Apologetica Ortodoxa
Apologetica Ortodoxa
Esta demanda del Obispo de Roma, que dada desde el siglo IX, no estuvo basada en
la Tradición Apostólica, confesada y evidenciada por la totalidad de la Iglesia desde
sus primeros días. Para resolver problemas importantes de carácter doctrinal o
disciplinario, todos los Apóstoles se reunían en Sínodo (Consejo), y juntos
ayunaban, rezaban, y tomaban decisiones inspirados por el Espíritu Santo:
“Entonces pareció bien a los Apóstoles y Presbíteros, con toda la Iglesia” (Hechos
15:22).
“Porque ha parecido bueno para el Espíritu Santo y para nosotros” (Hechos 15:28).
La piedra sobre la cual Él edificará su iglesia, no era Pedro como persona (quién lo
hubo negado tres veces, posteriormente), sino en la confesión de la fe de Pedro.
Aquella Fe en la que Jesús es Cristo, el Hijo del Dios Vivo, la piedra angular de la
Iglesia no es Pedro como persona sino Cristo mismo. Como San Pablo dice a los
Corintios: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que esta puesto el cual
es Jesucristo” (I. Cor.3:11).
Pero esta propuesta del Papa Leo III no fue suficiente, y en poco tiempo todo el
Occidente gradualmente adoptó la enseñanza equivocada del “Filioque” ( que el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo).
Esta doctrina está equivocada, porque contradice al texto bíblico: (Juan 15:26) y
porque distorciona la decisión del primer y segundo Concilio Ecuménico, los cuales
fueron todas las decisiones de los Concilios Ecuménicos. También está equivocada
porque distorciona la función de la persona de la Santísima Trinidad, porque crea
dos fuentes de procedencia del Espíritu Santo, es una Doctrina que enseña lo
absurdo porque el Hijo recibe la misma función que el Padre, es decir la procedencia
del Espíritu Santo, y de esta manera el Hijo se convierte en Padre, por lo que puede
dar vida a otro Hijo, es decir dar vida a otro Espíritu Santo, lo cual es
completamente absurdo, ya que nos lleva a la no – existencia de Dios.
Esta explicación de herejía fue mencionada por vez primera por San Fotios,
Patriarca de Constantinopla en su carta Encíclica a los Patriarcas y Obispos de la
Iglesia del Este.
La Inserción del “Filioque” (“Y del Hijo”) por Carlo Magno, fue una interpretación
incorrecta de San Agustín, dado que él jamas aprendió Griego y no pudo ser capaz
de leer a los Padres Griegos, quienes escribieron antes que él, así como tampoco
pudo leer a San Athanasios el Grande, quien escribió bastante sobre las decisiones
del primer Concilio Ecuménico de Nicea, los Concilios de Nicea y Constantinopla
que estableció el Credo tuvieron lugar en los años 325 y 381, y la conversión no era
Cristiano y no sabía Griego, de esta manera no pudo leer la interpretación correcta
de los Padres que estuvieron en el Concilio, como lo estuvo por ejemplo San
Athanasios el Grande. Por tanto no podemos considerar esta intrepretación errónea
de San Agustín ( AGUSTINI, EX LIBRO XV DE TRINITATE), por sobre el texto
bíblico o por sobre el Concilio Ecuménico, en cual como ya hemos dicho, es
inalterable.
Por eso el Occidente no debería tardar en corregir el error dogmático y hacer lo que
hizo el Papa Leo III en propuesta del “Filioque”, para escribir el Credo
correctamente y recitarlo tal y como se hacia anteriormente al Consejo de Aix-La-
Chapelle (809).
Estas dos innovaciones, la Primacía Jurídica del Obispo de Roma y esta inserción
del “Filioque” en el Símbolo de fe Niceno Constantinopolano, dieron lugar al final
del cisma en el siglo XI (1054), porque la Iglesia Apostólica no pudo admitir estas
contradicciones contra el Evangelio y la Santa Tradición, la cual fue defendida por
los Concilios Ecuménicos (Sínodos).
Por eso después del VIII Concilio “Ecuménico” en el año 879, en los cuales los
Obispos del Este y Occidente pudieran participar al mismo nivel, conforme a la
Tradición Apostólica y le siguió un gradual alejamiento que guió a la Iglesia
Occidental a otras desviaciones, como la negativa de la pureza de la doctrina y que
derivó inevitablemente a otras negativas (como por ejemplo las confesiones
protestantes).
II. DISTORCIÓN DE LA CELEBRACIÓN DE LOS SANTOS
SACRAMENTOS
A) BAUTISMO:
1) La palabra Bautismo deriva de la palabra Griega “Vaptizo”, la cual significa
inmersión, por lo que el bautismo debe ser inmersión total en el agua, tal y como lo
practica la Iglesia desde el principio. Esta inmersión simboliza el entierro de la
muerte de Cristo Jesús, como dice San Pablo a los Romanos: “Porque somos
sepultados con Él en el bautismo por la muerte: Así como Cristo de la muerte por la
gloria del Padre, así también nosotros caminaremos en vida. Porque si hemos sido
plantados juntos en la semblanza de su muerte, así también estaremos en la
semblanza de su resurrección” (Romanos 6:4-5). Conforme a esta enseñanza todo el
cuerpo del candidato debe estar en contacto con el agua de la pila bautismal, lo cual
es un hecho visible del sacramento, en el que el Espíritu Santo se encuentra
invisible.
Los antiguos bautismantes, dispersos por toda Europa Occidental comprobaron este
hecho, debido a que aquel bautismo era celbrado por inmersión y no poniendo un
poco de agua sobre la frente del candidato, únicamente a partir del siglo XVI que se
acostumbra poner agua sobre la frente en la Iglesia Occidental, ya que originalmente
esta costumbre era un uso adoptado solamente para los enfermos, cuando era
necesario.
Tal y como nuestro Señor fue inmerso en las aguas del Jordán (Mateo 3:16), el
bautismo Ortodoxo es celebrado mediante una triple inmersión en nombre de la
Santísima Trinidad, esta triple inmersión simboliza el entierro del “Hombre Viejo” y
la Resurrección del “Hombre Nuevo”.
El texto Bíblico nos informa como la Santa Comunión fue dada en los tiempos
Apóstolicos: “Y como ellos estaban comiendo, Jesús tomo el pan y bendiciéndolo lo
partió y lo dio a sus discípulos y les dijo: Tomen y coman, esto es mi cuerpo, y
tomando la copa y dando gracias, dándose a ellos diciendo. Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre del Nuevo Testamento, la cual es derramada por varios,
para la remisión de los pecados” (Mateo 26:26-29). Entonces Jesús les dijo: “En
verdad, en verdad les dijo, a menos que coman la carne del Hijo del Hombre y beban
de Su sangre, no tendrán vida eterna: y yo resucitaré en el último día. Porque mi
carne es comida verdadera y mi sangre bebida verdadera. El que come mi carne y
bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él. Como el Padre viviente me ha enviado
y Yo vivo por el Padre, asimismo quien me come, así también él vivirá por Mí.”
(Juan 6:53-57).
También San Pablo nos dice: “Porque lo que yo he recibido del Señor lo transmití a
ustedes, que el Señor Jesús, la misma noche en la cual fue traicionado, tomó el pan:
Y habiendo dado gracias, lo partió y dijo, tomen y coman: Este es mi cuerpo, el cual
es partido por ustedes: Hagan esto en memoria Mía. Después, de la misma manera
tomó la copa, y a su vez cenado dijo: Esta copa es el Nuevo Testamento en Mi
sangre: Hagan esto tan seguido como lo beban, en memoria de Mí; porque tan
frecuente como coman este pan y beban de esta copa, ustedes muestran la muerte del
Señor hasta que Él venga… Por eso cualquiera que comiere este pan y bebiere de
esta copa del Señor, indignamente, será culpable del Cuerpo y Sangre del Señor. Por
eso permitan al hombre examinare a sí mismo y permitan de aquel pan y beber de
aquella copa, porque el que come y bebe indignamente, come y bebe con perjuicio
de el mismo, sin discernir el cuerpo del Señor”. (I Cor. XI :23-30).
Cristo nos ofrece en el Santo Cáliz “Vida”, y es El mismo el que se ofrece a través
del pan que es usado para el sacramento por lo que debe tener “Vida” (con levadura)
y no estar muerto (sin levadura).
4) Este sacramento es muy importante porque es el corazón de la Iglesia que nos une
al Señor como “las ramas de la vid”. Esto es lo que Él dice: “Yo soy la vid, ustedes
los sarmientos: el que habita en Mí y Yo en él, él produce mucho fruto: Porque sin
Mí ustedes no pueden hacer nada” (Juan 15:5), y agrega: “Si un hombre no habita en
Mí, será tirado lejos como una rama y se secará: y los hombres la recogerán y la
tirarán en el fuego y se quemará. Si pertenecen en Mí y Mis palabras permanecen en
ustedes, pidan lo que quieran y les será hecho” (Juan 15: 6-7). En otras palabras, si
nosotros no participamos en este sacramento, que nos santifica, somos como ramas
secas que no producen ningún fruto (fruto de santificación) y somos buenos sólo
para el fuego.
D) ARREPENTIMIENTO – CONFESIÓN:
1) Este sacramento es una preparación para aprovechar el Santo Cáliz. La Liturgia
de San Juan Crisóstomo (escrita en el siglo IV y basada en la más antigua liturgia
jamás escrita de Santiago, primer obispo de Jerusalén, siglo I D.C.) contiene la
siguiente oración, pronunciada por el Sacerdote: “El don santo de los Santos”.
No podemos entonces aprovechar el santo Cáliz si no hemos primero purificado
nuestras almas mediante las lágrimas del arrepentimiento. Es por eso que el
arrepentimiento es también llamado segundo bautismo o ‘bautismo de lágrimas”.
San Pablo habla con severidad sobre esta preparación en su Epístola a los Corintios
(I. [Link]: 27-29), basado en el siguiente texto bíblico:
“Cuando el Señor, después de Su Resurreción se apareció a Sus Apóstoles a través
de las puertas cerradas. Y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; A quienes remitiereis
los pecados, les son remitidos” (Juan 20:23). Este poder dado por el Señor a los
Apóstoles, fue transmitido a los Obispos mediante el sacramento de la Ordenación
que a su vez lo transmiten a los Sacerdotes.
2) En la Iglesia Ortodoxa, no hay confesionarios, uno puede confesarse en cualquier
lugar conveniente en la Iglesia o donde sea y además no hay enrejado que separa al
confesor y al penitente. De este modo la confesión de uno a otro purifica el alma o
puede resistir mejor a las tentaciones; para un Cristiano Ortodoxo es una completa
responsabilidad sobre esta Tierra. La Absolución que él recibe es una consecuencia
de su sincero arrepentimiento y no debido a las oraciones intermediarias, a los
Santos o a otro factor.
Los Santos son Honrados en la Iglesia Ortodoxa, porque ellos glorifican a Dios
mediante sus martirios y su vida santa. “Dios es glorificado en la vida de los Santos”
(Ps.67 (68:35) Ps. (89:7) y porque como está escrito: “El Señor oye la oración de los
justos” (Provervios 15:29). Sin embargo, los Santos no tienen el poder del perdón de
los pecados, la absolución es dada sólo a través del sincero arrepentimiento personal,
lo cual es una acción libre, que obtiene su eficacia en la labor redimitoria del Señor
en la Cruz.
3) De esta forma la confesión es considerada como un trámite del alma para
convertirse en más y más poderosa. El sacramento del arrepentimiento expresa un
cambio del pensamiento y una resolución para caminar conforme a la voluntad de
Dios; este sacramento es un remedio, no un juicio.
F) MATRIMONIO:
1) El Matrimonio no es una institución humana, sino divina. En el texto bíblico del
Génesis vemos: “Y el Señor Dios dijo: no es bueno que el hombre esté sólo; les haré
ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Y más adelante leemos: “Por tanto, dejará el
hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán una sola carne.”
(Génesis 2:24). Por eso, el matrimonio fundado por Dios tiene un doble propósito:
La vida en común (la unión Sicosomática) y la procreación.
3) El carácter indisoluble del matrimonio fue dado por el Señor mismo, cuando los
Fariceos Le preguntaron si el divorcio estaba permitidoy Él les contestó: “Por tanto,
lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). Y agregó más adelante:
“Cualquiera que repudia a su esposa, salvo por causa de fornicación y se casa con
otra, comete adulterio” (Mateo 19:9). Por esto, la Iglesia Ortodoxa permite el
divorcio, en el caso mencionado por el Señor, en caso de infidelidad.
4) En el mismo pasaje bíblico hay una cuestión sobre el celibato: “Y hay eunucos
que se han hecho a sí mismos eunucos, por causa del Reino de los Cielos. El que sea
capaz de recibir esto, déjelo que lo reciba” (Mateo 19:2). Por eso, el celibato en
Cristo no es para todos, sino para aquellos que son capaces y que lo reciben con
libertad. Este es un don de Dios para aquellos que pueden aceptar ser separados
completamente de las cosas mundanas, para dedicarse a sí mismos completamente a
Dios, como dice San Pablo a los Corintios: “El que es soltero, cuida de las cosas que
pertenecen al Señor, de cómo puede agradar al Señor: Pero el que es casado cuida de
las cosas que son del mundo, de cómo puede agradar a su esposa” (1. Cor. 7:32-33).
Y más adelante agregó: “Y esto que yo hablo para su propio provecho; no es para
que yo pueda tirarles un lazo, sino para lo que es honesto y decente y puedan atender
al Señor sin distracción” (1. Cor. 7:35).
6) Por lo que tomar un voto de celibato, sin tomar un voto de castidad, como sucede
en el Occidente, no tiene significado, ya que el celibato en Cristo no puede ser más
que un celibato de castidad.
Para la gente Ortodoxa hay solamente dos soluciones para este propósito: Ya sea el
matrimonio bendecido por Dios o la castidad aceptada libremente, una vida
sobrenatural, la cual es un don de Dios. “El que sea capaz de recibir esto, dejando
que lo reciba”.
Es obvio por lo tanto que de esta manera las acciones divinas y las satánicas se
vuelven peligrosamente confusas.
También:
“Dios no creó la muerte; sino que nosotros la trajimos a nosotros mismos debido a
nuestra mala opinión. Sin embargo Dios no impidió la disolución (corrupción) para
no preservar la enfermedad inmortal” (San Vasilio Magno, Migne P.G. 31,345).
San Agustín está de acuerdo con Palageo en que el pecado original se origina
únicamente de la voluntad humana. Él clama que de alguna manera la voluntad de
Adán es heredadad por sus descendientes (De Gratia Christi et de Peccato Originali”
– Libro II, Cap. 45).
Al contrario, para los Católicos Romanos todos los males en este mundo originan de
la punitiva voluntad divina y ven al Satanás mismo como instrumento punitivo de
Dios.
Los fieles adquieren los beneficios del sacrificio de la Cruz, ya sea a través de la
absoluta predestinación (Calvino) o a través de las buenas obras dignas de
recompensa, de la indulgencia y los sacramentos de los cuales brotan grandes
cantidades de “gracias divinas” creadas, mientras Jesucristo está presente solamente
en intervalos en la Divina Eucaristía por orden de los sacerdotes (Roma).Ellos no
aceptan para nada como absolutamente substancial la necesidad (conforme a la
enseñanza Evangélica y Patrológica) de la energía continua real y vivificante de
Jesucristo en los cuerpos de los fieles.
Sin embargo enseñan que los que son salvados tienen una relativa comunión con la
esencia divina clamando que los Santos tienen una dichosa visión de la esencia
divina; y ésta es una enseñanza que es inaceptada por los Padres Ortodoxos.
Los Católicos Romanos tienen nociones cosmológicas engañosas, que les permiten
examinar la esencia divina, porque la identifican con las energías divinas.
Si en esencia y energía (toda vez que estas dos son idénticas, conforme a los
Católicos). Dios conoce y ama directamente sólo a los arquetipos, entonces ¿Cómo
conoce Él el mal o por lo menos como sabe Él que hay una necesidad de enviar a Su
Hijo a salvar a la humanidad caída?
Por lo tanto, de acuerdo a esta teoría, la noción del mal debe ser “parte” de la
esencia divina, porque si ésta es independiente, entonces la teoría Escolástica sobre
la Omnisciencia se derrumba, excepto si aceptamos que el mal es inexistente cuando
la necesidad para una Salvación real del mal se vuelve fábula vacía.
Para la Iglesia Católica Romana aún en los Sínodos locales, una vez que han
recibido la aprobación del Papa, adquieren importancia doctrinal y Autoridad igual a
los Sínodos Ecuménicos. En una carta que el Papa Pablo VI envió el 29 de Junio de
1975 dijo que el segundo Sínodo Vaticano tuvo igual importancia y en algunos
aspectos fue incluso más importante que el Primer Sínodo Ecuménico de Nicea (325
D.C.).
Por esta razón, San Nicolás Cavasilas en el siglo XIV escribió “La Iglesia se
significa en los sacramentos” (” interpretación de la Divina Liturgía”, capitulo 38,
Migne P.G. 150, 452).
Por esta razón, en cada Divina Liturgia los fieles pacifican en el amor, unos con
otros, apelan a Dios que a través de los Santos Dones forme dentro de ellos a
Jesucristo a través del Espíritu Santo (invocación). La Iglesia continuamente hará
que “La comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos nosotros”.
“Nadie sea engañado, si alguien no participa de lo del altar, él es privado del pan de
Dios… Por lo tanto aquel que no viene a los encuentros comunes, ya altivó y se ha
separado el mismo” (Ignacio, Ef. 5).
¿Qué posición puede tener la Doctrina Papal sobre la organización Eclesiástica? Por
la canonical orden de la vida sacramental de la Iglesia, tenemos el sacramento del
Sacerdocio.
Pero el Papismo presupone un sacramento más de su propiedad, esto es el
sacramento de la Organización Universal (con el Papa como cabeza, un sacramento
cuya autoridad se extiende más allá del “Cuerpo” de Jesucristo (cuyo “Cuerpo”
continuamente esta indicado y formado en uno)). (Protopresbítero Joannis
Romanidis, Pag. 157-158).
2) La elevación del factor al supremo grado y como criterio de todas las cosas; este
fue manifiestado por la legislatura doctrinal del ‘hombre’ como la suprema
autoridad de la Iglesia Católica Romana. (Este “hombre” está en todo momento
como Papa que se encuentra encumbrado en dicho momento).
Eventualmente el único criterio que permite a los Católicos Romanos discernir entre
un desarrollo legal y un cambio de la tradición es la comunión con el Papa de Roma
y la garantía de su infabilidad en los tópicos doctrinales.
Para el tiempo que el Papa de Roma acepta las nuevas enseñanzas a su autenticidad
e identificación con las enseñanzas previamente sostenidas es automáticamente
verificados aún si esta similitud de identidad no puede ser descubiertas por los fieles.
– Hay dentro de la Iglesia un progreso doctrinal a través de los siglos, que es guiado
por el Espíritu Santo.
– Este progreso doctrinal permite a través de los siglos, para nuevas doctrinas, ser
presentadas y aceptadas, conforme a esta suposición, estas nuevas doctrinas no son
totalmente nuevas.
Los Católicos asumen que estas nuevas doctrinas existieron comprensivamente (en
breve) en la vida eclesiástica y que fueron concienzudamente reorganizados solo
después en algún momento. De esta manera un completo desarrollo puede tener
lugar.
Sin embargo los Católicos Romanos aceptan que aún algunas partes de la enseñanza
que fue totalmente desconocida en algún momento o aún más fue rechazada por
algunos Padres de la Iglesia o por algunos Santos, pueden algún día convertirse en la
enseñanza Oficial de la Iglesia Católica Romana, si sus Teologos llegan a la decisión
alguna vez de que corresponden a la verdad (nuestra verdad).
La misma cosa sostiene por la Concepción de la infabilidad del Papa. Es cierto que
en la época de los Padres nadie aceptó que el Papa de Roma era infalible en su
enseñanza doctrinal.
Al contrario conforme al Archimandrita Pablo de Ballester Convalis y más tarde
Obispo de nuestra Iglesia Ortodoxa Griega del Norte y Sudamérica aquí en México,
varios Papas de Roma fueron herejes. En su libro “Mi conversación a la Ortodoxia”,
en Griego – Atenas 1954 Pag. 29 -36 él menciona alguno de ellos:
El Papa Julio quien fue condenado por el Sínodo de Sardica342 (343 ?).
El Papa Honacio (625) quien fue condenado por hereje por el 6to Sínodo
Ecuménico.
El Papa Sixto 5to. Quién admitió con sus propias manos un ejemplar de la Santa
Bíblia llena de errores.
El Papa Urbano el 8vo quien condenó como herejía las enseñanzas del Astrónomo
Galileo de que la tierra rota alrededor del sol y por tanto “desde junio 3 de 1633
todos fueron obligados a creer que la tierra no daba vueltas alrededor del sol, por
temor a ser condenado a anatema como herejía”.
El Papa Zacarías quien prohibió (con castigo de anatema) a la gente a creer que la
tierra es esférica (ver – innovaciones del R.g. [Link], Pag. 202 – Madrid 1891).
El Papa Pío 2do aconsejó al Rey de Francia, Carola VII que no creyera lo que los
Papas dicen.
El Papa Pío 4to, quien osó anular el 7mo Canon del Sínodo Ecuménico de Efesios y
cometió perjurio al momento de su coronación.
