podía entender sus
sentimientos, pero no veía motivos para el optimismo. Si los pterthas habían
incrementado su alcance y potencia letal hasta los pavorosos límites que sugerían las
noticias, en su opinión debían emplear al máximo sus nuevas fuerzas. El respiro del que
gozaba la humanidad podía significar que los pterthas se comportaban como un enemigo
inteligente y despiadado, que después de haber tenido éxito al probar una nueva arma, se
retira para reorganizarse y preparar una ofensiva mayor.
- Tendríamos que volver pronto a la Torre. - Toller acabó con el vino de su taza de
porcelana y la colocó bajo el banco para que el vendedor la recogiese -. A Glo le gusta
bañarse antes de la noche breve.
- Me alegro de no tener que ayudarle.
- A su manera es valiente. Yo no creo que pudiera soportar la vida de un inválido, pero
a él todavía no le he oído quejarse una sola vez.
- ¿Por qué sigues hablando de enfermedades cuando sabes que no me gusta? - Fera
se levantó y sacudió las migajas de su vestido -. Pasearemos por las Fuentes Blancas,
¿verdad?
- Sólo unos minutos.
Toller cogió del brazo a su esposa y ambos cruzaron la plaza de los Navegantes y
recorrieron la bulliciosa avenida que conducía a los jardines municipales. Las fuentes
esculpidas en el níveo mármol de Padale llenaban el aire de una frescura agradable.
Grupos de personas, algunas acompañadas de niños, se paseaban entre las islas de
brillante follaje y sus risas ocasionales acentuaban la idílica tranquilidad del escenario.
- Supongo que esto puede considerarse como el compendio de la vida civilizada - dijo
Toller -. El único error, según mi modo de ver, es que es demasiado...
Dejó de hablar al oír el timbre ronco de una trompa procedente de un tejado cercano,
que rápidamente fue secundado por otros en zonas más alejadas.
- ¡Pterthas! - Toller alzó la vista al cielo.
Fera se acercó a él.
- No es cierto, ¿verdad, Toller? No van a venir a la ciudad.
- Será mejor que nos pongamos a cubierto en cualquier caso - dijo Toller, arrastrándola
hacia los edificios del lado norte de los jardines.
Todo el mundo escudriñaba el cielo; pero, tal era el poder de la convicción y el hábito,
sólo unos pocos corrieron a guarecerse. El ptertha era un enemigo natural implacable,
pero hacía tiempo que se había alcanzado el equilibrio y la propia existencia de la
civilización estaba dictada por los patrones de comportamiento de los pterthas que se
habían mantenido constantes y previsibles. Era bastante impensable que las burbujas,
ciegamente malignas, realizasen un cambio súbito en sus hábitos. En ese aspecto Toller
coincidía con la gente que le rodeaba; pero las noticias de las provincias habían
implantado en las conciencias la semilla de una profunda inquietud. Si los pterthas podían
cambiar en un sentido, ¿por qué no en otros?
Una mujer gritó a la izquierda de Toller a cierta distancia y ese sonido inarticulado le
sumergió en pensamientos abstractos en lugar de alarmarlo. Miró en la dirección del grito
y vio a un ptertha descender por el haz luminoso del sol. El globo púrpura y azulado se
hundió en una zona llena de gente, en el centro de los jardines, y los hombres empezaron
a gritar también, superponiéndose al continuo bramido de las trompas de alarma. El
cuerpo de Fera se estremeció como si se tratara del último segundo de su vida.
- ¡Vamos! - gritó Toller, agarrando su mano y corriendo a toda velocidad hacia las
peristiladas casas consistoriales de la parte norte. En su apurada carrera por terreno
descubierto ni siquiera tuvo tiempo de volverse para localizar a otros pterthas, pero ya no
era necesario buscar las burbujas. Se podían ver fácilmente, flotando entre los tejados,
cúpulas y chimeneas a plena luz del sol.
A pocos ciudadanos del imperio kolkorroniano les sería factible asegurar que nunca
habían tenido una pesadilla en la que eran alcanzados por un enjambre de pterthas y, en
la hora siguiente, Toller no sólo vivió la pesadilla con toda su viveza sino que conoció
límites insospechados del espanto. Exhibiendo su nueva intrepidez aterradora, los
pterthas descendían a la altura de las calles por toda la ciudad, silenciosos y trepidantes,
invadiendo jardines y recintos, rodeando lentamente las plazas públicas, acechando tras
las arcadas y columnatas. Iban siendo aniquilados por el tumulto aterrado de la
muchedumbre, y en este aspecto las pesadillas de siempre no coincidían ya con la
realidad. Toller comprendió, con una certeza muda y desoladora, que los invasores
representaban a una nueva especie de pterthas.
Eran los transmisores de plagas.
En la larga polémica mantenida sobre la naturaleza de los pterthas, los que hablaban
apoyando la idea de que las burbujas poseían ciertas facultades inteligentes siempre
habían señalado el hecho de que se abstenían juiciosamente de entrar en las ciudades y
pueblos grandes. Incluso los enjambres numerosos habrían sido rápidamente destruidos
si se aventuraban a invadir un centro urbano; en especial si había buenas condiciones de
visibilidad. El argumento era que les preocupaba menos su autoconservación que evitar
pérdidas numerosas en inútiles ataques; una evidencia clara de su raciocinio. La teoría
tuvo cierta palidez mientras el alcance mortífero de los pterthas se limitó a unos cuantos
pasos.
Pero, como Toller intuyó al momento, las burbujas lívidas que descendían sobre Ro-
Atabri eran transmisoras de plagas.
Por cada una que se destruyese, perecerían muchos ciudadanos a causa del polvo
venenoso que mataba con mayor alcance; y el horror no se acababa aquí, porque las
nuevas reglas siniestras de la contienda dictaban que cada víctima directa del encuentro
con un ptertha contaminara y llevara a la tumba quizás a docenas de personas.
Transcurrió una hora hasta que las condiciones del viento. cambiaron y el primer
ataque a Ro-Atabri finalizó, pero en una ciudad donde cada hombre, mujer y niño se
había convertido en un posible enemigo mortal y como tal debía tratarse, la pesadilla de
Toller podía llegar mucho, mucho más lejos...
Una extraña tromba de agua cayó sobre la región durante la noche; y ahora, pocos
minutos después de la salida del sol, Toller Maraquine contemplaba desde Monteverde un
paisaje poco familiar. Manchas y franjas de una neblina baja cubrían como guirnaldas el
panorama, oscureciendo Ro-Atabri más eficazmente que el manto de pantallas anti -
ptertha s que tuvo que arrojarse sobre la ciudad desde el primer ataque, casi hacía dos
años. En el este, sobresalía el contorno triangular del monte Opelmer entre una bruma
áurea, con sus laderas superiores teñidas por un sol rojizo que asomaba en su cima.
Toller se había despertado pronto e, impulsado por la inquietud que últimamente le
angustiaba cada vez más, decidió salir solo a dar un paseo por los campos de la Torre.
Empezó caminando junto a la pantalla interior de defensa, comprobando si las redes
estaban firmes. Antes de producirse la embestida de la plaga, sólo las poblaciones rurales
habían necesitado barreras anti - ptertha, que en aquellos días consistían en simples
redes y enrejados. Pero de repente, tanto en las ciudades como en el campo, hubo que
construir pantallas más complejas al objeto de crear una zona de separación de unos
treinta metros alrededor de las áreas protegidas. Para los tejados de la mayoría de los
cercados siguió bastando una capa simple de red, porque las toxinas de los pterthas eran
arrastradas horizontalmente por el viento, pero era de vital importancia que los perímetros
estuviesen provistos de pantallas dobles, ampliamente separadas y aguantadas por
fuertes andamiajes.
El gran Glo demostró su gratitud a Toller otorgándole, además de sus deberes
habituales, la tarea responsable y a veces peligrosa de supervisar la construcción de las
pantallas para la Torre y para otros edificios de la orden. La sensación de que al fin
estaba realizando algo importante y útil lo había hecho menos indisciplinado, y el riesgo
de trabajar al descubierto le proporcionaba satisfacciones de diverso tipo. La única
contribución significativa de Borreat Hargeth a la fabricación de armas anti - ptertha había
sido el desarrollo de unos singulares garrotes arrojadizos con forma de L que volaban
más deprisa y más lejos que los ordinarios garrotes kolkorronianos en forma de cruz, y
que en manos de un hombre diestro podían destruir burbujas desde más de cuarenta
metros. Mientras controlaba la construcción de las pantallas, Toller había perfeccionado
su habilidad con la nueva arma y se enorgullecía de no haber perdido ningún trabajador
por ataque de los pterthas.
Sin embargo, esa fase de su vida estaba llegando a su fin natural; y ahora, a pesar de
todos sus esfuerzos, le oprimía la sensación de haber sido atrapado como un pez en las
mismas redes que había ayudado a construir. Teniendo en cuenta que más de dos tercios
de los habitantes del imperio habían sido eliminados por la nueva forma virulenta de
pterthacosis, podía considerarse afortunado por estar vivo y sano, con comida, casa y una
hermosa mujer que compartía su cama; pero ninguna de estas consideraciones podía
compensar su desgarradora convicción de que estaba malgastando su vida.
Instintivamente rechazaba las enseñanzas de la Iglesia sobre la sucesión interminable de
reencarnaciones alternando entre Land y Overland; a él sólo se le había concedido una
vida, un período valioso de existencia, y la perspectiva de derrochar lo que quedase de
ella era intolerable.
A pesar de la frescura del aire matutino, Toller sintió que su pecho empezaba a
cargarse y sus pulmones trabajaban como si estuviese sofocado. Al borde de un ataque
repentino de pánico irracional, desesperado por dar una salida física a sus emociones,
reaccionó como no lo había hecho desde su exilio en la península de Loongl. Abrió la
puerta de la pantalla interior de la Torre, cruzó la zona de separación y atravesó la
pantalla exterior para colocarse en la ladera desprotegida de Monteverde. Una franja de
pastos, cedida a la orden de los filósofos desde hacía mucho tiempo, se extendía ante él
hasta perderse de vista entre los árboles y la niebla. El aire estaba tranquilo, de modo que
había pocas posibilidades de encontrar una burbuja perdida, pero el acto simbólico de
desafío produjo un efecto tranquilizador en la presión psicológica que había ido
aumentando dentro de él.
Desenganchó un garrote anti - ptertha de su cinturón y se dispuso a seguir bajando la
colina; pero, de repente, algo que se movía al final de los pastos llamó su atención. Un
jinete solitario surgió de los límites del bosque que separaba las tierras de los filósofos del
barrio de Silarbri, adyacente a la ciudad. Toller sacó su telescopio, aquel objeto apreciado,
y con su ayuda descubrió que el jinete era del, servicio del rey y que llevaba en su pecho
el símbolo blanquiazul de la pluma y la espada típico de los correos.
Su interés se acrecentó, y se sentó en un banco de roca para observar el avance del
visitante. Recordó la ocasión en que la llegada de un mensajero real había anunciado su
escapada de la estación de investigación de Loongl. Glo había sido prácticamente
ignorado por el Palacio Principal desde el desastre de la Sala del Arco Iris. En otros
tiempos, la entrega de un mensaje en mano habría implicado privacidad, imposibilidad de
encomendarse a un luminógrafo, pero ahora era difícil imaginar al rey Prad queriendo
comunicar algo privado al gran Filósofo.
El jinete se aproximaba lenta y directamente. Siguiendo un camino algo más sinuoso,
podría haber realizado todo el recorrido hasta la residencia del gran Glo bajo las redes
aislantes de las pantallas anti - ptertha de la ciudad, pero daba la impresión de que
disfrutaba de aquel corto paseo al aire libre, a pesar del leve riesgo de que un ptertha
descendiese sobre él. Toller se preguntó si el mensajero tendría un espíritu parecido al
suyo, si era alguien que también se sentía abrumado por las estrictas precauciones contra
los pterthas que permitían a lo que quedaba de la población continuar con sus bloqueadas
existencias.
El censo del año 2622, tomado sólo cuatro años antes, indicaba que la población del
imperio estaba constituida por casi dos millones de ciudadanos kolkorronianos, y unos
cuatro millones, contando los estados tributarios. Al final de los dos años de plagas, el
total restante se estimaba en menos de dos millones. Una proporción minúscula de los
que sobrevivieron lo lograron gracias a que, inexplicablemente, parecían tener cierto
grado de inmunidad a la infección secundaria. Pero la mayoría temía continuamente por
sus vidas, comportándose como sabandijas escondidas en sus madrigueras. Las
viviendas no protegidas con pantallas estaban provistas de precintos herméticos en las
aberturas de las puertas, ventanas y chimeneas durante los períodos de alerta. Fuera de
las ciudades y los pueblos, la gente abandonó sus granjas y se trasladó a vivir a bosques
y regiones arboladas, las fortalezas naturales donde las burbujas eran incapaces de
penetrar.
Como consecuencia, la producción agrícola decreció a un nivel que era insuficiente
incluso para las enormemente reducidas necesidades de una población mermada. Pero
Toller, con el egocentrismo característico de la juventud tenía poco interés por las
estadísticas que reflejaban las desgracias a escala nacional. Para él no representaban
más que un juego de sombras, un telón de fondo que se transformaba vagamente tras el
drama central de sus propios asuntos. Con la esperanza de que fueran a comunicar
alguna noticia que le favoreciese personalmente, se levantó para recibir al mensajero del
rey.
- Buen antedía - dijo sonriendo -. ¿Qué te trae hasta la Torre de Monteverde?
El correo era un hombre enjuto de mirada cansada, pero le respondió amablemente
mientras tiraba de las riendas de su cuernoazul.
- El mensaje que traigo sólo puede ser visto por el gran Glo.
- El gran Glo todavía duerme. Yo soy Toller Maraquine su ayudante personal y
miembro heredero de la orden de los filósofos. No siento el menor deseo de curiosear,
pero mi señor no tiene muy buen carácter y puede disgustarse mucho si lo despierto a
estas horas, excepto si es por un asunto de urgencia considerable. Dime sobre qué trata
tu mensaje y yo decidiré qué debe hacerse.
- El tubo de mensaje está sellado. - El correo esbozó una sonrisa burlona -. Y se
supone que yo no tengo por qué conocer su contenido.
Toller se encogió de hombros, simulando familiaridad.
- Es una pena; tenía la esperanza de que tú y yo podríamos evitarnos problemas.
- Buena tierra de pastos - dijo el correo, volviéndose en su silla de montar para
observar la pradera que acababa de atravesar -. Me imagino que la casa de su señoría no
debe de haber sido demasiado afectada por las restricciones de comida...
- Tienes que estar hambriento después de cabalgar hasta aquí - dijo Toller -. Me
encantaría poder ofrecerte el desayuno de un héroe, pero quizá no haya tiempo. Quizá
sea mejor que vaya a despertar inmediatamente al gran Glo.
- Quizá sea más razonable dejar a su señoría disfrutar de su descanso. - El correo
descendió de un salto y se colocó junto a Toller -. El rey lo convoca a una reunión
especial en el Palacio Principal, pero la cita es para dentro de cuatro días. No parece que
sea un asunto de gran urgencia.
- Quizá - dijo Toller, frunciendo el ceño mientras intentaba evaluar la sorprendente
noticia -. Quizá no.
Capítulo 7
- No estoy seguro de estar actuando bien - dijo el gran Glo mientras Toller Maraquine
terminaba de atar las correas de su montura -. Creo que sería mucho más prudente,
aparte de ser mejor para ti, que me acompañase uno de los criados y tú... hummm... te
quedases aquí. Hay mucho trabajo que hacer, trabajo que no te traerá ninguna
complicación.
- Han pasado dos años - replicó Toller, decidido a no ser orillado -. Y Leddravohr ha
tenido tantas cosas en que pensar que probablemente ya no se acordará de mí.
- No cuentes con ello, muchacho. El príncipe tiene fama de ser tenaz en estos asuntos.
Además, sabes que es bastante probable que tú le refresques la memoria.
- ¿Por qué iba yo a hacer algo tan poco sensato?
- Te he estado observando últimamente. Pareces un árbol de brakka que está
retardando su explosión.
- Ya no hago ese tipo de cosas.
Toller protestó automáticamente, como solía hacer en el pasado, pero tuvo la impresión
de que realmente había cambiado desde su primer encuentro con el príncipe militar. Sus
períodos ocasionales de desasosiego e insatisfacción eran una prueba del cambio, por la
forma en que ahora los soportaba. En vez de esforzarse por encontrar la menor excusa
que desencadenase la tormenta, había aprendido, como otros hombres, a desviar o
sublimar sus energías emocionales. Se había adiestrado para aceptar placeres menores y
satisfacciones en lugar de la plenitud total ansiada por tantos y destinada a tan pocos.
- Muy bien, joven - dijo Glo, ajustando una hebilla -. Voy a confiar en ti, pero recuerda
que ésta es una ocasión de especial importancia y compórtate de acuerdo a ello. Confío
en tu promesa. ¿Comprendes, claro está, por qué el rey ha considerado conveniente...
hummm... convocarme?
- ¿Es una vuelta a los días en que se nos consultaba sobre los grandes elementos
imponderables de la vida? ¿Quiere saber el rey por qué los hombres tienen pezones pero
no pueden amamantar?
Glo sorbió por la nariz.
- Tu hermano tiene la misma tendencia desafortunada al sarcasmo grosero.
- Lo siento.
- No te creo, pero de todas formas contestaré a tu pregunta. La idea que yo sembré en
la mente del rey hace dos años, al fin ha dado frutos. ¿Recuerdas lo que dijiste sobre que
volaba más alto y veía...? No, ése fue Lain. Pero hay algo en lo que... hummm... debes
pensar, joven Toller. Yo ya tengo bastantes años y no voy a vivir muchos más, pero te
apuesto mil nobles a que pondré un pie en Overland antes de morirme.
- Nunca dudaría de su palabra en ningún tema - dijo Toller con diplomacia, maravillado
ante la capacidad del anciano para autoengañarse.
Cualquier otro, con la excepción de Vorndal Sisstt, habría recordado con vergüenza la
reunión del consejo. Tan grande fue la deshonra de los filósofos, que hubieran sido
expulsados de Monteverde, en el caso de que la monarquía no hubiera tenido que
ocuparse de la plaga y sus consecuencias. Sin embargo, Glo todavía alimentaba la
creencia de que el rey lo estimaba y de que su fantasía sobre la colonización de Overland
podría considerarse seriamente. Después del ataque de su enfermedad, Glo había
renunciado al alcohol y por tanto era capaz de comportarse mejor, pero su senilidad
seguía distorsionando su sentido de la realidad. La hipótesis de Toller era que Glo había
sido convocado a palacio para rendir cuentas sobre su fracaso continuado en la
producción de eficaces armas anti - ptertha de largo alcance, que eran vitales para que la
agricultura pudiera recuperarse.
- Tenemos que darnos prisa - dijo Glo -. No podemos llegar tarde en nuestro día
triunfal.
Con la ayuda de Toller, se puso su túnica gris, tapando con ella el soporte ortopédico
de cañas que le permitía permanecer de pie sin ayuda. Su cuerpo, grueso anteriormente,
había degenerado en una delgadez fláccida, pero no había modificado sus ropas para que
pudieran esconder el soporte, pretendiendo disimular su incapacidad parcial. Era uno de
los puntos débiles que le había hecho ganar la simpatía de Toller.
- Llegaremos a tiempo - le aseguró Toller, preguntándose si debería intentar prevenir a
Glo de la posible ordalía que se avecinaba.
- ...como si los pterthas estuviesen estimulados por los sucesos de los dos pasados
años, de la misma forma que un guerrero que ve a su adversario debilitándose - decía el
rey -. Están aumentando; ¿y quién puede decir que sus infectas emanaciones no se
volverán aún más letales? Ha ocurrido una vez, y podría suceder de nuevo.
»Aquí, en Ro-Atabri, hemos sido relativamente afortunados hasta el momento, pero por
todo el imperio la gente se está muriendo de esa insidiosa nueva forma de pterthacosis, a
pesar de todos nuestros esfuerzos por acabar con las burbujas. Y los recién nacidos, de
quienes depende nuestro futuro, son los más vulnerables. Podríamos encontrarnos con la
perspectiva de vernos reducidos a un montón de infelices ancianos y ancianas estériles,
condenados a desaparecer; aparte del creciente fantasma del hambre. Las regiones
donde se desarrollaba la agricultura ya no pueden producir alimentos en las cantidades
que son necesarias para mantener a nuestras ciudades, a pesar de que las poblaciones
urbanas han sido enormemente reducidas.
El rey hizo una pausa sonriendo con tristeza a su audiencia.
- Hay algunos entre nosotros que afirman que todavía hay espacio para la esperanza,
que el destino puede aún perdonar y volverse contra los pterthas; pero Kolkorron no se
engrandecerá confiando sumisamente en la suerte. Esa actitud es ajena a nuestro
carácter. Cuando se nos obliga a rendirnos en una batalla, nos retiramos a un reducto
seguro donde podamos acopiar fuerzas y obtener la resolución para salir y vencer a
nuestros enemigos.
»En el caso que nos ocupa, como es propio de un conflicto difícil, hay una difícil
solución; y su nombre es Overland.
»Mi decreto real es que preparemos nuestra retirada a Overland; no para huir del
enemigo, sino para crecer y volvernos más poderosos, para ganar tiempo en desarrollar
métodos que destruyan a los pterthas en su repugnante totalidad; y finalmente, sin dar
importancia al tiempo que se precise, volver a nuestro planeta Land como un ejército
glorioso e invencible que reclamará triunfalmente lo que por derecho y naturaleza nos
pertenece.»
La oratoria del rey, acentuada por el formalismo de la lengua oficial, había arrastrado a
Toller, abriendo nuevas perspectivas en su cabeza y, con sorpresa, se dio cuenta de que
no se producía ninguna respuesta ni por parte de su hermano ni de Glo. Este último
estaba tan inmóvil que parecía muerto, y Lain continuaba mirando fijamente a sus manos,
dando vueltas al anillo de brakka que llevaba en su sexto dedo. Toller se preguntó, con
una sombra de censura, si Lain estaría pensando en Gesalla y el bebé que nacería en
tiempos tan turbulentos.
Prad interrumpió el silencio para dirigirse, curiosamente según el punto de vista de
Toller, a Lain.
- ¿Y bien, disputador? ¿Tienes alguna otra demostración que hacernos sobre lectura
de mentes?
Lain alzó con seguridad la cabeza y su mirada hacia el rey.
- Majestad, incluso cuando nuestros ejércitos estaban en su mejor momento, nos
abstuvimos de atacar Chamteth.
- ¡Me ofenden las implicaciones de ese comentario! - exclamó el príncipe Leddravohr,
con voz destemplada -. Exijo que...
- ¡Tu promesa, Leddravohr! - replicó severo el rey a su hijo -. Te recuerdo la promesa
que me hiciste. ¡Ten paciencia! Pronto llegará tu turno.
Leddravohr alzó ambas manos con un gesto de resignación, retrepándose de nuevo en
su silla, y fijando ahora una mirada de preocupación en Lain. El espasmo de alarma que
Toller había sentido por la seguridad de su hermano casi desapareció en el silencioso
clamor de su reacción a la mención de Chamteth. ¿Cómo había tardado tanto en
comprender que una flota de migración interplanetaria, si alguna vez llegaba a
construirse, requeriría cristales de energía en una escala tan enorme que sólo podría
obtenerse de una fuente? Si los pasmosos planes del rey también incluían ir a la guerra
contra los enigmáticos y aislados chamtethanos, el futuro que se avecinaba iba a ser más
turbulento incluso de lo que Toller había imaginado.
Chamteth era un país tan enorme que podía accederse a él viajando tanto hacia el este
como hacia el oeste por la Tierra de los Largos Días, ese hemisferio del planeta que no
cubría la sombra de Overland y donde no existía la noche breve para marcar el avance
del sol a través del cielo. En el pasado, varios gobernantes ambiciosos habían intentado
internarse en Chamteth; y el resultado había sido tan convincente, tan desastroso, que
Chamteth quedó prácticamente borrado de la conciencia de la nación. Existía pero, al
igual que Overland, su existencia no tenía ninguna relevancia para los asuntos cotidianos
del imperio.
Hasta ahora, pensó Toller, intentando reconstruir su imagen del universo, Chamteth y
Overland estaban ligados... unidos... para tomar uno había que tomar el otro...
- La guerra contra Chamteth se ha hecho inevitable - dijo el rey -. Algunos son de la
opinión de que siempre ha sido inevitable. ¿Usted qué opina, gran Glo?
- Majestad, yo... - Glo se aclaró la garganta y se irguió en su silla -. Majestad, yo
siempre me he considerado un pensador imaginativo, pero la grandiosidad y el alcance de
su visión me han dejado... hummm... sin aliento. Cuando propuse en un principio volar a
Overland, calculaba enviar unos cuantos exploradores, que serían seguidos poco a poco
por una colonia que se establecería. Ni siquiera había soñado en una migración a la
escala que usted propone, pero puedo asegurarle que estoy igualmente dispuesto a las
responsabilidades que entraña. El diseño de una nave apropiada y la planificación de todo
lo necesario...
Glo cesó de hablar al ver a Prad negando con la cabeza.
- Querido gran Glo, usted no está bien - dijo el rey -, y no sería justo por mi parte
permitir que invirtiese las fuerzas que le quedan en una tarea de tal magnitud.
- Pero, majestad...
El rostro del rey se endureció.
- ¡No me interrumpa! Nuestra apurada situación requiere medidas extremas. Todos los
recursos de Kolkorron deben reorganizarse y movilizarse y, por tanto, disuelvo todas las
antiguas estructuras de familias dinásticas. En su lugar, desde este momento, habrá una
única pirámide de autoridad. Su cabeza ejecutiva será mi hijo, el príncipe Leddravohr, que
controlará y coordinará cada aspecto, tanto militar como civil, de nuestros asuntos
nacionales. Estará secundado por el príncipe Chakkell, que será responsable ante él de la
construcción de la flota de migración. - El rey se interrumpió y, al volver a hablar, su voz
ya no poseía ningún atributo humano -. Debe entenderse que la autoridad del príncipe
Leddravohr es absoluta, que su poder es ilimitado y que atentar contra sus deseos en
cualquier aspecto es un delito equivalente a la alta traición.
Toller cerró los ojos, sabiendo que cuando los abriese el mundo de su infancia y su
juventud habría pasado a la historia, y que su puesto estaría en un nuevo y peligroso
cosmos, en donde su actuación podría ser demasiado breve.
Capítulo 8
Leddravohr se estaba mentalmente cansando y esperaba poder relajarse durante la
cena, pero su padre, con la abundante energía cerebral que caracteriza a ciertas
personas de edad avanzada, habló sin parar durante la comida. Pasaba con rapidez y sin
esfuerzo de la estrategia militar a los planes de racionamiento de los alimentos o a
tecnicismos sobre los vuelos interplanetarios, demostrando su apasionamiento, intentando
examinar posibilidades incompatibles entre sí. Leddravohr, a quien no divertían los temas
abstractos, se sintió aliviado cuando terminó la cena y su padre salió al balcón para tomar
una última copa de vino antes de retirarse a sus aposentos privados.
- ¡Maldito vidrio! - exclamó Prad, golpeando la cúpula transparente que encerraba el
balcón -. Me gustaba tomar él fresco aquí de noche. Ahora apenas puedo respirar.
- Si no estuviese el vidrio, no podría respirar en absoluto. - Leddravohr señaló a un
grupo de pterthas que atravesaron la imagen resplandeciente de Overland. El sol se había
puesto y ahora el planeta hermano entraba en la fase de su máxima iluminación,
proyectando su luz sobre las regiones septentrionales de la ciudad, la bahía de Arle y las
profundas extensiones añiles del golfo de Tronom. La luz era suficiente para leer y se iría
incrementando a medida que Overland, avanzando con la misma rotación que Land,
llegase a la posición opuesta al sol. Aunque el cielo sólo había adquirido un tono azulado
ligeramente oscuro, las estrellas, algunas de las cuales brillaban incluso a plena luz del
día, formaban dibujos deslumbrantes desde el borde de Overland hasta el horizonte.
- Malditos sean también los pterthas - añadió Prad -. ¿Sabes?, hijo, una de las mayores
tragedias de nuestro pasado es que nunca supimos de dónde vinieron las burbujas. Si su
origen está en algún lugar de la atmósfera superior, en otro tiempo habría sido posible
localizarlas y exterminarlas allí mismo. Pero ahora ya es demasiado tarde.
- ¿Y tu vuelta triunfal de Overland, atacando a los pterthas desde arriba?
- Quiero decir que es demasiado tarde para mí. La historia sólo me recordará por el
viaje.
- Ah, sí; la historia - dijo Leddravohr, sin entender la preocupación de su padre por la
falsa y descolorida inmortalidad que ofrecían los libros y los monumentos funerarios. La
vida era algo transitorio, imposible de alargar más allá de su fin natural, y el tiempo que se
perdía con ello era un despilfarro de los mismos bienes que se pretendía preservar.
Leddravohr pensaba que la única forma de engañar a la muerte, o al menos de
reconciliarse con ella, era lograr cualquier ambición y estado, cualquier apetencia, para
que cuando llegase el momento, se le despojase de algo más que de una calabaza vacía.
Su ambición dominante era extender su futuro reinado hasta cualquier rincón de Land,
incluido Chamteth, pero ahora esto le era negado por una conspiración del destino. En su
lugar, se encontraba con la perspectiva de un vuelo peligroso y antinatural por el cielo,
seguido por lo que no excedería a una vida tribal en un planeta desconocido. Estaba
furioso por ello, lleno de una rabia devoradora como nunca había experimentado, y
alguien debería pagar...
Prad bebió pensativamente su vino.
- ¿Has preparado todos tus despachos?
- Sí; los mensajeros saldrán con las primeras luces. - Leddravohr había pasado todo el
tiempo libre que tuvo después de la reunión, redactando órdenes para los cinco generales
que quería en su estado mayor -. Llevan instrucciones para que se pongan a trabajar de
inmediato, de modo que muy pronto tendremos una compañía escogida.
- Creo que has elegido a Dalacott.
- Sigue siendo el mejor táctico que tenemos.
- ¿No crees que la edad puede haberlo ablandado? - dijo Prad -. Ya debe andar por los
setenta, y estar en Kail cuando estalló la plaga no debió de hacerle mucho bien. ¿No
perdió una hija y un nieto el primer día?
- Algo así - replicó Leddravohr con indiferencia -. Sin embargo todavía es un hombre
saludable. Todavía vale.
- Debe de haber conseguido la inmunidad. - El rostro de Prad se iluminó al pasar
rápidamente a otro de sus temas de conversación -. Glo me envió a principio de año unos
datos estadísticos muy interesantes. Fueron elaborados por Maraquine. Mostraban que la
incidencia de muertes a causa de la plaga en el personal militar, que uno esperaría que
fuese alta a causa de su frecuente exposición, era en realidad algo menor que en la
población civil. Y, significativamente, los soldados y tripulantes aéreos que llevan mucho
tiempo de servicio son los menos predispuestos a sucumbir. Maraquine sugirió que
después de tantos años de presenciar matanzas de pterthas, absorbiendo partículas
minúsculas del polvo, podían haber preparado su cuerpo para resistir a la pterthacosis. Es
una idea atrayente.
- Padre, es una idea completamente inútil.
- Yo no diría eso. Si la descendencia de hombres y mujeres inmunes fuese también
inmune, desde el nacimiento, podría crearse una nueva raza para la que las burbujas no
fuesen un peligro.
- ¿Y qué ventajas tendría eso para ti y para mí? - dijo Leddravohr, llevando la
conversación a su propio terreno -. Ningunas por lo que a mí respecta, Glo y Maraquine y
toda su casta son un mero adorno del que podemos prescindir perfectamente. Ansío que
llegue el día en que...
- ¡Basta! - De repente su padre volvió a ser el rey Prad
Neldeever, soberano de imperio de Kolkorron, alto y erguido, con su terrible ojo ciego y
su igualmente aterrador ojo vidente, que sabía todo lo que Leddravohr hubiese deseado
mantener en secreto -. Nuestra casa no será recordada por haber vuelto la espalda al
saber. Me darás tu palabra de que no harás ningún daño a Glo ni a Maraquine.
Leddravohr se encogió de hombros.
- Tienes mi palabra.
- Fácilmente accedes. - El padre miró al hijo con fijeza durante un rato, insatisfecho;
luego dijo -: Ni tocarás al hermano de Maraquine, el que asiste al gran Glo.
- ¡Qué estupidez! Tengo cosas más importantes en que ocupar mi cabeza.
- Lo sé. Te he concedido poderes sin precedentes porque tienes las cualidades
necesarias para poder llegar con éxito hasta el final, y no puede abusarse de ese poder.
- No te preocupes, padre - protestó Leddravohr, riendo para disimular su resentimiento
al ser amonestado como un niño testarudo -. Mi intención es tratar a los filósofos con
todas las consideraciones que merecen. Mañana iré a Monteverde a pasar dos o tres
días, para aprender todo lo que necesito saber sobre naves espaciales; y si te preocupas
de hacer averiguaciones, te enterarás que no voy a excederme en nada que no sea
cortesía y amor.
- No exageres. - Prad acabó su copa, la apoyó sobre la ancha balustrada de piedra y
se dispuso a salir -. Buenas noches, hijo. Y recuerda, el futuro aguarda.
En cuanto el rey desapareció, Leddravohr cambió su vino por un vaso de fuerte coñac
padaliano y volvió al balcón. Se sentó en un sofá de cuero y observó en silencio el cielo
de la parte sur, donde los grandes cometas rasgaban los campos de estrellas. ¡El futuro
aguarda! Su padre continuaba acariciando la idea de pasar a la historia como otro rey
Bytran, negándose a ver la posibilidad de que ya no hubiese historiadores que recogieran
sus hazañas. La historia de Kolkorron se dirigía hacia un extraño e ignominioso fin, justo
cuando debería haber entrado en su era más gloriosa.
Y yo soy quien más pierde, pensó Leddravohr. Ya nunca seré un verdadero rey.
Mientras continuaba bebiendo coñac y la noche se volvía más brillante, le asaltó la idea
de que había una anomalía en el contraste entre su actitud y la de su padre. El optimismo
era la prerrogativa de la juventud, y sin embargo el rey miraba el futuro con confianza; el
pesimismo era un rasgo de la vejez, y sin embargo era Leddravohr quien estaba
melancólico y preso de sombríos presagios. ¿Por qué?
¿Estaba su padre demasiado atrapado por el entusiasmo hacia todo lo científico, como
para darse cuenta de que la migración era imposible? Leddravohr repasó sus recuerdos y
se vio obligado a descartar esa teoría. En algún momento de la reunión lo habían
convencido los dibujos, gráficos y listas de números, y ahora creía realmente que una
nave espacial podría llegar al planeta gemelo. ¿Cuál era entonces la causa oculta del
malestar que invadía su espíritu? El futuro no parecía del todo negro, al fin y al cabo. Para
empezar, estaba la guerra final contra Chamteth.
Al echar la cabeza hacia atrás para acabar su copa de coñac, la mirada de Leddravohr
se desplazó hasta el cenit, e inmediatamente obtuvo la respuesta. El gran disco de
Overland estaba ahora totalmente iluminado y su cara empezaba a mostrar los cambios
centelleantes que anunciaban su inmersión nocturna en la sombra de Land. La noche
profunda, ese período en el que el planeta experimentaba una auténtica oscuridad, estaba
empezando, y tenía su réplica en la mente de Leddravohr.
Él era un soldado, profesionalmente inmune al miedo, y por eso había tardado tanto en
reconocer o identificar la emoción que había acechado su conciencia durante la mayor
parte del día.
¡Le asustaba el vuelo a Overland!
Lo que sentía no era una determinada aprensión por los riesgos inevitables que
entrañaba, era un puro, primitivo e inhumano terror, hacia la idea de ascender miles de
kilómetros en la implacable inmensidad azul del cielo. La magnitud de su espanto era tal
que, cuando llegase el momento terrible del embarque, podría ser incapaz de controlarse.
Él, el príncipe Leddravohr lseldeever, podría desmoronarse, salir corriendo como un niño
aterrado, teniendo que ser arrastrado hasta la nave a la vista de miles...
Leddravohr se puso en pie de un salto y arrojó el vaso, que se hizo añicos contra el
suelo de piedra del balcón. Resultaba irónico que su primer contacto con el miedo no
hubiese tenido lugar en el campo de batalla, sino en la tranquilidad de una pequeña
habitación, y que fuese causado por ficciones inconsistentes, por conjeturas y visiones
casuales de lo inconcebible.
Respirando profunda y regularmente, como intentando hacerse de nuevo dueño de sus
emociones, Leddravohr observó la oscuridad de la noche profunda que envolvía el
mundo, y cuando finalmente se retiró a la cama, su rostro había recuperado su
compostura escultural.
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
DÍA 84. El príncipe Leddravohr tenía un extraño humor en la reunión de hoy del estado
mayor. Me pareció que estaba exaltado y alegre, a pesar de las noticias de graves
pérdidas en el frente sur. Una y otra vez hizo referencia al hecho de que los pterthas
parecían escasear en esta parte de Land. No es dado a confiar sus más profundos
pensamientos; pero reconstruyendo comentarios confusos y fragmentarios, tengo la
impresión de que alberga la idea de persuadir al rey a abandonar todo el asunto de la
migración a Overland
Su razonamiento parece basarse en que tales medidas serían innecesarias si se
demostrara que, por alguna razón, las condiciones en la Tierra de los Largos Días son
desfavorables para los pterthas. En ese caso, Kolkorron sólo necesitaría someter a
Chamteth y transferir la sede del poder y el resto de la población a este continente; una
operación mucho más lógica y natural que intentar desplazarse a otro planeta...
