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El Destierro

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EL DESTIERRO SALIDA DE VIVAR L saberse 1a noticia del destierro del Cid, el | “viejo castillo de Vivar se Ilena de gente, Fa~ miliares y amigos del Campeador vienen a & pedirle érdenes y a saber lo que ha pasado. No faltan los que le aconsejan sublevarse contra el rey. El Cid podria haberlo hecho, y no s6lo eso, sino haber marchado contra Burgos, tomarse la ciudad y destronar al rey si quisiera, pero su alma de buen vasallo, su altura de miras sin ambiciones perso- nales, le impide obrar asi. Ni por un momento acepta la idea de la rebeldia, El rey lo expulsa de sus tierras, Mio Cid calla y se apresta a obedecer. El rey confisca sus haciendas y sus feudos, Mio Cid calla y se inclina. A sus parientes y vasallos no dice mds que lo que vais a oir, siempre tratando de disculpar al rey: —El rey Alfonso mi sefior, presta ofdo a mis enemu- gos y a los traidores que le rodean, y me expulsa de sus tierras, cerrando sus puertas a los caballeros leales. El tiempo ha de decirle quiénes eran sus mejores servidores; 281 Vv. HUIDOBRO por el momento, amigos mios, sélo nos quedan nueve dias para salir del reino. Obedezcamos. A los que con- migo quieran venir, Dios les daré buen pago; también a los que se quedan quisiera dejar contentos. —Nadie se queda, buen Cid—grita Martin Antolinez—, sino las mujeres y los ancianos, Todos queremos partir contigo. —Con vos nos partiremos, Cid—agrega Alvar Féfiez—; con vos nos iremos por yermos y por poblados. Ninguno os ha de faltar mientras tengamos salud. Como leales vasallos, como fieles amigos, con vos gastaremos nuestras mulas y caballos, nuestros dineros y nuestros vestidos. —Con vos partiremos—repite Mufio Gustioz—. A vues- tra sombra nada ha de faltarnos y la gloria nos sobraré. Per Vermtidez se pone de pie y batiendo el aire con su gorra prorrumpe en estallidos de alegria: --}Viva el destierrol No han de faltar castillos que tomarse para pasar las noches. Cid, tus estandartes flo- tardn sobre diez mil almenas y todos los caballeros que hayan recibido afrenta, a tu sombra encontraran un refu- gio y vendran a engrosar tus filas. Emocionado el Cid, estrecha a todos sus amigos y les agradece con sus buenas palabras: —Desde ahora sois mas que vasallos y mas que ami- gos, sois mis hermanos y yo os juro que no os ha de pesar lo que hacéis por mf, Reunid todas las huestes y partire- mos esta misma noche; no hay tiempo que perder. Inmediatamente el Cid escribe un mensaje al rey: "Mi sefior y rey, mafiana, cumpliendo vuestras érde- nes, alcanzaré las fronteras de Castilla. Me alejdis de vuestro lado; desde hoy, para m{ me gano, pues para vos me pierdo. Gracias, sefior; vos me abris las puertas del destierro; pero hay tanto mundo detrds de esas puertas, 282 MIO CID CAMPEADOR que siento mis alas més fuertes que nunca, Los caballeros que me siguen y vienen a mi servicio son hidalgos orgu- Hosos y bravos, las cuatro partes del mundo les parece- rian estrechas, y asi con ellos agrandaré vuestros reinos y las tierras que conquistaré serdn la Nueva Castilla. No os culpo de lo que hacéis conmigo, ni os guardaré rencor; sélo culpo a vuestros cortesanos. Dios os perdone como yo os perdono y os haga ver pronto la lealtad de vuestro Ruy Diaz.” En la mansién de Vivar se prepara la salida al des- tierro, Es un bullicio loco de hombres, caballos, mulas y perros. Un desorden mareante de armas, viveres y mantas. Se interpelan a gritos en todos los tonos de voz. Las cuerdas vocales vibran al delirio y los juramentos corren sobre ellas como los a/é en los hilos telefénicos. De repente, un juramento demasiado grueso se queda parado como una golondrina. Entonces dofia Jimena se asoma airada al balcén y todos bajan la vista tembloro- sos. Es el ama, la esposa del amo que no gusta de pala- brotas, El rubor ensangrienta las mejillas y un minuto de silencio avergonzado se produce en el patio. Mientras se retinen las gentes y se alistan los solda- dos, el Cid envia su mujer y sus hijas con sus damas, y bajo buena escolta, al monasterio de San Pedro de Car- defia, Alll ird él a despedirse de ellas. La indignacién que produce el destierro del Campea- dor es tan grande, que todo Vivar quisiera partir con él, y el héroe se ve obligado a rechazar los ofrecimientos a numerosos id6latras suyos. Es lo tinico que ha conseguido el monarca: levantar 283 Vv. HUIDOBRO mds atin la figura del Cid, endiosar al que castiga. Zl desterrado entra més glorioso que nunca en todas las almas y en todos los fervores. En un momento se juntan las huestes. De las casas salen las mujeres y los ancianos a despedir a los soldados que prefieren el destierro con el Cid, a quedarse en sus tierras sin el Cid. —Cuando a Castilla volvamos—grita un mocetén—, todos volveremos muy ricos y muy honrados. Lloran las mujeres, suspiran los ancianos, rabian los muchachos. Se va el Cid Campeador. Se va el hé- roe, se alejan las veladas épicas. Todo entraré en la oscuridad. Los grandes acontecimientos son como islas rodea- das de lagrimas y de aplausos, envueltos en murmullos de envidia y grandes olas de gloria, Més alld esta la calma y el silencio. El Cid se va, y el largo Manto que lo sigue apaga los rumores del odio. Airoso, soberano en Babieca, el Cam- peador parece un desterrado hacia el Olimpo. En torno a su cabeza reverbera la aureola de los grandes destinos, una de esas aureolas que se sienten y que inspiran confianza y entusiasmo, una aureola eléctrica, rica y calurosa como 1a zona ecuatorial. —1En marcha! Hacia Burgos. La columna se desprende de la ciudad y al mismo tiempo un enorme grito prorrumpe en mil pechos y estalla en el cielo: {VIVA EL CID CAMPEADOR! Se va el sefior con sus caballeros, La ciudad no se mueve del borde del camino y lo mira alejarse con los ojos y los brazos tendidos hacia él. 284 Vv. HUIDOBRO Vivar quiere aferrarse al amado para que no se aleje, Una corneja pasa volando a Ia derecha. Adiés, Adiés, Viva el castellano leall ;Viva Mfo Cid! La ultima nubecilla de polvo se pierde en la ultima mirada, y Vivar queda desoladamente pobre.

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