Como resultado de esta enseñanza del ‘Desarrollo del Dogma”, por Teólogos
Católicos Romanos, encontramos que el pensamiento de los Padres de la Iglesia
representan un nivel del pensamiento cristiano, el cual es antiguo pero sin ambargo
es absoluto.
Los Católicos Romanos ven a la enseñanza de los Padres de la Iglesia muy
interesante pero esta no expresa la totalidad de la Fe Católica de hoy en día.
(Archimandrita Plácido Deseille “I PORIA MU PROS TIN ORTHODOXIA”
Atenas 1986 Pag. 42,161,162).
San Vicencio de Lerino, Commonitorium (Primun 2 PI 50,64 Ob). Pag. 56 del Padre
Pablo de Ballester Convalier.
Ante este terrible cuadro de Cristianos desunidos, la Iglesia Ortodoxa, adolorida por
la separación de sus hermanos que reconocen a Cristo como Salvador y Redentor del
género humano, reza siempre por la unión de todos en la verdadera fe, transmitida
por nuestro Señor Jesucristo, los Apóstoles y los Padres de la Iglesia.
Los Patriarcados antiguos y estas Iglesias Locales existen hasta la actualidad, sin
perder su comunión entre sí, ni alterar la unidad de la Iglesia. Con el canon 28 del
cuarto Concilio Ecuménico en Calcedonia el año 451, Primacio de Honor entre los
Patriarcas y Autoridad sobre las nuevas teorías tiene el Patriarca Ecuménico de
Constantinopla.
En los siglos XI, XII y XIII Ocidente organizó 7 expediciones militares llamadas
cruzadas, cuya intensión original era rescatar los Santos lugares de manos del Islam.
Este propósito contó con la decidida ayuda de los Emperadores Bizantinos,
defensores de la Ortodoxia. Pero, además de sus intensiones originales, dado el
fanatismo contra la Iglesia Ortodoxa, atacaron las cedes Orientales e incluso a los
primeros Patriarcados acupando sus cátedras y finalmente, no cesaron hasta volverse
contra la propia Capital Bizancio y ocupar el Trono Imperial. Bizancio volvió
después a sus legítimos gobernantes, pero no obstante ello, y ya debilitados
físicamente, en el siglo XV grupos étnicos y religiosos extraños, subyugaron a los
Pueblos de Ortodoxia, sin que estos contaran con la ayuda de Occidente.
fuente: [Link]
La postura de la Iglesia Apostólica Ortodoxa acerca del movimiento ecuménico.
Escrito por uno de los más famosos discípulos de San Justino Popovich, quien era
uno de los más destacados teólogos en el siglo XX.
El obispo Atanasio, entre otras, es ex profesor de historia de la Iglesia y patrología
en la Facultad de Teología en Belgrado, tal como en el instituto ortodoxo de San
Sergio en París; en este estudio expresa los hechos por los cuales desde siempre e
ininterrumpidamente vive la Iglesia Ortodoxa.
Un pequeño libro donde concisamente fue expuesta la doctrina de la Eclesiología
ortodoxa. Por primera vez en español.
Ex Oriente Lux.
1] Como lo dice San Juan Damasceno: “Si el hombre es el enlace entre todas las
cosas visibles e invisibles, entonces, habiéndose unido el Creador el Verbo de Dios
con la naturaleza humana – a través de ella se unió con la creación entera” (PG 96,
662; también en San Máximo, PG 91, 1312)
[2] Este nombre de la Iglesia de Jerusalén se encuentra en nuestros
libros con los oficios divinos, está allí desde los tiempos más antiguos. Así también
San Ireneo dice acerca de la Iglesia de Jerusalén: “Ésa es la Iglesia de la cual cada
Iglesia ha recibido su principio… es la metrópolis de los ciudadanos del Nuevo
Testamento” (En contra de las herejías 3, 12, 5). También, los Santos Padres del
Segundo Concilio Ecuménico (el año 382) dicen: “De la Iglesia en Jerusalén – la
madre de todas las Iglesias” (Teodoreto, La historia de la Iglesia, 5, 9).
“¡Oh, Jesús! ¡Tu Nuevo Jerusalén nos está esperando!” salvajemente gritaban las
voces que, como más tarde ya lo entendió nuestro héroe, pertenecían a un grupo de
cinco jóvenes vestidos decentemente. Pero, mientras este cristiano ortodoxo se
estaba acercando al lugar de ese acontecimiento, el canto se acabó y uno de los
cantores se dirigió a los presentes con un sermón histérico sobre la pernicie de la
Ortodoxia. A este cristiano no le quedó ninguna otra opción que, acordándose de las
palabras tremendas de Cristo el Salvador: “Porque el que se avergonzare de Mí y de
Mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se
avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de Su Padre con los santos
ángeles” (Marcos 8, 38), posponer todos sus trabajos y acercarse, para defender el
Cuerpo de Cristo – Su Santa Iglesia.
Ese predicador protestante decía que la verdadera fe los ortodoxos no la poseen,
puesto que la fe personal la han cambiado por los ritos; por ejemplo, bautizando a
los niños. Justamente sobre este tema este cristiano empezó la conversación con los
heréticos reunidos en aquel lugar. Como a menudo ocurre durante los debates, el
uno interrumpía al otro, y los sectarios, como de costumbre, trataban de cambiar de
tema. Por eso, para que la lectura de este libro sea más cómoda y para evitar
repeticiones, todos los argumentos expuestos por ambas partes pondremos en un
diálogo, donde todo lo que han dicho los heterodoxos estará bajo el nombre
“protestante”.
EL PROTESTANTE: Ustedes los ortodoxos no tienen vergüenza de considerarse a
sí mismos como los cristianos, aunque directamente están violando Sus
mandamientos, puesto que bautizan a aquellos que aún no tienen la fe. ¿Me extraña
ver cómo es posible convertir a los hombres sin su conocimiento, violentamente
haciéndolos cristianos (aunque ustedes están en el error)?
EL CRISTIANO: Permítame preguntarle: ¿Dónde, según su parecer, el Señor
enseña que es imposible bautizar a aquellos que todavía no poseen la fe personal? Le
pido que me cite el versículo concreto de la Sagrada Escritura, para que pudiéramos
persuadirnos en qué medida usted verdaderamente transmite el significado de la
palabra de Dios.
EL PROTESTANTE: Eso es fácil. “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”
(Marcos 16, 16).
EL CRISTIANO: Pero, vamos a leer las palabras del Señor hasta el final, para que
no pervirtamos la Revelación: “Mas el que no creyere será condenado” (Marcos 16,
16). Pues, yo aquí no veo las palabras las cuales ustedes Le atribuyeron a Cristo:
“Bautizad solamente a aquellos que han alcanzado la mayoría de edad y Me
recibieron como su Salvador personal”… Por cierto, ese título de nuestro Señor tan
popular para ustedes no lo vamos a encontrar en ninguna parte de la Escritura. Al
contrario, allí está escrito que “Él es el Salvador del Cuerpo” (Efesios 5, 23), es
decir, de la Iglesia, y no de una persona en particular. Pero bueno, regresemos al
tema. Ustedes atribuyen a la Escritura sus propias ficciones. Aquí está escrito sólo lo
que está escrito: que para la salvación es necesaria tanto la fe como el Bautismo.
Claro, ningún cristiano ortodoxo le va a decir que será salvado un hombre quien fue
bautizado en su niñez, pero no creyó habiendo llegado a la mayoría de edad. Si
entendiéramos estas palabras así como las entiende usted, entonces resultaría que los
niños que murieron son condenados a la perdición. Ya que, ellos no poseen la fe
consciente la cual ustedes les piden.
EL PROTESTANTE: Así que, según usted, ¿para bautizar a los niños no es
necesario tener ninguna fe? De tal manera ustedes llegan a tener una magia
verdadera. La Escritura dice: “El bautismo… no quitando las inmundicias de la
carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios por la
resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 3, 21). ¿Pues, cuál promisión puede dar un
recién nacido?
EL CRISTIANO: Claro, durante el Bautismo de los niños la fe se exige de sus
padres y padrinos. Según las reglas de la Iglesia, no pueden recibir el Bautismo los
niños de los padres incrédulos, ya que ésos no pueden garantizar que su niño será
educado en la Ortodoxia y que no va a caer, por ejemplo, en la herejía protestante.
En cuanto a las palabras del Apóstol Pedro, tengo que decir, con algo de pena, que
aquí ocurrió un error en la traduccción. En el texto eslavo dice: “… no quitando las
inmundincias de la carne, sino como la PROMESA de una buena conciencia hacia
Dios por la resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 3, 21). De verdad, si nosotros
solos, por sí mismos, podemos darle promesa al Señor de una buena conciencia,
entonces no es necesaria para nada ni siquiera la obra (salvadora) misma de Cristo.
¡Resulta que nosotros, por nuestras propias fuerzas, podemos llegar a ser justos! Sin
embargo, el Apóstol Pedro aquí, así como siempre, dice que el Bautismo nos salva;
y si nos salva, eso significa que la salvación nos es necesaria, y por tanto, claro, no
podemos prometerle nada a Dios. Si reconocemos esta traducción, la cual es más
precisa, entonces aquí no hay ninguna contradicción con la práctica cristiana. Ya
que, siempre podemos pedirle al Señor que le dé a un recién nacido una buena
conciencia. ¡Para el Eterno la edad no representa ningún obstáculo! Por cierto,
nuestra polémica tiene un carácter en cierta medida abstracto. Nosotros aún no
hemos hablado sobre lo principal. Ni usted ni yo hemos expuesto nuestra
comprensión de qué es el Bautismo. Justamente aquí se encuentra la raíz misma de
nuestras contradicciones. Por favor, exponga su punto de vista, qué es, según usted,
el Baustismo. Explíque, por favor, por qué él es necesario.
EL PROTESTANTE: La salvación se le otorga al hombre como un don, solamente
por su fe. El Bautismo es necesario solamente como una señal de que el hombre ya
Le recibió a Jesús como su Salvador personal. Las aguas del Bautismo no se
diferencian en absoluto de cualquieras otras aguas, y ella por sí misma no le puede
ayudar en nada al hombre quien todavía no creyó (por cualquier razón que sea). Ese
rito es necesario solamente porque lo estableció Jesús. Él no representa nada más
que solamente un testimonio exterior del nacimiento interior ya existente, el cual se
realizó solamente por la fe.
EL CRISTIANO: Claro, entonces, con ese enfoque, el Bautismo de los niños es
imposible. Aparte de eso, ese mismo rito suyo es absurdo. Ya que usted
honestamente reconoce que ese baño suyo no le está dando nada. Es que, solo no
hay que extender esa falta de la experiencia de sentir el poder de Dios en sus aguas
(de ustedes) a lo que sucede en la Iglesia Verdadera. Basándose justamente en esa
experiencia, confirmada en la Revelación, nosotros confesamos que “El Bautismo es
el Sagrado Misterio en el cual los fieles, con la triple inmersión del cuerpo en el
agua, invocando al Dios Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, mueren para la vida
carnal y pecadora, y renacen por el Espíritu Santo para la vida espiritual y santa” (El
Catecismo Ortodoxo de San Filaret de Moscú). Esta decisión representa la
explicación de las palabras del Señor: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no
puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3, 5) (a este mandamiento regresaremos de
nuevo más tarde), así como de las palabras del Apóstol Pablo quien enseña: “¿O no
sabéis que todos (no solamente los adultos) los que hemos sido bautizados en Cristo
Jesús, hemos sido bautizados en Su muerte? Porque somos sepultados juntamente
con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los
muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”
(Romanos 6, 3-4). También sabemos que, en el Bautismo Ortodoxo, el hombre se
hace miembro del Cuerpo de Cristo (como de eso habla el Apóstol: “Porque por un
solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12, 13)) y se
reviste de Cristo (Gálatas 3, 27). Gracias al Bautismo, se lavan todos los pecados del
hombre (Hechos 22, 16), entre otros también el que heredaron de Adán (*). Como el
Apóstol Pablo dice: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y
por el pecado la muerte, así la muerte entró en TODOS los hombres, por cuanto
TODOS pecaron” (Romanos 5, 12), por tanto, todos tienen la necesidad de la
purificación y liberación del fermento de la muerte antigua. Aquí los niños no
representan excepción, ya que “¿Quién hará limpio al inmundo? Nadie” (Job 14, 4).
Pues, si es así, entonces incluso ellos deben vestirse del Único Inmortal y hacerse
miembros de Su Cuerpo para que puedan ser salvados. En verdad, es muy
sorprendente su autoconfianza. Usted dice que el hombre no puede hacer nada por
su propia salvación y al mismo tiempo considera que eso es una decisión tomada
voluntariamente, como, por ejemplo, que el reconocimiento personal por su parte de
Jesús como del Salvador en un instante les eleva hasta los cielos.
EL PROTESTANTE: Pero, es dicho: “Aun estando nosotros muertos en pecados,
nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con Él nos
resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,
para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de Su gracia en Su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos POR
MEDIO DE LA FE; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para
que nadie se gloríe” (Efesios 2, 5-9).
EL CRISTIANO: Perdón, pero, justamente ustedes son los que aseguran la
necesidad de las acciones humanas solamente. Ustedes consideran que, durante el
bautismo, todo lo realiza solamente el hombre. Él está dando promesa. Él testifica
sobre su fe. Ahí no hay lugar para Dios. Pero, el Apóstol Pedro dice que el Bautismo
salva por la resurrección de Cristo. Si es así, entonces resulta que aquí, no obstante,
no se trata de un don de Dios, sino de algunas acciones por parte de los hombres, de
las cuales ustedes se jactan pensando que los salvan ésos, supuestamente. Pues, no
es así, a nosotros nos salva precisamente la gracia de Dios, es decir, Su poder
increado, el cual actúa a través de los Sagrados Misterios ortodoxos, empezando con
el Bautismo. Justamente el Señor realiza el renacimiento por agua y por el Espíritu,
el sacerdote aquí es sólo un siervo Suyo, y no un teúrgo autocrático. Aquí lo que el
hombre hace solamente es recibir la gracia increada de su Creador; si es así,
entonces no existe ninguna razón para no permitir que se haga en los niños. Ya que,
Cristo mismo había ordenado: “Dejad a los niños venir a Mí, y no se lo impidáis;
porque de los tales es el Reino de Dios” (Marcos 10, 14). Pues, ¿cómo se atreven los
protestantes a ahuyentar de Dios a los que Él mismo llamó a Sí? Si en el texto de
San Apóstol Pablo el cual usted citó es dicho que somos resucitados con Cristo,
siendo muertos en pecados, entonces cómo se podría afirmar que para el Bautismo
es necesaria la comprensión y la decisión consciente. ¿Cómo un muerto puede
entender el proceso de su resurrección? Pues, usted intente explicarme el mecanismo
de cómo nosotros estamos sentados con Cristo en los cielos. ¿Cómo Dios resucitó de
la tumba? ¿Cómo nosotros nacemos de agua y del Espíritu? Si usted no puede decir
cómo eso ocurrió (y no puede, puesto que Dios es incognoscible en todas Sus obras)
entonces, según su propia lógica, ustedes mismos (y no solamente los niños) nunca
podrán recibir el Bautismo.
EL PROTESTANTE: Pero, si Dios ha dicho sobre los niños que “de los tales es el
Reino de Dios”, entonces, ¿por qué bautizarlos?
EL CRISTIANO: Dios no ha dicho que el Reino es de los niños, sino de los tales
como son los niños, así puros y sin maldad. Si reconocemos como recta su
interpretación, entonces resulta que nadie tiene necesidad de bautizarse. Ya que
Cristo decía a los adultos que imiten a los niños; y si los niños pueden salvarse sin el
Bautismo, entonces todos los demás también lo pueden. ¡Pero eso es un absurdo! El
Señor claramente decía sobre la necesidad del Bautismo para la salvación. Hay que
decir que la práctica cristiana de bautizar a los niños se puede justificar de una otra
manera, también. El Apóstol Pablo dice que en Cristo “también fuisteis
circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo
pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo, sepultados con Él por el bautismo”
(Colosenses 2, 11-12). Si el Bautismo es la circuncisión de Cristo no hecha a mano,
cómo entonces podríamos alejarlos de él a los niños, cuando incluso en el Antiguo
Testamento el hombre entra en el pacto con Dios a través de ser circuncidado de
edad de ocho días (Génesis 17, 12). ¿Por qué en el tiempo de Abraham era posible
entrar en el pacto con el Creador en la niñez por la fe de los padres, y después de la
venida del Salvador esa posibilidad se perdió?
Fuente: [Link]
TRADUCIDO AL CASTELLANO POR МАРКО ДАШИЋ Y ANDA MARIA
MARTIN
proponemos a su atención una obra excelente de uno de los más grandes
misioneros de la Iglesia Ortodoxa en el día de hoy – del sacerdote Jorge Maximov.
Es la verdad que los cismáticos pueden utilizar la regla XV del Primer-Segundo
Concilio en Constantinopla para justificar su cisma, es suficiente un acto en contra
de los cánones por parte del cierto clérigo para romper la comunión y salir de la
Iglesia, cuál es en realidad la historia con el anatema contra el ecumenismo
pronunciado en el siglo pasado, cuál posición, en el sentido espiritual, en todo eso,
tiene que sostener un cristiano ortodoxo quien sinceramente desea quedarse fiel a la
doctrina de Cristo – todo esto son las preguntas a las cuales usted puede recibir
respuestas en este libro, el cual representa la transcripción de las emisiones en la
estación de radio “Radonezh”, en las cuales habla este gran misionero. El libro es
un poco más largo, exige esfuerzo para ser leído, pero nosotros esperamos que eso
no vaya a representar un obstáculo para los hombres quienes quieren conocer cuál
es la enseñanza verdadera.
Para comenzar, hay que explicar qué es el cisma. A diferencia de herejía que
significa la separación de la Iglesia Ortodoxa por causa del cambio en la doctrina
que se confiesa (вероучење), cuando los hombres distorsionan la doctrina cristiana
misma y por eso salen de la Iglesia – los cismáticos desgarran la Iglesia por otras
razones, no dogmáticas. Eso puede ser por cualquier razón, por ejemplo, por algunos
sentimientos nacionalistas, bajo la propuesta de la separación nacional pueden
ocurrir las separaciones de la unidad de la Iglesia; también, bajo la propuesta de
varias acucasiones inventadas como, por ejemplo, de la supuesta apostasía de la
Iglesia Ortodoxa etc.
Lo más peligroso en el cisma es que éste mata a los hombres quienes ya entraron en
la cerca de la Iglesia. Los demás errores están orientados hacia los hombres quienes
están fuera de la cerca de la Iglesia, aunque, claro, sabemos los ejemplos de los
ortodoxos que cayeron en varios errores y herejías; pero, el cisma representa las
armas del diablo dirigidas contra los hombres ortodoxos que están en la Iglesia.
Aquí se trata de una copia casi completa de la Iglesia verdadera.
Si nos vamos a un templo cismático, a veces nos puede ser muy difícil de reconocer
que allí no se trata de un templo ortodoxo. Si ellos no ponen de manifiesto a quien
pertenecen, es que sucede así que lo esconden, de tal manera intentando atraerlos a
sí mismos a los hombres de la Iglesia Ortodoxa canónica, entendiendo que, si los
hombres supieran de quien se trata, si supieran de su estatus de apóstatas, muchos
entre ellos no les seguirían. Viendo desde fuera, todo es igual, los mismos templos
dentro de los cuales se encuentran los mismos íconos, los así llamados obispos
suyos o los sacerdotes o los monjes están vestidos de la misma forma que los
ortodoxos, los mismos libros ortodoxos allá los pueden proponer para la lectura, se
llevan las conversaciones sobre la Ortodoxia, y aún más, sobre el nivel de la fe,
sobre el fervor por la verdad. En el cisma pueden haber aún más tales
conversaciones. Todo eso parece tanto a la Iglesia verdadera; no obstante, eso no es
la Iglesia.
Como primero: Existe Dios Quien nos dio la vida a cada uno de nosotros. En nuestra
vida existe el sentido: elegir entre estar con Dios o con el pecado, con la verdad o
con la mentira. Dios nos dio la posibilidad de conocer la verdad, nos la reveló en Su
Palabra – en la Biblia. De los que eligieron en favor de Dios y la Verdad, Él ha
creado “linaje escogido, real sacerdocio” (1 Pedro 2, 9), es decir, Su Iglesia. Un
hombre quien sinceramente aspira hacia la unión con Cristo, no puede, al mismo
tiempo, encontrarse en enemistad con otros hombres o estar separado de ésos que
asimismo anhelan la unión con Cristo. Eso ya el Apóstol Juan lo reprendía: “Si
alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no
ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a Quien no ha
visto?” (1 Juan 4, 20). El diablo, con la ayuda del pecado y el odio, trajo al mundo la
división entre Dios y el hombre, así como la entre los hombres entre sí. Al contrario
de eso, Cristo, a través del amor, la santidad y el sacrificio, trajo la curación a
nuestro mundo dividido y fraccionado. El Señor trajo la unidad a Su Iglesia, en la
Cual Sus discípulos llegan a ser uno con Dios y entre sí. Como decía el abad
Doroteo: “Cuánto más los hombres se acercan a Dios, tánto más se acercan unos a
otros”. Es tan importante esta unidad de los fieles, que Cristo, en el jardín de
Getsemaní, rezó al Padre justamente por eso: “Para que todos sean uno; como Tú,
oh Padre, en Mí, y Yo en Ti, que también ellos sean uno en Nosotros; para que el
mundo crea que Tú Me enviaste” (Juan 17, 21). Por eso, los discípulos de Cristo
enfrontaban con delicadeza los intentos de romper esta unidad. He aquí lo que
escribe el Apóstol Pablo: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan
divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que
os apartéis de ellos” (Romanos 16, 17).