DÍA 93. La guerra no va bien. Estos hombres son guerreros decididos, valientes y
dotados. No puedo aceptar la posibilidad de nuestra derrota, pero la verdad es que
habríamos sido severamente probados incluso en los días en que contábamos con cerca
de un millón de hombres sometidos a un gran adiestramiento. Hoy en día tenemos sólo un
tercio de ese número, con una proporción inquietantemente alta de recién alistados, y
vamos a necesitar suerte además de todo nuestro talento y coraje si la guerra ha de
proseguir con éxito.
Un factor importante a nuestro favor es que este país tiene grandes recursos, en
especial brakkas y cultivos comestibles. El sonido de las descargas polinizadoras de los
brakkas es constantemente confundido por mis hombres con los cañonazos del enemigo,
y disponemos de una gran cantidad de cristales de energía para nuestra artillería pesada.
No hay ninguna dificultad en mantener bien alimentados a nuestros ejércitos, a pesar de
los esfuerzos que hacen los chamtethanos para quemar las cosechas que se ven
obligados a abandonar.
Las mujeres chamtethanas, e incluso niños de muy corta edad, se complacen en esa
forma de destrucción si se les permite tomar sus propias decisiones. Con nuestros
efectivos militares forzados hasta el límite, no es posible distraer tropas de combate en
labores de vigilancia y, por esa razón, Leddravohr ha decretado no hacer prisioneros, sin
diferencias por sexo o edad
Parece lógico, militarmente hablando, pero me he puesto enfermo por las grandes
carnicerías que he presenciado últimamente. Incluso los soldados más duros realizan su
tarea con una expresión lúgubre en sus rostros, y por la noche en los campamentos, el
poco júbilo que se percibe tiene un carácter artificial y forzado.
Éste es un pensamiento sedicioso, un pensamiento que yo no expresaría en ningún
otro lugar excepto en la intimidad de estas páginas, pero una cosa es extender los
beneficios del imperio a las tribus bárbaras e ignorantes, y otra muy distinta llevar a cabo
la aniquilación de un gran pueblo cuyo único delito fue preservar sus recursos de brakkas.
Nunca he tenido tiempo para la religión, pero ahora, por primera vez estoy empezando
a entender lo que significa la palabra «pecado»...
DÍA 103. Una compañía del 8º Batallón fue totalmente aplastada hoy por un ataque por
sorpresa en el sector C11. Sólo unos cuantos hombres escaparon de la matanza y
muchos de ellos estaban tan gravemente heridos que no les quedó otra opción que la Vía
Brillante. Desastres como ése se han convertido casi en una rutina, hasta tal punto que
me siento más preocupado por los informes que llegaron esta mañana sugiriendo que
nuestro respiro de los pterthas pronto llegará a su fin.
Las observaciones telescópicas de las aeronaves al este de aquí en la península de
Loongl revelaron hace unos días que grandes cantidades de pterthas se desplazan hacia
el sur por el ecuador. Los informes no han sido muy precisos, porque en este momento
tenemos muy pocas naves en el océano Fyallon, pero la opinión de los científicos parece
ser que los pterthas se están moviendo hacia el sur aprovechando una corriente de aire
que los arrastrará una larga distancia hacia el oeste y después nuevamente hacia el norte,
introduciéndolos en Chamteth.
Nunca he suscrito la teoría de que las burbujas posean una inteligencia rudimentaria,
pero si son capaces de comportarse así, usando las condiciones climáticas, la conclusión
de que tienen un propósito maligno es casi inevitable. Quizá, como las hormigas y otras
criaturas similares, su especie, considerada en su conjunto, tiene alguna forma de mente
colectiva, aunque los individuos sean incapaces de pensar.
DÍA 106. El sueño de Leddravohr de un Kolkorron libre del azote de los pterthas ha
llegado a un final brusco. Las burbujas han sido divisadas por los auxiliares de vuelo del
Primer Ejército. Se están aproximando a la costa del sur, a la región de Adrian.
Ha habido también un informe curioso, aún no confirmado, de mi propio enclave.
Dos soldados del frente en una zona de avance afirmaban haber visto a un ptertha de
color rosa claro. Según su relato, la burbuja se acercó a unos cuarenta pasos de donde
estaban ellos, pero no mostró ninguna tendencia a acercarse más y al final se alzó y se
alejó hacia el oeste. ¿Qué se debe pensar de tan extraños acontecimientos? ¿Podría ser
que dos soldados cansados de la batalla se hubiesen puesto de acuerdo para obtener
unos cuantos días de interrogatorio en la seguridad del campo base?
DIA 107. Hoy, aunque las hazañas me producen poco orgullo o placer, he justificado la
confianza del príncipe Leddravohr en mis habilidades como táctico.
El espléndido logro, quizá la culminación de mi carrera militar, empezó con un error que
habría sido evitado por un teniente novato recién salido de la academia
Todo comenzó alas ocho con mi impaciencia por la tardanza del capitán Kadal en
tomar un tramo de tierra en el sector D14. Su razón para rezagarse en la seguridad del
bosque fue que el mapa aéreo, trazado apresuradamente, mostraba un territorio
atravesado por varias corrientes, y él creyó que sus cárcavas eran lo bastante profundas
como para albergar sin mostrarlo a un número apreciable de enemigos. Kadal es un oficial
competente, y yo debía haberle dejado explorar el terreno a su manera, pero temí que los
reveses sufridos lo estuvieran volviendo timorato, y no pude vencer el temerario deseo de
darle un ejemplo a él y a sus hombres.
Para ello, tomé a un sargento y a una docena de soldados montados y cabalgué
precediéndolos. El terreno no presentaba obstáculos para los cuernoazules y cubrimos la
zona rápidamente. ¡Demasiado rápidamente!
A una distancia de, más o menos, un kilómetro y medio, el sargento empezó a dar
muestras visibles de inquietud pero yo estaba demasiado preocupado por el éxito para
prestarle la menor atención. Habíamos cruzado dos arroyos que eran, como indicaba el
mapa, demasiado poco profundos para ofrecer ninguna clase de escondite, y me exalté
con la visión de mí mismo presentando, sin darle importancia, a Kadal toda la zona como
un trofeo que había ganado para él gracias a mi valentía.
Sin que me diese cuenta habíamos avanzado casi tres kilómetros y, á pesar de mi
arrebato de megalomanía, estaba empezando a oír la voz de censura del sentido común
avisándome que ya era suficiente; en especial cuando ya habíamos cruzado una cadena
de montañas y no se divisaba ninguna de nuestras líneas de avance.
Fue entonces cuando los chamtethanos aparecieron.
Surgieron de la tierra a ambos lados como por arte de magia, aunque desde luego no
había nada de hechicería; habían estado escondidos en las cárcavas de los arroyos cuya
existencia yo había negado alegremente. Había al menos doscientos, con el aspecto de
reptiles negros dentro de sus armaduras de brakka Si su fuerza sólo hubiese estado
compuesta por la infantería, habríamos podido escapar, pero una cuarta parte de ellos
estaban montados y ya corrían para bloquear nuestra retirada
Me di cuenta de que mis hombres me miraban expectantes, y el hecho de que no
hubiera ni un indicio de reproche en sus ojos empeoró aún más mi situación personal
Había derrochado sus vidas por mi estupidez y orgullo presuntuoso ¡y todo lo que, me
pedían en ese terrible momento era una decisión sobre dónde y cómo debían morir!
Miré a mi alrededor y vi un montículo cubierto de árboles a unos quinientos metros de
donde estábamos. Podrían proporcionar cierta protección y existía la posibilidad de que,
desde la copa de uno de ellos, pudiésemos enviar un mensaje a Kadal con el luminógrafo
y pedir ayuda
Di la orden pertinente y cabalgamos a toda velocidad hacia el montículo,
afortunadamente sorprendiendo a los chamtethanos, que esperaban nuestra huida en la
otra dirección. Llegamos a los árboles mucho antes que nuestros perseguidores, que de
todas formas no corrían demasiado. El tiempo estaba de su parte, y para mí era casi
evidente que, incluso si lográbamos comunicarnos con Kadal, sería en vano.
Mientras uno de los hombres empezaba a subir a un árbol con el luminógrafo amarrado
en su cinturón, usé mis gemelos de campaña en un intento de localizar al jefe
chamtethano, para ver si lograba adivinar sus intenciones. Si era consciente de mi rango,
debería intentar cogerme vivo; y eso era algo que no podía permitir. Estaba recorriendo la
fila de soldados chamtethanos con los poderosos gemelos, cuando vi algo que, incluso en
ese momento de gran peligro, me produjo un espasmo de terror.
¡Pterthas!
Cuatro burbujas púrpuras se aproximaban desde el sur, conducidas por una brisa
ligera, casi rozando la hierba. Estaban a la vista del enemigo, observé a varios hombres
señalándolas; pero para mi sorpresa, no trataron de defenderse. Vi que las burbujas se
acercaban mas y más a los chamtethanos y, tal es el poder de los reflejos, tuve que
reprimir el impulso de gritar un aviso. La primera de las burbujas llegó ala línea de
soldados y de repente dejó de existir, explotando en medio de ellos.
Seguían sin iniciar ninguna acción defensiva o evasiva. Incluso vi a un soldado que,
con indiferencia, atravesó a un ptertha con su espada. En cuestión de pocos segundos las
cuatro burbujas se habían desintegrado, difundiendo su carga de polvo letal entre el
enemigo, que parecía totalmente ajeno a las consecuencias.
Si lo que había ocurrido hasta el momento fue sorprendente, lo siguiente lo fue aún
más.
Los chamtethanos empezaban a extenderse para formar un círculo alrededor de
nuestra inadecuada y pequeña fortaleza, cuando descubrí el principio de una conmoción
entre sus filas. Mis gemelos me mostraron que algunos soldados de armaduras negras
habían caído. ¡Ya! Sus compañeros se arrodillaban junto a ellos para prestarles ayuda y,
en pocos instantes, también estaban tendidos y retorciéndose sobre el suelo.
El sargento se acercó y me dijo:
- Señor, el cabo dice que puede ver nuestras líneas. ¿Qué mensaje quiere que
enviemos?
- ¡Espere! - Levanté un poco los gemelos para observar la distancia media, y al poco
tiempo localicé otro ptertha girando oscilante sobre los prados -. Dé instrucciones de que
informen al capitán que hemos encontrado un gran destacamento de enemigos, pero que
debe quedarse donde está No debe avanzar hasta que no le envíe una nueva orden.
El sargento era lo bastante disciplinado como para atreverse a protestar, pero su
perplejidad era evidente mientras se alejaba a toda prisa para transmitir mis órdenes.
Reanudé mi vigilancia de los chamtethanos. En ese momento ya existía la conciencia
general de que habían cometido un terrible error, lo que se evidenciaba por la manera en
que los soldados corrían de un lado a otro entre el pánico y la confusión. Los hombres
que habían empezado a avanzar hacia nosotros se volvieron y, sin comprender que su
única esperanza de sobrevivir estaba en abandonar aquel lugar, se volvieron a unir al
cuerpo principal de sus fuerzas. Observé, con una sensación de frialdad en mi estómago,
cómo también éstos empezaban a tambalearse y caer.
Tras de mí, entre mis hombres, se oían exclamaciones de asombro; incluso los que no
podían ver lo que sucedía, comprendieron que los chamtethanos estaban siendo
repentinamente aniquilados por algún agente pavoroso e invisible. En un lapso
aterradoramente breve, todos los hombres enemigos habían caído y nada se movía en la
llanura excepto grupos de cuernoazules que empezaban a pastar con despreocupación
entre los cuerpos de sus amos. (¿Por qué razón todos los miembros del reino animal
aparte de los simios, son inmunes al veneno de los pterthas?)
Cuando terminé de contemplar la espantosa escena, me volví y casi estuve tentado de
echarme a reír al ver a mis hombres mirándome con una mezcla de alivio, respeto y
adoración. Habían creído que iban a morir y ahora, así es como funciona la mentalidad de
un típico soldado, su gratitud por haberles sido pospuesto ese momento se centraba en
mí, como si su salvación hubiese sido ganada por alguna estrategia maestra puesta en
práctica por mí Parecían no pensar en ninguna de las graves implicaciones de lo que
había ocurrido.
Tres años antes, Kolkorron había sido puesta de rodillas por un repentino cambio fatal
en la naturaleza de nuestros viejos adversarios, los pterthas; y ahora, parecía haberse
producido otro y mayor aumento de los poderes malignos de las burbujas. La nueva forma
de pterthacosis, puesto que ninguna otra cosa podía haber acabado con los
chamtethanos, que mataba a un hombre en segundos en vez de horas, era un augurio
siniestro de los oscuros días que nos esperaban.
Transmití un mensaje a Kadal avisándole que se quedase en el bosque y que estuviera
alerta a los pterthas, después volví a mi puesto de vigía. Con los gemelos, descubrí varios
pterthas en grupos de dos o tres arrastrados por la brisa hacia el sur. Estábamos
relativamente a salvo de ellos, gracias a la protección de los árboles, pero esperé un
tiempo y me aseguré de que el cielo estuviera absolutamente limpio antes de dar la orden
de recoger a los cuernoazules y volver a nuestras líneas a toda velocidad
DÍA 109. Resulta que estaba bastante equivocado en lo referente a la nueva y más
intensa amenaza de los pterthas.
Leddravohr ha llegado ala verdad por uno de los métodos directos característicos en él
Ató a unas estacas a un grupo de hombres y mujeres chamtethanos en un espacio
abierto, y junto a ellos colocó a unos cuantos de nuestros heridos, hombres que tenían
pocas esperanzas de recuperarse. Finalmente fueron descubiertos por los pterthas y,
desde lejos, contemplamos con los telescopios lo que ocurría. Los kolkorronianos, a pesar
de sus malas condiciones físicas, tardaron dos horas en sucumbir a la pterthacosis, pero
los desgraciados chamtethanos murieron casi de inmediato.
¿Por qué se produce esta extraña anomalía?
He oído la teoría de que los chamtethanos son una raza con una cierta debilidad
hereditaria que les confiere una alta vulnerabilidad ala pterthacosis, pero la auténtica
explicación es una mucho más complicada que la propuesta por nuestros consejeros
médicos. Depende de la existencia de dos variedades distintas de pterthas: los púrpuras
oscuros, conocidos desde hace tiempo en Kolkorron, que son altamente venenosos; y los
rosas, autóctonos de Chamteth que son inofensivos o menos letales. (Las visiones de
burbujas rosas en esta zona multiplican varias veces las de otros lugares.)
La teoría además afirma que durante siglos de guerra contra los pterthas, en la que se
han destruido millones de burbujas, toda la población dé Kolkorron ha estado expuesta a
cantidades microscópicas del polvo tóxico. Esto nos ha dado cierto grado de tolerancia
contra el veneno, incrementando nuestra resistencia a él por un mecanismo similar al que
asegura que ciertas enfermedades puedan contraerse una sola vez Los chamtethanos,
por otra parte, no tienen ningún tipo de resistencia, y el encuentro con un ptertha
venenoso es más catastrófico para ellos que para nosotros.
Un experimento que lograría demostrar la segunda teoría sería exponer un grupo de
kolkorronianos y chamtethanos a los pterthas de color rosa. No hay duda que Leddravohr
llevará a cabo el experimento en su momento, cuando entremos en una región en la que
abunden las burbujas rosas.
Dalacott dejó de leer y miró el reloj atado a su muñeca. Era de los de tubo de vidrio
endurecido, preferido por los militares ante la falta de un cronómetro fiable y sólido. El
escarabajo del interior se acercaba a la octava división del tallo de caña graduado. El
momento de su última cita casi había llegado.
Tomó otro pequeño sorbo de vino y volvió a la última anotación de su diario. Hacía
muchos días que había sido escrita, y después de completarla abandonó el hábito de toda
su vida y no volvió a poner por escrito los pensamientos y actividades de cada día.
En cierto modo fue un suicidio simbólico, una preparación para lo que sucedería
aquella noche...
Capítulo 12
El cielo nocturno, aunque en conjunto brillaba menos que en Kolkorron, estaba surcado
por una enorme espiral de luz brumosa, cuyos anillos centelleaban llenos de estrellas
brillantes blancas, azules y amarillas. Aquélla aparecía flanqueada por dos grandes
espirales elípticas y la restante bóveda celestial estaba generosamente salpicada de
pequeños remolinos, jirones y manchas refulgentes, además de las brillantes colas de
numerosos cometas. Aunque el Árbol no era visible, el cielo estaba cubierto por una
multitud de estrellas importantes, cuya intensidad hacía que parecieran más cercanas que
cualquier otro objeto celeste, confiriendo un aspecto de profundidad al panorama.
Toller estaba acostumbrado a ver tales configuraciones sólo cuando Land se situaba en
el lado opuesto de su recorrido alrededor del sol, en cuyo punto estaban dominados y
ensombrecidos por el gran disco de Overland. Permaneció inmóvil en la oscuridad,
observando los reflejos de las estrellas temblar en las tranquilas aguas del río Naranja. A
su alrededor, las innumerables luces amortiguadas de la sede central del Tercer Ejército
iluminaban los tres senderos del bosque. Los días de los campamentos al aire libre
habían pasado con la llegada de la plaga de pterthas.
Una pregunta estuvo en su cabeza todo el día: ¿Porqué quiere el general Dalacott
tener una entrevista en privado conmigo?
Había pasado varios días de ociosidad en un campamento de paso a treinta kilómetros
hacia el oeste, ya que formaba parte de un ejército el cual, de repente, no tenía nada que
hacer, e intentaba adaptarse al nuevo ritmo de vida, cuando el comandante del batallón le
ordenó presentarse en el cuartel general. A su llegada fue examinado brevemente por
algunos oficiales, uno de los cuales supuso que debía de ser Vorict, el general adjunto. Le
habían dicho que el general Dalacott deseaba otorgarle personalmente la medalla al valor.
Varios oficiales se extrañaron ante una disposición tan poco corriente, y discretamente
sondearon a Toller para obtener alguna información antes de que aceptara que sabía tan
poco como ellos del asunto.
Un joven capitán surgió de un recinto de administración contiguo, se aproximó a él, y
dijo:
- Teniente Maraquine, el general le verá ahora.
Toller saludó y acompañó al oficial a una tienda que, inesperadamente, era bastante
pequeña y sobria. El capitán lo anunció y desapareció con rapidez. Toller se quedó de pie
ante un hombre delgado, de aspecto austero, que estaba sentado ante un escritorio
portátil. Bajo la luz mortecina de las lámparas de campaña, el cortísimo pelo del general
podía haber sido blanco o rubio, y su aspecto era sorprendentemente joven para un
hombre con cincuenta años de prestigioso servicio. Sólo sus ojos parecían viejos, ojos
que habían visto más de lo que era posible soñar.
- Siéntate, hijo - dijo -. Esto es una reunión absolutamente informal.
- Gracias, señor.
Toller se sentó en la silla indicada mientras crecía su curiosidad.
- Veo por tus informes que entraste en el ejército hace menos de un año como un
simple soldado combatiente. Sé que éstos son tiempos cambiantes, pero ¿no es un poco
extraño en un hombre de tu condición social?
- Fue dispuesto especialmente por el príncipe Leddravohr.
- ¿Es amigo tuyo Leddravohr?
Animado por el comportamiento directo pero cortés del general, Toller se atrevió a
sonreír con ironía.
- No puedo asegurar que tenga ese honor, señor.
- ¡Bueno! - Dalacott le devolvió la sonrisa -. Así que lograste el rango de teniente en
menos de un año por tus propios medios.
- Fue una comisión de campaña. Ésta podía no haber sido aprobada por completo.
- Lo fue. - Dalacott se detuvo para tomar un sorbo de su taza esmaltada -. Perdona que
no te ofrezca ninguna bebida; esto es un brebaje exótico y dudo que te gustase.
- No tengo sed, señor.
- Quizá prefieras esto.
Dalacott abrió un compartimento de su escritorio y sacó tres medallas al valor. Eran
escamas circulares de brakka con incrustaciones de vidrio rojo y blanco. Se las entregó a
Toller y se reclinó para observar su reacción.
- Gracias. - Toller palpó las medallas y se las metió en un bolsillo -. Es un honor para
mí.
- Lo disimulas bastante bien.
Toller estaba embarazado y desconcertado.
- Señor, no pretendía...
- Está bien, hijo - dijo Dalacott -. Dime, ¿la vida del ejército es como tú esperabas?
- Desde que era niño soñaba con ser un guerrero, pero ahora...
- Venías dispuesto a limpiar de tu espada la sangre de un enemigo, pero no te diste
cuenta de que también encontrarías los restos de su cena.
Toller miró al general a los ojos.
- Señor, no entiendo por qué me ha traído aquí.
- Pensé que debía darte esto.
Dalacott abrió su mano derecha descubriendo un pequeño objeto que dejó caer sobre
la palma de Toller.
Toller se sorprendió por el peso, por el impacto contundente en su mano. Acercó el
objeto a la luz, intrigado por el color y el brillo de la superficie pulida. El color no se
parecía a ninguno que hubiera visto antes; blanco, pero en cierto modo más que blanco,
parecido al mar cuando los rayos del sol se reflejaban en él oblicuamente al amanecer. El
objeto estaba redondeado como un canto rodado, pero podría haber sido la miniatura
labrada de un cráneo, cuyos detalles hubieran sido borrados por el tiempo.
- ¿Qué es esto? - preguntó Toller.
Dalacott negó con la cabeza.
- No lo sé. Nadie lo sabe. Lo encontré en la provincia de Redant hace muchos años, a
orillas del Bes-Undar, y nadie ha sido capaz de decirme lo que es.
Toller encerró con sus dedos el objeto caliente y descubrió que su pulgar empezaba a
moverse en círculos sobre la superficie lisa.
- Una pregunta conduce a otra, señor. ¿Por qué quiere que yo tenga esto?
- Porque - Dalacott le sonrió de una forma extraña podría decirse que fue lo que nos
unió a tu madre y a mí.
- Comprendo - dijo Toller, hablando de forma mecánica pero no falsa, mientras las
palabras del general aclaraban su mente, como una fuerte ola alterando el aspecto de una
playa, reordenando los fragmentos de la memoria en nuevas configuraciones. Éstas eran
desconocidas, pero sin embargo no totalmente extrañas, porque habían estado ocultas en
el antiguo orden, aguardando sólo una leve agitación para aparecer.
Hubo un largo silencio interrumpido sólo por el débil chasquido de un insecto del aceite
moviéndose torpemente por el tubo de la lámpara y deslizándose hasta el depósito. Toller
observó solemnemente a su padre, intentando invocar alguna emoción adecuada, pero en
su interior sólo había aturdimiento.
- No sé qué decir - admitió al fin -. Esto llega demasiado... tarde.
- Más tarde de lo que tú crees. - La expresión de Dalacott era legible mientras llevaba
la taza de vino a sus labios -. Tenía muchas razones, algunas no del todo egoístas, para
no conocerte, Toller. ¿Me guardas algún rencor?
- Ninguno, señor.
- Me alegro. - Dalacott se puso de pie -. No nos volveremos a ver, Toller. ¿Me
abrazarás... una vez... como un hombre abraza a su padre?
- Padre.
Toller se puso de pie y rodeó con sus brazos la figura erguida y veterana. Durante los
breves instantes que duró el contacto, percibió un curioso olor a especias en el aliento de
su padre. Echó un vistazo a la copa apoyada sobre el escritorio, realizando un salto
mental medio intuitivo, y cuando se separaron para ocupar de nuevo sus asientos, había
excitación en sus ojos.
Dalacott parecía tranquilo, con un dominio total.
- Ahora, hijo, ¿qué te espera? Kolkorron y sus nuevos aliados, los pterthas, han logrado
una victoria gloriosa. Ya no que -!a trabajo para los soldados, ¿qué has planeado pata tu
futuro?
- Creo que no tengo ningún plan para el futuro - dijo Toller -. Hubo un tiempo en que
Leddravohr me hubiera asesinado personalmente, pero ocurrió algo, algo que no
entiendo. Me metió en el ejército y creo que su intención era que los chamtethanos
hiciesen el trabajo por él.
- Tiene demasiadas cosas para ocupar sus pensamientos y absorber sus energías -
dijo el general -. Todo un continente debe ser saqueado, meramente como un paso
preliminar para la construcción de la flota de migración de Prad. Quizá Leddravohr se ha
olvidado de ti.
- Yo no lo he olvidado.
- ¿Le deseas la muerte?
- Antes sí. - Toller pensó en las huellas de sangre sobre el mosaico claro, pero la visión
se había oscurecido, entremezclada con cientos de imágenes sangrientas -. Ahora dudo
de que la espada solucione algo.
- Me alivia oírte decir eso. Incluso aunque en el corazón de Leddravohr no esté
realmente el plan de migración es probable que sea el mejor hombre para llevarlo a cabo
con éxito. Es posible que el futuro de nuestra raza descanse sobre sus hombros.
- Soy consciente de esa posibilidad, padre.
- Y también piensas que puedes resolver perfectamente tus problemas sin mi consejo. -
Había un gesto irónico en los labios del general -. Creo que me hubiera gustado tenerte a
mi lado. Bueno, ¿qué respondes a mi primera pregunta? ¿Has pensado algo sobre tu
futuro?
- Me gustaría pilotar una nave hasta Overland - dijo Toller -. Pero creo que es una
ambición vana.
- ¿Por qué? Tu familia debe de tener influencia.
- Mi hermano es consejero jefe del diseño de naves espaciales, pero es tan poco
apreciado por el príncipe Leddravohr como yo.
- ¿Realmente deseas pilotar una nave? ¿De verdad quieres ascender miles de
kilómetros hacia el cielo, con sólo un globo, unas cuerdas y trozos de madera para
sostenerte?
Toller se sorprendió por las preguntas.
- ¿Por qué no?
- Ciertamente, la nueva era trae consigo nuevos hombres - comentó Dalacott en voz
baja, hablando aparentemente para sí; después sus facciones se animaron -. Debes irte
ahora; tengo que escribir unas cartas. Tengo alguna influencia sobre Leddravohr y
bastante influencia sobre Carranald, el jefe de los Servicios Aéreos del Ejército. Si tienes
las aptitudes precisas, pilotarás una nave espacial.
- Otra vez, padre, no sé qué decir.
Toller se levantó, pero se resistía a marcharse. Había sucedido mucho en pocos
minutos y su incapacidad para responder lo estaba llenando de una sensación de
culpabilidad por no saber cómo debía comportarse. ¿Cómo podía encontrar a su padre y
decirle adiós casi en el mismo instante?
- No es necesario que digas nada, hijo. Acepta sólo que amé a tu madre y...
Dalacott se interrumpió, mirando sorprendido, y escrutando el interior de la tienda como
si sospechase la presencia de un intruso.
- ¿Estás enfermo? - preguntó Taller, alarmado.
- No es nada. La noche es demasiado larga y oscura en esta parte del planeta.
- Quizá si te acostases... - dijo Toller, aproximándose.
El general Risdel Dalacott le detuvo con la mirada.
- Déjame ahora, teniente.
Toller le saludó con corrección y abandonó la tienda. Cuando se acercaba a la cortina
de la entrada, vio que su padre había cogido su pluma y ya había empezado a escribir.
Toller dejó caer la tela y el triángulo de tenue iluminación, una imagen que se filtraba a
través de los confusos pliegues de la probabilidad, de vidas no vividas y de historias que
nunca serían contadas, se desvaneció en un instante. Mientras caminaba bajo la
oscuridad plagada de estrellas, empezó a llorar. Al fin los profundos pozos de la emoción
habían sido horadados, y sus lágrimas eran tan copiosas por haber llegado demasiado
tarde.
Capítulo 13
La noche, como siempre, era el tiempo de los pterthas. Marnn Ibbler llevaba en el
ejército desde los quince años y, como muchos soldados veteranos, había desarrollado
un excepcional sistema personal de alarma que le avisaba cuando había alguna burbuja
cerca. Apenas se daba cuenta de que mantenía la vigilancia, pero siempre estaba del
todo consciente de lo que había a su alrededor, e incluso cuando estaba cansado o
borracho sabía por instinto si un ptertha flotaba en las proximidades.
Por eso fue el primer hombre que sospechó que se había producido un nuevo cambio
en la naturaleza y costumbres del viejo enemigo de su gente.
Fue una noche de guardia, en el gran campamento de base permanente del Tercer
Ejército en Trompha, al sur de Middac. El trabajo era escaso. Sólo habían quedado unas
cuantas unidades auxiliares después que Kolkorron invadiera Chamteth. La base estaba
cerca del centro del imperio y nadie, excepto un loco, se aventuraría a salir a campo
abierto durante la noche.
Ibbler estaba de pie con dos centinelas que se quejaban amarga y extensamente de la
comida y la paga. En secreto, estaba de acuerdo con ellos, puesto que nunca en su vida
militar las raciones habían sido tan escasas y difíciles de digerir; pero como hacen los
viejos soldados, persistentemente quitaba importancia a cada lamentación relatando
historias sobre las penurias de anteriores campañas. Se hallaban cerca de una pantalla
interior, al otro lado de la cual estaba la zona de separación y la pantalla exterior. Las
llanuras fértiles de Middac se divisaban, a través de las redes abiertas, extendiéndose a lo
lejos hasta el horizonte del oeste, iluminadas por un Overland convexo.
Se suponía que nada debía moverse en el anochecer exterior, excepto los casi
continuos destellos de las estrellas fugaces, de modo que cuando los finos sentidos de
Ibbler detectaron el sutil desplazamiento de una sombra, enseguida supo que era un
ptertha. No se lo dijo a sus compañeros, seguros tras la doble barrera, y continuó la
conversación, pero una parte de su conciencia estaba ahora ocupada en otro lugar.
Un momento más tarde, notó la presencia del segundo ptertha, después del tercero. En
un minuto, localizó a las ocho burbujas, todas formando un solo grupo. Eran arrastradas
por una suave brisa del noroeste, y desaparecieron de su vista hacia la derecha, donde el
paralaje fundía los hilos verticales de la red en un tejido aparentemente tupido.
Ibbler, expectante pero aún despreocupado, esperaba que los pterthas reaparecieran
en su nuevo campo de visión. Al chocar contra la pantalla exterior, las burbujas,
obedeciendo los dictados de las corrientes de aire, bordearían el campamento en la
dirección sur pegadas a las redes y finalmente, no encontrando ninguna presa, se
desprenderían y se alejarían flotando hacia la costa del suroeste y el mar de Otollan.
En esta ocasión, sin embargo, se comportaban de una manera insospechada.
Cuando pasaron unos minutos sin que las burbujas se hiciesen visibles, los jóvenes
compañeros de Ibbler se dieron cuenta de que éste estaba ausente de la conversación.
Bromearon cuando les explicó lo que estaba pensando, decidiendo que los pterthas,
suponiendo que existiesen fuera de la imaginación de Ibbler, debían de haber encontrado
una corriente de aire ascendente y alejado por encima de la red protectora extendida
sobre el tejado del campamento. Queriendo evitar que lo considerasen una vieja histérica,
Ibbler no insistió en el asunto, aunque siguió pensando que era extraño que los pterthas
volasen hacia arriba estando cerca de humanos.
A la mañana siguiente, encontraron cinco zapadores muertos por pterthacosis dentro
de su cabaña. El soldado que los encontró murió también, así como otros dos hacia los
que éste había corrido aterrado. Más tarde, se llenaron los pozos de aislamiento y todos
aquellos que se creían contaminados fueron despachados por los arqueros por la Vía
Brillante.
Ibbler observó que la cabaña de los zapadores estaba cerca del punto donde el grupo
de pterthas debía de haber chocado contra la pantalla la noche anterior y en la dirección
de la corriente que soplaba desde allí. Concertó una entrevista con su oficial jefe y expuso
la teoría de que los pterthas se habían autodestruido en grupo al chocar contra el
perímetro, produciendo una nube de polvo tóxico tan concentrada que fue eficaz incluso
más allá del margen de seguridad habitual de treinta metros. Sus palabras fueron
recibidas con bastante escepticismo, pero en pocos días el fenómeno descrito fue
presenciado en distintos puntos.
Ninguno de los subsiguientes brotes de la plaga de pterthas fue tan bien controlado
como el de Trompha y cientos de personas murieron antes de que las autoridades se
diesen cuenta de que la guerra entre los habitantes de Kolkorron y los pterthas había
entrado en una nueva fase.
En general, la población del imperio sufrió el efecto de dos formas. Las zonas de
separación se incrementaron al doble, pero ya no había ninguna garantía de su eficacia.
La brisa ligera y constante era la condición climática más temida, porque podía transportar
a lo largo de muchos kilómetros vestigios invisibles de la toxina ptertha hasta una
comunidad, antes que la concentración disminuyese a niveles subletales. Pero incluso
con viento racheado y variable, una cantidad suficientemente grande de toxina podía
posar su furtiva mano de muerte sobre un niño dormido y, a la mañana siguiente, una
familia entera estaría afectada.
Otro factor que aceleró la mengua de la población fue la nueva disminución en las
producciones agrarias. Las regiones que habían sufrido restricciones de alimentos,
empezaron a soportar una extremada escasez. El sistema tradicional de siembras
continuas funcionaba ahora en perjuicio de los kolkorrónianos, porque no tenían
experiencia en el almacenamiento de cereales y otros cultivos comestibles durante
períodos largos. Las limitadas reservas de alimentos se pudrían o se convertían en
transmisoras de la peste en los graneros improvisados con urgencia, y enfermedades no
relacionadas con los pterthas cobraron su precio de vidas humanas.
El transporte de grandes cantidades de cristales de energía desde Chamteth hasta Ro-
Atabri continuó a pesar del empeoramiento de la crisis, pero las organizaciones militares
no se libraron de perjuicios. A los cinco ejércitos se les obligó a permanecer en Chamteth.
Les fue negado el regreso a Kolkorron y a las provincias cercanas, y se les ordenó que
instalasen su residencia permanente en la Tierra de los Largos Días, donde los pterthas,
como si advirtieran su vulnerabilidad, formaban enjambres cada vez más numerosos. Sólo
aquellas unidades relacionadas con la explotación de los bosques de brakkas y el envío
de los cargamentos de cristales verdes y púrpuras, siguieron bajo el manto protector del
alto mando de Leddravohr.
Y el propio príncipe cambió.
Al principio había aceptado la responsabilidad sobre la migración a Overland casi
únicamente por lealtad hacia su padre, compensando sus particulares reservas con la
oportunidad de dirigir una guerra contra Chamteth. Durante toda su preparación para
construir la flota de aeronaves, alimentó dentro de sí la creencia de que la poco atractiva
aventura nunca llegaría a realizarse, que se encontraría una solución menos radical para
los problemas de Kolkorron, algo que estaría más de acuerdo con los patrones de la
historia humana establecidos.
Pero por encima de todo era un hombre realista, que entendía la vital importancia de
equilibrar la ambición y la capacidad, y cuando previó el inevitable resultado de la guerra
contra los pterthas, cambió de opinión.
La emigración a Overland ahora era parte de su futuro personal y el de los suyos.
Reconociendo su nueva actitud, comprendió que no debería permitirse que nada se
interpusiese en su camino.
Capítulo 14
- ¡Pero hoy es el gran día! - dijo el coronel Kartkang enfurecido -. Supongo que sabes
que tu despegue está fijado para las diez.
Era poco robusto para ser un miembro de la casta militar, con una cara redonda y una
boca tan ancha que, entre cada uno de sus diminutos dientes, quedaba un espacio
apreciable. Su talento para la administración y su vista certera para los detalles le habían
procurado el nombramiento de jefe del Escuadrón Experimental del Espacio, y claramente
le desagradaba la idea de permitir a un piloto abandonar la base poco antes del vuelo de
prueba más importante del programa.
- Habré vuelto mucho antes de esa hora, señor - dijo Toller -. Usted sabe que no me
arriesgaría lo más mínimo.
- Sí, pero... ¿Sabes que el príncipe Leddravohr piensa presenciar en persona el
ascenso?
- Razón - de más para que vuelva a tiempo, señor. No quiero arriesgarme a ser
acusado de alta traición.
Kartkang, todavía nervioso, empezó a ordenar unos papeles de su escritorio.
- ¿Era el gran Glo importante para ti?
- Hubiera arriesgado mi vida por él.
- En ese caso, supongo que será mejor que le presentes tus últimos respetos - dijo
Kartkang -. Pero no te olvides del príncipe.
- Gracias, señor.
Toller le saludó y salió de la oficina, con la cabeza convertida en un campo donde
batallaban emociones incompatibles. Parecía irónicamente cruel, casi la prueba de la
existencia de una deidad maligna, que Glo fuera a ser enterrado el mismo día en que una
nave espacial iba a partir para probar la posibilidad del vuelo a Overland. El proyecto
había sido concebido por el cerebro de Glo y, al principio, sólo le había deparado el
ridículo y la vergüenza, seguidos de un ignominioso retiro; y justo en el momento en que
estaba a punto de lograr su venganza personal, su cuerpo impedido le había fallado. No
habría ninguna estatua de vientre dilatado en los jardines del Palacio Principal, y era
dudoso que el nombre de Glo fuese ni siquiera recordado por la nación que él habría
ayudado a establecerse en otro mundo.
Las visiones de la flota de migración aterrizando en Overland reavivaron nuevamente
en Toller la helada excitación con la que había vivido durante días. Absorbido por su
monomanía durante tanto tiempo, trabajando con total dedicación para ser elegido en la
primera misión interplanetaria, en cierto modo dejó de ver la asombrosa realidad. Su
impaciencia había retardado tanto el paso del tiempo que empezó a creer que su meta
nunca llegaría, quedándose por siempre lejana como un espejismo, y ahora, de pronto, el
presente chocaba con el futuro.
El momento del gran viaje estaba a un paso, y durante éste se aprenderían muchas
cosas, no todas relacionadas con la técnica de los vuelos interplanetarios.