Una división en la Iglesia puede ocurrir tanto a través de la introducción de una
nueva doctrina, a través de herejía de la cual hemos hablado, como a través de los
cismas. Tanto en el primer como en el segundo caso, la Iglesia se queda así como
era hasta entonces, Una sola; pero, de esa unidad de Cristo se caen aquellos que
siguen a los que se separaron.
El caer en cisma no es nada mejor que caer en herejía, también se trata del camino
por el cual uno se echa fuera a sí mismo de la comunidad de los que se salvan,
fundada por el Señor Jesucristo. Los cismáticos, aunque se parecen a los ortodoxos,
en realidad son los enemigos de la Iglesia, se hicieron a sí mismos así con relación a
la Iglesia e intentan extraer a los hombres de la cerca de la Iglesia. Son conocidos
los ejemplos cuando diferentes cismáticos se meten en nuestras parroquias
ortodoxas, perturban a los hombres, intentan llevarles consigo.
Voy a citar las palabras de San Ignacio Teóforo, el discípulo de los Apóstoles, quien
escribió: “No os engañéis, hermanos míos. El que sigue a los que causan divisiones
no heredará el Reino de Dios”. Ustedes ven cuánto peligrosa es esta cosa. Si caemos
de la unidad de la Iglesia, ni siquiera importa si estamos en un grupo el cual se llama
la “Iglesia Ortodoxa” también, o incluso la “Iglesia Ortodoxa Verdadera”, no
importa que allá todo parece a la Ortodoxia; sin embargo, llegamos al camino el cual
conduce al fuego eterno. Lo más triste en eso es que los hombres que ya se hicieron
ortodoxos, de repente caen en el engaño espiritual (prelest) y se caen de la unidad de
la Iglesia.
También, voy a citar la doctrina ortodoxa sobre la Iglesia tal como la ha expresado
el Hieromártir Hilarión Troitski: “La Iglesia es Una sola y solamente Ella posee toda
la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Todo aquel que, por cualquier razón que
sea, se aparte de Ella y caiga en herejía, en cisma o forma algún foro insubordinado
– pierde su participación en la gracia increada de Dios. Lo sabemos y estamos
convencidos de que la caída ya sea en herejía o en el cisma, o en sectas significa una
perdición total y la muerte espiritual. Para nosotros no hay Cristianismo fuera de la
Iglesia. Si Cristo ha fundado a Su Iglesia, y la Iglesia es Su Cuerpo, entonces
separarse de Su Cuerpo significa – morir”. He aquí por qué es tan esencialmente
importante cuidarse de las amenazas no solamente que vienen de las herejías, sino y
de las que están relacionadas con los cismas.
Para confirmar esta opinión de que los cismas no son en absoluto menos peligrosos
que las herejías, voy a citar aquí las palabras de San Juan Crisóstomo: “Causar
divisiones en la Iglesia no es menos mal que caer en herejía” (Interpretación de la
Epístola a los Efesios). Este Santo también ha escrito: “El pecado de cisma no puede
ser lavado ni siquiera por la sangre del martirio”. Es tan difícil ese estado, tan
pernicioso. También los Santos de los tiempos más cercanos a nosotros (hablan de
eso), como San Ignacio quien advierte: “El pecado mortal del cristiano ortodoxo que
no fue curado por el arrepentimiento, le sujeta a aquel que lo hizo a los tormentos
eternos. los pecados mortales para un cristiano ortodoxo son: herejía, cisma,
blasfemia, apostasía… Vemos a cuál lugar San Ignacio Brianchaninov puso el
pecado de cisma. “Cada uno de estos pecados”, continúa San Ignacio, “mata al alma
y la hace incapaz para la bienaventuranza eterna hasta que no se limpie por el
arrepentimiento”. Lo mismo también escribe y San Juan de Kronstadt: “Hombre, has
alcanzado la unidad, con todas tus fuerzas evita las divisiones espirituales. Dios es la
unidad, el diablo es la división; división en la Iglesia es una obra diabólica, las
herejías y los cismas son la obra del diablo”. Un Santo antiguo, San Ireneo de Lyon
decía que “Cristo les va a juzgar a los que causan cismas, no tienen el amor por Dios
y se preocupan más de su propio beneficio que de la unidad de la Iglesia, quienes
por algunas razones insignificantes y fortuitas cortan y destrozan el grande y
glorioso Cuerpo de Cristo y, cuánto depende de ellos – lo derriban; quienes mientras
hablan sobre la paz, crean la enemistad”.
El primer peligro el cual lleva hasta el camino que puede terminar en caer en cisma
es la pasión de juzgar a los demás, especialmente a los sacerdotes y los obispos de
nuestra Iglesia. Creo que los hombres, quienes conocen a los cismáticos y quienes
han leído su literatura o sus páginas web, notan como la Noticia buena cristiana
completa en esos cismáticos llega a ser el odio contra la Iglesia, contra algunos
sacerdotes o obispos quienes, como les parece a ellos mismos, pecan gravemente, a
quienes juzgan con malicia y se burlan de ellos – hasta tales cosas se baja el hombre
quien está en cisma. Para nosotros también es importante evitar esa perdición, ese
peligro, cuando empezamos a escuchar o lo que nos habla el calumniador – el
demonio, o lo que nos habla un calumniador – algún hombre por medio de quien
habla el demonio, cuando intenta sugerirnos la desconfianza, sospechas o enemistad
en contra de la Iglesia a través de considerar algunos pecados de ciertos sacerdotes.
Eso no significa que tales sacerdotes no practican algún pecado, aunque por
supuesto que ocurre que ellos abiertamente calumnian a los hombres, pronuncian
los hechos no comprobados, una calumnia obvia. Ocurre también que los enemigos
de la Iglesia en verdad notan algún pecado de alguno entre los clérigos.
Pero, ¿acaso eso significa que el hombre, quien hizo algún pecado, convirtió nuestra
Iglesia entera en la “ramera de Babilonia”, como dicen ellos? ¿Acaso eso significa
que la Iglesia entera dejó de ser la Iglesia y que se fue a su comunidad microscópica
de los cismáticos encolerizados, puesto que alguno hizo algún pecado?
Quisiera citar aquí las palabras de San Juan Casiano quien decía que “el hombre
quien se apoya en su propia opinión y cree en su propio discernimiento – no puede
alcanzar la altitud de la perfección y evitar las trampas fatales del diablo”.
Justamente por eso el diablo intenta proponernos, o a través de los pensamientos, o a
través de algunas mentiras calumniadores, o a través de los ataques de los hombres
quienes tienen mala disposición hacia la Iglesia, que empecemos a creer en nuestro
propio discernimiento sobre los pecados de alguien, si alguno es digno o no. Un
hombre así se encuentra en un estado enfermo espiritualmente, tal hombre no puede
evitar las trampas fatales del maligno. San Teófano el Recluso dice: “No es para
nada pequeña la señal de la perversión de nuestra conciencia cuando se apartamos
de juzgar a nosotros mismos y empezamos a juzgar a los demás. La conciencia nos
fue dada para que juzguemos a nosotros mismos; si nuestra conciencia juzga a los
demás, entonces hay que decir que ella empezó a hacer trabajo el cual no le
pertenece”. San Gregorio el Teólogo dice: “El que condena el vicio de alguien otro,
él mismo va a caer en lo que condena antes que detener el vicio”.
Quisiera citar las palabras de San Ignacio Brianchaninov sobre los semejantes
fervores, las cuales se encuentran en su obra “Sobre el prelest (auto-engaño
espiritual provocado por el diablo; n. del trad.): “Es muy necesario cuidarse del
fervor carnal y emocional (телесна и душевна ревност), el cual exteriormente
parece como un fervor devoto, pero que en realidad es inconsiderado y pernicioso
para el alma. Los hombres mundanos, así como muchos entre los monjes, por su
desconosimiento, alaban mucho tal fervor, no entendiendo que sus fuentes son
soberbia y orgullo. Ese fervor ellos alaban como si fuera el fervor para la fe, para la
devoción, para la Iglesia, para Dios. Éste consiste en más o menos un juzgamiento
cruel y en desmentida de los prójimos por sus faltas morales y sus errores en contra
del orden eclesiástico y de las reglas del servicio o cumplimiento de los ritos
litúrgicos. Engañados por parte de una imagen falsa sobre el fervor, los fervorosos
irrazonables creen que, entregándose a ése, imitan a los Santos Padres y a los
Mártires, habiendo olvidado que ellos mismos no son los santos sino los pecadores.
Si los Santos les desmentían a los pecadores e impíos, pues, eso lo hacían porque así
les ordenó a Dios, porque tuvieron una tal obligación, porque les inspiró el Espíritu
Santo, y no bajo la influencia de sus pasiones y los demonios. Pero, quien decide,
por su propia voluntad, desmentirle a su hermano o reprenderlo, pues, ése
claramente muestra y demuestra que se considera a sí mismo como más razonable y
más lleno de las virtudes que aquel hombre a quien él le desmiente, demuestra que
actúa bajo la presión de las pasiones y bajo la influencia de los pensamientos
diabólicos los cuales lo engañaron. Un hombre guiado por la razón (la mente) carnal
(телесно мудровање) de ningún modo es capaz de juzgar tanto sobre su estado
interior como del de sus prójimos. Hay que notar que, después de haberse adquirido
la razón (la mente) espiritual (разум духовни), las faltas y los errores de nuestro
prójimo empiezan a parecer totalmente insignificantes, como aquellos que ya son
redimidos por el Salvador y los cuales fácilmente se pueden curar por el
arrepentimiento – aquellas mismas faltas y errores que le parecían a la mente carnal
innumerablemente grandes e importantes. Es obvio que la mente carnal, siendo
como una viga, les otorgaba una importancia tan grande. La mente carnal ve en
nuestros prójimos incluso los pecados que no hay en absoluto en ellos; por esa
razón, aquellos que se entregaban a ese fervor irrazonable, a menudo caían en el
delito de calumniar a sus prójimos y se convertían en los instrumentos y juguetes de
los espíritus caídos”…
… Es raro que, a pesar de hablar tanto entre los varios hombres ortodoxos sobre el
pecado de juzgar a los demás, curiosamente, los hombres ortodoxos, los hombres
que participan en la vida sacramental de la Iglesia, empiezan entonces a contradecir:
“Pues, ¿cómo que no juzguemos, cómo que no desmintamos?”, aunque, tanto la
Escritura como los Santos Padres hablan sobre la pernicie de juzgar a los demás.
Como el Señor mismo dice: “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7, 1).
La Sagrada Escritura abiertamente nos está deciendo que juzguemos, es decir, que
expresemos un juicio sobre unas u otras cosas, sobre eso existe una serie completa
de lugares en la Sagrada Escritura. Sin embargo, cuando se habla sobre juzgar a las
personas mismas relacionadas con esas cosas, pues, eso muchas veces y
explícitamente se prohibe: Mateo 7, 1-2; 1 Corintios 4, 5; en la Epístola a los
romanos en muchos lugares. De eso también habla San Juan Crisóstomo: “El que
rigorosamente analiza las caídas de los demás, no le serán toleradas en absoluto sus
propias (caídas)”.
Es verdad que en la Iglesia existen los sacerdotes indignos. Eso ya era conocido
desde los tiempos antiguos, aquí no se trata de algo nuevo lo que apareció justo
ahora. Sobre ese problema, por ejemplo, San Juan Crisóstomo dice: “Hoy,
habitualmente el Señor actúa y a través de los indignos, también”. San Gregorio el
Teólogo advierte: “No juzgues a los jueces tú quien necesitas de la curación, no
analices la dignidad de aquellos que te limpian, no hagas tu elección mirando en los
padres aunque sí, uno es mejor que el otro o peor; cada uno de ellos es más alto que
tú”. San Nicodemo del Monte Athos: “¿Qué, preguntará alguien, nosotros tenemos
la obligación de sujetarnos a cada abad, obispo, director, incluso cuando no es
bueno? Te respondo: si no es bueno en su vida personal y hazaña espiritual, tienes
que sujetarse a él. Únicamente si predica alguna herejía, entonces no debes sujetarse
a él”.
De esto también hablan y las reglas de la Iglesia, pero, es necesario acentuar: por el
nombre herejía se entiende alguna herejía ya condenada, y no lo que algunos
empiezan a inventar algunas herejías para justificarse a sí mismos… Aquí se habla
de lo que disponen las reglas de nuestra Iglesia, la regla XV del Concilio en
Constantinopla en el año 861 sobre el cual vamos a hablar con más detalles más
tarde; la regla dice que la herejía por la cual uno puede dejar de sujetarse a su obispo
es alguna, como primero, que ya es condenada por la Iglesia y, como segundo, si él
no cometió simplemente un desliz o erróneamente cree en sí mismo pero eso no
expresa, sino alguna herejía la cual él predica públicamente y
constantemente. Además, lo que es importante, ni San Nicodemo del Monte
Athos ni las reglas de la Iglesia dicen que, si alguno se separa del que
concretamente expone una u otra herejía ya condenada… que es necesario
separarse de la Iglesia entera, de todas las Iglesias Locales Ortodoxas. Eso sería
un absurdo.
Los cismáticos a quienes les gusta juzgar a los caídos o, como les parece a ellos, a
los pastores caídos, son guiados por aquel mismo espíritu y lógica perversa, por la
cual fueron guiados aquellos orgullosos quienes, hace dos mil años, decían de Cristo
que es el amigo de los publicanos y pecadores. Ésos consideraban que la
comunicación del Señor con esas personas de mala fama le compremete a Su
persona, de la misma manera como ahora sus seguidores espirituales piensan que la
estancia de los hombres pecadores en la Iglesia compromete a la Iglesia misma. Esos
fariseos decían, engañando a los seguidores de Cristo: “Y los escribas y los fariseos
murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con
publicanos y pecadores?” (Lucas 5, 30). Así, de la misma manera, hoy los
cismáticos contemporáneos y odiadores de la Iglesia les dicen a los hijos de la
Iglesia: ¿Por qué estáis con tales pecadores?…
… Es necesario también tocar las explicaciones por las cuales los hombres justifican
su salida de la Iglesia: que se encontraron con algunos insultos dirigidos a ellos, por
ejemplo, algunos sacerdotes y monjes se van, diciendo que se encontraron con algún
abad malo, algún obispo “cruel” quien se les expuso las condiciones crueles etc. La
gravedad de estas circunstancias puede variar…
Sin embargo, existen también los hombres serios quienes, en verdad, se enfrentan
con las injusticias en relación con ellos mismos. Quisiera citar las palabras de San
Dionisio de Alejandría, un antiguo Santo de nuestra Iglesia, tomadas de su carta
dirigida a Novato cismático quien fue uno de los primeros, de los más conocidos
cismáticos en la historia de la Iglesia. Respondiendo a la carta de Novato quien
explicaba que, por alguna injusticia que le hicieron, los representantes de la Iglesia
le obligaron que salga de Ella y organice el cisma – he aquí lo que le escribe San
Dionisio: “Si estás diciendo que te separaste de la Iglesia involuntariamente, pues,
eso lo puedes probar con tu regreso voluntario a la Iglesia. Lo mejor para ti sería que
lo aguantes todo, para que no cortes la Iglesia de Cristo; recibirías la misma gloria
por el martirio para su integridad (de la Iglesia), así como la reciben (los mártires)
por haber renunciado a los ídolos. Según mi parecer, incluso una gloria aún más
grande, puesto que en el segundo caso cada uno recibe los tormentos por (el bien
eterno de) sus propias almas, mientras en el primer caso (los reciben) por la Iglesia
entera. Si tú ahora convencieras a los hermanos de que regresen a la unidad,
entonces tu bondad sería más fuerte que tu mal. Esto lo segundo no se contaría en
absoluto, y lo primero merecería elogio. Pero, si ya no eres capaz de obedecer a sus
hermanos, entonces, por lo menos, salva tu alma en cualquier manera posible”.
Desgraciadamente, Novato no aceptó este consejo y se perdió en el cisma.
Pero, ¿por qué para los hombres ortodoxos, para los que participan en la vida
sacramental de la Iglesia, este camino es erróneo? Quisiera citar unas cuantas
expresiones las cuales testifican sobre cómo en la Iglesia desde siempre se entendía
la unidad de los fieles con su obispo. Justamente el obispo es heredero de los
Apóstoles, mientras los demás clérigos (sacerdotes, diáconos) – son los hombres a
quienes el obispo transmite, les encomienda servir los Misterios, ellos (los obispos)
comparten con ellos (los demás clérigos) el don que fue entregado justamente a
ellos, a los obispos.
Sabiendo esto, no nos sorprende cuando leemos en los escritos de San Ignacio el
Teóforo, un Santo quien vivió en el primer y segundo siglo, quien personalmente
conocía a los Apóstoles, que “sin Obispo no hay Iglesia, donde está el obispo allí
deben estar los fieles también”, “donde está Jesucristo, allá está la Iglesia Conciliar
(Católica, Universal)” (Epístola a los esmirniotas). También, en la Epístola a los
filadelfios: “Quienes son los de Dios y de Jesucristo, están con el obispo”. Santo
escribe también que “el que hace algo sin que lo sepa el obispo, sirve al diablo”
(Epístola a los esmirniotas). En una otra carta suya, San Ignacio escribe que “el que
se considera a sí mismo como más alto del obispo, se perdió completamente” (Carta
a Policarpo). Nosotros recordamos que ese mismo Hieromártir Ignacio el Teóforo
advertía: “No os engañéis, hermanos, el que sigue a los que introducen divisiones
(cismas), no heredará el Reino de Dios”.
Precisamente ese pensamiento sobre la dignidad alta del obispo y su relación con los
fieles vemos en los escritos de otros Santos también, especialmente en los de San
Simeón de Tesalónica; él decía que en el obispo son concentrados todos los Divinos
Misterios, y el obispo participa en los servicios de todos los Misterios Sagrados
(свештенодејства) y que sin él ni siquiera existiera el altar, ordenación de los
clérigos, ni el Miro sagrado, ni el Bautismo – por consiguiente, ni los cristianos.
Como nuestros oyentes ya lo saben, el sacerdote sirve la Divina Liturgia en el
antimension (ante-mnesa – en latín) firmado por el nombre de su obispo o Patriarca.
Si el sacerdote no tiene ese antimension, a pesar de toda su bondad y devoción, él no
puede servir la Liturgia. Si se atreve a servir la Liturgia sin el antimension, tal
Liturgia no se considera verdadera, real. Solamente la firma del obispo en el
antimension el cual él encomienda a un sacerdote es justamente la señal y el
precepto del obispo al sacerdote para servir en una parroquia concreta o en el
templo. Entonces no nos sorprende para nada que San Justino Popovich decía
directamente que nuestra Iglesia es episcopocéntrica, es decir, el Señor Jesucristo ha
puesto a los obispos como aquellos que vigilan sobre la Iglesia. Justamente la
palabra “obispo”, “επίσκοπος” se traduce del griego como “aquel que vigila, cuida,
se preocupa de la Iglesia”.
Los cismáticos tienen una conciencia diferente, ellos dicen que es al revés, que los
laicos y los sacerdotes deben vigilar sobre los obispos, ellos tienen que averiguar si
algún obispo algo distorsiona o hace algo de mala manera. Si de repente ven algo lo
que no les gusta, entonces tienen la obligación de huir enseguida y separarse del
obispo. Aquí, por supuesto, la colocación misma de las cosas es opuesta a lo que
escribían los Santos Padres. Esos mismos cismáticos difunden diversas ideas, las
cuales en absoluto no están de acuerdo y contradicen a la enseñanza de los Santos
Padres, a la de la Iglesia Ortodoxa. Especialmente están diciendo que si,
supuestamente, algún obispo pronuncia alguna herejía, eso significa que él
automáticamente se priva del orden sacerdotal y, si los hombres no se separan de tal
obispo, eso significa que incluso ellos se contagian por herejía, a través de participar
en la Comunión con ese obispo. A menudo se puede ver esta idea entre los
cismáticos. Claro, una tal idea que dice que la Sagrada Comunión representa un
transmisor del contagio herético – dicho suavemente – está muy lejos de la verdad.
Pero, lo que es lo más importante es que contradice a la práctica eclesiástica misma,
a la historia de la Iglesia, entre otros – a los Concilios Ecuménicos.
Es más, si algo así fuera la verdad, pues, entonces no sería necesario que todos
los Concilios, tanto los Ecuménicos como Locales los cuales luchaban contra los
heréticos, condenen a estos herejes a la privación del orden sacerdotal;
entonces lo único necesario sería condenar solamente la herejía y considerar
como ellos ya están privados del orden sacerdotal. Tal enseñanza sobre la
privación automática del orden sacerdotal no existe.
Creo que ahora ya es tiempo para analizar los cánones de la Iglesia dirigidos en
contra del cisma y la manera de cómo los cismáticos contemporáneos intentan
utilizarlos a su favor. Vamos a hablar especialmente sobre las reglas XIII, XIV y XV
del Primer-Segundo Concilio Local en Constantinopla. Las cito en su totalidad, ya
que se trata de un tema importante, especialmente porque estos cánones están
dirigidos justamente contra el cisma.