Toller salió del complejo administrativo del E.E.E. y trepó por una escalera de madera
hasta la superficie de una llanura que llegaba hasta el norte de Ro-Atabri, hasta las
estribaciones de las montañas de Slaskitan. Tomó un cuernoazul del establo y emprendió
el viaje de tres kilómetros hacia Monteverde. El lienzo barnizado del túnel que cubría el
camino resplandecía bajo la luz del sol del antedía, envolviendo a Toller; el aire del interior
era sofocante, cargado y olía a excrementos de animales. La mayor parte del tráfico venía
de la ciudad, carretas cargadas con piezas de barquillas y cilindros propulsores de brakka.
Toller se precipitó hacia la confluencia este, entró en el tubo que conducía a
Monteverde y pronto llegó a la zona protegida por las viejas pantallas de redes abiertas a
las afueras de Ro-Atabri. Cabalgó atravesando una morrena y casas abandonadas que
flanqueaban la colina, llegando finalmente al pequeño cementerio privado adyacente al
ala encolumnada, al oeste de la Torre de Monteverde.
Varios grupos de asistentes aguardaban ya, y entre ellos vio a su hermano y a la
esbelta figura de Gesalla Maraquine vestida de gris. Era la primera vez que la veía desde
la noche en que Leddravohr abusó de ella, hacía algo más de un año, y su corazón se
sobresaltó desagradablemente al darse cuenta de que no sabía cómo comportarse ante
ella.
Desmontó, se arregló el jubón bordado de su uniforme de capitán del espacio y se
encaminó hacia su hermano y esposa, sintiéndose aún extrañamente nervioso y tímido. Al
aproximarse, Lain le dirigió la semisonrisa serena, reveladora de su orgullo familiar teñido
de incredulidad, que solía dedicarle en los últimos tiempos cuando coincidían en las
reuniones técnicas. Toller estaba satisfecho de haber sorprendido e impresionado a su
hermano mayor con su enfrentamiento tenaz a cada uno de los obstáculos, incluido el de
su dificultad para la lectura, y de la manera en que se había convertido en piloto de
aeronave.
- Hoy es un día triste - dijo Lain.
Gesalla, que no había advertido su presencia, se volvió bruscamente llevándose una
mano a la garganta. Él se inclinó con cortesía y omitió el saludo verbal, dejándole a ella la
posibilidad de aceptar o declinar la iniciativa de conversación. Ella inclinó también la
cabeza en silencio, pero sin ningún indicio visible de su antigua antipatía, y Toller se sintió
algo más tranquilo. En su memoria, el rostro de Gesalla seguía marcado por los trastornos
de la preñez, pero ahora sus mejillas estaban más redondeadas y sonrosadas. Parecía
más joven que antes y la visión de ella acaparó sus ojos.
Advirtiendo la presión de la mirada de Lain, dijo:
- ¿Por qué ha tenido que morir tan pronto?
Lain se encogió de hombros; un gesto inesperado en una persona tan próxima al gran
Filósofo.
- ¿Se ha confirmado lo del ascenso?
- Sí. Es a las diez.
- Lo sé. Quiero decir, ¿estás totalmente decidido?
- ¡Desde luego! - Toller levantó la vista hacia el cielo cubierto de redes y el semicírculo
nacarado de Overland -. Estoy totalmente decidido a llegar hasta las montañas invisibles
de Glo.
Gesalla le miró divertida e interesada.
- ¿Qué significa eso?
- Sabemos que la atmósfera pierde densidad entre los dos planetas - dijo Toller -. La
proporción en que disminuye ha sido medida de manera burda enviando globos de gas y
observando su expansión mediante telescopios graduados. Es algo que debe verificarse
en el vuelo de prueba, pero creemos que el aire es lo bastante abundante como para
permitir la vida, incluso en el punto medio.
- Escucha al nuevo experto - dijo Lain.
- He tenido los mejores profesores - respondió Toller, sin ofenderse, volviendo de
nuevo su atención a Gesalla -. El gran Glo dijo que el vuelo era como escalar hacia la
cima de una montaña invisible y descender por otra.
- Nunca le reconocí su mérito de poeta - dijo Gesalla.
- Tenía muchos méritos que no se le reconocieron.
- Sí, como adoptar esa esposa tuya cuando te marchaste a jugar a los soldados -
intervino Lain -. Por cierto, ¿qué ha sido de ella?
Toller miró a su hermano un momento, desconcertado y ofendido por la insinuación
maliciosa de su tono. Lain le había hecho la misma pregunta hacía tiempo, y ahora
parecía que volvía a sacar el tema de Fera sin ninguna razón excepto que siempre había
sido un fastidio para Gesalla. ¿Era posible que Lain estuviese celoso de que su
«hermanito» hubiera logrado un puesto en el vuelo de prueba, el mayor experimento
científico de la época?
- Fera se aburrió pronto de la vida en la Torre y volvió a vivir en la ciudad - dijo Toller -.
Me imagino que se encontrará bien, espero que así sea; pero no he intentado encontrarla.
¿Por qué lo preguntas?
- Hummm... simple curiosidad.
- Bueno, si tu curiosidad incluye mi estancia en el ejército, puedo asegurarte que la
palabra «jugar» es absolutamente inadecuada. Yo...
- Callad los dos - dijo Gesalla, apoyando una mano en un brazo de cada uno -. La
ceremonia empieza.
Toller se calló, experimentando una nueva confusión de emociones, mientras el cortejo
fúnebre llegaba desde la casa. En su testamento, Glo había establecido su preferencia
por la ceremonia más simple y corta apropiada para un aristócrata kolkorroniano. El
cortejo lo componían sólo el gran Prelado Balountar y cuatro obispos con túnicas oscuras,
que llevaban el bloque cilíndrico de yeso blanco en donde ya se había encerrado el
cuerpo de Glo. Balountar, con la cabeza estirada hacia delante y sus vestimentas negras
cubriendo su huesuda figura, parecía un cuervo caminando lentamente hacia el foso
circular excavado en el lecho de roca del cementerio.
Recitó una corta oración, entregando el viejo caparazón de Glo al cuerpo matriz del
planeta para que fuese reabsorbido y pidiendo que su espíritu gozase de una travesía
segura hasta Overland, seguido de un afortunado renacimiento y una larga y próspera
vida en el mundo hermano.
Toller se sentía culpable mientras observaba el descenso del cilindro y la clausura del
orificio con cemento vertido desde una urna decorada. Deseaba verter lágrimas de
tristeza y aflicción por ver partir a Glo para siempre, pero sus pensamientos
indisciplinados estaban dominados por el hecho de que Gesalla, que nunca antes le había
tocado, estaba apoyando la mano sobre su brazo. ¿Indicaba esto un cambio de actitud
hacia él, o era consecuencia de algún giro en su relación con Lain, quien a su vez actuaba
de forma extraña? Y sobre todo, en la mente de
Toller, estaba la conciencia latente de que pronto iba a ascender hacia la cúpula azul
del cielo, incluso más lejos del alcance de los telescopios más potentes.
Se alivió cuando concluyó la breve ceremonia y los corros de asistentes, familiares en
su mayoría, empezaron a dispersarse.
- Ahora debo volver ala base - dijo -. Todavía quedan muchas cosas que...
Dejó inconclusa la última frase al advertir que el gran Prelado se había apartado de su
séquito y se aproximaba al trío. Presuponiendo que el interés de Balountar tendría que ver
con Lain, Toller dio un discreto paso hacia atrás. Se sorprendió cuando Balountar fue
directamente hacia él, con mirada decidida y furiosa, golpeándole el pecho con sus dedos
lacios.
- Me acuerdo de ti - dijo -. ¡Maraquine! Tú eres el que se atrevió a tocarme en la Sala
del Arco Iris, ante el rey.
Nuevamente golpeó a Toller con un gesto claramente insultante.
- Bueno, ahora que estamos en paz - dijo Toller tranquilamente -, ¿puedo servirle en
algo, señor?
- Sí, puedes quitarte ese uniforme; es una ofensa para la Iglesia en general y para mí
en particular.
- ¿Qué es lo que le ofende de él?
- ¡Todo! El mismo color simboliza los cielos, ¿no es cierto? Proclama tu intención de
profanar el Camino de las Alturas ¿verdad? Incluso aunque tu maligna ambición será
truncada, Maraquine, esos harapos azules son una ofensa para cualquier ciudadano
decente del país.
- Llevo este uniforme para servir a Kolkorron, señor. Cualquier objeción que tenga
deberá presentarla directamente al rey. O al príncipe Leddravohr.
- ¡Bah! - Balountar fijó su mirada ponzoñosa durante un momento, reflejando en su
rostro la rabia frustrada -. No te saldrás con la tuya; lo sé. Aunque tus preferencias y las
de tu hermano vuelvan la espalda a la Iglesia, con toda vuestra sofisticación y arrogancia,
aprenderéis con dolor que el pueblo clamará justicia en su momento. ¡Ya lo veréis! La
gran blasfemia, el gran pecado, no quedará sin castigo.
Se volvió y, a grandes pasos, se alejó hacia la verja del cementerio, donde los cuatro
obispos auxiliares estaban esperando.
Taller contempló su marcha y se volvió hacia los otros alzando las cejas.
- El gran Prelado no parece contento.
- En otra época le hubieras aplastado la mano por hacer eso. - Lain imitó el gesto de
Balountar, golpeando con sus dedos laxos el pecho de Taller -. ¿Ya no te hierve la sangre
con tanta facilidad?
- Tal vez he visto demasiada sangre.
- Ah, sí. ¿Cómo he podido olvidarlo? - La sorna en el tono de Lain era ahora manifiesta
-. Éste es tu nuevo papel, ¿no? El hombre que ha bebido demasiado de la copa de la
experiencia.
- Lain, no entiendo tu actitud hacia mí, y siento mucho no tener tiempo ahora para
averiguarlo.
Toller saludó con la cabeza a su hermano e hizo una reverencia a Gesalla, cuya mirada
preocupada iba de uno a otro. Estaba a punto de alejarse cuando los ojos de Lain se
llenaron de lágrimas,, abriendo de repente sus brazos y rodeando a su hermano y a su
esposa.
- No te arriesgues estúpidamente allí arriba, hermanito - susurró Lain -. Tu deber para
con tu familia es volver sano y salvo, para que cuando llegue el momento de la migración
todos podamos volar juntos a Overland. Sólo confiaré a Gesalla al mejor piloto.
¿Entiendes?
Toller asintió sin atreverse a hablar. La sensación de tener el delicado cuerpo de
Gesalla junto al suyo carecía de sexualidad, como debía ser, pero había en ello cierta
tensión, y con su hermano completando el circuito psíquico tuvo la impresión agradable y
beneficiosa de que las energías vitales aumentaban en vez de disiparse.
Cuando Toller se liberó del abrazo, se sintió ligero y fuerte, capaz de elevarse hasta el
nuevo mundo.
Capítulo 15
Toller se despertó poco después del amanecer con el ruido de una animada discusión
situada en el centro de la barquilla. Se alzó de rodillas sobre los sacos de arena y se frotó
los brazos, dudando si el frío que sentía era externo o una secuela del sueño. El rugido
intermitente del quemador había sido tan penetrante que sólo dormitó levemente y ahora
se sentía poco más descansado que si hubiera estado de guardia toda la noche. Caminó
de rodillas hasta la abertura de la separación del compartimento de pasajeros y observó al
resto de la tripulación.
- Debería echar un vistazo a esto, capitán - dijo Zavotle, levantando su estrecha cabeza
-. ¡El indicador de altura funciona!
Toller introdujo sus piernas poco a poco en el estrecho espacio que quedaba en el
suelo en la parte central y fue hasta el puesto del piloto, donde Flenn y Ryllomyner
estaban de pie junto a Zavotle. Allí había una pequeña mesa, sobre la que se hallaba
fijado el indicador de altura. Éste sólo estaba constituido por una escala vertical, en cuya
parte superior colgaba un pequeño peso de un frágil muelle hecho de una viruta de brakka
tan fina como un cabello. La mañana anterior, al comienzo del viaje, el peso se hallaba
frente a la marca inferior de la escala; pero ahora estaba varias divisiones más arriba.
Toller examinó atentamente el indicador.
- ¿Alguien lo ha manipulado?
- Nadie lo ha tocado - le aseguró Zavode -. Lo que significa que es cierto lo que nos
dijeron. ¡Todo se vuelve más ligero a medida que subimos! ¡Nos estamos volviendo
ligeros!
- Era. de esperar - dijo Toller, sin ningún deseo de admitir que, en el fondo de su
corazón, nunca aceptó la idea, ni siquiera cuando Lain se empeñó en hacerle entender la
teoría dándole clases especiales.
- Sí, pero eso significa que dentro de tres o cuatro días no pesaremos nada. ¡Podremos
flotar por el aire como... como... los pterthas! ¡Todo es cierto, capitán!
- ¿A qué altura dices que estamos?
- A unos quinientos sesenta kilómetros; y eso está de acuerdo con nuestros cálculos.
- Yo no noto ninguna diferencia - intervino Rillomyner -. Opino que el muelle se ha
encogido.
Flenn asintió, aunque en su rostro se mostraba la duda. - Yo también - dijo.
Toller deseaba tiempo para ordenar sus pensamientos. Se acercó al borde de la
barquilla y experimentó un momento aturdidor de vértigo al mirar a Land como nunca
antes lo había visto: una convexidad circular inmensa, con una mitad casi totalmente
oscura y la otra de un brillo centelleante de océanos azules y continentes e islas
sutilmente ensombrecidos.
Las cosas serían muy distintas si despegases del centro de Chamteth y te dirigieras
hacia el espacio abierto, repetía la voz de Lain en su recuerdo. Pero al viajar entre los dos
mundos pronto llegarás a la zona media, de hecho algo más cerca de Overland que de
Land donde el empuje gravitacional de cada planeta anula el del otro. En condiciones
normales, como la barquilla es más pesada que el globo, la nave tiene la estabilidad de un
péndulo; pero donde nada pesa, la nave será inestable y tendrás que usar los chorros
laterales para controlar la posición.
Lain había realizado ya el viaje entero en su mente, comprendió Toller, y todo lo que
había predicho que ocurriría estaba ocurriendo. Verdaderamente, habían entrado en la
región de lo insólito, pero el intelecto de Lain Maraquine y de otros hombres como él ya
había marcado el camino, y ellos debían confiar...
- No te preocupes tanto si pierdes el ritmo de combustión - dijo Toller tranquilamente,
volviéndose a Zavotle -. Y no te olvides de comprobar las lecturas del indicador de altura
midiendo el diámetro aparente de Land cuatro veces al día.
Dirigió su mirada a Rillomyner y a Flenn.
- Y respecto a vosotros dos, ¿por qué se molestó el escuadrón en enviaros a clases
especiales? El muelle no se ha alterado. Nos volvemos más ligeros a medida que
subimos y consideraré cualquier discusión sobre este tema como insubordinación. ¿Está
claro?
- Sí, capitán.
Ambos hombres hablaron al unísono, pero Toller advirtió una expresión inquieta en los
ojos de Rillomyner, y se preguntó si el mecánico tendría problemas para adaptarse a la
creciente ingravidez. Para eso es el vuelo de pruebas se recordó. Estamos probándonos
tanto a nosotros mismos como a la nave.
Al caer la noche, el peso del indicador de altura había llegado hasta casi la mitad de la
escala y los efectos de la reducción de gravedad eran apreciables. Ya no había lugar a
dudas.
Cuando se soltaba un objeto pequeño, caía al suelo de la barquilla con evidente
lentitud, y todos los miembros de la tripulación comentaron que tenían una curiosa
sensación de vacío en el estómago. En dos ocasiones, Rillomyner se despertó de su
sueño con un grito de pánico, explicando después que había sentido que se caía.
Toller observó su propia facilidad para moverse al ir de un lado a otro, y le pareció estar
soñando. Recordó que pronto sería aconsejable que la tripulación permaneciera atada
siempre. La idea de un movimiento violento imprevisible que alejase a un hombre de la
nave era algo que no quería presenciar.
Observó también que, a pesar del peso decreciente, la nave tendía a subir con más
lentitud. El efecto había sido predicho exactamente; una consecuencia de la desaparición
de la diferencia entre el peso del aire caliente en el interior de la envoltura y el de la
atmósfera circundante. Para mantener la velocidad, alteró el ritmo del quemador a cuatro-
ocho, y después a cuatro-seis. Los tanques alimentadores de pikon y halvell cada vez
tenían que rellenarse con más frecuencia y, aunque había amplias reservas, Toller
empezó a desear ansiosamente llegar a la altura de cuatrocientos ochenta kilómetros. En
ese punto, el peso de la nave sería sólo un cuarto del normal, y resultaría más económico
usar la potencia de los chorros propulsores hasta que hubiese pasado la zona de
gravedad cero.
La necesidad de interpretar cada acción y cada suceso con el arduo lenguaje de las
matemáticas, la ingeniería y la ciencia, dificultaba las respuestas naturales de Toller en su
nuevo ambiente. Descubrió que pasaba largos ratos asomado al borde de la barquilla, sin
mover un músculo, hipnotizado, con todas sus fuerzas físicas anuladas por la simple
fascinación. Overland estaba justo encima de él, pero oculto de la vista por la
perseverante e infatigable enormidad del globo; y mucho más abajo su planeta, que poco
a poco se convertía en un lugar misterioso cuando sus caracteres familiares se borraban
por los cientos de kilómetros de aire que se interponían.
El tercer día de ascenso, el cielo, aunque conservaba su coloración normal arriba y
abajo, iba ensombreciéndose a los costados de la nave en un azul más oscuro que
resplandecía con el aumento constante del número de estrellas.
Cuando Toller se perdía en sus vigilias extasiadas, la conversación de los miembros de
la tripulación e incluso el rugido del quemador desaparecían de su conciencia, y se
quedaba solo en el universo, como único poseedor de su tesoro centelleante. En una
ocasión, durante las horas de oscuridad, mientras se hallaba de pie junto al puesto del
piloto, vio pasar un meteoro atravesando el cielo bajo la nave. Trazó una línea de fuego
que parecía ir de una punta a otra del infinito; y minutos después de su paso, se produjo
el pulso de un sonido de baja frecuencia, confuso, débil y gimiente, causando en la nave
un balanceo que provocó un gruñido en uno de los hombres que dormían. Cierto instinto,
una especie de avidez espiritual, impulsó a Toller a comunicar el acontecimiento a los
otros.
Mientras el ascenso continuaba, Zavotle seguía ocupado con sus abundantes
anotaciones sobre el vuelo, muchas de ellas relativas a los efectos psicológicos. Incluso
en la cima de la montaña más alta de Land no había una disminución apreciable de la
presión del aire, pero en anteriores salidas en globo hasta mayores alturas, algunos
tripulantes habían comentado tener la impresión de que el aire era menos denso y la
necesidad de respirar más notable. El efecto había sido suave y, según las estimaciones
de los más prestigiosos científicos, la atmósfera seguiría permitiendo la vida a medio
camino entre los dos planetas, pero era del todo necesario que la predicción se
confirmara con exactitud.
Toller casi se sintió confortado al notar que sus pulmones funcionaban más
intensamente al tercer día, una evidencia más de que los problemas del vuelo
interplanetario habían sido previstos correctamente, y en consecuencia se decepcionaba
cuando un fenómeno inesperado llamaba su atención. Desde hacía largo rato era
consciente de tener frío, pero no había querido dar importancia al hecho. Ahora, sin
embargo, los otros se quejaban casi continuamente y la conclusión era ineludible: a
medida que la nave ganaba altitud, el aire se enfriaba.
Los científicos del E.E.E., incluido Lain Maraquine, opinaban que habría un incremento
de temperatura cuando la nave entrase en zonas de aire más sutil, con menor capacidad
de protección de los rayos del sol. Como nativo del Kolkorron ecuatorial, Toller no había
experimentado nunca un frío demasiado riguroso, y emprendió el viaje vestido solamente
con una camisa, unos pantalones y un chaleco sin mangas. Ahora, aunque no llegaba a
temblar, era consciente de que su incomodidad aumentaba y un pensamiento
desalentador comenzó a acechar su mente: que el vuelo tuviera que ser abandonado por
la carencia de ropas de lana.
Dio permiso a la tripulación para que llevase toda su ropa de repuesto bajo los
uniformes, y a Flenn para que preparase té cuando alguien lo solicitara. Esto último, en
vez de mejorar la situación, condujo a una serie de discusiones. Una y otra vez Rillomyner
insistía en que Flenn, guiado por la malicia o la incompetencia, echaba el té en el agua
antes de que hirviese o bien lo dejaba enfriar antes de servirlo. Sólo cuando Zavotle, que
también se había quejado, observó con ojo crítico el proceso de preparación de la
infusión, se descubrió la verdad: el agua empezaba a hervir antes de alcanzar la
temperatura adecuada. Estaba caliente, pero no «hirviente».
- Me preocupa este hecho, capitán - dijo Zavotle al completar la importante anotación
en el diario de vuelo -. La única explicación que se me ocurre es que cuando el agua se
hace menos pesada hierve a una temperatura más baja. Y si realmente es así, ¿qué nos
pasará cuando ya no pesemos nada? ¿Hervirá la saliva en nuestra boca? ¿Mearemos
vapor?
- Nos veremos obligados a volver antes de que tengas que soportar tal humillación -
dijo Toller, demostrando su desagrado ante la actitud negativa del otro hombre -, pero no
creo que vaya a ocurrir eso. Debe de haber otra razón, tal vez relacionada con el aire.
Zavotle parecía dubitativo.
- No veo cómo puede afectar el aire al agua.
- Ni yo tampoco; así que no voy a perder el tiempo con especulaciones inútiles - dijo
Toller secamente -. Si quieres ocupar en algo tu cabeza, mira bien el indicador de altura.
Dice que estamos a mil setecientos kilómetros; y si eso es correcto, hemos subestimado
bastante nuestra velocidad durante todo el día.
Zavotle examinó el indicador, tocó con los dedos el cabo de desgarre y levantó la vista
hacia el globo, el interior del cual se volvía más oscuro y misterioso con la llegada de las
sombras nocturnas.
- Ahora veo que aquello podría tener que ver con el aire - dijo -. Creo que lo que usted
ha descubierto es que el aire poco denso ejerce menos presión sobre la corona del globo,
de manera que éste incrementa su velocidad sin que lo notemos.
Toller consideró la hipótesis y sonrió.
- Se te ha ocurrido a ti, no a mí, así que anótalo como una idea tuya. Creo que vas a
ser un piloto experto en el próximo viaje.
- Gracias, capitán - dijo Zavode complacido.
- No es más de lo que mereces. - Toller dio a Zavotle una palmada en el hombro, para
compensar tácitamente su irritación anterior -. A esta velocidad, pasaremos al amanecer
la marca de los cuatro mil ochocientos; entonces podemos dejar descansar al quemador y
ver cómo se las arregla la nave con el chorro de propulsión.
Más tarde, mientras disponía los sacos de arena para dormir, volvió a pensar en su
cambio de humor y reconoció la auténtica razón por la que había descargado su enfado
sobre Zavotle. El desencadenante fue la acumulación de fenómenos imprevistos: el frío
en aumento, el extraño comportamiento del agua, la falsa apreciación de la velocidad del
globo. Se iba dando cuenta de que tenía demasiada fe en las predicciones de los
científicos. Lain, en concreto, resultó estar equivocado en tres ocasiones, y su inquieta
inteligencia había sido derrotada demasiado pronto, justo al comienzo de la región de lo
insólito. Nadie podía saber lo que aguardaba a aquellos que viajasen por el peligroso
puente de frágil vidrio hacia el otro mundo.
Hasta el momento, descubrió Toller, había sido ingenuamente optimista acerca del
futuro, convencido de que al vuelo de prueba seguiría el éxito de la migración y la
fundación de una colonia en donde aquellos que él estimaba llevarían vidas totalmente
placenteras. Empezaba a comprender que esa visión se basaba, sobre todo, en su propio
egoísmo; que el destino no tenía obligación de promover los conductos seguros para
gente como Lain o Gesalla, que los acontecimientos podían producirse a pesar de que él
los considerara increíbles.
El futuro quedo oscurecido por la incertidumbre.
Y en un nuevo orden de cosas, pensó Toller mientras se dejaba arrastrar por el sueño,
debía aprenderse a interpretar un nuevo tipo de fenómenos. Las trivialidades cotidianas...
el grado de laxitud de una cuerda... el borboteo del agua... Éstos eran presagios ocultos...
avisos susurrados, casi demasiado débiles para ser oídos...
Por la mañana, el indicador de altura mostraba una altitud de dos mil doscientos
kilómetros, y su escala suplementaria indicaba que la gravedad era menor que un cuarto
de la normal.
Toller, intrigado por la ligereza de su cuerpo, comprobó las condiciones saltando, pero
fue un experimento que sólo realizó una vez. Se elevó mucho más de lo que era su
intención y durante un momento, mientras estaba suspendido en el aire, le pareció que se
había separado de la nave para siempre. La barquilla abierta, con sus tabiques a la altura
del pecho, resultó ser una estructura endeble, cuyos montantes y paneles de mimbre eran
poco adecuados a su propósito. Tuvo tiempo de visualizar lo que habría sucedido si una
parte del suelo hubiese cedido cuando aterrizó sobre ella dejándolo abandonado en el
ligero aire azul a dos mil kilómetros de la superficie de su planeta.
Se tardaría mucho en caer desde esa altura, plenamente consciente, sin poder hacer
nada excepto contemplar el planeta crecer y crecer bajo él. Incluso el hombre más
valiente acabaría gritando...
- Parece que hemos perdido velocidad durante la noche, capitán - informó Zavotle
desde el puesto de piloto -. El cabo de desgarre se está tensando; aunque desde luego no
podemos fiarnos demasiado de él.
- De todas formas, ha llegado el momento de usar el chorro propulsor - dijo Toller -. A
partir de ahora, hasta que volvamos, sólo usaremos el quemador para mantener el globo
hinchado. ¿Dónde está Rillomyner?
- Aquí, capitán.
El mecánico salió del otro compartimento de pasajeros. Su rechoncha figura estaba
medio doblada, se agarraba a los tabiques y su mirada permanecía fija en el suelo.
- ¿Qué te pasa, Rillomyner? ¿Estás enfermo?
- No estoy enfermo, capitán. Sólo que... prefiero no mirar afuera.
- ¿Por qué no?
- No puedo, capitán. Me parece que voy a caerme por la borda. Creo que voy a salir
flotando.
- Sabes que eso es absurdo, ¿verdad? - Toller pensó en su momento de miedo y
reaccionó con amabilidad -. ¿Te impide eso trabajar?
- No, capitán. El trabajo me ayudará.
- ¡Muy bien! Realiza una inspección completa del chorro principal y de los laterales, y
asegúrate bien de que hay una inyección continua de cristales; no podemos permitir que
se produzcan oscilaciones en esta fase.
Rillomyner dirigió un saludo hacia el suelo y, arrastrando los pies, fue a recoger sus
herramientas. Después siguió una hora de descanso del ritmo del quemador, mientras
Rillomyner comprobaba los mandos, algunos de los cuales eran comunes al chorro
dirigido hacia abajo. Flenn preparó y sirvió el desayuno consistente en cereales
mezclados con cuadraditos de cerdo salado, mientras se quejaba del frío y de la dificultad
que había tenido para que funcionase el fuego de la cocina. Su ánimo mejoró un poco
cuando supo que Rillomyner no iba a comer, y para devolverle sus bromas relativas al
retrete, sometió al mecánico a una sarta de chistes sobre los peligros de convertirse en
una sombra.
Fiel a sus primeros alardes, Flenn parecía poco afectado por el vacío sin alma que se
divisaba a través de las grietas del suelo. Al final de la comida, se sentó sobre la pared de
la barquilla, rodeando con el brazo despreocupadamente el montante de aceleración,
como desafiando al desdichado Rillornyner. Aunque Flenn estaba atado, verlo colgado de
espaldas al cielo, produjo tal helada sensación en el estómago de Toller, que sólo pudo
contenerse unos minutos antes de ordenar al montador que bajara.
Rillomyner terminó su trabajo y se retiró a tumbarse sobre los sacos de arena y Toller
ocupó el puesto del piloto. Inauguró la nueva clase de propulsión accionando el chorro en
ráfagas de dos segundos entre amplios intervalos y estudiando los efectos sobre el globo.
Cada propulsión producía crujidos en los montantes y cordajes, pero la envoltura
resultaba mucho menos afectada que en las pruebas a bajas altitudes. Toller, animado,
fue variando los tiempos, y finalmente estableció un ritmo de dos-cuatro, que funcionaba
de la misma manera que un impulso continuo, pero sin desarrollar una velocidad
excesiva. Una ráfaga corta del quemador cada dos o tres minutos mantenía el globo
inflado y evitaba que la corona se hundiese demasiado al abrirse camino a través del aire.
- Funciona bien - le dijo a Zavotle, que estaba atareadísimo escribiendo en el diario -.
Creo que vamos a tener un buen viaje durante un día o dos; hasta que empiece la
inestabilidad.
Zavotle inclinó su estrecha cabeza.
- También es bueno para los oídos.
Toller asintió con la cabeza. Aunque, en proporción, el chorro funcionaba durante más
tiempo que el quemador, su descarga no iba dirigida directamente a la gran cámara de
resonancia del globo. Su sonido era más sordo y menos molesto, absorbido rápidamente
por el océano de quietud que los rodeaba.
Con la nave comportándose tan dócilmente y de acuerdo al plan, Toller empezó a
sentir que sus presentimientos de la noche no habían sido más que síntomas del
cansancio creciente. Fue capaz de concebir la idea increíble de que en apenas siete u
ocho días, si todo iba bien, podría ver de cerca otro planeta. La nave no llegaría a tocar
Overland, porque hacer eso implicaba quitar la banda de desgarre, y sin el equipo para
inflar no podrían partir de nuevo. Pero iban a acercarse a pocos metros de su superficie,
desvelando las últimas sombras de misterio sobre las condiciones del planeta hermano.
Los miles de kilómetros de aire que separaban los dos planetas siempre habían
impedido que los astrónomos, aparte de afirmar la existencia de un continente ecuatorial
que se extendía en el hemisferio visible, pudieran decir mucho más. Siempre se había
supuesto, en parte por los principios religiosos, que Overland se parecía mucho a Land,
pero seguía existiendo la posibilidad de que fuese un lugar inhóspito, tal vez debido a
características de su superficie que quedaban fuera del alcance de los telescopios. Y
había aún otra posibilidad, que era un artículo de fe para la Iglesia y un tema de discusión
para los filósofos: que Overland ya estuviese habitado.
¿Qué aspecto tendrían los overlandeses? ¿Tendría ciudades? ¿Y cómo reaccionarían
al ver una flota de extrañas naves flotando en el cielo?
Las meditaciones de Toller fueron interrumpidas por la conciencia de que el frío se
había intensificado en la barquilla en cuestión de minutos. Simultáneamente, se le acercó
Flenn que tenía su animalito agarrado al pecho y tiritaba de forma notable. La cara del
hombrecillo estaba amoratada.
- Esto me va a matar, capitán - dijo, intentando forzar una sonrisa -. El frío ha
empeorado de repente.
- Tienes razón. - Toller sintió un estremecimiento de alarma ante la idea de haber
cruzado una línea invisible de peligro en la atmósfera; después le llegó la inspiración -.
Empezó cuando paramos el quemador. La salida de la mezcla de gases nos ayudaba a
calentarnos.
- Había algo más - añadió Zavotle -. El aire que se deslizaba sobre la envoltura caliente
también debía contribuir.
- ¡Maldita sea! - Toller miró con el ceño fruncido hacia las tracerías geométricas del
globo -. Eso significa que tenemos que aumentar el calor ahí. Disponemos de grandes
cantidades de verde y púrpura, así que de momento no hay problema. Pero vamos a
tener otro más tarde.
Zavotle asintió, con aire desalentado.
- El descenso - dijo.
Toller se mordió el labio inferior como si otra vez las dificultades no previstas por los
científicos del E.E.E. lo desafiasen. La única forma de que una nave de aire caliente
perdiese altitud era difundiendo calor, lo que en un primer momento supondría comodidad
para la tripulación; pero después empeorarían las cosas: el flujo de aire se invertiría
durante el descenso, llevándose el escaso calor hacia arriba y lejos de la barquilla. La
perspectiva era soportar durante días condiciones mucho peores que las presentes; y
existía la gran posibilidad de que la muerte interviniera.
Un dilema que debía ser resuelto.
¿Era tan importante el resultado del vuelo de prueba como para seguir a toda costa,
incluso con el riesgo de traspasar un punto imperceptible de no retorno? ¿O tenía
prioridad la obligación de ser prudente y volver con los conocimientos adquiridos a costa
de tantas dificultades?
- Éste es tu día de suerte - dijo Toller a Rillomyner, que lo miraba desde su posición
habitual recostado en un compartimento de pasajeros -. Querías trabajo para ocupar tu
cabeza, pues ya lo tienes. Encuentra una forma de desviar parte del calor del escape del
quemador de nuevo hacia la barquilla.
El mecánico se incorporó con una expresión de desconcierto.
- ¿Cómo podemos hacerlo, capitán?
- No lo sé. Tu trabajo es solucionar cosas como ésas. Tendrás que inventar algo. Y
empieza inmediatamente; estoy cansado de verte tirado como una cerda embarazada.
Los ojos de Flenn destellearon.
- ¿Es ésa forma de hablar a nuestro pasajero, capitán?
- Tú también pasas demasiado rato sentado - le dijo Toller -. ¿Tienes aguja e hilo en tu
equipo?
- Sí, capitán. Agujas grandes, agujas pequeñas, hilos y cordeles suficientes para
aparejar un velero.
- Entonces empieza vaciando las bolsas de arena y haciendo ropa de abrigo con la tela
de los sacos. También necesitaremos guantes.
- Déjelo de mi cuenta, capitán - dijo Flenn -. Los equiparé a todos como reyes.
Obviamente agradecido por tener algo útil que hacer, Flenn envolvió el carbel entre sus
ropas, fue hasta su baúl y empezó a revolver entre los distintos compartimentos. Mientras
tanto silbaba un trémulo vibrato.
Toller lo observó durante un momento, después se volvió a Zavotle, que se soplaba las
manos para hacerlas entrar en calor.
- ¿Sigues preocupado por la forma de orinar en condiciones de ingravidez?
Los ojos de Zavotle se volvieron cautelosos.
- ¿Por qué lo pregunta, capitán?
- Deberías estarlo. Se podría apostar a si producirás vapor o nieve.
Poco después de la noche breve del quinto día de vuelo, el indicador marcaba una
altura de 4.200 kilómetros y una gravedad cero.
Los cuatro miembros de la tripulación iban atados en sus sillas de mimbre junto al
equipo propulsor, con los pies extendidos hacia la base caliente del tubo de propulsión.
Iban envueltos en bastos y harapientos vestidos hechos con los sacos marrones, que
enmascaraban sus formas humanas y ocultaban el abultamiento de sus pechos al intentar
respirar el aire ligero y gélido. Dentro de la barquilla, los únicos signos de movimiento eran
las nubes de vapor del aliento de los hombres; y en el exterior, los meteoros titilando en la
profunda inmensidad azul, enlazando al azar y fugazmente una estrella con otra.
- Bueno, ya estamos - dijo Toller, rompiendo un largo período de silencio -. La parte
más dura del vuelo ha llegado; hemos superado todas las sorpresas desagradables que
los cielos nos han deparado, y todavía estamos vivos. Yo diría que nos merecemos
bebernos el coñac en la próxima comida.
Hubo otro silencio dilatado, como si el mismo pensamiento helado se hubiese vuelto
perezoso, y Zavotle dijo:
- Sigo preocupado por el descenso, capitán. Por el asunto del calentador.
- Si sobrevivimos a esto, superaremos mucho más.
Toller miró el aparato calentador que Rillomyner había diseñado e instalado con ayuda
de Zavotle. No consistía en nada más que unos tubos de brakka en forma de S unidos
con cuerda de vidrio y arcilla refractaria. Su extremo superior curvado sobre la boca del
quemador y su extremo inferior fijado a la cubierta en el lugar del piloto. Una pequeña
proporción de cada ráfaga del quemador era conducida hacia atrás a través del tubo,
enviando la mezcla de gases calientes para que se extendiese en una oleada por la
barquilla, produciendo diferencias apreciables de los niveles de temperatura. Aunque
inevitablemente el quemador se usaría menos en el descenso, Toller creía que con el
calor que se extraía de esa forma bastaría para las necesidades de los dos días más
críticos.
- Ha llegado el momento del informe médico - dijo, indicando a Zavotle que tomase
nota -. ¿Cómo se siente todo el mundo?
- Yo sigo sintiéndome como si estuviésemos cayéndonos, capitán. - Rillomyner iba
agarrado a los lados de su silla -. Me provoca náuseas.
- ¿Cómo vamos a caernos si no pesamos? - dijo Toller con lógica, ignorando la ligereza
oscilante de su propio estómago -. Tendrás que acostumbrarte. ¿Y tú qué tal, Flenn?
- Estoy muy bien, capitán. Las alturas no me molestan. - Flenn acarició al carbel de
rayas verdes acurrucado en su pecho, con solo la cabeza asomando a través de una
abertura de sus ropas -. Tinny está muy bien también. Nos calentamos uno a otro.
- Supongo que yo estoy relativamente bien. - Zavotle hizo una anotación en el
cuaderno, escribiendo torpemente con la mano enguantada, y alzó una mirada
interrogadora hacia Toller -. ¿Puedo poner que está en forma, capitán? ¿Salud óptima?
- Sí, y todo el sarcasmo del mundo no conseguirá que cambie mi decisión. Voy a dar
vuelta a la nave en cuanto pase la noche breve.