He aquí lo que escriben los padres del Concilio: “Puesto que el impío había
sembrado las semillas de mala hierba herética, pero habiendo visto que ésta se
arranca por la espada del Espíritu, ahora empezó a pasar por un otro camino, por el
camino del engaño y aspira a que, a través de la locura de los cismáticos, demedie al
Cuerpo de Cristo; este santo Concilio, para que destruyera en su raíz este plan suyo
también, ORDENA QUE, si en el futuro algún presbítero, o diácono, acusa a su
obispo por alguna acción mala, antes de que eso se haya analizado e investigado
conciliarmente, y antes de que en contra de ése (obispo) la decisión final se haya
pronunciado, pero se atreve a romper la comunión con él y deja de mencionar su
nombre en las santas oraciones en las Liturgias lo que es conforme a la Tradición de
la Iglesia, tal será privado del orden sacerdotal y todo tipo del honor sacerdotal. Ya
que, el que fue puesto como presbítero, pero se apropia del juicio el cual pertenece
al Metropolita y, antes del juicio, por sí mismo le condena como culpable a su padre
y obispo – tal no es digno ni del honor ni del nombre mismo de presbítero. Aparte
de ése, los que le acompañan a tal hombre, si son los sacerdotes que también se
priven de su honor; si son los monjes o laicos, que sean completamente
excomulgados de la Iglesia, hasta que no rompan su relación con los cismáticos y
regresen a su obispo “.
Estas dos reglas, la XIII y la XV, completamente cierran todos los pretextos para los
cismáticos quienes se separan de la unidad de la Iglesia, bajo las acusaciones de
carácter canónico dirigidas hacia sus obispos, es decir, qué tan grandes sean ésas,
(aunque) eso no significa, por supuesto, que el hombre ha de estar callado, para eso
existe el tribunal eclesiástico. Si un hombre, en verdad, sabe sobre algún pecado del
obispo, si se trata de algún pecado grave, si no existe la base para la suposición de
que éste fue curado por el arrepentimiento, que el obispo sigue practicándolo,
entonces, claro, el hombre tiene derecho de testificar sobre eso ante el tribunal
eclesiástico. Sin embargo, él no tiene derecho de tomar la decisión arbitrariamente
sobre ese obispo, sino tiene que dejarlo, conforme a las reglas de la Iglesia, al juicio
de los obispos. Hay que haber, como mínimo, doce obispos quienes le juzgarán a un
obispo, eso también es una de las reglas de la Iglesia…
… Como lo vemos, en la regla XV dice que hay una excepción que se puede aplicar
en el caso de que el obispo empiece a predicar públicamente alguna herejía,
abiertamente la enseña en el templo, alguna herejía ya condenada por los
Concilios de la Iglesia. Claro, los cismáticos contemporáneos, los “zilotas”,
entienden bien que lo único lo que podría justificarlos es que hallen alguna herejía
en su obispo o en el Patriarca de quien se fueron. Si encuentran alguna herejía, pues,
eso significaría que ellos entonces no son los cismáticos, conforme a las reglas de
este Concilio. Por eso, empiezan a buscar febrilmente y pensar cuál herejía podrían
hallar para que pudieran separarse, y comienzan a hablar: ” Pues, allí está la herejía
del sergianismo, la del ecumenismo, la herejía del globalismo (como decía el ex
obispo Diomido), la herejía del reconocimiento de la democracia “… Inventan
muchas cosas, las cuales fácilmente se desenmascaran.
Bueno, veamos qué dice esta regla. Si algún obispo predica alguna herejía ya
condenada en los Concilios, eso como primero. Como segundo, si la predica
públicamente y la enseña abiertamente en el templo, eso significa – no algo lo que a
alguien en algún lugar le dijo por casualidad, o se expresó incorrectamente. En este
caso, enseguida surge la pregunta: ¿Cuál Concilio condenó la herejía del globalismo,
del sergianismo? ¿Dónde allí ustedes hallaron las herejías, cuáles Concilios de la
Iglesia las han condenado? Ninguno. En ese caso, resulta que todas esas
justificaciones por las cuales los cismáticos tratan de explicar su caída, su pecado de
cisma, no les ayudan para nada. Ésta es la primera cosa, referente a la regla XV de
este Concilio.
Otra cosa, también muy importante, la cual los cismáticos se esfuerzan con todas sus
fuerzas en no notarla y mencionarla, cuando se dirigen a la regla XV de este
Concilio – es el hecho de que esta regla no otorga en absoluto ningún derecho a
construir sus propias iglesias, no da ningún derecho a separarse de la plenitud
completa de la Iglesia. Si tu obispo enseña públicamente alguna herejía ya
condenada por los Concilios o por los Padres, en este caso, esta regla te permite
romper la comunión con ese obispo concreto, quedándose en la unidad con la Iglesia
completa o con todos aquellos obispos o patriarcas quienes no cayeron en la herejía
y quienes siguen confesando la doctrina ortodoxa.
Ninguno de los Santos Padres hacía así. Por ejemplo, si recordamos la turbulencia
arriana – los Santos Padres, San Atanasio el Grande y San Basilio el Grande y otros
Padres quienes luchaban, a pesar del hecho de que el contagio de esta herejía
prendió un gran número de los jerarcas de ese tiempo, es más, se puede decir la
mayor parte de ellos; a pesar de eso, ellos se quedaron en la Iglesia en la Cual
recibieron los Misterios, en la Cual recibieron el Bautismo. No dijeron: “Pues,
vámonos de aquí y construyamos nuestra propia ‘super-limpia’, ‘super-verdadera’,
‘super-ortodoxa’ Iglesia”. Ellos luchaban y se quedaron en esa misma Iglesia,
manteniendo la unidad con aquellos que preservaban la Ortodoxia, quienes no
fueron contagiados por el arrianismo en la Iglesia.
También hay que mencionar el siguiente ejemplo. Es conocido que el padre de San
Gregorio el Teólogo, Gregorio también, era el obispo quien firmó la confesión
herética de la fe. Pero, la firmó no porque él mismo era un herético, sino por su
sencillez, le engañaron, no comprendió de qué se trataba y puso su firma bajo ese
documento herético. Algunos monjes entonces se separaron de su jerarca, rompieron
la comunión con él, pero no salieron y construyeron una nueva iglesia, sino se
fueron bajo la dirección de un otro obispo canónico. Lo que es itantosante aquí es
que San Gregorio el Teólogo mismo, quien era un luchador infatigable contra el
arrianismo, decía que estos monjes no hicieron correctamente, ya que primero
debieron comprender las razones, incluso aunque su jerarca firmó, no habiéndolo
analizado primero, el símbolo de la fe no ortodoxo; pero, no obstante, él no dejó de
ser jerarca ortodoxo, puesto que cree ortodoxamente. Ésta es la lógica la cual
expresa San Gregorio el Teólogo.
Empezaremos con el tema del ecumenismo. Ellos dicen que el ecumenismo es una
herejía y que los jerarcas están contagiados por esta herejía y que es necesario
apartarse de ellos. Veamos cuáles Concilios condenaron el ecumenismo. No hubo tal
Concilio.
Existe un cuento de hadas que dice que en el año 1983 el Concilio de la Iglesia Ortodoxa
Rusa fuera de Rusia (ROCOR) supuestamente condenó el ecumenismo, pronunció un
anatema en contra del ecumenismo. En realidad, aquí se trata de una falsificación, eso es
conocido, sobre eso tenemos los testimonios de los testigos oculares y participantes en ese
Concilio. En él fue propuesto que se acepten los anatemas en contra del ecumenismo, y los
padres del Concilio dijeron que van a prolongar la consideración de este asunto. Sin
embargo, el que fue el iniciador de eso, entonces el obispo Gregorio Grabe, así
simplemente, a pesar de que ni siquiera consideraron ese asunto ni aceptaron esa decisión
sobre el anatema, él mismo incluyó el anatema en el material del Concilio. Puesto que él
era el redactor del periódico perteneciente a la ROCOR, pues, incluyó ese anatema. Aquí
simplemente se trata de una falsificación, tanto de hecho como esencialmente. Aparte de
eso, si no tocamos este asunto concreto, la posición de la ROCOR en ese tiempo no era
completamente clara, y las decisiones de su Concilio no fueron aceptadas por parte de todas
las Iglesias Ortodoxas Locales como pan-ortodoxas. Pero, incluso si no analizamos este
asunto, aquí se trata de una simple falsificación.
No obstante, un Santo hablaba sobre el tema del ecumenismo. Se trata de San Justino
Popovich, quien decía que el ecumenismo es una herejía. Hay que decir que San Justino
mismo, cuando decía que el ecumenismo es una herejía, bajo la noción de ecumenismo
entendía la teoría de ramas. La enseñanza falsa sobre la teoría de ramas dice que la
Ortodoxia, el romanocatolicismo y diversas confesiones protestantes en realidad – todos
ellos juntos forman la única Iglesia de Cristo y que, según sus palabras, “las barreras no
llegan hasta el cielo”, que las divisiones de ninguna manera han destruido la unidad
profunda de los cristianos. Esta enseñanza San Justino Popovich la llama la herejía del
ecumenismo. Dicho sea de paso, en el anatema el cual el ex obispo Gregorio Grabe (él
mismo se cayó de la ROCOR en cisma) intentaba introducirlo en el dicho Concilio, la
enseñanza falsa y herejía del ecumenismo se describía precisamente como la enseñanza
sobre la teoría de ramas.
La enseñanza sobre la teoría de ramas no solo que no la confiesan los jerarcas de nuestra
Iglesia, justamente al contrario, esta falsa enseñanza es condenada por parte de nuestra
Iglesia (la Iglesia Ortodoxa Rusa; n. del trad.) como no cristiana. Voy a citar unas cuantas
oraciones del documento que fue aceptado en el Concilio de los Jerarcas de la Iglesia
Ortodoxa Rusa en el año 2000, sobre los principios básicos de la relación con los
heterodoxos.
En este documento está escrito: ” La Iglesia Ortodoxa no puede aceptar la teoría de que, a
pesar de las divisiones ocurridas durante el transcurso de la historia, la unidad esencial,
profunda de los cristianos supuestamente no está destruida, y que la Iglesia debe ser
entendida así para que correspondiera al “mundo cristiano” entero, que la unidad de los
cristianos supuestamente existe, a pesar de las barreras de (diversas) denominaciones. Es
totalmente inaceptable también y, relacionada con la concepción mencionada arriba, la
llamada teoría de ramas, la cual anuncia la normalidad y hasta la providencia en la
existencia del Cristianismo en la forma de las ramas separadas. Para los ortodoxos es
inaceptable la afirmación de que las divisiones cristianas existen solamente en la superficie
histórica y que pueden ser curadas o superadas con la ayuda de los acuerdos inter-
confesionales. La Iglesia Ortodoxa no puede reconocer la igualdad de las confesiones entre
sí; los que se cayeron de la Iglesia, no pueden estar unidos con Ella encontrándose en el
estado en el cual están ahora; los desacuerdos dogmáticos existentes deben ser superados, y
no que se simplemente esquiven” (II, 4-7).
De esa manera vemos que a esa misma herejía del ecumenismo la cual condenaba San
Justino Popovich, nuestra Iglesia no solo que no se sujeta, sino que directamente condena
esta enseñanza falsa. Esto provoca problemas para los cismáticos. ¿Cómo ellos intentan
salir de este problema? Ellos dicen: “Como lo ven ustedes, existen los ejemplos cuando
algún jerarca rezó junto con los heréticos. La oración en común con los heréticos está
prohibida por los cánones de la Iglesia, eso significa que ellos están contagiados por la
herejía del ecumenismo”.
Pero, vamos a ver ahora; ¿qué es la herejía? La herejía es la distorsión de los dogmas. ¿Qué
es la oración junto con los heréticos? Eso es la violación de los cánones de la Iglesia, así
como existen también las violaciones de otros cánones, descritas en el Libro de las reglas.
En verdad, las oraciones junto con los heréticos están prohibidas: por la regla 45
Apostólica, por la 33 del Concilio en Laodicea. Se trata de los hechos conocidos y, por
cierto, hay que decir las oraciones están prohibidas no sólo con los heréticos, sino con los
cismáticos también; esa misma regla del Concilio en Laodicea dice: ” No se permite orar
junto con los heréticos o con los cismáticos “. Si un hombre no respeta esto, incluso si se
trata de un jerarca, pues, él entonces comete ese pecado – aquí se trata de la violación de las
reglas canónicas de la Iglesia. Pero, la violación de los cánones representa un acto en contra
de los cánones, eso no es una herejía, no es la distorsión de los dogmas. Todo esto se
sujeta a lo que hemos leído en la regla XIII del Primer-Segundo Concilio. Allí justamente
se describe que, cualquier violación de los cánones hecha por un jerarca representa su
propio pecado; sin embargo, un jerarca no se sujeta al juicio de la multitud, al de algunas
individuas concretas, él se sujeta al juicio de otros jerarcas. Otros jerarcas tienen que
juzgarle y tomar decisión sobre él, sobre sus falsas enseñanzas. Tal orden en la Iglesia
estableció el Señor Jesucristo por medio de los Apóstoles, ya que eso fue escrito ya en las
reglas Apostólicas.
Por lo tanto, cuando dicen que los cánones prohíben la oración junto con los heréticos y que
un u otro obispo violó este canon – esto no significa que él es un hereje. Los cismáticos
dicen que si él reza junto con tales, entonces seguramente también cree que los heréticos
son igualmente los cristianos como los ortodoxos, pero eso no significa eso en absoluto. Un
hombre puede violar este canon o por su desconocimiento o por un sentimiento falso que le
dice que hay que ser cortés: si le invitaron a un lugar donde también están los heterodoxos;
ésos allí empezaron a orar, él no se levantó para irse, no golpea la puerta, se quedó allí por
el deseo de ser amable y cortés, y no porque él considera que esos heréticos son ortodoxos
también. Él mismo puede sentir que violó ese canon, lo puede ver como su propio error, el
cual fue hecho por una u otra debilidad humana. Algo así no es bueno, se trata del pecado,
pero no se trata de ninguna herejía, no es algo lo que le priva al hombre del orden
sacerdotal, no es algo lo que inevitablemente pone frente a nosotros la aplicación de la regla
XV del Primer-Segundo Concilio.
Aquí se trata de un pecado contra los cánones, es como otros pecados que cometen muchos
otros, no solamente los jerarcas, sino los sacerdotes y laicos también. Cada uno de nosotros
que abra el Libro de las reglas y compare su vida personal con él. “¿Quizás yo también me
permito violar algunos cánones?” Creo que muy pocos entre nosotros pueden decir de sí
mismos que guardan completamente todos los cánones, siempre y en todo. Pero, si hacia
nosotros mismos, hacia la violación de los cánones por nuestra parte, somos tolerantes y
tenemos paciencia, lo que tampoco es correcto, entonces surge la pregunta: ¿Por qué,
entonces, cuando se trata de los jerarcas, de repente consideramos que sus errores y pecados
con una severidad dos veces más grande? Éstos nos parecen más graves que nuestros
propios.
Ya hemos hablado de que todo este asunto proviene del pecado del orgullo, el cisma
representa la “caída de los orgullosos”, según la definición del padre archimandrita Rafael
Karelin; antes todo, este pecado está basado en el orgullo humano. El deseo de vigilar al
obispo en lugar de que él te vigile a ti, mirar en los pecados de los otros más que en tus
propios, la pasión de anunciar los pecados de los demás, de la cual Dan Pimen el Grande
decía: ” Cuando nosotros cubrimos los pecados de nuestro prójimo, entonces Dios cubre los
nuestros; pero cuando anunciamos los pecados de nuestro prójimo, entonces Dios también
anuncia nuestros propios”. San Juan Crisóstomo decía sobre el pecado de Cam que, cuando
él se estaba burlandode su padre quien estuvo desnudo, lo que hacía no era mentir sobre su
padre, en verdad tal caída ocurrió y los Santos Padres la describen así; sin embargo, el
pecado de Cam, quien se fue y se burlaba de su padre desnudo provocó condena…
… Yo entiendo que los hombres quienes se acostumbraron a juzgar a los demás, sienten
algún placer en eso, que en la búsqueda de los pecados de los que están en la jerarquía
eclesiástica, ellos encuentran cierto placer oscuro- pues, para tales éste no es ningún tema
agradable, hasta se escandalizan. Preguntan: “¿Pero, cómo que no juzguemos, que no
anunciemos y descubramos eso?”
Pero, pensemos un poco, si nosotros somos hombres creyentes, si cotidianamente Le
rezamos al Señor: “Señor, ten piedad de mí, pecador”, ” Perdónanos nuestras deudas, como
también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, esto significa que nosotros mismos
también sentimos este estado del pecado en el cual nos encontramos, que sentimos la
necesidad del Sagrado Misterio de la Penitencia, sentimos alivio en nuestro corazón
después de este Sagrado Misterio, así como el agradecimiento a Dios por el perdón de
nuestros pecados el cual recibimos. Pero cómo entonces después de eso, habiendo dirigido
nuestra mirada hacia un jerarca, por medio de quien Dios nos otorgó el perdón a través del
Sagrado Misterio de la Confesión, ya que conforme a la enseñanza de la Iglesia, el jerarca
participa en en todos los oficios divinos y servicios de los Misterios (como ya hemos citado
las palabras de San Simeón de Tesalónica; cómo entonces, notando los pecados, sean
verdaderos o imaginarios, nos convertimos en los jueces rigurosos quienes, sin teniendo
duda alguna, deciden que un jerarca es digno de recibir la condena inmediata, que ése no
puede evitar el castigo, que inmediatamente se prive del orden sacerdotal, que sea
excomulgado de la comunión con nosotros. Todo eso nos recuerda a la parábola del Señor
sobre un hombre a quien le fue perdonada una deuda de diez mil talentos, pero que no
perdonó a su deudor una deuda pequeña de cien denarios (Mateo 18, 23-35).
No quiero que todo esto suene como si yo justificara cuando un hombre vestido en el orden
sacerdotal peca – no, eso es malo, eso es su caída; pero nosotros, siendo los cristianos,
¿acaso no deberíamos desearle que se levante de su caída? ¿Que se levante, que se limpie
de su caída, que se salvo y se haga un pastor verdadero, bueno, un cristiano verdadero?
¿Acaso, en lugar de eso, queremos que él sea juzgado cuanto antes, excomulgado,
castigado, echado en el infierno? Pues, los Santos Padres pensaban de otra manera.
Aquí quisiera que nos acordemos de las palabras de San Nicodemo del Monte Athos:
“¿Qué, preguntará alguien, tenemos que sujetarnos a cada abad, jerarca, gobernante, incluso
si él no es bueno? Te respondo: Si no es bueno en su propia hazaña espiritual y su vida
personal, obedécele, salvo si peca a través de imponer alguna enseñanza herética”. En ese
caso, como recordamos, la regla XV del Primer-Segundo Concilio permite apartarse de la
comunión con ese jerarca concreto, pero no con todos los jerarcas, no con la Iglesia
entera. Lo mismo ocurrió en los ejemplos en la historia de nuestra Iglesia Local Rusa,
cuando apareció la herejía de los judaizantes; San Genadio de Novgorod, San José de
Voloka luchaban contra esta herejía, luchaban por la Iglesia, no rompieron el contacto con
la Iglesia, condenaban la herejía, a los heréticos, no saliendo fuera de las fronteras de la
Iglesia, construyendo alguna Iglesia Rusa suya, alguna ” super-ortodoxa”…
… En cuanto a las acusaciones por el ecumenismo, lo que se puede añadir al tema: “He
aquí, le dieron una distinción a algún hombre no ortodoxo, a un musulmán o a un budista”.
¿Cuál canon prohíbe dar las distinciones eclesiásticas a un budista? ¿Cuál regla eclesiástica
fue violada aquí? ¿Cuál herejía está presente en eso? Aquí ni siquiera existe alguna
violación de algún canon. ¿Qué, en realidad, representan esas distinciones? Eso es un
“gracias” eclesiástico en la forma de esa cosa material. Decirle “gracias” a un hombre no
ortodoxo a veces hay por qué.
Personalmente conozco los ejemplos cuando los hombres no ortodoxos
sinceramente y con mucho fervor ayudaban la vida cotidiana de la Iglesia, la vida de
alguna parroquia a veces incluso más que los miembros de la parroquia. ¿Han
merecido estos hombres decirles un “gracias”? Por supuesto. Y eso cuando la Iglesia
les dice “gracias” en la forma de esas distinciones, ¿acaso eso representa la violación
de algún dogma o canon de la Iglesia? ¿Cuál? Si ese hombre de las manos de la
Iglesia recibe esa recompensa y pone en sus pechos una distinción con la imagen de
algún Santo ortodoxo, eso significa que, a través de eso, él aún más se está
acercando a la Iglesia. ¿Cuál pecado existe aquí, cuál dogma o canon fue violado?
Pregunta: Conozco a una mujer que se fue al cisma del rito viejo
(старообредници, un pequeño grupo cismático que existe varios siglos ya en
Rusia). ¿Se me permite rezar por ella, por su salud, o ya no puedo más rezar por
ella? Otra pregunta – tenemos a un parroquiano en nuestro templo quien
categóricamente se niega a rezar por el Patriarca Cirilo, pero recibe la Santa
Comunión. No sé si eso es correcto, explíquemelo, por favor.