Toller sabía que el copiloto continuaba aferrado a su opinión, manifestada
anteriormente, de que debían retrasar el inicio de vuelco un día, o incluso más, después
de pasar el punto de gravedad cero. Su razonamiento era que haciéndolo así,
atravesarían con más rapidez la región del frío intenso y con el calor que perdiese el globo
se protegerían de la congelación. Toller reconocía cierta base a la idea, pero habría
excedido su autoridad poniéndola en práctica.
En cuanto paséis el punto medio, Overland empezará a atraeros hacia sí, había
recalcado Lain. La atracción será leve al principio, pero rápidamente crecerá. Si aumentas
la atracción con el empuje del chorro propulsor, enseguida superarás la velocidad
calculada para la nave; y nunca debe permitirse que eso ocurra.
Zavotle argüía que los científicos del E.E.E. no habían tenido en cuenta el frío que
amenazaba sus vidas, ni habían reparado en el hecho de que el aire ligero del punto
medio ejercía menos fuerza sobre la envoltura, incrementándose así al máximo la
velocidad segura. Toller permaneció inflexible. Como capitán de la nave tenía un
considerable poder de arbitrio, pero no hasta el punto de desafiar las órdenes
fundamentales del E.E.E.
No admitió que su decisión estaba reforzada por un desagrado instintivo de volar con la
nave al revés. Aunque durante el entrenamiento se había sentido bastante escéptico
respecto a la cuestión de la ingravidez, entendía perfectamente que en cuanto la nave
hubiese pasado el punto medio habría entrado en el dominio gravitacional de Overland.
En cierto sentido, el viaje se habría completado; porque, exceptuando un acto de la
voluntad humana convertido en acción mecánica, los destinos de la nave y su tripulación
ya no estarían afectados por su planeta de origen. Habrían sido expulsados, redefinidos
ahora como alienígenas por los términos de la física gravitacional.
Toller decidió que posponiendo la inversión hasta después de la noche breve,
consumía todo el margen de que podía disponer respecto a este asunto. Durante el
ascenso, Overland, aunque oculto a la vista por el globo, había ido incrementando
continuamente su tamaño aparente y la noche breve había ido creciendo de acuerdo con
ello. La que se avecinaba duraría más de tres horas y, en cuanto hubiese terminado, la
nave empezaría a caer hacia el planeta hermano. Toller descubrió que los progresivos
cambios en los patrones de la noche y el día le revelaban la magnitud del viaje
emprendido. No había ninguna sorpresa en lo que concernía a su inteligencia de hombre
adulto, pero el niño que había en él estaba pasmado y admirado ante lo que ocurría. La
noche se acortaba a medida que crecía la noche breve, y pronto el orden natural de las
cosas estaría invertido. La noche de Land habría menguado hasta convertirse en la noche
breve de Overland...
Mientras esperaban a que llegase la oscuridad, Toller y sus compañeros investigaron el
milagro de la ingravidez. Había una extraña fascinación en suspender objetos pequeños
en el aire y observar cómo se quedaban en el lugar, desafiando las enseñanzas de toda
su vida, hasta que una nueva ráfaga del chorro propulsor los hacía bajar lentamente.
Es como si el chorro de alguna forma les devolviese una parte de su peso natural,
escribía Zavotle en el diario, pero desde luego esto sería considerar el fenómeno como
algo fantástico. La explicación real es que están invisiblemente fijados en el lugar, y que el
empuje del chorro permite a la nave alcanzarlos.
La noche breve llegó más repentinamente que nunca, envolviendo la barquilla en una
oscuridad engalanada y jaspeada de luces; y durante el tiempo que duró, los cuatro
conversaron en voz baja, recreando el ambiente de su primera reunión en el vuelo bajo
las estrellas. La conversación abarcaba desde chismorreos de la vida en la base del
E.E.E. hasta especulaciones sobre las cosas extrañas que podrían encontrar en
Overland, e incluso hubo un intento de prever los problemas de volar hasta Farland, que
podía observarse colgado en el oeste como un farol verde. Nadie parecía dispuesto,
advirtió Toller, a mencionar el hecho de que estaban suspendidos entre dos mundos en
una frágil caja destapada, con miles de kilómetros de vacío envolviéndolos.
También advirtió que ahora la tripulación había dejado de dirigirse a él como a un
superior, cosa que no le disgustaba. Sabía que no había ninguna disminución de su
necesaria autoridad; era un reconocimiento inconsciente de que cuatro hombres normales
se acercaban a lo extraordinario, a la región de lo insólito, y que sus necesidades de
recibir ayuda de los demás eran iguales en todos.
Un destello luminoso trajo el día de nuevo al universo.
- ¿Mencionó el coñac, capitán? - dijo Rillomyner -. Justamente se me había ocurrido
que un poco de calor interno me fortificaría este maldito estómago tan delicado. Las
propiedades medicinales del coñac son conocidas.
- Tomaremos el coñac con la próxima comida. - Toller parpadeó y miró a su alrededor,
estableciendo nuevamente contacto con la realidad -. Después de que la nave haya sido
volteada.
Antes se había sentido aliviado al descubrir que la inestabilidad predicha en la zona de
ingravidez y cerca de ella era fácil de superar con los chorros laterales. Descargas
ocasionales de medio segundo habían bastado para mantener el borde de la barquilla en
la relación deseada con las estrellas principales. Ahora, sin embargo, la nave, o el
universo, tenía que estar al revés. Bombeó el reservorio neumático para conseguir la
máxima presión antes de alimentar con cristales el chorro dirigido hacia el este durante
unos tres segundos completos. El sonido del minúsculo orificio fue devorado por el infinito.
Durante un momento, pareció que su insignificante potencia no tenía ningún efecto
sobre la masa de la nave; después, por primera vez desde el comienzo del ascenso, el
gran disco de Overland se deslizó completamente ante la vista por detrás de la curvatura
del globo. Estaba iluminado por un fuego creciente en uno de sus bordes, casi tocando el
sol.
Al mismo tiempo, Land se alzaba sobre la pared de la barquilla en el lado opuesto, y
como la resistencia del aire superaba el impulso del chorro, la nave se mantenía en una
posición que permitía a los tripulantes la vista de los dos mundos.
Volviendo la cabeza hacia un lado, Toller podía contemplar Overland, en gran parte
sumergido en las tinieblas por su proximidad al sol; y en la otra dirección, la convexidad
del mundo conocido, serena, eterna, bañada por la luz solar excepto en su borde oriental,
donde una parte menguante se hallaba aún en la noche breve. Observó extasiado cómo
la sombra de Overland avanzaba despejando Land, sintiéndose él mismo en el punto de
apoyo de una palanca de luz, un motor intangible que tenía el poder de mover los
planetas.
- Por lo que más quiera, capitán - gritó Rillomyner con voz ronca -, ponga la nave
derecha.
- No corres ningún peligro.
Toller accionó de nuevo el chorro lateral y Land se desplazó majestuosamente hacia
arriba ocultándose tras el globo, mientras que Overland se hundía bajo el borde de la
barquilla. Los cordajes crujieron varias veces al usar el lateral opuesto para equilibrar la
nave en su nueva posición. Toller se permitió esbozar una sonrisa satisfecha por haber
sido el primer hombre de la historia que invertía una aeronave. La maniobra había sido
llevada a cabo con rapidez y sin percances; y después de aquello, las fuerzas naturales
que actuaban sobre la nave harían casi todo el trabajo por él.
- Anota - dijo a Zavotle -. Punto medio superado con éxito. No preveo obstáculos en el
descenso a Overland.
Zavotle sacó el lápiz del gancho de sujeción.
- Todavía podemos helarnos, capitán.
- Eso no es un obstáculo importante. Si es necesario quemaremos un poco de verde y
púrpura aquí mismo en la cubierta.
Toller, animoso y optimista de repente, se volvió hacia Flenn.
- ¿Cómo te sientes? ¿Puede persistir tu afición por las alturas en nuestras actuales
circunstancias?
Flenn sonrió.
- Si lo que desea es comer, capitán, yo soy su hombre. Le aseguro que mi estómago ya
tiene telarañas.
- En ese caso, ve a ver qué puedes preparar para comer.
Toller sabía que esa orden sería especialmente bien recibida, porque durante todo un
día la tripulación había optado por no comer ni beber para evitarse la vergüenza,
incomodidad y desagrado de usar los servicios del aseo en condiciones de ingravidez.
Miró con benevolencia a Flenn cuando éste empujó al carbel a su refugio caliente entre
sus ropas y se desató de la silla. Era obvio que el hombrecillo respiraba con dificultad
mientras se dirigía tambaleándose hacia la cocina, pero las piedras negras de sus ojos
reflejaban buen humor. Reapareció poco después para entregarle a Toller un pequeño
frasco de coñac que estaba incluido entre las provisiones del globo; después transcurrió
un largo rato en el que se le oía trabajar con el equipo de la cocina, resollando y
maldiciendo continuamente. Toller tomó un sorbo de coñac, y le había pasado ya el frasco
a Zavotle, cuando se dio cuenta de que Flenn estaría intentando preparar una comida
caliente.
- No necesitas calentar nada - gritó -. Un poco de carne fría con pan es suficiente.
- Todo va bien, capitán - fue la respuesta sofocada de Flenn -. El carbón ya está
encendido... y sólo es cuestión de... avivarlo con bastante fuerza. Voy a servirle... un
auténtico banquete. Un hombre necesita un buen... ¡Demonios!
Coincidiendo con la última palabra hubo un gran ruido de cacharros. Toller se volvió
hacia la cocina y vio un trozo de leña ascendiendo de forma vertical hacia el cielo desde
detrás del tabique. Girando lánguidamente, envuelto en una pálida llama amarilla, se
dirigió hacia arriba rebotando en una banda de la parte inferior del globo. Justo cuando
parecía que iba a desviarse inofensivamente en el cielo, fue atrapado por una corriente de
aire que lo mandó hacia un estrecho hueco que quedaba entre un montante de
aceleración y la envoltura. Se encajó en la unión de ambos, todavía ardiendo.
- ¡Es mío! - gritó Flenn -. ¡Lo cogeré!
Éste apareció sobre la pared de la barquilla en la esquina, desenganchó su correa y
subió por el montante a toda velocidad, usando sólo sus manos, gateando curiosamente
ingrávido. El corazón y la mente de Toller se helaron al ver el humo marrón que salía de la
tela barnizada del globo. Flenn alcanzó el palo ardiendo y lo asió con la mano
enguantada. Lo lanzó con un barrido lateral de su brazo y, de repente, también él se alejó
de la nave, dando vueltas por el aire fluido. Extendiendo las manos vanamente hacia el
montante, flotando y alejándose con lentitud.
La conciencia de Toller estaba dividida en dos focos de terror. El temor por su
destrucción personal mantuvo su mirada fija en el parche de tela humeante hasta que vio
que la llama se había extinguido; pero, mientras tanto, una voz en su interior le gritaba
que la distancia entre Flenn y el globo cada vez se hacía mayor.
El impulso inicial de Flenn no había sido grande, pero se había alejado a la deriva unos
treinta metros antes de detenerse por la resistencia del aire. Colgaba en el vacío azul,
brillando iluminado por el sol que el globo ocultaba a la barquilla, apenas identificable
como un ser humano envuelto en sus harapos de arpillera.
Toller se acercó al borde y ahuecó las manos junto a la boca para dirigir su grito.
- ¡Flenn! ¿Estás bien?
- No se preocupe por mí, capitán. - Flenn agitó un brazo e, increíblemente, su voz
sonaba casi divertida -. Puedo ver la envoltura desde aquí. Hay una zona quemada
alrededor de la fijación del montante, pero la tela no ha llegado a agujerearse.
- Vamos a traerte. - Toller se volvió a Zavotle y a Rillomyner -. No está perdido,
tenemos que lanzarle una cuerda.
Rillomyner estaba encogido en su silla.
- No puedo, capitán - murmuró -. No puedo asomarme ahí fuera.
- Vas a asomarte y vas a trabajar - le aseguró Toller con severidad.
- Yo puedo ayudar - dijo Zavode, dejando su silla.
Abrió el baúl de los aparejos y sacó varios rollos de cuerdas. Toller, impaciente por
realizar el rescate, le arrebató una de las cuerdas, ató uno de los extremos y arrojó el
cabo hacia Flenn; pero al hacerlo, sus pies se levantaron de la cubierta, y lo que había
pretendido que fuera un potente lanzamiento resultó gesto débil y mal dirigido. La cuerda
se desenrolló sólo en parte de su longitud y se quedó inmóvil, conservando aún las
ondulaciones.
Toller atrajo la cuerda y mientras la enrollaba de nuevo, Zavode lanzó la suya con
suerte parecida. Rillomyner, que gemía casi sin ruido a cada inhalación, tiró un cable más
delgado de cuerda de vidrio. Se dirigió en la dirección correcta, pero se detuvo demasiado
cerca.
- ¡Maravilloso! - se burló Flenn, que no parecía perturbado por los miles de kilómetros
de abismo que se abrían debajo de él -. Tu abuela lo haría mejor, Rillo.
Toller se quitó los guantes y realizó un nuevo intento de establecer un puente, pero
aunque se había agarrado a uno de los tabiques, la cuerda rígida por el frío se desenrolló
otra vez de forma inadecuada. Mientras la estaba recogiendo se dio cuenta de un hecho
desalentador. Al comienzo de los intentos de rescate, Flenn estaba a bastante altura con
relación a la nave, al mismo nivel que el extremo superior del montante de aceleración;
pero ahora estaba un poco más abajo que el borde de la barquilla.
Un momento de reflexión dijo a Toller que Flenn estaba cayendo. La nave también
caía, pero como había calor en el interior del globo mantenía una cierta capacidad de
flotar y descendería más lentamente que un objeto sólido. Cerca del punto medio, las
diferencias eran insignificantes, pero Flenn sin embargo estaba bajo el poder de la
gravedad de Overland y había empezado la gran zambullida hacia la superficie.
- ¿Has notado lo que ocurre? - dijo Toller a Zavotle en voz baja -. Se nos acaba el
tiempo.
Zavotle estudió la situación.
- ¿Serviría de algo usarlos laterales?
- Sólo empezaríamos a dar vueltas.
- Esto es serio - dijo Zavotle -. Primero Flenn nos estropea el globo, después se va
adonde no puede repararlo.
- Dudo que lo hiciera a propósito. - Toller se volvió bruscamente hacia Rillomyner -. ¡El
cañón! Buscad un peso que entre en el cañón. A lo mejor podemos disparar una cuerda.
En ese momento, Flenn, que había estado tranquilo, pareció advertir su cambio gradual
de posición respecto a la nave y sacar la conclusión lógica. Empezó a moverse
torpemente y a retorcerse, después realizó exagerados movimientos de natación que en
otras circunstancias habrían resultado cómicos. Descubriendo que no obtenía resultados
de nada de lo que hacía, se quedó quieto otra vez, excepto por un involuntario
movimiento de sus manos cuando el segundo lanzamiento de la cuerda de Zavotle no
llegó a alcanzarlo.
- Me estoy asustando, capitán. - Aunque Flenn gritaba, su voz parecía débil, sus
energías disipadas en las inmensidades circundantes -. Habéis conseguido enviarme a
casa.
- Te traeremos aquí. Hay...
Toller dejó que la frase se desvaneciese hasta convertirse en silencio. Iba a asegurar a
Flenn que había mucho tiempo, pero su voz habría delatado su falta de convicción. Cada
vez era más evidente no sólo que Flenn caía bajo la barquilla, sino también que,
siguiendo las inmutables leyes de la física, estaba ganando velocidad. La aceleración era
casi imperceptible, pero su efecto era acumulativo. Acumulativo y letal...
Rillomyner tocó el brazo de Toller.
- No hay nada adecuado para el cañón, capitán, pero he unido dos trozos de cuerda de
vidrio y les he atado esto. - Le mostró un martillo con una gran maza de brakka -. Creo
que lo alcanzará.
- Muy bien - dijo Toller, reconociendo el esfuerzo del mecánico por superar su acrofobia
ante la necesidad. Se apartó para permitirle realizar el lanzamiento. El mecánico ató el
extremo libre de la cuerda de vidrio a la baranda, calculó las distancias y arrojó el martillo
al espacio.
Toller vio enseguida que había cometido el error de apuntar alto, como para compensar
una caída por la gravedad que no iba a producirse. El martillo arrastró la cuerda tras él y
se detuvo en el aire a unos cuantos metros de Flenn, que estaba absorto moviendo los
brazos como aspas de molino en un intento inútil de alcanzarlo. Rillomyner movió la
cuerda intentando hacer bajar el martillo, pero sólo consiguió atraerlo una corta distancia
hacia la nave.
- Así no puede ser - comentó Toller irritado -. Recógelo deprisa y lánzalo directamente
hacia él.
Intentaba aplacar un sentimiento creciente de pánico y desesperación. Ahora Flenn se
hundía visiblemente bajo la barquilla y era menos probable que el martillo lo alcanzase a
medida que la velocidad aumentaba y los ángulos se hacían menos propicios para un
lanzamiento certero. Lo que Flenn necesitaba con desesperación era un medio de reducir
la distancia que lo separaba de la barquilla, y eso era imposible, a menos que... a menos
que...
Una voz familiar habló dentro de la cabeza de Toller. Acción y reacción, decía Lain. Ése
es el principio universal...
- Flenn puedes acercarte tú mismo - gritó Toller -. ¡Usa al carbel! Lánzalo directamente
en dirección opuesta a la nave, tan fuerte como puedas. Eso hará que te desplaces hacia
aquí.
Hubo una pausa antes de que Flenn respondiese.
- No puedo hacer eso, capitán.
- Es una orden - gritó Toller -. ¡Lanza el carbel y hazlo ahora mismo! Se nos acaba el
tiempo.
Hubo una nueva espera inquietante, después Flenn empezó a rebuscar entre sus
ropas. La luz del sol resaltó la superficie de su cuerpo cuando lentamente extrajo el
animal verde rallado.
Toller maldijo con impotencia.
- ¡Deprisa, deprisa! Vamos a perderte.
- Ya me han perdido, capitán. - La voz de Flenn era resignada -. Pero quiero que lleven
a Tinny a casa.
Realizó un movimiento repentino de barrido con el brazo y salió dando volteretas hacia
atrás mientras el carbel volaba hacia la nave. Éste se desplazó demasiado bajo. Toller lo
observó pasmado mientras el animal aterrorizado, maullando y arañando el aire, pasó de
largo por debajo de la barquilla. Sus ojos amarillos parecieron clavársele. Flenn retrocedió
una corta distancia antes de estabilizarse abriendo los brazos y las piernas. Se quedó
descansando en la postura de un hombre ahogado, flotando con la cara hacia abajo sobre
un océano invisible, su mirada dirigida a Overland, situado a miles de kilómetros, que lo
había apresado en sus brazos gravitacionales.
- Estúpido enano - dijo Rillomyner sollozando mientras enviaba de nuevo el martillo,
que serpenteó en el aire hacia Flenn. Se detuvo a poca distancia y a un lado de su
objetivo. Flenn, con el cuerpo y los miembros rígidos, continuaba hundiéndose con
velocidad creciente.
- Estará cayendo un día entero - susurró Zavotle -. Imaginadlo... un día entero...
cayendo... Me pregunto si aún estará vivo cuando se golpee contra el suelo.
- Tenemos otras cosas en que pensar - dijo Toller con aspereza, apartándose de la
pared de la barquilla, incapaz de observar cómo Flenn se reducía cada vez más.
Tenía instrucciones de abortar el vuelo en caso de perder a un miembro de la
tripulación o de sufrir serios daños en la estructura de la nave. Nadie podía haber previsto
que ambas circunstancias se producirían como resultado de un accidente aparentemente
trivial con la estufa de la cocina, pero no podía dejar de sentirse responsable; y quedaba
por ver si los administradores del E.E.E. lo considerarían también responsable.
- Conecta de nuevo los chorros - dijo a Rillomyner -. Volvemos a casa.
Capítulo 16
La cueva estaba en el lateral de una colina serrada, en una zona de terreno agreste
con numerosos barrancos y salientes rocosos y abundante maleza espinosa que
dificultaban el paso a hombres y animales.
Lain Maraquine se complacía en dejar al cuernoazul elegir su camino entre los distintos
obstáculos, dándole sólo de vez en cuando un tirón para mantenerlo en la dirección de la
bandera naranja que marcaba el lugar de la cueva. Los cuatro soldados montados de su
guardia personal, obligatorios para cualquier oficial superior del E.E.E., le seguían detrás
a corta distancia, y los murmullos de sus conversaciones se mezclaban con el zumbido
penetrante de los insectos. La noche breve no hacía mucho que había pasado y el sol en
lo alto caldeaba la tierra, vistiendo al horizonte con un trémulo manto púrpura de aire
caliente.
Lain se sentía extrañamente relajado, contento por la oportunidad de salir de la Base
de Naves Espaciales y dedicar sus pensamientos a cosas que nada tenían que ver con la
crisis mundial o el viaje interplanetario. La vuelta prematura de Toller del vuelo de prueba,
diez días antes, había obligado a Lain a una agobiante ronda de reuniones, consultas y
estudios extensos sobre los nuevos datos científicos obtenidos. Una parte de la
administración de la E.E.E. deseaba un segundo vuelo de prueba con un descenso
completo a Overland y mapas detallados del continente central. En circunstancias
normales Lain habría estado de acuerdo, pero la situación de Kolkorron, que empeoraba
rápidamente, restaba importancia a cualquier otra consideración...
El objetivo de producción de mil naves espaciales se había logrado con creces, gracias
a la dureza de los directores y a Chakkell y Leddravohr.
Cincuenta naves estaban reservadas para el transporte de la realeza y la aristocracia
del país en pequeños grupos familiares que viajarían con un lujo relativo, aunque esto no
significaba que toda la nobleza hubiera decidido tomar parte en la migración. Otras
doscientas estaban designadas como embarcaciones de carga que transportarían
comida, ganado, semillas, armas, materiales y la maquinaria imprescindible; y otras cien
destinadas al personal militar. Eso dejaba seiscientas cincuenta naves que, descontando
los dos hombres que tripularían cada una de ellas, tenían capacidad para transportar a
casi mil doscientas personas corrientes a Overland.
Al inicio de la gran empresa, el rey Prad decretó la voluntariedad de la migración, que
los hombres debían igualar en número a las mujeres, y que tendrían preferencia aquellos
hombres que poseían habilidades especiales.
Durante un largo período, los obstinados ciudadanos se negaron a tomar en serio la
propuesta, considerándola como un diversión, una locura real sobre la que se bromeaba
en las tabernas. Los pocos que se apuntaron eran tratados con sorna, y daba la impresión
de que si alguna vez la flota de naves espaciales debía llenarse, sólo sería a punta de
espada
Prad optó por esperar su momento, sabiendo de antemano que fuerzas mayores de las
que él nunca podría reunir estaban en marcha La plaga de los pterthas, el hambre y el
brusco desmoronamiento del orden social ejercieron una poderosa persuasión; y a pesar
de la condena de la Iglesia, el registro de emigrantes voluntarios fue incrementándose.
Pero el conservadurismo de los kolkorronianos era tan grande y tan radicales las
soluciones a sus problemas que aún debía superarse un cierto grado de reserva, un
sentimiento persistente de que cualquier privación o peligro en Land era preferible a la
casi inevitable muerte contranatural en la extraña inmensidad azul del cielo.
Después llegó la noticia de que una nave del E.E.E. había recorrido más de la mitad del
camino a Overland y retornado intacta.
En pocas horas, todos los puestos que quedaban aún libres del vuelo de migración se
cubrieron, y de repente aquellos que poseían las garantías necesarias fueron objeto de
envidia y resentimiento. Se produjo una inversión en la opinión pública, súbita e irracional
y muchos de los que se habían burlado de la idea del vuelo al mundo hermano
empezaron a considerarse víctimas de discriminación.
Incluso la mayoría, que era demasiado apática para preocuparse por los rumores
ampliamente difundidos, se disgustó al oír las historias sobre los vagones cargados con
las provisiones que escaseaban, desapareciendo tras las verjas la Base de Naves
Espaciales...
En ese ambiente, Lain afirmó que el vuelo de prueba había logrado sus principales
objetivos al conseguir dar la vuelta y pasar el punto medio. El descenso a la superficie de
Overland habría sido una tarea pasiva y predecible, y los esquemas de Zavotle sobre el
continente central, visto a través de los prismáticos, eran lo bastante precisos para
mostrar que estaba notablemente despejado de montañas y otros accidentes geográficos
que hubieran dificultado un aterrizaje sin problemas.
Incluso la pérdida de un miembro de la tripulación había ocurrido de tal forma que
proporcionaba una lección valiosa sobre la inconveniencia de cocinar en condiciones de
ingravidez. El comandante de la nave debía ser felicitado por haber llevado a cabo una
misión singularmente difícil, había concluido Lain, y la migración debería comenzar en un
futuro próximo.
Sus argumentos fueron aceptados.
Se determinó que el primer escuadrón de cuarenta naves, que transportaría
principalmente soldados y trabajadores de la construcción, partiría el día 80 del año 2630.
Sólo faltaban seis días para la fecha, y mientras su corcel se abría camino montaña
arriba hacia la cueva, Lain se dio cuenta de que, contra lo que cabía esperar, se sentía
tranquilo ante la perspectiva del vuelo a Overland. Si todo salía de acuerdo con el plan,
Gesalla y él estarían en una de las naves del décimo escuadrón que, contando los
retrasos causados por las malas condiciones del tiempo o la actividad ptertha, debía
abandonar el planeta en que habían nacido, unos veinte días después. ¿Por qué estaba
tan poco conmocionado ante la inminencia de lo que sería la mayor aventura personal de
su vida, la mejor oportunidad científica que nunca pudo imaginar, la más intrépida
empresa en toda la historia de la humanidad?
¿Estaría demasiado asustado para permitirse siquiera pensar en el acontecimiento?
¿Sería que el creciente distanciamiento de Gesalla, no declarado pero siempre presente
en su conciencia, le había causado una herida profunda en su espíritu, dejándolo
emocionalmente seco y estéril? ¿O era simplemente una incapacidad de imaginación en
una persona que se enorgullecía de sus superiores capacidades mentales?
El torrente de preguntas y dudas se disipó cuando el cuernoazul alcanzó un rellano
rocoso y Lain vio la entrada de la cueva enfrente, a poca distancia. Reconfortado por el
descanso interior, desmontó y aguardó a que lo alcanzaran los soldados. Las caras de los
cuatro hombres estaban cubiertas de gotas de sudor bajo sus cascos de cuero, y era
obvio que se encontraban desconcertados por haber tenido que escoltarlo hasta un lugar
tan desolado.
- Me esperaréis aquí - dijo Lain al corpulento sargento -. ¿Dónde instalarás a tus
vigías?
El sargento se protegió los ojos de los rayos del sol casi verticales que atravesaban
rozando el disco bordeado de fuego de Overland.
- En la cima de la montaña, señor. Desde allí podrán ver cinco o seis puestos de
observación.
- ¡Bien! Voy a entrar en la cueva y no quiero que se me moleste. Sólo avísame si hay
amenaza de pterthas.
- Sí, señor.
Mientras el sargento desmontaba y desplegaba a sus hombres, Lain abrió los cestos
que estaban sujetos al cuernoazul y sacó cuatro lámparas de aceite. Prendió las mechas
con una lupa y, aguantándolas por las asas de cuerda de vidrio, las llevó consigo hacia la
cueva. La entrada era bastante baja y tan estrecha como una puerta de una sola hoja.
Durante un momento sintió que el aire estaba más caliente incluso que en el exterior,
después encontró una zona de frialdad sombría donde los muros retrocedían para formar
una cámara espaciosa. Instaló las lámparas en el sucio suelo y esperó a que sus ojos se
adaptaran a la débil luz.
La cueva había sido descubierta a principios de año por un explorador que estudiaba la
montaña como posible lugar para un puesto de observación. Quizá por entusiasmo
auténtico, quizá por el deseo de probar la famosa hospitalidad del gran Glo, el explorador
se había dirigido a Monteverde y descrito allí el sorprendente contenido de la cueva. El
informe llegó a Lain poco después y éste decidió investigar el descubrimiento por sí
mismo en cuanto tuviese tiempo para ello. Ahora, rodeado por una serie de imágenes que
aparecían y se desvanecían, comprendió que su visita a aquel lugar oscuro era simbólica.
Estaba volviendo al pasado de Land y alejándose del futuro de Overland, confesándose
que no deseaba tomar parte del vuelo o de lo que aguardaba más allá...
Las pinturas de los muros de la cueva se hicieron visibles.
No había ningún orden en las escenas representadas. Parecía como si las zonas más
grandes y planas hubiesen sido utilizadas primero, y que las siguientes generaciones de
artistas hubiesen llenado los espacios intermedios con escenas fragmentarias, usando el
ingenio para incorporar los salientes, agujeros y grietas como rasgos de sus diseños.
El resultado era un montaje laberíntico en donde el ojo se veía obligado a desplazarse
incesantemente de cazadores semidesnudos a grupos familiares, de estilizados árboles
de brakka a animales extraños o familiares, escenas eróticas, demonios, calderas de
cocinar, flores, esqueletos humanos, armas, niños lactantes, dibujos geométricos
abstractos, peces, serpientes, aparatos inclasificables y símbolos incomprensibles. En
algunos casos, las líneas principales se habían esculpido en la roca y rellenado con
resina, produciendo imágenes que saltaban a la vista con implacable poder; en otros
había una ambigüedad espacial en la cual una forma humana o animal podía ser definida
sólo por el cambio de intensidad de una mancha de color. La mayor parte de los
pigmentos aún conservaban su viveza donde se suponía que debían ser vivos, y eran
más apagados donde el artista había elegido que lo fuesen, pero en algunos lugares el
tiempo había contribuido a la complejidad visual con las manchas de humedad y el
crecimiento de los mohos.
Lain se sintió más abrumado que nunca por la idea de la eternidad.
La tesis básica de la religión kolkorroniana era que Land y Overland habían existido
siempre y siempre habían sido lo mismo que en los tiempos actuales: dos polos de
alternancia continua de los espíritus humanos que se desprendían de la carne. Cuatro
siglos antes, una guerra había acabado con la herejía de Bithiana, que afirmaba que una
persona sería recompensada por una vida de virtud en uno de los mundos, con una
posición superior cuando se reencarnase en el planeta hermano. La principal objeción de
la Iglesia había sido contra la idea de una progresión y, en consecuencia, de cambio, que
chocaba con la doctrina esencial de que el orden presente era inmutable y eterno. A Lain
le parecía fácil creer que el macrocosmos había sido siempre igual, pero en el pequeño
escenario de la historia humana existían evidencias de cambios, y extrapolando hacia
atrás uno podía llegar a... ¡esto!
Él no disponía de ningún medio para estimar la antigüedad de las pinturas de la cueva,
pero su instinto le hacía pensar en milenios, no en siglos. Allí había una prueba de que los
hombres habían vivido en circunstancias muy diferentes, que habían pensado de forma
distinta, y compartido el planeta con animales que ya no existían. Experimentó una
punzada que era mezcla de estímulo intelectual y pesadumbre, al comprender que allí, en
los confines de una cavidad rocosa, había material para toda una vida de trabajo. Le
habría sido posible completar sus cálculos matemáticos abstractos con el estudio de su
propia especie, una trayectoria que parecía infinitamente más natural y gratificante que
volar a otro planeta.
¿Podría hacerlo todavía?
El pensamiento, aunque sólo tomado medio en serio, pareció intensificar el frío de la
cueva. Lain alzó sus hombros y empezó a tiritar. Se dio cuenta, como en los últimos
tiempos le ocurría a menudo, de que estaba intentando analizar su compromiso con el
vuelo a Overland.
¿Era lo que lógicamente debía hacer, la decisión meditada de un filósofo, o que sentía
que se lo debía a Gesalla y a los niños que ella pudiera tener, para darles otras
posibilidades de futuro? Hasta que no empezó a examinar sus propios motivos, el dilema
escueto era: volar a Overland y aceptar el futuro o quedarse en Land y morir con el
pasado.
Pero la mayoría de la población no había tenido que tomar esa decisión. Seguirían la
propia tendencia humana de negarse a rendirse hasta la muerte, o simplemente
rechazarían la idea derrotista de que los ciegos e irracionales pterthas podrían triunfar
sobre la humanidad. Sin embargo, el vuelo de migración no podía tener lugar sin la
cooperación de quienes se quedaban: los equipos encargados de inflar, los hombres de
los puestos de observación de pterthas y los militares, que protegerían la Base de Naves
Espaciales y continuarían imponiendo el orden después de que el rey y su séquito
hubiesen partido.
La vida humana no iba a desaparecer de Land de la noche a la mañana. Lain lo sabía.
Pasarían muchos años, décadas, de declive y restricciones, y quizás el proceso originaría
al final un foco resistente de invencibles, unos pocos que vivirían míseramente en
condiciones de inimaginable privación. Lain no deseaba formar parte de ese escenario
grotesco, pero la verdad era que debía encontrar un rincón entre ellos. La verdad era que,
si se lo proponía, podría vivir el tiempo que le quedase en el planeta de su nacimiento,
donde su existencia tenía sentido e interés.
Pero ¿qué le ocurriría a Gesalla?
Era demasiado leal para que decidiera marcharse sin él. Tal era su carácter, que el
hecho de su progresivo alejamiento espiritual la obligaba a una mayor entrega física, en
cumplimiento de sus votos matrimoniales. Dudaba incluso de que alguna vez ella hubiera
admitido ante sí misma que estaba...
Los ojos de Lain, recorriendo velozmente el oscuro panorama que lo rodeaba, se fijaron
en la imagen de un niño jugando. Era una miniatura, en la unión triangular de tres
escenas grandes, y mostraba a un niño absorto con lo que parecía ser una muñeca que
sostenía en una mano. Su otra mano estaba extendida hacia un lado, como si
despreocupadamente intentase llegar a alguna mascota familiar, y justo detrás había un
círculo de rasgos indefinidos. El círculo estaba desprovisto de color y podía representar
muchas cosas: una pelota grande, un globo, un Overland caprichosamente situado. Pero
Lain se inclinaba a verlo como un ptertha.
Cogió una lámpara y la acercó a la pintura. La iluminación más intensa confirmó que el
círculo nunca había contenido pigmento, lo cual era extraño teniendo en cuenta que los
antiguos artistas demostraban ser muy escrupulosos y precisos en la reproducción de
otros objetos menos importantes. Eso implicaba que su interpretación había sido errónea,
especialmente porque el niño de la escena fragmentaria estaba obviamente relajado y
tranquilo ante la proximidad de lo que habría sido un objeto de terror.
Las meditaciones de Lain fueron interrumpidas por el ruido de algo que entraba en la
caverna. Frunciendo el ceño con fastidio, levantó la lámpara, después dio un paso
involuntario hacia atrás al ver que el recién llegado era Leddravohr. La sonrisa del
príncipe apareció durante un momento cuando surgió del estrecho pasillo, con la espada
raspando la pared, y recorrió la cueva con la mirada.
- Buen postdía, príncipe - dijo Lain, consternado al descubrir que empezaba a temblar.
Las muchas reuniones con Leddravohr durante su trabajo para el E.E.E. le habían
enseñado a mantener la compostura cuando estaban con otros en la atmósfera pesada
de una oficina, pero aquí, en el espacio restringido de una cueva, Leddravohr era enorme,
salvajemente poderoso y aterrador. Estaba tan alejado de los pensamientos de Lain que
bien podría haber surgido de una de las escenas primitivas que destacaban en la
semioscuridad.
Leddravohr examinó ostentosamente el lugar antes de hablar.
- Me dijeron que había aquí algo extraordinario, Maraquine. ¿Estoy mal informado?
- No lo creo, príncipe.
Lain esperaba haber dominado el temblor de su voz.
- ¿No lo crees? Bueno, ¿qué es lo que tu exquisito cerebro aprecia y el mío no?
Laín trató de encontrar una respuesta que no incluyese el insulto que Leddravohr le
facilitaba.
- No he tenido tiempo de estudiar las pinturas, príncipe. Pero me interesa el hecho de
su evidente antigüedad.
- ¿Cuánto tiempo crees que llevan ahí?
- Quizá tres o cuatro mil años.
Leddravohr soltó una carcajada burlona.
- Eso es absurdo. ¿Estás diciendo que estos garabatos son más antiguos que Ro-
Atabri?
- Es sólo mi opinión, príncipe.
- Te equivocas. Los colores son demasiado vivos. Este lugar fue un escondite durante
una de las guerras civiles. Algunos insurgentes se escondieron aquí y... - Leddravohr se
detuvo para examinar de cerca un dibujo que representaba dos hombres en una retorcida
postura sexual -. Y ya ves lo que hacían para pasar el tiempo. ¿Es esto lo que te intriga,
Maraquine?
- No, príncipe.
- ¿No pierdes nunca la paciencia, Maraquine?
- Intento no perderla, príncipe.
Leddravohr soltó otra carcajada, recorriendo con pisadas sonoras la cueva y volviendo
a acercarse a Lain.
- Muy bien, puedes dejar de temblar. No voy a tocarte. Puede que te interese saber que
estoy aquí porque mi padre ha oído hablar de este nido de arañas. Quiere que las
pinturas sean copiadas con exactitud. ¿Cuánto tiempo se tardaría?
Lain echó un vistazo a las paredes.
- Cuatro buenos dibujantes podrían hacerlo en un día, príncipe.
- Tú te encargarás de ello. - Leddravohr lo miró fijamente con una expresión
indescifrable en el rostro -. ¿Por qué preocuparse por un sitio como éste? Mi padre está
viejo y cansado; pronto tendrá que afrontar el vuelo a Overland; la mayor parte de la
población ha sido aniquilada por la plaga, y el resto se está preparando para una revuelta;
e incluso algunos cuerpos del ejército se están volviendo indisciplinados ahora que tienen
hambre y empiezan a darse cuenta de que pronto yo no estaré aquí para cuidar de su
bienestar. Y sin embargo todo lo que se le ocurre a mi padre es ver esos horribles
garabatos. ¿Por qué, Maraquine, por qué?