Padre Jorge: En cuanto a la primera pregunta – sí, claro, podemos rezar para que se
hagan razonables los que se cayeron de la Iglesia, especialmente en la oración
personal, para que el Señor le abra los ojos al hombre quien cayó en cisma, para que
regrese a la Iglesia canónica. Sabemos que en el día de Pentecostés, la Iglesia con
más fervor reza por todos los que se cayeron de Ella y, claro, durante estas
oraciones, nosotros podemos suspirar en nuestra oración también y por todas las
personas cercanas que se cayeron. Mencionarla como como si ella fuera miembro de
la Iglesia, sería una injusticia, tanto frente a Dios como frente a la elección de esa
persona. Por eso, no es correcto mencionarla como al miembro de nuestra Iglesia.
Eso quiere decir, no porque algo decía yo, sino porque cito las palabras de los
Santos Padres, y su ejemplo de ellos muestra el error de la posición la cual sostiene
ese hombre. Si él considera que el Patriarca no tiene razón en algo, que se equivoca
en algo, pues, ¿acaso eso es un motivo para odiarle al Patriarca?
Pero, por sí mismos, los encuentros con los no ortodoxos no se condenan en ningún
lugar y no representan el pecado, la distorsión de la fe. Si nos dirigimos a la historia,
veremos que muchos de nuestros Santos se encontraban y hablaban con los hombres
no ortodoxos, o para resolver algunos asuntos en la vida de la Iglesia, para ayudar a
los ortodoxos; por ejemplo, San Nicolás el Místico enviaba a San Dimitriano de
Hitrona, un Santo de Chipre, al califa para que le pide que libere a los cristianos
cautivos. Este Santo lo hizo y la liberación ocurrió.
O para que testifiquen sobre la Ortodoxia. Por ejemplo, San Cirilo el Equiapóstol,
uno de los hermanos Iluminadores de los eslavos, antes de haberse ido a la misión
entre los eslavos, fue enviado a Bagdad, como parte de la delegación cristiana, para
testificar sobre la Ortodoxia frente a los magistrados musulmanes. Por lo tanto, los
encuentros, por sí mismos, o saludos los cuales se envían a los no ortodoxos, por sí
mismos, no representan la violación ni de los cánones ni de los dogmas.
Cada hombre quien piensa de esa manera, por ejemplo: “He aquí, el Patriarca saludó
al muftí o a alguien más, eso significa que se cayó de la Ortodoxia”, que imagine
que vive en el mismo piso con un musulmán o un judío. Cada día, yendo hasta su
propio apartamento, ve a su vecino y él le dice: “Sabes, en nuestra casa es alegría,
mi hija se casó”, o ” Cumplí 50 años”, o algo así. Pues, ¿acaso ese hombre va a decir
entre dientes: “Sí, lo veo” y ya? ¿Acaso no va a decir “¡Felicitaciones!”? ¿Cuál
traición de la Ortodoxia existe en eso?
Eso es precisamente aquella amabilidad cristiana, sobre cuya necesidad escribía San
Nectario de Égina. También nos podemos acordar de cómo San Marcos de Éfeso,
este luchador famoso por la Ortodoxia, conocido por su firmeza, con cuál grande
atención escribió la carta al papa de Roma, en el tiempo cuando existía la esperanza
de que él puede unirse a la Ortodoxia. Los hombres quienes anuncian que algo así es
inaceptable, simplemente se les puede dar el consejo de leer su carta, así como y la de los
Patriarcas de la Iglesia Oriental también, dirigida a los no ortodoxos.
Una cosa más, importante también, la cual nos muestra el por qué todas esas esas
declaraciones de los cismáticos son falsas. Por una simple razón, porque todas estas
cosas, de las cuales ellos dicen que justamente por ellas nuestra Iglesia
supuestamente se contagió y dejó de ser la Iglesia verdadera – pues, todas estas
cosas existen no desde ayer, no desde hace 10, 20, 50 ni 100 años.
Todas estas cosas – las oraciones junto con los no ortodoxos las cuales
representan la violación de los cánones, comunicación con los no ortodoxos etc,
todo esto existía en la Iglesia incluso en los tiempos antiguos, incluso en los
tiempos de Bizancio, éstos son unos hechos conocidos. Eso no significa que todo
eso es algo bueno y correcto; eso significa que la Iglesia no dejó de ser la Iglesia
por todo eso; eso significa que eso no puede ser un motivo para caerse de la
Iglesia.
Fuente: [Link]
savremenih-raskolnika-svestenik-georgije-maksimov/
TRADUCIDO AL CASTELLANO POR МАРКО ДАШИЋ
o lejos del teatro en Taganka, de repente se dirigió a mí un joven con la pregunta:
¿Usted ha leído la Biblia?
A pesar de que me han ordenado ir siempre vestido de sacerdote, este tipo de
preguntas, pues, no lograba evitarlas. Le respondí:
– Sí, tuve esta oportunidad. Ya que usted, obviamente, está familiarizado con ese
significante libro ortodoxo, permítame preguntarle ¿qué en él especialmente se le
gustó tanto para que venga, inmediatamente, a las calles de nuestra ciudad a predicar
una doctrina nueva?
El joven se confundió poco al escuchar esta pregunta imprevista, pero un rato
después, habiendo abierto su Biblia, respondió con (aquella) frase estereotipada:
– Antes yo era un hombre malo y mi conciencia no me dejaba tranquilo y tenía
miedo de perderme. Pero, conseguí a unos amigos maravillosos quienes me
explicaron que no tengo nada que temer; recibe a Jesús como tu Salvador personal y
ya eres justificado. He aquí, lo mismo escribe Pablo también: “Pero ahora, aparte de
la ley, se ha manifestado la justicia de Dios testificada por la ley y por los profetas;
la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Él.
Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria
de Dios, siendo justificados gratuitamente por Su gracia, mediante la redención que
es en Cristo Jesús” (Romanos 3, 21-24, versión la Reina Valera 1960).
– Usted acabo de leer las palabras maravillosas – respondí,- y es verdad que todo
aquel que por medio de la fe Ortodoxa, “la cual obra por el amor” (Gálatas 5, 6)
recibe en su corazón la gracia increada, la cual como el don se reparte en la Iglesia
Ortodoxa – es justificado, es decir, se hace justo por la fuerza de Dios. Pero,
permítame preguntarle ¿a cuál templo van sus amigos maravillosos?
El joven me dijo el nombre de una secta protestante conocida.
– Los ortodoxos – él notó – han pervertido la Sagrada Escritura, adoran a los ídolos
y, en general, ellos son los hombres no renacidos en Cristo.
– Me da pena porque usted cayó bajo la influencia de los hombres “que causan
divisiones y tropiezos en contra de la doctrina” (Romanos 16, 17) – le respondí.
Pero, puesto que sus amigos La culparon a la Iglesia Apostólica por haber alterado
la Biblia, la cual Ella misma construyó, pues, entonces, vamos a comparar juntos
nuestras convicciones.
– De acuerdo.
– Creo que usted va a concordar conmigo que de nuestra fe podemos juzgar por sus
manifestaciones; ya que nuestro corazón sólo Dios lo sabe y nosotros no tenemos
poder de penetrar en su profundidad; mas, qué podría servir mejor como la
manifestación de nuestra fe que la manera de cómo nosotros adoramos al Creador.
– Sí. Estoy de acuerdo completamente – respondió el joven.
– Dígame entonces, ¿qué es lo que más le gusta en el rezo de su organización?
– No de la organización, sino de la iglesia – dio un respingo él. Tocamos la guitarra,
cantamos bonitas canciones, estudiamos la Biblia por versículos, sentimos que aquel
otro hombre es nuestro hermano y nos alegramos porque Dios ya nos ha salvado. En
todos nuestros servicios gobierna el amor puro (y no como en los de los ortodoxos),
todos están alegres. Nuestros servicios me dan una gran satisfacción y me posibilitan
un conocimiento serio de la palabra de Dios. No así como está en los servicios de los
ortodoxos. Ustedes rezan en un idioma incomprensible. Si alguien llega a ustedes,
tal no participa en absoluto. No hay nadie que se interesa explicarle algo a tal
hombre. Abuelitas con velas regañan a los demás. La Biblia los ortodoxos no la
estudian. También, todos sus templos, íconos, reliquias de los Santos contradicen a
la Escritura.
– Usted habló muy lindo sobre sus oficios – le respondí. Pero, antes de empezar a
hablar sobre los servicios divinos de los ortodoxos, por lo menos primero hay que
intentar vivir según ellos, rezar estando de pie, y no ofender (de la manera como lo
hacían los comunistas en su tiempo) algo lo que no conoces. Regresemos, ahora, a
sus servicios. En cuanto a su narración completa, de lo que me di cuenta es que lo
principal en sus servicios son ustedes mismos; sus necesidades, sus emociones.
Bueno, pero usted va a concordar conmigo que nosotros somos los seres terrenales,
¿no?
– Sí, por supuesto. Pero, ¿por qué usted menciona eso?
– Porque la Revelación de Dios dice claramente: “Si, pues, habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y
vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se
manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria”
(Colosenses 3, 1-4). El Señor mismo nos enseña: “Mas buscad primeramente el
Reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6, 33).
Por esa razón, el fondo de los servicios divinos debe ser la glorificación de Dios, el
arrepentimiento ante Él, y no nuestras emociones y relaciones mutuas. Lo principal
es la vida en Cristo, y no las palabras sobre Él. De la Biblia nosotros tenemos que
rezar, y no hacer de Ella un manual para elegir y sacar las citas. Sobre aquellos que,
como sus amigos, colocan como el base no a Dios, sino la palabra sobre Él o, lo que
es aún peor, sus sentimientos provocados por la palabra, el Apóstol Pablo dice:
“Porque por ahí andan muchos…que son enemigos de la Cruz de Cristo; el fin de los
cuales será perdición, cuyo dios es el vientre y cuya gloria es su vergüenza (¿no se
trata aquí, pues, de los grupos de rock protestantes?), que sólo piensan en lo terrenal.
Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador,
al Señor Jesucristo…”(Filipenses 3, 18-20). Se nota, pues, que sus servicios
contradicen al mandamiento de Dios. El sabio Salomón dice: “El que aparta su oído
para no oír la ley, su oración también es abominable” (Proverbios 28, 9). Tengan
miedo del castigo de Dios y no juzguen a la Iglesia Apostólica la Cual vive por la
Revelación de Cristo. Durante todo el tiempo de mi narración larga, mi interlocutor
intentaba decir algo. Le pregunté:
– Pues ¿acaso yo dije algo lo que no es de la Escritura? ¿Acaso yo describía sus
servicios? Sin embargo, ¡usted ahora está tratando de justificar una ilegalidad
evidente! El Señor habla por medio del profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo
dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz;
que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Isaías 5, 20). En ese
momento mi interlocutor intentó alejarse de la cuestión delicada. Me dijo:
– Pues, usted afirma que nosotros servimos a Dios erróneamente. Demuestre,
entonces, de la Biblia, que los ortodoxos rezan a Él rectamente.
– Bien – le contesté. No muy lejos de aquí hay un templo en el cual pronto empezará
el servicio de las vísperas. Vámonos a él y yo, con la ayuda de Dios, me esforzaré en
mostrarle que todo, tanto la constitución del templo como nuestros servicios divinos,
son completamente bíblicos. No piense que yo quiero ofenderle. Al contrario, deseo
que tanto usted como yo lleguemos al conocimiento de la Verdad y, a través de Ella
– hasta la unanimidad. Ya que hay que cumplir el mandamiento del Salvador: “para
que todos sean uno; como Tú, oh Padre, en Mí, y Yo en Ti, que también ellos sean
uno en nosotros; para que el mundo crea que Tú me enviaste” (Juan 17, 21).
– Estoy de acuerdo, – él respondió. – Intente usted demostrar que todos sus templos,
íconos, reliquias de los Santos, velas, incensarios no contradicen a la Biblia. ¡No
creo que lo va a lograr!
– Es excelente que usted se haya puesto de acuerdo. Eso es una señal de Dios que su
corazón está abierto para la luz del Evangelio. Bueno, regresemos a lo que ya hemos
constatado. Hemos visto de la Biblia que la esencia de los servicios divinos tiene
que ser el pensamiento no sobre lo terrenal, sino de lo celestial. El Señor mismo ha
dicho a la mujer samaritana: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos
adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque el Padre tales
adoradores busca que Le adoren. Dios es espíritu; y los que Le adoran, en espíritu y
en verdad es necesario que adoren” (Juan 4, 23-24). Eso quiere decir que nuestro
servicio completo debe tener como su fuente la voluntad del Espíritu Santo y tiene
que estar completamente de acuerdo con la Verdad – en otras palabras, que
exactamente exprese la fe Ortodoxa.
– Pero, ¿por qué justamente la Ortodoxa? ¿Dónde en la Biblia se utiliza esa palabra?
– Pues, ¿usted cree que estar de acuerdo con la Verdad significa expresar la fe la
cual incorrectamente glorifica al Creador, es decir, la cual miente sobre Él? Pues,
¿usted cree que la herejía agradece a Dios? ¡Esa palabra ha aparecido para distinguir
la fe de los Apóstoles de las herejías! Sin embargo, en la Biblia, también, existe la
expresión que sirve de base para esa palabra. David dice: “La generación de los
rectos será bendita” (Salmo 112, 2); también, los cristianos en el Nuevo Testamento
se llaman “la generación de Dios” (Hechos 17, 29; 1 Corintios 15, 23; Hebreos 2,
10-13). Como lo podemos ver, incluso ese nombre que la Iglesia lo ha tomado con el
propósito de distinguirse de las herejías no es ajeno a la Escritura. Cuando
confesamos nuestra fe en la Iglesia, nosotros La llamamos Una, Santa, Católica y
Apostólica, lo que en su totalidad corresponde a la doctrina sobre Ella, expresada en
la Revelación.
– Bueno, pues, me ha mostrado que la verdadera Iglesia se puede llamar la
“ortodoxa” también. Aunque eso no significa que esa organización la cual ahora
llama a sí misma así – es la verdadera. Sin embargo, regresemos al tema sobre cuál
manera de adorar a Dios es correcta. ¿Cómo usted va a demostrar prácticamente que
todos sus servicios divinos como su fuente tienen la voluntad del Espíritu Santo?
– Hace poco nos hemos puesto de acuerdo en que un cristiano debe pensar en lo
celestial, y no en lo terrenal. Sobre el Señor Espíritu Santo Cristo ha dicho: “Él os
enseñará todas las cosas” (Juan 14, 26), lo que significa que nos enseñará y sobre lo
principal – cómo rectamente servir a Dios y adorarle. El Apóstol Pedro dice que el
Espíritu Santo es enviado del cielo (1 Pedro 1, 12), lo que significa que nuestros
servicios divinos también deben tener el origen celestial. Ya en el Antiguo
Testamento Dios ha ordenado a Moisés cuando erigía el tabernáculo: “Conforme a
todo lo que Yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus
utensilios, así lo haréis” (2 Moisés 25, 9). Aunque en aquel tiempo ésos servían “a lo
que es figura y sombra de las cosas celestiales” (Hebreos 8, 5), para que Dios
recibiera las oraciones de los hombres, pues, era necesario que todo se regule no
conforme a las leyes terrenales, sino conforme a las celestiales. Tanto más ahora,
cuando ha llegado Cristo “por el más amplio y y más perfecto tabernáculo, no hecho
de manos, es decir, no de esta creación” (Hebreos 9, 11), todo en nuestras oraciones
se debe hacer conforme al espécimen celestial. ¿Está de acuerdo con esto?
– Sí, estoy. Pero, ¿cuál relación eso tiene con nuestra conversación sobre los
servicios divinos de los ortodoxos?
– Pues, ¡las más cercanas! Quiero demostrarle que nuestra vida litúrgica está basada
en la imitación de los cielos, lo que quiere decir que está completamente de acuerdo
con la Revelación de Dios. De eso resulta que nuestra fe y nuestra Iglesia son el
único lugar donde se puede alcanzar la salvación. Ya que aquel que no sirve a Dios
rectamente no puede alcanzar la vida eterna.
– Bien. Intente usted probar que los ídolos y los templos se pueden encontrar en el
cielo y yo me pondré de acuerdo entonces que la renovación es posible en su Iglesia,
también. Pero, ¿por qué en un solo lugar se puede hallar la salvación? ¿Acaso no
dice que “todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2, 21)?
– Los demonios también invocaban el nombre del Señor – le respondí – pero eso no
les sirvió para su salvación (Lucas 4, 34). Pero, según usted, ¿es posible salvarse no
respetando a Dios y no sirviéndole?
El joven se ha puesto de acuerdo conmigo, aunque con un descontento evidente.
– Bueno, regresemos al tema de nuestra conversación – continué – vamos a ver qué
dice la Biblia sobre el templo. Hace rato hemos leído que el tabernáculo de Moisés
fue erigido según el espécimen celestial. Es evidente que en los cielos existe el
templo. Pero, además de esos testimonios indirectos, la Biblia también directamente
habla sobre eso.
– ¿Dónde? – con interés me preguntó el sectario.
– En el libro del profeta Isaías (capítulo 6) y en Apocalipsis: “Y el templo de Dios
en el cielo se abrió, y el arca de Su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos,
voces, truenos, un terremoto y grande granizo” (Apocalipsis 11, 19). A San Apóstol
Juan se le había ordenado que mida ese templo: “Entonces me fue dada una caña
semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y
el altar, y a los que adoran en él” (Apocalipsis 11, 1). ¿Por qué fue necesario que se
mida ese templo, si no porque conforme a ese espécimen deben erigirse los templos
del Nuevo Testamento? Fue necesario medir a los que adoran en él para que se
demuestre que los templos deben erigirse de conformidad con el número de los
parroquianos, y no según el estrictamente determinado tamaño (como lo hacían en el
Antiguo Testamento). Espero que luego de nuevo volvamos a la descripción de este
santuario celestial por el Apóstol Juan.
– Pero, ¿por qué nuestras casas de oración no las podemos considerar erigidas
conforme al espécimen celestial? – me interrumpió el sectario. Ya que en ellos se lee
la Biblia, Dios se glorifica.
– La diferencia principal entre un templo y una casa de oración, tanto en el Antiguo
Testamento como en el Nuevo, es que en el segundo caso no hay altar el cual es el
más importante lugar de un templo. Ya desde el tiempo de Adán Le fue agradable a
Dios mostrar Su presencia especial allí donde se ofrecían los sacrificios (1 Moisés 4,
4). Al lado del altar Él se reveló a Noé (1 Moisés 8, 20-21), a Abraham (1 Moisés
15, 7-21), a Jacob (1 Moisés 35, 1, 7-15). Para el ofrecimiento de los sacrificios Él
ha ordenado que se erijan el tabernáculo y el templo de Salomón, el cual Él ha
santificado con la apariencia de Su gloria increada, habiéndose revelado en la forma
de una nube (2 Moisés 40, 34; 3 Reyes 8, 10). Sobre el templo de Salomón el Señor
ha dicho: “Yo he santificado esta casa que tú has edificado, para poner mi nombre
en ella para siempre; y en ella estarán mis ojos y mi corazón todos los días (1 Reyes
9, 3). En ese templo rezaba el Señor mismo y lo llamó “la casa de Su Padre” (Juan 2,
16). Ya en la Iglesia del Nuevo Testamento los Santos Apóstoles tomaron la
decisión de que se levanten los altares. He aquí como de eso habla San Pablo
Apóstol: “Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al
tabernáculo” (Hebreos 13, 10). Así mismo y ahora en la Iglesia Apostólica Ortodoxa
el altar representa el corazón del templo. A eso podemos añadir que en los cielos,
también, las cuales son (como nos hemos puesto de acuerdo sobre eso) el espécimen
para nuestros servicios a Dios – hay un altar místico. Juan vio bajo él a las almas de
los mártires (Apocalipsis 6, 9). Desde ese santo lugar Dios revela Su voluntad a los
Ángeles (Apocalipsis 9, 13; 16, 7). El profeta Isaías recibió limpieza desde altar
celestial: “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón
encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo:
He aquí que esto tocó tus labios, y es quitado tu culpa, y limpio tu pecado” (Isaías 6,
6-7). Justamente esa cosa, la cual es la principal – no la hay en las casas de oración
de los protestantes; por tanto, precisamente por esa razón, ¡ellas no son bíblicas!
– Usted de una manera muy interesante y con pruebas ha mostrado que en los
templos deben existir los altares, pero inmediatamente surge la siguiente pregunta:
¿Cuáles sacrificios ustedes ofrecen en éstos, ya que Cristo mismo Le ofreció a Dios
el Único Sacrificio – a Sí mismo? ¿Qué, acaso ustedes quieren completar con algo el
sacrificio del Señor?
– Por supuesto que no! Quién sería tan demente para pensar que él, con sus propias
fuerzas que son débiles, podría añadir algo al Sacrificio de Cristo… En nuestro
poder solamente está hacerse partícipes de este Sacrificio, así como en Israel “los
que comen de los sacrificios son partícipes del altar” (1 Corintios 10, 18). Por eso y
nosotros en la Iglesia Ortodoxa llegamos a ser partícipes del altar sobre el cual
hablamos hace rato a través de recibir al Sacrificio Verdadero: “Nuestra Pascua, que
es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5, 7), la cual se entrega en la
Santa Liturgia. En los que no comulgan este Sacrificio Pascual del Nuevo
Testamento se cumple el mandamiento de Dios: “la tal persona será cortada de entre
su pueblo” (Números, 9, 13). Cristo mismo ha dicho: “Si no coméis la carne del
Hijo del Hombre, y bebéis Su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Juan 6, 53).
– Ah, usted habla de su Comunión – hizo una seña negativa con la mano el joven, –
eso son sólo los símbolos y un recuerdo; solamente la fe salva.