Lain no estaba preparado para la pregunta.
- El rey Prad parece tener los instintos de un filósofo, príncipe.
- ¿Quieres decir que es como tú?
- Ido pretendía elevarme a...
- Todo eso no importa. ¿Es ésa tu respuesta? ¿Quiere saber cosas por el mero hecho
de saberlas?
- Eso es lo que significa «filósofo», príncipe.
- Pero...
Leddravohr se interrumpió cuando se produjo un ruido en la entrada de la cueva y
apareció el sargento de la guardia personal de Lain. Saludó a Leddravohr y, aunque
estaba agitado, esperó su permiso para hablar.
- Adelante, hombre - dijo Leddravohr.
- Se está levantando viento por el oeste, príncipe. Se nos ha avisado que hay peligro
de pterthas.
Leddravohr despidió al sargento con un gesto.
- Muy bien, enseguida saldremos.
- El viento se está levantando con rapidez, príncipe - insistió el sargento, obviamente
incómodo por tener que volver a hablar tras haber sido despedido.
- Y un viejo y experto soldado como tú no ve ninguna razón para correr riesgos
innecesarios. - Leddravohr colocó una mano sobre el hombro del sargento y lo zarandeó
amigablemente, una familiaridad que no habría dispensado al más alto aristócrata -. Coge
a tus hombres y márchate ahora, sargento.
Los ojos del sargento emitieron un destello de gratitud y adoración mientras salía
corriendo. Leddravohr observó su marcha, después se volvió hacia Lain.
- Me estabas explicando esta pasión por el conocimiento inútil - dijo -. ¡Continúa!
- Yo... - Lain intentaba organizar sus pensamientos -. En mi profesión todo
conocimiento se considera útil.
- ¿Por qué?
- Es parte de un todo... una estructura unificada... y cuando esa estructura se complete
también se completará el Hombre y poseerá el control absoluto de su destino.
- ¡Bonitas palabras! - La mirada insatisfecha de Leddravohr se quedó fija en una parte
del muro cercana a donde estaba Lain -. ¿Crees de veras que el futuro de nuestra raza
depende de la pintura del balón de juguete de un mocoso?
- Eso no es lo que dije, príncipe.
- Eso no es lo que dije, príncipe - se burló Leddravohr -. Tú no me has dicho nada,
filósofo.
- Siento que no haya oído nada - respondió Lain tranquilamente.
La sonrisa de Leddravohr asomó un instante.
- Eso puede tomarse como un insulto, ¿no? El amor al conocimiento debe ser una
pasión ardiente, desde luego, si empieza a enderezar tu columna vertebral, Maraquine.
Seguiremos esta discusión en el camino de vuelta. ¡Vamos!
Leddravohr se dirigió hacia la entrada, se colocó de lado y atravesó el estrecho
pasadizo. Lain apagó las cuatro lámparas y, dejándolas donde estaban, siguió a
Leddravohr hasta el exterior. Una apreciable brisa corría sobre los contornos irregulares
de la montaña desde el oeste. Leddravohr, ya montado en su cuernoazul, observó
divertido como Lain se levantaba las sayas de su túnica y trepaba con torpeza a su
montura. Tras una mirada escrutadora al cielo, Leddravohr se encaminó montaña abajo,
controlando a su animal con la despreocupación del jinete nato.
Lain, cediendo ante un impulso, apremió a su cuernoazul por un camino casi paralelo,
decidido a mantenerse a la altura del príncipe. Estaban prácticamente en la mitad de la
montaña cuando descubrió que guiaba a su animal a toda velocidad sobre un terreno de
piedras de esquisto. Intentó llevar el cuernoazul hacia la derecha, pero sólo consiguió
hacerle perder el equilibrio. Éste profirió un ladrido de alarma y tropezó en la superficie
traicionera cayendo al lado. Lain escuchó el crujido de la pata del animal al salir disparado
hacia una zona de hierba amarilla, que afortunadamente apareció ante su vista. Se golpeó
contra el suelo, rodó y se puso de pie de un salto, ileso, pero consternado ante los
lamentos de agonía del cuernoazul mientras se agitaba sobre los guijarros.
Leddravohr desmontó con un solo movimiento súbito y avanzó a grandes pasos hasta
el animal caído, la espada negra en su mano. Se colocó en posición y rápidamente clavó
la hoja en el vientre del cuernoazul, inclinando la estocada hacia arriba para penetrar en la
cavidad del pecho. El cuernoazul se agitó convulsivamente, emitió un sonido ronco y
murió. Lain se llevó una mano a la boca en un intento de controlar el brusco ascenso del
contenido de su estómago.
- He aquí otro bocado de conocimiento útil para ti - dijo Leddravohr con calma -.
Cuando estés matando a un cuernoazul, nunca vayas directamente al corazón o te
llenarás de sangre por todas partes. De esta forma el corazón se descarga en las
cavidades corporales y causa pocos problemas. ¿Ves? - Leddravohr retiró su espada, la
limpió sobre la crin del animal muerto y abrió sus brazos, invitando a una inspección de
sus ropas inmaculadas -. ¿No estás de acuerdo en que es muy... filosófico?
- Yo lo hice caer - murmuró Lain.
- Sólo era un cuernoazul. - Leddravohr enfundó su espada, volvió a montar y se
balanceó sobre la montura -. Vamos, Maraquine. ¿A qué esperas?
Lain miró al príncipe, que tenía una mano extendida para ayudarle a subir al
cuernoazul, y sintió una fuerte aversión al pensar en el contacto físico con él.
- Gracias, príncipe, pero no sería propio para alguien de mi posición cabalgar con
usted.
Leddravohr estalló de risa.
- ¿De qué hablas, imbécil? Ahora estamos fuera del mundo real, del mundo de los
soldados, y los pterthas se encuentran a un paso.
La referencia a los pterthas cayó sobre Lain como una daga de hielo. Se adelantó,
vacilante.
- No seas tan tímido - dijo Leddravohr, con ojos divertidos y burlones -. Después de
todo, no sería la primera vez que compartimos una montura.
Lain se quedó petrificado, invadido por un sudor frío, y se oyó a sí mismo decir:
- Pensándolo mejor, prefiero volver a la base caminando.
- Se me acaba la paciencia contigo, Maraquine. - Leddravohr se protegió los ojos de la
luz solar y examinó el cielo por el oeste -. No voy a suplicarte que salves tu propia vida.
- Mi vida es mi responsabilidad, príncipe.
- Eso debe ser algo de la sangre de los Maraquine - dijo Leddravohr, encogiéndose de
hombros, como si se dirigiera a una tercera persona invisible.
Volvió la cabeza del cuernoazul hacia el este y azuzó al animal al galope. En pocos
segundos desapareció de la vista tras una roca y Lain se quedó solo en un accidentado
paisaje, que de repente le pareció tan extraño e implacable como un planeta lejano. Dejó
escapar una carcajada temblorosa de incredulidad al apreciar la situación en la que se
había colocado a sí mismo por un simple abandono de la razón.
¿Por qué ahora?, se preguntó. ¿Por qué he esperado hasta ahora?
Se produjo un leve sonido de algo que arañaba en las proximidades. Lain se volvió
asustado y vio a uno de esos bichos pálidos de múltiples patas que salía culebreando de
su madriguera, abriéndose paso ansiosamente entre los guijarros para llegar hasta el
cuernoazul muerto. Se apartó con rapidez para no presenciar el espectáculo. Durante un
momento pensó en volver a la cueva, después se dio cuenta de que sólo le ofrecería una
mínima protección durante el día; y al caer la noche probablemente toda la montaña
estaría plagada de burbujas, acechando y escudriñando. Lo mejor sería dirigirse hacia el
este, a la Base de Naves Espaciales, lo más aprisa posible e intentar llegar allí antes de
que los pterthas llegasen transportados por el viento.
Tomada la decisión, Lain empezó a correr a través del calor susurrante. Cerca del inicio
de la colina encontró una ladera abierta que le permitió una visión ilimitada hacia el este.
Una lejana estela de polvo marcaba el camino de Leddravohr; y mucho más allá, casi en
los borrosos límites de la base, una gran nube mostraba lo lejos que se hallaban ya los
cuatro soldados. No había considerado la diferencia entre la velocidad de un hombre
caminando y otro cabalgando a galope sobre un cuernoazul. Podría avanzar más cuando
llegase al prado llano, pero incluso así era probable que tardara más de una hora en
ponerse a salvo.
¡Una hora!
¿Tengo alguna esperanza de sobrevivir todo ese tiempo?
Como para distraerse de su angustia, intentó buscar en sus conocimientos
profesionales una respuesta a la pregunta. Las estadísticas, cuando se analizaban
desapasionadamente, eran más alentadoras de lo que se podía esperar.
La luz del día y el terreno llano no ofrecían condiciones favorables a los pterthas. No
tenían capacidad autónoma para impulsarse en un plano horizontal, dependían de las
corrientes de aire que los transportaban por la superficie de la tierra, lo que significaba
que un hombre en movimiento tenía poco que temer de un ptertha si atravesaba campo
abierto. Teniendo en cuenta que no habían cubierto la zona, cosa que no solía ocurrir
durante el día, todo lo que tenía que hacer era observar a las burbujas con cuidado y
estar atento a la dirección del viento. Cuando amenazase un ptertha, era simplemente
cuestión de esperar hasta que se acercara, después correr en dirección opuesta al viento
durante una corta distancia y dejar que la burbuja se alejase impotente.
Lain se detuvo tambaleándose ante un barranco, con la boca llena de la saliva salada
del agotamiento, y se apoyó sobre una roca para recobrar la respiración. Era vital que
tuviera reservas de fuerza, que se conservara ágil al llegar a la llanura. Al calmarse poco
a poco el tumulto de su pecho, se complació en imaginar su próximo encuentro con
Leddravohr e, increíblemente, advirtió que su boca entreabierta esbozaba una sonrisa.
¡Aquello era el colmo de la ironía! Mientras el célebre príncipe militar huía apresurado a
protegerse de los pterthas, el filósofo de apacibles modales volvía paseando a la ciudad,
sin otra armadura que su inteligencia. Allí estaba la prueba de que no era un cobarde, una
prueba que todos verían, una prueba que incluso su mujer...
¡Me estoy volviendo loco! El pensamiento le había impulsado a lamentarse en voz alta,
despreciándose a sí mismo. ¡Realmente he perdido la cabeza!
He permitido que un salvaje quebrantase mis defensas con toda su brusquedad y
malicia, su exaltación de la estupidez y glorificación de la ignorancia Lo he dejado
degradarme hasta el punto de poner en peligro la vida en un arrebato de odio y orgullo,
¡qué loables emociones; y ahora me complazco en fantasear una venganza infantil tan
gratificarte para mi superioridad que ni siquiera he tomado la precaución de asegurarme
de que no hay pterthas cerca.
Lain se enderezó y, consternado por el presentimiento, se volvió para mirar por el
barranco.
El ptertha estaba apenas a diez pasos, dentro de su radio mortífero, y la brisa que
soplaba por el barranco lo empujaba acercándolo a una velocidad escalofriante.
Se fue haciendo más grande, llenando todo su campo de visión, con su transparencia
resplandeciente teñida de púrpura y negro. En parte de su mente, Lain sintió una sombra
perversa de gratitud, por la decisión que había tomado el ptertha tan rápida y
definitivamente. No tenía ningún sentido intentar correr, ni intentar luchar. Lo vio como
nunca antes había visto a ninguno. Vio los lívidos remolinos de polvo tóxico en su interior.
¿Era eso un indicio de estructuración? ¿Un globo dentro de otro? ¿Era una
protointeligencia maligna que se sacrificaba a sabiendas para destruirlo?
El ptertha llenaba el universo de Lain.
Estaba en todas partes; y después en ninguna.
Lain respiró profundamente y miró a su alrededor con la expresión plácida y triste del
hombre al que sólo queda una decisión que tomar.
Aquí no, pensó. No en este lugar oculto y encerrado. No estaría bien.
Recordando la ladera que había más arriba que permitía una buena visibilidad hacia el
oeste, desanduvo el camino por el cauce del antiguo arroyo, caminando lentamente ahora
y suspirando de vez en cuando. Al llegar a la ladera, se sentó sobre la tierra con la
espalda apoyada contra una roca y arregló los pliegues de su túnica sobre sus piernas
estiradas.
El mundo de su último día se extendía ante él. El contorno triangular del monte
Opelmer sobresalía en el cielo, aparentemente separado de los jirones horizontales y
franjas de puntos que representaban Ro-Atabri y sus barrios abandonados a la orilla de la
bahía de Arle. Más cerca y más abajo, estaba la comunidad artificial de la Base de Naves
Espaciales, sus docenas de globos encerraban una ciudad ficticia de torres rectangulares.
El Árbol destellaba en la parte sur del cielo, sus nueve estrellas desafiaban el brillo del sol,
y en el cenit un amplio semicírculo de luz suave se extendía sutilmente sobre el disco de
Overland.
Toda la trayectoria de mi vida y mi trabajo está en este escenario, meditó Lain. He
traído mis instrumentos de escribir y podría intentar una especie de resumen... no es que
los pensamientos de alguien que precipitó su propio fin de una forma tan absurda, vayan
a ser de valor o interés para otros... como máximo podría anotar lo que ya se sabe, que la
pterthacosis no es una mala muerte... comparada con otras muertes, es decir... la
naturaleza puede estar agradecida... así como los más horrorosos mordiscos de un
tiburón suelen estar acompañados de dolor, la inhalación del polvo de los pterthas puede
a veces engendrar un extraño espíritu de resignación, un fatalismo químico... en ese
aspecto al menos, parece que soy afortunado... excepto porque estoy privado de
sentimientos que son míos por antiguo derecho...
Una sensación abrasadora se manifestó bajo el pecho de Lain y extendió sus zarcillos
radiales por el resto de su torso. Al mismo tiempo el aire a su alrededor pareció volverse
más frío, como si el sol hubiera perdido su calor. Metió una mano en el bolsillo de su
túnica, sacó una bolsa hecha de lienzo amarillo y la extendió sobre su regazo. Quedaba
una última tarea que realizar, pero todavía no había llegado el momento.
Quisiera que Gesalla estuviese aquí... Gesalla y Toller... para poder entregarlos el uno
al otro, o pedirles que se aceptasen... la ironía se amontona sobre la ironía... Toller
siempre quiso ser diferente, parecerse más a mí... y cuando se convirtió en el nuevo
Toller, yo me vi obligado a convertirme en el viejo Toller... hasta el extremo de perder mi
vida por el honor, un gesto que debía haber sido hecho antes de que mi bella esposa
fuera ultrajada y deshonrada por Leddravohr... Toller tuvo razón en eso y yo, con mi
supuesta sabiduría, le dije que estaba equivocado... Gesalla sabía con su mente que él
estaba equivocado, pero en su corazón sentía que era razonable.
Una punzada de dolor en el pecho de Lain fue acompañada por un estremecimiento. La
vista ante él era curiosamente llana. Ahora podía divisar más pterthas. Iban flotando hacia
la llanura en grupos de dos o tres, pero ya no tenían ninguna influencia en lo que le
quedaba de vida. El flujo de ensoñación de sus pensamientos fragmentarios era la nueva
realidad.
Pobre Toller... llegó a ser lo que aspiraba ser, ¿y cómo lo recompensé?... con
resentimiento y envidia... Lo herí el día del entierro de Glo, algo que sólo pude hacer
aprovechándome de su afecto, pero él respondió a mi rencor infantil con dignidad y
paciencia... los brakkas y los pterthas van juntos... quiero a mi «hermanito y me pregunto
si Gesalla ya se ha dado cuenta de que ella también... estas cosas pueden tardar mucho
tiempo... desde luego los brakkas y los pterthas van juntos. Es una asociación
simbiótica... ahora entiendo por qué en el fondo no querrá volar a Overland... el futuro
está aquí, y el futuro pertenece a Toller y a Gesalla... ¿podría ser ésta la razón encubierta
de negarme a montar con Leddravohr; para escoger mi propia Vía Brillante?... ¿estaba
dejándole el camino libre a Toller?... ¿era yo un factor desequilibrante en la ecuación?...
las ecuaciones significaban tanto para mí...
El fuego en el pecho de Lain se incrementó, extendiéndose, dificultándole la
respiración. Sudaba copiosamente y sin embargo su piel sentía un frío mortal, y el mundo
era meramente una escena pintada en una tela con arrugas. Llegó el momento de la
capucha amarilla.
Lain la levantó con sus dedos entumecidos y la colocó sobre su cabeza; un aviso para
cualquiera que se pasase por allí de que había muerto de pterthacosis y no debían
acercarse al cuerpo durante al menos cinco días. Las ranuras para los ojos no estaban en
el lugar adecuado, pero dejó caer sus manos a los lados sin ajustarlas, complacido de
permanecer en un universo privado, amarillo, sin forma ni rasgos.
El tiempo y el espacio transcurrían juntos en ese sencillo microcosmos.
Sí, yo tenía razón en lo de la pintura de la cueva... el círculo representaba un ptertha...
un ptertha incoloro... que aún no había desarrollado sus toxinas especiales... ¿quién fue
quien preguntó una vez si los pterthas antes eran rosas?... ¿y cuál fue mi respuesta?...
¿dije que el niño desnudo no tenía miedo del globo porque sabía que no le haría daño?...
sé que siempre he decepcionado a Toller en un aspecto, mi falta de valor físico... mi
indiferencia por el honor... pero ahora podrá estar orgulloso de mí... me gustaría poder ver
su cara cuando oiga que preferí morir antes que montar con... ¿no es extraño que la
respuesta al enigma de los pterthas estuviese siempre visible en el cielo?... el Árbol y el
círculo de Overland simbolizando el ptertha, coexistiendo en armonía... las descargas de
polinización de los brakkas alimentan a los pterthas con... ¿con qué?... ¿pollen, verde y
púrpura, la mezcla?... y en respuesta los pterthas buscan y destruyen a los enemigos de
los brakkas... Toller debe ser protegido por el príncipe Leddravohr... se cree a sí mismo
igual a él, pero me temo... ¡ME TEMO QUE NO HE DICHO A NADIE LO DE LOS
BRAKKAS Y LOS PTERTHAS!... ¿cuánto hace que lo sé?... ¿es esto un sueño?...
¿dónde está mi querida Gesalla?... ¿puedo mover todavía las manos?... puedo todavía...
Capítulo 17
Toller miró el cuerpo encapuchado de amarillo sin moverse durante unos diez minutos,
tratando de comprender cómo soportar el dolor de la pérdida.
Ha sido Leddravohr, pensó. Éstos son los frutos que recojo por dejar vivir a ese
monstruo. ¡Abandonó a mi hermano a los pterthas!
El sol del antedía todavía estaba bajo en el este, pero ante la ausencia total de
movimiento de aire, la ladera rocosa de la montaña ya empezaba a proyectar calor. Toller
estaba dividido entre el sentimiento y la prudencia; el deseo de correr hacia el cuerpo de
su hermano y la necesidad de permanecer a una distancia segura. Su visión borrosa le
mostró algo blanco que brillaba en el pecho hundido, aguantado por la cuerda de la
cintura de la túnica gris y una mano delgada.
¿Papel? ¿Podría ser, el corazón de Toller se aceleró al pensarlo, una acusación contra
Leddravohr?
Sacó su pequeño telescopio de la infancia y enfocó el rectángulo blanco. Sus lágrimas
conspiraban con el brillo feroz de la imagen para dificultar la lectura de las palabras
garabateadas, pero al fin recibió el último comunicado de Lain:
PTERTHAS AMIGOS DE BRAK. NOS MATAN POR NOSOTROS MATAMOS BRAK.
BRAK. ALIMENTO PTERTH. EN PAGO P PROTEGE B. TRANSPARENTE, ROSA,
PÚRPURA. P EVOLU TOXINS. DEBER VIVIR EN ARMONÍA CON B. MIRAR AL CIELO.
Toller apartó el telescopio. En algún lugar bajo la terrible confusión del sufrimiento,
comprendió que el mensaje de Lain tenía un significado que llegaba más allá de las
circunstancias del momento, pero en aquel instante era incapaz de comprenderlo. Por el
contrario, fue invadido por una decepción desconcertante. ¿Por qué no había usado Lain
sus últimas energías físicas y mentales para acusar al asesino y así preparar el camino
para el castigo? Tras pensar un momento, dio con la respuesta, y casi consiguió sonreír
con afecto y respeto. Lain, incluso desde la muerte, había sido el auténtico pacifista, ajeno
a los sentimientos de venganza. Se había marchado del mundo de una forma que
encajaba con su modo de vida; y Leddravohr aún continuaba...
Toller se volvió para atravesar la ladera hacia donde esperaba el sargento con dos
cuernoazules. Mantenía un control absoluto sobre sí mismo y ya no había lágrimas que se
interpusiesen en su visión, pero ahora sus pensamientos estaban dominados por una
nueva pregunta que rastrillaba su cerebro con la fuerza y persistencia de las olas
barriendo la playa.
¿Cómo podré vivir sin mi hermano? El calor reflejado en las losas de piedra presionaba
sus ojos, se introducía en su boca. Hoy va ser un largo y caluroso día, ¿cómo voy a vivirlo
sin mi hermano?
- Le acompaño en el sentimiento, capitán - dijo Engluh -. Su hermano era un buen
hombre.
- Sí.
Toller miró con fijeza al sargento, intentando superar sus sentimientos de rechazo. Éste
era el hombre a quien se le había encomendado formalmente la seguridad de Lain, y
seguía vivo mientras Lain estaba muerto. Poco podía haber hecho el sargento contra los
pterthas en un terreno de aquel tipo y, según lo que contaba, había sido despedido por
Leddravohr. Sin embargo, su presencia entre los vivos era una ofensa para el carácter
primitivo de Toller.
- ¿Desea volver ya, capitán? - Engluh no mostró ningún signo de desconfianza ante el
escrutinio de Toller. Era un veterano de aspecto duro, sin duda versado en el arte de
conservar su propia piel, pero Toller no podía juzgarlo sin suspicacia.
- Todavía no - dijo Toller -. Quiero buscar el cuernoazul.
- Muy bien, capitán. - Un aleteo en el fondo de los ojos marrones del sargento demostró
que había comprendido que Toller no aceptaba del todo el sucinto relato de Leddravohr
sobre los acontecimientos del día anterior -. Le enseñaré el camino que tomamos.
Toller montó su cuernoazul y cabalgó detrás de Engluh siguiendo el sendero que
conducía a la montaña. A mitad de la subida llegaron a una zona de roca laminada,
limitada en el borde inferior por un montículo de piedras planas. Los restos del cuernoazul
yacían sobre el material suelto, el esqueleto descarnado ya por los múltiples y otros
carroñeros. Incluso la montura y los arneses habían sido despedazados y comidos en
parte. Toller sintió un escalofrío en la espina dorsal al comprender que el cuerpo de Lain
habría sufrido la misma suerte de no haber sido por el veneno ptertha que contenían sus
tejidos. Su cuernoazul empezó a mover la cabeza de un lado a otro y a inquietarse, pero
Toller lo condujo hasta el esqueleto, frunciendo el ceño al ver la tibia fracturada. Mi
hermano vivía cuando esto ocurrió; y ahora está muerto. El dolor se apoderó de él con
nueva fuerza, cerró los ojos e intentó pensar en lo increíble.
De acuerdo a lo que le habían dicho, el sargento Engluh y los otros tres soldados
cabalgaron hacia la entrada oeste de la Base de Naves Espaciales tras ser despedidos
por Leddravohr. Allí esperaron a Lain y se quedaron perplejos al ver que Leddravohr
volvía solo.
El príncipe estaba de un humor extraño, enojado y alegre a la vez, y al ver a Engluh se
contaba que le dijo:
- Prepárate para una larga espera, sargento. Tu amo ha lisiado a su cuernoazul y ahora
está jugando al escondite con los pterthas.
Pensando que era su deber, Engluh se ofreció para volver galopando hasta la montaña
con otro animal, pero Leddravohr se opuso:
- ¡Quédate donde estás! Él eligió arriesgar su vida en un juego peligroso y ése no es
deporte para un buen soldado.
Toller hizo que le repitiera el relato varias veces y la única interpretación que podía
darle a aquello era que a Lain se le había ofrecido ser transportado hasta un lugar seguro,
pero él había elegido voluntariamente flirtear con la muerte. Leddravohr no necesitaba
mentir sobre ninguno de sus actos, y sin embargo Toller seguía sin poder aceptar lo que
le habían contado. Lain Maraquine, de quien era sabido que se desmayaba ante la vista
de la sangre, habría sido el último hombre del mundo en enfrentarse a las burbujas. Si
hubiera querido quitarse la vida habría encontrado una forma mejor, pero en cualquier
caso no existía ninguna razón para que deseara suicidarse. Tenía demasiados motivos
para vivir. Existía un misterio en lo ocurrido en la árida ladera de la montaña el día
anterior, y Toller sólo sabía de un hombre que pudiese aclararlo. Leddravohr no debía de
haber mentido pero sabía más de lo que...
- ¡Capitán! - susurró Engluh sobresaltado -. ¡Mire allí!
Toller siguió la línea que señalaba el dedo del sargento hacia el este y parpadeó al ver
la inconfundible forma marrón oscura de un globo ascendiendo hacia el cielo sobre Ro-
Atabri. Pocos segundos más tarde se le unieron otros tres subiendo en íntima formación,
casi como si el ascenso masivo a Overland estuviera empezando antes de lo que estaba
planeado.
Algo va mal, pensó Toller antes de verse afectado por un sentimiento de ultraje
personal. La muerte de Lain habría sido terrible para él, pero a eso había que añadir el
agravante de las dudas y sospechas; y ahora las naves espaciales estaban despegando
de la base, infringiendo los planes estrictos que se habían realizado sobre el vuelo de
migración. Había un límite en lo que su mente podía abarcar en un momento determinado
y el universo había decidido injustamente olvidarse de eso.
- Tengo que volver ahora - dijo, instando a su cuernoazul para que se moviese.
Cabalgaron montaña abajo, rodeando un cerro cubierto de zarzas y llegando a la
ladera abierta donde yacía el cuerpo de Lain. La vista ilimitada hacia el este mostró otros
globos ascendiendo desde el recinto, pero la mirada de Toller fue atraída por la extensión
moteada de la ciudad, que yacía detrás de ellos. Desde los barrios del centro subían
columnas de humo negro.
- Parece una guerra, capitán - comentó Engluh extrañado, empinándose sobre sus
estribos.
- Quizá lo sea.
Toller dirigió una mirada a la anónima forma inerte que había sido su hermano. Vivirás
dentro de mí, Lain. Después espoleó a su montura en dirección a la ciudad.
Ya conocía la creciente inquietud existente entre la acosada población de Ro-Atabri,
pero le costaba imaginar que los disturbios civiles tuviesen un efecto real en el cursa
ordenado de los acontecimientos del interior de la base. Leddravohr había instalado
unidades del ejército en un semicírculo que quedaba entre el recinto espacial y las
afueras de la ciudad, y dispuesto que fuesen controlados por oficiales en quienes pudiera
confiar incluso en las circunstancias especiales de la migración. Los oficiales eran
hombres que no tenían ningún interés personal en volar a Overland y su único deber era
preservar Ro-Atabri como una entidad, pasara lo que pasase. Toller creía que la base
estaba segura, incluso en el caso de un motín general, pero ahora las naves espaciales
estaban despegando mucho antes de la fecha fijada...
Al llegar a la pradera llana hizo que el cuernoazul galopase a toda velocidad,
observando atentamente cómo la barrera que rodeaba la base se agrandaba en su campo
de visión. La entrada del oeste se usaba poco porque daba al campo abierto, pero al
acercarse descubrió que había grandes grupos de soldados montados y de infantería
detrás de la verja, y podían verse vagones de provisiones moviéndose al otro lado de las
pantallas dobles, donde se desviaban hacia el norte y hacia el sur. Otras naves flotaban
hacia arriba en el cielo matutino, y el rugido retumbante de sus quemadores se mezclaba
con el traqueteo de los ventiladores de inflado y los gritos de fondo de los controladores.
Las puertas se abrieron para Toller y el sargento. Después, en cuanto atravesaron la
zona intermedia, se cerraron de golpe. Toller detuvo su cuernoazul al acercarse a él un
capitán del ejército, que llevaba su casco de penacho naranja bajo el brazo.
- ¿Es usted el capitán espacial Toller Maraquine? - preguntó frunciendo el entrecejo.
- Sí. ¿Qué ha ocurrido?
- El príncipe Leddravohr ha dado orden de que se presente inmediatamente en el
Recinto 12.
Toller asintió.
- ¿Qué ha ocurrido?
- ¿Qué le hace pensar que ha ocurrido algo? - dijo el capitán con acritud. Se dio la
vuelta y se alejó a grandes pasos, dando órdenes airadas a los soldados más cercanos,
que mostraban sin disimulos su expresión de disgusto.
Toller pensó en ir tras él y obtener una respuesta aclaratoria, pero en ese momento
divisó a una figura uniformada de azul haciéndole señas desde el otro lado de la verja.
Era Ilven Zavotle, recientemente ascendido al rango de teniente piloto. Toller avanzó
hacia él en el cuernoazul y desmontó, notando al hacerlo que el joven estaba pálido y
preocupado.
- Me alegro de que haya vuelto, Toller - dijo Zavotle con ansiedad -. Oí que había salido
para buscar a su hermano y vine a alertarle sobre el príncipe Leddravohr.
- ¿Leddravohr? - Toller levantó la vista cuando una nave espacial ocultó el sol por un
instante -. ¿Qué pasa con Leddravohr?
- Está loco - dijo Zavotle, mirando alrededor para comprobar que su declaración
traidora no era escuchada por otros -. Ahora está en los recintos... dirigiendo a los
cargadores y a los equipos de inflado... con la espada en la mano... lo he visto atravesar a
un hombre sólo porque se detuvo a echar un trago.
- ¡El...! - El desconcierto y consternación de Toller crecieron -. ¿Qué ha provocado todo
esto?
Zavotle alzó la mirada sorprendido.
- ¿No lo sabe? Debió usted salir de aquí antes dé... Todo ocurrió en un par de horas,
Toller.
- ¿Qué ocurrió? Habla, Ilven, o habrá más sablazos.
- El gran Prelado Balountar presidió una marcha de ciudadanos hasta la base. Exigió
que todas las naves fueran destruidas y las provisiones repartidas entre la gente.
Leddravohr lo hizo arrestar y decapitar allí mismo.
Toller estrechó los ojos como si visualizara la escena.
- Eso fue un error.
- Un gran error - corroboró Zavotle -, pero eso fue sólo el principio. Balountar había
excitado a las multitudes con promesas de comida y cristales. Cuando vieron su cabeza
sobre un poste, empezaron a destrozarlas protecciones. Leddravohr envió al ejército
contra ellos, pero... fue sorprendente. Toller... la mayoría de los soldados se negaron a
luchar.
- ¿Desafiaron a Leddravohr?
- Son hombres de la zona, la mayoría proceden del mismo Ro-Atabri, y se les estaba
ordenando que masacrasen a su propia gente. - Zavotle se interrumpió cuando una nave
que volaba sobre ellos produjo un rugido atronador -. Los soldados también están
hambrientos, y hay una sensación generalizada de que Leddravohr les está volviendo la
espalda.
- A pesar de eso...
A Toller le parecía casi imposible imaginar a simples soldados rebelándose contra el
príncipe militar.
- Entonces fue cuando Leddravohr realmente enloqueció. Dicen que mató a más de
una docena de oficiales y hombres. No obedecían sus órdenes... pero tampoco podían
defenderse contra él... y el carnicero entonces... - la voz de Zavotle vaciló -. Como cerdos,
Toller. Igual que a cerdos.
A pesar de la magnitud de lo que estaba oyendo, Toller alimentaba un sentimiento
inconfesable de que tenía un motivo distinto y más urgente de preocupación.
- ¿Cómo acabó eso?
- Con los incendios de la ciudad. Cuando Leddravohr vio el humo... se dio cuenta de
que las pantallas anti - ptertha estaban ardiendo... y recobró la razón. Condujo al interior
del perímetro a los hombres que continuaban siéndole fieles, y ahora está intentando que
despegue toda la flota de nave espaciales antes que los rebeldes se organicen e invadan
la base. - Zavotle estudió con suspicacia a los soldados próximos -. Este grupo se supone
que defiende la entrada oeste, pero yo diría que no tienen muy claro de qué lado están.
Los uniformes azules ya no son muy gratos aquí. Tenemos que volver a los recintos
enseguida que...
Las palabras se desvanecieron en los oídos de Toller mientras su mente realizaba una
serie de saltos, y cada uno de ellos lo acercaba más al origen de su preocupación
subconsciente. Los fuegos de la ciudad... las pantallas anti - ptertha ardiendo... no ha
llovido durante muchos días... sin las pantallas la ciudad está indefensa... la migración
DEBE ponerse en marcha enseguida... y eso significa...
- ¡Gesalla!
Toller soltó el nombre de repente en un acceso de pánico y auto recriminación. ¿Cómo
podía haberse olvidado de ella durante tanto tiempo? Estaría esperando en la Casa
Cuadrada... aún sin la confirmación de la muerte de Lain... y el vuelo a Overland ya había
empezado...
- ¿Me oye? - dijo Zavotle -. Tendríamos que...
- No importa eso - le cortó Toller -. ¿Qué se ha hecho respecto a avisar a los
emigrantes y traerlos aquí?
- El rey y el príncipe Chakkell ya están en los recintos. Todos los miembros de la familia
real y de la nobleza tienen que llegar aquí bajo la protección de nuestros guardianes. Es
un caos, Toller. Los emigrantes normales tendrán que llegar por sí solos, y si las cosas
siguen como ahora, dudo de que...
- Estoy en deuda contigo por haberme esperado aquí, Ilven - dijo Toller, volviendo a
montar su cuernoazul -. Creo que me explicaste algo cuando estábamos allá arriba
muriéndonos de frío y sin nada que hacer excepto contar estrellas fugaces. Que no tenías
familia. ¿Es cierto?
- Sí.
- En ese caso debes volver a los recintos y tomar la primera nave disponible que
encuentres. Yo todavía no estoy libre para marcharme.
Zavotle se adelantó mientras Toller se acomodaba en la montura.
- Leddravohr quiere que nosotros dos seamos los pilotos reales, Toller. Usted
especialmente, porque nadie más ha dado nunca el vuelco a una nave.
- Olvida que me has visto - dijo Toller -. Volveré en cuanto pueda.
Salió cabalgando por el interior de la base, tomando un camino que quedaba alejado
de los recintos de los globos. Las redes anti - ptertha s colocadas encima proyectaban sus
sombras sobre una escena de actividad confusa y frenética. Se había planeado que la
flota de migración partiría de una forma ordenada en un período de entre diez y veinte
días, según las condiciones climáticas. Ahora era una carrera para ver cuántas naves
podían enviarse antes de que la base fuera tomada por los disidentes, y la situación se
hacía aún más desesperada desde que las vulnerables pantallas anti - ptertha s habían
sido atacadas. No se apreciaban corrientes de aire, circunstancia que ayudaba a las
tripulaciones de las naves espaciales y mantenía la actividad ptertha al mínimo, pero con
la llegada de la noche las burbujas lívidas aumentarían su fuerza.
Con la urgencia por cargar las provisiones, los trabajadores rompían los embalajes de
madera sin más ayuda que sus manos. Los soldados pertenecientes al recién formado
Regimiento de Overland (su lealtad estaba garantizada porque debían volar con
Leddravohr) se movían de un lado a otro, exhortando ruidosamente al personal de la base
para que se esforzase más, y en algunos casos contribuían personalmente al trabajo.
Aquí y allí, entre el caos, deambulaban pequeños grupos de hambres, mujeres y niños
que habían obtenido las garantías para emigrar en las provincias y llegado allí con
anticipación. Por encima y a través de todo destacaba el estrépito de los ventiladores de
inflado, el rugido desconcertante y espasmódico de los quemadores de las naves
espaciales y el cenagoso olor de la mezcla de gases liberados.
Toller pasó casi inadvertido por las secciones de almacenaje y talleres, pero al llegar a
un camino cubierto que conducía por el este hacia la ciudad, encontró la entrada
protegida por un gran destacamento de soldados. Los oficiales que había entre ellos
interrogaban a todo aquel que intentaba pasar. Toller se hizo a un lado y usó su
telescopio para examinar la distante salida. La corta perspectiva producía una imagen
difícil de interpretar, pero pudo ver muchos soldados de a pie y algunos grupos montados;
y detrás de ellos a la multitud llenando las empinadas calles donde empezaba
propiamente la ciudad. Había pocos indicios de movimiento, pero era obvio que se
produciría una confrontación y que el camino normal hacia la ciudad estaba intransitable.
Seguía pensando en cómo actuar, cuando le llamaron la atención unas manchas de
color moviéndose en la tierra cubierta de matorrales que se extendía hacia el sureste, en
dirección al barrio periférico de Monteverde. El telescopio le reveló que eran civiles
corriendo hacia el centro de la base. Por la alta proporción de mujeres y niños, dedujo que
se trataba de emigrantes que habían cruzado la cerca del perímetro en algún punto
distante de la entrada principal. Se volvió por el túnel, buscó un paso entre las dobles
redes anti - ptertha s y salió cabalgando hacia los ciudadanos que se aproximaban.
Cuando llegó junto a los cabecillas, éstos blandieron sus salvoconductos blanquiazules de
migración.
- Dirigíos hacia los recintos de los globos - les gritó -. Os sacaremos.