– Todo eso ya oímos hace dos mil años – le respondí. – Inmediatamente después de
estas palabras del Señor: “Desde entonces muchos de Sus discípulos volvieron atrás,
y ya no andaban con Él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también
vosotros?” (Juan 6, 66-67). Lo mismo están diciendo ahora los protestantes, así
como lo hacían los judíos: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6, 60).
Tal como entonces, Cristo y ahora también insiste en la comprensión literal de Sus
palabras. ¡Él no le dio derecho a nadie a interpretarlas simbólicamente! Si en el
Antiguo Testamento Israel fue salvado por haber comido un cordero pascual real,
¿entonces cómo en el Nuevo Testamento eso podría cambiar por un simple
pensamiento sobre el Cordero de Dios Quien quita el pecado del mundo (Juan 1,
29)? En cuanto al sentido simbólico de la expresión “comer la carne”, en verdad,
éste existe. Job, cuando le insultan sus amigos, les dice: “¡Oh, vosotros mis amigos,
tened compasión de mí, tened compasión de mí! Porque la mano de Dios me ha
tocado. ¿Por qué me perseguís como Dios, y ni aun de mi carne os saciáis?” (Job 19,
21-22). ¿Acaso tendremos la vida eterna si insultamos al Señor y nos burlamos de
Él?
Habiendo pensado un poco, el joven reconoció que la interpretación de su
organización está lejos de la verdad. En esos momentos nosotros dos ya hemos
llegado hasta el fin de nuestro caminar – hasta un templo pequeño, bello, escondido
en una de las calles al lado de Taganka. Mi interlocutor, habiendo elevado sus ojos,
vio cinco cúpulas maravillosas de ese templo y me dijo:
– Usted me prometió demostrar que todo este ornamento está de acuerdo con la
Biblia.
– Por supuesto, yo no olvidé mi promesa – le respondí. – La Iglesia Ortodoxa
durante siglos construía esta apariencia y forma de los templos, la cual nosotros dos
estamos mirando en este momento. Ella lo hacía a fin de que entregara con la mayor
plenitud posible la realidad celestial, en los términos terrenales. Una muy grande
influencia en la construcción de los templos ortodoxos tuvo la descripción bíblica
tanto del tabernáculo de Moisés como del templo de Salomón, aunque la Iglesia no
seguía servilmente los ejemplos del Antiguo Testamento, recordando que ya no
estamos bajo la ley, sino bajo la gracia (Romanos 6, 14). Bueno ahora, ¿de qué usted
quisiera que yo empiece a explicarle el sentido del templo y de sus elementos?
– Pues, aquí veo que en sus cúpulas se encuentran las cruces. Pero, la cruz es el
instrumento del castigo del Hijo de Dios. Además, la Biblia dice: “Maldito todo el
que es colgado en un madero” (Gálatas 3, 13). ¡Y ustedes estas malditas horcas las
colocan así para que todos las vean y, aparte de eso, adoran a ese ídolo!
– Perdóneme – le respondí, – ¿usted se considera a sí mismo como qué, cuál religión
confiesa? ¿Quizás yo tengo la oportunidad desgraciada de hablar con uno de los
asesinos de Dios (representante del pueblo que realizó la crucifixión del Señor; n.
del trad.) – con un hebreo? Ya que justamente ellos Le llaman al Señor Jesús
“maldito”, y esas palabras que usted mencionó hablan no de la Cruz, sino de Aquél
Quien es colgado en Ella. Si usted considera la Cruz como el instrumento de la
maldición, entonces para usted el Dios-Hombre mismo será la maldición. Sí. La
Cruz antes era el instrumento de la maldición, pero cuando en ella murió el Hijo de
Dios, ella se convirtió en la gloria para nosotros. Como nos dice el texto el cual
usted mencionó: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros
maldición, porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero, para
que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que
por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3, 13-14). En los
protestantes se cumplen las palabras del Apóstol Pablo: “Porque la palabra de la
cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan (y no a los que ya son
salvados) , esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1, 18). Eso quiere
decir que, si son verdaderas las palabras de Pablo de que gracias a la crucifixión en
la Cruz, Cristo extendió la bendición de Abraham y a través de ella el poder del
Espíritu Santo en los gentiles también, es decir en nosotros, entonces debieron
cumplirse también y estas palabras de Isaías: “Acontecerá en aquel tiempo que la
raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las
gentes; y su habitación será gloriosa. Asimismo acontecerá en aquel tiempo, que el
Señor alzará otra vez Su mano… Y levantará pendón a las naciones…” (Isaías 11,
10-12). Justamente por eso la Iglesia del Señor levanta en los lugares de sus
reuniones pendones de Su Novio – la Cruz. Eso también previó y el sabio Salomón
cuando decía sobre la Iglesia Ortodoxa que Ella es “imponente como ejércitos con
pendones” (El Cantar de los Cantares 6, 10).
– Bueno, usted con muchas pruebas demostró que los ortodoxos hacen
correctamente colocando la cruz en los templos. Aunque tengo unas cuantas
preguntas más con respecto a su respeto hacia la Cruz, explíqueme ahora qué
significan estas cúpulas suyas – dijo el sectario.
– Acabamos de leer los dos las palabras del profeta de que el Señor levantará Su
pendón. El templo es el símbolo de la Iglesia, y Su Cabeza – es Cristo. Obviamente,
a los ortodoxos les fue necesario expresar de alguna manera esa verdad. Por eso la
construcción del templo se corona con el símbolo del Señor Quien lleva pendón –
con la cúpula. Este templo también tiene cuatro cúpulas más pequeñas como el
símbolo de los cuatro Evangelistas, gracias a quienes hasta nosotros ha llegado la
imagen y la doctrina de Cabeza de la Iglesia – del Señor Jesús. Para que se mostrara
la diferencia entre los discípulos y el Maestro, en nuestros templos la cúpula
principal está cubierta por el oro – el cual representa el Reino e incorrupción (por
eso los sabios Le ofrecieron al Bebé Cristo el oro como su don), mas la cúpula la
cual representa a los Evangelistas tiene color de cielo estrellado, lo que nos recuerda
las palabras del profeta Daniel: “Los entendidos resplandecerán como el resplandor
del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a
perpetua eternidad” (Daniel 12, 3). Y ¿quién convirtió a la fe a más gente que los
Apóstoles? La cúpula misma está en el pedestal que se llama “cuello”. Como usted
lo ve, en uno de ellos son pintados los Apóstoles, mientras en otros está un
ornamento especial parecido a las puntas de las alas. Aquí el templo mismo nos
muestra el significado de esta parte suya. El cuello, gracias al cual la cabeza se une
con el tronco, es el símbolo de los Apóstoles y sus sucesores, gracias a quienes los
ortodoxos tienen la comunión con Cristo. Como de eso escribe San Juan el Teólogo:
“lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis
comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con
su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1, 3).
Sin la sucesión apostólica directa, preservada en la Iglesia Ortodoxa, la comunión
con Dios es imposible. Esa comunión, por ejemplo, no existe en las comunidades
protestantes, quienes consideran que Dios olvidó a Su Iglesia y quienes quieren
corregir Su “negligencia”.
– Y ¿qué significa esa forma rara del techo, acaso él también tiene su origen en la
Biblia? – preguntó el joven, portándose como si no hubiera oído mis últimas
palabras, las cuales, por cierto, son extremadamente dolorosas para los sectarios.
– Por supuesto que sí, la tiene – respondí, habiendo decidido no presionarlo
demasiado a mi interlocutor, – esos ornamentos se llaman bóvedas. La forma misma
suya, parecida a las alas de los ángeles, tiene como su objetivo mostrar su
significado. Los ortodoxos han adoptado firmemente las palabras del Apóstol: “Sino
que os habéis acercado al monte Sion [por eso el techo parece a un monte], a la
ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de
ángeles, a la congregación triunfal y a la iglesia de los primogénitos que están
inscritos en los cielos [justamente esa congregación de los ángeles y los justos es
representada por esta bóveda], a Dios el Juez de todos [a Quien simboliza la cúpula],
a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y
a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel [todo esto está en el altar
ortodoxo]” (Hebreos 12, 22-24). Así esas palabras de la Escritura son pintadas por la
lengua simbólica en nuestros templos. Pero ya que hablamos de ese texto sagrado,
más importante es acentuar que los protestantes son violadores de ese mandamiento.
Ellos no rezan ni a los santos, ni a los ángeles, aunque sobre eso habla aquí el
Apóstol, aún menos se acercan a la Sangre rociada, ya que son ajenos a la Sagrada
Comunión ortodoxa. Esa Sangre los va a condenar en el día del Juicio, así como la
sangre de Abel condenó al asesino Caín. Hablando de ese elemento del arte
eclesiástico, hay que decir que éste proviene ya del tiempo del Antiguo Testamento.
Salomón “esculpió todas las paredes de la casa alrededor de diversas figuras, de
querubines, de palmeras y de botones de flores, por dentro y por fuera” (1ra de
Reyes 6, 29). Justamente la continuación de esa tradición bíblica usted ve en las
paredes de nuestro templo. Sobre el pintar de los querubines ya hemos hablado (si
usted mira atentamente en los azulejos, vera ahí a uno de ellos). En cuanto a los
ornamentos vegetales, por ellos está cubierta esa pared completa. Ellos nos muestran
que, gracias a lo que acontece en el templo, nos vuelve a nosotros el paraíso que
hemos perdido.
– Sí, su interpretación deja una impresión fuerte – dijo el protestante, habiéndose
abstraído en sus pensamientos, pero inmediatamente añadió con malicia – ¿acaso
incluso aquellas rejas en las ventanas, las cuales nos recuerdan a las celdas de
prisión, tienen su origen en la Biblia?
– No entiendo su escepticismo – le respondí. Por supuesto que tiene. “E hizo a la
casa ventanas anchas por dentro y estrechas por fuera” (1ra de Reyes 6, 4).
Justamente tales las cuales usted ve en nuestro templo (estrechas – en nuestros
templos las con contraventanas). La ventana es el símbolo de la Revelación de la luz
de Dios, y las rejas nos muestran que ella aún no es perfecta, “porque en parte
conocemos” (1 Corintios 13, 9). Ese simbolismo tiene su origen en la Biblia: “Helo
aquí, está tras nuestra pared” – habla la Novia de Cristo, – “mirando por las
ventanas, atisbando por las celosías” (El Cantar de los Cantares 2, 9). Un otro
elemento antiguo de la apariencia exterior del templo son pilares los cuales tienen su
origen en los del tabernáculo (Éxodo 26) y el cual simboliza a los Santos y los
Ángeles (Gálatas 2, 9).
– Usted me explicó todo excepto una cosa: ¿De dónde sacaron esta forma de sus
templos, es decir, por qué en ellos el campanario es más alto que el templo, y el
templo es más alto que el altar?
– Como usted obviamente ya se acuerda, la división tripartita de nuestros templos
tiene su origen en el templo y el tabernáculo del Antiguo Testamento – le respondí.
Con respecto a la forma misma de nuestros templos, ella también tiene su origen en
la construcción del templo de Salomón. En el segundo libro de Crónicas, en la
descripción leemos las siguientes medidas: “…la longitud de sesenta codos, y la
anchura de veinte codos. El pórtico que estaba al frente del edificio era de veinte
codos de largo, igual al ancho de la casa, y su altura de ciento veinte codos; y lo
cubrió por dentro de oro puro” (2do de Crónicas 3, 3-4); y si nos acordamos de
aquella otra descripción escrita en el primer libro de Reyes donde la altura del
templo principal era de treinta codos, y el lugar santísimo (es decir – el altar) era de
veinte codos de altura, veremos que nuestra Iglesia fielmente preservó incluso las
proporciones del antiguo templo (1ro de Reyes 6, 2; 20). Bueno, ahora reconozca
usted que nosotros no hemos descubierto ni un solo caso de desviación de la
Revelación bíblica.
El protestante se vio obligado a ponerse de acuerdo conmigo. En aquel momento,
desde el campanario llegó el sonido de las campanas invitándoles a los cristianos al
oficio divino, y yo dije: – Como ya durante el vagabundeo de los judíos por el
desierto, Dios le ordenó a Moisés hacer dos trompetas de plata para llamarles a los
fieles a los holocaustos y dijo: “esto os recordará delante de vuestro Dios” (Números
10, 10), así hoy, imitando eso, los ortodoxos se invitan tanto al servicio matutino
como al vespertino del Señor por el sonido de las campanas que (en nuestra Iglesia)
reemplazaron las trompetas. – ¡He aquí una violación de la Biblia! – dijo el sectario
con alegría. – En este caso, ustedes también son violadores, porque la Escritura no
dice que hay que tocar sintetizadores, mas los ortodoxos, a diferencia de ustedes,
cumplen con precisión las palabras del Salmo: “Alabadle con címbalos resonantes;
Alabadle con címbalos de júbilo.” (Salmo 150, 5). Según la fe de la Iglesia
Ortodoxa, el sonido de las campanas está asociado con el poder increado del Divino,
por lo que puede ahuyentar a los espíritus malignos, como el sonido del salterio de
David los alejó del rey Saúl (1 Samuel 16, 23). Por otra parte, los que escuchan el
sonido se están llenando de la gracia increada del Espíritu, como fue el caso del
profeta Eliseo (2 Reyes 3, 15), por eso muchos vienen a la iglesia por primera vez
justamente gracias al sonido de las campanas. Éste no es el caso con los protestantes,
por lo que se ven obligados a estar todo el tiempo en búsqueda de sus partidarios y
por lo tanto no llegan a tales resultados a los cuales llegan los cristianos ortodoxos.
No hay ni siquiera un pueblo que haya sido convertido al cristianismo por los
protestantes. Eso no es nada raro, ya que, sin el apoyo del poder de Dios, los
hombres no pueden aceptar sinceramente la fe en Cristo (1 Corintios 12, 3). Pero ya
es el tiempo para el servicio de las vísperas. Vamos a entrar al templo por las
puertas, de las cuales David canta: “Abridme las puertas del triunfo, y entraré para
dar gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella”
(Salmo 117, 18-19). – Bueno pues, ahora usted se está esforzando por hallar la
justificación bíblica para una simple puerta, pero yo creo que usted exagera un poco
en este momento. – Pero, no, ¿por qué? Dos puertas al templo fueron hechas por el
rey Salomón (3 Reyes 6,33-34) y, en la Iglesia Ortodoxa, cada objeto posee, además
de su uso práctico, y un significado espiritual. Nosotros hemos entrado en la iglesia,
bajo sus silenciosas bóvedas. Justo enfrente de la entrada estaba la mesa con velas
encendidas. -¿Qué significa este objeto extraño y por qué hay tantas velas en él? –
preguntó el sectario. – Ésta es la mesa para el recuerdo de los difuntos, le respondí. –
Las velas son símbolo de nuestra oración por ellos. Delante de esta mesa, la Iglesia
ofrece incienso y eleva sus oraciones por nuestros hermanos fallecidos. Los
parientes cercanos al lado de ésta dejan sus ofrendas que traen en la memoria de sus
fallecidos. Todo esto representa una manifestación de nuestro amor, que “nunca deja
de ser” (1 Corintios 13, 8), porque “si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos,
para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor
somos” (Romanos 14, 8). Por lo tanto, nuestras oraciones, tal como la Iglesia cree,
poseen una fuerza grande para los fallecidos, quienes ya no pueden hacer nada por sí
mismos. – Pero, ¿cómo puede usted orar por los fallecidos cuando su destino ya está
decidido? Puesto que Abraham le ha dicho a aquel rico: “Además de todo esto, una
gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren
pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá “(Lucas 16:26). – Por
supuesto, los fallecidos mismos no pueden cambiar su posición, pero esto puede
hacer la fuerza todopoderosa de Aquél Quien tiene las “las llaves de la muerte y del
Hades” (Apocalipsis 1, 18). Y Él dijo a los cristianos ortodoxos: “ Y todo lo que
pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21, 22). Justamente por eso
nosotros rezamos por nuestros hermanos, más aún porque hasta el Día mismo del
Juicio Final el destino de cada persona todavía no está determinado definitivamente;
si no, entonces el Juicio mismo no tendría sentido, y nuestro Redentor como Aquel
que permanece eternamente tiene un sacerdocio imperecedero, ” por lo cual puede
también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre
para interceder por ellos” (Hebreos 7, 25). Creemos que para Su poder no hay
barreras, excepto el rechazo libre de Él por el hombre, por eso la Iglesia menciona
en sus oraciones a todos sus hijos, excepto aquellos que evidentemente lucharon
contra Dios y por consiguiente cometieron el pecado de blasfemia contra el Espíritu
Santo, el cual no se perdona ni en este siglo ni en el futuro (Mateo 12, 31-32). De
estas palabras de Cristo realmente se deduce que el perdón de los pecados es posible
incluso después de la muerte. Pero yo tengo que advertirle que si permanezca en la
secta, entonces ya nadie le puede ayudar más, puesto que usted en este momento
está blasfemando contra el Espíritu, Quien permanece eternamente en la Iglesia
Ortodoxa (Juan 14,16).
Él hizo mueca de disgusto y se apresuró de nuevo a evitar este tema delicado. –
Bueno, pues, está claro por qué ustedes rezan por los difuntos. Pero, ¿por qué están
dando limosnas por ellos?
– A todos los cristianos se les fue dado el mandamiento: “Sed, pues,
misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6, 36), por
eso la limosna ayuda mucho a nuestras oraciones. Es que ya en el Antiguo
Testamento el hijo de Sirácides escribió: “La gracia de tu dádiva llegue a todo
viviente, ni siquiera a los muertos les rehúses tu gracia”(Eclesiástico 7, 33). Pero si
usted no tiene otras preguntas, continuemos nuestro paseo por este templo. – ¿Por
qué ustedes violan públicamente el mandamiento de Dios? – el sectario me
preguntó, mostrándome los santos iconos. – Ya que es dicho: “No te harás imagen,
ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las
aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás” (Éxodo 20, 5).
Mas ustedes llenaron todo su templo con las imágenes de los hombres y ángeles.
¡Aquí se trata de una obvia idolatría! – ¿Y a usted no le parece – contesté yo, – que
desde que se dio este mandamiento, ocurrieron algunos cambios en la relación entre
Dios y el hombre? Recordemos que Moisés mismo explicó la razón por la que era
imposible hacer imagen de Dios en el Antiguo Testamento. Él dice: “Guardad, pues,
mucho vuestras almas, pues ninguna figura visteis el día que el Señor habló con
vosotros de en medio del fuego, para que no os corrompáis y hagáis para vosotros
escultura, imagen de figura alguna” (Deut.4, 15-16). Pero, desde entonces ocurrieron
algunos acontecimientos grandes. El Invisible mismo se hizo visible y, confesando
esta verdad en práctica, nosotros hacemos imagen de Dios encarnado. “A Dios nadie
lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a
conocer” (Juan 1,18). Y nosotros anunciamos este increíble mensaje no sólo por las
palabras, sino en práctica también. Ustedes no pueden de ninguna manera demostrar
su fe en Cristo, Quien vino en la carne, ya que explícitamente niegan a hacer Su
imagen. Por lo tanto, ustedes corresponden completamente a la descripción del
engañador y Anticristo, dada por el apóstol Juan (2 Juan 1, 7). Rechazando la
veneración de los iconos, también se privan de la posibilidad de cumplir el
mandamiento del apóstol Pablo: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor
nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que
nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los
ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, Quien por el gozo puesto delante de Él
sufrió la cruz [diciéndole estas palabras le mostré con la mano la Cruz],
menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios [y le he
mostrado el icono de Cristo en Su gloria]” (Hebreos 12, 1-2). Que yo sepa, los
hombres miran con los ojos, y esto presupone la existencia de los iconos en la
Iglesia.
– Aquí se trata no de mirar con los ojos, sino por el pensamiento, por el recuerdo –
respondió el sectario.
– No, usted está equivocado – dije yo. El versículo siguiente habla de la mirada
mental, pero aquí no tenemos ninguna razón para alejarnos del significado literal del
texto bíblico.
– Bueno pues, supongamos que es posible hacer imágenes de Cristo, pero ¿por qué
hacer iconos de los santos? Puesto que ellos no son dioses en absoluto, así que ¿de
qué testifican estos iconos?
– Los santos, por supuesto, no son dioses por naturaleza, ellos son los hijos de Dios
por gracia increada de Dios (Juan 1, 12-13). Sus iconos representan un testimonio
brillante de que la hazaña de Cristo no ha quedado infructuosa. Ellos recibieron la
gloria que el Padre Le dio al Hijo, y Él se la dio a los santos (Juan 17, 22). Mire, por
ejemplo, en este icono de la santa Mártir Paraskeva. ¿Ve la luz brillando alrededor
de su cabeza? Éste es el símbolo de la Gloria Divina, porque “Dios es luz” (1 Juan 1,
5). Y la manera de cómo esta santa llegó a Dios es indicada por la cruz en sus
manos. Ya que es dicho: “El que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno
de Mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de Mí, la
hallará” (Mateo 10, 38-39). Así también Santa Paraskeva tomó su cruz, perdió su
vida por Cristo y encontró la alegría eterna. Y nosotros “considerando cuál haya sido
el fin de su vida, imitamos su fe” (Hebreos 13, 7), como el Apóstol nos aconseja. De
esto llegamos obviamente a la conclusión de que la Escritura nos enseña a honrar los
iconos de los santos y a través de ellos pedirles ayuda en la oración, porque “la
oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16). Sin embargo, en la Biblia
hay un mandamiento directo de Dios de hacer imágenes, dado ya en el Antiguo
Testamento. Ya hemos hablado acerca de que en el templo de Salomón había
imágenes de los querubines, y él no las hizo arbitrariamente, sino que cumpliendo
solamente el mandamiento dado a Moisés. “Y el Señor habló a Moisés, diciendo:
Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos
extremos (del propiciatorio). Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre
el propiciatorio, de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio,
todo lo que yo te mandare para los hijos de Israel” (Éxodo 25, 1-22).De estas
palabras está claro que Dios mismo ordenó que se hagan las imágenes sagradas.