Los hombres y mujeres de rostros ansiosos le dieron las gracias y corrieron hacia allí,
algunos llevando en brazos o arrastrando a los niños. Volviéndose para seguirlos con la
mirada, Toller vio que la llegada de éstos había sido advertida y que se acercaban unos
hombres montados para detenerlos. El cielo tras los jinetes era un espectáculo único.
Ahora había quizá veinte naves en el aire sobre los recintos, agrupándose peligrosamente
en los niveles bajos y dispersándose al alejarse hacia el cenit.
Sin detenerse a ver qué tipo de recibimiento daban a los emigrantes, Toller azuzó al
cuernoazul hacia Monteverde. A lo lejos, a su izquierda, en Ro-Atabri, el fuego parecía
haberse extendido. La ciudad estaba construida en piedra, pero las vigas de madera y
cuerdas con las que se había revestido para protegerla de los pterthas, eran altamente
inflamables y los incendios empezaban a ser lo bastante grandes como para crear sus
propios sistemas de transmisión, ganando terreno sin ayuda de los elementos. Sólo haría
falta, y Toller lo sabía, que se levantase una leve brisa, y la ciudad ardería en cuestión de
minutos.
Hostigó al cuernoazul para que galopase, eligiendo su camino basándose en los
grupos de refugiados que encontraba y divisando finalmente un lugar donde la barricada
del perímetro había sido derribada. Atravesó la abertura, ignorando las miradas recelosas
de la gente que trepaba entre las estacas, tomando un camino directo hacia la montaña
de la Casa Cuadrada. Las calles por las que había correteado siendo un niño estaban
sucias y abandonadas, como un extraño territorio del pasado.
Un minuto más tarde, ya en el barrio de Monteverde, al dar la vuelta a una esquina
encontró una partida de cinco civiles armados con palos. Aunque obviamente no eran
emigrantes, se dirigían a toda prisa hacia la base. Toller adivinó enseguida que su
intención era acosar y quizá robar a algunas de las familias de emigrantes que había visto
antes.
Se separaron para bloquear la estrecha calle y el líder, un hombre robusto de
mandíbula caída ataviado con una capa, le preguntó:
- ¿Qué te crees que estás haciendo, chaqueta azul?
Toller, que fácilmente podría haber derribado al hombre desde su montura, tiró de las
riendas para detenerse.
- Ya que me lo preguntas con tanta amabilidad, no me importa decirte que estoy
dudando entre si matarte o no.
- ¡Matarme! - El hombre golpeó el suelo imperiosamente con su palo, en la creencia de
que los tripulantes espaciales no iban armados -. ¿Y cómo vas a hacerlo?
Toller sacó su espada con un movimiento horizontal, haciendo saltar el garrote de la
mano del hombre.
- Eso podría haber sido tu muñeca o tu cuello - dijo suavemente -. ¿Alguno más desea
seguir con el asunto?
Los cuatro se miraron entre sí y retrocedieron.
- No tenemos nada contra usted - dijo el hombre de la capa, acariciándose la mano
resentida por el violento impacto en el garrote -. Seguiremos nuestro camino.
- No lo haréis. - Toller usó la hoja de brakka para señalar un callejón que conducía en
dirección contraria a la base espacial -. Seguiréis ese camino, y volveréis a vuestras
guaridas. Dentro de pocos minutos pasaré de nuevo hacia la base, y juro que si me
encuentro a cualquiera de vosotros otra vez, será mi espada quien hable. ¡Ahora
marchaos!
En cuanto los hombres desaparecieron de su vista, guardó la espada y reemprendió el
ascenso hacia la montaña. Dudó de que su aviso tuviese un efecto definitivo en los
rufianes, pero ya había perdido demasiado tiempo ayudando a los emigrantes, quienes
deberían aprender a afrontar muchos rigores en los días venideros. Una mirada al
semicírculo que se estrechaba sobre el disco de Overland, le dijo que no quedaba mucho
más de una hora para la llegada de la noche breve, y era necesario que llevase a Gesalla
a la base antes de que ocurriera.
Al llegar a la cima de Monteverde, galopó por las silenciosas avenidas de la Casa
Cuadrada y desmontó en el recinto amurallado. Se dirigió al vestíbulo de entrada y allí se
encontró con Sany, la gorda cocinera, y a un criado calvo que le era desconocido.
- ¡Amo Toller! - gritó Sany -. ¿Tiene noticias de su hermano?
Toller sintió que su dolor se renovaba. La rápida sucesión de los acontecimientos había
detenido su proceso emocional normal.
- Mi hermano está muerto - dijo -. ¿Dónde está tu señora?
- En su dormitorio. - Sany se llevó las manos a la garganta -. Éste es un día terrible
para todos nosotros.
Taller corrió hacia la escalera principal, pero se detuvo ante el primer escalón.
- Sany, volveré a la Base de Naves Espaciales en pocos minutos. Te aconsejo
encarecidamente a ti y a... - miró interrogativamente al criado.
- Harribend, señor.
- ...a ti y a Harribend, y a los otros sirvientes que aún queden, que vengáis conmigo. La
migración ha comenzado antes de tiempo en una gran confusión, y aunque no tengáis
salvoconductos, creo que os encontraré un lugar en alguna nave.
Ambos criados retrocedieron.
- Yo no podría ir al cielo antes de que me llegue mi hora - dijo Sany -. No es natural. No
está bien.
- Hay revueltas por toda la ciudad y las pantallas anti - ptertha se están quemando.
- Que sea lo que deba ser, amo Toller. Correremos el riesgo aquí, en el lugar a que
pertenecemos.
- Pensadlo bien - dijo Toller.
Subió hasta el rellano y atravesó el conocido pasillo que conducía a la parte sur de la
casa, incapaz de aceptar del todo que ésta era la última ocasión en que vería las figuritas
de cerámica brillando en sus vitrinas, o su reflejo fantasmagórico sobre los paneles de
madera de vidrio pulida. La puerta del dormitorio principal estaba abierta.
Gesalla se hallaba de pie junto a la ventana que servía de marco a una vista de la
ciudad, cuyos rasgos dominantes eran las columnas de humo negro y blanco
intersectando las bandas horizontales azul y verde de la bahía de Arle y el golfo de
Tronom. Iba vestida como nunca antes la había visto, con chaleco y pantalones grises de
sarga complementados con una blusa de tela más fina, también de color gris. En conjunto
era casi una réplica de su propio uniforme de hombre del espacio. Una repentina timidez
le impidió hablar o llamar a la puerta. ¿Cómo debían comunicarse el tipo de noticias que
llevaba?
Gesalla se volvió y lo miró con ojos sabios y sombríos.
- Gracias por venir, Toller.
- Es sobre Lain - dijo, entrando en la habitación -. Me temo que traigo malas noticias.
- Sabía que estaba muerto cuando no recibí ningún mensaje al anochecer. - Su voz era
fría, enérgica -. Sólo me faltaba la confirmación.
Toller no esperaba esa falta de emoción.
- Gesalla, no sé cómo decírtelo... en un momento como éste... pero has visto los
incendios de la ciudad. No tenemos otra salida que...
- Estoy preparada para marchar - dijo Gesalla, cogiendo un envoltorio bien atado que
había sobre una silla -. Éstas son todas las pertenencias personales que necesito. O, al
menos, las que he decidido llevarme. No es demasiado, ¿verdad?
Él observó su bello e imperturbable rostro durante un instante, luchando contra un
resentimiento irracional.
- ¿Tienes idea de adónde vamos?
- ¿Dónde sino a Overland? Las naves espaciales están saliendo. Según lo que he
podido descifrar de los mensajes de luminógrafo procedentes del Palacio Principal, la
guerra civil ha estallado en Ro-Atabri y el rey ya ha escapado. ¿Crees que soy estúpida,
Toller?
- ¿Estúpida? No, eres muy inteligente, muy lógica.
- ¿Esperabas que estuviese histérica? ¿Tenía que ser sacada de aquí, gritando que me
daba miedo ir al espacio, en donde sólo el heroico Toller Maraquine ha estado?
¿Tenía que llorar y rogar que me diesen tiempo para poner flores sobre la tumba de mi
marido?
- No, no esperaba que llorases. - Toller estaba consternado por lo que decía, pero era
incapaz de contenerse -. No esperaba que fingieses pesar.
Gesala le abofeteó la cara con un movimiento tan rápido de la mano que no tuvo
oportunidad de evitarlo.
- No vuelvas a decirme algo así otra vez. ¡No vuelvas a hacer ese tipo de
presuposiciones sobre mí! Ahora, ¿nos marchamos o vamos a quedarnos aquí hablando
todo el día?
- Cuanto más pronto nos marchemos mejor - dijo él petrificado, resistiendo las ganas
de tocarse la mejilla que le escocía -. Llevaré tu paquete.
Gesalla le arrebató el fardo y lo colgó de su hombro.
- Lo hice para llevarlo yo; tú ya tienes bastante que hacer.
Se deslizó ante él hacia el pasillo y, moviéndose con suavidad y rapidez, llegó a la
escalera principal antes que él la alcanzara.
- ¿Qué hay de Sany y los otros criados? - preguntó Toller -. No me gusta la idea de
dejarlos.
Ella negó con la cabeza.
- Lain y yo intentamos convencerlos de que pidieran los salvoconductos, y no lo
conseguimos. No puedes obligar a la gente a irse, Toller.
- Supongo que tienes razón. - Caminó junto a ella hasta la puerta, dirigiendo una
mirada nostálgica al vestíbulo, y salió hacia el patio donde aguardaba el cuernoazul -.
¿Dónde está tu carruaje?
- No lo sé. Lain se lo llevó ayer.
- ¿Eso significa que tendremos que montar juntos?
Gesalla suspiró.
- No pienso ir corriendo a tu lado.
- Muy bien.
Sintiéndose extrañamente cohibido, Toller trepó a la montura y extendió una mano a
Gesalla. Se sorprendió de la poca fuerza que tuvo que hacer para ayudarle a colocarse de
un salto tras él, y aún más cuando ella deslizó los brazos alrededor de su cintura y se
apretó contra su espalda. Era preciso cierto contacto corporal, pero casi parecía como si...
Rechazó el pensamiento antes de que se completara, avergonzado por su obscena
predisposición a pensar en Gesalla dentro de un contexto sexual puso el cuernoazul a
trote rápido.
Al salir del recinto y tomar el camino del noroeste, vio que había muchas más naves en
el cielo sobre la base, reduciéndose a pequeñas manchas al ser absorbidas por las
profundidades azules de la atmósfera superior. Por él movimiento de éstas, se apreciaba
una ligera corriente hacia el este, lo que significaba que el caos de la salida podía
complicarse aún más por la llegada de los pterthas. A su izquierda, las torres de humo
que subían de la ciudad eran cortadas horizontalmente y dispersadas al alcanzar las
corrientes de aire de los niveles altos. Los árboles que se quemaban producían de vez en
cuando explosiones polvorientas.
Toller cabalgó montaña abajo con tanta rapidez como era posible manteniendo la
seguridad. Las calles estaban vacías como antes, pero se habían incrementado los ruidos
de tumultos que provenían directamente del frente hacia donde iban. Emergió de la última
protección de edificios abandonados y descubrió que había cambiado el escenario en la
periferia de la base.
La ruptura de la barricada se había agrandado y varios grupos, en un total de unas cien
personas, se habían reunido allí, siéndoles impedida la entrada al recinto por las filas de
infantería. Arrojaban piedras y trozos de madera a los soldados, quienes a pesar de estar
armados con espadas y jabalinas, no respondían al ataque. Varios oficiales montados,
permanecían tras los soldados, y Toller supo por sus espadas empuñadas y los destellos
verdes en sus hombros que pertenecían al regimiento de Sorka, hombres que eran leales
a Leddravohr y no tenían ningún vínculo particular con Ro-Atabri. Era una situación que
podía desencadenar una carnicería en cualquier momento; y si eso ocurría, los soldados
rebeldes se verían obligados a convertir aquello en el teatro de una guerra en miniatura.
Hostigó al cuernoazul para que galopase. El potente animal respondió con prontitud,
recorriendo la distancia que lo separaba del lugar en pocos segundos. Toller esperaba
sorprender a los alborotadores completamente desprevenidos y abrirse paso entre ellos
sin que tuvieran tiempo de reaccionar, pero los golpes de los cascos contra el barro duro
atrajeron la atención de los hombres, que se volvieron para coger piedras.
- Allí hay un chaqueta azul - oyó gritar -. ¡Coged a ese sucio chaqueta azul!
La vista del animal cargando decididamente y la espada de batalla de Toller fueron
suficientes para despejar su camino, pero no pudieron evitar las rociadas intermitentes de
proyectiles. Toller recibió fuertes golpes en el brazo y en el muslo, y un trozo de esquisto
incidió directamente sobre los nudillos de la mano que aguantaba las riendas. Condujo al
cuernoazul a través de los maderos derribados de la barricada y casi había llegado a las
líneas de soldados, cuando oyó un golpe y sintió el impacto transmitido a través del
cuerpo de Gesalla. Ésta jadeó y se soltó durante un breve momento, recobrando de
inmediato el dominio de sí misma. Las líneas de soldados se apartaron para abrirle paso.
Después obligó al cuernoazul a pararse.
- ¿Te hizo daño? - preguntó a Gesalla, sin poder volverse en la silla o desmontar por lo
fuertemente que ella le agarraba.
- No es nada serio - respondió con una voz apenas audible -. Debes seguir.
Un teniente con barba se aproximó a ellos, los saludó y cogió la brida del cuernoazul.
- ¿Es usted el capitán espacial Toller Maraquine?
- Sí.
- Debe presentarse inmediatamente ante el príncipe Leddravohr en el Recinto 12.
- Eso es lo que intento hacer, teniente - dijo Toller -. Será mejor que se aparte.
- Señor, las órdenes del príncipe Leddravohr no mencionaban a una mujer.
Toller levantó las cejas y miró al teniente a los ojos.
- ¿Cómo dice?
- Yo... nada, señor.
El teniente soltó la brida y se apartó.
Toller animó al cuernoazul para que avanzase, conduciéndolo entre el alboroto de los
recintos de los globos. Se había descubierto, aunque nadie había explicado el fenómeno,
que las barreras perforadas protegían mejor a los globos de las alteraciones del aire que
las cubiertas continuas. El cielo brillaba en el oeste a través de las aberturas cuadradas
de los recintos, haciendo que pareciesen más que nunca una hilera de torres altas, a los
pies de las cuales estaba la hirviente actividad de miles de trabajadores, la tripulación
aérea y los emigrantes con todos sus bultos y provisiones.
El hecho de que el sistema funcionara incluso en circunstancias tan extremas, hablaba
bien de la capacidad organizativa de Leddravohr, Chakkell y el personal designado por
ellos. Las naves seguían despegando en grupos de dos o tres, y a Toller se le ocurrió que
era casi un milagro que no se produjese ningún accidente serio.
En ese momento, como si su pensamiento hubiera engendrado el suceso, la barquilla
de una nave que se alzaba demasiado deprisa golpeó el borde de su recinto. La nave
empezó a oscilar y, a una altura de unos sesenta metros, alcanzó a otra que había salido
unos segundos antes. En uno de sus movimientos pendulares, la barquilla de la nave
descontrolada chocó lateralmente contra el globo de la aeronave más lenta. La cubierta
de la última se rajó y ésta perdió su simetría, agitándose y trepidando como una criatura
herida que surgiera de las profundidades, y la nave se precipitó hacia tierra, arrastrando
sus montantes de aceleración que se habían soltado. Cayó sobre un grupo de vagones de
suministros. El impacto debió de romper los conductos de alimentación del quemador,
produciendo de inmediato una llamarada y humo negro; y los ladridos de los cuernoazules
lastimados o aterrorizados se sumaron a la conmoción general.
Toller trató de no pensar en la suerte de los que iban a bordo. El despegue nefasto de
la otra nave parecía obra de un novato, cosa probable ya que los mil pilotos cualificados
asignados a la flota de migración no estarían disponibles, posiblemente atrapados en los
disturbios de la ciudad. Nuevos peligros se añadían a la estremecedora serie de riesgos
que esperaban a los viajeros interplanetarios.
Sintió la cabeza de Gesalla apoyada sobre su espalda mientras atravesaban el lugar y
su ansiedad por ella creció. Su delicado cuerpo estaba poco preparado para resistir el
golpe que él sintió de rebote. Al acercarse al duodécimo recinto, vio que éste y otros tres
adyacentes en dirección norte estaban densamente rodeados de soldados de infantería y
caballería. En la zona protegida había un área de relativa calma. Cuatro globos
aguardaban en su recinto, con los equipos de inflado dispuestos, y corros de hombres y
mujeres lujosamente vestidos junto a montones de cajas ornamentadas y otras
pertenencias. Algunos de los hombres bebían mientras estiraban el cuello para ver la
nave accidentada, y un pequeño grupo de niños correteaba alrededor de sus piernas
como si estuviesen jugando durante una excursión familiar.
Toller recorrió la zona con la mirada y distinguió un grupo en el que estaban
Leddravohr, Chalckell y Pouche, todos de pie junto a la figura sentada del rey Prad. El
soberano, acomodado en una silla corriente, miraba con fijeza al suelo, en apariencia
ajeno a lo que estaba ocurriendo. Parecía viejo y deprimido, contrastando notablemente
con el aspecto vigoroso que Toller recordaba.
Un joven capitán del ejército se adelantó a recibir a Toller cuando éste detuvo el
cuernoazul. Pareció sorprenderse al ver a Gesalla, pero le ayudó a bajar con amabilidad y
sin ningún comentario. Toller desmontó y vio que el rostro de ella estaba totalmente
blanco. Se tambaleaba un poco y sus ojos tenían una mirada distante, abstraída, que le
confirmó que había sido seriamente lastimada.
- Quizá deba llevarte - le dijo cuando las filas de soldados se apartaron a una señal del
capitán.
- Puedo andar, puedo andar - murmuró -. Aparta tus manos, Taller; la bestia no debe
ver que necesito ayuda.
Taller asintió, impresionado por su valor, y caminó delante de ella hacia el grupo real.
Leddravohr volvió la cabeza hacia él y por una vez no mostró su malévola sonrisa. Sus
ojos llameaban en su rostro marmóreo. Había una salpicadura roja en diagonal sobre su
coraza blanca, y la sangre se estaba coagulando alrededor de la vaina de su espada,
pero su comportamiento sugería más una ira controlada que la rabia enloquecida de la
que había hablado Zavotle.
- Hace horas que mandé que te avisaran, Maraquine - dijo con frialdad -. ¿Dónde has
estado?
- Viendo los restos de mi hermano - dijo Taller, omitiendo deliberadamente la forma de
tratamiento requerida -. Hay algo muy sospechoso en su muerte.
- ¿Sabes lo que estás diciendo?
- Sí.
- Veo que has vuelto a tus antiguos modales - Leddravohr se acercó y bajó la voz -. Mi
padre me hizo jurar una vez que no te haría daño, pero me permitiré faltar a ese
juramento en cuanto lleguemos a Overland. Entonces, te lo prometo, te daré lo que has
estado buscando desde hace tanto tiempo; pero ahora hay cosas más importantes de las
que debo ocuparme.
Leddravohr se volvió y se apartó con andar cansado, haciendo una señal a los
supervisores del lanzamiento. Enseguida, el equipo encargado de inflar el globo inició su
trabajo, accionando con la manivela los enorme ventiladores. El rey Prad alzó la cabeza,
sobresaltado, y miró a su alrededor con su único ojo inquieto. El falso talante festivo
abandonó a los nobles cuando el repiqueteo de los ventiladores les comunicó que el
inaudito vuelo a lo desconocido estaba a punto de empezar. Los grupos familiares se
unieron, los niños dejaron de jugar, y los criados se dispusieron a transferir las
pertenencias de sus amos a las naves que partirían inmediatamente después de la nave
real.
Detrás de las líneas protectoras de guardianes había un mar de actividad
aparentemente caótica, mientras continuaba el trabajo de preparar la flota. Los hombres
coman de un lado a otro, y los vagones de suministros se movían entre las pesadas
carretas que transportaban las naves espaciales hasta los recintos. A lo lejos, en el
campo abierto de la base, aprovechando las condiciones climáticas casi perfectas, los
pilotos de las naves de carga inflaban sus globos y despegaban sin la ayuda de
protecciones contra el viento. El cielo estaba ahora atestado de naves, que se alzaban
como una nube de extrañas esporas transportadas por el viento hacia el ardiente
semicírculo de Overland.
Taller se sentía perplejo ante aquel espectáculo, la prueba de que, llevados al límite,
los miembros de su propia especie tenían el valor y la capacidad de saltar como dioses de
un planeta a otro, pero también se sentía estupefacto por lo que acababa de oír de boca
de Leddravohr.
El juramento del que había hablado Leddravohr explicaba ciertas cosas, pero ¿por qué
se le había exigido eso de forma primordial? ¿Qué había impulsado al rey a elegir a uno
de entre sus tantos súbditos para colocarlo bajo su protección personal? Intrigado por el
nuevo misterio, Taller dirigió una mirada a la figura sentada del rey y experimentó un
estremecimiento al descubrir que éste le observaba fijamente. Un momento después el
rey apuntaba con un dedo a Taller, lanzando una cuerda de fuerza psíquica a través de
los grupos de espectadores, y haciéndole señas después. Ignorando las curiosas miradas
de los ayudantes reales, Taller se aproximó al rey e hizo una reverencia.
- Me has servido bien, Taller Maraquine - dijo Prad con voz cansada pero firme -. Y
ahora pienso encomendarte otra responsabilidad más.
- Sólo tiene que mencionarla, majestad - replicó Toller, incrementando su sensación de
irrealidad cuando Prad le indicó que se acercara y agachase para recibir un mensaje
privado.
- Ocúpate de que - susurró el rey - mi nombre sea recordado en Overland.
- Majestad... - Toller se incorporó confundido -. Majestad, no entiendo.
- Ya lo entenderás. Ahora ve a tu puesto.
Toller hizo una reverencia y se retiró, pero antes de que tuviera tiempo de analizar la
breve conversación, fue requerido por el coronel Kartkang, antiguo administrador jefe del
E.E.E. Tras la disolución del Escuadrón Experimental, el coronel había adquirido la
responsabilidad de coordinar la marcha del vuelo real, una tarea que difícilmente podía
haber previsto que tendría lugar en condiciones tan adversas. Sus labios se movieron
silenciosamente mientras indicaba a Toller el lugar donde Leddravohr daba instrucciones
a tres pilotos. Uno de ellos era Ilven Zavotle y otro Gollav Amber, un hombre experto que
se había presentado como candidato para el vuelo de prueba. El tercero era robusto, con
barba rojiza, de unos cuarenta años, que llevaba el uniforme de comandante espacial.
Tras pensar un momento, Toller lo identificó como Halsen Kedalse, antes capitán del aire
y mensajero real.
- ...decidido que viajaremos en naves independientes - decía Leddravohr, mientras su
mirada aleteaba hacia Toller -. Maraquine, el único oficial que tiene experiencia en
conducir una nave más allá del punto medio, tendrá la responsabilidad de pilotar la nave
de mi padre. Yo volaré con Zavotle. El príncipe Chakkell irá con Kedalse y el príncipe
Pouche con Amber. Cada uno de vosotros se dirigirá ahora la nave designada y se
preparará para ascender antes de que la noche breve esté sobre nosotros.
Los cuatro pilotos saludaron, e iban a dirigirse a los recintos, cuando Leddravohr los
detuvo alzando una mano. Los estudió durante lo que pareció un largo rato, con gesto
vacilante, antes de hablar de nuevo.
- Pensándolo bien, Kedalse ha llevado a mi padre muchas veces durante su largo
servicio como capitán del aire. Él volará en la nave del rey en esta ocasión, y el príncipe
Chakkell irá con Maraquine. Eso es todo.
Toller volvió a saludar antes de volverse, preguntándose qué sentido tendría el cambio
de idea de Leddravohr. Había comprendido la insinuación de Toller cuando éste expresó
sus dudas sobre la muerte de Lain. ¡Mi hermano está muerto! ¿Era eso un indicio de
culpabilidad? ¿Había sido un pensamiento retorcido y grotesco lo que había hecho que
Leddravohr se negase a confiar la vida de su podré a un hombre cuyo hermano había
asesinado, o al menos causado la muerte?
El inconfundible sonido de un pesado cañón disparado en algún lugar lejano le recordó
a Toller que no había que perder tiempo en especulaciones. Buscó a Gesalla. Estaba de
pie, sola, aislada de la actividad circundante, y algo en su postura le indicó que
continuaba sintiendo un profundo dolor. Corrió a la barquilla donde el príncipe Chakkell
aguardaba con su esposa, hija y dos hijos pequeños. La princesa Daseene, con su
diadema de perlas, y los niños miraron a Toller con una expresión de cautelosa
curiosidad, e incluso Chakkell parecía cuidar de sus modales. Estaban todos
tremendamente aterrados, comprendió Toller, y una de las incógnitas que les preocupaba
era el tipo de relación que sería dictado por el hombre en cuyas manos la suerte había
confiado sus vidas.
- Bueno, Maraquine - dijo Chakkell -, ¿vamos a salir?
Toller asintió.
- Podemos despegar sin ningún riesgo dentro de unos minutos, príncipe; pero hay una
dificultad.
- ¿Una dificultad? ¿Qué dificultad?
- Mi hermano murió ayer. - Toller hizo una pausa, aprovechando la ansiedad que
asomaba en los ojos de Chakkell -. Mi obligación hacia su viuda sólo puede ser saldada si
la llevo conmigo en este vuelo.
- Lo siento, Maraquine, pero es imposible - dijo Chakkell -. Esta nave está destinada a
mi uso personal.
- Lo sé, príncipe, pero usted es un hombre que entiende los lazos familiares, y puede
apreciar que es imposible para mí abandonar ala viuda de mi hermano. Si ella no puede
viajar en esta nave, debo declinar el honor de ser su piloto.
- Estás hablando de traición - dijo airadamente Chakkell, secándose el sudor de su
calva morena -. Yo... Leddravohr debería haberte ejecutado en el acto cuando te atreviste
a desobedecer sus órdenes.
- También lo sé, príncipe, y hubiera sido una gran pérdida para muchos. - Toller dirigió
una sonrisa sutil a los niños que observaban -. Si yo no estuviese aquí, un piloto inexperto
le hubiera llevado junto con su familia por esa extraña región que se interpone entre dos
mundos. Yo conozco todos los terrores y peligros del punto medio, ya sabe, y podría
protegerles contra ellos.
Los dos chicos mantuvieron la mirada sobre él, pero la niña escondió la cara en las
faldas de su madre. Chakkell la miró con ojos apenados y arrastró los pies en una agonía
de frustración como si, por primera vez en su vida, tuviera que pensar en subordinarse a
los deseos de un hombre corriente. Toller le sonrió con falsa simpatía y pensó, si esto es
el poder, espero no necesitarlo nunca más.
- La viuda de tu hermano puede viajar en mi nave - dijo al fin Chakkell -. Y no olvidaré
esto, Maraquine.
- Yo también lo recordaré siempre con gratitud - dijo Toller.
Mientras subía al puesto del piloto en la barquilla, se resignó a acrecentar la enemistad
de Chakkell hacia él, pero no podía sentir culpa ni vergüenza por ello. Había actuado
deliberaba y racionalmente para lograr lo que necesitaba, contrastando con el Toller
Maraquine de antes, y tenía el consuelo adicional de saber que estaba en armonía con la
realidad de la situación. Lain, ¡Mi hermano está muerto!, había dicho una vez que
Leddravohr y los suyos pertenecían al pasado, y Chakkell acababa de justificar esas
palabras. A pesar de los cambios catastróficos que habían trastornado al mundo, hombres
como Leddravohr y Chakkell actuaban como si Kolkorron fuera a reproducirse en
Overland. Sólo el rey parecía haber intuido que todo sería diferente.
Apoyando su espalda contra el tabique, Toller hizo una señal al equipo de inflado
indicándole que ya estaba dispuesto para empezar a quemar. Dejaron de dar vueltas a la
manivela y arrastraron a un lado el ventilador, permitiendo a Toller una clara visión del
interior del globo. La envoltura, parcialmente llena de aire frío, se aflojaba y ondulaba
entre los montantes de aceleración. Toller lanzó una serie de ráfagas al interior, ahogando
el sonido de los otros quemadores que funcionaban en la hilera de recintos, observando
cómo se hinchaba el globo y se levantaba del suelo. Al alcanzar la posición vertical, los
hombres que aguantaban las cuerdas de la corona, las acortaron y ataron al bastidor de
carga de la barquilla, y otros volcaron la ligera estructura hasta que quedó en posición
horizontal. El enorme conjunto formado por el globo y la barquilla, ahora más ligero que el
aire, empezó a tensar suavemente su ancla central, como si Overland lo estuviese
llamando.
Toller saltó de la barquilla e hizo un gesto a Chakkell y a los ayudantes que esperaban;
indicando que podían subir los pasajeros y el equipaje. Se acercó a Gesalla y ésta no hizo
ninguna objeción cuando él se colgó su fardo al hombro.
- Estamos listos para salir - dijo -. Podrás tumbarte y descansar en cuanto estemos a
bordo.
- Pero ésa es una nave real - respondió, retrasándose inesperadamente -. Supongo
que encontraré un sitio en otra.
- Gesalla, por favor, olvida todo lo que se supone que tenía que ocurrir. Muchas naves
no lograrán despegar y es probable que se vierta sangre en la lucha por lograr un puesto
en alguna que lo consiga. Tienes que venir ahora.
- ¿Ha dado el príncipe su consentimiento?
- Ya lo hemos hablado, y acepta.
Toller cogió a Gesalla del brazo y caminó hacia la barquilla. Subió a bordo primero y
descubrió que Chakkell, Daseene y los niños habían ocupado ya sus puestos en uno de
los compartimentos de pasajeros, asignando tácitamente el otro a Gesalla y a él. Ésta se
encogió de dolor cuando le ayudó a subir por un lado; y en el momento en que le indicó el
compartimento libre, se tendió sobre los edredones de lana almacenados allí.
Se desprendió de la espada, colocándola junto a ella, y volvió al puesto de piloto. Un
fuerte cañonazo sonó de nuevo a lo lejos, en el momento en que reactivó el quemador. La
nave estaba poco cargada en comparación con la que había emprendido el vuelo de
prueba, y esperó menos de un minuto para tirar del ancla. Se produjo un suave balanceo
y las paredes del recinto empezaron a deslizarse verticalmente hacia abajo. El ascenso
continuó bien, incluso cuando el globo salió al aire libre, y en pocos segundos Toller tuvo
una visión panorámica de la base. Las otras tres naves del vuelo real, que se distinguían
por las franjas blancas en los laterales de las barquillas, habían despegado ya de sus
recintos y volaban un poco por encima. Los otros lanzamientos se habían detenido
temporalmente, pero aún tenía la impresión de que el aire estaba abarrotado, y observó
con atención a las naves acompañantes hasta que el inicio de una brisa en dirección
oeste las separó un poco.
En un vuelo masivo había siempre el riesgo de colisión entre dos naves que ascendían
o descendían a distintas velocidades. Como era imposible para un piloto ver nada que
estuviese directamente sobre él, a causa del globo, la regla era que la aeronave que
estaba más arriba tenía la responsabilidad de emprender alguna acción para evitar a la de
abajo. Ésa era la teoría, pero Toller tenía sus dudas al respecto, porque casi la única
opción posible en la fase de ascenso era subir más deprisa y por tanto incrementar el
riesgo de alcanzar a una tercera nave. Ese riesgo hubiera sido mínimo si la flota hubiese
partido de acuerdo con el plan, pero ahora sabía que formaban parte de un enjambre
colocado verticalmente.
Al ganar altura, la escena que se desarrollaba abajo, en tierra, se fue revelando en toda
su complejidad.
Los globos, inflados o estirados sobre la hierba, eran el factor dominante en un fondo
de senderos y carriles para los vagones, depósitos de provisiones, carretas, animales y
miles de personas arremolinándose en actividades sin un objetivo aparente. Toller los
veía casi como insectos comunales que trabajaban para salvar a las envanecidas reinas
de alguna catástrofe inminente. Hacia el sur, las multitudes formaban una masa
abigarrada en la entrada principal de la base, pero la distancia imposibilitaba para decir si
la lucha había estallado de nuevo entre las unidades militares enfrentadas.
Líneas discontinuas de gente, presumiblemente emigrantes decididos, convergían en la
zona de lanzamiento desde distintos puntos del perímetro del campo. Y más atrás, los
incendios que ahora se extendían con rapidez en Ro-Atabri, ayudados por la brisa,
despojaban a la ciudad de sus protecciones contra los pterthas. En contraste con la
hirviente confusión engendrada por los seres humanos y sus pertenencias, la bahía de
Arle y el golfo de Tronom formaban un plácido telón de fondo turquesa y añil. Un
bidimensional monte Opelmer flotaba en la brumosa distancia, sereno e imperturbable.
Toller, manejando el quemador mediante la palanca extensible, permanecía de pie en
el lateral de la barquilla e intentaba asimilar el hecho de que abandonaba aquel lugar para
siempre, pero dentro de él sólo había una voz trémula, casi una inquietud subconsciente,
que le hablaba de emociones reprimidas. Habían ocurrido demasiadas cosas en el
transcurso de un solo antedía. ¡Mi hermano está muerto!, y el dolor y el pesar
permanecían contenidos, esperando surgir cuando llegasen las primeras horas de calma.
Chakkell también miraba hacia fuera desde su compartimento, rodeando con sus
brazos a Daseene y a su hija, que debía de tener unos doce años. Toller, que lo
consideraba un hombre motivado sólo por la ambición, se preguntó si debería
replantearse su concepto. La facilidad con que lo había coaccionado en el asunto de
Gesalla indicaba una preocupación avasalladora por su familia.
En las barandas de las otras dos naves reales podían verse espectadores: el rey Prad
y sus ayudantes personales en una, el reservado príncipe Pouche y sus criados en la otra.
Sólo Leddravohr, que parecía haber decidido viajar aislado, no estaba a la vista. Zavotle,
una figura solitaria en los controles de la nave de Leddravohr, saludó a Toller con el
brazo, después empezó a acortar y a fijar los montantes de aceleración. Como su nave
era la menos cargada de las cuatro, podía dejar el quemador durante largos ratos y aún
así seguir ascendiendo a la misma velocidad que los demás.
Toller, que se había estabilizado en un ritmo de dos - veinte, no mantenía la misma
altura. Como resultado de lo aprendido en el vuelo de prueba, se había decidido que las
naves de la migración podían ser manejadas por pilotos sin ayudantes, permitiendo así
más capacidad de ascenso para los pasajeros y la carga. Durante sus períodos de
descanso, el piloto podía confiar el quemador o el chorro propulsor a un pasajero, aunque
siguiera controlando el ritmo.
- La noche breve ya está llegado, príncipe - dijo Toller, en tono cortés para compensar
su anterior insubordinación -. Quisiera asegurar los montantes antes, de modo que debo
solicitar que me releve en el quemador.
- Muy bien.
Chakkell parecía casi complacido por tener algo útil que hacer cuando tomó la palanca
extensible. Sus hijos, de oscuros cabellos, que aún lanzaban miradas tímidas a Toller, se
acercaron a él y escucharon atentamente su explicación sobre el funcionamiento de la
maquinaria. Mientras Toller tensaba y ataba los montantes a las esquinas de la barquilla,
Chakkell enseñaba a sus hijos a medir el ritmo del quemador cantando, como si fuera un
juego.
Viendo que los tres estaban muy ocupados, Toller fue al departamento donde yacía
Gesalla. Sus ojos estaban alerta y la expresión tensa había desaparecido de su rostro.
Extendió una mano y le ofreció una venda enrollada que debía de haber sacado del fardo
que constituía su equipaje.
Se arrodilló junto a ella sobre el lecho de blandos edredones, reprochándose por su
momentánea excitación sexual anterior, y tomó la venda.
- ¿Cómo estás? - le preguntó en voz baja.
- No creo que ninguna de mis costillas esté rota, pero será mejor vendarlas para que
pueda hacer el trabajo que me corresponde. Ayúdame a levantarme. - Asistida por Toller
se irguió cautelosamente hasta quedarse de rodillas. Dio media vuelta y se levantó la
blusa gris para descubrir un gran cardenal que había a un costado de sus costillas
inferiores -. ¿Qué te parece?
- Debe vendarse - dijo, sin saber bien lo que esperaba de él.
- Bueno, ¿por qué no empiezas?
- Ya voy.
Pasó la venda a su alrededor y empezó a envolverla ajustadamente, pero el chaleco y
la camisa recogida entorpecían su tarea. Una y otra vez, a pesar de su esfuerzo por
evitarlo, sus nudillos la rozaban y la sensación que le producía era como descargas que
aumentaban su confusión.
Gesalla lanzó un suspiro.
- Eres un inútil, Taller. Espera. - Se desabrochó la camisa y se la quitó junto con el
chaleco con un solo movimiento. Su delgadez quedó expuesta de cintura para arriba -.
Continúa ahora.
El recuerdo del cuerpo encapuchado de Lain, lo convirtió en una máquina insensible.
Acabó de vendarla con la eficiencia y energía de un cirujano en el campo de batalla, y
dejó que sus manos cayesen a los costados. Gesalla permaneció inmóvil durante varios
segundos, con la mirada cálida y solemne, antes de coger la camisa y ponérsela de
nuevo.
- Gracias - dijo; después alargó una mano y le rozó levemente los labios.
Se produjo una llamarada con los colores del arco iris y de repente la nave se sumió en
la oscuridad. En el otro compartimento de pasajeros, Daseene o su hija gimoteaba
asustada. Toller se levantó y miró por el costado. La orlada sombra curva de Overland se
desplazaba a toda velocidad hacia el horizonte del este, y casi directamente bajo la nave,
Ro-Atabri era una maraña de hilos de ardiente color naranja atrapados en un amplio
estanque de brea.