Ellas son tan agradables a Él de que a través de ellas Él revelaba Su voluntad y hacía
milagros, tal como los hace a través de los iconos hasta ahora. Si usted recuerda, en
el comienzo de nuestra conversación hablamos sobre el hecho de que deberíamos
imitar el servicio divino celestial. Ahora es importante mencionar que, a pesar de
que en el cielo viven los prototipos mismos de los iconos, las hay incluso allí.
Porque el apóstol Juan vio en el templo el arca del pacto, que está cubierta con las
imágenes (Ap. 11,19). En los tiempos del Antiguo Testamento era imposible hacer
imágenes de los hombres, porque aún no habían sido redimidos y no se habían unido
con Dios; pero ahora, cuando los justos se hacen iguales a los ángeles a través de la
participación en la divinidad (Lucas 20, 36) y hasta su rostro puede llegar a ser como
el de un ángel (Hechos 6, 15), por supuesto, entonces podemos y debemos recordar
el mandamiento del Apóstol (Hebreos 13,7) de hacer imágenes de los Santos.
– Muy bien. Usted ha demostrado que los iconos no contradicen a la Biblia. Pero,
¿por qué venerarlos cuando es dicho: “Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo
servirás” (Mateo 4, 10)?
– Usted notó que no fue dicho que hay que venerarle solamente a Dios. Hay
diferentes tipos de veneración. Abraham se inclinó ante los hijos de Het (Génesis 23,
12), Jacob adoró apoyado sobre el extremo de su bordón (Hebreos 11, 21). Todo
esto se llama veneración por el respeto – de tal manera nosotros nos inclinamos ante
las cosas santas, mayormente ante los iconos. La muestra de una tal veneración nos
fue dada en la Biblia: Jesús Navin postró en tierra sobre su rostro delante del arca
que era un icono del Dios invisible y estaba cubierto con iconos de ángeles (Josué 7,
6). David se inclinó delante del templo (Salmo 5, 8) y dijo que, cuando se
despertará, “estará satisfecho a la semejanza de Dios” (Salmo 16, 15).Y la estructura
misma del Tabernáculo presuponía la veneración, el encender los candiles y el
incienso delante del velo, cubierto con las imágenes de los querubines (Éxodo 26,
31, 35, 30, 6-7). ¡De esa manera, la Iglesia Ortodoxa en todo es fiel a la Revelación
de Dios! Pero hay también otro tipo de veneración, llamada adoración o el servir a
Dios – tal adoración nosotros Le damos solamente a Dios y así nos inclinamos
solamente ante la Sagrada Comunión, porque el Dios Verbo mismo entonces está
frente a nosotros – con Su Cuerpo y Sangre.
– ¿Y dónde pues en las Escrituras ustedes encontraron el mandamiento de poner
tantas velas, candiles y lámparas? Yo sé que ahora usted va a mencionar el
candelero de siete brazos, pero sólo él estaba en todo el tabernáculo, ¡y usted tiene
tantos!
– Sí, había un solo candelero de siete brazos en el tabernáculo. Por supuesto,
también podemos recordar el fuego incesante que ardía en el altar, y siguiendo este
ejemplo las velas están constantemente ardiendo en los templos. Aparte de eso, hay
indicios en la Biblia sobre muchas lámparas que iluminan el templo como un
símbolo de la luz divina que ilumina el templo celestial. Salomón “hizo asimismo
diez candelabros de oro, como Dios lo había ordenado, y los puso en el templo;
cinco en el lado sur, y cinco en el lado norte” (2 Crónicas 4, 7). Y el apóstol Pablo
también sirvió una liturgia en la habitación superior, “donde … habían bastantes
lámparas encendidas” (Hechos 20, 8). Así que aquí de nuevo la Iglesia permaneció
sin cambios desde los tiempos apostólicos. Pero, mientras no haya comenzado el
oficio divino, acerquémonos y miremos en el santuario mismo del templo. Nos
hemos acercado al iconostasio y el joven me preguntó:
– ¿Acaso toda esta decoración complicada tiene raíces bíblicas?
– Como usted ya se ha convencido bastantes veces de eso – sí, la tiene. Ya hemos
hablado del velo cubierto con las imágenes que separaban el resto del templo del
Santo de los Santos. La pared misma la cual unía esas dos partes apareció ya en el
templo de Salomón: “Asimismo hizo al final de la casa un edificio de veinte codos,
de tablas de cedro desde el suelo hasta lo más alto; así hizo en la casa un aposento
que es el lugar santísimo…Y esculpió todas las paredes de la casa alrededor de
diversas figuras, de querubines, de palmeras y de botones de flores…A la entrada
del santuario hizo puertas de madera de olivo; y el umbral y los postes eran de cinco
esquinas (Preste su atención a la forma de las puertas de altar; ella completamente
corresponde a la descripción). Las dos puertas eran de madera de olivo; y talló en
ellas figuras de querubines, de palmeras y de botones de flores, y las cubrió de oro”
(1ra de Reyes 6, 16-32). Si usted mira atentamente, justo al lado de las imágenes de
los cuatro evangelistas, verá los iconos de los querubines, también. Las imágenes de
los apóstoles no aparecieron aquí por casualidad. Es que justamente gracias a sus
Evangelios nosotros podemos alcanzar la vida eterna, que es el Dios Hijo, Quien
habita en nuestros altares con Su Cuerpo y Sangre. Esta salvación se hizo posible
sólo gracias a la encarnación que ocurrió en el momento de la Anunciación, cuyo
icono también está en las puertas. Como el testimonio de la veracidad de la
encarnación, a sus lados vemos los iconos de Cristo y de Su Madre. Cabe señalar
que el prototipo de las puertas de altar existe también en el cielo. El apóstol Juan
vio: “he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de
trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá” (Apocalipsis 4, 1). Sigamos nosotros
también esa voz y vayamos a la imagen terrenal del santuario celestial. Hemos
llegado hasta la puerta norte cuando tuve que advertirle a mi interlocutor:
La pregunta que usted hace, en el día de hoy la hacen todos: “¿Por qué no se
salvan”, escribe usted, “los paganos, los mahometanos y los así llamados heréticos?
Entre ellos hay tan buenos hombres. Ajusticiarles a esos hombres tan buenos sería
opuesto a la misericordia de Dios… Sí, eso sería opuesto incluso al sentido común
del hombre. Pues, los heréticos también son los cristianos. Considerar a sí mismos
salvados, y a los miembros de las demás creencias como perdidos – ¡eso es
demencia y una soberbia extrema!”
“Concluímos, pues”, dice San Apóstol Pablo, “que el hombre se justificará por fe
sin las obras de la ley” (Romanos, 3, 28). “Y eso es la justicia de Dios por medio de
la fe en Jesucristo para todos los que creen, porque no hay diferencia. Por cuanto
todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, y se justifican por el don, por
Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos, 3, 22 – 24).
Usted va a objetar: “San Apóstol Santiago exige inevitablemente buenas obras, él
enseña que la fe sin obras es muerta”. Analice usted sobre qué exige San Apóstol
Santiago. Usted va a notar que él, tal como todos los escritores inspirados por Dios
de las Sagradas Escrituras, exige las obras de la fe, y no las buenas obras de nuestra
naturaleza caída. Él exige una fe viva, confirmada por las obras del nuevo hombre, y
no las de la naturaleza caída las cuales son opuestas a la fe. Él menciona lo que hizo
el Patriarca Abraham, menciona aquella obra de la cual salió a luz la fe del justo: esa
obra consistió en ofrecer como sacrificio a Dios a su hijo unigénito. Degollar a su
hijo y ofrecerlo como sacrificio no es ninguna buena obra en absoluto, según la
naturaleza humana. Ella representa una buena obra solo como (la expresión) del
cumplimiento del mandamiento de Dios, como una obra de la fe. Fije usted su
mirada en el Nuevo Testamento y en la Biblia completa, en general. Usted va a
encontrar que él exige cumplir los mandamientos de Dios y que justamente ese
cumplimiento se llama allí “obras”, que por cumplir así los mandamientos de Dios la
fe en Dios llega a ser viva, como aquella que obra. Sin ella, la fe está muerta, como
si estuviera destituida de todo movimiento. Al contrario de eso, usted va a encontrar
que las buenas obras de la naturaleza caída – de los sentidos, de la sangre, del
instinto y de los sentimientos tiernos del corazón – son inaceptables, rechazadas.
Justamente esas buenas obras de los paganos y los mahometanos le gustan a usted.
Usted quiere que se otorgue la salvación a ellos por tales buenas obras, aunque eso
iría al mismo tiempo con el rechazo de Cristo.
Es rara su reflexión sobre la razón sana. ¿De dónde, con qué derecho usted la halla y
la reconoce en usted mismo? Si usted es cristiano, entonces debe tener la
comprensión cristiana de este asunto, y no alguna otra, arbitraria y aceptada de quien
sabe donde. El Evangelio nos enseña que, por causa de la caída, hemos conseguido
una falsamente llamada razón; nos enseña que la razón de nuestra naturaleza caída, a
pesar de toda su dignidad innata que posee y agudeza obtenida por erudición de este
mundo, en todo modo preserva su herencia conseguida por la caída – se queda como
una falsamente llamada razón. Ella hay que rechazarla y entregarse a la guía de la fe.
Bajo esa guía, a su debido tiempo, después de grandes esfuerzos en la devoción
(viviendo en Cristo; n. del trad.) Dios dona a su siervo fiel la razón de la Verdad, la
razón espiritual. Esta razón es posible y obligatorio considerarla como la razón sana,
ella es la fe anunciada, tan insuperablemente descrita por parte de San Apóstol Pablo
en el capítulo 11 de su Epístola a los hebreos. El fundamento del discernimiento
espiritual es Dios. En esta piedra firme él se construye y por eso no vacila, no cae. Y
eso lo que usted llama “la razón sana” nosotros los cristianos lo consideramos como
una razón tan enferma, tan obscurecida y errónea – que su curación no se puede
realizar por alguna otra manera sino solamente a través de quitarle todos sus
conocimientos los cuales la construyen, y eso por medio de la espada de la fe, y
rechazarlos. Mas si ella (esta razón; n. del trad.) se considera como sana y se
reconoce como tal, basándose en algún fundamento inseguro, suelto, indeterminado,
que se cambia cada rato – pues, entonces ella como una razón “sana”
inevitablemente rechazará a Cristo. Esto es comprobado por experiencia. ¿Qué le
está diciendo a usted su razón sana? Le dice que considerar la perdición de los
buenos hombres quienes no creen en Cristo se opone a su razón sana de usted. Y no
sólo eso, sino que tal perdición de los buenos (hombres) se opone a la misericordia
de un tal Ser todobondadoso, como es Dios. Bueno, ¿se entiende que usted ha
recibido la revelación sobre este asunto desde arriba, sobre qué es contradictorio y
qué no a la misericordia de Dios? Pues, no, sino que le muestra eso su razón sana.
¡Oh, su razón sana!…
Sin embargo, apoyándose en su razón sana, ¿cómo usted cree que pueda entender
qué se opone y qué no a la misericordia de Dios, por medio de su propia mente
humana? Permítame usted expresar nuestra opinión. El Evangelio, es decir la
doctrina de Cristo, o la Sagrada Escritura o, dicho de otra manera, la Iglesia Santa
Católica (Ortodoxa) nos ha revelado todo lo que el hombre pueda saber sobre la
misericordia de Dios, lo que sobrepasa todo razonamiento y está indisponible para
toda comprensión humana. Es un entusiasmo vano de la mente humana intentar dar
definición del Dios ilimitado, cuando intenta explicar lo inexplicable y sujetar a su
imaginación… ¿a quién? ¡A Dios! ¡Una tal hazaña representa el esfuerzo satánico!
Lleva usted el nombre “cristiano” y no sabe la doctrina de Cristo! Si de esta doctrina
celestial bendita (aquí traducí así la palabra griega “κεχαριτωμένη” o la palabra rusa
“благодатная”; n. del trad.) no ha aprendido que Dios es incognoscible, váyase a la
escuela y escuche qué les enseñan a los niños. Los profesores de matemáticas les
enseñan en la teoría de lo infinito que ello, como un valor indeterminado, no se
sujeta a aquellos leyes a las cuales están sujetos los valores determinados – los
números; que sus resultados pueden ser totalmente contrarios a los de los números.
Y usted, imagínese, quiere limitar las leyes del efecto de la misericordia de Dios y
dice: esto está de acuerdo con ella, eso se le opone. Pues, esto está de acuerdo o en
desacuerdo con su razón sana, con sus entendimientos y sentimientos. Ahora,
¿debería resultar de eso que Dios tiene obligación de entender y sentir tal como
usted entiende y siente? Usted justamente eso exige de Dios. Ésa es una hazaña
completamente irracional y extremadamente soberbia. Pues, no culpe usted los
discernimientos de la Iglesia por la falta de un sentido sano y de la humildad: ¡esa es
la falta de usted! Ella, la Santa Iglesia, lo que hace es solamente seguir
perseverantemente la doctrina de Dios sobre los actos de Dios, los cuales Dios
mismo nos reveló. Tras ella obedecientemente van Sus hijos verdaderos,
iluminándose por la fe, suprimiendo esa razón fanfarrona la cual se levanta contra
Dios. Nosotros creemos que podamos saber sobre Dios sólo lo que Él mismo quiso
revelarnos. Si hubiera existido algún otro camino hacia la adquisición del
conocimiento de Dios, el camino el cual podríamos nosotros abrir (a nuestra mente)
por nuestros propios esfuerzos, entonces no se nos habría dado la revelación. Ella
nos fue dada porque la necesitamos. Son inútiles y falsas invenciones y
vogabundeos de la mente humana. Usted dice: “Los heréticos también son los
cristianos”. ¿De dónde usted sacó eso? Pues, ¿acaso alguien quien llama a sí mismo
“cristiano” y no sabe nada de Cristo, por su desconocimiento extremo va a decidir
considerar a sí mismo “cristiano” así como son los heréticos, y la santa fe cristiana
no la va a diferenciar del producto de la maldición – la herejía blasfema?
Diferentemente reflexionan sobre esto los cristianos verdaderos. Un gran número de
los Santos ha recibido la corona martirial, ellos consideraban como mejor los más
ardientes y largos tormentos, la cárcel, la expulsión, en comparación con la
participación junto con los heréticos en su enseñanza blasfema. La Iglesia Católica
(Ortodoxa) siempre consideró que la herejía es un pecado mortal, siempre supo que
el alma del hombre, contagiada por la enfermedad tremenda de herejía, está muerta,
que ese hombre está lejos de la gracia increada y de la salvación, que está en
comunión con el diablo y su perdición. La herejía es el pecado de la mente. La
herejía representa más un pecado del diablo que el del hombre; ella es la hija del
diablo, su invento, su delito, cercano a la idolatría. Los Padres llaman habitualmente
la idolatría “incredulidad”, y la herejía “la mala fe”. En la idolatría, el diablo recibe
para sí mismo el “honor divino” (puesto entre comillas por el traductor) por parte de
los hombres ciegos; con la ayuda de la herejía él hace que los hombres ciegos se
conviertan en sus cómplices en el pecado principal, lo que es la blasfemia. Aquel
que lea atentamente “Las Decisiones de los Concilios”, se convencerá fácilmente de
que el carácter de los heréticos es completamente satánico. Él va a ver su hipocresía
horrorosa, su soberbia excesiva, se dará cuenta de su conducta miserable expresada
en mentiras constantes, verá que ellos se entregaron a varias pasiones bajas, también
que ellos, cuando haya la oportunidad, cumplen los más tremendos delitos y
crímenes. ¡Especialmente se hace notar su odio irreconciliable hacia los hijos de la
Iglesia verdadera, y la sed que tienen por su sangre! La herejía está relacionada con
la dureza del corazón, con un obscurecimento tremendo y perversión de la mente;
perseverantemente se mantiene en el alma contagiada por ella y es difícil curar al
hombre de esta enfermedad. Cada herejía contiene blasfemia en contra del Espíritu
Santo: ella blasfema o contra del dogma del Espíritu Santo o contra la acción del
Espíritu Santo, pero obligatoriamente blasfema contra Él. La esencia de cada herejía
es la blasfemia. San Flaviano el Patriarca de Constantinopla, quien selló por su
sangre la confesión de la fe verdadera, pronunció la decisión del Concilio Local en
Constantinopla en contra de Eutiquio, uno de los líderes de la herejía (se trata del
monofisismo; n. del trad.), diciendo lo siguiente: “Eutiquio, hasta ahora el sacerdote
archimandrita, fue descubierto completamente tanto en su conducta de antes como
en sus declaraciones actuales sobre los errores de Valentino y Apolinário, en seguir
perseverantemente sus blasfemias, aún más porque él ni siquiera escuchó nuestros
consejos de aceptar la doctrina sana. Por eso, llorando y suspirando por su perdición
total, anunciamos en el nombre del Señor nuestro Jesucristo que él cayó en
blasfemia y que está destituido de toda clase del sacerdocio, de la comunión con
nosotros y del gobierno de su monasterio, dando a saber a todos los que desde ahora
estarán en comunión con él o le visitarán – que ellos también serán excomulgados”.
Esta decisión es un espécimen de la opinión común de la Iglesia Católica (Ortodoxa)
sobre los heréticos; esta determinación fue reconocido por la Iglesia entera, y la
confirmó el Concilio Ecuménico en Calcedonia. La herejía de Eutiquio consistió en
que él no confesaba dos naturalezas en Cristo después de Su encarnación, como lo
confiesa la Iglesia, sino que permitía solamente la naturaleza divina. Usted va a
decir: ¡sólo eso!
Las más nuevas herejías, por la mayor parte, intentan rehusar los actos del Espíritu
Santo: blasfemando horrorosamente, ellas rechazaron la Divina Liturgia, todos los
Sagrados Misterios, todo, pero todo en lo que la Iglesia Católica (Ortodoxa (
siempre reconoció la acción del Espíritu Santo. Y todo eso lo han llamado
“instituciones humanas”, o aún más insolentemente: ¡la superstición, el error!
¡Bueno, claro que en la herejía usted no ve ni los crímenes ni los robos! ¿Quizás
sólo por eso usted no la considera como el pecado? Ahí fue rechazado el Hijo de
Dios, allí fue rechazado y blasfemado el Espíritu Santo – ¡sólo eso! Aquel que ha
aceptado una doctrina blasfema y la sigue, aquel que pronuncia blasfemias (pero) no
roba, sino que incluso hace buenas obras de la naturaleza caída – ¡pues, él es un
hombre maravilloso! ¡Cómo Dios puede privarle a él de la salvación!…
La única causa de su última duda, tal como y la de todas las demás – está en un
profundo desconocimiento del Cristianismo. No piense usted que un tal
desconocimiento representa una falta insignificante. No, sus consecuencias pueden
ser perniciosas, especialmente ahora cuando en nuestra sociedad circulan
innumerables libritos sin valor con el título cristiano, pero los cuales contienen la
enseñanza satánica. No conociendo la verdadera doctrina cristiana, usted muy
fácilmente puede aceptar un pensamiento falso y blasfemo como si fuera verdadero,
absorberlo y junto con él absorber también y la perdición eterna. Un hombre que
blasfema no será salvado. Esas dudas que usted expresó en su carta ya representan
los adversarios horribles de su salvación. Su esencia (de esas dudas; n. del trad.) es
la renuncia a Cristo. No juegue con su salvación, no juegue; si no, llorará usted
eternamente. Lea el Nuevo Testamento y a los Santos Padres de la Iglesia Ortodoxa
(y de ningún modo a las Terezas, a los Franciscos y a los demás hombres
dementes de occidente a quienes su iglesia herética respeta como los
santos). Aprenda usted de los Santos Padres de la Iglesia Ortodoxa a cómo entender
rectamente la Escritura, cuál manera de la vida, cuáles pensamientos y sentimientos
convienen a un cristiano. Antes de la hora tremenda cuando usted tendrá obligación
de llegar al juicio ante Dios – adquiera la justificación la cual Dios los dio como un
don a todos los hombres mediante el Cristianismo.
Fuente: Voz desde la eternidad (cartas a los monjes y a los laicos), la carta número
203, ОЬРАЗ СВЕТАЧКИ, Belgrado, el año 2003 [Link]
nema-spasenja/12/
TRADUCIDO AL CASTELLANO POR МАРКО
San Nicolás Velimirovich: ¿Por qué la
Ortodoxia no tiene a su propio papa?
(La carta 48)
Carta 48.- A un erudito ortodoxo, quien pregunta: ¿Por qué la Ortodoxia no tiene a
su propio papa?
Pues, ¡sí tiene! La Ortodoxia tiene a su propio papa, mayor que todos los papas y
patriarcas en el mundo. Lo tenía desde el principio y lo tendrá hasta el fin del
tiempo. Ese, es el mismo papa a quien invocaban todos los Apóstoles de Cristo: El
Espíritu Santo, el Espíritu de sabiduría y razón, el Espíritu del consuelo y la fuerza
de Dios. Él es el papa verdadero de la Iglesia de Cristo desde siempre y para
siempre, sin permutación ni cambio, sin disputa ni elección, sin precursor ni sucesor.