Cuando volvió la luz del día, las cuatro naves del vuelo real habían llegado a una altura
de unos treinta kilómetros; y estaban acompañadas por un grupo de pterthas.
Toller escrutó el cielo que los rodeaba y vio que una de las burbujas estaba sólo a
treinta metros, en el norte. Fue inmediatamente hacia uno de los dos cañones montados a
cada lado sobre la baranda, apuntó y soltó el pasador que destrozó el doble recipiente de
vidrio en la recámara del arma. Hubo una pausa mientras que las cargas de pikon y
halvell se mezclaron, reaccionaron y explotaron. El proyectil recorrió una trayectoria
borrosa, seguido de un resplandor de fragmentos de vidrio, extendiendo sus brazos
radiales en el vuelo. Atravesó al ptertha, aniquilándolo, liberándose una nube de polvo
púrpura que se disipó con rapidez.
- Ha sido un buen tiro - comentó Chakkeil detrás de Toller -. ¿Crees que estamos a
salvo del veneno a esta distancia?
Toller asintió.
- La nave se mueve sin viento, así que el polvo no puede alcanzarnos. Ahora esos
pterthas ya no son una amenaza en realidad, pero destruí a ése porque puede haber
alguna turbulencia del aire al fila de la noche breve. No quiero arriesgarme a que una
burbuja sea arrastrada por un remolino y se acerque a nosotros.
El moreno rostro de Chakkell reflejaba preocupación al mirar con fijeza las burbujas
restantes.
- ¿Cómo logran acercarse?
- Parece ser que por pura casualidad. Si se hallan dispersas en un área del cielo y la
nave se eleva a su través, ellas igualan su velocidad de ascenso. Como ocurre...
Toller se interrumpió al oír otros dos tiros de cañones, a cierta distancia, seguidos de
un débil grito que parecía proceder de abajo.
Se inclinó sobre el borde de la barquilla y miró hacia allí. La convexa inmensidad de
Land proporcionaba un intrincado fondo verdiazul a lo que parecía una serie interminable
de globos, el más cercano de los cuales estaba a sólo cien metros y parecía muy grande.
Muchos otros iban enfilados bajo ellos a distancias irregulares y en grupos azarosos,
reduciendo progresivamente su tamaño aparente hasta volverse casi invisibles.
Se podían ver pterthas mezclándose con las naves que estaba más altas y, mientras
Toller observaba, otro cañón disparó y acertó en una burbuja. El proyectil perdió el
impulso rápidamente y desapareció de la vista en una vertiginosa caída, perdiéndose
entre las nubes bajas. El grito continuó, regular como la respiración, hasta que se
desvaneció gradualmente.
Toller se apartó de la baranda, preguntándose si los gritos habrían nido ocasionados
por un pánico sin fundamento, o si alguien habría visto realmente a una de las burbujas
revoloteando ciega, maligna y absolutamente invencible, junto a la pared de una barquilla
justo antes de lanzarse a matar. Estaba experimentando una especie de alivio teñido de
angustia por haber escapado de tal destino, cuando un nuevo pensamiento entró en su
mente. Los pterthas no necesitaban esperar al día para acercarse. No había ninguna
garantía de que una o más burbujas no llegasen hasta su propia nave al abrigo de la
oscuridad; y si eso ocurría, ni él, ni Gesalla, ni ningún otro pasajero viviría para poner un
pie sobre Overland.
Mientras intentaba hacerse a la idea, deslizó una mano en su bolsillo, localizando el
curioso recuerdo que le había dado su padre, y dejó que su pulgar empezara a describir
círculos sobre la suave superficie.
Capítulo 19
Al décimo día de vuelo, la nave se encontraba sólo a mil seiscientos kilómetros sobre la
superficie de Overland, y las antiguas pautas de la noche y del día se habían invertido.
El período que Toller aún tendía a considerar como noche breve, cuando Overland
ocultaba al sol, había aumentado hasta siete horas; mientras que la noche, cuando estaba
en la sombra de su planeta de origen, duraba ahora menos de la mitad de ese tiempo.
Estaba sentado solo en el puesto del piloto, esperando el amanecer e intentando prever el
futuro de su gente en el nuevo mundo. Le parecía que incluso los nativos kolkorronianos
que estaban acostumbrados a vivir siempre bajo la esfera inmóvil de Overland, podían
sentirse oprimidos ante la vista del gran planeta suspendido directamente sobre ellos y
privándoles de una parte mayor de día. Suponiendo que Overland no estuviera habitado,
los emigrantes podrían construir su nueva nación en el lado más lejano del planeta, en las
latitudes correspondientes a Chamteth en Land. Quizá llegase un tiempo en que todos los
recuerdos de su origen se hubiesen olvidado y...
Los pensamientos de Toller fueron interrumpidos por la aparición, en la entrada del
compartimento, del hijo de siete años de Chakkell, Setwan. El niño se acercó y apoyó la
cabeza sobre el hombro de Toller.
- No logro dormir, tío Toller - murmuró -. ¿Puedo quedarme aquí contigo?
Toller colocó al niño sobre sus rodillas, sonriendo para sí al imaginar la reacción de
Daseene si oyese a uno de sus hijos dirigirse a él llamándole tío.
Confortado por la adormilada presencia de Setwan sobre sus rodillas, Toller manejaba
el quemador como un autómata, midiendo inconscientemente las ráfagas con los latidos
de su corazón, cuando de pronto la luz del día volvió. Parpadeó varias veces y enseguida
se dio cuenta de que algo iba mal, que sólo dos de las tres naves de la formación real se
mantenían a su altura.
Faltaba la nave en que volaba el rey.
No era algo demasiado extraordinario. Kedalse era un piloto extremadamente
cauteloso al que le gustaba retrasar el descenso durante la noche, para mantener a las
otras naves un poco por debajo, donde pudiese controlar con facilidad sus posiciones,
pero esta vez tampoco se veía en el despejado cielo que había sobre ellos.
Toller tomó en brazos a Setwan y lo llevó al compartimento de los pasajeros con su
familia, cuando de repente oyó los gritos frenéticos de Zavotle y Amber. Miró hacia donde
estaban y los vio señalando algo sobre su nave, y en ese momento llegó una bocanada
de gas caliente arrojada desde el orificio del globo, provocando que uno de los niños
empezara a gimotear por el susto. Toller levantó la vista hacia la cúpula resplandeciente
del globo y su corazón tembló al ver la silueta cuadrada de una barquilla estampada en
ella, distorsionando la geometría de tela de araña de las cintas de carga.
La nave del rey estaba justo encima de él y había caído sobre su propio globo.
Toller pudo ver la huella circular de la boquilla de la tobera del chorro dirigida hacia la
corona de la envoltura, poniendo en peligro la banda de desgarre. Se produjo una serie de
crujidos en los cordajes y los montantes de aceleración y una deformación oscilante en la
tela del globo, que expelía peligrosas ráfagas de gas caliente hacia el lugar en que ellos
se encontraban.
- Kedalse - gritó, sin saber si su voz llegaría hasta la barquilla de arriba -. ¡Eleva tu
nave! ¡Eleva tu nave!
Las débiles voces de Zavotle y Amber se unieron a la suya, y un luminógrafo empezó a
emitir destellos desde una de las barquillas, pero arriba no se produjo ninguna respuesta.
La nave del rey continuaba oprimiendo el globo, amenazando con hacerlo estallar o
hundirse.
Toller miró impotente a Gesalla y Chakkell, que se habían levantado y observaban
aterrorizados y boquiabiertos. La mejor explicación que se le ocurría para el accidente era
que el piloto del rey había enfermado y estaba inconsciente o muerto junto a los mandos.
Si fuese así, alguien en la barquilla de arriba podría encender el quemador y separar las
dos aeronaves, pero era preciso que se hiciera enseguida. Y también había la posibilidad,
y la boca de Toller se secó al pensarlo, de que el quemador se hubiese estropeado y no
pudiera ser encendido.
Trataba de obligar a pensar a su cerebro mientras la plataforma se inclinaba bajo sus
pies y la tela del globo emitía sonidos semejantes a golpes de látigo. Ambas naves habían
empezado a perder altura con excesiva rapidez, como se evidenciaba por el hecho de que
las otras dos daban la impresión de ascenso.
Leddravohr se asomó a la baranda de su barquilla, por primera vez desde el despegue,
y tras él Zavotle seguía emitiendo fútiles destellos de brillo con su luminógrafo.
Para Toller era imposible librarse de la nave del rey incrementando su propia velocidad
de descenso. Su aeronave ya había perdido gas y estaba acercándose peligrosamente a
la situación en la que la presión del aire a una velocidad de caída excesiva podía colapsar
el globo, iniciando un descenso precipitado de mil quinientos kilómetros hasta la superficie
de Overland.
De hecho, era preciso lanzar con urgencia grandes cantidades de aire caliente al
interior del globo. Pero hacer eso, con la carga adicional que ahora tenía, era arriesgarse
a incrementar la presión interna hasta un punto que situaba a la envoltura en peligro
inminente de rasgarse.
Los ojos de Toller se encontraron con los de Gesalla, y el imperativo nació en su
cabeza: ¡Elijo vivir!
Dio la vuelta para sentarse en el puesto del piloto y accionó el quemador produciendo
una larga y atronadora ráfaga, hinchiendo el hambriento globo con el gas caliente, y unos
segundos más tarde presionó la palanca de un chorro de control de posición. La descarga
del chorro se perdió en el rugido devorador del quemador, pero su efecto no disminuyó
por ello.
Los otros dos miembros del vuelo real derivaron hacia un lado, fuera de su campo de
visión, mientras la nave de Toller rotaba alrededor de su centro de gravedad. Se
produjeron una serie de temblores y gemidos graves no humanos cuando la nave del rey
se deslizó por un lado del globo y apareció sobre ellos. Uno de sus montantes de
aceleración se había soltado de su punto de unión inferior y empezado a moverse y a
describir circunferencias en el aire como la espada de un duelista.
Mientras Toller observaba, inmovilizado por su tarea, los movimientos perezosos tan
característicos de las aeronaves se aceleraron bruscamente. La otra barquilla se colocó a
su nivel y el extremo libre del montante apuñaló ciegamente el compartimento de la
cocina de la nave de Toller, produciendo una peligrosa inclinación en el universo.
La reacción del impacto se transmitió a lo largo del montante y su extremo superior
punzó el otro globo. Una de las costuras sufrió un desgarro, y el globo murió.
Se hundió hacia dentro, retorciéndose en una perfecta simulación de la agonía, y
entonces la nave del rey cayó sin control. La fuerza de palanca ejercida por el montante
volcó la barquilla de Toller sobre su lado y Overland apareció ante su vista ansiosa y
expectante. Gesalla gritó al caerse contra la pared y el catalejo que sostenía salió volando
por el vacío azul. Toller se lanzó hacia la cocina, arriesgándose a caer, agarró el extremo
del montante y, haciendo acopio de toda su fuerza física de guerrero, lo levantó y lo soltó.
Cuando la barquilla se puso derecha, se asió a la baranda y miró a la otra nave que
empezaba su zambullida mortal. A la altura de unos mil quinientos kilómetros la gravedad
tenía menos de la mitad de su fuerza y el desarrollo de los acontecimientos había
transcurrido con un lento movimiento que parecía un sueño. Vio al rey Prad resbalando
sobre el lateral de la barquilla que caía. El rey, con su ojo ciego brillando como una
estrella, alzó una mano y apuntó hacia Toller, después quedó oculto por los remolinos de
los restos del globo. Ganando velocidad, buscando aún el equilibrio entre la gravedad y la
resistencia del aire, la nave se redujo hasta convertirse en una mota oscilante en los
límites de la visión, y finalmente se perdió en la vastedad de Overland.
Al sentir una fuerte presión psíquica, Toller alzó la cabeza y miró hacia las dos naves
acompañantes. Leddravohr le observaba desde la más cercana, y cuando sus ojos se
encontraron con los de Toller, extendió ambos brazos hacia él, como un hombre que
tratara de abrazar a su amante. Permaneció así, implorando en silencio, e incluso cuando
Toller volvió al quemador, siguió sintiendo el odio del príncipe como una espada invisible
cortando su alma. El rostro gris de Chakkell le miraba desde la entrada del
compartimento, dentro del cual Daseene y Corba sollozaban en silencio.
- Hoy es un día triste - dijo Chakkell con voz cortante -. El rey ha muerto.
Aún no, pensó Toller. Todavía le quedan unas horas. Y en voz alta dijo:
- Usted ha presenciado lo ocurrido. Tenemos suerte de estar aquí. No tuve elección.
- Leddravohr no lo verá así.
- No - dijo Toller pensativamente -. Él no lo verá así.
Esa noche, mientras Toller trataba en vano de dormir, Gesalla se acercó a él, y en la
soledad de aquellas horas le pareció natural pasar su brazo alrededor de ella. Ésta apoyó
la cabeza en su hombro y acercó la boca a su oreja.
- Toller - murmuró -, ¿qué piensas?
Iba a mentirle, pero después decidió que ya tenía suficientes dificultades.
- Pienso en Leddravohr. Tendremos que resolverlo entre nosotros.
- Quizá cambie de opinión tras meditar sobre ello durante el tiempo que falta para llegar
a Overland. Quiero decir que aunque nos hubiésemos sacrificado nosotros, el rey no se
habría salvado. Leddravohr no tiene más remedio que admitir que no tuviste elección.
- Yo puedo saber que no tuve elección, pero Leddravohr dirá que actué demasiado
deprisa al desprenderme de la nave de su padre. Quizá yo diría lo mismo en su lugar. Si
hubiese esperado un poco más, Kedalse o alguien podría haber hecho funcionar su
quemador.
- No debes pensar eso - dijo Gesalla suavemente -. Hiciste lo que debías hacer.
- Y Leddravohr va a hacer lo que debe hacer.
- Tú puedes vencerlo, ¿no?
- Quizá, pero me temo que ya habrá dado órdenes para que me ejecuten - dijo Toller -.
No puedo luchar contra un regimiento.
- Lo entiendo. - Gesalla se apoyó sobre un codo y bajó la vista, y en la oscuridad su
rostro parecía increíblemente bello -. ¿Me amas, Toller?
Él sintió que había llegado al fin de un largo viaje.
- Sí.
- Me alegro - se incorporó y empezó a quitarse la ropa -, porque quiero un hijo tuyo.
Él la cogió por la muñeca, sonriendo tontamente sin poder creerlo.
- ¿Qué estás haciendo? Chakkell está en el quemador, justo al otro lado de este
tabique.
- No puede vernos.
- Pero ésta no es la forma de...
- No me importa nada - dijo Gesalla -. Quiero que seas el padre de mi hijo, y no
tenemos mucho tiempo.
- No funcionará. - Toller se dejó caer sobre los edredones -. Es físicamente imposible
para mí hacer el amor en estas condiciones.
- Eso es lo que tú crees - dijo Gesalla, acercando su boca a la de él, tomando su rostro
entre las manos para inducirlo a una respuesta ardiente.
Capítulo 20
El continente ecuatorial de Overland, visto desde una altura de tres kilómetros, parecía
esencialmente prehistórico.
Toller estuvo mirando hacia abajo durante algún tiempo, antes de comprender por qué
llegó a su mente aquel adjetivo en particular. No era la ausencia total de ciudades y
carreteras, primera prueba de que el continente estaba deshabitado, sino el color
uniforme de los prados.
Durante toda su vida, cualquier paisaje que hubiese contemplado desde el aire
mostraba las modificaciones a que lo sometía el sistema de las seis cosechas que estaba
generalizado en Land. Las hierbas comestibles y otros vegetales cultivados siempre se
plantaban en franjas paralelas, en las que los colores iban desde el marrón, pasando por
varios tonos de verde, hasta el amarillo pajizo; pero aquí el color de los campos era
simplemente... verde.
Las soleadas extensiones del color único se reflejaban en sus ojos.
Nuestros granjeros tendrán que empezar de nuevo a seleccionar semillas, pensó. Y se
tendrá que dar nombre a todas las montañas, mares y ríos. Realmente es un nuevo
comienzo en un nuevo mundo. Y no creo que yo vaya a formar parte de él...
Recordando sus problemas personales, volvió su atención a los elementos artificiales
del escenario. Las otras dos naves de la formación real estaban ligeramente por debajo.
La de Pouche era la más distante. La mayoría de sus pasajeros iban asomados a la
baranda mientras recorrían con la imaginación el planeta desconocido.
Ilven Zavotle era la única persona que se veía en la nave de Leddravohr, sentado
aburridamente en los mandos. Leddravohr debía de estar tumbado en el compartimento
de los pasajeros, como había hecho durante todo el viaje, excepto cuando se produjo el
traumático episodio dos días antes. Toller hacía tiempo que había advertido el
comportamiento del príncipe y se preguntó si tendría fobia al vacío ilimitado que rodeaba
a la flota de migración. En ese caso, hubiera. sido mejor para Toller que el duelo se
hubiese producido en una de las barquillas.
En los tres kilómetros de aire que tenía debajo, pudo ver otros doce globos formando
una línea irregular que se desviaba hacia el oeste, evidencia de que un viento moderado
soplaba en los niveles inferiores de la atmósfera. La zona a la que se dirigían estaba
salpicada de formas alargadas de globos deformados, que más tarde se usarían para
construir un pueblo provisional de tiendas. Tal como esperaba, los gemelos le mostraron
que casi todas las naves que habían aterrizado tenían distintivos militares. Incluso en la
tumultuosa escapada de Ro-Atabri, Leddravohr había tenido la previsión de proveerse de
una base de poder que fuera efectiva desde el instante en que pusiese el pie en Overland.
Analizando la situación, Toller no podía contar con vivir más de unos minutos si su
nave aterrizaba cerca de Leddravohr. Incluso aunque lograra vencer a Leddravohr en un
combate personal, sería apresado por el ejército bajo la acusación de ser el causante de
la muerte del rey. Su única y desesperadamente pequeña posibilidad de sobrevivir, al
menos durante unos cuantos días, era permanecer donde estaba y volver a subir en
cuanto la nave de Leddravohr hubiera tomado tierra. Había montañas con árboles quizás
a unos treinta kilómetros; y si lograba llegar hasta allí con el globo, podría evitar la captura
hasta que las fuerzas de la nación recién nacida estuviesen debidamente organizadas
para proceder a su destrucción.
El punto más débil del plan era que dependía de factores ajenos a su control, todos
ellos relacionados con la mentalidad y el carácter del piloto de Leddravohr.
No le cabía duda que Zavotle haría las deducciones correctas cuando viese a la nave
de Toller rezagándose en el aterrizaje, pero ¿aprobaría la decisión de Toller? E incluso si
se sentía inclinado a ser leal a un compañero del espacio, ¿arriesgaría su persona
haciendo lo que Toller esperaba de él? Tendría que ser rápido para tirar de la banda de
desgarre y hundir su globo, justo en el momento en que Leddravohr se diese cuenta de
que su enemigo se le estaba escapando de las manos, y no podía predecirse cómo
reaccionaría Leddravohr en su enojo. Había aplastado a otros hombres por ofensas
menores.
Toller miró a través del campo de luminosidad a la figura solitaria de Zavotle, sabiendo
que le devolvería la mirada, después apoyó su espalda contra la pared de la barquilla y
echó una ojeada a Chakkell, que manejaba el quemador a un ritmo de descenso de uno -
veinte.
- Príncipe, hay viento a nivel de tierra y temo que la nave sea arrastrada - dijo, iniciando
su plan -. Usted, la princesa y los niños deben estar preparados para saltar por un lado
antes que toquemos tierra. Puede parecer peligroso, pero hay un reborde bastante grande
alrededor de la barquilla para apoyarse, y la velocidad con que nos posaremos será
menor de la que puede lograr una persona andando. Es preferible saltar antes de que
vuelque la barquilla.
- Me conmueve tu atención - dijo Chakkell, mirándolo con curiosidad.
Preguntándose si habría errado demasiado pronto, ToIler se acercó al puesto del piloto.
- Tomaremos tierra enseguida, príncipe. Debe estar preparado.
Chakkell asintió, abandonó el asiento e, inesperadamente, dijo:
- Todavía recuerdo la primera vez que te vi, acompañando a Glo. Nunca pensé que se
llegaría a realizar esto.
- El gran Glo tenía visión de futuro - replicó Taller -. Debería estar aquí.
- Supongo que sí.
Chakkell le dirigió una nueva mirada dubitativa y entró en el compartimento donde
Daseene y los niños estaban haciendo los preparativos para el aterrizaje.
Toller se sentó y tomó el mando del quemador, advirtiendo al hacerlo que la aguja del
indicador de altura estaba casi en la marca más baja. Como Overland era menor que
Land, hubiera esperado que su gravedad superficial fuese menor también, pero Lain
había dicho lo contrario. Overland tiene una densidad superior, y por tanto todo tendrá el
mismo peso que en Land. Taller movió levemente la cabeza de un lado a otro, esbozando
una leve sonrisa como tributo tardío a su hermano. ¿Cómo había sabido lo que
encontrarían? Las matemáticas era un aspecto de la vida de su hermano que siempre
permanecería como un libro cerrado para él, como parecía ser el caso de...
Observó a Gesalla, que durante una hora había estado inmóvil apoyada contra la pared
de su compartimento, con la atención totalmente absorbida por las vistas crecientes del
nuevo planeta. Ya había colgado de su hombro el fardo de equipaje, y daba la impresión
de estar impaciente por poner pie sobre Overland y ocuparse de la tarea de esculpir el
futuro que había imaginado para ella y la criatura que posiblemente Taller había
sembrado. Él se emocionó al contemplar a la mujer delgada, erguida e inexorable; la más
compleja que había conocido.
La noche en que se acercó a él, estaba casi seguro de que no podría cumplir con su
papel masculino a causa del cansancio, la culpa y la presencia inquietante de Chakkell,
que manejaba el quemador a un paso de ellos. Pero Gesalla sabía más. Obró con fervor,
habilidad e imaginación. Sólo más tarde, cuando estuvieron hablando, se dio cuenta de
que había intentado favorecer al máximo las posibilidades de la concepción.
Y ahora, al tiempo que la amaba, la odiaba por algunas de las cosas que le había dicho
aquella noche, mientras los meteoros dentelleaban en la oscuridad circundante. No hubo
declaraciones directas, pero ante él se reveló una Gesalla que, mientras mostraba un frío
enojo por tener que prescindir de los detalles del protocolo, era capaz de superar
cualquier convencionalismo por el futuro niño. En el antiguo Kolkorron, las cualidades
ofrecidas por Lain Maraquine le habían parecido las más favorables para su
descendencia, y por eso se había casado con él. Había amado a Lain, pero lo que irritaba
la sensibilidad de Taller era que había amado a Lain por una razón.
Y ahora que se veía arrojada al ambiente tan distinto de Overland, parecía haber
juzgado que los posibles atributos que aportaría la semilla de Taller Maraquine serían más
convenientes, y por eso se había unido a él.
Entre la confusión y el dolor, Taller no podía identificar la causa principal de su
resentimiento. ¿Era su propio desagrado por haberse dejado seducir tan fácilmente por la
viuda de su hermano? ¿Era su orgullo lacerado por haber implicado sus sentimientos más
delicados en un ejercicio de eugenesia? ¿O era su furia contra Gesalla por no adaptarse a
su idea preconcebida, por no ser lo que él deseaba que fuera? ¿Cómo era posible que
una mujer se mostrase a la vez mojigata y lasciva, generosa y egoísta, dura y blanda,
accesible y distante, suya y no suya?
Las preguntas eran interminables, Taller lo sabía, y entretenerse con ellas en aquel
momento era inútil y peligroso. Las únicas preocupaciones a que debía enfrentarse
estaban relacionadas con la conservación de su vida.
Encajó el tubo de extensión de la palanca del quemador y se desplazó al borde de la
barquilla para tener una visibilidad máxima en el descenso. Cuando el horizonte empezó a
alzarse, fue incrementando gradualmente la velocidad de combustión, permitiendo que la
nave de Zavotle bajara más deprisa. Era importante lograr la mayor separación vertical
posible sin levantar las sospechas de Leddravohr y Chakkell. Observó cómo la docena de
naves que flotaban aún en el aire delante de la formación real iban tocando tierra una a
una, siendo evidenciado el instante preciso del contacto por la torsión del globo con el
impacto, seguida por la aparición de un desgarro triangular en la corona y la deformación
marchita de la envoltura.
Toda la zona estaba copada de naves que habían aterrizado previamente, y ya
empezaba a imponerse un cierto orden en la escena. Las provisiones iban siendo
apiladas y cada vez que una nueva nave tocaba tierra corría un equipo de hombres hacia
ella.
El temor que Toller había esperado, que acompañaría a la visión de un espectáculo
como aquél, estaba desapareciendo, desplazado por la urgencia de la situación. Enfocó
los gemelos hacia la nave de Zavotle cuando ésta se acercó a tierra y se arriesgó a lanzar
una larga ráfaga de gas a su globo. En ese instante, Leddravohr se materializó en la
baranda de la barquilla. Sus ojos ensombrecidos apuntaban directamente a la nave de
Toller, e incluso a esa distancia pudieron verse fulgurar en un halo blanco al comprender
lo que estaba ocurriendo.
Se volvió a decir algo a su piloto, pero Zavotle, sin esperar a tomar contacto con tierra,
tiró de la cuerda de desgarre. El globo empezó a producir las convulsiones de su agonía.
La barquilla patinó sobre la hierba y desapareció cuando el velo marrón de su envoltura
cayó aleteando sobre ella. Grupos de soldados, entre los que figuraba un oficial montado
en un cuernoazul, corrieron hacia esta nave y hacia la de Pouche, que aterrizaba más
lentamente a unos doscientos metros.
Toller bajó sus gemelos y se dirigió a Chakkell.
- Príncipe, por razones que deben ser obvias para usted, no voy a tomar tierra ahora.
No deseo arrastrarle a usted ni a ningún otro pasajero no implicado - se detuvo para mirar
a Gesalla - a una selva extraña conmigo, por eso voy a acercarme a la superficie. En ese
momento, les será muy fácil abandonar la nave, pero deben actuar deprisa y con decisión,
¿me entienden?
- ¡No! - Chakkell salió del compartimento de pasajeros y dio un paso hacia Toller -.
Aterrizarás la nave siguiendo en todo el procedimiento normal. Ésa es mi orden,
Maraquine. No tengo ninguna intención de someterme ni someter a mi familia a ningún
peligro innecesario.
- ¡Peligro! - Toller forzó sus labios en una sonrisa -. Príncipe, estamos hablando de un
salto de unos centímetros. Compárelo con la caída de mil quinientos kilómetros a la que
casi nos lanzamos hace dos días.
- Entiendo lo que dices. - Chakkell vaciló y echó una ojeada a su esposa -. Pero sigo
insistiendo en aterrizar.
- Y yo insisto en no hacerlo - dijo Toller, endureciendo la voz.
La nave estaba todavía a unos diez metros de tierra y cada momento que pasaba la
brisa iba alejándola más del lugar donde Leddravohr había bajado, pero el tiempo de
gracia estaba llegando a su fin. Cuando Toller intentaba imaginar cuánto le quedaría,
Leddravohr surgió bajo el globo deformado. Simultáneamente, Gesalla trepó por la pared
de la barquilla y se colocó sobre el reborde exterior, lista para saltar. Sus ojos se cruzaron
en un breve instante con los de él, y no se produjo ninguna comunicación. Toller dejó que
el descenso continuara hasta que pudo distinguir las briznas de hierba.
- Príncipe, debe decidirse deprisa - dijo -. Si no deja la nave pronto, nos alejaremos
todos juntos.
- No necesariamente. - Chakkell se inclinó sobre el puesto del piloto y agarró la cuerda
roja que estaba conectada con la banda de desgarre del globo -. Creo que esto restablece
mi autoridad - dijo, y le amenazó con un dedo acusador cuando Toller instintivamente
aferró la palanca extensible -. Si intentas ascender abriré el globo.
- Eso podría ser peligroso a esta altura.
- No si lo hago sólo parcialmente - replicó Chakkell, demostrando los conocimientos
que había adquirido mientras controlaba la fabricación de la flota de migración -. Puedo
hacer que la nave baje con bastante suavidad.
Toller miró tras él y vio a Leddravohr tomando el cuernoazul del oficial que había
avanzado hasta su nave.
- Cualquier aterrizaje sería suave - dijo - comparado con el que sus hijos habrían hecho
al caer desde mil quinientos kilómetros.
Chakkell negó con la cabeza.
- Las repeticiones no te ayudarán, Maraquine; sólo me recuerdan que también salvaste
tu propia piel. Leddravohr es ahora el rey, y mi primer deber es hacia él.
Debajo de la nave se produjo un zumbido cuando el escape del propulsor rozó las
puntas de las hierbas altas. A unos setecientos metros hacia el este, Leddravohr,
montado sobre el cuernoazul, galopaba hacia la aeronave, seguido de un grupo de
soldados a pie.
- Y mi primera lealtad es hacia mis hijos - declaró inesperadamente la princesa
Daseene, asomando la cabeza sobre el tabique del compartimento de los pasajeros -. Ya
estoy harta de esto; y de ti, Chakkell.
Con sorprendente agilidad y sin preocuparse de la compostura, se encaramó por la
pared de la barquilla y ayudó a Corba a seguirla. Espontáneamente Gesalla se pasó al
exterior de la barquilla y ayudó a pasar hasta el reborde a los dos chicos.
Daseene, llevando todavía la incongruente cofia de perlas como la insignia de un
general, fijó sobre su marido una imperiosa mirada.
- Estás en deuda con ese hombre por mi vida - dijo enfadada -. Si rehúsas a honrar la
deuda, sólo significará que...
- Pero... - Chakkell, perplejo, se pasó la mano por la frente, después señaló hacia
Leddravohr, que cabalgaba a toda velocidad hacia la nave que se alejaba a la deriva -.
¿Qué le voy a decir?
Toller logró llegar al compartimento que había compartido con Gesalla y recogió su
espada.
- Podría decir que le amenacé con esto.
- ¿Me estás amenazando?
El sonido de la hierba hostigada se hizo mayor, y la barquilla se sacudió ligeramente
cuando el propulsor realizó un contacto momentáneo con el suelo. Toller miró a
Leddravohr, que a sólo doscientos metros azuzaba al cuernoazul a un galope salvaje,
después gritó a Chakkell:
- Por su propio bien, ¡abandone la nave ahora!
- Lo recordaré - murmuró Chakkell, mientras soltaba la cuerda de desgarre.
Fue hasta la pared, saltó por encima del reborde e inmediatamente se dejó caer a
tierra. Daseene y los niños lo siguieron de inmediato, lanzándose estos últimos con
divertido entusiasmo, quedando sólo Gesalla sobre la baranda.
- Adiós - dijo Toller.
- Adiós, Toller.
Continuaba de pie junto a la baranda, mirándolo con expresión sorprendida.
Leddravohr estaba ahora a menos de cien metros y el sonido de los cascos del
cuernoazul se hacía más fuerte a cada segundo.
- ¿A qué esperas? - Toller oyó que su voz vacilaba ante la urgencia -. ¡Salta de la nave!
- No. Me voy contigo.
Mientras pronunciaba estas palabras, Gesalla trepó de nuevo por la baranda y cayó
sobre el suelo de la barquilla.
- ¿Qué estás haciendo? - Cada uno de los nervios del cuerpo de Toller le gritaba que
accionase el quemador e intentara levantar la aeronave lejos del alcance de Leddravohr,
pero los músculos de sus brazos y sus manos estaban bloqueados -. ¿Te has vuelto
loca?
- Creo que sí - dijo Gesalla de repente -. Es una estupidez, pero me voy contigo.
- Eres mío, Maraquine - gritó Leddravohr con un extraño y fervoroso canto mientras
sacaba su espada -. Ven aquí. Maraquine.
Casi hipnotizado, Toller empuñó su espada y Gesalla se arrojó sobre él, cayendo
encima de la palanca extensible. El quemador rugió inmediatamente, lanzando gas hacia
el globo. Toller lo silenció levantando la palanca, después apartó a Gesalla hacia un
tabique.
- Gracias, pero es inútil - dijo -. Alguna vez tengo que enfrentarme a Leddravohr y
parece que éste es el momento.
Besó a Gesalla en la frente, volvió a la baranda y cruzó su mirada con la de
Leddravohr, que estaba a la misma altura que él y sólo a una docena de metros. Éste,
aparentemente percibiendo el cambio de actitud de Toller, mostró su habitual sonrisa.
Toller sintió las primeras conmociones de una impúdica excitación, un anhelo de que todo
fuera saldado con Leddravohr de una vez para siempre, cualquiera que fuese el
desenlace, para saber con seguridad si...
Su secuencia de pensamientos se interrumpió cuando vio un cambio brusco en la
expresión del rostro de Leddravohr. Fue una alarma repentina, y el príncipe dejó de
mirarlo directamente. Toller se volvió y vio que Gesalla aguantaba la culata de uno de los
cañones anti - ptertha de la nave. Ya había introducido la aguja de percusión y apuntaba
con el arma hacia Leddravohr. Antes de que Toller pudiera reaccionar, el cañón disparó.
El proyectil se convirtió en una mancha en el centro de una rociada de cristales,
extendiéndose como brazos que volaran.
Leddravohr lo esquivó con éxito, apartando a su animal de la trayectoria, pero algunas
partículas de vidrio se incrustaron en su rostro haciéndolo sangrar. Tras emitir un gemido,
dirigió nuevamente hacia su anterior posición al galopante cuernoazul y recuperó el
terreno perdido.
Mirando petrificado a Leddravohr, sabiendo que las reglas de su guerra privada se
habían alterado, Toller accionó el quemador. La nave espacial era más ligera tras la
marcha de Chakkell y su familia, y debería haber respondido alzándose, pero la inercia de
las toneladas de gas del globo la obligaba a moverse con desesperante lentitud. Toller
mantuvo el quemador rugiendo y la barquilla empezó a elevarse sobre la hierba.
Leddravohr casi podía tocarla ahora y se alzaba apoyándose en los estribos. Sus ojos
enajenados miraban a Toller desde una máscara de sangre.
¿Estará tan loco como para saltar a la barquilla?, se preguntó Toller. ¿Quiere
encontrarse con mi espada?
En el segundo siguiente, Toller se dio cuenta de que Gesalla había pasado
rápidamente junto a él y estaba en el otro cañón, en el lado de barlovento. Leddravohr la
vio, echó el brazo hacia atrás y lanzó su espada.
Toller gritó una advertencia, pero la espada no iba dirigida a un blanco humano. Pasó
por encima de él y se hundió hasta el mango en una banda inferior del globo. La tela se
rajó y la espada cayó limpiamente, clavándose en la hierba. Leddravohr detuvo a su
cuernoazul, saltó y recuperó su hoja negra. Nuevamente montó y hostigó al animal para
que avanzara, pero ya no iba a alcanzar la nave, teniendo que contentarse con seguirla a
distancia. Gesalla disparó el segundo cañón, pero el proyectil se hundió inofensivamente
en la hierba cerca de Leddravohr, que respondió con un cortés ademán de su brazo.
Accionando aún el quemador, Toller levantó la vista y vio que la raja del lienzo
barnizado de la envoltura se había extendido en la banda. A través de ella el gas iba
escapando invisiblemente, pero la nave había alcanzado al fin cierto impulso y continuaba
su perezoso ascenso.
Toller se sobresaltó por los gritos roncos que oyó junto a él. Dio la vuelta y descubrió
que, mientras su atención se concentraba en Leddravohr, la nave había avanzado a la
deriva hacia una hilera dispersa de soldados. La barquilla pasó sobre ellos a poca altura,
y los soldados empezaron a correr a su lado, saltando para intentar llegar al reborde.
Sus caras eran más ansiosas que hostiles, y Toller pensó que probablemente sólo
tendrían una ligera idea de lo que ocurría. Deseando no tener que atacar a ninguno de
ellos, siguió lanzando gas al interior del globo y fue recompensado con una ganancia de
altura angustiosamente lenta pero constante.
- ¿Puede volar la nave? - Gesalla se acercó, esforzándose por hacerse oír sobre el
rugido del quemador -. ¿Estamos a salvo?
- La nave puede volar, a su manera - dijo Toller, decidiendo ignorar la segunda
pregunta -. ¿Por qué lo hiciste, Gesalla?
- Seguro que lo sabes.
- Ido.
- El amor volvió a mí - dijo sonriendo con serenidad -. Después de eso no tuve elección.
El atribulado Toller debería haberse sentido perdido en los oscuros territorios del terror.
- ¡Pero atacaste a Leddravohr! Y él no perdona, ni siquiera a las mujeres.
- No necesito que me lo recuerden. - Gesalla volvió la mirada a la figura de Leddravohr
que los acompañaba y, durante un momento, el desprecio y el odio velaron su belleza -.
Tienes razón, Toller, no debemos rendirnos a los carniceros. Leddravohr destruyó una vez
la vida que había dentro de mí, y Lain y yo completamos el crimen dejando de amarnos el
uno al otro, dejando de querernos a nosotros mismos. Dimos demasiado.
- Sí, pero...
Toller respiró profundamente, haciendo el esfuerzo de otorgar a Gesalla los derechos
que siempre había reclamado para él.
- ¿Pero qué?
- Tenemos que aligerar la nave - dijo él, pasándole la palanca de control del quemador.
Fue hasta el compartimento de Chakkell y empezó a arrojar bultos y cajas por la borda.
Los soldados perseguidores siguieron saltando y gritando hasta que Leddravohr los
alcanzó, y sus gestas evidenciaron que estaba dando órdenes para que los paquetes
fuesen llevados al lugar principal de aterrizaje. En un minuto los soldados se volvían con
su cargamento, dejando a Leddravohr solo en seguimiento de la nave. El viento tenía una
velocidad de unos diez kilómetros por hora y en consecuencia el cuernoazul podía seguir
a un cómodo trote. Leddravohr cabalgaba un poco distante del radio efectivo de los
cañones, repantigado en la silla, gastando pocas energías y esperando una situación que
le fuera favorable.