Y, afortunadamente, existe el documento escrito por sus propias manos, donde
vemos que los Apóstoles reconocían/confesaban al Espíritu Santo como su sumo
jefe y papa. En el primer Concilio en Jerusalén, los Apóstoles habían escrito estas
célebres palabras: Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros, etc
(Hechos de los Apóstoles 15,28). Evidentemente, los Apóstoles ponían al Espíritu
Santo por delante de ellos y sobre ellos. Antes de esa y de cada una de sus
reuniones, ellos rogaban a Él, invocaban a Él. ¿No hacen lo mismo, hasta el día de
hoy, los caudillos de la Iglesia Ortodoxa? Cada vez que se reunen, ellos se acuerdan,
en primer lugar, de su infalible papa, el Espíritu Santo. A Él invocan con temor antes
de todos sus trabajos, y a Él obedecen sin condición. Pero no sólo los caudillos de la
Iglesia; sino también los jefes de Estado en los paises ortodoxos, los ministros y los
parlamentarios, en primer orden invocaban al Espíritu Santo y luego empezaban sus
trabajos como autoridades civiles. Igualmente, también hacían y lo hacen, los
dirigentes escolares. Usted sabe que en el comienzo de sus trabajos escolares, ellos
van a la iglesia con sus alumnos para invocar al Espíritu Santo… El
Todobondadoso, Todopoderoso y Todosabio Espíritu Santo maneja a todos, vigoriza
a todos, inspira a todos: a la Iglesia, al Estado y a los que trabajan en el sisitema
educativo. Y gobierna a todos en todo, no violentamente como los dictadores
terrenales, sino como padre con sabiduría y amor. Él es nuestro padre a través del
Bautismo en el cual lo hemos recibido. Y usted sabe que la palabra griega ”papa”
significa el padre. Es decir, en verdadero, histórico y ético sentido, el Espíritu Santo
es nuestro padre, nuestro papa. ¿Y para qué, entonces, la Iglesia Ortodoxa
necesitaría a otro padre, o papa? ¿No nos ha advertido el mismo Señor Cristo, para
que nos cuidemos de los papas terrenales, los padrastros? Él, diecinueve siglos
antes, nos ordenó: Y no llaméis a nadie en la tierra vuestro padre (entiéndase: papa),
porque sólo uno es vuestro Padre, el que está en los cielos (Mt. 23,9). Le deseo salud
y paz de Dios.
fuente: [Link]
Extraído del libro ” МИСИОНАРСКА ПИСМА ” del Santo
Traducción: Marko
Revisión: Gabriel
MI CONVERSIÓN A CRISTO – Por
Paul Fotiou
El rabino que se convirtió a la ortodoxia en Pentecostés en 1952
Entre los muchos conversos al cristianismo ortodoxo estaba el rabino judío Paul
Fotiou de la comunidad hebrea de Arta en Grecia, quien se convirtió del judaísmo y
fue bautizado como un cristiano ortodoxo junto con su familia.
Era la noche del Jueves Santo y estábamos en una iglesia en Atenas para el Servicio
de la Santa Pasión. Entonces era un laico y me encontraba al lado de Paul Fotiou, al
lado del iconostasio ante los iconos de Cristo y el Precursor. Cuando el sacerdote de
hermosa voz leyó el pasaje del Evangelio: “Cuando Pilato vio que no estaba
llegando a ninguna parte, pero que en su lugar estaba comenzando un alboroto, tomó
agua y se lavó las manos frente a la multitud. “Soy inocente de la sangre de este
hombre”, dijo. ‘¡Es tu responsabilidad!’ Toda la gente respondió: ‘¡Su sangre está
sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’ ”(Mateo 27: 24-25), Paul Fotiou cayó
bruscamente al suelo inconsciente. Y mientras el sacerdote seguía leyendo, lo
trasladamos al santuario. Un médico de la congregación lo vio de inmediato e hizo
lo necesario, y luego se recuperó y no quiso irse antes de terminar el Servicio. Por
supuesto, la multitud de la congregación recibió bastante noticias de lo que sucedió,
y pensó que se desmayó de pie. Pocos sabían que esto sucedió en ese momento
cuando escuchó el terrorífico Evangelio. En otras palabras, esas palabras hablaron
dentro de él, y se sintió muy conmovido, después de haber vivido después de dos
mil años la confesión entonces insensata de sus patriotas de los judíos … Su corazón
se convirtió de uno perdido al verdadero Mesías Jesús; rompió y se dio cuenta del
horrible crimen en la historia que ocurrió en Gólgota …
Paul Fotiou escribió acerca de su conversión en un folleto en griego titulado “Mi
conversión a Cristo“, del cual se presenta un extracto a continuación…
MI CONVERSIÓN A CRISTO
Por Paul Fotiou
Probablemente usted esté familiarizado con los periódicos del gran evento que
ocurrió hace una década, por la gracia del Señor, para mí y para mi familia, pero tal
vez no. Se refiere a mi regreso a Cristo y mi bautismo en la fiesta de Pentecostés en
el año 1952 en la Santa Metrópolis de Arta, de mí y de toda mi familia. Para mí y mi
familia, esto fue un gran hito en nuestras vidas, por lo que siempre agradecemos a
Dios, a través de Jesucristo, su Hijo y nuestro Dios, por la gracia y el honor que Él
nos hizo, por invitarnos en su camino hacia su salvación. Nuestra gratitud a Él, así
como nuestras obligaciones para con los demás, es grande, principalmente para
nuestros hermanos los israelitas, quienes al interpretar erróneamente las Sagradas
Escrituras rechazan violentamente y odian a Cristo Mesías. Al que nuestros padres
entregaron a una muerte vergonzosa y su Padre lo resucitó al tercer día de entre los
muertos de acuerdo con las Escrituras. De hecho, muy excepcionalmente para ellos
escribo este folleto, para facilitar esto con la ayuda de las Sagradas Escrituras para
hacer que deseen y vuelvan y acepten como su Salvador Jesús, que ahora no vendrá
a salvar sino a juzgar a los vivos y los muertos…
Vi que estaba con mi familia, que fue exterminada en Alemania, y comimos juntos
en el pasillo de mi casa. En un instante, la puerta llamó a la distribuidora postal de
Arta y él me dio una carta. Abrí la carta y vi dentro de la foto que el Señor me dio la
primera vez y una renuncia al rabino de la comunidad judía. De nuevo quedé
extasiado con la fotografía de 360 personas. Entonces una voz desconocida sonó a
través de la casa, que me dijo:
A partir de ese momento, mi fe se inflamó aún más y anunció a mi familia que nos
instaba a todos a ir lo antes posible a Seraphim el Metropolitano para la catequesis y
el bautismo. Al día siguiente, un amigo me enteré de que mi entonces hermano
israelita había ideado un plan para retirarme de la sinagoga si iba a la sinagoga el
sábado, como otros escribas y fariseos en los días del Señor. Así que lo evité y el
tercer día de Pascua fuimos al Metropolitano para el catecismo familiar,
prometiéndole a Su Eminencia que le notificaremos diez días antes de nuestro
bautismo.
El intento de soborno
Al día siguiente, el primer día del Pentecostés judío, apareció todo el Consejo de la
Comunidad en mi casa alrededor de las once de la mañana para convencerme de
ofrecer grandes sumas de dinero. Esto fue hecho incluso por mis familiares que
llegaron de Corfú. Pero advertido por mi Señor, fui firme, junto con mi familia, en el
futuro, en la fe correcta con mi bautismo en el nombre del Dios Trino: del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.
El 8 de junio de 1952
Al día siguiente le notifiqué al metropolitano de Arta Seraphim que nos bautizara.
Así que el domingo 8 de junio de 1952, el día de Pentecostés de la Iglesia ortodoxa,
a las 12 del mediodía fue mi bautismo junto con los tres miembros de mi familia
ante el clero y las autoridades de la ciudad y muchas personas, calculadas en más de
tres mil.
Finalmente, mi amado, vemos en la lengua hebrea una palabra más grande que
cualquier otra palabra, que gritamos con poder y tono melódicos: “Recuerda la Ley
de Moisés que se habló en Horeb”, etc. Es necesario que estudie cada fragmento de
este capítulo junto con el capítulo 26 de Levítico, en el que están escritas todas las
catástrofes de los judíos por desobedecer la Ley de Dios, hasta el punto de que
somos un pueblo responsable …
Amado, no hablo por interés material, pero hablo por la gracia del Espíritu Santo
que recibí dentro de mí por nuestro Señor Jesucristo el día de mi bautismo. Les
hablo a través del arrepentimiento, tanto para mí como para toda la humanidad, a
nuestro Señor Jesucristo, que es el Mesías y el Salvador de todos los pecadores
arrepentidos, y que todos podamos llegar a ser un rebaño bajo un Pastor: Cristo.
Amén.
El año 482, de parte del emperador bizantino Zenón, fue promulgado el “Henoticon”
(Ενωτικόν) – un documento religioso con un contenido bastante vago, el que habría
debido llegar a ser la base para la unión de los ortodoxos calcedonios con los
monofisitas que rechazaron el Concilio en Calcedonia, de allí viene su nombre
(traducido del griego significa la “epístola que une”). En su Henoticon el emperador
Zenón confiesa todos los dogmas cristianos fundamentales que no niega ninguno,
reconoce la santidad y ortodoxia de los tres primeros Concilios Ecuménicos, es
decir, del Niceno, Constantinopolitano y Efesino y especialmente acentúa la
importancia de los doce anatematismos de San Cirilo de Alejandría. De esa forma,
Zenón se niega a reconocer tanto el Segundo Efesiano como el Concilio en
Calcedonia, donde los dos pretenden ser reconocidos como el Cuarto Ecuménico,
pero los dos también atizaban las pasiones. El Henoticon no anatemizaba estos
Concilios mismos, aunque en éste directamente se anatemiza cualquier tipo de
enseñanza que no concuerda con los expuestos arriba criterios de la verdad: “A todo
aquel que piense de manera diferente ahora o en cualquier momento en el pasado,
sea eso en Calcedonia o en cualquier otro Concilio – nosotros anatemizamos”.
De esa forma, el Henoticon podía ser entendido tanto como un documento ortodoxo
como monofisita. Las esperanzas de Zenón en la unión, no obstante, no se habían
realizado, puesto que el dicho documento no fue reconocido ni por los que
firmemente confesaban la Ortodoxia, es decir, las decisiones del Concilio en
Calcedonia, ni por los que firmemente confesaban el monofisismo. De esa manera,
en lugar de tener dos partes que luchan entre sí, ahora se formaron tres. Y aunque la
mayoría de los obispos, obedientes al gobierno imperial, recibió el Henoticon, la
influencia verdadera en el pueblo no la tuvieron ellos, sino los que eran sinceros en
sus convicciones. Es más, este decreto llegó a ser la causa del primer cisma entre la
Iglesia Occidental y Oriental. El Papa Félix de Roma en el año 484 condenó el
Henoticon y excomulgó al Patriarca Acacio de Constantinopla por haber recibido
ese documento. Los sucedientes Patriarcas de Constantinopla, Macedonio y Eutimio,
condenaron el Henoticon, y por eso fueron enviados a la cárcel por parte del
gobierno imperial; sin embargo, se negaban a excluir el nombre de Acacio de los
Dípticos, puesto que él no confesaba formalmente ninguna herejía, ni tampoco fue
condenado por algún tribunal canónico; antes bien, exluyeron los nombres de los
Papas. Éste, el así llamado “cisma acaciano”, duró unos 35 años y terminó el año
518, durante el gobierno del emperador Justino I, con una participación activa del
Papa Hormisdas.
“En el año 515 el Papa Hormisdas (+523) firmó el ‘libellus’, o sea la fórmula
doctrinal (Formula Hormisdae), donde, junto con los anatematismos contra Nestorio,
Eutiquio, Dióscoro, Timoteo Elure, Pedro Mongo, Pedro Knafeo, se pronunciaba el
anatema contra el Patriarca Acacio de Constantinopla y fue expresado el pedimiento
de que se acepte el Tomos del papa de Roma San León I el Grande, tal como la idea
de la necesidad de estar en la unión con la cátedra romana como la guardadora de la
doctrina ortodoxa inviolada. La suscripción de la Fórmula por parte de todos los
Obispos orientales para Hormisdas era una condición necesaria para que ellos
restablecen la comunión con Roma” – dice la “Enciclopedia Ortodoxa” (1).
“Al principio del año 519, el Papa Hormisdas envió a sus legados a Constantinopla,
quienes tuvieron que entregar en Constantinopla el “libellus” y obtener las firmas de
todos los Obispos orientales. Hormisdas añadió al “libellus” los anatematismos
contra todos los sucesores de Acacio, aquí incluyendo a los Patriarcas ortodoxos
Eutimio y Macedonio II como aquellos que no permanecían en la unión con Roma,
tal como a todos los obispos que tenían comunión con ellos; sin embargo, acerca de
eso no le informó al Emperador y al Patriarca de Constantinopla. Durante el viaje de
los enviados del papa hacia Constantinopla, muchos de entre los Obispos firmaron el
“libellus”, no obstante, el Arzobispo de Tesalónica consintió en aceptar la “Fórmula
de Hormisdas” sólo a condición de que sea ratificada en Constantinopla.
El 25 de marzo del año 519, los legados pontificios fueron recibidos solemnemente
en Constantinopla. El día siguiente, durante la recepción con el Emperador y en la
presencia del Senado y de los Obispos, los legados leyeron el “libellus” y pidieron
que lo firmen a fin de restablecer la unión con la Iglesia romana. El 27 de marzo el
Patriarca Juan entró en el debate con los legados con respecto al anatematismo
contra los sucesores del Patriarca Acacio, insistiendo en cambiar el texto de la
“Fórmula de Hormisdas”, pero bajo la presión tanto del Emperador como del
Senado, al Patriarca se le permitió sólo componer un corto preámbulo para el
documento papal. El 28 de marzo, el Gran Jueves, en el castillo del Emperador, en la
presencia de él, el Senado y el clero, el Patriarca firmó el “libellus” y permitió a los
legados echar fuera de los Dípticos los nombres de Acacio y sus sucesores, tal como
los de los Emperadores Zenón y Anastasio”.
En la suscripción de esta fórmula que sirvió como una condición necesaria para la
reconcilación entre Oriente (mezclado con el tema de la unión con los monofisitas) y
la Roma ortodoxa, es difícil no ver el testimonio de un gobierno absoluto del papado
sobre la Iglesia entera. Pero, eso sólo a primera vista. Una consideración más
profunda de los acontecimientos históricos, como sucede a menudo, puede cambiar
nuestra idea acerca de éstos hasta una completamente contraria.
Así que, el papa de verdad pidió de los orientales que firmen un documento
abiertamente “papista”. Pero, ¿cuál era la reacción de los Patriarcados bizantinos en
este texto? ¿De verdad todos los obispos ortodoxos de Oriente aceptaron la Fórmula
de Hormisdas?
Aparte de eso, teniendo en cuenta de que la fórmula del Papa Hormisdas acepta las
decisiones del Concilio en Calcedonia, la adición de parte del Patriarca Juan parece
aún más lógica, ya que en su pensamiento él, antes que nada, seguía la regla 28 que
afirma que, en primer lugar, Roma es la principal cátedra por el estatus de esta
ciudad (“Los Padres legítimamente otorgaron los privilegios al trono de antigua
Roma, puesto que ésta era la ciudad imperial…”) y, en segundo lugar, que afirma
que la nueva Roma (es decir, Constantinopla) fue privilegiada “con las mismas
preferencias que la antigua Roma imperial”, a pesar de que era la segunda después
de ella.
Justamente en tal forma, prácticamente corregida hasta que llegue a ser casi
completamente contraria (a la original), el Libellus fue aceptado en el Patriarcado de
Constantinopla.
“‘Sacaréis con gozo agua de las fuentes de la salvación’ (Isaías 12, 3) – clama el
profeta pregonero Isaías, mostrando las fuentes de la salvación – la predicación de la
verdad evangélica. De estas fuentes los bienaventurados Apóstoles y sus discípulos
en el orden de la sucesión – los maestros sabios de la Iglesia sacaban el agua
salvadora de la fe y regaban con ella la Iglesia, la que, manteniéndose firmemente en
la roca de más alto de los Apóstoles, preserva la fe recta e inquebrantable, y
fielmente clama junto con él hacia el Unigénito Hijo de Dios, diciendo: Tu éres
Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16, 16)” (5). Más adelante sigue la
exposición detallada de la fe en la Trinidad y en la Encarnación de Dios, así como la
expusieron los cuatro primeros Concilios Ecuménicos. En esta Epístola ni una sola
vez fue mencionado el Papa o la Iglesia de Roma; como la única autoridad en los
asuntos de la fe fue presentada la enseñanza de los Santos Padres y de los Concilios;
los autores de la Epístola se niegan a condenar a Santos Macedonio y Eutimio. Un
interés especial en la Epístola provoca el prefacio mencionado arriba, con la
exposición del punto de vista eclesiológico de sus autores. Sin lugar a dudas, ellos se
encuentran en la relación directa con la afirmación del Patriarca Juan el Capadocio
de que la “cátedra de Pedro” es también la Iglesia de Constantinopla; los obispos
orientales prácticamente siguen la eclesiología de San Cipriano de Cartago, la que
afirma que toda legítima cátedra episcopal es indirectamente la de “Pedro”, puesto
que ésa preserva la fe de Pedro.
En la respuesta a esa carta, el Papa exigió obligarles con violencia a los orientales a
firmar el Libellus (de tal manera mostrando una disposición mucho más grande
hacia la “sangre y los castigos” que el emperador). Sin embargo, la violencia
también resultó inútil. Como escribe el protopresbítero John Meyendorff: “Muchos
Concilios saludaron el restablecimiento de la conmemoración de Eutimio y
Macedonio, negándose a someterse al Libellus romano que exigía que se ponga fin a
esta conmemoración. En Tesalónica uno de los legados del Papa, el obispo Juan,
habiendo visitado la ciudad (la ubicación de un vicario del Papa) con el propósito de
exigir la suscripción del Libellus, fue expuesto a las ofensas de parte de la multitud.
Doroteo el obispo local se negó a firmar el Libellus precisamente porque éste exigía
renunciar a la conmemoración de los obispos respetados localmente. Doroteo, quien
fue excomulgado de parte del Papa, fue rehabilitado en el Concilio en Heraclea y,
con el apoyo del emperador, incondicionalmente restablecido en su cátedra” (6).
El año 520, después del Patriarca Juan, a la cátedra de Constantinopla llegó
Epifanio. El Patriarca Epifanio escribió al Papa, explicando que “muchos de entre
los reverendísimos obispos de Ponto y Asia y, ante todo, los que se denominan
Orientales, consideraron difícil e incluso imposible borrar los nombres de sus
antecesores… Ellos estaban preparados antes para afrontar cualquier peligro que
realizar algo así” (7). El Papa Hormisdas, en su respuesta, se le dotó plenos poderes
de actuar en su nombre en el Oriente. Entendiendo que los tentativos de imponérselo
al Oriente el Libellus, y con él el punto de vista eclesiológico de Roma fracasaron,
Hormisdas se rindió: él puso como la condición del restablecimiento de la comunión
que se concuerden con la definición de la fe que no mencionaba los privilegios del
obispo de Roma de antes (como fue expuesto en el texto primordial; n. del trad.):
“Puesto que su amor decidió mencionar en su carta y sobre los obispos de Jerusalén
cuya confesión nos fue entregada, nosotros hemos considerado necesario leer
atentamente lo escrito y dar una respuesta adecuada.
En cuanto que ellos guardan las decisiones de los Santos Padres, honran las bases de
la fe de los Padres y no renuncian a lo que fue determinado por medio de los Padres
y con sinergia del Espíritu Santo – todas esas decisiones o son perfectas y no tienen
necesidad de que las completen, o son plenamente confiables y no pueden ser
cambiadas, ya que por ellas fue detenido el veneno de las herejías… /aquí sigue la
confesión de la fe en la Encarnación del Verbo y en la Trinidad, así como la
exponen los cuatro primeros Concilios/… Por consiguiente, en cuanto que ellos
preservan esas decisiones, así como las establecieron los Padres, creen en ellas y no
rompen esas fronteras (ya que todo aquel que se desvía de ese camino a sí mismo se
lleva a la niebla del error)… nosotros hemos decidido añadir un más requisito, por
su salvación: si ellos quieren la unión con la Iglesia Católica (8), entonces de forma
escrita tienen que entregar la misma confesión, con el mismo contenido que aquella
que fue entregada a nuestros legados en Constantinopla o a su fraternidad, y que,
después de haber sido establecida por usted, se nos envíe de cualquier manera
posible” (9).
Esta, la segunda Fórmula (ya corregida) fue aceptada por dos de los cuatro
Patriarcados orientales: el de Alejandría decidió firmar este corregido Libellus el
año 583 (10).
Notas:
(1) [Link]
(2) [Link]
(3) [Link]
(4) PL 63, 507-508
(6) [Link]
razdeleniya-hristian/
(7) PL 63, 498
(11) En este contexto, sería interesante acordarse del hecho de que precisamente el
Patriarca de Jerusalén, San Sofronio, era el guardador de la doctrina ortodoxa,
cuando en la herejía de monotelismo cayó el Papa Honorio de Roma.
Fuente: [Link]