Toller comprobó las reservas de halvell y pikon y descubrió que tenía suficientes
cristales para al menos un día de combustión continua. Las naves de la formación real
habían sido provistas con más generosidad que las otras, pero su principal preocupación
estaba relacionada con la falta de respuesta de la nave. El desgarro del globo no parecía
extenderse más allá de las costuras superior e inferior, pero la cantidad de gas que se
escapaba por allí casi bastaba para privar a la nave de su fuerza ascensional.
A pesar del funcionamiento continuo del quemador, la barquilla no se había elevado
más de seis menos y Toller sabía que el mínimo cambio adverso de las condiciones
forzaría un descenso. Una repentina racha de viento, por ejemplo, podía aplastar un lado
de la envoltura y expulsar una cantidad importante de gas, entregando a Gesalla y a él en
manos del enemigo que acechaba con paciencia. Solo hubiera podido enfrentarse a
Leddravohr, pero la vida de Gesalla también dependía del resultado de...
Fue hasta la baranda y la agarró con ambas manos, mirando fijamente a Leddravohr y
deseando un arma capaz de alcanzar al príncipe desde aquella distancia. La llegada a
Overland había sido muy distinta a todas sus previsiones. Ya estaba en el planeta
hermano, ¡en Overland!, pero la presencia maligna de Leddravohr, la personificación de
toda jerarquía y perversidad de Kolkorron, había estropeado la experiencia y hecho del
nuevo mundo un descendiente del viejo. Como los pterhas incrementando sus poderes
letales, Leddravohr había ampliado su radio mortífero hasta Overland. Toller debería
haber sido cautivado por el espectáculo de un cielo primitivo dividido por una línea en zig-
zag de frágiles naves que se extendían hasta el cenit, surgiendo de lo invisible para caer
como semillas transportadas por el viento en busca de tierra fértil. Pero estaba
Leddravohr.
Siempre estaba Leddravohr.
- ¿Te preocupan las montañas? - preguntó Gesalla.
Se había puesto de rodillas, fuera del alcance del campo de visión de Leddravohr, y
tenía una mano alzada para manejar la palanca del quemador.
- Ahora podemos amarrarla - dijo Toller -. No hace falta que sigas aguantándola.
- Toller, ¿estás preocupado por las montañas?
- Sí. - Cogió un trozo de cordel de una caja y lo usó para atar la palanca -. Si podemos
llegar a las montañas existe una posibilidad de que nos libremos del cuernoazul de
Leddravohr; pero no sé si subiremos lo suficiente.
- No tengo miedo, ¿sabes? - Gesalla le tocó la mano -. Si prefieres bajar ahora y
enfrentarte a él, no me importa.
- No, nos alejaremos tanto como podamos. Tenemos comida y bebida y podemos
mantenernos fuertes mientras Leddravohr se vaya debilitando. - Le dirigió lo que suponía
que era una sonrisa tranquilizadora -. Además, la noche breve llegará pronto y eso nos
favorece, porque el globo funcionará mejor en el aire frío. Quizá todavía podamos
establecer nuestra pequeña colonia en Overland.
La noche breve era más larga que en Land; y cuando acabó, la barquilla estaba a una
altura de algo más de sesenta metros la cual era mayor de lo que Toller había esperado.
Las laderas inferiores de las colinas sin nombre se deslizaban bajo la nave, y ninguno de
los cerros que se veían parecía suficientemente alto como para rozarla. Consultó el mapa
que había dibujado mientras viajaban.
- Hay un gran lago a unos quince kilómetros detrás de las colinas - dijo -. Si logramos
atravesarlas volando, será posible que...
- ¡Toller! Creo que he visto un ptertha. - Gesalla le asió el brazo mientras apuntaba
hacia el sur -. ¡Mira!
Toller tiró el mapa a un lado, cogió los gemelos y examinó la zona del cielo señalada.
Iba a preguntar a Gesalla algo más sobre su afirmación, cuando descubrió una mancha
esférica, un destello de sol casi invisible reflejado en algo transparente.
- Creo que tienes razón - dijo -. Y es incoloro. Eso es lo que quería decir Lain. No tiene
color porque... - pasó los gemelos a Gesalla -. ¿Puedes ver algún árbol de brakka?
- No sabía que se pudiera ver tanto con estos anteojos. - Gesalla hablaba con infantil
entusiasmo, el que podría haber tenido en un viaje del placer, mientras estudiaba la
ladera -. La mayoría de los árboles no se parecen a ninguno de los que he visto antes,
pero creo que hay brakkas entre ellos. Sí, estoy segura. ¡Brakkas! ¿Cómo es posible,
Toller?
Suponiendo que ella intentaba distraer su mente de lo que iba a ocurrir, Toller dijo:
- Lain escribió que los brakkas y los pterthas van juntos. Quizá las descargas de los
brakkas son tan fuertes que lanzan sus semillas hacia arriba, dentro... No, eso sólo ocurre
con el polen, ¿no? Quizá los brakkas crecen en todas partes, en Farland y en cualquier
otro planeta.
Dejando que Gesalla siguiera observando con los gemelos, Toller se inclinó sobre la
baranda y volvió su atención a Leddravohr, su perseguidor implacable.
Durante horas, Leddravohr había estado hundido en su silla de montar, dando la
impresión de estar dormido, pero ahora, como preocupado porque su caza podía estar a
punto de esquivarle, se incorporó. No llevaba casco, pero se protegía los ojos del sol con
la mano mientras iba guiando al cuernoazul a través de los árboles y los grupos de
matorrales que salpicaban la ladera que escalaba. Hacia el este, el lugar del aterrizaje y la
línea de globos descendentes se habían perdido en la distancia azul brumosa, y parecía
como si Gesalla, Toller y Leddravohr tuvieran todo el planeta para ellos solos. Overland se
había convertido en un enorme ruedo bajo el sol, aguardando desde el principio de los
tiempos...
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un repentino ruido de aleteo en el globo.
El sonido fue seguido por un flujo de aire caliente lanzado hacia abajo, lo que le indicó
que la nave había tropezado con una corriente turbulenta que soplaba desde un cerro
secundario. La barquilla empezó a balancearse bruscamente. Toller fijó su mirada en el
pico principal, que ahora estaba a sólo doscientos metros sobre la línea de vuelo. Sabía
que si lograban pasar por encima, el globo podría recuperarse, pero en el momento de
mirar la barrera rocosa se dio cuenta de que la situación era desesperada. La nave, que
tanto se había resistido a emprender vuelo, estaba abandonando el medio aéreo, flotando
decididamente hacia la vertiente de la montaña.
- Agárrate a algo - gritó Toller -. ¡Estamos bajando!
Quitó las ataduras de la palanca extensible y apagó el quemador. Unos segundos
después la barquilla empezó a rozar las copas de los árboles produciendo un silbido. Los
ruidos crecieron y la barquilla se sacudió con violencia al chocar con ramas y troncos
cada vez más gruesos. Por encima y detrás de Toller el globo deformado se rasgó
lanzando una serie de chirridos y crujidos al enredarse entre los árboles, frenándose el
movimiento lateral de la nave.
La barquilla cayó en vertical cuando se aflojaron sus cables de carga, se soltó en dos
de las esquinas y volcó, casi lanzando a sus ocupantes entre una lluvia de edredones y
pequeños objetos. Increíblemente, después del traqueteante y peligroso avance sobre las
copas de los árboles, Toller descubrió que podía descender con facilidad a la tierra
musgosa. Se volvió y cogió a Gesalla, que estaba subida a un montante, y la bajó junto a
él.
- Debes irte de aquí - le dijo con urgencia -. Vete al otro lado de la montaña y busca un
sitio para esconderte.
Gesalla le rodeó con sus brazos.
- Tengo que quedarme contigo. Puedo ser una ayuda.
- Créeme, no podrás ayudarme. Si nuestro hijo está creciendo dentro de ti, debes darle
una oportunidad de vivir. Si Leddravohr me mata, puede que no vaya tras de ti,
especialmente si está herido.
- Pero... - los ojos de Gesalla se agrandaron cuando el cuernoazul resopló a corta
distancia -. Pero no sabré lo que ha ocurrido.
- Dispararé el cañón si venzo. - Giró a Gesalla y la empujó con tal fuerza que ésta se
vio obligada a empezar a correr para no caerse -. Vuelve sólo si oyes el cañón.
Esperó de pie observando a Gesalla, que se volvió varias veces, hasta que
desapareció entre la espesura de los árboles. Había sacado su espada y buscaba algún
espacio claro en donde luchar, cuando se dio cuenta de que una forma innata de
comportarse le hacía afrontar el encuentro con Leddravohr como si se tratara de un duelo
formal.
¿Cómo puedes pensar así cuando están en juego otras vidas?, se preguntó, confuso
ante su propia ingenuidad. ¿Qué tiene que ver el honor con la simple tarea de extirpar un
cáncer?
Miró a la barquilla que oscilaba lentamente, decidió que lo más probable era que
Leddravohr se aproximara en esa dirección, y retrocedió para ocultarse detrás de un
grupo de tres árboles que crecían tan juntos, que podían haber brotado de la misma raíz.
La excitación que había sentido antes empezó a apoderarse de él.
Calmó su respiración, deshaciéndose de sus debilidades humanas, y un nuevo
pensamiento llegó a su mente: Leddravokr estaba cerca hace un minuto, ¿por qué no lo
veo ahora?
Conociendo la respuesta, se volvió y vio a Leddravohr a unos diez pasos. Éste ya
había lanzado su cuchillo. La velocidad y la distancia eran tales que Toller no tuvo tiempo
de agacharse o apartarse. Levantó la mano izquierda y paró el cuchillo con el centro de la
palma. Toda la hoja negra atravesó el espacio entre los huesos con tanta fuerza que la
mano fue impelida hacia atrás y la punta del cuchillo rasgó su cara justo por debajo del ojo
izquierdo.
El instinto natural le habría obligado a mirar la mano herida, pero Toller la ignoró y
colocó rápidamente su espada en posición de defensa, justo a tiempo para frenar a
Leddravohr que había seguido al cuchillo lanzándose al ataque.
- Has aprendido varias cosas, Maraquine - dijo Leddravohr, poniéndose también en
guardia -. La mayoría de los hombres habrían muerto dos veces en este tiempo.
- La lección es sencilla - replicó Toller -. Siempre estar preparado contra los reptiles que
se comportan como tales.
- No puedes ofenderme, así que ahórrate tus insultos.
- No he insultado a nadie, excepto a los reptiles.
La sonrisa de Leddravohr apareció muy blanca en un rostro irreconocible a causa de
los rastros de sangre seca. Su pelo estaba enmarañado y la coraza, que ya tenía
manchas de sangre antes del vuelo de migración, estaba sucia con lo que parecía comida
digerida parcialmente. Toller se alejó de la estrechez que le imponían los tres árboles,
pensando en las tácticas de combate.
¿Era posible que Leddravohr fuese uno de esos hombres que aunque no temen a
nada, son dominados por la acrofobia? ¿Era ésa la razón de que lo hubiera visto tan poco
durante el vuelo? En tal caso, Leddravohr no se encontraría lo bastante bien para
embarcarse en una lucha prolongada.
Las espadas de combate kolkorronianas eran armas de dos filos cuyo peso excluía su
usa en los duelos formales. Estaban limitadas a cortes simples y a estocadas que por lo
general podían ser frenadas o desviadas por un oponente con reacciones rápidas y buena
vista. En las mismas condiciones, el vencedor de una contienda tendía a ser el hombre
con mayor fuerza y resistencia física. Toller tenía una ventaja natural, ya que era al menos
diez años más joven que Leddravohr, pero esa ventaja estaba contrarrestada por la
incapacidad de su mano izquierda. Ahora tenía razones para suponer que el equilibrio se
restablecía en su favor; y sin embargo, Leddravohr, enormemente experimentado en tales
asuntos, no había perdido nada de su arrogancia...
- ¿Por qué tan pensativo, Maraquine? - Leddravohr se movía con Toller para mantener
la línea de combate -. ¿Estás inquieto por el fantasma de mi padre?
Toller negó con la cabeza.
- Por el fantasma de mi hermano. Aún no hemos arreglado ese asunto.
Para su sorpresa, comprobó que aquellas palabras alteraron la compostura de
Leddravohr.
- ¿Por qué me cargas a mí con eso?
- Creo que eres responsable de la muerte de mi hermano.
- Te dije que el imbécil fue responsable de su propia muerte. - Leddravohr dio una
furiosa estocada con su espada y las dos hojas se tocaron por primera vez -. ¿Por qué iba
a mentirte entonces o ahora? Le rompió la pata a su animal y rehusó montar en el mío.
- Lain no habría hecho eso.
- ¡Lo hizo! Te digo que podría estar a tu lado en este momento, y ojalá estuviese; así
tendría el placer de partiros el cráneo a los dos.
Mientras Leddravohr hablaba, Toller aprovechó la oportunidad para mirarse la mano
herida. De momento no le dolía demasiado, pero la sangre corría constantemente por el
puño del cuchillo y después goteaba en el suelo. Cuando movió la mano, la hoja
permaneció en su lugar, trabada hasta la empuñadura entre los huesos. La herida,
aunque no le impedía pelear, podría tener un efecto progresivo sobre su fuerza y su
capacidad de lucha. Le convenía que el duelo acabase lo antes posible. Se propuso no
hacerse eco de las mentiras que Leddravohr estaba contando sobre su hermano, y buscó
una razón para explicar el sorprendente hecho de que un hombre cuya potencia debería
haber sido disminuida por doce días de trastornos y mareos, se mostrase
presuntuosamente seguro de la victoria.
¿Había un indicio importante que le había pasado inadvertido?
Estudió de nuevo a su oponente (las décimas de segundos se convertían en minutos
en su estado de excitación) y lo único que vio fue que Leddravohr había cubierto su
espada. Los soldados de todas partes del imperio kolkorroniano, principalmente de Sorka
y Middac, tenían la costumbre de cubrir la base de la hoja con cuero, de forma que en
determinadas circunstancias una mano se colocaba sobre ella y la espada podía usarse
como un arma que se aguantaba con dos manos. Toller nunca había encontrado
demasiado mérito en la idea, pero decidió ser sumamente cauteloso por si se producía
una variación inesperada del ataque de Leddravohr.
Pronto concluyeron los preparativos.
Cada hombre había buscado una posición que en lo esencial no era mejor que
cualquier otra, pero que le satisfacía de una forma indefinible por ser la más propicia, la
que más se ajustaba a su propósito. Toller tomó la iniciativa, sorprendido de que se le
permitiese esa ventaja psicológica, empezando con una serie de sablazos a izquierda y
derecha, que rápidamente obtuvieron respuesta. Como era inevitable, Leddravohr paró
fácilmente cada golpe, pero los impactos de su hoja no fueron tan fuertes como Toller
esperaba. Parecía como si la espada de Leddravohr cediese un poco a cada golpe,
insinuando una importante falta de fuerza.
En pocos minutos puede decidirse todo, se regocijó Toller. Después su instinto de
supervivencia se reafirmó. ¡Peligroso pensamiento! ¿Lo habría perseguido lxddravolzr
hasta allí, solo, sabiendo que estaba incapacitado para luchar?
Toller hizo una finta y cambió de posición, aguantando su mano sangrante junto al
cuerpo. Leddravohr se acercó a él a una velocidad desconcertante, creando un triángulo
bajo de barrido que casi obligó a Toller a defender más su brazo inútil que la cabeza o el
cuerpo. La embestida terminó con un revés de Leddravohr que pasó fugazmente bajo la
barbilla de Toller, haciéndole sentir el corte del aire frío. Dio un paso atrás y pensó que el
príncipe, aun en una situación debilitada, era un rival para un soldado en excelentes
condiciones.
¿Era este resurgimiento de fuerzas la trampa que sospechó que Leddravohr le
preparaba? En ese caso, era vital no dejarle espacio para respirar ni tiempo para
recuperarse. Toller reanudó su ataque en el acto, iniciando una secuencia de acometidas
sin descansos apreciables, usando toda su fuerza pero al mismo tiempo acompañando a
la furia con la inteligencia, no permitiendo al príncipe descanso mental o físico.
Leddravohr respiraba ahora con dificultad, obligando a ceder terreno. Toller vio que
estaba retrocediendo hacia un grupo de matorrales espinosos y lo obligó a aproximarse
esperando el momento en que estuviese distraído, inmovilizado o perdiese el equilibrio.
Pero Leddravohr, demostrando su talento para el combate, pareció advertir la presencia
de los matorrales sin volverla cabeza.
Se salvó parando la hoja de Toller con un contragolpe en círculo digno de un maestro
de la espada corta, provocando su defensa, y haciendo que ambos hombres se
desplazaran a una nueva posición. Durante un segundo, los dos estuvieron apretados uno
con otro, pecho con pecho, las espadas trabadas en los puños por encima, en el vértice
de un triángulo formado por sus brazos derechos extendidos.
Toller sintió el calor del aliento de Leddravohr y olió la fetidez de sus vómitos, después
el contacto se rompió al intentar bajar su espada, convirtiéndola en una palanca
irresistible que consiguió separarlos.
Leddravohr saltó hacia atrás e inmediatamente a un lado para dejar los matorrales
espinosos entre ellos. Su pecho se henchía con rapidez, evidenciando su creciente
cansancio, pero, curiosamente, parecía haber sido estimulado por el estrecho margen con
que había escapado del peligro. Se inclinaba ligeramente hacia adelante en una actitud
que sugería una nueva vehemencia, y sus ojos se volvieron más vivos e irónicos entre las
filigranas de sangre seca que cubrían su cara.
Algo ha ocurrido, pensó Toller, sintiendo en su piel el hormigueo del recelo.
¡Leddravohr sabe algo!
- Por cierto, Maraquine - dijo Leddravohr, con un tono casi cordial -, oí lo que le decías
a tu mujer.
- ¿Sí? - dijo Toller, en tono irónico.
A pesar de su alarma, una parte de la conciencia de Toller estaba ocupada en el hecho
de que el desagradable olor que había soportado estando en contacto con Leddravohr
permanecía con intensidad en sus fosas nasales. ¿Era únicamente la acidez de la comida
vomitada o había algún otro olor allí? ¿Algo extrañamente familiar y con un significado de
muerte?
Leddravohr sonrió.
- Fue una buena idea. Lo de disparar el cañón, quiero decir. Me ahorrará la molestia de
tener que ir a buscarla cuando haya acabado contigo.
No pierdas energías respondiendo, se dijo Toller. Leddravohr está representando una
escena. Eso significa que no te está conduciendo a ninguna trampa; ¡ya la ha hecho
saltar!
- Bueno, no creo que vaya a necesitar esto - dijo Leddravohr. Agarró el mango de cuero
en la base de su espada, lo quitó y lo arrojó al suelo. Sus ojos estaban fijos en él,
divertidos y enigmáticos.
Toller miró atentamente el mango y vio que parecía hecho en dos capas, con una
delgada piel exterior que había sido rajada. Alrededor de los bordes de la raja había
restos de un fango amarillo.
Toller miró su propia espada, reconociendo tardíamente el hedor que emanaba de ella,
el hedor de helecho blanco, y vio más fango en la parte ancha, cerca de la empuñadura.
El material negro de la hoja estaba barboteando y desprendiendo vapor, disolviéndose
bajo el ataque del fango de brakka con el que había sido untada cuando las dos se
cruzaron por las empuñaduras.
Acepto mi muerte, reflexionó Toller, entre los pensamientos borrosos del tiempo
enloquecido de la batalla, viendo que Leddravohr se lanzaba hacia él, a condición de no
hacer solo el viaje.
Alzó la cabeza y arremetió contra el pecho de Leddravohr con su espada. Éste la paró
y partió la hoja por la base, que salió disparada a un lado, y en el mismo momento hizo un
barrido en redondo dirigiendo una estocada al cuerpo de Toller.
Toller recibió la estocada, confiando en que lograría la última ambición de su vida.
Boqueó cuando lo atravesó la hoja, procurando caer cerca de donde estaba Leddravohr.
Agarró el mismo cuchillo que antes les había lanzado y, con su mano izquierda aún
empalada en él, dirigió la hoja hacia arriba y la introdujo en el estómago de Leddravohr,
haciéndola girar y buscando la muerte con su punta.
Leddravohr gruñó y lo empujó con desesperada fuerza, retirando al mismo tiempo su
espada. Luego lo miró fijamente, con la boca abierta, durante varios segundos, después
soltó la espada y cayó de rodillas. Se echó hacia delante apoyándose sobre sus manos y
permaneció así, con la cabeza baja, mirando el charco de sangre que iba formándose
bajo su cuerpo.
Toller liberó el cuchillo de los huesos que lo apresaban, mentalmente ajeno al dolor que
se estaba infringiendo, después se apretó el costado en un esfuerzo por detener los
latidos empapados de la herida de espada. Los límites de su visión se agitaban; la ladera
soleada se precipitaba hacia él y se alejaba. Arrojó el cuchillo, se aproximó a Leddravohr
con las piernas flexionadas y recogió la espada. Con toda la fuerza que le quedaba en su
brazo derecho alzó la espada.
Leddravohr no levantó la vista, pero movió un poco la cabeza, demostrando que era
consciente de los movimientos de Toller.
- Te he matado, ¿verdad, Maraquine? - dijo con voz entrecortada y enronquecida por la
sangre -. Dame este último consuelo.
- Lo siento, pero sólo me has hecho un rasguño - dijo Toller, clavándole la hoja negra -.
Y esto es por mi hermano... ¡príncipe!
Se giró alejándose del cuerpo de Leddravohr y con dificultad fijó su mirada en la forma
cuadrada de la barquilla. ¿Se estaba balanceando por la brisa, o era el único punto
inmóvil en un universo que se columpiaba mientras se disolvía?
Comenzó a andar hacia allí, intrigado por el descubrimiento de que estaba muy lejos...
a una distancia mucho mayor de la que había entre Land y Overland...
Capítulo 21
- Bueno, no creo que estés lo bastante fuerte para viajar - dijo Gesalla con firmeza -,
así que no tiene ningún sentido continuar esta conversación.
- Pero estoy recuperado casi del todo - protestó Toller, moviendo los brazos para
demostrar su afirmación.
- La lengua es la única parte de ti que se ha recuperado, e incluso está haciendo
demasiado ejercicio. Déjala quieta un rato y permíteme seguir con mi trabajo.
Le dio la espalda y tomó una ramita para remover el pote en donde hervían sus
vestidos.
Después de siete días, las heridas de la cara y la mano izquierda no necesitaban
excesivos cuidados, pero los dos pinchazos del costado todavía supuraban. Gesalla
limpiaba y cambiaba los trapos cada pocas horas, un tratamiento que exigía reutilizar las
escasas provisiones de compresas y vendas que había logrado fabricarse.
Toller no dudaba que habría muerto de no ser por su ayuda, pero su gratitud se teñía
de preocupación por su seguridad. Suponía que la confusión inicial en la zona de
aterrizaje de la flota casi había superado a la confusión de la partida, pero le parecía casi
un milagro que Gesalla y él hubieran permanecido tanto tiempo sin que nadie los
molestase. Cada día que pasaba, al ir disminuyendo la fiebre, la sensación de urgencia se
incrementaba.
Saldremos mañana por la mariana, amor mío, pensó. Tanto si estás de acuerdo como
si no.
Se recostó en la cama de edredones plegados tratando de contener su impaciencia, y
dejó que su mirada vagase por el panorama que le proporcionaba la boca de la cueva.
Laderas cubiertas de hierba, salpicadas aquí y allá de árboles desconocidos, bajando
suavemente hacia el oeste, hasta el borde de un gran lago cuyas aguas eran de un añil
puro sembrado de destellos de sol. En las orillas norte y sur había árboles alineados,
franjas que se estrechaban en la lejanía de un color que, como en Land, estaba
compuesto por un millón de puntos que iban desde el verde amarillento al rojo oscuro,
representando árboles en diferentes estados de su ciclo de foliación. El lago se extendía
hacia un horizonte occidental compuesto por los etéreos triángulos azules de las distantes
montañas, sobre las cuales un cielo claro se remontaba hasta abarcar el disco del Viejo
Mundo.
Era un escenario que Toller encontraba indescriptiblemente bello, y durante los
primeros días pasados en la cueva fue capaz de distinguirlo con certeza de los productos
de su delirio. Sus recuerdos de esos días eran fragmentarios. Tardó un tiempo en
comprender que no había logrado disparar el cañón, y que Gesalla había decidido por su
cuenta volver. Ella intentó restarle importancia al asunto, afirmando que si Leddravohr
hubiese vencido, enseguida le habría anunciado que iba en su busca. Toller sabía que no
era así.
Tumbado en la tranquilidad de las primeras horas de la mañana, observando cómo
Gesalla realizaba las tareas que ella misma había establecido, sintió una oleada de
admiración por el valor e ingenio que ésta había demostrado tener. Nunca entendería
cómo había logrado llevarlo hasta la silla del cuernoazul de Leddravohr, cargar las
provisiones de la barquilla, y conducir al animal a pie durante kilómetros antes de
encontrar la cueva. Habría sido una hazaña considerable para un hombre, pero para una
mujer de frágil complexión enfrentada sola a un planeta desconocido y a todos los
posibles peligros que éste pudiera deparar, era verdaderamente excepcional.
Gesalla es verdaderamente una mujer excepcional, pensó Toller. ¿Cuánto tiempo
tardaría en darse cuenta de que no tenía ninguna intención de llevarla con él a los
bosques?
La clara inviabilidad de su plan original abrumaba enormemente a Toller desde que
había empezado a recobrar el conocimiento. Sin contar con un bebé, habría sido posible
para dos personas adultas llevar algún tipo de existencia fugitiva en los bosques de
Overland; pero aunque Gesalla no hubiese estado embarazada, habría hecho lo
necesario para estarlo.
Le llevó un tiempo entender que en el núcleo del problema estaba también la solución.
Con Leddravohr muerto, el príncipe Pouche se habría convertido en rey, y Taller sabía
que era un hombre seco y desapasionado que respetaría la indulgencia tradicional que en
Kolkorron se tenía con las mujeres embarazadas, especialmente cuando Leddravohr era
la única persona que podría haber atestiguado sobre el uso del cañón contra él.
La tarea principal, había decidido Taller mientras se esforzaba por ignorar el resplandor
de una persistente lámpara de los overlandeses en el montículo de piedras, sería
mantener a Gesalla viva hasta que se hiciese evidente que esperaba al niño. Cien días le
pareció un plazo razonable, pero el propio hecho de establecer un plazo había agravado e
incrementado en cierto modo su inquietud por el paso veloz del tiempo. ¿Cómo hallar el
equilibrio adecuado entre salir pronto, siendo sólo capaz de viajar con lentitud, y salir más
tarde, cuando la rapidez de un venado podría ser insuficiente?
- ¿Qué estás rumiando? - dijo Gesalla, apartando el pote hirviendo del calor.
- Pienso en ti, y en preparar la salida de mañana.
- Te he dicho que aún no estás bien.
Se arrodilló junto a él para examinar sus vendajes, y el roce de sus manos le produjo
un estremecimiento placentero.
- Creo que otra parte de mí se está empezando a recuperar - dijo.
- Eso es otra cosa para la que no estás preparado. - Le sonrió, mientras le pasaba un
trapo húmedo por la frente -. En vez de eso debes comer algo.
- Un buen sustituto - gruñó, haciendo un intento vano de abrazarla mientras ella se
escabullía. El movimiento repentino de su brazo, aunque fue leve, le produjo un dolor
agudo en el costado y le hizo preguntarse si lograría montar el cueruoazul por la mañana.
Relegó la preocupación al fondo de sus pensamientos y observó cómo Gesalla
preparaba un sencillo desayuno. Había encontrado una piedra ligeramente cóncava que
usaba como hornillo. Mezclando en ella diminutos fragmentos de pikon y halvell traídos de
la nave, había logrado crear calor sin humo, que no delataría su paradero a los
perseguidores. Cuando terminó de calentar el guiso, una mezcla de cereales, legumbres y
trozos de buey salado, le pasó un plato y le permitió comer por sí solo.
A Taller le había divertido notar, como un eco de la antigua Gesalla que él creía haber
conocido, que entre «las cosas indispensables que había salvado de la barquilla había
platos y utensilios de mesa. Era chocante comer en esas condiciones, con elementos
domésticos comunes en el insólito marco de un mundo virgen, en la aventura romántica
que habría colmado el momento de no haber sido por la incertidumbre y el peligro.
Taller no tenía hambre, pero comía con perseverancia y determinación para recuperar
su fuera lo antes posible. Aparte de los resoplidos ocasionales del cuernoazul amarrado,
los únicos sonidos que llegaban a la cueva eran los estruendos de las descargas
polinizadoras de los brakkas. La frecuencia de las explosiones indicaba que la región
estaba llena de ellos, y seguía en pie la pregunta realizada por Gesalla: si las otras formas
vegetales de Overland eran desconocidas en Land. ¿por qué los dos mundos tenían en
común los brakkas?
Gesalla había recogido puñados de hierba, hojas, flores y bayas para realizar un
escrutinio conjunto, y con la posible excepción de la hierba sobre la que sólo un botánico
podría haber emitido un juicio, todo lo demás compartía la característica común de lo
insólito. Taller había reiterado su idea de que el brakka era una forma universal, que podía
encontrarse en cualquier otro planeta; pero aunque no estaba acostumbrado a ponderar
tales asuntos, reconoció que aquella idea le producía una cierta insatisfacción filosófica,
que le hacía desear la presencia de Lain para que lo orientara.
- Hay otro ptertha - exclamó Gesalla -. ¡Mira! Veo siete u ocho yendo hacia el agua.
Taller miró en la dirección que ella indicaba y tuvo que variar el enfoque de sus ojos
varias veces antes de poder discernir los destellos de las esferas incoloras, casi invisibles.
Se movían flotando lentamente por la ladera en una corriente de aire generada por el
enfriamiento nocturno de la superficie.
- Distingues esas cosas mejor que yo - dijo con pesar -. El de ayer estaba casi delante
de mis narices cuando lo vi.
El ptertha que había sido atraído hacia ellos poco después de la noche breve del día
anterior, se había acercado a diez pasos del lecho de Toller, y a pesar de lo que había
sabido por Lain, la proximidad le inspiró el mismo temor que habría experimentado en
Land. Si hubiera podido moverse, probablemente le habría sido imposible evitar
atravesarlo con su espada. La burbuja había rondado cerca durante unos segundos antes
de flotar a la deriva por la ladera en una serie de bandazos titubeantes.
- ¡Tu cara era un cuadro! - Gesalla dejó de comer un momento para parodiar la
expresión de terror.
- Se me acaba de ocurrir una cosa - dijo Toller -. ¿Tenemos algo para escribir?
- No. ¿Por qué?
- Tú y yo somos las únicas personas en todo Overland que sabemos lo que Lain
escribió sobre los pterthas. Ojalá se lo hubiera comentado a Chakkell. ¡Tantas horas
juntos en la nave y ni siquiera lo mencioné!
- No tenías por qué saber que habría brakkas y pterthas aquí. Pensabas que todo eso
lo dejabas atrás.
Toller fue poseído por una nueva y mayor urgencia que ya no tenía que ver con sus
aspiraciones personales.
- Escucha, Gesalla, esto es lo más importante que cualquiera de los dos tendrá ocasión
de hacer. Tienes que asegurarte de que Pouche y Chakkell escuchen y entiendan las
ideas de Lain. Si dejamos tranquilos a los brakkas, para que vivan y mueran
naturalmente, los pterthas de aquí nunca serán nuestros enemigos. Incluso el uso de
cantidades modestas de desechos, como hacían en Chamteth, es tentar a la suerte
demasiado, porque los pterthas de allí se habían vuelto rosas y eso es un signo de que...
Dejó de hablar al darse cuenta de que Gesalla lo miraba fijamente, con una extraña
expresión de preocupación y reproche a la vez.
- ¿Ocurre algo?
- Dijiste que yo tenía que asegurarme de que Pouche y... - Gesalla dejó su plato y se
arrodilló junto a él -. ¿Qué nos va a pasar, Toller?
Hizo esfuerzos por reírse, exagerando después los efectos del dolor que le había
causado, ganando tiempo para disimular su desconcierto.
- Vamos a fundar nuestra propia dinastía, eso es lo que vamos a hacer. ¿Crees que
permitiría que te ocurriese algo malo?
- Sé que no lo harías; y por eso me asustas.
- Gesalla, lo único que quise decir es que debemos dejar un mensaje aquí... o en algún
otro sitio donde sea encontrado y llevado al rey. Yo no puedo moverme demasiado, así
que debo encomendarte la responsabilidad a ti. Te enseñaré cómo fabricar carbón y
entonces encontraremos algo para...
Gesalla movía lentamente la cabeza de un lado a otro y sus ojos se ampliaron con las
primeras lágrimas que Toller veía en ellos.
- Todo es falso, ¿verdad? Sólo es un sueño.
- Volar a Overland era un sueño, pero ahora estamos aquí, y a pesar de todo estamos
vivos. - La atrajo hacia sí, haciendo que apoyase la cabeza en su hombro -. Yo no sé lo
que nos va a ocurrir, Gesalla. Lo único que puedo prometerte es que... ¿cómo dijiste?...
que no vamos a rendir nuestra vida a los carniceros. Eso debe ser suficiente para
nosotros. Ahora, ¿por qué no descansas y dejas que yo te cuide, sólo para variar?
- Muy bien, Toller.
Gesalla se acomodó, amoldando su cuerpo al de él, pero teniendo cuidado con las
heridas, y en un tiempo asombrosamente breve se quedó dormida. Su transición de la
vigilia ansiosa a la tranquilidad del sueño fue anunciada por el más débil de los ronquidos,
y Toller sonrió almacenando en la memoria el hecho para usarlo en una broma futura. El
único hogar que probablemente conocerían en Overland estaría construido de tales
andamiajes inmateriales.
Trató de permanecer despierto, velando por ella, pero los vapores de una insidiosa
debilidad se arremolinaban en su cabeza; y la lámpara del último overlandés de nuevo
resplandecía en el montón de rocas.
La única forma de escapar era cerrar los ojos...
Más tarde, cuando el silencio volvió de nuevo a la ladera de la montaña, Toller se dio
cuenta de que Gesalla pasaba el tiempo seleccionando y ordenando su colección de
hojas y flores. Las había extendido sobre el suelo ante ella, y sus labios se movían en
silencio, como si colocara cuidadosamente cada espécimen en un orden inventado por
ella. Detrás estaba la vívida virginidad de Overland que atrajo su mirada.
Se levantó del lecho con cuidado. Miró hacia el montículo de fragmentos de rocas en la
parte trasera de la cueva, después volvió la cabeza rápidamente, deseando no
arriesgarse a ver la diminuta lámpara brillando y lanzando destellos. Sólo cuando hubiese
dejado de brillar sabría con certeza que la fiebre había abandonado del todo su cuerpo, y
hasta entonces no deseaba recordar lo cerca que había estado de la muerte y de perder
todo lo que Gesalla significaba para él.
Ella levantó la vista de su creciente colección.
- ¿Has visto algo allí atrás?
- Nada - contestó él sonriendo -. No hay nada.
- Pero ya había notado antes que observabas esas rocas. ¿Cuál es tu secreto?
Intrigada, y queriendo compartir el juego, se acercó a él y se arrodilló para tener su
mismo punto de vista. Aproximó su cara a la de él, y Toller vio que sus ojos se abrían
sorprendidos.
- ¡Toller! - La voz era como la de un niño, pasmado de asombro -. ¡Hay algo que brilla
allí!
Se levantó a toda la velocidad que le permitía su leve cuerpo, pasó por encima de él y
entró en la cueva.
Preso de un extraño temor, Toller trató de gritarle que tuviera cuidado, pero su
garganta estaba seca y las palabras parecían haberle abandonado. Gesalla ya estaba
apartando las piedras de arriba. La observó aturdido mientras ella introducía sus manos
en el montículo, sacando algo pesado que llevó hasta la luz clara de la entrada de la
cueva.
Se arrodilló junto a Toller, colocando el hallazgo sobre sus muslos. Era un trozo de roca
gris oscuro, pero distinta a cualquier otra que Toller hubiera visto antes. Atravesando ésta,
incrustada en ella aunque con distinta composición, había una franja ancha de un material
blanco, pero de un blanco que reflejaba el sol como las aguas de un lago distante al
amanecer.
- Es precioso - susurró Gesalla -, ¿pero qué es?
- No lo... - Haciendo una mueca de dolor, Toller alcanzó sus ropas, buscó en un bolsillo
y sacó el extraño recuerdo que le había dado su padre. Lo colocó junto al estrato
resplandeciente de la piedra, confirmando lo que ya sabía: que eran idénticas en su
composición.
Gesalla cogió el pedazo y pasó la punta de un dedo por la superficie pulida.
- ¿De dónde sacaste esto?
- Mi padre... mi padre verdadero... me lo dio en Chamteth justo antes de morir. Me dijo
que lo había encontrado hacía tiempo. Antes de que yo naciera. En la provincia de
Redant.
- Es extraño. - Gesalla se estremeció y alzó la mirada hacia el disco brumoso,
enigmático y expectante del Viejo Mundo -. ¿Será la nuestra la primera migración, Toller?
¿Ha ocurrido ya todo esto antes?
- Eso creo, y quizá muchas veces, pero lo importante es que nos aseguremos de que
nunca...
La debilidad obligó a Toller a dejar su frase inconclusa. Apoyó su mano sobre la franja
bruñida de la roca, cautivado por su frialdad y rareza, y por silenciosos indicios de que, de
alguna forma, él podría hacer que el futuro no se pareciera al pasado.
FIN